EL HIJO
Hace muchos aos, viva un matrimonio. Eran muy pobres, l leador, ella lavandera. Eran
muy feos, casi horribles; ella con su enorme nariz y sus cejas de carbn, pareca una bruja;
l, con su spera pelambre, pareca un oso. Pero se amaban tanto, tanto, que tuvieron un
nio ms bello que la aurora.
No se atrevan a acariciar con sus rudas manos aquella carnecita en flor. Adoraban al hijo
como a un Jess. Le pusieron una riqusima cuna, le alimentaron con la leche de la mejor
cabra del valle. Creci, y le vistieron y ataviaron lujosamente. Besaban la huella de sus
pies, y se embriagaban con el eco de su voz. Necesitaron oro para el dolo. El padre cortaba
lea de da, y de noche se dedicaba a faenas misteriosas, hasta que le sorprendieron en ellas
y le ahorcaron. La madre, cuando no lavaba en el ro, peda limosna. A veces, a lo largo del
camino, encontraba seores, que se detenan al verla, y se rean de la enorme nariz y de las
cejas de carbn. ! Bruja, mntate en este palo, y vuela al aquelarre!". Entonces la mujer
haca bufonadas, y recoga monedas de cobre.
Entretanto, el hijo se haba transformado en un arrogante doncel. Ocioso y feliz, paseaba su
esbelta figura adornada de seda y de encajes. En sus talones giles cantaban dos espuelas de
plata, y sobre su gorro de terciopelo se estremeca una graciosa pluma de avestruz. Si le
hablaban de la lavandera, responda:
-No la conozco; no soy de aqu.Mi madre, esa vieja demente? Y todava sospecho que es
ladrona.
Sin embargo, iba en secreto al hogar, donde encontraba siempre un puado de dinero, una
mesa con sabrosos manjares, un lecho pulcro y dos ojos esclavos.
Una vez pas la hija del rey de la comarca, y se enamor del mozo.
-Cul es tu familia? -preguntle.
-Soy el prncipe Rubio -contest-. Mi patria est muy lejos, a la derecha del fin del mundo.
La nia le crey y se cas con l. Hubo grandes fiestas, y fueron enviados a la derecha del
fin del mundo embajadores que no volvieron. La madre hubiera muerto de orgulloso placer
si no hubiera pensado que an poda, por algn azar, ser til a su hijo.
Un ao despus se supo que el prncipe haba cado enfermo de una enfermedad contagiosa
y horrible. La princesa haba huido de su lado, y nadie se atreva a socorrerle. El prncipe
agonizaba a solas.
Entonces la madre se arrastr hasta las puertas del palacio, y tanto hizo que la dejaron
entrar como enfermera. Su hijo estaba en un soberbio lecho de damasco, bajo un dosel de
prpura. Su rostro despareca, devorado por una lepra monstruosa.
-Hermoso mo -dijo la madre-. Yo te salvar.
Y lo bes y cuid amorosamente hasta la noche.
Pero a medianoche vino la Muerte por el prncipe.
-Muerte, ten compasin de m -suplic la madre-. Lleva a esta anciana decrpita, y no a este
joven lleno de vigor. Permtele vivir, y engendrar para ti nuevos mortales.
-Cul de los dos? -pregunt sonriendo la Muerte al leproso.
El prncipe alarg su diestra descarnada y seal a su madre, que lanz un grito de alegra.
-Gracias, hijo mo!
Y la Muerte la tom en brazos, y la arrebat sin esfuerzo, porque pesaba menos que un
fantasma.
Al da siguiente, el prncipe apareci sano y robusto ante su corte. Ms tarde fue rey, y
rein mucho tiempo, y tuvo muchos hijos, y goz de todos los deleites de la tierra.
Pero su barba blanca alcanz a sus rodillas, y sus huesos se secaron. Le lleg su hora, y
llam a su madre.
-Qu quieres, nio mo? -suspir en silencio.
-Salvarme!
-Hijo mo, yo fui; ya no soy nada, sino un dolor sin cuerpo. Quiz me oste gemir en el
viento y llorar con la lluvia en tus cristales. En m no qued sustancia ni energa. Soy
menos que el recuerdo de una sombra. Ni siquiera puedo reunir mis lgrimas para ti. Soy tu
madre muerta.
-Madre cruel, madre amarga, maldita seas mil veces! -exclam el moribundo.
-Cul es mi crimen? -solloz el silencio.
-Para qu me diste la vida, si no me diste la inmortalidad?