Ernesto Carrin / 1977
BILLY THE KID SE HA EMPECINADO EN
ENVEJECER
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WANTED
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Silver city: el cielo de Nuevo Mjico es una ballena
sangrando sobre una playa de cactus mientras avanzo
fardo tras colina rbol sobre frontera entre prados
enteros con rboles y prados dentro en chozas
donde no vuelve ni la derrota ni el caf hirviendo
ni el hijo arrebatado llorando por su madre enferma
en ros y pedregales y huertos blancos de peras
brincando sobre la cresta de una iglesia donde vi
una vez un gallo de madera una escalera deforme y
a la muerte fumar largo en su caballo
Lunas ha
mi ropa se guindaba suavemente como una joya
arrancada a esa nuca peligrosa de los cielos
Yo era un sueo muy joven como para verme
acabar de rodillas estrangulado bajo un marco de
madera...
custodiado de aves peligrosas de
bandidos empecinados en rer a tripa suelta de
astros construidos por colillas de botellas que
aplaudan vacas alzadas en estantes
Y a veces -por la tarde- tocar la pena en vitrinas
llenas de humo ver los vagones de las casas que
jams partieron buscar la infancia en mujeres
de mandbulas flexibles que aligeraban el cido
de mis copulaciones. cuidaban bien los burdeles
adormeciendo caballos desmelenados y exhaustos
sobre canchas de polvo mesas ocres de teca
donde jinetes vidriosos raspaban el whisky amargo
atentos por la usura estos son mis hermanos me
deca- animales agachados en montes de piedra
halcones encendidos en la hoguera de sus pilleras
homicidas hermosos que acaso sin la ayuda de sus
cuerpos- mantenan latiendo al nio en el adulto
Entonces acabarse era importante saber que Uno
era Uno y no los otros saborendose la pulpa en
los excesos errando desde cero como un animal
destrozado que no logra justificar cmo ha vivido
pero que ha vivido. (Billy reapareciendo en el ojo
enemigo William H. Bonney limpiando su pual
sobre la
curvatura crespa de su lengua)
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Y desde Lincoln City / desde Tascosa, Texas/ desde
Clifton, Arizona donde acamp montado al siseo de
la serpiente hasta que o una noche el siseo de la
serpiente: afuera est el trabajo la casa por hacerse
las deudas pendientes y el Futuro triturndolo todo
-que se paseaba tambin con un cuchillo en la manosubi rpidamente desde las ramas en sombra que
dejaban los coyotes sobre las colinas
que no siente o vuelva otra vez el polvo a mi
sombrero: las aguas arremetiendo contra los potros
y los potros arremetiendo contra el horizonte la
manzana disputndole al sol su brillo las enaguas de
las hembras y el idioma de mi revlver que slo ha
hablado en presente...
Subi como visiones donde lograba por fin dormir
comer hablar apropiadamente sin sentir cmo la
carne se hinchaba en la raz de su furia masticar
el tabaco afeitarme rumiando el tiempo de los
hombres sobre canteras fulminadas y campos de
trigo
Si buscar entre dibujos la cada del rbol
Esperando el cuerpo que acabe con este cuerpo o el
nombre que suplante mis nombres pendientes que
oculte al nio indigente -nacido en Nueva York- que
an me toma de las manos huyendo de las cloacas
donde estrellas sepultaron sus huevecillos donde
las cucarachas lamieron el planeta cansadas de
migajas y peldaos
Pero tornarse la criatura era difcil: cargar las manos
crispadas -de aqu para all- abrazando las sombras
del mundo las sogas del mundo celebrando en alto
la muerte en el crneo del pescado y la pa del agua
colgado de este lenguaje que espolea en cualquier
camino disfrazado de hombre mientras mis
muertos siguen centrados en sus rodeos esperando
nicamente mi agotamiento o que diga otra tarde
Adis a todo esto- apoyado sobre un hombro
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Y an as me preguntan si abolir la tristeza
La emigracin de las nubes
perezosas en su terso
contrabando
El apetito del sueo
que hormigueaba en la noche
claveteado a la espina
Yo he de decir aqu aparece el cielo
Yo he de decir aqu arar el principio
Yo he de fundar mi casa
y no volver a partir
sobre terreno extrao.
MANUAL DE LOS ASESINOS
esto que se abre sobre ti, ahora es el cielo.
Podra pensarse es un cuerpo, con intenciones
de instaurarse, entre el zarpazo del ojo y tu hoja
tendida 0.25 de grama testaruda. Pero esto es una
choza nipona donde aparece tu madre, de slo 30
aos, sollozando. El temblor de su silencio rayando
las paredes / formando rostros en las manchas
de la losa. Su abrazo como un mantel enorme
encendiendo tu fuego. Cerrndote en su torno.
Cobrando un sentido extrao, pero completo,
en todas las erupciones de lo confesado. Das
hirviendo su acero sobre los prpados vidos de
cordeles. La piel trabada en los labios, movindose
a la sombra.
sigue todo atrapado por su huella, en un papel
insondable. Como esta ciudad de caucho que
solamente te nombra cuando callas. Como tu xodo
que ahora es tu fatiga y te devuelve en silencio a
la conmovedora tristeza de permanecer en ti. Algo
entonces se incorpora y te indaga detrs de cada
cifra que acomoda el espejo. Su lquido veneno
ha viajado hasta la escritura. Juntas la puerta;
esta misma puerta que ha logrado recordar tus
abandonos, mientras mirabas pasar a los navos,
una y otra vez, enraizados a una lluvia que descenda
pronunciada en el alboroto de las formas. Viendo
cmo el xido maquilla esos laureles, sin saber qu
son.
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las galaxias, partidarias como son de la
masturbacin, se hinchan desmelenadas cuando te
duermes. La evolucin del mundo para ti- es este
rbol rojo abierto sobre la vereda cuidando la nada.
Odias al prjimo que suea que le pertenece tu
alcohol de paso. El equilibrio triste en los corredores
donde clasifican las nuevas formas de asentar la
cabeza. Odias la geometra de tus modales, que
parecen sacrificarse, entre tanto bullicio flotando
en las carniceras del mundo. No hay descanso
en tus manos que saludan grotescamente para
entrar en la violencia de otros cuerpos. Hoy tantos
cuerpos. Vuelves a dormirte; y un Big Bang retumba
furiosamente sobre los campos de Asia. Desde hace
algunos aos. Entonces, amanece. La luz acude a
la luz; y tus manos siguen trotando sobre planicies
curtidas y frases mal trabajadas por temor a la
belleza que te trae a flote. La luz acude a la luz; y
descubres, decepcionado, que eres lo ms parecido
a un hombre que conoces. Aquello que necesita an
completarse con tu derrota.
ests sucio y desmembrado todo el tiempo
como formando un muro. Describiendo las
armas. Participando como una mquina para la
exploracin de un nombre. Eres la boca dilatando
su carcoma, negndose a volverse esta escritura.
Negando en repararse. La alberca -con cartelesdonde los sapos cavan tu infancia en un charco
de luces. Las cuentas que no brinda tu madre. Tu
propiedad privada. El valon encerrado en este
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bloque de dedos que acaban por borrarse en un
ro de fsforo, innecesariamente. Un tringulo de
tigres que amenaza la simetra de su lepra. La nica
ciudad que fue saqueada por la respiracin de sus
maderos, mas no por la venganza de sus habitantes.
Las cuentas que no brinda tu padre. La ausencia de
condena. Las aspas de los rganos tendidos sobre
arenas industriales.
con los ojos abiertos como animales blancos: has
escupido en la boca de mujeres hermosas. Has
escupido entre sus piernas cuando vuelven de la
muerte y se desploman con la mirada incrustada
en la cornisa. Has escupido en la boca de mujeres
maduras, gordas y estropeadas. Has aceptado del
mundo lo que ha querido entregarte. No has luchado
por nada. Has recibido sus sobras/sus ofrendas con
las manos agradecidas y manchadas de miedo. (La
voluntad nicamente la viste en cada lnea torcida
como un pretexto.) Has dormido con mujeres por no
sentirte solo. Vapuleado tu carne en autos/baos/
zaguanes/calles y moteles llenos de tinta. Has
sonredo ante la estupidez humana. Has abrazado
amigos que clavan su msica bajo las mantas ms
duras. Has callado ante la bofetada y el agravio.
Has respondido tambin. Has golpeado, tropezado
y bebido como un yute.
has olvidado tu nombre y apuntado sobre las sbanas
aqu habita algo. Te has despertado llorando,
a mitad de la noche, y rezado enceguecido por
un sudor ya liquidado sobre espaldas liquidadas,
igualmente. Has dicho: basta: la escritura no se
acostumbra a nuestros modales. Has dicho: hoy
cambiar para siempre esta intencin de perderme
en los patios sombros. De irme haciendo nada. De
tratar de desvanecerme a fuerza de tumbos.
t eres lo ms parecido a un hombre que conoces.
Ningn rostro de ti. Ningn momento. Y tu fuerza se
reduce -la mayor parte del da- a no hacer nada. A
no dictar palabra. Porque cuando no haces nada,
el cielo es blanco y el sol vuelve al tormento de sus
pilares. Porque cuando no dices nada, tu maldad
es Rey.
pero cunta ingenuidad la de la muerte que
interrumpe la ruina. Guardada en el silencio
apacible de las escopetas. Fuera de este mundo.
Tratando de extraviarte o doblarte en la proximidad
y la ruptura de los ejes que se pudren al comps de
las lenguas. Siempre prendiendo fuego a esos lemas,
donde la multitud nos pasa su factura. [Se defiende].
Aqu bien lo dijimos- se anulan las promesas y el
orgullo para que el cuerpo hable. Se cubre apenas
con un sueo el largo rostro de lo que una vez
amamos, hasta presentir que la marea se esconde
en los relatos de decenas de vecinos incapaces
de testificar sus aventuras. Trajinando hacia una
opacidad ms grande que sus obediencias.
el purgatorio en que vives tambin se mueve en
ciclos: el bamb tan pequeo y parejo donde las
estrellas heladas desmoronan sus tmpanos de
cuarzo// la humedad que, por la noche, raja tu
escalera donde muchas veces te sentaste a planear
un cuerpo// la ventana agitada por los surcos del
vidrio donde la combinacin de los colores orquest
el regreso de un albaricoque.
en tu purgatorio la ausencia es la felicidad entera.
La llenura que pudre la comida. El cansancio de
las formas en el coliseo del ojo. Las blancas hojas
que logran ser navos saliendo hacia otras playas.
Y regresan.
repite con nosotros: Soy mi credo y mi propia
decadencia. Soy la posibilidad de un cuerpo.
Su corte de amuletos. Soy la desintegracin. La
posteridad: su crculo lleno de hormigas. La letra
que con sangre entra. Soy mi propia sociedad civil.
Mi fin y mi comienzo.
la mancha roja de tantas estampidas feroces sobre
otros cuerpos rotos.
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