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Genealogía y Nacimiento de Jesús

Este documento resume la genealogía de Jesús y los principales eventos de su nacimiento, incluyendo su concepción virginal, nacimiento en Belén, adoración de los magos, huida a Egipto, bautismo por Juan el Bautista, y tentaciones en el desierto. Relata cómo Jesús comenzó a predicar después de que Juan fue encarcelado, cumpliendo las profecías.

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Genealogía y Nacimiento de Jesús

Este documento resume la genealogía de Jesús y los principales eventos de su nacimiento, incluyendo su concepción virginal, nacimiento en Belén, adoración de los magos, huida a Egipto, bautismo por Juan el Bautista, y tentaciones en el desierto. Relata cómo Jesús comenzó a predicar después de que Juan fue encarcelado, cumpliendo las profecías.

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Estos son los antepasados de Jesucristo, que fue descendiente de David y de Abrah

am:
Abraham fue el padre de Isaac; <CM>Isaac de Jacob, y Jacob de Jud y sus hermanos.
Jud fue el padre de Fares y Zara (la madre fue Tamar); <CM>Fares fue el padre de
Esrom, y Esrom de Aram.
Aram fue el padre de Aminadab; <CM>Aminadab de Naasn, y Naasn de Salmn.
Salmn fue el padre de Booz (la madre fue Rahab); <CM>Booz de Obed (la madre fue R
ut), y Obed de Isa.
Isa fue el padre del rey David, <CM>y el rey David de Salomn (la madre fue Betsab,
<CM>que haba sido esposa de Uras).
Salomn fue el padre de Roboam; <CM>Roboam de Abas, y Abas de Asa.
Asa fue el padre de Josafat; <CM>Josafat de Joram, y Joram de Uzas.
Uzas fue el padre de Jotam; <CM>Jotam de Acaz, y Acaz de Ezequas.
Ezequas fue el padre de Manass; <CM>Manass de Ams, y Ams de Josas.
Josas, en el tiempo de la cautividad en Babilonia, <CM>fue el padre de Jeconas y s
us hermanos.
Despus del cautiverio, Jeconas fue el padre de Salatiel, <CM>y Salatiel de Zorobab
el.
Zorobabel fue el padre de Abiud; <CM>Abiud de Eliaquim, y Eliaquim de Azor.
Azor fue el padre de Sadoc; <CM>Sadoc de Aquim, y Aquim de Eliud.
Eliud fue el padre de Eleazar; <CM>Eleazar de Matn, y Matn de Jacob.
Este Jacob fue el padre de Jos, el marido de Mara, <CM>la cual fue la madre de Jess
, el llamado Cristo.
Por tanto, desde Abraham hasta David hubo catorce generaciones; otras catorce de
sde David hasta la cautividad en Babilonia, y catorce ms desde la cautividad en B
abilonia hasta Cristo.<CM><CM><i>Nacimiento de Jesucristo<i>
El nacimiento de Jesucristo sucedi de este modo: Mara, su madre, estaba comprometi
da en matrimonio con Jos, pero antes de hacer vida conyugal se encontr encinta por
la accin del Espritu Santo.
Jos, que era un hombre bueno y justo, al conocer el estado de Mara, y para no manc
har su reputacin, decidi separarse de ella en secreto.
Mientras pensaba estas cosas, un ngel del Seor se le apareci en sueos y le dijo:<CM>
Jos, hijo de David, no tengas miedo de tomar como esposa a Mara, porque el hijo qu
e ha concebido es del Espritu Santo.
Cuando ese hijo nazca, t le pondrs por nombre Jess. Lo llamars as porque l salvar a su
pueblo de sus pecados.
Todo esto aconteci para que se cumpliese lo que el Seor haba anunciado por boca del
profeta, que dijo:
"La virgen quedar encinta, y tendr un hijo que se llamar Emanuel" (que significa: "
Dios est con nosotros").
Jos, al despertar de aquel sueo, obedeci lo que el ngel del Seor le haba mandado, y to
m por esposa a Mara.
Pero no tuvo relaciones conyugales con ella hasta que naci su hijo, al que Jos pus
o el nombre de Jess.
El nacimiento de Jess tuvo lugar en un pueblo de Judea llamado Beln, en tiempos de
l rey Herodes. Por aquellos das llegaron a Jerusaln unos magos procedentes de orie
nte,
los cuales preguntaban:<CM>Dnde se encuentra el rey de los judos que acaba de nacer
? Nosotros, en oriente, vimos su estrella, y hemos venido a adorarlo.
Estas palabras llegaron a odos del rey Herodes, que se sinti turbado, al igual que
toda la poblacin de Jerusaln.
El rey convoc entonces a los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo,
y les interrog acerca del lugar donde haba de nacer el Mesas.
Ellos le respondieron: <CM>En Beln de Judea, porque as est escrito por el profeta:
"Y t, Beln, tierra de Jud, <CM>no eres la menos importante<CM>entre las ciudades de
Jud, <CM>porque de ti saldr un jefe, <CM>un pastor que guiar a mi<CM>pueblo Israel
".
Entonces Herodes mand llamar en secreto a los magos, y les pregunt por el momento
exacto de la aparicin de la estrella.
Luego los envi a Beln, encargndoles:<CM>Id all y averiguad cuanto podis acerca de ese

nio; y cuando lo encontris, comunicdmelo, para que yo tambin vaya a rendirle pleite
sa.
Despus de haber escuchado al rey, los magos continuaron su camino; y la estrella
que haban visto en oriente iba delante de ellos, guindolos, hasta que al fin se de
tuvo sobre el lugar donde estaba el nio.
Los magos, que al ver la estrella se haban llenado de alegra,
entraron en la casa y vieron al nio con Mara, su madre; y arrodillndose delante de l
, lo adoraron. Abrieron los cofres que llevaban y le ofrecieron regalos: oro, in
cienso y mirra.
Luego emprendieron el regreso a su pas, aunque tomando un camino diferente del qu
e haban trado, porque en sueos les fue revelado que no deban pasar de nuevo por Jeru
saln para informar a Herodes.<CM><CM><i>La huida a Egipto<i>
Despus de su partida, un ngel del Seor se apareci en sueos a Jos y le dijo:<CM>Ponte e
n marcha con el nio y con su madre, y huye de aqu. Vete a Egipto, y qudate en aquel
las tierras hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al nio con intencin
de matarlo.
Al despertar de su sueo, Jos tom al nio y a su madre, se puso de noche en camino y l
leg a Egipto.
All permaneci hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo que el Seor haba
anunciado por medio del profeta: "De Egipto llam a mi hijo".
El rey Herodes, cuando se dio cuenta de que haba sido burlado por los magos, mont
en clera, y orden matar a todos los nios menores de dos aos que haba en Beln y sus alr
ededores, conforme al tiempo que los magos le haban dicho.
De este modo se cumplieron las palabras del profeta Jeremas:
"Una voz se oy en Ram, llantos y grandes lamentos. Es Raquel, que llora a sus hijo
sy no quiere que la consuelen, porque estn muertos".<CM><CM><i>El regreso a Nazar
et<i>
Pasadas estas cosas, cuando ya Herodes haba muerto, un ngel del Seor se apareci en s
ueos a Jos, en Egipto,
y le dijo:<CM>Ponte de nuevo en marcha con el nio y su madre, y vuelve a tierras
de Israel, porque ya han muerto los que trataban de acabar con la vida del nio.
Entonces Jos se levant, tom al nio y a su madre, y se dirigi a Israel.
Pero habiendo sabido que en lugar de Herodes reinaba en Judea su hijo Arquelao,
tuvo miedo de ir all. Avisado en sueos, se fue a Galilea,
a una ciudad llamada Nazaret, en la cual se qued a vivir, para que se cumpliese l
o que haban anunciado los profetas: que el nio sera llamado nazareno.
Por aquel entonces se present Juan el Bautista en el desierto de Judea. Predicaba
diciendo:<CM>Arrepentos, porque ya est cerca el reino de los cielos.
De este es de quien haba hablado el profeta Isaas, cuando dijo:"Se oye una voz que
grita en el desierto: <CM>Preparad el camino del Seor! <CM>Allanad sus veredas!".
Juan iba vestido con una ropa hecha de pelo de camello, que llevaba ceida al cuer
po con un cinturn de cuero; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.
A Juan acuda mucha gente procedente de Jerusaln, de toda Judea y de toda la comarc
a que se extenda a lo largo de las riberas del Jordn,
y l bautizaba en las aguas del ro a cuantos confesaban sus pecados.
Muchos de los que queran ser bautizados por l eran fariseos o saduceos, a los cual
es les deca:<CM>Generacin de vboras!, quin os ha enseado a huir de la ira que se acerc
?
Demostrad con vuestras obras que estis verdaderamente arrepentidos,
y no tratis de exculparos a vosotros mismos diciendo que sois de la estirpe de Ab
raham, porque os aseguro que Dios podra sacar hijos a Abraham incluso de estas pi
edras.
Mirad, ya el hacha est puesta a la raz de los rboles, para talar y hacer una hoguer
a con todo rbol que no d buen fruto.
Ciertamente yo os bautizo con agua como signo de vuestro arrepentimiento; pero h
ay uno que viene detrs de m, de quien yo ni siquiera soy digno de llevar su calzad
o. l, que es ms poderoso que yo, os bautizar con Espritu Santo y fuego.
Lleva en la mano el bieldo para aventar y limpiar su era: juntar el trigo en el g
ranero y quemar la paja en un fuego que nunca se apagar.<CM><CM><i>Bautismo de Jess
<i>

Uno de aquellos das, desde Galilea, Jess fue al Jordn con el propsito de que Juan le
bautizase.
Pero Juan se le resista, diciendo:<CM>Cmo vienes a m, si soy yo quien necesito ser b
autizado por ti?
Jess le respondi:<CM>No te opongas, porque es necesario que cumplamos as la plenitu
d de la justicia.Juan cedi entonces.
Despus de ser bautizado, sali Jess del agua; en aquel momento los cielos se abriero
n, el Espritu Santo descendi sobre l en forma de paloma
y se oy una voz de los cielos, que deca:<CM>Este es mi Hijo amado, en quien me com
plazco.
El Espritu Santo llev al desierto a Jess, para que el diablo lo pusiera a prueba.
Durante cuarenta das y cuarenta noches no tom alimento alguno, pero despus tuvo ham
bre.
Entonces el diablo se acerc a l y le dijo:<CM>Si t eres Hijo de Dios, di a estas pi
edras que se conviertan en pan.
Jess le contest:<CM>Esto est escrito: "No slo de pan vivir el hombre, sino de toda pa
labra que sale de la boca de Dios".
Luego el diablo lo condujo a Jerusaln, la ciudad santa; lo puso sobre el lugar ms
alto del Templo
y le dijo:<CM>Si t eres Hijo de Dios, arrjate abajo desde aqu, porque est escrito: "
Dios dar rdenes a sus ngeles acerca de ti,y ellos con sus manos te sostendrn para qu
e tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Respondi Jess al diablo:<CM>Tambin est escrito: "No pondrs a prueba al Seor tu Dios".
Por ltimo, el diablo lo llev a un monte muy alto, desde donde se vean todos los rei
nos del mundo y el esplendor de sus riquezas,
y le dijo:<CM>Yo te dar todo esto, si te arrodillas delante de m y me rindes adora
cin.
Entonces Jess le dijo:<CM>Vete de aqu, Satans!, porque est escrito: "Al Seor tu Dios a
dorars, y a l solamente servirs".
Despus de esto, el diablo se fue; y los ngeles llegaron y comenzaron a servir a Je
ss.<CM><CM><i>Jess comienza a predicar<i>
Cuando Jess se enter de que Juan el Bautista estaba en la crcel, regres a Galilea;
pero no se qued en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaum, una ciudad situa
da junto al mar, en la comarca de Zabuln y Neftal.
As se cumpli lo que haba dicho el profeta Isaas:
"Tierra de Zabuln y <CM>tierra de Neftal, <CM>camino del mar, <CM>a la otra orilla
del Jordn, <CM>Galilea de los gentiles.
El pueblo que viva en <CM>oscuridad vio una gran luz; <CM>a los que vivan en regio
nes <CM>de sombra de muerte, <CM>la luz les resplandeci".
Desde aquel da comenz Jess a predicar. Deca: <CM><CM>Arrepentos de vuestros pecados y
volveos a Dios, porque el reino de los cielos ya est cerca.<CM><CM><i>Llamamient
o de los primeros discpulos<i>
Andaba Jess un da por la orilla del mar de Galilea, cuando vio a dos pescadores qu
e estaban lanzando la red al agua. Eran hermanos, y se llamaban el uno Pedro y e
l otro Andrs.
Jess les dijo:<CM>Venid conmigo, y yo har de vosotros pescadores de hombres.
Ellos dejaron al punto las redes y se fueron con Jess.
Poco ms all vio a otros dos hermanos, Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban
en la barca, junto con su padre, remendando las redes. Jess los llam,
y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, se fueron con l.<CM><CM><i>Jess s
ana a los enfermos<i>
Jess andaba recorriendo toda Galilea. Enseaba en las sinagogas de los judos, predic
aba las buenas noticias del Reino de Dios y sanaba a los enfermos que haba entre
el6 pueblo, cualesquiera que fueran sus dolencias.
De este modo se extendi la fama de Je-ss por toda la provincia romana de Siria, y
le traan todos los que sufran dolencias y enfermedades, los que estaban atormentad
os por diversos padecimientos, y tambin los endemoniados, lunticos y paralticos; y l
los sanaba.
Por eso le segua gran nmero de gente de Galilea, Decpolis, Jerusaln, Judea e incluso
del otro lado del Jordn.

Al ver aquella multitud que se haba reunido, Jess subi al monte y se sent. Sus discpu
los se le acercaron,
y l tom la palabra y comenz a instruirles, diciendo:
<CM>Dichosos los que tienen espritu de pobreza, porque suyo es el Reino de los ci
elos.
Dichosos los que lloran, porque sern consolados.
Dichosos los mansos, porque recibirn la tierra como una herencia.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque la obtendrn con creces.
Dichosos los que se compadecen de otros, porque Dios se compadecer de ellos.
Dichosos los que tienen limpio el corazn, porque ellos vern a Dios.
Dichosos los que procuran la paz, porque sern llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por defender la justicia, porque suyo es el Reino de lo
s cielos.
Dichosos vosotros, cuando por causa ma os injurien y os persigan, y cuando, minti
endo, digan de vosotros toda clase de cosas malas.
Estad alegres, estad contentos, porque el premio que habis de recibir en el cielo
es grande. De la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron en tiemp
os pasados.<CM><CM><i>La sal y la luz<i>
Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirta, cmo podr seguir sazon
ando? En tal caso deja de ser til, y solo sirve para arrojarla fuera y que la gen
te la pisotee.
Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en lo alto de una montaa no pu
ede esconderse;
ni tampoco se enciende una luz y se la oculta debajo de una vasija, sino que se
la pone en un candelero para que alumbre a todos los que estn en la casa.
Pues bien, as es como debe alumbrar vuestra luz ante la gente, para que, al ver l
a bondad de vuestras obras, todos glorifiquen a vuestro Padre que est en los ciel
os.<CM><CM><i>El cumplimiento de la ley<i>
No pensis que he venido a abolir la ley de Moiss o la palabra de los profetas: yo
no he venido a abolirlas, sino a cumplirlas.
Porque os aseguro que mientras permanezcan el cielo y la tierra, y hasta que tod
o se haya cumplido, ni un punto ni una coma se borrarn de la ley.
Por tanto, cualquiera que quebrante uno de esos mandamientos, aun siendo el meno
s importante, y ensee a otros a quebrantarlo, muy poco importante ser considerado
en el reino de los cielos. Y al contrario, cualquiera que los cumpla y ensee a ot
ros a cumplirlos, ser considerado importante en el reino de los cielos.
Esto es digo: si vuestra justicia no supera a la justicia de los escribas y los
fariseos, no podris entrar en el reino de los cielos.<CM><CM><i>El homicidio<i>
Sabis que a vuestros antepasados se les dijo: "No matars"; y sabis tambin que cualqu
iera que mata a otro se hace culpable ante un tribunal de justicia.
Pero yo os digo: Cualquiera a quien la ira lo arrastre contra su hermano, ser cul
pable de aquel mismo delito; cualquiera que injurie a su hermano, habr de respond
er ante el Consejo; y cualquiera que le insulte, ir a parar al fuego del infierno
.
Por eso, si decides llevar tu ofrenda al altar del Seor, y una vez all recuerdas q
ue tu hermano est enemistado contigo por alguna razn,
deja tu ofrenda all mismo, delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu
hermano; luego vuelve al altar y presenta tu ofrenda.
De igual modo, ponte pronto de acuerdo con el adversario que pleitea contigo; ha
zlo mientras an ests a tiempo, y no des lugar a que te lleve ante el juez, y el ju
ez te entregue a la polica y termines en la crcel.
Te aseguro que no saldrs de ella hasta que no hayas pagado la ltima moneda.<CM><CM
><i>El adulterio<i>
Sabis que tambin se dijo: "No cometers adulterio".
Pero yo os digo: Cualquiera que mira con codicia a una mujer, ya adultera con el
la en el fondo del corazn.
Por tanto, si tu ojo derecho es causa de que caigas en pecado, ms vale que lo saq
ues y lo eches de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo, y no q
ue todo l sea arrojado al infierno.
Y si tu mano derecha es causa de que caigas en pecado, ms vale que la cortes y la

eches de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo, y no que todo l
sea arrojado al infierno.<CM><CM><i>El divorcio<i>
Tambin se dijo: "Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio".
Pero yo os digo: Quien repudia a su mujer, a no ser por causa de infidelidad con
yugal, hace que ella adultere; y si alguno se casa con la repudiada, tambin comet
e adulterio.<CM><CM><i>Los juramentos<i>
Sabis que adems se dijo a vuestros antepasados: "No perjures, sino cumple al Seor t
us juramentos".
Pero yo os digo: No juris en manera alguna: ni por el cielo, porque es el trono d
e Dios;
ni por la tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusaln, porque es la
ciudad del gran Rey.
Ni tampoco juris por vuestra propia cabeza, porque no podis convertir en blanco o
en negro ni uno solo de vuestros cabellos.
Cuando vosotros hablis, dec/id sencillamente "S, s" o "No, no", pues lo que pasa de
esto procede del mal.<CM><CM><i>Ojo por ojo<i>
Sabis que se dijo: "Ojo por ojo y diente por diente".
Pero yo os digo: No opongis resistencia al malo; antes bien, si alguno te da una
bofetada en la mejilla derecha, ofrcele tambin la izquierda;
si alguien trata de pleitear contigo para quitarte la tnica, djale tambin la capa,
y al que te obligue a caminar una milla (mil pasos, segn medida romana) llevando
una carga, ve con l dos.
A quien te pida, dale; y a quien desee que le hagas un prstamo, no se lo niegues.
<CM><CM><i>El amor a los enemigos<i>
Sabis que se dijo: "Amars a tu prjimo y odiars a tu enemigo".
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.
De este modo seris verdaderos hijos de vuestro Padre que est en los cielos, que ha
ce salir su sol sobre los malos y sobre los buenos, y que enva la lluvia sobre lo
s justos y sobre los injustos.
Porque si solamente amis a quienes os aman, cul ser vuestra recompensa? Acaso no hace
n lo mismo los publicanos?
Y si solamente saludis a vuestros hermanos, dnde est vuestro mrito? Acaso no se portan
tambin as los gentiles?
Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre que est en los ciel
os.
Guardaos de hacer el bien movidos tan slo por el ansia de que la gente os vea, po
rque en ese caso no recibiris recompensa de vuestro Padre que est en los cielos.
T, pues, cuando des una limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hace
n los hipcritas en las sinagogas y por las calles de la ciudad, para que la gente
los alabe; os aseguro que esos ya tienen su recompensa.
Cuando t des limosna, hazlo de tal modo que ni siquiera tu mano izquierda sepa lo
que hace tu derecha;
as tu limosna ser secreta, y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensar en pblico.<
CM><CM><i>La oracin<i>
De la misma manera, cuando ores, no lo hagas como los hipcritas, a quienes les gu
sta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para que la ge
nte los contemple; os aseguro que esos ya tienen su recompensa.
T, por el contrario, cuando ores, mtete en tu habitacin, cierra la puerta y ora a t
u Padre que est en secreto, y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensar en pblico
.
Adems, cuando oris, no repitis y repitis vuestras palabras, como hacen los gentiles,
los cuales se imaginan que sern odos gracias a su mucha y hueca palabrera.
No los imitis, porque vuestro Padre conoce todas vuestras necesidades antes que v
osotros le pidis nada.
Vuestra oracin debe ser as:"Padre nuestro que ests <CM>en los cielos, <CM>santifica
do sea tu nombre;
venga tu reino; <CM>hgase tu voluntad, <CM>como en el cielo, <CM>as tambin en la ti
erra.
Nuestro pan de cada da, <CM>dnoslo hoy.
perdnanos nuestras ofensas, <CM>como tambin nosotros<CM>perdonamos a los que <CM>n

os ofenden;
y no nos dejes caer <CM>en la tentacin, <CM>sino lbranos del mal. <CM>Porque tuyo
es el reino, <CM>el poder y la gloria, <CM>por todos los siglos". Amn.
Porque si perdonis a aquellos que os ofenden, tambin vuestro Padre celestial os pe
rdonar a vosotros;
pero si no los perdonis, tampoco vuestro Padre perdonar vuestras ofensas.<CM><CM><
i>El ayuno<i>
Cuando ayunis, no pongis gesto pesaroso como hacen los hipcritas, que demudan su ro
stro para mostrarle a la gente que estn ayunando; os aseguro que esos ya tienen s
u recompensa.
T, por el contrario, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
para no mostrar a la gente que ests ayunando, sino solamente a tu Padre que est en
secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensar en pblico.<CM><CM><i>Tesor
os en el cielo<i>
No acumulis tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen, y donde l
os ladrones entran a robar.
Acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho destruyen y donde l
os ladrones no entran a robar.
Porque donde tengis vuestro tesoro, all tendris tambin el corazn.
El ojo es como la lmpara del cuerpo. Por eso, si la mirada de tus ojos es limpia,
todo tu cuerpo estar lleno de luz;
pero si hay maldad en tu mirada, todo tu cuerpo estar en oscuridad. Ahora bien, s
i la luz que hay en ti es oscuridad, cunta no ser la propia oscuridad!
Nadie puede servir al mismo tiempo a dos seores, porque odiar a uno y querr al otro
, o apreciar a uno y despreciar al otro. No podis servir al mismo tiempo a Dios y a
las riquezas.<CM><CM><i>De nada sirve preocuparse<i>
Por eso os digo: No os preocupis por lo que habis de comer o beber para sustentaro
s, o por la ropa con que habis de vestir vuestro cuerpo. Acaso no vale ms la vida q
ue el alimento, y el cuerpo ms que la ropa?
Mirad las aves del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan comida en un graner
o; sin embargo, vuestro Padre celestial les da el alimento que necesitan. Pues b
ien, no valis vosotros ms que ellas?
Adems, quin de vosotros, por mucho que se preocupe, lograr aadirle a su vida un solo
da?
En cuanto a la ropa, por qu preocuparos? Fijaos en cmo crecen los lirios del campo,
que no trabajan ni hilan;
sin embargo, ni siquiera Salomn con todo su esplendor real lleg a vestirse como un
o de ellos.
Pues si a la hierba del campo, que hoy est verde y maana se la quema en el horno,
Dios la viste de ese modo, qu no har por vosotros, hombres de poca fe?
Por lo tanto, no os preocupis pensando: "Qu comeremos?" o "Qu beberemos?" o "Con qu no
vestiremos?" d
Esas son las cosas que buscan los gentiles, pero vuestro Padre celestial sabe qu
e de todas ellas tenis necesidad.
Lo que vosotros, en primer lugar, debis hacer es buscar el reino de Dios y su jus
ticia, y todo lo dems os ser aadido.
De modo que no os preocupis por el da de maana, porque el da de maana traer sus preocu
paciones. Bstenle a cada da sus propios problemas.
No juzguis y no seris juzgados.
Porque del mismo modo que juzguis se os juzgar a vosotros, y con la misma medida c
on que midis, seris medidos.
Por qu te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga
que t tienes en el tuyo?
O cmo vas a decirle a tu hermano: "Deja que te saque la mota del ojo", cuando t tie
nes una viga en el tuyo?
Hipcrita!, saca primero la viga que tienes en tu ojo, y as podrs ver bien para sacar
la mota del ojo de tu hermano.
No deis lo santo a los perros ni echis vuestras perlas a los cerdos, no sea que p
rimero las pisoteen, y luego se vuelvan contra vosotros y os despedacen.<CM><CM>
<i>Pedid, buscad, llamad<i>

Pedid y se os dar, buscad y encontraris, llamad y os abrirn la puerta.


Porque el que pide recibe, el que busca encuentra y al que llama se le abre la p
uerta.
Quin entre vosotros, si su hijo le pide pan, le dar una piedra?
O si le pide pescado, le dar una serpiente?
Pues si vosotros, que sois malos, sabis dar cosas buenas a vuestros hijos, cunto ms
vuestro Padre que est en los cielos no ha de dar buenas cosas a quienes se las pi
dan?
Por tanto, haced vosotros con los dems como queris que ellos hagan con vosotros, p
orque en eso se resume la ley de Moiss y lo dicho por los profetas.<CM><CM><i>La
puerta estrecha y la puerta ancha<i>
Entrad por la puerta estrecha, porque ancha es la puerta y amplio el camino que
lleva a la perdicin, y son muchos los que entran por ella;
en cambio, estrecha es la puerta y angosto el camino que lleva a la vida, y son
pocos los que la encuentran.<CM><CM><i>El rbol y sus frutos<i>
Guardaos de esos falsos profetas que se acercan a vosotros disfrazados de ovejas
, pero por dentro son lobos rapaces.
Por sus frutos los conoceris, porque no pueden recogerse uvas de los espinos ni h
igos de los cardos.
Del mismo modo, un rbol bueno da buenos frutos y un rbol malo da frutos malos.
Ni el rbol bueno puede dar frutos malos, ni el rbol malo los puede dar buenos.
Pero cuando un rbol no da buenos frutos, se le corta y se le echa al fuego.
De modo que por sus frutos los conoceris.
No todo el que me dice "Seor, Seor!" entrar en el reino de los cielos, sino nicamente
el que cumple la voluntad de mi Padre que est en los cielos.
Cuando llegue aquel da, habr muchos que vendrn a decirme: "Seor, Seor, nosotros hemos
profetizado en tu nombre, y tambin en tu nombre hemos expulsado demonios y hemos
hecho gran nmero de milagros".
Entonces yo les declarar: "Jams os conoc! Apartaos de m, malhechores!"<CM><CM><i>El pr
udente y el insensato<i>
As pues, cualquiera que escucha estas palabras mas y las pone en prctica es compara
ble a un hombre sensato que construy su casa sobre la roca firme.
Un da llegaron las lluvias, se desbordaron los ros, y los vientos soplaron y golpe
aron contra la casa; pero no se derrumb porque estaba cimentada sobre la roca.
En cambio, cualquiera que escucha estas palabras mas y no las pone en prctica es c
omparable a un hombre falto de sensatez que construy su casa sobre la arena.
Un da llegaron las lluvias, se desbordaron los ros, y los vientos soplaron con vio
lencia contra la casa; y se derrumb, y qued reducida a ruinas.
Cuando Jess concluy su discurso, la gente estaba admirada de sus enseanzas;
porque l les enseaba como alguien dotado de autoridad, y no como los escribas.
Al bajar Jess del monte, le segua una gran muchedumbre.
En esto se le acerc un leproso, que hincndose de rodillas ante l le dijo:<CM>Seor, s
i quieres, puedes limpiarme de mi mal.
Jess extendi la mano y lo toc, al tiempo que deca:<CM>S quiero. Queda limpio.En el mi
smo instante le desapareci la lepra.
Entonces Jess aadi:<CM>Mira, no digas de esto nada a nadie, sino ve y presntate prim
ero al sacerdote; y para que a ellos les quede constancia, lleva la ofrenda orde
nada por Moiss.<CM><CM><i>La fe del centurin<i>
Entrando en Cafarnaum, vino al encuentro de Jess un centurin que comenz a rogarle:
<CM>Seor, tengo a mi criado en casa, paraltico, sufriendo de un modo terrible.
Jess le contest: <CM><CM>Yo ir y lo curar.
Pero el centurin le dijo: <CM><CM>Seor, yo no soy digno de que entres en mi casa,
bajo mi techo; pero bastar con que t pronuncies la palabra para que mi criado qued
e sanado.
Mira, yo soy tambin un hombre sujeto a autoridad, y al mismo tiempo tengo soldado
s bajo mis rdenes. Si a uno le digo "Ve all", va; si a otro le digo "Ven ac", viene
; y si digo a mi sirviente "Haz esto", lo hace.
Jess se qued admirado al orlo, se qued admirado, y dijo a la gente que le segua;<CM>O
s aseguro que ni siquiera en Israel he encontrado a nadie que tenga tanta fe.
Por eso os digo que muchos vendrn de oriente y de occidente, y se sentarn juntamen

te con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos;


en tanto que los ciudadanos del reino sern expulsados a las tinieblas de afuera. A
ll llorarn y les rechinarn los dientes!
Luego se volvi Jess al centurin, y le dijo:<CM>Vete, y lo que creste te sea cumplido
.En aquel mismo momento qued sanado el criado del centurin.<CM><CM><i>Jess sana a m
uchos enfermos<i>
Despus entr Jess en casa de Pedro, a cuya suegra encontr postrada en cama, con fiebr
e alta.
Le toc Jess la mano y desapareci la fiebre. Entonces ella se levant y se puso a serv
irles.
Al caer la tarde le trajeron muchos endemoniados, y Jess, con solo su palabra, ex
puls a los demonios y san a todos los que estaban enfermos,
para que se cumpliera lo que dijo el profeta Isaas: "l tom nuestras debilidades<CM>
y carg sobre s nuestras<CM>dolencias". <CM><CM><CM><i>Lo que cuesta seguir a Jess<i
>
Jess, vindose rodeado de aquella muchedumbre, mand a sus discpulos pasar a la otra o
rilla.
Entonces se le acerc un escriba, que le dijo:<CM>Maestro, te seguir adondequiera q
ue vayas.
Le respondi Jess:<CM>Mira, las zorras tienen cubiles y las aves tienen nidos, pero
el Hijo del hombre ni siquiera tiene un lugar donde recostar la cabeza.
Otro, de entre sus discpulos, le pidi:<CM>Seor, permite que vaya y entierre primero
a mi padre.
Jess le dijo:<CM>T sgueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos.<CM><CM><
i>Jess calma la tormenta<i>
Luego entr en la barca, y sus discpulos le siguieron.
Bruscamente se desat en el mar una gran tempestad. Las olas cubran la barca, pero
Jess dorma.
Los discpulos, asustados, fueron a despertarle:<CM>Seor, slvanos, que vamos a morir!
l les dijo:<CM>Hombres de poca fe!, por qu tenis tanto miedo? Luego se levant e increp
a los vientos y al mar. Todo se calm, y se hizo una gran bonanza.
Los hombres, asombrados, se decan:<CM>Quin es ste, que hasta los vientos y el mar le
obedecen?<CM><CM><i>Liberacin de dos endemoniados<i>
Llegados a la otra orilla, a la regin de los gadarenos, dos endemoniados salieron
al encuentro de Jess. Venan de entre los sepulcros, y eran tan violentos que nadi
e poda pasar por su propio camino.
Gritaban:<CM>Qu tienes en contra nuestra, Jess, Hijo de Dios? Has venido ac a atormen
tarnos antes de tiempo?
A cierta distancia de all estaba paciendo una gran piara de cerdos,
y los demonios suplicaron a Jess:<CM>Si nos expulsas, permtenos ir a aquella piara
de cerdos.
l les dijo:<CM>Id.Ellos salieron y se fueron a la piara de cerdos, que se precipi
t en el mar por un despeadero. Todos los cerdos murieron ahogados,
y los que cuidaban de ellos huyeron a la ciudad, donde relataron lo ocurrido con
la piara y con los endemoniados.
Al saberlo, toda la gente de la ciudad sali en busca de Jess, y cuando lo vieron l
e rogaron que se fuera de aquella regin.
Entrando de nuevo en la barca, Jess pas a la orilla opuesta y entr en su ciudad, en
Cafarnaum.
Le llevaron entonces un paraltico tendido en una camilla, y viendo Jess la fe de s
us portadores, le dijo:<CM>Hijo, ten nimo! Tus pecados te son perdonados.
Algunos escribas que estaban all pensaron en seguida: "Este est blasfemando".
Pero Jess, conociendo sus pensamientos, les pregunt:<CM>Por qu pensis mal para vuestr
os adentros?
Qu os parece ms fcil, decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levntate y an
da"?
Pues para que sepis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perd
onar pecados <CM>le dijo entonces al paraltico: <CM>Levntate, toma tu camilla y ve
te a tu casa.
l entonces se levant y se fue a su casa,

y la gente, al verlo, se qued asombrada y comenz a glorificar a Dios por haber dad
o tal autoridad a los hombres.<CM><CM><i>Llamamiento de Mateo<i>
Al salir de all vio Jess a uno llamado Mateo, que estaba sentado ante la mesa de r
ecaudacin de los impuestos pblicos, y le dijo: <CM>Sgueme. l, al punto, se levant y l
e sigui.
Luego, mientras Jess estaba comiendo en la casa, llegaron muchos publicanos y muc
hos pecadores notorios que se sentaron a la mesa juntamente con l y con sus discpu
los.
Al verlo, los fariseos preguntaron a los discpulos:<CM>Por qu vuestro Maestro come
con todos esos publicanos y pecadores?
Jess los oy y les dijo:<CM>Los que necesitan del mdico son los enfermos, no los que
estn sanos.
Id y aprended qu significan estas palabras: "Yo quiero misericordia, no sacrifici
o". Porque yo no he venido a llamar a los que ya son justos y buenos, sino a los
pecadores.<CM><CM><i>Le preguntan a Jess sobre el ayuno<i>
Se le acercaron los discpulos de Juan el Bautista y le preguntaron:<CM>Por qu nosot
ros, y tambin los fariseos, ayunamos con mucha frecuencia, y en cambio tus discpul
os no ayunan nunca?
Les respondi Jess:<CM>Acaso pueden estar de duelo los invitados a una boda mientras
el novio permanece con ellos? Despus vendrn los das en que se lleven al novio, y e
ntonces ayunarn.
A nadie se le ocurre remendar un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porqu
e el remiendo tirar de la tela vieja "del vestido, y el roto se har ms grande. o
Ni nadie pone vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo romper los odres,
y el vino se derramar y los odres se echarn a perder. El vino nuevo hay que ponerl
o en odres nuevos, para que, tanto el vino como los odres, puedan conservarse ju
ntos.<CM><CM><i>Una nia muerta y una mujer enferma<i>
Mientras l les hablaba de esta manera, un alto jefe se lleg a Jess, y postrndose a s
us pies le dijo:<CM>Mi hija acaba de morir, pero estoy seguro de que si t vienes
conmigo y pones tu mano sobre ella, vivir.
Jess, levantndose, le sigui acompaado de sus discpulos.
Pero en el camino se le acerc una mujer que desde haca doce aos padeca de hemorragia
s; lleg por detrs y le toc el borde del manto,
pensando para s: "Tan slo con tocar el borde de su manto, quedar sanada".
Pero Jess, volvindose, la mir y le dijo:<CM>Hija, ten nimo, tu fe te ha salvado. Y l
a mujer qued sanada desde aquel mismo instante.
Luego lleg Jess a la casa de aquel jefe, y vio y oy a los que tocaban las flautas,
y a la gente que no dejaba de alborotar.
Les dijo a todos:<CM>Marchaos de aqu, pues la nia no est muerta, sino solo dormida.
Entonces la gente comenz a burlarse de l;
pero cuando por fin pudieron echarla fuera, Jess entr y tom la mano de la nia, y ell
a se levant.
La fama de aquel hecho corri por toda la regin.<CM><CM><i>Jess sana a los ciegos y
a los mudos<i>
Ms tarde, cuando Jess sali de all, le siguieron dos ciegos dando voces. Decan:<CM>Hijo
de David, ten compasin de nosotros!
Al llegar a la casa adonde iba, los ciegos fueron a l. Jess les dijo:<CM>Creis que y
o puedo hacer esto?Le contestaron:<CM>S, Seor.
Entonces les toc los ojos, al tiempo que les deca:<CM>Que os sea hecho conforme a
la fe que tenis.
Los ojos de ellos fueron abiertos, pero Jess les hizo un riguroso encargo:<CM>Tene
d cuidado, que nadie lo sepa!
Pero ellos, en cuanto salieron de all difundieron por todas partes la fama de Jess
.
Apenas los ciegos hubieron salido, le trajeron a un hombre que era mudo y estaba
endemoniado.
Pero una vez expulsado el demonio, el mudo comenz a hablar. La gente, admirada, c
omentaba:<CM>Jams se haba visto en Israel una cosa como esta.
Pero lo fariseos, por su parte, decan:<CM>Este expulsa los demonios por el propio
poder del prncipe de los demonios.<CM><CM><i>Son pocos los obreros<i>

Por entonces recorra Jess todas las ciudades y los pueblos, enseando en cada sinago
ga predicaba las buenas nuevas del reino de los cielos y sanaba toda enfermedad
y dolencia de la gente.
Viendo la multitud, tuvo compasin de ellos, porque estaban cansados y abatidos co
mo ovejas sin pastor.
En aquella ocasin dijo a sus discpulos:<CM>La mies es mucha, pero son pocos los ob
reros.
Por eso, rogad al Seor de la mies que enve trabajadores a cosecharla.
Llam Jess a sus doce discpulos y les dio autoridad para expulsar espritus impuros y
para sanar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apstoles: primero Simn, llamado Pedro, y su herm
ano Andrs; Jacobo, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolom; Toms y Mateo el publicano; Jacobo, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simn el zelota y Judas Iscariote, el que entreg a Jess.
A estos doce los envi Jess despus de haberles dado las instrucciones pertinentes. L
es dijo:<CM>No vayis a las comarcas donde habitan los gentiles, ni entris tampoco
en ciudades samaritanas,
sino dirigos en primer lugar a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
A estas debis anunciarles que el reino de los cielos se ha acercado.
Sanad a los enfermos, limpiad de su mal a los leprosos, resucitad a los muertos
y expulsad a los demonios. Lo que habis recibido de manera gratuita, dadlo tambin
gratuitamente.
No llevis oro ni plata ni cobre en vuestro cinto;
ni tampoco os preocupis de llevar provisiones para el camino, ni mudas de ropa o
de calzado, y ni siquiera un bastn; porque todo el que trabaja merece ser manteni
do.
All donde lleguis, ya sea una ciudad o una aldea, informaos acerca de alguna perso
na respetable en cuya casa podis alojaros hasta que salgis del lugar.
Al entrar en la casa saludad a los que viven en ella
y, si son realmente dignos, la paz que les deseis vendr sobre ellos; pero si no lo
son, vuestra paz se volver a vosotros.
En el caso de que alguno no quiera recibiros ni escuchar vuestras palabras, sali
d de su casa (o aun de la propia ciudad) y sacudos el polvo pegado a vuestros pie
s.
Os aseguro que, al llegar el da del juicio, el castigo de Sodoma y Gomorra ser ms s
oportable que el de aquella ciudad.
Tened presente que yo os envo como a ovejas en medio de una manada de lobos; por
lo tanto, mostraos prudentes como serpientes, y al mismo tiempo sencillos como p
alomas.
Sed precavidos en el trato con la gente, porque os arrestarn, os entregarn a los c
oncilios y os azotarn en las sinagogas.
Incluso os conducirn por causa ma a presenciQa de gobernadores y de reyes, lo cual
tambin os dar la oportunidad de rendir testimonio de m, lo mismo delante de ellos
que delante de los gentiles.
Ahora bien, cuando os arresten y entreguen no os preocupis por cmo habis de hablar
o qu habis de decir, pues en aquellos momentos Dios os dar la palabra oportuna;
porque no seris vosotros quienes hablis, sino que el Espritu de vuestro Padre habla
r por vuestra boca.
Suceder entonces que el hermano entregar al hermano a la muerte; el padre al hijo,
y los hijos se alzarn contra sus padres y los matarn.
Por causa ma, todo el mundo os odiar; pero, eso s, el que se mantenga fiel hasta el
fin, alcanzar la salvacin.
Cuando en esta ciudad se os persiga, huid a otra; porque os aseguro que an no hab
ris acabado de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre
.
Pensad que el discpulo no es ms que su maestro, como tampoco el sirviente es ms que
su seor.
Basta con que el discpulo sea como su maestro, y que el sirviente sea como su seor
. Pero si al dueo de la casa lo han llamado Beelzeb, cunto ms no llamarn a los miembro
s de la familia?

Pero vosotros no los temis, porque no hay nada encubierto que no haya de descubri
rse algn da, ni hay nada oculto que no haya de conocerse.
Lo que ahora os digo como entre tinieblas, decidlo vosotros a plena luz; lo que
ahora escuchis al odo, proclamadlo desde las azoteas.
No tengis miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma;
antes bien, temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
Cunto puede valer un par de pjaros? Muy poco dinero! Sin embargo, ni uno solo de ell
os cae a tierra sin el consentimiento de vuestro Padre.
Pues vosotros sabed que hasta el ltimo de vuestros cabellos est contado;
por tanto no tengis miedo, pues ms valis vosotros que muchos pjaros.
A cualquiera que delante de la gente reconozca ser mo, tambin yo le reconocer delan
te de mi Padre que est en los cielos.
Pero a cualquiera que niegue ser mo delante de la gente, tambin yo le negar delante
de mi Padre que est en los cielos.
No creis que yo he venido tan slo a traer paz a la tierra. Tambin he venido a traer
guerra!,
pues he venido para poner al hombre "contra su padre, <CM>a la hija contra su ma
dre <CM>y a la nuera contra su suegra;
pues enemigos del hombre<CM>sern los de su propia casa".
El que ama a su padre o a su madre ms que a m, no es digno de m; ni es digno de m el
que ama a su hijo o a su hija ms que a m.
Y tampoco es digno de m el que se niega a tomar su cruz y seguirme.
El que encuentra su vida, la perder; pero el que pierde su vida por causa ma, la e
ncontrar.
El que os recibe a vosotros, me recibe a m; y el que me recibe a m, recibe al que
me envi.
El que recibe a un profeta por el hecho de ser profeta, recibir la recompensa que
a un profeta le corresponde; y el que recibe a un hombre justo por el hecho de
ser justo, recibir la recompensa que a un hombre justo le corresponde.
Y cualquiera que d un simple vaso de agua al ms humilde de mis discpulos por el hec
ho de ser discpulo mo, no quedar sin recompensa.
Una vez que Jess hubo concluido de dar instrucciones a sus doce discpulos, se fue
de all para ensear y predicar en las ciudades de aquella regin.
Juan el Bautista, que oy contar en la crcel los hechos de Cristo, le envi dos de su
s discpulos
para que le preguntasen:"Eres t el que esperbamos, o tenemos que esperar a otro?"
Jess respondi a los enviados:<CM>Id a Juan y dadle a conocer las cosas que estis vi
endo y oyendo:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados de su mal, los sordo
s oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el evangelio.
Ah, y decidle adems: "Dichosos aquellos que no encuentran en m ningn motivo de escnd
alo".
Mientras ellos se iban, Jess comenz a hablar a la gente acerca de Juan. Deca:<CM>Qu h
abis salido a ver al desierto, una caa sacudida por el viento?
O quiz habis salido a ver un hombre vestido con ropas lujosas? Ya sabis que quienes
visten ropas lujosas viven en los palacios reales.
Entonces, qu habis salido a ver?, un profeta?... Pues s, y ms que un profeta,
porque este es de quien est escrito:"Yo envo mi mensajero delante de ti, para que
te prepare el camino".
Os aseguro que entre todos los nacidos de mujer no ha habido ningn otro mayor que
Juan el Bautista; sin embargo, el ms insignificante del reino de los cielos es m
ayor que l.
Desde los das del ministerio de Juan el Bautista hasta hoy, se ha hecho violencia
al reino de los cielos, y los violentos tratan de arrebatarlo.
Porque todos los profetas y la ley de Moiss profetizaron hasta la llegada de Juan
;
y si queris creerlo, Juan es aquel Elas cuya venida esperbamos.
El que tiene odos, que oiga!
A qu podr comparar la generacin actual? Se parece a esos muchachos que se sientan en
las plazas y dan voces a sus compaeros de juego, diciendo:

"Cuando tocamos la flauta, no bailasteis; y cuando cantamos endechas, no lloraste


is!"
Porque, ya veis, vino Juan, que come poco y no bebe vino, y dicen que est posedo p
or un demonio;
pero despus ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: "Ah est ese hom
bre, glotn y bebedor de vino, que adems es amigo de publicanos y pecadores". Pero
el hecho es que la sabidura se acredita por sus obras.<CM><CM><i>Ayes sobre ciuda
des no arrepentidas<i>
Despus comenz Jess a reconvenir a las poblaciones en las que haba hecho muchos de su
s milagros, porque seguan sin arrepentirse. Deca:
<CM>Ay de ti, Corazn! Ay de ti, Betsaida! Pues si en Tiro y en Sidn se hubieran real
izado los mismos milagros que en vosotras, ya hace tiempo que su gente se habra a
rrepentido y se habra vestido de saco y sentado sobre ceniza.
Por eso os digo que, en el da del juicio, ser ms soportable el castigo para Tiro y
Sidn que para vosotras.
Y t, Cafarnaum, que te levantas hasta el cielo, hasta el infierno sers abatida, pu
es si en Sodoma se hubieran realizado los mismos milagros que en ti, todava hoy s
eguira existiendo.
Por lo cual os digo que, en el da del juicio, ser ms soportable el castigo para la
tierra de Sodoma que para ti.<CM><CM><i>Descanso para los cansados<i>
Tambin por entonces, tomando la palabra, Jess dijo:<CM>Gracias te doy, Padre, Seor
del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y a los sens
atos, y se las revelaste a los nios.
S, Padre, porque as te agrad.
Todas las cosas me han sido confiadas por mi Padre. Nadie conoce al Hijo, sino e
l Padre; y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo qui
era revelar.
Venid a m todos los que estis cansados y agobiados, y yo os har descansar.
Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de m, que soy manso y de corazn humilde;
as encontraris descanso para vuestra alma,
porque mi yugo es suave y leve mi carga.
Un sbado, por aquel entonces, cruzaba Jess unos sembrados. Con l iban sus discpulos,
que en cierto momento sintieron hambre y se pusieron a arrancar espigas y comer
el grano.
Unos fariseos que los vieron, dijeron a Jess:<CM>Mira, tus discpulos estn haciendo
algo que la ley no permite que se haga en sbado.
l les contest:<CM>Acaso no habis ledo lo que hizo el rey David, un da en que l y los q
e le acompaaban sintieron hambre?
Pues entr en la casa de Dios y comi los panes de la proposicin, que no les era lcito
comer ni a l ni a los que iban con l, sino tan slo a los sacerdotes.
Y otra cosa, no habis ledo en los libros de la ley cmo a los sacerdotes, pese a que
trabajan los sbados en el Templo, no se les considera culpables?
Pues os digo que aqu hay uno mayor que el templo.
Y si supierais qu significa "Yo quiero misericordia, no sacrificio", no condenarai
s a quienes son inocentes.
Porque el Hijo del hombre es tambin seor del sbado.
Poco despus entr Jess en la sinagoga.
Haba all un hombre que tena una mano atrofiada, y algunos preguntaron a Jess si era
lcito sanar en sbado.
l les dijo:<CM>Quin de vosotros, si tiene una oveja y se le cae a un hoyo en sbado,
no har lo que sea necesario para sacarla?
Pues bien, no os parece que un hombre vale mucho ms que una oveja? Por lo tanto, n
o cabe duda de que es lcito hacer el bien en sbado.
En seguida, dirigindose a aquel hombre, le dijo:<CM>Extiende la mano.l la extendi,
y al punto le qued tan sana como la otra.<CM><CM><i>El siervo escogido por Dios<i
>
Los fariseos, sin embargo, al salir de la sinagoga, comenzaron a hacer planes pa
ra acabar con Jess,
quien conociendo sus intenciones se apart de all. Mucha gente le segua, y l sanaba a
todos los enfermos,

aunque les mandaba rigurosamente que no "le descubrieran,


para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaas:
"Este es mi siervo, <CM>a quien he escogido; <CM>mi amado, en quien <CM>mi alma
se complace. <CM>Sobre l pondr mi Espritu<CM>para que anuncie juicio <CM>a los gent
iles.
No contender ni gritar<CM>ni dejar oir su voz <CM>en las calles.
No quebrar la caa cascada<CM>ni apagar el pbilo<CM>humeante, <CM>hasta que haga triu
nfar<CM>el juicio.
En su nombre pondrn <CM>los gentiles su esperanza". <CM><CM><CM><i>Jess y Beelzeb<i
>
Le llevaron entonces un endemoniado, ciego y mudo; y l lo san, de manera que enseg
uida comenz a ver y hablar.
La gente, atnita, deca:<CM>No ser ste el hijo de David?
Pero los fariseos, al oir tales comentarios, decan:<CM>Este expulsa demonios por
el poder de Beelzeb, el prncipe de los demonios.
Jess, que saba lo que ellos pensaban, les dijo:<CM>Si un reino se divide contra s m
ismo, quedar destruido; y si una ciudad o una casa se divide contra s misma, no po
dr mantenerse en pie.
Si Satans, pues, expulsa a Satans, y se divide as contra s mismo, cmo podr mantenerse
n pie su reino?
Y si yo expulso demonios por el poder de Beelzeb, por qu poder los expulsan vuestro
s hijos? Por eso mismo, ellos sern vuestros jueces.
En cambio, si yo expulso los demonios por el poder del Espritu de Dios, eso signi
fica que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Porque cmo podra entrar alguno en la casa de un hombre fuerte, y saquearla, y lleva
rse sus bienes, si no empieza por atarlo? Solamente as podra saquear su casa.
Quien no est conmigo, est en contra ma; quien conmigo no recoge, desparrama.
Por eso os digo que todo pecado o blasfemia que uno diga, le ser perdonado; pero
la blasfemia contra el Espritu Santo jams ser perdonada.
Si, pues, alguien dice algo contra el Hijo del hombre, le ser perdonado; pero el
que hable contra el Espritu Santo no ser perdonado ni en este mundo ni en el mundo
que ha de venir.
Un rbol se reconoce por su fruto. Si el rbol es bueno, dar buen fruto; si es malo,
tambin su fruto ser malo.
Ah, generacin de vboras!, cmo podris decir cosas buenas siendo malos?... De lo que lle
na el corazn, habla la boca.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazn saca cosas buenas; el homb
re malo, de la maldad que atesora saca cosas malas.
Esto os digo: en el da del juicio, los hombres tendrn que rendir cuentas de cualqu
ier palabra intil que hayan pronunciado.
Por tus palabras sers dado por justo, y tambin por tus palabras sers condenado.<CM>
<CM><i>La seal de Jons<i>
Algunos de los escribas y fariseos dijeron entonces:<CM>Maestro, quisiramos ver a
lguna de las seales prodigiosas que t haces.
l les respondi:<CM>Esta generacin mala y adltera quiere ver alguna seal, pero no tend
r ms seal que la del profeta Jons.
Porque de igual modo que Jons estuvo tres das y tres noches en las entraas del mons
truo marino, tambin el Hijo del hombre estar tres das y tres noches en el corazn de
la tierra.
En el da del juicio se levantarn los ninivitas junto con esta generacin, y la conde
narn, porque ellos se arrepintieron de sus pecados al escuchar la predicacin de Jo
ns; y aqu, en este lugar, hay alguien ms importante que Jons.
Tambin en el da del juicio se levantar la reina del sur junto con esta generacin, y
la condenar, porque ella vino desde el extremo de la tierra para escuchar la sabi
dura de Salomn; y aqu, en este lugar, hay alguien ms importante que Salomn.
Cuando un espritu impuro sale de un hombre, se pone a buscar en la sequedad del d
esierto un lugar donde reposar, pero no lo halla.
Entonces se dice a s mismo: "Me volver a mi casa, de la que sal", y al regresar la
encuentra vaca, barrida y adornada.
Al verla as, va y rene otros siete espritus peores que l, y todos juntos se meten a

vivir en la casa; con lo cual, el estado final de aquel hombre es peor que al pr
incipio. Y eso es lo que le suceder a esta perversa generacin.<CM><CM><i>La madre
y los hermanos de Jess<i>
Todava estaba Jess hablando a la gente, cuando llegaron su madre y sus hermanos; p
ero no entraron, sino que se quedaron fuera deseosos de hablar con l.
Alguien le dijo:<CM>Escucha, tu madre y tus hermanos estn fuera y quieren hablar
contigo.
l le respondi:<CM>Pero quines son mi madre y mis hermanos? <CM>y extendiendo una man
o hacia sus discpulos, aadi: <CM>Estos son mi madre y mis hermanos,
- - porque todo aquel que cumpla la voluntad de mi Padre que est en los cielos, se es
mi hermano, mi hermana y mi madre.
Ms tarde, aquel mismo da, Jess sali de la casa y fue a sentarse a la orilla del lago
.
Pronto se reuni una gran multitud; entonces l entr en la barca y se sent, mientras t
oda la gente permaneca en la playa.
Jess, por medio de parbolas, comenz a hablarles sobre diversos temas. Les dijo: <CM
>Una vez, un sembrador sali a sembrar su semilla.
Al sembrar, una parte del grano cay muy cerca del camino, y llegaron las aves y s
e la comieron.
Otra parte cay en terreno pedregoso, donde la capa de tierra era delgada; all brot
aron las plantas en seguida, porque la tierra no tena profundidad,
pero cuando sali el sol las abras, y se secaron porque apenas tenan raz.
Otra parte cay entre espinos, y los espinos, al crecer, ahogaron las semillas.
Pero hubo una parte que cay en buena tierra y que produjo una cosecha de ciento,
de sesenta o de treinta granos por semilla.
El que tiene odos, que oiga!
Se acercaron entonces a Je-"ss sus discpulos, y le preguntaron: <CM>Por qu les habla
s por parbolas?
l les respondi diciendo:<CM>A vosotros se os concede que conozcis los secretos del
reino de los cielos, pero no a los dems.
Porque a cualquiera que tenga, se le dar para que tenga ms; pero al que nada tiene
, hasta lo poco que tiene le ser quitado.
Les hablo por parbolas porque esta gente no ve ni oye ni entiende.
De esta manera se cumple en ellos lo dicho por el profeta Isaas: "Oiris, pero no e
ntenderis; <CM>miraris, pero no veris.
Porque este pueblo tiene<CM>el corazn embotado, <CM>los odos endurecidos<CM>y los
ojos cerrados. <CM>Por eso no vern con sus ojos<CM>ni oirn con sus odos<CM>ni enten
dern con su corazn; <CM>y no se convertirn <CM>para que yo los sane".
Vosotros en cambio sois dichosos, porque podis ver con vuestros ojos y oir con vu
estros odos.
Os aseguro que muchos profetas y hombres justos anhelaron ver lo que vosotros es
tis viendo y oir lo que estis oyendo, pero no lo lograron.
Escuchad ahora, pues, qu significa la parbola del sembrador:
La semilla cada junto al camino representa la palabra del reino de los cielos, la
cual llega a algunas personas, que la oyen pero no la entienden; entonces viene
el Maligno, y les quita lo que tenan sembrado en el corazn.
Lo que fue sembrado en terreno pedregoso y poco profundo representa a los que oy
en la palabra, y de momento la reciben con alegra;
pero son personas superficiales a quienes les falta raz, de manera que cuando lle
gan das tristes o persecuciones a causa del mensaje del reino, tropiezan y se apa
rtan.
La semilla sembrada entre espinos es como el que escucha el mensaje, pero su pre
ocupacin por la vida actual y su equivocado afn por acumular riquezas ahoga en l la
palabra y la hace estril.
Finalmente, la semilla sembrada en buena tierra representa al que escucha el men
saje, lo entiende y fructifica en l, de modo que produce ciento, o sesenta, o tre
inta granos por semilla.<CM><CM><i>Parbola de la mala hierba<i>
Otra parbola que refiri Jess fue esta:<CM>El reino de los cielos es como un labrado
r que sembr buena semilla en el campo;

pero un enemigo suyo, mientras los trabajadores estaban durmiendo, fue y sembr ci
zaa entre el trigo. l
Cuando comenz a brotar y crecer el trigo, apareci tambin la cizaa.
Los trabajadores empleados por aquel labrador fueron a l y le dijeron: "Seor, si t
sembraste buena semilla en tus tierras, cmo es que ahora estn llenas de cizaa?"
l les contest: "Esto, sin duda, lo ha hecho un enemigo mo". Le preguntaron los trab
ajadores: "Te parece bien que vayamos a arrancar la cizaa?"
Pero l les dijo: "No, ahora no, porque al arrancar la cizaa podis arrancar tambin el
trigo.
Dejad que crezcan juntos hasta que llegue el tiempo de la siega; entonces dar ins
trucciones a los segadores para que arranquen primero la cizaa y la aten en manoj
os para quemarla. Despus podrn recoger el trigo y almacenarlo en mi granero.<CM><C
M><i>Parbolas del grano de mostaza y de la levadura<i>
Tambin les refiri Jess esta otra parbola:<CM>El reino de los cielos es como el grano
de mostaza que uno sembr en su campo;
ciertamente se trata de la ms pequea de todas las semillas, pero cuando crece se c
onvierte en el mayor de los rboles del huerto. Tan grande llega a ser, que los pja
ros acuden a anidar entre sus ramas.
Tambin les refiri otra parbola, diciendo:<CM>El reino de los cielos es como la leva
dura que una mujer toma para hacer pan, y la mezcla con tres medidas de harina p
ara que leude toda la masa.
Todas estas cosas deca Jess a la gente por medio de parbolas, y no les hablaba si n
o era haciendo uso de ellas.
As se cumplieron las palabras del profeta, que dijo: "Hablar por parbolas; <CM>expl
icar cosas que han <CM>estado ocultas<CM>desde la fundacin<CM>del mundo". <CM><CM>
<CM><i>Explicacin de la parbola de la mala hierba<i>
Despus de despedir a la gente, entr Jess en la casa; y los discpulos se acercaron a l
para pedirle que les explicase el significado de la parbola de la cizaa sembrada
en el campo de trigo.
l les respondi:<CM>Mirad, el Hijo del hombre es el labrador que siembra el buen gr
ano;
el terreno es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al reino, y la c
izaa son los que pertenecen al Maligno.
El enemigo que sembr la cizaa entre el trigo es el diablo; la siega representa el
fin del mundo, y los segadores son los ngeles.
De forma que, as como los segadores separan la cizaa del trigo y hacen con ella un
a hoguera, as tambin ser al fin del mundo:
enviar yo a mis ngeles para que arranquen del reino a todos los que son como piedr
as de tropiezo, y a los que actan inicuamente.
Despus de eso los arrojarn al horno encendido, donde llorarn y les rechinarn los die
ntes.
Los justos brillarn entonces como el sol en el reino de su Padre. El que tiene odos
, que oiga!<CM><CM><i>Parbolas del tesoro escondido y de la perla<i>
Adems, el reino de los cielos es como un tesoro que est escondido en un campo. Uno
llega y lo encuentra; lleno de alegra, lo esconde de nuevo y va a vender cuanto
posee, para con el dinero obtenido poder comprar aquel campo.
Tambin el reino de los cielos es comparable a un comerciante que anda buscando pe
rlas de gran valor.
Cuando al fin logra encontrar una perla preciosa, corre a vender cuanto posee, p
ara con el dinero obtenido poder comprarla.<CM><CM><i>Parbola de la red<i>
Y tambin el reino de los cielos es semejante a la red que lanzan los pescadores a
l mar, y que recoge toda clase de peces.
Una vez llena, la llevan a la orilla y se sientan a escoger lo pescado: ponen lo
bueno en una canasta y arrojan lo malo a un lado.
Eso es lo que suceder al fin del mundo: los ngeles vendrn, y de entre los justos ap
artarn a los malos
y los arrojarn al horno encendido, donde llorarn y les rechinarn los dientes.
Despus Jess les pregunt:<CM>Habis entendido estas cosas? <CM>S, Seor <CM>le respondier
n.
Entonces l aadi: <CM>Los maestros de la ley bien instruidos acerca del reino de los

cielos, se asemejan a un padre de familia que posee un tesoro del que a veces s
aca cosas nuevas y a veces cosas viejas.<CM><CM><i>Un profeta sin honra<i>
Cuando Jess termin de contar estas parbolas, se fue de all.
Regres a su tierra, y en la sinagoga enseaba al pueblo, que estaba maravillado y s
e preguntaba:<CM>De dnde le viene a este tanta sabidura y el poder de hacer tales m
ilagros?
No es este el hijo del carpintero y de Mara, el hermano de Santiago, Jos, Simn y Jud
as? a
Y todas sus hermanas, no viven aqu, entre nosotros? De dnde, pues, se saca todas esa
s cosas?
El pueblo acab por sentirse molesto con Jess, por lo cual l les dijo: <CM>No hay pr
ofeta al que en su propia tierra y entre sus parientes se honre debidamente.
Y a causa de la incredulidad de ellos, no hizo all muchos milagros.
Por aquel entonces, la fama de Jess lleg a odos del tetrarca Herodes,
que dijo a sus servidores:<CM>se es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre l
os muertos y tiene por eso tan grandes poderes!
Y es que Herodes haba hecho prender a Juan, y despus de encadenarlo lo haba mandado
encerrar en la crcel por causa de Herodas, que era la esposa de su propio hermano
Felipe.
Porque Juan le haba dicho a Herodes que estaba quebrantando la ley al tener a Her
odas por mujer.
Herodes habra querido matar a Juan, pero tema que el pueblo se le amotinara, porqu
e la gente tena a Juan por profeta.
Pero durante la celebracin del cumpleaos de Herodes, la hija de Herodas danz en medi
o de la fiesta; y tanto le agrad a Herodes,
que le ofreci con juramento darle cualquier cosa que quisiera pedirle.
Entonces, aconsejada por su madre, la muchacha pidi que le trajeran la cabeza de
Juan el Bautista en una bandeja.
Al rey no le agrad la peticin, pero como haba hecho un juramento y no quera faltar a
l en presencia de sus invitados, mand que se la diesen.
Orden, pues, que decapitaran a Juan en la crcel,
y en una bandeja le trajeron la cabeza a la muchacha, que en seguida se la llev a
su madre.
Ms tarde llegaron los discpulos de Juan, que tomaron el cuerpo y lo enterraron. Lu
ego fueron en busca de Jess y le informaron de lo que haba sucedido.<CM><CM><i>Jess
alimenta a los cinco mil<i>
Cuando Jess conoci la noticia, se dirigi en una barca a un lugar desierto y apartad
o; pero la gente lo supo y le sigui a pie desde los pueblos vecinos,
de forma que al llegar Jess encontr reunida una gran multitud y, compadecido de el
los, san a los que estaban enfermos.
A la cada de la tarde, los discpulos le dijeron: <CM>La hora ya es avanzada, y est
amos en un lugar despoblado. Despide a toda esa gente, para que vayan a las alde
as cercanas a comprar comida.
Jess les respondi:<CM>No tienen por qu irse. Dadles de comer vosotros mismos.
Ellos dijeron: <CM>Pero aqu no tenemos ms que cinco panes y dos peces.
l les contest:<CM>Tradmelos!
Entonces Jess mand que la gente se sentase en la hierba, y tomando los cinco panes
y los dos peces alz la mirada al cielo, los bendijo y los parti, y dio los panes
a los discpulos para que los distribuyeran entre la gente.
Todos comieron hasta quedar satisfechos; luego recogieron los trozos sobrantes y
llenaron con ellos doce cestas.
Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los nios.<
CM><CM><i>Jess camina sobre el agua<i>
En seguida, despus de esto, Jess hizo que sus discpulos subieran a la barca y se fu
eran antes que l a la otra orilla del lago, mientras l despeda a la multitud.
Despus de haberla despedido, subi al monte, para orar a solas; y cuando lleg la noc
he, todava segua solo all.
Por entonces, la barca se encontraba ya en medio del lago, y las olas la azotaba
n porque se haba levantado un viento contrario.
A la cuarta vigilia de la noche (como a las tres de la madrugada), Jess se les ac

erc caminando sobre el lago.


Los discpulos, al verle, comenzaron a dar voces llenos de espanto: <CM>Es un fanta
sma!
Pero Jess les habl en seguida, dicindoles: <CM>nimo! No tengis miedo, que soy yo!
Entonces Pedro le respondi:<CM>Seor, si eres t, manda que yo vaya a ti caminando so
bre las aguas. Jess le dijo:
<CM>Ven! Pedro baj al punto de la barca y comenz a andar sobre el agua en direccin a
Jess;
pero al sentir la violencia del viento, el miedo se apoder de l y empez a hundirse,
por lo cual se puso a gritar: <CM>Seor, slvame!
Jess le tendi la mano y lo sujet, y le dijo: <CM>Hombre de poca fe, por qu dudaste?
Cuando subieron a la barca ces de soplar el viento.
Los que estaban en la barca cayeron de rodillas, diciendo: <CM>En verdad t eres Hi
jo de Dios!
Concluida la travesa, desembarcaron en tierras de Genesaret.
La gente del lugar, al "reconocer a Jess, difundi la "noticia por toda la comarca,
y "opronto comenzaron a traer ante l a cuantos estaban enfermos, para que los sa
nara.
Muchos le rogaban que les dejase tocar aunque slo fuera el borde de su manto, y l
os que lo tocaban quedaban sanos.
Uno de aquellos das, ciertos escribas y fariseos de Jerusaln fueron a Jess y le pre
guntaron:
<CM>Por qu tus discpulos quebrantan la tradicin de nuestros mayores, no lavndose las
manos antes de comer?
Jess les respondi: <CM>Y por qu vosotros tambin quebrantis lo que Dios ha ordenado, co
n tal de guardar vuestras tradiciones?
Porque la ley de Dios dice: "Honra a tu padre y a tu madre", y "El que maldiga a
su padre o a su madre, ser condenado a muerte sin remisin".
Pero vosotros, en cambio, afirmis: "Si uno le dice a su padre o a su madre: 'Lo q
ue yo tena previsto para ayudarte, se lo he ofrendado a Dios',
ya no tiene que preocuparse de ayudar a su padre ni a su madre". De esa manera,
invocando vuestra tradicin, invalidis el mandamiento de Dios.
Hipcritas!, bien dijo de vosotros el profeta Isaas:
"Este pueblo me honra <CM>con los labios, <CM>pero su corazn est <CM>muy lejos de
m.
Los honores que me rinden <CM>no tienen valor alguno, <CM>porque sus enseanzas <C
M>no son sino meros<CM>preceptos humanos".
Llam entonces a la muchedumbre, y les dijo a todos: <CM>Escuchad y tratad de ente
nder esto:
lo que contamina al hombre no es lo que le entra por la boca, sino lo que le sal
e de la boca. Eso es lo que realmente contamina al hombre!
Se acercaron entonces los discpulos a Jess, y le dijeron: <CM>Mira, los fariseos s
e han sentido ofendidos al oir esas palabras.
Jess les respondi:<CM>Cualquier planta que mi Padre celestial no haya plantado, te
ndr que ser arrancada.
No les hagis caso, porque esos son ciegos que intentan guiar a otros ciegos; y si
un ciego se hace gua de otro ciego, ambos caern juntos en el mismo hoyo.
Pedro pidi que les explicara aquella comparacin,
y Jess le respondi:<CM>Tambin a vosotros os falta el entendimiento?
Cmo no podis comprender que todo lo que entra por la boca de uno pasa despus a su vi
entre, y al final va a parar a la letrina?
Y al contrario, lo que sale de la boca de uno, le sale del corazn, y eso es lo qu
e le contamina.
Porque del corazn salen malos pensamientos, asesinatos, adulterios, fornicaciones
, robos, falsos testimonios y blasfemias. "e
Estas cosas son las que de veras contaminan al hombre, y no el sentarse a la mes
a sin haber cumplido con el rito de lavarse las manos.<CM><CM><i>La fe de la muj
er cananea<i>
Cuando Jess sali de all, se encamin a la regin de Tiro y Sidn.
Y ocurri que una mujer cananea, salida de aquella comarca, comenz a suplicarle a v

oces: <CM>Ten misericordia de m, Seor, Hijo de David! Mi hija est siendo cruelmente a
tormentada por un demonio!
Jess no le respondi ni una palabra, y sus discpulos se le acercaron y le dijeron: <
CM>Dile que se vaya, que ya nos tiene cansados.
Entonces dijo l a la mujer: <CM>Yo solamente he sido enviado a las ovejas perdida
s que pertenecen al pueblo de lsrael.
Pero ella se acerc a Jess, se postr de rodillas y sigui suplicndole: <CM>Seor, aydame
l le respondi: <CM>No est bien quitarles el pan a los hijos para echrselo a los perr
os.
<CM>S <CM>replic ella<CM>, pero hasta los perros comen de las migajas que caen de
la mesa de sus amos.
Entonces Jess le respondi diciendo:<CM>Mujer, qu grande es tu fe! Hganse realidad tus
deseos. Y su hija san en aquel mismo instante.<CM><CM><i>Jess alimenta a los cuat
ro mil<i>
Luego Jess regres junto al lago de Galilea, subi a una colina y se sent all.
En seguida empez a acudir a l mucha gente, llevndole cojos, ciegos, mudos, mancos y
muchos otros enfermos; los ponan a los pies de Jess, y l los cur a todos.
Y la multitud estaba admisrada al ver que los mudos hacblaban, los cojos echaban
a andar y los ciegos podan ver; por todo lo cual la gente no cesaba de glorifica
r al Dios de Israel.
Jess llam a sus discpulos y les dijo:<CM>Tengo compasin de esta gente, porque ya hac
e tres das que estn aqu, conmigo, y no tienen qu comer. Y no quiero despedirlos y en
viarlos en ayunas, porque podran desfallecer por el camino.
Los discpulos le dijeron entonces:<CM>Pero estamos en un lugar despoblado. Dnde vam
os a conseguir alimentos para dar de comer a tanta gente?
<CM>Cuntos panes tenis ahora? <CM>les pregunt Jess. Ellos respondieron:<CM>Siete pane
s y unos cuantos pececillos.
Entonces mand que la gente se sentara en el suelo,
tom los siete panes y los peces, dio gracias a Dios por ellos y los parti y entreg
a los discpulos para que los distribuyesen entre la multitud.
Todos comieron hasta quedar satisfechos; luego recogieron los trozos sobrantes y
llenaron con ellos siete canastas.
Los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los nios.
Ms tarde, despus de haber despedido a la gente, entr Jess en la barca y arrib a la re
gin de Magdala.
Un da fueron los fariseos y los saduceos adonde estaba Jess, y con intencin de pone
rlo a prueba le pidieron que les mostrase una seal milagrosa del cielo.
l les respondi diciendo:<CM>Vosotros, cuando anochece y el cielo tiene arreboles,
decs: "Va a hacer buen tiempo";
pero si los arreboles los tiene por la maana el cielo nublado, decs: "Hoy va a hab
er tormenta". As pues, vosotros sabis interpretar los diversos aspectos del cielo,
pero no sois capaces de distinguir las seales de los tiempos!
Esta generacin perversa y adltera pide seales milagrosas, pero no ver ms seal que la s
eal del profeta Jons. Habiendo dicho esto, Jess los dej y se fue de all.<CM><CM><i>La
levadura de los fariseos y de los saduceos<i>
Al llegar al otro lado del lago, los discpulos advirtieron que se haban olvidado d
e llevar pan. Y Jess les dijo:
<CM>Estad atentos y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.
Los discpulos pensaron para sus adentros que l haba dicho esto porque se haban olvid
ado de llevar pan.
Pero Jess, que saba lo que estaban pensando, les dijo: <CM>Hombres de poca fe, por
qu estis tan preocupados a causa de la comida?
Cundo llegaris a entender las cosas? No recordis ya los cinco panes repartidos entre
cinco mil hombres, y cuntas cestas de trozos sobrantes recogisteis?
Ni tampoco recordis los siete panes repartidos entre cuatro mil, y cuntas canastas
de trozos sobrantes recogisteis?
Cmo no entendis que no me refera al pan, cuando os dije que os guardaseis de la leva
dura de los fariseos y de los saduceos?
Entonces, por fin, comprendieron que Jess no les haba dicho que se guardaran de la
levadura del pan, sino de las enseanzas de los fariseos y de los saduceos.<CM><C

M><i>La confesin de Pedro<i>


Al llegar a Cesarea de Filipo, pregunt a los discpulos: <CM>Quin dice la gente que e
s el Hijo del hombre?
Ellos le respondieron:<CM>Hay quienes creen que es Juan el Bautista; otros, que
es Elas; y otros, que es Jeremas o alguno de los dems profetas.
<CM>Y vosotros, quin decs que soy yo?
Respondi entonces Simn Pedro, diciendo:<CM>T eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo!
Le dijo Jess:<CM>Dichoso eres t, Simn, hijo de Jons, porque esto no te lo ha revelad
o ningn ser humano, sino mi Padre que est en los cielos.
Ahora presta atencin: t eres Pedro, y sobre esta roca edificar mi iglesia, y los po
deres del infierno no prevalecern contra ella.
Te dar las llaves del reino de los cielos: lo que t ates en la tierra, quedar atado
en los cielos; y lo que t desates en la tierra, en los cielos quedar desatado.
Despus les orden que no dijesen a nadie que l era el Cristo.<CM><CM><i>Jess predice
su muerte<i>
A partir de aquel momento, Jess empez a decir con toda claridad a sus discpulos que
le era necesario ir a Jerusaln, y sufrir mucho a manos de los dirigentes judos, d
e los principales sacerdotes y de los escribas; y ser muerto y resucitar al terc
er da.
Pedro entonces, llevndolo aparte, comenz a reconvenirle:<CM>Seor, ten compasin de ti
mismo y no permitas que nada de eso te suceda!
Pero Jess, volvindose, contest a Pedro:<CM>Qutate de mi presencia, Satans! Eres para m
omo una piedra donde puedo tropezar, porque no prestas atencin a las cosas de Dio
s, sino nicamente a las cosas de los hombres!
Luego aadi Jess a sus discpulos: <CM>Mirad, si alguno quiere venir conmigo, niguese a
s mismo, tome su cruz y sgame.
Porque todo aquel que pretenda salvar su vida, la perder; en cambio, cualquiera q
ue pierda la vida por causa de m, la encontrar.
De qu le servir a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia alma? O qu pod
ra pagar un hombre por salvar su alma?
Pero un da vendr el Hijo del hombre en la gloria de su Padre celestial, y los ngele
s con l, y entonces pagar a cada cual de acuerdo con las obras que haya realizado.
Ahora bien, yo os aseguro que algunos de los que estn aqu no morirn sin antes haber
visto al Hijo del hombre venir como rey.
Seis das despus, Jess se fue aparte, a un monte alto, en compaa de Pedro, Jacobo y su
hermano Juan.
All se transfigur delante de ellos: su rostro brillaba como el sol, y sus ropas se
volvieron blancas como la luz.
Y aparecieron Moiss y Elas, que hablaban con l.
Pedro, atnito, balbuceaba:<CM>Seor, qu bueno es que estemos aqu! Si quieres, podemos
hacer aqu tres enramadas, una para ti, otra para Moiss y otra para Elas.
Pero mientras estaba hablando, una nube resplandeciente los cubri, y se oy una voz
desde la nube: <CM>Este es mi Hijo amado, y en l me complazco. Obedecedle.
Los discpulos, llenos de temor, se postraron rostro en tierra;
pero Jess se acerc a ellos, los toc y les dijo:<CM>Levantaos y no tengis miedo.
Ellos alzaron entonces la mirada, pero ya no vieron sino tan slo a Jess.
Luego, mientras bajaban del monte, Jess les mand que no contaran a nadie lo que ha
ban visto, hasta que el Hijo del hombre se levantase de entre los muertos.
A su vez, los discpulos le preguntaron: <CM>Por qu insisten los escribas en que Elas
ha de venir primero?
Jess les respondi:<CM>Ciertamente Elas tiene que venir primero a restaurar todas la
s cosas;
pero os digo que, en realidad, Elas ya vino, aunque no le reconocieron, sino que
lo trataron como quisieron. Pues del mismo modo habr de padecer el Hijo del hombr
e.
En aquel momento comprendieron los discpulos que Jess se estaba refiriendo a Juan
el Bautista.<CM><CM><i>Jess sana a un muchacho endemoniado<i>
Cuando llegaron adonde estaba toda la gente, un hombre corri hacia Jess, y ponindos
e de rodillas delante de l le dijo:
<CM>Seor, ten compasin de mi hijo, que es luntico y sufre muchsimo, pues con frecuen

cia se cae en el fuego, o en el agua.


Se lo he trado a tus discpulos, pero no han podido sanarlo.
Exclam Jess:<CM>Generacin incrdula y perversa!, hasta cundo habr de estar con vosotro
tendr que soportaros? Tradmelo aqu!
Jess increp al demonio, que al punto sali del muchacho, el cual qued sanado desde aq
uel mismo instante.
Ms tarde, tomndole aparte, los discpulos preguntaron a Jess: <CM>Por qu nosotros no pu
dimos expulsar a ese demonio?
<CM>Porque tenis poca fe <CM>les respondi Jess<CM>. Os aseguro que, si tuvierais fe
aunque solo fuera del tamao de un grano de mostaza, podrais decirle a este monte:
"Qutate de ah y psate all!", y el monte se pasara. Nada os sera imposible. [
]
Un da, mientras an estaban juntos en Galilea, les dijo Jess: <CM>El Hijo del hombre
ser traicionado y puesto en manos de quienes
lo matarn; pero al tercer da resucitar. Al oir estas palabras, los discpulos se sint
ieron profundamente entristecidos.<CM><CM><i>El impuesto del templo<i>
Cuando llegaron a Cafarnaum, los encargados de cobrar lel impuesto de dos dracma
s para el templo le preguntaron a Pedro: <CM>Vuestro Maestro no paga las dos drac
mas?
<CM>Claro que las paga!<CM>respondi Pedro. Despus, apenas hubo entrado en la casa,
Jess le pregunt: <CM>Simn, dime qu piensas de esto: De quines te parece que cobran tri
butos o impuestos los reyes de la tierra? De sus propios sbditos o de los extranje
ros?
<CM>De los extranjeros <CM>respondi Pedro. <CM>Luego los propios sbditos estn exent
os <CM>dijo Jess, que aadi<CM>:
Sin embargo, para que ninguno se ofenda, vete al lago, echa el anzuelo y en la b
oca del primer pez que pesques hallars un estatero, una moneda que bastar para pag
ar tus impuestos y los mos.
Por aquel tiempo, los discpulos fueron a preguntarle a Jess cul de ellos sera el ms i
mportante en el reino de los cielos.
Jess llam entonces a un nio, lo puso en medio de ellos y les dijo:
<CM>Os aseguro que si no os volvis a Dios y os hacis como nios, no podris entrar en
el reino de los cielos.
Lo dir de otra manera: el ms importante en el reino de los cielos es todo aquel qu
e tenga la humildad de este nio.
Por tanto, cualquiera que reciba en mi nombre a un nio como ste, a m me recibe.
Por el contrario, cualquiera que escandalice a uno de estos pequeos que creen en
m, ms le valdra que le ataran al cuello una piedra de molino y lo arrojasen al mar.
Ay del mundo a causa de los escndalos! Porque es inevitable que los escndalos se pr
oduzcan, pero ay de aquel por quien viene el escndalo!
Por tanto, si tu mano o tu pie te hace caer en pecado, crtalo y chalo de ti, porqu
e mejor es que entres manco o cojo en el reino de los cielos, que con dos manos
o dos pies ser arrojado al fuego eterno.
Y si tu ojo te hace caer en pecado, scalo y chalo de ti, porque mejor es que entre
s con un solo ojo en el reino de los cielos, que con dos ojos ser arrojado al in
fierno del fuego.<CM><CM><i>Parbola de la oveja perdida<i>
Mirad que no despreciis a ninguno de estos pequeos, porque os digo que sus ngeles,
en los cielos, contemplan sin cesar el rostro de mi Padre celestial.
- - A ver qu pensis de esto: si un hombre tiene cien ovejas y una se le extrava, no deja
r las otras noventa y nueve a salvo y se ir a recorrer los montes en busca de la q
ue se perdi?
Y os aseguro que, si la encuentra, se sentir ms alegre por ella que por las novent
a y nueve que quedaron a salvo en el redil.
Pues del mismo modo, la voluntad de mi Padre celestial es que ninguno de estos p
equeos se pierda.<CM><CM><i>El hermano que peca contra ti<i>
Si t tienes un hermano, y te ofende, presntale tus quejas estando a solas con l; si
te escucha y reconoce su falta, habrs recuperado a tu hermano.
Si, por el contrario, no quiere orte, busca una o dos personas que te acompaen y q
ue puedan ser testigos juntamente contigo.

Si tampoco quiere escucharlos a ellos, lleva el asunto a la iglesia; y si se nie


ga incluso a oir a la iglesia, tenlo por gentil o publicano.
Os aseguro que todo lo que atis en la tierra quedar atado igualmente en el cielo,
y que todo lo que desatis en la tierra quedar desatado tambin en el cielo.
Quiero adems deciros que, si dos de vosotros os ponis de acuerdo en la tierra acer
ca de cualquier cosa que queris pedir en oracin, mi Padre que est en los cielos os
lo conceder.
Porque dondequiera que haya dos o tres reunidos en mi nombre, all estar tambin yo e
n medio de ellos.<CM><CM><i>Parbola del siervo despiadado<i>
Pedro se acerc entonces a Jess y le pregunt: <CM>Seor, cuntas veces debo perdonar a mi
hermano, si l hace algo malo contra m? Deber perdonarlo hasta siete veces?
Jess le respondi:<CM>Yo no te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces sie
te.
Mirad, el reino de los cielos es comparable a un rey que decidi hacer cuentas con
sus siervos.
Cuando se puso a ello, le llevaron a uno que le deba diez mil talentos,
y como no poda pagarle, el rey orden que lo vendieran, a l, a su esposa, a sus hijo
s y todo lo que posea, para as cancelar la deuda.
Aquel siervo, de rodillas delante del rey, le suplic: "Seor, por favor, ten pacienc
ia conmigo y yo te lo pagar todo!".
El rey, sintindose conmovido, le solt y le perdon la deuda.
Pero el hombre, al salir de all, se encontr con un consiervo suyo que le deba cien
denarios. Lo agarr por el cuello y, casi ahogndolo, le exigi: "Pgame lo que me debes!
"
Su deudor, de rodillas delante de l, le suplicaba: "Ten paciencia conmigo y yo te
lo pagar todo!".
Pero el otro no quiso orle, sino que lo meti en la crcel hasta que la deuda estuvie
ra totalmente liquidada.
Entonces los dems compaeros de servicio, viendo lo que ocurra, se entristecieron pr
ofundamente y fueron a contarle al rey lo sucedido.
El rey mand llamar inmediatamente al que l haba perdonado, y le increp diciendo: "Sie
rvo malvado!, yo te perdon aquella enorme deuda porque me lo rogaste.
T, en cambio, no has tenido ninguna compasin de tu consiervo, como yo la tuve de t
i".
Y tanto le indign al rey la actitud de aquel deudor, que lo puso en manos de verd
ugos para que lo torturasen hasta que su deuda quedase saldada por completo.
Pues eso mismo har mi Padre celestial con aquellos que, entre vosotros, se niegue
n a perdonar de corazn a un hermano sus ofensas.
Cuando Jess termin de decir estas cosas, sali de Galilea y se fue a la regin de Jude
a, al otro lado del Jordn.
Multitud de gente le segua, y san a los enfermos.
Varios fariseos se acercaron a Jess, y le preguntaron para tenderle una trampa:<C
M>Te parece lcito que el marido repudie a su esposa alegando una causa cualquiera?
l les respondi:<CM>Acaso no habis ledo en las Escrituras que Dios, al principio, cre a
l hombre y a la mujer?
Por esa razn, el hombre debe dejar a su padre y a su madre para unirse a su espos
a; y en su unin dejan de ser dos, para ser ambos como uno solo.
As pues, ya no son dos, sino tan slo uno. Por tanto, lo que Dios uni no debe separa
rlo el hombre.
Le preguntaron:<CM>Entonces, por qu dice Moiss que un hombre puede repudiar a su es
posa, siempre que le otorgue la correspondiente carta de divorcio?
l contest:<CM>En el principio las cosas no fueron as; pero por la dureza de vuestro
corazn consinti Moiss que repudiaseis a vuestras esposas.
Pero yo os digo que, si un hombre repudia a su esposa (salvo por causa de infide
lidad conyugal), adultera si se casa con otra.
Entonces los discpulos le dijeron: <CM>Si esa es la situacin del marido respecto d
e su esposa, mejor ser no casarse.
l les dijo:<CM>No todos pueden recibir esto, sino solamente aquellos a los que se
ha concedido el don.
Hay quienes no se casan porque nacieron incapacitados para el matrimonio; a otro

s, los hombres los incapacitaron, y otros se incapacitaron a s mismos por amor al


reino de los cielos. El que pueda aceptar esto, que lo acepte.<CM><CM><i>Jess y
los nios<i>
Le llevaron entonces varios nios, para que pusiera las manos sobre ellos y orara
en su favor; pero los discpulos empezaron a reprender a quienes los llevaban.
Jess les dijo:<CM>Dejad que los nios vengan a m, y no se lo impidis, porque de ellos
es el reino de los cielos.
Entonces los bendijo poniendo las manos sobre ellos. Luego se fue de all.<CM><CM>
<i>El joven rico<i>
En cierto momento, uno se acerc a Jess y le pregunt: <CM>Maestro, para obtener la v
ida eterna, qu de bueno debo hacer?
l le dijo:<CM>Por qu me preguntas acerca de lo bueno? Solamente uno, Dios, es bueno
. Ahora bien, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.
<CM>Cules? <CM>le pregunt.Jess le dijo: <CM>No matars, no cometers adulterio, no robar
, no levantars falsos testimonios.
Honra a tu padre y a tu madre. Y adems: Amars a tu prjimo como te amas a ti mismo.
Aquel hombre, que era joven, le dijo:<CM>Siempre he guardado esos mandamientos. Q
u otras cosas he de hacer?
<CM>Mira <CM>le dijo Jess<CM>, si quieres ser perfecto, vete ahora, vende todo lo
que tienes y reparte el dinero entre los pobres; as tendrs un tesoro en el cielo.
Cuando hayas hecho eso, ven y sgueme.
Al oir estas palabras, el joven se fue triste, porque era muy rico.
Jess coment el caso con sus discpulos, diciendo:<CM>Os aseguro que a un rico le ser
muy difcil entrar en el reino de los cielos.
Ms fcil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en
el reino de los cielos.
<CM>Siendo as, quin podr salvarse? <CM>le preguntaron los discpulos llenos de asombro
.
Jess, mirndolos fijamente, les dijo: <CM>Para cualquier ser humano, eso es algo im
posible; pero nada hay imposible para Dios.
<CM>Y nosotros, que lo abandonamos todo por seguirte <CM>dijo Pedro<CM>, qu obtend
remos a cambio?
Jess le respondi: <CM>Mirad, yo os aseguro que vosotros, los que me habis seguido,
cuando venga el da en que todas las cosas sean hechas nuevas y en que el Hijo del
hombre se siente en su trono glorioso, os sentaris tambin en doce tronos para juz
gar a las doce tribus de Israel.
Y cualquiera que por mi causa haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madr
e, hijos o tierras, recibir entonces cien veces lo que haya dejado, y adems recibi
r como en herencia la vida eterna.
Pero muchos que ahora son primeros sern entonces los ltimos; y muchos que ahora so
n ltimos, entonces sern los primeros.
El reino de los cielos es semejante a un padre de familia, que sali por la maana a
contratar obreros que fuesen a trabajar a su via.
Convino con ellos en pagarles un denario como jornal de cada da, y los puso a tra
bajar.
Cerca ya de la hora tercera del da (nueve de la maana), al pasar por la plaza, vio
a varios hombres que no tenan trabajo,
y los envi tambin a la via, prometiendo pagarles lo que fuera justo al final de la
jornada.
Sali de nuevo a las horas sexta (medioda) y novena (tres de la tarde) e hizo lo mi
smo.
Finalmente, a la hora undcima (cinco de la tarde) emcontr todava a otros igualmente
desocupados, y les pregunt: "Por qu estis aqu todo el da sin hacer nada?"
Le contestaron: "Porque nadie nos ha contratado". l les dijo: "Pues id tambin voso
tros a trabajar a mi via, y os pagar lo que sea justo".
Al llegar la noche, el dueo de la via dijo a su administrador: "Llama a todos los
que han trabajado en la via y, comenzando por los ltimos en llegar, pgales el jorna
l completo".
As, los que llegaron a la hora undcima recibieron un denario cada uno.
Entonces, los que haban llegado primero pensaron que a ellos se les pagara ms, pero

tambin recibieron un denario.


En seguida comenzaron a murmurar contra el dueo de la via,
diciendo: "A estos ltimos, que solo han trabajado una hora, los has hecho iguales
a nosotros, que hemos soportado toda la carga y el calor del da".
"Amigo, contest el dueo a uno de ellos, yo no te estoy agraviando en nada. No convi
niste conmigo en recibir un denario como pago de tu trabajo del da?
Pues toma lo que es tuyo, y vete; pero yo quiero pagar tambin lo mismo que a ti,
un denario, al ltimo llegado a la via.
Acaso no te parece lcito que yo haga lo que quiera con mi dinero? O quiz ves con mal
os ojos que yo me porte con bondad?"
As pues, muchos ltimos sern primeros, y muchos primeros sern ltimos.<CM><CM><i>Jess pr
edice de nuevo su muerte<i>
Cuando suba Jess camino de Jerusaln, tom a los doce discpulos aparte y les dijo:
<CM>Ahora estamos subiendo a Jerusaln. Cuando estemos all, el Hijo del hombre ser e
ntregado a los principales sacerdotes y escribas, y lo condenarn a muerte.
Lo pondrn en manos de los gentiles, para que hagan burla de l, para que lo azoten
y para que lo crucifiquen. Pero al tercer da resucitar.<CM><CM><i>La peticin de una
madre<i>
Se le acerc entonces la esposa de Zebedeo, con sus dos hijos, Jacobo y Juan, y se
arrodill ante l para pedirle algo.
<CM>Qu quieres? <CM>le pregunt Jess, y ella le dijo:<CM>Manda que en tu reino se sie
nten junto a ti mis dos hijos: el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda.
Pero Jess respondi, dicindoles a ellos: <CM>No sabis lo que peds! Creis que podis be
el vaso que yo he de beber, y ser bautizados con el bautismo con que yo voy a se
r bautizado? <CM>S podemos <CM>respondieron.
Les dijo Jess:<CM>Pues ciertamente vosotros beberis de mi vaso y seris bautizados c
on el bautismo con que yo voy a ser bautizado, pero el sentaros a mi derecha y a
mi izquierda no es cosa ma, sino de mi Padre, que decide para quines est preparado
.
Al oir esto, los otros diez discpulos se enojaron contra los dos hermanos;
pero Jess, llamndolos a todos, les dijo:<CM>Vosotros sabis que, en las naciones pag
anas, los que ejercen el gobierno dominan sobre sus sbditos, y que los grandes im
ponen sobre ellos su voluntad.
Pero entre vosotros no ha de ser as. Antes bien, si alguno quiere hacerse grande
entre vosotros, deber ponerse al servicio de los dems;
y si alguno quiere ser el primero de todos, deber hacerse servidor de los otros.
Porque el Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar
su vida en rescate de muchos.<CM><CM><i>Dos ciegos reciben la vista<i>
Al salir de Jeric los segua una muchedumbre.
Dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jess pasaba po
r all, se pusieron a gritar: <CM>Ten piedad de nosotros, Seor, Hijo de David!
La gente los increpaba y los mandaba callar, pero ellos gritaban con ms fuerza to
dava:<CM>Ten piedad de nosotros, Seor, Hijo de David!
Jess, cuando lleg junto a ellos, se detuvo, los llam y les pregunt: <CM>Qu queris que
aga por vosotros?
<CM>Seor <CM>le dijeron<CM>, que abras nuestros ojos, para que podamos ver!
Entonces l, compadecido, les toc los ojos. Al punto recibieron la vista y siguiero
n a Jess.
Cerca ya de Jerusaln, al llegar a Betfag, junto al monte de los Olivos, envi Jess a
dos discpulos,
dicindoles: <CM>Id a la aldea que tenemos enfrente, y enseguida hallaris una burra
atad,a y a su lado un burrito. Desatadla y tradmelos.
Y si alguien os hace alguna pregunta, decidle que el Seor los necesita y que lueg
o los devolver.
De este modo se cumplira la palabra del profeta, que dijo:
"Decidle a la hija de Sin: <CM>Mira, tu Rey viene a ti<CM>humilde, sentado sobre<
CM>un asno, <CM>sobre un burrito, <CM>hijo de animal de carga".
Los dos discpulos fueron all e hicieron lo que Jess les haba encargado.
Poco despus regresaron con el asna y el burrito, y pusieron sus mantos sobre ello
s para que Jess pudiera montar.

Una gran muchedumbre tenda sus mantos a lo largo del camino; otros cortaban ramas
de los rboles y las tendan delante, a su paso.
Y tanto los que iban delante como los que iban detrs, decan aclamndole: <CM>Hosanna
al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Seor! Hosanna en las alturas!
Al entrar en Jerusaln, toda la ciudad se conmovi. Y unos a otros se preguntaban:<C
M>Quin es ste? Y otros decan:
<CM>Este es el profeta Jess, de Nazaret de Galilea.<CM><CM><i>Jess en el templo<i>
Jess entr en el templo y expuls a todos los que estaban all comprando y vendiendo; v
olc las mesas de los que cambiaban dinero, y las sillas de los vendedores de palo
mas.
Y les dijo:<CM>Escrito est: "Mi casa ser llamada casa de oracin", pero vosotros la
habis convertido en una cueva de ladrones.
Entonces se acercaron a l ciegos y cojos, y all, en el mismo templo, los san.
Pero los principales sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que Jess haca
y cmo hasta los nios lo aclamaban en el templo gritando: "Hosanna al Hijo de David!
", se llenaron de indignacin
y le dijeron: <CM>No oyes lo que estn gritando esos nios?l les respondi:<CM>S, los oig
o. Pero no habis ledo vosotros que "De la boca de los nios, de los recin nacidos, hic
iste perfecta la alabanza"?
Despus, dejndolos, se encamin a Betania para pasar all la noche.<CM><CM><i>Se seca l
a higuera<i>
A la maana siguiente, mientras regresaba a Jerusaln, sinti hambre.
Se acerc a una higuera que estaba cerca del camino, pero no encontrando en ella s
ino solo hojas, le dijo:<CM>Nunca ms vuelvas a dar fruto! La higuera se sec,
y al verlo se preguntaron asombrados los discpulos: <CM>Cmo ha podido secarse tan p
ronto la higuera?
Jess les respondi: <CM>Os aseguro que si tenis fe y no dudis, no solo haris cosas com
o esa de la higuera, sino que incluso le diris a este monte: "Qutate de aqu y arrjat
e al mar", y os obedecer.
Todo lo que pidis en oracin, si de veras creis, lo recibiris.<CM><CM><i>La autoridad
de Jess puesta en duda<i>
Cuando ya Jess se encontraba en el templo, y mientras enseaba, los principales sac
erdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a l y le preguntaron:<CM>Qu autorida
d tienes t para hacer las cosas que haces? Y quin te dio tal autoridad?
Les respondi Jess dicindoles:<CM>Tambin yo voy a haceros una pregunta. Si vosotros m
e la contestis, entonces yo os explicar con qu autoridad hago estas cosas.
Decidme, quin envi a Juan a bautizar, Dios o los hombres?Ellos empezaron a discutir
entre s. Decan: "Si respondemos que Dios lo envi, nos preguntar por qu no le cremos.
Y si decimos que fue enviado por los hombres, el pueblo se irritar contra nosotro
s, porque todos tienen a Juan por profeta".
Por fin contestaron a Jess: <CM>No lo sabemos. Jess les dijo: <CM>Pues tampoco yo
os explicar con qu autoridad hago estas cosas.<CM><CM><i>Parbola de los dos hijos<i
>
Pero a ver qu os parece de esto: Un hombre que tena dos hijos le dijo un da al mayo
r: "Hijo, ve hoy a trabajar a mi via".
El hijo le respondi: "No quiero ir", pero ms tarde se arrepinti y fue.
Acercndose tambin al menor, le habl el padre de la misma forma, y este le dijo: "S,
seor, yo ir", pero no fue.
La pregunta es cul de los dos cumpli la voluntad de su padre? <CM>Sin duda, el prim
ero <CM>respondieron. Y Jess aadi:<CM>Pues yo os aseguro que los publicanos y las p
rostitutas van a llegar antes que vosotros al reino de Dios.
Porque Juan el Bautista vino a ensearos el camino de la rectitud, y no le cresteis
. En cambio, s le creyeron los publicanos y las prostitutas; y vosotros, aun vien
do esto, ni os arrepentisteis ni le habis credo.<CM><CM><i>Parbola de los labradore
s malvados<i>
Escuchad esta otra parbola: <CM>Cierto hombre, un propietario, plant una via, la ce
rc con una valla, cav en ella un lagar y levant una torre; luego la arrend a unos la
bradores y se fue lejos de all.
Cuando ya se acercaba el tiempo de la vendimia, envi unos servidores suyos a reco
ger la parte de fruto que le corresponda.

Pero aquellos labradores atacaron a los enviados; a uno lo golpearon, a otro lo


mataron y a otro lo apedrearon.
El dueo envi nuevamente un grupo de hombres, ms numeroso que el anterior; y los lab
radores les hicieron correr la misma suerte que a los primeros.
Por ltimo, envi a su propio hijo, pensando que a l lo trataran con respeto.
Pero los labradores, al ver llegar al hijo, se dijeron: "Este es el hijo, el her
edero. Matmoslo entre todos y hagmonos dueos de su heredad".
As pues, lo sacaron de la via y lo mataron.
Ahora, decidme, qu os parece que har el dueo de la via con aquellos labradores?
Los que escuchaban respondieron: <CM>Los matar sin compasin a causa de su maldad,
y arrendar la via a otros labradores que le paguen a su tiempo el fruto que le cor
responda.
Jess les pregunt a continuacin: <CM>Nunca habis ledo en las Escrituras estas palabras:
"La piedra que rechazaron los constructores se ha<CM>convertido en la piedra <C
M>principal. <CM>Esto lo ha hecho el Seor, <CM>y es algo maravilloso "a nuestros
ojos"?
Por eso mismo os digo que a vosotros se os quitar el reino de Dios, y se le dar a
un pueblo que produzca los frutos debidos.
Cualquiera que caiga sobre esa piedra, quedar destrozado; y si a alguien le cae l
a piedra encima, lo pulverizar.
Los principales sacerdotes y los fariseos, al oir las parbolas de Jess, comprendie
ron que se refera a ellos;
y buscaban la manera de arrestarlo, pero no se atrevan a echarle mano porque el p
ueblo le tena por profeta.
Jess les habl de nuevo haciendo uso de parbolas. Les dijo:
<CM>El reino de los cielos es semejante a un rey que quiso celebrar con una gran
fiesta la boda de su hijo.
En el momento oportuno envi algunos de sus servidores a llamar a los que haban sid
o invitados a la boda; pero no acudi ninguno de ellos.
Entonces envi otros servidores con este encargo: "Decid a los invitados: Mirad, e
l banquete est preparado. Ya se han matado los toros y los animales cebados, y to
do est a punto. Venid a la fiesta de bodas".
Pero ellos, sin hacer ningn caso, se fueron, uno a labrar su campo, otro a sus ne
gocios,
y hasta hubo unos que agarraron a los mensajeros, y despus de haberse burlado de
ellos, los mataron.
El rey, indignado, dio a sus ejrcitos la orden de acabar con aquellos asesinos y
prender fuego a la ciudad donde vivan.
Luego dijo a sus servidores: "La fiesta de bodas est preparada, pero los que haban
sido invitados no se lo merecan.
Id ahora, pues, a los cruces de los caminos, e invitad a todos los que encontris
a vuestro paso".
As lo hicieron ellos: reunieron a cuantos hallaron, lo mismo a malos que a buenos
, y las mesas se llenaron de convidados.
Ms tarde fue el rey a verlos, y encontr all a uno que se haba sentado a la mesa sin
haberse vestido para la boda.
"Amigo mo <CM>le dijo<CM>cmo has entrado aqu sin estar vestido para la boda?" Pero a
quel hombre no le contest ni una palabra. Entonces
el rey orden: "Atadlo de pies y manos, y arrojadlo a las tinieblas de afuera; all
ser el llanto y el rechinar de dientes".
Porque muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.<CM><CM><i>El pago de i
mpuestos al Csar<i>
Los fariseos se fueron entonces y se pusieron a consultar entre s el modo de enre
dar a Jess en sus propias palabras, y de hacerle decir algo que lo comprometiera.
Por eso, le enviaron algunos discpulos de ellos junto con unos herodianos, a deci
rle: <CM>Maestro, t que eres una persona veraz, que enseas con verdad el camino de
Dios, y que nadie te preocupa porque no miras la apariencia de la gente,
dinos qu piensas de esto: Es de ley que nosotros paguemos tributo a Csar?
Pero Jess, conociendo la malicia de lo que se traan entre manos, les contest: <CM>Hi
pcritas!, por qu tratis de ponerme a prueba con esa pregunta?

Enseadme la moneda del tributo. Ellos le mostraron un denario,


y l entonces les pregunt:<CM>De quin es la imagen y la inscripcin ah grabada?
<CM>De Csar <CM>dijeron, y l replic: <CM>Pues dadle a Csar lo que es de Csar y a Dios
lo que es de Dios.<CM><CM><i>El matrimonio en la resurreccin<i>
Al oir estas palabras quedaron sorprendidos, y dejndole, se fueron.
Aquel mismo da se acercaron a Jess unos de los saduceos, que como no creen en la r
esurreccin le plantearon esta cuestin:
<CM>Maestro, Moiss dispuso que cuando un hombre muere sin haber tenido hijos, su
hermano se case con la viuda, para dar descendencia al hermano fallecido.
Pues bien, hubo una vez entre nosotros una familia de siete hermanos. El mayor d
e ellos se cas, pero muri sin descendencia y dej la viuda al hermano siguiente.
De igual manera, este segundo muri sin haber tenido hijos, y la esposa pas al terc
ero; y as sucesivamente hasta el sptimo.
Finalmente muri tambin la mujer,
la cual, dinos, de quin ser esposa cuando llegue la resurreccin, puesto que en vida
estuvo casada con los siete?
Jess respondi a los saduceos diciendo:<CM>Estis del todo equivocados, y ni entendis
las Escrituras ni conocis el poder de Dios.
Porque en la resurreccin nadie se casar ni a nadie darn en casamiento, sino que tod
os sern como los ngeles del cielo.
Y acerca de la propia resurreccin de los muertos, no habis ledo aquello que Dios ha
dicho:
"Yo soy el Dios de Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob"? Pues bien, Dios no e
s Dios de muertos, sino de vivos.
La gente, al oir hablar a Jess, se quedaba asombrada de su enseanza.<CM><CM><i>El
mandamiento ms importante<i>
Pero los fariseos, cuando supieron cmo haba hecho callar a los saduceos, se reunie
ron en consulta.
Uno de ellos, que era perito en la ley, le pregunt con intencin de ponerlo a prueb
a:
<CM>Maestro, cul es el mandamiento ms importante de la ley de Moiss?
Jess le respondi: <CM>"Amars al Seor tu Dios con todo tu corazn, con toda tu alma y c
on toda tu mente".
Este mandamiento es el primero y ms importante;
y el segundo le es semejante: "Amars a tu prjimo como te amas a ti mismo".
De estos dos mandamientos depende toda la ley mosaica y lo dicho por los profeta
s.<CM><CM><i>De quin es hijo el Cristo?<i>
Habindose reunido los fariseos, Jess les pregunt:
<CM>Qu pensis vosotros respecto del Cristo? De quin es hijo? <CM>De David <CM>le resp
ondieron.
<CM>Pues entonces, cmo es que David, inspirado por el Espritu Santo, le llama Seor,
cuando escribe:
"Dijo el Seor a mi Seor: Sintate a mi derecha,hasta que yo ponga a "tus enemigos de
bajo detus pies"?
<CM>Pues si David le llama Seor, cmo entender que se refiere a su hijo?
Nadie pudo responderle una sola palabra, ni nadie se atrevi despus de aquel da a ha
cerle ms preguntas.
Entonces Jess, dirigindose a la gente que se haba reunido y a sus discpulos, dijo:
<CM>Los escribas y los fariseos se sientan en la ctedra de Moiss.
Por eso, vosotros debis hacer y cumplir todo lo que os digan que cumplis. Pero no
hagis lo que ellos hacen, porque no hacen lo que dicen que se debe hacer.
Preparan cargas pesadas y difciles de soportar, y las colocan sobre las espaldas
de la gente, mientras que ellos mismos ni siquiera con un dedo intentan moverlas
.
Todas sus obras las hacen para que la gente los vea, y solo por aparentar se pon
en cintas anchas en los brazos y sobre la frente, y visten mantos con grandes fl
ecos.
Les entusiasma ocupar en los banquetes los asientos ms distinguidos y las primera
s sillas en las sinagogas;
y cuando van por la calle les encanta que la gente los salude llamndoles: "Maestro

, maestro!"
Pero vosotros no pretendis que nadie os llame "maestros", pues solo uno es vuestr
o Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos unos de otros.
Ni llamis "padre" a nadie en la tierra, pues solo uno es vuestro Padre, el que es
t en el cielo.
Ni dejis que os llamen "tutor", pues solo uno es vuestro Tutor, el Cristo.
El que se crea ms importante entre todos vosotros, hgase vuestro servidor.
Porque quien a s mismo se enaltece ser humillado, y quien se humilla ser enaltecido
.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que cerris ante los hombres el rein
o de los cielos, y ni vosotros entris ni dejis que nadie entre.
- - Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que recorris mar y tierra por conse
guir un proslito, y una vez conseguido lo hacis dos veces ms hijo del infierno que
vosotros mismos.
Ay de vosotros, guas ciegos!, que decs: "Si uno jura por el templo, no queda obliga
do a nada; lo que en verdad obliga es jurar por el oro del templo".
Insensatos y ciegos!, qu es ms importante, el oro o el templo que santifica al oro?
Decs tambin: "Si uno jura por el altar, no queda obligado a nada; lo que en verdad
obliga es jurar por la ofrenda que est sobre el altar".
Necios y ciegos!, qu es ms importante, la ofrenda o el altar que santifica a la ofre
nda?
El que jura por el altar, jura por l y tambin por todo lo que est sobre l;
y el que jura por el templo, jura por l y tambin por Dios, que lo habita;
y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y tambin por Dios mismo, qu
e est sentado en l.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que dais diezmos de la menta, el e
neldo y el comino, pero dejis a un lado lo principal de la ley, que es la justici
a, la misericordia y la fe. S, dad vuestros diezmos, pero no dejis de hacer lo que
tiene mayor importancia.
Guas ciegos, que colis el mosquito y os tragis el camello!
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que limpiis escrupulosamente el vas
o y el plato por fuera, pero dejis que por dentro estn llenos de rapia y libertinaj
e.
Fariseo ciego!, limpia primero el vaso por dentro, y as, al propio tiempo, quedar l
impio por fuera.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que sois como sepulcros blanqueado
s, muy bellos al exterior, pero llenos por dentro de huesos de muertos "y de tod
a suerte de impurezas.
Del mismo modo vosotros, que aparecis a la vista de la gente como personas rectas
, mientras que por dentro estis llenos de hipocresa y maldad.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que edificis mausoleos en honor de
los profetas y adornis los sepulcros de los justos,
y decs: "Si nosotros hubisemos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habram
os sido cmplices suyos en la muerte de los profetas".
Pero de esa manera os reconocis descendientes de aquellos que asesinaron a los pr
ofetas.
Pues bien, acabad vosotros de llenar la medida de vuestros antepasados!
Serpientes, hijos de vbora!, cmo podris escapar de la condenacin del infierno?
Yo os estoy enviando profetas, sabios y escribas; a unos los mataris y crucificari
s, y a otros les daris de latigazos en las sinagogas y los perseguiris de ciudad e
n ciudad.
As caer sobre vosotros la sangre de las personas rectas que fueron asesinadas sobr
e la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la de Zacaras, hijo de Berequa
s, a quien vosotros matast/eis entre el altar y el santuario.
Os aseguro que todo esto recaer sobre la presente generacin.
Jerusaln, Jerusaln, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te enva! Cuntas
veces he querido reunir a tus hijos como la gallina rene sus polluelos debajo de
sus alas, y te negaste!
Pues mirad, de aqu en adelante vuestra casa va a quedar desierta.

Y os digo que no volveris a verme hasta que digis: "Bendito el que viene en nombre
del Seor!"
Jess sali del templo y, mientras iba andando, se acercaron sus discpulos para mostr
arle las diversas construcciones del templo.
l les dijo: <CM>Veis todas esas construcciones? Pues os aseguro que sern derribadas
y no quedar de ellas piedra sobre piedra.
Luego se sent en el monte de los Olivos, y acercndose de nuevo le preguntaron apar
te sus discpulos:<CM>Dinos, cundo van a ocurrir esas cosas, y cul ser la seal de tu re
greso y del fin del mundo?
Jess les respondi diciendo:<CM>No permitis que nadie os engae!,
porque muchos vendrn utilizando mi nombre y diciendo: "Yo soy el Cristo", y engaarn
a mucha gente.
Por entonces oiris hablar de guerras y rumores de guerra; pero no os dejis alarmar
. Porque todo eso ha de llegar, pero an no ser el final.
Una nacin se levantar a luchar contra otra, y un reino luchar contra otro; habr hamb
re y terremotos en distintos lugares,
pero todo ello no ser sino el principio de los horrores que han de venir.
Entonces seris entregados a padecimientos y a muerte: os matarn, y por mi causa se
ris odiados en todas las naciones.
Muchos tropezarn, se traicionarn mutuamente y unos a otros se aborrecern.
Surgirn numerosos falsos profetas que engaarn a muchos;
y ser tanta la maldad reinante, que el amor de muchos se enfriar.
Pero el que sre mantenga firme hasta el fin, se se salvar.
Las buenas noticias del reino de los cielos sern proclamadas en todo el mundo, pa
ra que todas las naciones las oigan. Y entonces vendr el final.
Por tanto, cuando veis aparecer en el Lugar Santo la impura abominacin de que habl
a el profeta Daniel (entienda esto el lector!),
los que estn en Judea, huyan a los montes;
el que est en la azotea, no baje a buscar nada a la casa,
y el que est en el campo, no regrese a recoger su capa.
Pero ay de las mujeres que estn encintas o tengan nios de pecho en aquellos das!
Orad porque la huida no tenga lugar en invierno o en da de reposo,
porque habr entonces una tribulacin como jams la ha habido desde que el mundo es mu
ndo, ni volver a haberla despus.
Y si aquellos das no fuesen acortados, nadie podra salvarse; pero sern acortados po
r el bien de los que Dios ha escogido.
En aquellos momentos, si alguien llega y os dice: "Mirad, aqu est el Cristo", o: "
Mirad, all est", no lo creis.
Porque lo cierto es que van a levantarse falsos cristos y falsos profetas que ha
rn seales milagrosas y prodigios extraordinarios, y con ellos tratarn de engaar incl
uso a los escogidos de Dios.
Es lo que ya antes os he dicho:
si alguien os anuncia que el Cristo se encuentra en el desierto, no salgis a verl
o; y si os dicen que est oculto en alguna estancia, no lo creis,
pues la venida del Hijo del hombre ser tan visible como el relmpago que cruza el c
ielo de uno a otro lado.
Donde se encuentre el cuerpo muerto, all se juntarn los buitres.
Despus que haya cesado la tribulacin de aquellos das, el sol se oscurecer, la luna d
ejar de dar su resplandor, las estrellas caern del cielo y las fuerzas celestiales
sern conmovidas.
Entonces aparecer en el cielo el signo del Hijo del hombre, y tambin entonces toda
s las razas de la tierra prorrumpirn en lamentos y lo vern llegar sobre las nubes
del cielo con gran poder y gloria.
Y enviar a sus ngeles, para que, a un fuerte toque de trompeta, renan a sus escogid
os de los cuatro puntos cardinales, desde un extremo del cielo al otro.
Aprended del ejemplo que nos da la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y
comienzan a brotar las hojas, se conoce que ya el verano est cerca.
Pues, de la misma manera, cuando veis que esas cosas empiezan a acontecer, sabed
que mi regreso est cerca.
Os aseguro que la actual generacin no pasar antes que todo esto suceda.

El cielo y la tierra pasarn, pero mis palabras nunca pasarn.<CM><CM><i>Se desconoc


en el da y la hora<i>
Acerca del da y la hora del final de todas las cosas nadie sabe nada, ni siquiera
los ngeles.
La venida del Hijo del hombre ser semejante a lo que pas en los das de No:
en aquellos das anteriores al diluvio, la gente coma, beba, se casaba y se daba en
casamiento, hasta el da en que No entr en el arca;
pero como nadie entenda nada, cuando lleg el diluvio los arrastr a todos. Pues tamb
in as ser la venida del Hijo del hombre.
Cuando l venga, de dos hombres que estn juntos trabajando en el campo, a uno lo to
marn y al otro lo dejarn.
Y de dos mujeres que estn moliendo grano, a una la tomarn y a la otra la dejarn.
Por tanto estad atentos, porque no sabis el da de la venida de vuestro Seor.
Pensad que cualquier padre de familia, si supiera cundo por la noche va a intenta
r entrar un ladrn, vigilar para que no le horaden la pared.
Pues de igual modo estad vosotros vigilantes, puesto que no sabis en qu momento va
a llegar el Hijo del hombre.
Quin de vosotros es el siervo fiel y prudente a quien el amo encomienda la tarea d
e repartir la comida a su hora entre los dems consiervos?
Dichoso aquel siervo a quien el amo, al llegar, encuentre cumpliendo fielmente co
n su deber.
Os aseguro que lo pondr al cargo de todo lo que posee.
Pero, en cambio, el malvado que, suponiendo lejano todava el regreso del amo,
se pone a oprimir a sus consiervos, y a comer y beber con los borrachos,
se encontrar con que un da, a la hora que menos lo espere, llegar su amo,
que le castigar severamente y le pondr en el lugar que corresponde a los hipcritas.
All llorar y le rechinarn los dientes.
El reino de los cielos es comparable a diez muchachas que en una boda cogieron s
us lmparas y salieron a recibir al novio.
Cinco de ellas eran necias, y las otras cinco, sensatas.
Las necias, aunque haban cogido sus lmparas, no llevaban aceite de repuesto;
por su parte, las sensatas, junto con sus lmparas, llevaron vasijas con aceite.
Como el novio se demoraba, las diez muchachas comenzaron a cabecear, y al fin se
quedaron dormidas.
A eso de la medianoche se oy un clamor: "Aqu viene el novio! Salid a recibirlo!"
Todas aquellas muchachas se despertaron y se pusieron en seguida a preparar sus
lmparas.
En ese momento, las cinco necias advirtieron que las suyas se estaban apagando,
por lo cual pidieron a las sensatas que compartieran su reserva de aceite con el
las.
Pero las otras respondieron prudentemente: "Si compartimos nuestro aceite, nos f
altar a nosotras y a vosotras. Id, pues, adonde lo venden, y comprad para vosotra
s".
Ellas lo hicieron as; pero a su regreso encontraron la puerta cerrada, porque mie
ntras compraban haba llegado el novio y haba entrado a la boda con las cinco que y
a estaban dispuestas.
Las otras gritaron entonces: "Seor, seor, brenos!" i
Pero el novio les respondi: "Os aseguro que no s quines sois".<CM><CM><i>Parbola de
las monedas de oro<i>
Por lo tanto, no abandonis vuestra vigilancia, porque no conocis el da ni la hora e
n que el Hijo del hombre ha de regresar.
Tambin el reino de los cielos es semejante a un hombre que, a punto de emprender
un viaje a otro pas, reuni a sus servidores y les encarg que cuidasen de sus bienes
.
A uno de ellos le entreg cinco talentos, a otro dos, y a otro uno, a cada cual de
acuerdo con su capacidad administrativa. Luego se puso en camino.
El que haba recibido los cinco talentos, negoci con ellos y gan cinco talentos ms.
Del mismo modo, el que recibi dos talentos, gan otros dos.
Pero el que haba recibido un solo talento, cav un hoyo en la tierra y escondi all el
dinero de su seor.

Cuando al cabo de una prolongada ausencia regres el seor de aquellos siervos, los
llam y se puso a arreglar cuentas con ellos.
Entonces el que haba recibido los cinco talentos llev los otros cinco, y dijo: "Seo
r, t me entregaste cinco talentos; pues mira, otros cinco he ganado con ellos".
Su seor, satisfecho, le dijo: "Muy bien! Eres un siervo bueno y fiel, y puesto que
has sido fiel con el poco dinero que te entregu, te confiar en adelante mucho ms.
Entra conmigo a celebrarlo".
Despus, el que haba recibido los dos talentos llev tambin los otros dos, y dijo: "Seo
r, t me entregaste dos talentos; pues mira, otros dos he ganado con ellos".
Su seor, satisfecho, le dijo: "Muy bien! Eres un siervo bueno y fiel, y puesto que
has sido fiel con el poco dinero que te entregu, te confiar en adelante mucho ms.
Entra conmigo a celebrarlo".
Pero el que haba recibido un solo talento, al presentarse ante su seor, le dijo: "
Seor, como yo saba que eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste y cosech
as donde no esparciste,
tuve miedo de perder el talento que me diste y decid esconderlo en la tierra. Aqu,
pues, tienes lo que es tuyo".
En respuesta, su seor le dijo: "T eres un mal siervo, un holgazn! Si sabas que yo sie
go donde no sembr y cosecho donde no esparc,
debiste al menos haber puesto mi dinero en manos de los banqueros; as, al regresa
r yo de mi viaje, lo habra recuperado junto con los intereses".
Quitadle, pues, ese talento, y ddselo al que tiene diez;
porque el que tiene recibir ms, y tendr en abundancia; pero el que no tiene, aun lo
poco que tiene se le quitar.
En cuanto a este siervo intil, echadlo de aqu a las tinieblas de fuera; all llorar y
le rechinarn los dientes".<CM><CM><i>Las ovejas y las cabras<i>
Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y en compaa de todos los santos ngeles
, se sentar en su trono de gloria,
y todas las naciones se reunirn delante de l. Separar a unas gentes de otras, como
el pastor separa las ovejas de los cabritos:
pondr las ovejas a su mano derecha, y los cabritos a su mano izquierda.
Luego dir el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, y heredad el
reino que est preparado para vosotros desde que el mundo es mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui fo
rastero y me acogisteis en vuestras casas,
estuve desnudo y me disteis ropa, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinist
eis a verme".
Entonces los justos le preguntarn: "Seor, cundo te vimos hambriento y te alimentamos
, o sediento y te dimos de beber?
Cundo te vimos forastero y te acogimos en nuestras casas, o desnudo y te dimos rop
a?
Y cundo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte?"
El Rey les responder diciendo: "De veras os digo que todo lo que hicisteis a uno
de estos mis hermanos menores, a m lo hicisteis".
Despus dir a los de su izquierda: "Apartaos de m, malditos, al fuego eterno preparad
o para el diablo y sus ngeles!
Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber,
fui forastero y no me acogisteis, estuve desnudo y no me disteis ropa, enfermo y
encarcelado y no me visitasteis".
Entonces tambin ellos le respondern: "Seor, cundo te vimos hambriento o sediento, for
astero o desnudo, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?"
Y entonces l les responder diciendo: "De veras os digo que por cuanto no lo hicist
eis a uno de estos mis hermanos menores, tampoco a m lo hicisteis".
Por tanto, estos irn al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.
Cuando Jess concluy este discurso, se dirigi a sus discpulos dicindoles:
<CM>Como sabis, dentro de dos das se celebra la Pascua, y el Hijo del hombre ser en
tregado para que lo crucifiquen.
Entonces se reunieron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos de
l pueblo en la residencia del sumo sacerdote llamado Caifs.
Tomaron consejo entre s sobre cmo tender una trampa a Jess, con objeto de apresarlo

y darle muerte;
pero decan: "No lo hagamos durante los das de la fiesta, para evitar que el pueblo
se amotine contra nosotros".<CM><CM><i>Una mujer unge a Jess en Betania<i>
Jess estaba entonces en Betania, en casa de uno a quien llamaban Simn el leproso.
En esto se le acerc una mujer que llevaba un frasco de alabastro lleno de un perf
ume de mirra muy caro, que derram en la cabeza de Jess mientras l estaba sentado a
la mesa.
Los discpulos, al ver la accin de la mujer, la criticaron enojados. <CM>Eso es un
despilfarro <CM>decan<CM>.
Podamos haber vendido este perfume por muy buen precio, y haber repartido el dine
ro a los pobres.
Pero Jess, dndose cuenta de ello, les dijo:<CM>Por qu molestis a esta mujer? Lo que e
n m ha hecho es una buena obra.
Porque pobres los vais a tener siempre entre vosotros, pero a m no siempre me vai
s a tener.
El perfume que ha derramado en mi cuerpo es una preparacin para mi sepultura.
Yo os aseguro que, dondequiera que en el mundo se prediquen estas buenas noticia
s, se contar tambin lo que ella ha hecho, para memoria suya.<CM><CM><i>Judas acuer
da traicionar a Jess<i>
Uno de los doce apstoles, el llamado Judas Iscariote, se present entonces a los pr
incipales sacerdotes
y les pregunt: <CM>Cunto me daris, si yo os entrego a Jess? Ellos ajustaron el pago e
n treinta monedas de plata,
y a partir de ese momento empez Judas a buscar una ocasin propicia para entregrselo
.<CM><CM><i>La Cena del Seor<i>
El primer da de la fiesta en que se coma el pan sin levadura, los discpulos fueron
a preguntarle a Jess:<CM>Dnde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
<CM>Id a la ciudad, a casa de quien ya sabis, y decidle: "Esto dice el Maestro: M
i tiempo ya est cerca, y quisiera celebrar la Pascua en tu casa, junto con mis di
scpulos".
Entonces los discpulos, cumpliendo el encargo que Jess les haba dado, fueron all y p
repararon la cena.
Llegada la noche, se sent a la mesa para cenar con los doce,
y en cierto momento, mientras coman, les dijo: <CM>Sabed que uno de vosotros va a
entregarme.
Ellos se entristecieron profundamente, y comenzaron a preguntarle uno tras otro:
<CM>Ser yo, Seor?
l les respondi, diciendo: <CM>Uno que ha metido la mano en el plato conmigo ser qui
en me entregue.
Es cierto que en el Hijo del hombre va a cumplirse lo que est profetizado, pero ay
de aqul por quien el Hijo del hombre es entregado! Mejor le habra sido no haber n
acido.
Judas se acerc tambin a Jess, y le pregunt: <CM>Acaso ser yo, Maestro? <CM>T lo has di
ho <CM>le respondi.
Estando comiendo, Jess tom un pan, lo bendijo, lo parti y lo dio a sus discpulos, di
ciendo:<CM>Tomad y comed: esto es mi cuerpo.
Luego tom un vaso de vino, dio gracias por l, se lo pas a ellos y dijo:<CM>Bebed to
dos de l,
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual ser derramada en favor de mucho
s, para perdn de los pecados.
Y tened presente que no volver a beber de este vino, fruto de la vid, hasta aquel
da en que lo beba nuevo, con vosotros, en el reino de mi Padre.
Despus de esto y de haber cantado el himno, salieron de all y se fueron al monte d
e los Olivos.<CM><CM><i>Jess predice la negacin de Pedro<i>
Cuando llegaron, Jess les dijo: <CM>Todos vosotros vais a sentiros escandalizados
por mi causa esta noche, y se cumplir lo que dicen las Escrituras: "Matar al past
or, y las ovejas del rebao sern dispersadas".
Pero tened esto presente: despus que haya resucitado, ir a Galilea para encontrarm
e con vosotros.
A estas palabras, respondi Pedro dicindole:<CM>Aunque todos se sientan escandaliza

dos por tu causa, yo jams me escandalizar.


<CM>Pedro <CM>le dijo Jess<CM>, te aseguro que esta noche, antes que el gallo can
te, me negars tres veces.<CM><CM><i>Jess en Getseman<i>
Pedro sostuvo con firmeza:<CM>Aunque yo haya de morir contigo, nunca te negar! Y t
odos los discpulos decan lo mismo.
Entonces se fue con ellos a un lugar llamado Getseman. Una vez all, dijo a los dis
cpulos:<CM>Quedaos aqu sentados, entre tanto que yo me aparto un poco de vosotros
para orar.
Sin embargo tom consigo a Pedro, y a Jacobo y Juan, los hijos de Zebedeo, y comen
z a entristecerse y angustiarse sobremanera.
En aquel trance les dijo:<CM>Una tristeza mortal me ha llenado el alma. Quedaos
aqu y velad conmigo.
Se separ un poco de ellos, se postr rostro en tierra y or diciendo:<CM>Padre mo, si
es posible, haz que pase de m esta copa de amargura. Pero no sea lo que yo quiero
, sino lo que quieres t.
Volvi adonde haba dejado a los discpulos, y los hall dormidos. Le dijo a Pedro:<CM>De
modo que ni siquiera una hora podis velar conmigo?
Velad y orad, para no caer en tentacin. Ya veo que vuestro espritu est dispuesto, p
ero vuestro cuerpo es dbil.
Por segunda vez se alej de ellos para seguir orando. Deca: <CM>Padre mo, si no es p
osible que esta copa pase de m, hgase tu voluntad.
Regres junto a ellos y de nuevo los hall dormidos, porque tenan los ojos cargados d
e sueo.
En seguida volvi a dejarlos, y por tercera vez se apart para orar con las mismas p
alabras.
Entonces fue adonde estaban los discpulos, y le s dijo: <CM>Dormid todava y descan
sad... Pero no, pues ha llegado la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado
en manos de pecadores.
Levantaos, vamos! Ya est aqu el que me entrega.<CM><CM><i>Arresto de Jess<i>
An no haba acabado de pronunciar estas palabras, cuando Judas, uno de los doce, ll
eg al frente de una turba armada con espadas y con palos. Iban enviados por los s
acerdotes y los dirigentes del pueblo,
a los que Judas haba dado esta contrasea: "Aquel a quien yo bese, se es. Apresadlo!"
Sin prdida de tiempo se acerc a Jess, y le dijo: <CM>Salve, Maestro! <CM>y lo bes.
Jess le respondi:<CM>Amigo, qu has venido a hacer? Entonces se acercaron a Jess, le e
charon mano y lo prendieron.
En aquel momento, uno de los que estaban con Jess desenvain una espada y de un taj
o le cort una oreja a un siervo del sumo sacerdote.
Jess le dijo:<CM>Envaina de nuevo esa espada, porque el que empua espada, a espada
morir.
Acaso no piensas que yo ahora podra orar a mi Padre, y que l me enviara al instante
ms de doce legiones de ngeles?
Pero si hiciera eso, cmo se iban a cumplir las Escrituras que dicen que estas cosa
s han de acontecer as?
Luego dijo a la turba all reunida: <CM>Soy, quizs, un bandido tan peligroso que habi
s de venir con espadas y con palos a prenderme? Todos estos das me he sentado a e
nsear en el templo, y no me habis arrestado.
Pero todo esto est sucediendo para que se cumpla lo escrito por los profetas. Ent
onces todos los discpulos huyeron y lo dejaron solo.<CM><CM><i>Jess ante el Consej
o<i>
Los que haban apresado a Jess, lo condujeron a la casa de Caifs, el sumo sacerdote,
donde se encontraban reunidos los escribas y los dirigentes judos.
Pedro, siguindole de lejos, lleg hasta el patio de la casa del sumo sacerdote. Una
vez all, se sent entre los soldados para ver en que parara finalmente todo lo que
estaba ocurriendo.
Los principales sacerdotes y el concilio reunido en pleno, empezaron a buscar co
ntra Jess algn falso testimonio que les permitiera pedir para l la pena de muerte.
Se ofrecieron muchos testigos falsos, pero sus testimonios no tenan valor. Finalm
ente se presentaron dos,
que declararon: <CM>Este hombre ha dicho que l puede derribar el templo de Dios y

reconstruirlo en tres das.


Al oir esto, el sumo sacerdote se puso en pie y pregunt a Jess: <CM>No tienes nada
que contestar a lo que estos declaran en contra tuya?
Pero Jess guard silencio. Insisti el sumo sacerdote:<CM>En el nombre del Dios vivie
nte te conjuro: Dinos si t eres el Cristo, el Hijo de Dios.
<CM>T lo has dicho <CM>le respondi Jess<CM>. Pero adems de esto os digo que, a parti
r de ahora, veris al Hijo del hombre sentado a la derecha del poder de Dios y vin
iendo sobre las nubes del cielo.
El sumo sacerdote se rasg entonces la ropa y grit:<CM>Ha blasfemado! Qu necesidad ten
emos de ms testigos? Ya habis odo la blasfemia!
Qu pensis de esto?<CM>Es reo de muerte! <CM>respondieron ellos.
Entonces lo maltrataron: unos le escupan en el rostro, otros le daban de puetazos
y otros le abofeteaban,
mientras decan: <CM>A ver t, Cristo, profetzanos quin es el que te golpea.<CM><CM><i
>Pedro niega a Jess<i>
Pedro estaba sentado fuera, en el patio de la casa, cuando se acerc a l una criada
y le dijo: <CM>T tambin andabas con Jess el galileo.
Entonces Pedro lo neg ante todos los presentes, diciendo:<CM>No s de qu me ests habl
ando.
Poco ms tarde, saliendo l de aquel lugar, otra mujer lo vio y dijo a los que all se
encontraban: <CM>Este hombre es de los que estaban con Jess el nazareno.
Pedro volvi a negarlo, jurando que no le conoca:<CM>Yo no conozco a ese hombre!
Pero un rato despus, algunas personas que estaban all se acercaron a Pedro y le di
jeron: <CM>Ciertamente t eres uno de ellos, y no puedes negarlo porque hasta tien
es acento galileo.
Pedro comenz a maldecir y a jurar, diciendo:<CM>Yo no conozco a ese hombre! Pero e
n aquel momento cant el gallo,
y l record las palabras de Jess: "Antes que el gallo cante, me negars tres veces". E
ntonces Pedro sali corriendo afuera y llor con gran amargura.
Al amanecer, los principales sacerdotes y los dirigentes judos se reunieron en co
nsejo para deliberar sobre el modo de lograr la condena a muerte de Jess.
Finalmente lo llevaron atado y lo entregaron a Pilato, el gobernador romano.
Al comprender Judas que iban a condenar a muerte a Jess, corri arrepentido a devol
ver a los principales sacerdotes y dirigentes judos las treinta piezas de plata q
ue le haban dado en pago de su traicin. Les dijo:
<CM>Yo he pecado entregando a la muerte a un inocente. Pero ellos le respondiero
n:<CM>Y eso a nosotros, qu nos importa?
Entonces Judas arroj las piezas de plata en el templo. Luego sali de all, y fue y s
e ahorc.
Los principales sacerdotes recogieron aquellas piezas de plata, y dijeron:<CM>No
podemos echar ese dinero en el arca de las ofrendas, porque es precio de muerte
y la ley nos prohibe tomarlo.
Habindolo, pues, sometido a consulta entre ellos, resolvieron finalmente comprar
cierto terreno conocido como "el campo del alfarero", el cual se haba destinado a
sepultura de extranjeros.
Por eso, aquel campo se conoce hasta el da de hoy como: "Campo de Sangre".
As se cumpli la profeca de Jeremas, que dijo: "Tomaron las treinta piezas de plata,
precio del que fue tasado por el pueblo de Israel,
y con ellas compraron el campo del alfarero, como me orden el Seor".<CM><CM><i>Jess
ante Pilato<i>
Jess estaba de pie delante del gobernador Pilato, el cual le pregunt: <CM>Eres t el
rey de los judos? <CM>T lo dices <CM>le contest Jess.
Los principales sacerdotes y los dirigentes judos le acusaban, pero l nada respond
i.
Le pregunt Pilato:<CM>No oyes cuntas cosas testifican estos contra ti?
Pero Jess sigui callado, sin responder ni una sola palabra, de modo que el goberna
dor estaba asombrado.
Ahora bien, durante la celebracin de la Pascua, el gobernador acostumbraba poner
en libertad un preso, el que el propio pueblo elega.
Aquel ao haba en la crcel un preso famoso llamado Barrabs,

y cuando aquella maana se congreg la gente, Pilato pregunt: <CM>A cul de estos dos qu
eris que os ponga en libertad: a Barrabs o a Jess, llamado el Cristo?
Al gobernador le constaba que Jess haba sido entregado por quienes envidiaban su p
opularidad.
Estaba Pilato sentado en el tribunal, cuando de parte de su esposa le lleg un men
saje que deca: "No te metas con ese hombre, que es inocente. Esta noche he sufrid
o mucho en sueos por causa suya".
Pero los principales sacerdotes y los dirigentes judos persuadieron a la muchedum
bre para que pidiese la libertad de Barrabs y mataran a Jess.
As pues, cuando el gobernador volvi a preguntar a cul de los dos queran que soltara,
gritaron: <CM>A Barrabs!
<CM>Y que hago con Jess, llamado el Cristo? Todos a una contestaron:<CM>Crucifcalo!
Pregunt el gobernador:<CM>Pero, por qu? Qu delito ha cometido? Pero la multitud sigui
gritando sin cesar: <CM>Crucifcalo! Crucifcalo!
Comprendiendo Pilato que nada consegua, sino que cada vez era mayor el alboroto,
orden que le llevasen agua, se lav las manos en presencia de todo el pueblo y dijo
:<CM>Yo no me hago responsable de la sangre de este hombre, que es inocente. All v
osotros!
La turba en pleno respondi:<CM>Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros
hijos!
Entonces Pilato mand soltar a Barrabs; y a Jess lo hizo azotar y lo entreg a los sol
dados, para que lo crucificaran.<CM><CM><i>Los soldados se burlan de Jess<i>
Los soldados del gobernador tomaron a Jess y lo llevaron primero al pretorio, don
de reunieron alrededor de l a toda la compaa,
lo desnudaron y le echaron sobre los hombros un manto escarlata.
Luego le pusieron sobre la cabeza una corona que haban tejido de espinos, y una c
aa en su mano derecha. Y hacan burla de Jess arrodillndose ante l y diciendo: <CM>Salv
e, rey de los judos!
Tambin escupan sobre l, y quitndole la caa le golpeaban la cabeza.<CM><CM><i>La cruci
fixin<i>
Por ltimo, despus de haberse burlado de Jess, le despojaron del manto, le pusieron
de nuevo su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo.
En el camino, al salir, hallaron a un hombre de Cirene llamado Simn, al cual obli
garon a llevar la cruz de Jess.
Cuando llegaron a un lugar que llamaban Glgota (o sea, lugar de la Calavera),
los soldados le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero Jess, despus de pro
barlo, no quiso beberlo.
Una vez que lo hubieron crucificado, los soldados echaron sus ropas a suertes y
se las repartieron entre ellos.
Luego se sentaron all para vigilarlo.
En la cruz, por encima de su cabeza, pusieron un letrero con la causa de la cond
ena. Deca: "Este es Jess, el rey de los judos".
Crucificaron tambin entonces a dos maleantes, uno a la derecha y otro a la izquie
rda de Jess.
La gente, al pasar, le injuriaba, y meneando la cabeza
deca:<CM>No eres t el que puede derribar el templo y volver a construirlo en tres da
s? Pues slvate a ti mismo! Si eres hijo de Dios, bjate de la cruz.
De la misma manera, tambin los principales sacerdotes, los escribas, los fariseos
y los dirigentes judos, burlndose de Jess, decan:
<CM>A otros ha salvado, pero a s mismo no puede salvarse. Si es el rey de Israel,
que se baje ahora de la cruz y creeremos en l.
Y puesto que confi en Dios, que Dios lo salve, si es que le quiere. No dice l que e
s hijo de Dios?
De igual forma le injuriaban los ladrones que haban sido crucificados junto a l.<C
M><CM><i>Muerte de Jess<i>
Pero aquel da, desde la hora sexta (medioda) hasta la hora novena (tres de la tard
e), la tierra qued sumida en profundas tinieblas.
Cerca ya de la hora novena, Jess dio un gran grito:<CM>El, El, lem sabactani? (que si
gnifica: "Dios mo, Dios mo, por qu me has desamparado?")
Algunos de los que estaban all creyeron que estaba llamando a Elas;

y en aquel mismo momento, uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre, la
puso en una caa y la alz para que Jess bebiese. g
Pero los dems decan: s<CM>Djalo, y vamos a ver si Elas viene a salvarlo.
Pero Jess, dando de nuevo un gran grito, entreg su espritu.
En aquel instante el velo del templo se rasg en dos, de arriba abajo; la tierra t
embl y las rocas se partieron.
Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que estaban muertos, resuc
itaron;
salieron de los sepulcros despus que Jess hubo resucitado, y fueron a la santa ciu
dad de Jerusaln, donde se aparecieron a muchos.
El centurin y los soldados que custodiaban a Jess, llenos de pnico a causa del terr
emoto y de todas las cosas que estaban aconteciendo, exclamaron: <CM>Verdaderamen
te este era Hijo de Dios!
No muy lejos de la cruz estaban mirando muchas mujeres que haban seguido a Jess de
sde Galilea y le haban servido.
Entre ellas se encontraban Mara Magdalena, Mara la madre de Jacobo y de Jos, y la m
adre de los hijos de Zebedeo.<CM><CM><i>Sepultura de Jess<i>
Al caer la tarde lleg un hombre rico, de Arimatea, llamado Jos, que haba sido discpu
lode Jess.
Este hombre se dirigi a Pilato para pedirle el cuerpo de Jess. Pilato orden que se
le entregase,
y Jos tom el cuerpo, lo envolvi en una sbana limpia
y lo puso en un sepulcro nuevo labrado en la pea. Luego hizo rodar una gran piedr
a con la que cerr la entrada, y se fue.
All se quedaron Mara Magdalena y la otra Mara, sentadas frente al sepulcro.<CM><CM>
<i>La guardia ante el sepulcro<i>
Al siguiente da, el que sigue a la preparacin de la Pascua, los principales sacerd
otes y los fariseos fueron a ver a Pilato,
y le dijeron: <CM>Seor, hemos recordado que aquel impostor dijo una vez: "Al cabo
de tres das resucitar".
Queremos pedirte que mandes sellar el sepulcro hasta el tercer da, no vaya a suce
der que vengan los discpulos de ese hombre, se lleven el cuerpo y luego digan al
pueblo que ha resucitado de entre los muertos. Con lo cual las cosas se pondran p
eor de lo que antes estaban.
Pilato les dijo:<CM>Bueno, ah tenis soldados de guardia. Id y aseguradlo como sabis
hacerlo.
Fueron ellos entonces, sellaron la piedra que cerraba el sepulcro y dejaron all a
la guardia.
Pasado el sbado, al amanecer el primer da de la semana, Mara Magdalena y la otra Ma
ra regresaron al sepulcro.
Pero se produjo un fuerte terremoto, porque un ngel del Seor haba descendido del ci
elo, haba removido la piedra y se haba sentado en ella.
El aspecto del ngel era como un relmpago, y sus vestiduras, blancas como la nieve.
Los guardias temblaban de miedo y se quedaron como muertos.
Pero el ngel habl a las mujeres, dicindoles: <CM>No tengis temor. Ya s que estis busca
ndo a Jess, el que fue crucificado;
pero no lo encontraris aqu, porque ha resucitado como os lo haba anunciado. Entrad
y ved el lugar donde lo pusieron.
Ahora id en seguida y decid a sus discpulos: "Ha resucitado de los muertos y va d
elante de vosotros a Galilea. All le veris". Esto es lo que haba de deciros.
Las mujeres, llenas al mismo tiempo de miedo y de alegra, salieron del sepulcro y
corrieron en busca de los discpulos para comunicarles el mensaje del ngel; pero m
ientras iban a llevarles la noticia, 5
Jess les sali al encuentro y las salud. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pie
s y lo adoraron;
y Jess les dijo:<CM>No tengis miedo. Id y decid a mis hermanos que se dirijan sin
demora a Galilea, y que all me vern.<CM><CM><i>El informe de los guardias<i>
Mientras esto suceda, algunos de la guardia fueron a la ciudad e informaron a los
principales sacerdotes de todo lo que haba venido sucediendo.
Estos, reunidos con los dirigentes judos, decidieron en consejo dar una buena can

tidad de dinero a los soldados,


dejndoles encargados de explicar que los discpulos de Jess haban ido de noche al sep
ulcro, cuando la guardia estaba dormida, y haban hurtado el cuerpo de Jess.
Adems aseguraron a los soldados que, si el gobernador llegaba a enterarse, los de
l consejo trataran de persuadirle para que no sufrieran ningn castigo.
Los soldados aceptaron el soborno e hicieron lo que se les haba encargado, de man
era que la versin dada por ellos se divulg entre los judos hasta el da de hoy.<CM><C
M><i>La gran comisin<i>
Por su parte, los once discpulos se fueron al monte de Galilea donde Jess dijo que
se encontrara con ellos.
Cuando le vieron, le adoraron, aunque algunos dudaban de que fuera Jess.
Pero l, acercndose, les dijo:<CM>Yo he recibido toda autoridad en el cielo y en la
tierra.
Por tanto, id y haced discpulos entre todas las naciones, bautizadlos en el nombr
e del Padre, del Hijo y del Espritu Santo,
y enseadlos a guardar todas las cosas que os he mandado. Y sabed que yo estar con
vosotros siempre, hasta el fin del mundo.
Principio de la buena noticia de Jesucristo, el Hijo de Dios.
En el libro del profeta Isaas est escrito:"Yo envo mi mensajero delante de ti, <CM>
para que te prepare el camino.
Se oye una voz que grita <CM>en el desierto: <CM>Preparad el camino <CM>del Seor!
<CM>Allanad sus veredas!"
Aquel mensajero fue Juan el Bautista, que bautizaba en el desierto y predicaba e
l bautismo como pblico testimonio de arrepentimiento para perdn de los pecados.
Acudan a escucharle gentes de toda la regin de Judea, y todos los que vivan en Jeru
saln; y a los que confesaban sus pecados, l los bautizaba en el ro Jordn.
La ropa que Juan vesta estaba tejida con pelo de camello, y la llevaba ceida al cu
erpo con un cinturn de cuero. Se alimentaba de langostas y miel silvestre,
y en su predicacin anunciaba: <CM>Despus de m viene uno ms poderoso que yo, ante el
cual ni siquiera soy digno de encorvarme para desatar las correas de su calzado.
Yo os bautizo con agua, pero l os bautizar con Espritu Santo.<CM><CM><i>Bautismo y
tentacin de Jess<i>
Por aquellos das, Jess lleg de Nazaret de Galilea, y Juan lo bautiz en el Jordn.
Luego, mientras sala del agua, Jess vio que los cielos se abran y que el Espritu San
to descenda sobre l en forma de paloma.
Y en el mismo momento se oy una voz del cielo, que deca: <CM>T eres mi Hijo amado.
En ti me complazco.
Despus el Espritu Santo le impuls al desierto,
donde permaneci cuarenta das. All le prob Satans en diversas ocasiones; pero a Jess, a
quien acompaaban tan slo las fieras, los ngeles le servan.<CM><CM><i>Llamamiento de
los primeros discpulos<i>
Despus que Juan fuera encarcelado, Jess se dirigi a Galilea para anunciar el evange
lio del reino de Dios. Deca:
<CM>Ha llegado la hora! El reino de Dios se ha acercado! Arrepentos, apartaos del pe
cado y creed al evangelio!
Un da, andando por la orilla del mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simn y Andrs,
que lanzaban sus redes al agua, porque eran pescadores.
Jess les dijo:<CM>Venid, seguidme y os convertir en pescadores de hombres!
De inmediato abandonaron ellos las redes y le siguieron.
Un poco ms adelante vio a Jacobo y a Juan, hijos de Zebedeo, que estaban en una b
arca remendando las redes.
Tambin a estos los llam, y ellos, dejando en la barca a Zebedeo con los jornaleros
, se fueron con Jess.<CM><CM><i>Jess expulsa a un espritu maligno<i>
Llegaron a Cafarnaum, donde los sbados entraba Jess en la sinagoga y se pona a ensea
r.
Los que le escuchaban se admiraban de su enseanza, porque les hablaba como alguie
n que goza de toda autoridad, y no como los escribas.
En la sinagoga haba un hombre posedo por un espritu impuro, que empez a gritar:
<CM>Por qu nos molestas, Jess de Nazaret? Has venido a destruirnos? Yo s que t eres el
santo Hijo de Dios!

Jess le orden:<CM>Cllate y sal de ese hombre!


Al punto, el espritu impuro sali de l, hacindole gritar y sacudindolo con violentas c
onvulsiones.
Tan asombrados quedaron todos los que lo vieron, que luego comentaban:<CM>Qu es es
to? Qu nueva enseanza es sta, y qu autoridad tiene ese hombre, que hasta los espritus
impuros le obedecen?
Con la noticia de lo sucedido, la fama de Jess se difundi rpidamente por toda la re
gin de Galilea.<CM><CM><i>Jess sana a muchos enfermos<i>
Al salir de la sinagoga se dirigi, junto con Jacobo y Juan, a casa de Simn y Andrs.
La suegra de Simn estaba en cama, postrada por la fiebre; Jess, al saberlo,
se acerc a la enferma, la tom de la mano y la incorpor. En el mismo momento le desa
pareci la fiebre, y se puso a servirles la mesa.
Al atardecer, despus de ponerse el sol, la casa se llen de enfermos y endemoniados
que la gente llevaba a Jess, para que los sanara.
La gente de la ciudad, agolpndose ante la puerta,
pudo presenciar cmo curaba de diversos males a muchos que estaban enfermos, y cmo
expulsaba a multitud de demonios. Pero a los demonios que expulsaba, Jess no les
permita que hablaran de l y revelasen quin era.<CM><CM><i>Jess ora en un lugar solit
ario<i>
A la maana siguiente, estando todava muy oscuro, se levant y se fue a un lugar desi
erto, a orar a solas.
Ms tarde salieron en su busca Simn y los dems,
y cuando le encontraron le dijeron: <CM>La gente te anda buscando.
l les respondi: <CM>Vmonos a otra parte, a las ciudades vecinas, para predicar tamb
in all el mensaje, porque para esto he venido.
De ese modo recorrieron toda Galilea, predicando l en las sinagogas y expulsando
de muchas personas los demonios que las posean.<CM><CM><i>Jess sana a un leproso<i
>
Sucedi que un da se le acerc un leproso, que puesto de rodillas le dijo: <CM>Si qui
eres, puedes limpiarme de mi enfermedad.
Jess, compadecido, le toc con la mano y le dijo: <CM>S quiero. Queda limpio!
Al momento desapareci por completo la lepra de su cuerpo.
Luego Jess, al despedirle, le advirti severamente:
<CM>No digas nada de esto a nadie, sino ve en seguida a presentarte al sacerdote
, para que te examine, y llvale la ofrenda que Moiss orden a los leprosos que queda
n limpios de su enfermedad. As todos se convencern de que has sido sanado.
Pero el hombre, en cuanto sali, comenz a proclamar la noticia de su curacin. De est
e modo aument tanto la fama de Jess, que ya no poda entrar libremente en ninguna po
blacin, sino que haba de quedarse en lugares despoblados. Pero, aun as, de todas pa
rtes seguan acudiendo en busca suya.
Das ms tarde regres Jess a Cafarnaum. La noticia de que haba vuelto a la casa donde s
e alojaba corri rpidamente por la ciudad.
Muy pronto se reuni tanta gente, que ni siquiera caban delante de la puerta, y Jess
les predicaba la palabra.
Mientras les hablaba llegaron cuatro hombres que llevaban a un paraltico en una c
amilla.
Intentaron pasar por en medio de la multitud, pero les fue imposible. Entonces s
ubieron al tejado, hicieron una abertura encima de donde Jess estaba, y por ella,
entre los cuatro, bajaron con unas cuerdas al paraltico que yaca en la camilla.
Jess, al ver la fe con que aquellos hombres esperaban que sanase al enfermo, se v
olvi a l diciendo:<CM>Hijo, tus pecados te son perdonados.
Algunos escribas que estaban all sentados, empezaron a decirse a s mismos:
<CM>Qu palabras son esas? Este blasfema! Nadie puede perdonar pecados, sino solament
e Dios!
Jess, que se dio cuenta en seguida de lo que ellos pensaban, les pregunt:<CM>Por qu
cavilis de ese modo en vuestro interior?
Qu es ms fcil, decirle a este paraltico: "Tus pecados te son perdonados", o decirle:
"Levntate, toma tu camilla y anda"?
Pues ahora veris que el Hijo del hombre tiene toda la autoridad para perdonar pec
ados en este mundo.

Entonces, dirigindose al paraltico, le orden:<CM>Escchame: levntate, recoge tu camilla


y vete a tu casa!<CM><CM><i>Llamamiento de Lev<i>
Al instante se levant el hombre de un salto, tom su camilla, pas entre los presente
s y sali de la casa. Todos los que all estaban se llenaron de asombro, y dieron gl
oria a Dios diciendo:<CM>Jams habamos visto nada parecido!
Despus de esto, Jess volvi a la orilla del lago; y la gente se reuna a su alrededor
para escuchar sus enseanzas.
Andando por aquellos lugares, vio a Lev, hijo de Alfeo, que estaba sentado ante s
u puesto de recaudacin de impuestos. Le dijo: <CM>Sgueme! Lev se levant y le sigui.
Aquella misma noche celebr Lev una cena en honor de Jess, a la que l acudi acompaado p
or sus discpulos. Juntamente con ellos se sentaron tambin a la mesa algunos public
anos y otras personas de mala reputacin, pues ya eran muchos los que entonces le
seguan.
Y ciertos escribas y fariseos que vieron comer a Jess con toda aquella gente, pre
guntaron a los discpulos: <CM>Cmo es que l est comiendo con esa clase de personas?
Jess oy lo que decan, y les contest: <CM>Los que necesitan del mdico son los enfermos
, no los que estn sanos. Yo no he venido a buscar a los que ya son justos y bueno
s, sino a los pecadores.<CM><CM><i>Le preguntan a Jess sobre el ayuno<i>
En una ocasin en que los discpulos de Juan y de los fariseos estaban dedicados a a
yunar, se acercaron unos a Jess y le preguntaron:<CM>Por qu los discpulos de Juan y
de los farisos ayunan, y en cambio los tuyos no lo hacen?
Jess les respondi: <CM>Acaso han de ayunar los invitados a un banquete de bodas mie
ntras el novio est con ellos? No, en tanto que tienen al novio a su lado no pueden
ayunar!
Pero vendr el da en que el novio les ser quitado, y entonces ayunarn.
A nadie se le ocurre remendar un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porqu
e la tela nueva tira de la vieja y el roto se hace ms grande.
Ni a nadie se le ocurre poner vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo h
ace reventar los odres viejos, y se pierden a un tiempo "los odres y el vino. El
vino nuevo debe ponerse en odres nuevos.<CM><CM><i>Seor del sbado<i>
Un sbado pasaba Jess por en medio de unos sembrados. Los discpulos, segn iban camina
ndo, comenzaron a arrancar espigas para comerse los granos.
Cuando los fariseos lo supieron, le dijeron: <CM>No sabes que nuestra ley prohibe
hacer en sbado eso que hacen tus discpulos?
Jess les respondi: <CM>Y vosotros, no habis ledo lo que hizo David en una ocasin en qu
e l y sus compae-"ros estaban hambrientos?
No sabis que en tiempos del sumo sacerdote Abiatar entr David en la casa de Dios, c
omi de los panes de la ofrenda, que tan slo a los sacerdotes les estaba permitido
comer, y reparti de ellos tambin a los que le acompaaban?
Luego aadi:<CM>Pensad esto: el sbado se hizo para el hombre, y no el hombre para el
sbado.
Adems, sabed que el Hijo del hombre tiene autoridad sobre el sbado.
En otra ocasin, habiendo entrado de nuevo en la sinagoga, vio Jess a un hombre que
tena una mano atrofiada.
Tambin era sbado, y haba all algunos que vigilaban estrechamente a Jess por ver si se
atrevera a curarle la mano, y tener as una razn para acusarle.
Pero Jess le dijo al hombre:<CM>Ponte ah en medio.
Luego les pregunt: <CM>A ver qu pensis de esto: en sbado, segn nuestra ley, debe hacer
se el bien o debe hacerse el mal? Debe salvarse la vida o destruirla?Nadie le con
test.
Entonces Jess, mirndolos a un mismo tiempo con indignacin y tristeza porque se daba
cuenta de la dureza de su corazn, le dijo al hombre: <CM>Extiende la mano. l la e
xtendi, y le qued completamente sana.
Salieron entonces los fariseos y los herodianos, y se fueron juntos a urdir un p
lan para acabar con Jess.<CM><CM><i>La multitud sigue a Jess<i>
Despus de esto, Jess se retir a la orilla del mar. Iban con l sus discpulos, y le seg
ua una multitud procedente de Galilea. Pero no solo de all, pues tambin de toda Jud
ea,
de Jerusaln, de Idumea, del otro lado del Jordn y de los aledaos de Tiro y Sidn acuda
a verle mucha gente, atrada por la fama de las cosas maravillosas que haca.

Y como finalmente se juntara una gran multitud, Jess encarg a sus discpulos que le
tuvieran siempre lista la barca, para evitar verse oprimido.
Porque por entonces haba sanado ya a tantas personas, que cuantos padecan de algun
a enfermedad le asediaban tratando de tocarle.
Y tambin, cada vez que algn espritu impuro le vea, caa de rodillas ante l, diciendo a
voces: <CM>T eres el Hijo de Dios!
Pero l les prohiba severamente que revelasen quin era.<CM><CM><i>Nombramiento de lo
s doce apstoles<i>
Ms tarde subi a un monte; y convoc a su lado a unos cuantos, que al punto acudieron
a su llamada.
De entre ellos escogi a doce, para que estuvieran siempre con l y para que saliese
n a predicar.
Adems les dio autoridad para sanar enfermedades y expulsar demonios.
Estos doce fueron: Simn, al que Jess puso por sobrenombre Pedro;
Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, a quienes puso "Boanerges" (que en arameo signi
fica "hijos del trueno");
Andrs, Felipe, Bartolom, Mateo, Toms, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simn el zelota
y Judas Iscariote, el que entreg a Jess.<CM><CM><i>Jess y Beelzeb</i> <CM>Cuando reg
resaron a la casa donde se alojaban,
se reuni tanta gente que ni siquiera les dejaban lugar para comer.
Al enterarse de lo que estaba pasando, tambin los familiares de Jess acudieron en
busca suya, para llevrselo, porque pensaban que se haba vuelto loco.
Pero en la casa se encontraban algunos escribas llegados de Jerusaln, que decan:<C
M>Este est posedo por Beelzeb, el prncipe de los demonios. Por eso puede expulsar a l
os demonios!
Jess entonces les puso unos ejemplos, de manera que pudieran entenderle con clari
dad: <CM>Cmo podra Satans expulsar a Satans?
Un reino dividido contra s mismo, es un reino sin futuro;
y una familia dividida contra s misma, es una familia sin futuro.
Por lo tanto, si Satans lucha consigo mismo y se divide contra s, cmo podr permanecer
? Habr llegado su fin!
Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte a saquear sus bienes, si prime
ro no le ata. Cuando le haya atado es cuando podr saquearle.
Ahora os voy a decir una cosa: todo pecado les ser perdonado a los hombres, e inc
luso todas las blasfemias que profieran;
pero el que jams obtendr perdn es el que blasfeme contra el Espritu Santo. Cualquier
a que esto haga ser reo de condenacin eterna.
De ese modo respondi Jess a quienes decan que estaba posedo por un espritu impuro.<CM
><CM><i>La madre y los hermanos de Jess<i>
Pasadas estas cosas, la madre y los hermanos de Jess fueron a la casa donde l se h
allaba; pero no entraron, sino que le mandaron recado de que saliera.
Algunos que estaban sentados a su alrededor, le dijeron:<CM>Tu madre y tus herma
nos han venido. Estn ah afuera y preguntan por ti.
l les respondi:<CM>Quin es mi madre y quines son mis hermanos?
Y mirando a la gente sentada a su alrededor, aadi: <CM>Aqu estn mi madre y mis herman
os,
pues todo el que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre!
De nuevo comenz Jess a ensear a orillas del mar de Galilea. Se reuni tanta gente a s
u alrededor, que hubo de subir a una barca, sentarse en ella y hablar desde all a
la multitud agolpada? en la playa.
Jess, que sola servirse de parbolas para ilustrar muchas de sus enseanzas, cont la si
guiente:
<CM>Hubo una vez un sembrador que sali al campo a sembrar.
Al lanzar la semilla, una parte cay en el camino, y llegaron los pjaros y se la co
mieron.
Otra parte cay en terreno pedregoso, donde la capa de tierra era delgada; esta se
milla, por faltarle profundidad a la tierra, no tard en brotar;
pero el sol, al salir, la quem, y se sec porque no tena raz.
Otra parte de la semilla cay entre espinos, que al crecer la ahogaron y no la dej
aron germinar.

Pero otra parte cay en buena tierra, y dio fruto al treinta, al sesenta y hasta a
l ciento por uno de lo sembrado.
El que tiene odos, que oiga!
Ms tarde, estando ya solos, los doce y algunos otros de los seguidores de Jess le
preguntaron por el significado de aquella parbola.
Les respondi: <CM>Vosotros s podis conocer el profundo misterio del reino de Dios.
Pero a los que estn fuera del reino tengo que decrselo todo por medio de parbolas,
porque "aunque miran, no ven; <CM>y aunque oyen, no entienden <CM>ni se vuelven
a Dios para que<CM>les perdone sus pecados".
Ahora bien, si vosotros tampoco entendis esa sencilla parbola, cmo podris entender la
s que todava tengo que contaros?
Mirad, el sembrador es cualquiera que proclama el mensaje de Dios.
La semilla cada en el camino representa a los que oyen el mensaje, pero despus que
lo han odo llega Satans y se lo quita del corazn.
La que cay entre las piedras son los que escuchan el mensaje con alegra,
pero estn faltos de raz y no tienen duracin. Por eso, cuando a causa del propio men
saje llegan dificultades o persecuciones, abandonan.
Los espinos representan a los que escuchan el mensaje,
pero luego, atrados por los encantos del mundo, los deleites de las riquezas y el
codicioso afn de poseer cada vez ms, no le dejan que fructifique.
Por ltimo, la buena tierra representa a los que de veras escuchan el mensaje, y l
o aceptan. Estos dan fruto abundante, al treinta, al sesenta y hasta al ciento p
or uno de lo sembrado.<CM><CM><i>Una lmpara en una repisa<i>
Tambin les dijo Jess:<CM>Qu os parece de esto, que uno encienda una lmpara para tapar
la luego con alguna vasija o meterla debajo de la cama? Cuando se enciende una lm
para, se la pone en un candelero para que alumbre debidamente.
Pues bien, no hay nada oculto que no llegue a hacerse manifiesto, ni hay nada es
condido que no salga a la luz.
El que tiene odos, que oiga!
Les dijo adems:<CM>Poned atencin a lo que os, porque con la medida con que midis, ta
mbin Dios os medir a vosotros. Y con creces.
El que tiene, recibir ms; pero el que apenas tiene, aun lo poco que tenga se le qu
itar.<CM><CM><i>Parbola de la semilla que crece<i>
En otro momento les dijo:<CM>Mirad, el reino de Dios es como la semilla que un l
abrador siembra en la tierra.
Una vez sembrada, el labrador se va; y sin que l sepa cmo, ya sea que duerma o que
vele, de da o de noche, la semilla germina y crece por s misma.
La tierra frtil la hace brotar: primero parece como una hierba, pero luego se con
vierte en la espiga que, a su tiempo, se llena de grano.
Cuando al fin el grano est a punto, vuelve el labrador y mete la hoz, porque ha l
legado el momento de la siega.<CM><CM><i>Parbola del grano de mostaza<i>
Tambin les dijo: <CM>Con qu podremos comparar el reino de Dios? Con qu parbola podramo
describirlo?
El reino de Dios es semejante a ese diminuto grano de mostaza que, cuando se sie
mbra, es la ms pequea de todas las semillas,
pero que luego crece y se convierte en la mayor de las plantas del huerto, y ech
a ramas tan grandes que a su sombra encuentran cobijo las aves.
Con muchas parbolas como estas se diriga Jess a la gente, para darles a conocer el
mensaje conforme a lo que cada cual poda comprender.
Siempre les hablaba con parbolas, aunque a sus discpulos, cuando estaba a solas co
n ellos, les explicaba su sentido con toda claridad.<CM><CM><i>Jess calma la torm
enta<i>
Aquel mismo da, al caer la tarde, les dijo:<CM>Pasemos a la otra orilla.
Despidieron a la multitud, tomaron con ellos a Jess y emprendieron la travesa. Otr
as barcas les acompaaban.
En esto se levant una violenta tempestad. El viento los azotaba con furia, y las
olas caan sobre la barca amenazando anegarla por completo.
Jess, a popa, apoyado sobre un cabezal, dorma tranquilamente; pero los discpulos, l
lenos de pnico, le despertaron diciendo:<CM>Maestro!, no te importa que nos estemos
hundiendo?

Jess se levant entonces, reprendi al viento y orden a las olas del mar:<CM>Callad! Ser
enaos! Al punto ces de soplar el viento, y se hizo una gran calma en el mar.
Luego Jess se volvi a sus discpulos y les dijo: <CM>Por qu os habis asustado de ese mo
do? Acaso no tenis fe?
Pero ellos, llenos an de miedo, se decan unos a otros:<CM>Quin es ste, que hasta el v
iento y el mar le obedecen?
Llegaron a la otra orilla del mar, a la regin de los gerasenos,
y apenas Jess hubo saltado a tierra, cuando de entre unos sepulcros sali a su encu
entro un hombre posedo por un espritu impuro.
l viva all, entre los sepulcros, y tena tal fuerza que nadie poda sujetarlo ni siquie
ra con cadenas.
Muchas veces lo haban encadenado y le haban atado los pies con grillos, pero l rompa
las cadenas y destrozaba los grillos. Nadie era capaz dey dominar a aquel hombr
e,
que da y noche vagaba por entre los sepulcros y por los montes, gritando e hirindo
se con piedras.
Al ver de lejos a Jess, corri a l y echndose de rodillas a sus pies,
le dijo a grandes voces:<CM>Qu tienes conmigo, Jess, Hijo del Dios altsimo? Por Dios
te conjuro que no me atormentes!
Gritaba de esa manera porque Jess haba ordenado:<CM>Espritu impuro, sal de este homb
re!
Luego Jess le pregunt:<CM>Cmo te llamas?l le respondi: <CM>Me llamo Legin, porque somo
muchos.
Y enseguida se puso a rogarle con insistencia que no los echara fuera de aquella
regin.
Como cerca de all haba una gran piara de cerdos que pacan al pie de una colina,
los espritus suplicaron a Jess:<CM>Envanos a los cerdos, y nos meteremos en ellos.
Jess consinti, y entonces los espritus impuros salieron del hombre y se metieron en
los cerdos, que eran unos dos mil. Al momento la piara, enloquecida, se precipi
t por un despeadero al mar, y todos los cerdos se ahogaron.
Los hombres que cuidaban de los cerdos huyeron y lo contaron todo en la ciudad y
por los campos de alrededor, y muy pronto sali la gente a ver qu haba sucedido.
Al llegar adonde se encontraba Jess, vieron junto a l al endemoniado, que ahora es
taba sentado, vestido y en su cabal juicio, y se llenaron de temor.
Despus, cuando los que fueron testigos presenciales refirieron a los dems lo ocurr
ido con el endemoniado y los cerdos,
comenzaron todos a rogar a Jess que se fuera de aquellas tierras.
Jess, al orles, decidi volverse a la barca. Entonces el que haba estado endemoniado
le suplic que le dejase ir con l,
pero Jess no se lo permiti, sino que le dijo: <CM>Mira, vete a tu casa, con los tu
yos, y cuntales las maravillas que el Seor, en su misericordia, ha hecho contigo.
El hombre, obediente a las palabras de Jess, se fue y comenz a divulgar por toda l
a regin de Decpolis las grandes cosas que Jess haba hecho con l. Y la gente, al orlo,
se quedaba maravilla-da.<CM><CM><i>Una nia muerta y una mujer enferma<i>
Cuando Jess regres en la barca a la otra orilla del mar, se reuni de nuevo una gran
multitud junto a l.
De pronto, un hombre se arrodill a sus pies. Era Jairo, uno de los jefes de la si
nagoga,
que con gran insistencia le rog:<CM>Seor, mi hija se est muriendo. Ven y pon tus ma
nos sobre ella, para que sane y viva.
Jess fue con l, y le segua una gran multitud que se agolpaba tambin a su alrededor.
Entre aquel gento haba una mujer que desde haca doce aos padeca de hemorragias.
Haba sufrido mucho a manos de muchos mdicos, y en ellos se haba gastado toda su for
tuna; pero en lugar de mejorar, cada vez se senta peor.
Esta mujer, al oir hablar de Jess, se abri paso entre la multitud, lleg a l por detrs
y le toc el manto,
porque pensaba: "Si consigo tocar aunque solo sea sus ropas, me curar".
Y as fue, pues tan pronto las hubo tocado, ces la causa de sus hemorragias y se si
nti curada.
Pero Jess, advirtiendo en seguida que de l haba salido poder sanador, se volvi hacia

la multitud y pregunt:<CM>Quin ha tocado mis ropas?


Sus discpulos le respondieron: <CM>Ves que la gente te oprime por todas partes, y
preguntas quin te ha tocado?
Pero l segua mirando a su alrededor, en busca de la persona que lo haba hecho.
Entonces la mujer, conociendo lo que le haba ocurrido, se acerc a Jess temblorosa y
asustada, se arrodill delante de l y le cont toda la verdad.
l le dijo: <CM>Hija, por tu fe has sido sanada. Vete en paz, pues ya ests curada.
Todava estaba hablando con la mujer, cuando de casa del jefe de la sinagoga llega
ron unos mensajeros diciendo: <CM>Tu hija ha muerto. No vale la pena que sigas m
olestando al Maestro.
Pero Jess, al oir la noticia que traan los mensajeros, le dijo al jefe de la sinag
oga:<CM>No tengas miedo. Solamente debes tener fe.
Luego, sin permitir que nadie fuera con l, sino solo Pedro, Jacobo y Juan, el her
mano de Jacobo,
se dirigi a casa del jefe de la sinagoga, donde la gente estaba alborotando con s
us llantos y grandes lamentos.
Jess, al entrar, les pregunt:<CM>Por qu ese alboroto y esos llantos? La nia no est mue
rta, sino tan slo dormida.
La gente se burlaba de l. Pero l los ech a todos, y acompaado nicamente de Jairo, de
su esposa y de los tres discpulos, entr en la habitacin donde reposaba el cuerpo de
la nia.
En seguida, tomndola de la mano, le dijo: <CM>Talita, cumi (que en arameo signifi
ca: Nia, a ti te digo, levntate).
Al punto la nia, que era de doce aos de edad, se levant y comenz a andar, y los que
estaban all presentes se quedaron como espantados.
Entonces Jess les mand severamente que no contasen a nadie lo sucedido, y les dijo
que dieran de comer a la nia.
Poco despus sali Jess, y acompaado de sus discpulos se fue a Nazaret, su propia tierr
a.
Llegado el sbado, se puso a ensear en la sinagoga. Muchos que le estaban escuchand
o, se preguntaban admirados unos a otros: <CM>Cmo puede saber tantas cosas este ho
mbre? Y cmo puede hacer tales milagros?
No es ste el carpintero, el hijo de Mara, el hermano de Jacobo, Jos, Judas y Simn? Y n
o son sus hermanas estas que estn aqu con nosotros?Y se escandalizaban a causa de
Jess.
Por eso, l les dijo:<CM>Ningn profeta es aceptado en su tierra ni entre sus parien
tes, y ni siquiera en su propia casa.
Y no pudo realizar all ningn milagro, aparte de curar a unos cuantos enfermos poni
endo las manos sobre ellos.
Luego, asombrado por lo incrdulos que eran, se fue a ensear por los pueblos de alr
ededor.<CM><CM><i>Jess enva a los doce<i>
Un da llam a sus doce discpulos, y despus de haberles dado poder para expulsar a los
espritus impuros, los fue enviando de dos en dos.
Les orden que, excepto un bordn, no llevaran nada para el camino: ni comida ni bol
sa ni dinero;
y que calzaran sandalias, pero no llevasen ropa de repuesto.
Adems les aconsej:<CM>A cualquier lugar al que vayis, quedaos siempre en la casa do
nde primero os hayan recibido. Mientras estis en un mismo pueblo, no andis cambian
do de alojamiento. i
Y si en algn sitio no quieren recibiros ni escuchar vuestras palabras, salid de l
y sacudos el polvo de los pies, para que les conste.
Los discpulos se pusieron en camino, y fueron por todas partes predicando a todos
que se arrepintieran y se apartasen del pecado.
Expulsaron muchos demonios y, ungiendo con aceite a muchos enfermos, los sanaban
.<CM><CM><i>Decapitacin de Juan el Bautista<i>
La fama de Jess lleg a odos del rey Herodes, el cual se senta confundido porque much
a gente deca que Jess era Juan el Bautista, que haba resucitado y que estaba dotado
de poderes extraordinarios.
Otros pensaban que Jess era el profeta Elas, que haba regresado; y otros crean que e
ra un profeta como los que hubo en pocas anteriores.

Pero Herodes segua insistiendo: <CM>Estoy seguro de que se trata de Juan. Yo mand
que lo decapitasen, pero ha resucitado.
Lo sucedido fue que Herodes, instigado por Herodas, la mujer de su hermano Felipe
, haba mandado arrestar a Juan y encadenarlo en la crcel.
Porque Juan acusaba con dureza a Herodes de haberle quitado la esposa a Felipe y
haberse casado ilegalmente con ella.
Por esa razn, Herodas odiaba a Juan y deseaba verle muerto; pero no poda hacer que
lo matasen,
pues Herodes, pese a todo, respetaba a Juan y trataba de protegerlo. Le tena por
un hombre bueno y santo, y le gustaba escucharle, aunque muchas cosas que Juan d
eca le dejaban desconcertado.
Por fin, con motivo del cumpleaos de Herodes, le lleg a Herodas la oportunidad que
buscaba. Aquel da ofreci el rey un banquete a sus ayudantes de palacio, a los alto
s cargos militares y a los principales ciudadanos de Galilea.
En cierto momento de la fiesta, la hija de Herodas entr y bail delante de todos, y
tanto gust la danza de la muchacha a los presentes, que el rey le dijo,
y se lo jur:<CM>Pdeme todo lo que quieras, y yo te lo dar! Hasta la mitad de mi reino
te dar, si me lo pides!
La muchacha sali y fue a consultar con su madre. Le pregunt:<CM>Qu quieres que le pi
da?La madre, sin vacilar, le contest:<CM>Pdele la cabeza de Juan el Bautista.
Regres la muchacha en seguida a la sala del banquete, y le pidi al rey:<CM>Quiero
que ahora mismo mandes que traigan en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Herodes lament mucho aquella peticin, pero como se haba comprometido con juramento
delante de los invitados, no quiso faltar a su palabra.
Envi, pues, a uno de la guardia con la orden de traer la cabeza de Juan, y as lo h
izo el soldado. Decapit en la crcel a Juan,
puso su cabeza en una bandeja y se la entreg a la muchacha. Luego, ella se la lle
v a su madre.
Cuando los discpulos de Juan se enteraron de lo ocurrido, fueron a buscar el cuer
po, y lo enterraron.<CM><CM><i>Jess alimenta a los cinco mil<i>
Por aquel entonces, los apstoles regresaron de su viaje, y contaron a Jess lo que
haban hecho y enseado. l les dijo:
<CM>Apartmonos a un lugar tranquilo, donde podis descansar. Porque era tanta la ge
nte que iba y vena de uno a otro lado, que no les quedaba tiempo ni siquiera para
comer.
Partieron, pues, en una barca hacia un paraje solitario.
Pero muchos que los vieron partir y que reconocieron a Jess, y otros que procedan
de lugares cercanos, emprendieron el camino a pie hacia el mismo lugar, y se les
adelantaron con el propsito de reunirse con l.
Jess, al llegar y ver aquella multitud, se compadeci de ellos, porque eran como ov
ejas sin pastor; y comenz a ensearles muchas cosas.
Ya avanzada la tarde se acercaron a Jess sus discpulos, y le dijeron:<CM>Este es u
n sitio muy desierto, y est hacindose tarde.
Despide a toda esa gente, para que puedan ir a las haciendas y pueblos vecinos a
comprarse algo de comer. l les respondi:
<CM>Dadles de comer vosotros.Le preguntaron: <CM>Y de dnde vamos a sacar dinero ba
stante para dar de comer a toda esa multitud?
Les dijo:<CM>Id a ver cuntos panes tenis.Fueron a verlo, y volvieron con la respue
sta:<CM>Solo tenemos cinco panes y dos peces.
Jess mand a los discpulos que hiciesen recostar a la gente por grupos, sobre la ver
de hierba.
Y todos se recostaron formando grupos de cien y de cincuenta.
Jess tom entonces los cinco panes y los dos peces, y alzando los ojos al cielo los
bendijo. Luego parti los panes y se los fue dando a los discpulos para que los di
stribuyesen entre la multitud. Lo mismo hizo con los dos peces.
Todos comieron hasta quedar saciados,
y todava sobraron doce cestas llenas de trozos de pan y de peces.
Los que comieron (contando solo a los hombres) fueron cinco mil.<CM><CM><i>Jess c
amina sobre el agua<i>
Despus de esto, Jess hizo entrar a sus discpulos en la barca y les encarg que se dir

igiesen a Betsaida, en la orilla opuesta, mientras l despeda a la multitud.


Y cuando ya la hubo despedido, subi al monte a orar.
Al llegar la noche, los discpulos se encontraban en medio del mar, y Jess estaba s
olo en tierra.
En esto los vio remar con grandes esfuerzos, luchando contra el viento, que les
era contrario. Cerca de la cuarta vigilia de la noche (sobre las tres de la madr
ugada) se acerc a ellos caminando sobre el agua, e hizo ademn de adelantrseles.
En aquel monmento, los discpulos, al verle andar sobre el mar, pensaron que se tr
ataba de un fantasma y se pusieron a gritar espantados.
l les dijo:<CM>Tened nimo! Soy yo! No os asustis!
Luego entr en la barca y el viento se calm. Ellos se quedaron asombrados y maravil
lados,
porque no haban logrado comprender lo sucedido con los panes, pues an tenan el cora
zn endurecido por la incredulidad.
Al trmino de la travesa arribaron a Genesaret, en la otra orilla,
y desembarcaron. La gente reconoci en seguida a Jess,
y de todos los lugares de alrededor corrieron a dar la noticia de su llegada y a
llevarle enfermos en camas y camillas.
Dondequiera que estuviese, ya fuera pueblo, ciudad o campo, sacaban a los enferm
os a las calles y las plazas, y le suplicaban que les dejara tocar aunque solo f
uera el borde de su manto. Y todos los que lo tocaban quedaban al punto curados.
Un da se acercaron a Jess los fariseos y algunos escribas llegados de Jerusaln.
Se haban irritado al ver que los discpulos de Jess se ponan a comer con manos impura
s, es decir, sin haber cumplido con el rito del lavamiento de las manos. Y los c
ondenaban.
(Porque los fariseos, y en general los judos, no empiezan a comer si primero no s
e lavan las manos segn el ritual establecido por la tradicin de los antepasados.
Y no solo eso, sino que cuando vuelven del mercado deben lavarse antes de tomar
cualquier alimento. Adems observan otras muchas ndormas fijadas a lo largo del ti
empo, como lavar los vasos, los jarros, los utensilios metlicos y hasta las camas
.)
Le preguntaron, pues, a Jess:<CM>Por qu tus discpulos no cumplen con la tradicin de l
os antepasados, sino que se ponen a comer con manos impuras, sin habrselas lavado
conforme a nuestros ritos?
Jess les respondi: <CM>Hipcritas! Cunta razn tena Isaas cuando dijo profticamente de
tros:"Este pueblo me honra<CM>con los labios, <CM>pero su corazn est<CM>muy lejos
de m.
Los honores que me rinden<CM>no tienen ningn valor, <CM>porque sus enseanzas<CM>no
son sino meros<CM>preceptos humanos".
Vosotros dais de lado los mandamientos de Dios, y os aferris en cambio a las trad
iciones humanas.
Les dijo tambin:<CM>S, vosotros menospreciis los mandamientos de Dios por guardar v
uestra propia tradicin.
Y si no, pensadlo bien, qu pasa con aquello que dijo Moiss: "Honra a tu padre y a t
u madre" y "El que maldiga a su padre o a su madre ser condenado a muerte sin rem
isin"?
Pues bien, vosotros sostenis que si un hombre dice a sus padres: "No puedo ayudar
os, porque todo lo que os tena destinado ahora es Qorbn" (que significa "ofrenda c
onsagrada a Dios"), ya no est obligado a aten5derlos.
De ese modo invalidis la ley de Dios basndoos en una de esas tradiciones que os pa
sis de unos a otros. Y esto no es ms que un ejemplo entre muchos!
Luego pidi Jess la atencin de la multitud, y dijo: <CM>Escuchadme bien y entended e
sto:
No hay nada fuera del hombre que por entrar en l le contamine. Lo que contamina a
l hombre es lo que sale de l.
Si alguno tiene odos, que oiga!
Despus de esto, se apart de la multitud. Llegados a la casa, le preguntaron sus di
scpulos por el significado de lo que acababa de decir.Les contest:
<CM>As que tampoco vosotros lo entendis? No comprendis que nada de lo que hay fuera d

el hombre puede contaminarle por entrar en l?


Porque lo que entra en el hombre no va al corazn, sino al estmago, y de all pasa al
vientre y termina en la letrina.De este modo, Jess afirmaba que todos los alimen
tos son puros.
Luego aadi: <CM>Lo que sale del hombre es lo que le contamina,
porque de su interior, del corazn humano, salen malos pensamientos, inmoralidad s
exual, robos, asesinatos,
adulterios, avaricia, maldad, engao, libertinaje, envidia, maledicencia, soberbia
e insensatez.
Estas cosas son las que salen de dentro y las que realmente contaminan al hombre
.<CM><CM><i>La fe de una mujer sirofenicia<i>
De Galilea se dirigi Jess a la regin de Tiro y Sidn. Al llegar, y con el deseo de pa
sar desapercibido, entr en una casa; pero no logr ocultar que se encontraba all.
Una mujer, cuya hija estaba poseda por un espritu impuro, oy hablar de l y fue a arr
ojarse de rodillas a sus pies.
La mujer era griega, de nacionalidad sirofenicia, y suplicaba a Jess que expulsar
a de su hija al demonio.
Jess le dijo:<CM>Espera a que primero se sacien los hijos, pues no estara bien qui
tarles el pan a los hijos para drselo a los perros.
Respondi la mujer: <CM>Eso es cierto, Seor, pero tambin lo es que hasta los perros
pueden comer debajo de la mesa las migajas que se les caen a los hijos.
Entonces le dijo Jess:<CM>Tienes toda la razn. Vete ahora a tu casa, que ya el dem
onio ha salido de tu hija.
As fue. Cuando la mujer lleg a casa, el demonio ya haba salido de su hija, y ella l
a encontr reposando en la cama.<CM><CM><i>Jess sana a un sordomudo<i>
Despus de esto sali Jess de la regin de Tiro y lleg a Sidn, y de aqu, atravesando la r
gin de Decpolis, vino de nuevo al mar de Galilea.
Un da le llevaron un sordomudo, y le suplicaron que pusiera las manos sobre l y lo
sanara.
Jess se lo llev aparte, le puso los dedos en los odos, le toc la lengua con un poco
de saliva
y, mirando al cielo, suspir y orden: <CM>Efata! (que en arameo significa "brete!").
Al instante se le abrieron los odos, y pudo articular la lengua y hablar perfecta
mente.
Jess mand a los que haban presenciado la curacin que no se lo contasen a nadie; pero
cuanto ms se lo mandaba, ms lo divulgaban.
Porque todos estaban tan maravillados, que no eran capaces de guardar el secreto
.<CM>Todo lo hace bien este hombre! Hace que los sordos oigan y que los mudos habl
en!
En aquellos das sucedi otra vez que una multitud, por escuchar a Jess, se qued sin a
limentos. l llam a sus discpulos y les dijo:
<CM>Tengo lstima de esta gente. Llevan ya tres das aqu y se les ha acabado la comid
a.
Si los envo a sus casas sin comer, desfallecern por el camino, sobre todo algunos
que han venido de lejos. Dijeron los discpulos:
<CM>Pero cmo encontrar comida aqu, en el desierto, para tanta gente? <CM>l les pregu
nt:
<CM>Cuntos panes tenis? <CM>Le respondieron: <CM><CM>Siete.
Entonces mand que la multitud se recostara en la tierra, y tomando los siete pane
s dio gracias a Dios, los parti y se los fue entregando a los discpulos, para que
ellos los distribuyeran a su vez entre la gente.
Tenan tambin unos pocos pececillos, y l los bendijo y se los entreg igualmente a los
discpulos, para que los repartieran.
Cuando ya todos haban saciado su hambre y haban quedado satisfechos, Jess los despi
di.
Los que comieron eran unos cuatro mil; sin embargo, todava pudieron recogerse al
final siete cestos de trozos sobrantes.
Despus de esto se embarc con sus discpulos y arrib a la regin de Dalmanuta.
Los fariseos, al saber de su llegada, fueron a verle y comenzaron a discutir con
l. Le pedan, para probarle, que les diera alguna seal del cielo.

Al orles hablar as, Jess les dijo con tristeza: <CM>Por qu queris que os d una seal?
aseguro que a esta generacin vuestra no se le dar seal alguna.
Luego, dejndolos, regres a la barca y se dirigi a la otra orilla del mar.<CM><CM><i
>La levadura de los fariseos y la de Herodes<i>
Pero los discpulos haban olvidado comprar comida antes de partir, y en la barca ta
n slo les quedaba un pan.
Durante la travesa, Jess les advirti:<CM>Tened mucho cuidado con la levadura de los
fariseos y con la levadura de Herodes!
Los discpulos, al orlo, se pusieron a discutir entre s:<CM>Qu ha querido decirnos con
eso? Lo habr dicho porque hemos olvidado traer comida?
Jess, que saba lo que estaban pensando y discutiendo, les dijo: <CM>Por qu discuts qu
e no tenis comida? Lo que os pasa es que no entendis nada, porque todava tenis endure
cido el corazn!
Tenis ojos, pero no veis; y tenis odos, pero no os. Acaso ya os habis olvidado
de cuando di de comer a cinco mil hombres con solo cinco panes? Cuntas cestas llen
as de trozos sobrantes recogisteis entonces?Le contestaron:<CM>Doce.
<CM>Y cuando di de comer a aquellos cuatro mil con solo siete panes, cuntos cestos
llenos de trozos sobrantes recogisteis?<CM>Siete.Les dijo:
<CM>Y an no comprendis el sentido de mis palabras?<CM><CM><i>Jess sana a un ciego en
Betsaida<i>
Cuando llegaron a Betsaida le llevaron un ciego, y le rogaron que lo tocara, par
a sanarlo.
Jess tom de la mano al ciego, lo sac del pueblo y le escupi saliva en los ojos; lueg
o, poniendo las manos sobre l, le pregunt:<CM>Puedes ver alguna cosa?
El hombre mir a su alrededor y respondi:<CM>S, veo a los hombres! Son como rboles que
andan!
Volvi a ponerle las manos sobre los ojos y le hizo mirar con atencin. Entonces el
hombre comenz a ver claramente, a lo lejos y a todos cuantos por all estaban.
Despus le orden que regresara a su casa, y le dijo: <CM>No entres en el pueblo ni
le cuentes a nadie lo que te ha sucedido.<CM><CM><i>La confesin de Pedro<i>
Luego, Jess y sus discpulos salieron de Galilea y se dirigieron hacia los pueblos
cercanos a Cesarea de Filipo. En el camino les pregunt: <CM>Quin dice la gente que
soy yo? Qu dicen de m? Le respondieron:
<CM>Pues unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que eres Elas, y otros, que
eres uno de los antiguos profetas que ha resucitado.
<CM>Y vosotros, quin decs que soy? Pedro exclam: <CM>T eres el Cristo!
Pero Jess les mand que no dijeran nada de esto a nadie.<CM><CM><i>Jess predice su m
uerte<i>
Luego les habl de los muchos sufrimientos que necesariamente haban de sobrevenirle
a l, el Hijo del hombre, y de cmo los dirigentes del pueblo, los principales sace
rdotes y los escribas lo rechazaran y lo mataran. Pero tambin les dijo que resucita
ra al cabo de tres das.
Les habl con tanta franqueza, que Pedro lo llam aparte y le reconvino: <CM>Por favo
r, Seor, no hables as! No digas eso!
Pero Jess se volvi, y mirando fijamente a sus discpulos reprendi a Pedro: <CM>Aprtate
de m, Satans! T solamente ves las cosas como las ven los hombres, y no como las ve D
ios!
Luego, dirigindose a toda la gente que se haba reunido all junto con sus discpulos,
aadi: <CM>Si alguno quiere venir en pos de m, niguese a s mismo, tome su cruz y sgame!
Todo aquel que trate de salvar su vida, la perder; pero cualquiera que d su vida p
or causa ma y por causa del evangelio, la salvar.
De qu le servir a un hombre ganar todas las riquezas del mundo, si pierde su alma?
Acaso hay algo de ms valor que el alma?
Y si alguno se avergenza de m y de mi mensaje en esta generacin infiel y pecadora,
tambin yo, el Hijo del hombre, me avergonzar de l a mi regreso, cuando venga con lo
s santos ngeles rodeado de la gloria de mi Padre.
Tambin les dijo:"<CM>Algunos de los que estn aqu no morirn sin haber visto llegar el
reino de Dios con todo su poder.
Seis das ms tarde, tom Jess a solas a Pedro, Jacobo y Juan, y los llev a una alta mon
taa. All, en presencia de ellos, se transfigur.

Sus ropas se volvieron resplandecientes y blancas, de una blancura tal, que nadi
e en la tierra sera capaz de igualarla.
De pronto vieron aparecer junto a Jess a Elas y a Moiss, que hablaban con l. Pedro e
xclam:
<CM>Maestro, qu bueno es que estemos aqu! Vamos a hacer tres enramadas, una para ti,
otra para Moiss y otra para Elas!
Pero no saba lo que deca, porque lo mismo l que los otros dos discpulos estaban llen
os de espanto.
En eso, una nube los cubri con su sombra, y de dentro de la nube sali una voz que
deca:<CM>Este es mi Hijo amado. Escuchadle!
Pero en seguida, cuando volvieron a mirar, ya no vieron a nadie, sino solo a Jess
.
Mientras descendan del monte, les mand que no dijeran a nadie nada de lo que haban
visto, hasta que l resucitase de los muertos.
Ellos guardaron el secreto, aunque a veces discutan entre s tratando de entender q
u sera aquello de resucitar de los muertos.Un poco ms tarde le preguntaron:
<CM>Por qu dicen los escribas que Elas tiene que venir primero, antes que el Mesas?
- - Les respondi:<CM>Es cierto que Elas tiene que venir primero, para restaurar todas
las cosas; pero tambin lo es que l ya vino y que fue duramente maltratado, como le
emos en las Escrituras. Y acerca del Hijo del hombre dicen tambin las Escrituras
que tendr que sufrir mucho, y que ser tratado con el mayor de los desprecios.<CM><
CM><i>Jess sana a un muchacho endemoniado<i>
Cuando fueron a reunirse con los dems discpulos, Jess vio que una gran multitud los
rodeaba y que algunos escribas discutan con ellos.
La gente, asombrada al verle, corri en seguida a su encuentro, para saludarle.
l les pregunt: <CM>Qu estis discutiendo?
Uno le contest:<CM>Maestro, es que yo te he trado a mi hijo, que tiene dentro un e
spritu mudo.
Cuando menos se piensa, ese espritu se apodera de l y lo arroja contra el suelo; l
e hace echar espuma por la boca, rechinar los dientes y ponerse rgido. Yo he pedi
do a tus discpulos que lo expulsen, pero no han podido.
Les dijo Jess:<CM>Generacin incrdula!, hasta cundo habr de estar con vosotros? Hasta
o habr de soportaruos? Traedme aqu al muchacho!
Se lo llevaron; pero en cuanto el espritu vio a Jess, sacudi violentamente al mucha
cho, que cay al suelo revolcndose y echando espuma por la boca.
Pregunt Jess al padre:<CM>Cunto tiempo hace que le ocurre esto?l le contest:<CM>Desde
nio.
Y muchas veces el espritu lo arroja al fuego o al agua, para matarlo. Si puedes,
aydanos. Ten compasin de nosotros!
Dijo Jess:<CM>Cmo "si puedes"? Para el que cree, todo es posible.
Al instante clam el padre del muchacho: <CM>Creo, Seor, pero aydame si me falta la f
e!
Viendo Jess que el gento se agolpaba, reprendi al espritu impuro. Le dijo:<CM>Espritu
mudo y sordo, te ordeno que salgas de este muchacho y no vuelvas a entrar en l!
Entonces el espritu, dando alaridos y sacudindolo de nuevo con violencia, sali del
muchacho, que se qued inmvil, como si estuviera muerto. As lo pensaron muchos, y de
can:<CM>Est muerto!
Pero Jess lo tom de la mano y le ayud a ponerse en pie, ya totalmente sanado.
Luego entr en la casa, y sus discpulos le preguntaron: <CM>Por qu nosotros no pudimo
s expulsarlo?
Les dijo:<CM>A demonios de este gnero no se les puede expulsar sino con oracin.
Salieron de aquella regin y anduvieron por Galilea, pero no quera que nadie lo sup
iera,
porjque estaba tratando de instruir a sus discpulos. Les deca:<CM>El Hijo del homb
re va a ser entregado en manos de hombres, que lo matarn; pero resucitar al tercer
da despus de haber muerto.
Ellos no le comprendan, pero tampoco se atrevan a hacerle preguntas.<CM><CM><i>Quin
es el ms importante?<i>
Llegaron a Cafarnaum, y una vez acomodados en la casa donde se hospedaban, les p

regunt:<CM>Qu venais discutiendo por el camino?


Ellos callaron avergonzados, porque haban discutido sobre quin sera el principal de
l grupo.
Jess entonces se sent, llam a los doce y dijo:<CM>El que entre vosotros quiera ser
el ms importante, hgase servidor de los dems.
Tom a un nio que estaba all y lo puso en medio de todos; luego lo levant en sus braz
os y aadi:
<CM>El que en nombre mo se preocupa de un nio como este, de m mismo se est preocupan
do; y el que de m se preocupa, se preocupa del Padre, que me envi.<CM><CM><i>El qu
e no est contra nosotros est a favor de nosotros<i>
Cierto da le dijo Juan, uno de sus discpulos:<CM>Maestro, hemos visto a uno que es
taba expulsando demonios en tu nombre, y le hemos prohibido que lo haga, porque
no es de nuestro grupo.
Pero Jess le respondi:<CM>No se lo prohibis, porque nadie que haga milagros en mi n
ombre puede hablar mal de m.
Pensad que cualquiera que no est contra nosotros, est a nuestro favor.
Y cualquiera que os d un vaso de agua en mi nombre (es decir, por ser discpulos de
Cristo), os aseguro que tendr su recompensa.<CM><CM><i>El hacer pecar<i>
Ahora bien, al que sea culpable de que una de esas personas sencillas que creen
en m pierda la fe, ms le valdra que lo arrojasen al mar con una piedra de molino at
ada al cuello.
- - Y esto digo a cada uno de vosotros: Si ves que por causa de tu mano vas a caer e
n pecado, mejor ser que te la cortes, pues ms te valdr entrar manco en la vida eter
na, que con tus dos manos ir al fuego inextinguible del infierno.
- - Y si ves que por causa de tu pie vas a caer en pecado, mejor ser que te lo cortes
; ms te valdr entrar cojo en la vida eterna, que con tus dos pies ir al fuego inex
tinguible del infierno.
Y si ves que por causa de tu ojo vas a caer en pecado, mejor ser que te lo saques
; ms te valdr entrar tuerto en el reino de Dios, que con tus dos ojos ir a parar a
l infierno,
donde el gusano no muere y el fuego nunca se apaga.
Todos han de ser salados con fuego, como todo sacrificio ha de ser sazonado con
sal.
Pero si la sal se vuelve inspida ya no sirve para nada, pues no puede seguir sazo
nando. Vosotros, por tanto, no perdis vuestro sabor, y estad siempre en paz unos
con otros.
Sali Jess de Cafarnaum y se dirigi a la regin de Judea y a la que est al oriente del
Jordn. La gente acudi a verle, y l se puso de nuevo a ensearles;
pero varios fariseos se acercaron a l, y para tenderle una trampa le preguntaron:
<CM>Te parece lcito que el marido repudie a su esposa?
Jess les pregunt a su vez:<CM>Qu dispuso Moiss a ese respecto? Le respondieron:
<CM>Moiss permiti el repudio, con la condicin de que el marido otorgue a la esposa
la correspondiente carta de repudio.
Jess les replic:<CM>Pues escuchad: Moiss permiti el repudio a causa de la dureza de
vuestro corazn.
Pero al principio cre Dios al hombre y a la mujer,
y por esa razn, el hombre debe dejar a su padre y a su madre para unirse a su esp
osa;
y en su unin dejan de ser dos, para ser ambos como uno solo. As pues, ya no son do
s, sino tan slo uno.
Por tanto, lo que Dios uni no debe separarlo el hombre.
Cuando regres con sus discpulos a la casa, volvieron a referirse al mismo asunto.
Y l les dijo:<CM>Si un hombre repudia a su esposa y se casa con otra, adultera co
n ella.
De igual manera, si la esposa repudia a su marido y se vuelve a casar, tambin com
ete adulterio.<CM><CM><i>Jess y los nios<i>
En cierta ocasin, la gente presentaba nios a Jess para que los bendijese poniendo l
as manos sobre ellos; pero los discpulos rean a quienes los presentaban.

Jess, al darse cuenta, se indign con los discpulos y les dijo:<CM>Dejad que los nios
vengan a m y no se lo impidis, porque de ellos es el reino de Dios.
Y os dir ms: Quien no acepte el reino de Dios como un nio, no podr entrar en l.
En seguida, tomando en brazos a los nios y poniendo las manos sobre ellos, los be
ndijo.<CM><CM><i>El joven rico<i>
Iba ya a seguir su camino, cuando un hombre lleg corriendo hasta l, se arrodill a s
us pies y le pregunt:<CM>Buen Maestro, qu debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jess le dijo:<CM>Por qu me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solamente Dios!
Y t ya sabes los mandamientos: "No mates, no cometas adulterio, no robes, no leva
ntes falsos testimonios, no estafes, honra a tu padre y a tu madre".
El hombre contest:<CM>Maestro, desde muy joven he guardado esos mandamientos.
Jess, mirndolo entonces con profundo afecto, le dijo: <CM>Siendo as, tan slo te falt
a una cosa: ve, vende todo lo que tienes y reparte el dinero a los pobres. As ten
drs un tesoro en el cielo. Luego vuelve ac y sgueme.
Estas palabras le afligieron sobremanera, y se fue muy triste porque posea una gr
an fortuna.
Jess mir en torno suyo y dijo a sus discpulos:<CM>Qu difcil les va a ser a los ricos e
ntrar en el reino de Dios!
Los discpulos se quedaron atnitos al oir estas palabras, a las que Jess aadi:<CM>Hijo
s, qu difcil les es entrar en el reino de Dios a quienes confan en sus propias rique
zas!
Ms fcil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el re
ino de Dios.
Todava ms confundidos, los discpulos se preguntaban entre s:<CM>Entonces, quin podr sa
varse?
Jess los mir y respondi: <CM>Para los hombres, eso es imposible; pero no para Dios,
porque para Dios todas las cosas son posibles.
Despus Pedro le dijo:<CM>Mira, nosotros lo hemos dejado todo por seguirte.
Jess le contest:<CM>Pues yo os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, herman
os, hermanas, padre, madre, esposa, hijos o tierras por mi causa y por causa del
evangelio,
recibir ya ahora, en este mundo, cien veces ms en casas, hermanos, hermanas, madre
s, hijos y tierras; aunque, eso s, acompaado de persecuciones. Luego, en el mundo
venidero, recibir la vida eterna.
Pero od esto: muchos que ahora son primeros, entonces sern ltimos; y muchos que aho
ra son ltimos, entonces sern primeros.g<CM><CM><i>Jess predice de nuevo su muerte<i
>
Se dirigan ya a Jerusaln, y Jess marchaba en cabeza seguido por los discpulos, que s
e sentan atemorizados. Una vez ms llam a los doce aparte, y les habl de lo que haba d
e sucederle en Jerusaln.
<CM>Cuando lleguemos a Jerusaln, el Hijo del hombre ser entregado a los principale
s sacerdotes y a los escribas. Estos le condenarn a muerte y lo pondrn en manos de
autoridades gentiles,
que harn burla de l, le azotarn, le escupirn y le matarn. Pero al tercer da resucitar.
CM><CM><i>La peticin de Jacobo y Juan<i>
Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a l y le dijeron: <CM>Maes
tro, queremos pedirte una cosa.
Jess les pregunt:<CM>Qu queris que haga por vosotros? Le contestaron:
<CM>Concdenos que en tu reino glorioso nos sentemos junto a ti, uno a tu derecha
y el otro a tu izquierda.
Entonces Jess los amonest:<CM>No sabis lo que peds! Acaso podis beber la copa amarga q
e yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo de sufrimiento con que yo voy
a ser bautizado?
Dijeron:<CM>Claro que podemos!Jess les respondi: <CM>Pues bien, escuchad, vosotros
beberis la copa amarga que yo voy a beber, y seris bautizados con el bautismo de s
ufrimiento con que yo voy a ser bautizado;
pero el que os sentis a mi derecha y a mi izquierda no es a m a quien corresponde
concederlo. Quines son los que han de sentarse junto a m, es algo que ya est prepar
ado.
Cuando los otros diez discpulos oyeron lo que Jacobo y Juan haban pedido, se enoja

ron con ellos.


Pero Jess los llam a todos y les dijo: <CM>Ya sabis que los gobernantes y los grand
es de las naciones se enseorean y ejercen su poder sobre la gente que gobiernan.
Pero entre vosotros no debe ser as, sino que el que quiera hacerse importante deb
er servir a los dems;
y el que entre vosotros quiera ser el primero, deber ser servidor de todos.
Porque ni siquiera el Hijo del hombre vino para ser servido, sino para servir y
dar mi vida en rescate de muchos.<CM><CM><i>El ciego Bartimeo recibe la vista<i>
Estuvieron despus en Jeric. Luego, al salir de all l y sus discpulos seguidos de una
gran multitud, encontraron sentado junto al camino, pidiendo limosna, a Bartimeo
, hijo de Timeo, un mendigo ciego que,
oyendo acercarse a Jess de Nazaret, se puso a gritar:<CM>Jess, Hijo de David, ten m
isericordia de m!
Muchos le decan que se callase; pero l, sin hacerles caso, sigui gritando cada vez
con ms fuerza: <CM>Hijo de David, ten misericordia de m!
Jess oy sus voces, se detuvo y mand llamarle. Alguien le dijo al ciego: <CM>nimo, levn
tate! El Maestro te llama!
En seguida el mendigo se quit la capa, la arroj a un lado y se fue hacia Jess,
que le pregunt: <CM>Qu quieres que te haga?Le contest el ciego:<CM>Maestro, que recob
re la vista!
Jess le dijo: <CM>Vete ya. Tu fe te ha salvado.En aquel mismo instante recobr la v
ista, y ech a andar siguiendo a Jess a lo largo del camino.
Cuando llegaban ya a Betfag y Betania, cerca de Jerusaln, y encontrndose frente al
monte de los Olivos, Jess envi a dos de sus discpulos, a quienes encarg:
<CM>Id a la aldea que tenis enfrente. Al entrar en ella, hallaris en seguida un bu
rrito atado que nadie ha montado todava. Desatadlo y tradmelo.
Y si alguien os pregunta por qu lo hacis, contestadle que el Seor lo necesita y que
luego lo devolver.
Fueron, pues, a la aldea, y encontraron al burrito atado ante la puerta de una c
asa, junto a un recodo del camino, y lo desataron.
Unos que estaban all les preguntaron:<CM>Qu estis haciendo? Por qu desatis el burrito?
Ellos respondieron lo que Jess les haba indicado, y entonces los dejaron.
Llevaron, pues, el burrito a Jess; sobre l pusieron sus mantos los discpulos para q
ue Jess lo montase, y se pusieron en marcha.
Muchos que estaban all tendan sus mantos al paso de Jess, y otros cubran el camino c
on ramas que cortaban de los rboles.
Y tanto los que iban delante, como los que iban detrs, gritaban:<CM>Hosanna! Bendit
o el que viene en nombre del Seor!
Bendito el reino que viene, el reino de nuestro padre David! Hosanna en las altura
s!
Entr as Jess en Jerusaln y en el templo; pero despus de haber mirado todo lo que haba
a su alrededor, y como ya comenzara a anochecer, se fue con sus doce discpulos a
Betania.<CM><CM><i>Jess purifica el templo<i>
Al da siguiente, al salir de Betania, Jess sinti hambre,
y habiendo visto de lejos una higuera frondosa, se acerc a ella por saber si tamb
in tendra fruto; pero solo tena hojas, porque an no era tiempo de higos.
Entonces (y esto lo oyeron sus discpulos) dijo a la higuera:<CM>Nunca ms vuelva a c
omer nadie de tu fruto!
Cuando llegaron a Jerusaln, l se dirigi al templo, en cuyo atrio mucha gente venda,
compraba o cambiaba dinero. Indignado por aquel comercio, Jess derrib las mesas de
los cambistas y las sillas de los vendedores de palomas,
e impidi que pasaran por el atrio los que iban cargados con bultos o mercancas.
Y comenz a ensear, dicien-"do:<CM>Las Escrituras afirman: "Mi casa ser llamada casa
de oracin para todas las naciones", pero vosotros la habis convertido en una cuev
a de ladrones.
La noticia de estos hechos lleg pronto a odos de los principales sacerdotes y de l
os escribas, todos los cuales se pusieron a pensar cmo podran matar a Jess, porque
le tenan miedo, pues saban que todo el pueblo estaba admirado de sus enseanzas.
Pero l, al llegar la noche, sali de la ciudad.<CM><CM><i>La higuera seca<i>
Al da siguiente, por la maana, pasaron de nuevo junto a la higuera, y vieron que s

e haba secado hasta las races.


Pedro, recordando lo ocurrido el da anterior, exclam: <CM>Mira, Maestro!, la higuer
a que maldijiste se ha secado.
Jess respondi:<CM>Tened fe en Dios,
porque ciertamente cualquiera que tenga fe y no albergue dudas en su corazn, sino
que crea que ha de cumplirse lo que dice, podr mandarle a este monte que se quit
e de donde est y se arroje al mar, y el monte le obedecer.
Por eso os aseguro que todo lo que pidis en oracin, si ponis vuestra fe en que habis
de recibirlo, lo recibiris.
Pero, eso s, cuando oris, perdonad a quienes os hayan hecho algo malo; de ese modo
, vuestro Padre que est en los cielos perdonar tambin vuestras ofensas.<CM><CM><i>L
a autoridad de Jess puesta en duda<i>
Pero si vosotros no perdonis a quienes os ofenden, tampoco vuestro Padre celestia
l os perdonar vuestras ofensas.
Por entonces ya haban llegado a Jerusaln, e iban camino del templo cuando los prin
cipales sacerdotes, los escribas y los dirigentes judos
fueron a preguntar a Jess:<CM>Dinos, qu autoridad tienes t para hacer estas cosas?O
mejor, quin te ha dado la autoridad para que puedas hacerlas?
Jess les contest:<CM>Mirad, yo os explicar con qu autoridad hago estas cosas, si vos
otros me respondis primero a una pregunta:
El bautismo que Juan practicaba, proceda del cielo, de Dios, o proceda tan slo de lo
s hombres? Contestadme!
Ellos comenzaron a discutir unos con otros:<CM>Si decimos que proceda del cielo, l
dir: "Entonces, por qu no cresteis a Juan?"
Y si decimos que solo proceda de los hombres, el pueblo se alzar contra nosotros,
porque la gente tena a Juan por un verdadero profeta.
Por fin confesaron:<CM>No sabemos qu contestar.Y Jess les replic:<CM>En tal caso ta
mpoco yo os dir con qu autoridad hago estas cosas.
Jess, instruyendo a la gente por medio de parbolas, deca:<CM>Un hombre plant una via,
le puso una cerca, cav un lagar y construy una torre para vigilarla. Luego arrend
el terreno a unos labradores y se fue de viaje a lugares lejanos.
A su debido tiempo envi uno de sus siervos a los labradores, para recibir de ello
s la parte del fruto de la via que como dueo le corresponda.
Pero ellos echaron mano al mensajero, le golpearon y le despidieron con las mano
s vacas.
El dueo de la via les envi entonces otro de sus siervos, que an fue peor tratado, pu
es le apedrearon, le hirieron en la cabeza, le llenaron de insultos y, lo mismo
que al anterior, le despidieron con las manos vacas.
Mand de nuevo un mensajero, y a este lo mataron. Y lo mismo hicier on con otros m
uchos, de los cuales a unos golpearon y a otros mataron.
Por ltimo, el dueo de la via decidi enviar a su propio hijo, al que quera mucho. Pens
que, por tratarse de su hijo, los labradores lo respetaran;
pero estos, consultando entre s, dijeron: "Este es el heredero de la via. Matmoslo,
y entonces ser nuestra!"
As lo hicieron: le echaron mano, lo mataron y arrojaron su cuerpo fuera de la via.
En un caso semejante, qu creis que hara el dueo de la via? Pues ir all, matar a los as
sinos y arrendar la via a otros labradores.
Acaso no recordis lo que dicen las Escrituras?:"La piedra que rechazaron<CM>los co
nstructores<CM>se ha convertido en<CM>la piedra principal.
Esto lo ha hecho el Seor, <CM>y es algo maravilloso <CM>a nuestros ojos".
Los dirigentes del pueblo judo habran querido apresar all mismo a Jess, porque compr
endan que aquella parbola iba dirigida contra ellos. Pero como tenan miedo de que l
a gente se les echase encima, le dejaron y se fueron.<CM><CM><i>El pago de impue
stos al Csar<i>
Sin embargo, ms tarde enviaron a varios de los fariseos y de los herodianos, para
que, hablando con l, trataran de hacerle decir alguna cosa por la que pudieran c
ondenarle.
Se llegaron, pues, a Jess, y le dijeron:<CM>Maestro, sabemos que t no mientes jams,
y que no te preocupa el qu dirn, sino que te dedicas a ensear con toda verdad los
caminos de Dios. Dinos, pues, es de ley que nosotros, los judos, le paguemos tribu

to al Csar? Debemos hacerlo, o no?


Jess, comprendiendo al punto la hipocresa con que le hacan la pregunta, les dijo: <
CM>Por qu tratis de ponerme a prueba? Traed ac una moneda y mostrdmela.
Cuando se la mostraron, pregunt: <CM>De quin dice la inscripcin que es esta imagen?R
espondieron:<CM>De Csar.
Les dijo:<CM>Pues bien, dadle a Csar lo que es de Csar, y a Dios lo que es de Dios
. Ellos, admirados de la respuesta, se fueron.<CM><CM><i>El matrimonio en la res
urreccin<i>
Pero ms tarde se le acercaron los saduceos, que no crean en la resurreccin. Estos l
e plantearon una nueva cuestin, diciendo:
<CM>Maestro, Moiss nos dej escrito que, si un hombre muere dejando esposa pero sin
haber tenido hijos, su hermano deber casarse con la viuda para dar descendencia
al hermano fallecido.
Pues bien, hubo una vez siete hermanos, el mayor de los cuales se cas, pero muri s
in dejar descendencia.
Entonces, el segundo hermano se cas con la viuda, pero tambin muri sin haber tenido
hijos. Lo mismo pas con el tercero,
y as, los siete se casaron con ella, pero todos murieron sin descendencia; y la lt
ima en morir fue la mujer.
Nuestra pregunta ahora es la siguiente: En la resurreccin, cuando ya todos hayan
resucitado, de cul de los hermanos ser ella esposa, habiendo estado casada con los
siete?
Jess les respondi: <CM>Lo que a vosotros os pasa es que os equivocis, porque no con
ocis debidamente las Escrituras ni el poder de Dios.
Pues cuando esos siete hermanos y la mujer resuciten de los muertos, ni ellos se
casarn ni ella ser dada en casamiento, sino que sern como los ngeles del cielo.
Y en cuanto a si hay o no resurreccin de los muertos, no habis ledo en el libro de M
oiss lo que Dios le dijo desde la zarza en llamas: "Yo soy el Dios de Abraham, Di
os de Isaac y Dios de Jacob"?
Pues bien, Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. As que estis totalmente equiv
ocados!<CM><CM><i>El mandamiento ms importante<i>
Un escriba que los haba odo disputar, y que saba que Jess haba respondido bien, le pr
egunt: <CM>De todos los mandamientos, cul es el ms importante?
Jess le respondi:<CM>El primero y ms importante de todos los mandamientos es: "Oye,
Israel, el Seor nuestro Dios es el nico Dios.
Amars, pues, al Seor tu Dios con todo tu corazn, con toda tu alma, con toda tu ment
e y con todas tus fuerzas".
Pero hay un segundo que le es semejante: "Amars a tu prjimo como te amas a ti mism
o". No hay ningn mandamiento superior a estos.
El escriba le dijo: <CM>Maestro, tienes razn. Es cierto lo que dices: Dios es nico
, y no hay otro fuera de l.
Y mucho ms importante que ofrecer sacrificios y holocaustos sobre el altar, es am
ar a Dios con todo el corazn, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y
amar al prjimo como nos amamos a nosotros mismos.
Al oir aquellas palabras llenas de sabidura, Jess le dijo: <CM>No ests lejos del re
ino de Dios. Despus de esto, nadie se atreva a hacerle preguntas.<CM><CM><i>De quin
es hijo el Cristo?<i>
En otro momento, Jess, que estaba enseando en el templo, suscit esta cuestin:<CM>Cmo a
firman los escribas que el Cristo ha de ser hijo del rey David?
Porque el propio David, inspirado por el Espritu Santo, escribi:"Dijo el Seor a mi
Seor: <CM>Sintate a mi derecha, <CM>hasta que yo ponga a <CM>tus enemigos <CM>deba
jo de tus pies".
Pues si David mismo le llama Seor, cmo entender que se refiere a su hijo?Una gran m
uchedumbre se reuna a menudo, y escuchaba con el mayor inters las palabras de Jess.
Y l, en su enseanza, les deca:<CM>Guardaos de los escribas, que gustan de ir vestid
os con ropas largas y suntuosas, y les encanta que la gente los salude respetuos
amente en la plaza pblica,
y se desviven por ocupar las primeras sillas en las sinagogas y los asientos de
honor en los banquetes.
Pero ellos mismos son quienes, al tiempo que fingen piedad y pronuncian largas o

raciones, despojan las casas de las viudas. Por eso recibirn un castigo ms duro!<CM
><CM><i>La ofrenda de la viuda<i>
En otra ocasin, sentado frente al arca de las ofrendas, Jess miraba cmo la gente ec
haba dinero en ella. Muchos ricos echaban cantidades importantes;
pero en esto lleg una viuda pobre, que solamente ech dos monedas de muy poco valor
.
Entonces Jess llam a sus discpulos y les dijo:<CM>Esa viuda pobre ha echado en el a
rca ms que ningn otro,
porque todos los dems echaron de lo que les sobra, pero ella ha echado todo lo qu
e tena, lo que necesitaba para su propio sustento.
Al salir Jess del templo, uno de sus discpulos le dijo: <CM>Maestro, mira qu belleza
de piedras y de edificios!
Jess le respondi:<CM>S, es cierto, pero ves esos grandes edificios? Pues no quedar de
ellos ni una sola piedra que no sea derribada.
Luego se sent en un lugar de la ladera del monte de los Olivos, de frente al temp
lo. Pedro, Jacobo, Juan y Andrs se le acercaron, y en un aparte le preguntaron:
<CM>Cundo suceder todo eso que dices a propsito del Templo? Habr alguna seal que nos l
anuncie de antemano?
Jess les respondi: <CM>No dejis que nadie os engae,
porque muchos vendrn en mi nombre, diciendo: "Yo soy el Cristo", y engaarn a muchos
.
Oiris entonces hablar de guerras y de amenazas de guerra; pero no os angustiis, po
rque aunque as ha de suceder necesariamente, todava no habr llegado el fin.
Naciones y reinos lucharn unos contra otros; en muchos lugares del mundo habr terr
emotos, y tambin hambre y motines, pero eso ser solo el comienzo de los sufrimient
os que habrn de venir.
Cuidad en aquellos das de vosotros mismos, porque os conducirn ante los concilios
y os azotarn en las sinagogas; y ante reyes y gobernadores tendris que dar testimo
nio de m.
Porque antes de que llegue el fin, el evangelio ha de ser predicado a todas las
naciones del mundo.
Pero cuando os arresten y os lleven a juicio, no os preocupis por lo que habis de
decir en vuestra propia defensa. Ni siquiera pensis en ello, sino decid solamente
lo que Dios os d que digis, porque en tales momentos no seris vosotros quienes hab
lis, sino el Espritu Santo.
En aquellos das, los hermanos harn matar a sus hermanos, los padres a los hijos, y
los hijos se rebelarn contra sus padres y tambin los matarn.
En cuanto a vosotros, el mundo entero os odiar por el hecho de ser mos; pero el qu
e se mantenga firme hasta el fin, se salvar.
Cuando veis la abominable desolacin de que habl el profeta Daniel instalada en el l
ugar donde no debe estar (ponga atencin el lector!), los que estn en Judea, huyan a
las montaas;
el que est en la azotea, no baje a la casa ni entre en ella para llevarse nada;
y el que est en el campo, no regrese ni siquiera para recoger su manto.
En aquellos das, ay de las que estn encintas y de las que tengan nios de pecho!
Orad pidiendo que vuestra huida no acontezca en lo ms duro del invierno,
pues sern das tan espantosos como nunca los ha habido desde que al principio cre Di
os todas las cosas, ni jams volver a haberlos.
Y si el Seor no hubiese acortado aquel tiempo, absolutamente nadie podra ser salvo
; pero ya l acort los das por causa de sus escogidos, de los que l mismo escogi.
Si entonces alguien os dice: "Mirad, aqu est el Cristo", o "Mirad, all est", no lo c
reis.
Porque suceder que se levantarn muchos falsos cristos y muchos falsos profetas, y
harn seales portentosas y milagros, para engaar, a ser posible, incluso a los escog
idos de Dios.
Tened presente que os he advertido de antemano todas estas cosas.
En aquellos das, despus de cesada la tribulacin, el sol se oscurecer, la luna dejar d
e dar su resplandor,
las estrellas caern del cielo y las fuerzas que actan en los cielos sern conmovidas
.

Entonces se ver llegar al Hijo del hombre en las nubes del cielo con gran poder y
gloria.
Y enviar a los ngeles, para que renan a sus escogidos de los cuatro puntos cardinal
es, desde un extremo del cielo al otro.
Aprended la leccin que nos da la higuera: cuando sus ramas se ponen tiernas y com
ienzan a brotar las hojas, conocis que ha llegado la primavera y que el verano es
t cerca.
Pues bien, cuando veis que suceden las cosas que os he dicho, sabed que ya todo e
st cerca, a las puertas.
Y todo acontecer antes que haya pasado esta generacin.
El cielo y la tierra pasarn, pero mis palabras permanecern para siempre.<CM><CM><i
>Se desconocen el da y la hora<i>
Sin embargo, del da y la hora en que estas cosas han de acontecer, nadie sabe nad
a, ni siquiera los ngeles del cielo, ni tampoco el Hijo. Tan slo el Padre lo sabe.
Y precisamente por ignorar cundo ha de ser el momento, deberis manteneros siempre
vigilantes y en oracin.
Esto es como un hombre que, antes de ponerse en camino hacia un pas lejano, distr
ibuy entre criados y empleados el trabajo de la casa, a fin de que durante su aus
encia tuviera cada cual su propia ocupacin. Y al portero le encarg que lo vigilase
todo.
Velad, pues, sin cesar, porque no sabis cundo ha de regresar el dueo de la casa: si
al atardecer o a la medianoche, si de madrugada o durante la maana.
As, aunque llegue de improviso, no encontrar a nadie dormido.
Esto que os digo a vosotros, a todos se lo digo por igual: Estad siempre vigilant
es!
Dos das despus comenz la pascua, y con ella la fiesta en que se coman los panes sin
levadura. Los principales sacerdotes y escribas buscaban la manera de tenderle a
l/guna trampa a Jess, para arrestarlo y matarlo.
Pero decan:<CM>No lo hagamos durante la pascua, porque podra provocarse una algara
da popular.
Jess se encontraba entonces en Betania, en casa de un tal Simn a quien llamaban "e
l leproso". Estando sentado a la mesa, se acerc a Jess una mujer con un frasco de
alabastro que contena un perfume de nardo muy caro. Abri el frasco y le derram el p
erfume en la cabeza.
Algunos de los presentes se indignaron, y decan murmurando contra la mujer:<CM>Vay
a un derroche de perfume!
Podamos haberlo vendido por trescientos denarios y haber repartido el dinero entre
los pobres!
Pero Jess les dijo:<CM>Dejadla, por qu la mortificis? Lo que ella ha hecho, bien hec
ho est,
porque a los pobres los tendris siempre con vosotros y podris ayudarlos cuando que
ris; pero a m no vais a tenerme por mucho tiempo.
Esta mujer ha hecho lo que ha podido, y se ha anticipado a ungir mi cuerpo para
la sepultura.
Adems os aseguro que, despus de esto, dondequiera que se anuncien las buenas notic
ias del reino de Dios se recordar y ensalzar lo hecho por esta mujer.
Entonces Judas Iscariote, uno de los doce discpulos, se dirigi a los principales s
acerdotes y "les propuso entregarles a Jess.
Ellos, al escuchar a Judas, se llenaron de alegra y prometieron recompensarle con
una cantidad de dinero; y Judas, desde aquel momento, comenz a buscar la ocasin i
dnea para llevar a cabo su traicin.<CM><CM><i>La Cena del Seor<i>
El primer da de la fiesta de los panes sin levadura, es decir, el da en que se sac
rificaban los corderos para la pascua, los discpulos preguntaron a Jess dnde quera c
elebrar la cena de ritual.
l, a fin de hacer los preparativos necesarios, envi dos discpulos a Jerusaln, y les
dijo:<CM>Cuando lleguis a la ciudad, saldr a vuestro encuentro un hombre que lleva
un cntaro de agua. Seguidle,
y en la casa donde entre decidle al dueo: "El Maestro pregunta: Cul es el aposento
donde he de comer la cena pascual en compaa de mis discpulos?"
El dueo os llevar a una gran sala en la parte alta de la casa. Preparad all la cena

para todos nosotros.


Fueron, pues, los dos discpulos y entraron en la ciudad. Todo sucedi como Jess haba
dicho, y ellos prepararon la pascua.
Al llegar la noche se present Jess con los restantes discpulos.
Se sentaron todos a la mesa, y ya haban empezado a comer cuando, de pronto, les a
nunci: <CM>Os digo que, ciertamente, uno de vosotros que estis aqu, comiendo conmig
o, me va a entregar.
Una profunda tristeza invadi a los discpulos, que uno tras otro comenzaron a pregu
ntarle: <CM>Maestro, ser yo?
l, respondiendo, les dijo: <CM>Uno de vosotros doce, uno que moja conmigo su pan
en el plato, ser quien me entregue.
Y lo cierto es que el Hijo del hombre va a morir, como hace mucho tiempo declara
ron los profetas. Pero ay de aqul que traiciona al Hijo del hombre! Ms le valiera no
haber nacido!
Mientras coman, Jess tom un trozo de pan, lo bendijo, lo parti y se lo dio a ellos,
diciendo: <CM>Comed, esto es mi cuerpo.
Luego tom una copa de vino y, despus de dar gracias, se la pas a los discpulos. Todo
s bebieron de ella, y les dijo:
<CM>Esto es mi sangre, que va a ser derramada en favor de muchos, para sellar el
nuevo pacto de Dios con el hombre.
Ya jams volver a beber de este vino, producto de la vid, hasta el da en que lo beba
nuevo en el reino de Dios.
Despus de haber cantado el himno que pona fin a la cena, salieron de la casa y se
fueron al monte de los Olivos. All les dijo Jess:<CM><CM><i>Jess predice la negacin
de Pedro<i>
<CM>Esta noche os apartaris todos de m. As lo anuncia la Escritura: "Matar al pastor
y se dispersarn las ovejas".
Pero despus, cuando haya resucitado, me dirigir a Galilea y all os esperar. Pedro le
dijo:
<CM>Aunque todos se aparten de ti, yo nunca te abandonar!Le respondi Jess:
<CM>Pedro, esta noche, antes que el gallo cante por segunda vez, me negars tres v
eces. Protest Pedro con gran vehemencia:
<CM>Jams! Aunque haya de morir contigo, no te negar! Y los dems aseguraban lo mismo.<
CM><CM><i>Getseman<i>
En su camino a Jerusaln llegaron a un lugar llamado Getseman, y all dijo l a sus dis
cpulos:<CM>Sentaos aqu, mientras yo voy a orar.
Se llev consigo a Pedro, Jacobo y Juan, y ya a solas con ellos comenz a entristece
rse y a angustiarse profundamente.
Les dijo:<CM>Siento en el alma una tristeza mortal. Quedaos aqu y velad conmigo.
Se adelant despus unos pasos, y postrado en tierra or que, a ser posible, no llegar
a a sucederle lo que l estaba temiendo.
Deca en su oracin:<CM>Padre, t que todo lo puedes aparta de m esta copa de amargura.
Pero no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres t.
Regres despus adonde estaban los tres discpulos, y los hall dormidos. Hablando direc
tamente a Pedro, dijo:<CM>Simn, sigues durmiendo? Ni siquiera una hora has sido cap
az de velar conmigo?
Velad y orad, para que no os venza la tentacin! Ciertamente tenis dispuesto el espri
tu, pero vuestro cuerpo es dbil.
Se retir de nuevo a orar, y repiti la misma splica.
Al volver, los encontr de nuevo dormidos, porque sus ojos estaban cargados de sueo
y se les cerraban. Y no saban qu responderle.
Regres por tercera vez, y entonces les dijo: <CM>Dormid y descansad... Pero ya ha
llegado la hora! Mirad, ah vienen los que han de ponerme en manos de los pecadore
s.
Levantaos, vamos! Aqu est el que me entrega!<CM><CM><i>Arresto de Jess<i>
An no haba acabado de hablar, cuando Judas, uno de los doce, se present en compaa de
una turba armada de espadas y palos, enviada por los principales sacerdotes, esc
ribas y dirigentes judos.
Judas les haba dado una contrasea para identificar a Jess:<CM>Aquel a quien yo bese
, se es. Apresadlo, atadle con seguridad y llevoslo.

As lo hizo, en efecto. Al llegar se acerc a Jess, y despus de decirle: "Maestro, Maes


tro!", le bes.
Al punto se lanzaron ellos sobre Jess, y lo arrestaron.
Pero uno de los que estaban con l llevaba una espada, y en ese momento tir de ella
y le cort una oreja a un siervo del sumo sacerdote.
Jess les pregunt:<CM>Soy yo quizs un ladrn tan peligroso que, para prenderme, habis te
nido que venir armados de ese modo?
Por qu no me prendisteis en el templo, donde cada da estuve enseando entre vosotros?
Pero sin duda ha de ser as, para que se cumpla lo que dicen las Escrituras.
En aquella hora, los discpulos huyeron atemorizados.
Le segua, en cambio, un muchacho que estaba all, envuelto en una sbana. A este lo a
traparon,
pero el muchacho, dejando la sbana en manos de los que le sujetaban, escap desnudo
.<CM><CM><i>Jess ante el Consejo<i>
Condujeron a Jess a la casa del sumo sacerdote, donde luego se reunieron los prin
cipales sacerdotes, los dirigentes y los escribas.
Pedro, que de lejos haba seguido a Jess, entr tras l hasta el patio de la residencia
del sumo sacerdote; y como la noche era fra, se sent con los alguaciles ante un f
uego que haban encendido.
Dentro, los principales sacerdotes y todo el concilio judo reunido trataban de en
contrar una acusacin que bastara para condenar a muerte a Jess. Pero no la hallaba
n,
pues incluso habindose presentado muchos que testificaban falsamente, sus testimo
nios eran contradictorios.
Por fin hubo unos que afirmaron, mintiendo:
<CM>Nosotros le hemos odo decir: "Yo voy a destruir este templo hecho por manos d
e hombres, y en tres das edificar otro sin intervencin humana".
Pero ni aun as concordaban los testimonios.
Sin embargo, el sumo sacerdote se puso en pie y pregunt a Jess: <CM>No respondes a
esa acusacin? No tienes nada que alegar contra lo que estos testifican?
Como Jess no responda, el sumo sacerdote insisti: <CM>Eres t el Cristo, el Hijo de Di
os?
Contest Jess:<CM>Yo soy. Pero adems os digo:un da veris al "Hijo del hombre <CM>senta
do a la derecha "del poder de Dios <CM>y viniendo en las nubes "del cielo.
Al oir esto, el sumo sacerdote se rasg las vestiduras y exclam:<CM>Qu necesidad tene
mos de ms testigos?
Ya habis odo la blasfemia! Cul es vuestro veredicto? Todos, a una voz, lo condenaron
a muerte.
Y unos empezaron a escupirle, mientras otros le vendaban los ojos, le daban de b
ofetadas y le decan: <CM>A ver, profeta, quin te ha pegado?Y los alguaciles le golp
eaban.<CM><CM><i>Pedro niega a Jess<i>
Pedro, entre tanto, permaneca en el patio. En esto lleg una criada del sumo sacerd
ote
y vio a Pedro calentndose junto al fuego. Le mir atentamente y dijo en voz alta: <
CM>T eres uno de los que andaban con Jess el nazareno.
Pedro lo neg rotundamente, y se fue a la entrada del patio diciendo:<CM>No, no, yo
no le conozco! No s de qu me hablas! En aquel instante cant un gallo.
Ms tarde volvi a verle la misma criada, que insisti delante de todos los que estaba
n all: <CM>Ese es un discpulo de Jess!
Pedro lo neg de nuevo.Pero, poco despus, los que estaban junto al fuego le dijeron
: <CM>Seguro que eres uno de ellos! Adems eres galileo, y hablis todos con el mismo
acento!
Entonces Pedro prorrumpi en maldiciones y juramentos:<CM>No es cierto! Yo ni siquie
ra conozco a ese hombre del que estis hablando!
Pero despus de esto cant el gallo por segunda vez, y entonces se acord Pedro de lo
que Jess le haba dicho: "Antes que el gallo cante por segunda vez, me negars tres v
eces". Al recordar estas palabras, rompi a llorar.
Muy de maana se reunieron los principales sacerdotes, los dirigentes judos y los e
scribas, con el concilio supremo en pleno, para decidir qu haban de hacer con Jess.
Y tomaron el acuerdo de envirselo atado a Pilato, el gobernador romano.

Pilato le pregunt:<CM>Eres t el rey de los judos?Respondi Jess:<CM>T lo dices.


Entre tanto, los principales sacerdotes le acusaban sin tregua, imputndole graves
delitos.
Como Jess no se defenda, Pilato volvi a preguntarle:<CM>No tienes nada que alegar en
tu defensa? Mira que las acusaciones son graves.
Pero, para sorpresa de Pilato, ni aun entonces Jess dijo nada.
El gobernador tena por costumbre soltar cada ao, en el da de la fiesta, a un preso
libremente escogido por el pueblo.
Aquel ao haba un preso llamado Barrabs, que, junto con algunos compaeros suyos de mo
tn, estaba acusado de haber cometido un homicidio durante una revuelta popular.
La multitud empez a pedirle a Pilato que hiciera como otras veces, que pusiera en
libertad a un preso.
l les contest con esta pregunta:<CM>Queris que os ponga en libertad al "rey de los j
udos"?
Porque Pilato saba que los principales sacerdotes haban acusado a Jess movidos por
la envidia, por los celos que sentan a causa de su popularidad.
Pero el pueblo, incitado por aquellos mismos principales sacerdotes, pidi que se
pusiera en libertad a Barrabs.
Respondi Pilato: <CM>Est bien, pero qu queris que haga entonces con el que llamis "rey
de los judos"?
A grandes voces gritaron:<CM>Crucifcalo!
Pregunt de nuevo Pilato:<CM>Por qu? Qu mal ha hecho?Pero el populacho sigui gritando e
nardecido: <CM>Crucifcalo!Y como las voces arreciaban por momentos,
Pilato, deseando complacer a la multitud, cedi a sus gritos y les solt a Barrabs, m
ientras que a Jess, despus de mandar que le azotasen lo entreg para ser crucificado
.<CM><CM><i>Los soldados se burlan de Jess<i>
De all lo llevaron al patio del palacio llamado "el pretorio", donde, reunidos lo
s soldados, 2
le vistieron con un manto de prpura y le pusieron en la cabeza una corona hecha d
e espinas.
Y en son de burla le saludaban, diciendo:<CM>Viva el rey de los judos!
Tambin le golpeaban la cabeza con una caa, le escupan, se arrodillaban delante de l
y le hacan reverencias.
Por fin, despus de escarnecerlo de aquella manera, le quitaron el manto de prpura,
le pusieron sus propias ropas y se lo llevaron para crucificarlo.<CM><CM><i>La
crucifixin<i>
En el camino cogieron a un tal Simn de Cirene (el padre de Alejandro y de Rufo),
que regresaba del campo, y le obligaron a cargar con la cruz de Jess.
Llegaron a un lugar llamado Glgota (que traducido significa "calavera"),
y le dieron a beber vino mezclado con mirra; pero Jess no quiso tomarlo.
Cuando ya le haban crucificado, los soldados se repartieron la ropa de Jess, sorten
dola entre s.
Era aproximadamente la hora tercera (nueve de la maana).
En la cruz fijaron un ttulo que proclamaba la causa de la ejecucin: "El rey de los
judos".
Al propio tiempo crucificaron tambin a dos ladrones, uno a cada lado de Jess.
- - La gente que pasaba por all mova burlonamente la cabeza, y le gritaba: <CM>Si t eres
capaz de derribar el templo de Dios y de volver a levantarlo en tres das,
slvate a ti mismo! Baja de la cruz y slvate!
Tambin los principales sacerdotes y los escribas se unan a las burlas de la gente,
y se decan unos a otros:<CM>Ya lo estis viendo! A otros pudo salvar, pero no puede
salvarse a s mismo.
En cuanto veamos que ese Cristo, Rey de Israel, desciende de la cruz, creeremos e
n l!Hasta los ladrones que estaban crucificados junto a l le injuriaban.<CM><CM><i
>Muerte de Jess<i>
Hacia la hora sexta (medioda) qued sumida la tierra en una profunda oscuridad que
dur hasta la hora novena (tres de la tarde).
A esta hora clam Jess a gran voz:<CM>Elo, Elo lam sabactani? (que traducido significa:
Dios mo, Dios mo, por qu me has desamparado?).

Algunos de los presentes, al orlo, pensaron que estaba llamando al profeta Elas;
y un hombre corri, empap una esponja en vinagre, la puso en una caa y le dio a bebe
r, mientras deca:<CM>Vamos a ver si viene Elas a bajarlo de ah!
Pero Jess, lanzando otro grito, entreg su espritu.
En ese mismo instante, el velo del templo se rasg de arriba abajo, en dos partes;
y el centurin que estaba frente a Jess, al ver cmo expiraba despus de haber dado aqu
el grito, exclam: <CM>Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!
Entre la gente que all se encontraba haba varias mujeres que miraban de lejos todo
lo que ocurra. Eran Mara Magdalena; Mara, la madre de Jacobo el menor y de Jos; Sal
om, y algunas ms.
Todas ellas haban servido a Jess, y le siguieron cuando estaba en Galilea. Tambin h
aba otras muchas que le haban acompaado a Jerusaln.<CM><CM><i>Sepultura de Jess<i>
Los acontecimientos se desarrollaron durante la vspera del sbado. Llegado el anoch
ecer,
Jos de Arimatea, un miembro honorable del concilio supremo, que tambin esperaba la
venida del reino de Dios, se present valerosamente a Pilato para pedirle que le
entregase el cuerpo de Jess, a fin de darle sepultura.
Pilato, sorprendido al saber que Jess haba muerto tan pronto, llam al oficial encar
gado de la ejecucin, para interrogarle.
Y una vez confirmada la noticia por aquel oficial, Pilato concedi a Jos de Arimate
a el permiso para llevarse el cuerpo.
Jos compr una sbana, y despus de bajar de la cruz el cuerpo de Jess, lo envolvi en ell
a. Luego lo deposit en un sepulcro excavado en la roca, e hizo rodar una piedra p
ara cerrar la entrada.
Tambin estaban all, mirando dnde lo ponan, Mara Magdalena y Mara la madre de Jos.
Pasado el sbado, Mara Magdalena, Mara la madre de Jacobo, y Salom, fueron a comprar
especias aromticas para embalsamar el cuerpo de Jess.
Y el primer da de la semana, muy temprano, se dirigieron al sepulcro. Cuando lleg
aron, ya haba salido el sol.
A lo largo del camino se haban ido preguntando quin podra removerles la piedra que
cerraba la entrada del sepulcro,
pero al llegar vieron que la enorme losa ya estaba removida.
Y cuando entraron en el sepulcro vieron a un joven sentado a mano derecha y cubi
erto de largas vestiduras blancas. Las mujeres se sintieron presas de espanto,
pero l les dijo: <CM>No temis. Habis venido en busca de Jess, el nazareno, al que cr
ucificaron. Ya no est aqu, porque ha resucitado. Mirad vosotras mismas el lugar do
nde lo pusieron.
Y ahora regresad a casa, y decidles a los discpulos, y tambin a Pedro, que Jess va
delante de ellos a Galilea. All le vern, tal como l les anunci.
Las mujeres salieron del sepulcro a toda prisa, temblando y espantadas. Tanto er
a su temor, que no le contaron a nadie nada de lo que haban visto.<CM><CM><i>Apar
iciones y ascensin de Jess<i>
La resurreccin de Jess tuvo lugar, pues, al amanecer el primer da de la semana; y l
a primera persona a quien se apareci fue Mara Magdalena, de la cual haba expulsado
siete demonios.
Esta llev la noticia a los discpulos, que lloraban llenos de tristeza.
Les relat lo acontecido en el sepulcro, y tambin les dijo (aunque ellos no lo crey
eron) que Jess estaba vivo y que ella lo haba visto.
Ms tarde, y bajo un aspecto diferente, Jess se apareci a dos de ellos que iban de c
amino al campo.
Estos fueron a hacrselo saber a los dems, que tampoco creyeron la noticia.
Por ltimo se apareci a los once discpulos, que estaban sentados a la mesa y coman ju
ntos. Jess les reproch la incredulidad y dureza de corazn con que se haban negado a
creer a quienes lo haban visto resucitado.
Luego les dijo: <CM>Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura
.
Los que crean y se bauticen, sern salvos; pero el que no crea, ser condenado.
Y habr seales que acompaarn a los que creen: en mi nombre expulsarn demonios, hablarn
nuevas lenguas,
cogern serpientes con las manos y podrn beber mortferos venenos sin que les hagan n

ingn dao. Adems pondrn sus manos sobre los enfermos, y estos sanarn.
El Seor, luego que acab de hablar con los discpulos, fue llevado arriba, al cielo,
y se sent a la derecha de Dios.
En cuanto a ellos, salieron de Jerusaln y fueron por todas partes predicando el e
vangelio; y el Seor los ayudaba aadiendo seales milagrosas a la palabra que predica
ban. Amn.
Muchos son los que han intentado poner por escrito, de forma ordenada, la histor
ia de los hechos absolutamente ciertos que han acontecido entre nosotros,
acerca de los cuales recibimos la directa informacin de quienes desde el principi
o fueron testigos presenciales.
Sin embargo, tambin a m me pareci importante investigarlo todo a fondo, a partir de
su propio origen y hasta el final, y enviarte a ti, ilustre Tefilo,
un relato ordenado, para que puedas comprobar la veracidad de las cosas en las q
ue previamente fuiste instruido.<CM><CM><i>Anuncio del nacimiento de Juan el Bau
tista<i>
La historia comienza con un sacerdote judo llamado Zacaras, que vivi cuando Herodes
era rey de Judea. Zacaras perteneca al turno de Abas, segn la divisin en grupos que
estaban al servicio del templo. Elisabet, su esposa, lo mismo que l, descenda de A
arn.
Ambos, Zacaras y Elisabet, eran de edad avanzada, muy piadosos e irreprensibles e
n cuanto a la obediencia a las leyes y mandatos de Dios.
Pero no tenan hijos, porque Elisabet era estril.
- - Un da, cuando Zacaras cumpla sus deberes en el templo porque su grupo estaba de ser
vicio aquella semana, le toc en suerte entrar en el santuario del Seor a ofrecer e
l incienso.
Entre tanto, una gran concurrencia oraba fuera, como siempre se haba hecho durant
e aquella parte del servicio en que se quemaba el incienso.
- - Estando, pues, Zacaras en el santuario, se le apareci de improviso un ngel del Seor,
de pie a la derecha del altar del incienso. Zacaras qued sobrecogido de asombro y
de temor,
pero el ngel le dijo:<CM>Zacaras, no temas. nicamente he venido a decirte que Dios
ha escuchado tu oracin, y que Elisabet, tu esposa, tendr un hijo al que llamars Jua
n.
Vosotros os alegraris y gozaris con su nacimiento, y muchos otros se regocijarn jun
tamente con vosotros,
porque el nio llegar a ser un gran hombre de Dios. Jams beber vino ni licor, y estar
lleno del Espritu Santo incluso antes de nacer.
Persuadir a muchos judos a volverse al Seor Dios de ellos.
Dotado con el espritu y el poder del profeta Elas, preceder al Seor para hacer que l
os padres se reconcilien con los hijos y que los rebeldes a Dios aprendan a obed
ecerle, para preparar as un pueblo dispuesto a amar al Seor como lo amaron sus ant
epasados.
Respondi Zacaras:<CM>Pero eso es imposible! Yo soy demasiado viejo, y mi esposa tam
bin es muy entrada en aos.
<CM>Yo soy Gabriel! <CM>replic el ngel<CM>, y siempre estoy en la presencia de Dios
. l mismo me ha enviado a darte estas buenas noticias;
pero por haber dudado vas a quedarte mudo, y desde ahora no podrs hablar hasta qu
e el nio nazca y mis palabras se cumplan.
El pueblo reunido fuera estaba esperando que Zacaras saliera del templo, y se ext
raaba de su demora.
Cuando al fin sali, no poda hablar; pero por los gestos que haca comprendi la gente
que haba tenido una visin en el santuario.
Das ms tarde, al concluir sus deberes en el templo, regres Zacaras a su casa.
Y pocos das despus Elisabet qued encinta, y se recluy en casa durante cinco meses. D
eca:
<CM>Qu bueno es el Seor, que me ha librado ahora de la vergenza de no tener hijos!<C
M><CM><i>Anuncio del nacimiento de Jess<i>
Al sexto mes del embarazo, Dios envi al ngel Gabriel a Nazaret, un pueblo de Galil

ea
donde viva una joven virgen llamada Mara, prometida de Jos, que era un descendiente
del rey David.
Gabriel se le apareci y le dijo:<CM>Algrate, muy favorecida! El Seor est contigo, y t
res bendita entre las mujeres!
Confusa y turbada, Mara se esforzaba por entender el significado de las palabras
con las que haba sido saludada por el ngel,
el cual aadi:<CM>No temas, Mara, porque Dios te ha escogido para llenarte de bendic
in.
Pronto quedars encinta, y tendrs un hijo al que pondrs por nombre Jess.
l ser grande, y lo llamarn Hijo del Altsimo. El Seor Dios le dar el trono de su antepa
sado David,
y reinar perpetuamente en Israel. Su reino no tendr fin.
<CM>Pero cmo podr tener un hijo, si no estoy casada ni nunca he tenido marido?
Respondi el ngel:<CM>El Espritu Santo vendr sobre ti y el poder de Dios te cubrir con
su sombra. Por eso, el santo ser que nacer de ti ser llamado Hijo de Dios.
Desde hace seis meses, tu prima Elisabet, la que todos tenan por estril, y a pesar
de su vejez, est encinta,
porque para Dios no hay nada imposible.
Entonces dijo Mara:<CM>Soy sierva del Seor, y estoy dispuesta a hacer lo que l me o
rdene. Hgase realidad en m tu palabra!Con esto, el ngel desapareci de la presencia de
ella.<CM><CM><i>Mara visita a Elisabet<i>
,
Por aquel entonces se apresur Mara a visitar a Elisabet, que con su esposo Zacaras
viva en un pueblo de las montaas de Judea.
Al entrar en la casa, Mara salud a Elisabet, y al oir sta el saludo, la criatura sa
lt en sus entraas. Entonces Elisabet, llena del Espritu Santo,
exclam con fuerte voz:<CM>Bendita t entre las mujeres, y bendito el hijo que llevas
en tu vientre!
Quin soy yo, para merecer que venga a visitarme la madre de mi Seor?
En el mismo instante en que escuch tu saludo, la criatura salt de alegra dentro de
m.
Bendita t por haber credo lo que te fue dicho de parte del Seor, y porque lo que l te
anunci, se cumplir!<CM><CM><i>El cntico de Mara<i>
Entonces Mara, tomando la palabra, dijo:
<CM>Mi alma canta la <CM>grandeza del Seor<CM>y mi espritu se regocija en Dios mi
Salvador,
porque ha mirado la bajeza<CM>de su sierva<CM>y de ahora en adelante <CM>me llam
arn bienaventurada<CM>todas las generaciones.
Porque el Poderoso<CM>ha hecho en m grandes cosas, <CM>su nombre es santo
y su misericordia alcanza de<CM>generacin a generacin<CM>a los que le muestran "re
verencia.
Acta con el poder de <CM>su brazo <CM>para destruir los propsitos de los soberbios
,
derribar de sus tronos a <CM>los poderosos<CM>y elevar a los humildes.
Llena de bienes a los <CM>hambrientos<CM>y despide a los ricos con <CM>las manos
vacas.
Viene en auxilio de <CM>su siervo Israel, <CM>recordando la misericordia
de la que habl a <CM>nuestros antepasados, <CM>la cual prometi ejercer <CM>eternam
ente<CM>sobre Abraham y <CM>sus descendientes.
Mara se qued con Elisabet durante unos tres meses, al trmino de los cuales regres a
su hogar.<CM><CM><i>Nacimiento de Juan el Bautista<i>
Cumplido el tiempo de gestacin, Elisabet dio a luz un hijo,
y la noticia de cmo el Seor haba sido misericordioso con ella corri entre vecinos y
familiares, y todos acudieron a acompaarla en su inmensa alegra.
Al octavo da del nacimiento fueron a circuncidar al nio, y la gente le llamaba con
el nombre de su padre, Zacaras;
pero Elisabet dijo:<CM>No, no es ese su nombre: el nio se llamar Juan.
<CM>Y por qu? <CM>decan<CM>Nadie en tu familia se llama as.
Entonces, por seas, preguntaron al padre cmo quera l que le llamasen.

Zacaras pidi una tablilla para escribir, y con sorpresa de todos escribi: "Se llama
r Juan".
En aquel mismo instante recobr Zacaras el habla, y comenz a alabar a Dios "e
ante el asombro de todos sus vecinos.Las noticias de lo sucedido se divulgaron p
ronto de uno a otro extremo de las montaas de Judea;
y todos los que las oan pensaban mucho en ello, y se preguntaban: "Quin llegar a ser
ese nio? Porque no cabe duda de que la mano del Seor est con l".<CM><CM><i>El cntico
de Zacaras<i>
Zacaras, su padre, lleno del Espritu Santo, profetiz diciendo:
<CM>Bendito sea el Seor Dios<CM>de Israel, <CM>que ha venido a visitar y redimir a
su pueblo!
Porque nos enva un <CM>poderoso Salvador<CM>que desciende de David, "su siervo.
As lo haba prometido en<CM>tiempos pasados <CM>por medio de sus santos "profetas:
que nos salvara de nuestros<CM>enemigos<CM>y de manos de todos los que nos odian,
que tendra misericordia de<CM>nuestros antepasados<CM>y se acordara de su santo pa
cto.
Y esto es lo que jur a <CM>nuestro padre Abraham: <CM>que nos concedera
liberacin del poder de <CM>nuestros enemigos, <CM>para que le sirvamos sin temor,
con santidad y justicia, <CM>durante toda nuestra vida.
En cuanto a ti, nio, <CM>sers llamado <CM>profeta del Altsimo, <CM>porque irs delant
e del Seor preparando su camino
y proclamando salvacin<CM>para su pueblo<CM>mediante el perdn de sus pecados.
Una salvacin que alcanzar<CM>merced a la entraable<CM>misericordia del Dios nuestro
, <CM>que desde los cielos nos ha dado el amanecer<CM>de un nuevo da,
cuya luz alumbra a los que<CM>habitan en tinieblas<CM>y en sombra de muerte, <CM
>y encamina nuestros pasos por senderos de paz.
El nio creca y se haca espiritualmente ms fuerte. Luego se fue a vivir a lugares des
iertos, donde permaneci hasta el momento en que dio comienzo a su ministerio pblic
o en Israel.
Por aquellos das, el emperador romano Csar Augusto decret que se hiciera un censo d
e poblacin en todos los territorios sometidos a su dominio.
Este primer censo se hizo en el tiempo en que Cirenio era gobernador de Siria.
Segn las disposiciones dictadas para la elaboracin del censo, cada cual tena que ac
udir a su ciudad de origen para ser empadronado.
Por esa razn, Jos, que era del linaje de David, tuvo que viajar desde Nazaret, un
pueblo de Galilea, a Beln, la ciudad de David, en Judea.
Fue all para ser empadronado juntamente con Mara, su esposa, que estaba encinta.
Llegados a Beln, se le cumpli a Mara el tiempo de su gestacin
y dio a luz a su primer hijo. Lo envolvi en paales y lo acost en un pesebre, porque
no haban encontrado habitacin en la posada del pueblo.<CM><CM><i>Los pastores y l
os ngeles<i>
Aquella misma noche, en un lugar cercano, unos pastores estaban velando y cuidan
do su rebao.
De pronto se les apareci un ngel, y la gloria del Seor los ilumin con un gran respla
ndor. Los pastores fueron presa de espanto,
pero el ngel les dijo:<CM>No os asustis! Yo he venido a traeros noticias que llenarn
de alegra los corazones.
Hoy, en Beln, la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Seor.
Esto os servir de seal para reconocerlo: hallaris al nio envuelto en paales y acostad
o en un pesebre.
Repentinamente apareci con el ngel una inmensa multitud de las huestes celestiales
, que entonaban un canto de alabanza a Dios, diciendo:
<CM>Gloria a Dios en las alturas, <CM>y paz en la tierra a los que son de su agra
do!
Cuando aquel gran ejrcito de ngeles regres al cielo, los pastores se dijeron unos a
otros:<CM>Corramos, pues, a Beln, a contemplar la maravilla que el Seor nos ha man
ifestado!
Se dirigieron presurosos al pueblo, y pronto encontraron a Mara y a Jos, y con ell
os al recin nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que les haba sucedido y lo que el ngel haba dicho acerca del

nio.
Los que oan el relato de los pastores se quedaban maravillados;
pero Mara atesoraba todas estas cosas y las meditaba en su corazn.
En cuanto a los pastores, se volvieron al campo y a su rebao alabando a Dios por
la visita de los ngeles y porque haban visto al nio, tal como se les haba dicho.<CM>
<CM><i>Presentacin de Jess en el templo<i>
Ocho das despus, llegado el momento de circuncidar al nio, le pusieron por nombre J
ess, como ya le haba llamado el ngel antes de ser concebido.
Cuando lleg el da de la purificacin de ellos segn la ley de Moiss, llevaron al nio a J
erusaln para presentrselo al Seor,
porque as consta en la ley de Dios: "Si el primer hijo de una mujer es varn, debe
ser dedicado al Seor".
As pues, los padres de Jess presentaron, por la purificacin, la ofrenda prescrita:
"un par de trtolas o dos pichones".
Haba en Jerusaln un hombre recto, piadoso y lleno del Espritu Santo; se llamaba Sim
en, y todas sus esperanzas estaban puestas en el da de la liberacin de Israel.
Por el Espritu Santo le haba sido revelado que no morira sin haber visto al Cristo,
el Ungido del Seor.
Movido igualmente por el Espritu haba ido aquel da al Templo, y cuando Mara y Jos fue
ron tambin all a presentar al nio Jess en obediencia a la ley,
Simen lo tom en brazos y alab a Dios, diciendo:
<CM>Ahora, Seor, <CM>puedo ya morir en paz, <CM>pues, conforme a tu promesa,
he visto con mis propios ojos<CM>al Salvador
que t nos has dado a la vista<CM>de todos los pueblos.
l es la luz de tu revelacin, <CM>que alumbrar a los gentiles! <CM>l es la gloria de tu
pueblo Israel!
Jos y Mara estaban maravillados de todas las cosas que oan decir acerca de Jess.
Simen, despus de bendecirlos, le dijo a Mara:<CM>Mira, por causa de este nio, muchos
caern y muchos se levantarn en Israel. Ser motivo de contradiccin,
y pondr al descubierto los ms ntimos pensamientos de muchos corazones. En cuanto a
ti, una espada te atravesar el alma.
En el Templo se encontraba tambin la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu d
e Aser. Era de edad muy avanzada, pues al cabo de siete aos de matrimonio
haba quedado viuda, y desde entonces haban transcurrido otros ochenta y cuatro aos.
Jams sala del Templo, donde pasaba los das y las noches entregada a la oracin y el
ayuno.
Mientras Simen hablaba con Mara y Jos, se les acerc Ana, que en seguida se puso a da
r gracias a Dios y a hablar del nio a todos los que epn Jerusaln esperaban la lleg
ada de la redencin.
Una vez cumplidas las prescripciones de la ley del Seor,regresaron a su hogar en
Nazaret de Galilea.
All creci el nio, se fortaleci y se llen de sabidura; y el favor de Dios estaba siempr
e sobre l.<CM><CM><i>El nio Jess en el templo<i>
Los padres de Jess iban a Jerusaln todos los aos con ocasin de la fiesta de la Pascu
a.
Cuando cumpli los doce aos subi con ellos a Jerusaln, conforme a lo acostumbrado en
la fiesta.
Una vez concluidas las celebraciones, emprendieron el camino de regreso a Nazare
t; pero el nio Jess se qued en Jerusaln, sin que se dieran cuenta Jos y Mara.
Anduvieron todo un da, pensando que l ira en compaa de algunos amigos que regresaban
tambin de Jerusaln; pero luego se pusieron a buscarlo entre parientes y conocidos,
y, al no encontrarlo, se volvieron a Jerusaln para seguir buscndolo all.
Tres das pasaron antes de dar con el nio. Al fin lo hallaron en el Templo, sentado
en medio de los maestros de la ley, escuchndolos y hacindoles preguntas,
y dejndolos maravillados por su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo en aquel lugar, sus padres se quedaron asombrados, y su madre le dijo:<
CM>Hijo, por qu nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado buscndote por todas p
artes, llenos de angustia!
<CM>Y por qu me buscabais? <CM>respondi Jess<CM>No sabais que yo debo ocuparme de los
asuntos de mi Padre?

Ellos no comprendieron lo que les deca el nio,


que en seguida descendi con ellos de Jerusaln y regres a Nazaret. l les obedeca en to
do, y su madre atesoraba estas cosas en el corazn.
Jess continu creciendo en estatura y sabidura, y en la estimacin de Dios y de la gen
te.
En el ao decimoquinto del imperio de Tiberio Csar, siendo Poncio Pilato gobernador
de Judea, Herodes tetrarca de Galilea, Felipe, hermano de Herodes, tetrarca de
Iturea y de la provincia de Traconite, y Lisanias tetrarca de Abilinia;
y siendo Ans y Caifs los sumos sacerdotes, vino un mensaje de Dios a Juan, hijo de
Zacaras, que viva en el desierto.
Juan sali entonces a recorrer la regin por la que discurra el ro Jordn; y predicaba q
ue, para obtener el perdn de los pecados, era necesario bautizarse como expresin e
xterna de un sincero arrepentimiento.
Acerca de esto, el profeta Isaas haba dicho:"Se oye una voz que grita en el desier
to: <CM>Preparad el camino del Seor! <CM>Allanad sus veredas,
rellenad los valles<CM>y aplanad toda montaa y colina; <CM>enderezad los caminos
torcidos<CM>y alisad los surcos.
Entonces todo ser humano ver<CM>al Salvador enviado por Dios".
Juan, dirigindose a las multitudes que acudan a ser bautizadas, les hablaba en est
os trminos:<CM>Hijos de vbora!, creis que por bautizaros vais a escapar de la ira ven
idera?
No ser as, si antes no demostris con vuestra vida y conducta que estis de veras arre
pentidos. Y no pensis que vais a salvaros por ser descendientes de Abraham, porqu
e eso no basta, pues aun de estas piedras puede Dios sacarle descendientes a Abr
aham.
El hacha del juicio est alzada, lista para cortaros de raz como se cortan los rbole
s. Y no olvidis que cualquier rbol que no da buen fruto, se corta y se arroja al f
uego.
La gente le preguntaba:<CM>Y qu debemos hacer nosotros?
l les responda:<CM>Pues mirad, quien tenga dos tnicas, que le d una al que no tiene
ninguna. Quien tenga comida de sobra, que la reparta con el que no la tiene.
Tambin acudieron adonde estaba Juan unos recaudadores de impuestos, para que los
bautizase. Le dijeron:<CM>Maestro, qu haremos nosotros?
Les contest:<CM>Sed honrados y no forcis a nadie a pagar ms de lo que est establecid
o por las autoridades.
Unos soldados le preguntaron tambin:<CM>Y nosotros, qu debemos hacer?<CM>No exijis d
inero a la fuerza ni acusis al inocente, y contentaos con el salario que recibs.
Por aquel tiempo, el pueblo estaba esperando la pronta aparicin del Cristo, y muc
hos anhelaban saber o se preguntaban si no lo sera el propio Juan,
quien en cierto momento habl, diciendo:<CM>Yo os bautizo con agua, pero despus de
m viene uno ms poderoso que yo, del cual ni siquiera soy digno de desatar las corr
eas de su calzado: l os bautizar con Espritu Santo y fuego.
l viene preparado para aventar el grano y separar la paja del trigo; guardar el tr
igo en el granero y quemar la paja en una hoguera que nunca se apagar.
Juan sola utilizar ejemplos y exhortaciones como stas para anunciarle al pueblo la
s buenas noticias.
En aquel mismo tiempo reprendi al tetrarca Herodes por haberse casado con Herodas,
la mujer de su propio hermano Felipe; y le reprendi igualmente por las innumerab
les maldades que haba cometido,
a las cuales aadi Herodes la de hacer que apresaran a Juan y lo encerrasen en la cr
cel.<CM><CM><i>Bautismo y genealoga de Jess<i>
Sucedi otro da, en que la gente se agolpaba para ser bautizada por Juan, que tambin
Jess se acerc para que le bautizase. Despus del bautismo, mientras Jess oraba, el c
ielo se abri,
y el Espritu Santo descendi sobre l en la forma corporal de una paloma. En aquel mi
smo momento se oy una voz del cielo, que deca:<CM>T eres mi Hijo amado; en ti me co
mplazco.
Tena Jess unos treinta aos de edad cuando dio principio a su ministerio pblico, y er
a conocido como hijo de Jos.Jos era hijo de El,
El de Matat, <CM>Matat de Lev, <CM>Lev de Melqui, <CM>Melqui de Jana, <CM>Jana de J

os,
Jos de Matatas, <CM>Matatas de Ams, <CM>Ams de Nahm, <CM>Nahm de Esli, <CM>Esli de Nag
i,
Nagai de Maat, <CM>Maat de Matatas, <CM>Matatas de Semei, <CM>Semei de Jos, <CM>Jos
de Jud,
Jud de Joana, <CM>Joana de Resa, <CM>Resa de Zorobabel, <CM>Zorobabel de Salatiel
, <CM>Salatiel de Neri,
Neri de Melqui, <CM>Melqui de Adi, <CM>Adi de Cosam, <CM>Cosam de Elmodam, <CM>E
lmodam de Er,
Er de Josu, <CM>Josu de Eliezer, <CM>Eliezer de Jorim, <CM>Jorim de Matat,
Matat de Lev, <CM>Lev de Simen, <CM>Simen de Jud, <CM>Jud de Jos, <CM>Jos de Jonn, <
nn de Eliaquim,
Eliaqim de Melea, <CM>Melea de Mainn, <CM>Mainn de Matata, <CM>Matata de Natn,
Natn de David, <CM>David de Isa, <CM>Isa de Obed, <CM>Obed de Booz, <CM>Booz de Sal
mn,
Salmn de Naasn, <CM>Naasn de Aminadab, <CM>Aminadab de Aram, <CM>Aram de Esrom, <CM
>Esrom de Fares, <CM>Fares de Jud,
Jud de Jacob, <CM>Jacob de Isaac, <CM>Isaac de Abraham, <CM>Abraham de Tar, <CM>Ta
r de Nacor,
Nacor de Serug, <CM>Serug de Ragau, <CM>Ragau de Peleg, <CM>Peleg de Heber, <CM>
Heber de Sala,
Sala de Cainn, <CM>Cainn de Arfaxad, <CM>Arfaxad de Sem, <CM>Sem de No, <CM>No de La
mec,
Lamec de Matusaln, <CM>Matusaln de Enoc, <CM>Enoc de Jared, <CM>Jared de Mahalalee
l, <CM>Mahalaleel de Cainn,
Cainn de Ens, <CM>Ens de Set, <CM>Set de Adn. <CM>Y Adn fue creado por Dios.
Jess, lleno del Espritu Santo, subi del Jordn, y el Espritu Santo le impuls a ir al de
sierto de Judea.
All permaneci cuarenta das, durante los cuales fue tentado por el diablo. En todo e
se tiempo no comi nada, pero pasados aquellos das tuvo hambre.
Entonces el diablo le dijo:<CM>Si eres el Hijo de Dios, di a esta piedra que se
convierta en pan.
Jess le respondi:<CM>Escrito est: "No slo de pan vivir el hombre".
Luego le llev el diablo a un monte de gran altura, y desde su cumbre le mostr en u
n solo instante todos los reinos de la tierra,
y le dijo:<CM>Todo ese poder y toda esa riqueza me pertenecen a m, y puedo drselo
a quien yo quiera.
Todo esto ser tuyo, si te arrodillas delante de m y me rindes adoracin.
Respondiendo Jess, le dijo:<CM>Est escrito: "Adora al Seor tu Dios y srvele tan slo a
l".
El diablo le llev por ltimo a Jerusaln, lo puso sobre el pinculo del Templo y le dij
o:<CM>Si eres el Hijo de Dios, arrjate abajo desde aqu,
porque est escrito: "Dios dar rdenes a sus ngeles acerca de ti, para que te protejan
;
y ellos te sostendrn con sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra
".
Jess le contest:<CM>Pero tambin dicen las Escrituras: "No pondrs a prueba al Seor tu
Dios".
Despus de esto, el diablo se apart de Jess en espera de una ocasin propicia para int
entar probarle de nuevo.<CM><CM><i>Rechazan a Jess en Nazaret<i>
Jess regres entonces a Galilea con el poder del Espritu Santo, y rpidamente se exten
di su fama por toda la regin.
Sola ensear en las sinagogas, y sus enseanzas eran muy apNreciadas por la gente.
Fue un da a Nazaret, el pueblo donde haba transcurrido su infancia, y un sbado, com
o tena por costumbre, entr en la sinagoga. Se puso de pie para leer las Escrituras
,
y le dieron el libro del profeta Isaas. Lo abri y busc el pasaje que dice:
"El Espritu del Seor <CM>est sobre m: <CM>me ha ungido para llevar "a los pobres<CM>
las buenas noticias de la "salvacin; <CM>para anunciar libertad a los cautivos, <
CM>vista a los ciegos<CM>y liberacin a los oprimidos;

para proclamar el ao de <CM>gracia del Seor".


Despus de esta lectura cerr el libro, lo entreg al ministro del culto y se sent; per
o los que estaban en la sinagoga seguan con los ojos puestos en Jess, que les dijo
:
<CM>Hoy se ha cumplido delante de vosotros esta Escritura que habis odo.
Todos los presentes aprobaban lo que l les deca, y las palabras admirables que sala
n de sus labios los tenan llenos de asombro, y se preguntaban:<CM>Pero no es ste el
hijo de Jos?
Jess les dijo:<CM>Probablemente os estis acordando de ese conocido refrn que dice:
"Mdico, crate a ti mismo", y os estis preguntando por qu no hago aqu, en Nazaret, alg
uno de los muchos milagros que, segn habis odo, hice en Cafarnaum.
Pues esta es la razn: No hay ningn profeta que haya sido aceptado en su propia tie
rra.
Habis acaso olvidado lo que sucedi en vida de Elas, cuando por tres aos y seis meses
no cay ni una gota de lluvia, y hubo una gran hambre en todo el pas? Muchas eran l
as viudas que haba entonces en Israel,
pero Elas no fue enviado a ninguna de ellas, sino a una mujer viuda de Sarepta de
Sidn.
Y en Israel haba muchos leprosos en tiempos del profeta Eliseo, pero l no fue envi
ado a limpiar de la lepra a ningn enfermo judo, sino a un extranjero: a Naamn el si
rio.
Estas palabras de Jess llenaron de ira a todos los que le estaban escuchando en l
a sinagoga.
Tanta fue su indignacin, que se levantaron de sus asientos, lo cogieron y, sacndol
o de la ciudad, lo llevaron a lo ms alto del monte sobre el cual estaba edificada
. Intentaron arrojarle por un despeadero,
pero Jess pas por en medio de todos y se les fue de las manos.<CM><CM><i>Jess expul
sa a un espritu maligno<i>
De all vino de nuevo a Galilea, y entr en Cafarnaum, donde cada sbado predicaba en
la sinagoga.
La gente segua admirada sus enseanzas, porque les hablaba con plena autoridad.
Un da, mientras estaba enseando en la sinagoga, comenz a gritar un hombre posedo por
el espritu impuro de un demonio. Deca a voces:
<CM>Vete de aqu! No queremos nada contigo, Jess de Nazaret! Yo te conozco, y s que has
venido a destruirnos, porque t eres el Santo de Dios!
Jess, interrumpindole, le reprendi diciendo:<CM>Cllate y sal de este hombre!El demoni
o sali de l, arrojndolo al suelo delante de todos, pero sin hacerle ningn dao.
Cuantos fueron testigos de aquel hecho estaban asombrados, y unos a otros se pre
guntaban:<CM>Qu autoridad y poder tiene su palabra, que manda salir a los espritus
impuros y le obedecen?
(Con hechos como este, la fama de Jess se extenda por todos los lugares de alreded
or).<CM><CM><i>Jess sana a muchos enfermos<i>
Jess sali de la sinagoga y se fue a casa de Simn, cuya suegra estaba en cama, con u
na fiebre muy alta. Rogaron a Jess que la curase,
y l, inclinndose sobre la enferma, reprendi a la fiebre, que al instante la dej, de
modo que ella pudo levantarse del lecho y prepararles una comida.
Al atardecer, mientras el sol se pona, los que tenan enfermos en sus casas los lle
vaban a Jess. Las dolencias eran diversas, pero bastaba con que pusiera las manos
sobre ellos para que sanaran.
Tambin haba endemoniados, de los cuales salan los demonios gritando:<CM>T eres el Hij
o de Dios!Pero l les increpaba y no los dejaba hablar, porque saban que Jess era el
Cristo.
Al amanecer del siguiente da, sali y se fue a un lugar solitario. La gente comenz p
ronto a buscarle, y cuando por fin dieron con l le suplicaron que no los dejase,
sino que se quedara con ellos en Cafarnaum.
Pero Jess les dijo:<CM>Es necesario que vaya a otros lugares, a anunciar tambin en
ellos las buenas noticias del reino de Dios. Precisamente para eso he sido envi
ado.
De este modo continu predicando el evangelio en las diversas sinagogas de Galilea
.

Un da, junto al lago de Genesaret, predicaba Jess a una gran multitud que se haba a
golpado a su alrededor para escuchar la palabra de Dios.
Observ que a la orilla del lago haba dos barcas, y que unos pescadores haban bajado
de ellas para lavar sus redes.
Entonces subi Jess a una de las barcas, y rog a Simn, se dueo, que la alejase un poco
de la orilla; luego se sent y empez a ensear a la gente.
Cuando termin de hablar, le dijo a Simn:<CM>Boga ahora, y cuando est la barca un po
co ms cerca del centro del lago, echad las redes para pescar.
Simn le respondi:<CM>Maestro, hemos pasado toda la noche trabajando, pero no hemos
conseguido pescar nada. Sin embargo, confiando en tus palabras, echar la red otr
a vez.
As lo hicieron, y atraparon tal cantidad de peces que la red se rompa.
Por eso tuvieron que pedir por seas a los compaeros que estaban en la otra barca q
ue se acercaran a ayudarlos; y llenaron tanto las dos barcas, que pareca que iban
a hundirse.
Viendo lo que ocurra, Simn Pedro se arrodill delante de Jess y le dijo:<CM>Seor, aprta
e de m, que no soy ms que un pecador!
Porque ni l ni los que estaban con l salan del estupor que les haba causado aquella
pesca portentosa;
y lo mismo les suceda a Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que iban en la otra barc
a y eran compaeros de trabajo de Simn. Pero Jess le dijo a Simn:<CM>No tengas miedo;
de ahora en adelante vas a ser pescador de hombres.
Cuando ms tarde llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo por seguir a Jess.<C
M><CM><i>Jess sana a un leproso<i>
En uno de los pueblos que l visitaba, se le present uno que estaba gravemente enfe
rmo de lepra. Al llegar ante Jess se ech al suelo, y rostro en tierra le rog:<CM>Seo
r, si t quieres, puedes limpiarme.
Jess extendi la mano y le toc, mientras deca:<CM>Quiero. Queda limpio.En ese mismo m
omento le desapareci la lepra.
Luego Jess le orden que no dijera nada a nadie, sino que fuese a mostrarse primera
mente al sacerdote:<CM>Ve y ofrece los sacrificios de purificacin que la ley de M
oiss requiere de los leprosos sanados de su enfermedad. De este modo sabrn todos q
ue ya ests limpio.
Aquel caso acrecent la fama de Jess, y era mucha la gente que se reuna para orle pre
dicar y para que curase sus dolencias.
Pero l se retirabla a menudo a lugares apartados, para entregarse a la oracin.<CM>
<CM><i>Jess sana a un paraltico<i>
Un da estaba enseando ante un grupo de fariseos y maestros de la ley que haban lleg
ado de diferentes lugares de Galilea, de Judea y de la misma Jerusaln. Ellos, sen
tados, escuchaban a Jess, con quien estaba el poder sanador del Seor.
En esto llegaron unos hombres que llevaban una camilla en la que reposaba un par
altico. Trataron de abrirse paso entre la multitud, a fin de ponerlo ante Jess,
pero no lo lograban a causa de la mucha gente que se apretujaba a su alrededor.
Entonces subieron a lo alto de la casa, y sobre el sitio donde l se encontraba le
vantaron el tejado y con unas cuerdas bajaron la camilla con el paraltico.
Viendo la fe de aquellos hombres, Jess le dijo al paraltico:<CM>Amigo, tus pecados
te son perdonados.
Los fariseos y los maestros de la ley pensaron en seguida: "Quin se cree que es ste
? Est blasfemando, porque solamente Dios puede perdonar los pecados!"
Jess, que saba lo que pensaban, les pregunt:<CM>Por qu cavilis de ese modo en vuestro
interior?
Qu es ms fcil, decirle a este paraltico: "Tus pecados te son perdonados", o decirle:
"Levntate y anda"?
Pues ved ahora que el Hijo del hombre tiene toda la autoridad para perdonar peca
dos en este mundo.Entonces, dirigindose al paraltico, le orden:<CM>Escucha, levntate,
recoge tu camilla y vete a tu casa!
Al momento, ante los ojos de todos, el hombre se puso en pie de un salto, tom la
camilla en la que haba estado acostado y se fue a su casa alabando y dando gracia
s a Dios.
Todos los que presenciaron la escena se sintieron llenos de asombro y temor, y e

mpezaron a alabar a Dios y a decir una y otra vez:<CM>Hoy hemos visto maravillas!
<CM><CM><i>Llamamiento de Lev<i>
Al salir del pueblo vio Jess a un publicano llamado Lev, que estaba sentado a su m
esa de recaudacin de los impuestos pblicos. Le dijo:<CM>Sgueme!
Lev, abandonndolo todo, le sigui.
Ms tarde prepar Lev en su casa un banquete en honor de Jess; y muchos colegas de Lev
y algunas otras personas se sentaron con l a la mesa.
Los fariseos y los maestros de la ley no tardaron en expresar su disgusto. Se qu
ejaron a los discpulos de Jess de que l estuviera comiendo y bebiendo con publicano
s y con pecadores notorios.
Jess mismo les dio la respuesta:<CM>Los que necesitan del mdico no son los que estn
sanos, sino los enfermos.
Yo no he venido a buscar a los que ya son justos y buenos, sino a los pecadores,
para que se arrepientan.<CM><CM><i>Le preguntan a Jess sobre el ayuno<i>
Pero ellos insistieron en sus preguntas:<CM>Por qu los discpulos de Juan el Bautist
a y los de los fariseos ayunan con frecuencia y hacen sus oraciones, y en cambio
los tuyos no se abstienen de comer y beber?
Les dijo Jess:<CM>Cundo se ha visto que los invitados a un banquete de bodas ayunen
mientras est el novio con ellos?
Un da llegar en que se lleven al novio; entonces ser cuando ayunen.
Luego les propuso este ejemplo:<CM>A nadie se le ocurre cortar un trozo de tela
de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque no solo se estropea el nuevo
, sino que el remiendo no armoniza con el vestido viejo. o,
Ni tampoco se le ocurre a nadie poner vino nuevo en odres viejos, porque el vino
nuevo revienta los odres, y se pierden al propio tiempo los odres y el vino.
El vino nuevo debe ponerse en odres nuevos.
Por otra parte, nadie que haya probado el vino viejo querr despus beber del nuevo,
porque dir: "El viejo siempre es mejor".
Un sbado pasaba Jess con sus discpulos por los trigales, y ellos se pusieron a arra
ncar espigas y a frotarlas entre las manos para comerse los granos. 7
Unos fariseos, al verlo, les increparon diciendo:<CM>Por qu hacis algo que nuestra
ley prohbe hacer en sbado?
Jess les respondi:<CM>Acaso no habis ledo las Escrituras? No sabis lo que hizo el rey
avid en una ocasin en que l y los que iban con l tuvieron hambre:
cmo entraron en la casa de Dios y tomaron los panes de la ofrenda, que estaban re
servados exclusivamente para los sacerdotes? David, tra spasando la ley, no slo c
omi de aquellos panes, sino que los reparti entre sus compaeros.
Con todas estas cosas, Jess les deca:<CM>El Hijo del hombre es Seor incluso del sbado
!
Sucedi otro sbado que l estaba enseando en la sinagoga, y haba all un hombre que tena
trofiada la mano derecha.
Los escribas y los fariseos, que no cesaban de buscar razones para acusar a Jess,
le vigilaban estrechamente por ver si se atre&amp;vera a sanar a aquel hombre en
sbado.
Pero Jess, conociendo muy bien lo que pensaban, dijo al de la mano atrofiada:<CM>
Ven ac y ponte de pie donde todos puedan verte.El hombre obedeci.
Entonces Jess, dirigindose a los escribas y los fariseos, les dijo:<CM>Dejadme que
os haga una pregunta: Qu nos permite la ley que hagamos en sbado, el bien o el mal
, salvar una vida o destruirla?
Mir a su alrededor a todos, y sin esperar la respuesta de ellos dijo al hombre:<C
M>Extiende la mano.l la extendi, y al hacerlo le qued completamente sana.
Pero los enemigos de Jess se enfurecieron por esto, y se pusieron a planear qu pod
ran hacer contra Jess.<CM><CM><i>Los doce apstoles<i>
Uno de aquellos das se fue al monte, a orar, y pas toda la noche en oracin.
Luego, cuando hubo amanecido, llam a sus discpulos, y escogi de entre ellos a los d
oce que haban de formar el grupo de los apstoles.
Estos eran: Simn, a quien Jess llam Pedro, Andrs, hermano de Simn, Jacobo, Juan, Feli
pe, Bartolom,
Mateo, Toms, Jacobo hijo de Alfeo, Simn, llamado el zelota, :2
Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, el que traicion a Jess.<CM><CM><i>Bend

iciones y ayes<i>
Jess descendi del monte con los discpulos, y se detuvo en un lugar llano donde en s
eguida los rode una gran multitud procedente de Judea y Jerusaln, y de lugares tan
alejados como las ciudades portuarias de Tiro y Sidn. Muchos haban recorrido larg
as distancias para escuchar las enseanzas de Jess, y otros acudan a l para que los s
anase de sus enfermedades.
Aquel da expuls los demonios que atormentaban a muchas personas.
Y la gente se apretujaba tratando de tocarle, porque al que lo consegua, la fuerz
a que sala de Jess lo curaba de cualquier enfermedad que padeciese.
Jess, mirando a sus discpulos, deca:<CM>Dichosos vosotros los pobres, porque el rei
no de Dios os pertenece.
Dichosos los que tenis hambre, porque vais a quedar saciados. Dichosos los que ah
ora lloris, porque viene el momento en que reiris con alegra.
Dichosos seris cuando, por causa del Hijo del hombre, la gente os odie, os despre
cie, os insulte y hable mal de vosotros.
Alegraos, saltad de jbilo, porque es grande el premio que os espera en los cielos
; y consolaos sabiendo que as trataron tambin a los antiguos profetas.
Pero ay de vosotros, los ricos!, porque ya en este mundo habis obtenido toda vuest
ra felicidad.
Ay de vosotros, los que ahora estis saciados!, porque vendr el da en que pasaris hamb
re.Ay de vosotros, los que ahora res!, porque os llegar la hora de lamentaros y llo
rar.
Ay de vosotros, cuando todo el mundo os alabe!, porque eso mismo hacan vuestros an
tepasados con los falsos profetas.<CM><CM><i>El amor a los enemigos<i>
Pero a vosotros, los que me escuchis, os digo esto: Amad a vuestros enemigos, hac
ed el bien a los que os odian,
bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian.
Si alguien te da una bofetada en una mejilla, ofrcele tambin la otra; y si alguien
trata de robarte la capa, djale que se lleve tambin la tnica.
Al que te pida, dale; y al que te despoje de lo tuyo, no te obstines en hacrselo
devolver.
Tratad a los dems de la misma manera que deseis que los dems os traten a vosotros.
Porque si amis tan slo a los que os aman, qu mrito ser el vuestro? Incluso los malos s
n capaces de amar as!
Y si os portis bien tan slo con quienes se portan bien con vosotros, qu mrito ser el v
uestro? Incluso los malos son capaces de portarse as!
Y si tan slo prestis dinero a aquellos de quienes esperis recibir algn beneficio, qu m
ito ser el vuestro? Incluso los malos prestan dinero a los malos, a fin de recibir
de ellos otro tanto!
Amad a vuestros enemigos, tratad bien a todos y prestad sin esperar compensacin a
lguna. As vuestro premio ser grande, y seris verdaderos hijos de Dios, que es bonda
doso aun con los ingratos y los malos.
Sed benignos y compasivos, como lo es vuestro Padre celestial!<CM><CM><i>El juzga
r a los dems<i>
No critiquis ni condenis a nadie, y as tampoco a vosotros os criticarn ni os condena
rn. Perdonad, y seris perdonados.
Dad, y se os dar con medida generosa, apretada, remecida y rebosante. Y no olvidis
esto: con la misma medida con que midis, se os medir tambin a vosotros.
Jess, en sus predicaciones, se vala de parbolas y ejemplos como estos:<CM>Acaso pued
e un ciego ser gua de otro ciego? Si uno de ellos tropieza y cae en una zanja, no
arrastrar consigo al otro y lo har caer tambin?
El alumno no es ms que su maestro; aunque quiz un da pueda llegar a ser como su mae
stro, si se prepara debidamente.
Por qu miras la paja que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en la viga que
t tienes en el tuyo?
Te atreveras a pedirle permiso a tu hermano para sacar la paja de su ojo, sin ante
s haber sacado la viga que est en el tuyo? Hipcrita, saca primero la viga de tu ojo
, y entonces podrs ver con claridad para sacar la paja del ojo de tu hermano!<CM>
<CM><i>El rbol y su fruto<i>
Un rbol no es bueno, si los frutos que da son malos; y, por el contrario, un rbol

no es malo, si los frutos que da son buenos.


Adems, el rbol se conoce por el fruto que lleva, pues ni los espinos pueden dar hi
gos, ni las zarzas uvas.
Del mismo modo, el hombre bueno hace el bien porque su corazn contiene un tesoro
de bondad; en cambio, el hombre malo hace el mal porque su corazn contiene un tes
oro de maldad. Y sucede que de lo que rebosa el corazn, habla la boca.<CM><CM><i>
El prudente y el insensato<i>
Ahora decidme, por qu me llamis "Seor, Seor!", si no obedecis a lo que yo os digo?
Cualquiera que viene a m, y me escucha y obedece, os dir a qu puede compararse.
Es como el hombre que para edificar su casa cav hondo, hasta encontrar la roca so
bre la cual afirmar sus cimientos. As, aunque luego se desbordaron las aguas del
ro y golpearon impetuosamente los muros, la casa no vacil, sino que resisti el emba
te de la inundacin, porque su fundamento era la roca.
Pero el que oye y no obedece es como un hombre que edific su casa sobre la tierra
, sin cimientos; de modo que cuando se desbordaron las aguas del ro y golpearon l
os muros, la casa se vino abajo y fue total su ruina.
Cuando Jess concluy de predicar ante el pueblo congregado, regres a Cafarnaum.
Precisamente por entonces, en casa de un centurin del ejrcito romano se encontraba
enfermo, al borde de la muerte, uno de sus sirvientes, por quien el centurin sen
ta un gran aprecio.
Al oir hablar de Jess, le envi varios ancianos judos para rogarle que acudiera a su
casa y sanara al sirviente.
Los ancianos fueron a ver a Jess, y le suplicaron encarecidamente que atendiese l
a peticin del centurin:<CM>Es un hombre merecedor de que le ayudes,
porque ama tanto a nuestra nacin que hasta "ha costeado con su propio dinero la c
onstruccin de una sinagoga.
Jess acompa a los enviados, pero cuando ya iban aproximndose a la casa salieron a re
cibirle varios amigos del centurin, portadores de un mensaje de su parte, que deca
:<CM>Seor, no te molestes en llegar hasta aqu,
porque yo no merezco el honor de que entres en mi casa, y ni siquiera el de sali
r a tu encuentro. Pero estoy seguro de que con una palabra tuya, dicha desde don
de ahora ests, mi sirviente sanar.
Porque tambin yo estoy acostumbrado a obedecer las rdenes de mis superiores, y al
propio tiempo tengo soldados a mis rdenes, de manera que si a uno le digo "Ve", l
va; y si le digo "Ven", viene; y si a mi sirviente le digo "Haz esto", lo hace.
Jess se volvi maravillado hacia la gente que le haba seguido, y dijo:<CM>Ni siquier
a entre los judos he hallado tanta fe.
Cuando los amigos del centurin regresaron a la casa, ya haba sanado el sirviente e
nfermo.<CM><CM><i>Jess resucita al hijo de una viuda<i>
Despus de esto Jess se dirigi con sus discpulos al pueblo llamado Nan. Le segua, como
siempre, una gran multitud.
Cerca de las puertas del pueblo se encontraron con un cortejo fnebre que sala de a
ll. El muerto era el hijo nico de una mujer viuda, a la que mucha gente haba ido a
acompaar en su dolor.
Vindola llorar, el corazn del Seor se llen de compasin, y le dijo:<CM>No llores!
En seguida se acerc al fretro y lo toc. Los que lo llevaban se detuvieron, y l enton
ces dijo:<CM>Muchacho, a ti te digo, levntate!
Al punto, el joven se incorpor y se puso a hablar, y Jess se lo entreg a la madre.
Todos los que haban sido testigos de aquel milagro daban gloria a Dios, y decan co
n temor y reverencia: "Un gran profeta se ha levantado en medio de nosotros!" y "D
ios ha venido a visitar a su pueblo!"
La noticia de aquel acontecimiento extendi la fama de Jess por toda Judea y por to
das las regiones contiguas.<CM><CM><i>Jess y Juan el Bautista<i>
Los discpulos de Juan el Bautista tuvieron noticias de las obras que haca Jess, y f
ueron a contrselo a Juan.
Este encarg a dos de ellos que le preguntaran si l era realmente el Cristo que esp
eraban, o si deban esperar a otro.
Fueron, pues, y le dijeron: <CM>Juan el Bautista nos ha encargado que te pregunt
emos si t eres el que haba de venir, o si tenemos que seguir esperando a otro.
Aquellos dos discpulos de Juan vieron entonces cmo Jess sanaba a muchos que estaban

enfermos, invlidos o posedos por espritus malignos, y cmo daba la vista a los ciego
s;
y les dijo:<CM>Volved a Juan y hacedle saber lo que vosotros mismos habis visto y
odo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermed
ad, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buen
a noticia de la salvacin.
Y dichoso aqul que no se escandalice por mis palabras ni mis obras!
Los mensajeros de Juan se fueron, y entonces Jess comenz a hablar de Juan a la gen
te. Deca:<CM>Qu salisteis a ver al desierto? Una caa sacudida por el viento?
O acaso salisteis a ver a un personaje vestido con ropas elegantes?... A la gente
que viste con elegancia y vive rodeada de lujos, se la puede encontrar en los pa
lacios reales, no en el desierto!
Entonces, que salisteis a ver? Un profeta? Pues eso s, y ms que un profeta!
De l es de quien est escrito:"Yo envo mi mensajero delante de ti, <CM>para que te p
repare el camino".
Escuchad lo que os digo: Entre todos los seres humanos no ha habido ni habr jams u
n profeta ms importante que Juan el Bautista. Y sin embargo, el ms pequeo en el rei
no de Dios es mayor que l.
Todos los que escucharon la predicacin de Juan, incluso los publicanos, alabaron
la justicia de Dios, y acudieron a ser bautizados por Juan.
Pero los fariseos y los intrpretes de la ley de Moiss no se dejaron bautizar por J
uan, y de ese modo rechazaron los designios de Dios para con ellos mismos.
A qu podr comparar a la gente de la generacin actual? A quin se parece?
Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, se dicen a voces unos a ot
ros: "Cuando tocamos la flauta, no bailasteis; y cuando cantamos endechas, no ll
orasteis".
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y dijisteis que est p
osedo por un demonio.
Pero despus ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decs: "Ah est ese hombr
e, glotn y bebedor de vino, que adems es amigo de publicanos y pecadores".
Pero el hecho es que la sabidura se acredita por los que la aceptan.<CM><CM><i>Un
a mujer pecadora unge a Jess<i>
Un da invit un fariseo a Jess a comer con l. Fue a casa del fariseo y, apenas se haba
sentado a la mesa,
cuando entr una mujer de la ciudad, una prostituta que se haba enterado de que l es
taba all, en casa del fariseo. Llevaba un frasco de alabastro, lleno de perfume,
y echndose a los pies de Jess, comenz a llorar sobre ellos y a enjugrselos con sus p
ropios cabellos. Le besaba los pies y se los unga con el perfume.
El fariseo que le haba invitado, al ver aquello, se dijo a s mismo: "Si este fuera
un autntico profeta, sabra quin es la mujer que le est tocando, que se trata de una
prostituta".
Jess se dirigi entonces al fariseo:<CM>Simn, tengo algo que decirte.<CM>Dime, Maest
ro.
<CM>Mira, en cierta ocasin, un hombre prest dinero a dos individuos: a uno le pres
t quinientos denarios, y al otro cincuenta.
Pero el tiempo pas sin que ninguno de los dos pudiera saldar su deuda, porque no
tenan dinero; visto lo cual, el acreedor decidi perdonar a ambos. Pues dime, despus
de aquel gesto de benevolencia, cul de los dos tendr en mayor aprecio al acreedor?
Contest Simn:<CM>Supongo que aquel a quien le perdon la deuda ms elevada.<CM>Has res
pondido correctamente <CM>dijo Jess,
que vuelto hacia la mujer sigui diciendo a Simn:<CM>Fjate en esta mujer. Cuando ent
r en tu casa, ni siquiera se te ocurri ofrecerme agua para lavarme los pies, mient
ras que ella me los ha lavado con sus lgrimas y me los ha enjugado con sus propio
s cabellos.
No me saludaste con un beso de amistad, pero esta mujer, desde que ha entrado, n
o ha cesado de besarme los pies.
Tampoco me ungiste la cabeza con ningn perfume, mientras que ella ha trado perfume
para ungirme los pies.
Pues bien, te aseguro que ella me ha manifestado un gran amor porque sus muchos
pecados le son perdonados; en cambio, al que poco se le perdona, poco amor manif

iesta.
Le dijo entonces a ella:<CM>Tus pecados te son perdonados.
Los dems invitados que estaban sentados a la mesa se preguntaban: "Quin es ste, que
se atreve a perdonar pecados?"
Pero Jess, sin hacerles caso, dijo a la mujer:<CM>Tu fe te ha salvado. Vete en pa
z.
Poco despus emprendi Jess un recorrido por las ciudades y los pueblos de Galilea, a
fin de anunciar la llegada del reino de Dios. Le acompaaban sus doce discpulos,
algunas mujeres que l haba sanado de enfermedades, y otras de las que haba expulsad
o espritus malignos. Entre ellas estaban Mara de Magdala, de la que haba expulsado
siete demonios,
Juana, esposa de Chuza (funcionario encargado de asuntos internos del palacio de
Herodes) y Susana. Tambin haba ot ras muchas, que contribuan con sus bienes al sus
tento de Jess y sus discpulos.
En cierta ocasin se reuni una gran multitud, cuyo nmero aument con la gente que lleg
aba de las ciudades vecinas para escuchar a Jess. Entonces les cont esta parbola:
<CM>Un labrador sali a sembrar su campo. Al lanzar la semilla, una parte cay en el
camino, donde fue pisoteada por la gente o comida por los pjaros.
Otra parte cay en terreno pedregoso, donde la tierra no tena profundidad; estos gr
anos no tardaron en brotar, pero en seguida se secaron por falta de humedad.
Otra parte cay entre espinos, que nacieron juntamente con la semilla y la ahogaro
n.
Pero otra parte cay en buena tierra, de modo que germin, brot y dio fruto hasta al
ciento por uno de lo sembrado.Concluy Jess su parbola exclamando:<CM>El que tiene odo
s, que oiga!
Despus le preguntaron los discpulos por el significado de aquella parbola,
y l les respondi:<CM>Vosotros habis sido llamados a conocer los misterios del reino
de Dios, pero a esa gente he de hablarles por parbolas, para que "aunque miren n
o vean y aunque oigan no entiendan".
Escuchad, pues, vosotros: La semilla es el mensaje de Dios para el hombre.
La que cay en el camino representa a quienes lo escuchan con inters, pero viene lu
ego el diablo y se lo quita del corazn, para que no crean y se salven.
La semilla cada en terreno pedregoso es semejante a los que se deleitan oyendo la
palabra de Dios, pero no echan races ni crecen; por un poco de tiempo llegan inc
luso a creer en ella, pero cuando vienen pruebas duras, se apartan y abandonan.
La semilla que cay entre los espinos es como los que escuchan el mensaje, pero el
peso de las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida lo ahogan si
n dejarle que d fruto.
Pero la semilla sembrada en la buena tierra representa a quienes con corazn bueno
y recto escuchan la palabra de Dios, y la retienen, y dan fruto abundante porqu
e perseveran en ella.<CM><CM><i>Una lmpara en una repisa<i>
En otra ocasin dijo Jess:<CM>Nadie enciende una lmpara y la cubre despus con una vas
ija, ni la pone bajo la cama para que no d luz. No, el que enciende una lmpara la
pone en alto, en el candelero, para que alumbre a los que entran en la casa.
Escuchad: no hay nada oculto que no haya de ponerse al descubierto, ni hay nada
escondido que no llegue un da a conocerse y salir a la luz.
Prestad atencin a cmo os, porque al que tiene se le dar ms; pero al que apenas tiene,
aun lo poco que cree tener se le quitar.<CM><CM><i>La madre y los hermanos de Je
ss<i>
Una vez fueron a ver a Jess su madre y sus hermanos; pero haba tanta gente alreded
or de l que no lograban abrirse paso.
En'tonces alguien le dio aviso, dicindole:<CM>Tu madre y tus hermanos estn ah fuera
, y quieren verte.
Jess respondi:<CM>Mi madre y mis hermanos son todos los que escuchan el mensaje de
Dios y lo obedecen.<CM><CM><i>Jess calma la tormenta<i>
Otro da sucedi que entr en una barca, junto con sus discpulos, y les sugiri que bogar
an hasta la otra orilla del lago.
Durante la travesa se qued dormido, y mientras dorma aument la intensidad del viento
y se desencaden una violenta tempestad. Las olas empezaron a inundar la barca, y
el riesgo de hundimiento era inminente.

Fueron entonces a despertar a Jess, diciendo:<CM>Maestro, Maestro, nos vamos a aho


gar!Jess se despert e increp a la tempestad. Al punto, el viento y el oleaje se cal
maron, y el lago recobr la tranquilidad.
Entonces les pregunt:<CM>Dnde est vuestra fe?Ellos, asustados y llenos de asombro, s
e decan unos a otros:<CM>Quin es este hombre, que hasta a los vientos y las olas da
rdenes, y le obedecen?<CM><CM><i>Liberacin de un endemoniado<i>
Arribaron por fin a la tierra de los gadarenos, en la ribera del lago opuesta a
Galilea.
Apenas bajaron de la barca, les sali al encuentro un hombre de la ciudad, que des
de haca mucho tiempo estaba endemoniado. No tena hogar, andaba desnudo y viva entre
las tumbas del cementerio.
Cuando vio a Jess, lanz un alarido y se arroj a sus pies exclamando a gran voz:<CM>Q
u tienes conmigo, Jess, Hijo del Dios Altsimo? Te suplico que no me atormentes!
Deca esto porque ya Jess haba ordenado que saliera de aquel hombre el espritu impuro
que se haba posesionado de l. Lo sujetaban con cadenas y grillos, pero era tan vi
olenta su furia que rompa las cadenas, y movido por el demonio hua a lugares desie
rtos.
Jess le pregunt:<CM>Cmo te llamas? <CM>Me llamo Legin <CM>respondi, porque eran muchos
los demonios que habitaban en l,
los cuales le rogaban que no los enviase al abismo.
Cerca de aquel lugar haba una piara de cerdos paciendo en el monte, y los demonio
s pidieron a Jess que los dejara entrar en ellos. l se lo permiti,
y entonces los demonios salieron del hombre y se metieron en los cerdos, que se p
recipitaron al lago por un despeadero y se ahogaron.
Los que cuidaban la piara de cerdos echaron a correr a la ciudad vecina, y all y
en los campos cercanos contaron lo que haba sucedido.
Pronto sali la gente a cerciorarse personalmente de los hechos, y hallaron al hom
bre que haba estado endemoniado sentado a los pies de Jess, tranquilo, vestido y e
n su cabal juicio. Todos se llenaron de temor, y ms an
cuando oyeron relatar lo ocurrido con el endemoniado a quienes fueron testigos p
resenciales de su curacin.
Los que vivan en aquella comarca gadarena se dirigieron a Jess, y movidos por el m
iedo le suplicaron que se marchase de all. l, complacindolos, entr de nuevo en la ba
rca y emprendi el viaje de regreso.
Por su parte, el hombre que haba estado endemoniado peda a Jess que le dejara acomp
aarle; pero Jess no se lo permiti,
sino que le mand que volviese a su casa y contase a los suyos las grandes cosas q
ue Dios haba hecho por l. El hombre obedeci, y no cesaba de referir por toda la ciu
dad el maravilloso milagro que Jess haba hecho en su favor.<CM><CM><i>Una nia muert
a y una mujer enferma<i>
Al otro lado del lago estaba esperando a Jess una gran multitud, que le recibi con
la mayor alegra.
Pero apenas hubo desembarcado, se arroj a sus pies un principal de la sinagoga ll
amado Jairo, el cual comenz a rogar a Jess que fuera a su casa,
porque su nica hija, una nia como de doce aos, se le estaba muriendo. Jess lo acompa y
, mientras iba con l, la gente se apretujaba a su alrededor.
Entre la multitud haba una mujer que desde haca doce aos padeca continuas hemorragia
s, sin que ningn mdico de los varios que la trataron hubiera logrado curarla, a pe
sar de que en ellos se haba gastado todo el dinero que tena.
Esta mujer se acerc por detrs a Jess y toc el borde de su manto, y al instante se le
detuvo la hemorragia.
Jess pregunt entonces:<CM>Quin me ha tocado? Todos negaron haberlo hecho, y Pedro y
los que estaban con l le dijeron:<CM>Maestro, si por todas partes te est oprimiend
o la gente, cmo dices: "Quin me ha tocado"? Jess insisti:<CM>Alguien me ha tocado del
iberadamente, porque yo he sentido que de m sala una fuerza sanadora.
- - Al saberse descubierta, la mujer cay de rodillas delante de l, y en medio de toda
la gente declar haberle tocado, por qu lo haba hecho y cmo en el mismo instante haba
quedado sanada.
<CM>Hija <CM>le dijo Jess<CM>, tu fe te ha sanado. Vete en paz.

Todava estaba hablando, cuando lleg un mensajero a comunicarle a Jairo:<CM>Tu hija


ha muerto. No vale la pena que sigas molestando al Maestro.
Pero Jess, al oir la noticia, le dijo:<CM>No temas. Solamente ten confianza y tu
hija se salvar.
Siguieron, pues, su camino, y entr en la casa; pero no dej que nadie entrara con l,
aparte de Pedro, Jacobo, Juan y el padre y la madre de la nia.
La casa estaba llena de personas que lloraban y se lamentaban por ella. Jess les
dijo:<CM>No lloris ms! La nia no est muerta, sino dormida.
Estas palabras movieron a burla a los presentes, porque todos saban que haba muert
o;
pero l, tomndola de la mano, le mand con voz fuerte:<CM>Nia, levntate!
Entonces volvi de nuevo a ella su espritu, y se levant de inmediato. En seguida Jess
orden que le dieran de comer;
y a los padres, que estaban atnitos, les orden que no contasen a nadie lo que haban
presenciado.
Un da reuni Jess a sus doce discpulos y les dio poder y autoridad para vencer a todo
s los demonios y para sanar toda suerte de enfermedades.
Luego los envi a proclamar la llegada del reino de Dios y a sanar a los enfermos.
Les dio estas instrucciones:<CM>No llevis para el camino ni bordn ni alforja, ni p
an ni dinero. Tampoco llevis otra ropa que la puesta.
Hospedaos en una sola casa en cada pueblo que visitis.
Y si en algn lugar no quieren recibiros, salid de all sacudiendo el polvo de vuest
ros pies, para que la gente tenga constancia de vuestra protesta.Fueron, pues, l
os discpulos de aldea en aldea, predicando el evangelio y sanando en todas partes
a los enfermos.
- - Al llegar a conocimiento del tetrarca Herodes los milagros que haca Jess y los com
entarios que suscitaban entre la gente, se sinti preocupado y perplejo. Porque un
os decan: "Es Juan, que ha resucitado de entre los muertos";
otros: "Es Elas, que se ha aparecido", y otros: "Seguro que ha resucitado alguno
de los antiguos profetas".
Herodes, confuso al oir tales rumores, trataba de ver a Jess, mientras se deca:<CM
>Yo orden que decapitasen a Juan... quin, pues, es ste, de quien se cuentan cosas ta
n extraordinarias?<CM><CM><i>Jess alimenta a los cinco mil<i>
Cuando los apstoles regresaron, informaron a Jess acerca del viaje que haban hecho.
Luego se fue con ellos a un lugar apartado, prximo a la ciudad de Betsaida.
Pero la gente supo que estaba all, y le sigui. l los recibi a todos, y de nuevo les
habl del reino de Dios y san a los enfermos.
Ya avanzada la tarde, se le acercaron los doce discpulos y le sugirieron:<CM>Desp
ide a la gente, para que puedan ir a los pueblos y campos de alrededor a buscar
comida y alojamiento, porque aqu estamos en un lugar desierto.
<CM>Dadles vosotros de comer <CM>les respondi.<CM>Pero cmo <CM>replicaron<CM>, si a
qu slo tenemos cinco panes y dos peces? O esperas acaso que vayamos a comprar comid
a para esta muchedumbre?
Porque contando nicamente a los hombres, eran unos cinco mil. Sin embargo, Jess or
den:<CM>Decid a todos que se sienten, repartidos en grupos de cincuenta personas.
Los discpulos obedecieron, y cuando la gente se hubo sentado,
Jess tom los cinco panes y los dos peces, y mirando al cielo los bendijo, los part
i y se los dio a los discpulos para que ellos los distribuyeran entre la multitud;
y todos comieron hasta saciarse. Luego recogieron los trozos que haban sobrado, y
con ellos llenaron doce cestas.<CM><CM><i>La confesin de Pedro<i>
Otro da aconteci que Jess estaba aparte, entregado a la oracin; pero cerca de l se en
contraban los discpulos. En cierto momento les pregunt:<CM>Quin dice la gente que so
y yo?Le respondieron:
<CM>Pues hay quienes dicen que eres Juan el Bautista; otros dicen que eres Elas o
alguno de los antieguos profetas que ha resucitado.
<CM>Y vosotros, quin decs que soy?<CM>T eres el Cristo de Dios!"<CM>respondi Pedro.
Pero Jess les encarg severamente que no dijesen esto a nadie,
y aadi:<CM>Primero es necesario que el Hijo del hombre padezca mucho; que los diri
gentes judos, los principales sacerdotes y los maestros de la ley le desprecien y

lo lleven a la muerte, y que resucite al tercer da.


Despus, dirigindose a todos, siguiq diciendo:<CM>Todo aquel que quiera seguirme deb
er renunciar a los mayores anhelos de su vida, y tendr que cargar con la cruz de c
ada da.
Cualquiera que pretenda salvar su vida, la perder; en cambio, el que por causa ma
pierda su vida, la salvar.
Porque si alguien se est destruyendo a s mismo, de qu le servir ganarse el mundo ente
ro?
De aquellos que se avergencen de m y de mis palabras, se avergonzar tambin el Hijo d
el hombre cuando venga en su gloria y en la gloria del Padre y de los santos ngel
es.
Por otra parte, os dir que algunos de los que estn aqu no morirn sin haber visto el
reino de Dios.<CM><CM><i>La transfiguracin<i>
Pasados unos ocho das de estas cosas, Jess se hizo acompaar de Pedro, Juan y Jacobo
, y subi con ellos a un monte a orar.
Mientras estaba orando, su rostro cambi de aspecto, y su ropa se hizo ms blanca y
resplandeciente.
Dos hombres, aparecieron a su lado, conversando con l; eran Moiss y Elas,
que estaban rodeados de un resplandor glorioso y hablaban de la muerte de Jess, l
a cual haba de acontecer en Jerusaln conforme al plan de Dios.
Pedro y los otros discpulos estaban rendidos de sueo, pero haciendo esfuerzos por
permanecer despiertos vieron a Jess envuelto en un brillo glorioso, y a los dos h
ombres que estaban a su lado.
En esto, cuando Moiss y Elas comenzaban a apartarse de Jess, Pedro le dijo: <CM>Maes
tro, qu bueno es que estemos aqu! Si te parece, haremos tres enramadas, una para t
i, otra para Moiss y otra para Elas.Pero lo cierto es que Pedro estaba muy turbado
y no saba lo que deca;
y no haba terminado de hablar a Jess, cuando los envolvi una nube resplandeciente,
y el miedo se apoder de ellos.
En aquel momento sali de la nube una voz, que deca:<CM>Este es mi Hijo amado: escu
chadle a l.
Al dejar de orse la voz ya no vieron a nadie, sino tan slo a Jess. Acerca de lo ocu
rrido guardaron silencio por algn tiempo los tres discpulos, y no se lo contaron a
nadie.<CM><CM><i>Jess sana a un muchacho endemoniado<i>
Al da siguiente, cuando bajaron de la montaa, una gran multitud vino a su encuentr
o.
Y de entre todos los que all estaban sali la voz de un hombre, que clamaba:<CM>Maes
tro, mira a mi hijo! Es el nico que tengo,
pero hay un espritu maligno que se apodera de l y le hace gritar, sacudirse con vi
olencia, echar espuma por la boca y golpearse contra cualquier cosa. Apenas se a
parta de l,
y aunque he rogado a tus discpulos que lo expulsen, no han podido hacer nada.Jess
respondi, diciendo:
<CM>Generacin incrdula y perversa, hasta cundo tendr que estar con vosotros y soporta
ros? Treme ac al muchacho.
Mientras el muchacho se acercaba, el demonio lo derrib a tierra en medio de viole
ntas convulsiones. Jess increp a aquel espritu impuro, san al muchacho y se lo devol
vi a su padre.
Una vez ms, la gente qued asombrada ante tal demostracin de la grandeza de Dios, y
estaban maravillados de las cosas que haca Jess, que entonces habl as a sus discpulos
:
<CM>Escuchadme bien y no olvidis esto que os digo: el Hijo del hombre ser traicion
ado y entregado a los poderes humanos.
Pero ellos no le comprendieron, porque tenan velado el entendimiento. Adems teman h
acerle preguntas.<CM><CM><i>Quin va a ser el ms importante?<i>
Un da se pusieron a discutir unos con otros sobre cul de ellos sera el ms importante
en el reino de Dios.
Jess, que se dio cuenta de lo que haba en lo ntimo de sus corazones, tom a un nio, lo
puso a su lado y les dijo:
<CM>Cualquiera que en nombre mo se preocupa de un nio como este, de m mismo se preo

cupa; y el que de m se preocupa, se preocupa del Padre, que me envi. Queris que os d
iga quin es el ms importante entre todos vosotros? El ms importante es el que a s mi
smo se tiene por menos importante.
Juan, acercndose entonces a Jess, le dijo:<CM>Maestro, hemos visto a uno que expul
saba demonios en tu nombre; pero como no era de los nuestros, se lo hemos prohib
ido.
Jess le dijo:<CM>No se lo prohibis, porque el que no est en contra nuestra, est a nu
estro favor.<CM><CM><i>La oposicin de los samaritanos<i>
Cuando ya se cumpla el tiempo en que Jess haba de regresar al cielo, emprendi decidi
damente el camino a Jerusaln.
Envi delante de l unos mensajeros con el encargo de buscarle alojamiento, los cual
es entraron en una aldea samaritana; pero all no quisieron recibirle, porque no q
ueran tener relacin con nadie que se dirigiese a Jerusaln.
Al enterarse de esto, Jacobo y Juan se irritaron y dijeron a Jess:<CM>Seor, si qui
eres, mandaremos que baje fuego del cielo, como hizo Elas, para que los consuma.
- - Pero Jess se volvi hacia ellos y los reprendi.
Luego se dirigieron a otra aldea.<CM><CM><i>Lo que cuesta seguir a Jess<i>
Mientras iban de camino, se acerc uno y le dijo:<CM>Seor, yo deseo seguirte adonde
quiera que vayas.
<CM>Est bien <CM>respondi Jess<CM>, pero piensa que las zorras tienen cubiles y las
aves nidos, mientras que el Hijo del hombre ni siquiera tiene un sitio donde re
clinar la cabeza.
A otro hombre, Jess lo invit a seguirle, y l le respondi:<CM>S. Seor, yo te seguir; pe
o djame que vaya primero a enterrar a mi padre.
Jess le contest:<CM>Deja que los muertos entierren a sus muertos, y t ven y anuncia
conmigo el reino de Dios.
Otro le dijo:<CM>S, Seor, te seguir; pero permteme ir primero a despedirme de mi fam
ilia.
A ste le respondi Jess:<CM>El que pone la mano en el arado y vuelve atrs la mirada,
no es apto para el reino de Dios.
Un da escogi el Seor a otros setenta discpulos, y los envi delante de l, de dos en dos
, a las ciudades y aldeas adonde l pensaba ir.
Previamente los instruy, dicindoles: <CM>Frente a vosotros hay una mies abundante,
pero son pocos los trabajadores para cosecharla. Por eso debis pedir en oracin al
Seor de la mies que enve muchos trabajadores a su mies.
Id ahora vosotros, pero no olvidis que yo os estoy enviando como corderos en medi
o de una manada de lobos.
No llevis dinero ni alforja, ni otro calzado que el puesto; y no os detengis a sal
udar a la gente en el camino.
Cuando entris en una casa, decid: "La paz sea con vosotros!"
Si los que en ella habitan son gente de paz, la paz que les deseis permanecer con
ellos; en otro caso, se volver a vosotros.
Quedaos en la misma casa, y aceptad la comida y la bebida que os ofezcan, porque
el que trabaja es merecedor de su salario; pero no andis de casa en casa.
As pues, en las ciudades que visitis y seis bien recibidos, comed lo que os pongan
delante;
sanad a cuantos enfermos encontris, y anunciad a todos: "El reino de Dios se ha a
cercado a vosotros".
Ahora bien, si llegis a una ciudad donde la gente, por el contrario, se niegue a
recibiros, proclamad en sus calles:
"Hasta el polvo de esta ciudad sacudimos de nuestros pies, como testimonio en con
tra vuestra! Pero tened presente que el reino de Dios ha estado cerca de vosotro
s".
Yo os aseguro que, en el da del juicio, el castigo de un lugar como Sodoma ser ms s
oportable que el de la ciudad que os rechace.
Ay de ti, Corazn! Ay de ti, Betsaida!, que si los milagros que hice en vosotras se
hubieran hecho en Tiro y Sidn, hace tiempo que su gente andara vestida de luto y c
on la cabeza cubierta de ceniza en seal de arrepentimiento.
Por eso, ms soportable que vuestro castigo ser el que caiga sobre Tiro y Sidn.

Y t, Cafarnaum, que has sido exaltada a las mayores alturas, hasta lo ms profundo d
el infierno sers hundida!
Dicho esto, Jess aadi dirigindose a los suyos:<CM>El que os escucha a vosotros, a m m
e escucha; el que a vosotros rechaza, a m me rechaza. Y el que me rechaza a m, rec
haza a aquel que me envi.
Los setenta que el Seor haba designado regresaron diciendo llenos de alegra:<CM>Seor,
hasta los demonios nos obedecan cuando invocbamos tu nombre!
Jess les dijo:<CM>S, y yo vea a Satans caer del cielo como un rayo.
Yo os he dado autoridad sobre las fuerzas del enemigo; por eso podris pisotear se
rpientes y escorpiones, y nada os daar.
Sin embargo, no es alegris tanto porque los demonios os obedezcan, sino porque vu
estros nombres estn inscritos en los cielos.
Despus, lleno del gozo del Espritu Santo, dijo:<CM>Te alabo, Padre, Seor del cielo
y de la tierra, porque t, que has escondido estas cosas de los sabios y eruditos,
se las has revelado a los nios. S, Padre, porque t as lo has querido.
Mi Padre me ha encomendado todas las cosas, y nadie sabe quin es el Hijo excepto
el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se l
o quiera revelar.
Volvindose luego a sus discpulos, les dijo aparte:<CM>Dichosos vosotros, que podis
ver las cosas que ahora veis. s
Porque, ciertamente, muchos profetas y reyes desearon ver en otro tiempo lo que
vosotros veis, y no lo vieron; y oir lo que vosotros os, y no lo oyeron.<CM><CM><
i>Parbola del buen samaritano<i>
Un da, con intencin de ponerle a prueba, le pregunt a Jess un intrprete de la ley:<CM
>Maestro, qu debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Le dijo Jess:<CM>Qu te parece a ti que a este respecto dice la ley?
l respondi:<CM>Amars al Seor tu Dios con todo tu corazn, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas y con toda tu inteligencia; y amars al prjimo como te amas a ti mismo.
<CM>Est muy bien! <CM>le dijo Jess<CM>Hazlo as y tendrs la vida eterna.
Pero el hombre, queriendo ser justo ante sus propios ojos, hizo una nueva pregun
ta a Jess:<CM>Y quin es mi prjimo?
Jess le cont entonces esta parbola:<CM>Unos bandidos asaltaron en cierta ocasin a un
judo que viajaba de Jerusaln a Jeric. Le robaron cuanto llevaba, le dieron de golp
es y lo dejaron medio muerto al borde del camino.
Ms tarde lleg al mismo lugar un sacerdote judo, que al ver al herido dio un rodeo y
pas de largo.
Despus lleg un levita, que tambin, al verle, dio un rodeo y pas de largo.
Por ltimo lleg un samaritano, que iba de camino; este vio al hombre tendido en la
tierra y se sinti movido a compasin.
Se acerc a l y le cur las heridas con aceite y vino; luego se las vend y, ponindolo s
obre su propia caballera, lo llev a una posada y cuid de l durante toda la noche.
A la maana siguiente le dio al posadero dos denarios, "y le dijo: "Cudalo bien, y
si "gastas ms dinero del que te he dado, yo te lo pagar a mi regreso".
Cul, pues, de los tres que pasaron por all te parece que fue el autntico prjimo del q
ue haba sido vctima de los bandidos?
<CM>El que tuvo compasin de l <CM>respondi el intrprete de la ley. Jess le dijo enton
ces:<CM>Pues ve y haz t lo mismo.<CM><CM><i>En casa de Marta y Mara<i>
Siguiendo su camino a Jerusaln, entr Jess en un pueblo, donde fue hospedado por una
mujer llamada Marta.
Tena ella una hermana que se llamaba Mara, la cual en cierto momento se sent a los
pies de Jess para escuchar sus palabras.
Pero Marta, muy ocupada con sus muchos quehaceres, se acerc impaciente a Jess y le
dijo:<CM>Seor, no te parece injusto que mi hermana est ah sentada en lugar de venir
a ayudarme?
<CM>Marta, Marta <CM>le respondi el Seor<CM>, te preocupas demasiado por todo eso;
pero mira, slo hay una cosa por la que vale la pena preocuparse, y Mara la ha desc
ubierto. No ser yo quien se la quite!
Un da, Jess estaba orando, y cuando hubo terminado le dijo uno de sus discpulos:<CM
>Seor, ensanos a orar, como tambin Juan enseaba a sus discpulos.
l les respondi:<CM>Vosotros, cuando oris, decid:"Padre, santificado sea tu nombre;

<CM>venga tu reino.
Nuestro pan de cada da, <CM>dnoslo hoy.
Perdona nuestros pecados, <CM>como tambin nosotros<CM>perdonamos a quienes <CM>no
s ofenden, <CM>y no nos dejes caer en la tentacin".
Luego aadi Jess:<CM>Supongamos que uno de vosotros se presenta a media noche en cas
a de un amigo para pedirle prestados tres panes, y le dice:
"Oye, un amigo mo acaba de llegar a mi casa y no tengo nada que ofrecerle".
Lo ms probable es que desde dentro le contesten: "Por favor, no me molestes a est
as horas. Ya tengo la puerta cerrada, y mis nios estn durmiendo conmigo en la cama
. No puedo levantarme ahora para darte el pan!"
Sin embargo, si l insiste, quiz el otro se levante y le d lo que pide, no tanto por
tratarse de su amigo, sino por lo molesto de su insistencia.
Eso mismo sucede con la oracin. Por eso, insistid en vuestras peticiones, y Dios
os dar; buscad, y hallaris; llamad, y se os abrir.
Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abre
la puerta.
Qu padre, si su hijo le pide pan le dar una piedra? O qu padre, si su hijo le pide pe
scado le dar una serpiente?,
o si le pide un huevo le dar un escorpin? Ningn padre hara cosa semejante!
Pues bien, si vosotros, que sois pecadores, sabis dar a vuestros hijos lo que ell
os necesitan, con cunta mayor razn no dar vuestra Padre celestial el Espritu Santo a
quienes se lo pidan?<CM><CM><i>Jess y Beelzeb<i>
Un da expuls Jess a un demonio que haba dejado mudo al hombre en el que haba entrado.
Inmediatamente, aquel hombre, ante el asombro de los presentes, recuper el habla
.
Pero, a pesar de lo que haban visto, todava hubo algunos que dijeron:<CM>Seguro qu
e este expulsa a los demonios en el nombre de Beelzeb, el prncipe de los demonios.
Otros pedan a Jess que demostrase con algn milagro que haba venido del cielo.
Pero Jess, conociendo lo que ellos pensaban, les dijo:<CM>Un reino dividido contr
a s mismo no puede permanecer; como tampoco puede permanecer un hogar en el que r
einan divisiones y rencillas.
Por lo tanto, si Satans se dividiera contra s mismo (ya que decs que yo expulso a l
os demonios en nombre de Beelzeb), cmo podra permanecer su reino?
Adems, si yo expulso a los demonios en nombre de Beelzeb, en nombre de quin los expu
lsan vuestros seguidores? Quiz un da sean ellos quienes os juzguen a vosotros!
Pero si, por el contrario, yo expulso a los demonios con el poder de Dios, eso s
ignifica que el reino de Dios ya est aqu, entre vosotros.
Satans es como el hombre fuerte y armado que defiende su palacio y mantiene la pa
z en todas sus posesiones;
pero si llega otro ms fuerte y mejor armado que l, puede desarmarlo y despojarlo d
e todo lo que tiene.
El que no est a mi favor, est en contra ma; y el que conmigo no recoge, desparrama.
Cuando un espritu impuro sale de un hombre, se pone a buscar en la sequedad del d
esierto un lugar donde reposar, pero no hallndolo se dice a s mismo: "Me volver a m
i casa, de la que sal",
y al regresar la encuentra barrida y adornada.
Al verla as, va y rene otros siete demonios peores que l, y todos juntos se meten a
vivir en aquella casa; con lo cual, el estado final de aquel hombre es peor que
al principio.
Mientras Jess hablaba, una mujer de entre la multitud grit:<CM>Dios bendiga el vien
tre que te trajo y los pechos que mamaste! A lo que Jess replic:
<CM>Y Dios bendiga ms an a los que escuchan su palabra y la ponen por obra!<CM><CM>
<i>La seal de Jons<i>
La gente se apiaba en torno a l, que comenz a predicar:<CM>El da de hoy est lleno de
gente malvada que pide seales para convencerse de quin soy; pero no tendrn ms seal qu
e la seal milagrosa de Jons.
Porque as como el milagro obrado en Jons fue para los de Nnive la seal de que Dios s
e lo haba enviado, una seal semejante demostrar tambin que Dios ha enviado a este mu
ndo al Hijo del hombre.
Cuando en el da del juicio sea juzgada la presente generacin, la reina del Sur se

levantar y la condenar, porque ella acudi desde los confines de la tierra para escu
char la sabidura de Salomn, en tanto que ahora no se hace caso a uno ms importante
que Salomn.
Tambin se levantarn en el juicio los de Nnive, y condenarn a esta generacin, porque e
llos se arrepintieron al oir la predictacin de Jons, en tanto que ahora no se hace
caso a uno ms importante que Jons.<CM><CM><i>La lmpara del cuerpo<i>
A nadie se le ocurre esconder una lmpara encendida, ni taparla con una vasija par
a que no alumbre; sino que se la pone en alto, en el candelero, para que d luz a
los que entran en la casa.
Los ojos son como lmparas del cuerpo: si en tus ojos resplandece la generosidad,
todo t sers luminoso; pero si en tus ojos hay maldad, todo t estars lleno de tiniebl
as.
Vigila para que tu luz no resulte ser oscuridad,
pues si en ti hay luz y no hay ningn rincn oscuro, todo t sers tan luminoso como si
una lmpara te alumbrase con su resplandor.<CM><CM><i>Jess denuncia a los fariseos
y a los expertos en la ley<i>
Una vez, un fariseo invit a Jess a comer en su casa. l acept, fue all y se sent a la m
esa.
El fariseo se extra de que Jess se pusiera a comer sin haber cumplido con la ceremo
nia juda de lavarse las manos,
pero el Seor le dijo:<CM>Vosotros, los fariseos, limpiis lo exterior, y por eso la
vis los platos y los vasos; pero dejis en cambio la suciedad interior, la codicia
y la maldad de que estis llenos por dentro.
Necios!, acaso Dios, que hizo lo de fuera, no hizo tambin lo de dentro?
La generosidad, que nace de dentro, es el signo de la autntica limpieza.
Ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, la ruda y las hortaliza
s, pero os olvidis por completo de la justicia y el amor de Dios! Est bien que dei
s vuestros diezmos, pero no deis de lado lo que es ms importante.
Ay de vosotros, fariseos, que os encanta ocupar los puestos de honor en las sinag
ogas y ser saludados delante de todos en las plazas pblicas!
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas, que sois como sepulcros ocultos a l
a vista, que la gente los pisa sin darse cuenta de la podredumbre que hay debajo
de sus pies!
Un intrprete de la ley que estaba all, dijo:<CM>Maestro, hablando as nos ofendes tam
bin a nosotros!
Jess le respondi:<CM>Ay tambin de vosotros, intrpretes de la ley, que obligis a los de
ms a llevar cargas insoportables, sin que vosotros mismos movis ni siquiera un ded
o para ayudarlos!
Ay de vosotros, que edificis los sepulcros de los profetas que mataron vuestros an
tepasados!
Con vuestra conducta cmplice, aprobis los crmenes que ellos cometieron; porque ello
s mataron a los profetas, pero vosotros edificis sus sepulcros.
Por eso Dios, en su sabidura, haba dicho: "Les enviar profetas y apstoles; a unos ma
tarn y a otros perseguirn.
Y Dios culpar a esta generacin de la sangre de todos los profetas, la cual se ha v
enido derramando desde el principio del mundo,
desde la muerte de Abel hasta la de Zacaras", el que fue asesinado entre el altar
y el santuario. S, vosotros sois deudores de esa sangre en esta generacin.
Ay, s, de vosotros, intrpretes de la ley, que os habis hecho dueos de la llave del ve
rdadero conocimiento! Ni vosotros habis entrado en l, ni a los que quieren entrar
se lo permits.
Al orle decir estas cosas, los escribas y los fariseos comenzaron furiosos a estr
echarle, provocndole a decir muchas cosas
y tratando de cazarle en alguna palabra de la que ellos pudieran luego servirse
para acusarle.
En esto se fue reuniendo una multitud; eran miles de personas que se atropellaba
n unas a otras. Jess se volvi a sus discpulos y les dijo:<CM>Sobre todo, guardaos d
e los fariseos y de la hipocresa de su religiosidad, que es como la levadura meti
da en la harina.
Pero no hay nada encubierto que no haya de descubrirse, ni nada oculto que no ha

ya de conocerse.
Por lo tanto, todo lo que habis dicho en la oscuridad, se oir a plena luz; y todo
lo que murmuris en el interior de una estancia, ser proclamado desde las azoteas d
e las casas.
Amigos mos, no temis a quienes pretenden mataros. Pensad que cualquiera puede mata
r el cuerpo, pero despus no puede ya hacer ningn otro dao.
Os dir a quin en realidad habis de temer: temed a Dios, porque nicamentqe l es quien
puede quitar la vida y quien tiene poder para arrojar en el infierno.
Sabis cunto valen cinco pajarillos? Apenas unas pocas monedas, y sin embargo Dios n
o se olvida de ninguno de ellos.
Vosotros, pues, no temis, porque Dios tiene contado hasta el ltimo cabello de vues
tra cabeza. Para l, vosotros valis ms que muchos pajarillos.
Escuchad esto: A todo aquel que tenga la valenta de confesar pblicamente su fe en
m, tambin el Hijo del hombre le confesar en presencia de los ngeles de Dios.
Pero el que me niegue delante de la gente de este mundo, tambin ser negado en pres
encia de los ngeles de Dios.
Cualquiera que en este mundo hable contra el Hijo del hombre, ser perdonado; pero
el que blasfeme contra el Espritu Santo, jams alcanzar el perdn.
Cuando os lleven a juicio a las sinagogas o ante los magistrados y las autoridad
es, no os preocupis por lo que habis de decir o cmo habis de responder en vuestra de
fensa,
porque en ese mismo momento, en presencia de ellos, el Espritu Santo os dar las pa
labras oportunas.<CM><CM><i>Parbola del rico insensato<i>
Alguien de entre la multitud le dijo:<CM>Maestro, dile a mi hermano que parta co
nmigo la herencia que dej nuestro padre.
Hombre <CM>respondi Jess<CM>, quin me ha puesto a m para que juzgue o reparta cosas c
omo sa?
Lo que debis hacer es guardaros de codiciar sin medida las cosas que no tenis, por
que la vida no depende de la posesin de muchos bienes.
Luego les refiri esta parbola:<CM>Un hombre rico tena una finca muy frtil, que le da
ba cosechas tan abundantes
que lleg un da en el que ya no tuvo lugar donde almacenar ms frutos. El dueo de la f
inca se puso entonces a reflexionar en busca de una solucin.
Por fin dio con ella, y se dijo: "Ya s lo que he de hacer: derribar mis viejos gra
neros y construir otros ms grandes donde pueda guardar todos mis frutos y mis bien
es.
Despus podr decirme a m mismo: "Alma ma, ahora que tienes bienes suficientes para mu
chos aos, dedcate a descansar, a comer, a beber y a pasrtelo bien".
Pero Dios le dijo: "Eres un necio!, porque esta misma noche van a pedir tu alma, y
quin disfrutar despus ide todo el dinero que has acumulado?"
Pues ciertamente es un necio el hombre que atesora riquezas aqu en la tierra, per
o no las atesora en el cielo.<CM><CM><i>No os preocupis<i>
Volvindose entonces a sus discpulos, les dijo:<CM>Por tanto, no os apuris por qu habi
s de comer o con qu habis de vestiros,
porque la vida vale ms que la comida y que las prendas de vestir.
Fijaos en los cuervos, que no siembran ni siegan, ni tienen despensas ni granero
s; sin embargo, viven porque Dios los alimenta; y acaso vosotros no sois ms valios
os que esas aves?
Adems, qu gana uno por mucho que se apure? "Lograr aumentar aunque solo sea un co<CM>
do (cuarenta y cinco centmetros) su estatura? l
Para qu, pues, tanta preocupacin?
Mirad cmo crecen los lirios, que no trabajan ni hilan; sin embargo, ni aun el mis
mo Salomn con toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
Y si Dios viste as a la hierba, que hoy est verde en el campo, pero que maana se se
ca y es quemada en el horno, no creis que l os proporcionar tambin todo lo que podis n
ecesitar, hombres de poca fe?
Por tanto no estis preocupados por lo que habis de comer o lo que habis de beber, s
ino echad a un lado vuestras inquietudes.
Es normal que la gente del mundo se apure por esas cosas, pero no vosotros, porq
ue vuestro Padre celestial sabe que las necesitis.

Buscad primeramente el reino de Dios, y Dios os dar en cada momento lo que os hag
a falta.
No tengis miedo, pequeo rebao, porque a vuestro Padre "le ha placido otorgaros el r
eino.
Vended lo que poseis y dad a los que estn en autntica necesidad; esto engrosar las b
olsas de vuestra riqueza en el cielo, las cuales no envejecen ni se agujerean. El
tesoro que all tenis est seguro, porque en el cielo no hay ladrn que robe ni polill
a que destruya.
Pensad, adems, que donde tengis vuestro tesoro, all pondris vuestro corazn.<CM><CM><i
>La vigilancia<i>
Estad siempre preparados para cumplir con vuestro deber, y mantened vuestras lmpa
ras encendidas,
como quienes esperan que su seor regrese de un banquete de bodas, dispuestos a ab
rirle la puerta en cuanto llegue y llame.
Dichosos los que estn as preparados aguardando su r1egreso!, porque l mismo los llev
ar adentro, los acomodar y se dispondr a servirles la comida.
Quiz no llegue hasta entrada la noche, o incluso hasta la medianoche; pero sea la
hora que sea, dichosos los siervos que encuentre despiertos a su llegada!
Igualmente estaran despiertos si conocieran la hora exacta del regreso de su seor,
como tambin lo estara cualquiera que supiese la hora exacta en que un ladrn intent
ar entrar en su casa para robarle.
Estad, pues, siempre pre:parados, porque el Hijo del hombre vendr cuando menos lo
esperis.
Pedro le pregunt:<CM>Seor, a quines diriges estas palabras, solamente a nosotros o a
todo el mundo?
- - - - El Seor respondi:<CM>Esto se lo digo a toda persona fiel que, como un mayordomo, r
ecibe de su seor el encargo de distribuir a su debido tiempo los alimentos al res
to de la servidumbre. Si su seor, al regresar, ve que ha cumplido con su deber, l
o premiar nombrndolo administrador de sus bienes;
pero si el mayordomo piensa: "Mi seor va a tardar en volver", y se pone a pegar a
los hombres y mujeres que deba proteger, y se pasa el tiempo en fiestas y borrac
heras,
su seor, regresando cuando menos se le espera, lo castigar con severidad y lo pond
r con los infieles.
El castigo que recibir ser duro, porque voluntariamente dej de cumplir con su deber
.
Otra cosa es que involuntariamente falte alguien a sus obligaciones: este tambin
ser castigado, pero menos severamente. A quienes mucho se demandar es a quienes mu
cho se les ha confiado, porque su responsabilidad es mayor.<CM><CM><i>Divisin en
vez de paz<i>
Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ojal ya estuviera encendido! Ojal ya hubie
ra terminado yo mi tarea!
Pero an me espera un bautismo con el que he de ser bautizado, y hasta que salga d
e l no dejar de sentirme angustiado.
Pensis que slo he venido a traer paz a la tierra? Pues no!, porque tambin he venido a
traer divisiones.
De aqu en adelante, las familias se dividirn: si son cinco, se enfrentarn tres de u
n lado y dos del otro;
el padre se pondr en contra del hijo, y el hijo en contra del padre; la madre en
contra de la hija, y la hija en contra de la madre; la suegra en contra de su nu
era, y la nuera en contra de su suegra.<CM><CM><i>Seales de los tiempos<i>
En otra ocasin habl Jess de este modo al gento que se haba reunido:<CM>Cuando vosotro
s veis las nubes que empiezan a formarse por poniente, decs: "Va a llover", y as s
ucede.
Y cuando sopla el viento del sur, decs: "Va a hacer calor" y, en efecto, lo hace.
Hipcritas!, vosotros, que sabis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, cmo
no sois capaces de interpretar leas seales del tiempo actual?
Por qu no juzgis por vosotros mismos lo que es justo?

Si mientras vas de camino a los tribunales te encuentras con tu adversario, trat


a de arreglarte con l antes de que te lleve a la fuerza ante el juez, no sea que
te metan en la crcel,
de la que no saldrs hasta que hayas saldado toda tu deuda.
Por aquellos das informaron a Jess de que Pilato haba hecho matar a varios judos de
Galilea que haban ido al Templo de Jerusaln a ofrecer sacrificios.
<CM>Creis <CM>pregunt Jess<CM>que esos hombres eran ms pecadores que el resto de los
galileos, y que por eso padecieron de tal manera?
No!, y vosotros tambin moriris si no os apartis de vuestros malos caminos y os volvis
a Dios.
Y qu me decs de los dieciocho hombres que murieron cuando les cay encima la torre de
Silo? Acaso eran ellos los ms pecadores de todos los habitantes de Jerusaln? No!, y
vosotros tambin moriris, si no os apartis de vuestros malos caminose y os volvis a D
ios.
- - Luego les cont esta parbola:<CM>Un hombre plant una higuera en su via. De cuando en
cuando iba a ver si ya tena higos, pero cansado de no hallarlos
orden un da al viador que la cortara. Le dijo: "Hace ya tres aos que plant esta higue
ra, y todava no ha dado ningn fruto.Para qu perder el tiempo con ella? Adems est ocupa
ndo un espacio que podramos utilizar con mayor provecho".
Pero el viador le contest: "Djala un ao ms, que yo me ocupar de ella. Cavar la tierra
su alrededor y la abonar bien;
as quiz d fruto la prxima temporada, y si no, ya la cortar".<CM><CM><i>Jess sana en sb
do a una mujer encorvada<i>
Otro da estaba Jess enseando en una sinagoga,
y vio a una mujer que desde haca diciocho aos andaba encorvada a causa de una enfe
rmedad.
La llam y le dijo:<CM>Mujer, ya ests curada de tu mal.
Puso luego las manos sobre ella, y al momento se enderez y comenz a alabar y glori
ficar a Dios.
Pero el principal de la sinagoga, sintindose irritado porque Jess haba sanado a aqu
ella mujer en sbado, grit a la multitud:<CM>La semana tiene seis das durante los cu
ales podemos trabajar. Cualquiera de ellos podis venir a ser sanados, pero no el sb
ado!
El Seor le increp diciendo:<CM>Hipcrita, tambin vosotros trabajis en sbado! O es que
desatas tu buey o tu burro para llevarlo a beber agua, aunque sea sbado?
Qu, pues, tiene de malo que en sbado haya liberado yo a esta hija de Abraham, a est
a pobre juda, de las ligaduras con que Satans la tena atada desde hace dieciocho aos
?
Estas palabras avergonzaron a todos sus adversarios; pero, en cambio, el pueblo
entero se regocijaba de las maravillas que Jess haca.<CM><CM><i>Parbolas del grano
de mostaza y de la levadura<i>
Entonces l instrua a la gente acerca del reino de Dios. Deca:<CM>Qu os parece del rei
no de Dios? Con qu podramos compararlo?
Mirad, el reino de Dios es como una diminuta semilla de mostaza sembrada en un h
uerto; pronto empieza a crecer, hasta que llega a convertirse en un rsbol tan gra
nde que las aves acuden a hacer en l sus nidos.
Tambin es comparable el reino de Dios
a la levadura que una mujer mete en tres medidas de harina, y que acta dentro de
la masa hacindola fermentar y crecer.<CM><CM><i>La puerta estrecha<i>
Iba Jess de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo camino de Jerusaln, y segua ensea
ndo a la gente.
Un da, uno le pregunt:<CM>Seor, son pocos los que logran salvarse?l respondi:
<CM>La puerta del cielo es estrecha, pero esforzaos a entrar por ella; pues lo c
ierto es que muchos tratarn de entrar, y no podrn.
Despus que el padre de familia se haya levantado a cerrar la puerta, muchos empez
aris a llamar y suplicar: "Seor, Seor, brenos!", pero l responder: "No os conozco!"
Insistiris entonces: "Pero Seor, cmo dices que no nos conoces, si hasta hemos comido
contigo y hemos escuchado tus enseanzas en las plazas de nuestra ciudad?"
Pero de nuevo os dir: "Repito que no os conozco. Apartaos de m, malvados!"

Y cuando veis que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas estn en el reino de D
ios, mientras que vosotros quedis excluidos, lloraris y os rechinarn los dientes.
Veris gente de todas partes del mundo sentada a la mesa en el reino de Dios; y ve
ris tambin que,
a muchos que ahora se desprecia, ser a quienes ms se honre en aquel da, y que mucho
s que ahora se creen superiores a los dems, ocuparn un lugar inferior.<CM><CM><i>L
amento de Jess sobre Jerusaln<i>
Aquel mismo da le dijeron algunos fariseos:<CM>Si quieres seguir con vida, mrchate
de aqu, porque Herodes te est buscando para matarte.
Jess les respondi:<CM>Id y decidle de mi parte a esa zorra, que hoy y maana voy a c
ontinuar expulsando demonios "y haciendo curaciones. Luego, "al tercer da, llegar
a mi destino.
S, hoy, maana y pasado maana seguir mi camino, porque no es posible que un profeta mu
era fuera de Jerusaln.
Jerusaln, Jerusaln, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios enva en tu ay
uda! Cuntas veces trat de juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos
debajo de las alas, y no quisiste!
Pero, ay!, muy pronto tu casa va a quedar desierta; y os digo que no volveris a ver
me hasta que llegue el da en que digis: "Bendito el que viene en nombre del Seor!"
Un sbado fue Jess a comer a casa de un jefe de los fariseos. Tambin se encontraban
all otros fariseos, que estaban al acecho
por ver si sanara a un hombre hidrpico que l tena ante s.
<CM>Permite la ley sanar a un enfermo en sbado, o no lo permite? <CM>pregunt Jess a
los fariseos y a los intrpretes de la ley que le rodeaban.
Como todos permanecieran callados, tom al hidrpico, lo san y lo despidi. Luego sigui
preguntndoles:
<CM>Quin de vosotros no trabajara, aun siendo sbado, para sacar en seguida a su buey
o su asno de un pozo en el que hubiera cado?
Pero ellos siguieron sin decir nada, porque no tenan respuesta.
Ms tarde, viendo que los invitados sre apresuraban a ocupar los primeros asientos
a la mesa, les dijo:
<CM>Cuando alguien te invite a una boda, no trates de sentarte en el lugar princ
ipal, no sea que llegue despus alguien ms distinguido que t,
y el que os invit a ambos se vea obligado a decirte: "Deja tu asiento a este otro
invitado". Entonces, avergonzado, habrs de ir a sentarte en el ltimdo lugar.
Mejor ser que ocupes el ltimo asiento, para que el anfitrin, al verte all, pueda dec
irte: "Amigo, ven ac, que te tengo reservado un sitio mejor". De este modo se te
har honor en presencia de todos,
porque el que se ensalza ser humillado, y el que se humilla ser ensalzado.
Entonces, vuelto al que le haba invitado, dijo:<CM>Cuando organices un banquete,
no convides a amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, porque ellos te invit
arn a ti en otra ocasin, y quedars pagado.
A quienes debes convidar es a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los cieg
os;
y como ellos no podrn devolverte la invitacin, ser Dios mismo quien te d la recompen
sa en la resurreccin de los justos.<CM><CM><i>Parbola del gran banquete</i> <CM>En
este punto, uno de los que estaban sentados a la mesa exclam:
<CM>Qu gran privilegio ser participar en el banquete del reino de Dios!
Jess le respondi con esta parbola:<CM>Un hombre organiz una gran cena, a la que invi
t a mucha gente.
Cuando ya todo estaba preparado, envi a un siervo a anunciar a los invitados que
ya podan acudir al banquete.
Pero ellos, todos a una, comenzaron a excusarse. Uno dijo que acababa de comprar
una finca y tena que ir a verla;
otro dijo que haba comprado cinco yuntas de bueyes y tena que ir a probarlos;
y otro dijo que no poda asistir porque acababa de casarse.
El siervo regres y comunic a su amo las excusas de aquellos invitados. Entonces el
amo, enojado, le orden que saliera por toda la ciudad y convidase a cuantos mend
igos, mancos, cojos o ciegos encontrara en el camino.
El siervo obedeci, pero como an quedaban lugares vacos en la sala del banquete, el

amo le orden de nuevo:


"Ve ahora por los caminos y los cercados, e invita a todos los que gusten venir,
hasta que la casa est completamente llena.
En cuanto a los primeros invitados, ninguno de ellos probar la cena que yo haba pr
eparado".<CM><CM><i>El precio del discipulado<i>
Grandes multitudes seguan a Jess, y l, en cierto momento, se volvi y dijo:
<CM>El que quiera seguirme ha de amarme a m ms que a su padre y a su madre, ms que
a su esposa y a sus hijos, ms que a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso ms qu
e a su propia vida. De otra manera no podr ser discpulo mo.
Ni tampoco podr serlo el que no tome su cruz para venir en pos de m.
Pero antes de decidiros debis pensar bien el precio que habris de pagar, porque a
nadie se le ocurrira ponerse a construir una torre sin antes haber calculado lo q
ue va a costarle, y sin saber hasta dnde llegan sus posibilidades econmicas.
De otro modo se expone a que su dinero apenas le alcance a cubrir el costo de lo
s cimientos. La gente se burlara entonces de l, diciendo:
"Mirad ese hombre: empez a construir y se le acab el dinero antes de terminar la ob
ra!"
O tambin: qu rey se atrevera a entrar en guerra contra otro rey, sin haberse sentado
primero a calcular si los diez mil hombres con que cuenta su ejrcito bastarn para
hacer frente a los veinte mil que vendrn contra l?
Y si ve que no puede, cuando an est lejos su enemigo, le enviar una delegacin para n
egociar las condiciones de paz.
Pues, de igual manera, nadie puede ser discpulo mo si no est dispuesto a renunciar
por mi causa a todo lo que posee.
Otro da les dijo:<CM>Para qu sirve la sal, si pierde su sabor? Si ha dejado de sala
r
no es til para nada: ni para la tierra ni como abono, as que se la echa a la basur
a. El que tiene odos, que oiga!
Entre la gente que acuda a escuchar a Jess haba toda clase de publicanos deshonesto
s y pecadores notorios;
de ah que los fariseos y los escribas no dejasen de murmurar, diciendo:<CM>Este s
iempre se junta con pecadores, y hasta come con ellos.
Por eso les hablaba Jess por medio de parbolas. En esta ocasin les dijo:
<CM>Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una en el desierto, no de
jar las otras noventa y nueve e ir en busca de la que se haba perdido, hasta encont
rarla?
Y cuando la encuentre se la pondr sobre los hombros lleno de alegra,
y correr a decir a sus amigos y vecinos: "Alegraos conmigo, porque he encontrado l
a oveja que se me haba perdido!" o
Pues eso mismo sucede en el cielo: que hay ms alegra por un pecador que se arrepie
nte y vuelve a Dios, que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirs
e.<CM><CM><i>Parbola de la moneda perdida<i>
O tambin, si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, no encender una lmpara y bar
rer cuidadosamente la casa hasta dar con la dracma perdida?
Y cuando la encuentre reunir a sus amigas y vecinas para decirles: "Alegraos conmi
go, porque he encontrado la dracma que se me haba perdido!"
De la misma manera hay alegra entre los ngeles de Dios cada vez que un pecador se
arrepiente.<CM><CM><i>Parbola del hijo perdido</i> <CM>Luego, para que comprendie
ran bien lo que quera ensearles, les refiri otra parbola:
<CM>Un hombre tena dos hijos.
Un da, el menor fue en busca de su padre y le dijo: "Padre, vengo a pedirte que m
e des ahora la parte de la herencia que me corresponde". El padre accedi, y divid
i la herencia entre los dos hijos.
Das despus junt el menor su fortuna y se fue a un pas lejano; y all, viviendo licenci
osamente, malgast todos sus bienes.
Y sucedi que, al mismo tiempo que se quedaba sin dinero, sobrevino una gran escas
ez de alimentos en todo aquel pasa, y l comenz a pasar hambre.
Se acerc entonces a pedirle trabajo a un granjero de la regin, el cual lo emple par
a que cuidara de sus cerdos;
y era tanta el hambre que pasaba, que hasta se habra comido las algarrobas con qu

e se alimentaban los cerdos. Pero nadie le daba nada.


Un da se puso a reflexionar, y se dijo: "Los jornaleros que trabajan en casa de m
i padre tienen comida abundante, mientras que yo estoy aqu murindome de hambre.
Volver de nuevo a mi padre, y le dir: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti
,
y ya no soy digno de que me llames tu hijo; pero, por favor, tmame como a uno ms d
e tus jornaleros".
Emprendi, pues, el camino de regreso a la casa de su padre; y todava le faltaba un
buen trecho para llegar, cuando el padre, vindolo a lo lejos, corri a su encuentr
o, y lleno de compasin lo abraz y lo bes.
El joven comenz a decirle: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no
soy digno de que me llames tu hijo..."
Pero el padre le interrumpi, y dirigindose a sus sirvientes les dijo: "Pronto!, tra
ed la mejor ropa que encontris y pondsela; traedle tambin calzado y un anillo.
Y matad luego el becerro cebado, para celebrar hoy una gran fiesta,
porque este hijo mo estaba muerto y ha vuelto a vivir, se haba perdido y lo hemos
encontrado". La alegra fue general;
pero el hijo mayor, que haba estado trabajando todo el da fuera de casa, se sorpre
ndi al oir a su regreso la msica y las danzas.
Pregunt a uno de los sirvientes a qu se deba aquella fiesta, y l le inform:
"Tu hermano ha vuelto, y como ha venido bueno y sano, tu padre ha mandado matar
el becerro cebado".
Al oir esta explicacin, el hermano mayor se enoj tanto que ni siquiera quera pasar
a la casa; por lo que su padre tuvo que salir y suplicarle que entrase.
l le respondi: "Todos estos aos he trabajado para ti sin descanso, y jams me he nega
do a hacer lo que me has pedido; nunca, sin embargo, me has dado ni siquiera un
cabrito para comerlo en compaa de mis amigos.
En cambio, viene ahora ste, que ha malgastado tu dinero con prostitutas, y para c
elebrarlo mandas matar el becerro cebado".
Le respondi el padre: "Mira, hijo, t siempre ests conmigo, y todo lo que tengo es t
uyo;
pero era menester hacer fiesta y alegrarnos en casa, porque tu hermano estaba mu
erto y ha revivido, se haba perdido y lo hemos encontrado".
Jess cont tambin esta parbola a sus discpulos:<CM>Cierto hombre rico tena un mayordomo
que manejaba los bienes de la familia; pero un da comenzaron a circular rumores
sobre su mala administracin.
El amo lo llam y le pregunt: "Qu es eso que se est diciendo de ti? Dame cuenta inmedi
ata del estado de mis bienes, y considrate despedido".
El mayordomo se puso a pensar: "A qu podr dedicarme ahora? Me faltan las fuerzas pa
ra trabajar la tierra, y pedir limosna me avergenza...
Ah!, ya s lo que he de hacer: rodearme de amigos que me reciban en sus casas cuand
o salga de aqu".
Invit entonces a que le visitaran algunos que deban dinero a su amo. Al primero en
acudir le pregunt: "T cunto le debes?" l le contest:
"Cien barriles de aceite". El mayordomo le dijo: "Eso es. Pues mira, aqu tienes t
u recibo: rmpelo y escribe otro por solo cincuenta barriles".
Al siguiente le pregunt: "Y t, cunto le debes a mi amo?" l dijo: "Cien medidas de tri
go". "En efecto, y aqu est tu recibo. Pues escribe otro por solo ochenta".
Cuando el amo supo lo que haba hecho el mayordomo, se qued admirado de su astucia.
Y es que la gente de este mundo, en el trato con sus semejantes, es ms sagaz que
los hijos de Dios.
Por eso, yo os digo que usis vuestras riquezas actuales para hacer amistades en e
l tiempo presente y ser luego recibidos en las moradas eternas.
Pensad esto: el que es fiel en lo poco, tambin es fiel en lo mucho; y el que en l
o poco es injusto, tambin es injusto en lo mucho.
Si en relacin con las riquezas de este mundo no habis sido fieles, quin os confiar la
s riquezas celestiales?
Y si no sois fieles en relacin con el dinero ajeno, ni aun el que os pertenece po
dr seros confiado.
Por otra parte, nadie puede servir a dos seores, porque o aborrecer al uno y ser le

al al otro o, por el contrario, ser leal al uno y aborrecer al otro. Nadie puede s
ervir al propio tiempo a Dios y al dinero.
Al oir estas enseanzas, los fariseos se burlaban de Jess, porque eran avaros y ama
ban mucho el dinero. l les dijo:
<CM>Vosotros os hacis pasar en pblico por personas muy justas, pero no olvidis que
Dios sabe lo que hay en el fondo de vuestro corazn. Por eso, aunque con una condu
cta fingida os ganis la admiracin de quienes os rodean, para Dios estis cometiendo
abominacin.<CM><CM><i>Otras enseanzas<i>
Hasta que Juan el Bautista comenz a predicar, la ley y los escritos de los profet
as tenan plena vigencia. Pero Juan anunci al mundo la buena noticia de la venida d
el reino de Dios, y desde entonces todos le hacen violencia.
Sin embargo, esto no quiere decir que la ley haya perdido valor alguno, porque l
a ley sigue mantenindolo firme, inalterable como el cielo y la tierra.
Ahora, lo mismo que antes, si alguno repudia a su esposa y se casa con otra, adu
ltera; y de igual modo comete adulterio el que se case con la que fue repudiada
por su marido.<CM><CM><i>El rico y Lzaro<i>
Tambin cont Jess esta parbola: <CM>Haba una vez un hombre rico que se vesta con ropas
muy lujosas y organizaba a diario esplndidos festines.
A la puerta de su casa sola sentarse un mendigo enfermo llamado Lzaro. Tena el cuer
po lleno de llagas,
y ansiaba poder comer hasta hartarse aunque solo fuera de las migajas que caan de
la mesa del rico. Los perros se acercaban a l, y le laman las llagas.
Cierto da muri el mendigo Lzaro y los ngeles lo llevaron junto a Abraham. Algn tiempo
despus muri tambin el rico, y fue sepultado.
Despert el rico en el Hades, el lugar de los muertos; y en medio de los tormentos
que padeca vio de lejos a Lzaro, que estaba con Abraham.
Entonces grit: "Padre Abraham, ten compasin de m! Envame a Lzaro, para que siquiera mo
e un ded/o en agua y me refresque la lengua, porque estoy sufriendo mucho en est
as llamas!"
Abraham le respondi: "Hijo, recuerda que t tuviste en la vida toda clase de bienes
, mientras que Lzaro solamente tuvo males. Ahora l est aqu, y recibe consuelo, en ta
nto que t eres atormentado.
Adems, entre nosotros y vosotros se abre un abismo infranqueable: nadie puede pas
ar de aqu a vosotros, ni de ah puede nadie pasar aqu".
El rico sigui suplicando: "Pues, por favor, padre Abraham, enva a Lzaro a casa de m
i padre,
para que explique a mis cinco hermanos cmo es eloste lugar de tormento, y que as e
llos puedan evitarlo".
Abraham le respondi: "Ya tienen en las Escrituras a Moiss y los profetas, que les
advierten del peligro. Lo que han de hacer es escucharlos".
"Padre Abraham, insisti el rico, eso no lo harn; pero si alguien de entre los muer
tos fuera a hablarles, seguramente se apartaran del pecado".
Le contest Abraham: "Si no escuchan lo que dicen Moiss y los profetas, tampoco harn
caso a otro, aunque se haya levantado de entre los muertos".
<CM>En este mundo siempre habr tentaciones <CM>dijo un da Jess a sus discpulos<CM>,
pero ay de aquel que haga caer a otros en pecado!
Ms le valdra que lo arrojasen al mar con una piedra de molino atada al cuello, que
ser hallado culpable de hacer caer en pecado a uno de mis seguidores ms sencillo
s.
Cuidad vuestro comportamiento con los dems: si tu hermano te ofende, reprndelo; y
si se arrepiente, perdnalo.
Y si te ofende siete veces en el mismo da y siete veces te pide perdn, perdnalo.
Un da rogaron los apstoles al Seor: <CM>Aumenta nuestra fe.
El Seor les respondi:<CM>Si vuestra fe fuese siquiera del tamao de una semilla de m
ostaza, podrais decirle a este sicmoro: "Desarrigate y plntate en el mar", y os obed
ecera.
Luego sigui dicindoles:<CM>Suponed que uno de vosotros tiene un siervo que durante
todo el da ha trabajado arando el campo o apacentando el ganado. Cuando luego vu
elva a casa, le dir: "Entra, sintate a la mesa y cena"?
No le dir ms bien: "Prepara la cena para m, y srvemela; y cuando yo haya terminado pr

eprate la tuya y ponte a comer y beber"?


Y el amo no le da las gracias por ello, porque el siervo no ha hecho otra cosa q
ue cumplir con su deber.
Del mismo modo vosotros, una vez que hayis cumplido todo lo que se os ha ordenado
, no esperis grandes muestras de gratitud, sino ms bien pensad con humildad: "Somo
s siervos intiles, que tan slo hicimos lo que debamos hacer".<CM><CM><i>Jess sana a
diez leprosos<i>
El camino de Jess hacia Jerusaln pasaba entre Samaria y Galilea.
Al atravesar una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, o
que detenindose a distancia dijeron a gritos:<CM>Jess, Maestro, ten misericordia de
nosotros!
El Seor, al verlos, les dijo: <CM>Id y presentaos a los sacerdotes. Ellos obedeci
eron y, mientras iban, quedaron limpios de su lepra.
Enseguida, uno de los diez volvi atrs glorificando a Dios a gran voz.
Se ech rostro en tierra a los pies de Jess, y le daba las gracias por lo que le ha
ba hecho. Aquel hombre era un samaritano.
Jess pregunt:<CM>No eran diez los que quedaron limpios de la lepra? Dnde estn los otro
s nueve?
Solamente este extranjero ha vuelto para dar gloria a Dios?
Se dirigi entonces al samaritano y le dijo:<CM>Levntate y vete. Tu fe te ha salvad
o.<CM><CM><i>La venida del reino de Dios<i>
Un da, los fariseos le preguntaron a Jess acerca del momento en que haba de llegar
el reino de Dios. l les contest: <CM>El reino de Dios no vendr precedido de manifes
taciones visibles.
Nadie dir: "Aqu est" o "Est all", porque lo cierto es que el reino de Dios ya est entr
e vosotros.
Ms tarde dijo a sus discpulos: <CM>Llegar un tiempo en que desearis ver siquiera uno
de los das del Hijo del hombre, y no lo veris.
Oiris que algunos dicen: "Aqu est" o "Est all", pero no les creis ni vayis con ellos.
Porque tan repentino y fulgurante como el relmpago que ilumina el cielo de uno a
otro extremo ser el da en que el Hijo del hombre se manifieste;
aunque primero ha de sufrir mucho y ha de ser rechazado por esta generacin.
Ocurrir entonces, en los das del Hijo del hombre, lo mismo que ocurri en los das de
No,
que la gente sigui haciendo lo que siempre haca: comer, beber, casarse y dar los h
ijos en casamiento. As fue hasta el da en que No entr en el arca, cuando vino el dil
uvio y los destruy a todos.
O como en los das de Lot, que tambin la gente sigui haciendo lo que siempre haca: co
mer, beber, comprar, vender, plantar y construir.
Y as fue hasta el da en que Lot sali de Sodoma, cuando vino del cielo una lluvia de
fuego y azufre que destruy la ciudad con todos los que en ella habitaban.
Pues lo mismo ser el da en que el Hijo del hombre se manifieste.
El que aquel da se encuentre en la azotea, si tiene sus bienes en el interior de
la casa, no baje a recogerlos; y el que se encuentre en el campo, no regrese a l
a ciudad.
Recordad lo que le sucedi a la mujer de Lot.
El que trate de salvar su vida, la perder; y el que la pierda, se salvar.
Os aseguro que aquella noche, si dos personas estn acostadas en la misma cama, la
una ser tomada y la otra no;
si dos mujeres estn ocupadas en los quehaceres de la casa, la una ser tomada y la
otra no,
y si dos hombres estn trabajando en el campo, el uno ser tomado y el otro no.
<CM>Pero Seor <CM>preguntaron los discpulos<CM>, dnde ocurrirn esas cosas? Jess les re
spondi con este adagio:<CM>Donde est el cadver, all se juntarn los buitres.
Un da cont Jess a sus discpulos una parbola para exhortarlos a perseverar en la oracin
, sin desanimarse, hasta que llegue la respuesta. Les dijo:
<CM>En cierta ciudad haba un juez que no crea en Dios ni tena respeto a nadie;
y en la misma ciudad viva una viuda, que acuda continuamente al juez para pedirle
que le hiciera justicia frente a un adversario que la perjudicaba.
El juez, durante mucho tiempo, no hizo el menor caso a la demandante; pero un da,

cansado ya del asunto, reflexion: "Yo no creo en Dios ni tengo respeto a nadie,
pero como esta viuda sigue insistiendo, le har justicia, para que deje de molesta
rme y no agote mi paciencia".
Luego el Seor aadi:<CM>Ya veis lo que pens aquel juez; y si l, siendo injusto, decidi
hacer justicia,
acaso Dios no har justicia a sus escogidos, que acuden a l de da y de noche? Pensis qu
e l tardar mucho en responder a sus clamores?
Os aseguro que no, que pronto les har justicia. Ahora bien, cuando venga el Hijo
del hombre, encontrar en este mundo perseverancia en la fe?<CM><CM><i>Parbola del f
ariseo y del recaudador de impuestos<i>
Tambin les cont una parbola a algunos que se tenan a s mismos por justos y despreciab
an a los dems. Les habl as:
<CM>Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno de ellos era un piadoso fariseo,
y el otro un aborrecible publicano.
Muy erguido, el fariseo oraba de este modo: "Dios mo, te doy gracias porque yo no
soy como los dems hombres: ladrones, injustos y adlteros. Y mucho menos como ese
publicano.
Al contrario, yo ayuno dos veces por semana y doy los diezmos de todo lo que gan
o".
Por su parte, el publicano, alejado del fariseo, ni siquiera se atreva a levantar
los ojos del suelo, sino que lamentando sus faltas se golpeaba el pecho y deca:
"Dios mo, ten misericordia de m, que soy pecador".
Pues bien, os aseguro que este ltimo, y no el fariseo, regres a su casa justificad
o por Dios. Porque todo aquel que a s mismo se enaltece, ser humillado; y el que s
e humilla, ser enaltecido.<CM><CM><i>Jess y los nios<i>
Otro da, los discpulos reprendieron a unas madres que se acercaban a Jess y le pedan
que bendijera a sus nios y pusiera las manos sobre ellos.
Pero Jess los llam y les dijo:<CM>No las reprendis, sino dejad a los nios que vengan
a m, porque de ellos es el reino de Dios.
Y os digo que no entrar en l quien no tenga un corazn tan limpio como el de un nio.<
CM><CM><i>El dirigente rico<i>
En cierta ocasin, un hombre importante entre los judos le pregunt:<CM>Buen Maestro,
qu debo hacer para alcanzar la vida eterna?
<CM>Por qu me llamas bueno? <CM>le pregunt Jess<CM>. Nadie es bueno, sino solamente
Dios.
T ya sabes los mandamientos: "No adulteres, no mates, no robes, no levantes falso
s testimonios, honra a tu padre y a tu madre".
El hombre contest: <CM>Maestro, desde muy joven he guardado esos mandamientos.
<CM>Siendo as, solo te falta una cosa: Ve, vende todo lo que tienes y reparte el
dinero a los pobres. As tendrs un tesoro en el cielo. Luego vuelve ac y sgueme.
Al oir aquella respuesta se fue muy triste, porque tena muchas riquezas.
Jess, al verlo ir, dijo a los discpulos:<CM>Qu difcil les va a ser a los ricos entrar
en el reino de Dios!
Ms fcil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el re
ino de Dios.
Los presentes preguntaron: <CM>Entonces, quin podr salvarse?
Les respondi:<CM>Dios puede hacer lo que para el hombre es imposible.
Entonces le dijo Pedro:<CM>Pero mira, nosotros lo hemos dejado todo por seguirte
. Y Jess le contest:
<CM>Pues estad seguros de esto: no hay nadie que haya dejado casa, esposa, herma
nos, padres o hijos por el reino de Dios,
que no reciba en este mundo mucho ms de lo que dej, y en el mundo venidero la vida
eterna.<CM><CM><i>Jess predice de nuevo su muerte<i>
Una vez reuni Jess a los doce y les dijo: <CM>Como sabis, nos dirigimos a Jerusaln,
y se cumplirn all todas las cosas que los profetas escribieron acerca del Hijo del
hombre.
Ser entregado en manos de los gentiles, que harn burla de l, lo afrentarn,
lo azotarn y lo matarn. Pero al tercer da resucitar.
Los discpulos no entendieron entonces nada de lo que l les deca, porque el sentido
de sus palabras les estaba oculto. Para ellos eran cosas incomprensibles.<CM><CM

><i>Un mendigo ciego recibe la vista<i>


Sucedi que cuando ya Jess se acercaba a Jeric, un ciego estaba sentado al borde del
camino, pidiendo limosna.
Al oir que pasaba mucha gente, pregunt qu era aquello,
y le dijeron que llegaba Jess de Nazaret.
En seguida, desde el mismo lugar donde se h/allaba, se puso a gritar:<CM>Jess, Hij
o de David, ten misericordia de m!
La multitud que caminaba delante de Jess trat de hacerle callar, pero el ciego gri
taba cada vez ms: <CM>Hijo de David, ten misericordia de m!
Entonces Jess, al llegar adonde l estaba, se detuvo y mand que le trajeran al ciego
, y una vez en su presencia
le pregunt: <CM>Qu quieres que te haga? <CM>Seor, que pueda ver.
Jess le dijo: <CM>Recibe la vista. Tu fe te ha salvado.
Al punto el ciego comenz a ver, y se fue tras Jess glorificando a Dios. Y toda la
gente que haba presenciado aquel milagro se puso tambin a alabar a Dios.
Habiendo entrado Jess en Jeric, y mientras caminaba por sus calles,
un jefe de los publicanos llamado Zaqueo, muy rico por cierto,
trataba de verle. Pero era un hombre que, a causa de su pequea estatura, no alcan
zaba a mirar por encima de los hombros de los dems,
por lo cual decidi correr a un sicmoro que haba all y encaramarse a una rama para po
der ver a Jess.
Y cuando Jess lleg a aquel punto, mir a Zaqueo y lo llam por su propio nombre: <CM>Za
queo, baja de prisa! Hoy quiero quedarme en tu casa.
Zaqueo baj en seguida del rbol, y lleno de alegra recibi en su casa a Jess.
Pero esto no agrad a quienes presenciaron la escena, que pronto empezaron a murmu
rar: <CM>Ha ido a quedarse en casa de un pecador!
Entre tanto, de pie ante el Seor, Zaqueo le deca:<CM>Seor, voy a repartir la mitad
de mis bienes entre los pobres; y si en algo he defraudado a alguna persona, se
lo devolver multiplicado por cuatro.
Jess le dijo:<CM>No hay duda de que hoy ha llegado la salvacin a esta casa; y no d
ebemos olvidar que tambin Zaqueo es un verdadero descendiente de Abraham,
y que precisamente el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se haba
perdido.<CM><CM><i>Parbola del dinero<i>
En su camino seguan aproximndose a Jerusaln, y para corregir la falsa idea de que e
l reino de Dios sera instaurado inmediatamente, les refiri esta parbola:
<CM>En cierto lugar viva un hombre de la nobleza, el cual fue invitado a ir a otr
o pas para ser coronado rey.
Antes de su partida llam a diez de sus siervos, y entreg a cada uno de ellos una i
mportante suma de dinero para que lo negociase durante el tiempo de su ausencia.
Pero los conciudadanos de aquel hombre le odiaban, por lo cual enviaron tras l un
a delegacin con el encargo de decir que no lo queran como rey.
La gestin de aquellos delegados no tuvo xito, as que el noble recibi el reino. Despus
de esto regres a su pas, y luego mand llamar a aquellos siervos a quienes haba conf
iado su dinero, para que le rindiesen cuentas y le informasen de los beneficios
obtenidos.
El primero en presentarse le dijo que haba obtenido un beneficio igual a diez vec
es el capital invertido.
"Muy bien!, dijo el rey, eres un buen siervo. Y puesto que en lo poco que te enco
mend te has portado con tanta fidelidad, en recompensa te nombro gobernador de di
ez ciudades".
Lleg luego otro, y le inform de que haba obtenido un beneficio igual a cinco veces
el capital invertido,
De nuevo dijo el rey: "Muy bien! A ti te nombro gobernador de cinco ciudades".
Pero hubo uno que se present con la misma suma de dinero que haba recibido, y lo e
xplic as: "Yo guard tu dinero en un pauelo, con todo cuidado,
porque tema perderlo; pues me consta que t eres un hombre duro, que quieres recibi
r ms de lo que inviertes y cosechar lo que no sembraste".
A este le dijo el rey: "T eres un siervo malo y holgazn, y te juzgo por lo que aca
bas de decir. Puesto que me conoces como un hombre duro, que pretendo recibir ms
de lo que invierto y cosechar lo que no he sembrado,

por qu, al menos, no llevaste mi dinero al banco, para devolvrmelo ahora con sus in
tereses?"
Entonces se volvi a los dems, y orden: "Quitadle el dinero y ddselo al que obtuvo lo
s mayores beneficios".
Ellos dijeron: "Pero seor, ese ya tiene bastante".
"S, les respondi el rey, pero yo os digo que, en la vida, al que tiene se le dar ms;
pero al que apenas tiene, aun lo poco que tenga se le quitar.
Y en cuanto a esos enemigos mos que se rebelaron contra m, traedlos ac y cortadles
la cabeza en mi presencia".<CM><CM><i>La entrada triunfal<i>
Al terminar esta parbola, Jess prosigui su camino subiendo hacia Jerusaln.
Cuando ya llegaban al monte de los Olivos, cerca de Betfag y de Betania, envi a do
s de sus discpulos
a traerle de la aldea prxima un burrito que estaba atado junto al camino, y sobre
el cual nadie haba montado todava. Les dijo:<CM>Desatadlo y tradmelo;
y si alguien os pregunta por qu hacis tal cosa, contestadle simplemente: "Porque e
l Seor lo necesita".
Fueron los dos discpulos y encontraron el burrito como l les haba dicho.
Mientras lo desataban, llegaron sus dueos y les preguntaron: <CM>Por qu desatis el b
urrito?
<CM>Porque el Seor lo necesita <CM>respondieron.
En seguida se lo llevaron a Jess, y pusieron sus mantos sobre el burrito para que
l lo montara.
A su paso, la multitud tenda tambin mantos por el camino;
y cuando ya estaban cerca de la bajada del monte de los Olivos, la comitiva pror
rumpi en gritos y cantos de alabanza a Dios por las maravillas que haban visto rea
lizar a Jess. Decan:
<CM>Bendito el rey que viene en nombre del Seor! Paz en el cielo y gloria en las al
turas!
Algunos fariseos que estaban entre la multitud, dijeron a Jess: <CM>Maestro, repre
nde a tus discpulos que dicen esas cosas!
l les respondi:<CM>Si estos callaran, las propias piedras clamaran.<CM><CM><i>Jess e
n el templo<i>
Cuando se encontraba cerca de Jerusaln, al ver la ciudad, llor a causa de ella.
Deca:<CM>Ah, si por lo menos hoy pudieras comprender lo que te falta para alcanzar
la paz!... Pero ahora permanece oculto a tus ojos.
Y van a venir das en los que tus enemigos levantarn barricadas contra ti, y te sit
iarn, y por uno y otro lado irn estrechando tu cerco,
hasta que te vengas abajo con todos tus hijos. No dejarn de ti piedra sobre piedr
a, porque no fuiste capaz de reconocer la ocasin en que Dios vino a visitarte.
Entr luego en el templo y comenz a expulsar de l a los mercaderes que all hacan sus n
egocios.
Les deca:<CM>Las Escrituras afirman: "Mi casa es casa de oracin", pero vosotros la
habis convertido en una cueva de ladrones.
Despus de aquel incidente, Jess continu enseando cada da en el Templo. Pero los princ
ipales sacerdotes, los escribas y las personas importantes del pueblo no cesaban
de buscar la manera de acabar con l;
pero no lo conseguan, porque el pueblo le escuchaba con gran atencin y todos estab
an pendientes de sus palabras.
Un da, cuando Jess instrua al pueblo reunido en el Templo, y les predicaba el evang
elio, llegaron los principales sacerdotes, los escribas y los dirigentes judos,
y comenzaron a exigirle que les explicara con qu autoridad haca todo aquello, o qu
in le haba dado tal autoridad.
<CM>Est bien <CM>les respondi Jess<CM>, pero contestadme tambin vosotros a otra preg
unta:
El bautismo de Juan, se lo haba encomendado Dios o lo practicaba por su propia cue
nta?
Ellos se pusieron a discutir unos con otros: "Si decimos que Dios se lo haba enco
mendado, nos preguntar por qu, pues, no le cremos;
y si decimos que no fue Dios quien le envi, el pueblo nos apedrear, porque todos e
stn convencidos de que Juan era un profeta".

Por fin se decidieron a responder: <CM>No lo sabemos.


Jess les dijo entonces:<CM>Pues en tal caso tampoco contestar yo a vuestra pregunta
.<CM><CM><i>Parbola de los labradores malvados<i>
Luego, volvindose de nuevo hacia el pueblo, refiri esta otra parbola:<CM>Un hombre
plant una via, la arrend a varios labradores y se fue de all para permanecer ausente
durante mucho tiempo. j
Al llegar la poca de la vendimia, envi a uno de sus siervos con el encargo de reco
ger de los labradores la parte de fruto que le corresponda. Pero ellos golpearon
al enviado y lo despidieron con las manos vacas.
El dueo envi a otro, con el cual hicieron lo mismo: golpearle, humillarle y desped
irle con las manos vacas.
Todava envi a un tercero, pero tambin a este lo trataron los labradores de igual ma
nera: lo hirieron y, herido como estaba, lo arrojaron fuera de la via.
"Qu podr hacer?" se preguntaba el dueo, hasta que decidi: "Ah, ya s!, enviar a mi hij
que me es muy querido. Seguramente a l le tendrn respeto".
Pero cuando los labradores vieron acercarse a la via al hijo del dueo, se dijeron:
"Esta es nuestra ocasin. El que ahora llega es el heredero, que ser el dueo de la
via cuando muera su padre. Matmoslo, y la heredad ser nuestra".
As lo hicieron: lo sacaron de la via y lo mataron. Ahora decidme: en un caso as, qu o
s parece que har con esa gente el dueo de la via?
Pues ir all, matar a los asesinos y arrendar la via a otros labradores.<CM>Dios nos li
bre de algo semejante! <CM>exclamaron los presentes.
Jess los mir y dijo: <CM>Qu, pues, leemos en las Escrituras?"La piedra que rechazaro
n los constructores se ha convertido en la piedra principal".
Y aadi:<CM>Cualquiera que caiga sobre esa piedra, quedar destrozado; y si a alguien
le cae la piedra encima, lo pulverizar.
Los principales sacerdotes y los escribas comprendieron entonces que Jess se haba
referido a ellos y los haba comparado con los labradores malvados de la parbola. C
on gusto le habran apresado all mismo; pero saban que, de intentarlo, podran provoca
r una revuelta entre el pueblo.<CM><CM><i>El pago de impuestos al Csar<i>
Por eso lo acechaban, y le mandaron varios individuos que, fingindose muy piadoso
s, pudieran espiarle y tratasen de hacerle decir alguna palabra comprometedora,
a fin de acusarle y entregarle a la autoridad del gobernador romano.
Ellos, en una oportunidad, le dijeron:<CM>Seor, sabemos que t hablas y enseas con r
ectitud, que dices la verdad sin preocuparte del qu dirn y que enseas el verdadero
camino de Dios.
Dinos pues, es de ley que nosotros, los judos, paguemos tributo a Csar? Debemos hace
rlo, o no?
Jess, comprendiendo lo que aquellos individuos se traan entre manos, les dijo:
<CM>Mostradme una moneda. De quin dice la inscripcin que es esta imagen? Le repondi
eron:<CM>De Csar.
<CM>Pues dadle a Csar lo que es de Csar, y a Dios lo que es de Dios.
Maravillados por su respuesta, quedaron ellos en silencio; haban fracasado en sus
intentos de sorprenderle en alguna palabra imprudente dicha ante el pueblo.<CM>
<CM><i>La resurreccin y el matrimonio<i>
Tambin fueron a ver a Jess unos saduceos, los cuales niegan que haya resurreccin de
los muertos,
y se acercaron a l para plantearle esta cuestin:<CM>Maestro, Moiss dej escrito en la
ley que, si un hombre muere sin haber tenido hijos, su hermano deber casarse con
la viuda para dar descendencia al hermano fallecido.
Pues bien, una vez hubo una familia de siete hermanos. El mayor se cas, pero muri
sin descendencia.
El hermano que le segua se cas con la viuda, y muri igualmente sin hijos.
Luego la tom el tercero, y le pas lo mismo. Uno tras otro, los siete hermanos se c
asaron con ella, y todos murieron sin hijos.
Finalmente muri tambin la mujer.
Ahora nuestra pregunta es: cuando llegue la resurreccin de los muertos, de cul de l
os siete hermanos ser esposa, si en vida lo fue de todos ellos?
Jess les dio la siguiente respuesta:<CM>La gente de este mundo se casa y se da en
casamiento,

pero los que sean tenidos por merecedores de alcanzar el mundo venidero y resucit
ar de entre los muertos, ni estarn casados ni se darn en casamiento.
Ellos, que han de resucitar y no han de volver a morir, son como los ngeles; y so
n hijos de Dios, porque son hijos de la resurreccin.
En cuanto a si hay o no hay resurreccin de los muertos, los escritos de Moiss lo e
nsean, pues en el pasaje de la zarza ardiendo se refiere al Seor como "el Dios de
Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob."
Y Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos ellos viven en su pres
encia.
Al oir esto, algunos de los escribas que estaban all dijeron:<CM>Has respondido m
uy bien, Maestro.
Y ya no se atrevieron a preguntarle ms.<CM><CM><i>De quin es hijo el Cristo?<i>
Luego fue l quien hizo esta pregunta: <CM>Cmo es que se dice del Cristo que es hijo
de David?
Porque David escribi en el libro de los Salmos: "Dijo el Seor a mi Seor: <CM>Sintate
a mi derecha,
hasta que yo ponga<CM>a tus enemigos <CM>por escabel de tus pies".
Pues si el mismo David le llama Seor, cmo entender que se refiere a su hijo?
Sabiendo que toda la gente le escuchaba, dijo a sus discpulos:
<CM>Guardaos de los escribas, a quienes gusta exhibirse con ropajes suntuosos, s
er saludados en la plaza pblica, a la vista de todos, y ocupar los asientos de ho
nor en las sinagogas y en los banquetes.
Aparentan gran religiosidad y, so pretexto de hacer largas oraciones, se apodera
n de los bienes de las viudas. A estos les espera la ms dura sentencia.
Alz la vista Jess y vio cmo los ricos echaban su dinero en el arca de las ofrendas.
Pero vio tambin a una viuda muy pobre, que echaba all un par de monedas de muy poc
o valor.
Dijo entonces a sus discpulos:<CM>Os aseguro que esa viuda pobre ha emchado en el
arca ms que cualquiera de los ricos.
Porque todos ellos han ofrendado para Dios del dinero que les sobra, mientras que
esa viuda ha dado de lo que en su pobreza necesita para vivir.<CM><CM><i>Seales
del fin del mundo<i>
A unos que se referan con admiracin a las hermosas piedras y ofrendas votivas que
decoraban el templo,
les dijo:<CM>Llegar un da en que todas esas piedras y esos ornamentos que ahora co
ntemplis sern derribados, y no quedar del templo piedra sobre piedra.
Le preguntaron entonces:<CM>Maestro, cundo sucedern esas cosas y qu signos nos anunc
iarn la llegada de esos acontecimientos?
<CM>No dejis que nadie os engae <CM>les respondi<CM>. Porque vendrn muchos usando mi
nombre, y dirn "Yo soy el Cristo", y "El tiempo ya est cerca". Pero no los creis n
i vayis tras ellos.
Y cuando oigis hablar de guerras y de levantamientos armados, no os asustis; porqu
e sin duda estas cosas han de acontecer primero, pero no significarn que el final
haya de ser inmediato.
Entonces se levantarn unas naciones contra otras y unos reinos contra otros;
habr terremotos asoladores; el hambre y las epidemias azotarn diversos lugares de
la tierra; el terror se extender por todas partes, y en el cielo aparecern seales e
spantosas.
Pero antes que todo eso acontezca, se promovern duras persecuciones contra vosotr
os: os apresarn, os arrastrarn a las sinagogas, os encarcelarn y, por causa de mi n
ombre, os harn comparecer ante reyes y gobernadores.
Estas cosas han de suceder, pero pensad que as tendris ocasin de dar testimonio de
m. o
Seris acusados, mas no estis preocupados de antemano por lo que hayis de responder e
n vuestra defensa,
porque en el momento oportuno yo os dar sabidura, y en vuestros labios pondr la pal
abra adecuada y argumentos que nadie podr rebatir.
Lo peor ser que, incluso las personas que ms queris, vuestros padres, hermanos, par
ientes y amigos, os traicionarn; y hasta llegarn a matar a algunos de vosotros.
El mundo entero os odiar por ser mos y llevar mi nombre,

pero ni un solo cabello de vuestra cabeza perecer.


Permaneced firmes y ganaris vuestra alma!
Cuando veis a Jerusaln rodeada de ejrcitos, sabed que ha llegado la hora de su dest
ruccin.
En ese momento, los que estn en Judea, huyan a las montaas; los que estn en Jerusaln
, traten de escapar, y los que estn en el campo, fuera de la ciudad, no intenten
volver a ella.
Porque aquellos sern los das en que Dios har juicio y en que se cumplirn todas las c
osas predichas por los profetas.
Ay de las mujeres que estn encintas en esos das, y de las que tengan hijos que cria
r!, porque la calamidad que vendr sobre esta tierra ser grande, y grande tambin la
ira sobre este pueblo.
Unos morirn a filo de espada, a otros los llevarn cautivos y los esparcirn entre to
das las naciones, y los gentiles hollarn Jerusaln, hasta que el propio tiempo de l
os gentiles toque a su fin.
En aquel entonces se vern seales extraas en el sol, en la luna y en las estrellas.
Y la gente, en la tierra, estar tomada de angustia y confusin a causa del estruend
o del mar y el mpetu de las olas;
y muchos desfallecern de temor ante la expectacin de los acontecimientos que vendrn
sobre la tierra cuando las fuerzas de los cielos se conmuevan.
Entonces vern llegar al Hijo del hombre en una nube, con todo poder y gloria.
Cuando estas cosas empiecen a suceder, erguos y alzad la cabeza, porque vuestra r
edencin est cerca.
Despus aadi Jess este smil: <CM>Mirad la higuera, o cualquier otro rbol.
Al ver que sus hojas comienzan a brotar, sabis que la primavera est cerca.
Asimismo, cuando veis que las cosas de que os he hablado comienzan a suceder, sab
ed que est cerca el reino de Dios.
Y os aseguro que cuanto os he dicho se cumplir antes que pase la presente generac
in.
Pero sabed tambin esto: los cielos y la tierra pasarn, pero mis palabras no pasarn,
sino que permanecern para siempre.
Mirad por vosotros mismos, que la llegada repentina de aquel da no os sorprenda e
ntregados a la gula y la embriaguez, ni angustiados por los afanes del diario vi
vir.
As, como una trampa, vendr sobre todos los que habitan la faz de la tierra.
Estad, pues, vigilantes, pidiendo en todo momento que seis tenidos por dignos de
escapar a todas esas desgracias y de permanecer en pie en la presencia del Hijo
del hombre.
De da, Jess se dedicaba a ensear en el Templo, y al caer la noche sala de all y se re
tiraba "al monte llamado de los Olivos.
Y cada maana se congregaba una multitud del pueblo para escuchar sus enseanzas en
el Templo.
Se acercaba la Pascua, la fiesta en que se coma el pan sin levadura.
Los principales sacerdotes y los escribas planeaban cuidadosamente la muerte de
Jess; pero deseaban matarlo sin provocar al pueblo, pues teman que se les rebelara
.
Satans entr en Judas, el llamado Iscariote, que era uno de los doce discpulos;
y este se apresur a acordar con los principales sacerdotes y los jefes de la guar
dia la manera de poner en sus manos a Jess.
Ellos se alegraron mucho al ver la oportunidad que se les presentaba, y convinie
ron en dar dinero a Judas,
quien comenz en seguida a buscar la ocasin propicia para entregarles a Jess sin que
el pueblo se enterase.<CM><CM><i>La ltima cena<i>
Llegado el da de comer el pan sin levadura, cuando tambin se sacrificaba el corder
o de Pascua,
Jess envi a Pedro y a Juan con el encargo de preparar la cena para todos.
<CM>Dnde quieres que la preparemos? <CM>preguntaron.
l les respondi:<CM>Al entrar en Jerusaln veris a un hombre que lleva un cntaro de agu
a. Seguidle hasta la casa adonde vaya,
y decid al padre de la familia que all vive: "El Maestro pregunta: En qu lugar de l

a casa puedo comer la Pascua con mis discpulos?"


l entonces os mostrar, en el piso alto, un aposento amplio y ya dispuesto. Prepara
d la cena all.
Los dos discpulos fueron a la ciudad, y lo encontraron todo tal y como Jess les ha
ba dicho, y prepararon la cena de Pascua.
Ms tarde, a la hora debida, lleg Jess y sentndose a la mesa +en compaa de los apstoles
les dijo:<CM>Cunto he deseado comer esta Pascua con vosotros, antes que empiece a
padecer!
Porque os digo que no volver a comerla hasta que se cumpla plenamente en el reino
de Dios.
Tom entonces la copa, dio gracias y dijo:<CM>Bebed y pasdsela a los dems,
porque os digo que no beber ms del fruto de la vid hasta que el reino de Dios veng
a.
Luego tom el pan, dio gracias, lo parti y se lo dio a ellos, mientras deca:<CM>Esto
es mi cuerpo, que por vosotros es entregado. Comedlo en memoria de m.
Del mismo modo, despus de haber cenado, tom la copa y dijo:<CM>Esta copa significa
el nuevo pacto, sellado con mi sangre, que ser derramada en vuestro favor.
Pero he de deciros que en esta misma mesa, sentado juntamente conmigo, se halla
el que me va a traicionar.
Ciertamente, el Hijo del hombre ha de ser entregado a muerte, conforme al design
io de Dios, pero ay de aqul que lo entrega!
Desde aquel momento comenzaron ellos a preguntarse quin era el que iba a entregar
le;
aunque tambin discutan cul de ellos sera el ms importante en el reino venidero.
Jess les dijo:<CM>En este mundo, los reyes se erigen en dueos de las naciones, eje
rcen su autoridad sobre ellas y todava se les da el ttulo de bienhechores.
Pero entre vosotros no debe ser as, sino que el ms importante pngase al nivel del r
ecin llegado, y el que dirige pngase al nivel del que est sirviendo.
En este mundo, quin es ms importante, el que se sienta a la mesa o el que la sirve?
No lo es acaso el que se sienta a la mesa? Sin embargo, ya lo veis, yo estoy aqu
entre vosotros como el que sirve.
Vosotros habis permanecido a mi lado en mis das de prueba.
Ahora, en recompensa a vuestra fidelidad, yo os asigno un reino, como mi Padre m
e lo asign a m, y os doy el derecho
de comer y beber a mi mesa en mi reino, y de sentaros en doce tronos para juzgar
a las doce tribus de Israel.
Tambin dijo el Seor:<CM>Simn, Simn!, Satans ha pedido que se le permita zarandearos co
mo a trigo; r
pero yo he orado en favor tuyo, que no te falte la fe. Despus t, Pedro, cuando te
hayas arrepentido y hayas vuelto a m, fortalece y afirma la fe de tus hermanos.
<CM>Seor, yo estoy dispuesto a ir contigo a la crcel, y hasta a morir contigo! <CM>
dijo Simn.
Le respondi el Seor:<CM>Pedro, djame decirte que el gallo no cantar hoy sin que ante
s t hayas negado tres veces que me conoces.
Y a los dems les pregunt:<CM>Cuando os envi sin dinero, alforja ni calzado a anunci
ar el reino de Dios, os falt algo?<CM>Nada nos falt <CM>dijeron.
<CM>Pues ahora, el que tenga dinero que lo tome, y que no deje la alforja. Y qui
en no tenga espada, que venda su ropa y se compre una,
pues en m ha de cumplirse la profeca que dice: "Lo contaron entre los malhechores"
. Porque todo lo que acerca de m escribieron los profetas, ha de cumplirse.
Le respondieron:<CM>Maestro, aqu tenemos dos espadas.<CM>Pues basta con eso <CM>d
ijo, y sali seguido de sus discpulos.<CM><CM><i>Jess ora en el monte de los Olivos<
i>
Como de costumbre, se dirigieron al monte de los Olivos,
y all los exhort:<CM>Orad que no os venza la tentacin.
Se apart de ellos como a distancia de un tiro de piedra, cay de rodillas y or,
diciendo:<CM>Padre, si quieres, aparta de m esta copa de amargura. Pero hgase tu v
oluntad, y no la ma.
Mientras oraba se le apareci un ngel del cielo que vena a fortalecerle.
Era tal su agona y tan intensa su oracin, que el sudor le brotaba de la frente y c

aa hasta el suelo en grandes gotas, como si fuera sangre.


Cuando finalmente se levant de la oracin y volvi junto a sus discpulos, los encontr d
ormidos, vencidos por el cansancio y la tristeza.
Les dijo:<CM>Por qu estis durmiendo? Levantaos, y pedidle a Dios que no caigis en te
ntacin.<CM><CM><i>Arresto de Jess<i>
Todava estaba hablando Jess, cuando lleg una turba encabezada por Judas. ste, que er
a unto de los doce, se acerc a Jess y, como un fiel amigo, le bes en la mejilla.
<CM>Judas <CM>le dijo Jess<CM>, con un beso entregas al Hijo del hombre?
Cuando los otros discpulos se percataron de lo que iba a acontecer, exclamaron: <
CM>Seor, nos defendemos con las espadas?
Y uno de ellos hiri a un siervo del sumo sacerdote, cortndole de un tajo la oreja
derecha.
<CM>Dejadlo! Ya basta! <CM>dijo Jess, y tocando el sitio de la oreja de aquel hombr
e, se la restaur.
Luego pregunt a los principales sacerdotes, a los jefes de la guardia del templo
y a los ancianos que dirigan la turba:<CM>Tan temible ladrn soy, que con espadas y
con palos habis venido a prenderme?
Y puesto que todos los das estuve con vosotros en el templo, por qu no me arrestast
eis all? Pero ya s que esta hora es la vuestra, la hora del poder de las tinieblas
.<CM><CM><i>Pedro niega a Jess<i>
Condujeron a Jess a la casa del sumo sacerdote. Pedro los segua de lejos.
Como la noche era fra, los soldados hicieron una hoguera en medio del patio, y se
sentaron alrededor de ella. Tambin Pedro se sent con ellos.
En esto, una criada le vio all, calentndose al fuego; "y de pronto, fijndose en l, "
dijo: <CM>Este hombre andaba con Jess.
Pedro lo neg:<CM>Mujer, yo ni siquiera le conozco!
Poco despus vio otra persona a Pedro, y dijo tambin:<CM>T eres uno de ellos! <CM>No,
seor! Yo no lo soy!
Luego, como una hora ms tarde, alguien afirm:<CM>No hay duda de que este es un dis
cpulo de Jess. Adems es galileo.
Pedro lo neg nuevamente:<CM>Hombre, no s de qu ests hablando! <CM>pero mientras deca e
sto, cant un gallo.
En ese mismo instante volvi el Seor la cabeza y mir a Pedro; y Pedro se acord de las
palabras del Seor: "Antes que el gallo cante, me habrs negado tres veces".
Pedro sali entonces de all, y llor con gran amargura.<CM><CM><i>Los soldados se bur
lan de Jess<i>
Los hombres encargados de custodiar a Jess se burlaban de l, y le daban de golpes.
Le vendaron los ojos y comenzaron a pegarle en el rostro, mientras decan:<CM>Profe
ta, a ver quin te ha pegado!
Y no cesaban de insultarle.<CM><CM><i>Jess ante Pilato y Herodes<i>
Al llegar el da se reunieron en concilio los dirigentes del pueblo con los princi
pales sacerdotes y los escribas. Llevaron a Jess ante ellos, y le preguntaron:
<CM>Dinos si t eres el Cristo.Les contest:<CM>Si yo os digo que s, no me vais a cre
er;
y si os hago una pregunta, ni me vais a responder ni me vais a soltar.
Pero ya viene la hora en que el Hijo del hombre se ha de sentar a la derecha del
poder de Dios.
<CM>Luego t eres el Hijo de Dios? <CM>dijeron a una voz. <CM>Vosotros habis dicho q
ue lo soy.
Entonces gritaron:<CM>No tenemos necesidad de ms testigos, puesto que nosotros lo
hemos odo de su propia boca!
Levantndose en pleno la multitud, llevaron a Jess ante Pilato, el gobernador.
Y le acusaban diciendo:<CM>Hemos encontrado a este hombre culpable de pervertir
a nuestro pueblo. Adems sostiene que nosotros no debemos pagar impuestos a Csar, p
orque l mismo es el Cristo, un rey.
Pilato le pregunt:<CM>Eres t el rey de los judos? l le contest: <CM>T lo dices.
Pilato entonces, volvindose a los principales sacerdotes y a la gente en general,
dijo: <CM>Yo no veo que este hombre haya cometido ningn delito.
Pero ellos insistieron con obstinacin:<CM>Ese hombre est alborotando al pueblo! Con
sus enseanzas engaa a la gente. Empez en Galilea, y luego ha recorrido toda Judea

hasta llegar a Jerusaln, nuestra ciudad.


Pilato, al oir hablar de Galilea, pregunt si el hombre que estaba all era galileo.
Como le respondieran afirmativamente, l orden que se lo llevaran a Herodes, porque
Galilea perteneca a la jurisdiccin de Herodes, el cual se hallaba en Jerusaln por
aquellos das.
Herodes se alegr de ver a Jess, porque haba odo hablar mucho de l y tena la esperanza
de que hiciera en su presencia alguna seal milagrosa.
Por eso le hizo muchas preguntas, pero Jess no contest a ninguna de ellas.
Ante su silencio, e incitados por las acusaciones que con gran vehemencia presen
taban los principales sacerdotes y los escribas,
Herodes y sus soldados hicieron objeto de burla a Jess, y lo trataron con el mayo
r desprecio. Terminaron vistindolo con un ropaje de lujo, y se lo enviaron nuevam
ente a Pilato.
Con todo esto, aquel da se hicieron amigos Herodes y Pilato, que hasta entonces h
aban mantenido una agria enemistad.
Pilato, al recibir de vuelta a Jess, convoc a los principales sacerdotes, a los di
rigentes judos y al pueblo,
y les dijo:<CM>Me habis trado a este hombre, acusndolo de perturbar al pueblo; pero
el hecho es que yo le he interrogado delante de vosotros, y no he encontrado en
l nada que justifique vuestras acusaciones.
Tambin Herodes ha llegado a la misma conclusin, y por eso me lo ha devuelto. Este
hombre no ha hecho nada por lo que merezca ser condenado a muerte,
de modo que voy a mandar que lo azoten y luego lo soltar.
Habl as porque en aquella fiesta era costumbre indultar y poner en libertad a un p
reso.
Pero al orle, la muchedumbre se puso a gritar a una voz:<CM>Quita de en medio a se,
y sultanos a Barrabs!
El llamado Barrabs estaba en la crcel por haber provocado una insurreccin en Jerusa
ln y haber cometido un asesinato.
Pilato intent disuadirlos, porque quera soltar a Jess;
pero el gento no dejaba de decir a grandes voces: <CM>Crucifcalo! Crucifcalo!
Por tercera vez pregunt Pilato:<CM>Pero cul es su delito? Yo no descubro en l ningun
a causa por la que condenarlo a muerte. Ordenar que lo azoten y lo suelten.
Pero la multitud grit todava con ms fuerza, pidiendo que crucificaran a Jess. Y sus
gritos, unidos a las voces de los principales sacerdotes, acabaron por prevalece
r.
Pilato, pues, dict la sentencia de acuerdo con lo que le pedan: orden que soltasen
a Barrabs, el que estaba preso por insurreccin y asesinato, y, cediendo a la volun
tad del pueblo, conden a muerte a Jess.<CM><CM><i>La crucifixin<i>
- - Mientras la turba le llevaba a la muerte, entraba en la ciudad, procedente del c
ampo, un tal Simn de Cirene, a quien obligaron a cargar con la cruz de Jess y cami
nar tras l.
Tambin segua a Jess una gran multitud, entre la cual haba muchas mujeres que lloraba
n y se lamentaban por lo que estaba ocurriendo.
En cierto momento se volvi l y les dijo: <CM>Hijas de Jerusaln, no lloris por m. Llor
ad ms bien por vosotras mismas y por vuestros hijos,
pues ya estn cerca los das en que se dir: "Dichosas las mujeres que nunca dieron a l
uz, que no concibieron hijos ni tuvieron que amamantarlos!"
La gente comenzar entonces a pedir a los montes: "Caed sobre nosotros!", y a los c
ollados: "Cubridnos!"
Porque si esto hacen con el rbol verde, qu no harn con el seco?
Llevaban tambin con Jess a dos malhechores, para ser igualmente ejecutados;
y cuando llegaron al lugar que llamaban la Calavera, los crucificaron, a Jess en
el centro, y a cada lado suyo a uno de los malhechores.
Jess deca:<CM>Padre, perdnalos, porque no saben lo que estn haciendo!Los soldados se
repartieron su ropa, echndola a suertes,
mientras el gento contemplaba la escena. Por su parte, los dirigentes judos hacan b
urla de Jess: <CM>Puesto que salv a otros, slvese ahora a s mismo y nos demostrar que
, en efecto, es el Cristo, el escogido de Dios.

Tambin los soldados, ofrecindole vinagre, se burlaban de l:


<CM>Si t eres el rey de los judos, slvate a ti mismo!
Porque en lo alto de la cruz, por encima de la cabeza de Jess, haban puesto un ttul
o que deca: "Este es el rey de los judos".
Incluso uno de los malhechores que estaban muriendo junto a l, le injuriaba:<CM>No
eres t el Cristo? Pues slvate a ti mismo y slvanos a nosotros!
Pero el otro, reprochndole, le replic:<CM>Cllate! Ni siquiera estando en la misma hor
a de tu condenacin temes a Dios?
Nosotros sufrimos el justo pago de los delitos que hemos cometido, pero este hom
bre es inocente.
Y dijo a Jess: <CM>Acurdate de m cuando vengas en tu reino!
l le contest:<CM>Te aseguro que hoy estars conmigo en el paraso.<CM><CM><i>Muerte de
Jess<i>
A eso de la hora sexta (medioda), y hasta la hora novena (tres de la tarde), se h
izo en todo el pas una gran oscuridad.
La luz del sol se desvaneci, y el velo del Templo se rasg por la mitad.
En aquel instante clam Jess a gran voz:<CM>Padre, en tus manos encomiendo mi espritu
!Dicho esto, muri.
Cuando el centurin que mandaba a los soldados encargados de la ejecucin vio lo ocu
rrido, alab a Dios y exclam:<CM>Verdaderamente este hombre era inocente!
Y la multitud que contemplaba aquel macabro espectculo, al ver muerto a Jess y las
cosas que haban acaecido, regres golpendose el pecho presa de profundo dolor.
Pero los amigos de Jess, as como las mujeres que le haban seguido desde Galilea, lo
contemplaban todo desde lejos.<CM><CM><i>Sepultura de Jess<i>
Entre los miembros del concilio supremo judo haba uno llamado Jos, natural de Arima
tea, una ciudad de Judea. Se trataba de un hombre bueno y justo
que, como otros muchos, esperaba la venida del reino de Dios. l, que no haba estad
o conforme con los acuerdos del concilio ni con las actuaciones de sus otros mie
mbros,
se dirigi a Pilato para solicitar que le fuera entregado el cuerpo de Jess. j
Obtenido el permiso, baj de la cruz el cuerpo, lo envolvi en una sbana y lo deposit
en un sepulcro totalmente nuevo, labrado en una pea.
Esto sucedi el viernes por la tarde, el da en que todo se preparaba para el reposo
del sbado.
Las mujeres que haban seguido a Jess desde Galilea le acompaaron hasta el sepulcro,
y presenciaron cmo depositaban all su cuerpo.
Cuando ya todo hubo concluido, regresaron a la ciudad, prepararon all diversas es
pecias aromticas y ungentos, y descansaron el sbado de acuerdo con lo dispuesto por
la ley.
El primer da de la semana, por la maana temprano, tomaron las especias aromticas qu
e haban preparado y se dirigieron al sepulcro en compaa de otras mujeres.
Pero cuando llegaron se quedaron atnitas, porque la piedra que lo cerraba haba sid
o removida
y el cuerpo del Seor Jess no estaba all, donde haba sido depositado.
No saban qu pensar, y estaban tratando de comprender lo sucedido cuando dos varone
s vestidos con ropas resplandecientes se pusieron junto a ellas.
Asustadas, las mujeres se postraron rostro en tierra, y entonces aquellos varone
s les dijeron: <CM>Por qu buscis entre los muertos al que vive?
No est aqu, pues ha resucitado. Acaso no os acordis de lo que l os anunci estando en G
alilea?
Os dijo: "Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de hombres
pecadores para ser crucificado, pero al tercer da resucitar".
Entonces ellas recordaron lo que les haba dicho,
y se fueron del sepulcro a Jerusaln, donde refirieron a los once apstoles y a los
dems lo que les haba sucedido.
Aquellas mujeres eran, entre otras, Mara Magdalena, Juana, y Mara la madre de Jaco
bo.
Lo que ellas contaban era tan difcil de creer que a los apstoles les pareci una loc
ura.
Sin embargo, Pedro corri al sepulcro. Al llegar a la entrada mir adentro, pero no

viendo all otra cosa que los lienzos, se volvi a la casa lleno de asombro por lo q
ue haba sucedido.<CM><CM><i>De camino a Emas<i>
Aquel mismo da se dirigan dos de ellos al pueblo de Emas, distante unos sesenta est
adios (unos once kilmetros) de Jerusaln.
Iban comentando por el camino los acontecimientos que rodearon la muerte de Jess,
cuando l mismo se les acerc y se puso a andar a su lado.
Ellos le vean, pero en aquel momento no les fue posible reconocerle.
Jess les pregunt: <CM>De qu vens hablando, y por qu estis tan tristes?
Uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo:<CM>Quiz en toda Jerusaln eres t el nico fora
stero que ignora las cosas que han ocurrido estos das.
<CM>Qu cosas son sas? <CM>Pues que a Jess de Nazaret, profeta poderoso en obras y en
palabras, que gozaba de la ms alta estimacin de Dios y del conjunto del pueblo,
los principales sacerdotes y nuestros gobernantes lo pusieron en manos de los ro
manos, para que lo condenasen a morir en la cruz.
Nosotros creamos que l era el que haba venido a rescatar a Israel... pero ya hace tr
es das que muri!
Sin embargo, lo ms extrao de todo es que varias mujeres de nuestro grupo fueron ho
y, muy de maana, al sepulcro,
y volvieron diciendo que el cuerpo haba desaparecido y que unos ngeles les dijeron
que Jess est vivo.
Algunos de los nuestros corrieron despus al sepulcro y, en efecto, no hallaron el
cuerpo, de modo que las mujeres tenan razn.
Jess les dijo entonces:<CM>Qu necios y torpes sois! Cunto os cuesta creer lo que los
profetas han afirmado en las Escrituras!
No est dicho claramente que el Cristo haba de padecer todas esas cosas antes de ent
rar en su gloria?
En seguida, a partir de Moiss y continuando por todos los profetas, les fue expli
cando lo que las Escrituras decan acerca de l.
Cuando llegaron a Emas, la aldea a la que se dirigan, Jess hizo ademn de seguir su c
amino;
pero ellos le suplicaron que se quedase:<CM>Qudate con nosotros, porque se ha hec
ho muy tarde y el da comienza a oscurecer. l, entonces, decidi quedarse.
Ms tarde se sentaron todos a la mesa, y Jess tom el pan, lo bendijo, lo parti y se l
o dio a ellos.
En ese momento sintieron los discpulos como que los ojos se les abran de pronto, y
le reconocieron; pero l desapareci de su vista.
<CM>No es cierto que nos arda el corazn mientras nos explicaba las Escrituras a lo
largo del camino? <CM>se decan el uno al otro llenos de asombro.
Poco ms tarde emprendieron nuevamente la marcha hacia Jerusaln. Cuando llegaron, e
ncontraron reunidos a los once apstoles con otros que los estaban acompaando.
Todos ellos los recibieron con esta gran noticia:<CM>El Seor ha resucitado! Verdade
ramente ha resucitado, y se ha aparecido a Pedro!
Los recin llegados relataron entonces que tambin a ellos se les haba aparecido Jess,
y cmo le haban reconocido al partir el pan.<CM><CM><i>Jess se aparece a los discpul
os<i>
Mientras an estaban ellos hablando y se contaban estas cosas unos a otros, Jess se
puso en medio de todos y los salud, diciendo: <CM>Paz a vosotros.
Espantados, llenos de temor, los discpulos pensaban que estaban en presencia de u
n fantasma.
Les dijo:<CM>Por qu estis tan turbados? Por qu dudis y tenis tanto miedo?
Mirad mis manos y mis pies, y si queris, tocadme y comprobaris que soy yo. Porque
los fantasmas no tienen carne ni huesos, como yo tengo.
Les habl de esta manera, y les mostr las manos y los pies.
Ellos no caban en s de alegra, aun cuando todava dudaban de lo que estaban viendo.<C
M>Tenis aqu algo de comer? <CM>les pregunt,
y le dieron un pedazo de pescado asado y un panal de miel,
que l tom y comi en presencia de todos. Luego les record:
<CM>Cuando an estaba con vosotros, os dije que tena que cumplirse todo lo que se h
a escrito acerca de m en la ley de Moiss, en los libros de los profetas y en los s
almos.

Luego les abri el entendimiento, a fin de que pudieran comprender las Escrituras,
y les dijo:<CM>As est escrito: Era necesario que el Cristo padeciera y muriera, y
que resucitara al tercer da.
Y era necesario tambin que, en su nombre, comenzando en Jerusaln y hasta el ltimo r
incn del mundo, se predicase el perdn que Dios ofrece a los que se arrepienten de
sus pecados.
A vosotros, que sois testigos del cumplimiento de estas cosas,
yo os enviar pronto lo que mi Padre os ha prometido. Pero no salgis todava de Jerus
aln, sino permaneced aqu hasta que Dios os revista de todo poder.<CM><CM><i>La asc
ensin<i>
Luego Jess los condujo fuera de la ciudad, hasta Betania. All, alzando las manos,
los bendijo;
y mientras los bendeca se separ de ellos y fue llevado arriba, al cielo.
Despus de haberle adorado, los discpulos se volvieron a Jerusaln llenos de alegra;
y desde entonces estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios.
En el principio de todas las cosas era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios
y la Palabra era Dios.
La Palabra estaba en el principio con Dios.
Por medio de ella cre Dios todas las cosas, y sin ella nada de lo creado fue crea
do.
Porque en la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz que iluminaba a la hum
anidad.
Esa luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no pudo extinguirla.
Hubo una vez un hombre llamado Juan, al que Dios envi
como testigo, para que diese testimonio de la luz y para que todos tuvieran opor
tunidad de creer por medio de l.
Juan no era la luz, sino nicamente el enviado a dar testimonio de la luz.
Aquel que era la luz verdadera haba de venir muy pronto a este mundo, para ilumin
arnos a todos.
Pero cuando la Palabra vino al mundo, que haba sido creado por ella, el mundo no
la reconoci.
La Palabra vino a visitar a los suyos, y los suyos no quisieron recibirla.
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les concedi el
privilegio de poder ser hechos hijos de Dios.
En ellos tuvo lugar un nuevo nacimiento, no como resultado de la voluntad humana
de engendrar hijos segn nuestra naturaleza de carne y sangre, sino de la volunta
d de Dios.
Aquella Palabra se hizo hombre, y como hombre vivi entre nosotros con plenitud de
gracia y de verdad. Y fuimos testigos de su gloria, la gloria que pertenece al
Hijo nico de Dios Padre.
Juan dio testimonio de l, proclamando: <CM>A este me refera yo cuando dije: "El qu
e viene despus de m es superior a m, porque ya exista antes que yo naciera".
Todos hemos recibido con plenitud las riquezas de su gracia, que l ha derramado s
in cesar sobre nosotros.
Porque ciertamente Dios, por medio de Moiss, nos revel la ley; pero por medio de J
esucristo, en su venida, nos revel la gracia y la verdad.
Nadie ha visto jams a Dios; pero su Hijo nico, que est siempre con el Padre, nos lo
ha dado a conocer.<CM><CM><i>Juan el Bautista niega ser el Cristo<i>
Este es el testimonio de Juan, cuando los jefes judos enviaron de Jerusaln sacerdo
tes y levitas a preguntarle:<CM>T quin eres?
Juan les contest con claridad:<CM>Yo no soy el Cristo.
<CM>Entonces quin eres? Quiz Elas? <CM>No <CM>respondi. <CM>Acaso eres el profeta que
aba de venir? <CM>Tampoco.
<CM>Pues quin eres t? Dnoslo, para que podamos llevar una respuesta a los que nos en
viaron. Qu dices de ti mismo?
<CM>Como dijo el profeta Isaas:"Yo soy la voz del que clama en el desierto: Allana
d el camino al Seor!"
Entonces los enviados de los fariseos le dijeron:
<CM>Pues si no eres el Cristo ni Elas ni el profeta, quin te ha autorizado a bautiz
ar?

Les respondi:<CM>Yo slo bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay alguien a
quien vosotros an "no conocis.
Este es el que viene despus de m, de quien yo ni siquiera soy digno de desatar aga
chado las correas de su calzado.
Este incidente sucedi en Betania, un pueblo situado a la otra orilla del Jordn, do
nde Juan estaba bautizando.<CM><CM><i>Jess, el Cordero de Dios<i>
Al da siguiente vio Juan a Jess, que se acercaba a l, y exclam:<CM>Mirad, ah est el Co
rdero de Dios, que quita el pecado del mundo.
l es aquel de quien yo dije: "Despus de m viene un hombre que es superior a m, porqu
e ya exista antes que yo naciese".
Yo no saba que l fuera el que esperbamos, pero he estado bautizando con agua para p
reparar el camino a su "manifestacin a la nacin israelita.
Luego Juan dio su testimonio, diciendo:<CM>Yo vi al Espritu Santo, que descenda de
l cielo como una paloma y se posaba sobre Jess.
Y no saba que l fuese el que esperbamos, pero Dios, que me mand a bautizar, me dijo:
"Cuando veas que el Espritu desciende y se posa sobre uno, se es el que bautiza c
on Espritu Santo".
Yo lo he visto, y he testificado que l es el Hijo de Dios.<CM><CM><i>Los primeros
discpulos de Jess<i>
Al da siguiente estaba otra vez Juan en aquel lugar, acompaado por dos discpulos su
yos.
Jess tambin estaba all, y Juan, mirndolo, exclam: <CM>Mirad, ah est el Cordero de Dio
Al orle decir esto, los dos discpulos se fueron y comenzaron a seguir a Jess.
En esto volvi Jess la cabeza, y al ver que le seguan les pregunt: <CM>Qu estis buscand
? Le contestaron:<CM>Rab (que significa "Maestro mo"), dnde vives?l les dijo:
<CM>Venid y vedlo. Los dos, al punto, le siguieron, y fueron con l al lugar donde
se alojaba. Eran como las cuatro de la tarde, y se quedaron con l aquel da.
Luego, uno de ellos, Andrs, hermano de Simn Pedro,
fue adonde este estaba y le dijo: <CM>Hemos encontrado al Mesas (que significa "e
l Cristo").
En seguida llev a su hermano ante Jess, que le mir y le dijo: <CM>T eres Simn, hijo d
e Juan; pero de ahora en adelante te llamars Cefas (es decir, Pedro, que signific
a "piedra").<CM><CM><i>Jess llama a Felipe y a Natanael<i>
Al da siguiente, Jess decidi ir a Galilea. All vio a Felipe, y le dijo:<CM>Sgueme!
Felipe, que era de Betsaida, el mismo pueblo de Pedro y Andrs,
vio ms tarde a Natanael y le dijo: <CM>Hemos encontrado a aquel de quien escribi M
oiss en la ley, y a quien se refirieron los profetas. Es Jess, el hijo de Jos, el d
e Nazaret.
Natanael pregunt:<CM>Pero puede salir algo bueno de Nazaret? <CM>Ven conmigo y te
convencers.
Jess, al ver a Natanael que se le iba aproximando, dijo: <CM>Aqu tenemos un hombre
ntegro, un verdadero israelita.
<CM>De dnde sacas eso? Acaso me conoces? <CM>pregunt Natanael, y Jess le respondi:<CM>
Yo te vi cuando estabas debajo de la higuera, antes que Felipe te encontrase.
Entonces exclam Natanael:<CM>Seor, ya veo que t eres el Hijo de Dios, el Rey de Isra
el!
Jess sigui:<CM>Crees en m tan slo porque te he dicho que te vi debajo de la higuera?
Cosas ms maravillosas que estas vers todava.
Luego, dirigindose a todos, aadi: <CM>Os aseguro que de aqu en adelante vais a ver e
l cielo abierto, y a los ngeles de Dios que suben y bajan sobre m, el Hijo del Hom
bre.
Dos das ms tarde se celebraba una boda en el pueblo de Can de Galilea. La madre de
Jess estaba all,
e invitaron tambin a Jess y a sus discpulos.
A mitad de la fiesta se les acab el vino, y la madre de Jess fue adonde l estaba y
se lo dijo.
Jess le contest:<CM>Mujer, por qu vienes ahora a buscarme? An no ha llegado mi hora.
Sin embargo, su madre dijo a los sirvientes: <CM>Haced todo lo que l os mande.
Haba all seis tinajas de piedra destinadas al agua que los judos utilizaban para el
rito de su purificacin. En cada una de ellas caban dos o tres cntaros,

y Jess orden a los sirvientes que las llenasen de agua.


Las llenaron hasta el borde, y entonces les dijo:<CM>Sacad un poco y llevdselo al
maestro de ceremonias. As lo hicieron,
y cuando el maestro de ceremonias prob el agua que se haba convertido en vino, y a
l no saber de dnde proceda (aunque s lo saban los sirvientes), se acerc al novio para
decirle:
<CM>Por lo general, en una fiesta se sirve primero el buen vino, y luego, cuando
todos han bebido mucho y estn satisfechos, se sirve el de peor calidad. T, en cam
bio, has guardado el mejor vino para lo ltimo.
Aquella seal milagrosa en Can de Galilea fue la primera que hizo Jess. Manifest as su
glorioso poder, y logr que sus discpulos creyeran en l.
Despus de estas cosas bajaron todos a Cafarnaum: Jess, su madre, sus hermanos y su
s discpulos.<CM><CM><i>Jess purifica el templo</i> <CM>All pasaron unos das,
y luego, como ya se acercaba la fiesta juda de la Pascua, subi Jess a Jerusaln.
Se dirigi al templo, y en su interior encontr a los mercaderes que negociaban vend
iendo bueyes, ovejas y palomas para los sacrificios, y a los que estaban sentado
s detrs de sus mesas y se dedicaban a cambiarle dinero a la gente.
Sin la menor vacilacin, Jess se hizo un ltigo con unas cuerdas y los ech a todos del
templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; tambin arroj al suelo las monedas de l
os cambistas y les volc las mesas,
y dijo a los que vendan palomas: <CM>Sacad de aqu todo eso y no convirtis en un merc
ado la casa de mi Padre!
Los discpulos recordaron entonces las palabras de las Escrituras que decan: "El ce
lo por tu casa me consume".
Los dirigentes judos le pidieron explicaciones:<CM>Qu autoridad tienes t para expuls
ar a esa gente? Y si la tienes, demustralo de alguna manera.
Jess les respondi diciendo:<CM>Destruid este templo y en tres das lo reedificar.
Incrdulos, replicaron:<CM>Cuarenta y seis aos tardaron en edificar este templo, y d
ices t que en tres das puedes reedificarlo?
Pero Jess, al hablar as, se refera al templo de su propio cuerpo.
Por eso, despus que resucit de entre los muertos, los discpulos recordaron estas pa
labras y creyeron a la Escritura y lo que l haba dicho de s mismo.
Jess permaneci en Jerusaln durante toda la fiesta de la Pascua, y muchos, al ver la
s seales que haca, creyeron en l.
Pero Jess no confiaba en ellos, porque conoca muy bien lo que haba en el fondo de c
ada uno
sin necesidad de que nadie le advirtiera de cun voluble es el corazn humano.
Cada la noche, un dirigente judo llamado Nicodemo, miembro de la secta de los fari
seos, fue a entrevistarse con Jess. Le dijo:
<CM>Rab, sabemos que Dios te ha enviado como maestro, porque nadie podra hacer las
seales milagrosas que t haces, si Dios no estuviera con l.
Jess le respondi:<CM>Con toda certeza te digo que quien no nazca de nuevo no podr v
er el reino de Dios.
Le pregunt Nicodemo:<CM>Qu significa eso? Cmo puede nacer de nuevo un hombre cuando y
a es viejo? Acaso puede entrar otra vez en el vientre de su madre y volver a nace
r?
<CM>Te aseguro <CM>contest Jess<CM>que no basta con nacer fsicamente. Es menester n
acer del agua y del Espritu para entrar en el reino de Dios.
Lo que nace del ser humano es vida humana; lo que nace del Espritu de Dios es vid
a espiritualmente renovada.
No te sorprendas porque yo te haya dicho que os es necesario nacer de nuevo.
Esto es como el viento, que lo oyes soplar, pero no sabes de dnde viene ni a dnde
va; tampoco sabemos cmo acta el Espritu en quienes nacen a la nueva vida que de l pr
ocede.
Nicodemo sigui preguntando:<CM>Qu quieres decir con todo eso?
Jess prosigui:<CM>T, que eres un maestro de Israel, no sabes de qu te estoy hablando?
Pues te aseguro que hablo de cosas que conozco, y doy testimonio de las que he v
isto con mis propios ojos; sin embargo, no me creis.
Pues si no sois capaces de creerme ni siquiera cuando me refiero a las cosas de
este mundo, cmo vais a creerme cuando me refiera a las celestiales?

Piensa que nadie ha subido al cielo, sino aquel que primero vino del cielo, esto
es, el Hijo del hombre, cuyo lugar es el cielo.<CM><CM><i>Jess y el amor del Pad
re<i>
Pero as como Moiss, en el desierto, levant sobre un poste la serpiente de bronce pa
ra que viviesen los que estaban al borde de la muerte, as tambin el Hijo del hombr
e ser levantado
para que todo aquel que en l cree tenga vida eterna.
Porque de tal manera am Dios al mundo, que ha dado a su Hijo nico para que todo aq
uel que en l cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envi a su Hijo para condenar al mundo, sino para que, por medio de
l, alcance el mundo la salvacin.
Por eso, no hay condena eterna para quienes han depositado en el Hijo su esperan
za de salvacin; en cambio, quienes no creen en l ya estn condenados, por no creer e
n el Hijo nico de Dios.
Pues esto significa que, habiendo bajado al mundo la luz del cielo, ellos amaron
ms las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Aborrecieron la luz del cielo y buscaron la oscuridad, para esconder en ella sus
maldades; se mantuvieron lejos de la luz para evitar ser castigados al quedar s
us pecados al descubierto.
Por el contrario, quienes actan conforme a la verdad, se acercan a la luz, para q
ue todos puedan ver claramente que sus acciones corresponden a la voluntad de Di
os.<CM><CM><i>Testimonio de Juan el Bautista acerca de Jess<i>
Despus de esto anduvo Jess con sus discpulos por la regin de Judea, y se dedic a baut
izar a la gente.
- - Por aquel entonces, Juan el Bautista, que an no haba sido encarcelado, se encontra
ba en un lugar llamado Enn, cercano a Salim, donde haba agua en abundancia. Muchos
acudan tambin all, y Juan los bautizaba.
Un da se suscit una discusin entre los discpulos de Juan y los judos acerca de la pur
ificacin personal. Algunos de ellos se acercaron a Juan y le dijeron:
<CM>Rab, el hombre con quien estuviste al otro lado del Jordn, y del que t diste un
buen testimonio, tambin est bautizando, y todo el mundo acude a l.
Juan respondi:<CM>Dios es quien da todas las cosas. Nadie puede recibir don algun
o, si Dios no se lo da.
Recordad lo que os dije: que yo no soy el Cristo, sino que Dios me ha enviado a
preparar al Cristo su camino, y sa es mi tarea.
Esto es como una boda: el novio es quien se deleita con la presencia de la novia
; pero el amigo del novio, que est cerca de l y le escucha, tambin se goza de la al
egra del novio. Pues bien, yo soy como el amigo del novio, y me alegro profundame
nte por l,
porque l ha de crecer cada da en importancia, en tanto que yo tengo que menguar.<C
M><CM><i>El que viene del cielo<i>
Porque l baj del cielo, y por tanto su importancia es mayor que la de cualquier ot
ro. S, quien viene del cielo es ms importante que todos los dems! Pero yo soy de est
e mundo, y slo puedo hablar de las cosas propias del mundo.
l, en cambio, testifica acerca de lo que tan slo l ha visto y odo, y lo hace aun cua
ndo nadie acepte su testimonio.
Pero el que lo acepta, se da testimonio de que Dios es absorlutamente veraz.
Porque el que ha sido enviado por Dios, habla las propias palabras de Dios, pues
el Espritu de Dios est en l sin lmite ni medida.
El Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todo cuanto existe.
El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rehsa creer en el Hijo no v
er la vida, sino que la ira de Dios estar sobre su cabeza.
Cuando Jess supo que a los fariseos les haba llegado la noticia de que l bautizaba
a ms gente y haca ms discpulos que Juan
(aunque no era Jess mismo quien bautizaba, sino sus discpulos),
sali de Judea y regres a la provincia de Galilea.
En su camino tena que pasar por Samaria.
Lleg, pues, a un pueblo samaritano llamado Sicar, prximo a las tierras que Jacob h
aba dado a su hijo Jos,

en las cuales se encontraba el pozo de Jacob. Era alrededor del medioda, y Jess, f
atigado del camino, se sent a descansar junto al pozo.
Estando all, se acerc una mujer samaritana que iba a sacar agua del pozo. Jess le p
idi:<CM>Por favor, dame un poco de agua para beber.
Estaba solo, porque sus discpulos haban ido poco antes al pueblo cercano a comprar
alimentos.
La mujer, sorprendida de que un judo le pidiera agua, le pregunt:<CM>Cmo t, que eres
judo, me pides agua a m, que soy samaritana?Le hizo esta pregunta porque en aquel
tiempo los judos y los samaritanos ni siquiera se dirigan la palabra.
Pero Jess le respondi: <CM>Si supieras qu maravilloso regalo tiene Dios para ti, y
quin soy yo, que te he pedido agua, t pediras de m que te diera agua viva.
<CM>Pero, Seor, el pozo es hondo <CM>dijo ella<CM>, y si no tienes una cuerda ni
un cubo para sacarla, cmo vas a darme agua viva?
Adems, acaso eres t mayor en importancia que Jacob, nuestro antepasado, que nos dio
este pozo, del que l mismo bebi, y sus hijos y sus ganados?
Le respondi Jess:<CM>Cualquiera que beba de esta agua, pronto volver a tener sed.
En cambio, nunca ms tendr sed aquel que beba del agua que yo ofrezco, porque el ag
ua que yo le dar se convertir en su interior en una fuente inagotable de vida eter
na.
<CM>Seor <CM>exclam la mujer<CM>, dame entonces de esa agua! As no volver a tener sed
, ni tendr que venir aqu a sacarla cada da.
Le dijo Jess:<CM>Ve en busca de tu marido, y ven ac de nuevo.
<CM>No estoy casada <CM>respondi la mujer. <CM>Es cierto,
porque has tenido cinco maridos, y con el hombre con quien ahora vives no ests ca
sada. Has dicho la verdad.
Al oir esto, la mujer dijo:<CM>Seor, me parece que eres profeta, y yo quisiera ha
certe una pregunta.
Dime, por qu vosotros los judos insists en que solamente en Jerusaln puede adorarse a
Dios? Nosotros, los samaritanos, decimos que debemos adorar en este monte donde
tambin adoraron nuestros antepasados.
Jess respondi:<CM>Mujer, creme que se acerca el da en que ni en este monte ni en Jer
usaln adoraris al Padre.
Sin embargo, ten presente que vosotros, los samaritanos, adoris a Dios sin haberl
e realmente conocido; mientras que nosotros, los judos, adoramos a un Dios que se
nos ha revelado. Adems, sabemos que de los judos viene la salvacin al mundo.
Est llegando la hora (o mejor, ya ha llegado) en que los verdaderos adoradores ad
orarn al Padre espiritualmente y con toda sinceridad, tal y como l desea ser adora
do.
Porque Dios es Espritu, y los que le adoran han de adorarle con pureza de espritu
y sinceridad de corazn.
La mujer le dijo:<CM>Ya s que el Mesas, al que llaman el Cristo, ha de venir, y qu
e cuando venga nos explicar todas las cosas.
Jess le dijo: <CM>Yo soy, que estoy hablando contigo.<CM><CM><i>Los discpulos vuel
ven a reunirse con Jess<i>
En aquel preciso momento llegaron los discpulos, que se quedaron sorprendidos al
verle hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno se atrevi a preguntarle por qu ni
acerca de qu estaban hablando.
Entonces la mujer dej all su cntaro y corri al pueblo, diciendo a los que encontraba
:
<CM>Venid conmigo y conoceris a uno que me ha dicho todo lo que yo he hecho. No se
r se el Cristo?
La gente sali del pueblo y fue a ver a Jess.
Entre tanto, los discpulos le rogaban que comiese.
Pero Jess les dijo:<CM>No, porque tengo preparada una comida que vosotros no sabis
.
Ellos se preguntaban unos a otros: <CM>Quin le habr trado esa comida?
Pero Jess les dijo:<CM>Mi comida es hacer la voluntad de Dios, que me envi, y dar
trmino a su obra.
Pensis que an faltan cuatro meses para comenzar la siega? Pues mirad a vuestro alre
dedor y veris que ya los campos estn listos para ser segados.

Y los segadores recibirn su justo salario, pues recogern para s frutos de vida eter
na. Entonces participarn de una misma alegra los que siembran y los que siegan.
Porque es cierto lo que dice el refrn: "Uno es el que siembra y otro el que siega
".
Yo os he enviado a segar los campos que otros trabajaron, porque ellos hicieron
un trabajo cuyo fruto recogis ahora vosotros.<CM><CM><i>Muchos samaritanos creen
en Jess<i>
Muchos de los samaritanos que residan en aquel pueblo creyeron en Jess cuando oyer
on referir a la mujer que l le haba dicho todo lo que ella hiciera en el pasado.
Luego, al llegar adonde estaba Jess, junto al pozo, le pidieron que se quedase co
n ellos en el pueblo. Jess acept la invitacin y se qued all dos das,
durante los cuales, al orle hablar, muchos ms creyeron en l.
Por eso decan a la mujer: <CM>Ahora creemos en l, no solamente por lo que t nos dij
iste, sino porque nosotros mismos le hemos odo hablar, y estamos convencidos de q
ue l es verdaderamente el Cristo, el Salvador del mundo.<CM><CM><i>Jess sana al hi
jo de un funcionario<i>
Pasados aquellos dos das sali Jess de all y se encamin de nuevo a Galilea
(porque Jess era un testimonio vivo de que "al profeta no se le reconoce en su pr
opia tierra").
A su llegada, los galileos le recibieron con los brazos abiertos, porque muchos
de ellos, que estuvieron en Jerusaln durante la celebracin de la Pascua, haban pres
enciado las cosas que all haba hecho.
En este viaje se acerc Jess a Can, el pueblo donde haba convertido el agua en vino.
Resida entonces en Cafarnaum un funcionario al servicio del rey, que tena un hijo
enfermo.
Este hombre se enter de que Jess haba llegado de Judea a Galilea, y sin perder tiem
po se present a l en Can y le suplic que fuera a sanar a su hijo, que estaba a punto
de morir.
Jess le dijo:<CM>Est claro que no sois capaces de creer, si no veis milagros y pro
digios.
El funcionario insisti: <CM>Te lo suplico, Seor, ven conmigo antes que mi hijo mue
ra.
<CM>Vuelve a tu casa <CM>le dijo Jess<CM>. Tu hijo vive. El hombre, confiando en
lo que Jess le deca, emprendi el regreso.
Sus sirvientes salieron a encontrarle en el camino, y le dieron la noticia de qu
e su hijo viva y estaba fuera de peligro.
l les pregunt:<CM>Cundo empez a sentirse mejor? Le contestaron:<CM>Ayer, sobre la una
de la tarde, le desapareci la fiebre.
Al darse cuenta de que en aquella misma hora le haba dicho Jess que su hijo viva, e
l funcionario y toda su familia creyeron en l.
Esta fue la segunda seal milagrosa que hizo Jess cuando fue de Judea a Galilea.
Despus de estas cosas regres Jess a Jerusaln, donde iba a celebrarse una de las fies
tas judas.
En la ciudad, cerca de la puerta de las ovejas, haba un estanque que en hebreo ll
amaban Betesda. Estaba provisto de cinco prticos,
bajo los cuales yaca una multitud de enfermos, ciegos, cojos y lisiados, que espe
raban el momento en que se produca un cierto movimiento del agua.
Porque un ngel del Seor vena de tanto en tanto a agitarla, y se dleca que el primero
que bajaba al estanque despus del movimiento del agua quedaba sano, cualquiera q
ue fuese su enfermedad.
Entre los que all se encontraban haba un hombre enfermo desde haca treinta y ocho ao
s.
Jess, vindolo acostado y conociendo el mucho tiempo que vena soportando su enfermed
ad, le pregunt:<CM>Quieres recuperar la salud?
<CM>S, Seor, pero no puedo "<CM>respondi el enfermo<CM>, porque no tengo a nadie qu
e me ayude a bajar al estanque cuando el agua se agita. Trato de hacerlo por m mi
smo, pero siempre hay alguno que se me adelanta y baja antes que yo.
Jess le dijo:<CM>Levntate, recoge tu camilla y anda!
El hombre qued sanado al instante, recogi su camilla y ech a andar. Pero como aquel
da era sbado,

los dirigentes judos salieron a su encuentro y le reprendieron: <CM>Hoy es sbado, y


nuestra ley no te permite que andes por ah llevando esa camilla!
l les contest:<CM>S, es cierto; pero el hombre que me ha sanado me dijo: "Recoge tu
camilla y anda".
<CM>Y quin es se que se atrevi a mandarte algo prohibido por la ley?
El que haba estado enfermo no lo saba, y para entonces ya Jess haba desaparecido ent
re la gente que se encontraba en aquel lugar.
Poco despus lo vio Jess en el templo, y le advirti: <CM>Ahora que has sido sanado,
no peques ms. As evitars que te vengan males peores.
El hombre corri enseguida a informar a los dirigentes judos de que Jess era quien l
o haba sanado;
y ellos, al saberlo, comenzaron a perseguir a Jess con intencin de matarlo, por ha
ber curado en sbado a un enfermo.<CM><CM><i>Vida mediante el Hijo<i>
Jess les dijo:<CM>Mi Padre no deja de trabajar, y yo sigo su ejemplo.
Despus de oir esta respuesta, los dirigentes judos todava persiguieron con ms ensaami
ento a Jess. Queran matarlo, porque no slo quebrantaba la ley relativa al sbado, sin
o que adems deca que Dios era su propio Padre, hacindose de ese modo igual a Dios.
Jess tom la palabra y les dijo:<CM>Os aseguro que el Hijo no puede hacer nada por
s mismo, sino solamente aquello que ve hacer al Padre. Lo que el Padre hace, eso
es lo que hace igualmente el Hijo.
Porque el Padre ama al Hijo y le muestra todas las cosas que l hace; y le mostrar
obras an ms maravillosas, de tal modo que tambin vosotros quedaris maravillados.
As como el Padre resucita a los muertos y les da vida, as tambin el Hijo puede dar
vida a quienes quiera drsela.
Porque el Padre no juzga a nadie, sino que ha puesto todo juicio en manos del Hi
jo, para que l sea quien juzgue el pecado,
para que el mundo entero honre al Hijo de la misma manera que honra al Padre. Po
rque cualquiera que se niegue a honrar al Hijo enviado por Dios, se est negando t
ambin a honrar al Padre.
Os aseguro esto: El que escucha mi mensaje y cree a Dios, que me envi, tiene vida
eterna; y nunca caer en condenacin a causa de sus pecados, porque ha pasado de la
muerte a la vida.
Y adems os aseguro que la hora est llegando (o mejor, ya ha llegado) cuando los mu
ertos oirn la voz del Hijo de Dios; y los que la escuchen, vivirn.
Porque as como el Padre tiene vida en s mismo, as ha dado tambin que el Hijo tenga v
ida en s mismo,
y que tenga autoridad para hacer juicio, por cuanto que es el Hijo del hombre.
No os sorprendis de estas cosas, porque lo cierto es que se acerca el momento en
que los muertos oirn desde sus tumbas la voz del Hijo de Dios.
Entonces los que hayan hecho lo bueno resucitarn para vida eterna; pero los que h
ayan persistido en hacer lo malo resucitarn para su condenacin.
Yo no puedo hacer nada por m mismo, sino que juzgo conforme a lo que oigo al Padr
e; pero mi juicio es totalmente justo e imparcial, porque no trato de cumplir mi
propia voluntad, sino la voluntad de Dios, que me envi.<CM><CM><i>Los testimonio
s a favor del Hijo<i>
Si yo pretendiera testificar acerca de m mismo, mi testimonio no tendra ningn valor
y podra ponerse en duda.
Pero otro es el que da testimonio de m, y su testimonio es absolutamente veraz.
Vosotros enviasteis mensajeros a Juan el Bautista, y osteis el testimonio que l di
o de la verdad.
Sin embargo, no se trata del testimonio que l o algn otro d acerca de m; aunque yo h
ablo de esta manera para que creis en m y alcancis la salvacin. Pero mi mejor testig
o no es ninguna criatura humana.
Juan era como una antorcha que alumbr por algn tiempo vuestro camino, y vosotros o
s alegrasteis al recibir el beneficio de esa luz.
Pero yo tengo un testimonio mejor que el de Juan: las obras que llevo a cabo, la
s cuales el Padre me encomend. Ellas son las que dan testimonio de m y la demostra
cin de que el Padre me ha enviado.
Por otra parte, tambin el Padre, que me ha enviado, ha dado testimonio de m, aun c
uando vosotros nunca habis odo su voz ni habis podido verle personalmente,

ni tampoco habis recibido su palabra en vuestro corazn, sino que os negis a creer e
n m, que fui enviado por Dios para drosla a conocer.
Vosotros escudriis las Escrituras pensando que en ellas vais a encontrar la vida e
terna. Ellas son las que dan testimonio de m,
aunque vosotros no queris venir a m para alcanzar la vida eterna.
No es que yo desee recibir ninguna clase de honores humanos;
pero s, porque os conozco muy bien, que vosotros carecis por completo del amor de
Dios.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no habis querido recibirme; en cambio, reci
birais a cualquier otro que viniera en nombre propio y no enviado por l.
Pero cmo podris creer en m, si lo que buscis es solamente recibir honores los unos de
los otros, en vez de buscar el honor que procede del Dios nico?
A pesar de eso, yo no voy a acusaros delante del Padre. Vuestro acusador no ser y
o, sino Moiss, en cuya ley cifris la esperanza de alcanzar el cielo.
l escribi acerca de m, y si creyeseis a Moiss me creerais tambin a m;
pero como en realidad tampoco creis lo que l dice en sus escritos, cmo vais a creer
en mis palabras?
Despus de esto, Jess se fue a la otra parte del mar de Galilea (llamado tambin lago
de Tiberias). Tras l iba una multitud, que le segua movida por el deseo de ver la
s seales milagrosas que haca curando a los enfermos.
- - Jess subi a un monte, y se sent all en compaa de sus discpulos.
Eran los das anteriores a la celebracin de la Pascua, la gran fiesta juda.
Cuando Jess mir hacia la ladera del monte y vio aquella muchedumbre que le haba seg
uido, le dijo a Felipe, uno de sus discpulos:<CM>Dnde podramos comprar pan para dar
de comer a toda esa gente?
(Jess hizo esta pregunta con intencin de probar la fe de Felipe, pero en realidad l
ya tena pensado lo que se haba de hacer).
Respondi Felipe:<CM>Ni siquiera doscientos denarios bastaran para que cada uno pudi
ese comer un poco!
Otro de los discpulos, Andrs, el hermano de Simn Pedro, inform a su vez: <CM>Ah hay u
n muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos, pero qu puede ser eso
para tanta gente?
- - <CM>Decid a todos que se sienten <CM>orden Jess. La multitud (unas cinco mil perso
nas contando slo a los hombres) se sent en la tierra, que estaba cubierta de una e
spesa capa de hierba.
Jess tom entonces los panes, dio gracias a Dios por ellos y los reparti entre los q
ue estaban sentados. Luego hizo lo mismo con los peces.
Cuando ya todos haban comido hasta quedar satisfechos, orden a los discpulos:<CM>Re
coged los trozos sobrantes para que nada se pierda.
As lo hicieron, y llenaron doce cestos con los trozos que haban quedado de los cin
co panes de cebada.
Al ver la gente la gran seal milagrosa que Jess haba hecho, comenzaron a exclamar:<
CM>Sin duda es este el profeta que esperbamos que haba de venir al mundo!
Jess se dio cuenta en aquella ocasin de que muchos pretendan llevrselo, incluso a la
fuerza, para coronarlo rey, y por eso se retir de nuevo al monte, l solo.<CM><CM>
<i>Jess camina sobre el agua<i>
Al anochecer bajaron sus discpulos hasta la orilla del agua.
Como ya haba oscurecido y Jess segua sin regresar, decidieron subir a una barca y c
ruzar el lago en direccin a Cafarnaum;
pero no pudieron avanzar mucho, porque comenz a soplar un fuerte viento que los a
zotaba con violencia y levantaba grandes olas.
Cuando a fuerza de remos haban logrado recorrer unos veinticinco o treinta estadi
os (unos cinco seis kilmetros), divisaron de pronto a Jess, que caminaba sobre las
aguas acercndose a la barca; mas no lo reconocieron, y el terror se apoder de ell
os.
Jess les grit:<CM>Soy yo, no tengis miedo!
Entonces ellos se tranquilizaron y lo recibieron con alegra en la barca. Poco des
pus arribaron al punto adonde se dirigan.

A la maana siguiente, la gente que permaneca al otro lado del mar advirti que los d
iscpulos se haban marchado, ellos solos, en la nica barca que haba all. Jess no iba co
n ellos.
Entre tanto, varias barcas procedentes de Tiberias fueron llegando a aquel lugar
, donde el Seor, despus de dar gracias, haba repartido el pan para que comieran tod
os los que le haban seguido.
Ahora, al ver que Jess no estaba all ni tampoco sus discpulos, la gente subi a las b
arcas, y todos pusieron rumbo a Cafarnaum para encontrar a Jess.<CM><CM><i>Jess, e
l pan de vida<i>
Le vieron por fin en la otra orilla del mar, y le preguntaron:<CM>Rab, cundo llegas
te aqu?
Jess les respondi:<CM>Estoy seguro de que vosotros no me vens buscando porque hayis
visto las seales milagrosas que he hecho, sino porque os di de comer hasta quedar
saciados.
Pues bien, poned todo vuestro empeo en trabajar, no por una comida perecedera, si
no por la comida permanente de la vida eterna, que es la comida que yo, el Hijo
del hombre, os ofrezco, porque para eso me ha enviado Dios el Padre a este mundo
.
Algunos le preguntaron:<CM>Qu debemos hacer para llevar a cabo las obras que son v
oluntad de Dios?
Jess respondi:<CM>La obra que es voluntad de Dios consiste en que creis en el que l
ha enviado.
<CM>Pero dinos, cul es tu obra? Con qu seal, con qu milagro nos demuestras que t eres
l Mesas en quien debemos creer?
Nuestros antepasados creyeron en Dios, que los aliment con man cuando estaban en e
l desierto, como est escrito: "Les dio a comer pan del cielo".
<CM>Estad, pues, seguros que fue Moiss quien os dio el pan del cielo <CM>les dijo
Jess<CM>, sino mi Padre. Y es tambin mi Padre quien ahora os est ofreciendo el ver
dadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es aquel que ha descendido del cielo para dar vida al mund
o.
<CM>Seor <CM>dijeron ellos<CM>, danos de ese pan todos los das de nuestra vida!
Respondi Jess:<CM>Yo soy el pan de vida. Los que a m vienen, nunca ms tendrn hambre;
los que en m creen, no volvern a tener sed.
Pero ya os lo he dicho: vosotros segus sin creer en m, a pesar de haberme visto.
Sin embargo, sabed que yo recibir a todos los que el Padre me d y vengan a m, y no
rechazar a ninguno que l me haya enviado;
porque yo no he venido del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del qu
e me envi.
Y la voluntad de mi Padre, que me envi, es que yo no pierda a ninguno de los que l
me ha confiado, sino que en el da ltimo los resucite a todos para vida eterna.
As pues, la voluntad de mi Padre es que todos los que ven al Hijo y creen en l ten
gan vida eterna, y que yo los resucite en el da ltimo.
Los judos murmuraron entonces contra Jess, porque haba dicho: "Yo soy el pan que ha
bajado del cielo".
Decan:<CM>Pero no es ste Jess, el hijo de Jos? Cmo se atreve a decir que ha bajado del
cielo, cuando nosotros conocemos a su padre y a su madre?
Jess les dijo:<CM>No andis murmurando entre vosotros por lo que os he dicho.
Nadie puede venir a m, si el Padre, que me envi, no lo trae; y a quien l traiga, yo
lo resucitar en el da ltimo.
Dice la Escritura: "Dios los instruir a todos"; por tanto, todos aquellos que esc
uchen lo que el Padre dice, aprendern de l la verdad y vendrn a m.
Pero esto no significa que alguien haya visto al Padre, aparte del que ha venido
de Dios. Unicamente l lo ha visto.
Os aseguro que todo el que cree en m tiene ya la vida eterna,
porque yo soy el pan de vida.
Recordad que vuestros antepasados comieron el man en el desierto, y murieron porq
ue en l no haba verdadera vida.
Mas yo soy el pan que ha descendido del cielo, para que quien coma de l, no muera
.

Yo soy el pan de vida que ha descendido del cielo: el que coma de este pan, vivi
r para siempre. Este pan es mi propia carne, que yo dar para que el mundo reciba l
a vida verdadera.
Los judos se pusieron entonces a discutir unos con otros sobre el significado de
aquellas palabras. Decan:<CM>Acaso estar ste pensando en darnos a comer su carne?
<CM>Os aseguro <CM>les dijo Jess<CM>, que quien no coma la carne del Hijo del hom
bre ni beba su sangre, no podr tener vida eterna en s mismo.
El que come mi carne y bebe mi sangre, s tiene vida eterna, y yo lo resucitar el da
ltimo.
Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en m y yo en l.
Del mismo modo que yo vivo por el poder del Padre viviente, que me envi, los que
me comen vivirn por m.
Yo soy el pan que ha descendido del cielo: cualquiera que coma de este pan vivir
para siempre; no morir, como murieron vuestros antepasados a pesar de haber comid
o el man en el desierto.
Todas estas cosas dijo Jess cuando estaba enseando en la sinagoga de Cafarnaum.<CM
><CM><i>Muchos discpulos abandonan a Jess<i>
Al acabar de hablar, muchos de sus discpulos comentaban entre s:<CM>Esto es muy di
fcil de entender. Quin sabe lo que ha querido decirnos!
Jess, conociendo lo que murmuraban los discpulos, les pregunt: <CM>Acaso lo que he d
icho os ofende?
Pues qu pensarais si vieseis al Hijo del hombre regresar al cielo, al lugar donde p
rimero estaba?
La vida que permanece procede del espritu; en cambio, lo que procede de la carne
no aprovecha para nada. Las palabras que os he hablado, son espritu y vida que pe
rmanece para siempre.
Sin embargo, ya s que entre vosotros hay algunos que no creen en m (esto lo dijo J
ess porque saba desde el principio quines eran los que no crean, y quin el que haba de
traicionarlo).
Aadi Jess:<CM>A eso me refera al deciros que nadie puede venir a m a menos que el Pad
re lo traiga.
A partir de aquel momento se volvieron atrs muchos de los que le seguan, y no quis
ieron andar ms con Jess.
Entonces, volvindose l a los doce, les pregunt:<CM>Tambin vosotros queris iros y dejar
me?
<CM>Seor <CM>le contest Simn Pedro<CM>, y a quin podramos ir? T eres el nico que tien
alabras de vida eterna,
y nosotros hemos credo en ti, y sabemos que t eres el Cristo, el Hijo del Dios viv
iente.
<CM>Pues bien <CM>les dijo<CM>, recordad que yo os he escogido a vosotros, a los
doce, y que uno de vosotros es un diablo.
Se refera a Judas, hijo de Simn Iscariote, que iba a traicionar a Jess a pesar de s
er uno de los doce discpulos.
Pasadas estas cosas recorri Jess toda Galilea de pueblo en pueblo, pero no quera ir
a Judea, porque los dirigentes judos se haban propuesto asesinarlo.
Sin embargo, como ya estaba cerca la fiesta anual de los Tabernculos,
sus hermanos fueron a verle y le instaban a que acudiera a la celebracin:<CM>Debe
ras salir de Galilea e ir a Judea, para que los discpulos que all tienes puedan tam
bin ver tus obras.
Porque nadie llega a ser conocido ni alcanza fama actuando siempre a escondidas.
Si eres capaz de hacer tales prodigios, hazlos a la vista de todo el mundo.
Lo cierto es que ni siquiera sus hermanos crean en l.
Por eso les respondi:<CM>Todava no me ha llegado el momento de ir all; pero id voso
tros, que podis hacerlo cuando queris.
Al fin y al cabo, el mundo no tiene motivos para odiaros; pero a m s me odia, porq
ue yo soy quien testifico contra l a causa de la maldad de sus obras.
Id vosotros a la fiesta, que yo ir cuando llegue el momento oportuno.
Se qued, pues, en Galilea.
Pero ms tarde, cuando sus hermanos ya se haban puesto en camino para ir a la fiest

a, lo emprendi tambin l, aunque como en secreto, procurando que no le viera la gent


e.
Los dirigentes judos lo buscaban en Jerusaln, durante la fiesta, y sin c esar preg
untaban por l a unos y a otros.
Entre el gento eran frecuentes las discusiones sobre Jess, pues mientras unos decan
: "Es un hombre bueno", otros afirmaban lo contrario: "No lo es, porque engaa al p
ueblo!"
Pero nadie osaba hablar pblicamente de l, por miedo a las represalias de los dirig
entes judos.<CM><CM><i>Jess ensea en la fiesta<i>
Hacia mitad de la fiesta, Jess subi al templo y comenz a ensear.
Al orle, los judos se preguntaban asombrados:<CM>Cmo sabe ste tanto, si nunca se ha d
edicado a estudiar?
Jess les explic:<CM>No os estoy ofreciendo ninguna enseanza propiamente ma. Mi ensean
za es de Dios, que me envi.
Quien de vosotros quiera cumplir realmente la voluntad de Dios, conocer si mis en
seanzas son de Dios o si estoy hablando por mi propia cuenta.
Pero mirad, el que habla por su propia cuenta, busca cubrirse l mismo de gloria;
pero el que es bueno y veraz, busca la gloria del que lo envi.
Moiss os dio la ley, pero quin de vosotros osara afirmar que la cumple ntegramente?..
. Pues si ninguno cumple la ley, por qu tratis de matarme?
De entre la gente salieron voces, diciendo:<CM>T ests endemoniado! Quin pretende mata
rte?
Respondi Jess:<CM>Como el da en que san a un hombre era sbado, os quedasteis sorprend
idos;
y sin embargo, vosotros, por obedecer a le ley que os dio Moiss acerca de la circ
uncisin (que, por cierto, ya la practicaban nuestros antepasados antes de Moiss),
tambin quebrantis el sbado.
Pues bien, si por no quebrantar la ley de Moiss cincuncidis a un nio aunque sea en
sbado, por qu os irrita el que yo haya sanado en sbado a un hombre enfermo?
No juzguis por las apariencias, sino juzgad con rectitud.<CM><CM><i>Es ste el Crist
o?<i>
Algunos de Jerusaln comentaban: <CM>No es a ste a quien buscan para matarlo?
Pues ah est, predicando en pblico, y nadie le dice nada. No ser que al fin nuestros d
irigentes se han convencido de que es el Cristo?
Sin embargo, eso es imposible, porque a ste lo conocemos nosotros y sabemos de dnd
e viene, mientras que el Cristo, cuando venga, nadie sabr de dnde procede.
Por aquellos das, Jess, que enseaba en el templo, dijo alzando la voz: <CM>S, vosotr
os me conocis y sabis de dnde vengo; pero yo no vengo por mi propia cuenta, sino qu
e he sido enviado por aqul que es absolutamente veraz, a quien vosotros no conocis
.
Pero yo s lo conozco, porque estaba con l y l me ha enviado a vosotros.
Entonces los dirigentes judos trataron de arrestarlo, pero nadie le ech mano, porq
ue todava no haba llegado su hora.
Entre tanto, muchos de los que estaban all creyeron en l, y decan: <CM>Despus de tod
o, cuando venga el Cristo, qu seales milagrosas podr hacer que ste no haya hecho?
Los fariseos, al oir que la gente murmuraba cosas como estas acerca de Jess, se p
usieron de acuerdo con los principales sacerdotes para enviar soldados a prender
lo.
Jess dijo entonces a los que le seguan:<CM>Todava he de estar aqu, con vosotros, por
un poco ms de tiempo. Despus regresar al que me envi.
Me buscaris, pero no me encontraris, porque a donde yo he de estar no podis venir v
osotros.
Los judos, intrigados por aquellas palabras, se preguntaban: <CM>A dnde querr irse st
e, que no podamos encontrarle? Acaso piensa abandonar el pas para ir a ensear a los
judos que viven entre los griegos, o a los gentiles?
Qu significa eso que ha dicho: "Me buscaris, pero no me encontraris, porque a donde
yo he de estar no podis venir vosotros"?<CM><CM><i>Jess en el ltimo da de la fiesta<
i>
El ltimo y ms importante da de la fiesta, Jess, puesto en pie y alzando la voz, clam
ante la multitud: <CM>Si alguno tiene sed, venga a m y beba!

Como dice la Escritura: Del interior de quienes creen en m brotarn ros de agua viva
.
Con estas palabras se refera al Espritu Santo que haban de recibir los que creyeran
en l. Porque el Espritu Santo an no haba venido, pues Jess todava no haba sido glorif
cado.
Algunos de los que estaban escuchando a Jess, comentaban:<CM>No hay duda de que ste
"es el profeta que esperbamos!
Otros iban ms all, afirmando:<CM>No! ste es el Cristo!<CM>No es posible <CM>negaban o
tros<CM>. El Cristo no puede venir de Galilea,
porque las Escrituras dicen claramente que el Cristo ha de ser un descendiente d
el rey David, y que proceder de Beln, la aldea donde tambin naci David.
As que acerca de Jess estaba dividida la opinin de la gente.
Algunos queran que se le arrestara en aquellos mismos momentos, pero nadie se atr
evi a ponerle la mano encima.
Los encargados de guardar el orden en el templo, que haban ido all con intencin de
prenderle, regresaron adonde estaban los principales sacerdotes y los fariseos.
Estos les preguntaron:<CM>Por qu no lo habis trado?<CM><CM><i>Incredulidad de los di
rigentes judos</i> <CM>Les respondieron:
<CM>Porque nunca habamos odo hablar a nadie como habla ese hombre!
Los fariseos se indignaron:<CM>Tambin vosotros os habis dejado engaar?
Id a ver si encontris algn gobernante judo o algn fariseo que haya credo en ese hombre
!
Esta gente ignorante, que no conoce la ley, es la que cree en l; pero qu saben esos
malditos de cosas como stas?
Entonces Nicodemo, el que haba ido a entrevistarse en secreto con Jess, pidi la pal
abra y pregunt:
<CM>Es lcito condenar a una persona antes de ser juzgada o de haber tenido la opor
tunidad de defenderse?
Molestos al escuchar lo que deca Nicodemo, le increparon:<CM>Tambin t eres un misera
ble galileo? Examina las Escrituras y convncete de que nunca hubo un profeta que v
iniera de Galilea!
Con esto concluy la reunin, y cada cual se fue a su casa.
Jess subi al monte de los Olivos,
pero a la maana siguiente regres al templo. La gente comenz en seguida a agruparse
a su alrededor, y l, tomando asiento, se puso a ensearles.
Mientras hablaba llegaron los dirigentes judos y los fariseos llevando una mujer
que haba sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de toda la gente y d
ijeron a Jess:
<CM>Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio.
La ley de Moiss nos ordena matar a pedradas a cualquier mujer que acte de esa mane
ra; pero t, qu piensas a ese respecto?
Le preguntaban esto con la intencin de forzarle a decir algo que pudieran utiliza
r luego como acusacin en contra suya; pero Jess, en vez de contestarles, se inclin
y se puso a escribir con un dedo en la tierra.
Los judos insistieron en preguntarle, hasta que finalmente l se irgui y les dijo: <
CM>Est bien, matadla, pero que arroje la primera piedra el que de vosotros nunca h
aya pecado!
Luego volvi a inclinarse y sigui escribiendo en la tierra.
Los judos, redargidos por su propia conciencia, se marcharon uno tras otro, primer
o los ancianos y luego los ms jvenes, hasta que Jess se qued solo con la mujer, que
no se haba movido de donde estaba.
Un momento despus se levant Jess y le dijo: <CM>Donde estn los que te acusaban? Nadie
te ha condenado?
<CM>Nadie, Seor <CM>contest ella.<CM>Ni yo te condeno tampoco. Vete y no peques ms.
<CM><CM><i>Validez del testimonio de Jess<i>
En otra ocasin dijo Jess: <CM>Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andar en
tinieblas, sino que la luz de la vida iluminar su camino.
Dijeron entonces los fariseos:<CM>T pretendes ser testigo de ti mismo y dar testi
monio a tu favor, pero ese testimonio no tiene valor ninguno.
<CM>Os estoy diciendo la verdad, aunque eso implique dar testimonio de m mismo <C

M>respondi Jess<CM>. Porque yo s de dnde vengo y a dnde voy, cosa que vosotros ignoris
.
Vosotros juzgis desde un punto de vista humano, sin tener conocimiento de las cos
as; pero yo, por ahora, no voy a juzgar a nadie.
Aunque os aseguro que, si lo hiciera, mi juicio sera totalmente justo, porque el
Padre, que me envi, est conmigo.
Vuestra ley dice que el testimonio concordante de dos hombres debe aceptarse com
o verdadero.
Pues mirad, yo soy uno de los testigos, y mi Padre, que me envi, es el otro.
<CM>Dnde est tu padre? <CM>le preguntaron, y l dijo:<CM>Vosotros no sabis quin es mi P
adre, ni sabis tampoco quin soy yo. Si supierais quin soy yo, sabrais tambin quin es m
i Padre.
Estas cosas las dijo Jess en el lugar de las ofrendas, cuando estaba enseando pblic
amente en el templo; pero nadie le arrest, porque an no haba llegado su hora.<CM><C
M><i>Yo no soy de este mundo<i>
En otra ocasin les dijo Jess:<CM>Yo tengo que irme, y vosotros trataris de encontra
rme: pero moriris por vuestros pecados, porque no podis ir adonde yo voy.
<CM>Estar pensando acaso en suicidarse? <CM>se preguntaban los judos<CM>. Qu quiere d
ecir con eso de: "No podis ir adonde yo voy"?
Les dijo Jess: <CM>Vosotros sois de abajo y yo soy de arriba. Vosotros sois de es
te mundo y yo no lo soy.
Por eso os dije que moriris por vuestros pecados, porque si no creis que yo soy, p
or vuestros pecados moriris.
<CM>Pero t, quin eres? <CM>preguntaron. Les respondi:<CM>Lo que os vengo diciendo de
sde el principio.
Tengo muchas cosas de que hablaros, y tambin muchas cosas que juzgar de vosotros;
pero tan slo os dir que, aunque no creis en m, el que me envi a vosotros es absoluta
mente veraz, y lo que yo le digo al mundo, primero se lo o decir a l.
Ellos, sin embargo, seguan sin entender que les estaba hablando del Padre.
Jess continu: <CM>Cuando hayis alzado al Hijo del hombre, entenderis que yo soy, y q
ue no hago nada por mi propia cuenta, sino que mis palabras corresponden a lo qu
e el Padre me ense.
El que me ha enviado est conmigo; nunca me ha dejado solo, porque siempre hago lo
que le agrada.
Muchos de los judos que le oyeron expresarse de esta manera comenzaron a creer en
l.<CM><CM><i>Los hijos de Abraham<i>
Pero Jess les habl diciendo: <CM>Vosotros seris verdaderamente mis discpulos si vivs
de acuerdo con mis enseanzas,
porque entonces conoceris la verdad, y la verdad os har libres.
Ellos exclamaron: <CM>Pero nosotros somos descendientes de Abraham y jams fuimos e
sclavos de nadie! Qu quieres decirnos con eso de que la verdad nos har libres?
<CM>Os aseguro <CM>les dijo<CM>que nadie que comete pecado es libre, sino que es
esclavo del pecado.
Y los esclavos no forman parte permanente de la familia a la que sirven, mientra
s que el hijo siempre ser parte de ella.
Por eso, si el Hijo os libera seris verdaderamente libres.
Ya s que sois descendientes de Abraham. Sin embargo, algunos de los vuestros trat
an de matarme porque en su corazn no dan cabida a mi mensaje.
Yo os hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre, pero vosotros hacis lo q
ue habis odo estando junto a vuestro padre.
<CM>Nuestro padre es Abraham! <CM>gritaron. <CM>No! <CM>respondi Jess<CM>. Si fuerai
s hijos de Abraham, seguirais su ejemplo y actuarais como Abraham mismo actu;
pero vosotros tratis de matarme porque os he dicho la verdad, la cual he odo de Di
os. Abraham nunca hizo nada semejante,
de modo que al obrar vosotros as obedecis a quien verdaderamente es vuestro padre.
<CM>Pero nosotros no somos bastardos! <CM>replicaron<CM>Nuestro verdadero padre es
Dios.<CM><CM><i>Los hijos del diablo<i>
<CM>Si Dios fuera vuestro padre, sin duda me amarais, pues yo he venido de Dios.
Y no vine por mi propia cuenta, sino porque Dios me ha enviado.
Pero, sabis por qu no podis entender lo que os digo? Porque no sois capaces de escuc

har el mensaje que os traigo.


Vosotros sois hijos del diablo, y vuestro deseo es hacer las mismas cosas que l h
ace. Desde el principio, el diablo ha sido asesino y enemigo de la verdad, por c
uanto en l no hay ninguna verdad. Mentir es para l totalmente normal, porque es me
ntiroso y padre de la mentira.
Por eso mismo, como yo os digo la verdad, no me creis.
Quin entre vosotros podra acusarme de pecado? Sabis muy bien que yo digo la verdad,
pero no me creis.
Los que pertenecen a Dios se alegran escuchando las palabras que Dios dice, pero
vosotros no las escuchis porque no pertenecis a Dios.<CM><CM><i>Declaracin de Jess
acerca de s mismo<i>
Los judos le contestaron muy irritados:<CM>Con razn decamos que t eres un samaritano,
y que ests endemoniado!
Dijo Jess:<CM>Yo no tengo ningn demonio, sino que trato de honrar a mi Padre; voso
tros, en cambio, hacis lo posible por deshonrarme a m.
Y no busco mi propia gloria; pero hay uno que la busca y que juzgar a los que me
rechazan.
Os aseguro que quienes guardan mi palabra jams morirn.
Los que le escuchaban dijeron entonces:<CM>Ahora ms que nunca creemos que ests ende
moniado! Sabemos que Abraham y todos los profetas murieron, cmo, pues, te atreves
a decir que jams morirn los que guardan tu palabra?
Acaso eres ms importante que nuestro padre Abraham, que muri, o ms importante que lo
s profetas, que tambin murieron? Quin te has credo que eres?
<CM>Si yo me estuviera glorificando a m mismo <CM>respondi Jess<CM>, mis palabras n
o tendran ningn valor; pero es mi Padre quien me glorifica, el que decs que es vues
tro Dios.
Vosotros no lo conocis, pero yo s lo conozco, y si os dijera otra cosa sera tan men
tiroso como vosotros. Ciertamente, yo lo conozco y le obedezco sin reservas.
Abraham, vuestro antepasado, se alegraba pensando que vera mi da, y lo vio, y se al
egr de mi venida!
Dijeron los judos:<CM>Pero cmo puedes haber visto a Abraham, si ni siquiera tienes c
incuenta aos?
<CM>Os aseguro que antes de que Abraham fuese, yo soy.
Entonces, llenos de ira, los judos tomaron piedras para matar a Jess; pero l, ocultn
dose de su vista, ech a andar y sali del templo.
Al pasar por cierto lugar, Jess vio a un hombre que era ciego de nacimiento.
<CM>Rab <CM>le preguntaron los discpulos<CM>, por qu naci ciego este hombre? Por sus p
ropios pecados o por los pecados de sus padres?
<CM>Ni por sus propios pecados ni por los pecados de sus padres <CM>respondi Jess<
CM>, sino para que en l se manifieste el poder de las obras de Dios.
En cuanto a m, mientras dura la luz del da me es necesario llevar a cabo las obras
que me seal el que me ha enviado, porque luego viene la noche, cuando ya nadie pu
ede trabajar.
Pero entre tanto que yo est en el mundo, ser luz del mundo.
Dicho esto, escupi en la tierra, hizo lodo con la saliva y lo aplic a los ojos del
ciego. Luego le dijo:
<CM>Ve al estanque de Silo (que significa "Enviado") y lvate all los ojos. El hombr
e hizo lo que Jess le haba dicho: fue al estanque, se lav los ojos y regres viendo.
Los vecinos de aquel ciego, y los que le conocan de verle en la calle, se pregunt
aban: <CM>No es ste el que se sentaba por aqu a pedir limosna?
Unos decan: "S, es l", y otros: "No es l, aunque se le parece". Por su parte, l deca:
<CM>Yo soy ese hombre!
Algunos le preguntaron cmo es que poda ver siendo ciego de nacimiento, y l respondi:
<CM>Uno que se llama Jess hizo un poco de lodo, me lo aplic a los ojos y me dijo q
ue fuera a lavrmelos al estanque de Silo. As lo hice, y ahora veo.
<CM>Dnde est ese hombre? <CM>le preguntaron. l les dijo: <CM>No lo s.<CM><CM><i>Las a
utoridades investigan la sanidad del ciego<i>
Llevaron ante los fariseos al que haba sido ciego,
y como era sbado el da en que Jess lo san,
los fariseos comenzaron a hacerle preguntas sobre la forma en que haba recibido l

a vista. l se lo explic:<CM>Me puso lodo en los ojos y me dijo que me lavase. Yo l


o hice, y veo.
Algunos de ellos decan:<CM>Ese Jess no es de Dios, porque no guarda el sbado!<CM>Pero
cmo podra un hombre pecador hacer semejantes seales milagrosas? <CM>se preguntaban
otros.De esta manera discutan unos con otros sin lograr ponerse de acuerdo.
Finalmente se volvieron al que haba sido sanado y le preguntaron:<CM>Qu opinas t de
ese hombre que te dio la vista? <CM>A m me parece que es un profeta de Dios <CM>l
es respondi.
Pero los dirigentes judos no estaban convencidos de que aquel hombre que ahora vea
hubiese sido ciego de nacimento. Por eso decidieron llamar a sus padres
y les interrogaron:<CM>Es ste vuestro hijo, el que vosotros decs que naci ciego? Si
eso es cierto, cmo es que ahora ve?
Respondieron los padres diciendo:<CM>Sabemos que este es nuestro hijo y que naci
ciego.
Lo que no sabemos es cmo obtuvo la vista ni quin se la dio. Pero l ya tiene edad pa
ra hablar por s mismo, as que preguntdselo a l, y que os informe.
- - Los padres hablaron de ese modo porque tenan miedo a los dirigentes judos, los cua
les ya haban acordado expulsar de la sinagoga a cualquiera que se atreviese a con
fesar que Jess era el Mesas.
Llamaron de nuevo al que haba sido ciego, y le dijeron:<CM>Glorifica a Dios y dale
las gracias por tu curacin, pero no a Jess, que es un hombre pecador!
A esto l replic: <CM>Si l es o no es un hombre pecador, yo no lo s. Lo nico que s es q
ue yo antes era ciego, y ahora veo.
Ellos insistieron:<CM>Pero qu te hizo? Cmo te cur?
<CM>Ya os lo he explicado, pero parece que no me entendis. O es, quiz, que no me ost
eis bien?... Pero si me osteis, para qu me peds que os lo vuelva a contar? O acaso es
que queris haceros discpulos suyos?
Entonces se pusieron a insultarle, y le decan:<CM>T s eres un discpulo de ese hombre!
Nosotros lo somos solamente de Moiss!,
porque sabemos que Dios habl a Moiss, pero ese individuo ni siquiera sabemos de dnd
e ha venido.
<CM>Pues eso es precisamente lo extrao, que vosotros no sepis de dnde viene una per
sona que puede dar la vista a los ciegos.
Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero en cambio escucha a los que le
adoran y cumplen su voluntad.
Desde que el mundo es mundo, nadie haba logrado abrirle los ojos a un ciego de na
cimiento.
Si este hombre no viniera de Dios, no habra podido hacer tal cosa.Furiosos, le in
creparon:<CM>Miserable pecador, cllate! Pretendes darnos lecciones a nosotros?Y lo
expulsaron de all.<CM><CM><i>La ceguera espiritual<i>
- - Ms tarde, Jess se enter de lo ocurrido; y cuando se encontr de nuevo con el hombre,
le dijo: <CM>Crees en el Hijo de Dios?
<CM>Quin es, Seor? Dmelo, para que pueda creer en l.
<CM>Pues ya lo has visto. Soy yo, que hablo contigo.
<CM>Creo en ti, Seor <CM>dijo el hombre, y ador a Jess.
Entonces Jess agreg:<CM>Yo he venido al mundo para hacer juicio, para que los cieg
os vean y los que ven se vuelvan ciegos.
Algunos fariseos que andaban por all, cerca de Jess, oyeron esto y le preguntaron:
<CM>Quieres decir que nosotros estamos ciegos?
<CM>Si de veras fuerais ciegos <CM>les respondi Jess<CM>, no serais culpables; pero
s que lo sois porque, al decir que veis, vuestro pecado permanece en vosotros.
Os aseguro esto: Cualquiera que, en vez de entrar por la puerta, salta la cerca
para meterse en el redil de las ovejas, es un ladrn y salteador. s
El verdadero pastor entra por la puerta:
el portero le abre y las ovejas oyen su voz y van adonde l est. l las llama por su
nombre y las saca del redil;
y cuando ya ha sacado todas las ovejas camina delante de ellas, y ellas le sigue
n porque conocen su voz.

En cambio, no siguen a un extrao, sino que huyen de l porque su voz les es descono
cida.
Los presentes no lograban entender aquella alegora que Jess les haba expuesto.
Por eso volvi a hablarles, y les dijo:<CM>Yo soy la puerta por donde entran las o
vejas.
Todos los que han venido antes de m han sido ladrones y salteadores, y las ovejas
no los escucharon.
S, yo soy la puerta, y los que entren por esta puerta se salvarn; podrn entrar y sa
lir, y hallarn pastos verdes.
El ladrn slo viene a robar, matar y destruir; pero yo he venido para darles vida,
una vida rica y permanente.
Yo soy el buen pastor, y el buen pastor da su vida por sus ovejas.
Si el que cuida las ovejas no es el propio pastor y dueo, sino un mero asalariado
, cuando ve venir al lobo huye abandonando las ovejas; entonces el lobo las arre
bata y dispersa el rebao.
El asalariado huye porque tan slo es asalariado y no le importan las ovejas.
Pero yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen,
del mismo modo que mi Padre me conoce y yo lo conozco a l. Yo pongo mi vida por m
is ovejas.
Adems de estas ovejas, tengo otras que no son de este redil. Tambin a ellas debo t
raerlas conmigo; oirn mi voz, y habr un solo rebao y un solo pastor.
El Padre me ama porque yo pongo mi vida para recuperarla despus.
Nadie va a quitrmela, sino que yo mismo la ofrezco voluntariamente, porque tengo
el poder de ofrecerla y el poder de recuperarla, de acuerdo con el mandato que r
ecib de mi Padre.
Estas palabras provocaron una nueva disensin entre los dirigentes judos que escuch
aban a Jess.
Algunos decan: "O est endemoniado o est loco. Por qu le hacis caso?";
y otros: "Ningn endemoniado habla as. Adems, podra el demonio abrir los ojos de los c
iegos?"<CM><CM><i>Jess y la fiestade la Dedicacin<i>
Era invierno, y en Jerusaln se celebraba por aquellos das la fiesta de la Dedicacin
.
Jess estaba en el templo, andando por el prtico de Salomn.
Los dirigentes judos le rodearon y le preguntaron: <CM>Hasta cundo nos vas a tener
en suspenso? Si t eres el Cristo, dnoslo con claridad.
<CM>Ya os lo he dicho, pero no me habis credo <CM>replic Jess<CM>. Qu ms pruebas quer
que todas las cosas que yo hago en el nombre de mi Padre?
Pero, como ya os he dicho, vosotros no me creis porque no sois de mis ovejas.
Mis ovejas conocen mi voz, yo las conozco a ellas y ellas me siguen,
y les doy vida eterna, y jams morirn ni habr quien me las arrebate,
porque mi Padre, que me las dio, es ms poderoso que nadie: por eso, nadie podr arr
ebatarlas de la mano de mi Padre.
Y el Padre y yo somos uno.
Los judos volvieran entonces a tomar piedras para matar a Jess,
que les dijo: <CM>Muchas son las buenas obras que yo os he mostrado por encargo
de mi Padre, por cul de ellas queris matarme?
<CM>Por ninguna obra buena te vamos a apedrear, sino porque eres un blasfemo, por
que t, que eres un hombre como los dems, te haces igual a Dios!
Respondi Jess:<CM>Pero acaso no est escrito en vuestra ley: "Yo dije que sois dioses
"?
Pues si llama dioses (y las Escrituras no pueden decir una cosa por otra) a pers
onas que recibieron el mensaje de Dios,
cmo decs vosotros que aquel a quien el Padre santific y envi al mundo blasfema por ha
ber dicho: "Yo soy el Hijo de Dios"?
Si yo no hago las obras que "mi Padre me encomend, no me creis;
pero si las hago, aunque no me creis a m, creed a mis obras. As os conveceris de que
el Padre est en m y yo en el Padre.
Una vez ms trataron de apresarlo, pero se les escap de las manos.
Luego se fue al otro lado del Jordn, a un lugar prximo a donde Juan sola bautizar,
y se qued all.

Muchos acudieron entonces a l, y decan:<CM>Lo cierto es que Juan nunca hizo ningun
a seal milagrosa, pero se ha cumplido todo lo que dijo acerca de este hombre.
Fueron muchos los que all mismo creyeron en Jess.
Por aquellos das se encontraba muy enfermo uno llamado Lzaro, que con sus hermanas
Marta y Mara viva en la aldea de Betania
(Mara fue la mujer que ungi los pies de Jess con perfume, y se los sec con sus propi
os cabellos).
Las dos hermanas enviaron un mensaje a Jess, dicindole: "Seor, tu buen amigo est enf
ermo de gravedad".
Jess, al recibir el mensaje, dijo: <CM>Esta enfermedad no va a ser causa de muert
e, sino que va a servir para que Dios sea glorificado, y asimismo para que por e
lla sea glorificado el Hijo.
Aunque Jess amaba mucho a Marta, a su hermana Mara y a Lzaro,
se qued an dos das ms en el lugar donde se hallaba.
Luego, pasados aquel par de das, dijo a sus discpulos: <CM>Volvamos de nuevo a Jud
ea.
<CM>Rab <CM>objetaron los discpulos<CM>, hace apenas unos das los dirigentes judos t
rataban de matarte a pedradas, y ahora quieres ir all otra vez?
<CM>El da tiene doce horas <CM>respondi Jess<CM>, y mientras es de da puede uno anda
r con seguridad y sin miedo a tropezar, porque tiene la luz que alumbra a este m
undo. o
Pero el que anda de noche puede tropezar a causa de la oscuridad.
Ms tarde les dijo: <CM>Nuestro amigo Lzaro duerme. Ir a despertarlo.
Los discpulos contestaron: <CM>Seor, si duerme, pronto se pondr bien.
Ellos pensaban que Jess se refera al reposo del sueo, en tanto que l haba hablado de
la muerte de Lzaro.
Por fin les dijo con toda claridad: <CM>Lzaro ha muerto.
Y por vuestro propio bien me alegro de no haber estado all, porque esto os dar otr
a oportunidad de creer en m. Venid conmigo a visitarlo.
Toms, a quien llamaban Ddimo (que significa "Gemelo"), dijo a los dems discpulos: <C
M>S, vayamos tambin nosotros, para morir con l.<CM><CM><i>Jess consuela a las herman
as de Lzaro<i>
Al llegar a Betania, le dijeron a Jess que ya haca cuatro das que Lzaro estaba en la
tumba.
Betania se encontraba a unos quince estadios (cerca de tres kilmetros) de Jerusaln
,
y muchos de los dirigentes judos haban ido a visitar y consolar a Marta y Mara.
Cuando Marta supo que Jess estaba muy cerca de all, sali a su encuentro; pero Mara s
e qued en la casa.
Marta le dijo a Jess:<CM>Seor, si hubieras estado aqu, no habra muerto mi hermano;
pero yo s que Dios te conceder todo lo que le pidas.
<CM>Tu hermano resucitar <CM>le dijo Jess.
<CM>S, ya lo s. Resucitar cuando resucitemos todos en el da ltimo.
Respondi Jess:<CM>Yo soy la resurreccin y la vida. El que cree en m, aunque haya mue
rto, vivir.
Porque nadie que vive y cree en m morir para siempre. Crees esto, Marta?
<CM>S, Seor, yo he credo que t eres el Cristo que esperbamos, el Hijo de Dios, que ha
s venido al mundo.
Despus de esto, Marta fue adonde estaba su hermana Mara, y llamndola aparte para qu
e no la oyeran los presentes, le dijo: "<CM>El Maestro est aqu y quiere verte.
Al momento se levant Mara, y fue adonde l estaba.
Jess no haba entrado todava en la aldea, sino que se haba quedado fuera, en el mismo
lugar donde Marta lo haba encontrado.
Los judos que estaban en la casa tratando de consolar a Mara, al verla levantarse
y salir de prisa la siguieron, pensando: "Va al sepulcro, a llorar all".
Mara, al llegar adonde estaba Jess, se ech a sus pies diciendo:<CM>Seor, si hubieses
estado aqu, mi hermano no habra muerto.
En aquel momento, vindola llorar y viendo llorar a los judos que iban con ella, Je
ss se turb y se sinti hondamente conmovido.
<CM>Dnde lo pusisteis? <CM>pregunt. <CM>Ven y t mismo lo vers.

Jess tambin llor entonces.


<CM>Ya veis cunto le quera "<CM>comentaron los dirigentes judos.
Y algunos de ellos decan:<CM>Este hombre, que le abri los ojos a un ciego, no podra
haber evitado que Lzaro muriese?<CM><CM><i>Jess resucita a Lzaro<i>
Cuando llegaban al sepulcro, Jess se sinti de nuevo muy conmovido. Consista el sepu
lcro en una cueva cuya entrada quedaba cerrada con una losa muy pesada.
Jess orden:<CM>Quitad la piedra.Entonces Marta, la hermana del que haba muerto, exc
lam:<CM>Pero Seor, ya hiede! Hace cuatro das que muri!
Le dijo Jess:<CM>No te he dicho que si crees vers la gloria de Dios?
Removieron la piedra hacia un lado, y Jess, levantando la vista al cielo, or:<CM>P
adre, te doy gracias por escucharme.
Yo s que siempre me escuchas, pero ahora hablo as por causa de esta gente que me r
odea, para que crean que t me enviaste.
Dicho esto, grit: <CM>Lzaro, sal de ah!
Y Lzaro, el que estaba muerto, sali, atados los pies y las manos con vendas y envu
elto el rostro en un sudario. <CM>Desatadlo y dejadlo ir! <CM>orden Jess.<CM><CM><i
>La conspiracin para matar a Jess<i>
Al presenciar aquello, muchos dirigentes judos que haban ido a acompaar a Mara creye
ron en l.
Otros, en cambio, corrieron a dar la noticia a los fariseos,
los cuales, juntamente con los principales sacerdotes, convocaron una reunin urge
nte del concilio. <CM>Qu haremos? <CM>se preguntaban<CM>, porque este hombre est ha
ciendo muchas seales milagrosas.
Si lo dejamos, todo el mundo va a creer en l, y habr alborotos, y los romanos vend
rn y destruirn nuestra santa ciudad, y hasta la nacin entera.
Entonces Caifs, uno de ellos, sumo sacerdote de aquel ao, dijo: <CM>Sois unos ignor
antes!
No comprendis que ms vale que un hombre muera por el pueblo, y no que perezca la n
acin entera.
Pero esto no lo dijo Caifs de s mismo, sino que, siendo el sumo sacerdote aquel ao,
fue inspirado para profetizar que Jess haba de morir por la nacin de Israel;
y no solo por esa nacin, sino para reunir a los hijos de Dios esparcidos por todo
el mundo.
Desde aquel da, los dirigentes judos comenzaron a tramar planes para matarlo.
Por eso dej Jess de andar abiertamente entre los judos, y se alej de Jerusaln a la re
gin contigua al desierto, al pueblo de Efran, donde se qued con sus discpulos.
Faltaba poco para la Pascua, y muchos judos empezaban a subir de aquella regin a J
erusaln. Llegaban con la antelacin necesaria para participar en las ceremonias de
purificacin que tenan lugar antes de la Pascua.
Pero tambin haba muchos que deseaban ver a Jess, y no cesaban de preguntarse mutuam
ente en el templo: <CM>Qu os parece? Vendr o no vendr a la fiesta?
Por su parte, los principales sacerdotes y los fariseos haban ordenado que, si al
guien saba dnde se encontraba Jess, lo denunciara inmediatamente, para mandarlo arr
estar.
Seis das antes de empezar la fiesta de la Pascua lleg Jess a Betania, donde viva Lzar
o, el que haba estado muerto y que l haba resucitado.
Prepararon en su casa una cena en honor de Jess, y mientras Marta serva y Lzaro se
hallaba sentado a la mesa junto a Jess,
Mara tom un frasco que contena 300 gramos de un caro perfume de pura esencia de nar
do, ungi con el perfume los pies de Jess y luego se los sec con sus cabellos. Toda
la casa se llen de la fragancia de aquel perfume.
Uno de los discpulos de Jess, Judas Iscariote, el que despus le traicionara, protest:
<CM>Ese perfume vale una fortuna! Si lo hubiramos vendido por trescientos denarios
, habramos tenido dinero para socorrer a los pobres.
Pero no dijo esto porque los pobres le importasen mucho, sino porque era un ladrn
; y como precisamente a l se le haba encargado que administrase el dinero de todos
, aprovechaba a menudo la confianza de los dems para sustraer algo en su personal
beneficio.
<CM>Djala <CM>replic Jess<CM>, pues lo que ella est haciendo es como una preparacin p
ara el da de mi entierro.

A los pobres podis ayudarlos cuando queris, porque siempre los tendris cerca; pero
a m no me tendris por mucho tiempo entre vosotros.
Gran nmero de personas se enteraron en Jerusaln de que Jess estaba en Betania, y se
fueron all a verle; pero no solo a l, sino tambin a Lzaro, porque haba corrido la vo
z de que Jess lo haba resucitado.
En vista de la situacin, los principales sacerdotes decidieron matar tambin a Lzaro
,
pues por causa suya muchos judos se estaban apartando de la sinagoga y haban comen
zado a creer en Jess.<CM><CM><i>La entrada triunfal<i>
Al siguiente da, la noticia de que Jess iba camino de Jerusaln se difundi entre la m
ultitud llegada a la ciudad para la fiesta de la Pascua.
Muchos de aquellos visitantes se apresuraron a cortar hojas de palmera, y con el
las en las manos salan al camino a recibir a Jess. Gritaban: <CM>Hosanna! Bendito el
que viene en nombre del Seor, el Rey de Israel!
Jess encontr un burrito, mont en l y sigui su camino, de modo que se cumpli lo que est
aba escrito:
"No temas, hija de Sin, <CM>porque tu Rey viene a ti<CM>montado en un burrito".
Al principio, sus discpulos no entendieron estas cosas; pero despus que Jess fue gl
orificado comprendieron que todas ellas estaban escritas acerca de l, y que se cu
mplan ante los propios ojos de ellos.
Entre la multitud se encontraban algunos que haban visto cmo Jess llamaba a Lzaro de
l sepulcro, y cmo lo resucit de entre los muertos. Contaban detalladamente el hech
o a mucha gente
que sala a recibirle al oir hablar de la seal milagrosa que haba hecho.
Los fariseos, mientras tanto, decan entre s:<CM>Ya estis viendo que no vamos a cons
eguir nada. Todo el mundo se va tras l!<CM><CM><i>Jess predice su muerte<i>
Entre los forasteros que haban subido a Jerusaln para la fiesta de la Pascua, haba
tambin unos griegos,
que se dirigieron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron
: <CM>Seor, quisiramos conocer a Jess.
Felipe se lo dijo a Andrs, y luego fueron los dos juntos a decrselo a Jess.
l les respondi que ya haba llegado la hora en que el Hijo del hombre tena que ser gl
orificado,
y que habra de morir, lo mismo que ha de morir el grano de trigo que cae en el su
rco. <CM>Porque <CM>aadi<CM>si el grano de trigo no muere, quedar siempre solo; per
o si muere en la tierra, producir fruto en abundancia.
El que ama con exceso su vida, la perder; pero el que desprecia su vida en este m
undo, obtendr la vida eterna.
Si alguno desea ser discpulo mo, que venga y me siga, porque all donde yo est, all es
tar tambin mi siervo. Y mi Padre honrar a todo el que me sirva.
En estos momentos tengo el alma profundamente turbada. Y qu puedo decir: "Padre, sl
vame de lo que me espera"? No, pues para eso he venido!
Dir, pues: "Padre, glorifica y honra tu nombre!" Entonces se oy una voz del cielo,
que deca: <CM>Lo he glorificado y lo volver a glorificar!
Al oir aquella voz, algunos de los muchos que estaban presentes pensaron que haba
sido un trueno; pero otros decan: <CM>Un ngel le ha hablado.
Jess dijo:<CM>Esa voz no ha venido por causa ma, sino por vuestra causa.
Al mundo le ha llegado ya la hora del juicio, y a Satans, el prncipe de este mundo
, la hora de su derrota.
Cuando yo sea alzado de la tierra, atraer a todos a m.
Con estas palabras estaba dando a entender de qu forma haba de morir.
La gente entonces le deca:<CM>Pero es que vas a morir? Nosotros, gracias a la ley,
tenemos entendido que el Cristo no morir, sino que vivir para siempre. Cmo, pues, d
ices que es necesario que el Hijo del hombre sea alzado? A quin te refieres al hab
lar del Hijo del hombre?
Jess les respondi:<CM>Todava brillar la luz entre vosotros por algn tiempo. Mientras
tengis luz, caminad en ella para que la oscuridad no os sorprenda, porque el que
camina envuelto en la oscuridad, no puede reconocer el camino.
Mientras la luz est con vosotros, confiad en la luz, para que seis hechos verdader
os portadores de la luz.<CM><CM><i>Los judos siguen en su incredulidad</i> <CM>Cu

ando Jess acab de hablar, se fue y se escondi de ellos.


A pesar de las seales milagrosas que haba hecho, la mayora de la gente no crea que l
fuese el Cristo;
de este modo se cumpla la palabra dicha por el profeta "Isaas:"Seor, quin ha credo lo
que hemos anunciado? <CM>A quin le ha revelado Dios su poder salvador?"
De aquella gente incrdula dijo tambin Isaas:
"Dios les ceg los ojos<CM>y les endureci el corazn<CM>para que no puedan ver <CM>ni
entender, <CM>ni se vuelvan a m <CM>para que yo los sane".
Isaas, al contemplar en visin la gloria de Dios, se refiri de ese modo a Jess.
Por entonces hubo muchos que creyeron en Jess, incluso entre los dirigentes judos;
pero no lo confesaban pblicamente a causa de los fariseos, por temor a ser expul
sados de la sinagoga,
y porque en realidad amaban ms el aplauso de los hombres que la gloria de Dios.
En cierto momento, Jess clam frente a la multitud: <CM>El que cree en m, no cree sim
plemente en m, sino en el que me envi!
El que me ve, est viendo al que me envi.
Yo, la luz, he venido a brillar en medio de la oscuridad del mundo, para que tod
o aquel que cree en m deje de andar en tinieblas.
Yo no he venido a juzgar al mundo; por eso no voy a juzgar a quienes, aunque me
oyen, se niegan a guardar mi palabra. Mi misin no es juzgar, sino salvar al mundo
.
Sin embargo, todo aquel que me rechace y no quiera recibir el mensaje que yo tra
igo, tendr quien le juzgue: el propio mensaje lo juzgar en el da ltimo!
Porque lo que yo os he dicho no lo he dicho de mi propia cuenta, sino que fue el
Padre quien me orden lo que yo tena que decir, las cosas de las que haba de hablar
.
Y s que sus mandamientos son para vida eterna. Por tanto, todo lo que hablo, lo h
ablo como el Padre me ha dicho que debo hablar.
Antes de comenzar la fiesta de la Pascua, Jess ya saba que su hora haba llegado par
a regresar de este mundo al Padre; y del mismo modo que haba amado a los suyos en
este mundo, sigui amndolos hasta el ltimo momento.
Cuando cenaban, ya el diablo haba metido en el corazn de Judas, el hijo de Simn Isc
ariote, que traicionase a Jess.
Y Jess saba que el Padre haba puesto todas las cosas en sus manos, y que as como haba
venido de Dios, a Dios haba de volver.
En cierto momento, se levant l de la mesa, se quit el manto que le cubra, se ci una to
alla a la cintura,
verti agua en una palangana y se puso a lavar los pies a los discpulos y a secrselo
s con la toalla que se haba ceido.
Al llegar a Simn Pedro, ste le dijo:<CM>Maestro, tambin vas a lavarme los pies a m?
Le respondi Jess:<CM>Ahora no puedes comprender por qu hago esto, pero ms adelante l
o comprenders.
<CM>No, Seor, no dejar que me laves los pies! <CM>Si no te los lavo <CM>le dijo Jess
<CM>, no podrs ser de los mos.
Pedro entonces exclam:<CM>Seor, si eso es as, no slo me laves los pies, sino tambin la
s manos, y hasta la cabeza!
Respondi Jess:<CM>El que est bien lavado, tan slo necesita lavarse los pies, porque
ya est totalmente limpio. Y vosotros ya estis limpios... aunque no todos.
(Jess dijo que no todos estaban limpios, porque saba quin lo iba a traicionar).
Cuando termin de lavarles los pies, tom el manto, se sent de nuevo a la mesa y les
pregunt: <CM>Sabis qu significado tiene esto que os he hecho?
Mirad, vosotros me llamis "Maestro" y "Seor", y hacis bien porque es verdad que lo
soy.
Pues lo mismo que yo, el Seor y Maestro, os he lavado los pies a vosotros, tambin
vosotros debis lavaros los pies los unos a los otros.
Os he dado este ejemplo para que hagis como yo he hecho.
Porque tened presente que el siervo no es ms que su seor, ni el mensajero es ms que
aquel que lo envi.
As que, ya lo sabis, ponedlo en prctica y estaris andando por sendas de bendicin.<CM>
<CM><i>Jess predice la traicin de Judas<i>

Ahora voy a deciros algo ms, aunque no con referencia a todos vosotros. Yo s quin e
s cada uno de los que he elegido, y tambin s lo que declaran las Escrituras: "Uno
de los que comen conmigo va a levantarse contra m".
Esto suceder pronto, pero os lo digo ahora, con antelacin, para que cuando suceda
creis que yo soy.
Y os aseguro esto: el que recibe al que yo he de enviar, al Espritu Santo, me est
recibiendo a m. Y cualquiera que a m me recibe, est recibiendo al Padre, que me env
i.
En aquel instante se sinti Jess profundamente conmovido, y manifest: <CM>Ciertament
e, uno de vosotros me va a traicionar.
Los discpulos se miraron unos a otros, sin saber a quin se estaba refiriendo.
Al lado de Jess se hallaba un discpulo al que l quera entraablemente,
y a este le hizo seas Simn Pedro para que preguntase quin iba a cometer semejante a
ccin.
Aquel discpulo, recostado cerca del pecho de Jess, le pregunt: <CM>Seor, quin va a ser
el que te traicione?
Respondi Jess: <CM>Al que yo d un trozo de pan mojado en la salsa, se es. Moj luego e
l pan en la salsa y se lo dio a Judas, el hijo de Simn Iscariote.
Y en cuanto tom el bocado, Satans entr en Judas.<CM>Date prisa! <CM>le dijo Jess<CM>Lo
que vas a hacer, hazlo enseguida!
De los dems que estaban a la mesa, ninguno pudo entender el significado de las pa
labras de Jess.
Algunos pensaron que, como Judas era el encargado del dinero, Jess le haba encarga
do que fuese a comprar algo para celebrar la fiesta, o que llevara algn dinero pa
ra repartir entre los pobres.
La noche ya haba cado, y Judas, tan pronto comi el bocado, sali del aposento donde e
staban.<CM><CM><i>Jess predice la negacin de Pedro<i>
Despus de esto dijo Jess:<CM>Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre ha de se
r glorificado, y en que Dios ser glorificado juntamente con l.
Dios lo glorificar con su propia glorificacin, y lo har enseguida.
Hijitos mos, poco tiempo me queda para estar con vosotros. Me buscaris, pero, como
ya les dije a los dirigentes judos, adonde yo voy vosotros no podis venir.
Por eso quiero dejaros un nuevo mandamiento: Amaos los unos a los otros. De la m
isma manera que yo os he amado, amaos tambin vosotros.
Si os amis los unos a los otros, el mundo tendr la prueba de que verdaderamente so
is mis discpulos.
Le pregunt Simn Pedro:<CM>Pero Seor, a dnde te vas a ir? Respondi Jess:<CM>Adonde yo v
y no puedes seguirme ahora, pero me seguirs despus.
<CM>Por qu no puedo seguirte ahora, Seor? Yo estoy dispuesto a dar mi vida por ti!
Jess le dijo: <CM>Daras tu vida por m?... Pues mira, te aseguro que antes de cantar
el gallo me negars tres veces.
<CM>No estis preocupados. Creis en Dios? Pues creed tambin en m.
All, en la casa de mi Padre, hay muchas moradas; si as no fuera, os lo habra dicho.
Ahora voy a preparar un lugar para cuando vayis vosotros.
Cuando me haya ido y ya todo est dispuesto, volver y os llevar conmigo, para que si
empre estis donde yo est.
Vosotros sabis a dnde voy, y tambin sabis el camino que all conduce.<CM><CM><i>Jess, e
l camino al Padre<i>
<CM>Seor <CM>dijo Toms<CM>, no sabemos a dnde vas, cmo vamos a saber el camino?
Jess dijo entonces:<CM>Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie puede ir al P
adre, si no es por m.
Si supierais quin soy yo, sabrais tambin quin es mi Padre, al que desde ahora conocis
y habis visto.
<CM>Seor <CM>le dijo Felipe<CM>, mustranos al Padre y nos basta.
Respondi Jess: <CM>Felipe, todava no sabes quin soy, despus del tiempo que he estado c
on vosotros? El que me ha visto a m, ha visto al Padre, cmo, pues, dices que os mue
stre al Padre?
Acaso no crees que yo soy en el Padre y que el Padre es en m? Las palabras que yo
os hablo no las hablo de mi propia cuenta, sino que es el Padre, que est en m, qui
en acta por medio de m.

Lo que vosotros habis de hacer es creer que yo soy en el Padre y que el Padre es
en m. En otro caso, creed por las mismas obras que habis presenciado.
Os aseguro que todo el que cree en m har las mismas obras que yo he hecho. Incluso
otras mayores har, porque yo voy ahora a estar con el Padre.
Y sabed que todo cuanto le pidis al Padre en mi nombre, yo lo har, para que por me
dio del Hijo se manifieste la gloria del Padre.
S, todo lo que pidis en mi nombre, yo lo har.<CM><CM><i>Jess promete el Espritu Santo
<i>
Si de veras me amis, guardad los mandamientos que os he dado,
y yo le pedir al Padre que os enve a alguien que podr ayudaros y que nunca os aband
onar: el Espritu Santo,
que es el Espritu que conduce a la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no
lo busca ni lo conoce; pero vosotros s lo conocis, porque l est ahora con vosotros,
y un da estar en vosotros.
No pensis que voy a dejaros como a unos hurfanos abandonados, sino que vendr a voso
tros.
Dentro de poco, el mundo dejar de verme, pero vosotros s me veris; porque yo vivo,
y vosotros viviris por la vida que os dar.
Cuando yo vuelva a vivir, conoceris que estoy en el Padre, que vosotros estis en m
y que yo estoy en vosotros.
El que recibe mis mandamientos y los guarda, se es el que realmente me ama; y por
que me ama, tambin mi Padre lo amar; y yo lo amar y me revelar a l.
Judas (no el Iscariote) le dijo: <CM>Seor, por qu te has de manifestar tan slo a nos
otros, tus discpulos, y no a todo el mundo?
Respondi Jess diciendo:<CM>El que me ama cumplir los mandamientos que os he dado, y
mi Padre lo amar tambin, y vendremos a l para que viva con nosotros.
En cambio, el que no me ama, tampoco va a cumplir mis mandamientos. Ahora bien,
recordad que todo esto que os digo no es mo, sino del Padre, que me envi.
He querido que sepis estas cosas ahora que estoy con vosotros.
Pero cuando el Padre enve en mi nombre al Consolador, al Espritu Santo, l ser quien
os ensee muchas cosas y os recuerde todo lo que yo os he dicho.
Mi paz os dejo, mi paz os doy; pero la paz que yo os doy no es como la que ofrec
e el mundo. No estis, pues, preocupados ni temerosos.
Ya sabis lo que os he dicho: Ahora me voy, pero regresar para estar con vosotros.
Si de veras me amis, os sentiris gozosos porque me voy para estar con el Padre, y l
es mayor que yo.
Estas cosas os he dicho de antemano para que cuando sucedan creis en m.
No me queda mucho tiempo para hablaros, porque ya est viniendo el prncipe de este
mundo. l no tiene poder sobre m,
pero el mundo ha de saber que yo amo al Padre, y que todo lo que hago es lo que
el Padre me ha ordenado. Venid, vmonos de aqu.
<CM>Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viador.
Todo sarmiento que en m no da fruto, lo corta; pero todo el que da fruto, lo poda
para que d ms fruto todava.
Con las enseanzas que os he transmitido, vosotros, como sarmientos podados, habis
quedado limpios.
Ahora permaneced en m y yo permanecer en vosotros; porque as como ningn sarmiento pu
ede dar fruto por s mismo, esto es, separado de la vid, tampoco vosotros podris da
rlo si os separis de m.
S, yo soy la vid y vosotros los sarmientos. Si permanecis en m, yo permanecer en vos
otros y daris mucho fruto; pero separados de m nada podris hacer.
Si alguno se separa de m, ser cortado como se cortan los sarmientos intiles, que lu
ego se secan y finalmente son arrojados al fuego.
Pero si permanecis en m y guardis las enseanzas que os he transmitido, podris pedir l
o que necesitis y se os conceder.
Mi Padre ser glorificado si vosotros, como verdaderos discpulos mos, dais fruto en
abundancia.
Como el Padre me ha amado a m, tambin yo os he amado a vosotros. Permaneced en mi a
mor!
Si cumpls mis mandamientos, permaneceris en mi amor, de la misma manera que yo he

cumplido los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.


Os digo todo esto para que compartis mi alegra, y para que la vuestra sea perfecta
.
Os recuerdo mi mandamiento: Que os amis los unos a los otros como yo os he amado.
Y no hay amor que pueda compararse al de quien, como yo, da la vida por sus amig
os.
Y vosotros sois mis amigos, si cumpls el mandamiento que os he dado.
Ya no os llamar siervos, porque el siervo no sabe lo que hace o lo que desea hace
r su seor; pero os llamo mis amigos porque os he dado a conocer todas las cosas q
ue mi Padre me ha dicho.
No me elegisteis vosotros a m, sino que yo os he elegido a vosotros. Os he puesto
para que vayis y deis fruto, y que vuestro fruto tenga valor permanente; de esta
forma, todo lo que le pidis al Padre en mi nombre, l os lo dar.
Esto es, pues, lo que os ordeno: que os amis los unos a los otros.<CM><CM><i>Jess
y sus discpulos aborrecidos por el mundo<i>
Si el mundo llega a odiaros, no olvidis que a m me odi antes que a vosotros.
Si pertenecieseis al mundo, el mundo os amara por ser suyos; pero el mundo os odi
a porque yo os he elegido y os he tomado para m.
Recordad lo que os dije: el siervo no es ms que su seor. Por tanto, si a m me han p
erseguido, podemos pensar que tambin os perseguirn a vosotros; y por el contrario,
si a m me han prestado atencin, tambin os la prestarn a vosotros.
Todo esto os harn por causa de mi nombre, porque no conocen a Dios, que me envi.
Se les podra dar por inocentes, si yo no hubiera venido y no les hubiera hablado;
pero ahora no tienen excusa para su pecado.
Cualquiera que me odia a m, tambin odia a mi Padre.
Si yo no hubiera hecho entre ellos obras como jams las ha hecho ningn otro, no ten
dran pecado y no se les podra llamar culpables; pero el caso es que ellos han pres
enciado mis obras, y a pesar de todo nos han odiado a mi Padre y a m.
Con lo cual se cumple lo que est escrito en su ley: "Me odiaron sin motivo alguno
".
Pero cuando venga el Consolador, que es el Espritu de la verdad y que yo os envia
r procedente del Padre, l os dar testimonio acerca de m.
Entonces tambin vosotros daris testimonio ante todo el mundo, porque habis estado c
onmigo desde el principio.
Os he dicho estas cosas para que permanezcis firmes frente a cualquier peligro,
porque os expulsarn de las sinagogas, y hasta llegar el da en que, si alguien os ma
ta, creer que est prestando un servicio a Dios.
Lo harn as porque nunca han llegado a conocernos ni al Padre ni a m.
Os hablo de este modo para que, cuando algo de eso suceda, recordis que ya os lo
haba advertido.<CM><CM><i>La obra del Espritu Santo</i> <CM>Tengo adems que deciros
algo que antes no os dije, porque estaba con vosotros y no me pareci necesario;
pero ahora estoy a punto de regresar al que me envi. Sin embargo, ninguno de voso
tros me pregunta a dnde voy.
Quiz por la tristeza que os embarga a causa de mi partida?...
Pues escuchadme: Os aseguro que para vosotros es mucho mejor que me vaya, porque
si no me fuese, tampoco vendra a vosotros el Consolador. En cambio, si yo me voy
, l vendr, porque yo mismo os lo enviar.
Cuando venga, el mundo se convencer de su pecado, de mi justicia y del juicio de
Dios.
De su pecado, por no haber credo en m;
de mi justicia, porque el Padre la ha establecido, de modo que tengo el camino a
bierto para ir a l y no me veris ms;
y del juicio, por cuanto el que gobierna este mundo ya ha sido juzgado y condena
do.
Otras muchas cosas tengo que deciros, pero an no es para vosotros el momento opor
tuno.
Cuando venga el Espritu de la verdad os guiar a toda la verdad, porque no hablar po
r su propia cuenta, sino que dir todo lo que antes haya odo y os dar a conocer las
cosas que han de acontecer en el futuro.
l me glorificar, porque tomar de lo que es mo y os lo dar a conocer.

La gloria del Padre es ma, y a ella me refiero cuando digo que l tomar de lo que es
mo y os lo dar a conocer.
Dentro de poco me habr ido y dejaris de verme, pero poco despus me volveris a ver, p
orque yo voy al Padre.<CM><CM><i>La despedida de Jess<i>
Al oir esto, algunos de los discpulos se preguntaban: <CM>Qu significan las palabra
s "Dentro de poco me habr ido y dejaris de verme, pero poco despus me volveris a ver
"? Y qu es eso de "yo voy al Padre"
y "dentro "de poco"? No entendemos nada de lo que ha dicho!
Jess, comprendiendo que queran preguntarle algo, les dijo:<CM>Os preguntis qu he quer
ido decir?
Os lo aseguro: mientras que vosotros lloraris y os lamentaris por lo que me ha de
suceder, el mundo, por el contrario, se alegrar. Sin embargo, aunque primero os h
ayis sentido invadidos por la tristeza, esa afliccin vuestra se tornar despus en jbil
o.
Os pasar a vosotros como a la mujer encinta, que en el momento del parto sufre in
tensos dolores, pero luego, cuando la criatura ya ha nacido, olvida aquella hora
angustiosa por la alegra de haber dado a luz a un nuevo ser.
Tambin vosotros estis ahora tristes, pero cuando vuelva a veros os alegraris en gra
n manera, y nadie podr arrebataros vuestro gozo.
Cuando llegue ese da no tendris necesidad de preguntarme nada, sino que directamen
te podris dirigiros al Padre, y todo lo que le pidis en mi nombre os lo conceder.
Hasta ahora no habis pedido nada en mi nombre; pero, de ahora en adelante, pedid
y mi Padre os dar la respuesta; de ese modo, vuestro gozo ser completo.
Hasta este momento os he hablado mediante ejemplos, pero pronto llegar el da en qu
e los ejemplos dejarn de ser necesarios, y entonces podr hablaros claramente acerc
a del Padre.
En aquel da podris pedir al Padre en mi nombre; y no ser yo quien haya de rogarle e
n favor vuestro,
pues el Padre, l mismo, os ama, porque vosotros me habis amado a m y habis credo que
yo vine de Dios.
S, yo he venido del Padre para estar en el mundo; pero ahora tengo que dejar este
mundo para regresar al Padre.
Le dijeron los discpulos:<CM>Por fin nos hablas claramente, no con ejemplos!
Ahora comprendemos que t sabes todas las cosas y que no es necesario preguntarte
nada. Por eso creemos que has venido de Dios.
Respondi Jess:<CM>As pues, ya habis llegado a creer?
La hora viene (o mejor, ya ha venido) en que seris dispersados cada cual por su l
ado, y me abandonaris. Aunque lo cierto es que no voy a quedarme solo, porque el
Padre est conmigo.
Os he dicho todas estas cosas para que en m encontris vuestra paz. Siempre tendris
en el mundo pruebas que os afligirn, pero confiad en m, porque yo he vencido al mu
ndo.
Despus de estas cosas levant Jess la mirada al cielo, y or diciendo: <CM>Padre, la h
ora ha llegado. Glorifica a tu Hijo, para que tambin tu Hijo te glorifique a ti
dando vida eterna a todos los que le has confiado, y segn la autoridad que le con
cediste sobre la humanidad entera.
En esto consiste la vida eterna: en que te conozcan a ti, el nico Dios verdadero,
y a Jesucristo, a quien has enviado a este mundo.
Yo te he glorificado aqu, en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendas
te.
Ahora pues, Padre, glorifcame junto a ti, con aquella misma gloria que yo tena est
ando contigo desde antes de la fundacin del mundo.<CM><CM><i>Jess ora por sus discp
ulos<i>
Yo he hecho manifiesto tu nombre a todos aquellos que en este mundo me confiaste
. Ellos estaban en el mundo, pero t me los diste; realmente siempre han sido tuyo
s, pero me los diste y han guardado tu palabra.
Ahora ya saben que todo lo que me has confiado procede de ti,
porque les he transmitido todas las palabras que me diste; ellos las recibieron,
y saben con toda certidumbre que sal de ti para venir ac, y han credo que t me envi
aste.

No te ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque son tuyos,
y todo lo mo es tuyo, como tambin lo tuyo es mo; y por causa de ellos he sido glori
ficado.
Pronto saldr del mundo e ir a ti, pero ellos siguen aqu. Padre santo, protege a los
que me has dado, para que ninguno se pierda y para que permanezcan unidos como
nosotros.
Mientras yo estaba con ellos en el mundo, protega a los que me confiaste. Y los p
roteg de modo que ninguno se perdi, salvo el que haba de perderse por su traicin, da
ndo as cumplimiento a las Escrituras.
Pero ahora regreso a ti. Durante el tiempo que he estado con ellos, les he habla
do de estas cosas para que estuvieran llenos de mi misma alegra.
Les he comunicado tu mensaje, y el mundo los ha odiado porque ellos no pertenece
n al mundo, como tampoco yo le pertenezco.
No te estoy pidiendo que los saques del mundo, sino que los protejas del mal.
Ellos, al igual que yo, no pertenecen a este mundo.
Santifcalos en la verdad de tu palabra, pues tu palabra es la verdad.
As como t me enviaste al mundo, tambin yo los estoy enviando al mundo;
y yo me santifico a m mismo para que ellos sean santificados en la verdad.<CM><CM
><i>Jess ora por todos los creyentes<i>
No te ruego slo por estos, sino tambin por cuantos en el futuro llegarn a creer en
m por el testimonio de ellos.
Mi ruego es que todos permanezcan unidos: que as como t, Padre, permaneces unido a
m, y yo a ti, que tambin ellos permanezcan unidos a nosotros.
Yo les he dado la gloria que me diste, la gloria de que todos sean uno, como nos
otros somos uno:
yo en ellos y t en m, para que su unidad sea perfecta, y para que el mundo sepa qu
e t me enviaste y que los has amado a ellos como me has amado a m.
Padre, mi deseo es que los que me has confiado estn tambin conmigo donde yo estoy,
para que puedan contemplar la gloria que en tu amor me has dado, porque me has
amado desde antes de la fundacin del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo s te he conocido; y a estos discp
ulos mos, que saben que t me enviaste,
les he dado a conocer quin eres, y se lo dar a conocer todava ms, a fin de que el mi
smo amor que t me tienes llegue a estar en ellos como yo lo estoy.
Luego que hubo dicho estas cosas, Jess se fue con sus discpulos al otro lado del t
orrente de Cedrn, y entr con ellos en un huerto que haba all.
Era un lugar que Judas, el traidor, conoca muy bien, porque en l se haba reunido fr
ecuentemente Jess con sus discpulos.
En esta ocasin, los principales sacerdotes y fariseos pusieron a disposicin de Jud
as un destacamento de soldados y algunos alguaciles, y todos juntos, armados y a
lumbrndose con antorchas, se presentaron en el huerto.
Jess, que saba de antemano lo que haba de acontecer, les sali al encuentro y les pre
gunt:<CM>A quin buscis?
Ellos <CM>entre los cuales estaba Judas<CM>respondieron: <CM>Buscamos a Jess de N
azaret.<CM>Yo soy.
Al orle decir "Yo soy", retrocedieron atropelladamente y cayeron a tierra.
De nuevo les pregunt Jess:<CM>A quin buscis? <CM>A Jess de Nazaret <CM>volvieron a dec
ir.
<CM>Ya os he dicho que soy yo. Y puesto que a m es a quien buscis, dejad que estos
se vayan.
Al hablarles as se cumpli lo que poco antes haba dicho: "Los proteg de modo que ning
uno se perdi".
En aquel momento, Simn Pedro, que llevaba una espada consigo, la desenvain de repe
nte y le cort de un tajo la oreja derecha a un tal Malco, servidor del sumo sacer
dote. Jess reprendi a Pedro:
<CM>Mete esa espada en su vaina! Acaso no he de beber la copa que el Padre me ha d
ado que beba?<CM><CM><i>Jess ante Ans<i>
Entonces los soldados del destacamento, el comandante que los mandaba y los algu
aciles arrestaron a Jess y lo ataron.
Lo condujeron en primer lugar a Ans, que era suegro de Caifs, el sumo sacerdote de

aquel ao
(Caifs era el que haba hablado a los dems dirigentes judos sobre la conveniencia de
que un hombre muriese por todo el pueblo).<CM><CM><i>Pedro niega a Jess<i>
Simn Pedro y otro discpulo echaron a andar tras el grupo que llevaba a Jess. Aquel
otro discpulo era conocido del sumo sacerdote, y por eso le permitieron entrar co
n Jess en el patio de la casa,
mientras que Pedro hubo de quedarse fuera, a la puerta. Pe-ro en seguida el discp
ulo conocido del sumo sacerdote sali a hablar con la portera, y entonces ella dej
que tambin entrase Pedro.
Sin embargo, al verle le pregunt:<CM>No eres t uno de los discpulos de ese hombre?Pe
dro lo neg:<CM>No, no lo soy.
Los alguaciles y la gente al servicio de la casa estaban de pie, alrededor de un
a hoguera que haban encendido para calentarse, porque la noche era fra. Pedro tamb
in se qued all, de pie, calentndose.<CM><CM><i>Jess ante el sumo sacerdote<i>
Dentro, el sumo sacerdote comenz a interrogar a Jess en relacin con sus discpulos y
con sus enseanzas.
Jess le contest:<CM>Todo el mundo conoce mis enseanzas, porque pblicamente he enseado
siempre en la sinagoga y en el templo, donde los dirigentes judos se renen y me h
an escuchado. Y si nunca he enseado nada en secreto y ocultndome,
por qu me interrogas a m? Por qu no preguntas a quienes me han odo, para que ellos te
expliquen lo que yo he hablado? Ellos saben muy bien lo que he dicho!Al oir esto,
uno de los alguaciles le dio una bofetada, y le dijo:<CM>Cmo te atreves a contest
ar as al sumo sacerdote?Le respondi Jess:
- - <CM>Si he dicho algo indebido, demustralo. Pero si lo que he dicho es correcto, po
r qu me pegas?
Entonces Ans hizo atar a Jess para envirselo a Caifs, el sumo sacerdote.<CM><CM><i>P
edro niega de nuevo a Jess<i>
Entre tanto, Simn Pedro permaneca de pie junto a la hoguera. Y algunos que estaban
all le preguntaron:<CM>No eres t uno de sus discpulos? l lo neg:<CM>No, no lo soy!
Pero uno de los sirvientes del sumo sacerdote, pariente del hombre a quien Pedro
le haba cortado la oreja, insisti: <CM>No te vi yo en el huerto, que estabas con J
ess?
Pedro volvi a negarlo, y unos instantes despus cant un gallo.<CM><CM><i>Jess ante Pi
lato<i>
Cuando concluy en casa de Caifs el interrogatorio de Jess, lo llevaron al palacio d
el gobernador romano. Era por la maana temprano, y los judos que le acusaban no en
traron en el palacio para no quedar contaminados e impedidos de comer el cordero
de Pascua.
Pilato sali, y dirigindose a ellos les pregunt:<CM>Que cargos presentis contra este h
ombre? De qu delito lo acusis?
Respondieron: <CM>Si no fuera un delincuente, no te lo habramos trado arrestado!
<CM>Pues llevoslo y juzgadlo segn vuestra ley <CM>dijo Pilato. Pero los judos argum
entaron:<CM>No, porque a nosotros no nos est permitido condenar a muerte a nadie.
Con esto se cumplieron las palabras de Jess, cuando unos das antes anunciara la fo
rma en que haba de morir.
Pilato entr de nuevo en el palacio, y orden que le trajeran a Jess. -Eres t el rey de
los judos? <CM>le pregunt.
Le contest Jess:<CM>Esa pregunta es propiamente tuya, o es lo que otros te han dich
o de m?
<CM>Acaso yo soy judo? <CM>replic Pilato<CM>. Tu propio pueblo y los principales sa
cerdotes son los que te han trado aqu, aunque no conozco la causa. Qu mal has hecho?
Dijo Jess: <CM>Mi reino no es de este mundo. Si lo fuese, mis seguidores habran pe
leado por evitar que se me entregase a los dirigentes judos que me arrestaron. No
, mi reino no es de este mundo.
<CM>Luego t eres rey? <CM>pregunt Pilato.<CM>T dices que soy rey <CM>respondi Jess<CM>
. Yo he nacido para eso, y por eso he venido a este mundo, para traerle la verda
d. Todos los que aman la verdad, me escuchan.
<CM>Y qu cosa es la verdad? <CM>dijo Pilato, que en seguida, sin esperar respuesta
a estas palabras, sali y se present otra vez ante los judos. <CM>Yo no encuentro n

ingn delito en este hombre <CM>declar<CM>.


Ahora bien, como vosotros estis acostumbrados a que cada ao, en la Pascua, os pong
a en libertad a un preso, os soltar si queris al llamado "Rey de los judos".
Entonces la turbamulta comenz a dar voces. Decan:<CM>No, a se no! Sultanos a Barrabs!
Barrabs era un sedicioso).
Viendo la actitud del pueblo, Pilato orden que azotasen a Jess con un ltigo de punt
as de plomo.
Los soldados, por su parte, entretejieron una corona de espinas y se la pusieron
sobre la cabeza. Le cubrieron con un manto de prpura,
y comenzaron a golpearle en la cara mientras gritaban en son de burla: <CM>Viva e
l Rey de los judos!
Pilato volvi a presentarse de nuevo ante los judos. <CM>Mirad, aqu os traigo a este
hombre. Pero entended bien que yo no lo encuentro culpable de ningn crimen.
Tras Pilato apareci Jess, con la corona de espinas en la cabeza y el manto de prpur
a sobre los hombros. Pilato dijo:<CM>Ah tenis al hombre!
Al verle, los principales sacerdotes y los alguaciles prorrumpieron en gritos: <
CM>Crucifcalo! Crucifcalo! <CM>Crucificadlo vosotros, puesto que yo no lo puedo culpa
r de ningn delito!Respondieron ellos:<CM>Segn nuestra ley, tiene que morir, porque
se ha hecho pasar por el propio Hijo de Dios!
- - Pilato se asust al oir aquello,
y por eso hizo llevar de nuevo a Jess al interior del palacio, y le pregunt: <CM>De
dnde eres t? Jess no le respondi ni una sola palabra, y Pilato insisti:
<CM>No me quieres responder? No comprendes que tengo autoridad bastante para solta
rte y para crucificarte?
<CM>Ninguna autoridad tendras sobre m, si no se te hubiera dado de arriba. Por tan
to, ms culpables de pecado que t son los que me han trado para entregarme a ti.
Desde aquel momento, Pilato procuraba con mayor empeo soltar a Jess, pero los diri
gentes judos comenzaron a decir a voces:<CM>Si sueltas a se, no eres amigo del Csar!
Cualquiera que se declara rey se rebela contra el Csar!
Al oir aquellas palabras amenazadoras, Pilato volvi a sacar a Jess, y l se sent en e
l banco del tribunal, en el lugar conocido como el Empedrado (en hebreo, Gabata)
, desde donde se dictaban las sentencias.
Era la vspera de la Pascua, sobre la hora del medioda. Dijo Pilato a los judos: <CM
>Ah tenis a vuestro rey!
Pero ellos vociferaban:<CM>Fuera, fuera con l! Crucifcalo! <CM>A vuestro rey queris qu
e crucifique?<CM>Nosotros no tenemos ms rey que el Csar! <CM>gritaron los principal
es sacerdotes.
Pilato, al fin, cedi ante ellos y les entreg a Jess para que lo crucificasen. Tomar
on, pues, a Jess y se lo llevaron.<CM><CM><i>La crucifixin<i>
Sali de la ciudad cargado con la cruz, y se encamin al lugar llamado la Calavera (
en hebreo, Glgota).
All lo crucificaron, y con l a otros dos hombres, en medio de los cuales pusieron
a Jess.
Pilato mand clavar en la cruz un rtulo que deca: "Jess de Nazaret, rey de los judos",
y como aquel lugar donde lo haban crucificado estaba cerca de la ciudad, mucha ge
nte pudo leer el rtulo, que estaba escrito en hebreo, latn y griego.
Pero los principales sacerdotes judos se sintieron molestos por lo que deca el rtul
o, y fueron al palacio de Pilato a pedirle que lo cambiase:<CM>Has escrito que se
es el Rey de los judos, pero lo que debes poner es que l dice: "Yo soy el rey de
los judos".Pilato replic:
<CM>Lo que he escrito, escrito est, y as se queda!
Despus de crucificarlo, los soldados, que eran cuatro, se repartieron las ropas d
e Jess, una parte para cada uno. Pero el manto era de una sola pieza, sin costura
s,
por lo cual acordaron no partirlo, sino echarlo entero a suertes, y que al que l
a suerte le tocara se quedase con l. De este modo se cumpli la Escritura que dice:
"Se repartieron mis ropas, y sobre mi manto echaron suertes". Eso hicieron los
soldados.
De pie junto a la cruz de Jess estaban su madre, Mara la de Cleofs, que era hermana

de su madre, y Mara de Magdala.


Al ver Jess a su madre, y que a su lado se encontraba el discpulo al que l quera ent
raablemente, dijo:<CM>Mujer, ah tienes a tu hijo.
Luego le dijo al discpulo: <CM>Ah tienes a tu madre! Desde aquel instante, el discpu
lo la acogi en su casa.<CM><CM><i>Muerte de Jess<i>
Despus, sabiendo que su obra estaba consumada, y para que se cumplieran las Escri
turas, Jess exclam: <CM>Tengo sed!
Como por all haba una vasija llena de vinagre, tomaron una esponja, la empapaparon
en el vinagre, la pusieron en una rama de hisopo y se la alzaron hasta los labi
os.
Jess bebi un poco, y dijo:<CM>Consumado es! Luego inclin la cabeza y entreg el espritu
.
Pero los dirigentes judos no queran que los cuerpos permaneciesen colgados en la c
ruz el da siguiente, porque adems de ser sbado era una fiesta de gran solemnidad. A
s que pidieron a Pilato que mandase quebrar las piernas a los crucificados, para
apresurar su muerte y poder quitar de all los cuerpos.
Fueron, pues, los soldados y quebraron las piernas a los que haban sido crucifica
dos a los lados de Jess;
pero a Jess no se las quebraron, porque vieron que ya haba muerto.
Sin embargo, uno de los soldados le atraves el costado con una lanza, y de la her
ida brot al instante sangre y agua.
El que contempl todas estas cosas testifica de ellas con absoluta veracidad. A l l
e consta que cuanto dice es cierto, y que ha narrado los hechos con la mayor exa
ctitud para que vosotros tambin creis.
Todo ello sucedi para que se cumplieran las Escrituras que dicen: "Ningn hueso suy
o ser quebrado"
y "Mirarn al que traspasaron".<CM><CM><i>Sepultura de Jess<i>
Poco despus de esto, Jos de Arimatea, que era discpulo de Jess, aunque en secreto po
r miedo a los dirigentes judos, se present a Pilato y le pidi permiso para llevarse
el cuerpo de Jess y sepultarlo. Pilato se lo concedi, y l fue y se llev el cuerpo.
Le acompa Nicodemo, el que haba ido a visitar a Jess de noche, el cual llev consigo u
na mezcla de unas cien libras (equivalentes a unos treinta y tres kilos) de mirr
a y loes.
Entre ambos tomaron el cuerpo de Jess y lo envolvieron en lienzos impregnados en
aquellas especias aromticas, como acostumbraban a sepultar los judos.
Prximo al lugar donde fue crucificado haba un huerto; y en el huerto haba un sepulc
ro recin excavado, en el que todava no se haba depositado ningn cuerpo.
Teniendo presente que era necesario apresurarse a causa de la preparacin de la Pa
scua juda, y como aquel sepulcro se encontraba cerca, pusieron all a Jess.
Antes de amanecer el primer da de la semana (o sea, el domingo), Mara de Magdala f
ue al sepulcro. Al llegar vio que estaba abierto, porque la piedra que lo cerrab
a haba sido rodada a un lado.
Sin detenerse, corri adonde se encontraban Pedro y el discpulo al que Jess quera ent
raablemente, y les dijo:<CM>Se han llevado del sepulcro el cuerpo del Seor, y no s dn
de lo han puesto!
Pedro y el otro discpulo se dirigieron rpidamente al sepulcro.
Corran juntos, uno al lado del otro; pero luego el otro discpulo corri ms aprisa que
Pedro y lleg primero al sepulcro.
Se inclin para mirar dentro, y vio que los lienzos estaban all, en el suelo, pero
no entr.
Tras l lleg Simn Pedro, que entr en el sepulcro. Vio los lienzos,
y vio tambin el sudario que haba envuelto la cabeza de Jess, no en el suelo sino en
rollado a un lado.
Entonces entr el otro discpulo, el que haba llegado primero al sepulcro; y al ver t
odo aquello pens que Jess haba resucitado.
Porque hasta ese momento no haban comprendido lo que anunciaban las Escrituras: q
ue era necesario que l resucitara de entre los muertos.<CM><CM><i>Jess se aparece
a Mara Magdalena<i>
Regresaron luego los discpulos a la casa, con los suyos.
Pero Mara, que haba vuelto al sepulcro, se qued all, llorando. Y llorando como estaba

, se inclin a mirar dentro,


y vio dos ngeles vestidos de blanco, sentados el uno a la cabecera y el otro a lo
s pies del sitio donde haba estado el cuerpo de Jess.
Los ngeles le preguntaron:<CM>Por qu lloras? Ella respondi: <CM>Porque se han llevad
o a mi Seor, y no s dnde lo han puesto.
En ese mismo momento volvi la mirada, y vio a Jess que estaba de pie detrs de ella;
pero Mara no le reconoci.
Jess tambin le pregunt:<CM>Mujer, por qu lloras? A quin buscas?Ella le dijo, pensando
ue era el hortelano:<CM>Seor, si t te lo has llevado, dime dnde lo has puesto, para
que yo pueda recogerlo y darle sepultura.
<CM>Mara! <CM>le dijo entonces Jess.Ella se volvi y exclam:<CM>Raboni! (que en hebreo
significa "Maestro!")
Jess le advirti:<CM>No me toques!, porque an no he subido adonde est mi Padre. Pero v
e a buscar a mis hermanos y diles que subo al que es mi Padre y vuestro Padre, m
i Dios y vuestro Dios.
Mara de Magdala corri en seguida a buscar a los discpulos, para darles la noticia d
e que haba visto al Seor y comunicarles el mensaje que l le haba confiado.<CM><CM><i
>Jess se aparece a sus discpulos<i>
Aquel mismo da primero de la semana, al caer la noche, se reunieron los discpulos.
Tenan las puertas cerradas por temor a los dirigentes judos, pero de pronto se pr
esent Jess en medio de ellos y les dijo:<CM>Paz a vosotros!Despus les mostr las manos
y el costado, y los discpulos se llenaron de alegra al ver al Seor. l sigui dicindole
s:
- - <CM>Del mismo modo que el Padre me envi, tambin yo os envo a vosotros.
En seguida sopl sobre ellos y les dijo: <CM>Recibid el Espritu Santo.
A quienes perdonis los pecados, les quedarn perdonados; pero a quienes no se los p
erdonis, les quedarn sin perdonar.<CM><CM><i>Jess se aparece a Toms<i>
Uno de los discpulos, Toms el Ddimo, no se encontraba con los dems cuando Jess se les
present.
Ellos le contaron que haban visto al Seor, pero Toms respondi: <CM>Solamente creer si
veo en sus manos las heridas de los clavos y las toco con mis dedos, y si toco
con mi mano su costado abierto.
Ocho das ms tarde se reunieron de nuevo los discpulos, y esta vez se encontraba Toms
entre ellos. De pronto, con las puertas cerradas como la vez anterior, se puso
Jess en medio de todos, y los salud:<CM>Paz a vosotros.Luego, dirigindose particula
rmente a Toms, le dijo:
<CM>Mira las heridas de mis manos y tcalas con tu dedo; y acerca ac tu mano para t
ocar mi costado. Y no seas incrdulo, sino creyente!
Respondi Toms:<CM>Seor mo y Dios mo!Le dijo Jess:
<CM>Toms, has credo en m porque me has visto... Dichosos los que lleguen a creer sin
haberme visto!
Los discpulos fueron testigos de muchas otras seales milagrosas hechas por Jess, la
s cuales no han quedado recogidas en este libro.
Pero las que aqu se han narrado fueron escritas para que creis que Jess es el Crist
o, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengis vida por medio de l.
Despus de esto, Jess volvi a manifestarse a sus discpulos junto al lago de Galilea.
Sucedi que estaban reunidos Simn Pedro, Toms el Ddimo, Natanael el de Can de Galilea,
los hijos de Zebedeo y otros dos discpulos de Jess.
Dijo Simn Pedro:<CM>Me voy a pescar.Los dems se le unieron:<CM>Pues vamos tambin no
sotros contigo.Subieron, pues, a una barca en la que pasaron la noche sin lograr
ninguna pesca.
Despus, cuando comenzaba a amanecer, se present Jess a la orilla del mar (aunque lo
s discpulos no saban que fuera l),
y les pregunt:<CM>Tenis ah algo de comer? <CM>No tenemos nada <CM>le respondieron.
<CM>Pues echad la red a mano derecha de la barca y sacaris peces. As lo hicieron,
y fue tanto lo que pescaron, que por el mucho peso no podan sacar la red del agua
.
<CM>Es el Seor! <CM>le dijo a Pedro el discpulo al que Jess quera entraablemente. Y Si
mn Pedro, al orlo, se visti la ropa que antes se haba quitado para pescar, y se lanz

al agua.
Los otros discpulos se acercaron en la barca, arrastrando la red repleta de peces
hasta la orilla, distante apenas doscientos codos (unos noventa metros).
Al llegar y saltar a tierra vieron unas brasas encendidas, sobre ellas un pez qu
e se estaba asando, y pan.
<CM>Traedme ac algunos peces de esos que acabis de pescar "<CM>les dijo Jess.
Simn Pedro subi a la barca y sac a tierra la red, que estaba llena de peces, ciento
cincuenta y tres de gran tamao. A pesar de ser tantos, la red no se rompi.
<CM>Venid ac y comed! <CM>les invit Jess. Pero entonces ninguno de los discpulos se a
trevi a preguntarle: "Quin eres t?", porque todos estaban convencidos de que se trat
aba del Seor.
Fue, pues, Jess, y les reparti de aquel pan y aquel pescado.
Esta era la tercera vez que se manifestaba a sus discpulos despus de haber resucit
ado de los muertos.<CM><CM><i>Jess restituye a Pedro<i>
Cuando acabaron de comer, Jess se dirigi a Simn Pedro, y le dijo:<CM>Simn, hijo de J
ons, me quieres ms que stos?<CM>S, Seor <CM>le respondi Pedro<CM>, t sabes que te qui
.<CM>Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunt:<CM>Simn, hijo de Jons, me quieres? <CM>S, Seor <CM>respond
i Pedro<CM>, t sabes que te quiero.<CM>Pastorea mis ovejas <CM>dijo el Seor.
Luego, por tercera vez, le pregunt: <CM>Simn, hijo de Jons, de veras me quieres? Ped
ro, profundamente entristecido porque Jess le preguntaba lo mismo por tercera vez
, le contest:<CM>Seor, t sabes todas las cosas: t sabes que te quiero.<CM>Apacienta
mis ovejas.
Y ahora te aseguro que cuando eras ms joven podas ceirte t solo la ropa e ir adonde
queras; pero cuando llegues a viejo extenders las manos y otro ser quien te cia y te
lleve incluso adonde no quieras ir.
Jess dijo esto dando a entender cul haba de ser la muerte con que Pedro glorificara
a Dios. Luego aadi: <CM>Sgueme!
Pedro volvi entonces la cabeza y vio al discpulo al que Jess quera entraablemente, aq
uel que, recostado junto al Seor en la ltima cena, le haba preguntado quin lo iba a
traicionar.
Al verle, pregunt Pedro a Jess: <CM>Seor, y qu ser de ste? l le respondi:
<CM>Si quiero que l quede aqu hasta mi regreso, qu te importa a ti? T sgueme!
Aquellas palabras del Seor corrieron entre los hermanos, y se entendieron como qu
e aquel discpulo no haba de morir. Pero Jess no haba dicho eso, sino: "Si quiero que
l quede aqu hasta mi regreso, qu te importa a ti?"
Este discpulo es el que ha dado testimonio de los hechos acaecidos y los ha puest
o por escrito. Y nos consta que su testimonio es absolutamente veraz.
Adems de los hechos de Jess aqu narrados, hay muchos otros que, si se relatasen uno
por uno, pienso que en el mundo entero no cabran los libros que habra que escribi
r.
En mi primer libro, ilustre Tefilo, te habl de la vida de Jess, y de todo lo que hi
zo y ense desde el principio
y hasta el da en que fue elevado al cielo, donde fue recibido despus de haber deja
do instrucciones por medio del Espritu Santo a los apstoles que haba escogido.
Durante los cuarenta das que siguieron a su muerte, se present en diversas ocasion
es a los apstoles, vivo y dndoles pruebas que no dejaban lugar a dudas acerca de l
a realidad de su resurreccin, y les hablaba del reino de Dios.
En cierto momento, mientras coma juntamente con ellos, les mand que no se alejaran
de Jerusaln, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre de envia
r al Espritu Santo, tal como Jess mismo les haba anunciado que tena que suceder. Se
lo record dicindoles:
<CM>Juan os bautiz con agua, pero dentro de pocos das seris bautizados con el Esprit
u Santo.
En otro momento, reunidos tambin los discpulos, le preguntaron: <CM>Seor, liberars ah
ora a Israel y restablecers su soberana?
l les contest:<CM>Solamente el Padre tiene autoridad para sealar los tiempos y las
ocasiones. No es a vosotros a quienes corresponde conocerlas.
Sin embargo, cuando el Espritu Santo venga sobre vosotros, recibiris la fuerza nec
esaria para ser mis testigos en todas partes: en Jerusaln, en toda Judea, en Sama

ria y hasta el ltimo rincn de la tierra.


Despus de decirles estas cosas, Jess ascendi al cielo mientras ellos le miraban. Un
a nube lo envolvi, y pronto lo ocult de la vista de ellos.
Todava seguan los discpulos con los ojos puestos en el cielo, cuando se les acercar
on dos personajes vestidos de blanco,
y les dijeron: <CM>Galileos, por qu os habis quedado mirando al cielo? Este mismo J
ess que acaba de irse de vuestro lado, un da regresar del cielo de igual manera que
ahora le habis visto ascender all.<CM><CM><i>Eleccin de Matas para reemplazar a Jud
as<i>
Los discpulos se volvieron entonces desde el monte de los Olivos a Jerusaln, que d
istaba como cosa de un kilmetro.
Al llegar, entraron en la casa y subieron al aposento donde se alojaban. Eran Pe
dro, Juan, Jacobo, Andrs, Felipe, Toms, Bartolom, Mateo, Jacobo, hijo de Alfeo, Simn
el Zelote y Judas, hijo de Jacobo.
Todos ellos, unidos por un mismo sentir, perseveraban en la oracin juntamente con
algunas mujeres, con Mara la madre de Jess y con los hermanos de l.
Por aquellos das, estando presentes unas ciento veinte personas, se levant Pedro e
n medio de todos y dijo:
<CM>Hermanos, no poda dejar de cumplirse la Escritura en que el Espritu Santo, por
boca del rey David, predijo la traicin de Judas, que se ofreci a ser gua de la tur
ba que apres a Jess.
Judas era uno de los nuestros, escogido para ser un apstol como nosotros.
Sin embargo, con el dinero que recibi en pago de su maldad, se compr un terreno, y
estando en l se cay de cabeza, y con el golpe se le revent el vientre y se le desp
arramaron las entraas.
La noticia de su muerte corri rpidamente entre los habitantes de Jerusaln, que llam
aron a aquel lugar "Campo de Sangre".
Esto fue lo que anunci el rey David en el libro de los Salmos: "Quede desierta su
casa <CM>y no haya quien more en ella"; <CM>y aadi: <CM>"Que otro se encargue <CM
>de su trabajo".
- - Ahora, por lo tanto, es menester que entre todos los que siempre han estado a nu
estro lado elijamos a uno, para que junto con nosotros sea testigo de la resurre
ccin de Jess. Tomemos, pues, a alguien que desde el primer momento y hasta el ltimo
haya estado con nosotros, esto es, desde que Juan bautiz al Seor y hasta el da en
que fue recibido en el cielo.
La asamblea seal entonces a dos personas: a Jos Barsabs, llamado por sobrenombre Jus
to, y a Matas.
Luego oraron: "Seor, t que conoces el corazn de todos los hombres, mustranos cul de e
stos dos has escogido
para tomar el ministerio y apostolado que Judas, por su traicin, perdi para ir al
lugar que le corresponde".
Echaron suertes, y la suerte cay sobre Matas, cuyo nombre qued unido desde aquel mo
mento al de los once apstoles.
El da de Pentecosts, estando reunidos todos los creyentes,
vino repentinamente del cielo un estruendo, como de un vendaval,que llen por comp
leto la casa donde se haban congregado.
En seguida aparecieron, como lenguas de fuego, unas llamas que se posaron sobre
la cabeza de cada uno de los presentes.
Todos quedaron llenos del Espritu Santo, y comenzaron a hablar en lenguas que no
conocan, conforme a lo que el Espritu les daba que hablasen.
Por aquellos das, a causa de la fiesta, se haba reunido en Jerusaln un gran nmero de
judos piadosos, procedentes de muy distintas naciones.
Al oir aquel estruendo, la muchedumbre corri a ver lo que estaba sucediendo; y to
dos se sentan confusos, porque cada uno escuchaba en su propio idioma lo que decan
los apstoles.
Atnitos y maravillados, comentaban: <CM>Cmo es posible que a estos, que son galileo
s,
les oigamos hablar en el idioma de cada uno de nuestros pases de origen?
Entre nosotros hay gente de Partia, Media, Elam y Mesopotamia; de Judea, Capadoc

ia, Ponto,
Fri"gia y Panfilia; de Egipto y de las regiones africanas ms all de Cirene. Tambin
hay romanos aqu residentes, tanto judos como proslitos del judasmo,
y cretenses y rabes. Y todos les omos contar en nuestra propia lengua las obras ma
ravillosas de Dios.Se preguntaban, pues, atnitos y perplejos:
<CM>Qu significa esto? Pero haba tambin quienes en son de burla decan:
<CM>Lo que pasa es que estn borrachos!<CM><CM><i>Pedro se dirige a la multitud<i>
Entonces Pedro, levantndose junto con los otros once apstoles, tom la palabra y dij
o en voz alta:<CM>Escuchadme todos con atencin, lo mismo los que vens de fuera que
los residentes en Jerusaln.
Algunos de vosotros vais diciendo que estos hombres estn borrachos, y eso no es c
ierto. A estas horas, a las nueve de la maana, la gente no se emborracha.
Lo que vosotros acabis de presenciar es algo que hace siglos predijo ya el profet
a Joel:
"En los postreros das, <CM>dice Dios, <CM>derramar mi Espritu Santo sobre toda la h
umanidad. Entonces vuestros hijos y vuestras hijas profetizarn, vuestros jvenes ve
rn visiones<CM>y vuestros ancianos <CM>soarn sueos.
Ciertamente, en aquellos das, <CM>sobre mis siervos <CM>y sobre mis siervas<CM>de
rramar mi Espritu, <CM>y profetizarn.
Har prodigios arriba, <CM>en el cielo, <CM>y abajo en la tierra <CM>har que aparez
can seales: <CM>sangre, fuego y <CM>nubes de humo.
El sol se transformar <CM>en tinieblas<CM>y la luna se volver roja como la sangre,
<CM>antes que llegue el da <CM>del Seor, <CM>grande y manifiesto delante de todos
.
Pero todo el que invoque<CM>el nombre del Seor, <CM>se salvar".
Israelitas, od esto que voy a deciros! Como bien sabis, Dios acredit en vuestra pres
encia a Jess de Nazaret con las maravillas, milagros y prodigios que realiz por me
dio de l;
sin embargo, segn un determinado propsito y un plan previamente trazado, Dios perm
iti que asesinarais a Jess clavndolo en una cruz por mano de la autoridad romana.
Pero luego, liberndolo de los horrores de la muerte, le devolvi la vida, porque er
a imposible que la muerte lo retuviera.
A l se refiri de este modo el rey David: <CM>"Yo veo siempre al Seor delante de m; <
CM>no andar vacilante, porque l est a mi mano derecha.
Por eso rebos de alegra <CM>mi corazn<CM>y mi lengua se llen de gozo. <CM>Todo mi cu
erpo reposar <CM>en esperanza,
porque no dejars mi alma <CM>en el infierno<CM>ni permitirs que tu Santo vea la co
rrupcin del sepulcro.
Me diste a conocer <CM>los caminos de la vida<CM>y me inundars de gozo <CM>con tu
presencia".
Hermanos mos, con toda seguridad os puedo decir que nuestro antepasado David no h
ablaba de s mismo cuando deca estas cosas, puesto que l muri y lo enterraron, y su s
epulcro todava est entre nosotros.
Pero como era profeta, saba que Cristo, el Mesas, sera descendiente suyo y se senta
ra en su propio trono. As se lo haba prometido Dios bajo juramento.
Mirando, pues, al futuro, predijo David la resurreccin de Cristo, cuya alma no po
da quedar en el infierno y cuyo cuerpo no poda corromperse.
Dios, pues, resucit a Jess, de lo cual somos testigos todos nosotros.
Con el poder de su diestra lo exalt al lugar de honor en los cielos; y despus de h
aber recibido del Padre la promesa de enviar al Espritu Santo, lo derram de la for
ma que vosotros habis podido ver y oir.
No, David, no hablaba de s mismo, pues l nunca haba ascendido a los cielos, sino qu
e dice: "Dios, el Seor, <CM>dijo a mi Seor: <CM>Sintate en a mi derecha,
hasta que yo ponga <CM>a tus enemigos por escabel <CM>de tus pies".
Por tanto, a vosotros y a todo el pueblo de Israel os manifiesto con total segur
idad que a este Jess a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Seor y Cris
to.
Al escuchar aquellas palabras de Pedro se sintieron profundamente afligidos, por
lo que le preguntaron a l y a los dems apstoles: <CM>Hermanos, qu debemos hacer ahor
a?

Pedro les contest: <CM>Arrepentos de lo malo que hayis hecho, volveos a Dios y baut
izaos en el nombre de Jesucristo para obtener el perdn de los pecados. Entonces r
ecibiris tambin el don del Espritu Santo,
porque esa es la promesa que os hizo Jess, a vosotros, a vuestros hijos y a todos
los que el Seor nuestro Dios quiera llamar, lo mismo si estn cerca que si estn lej
os.
Luego Pedro sigui predicando y dando testimonio de muchas maneras acerca de Jesuc
risto. Y exhort tambin a sus oyentes, diciendo:<CM>Poneos a salvo de la perversidad
de esta generacin mundana!<CM><CM><i>La comunidad de los creyentes<i>
Los que creyeron a su palabra, unos tres mil en total, fueron bautizados y se un
ieron a los dems creyentes.
Todos se congregaban para escuchar las enseanzas de los apstoles, permanecer en co
munin los unos con los otros, participar en la fraccin del pan y perseverar unnimes
en la oracin.
Un profundo temor reverencial dominaba a todos cuantos "vean los muchos milagros
y prodigios que hacan los apstoles.
Adems, los creyentes se reunan asiduamente; permanecan juntos y tenan todas las cosa
s en comn.
Vendan sus propiedades y sus bienes, y distribuan el producto de las ventas confor
me a las necesidades de cada cual.
Diariamente acudan al templo, partan el pan en las casas y coman juntos con gran al
egra y sinceridad de corazn.
As, estrechamente unidos por la fe, alababan a Dios y eran tenidos en gran estima
por la gente de la ciudad; y cada da aada el Seor a la comunidad a los que estaban
en camino de salvacin.
Cierto da, Pedro y Juan se dirigan al templo para tomar parte en la oracin de las t
res de la tarde.
Al mismo tiempo que ellos, se acercaban tambin otros que traan a un hombre cojo de
nacimiento, al que cada da dejaban pidiendo limosna junto a la puerta del templo
conocida como "la Hermosa".
Cuando Pedro y Juan llegaron junto al cojo, y este vio que iban a entrar en el t
emplo, les pidi dinero.
Entonces los apstoles fijaron la vista en l, y Pedro le dijo: <CM>Mranos!
El cojo los mir atentamente, esperando recibir alguna limosna; pero Pedro le habl,
dicindole:
<CM>No puedo darte dinero, porque no lo tengo; pero te puedo dar otra cosa. En el
nombre de Jesucristo de Nazaret, levntate y empieza a andar!
Tom por la mano derecha al cojo y lo ayud a levantarse; al instante, los pies y lo
s tobillos se le fortalecieron,
y de un salto se puso en pie y comenz a andar. De ese modo entr con ellos en el te
mplo, andando, saltando y alabando a Dios.
Todos los presentes, al verle andar y alabar a Dios,
estaban asombrados, y al propio tiempo asustados, porque en aquel hombre, ahora
sano, reconocan al mendigo cojo que peda limosna sentado a la puerta Hermosa del t
emplo.<CM><CM><i>Pedro se dirige a los espectadores<i>
Atnitos, corrieron todos al prtico de Salomn, donde el que antes fuera cojo tena fir
memente asidos a Pedro y a Juan.
Pedro, entendiendo que aquella era una buena oportunidad de dirigir la palabra a
l pueblo, dijo:<CM>Israelitas, por qu os sorprende tanto lo ocurrido? Y por qu nos m
iris como si nosotros hubisemos hecho andar a este hombre con nuestro poder y nues
tra propia piedad?
El Dios de de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha
glorificado con este milagro a su siervo Jess, a quien vosotros entregasteis a Pi
lato, y a quien negasteis en su presencia cuando ya l haba resuelto ponerlo en lib
ertad.
No dejasteis que fuera liberado el que es Santo y Justo, y en cambio clamasteis
pidiendo la liberacin de un asesino.
De ese modo matasteis al Autor de la vida, al que luego Dios resucit de la muerte
, de lo cual Juan y yo somos testigos presenciales.
Este hombre, que como sabis era cojo, ha sido sanado por la fe en el nombre de Je

ss. Ese nombre es el que lo ha vigorizado! Por la fe recibida de Jess, su sanacin es


total y perfecta, como todos vosotros podis ver.
Pero hermanos, estoy convencido de que todo el mal que hicisteis a Jess, por igno
rancia lo hicisteis; y lo mismo podra decirse de vuestros gobernantes.
Pero Dios estaba cumpliendo as lo que antes haba anunciado por boca de los profeta
s: que Cristo, enviado por l, haba de padecer hasta la muerte.
Arrepentos, pues, cambiad de actitud y volveos a Dios, para que l os limpie de vue
stros pecados, para que desde su propia presencia traiga sobre vosotros tiempos
de paz y tranquilidad,
y para que os enve a Jess, que desde antes haba sido designado como Cristo.
Porque l, el Mesas, ha de ser recibido en el cielo hasta el tiempo de la restaurac
in de todas las cosas, que Dios anunci en la antigedad por medio de la palabra de s
us santos profetas.
Como anunci Moiss: "Dios vuestro Seor levantar de entre vuestros hermanos que aun ha
n de venir un profeta como yo. Prestad atencin a cuanto l os diga,
pues todo aquel que se niegue a escucharlo ser eliminado de en medio del pueblo".
Tambin Samuel, y los dems profetas que vinieron despus de l, se refirieron a lo que
hoy en da est aconteciendo.
Y vosotros sois descendientes de aquellos profetas, y estis incluidos en el pacto
que Dios hizo con nuestros antepasados cuando le dijo a Abraham: "Por medio de
tus descendientes llegar mi bendicin a todos los pueblos y naciones de la tierra".
Por eso, cuando Dios levant a su Siervo de entre los muertos, os lo envi primero a
vosotros, los israelitas, para bendeciros y daros la ocasin de apartaros del pec
ado y volveros a Dios.
Todava estaban ellos hablando al pueblo, cuando se present un grupo de sacerdotes,
junto con el jefe de la guardia del Templo y varios saduceos.
Irritados porque Pedro y Juan enseaban a la gente proclamando que Jess haba resucit
ado de entre los muertos,
los arrestaron y los tuvieron encarcelados hasta el da siguiente, porque ya se ha
ba hecho tarde.
Pero, a pesar de todo, muchos de los que oyeron el mensaje creyeron, de modo que
el nmero de los creyentes en Jess lleg a cinco mil, contando solo los hombres.
Al da siguiente sucedi que se reunieron en Jerusaln los gobernantes del pueblo, los
ancianos y los maestros de la ley mosaica,
y asimismo el sumo sacerdote Ans, y Caifs, Juan, Alejandro y cuantos pertenecan a l
a familia de los sumos sacerdotes.
Hicieron comparecer ante ellos a los dos discpulos, y les preguntaron: <CM>Quin os
ha dado a vosotros potestad o autoridad para hacer esto?
Pedro, lleno del Espritu Santo, respondi entonces:<CM>Seores gobernantes de Israel
y ancianos del pueblo:
Puesto que nos interrogis acerca del bien que le hemos hecho a un hombre que esta
ba enfermo, y de cmo fue sanado,
quede claro ante vosotros y ante todo el pueblo de Israel que ese hombre recibi l
a salud en el nombre y por el poder de Jesucristo de Nazaret, el mismo que vosot
ros crucificasteis, pero a quien Dios resucit de entre los muertos. Gracias a l, e
ste hombre est hoy aqu, sano, en vuestra presencia.
Jess es la piedra que, habiendo sido rechazada por vosotros los edificadores, ha
llegado a constituirse en la ms importante del edificio, en la cabeza de ngulo de
la cual hablan las Escrituras.
En nadie sino en l hay salvacin, pues fuera de su nombre no se ha dado debajo del
cielo ningn otro que podamos invocar para ser salvos.
Viendo la valenta y decisin demostradas por Pedro y Juan (a todas luces personas s
encillas e iletradas), los miembros del concilio all presentes estaban asombrados
, y comprendan que aquellos a los que interrogaban haban estado con Jess.
Por otra parte, no podan negar la realidad de la curacin del hombre que tambin esta
ba all, de pie junto a ellos.
Entonces les ordenaron que saliesen del concilio, para poder seguir ellos discut
iendo el asunto.
Se preguntaban:<CM>Qu podemos hacer con estos hombres? Porque no nos es posible ne
gar la evidencia del prodigio que han realizado, del que ya estn enterados todos

los que viven en Jerusaln.


Lo ms indicado ser evitar que la noticia contine divulgndose entre el pueblo, para l
o cual debemos ordenarles que en lo sucesivo no hablen a nadie en el nombre de J
ess, y amenazarles con un severo castigo si desobedecen.
Los llamaron, pues, y les ordenaron que no volviesen a hablar de Jess.
Pero Pedro y Juan respondieron: <CM>Decidnos si os parece justo en presencia de
Dios que os obedezcamos a vosotros antes que a l.
Nosotros no podemos dejar de contar las maravillas que vimos y las enseanzas que r
ecibimos cuando estbamos con Jess!
Volvieron entonces a amenazarlos, pero luego les dejaron en libertad porque no e
ncontraban cmo castigarlos sin provocar algn desorden entre el pueblo; porque en t
odas partes alababa la gente a Dios por lo que haba ocurrido,
por el milagro de haber sanado a un hombre de ms de cuarenta aos de edad.<CM><CM><
i>La oracin de los creyentes<i>
Una vez libres, Pedro y Juan fueron en busca de los otros discpulos, y les contar
on lo que los principales sacerdotes y los ancianos del concilio les haban dicho.
Los creyentes, al orlo, oraron a Dios unidos por un mismo sentimiento:<CM>Soberan
o Seor, creador del cielo, de la tierra, del mar y de todas las cosas que hay en
ellos:
Hace mucho tiempo, el Espritu Santo se expres por boca del rey David, tu siervo, d
iciendo: "Por qu se amotinan las naciones contra el Seor?Por qu hacen los pueblos pro
yectos vanos?
Los reyes de la tierra se levantarony los gobernantes se aliaron entre spara luch
ar contra el Seor y contra Cristo, su ungido".
Eso es precisamente lo que sucedi en esta ciudad: que el rey Herodes y el goberna
dor Poncio Pilato, junto con otros paganos y con el pueblo de Israel, se unieron
contra Jess, tu ungido, tu santo siervo,
y no vacilaron en ejecutar cuanto t habas determinado y previsto con tu poder y sa
bidura.
Ahora, Seor, ten presente sus amenazas; concede que tus siervos prediquen tu mens
aje con plena libertad y valenta,
y extiende tu fuerza sanadora para que se realicen muchos milagros y prodigios p
or medio del nombre de tu santo siervo Jess.
Cuando acabaron de orar se estremeci el lugar donde se haban reunido los creyentes
, y todos ellos quedaron llenos del Espritu Santo. A partir de entonces, se entre
garon con mayor denuedo a predicar el mensaje de Dios.<CM><CM><i>Los creyentes c
omparten sus bienes<i>
La multitud de los que haban credo estaba enteramente unida en alma y corazn. Ningu
no tena por suyo nada de lo que posea, sino que lo comparta con los dems;
los apstoles, llenos de poder, daban sin cesar testimonio de la resurreccin del Seo
r Jess, y Dios los bendeca derramando su gracia sobre todos.
La pobreza no exista entre ellos, porque quienes tenan haciendas o casas las vendan
y ponan el dinero a disposicin de los apstoles, para que fuera repartido entre los
necesitados.
Tal fue el caso de Jos, al que los apstoles dieron el sobrenombre de Bernab (que si
gnifica "Hijo del consuelo"). Este, perteneciente a la tribu de Lev y natural de
la isla de Chipre,
vendi un terreno que posea, y llev el dinero de la venta a los apstoles, para que lo
repartiesen como creyeran conveniente.
Pero hubo tambin uno, llamado Ananas, que de acuerdo con Safira, su esposa, vendi u
na propiedad.
Despus, igualmente sabindolo ella, llev a los apstoles una parte del dinero tratando
de hacerles creer que les entregaba el importe ntegro de la venta.
Pedro le reprendi:<CM>Ananas, por qu has permitido que Satans llene tu corazn para men
tirle al Espritu Santo diciendo que este dinero es el resultado total de la venta
? Acaso no era tuya la propiedad?
Podas haber hecho con ella como mejor te hubiera parecido: venderla o quedarte co
n ella. Por qu has actuado as? No nos has mentido a nosotros, sino a Dios!
Al oir estas palabras, Ananas cay al suelo y muri; por lo cual un gran temor se apo
der de todos los presentes.

Unos jvenes que estaban all cubrieron el cadver con una sbana y se lo llevaron a ent
errar.
Como unas tres horas ms tarde lleg Safira, la esposa, que no saba nada de lo que ha
ba sucedido. Pedro se dirigi a ella y le pregunt:
<CM>Vendisteis vuestro terreno por el precio que habis dicho?<CM>S, por ese precio
<CM>respondi Safira.
Le dijo Pedro:<CM>Y cmo se os ocurri comportaros de ese modo y poner a prueba el Es
pritu del Seor? Pues mira, ah a la puerta estn los jvenes que han llevado a enterrar
a tu esposo, y que van a llevarte tambin a ti.
En ese mismo instante cay ella a los pies de Pedro, y muri. Los mismos jvenes entra
ron, y vindola muerta se la llevaron a enterrar junto a su esposo.
Al conocer estas cosas que haban sucedido, un gran temor se apoder de la iglesia y
de todos los que tuvieron conocimiento de ellas.<CM><CM><i>Los apstoles sanan a
muchas personas<i>
Los apstoles seguan reunindose en el prtico de Salomn, y hacan entre el pueblo muchos
milagros y prodigios extraordinarios.
Los que eran ajenos al grupo no se atrevan a acercarse a ellos, pero el pueblo en
general les tena en gran aprecio;
por eso, el nmero de hombres y mujeres que crean en el Seor aumentaba sin cesar.
La gente sacaba los enfermos a la calle en lechos y camillas, para que, al pasar
Pedro por all, aunque tan slo fuera su sombra cayera sobre ellos.
Tambin eran muchos los que iban a Jerusaln desde poblaciones vecinas, llevando per
sonas enfermas o atormentadas por espritus impuros. Y todos eran sanados.<CM><CM>
<i>Persiguen a los apstoles<i>
El sumo sacerdote y los que le acompaaban, que eran miembros de la secta de los s
aduceos, reaccionaron ante estos sucesos. Llenos de celos
echaron mano a los apstoles y los metieron en la crcel.
Pero un ngel del Seor abri de noche las puertas de la crcel y los sac de all. Les dijo
:
<CM>Id al templo, y puestos en pie predicad al pueblo all congregado el mensaje nt
egro de esta Vida.
Por la maana temprano fueron, pues, al templo, entraron en l y comenzaron a ensear.
Ms tarde se present tambin en el templo el sumo sacerdote con un grupo que le acom
paaba y, tras reunir el concilio y la junta de ancianos, envi unos alguaciles en b
usca de los apstoles, para someterlos a juicio.
Pero los enviados volvieron con la noticia de que no los haban encontrado en la cr
cel. Dijeron:
<CM>Hallamos las puertas de la crcel cerradas y bien aseguradas, y los guardias e
staban de pie, en su puesto. Pero entramos y dentro no vimos a nadie.
Al oir este informe, el jefe de la guardia y los sumos sacerdotes se preguntaban
perplejos en qu parara aquel asunto.
Poco ms tarde lleg uno que era portador de otra noticia: los presos andaban en lib
ertad, y se encontraban de pie en el templo, enseando al pueblo.
Inmediatamente el jefe de la guarnicin y los alguaciles fueron a buscarlos; y se
los llevaron sin usar de violencia, porque teman que el pueblo les apedreara si t
rataban mal a los apstoles.
As que los condujeron y los presentaron ante el concilio, y el sumo sacerdote les
pregunt:
<CM>No os habamos ordenado rigurosamente que de ninguna forma ensearais al pueblo n
ada que tuviera relacin con ese nombre? Pero vosotros, en lugar de obedecernos, s
egus llenando Jerusaln con vuestras enseanzas, y encima tratis de culparnos a nosotr
os de la muerte de aquel hombre.
Pedro y los apstoles respondieron:<CM>Es absolutamente necesario que obedezcamos
a Dios antes que a los hombres.
El Dios de nuestros antepasados resucit a Jess, al que vosotros matasteis colgndolo
en un madero.
Con su gran poder, lo exalt al lugar de honor, como Prncipe y Salvador, para darle
a Israel la oportunidad de arrepentirse y obtener el perdn de sus pecados.
Nosotros somos testigos de estas cosas, y lo es tambin el Espritu Santo que Dios h
a concedido a quienes le obedecen.

Los del concilio, llenos de furor, pretendan matarlos;


pero uno de ellos, un fariseo llamado Gamaliel, maestro de la ley y persona muy
respetada por todo el pueblo, tom la palabra, y despus de disponer que sacaran de
la sala a los apstoles para que no oyeran lo que l tena que decir,
habl a sus colegas en estos trminos: <CM>Israelitas, pensad bien lo que vais a hac
er con estos hombres.
Recordad que tiempo atrs se levant un tal Teudas, que se dio mucha importancia y c
onsigui que se le unieran unos cuatrocientos hombres; pero muri asesinado, y todos
los que le seguan fueron dispersados y no se supo ms de ellos.
Despus de l, durante los das del censo, se levant Judas el galileo, que logr arrastra
r consigo a mucha gente; pero tambin l muri, y todos los que le seguan fueron igualm
ente dispersados.
En consecuencia, mi consejo es que no os preocupis por causa de estos hombres y l
os dejis tranquilos. Porque si lo que ellos hacen y ensean es algo puramente human
o, no tardar en desvanecerse;
pero pensad que, si procede de Dios, no podris detenerlos. Y cun grave sera descubri
r que estabais peleando contra Dios!
Al concilio le pareci prudente este consejo. Llamaron de nuevo a los apstoles, y d
espus de azotarlos y conminarlos a que no hablaran ms en el nombre de Jess, los dej
aron en libertad.
Pero los discpulos, que salieron gozosos del concilio porque se les haba considera
do dignos de sufrir ultrajes a causa del nombre de Cristo,
siguieron enseando y predicando en el templo y por las casas que Jess era el Mesas.
Por aquellos das creci con rapidez el nmero de los discpulos, y no tardaron en apare
cer algunos signos de descontento. Ocurri que, con ocasin de la distribucin diaria
de alimentos, los judos de habla griega se quejaron de que sus viudas no eran ate
ndidas con la misma solicitud que las viudas de los judos de habla hebrea.
Por esta razn, los doce convocaron a todos los discpulos a una asamblea, y en ella
dijeron:<CM>Nosotros, los apstoles, debemos dedicarnos a predicar la palabra de
Dios, y no a la distribucin de alimentos.
Por tanto, hermanos, elegid de entre vosotros a siete hombres que gocen de buena
consideracin y que estn llenos del Espritu Santo y de sabidura, y les encargaremos
ese trabajo.
As podremos nosotros dedicarnos plenamente a la oracin y a proclamar la palabra de
Dios.
A la asamblea le agrad la recomendacin de los apstoles, y eligieron a Esteban, un h
ombre extraordinario, lleno de fe y del Espritu Santo, y a Felipe, Prcoro, Nicanor
, Timn, Parmenas y Nicols (un gentil de Antioqua, que anteriormente se haba converti
do al judasmo).
Estos siete fueron presentados a los apstoles, quienes oraron por ellos y les imp
usieron las manos.
La predicacin del mensaje evanglico alcanzaba a crculos cada vez ms amplios, y el nme
ro de los discpulos aumentaba de manera extraordinaria en Jerusaln, donde muchos s
acerdotes judos aceptaron la fe de Cristo.<CM><CM><i>Arresto de Esteban<i>
Esteban, lleno de la gracia y el poder de Dios, haca prodigios y seales asombrosas
entre el pueblo.
Pero un da se presentaron a discutir con l algunos individuos pertenecientes a una
sinagoga llamada "de los Libertos", a los cuales se unieron otros procedentes d
e Cirene, de Alejandra, de Cilicia y de la provincia romana de Asia.
Pero como no haba ninguno capaz de hacer frente a la sabidura y la palabra que el
Espritu pona en labios de Esteban,
sobornaron a unos falsos testigos para que declarasen que le haban odo blasfemar c
ontra Moiss y contra Dios mismo.
Aquella acusacin encendi contra Esteban los nimos del pueblo, de los ancianos y de
los maestros de la ley. Todos ellos, enfurecidos, lo llevaron de manera violenta
ante el concilio,
donde introdujeron falsos testigos que afirmaron:<CM>Ese hombre no deja de profe
rir blasfemias en contra de este lugar santo que es el templo, y en contra de nu
estra ley.
Tambin le hemos odo decir que Jess de Nazaret destruir el templo y cambiar nuestras c

ostumbres, que nos vienen de Moiss.


En aquel momento, todos los que se hallaban presentes en el concilio, al fijar l
os ojos en Estaban, vieron que su rostro era como el rostro de un ngel.
El sumo sacerdote pregunt a Esteban:<CM>Es verdad eso que dicen de ti?
Respondi l diciendo:<CM>Hermanos y padres, escuchadme: El Dios de la gloria se le
apareci a nuestro antepasado Abraham en Mesopotamia, antes de que se trasladase a
Harn,
y le dijo: "Sal de tu tierra, deja all a tus parientes y ponte en camino para ir
al pas que en su momento yo te mostrar".
Sali, pues, Abraham de la tierra de los caldeos y vivi en Harn hasta la muerte de s
u padre. Entonces Dios le condujo hasta este pas en el que vosotros vivs ahora,
pero no le concedi aqu territorio alguno, aunque le prometi que a su debido tiempo
se lo dara en posesin a l y a sus descendientes. Por aquel entonces Abraham no tena
hijos;
sin embargo, Dios le dijo que sus descendientes viviran como extranjeros en una t
ierra extraa, donde seran maltratados y reducidos a esclavitud por espacio de cuat
rocientos aos.
"Pero yo castigar a la nacin de la cual sern esclavos", aadi Dios, "y de ella saldr mi
pueblo para regresar a este lugar. Aqu me adorar".
Como seal de su pacto con el pueblo de Abraham, Dios instituy la prctica de la circ
uncisin, y Abraham circuncid a su hijo Isaac al octavo da de su nacimiento. Isaac h
izo lo mismo con su hijo Jacob, y Jacob lo hizo con los suyos, los doce patriarc
as de nuestra nacin.
Estos ltimos, movidos por la envidia, vendieron a Jos como esclavo, y en esta cond
icin lleg a Egipto. Pero Dios, que estaba con l,
lo libr de angustias y le concedi el favor del faran, el rey de Egipto. Adems le dot
de tal sabidura, que el faran lo elev al rango de gobernador sobre todo el pas de Eg
ipto y sobre los asuntos de su propia casa.
Por entonces hubo en toda la tierra de Egipto y Canan una gran hambre que azot dur
amente a nuestros antepasados, los cuales no conseguan encontrar alimentos.
Pero Jacob, habiendo sabido que todava haba trigo en Egipto, envi a sus hijos a com
prar el que necesitaban.
Luego, en un segundo viaje, Jos se dio a conocer a sus hermanos y los present al f
aran.
En seguida mand a buscar a Jacob, su padre, y a las familias de sus hermanos, set
enta y cinco personas en total.
As fue como Jacob descendi al pas de Egipto, junto con los dems antepasados nuestros
;
pero sus cuerpos fueron trasladados a Siquem y sepultados en el sepulcro que Abr
aham, pagndolo con dinero, haba comprado a los hijos de Hamor, en la misma Siquem.
Pas el tiempo, y para cuando ya estaba cerca el da en que Dios haba de cumplir la p
romesa que hiciera a Abraham, el pueblo haba crecido y se haba multiplicado en Egi
pto.
Entonces subi al trono egipcio un rey que no saba nada acerca de Jos.
Este rey se puso en contra de nuestro pueblo, y para impedir que creciese maltra
t astutamente a nuestros antepasados y los oblig a abandonar y dejar morir a sus n
ios.
En tales circunstancias naci Moiss, un nio que agrad a Dios. Durante tres meses lo e
scondieron sus padres en la casa;
pero cuando ya no podan seguir ocultndolo y se vean en el trance de tener que aband
onarlo para que muriese, la hija del faran lo encontr y lo adopt como hijo suyo.
As Moiss fue instruido en todas las enseanzas de los egipcios, y lleg a ser poderoso
, tanto en palabra como en obras.
Un da, cuando Moiss haba cumplido los cuarenta aos de edad, se le ocurri visitar a su
s hermanos, los israelitas.
En aquella visita vio a un egipcio maltratar a un israelita; y Moiss, saliendo en
defensa de este, mat al egipcio.
Pensaba Moiss que sus hermanos comprenderan que Dios le haba enviado para ayudarlos
a lograr la libertad, pero ellos no lo entendieron as.
Por eso al da siguiente, viendo que dos israelitas se estaban peleando, corri a se

pararlos. Para poner paz entre ellos, les dijo: "Escuchad, vosotros sois hermano
s y no debis pelear. No est bien que lo hagis!"
Pero uno de ellos, que estaba maltratando al otro, le replic: "Quin te ha puesto po
r gobernante y juez sobre nosotros?
Acaso piensas matarme a m, como mataste ayer al egipcio?"
Al oir estas palabras, Moiss huy del pas y se fue a la tierra de Madin. All vivi como
extranjero, y tambin all fue padre de dos hijos.
Cuarenta aos ms tarde, encontrndose en el desierto del monte Sina, se le apareci un ng
el entre las llamas de una zarza que arda.
Moiss, maravillado por la visin, se aproxim al fuego para observar de cerca la zarz
a. De pronto oy la voz del Seor, que le deca:
"Yo soy el Dios de tus padres: el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob". Pero Moiss, temblando de espanto, ni siquiera se atreva a mirar.
El Seor aadi: "Qutate el calzado, porque el lugar que pisas es tierra santa.
He visto el sufrimiento de mi pueblo en Egipto, he odo sus clamores y he descendi
do para darles libertad. Ven t ahora, y te enviar a Egipto".
A este Moiss, al que los suyos haban rechazado diciendo: "Quin te ha puesto por gobe
rnante y juez?", Dios ahora, por medio del ngel que se apareci en la zarza, lo env
i a aquel mismo pueblo como gobernante y libertador.
Moiss sac de all a Israel haciendo innumerables y portentosos milagros en tierras d
e Egipto, en el mar Rojo y durante el continuo caminar del pueblo por el desiert
o a lo largo de cuarenta aos.
Este Moiss es quien dijo a los israelitas: "De entre vuestros propios hermanos os
levantar Dios un profeta como yo".
Y este mismo Moiss es quien estuvo en la asamblea del desierto, con nuestros ante
pasados, y les transmiti las palabras de vida que, tambin para nosotros, le comuni
c el ngel en lo alto del monte Sina.
Pero nuestros antepasados no quisieron obedecer, sino que rechazaron a Moiss, y l
levados por su ansia de volverse a Egipto
dijeron a Aarn: "Haznos dolos, para que sean nuestros dioses y nos guen de regreso,
porque no sabemos qu le haya sucedido a Moiss, el que nos sac de la tierra de Egip
to".
Se hicieron entonces un dolo con forma de becerro, le ofrecieron sacrificios y se
llenaron de contento porque haba salido de sus propias manos.
Pero Dios se apart de ellos, y los dej que rindieran culto al sol, la luna y las e
strellas, tal y como est escrito en un libro de los profetas:"Pueblo de Israel, fu
e acaso a m a quien ofreciste <CM>vctimas y sacrificios <CM>durante los cuarenta ao
s que pasaste en el desierto?
No, sino que llevabais <CM>el tabernculo de Moloc, <CM>y la estrella de Refn, <CM>
ese dios vuestro, <CM>y los dems dolos que <CM>os hicisteis para adorarlos. <CM>Po
r eso os mandar al exilio ms all de Babilonia".
Durante su larga marcha por el desierto, nuestros antepasados llevaron consigo e
l tabernculo del Testimonio, es decir, el templo porttil construido segn el modelo
que Dios haba mostrado a Moiss.
Aos ms tarde, recibido igualmente por antepasados nuestros, fue introducido con Jo
su en los territorios conquistados a los gentiles, a los que Dios expuls de delant
e de Israel. Y de aquel tabernculo se sirvi nuestro pueblo hasta la poca de David.
Dios bendijo abundantemente a David, que solicit el privilegio de construir un te
mplo permanente para el Dios de Jacob;
pero quien lo construy no fue l, sino Salomn.
Ahora bien, Dios no vive en templos edificados por los hombres; y as lo dijo el p
rofeta:
"El cielo es mi trono, <CM>y la tierra es el escabel <CM>de mis pies. <CM>Qu casa,
dice el Seor, <CM>podrais edificar para m? <CM>O cul es mi lugar <CM>de reposo?
Acaso no soy yo quien hizo<CM>los cielos y la tierra?"
Tercos e infieles, duros de corazn y de odos! hasta cundo os vais a oponer al Espritu
Santo? Bien se ve que sois dignos descendientes de vuestros antepasados!
Porque a cul de los profetas no persiguieron ellos, que incluso mataron a los que
predijeron la venida del Justo, del Mesas, al que acabis de entregar con traicin, y
asesinar?

Vosotros, que recibisteis la ley por mediacin de ngeles, sois los que deliberadamen
te la quebrantis!<CM><CM><i>Muerte de Esteban<i>
Oyendo aquellas acusaciones de Esteban, los jefes judos ardan ms y ms en furor, y ha
can crujir contra l sus dientes;
pero Esteban, que lleno del Espritu Santo tena puestos los ojos en el cielo, conte
mpl la gloria de Dios, y a Jess que estaba a su derecha.
<CM>Ahora <CM>dijo<CM>veo los cielos abiertos, y a Jesucristo que est a la derech
a de Dios.
Ellos entonces, gritando desaforadamente y tapndose los odos para no orle ms, se le
echaron encima todos a una.
Lo sacaron a un lugar fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearle. Los que actu
aban como testigos oficiales dejaron sus ropas exteriores a los pies de un joven
llamado Saulo;
y apedrearon a Esteban, mientras l, orando, deca:<CM>Seor Jess, recibe mi espritu!
Luego cay de rodillas, y aadi:<CM>Seor, no les tomes en cuenta este pecado!Estas fuer
on sus ltimas palabras antes de reposar en el Seor.
Saulo estuvo de acuerdo con la muerte de Esteban, despus de la cual y en aquel mi
smo da se inici una gran persecucin contra los creyentes que formaban la iglesia de
Jerusaln. Todos, excepto los apstoles, huyeron a refugiarse en diversos lugares d
e Judea y Samaria.
Pero hubo tambin personas piadosas que, llenas de tristeza, se encargaron de ente
rrar a Esteban.
Saulo, por su parte, trataba de asolar la iglesia. En su afn por destruirla llega
ba incluso a entrar en las casas, una por una, y arrastrar fuera de ellas a homb
res y mujeres para meterlos en la crcel.<CM><CM><i>Felipe en Samaria<i>
A pesar de todo, los creyentes que haban sido dispersados no dejaban de anunciar
el evangelio por todas partes adonde iban.
Este fue el caso de Felipe, que lleg a la ciudad de Samaria, entr en ella y comenz
a predicar a todos las buenas noticias de Cristo.
La gente reunida le escuchaba atentamente, viendo adems con asombro los prodigios
os milagros que haca.
Porque haba all muchas personas posedas por espritus impuros, los cuales, expulsados
por Felipe, salan de sus vctimas dando grandes gritos; y tambin haba muchos paraltic
os y cojos que eran sanados por l.
Por todo lo cual la ciudad entera rebosaba de alegra.<CM><CM><i>Simn el hechicero<
i>
Viva entonces en Samaria uno llamado Simn, que haba practicado la magia y traa engaad
a a la gente hacindose pasar por un personaje importante.
Los samaritanos, desde el ms pequeo al ms grande, le escuchaban con el mayor respet
o y decan: "Este hombre es el gran poder de Dios".
Y como con sus artes mgicas haba logrado engaarlos a lo largo de muchos aos, todava s
eguan ellos prestndole la mayor atencin.
Sin embargo, cuando oyeron hablar a Felipe, que les anunciaba el evangelio del r
eino de Dios y les predicaba acerca de Jesucristo, comenzaron a bautizarse hombr
es y mujeres.
Hasta el propio Simn lleg tambin a creer, y fue bautizado, a partir de cuyo momento
se dio a seguir a Felipe, maravillado de sus portentosos milagros.
Cuando los apstoles que se encontraban en Jerusaln supieron que el pueblo de Samar
ia haba recibido el mensaje de Dios, enviaron all a Pedro y a Juan.
Ellos, en cuanto llegaron, intercedieron en oracin por los nuevos creyentes, a fi
n de que recibieran el Espritu Santo.
Porque an no haba descendido el Espritu sobre ellos, que haban sido bautizados nicame
nte en el nombre de Jess.
Les impusieron, pues, las manos y recibieron el Espritu Santo.
Al ver Simn que el Espritu Santo descenda sobre los creyentes a quienes los apstoles
imponan las manos, les hizo una proposicin. Les ofreci dinero,
dicindoles: <CM>Os doy esto para que tambin a m me concedis ese poder, para que todo
aquel a quien yo imponga mis manos reciba el Espritu Santo.
Pedro le replic enrgicamente:<CM>Que tu dinero perezca contigo por haber pensado qu
e as pueden comprarse los dones de Dios!

T no tienes parte ni arte en esto, porque tu corazn no es recto delante de Dios.


Mira, arrepintete de tu maldad y ora a Dios, por si quizs l quiera perdonar tus mal
os pensamientos;
pues veo que todo t ests lleno de envidia amarga y que tu corazn es presa del pecad
o.
Simn suplic entonces:<CM>Orad por m al Seor, para que nada de eso me acontezca.
Despus de haber testificado y haber predicado el mensaje del Seor, Pedro y Juan re
gresaron a Jerusaln; pero durante el camino se detuvieron en diversas poblaciones
samaritanas para anunciar a sus moradores las buenas noticias de la salvacin.<CM
><CM><i>Felipe y el etope<i>
En cuanto a Felipe, un ngel del Seor le dijo: <CM>Ponte en marcha hacia el sur, po
r el camino desierto que va de Jerusaln a Gaza.
Felipe lo hizo as, y yendo ya de camino se encontr en cierto lugar con un eunuco e
tope, un alto funcionario encargado de las finanzas de Candace, la reina de los e
topes. l haba ido a Jerusaln, a adorar en el templo,
y luego, durante su viaje de regreso, iba leyendo en su carro el libro del profe
ta Isaas.
El Espritu Santo le dijo a Felipe:<CM>Da alcance a ese carro y nete a l.
Felipe obedeci con presteza, y al acercarse al carro del etope oy lo que l lea. Le pr
egunt:<CM>Entiendes lo que lees?
<CM>Pero cmo voy a entenderlo, si nadie me lo explica? En seguida le pidi a Felipe
que subiera a su carro y se sentara junto a l.
El pasaje de las Escrituras que estaba leyendo era:"Como oveja, <CM>a la muerte
lo llevaron; <CM>como cordero mudo ante <CM>el que lo trasquila, <CM>guard silenc
io.
En su humillacin<CM>no se le hizo justicia. <CM>Quin podr contar <CM>su descendencia
? <CM>Porque de la tierra <CM>arrebataron su vida".
Pregunt el funcionario de la reina Candace a Felipe:<CM>Se refera Isaas a s mismo o a
otra persona?
Felipe, entonces, tomando aquel pasaje de la Escritura como punto de partida, co
menz a anunciarle el evangelio de Jess.
Ms tarde, segn iban de camino, encontraron agua en cierto lugar, y dijo el eunuco:
<CM>Aqu hay agua. Hay algo que me impida ser bautizado?
Felipe le contest:<CM>Si crees de todo corazn, nada hay que lo impida.l dijo:<CM>Yo
creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.
Detuvieron el carro, bajaron al agua y Felipe lo bautiz.
Lue go, cuando salieron del agua, el Espritu del Seor se llev repentinamente a Feli
pe, y el eunuco dej de verle, a pesar de lo cual sigui su camino lleno de alegra.
Mientras tanto, Felipe se encontr en Azoto. Sigui su viaje en direccin a Cesarea, p
ero antes de llegar all, en cada una de las ciudades que encontraba a su pasoa, s
e iba deteniendo para anunciar las buenas noticias del reino de Dios.
Saulo, respirando todava amenazas de muerte contra los discpulos del Seor, fue a ve
r al sumo sacerdote
y le pidi cartas de presentacin dirigidas a las diversas sinagogas de Damasco; por
que precisaba de la cooperacin de las mismas para proceder contra todos los que,
hombres o mujeres, se manifestasen seguidores de Cristo, y para conducirlos pres
os a Jerusaln.
Pero sucedi que, mientras iba de camino, estando ya muy cerca de Damasco, le rode
de pronto una deslumbradora luz celestial.
Cay a tierra, y oy una voz que le deca:<CM>Saulo, Saulo!, por qu me persigues? l pregu
t:
<CM>Quin eres, Seor? La voz le contest:<CM>Yo soy Jess, a quien t persigues. Dura cosa
te es dar coces contra la aguijada.
Temblando de espanto, pregunt de nuevo Saulo:<CM>Seor, qu quieres que haga? <CM>y el
Seor le dijo:<CM>Levntate, entra en la ciudad y all se te dir lo que debes hacer.
Los hombres que acompaaban a Saulo se detuvieron mudos de asombro, porque ellos oa
n la voz que hablaba, pero no vean a nadie.
Saulo se levant del suelo y abri los ojos, pero no poda ver porque se haba quedado c
iego;
de modo que tuvieron que llevarle de la mano hasta Damasco, donde durante tres da

s sigui ciego y no tom alimentos ni agua.


Resida por aquel tiempo en Damasco un creyente llamado Ananas, a quien el Seor habl
mediante una visin, dicindole:<CM>Ananas!<CM>Aqu estoy, Seor <CM>respondi.
El Seor sigui:<CM>Levntate y ve a la calle Derecha. Busca la casa de un hombre llam
ado Judas y pregunta all por Saulo, de Tarso. Lo encontrars orando, porque
yo le he hecho saber por medio de una visin que un tal Ananas entra en la casa y p
one las manos sobre l para que recupere la vista.
<CM>Pero, Seor <CM>exclam Ananas<CM>, he odo hablar a muchos de las atrocidades que
ese hombre ha cometido en Jerusaln contra tu pueblo santo.
Y sabemos que trae la autoridad delegada de los principales sacerdotes para arre
star, tambin aqu, en Damasco, a todos los que invocan tu nombre.
Le respondi el Seor:<CM>Ve y haz lo que te digo, porque yo he escogido a este homb
re como instrumento apto para dar a conocer mi mensaje en medio de las naciones
gentiles, en presencia de reyes y ante el propio pueblo de Israel.
Y yo le mostrar lo mucho que ha de padecer por mi causa.
Fue entonces Ananas y entr en la casa donde estaba Saulo, puso las manos sobre l y
le dijo: <CM>Hermano Saulo, el Seor Jess, que se te apareci cuando venas de camino,
me ha enviado para devolverte la vista y para que recibas el Espritu Santo.
Al instante le cayeron de los ojos como unas escamas, y recobr la vista. En segui
da fue bautizado,
y despus comi y recuper las fuerzas que haba perdido. Durante algunos das permaneci Sa
ulo entre los creyentes de Damasco,
y comenz a predicar en las sinagogas, afirmando abiertamente que Cristo era el Hi
jo de Dios.<CM><CM><i>Saulo en Damasco y en Jerusaln<i>
Los que escuchaban a Saulo estaban atnitos y se preguntaban:<CM>Pues no es ste el m
ismo que en Jerusaln persegua con tanto ensaamiento a los que invocan el nombre de
Jess? Por lo que nosotros sabemos, vino a llevarse presos y a presentar ante los
principales sacerdotes a los que aqu tambin lo invocan.
Saulo, por su parte, se esforzaba cada da ms en la predicacin, y dejaba confusos a
los judos de Damasco, que no lograban refutar los argumentos con que l probaba que
Jess era el Cristo.
Pasaron muchos das, pero finalmente los judos se reunieron en consejo y resolviero
n matarlo,
resolucin que lleg a odos de Saulo. Y como ellos vigilaban da y noche las puertas de
Damasco para impedir que escapase,
entre varios discpulos lo llevaron de noche a la muralla de la ciudad, y en una c
anasta sujeta con cuerdas lo descolgaron por el lado exterior de la misma.
Al llegar a Jerusaln, Saulo trat de encontrarse con los discpulos; pero estos se re
sistan, porque teman ser vctimas de alguna trampa que se les hubiera tendido.
Bernab entonces le condujo adonde estaban los apstoles y le present a ellos. Luego
les cont que Saulo, yendo de camino hacia Damasco, haba visto al Seor; que el Seor l
e haba hablado, y que Saulo, lleno de valor, haba predicado en Damasco en el nombr
e de Jess.
Los creyentes de Jerusaln aceptaron entonces a Saulo, que desde ese mismo momento
anduvo continuamente con ellos,
hablando en pblico y con gran denuedo en el nombre del Seor. Pero al cabo de poco
tiempo, algunos judos de habla griega con los cuales Saulo haba discutido, se pusi
eron tambin de acuerdo para acabar con l.
Por eso, cuando los dems hermanos supieron del peligro que corra, lo llevaron a Ce
sarea, y de all lo enviaron a Tarso, su ciudad natal.
Por aquel tiempo, las iglesias de Judea, Galilea y Samaria tenan paz, eran edific
adas en el temor reverencial con que se conducan delante del Seor, y crecan en nmero
fortalecidas por la accin del Espritu Santo.<CM><CM><i>Eneas y Dorcas<i>
Pedro viajaba de un lugar a otro con objeto de visitar a los hermanos. En uno de
sus viajes, cuando visitaba a los creyentes que vivan en Lida,
conoci a un paraltico, un hombre llamado Eneas, que desde haca ocho aos estaba en ca
ma, sin poder moverse.
Pedro le dijo:<CM>Eneas, Jesucristo te sana. Levntate y arregla tu cama. Al momen
to se levant el paraltico, totalmente sano.
Al verle caminar, todos los que vivan en Lida y en Sarn se convirtieron al Seor.

Tambin ocurri que en la ciudad de Jope viva una mujer llamada Tabita (que significa
"gacela"), una creyente que siempre estaba entregada a favorecer con su trabajo
y su dinero a otros, especialmente a los ms necesitados.
Precisamente por aquellos das, Tabita cay enferma y muri. Despus de haber lavado el
cadver, los hermanos la amortajaron y la pusieron en una sala de la casa.
Pero estos no tardaron en enterarse de que Pedro se encontraba en Lida, y como e
sta era una poblacin prxima a Jope, enviaron a dos hombres a rogarle a Pedro que v
iniera con ellos lo antes posible.
As lo hizo Pedro, y en cuanto lleg a Jope lo llevaron a donde reposaba el cuerpo d
e Tabita. La habitacin estaba lleno de viudas, que rodearon a Pedro y llorando co
menzaron a mostrarle las tnicas y vestidos que Tabita haca mientras estaba con ell
as.
Pedro orden a todos que salieran de la habitacin, y se arrodill para orar. Luego se
volvi al cadver y le orden:<CM>Tabita, levntate!Tabita abri los ojos, vio a Pedro y a
l punto se incorpor.
l le dio la mano y la ayud a levantarse y ponerse en pie. Despus llam a los creyente
s y a las viudas, y se la present viva.
La noticia de lo ocurrido se extendi rpidamente por toda Jope, y muchos creyeron e
n el Seor.
Pedro se qued all bastantes das, alojado en la casa de un curtidor llamado Simn.
En Cesarea viva un hombre llamado Cornelio, oficial del ejrcito romano, capitn de l
a compaa que llamaban "La Italiana".
Era un hombre piadoso y reverente delante de Dios, al igual que toda su familia;
reparta muchas limosnas entre la gente y perseveraba en la oracin a Dios.
Un da, alrededor de las tres de la tarde, estando l bien despierto, tuvo la visin d
e un ngel de Dios que se le acercaba y le llamaba: <CM>Cornelio!
l, lleno de temor, se qued mirando al ngel, y le pregunt: <CM>Qu quieres, Seor? El ng
le dijo: <CM>Dios, que no ha pasado por alto tus oraciones y tus limosnas,
quiere que enves algunos hombres a Jope en busca de uno llamado Simn, por sobrenom
bre Pedro, para que venga a visitarte.
Se aloja en la casa de Simn el curtidor, que est junto al mar.
Cuando el ngel que le hablaba se fue, Cornelio llam a dos de sus sirvientes y a un
soldado piadoso, de su guardia personal,
y tras contarles todo lo que haba sucedido, los envi a Jope.<CM><CM><i>La visin de
Pedro<i>
Al da siguiente, yendo de camino los enviados, cerca ya de la ciudad, subi Pedro a
la azotea de la casa, a orar.
Era el medioda, y senta hambre. Mientras le preparaban algo de comer, entr en xtasis
;
y vio el cielo abierto, y una especie de lienzo grande que bajaba a tierra atado
por sus cuatro puntas.
En el lienzo haba toda clase de animales: cuadrpedos, reptiles y aves del cielo.Y
oy una voz, que le deca:
<CM>Levntate, Pedro, mata y come!
Pedro exclam:<CM>Seor, no! Nunca he comido animales impuros, prohibidos por nuestra
ley!
Volvi a decirle la voz:<CM>Lo que Dios ha limpiado, no lo tengas t por impuro.
Tres veces se le present la misma visin, antes que el lienzo fuera recogido defini
tivamente en el cielo.
Pedro se qued perplejo, sin comprender el significado de lo que haba visto. Mientr
as tanto, los hombres enviados por Cornelio, haban encontrado la casa, estaban de
pie, a la puerta,
y preguntaban si all viva Simn, el que tena por sobrenombre Pedro.
En tanto que Pedro pensaba en el significado de aquella visin, oy que el Espritu Sa
nto le deca: <CM>Tres hombres han venido a verte.
Levntate, baja a recibirlos y ve con ellos sin dudarlo, porque yo los he hecho ve
nir.
Entonces Pedro baj adonde estaban esperndole los hombres mandados por Cornelio, y
les dijo:<CM>Yo soy el que andis buscando. Qu queris de m?
Ellos le respondieron:<CM>A Cornelio, oficial del ejrcito romano, hombre bueno, p

iadoso y muy bien considerado por todos los judos, le orden un santo ngel que nos e
nviara en tu busca, para escuchar lo que tengas que decirle.
Pedro los invit a pasar y les dio albergue aquella noche. Por la maana parti con el
los, acompaado tambin por algunos de los creyentes de Jope.<CM><CM><i>Pedro en cas
a de Cornelio<i>
Al da siguiente llegaron a Cesarea, donde Cornelio los estaba esperando junto con
un grupo de sus parientes y amigos ms ntimos, a los que l haba reunido.
En cuanto supo Cornelio que Pedro estaba entrando en la casa, sali a recibirle y,
de rodillas delante de l, se puso a adorarle.
Pedro le hizo levantar, dicindole:<CM>Levntate, pues yo soy solamente un hombre, lo
mismo que t!
Luego, hablando el uno con el otro, entraron en la sala donde los dems estaban re
unidos.
Pedro les habl, diciendo:<CM>Todos vosotros sabis que a los judos nos est prohibido
juntarnos o alternar con extranjeros; sin embargo, Dios me ha mostrado en una vi
sin que no debo considerar contaminante o impura a ninguna persona.
Por eso vine ac sin resistirme, tan pronto los enviados llegaron en busca ma. Ahor
a decidme por qu causa me habis hecho venir.
Cornelio le contest: <CM>Hace cuatro das, mientras yo oraba por la tarde, como ten
go por costumbre, se me apareci repentinamente un hombre vestido con un manto res
plandeciente,
y me dijo: "Cornelio, Dios ha escuchado tus oraciones y tiene presentes tus limo
snas.
Enva unos hombres a Jope, a buscar a Simn, que tiene por sobrenombre Pedro, el cua
l se aloja en la casa de Simn el curtidor, junto a la orilla del mar".
En seguida te mand a buscar, y has hecho bien en venir tan pronto, porque todos n
osotros estamos aqu, en presencia de Dios, ansiosos de escuchar lo que l te ha man
dado que nos digas.
Pedro comenz entonces a hablar, y les dijo:<CM>Ya veo que Dios no hace favoritism
os ni diferencias entre unos y otros,
sino que en todas las naciones se agrada de las personas que le adoran y practic
an el bien.
Slo que l envi al pueblo de Israel un mensaje para anunciar el evangelio de la paz,
la cual puede obtenerse por medio de Jesucristo, que es el Seor de todos y de to
do.
Vosotros sabis que ese mensaje ha venido difundindose por toda Judea, a partir de
Galilea y despus del bautismo predicado por Juan.
Y, sin duda, tambin sabis que Dios ungi con el Espritu Santo y dot con su propia auto
ridad a Jess de Nazaret, el cual anduvo haciendo el bien y sanando a todos los qu
e padecen bajo la opresin del diablo, porque Dios estaba con l.
Nosotros, los apstoles, somos testigos presenciales de todas las obras que Jess re
aliz en la tierra de Judea y en Jerusaln. Y all, en Jerusaln, lo condenaron a morir
en una cruz;
pero al tercer da de su muerte, Dios le volvi a la vida, e hizo que se manifestase
,
no a todo el pueblo, sino a los testigos escogidos de antemano. Esos testigos so
mos nosotros, los apstoles, que comimos y bebimos con l despus de haber resucitado
de los muertos.
Luego nos mand que ante todo el pueblo predicramos las buenas noticias de la salva
cin y diramos testimonio de que Dios le ha hecho juez de todos, tanto de los vivos
como de los muertos.
Tambin de l testifican los profetas, afirmando que cualquiera que crea en l alcanza
r por su nombre el perdn de los pecados.
Todava Pedro estaba hablando, cuando el Espritu Santo vino sobre todos los que est
aban escuchando su discurso;
y los judos que haban llegado acompaando a Pedro, estaban asombrados de que tambin s
obre los gentiles se derramase el Espritu Santo.
Lo cual era evidente, porque les oan hablar y alabar a Dios en lenguas que no con
ocan.
Pedro pregunt entonces:<CM>Quin puede negar el agua para que sean bautizadas estas

personas que ya han recibido el don del Espritu Santo lo mismo que nosotros?
En seguida mand que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Despus, Cornelio
y el resto de los presentes le pidieron a Pedro que se quedase con ellos alguno
s das ms.
La noticia de que tambin entre los gentiles se difunda el mensaje de Dios no tard e
n llegar a odos de los apstoles y de los dems hermanos de Judea.
Por eso, cuando Pedro subi a Jerusaln, los cristianos de origen judo comenzaron a d
iscutir con l, y le preguntaban:
<CM>Por qu has entrado en casa de gentiles, y hasta has comido con ellos?
Pedro comenz entonces a contarles de forma ordenada lo que haba sucedido. Les dijo
:
<CM>Un da, estando yo orando en una casa de la ciudad de Jope, entr de pronto en xt
asis y tuve una visin. Vi bajar del cielo y acercarse hacia m una especie de lienz
o grande, sujeto por las cuatro puntas.
Mir atentamente, y vi en l toda clase de animales: cuadrpedos, fieras, reptiles y a
ves del cielo.
Y o una voz que me deca: "Levntate, Pedro, mata y come!".
Repliqu: "Seor, no! Nunca he comido animales impuros, prohibidos por nuestra ley!"
Entonces la voz me dijo: "Lo que Dios ha limpiado, no lo tengas t por impuro".
Esto sucedi tres veces, y luego el lienzo y todo lo que contena fue de nuevo subid
o al cielo.
En aquel mismo instante llegaron a la casa tres hombres, enviados para invitarme
a ir con ellos a Cesarea.
El Espritu Santo me dijo que los acompaase, y que no vacilara por el hecho de trat
arse de gentiles; y conmigo fueron tambin estos seis hermanos que estn aqu. Al lleg
ar a Cesarea, nos dirigimos a la casa del hombre que haba enviado a los mensajero
s,
el cual nos cont que un ngel se le haba aparecido y le haba dicho: "Enva unos mensaje
ros a Jope, e invita a venir a tu casa a uno llamado Simn, por sobrenombre Pedro"
.
El ngel tambin le asegur que, por mis palabras, l y toda su familia seran instruidos
para alcanzar la salvacin.
Pues bien, apenas hube comenzado a hablar, el Espritu Santo se derram sobre ellos,
del mismo modo que al principio se haba derramado sobre nosotros.
Entonces me acord de lo que en una ocasin haba dicho el Seor: "Juan bautiz con agua,
pero vosotros seris bautizados con el Espritu Santo".
As pues, si Dios ha otorgado a los gentiles el mismo don que a nosotros, los que
hemos credo en el Seor Jesucristo, quin soy yo para oponerme al propsito divino?
Aquellas palabras bastaron para acallar las objeciones de los presentes, que se
pusieron a dar gloria a Dios, diciendo:<CM>Tambin a los gentiles les ha concedido
Dios la oportunidad de volverse a l para alcanzar la vida eterna!<CM><CM><i>La ig
lesia en Antioqua<i>
Por otra parte, los creyentes que a causa de la persecucin desatada tras la muert
e de Estaban haban huido de Jerusaln, se esparcieron hasta lugares como Fenicia, C
hipre y Antioqua, y a lo largo del camino fueron anunciando el mensaje de Dios, a
unque nicamente a los judos.
Sin embargo, entre aquellos hermanos haba algunos de Chipre y de Cirene que, una
vez llegados a Antioqua, se dirigieron a los griegos all residentes y les anunciar
on las buenas noticias acerca de Jess el Seor.
Y como el mismo Seor apoy sus esfuerzos, un gran nmero de aquellos gentiles se hizo
creyente y se convirti al Seor.
Cuando en la iglesia de Jerusaln se enteraron de lo que estaba ocurriendo, decidi
eron enviar a Bernab a Antioqua, para que ayudase a la predicacin del evangelio.
Al llegar all y ver cmo Dios, en su gracia, estaba actuando, se llen de alegra y exh
ort a los creyentes a poner todo el empeo de su corazn en mantenerse fieles al Seor.
Bernab era un hombre bueno, que estaba lleno del Espritu Santo y posea una fe muy f
irme. Fruto de su predicacin fue el gran nmero de personas que quedaron aadidas a l
os que seguan al Seor.
En cierta ocasin, Bernab fue tambin a Tarso, en busca de Saulo, y se lo llev a Antio
qua.

All permanecieron un ao entero, reunindose con la iglesia y entregados a instruir a


los nuevos discpulos. Precisamente en Antioqua fue donde por vez primera recibier
on los creyentes el nombre de cristianos.
Por aquel entonces llegaron a Antioqua algunos profetas procedentes de Jerusaln.
Uno de ellos, llamado Agabo, se levant en una reunin, e inspirado por el Espritu Sa
nto dio a entender que pronto, por todas partes, se iba a sufrir el azote de un
hambre terrible. Ante tal prediccin, que se cumpli en tiempos del emperador romano
Claudio,
los discpulos tomaron el acuerdo de enviar a los creyentes de Judea un socorro, a
l cual cada uno poda contribuir en la medida de sus fuerzas.
Luego encomendaron a Bernab y Saulo la misin de llevar la ofrenda a Jerusaln, y ent
regarla en manos de los ancianos de la iglesia.
Precisamente por aquellos das, el rey Herodes emprendi una persecucin contra alguno
s miembros de la iglesia.
Hizo matar a Jacobo, el hermano de Juan,
y al ver que aquel asesinato haba agradado sobremanera a los dirigentes judos, man
d tambin arrestar a Pedro durante los das en que se celebraba la Pascua.
Movido Herodes por el propsito de entregar a Pedro los judos, para que lo juzgasen
en cuanto hubiera pasado la Pascua, lo hizo encarcelar, custodiado por cuatro p
iquetes formados por cuatro soldados cada uno.
Pedro, pues, estaba encerrado, pero la iglesia no dejaba de orar a Dios rogndole
que protegiese al apstol.
La noche anterior al juicio que Herodes pretenda, mientras Pedro dorma encadenado
entre dos soldados y la guardia vigilaba la puerta de la prisin,
una luz lo inund todo repentinamente y un ngel del Seor se detuvo junto a Pedro. Le
toc en un costado para despertarlo, y le dijo:<CM>Levntate en seguida!Las cadenas
se le cayeron de las manos, y el ngel aadi:
<CM>Vstete y clzate las sandalias! l lo hizo as, y el ngel le urgi: <CM>Ponte ahora el
manto y sgueme.
El ngel caminaba y Pedro le segua, aunque sin saber si era o no realidad lo que le
estaba pasando. Ms bien le pareca estar viendo una visin.
Atravesaron los dos puestos de guardia y llegaron a la puerta de hierro que daba
a la calle, la cual se abri por s sola delante de ellos. La cruzaron y siguieron
caminando juntos hasta pasar otra calle, en cuyo momento el ngel se separ de Pedro
.
Fue entonces cuando l comprendi que todo aquello era real, y se dijo: "No cabe dud
a: el Seor ha enviado su ngel para librarme del poder de Herodes y de lo que se pr
oponan hacerme los judos".
Pensando de esta manera se dirigi a casa de Mara, la madre de Juan Marcos, donde m
uchos estaban reunidos en oracin.
Llam a la puerta del patio, y una muchacha llamada Rode sali a abrirle;
pero al oir y reconocer la voz de Pedro, se sinti invadida por tanta emocin y aleg
ra que, sin haberle abierto la puerta, corri adentro, a dar a todos la noticia de
que Pedro se hallaba a la puerta.
Ellos, incrdulos, le dijeron:<CM>Ests loca!Pero como la muchacha no dejaba de insis
tir en que era cierto lo que deca, pensaron:<CM>Pues ser su ngel!
Entre tanto, Pedro segua llamando a la puerta. Cuando por fin se decidieron a abr
irla y vieron que era l, se quedaron atnitos.
Pero el apstol, hacindoles seas con la mano para que callasen, les cont cmo el Seor lo
haba liberado y sacado de la crcel. Luego aadi:<CM>Mandad a alguien que vaya y cuen
te a Jacobo y los dems lo que me ha ocurrido. Despus Pedro sali y se fue otro lugar
.
Al despuntar el alba del siguiente da se produjo un gran alboroto en la crcel, ent
re los soldados, que se preguntaban qu se haba hecho de Pedro.
Herodes orden que le buscasen, pero como no le hallaron mand arrestar a los que ha
ban hecho la guardia, los interrog y los conden a muerte. Despus sali de Judea y se f
ue a vivir durante un tiempo a Cesarea.<CM><CM><i>Muerte de Herodes<i>
Por aquel tiempo, Herodes estaba muy irritado con los habitantes de Tiro y Sidn,
que decidieron enviar una delegacin para hablar con l. Los delegados se pusieron d
e acuerdo entre s para sobornar a un tal Blasto, mayordomo real, y pedir paz por

su mediacin, porque la regin de ellos era aprovisionada desde el territorio del re


y.
Herodes les concedi una audiencia, y el da sealado, vestido de ceremonia, se sent en
el trono y pronunci una arenga delante de ellos.
Al terminar de hablar, el pueblo all congregado lo aclam con grandes gritos: <CM>Di
os ha hablado! No un hombre!
En ese mismo instante le hiri un ngel del Seor, por no haber dado a Dios la gloria
que a l solo corresponde. Y Herodes muri comido de gusanos.
Pero el mensaje del Seor no dejaba de propagarse, y el nmero de creyentes aumentab
a sin cesar.
Bernab y Saulo, una vez cumplida su misin, regresaron de Jerusaln llevando consigo
a Juan, conocido por el sobrenombre de Marcos.
En la iglesia de Antioqua haba por entonces profetas y maestros: Bernab, Simn (a qui
en llamaban el Negro), Lucio de Cirene, Manan (criado juntamente con el rey Herod
es) y Saulo.
Todos estos estaban dedicados al servicio del Seor. Un da en que ellos ayunaban, e
l Espritu Santo les dijo:<CM>Apartadme a Bernab y a Saulo para la misin que les voy
a encomendar.
Entonces, habiendo ayunado y orado, les impusieron las manos y los despidieron.<
CM><CM><i>En Chipre<i>
Guiados por el Espritu Santo se dirigieron a Seleucia, desde cuyo puerto navegaro
n rumbo a Chipre.
Con ellos iba tambin Juan Marcos, a quien tenan como ayudante. Arribaron a Salamin
a, y predicaron el mensaje de Dios en las sinagogas que all tenan los judos.
Despus atravesaron la isla de parte a parte y llegaron a Pafos, donde conocieron
a cierto judo llamado Barjess. Era este un mago y falso profeta
que formaba parte del squito de Sergio Paulo, gobernador de la isla, un hombre de
clara inteligencia que hizo llamar a Bernab y Saulo para que le hablasen del men
saje de Dios.
Pero el mago Elimas (que era su nombre en griego), tratando de apartar de la fe
al gobernador, intervino oponindose a lo que decan Saulo y Bernab.
Entonces Saulo, que tambin se llamaba Pablo, lleno del Espritu Santo fij su mirada
en el mago y le increp, diciendo:
<CM>Hijo del diablo, malvado y embustero, enemigo del bien!, hasta cundo pretendes
trastornar los caminos de la justicia del Seor?
Ahora, pues, la mano del Seor se levanta contra ti para castigarte: vas a quedart
e ciego, y durante un tiempo no podrs ver la luz del sol.En aquel mismo instante
cayeron sobre l las ms profundas tinieblas, y se puso a andar a tientas mientras s
uplicaba que alguien le tomara de la mano para guiar sus pasos.
Al ver lo sucedido, el gobernador crey, maravillado de la enseanza del Seor.<CM><CM
><i>En Antioqua de Pisidia<i>
Cuando Pablo y sus compaeros zarparon de Pafos, arribaron al puerto de Perge de P
anfilia. All se separ de ellos Juan Marcos, que emprendi el regreso a Jerusaln;
por su parte, Bernab y Pablo salieron de Perge y se encaminaron a Antioqua de Pisi
dia. En Antioqua, al llegar el sbado, acudieron a la sinagoga y tomaron asiento.
Concluida la lectura de la ley y de los libros profticos, los responsables de la
sinagoga les mandaron a decir: "Hermanos, si tenis alguna palabra de exhortacin pa
ra nuestro pueblo, pasad adelante y hablad".
Pablo se puso entonces de pie, pidi silencio con un gesto de la mano y dijo: <CM>
Israelitas y todos los que temis a Dios, prestadme atencin:
El Dios de este pueblo de Israel escogi a nuestros antepasados, y en Egipto, dond
e residan como extranjeros, enalteci a todo el pueblo, al que de una manera milagr
osa sac de all,
y durante unos cuarenta aos lo cuid y gui en su peregrinacin por el desierto.
Ms tarde destruy siete naciones en la tierra de Canan, para dar sus territorios a I
srael, a ttulo de herencia.
Despus de esto les dio jueces que los gobernaron a lo largo de unos cuatrocientos
cincuenta aos. El ltimo de los jueces fue el profeta Samuel,
pues a su muerte el pueblo quiso tener un rey; se lo pidieron a Dios, y l les dio
a Sal, hijo de Cis, un varn que perteneca a la tribu de Benjamn. Rein cuarenta aos,

al cabo de los cuales Dios lo quit y puso en su lugar a David, de quien Dios mism
o testific diciendo: "Este David, hijo de Isa, es un hombre que me agrada y que me
obedecer en todo lo que yo disponga".
Pues bien, precisamente de la descendencia del rey David levant Dios a Jess, que h
aba de ser el Salvador que Dios mismo haba prometido a Israel.
Antes que Jess viniera, Juan el Bautista estuvo predicando a todo el pueblo de Is
rael el bautismo como signo de arrepentimiento y conversin a Dios.
Y cuando ya Juan se hallaba al final de su carrera, declar: "Pensis acaso que yo so
y el Mesas? Pues no, yo no lo soy. Pero despus de m viene uno de quien ni siquiera
soy digno de desatar las correas de su calzado".
Hermanos mos, a todos vosotros se os enva el anuncio de esta salvacin, tanto a los
que descendis del linaje de Abraham como a cualquier otro que entre vosotros reve
rencie a Dios.
Los que residan en Jerusaln, junto con sus gobernantes, fueron quienes cumplieron
la profeca cuando mataron a Jess; porque ni le reconocieron ni advirtieron que a l
se referan los profetas en sus escritos, aun cuando todos los sbados se escucha su
lectura en la sinagoga.
Sin haber hallado en l causa alguna merecedora de muerte, pidieron a Pilato que l
o hiciera matar.
Y habiendo cumplido con su muerte todas las cosas que estaban escritas acerca de
l, lo bajaron de la cruz y lo pusieron en un sepulcro.
Pero Dios lo resucit de entre los muertos,
y durante muchos das se apareci a los que le haban acompaado a Jerusaln desde Galilea
, los cuales ahora son testigos suyos presenciales, como sin cesar lo han venido
manifestando delante del pueblo.
Bernab y yo hemos venido aqu para daros a conocer la buena noticia de la promesa q
ue mucho tiempo atrs fue hecha a nuestros antepasados.
Con la resurreccin de Jess, Dios ha cumplido su promesa; y nos la ha cumplido a no
sotros, que somos descendientes de aquellos. El Salmo segundo lo manifiesta as: "
T eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy".
Y esto es lo que Dios dice acerca de que lo resucitara de entre los muertos y no
volvera a morir: "A vosotros os cumplir fielmente las promesas que le hice a David
".
Tambin en otro Salmo tenemos esta referencia: "No permitirs que tu Santo entre en
corrupcin".
Esto, por cierto, no se refera a David, porque David, despus de haber servido a su
generacin de acuerdo6 con la voluntad de Dios, muri, fue enterrado y su cuerpo se
descompuso.
No se refera a l, sino a aquel a quien Dios resucit y cuyo cuerpo no entr en corrupc
in.
Hermanos mos, sabed esto: que por medio de Jess se os anuncia el perdn de los pecad
os.
Esto es, que a todo el que cree en Jess, Dios, liberndole de toda culpa, le declar
a justo, algo que nunca pudo hacer la ley dada por Moiss.
Pero ahora estad atentos a que estas otras palabras, que tambin son profticas, no
se os apliquen a vosotros:
"Mirad, los despreciativos, <CM>asombraos y pereced, <CM>porque en vuestros das<C
M>estoy haciendo una obra <CM>que no creeris, <CM>aunque alguien os la refiera".
Cuando salieron de la sinagoga, los gentiles les rogaron que "el sbado siguiente
volvieran a hablarles de las mismas cosas.
Ellos se despidieron de los que all haban estado congregados, si bien muchos, tant
o judos como gentiles piadosos, se fueron con ellos, acompandolos por la calle; y e
llos dos, Pablo y Bernab, les hablaban instndolos a permanecer en la gracia de Dio
s.
El sbado siguiente, casi todos los que vivan en la ciudad se reunieron para escuch
ar la predicacin de la palabra de Dios.
Pero los dirigentes judos se llenaron de celos al ver juntarse tan gran gento, y e
mpezaron a rebatir hasta con insultos lo que deca Pablo.
Entonces Pablo y Bernab, hablando con valor y decisin, dijeron: <CM>Era necesario
que vosotros, los judos, recibieseis el mensaje de Dios antes que ningn otro. Pero

puesto que lo despreciis y no os tenis por dignos del don de la vida eterna, a no
sotros no nos queda otra solucin que ofrecrselo a los gentiles.
Porque nosotros hemos de cumplir lo que el Seor nos ha mandado, diciendo: "Te he
puesto como luz que ilumine a los gentiles, <CM>para que lleves la salvacin hasta
el ltimo <CM>rincn de la tierra".
Al oir esto, los gentiles se sintieron llenos de alegra y gratitud por haber podi
do escuchar el mensaje del Seor que Pablo les anunciaba; y creyeron todos los que
estaban ordenados para alcanzar la vida eterna.
La palabra del Seor comenz pronto a difundirse por toda aquella regin.
Pero un da, los judos instigaron a algunas mujeres piadosas y distinguidas, as como
a los principales de la ciudad, a promover una persecucin contra Pablo y Bernab y
a expulsarlos de all.
Entonces, habindose sacudido contra aquellos el polvo de los pies, se fueron ambo
s a Iconio.
Pero los discpulos que dejaron en Antioqua estaban llenos de gozo y del Espritu San
to.
Una vez llegados a Iconio, Pablo y Bernab se fueron juntos a la sinagoga, donde p
redicaron con tal poder de persuasin que crey un gran nmero de judos y de griegos.
Pero los judos que desdeaban el mensaje de Dios, malearon a los gentiles y crearon
en ellos un ambiente de excitacin y desconfianza contra los creyentes de recient
e conversin.
Por esta razn, Pablo y Bernab decidieron quedarse all mucho tiempo, con la confianz
a puesta en el Seor, que les concedi el don de hacer milagros y seales y acreditar
as el mensaje que predicaban con denuedo.
La opinin de la gente que viva en la ciudad se hallaba dividida: unos se pusieron
de parte de los dirigentes judos, y otros de parte de los apstoles.
Pero hubo ciertos judos, que junto con algunos gentiles y gobernantes de la ciuda
d urdieron un plan para afrentar y apedrear a los apstoles,
los cuales, al saberlo, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a la r
egin "de su cercano entorno.
All se pusieron de nuevo a predicar el evangelio.<CM><CM><i>En Listra y Derbe<i>
En Listra haba un hombre tullido de nacimiento. Estaba forzado a permanecer senta
do, porque tena imposibilitados ambos pies y nunca haba podido andar.
El hombre prest atencin a lo que deca Pablo, quien se dio cuenta de ello y comprend
i que el enfermo tena suficiente fe para ser sanado.
Por eso le orden:<CM>Levntate! Ponte en pie! El hombre, al punto, dio un salto y ech
a andar;
y la gente, al ver lo que Pablo haba hecho, comenz a gritar en lengua licanica: <CM
>Estos son dioses venidos en forma humana!
Y se pusieron a llamar Zeus a Bernab, y Hermes a Pablo, que era quien llevaba la
palabra.
El sacerdote de Zeus, cuyo templo se encontraba en las afueras de la ciudad, se
apresur a traer toros y guirnaldas de flores, con intencin de ofrecer, junto con t
oda la muchedumbre, sacrificios delante de las puertas.
Pero al percatarse de lo que estaba ocurriendo, Bernab y Pablo se rasgaron las ro
pas, y lanzndose entre la multitud, gritaron:
<CM>Seores!, qu estis haciendo? Nosotros tambin somos hombres, lo mismo que vosotros,
que hemos venido a deciros que abandonis vuestros cultos a esos dolos que no sirve
n de nada, y que os volvis al nico Dios vivo, que es el creador de todo lo que exi
ste: los cielos, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos.
En pocas pasadas, Dios permiti que los gentiles anduvieran segn sus propios caminos
,
aunque nunca los dej sin revelarse a s mismo de alguna manera, procurndonos cosas t
an beneficiosas como las lluvias que vienen del cielo, las ricas cosechas, la co
mida para nuestro sustento y la alegra que nos llena el corazn.
As hablaron Pablo y Bernab, pero ni con eso lograron apenas evitar que el gento les
ofreciera un sacrificio.
Por aquellos mismos das, procedentes de Antioqua y de Iconio, llegaron unos judos q
ue pusieron a la multitud en contra de los apstoles y la persuadieron a apedrear
a Pablo. As lo hicieron, y luego, creyndolo muerto, lo arrastraron hasta sacarlo d

e la ciudad.
Pero el grupo de creyentes que haba en Iconio le rode, y l, levantndose del suelo, e
ntr en la ciudad de nuevo. Al da siguiente, junto con Bernab, parti camino de Derbe.
<CM><CM><i>El regreso a Antioqua de Siria<i>
Despus de predicar el evangelio en Derbe y de haber ganado muchos discpulos, regre
saron a Listra, a Iconio y a Antioqua.
En cada una de estas ciudades fortalecieron los nimos de los creyentes, los exhor
taron a permanecer firmes en la fe y les recordaron que era necesario pasar por
muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.
Adems, en cada iglesia nombraron ancianos, a quienes, despus de haber orado y ayun
ado con ellos, encomendaron a la gua y cuidado del Seor en quien haban credo.
En su viaje de retorno pasaron otra vez por Pisidia y Panfilia,
predicaron el mensaje en Perge y despus bajaron a Atala.
Desde aqu navegaron a Antioqua de Siria, el punto de partida, donde haban sido enco
mendados a la gracia de Dios para realizar la tarea que acababan de llevar a trmi
no.
Sin prdida de tiempo reunieron a la comunidad de creyentes y les informaron de to
do lo que les haba acontecido en el viaje; les refirieron cmo Dios, valindose de el
los, haba abierto la puerta "de la fe tambin a los gentiles.
All, en Antioqua, se quedaron mucho tiempo junto a los discpulos.
Por aquel entonces, mientras Pablo y Bernab estaban en Antioqua, llegaron unos pro
cedentes de Judea, que empezaron a adoctrinar a los hermanos dicindoles que no po
dran ser salvos a menos que se circuncidasen de acuerdo con el antiguo rito mosai
co.
Como Pablo y Bernab discutieron con ellos y se les opusieron con toda energa, los
creyentes los enviaron a Jerusaln junto con varios miembros de la comunidad, para
que consultaran el asunto con los apstoles y los ancianos.
Despus de despedirse de los hermanos que les acompaaron hasta dejarlos en el camin
o que haban de seguir, los delegados iniciaron su viaje. Y como tenan que pasar po
r Fenicia y Samaria, aprovecharon la oportunidad para referir a los creyentes qu
e all vivan cmo tambin los gentiles se volvan a Dios. Al oir aquellas noticias, todos
se llenaron de alegra.
Cuando llegaron a Jerusaln fueron recibidos por la iglesia, los apstoles y los anc
ianos, y Pablo y Bernab les dieron a conocer todo lo que Dios haba hecho mediante
el trabajo por ellos realizado.
Entonces se levantaron algunos que antes de su conversin eran de la secta de los
fariseos, y dijeron:<CM>Es necesario circuncidar a los gentiles convertidos, y e
xigirles que adopten las costumbres y ritos que establece la ley de Moiss.
Ante este problema, los apstoles y los ancianos de la iglesia decidieron reunirse
aparte.
Despus de mucho hablar y discutir, Pedro se puso en pie y se expres de este modo:<
CM>Hermanos, vosotros sabis que ya hace bastante tiempo Dios me escogi para predic
ar el evangelio a los gentiles, a fin de que tambin ellos lleguen a creer.
Dios, que conoce el corazn humano, demostr que acepta a los gentiles, pues a ellos
, lo mismo que a nosotros, les dio el Espritu Santo.
Y no hizo diferencia entre ellos y nosotros, sino que tambin por medio de la fe p
urific su corazn.
As pues, pretendis acaso probar a Dios poniendo sobre el cuello de los gentiles un
yugo tan pesado que ni nuestros padres ni nosotros mismos hemos podido llevar?
Mirad, lo que nosotros creemos es que los gentiles se salvan, al igual que nosot
ros, mediante la gracia del Seor Jess.
Con esto cesaron las discusiones. Toda la gente prest atencin a Bernab y a Pablo, q
ue relataban los grandes milagros y prodigios que, por mano de ellos, Dios haba r
ealizado entre los gentiles.
Cuando Pablo y Bernab callaron, Jacobo pidi la palabra, y dijo:<CM>Hermanos, escuc
hadme.
Ya Simn os ha relatado cmo Dios visit por primer vez a los gentiles para escoger en
tre ellos un pueblo que rinda honor a su nombre.
Esto concuerda cabalmente con lo que predijeron los profetas, y as est escrito:
"Despus de esto regresar<CM>y reconstruir el tabernculo derruido de David. <CM>Resta

urar sus ruinas<CM>y volver a levantarlo,


para que busque al Seor<CM>el resto de la humanidad, <CM>todos los gentiles sobre
<CM>los cuales se invoque <CM>mi nombre.
Esto ha anunciado el Seor<CM>desde tiempos antiguos".
Por tanto, pienso que no debemos poner trabas a los gentiles convertidos a Dios,
insistiendo en que se sometan a nuestras propias leyes.
Pero digmosles por carta que se abstengan de dar culto a los dolos y de toda clase
de perversin sexual, y que no coman sangre, ni carne sin desangrar, "ni carne de
animales ahogados.
Estas son cosas que desde Moiss, a travs de todos los tiempos, se vienen leyendo y
predicando cada sbado en todas las sinagogas.<CM><CM><i>Carta del concilio a los
creyentes gentiles<i>
Entonces los apstoles, los ancianos y toda la comunidad decidieron elegir unos de
legados de entre ellos, y enviarlos a Antioqua en compaa de Pablo y Bernab, para dar
all a conocer el acuerdo tomado. La eleccin recay sobre dos dirigentes de la igles
ia: Judas, conocido tambin como Barsabs, y Silas.
Ellos fueron portadores de una carta que deca: "Los apstoles, los ancianos y los h
ermanos de la iglesia de Jerusaln saludan a los hermanos procedentes de los genti
les que residen en Antioqua, Siria y Cilicia.
Hemos sabido que algunos creyentes de Judea, salidos de entre nosotros, sin cont
ar con ningn permiso nuestro os han inquietado con sus palabras, y os han turbado
el nimo insistiendo en que estis obligados a circuncidaros y guardar la ley mosai
ca.
Por lo cual nos ha parecido bien, y as lo hemos acordado, enviaros con nuestros a
mados her manos Pablo y Bernab
(quienes han expuesto su vida por la causa de nuestro Seor Jesucristo) a dos homb
res que hemos elegido como nuestros representantes:
Judas y Silas. Ellos os confirmarn verbalmente lo que aqu os manifestamos:
que al Espritu Santo y a nosotros nos ha parecido bien no imponeros ninguna carga
aparte de ciertas cosas necesarias, a saber,
que no comis alimentos ofrecidos a los dolos, ni sangre, ni carne sin desangrar, n
i carne de animales ahogados, y que, por supuesto, os abstengis de toda clase de
perversin sexual. Haris muy bien en guardaros de esas cosas. Pasadlo bien".
Los cuatro mensajeros partieron inmediatamente hacia Antioqua, donde a su llegada
reunieron a toda la congregacin para leerles la carta,
cuyo contenido fue motivo de jbilo para todos, pues todos se sintieron profundame
nte aliviados.
Luego, Judas y Silas, que tambin eran profetas, ayudaron con la riqueza de sus pa
labras a consolar y fortalecer la fe de los hermanos.
Durante algn tiempo, los delegados pemanecieron en Antioqua; luego fueron despedid
os en paz por los hermanos para regresar a Jerusaln, a aquellos que los haban eleg
ido y enviado.
Sin embargo, Silas decidi quedarse en aquella ciudad
y, por su parte, Pablo y Bernab continuaron tambin en Antioqua, enseando la palabra
del Seor y ayudando a muchos otros a anunciar el evangelio.<CM><CM><i>Desacuerdo
entre Pablo y Bernab<i>
Pasados algunos das, Pablo le propuso a Bernab volver a visitar a los hermanos en
todas las ciudades donde antes haban predicado la palabra del Seor, para ver cmo se
guan los nuevos convertidos.
Bernab se mostr de acuerdo, y sugiri que Juan, el que tena por sobrenombre Marcos, f
uese con ellos;
pero a Pablo no le pareci bien llevar consigo a aquel que, habindolos dejado en Pa
nfilia, no los haba acompaado en el trabajo que haban de realizar.
Este asunto fue causa de un desacuerdo tan serio que acabaron por separarse el u
no del otro: Bernab, tomando a Marcos, naveg rumbo a Chipre;
y Pablo, escogiendo como compaero de misin a Silas, sali de Antioqua encomendado por
los hermanos a la gracia del Seor,
y atraves Siria y Cilicia confirmando en la fe a las iglesias que encontraba en s
u camino.
Pablo y Silas llegaron primero a Derbe, y de all pasaron a Listra, donde conocier

on a un creyente llamado Timoteo, hijo de una juda cristiana y de padre griego.


A este Timoteo, que era muy apreciado por los hermanos de Listra y de Iconio,
le pidi Pablo que le acompaara en el viaje. Pero como todos saban que su padre era
griego y que no estaba circuncidado, Pablo lo circuncid antes de partir, a fin de
evitar problemas con los judos de la regin.
Despus de esto se pusieron en camino. Fueron de ciudad en ciudad, comunicando en
todas partes a los creyentes de origen gentil las decisiones que, respecto a ell
os, haban tomado los apstoles y los ancianos en Jerusaln.
De este modo, las iglesias se afirmaban en la fe y crecan en nmero de da en da.<CM><
CM><i>La visin de Pablo del hombre macedonio<i>
Seguidamente atravesaron las regiones de Frigia y Galacia, pero el Espritu Santo
les prohibi que, al menos por el momento, predicasen la palabra en la provincia d
e Asia.
Luego, bordeando los lmites de Misia, se encaminaron al norte, con el propsito de
alcanzar la provincia de Bitinia; pero el Espritu de Jess no permiti que lo hiciera
n,
en vista de lo cual, pasando junto a la provincia de Misia, llegaron a Troas.
Aquella noche tuvo Pablo una visin. Vio a un varn macedonio, que puesto en pie le
suplicaba: "Ven a Macedonia y aydanos".
Inmediatamente despus de aquella visin, decidimos ir a Macedonia, convencidos de q
ue Dios nos haba llamado a ir all y predicar el evangelio.<CM><CM><i>Conversin de L
idia en Filipos<i>
Zarpamos, pues, de Troas y navegamos en lnea recta a Samotracia, y al da siguiente
, a Nepolis.
Por ltimo arribamos a la colonia romana de Filipos, la primera ciudad que se encu
entra al entrar en la provincia de Macedonia. All nos quedamos algunos das.
Un sbado atravesamos la puerta de la muralla, salimos fuera y nos acercamos a la
orilla del ro, a un lugar donde sabamos que algunas personas acostumbraban encontr
arse para orar. Nos sentamos, y tuvimos la ocasin de conversar con unas mujeres q
ue all se haban reunido.
A una de ellas, llamada Lidia, vendedora de prpura en Tiatira y que desde tiempo
atrs adoraba a Dios, mientras escuchaba le abri el Seor el corazn para que prestara
la mayor atencin a lo que Pablo deca.
Fue bautizada (y con ella toda su familia), y nos rog diciendo:<CM>Si creis en mi
fidelidad al Seor, venid y hospedaos en mi casa. Tanto insisti, que nos sentimos o
bligados a aceptar su invitacin.<CM><CM><i>Pablo y Silas en la crcel<i>
Otro da, mientras nos diriga7mos hacia el lugar junto al ro donde solamos reunirnos
a orar, nos sali al encuentro una joven esclava que tena la facultad de adivinar,
y que con sus adivinaciones renda pinges ganancias a sus amos.
La joven se puso a seguirnos dando voces y diciendo:<CM>Estos hombres son siervos
del Dios altsimo, y han venido a anunciaros el camino que conduce a la salvacin!
Este encuentro se repiti muchos das, hasta que Pablo, ya molesto, se volvi y le dij
o al espritu impuro que estaba en la joven: <CM>En el nombre de Jesucristo te orde
no que salgas de esta muchacha! Al punto sali de ella el espritu.
Pero con su salida se desvanecieron las esperanzas que los amos de la esclava te
nan de enriquecerse a costa de ella. Por eso, cogieron a Pablo y a Silas y los ll
evaron al foro, ante las autoridades; los presentaron a los magistrados y los ac
usaban diciendo:
<CM>Estos hombres, que son judos, estn alborotando nuestra ciudad.
Ensean al pueblo costumbres que no podemos admitir ni observar, porque son con