0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 1K vistas207 páginasVALLEJO Crónicas de Poeta PDF
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ANOTACIONES
(A manera de prélogo)
“Por delicadeza he perdido mi vida”
RIMBAUD
Si bien la poesia representd para César Va-
lejo “los nimeros del alma” (segtin se desprende
de una carta a su amigo Antenor Orrego), su pro-
sa, y en este caso las crénicas aparecidas entre
1915 y 1938, representaron alternativamente, aca-
so, con el resto de su obra narrativa, un algebra de
las ideas, es decir, un desideratum en el que el
tacto escribe, el oido selecciona y el espiritu orga-
niza el corpus de las ideas con recurrencia interior,
perspectiva deductora y aquella rigurosidad cues-
tionante que, no por casualidad, se pusiera de ma-
nifiesto en su obra poética. En una palabra, en un
concierto y en un desconcierto a la vez, que sinte-
tiza para el observador una lucidez penetrante.
Podria decirse que Vallejo se redescubre en
sus cronicas con un temperamento incisivo acorde
a su pensamiento critico, que de alguna manera
va a traslucirse en obras de diversa indole que,
también, escribiera por aquellos afios (Contra el
secreto profesional, tal vez aludiendo a la obra
del poeta Jean Cocteau, El arte y la Revolucion,
aparecido afios después de su muerte, etcétera),
incorporando, de una vez por todas, una corres-
pondencia y un sentido de anilisis en torno a la
vigencia estética y al valor de la poesia en si como
género cotidiano en la época moderna. “Mis vo-
tos son siempre por la sensibilidad”, dice, sinteti-
zando su credo en un articulo suyo aparecido en
Mundial en enero de 1926.
Un antecedente brillante del autor de Trilce
es el que habia iniciado ya con un célebre —aun-
que para muchos tempranamente realizado— es-
5tudio sobre “El romanticismo en la poesia caste-
Ilana”, publicado como tesis para optar al grado
de Bachiller en la Facultad de Filosofia y Letras en
la ciudad peruana de Trujillo en 1915. De alli que
aquella organizacién textual, pienso, evidencia ya
fuera de toda duda la fibra de un escritor al que le
Preocupa tanto el oficio en el camino de las letras
como las circunstancias de compenetracién con las
mismas, en una consustanciacién de “caos primi-
genio” que prevalecera durante toda su existencia.
En tanto que la escritura cobra en el cro-
nista, una vez en Europa, un tono y una afir-
macién correspondidos por una sensibilidad so-
brecogedora por lo reflexiva y reflexiva por lo
sobrecogedora. Algunos de esos conceptos llega a
desarrollarlos tardiamente en “La responsabilidad
del escritor”, sin agotar el tema (Revista E/ Mono
Azul, N° 4, Madrid, 1939).
De modo que aquella escritura, ahora evaluada
a través del tiempo de “jornada entera” a la que se
habia entregado, llega a cumplir la funcién de un
lenguaje de serena introspeccién ante los aconteci-
mientos de orden internacional que, con mayor ri-
gor, deberia Ilamarseles notas de pensamiento por
la importancia que, como “crénicas”, han ido to-
mando a medida que pasan los afios. Y en este
sentido, el poeta es un intelectual de hondura que
concibe Ja actitud de informar més allé del sentido
periodistico, en efecto, al elaborar y reelaborar el
texto en una conciencia de la verdad en toda su
dimensién. Asi, por ejemplo, argumenté sobre el
proceso del fascismo en “Un millén de palabras
pacifistas” (1927) y de la misma forma analizé la
situacién de su pais en la nota “;Qué pasa en el
Peri?”, aparecida en Germinal en junio de 1933.
En resumidas cuentas, en la década de los
treinta, la situacién en Espafia habia Ilegado a un
punto tal de agravamiento por la situacién interna,
que se precipitaba patéticamente en la Guerra Ci-
6vil. Tal expectativa, Vallejo la vivid en toda su dra-
maticidad, como también llegé a entrever el peligro
inminente de la Segunda Guerra Mundial y sus con-
secuencias inmediatas en el espectro internacional.
Asimismo, muchas otras paginas estremece-
doras fueron condensadas en Rusia en 1931. Re-
flexiones al pie del Kremlin, obra editada en Ma-
drid por ediciones Ulises. Un libro, es cierto, que
concibe la historia de los acontecimientos sociales
con la certeza de que debe irse siempre “al pasado
para comprender el futuro”. De tal manera que
encontrar la libertad, para su fuero intimo, era una
forma de salvar el alma, que, como en la poesia,
es la “oracién verbal de la vida”. O sea, por afiadi-
dura, la piedra fundamental del vértigo en la na-
turaleza de los grandes temas, en la memoria del
ser y la palabra: “El artista no se circunscribe a
cultivar nuevas vegetaciones en el terreno politico,
ni a modificar geolégicamente ese terreno, sino
que debe transformarlo quimica y naturalmente”,
dice en “Los artistas ante la politica”, refiriéndose
en su mayor parte a las conclusiones estéticas del
pintor mexicano Diego Rivera.
iQué universal aparece ahora el bosquejo de
las horas, la irradiaci6n de las manifestaciones ar-
tisticas y la retérica, en esas paginas apenas habi-
tadas por la intranquilidad!... Qué vocacién secreta
de mundo inspira su plumat...
LAS CRONICAS DEL INSOMNE
“Quedéme a calentar la tinta en que me ahogo”
(De Poemas humanos, 24 de set. de 1937)
Con la tesis “El romanticismo en la poesia
castellana”!, uno de los mas antiguos trabajos en-
7sayisticos de Vallejo, podria decirse que se inicia
un periplo en su obra prosistica (hasta ahora co-
nocida) y el punto de partida de los primeros tra-
bajos de dimensién periodistica para algunos dia-
tios de la regién (E/ Norte, La Semana, La Refor-
ma, entre otros, de Trujillo), y que mas tarde se
extenderan a la ciudad de Lima (La Prensa, El Co-
mercio, Mundial y Variedades), hasta el momento
de viajar a Francia en 1923 y dedicarse, desde alli,
a la tarea vertiginosa de colaborar con revistas y
periddicos de América del Sur y de Europa. Esa
serie de colaboraciones que sucesivamente iran apa-
reciendo con el emblema “Desde Europa”, deno-
minacidn caracteristica que antecede al titulo de
cada uno de los articulos, y que comienza con el
texto “En Montmartre”, fechado en Paris en julio
de 1923 y publicado en el ya mencionado E/ Norte,
del 26 de octubre de ese afio.
Aquella primera crénica es una semblanza
que el poeta peruano recoge de la conversacién
con un espafiol en las proximidades de los Cam-
pos Eliseos. Son impresiones curiosas que des-
piertan la capacidad de captacién de su interlocu-
tor y ponen de relieve un intercambio de anhelos
que, sigilosamente, eso es, va demarcando un cua-
dro de situacién geogrdfica en el poeta y confi-
gurando el perfil de un personaje novelesco, por
lo curioso, en el segundo. Es un cuadro Ileno de
vivencias personales cuyo trasfondo sigue sien-
do el papel del desterrado y Ia ironia de las cosas
que se manifiestan a su alrededor. Secretamente,
sigue ligado aun a sus “nimeros apostdlicos”, co-
mo una clave misteriosa y sarcdstica que, por en-
de, lo hace autocalificarse como “obrero” en busca
de una oportunidad de trabajo.
Sin embargo, no es sino hasta 1924 cuando
Vallejo empieza a mantener para E/ Norte, casi
exclusivamente (salvo una nota aparecida en Afar
8de La Corufia, Espafia), que comienza con El pdja-
ro azul —6pera prima de Maurice Maeterlinck—,
que el cronista desmenuza, parte por parte, desde
la representacién en el teatro Cora Laparcerie. De
ahi que su punto de vista no se haga esperar y, a
pesar de la celebracién critica que todos los me-
dios hacen de la obra, el poeta dice de la misma:
“Desde luego que tan fantdstica mise en scéne,
ante tal derroche de sensualismo epidérmico, mon-
tando emociones en las tablas, mis nervios se en-
cabritan, se desorbitan y una sensacién de insdlita
burdez los asalta, aserrandolos a grandes molares.
¢Por qué se nos maltrata asi, enterrando el color
en nuestra piel hasta el pomo del vocablo? ¢Por
qué el infierno, hecho sietes como espadas en
los siete satanes de la retina? ;Por qué se nos
aporrea asi la sensibilidad? ;Por qué se nos grita
y se nos da de piedras en el alma? ;Acaso estamos
sordos 0 embotados? {Eso es acaso una sesién de
vil pitomania? Una Luz, un atavio brillante, de
pedrerias y perlas como histéricas, un Tiempo,
en albo traje de plata, cana patilla padretérnica y
yatagan hecho de 181 grados del cuadrante; un
Roble, en verde irredimible... ;Por qué se nos apo-
rrea asi la sensibilidad, chamuscandonos de co-
lor? Si. La Luz. Sin duda. Pero no basta que sea la
Luz. Menester es que se vista de Luz. Y que cada
velo suyo clarinee a todas las orejas: jLuz! Ello
mueve a volver a la comadre escandalosa, y res-
ponderle, en acto medular, con una orden al laca-
yo, para que nos la aparte enseguida”.
Necesariamente, esta crénica ya pone en evi-
dencia la capacidad critica de su autor, desafiando
el 4nimo y el temperamento europeo del espec-
taculo y de la puesta en escena de la obra en si.
Una obra y un escritor del calibre de Maeterlinck,
al que Manuel Gonzalez Prada hace reiteradas alu-
siones por su influencia en las letras peruanas...
9No. De ninguna manera Vallejo se postula co-
mo un resefiador mas del conjunto de resefiadores
de la cultura del viejo mundo. El cardcter de sus
notas esté promovido por una sensibilidad inusual,
de raro talento, de descreimiento del acontecimien-
to facil. Y esta sensibilidad de un hombre que
clama por la luz y por las coordenadas eternas
de la sensualidad, no es solamente la sensibili-
dad de un hombre atormentado por los parametros
de una territorialidad intelectual proveniente del
suelo americano. Porque es, seguro, la razonada vi-
sién de un poeta condolido por Ia hipocresia y la
superficialidad en el decorado humano, en la hora
veinticinco de todo ser. Ni més ni menos. Y aquel
interruptor sagaz de la mente permanecer4 encen-
dido, acaso, en la dimensién real de la escritura:
porque “el arte descubre caminos, nunca metas”.
LAS COORDENADAS
DEL PENSAMIENTO CUANTITATIVO
“Confianza en el anteojo, no en el ojo”
(De Poemas humanos, 5 de oct. de 1937)
En marzo de 1925 Vallejo se emplea como
secretario del llamado Bureau des Grands Jour-
naux Latino-Americains, entidad recientemente
conformada. Tiene preocupantes problemas de sa-
lud y por ese entonces recibe una beca en Espafia
que lo obliga a viajar de Paris a Madrid. Con el
pasar del tiempo, renuncia a esa pensién por cues-
tionamientos morales. (“Tengo 34 afios y me
avergiienza vivir todavia becado”, dice a su amigo
Pablo Abril de Vivero). Y es el primero de mayo
que da cuenta, en Mundial, acerca de “Los grandes
10periddicos latinoamericanos”, en una resefia ex-
haustiva de la empresa dirigida por Alejandro Sux
a la que esta ligado laboralmente.
Durante aquel afio César Vallejo escribe unas
dieciocho crénicas publicadas casi todas en Mundial,
salvo “La inmigracién amarilla al Peru’, entre otras,
que se publicé en L’Ewrope Nouvelle de Francia.
En este periodo hay un especial interés en
todo lo relacionado con las artes plasticas, la lite-
ratura y sobre cualquier otra disciplina o miscela-
nea, hay un obsesivo y tangencial desglosamiento
de los temas afines al amor, la metafisica y, funda-
mentalmente, el teatro. En este sentido, argumen-
ta: “Por lo que respecta al teatro francés moderno,
su valor es el de siempre: mediocre”. Y en cuanto
a las manifestaciones de la plastica, agrega en “Es-
pafia en la exposicién internacional de Paris”, con
referencia al escultor Joseph Decrefft: “la estética
interpretativa ha muerto, dejando lugar a la esté-
tica creadora”. Y es en este mosaico donde hay
una singularisima nota, “Las fieras y las aves raras
en Paris” (del 6 de noviembre de 1925), que con-
lleva una expectativa de inclinaciones politico-
literarias y de informacién cultural que mas bien
reproduce la calidad de un retablo de la época. Una
época en la que sobresalen figuras como Isadora
Duncan, Ana Pavlova, Conan Doyle, el Ku-Klux-
Klan, un congreso espiritista y, todavia, una men-
cién a Lenin y la literatura rusa. El texto, es ver-
dad, recompone el exotismo ambiental en una
galeria inesperada de reflexiones donde el humor,
el Acido humor, va descifrando un delicioso encuadre
ilustrativo de las personas, a base de observacion,
pesimismo y delicadeza poética. Eso mismo que
vuelve a repetirse, una y otra vez, en otros articu-
los no menos importantes registrados para ese con-
trovertido e inquietante periodo en la existencia
de Vallejo. De modo que en “El Salén de Otofio
11en Paris” (27 de noviembre), hay una vuelta de
tuerca en lo referente al pensamiento del poeta en
torno a la plastica, no exento de ironia al referirse,
de paso, al autor de E/ secreto profesional?. Una
evaluacién de la pintura moderna en Picasso, Bra-
que y Van Dongen, entre otros, pasando por el
cubismo en boga y las reminiscencias del impre-
sionismo, asi como los romanticos que condenaron
en toda su extensién el arte pagano y las excentri-
cidades del renacimiento, claro esta, como Dela-
croix y Corot. Y esa evaluacién es edificante cuan-
do afirma que: “El ojo, mas que el espiritu, gusta
lo simple y no lo intrincado. Cadtico, o por lo me-
nos complejo, es el arte que quiere decir algo y
significa algo, es decir, el arte hecho para el espi-
ritu, mientras que este otro arte hecho para la re-
tina no aspira sino al placer fisioldgico, o lo que
es igual, a la dicha subconsciente profunda, uni-
versal, permanente. La retina y toda nuestra sen-
sibilidad, en general, goza cuando estd ante algo
que no padece de lo que podria Ilamarse pedante-
tia de conciencia o pedanteria de simbolo, éste o
el otro”. En este aspecto el poeta se acerca a Cole-
ridge. Para concluir afirmando que la vanguardia
se congratula con Tabory, Foujita, Decrefft, De
Gargallo, Brecheret y el artista mexicano Bracho.
En definitiva, son del mismo tenor anali-
tico y francamente variado ante los temas, las no-
tas que llevan por titulo: “La conquista de Paris
por los negros” (11 de diciembre); “El hombre
moderno” (13 de diciembre); en la que no oculta
un particular goce instintivo hacia lo esencial-
mente literario. O no se encuentra eso en uno
de sus aforismos lanzados a la paisajistica moder-
na, cuando dice: “Hacedores de imagenes, devol-
ved las palabras a los hombres”.
Todo lo demas es una visién nocturna, un
espejismo sobre el que insistira después. De ahi
12las otras historias cuantitativas que daran la razén
a Antenor Orrego: “César Vallejo esta destripan-
do los mufiecos de la retérica”.
LA BUSQUEDA IMPLACABLE
“Me viene, hay dias, una gana ubérrima, politica”
(De Poemas humanos, 6 de nov. de 1937)
Entre Jas idas y venidas de Vallejo de Paris a
Madrid, las angustias econdmicas no dejan por un
instante de ser un elemento descontrolador en su
vida. Y en 1927 cambia de trabajo; aunque no deja
en ningin momento de colaborar en los periddicos
acostumbrados. Es mas, se produce el abandono
definitivo hacia los “Grands Journaux” y entra en
estrecha relacién con un vespertino de Argentina
en condiciones al parecer deplorables. Eso se des-
prende de una carta dirigida a Pablo Abril de Vi-
vero: “He entrado a trabajar a La Razén de Bue-
nos Aires, con un sueldo de quinientos francos y
con un trabajo enorme, de once a doce y de dos a
seis y media de la tarde. Soy aqui un poco secreta-
rio, portapliegos, traductor, portero, etcétera. Co-
mo usted ve, he vuelto a caer en ‘amanuense’ en
la calidad econémica de amanuense”. Y entre otros
pormenores el poeta narra con lujo de detalles las
circunstancias de aquella experiencia. Su 4nimo es
taciturno y desconsolador. Pero no obstante eso,
su fibra critica, de acuerdo a las notas de esa época,
no baja su perfil ni desmerece la calidad de sus
hipérboles deductivas en el replanteamiento esté-
tico y mucho menos en los pardmetros éticos de
su vision de las cosas y de la naturaleza humana.
De aquella misma carta, prosigue diciendo: “Sali
13de los Grands Journaux y caigo ahora en esta otra
cosa. Es irremediable. El que nacié para esto, no
puede ser aquello. Estaba escrito. Mientras tanto,
los hay quienes son econdémicamente felices, con
tanto 0 menos mérito vital que yo. Tanto peor.
Le aseguro, Pablo, que tengo a veces momentos
de fe en el ‘reino que no es de este mundo’ de
Nuestro Sefior. De otro modo, hay que concluir
en que no hay justicia en el universo”.
Acaso una de las crénicas més bellas que Va-
Ilejo escribiera en esos dias (tanto por su valor
poético como por su detenido espectaculo surreal
al que obstinadamente recurre), es el titulado “La
Fiesta de las Novias en Paris”, con el que inicia
sus publicaciones en Mundial del 1° de enero. El
texto, claro esta, es decididamente prosa poética.
Y la magia no deja de rondarle como por encanta-
miento y resurreccién de las penurias parisienses.
Alli vibra el esplendor dialéctico de las metaforas
sin descuidar el encuadre social y el anecdotario
cotidiano del entorno urbano.
De aquel periplo que va de lo reflexivo a lo
nostalgico, se cuenta una variedad importante de
temas relacionados con el cine (al que Vallejo rin-
de admirable testimonio), a la plastica (donde alu-
de a la muerte de Claude Monet), a la épera y la
danza (con la muerte de Isadora Duncan) y en el
entreacto politico y social, “El otro caso de Mr.
Curwood”, relacionado con la ejecucién de los anar-
quistas Sacco y Vanzetti. Hay, ademas, una cons-
tante preocupacién del poeta ante los temas espe-
cificos del arte y, en particular, de la literatura en
relacién con las tendencias vanguardisticas. La po-
lémica de la literatura proletaria era un tema vi-
gente y él lo trata en varias crénicas (“Sobre el
proletariado literario”, “Ejecutoria del arte socia-
lista” y “Literatura proletaria”, etcétera). Pero tam-
bién se desliza en un tema que linda con la psi-
14quiatria, “La locura en el arte”, polemiza en torno
de Maiakovsky, indaga sobre el teatro moderno y
se detiene en una semblanza de “La Nueva Poesia
Norteamericana”, asi como entrevista al poeta Tris-
tan Tzara, creador del movimiento Dada, rinde ho-
menaje a Baudelaire y, en suma, hace una constante
indagacién acerca del surrealismo (“Autopsia del
surrealismo”, 1930) y entre otros textos paralelos
afines (“La Gioconda y Guillaume Apollinaire”,
1927), donde concluye diciendo: “De Mallarmé a
Guillaume Apollinaire. Tal es la cordelada en la
poética francesa. El tiempo ira diciéndolo, mas y
més claro, con su enorme vozarrén”. Es ésta una
referencia a un suceso en el que Apollinaire es acu-
sado de haber robado La Gioconda de Leonardo Da
Vinci, por su vinculacién con el aventurero belga
Géry Pieret. En esa historia, éste huye, pero Apo-
Ilinaire es detenido el 7 de septiembre de 1911 y
puesto en celda en la Santé en Paris; aunque seis
dias mds tarde su abogado obtiene su libertad y al
afio siguiente se le concede el sobreseimiento defi-
nitivo al comprobarse su total inocencia.
De modo que Vallejo, retomando aquel céle-
bre suceso y dotandolo de un ingrediente humo-
ristico que, por lo insdlito, revive el caso desde el
punto de vista del absurdo, juega con la imagina-
cién hasta reconstruir la anécdota y su relacién
con la vanguardia y su alcance en la poesia moder-
na. En este aspecto, se burla de la misma historia
judicial y reconoce en Apollinaire la dignidad de
su merecimiento intelectual en cuanto al mito:
“Guillaume Apollinaire fue, pues, el ladrén de
Monna Lisa, el padre del superrealismo y el pri-
mer que, antes que nadie, recolecté en los vastos
cementerios de la guerra, donde todos le mataron,
las nuevas wagneritas del espiritu nuevo en poesia.
Por todos estos hechos inolvidables, desaparecido
Apollinaire, se empieza a admirar y a enaltecer su
15nombre, haciéndole justicia. Se empieza a descubrir
los ricos yacimientos de radio en grano lirico, ocul-
tos en su obra y en su vida. Un archipiélago de
amor y desagravio surge en torno a su recuerdo”.
Antes de 1930, realiza dos viajes a Rusia de
donde viene profundamente impresionado; pero
también aterrado ante la incomprensién del idioma
y esperanzado porque ha conseguido, al menos, la
promesa de colaboraciones para algunos periddicos
soviéticos. Consecuentemente, muchos de aquellos
escritos se vertieron en Rusia en 1931 y otros en
El arte y la Revolucién aparecido péstumamente.
En enero de 1930 el poeta interrumpe los en-
vios a Mundial y, en cambio, los inicia en la revista
Bolivar que dirige su amigo Pablo Abril de Vivero,
en un total de diez articulos.
Desde alli hasta su muerte, el autor de Los
heraldos negros, asume una posicién cada vez més
involucrada con la lucha espazfiola y el estudio del
marxismo. Escribe “Las grandes lecciones cultura-
les de la Guerra Civil Espafiola” (1937) y culmina
con una nota incompleta acerca de “La responsa-
bilidad del escritor”, publicada, como ya se dijo, en
la revista de Neruda E/ Mono Azul, un afio des-
pués de la desaparicién del poeta.
No obstante estas deducciones, y del gran in-
terés que el poeta peruano manifesté por Ia poli-
tica, él ya habia tomado partido sobre la diferencia
que existe entre el poeta y el politico, establecien-
do sus personales coordenadas: “El poeta es un
hombre que opera en campos altisimos, sinteti-
zantes. Posee también naturaleza politica, pero la
posee en grado supremo y no en actitudes de capi-
tulero o de sectario. Las doctrinas politicas del
poeta son nubes, soles, lunas, movimientos vagos
y ecuménicos, encrucijadas insolubles, causas pri-
meras y ultimos fines. Y son los otros, los politi-
cos, quienes han de exponer e interpretar ese ver-
16bo universal cadtico, pleno de las mas encontradas
trayectorias, ante las multitudes. Tal es la diferen-
cia entre el poeta y el politico”.
MANUEL RuANO
Esta seleccién de textos se ha realizado teniendo en cuen-
ta una variedad de trabajos efectuados sobre las Crénicas de
César Vallejo, publicadas en distintos medios y paises. En
1984, la Universidad Nacional Auténoma de México edité la
casi totalidad de las Crénicas recopiladas por el escritor En-
rique Ball6n Aguirre. Y en 1987 se publicé Desde Europa
(Cronicas y articulos, 1923-1938), ordenado por Jorge Pucci-
nelli, para Ediciones Fuente de Cultura Peruana de Lima?.
Por otra parte, crei conveniente agregar a esta selecci6n
un texto desconocido del poeta, “La intelectualidad de Truji-
Ho”, que me facilitara el poeta peruano Ricardo Silva Santis-
teban y que, segtin tengo entendido, procede de una hija del
gran amigo de César Vallejo, Antenor Orrego‘.
También se ha incorporado a esta muestra la entrevista
que le hiciera en Madrid para el diario E/ Heraldo César
Gonzilez Ruano y las reflexiones que el escritor espafiol
hiciera sobre el poeta en Veintidds retratos de escritores
latinoamericanos en 1952.
Por ahi, pienso, van afortunadamente las fulguracio-
nes de la poesia y el pertinaz encanto del entendimiento,
cuando juntos irrumpen en el verbo de los tiempos como
una gema rara y radiante.
17NOTAS
1. Universidad de La Libertad, Trujillo, Tipogeafia “Olaya” —Pro-
greso 511—, 1915.
2. Jean Cocteau.
3. Habria que mencionar también, Artéculos olvidados (Talleres Graficos
P. L. Villanueva, 1960), con una breve noticia de Luis Alberto San-
chez y compilacién de Jorge Puccinelli.
4. El texto esté fechado en 1918 en la ciudad de Lima.
18SOBRE POESIA Y LITERATURA
DESDE LIMA
CON MANUEL GONZALEZ PRADA
EL SALON de lectura de la Biblioteca, como siem-
pre, concurridisimo.
Su paz abstractiva. Una que otra mano fojea
impaciente. Los pasos morosos de algun conser-
vador, buscando en los estantes. Oleos de perua-
nos ilustres en los muros se lastiman con la luz
de los viejos ventanales.
Pasamos. En la sala de la direccién. Desde una
fina actitud acogedora y sentado en el sofa ligera-
mente, como auscultando el momento espiritual, el
maestro deja caer palabras que nunca sofié escuchar.
Su vigoroso dinamismo sentimental que sub-
yuga y arrastra, la fresca expresién de eterna pri-
mavera de su continente venerable tiene algo del
marmol alado y suave en que la Hélade pagana
solia encarnar el gesto divino, la energia superhu-
mana de sus dioses. No sé por qué ante este hom-
bre, una reverberacién extraordinaria, un soplo de
siglos, una idea de sintesis, una como emocién de
unidad se cuajan entre mis fibras. Se diria que sus
hombros vuelan el vuelo legendario de toda una
raza; y que en su nevada testa apostdlica brota en
haces de luz blanca, inapagable, la maxima poten-
cia espiritual de un hemisferio del globo.
19Yo le miro sobrecogido; el coraz6n me late
mis de prisa, y vuelan disparadas mis mayores ener-
gias mentales hacia todos los horizontes, en mil
centellas raudas, como si algun latigazo dirigente
fustigara de subito a un millén de brazos invisibles
para un trabajo milagroso, mas alld de la célula...
Es que Gonzalez Prada, por una virtud hipndtica
que en estado normal sdlo es peculiar al genio, se
impone, se aduefia de nosotros, toma posesién de
nuestro espiritu y acaba por sugestionarnos.
En esta visita, como en las anteriores, Prada
habla de arte. No es prédigo en palabras. Sus pos-
turas de concepto son siempre sobrias. Pero Ilamean
de emocién y optimismo y ninguna solemnidad.
iCémo se desintoxica uno delante de esa in-
mensa montafia pensadora!
—Pero los doctores dicen que no —le res-
pondo—. Dicen que tal literatura simbolista es
un disparate.
—Los doctores... jSiempre los doctores!—.
Sonrie piadosamente.
Ni aun en sus sentencias gasta solemnidad
pontificia. La linea, en su silueta hidalga, vibra
siempre en un fervor sediento de verdad. No tiene
la pausa de la senectud; siente la vida en pleno
meridiano, en afan, en inquietud que es renuevo.
Por él no pasa el ala apacible que se abandona
horizontalmente, sino el ala en el ritmo acelerado
de un vuelo que sube eternamente. Por eso no es
solemne. Porque no parece un anciano. Es una pe-
renne flor ecuatorial y rara de rebeldia fecunda.
Le pregunto sobre nuestra poesia nacional.
—Hay en ella la influencia del decadentis-
mo francés —me dice—. Y después, saborean-
do un pronunciado tinte de complacencia, agrega:
—Y de Maeterlinck.
Hay un ancho reposo de conviccién al final
de cada una de sus frases, que después de pronun-
20ciadas parecen consolidarse, destilar su valor sus-
tancial en sangre, arrellanando fuertemente su me-
lodia ideal en nuestras venas mismas.
Luego le rezo ferviente al gran comenta-
dor de Renan:
—Como me manifestaba Valdelomar el otro
dia, el Peri nunca sabra pagar la gratitud enor-
me que le debe.
La tez de su rostro se aviva en una sonrisa
que aletea en silencio de lejanas cumbres olvidadas.
—Y la juventud actual —continud como mar-
tillando entusiasmado con los labios un aplauso
caluroso— es hija de su excelsa labor de libertad.
—Si, pues —me contesta—, hay que ir contra
la traba, contra lo académico.
Chispea en sus ojos videntes un diamante pr6-
cer. Y me acuerdo de aquella Biblia de acero que
se llama Péjinas libres. Y creo envolverme en el
incienso de un moderno retablo sin efigies.
—En literatura —prosigue— los defectos de
técnica, las incongruencias en la manera, no tie-
nen importancia.
—Y las incorrecciones gramaticales —le
pregunto—, evidentemente. ¢Y las audacias de
expresién?
Sonrie de mi ingenuidad; y labrando un ade-
man de tolerancia patriarcal, me responde:
—Esas incorrecciones se pasan por alto. Y
las audacias precisamente me gustan.
Yo bajo la frente.
En la grave distincién de su porte la opaca
claridad esplinatica de la sala se funde y se mar-
chita. A sus pies se arrastra una lengua de sol hu-
milde que figura una delicada llama de lunas de
dpalo que llegara fugitivo y jadeante de muy lejos.
Al oir las ultimas palabras del filsofo pienso
en tantas manos hostiles, distantes ya. Y pienso
en que mafiana habrd aurora.
21Con una leve sonrisa que curva en inte-
rrogacién sutil, que sondea y estudia, Gonzalez
Prada conversa, alargando asi los momentos de
su acogida intelectual.
Y me obsequia con un entusiasta elogio
inesperado.
Me invita a visitarlo de nuevo. Y este maestro
en el continente, este orador que ha pulverizado
tanto érgano deforme de nuestra vida republicana
y cuya labor no es de hojarasca, de mero buen ha-
blar, sino de incorruptible bronce inmortal, como
la de Platén y la de Nietszche; este egregio capitan
de generaciones, siempre flamante a quien ama y
con quien piensa y seguira pensando la juventud;
este gentilhombre, enemigo de todo formulismo,
como lo es de toda farsa, me tiende la mano amiga
desde la puerta de la Biblioteca Nacional en un
rasgo personalisimo de inteligencia y cortesfa.
Yo salgo vibrante. Con lo dicho por el autor
de Horas de lucha, Minusculas y Exéticas, siento
los nervios en tensién inefable, como lanzas aca-
badas de afilar para el combate.
Entre los ruidos bronces de la gente que va y
viene, llora una flauta de mendigo, tafiida por el
débil resuello del ayuno; y al doblar San Pedro,
distingo que ese sollozo se tiende suplicante a las
puertas de la iglesia. Acaso el ciego aquél no sabe
que esas puertas son las de una iglesia; y que co-
mo nadie habita dentro no le seran abiertas esta
tarde de viernes y de pobres.
La Reforma, Trujillo, 9 de marzo de 1918.
22LA VIDA HISPANOAMERICANA
LITERATURA PERUANA.
LA ULTIMA GENERACION*
TRAS DE LA generacién de Chocano y los Garcia
Calderén, hay un jalén de tiempo casi del todo
estéril en la literatura del Peri. Una que otra mo-
za inteligencia posibiliza frutos de belleza que por
fin no Megan a cuajarse. Se las ve esbozarse y callar
luego, sin dejar mas que estimables renglones, en
los que riela la luz de la generacién anterior. Las
generosas intenciones no logran sacudirse de dicha
influencia, ni llegan a presentar pecho propio en
obra alguna. Dos unicos escritores salvan este Ari-
do lapso: Leonidas Yerovi y José Lora y Lora, por
desgracia muertos ambos tragicamente y en plena
juventud. Toda la obra del primero —teatro, poe-
sia— acusa una innegable personalidad, caracteri-
zada por aquel criollismo peruano que en el pasa-
do cuenta con figuras tan eminentes como Ricardo
Palma y Manuel Ascensio Segura. José Lora y Lora
presenta en su libro Anunciacién, prologado por
Vargas Vila, inquietudes y atisbos artisticos, libe-
rados ya de la influencia de los escritores que le
pteceden, y vinculados directamente con las ulti-
mas corrientes literarias de Europa y en especial
de Francia. Lora y Yerovi representan, de esta ma-
nera, la unica solucién de continuidad entre la bri-
Iante generacién de los Garcia Calderén y Choca-
no y la actual juventud; el uno por su sensibilidad
moderna y apta para los nuevos vientos extranje-
* Reproducido del periédico parisién L’Amérique Latine (nota de
la Redaccién de E/ Norte).
23ros, que mas tarde vendrian a incorporarse plena-
mente en la produccién literaria posterior; y el
otro por su valor intrinseco de escritor autéctono,
depositario de la tradicién nacional.
El afio 1916 marca el nacimiento de la ultima
generacién. Parece enunciarse ella por una cultura
extensa y bien masticada. Se ha repasado lo leido
por las falanges anteriores y se ha llegado hasta la
misma literatura de guerra. La influencia directriz
de la literatura espafiola y de Rubén Dario cede a
la mds amplia de las literaturas europeas, siendo
sefialadamente los rusos de todos los tiempos
—desde Gogol hasta Averchenko— los de més
honda accién orientadora; mas, en esta generacién,
como acaso en ninguna otra anterior, se afirma y
predomina el espiritu de la raza, en obras genui-
namente sudamericanas y sustantivas.
Los nuevos escritores que aparecen fomentan
su impetu creador en una austera y profunda dig-
nidad artistica. Vienen celosos de su rol de infini-
to y lenos de una pura y elevada comprensién
estética, muestran el pulso desnudo al aire, con-
traen su compromiso de vida y de labor con el
ambiente, piden espacio y respeto para su pluma
y se echan a la esteva triptolémica.
Se fundan revistas. Los diarios publican p4-
ginas semanales de arte y letras. La atmésfera se
puebla de versos. Después de muchos afios —des-
de Chocano— la burguesia vuelve a sentir la
accién urbana e inmediata de los artistas. Empie-
zan a sonar los nombres nuevos que la conferen-
cia, el linotipo, la pose callejera y el inocente es-
c4ndalo, buscado para las altas galerias, llevan de
boca en boca. Las ciudades de Arequipa y Trujillo
toman parte en el movimiento. La feliz circuns-
tancia de haber llegado de Buenos Aires el gran
dibujante Julio Malaga Grenet comunica a la agi-
tacién intelectual mayor sugestién publica. Por su
24parte, el formidable musico Alomias Robles, ini-
ciador del folklorismo incaico, suma sus entusias-
mos a los de los literatos por medio de recitales y
fraternos motivos de belleza.
La cabeza de este renacimiento es Abraham
Valdelomar. El es el centro propulsor. Su apari-
cién a la vida literaria peruana representa una
verdadera renovacién. Asi como Chocano dio su
nombre a su generacién, la juventud actual est4
bautizada con el nombre de Abraham Valdelo-
mar, director de la revista Co/émida. En torno su-
yo se agrupan todos los valores coetaneos. José
Maria Eguren, el gran poeta de Simbdlicas y La
cancién de las figuras, a quien Gonzalez Prada
crefa un genio, y de cuya labor se han ocupado ya,
entre otros criticos de América y Europa, Gonzalo
Zaldumbide, Blanco Fombona y el escritor nor-
teamericano Goldberg en su libro en inglés sobre
Rubén Dario, Amado Nervo, Santos Chocano, He-
rrera Reissig y José Maria Eguren. Junto a Valde-
lomar surge también Percy Gibson, bello vegetal
lirico, en cuya obra se maridan triunfalmente la
salud de pan bueno del Arcipreste de Hita y el
humorismo inglés de sus ancestros. Tan puros oxi-
genos, tal sabor terraqueo y sudamericano exha-
lan sus faenas liricas, que creo hallar en él una
direccién paralela a la de Chocano y que la com-
pleta y acaso la culmina. Percy Gibson da por sis-
tro lirico la americanidad que Chocano da por
trompa épica. Ernesto More trajo luego un libro
Hesperos, que por su altisimo tono rapsddico y
andino y por su sello de pagania de los griegos,
representa, con Gibson y Eguren, los tres mas
grandes poetas de la ultima generacién. Al lado
de ellos surge Enrique Bustamante Ballivian, raro
y sefiorial aedo, autor de Arias de silencio, sutili-
simas membranas melodiosas, tafiidas como en
“bruma y tono menor” septentrionales; Renato
25Morales de Rivera, bohemio truculento, de escasa
produccién, aunque cada plumada suya es un mu-
gido de la mas pura vibracién cardiaca; César Ro-
driguez, duefio de una técnica segura e irrepro-
chable, en versos de una tersura clasica; Alcides
Spelucin, orifice insigne de estrofas y cuentos dig-
nos de una decoracién a lo Goncourt; Oscar Ima-
fia, de honda entonacién rubendariana; Felipe Al-
va, valor positivo, abanderado en las primeras
filas renovadoras; Luis Berninsone, originalismo
apolénida en el verso como en su vida heroica y
trashumante; Juan Parra del Riego, crepitante bra-
sero de inquietud y extrafio preciosista.
La crénica alcanza en Abraham Valdelomar
una altura maxima. Sus greguerias, fuegos fatuos,
con alguna influencia en lo espectacular de Wilde
y de Lorraine, son estiletes lapidariamente traba-
jados. Las vernaculares crénicas politicas de José
Carlos Maridtegui, las dardeantes, a tres filos, de
Miguel Angel Urquieta; y las hondas glosas, llenas
de generosa agilidad, de Gast6n Roger, anuncian
el atico apogeo de la crénica moderna en el Pert.
Pero, sobre todo, el cuento nacional es cul-
tivado en forma intensa y victoriosa. Abraham
Valdelomar se hace un maestro en el género. Da
dos libros de cuentos, E/ caballero Carmelo y Los
hijos del Sol, volumen éste del cual Clemente
Palma ha dicho haber leido con la misma emo-
cién que Los Lusiadas. Augusto Aguirre Morales
le disputa ese primer puesto de cuentista incaico,
con su notable libro La justicia de Huaina Capac.
José Eulogio Garrido forma, con Valdelomar y
Aguirre Morales, el tridngulo en tales narracio-
nes; tal lo dice su libro Las sierras, coleccién de
admirables ambientes de las punas.
En el ensayo aparecen dos grandes prosa-
dores, los mds altos de la generacién: Federico
More y Antenor Orrego, autores de Deberes del
26Peru, Chile y Bolivia ante el problema del Paci-
fico y de Notas marginales, respectivamente. Vie-
nen, en segundo lugar, los panfletarios Alberto
Hidalgo y Luis Velasco Aragén. Luego el sobrio
y sesudo comentarista Federico Esquerre; los no-
tables criticos literarios Luis Alberto Sanchez y
Ratl Porras Barrenechea.
En el teatro descuellan, dentro de la incipiencia
de la escena peruana, Ladislao Meza, Luis Géngo-
ra, Gastén Roger, Julio Hernandez, Felipe Rotalde.
En la novela, un solo novelista, el mejor, el
unico: José Félix de la Puente, que el afio pasado
fuera laureado con el segundo premio en el concur-
so de novelas americanas de la Editorial Franco-
Ibero-Americana de Paris.
Mozos de rebeldia como Félix del Valle, Pa-
blo Abril de Vivero, Daniel Ruzo, Alberto Guillén,
Juan Espejo, Francisco Sandoval, Juan Lora, Fede-
rico Bolafios, Magda Portal, José Chioino, Eloi Es-
pinoza, valen un mill6n de promesas lauriniferas.
Abraham Valdelomar murié en 1919, cuando
empezaba atin a esbozar, al decir del gran lirida
mexicano Enrique Gonzalez Martinez, los arres-
tos de un genio. Pero aquella juventud, que el inol-
vidable artista junté en solitario haz batallador,
marchara adelante. No es imposible que, pronto,
muchos de los nombres que he citado se hagan
nombres intercontinentales.
El Norte, Trujillo, 12 de marzo de 1924.
27DE LA DIGNIDAD DEL ESCRITOR
LA MISERIA DE LEON BLOY
(Los editores, arbitros de la gloria)
Paris, setiembre de 1925.
PARIS-SOIR PUBLICABA ayer un articulo de Char-
les Henry sobre la dignidad del escritor. El arti-
culista contradecia los cargos lanzados por un
periddico de New York sobre los novelistas fran-
ceses de todos los tiempos, que han ganado fortu-
na y celebridad a base de réclame comercial. Char-
les Henry sostiene que al lado de unos cuantos
traficantes de la pluma, Francia ha ofrecido siem-
pre egregios paradigmas de dignidad literaria, sa-
cando como ejemplo al pobre Leon Bloy, que se
murié de hambre y de genio: “Es un cruel y sin-
gular destino el mio —ululaba el gran panfleta-
rio— el oir decir sin cesar que tengo talento y
hasta genio y perecer dia a dia aplastado por com-
binaciones diabélicas, que hacen de mi un ham-
briento fracasado, a los treinta y siete afios...”.
Pero, en suma, ¢qué defiende Charles Henry?
éQué ha querido decir, por otro lado, aquel perié-
dico norteamericano, recriminando a los trafican-
tes de las letras francesas, en particular, cuando
los hay en todos los paises? Cuestiones de nacio-
nalismo, he alli el fondo de ambas posiciones:
traer a menos a los novelistas franceses, de un
lado y del otro, impugnar el ataque, en nombre
del prestigio literario de Francia. Eso es todo.
Esté en la conciencia universal que en la his-
toria literaria de todos los paises ha habido siem-
pre escritores dignos y escritores indignos. La
adulacién dulica a reyes y presidentes y a los po-
28tentados de la banca y del talento; el réclame gro-
sero, francamente comercial, arribista o disfrazado
de egoismo; la pequefia subasta de un gran diti-
rambo, que lo mismo puede ser adquirido por un
tirio que por un troyano; en fin, los mds cobardes
expedientes estratégicos para triunfar cueste lo
que cueste. Junto a este forcejeo intestinal o vani-
doso de los mas, arrastran una existencia oscura
y heroica los puros, los sacros creadores. Tal ha
sido el espectaculo de la literatura de todos los
paises. Sdlo que en nuestros dias el cuadro se en-
sombrece mas y més a favor del arribista.
—Lo que vale —me argumentaba un dia un
pobre diablo de periodista— alcanza buena cotiza-
cién en nuestros dias. Ya no hay artistas incompren-
didos. Se muere de hambre solamente el cretino...
En nuestros dias, justamente en los paises
més adelantados, el escritor arribista cuenta con la
confabulacién de los nuevos factores: la avaricia
del editor y la indiferencia del publico. Antes, el
editor jugaba un papel de justo alcance literario
para el efecto de los fines econémicos de su em-
presa; hoy el editor ha invadido en forma insul-
tante y desenfrenada la esfera literaria, imponien-
do su voluntad omnimoda ante el autor y ante el
publico. En Paris, al menos, el editor se ha con-
vertido en un 4rbitro inapelable de los valores li-
terarios, y él fabrica genios a su antojo, ahoga
segtin sus conveniencias, posibilidades inéditas y
fulmina talentos ya acusados, segin su capricho
y las fluctuaciones de su negocio. El editor que
quiere ganar y redondearse en un gran peculado
literario, escoge un escritor cualquiera —que se
preste a la cucafia, como tinica condicién— y, sin
pararse a ver si tiene o no aptitud, lo lanza al
mundo, lo revela y lo consagra a punta de dinero.
29éCémo? Pagando a los pontifices de la critica
circulante, estudios, ensayos y elogios, los mismos
que seran publicados y reproducidos, a paga secreta
siempre, en cien periddicos y revistas francesas y
extranjeras. Grasset, por ejemplo, lanzé el afio pa-
sado a Raymond Radiguet; cien mil francos le cos-
t6 el réclame y lo ha impuesto. Radiguet ha sido
traducido ya al alemdn, al noruego, al inglés, al ita-
liano, al ruso; Grasset ha llenado su bolsa y hasta
Jean Cocteau, furioso panegirista de ese ahijado, ha
comido de ahi. El Mercurio de Francia :cuanto ha-
bra ganado lanzando e imponiendo con dinero a
Paul Fort, a Guillaume Apollinaire, a Francis Car-
co? La Nouvelle Revue Frangaise jcuanto habra ga-
nado imponiendo a Gide, a Riviére, etc.?
El publico, por su parte, contribuye a este tra-
fico de celebridades y fortunas, con su indiferencia.
Antes, el publico, menos urgido por las circunstan-
cias de la vida y mas nivelado espiritualmente con
la mentalidad de los escritores, los que, dicho sea
de paso, se hacen cada dia menos accesibles, ejercia
en cierto modo un control a la moralidad del escri-
tor y a su valor intrinseco. Hoy los lectores son
embaucados con mayor facilidad que en ninguna
otra época y se dejan llevar ciegamente por lo que
se dice y por lo que se muestra ante sus ojos. ¢Le
Figaro asegura todos los dias que el sefior Henry
Bordeaux es un gran novelista? Sin duda el sefior
Bordeaux debe ser un gran novelista... Le Journal
asegura que Blasco Ibdfiez es “el novelista mds uni-
versal de nuestros tiempos”? Sin duda, asi seré
M. Charles Henry debia haber respondido
al periddico norteamericano, enmenddndole la
plana en tono menos chauvinista y mds eleva-
do. Escritores traficantes, debia haberle dicho, los
hay en todas partes y en todos los tiempos. El
30deber de la prensa, de éste y del otro lado del
mar, est4 en contrarrestar esa sérdida ofensiva de
la farsa y del latrocinio y luchar porque se abra
campo y se haga justicia a dignos y grandes escri-
tores que, como Leén Bloy en Francia y Carl
Sandburg en los Estados Unidos, por ejemplo,
son victimas del abuso criminal de los editores y
de la indiferencia de los publicos.
El Norte, Trujillo, 1° de noviembre de 1925.
31LAS PIRAMIDES DE EGIPTO
Paris, febrero de 1926
ANDRE BRETON cuenta en su Manifiesto del su-
perrealismo, que Philippe Soupault salié una ma-
fiana de su casa y se eché a recorrer Paris, pre-
guntando de puerta en puerta:
—<éAqui vive el sefior Philippe Soupault?
Después de atravesar varias calles, de una
casa salieron a responderle:
—Aqui.
Un detective que figura en una novela de Ches-
terton, empefiado en encontrar el asilo de un cri-
minal, dio con él, guiado y atraido de ciertos deta-
Iles raros que ofrecia esa casa en su arquitectura.
Un dia que salia yo del Louvre, a un amigo
que encontré en la puerta del Museo, y me pre-
gunté a dénde iba, le contesté:
—AlI Louvre.
Lo de Breton, lo de Chesterton y lo mio indi-
can claramente que los lugares no siempre estén
situados donde los hemos visto, sino que ellos sa-
ben andar y burlarse de nuestros ojos. Solemos
entonces llegar a ellos, alumbrados por todo lo
que vosotros querdis, menos por la perspectiva
inmediata que tenemos a la vista.
Por otro lado, bueno sera recordar que Co-
lén, segin relata el bidgrafo André de Loffechi,
obtuvo por primera vez la ubicacién geogrdfica
de América, entrando a su dormitorio, en Génova.
“Si en lugar de entrar a su dormitorio, observa el
sefior Loffechi, Colén sale al jardin, pongamos
por caso, no habria seguramente ubicado en su
pensamiento el entrevisto hemisferio...”
Otros grandes descubrimientos, en la historia
como en la geografia, obedecen, sin duda, al mis-
32mo género de banales peripecias, deserciones ab-
surdas entre la subconsciencia y el dato de la reali-
dad, 0 casualidad, como querdis Ilamarlas. De ellas
se han servido y se sirven, sin darse cuenta, aun
los propios hombres de ciencia positiva, tales co-
mo los fisicos, quimicos, naturalistas. Nadie nos
podra discutir, por ejemplo, que M. Murquet de
Vasselot se valid, acaso sin quererlo, de alguna vol-
tereta en su cama, para descubrir el principio cien-
tifico segun el cual algunos bronces chinos de la
época de la dinastia de Dsing, mantienen una co-
loracién azulada al contacto del aire. Oberkampf
también ha debido echar mano a parecida manio-
bra inconsciente, para descubrir el simbolismo de
ciertas telas persas halladas en el curso de una re-
ciente expedicién arqueoldgica.
En el fondo, no se trata de otra cosa que de
modos de intuicién tan antiguos como el mundo,
pues ellos se hallan, en tales o cuales formas y
mé&s 0 menos tacitos o expresos, en la psicologia
de todas las razas, salvajes o civilizadas. En ciertas
aldeas serranas del Pert, los muchachos en sus
juegos suelen decidir de una duda o suscitar un
aporte de esta clase de milagros, si asi podemos
Ilamarlos diciendo, verbigracia: “El primero que
Ilegue de la calle sabra dénde esté la cometa”.
Otras veces, uno de los pequefios exclama, de bue-
nas a primeras, en un grupo que ha lanzado una
pelota al techo: “Voy a guardar mi libro y veran
que asi hago caer la pelota”. Traigo estos ejemplos
infantiles, porque es entre los nifios que tales mé-
todos heroicos de aventura creadora o de descubri-
miento, son mas frecuentes. Entre los nifios y en-
tre los locos. Entre los hombres no, porque los
hombres tienen la inclinaci6bn a ir sobre seguro,
esto es, por las vias inmediatas de la realidad légi-
camente practicable. Los hombres son muy mali-
33ciosos y demasiado practicos, para fiarse de tales
aventuras de intuicién de que tratamos.
Los egiptdlogos Rowe y Greenless que, bajo
la direccién de M. George Reisner, venian reali-
zando importantes exploraciones arqueoldgicas en
las grandes piramides del Nilo, acaban de descu-
brir valiéndose, a no dudarse, del procedimiento
del detective chestertoniano, una espléndida tum-
ba milenaria, la del fara6n Senefra, que reinéd na-
da menos que veinte siglos antes que el zarandea-
do Tut-Ank-Amoén. ¢Quién nos puede discutir que
Rowe y Greenless no han actuado de verdaderos
detectives en pos de Senefru, azogado personaje
inasible entre las entretelas multiples del tiempo
y de la fabula? Pues, como hemos dicho ya, los
lugares —tumbas o cunas— suelen ambular en el
espacio y en el tiempo y burlarse de los ojos del
historiador o del simple mortal. Los lugares son
terribles. Saben jugar extrafios juegos a escondi-
das, a tal punto que, como ya dijimos, para dar
con ellos no siempre debe uno guiarse de la pers-
pectiva inmediata y visible, sino hay que saltar
abismos inauditos, apelando consciente 0 subcons-
cientemente a truculentas aventuras y a cabalas y
odiseas absurdas, como en el caso de Soupault,
como en Coldén, como en tantos otros burladores
de la pobre légica de los hombres.
Lord Carnavon, que descubrié en febrero de
1923, en presencia de la reina de Bélgica y del
Principe Leopoldo, el tercer hipogeo funerario de
Tut-Ank-Amén, padecia, segin se ha sabido des-
pués de su muerte, de una misteriosa enfermedad
nerviosa. Su compafiero de aventura arqueoldgica,
mister Howard Carter, refiere que el infortunado
Lord, estando ain en Londres, antes de su hallaz-
go faradénico, cada vez que venia a sus narices al-
gun olor a resina, sin saber por qué, se ponia mal
y tenia cavilaciones melancdlicas. Entraba enton-
34ces a su biblioteca y abria sus volimenes. Lord
Carnavon sufria sin darse cuenta, de “aventura”,
de aventura de intuicién. Hechos posteriores asi
nos lo demuestran. El propio mister Howard Car-
ter, asistido del profesor Douglas Derry y del doc-
tor Saley Bey Hamdi, al encontrar el otro dia el
sarcéfago de oro macizo en que estaba encerrada
la momia de Tut-Ank-Amén, el héroe entresofia-
do y buscado por Carnavon, ha constatado que
dicha momia se hallaba cubierta de una espesa
capa de resina sagrada, que el calor habria derre-
tido. Esta resina despedia un olor a infinito y a
camino: el camino de Lord Carnavon hacia la mo-
mia remotamente situada en la Leyenda.
Por lo demas, el hallazgo de esta momia ha
sido sensacional. Seguin M. René de Bruyére, él
prueba tres cosas: primeramente, que los egipcios
poseian un notable sentimiento del retrato, pues
la figura grabada en la superficie del primer sar-
céfago se parece exactamente a la momia; en se-
gundo lugar, el examen medical establece que
Tut-Ank-Amén murié de 18 afios de edad, sin
que se sepa la causa de su muerte; y, en fin, el
tercer sarcéfago, vaciado en oro de una sola pieza,
vale un millén de francos, sin contar en ellos el
valor del cetro, de la mascara, del buitre y la ser-
piente simbédlica y de los miles de piedras precio-
sas que rodean a tan brillante cadaver.
Tales son a veces los resultados de las lo-
curas colénidas. Otras veces no se va con ellas a
ninguna parte.
Mundial, N° 302, Lima, 26 de marzo de 1926.
35PARIS RENUNCIA
A SER CENTRO DEL MUNDO
Paris, junio de 1926
LA PRENSA norteamericana se rfe de la célera eco-
ndémica de Francia. “jLos franceses estén atacados
de xenofobia, més que los chinos...!” —gritan los
periddicos de New York. A lo que responden
los periédicos de Paris que los franceses estan ata-
cados de xenofobia porque a ello les obliga un te-
rrible dolor que obliga a todo: la pobreza. “Mas
que contra los extranjeros en general —ha declara-
do un gran rotativo parisiense—, ;jlos franceses es-
tdn indignados contra los norteamericanos porque
son unos injustos, unos acreedores, unos ricos...!”
En Paris, no sdlo se tiene célera por la deuda
a Wall Street, sino que se desdefia 0 se quiere des-
defiar todo lo que se refiere a Wall Street. En cuan-
to se casa un viejo multimillonario de New York
con una adolescente pobre y pastoril, ya estan en
Paris haciéndose sefias y riéndose del escabroso
enlace. Si Mister Ford le da una m{sera propina a
un chauffer, y su hijo bota, en cambio, cien mil
délares en un cabaret de la Quinta Avenida, ya
estén en Paris atuséndose el bigote seriamente.
Pero en Paris todos estan también de acuerdo en
que, por este camino, no es que se desdefien las
cosas norteamericanas, sino que, por el contrario,
se hace de ellas precisamente mucho caso.
Un observador atento podria facilmente darse
cuenta de que, de poco tiempo a esta parte, o me-
jor dicho, desde que Francia debe varios millares a
Estados Unidos, toda la atencién espiritual france-
sa est4 pendiente de la vida espiritual norteameri-
cana. Ese mismo observador podria también con-
venir en que New York representa ahora, a los
36ojos de Francia, lo que Paris representaba antes
de la guerra, ante los ojos del mundo. Es decir,
que New York es ahora el foco de toda la curiosi-
dad espiritual de Francia. El menor acontecimiento
de Wall Street repercute en pleno coraz6n de Pa-
ris. Los parisienses sonrien, protestan, censuran
directamente o guardan silencios elusivos pero no
se alzan de hombros, cuando Mr. Booth Tarking-
ton, verbigracia, un eminente escritor norteameri-
cano, se saca de repente los zapatos una mafiana,
en pleno Wall Street, y se pone a predicar en al-
ta voz, ante los transeuntes, la préxima desapari-
cién de las faldas de las mujeres (;porque también
las hay de hombres, irreprochable sefior de Fou-
quiers!) Mr. Tarkington, con los fuertes zapatos
vacantes en la mano, clama en un tono de gran
clavo que se hunde en gran umbral:
—No hay raz6n para que las faldas existan
todavia. Yo espero y en verdad os anuncio que se
acercan los tiempos en que las mujeres y los hom-
bres Ievarén vestidos absolutamente idénticos.
No hay raz6n de pudor alguno que pueda valer
contra la estrecha igualdad a que estén llegando
actualmente los hombres y las mujeres.
Entonces las palabras de Mr. Tarkington tras-
pasan los mares y, mientras cualquier sudame-
ricano habria pasado de largo ante el verbo pro-
fético del cazurro escritor neoyorkino, he aqui
que en Paris las gentes abren la boca de asom-
bro y resuena ese verbo, como un hecho de pri-
mera importancia en el mundo.
La situacién de Francia se hace, pues, cada dia
més embarazosa. Porque es Parfs mismo que, sin
darse cuenta o sin poderlo evitar, est4 haciendo de
New York el centro del mundo. Es Paris mismo
que, observando la conducta que hemos indicado,
cede poco a poco, sin que nadie le obligue a ello,
37su puesto umbilical a New York. Esto no se puede
negar. Los extranjeros, sobre todo, nos damos
de ello exacta cuenta. Los lectores de cosas raras,
saben ya, al recorrer los periddicos de Paris, que el
buen bocado exético, en materia de noticias, vendra
despachado de Washington. Los piblicos también
saben que la nota bizarra y el descoque més o me-
nos abejeante y delicioso, en materia de teatro, ven-
dran pintados o brincando al pie de la oreja de
Florence Mills, la princesa negra del jazz o en el
pulso de Miss Browne, la soberbia tennista, o en
los sobacos de algun infame pintor de Florida.
El propio Tristén Tzara, ilustre jefe del da-
daismo literario, se pone de codos sobre la mesa, y
mientras juega los dedos entre los cabellos, me dice:
—Importa mucho saber que el dadaismo ha
tenido mejor suerte en Estados Unidos que en
ninguna otra parte. En la actualidad, existen varias
revistas dadaistas en New York, tales como Seces-
sion, Broom, Little Review y otras.
Tristan Tzara cree que la siembra dadaista en
Estados Unidos daré cosecha insigne para el por-
venir de la literatura mundial. Fracasado el movi-
miento superrealista, Tristan Tzara se prepara a
requerir de nuevo para sus manos el cetro revolu-
cionario en poesia. Funds el dadatsmo y va a fun-
dar ahora el fascismo literario.
—Contra el seudo-sovietismo superrealista,
que acaba de abortar —me dice Tristan Tzara— se
impone el fascismo bajo la dictadura del espiritu...
—¢Con cuales filas cuenta usted —le pregun-
to— para tamafia empresa?
—Justamente, con numerosos elementos su-
perrealistas cismaticos: Paul Eluard, Leiris y otros.
Y, sobre todo, con la nueva generacién de los Esta-
dos Unidos, donde, como usted sabe, los hombres
no son tan felices y porcinos como se cree, pues un
38verdadero mal del siglo, una epidemia de pesimis-
mo est4 fermentando en ese pais. Ese mal del siglo
se expresa en una literatura enteramente renovada,
que se conoce bastante mal en Francia pero que no
es otra cosa que una floracién dadaista.
Las opiniones de Tristan Tzara, sobre los
Estados Unidos, me recuerdan las de Regis Mi-
chaud, quien, refiriéndose a la civilizacién norte-
americana, dice:
La brillante fachada del optimismo norteamericano pre-
sentaba, ya desde antes de la guerra, grietas y fisuras que
no podian pasar inadvertidas para un espiritu avisado, En
esa época —continta diciendo Michaud— un Montaigne
yanqui, Henry Adams, en un libro célebre declaraba a la
civilizacién norteamericana en bancarrota, al propio tiem-
po que algunos historiadores, muy prudentes y reposados,
hablaban en voz alta de decadencia. Asi, pues, mientras
los viajeros y los criticos oficiales contintan celebrando la
“vida intensa”, “la energia norteamericana”, he aqui que
la inquietud dolorosa trabaja en las élites de ultramar.
M. Regis Michaud alude luego a la flamante
labor literaria de Edgard Masters y Robert Frost,
en quienes se revela un nuevo pensamiento nor-
teamericano, amasado de espesa inquietud y de
hondo quebranto metafisico.
Quienes piensan, pues, que nuestros dias son
las visperas de una época despreocupada, en que
reinaré el jazz, el football, la aviacién y el cinema,
la fuerza, en fin, muscular o del radio, estan acaso
muy cerca de engafiarse. Junto a los negros vesti-
dos de rojos que se peinan con alquitran y alzan
hasta el cielo las membranosas plantas sonrosadas,
asoma en el ambiente moderno la cabeza atormen-
tada de un sacerdote o el perfil de un simple agen-
te de policia que, al mediar la noche, entrega la
guardia, después de haber tenido, a solas, en silen-
cio y ante las estrellas urbanas del cielo, su militar
parada teoséfica y humana.
39A este respecto he de citar un libro tremen-
do, Bajo el sol de Satdn, que acaba de publicar
Georges Bernanos y que toda la critica francesa
feputa como una obra genial. En este libro hay
partafos espantosos. Se trata de lo que acabo de
expresar: del tormento mistico de nuestra época.
Para una mentalidad clara, despreocupada y ami-
ga del sport, esta novela ha de parecer una tlcera
terrible. Yo mismo no he podido sustraerme a la
repulsién de este libro. Me ha dado nduseas. No,
Precisamente, porque se trate alli de un gran mo-
tivo religioso a la manera medieval, sino tal vez
porque el sefior Bernanos no ha sabido tratarlo.
iQué magnifico flanco para una gran obra! jDiosl...
iLa dicha eterna!... La manera de llegar a ellal...
iLas fuerzas y direcciones del espiritu!... ;Las fuer-
zas y direcciones del cuerpo!... {Las Iébregas en-
crucijadas y los sutiles y perlados crepisculos del
infinito!... Pero el sefior Bernanos olvida que es-
tamos en 1926 y no en el afio en que murieron
Abelardo y Eloisa, ni siquiera en los dias de Leén
Bloy. Su profundo anacronismo psicolégico le ha
perdido, y Bajo el sol de Satdén no podré lograr
abrir la brecha espiritual que necesita nuestra épo-
ca. A estos muchachos que se han muerto de todos
los dolores, de todas las miserias y de todas las
tragedias humanas en 1914, no se les podra tocar
el corazén sino mostrandoles otros dados del des-
tino, otras posibilidades de ascensién, més in-
mediatas, més humanas, mds universales, que las
posibilidades encuadradas dentro de una sola dis-
ciplina religiosa, ésta o aquélla. El rostro de Satdn
habria que buscarlo fuera de la iconograffa catélica;
las llagas habria que buscarlas en una cintura que
no fuese la del abate Donissants.
Estos mozos de ahora han visto ya a Satan
en las trincheras y a los santos penitentes en
la Cruz Roja.
40Sefior, Len Daudet ;Voto por el gran espi-
ritu catélico de usted! Pero permitame tomar mi
sombrero y alejarme sin ruido del templo, an-
tes de darme cuenta de que el nuevo cura de Ars,
de M. Bernanos, ha fallecido de martirio, en la
sombra propicia del confesionario.
iMi generacién pide otra disciplina de la vidal...
Mundial, N° 320, Lima, 28 de julio de 1926
41ESTADODELA |
LITERATURA ESPANOLA
LA JUVENTUD literaria de Espafia y América carece
en estos momentos de maestros. Ni Unamuno, el
mis fuerte de los viejos escritores, logra inspirar
una direccién a los muchachos. Ningtin joven le
ama hasta erigirle en mentor. ;Dénde se ha invo-
cado siquiera una palabra de Unamuno, como pau-
ta de generacién? ;Dénde estan los dos apéstoles
de Unamuno? :Dénde esta ese Estado Mayor, que
vea en él al orientador? Cuando habla se le aplau-
de; cuando grita o blasfema o va a la carcel, se le
aclama y se le echan flores, pero no suscita el hom-
bre o los hombres que, bajo su contagio de ilu-
minado, embracen todo el peso, toda la respon-
sabilidad del porvenir. La propia admiracién y
entusiasmo que Unamuno despierta en la generali-
dad de las gentes, prueba su mediocridad. En cuan-
to a Ortega y Gasset, creo no me equivoco si le
niego el mas minimo adarme de maestro. Ortega y
Gasset, cuya mentalidad mal germanizada se arras-
tra constantemente por terrenos de mera literatura,
es apenas un elefante blanco en docencia creatiz.
En América hispana la falta de maestros es mayor.
Ciertos hechos de feria y de guifiol, ocurridos
ultimamente entre Chocano, Lugones y Vascon-
celos, demuestran palmariamente que nuestros
mayores pretenden inspirarse ja estas horas! en
remotos y fenecidos resortes de cultura. Unos, mo-
vidos por un neopuritanismo, con asomos de in-
dudable tartufismo, y otros, agitados de un nietsz-
cheismo bastardo y en bruto y no primitivo —que
es otra cosa—, todos estos actores de idealismo
van, cada cual por su via, tras de métodos adve-
nedizos, aparte de ser gastados y estériles. Ade-
42mas, nadie alla sabe lo que quiere, adénde va ni
por dénde va. Los mas son unos magnificos arri-
bistas. Los otros, unos inconscientes. En cada una
de esas mascaras esta pintado el egoista, amarillo
de codicia, de momia o de vesdnico fanatismo.
Los demas escritores de Espafia y América
se quedan en la novela naturalista, en el estilo
castizo, en el verso rubendariano y en el teatro
realista. Es curioso advertir que aun dentro de
estas orientaciones de cliché, ninguno de esos
escritores seduce a la juventud ni le sefiala un
rumbo siquiera sélo fuese literario.
En medio de esta falencia de comando espi-
ritual, los nuevos escritores de lengua espafiola
no dejan mostrar su cdlera contra un pasado va-
cio, al cual se vuelven en vano para orientar-
se. Tal cdlera aparece en los mas dotados, que
casi nunca son los mas espectaculares. Reniegan
de sus mayores y otras veces los niegan de raiz.
De la generacién que nos precede no tenemos,
pues, nada que esperar. Ella es un fracaso para no-
sotros y para todos los tiempos. Si nuestra genera-
cién logra abrirse un camino, su obra aplastara a la
anterior. Entonces, la historia de la literatura espa-
fiola saltara sobre los ultimos treinta afios, como
sobre un abismo. Rubén Dario elevara su gran voz
inmortal desde la orilla opuesta y de esta otra, la
juventud sabra lo que ha de responder.
Declaramos vacantes todos los rangos direc-
tores de Espafia y de América. La juventud sin
maestros, esta sola ante un presente ruinoso y an-
te un futuro asaz incierto. Nuestra jornada sera,
por eso, dificil y heroica en sumo grado.
Que esa célera de los mozos, manifestada
de hora en hora, por los mas fuertes y puros van-
guardistas, se convierta cuanto antes en el pri-
mer sacudimiento creador.
Favorables Paris Poema, N° 1, Paris, julio de 1926.
BPOESIA NUEVA
POES{A NUEVA ha dado en Ilamarse a los versos
cuyo léxico esta formado de las palabras “cine-
ma, motor, caballos de fuerza, avidn, radio, jazz-
band, telegrafia sin hilos”, y en general, de todas
las voces de las ciencias e industrias contem-
poraéneas, no importa que el léxico correspon-
da o no a una sensibilidad auténticamente nueva.
Lo importante son las palabras.
Pero no hay que olvidar que esto no es poe-
sia nueva ni antigua, ni nada. Los materiales ar-
tisticos que ofrece la vida moderna, han de ser
asimilados por el espiritu y convertidos en sensi-
bilidad. El telégrafo sin hilos, por ejemplo, esta
destinado, mas que a hacernos decir “telégrafo sin
hilos”, a despertar nuevos temples nerviosos, pro-
fundas perspicacias sentimentales, amplificando
videncias y comprensiones y dosificando el amor:
la inquietud entonces crece y se exaspera y el so-
plo de la vida se aviva. Esta es la cultura verdade-
ra que da el progreso; éste es su unico sentido
estético, y no el de Ilenarnos la boca con palabras
flamantes. Muchas veces las voces nuevas pueden
faltar. Muchas veces un poema no dice “cinema”,
poseyendo, no obstante, la emocién cineméatica,
de manera oscura y tacita, pero efectiva y huma-
na. Tal es la verdadera poesia nueva.
En otras ocasiones el poeta apenas alcanza a
combinar habilmente los nuevos materiales artis-
ticos y logra asf una imagen o un “rapport” mas o
menos hermoso y perfecto. En ese caso, ya no se
trata de una poesia nueva a base de palabras nue-
vas como en el caso anterior, sino de una poesia a
base de metaforas nuevas. Mas, también en este
44caso hay error. En la poesia verdaderamente nue-
va pueden faltar imagenes o “rapports” nuevos
—funcién ésta de ingenio y no de genio— pero el
creador goza o padece alli una vida en que las nue-
vas relaciones y ritmos de las cosas se han hecho
sangre, célula, algo, en fin, que ha sido incorpora-
do vitalmente en la sensibilidad.
La poesia nueva a base de palabras o de me-
téforas nuevas, se distingue por su pedanteria de
novedad y, en consecuencia, por su compilacién y
barroquismo. La poesia nueva a base de sensibili-
dad nueva es, al contrario, simple y humana y a
primera vista se la tomaria por antigua o no atrae
la atencién sobre si es 0 no moderna.
Es muy importante tomar nota de estas di-
ferencias.
Favorables Paris Poema, N° 1, Paris, julio de 1926, tam-
bién en Amauta, N° 3, Lima, noviembre de 1926, y en la
Revista de Avance, vol. 1, N° 9, La Habana, agosto de 1926.
45LA GRAN PIEDAD
DE LOS ESCRITORES DE FRANCIA
Paris, octubre de 1926
DE ALGUN tiempo a esta parte se viene comba-
tiendo denodadamente en Paris para mejorar la
situacién del proletariado literario de Francia. La
Sociedad de Gentes de Letras, presidida por M.
Edouard Etaumié, de la Academia Francesa, ha re-
forzado esta campafia dia a dia y la prensa france-
sa ofrece cotidianamente una ribrica de propagan-
da en el mismo sentido, bajo el titulo comin de
“La Gran Piedad de los Escritores de Francia”. Por-
que en Paris existe un proletariado literario enor-
me, sin pan, sin techo y aun hasta sin pluma para
escribir. Poetas sin zapatos con qué vagabundear
por las vias zarzosas del enigma; novelistas sin
guantes con qué tomar el escalpelo psicolégico; dra-
maturgos sin smoking con qué salir a tablas a agra-
decer las ovaciones del publico; periodistas sin
sombrero con qué saludar a los Ministros en las
entrevistas; en fin, una trahilla desarrapada, que
lleva en los bolsillos, en vez de monedas, apenas
unos grasientos fésforos mentales.
—jQué le vamos a hacer! —clamaba Maurice
Barrés, cuando le hablaban de tales proletarios
de la pluma—. El escritor que no puede ganar-
se una posicién y un nombre en la vida, es por-
que carece de talento. No hay nada que hacer con
ellos. La historia y la experiencia nos demues-
tran que sdlo las grandes virtualidades creado-
ras han triunfado y han ganado el dinero que que-
tian. jLos deméas, los que se mueren de hambre,
€s porque son unos esttpidos}...
El hombre que asi hablaba del proletariado
literario era justamente el autor del Cu/to del yo,
46el académico, el diputado, el autor de cien novelas
que se vendian como el pan. El hombre que asi
hablaba era el nacionalista hasta el chauvinismo,
el leader de la democracia, el rico burgués que
vivia en un palacio del Bosque de Bolofia, con
treinta criados brillantes y diez secretarios de le-
vita. El hombre que asi hablaba era el magna-
te de la pluma, poderoso personaje inaccesible, a
quien se Ilegaba sdlo después de atravesar cien
antesalas, mas que para llegar al Presidente de
Francia. ¢Qué era, en efecto, el sefior Millerand
en el Eliseo al lado del sefior Barrés en su casa?...
Y, como es natural, un semejante personaje no
podia fraternizar con los compafieros pobres.
—Antes de los cuarenta afios —habia graz-
nado Barrés en su mocedad, en la sala de redac-
cién de un periddico en Paris— jseré académi-
co y millonario!...
Y, naturalmente, un semejante personaje es-
taba incapacitado —¢no es verdad, sefior Barbus-
se?— para apiadarse de los miseros y hambrientos
de este valle de lagrimas. El sefior Barrés, que go-
z6 tanto en la vida y a quien Dios tenga ahora
otra vez entre goces celestiales, se oponia a toda
campafia de piedad por los escritores sin pan. A
pesar de ello, la campafia ha continuado arando el
ambiente y ha llegado, como hemos dicho, a cons-
tituir una gran fuerza sotial.
Pero, en contra de esta “Gran Piedad de los
Escritores de Francia”, hay otra corriente doctri-
naria, que no es, por cierto la misma de Barrés. Se
trata de una corriente muy antigua, practicada por
muchos grandes escritores, desde Homero hasta
Carl Sandbourg y Pierre Hamp, en nuestros dias.
Estos escritores repugnan la piedad. Barrés la creia
initil; Sandbourg y Hamp la creen ofensiva para
la dignidad del escritor y, sobre todo, nociva al
47libre desarrollo del espiritu del creador. Sand-
bourg, el yanqui, Hamp, el francés, creen que los
escritores padecen un error muy grave al preten-
der ganarse la vida exclusivamente con la pluma y
no ya en otro oficio o actividad. Un poeta piensa
que, por ser poeta, no puede ya hacer otra cosa
que versos para ganarse el pan. Dia y noche escri-
be versos. No quiere ni se esfuerza por franquear
los otros campos de trabajo. ¢Hacer zapatos un
poeta? jQué ocurrencia! jQué indignidad! ;Condu-
cir un coche? {Qué ofensa! j;Qué vergiienza? Unas
manos que escriben poemas mas 0 menos perece-
deros o inmortales, se mancharian y se estropea-
rian si luego de dejar la pluma pasaran a aserrar
madera. El poeta, el novelista, el dramaturgo, de
este modo, se han parcializado, sustrayéndose a la
hermosa pluralidad de trayectorias de la vida y
amputandose asi otras tantas multiples vias de sa-
biduria y riqueza emocionales. Se han profesiona-
lizado. Estén mutilados. Estan perdidos.
Pierre Hamp quiere sacar de este tremendo
error a los escritores. Quiere sacarlos del tintero
al campo, al taller, a la via publica, al espacio, al
mar, a lo desconocido, sin dejar, por ello, de volver
a sus cuartillas. Que el poeta conozca y sienta di-
rectamente, sobre su propia piel, c6mo se raja un
lefio, c6mo se salta un barranco, cémo se abre una
acequia de regadio, cémo se carga un fardo, cémo
se barre el suelo, cémo se arrea una partida de
Puercos gordos, cémo se sube una montafia, como
se rompe el hielo, cémo se guisa un Aguila al vino,
cémo se amarra un toro bravo, cémo se maneja
un dinamo, cémo se suda en Africa, cémo se barre-
na en las minas, cémo duele un golpe de viento so-
bre el mar o sobre un aeroplano, cémo es, en fin,
la vida infinita, undnime, salubre, fuerte, creadora.
Haciendo esto, cuando el escritor no puede ganarse
48el pan de cada dia con un verso, lo podra ganar de
otra manera: como cocinero, como contador, como
acrébata, como portero, sin dejar, no obstante, de
cantar su verso. ¢Por qué no ha de ser asi? Todo
trabajo es digno o dignificable y lo es mas ante el
concepto superior y vidente del artista.
Para salvar de la miseria a los escritores, se-
gun Pierre Hamp, no hace falta apiadarse de ellos,
haciendo aumentar el precio de los versos, como si
se tratare de tallarines o de esparragos. Para salvar
de la miseria a los escritores no hay sino que des-
confinar al escritor de su concha profesional y que
lance sus tentativas y posibilidades humanas en to-
das direcciones. Asi no se morira de hambre y asi,
por otro lado, ganaré el arte en riqueza vital, en
inspiracién césmica, en agilidad, en gracia y en des-
interés circunstancial. Si hay una actividad de la
que no debe hacerse profesion, ésa es el arte. Por-
que es la labor mas libre, incondicionable y cuyas
leyes, linderos y fines no son de un orden inmedia-
to como los de las demas actividades.
Como se ve, esta teoria se funda en que el
escritor ha de estar dotado de fuerzas para hacerlo
todo. Tal un Rimbaud. Mientras los otros hombres
s6lo pueden ser abogados y sdlo abogados o te-
nientes coroneles y sdlo tenientes coroneles, y se
limitan y se profesionalizan en esta o aquella acti-
vidad, el artista, en cambio, ha de hacer tabla rasa
de las divisiones del trabajo, practicandolos todos.
Idéntica libertad tiene para otros aspectos de la
vida. Si un hombre normal esta obligado, dentro
de la actual sociedad, a ser un marido fiel, un ar-
tista esta facultado a no serlo. Madame Rachilde
es la primera en opinar que no debe serlo. “gUn
intelectual fiel?, —exclama la sefiora de Vallete—.
éA quién y para qué?... La fidelidad es una cos-
tumbre y lo contrario de la aventura. ¢Entonces?
49Un intelectual es siempre un aventurero y a me-
nudo un bienaventurado...”. Georges Courteline, el
regocijado dramaturgo de Boubouroche, declara
que, en general, los maridos que engafian a sus
mujeres, son los mejores maridos y, aun més si
son intelectuales. Todos estan, pues, de acuerdo
en esto de la moral sin riberas del artista en mate-
tia de matrimonio, salvo Clement Vautel, quien
establece que el artista no debe tener una moral
distinta de la de los demas hombres. Y es que Cle-
ment Vautel gana veinte mil francos diarios con
su pluma. Esto nos explica por qué se opone a que
los artistas tengan moral diversa a la de los demas
mortales como también nos explica por qué Vau-
tel no trabaja en otra cosa que no sea escribir es-
tupidas comedias, como Mon curé chez les riches,
cuyas mil representaciones le han hecho ya rico.
éQué necesidad tiene Vautel de ser picapedrero, si
su pluma le da todo el dinero que quiere? Y, co-
rrelativamente, qué necesidad tiene Vautel de en-
gafiar a su mujer, si él es un escritor mediocre y
carente en absoluto de inquietud? Estamos, pues,
en un mundo donde todo tiene su explicacién.
Hasta los amores principescos tienen su ex-
plicacién, bien que no sentimental, sino meramen-
te politica. Hoy mds que nunca, los principes se
casan por méviles de orden politico o policial, si
se quiere, y no de orden cardiaco. En este numero
de enlaces figura el que va a contraer el principe
heredero de Bélgica con la princesa Astrid de Sue-
cia y el que probablemente ha de ajustarse muy en
breve entre el inevitable Principe de Gales y la
infanta Beatriz de Espafia, si antes no han destro-
nado a Alfonso XIII los artilleros ambiguamente
republicanos que se sublevaron ultimamente en
los cuarteles de Segovia. El heredero inglés pasa,
entre tanto, sus vacaciones en Biarritz y una que
50otra noche da sus saltos a San Sebastian, para ga-
lantear a hurtadillas a Beatriz, como cualquier se-
minarista erdtico y precoz.
Mas ya llega el otofio y las vacaciones, en pla-
yas y montafias, van a terminar. Empiezan las mu-
chachas a cambiar de trajes y, posiblemente, de
amores. El charleston de los dancings, a la orilla
del mar o al pie de la nieve, languidece y las pare-
jas, en el baile y en la vida, se dispersan mas pron-
to en el otofio que en verano. A Paris empiezan a
volver, para quedarse o de paso a otras urbes, todos
los veraneantes. A veces son los reyes de Yugosla-
via o el principe Chichibu del Japén o el infante
don Jaime de Espafia 0, simplemente, el modesto
empleado de Banco, el oscuro negociante en carbon
o el pobre diablo anénimo y hastiado. No seria
raro que una de estas mafianas pasase por Paris el
Principe de Gales con la pala al hombro, es decir,
con el presunto noviazgo hecho afiicos.
Mundial, N° 337, Lima, 26 de noviembre de 1926.
51DESDE EUROPA
DADAISMO POLITICO
(El caso Garibaldi)
Paris, noviembre de 1926
NO ESTABAN en error quienes en 1920 crefan que
el dadaismo literario respondia a un profundo
estado de alma de toda la humanidad contem-
poranea. Jacques Riviére fue el primero en reco-
nocer al movimiento dadaista su verdadero carac-
ter histérico. André Gide hizo otro tanto. Y, a
medida que los afios han pasado, las gentes van
convenciéndose, poco a poco, de que, en efecto,
el dadaismo contiene y expresa todo un momen-
to de la vida de los hombres.
éQué decian y hacian los dadaistas de 1920?
Los dadajstas decian y hacian literatura, justamen-
te, lo que acaba de decir y hacer Riccioti Garibaldi
en materia politica: el caos, lo absurdo, la voragi-
ne, lo contradictorio, lo libérrimo. Tristan Tzara,
jefe del dadaismo literario, atacaba a todo el mun-
do y se atacaba a si mismo; alababa a todo el
mundo y a si mismo; Tzara, en sus conferencias
publicas de Paris, se ponia de espaldas a la multi-
tud y arengaba a los telones del teatro. Tzara se
ponia en escena de cabeza y hablaba asi al abismo,
mientras pateaba a sus propios amigos que le ro-
deaban, creyendo que se habia vuelto loco.
—iYo no digo nada! —aullaba como los anti-
guos adivinos aterrados—. ;Yo no quiero nada!
Yo lo quiero todo! Vosotros sois unos bellacos,
porque escuchais a otro bellaco como yo. Pero yo
soy un genio y un hombre muy feo, por desgracia.
Alejaos de mi. gA qué habéis venido? jFuera de
aqui o llamo a la policia! El sefior Antipirina va a
52hacer su segundo viaje por el cielo. Todo esta bien.
jEs decir, todo esta mall...
Y Tristan Tzara empezaba a desnudarse en ple-
no publico. Las gentes, a su vez, rugian y se formaba
un barullo en que no escaseaban heridos, muebles
rotos, pérdidas y ganancias. El diablo —no, precisa-
mente, el diablo d’avant-guerre de Bernanos— hacia
de las suyas arriba y abajo, adentro y afuera. Un
fuerte olor a zorrillo viejo salia de 1a sala del teatro.
—jPero qué les pasa a estos mocosos! —se
preguntaban las personas mayores— y nadie sabia
responder nada claro. En general, Paris estaba asus-
tado de los dadaistas e ignoraba que estos demo-
nios representaban simple y llanamente todas las
inquietudes humanas d’aprés-guerre. Los hombres
de nuestra época, todos, absolutamente todos, son
dadafstas. Todos, a su modo, estan locos y atacados
de epilepsia. Esta es la palabra: jepilepsia! No es
que el dadaismo busque nada. Los dadaistas y los
hombres de estos tiempos sdlo quieren moverse,
agitarse y patalear, sin motivo y sin objeto. Unica-
mente se quiere la accién, el movimiento atorbe-
Ilinado, la vida cinematica, es decir, el maelstrom,
con sus mil caballos de fuerza, con su caos, su con-
fusién arrolladora y su falta aparente de ldgica, de
razon y de sentido comin. Unicamente se quiere
la vida en lo que ella tiene de elemental y simple,
de escueto y animal, sin preocupaciones espiritua-
les, morales ni cerebrales. Es la crisis de toda me-
tafisica, de toda filosofia y aun de toda ciencia. De
este modo, los reyes de la vida seran las razas me-
nos intelectuales, como los negros y mas paganos,
en cierto modo, como los yanquis. Es la vuelta al
reinado del cuerpo sobre el espiritu. Es acaso el
alba de otro renacimiento; pero solamente un alba,
plena todavia de tinieblas angustiosas.
Riccioti Garibaldi acaba de probarnos idéntico
barroquismo dadaista en politica, idéntico derroche
53de absurdos, contradicciones y agitacién endiabla-
da. Garibaldi ha estado de acuerdo con Mussolini,
con los enemigos de Mussolini, con los garibaldis-
tas y con los enemigos del garibaldismo, con los
separatistas catalanes y con Primo de Rivera, con
los comunistas de Rusia, con los ladrones del dia-
mante de Chantilly y con la politica francesa que
perseguia a estos ladrones, etcétera. Garibaldi ha
traicionado a todo el mundo y ha marchado de
acuerdo con todo el mundo. Garibaldi, pues, se ha
movido formidablemente. Tristan Tzara, a su lado,
resulta una persona seria y muy formal. Paris estA
ante el caso politico de Garibaldi tan desconcerta-
do como en 1920 ante los primeros dadaistas lite-
rarios. El Gobierno francés que esta investigando
los hechos de Garibaldi, por haber éste vivido ul-
timamente en Niza, no sabe qué hacer de este
hombre tan inquietante y sobre todo tan moderno,
tan d'aprés-guerre. Si Garibaldi es repatriado, Mus-
solini mandaré fusilarlo y los enemigos del duce
querran hacer lo mismo. Ante esta contradiccién,
que llega de lo tragico a lo ridiculo, es muy posible
que las fuerzas se neutralicen y que no le hagan
nada a Garibaldi. Una vez mds, como entre los
dadaistas de 1920, la vida habré triunfado.
El Norte, Trujillo, 25 de diciembre de 1926.
54DESDE PARIS
CONTRA
EL SECRETO PROFESIONAL
(A propésito de Pablo Abril de Vivero)
LA ACTUAL generacién de América no anda menos
extraviada que las anteriores. La actual generacién
de América es tan retérica y falta de honestidad
espiritual como las anteriores generaciones de las
que ella reniega. Levanto mi voz y acuso a mi ge-
neracién de impotente para crear o realizar un es-
piritu propio, hecho de verdad, de vida, en fin, de
sana y auténtica inspiracién humana. Presiento des-
de hoy un balance desastroso de mi generacién, de
aqui a unos quince o veinte afios.
Estoy seguro de que estos muchachos de aho-
ra no hacen sino cambiar de rétulos y nombres a
las mismas mentiras y convenciones de los hom-
bres que nos precedieron. La retérica de Choca-
no, por ejemplo, reaparece y continia, acaso mas
hinchada y odiosa, en los poetas posteriores. Asi
como en el romanticismo, América presta y adop-
ta actualmente la camisa europea del llamado
“espiritu nuevo”, movida de incurable descasta-
miento histérico. Hoy, como ayer, los escritores
de América practican una literatura prestada,
que les va tragicamente mal. La estética —si asi
puede llamarse esa grotesca pesadilla simiesca
de los escritores de América— carece alla, hoy
tal vez mas que nunca, de fisonomia propia. Un
verso de Neruda, de Borges 0 de Maples Arce,
no se diferencia en nada de uno de Tzara, de Ri-
bemont o de Reverdy. En Chocano, por lo me-
nos, hubo el barato americanismo de los temas
y nombres. En los de ahora ni eso.
55Voy a concretar. La actual generacién de Amé-
rica se fundamenta en los siguientes aportes:
1. Nueva ortografia. Supresién de signos pun-
tuativos y de maytsculas. (Postulado europeo,
desde el futurismo de hace veinte afios, hasta
el dadaismo de 1920).
2. Nueva caligrafia del poema. Facultad de
escribir de arriba abajo como los tibetanos o en
circulo 0 al sesgo, como los escolares de kindergar-
ten; facultad, en fin, de escribir en cualquier direc-
cién, segtin sea el objeto o emocién que se quiera
sugerir graficamente en cada caso. (Postulado eu-
ropeo, desde San Juan de la Cruz y los benedictinos
del siglo xv, hasta Apollinaire y Beauduin).
3. Nuevos asuntos. Al claro de luna sucede el
radiograma. (Postulado europeo, en Marinetti co-
mo en el sinoptismo poliplano).
4. Nueva mdquina para hacer imagenes. Sus-
titucién de la alquimia comparativa y estatica, que
fue el nudo gordiano de la metdfora anterior, por
la farmacia aproximativa y dindmica de lo que se
llama rapport en la poesia d’aprés guerre. (Postu-
lado europeo desde Mallarmé, hace cuarenta afios,
hasta el superrealismo de 1924).
5. Nuevas imagenes. Advenimiento del poleaje
inestable y casuistico de los términos metaféricos,
segtin leyes que estén sistematicamente en oposi-
cién con los términos estéticos de la naturaleza.
(Postulado europeo, desde el precursor Lautréamont,
hace cincuenta afios, hasta el cubismo de 1914).
6. Nueva conciencia cosmogénica de la vida.
Acentuacién del espiritu de unidad humana y cés-
mica. El horizonte y la distancia adquieren insdlito
significado, a causa de las facilidades de comunica-
cién y movimiento que proporciona el progreso cien-
tifico e industrial. (Postulado europeo, desde los tre-
nes estelares de Laforgue y la fraternidad universal
de Hugo, hasta Romain Rolland y Blaise Cendrars).
567. Nuevo sentimiento politico y econémico.
El espiritu democratico y burgués cede la plaza al
espiritu comunista integral. (Postulado europeo
desde Tolstoi, hace cincuenta afios, hasta la revo-
lucién superrealista de nuestros dias).
En cuanto a la materia prima, al tono intangi-
ble y sutil, que no reside en perspectivas ni teorias
del espiritu creador, éste no existe en América. Por
medio de las nuevas disciplinas estéticas que acabo
de enumerar, los poetas europeos van realizdndose
mas o menos, aqui o alld. Pero en América todas
esas disciplinas, a causa justamente de ser importa-
das y practicadas por remedo, no logran ayudar a
los escritores a revelarse y realizarse, pues ellas no
responden a necesidades peculiares de nuestra psi-
cologia y ambiente, ni han sido concebidas por im-
pulso genuino y terréqueo de quienes las cultivan.
La endésmosis, tratandose de esta clase de mo-
vimientos espirituales, lejos de nutrir, envenena.
Acuso, pues, a mi generacién de continuar los
mismos métodos de plagio y de retérica de las pa-
sadas generaciones, de las que ella reniega. No se
trata aqui de una conminatoria a favor de nacio-
nalismo, continentalismo ni de raza. Siempre he
crefdo que estas etiquetas estan fuera del arte y
que cuando se juzga a los escritores en nombre de
ellas, se cae en grotescas confusiones y peores des-
aciertos. Aparte de que ese Jorge Luis Borges, ver-
bigracia, ejercita un fervor bonaerense tan falso y
epidérmico, como lo es el latinoamericanismo de
Gabriela Mistral y el cosmopolitismo a la moda de
todos los muchachos americanos de ultima hora.
Al escribir estas Iineas, invoco otra actitud.
Hay un timbre humano, un latido vital y sincero,
al cual debe propender el artista, a través de no
importa qué disciplinas, teorias 0 procesos crea-
dores. Dése esa emocién seca, natural, pura, es
decir, prepotente y eterna y no importan los me-
57nesteres de estilo, manera, procedimiento, etcéte-
ra. Pues bien. En la actual generacién de América
nadie logra dar esa emocidn. Y tacho a esos escri-
tores de plagio grosero, porque creo que ese pla-
gio les impide expresarse y realizarse humana y
altamente. Y los tacho de falta de honradez espi-
ritual, porque al remedar las estéticas extranjeras,
estan conscientes de este plagio y, sin embargo,
lo practican, alardeando, con retérica lenguaraz,
que obran por inspiracién autéctona, por sincero
y libre impulso vital. La autoctonia no consiste en
decir que se es autdéctono, sino en serio efectiva-
mente, aun cuando no se diga.
Leyendo el ultimo libro de Pablo Abril de Vi-
vero, Ausencia, he vuelto a pensar en la cultura de
América. Libros como éste representan un momen-
to muy significativo en Ja literatura continental.
De lejos se ve la nobleza de estos versos. Nobles,
porque, en pleno 1927, no pretenden descubrir el
temedio contra la tuberculosis y ni siquiera una
escuela mas de poesfa. Pertenece este libro a la hu-
mana hermosura de la Ilana elocucién y de la rara
vittud de emocionar. Este libro es, por eso, de los
nobles de América. Abril pudo enredar un poco la
sintaxis y otro poco la Iégica y habrfa asi, por este
solo hecho, ingresado a esas masas de chiflados
que, bajo tal o cual rétulo vanguardista, infestan
todo el ambiente. (Digo masas, porque hoy, al
revés de lo que podria o deberia acontecer, la
totalidad de los escritores son revolucionarios. La
aristocracia espiritual esta all4 en ser conservador
y lo vulgar y standard esta en ser o, al menos,
rotularse vanguardista). Abril pudo mixtificar un
poco y escribir a ojos cerrados y habria asi épaté a
los meridianos y circulos maximos. Si Abril hubie-
ra siquiera escrito sin maydsculas y con rascacielos
—paradoja ésta muy vanguardista—, Abril habria
vanguardizado para las galerias.
58Pero el libro de Abril, como otros sinceros
libros de América, se dejé llevar por la emocién
genuina y creadora y, de esta manera, logra man-
tenerse fuera de toda escuela y acusa una persona-
lidad libre y vigorosa. Ausencia es la obra de un
poeta profundo y sencillo, humano y transparente.
Asi se caracterizan los verdaderos creadores: dan-
dose sin embadurnarse y sin embadurnar a los de-
mas. Los artistas que, como Abril, tienen algo que
dar al corazén, lo dan sana y naturalmente. En
ello también esta lejos del vanguardismo. Casi to-
dos los vanguardistas lo son por cobardia o indi-
gencia. Uno teme que no le salga eficaz la tonada
0 siente que la tonada no le sale y, como ultimo
socorro, se refugia en el vanguardismo. Alli esta
seguro. En la poesia seudonueva caben todas las
mentiras y a ella no puede llegar ningun control.
Es el “secreto profesional” que defiende Jean Coc-
teau; es “el reino que no es de este mundo”, segin
el abate Brémond. La razén de Paul Souday, el
buen gusto, la necesidad sagrada de la emocién
auténtica y humana, no tienen alli entrada.
Pero, por felicidad, salen una que otra vez
libros como el de Abril en América, que logran
entre el charleston vanguardista, un paso de equi-
librio, una voz sana, un fresco brillo sin pretensio-
nes. Por estos libros es dado, de cuando en cuando,
percibir indiscutibles perfiles de gran emocién
lirica en América. El capitulo titulado “Noctur-
nos” de Ausencia, llega a ese alto tono poematico.
Variedades, N° 1001, Lima, 7 de mayo de 1927.
59DESDE PARIS
LA GIOCONDA
Y GUILLAUME APOLLINAIRE
Paris, agosto de 1927
HOY QUE empieza a hablarse de que la auténti-
ca Gioconda de Vinci no es el lienzo que esta
en el Louvre, sino el que tiene oculto en un sub-
terraneo M. Prinvau, reputado coleccionista del
Barrio Latino, las gentes, tocadas de recuerdos,
se preguntan liricamente:
—éQuién fue el padre del superrealismo?
—Guillaume Apollinaire —responden los de-
mas. Apollinaire fue quien, antes que nadie, reco-
lecté en los vastos cementerios de la guerra, las
nuevas wagneritas del espiritu nuevo en poesia.
—¢Y quién fue el ladrén de la Gioconda?
éGuillaume Apollinaire?
—No. Casualmente, sea por olvido o cual-
quier otro motivo, no fue Apollinaire el ladrén de
la Gioconda. Mejor trasteado, si, Guillaume Apo-
llinaire fue el ladrén de la Gioconda...
Nessus de las campifias druidicas, ebrio de
alcoholes vulcanicos, el tétem de las actuales es-
pecies literarias de Francia, pasé un dia, en su
inquietud sanguinea, por los jardines de las Tu-
llerias y, de un brinco, apoderdse de la dulce De-
janida florentina, desapareciendo con ella al lomo,
entre la multitud. Nadie parecié haberle visto.
Ni siquiera un Guido Reni. Pero, he aqui que, si
volvéis por la otra esquina, veréis a la policia de
Paris penetrar en la morada del centauro. Unos
minutos mas y Guillaume Apollinaire, con su in-
solente y ancha mascara vulturica, cruza una via
60civil —y no ya una via de boscaje— rodeado de
uniformes militares.
—¢Quién es? —atilla la muchedumbre.
—Un asesino.
—Un pobre hombre.
—Un actor de cinema.
—No es nada de eso. Es el ladrén de la
Gioconda.
Y Guillaume Apollinaire es arrestado.
Son dias de lucha del artista. Se le conoce
poco y por flancos oscuros, inciertos, inquietantes.
Su vida es sabroso tasajo de calumnias y mixtifi-
caciones. Las derechas, de frente y los centros, de
costado, se seban en ella, hasta el regiieldo. Se le
cree un corruptor de Ja juventud, en cuyo orden
de arterias acesa, por abajo, un crotdlico charles-
ton de instintos. En su solo nombre se oye relin-
char encelados reversos. Un excelente Villon, per-
feccionado por cinco siglos mas de decadencia.
Juntad estas leyendas en los grandes bulevares
y echad en ellos, como una cucharada de vitriolo
en un hato de fibras adiposas, el affaire de Monna
Lisa, y el achicharramiento sobreviene por si solo,
fulminante. Paris, Europa, el mundo entero, vieron
en Apollinaire al ladrén del gran lienzo. El artista
esta perdido. Hasta sus discipulos le niegan, ayu-
dando a la afrenta y al escarnio. Apenas permane-
cen leales tres de sus amigos: Billy, Dupuy, Tudesq.
Ellos van en su socorro. Redactan una protesta y
recogen firmas. La faena es ardua. Los primeros en
negarse a dar su firma, son, naturalmente, los ama-
teurs de arte, admiradores de la buena pintura, idé-
latras de Vinci. El presidente del Salén de Oto-
fio, Mr. Frans Jourdain, responde a los de la boya:
— Como? ¢Mi firma para hacer libertar a
Apollinaire? Jam4s en la vida. Para condenarle,
todo cuando ustedes quieran...
61Pero Billy, Dupuy y Tudesq logran su propé-
sito. Guillaume Apollinaire es puesto en libertad,
aunque la Gioconda no fuese todavia encontrada.
—¢Pero quién fue, entonces el ladrén de la
Gioconda? Guillaume Apollinaire? —se pregun-
taron y se preguntan aun los transeuntes de Paris.
—EI ladrén del célebre cuadro —replican, co-
mo en un sketch de Barde, los superrealistas— fue,
de todos modos, Guillaume Apollinaire. El presi-
dente del Salén de Otofio, el eminente Frans Jour-
dain, fue burlado, Paris, Europa, el mundo entero,
fueron también burlados. El hecho de que la tela
preciosa no haya sido hallada en las propias manos
del hechor, no significa que éste no la haya robado.
Guillaume Apollinaire fue, pues, el ladrén de
Monna Lisa, el padre del superrealismo y el pri-
mero que, antes que nadie, recolecté en los vastos
cementerios de la guerra, donde todos Je mata-
ron, las nuevas wagneritas del espiritu nuevo en
poesia. Por todos estos hechos inolvidables, de-
saparecido Apollinaire, se empieza a admirar ya
enaltecer su nombre, haciéndole justicia. Se em-
pieza a descubrir los ricos yacimientos de radio
en grano lirico, ocultos en su obra y en su vida.
Un archipiélago de amor y desagravio surge en
torno a su recuerdo, Nacen las estacas. Vuelan los
trapecios. Estride su olifante el gran puente. Ar-
monia ha Ilamado: ;aPOLLINAIRE!..
De Mallarmé, a Guillaume Apollinaire. Tal es
la cordelada en la poética francesa. El tiempo ird di-
ciéndolo, més y més claro, con su enorme vozarrén.
Variedades, N° 1022, Lima, 1° de octubre de 1927.
62CIENCIAS SOCIALES
Paris, febrero de 1928
M. ANDRE PHILIP, en su reciente libro E/ proble-
ma obrero en los Estados Unidos, cuenta que en
aquel pais hay tipos sociales muy extrafios, tipos
declassés. Hay propietarios de automdviles que
mendigan en la via publica, para comprar bencina
para sus carros. Hay otros hombres, los hobos, va-
gabundos que recorren los campos y los bosques,
presas de una fobia incurable por la vida de ciudad.
Estos hobos placen singularmente a los socidlogos
neorromanticos que suefian con una sociedad fu-
tura, cimentada, al fin, en las ideas de Rousseau.
Los hobos de los Estados Unidos son, por lo
general, obreros trashumantes, que trabajan sola-
mente unos dias y el resto del tiempo viajan a pie,
solos o en grupos, entonando canciones patriarca-
les 0 poemas de lucha que ellos mismos compo-
nen. Permanecen en las ciudades el menor tiempo
posible, el preciso para ganar unos ddlares, que
les permiten satisfacer las necesidades elementales
de su vida: la comida frugal, a la sombra de los
pinos colorados, el tosco pantalén hasta los hom-
bros, el tabaco del hombre, el pobre alcohol latino.
Los hobos estan sujetos a todas las condiciones de
trabajo y salario ordinarios del pais, excepto a aque-
Ilas referentes al numero de horas semanales de
labor y a la progresién intensiva y “en cadena” del
trabajo. El tiempo semanal por el cual se engan-
chan en una fabrica, es, como hemos dicho, menor
que el de los contratos corrientes, porque asi lo
piden los hobos. En consecuencia, los métodos de
la “racionalizacién” capitalista no corren con ellos,
derivandose de aqui que los /obos no son, gene-
63ralmente, recibidos en los grandes centros indus-
triales, donde aquellos métodos constituyen ley y
donde los horarios, tanto cotidianos como sema-
nales, dependen exclusivamente del patrén. Los ho-
bos, de esta manera, trabajan, la mayorfa de las
veces, como artesanos en las aldeas 0 como obre-
ros en las empresas pequefias, donde las condicio-
nes de trabajo son menos duras.
Los hobos logran con este género de vida sa-
cudirse, en parte y a su modo, de la esclavitud en
que viven los demés obreros en los Estados Unidos.
Los hobos han comprendido que el obrero, por el
solo hecho de vivir, de modo permanente en una
ciudad o en un conglomerado industrial, se somete
tcitamente al control patronal, con todas sus leyes
y engranajes automaticos. Una existencia errante les
libra un tanto de este yugo, ya que no es atin posi-
ble una liberacién mayor, mas justa y mds humana.
Los hobos no abundan en los Estados Uni-
dos, puesto que su ntimero Ilamaria la atencién
oficial y les atraeria la represién consiguiente. Su
rebeldia, el sentido revolucionario de su vida, cae
en la actual organizacién econdémica, bajo la au-
toridad del Estado, pues los 4obos violan las le-
yes normales del trabajo y, sobre todo, los princi-
pios de convivencia humana. Su vida némade,
su vida de naturaleza, su vida de solitarios, cons-
tituyen un delito innegable. Tranquilos de ambi-
cién, simples de necesidad, sanos de codicia, pri-
mitivos y libres, los hobos se oponen, en suma,
a los demés tipos sociales de la época.
Los hobos son, pues, muy pocos. Pero se
cuenta que son unas grandes almas. Muchos de
ellos son artistas y poetas. Hobos fueron y son
Walt Whitman, Jack London, Carl Sandburg. En
las noches salvajes, el hobo solitario enciende fue-
go en la jungle y lee salmos antiguos, versiculos
64de gesta, clamores barbaros 0 compone, bajo las
estrellas, un capitulo de Briznas de yerba, de Hu-
mo y Acero o de El hijo del lobo...
Los hobos no van por los caminos. Van,
como todos los que protestan, a campo traviesa.
Mundial, N° 408, Lima, 6 de abril de 1928.
65SOBRE EL
PROLETARIADO LITERARIO
Paris, marzo de 1928
MIENTRAS EN la Cémara de Diputados se discute
la ley de los seguros sociales, un periddico de Paris
ha formulado la siguiente pregunta, relativa al
estatuto econdmico del escritor contempordneo:
“gLos escritores viven actualmente de su pluma?”
Pregunta demasiado generosa para los interesados
y harto escabrosa para la sociedad en que éstos
viven. Porque todos estamos convencidos de que,
hoy como ayer, raro es el escritor que vive de su
pluma. Raro es el gran escritor, el auténtico, el de
primer calibre, que come y bebe del precio de su
creacién. Existe y existir4, hasta nueva orden, la
corona de espinas para todo frontal sobresaliente
y la esponja amarga para toda laringe irregular.
La filosofia marxista interpretada y aplicada por
Lenin, tiende una mano alimenticia al escritor,
mientras con la otra tarja y corrige segiin las con-
veniencias politicas, toda la produccién intelectual.
Al menos, éste es el resultado practico de Rusia.
El creador sélo opera golpeando y la sociedad
no cotiza los golpes que recibe. Es fuerza, pues,
que a una verdad de tres filos, clavada por un crea-
dor entre los hombres, respondan éstos con una
inmensa secrecién de hiel. Sdlo cuando la verdad
carece de filos (que las hay asi) o cuando se trata
de un filo sin luz, sustituye a la pedrada contra el
genio, la racién comestible para los mediocres.
Juan Gris, uno de los mas austeros maestros
del cubismo, me decia, pocos dias antes de su muer-
te: “Si yo no hago pintura cotizable en cualquier
plaza, no es porque yo no quiera, sino porque no
66puedo”. El propio Baudelaire se propuso hacer pe-
quefios poemas en prosa para ganarse con ellos la
vida y perecié de hambre. En cambio, Lesage quiso
un dia comer de su pluma y, componiendo piezas
teatrales para escenas foraneas, gandé mucho di-
nero. Ejemplos son éstos que nos ensefian a dis-
tinguir al artista puro por naturaleza, de cuya vo-
luntad no depende mantenerse incorruptible, del
artista cuya pureza depende de su voluntad y con-
veniencias. Esta ultima pureza, intermitente y
convencional, no pasa de una chifladura adoles-
cente o de un resorte manuable de arribismo.
En la conciencia general esta el hecho de que
casi la totalidad de los escritores franceses de hoy
participan de esa décil pureza a que nos referimos.
Tarde o temprano han bajado de la cruz y se han
sentado a la mesa de Heliogabalo.
Se sabe que, antes de ser traducidos a todos
los idiomas del mundo, han sido puros y se han
muerto de hambre muchos dias. La mayoria, de
ver que la literatura pura y noble como ellos la
ejercian entonces, no da para la cocina, han prefe-
rido ejercer, por la necesidad, un segundo oficio.
Georges Duhamel ejercia la medicina; Jean Girau-
doux trabajaba en el Quai d’Orsay; Panait Istrati
era fotégrafo ambulante; Jules Romains ensefiaba
filosofia en Lille; Paul Valéry era empleado de una
agencia comercial de informaciones; Charles Vil-
drac dirigia una galeria de pintura en Bordeaux;
Pierre Benoit era dentista; Henri Béraund era pa-
nadero; Pierre Mac Orlan era pintor de brocha
gorda; Joseph Delteil llevaba la contaduria de un
restaurante en su pueblo; Tristan Deréme era co-
brador de contribuciones en Picardia; Cocteau era
corredor de vinos..., etcétera, etcétera.
Pero la literatura, al fin y al cabo, se hizo
para ellos mas ductil y ha acabado por hacerlos
67ricos, y hasta banqueros. Cocteau es ahora due-
fio de un banco en Paris.
Sin embargo, la tradicién baudelariana sigue
perpetuandose, no ya sdélo entre los pintores, co-
mo Gris, sino entre los mismos escritores. Pierre
Reverdy, que con Apollinaire ensefié a escribir de
nuevo a los poetas d’aprés-guerre, se gana la vida
corrigiendo pruebas en la redaccién de L’Intran.
El miserable salario apenas le permite habitar
una humilde buhardilla en Montmartre, como un
pobre amanuense distrital. Un artista puro. Un
héroe, acaso mas noble y trascendental que tantos
aviadores apteros. Reverdy querria de buena gana
comer mejor; pero a diferencia de sus contem-
pordneos, no puede hacer poemas comestibles.
Sin duda, hay todavia quienes son impoten-
tes para caer, como hay quienes son impotentes
para subir.
Mundial, N° 409, Lima, 13 de abril de 1928.
68ANIVERSARIO DE BAUDELAIRE
Paris, mayo de 1928
EN EL CEMENTERIO de Montparnasse se ha con-
memorado el aniversario de la muerte de Charles
Baudelaire. Ha sido una escena de pura rifionada
estética y de una sencillez casi vegetal.
La ceremonia tuvo lugar ante el monumento
del poeta, que es una de las piedras sepulcrales mas
hermosas de Paris. Su contenido es de una signifi-
cacién directa y, a la vez, muy original. El escultor
cogié un bloque de piedra, lo abrid en dos extremi-
dades y modelé un compas. Tal es la osamenta del
monumento. Un compas. Un avién, una de cuyas
alas se arrastra por el suelo, por su mucho tamafio.
Como en el albatros simbélico. La otra mitad lapi-
dea se alza perpendicularmente a la anterior y pre-
senta en su parte superior un gran murciélago de
alas extendidas. Sobre este bicho vivo y flotante,
reposa una gargola, cuyas manos sostienen un
mentén cogitabundo, vigilante y casi agresivo.
Otro escultor habria cincelado, en lugar de un
murciélago, el heraldico gato del aeda. El de esta
piedra hurgé mds hondamente y eligié el murcié-
lago, ese binomio zooldgico, entre mamifero y pa-
jaro, esa imagen ética —entre luzbel y 4ngel— que
tan bien encarna el espiritu de Baudelaire. Porque
el autor de Las flores del mal no fue el diabolismo
en el sentido catélico de este vocablo, sino una
elevada suma de dos grandes sumandos insepara-
bles: la rebelién y la inocencia. La rebelién no es
posible sin la inocencia. Se rebelan solamente los
nifios y los angeles. La malicia no se rebela nunca.
¢Dadme un hombre viejo rebelandose? Seria im-
posible. El viejo puede unicamente despecharse y
amargurarse, pero no rebelarse. Tal Voltaire. La
69rebelién es fruto del espiritu inocente. Y el gato
Neva en todas sus patas la malicia.
En cambio, el murciélago —ese ratén alado de
las bévedas, esa hibrida pieza de plafones— tiene el
instinto de la altura y, al mismo tiempo, el de la
sombra. Es natural del reino tenebroso y, a la vez,
es habitante de las cipulas. Por su doble naturaleza
——de vuelo y de tiniebla— se dirfa que posee la sa-
biduria en la sombra y se diria que cae para arriba...
Ha sido, pues, ante esta auténtica piedra de
catedral y ante una muchedumbre reverente, que
Gustave Khan ha pronunciado un discurso sobre
el culto a los grandes artistas del mundo, entre los
cuales, dijo, Baudelaire ocupa un lugar eminen-
te. M. Valmi Baysse dijo luego la influencia cre-
ciente de Baudelaire en las literaturas extranjeras.
Damas particulares unas y artistas de la Co-
media Francesa y del Odeén otras, recitaron versos
del poeta, entonando asi la escena de un inefable
tinte humano y viviente y comunic4ndole una sim-
plicidad de trance natural y libre, despojado de to-
do aire de gremio o de capilla.
La voz de contralto de una artista dijo “El
extranjero”. Otra recité, con una uncién realmen-
te conmovedora, “La invitacién al viaje”. M. Ale-
xandre hizo una declamacién suprema de “La
danza macabra” y M. Lambert, otra no menos
cautivadora, de “La muerte de los amantes”.
EI grupo de la posteridad se deshizo por el
lado de la estatua “Souvenir”. Entre las deshoja-
das avenidas, el viento se quedaba cantando en
dos silencios, su silencio.
Mundial, N° 421, Lima, 6 de julio de 1928.
70LITERATURA PROLETARIA
Paris, agosto de 1928
POR ORDENANZA administrativa de primero de
julio de 1925, el Soviet ha declarado la existencia
oficial de la literatura proletaria. “La lucha de cla-
ses —dice uno de los considerandos del decreto—
debe continuar en literatura como en todas las de-
més esferas sociales. En una sociedad de clase no
existe ni puede existir un arte neutro”.
La Vapp —Asociacién Pan-rusa de los escri-
tores proletarios— secundando el espiritu del es-
tatuto oficial, traza el caracter de la literatura pro-
letaria en los siguientes términos: “La literatura
—declara— es una incomparable bomba de com-
bate. Si, como Marx lo ha observado ya, es inne-
gable que las ideas directrices de una época son
siempre las ideas de una clase dirigente, la dicta-
dura del proletariado es incompatible con la deno-
minacién de una literatura no proletaria. En las
actuales condiciones, la literatura es, pues, uno de
los campos donde la burguesia libra su ofensiva
suprema contra el proletariado”.
Semejante definicién y carta de naturaleza
proletaria de la literatura en Rusia responde, como
se ve, a un criterio politico del arte y a una necesi-
dad cientifica y técnica del Estado para realizarse.
La historia demuestra que todos los Estados han
visto siempre al arte a través de un anteojo politi-
co. Tal es su derecho y su obligacién. El Estado y
los hombres de Estado, deben ver 0, por lo menos,
estan facultados a ver en todos los fendmenos so-
ciales otros tantos instrumentos para realizar sus
doctrinas politicas. Asi lo han comprendido los go-
biernos y los dirigentes politicos —reaccionarios o
revolucionarios— de hoy y de ayer. Han constrefii-
71do a los escritores a orientarse, de grado o por fuer-
za, dentro de los horizontes espirituales que con-
vienen a sus concepciones politicas y sociales de la
vida. El gobierno o el hombre de Estado que no
asumiese esta actitud, se traicionarfa a si mismo,
sustrayendo a su ideal politico un importante me-
dio de realizarlo. Lenin habria hecho mal si no ex-
tiende a las obras del espiritu los procedimientos
de la dictadura proletaria. Idéntico error cometeria
Mussolini, si no hace lo propio desde su dictadura
burguesa. Uno y otro estén obligados —dentro de
una concepcién vital y creadora de la politica— a
no escatimar ningiin medio, inclusive el arte, para
consumar sus experiencias politicas, que podrian,
de otra manera, abortar total o parcialmente. El
arquitecto no debe pararse en respetos por la be-
Ileza de los Arboles, si quiere obtener de éstos la
madera que exigen los croquis del monumento.
Sin embargo, muy diverso es y debe ser el
concepto que los artistas tienen del arte. Cuando
Haya de la Torre me subraya la necesidad de que
los artistas ayuden con sus obras a la propaganda
revolucionaria en América, le repito que, en mi
calidad genérica de hombre, encuentro su exigen-
cia de gran giro politico y simpatizo sinceramente
con ella, pero en mi calidad de artista, no acepto
ninguna consigna o propésito, propio o extrafio,
que atin respaldandose de la mejor buena inten-
cién, someta mi libertad estética al servicio de tal
© cual propaganda politica. Una cosa es mi con-
ducta politica de artista, aunque, en el fondo, am-
bas marchan siempre de acuerdo, asi no lo parezca
a la simple vista. Como hombre, puedo simpatizar
y trabajar por la Revolucién pero, como artista,
no esta en manos de nadie ni en las mias propias,
el controlar los alcances politicos que pueden ocul-
tarse en mis poemas. (Los escritores rusos han
72rechazado el marco espiritual que les impone el
Soviet? Lo ignoramos.
La cuestién de la literatura proletaria ha des-
pertado, aparte de este debate sobre el derecho
del Estado para imponer tal o cual estética a los
escritores, ardientes discusiones sobre la natura-
leza del arte proletario. Al criterio de Lenin, que
quiere que aquél sea un instrumento del Estado
para realizar una doctrina politica, ha sucedido el
de Trotsky, quien examinando mas ampliamente
el problema, extiende el criterio proletario del ar-
te a mas vastos y profundos dominios del espiritu
y declara que ningun poeta ruso de la Revolucién,
empezando por Block y Gorki, ha logrado realizar
aquellos trazos esenciales del arte proletario. De
esta misma opiniébn —menos politica y mas hu-
mana que la del Soviet— participa Boris Pilniak,
uno de los més interesantes escritores jsvenes de
Rusia. Con todo, la literatura proletaria, segin
Trotsky y Pilniak, queda siempre encerrada den-
tro del catecismo espiritual del Estado comunista.
Se trata solamente de una relativa ampliacién de
vistas de la posicién politica de la Vapp. Ambos
criterios ven al arte, no desde un punto de vista
estético y libre, sino desde un punto de vista poli-
tico y dependiente del Estado.
Hay un tercer modo de caracterizar el arte
proletario. Con ocasién de la apoteosis oficial de
Gorki en Rusia, algunos criticos como Plejanov y
Gorter, creian —confirmando la tesis de Trotsky
y de Pilniak— que Gorki no tiene nada de comin
con la clase obrera. Otros, como Lunacharsky y
Bujarin, afirmaban lo contrario, apoyandose en Le-
nin, quien decia del autor de Los vagabundos, que
es un gran artista proletario. Por ultimo, el Circu-
lo Literario de Pokrovsky solicité al mismo Gorki
expresase su opinidn sobre lo que es o debe ser la
literatura proletaria. Gorki dijo: “El trazo tipico
1ddel escritor proletario esta en el odio activo con-
tra todo lo que de dentro o de fuera oprime al
hombre, impidiéndole su libre desenvolvimiento
y el pleno desarrollo de sus facultades. El escritor
proletario tiende a intensificar la participacién de
los lectores en la vida y a darles un mayor senti-
miento de seguridad en sus propias fuerzas y en
los medios de vencer todo enemigo interior, ayu-
dandoles, al propio tiempo, a adquirir el gran sen-
tido de la vida y la alegria inmensa del trabajo.
He aqui, en suma, lo que pienso de un escritor
del mundo de los trabajadores”.
La opinién de Gorki desilusioné a los criti-
cos y técnicos soviéticos y el desacuerdo sobre el
tema subsiste y se complica. La posicién del autor
de La madre se confunde, en efecto, con el espi-
ritu de la literatura burguesa, que trata de reali-
zar idénticos propdsitos que los que Gorki atribu-
ye, de modo harto genérico y vago, a la literatura
proletaria. Gorki no bosqueja el caracter estricta-
mente proletario del arte. Lo que dice de éste,
han dicho del arte burgués los estetas y criticos
burgueses de todas las épocas. Por otro lado, el
concepto de Gorki responde a un criterio moral
del arte y no a un criterio estético, en el sentido
vital y creador de este vocablo.
Aun no se ha Ilegado en Rusia a dar con la
naturaleza de la literatura proletaria. Mientras
quiera dominar en el debate un criterio extrafio a
las leyes sustantivas del arte, tal como el criterio
politico o el moral, la cuestién seguira cada vez
mas obscura y confusa.
Mundial, N° 432, Lima, 21 de septiembre de 1928.
74DESDE PARIS
EJECUTORIA
DEL ARTE SOCIALISTA
LOS NUEVOS rusos, después de una etapa de modas
y de escuelas tan fugaces como barrocas —akmeis-
tas, nitchevokis, presentistas, centristas, construis-
tas—, empiezan a pisar firme y a encontrar un
derrotero propio y creador de la nueva cultura so-
cialista. No se conoce a punto fijo el momento en
que se inicia la nueva poesia rusa, ni el iniciador
auténtico de ella. No es el iniciador Alejandro
Block, cuya obra, como dice Trotsky, no es un poe-
ma revolucionario, sino el ultimo suspiro del arte
burgués. “Block —afirma Trotsky— no nos perte-
nece”. Tampoco es el iniciador Velemir Khlebni-
chov, cuyo espiritu saturniano y walpurgico repug-
na a la salud natural y a la alegria del trabajo, que
Gorki proclama como uno de los caracteres de la
nueva vida. Ni Block ni Khlebnichov han engen-
drado el arte propiamente socialista. Con sdlo can-
tar la rebelién y la lucha por Ja libertad y la justicia
social, como hace Block, no se crea, en efecto una
nueva estética. Con sdlo cantar sentimientos maxi-
malistas y antiburgueses, como hace Khlebnichov,
tampoco se crea una nueva estética.
Para fijar el punto de arranque de la poesia
socialista, convendria determinar previamente la
naturaleza de ésta y su fisonomia peculiar. Por
desgracia, la poesia propiamente socialista, aquella
en que ha de reposar la cultura universal del por-
venir, no existe todavia en forma sustantiva. Nin-
guno de los poetas jévenes de Rusia logra trazar,
de manera definitiva y seria, los grandes lineamien-
75tos de esa estética. Maiakovsky es un bufén. Kluef
es un burgués indigenista, que ama a la revolucién
de octubre tinicamente por haber emancipado al
mujick. Trotsky —a quien hemos de citar siempre,
por ser la mejor inteligencia bolchevique en Ja ma-
teria— exclama ante la obra de Kluef: “Qué que-
dara de ella si se le quita su paisaneria?... Nada.
Su arte carece de perspectiva histérica”. Esenin ha
sido acaso el que mds cerca estuvo de dar una que
otra brazada germinal a la poesia socialista. Su sui-
cidio mismo y el proceso final de su espiritu testi-
fican su tragedia de declassé, su caso de hombre
que sentia sinceramente y en el fondo de su propio
ser personal, la crucifixion de un mundo que mue-
re y otro que nace. Por haber vivido, precisamente,
esta tragedia de encrucijada de nuestra época. Ese-
nin ha sido el espiritu tipico de los primeros artis-
tas del socialismo, cuya misma impotencia para
sentar las bases definitivas del arte futuro y para
vivir plenamente la nueva vida, concuerda con las
tragicas dificultades de la nebulosa cultural nacien-
te. Pasternak, Filitchenko, Kazin, Jarov, Lafi, no
practican més arte socialista que el que reside en
los temas, palabras y metdforas. La poesia verda-
deramente socialista no se anuncia hasta ahora,
més que en la buena intencién de los j6venes rusos
y en muy contados y débiles acentos creadores.
Porque la estética socialista no debe reducirse
a los temas, al sentido politico ni a los recursos
metaféricos del poema. No se reduce a introducir
palabras a la moda sobre economia, dialéctica o
derecho marxista. No se reduce a tejer ideas reno-
vadoras ni requisitorias sociales de factura u origen
comunista. No se reduce a adjetivar los hechos y
cosas del espiritu y de Ja naturaleza con epitetos
traidos por los cabellos, de la revolucién proletaria.
La estética socialista debe arrancar inicamente de
una sensibilidad honda y tacitamente socialista. La
76estética revolucionaria, aunque no esté en los mo-
tivos, en las palabras ni en la tendencia moral o
politica del poema. Sélo un hombre sanguineamen-
te socialista, aquel cuya conducta publica y privada,
cuya manera de ver una estrella, de comprender la
rotacién de un carro, de sentir un dolor, de hacer
una operacién aritmética, de amar a una mujer y
de levantar una piedra, de callar o de llevar una
migaja a la boca de un transeiinte, son organica-
mente socialistas, sdlo ése puede crear un poema
auténticamente socialista. Sdlo ése creara un poe-
ma socialista, en el que no trate de servir a un
interés de partido o a una contingencia politica de
la historia, sino en el que viva una vida personal
y cotidianamente socialista. (Digo personal y no
individual). En el poeta socialista, el poema socia-
lista deja de ser un trance externo, provocado y
pasajero de militante de un credo politico, para
convertirse en una funcién natural, permanente y
simplemente humana de la sensibilidad. El poeta
socialista no ha de ser tal solamente en el mo-
mento de escribir un poema, sino en todos sus
actos, grandes y pequefios, internos y visibles, cons-
cientes y subconscientes y hasta cuando duerme y
cuando se equivoca o se traiciona.
Esta y no otra es la ejecutoria de un artista
socialista, que la sepan los desorientados colonos
de Mosci en América.
Variedades, N° 1075, Lima, 6 de octubre de 1928.
77LA NUEVA POESIA
NORTEAMERICANA
Paris, junio de 1929
TODOS SABEMOS que la poesia es intraducible. La
poesia es tono, oracién verbal de la vida. Es una
obra construida de palabras. Traducida a otras pa-
labras, sinénimas pero nunca idénticas, ya no es la
misma. Una traduccién es un nuevo poema, que
apenas se parece al original. Cuando Vicente Hui-
dobro sostiene que sus versos se prestan, a la
perfeccién, a ser traducidos fielmente a todos los
idiomas, dice un error. De este mismo error parti-
cipan todos los que, como Huidobro, trabajan con
ideas en vez de trabajar con palabras y buscan en
la version de un poema la letra o texto de la vida
en vez de buscar el tono o ritmo cardiaco de la
vida. Gris me decia, con mucha inteligencia, que
en este error estan también muchos pintores mo-
dernos, que trabajan con objetos en lugar de tra-
bajar con colores. Se olvida que la fuerza de un
poema o de una tela arranca de la manera como
en ella se disponen los materiales mas simples y
elementales de la obra. El material m4s elemental
y simple del poema, es, en ultimo anilisis, la pala-
bra y el color de la pintura. El poema debe, pues,
ser trabajado con simples palabras sueltas, allega-
das y ordenadas segiin la gama creadora del poeta.
Lo mismo ocurre en la arquitectura, en la musica,
en el cinema. Un edificio se construye con piedra,
acero y madera pero no con objetos. Seria absurdo
un palacio fabricado de mesas, animales, tambores,
tronos, barcos, con sus movimientos y roles pecu-
liares. La musica, asimismo, resulta de una orde-
nacién de simples sones sueltos y no de frases
sonoras. Seria absurdo una rapsodia fabricada de
78mugidos de ganado, de chirridos de puertas, de
risas, pasos, rumores vegetales, estruendos meteo-
rolégicos. En la Comsagracién de la Primavera, se
puede constatar —como en una viviseccién— el
libre nacimiento de los sones, independientes de
todo organismo sonoro y de toda combinacién ar-
ménica y melddica. El cinema embrionario trabaja
con escenas y episodios enteros, es decir, con ma-
sas de imagenes. Hoy empieza a trabajar con ele-
mentos mas simples: con instantdneas al milloné-
simo de segundo, combinadas y découpées segin
el sentido cinematico del “realizador”. Ejemplos:
Los tres espejos, corrido en el cinema de vanguar-
dia de las Ursulines y, en mas ancha y esencial
medida, todo el cinema ruso.
Pierre Reverdy vota también por la imposi-
bilidad de traducir un poema. Habiéndole pregun-
tado una vez si le gustaria ver los versos que me
daba para Favorables, traducidos al espafiol, me di-
jo que preferia que fuesen leidos en francés. Na-
turalmente. Como ya lo hemos dado a entender,
lo que importa en un poema, como en la vida, es
el tono con que se dice una cosa y muy secunda-
riamente lo que se dice. Lo que se dice, es, en
efecto, susceptible de pasar a otro idioma pero el
tono con que eso se dice, no: el tono queda, ina-
movible, en las palabras del idioma original. Los
mejores poetas son, en consecuencia, menos pro-
picios a la traduccién. Lo que se traduce de Walt
Whitman, de Goethe, son calidades y acentos fi-
loséficos y muy poco de sus calidades estrictamen-
te poéticas. De ellos sdlo se conoce, en los idio-
mas extranjeros, las grandes ideas, los grandes
movimientos animales, pero no se perciben los
grandes nuimeros del alma, las oscuras nebulosas
de la vida, que residen en un giro, en una tournu-
re, en fin, en los imponderables del verbo.
79La nueva poesia estadounidense debe ser, con
toda seguridad, otra muy diversa de lo que nos
dan a conocer los traductores franceses y espafio-
les. Sin embargo, y qued4ndonos siempre al otro
lado de la barrera idiomAtica, se puede establecer,
ateniéndonos a lo poco que trasciende del muro,
algunos de sus caracteres y puntos de contacto
con las demas estéticas.
Un hecho ha sido registrado unanimemente
por la critica europea: la decisiva influencia del arte
europeo de postguerra en Ja nueva poesia nortea-
mericana. No se trata ya aqui de la influencia euro-
pea en el llamado “renacimiento” literario yanqui
de 1912, cuyos dos trazos dominantes —el imagi-
nismo y el versolibrismo— parecen salir evidente-
mente de las sugestiones parnasianas y simbolistas.
La critica europea se refiere ahora a las influencias
cubistas, expresionistas, dadaistas, superrealistas.
Los americanos —dice Bernard Fray— son demasiado
torpes para inventar ritmos y cauces plasticos. Mientras
que los poetas europeos con una inspiracién mediocre o
fria, disfrutan de una gran facultad para inventar formas
nuevas, los americanos, atin animados de un vasto delirio
poético, son timidos y burdos para la forma y experi-
mentan una pena infinita para plasmar ese delirio segin
las exigencias de expresidn. Asi se explica cémo los poe-
tas americanos se han lanzado avidamente a apren-
der las técnicas nuevas: francesas, alemanas e inglesas.
Pero el fendmeno parece ser otro. Son mds
bien los nuevos poetas europeos que empiezan a
americanizarse. Se americanizan universalizandose
y sin proponérselo. El nuevo espiritu del mundo
exige en todas partes un impertérrito impulso vi-
talista, un profundo sentido sanguineo de la vida,
un supremo realismo, una dialéctica uniformemen-
te acelerada. Este vitalismo, con presentar sus mas
hondas urgencias humanas y sus mds vastos hori-
zontes cientificos en Rusia, ofrece, sin embargo,
80una prestancia mas aparatosa y ostensible en los
Estados Unidos. Esta prestancia espectacular, uni-
da a la vecindad cultural entre Norteamérica y el
occidente europeo, propicia la americanizacién
lenta y tacita de la juventud europea. Ademis, exis-
te un hecho que tiene en este caso una gran fuer-
za: el imperativo vitalista de nuestra época es de
sefialada tradici6n norteamericana. Walt Whitman
es, sin disputa, el mas auténtico precursor de la
nueva poesia universal. Los jévenes europeos, los
mejores, se apoyan a dos manos en Briznas de
Hierba. Fuera de Walt Whitman, las nuevas es-
cuelas europeas se quedan en la poesia de formula
y al margen de la vida. Se quedan en el verso de
bufete, en la masturbacién. Los jovenes europeos
mds interesantes se whitmanizan, tomando de
Walt Whitman lo que de universal y humano tie-
ne el espiritu norteamericano: su sentido vitalista,
en el individuo y en la colectividad que empieza a
tomar una hasta ahora desconocida preponderan-
cia histérica en el mundo.
Idéntica orientacién ofrece en gran parte la
nueva poesia norteamericana. Procede de la tradi-
cién whitmaniana y la continua, rectificdndola. Jun-
to a esta tendencia fraternal y sincrénica de la euro-
pea de mejor calibre, se descubre en los Estados
Unidos una segunda direccién: la de importacién
europea, cuyos componentes siguen las formulas y
poncifs de que habla Bernard Fay, formulas y pon-
cifs, repetimos, tan librescos como decadentes. A
la primera pertenecen escritores de origen pro-
letario 0, al menos, salidos del pueblo, negros
muchos de ellos. Esta es una sensibilidad que,
sin haber logrado sacudirse del pecado capitalis-
ta, traduce sin embargo las fuerzas e inquietudes
mas nobles de ese pueblo. Citemos como ejemplo
a Hart Crane, Michael Gold, Gwendolyn Haste,
Langston Hughes, Ell Slegel, Vachel Lindsay. A
81la segunda tendencia pertenecen los imaginistas
recalcitrantes, con Ezra Pound e Hilda Doolittle
a la cabeza, y los dadaistas, también recalcitrantes,
cuyo jefe es Gertrude Stein.
En ninguna de estas dos tendencias aparece el
acento “esperado”, el acento transformador que, sin
romper con los profundos y sanos nexos histéricos,
rompa con las convenciones artificiales y los erro-
res sociales. La revuelta bulle en una timida célera
liberal cuyos alcances no sobrepasan hasta ahora a
las vistas whitmanianas. Sin embargo, de entre los
jovenes de la primera tendencia brotan, a veces,
innegables estremecimientos revolucionarios que
expresan un estado de espiritu colectivo, igualmen-
te saturado, en sus capas subterrdneas, de la in-
quietud social a que asistimos.
El Comercio, Lima, 30 de julio de 1929.
82LOS ANIMALES
EN LA SOCIEDAD MODERNA
Paris, agosto de 1929
EL LIBRO de Paul Eluard, Los animales y sus hom-
bres, nos ha hecho pensar un buen rato en las rela-
ciones del hombre con las bestias. El solo titulo del
libro nos ha dado ms de una cosquilla reflexiva. A
otro autor, que no fuese superrealista, no se le ha-
bria ocurrido semejante inversién de las categorias
estéticas del hombre y de los animales. Lo mas ra-
cional y hasta cientifico, le habria parecido un titulo
que dijese: Los hombres y sus animales. Peto la
sorpresa superrealista del titulo que nos ocupa, re-
side, precisamente, en haber sacado a la luz una
ecuacién dialéctica del reino animal, superior e in-
visible para el ojo corriente o “realista”. En efecto,
para un criterio légico 0, mejor dicho, rutinario, y
para cualquier transednte, la supremacia estética
del hombre sobre los otros animales, no puede po-
nerse en duda, ya que ella emana de su propia su-
premacia natural, En cambio, para una sensibilidad
libre, nueva y despojada de los anteojos de todo
atavismo filoséfico, como la de un superrealista, la
jerarquia estética y aun natural del hombre y de las
bestias, no es siempre idéntica. En ocasiones, el
hombre puede ser un elemento estético superior y
un ser natural superior y, en ocasiones, una rana o
un mochuelo puede aventajarle irremisiblemente,
no sélo desde el punto de vista fisioldgico 0 senso-
rial, sino desde el punto de vista sicolégico.
Hay, sin duda —dice Varigny— muchas diferencias
entre el hombre y el animal, que no son siempre ven-
tajosas para el primero. El perro tiene un olfato ex-
traordinariamente desarrollado, mientras que en el
hombre y, sobre todo, en el hombre civilizado o tenido
83como tal, este sentido carece de acuidad, Acaso, por lo
demas, ésta es una deficiencia sicolégica, antes que fi-
siolégica. Quizés hay aqui una falta de atencién, antes
que de percepcién, pues esta falta de atencién en el
hombre civilizado se explicaria facilmente por la cir-
cunstancia de que éste no tiene casi ocasién de ejerci-
tar el olfato. En suma, el hombre civilizado demuestra
que, olfativamente, es indigno de ser perro...
El libro de Paul Eluard nos ha hecho pen-
sar, como hemos dicho, en la situacién actual de
los animales respecto de los hombres. Hemos pen-
sado, naturalmente, en las sociedades protecto-
ras de animales, en los hospitales para gatos, en
los cementerios para perros, en las campafias con-
tra la viviseccién, etcétera, etcétera. Una conclu-
sion se desprende de todas estas reflexiones y es
que el hombre recién esta empezando a respe-
tar y amar a los animales como a sus semejantes.
Todas las flamantes instituciones sociales ya cita-
das nos llevan a ese convencimiento. Sélo que ca-
ben aqui, como dice Chesterton, algunas dilucida-
ciones y muchas moralejas.
En primer lugar, ndtese que este animalismo
responde a un concepto y grado ultracivilizado de
la sociedad. Es un refinamiento, que se produce
unicamente en las sociedades muy cultas. La civili-
zacién ha engendrado el proteccionismo a las bes-
tias. Ha sido menester que nazca el automévil, pa-
ra que el gato tenga derecho a un sepulcro, como
el hombre. Més todavia. No podemos imaginar
un hispano-suizo, sin un perro sentado junto al
chauffeur. Las personas desprovistas del moderno
sentido de la velocidad, carecen légicamente del
sentimiento, no menos moderno, del animalismo.
Es facil constatar que aquel que no anda en auto-
movil, no forma tampoco parte de ninguna socie-
dad protectora de animales.
84Del refinamiento al snobismo no hay mas
que una pendiente. El animalismo, por este cami-
no, ha devenido un snobismo. Es de buen tono
amar a los animales, porque ello denota que se es
civilizado y que se estd al dia con el progreso. Al
que no ama a los caballos, se le considera como
un salvaje o, por lo menos, como un primitivo.
Traténdose de pasiones tan emotivas y capri-
chosas, como el szobismo, el amor a los animales
tiene sus preferencias y predilecciones. La sociedad
protege, en particular, a los perros, a los gatos, a
los caballos. Los otros animales no gozan del mis-
mo grado de amor humano. Se pesca y se caza. Se
come carne de vaca y de pichén. Madame Rachil-
de, después de protestar por la prensa, contra los
carreteros que castigan a sus mulos durante el tra-
bajo, toma apresuradamente su cafia y se va con
amigas a pescar a las orillas del Marne.
Esto es muy diferente —argumentan los amantes de
las bestias—. Se mata ciertos animales por necesi-
dad, para alimentarnos o por samo esparcimiento,
mientras que el carretero castiga a sus mulos, de puro
salvaje y cruel que es...
EI animalismo, como refinamiento que es de
la civilizaci6n, resulta un lujo, un ejercicio de fi-
lantropia. Si cae un pajarillo a una casa, se le da
unas migas, como a un mendigo o necesitado. De
este caracter facultativo y meramente moral del
sentimiento animalista, resulta su elasticidad arbi-
traria: ciertos animales obtienen solamente algu-
nas palabras de ternura y de piedad, en tanto que
otros obtienen, en iguales circunstancias, sacrificios
enormes de las gentes. Ello depende del momento
filantrépico en que se encuentra el transeunte y
del animal de que se trata. Hay quienes darian su
vida por salvar a un perro, pero no harfan lo pro-
pio por salvar a un gato o una gallina.
85El animalismo es un fenédmeno social que se
desarrolla paralelamente a la desnatalidad. Se pre-
fiere criar un perro o un gato, antes que una criatu-
ra, Se ha argumentado que la desnatalidad proviene
de Ja miseria. Sin embargo, las gentes sacan siempre
dinero y se sacrifican para alimentar a un animal.
Los hoteles rechazan, a ojos cerrados, los locatarios
con hijos tiernos y, en cambio, reciben, también
a ojos cerrados, cuando traen una jauria de perros.
Por ultimo, es importante no olvidar un dato
un tanto distante de Ja cuestién que nos ocupa, pero
que no anda del todo lejos de ella. La civilizacién,
en vez de acrecentar el amor entre los hombres,
cualesquiera que sean su raza o nacionalidad, acre-
cienta la xenofobia. En los pueblos més avanzados
existe, después de la guerra, un resquemor tacito
peto evidente contra el extranjero. Y, cosa realmen-
te reveladora: se ha podido observar que las gentes
que son rencorosas para las otras gentes, son las
mis inclinadas al amor de los animales. No es posi-
ble imaginar una verdadera matrona que, después
de reprender y arrojar justa o injustamente de su
casa a un criado, no penetre a sus salones y se des-
haga en caricias y ternuras con su perro favorito.
Deciamos que en esto del amor a los anima-
les, caben muchas apostillas y algunas moralejas. Se
podria, en efecto, seguir apuntdndolas al infinito.
Mundial, N° 482, Lima, 13 de septiembre de 1929.
86DESDE PARIS
AUTOPSIA
DEL SUPERREALISMO
LA INTELIGENCIA capitalista ofrece, entre otros sin-
tomas de su agonia, el vicio del cendculo. Es curioso
observar cémo las crisis mds agudas y recientes del
imperialismo econémico —la guerra, la racionaliza-
cin industrial, la miseria de las masas, los kracks
financieros y bursdtiles, el desarrollo de la revolu-
cién obrera, las insurrecciones coloniales, etcétera—,
corresponden sincrénicamente a una furiosa multi-
plicacién de escuelas literarias, tan improvisadas
como efimeras. Hacia 1914 nacfa el expresionismo
(Dvorak, Fretzer). Hacia el 1915 nacia el cubis-
mo (Apollinaire, Reverdy). En 1917 nacia el da-
daismo (Tzara, Picabia). En 1924 el superrealismo
(Breton, Ribemont-Dessaignes). Sin contar las es-
cuelas ya existentes: simbolismo, futurismo, neo-
simbolismo, unanimismo, etcétera. Por ultimo, a
partir de la pronunciacién superrealista, irrumpe
casi mensualmente una nueva escuela literaria.
Nunca el pensamiento social se fraccioné en tan-
tas y tan fugaces formulas. Nunca experimentd
un gusto tan frenético y una tal necesidad por
estereotiparse en recetas y clichés, como si tuviese
miedo de su libertad 0 como si no pudiese produ-
cirse en su unidad orgdnica. Anarquia y desagre-
gacion semejantes no se vio sino entre los filéso-
fos y poetas de la decadencia, en el ocaso de la
civilizacién grecolatina. Las de hoy, a su turno,
anuncian una nueva decadencia del espiritu: el oca-
so de la civilizacién capitalista.
87
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