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JHN El Mundo Invisible

El Beato John Henry Newman nos adentra en el mundo invisible. Aquello que no vemos es lo mas real que tenemos.

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El Beato John Henry Newman nos adentra en el mundo invisible. Aquello que no vemos es lo mas real que tenemos.

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JHN, El mundo invisible

No ponemos la mirada en las cosas que se ven


sino en las que no se ven;
porque las cosas que se ven son temporales,
mas las que no se ven, eternas.
II Cor. IV:18
Tal como lo repetimos en el Credo, hay dos mundos, el visible y el invisibleel
mundo que vemos y el mundo que no vemos; y el mundo que no vemos existe tan
realmente como el que vemos. Existe realmente por mucho que no lo veamos.
Sabemos que existe el mundo que vemos porque lo vemos. Basta con levantar los
ojos y mirar a nuestro alrededor y contamos con la prueba: lo dicen nuestros ojos.
Vemos el sol, la luna y las estrellas, la tierra y el cielo, colinas y valles, bosques y
llanuras, mares y ros. Y tambin vemos hombres, y las obras de los hombres.
Vemos ciudades, y edificios fastuosos, y sus habitantes; hombre que van y vienen
ocupndose de proveer para s y para los suyos, o llevando a cabo grandes
empresas, u ocupados en sus negocios. Todo aquello con lo que se topan nuestros
ojos constituye un mundo. Es un mundo inmenso; llega hasta las estrellas.
Podramos desplazarnos durante miles de milenios por los cielos y aunque
viajsemos ms rpido que la misma luz, no alcanzaramos sus confines. Son
distancias ms grandes que lo que se puede definir. Tan alto, tan ancho, tan
profundo es el mundo; y con todo, tambin se nos acerca y se nos pone a tiro. All
est, por todas partes; y no deja lugar a ningn otro mundo.
Y sin embargo, a pesar de este universo mundo que podemos ver, existe otro
mundo, igualmente grande, igualmente cerca nuestro, y mucho ms maravilloso;
otro mundo alrededor nuestro, por ms que no lo veamos, y ms maravilloso que el
mundo que vemos; por esto, si no por otra cosa: que no lo vemos. A nuestro
alrededor hay innumerables seres, idas y venidas, seres vigilantes, que trabajan o
que esperan, que no vemos: pertenecen a aquel otro mundo, al que no alcanzan a
ver nuestros ojos, sino slo la fe.
Detengmonos en esto. Nacemos a un mundo de sentidos; esto es, de cosas reales
que yacen a nuestro alrededor, un gran conjunto de cosas se nos acerca, nos acosa
a travs de nuestros rganos corporales, nuestros ojos, odos y dedos. Las
sentimos, las omos y las vemos; y sabemos que existen porque as es que las
percibimos. Contamos con innumerables cosas a nuestro derredor, animadas e
inanimadas. Pero una clase en particular de estas innumerables cosas se nos hacen
presentes a travs de los sentidos. Y ms an, mientras actan sobre nosotros,
tomamos conciencia de su presencia. Entonces las sentimos y somos concientes de
que las percibimos. No slo las vemos, sino que adems sabemos que las vemos;
no slo tenemos tratos con ellas, sino que tambin lo sabemos. Estamos entre
hombres, y lo sabemos. Sentimos fro y hambre; sabemos qu cosas sensibles los
quita. Comemos, bebemos, nos vestimos, vivimos en casas, conversamos entre
nosotros y actuamos con otros y cumplimos con los deberes de la vida social; y
sentimos vvidamente que lo estamos haciendo, mientras lo hacemos. As es
nuestra relacin hacia una parte de las innumerables cosas que nos rodean. Actan
sobre nosotros y lo sabemos; y nosotros actuamos sobre ellas, y eso,
concientemente.
Pero todo esto no interfiere con la existencia de aquel otro mundo del que hablo,
que acta sobre nosotros, y que sin embargo no nos hace tomar conciencia de que
as es. Bien puede estar tan presente como el visible y ejercer una influencia

semejante al mundo que se nos revela. Y semejante mundo existe: nos los dice la
Escritura.
Os preguntis qu es y qu contiene? No dir que todo lo que le pertenece resulta
inmensamente ms importante que lo que vemos, pues entre las cosas visibles
estn nuestros coetneos, nuestros compaeros, y no hay cosa creada ms
preciosa y noble que un hijo de hombre. Pero aun as, tomadas como un todo las
cosas invisibles y aquellas que vemos, hay que decir que en definitiva las cosas que
no vemos son ms encumbradas que las que vemos. Pues, antes que nada, est l,
Aquel que est por encima de todas las cosas, que las ha creado todas, ante quin
no son sino como nada y con quien nada puede compararse. Bien sabemos que
Dios Todopoderoso existe ms real y absolutamente que cualquiera de nuestros
compaeros cuya existencia certifican nuestros sentidos; y sin embargo no lo
vemos, no lo omos, no lo sentimos, no lo encontramos.
Aparentemente, pues, las cosas que se ven no sino una parte, y una parte slo
secundaria, de los seres que nos rodean, cosa que podemos afirmar aunque ms no
fuera porque el Dios Todopoderoso, el Ser entre los seres, no pertenece a su
nmero, sino que est entre las cosas que no se ven.
Una vez, y una sola vez, durante treinta y tres aos, condescendi en convertirse en
uno de los seres que se pueden ver, cuando l, la segunda persona de la Santsima
Trinidad, naci, por una indecible merced, de la Virgen Mara, para aparecer en el
mundo visible. Y entonces fue visto, odo, tocado; comi, bebi, durmi, convers,
anduvo, actu como otros hombres; pero a excepcin de aquel breve perodo, su
presencia nunca fue perceptible; nunca nos ha hechos concientes de su existencia
por medio de nuestros sentidos. Vino y se retir detrs del velo: y a nosotros,
individualmente, resulta como si nunca se nos hubiese mostrado; no contamos con
ninguna experiencia sensible de su presencia. Y con todo, l vive para siempre.
Y en aquel otro mundo tambin estn las almas de los muertos. Ellos tambin,
cuando parten de aqu, de este mundo, no cesan de existir, pero se retiran de la
escena de las cosas visibles; o, en otras palabras, dejan de interactuar con nosotros
a travs de nuestros sentidos. Viven tanto como vivan antes; pero su marco
exterior a travs del cual les era posible tener trato con otros hombres, es, de algn
modo, no sabemos cmo, separado de ellos, y toda esa estructura exterior se seca
y se marchita como hojas cadas de un rbol. Ellos permanecen, pero sin los medios
habituales para acercarse y corresponder con nosotros. Como cuando un hombre
pierde la voz o la mano an existe como antes, pero ya no puede hablar, o escribir,
o tener trato con nosotros; de tal modo que cuando pierde no slo la voz o la mano
sino su marco entero, se dice de l que murino hay nada para mostrar que se ha
ido, pero nosotros hemos perdido los medios de aprehenderlo.
Ms todava: los ngeles tambin habitan el mundo invisible, y a su respecto se nos
dice mucho ms que de las almas de los fieles difuntos, pues estos ltimos
descansan de sus labores; pero los ngeles estn activamente empleados entre
nosotros, en la Iglesia. Se dice que son espritus servidores, enviados para servicio
a favor de los que han de heredar la salvacin (Heb. I:14). No existe un cristiano
tan modesto que no cuente con ngeles a su servicio, si vive por la fe y para el
amor. Y eso, pese a que son tan grandiosos, tan gloriosos, tan puros, tan
maravillosos, que con slo verlos (en el caso que se nos permitiera) caeramos por
tierra, como a osadas le ocurri al profeta Daniel, a pesar de ser un justo de
consumada santidad. Y con todo, son nuestros compaeros-sirvientes y nuestros
camaradas de ruta que velan cuidadosamente por nosotros, atentos para la defensa
del menor de entre nosotros, con tal de que seamos de Cristo.

Que forman parte de nuestro mundo invisible se pone de manifiesto en una visin
que tuvo el patriarca Jacob. Se nos refiere que cuando huy de su hermano Esa,
llegado a cierto lugar, pas all la noche, porque ya se haba puesto el sol. Y
tomando una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostse en aquel
sitio. (Gn. XXVIII:11). Ni se le ocurri que haba alguna cosa maravillosa en aquel
lugar. Pareca un lugar cualquiera, igual que cualquier otro. Era un lugar solitario y
poco confortable: all no haba casa, se vena la noche, y se vio obligado a dormir
sobre la roca pelada. Y sin embargo, lo cierto es que todo result
considerablemente diferente a lo que pareca. Jacob slo vio el mundo visible; no vio
el mundo invisible; y con todo, el mundo invisible estaba all. Estaba ah bien que no
se hizo conocer inmediatamente sino que hizo falta que le fuera manifestado
sobrenaturalmente. Lo vio en sueos. Y tuvo un sueo: he aqu una escalera que
se apoyaba en la tierra, y cuya cima tocaba en el cielo; y ngeles de Dios suban y
bajaban por ella. Y sobre ella estaba Yahv. He aqu el otro mundo. Ahora,
observemos lo siguiente: por lo general la gente habla como si el otro mundo no
existiese actualmente, aunque conceda que exista despus de la muerte. No es as:
existe ahora, lo veamos o no. Est entre nosotros y a nuestro alrededor. A Jacob se
le mostr esto en sueos. Los ngeles lo rodeaban aunque l no lo supiera. Y lo que
Jacob vio en su sueo, es lo que el sirviente de Elas vio con sus propios ojos, y que
los pastores, en el tiempo de Navidad, no slo vieron, sino que tambin oyeron.
Oyeron las voces de aquellos benditos espritus que alaban a Dios da y noche en un
oficio que a nosotros, en nuestra condicin menos encumbrada, se nos permite
participar.
Por tanto estamos en un mundo de espritus, tanto como en el mundo de los
sentidos, y tenemos tratos con ellos, y participamos de ese mundo invisible aunque
inconcientemente. Si a alguno todo esto le parece raro, que piense por un momento
que innegablemente tambin participamos de un tercer mundo, por cierto que
visible, pero del que no sabemos mucho ms que acerca de las legiones de los
ngeles: el mundo animal de las bestias de la tierra. A menos que estemos
acostumbrados a pensar sobre esto, podr haber algo ms sorprendente o
maravilloso que este fenmeno de raza de seres que nos rodea y que vemos
claramente y que sin embargo conocemos tan poco? Que sabemos tan poco
acerca de su naturaleza, de quienes no podemos describir sus intereses, ni su
destinono ms que de los habitantes del sol y de la luna? Ni bien nos ponemos a
pensar en este asuntoen verdad se trata de un pensamiento sobrecogedoresto
de que nos codeamos como si nada, que incluso, me animara a decir, tenemos
trato con creaturas que nos resultan tan extraas, trato habitual con seres
misteriosos, fabulosos, extraas creaturas ms poderosas que el hombre y que sin
embargo estn a su servicio, seres que parecen sacados de una fbula oriental En
verdad sabemos ms acerca de los ngeles que sobre las bestias. Aparentemente
cuentan con pasiones, hbitos, y un cierto sentido de la responsabilidad, pero estn
rodeados de misterio. No sabemos si pueden pecar o no, si estn bajo un castigo, si
han de tener otra vida despus de esta. A algunos de ellos les infligimos sealados
sufrimientos y como por una ley tan asombrosa cuanto inexorable, cada tanto se
vengan de nosotros. De varias sealadas maneras dependemos de ellas; nos
valemos de su trabajo, comemos su carne. Y con todo, aqu slo me refiero a los
animales que tenemos ms a mano: pnganse a pensar en todo su vasto nmero,
grandes y pequeos, en inmensos bosques, o en el agua, o en el aire, y luego digan
si la presencia de semejante muchedumbre de tan variada naturaleza, tan extraos
y salvajes en sus formas, viviendo sobre la tierra sin que se pueda establecer con

qu objeto, y dganme si no son tan misteriosos, o ms, que lo que las Escrituras
nos dicen sobre los ngeles. Acaso no est claro que hay un mundo inferior a
nosotros en la escala de los seres con los que estamos conectados sin entenderlos
plenamente? Por lo tanto, no es de extraar ni difcil para la fe creer a la Escritura
en lo que se refiere a nuestra conexin con un mundo ms encumbrado que el
nuestro.
En verdad, si hay gente para la cual le resulta dificultoso concebir la existencia
entre nosotros de un mundo de espritus porque no tienen conciencia de l,
deberan recordar cuantos variopintos mundos de hecho se contienen
simultneamente en la sociedad humana. Nos referimos al mundo poltico, al
cientfico, al acadmico, literario, religioso; y eso muy apropiadamente, porque los
hombres estn tan intrnsecamente relacionados con algunos, y a la vez tan
distantes de otros, puesto que tienen cometidos tan diferentes y principios tan
distintos y por consiguiente compromisos tan dismiles, que en un mismo lugar
coinciden una cantidad de crculos de inters (como se los podra llamar), o
mundos, constituidos por gente visible, pero ellos mismo invisibles, desconocidos, y
lo que es ms, ininteligibles los unos respecto de los otros. Los hombres se
desplazan en los caminos comunes de la vida, y se parecen todos; pero no hay
mucha comunin de sentimientos entre ellos; cada cual sabe poco de lo que sucede
fuera de la esfera de su propio mundo. Un extranjero llegado a cualquier vecindario,
contemplndolo de acuerdo a sus propios afanes e intereses, se ira de all con
impresiones totalmente diferentes e incluso totalmente equivocadas de aquel
pueblo visto en su conjunto. O, en otro ejemplo, abandonad por un tiempo el ajetreo
comercial y poltico de una gran ciudad para refugiaros en un pequeo pueblo
perdido en las montaas; all donde no existe el bombardeo de las noticias,
considerad el modo de vida y los hbitos mentales de sus habitantes y decid si el
mundo, considerado en sus diferentes partes, no se parece menos a s mismo que
al mundo de los ngeles que la Escritura coloca cabe nuestro.
As, el mundo de los espritu, por muy invisible que sea, est presente; en el
presente, no en el futuro, no lejos. No est por encima del cielo, ni ms all de la
tumba, est aqu y ahora: el Reino de Dios est entre nosotros. De esto habla el
texto: No ponemos la mirada en las cosas que se ven sino en las que no se ven;
porque las cosas que se ven son temporales, mas las que no se ven, eternas. Ya
ven que el Apstol la tena por verdad prctica, una verdad para guiar nuestra
conducta. No slo refiere al mundo invisible, sino al deber de contemplarlo; no
slo lo opone a las cosas que pasan, a las cosas temporales, sino que agrega que
hay all razn de ms para no mirar las de ac, sino poner la mirada ms all. Por
ms que la eternidad se proyecta hacia el futuro, no por eso se encuentra lejos; no
porque resulte intangible, lo invisible carece de influencia. De igual modo, dice en
otra epstola que nuestra conversacin est en los cielos (Phil. III:20) y, en otro
lugar, que Dios nos resucit y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jess (Ef.
II:6), aparte de recordarnos que nuestra vida est escondida con Cristo en Dios
(Col. III:3). Y parecidamente San Pedro, cuando nos dice que a Cristo lo amamos
sin haberlo visto, en l ahora, no vindolo, pero s creyendo, os regocijis con gozo
inefable y gloriossimo (I Pet. I:8). Y San Pablo tambin quiere que tengamos
presente que hemos venido a ser un espectculo para el mundo, para los ngeles
y para los hombres (I Cor. IV:9) y, en palabras ya citadas, nos habla de los ngeles
como espritus servidores, enviados para servicio a favor de los que han de
heredar la salvacin (Hebreos I:14).

As es el reino escondido de Dios; y, as como ahora est oculto, a su debido tiempo


ser manifestado.
Los hombres creen que son seores del mundo y que pueden hacer lo que les
venga en gana. Creen que esta tierra les pertenece, y que tienen poder sobre sus
movimientos cuando en realidad cuenta adems con otros seores, y el mundo
resulta ser la escena de un conflicto ms alto que lo que son capaces de concebir.
Contiene a los pequeuelos de Cristo que ellos desprecian, y a sus ngeles, en los
que no creen. Hasta ahora todas las cosas, aparentemente, permanecen como
desde el principio, y vendrn impostores burlones que dirn dnde estn las
promesas de su Parusa? (II Pet. III:3); pero en el tiempo sealado habr una
revelacin de los hijos de Dios (Rom. VIII:19) y los santos escondidos brillarn
como el sol en el Reino de su Padre (Mt. XIII:43).
Cuando los ngeles aparecieron ante los pastores, fue una manifestacin repentina:
Y de pronto se junt con el ngel una multitud del ejrcito celestial (Lc. II:13).
Qu admirable revelacin! La noche anterior haba parecido igual que cualquier
otra noche; tal como aquella en que Jacob tuvo su visin pareca igual que cualquier
otra. Estaban vigilando sus rebaos; vigilaban a medida que pasaba la noche. Las
estrellas pasabanlleg la medianoche. No tenan la menor idea de lo que ocurrira
cuando de repente se les apareci un ngel. Tales son el poder y la virtud escondida
en cosas visibles, y cuando Dios as lo quiere, se manifiestan. Por un momento, le
fueron manifestadas a Jacob, por un momento al siervo de Elas, por un momento a
los pastores. Sern manifestadas para siempre cuando venga el Cristo en el ltimo
Da, en la gloria de su Padre con los santos ngeles (Mt. XXV:31). Entonces este
mundo se desvanecer y el otro resplandecer.
Me gustara que pensaran en esto, mis hermanos, especialmente en esta
primavera, cuando la faz de la naturaleza toda se muestra tan feraz y hermosa.
Slo una vez por ao, una sola vez, el mundo que vemos exhibe sus poderes ocultos
y de alguna manera se manifiesta. Entonces brotan las hojas y florecen los rboles
frutales y las flores; y crece el csped y aparece el maz. Hay como una repentina
explosin que exterioriza aquella vida oculta que Dios aloj en el mundo material.
Y bien? Eso nos muestra, a modo de ilustracin, lo que puede hacer ni bien Dios se
lo manda, cuando da la voz de orden. Esta tierra, que ahora brota en forma de hojas
y florecimientos algn da brotar para convertirse en un nuevo mundo de luz y de
gloria, en el que veremos morar a los santos y los ngeles. Quin habra pensado,
a menos que no fuera por su experiencia de otras primaveras a lo largo de su vida,
quin habra anticipado hace dos o tres meses, que fuera posible que la faz de la
naturaleza, que entonces pareca tan inerte, se convertira en algo tan esplndido y
variado? Cun diferente es un rbol revestido de hojas y uno deshojado! Cun
inverosmil parece, antes de que ocurra, que las secas y desnudas ramas de
repente se vean revestidas con lo que resulta tan luminoso y refrescante! Y sin
embargo, en el tiempo oportuno, los rboles se revisten de hojas. Puede que la
estacin se retrase, pero al fin llega. Y as es con la venida de aquella Eterna
Primavera que los cristianos todos esperamos. Y en efecto, al fin aparecer, aunque
se demore un tanto; y por mucho que tarde, espermosla porque puesto que
vendr, no se demorar (Habacuc, II:3). Y as decimos da tras da, adveniat
regnum tuum, que significa: Oh Seor, mustrate; manifistate; aunque tu trono
est entre los querubines, mustrate; manifiesta tu poder y ven a ayudarnos. La
tierra que vemos no nos satisface; no es ms que un comienzo; pero es una
promesa de algo que est ms all; incluso cuando aparece con toda su gloria y nos
muestra de modo tan conmovedor lo que encierra en lo ms profundo, no nos

alcanza. Sabemos que hay mucho ms mucho ms, escondido en aquello que
vemos. Un mundo de santos y ngeles, un mundo glorioso, el palacio de Dios, la
montaa del Seor de los Ejrcitos, la Jerusaln Celestial, el trono de Dios y del
Cristo, todas esas maravillas eternas, sin precio, misteriosas e incomprensibles,
yacen escondidas en lo que vemos. Lo que vemos es la caparazn exterior de un
reino eterno; y en ese reino fijamos los ojos de la fe. Resplandece, Seor, como
cuando en tu Natividad los ngeles visitaron a los pastores; que tu gloria florezca y
brote como las hojas de los rboles; con tu poder omnmodo haz que este mundo
visible se convierta en aquel mundo ms divino que an no vemos; destruye lo que
vemos para que pase y se transforme en aquello que creemos. Por resplandeciente
que sea el sol, y el cielo, y las nubes; por verde que sean las hojas y los campos,
por dulce que sea el canto de las aves; sabemos que no son todo lo que hay y no
confundiremos la parte con el todo. Proceden de un centro de amor y bien, que es
Dios mismo; pero no son el Dios todo; hablan del cielo, pero no son del cielo; no son
sino rayos perdidos y plidos reflejos de Su Imagen; no sino migas cadas de la
mesa. Estamos a la espera de la venida del da de Dios, cuando todo este mundo
exterior, por bello que sea, perecer; cuando los cielos se incendiarn y la tierra se
derretir. Podemos soportar su prdida, pues sabemos no que ser mas que el
retiro de un velo. Sabemos que la remocin del mundo visible ser la manifestacin
del mundo invisible. Sabemos que lo que vemos es como una pantalla que no nos
deja ver a Dios y al Cristo, a sus ngeles y a sus santos. Y por la fuerza de la
aoranza que tenemos de aquello que no vemos, deseamos con toda el alma y
rezamos por la disolucin de todo lo que vemos.
Bienaventurados en verdad aquellos destinados a contemplar aquellas maravillas
en medio de las que se encuentran, a las que ahora miran, y que sin embargo no
reconocen! Benditos aquellos que a la larga vern aquello que con el ojo mortal no
se ve y que slo se contempla con la fe! Aquellas cosas maravillosas del mundo
nuevo estn incluso ahora como entonces sern. Son cosas inmortales y eternas; y
las almas que entonces cobrarn conciencia de ellas las vern en la paz y majestad
en las que siempre se mantuvieron. Pero quin podr expresar la sorpresa y
gozosa admiracin que descender sobre aquellos que las aprehendan por primera
vez, y para quines aquella percepcin resultar enteramente nueva? Quin podr
imaginar los sentimientos de aquellos que, habiendo fallecido en la fe, se
despertarn para el gozo?
La vida que entonces comience, lo sabemos bien, durar por siempre; y con todo, si
la memoria continuar siendo lo que es para nosotros ahora, en la eternidad aquel
ser un da muy celebrado en la presencia del Seor, por los siglos de los siglos. En
verdad, podremos crecer en conocimiento y amor por siempre jams y sin embargo
aquel primer despertar de entre los muertos, el da que ser simultneamente el de
nuestro nacimiento y el de nuestros esponsales, ser querido y santificado por
nuestros pensamientos por toda la eternidad.
Cuando nos encontremos, despus de un largo descanso, regalados con poderes
renovados, cuando nos sintamos llenos del vigor de la semilla de la vida eterna
aleteando en nuestro seno, cuando seamos capaces de amar a Dios todo lo que
querramos, concientes de que toda tribulacin, pena, dolor, ansiedad, luto y
congoja han pasado para siempre, cuando nos hallemos bendecidos por el afecto
pleno de aquellos amigos terrenales que hemos amado tan pobremente y que no
hemos podido proteger sino dbilmente cuando estaban en la carne, y, por sobre
todo, cuando estemos siendo visitados por la Presencia inefable, visible e
inmediata, de Dios Todopoderoso, con su Hijo Unignito, Nuestro Seor Jesucristo y

su Espritu Santo co-eterno y co-igual con l, aquella gran visin en la que la


plenitud del jbilo y del gozo que sern por siempre jamsqu pensamientos ms
profundos, incomunicables, inimaginables, nos acompaarn! Qu secretas
armonas despertadas, de las que la naturaleza humana pareca incapaz!
En verdad, todas las palabras terrenales resultan intiles para el servicio de
anticipaciones tan elevadas. Cerremos lo ojos y guardemos silencio.
Toda carne es heno, y toda su gloria como flor del campo; scase el heno,
marchtase la flor, cuando el soplo de Yahv pasa sobre ella. S, el hombre es heno;
scase la hierba, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece
eternamente (Is. XL:6-8).

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