Genealogía y Nacimiento de Jesús
Genealogía y Nacimiento de Jesús
am:
Abraham fue el padre de Isaac; <CM>Isaac de Jacob, y Jacob de Jud y sus hermanos.
Jud fue el padre de Fares y Zara (la madre fue Tamar); <CM>Fares fue el padre de
Esrom, y Esrom de Aram.
Aram fue el padre de Aminadab; <CM>Aminadab de Naasn, y Naasn de Salmn.
Salmn fue el padre de Booz (la madre fue Rahab); <CM>Booz de Obed (la madre fue R
ut), y Obed de Isa.
Isa fue el padre del rey David, <CM>y el rey David de Salomn (la madre fue Betsab,
<CM>que haba sido esposa de Uras).
Salomn fue el padre de Roboam; <CM>Roboam de Abas, y Abas de Asa.
Asa fue el padre de Josafat; <CM>Josafat de Joram, y Joram de Uzas.
Uzas fue el padre de Jotam; <CM>Jotam de Acaz, y Acaz de Ezequas.
Ezequas fue el padre de Manass; <CM>Manass de Ams, y Ams de Josas.
Josas, en el tiempo de la cautividad en Babilonia, <CM>fue el padre de Jeconas y s
us hermanos.
Despus del cautiverio, Jeconas fue el padre de Salatiel, <CM>y Salatiel de Zorobab
el.
Zorobabel fue el padre de Abiud; <CM>Abiud de Eliaquim, y Eliaquim de Azor.
Azor fue el padre de Sadoc; <CM>Sadoc de Aquim, y Aquim de Eliud.
Eliud fue el padre de Eleazar; <CM>Eleazar de Matn, y Matn de Jacob.
Este Jacob fue el padre de Jos, el marido de Mara, <CM>la cual fue la madre de Jess
, el llamado Cristo.
Por tanto, desde Abraham hasta David hubo catorce generaciones; otras catorce de
sde David hasta la cautividad en Babilonia, y catorce ms desde la cautividad en B
abilonia hasta Cristo.<CM><CM><i>Nacimiento de Jesucristo<i>
El nacimiento de Jesucristo sucedi de este modo: Mara, su madre, estaba comprometi
da en matrimonio con Jos, pero antes de hacer vida conyugal se encontr encinta por
la accin del Espritu Santo.
Jos, que era un hombre bueno y justo, al conocer el estado de Mara, y para no manc
har su reputacin, decidi separarse de ella en secreto.
Mientras pensaba estas cosas, un ngel del Seor se le apareci en sueos y le dijo:<CM>
Jos, hijo de David, no tengas miedo de tomar como esposa a Mara, porque el hijo qu
e ha concebido es del Espritu Santo.
Cuando ese hijo nazca, t le pondrs por nombre Jess. Lo llamars as porque l salvar a su
pueblo de sus pecados.
Todo esto aconteci para que se cumpliese lo que el Seor haba anunciado por boca del
profeta, que dijo:
"La virgen quedar encinta, y tendr un hijo que se llamar Emanuel" (que significa: "
Dios est con nosotros").
Jos, al despertar de aquel sueo, obedeci lo que el ngel del Seor le haba mandado, y to
m por esposa a Mara.
Pero no tuvo relaciones conyugales con ella hasta que naci su hijo, al que Jos pus
o el nombre de Jess.
El nacimiento de Jess tuvo lugar en un pueblo de Judea llamado Beln, en tiempos de
l rey Herodes. Por aquellos das llegaron a Jerusaln unos magos procedentes de orie
nte,
los cuales preguntaban:<CM>Dnde se encuentra el rey de los judos que acaba de nacer
? Nosotros, en oriente, vimos su estrella, y hemos venido a adorarlo.
Estas palabras llegaron a odos del rey Herodes, que se sinti turbado, al igual que
toda la poblacin de Jerusaln.
El rey convoc entonces a los principales sacerdotes y a los escribas del pueblo,
y les interrog acerca del lugar donde haba de nacer el Mesas.
Ellos le respondieron: <CM>En Beln de Judea, porque as est escrito por el profeta:
"Y t, Beln, tierra de Jud, <CM>no eres la menos importante<CM>entre las ciudades de
Jud, <CM>porque de ti saldr un jefe, <CM>un pastor que guiar a mi<CM>pueblo Israel
".
Entonces Herodes mand llamar en secreto a los magos, y les pregunt por el momento
exacto de la aparicin de la estrella.
Luego los envi a Beln, encargndoles:<CM>Id all y averiguad cuanto podis acerca de ese
nio; y cuando lo encontris, comunicdmelo, para que yo tambin vaya a rendirle pleite
sa.
Despus de haber escuchado al rey, los magos continuaron su camino; y la estrella
que haban visto en oriente iba delante de ellos, guindolos, hasta que al fin se de
tuvo sobre el lugar donde estaba el nio.
Los magos, que al ver la estrella se haban llenado de alegra,
entraron en la casa y vieron al nio con Mara, su madre; y arrodillndose delante de l
, lo adoraron. Abrieron los cofres que llevaban y le ofrecieron regalos: oro, in
cienso y mirra.
Luego emprendieron el regreso a su pas, aunque tomando un camino diferente del qu
e haban trado, porque en sueos les fue revelado que no deban pasar de nuevo por Jeru
saln para informar a Herodes.<CM><CM><i>La huida a Egipto<i>
Despus de su partida, un ngel del Seor se apareci en sueos a Jos y le dijo:<CM>Ponte e
n marcha con el nio y con su madre, y huye de aqu. Vete a Egipto, y qudate en aquel
las tierras hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al nio con intencin
de matarlo.
Al despertar de su sueo, Jos tom al nio y a su madre, se puso de noche en camino y l
leg a Egipto.
All permaneci hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliese lo que el Seor haba
anunciado por medio del profeta: "De Egipto llam a mi hijo".
El rey Herodes, cuando se dio cuenta de que haba sido burlado por los magos, mont
en clera, y orden matar a todos los nios menores de dos aos que haba en Beln y sus alr
ededores, conforme al tiempo que los magos le haban dicho.
De este modo se cumplieron las palabras del profeta Jeremas:
"Una voz se oy en Ram, llantos y grandes lamentos. Es Raquel, que llora a sus hijo
sy no quiere que la consuelen, porque estn muertos".<CM><CM><i>El regreso a Nazar
et<i>
Pasadas estas cosas, cuando ya Herodes haba muerto, un ngel del Seor se apareci en s
ueos a Jos, en Egipto,
y le dijo:<CM>Ponte de nuevo en marcha con el nio y su madre, y vuelve a tierras
de Israel, porque ya han muerto los que trataban de acabar con la vida del nio.
Entonces Jos se levant, tom al nio y a su madre, y se dirigi a Israel.
Pero habiendo sabido que en lugar de Herodes reinaba en Judea su hijo Arquelao,
tuvo miedo de ir all. Avisado en sueos, se fue a Galilea,
a una ciudad llamada Nazaret, en la cual se qued a vivir, para que se cumpliese l
o que haban anunciado los profetas: que el nio sera llamado nazareno.
Por aquel entonces se present Juan el Bautista en el desierto de Judea. Predicaba
diciendo:<CM>Arrepentos, porque ya est cerca el reino de los cielos.
De este es de quien haba hablado el profeta Isaas, cuando dijo:"Se oye una voz que
grita en el desierto: <CM>Preparad el camino del Seor! <CM>Allanad sus veredas!".
Juan iba vestido con una ropa hecha de pelo de camello, que llevaba ceida al cuer
po con un cinturn de cuero; y se alimentaba de langostas y miel silvestre.
A Juan acuda mucha gente procedente de Jerusaln, de toda Judea y de toda la comarc
a que se extenda a lo largo de las riberas del Jordn,
y l bautizaba en las aguas del ro a cuantos confesaban sus pecados.
Muchos de los que queran ser bautizados por l eran fariseos o saduceos, a los cual
es les deca:<CM>Generacin de vboras!, quin os ha enseado a huir de la ira que se acerc
?
Demostrad con vuestras obras que estis verdaderamente arrepentidos,
y no tratis de exculparos a vosotros mismos diciendo que sois de la estirpe de Ab
raham, porque os aseguro que Dios podra sacar hijos a Abraham incluso de estas pi
edras.
Mirad, ya el hacha est puesta a la raz de los rboles, para talar y hacer una hoguer
a con todo rbol que no d buen fruto.
Ciertamente yo os bautizo con agua como signo de vuestro arrepentimiento; pero h
ay uno que viene detrs de m, de quien yo ni siquiera soy digno de llevar su calzad
o. l, que es ms poderoso que yo, os bautizar con Espritu Santo y fuego.
Lleva en la mano el bieldo para aventar y limpiar su era: juntar el trigo en el g
ranero y quemar la paja en un fuego que nunca se apagar.<CM><CM><i>Bautismo de Jess
<i>
Uno de aquellos das, desde Galilea, Jess fue al Jordn con el propsito de que Juan le
bautizase.
Pero Juan se le resista, diciendo:<CM>Cmo vienes a m, si soy yo quien necesito ser b
autizado por ti?
Jess le respondi:<CM>No te opongas, porque es necesario que cumplamos as la plenitu
d de la justicia.Juan cedi entonces.
Despus de ser bautizado, sali Jess del agua; en aquel momento los cielos se abriero
n, el Espritu Santo descendi sobre l en forma de paloma
y se oy una voz de los cielos, que deca:<CM>Este es mi Hijo amado, en quien me com
plazco.
El Espritu Santo llev al desierto a Jess, para que el diablo lo pusiera a prueba.
Durante cuarenta das y cuarenta noches no tom alimento alguno, pero despus tuvo ham
bre.
Entonces el diablo se acerc a l y le dijo:<CM>Si t eres Hijo de Dios, di a estas pi
edras que se conviertan en pan.
Jess le contest:<CM>Esto est escrito: "No slo de pan vivir el hombre, sino de toda pa
labra que sale de la boca de Dios".
Luego el diablo lo condujo a Jerusaln, la ciudad santa; lo puso sobre el lugar ms
alto del Templo
y le dijo:<CM>Si t eres Hijo de Dios, arrjate abajo desde aqu, porque est escrito: "
Dios dar rdenes a sus ngeles acerca de ti,y ellos con sus manos te sostendrn para qu
e tu pie no tropiece con ninguna piedra".
Respondi Jess al diablo:<CM>Tambin est escrito: "No pondrs a prueba al Seor tu Dios".
Por ltimo, el diablo lo llev a un monte muy alto, desde donde se vean todos los rei
nos del mundo y el esplendor de sus riquezas,
y le dijo:<CM>Yo te dar todo esto, si te arrodillas delante de m y me rindes adora
cin.
Entonces Jess le dijo:<CM>Vete de aqu, Satans!, porque est escrito: "Al Seor tu Dios a
dorars, y a l solamente servirs".
Despus de esto, el diablo se fue; y los ngeles llegaron y comenzaron a servir a Je
ss.<CM><CM><i>Jess comienza a predicar<i>
Cuando Jess se enter de que Juan el Bautista estaba en la crcel, regres a Galilea;
pero no se qued en Nazaret, sino que se fue a vivir a Cafarnaum, una ciudad situa
da junto al mar, en la comarca de Zabuln y Neftal.
As se cumpli lo que haba dicho el profeta Isaas:
"Tierra de Zabuln y <CM>tierra de Neftal, <CM>camino del mar, <CM>a la otra orilla
del Jordn, <CM>Galilea de los gentiles.
El pueblo que viva en <CM>oscuridad vio una gran luz; <CM>a los que vivan en regio
nes <CM>de sombra de muerte, <CM>la luz les resplandeci".
Desde aquel da comenz Jess a predicar. Deca: <CM><CM>Arrepentos de vuestros pecados y
volveos a Dios, porque el reino de los cielos ya est cerca.<CM><CM><i>Llamamient
o de los primeros discpulos<i>
Andaba Jess un da por la orilla del mar de Galilea, cuando vio a dos pescadores qu
e estaban lanzando la red al agua. Eran hermanos, y se llamaban el uno Pedro y e
l otro Andrs.
Jess les dijo:<CM>Venid conmigo, y yo har de vosotros pescadores de hombres.
Ellos dejaron al punto las redes y se fueron con Jess.
Poco ms all vio a otros dos hermanos, Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que estaban
en la barca, junto con su padre, remendando las redes. Jess los llam,
y ellos, dejando al punto la barca y a su padre, se fueron con l.<CM><CM><i>Jess s
ana a los enfermos<i>
Jess andaba recorriendo toda Galilea. Enseaba en las sinagogas de los judos, predic
aba las buenas noticias del Reino de Dios y sanaba a los enfermos que haba entre
el6 pueblo, cualesquiera que fueran sus dolencias.
De este modo se extendi la fama de Je-ss por toda la provincia romana de Siria, y
le traan todos los que sufran dolencias y enfermedades, los que estaban atormentad
os por diversos padecimientos, y tambin los endemoniados, lunticos y paralticos; y l
los sanaba.
Por eso le segua gran nmero de gente de Galilea, Decpolis, Jerusaln, Judea e incluso
del otro lado del Jordn.
Al ver aquella multitud que se haba reunido, Jess subi al monte y se sent. Sus discpu
los se le acercaron,
y l tom la palabra y comenz a instruirles, diciendo:
<CM>Dichosos los que tienen espritu de pobreza, porque suyo es el Reino de los ci
elos.
Dichosos los que lloran, porque sern consolados.
Dichosos los mansos, porque recibirn la tierra como una herencia.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque la obtendrn con creces.
Dichosos los que se compadecen de otros, porque Dios se compadecer de ellos.
Dichosos los que tienen limpio el corazn, porque ellos vern a Dios.
Dichosos los que procuran la paz, porque sern llamados hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por defender la justicia, porque suyo es el Reino de lo
s cielos.
Dichosos vosotros, cuando por causa ma os injurien y os persigan, y cuando, minti
endo, digan de vosotros toda clase de cosas malas.
Estad alegres, estad contentos, porque el premio que habis de recibir en el cielo
es grande. De la misma manera persiguieron a los profetas que vivieron en tiemp
os pasados.<CM><CM><i>La sal y la luz<i>
Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvirta, cmo podr seguir sazon
ando? En tal caso deja de ser til, y solo sirve para arrojarla fuera y que la gen
te la pisotee.
Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en lo alto de una montaa no pu
ede esconderse;
ni tampoco se enciende una luz y se la oculta debajo de una vasija, sino que se
la pone en un candelero para que alumbre a todos los que estn en la casa.
Pues bien, as es como debe alumbrar vuestra luz ante la gente, para que, al ver l
a bondad de vuestras obras, todos glorifiquen a vuestro Padre que est en los ciel
os.<CM><CM><i>El cumplimiento de la ley<i>
No pensis que he venido a abolir la ley de Moiss o la palabra de los profetas: yo
no he venido a abolirlas, sino a cumplirlas.
Porque os aseguro que mientras permanezcan el cielo y la tierra, y hasta que tod
o se haya cumplido, ni un punto ni una coma se borrarn de la ley.
Por tanto, cualquiera que quebrante uno de esos mandamientos, aun siendo el meno
s importante, y ensee a otros a quebrantarlo, muy poco importante ser considerado
en el reino de los cielos. Y al contrario, cualquiera que los cumpla y ensee a ot
ros a cumplirlos, ser considerado importante en el reino de los cielos.
Esto es digo: si vuestra justicia no supera a la justicia de los escribas y los
fariseos, no podris entrar en el reino de los cielos.<CM><CM><i>El homicidio<i>
Sabis que a vuestros antepasados se les dijo: "No matars"; y sabis tambin que cualqu
iera que mata a otro se hace culpable ante un tribunal de justicia.
Pero yo os digo: Cualquiera a quien la ira lo arrastre contra su hermano, ser cul
pable de aquel mismo delito; cualquiera que injurie a su hermano, habr de respond
er ante el Consejo; y cualquiera que le insulte, ir a parar al fuego del infierno
.
Por eso, si decides llevar tu ofrenda al altar del Seor, y una vez all recuerdas q
ue tu hermano est enemistado contigo por alguna razn,
deja tu ofrenda all mismo, delante del altar, y ve primero a reconciliarte con tu
hermano; luego vuelve al altar y presenta tu ofrenda.
De igual modo, ponte pronto de acuerdo con el adversario que pleitea contigo; ha
zlo mientras an ests a tiempo, y no des lugar a que te lleve ante el juez, y el ju
ez te entregue a la polica y termines en la crcel.
Te aseguro que no saldrs de ella hasta que no hayas pagado la ltima moneda.<CM><CM
><i>El adulterio<i>
Sabis que tambin se dijo: "No cometers adulterio".
Pero yo os digo: Cualquiera que mira con codicia a una mujer, ya adultera con el
la en el fondo del corazn.
Por tanto, si tu ojo derecho es causa de que caigas en pecado, ms vale que lo saq
ues y lo eches de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo, y no q
ue todo l sea arrojado al infierno.
Y si tu mano derecha es causa de que caigas en pecado, ms vale que la cortes y la
eches de ti; porque es mejor que pierdas una parte de tu cuerpo, y no que todo l
sea arrojado al infierno.<CM><CM><i>El divorcio<i>
Tambin se dijo: "Cualquiera que repudie a su mujer, dele carta de divorcio".
Pero yo os digo: Quien repudia a su mujer, a no ser por causa de infidelidad con
yugal, hace que ella adultere; y si alguno se casa con la repudiada, tambin comet
e adulterio.<CM><CM><i>Los juramentos<i>
Sabis que adems se dijo a vuestros antepasados: "No perjures, sino cumple al Seor t
us juramentos".
Pero yo os digo: No juris en manera alguna: ni por el cielo, porque es el trono d
e Dios;
ni por la tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusaln, porque es la
ciudad del gran Rey.
Ni tampoco juris por vuestra propia cabeza, porque no podis convertir en blanco o
en negro ni uno solo de vuestros cabellos.
Cuando vosotros hablis, dec/id sencillamente "S, s" o "No, no", pues lo que pasa de
esto procede del mal.<CM><CM><i>Ojo por ojo<i>
Sabis que se dijo: "Ojo por ojo y diente por diente".
Pero yo os digo: No opongis resistencia al malo; antes bien, si alguno te da una
bofetada en la mejilla derecha, ofrcele tambin la izquierda;
si alguien trata de pleitear contigo para quitarte la tnica, djale tambin la capa,
y al que te obligue a caminar una milla (mil pasos, segn medida romana) llevando
una carga, ve con l dos.
A quien te pida, dale; y a quien desee que le hagas un prstamo, no se lo niegues.
<CM><CM><i>El amor a los enemigos<i>
Sabis que se dijo: "Amars a tu prjimo y odiars a tu enemigo".
Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen.
De este modo seris verdaderos hijos de vuestro Padre que est en los cielos, que ha
ce salir su sol sobre los malos y sobre los buenos, y que enva la lluvia sobre lo
s justos y sobre los injustos.
Porque si solamente amis a quienes os aman, cul ser vuestra recompensa? Acaso no hace
n lo mismo los publicanos?
Y si solamente saludis a vuestros hermanos, dnde est vuestro mrito? Acaso no se portan
tambin as los gentiles?
Vosotros, pues, sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre que est en los ciel
os.
Guardaos de hacer el bien movidos tan slo por el ansia de que la gente os vea, po
rque en ese caso no recibiris recompensa de vuestro Padre que est en los cielos.
T, pues, cuando des una limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hace
n los hipcritas en las sinagogas y por las calles de la ciudad, para que la gente
los alabe; os aseguro que esos ya tienen su recompensa.
Cuando t des limosna, hazlo de tal modo que ni siquiera tu mano izquierda sepa lo
que hace tu derecha;
as tu limosna ser secreta, y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensar en pblico.<
CM><CM><i>La oracin<i>
De la misma manera, cuando ores, no lo hagas como los hipcritas, a quienes les gu
sta orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para que la ge
nte los contemple; os aseguro que esos ya tienen su recompensa.
T, por el contrario, cuando ores, mtete en tu habitacin, cierra la puerta y ora a t
u Padre que est en secreto, y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensar en pblico
.
Adems, cuando oris, no repitis y repitis vuestras palabras, como hacen los gentiles,
los cuales se imaginan que sern odos gracias a su mucha y hueca palabrera.
No los imitis, porque vuestro Padre conoce todas vuestras necesidades antes que v
osotros le pidis nada.
Vuestra oracin debe ser as:"Padre nuestro que ests <CM>en los cielos, <CM>santifica
do sea tu nombre;
venga tu reino; <CM>hgase tu voluntad, <CM>como en el cielo, <CM>as tambin en la ti
erra.
Nuestro pan de cada da, <CM>dnoslo hoy.
perdnanos nuestras ofensas, <CM>como tambin nosotros<CM>perdonamos a los que <CM>n
os ofenden;
y no nos dejes caer <CM>en la tentacin, <CM>sino lbranos del mal. <CM>Porque tuyo
es el reino, <CM>el poder y la gloria, <CM>por todos los siglos". Amn.
Porque si perdonis a aquellos que os ofenden, tambin vuestro Padre celestial os pe
rdonar a vosotros;
pero si no los perdonis, tampoco vuestro Padre perdonar vuestras ofensas.<CM><CM><
i>El ayuno<i>
Cuando ayunis, no pongis gesto pesaroso como hacen los hipcritas, que demudan su ro
stro para mostrarle a la gente que estn ayunando; os aseguro que esos ya tienen s
u recompensa.
T, por el contrario, cuando ayunes, perfuma tu cabeza y lava tu rostro,
para no mostrar a la gente que ests ayunando, sino solamente a tu Padre que est en
secreto; y tu Padre, que ve lo secreto, te recompensar en pblico.<CM><CM><i>Tesor
os en el cielo<i>
No acumulis tesoros en la tierra, donde la polilla y el moho destruyen, y donde l
os ladrones entran a robar.
Acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el moho destruyen y donde l
os ladrones no entran a robar.
Porque donde tengis vuestro tesoro, all tendris tambin el corazn.
El ojo es como la lmpara del cuerpo. Por eso, si la mirada de tus ojos es limpia,
todo tu cuerpo estar lleno de luz;
pero si hay maldad en tu mirada, todo tu cuerpo estar en oscuridad. Ahora bien, s
i la luz que hay en ti es oscuridad, cunta no ser la propia oscuridad!
Nadie puede servir al mismo tiempo a dos seores, porque odiar a uno y querr al otro
, o apreciar a uno y despreciar al otro. No podis servir al mismo tiempo a Dios y a
las riquezas.<CM><CM><i>De nada sirve preocuparse<i>
Por eso os digo: No os preocupis por lo que habis de comer o beber para sustentaro
s, o por la ropa con que habis de vestir vuestro cuerpo. Acaso no vale ms la vida q
ue el alimento, y el cuerpo ms que la ropa?
Mirad las aves del cielo: ni siembran ni siegan ni almacenan comida en un graner
o; sin embargo, vuestro Padre celestial les da el alimento que necesitan. Pues b
ien, no valis vosotros ms que ellas?
Adems, quin de vosotros, por mucho que se preocupe, lograr aadirle a su vida un solo
da?
En cuanto a la ropa, por qu preocuparos? Fijaos en cmo crecen los lirios del campo,
que no trabajan ni hilan;
sin embargo, ni siquiera Salomn con todo su esplendor real lleg a vestirse como un
o de ellos.
Pues si a la hierba del campo, que hoy est verde y maana se la quema en el horno,
Dios la viste de ese modo, qu no har por vosotros, hombres de poca fe?
Por lo tanto, no os preocupis pensando: "Qu comeremos?" o "Qu beberemos?" o "Con qu no
vestiremos?" d
Esas son las cosas que buscan los gentiles, pero vuestro Padre celestial sabe qu
e de todas ellas tenis necesidad.
Lo que vosotros, en primer lugar, debis hacer es buscar el reino de Dios y su jus
ticia, y todo lo dems os ser aadido.
De modo que no os preocupis por el da de maana, porque el da de maana traer sus preocu
paciones. Bstenle a cada da sus propios problemas.
No juzguis y no seris juzgados.
Porque del mismo modo que juzguis se os juzgar a vosotros, y con la misma medida c
on que midis, seris medidos.
Por qu te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo, y no reparas en la viga
que t tienes en el tuyo?
O cmo vas a decirle a tu hermano: "Deja que te saque la mota del ojo", cuando t tie
nes una viga en el tuyo?
Hipcrita!, saca primero la viga que tienes en tu ojo, y as podrs ver bien para sacar
la mota del ojo de tu hermano.
No deis lo santo a los perros ni echis vuestras perlas a los cerdos, no sea que p
rimero las pisoteen, y luego se vuelvan contra vosotros y os despedacen.<CM><CM>
<i>Pedid, buscad, llamad<i>
y la gente, al verlo, se qued asombrada y comenz a glorificar a Dios por haber dad
o tal autoridad a los hombres.<CM><CM><i>Llamamiento de Mateo<i>
Al salir de all vio Jess a uno llamado Mateo, que estaba sentado ante la mesa de r
ecaudacin de los impuestos pblicos, y le dijo: <CM>Sgueme. l, al punto, se levant y l
e sigui.
Luego, mientras Jess estaba comiendo en la casa, llegaron muchos publicanos y muc
hos pecadores notorios que se sentaron a la mesa juntamente con l y con sus discpu
los.
Al verlo, los fariseos preguntaron a los discpulos:<CM>Por qu vuestro Maestro come
con todos esos publicanos y pecadores?
Jess los oy y les dijo:<CM>Los que necesitan del mdico son los enfermos, no los que
estn sanos.
Id y aprended qu significan estas palabras: "Yo quiero misericordia, no sacrifici
o". Porque yo no he venido a llamar a los que ya son justos y buenos, sino a los
pecadores.<CM><CM><i>Le preguntan a Jess sobre el ayuno<i>
Se le acercaron los discpulos de Juan el Bautista y le preguntaron:<CM>Por qu nosot
ros, y tambin los fariseos, ayunamos con mucha frecuencia, y en cambio tus discpul
os no ayunan nunca?
Les respondi Jess:<CM>Acaso pueden estar de duelo los invitados a una boda mientras
el novio permanece con ellos? Despus vendrn los das en que se lleven al novio, y e
ntonces ayunarn.
A nadie se le ocurre remendar un vestido viejo con un trozo de tela nueva, porqu
e el remiendo tirar de la tela vieja "del vestido, y el roto se har ms grande. o
Ni nadie pone vino nuevo en odres viejos, porque el vino nuevo romper los odres,
y el vino se derramar y los odres se echarn a perder. El vino nuevo hay que ponerl
o en odres nuevos, para que, tanto el vino como los odres, puedan conservarse ju
ntos.<CM><CM><i>Una nia muerta y una mujer enferma<i>
Mientras l les hablaba de esta manera, un alto jefe se lleg a Jess, y postrndose a s
us pies le dijo:<CM>Mi hija acaba de morir, pero estoy seguro de que si t vienes
conmigo y pones tu mano sobre ella, vivir.
Jess, levantndose, le sigui acompaado de sus discpulos.
Pero en el camino se le acerc una mujer que desde haca doce aos padeca de hemorragia
s; lleg por detrs y le toc el borde del manto,
pensando para s: "Tan slo con tocar el borde de su manto, quedar sanada".
Pero Jess, volvindose, la mir y le dijo:<CM>Hija, ten nimo, tu fe te ha salvado. Y l
a mujer qued sanada desde aquel mismo instante.
Luego lleg Jess a la casa de aquel jefe, y vio y oy a los que tocaban las flautas,
y a la gente que no dejaba de alborotar.
Les dijo a todos:<CM>Marchaos de aqu, pues la nia no est muerta, sino solo dormida.
Entonces la gente comenz a burlarse de l;
pero cuando por fin pudieron echarla fuera, Jess entr y tom la mano de la nia, y ell
a se levant.
La fama de aquel hecho corri por toda la regin.<CM><CM><i>Jess sana a los ciegos y
a los mudos<i>
Ms tarde, cuando Jess sali de all, le siguieron dos ciegos dando voces. Decan:<CM>Hijo
de David, ten compasin de nosotros!
Al llegar a la casa adonde iba, los ciegos fueron a l. Jess les dijo:<CM>Creis que y
o puedo hacer esto?Le contestaron:<CM>S, Seor.
Entonces les toc los ojos, al tiempo que les deca:<CM>Que os sea hecho conforme a
la fe que tenis.
Los ojos de ellos fueron abiertos, pero Jess les hizo un riguroso encargo:<CM>Tene
d cuidado, que nadie lo sepa!
Pero ellos, en cuanto salieron de all difundieron por todas partes la fama de Jess
.
Apenas los ciegos hubieron salido, le trajeron a un hombre que era mudo y estaba
endemoniado.
Pero una vez expulsado el demonio, el mudo comenz a hablar. La gente, admirada, c
omentaba:<CM>Jams se haba visto en Israel una cosa como esta.
Pero lo fariseos, por su parte, decan:<CM>Este expulsa los demonios por el propio
poder del prncipe de los demonios.<CM><CM><i>Son pocos los obreros<i>
Por entonces recorra Jess todas las ciudades y los pueblos, enseando en cada sinago
ga predicaba las buenas nuevas del reino de los cielos y sanaba toda enfermedad
y dolencia de la gente.
Viendo la multitud, tuvo compasin de ellos, porque estaban cansados y abatidos co
mo ovejas sin pastor.
En aquella ocasin dijo a sus discpulos:<CM>La mies es mucha, pero son pocos los ob
reros.
Por eso, rogad al Seor de la mies que enve trabajadores a cosecharla.
Llam Jess a sus doce discpulos y les dio autoridad para expulsar espritus impuros y
para sanar toda clase de enfermedades y dolencias.
Estos son los nombres de los doce apstoles: primero Simn, llamado Pedro, y su herm
ano Andrs; Jacobo, hijo de Zebedeo, y su hermano Juan;
Felipe y Bartolom; Toms y Mateo el publicano; Jacobo, hijo de Alfeo, y Tadeo;
Simn el zelota y Judas Iscariote, el que entreg a Jess.
A estos doce los envi Jess despus de haberles dado las instrucciones pertinentes. L
es dijo:<CM>No vayis a las comarcas donde habitan los gentiles, ni entris tampoco
en ciudades samaritanas,
sino dirigos en primer lugar a las ovejas perdidas del pueblo de Israel.
A estas debis anunciarles que el reino de los cielos se ha acercado.
Sanad a los enfermos, limpiad de su mal a los leprosos, resucitad a los muertos
y expulsad a los demonios. Lo que habis recibido de manera gratuita, dadlo tambin
gratuitamente.
No llevis oro ni plata ni cobre en vuestro cinto;
ni tampoco os preocupis de llevar provisiones para el camino, ni mudas de ropa o
de calzado, y ni siquiera un bastn; porque todo el que trabaja merece ser manteni
do.
All donde lleguis, ya sea una ciudad o una aldea, informaos acerca de alguna perso
na respetable en cuya casa podis alojaros hasta que salgis del lugar.
Al entrar en la casa saludad a los que viven en ella
y, si son realmente dignos, la paz que les deseis vendr sobre ellos; pero si no lo
son, vuestra paz se volver a vosotros.
En el caso de que alguno no quiera recibiros ni escuchar vuestras palabras, sali
d de su casa (o aun de la propia ciudad) y sacudos el polvo pegado a vuestros pie
s.
Os aseguro que, al llegar el da del juicio, el castigo de Sodoma y Gomorra ser ms s
oportable que el de aquella ciudad.
Tened presente que yo os envo como a ovejas en medio de una manada de lobos; por
lo tanto, mostraos prudentes como serpientes, y al mismo tiempo sencillos como p
alomas.
Sed precavidos en el trato con la gente, porque os arrestarn, os entregarn a los c
oncilios y os azotarn en las sinagogas.
Incluso os conducirn por causa ma a presenciQa de gobernadores y de reyes, lo cual
tambin os dar la oportunidad de rendir testimonio de m, lo mismo delante de ellos
que delante de los gentiles.
Ahora bien, cuando os arresten y entreguen no os preocupis por cmo habis de hablar
o qu habis de decir, pues en aquellos momentos Dios os dar la palabra oportuna;
porque no seris vosotros quienes hablis, sino que el Espritu de vuestro Padre habla
r por vuestra boca.
Suceder entonces que el hermano entregar al hermano a la muerte; el padre al hijo,
y los hijos se alzarn contra sus padres y los matarn.
Por causa ma, todo el mundo os odiar; pero, eso s, el que se mantenga fiel hasta el
fin, alcanzar la salvacin.
Cuando en esta ciudad se os persiga, huid a otra; porque os aseguro que an no hab
ris acabado de recorrer las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre
.
Pensad que el discpulo no es ms que su maestro, como tampoco el sirviente es ms que
su seor.
Basta con que el discpulo sea como su maestro, y que el sirviente sea como su seor
. Pero si al dueo de la casa lo han llamado Beelzeb, cunto ms no llamarn a los miembro
s de la familia?
Pero vosotros no los temis, porque no hay nada encubierto que no haya de descubri
rse algn da, ni hay nada oculto que no haya de conocerse.
Lo que ahora os digo como entre tinieblas, decidlo vosotros a plena luz; lo que
ahora escuchis al odo, proclamadlo desde las azoteas.
No tengis miedo de los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el alma;
antes bien, temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno.
Cunto puede valer un par de pjaros? Muy poco dinero! Sin embargo, ni uno solo de ell
os cae a tierra sin el consentimiento de vuestro Padre.
Pues vosotros sabed que hasta el ltimo de vuestros cabellos est contado;
por tanto no tengis miedo, pues ms valis vosotros que muchos pjaros.
A cualquiera que delante de la gente reconozca ser mo, tambin yo le reconocer delan
te de mi Padre que est en los cielos.
Pero a cualquiera que niegue ser mo delante de la gente, tambin yo le negar delante
de mi Padre que est en los cielos.
No creis que yo he venido tan slo a traer paz a la tierra. Tambin he venido a traer
guerra!,
pues he venido para poner al hombre "contra su padre, <CM>a la hija contra su ma
dre <CM>y a la nuera contra su suegra;
pues enemigos del hombre<CM>sern los de su propia casa".
El que ama a su padre o a su madre ms que a m, no es digno de m; ni es digno de m el
que ama a su hijo o a su hija ms que a m.
Y tampoco es digno de m el que se niega a tomar su cruz y seguirme.
El que encuentra su vida, la perder; pero el que pierde su vida por causa ma, la e
ncontrar.
El que os recibe a vosotros, me recibe a m; y el que me recibe a m, recibe al que
me envi.
El que recibe a un profeta por el hecho de ser profeta, recibir la recompensa que
a un profeta le corresponde; y el que recibe a un hombre justo por el hecho de
ser justo, recibir la recompensa que a un hombre justo le corresponde.
Y cualquiera que d un simple vaso de agua al ms humilde de mis discpulos por el hec
ho de ser discpulo mo, no quedar sin recompensa.
Una vez que Jess hubo concluido de dar instrucciones a sus doce discpulos, se fue
de all para ensear y predicar en las ciudades de aquella regin.
Juan el Bautista, que oy contar en la crcel los hechos de Cristo, le envi dos de su
s discpulos
para que le preguntasen:"Eres t el que esperbamos, o tenemos que esperar a otro?"
Jess respondi a los enviados:<CM>Id a Juan y dadle a conocer las cosas que estis vi
endo y oyendo:
los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados de su mal, los sordo
s oyen, los muertos son resucitados y a los pobres se les anuncia el evangelio.
Ah, y decidle adems: "Dichosos aquellos que no encuentran en m ningn motivo de escnd
alo".
Mientras ellos se iban, Jess comenz a hablar a la gente acerca de Juan. Deca:<CM>Qu h
abis salido a ver al desierto, una caa sacudida por el viento?
O quiz habis salido a ver un hombre vestido con ropas lujosas? Ya sabis que quienes
visten ropas lujosas viven en los palacios reales.
Entonces, qu habis salido a ver?, un profeta?... Pues s, y ms que un profeta,
porque este es de quien est escrito:"Yo envo mi mensajero delante de ti, para que
te prepare el camino".
Os aseguro que entre todos los nacidos de mujer no ha habido ningn otro mayor que
Juan el Bautista; sin embargo, el ms insignificante del reino de los cielos es m
ayor que l.
Desde los das del ministerio de Juan el Bautista hasta hoy, se ha hecho violencia
al reino de los cielos, y los violentos tratan de arrebatarlo.
Porque todos los profetas y la ley de Moiss profetizaron hasta la llegada de Juan
;
y si queris creerlo, Juan es aquel Elas cuya venida esperbamos.
El que tiene odos, que oiga!
A qu podr comparar la generacin actual? Se parece a esos muchachos que se sientan en
las plazas y dan voces a sus compaeros de juego, diciendo:
vivir en la casa; con lo cual, el estado final de aquel hombre es peor que al pr
incipio. Y eso es lo que le suceder a esta perversa generacin.<CM><CM><i>La madre
y los hermanos de Jess<i>
Todava estaba Jess hablando a la gente, cuando llegaron su madre y sus hermanos; p
ero no entraron, sino que se quedaron fuera deseosos de hablar con l.
Alguien le dijo:<CM>Escucha, tu madre y tus hermanos estn fuera y quieren hablar
contigo.
l le respondi:<CM>Pero quines son mi madre y mis hermanos? <CM>y extendiendo una man
o hacia sus discpulos, aadi: <CM>Estos son mi madre y mis hermanos,
- - porque todo aquel que cumpla la voluntad de mi Padre que est en los cielos, se es
mi hermano, mi hermana y mi madre.
Ms tarde, aquel mismo da, Jess sali de la casa y fue a sentarse a la orilla del lago
.
Pronto se reuni una gran multitud; entonces l entr en la barca y se sent, mientras t
oda la gente permaneca en la playa.
Jess, por medio de parbolas, comenz a hablarles sobre diversos temas. Les dijo: <CM
>Una vez, un sembrador sali a sembrar su semilla.
Al sembrar, una parte del grano cay muy cerca del camino, y llegaron las aves y s
e la comieron.
Otra parte cay en terreno pedregoso, donde la capa de tierra era delgada; all brot
aron las plantas en seguida, porque la tierra no tena profundidad,
pero cuando sali el sol las abras, y se secaron porque apenas tenan raz.
Otra parte cay entre espinos, y los espinos, al crecer, ahogaron las semillas.
Pero hubo una parte que cay en buena tierra y que produjo una cosecha de ciento,
de sesenta o de treinta granos por semilla.
El que tiene odos, que oiga!
Se acercaron entonces a Je-"ss sus discpulos, y le preguntaron: <CM>Por qu les habla
s por parbolas?
l les respondi diciendo:<CM>A vosotros se os concede que conozcis los secretos del
reino de los cielos, pero no a los dems.
Porque a cualquiera que tenga, se le dar para que tenga ms; pero al que nada tiene
, hasta lo poco que tiene le ser quitado.
Les hablo por parbolas porque esta gente no ve ni oye ni entiende.
De esta manera se cumple en ellos lo dicho por el profeta Isaas: "Oiris, pero no e
ntenderis; <CM>miraris, pero no veris.
Porque este pueblo tiene<CM>el corazn embotado, <CM>los odos endurecidos<CM>y los
ojos cerrados. <CM>Por eso no vern con sus ojos<CM>ni oirn con sus odos<CM>ni enten
dern con su corazn; <CM>y no se convertirn <CM>para que yo los sane".
Vosotros en cambio sois dichosos, porque podis ver con vuestros ojos y oir con vu
estros odos.
Os aseguro que muchos profetas y hombres justos anhelaron ver lo que vosotros es
tis viendo y oir lo que estis oyendo, pero no lo lograron.
Escuchad ahora, pues, qu significa la parbola del sembrador:
La semilla cada junto al camino representa la palabra del reino de los cielos, la
cual llega a algunas personas, que la oyen pero no la entienden; entonces viene
el Maligno, y les quita lo que tenan sembrado en el corazn.
Lo que fue sembrado en terreno pedregoso y poco profundo representa a los que oy
en la palabra, y de momento la reciben con alegra;
pero son personas superficiales a quienes les falta raz, de manera que cuando lle
gan das tristes o persecuciones a causa del mensaje del reino, tropiezan y se apa
rtan.
La semilla sembrada entre espinos es como el que escucha el mensaje, pero su pre
ocupacin por la vida actual y su equivocado afn por acumular riquezas ahoga en l la
palabra y la hace estril.
Finalmente, la semilla sembrada en buena tierra representa al que escucha el men
saje, lo entiende y fructifica en l, de modo que produce ciento, o sesenta, o tre
inta granos por semilla.<CM><CM><i>Parbola de la mala hierba<i>
Otra parbola que refiri Jess fue esta:<CM>El reino de los cielos es como un labrado
r que sembr buena semilla en el campo;
pero un enemigo suyo, mientras los trabajadores estaban durmiendo, fue y sembr ci
zaa entre el trigo. l
Cuando comenz a brotar y crecer el trigo, apareci tambin la cizaa.
Los trabajadores empleados por aquel labrador fueron a l y le dijeron: "Seor, si t
sembraste buena semilla en tus tierras, cmo es que ahora estn llenas de cizaa?"
l les contest: "Esto, sin duda, lo ha hecho un enemigo mo". Le preguntaron los trab
ajadores: "Te parece bien que vayamos a arrancar la cizaa?"
Pero l les dijo: "No, ahora no, porque al arrancar la cizaa podis arrancar tambin el
trigo.
Dejad que crezcan juntos hasta que llegue el tiempo de la siega; entonces dar ins
trucciones a los segadores para que arranquen primero la cizaa y la aten en manoj
os para quemarla. Despus podrn recoger el trigo y almacenarlo en mi granero.<CM><C
M><i>Parbolas del grano de mostaza y de la levadura<i>
Tambin les refiri Jess esta otra parbola:<CM>El reino de los cielos es como el grano
de mostaza que uno sembr en su campo;
ciertamente se trata de la ms pequea de todas las semillas, pero cuando crece se c
onvierte en el mayor de los rboles del huerto. Tan grande llega a ser, que los pja
ros acuden a anidar entre sus ramas.
Tambin les refiri otra parbola, diciendo:<CM>El reino de los cielos es como la leva
dura que una mujer toma para hacer pan, y la mezcla con tres medidas de harina p
ara que leude toda la masa.
Todas estas cosas deca Jess a la gente por medio de parbolas, y no les hablaba si n
o era haciendo uso de ellas.
As se cumplieron las palabras del profeta, que dijo: "Hablar por parbolas; <CM>expl
icar cosas que han <CM>estado ocultas<CM>desde la fundacin<CM>del mundo". <CM><CM>
<CM><i>Explicacin de la parbola de la mala hierba<i>
Despus de despedir a la gente, entr Jess en la casa; y los discpulos se acercaron a l
para pedirle que les explicase el significado de la parbola de la cizaa sembrada
en el campo de trigo.
l les respondi:<CM>Mirad, el Hijo del hombre es el labrador que siembra el buen gr
ano;
el terreno es el mundo; la buena semilla son los que pertenecen al reino, y la c
izaa son los que pertenecen al Maligno.
El enemigo que sembr la cizaa entre el trigo es el diablo; la siega representa el
fin del mundo, y los segadores son los ngeles.
De forma que, as como los segadores separan la cizaa del trigo y hacen con ella un
a hoguera, as tambin ser al fin del mundo:
enviar yo a mis ngeles para que arranquen del reino a todos los que son como piedr
as de tropiezo, y a los que actan inicuamente.
Despus de eso los arrojarn al horno encendido, donde llorarn y les rechinarn los die
ntes.
Los justos brillarn entonces como el sol en el reino de su Padre. El que tiene odos
, que oiga!<CM><CM><i>Parbolas del tesoro escondido y de la perla<i>
Adems, el reino de los cielos es como un tesoro que est escondido en un campo. Uno
llega y lo encuentra; lleno de alegra, lo esconde de nuevo y va a vender cuanto
posee, para con el dinero obtenido poder comprar aquel campo.
Tambin el reino de los cielos es comparable a un comerciante que anda buscando pe
rlas de gran valor.
Cuando al fin logra encontrar una perla preciosa, corre a vender cuanto posee, p
ara con el dinero obtenido poder comprarla.<CM><CM><i>Parbola de la red<i>
Y tambin el reino de los cielos es semejante a la red que lanzan los pescadores a
l mar, y que recoge toda clase de peces.
Una vez llena, la llevan a la orilla y se sientan a escoger lo pescado: ponen lo
bueno en una canasta y arrojan lo malo a un lado.
Eso es lo que suceder al fin del mundo: los ngeles vendrn, y de entre los justos ap
artarn a los malos
y los arrojarn al horno encendido, donde llorarn y les rechinarn los dientes.
Despus Jess les pregunt:<CM>Habis entendido estas cosas? <CM>S, Seor <CM>le respondier
n.
Entonces l aadi: <CM>Los maestros de la ley bien instruidos acerca del reino de los
cielos, se asemejan a un padre de familia que posee un tesoro del que a veces s
aca cosas nuevas y a veces cosas viejas.<CM><CM><i>Un profeta sin honra<i>
Cuando Jess termin de contar estas parbolas, se fue de all.
Regres a su tierra, y en la sinagoga enseaba al pueblo, que estaba maravillado y s
e preguntaba:<CM>De dnde le viene a este tanta sabidura y el poder de hacer tales m
ilagros?
No es este el hijo del carpintero y de Mara, el hermano de Santiago, Jos, Simn y Jud
as? a
Y todas sus hermanas, no viven aqu, entre nosotros? De dnde, pues, se saca todas esa
s cosas?
El pueblo acab por sentirse molesto con Jess, por lo cual l les dijo: <CM>No hay pr
ofeta al que en su propia tierra y entre sus parientes se honre debidamente.
Y a causa de la incredulidad de ellos, no hizo all muchos milagros.
Por aquel entonces, la fama de Jess lleg a odos del tetrarca Herodes,
que dijo a sus servidores:<CM>se es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre l
os muertos y tiene por eso tan grandes poderes!
Y es que Herodes haba hecho prender a Juan, y despus de encadenarlo lo haba mandado
encerrar en la crcel por causa de Herodas, que era la esposa de su propio hermano
Felipe.
Porque Juan le haba dicho a Herodes que estaba quebrantando la ley al tener a Her
odas por mujer.
Herodes habra querido matar a Juan, pero tema que el pueblo se le amotinara, porqu
e la gente tena a Juan por profeta.
Pero durante la celebracin del cumpleaos de Herodes, la hija de Herodas danz en medi
o de la fiesta; y tanto le agrad a Herodes,
que le ofreci con juramento darle cualquier cosa que quisiera pedirle.
Entonces, aconsejada por su madre, la muchacha pidi que le trajeran la cabeza de
Juan el Bautista en una bandeja.
Al rey no le agrad la peticin, pero como haba hecho un juramento y no quera faltar a
l en presencia de sus invitados, mand que se la diesen.
Orden, pues, que decapitaran a Juan en la crcel,
y en una bandeja le trajeron la cabeza a la muchacha, que en seguida se la llev a
su madre.
Ms tarde llegaron los discpulos de Juan, que tomaron el cuerpo y lo enterraron. Lu
ego fueron en busca de Jess y le informaron de lo que haba sucedido.<CM><CM><i>Jess
alimenta a los cinco mil<i>
Cuando Jess conoci la noticia, se dirigi en una barca a un lugar desierto y apartad
o; pero la gente lo supo y le sigui a pie desde los pueblos vecinos,
de forma que al llegar Jess encontr reunida una gran multitud y, compadecido de el
los, san a los que estaban enfermos.
A la cada de la tarde, los discpulos le dijeron: <CM>La hora ya es avanzada, y est
amos en un lugar despoblado. Despide a toda esa gente, para que vayan a las alde
as cercanas a comprar comida.
Jess les respondi:<CM>No tienen por qu irse. Dadles de comer vosotros mismos.
Ellos dijeron: <CM>Pero aqu no tenemos ms que cinco panes y dos peces.
l les contest:<CM>Tradmelos!
Entonces Jess mand que la gente se sentase en la hierba, y tomando los cinco panes
y los dos peces alz la mirada al cielo, los bendijo y los parti, y dio los panes
a los discpulos para que los distribuyeran entre la gente.
Todos comieron hasta quedar satisfechos; luego recogieron los trozos sobrantes y
llenaron con ellos doce cestas.
Los que comieron eran unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los nios.<
CM><CM><i>Jess camina sobre el agua<i>
En seguida, despus de esto, Jess hizo que sus discpulos subieran a la barca y se fu
eran antes que l a la otra orilla del lago, mientras l despeda a la multitud.
Despus de haberla despedido, subi al monte, para orar a solas; y cuando lleg la noc
he, todava segua solo all.
Por entonces, la barca se encontraba ya en medio del lago, y las olas la azotaba
n porque se haba levantado un viento contrario.
A la cuarta vigilia de la noche (como a las tres de la madrugada), Jess se les ac
oces: <CM>Ten misericordia de m, Seor, Hijo de David! Mi hija est siendo cruelmente a
tormentada por un demonio!
Jess no le respondi ni una palabra, y sus discpulos se le acercaron y le dijeron: <
CM>Dile que se vaya, que ya nos tiene cansados.
Entonces dijo l a la mujer: <CM>Yo solamente he sido enviado a las ovejas perdida
s que pertenecen al pueblo de lsrael.
Pero ella se acerc a Jess, se postr de rodillas y sigui suplicndole: <CM>Seor, aydame
l le respondi: <CM>No est bien quitarles el pan a los hijos para echrselo a los perr
os.
<CM>S <CM>replic ella<CM>, pero hasta los perros comen de las migajas que caen de
la mesa de sus amos.
Entonces Jess le respondi diciendo:<CM>Mujer, qu grande es tu fe! Hganse realidad tus
deseos. Y su hija san en aquel mismo instante.<CM><CM><i>Jess alimenta a los cuat
ro mil<i>
Luego Jess regres junto al lago de Galilea, subi a una colina y se sent all.
En seguida empez a acudir a l mucha gente, llevndole cojos, ciegos, mudos, mancos y
muchos otros enfermos; los ponan a los pies de Jess, y l los cur a todos.
Y la multitud estaba admisrada al ver que los mudos hacblaban, los cojos echaban
a andar y los ciegos podan ver; por todo lo cual la gente no cesaba de glorifica
r al Dios de Israel.
Jess llam a sus discpulos y les dijo:<CM>Tengo compasin de esta gente, porque ya hac
e tres das que estn aqu, conmigo, y no tienen qu comer. Y no quiero despedirlos y en
viarlos en ayunas, porque podran desfallecer por el camino.
Los discpulos le dijeron entonces:<CM>Pero estamos en un lugar despoblado. Dnde vam
os a conseguir alimentos para dar de comer a tanta gente?
<CM>Cuntos panes tenis ahora? <CM>les pregunt Jess. Ellos respondieron:<CM>Siete pane
s y unos cuantos pececillos.
Entonces mand que la gente se sentara en el suelo,
tom los siete panes y los peces, dio gracias a Dios por ellos y los parti y entreg
a los discpulos para que los distribuyesen entre la multitud.
Todos comieron hasta quedar satisfechos; luego recogieron los trozos sobrantes y
llenaron con ellos siete canastas.
Los que comieron eran cuatro mil hombres, sin contar las mujeres y los nios.
Ms tarde, despus de haber despedido a la gente, entr Jess en la barca y arrib a la re
gin de Magdala.
Un da fueron los fariseos y los saduceos adonde estaba Jess, y con intencin de pone
rlo a prueba le pidieron que les mostrase una seal milagrosa del cielo.
l les respondi diciendo:<CM>Vosotros, cuando anochece y el cielo tiene arreboles,
decs: "Va a hacer buen tiempo";
pero si los arreboles los tiene por la maana el cielo nublado, decs: "Hoy va a hab
er tormenta". As pues, vosotros sabis interpretar los diversos aspectos del cielo,
pero no sois capaces de distinguir las seales de los tiempos!
Esta generacin perversa y adltera pide seales milagrosas, pero no ver ms seal que la s
eal del profeta Jons. Habiendo dicho esto, Jess los dej y se fue de all.<CM><CM><i>La
levadura de los fariseos y de los saduceos<i>
Al llegar al otro lado del lago, los discpulos advirtieron que se haban olvidado d
e llevar pan. Y Jess les dijo:
<CM>Estad atentos y guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos.
Los discpulos pensaron para sus adentros que l haba dicho esto porque se haban olvid
ado de llevar pan.
Pero Jess, que saba lo que estaban pensando, les dijo: <CM>Hombres de poca fe, por
qu estis tan preocupados a causa de la comida?
Cundo llegaris a entender las cosas? No recordis ya los cinco panes repartidos entre
cinco mil hombres, y cuntas cestas de trozos sobrantes recogisteis?
Ni tampoco recordis los siete panes repartidos entre cuatro mil, y cuntas canastas
de trozos sobrantes recogisteis?
Cmo no entendis que no me refera al pan, cuando os dije que os guardaseis de la leva
dura de los fariseos y de los saduceos?
Entonces, por fin, comprendieron que Jess no les haba dicho que se guardaran de la
levadura del pan, sino de las enseanzas de los fariseos y de los saduceos.<CM><C
Una gran muchedumbre tenda sus mantos a lo largo del camino; otros cortaban ramas
de los rboles y las tendan delante, a su paso.
Y tanto los que iban delante como los que iban detrs, decan aclamndole: <CM>Hosanna
al Hijo de David! Bendito el que viene en nombre del Seor! Hosanna en las alturas!
Al entrar en Jerusaln, toda la ciudad se conmovi. Y unos a otros se preguntaban:<C
M>Quin es ste? Y otros decan:
<CM>Este es el profeta Jess, de Nazaret de Galilea.<CM><CM><i>Jess en el templo<i>
Jess entr en el templo y expuls a todos los que estaban all comprando y vendiendo; v
olc las mesas de los que cambiaban dinero, y las sillas de los vendedores de palo
mas.
Y les dijo:<CM>Escrito est: "Mi casa ser llamada casa de oracin", pero vosotros la
habis convertido en una cueva de ladrones.
Entonces se acercaron a l ciegos y cojos, y all, en el mismo templo, los san.
Pero los principales sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que Jess haca
y cmo hasta los nios lo aclamaban en el templo gritando: "Hosanna al Hijo de David!
", se llenaron de indignacin
y le dijeron: <CM>No oyes lo que estn gritando esos nios?l les respondi:<CM>S, los oig
o. Pero no habis ledo vosotros que "De la boca de los nios, de los recin nacidos, hic
iste perfecta la alabanza"?
Despus, dejndolos, se encamin a Betania para pasar all la noche.<CM><CM><i>Se seca l
a higuera<i>
A la maana siguiente, mientras regresaba a Jerusaln, sinti hambre.
Se acerc a una higuera que estaba cerca del camino, pero no encontrando en ella s
ino solo hojas, le dijo:<CM>Nunca ms vuelvas a dar fruto! La higuera se sec,
y al verlo se preguntaron asombrados los discpulos: <CM>Cmo ha podido secarse tan p
ronto la higuera?
Jess les respondi: <CM>Os aseguro que si tenis fe y no dudis, no solo haris cosas com
o esa de la higuera, sino que incluso le diris a este monte: "Qutate de aqu y arrjat
e al mar", y os obedecer.
Todo lo que pidis en oracin, si de veras creis, lo recibiris.<CM><CM><i>La autoridad
de Jess puesta en duda<i>
Cuando ya Jess se encontraba en el templo, y mientras enseaba, los principales sac
erdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a l y le preguntaron:<CM>Qu autorida
d tienes t para hacer las cosas que haces? Y quin te dio tal autoridad?
Les respondi Jess dicindoles:<CM>Tambin yo voy a haceros una pregunta. Si vosotros m
e la contestis, entonces yo os explicar con qu autoridad hago estas cosas.
Decidme, quin envi a Juan a bautizar, Dios o los hombres?Ellos empezaron a discutir
entre s. Decan: "Si respondemos que Dios lo envi, nos preguntar por qu no le cremos.
Y si decimos que fue enviado por los hombres, el pueblo se irritar contra nosotro
s, porque todos tienen a Juan por profeta".
Por fin contestaron a Jess: <CM>No lo sabemos. Jess les dijo: <CM>Pues tampoco yo
os explicar con qu autoridad hago estas cosas.<CM><CM><i>Parbola de los dos hijos<i
>
Pero a ver qu os parece de esto: Un hombre que tena dos hijos le dijo un da al mayo
r: "Hijo, ve hoy a trabajar a mi via".
El hijo le respondi: "No quiero ir", pero ms tarde se arrepinti y fue.
Acercndose tambin al menor, le habl el padre de la misma forma, y este le dijo: "S,
seor, yo ir", pero no fue.
La pregunta es cul de los dos cumpli la voluntad de su padre? <CM>Sin duda, el prim
ero <CM>respondieron. Y Jess aadi:<CM>Pues yo os aseguro que los publicanos y las p
rostitutas van a llegar antes que vosotros al reino de Dios.
Porque Juan el Bautista vino a ensearos el camino de la rectitud, y no le cresteis
. En cambio, s le creyeron los publicanos y las prostitutas; y vosotros, aun vien
do esto, ni os arrepentisteis ni le habis credo.<CM><CM><i>Parbola de los labradore
s malvados<i>
Escuchad esta otra parbola: <CM>Cierto hombre, un propietario, plant una via, la ce
rc con una valla, cav en ella un lagar y levant una torre; luego la arrend a unos la
bradores y se fue lejos de all.
Cuando ya se acercaba el tiempo de la vendimia, envi unos servidores suyos a reco
ger la parte de fruto que le corresponda.
, maestro!"
Pero vosotros no pretendis que nadie os llame "maestros", pues solo uno es vuestr
o Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos unos de otros.
Ni llamis "padre" a nadie en la tierra, pues solo uno es vuestro Padre, el que es
t en el cielo.
Ni dejis que os llamen "tutor", pues solo uno es vuestro Tutor, el Cristo.
El que se crea ms importante entre todos vosotros, hgase vuestro servidor.
Porque quien a s mismo se enaltece ser humillado, y quien se humilla ser enaltecido
.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que cerris ante los hombres el rein
o de los cielos, y ni vosotros entris ni dejis que nadie entre.
- - Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que recorris mar y tierra por conse
guir un proslito, y una vez conseguido lo hacis dos veces ms hijo del infierno que
vosotros mismos.
Ay de vosotros, guas ciegos!, que decs: "Si uno jura por el templo, no queda obliga
do a nada; lo que en verdad obliga es jurar por el oro del templo".
Insensatos y ciegos!, qu es ms importante, el oro o el templo que santifica al oro?
Decs tambin: "Si uno jura por el altar, no queda obligado a nada; lo que en verdad
obliga es jurar por la ofrenda que est sobre el altar".
Necios y ciegos!, qu es ms importante, la ofrenda o el altar que santifica a la ofre
nda?
El que jura por el altar, jura por l y tambin por todo lo que est sobre l;
y el que jura por el templo, jura por l y tambin por Dios, que lo habita;
y el que jura por el cielo, jura por el trono de Dios y tambin por Dios mismo, qu
e est sentado en l.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que dais diezmos de la menta, el e
neldo y el comino, pero dejis a un lado lo principal de la ley, que es la justici
a, la misericordia y la fe. S, dad vuestros diezmos, pero no dejis de hacer lo que
tiene mayor importancia.
Guas ciegos, que colis el mosquito y os tragis el camello!
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que limpiis escrupulosamente el vas
o y el plato por fuera, pero dejis que por dentro estn llenos de rapia y libertinaj
e.
Fariseo ciego!, limpia primero el vaso por dentro, y as, al propio tiempo, quedar l
impio por fuera.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que sois como sepulcros blanqueado
s, muy bellos al exterior, pero llenos por dentro de huesos de muertos "y de tod
a suerte de impurezas.
Del mismo modo vosotros, que aparecis a la vista de la gente como personas rectas
, mientras que por dentro estis llenos de hipocresa y maldad.
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas!, que edificis mausoleos en honor de
los profetas y adornis los sepulcros de los justos,
y decs: "Si nosotros hubisemos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habram
os sido cmplices suyos en la muerte de los profetas".
Pero de esa manera os reconocis descendientes de aquellos que asesinaron a los pr
ofetas.
Pues bien, acabad vosotros de llenar la medida de vuestros antepasados!
Serpientes, hijos de vbora!, cmo podris escapar de la condenacin del infierno?
Yo os estoy enviando profetas, sabios y escribas; a unos los mataris y crucificari
s, y a otros les daris de latigazos en las sinagogas y los perseguiris de ciudad e
n ciudad.
As caer sobre vosotros la sangre de las personas rectas que fueron asesinadas sobr
e la tierra, desde la sangre de Abel el justo hasta la de Zacaras, hijo de Berequa
s, a quien vosotros matast/eis entre el altar y el santuario.
Os aseguro que todo esto recaer sobre la presente generacin.
Jerusaln, Jerusaln, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios te enva! Cuntas
veces he querido reunir a tus hijos como la gallina rene sus polluelos debajo de
sus alas, y te negaste!
Pues mirad, de aqu en adelante vuestra casa va a quedar desierta.
Y os digo que no volveris a verme hasta que digis: "Bendito el que viene en nombre
del Seor!"
Jess sali del templo y, mientras iba andando, se acercaron sus discpulos para mostr
arle las diversas construcciones del templo.
l les dijo: <CM>Veis todas esas construcciones? Pues os aseguro que sern derribadas
y no quedar de ellas piedra sobre piedra.
Luego se sent en el monte de los Olivos, y acercndose de nuevo le preguntaron apar
te sus discpulos:<CM>Dinos, cundo van a ocurrir esas cosas, y cul ser la seal de tu re
greso y del fin del mundo?
Jess les respondi diciendo:<CM>No permitis que nadie os engae!,
porque muchos vendrn utilizando mi nombre y diciendo: "Yo soy el Cristo", y engaarn
a mucha gente.
Por entonces oiris hablar de guerras y rumores de guerra; pero no os dejis alarmar
. Porque todo eso ha de llegar, pero an no ser el final.
Una nacin se levantar a luchar contra otra, y un reino luchar contra otro; habr hamb
re y terremotos en distintos lugares,
pero todo ello no ser sino el principio de los horrores que han de venir.
Entonces seris entregados a padecimientos y a muerte: os matarn, y por mi causa se
ris odiados en todas las naciones.
Muchos tropezarn, se traicionarn mutuamente y unos a otros se aborrecern.
Surgirn numerosos falsos profetas que engaarn a muchos;
y ser tanta la maldad reinante, que el amor de muchos se enfriar.
Pero el que sre mantenga firme hasta el fin, se se salvar.
Las buenas noticias del reino de los cielos sern proclamadas en todo el mundo, pa
ra que todas las naciones las oigan. Y entonces vendr el final.
Por tanto, cuando veis aparecer en el Lugar Santo la impura abominacin de que habl
a el profeta Daniel (entienda esto el lector!),
los que estn en Judea, huyan a los montes;
el que est en la azotea, no baje a buscar nada a la casa,
y el que est en el campo, no regrese a recoger su capa.
Pero ay de las mujeres que estn encintas o tengan nios de pecho en aquellos das!
Orad porque la huida no tenga lugar en invierno o en da de reposo,
porque habr entonces una tribulacin como jams la ha habido desde que el mundo es mu
ndo, ni volver a haberla despus.
Y si aquellos das no fuesen acortados, nadie podra salvarse; pero sern acortados po
r el bien de los que Dios ha escogido.
En aquellos momentos, si alguien llega y os dice: "Mirad, aqu est el Cristo", o: "
Mirad, all est", no lo creis.
Porque lo cierto es que van a levantarse falsos cristos y falsos profetas que ha
rn seales milagrosas y prodigios extraordinarios, y con ellos tratarn de engaar incl
uso a los escogidos de Dios.
Es lo que ya antes os he dicho:
si alguien os anuncia que el Cristo se encuentra en el desierto, no salgis a verl
o; y si os dicen que est oculto en alguna estancia, no lo creis,
pues la venida del Hijo del hombre ser tan visible como el relmpago que cruza el c
ielo de uno a otro lado.
Donde se encuentre el cuerpo muerto, all se juntarn los buitres.
Despus que haya cesado la tribulacin de aquellos das, el sol se oscurecer, la luna d
ejar de dar su resplandor, las estrellas caern del cielo y las fuerzas celestiales
sern conmovidas.
Entonces aparecer en el cielo el signo del Hijo del hombre, y tambin entonces toda
s las razas de la tierra prorrumpirn en lamentos y lo vern llegar sobre las nubes
del cielo con gran poder y gloria.
Y enviar a sus ngeles, para que, a un fuerte toque de trompeta, renan a sus escogid
os de los cuatro puntos cardinales, desde un extremo del cielo al otro.
Aprended del ejemplo que nos da la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y
comienzan a brotar las hojas, se conoce que ya el verano est cerca.
Pues, de la misma manera, cuando veis que esas cosas empiezan a acontecer, sabed
que mi regreso est cerca.
Os aseguro que la actual generacin no pasar antes que todo esto suceda.
Cuando al cabo de una prolongada ausencia regres el seor de aquellos siervos, los
llam y se puso a arreglar cuentas con ellos.
Entonces el que haba recibido los cinco talentos llev los otros cinco, y dijo: "Seo
r, t me entregaste cinco talentos; pues mira, otros cinco he ganado con ellos".
Su seor, satisfecho, le dijo: "Muy bien! Eres un siervo bueno y fiel, y puesto que
has sido fiel con el poco dinero que te entregu, te confiar en adelante mucho ms.
Entra conmigo a celebrarlo".
Despus, el que haba recibido los dos talentos llev tambin los otros dos, y dijo: "Seo
r, t me entregaste dos talentos; pues mira, otros dos he ganado con ellos".
Su seor, satisfecho, le dijo: "Muy bien! Eres un siervo bueno y fiel, y puesto que
has sido fiel con el poco dinero que te entregu, te confiar en adelante mucho ms.
Entra conmigo a celebrarlo".
Pero el que haba recibido un solo talento, al presentarse ante su seor, le dijo: "
Seor, como yo saba que eres un hombre duro, que siegas donde no sembraste y cosech
as donde no esparciste,
tuve miedo de perder el talento que me diste y decid esconderlo en la tierra. Aqu,
pues, tienes lo que es tuyo".
En respuesta, su seor le dijo: "T eres un mal siervo, un holgazn! Si sabas que yo sie
go donde no sembr y cosecho donde no esparc,
debiste al menos haber puesto mi dinero en manos de los banqueros; as, al regresa
r yo de mi viaje, lo habra recuperado junto con los intereses".
Quitadle, pues, ese talento, y ddselo al que tiene diez;
porque el que tiene recibir ms, y tendr en abundancia; pero el que no tiene, aun lo
poco que tiene se le quitar.
En cuanto a este siervo intil, echadlo de aqu a las tinieblas de fuera; all llorar y
le rechinarn los dientes".<CM><CM><i>Las ovejas y las cabras<i>
Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria y en compaa de todos los santos ngeles
, se sentar en su trono de gloria,
y todas las naciones se reunirn delante de l. Separar a unas gentes de otras, como
el pastor separa las ovejas de los cabritos:
pondr las ovejas a su mano derecha, y los cabritos a su mano izquierda.
Luego dir el Rey a los de su derecha: "Venid, benditos de mi Padre, y heredad el
reino que est preparado para vosotros desde que el mundo es mundo.
Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui fo
rastero y me acogisteis en vuestras casas,
estuve desnudo y me disteis ropa, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinist
eis a verme".
Entonces los justos le preguntarn: "Seor, cundo te vimos hambriento y te alimentamos
, o sediento y te dimos de beber?
Cundo te vimos forastero y te acogimos en nuestras casas, o desnudo y te dimos rop
a?
Y cundo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte?"
El Rey les responder diciendo: "De veras os digo que todo lo que hicisteis a uno
de estos mis hermanos menores, a m lo hicisteis".
Despus dir a los de su izquierda: "Apartaos de m, malditos, al fuego eterno preparad
o para el diablo y sus ngeles!
Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber,
fui forastero y no me acogisteis, estuve desnudo y no me disteis ropa, enfermo y
encarcelado y no me visitasteis".
Entonces tambin ellos le respondern: "Seor, cundo te vimos hambriento o sediento, for
astero o desnudo, enfermo o encarcelado, y no te ayudamos?"
Y entonces l les responder diciendo: "De veras os digo que por cuanto no lo hicist
eis a uno de estos mis hermanos menores, tampoco a m lo hicisteis".
Por tanto, estos irn al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.
Cuando Jess concluy este discurso, se dirigi a sus discpulos dicindoles:
<CM>Como sabis, dentro de dos das se celebra la Pascua, y el Hijo del hombre ser en
tregado para que lo crucifiquen.
Entonces se reunieron los principales sacerdotes, los escribas y los ancianos de
l pueblo en la residencia del sumo sacerdote llamado Caifs.
Tomaron consejo entre s sobre cmo tender una trampa a Jess, con objeto de apresarlo
y darle muerte;
pero decan: "No lo hagamos durante los das de la fiesta, para evitar que el pueblo
se amotine contra nosotros".<CM><CM><i>Una mujer unge a Jess en Betania<i>
Jess estaba entonces en Betania, en casa de uno a quien llamaban Simn el leproso.
En esto se le acerc una mujer que llevaba un frasco de alabastro lleno de un perf
ume de mirra muy caro, que derram en la cabeza de Jess mientras l estaba sentado a
la mesa.
Los discpulos, al ver la accin de la mujer, la criticaron enojados. <CM>Eso es un
despilfarro <CM>decan<CM>.
Podamos haber vendido este perfume por muy buen precio, y haber repartido el dine
ro a los pobres.
Pero Jess, dndose cuenta de ello, les dijo:<CM>Por qu molestis a esta mujer? Lo que e
n m ha hecho es una buena obra.
Porque pobres los vais a tener siempre entre vosotros, pero a m no siempre me vai
s a tener.
El perfume que ha derramado en mi cuerpo es una preparacin para mi sepultura.
Yo os aseguro que, dondequiera que en el mundo se prediquen estas buenas noticia
s, se contar tambin lo que ella ha hecho, para memoria suya.<CM><CM><i>Judas acuer
da traicionar a Jess<i>
Uno de los doce apstoles, el llamado Judas Iscariote, se present entonces a los pr
incipales sacerdotes
y les pregunt: <CM>Cunto me daris, si yo os entrego a Jess? Ellos ajustaron el pago e
n treinta monedas de plata,
y a partir de ese momento empez Judas a buscar una ocasin propicia para entregrselo
.<CM><CM><i>La Cena del Seor<i>
El primer da de la fiesta en que se coma el pan sin levadura, los discpulos fueron
a preguntarle a Jess:<CM>Dnde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
<CM>Id a la ciudad, a casa de quien ya sabis, y decidle: "Esto dice el Maestro: M
i tiempo ya est cerca, y quisiera celebrar la Pascua en tu casa, junto con mis di
scpulos".
Entonces los discpulos, cumpliendo el encargo que Jess les haba dado, fueron all y p
repararon la cena.
Llegada la noche, se sent a la mesa para cenar con los doce,
y en cierto momento, mientras coman, les dijo: <CM>Sabed que uno de vosotros va a
entregarme.
Ellos se entristecieron profundamente, y comenzaron a preguntarle uno tras otro:
<CM>Ser yo, Seor?
l les respondi, diciendo: <CM>Uno que ha metido la mano en el plato conmigo ser qui
en me entregue.
Es cierto que en el Hijo del hombre va a cumplirse lo que est profetizado, pero ay
de aqul por quien el Hijo del hombre es entregado! Mejor le habra sido no haber n
acido.
Judas se acerc tambin a Jess, y le pregunt: <CM>Acaso ser yo, Maestro? <CM>T lo has di
ho <CM>le respondi.
Estando comiendo, Jess tom un pan, lo bendijo, lo parti y lo dio a sus discpulos, di
ciendo:<CM>Tomad y comed: esto es mi cuerpo.
Luego tom un vaso de vino, dio gracias por l, se lo pas a ellos y dijo:<CM>Bebed to
dos de l,
porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual ser derramada en favor de mucho
s, para perdn de los pecados.
Y tened presente que no volver a beber de este vino, fruto de la vid, hasta aquel
da en que lo beba nuevo, con vosotros, en el reino de mi Padre.
Despus de esto y de haber cantado el himno, salieron de all y se fueron al monte d
e los Olivos.<CM><CM><i>Jess predice la negacin de Pedro<i>
Cuando llegaron, Jess les dijo: <CM>Todos vosotros vais a sentiros escandalizados
por mi causa esta noche, y se cumplir lo que dicen las Escrituras: "Matar al past
or, y las ovejas del rebao sern dispersadas".
Pero tened esto presente: despus que haya resucitado, ir a Galilea para encontrarm
e con vosotros.
A estas palabras, respondi Pedro dicindole:<CM>Aunque todos se sientan escandaliza
y cuando aquella maana se congreg la gente, Pilato pregunt: <CM>A cul de estos dos qu
eris que os ponga en libertad: a Barrabs o a Jess, llamado el Cristo?
Al gobernador le constaba que Jess haba sido entregado por quienes envidiaban su p
opularidad.
Estaba Pilato sentado en el tribunal, cuando de parte de su esposa le lleg un men
saje que deca: "No te metas con ese hombre, que es inocente. Esta noche he sufrid
o mucho en sueos por causa suya".
Pero los principales sacerdotes y los dirigentes judos persuadieron a la muchedum
bre para que pidiese la libertad de Barrabs y mataran a Jess.
As pues, cuando el gobernador volvi a preguntar a cul de los dos queran que soltara,
gritaron: <CM>A Barrabs!
<CM>Y que hago con Jess, llamado el Cristo? Todos a una contestaron:<CM>Crucifcalo!
Pregunt el gobernador:<CM>Pero, por qu? Qu delito ha cometido? Pero la multitud sigui
gritando sin cesar: <CM>Crucifcalo! Crucifcalo!
Comprendiendo Pilato que nada consegua, sino que cada vez era mayor el alboroto,
orden que le llevasen agua, se lav las manos en presencia de todo el pueblo y dijo
:<CM>Yo no me hago responsable de la sangre de este hombre, que es inocente. All v
osotros!
La turba en pleno respondi:<CM>Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros
hijos!
Entonces Pilato mand soltar a Barrabs; y a Jess lo hizo azotar y lo entreg a los sol
dados, para que lo crucificaran.<CM><CM><i>Los soldados se burlan de Jess<i>
Los soldados del gobernador tomaron a Jess y lo llevaron primero al pretorio, don
de reunieron alrededor de l a toda la compaa,
lo desnudaron y le echaron sobre los hombros un manto escarlata.
Luego le pusieron sobre la cabeza una corona que haban tejido de espinos, y una c
aa en su mano derecha. Y hacan burla de Jess arrodillndose ante l y diciendo: <CM>Salv
e, rey de los judos!
Tambin escupan sobre l, y quitndole la caa le golpeaban la cabeza.<CM><CM><i>La cruci
fixin<i>
Por ltimo, despus de haberse burlado de Jess, le despojaron del manto, le pusieron
de nuevo su propia ropa y se lo llevaron para crucificarlo.
En el camino, al salir, hallaron a un hombre de Cirene llamado Simn, al cual obli
garon a llevar la cruz de Jess.
Cuando llegaron a un lugar que llamaban Glgota (o sea, lugar de la Calavera),
los soldados le dieron a beber vinagre mezclado con hiel; pero Jess, despus de pro
barlo, no quiso beberlo.
Una vez que lo hubieron crucificado, los soldados echaron sus ropas a suertes y
se las repartieron entre ellos.
Luego se sentaron all para vigilarlo.
En la cruz, por encima de su cabeza, pusieron un letrero con la causa de la cond
ena. Deca: "Este es Jess, el rey de los judos".
Crucificaron tambin entonces a dos maleantes, uno a la derecha y otro a la izquie
rda de Jess.
La gente, al pasar, le injuriaba, y meneando la cabeza
deca:<CM>No eres t el que puede derribar el templo y volver a construirlo en tres da
s? Pues slvate a ti mismo! Si eres hijo de Dios, bjate de la cruz.
De la misma manera, tambin los principales sacerdotes, los escribas, los fariseos
y los dirigentes judos, burlndose de Jess, decan:
<CM>A otros ha salvado, pero a s mismo no puede salvarse. Si es el rey de Israel,
que se baje ahora de la cruz y creeremos en l.
Y puesto que confi en Dios, que Dios lo salve, si es que le quiere. No dice l que e
s hijo de Dios?
De igual forma le injuriaban los ladrones que haban sido crucificados junto a l.<C
M><CM><i>Muerte de Jess<i>
Pero aquel da, desde la hora sexta (medioda) hasta la hora novena (tres de la tard
e), la tierra qued sumida en profundas tinieblas.
Cerca ya de la hora novena, Jess dio un gran grito:<CM>El, El, lem sabactani? (que si
gnifica: "Dios mo, Dios mo, por qu me has desamparado?")
Algunos de los que estaban all creyeron que estaba llamando a Elas;
y en aquel mismo momento, uno fue corriendo a empapar una esponja en vinagre, la
puso en una caa y la alz para que Jess bebiese. g
Pero los dems decan: s<CM>Djalo, y vamos a ver si Elas viene a salvarlo.
Pero Jess, dando de nuevo un gran grito, entreg su espritu.
En aquel instante el velo del templo se rasg en dos, de arriba abajo; la tierra t
embl y las rocas se partieron.
Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que estaban muertos, resuc
itaron;
salieron de los sepulcros despus que Jess hubo resucitado, y fueron a la santa ciu
dad de Jerusaln, donde se aparecieron a muchos.
El centurin y los soldados que custodiaban a Jess, llenos de pnico a causa del terr
emoto y de todas las cosas que estaban aconteciendo, exclamaron: <CM>Verdaderamen
te este era Hijo de Dios!
No muy lejos de la cruz estaban mirando muchas mujeres que haban seguido a Jess de
sde Galilea y le haban servido.
Entre ellas se encontraban Mara Magdalena, Mara la madre de Jacobo y de Jos, y la m
adre de los hijos de Zebedeo.<CM><CM><i>Sepultura de Jess<i>
Al caer la tarde lleg un hombre rico, de Arimatea, llamado Jos, que haba sido discpu
lode Jess.
Este hombre se dirigi a Pilato para pedirle el cuerpo de Jess. Pilato orden que se
le entregase,
y Jos tom el cuerpo, lo envolvi en una sbana limpia
y lo puso en un sepulcro nuevo labrado en la pea. Luego hizo rodar una gran piedr
a con la que cerr la entrada, y se fue.
All se quedaron Mara Magdalena y la otra Mara, sentadas frente al sepulcro.<CM><CM>
<i>La guardia ante el sepulcro<i>
Al siguiente da, el que sigue a la preparacin de la Pascua, los principales sacerd
otes y los fariseos fueron a ver a Pilato,
y le dijeron: <CM>Seor, hemos recordado que aquel impostor dijo una vez: "Al cabo
de tres das resucitar".
Queremos pedirte que mandes sellar el sepulcro hasta el tercer da, no vaya a suce
der que vengan los discpulos de ese hombre, se lleven el cuerpo y luego digan al
pueblo que ha resucitado de entre los muertos. Con lo cual las cosas se pondran p
eor de lo que antes estaban.
Pilato les dijo:<CM>Bueno, ah tenis soldados de guardia. Id y aseguradlo como sabis
hacerlo.
Fueron ellos entonces, sellaron la piedra que cerraba el sepulcro y dejaron all a
la guardia.
Pasado el sbado, al amanecer el primer da de la semana, Mara Magdalena y la otra Ma
ra regresaron al sepulcro.
Pero se produjo un fuerte terremoto, porque un ngel del Seor haba descendido del ci
elo, haba removido la piedra y se haba sentado en ella.
El aspecto del ngel era como un relmpago, y sus vestiduras, blancas como la nieve.
Los guardias temblaban de miedo y se quedaron como muertos.
Pero el ngel habl a las mujeres, dicindoles: <CM>No tengis temor. Ya s que estis busca
ndo a Jess, el que fue crucificado;
pero no lo encontraris aqu, porque ha resucitado como os lo haba anunciado. Entrad
y ved el lugar donde lo pusieron.
Ahora id en seguida y decid a sus discpulos: "Ha resucitado de los muertos y va d
elante de vosotros a Galilea. All le veris". Esto es lo que haba de deciros.
Las mujeres, llenas al mismo tiempo de miedo y de alegra, salieron del sepulcro y
corrieron en busca de los discpulos para comunicarles el mensaje del ngel; pero m
ientras iban a llevarles la noticia, 5
Jess les sali al encuentro y las salud. Ellas se le acercaron, le abrazaron los pie
s y lo adoraron;
y Jess les dijo:<CM>No tengis miedo. Id y decid a mis hermanos que se dirijan sin
demora a Galilea, y que all me vern.<CM><CM><i>El informe de los guardias<i>
Mientras esto suceda, algunos de la guardia fueron a la ciudad e informaron a los
principales sacerdotes de todo lo que haba venido sucediendo.
Estos, reunidos con los dirigentes judos, decidieron en consejo dar una buena can
Y como finalmente se juntara una gran multitud, Jess encarg a sus discpulos que le
tuvieran siempre lista la barca, para evitar verse oprimido.
Porque por entonces haba sanado ya a tantas personas, que cuantos padecan de algun
a enfermedad le asediaban tratando de tocarle.
Y tambin, cada vez que algn espritu impuro le vea, caa de rodillas ante l, diciendo a
voces: <CM>T eres el Hijo de Dios!
Pero l les prohiba severamente que revelasen quin era.<CM><CM><i>Nombramiento de lo
s doce apstoles<i>
Ms tarde subi a un monte; y convoc a su lado a unos cuantos, que al punto acudieron
a su llamada.
De entre ellos escogi a doce, para que estuvieran siempre con l y para que saliese
n a predicar.
Adems les dio autoridad para sanar enfermedades y expulsar demonios.
Estos doce fueron: Simn, al que Jess puso por sobrenombre Pedro;
Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, a quienes puso "Boanerges" (que en arameo signi
fica "hijos del trueno");
Andrs, Felipe, Bartolom, Mateo, Toms, Jacobo hijo de Alfeo, Tadeo, Simn el zelota
y Judas Iscariote, el que entreg a Jess.<CM><CM><i>Jess y Beelzeb</i> <CM>Cuando reg
resaron a la casa donde se alojaban,
se reuni tanta gente que ni siquiera les dejaban lugar para comer.
Al enterarse de lo que estaba pasando, tambin los familiares de Jess acudieron en
busca suya, para llevrselo, porque pensaban que se haba vuelto loco.
Pero en la casa se encontraban algunos escribas llegados de Jerusaln, que decan:<C
M>Este est posedo por Beelzeb, el prncipe de los demonios. Por eso puede expulsar a l
os demonios!
Jess entonces les puso unos ejemplos, de manera que pudieran entenderle con clari
dad: <CM>Cmo podra Satans expulsar a Satans?
Un reino dividido contra s mismo, es un reino sin futuro;
y una familia dividida contra s misma, es una familia sin futuro.
Por lo tanto, si Satans lucha consigo mismo y se divide contra s, cmo podr permanecer
? Habr llegado su fin!
Nadie puede entrar en la casa de un hombre fuerte a saquear sus bienes, si prime
ro no le ata. Cuando le haya atado es cuando podr saquearle.
Ahora os voy a decir una cosa: todo pecado les ser perdonado a los hombres, e inc
luso todas las blasfemias que profieran;
pero el que jams obtendr perdn es el que blasfeme contra el Espritu Santo. Cualquier
a que esto haga ser reo de condenacin eterna.
De ese modo respondi Jess a quienes decan que estaba posedo por un espritu impuro.<CM
><CM><i>La madre y los hermanos de Jess<i>
Pasadas estas cosas, la madre y los hermanos de Jess fueron a la casa donde l se h
allaba; pero no entraron, sino que le mandaron recado de que saliera.
Algunos que estaban sentados a su alrededor, le dijeron:<CM>Tu madre y tus herma
nos han venido. Estn ah afuera y preguntan por ti.
l les respondi:<CM>Quin es mi madre y quines son mis hermanos?
Y mirando a la gente sentada a su alrededor, aadi: <CM>Aqu estn mi madre y mis herman
os,
pues todo el que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre!
De nuevo comenz Jess a ensear a orillas del mar de Galilea. Se reuni tanta gente a s
u alrededor, que hubo de subir a una barca, sentarse en ella y hablar desde all a
la multitud agolpada? en la playa.
Jess, que sola servirse de parbolas para ilustrar muchas de sus enseanzas, cont la si
guiente:
<CM>Hubo una vez un sembrador que sali al campo a sembrar.
Al lanzar la semilla, una parte cay en el camino, y llegaron los pjaros y se la co
mieron.
Otra parte cay en terreno pedregoso, donde la capa de tierra era delgada; esta se
milla, por faltarle profundidad a la tierra, no tard en brotar;
pero el sol, al salir, la quem, y se sec porque no tena raz.
Otra parte de la semilla cay entre espinos, que al crecer la ahogaron y no la dej
aron germinar.
Pero otra parte cay en buena tierra, y dio fruto al treinta, al sesenta y hasta a
l ciento por uno de lo sembrado.
El que tiene odos, que oiga!
Ms tarde, estando ya solos, los doce y algunos otros de los seguidores de Jess le
preguntaron por el significado de aquella parbola.
Les respondi: <CM>Vosotros s podis conocer el profundo misterio del reino de Dios.
Pero a los que estn fuera del reino tengo que decrselo todo por medio de parbolas,
porque "aunque miran, no ven; <CM>y aunque oyen, no entienden <CM>ni se vuelven
a Dios para que<CM>les perdone sus pecados".
Ahora bien, si vosotros tampoco entendis esa sencilla parbola, cmo podris entender la
s que todava tengo que contaros?
Mirad, el sembrador es cualquiera que proclama el mensaje de Dios.
La semilla cada en el camino representa a los que oyen el mensaje, pero despus que
lo han odo llega Satans y se lo quita del corazn.
La que cay entre las piedras son los que escuchan el mensaje con alegra,
pero estn faltos de raz y no tienen duracin. Por eso, cuando a causa del propio men
saje llegan dificultades o persecuciones, abandonan.
Los espinos representan a los que escuchan el mensaje,
pero luego, atrados por los encantos del mundo, los deleites de las riquezas y el
codicioso afn de poseer cada vez ms, no le dejan que fructifique.
Por ltimo, la buena tierra representa a los que de veras escuchan el mensaje, y l
o aceptan. Estos dan fruto abundante, al treinta, al sesenta y hasta al ciento p
or uno de lo sembrado.<CM><CM><i>Una lmpara en una repisa<i>
Tambin les dijo Jess:<CM>Qu os parece de esto, que uno encienda una lmpara para tapar
la luego con alguna vasija o meterla debajo de la cama? Cuando se enciende una lm
para, se la pone en un candelero para que alumbre debidamente.
Pues bien, no hay nada oculto que no llegue a hacerse manifiesto, ni hay nada es
condido que no salga a la luz.
El que tiene odos, que oiga!
Les dijo adems:<CM>Poned atencin a lo que os, porque con la medida con que midis, ta
mbin Dios os medir a vosotros. Y con creces.
El que tiene, recibir ms; pero el que apenas tiene, aun lo poco que tenga se le qu
itar.<CM><CM><i>Parbola de la semilla que crece<i>
En otro momento les dijo:<CM>Mirad, el reino de Dios es como la semilla que un l
abrador siembra en la tierra.
Una vez sembrada, el labrador se va; y sin que l sepa cmo, ya sea que duerma o que
vele, de da o de noche, la semilla germina y crece por s misma.
La tierra frtil la hace brotar: primero parece como una hierba, pero luego se con
vierte en la espiga que, a su tiempo, se llena de grano.
Cuando al fin el grano est a punto, vuelve el labrador y mete la hoz, porque ha l
legado el momento de la siega.<CM><CM><i>Parbola del grano de mostaza<i>
Tambin les dijo: <CM>Con qu podremos comparar el reino de Dios? Con qu parbola podramo
describirlo?
El reino de Dios es semejante a ese diminuto grano de mostaza que, cuando se sie
mbra, es la ms pequea de todas las semillas,
pero que luego crece y se convierte en la mayor de las plantas del huerto, y ech
a ramas tan grandes que a su sombra encuentran cobijo las aves.
Con muchas parbolas como estas se diriga Jess a la gente, para darles a conocer el
mensaje conforme a lo que cada cual poda comprender.
Siempre les hablaba con parbolas, aunque a sus discpulos, cuando estaba a solas co
n ellos, les explicaba su sentido con toda claridad.<CM><CM><i>Jess calma la torm
enta<i>
Aquel mismo da, al caer la tarde, les dijo:<CM>Pasemos a la otra orilla.
Despidieron a la multitud, tomaron con ellos a Jess y emprendieron la travesa. Otr
as barcas les acompaaban.
En esto se levant una violenta tempestad. El viento los azotaba con furia, y las
olas caan sobre la barca amenazando anegarla por completo.
Jess, a popa, apoyado sobre un cabezal, dorma tranquilamente; pero los discpulos, l
lenos de pnico, le despertaron diciendo:<CM>Maestro!, no te importa que nos estemos
hundiendo?
Jess se levant entonces, reprendi al viento y orden a las olas del mar:<CM>Callad! Ser
enaos! Al punto ces de soplar el viento, y se hizo una gran calma en el mar.
Luego Jess se volvi a sus discpulos y les dijo: <CM>Por qu os habis asustado de ese mo
do? Acaso no tenis fe?
Pero ellos, llenos an de miedo, se decan unos a otros:<CM>Quin es ste, que hasta el v
iento y el mar le obedecen?
Llegaron a la otra orilla del mar, a la regin de los gerasenos,
y apenas Jess hubo saltado a tierra, cuando de entre unos sepulcros sali a su encu
entro un hombre posedo por un espritu impuro.
l viva all, entre los sepulcros, y tena tal fuerza que nadie poda sujetarlo ni siquie
ra con cadenas.
Muchas veces lo haban encadenado y le haban atado los pies con grillos, pero l rompa
las cadenas y destrozaba los grillos. Nadie era capaz dey dominar a aquel hombr
e,
que da y noche vagaba por entre los sepulcros y por los montes, gritando e hirindo
se con piedras.
Al ver de lejos a Jess, corri a l y echndose de rodillas a sus pies,
le dijo a grandes voces:<CM>Qu tienes conmigo, Jess, Hijo del Dios altsimo? Por Dios
te conjuro que no me atormentes!
Gritaba de esa manera porque Jess haba ordenado:<CM>Espritu impuro, sal de este homb
re!
Luego Jess le pregunt:<CM>Cmo te llamas?l le respondi: <CM>Me llamo Legin, porque somo
muchos.
Y enseguida se puso a rogarle con insistencia que no los echara fuera de aquella
regin.
Como cerca de all haba una gran piara de cerdos que pacan al pie de una colina,
los espritus suplicaron a Jess:<CM>Envanos a los cerdos, y nos meteremos en ellos.
Jess consinti, y entonces los espritus impuros salieron del hombre y se metieron en
los cerdos, que eran unos dos mil. Al momento la piara, enloquecida, se precipi
t por un despeadero al mar, y todos los cerdos se ahogaron.
Los hombres que cuidaban de los cerdos huyeron y lo contaron todo en la ciudad y
por los campos de alrededor, y muy pronto sali la gente a ver qu haba sucedido.
Al llegar adonde se encontraba Jess, vieron junto a l al endemoniado, que ahora es
taba sentado, vestido y en su cabal juicio, y se llenaron de temor.
Despus, cuando los que fueron testigos presenciales refirieron a los dems lo ocurr
ido con el endemoniado y los cerdos,
comenzaron todos a rogar a Jess que se fuera de aquellas tierras.
Jess, al orles, decidi volverse a la barca. Entonces el que haba estado endemoniado
le suplic que le dejase ir con l,
pero Jess no se lo permiti, sino que le dijo: <CM>Mira, vete a tu casa, con los tu
yos, y cuntales las maravillas que el Seor, en su misericordia, ha hecho contigo.
El hombre, obediente a las palabras de Jess, se fue y comenz a divulgar por toda l
a regin de Decpolis las grandes cosas que Jess haba hecho con l. Y la gente, al orlo,
se quedaba maravilla-da.<CM><CM><i>Una nia muerta y una mujer enferma<i>
Cuando Jess regres en la barca a la otra orilla del mar, se reuni de nuevo una gran
multitud junto a l.
De pronto, un hombre se arrodill a sus pies. Era Jairo, uno de los jefes de la si
nagoga,
que con gran insistencia le rog:<CM>Seor, mi hija se est muriendo. Ven y pon tus ma
nos sobre ella, para que sane y viva.
Jess fue con l, y le segua una gran multitud que se agolpaba tambin a su alrededor.
Entre aquel gento haba una mujer que desde haca doce aos padeca de hemorragias.
Haba sufrido mucho a manos de muchos mdicos, y en ellos se haba gastado toda su for
tuna; pero en lugar de mejorar, cada vez se senta peor.
Esta mujer, al oir hablar de Jess, se abri paso entre la multitud, lleg a l por detrs
y le toc el manto,
porque pensaba: "Si consigo tocar aunque solo sea sus ropas, me curar".
Y as fue, pues tan pronto las hubo tocado, ces la causa de sus hemorragias y se si
nti curada.
Pero Jess, advirtiendo en seguida que de l haba salido poder sanador, se volvi hacia
Pero Herodes segua insistiendo: <CM>Estoy seguro de que se trata de Juan. Yo mand
que lo decapitasen, pero ha resucitado.
Lo sucedido fue que Herodes, instigado por Herodas, la mujer de su hermano Felipe
, haba mandado arrestar a Juan y encadenarlo en la crcel.
Porque Juan acusaba con dureza a Herodes de haberle quitado la esposa a Felipe y
haberse casado ilegalmente con ella.
Por esa razn, Herodas odiaba a Juan y deseaba verle muerto; pero no poda hacer que
lo matasen,
pues Herodes, pese a todo, respetaba a Juan y trataba de protegerlo. Le tena por
un hombre bueno y santo, y le gustaba escucharle, aunque muchas cosas que Juan d
eca le dejaban desconcertado.
Por fin, con motivo del cumpleaos de Herodes, le lleg a Herodas la oportunidad que
buscaba. Aquel da ofreci el rey un banquete a sus ayudantes de palacio, a los alto
s cargos militares y a los principales ciudadanos de Galilea.
En cierto momento de la fiesta, la hija de Herodas entr y bail delante de todos, y
tanto gust la danza de la muchacha a los presentes, que el rey le dijo,
y se lo jur:<CM>Pdeme todo lo que quieras, y yo te lo dar! Hasta la mitad de mi reino
te dar, si me lo pides!
La muchacha sali y fue a consultar con su madre. Le pregunt:<CM>Qu quieres que le pi
da?La madre, sin vacilar, le contest:<CM>Pdele la cabeza de Juan el Bautista.
Regres la muchacha en seguida a la sala del banquete, y le pidi al rey:<CM>Quiero
que ahora mismo mandes que traigan en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista.
Herodes lament mucho aquella peticin, pero como se haba comprometido con juramento
delante de los invitados, no quiso faltar a su palabra.
Envi, pues, a uno de la guardia con la orden de traer la cabeza de Juan, y as lo h
izo el soldado. Decapit en la crcel a Juan,
puso su cabeza en una bandeja y se la entreg a la muchacha. Luego, ella se la lle
v a su madre.
Cuando los discpulos de Juan se enteraron de lo ocurrido, fueron a buscar el cuer
po, y lo enterraron.<CM><CM><i>Jess alimenta a los cinco mil<i>
Por aquel entonces, los apstoles regresaron de su viaje, y contaron a Jess lo que
haban hecho y enseado. l les dijo:
<CM>Apartmonos a un lugar tranquilo, donde podis descansar. Porque era tanta la ge
nte que iba y vena de uno a otro lado, que no les quedaba tiempo ni siquiera para
comer.
Partieron, pues, en una barca hacia un paraje solitario.
Pero muchos que los vieron partir y que reconocieron a Jess, y otros que procedan
de lugares cercanos, emprendieron el camino a pie hacia el mismo lugar, y se les
adelantaron con el propsito de reunirse con l.
Jess, al llegar y ver aquella multitud, se compadeci de ellos, porque eran como ov
ejas sin pastor; y comenz a ensearles muchas cosas.
Ya avanzada la tarde se acercaron a Jess sus discpulos, y le dijeron:<CM>Este es u
n sitio muy desierto, y est hacindose tarde.
Despide a toda esa gente, para que puedan ir a las haciendas y pueblos vecinos a
comprarse algo de comer. l les respondi:
<CM>Dadles de comer vosotros.Le preguntaron: <CM>Y de dnde vamos a sacar dinero ba
stante para dar de comer a toda esa multitud?
Les dijo:<CM>Id a ver cuntos panes tenis.Fueron a verlo, y volvieron con la respue
sta:<CM>Solo tenemos cinco panes y dos peces.
Jess mand a los discpulos que hiciesen recostar a la gente por grupos, sobre la ver
de hierba.
Y todos se recostaron formando grupos de cien y de cincuenta.
Jess tom entonces los cinco panes y los dos peces, y alzando los ojos al cielo los
bendijo. Luego parti los panes y se los fue dando a los discpulos para que los di
stribuyesen entre la multitud. Lo mismo hizo con los dos peces.
Todos comieron hasta quedar saciados,
y todava sobraron doce cestas llenas de trozos de pan y de peces.
Los que comieron (contando solo a los hombres) fueron cinco mil.<CM><CM><i>Jess c
amina sobre el agua<i>
Despus de esto, Jess hizo entrar a sus discpulos en la barca y les encarg que se dir
Al orles hablar as, Jess les dijo con tristeza: <CM>Por qu queris que os d una seal?
aseguro que a esta generacin vuestra no se le dar seal alguna.
Luego, dejndolos, regres a la barca y se dirigi a la otra orilla del mar.<CM><CM><i
>La levadura de los fariseos y la de Herodes<i>
Pero los discpulos haban olvidado comprar comida antes de partir, y en la barca ta
n slo les quedaba un pan.
Durante la travesa, Jess les advirti:<CM>Tened mucho cuidado con la levadura de los
fariseos y con la levadura de Herodes!
Los discpulos, al orlo, se pusieron a discutir entre s:<CM>Qu ha querido decirnos con
eso? Lo habr dicho porque hemos olvidado traer comida?
Jess, que saba lo que estaban pensando y discutiendo, les dijo: <CM>Por qu discuts qu
e no tenis comida? Lo que os pasa es que no entendis nada, porque todava tenis endure
cido el corazn!
Tenis ojos, pero no veis; y tenis odos, pero no os. Acaso ya os habis olvidado
de cuando di de comer a cinco mil hombres con solo cinco panes? Cuntas cestas llen
as de trozos sobrantes recogisteis entonces?Le contestaron:<CM>Doce.
<CM>Y cuando di de comer a aquellos cuatro mil con solo siete panes, cuntos cestos
llenos de trozos sobrantes recogisteis?<CM>Siete.Les dijo:
<CM>Y an no comprendis el sentido de mis palabras?<CM><CM><i>Jess sana a un ciego en
Betsaida<i>
Cuando llegaron a Betsaida le llevaron un ciego, y le rogaron que lo tocara, par
a sanarlo.
Jess tom de la mano al ciego, lo sac del pueblo y le escupi saliva en los ojos; lueg
o, poniendo las manos sobre l, le pregunt:<CM>Puedes ver alguna cosa?
El hombre mir a su alrededor y respondi:<CM>S, veo a los hombres! Son como rboles que
andan!
Volvi a ponerle las manos sobre los ojos y le hizo mirar con atencin. Entonces el
hombre comenz a ver claramente, a lo lejos y a todos cuantos por all estaban.
Despus le orden que regresara a su casa, y le dijo: <CM>No entres en el pueblo ni
le cuentes a nadie lo que te ha sucedido.<CM><CM><i>La confesin de Pedro<i>
Luego, Jess y sus discpulos salieron de Galilea y se dirigieron hacia los pueblos
cercanos a Cesarea de Filipo. En el camino les pregunt: <CM>Quin dice la gente que
soy yo? Qu dicen de m? Le respondieron:
<CM>Pues unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que eres Elas, y otros, que
eres uno de los antiguos profetas que ha resucitado.
<CM>Y vosotros, quin decs que soy? Pedro exclam: <CM>T eres el Cristo!
Pero Jess les mand que no dijeran nada de esto a nadie.<CM><CM><i>Jess predice su m
uerte<i>
Luego les habl de los muchos sufrimientos que necesariamente haban de sobrevenirle
a l, el Hijo del hombre, y de cmo los dirigentes del pueblo, los principales sace
rdotes y los escribas lo rechazaran y lo mataran. Pero tambin les dijo que resucita
ra al cabo de tres das.
Les habl con tanta franqueza, que Pedro lo llam aparte y le reconvino: <CM>Por favo
r, Seor, no hables as! No digas eso!
Pero Jess se volvi, y mirando fijamente a sus discpulos reprendi a Pedro: <CM>Aprtate
de m, Satans! T solamente ves las cosas como las ven los hombres, y no como las ve D
ios!
Luego, dirigindose a toda la gente que se haba reunido all junto con sus discpulos,
aadi: <CM>Si alguno quiere venir en pos de m, niguese a s mismo, tome su cruz y sgame!
Todo aquel que trate de salvar su vida, la perder; pero cualquiera que d su vida p
or causa ma y por causa del evangelio, la salvar.
De qu le servir a un hombre ganar todas las riquezas del mundo, si pierde su alma?
Acaso hay algo de ms valor que el alma?
Y si alguno se avergenza de m y de mi mensaje en esta generacin infiel y pecadora,
tambin yo, el Hijo del hombre, me avergonzar de l a mi regreso, cuando venga con lo
s santos ngeles rodeado de la gloria de mi Padre.
Tambin les dijo:"<CM>Algunos de los que estn aqu no morirn sin haber visto llegar el
reino de Dios con todo su poder.
Seis das ms tarde, tom Jess a solas a Pedro, Jacobo y Juan, y los llev a una alta mon
taa. All, en presencia de ellos, se transfigur.
Sus ropas se volvieron resplandecientes y blancas, de una blancura tal, que nadi
e en la tierra sera capaz de igualarla.
De pronto vieron aparecer junto a Jess a Elas y a Moiss, que hablaban con l. Pedro e
xclam:
<CM>Maestro, qu bueno es que estemos aqu! Vamos a hacer tres enramadas, una para ti,
otra para Moiss y otra para Elas!
Pero no saba lo que deca, porque lo mismo l que los otros dos discpulos estaban llen
os de espanto.
En eso, una nube los cubri con su sombra, y de dentro de la nube sali una voz que
deca:<CM>Este es mi Hijo amado. Escuchadle!
Pero en seguida, cuando volvieron a mirar, ya no vieron a nadie, sino solo a Jess
.
Mientras descendan del monte, les mand que no dijeran a nadie nada de lo que haban
visto, hasta que l resucitase de los muertos.
Ellos guardaron el secreto, aunque a veces discutan entre s tratando de entender q
u sera aquello de resucitar de los muertos.Un poco ms tarde le preguntaron:
<CM>Por qu dicen los escribas que Elas tiene que venir primero, antes que el Mesas?
- - Les respondi:<CM>Es cierto que Elas tiene que venir primero, para restaurar todas
las cosas; pero tambin lo es que l ya vino y que fue duramente maltratado, como le
emos en las Escrituras. Y acerca del Hijo del hombre dicen tambin las Escrituras
que tendr que sufrir mucho, y que ser tratado con el mayor de los desprecios.<CM><
CM><i>Jess sana a un muchacho endemoniado<i>
Cuando fueron a reunirse con los dems discpulos, Jess vio que una gran multitud los
rodeaba y que algunos escribas discutan con ellos.
La gente, asombrada al verle, corri en seguida a su encuentro, para saludarle.
l les pregunt: <CM>Qu estis discutiendo?
Uno le contest:<CM>Maestro, es que yo te he trado a mi hijo, que tiene dentro un e
spritu mudo.
Cuando menos se piensa, ese espritu se apodera de l y lo arroja contra el suelo; l
e hace echar espuma por la boca, rechinar los dientes y ponerse rgido. Yo he pedi
do a tus discpulos que lo expulsen, pero no han podido.
Les dijo Jess:<CM>Generacin incrdula!, hasta cundo habr de estar con vosotros? Hasta
o habr de soportaruos? Traedme aqu al muchacho!
Se lo llevaron; pero en cuanto el espritu vio a Jess, sacudi violentamente al mucha
cho, que cay al suelo revolcndose y echando espuma por la boca.
Pregunt Jess al padre:<CM>Cunto tiempo hace que le ocurre esto?l le contest:<CM>Desde
nio.
Y muchas veces el espritu lo arroja al fuego o al agua, para matarlo. Si puedes,
aydanos. Ten compasin de nosotros!
Dijo Jess:<CM>Cmo "si puedes"? Para el que cree, todo es posible.
Al instante clam el padre del muchacho: <CM>Creo, Seor, pero aydame si me falta la f
e!
Viendo Jess que el gento se agolpaba, reprendi al espritu impuro. Le dijo:<CM>Espritu
mudo y sordo, te ordeno que salgas de este muchacho y no vuelvas a entrar en l!
Entonces el espritu, dando alaridos y sacudindolo de nuevo con violencia, sali del
muchacho, que se qued inmvil, como si estuviera muerto. As lo pensaron muchos, y de
can:<CM>Est muerto!
Pero Jess lo tom de la mano y le ayud a ponerse en pie, ya totalmente sanado.
Luego entr en la casa, y sus discpulos le preguntaron: <CM>Por qu nosotros no pudimo
s expulsarlo?
Les dijo:<CM>A demonios de este gnero no se les puede expulsar sino con oracin.
Salieron de aquella regin y anduvieron por Galilea, pero no quera que nadie lo sup
iera,
porjque estaba tratando de instruir a sus discpulos. Les deca:<CM>El Hijo del homb
re va a ser entregado en manos de hombres, que lo matarn; pero resucitar al tercer
da despus de haber muerto.
Ellos no le comprendan, pero tampoco se atrevan a hacerle preguntas.<CM><CM><i>Quin
es el ms importante?<i>
Llegaron a Cafarnaum, y una vez acomodados en la casa donde se hospedaban, les p
Jess, al darse cuenta, se indign con los discpulos y les dijo:<CM>Dejad que los nios
vengan a m y no se lo impidis, porque de ellos es el reino de Dios.
Y os dir ms: Quien no acepte el reino de Dios como un nio, no podr entrar en l.
En seguida, tomando en brazos a los nios y poniendo las manos sobre ellos, los be
ndijo.<CM><CM><i>El joven rico<i>
Iba ya a seguir su camino, cuando un hombre lleg corriendo hasta l, se arrodill a s
us pies y le pregunt:<CM>Buen Maestro, qu debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Jess le dijo:<CM>Por qu me llamas bueno? Nadie es bueno, sino solamente Dios!
Y t ya sabes los mandamientos: "No mates, no cometas adulterio, no robes, no leva
ntes falsos testimonios, no estafes, honra a tu padre y a tu madre".
El hombre contest:<CM>Maestro, desde muy joven he guardado esos mandamientos.
Jess, mirndolo entonces con profundo afecto, le dijo: <CM>Siendo as, tan slo te falt
a una cosa: ve, vende todo lo que tienes y reparte el dinero a los pobres. As ten
drs un tesoro en el cielo. Luego vuelve ac y sgueme.
Estas palabras le afligieron sobremanera, y se fue muy triste porque posea una gr
an fortuna.
Jess mir en torno suyo y dijo a sus discpulos:<CM>Qu difcil les va a ser a los ricos e
ntrar en el reino de Dios!
Los discpulos se quedaron atnitos al oir estas palabras, a las que Jess aadi:<CM>Hijo
s, qu difcil les es entrar en el reino de Dios a quienes confan en sus propias rique
zas!
Ms fcil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el re
ino de Dios.
Todava ms confundidos, los discpulos se preguntaban entre s:<CM>Entonces, quin podr sa
varse?
Jess los mir y respondi: <CM>Para los hombres, eso es imposible; pero no para Dios,
porque para Dios todas las cosas son posibles.
Despus Pedro le dijo:<CM>Mira, nosotros lo hemos dejado todo por seguirte.
Jess le contest:<CM>Pues yo os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, herman
os, hermanas, padre, madre, esposa, hijos o tierras por mi causa y por causa del
evangelio,
recibir ya ahora, en este mundo, cien veces ms en casas, hermanos, hermanas, madre
s, hijos y tierras; aunque, eso s, acompaado de persecuciones. Luego, en el mundo
venidero, recibir la vida eterna.
Pero od esto: muchos que ahora son primeros, entonces sern ltimos; y muchos que aho
ra son ltimos, entonces sern primeros.g<CM><CM><i>Jess predice de nuevo su muerte<i
>
Se dirigan ya a Jerusaln, y Jess marchaba en cabeza seguido por los discpulos, que s
e sentan atemorizados. Una vez ms llam a los doce aparte, y les habl de lo que haba d
e sucederle en Jerusaln.
<CM>Cuando lleguemos a Jerusaln, el Hijo del hombre ser entregado a los principale
s sacerdotes y a los escribas. Estos le condenarn a muerte y lo pondrn en manos de
autoridades gentiles,
que harn burla de l, le azotarn, le escupirn y le matarn. Pero al tercer da resucitar.
CM><CM><i>La peticin de Jacobo y Juan<i>
Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se acercaron a l y le dijeron: <CM>Maes
tro, queremos pedirte una cosa.
Jess les pregunt:<CM>Qu queris que haga por vosotros? Le contestaron:
<CM>Concdenos que en tu reino glorioso nos sentemos junto a ti, uno a tu derecha
y el otro a tu izquierda.
Entonces Jess los amonest:<CM>No sabis lo que peds! Acaso podis beber la copa amarga q
e yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo de sufrimiento con que yo voy
a ser bautizado?
Dijeron:<CM>Claro que podemos!Jess les respondi: <CM>Pues bien, escuchad, vosotros
beberis la copa amarga que yo voy a beber, y seris bautizados con el bautismo de s
ufrimiento con que yo voy a ser bautizado;
pero el que os sentis a mi derecha y a mi izquierda no es a m a quien corresponde
concederlo. Quines son los que han de sentarse junto a m, es algo que ya est prepar
ado.
Cuando los otros diez discpulos oyeron lo que Jacobo y Juan haban pedido, se enoja
raciones, despojan las casas de las viudas. Por eso recibirn un castigo ms duro!<CM
><CM><i>La ofrenda de la viuda<i>
En otra ocasin, sentado frente al arca de las ofrendas, Jess miraba cmo la gente ec
haba dinero en ella. Muchos ricos echaban cantidades importantes;
pero en esto lleg una viuda pobre, que solamente ech dos monedas de muy poco valor
.
Entonces Jess llam a sus discpulos y les dijo:<CM>Esa viuda pobre ha echado en el a
rca ms que ningn otro,
porque todos los dems echaron de lo que les sobra, pero ella ha echado todo lo qu
e tena, lo que necesitaba para su propio sustento.
Al salir Jess del templo, uno de sus discpulos le dijo: <CM>Maestro, mira qu belleza
de piedras y de edificios!
Jess le respondi:<CM>S, es cierto, pero ves esos grandes edificios? Pues no quedar de
ellos ni una sola piedra que no sea derribada.
Luego se sent en un lugar de la ladera del monte de los Olivos, de frente al temp
lo. Pedro, Jacobo, Juan y Andrs se le acercaron, y en un aparte le preguntaron:
<CM>Cundo suceder todo eso que dices a propsito del Templo? Habr alguna seal que nos l
anuncie de antemano?
Jess les respondi: <CM>No dejis que nadie os engae,
porque muchos vendrn en mi nombre, diciendo: "Yo soy el Cristo", y engaarn a muchos
.
Oiris entonces hablar de guerras y de amenazas de guerra; pero no os angustiis, po
rque aunque as ha de suceder necesariamente, todava no habr llegado el fin.
Naciones y reinos lucharn unos contra otros; en muchos lugares del mundo habr terr
emotos, y tambin hambre y motines, pero eso ser solo el comienzo de los sufrimient
os que habrn de venir.
Cuidad en aquellos das de vosotros mismos, porque os conducirn ante los concilios
y os azotarn en las sinagogas; y ante reyes y gobernadores tendris que dar testimo
nio de m.
Porque antes de que llegue el fin, el evangelio ha de ser predicado a todas las
naciones del mundo.
Pero cuando os arresten y os lleven a juicio, no os preocupis por lo que habis de
decir en vuestra propia defensa. Ni siquiera pensis en ello, sino decid solamente
lo que Dios os d que digis, porque en tales momentos no seris vosotros quienes hab
lis, sino el Espritu Santo.
En aquellos das, los hermanos harn matar a sus hermanos, los padres a los hijos, y
los hijos se rebelarn contra sus padres y tambin los matarn.
En cuanto a vosotros, el mundo entero os odiar por el hecho de ser mos; pero el qu
e se mantenga firme hasta el fin, se salvar.
Cuando veis la abominable desolacin de que habl el profeta Daniel instalada en el l
ugar donde no debe estar (ponga atencin el lector!), los que estn en Judea, huyan a
las montaas;
el que est en la azotea, no baje a la casa ni entre en ella para llevarse nada;
y el que est en el campo, no regrese ni siquiera para recoger su manto.
En aquellos das, ay de las que estn encintas y de las que tengan nios de pecho!
Orad pidiendo que vuestra huida no acontezca en lo ms duro del invierno,
pues sern das tan espantosos como nunca los ha habido desde que al principio cre Di
os todas las cosas, ni jams volver a haberlos.
Y si el Seor no hubiese acortado aquel tiempo, absolutamente nadie podra ser salvo
; pero ya l acort los das por causa de sus escogidos, de los que l mismo escogi.
Si entonces alguien os dice: "Mirad, aqu est el Cristo", o "Mirad, all est", no lo c
reis.
Porque suceder que se levantarn muchos falsos cristos y muchos falsos profetas, y
harn seales portentosas y milagros, para engaar, a ser posible, incluso a los escog
idos de Dios.
Tened presente que os he advertido de antemano todas estas cosas.
En aquellos das, despus de cesada la tribulacin, el sol se oscurecer, la luna dejar d
e dar su resplandor,
las estrellas caern del cielo y las fuerzas que actan en los cielos sern conmovidas
.
Entonces se ver llegar al Hijo del hombre en las nubes del cielo con gran poder y
gloria.
Y enviar a los ngeles, para que renan a sus escogidos de los cuatro puntos cardinal
es, desde un extremo del cielo al otro.
Aprended la leccin que nos da la higuera: cuando sus ramas se ponen tiernas y com
ienzan a brotar las hojas, conocis que ha llegado la primavera y que el verano es
t cerca.
Pues bien, cuando veis que suceden las cosas que os he dicho, sabed que ya todo e
st cerca, a las puertas.
Y todo acontecer antes que haya pasado esta generacin.
El cielo y la tierra pasarn, pero mis palabras permanecern para siempre.<CM><CM><i
>Se desconocen el da y la hora<i>
Sin embargo, del da y la hora en que estas cosas han de acontecer, nadie sabe nad
a, ni siquiera los ngeles del cielo, ni tampoco el Hijo. Tan slo el Padre lo sabe.
Y precisamente por ignorar cundo ha de ser el momento, deberis manteneros siempre
vigilantes y en oracin.
Esto es como un hombre que, antes de ponerse en camino hacia un pas lejano, distr
ibuy entre criados y empleados el trabajo de la casa, a fin de que durante su aus
encia tuviera cada cual su propia ocupacin. Y al portero le encarg que lo vigilase
todo.
Velad, pues, sin cesar, porque no sabis cundo ha de regresar el dueo de la casa: si
al atardecer o a la medianoche, si de madrugada o durante la maana.
As, aunque llegue de improviso, no encontrar a nadie dormido.
Esto que os digo a vosotros, a todos se lo digo por igual: Estad siempre vigilant
es!
Dos das despus comenz la pascua, y con ella la fiesta en que se coman los panes sin
levadura. Los principales sacerdotes y escribas buscaban la manera de tenderle a
l/guna trampa a Jess, para arrestarlo y matarlo.
Pero decan:<CM>No lo hagamos durante la pascua, porque podra provocarse una algara
da popular.
Jess se encontraba entonces en Betania, en casa de un tal Simn a quien llamaban "e
l leproso". Estando sentado a la mesa, se acerc a Jess una mujer con un frasco de
alabastro que contena un perfume de nardo muy caro. Abri el frasco y le derram el p
erfume en la cabeza.
Algunos de los presentes se indignaron, y decan murmurando contra la mujer:<CM>Vay
a un derroche de perfume!
Podamos haberlo vendido por trescientos denarios y haber repartido el dinero entre
los pobres!
Pero Jess les dijo:<CM>Dejadla, por qu la mortificis? Lo que ella ha hecho, bien hec
ho est,
porque a los pobres los tendris siempre con vosotros y podris ayudarlos cuando que
ris; pero a m no vais a tenerme por mucho tiempo.
Esta mujer ha hecho lo que ha podido, y se ha anticipado a ungir mi cuerpo para
la sepultura.
Adems os aseguro que, despus de esto, dondequiera que se anuncien las buenas notic
ias del reino de Dios se recordar y ensalzar lo hecho por esta mujer.
Entonces Judas Iscariote, uno de los doce discpulos, se dirigi a los principales s
acerdotes y "les propuso entregarles a Jess.
Ellos, al escuchar a Judas, se llenaron de alegra y prometieron recompensarle con
una cantidad de dinero; y Judas, desde aquel momento, comenz a buscar la ocasin i
dnea para llevar a cabo su traicin.<CM><CM><i>La Cena del Seor<i>
El primer da de la fiesta de los panes sin levadura, es decir, el da en que se sac
rificaban los corderos para la pascua, los discpulos preguntaron a Jess dnde quera c
elebrar la cena de ritual.
l, a fin de hacer los preparativos necesarios, envi dos discpulos a Jerusaln, y les
dijo:<CM>Cuando lleguis a la ciudad, saldr a vuestro encuentro un hombre que lleva
un cntaro de agua. Seguidle,
y en la casa donde entre decidle al dueo: "El Maestro pregunta: Cul es el aposento
donde he de comer la cena pascual en compaa de mis discpulos?"
El dueo os llevar a una gran sala en la parte alta de la casa. Preparad all la cena
Algunos de los presentes, al orlo, pensaron que estaba llamando al profeta Elas;
y un hombre corri, empap una esponja en vinagre, la puso en una caa y le dio a bebe
r, mientras deca:<CM>Vamos a ver si viene Elas a bajarlo de ah!
Pero Jess, lanzando otro grito, entreg su espritu.
En ese mismo instante, el velo del templo se rasg de arriba abajo, en dos partes;
y el centurin que estaba frente a Jess, al ver cmo expiraba despus de haber dado aqu
el grito, exclam: <CM>Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!
Entre la gente que all se encontraba haba varias mujeres que miraban de lejos todo
lo que ocurra. Eran Mara Magdalena; Mara, la madre de Jacobo el menor y de Jos; Sal
om, y algunas ms.
Todas ellas haban servido a Jess, y le siguieron cuando estaba en Galilea. Tambin h
aba otras muchas que le haban acompaado a Jerusaln.<CM><CM><i>Sepultura de Jess<i>
Los acontecimientos se desarrollaron durante la vspera del sbado. Llegado el anoch
ecer,
Jos de Arimatea, un miembro honorable del concilio supremo, que tambin esperaba la
venida del reino de Dios, se present valerosamente a Pilato para pedirle que le
entregase el cuerpo de Jess, a fin de darle sepultura.
Pilato, sorprendido al saber que Jess haba muerto tan pronto, llam al oficial encar
gado de la ejecucin, para interrogarle.
Y una vez confirmada la noticia por aquel oficial, Pilato concedi a Jos de Arimate
a el permiso para llevarse el cuerpo.
Jos compr una sbana, y despus de bajar de la cruz el cuerpo de Jess, lo envolvi en ell
a. Luego lo deposit en un sepulcro excavado en la roca, e hizo rodar una piedra p
ara cerrar la entrada.
Tambin estaban all, mirando dnde lo ponan, Mara Magdalena y Mara la madre de Jos.
Pasado el sbado, Mara Magdalena, Mara la madre de Jacobo, y Salom, fueron a comprar
especias aromticas para embalsamar el cuerpo de Jess.
Y el primer da de la semana, muy temprano, se dirigieron al sepulcro. Cuando lleg
aron, ya haba salido el sol.
A lo largo del camino se haban ido preguntando quin podra removerles la piedra que
cerraba la entrada del sepulcro,
pero al llegar vieron que la enorme losa ya estaba removida.
Y cuando entraron en el sepulcro vieron a un joven sentado a mano derecha y cubi
erto de largas vestiduras blancas. Las mujeres se sintieron presas de espanto,
pero l les dijo: <CM>No temis. Habis venido en busca de Jess, el nazareno, al que cr
ucificaron. Ya no est aqu, porque ha resucitado. Mirad vosotras mismas el lugar do
nde lo pusieron.
Y ahora regresad a casa, y decidles a los discpulos, y tambin a Pedro, que Jess va
delante de ellos a Galilea. All le vern, tal como l les anunci.
Las mujeres salieron del sepulcro a toda prisa, temblando y espantadas. Tanto er
a su temor, que no le contaron a nadie nada de lo que haban visto.<CM><CM><i>Apar
iciones y ascensin de Jess<i>
La resurreccin de Jess tuvo lugar, pues, al amanecer el primer da de la semana; y l
a primera persona a quien se apareci fue Mara Magdalena, de la cual haba expulsado
siete demonios.
Esta llev la noticia a los discpulos, que lloraban llenos de tristeza.
Les relat lo acontecido en el sepulcro, y tambin les dijo (aunque ellos no lo crey
eron) que Jess estaba vivo y que ella lo haba visto.
Ms tarde, y bajo un aspecto diferente, Jess se apareci a dos de ellos que iban de c
amino al campo.
Estos fueron a hacrselo saber a los dems, que tampoco creyeron la noticia.
Por ltimo se apareci a los once discpulos, que estaban sentados a la mesa y coman ju
ntos. Jess les reproch la incredulidad y dureza de corazn con que se haban negado a
creer a quienes lo haban visto resucitado.
Luego les dijo: <CM>Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura
.
Los que crean y se bauticen, sern salvos; pero el que no crea, ser condenado.
Y habr seales que acompaarn a los que creen: en mi nombre expulsarn demonios, hablarn
nuevas lenguas,
cogern serpientes con las manos y podrn beber mortferos venenos sin que les hagan n
ingn dao. Adems pondrn sus manos sobre los enfermos, y estos sanarn.
El Seor, luego que acab de hablar con los discpulos, fue llevado arriba, al cielo,
y se sent a la derecha de Dios.
En cuanto a ellos, salieron de Jerusaln y fueron por todas partes predicando el e
vangelio; y el Seor los ayudaba aadiendo seales milagrosas a la palabra que predica
ban. Amn.
Muchos son los que han intentado poner por escrito, de forma ordenada, la histor
ia de los hechos absolutamente ciertos que han acontecido entre nosotros,
acerca de los cuales recibimos la directa informacin de quienes desde el principi
o fueron testigos presenciales.
Sin embargo, tambin a m me pareci importante investigarlo todo a fondo, a partir de
su propio origen y hasta el final, y enviarte a ti, ilustre Tefilo,
un relato ordenado, para que puedas comprobar la veracidad de las cosas en las q
ue previamente fuiste instruido.<CM><CM><i>Anuncio del nacimiento de Juan el Bau
tista<i>
La historia comienza con un sacerdote judo llamado Zacaras, que vivi cuando Herodes
era rey de Judea. Zacaras perteneca al turno de Abas, segn la divisin en grupos que
estaban al servicio del templo. Elisabet, su esposa, lo mismo que l, descenda de A
arn.
Ambos, Zacaras y Elisabet, eran de edad avanzada, muy piadosos e irreprensibles e
n cuanto a la obediencia a las leyes y mandatos de Dios.
Pero no tenan hijos, porque Elisabet era estril.
- - Un da, cuando Zacaras cumpla sus deberes en el templo porque su grupo estaba de ser
vicio aquella semana, le toc en suerte entrar en el santuario del Seor a ofrecer e
l incienso.
Entre tanto, una gran concurrencia oraba fuera, como siempre se haba hecho durant
e aquella parte del servicio en que se quemaba el incienso.
- - Estando, pues, Zacaras en el santuario, se le apareci de improviso un ngel del Seor,
de pie a la derecha del altar del incienso. Zacaras qued sobrecogido de asombro y
de temor,
pero el ngel le dijo:<CM>Zacaras, no temas. nicamente he venido a decirte que Dios
ha escuchado tu oracin, y que Elisabet, tu esposa, tendr un hijo al que llamars Jua
n.
Vosotros os alegraris y gozaris con su nacimiento, y muchos otros se regocijarn jun
tamente con vosotros,
porque el nio llegar a ser un gran hombre de Dios. Jams beber vino ni licor, y estar
lleno del Espritu Santo incluso antes de nacer.
Persuadir a muchos judos a volverse al Seor Dios de ellos.
Dotado con el espritu y el poder del profeta Elas, preceder al Seor para hacer que l
os padres se reconcilien con los hijos y que los rebeldes a Dios aprendan a obed
ecerle, para preparar as un pueblo dispuesto a amar al Seor como lo amaron sus ant
epasados.
Respondi Zacaras:<CM>Pero eso es imposible! Yo soy demasiado viejo, y mi esposa tam
bin es muy entrada en aos.
<CM>Yo soy Gabriel! <CM>replic el ngel<CM>, y siempre estoy en la presencia de Dios
. l mismo me ha enviado a darte estas buenas noticias;
pero por haber dudado vas a quedarte mudo, y desde ahora no podrs hablar hasta qu
e el nio nazca y mis palabras se cumplan.
El pueblo reunido fuera estaba esperando que Zacaras saliera del templo, y se ext
raaba de su demora.
Cuando al fin sali, no poda hablar; pero por los gestos que haca comprendi la gente
que haba tenido una visin en el santuario.
Das ms tarde, al concluir sus deberes en el templo, regres Zacaras a su casa.
Y pocos das despus Elisabet qued encinta, y se recluy en casa durante cinco meses. D
eca:
<CM>Qu bueno es el Seor, que me ha librado ahora de la vergenza de no tener hijos!<C
M><CM><i>Anuncio del nacimiento de Jess<i>
Al sexto mes del embarazo, Dios envi al ngel Gabriel a Nazaret, un pueblo de Galil
ea
donde viva una joven virgen llamada Mara, prometida de Jos, que era un descendiente
del rey David.
Gabriel se le apareci y le dijo:<CM>Algrate, muy favorecida! El Seor est contigo, y t
res bendita entre las mujeres!
Confusa y turbada, Mara se esforzaba por entender el significado de las palabras
con las que haba sido saludada por el ngel,
el cual aadi:<CM>No temas, Mara, porque Dios te ha escogido para llenarte de bendic
in.
Pronto quedars encinta, y tendrs un hijo al que pondrs por nombre Jess.
l ser grande, y lo llamarn Hijo del Altsimo. El Seor Dios le dar el trono de su antepa
sado David,
y reinar perpetuamente en Israel. Su reino no tendr fin.
<CM>Pero cmo podr tener un hijo, si no estoy casada ni nunca he tenido marido?
Respondi el ngel:<CM>El Espritu Santo vendr sobre ti y el poder de Dios te cubrir con
su sombra. Por eso, el santo ser que nacer de ti ser llamado Hijo de Dios.
Desde hace seis meses, tu prima Elisabet, la que todos tenan por estril, y a pesar
de su vejez, est encinta,
porque para Dios no hay nada imposible.
Entonces dijo Mara:<CM>Soy sierva del Seor, y estoy dispuesta a hacer lo que l me o
rdene. Hgase realidad en m tu palabra!Con esto, el ngel desapareci de la presencia de
ella.<CM><CM><i>Mara visita a Elisabet<i>
,
Por aquel entonces se apresur Mara a visitar a Elisabet, que con su esposo Zacaras
viva en un pueblo de las montaas de Judea.
Al entrar en la casa, Mara salud a Elisabet, y al oir sta el saludo, la criatura sa
lt en sus entraas. Entonces Elisabet, llena del Espritu Santo,
exclam con fuerte voz:<CM>Bendita t entre las mujeres, y bendito el hijo que llevas
en tu vientre!
Quin soy yo, para merecer que venga a visitarme la madre de mi Seor?
En el mismo instante en que escuch tu saludo, la criatura salt de alegra dentro de
m.
Bendita t por haber credo lo que te fue dicho de parte del Seor, y porque lo que l te
anunci, se cumplir!<CM><CM><i>El cntico de Mara<i>
Entonces Mara, tomando la palabra, dijo:
<CM>Mi alma canta la <CM>grandeza del Seor<CM>y mi espritu se regocija en Dios mi
Salvador,
porque ha mirado la bajeza<CM>de su sierva<CM>y de ahora en adelante <CM>me llam
arn bienaventurada<CM>todas las generaciones.
Porque el Poderoso<CM>ha hecho en m grandes cosas, <CM>su nombre es santo
y su misericordia alcanza de<CM>generacin a generacin<CM>a los que le muestran "re
verencia.
Acta con el poder de <CM>su brazo <CM>para destruir los propsitos de los soberbios
,
derribar de sus tronos a <CM>los poderosos<CM>y elevar a los humildes.
Llena de bienes a los <CM>hambrientos<CM>y despide a los ricos con <CM>las manos
vacas.
Viene en auxilio de <CM>su siervo Israel, <CM>recordando la misericordia
de la que habl a <CM>nuestros antepasados, <CM>la cual prometi ejercer <CM>eternam
ente<CM>sobre Abraham y <CM>sus descendientes.
Mara se qued con Elisabet durante unos tres meses, al trmino de los cuales regres a
su hogar.<CM><CM><i>Nacimiento de Juan el Bautista<i>
Cumplido el tiempo de gestacin, Elisabet dio a luz un hijo,
y la noticia de cmo el Seor haba sido misericordioso con ella corri entre vecinos y
familiares, y todos acudieron a acompaarla en su inmensa alegra.
Al octavo da del nacimiento fueron a circuncidar al nio, y la gente le llamaba con
el nombre de su padre, Zacaras;
pero Elisabet dijo:<CM>No, no es ese su nombre: el nio se llamar Juan.
<CM>Y por qu? <CM>decan<CM>Nadie en tu familia se llama as.
Entonces, por seas, preguntaron al padre cmo quera l que le llamasen.
Zacaras pidi una tablilla para escribir, y con sorpresa de todos escribi: "Se llama
r Juan".
En aquel mismo instante recobr Zacaras el habla, y comenz a alabar a Dios "e
ante el asombro de todos sus vecinos.Las noticias de lo sucedido se divulgaron p
ronto de uno a otro extremo de las montaas de Judea;
y todos los que las oan pensaban mucho en ello, y se preguntaban: "Quin llegar a ser
ese nio? Porque no cabe duda de que la mano del Seor est con l".<CM><CM><i>El cntico
de Zacaras<i>
Zacaras, su padre, lleno del Espritu Santo, profetiz diciendo:
<CM>Bendito sea el Seor Dios<CM>de Israel, <CM>que ha venido a visitar y redimir a
su pueblo!
Porque nos enva un <CM>poderoso Salvador<CM>que desciende de David, "su siervo.
As lo haba prometido en<CM>tiempos pasados <CM>por medio de sus santos "profetas:
que nos salvara de nuestros<CM>enemigos<CM>y de manos de todos los que nos odian,
que tendra misericordia de<CM>nuestros antepasados<CM>y se acordara de su santo pa
cto.
Y esto es lo que jur a <CM>nuestro padre Abraham: <CM>que nos concedera
liberacin del poder de <CM>nuestros enemigos, <CM>para que le sirvamos sin temor,
con santidad y justicia, <CM>durante toda nuestra vida.
En cuanto a ti, nio, <CM>sers llamado <CM>profeta del Altsimo, <CM>porque irs delant
e del Seor preparando su camino
y proclamando salvacin<CM>para su pueblo<CM>mediante el perdn de sus pecados.
Una salvacin que alcanzar<CM>merced a la entraable<CM>misericordia del Dios nuestro
, <CM>que desde los cielos nos ha dado el amanecer<CM>de un nuevo da,
cuya luz alumbra a los que<CM>habitan en tinieblas<CM>y en sombra de muerte, <CM
>y encamina nuestros pasos por senderos de paz.
El nio creca y se haca espiritualmente ms fuerte. Luego se fue a vivir a lugares des
iertos, donde permaneci hasta el momento en que dio comienzo a su ministerio pblic
o en Israel.
Por aquellos das, el emperador romano Csar Augusto decret que se hiciera un censo d
e poblacin en todos los territorios sometidos a su dominio.
Este primer censo se hizo en el tiempo en que Cirenio era gobernador de Siria.
Segn las disposiciones dictadas para la elaboracin del censo, cada cual tena que ac
udir a su ciudad de origen para ser empadronado.
Por esa razn, Jos, que era del linaje de David, tuvo que viajar desde Nazaret, un
pueblo de Galilea, a Beln, la ciudad de David, en Judea.
Fue all para ser empadronado juntamente con Mara, su esposa, que estaba encinta.
Llegados a Beln, se le cumpli a Mara el tiempo de su gestacin
y dio a luz a su primer hijo. Lo envolvi en paales y lo acost en un pesebre, porque
no haban encontrado habitacin en la posada del pueblo.<CM><CM><i>Los pastores y l
os ngeles<i>
Aquella misma noche, en un lugar cercano, unos pastores estaban velando y cuidan
do su rebao.
De pronto se les apareci un ngel, y la gloria del Seor los ilumin con un gran respla
ndor. Los pastores fueron presa de espanto,
pero el ngel les dijo:<CM>No os asustis! Yo he venido a traeros noticias que llenarn
de alegra los corazones.
Hoy, en Beln, la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, que es Cristo el Seor.
Esto os servir de seal para reconocerlo: hallaris al nio envuelto en paales y acostad
o en un pesebre.
Repentinamente apareci con el ngel una inmensa multitud de las huestes celestiales
, que entonaban un canto de alabanza a Dios, diciendo:
<CM>Gloria a Dios en las alturas, <CM>y paz en la tierra a los que son de su agra
do!
Cuando aquel gran ejrcito de ngeles regres al cielo, los pastores se dijeron unos a
otros:<CM>Corramos, pues, a Beln, a contemplar la maravilla que el Seor nos ha man
ifestado!
Se dirigieron presurosos al pueblo, y pronto encontraron a Mara y a Jos, y con ell
os al recin nacido acostado en el pesebre.
Al verlo, contaron lo que les haba sucedido y lo que el ngel haba dicho acerca del
nio.
Los que oan el relato de los pastores se quedaban maravillados;
pero Mara atesoraba todas estas cosas y las meditaba en su corazn.
En cuanto a los pastores, se volvieron al campo y a su rebao alabando a Dios por
la visita de los ngeles y porque haban visto al nio, tal como se les haba dicho.<CM>
<CM><i>Presentacin de Jess en el templo<i>
Ocho das despus, llegado el momento de circuncidar al nio, le pusieron por nombre J
ess, como ya le haba llamado el ngel antes de ser concebido.
Cuando lleg el da de la purificacin de ellos segn la ley de Moiss, llevaron al nio a J
erusaln para presentrselo al Seor,
porque as consta en la ley de Dios: "Si el primer hijo de una mujer es varn, debe
ser dedicado al Seor".
As pues, los padres de Jess presentaron, por la purificacin, la ofrenda prescrita:
"un par de trtolas o dos pichones".
Haba en Jerusaln un hombre recto, piadoso y lleno del Espritu Santo; se llamaba Sim
en, y todas sus esperanzas estaban puestas en el da de la liberacin de Israel.
Por el Espritu Santo le haba sido revelado que no morira sin haber visto al Cristo,
el Ungido del Seor.
Movido igualmente por el Espritu haba ido aquel da al Templo, y cuando Mara y Jos fue
ron tambin all a presentar al nio Jess en obediencia a la ley,
Simen lo tom en brazos y alab a Dios, diciendo:
<CM>Ahora, Seor, <CM>puedo ya morir en paz, <CM>pues, conforme a tu promesa,
he visto con mis propios ojos<CM>al Salvador
que t nos has dado a la vista<CM>de todos los pueblos.
l es la luz de tu revelacin, <CM>que alumbrar a los gentiles! <CM>l es la gloria de tu
pueblo Israel!
Jos y Mara estaban maravillados de todas las cosas que oan decir acerca de Jess.
Simen, despus de bendecirlos, le dijo a Mara:<CM>Mira, por causa de este nio, muchos
caern y muchos se levantarn en Israel. Ser motivo de contradiccin,
y pondr al descubierto los ms ntimos pensamientos de muchos corazones. En cuanto a
ti, una espada te atravesar el alma.
En el Templo se encontraba tambin la profetisa Ana, hija de Fanuel, de la tribu d
e Aser. Era de edad muy avanzada, pues al cabo de siete aos de matrimonio
haba quedado viuda, y desde entonces haban transcurrido otros ochenta y cuatro aos.
Jams sala del Templo, donde pasaba los das y las noches entregada a la oracin y el
ayuno.
Mientras Simen hablaba con Mara y Jos, se les acerc Ana, que en seguida se puso a da
r gracias a Dios y a hablar del nio a todos los que epn Jerusaln esperaban la lleg
ada de la redencin.
Una vez cumplidas las prescripciones de la ley del Seor,regresaron a su hogar en
Nazaret de Galilea.
All creci el nio, se fortaleci y se llen de sabidura; y el favor de Dios estaba siempr
e sobre l.<CM><CM><i>El nio Jess en el templo<i>
Los padres de Jess iban a Jerusaln todos los aos con ocasin de la fiesta de la Pascu
a.
Cuando cumpli los doce aos subi con ellos a Jerusaln, conforme a lo acostumbrado en
la fiesta.
Una vez concluidas las celebraciones, emprendieron el camino de regreso a Nazare
t; pero el nio Jess se qued en Jerusaln, sin que se dieran cuenta Jos y Mara.
Anduvieron todo un da, pensando que l ira en compaa de algunos amigos que regresaban
tambin de Jerusaln; pero luego se pusieron a buscarlo entre parientes y conocidos,
y, al no encontrarlo, se volvieron a Jerusaln para seguir buscndolo all.
Tres das pasaron antes de dar con el nio. Al fin lo hallaron en el Templo, sentado
en medio de los maestros de la ley, escuchndolos y hacindoles preguntas,
y dejndolos maravillados por su inteligencia y sus respuestas.
Al verlo en aquel lugar, sus padres se quedaron asombrados, y su madre le dijo:<
CM>Hijo, por qu nos has hecho esto? Tu padre y yo hemos estado buscndote por todas p
artes, llenos de angustia!
<CM>Y por qu me buscabais? <CM>respondi Jess<CM>No sabais que yo debo ocuparme de los
asuntos de mi Padre?
os,
Jos de Matatas, <CM>Matatas de Ams, <CM>Ams de Nahm, <CM>Nahm de Esli, <CM>Esli de Nag
i,
Nagai de Maat, <CM>Maat de Matatas, <CM>Matatas de Semei, <CM>Semei de Jos, <CM>Jos
de Jud,
Jud de Joana, <CM>Joana de Resa, <CM>Resa de Zorobabel, <CM>Zorobabel de Salatiel
, <CM>Salatiel de Neri,
Neri de Melqui, <CM>Melqui de Adi, <CM>Adi de Cosam, <CM>Cosam de Elmodam, <CM>E
lmodam de Er,
Er de Josu, <CM>Josu de Eliezer, <CM>Eliezer de Jorim, <CM>Jorim de Matat,
Matat de Lev, <CM>Lev de Simen, <CM>Simen de Jud, <CM>Jud de Jos, <CM>Jos de Jonn, <
nn de Eliaquim,
Eliaqim de Melea, <CM>Melea de Mainn, <CM>Mainn de Matata, <CM>Matata de Natn,
Natn de David, <CM>David de Isa, <CM>Isa de Obed, <CM>Obed de Booz, <CM>Booz de Sal
mn,
Salmn de Naasn, <CM>Naasn de Aminadab, <CM>Aminadab de Aram, <CM>Aram de Esrom, <CM
>Esrom de Fares, <CM>Fares de Jud,
Jud de Jacob, <CM>Jacob de Isaac, <CM>Isaac de Abraham, <CM>Abraham de Tar, <CM>Ta
r de Nacor,
Nacor de Serug, <CM>Serug de Ragau, <CM>Ragau de Peleg, <CM>Peleg de Heber, <CM>
Heber de Sala,
Sala de Cainn, <CM>Cainn de Arfaxad, <CM>Arfaxad de Sem, <CM>Sem de No, <CM>No de La
mec,
Lamec de Matusaln, <CM>Matusaln de Enoc, <CM>Enoc de Jared, <CM>Jared de Mahalalee
l, <CM>Mahalaleel de Cainn,
Cainn de Ens, <CM>Ens de Set, <CM>Set de Adn. <CM>Y Adn fue creado por Dios.
Jess, lleno del Espritu Santo, subi del Jordn, y el Espritu Santo le impuls a ir al de
sierto de Judea.
All permaneci cuarenta das, durante los cuales fue tentado por el diablo. En todo e
se tiempo no comi nada, pero pasados aquellos das tuvo hambre.
Entonces el diablo le dijo:<CM>Si eres el Hijo de Dios, di a esta piedra que se
convierta en pan.
Jess le respondi:<CM>Escrito est: "No slo de pan vivir el hombre".
Luego le llev el diablo a un monte de gran altura, y desde su cumbre le mostr en u
n solo instante todos los reinos de la tierra,
y le dijo:<CM>Todo ese poder y toda esa riqueza me pertenecen a m, y puedo drselo
a quien yo quiera.
Todo esto ser tuyo, si te arrodillas delante de m y me rindes adoracin.
Respondiendo Jess, le dijo:<CM>Est escrito: "Adora al Seor tu Dios y srvele tan slo a
l".
El diablo le llev por ltimo a Jerusaln, lo puso sobre el pinculo del Templo y le dij
o:<CM>Si eres el Hijo de Dios, arrjate abajo desde aqu,
porque est escrito: "Dios dar rdenes a sus ngeles acerca de ti, para que te protejan
;
y ellos te sostendrn con sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra
".
Jess le contest:<CM>Pero tambin dicen las Escrituras: "No pondrs a prueba al Seor tu
Dios".
Despus de esto, el diablo se apart de Jess en espera de una ocasin propicia para int
entar probarle de nuevo.<CM><CM><i>Rechazan a Jess en Nazaret<i>
Jess regres entonces a Galilea con el poder del Espritu Santo, y rpidamente se exten
di su fama por toda la regin.
Sola ensear en las sinagogas, y sus enseanzas eran muy apNreciadas por la gente.
Fue un da a Nazaret, el pueblo donde haba transcurrido su infancia, y un sbado, com
o tena por costumbre, entr en la sinagoga. Se puso de pie para leer las Escrituras
,
y le dieron el libro del profeta Isaas. Lo abri y busc el pasaje que dice:
"El Espritu del Seor <CM>est sobre m: <CM>me ha ungido para llevar "a los pobres<CM>
las buenas noticias de la "salvacin; <CM>para anunciar libertad a los cautivos, <
CM>vista a los ciegos<CM>y liberacin a los oprimidos;
Un da, junto al lago de Genesaret, predicaba Jess a una gran multitud que se haba a
golpado a su alrededor para escuchar la palabra de Dios.
Observ que a la orilla del lago haba dos barcas, y que unos pescadores haban bajado
de ellas para lavar sus redes.
Entonces subi Jess a una de las barcas, y rog a Simn, se dueo, que la alejase un poco
de la orilla; luego se sent y empez a ensear a la gente.
Cuando termin de hablar, le dijo a Simn:<CM>Boga ahora, y cuando est la barca un po
co ms cerca del centro del lago, echad las redes para pescar.
Simn le respondi:<CM>Maestro, hemos pasado toda la noche trabajando, pero no hemos
conseguido pescar nada. Sin embargo, confiando en tus palabras, echar la red otr
a vez.
As lo hicieron, y atraparon tal cantidad de peces que la red se rompa.
Por eso tuvieron que pedir por seas a los compaeros que estaban en la otra barca q
ue se acercaran a ayudarlos; y llenaron tanto las dos barcas, que pareca que iban
a hundirse.
Viendo lo que ocurra, Simn Pedro se arrodill delante de Jess y le dijo:<CM>Seor, aprta
e de m, que no soy ms que un pecador!
Porque ni l ni los que estaban con l salan del estupor que les haba causado aquella
pesca portentosa;
y lo mismo les suceda a Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, que iban en la otra barc
a y eran compaeros de trabajo de Simn. Pero Jess le dijo a Simn:<CM>No tengas miedo;
de ahora en adelante vas a ser pescador de hombres.
Cuando ms tarde llevaron las barcas a tierra, lo dejaron todo por seguir a Jess.<C
M><CM><i>Jess sana a un leproso<i>
En uno de los pueblos que l visitaba, se le present uno que estaba gravemente enfe
rmo de lepra. Al llegar ante Jess se ech al suelo, y rostro en tierra le rog:<CM>Seo
r, si t quieres, puedes limpiarme.
Jess extendi la mano y le toc, mientras deca:<CM>Quiero. Queda limpio.En ese mismo m
omento le desapareci la lepra.
Luego Jess le orden que no dijera nada a nadie, sino que fuese a mostrarse primera
mente al sacerdote:<CM>Ve y ofrece los sacrificios de purificacin que la ley de M
oiss requiere de los leprosos sanados de su enfermedad. De este modo sabrn todos q
ue ya ests limpio.
Aquel caso acrecent la fama de Jess, y era mucha la gente que se reuna para orle pre
dicar y para que curase sus dolencias.
Pero l se retirabla a menudo a lugares apartados, para entregarse a la oracin.<CM>
<CM><i>Jess sana a un paraltico<i>
Un da estaba enseando ante un grupo de fariseos y maestros de la ley que haban lleg
ado de diferentes lugares de Galilea, de Judea y de la misma Jerusaln. Ellos, sen
tados, escuchaban a Jess, con quien estaba el poder sanador del Seor.
En esto llegaron unos hombres que llevaban una camilla en la que reposaba un par
altico. Trataron de abrirse paso entre la multitud, a fin de ponerlo ante Jess,
pero no lo lograban a causa de la mucha gente que se apretujaba a su alrededor.
Entonces subieron a lo alto de la casa, y sobre el sitio donde l se encontraba le
vantaron el tejado y con unas cuerdas bajaron la camilla con el paraltico.
Viendo la fe de aquellos hombres, Jess le dijo al paraltico:<CM>Amigo, tus pecados
te son perdonados.
Los fariseos y los maestros de la ley pensaron en seguida: "Quin se cree que es ste
? Est blasfemando, porque solamente Dios puede perdonar los pecados!"
Jess, que saba lo que pensaban, les pregunt:<CM>Por qu cavilis de ese modo en vuestro
interior?
Qu es ms fcil, decirle a este paraltico: "Tus pecados te son perdonados", o decirle:
"Levntate y anda"?
Pues ved ahora que el Hijo del hombre tiene toda la autoridad para perdonar peca
dos en este mundo.Entonces, dirigindose al paraltico, le orden:<CM>Escucha, levntate,
recoge tu camilla y vete a tu casa!
Al momento, ante los ojos de todos, el hombre se puso en pie de un salto, tom la
camilla en la que haba estado acostado y se fue a su casa alabando y dando gracia
s a Dios.
Todos los que presenciaron la escena se sintieron llenos de asombro y temor, y e
mpezaron a alabar a Dios y a decir una y otra vez:<CM>Hoy hemos visto maravillas!
<CM><CM><i>Llamamiento de Lev<i>
Al salir del pueblo vio Jess a un publicano llamado Lev, que estaba sentado a su m
esa de recaudacin de los impuestos pblicos. Le dijo:<CM>Sgueme!
Lev, abandonndolo todo, le sigui.
Ms tarde prepar Lev en su casa un banquete en honor de Jess; y muchos colegas de Lev
y algunas otras personas se sentaron con l a la mesa.
Los fariseos y los maestros de la ley no tardaron en expresar su disgusto. Se qu
ejaron a los discpulos de Jess de que l estuviera comiendo y bebiendo con publicano
s y con pecadores notorios.
Jess mismo les dio la respuesta:<CM>Los que necesitan del mdico no son los que estn
sanos, sino los enfermos.
Yo no he venido a buscar a los que ya son justos y buenos, sino a los pecadores,
para que se arrepientan.<CM><CM><i>Le preguntan a Jess sobre el ayuno<i>
Pero ellos insistieron en sus preguntas:<CM>Por qu los discpulos de Juan el Bautist
a y los de los fariseos ayunan con frecuencia y hacen sus oraciones, y en cambio
los tuyos no se abstienen de comer y beber?
Les dijo Jess:<CM>Cundo se ha visto que los invitados a un banquete de bodas ayunen
mientras est el novio con ellos?
Un da llegar en que se lleven al novio; entonces ser cuando ayunen.
Luego les propuso este ejemplo:<CM>A nadie se le ocurre cortar un trozo de tela
de un vestido nuevo para remendar uno viejo, porque no solo se estropea el nuevo
, sino que el remiendo no armoniza con el vestido viejo. o,
Ni tampoco se le ocurre a nadie poner vino nuevo en odres viejos, porque el vino
nuevo revienta los odres, y se pierden al propio tiempo los odres y el vino.
El vino nuevo debe ponerse en odres nuevos.
Por otra parte, nadie que haya probado el vino viejo querr despus beber del nuevo,
porque dir: "El viejo siempre es mejor".
Un sbado pasaba Jess con sus discpulos por los trigales, y ellos se pusieron a arra
ncar espigas y a frotarlas entre las manos para comerse los granos. 7
Unos fariseos, al verlo, les increparon diciendo:<CM>Por qu hacis algo que nuestra
ley prohbe hacer en sbado?
Jess les respondi:<CM>Acaso no habis ledo las Escrituras? No sabis lo que hizo el rey
avid en una ocasin en que l y los que iban con l tuvieron hambre:
cmo entraron en la casa de Dios y tomaron los panes de la ofrenda, que estaban re
servados exclusivamente para los sacerdotes? David, tra spasando la ley, no slo c
omi de aquellos panes, sino que los reparti entre sus compaeros.
Con todas estas cosas, Jess les deca:<CM>El Hijo del hombre es Seor incluso del sbado
!
Sucedi otro sbado que l estaba enseando en la sinagoga, y haba all un hombre que tena
trofiada la mano derecha.
Los escribas y los fariseos, que no cesaban de buscar razones para acusar a Jess,
le vigilaban estrechamente por ver si se atre&vera a sanar a aquel hombre en
sbado.
Pero Jess, conociendo muy bien lo que pensaban, dijo al de la mano atrofiada:<CM>
Ven ac y ponte de pie donde todos puedan verte.El hombre obedeci.
Entonces Jess, dirigindose a los escribas y los fariseos, les dijo:<CM>Dejadme que
os haga una pregunta: Qu nos permite la ley que hagamos en sbado, el bien o el mal
, salvar una vida o destruirla?
Mir a su alrededor a todos, y sin esperar la respuesta de ellos dijo al hombre:<C
M>Extiende la mano.l la extendi, y al hacerlo le qued completamente sana.
Pero los enemigos de Jess se enfurecieron por esto, y se pusieron a planear qu pod
ran hacer contra Jess.<CM><CM><i>Los doce apstoles<i>
Uno de aquellos das se fue al monte, a orar, y pas toda la noche en oracin.
Luego, cuando hubo amanecido, llam a sus discpulos, y escogi de entre ellos a los d
oce que haban de formar el grupo de los apstoles.
Estos eran: Simn, a quien Jess llam Pedro, Andrs, hermano de Simn, Jacobo, Juan, Feli
pe, Bartolom,
Mateo, Toms, Jacobo hijo de Alfeo, Simn, llamado el zelota, :2
Judas hermano de Jacobo, y Judas Iscariote, el que traicion a Jess.<CM><CM><i>Bend
iciones y ayes<i>
Jess descendi del monte con los discpulos, y se detuvo en un lugar llano donde en s
eguida los rode una gran multitud procedente de Judea y Jerusaln, y de lugares tan
alejados como las ciudades portuarias de Tiro y Sidn. Muchos haban recorrido larg
as distancias para escuchar las enseanzas de Jess, y otros acudan a l para que los s
anase de sus enfermedades.
Aquel da expuls los demonios que atormentaban a muchas personas.
Y la gente se apretujaba tratando de tocarle, porque al que lo consegua, la fuerz
a que sala de Jess lo curaba de cualquier enfermedad que padeciese.
Jess, mirando a sus discpulos, deca:<CM>Dichosos vosotros los pobres, porque el rei
no de Dios os pertenece.
Dichosos los que tenis hambre, porque vais a quedar saciados. Dichosos los que ah
ora lloris, porque viene el momento en que reiris con alegra.
Dichosos seris cuando, por causa del Hijo del hombre, la gente os odie, os despre
cie, os insulte y hable mal de vosotros.
Alegraos, saltad de jbilo, porque es grande el premio que os espera en los cielos
; y consolaos sabiendo que as trataron tambin a los antiguos profetas.
Pero ay de vosotros, los ricos!, porque ya en este mundo habis obtenido toda vuest
ra felicidad.
Ay de vosotros, los que ahora estis saciados!, porque vendr el da en que pasaris hamb
re.Ay de vosotros, los que ahora res!, porque os llegar la hora de lamentaros y llo
rar.
Ay de vosotros, cuando todo el mundo os alabe!, porque eso mismo hacan vuestros an
tepasados con los falsos profetas.<CM><CM><i>El amor a los enemigos<i>
Pero a vosotros, los que me escuchis, os digo esto: Amad a vuestros enemigos, hac
ed el bien a los que os odian,
bendecid a los que os maldicen y orad por los que os calumnian.
Si alguien te da una bofetada en una mejilla, ofrcele tambin la otra; y si alguien
trata de robarte la capa, djale que se lleve tambin la tnica.
Al que te pida, dale; y al que te despoje de lo tuyo, no te obstines en hacrselo
devolver.
Tratad a los dems de la misma manera que deseis que los dems os traten a vosotros.
Porque si amis tan slo a los que os aman, qu mrito ser el vuestro? Incluso los malos s
n capaces de amar as!
Y si os portis bien tan slo con quienes se portan bien con vosotros, qu mrito ser el v
uestro? Incluso los malos son capaces de portarse as!
Y si tan slo prestis dinero a aquellos de quienes esperis recibir algn beneficio, qu m
ito ser el vuestro? Incluso los malos prestan dinero a los malos, a fin de recibir
de ellos otro tanto!
Amad a vuestros enemigos, tratad bien a todos y prestad sin esperar compensacin a
lguna. As vuestro premio ser grande, y seris verdaderos hijos de Dios, que es bonda
doso aun con los ingratos y los malos.
Sed benignos y compasivos, como lo es vuestro Padre celestial!<CM><CM><i>El juzga
r a los dems<i>
No critiquis ni condenis a nadie, y as tampoco a vosotros os criticarn ni os condena
rn. Perdonad, y seris perdonados.
Dad, y se os dar con medida generosa, apretada, remecida y rebosante. Y no olvidis
esto: con la misma medida con que midis, se os medir tambin a vosotros.
Jess, en sus predicaciones, se vala de parbolas y ejemplos como estos:<CM>Acaso pued
e un ciego ser gua de otro ciego? Si uno de ellos tropieza y cae en una zanja, no
arrastrar consigo al otro y lo har caer tambin?
El alumno no es ms que su maestro; aunque quiz un da pueda llegar a ser como su mae
stro, si se prepara debidamente.
Por qu miras la paja que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en la viga que
t tienes en el tuyo?
Te atreveras a pedirle permiso a tu hermano para sacar la paja de su ojo, sin ante
s haber sacado la viga que est en el tuyo? Hipcrita, saca primero la viga de tu ojo
, y entonces podrs ver con claridad para sacar la paja del ojo de tu hermano!<CM>
<CM><i>El rbol y su fruto<i>
Un rbol no es bueno, si los frutos que da son malos; y, por el contrario, un rbol
enfermos, invlidos o posedos por espritus malignos, y cmo daba la vista a los ciego
s;
y les dijo:<CM>Volved a Juan y hacedle saber lo que vosotros mismos habis visto y
odo: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios de su enfermed
ad, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buen
a noticia de la salvacin.
Y dichoso aqul que no se escandalice por mis palabras ni mis obras!
Los mensajeros de Juan se fueron, y entonces Jess comenz a hablar de Juan a la gen
te. Deca:<CM>Qu salisteis a ver al desierto? Una caa sacudida por el viento?
O acaso salisteis a ver a un personaje vestido con ropas elegantes?... A la gente
que viste con elegancia y vive rodeada de lujos, se la puede encontrar en los pa
lacios reales, no en el desierto!
Entonces, que salisteis a ver? Un profeta? Pues eso s, y ms que un profeta!
De l es de quien est escrito:"Yo envo mi mensajero delante de ti, <CM>para que te p
repare el camino".
Escuchad lo que os digo: Entre todos los seres humanos no ha habido ni habr jams u
n profeta ms importante que Juan el Bautista. Y sin embargo, el ms pequeo en el rei
no de Dios es mayor que l.
Todos los que escucharon la predicacin de Juan, incluso los publicanos, alabaron
la justicia de Dios, y acudieron a ser bautizados por Juan.
Pero los fariseos y los intrpretes de la ley de Moiss no se dejaron bautizar por J
uan, y de ese modo rechazaron los designios de Dios para con ellos mismos.
A qu podr comparar a la gente de la generacin actual? A quin se parece?
Se parece a esos muchachos que, sentados en la plaza, se dicen a voces unos a ot
ros: "Cuando tocamos la flauta, no bailasteis; y cuando cantamos endechas, no ll
orasteis".
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y dijisteis que est p
osedo por un demonio.
Pero despus ha venido el Hijo del hombre, que come y bebe, y decs: "Ah est ese hombr
e, glotn y bebedor de vino, que adems es amigo de publicanos y pecadores".
Pero el hecho es que la sabidura se acredita por los que la aceptan.<CM><CM><i>Un
a mujer pecadora unge a Jess<i>
Un da invit un fariseo a Jess a comer con l. Fue a casa del fariseo y, apenas se haba
sentado a la mesa,
cuando entr una mujer de la ciudad, una prostituta que se haba enterado de que l es
taba all, en casa del fariseo. Llevaba un frasco de alabastro, lleno de perfume,
y echndose a los pies de Jess, comenz a llorar sobre ellos y a enjugrselos con sus p
ropios cabellos. Le besaba los pies y se los unga con el perfume.
El fariseo que le haba invitado, al ver aquello, se dijo a s mismo: "Si este fuera
un autntico profeta, sabra quin es la mujer que le est tocando, que se trata de una
prostituta".
Jess se dirigi entonces al fariseo:<CM>Simn, tengo algo que decirte.<CM>Dime, Maest
ro.
<CM>Mira, en cierta ocasin, un hombre prest dinero a dos individuos: a uno le pres
t quinientos denarios, y al otro cincuenta.
Pero el tiempo pas sin que ninguno de los dos pudiera saldar su deuda, porque no
tenan dinero; visto lo cual, el acreedor decidi perdonar a ambos. Pues dime, despus
de aquel gesto de benevolencia, cul de los dos tendr en mayor aprecio al acreedor?
Contest Simn:<CM>Supongo que aquel a quien le perdon la deuda ms elevada.<CM>Has res
pondido correctamente <CM>dijo Jess,
que vuelto hacia la mujer sigui diciendo a Simn:<CM>Fjate en esta mujer. Cuando ent
r en tu casa, ni siquiera se te ocurri ofrecerme agua para lavarme los pies, mient
ras que ella me los ha lavado con sus lgrimas y me los ha enjugado con sus propio
s cabellos.
No me saludaste con un beso de amistad, pero esta mujer, desde que ha entrado, n
o ha cesado de besarme los pies.
Tampoco me ungiste la cabeza con ningn perfume, mientras que ella ha trado perfume
para ungirme los pies.
Pues bien, te aseguro que ella me ha manifestado un gran amor porque sus muchos
pecados le son perdonados; en cambio, al que poco se le perdona, poco amor manif
iesta.
Le dijo entonces a ella:<CM>Tus pecados te son perdonados.
Los dems invitados que estaban sentados a la mesa se preguntaban: "Quin es ste, que
se atreve a perdonar pecados?"
Pero Jess, sin hacerles caso, dijo a la mujer:<CM>Tu fe te ha salvado. Vete en pa
z.
Poco despus emprendi Jess un recorrido por las ciudades y los pueblos de Galilea, a
fin de anunciar la llegada del reino de Dios. Le acompaaban sus doce discpulos,
algunas mujeres que l haba sanado de enfermedades, y otras de las que haba expulsad
o espritus malignos. Entre ellas estaban Mara de Magdala, de la que haba expulsado
siete demonios,
Juana, esposa de Chuza (funcionario encargado de asuntos internos del palacio de
Herodes) y Susana. Tambin haba ot ras muchas, que contribuan con sus bienes al sus
tento de Jess y sus discpulos.
En cierta ocasin se reuni una gran multitud, cuyo nmero aument con la gente que lleg
aba de las ciudades vecinas para escuchar a Jess. Entonces les cont esta parbola:
<CM>Un labrador sali a sembrar su campo. Al lanzar la semilla, una parte cay en el
camino, donde fue pisoteada por la gente o comida por los pjaros.
Otra parte cay en terreno pedregoso, donde la tierra no tena profundidad; estos gr
anos no tardaron en brotar, pero en seguida se secaron por falta de humedad.
Otra parte cay entre espinos, que nacieron juntamente con la semilla y la ahogaro
n.
Pero otra parte cay en buena tierra, de modo que germin, brot y dio fruto hasta al
ciento por uno de lo sembrado.Concluy Jess su parbola exclamando:<CM>El que tiene odo
s, que oiga!
Despus le preguntaron los discpulos por el significado de aquella parbola,
y l les respondi:<CM>Vosotros habis sido llamados a conocer los misterios del reino
de Dios, pero a esa gente he de hablarles por parbolas, para que "aunque miren n
o vean y aunque oigan no entiendan".
Escuchad, pues, vosotros: La semilla es el mensaje de Dios para el hombre.
La que cay en el camino representa a quienes lo escuchan con inters, pero viene lu
ego el diablo y se lo quita del corazn, para que no crean y se salven.
La semilla cada en terreno pedregoso es semejante a los que se deleitan oyendo la
palabra de Dios, pero no echan races ni crecen; por un poco de tiempo llegan inc
luso a creer en ella, pero cuando vienen pruebas duras, se apartan y abandonan.
La semilla que cay entre los espinos es como los que escuchan el mensaje, pero el
peso de las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida lo ahogan si
n dejarle que d fruto.
Pero la semilla sembrada en la buena tierra representa a quienes con corazn bueno
y recto escuchan la palabra de Dios, y la retienen, y dan fruto abundante porqu
e perseveran en ella.<CM><CM><i>Una lmpara en una repisa<i>
En otra ocasin dijo Jess:<CM>Nadie enciende una lmpara y la cubre despus con una vas
ija, ni la pone bajo la cama para que no d luz. No, el que enciende una lmpara la
pone en alto, en el candelero, para que alumbre a los que entran en la casa.
Escuchad: no hay nada oculto que no haya de ponerse al descubierto, ni hay nada
escondido que no llegue un da a conocerse y salir a la luz.
Prestad atencin a cmo os, porque al que tiene se le dar ms; pero al que apenas tiene,
aun lo poco que cree tener se le quitar.<CM><CM><i>La madre y los hermanos de Je
ss<i>
Una vez fueron a ver a Jess su madre y sus hermanos; pero haba tanta gente alreded
or de l que no lograban abrirse paso.
En'tonces alguien le dio aviso, dicindole:<CM>Tu madre y tus hermanos estn ah fuera
, y quieren verte.
Jess respondi:<CM>Mi madre y mis hermanos son todos los que escuchan el mensaje de
Dios y lo obedecen.<CM><CM><i>Jess calma la tormenta<i>
Otro da sucedi que entr en una barca, junto con sus discpulos, y les sugiri que bogar
an hasta la otra orilla del lago.
Durante la travesa se qued dormido, y mientras dorma aument la intensidad del viento
y se desencaden una violenta tempestad. Las olas empezaron a inundar la barca, y
el riesgo de hundimiento era inminente.
cupa; y el que de m se preocupa, se preocupa del Padre, que me envi. Queris que os d
iga quin es el ms importante entre todos vosotros? El ms importante es el que a s mi
smo se tiene por menos importante.
Juan, acercndose entonces a Jess, le dijo:<CM>Maestro, hemos visto a uno que expul
saba demonios en tu nombre; pero como no era de los nuestros, se lo hemos prohib
ido.
Jess le dijo:<CM>No se lo prohibis, porque el que no est en contra nuestra, est a nu
estro favor.<CM><CM><i>La oposicin de los samaritanos<i>
Cuando ya se cumpla el tiempo en que Jess haba de regresar al cielo, emprendi decidi
damente el camino a Jerusaln.
Envi delante de l unos mensajeros con el encargo de buscarle alojamiento, los cual
es entraron en una aldea samaritana; pero all no quisieron recibirle, porque no q
ueran tener relacin con nadie que se dirigiese a Jerusaln.
Al enterarse de esto, Jacobo y Juan se irritaron y dijeron a Jess:<CM>Seor, si qui
eres, mandaremos que baje fuego del cielo, como hizo Elas, para que los consuma.
- - Pero Jess se volvi hacia ellos y los reprendi.
Luego se dirigieron a otra aldea.<CM><CM><i>Lo que cuesta seguir a Jess<i>
Mientras iban de camino, se acerc uno y le dijo:<CM>Seor, yo deseo seguirte adonde
quiera que vayas.
<CM>Est bien <CM>respondi Jess<CM>, pero piensa que las zorras tienen cubiles y las
aves nidos, mientras que el Hijo del hombre ni siquiera tiene un sitio donde re
clinar la cabeza.
A otro hombre, Jess lo invit a seguirle, y l le respondi:<CM>S. Seor, yo te seguir; pe
o djame que vaya primero a enterrar a mi padre.
Jess le contest:<CM>Deja que los muertos entierren a sus muertos, y t ven y anuncia
conmigo el reino de Dios.
Otro le dijo:<CM>S, Seor, te seguir; pero permteme ir primero a despedirme de mi fam
ilia.
A ste le respondi Jess:<CM>El que pone la mano en el arado y vuelve atrs la mirada,
no es apto para el reino de Dios.
Un da escogi el Seor a otros setenta discpulos, y los envi delante de l, de dos en dos
, a las ciudades y aldeas adonde l pensaba ir.
Previamente los instruy, dicindoles: <CM>Frente a vosotros hay una mies abundante,
pero son pocos los trabajadores para cosecharla. Por eso debis pedir en oracin al
Seor de la mies que enve muchos trabajadores a su mies.
Id ahora vosotros, pero no olvidis que yo os estoy enviando como corderos en medi
o de una manada de lobos.
No llevis dinero ni alforja, ni otro calzado que el puesto; y no os detengis a sal
udar a la gente en el camino.
Cuando entris en una casa, decid: "La paz sea con vosotros!"
Si los que en ella habitan son gente de paz, la paz que les deseis permanecer con
ellos; en otro caso, se volver a vosotros.
Quedaos en la misma casa, y aceptad la comida y la bebida que os ofezcan, porque
el que trabaja es merecedor de su salario; pero no andis de casa en casa.
As pues, en las ciudades que visitis y seis bien recibidos, comed lo que os pongan
delante;
sanad a cuantos enfermos encontris, y anunciad a todos: "El reino de Dios se ha a
cercado a vosotros".
Ahora bien, si llegis a una ciudad donde la gente, por el contrario, se niegue a
recibiros, proclamad en sus calles:
"Hasta el polvo de esta ciudad sacudimos de nuestros pies, como testimonio en con
tra vuestra! Pero tened presente que el reino de Dios ha estado cerca de vosotro
s".
Yo os aseguro que, en el da del juicio, el castigo de un lugar como Sodoma ser ms s
oportable que el de la ciudad que os rechace.
Ay de ti, Corazn! Ay de ti, Betsaida!, que si los milagros que hice en vosotras se
hubieran hecho en Tiro y Sidn, hace tiempo que su gente andara vestida de luto y c
on la cabeza cubierta de ceniza en seal de arrepentimiento.
Por eso, ms soportable que vuestro castigo ser el que caiga sobre Tiro y Sidn.
Y t, Cafarnaum, que has sido exaltada a las mayores alturas, hasta lo ms profundo d
el infierno sers hundida!
Dicho esto, Jess aadi dirigindose a los suyos:<CM>El que os escucha a vosotros, a m m
e escucha; el que a vosotros rechaza, a m me rechaza. Y el que me rechaza a m, rec
haza a aquel que me envi.
Los setenta que el Seor haba designado regresaron diciendo llenos de alegra:<CM>Seor,
hasta los demonios nos obedecan cuando invocbamos tu nombre!
Jess les dijo:<CM>S, y yo vea a Satans caer del cielo como un rayo.
Yo os he dado autoridad sobre las fuerzas del enemigo; por eso podris pisotear se
rpientes y escorpiones, y nada os daar.
Sin embargo, no es alegris tanto porque los demonios os obedezcan, sino porque vu
estros nombres estn inscritos en los cielos.
Despus, lleno del gozo del Espritu Santo, dijo:<CM>Te alabo, Padre, Seor del cielo
y de la tierra, porque t, que has escondido estas cosas de los sabios y eruditos,
se las has revelado a los nios. S, Padre, porque t as lo has querido.
Mi Padre me ha encomendado todas las cosas, y nadie sabe quin es el Hijo excepto
el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes el Hijo se l
o quiera revelar.
Volvindose luego a sus discpulos, les dijo aparte:<CM>Dichosos vosotros, que podis
ver las cosas que ahora veis. s
Porque, ciertamente, muchos profetas y reyes desearon ver en otro tiempo lo que
vosotros veis, y no lo vieron; y oir lo que vosotros os, y no lo oyeron.<CM><CM><
i>Parbola del buen samaritano<i>
Un da, con intencin de ponerle a prueba, le pregunt a Jess un intrprete de la ley:<CM
>Maestro, qu debo hacer para alcanzar la vida eterna?
Le dijo Jess:<CM>Qu te parece a ti que a este respecto dice la ley?
l respondi:<CM>Amars al Seor tu Dios con todo tu corazn, con toda tu alma, con todas
tus fuerzas y con toda tu inteligencia; y amars al prjimo como te amas a ti mismo.
<CM>Est muy bien! <CM>le dijo Jess<CM>Hazlo as y tendrs la vida eterna.
Pero el hombre, queriendo ser justo ante sus propios ojos, hizo una nueva pregun
ta a Jess:<CM>Y quin es mi prjimo?
Jess le cont entonces esta parbola:<CM>Unos bandidos asaltaron en cierta ocasin a un
judo que viajaba de Jerusaln a Jeric. Le robaron cuanto llevaba, le dieron de golp
es y lo dejaron medio muerto al borde del camino.
Ms tarde lleg al mismo lugar un sacerdote judo, que al ver al herido dio un rodeo y
pas de largo.
Despus lleg un levita, que tambin, al verle, dio un rodeo y pas de largo.
Por ltimo lleg un samaritano, que iba de camino; este vio al hombre tendido en la
tierra y se sinti movido a compasin.
Se acerc a l y le cur las heridas con aceite y vino; luego se las vend y, ponindolo s
obre su propia caballera, lo llev a una posada y cuid de l durante toda la noche.
A la maana siguiente le dio al posadero dos denarios, "y le dijo: "Cudalo bien, y
si "gastas ms dinero del que te he dado, yo te lo pagar a mi regreso".
Cul, pues, de los tres que pasaron por all te parece que fue el autntico prjimo del q
ue haba sido vctima de los bandidos?
<CM>El que tuvo compasin de l <CM>respondi el intrprete de la ley. Jess le dijo enton
ces:<CM>Pues ve y haz t lo mismo.<CM><CM><i>En casa de Marta y Mara<i>
Siguiendo su camino a Jerusaln, entr Jess en un pueblo, donde fue hospedado por una
mujer llamada Marta.
Tena ella una hermana que se llamaba Mara, la cual en cierto momento se sent a los
pies de Jess para escuchar sus palabras.
Pero Marta, muy ocupada con sus muchos quehaceres, se acerc impaciente a Jess y le
dijo:<CM>Seor, no te parece injusto que mi hermana est ah sentada en lugar de venir
a ayudarme?
<CM>Marta, Marta <CM>le respondi el Seor<CM>, te preocupas demasiado por todo eso;
pero mira, slo hay una cosa por la que vale la pena preocuparse, y Mara la ha desc
ubierto. No ser yo quien se la quite!
Un da, Jess estaba orando, y cuando hubo terminado le dijo uno de sus discpulos:<CM
>Seor, ensanos a orar, como tambin Juan enseaba a sus discpulos.
l les respondi:<CM>Vosotros, cuando oris, decid:"Padre, santificado sea tu nombre;
<CM>venga tu reino.
Nuestro pan de cada da, <CM>dnoslo hoy.
Perdona nuestros pecados, <CM>como tambin nosotros<CM>perdonamos a quienes <CM>no
s ofenden, <CM>y no nos dejes caer en la tentacin".
Luego aadi Jess:<CM>Supongamos que uno de vosotros se presenta a media noche en cas
a de un amigo para pedirle prestados tres panes, y le dice:
"Oye, un amigo mo acaba de llegar a mi casa y no tengo nada que ofrecerle".
Lo ms probable es que desde dentro le contesten: "Por favor, no me molestes a est
as horas. Ya tengo la puerta cerrada, y mis nios estn durmiendo conmigo en la cama
. No puedo levantarme ahora para darte el pan!"
Sin embargo, si l insiste, quiz el otro se levante y le d lo que pide, no tanto por
tratarse de su amigo, sino por lo molesto de su insistencia.
Eso mismo sucede con la oracin. Por eso, insistid en vuestras peticiones, y Dios
os dar; buscad, y hallaris; llamad, y se os abrir.
Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abre
la puerta.
Qu padre, si su hijo le pide pan le dar una piedra? O qu padre, si su hijo le pide pe
scado le dar una serpiente?,
o si le pide un huevo le dar un escorpin? Ningn padre hara cosa semejante!
Pues bien, si vosotros, que sois pecadores, sabis dar a vuestros hijos lo que ell
os necesitan, con cunta mayor razn no dar vuestra Padre celestial el Espritu Santo a
quienes se lo pidan?<CM><CM><i>Jess y Beelzeb<i>
Un da expuls Jess a un demonio que haba dejado mudo al hombre en el que haba entrado.
Inmediatamente, aquel hombre, ante el asombro de los presentes, recuper el habla
.
Pero, a pesar de lo que haban visto, todava hubo algunos que dijeron:<CM>Seguro qu
e este expulsa a los demonios en el nombre de Beelzeb, el prncipe de los demonios.
Otros pedan a Jess que demostrase con algn milagro que haba venido del cielo.
Pero Jess, conociendo lo que ellos pensaban, les dijo:<CM>Un reino dividido contr
a s mismo no puede permanecer; como tampoco puede permanecer un hogar en el que r
einan divisiones y rencillas.
Por lo tanto, si Satans se dividiera contra s mismo (ya que decs que yo expulso a l
os demonios en nombre de Beelzeb), cmo podra permanecer su reino?
Adems, si yo expulso a los demonios en nombre de Beelzeb, en nombre de quin los expu
lsan vuestros seguidores? Quiz un da sean ellos quienes os juzguen a vosotros!
Pero si, por el contrario, yo expulso a los demonios con el poder de Dios, eso s
ignifica que el reino de Dios ya est aqu, entre vosotros.
Satans es como el hombre fuerte y armado que defiende su palacio y mantiene la pa
z en todas sus posesiones;
pero si llega otro ms fuerte y mejor armado que l, puede desarmarlo y despojarlo d
e todo lo que tiene.
El que no est a mi favor, est en contra ma; y el que conmigo no recoge, desparrama.
Cuando un espritu impuro sale de un hombre, se pone a buscar en la sequedad del d
esierto un lugar donde reposar, pero no hallndolo se dice a s mismo: "Me volver a m
i casa, de la que sal",
y al regresar la encuentra barrida y adornada.
Al verla as, va y rene otros siete demonios peores que l, y todos juntos se meten a
vivir en aquella casa; con lo cual, el estado final de aquel hombre es peor que
al principio.
Mientras Jess hablaba, una mujer de entre la multitud grit:<CM>Dios bendiga el vien
tre que te trajo y los pechos que mamaste! A lo que Jess replic:
<CM>Y Dios bendiga ms an a los que escuchan su palabra y la ponen por obra!<CM><CM>
<i>La seal de Jons<i>
La gente se apiaba en torno a l, que comenz a predicar:<CM>El da de hoy est lleno de
gente malvada que pide seales para convencerse de quin soy; pero no tendrn ms seal qu
e la seal milagrosa de Jons.
Porque as como el milagro obrado en Jons fue para los de Nnive la seal de que Dios s
e lo haba enviado, una seal semejante demostrar tambin que Dios ha enviado a este mu
ndo al Hijo del hombre.
Cuando en el da del juicio sea juzgada la presente generacin, la reina del Sur se
levantar y la condenar, porque ella acudi desde los confines de la tierra para escu
char la sabidura de Salomn, en tanto que ahora no se hace caso a uno ms importante
que Salomn.
Tambin se levantarn en el juicio los de Nnive, y condenarn a esta generacin, porque e
llos se arrepintieron al oir la predictacin de Jons, en tanto que ahora no se hace
caso a uno ms importante que Jons.<CM><CM><i>La lmpara del cuerpo<i>
A nadie se le ocurre esconder una lmpara encendida, ni taparla con una vasija par
a que no alumbre; sino que se la pone en alto, en el candelero, para que d luz a
los que entran en la casa.
Los ojos son como lmparas del cuerpo: si en tus ojos resplandece la generosidad,
todo t sers luminoso; pero si en tus ojos hay maldad, todo t estars lleno de tiniebl
as.
Vigila para que tu luz no resulte ser oscuridad,
pues si en ti hay luz y no hay ningn rincn oscuro, todo t sers tan luminoso como si
una lmpara te alumbrase con su resplandor.<CM><CM><i>Jess denuncia a los fariseos
y a los expertos en la ley<i>
Una vez, un fariseo invit a Jess a comer en su casa. l acept, fue all y se sent a la m
esa.
El fariseo se extra de que Jess se pusiera a comer sin haber cumplido con la ceremo
nia juda de lavarse las manos,
pero el Seor le dijo:<CM>Vosotros, los fariseos, limpiis lo exterior, y por eso la
vis los platos y los vasos; pero dejis en cambio la suciedad interior, la codicia
y la maldad de que estis llenos por dentro.
Necios!, acaso Dios, que hizo lo de fuera, no hizo tambin lo de dentro?
La generosidad, que nace de dentro, es el signo de la autntica limpieza.
Ay de vosotros, fariseos, que dais el diezmo de la menta, la ruda y las hortaliza
s, pero os olvidis por completo de la justicia y el amor de Dios! Est bien que dei
s vuestros diezmos, pero no deis de lado lo que es ms importante.
Ay de vosotros, fariseos, que os encanta ocupar los puestos de honor en las sinag
ogas y ser saludados delante de todos en las plazas pblicas!
Ay de vosotros, escribas y fariseos hipcritas, que sois como sepulcros ocultos a l
a vista, que la gente los pisa sin darse cuenta de la podredumbre que hay debajo
de sus pies!
Un intrprete de la ley que estaba all, dijo:<CM>Maestro, hablando as nos ofendes tam
bin a nosotros!
Jess le respondi:<CM>Ay tambin de vosotros, intrpretes de la ley, que obligis a los de
ms a llevar cargas insoportables, sin que vosotros mismos movis ni siquiera un ded
o para ayudarlos!
Ay de vosotros, que edificis los sepulcros de los profetas que mataron vuestros an
tepasados!
Con vuestra conducta cmplice, aprobis los crmenes que ellos cometieron; porque ello
s mataron a los profetas, pero vosotros edificis sus sepulcros.
Por eso Dios, en su sabidura, haba dicho: "Les enviar profetas y apstoles; a unos ma
tarn y a otros perseguirn.
Y Dios culpar a esta generacin de la sangre de todos los profetas, la cual se ha v
enido derramando desde el principio del mundo,
desde la muerte de Abel hasta la de Zacaras", el que fue asesinado entre el altar
y el santuario. S, vosotros sois deudores de esa sangre en esta generacin.
Ay, s, de vosotros, intrpretes de la ley, que os habis hecho dueos de la llave del ve
rdadero conocimiento! Ni vosotros habis entrado en l, ni a los que quieren entrar
se lo permits.
Al orle decir estas cosas, los escribas y los fariseos comenzaron furiosos a estr
echarle, provocndole a decir muchas cosas
y tratando de cazarle en alguna palabra de la que ellos pudieran luego servirse
para acusarle.
En esto se fue reuniendo una multitud; eran miles de personas que se atropellaba
n unas a otras. Jess se volvi a sus discpulos y les dijo:<CM>Sobre todo, guardaos d
e los fariseos y de la hipocresa de su religiosidad, que es como la levadura meti
da en la harina.
Pero no hay nada encubierto que no haya de descubrirse, ni nada oculto que no ha
ya de conocerse.
Por lo tanto, todo lo que habis dicho en la oscuridad, se oir a plena luz; y todo
lo que murmuris en el interior de una estancia, ser proclamado desde las azoteas d
e las casas.
Amigos mos, no temis a quienes pretenden mataros. Pensad que cualquiera puede mata
r el cuerpo, pero despus no puede ya hacer ningn otro dao.
Os dir a quin en realidad habis de temer: temed a Dios, porque nicamentqe l es quien
puede quitar la vida y quien tiene poder para arrojar en el infierno.
Sabis cunto valen cinco pajarillos? Apenas unas pocas monedas, y sin embargo Dios n
o se olvida de ninguno de ellos.
Vosotros, pues, no temis, porque Dios tiene contado hasta el ltimo cabello de vues
tra cabeza. Para l, vosotros valis ms que muchos pajarillos.
Escuchad esto: A todo aquel que tenga la valenta de confesar pblicamente su fe en
m, tambin el Hijo del hombre le confesar en presencia de los ngeles de Dios.
Pero el que me niegue delante de la gente de este mundo, tambin ser negado en pres
encia de los ngeles de Dios.
Cualquiera que en este mundo hable contra el Hijo del hombre, ser perdonado; pero
el que blasfeme contra el Espritu Santo, jams alcanzar el perdn.
Cuando os lleven a juicio a las sinagogas o ante los magistrados y las autoridad
es, no os preocupis por lo que habis de decir o cmo habis de responder en vuestra de
fensa,
porque en ese mismo momento, en presencia de ellos, el Espritu Santo os dar las pa
labras oportunas.<CM><CM><i>Parbola del rico insensato<i>
Alguien de entre la multitud le dijo:<CM>Maestro, dile a mi hermano que parta co
nmigo la herencia que dej nuestro padre.
Hombre <CM>respondi Jess<CM>, quin me ha puesto a m para que juzgue o reparta cosas c
omo sa?
Lo que debis hacer es guardaros de codiciar sin medida las cosas que no tenis, por
que la vida no depende de la posesin de muchos bienes.
Luego les refiri esta parbola:<CM>Un hombre rico tena una finca muy frtil, que le da
ba cosechas tan abundantes
que lleg un da en el que ya no tuvo lugar donde almacenar ms frutos. El dueo de la f
inca se puso entonces a reflexionar en busca de una solucin.
Por fin dio con ella, y se dijo: "Ya s lo que he de hacer: derribar mis viejos gra
neros y construir otros ms grandes donde pueda guardar todos mis frutos y mis bien
es.
Despus podr decirme a m mismo: "Alma ma, ahora que tienes bienes suficientes para mu
chos aos, dedcate a descansar, a comer, a beber y a pasrtelo bien".
Pero Dios le dijo: "Eres un necio!, porque esta misma noche van a pedir tu alma, y
quin disfrutar despus ide todo el dinero que has acumulado?"
Pues ciertamente es un necio el hombre que atesora riquezas aqu en la tierra, per
o no las atesora en el cielo.<CM><CM><i>No os preocupis<i>
Volvindose entonces a sus discpulos, les dijo:<CM>Por tanto, no os apuris por qu habi
s de comer o con qu habis de vestiros,
porque la vida vale ms que la comida y que las prendas de vestir.
Fijaos en los cuervos, que no siembran ni siegan, ni tienen despensas ni granero
s; sin embargo, viven porque Dios los alimenta; y acaso vosotros no sois ms valios
os que esas aves?
Adems, qu gana uno por mucho que se apure? "Lograr aumentar aunque solo sea un co<CM>
do (cuarenta y cinco centmetros) su estatura? l
Para qu, pues, tanta preocupacin?
Mirad cmo crecen los lirios, que no trabajan ni hilan; sin embargo, ni aun el mis
mo Salomn con toda su gloria pudo vestirse como uno de ellos.
Y si Dios viste as a la hierba, que hoy est verde en el campo, pero que maana se se
ca y es quemada en el horno, no creis que l os proporcionar tambin todo lo que podis n
ecesitar, hombres de poca fe?
Por tanto no estis preocupados por lo que habis de comer o lo que habis de beber, s
ino echad a un lado vuestras inquietudes.
Es normal que la gente del mundo se apure por esas cosas, pero no vosotros, porq
ue vuestro Padre celestial sabe que las necesitis.
Buscad primeramente el reino de Dios, y Dios os dar en cada momento lo que os hag
a falta.
No tengis miedo, pequeo rebao, porque a vuestro Padre "le ha placido otorgaros el r
eino.
Vended lo que poseis y dad a los que estn en autntica necesidad; esto engrosar las b
olsas de vuestra riqueza en el cielo, las cuales no envejecen ni se agujerean. El
tesoro que all tenis est seguro, porque en el cielo no hay ladrn que robe ni polill
a que destruya.
Pensad, adems, que donde tengis vuestro tesoro, all pondris vuestro corazn.<CM><CM><i
>La vigilancia<i>
Estad siempre preparados para cumplir con vuestro deber, y mantened vuestras lmpa
ras encendidas,
como quienes esperan que su seor regrese de un banquete de bodas, dispuestos a ab
rirle la puerta en cuanto llegue y llame.
Dichosos los que estn as preparados aguardando su r1egreso!, porque l mismo los llev
ar adentro, los acomodar y se dispondr a servirles la comida.
Quiz no llegue hasta entrada la noche, o incluso hasta la medianoche; pero sea la
hora que sea, dichosos los siervos que encuentre despiertos a su llegada!
Igualmente estaran despiertos si conocieran la hora exacta del regreso de su seor,
como tambin lo estara cualquiera que supiese la hora exacta en que un ladrn intent
ar entrar en su casa para robarle.
Estad, pues, siempre pre:parados, porque el Hijo del hombre vendr cuando menos lo
esperis.
Pedro le pregunt:<CM>Seor, a quines diriges estas palabras, solamente a nosotros o a
todo el mundo?
- - - - El Seor respondi:<CM>Esto se lo digo a toda persona fiel que, como un mayordomo, r
ecibe de su seor el encargo de distribuir a su debido tiempo los alimentos al res
to de la servidumbre. Si su seor, al regresar, ve que ha cumplido con su deber, l
o premiar nombrndolo administrador de sus bienes;
pero si el mayordomo piensa: "Mi seor va a tardar en volver", y se pone a pegar a
los hombres y mujeres que deba proteger, y se pasa el tiempo en fiestas y borrac
heras,
su seor, regresando cuando menos se le espera, lo castigar con severidad y lo pond
r con los infieles.
El castigo que recibir ser duro, porque voluntariamente dej de cumplir con su deber
.
Otra cosa es que involuntariamente falte alguien a sus obligaciones: este tambin
ser castigado, pero menos severamente. A quienes mucho se demandar es a quienes mu
cho se les ha confiado, porque su responsabilidad es mayor.<CM><CM><i>Divisin en
vez de paz<i>
Yo he venido a traer fuego a la tierra, y ojal ya estuviera encendido! Ojal ya hubie
ra terminado yo mi tarea!
Pero an me espera un bautismo con el que he de ser bautizado, y hasta que salga d
e l no dejar de sentirme angustiado.
Pensis que slo he venido a traer paz a la tierra? Pues no!, porque tambin he venido a
traer divisiones.
De aqu en adelante, las familias se dividirn: si son cinco, se enfrentarn tres de u
n lado y dos del otro;
el padre se pondr en contra del hijo, y el hijo en contra del padre; la madre en
contra de la hija, y la hija en contra de la madre; la suegra en contra de su nu
era, y la nuera en contra de su suegra.<CM><CM><i>Seales de los tiempos<i>
En otra ocasin habl Jess de este modo al gento que se haba reunido:<CM>Cuando vosotro
s veis las nubes que empiezan a formarse por poniente, decs: "Va a llover", y as s
ucede.
Y cuando sopla el viento del sur, decs: "Va a hacer calor" y, en efecto, lo hace.
Hipcritas!, vosotros, que sabis interpretar el aspecto de la tierra y del cielo, cmo
no sois capaces de interpretar leas seales del tiempo actual?
Por qu no juzgis por vosotros mismos lo que es justo?
Y cuando veis que Abraham, Isaac, Jacob y todos los profetas estn en el reino de D
ios, mientras que vosotros quedis excluidos, lloraris y os rechinarn los dientes.
Veris gente de todas partes del mundo sentada a la mesa en el reino de Dios; y ve
ris tambin que,
a muchos que ahora se desprecia, ser a quienes ms se honre en aquel da, y que mucho
s que ahora se creen superiores a los dems, ocuparn un lugar inferior.<CM><CM><i>L
amento de Jess sobre Jerusaln<i>
Aquel mismo da le dijeron algunos fariseos:<CM>Si quieres seguir con vida, mrchate
de aqu, porque Herodes te est buscando para matarte.
Jess les respondi:<CM>Id y decidle de mi parte a esa zorra, que hoy y maana voy a c
ontinuar expulsando demonios "y haciendo curaciones. Luego, "al tercer da, llegar
a mi destino.
S, hoy, maana y pasado maana seguir mi camino, porque no es posible que un profeta mu
era fuera de Jerusaln.
Jerusaln, Jerusaln, que matas a los profetas y apedreas a los que Dios enva en tu ay
uda! Cuntas veces trat de juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos
debajo de las alas, y no quisiste!
Pero, ay!, muy pronto tu casa va a quedar desierta; y os digo que no volveris a ver
me hasta que llegue el da en que digis: "Bendito el que viene en nombre del Seor!"
Un sbado fue Jess a comer a casa de un jefe de los fariseos. Tambin se encontraban
all otros fariseos, que estaban al acecho
por ver si sanara a un hombre hidrpico que l tena ante s.
<CM>Permite la ley sanar a un enfermo en sbado, o no lo permite? <CM>pregunt Jess a
los fariseos y a los intrpretes de la ley que le rodeaban.
Como todos permanecieran callados, tom al hidrpico, lo san y lo despidi. Luego sigui
preguntndoles:
<CM>Quin de vosotros no trabajara, aun siendo sbado, para sacar en seguida a su buey
o su asno de un pozo en el que hubiera cado?
Pero ellos siguieron sin decir nada, porque no tenan respuesta.
Ms tarde, viendo que los invitados sre apresuraban a ocupar los primeros asientos
a la mesa, les dijo:
<CM>Cuando alguien te invite a una boda, no trates de sentarte en el lugar princ
ipal, no sea que llegue despus alguien ms distinguido que t,
y el que os invit a ambos se vea obligado a decirte: "Deja tu asiento a este otro
invitado". Entonces, avergonzado, habrs de ir a sentarte en el ltimdo lugar.
Mejor ser que ocupes el ltimo asiento, para que el anfitrin, al verte all, pueda dec
irte: "Amigo, ven ac, que te tengo reservado un sitio mejor". De este modo se te
har honor en presencia de todos,
porque el que se ensalza ser humillado, y el que se humilla ser ensalzado.
Entonces, vuelto al que le haba invitado, dijo:<CM>Cuando organices un banquete,
no convides a amigos, hermanos, parientes o vecinos ricos, porque ellos te invit
arn a ti en otra ocasin, y quedars pagado.
A quienes debes convidar es a los pobres, a los mancos, a los cojos y a los cieg
os;
y como ellos no podrn devolverte la invitacin, ser Dios mismo quien te d la recompen
sa en la resurreccin de los justos.<CM><CM><i>Parbola del gran banquete</i> <CM>En
este punto, uno de los que estaban sentados a la mesa exclam:
<CM>Qu gran privilegio ser participar en el banquete del reino de Dios!
Jess le respondi con esta parbola:<CM>Un hombre organiz una gran cena, a la que invi
t a mucha gente.
Cuando ya todo estaba preparado, envi a un siervo a anunciar a los invitados que
ya podan acudir al banquete.
Pero ellos, todos a una, comenzaron a excusarse. Uno dijo que acababa de comprar
una finca y tena que ir a verla;
otro dijo que haba comprado cinco yuntas de bueyes y tena que ir a probarlos;
y otro dijo que no poda asistir porque acababa de casarse.
El siervo regres y comunic a su amo las excusas de aquellos invitados. Entonces el
amo, enojado, le orden que saliera por toda la ciudad y convidase a cuantos mend
igos, mancos, cojos o ciegos encontrara en el camino.
El siervo obedeci, pero como an quedaban lugares vacos en la sala del banquete, el
al al otro o, por el contrario, ser leal al uno y aborrecer al otro. Nadie puede s
ervir al propio tiempo a Dios y al dinero.
Al oir estas enseanzas, los fariseos se burlaban de Jess, porque eran avaros y ama
ban mucho el dinero. l les dijo:
<CM>Vosotros os hacis pasar en pblico por personas muy justas, pero no olvidis que
Dios sabe lo que hay en el fondo de vuestro corazn. Por eso, aunque con una condu
cta fingida os ganis la admiracin de quienes os rodean, para Dios estis cometiendo
abominacin.<CM><CM><i>Otras enseanzas<i>
Hasta que Juan el Bautista comenz a predicar, la ley y los escritos de los profet
as tenan plena vigencia. Pero Juan anunci al mundo la buena noticia de la venida d
el reino de Dios, y desde entonces todos le hacen violencia.
Sin embargo, esto no quiere decir que la ley haya perdido valor alguno, porque l
a ley sigue mantenindolo firme, inalterable como el cielo y la tierra.
Ahora, lo mismo que antes, si alguno repudia a su esposa y se casa con otra, adu
ltera; y de igual modo comete adulterio el que se case con la que fue repudiada
por su marido.<CM><CM><i>El rico y Lzaro<i>
Tambin cont Jess esta parbola: <CM>Haba una vez un hombre rico que se vesta con ropas
muy lujosas y organizaba a diario esplndidos festines.
A la puerta de su casa sola sentarse un mendigo enfermo llamado Lzaro. Tena el cuer
po lleno de llagas,
y ansiaba poder comer hasta hartarse aunque solo fuera de las migajas que caan de
la mesa del rico. Los perros se acercaban a l, y le laman las llagas.
Cierto da muri el mendigo Lzaro y los ngeles lo llevaron junto a Abraham. Algn tiempo
despus muri tambin el rico, y fue sepultado.
Despert el rico en el Hades, el lugar de los muertos; y en medio de los tormentos
que padeca vio de lejos a Lzaro, que estaba con Abraham.
Entonces grit: "Padre Abraham, ten compasin de m! Envame a Lzaro, para que siquiera mo
e un ded/o en agua y me refresque la lengua, porque estoy sufriendo mucho en est
as llamas!"
Abraham le respondi: "Hijo, recuerda que t tuviste en la vida toda clase de bienes
, mientras que Lzaro solamente tuvo males. Ahora l est aqu, y recibe consuelo, en ta
nto que t eres atormentado.
Adems, entre nosotros y vosotros se abre un abismo infranqueable: nadie puede pas
ar de aqu a vosotros, ni de ah puede nadie pasar aqu".
El rico sigui suplicando: "Pues, por favor, padre Abraham, enva a Lzaro a casa de m
i padre,
para que explique a mis cinco hermanos cmo es eloste lugar de tormento, y que as e
llos puedan evitarlo".
Abraham le respondi: "Ya tienen en las Escrituras a Moiss y los profetas, que les
advierten del peligro. Lo que han de hacer es escucharlos".
"Padre Abraham, insisti el rico, eso no lo harn; pero si alguien de entre los muer
tos fuera a hablarles, seguramente se apartaran del pecado".
Le contest Abraham: "Si no escuchan lo que dicen Moiss y los profetas, tampoco harn
caso a otro, aunque se haya levantado de entre los muertos".
<CM>En este mundo siempre habr tentaciones <CM>dijo un da Jess a sus discpulos<CM>,
pero ay de aquel que haga caer a otros en pecado!
Ms le valdra que lo arrojasen al mar con una piedra de molino atada al cuello, que
ser hallado culpable de hacer caer en pecado a uno de mis seguidores ms sencillo
s.
Cuidad vuestro comportamiento con los dems: si tu hermano te ofende, reprndelo; y
si se arrepiente, perdnalo.
Y si te ofende siete veces en el mismo da y siete veces te pide perdn, perdnalo.
Un da rogaron los apstoles al Seor: <CM>Aumenta nuestra fe.
El Seor les respondi:<CM>Si vuestra fe fuese siquiera del tamao de una semilla de m
ostaza, podrais decirle a este sicmoro: "Desarrigate y plntate en el mar", y os obed
ecera.
Luego sigui dicindoles:<CM>Suponed que uno de vosotros tiene un siervo que durante
todo el da ha trabajado arando el campo o apacentando el ganado. Cuando luego vu
elva a casa, le dir: "Entra, sintate a la mesa y cena"?
No le dir ms bien: "Prepara la cena para m, y srvemela; y cuando yo haya terminado pr
cansado ya del asunto, reflexion: "Yo no creo en Dios ni tengo respeto a nadie,
pero como esta viuda sigue insistiendo, le har justicia, para que deje de molesta
rme y no agote mi paciencia".
Luego el Seor aadi:<CM>Ya veis lo que pens aquel juez; y si l, siendo injusto, decidi
hacer justicia,
acaso Dios no har justicia a sus escogidos, que acuden a l de da y de noche? Pensis qu
e l tardar mucho en responder a sus clamores?
Os aseguro que no, que pronto les har justicia. Ahora bien, cuando venga el Hijo
del hombre, encontrar en este mundo perseverancia en la fe?<CM><CM><i>Parbola del f
ariseo y del recaudador de impuestos<i>
Tambin les cont una parbola a algunos que se tenan a s mismos por justos y despreciab
an a los dems. Les habl as:
<CM>Dos hombres subieron al Templo a orar. Uno de ellos era un piadoso fariseo,
y el otro un aborrecible publicano.
Muy erguido, el fariseo oraba de este modo: "Dios mo, te doy gracias porque yo no
soy como los dems hombres: ladrones, injustos y adlteros. Y mucho menos como ese
publicano.
Al contrario, yo ayuno dos veces por semana y doy los diezmos de todo lo que gan
o".
Por su parte, el publicano, alejado del fariseo, ni siquiera se atreva a levantar
los ojos del suelo, sino que lamentando sus faltas se golpeaba el pecho y deca:
"Dios mo, ten misericordia de m, que soy pecador".
Pues bien, os aseguro que este ltimo, y no el fariseo, regres a su casa justificad
o por Dios. Porque todo aquel que a s mismo se enaltece, ser humillado; y el que s
e humilla, ser enaltecido.<CM><CM><i>Jess y los nios<i>
Otro da, los discpulos reprendieron a unas madres que se acercaban a Jess y le pedan
que bendijera a sus nios y pusiera las manos sobre ellos.
Pero Jess los llam y les dijo:<CM>No las reprendis, sino dejad a los nios que vengan
a m, porque de ellos es el reino de Dios.
Y os digo que no entrar en l quien no tenga un corazn tan limpio como el de un nio.<
CM><CM><i>El dirigente rico<i>
En cierta ocasin, un hombre importante entre los judos le pregunt:<CM>Buen Maestro,
qu debo hacer para alcanzar la vida eterna?
<CM>Por qu me llamas bueno? <CM>le pregunt Jess<CM>. Nadie es bueno, sino solamente
Dios.
T ya sabes los mandamientos: "No adulteres, no mates, no robes, no levantes falso
s testimonios, honra a tu padre y a tu madre".
El hombre contest: <CM>Maestro, desde muy joven he guardado esos mandamientos.
<CM>Siendo as, solo te falta una cosa: Ve, vende todo lo que tienes y reparte el
dinero a los pobres. As tendrs un tesoro en el cielo. Luego vuelve ac y sgueme.
Al oir aquella respuesta se fue muy triste, porque tena muchas riquezas.
Jess, al verlo ir, dijo a los discpulos:<CM>Qu difcil les va a ser a los ricos entrar
en el reino de Dios!
Ms fcil es que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el re
ino de Dios.
Los presentes preguntaron: <CM>Entonces, quin podr salvarse?
Les respondi:<CM>Dios puede hacer lo que para el hombre es imposible.
Entonces le dijo Pedro:<CM>Pero mira, nosotros lo hemos dejado todo por seguirte
. Y Jess le contest:
<CM>Pues estad seguros de esto: no hay nadie que haya dejado casa, esposa, herma
nos, padres o hijos por el reino de Dios,
que no reciba en este mundo mucho ms de lo que dej, y en el mundo venidero la vida
eterna.<CM><CM><i>Jess predice de nuevo su muerte<i>
Una vez reuni Jess a los doce y les dijo: <CM>Como sabis, nos dirigimos a Jerusaln,
y se cumplirn all todas las cosas que los profetas escribieron acerca del Hijo del
hombre.
Ser entregado en manos de los gentiles, que harn burla de l, lo afrentarn,
lo azotarn y lo matarn. Pero al tercer da resucitar.
Los discpulos no entendieron entonces nada de lo que l les deca, porque el sentido
de sus palabras les estaba oculto. Para ellos eran cosas incomprensibles.<CM><CM
por qu, al menos, no llevaste mi dinero al banco, para devolvrmelo ahora con sus in
tereses?"
Entonces se volvi a los dems, y orden: "Quitadle el dinero y ddselo al que obtuvo lo
s mayores beneficios".
Ellos dijeron: "Pero seor, ese ya tiene bastante".
"S, les respondi el rey, pero yo os digo que, en la vida, al que tiene se le dar ms;
pero al que apenas tiene, aun lo poco que tenga se le quitar.
Y en cuanto a esos enemigos mos que se rebelaron contra m, traedlos ac y cortadles
la cabeza en mi presencia".<CM><CM><i>La entrada triunfal<i>
Al terminar esta parbola, Jess prosigui su camino subiendo hacia Jerusaln.
Cuando ya llegaban al monte de los Olivos, cerca de Betfag y de Betania, envi a do
s de sus discpulos
a traerle de la aldea prxima un burrito que estaba atado junto al camino, y sobre
el cual nadie haba montado todava. Les dijo:<CM>Desatadlo y tradmelo;
y si alguien os pregunta por qu hacis tal cosa, contestadle simplemente: "Porque e
l Seor lo necesita".
Fueron los dos discpulos y encontraron el burrito como l les haba dicho.
Mientras lo desataban, llegaron sus dueos y les preguntaron: <CM>Por qu desatis el b
urrito?
<CM>Porque el Seor lo necesita <CM>respondieron.
En seguida se lo llevaron a Jess, y pusieron sus mantos sobre el burrito para que
l lo montara.
A su paso, la multitud tenda tambin mantos por el camino;
y cuando ya estaban cerca de la bajada del monte de los Olivos, la comitiva pror
rumpi en gritos y cantos de alabanza a Dios por las maravillas que haban visto rea
lizar a Jess. Decan:
<CM>Bendito el rey que viene en nombre del Seor! Paz en el cielo y gloria en las al
turas!
Algunos fariseos que estaban entre la multitud, dijeron a Jess: <CM>Maestro, repre
nde a tus discpulos que dicen esas cosas!
l les respondi:<CM>Si estos callaran, las propias piedras clamaran.<CM><CM><i>Jess e
n el templo<i>
Cuando se encontraba cerca de Jerusaln, al ver la ciudad, llor a causa de ella.
Deca:<CM>Ah, si por lo menos hoy pudieras comprender lo que te falta para alcanzar
la paz!... Pero ahora permanece oculto a tus ojos.
Y van a venir das en los que tus enemigos levantarn barricadas contra ti, y te sit
iarn, y por uno y otro lado irn estrechando tu cerco,
hasta que te vengas abajo con todos tus hijos. No dejarn de ti piedra sobre piedr
a, porque no fuiste capaz de reconocer la ocasin en que Dios vino a visitarte.
Entr luego en el templo y comenz a expulsar de l a los mercaderes que all hacan sus n
egocios.
Les deca:<CM>Las Escrituras afirman: "Mi casa es casa de oracin", pero vosotros la
habis convertido en una cueva de ladrones.
Despus de aquel incidente, Jess continu enseando cada da en el Templo. Pero los princ
ipales sacerdotes, los escribas y las personas importantes del pueblo no cesaban
de buscar la manera de acabar con l;
pero no lo conseguan, porque el pueblo le escuchaba con gran atencin y todos estab
an pendientes de sus palabras.
Un da, cuando Jess instrua al pueblo reunido en el Templo, y les predicaba el evang
elio, llegaron los principales sacerdotes, los escribas y los dirigentes judos,
y comenzaron a exigirle que les explicara con qu autoridad haca todo aquello, o qu
in le haba dado tal autoridad.
<CM>Est bien <CM>les respondi Jess<CM>, pero contestadme tambin vosotros a otra preg
unta:
El bautismo de Juan, se lo haba encomendado Dios o lo practicaba por su propia cue
nta?
Ellos se pusieron a discutir unos con otros: "Si decimos que Dios se lo haba enco
mendado, nos preguntar por qu, pues, no le cremos;
y si decimos que no fue Dios quien le envi, el pueblo nos apedrear, porque todos e
stn convencidos de que Juan era un profeta".
pero los que sean tenidos por merecedores de alcanzar el mundo venidero y resucit
ar de entre los muertos, ni estarn casados ni se darn en casamiento.
Ellos, que han de resucitar y no han de volver a morir, son como los ngeles; y so
n hijos de Dios, porque son hijos de la resurreccin.
En cuanto a si hay o no hay resurreccin de los muertos, los escritos de Moiss lo e
nsean, pues en el pasaje de la zarza ardiendo se refiere al Seor como "el Dios de
Abraham, Dios de Isaac y Dios de Jacob."
Y Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque todos ellos viven en su pres
encia.
Al oir esto, algunos de los escribas que estaban all dijeron:<CM>Has respondido m
uy bien, Maestro.
Y ya no se atrevieron a preguntarle ms.<CM><CM><i>De quin es hijo el Cristo?<i>
Luego fue l quien hizo esta pregunta: <CM>Cmo es que se dice del Cristo que es hijo
de David?
Porque David escribi en el libro de los Salmos: "Dijo el Seor a mi Seor: <CM>Sintate
a mi derecha,
hasta que yo ponga<CM>a tus enemigos <CM>por escabel de tus pies".
Pues si el mismo David le llama Seor, cmo entender que se refiere a su hijo?
Sabiendo que toda la gente le escuchaba, dijo a sus discpulos:
<CM>Guardaos de los escribas, a quienes gusta exhibirse con ropajes suntuosos, s
er saludados en la plaza pblica, a la vista de todos, y ocupar los asientos de ho
nor en las sinagogas y en los banquetes.
Aparentan gran religiosidad y, so pretexto de hacer largas oraciones, se apodera
n de los bienes de las viudas. A estos les espera la ms dura sentencia.
Alz la vista Jess y vio cmo los ricos echaban su dinero en el arca de las ofrendas.
Pero vio tambin a una viuda muy pobre, que echaba all un par de monedas de muy poc
o valor.
Dijo entonces a sus discpulos:<CM>Os aseguro que esa viuda pobre ha emchado en el
arca ms que cualquiera de los ricos.
Porque todos ellos han ofrendado para Dios del dinero que les sobra, mientras que
esa viuda ha dado de lo que en su pobreza necesita para vivir.<CM><CM><i>Seales
del fin del mundo<i>
A unos que se referan con admiracin a las hermosas piedras y ofrendas votivas que
decoraban el templo,
les dijo:<CM>Llegar un da en que todas esas piedras y esos ornamentos que ahora co
ntemplis sern derribados, y no quedar del templo piedra sobre piedra.
Le preguntaron entonces:<CM>Maestro, cundo sucedern esas cosas y qu signos nos anunc
iarn la llegada de esos acontecimientos?
<CM>No dejis que nadie os engae <CM>les respondi<CM>. Porque vendrn muchos usando mi
nombre, y dirn "Yo soy el Cristo", y "El tiempo ya est cerca". Pero no los creis n
i vayis tras ellos.
Y cuando oigis hablar de guerras y de levantamientos armados, no os asustis; porqu
e sin duda estas cosas han de acontecer primero, pero no significarn que el final
haya de ser inmediato.
Entonces se levantarn unas naciones contra otras y unos reinos contra otros;
habr terremotos asoladores; el hambre y las epidemias azotarn diversos lugares de
la tierra; el terror se extender por todas partes, y en el cielo aparecern seales e
spantosas.
Pero antes que todo eso acontezca, se promovern duras persecuciones contra vosotr
os: os apresarn, os arrastrarn a las sinagogas, os encarcelarn y, por causa de mi n
ombre, os harn comparecer ante reyes y gobernadores.
Estas cosas han de suceder, pero pensad que as tendris ocasin de dar testimonio de
m. o
Seris acusados, mas no estis preocupados de antemano por lo que hayis de responder e
n vuestra defensa,
porque en el momento oportuno yo os dar sabidura, y en vuestros labios pondr la pal
abra adecuada y argumentos que nadie podr rebatir.
Lo peor ser que, incluso las personas que ms queris, vuestros padres, hermanos, par
ientes y amigos, os traicionarn; y hasta llegarn a matar a algunos de vosotros.
El mundo entero os odiar por ser mos y llevar mi nombre,
viendo all otra cosa que los lienzos, se volvi a la casa lleno de asombro por lo q
ue haba sucedido.<CM><CM><i>De camino a Emas<i>
Aquel mismo da se dirigan dos de ellos al pueblo de Emas, distante unos sesenta est
adios (unos once kilmetros) de Jerusaln.
Iban comentando por el camino los acontecimientos que rodearon la muerte de Jess,
cuando l mismo se les acerc y se puso a andar a su lado.
Ellos le vean, pero en aquel momento no les fue posible reconocerle.
Jess les pregunt: <CM>De qu vens hablando, y por qu estis tan tristes?
Uno de ellos, llamado Cleofas, le dijo:<CM>Quiz en toda Jerusaln eres t el nico fora
stero que ignora las cosas que han ocurrido estos das.
<CM>Qu cosas son sas? <CM>Pues que a Jess de Nazaret, profeta poderoso en obras y en
palabras, que gozaba de la ms alta estimacin de Dios y del conjunto del pueblo,
los principales sacerdotes y nuestros gobernantes lo pusieron en manos de los ro
manos, para que lo condenasen a morir en la cruz.
Nosotros creamos que l era el que haba venido a rescatar a Israel... pero ya hace tr
es das que muri!
Sin embargo, lo ms extrao de todo es que varias mujeres de nuestro grupo fueron ho
y, muy de maana, al sepulcro,
y volvieron diciendo que el cuerpo haba desaparecido y que unos ngeles les dijeron
que Jess est vivo.
Algunos de los nuestros corrieron despus al sepulcro y, en efecto, no hallaron el
cuerpo, de modo que las mujeres tenan razn.
Jess les dijo entonces:<CM>Qu necios y torpes sois! Cunto os cuesta creer lo que los
profetas han afirmado en las Escrituras!
No est dicho claramente que el Cristo haba de padecer todas esas cosas antes de ent
rar en su gloria?
En seguida, a partir de Moiss y continuando por todos los profetas, les fue expli
cando lo que las Escrituras decan acerca de l.
Cuando llegaron a Emas, la aldea a la que se dirigan, Jess hizo ademn de seguir su c
amino;
pero ellos le suplicaron que se quedase:<CM>Qudate con nosotros, porque se ha hec
ho muy tarde y el da comienza a oscurecer. l, entonces, decidi quedarse.
Ms tarde se sentaron todos a la mesa, y Jess tom el pan, lo bendijo, lo parti y se l
o dio a ellos.
En ese momento sintieron los discpulos como que los ojos se les abran de pronto, y
le reconocieron; pero l desapareci de su vista.
<CM>No es cierto que nos arda el corazn mientras nos explicaba las Escrituras a lo
largo del camino? <CM>se decan el uno al otro llenos de asombro.
Poco ms tarde emprendieron nuevamente la marcha hacia Jerusaln. Cuando llegaron, e
ncontraron reunidos a los once apstoles con otros que los estaban acompaando.
Todos ellos los recibieron con esta gran noticia:<CM>El Seor ha resucitado! Verdade
ramente ha resucitado, y se ha aparecido a Pedro!
Los recin llegados relataron entonces que tambin a ellos se les haba aparecido Jess,
y cmo le haban reconocido al partir el pan.<CM><CM><i>Jess se aparece a los discpul
os<i>
Mientras an estaban ellos hablando y se contaban estas cosas unos a otros, Jess se
puso en medio de todos y los salud, diciendo: <CM>Paz a vosotros.
Espantados, llenos de temor, los discpulos pensaban que estaban en presencia de u
n fantasma.
Les dijo:<CM>Por qu estis tan turbados? Por qu dudis y tenis tanto miedo?
Mirad mis manos y mis pies, y si queris, tocadme y comprobaris que soy yo. Porque
los fantasmas no tienen carne ni huesos, como yo tengo.
Les habl de esta manera, y les mostr las manos y los pies.
Ellos no caban en s de alegra, aun cuando todava dudaban de lo que estaban viendo.<C
M>Tenis aqu algo de comer? <CM>les pregunt,
y le dieron un pedazo de pescado asado y un panal de miel,
que l tom y comi en presencia de todos. Luego les record:
<CM>Cuando an estaba con vosotros, os dije que tena que cumplirse todo lo que se h
a escrito acerca de m en la ley de Moiss, en los libros de los profetas y en los s
almos.
Luego les abri el entendimiento, a fin de que pudieran comprender las Escrituras,
y les dijo:<CM>As est escrito: Era necesario que el Cristo padeciera y muriera, y
que resucitara al tercer da.
Y era necesario tambin que, en su nombre, comenzando en Jerusaln y hasta el ltimo r
incn del mundo, se predicase el perdn que Dios ofrece a los que se arrepienten de
sus pecados.
A vosotros, que sois testigos del cumplimiento de estas cosas,
yo os enviar pronto lo que mi Padre os ha prometido. Pero no salgis todava de Jerus
aln, sino permaneced aqu hasta que Dios os revista de todo poder.<CM><CM><i>La asc
ensin<i>
Luego Jess los condujo fuera de la ciudad, hasta Betania. All, alzando las manos,
los bendijo;
y mientras los bendeca se separ de ellos y fue llevado arriba, al cielo.
Despus de haberle adorado, los discpulos se volvieron a Jerusaln llenos de alegra;
y desde entonces estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios.
En el principio de todas las cosas era la Palabra, y la Palabra estaba con Dios
y la Palabra era Dios.
La Palabra estaba en el principio con Dios.
Por medio de ella cre Dios todas las cosas, y sin ella nada de lo creado fue crea
do.
Porque en la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz que iluminaba a la hum
anidad.
Esa luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no pudo extinguirla.
Hubo una vez un hombre llamado Juan, al que Dios envi
como testigo, para que diese testimonio de la luz y para que todos tuvieran opor
tunidad de creer por medio de l.
Juan no era la luz, sino nicamente el enviado a dar testimonio de la luz.
Aquel que era la luz verdadera haba de venir muy pronto a este mundo, para ilumin
arnos a todos.
Pero cuando la Palabra vino al mundo, que haba sido creado por ella, el mundo no
la reconoci.
La Palabra vino a visitar a los suyos, y los suyos no quisieron recibirla.
Pero a todos los que la recibieron, a los que creen en su nombre, les concedi el
privilegio de poder ser hechos hijos de Dios.
En ellos tuvo lugar un nuevo nacimiento, no como resultado de la voluntad humana
de engendrar hijos segn nuestra naturaleza de carne y sangre, sino de la volunta
d de Dios.
Aquella Palabra se hizo hombre, y como hombre vivi entre nosotros con plenitud de
gracia y de verdad. Y fuimos testigos de su gloria, la gloria que pertenece al
Hijo nico de Dios Padre.
Juan dio testimonio de l, proclamando: <CM>A este me refera yo cuando dije: "El qu
e viene despus de m es superior a m, porque ya exista antes que yo naciera".
Todos hemos recibido con plenitud las riquezas de su gracia, que l ha derramado s
in cesar sobre nosotros.
Porque ciertamente Dios, por medio de Moiss, nos revel la ley; pero por medio de J
esucristo, en su venida, nos revel la gracia y la verdad.
Nadie ha visto jams a Dios; pero su Hijo nico, que est siempre con el Padre, nos lo
ha dado a conocer.<CM><CM><i>Juan el Bautista niega ser el Cristo<i>
Este es el testimonio de Juan, cuando los jefes judos enviaron de Jerusaln sacerdo
tes y levitas a preguntarle:<CM>T quin eres?
Juan les contest con claridad:<CM>Yo no soy el Cristo.
<CM>Entonces quin eres? Quiz Elas? <CM>No <CM>respondi. <CM>Acaso eres el profeta que
aba de venir? <CM>Tampoco.
<CM>Pues quin eres t? Dnoslo, para que podamos llevar una respuesta a los que nos en
viaron. Qu dices de ti mismo?
<CM>Como dijo el profeta Isaas:"Yo soy la voz del que clama en el desierto: Allana
d el camino al Seor!"
Entonces los enviados de los fariseos le dijeron:
<CM>Pues si no eres el Cristo ni Elas ni el profeta, quin te ha autorizado a bautiz
ar?
Les respondi:<CM>Yo slo bautizo con agua, pero en medio de vosotros hay alguien a
quien vosotros an "no conocis.
Este es el que viene despus de m, de quien yo ni siquiera soy digno de desatar aga
chado las correas de su calzado.
Este incidente sucedi en Betania, un pueblo situado a la otra orilla del Jordn, do
nde Juan estaba bautizando.<CM><CM><i>Jess, el Cordero de Dios<i>
Al da siguiente vio Juan a Jess, que se acercaba a l, y exclam:<CM>Mirad, ah est el Co
rdero de Dios, que quita el pecado del mundo.
l es aquel de quien yo dije: "Despus de m viene un hombre que es superior a m, porqu
e ya exista antes que yo naciese".
Yo no saba que l fuera el que esperbamos, pero he estado bautizando con agua para p
reparar el camino a su "manifestacin a la nacin israelita.
Luego Juan dio su testimonio, diciendo:<CM>Yo vi al Espritu Santo, que descenda de
l cielo como una paloma y se posaba sobre Jess.
Y no saba que l fuese el que esperbamos, pero Dios, que me mand a bautizar, me dijo:
"Cuando veas que el Espritu desciende y se posa sobre uno, se es el que bautiza c
on Espritu Santo".
Yo lo he visto, y he testificado que l es el Hijo de Dios.<CM><CM><i>Los primeros
discpulos de Jess<i>
Al da siguiente estaba otra vez Juan en aquel lugar, acompaado por dos discpulos su
yos.
Jess tambin estaba all, y Juan, mirndolo, exclam: <CM>Mirad, ah est el Cordero de Dio
Al orle decir esto, los dos discpulos se fueron y comenzaron a seguir a Jess.
En esto volvi Jess la cabeza, y al ver que le seguan les pregunt: <CM>Qu estis buscand
? Le contestaron:<CM>Rab (que significa "Maestro mo"), dnde vives?l les dijo:
<CM>Venid y vedlo. Los dos, al punto, le siguieron, y fueron con l al lugar donde
se alojaba. Eran como las cuatro de la tarde, y se quedaron con l aquel da.
Luego, uno de ellos, Andrs, hermano de Simn Pedro,
fue adonde este estaba y le dijo: <CM>Hemos encontrado al Mesas (que significa "e
l Cristo").
En seguida llev a su hermano ante Jess, que le mir y le dijo: <CM>T eres Simn, hijo d
e Juan; pero de ahora en adelante te llamars Cefas (es decir, Pedro, que signific
a "piedra").<CM><CM><i>Jess llama a Felipe y a Natanael<i>
Al da siguiente, Jess decidi ir a Galilea. All vio a Felipe, y le dijo:<CM>Sgueme!
Felipe, que era de Betsaida, el mismo pueblo de Pedro y Andrs,
vio ms tarde a Natanael y le dijo: <CM>Hemos encontrado a aquel de quien escribi M
oiss en la ley, y a quien se refirieron los profetas. Es Jess, el hijo de Jos, el d
e Nazaret.
Natanael pregunt:<CM>Pero puede salir algo bueno de Nazaret? <CM>Ven conmigo y te
convencers.
Jess, al ver a Natanael que se le iba aproximando, dijo: <CM>Aqu tenemos un hombre
ntegro, un verdadero israelita.
<CM>De dnde sacas eso? Acaso me conoces? <CM>pregunt Natanael, y Jess le respondi:<CM>
Yo te vi cuando estabas debajo de la higuera, antes que Felipe te encontrase.
Entonces exclam Natanael:<CM>Seor, ya veo que t eres el Hijo de Dios, el Rey de Isra
el!
Jess sigui:<CM>Crees en m tan slo porque te he dicho que te vi debajo de la higuera?
Cosas ms maravillosas que estas vers todava.
Luego, dirigindose a todos, aadi: <CM>Os aseguro que de aqu en adelante vais a ver e
l cielo abierto, y a los ngeles de Dios que suben y bajan sobre m, el Hijo del Hom
bre.
Dos das ms tarde se celebraba una boda en el pueblo de Can de Galilea. La madre de
Jess estaba all,
e invitaron tambin a Jess y a sus discpulos.
A mitad de la fiesta se les acab el vino, y la madre de Jess fue adonde l estaba y
se lo dijo.
Jess le contest:<CM>Mujer, por qu vienes ahora a buscarme? An no ha llegado mi hora.
Sin embargo, su madre dijo a los sirvientes: <CM>Haced todo lo que l os mande.
Haba all seis tinajas de piedra destinadas al agua que los judos utilizaban para el
rito de su purificacin. En cada una de ellas caban dos o tres cntaros,
Piensa que nadie ha subido al cielo, sino aquel que primero vino del cielo, esto
es, el Hijo del hombre, cuyo lugar es el cielo.<CM><CM><i>Jess y el amor del Pad
re<i>
Pero as como Moiss, en el desierto, levant sobre un poste la serpiente de bronce pa
ra que viviesen los que estaban al borde de la muerte, as tambin el Hijo del hombr
e ser levantado
para que todo aquel que en l cree tenga vida eterna.
Porque de tal manera am Dios al mundo, que ha dado a su Hijo nico para que todo aq
uel que en l cree no se pierda, sino que tenga vida eterna.
Porque Dios no envi a su Hijo para condenar al mundo, sino para que, por medio de
l, alcance el mundo la salvacin.
Por eso, no hay condena eterna para quienes han depositado en el Hijo su esperan
za de salvacin; en cambio, quienes no creen en l ya estn condenados, por no creer e
n el Hijo nico de Dios.
Pues esto significa que, habiendo bajado al mundo la luz del cielo, ellos amaron
ms las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Aborrecieron la luz del cielo y buscaron la oscuridad, para esconder en ella sus
maldades; se mantuvieron lejos de la luz para evitar ser castigados al quedar s
us pecados al descubierto.
Por el contrario, quienes actan conforme a la verdad, se acercan a la luz, para q
ue todos puedan ver claramente que sus acciones corresponden a la voluntad de Di
os.<CM><CM><i>Testimonio de Juan el Bautista acerca de Jess<i>
Despus de esto anduvo Jess con sus discpulos por la regin de Judea, y se dedic a baut
izar a la gente.
- - Por aquel entonces, Juan el Bautista, que an no haba sido encarcelado, se encontra
ba en un lugar llamado Enn, cercano a Salim, donde haba agua en abundancia. Muchos
acudan tambin all, y Juan los bautizaba.
Un da se suscit una discusin entre los discpulos de Juan y los judos acerca de la pur
ificacin personal. Algunos de ellos se acercaron a Juan y le dijeron:
<CM>Rab, el hombre con quien estuviste al otro lado del Jordn, y del que t diste un
buen testimonio, tambin est bautizando, y todo el mundo acude a l.
Juan respondi:<CM>Dios es quien da todas las cosas. Nadie puede recibir don algun
o, si Dios no se lo da.
Recordad lo que os dije: que yo no soy el Cristo, sino que Dios me ha enviado a
preparar al Cristo su camino, y sa es mi tarea.
Esto es como una boda: el novio es quien se deleita con la presencia de la novia
; pero el amigo del novio, que est cerca de l y le escucha, tambin se goza de la al
egra del novio. Pues bien, yo soy como el amigo del novio, y me alegro profundame
nte por l,
porque l ha de crecer cada da en importancia, en tanto que yo tengo que menguar.<C
M><CM><i>El que viene del cielo<i>
Porque l baj del cielo, y por tanto su importancia es mayor que la de cualquier ot
ro. S, quien viene del cielo es ms importante que todos los dems! Pero yo soy de est
e mundo, y slo puedo hablar de las cosas propias del mundo.
l, en cambio, testifica acerca de lo que tan slo l ha visto y odo, y lo hace aun cua
ndo nadie acepte su testimonio.
Pero el que lo acepta, se da testimonio de que Dios es absorlutamente veraz.
Porque el que ha sido enviado por Dios, habla las propias palabras de Dios, pues
el Espritu de Dios est en l sin lmite ni medida.
El Padre ama al Hijo y ha puesto en sus manos todo cuanto existe.
El que cree en el Hijo tiene vida eterna, pero el que rehsa creer en el Hijo no v
er la vida, sino que la ira de Dios estar sobre su cabeza.
Cuando Jess supo que a los fariseos les haba llegado la noticia de que l bautizaba
a ms gente y haca ms discpulos que Juan
(aunque no era Jess mismo quien bautizaba, sino sus discpulos),
sali de Judea y regres a la provincia de Galilea.
En su camino tena que pasar por Samaria.
Lleg, pues, a un pueblo samaritano llamado Sicar, prximo a las tierras que Jacob h
aba dado a su hijo Jos,
en las cuales se encontraba el pozo de Jacob. Era alrededor del medioda, y Jess, f
atigado del camino, se sent a descansar junto al pozo.
Estando all, se acerc una mujer samaritana que iba a sacar agua del pozo. Jess le p
idi:<CM>Por favor, dame un poco de agua para beber.
Estaba solo, porque sus discpulos haban ido poco antes al pueblo cercano a comprar
alimentos.
La mujer, sorprendida de que un judo le pidiera agua, le pregunt:<CM>Cmo t, que eres
judo, me pides agua a m, que soy samaritana?Le hizo esta pregunta porque en aquel
tiempo los judos y los samaritanos ni siquiera se dirigan la palabra.
Pero Jess le respondi: <CM>Si supieras qu maravilloso regalo tiene Dios para ti, y
quin soy yo, que te he pedido agua, t pediras de m que te diera agua viva.
<CM>Pero, Seor, el pozo es hondo <CM>dijo ella<CM>, y si no tienes una cuerda ni
un cubo para sacarla, cmo vas a darme agua viva?
Adems, acaso eres t mayor en importancia que Jacob, nuestro antepasado, que nos dio
este pozo, del que l mismo bebi, y sus hijos y sus ganados?
Le respondi Jess:<CM>Cualquiera que beba de esta agua, pronto volver a tener sed.
En cambio, nunca ms tendr sed aquel que beba del agua que yo ofrezco, porque el ag
ua que yo le dar se convertir en su interior en una fuente inagotable de vida eter
na.
<CM>Seor <CM>exclam la mujer<CM>, dame entonces de esa agua! As no volver a tener sed
, ni tendr que venir aqu a sacarla cada da.
Le dijo Jess:<CM>Ve en busca de tu marido, y ven ac de nuevo.
<CM>No estoy casada <CM>respondi la mujer. <CM>Es cierto,
porque has tenido cinco maridos, y con el hombre con quien ahora vives no ests ca
sada. Has dicho la verdad.
Al oir esto, la mujer dijo:<CM>Seor, me parece que eres profeta, y yo quisiera ha
certe una pregunta.
Dime, por qu vosotros los judos insists en que solamente en Jerusaln puede adorarse a
Dios? Nosotros, los samaritanos, decimos que debemos adorar en este monte donde
tambin adoraron nuestros antepasados.
Jess respondi:<CM>Mujer, creme que se acerca el da en que ni en este monte ni en Jer
usaln adoraris al Padre.
Sin embargo, ten presente que vosotros, los samaritanos, adoris a Dios sin haberl
e realmente conocido; mientras que nosotros, los judos, adoramos a un Dios que se
nos ha revelado. Adems, sabemos que de los judos viene la salvacin al mundo.
Est llegando la hora (o mejor, ya ha llegado) en que los verdaderos adoradores ad
orarn al Padre espiritualmente y con toda sinceridad, tal y como l desea ser adora
do.
Porque Dios es Espritu, y los que le adoran han de adorarle con pureza de espritu
y sinceridad de corazn.
La mujer le dijo:<CM>Ya s que el Mesas, al que llaman el Cristo, ha de venir, y qu
e cuando venga nos explicar todas las cosas.
Jess le dijo: <CM>Yo soy, que estoy hablando contigo.<CM><CM><i>Los discpulos vuel
ven a reunirse con Jess<i>
En aquel preciso momento llegaron los discpulos, que se quedaron sorprendidos al
verle hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno se atrevi a preguntarle por qu ni
acerca de qu estaban hablando.
Entonces la mujer dej all su cntaro y corri al pueblo, diciendo a los que encontraba
:
<CM>Venid conmigo y conoceris a uno que me ha dicho todo lo que yo he hecho. No se
r se el Cristo?
La gente sali del pueblo y fue a ver a Jess.
Entre tanto, los discpulos le rogaban que comiese.
Pero Jess les dijo:<CM>No, porque tengo preparada una comida que vosotros no sabis
.
Ellos se preguntaban unos a otros: <CM>Quin le habr trado esa comida?
Pero Jess les dijo:<CM>Mi comida es hacer la voluntad de Dios, que me envi, y dar
trmino a su obra.
Pensis que an faltan cuatro meses para comenzar la siega? Pues mirad a vuestro alre
dedor y veris que ya los campos estn listos para ser segados.
Y los segadores recibirn su justo salario, pues recogern para s frutos de vida eter
na. Entonces participarn de una misma alegra los que siembran y los que siegan.
Porque es cierto lo que dice el refrn: "Uno es el que siembra y otro el que siega
".
Yo os he enviado a segar los campos que otros trabajaron, porque ellos hicieron
un trabajo cuyo fruto recogis ahora vosotros.<CM><CM><i>Muchos samaritanos creen
en Jess<i>
Muchos de los samaritanos que residan en aquel pueblo creyeron en Jess cuando oyer
on referir a la mujer que l le haba dicho todo lo que ella hiciera en el pasado.
Luego, al llegar adonde estaba Jess, junto al pozo, le pidieron que se quedase co
n ellos en el pueblo. Jess acept la invitacin y se qued all dos das,
durante los cuales, al orle hablar, muchos ms creyeron en l.
Por eso decan a la mujer: <CM>Ahora creemos en l, no solamente por lo que t nos dij
iste, sino porque nosotros mismos le hemos odo hablar, y estamos convencidos de q
ue l es verdaderamente el Cristo, el Salvador del mundo.<CM><CM><i>Jess sana al hi
jo de un funcionario<i>
Pasados aquellos dos das sali Jess de all y se encamin de nuevo a Galilea
(porque Jess era un testimonio vivo de que "al profeta no se le reconoce en su pr
opia tierra").
A su llegada, los galileos le recibieron con los brazos abiertos, porque muchos
de ellos, que estuvieron en Jerusaln durante la celebracin de la Pascua, haban pres
enciado las cosas que all haba hecho.
En este viaje se acerc Jess a Can, el pueblo donde haba convertido el agua en vino.
Resida entonces en Cafarnaum un funcionario al servicio del rey, que tena un hijo
enfermo.
Este hombre se enter de que Jess haba llegado de Judea a Galilea, y sin perder tiem
po se present a l en Can y le suplic que fuera a sanar a su hijo, que estaba a punto
de morir.
Jess le dijo:<CM>Est claro que no sois capaces de creer, si no veis milagros y pro
digios.
El funcionario insisti: <CM>Te lo suplico, Seor, ven conmigo antes que mi hijo mue
ra.
<CM>Vuelve a tu casa <CM>le dijo Jess<CM>. Tu hijo vive. El hombre, confiando en
lo que Jess le deca, emprendi el regreso.
Sus sirvientes salieron a encontrarle en el camino, y le dieron la noticia de qu
e su hijo viva y estaba fuera de peligro.
l les pregunt:<CM>Cundo empez a sentirse mejor? Le contestaron:<CM>Ayer, sobre la una
de la tarde, le desapareci la fiebre.
Al darse cuenta de que en aquella misma hora le haba dicho Jess que su hijo viva, e
l funcionario y toda su familia creyeron en l.
Esta fue la segunda seal milagrosa que hizo Jess cuando fue de Judea a Galilea.
Despus de estas cosas regres Jess a Jerusaln, donde iba a celebrarse una de las fies
tas judas.
En la ciudad, cerca de la puerta de las ovejas, haba un estanque que en hebreo ll
amaban Betesda. Estaba provisto de cinco prticos,
bajo los cuales yaca una multitud de enfermos, ciegos, cojos y lisiados, que espe
raban el momento en que se produca un cierto movimiento del agua.
Porque un ngel del Seor vena de tanto en tanto a agitarla, y se dleca que el primero
que bajaba al estanque despus del movimiento del agua quedaba sano, cualquiera q
ue fuese su enfermedad.
Entre los que all se encontraban haba un hombre enfermo desde haca treinta y ocho ao
s.
Jess, vindolo acostado y conociendo el mucho tiempo que vena soportando su enfermed
ad, le pregunt:<CM>Quieres recuperar la salud?
<CM>S, Seor, pero no puedo "<CM>respondi el enfermo<CM>, porque no tengo a nadie qu
e me ayude a bajar al estanque cuando el agua se agita. Trato de hacerlo por m mi
smo, pero siempre hay alguno que se me adelanta y baja antes que yo.
Jess le dijo:<CM>Levntate, recoge tu camilla y anda!
El hombre qued sanado al instante, recogi su camilla y ech a andar. Pero como aquel
da era sbado,
ni tampoco habis recibido su palabra en vuestro corazn, sino que os negis a creer e
n m, que fui enviado por Dios para drosla a conocer.
Vosotros escudriis las Escrituras pensando que en ellas vais a encontrar la vida e
terna. Ellas son las que dan testimonio de m,
aunque vosotros no queris venir a m para alcanzar la vida eterna.
No es que yo desee recibir ninguna clase de honores humanos;
pero s, porque os conozco muy bien, que vosotros carecis por completo del amor de
Dios.
Yo he venido en nombre de mi Padre, y no habis querido recibirme; en cambio, reci
birais a cualquier otro que viniera en nombre propio y no enviado por l.
Pero cmo podris creer en m, si lo que buscis es solamente recibir honores los unos de
los otros, en vez de buscar el honor que procede del Dios nico?
A pesar de eso, yo no voy a acusaros delante del Padre. Vuestro acusador no ser y
o, sino Moiss, en cuya ley cifris la esperanza de alcanzar el cielo.
l escribi acerca de m, y si creyeseis a Moiss me creerais tambin a m;
pero como en realidad tampoco creis lo que l dice en sus escritos, cmo vais a creer
en mis palabras?
Despus de esto, Jess se fue a la otra parte del mar de Galilea (llamado tambin lago
de Tiberias). Tras l iba una multitud, que le segua movida por el deseo de ver la
s seales milagrosas que haca curando a los enfermos.
- - Jess subi a un monte, y se sent all en compaa de sus discpulos.
Eran los das anteriores a la celebracin de la Pascua, la gran fiesta juda.
Cuando Jess mir hacia la ladera del monte y vio aquella muchedumbre que le haba seg
uido, le dijo a Felipe, uno de sus discpulos:<CM>Dnde podramos comprar pan para dar
de comer a toda esa gente?
(Jess hizo esta pregunta con intencin de probar la fe de Felipe, pero en realidad l
ya tena pensado lo que se haba de hacer).
Respondi Felipe:<CM>Ni siquiera doscientos denarios bastaran para que cada uno pudi
ese comer un poco!
Otro de los discpulos, Andrs, el hermano de Simn Pedro, inform a su vez: <CM>Ah hay u
n muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pececillos, pero qu puede ser eso
para tanta gente?
- - <CM>Decid a todos que se sienten <CM>orden Jess. La multitud (unas cinco mil perso
nas contando slo a los hombres) se sent en la tierra, que estaba cubierta de una e
spesa capa de hierba.
Jess tom entonces los panes, dio gracias a Dios por ellos y los reparti entre los q
ue estaban sentados. Luego hizo lo mismo con los peces.
Cuando ya todos haban comido hasta quedar satisfechos, orden a los discpulos:<CM>Re
coged los trozos sobrantes para que nada se pierda.
As lo hicieron, y llenaron doce cestos con los trozos que haban quedado de los cin
co panes de cebada.
Al ver la gente la gran seal milagrosa que Jess haba hecho, comenzaron a exclamar:<
CM>Sin duda es este el profeta que esperbamos que haba de venir al mundo!
Jess se dio cuenta en aquella ocasin de que muchos pretendan llevrselo, incluso a la
fuerza, para coronarlo rey, y por eso se retir de nuevo al monte, l solo.<CM><CM>
<i>Jess camina sobre el agua<i>
Al anochecer bajaron sus discpulos hasta la orilla del agua.
Como ya haba oscurecido y Jess segua sin regresar, decidieron subir a una barca y c
ruzar el lago en direccin a Cafarnaum;
pero no pudieron avanzar mucho, porque comenz a soplar un fuerte viento que los a
zotaba con violencia y levantaba grandes olas.
Cuando a fuerza de remos haban logrado recorrer unos veinticinco o treinta estadi
os (unos cinco seis kilmetros), divisaron de pronto a Jess, que caminaba sobre las
aguas acercndose a la barca; mas no lo reconocieron, y el terror se apoder de ell
os.
Jess les grit:<CM>Soy yo, no tengis miedo!
Entonces ellos se tranquilizaron y lo recibieron con alegra en la barca. Poco des
pus arribaron al punto adonde se dirigan.
A la maana siguiente, la gente que permaneca al otro lado del mar advirti que los d
iscpulos se haban marchado, ellos solos, en la nica barca que haba all. Jess no iba co
n ellos.
Entre tanto, varias barcas procedentes de Tiberias fueron llegando a aquel lugar
, donde el Seor, despus de dar gracias, haba repartido el pan para que comieran tod
os los que le haban seguido.
Ahora, al ver que Jess no estaba all ni tampoco sus discpulos, la gente subi a las b
arcas, y todos pusieron rumbo a Cafarnaum para encontrar a Jess.<CM><CM><i>Jess, e
l pan de vida<i>
Le vieron por fin en la otra orilla del mar, y le preguntaron:<CM>Rab, cundo llegas
te aqu?
Jess les respondi:<CM>Estoy seguro de que vosotros no me vens buscando porque hayis
visto las seales milagrosas que he hecho, sino porque os di de comer hasta quedar
saciados.
Pues bien, poned todo vuestro empeo en trabajar, no por una comida perecedera, si
no por la comida permanente de la vida eterna, que es la comida que yo, el Hijo
del hombre, os ofrezco, porque para eso me ha enviado Dios el Padre a este mundo
.
Algunos le preguntaron:<CM>Qu debemos hacer para llevar a cabo las obras que son v
oluntad de Dios?
Jess respondi:<CM>La obra que es voluntad de Dios consiste en que creis en el que l
ha enviado.
<CM>Pero dinos, cul es tu obra? Con qu seal, con qu milagro nos demuestras que t eres
l Mesas en quien debemos creer?
Nuestros antepasados creyeron en Dios, que los aliment con man cuando estaban en e
l desierto, como est escrito: "Les dio a comer pan del cielo".
<CM>Estad, pues, seguros que fue Moiss quien os dio el pan del cielo <CM>les dijo
Jess<CM>, sino mi Padre. Y es tambin mi Padre quien ahora os est ofreciendo el ver
dadero pan del cielo.
Porque el pan de Dios es aquel que ha descendido del cielo para dar vida al mund
o.
<CM>Seor <CM>dijeron ellos<CM>, danos de ese pan todos los das de nuestra vida!
Respondi Jess:<CM>Yo soy el pan de vida. Los que a m vienen, nunca ms tendrn hambre;
los que en m creen, no volvern a tener sed.
Pero ya os lo he dicho: vosotros segus sin creer en m, a pesar de haberme visto.
Sin embargo, sabed que yo recibir a todos los que el Padre me d y vengan a m, y no
rechazar a ninguno que l me haya enviado;
porque yo no he venido del cielo para hacer mi voluntad, sino la voluntad del qu
e me envi.
Y la voluntad de mi Padre, que me envi, es que yo no pierda a ninguno de los que l
me ha confiado, sino que en el da ltimo los resucite a todos para vida eterna.
As pues, la voluntad de mi Padre es que todos los que ven al Hijo y creen en l ten
gan vida eterna, y que yo los resucite en el da ltimo.
Los judos murmuraron entonces contra Jess, porque haba dicho: "Yo soy el pan que ha
bajado del cielo".
Decan:<CM>Pero no es ste Jess, el hijo de Jos? Cmo se atreve a decir que ha bajado del
cielo, cuando nosotros conocemos a su padre y a su madre?
Jess les dijo:<CM>No andis murmurando entre vosotros por lo que os he dicho.
Nadie puede venir a m, si el Padre, que me envi, no lo trae; y a quien l traiga, yo
lo resucitar en el da ltimo.
Dice la Escritura: "Dios los instruir a todos"; por tanto, todos aquellos que esc
uchen lo que el Padre dice, aprendern de l la verdad y vendrn a m.
Pero esto no significa que alguien haya visto al Padre, aparte del que ha venido
de Dios. Unicamente l lo ha visto.
Os aseguro que todo el que cree en m tiene ya la vida eterna,
porque yo soy el pan de vida.
Recordad que vuestros antepasados comieron el man en el desierto, y murieron porq
ue en l no haba verdadera vida.
Mas yo soy el pan que ha descendido del cielo, para que quien coma de l, no muera
.
Yo soy el pan de vida que ha descendido del cielo: el que coma de este pan, vivi
r para siempre. Este pan es mi propia carne, que yo dar para que el mundo reciba l
a vida verdadera.
Los judos se pusieron entonces a discutir unos con otros sobre el significado de
aquellas palabras. Decan:<CM>Acaso estar ste pensando en darnos a comer su carne?
<CM>Os aseguro <CM>les dijo Jess<CM>, que quien no coma la carne del Hijo del hom
bre ni beba su sangre, no podr tener vida eterna en s mismo.
El que come mi carne y bebe mi sangre, s tiene vida eterna, y yo lo resucitar el da
ltimo.
Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en m y yo en l.
Del mismo modo que yo vivo por el poder del Padre viviente, que me envi, los que
me comen vivirn por m.
Yo soy el pan que ha descendido del cielo: cualquiera que coma de este pan vivir
para siempre; no morir, como murieron vuestros antepasados a pesar de haber comid
o el man en el desierto.
Todas estas cosas dijo Jess cuando estaba enseando en la sinagoga de Cafarnaum.<CM
><CM><i>Muchos discpulos abandonan a Jess<i>
Al acabar de hablar, muchos de sus discpulos comentaban entre s:<CM>Esto es muy di
fcil de entender. Quin sabe lo que ha querido decirnos!
Jess, conociendo lo que murmuraban los discpulos, les pregunt: <CM>Acaso lo que he d
icho os ofende?
Pues qu pensarais si vieseis al Hijo del hombre regresar al cielo, al lugar donde p
rimero estaba?
La vida que permanece procede del espritu; en cambio, lo que procede de la carne
no aprovecha para nada. Las palabras que os he hablado, son espritu y vida que pe
rmanece para siempre.
Sin embargo, ya s que entre vosotros hay algunos que no creen en m (esto lo dijo J
ess porque saba desde el principio quines eran los que no crean, y quin el que haba de
traicionarlo).
Aadi Jess:<CM>A eso me refera al deciros que nadie puede venir a m a menos que el Pad
re lo traiga.
A partir de aquel momento se volvieron atrs muchos de los que le seguan, y no quis
ieron andar ms con Jess.
Entonces, volvindose l a los doce, les pregunt:<CM>Tambin vosotros queris iros y dejar
me?
<CM>Seor <CM>le contest Simn Pedro<CM>, y a quin podramos ir? T eres el nico que tien
alabras de vida eterna,
y nosotros hemos credo en ti, y sabemos que t eres el Cristo, el Hijo del Dios viv
iente.
<CM>Pues bien <CM>les dijo<CM>, recordad que yo os he escogido a vosotros, a los
doce, y que uno de vosotros es un diablo.
Se refera a Judas, hijo de Simn Iscariote, que iba a traicionar a Jess a pesar de s
er uno de los doce discpulos.
Pasadas estas cosas recorri Jess toda Galilea de pueblo en pueblo, pero no quera ir
a Judea, porque los dirigentes judos se haban propuesto asesinarlo.
Sin embargo, como ya estaba cerca la fiesta anual de los Tabernculos,
sus hermanos fueron a verle y le instaban a que acudiera a la celebracin:<CM>Debe
ras salir de Galilea e ir a Judea, para que los discpulos que all tienes puedan tam
bin ver tus obras.
Porque nadie llega a ser conocido ni alcanza fama actuando siempre a escondidas.
Si eres capaz de hacer tales prodigios, hazlos a la vista de todo el mundo.
Lo cierto es que ni siquiera sus hermanos crean en l.
Por eso les respondi:<CM>Todava no me ha llegado el momento de ir all; pero id voso
tros, que podis hacerlo cuando queris.
Al fin y al cabo, el mundo no tiene motivos para odiaros; pero a m s me odia, porq
ue yo soy quien testifico contra l a causa de la maldad de sus obras.
Id vosotros a la fiesta, que yo ir cuando llegue el momento oportuno.
Se qued, pues, en Galilea.
Pero ms tarde, cuando sus hermanos ya se haban puesto en camino para ir a la fiest
Como dice la Escritura: Del interior de quienes creen en m brotarn ros de agua viva
.
Con estas palabras se refera al Espritu Santo que haban de recibir los que creyeran
en l. Porque el Espritu Santo an no haba venido, pues Jess todava no haba sido glorif
cado.
Algunos de los que estaban escuchando a Jess, comentaban:<CM>No hay duda de que ste
"es el profeta que esperbamos!
Otros iban ms all, afirmando:<CM>No! ste es el Cristo!<CM>No es posible <CM>negaban o
tros<CM>. El Cristo no puede venir de Galilea,
porque las Escrituras dicen claramente que el Cristo ha de ser un descendiente d
el rey David, y que proceder de Beln, la aldea donde tambin naci David.
As que acerca de Jess estaba dividida la opinin de la gente.
Algunos queran que se le arrestara en aquellos mismos momentos, pero nadie se atr
evi a ponerle la mano encima.
Los encargados de guardar el orden en el templo, que haban ido all con intencin de
prenderle, regresaron adonde estaban los principales sacerdotes y los fariseos.
Estos les preguntaron:<CM>Por qu no lo habis trado?<CM><CM><i>Incredulidad de los di
rigentes judos</i> <CM>Les respondieron:
<CM>Porque nunca habamos odo hablar a nadie como habla ese hombre!
Los fariseos se indignaron:<CM>Tambin vosotros os habis dejado engaar?
Id a ver si encontris algn gobernante judo o algn fariseo que haya credo en ese hombre
!
Esta gente ignorante, que no conoce la ley, es la que cree en l; pero qu saben esos
malditos de cosas como stas?
Entonces Nicodemo, el que haba ido a entrevistarse en secreto con Jess, pidi la pal
abra y pregunt:
<CM>Es lcito condenar a una persona antes de ser juzgada o de haber tenido la opor
tunidad de defenderse?
Molestos al escuchar lo que deca Nicodemo, le increparon:<CM>Tambin t eres un misera
ble galileo? Examina las Escrituras y convncete de que nunca hubo un profeta que v
iniera de Galilea!
Con esto concluy la reunin, y cada cual se fue a su casa.
Jess subi al monte de los Olivos,
pero a la maana siguiente regres al templo. La gente comenz en seguida a agruparse
a su alrededor, y l, tomando asiento, se puso a ensearles.
Mientras hablaba llegaron los dirigentes judos y los fariseos llevando una mujer
que haba sido sorprendida en adulterio. La pusieron en medio de toda la gente y d
ijeron a Jess:
<CM>Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el acto mismo del adulterio.
La ley de Moiss nos ordena matar a pedradas a cualquier mujer que acte de esa mane
ra; pero t, qu piensas a ese respecto?
Le preguntaban esto con la intencin de forzarle a decir algo que pudieran utiliza
r luego como acusacin en contra suya; pero Jess, en vez de contestarles, se inclin
y se puso a escribir con un dedo en la tierra.
Los judos insistieron en preguntarle, hasta que finalmente l se irgui y les dijo: <
CM>Est bien, matadla, pero que arroje la primera piedra el que de vosotros nunca h
aya pecado!
Luego volvi a inclinarse y sigui escribiendo en la tierra.
Los judos, redargidos por su propia conciencia, se marcharon uno tras otro, primer
o los ancianos y luego los ms jvenes, hasta que Jess se qued solo con la mujer, que
no se haba movido de donde estaba.
Un momento despus se levant Jess y le dijo: <CM>Donde estn los que te acusaban? Nadie
te ha condenado?
<CM>Nadie, Seor <CM>contest ella.<CM>Ni yo te condeno tampoco. Vete y no peques ms.
<CM><CM><i>Validez del testimonio de Jess<i>
En otra ocasin dijo Jess: <CM>Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andar en
tinieblas, sino que la luz de la vida iluminar su camino.
Dijeron entonces los fariseos:<CM>T pretendes ser testigo de ti mismo y dar testi
monio a tu favor, pero ese testimonio no tiene valor ninguno.
<CM>Os estoy diciendo la verdad, aunque eso implique dar testimonio de m mismo <C
M>respondi Jess<CM>. Porque yo s de dnde vengo y a dnde voy, cosa que vosotros ignoris
.
Vosotros juzgis desde un punto de vista humano, sin tener conocimiento de las cos
as; pero yo, por ahora, no voy a juzgar a nadie.
Aunque os aseguro que, si lo hiciera, mi juicio sera totalmente justo, porque el
Padre, que me envi, est conmigo.
Vuestra ley dice que el testimonio concordante de dos hombres debe aceptarse com
o verdadero.
Pues mirad, yo soy uno de los testigos, y mi Padre, que me envi, es el otro.
<CM>Dnde est tu padre? <CM>le preguntaron, y l dijo:<CM>Vosotros no sabis quin es mi P
adre, ni sabis tampoco quin soy yo. Si supierais quin soy yo, sabrais tambin quin es m
i Padre.
Estas cosas las dijo Jess en el lugar de las ofrendas, cuando estaba enseando pblic
amente en el templo; pero nadie le arrest, porque an no haba llegado su hora.<CM><C
M><i>Yo no soy de este mundo<i>
En otra ocasin les dijo Jess:<CM>Yo tengo que irme, y vosotros trataris de encontra
rme: pero moriris por vuestros pecados, porque no podis ir adonde yo voy.
<CM>Estar pensando acaso en suicidarse? <CM>se preguntaban los judos<CM>. Qu quiere d
ecir con eso de: "No podis ir adonde yo voy"?
Les dijo Jess: <CM>Vosotros sois de abajo y yo soy de arriba. Vosotros sois de es
te mundo y yo no lo soy.
Por eso os dije que moriris por vuestros pecados, porque si no creis que yo soy, p
or vuestros pecados moriris.
<CM>Pero t, quin eres? <CM>preguntaron. Les respondi:<CM>Lo que os vengo diciendo de
sde el principio.
Tengo muchas cosas de que hablaros, y tambin muchas cosas que juzgar de vosotros;
pero tan slo os dir que, aunque no creis en m, el que me envi a vosotros es absoluta
mente veraz, y lo que yo le digo al mundo, primero se lo o decir a l.
Ellos, sin embargo, seguan sin entender que les estaba hablando del Padre.
Jess continu: <CM>Cuando hayis alzado al Hijo del hombre, entenderis que yo soy, y q
ue no hago nada por mi propia cuenta, sino que mis palabras corresponden a lo qu
e el Padre me ense.
El que me ha enviado est conmigo; nunca me ha dejado solo, porque siempre hago lo
que le agrada.
Muchos de los judos que le oyeron expresarse de esta manera comenzaron a creer en
l.<CM><CM><i>Los hijos de Abraham<i>
Pero Jess les habl diciendo: <CM>Vosotros seris verdaderamente mis discpulos si vivs
de acuerdo con mis enseanzas,
porque entonces conoceris la verdad, y la verdad os har libres.
Ellos exclamaron: <CM>Pero nosotros somos descendientes de Abraham y jams fuimos e
sclavos de nadie! Qu quieres decirnos con eso de que la verdad nos har libres?
<CM>Os aseguro <CM>les dijo<CM>que nadie que comete pecado es libre, sino que es
esclavo del pecado.
Y los esclavos no forman parte permanente de la familia a la que sirven, mientra
s que el hijo siempre ser parte de ella.
Por eso, si el Hijo os libera seris verdaderamente libres.
Ya s que sois descendientes de Abraham. Sin embargo, algunos de los vuestros trat
an de matarme porque en su corazn no dan cabida a mi mensaje.
Yo os hablo de lo que he visto estando junto a mi Padre, pero vosotros hacis lo q
ue habis odo estando junto a vuestro padre.
<CM>Nuestro padre es Abraham! <CM>gritaron. <CM>No! <CM>respondi Jess<CM>. Si fuerai
s hijos de Abraham, seguirais su ejemplo y actuarais como Abraham mismo actu;
pero vosotros tratis de matarme porque os he dicho la verdad, la cual he odo de Di
os. Abraham nunca hizo nada semejante,
de modo que al obrar vosotros as obedecis a quien verdaderamente es vuestro padre.
<CM>Pero nosotros no somos bastardos! <CM>replicaron<CM>Nuestro verdadero padre es
Dios.<CM><CM><i>Los hijos del diablo<i>
<CM>Si Dios fuera vuestro padre, sin duda me amarais, pues yo he venido de Dios.
Y no vine por mi propia cuenta, sino porque Dios me ha enviado.
Pero, sabis por qu no podis entender lo que os digo? Porque no sois capaces de escuc
En cambio, no siguen a un extrao, sino que huyen de l porque su voz les es descono
cida.
Los presentes no lograban entender aquella alegora que Jess les haba expuesto.
Por eso volvi a hablarles, y les dijo:<CM>Yo soy la puerta por donde entran las o
vejas.
Todos los que han venido antes de m han sido ladrones y salteadores, y las ovejas
no los escucharon.
S, yo soy la puerta, y los que entren por esta puerta se salvarn; podrn entrar y sa
lir, y hallarn pastos verdes.
El ladrn slo viene a robar, matar y destruir; pero yo he venido para darles vida,
una vida rica y permanente.
Yo soy el buen pastor, y el buen pastor da su vida por sus ovejas.
Si el que cuida las ovejas no es el propio pastor y dueo, sino un mero asalariado
, cuando ve venir al lobo huye abandonando las ovejas; entonces el lobo las arre
bata y dispersa el rebao.
El asalariado huye porque tan slo es asalariado y no le importan las ovejas.
Pero yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen,
del mismo modo que mi Padre me conoce y yo lo conozco a l. Yo pongo mi vida por m
is ovejas.
Adems de estas ovejas, tengo otras que no son de este redil. Tambin a ellas debo t
raerlas conmigo; oirn mi voz, y habr un solo rebao y un solo pastor.
El Padre me ama porque yo pongo mi vida para recuperarla despus.
Nadie va a quitrmela, sino que yo mismo la ofrezco voluntariamente, porque tengo
el poder de ofrecerla y el poder de recuperarla, de acuerdo con el mandato que r
ecib de mi Padre.
Estas palabras provocaron una nueva disensin entre los dirigentes judos que escuch
aban a Jess.
Algunos decan: "O est endemoniado o est loco. Por qu le hacis caso?";
y otros: "Ningn endemoniado habla as. Adems, podra el demonio abrir los ojos de los c
iegos?"<CM><CM><i>Jess y la fiestade la Dedicacin<i>
Era invierno, y en Jerusaln se celebraba por aquellos das la fiesta de la Dedicacin
.
Jess estaba en el templo, andando por el prtico de Salomn.
Los dirigentes judos le rodearon y le preguntaron: <CM>Hasta cundo nos vas a tener
en suspenso? Si t eres el Cristo, dnoslo con claridad.
<CM>Ya os lo he dicho, pero no me habis credo <CM>replic Jess<CM>. Qu ms pruebas quer
que todas las cosas que yo hago en el nombre de mi Padre?
Pero, como ya os he dicho, vosotros no me creis porque no sois de mis ovejas.
Mis ovejas conocen mi voz, yo las conozco a ellas y ellas me siguen,
y les doy vida eterna, y jams morirn ni habr quien me las arrebate,
porque mi Padre, que me las dio, es ms poderoso que nadie: por eso, nadie podr arr
ebatarlas de la mano de mi Padre.
Y el Padre y yo somos uno.
Los judos volvieran entonces a tomar piedras para matar a Jess,
que les dijo: <CM>Muchas son las buenas obras que yo os he mostrado por encargo
de mi Padre, por cul de ellas queris matarme?
<CM>Por ninguna obra buena te vamos a apedrear, sino porque eres un blasfemo, por
que t, que eres un hombre como los dems, te haces igual a Dios!
Respondi Jess:<CM>Pero acaso no est escrito en vuestra ley: "Yo dije que sois dioses
"?
Pues si llama dioses (y las Escrituras no pueden decir una cosa por otra) a pers
onas que recibieron el mensaje de Dios,
cmo decs vosotros que aquel a quien el Padre santific y envi al mundo blasfema por ha
ber dicho: "Yo soy el Hijo de Dios"?
Si yo no hago las obras que "mi Padre me encomend, no me creis;
pero si las hago, aunque no me creis a m, creed a mis obras. As os conveceris de que
el Padre est en m y yo en el Padre.
Una vez ms trataron de apresarlo, pero se les escap de las manos.
Luego se fue al otro lado del Jordn, a un lugar prximo a donde Juan sola bautizar,
y se qued all.
Muchos acudieron entonces a l, y decan:<CM>Lo cierto es que Juan nunca hizo ningun
a seal milagrosa, pero se ha cumplido todo lo que dijo acerca de este hombre.
Fueron muchos los que all mismo creyeron en Jess.
Por aquellos das se encontraba muy enfermo uno llamado Lzaro, que con sus hermanas
Marta y Mara viva en la aldea de Betania
(Mara fue la mujer que ungi los pies de Jess con perfume, y se los sec con sus propi
os cabellos).
Las dos hermanas enviaron un mensaje a Jess, dicindole: "Seor, tu buen amigo est enf
ermo de gravedad".
Jess, al recibir el mensaje, dijo: <CM>Esta enfermedad no va a ser causa de muert
e, sino que va a servir para que Dios sea glorificado, y asimismo para que por e
lla sea glorificado el Hijo.
Aunque Jess amaba mucho a Marta, a su hermana Mara y a Lzaro,
se qued an dos das ms en el lugar donde se hallaba.
Luego, pasados aquel par de das, dijo a sus discpulos: <CM>Volvamos de nuevo a Jud
ea.
<CM>Rab <CM>objetaron los discpulos<CM>, hace apenas unos das los dirigentes judos t
rataban de matarte a pedradas, y ahora quieres ir all otra vez?
<CM>El da tiene doce horas <CM>respondi Jess<CM>, y mientras es de da puede uno anda
r con seguridad y sin miedo a tropezar, porque tiene la luz que alumbra a este m
undo. o
Pero el que anda de noche puede tropezar a causa de la oscuridad.
Ms tarde les dijo: <CM>Nuestro amigo Lzaro duerme. Ir a despertarlo.
Los discpulos contestaron: <CM>Seor, si duerme, pronto se pondr bien.
Ellos pensaban que Jess se refera al reposo del sueo, en tanto que l haba hablado de
la muerte de Lzaro.
Por fin les dijo con toda claridad: <CM>Lzaro ha muerto.
Y por vuestro propio bien me alegro de no haber estado all, porque esto os dar otr
a oportunidad de creer en m. Venid conmigo a visitarlo.
Toms, a quien llamaban Ddimo (que significa "Gemelo"), dijo a los dems discpulos: <C
M>S, vayamos tambin nosotros, para morir con l.<CM><CM><i>Jess consuela a las herman
as de Lzaro<i>
Al llegar a Betania, le dijeron a Jess que ya haca cuatro das que Lzaro estaba en la
tumba.
Betania se encontraba a unos quince estadios (cerca de tres kilmetros) de Jerusaln
,
y muchos de los dirigentes judos haban ido a visitar y consolar a Marta y Mara.
Cuando Marta supo que Jess estaba muy cerca de all, sali a su encuentro; pero Mara s
e qued en la casa.
Marta le dijo a Jess:<CM>Seor, si hubieras estado aqu, no habra muerto mi hermano;
pero yo s que Dios te conceder todo lo que le pidas.
<CM>Tu hermano resucitar <CM>le dijo Jess.
<CM>S, ya lo s. Resucitar cuando resucitemos todos en el da ltimo.
Respondi Jess:<CM>Yo soy la resurreccin y la vida. El que cree en m, aunque haya mue
rto, vivir.
Porque nadie que vive y cree en m morir para siempre. Crees esto, Marta?
<CM>S, Seor, yo he credo que t eres el Cristo que esperbamos, el Hijo de Dios, que ha
s venido al mundo.
Despus de esto, Marta fue adonde estaba su hermana Mara, y llamndola aparte para qu
e no la oyeran los presentes, le dijo: "<CM>El Maestro est aqu y quiere verte.
Al momento se levant Mara, y fue adonde l estaba.
Jess no haba entrado todava en la aldea, sino que se haba quedado fuera, en el mismo
lugar donde Marta lo haba encontrado.
Los judos que estaban en la casa tratando de consolar a Mara, al verla levantarse
y salir de prisa la siguieron, pensando: "Va al sepulcro, a llorar all".
Mara, al llegar adonde estaba Jess, se ech a sus pies diciendo:<CM>Seor, si hubieses
estado aqu, mi hermano no habra muerto.
En aquel momento, vindola llorar y viendo llorar a los judos que iban con ella, Je
ss se turb y se sinti hondamente conmovido.
<CM>Dnde lo pusisteis? <CM>pregunt. <CM>Ven y t mismo lo vers.
A los pobres podis ayudarlos cuando queris, porque siempre los tendris cerca; pero
a m no me tendris por mucho tiempo entre vosotros.
Gran nmero de personas se enteraron en Jerusaln de que Jess estaba en Betania, y se
fueron all a verle; pero no solo a l, sino tambin a Lzaro, porque haba corrido la vo
z de que Jess lo haba resucitado.
En vista de la situacin, los principales sacerdotes decidieron matar tambin a Lzaro
,
pues por causa suya muchos judos se estaban apartando de la sinagoga y haban comen
zado a creer en Jess.<CM><CM><i>La entrada triunfal<i>
Al siguiente da, la noticia de que Jess iba camino de Jerusaln se difundi entre la m
ultitud llegada a la ciudad para la fiesta de la Pascua.
Muchos de aquellos visitantes se apresuraron a cortar hojas de palmera, y con el
las en las manos salan al camino a recibir a Jess. Gritaban: <CM>Hosanna! Bendito el
que viene en nombre del Seor, el Rey de Israel!
Jess encontr un burrito, mont en l y sigui su camino, de modo que se cumpli lo que est
aba escrito:
"No temas, hija de Sin, <CM>porque tu Rey viene a ti<CM>montado en un burrito".
Al principio, sus discpulos no entendieron estas cosas; pero despus que Jess fue gl
orificado comprendieron que todas ellas estaban escritas acerca de l, y que se cu
mplan ante los propios ojos de ellos.
Entre la multitud se encontraban algunos que haban visto cmo Jess llamaba a Lzaro de
l sepulcro, y cmo lo resucit de entre los muertos. Contaban detalladamente el hech
o a mucha gente
que sala a recibirle al oir hablar de la seal milagrosa que haba hecho.
Los fariseos, mientras tanto, decan entre s:<CM>Ya estis viendo que no vamos a cons
eguir nada. Todo el mundo se va tras l!<CM><CM><i>Jess predice su muerte<i>
Entre los forasteros que haban subido a Jerusaln para la fiesta de la Pascua, haba
tambin unos griegos,
que se dirigieron a Felipe, que era natural de Betsaida de Galilea, y le dijeron
: <CM>Seor, quisiramos conocer a Jess.
Felipe se lo dijo a Andrs, y luego fueron los dos juntos a decrselo a Jess.
l les respondi que ya haba llegado la hora en que el Hijo del hombre tena que ser gl
orificado,
y que habra de morir, lo mismo que ha de morir el grano de trigo que cae en el su
rco. <CM>Porque <CM>aadi<CM>si el grano de trigo no muere, quedar siempre solo; per
o si muere en la tierra, producir fruto en abundancia.
El que ama con exceso su vida, la perder; pero el que desprecia su vida en este m
undo, obtendr la vida eterna.
Si alguno desea ser discpulo mo, que venga y me siga, porque all donde yo est, all es
tar tambin mi siervo. Y mi Padre honrar a todo el que me sirva.
En estos momentos tengo el alma profundamente turbada. Y qu puedo decir: "Padre, sl
vame de lo que me espera"? No, pues para eso he venido!
Dir, pues: "Padre, glorifica y honra tu nombre!" Entonces se oy una voz del cielo,
que deca: <CM>Lo he glorificado y lo volver a glorificar!
Al oir aquella voz, algunos de los muchos que estaban presentes pensaron que haba
sido un trueno; pero otros decan: <CM>Un ngel le ha hablado.
Jess dijo:<CM>Esa voz no ha venido por causa ma, sino por vuestra causa.
Al mundo le ha llegado ya la hora del juicio, y a Satans, el prncipe de este mundo
, la hora de su derrota.
Cuando yo sea alzado de la tierra, atraer a todos a m.
Con estas palabras estaba dando a entender de qu forma haba de morir.
La gente entonces le deca:<CM>Pero es que vas a morir? Nosotros, gracias a la ley,
tenemos entendido que el Cristo no morir, sino que vivir para siempre. Cmo, pues, d
ices que es necesario que el Hijo del hombre sea alzado? A quin te refieres al hab
lar del Hijo del hombre?
Jess les respondi:<CM>Todava brillar la luz entre vosotros por algn tiempo. Mientras
tengis luz, caminad en ella para que la oscuridad no os sorprenda, porque el que
camina envuelto en la oscuridad, no puede reconocer el camino.
Mientras la luz est con vosotros, confiad en la luz, para que seis hechos verdader
os portadores de la luz.<CM><CM><i>Los judos siguen en su incredulidad</i> <CM>Cu
Ahora voy a deciros algo ms, aunque no con referencia a todos vosotros. Yo s quin e
s cada uno de los que he elegido, y tambin s lo que declaran las Escrituras: "Uno
de los que comen conmigo va a levantarse contra m".
Esto suceder pronto, pero os lo digo ahora, con antelacin, para que cuando suceda
creis que yo soy.
Y os aseguro esto: el que recibe al que yo he de enviar, al Espritu Santo, me est
recibiendo a m. Y cualquiera que a m me recibe, est recibiendo al Padre, que me env
i.
En aquel instante se sinti Jess profundamente conmovido, y manifest: <CM>Ciertament
e, uno de vosotros me va a traicionar.
Los discpulos se miraron unos a otros, sin saber a quin se estaba refiriendo.
Al lado de Jess se hallaba un discpulo al que l quera entraablemente,
y a este le hizo seas Simn Pedro para que preguntase quin iba a cometer semejante a
ccin.
Aquel discpulo, recostado cerca del pecho de Jess, le pregunt: <CM>Seor, quin va a ser
el que te traicione?
Respondi Jess: <CM>Al que yo d un trozo de pan mojado en la salsa, se es. Moj luego e
l pan en la salsa y se lo dio a Judas, el hijo de Simn Iscariote.
Y en cuanto tom el bocado, Satans entr en Judas.<CM>Date prisa! <CM>le dijo Jess<CM>Lo
que vas a hacer, hazlo enseguida!
De los dems que estaban a la mesa, ninguno pudo entender el significado de las pa
labras de Jess.
Algunos pensaron que, como Judas era el encargado del dinero, Jess le haba encarga
do que fuese a comprar algo para celebrar la fiesta, o que llevara algn dinero pa
ra repartir entre los pobres.
La noche ya haba cado, y Judas, tan pronto comi el bocado, sali del aposento donde e
staban.<CM><CM><i>Jess predice la negacin de Pedro<i>
Despus de esto dijo Jess:<CM>Ha llegado la hora en que el Hijo del Hombre ha de se
r glorificado, y en que Dios ser glorificado juntamente con l.
Dios lo glorificar con su propia glorificacin, y lo har enseguida.
Hijitos mos, poco tiempo me queda para estar con vosotros. Me buscaris, pero, como
ya les dije a los dirigentes judos, adonde yo voy vosotros no podis venir.
Por eso quiero dejaros un nuevo mandamiento: Amaos los unos a los otros. De la m
isma manera que yo os he amado, amaos tambin vosotros.
Si os amis los unos a los otros, el mundo tendr la prueba de que verdaderamente so
is mis discpulos.
Le pregunt Simn Pedro:<CM>Pero Seor, a dnde te vas a ir? Respondi Jess:<CM>Adonde yo v
y no puedes seguirme ahora, pero me seguirs despus.
<CM>Por qu no puedo seguirte ahora, Seor? Yo estoy dispuesto a dar mi vida por ti!
Jess le dijo: <CM>Daras tu vida por m?... Pues mira, te aseguro que antes de cantar
el gallo me negars tres veces.
<CM>No estis preocupados. Creis en Dios? Pues creed tambin en m.
All, en la casa de mi Padre, hay muchas moradas; si as no fuera, os lo habra dicho.
Ahora voy a preparar un lugar para cuando vayis vosotros.
Cuando me haya ido y ya todo est dispuesto, volver y os llevar conmigo, para que si
empre estis donde yo est.
Vosotros sabis a dnde voy, y tambin sabis el camino que all conduce.<CM><CM><i>Jess, e
l camino al Padre<i>
<CM>Seor <CM>dijo Toms<CM>, no sabemos a dnde vas, cmo vamos a saber el camino?
Jess dijo entonces:<CM>Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie puede ir al P
adre, si no es por m.
Si supierais quin soy yo, sabrais tambin quin es mi Padre, al que desde ahora conocis
y habis visto.
<CM>Seor <CM>le dijo Felipe<CM>, mustranos al Padre y nos basta.
Respondi Jess: <CM>Felipe, todava no sabes quin soy, despus del tiempo que he estado c
on vosotros? El que me ha visto a m, ha visto al Padre, cmo, pues, dices que os mue
stre al Padre?
Acaso no crees que yo soy en el Padre y que el Padre es en m? Las palabras que yo
os hablo no las hablo de mi propia cuenta, sino que es el Padre, que est en m, qui
en acta por medio de m.
Lo que vosotros habis de hacer es creer que yo soy en el Padre y que el Padre es
en m. En otro caso, creed por las mismas obras que habis presenciado.
Os aseguro que todo el que cree en m har las mismas obras que yo he hecho. Incluso
otras mayores har, porque yo voy ahora a estar con el Padre.
Y sabed que todo cuanto le pidis al Padre en mi nombre, yo lo har, para que por me
dio del Hijo se manifieste la gloria del Padre.
S, todo lo que pidis en mi nombre, yo lo har.<CM><CM><i>Jess promete el Espritu Santo
<i>
Si de veras me amis, guardad los mandamientos que os he dado,
y yo le pedir al Padre que os enve a alguien que podr ayudaros y que nunca os aband
onar: el Espritu Santo,
que es el Espritu que conduce a la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no
lo busca ni lo conoce; pero vosotros s lo conocis, porque l est ahora con vosotros,
y un da estar en vosotros.
No pensis que voy a dejaros como a unos hurfanos abandonados, sino que vendr a voso
tros.
Dentro de poco, el mundo dejar de verme, pero vosotros s me veris; porque yo vivo,
y vosotros viviris por la vida que os dar.
Cuando yo vuelva a vivir, conoceris que estoy en el Padre, que vosotros estis en m
y que yo estoy en vosotros.
El que recibe mis mandamientos y los guarda, se es el que realmente me ama; y por
que me ama, tambin mi Padre lo amar; y yo lo amar y me revelar a l.
Judas (no el Iscariote) le dijo: <CM>Seor, por qu te has de manifestar tan slo a nos
otros, tus discpulos, y no a todo el mundo?
Respondi Jess diciendo:<CM>El que me ama cumplir los mandamientos que os he dado, y
mi Padre lo amar tambin, y vendremos a l para que viva con nosotros.
En cambio, el que no me ama, tampoco va a cumplir mis mandamientos. Ahora bien,
recordad que todo esto que os digo no es mo, sino del Padre, que me envi.
He querido que sepis estas cosas ahora que estoy con vosotros.
Pero cuando el Padre enve en mi nombre al Consolador, al Espritu Santo, l ser quien
os ensee muchas cosas y os recuerde todo lo que yo os he dicho.
Mi paz os dejo, mi paz os doy; pero la paz que yo os doy no es como la que ofrec
e el mundo. No estis, pues, preocupados ni temerosos.
Ya sabis lo que os he dicho: Ahora me voy, pero regresar para estar con vosotros.
Si de veras me amis, os sentiris gozosos porque me voy para estar con el Padre, y l
es mayor que yo.
Estas cosas os he dicho de antemano para que cuando sucedan creis en m.
No me queda mucho tiempo para hablaros, porque ya est viniendo el prncipe de este
mundo. l no tiene poder sobre m,
pero el mundo ha de saber que yo amo al Padre, y que todo lo que hago es lo que
el Padre me ha ordenado. Venid, vmonos de aqu.
<CM>Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viador.
Todo sarmiento que en m no da fruto, lo corta; pero todo el que da fruto, lo poda
para que d ms fruto todava.
Con las enseanzas que os he transmitido, vosotros, como sarmientos podados, habis
quedado limpios.
Ahora permaneced en m y yo permanecer en vosotros; porque as como ningn sarmiento pu
ede dar fruto por s mismo, esto es, separado de la vid, tampoco vosotros podris da
rlo si os separis de m.
S, yo soy la vid y vosotros los sarmientos. Si permanecis en m, yo permanecer en vos
otros y daris mucho fruto; pero separados de m nada podris hacer.
Si alguno se separa de m, ser cortado como se cortan los sarmientos intiles, que lu
ego se secan y finalmente son arrojados al fuego.
Pero si permanecis en m y guardis las enseanzas que os he transmitido, podris pedir l
o que necesitis y se os conceder.
Mi Padre ser glorificado si vosotros, como verdaderos discpulos mos, dais fruto en
abundancia.
Como el Padre me ha amado a m, tambin yo os he amado a vosotros. Permaneced en mi a
mor!
Si cumpls mis mandamientos, permaneceris en mi amor, de la misma manera que yo he
La gloria del Padre es ma, y a ella me refiero cuando digo que l tomar de lo que es
mo y os lo dar a conocer.
Dentro de poco me habr ido y dejaris de verme, pero poco despus me volveris a ver, p
orque yo voy al Padre.<CM><CM><i>La despedida de Jess<i>
Al oir esto, algunos de los discpulos se preguntaban: <CM>Qu significan las palabra
s "Dentro de poco me habr ido y dejaris de verme, pero poco despus me volveris a ver
"? Y qu es eso de "yo voy al Padre"
y "dentro "de poco"? No entendemos nada de lo que ha dicho!
Jess, comprendiendo que queran preguntarle algo, les dijo:<CM>Os preguntis qu he quer
ido decir?
Os lo aseguro: mientras que vosotros lloraris y os lamentaris por lo que me ha de
suceder, el mundo, por el contrario, se alegrar. Sin embargo, aunque primero os h
ayis sentido invadidos por la tristeza, esa afliccin vuestra se tornar despus en jbil
o.
Os pasar a vosotros como a la mujer encinta, que en el momento del parto sufre in
tensos dolores, pero luego, cuando la criatura ya ha nacido, olvida aquella hora
angustiosa por la alegra de haber dado a luz a un nuevo ser.
Tambin vosotros estis ahora tristes, pero cuando vuelva a veros os alegraris en gra
n manera, y nadie podr arrebataros vuestro gozo.
Cuando llegue ese da no tendris necesidad de preguntarme nada, sino que directamen
te podris dirigiros al Padre, y todo lo que le pidis en mi nombre os lo conceder.
Hasta ahora no habis pedido nada en mi nombre; pero, de ahora en adelante, pedid
y mi Padre os dar la respuesta; de ese modo, vuestro gozo ser completo.
Hasta este momento os he hablado mediante ejemplos, pero pronto llegar el da en qu
e los ejemplos dejarn de ser necesarios, y entonces podr hablaros claramente acerc
a del Padre.
En aquel da podris pedir al Padre en mi nombre; y no ser yo quien haya de rogarle e
n favor vuestro,
pues el Padre, l mismo, os ama, porque vosotros me habis amado a m y habis credo que
yo vine de Dios.
S, yo he venido del Padre para estar en el mundo; pero ahora tengo que dejar este
mundo para regresar al Padre.
Le dijeron los discpulos:<CM>Por fin nos hablas claramente, no con ejemplos!
Ahora comprendemos que t sabes todas las cosas y que no es necesario preguntarte
nada. Por eso creemos que has venido de Dios.
Respondi Jess:<CM>As pues, ya habis llegado a creer?
La hora viene (o mejor, ya ha venido) en que seris dispersados cada cual por su l
ado, y me abandonaris. Aunque lo cierto es que no voy a quedarme solo, porque el
Padre est conmigo.
Os he dicho todas estas cosas para que en m encontris vuestra paz. Siempre tendris
en el mundo pruebas que os afligirn, pero confiad en m, porque yo he vencido al mu
ndo.
Despus de estas cosas levant Jess la mirada al cielo, y or diciendo: <CM>Padre, la h
ora ha llegado. Glorifica a tu Hijo, para que tambin tu Hijo te glorifique a ti
dando vida eterna a todos los que le has confiado, y segn la autoridad que le con
cediste sobre la humanidad entera.
En esto consiste la vida eterna: en que te conozcan a ti, el nico Dios verdadero,
y a Jesucristo, a quien has enviado a este mundo.
Yo te he glorificado aqu, en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendas
te.
Ahora pues, Padre, glorifcame junto a ti, con aquella misma gloria que yo tena est
ando contigo desde antes de la fundacin del mundo.<CM><CM><i>Jess ora por sus discp
ulos<i>
Yo he hecho manifiesto tu nombre a todos aquellos que en este mundo me confiaste
. Ellos estaban en el mundo, pero t me los diste; realmente siempre han sido tuyo
s, pero me los diste y han guardado tu palabra.
Ahora ya saben que todo lo que me has confiado procede de ti,
porque les he transmitido todas las palabras que me diste; ellos las recibieron,
y saben con toda certidumbre que sal de ti para venir ac, y han credo que t me envi
aste.
No te ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque son tuyos,
y todo lo mo es tuyo, como tambin lo tuyo es mo; y por causa de ellos he sido glori
ficado.
Pronto saldr del mundo e ir a ti, pero ellos siguen aqu. Padre santo, protege a los
que me has dado, para que ninguno se pierda y para que permanezcan unidos como
nosotros.
Mientras yo estaba con ellos en el mundo, protega a los que me confiaste. Y los p
roteg de modo que ninguno se perdi, salvo el que haba de perderse por su traicin, da
ndo as cumplimiento a las Escrituras.
Pero ahora regreso a ti. Durante el tiempo que he estado con ellos, les he habla
do de estas cosas para que estuvieran llenos de mi misma alegra.
Les he comunicado tu mensaje, y el mundo los ha odiado porque ellos no pertenece
n al mundo, como tampoco yo le pertenezco.
No te estoy pidiendo que los saques del mundo, sino que los protejas del mal.
Ellos, al igual que yo, no pertenecen a este mundo.
Santifcalos en la verdad de tu palabra, pues tu palabra es la verdad.
As como t me enviaste al mundo, tambin yo los estoy enviando al mundo;
y yo me santifico a m mismo para que ellos sean santificados en la verdad.<CM><CM
><i>Jess ora por todos los creyentes<i>
No te ruego slo por estos, sino tambin por cuantos en el futuro llegarn a creer en
m por el testimonio de ellos.
Mi ruego es que todos permanezcan unidos: que as como t, Padre, permaneces unido a
m, y yo a ti, que tambin ellos permanezcan unidos a nosotros.
Yo les he dado la gloria que me diste, la gloria de que todos sean uno, como nos
otros somos uno:
yo en ellos y t en m, para que su unidad sea perfecta, y para que el mundo sepa qu
e t me enviaste y que los has amado a ellos como me has amado a m.
Padre, mi deseo es que los que me has confiado estn tambin conmigo donde yo estoy,
para que puedan contemplar la gloria que en tu amor me has dado, porque me has
amado desde antes de la fundacin del mundo.
Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo s te he conocido; y a estos discp
ulos mos, que saben que t me enviaste,
les he dado a conocer quin eres, y se lo dar a conocer todava ms, a fin de que el mi
smo amor que t me tienes llegue a estar en ellos como yo lo estoy.
Luego que hubo dicho estas cosas, Jess se fue con sus discpulos al otro lado del t
orrente de Cedrn, y entr con ellos en un huerto que haba all.
Era un lugar que Judas, el traidor, conoca muy bien, porque en l se haba reunido fr
ecuentemente Jess con sus discpulos.
En esta ocasin, los principales sacerdotes y fariseos pusieron a disposicin de Jud
as un destacamento de soldados y algunos alguaciles, y todos juntos, armados y a
lumbrndose con antorchas, se presentaron en el huerto.
Jess, que saba de antemano lo que haba de acontecer, les sali al encuentro y les pre
gunt:<CM>A quin buscis?
Ellos <CM>entre los cuales estaba Judas<CM>respondieron: <CM>Buscamos a Jess de N
azaret.<CM>Yo soy.
Al orle decir "Yo soy", retrocedieron atropelladamente y cayeron a tierra.
De nuevo les pregunt Jess:<CM>A quin buscis? <CM>A Jess de Nazaret <CM>volvieron a dec
ir.
<CM>Ya os he dicho que soy yo. Y puesto que a m es a quien buscis, dejad que estos
se vayan.
Al hablarles as se cumpli lo que poco antes haba dicho: "Los proteg de modo que ning
uno se perdi".
En aquel momento, Simn Pedro, que llevaba una espada consigo, la desenvain de repe
nte y le cort de un tajo la oreja derecha a un tal Malco, servidor del sumo sacer
dote. Jess reprendi a Pedro:
<CM>Mete esa espada en su vaina! Acaso no he de beber la copa que el Padre me ha d
ado que beba?<CM><CM><i>Jess ante Ans<i>
Entonces los soldados del destacamento, el comandante que los mandaba y los algu
aciles arrestaron a Jess y lo ataron.
Lo condujeron en primer lugar a Ans, que era suegro de Caifs, el sumo sacerdote de
aquel ao
(Caifs era el que haba hablado a los dems dirigentes judos sobre la conveniencia de
que un hombre muriese por todo el pueblo).<CM><CM><i>Pedro niega a Jess<i>
Simn Pedro y otro discpulo echaron a andar tras el grupo que llevaba a Jess. Aquel
otro discpulo era conocido del sumo sacerdote, y por eso le permitieron entrar co
n Jess en el patio de la casa,
mientras que Pedro hubo de quedarse fuera, a la puerta. Pe-ro en seguida el discp
ulo conocido del sumo sacerdote sali a hablar con la portera, y entonces ella dej
que tambin entrase Pedro.
Sin embargo, al verle le pregunt:<CM>No eres t uno de los discpulos de ese hombre?Pe
dro lo neg:<CM>No, no lo soy.
Los alguaciles y la gente al servicio de la casa estaban de pie, alrededor de un
a hoguera que haban encendido para calentarse, porque la noche era fra. Pedro tamb
in se qued all, de pie, calentndose.<CM><CM><i>Jess ante el sumo sacerdote<i>
Dentro, el sumo sacerdote comenz a interrogar a Jess en relacin con sus discpulos y
con sus enseanzas.
Jess le contest:<CM>Todo el mundo conoce mis enseanzas, porque pblicamente he enseado
siempre en la sinagoga y en el templo, donde los dirigentes judos se renen y me h
an escuchado. Y si nunca he enseado nada en secreto y ocultndome,
por qu me interrogas a m? Por qu no preguntas a quienes me han odo, para que ellos te
expliquen lo que yo he hablado? Ellos saben muy bien lo que he dicho!Al oir esto,
uno de los alguaciles le dio una bofetada, y le dijo:<CM>Cmo te atreves a contest
ar as al sumo sacerdote?Le respondi Jess:
- - <CM>Si he dicho algo indebido, demustralo. Pero si lo que he dicho es correcto, po
r qu me pegas?
Entonces Ans hizo atar a Jess para envirselo a Caifs, el sumo sacerdote.<CM><CM><i>P
edro niega de nuevo a Jess<i>
Entre tanto, Simn Pedro permaneca de pie junto a la hoguera. Y algunos que estaban
all le preguntaron:<CM>No eres t uno de sus discpulos? l lo neg:<CM>No, no lo soy!
Pero uno de los sirvientes del sumo sacerdote, pariente del hombre a quien Pedro
le haba cortado la oreja, insisti: <CM>No te vi yo en el huerto, que estabas con J
ess?
Pedro volvi a negarlo, y unos instantes despus cant un gallo.<CM><CM><i>Jess ante Pi
lato<i>
Cuando concluy en casa de Caifs el interrogatorio de Jess, lo llevaron al palacio d
el gobernador romano. Era por la maana temprano, y los judos que le acusaban no en
traron en el palacio para no quedar contaminados e impedidos de comer el cordero
de Pascua.
Pilato sali, y dirigindose a ellos les pregunt:<CM>Que cargos presentis contra este h
ombre? De qu delito lo acusis?
Respondieron: <CM>Si no fuera un delincuente, no te lo habramos trado arrestado!
<CM>Pues llevoslo y juzgadlo segn vuestra ley <CM>dijo Pilato. Pero los judos argum
entaron:<CM>No, porque a nosotros no nos est permitido condenar a muerte a nadie.
Con esto se cumplieron las palabras de Jess, cuando unos das antes anunciara la fo
rma en que haba de morir.
Pilato entr de nuevo en el palacio, y orden que le trajeran a Jess. -Eres t el rey de
los judos? <CM>le pregunt.
Le contest Jess:<CM>Esa pregunta es propiamente tuya, o es lo que otros te han dich
o de m?
<CM>Acaso yo soy judo? <CM>replic Pilato<CM>. Tu propio pueblo y los principales sa
cerdotes son los que te han trado aqu, aunque no conozco la causa. Qu mal has hecho?
Dijo Jess: <CM>Mi reino no es de este mundo. Si lo fuese, mis seguidores habran pe
leado por evitar que se me entregase a los dirigentes judos que me arrestaron. No
, mi reino no es de este mundo.
<CM>Luego t eres rey? <CM>pregunt Pilato.<CM>T dices que soy rey <CM>respondi Jess<CM>
. Yo he nacido para eso, y por eso he venido a este mundo, para traerle la verda
d. Todos los que aman la verdad, me escuchan.
<CM>Y qu cosa es la verdad? <CM>dijo Pilato, que en seguida, sin esperar respuesta
a estas palabras, sali y se present otra vez ante los judos. <CM>Yo no encuentro n
al agua.
Los otros discpulos se acercaron en la barca, arrastrando la red repleta de peces
hasta la orilla, distante apenas doscientos codos (unos noventa metros).
Al llegar y saltar a tierra vieron unas brasas encendidas, sobre ellas un pez qu
e se estaba asando, y pan.
<CM>Traedme ac algunos peces de esos que acabis de pescar "<CM>les dijo Jess.
Simn Pedro subi a la barca y sac a tierra la red, que estaba llena de peces, ciento
cincuenta y tres de gran tamao. A pesar de ser tantos, la red no se rompi.
<CM>Venid ac y comed! <CM>les invit Jess. Pero entonces ninguno de los discpulos se a
trevi a preguntarle: "Quin eres t?", porque todos estaban convencidos de que se trat
aba del Seor.
Fue, pues, Jess, y les reparti de aquel pan y aquel pescado.
Esta era la tercera vez que se manifestaba a sus discpulos despus de haber resucit
ado de los muertos.<CM><CM><i>Jess restituye a Pedro<i>
Cuando acabaron de comer, Jess se dirigi a Simn Pedro, y le dijo:<CM>Simn, hijo de J
ons, me quieres ms que stos?<CM>S, Seor <CM>le respondi Pedro<CM>, t sabes que te qui
.<CM>Apacienta mis corderos.
Por segunda vez le pregunt:<CM>Simn, hijo de Jons, me quieres? <CM>S, Seor <CM>respond
i Pedro<CM>, t sabes que te quiero.<CM>Pastorea mis ovejas <CM>dijo el Seor.
Luego, por tercera vez, le pregunt: <CM>Simn, hijo de Jons, de veras me quieres? Ped
ro, profundamente entristecido porque Jess le preguntaba lo mismo por tercera vez
, le contest:<CM>Seor, t sabes todas las cosas: t sabes que te quiero.<CM>Apacienta
mis ovejas.
Y ahora te aseguro que cuando eras ms joven podas ceirte t solo la ropa e ir adonde
queras; pero cuando llegues a viejo extenders las manos y otro ser quien te cia y te
lleve incluso adonde no quieras ir.
Jess dijo esto dando a entender cul haba de ser la muerte con que Pedro glorificara
a Dios. Luego aadi: <CM>Sgueme!
Pedro volvi entonces la cabeza y vio al discpulo al que Jess quera entraablemente, aq
uel que, recostado junto al Seor en la ltima cena, le haba preguntado quin lo iba a
traicionar.
Al verle, pregunt Pedro a Jess: <CM>Seor, y qu ser de ste? l le respondi:
<CM>Si quiero que l quede aqu hasta mi regreso, qu te importa a ti? T sgueme!
Aquellas palabras del Seor corrieron entre los hermanos, y se entendieron como qu
e aquel discpulo no haba de morir. Pero Jess no haba dicho eso, sino: "Si quiero que
l quede aqu hasta mi regreso, qu te importa a ti?"
Este discpulo es el que ha dado testimonio de los hechos acaecidos y los ha puest
o por escrito. Y nos consta que su testimonio es absolutamente veraz.
Adems de los hechos de Jess aqu narrados, hay muchos otros que, si se relatasen uno
por uno, pienso que en el mundo entero no cabran los libros que habra que escribi
r.
En mi primer libro, ilustre Tefilo, te habl de la vida de Jess, y de todo lo que hi
zo y ense desde el principio
y hasta el da en que fue elevado al cielo, donde fue recibido despus de haber deja
do instrucciones por medio del Espritu Santo a los apstoles que haba escogido.
Durante los cuarenta das que siguieron a su muerte, se present en diversas ocasion
es a los apstoles, vivo y dndoles pruebas que no dejaban lugar a dudas acerca de l
a realidad de su resurreccin, y les hablaba del reino de Dios.
En cierto momento, mientras coma juntamente con ellos, les mand que no se alejaran
de Jerusaln, sino que esperasen el cumplimiento de la promesa del Padre de envia
r al Espritu Santo, tal como Jess mismo les haba anunciado que tena que suceder. Se
lo record dicindoles:
<CM>Juan os bautiz con agua, pero dentro de pocos das seris bautizados con el Esprit
u Santo.
En otro momento, reunidos tambin los discpulos, le preguntaron: <CM>Seor, liberars ah
ora a Israel y restablecers su soberana?
l les contest:<CM>Solamente el Padre tiene autoridad para sealar los tiempos y las
ocasiones. No es a vosotros a quienes corresponde conocerlas.
Sin embargo, cuando el Espritu Santo venga sobre vosotros, recibiris la fuerza nec
esaria para ser mis testigos en todas partes: en Jerusaln, en toda Judea, en Sama
ia, Ponto,
Fri"gia y Panfilia; de Egipto y de las regiones africanas ms all de Cirene. Tambin
hay romanos aqu residentes, tanto judos como proslitos del judasmo,
y cretenses y rabes. Y todos les omos contar en nuestra propia lengua las obras ma
ravillosas de Dios.Se preguntaban, pues, atnitos y perplejos:
<CM>Qu significa esto? Pero haba tambin quienes en son de burla decan:
<CM>Lo que pasa es que estn borrachos!<CM><CM><i>Pedro se dirige a la multitud<i>
Entonces Pedro, levantndose junto con los otros once apstoles, tom la palabra y dij
o en voz alta:<CM>Escuchadme todos con atencin, lo mismo los que vens de fuera que
los residentes en Jerusaln.
Algunos de vosotros vais diciendo que estos hombres estn borrachos, y eso no es c
ierto. A estas horas, a las nueve de la maana, la gente no se emborracha.
Lo que vosotros acabis de presenciar es algo que hace siglos predijo ya el profet
a Joel:
"En los postreros das, <CM>dice Dios, <CM>derramar mi Espritu Santo sobre toda la h
umanidad. Entonces vuestros hijos y vuestras hijas profetizarn, vuestros jvenes ve
rn visiones<CM>y vuestros ancianos <CM>soarn sueos.
Ciertamente, en aquellos das, <CM>sobre mis siervos <CM>y sobre mis siervas<CM>de
rramar mi Espritu, <CM>y profetizarn.
Har prodigios arriba, <CM>en el cielo, <CM>y abajo en la tierra <CM>har que aparez
can seales: <CM>sangre, fuego y <CM>nubes de humo.
El sol se transformar <CM>en tinieblas<CM>y la luna se volver roja como la sangre,
<CM>antes que llegue el da <CM>del Seor, <CM>grande y manifiesto delante de todos
.
Pero todo el que invoque<CM>el nombre del Seor, <CM>se salvar".
Israelitas, od esto que voy a deciros! Como bien sabis, Dios acredit en vuestra pres
encia a Jess de Nazaret con las maravillas, milagros y prodigios que realiz por me
dio de l;
sin embargo, segn un determinado propsito y un plan previamente trazado, Dios perm
iti que asesinarais a Jess clavndolo en una cruz por mano de la autoridad romana.
Pero luego, liberndolo de los horrores de la muerte, le devolvi la vida, porque er
a imposible que la muerte lo retuviera.
A l se refiri de este modo el rey David: <CM>"Yo veo siempre al Seor delante de m; <
CM>no andar vacilante, porque l est a mi mano derecha.
Por eso rebos de alegra <CM>mi corazn<CM>y mi lengua se llen de gozo. <CM>Todo mi cu
erpo reposar <CM>en esperanza,
porque no dejars mi alma <CM>en el infierno<CM>ni permitirs que tu Santo vea la co
rrupcin del sepulcro.
Me diste a conocer <CM>los caminos de la vida<CM>y me inundars de gozo <CM>con tu
presencia".
Hermanos mos, con toda seguridad os puedo decir que nuestro antepasado David no h
ablaba de s mismo cuando deca estas cosas, puesto que l muri y lo enterraron, y su s
epulcro todava est entre nosotros.
Pero como era profeta, saba que Cristo, el Mesas, sera descendiente suyo y se senta
ra en su propio trono. As se lo haba prometido Dios bajo juramento.
Mirando, pues, al futuro, predijo David la resurreccin de Cristo, cuya alma no po
da quedar en el infierno y cuyo cuerpo no poda corromperse.
Dios, pues, resucit a Jess, de lo cual somos testigos todos nosotros.
Con el poder de su diestra lo exalt al lugar de honor en los cielos; y despus de h
aber recibido del Padre la promesa de enviar al Espritu Santo, lo derram de la for
ma que vosotros habis podido ver y oir.
No, David, no hablaba de s mismo, pues l nunca haba ascendido a los cielos, sino qu
e dice: "Dios, el Seor, <CM>dijo a mi Seor: <CM>Sintate en a mi derecha,
hasta que yo ponga <CM>a tus enemigos por escabel <CM>de tus pies".
Por tanto, a vosotros y a todo el pueblo de Israel os manifiesto con total segur
idad que a este Jess a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha hecho Seor y Cris
to.
Al escuchar aquellas palabras de Pedro se sintieron profundamente afligidos, por
lo que le preguntaron a l y a los dems apstoles: <CM>Hermanos, qu debemos hacer ahor
a?
Pedro les contest: <CM>Arrepentos de lo malo que hayis hecho, volveos a Dios y baut
izaos en el nombre de Jesucristo para obtener el perdn de los pecados. Entonces r
ecibiris tambin el don del Espritu Santo,
porque esa es la promesa que os hizo Jess, a vosotros, a vuestros hijos y a todos
los que el Seor nuestro Dios quiera llamar, lo mismo si estn cerca que si estn lej
os.
Luego Pedro sigui predicando y dando testimonio de muchas maneras acerca de Jesuc
risto. Y exhort tambin a sus oyentes, diciendo:<CM>Poneos a salvo de la perversidad
de esta generacin mundana!<CM><CM><i>La comunidad de los creyentes<i>
Los que creyeron a su palabra, unos tres mil en total, fueron bautizados y se un
ieron a los dems creyentes.
Todos se congregaban para escuchar las enseanzas de los apstoles, permanecer en co
munin los unos con los otros, participar en la fraccin del pan y perseverar unnimes
en la oracin.
Un profundo temor reverencial dominaba a todos cuantos "vean los muchos milagros
y prodigios que hacan los apstoles.
Adems, los creyentes se reunan asiduamente; permanecan juntos y tenan todas las cosa
s en comn.
Vendan sus propiedades y sus bienes, y distribuan el producto de las ventas confor
me a las necesidades de cada cual.
Diariamente acudan al templo, partan el pan en las casas y coman juntos con gran al
egra y sinceridad de corazn.
As, estrechamente unidos por la fe, alababan a Dios y eran tenidos en gran estima
por la gente de la ciudad; y cada da aada el Seor a la comunidad a los que estaban
en camino de salvacin.
Cierto da, Pedro y Juan se dirigan al templo para tomar parte en la oracin de las t
res de la tarde.
Al mismo tiempo que ellos, se acercaban tambin otros que traan a un hombre cojo de
nacimiento, al que cada da dejaban pidiendo limosna junto a la puerta del templo
conocida como "la Hermosa".
Cuando Pedro y Juan llegaron junto al cojo, y este vio que iban a entrar en el t
emplo, les pidi dinero.
Entonces los apstoles fijaron la vista en l, y Pedro le dijo: <CM>Mranos!
El cojo los mir atentamente, esperando recibir alguna limosna; pero Pedro le habl,
dicindole:
<CM>No puedo darte dinero, porque no lo tengo; pero te puedo dar otra cosa. En el
nombre de Jesucristo de Nazaret, levntate y empieza a andar!
Tom por la mano derecha al cojo y lo ayud a levantarse; al instante, los pies y lo
s tobillos se le fortalecieron,
y de un salto se puso en pie y comenz a andar. De ese modo entr con ellos en el te
mplo, andando, saltando y alabando a Dios.
Todos los presentes, al verle andar y alabar a Dios,
estaban asombrados, y al propio tiempo asustados, porque en aquel hombre, ahora
sano, reconocan al mendigo cojo que peda limosna sentado a la puerta Hermosa del t
emplo.<CM><CM><i>Pedro se dirige a los espectadores<i>
Atnitos, corrieron todos al prtico de Salomn, donde el que antes fuera cojo tena fir
memente asidos a Pedro y a Juan.
Pedro, entendiendo que aquella era una buena oportunidad de dirigir la palabra a
l pueblo, dijo:<CM>Israelitas, por qu os sorprende tanto lo ocurrido? Y por qu nos m
iris como si nosotros hubisemos hecho andar a este hombre con nuestro poder y nues
tra propia piedad?
El Dios de de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros antepasados, ha
glorificado con este milagro a su siervo Jess, a quien vosotros entregasteis a Pi
lato, y a quien negasteis en su presencia cuando ya l haba resuelto ponerlo en lib
ertad.
No dejasteis que fuera liberado el que es Santo y Justo, y en cambio clamasteis
pidiendo la liberacin de un asesino.
De ese modo matasteis al Autor de la vida, al que luego Dios resucit de la muerte
, de lo cual Juan y yo somos testigos presenciales.
Este hombre, que como sabis era cojo, ha sido sanado por la fe en el nombre de Je
Unos jvenes que estaban all cubrieron el cadver con una sbana y se lo llevaron a ent
errar.
Como unas tres horas ms tarde lleg Safira, la esposa, que no saba nada de lo que ha
ba sucedido. Pedro se dirigi a ella y le pregunt:
<CM>Vendisteis vuestro terreno por el precio que habis dicho?<CM>S, por ese precio
<CM>respondi Safira.
Le dijo Pedro:<CM>Y cmo se os ocurri comportaros de ese modo y poner a prueba el Es
pritu del Seor? Pues mira, ah a la puerta estn los jvenes que han llevado a enterrar
a tu esposo, y que van a llevarte tambin a ti.
En ese mismo instante cay ella a los pies de Pedro, y muri. Los mismos jvenes entra
ron, y vindola muerta se la llevaron a enterrar junto a su esposo.
Al conocer estas cosas que haban sucedido, un gran temor se apoder de la iglesia y
de todos los que tuvieron conocimiento de ellas.<CM><CM><i>Los apstoles sanan a
muchas personas<i>
Los apstoles seguan reunindose en el prtico de Salomn, y hacan entre el pueblo muchos
milagros y prodigios extraordinarios.
Los que eran ajenos al grupo no se atrevan a acercarse a ellos, pero el pueblo en
general les tena en gran aprecio;
por eso, el nmero de hombres y mujeres que crean en el Seor aumentaba sin cesar.
La gente sacaba los enfermos a la calle en lechos y camillas, para que, al pasar
Pedro por all, aunque tan slo fuera su sombra cayera sobre ellos.
Tambin eran muchos los que iban a Jerusaln desde poblaciones vecinas, llevando per
sonas enfermas o atormentadas por espritus impuros. Y todos eran sanados.<CM><CM>
<i>Persiguen a los apstoles<i>
El sumo sacerdote y los que le acompaaban, que eran miembros de la secta de los s
aduceos, reaccionaron ante estos sucesos. Llenos de celos
echaron mano a los apstoles y los metieron en la crcel.
Pero un ngel del Seor abri de noche las puertas de la crcel y los sac de all. Les dijo
:
<CM>Id al templo, y puestos en pie predicad al pueblo all congregado el mensaje nt
egro de esta Vida.
Por la maana temprano fueron, pues, al templo, entraron en l y comenzaron a ensear.
Ms tarde se present tambin en el templo el sumo sacerdote con un grupo que le acom
paaba y, tras reunir el concilio y la junta de ancianos, envi unos alguaciles en b
usca de los apstoles, para someterlos a juicio.
Pero los enviados volvieron con la noticia de que no los haban encontrado en la cr
cel. Dijeron:
<CM>Hallamos las puertas de la crcel cerradas y bien aseguradas, y los guardias e
staban de pie, en su puesto. Pero entramos y dentro no vimos a nadie.
Al oir este informe, el jefe de la guardia y los sumos sacerdotes se preguntaban
perplejos en qu parara aquel asunto.
Poco ms tarde lleg uno que era portador de otra noticia: los presos andaban en lib
ertad, y se encontraban de pie en el templo, enseando al pueblo.
Inmediatamente el jefe de la guarnicin y los alguaciles fueron a buscarlos; y se
los llevaron sin usar de violencia, porque teman que el pueblo les apedreara si t
rataban mal a los apstoles.
As que los condujeron y los presentaron ante el concilio, y el sumo sacerdote les
pregunt:
<CM>No os habamos ordenado rigurosamente que de ninguna forma ensearais al pueblo n
ada que tuviera relacin con ese nombre? Pero vosotros, en lugar de obedecernos, s
egus llenando Jerusaln con vuestras enseanzas, y encima tratis de culparnos a nosotr
os de la muerte de aquel hombre.
Pedro y los apstoles respondieron:<CM>Es absolutamente necesario que obedezcamos
a Dios antes que a los hombres.
El Dios de nuestros antepasados resucit a Jess, al que vosotros matasteis colgndolo
en un madero.
Con su gran poder, lo exalt al lugar de honor, como Prncipe y Salvador, para darle
a Israel la oportunidad de arrepentirse y obtener el perdn de sus pecados.
Nosotros somos testigos de estas cosas, y lo es tambin el Espritu Santo que Dios h
a concedido a quienes le obedecen.
pararlos. Para poner paz entre ellos, les dijo: "Escuchad, vosotros sois hermano
s y no debis pelear. No est bien que lo hagis!"
Pero uno de ellos, que estaba maltratando al otro, le replic: "Quin te ha puesto po
r gobernante y juez sobre nosotros?
Acaso piensas matarme a m, como mataste ayer al egipcio?"
Al oir estas palabras, Moiss huy del pas y se fue a la tierra de Madin. All vivi como
extranjero, y tambin all fue padre de dos hijos.
Cuarenta aos ms tarde, encontrndose en el desierto del monte Sina, se le apareci un ng
el entre las llamas de una zarza que arda.
Moiss, maravillado por la visin, se aproxim al fuego para observar de cerca la zarz
a. De pronto oy la voz del Seor, que le deca:
"Yo soy el Dios de tus padres: el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de
Jacob". Pero Moiss, temblando de espanto, ni siquiera se atreva a mirar.
El Seor aadi: "Qutate el calzado, porque el lugar que pisas es tierra santa.
He visto el sufrimiento de mi pueblo en Egipto, he odo sus clamores y he descendi
do para darles libertad. Ven t ahora, y te enviar a Egipto".
A este Moiss, al que los suyos haban rechazado diciendo: "Quin te ha puesto por gobe
rnante y juez?", Dios ahora, por medio del ngel que se apareci en la zarza, lo env
i a aquel mismo pueblo como gobernante y libertador.
Moiss sac de all a Israel haciendo innumerables y portentosos milagros en tierras d
e Egipto, en el mar Rojo y durante el continuo caminar del pueblo por el desiert
o a lo largo de cuarenta aos.
Este Moiss es quien dijo a los israelitas: "De entre vuestros propios hermanos os
levantar Dios un profeta como yo".
Y este mismo Moiss es quien estuvo en la asamblea del desierto, con nuestros ante
pasados, y les transmiti las palabras de vida que, tambin para nosotros, le comuni
c el ngel en lo alto del monte Sina.
Pero nuestros antepasados no quisieron obedecer, sino que rechazaron a Moiss, y l
levados por su ansia de volverse a Egipto
dijeron a Aarn: "Haznos dolos, para que sean nuestros dioses y nos guen de regreso,
porque no sabemos qu le haya sucedido a Moiss, el que nos sac de la tierra de Egip
to".
Se hicieron entonces un dolo con forma de becerro, le ofrecieron sacrificios y se
llenaron de contento porque haba salido de sus propias manos.
Pero Dios se apart de ellos, y los dej que rindieran culto al sol, la luna y las e
strellas, tal y como est escrito en un libro de los profetas:"Pueblo de Israel, fu
e acaso a m a quien ofreciste <CM>vctimas y sacrificios <CM>durante los cuarenta ao
s que pasaste en el desierto?
No, sino que llevabais <CM>el tabernculo de Moloc, <CM>y la estrella de Refn, <CM>
ese dios vuestro, <CM>y los dems dolos que <CM>os hicisteis para adorarlos. <CM>Po
r eso os mandar al exilio ms all de Babilonia".
Durante su larga marcha por el desierto, nuestros antepasados llevaron consigo e
l tabernculo del Testimonio, es decir, el templo porttil construido segn el modelo
que Dios haba mostrado a Moiss.
Aos ms tarde, recibido igualmente por antepasados nuestros, fue introducido con Jo
su en los territorios conquistados a los gentiles, a los que Dios expuls de delant
e de Israel. Y de aquel tabernculo se sirvi nuestro pueblo hasta la poca de David.
Dios bendijo abundantemente a David, que solicit el privilegio de construir un te
mplo permanente para el Dios de Jacob;
pero quien lo construy no fue l, sino Salomn.
Ahora bien, Dios no vive en templos edificados por los hombres; y as lo dijo el p
rofeta:
"El cielo es mi trono, <CM>y la tierra es el escabel <CM>de mis pies. <CM>Qu casa,
dice el Seor, <CM>podrais edificar para m? <CM>O cul es mi lugar <CM>de reposo?
Acaso no soy yo quien hizo<CM>los cielos y la tierra?"
Tercos e infieles, duros de corazn y de odos! hasta cundo os vais a oponer al Espritu
Santo? Bien se ve que sois dignos descendientes de vuestros antepasados!
Porque a cul de los profetas no persiguieron ellos, que incluso mataron a los que
predijeron la venida del Justo, del Mesas, al que acabis de entregar con traicin, y
asesinar?
Vosotros, que recibisteis la ley por mediacin de ngeles, sois los que deliberadamen
te la quebrantis!<CM><CM><i>Muerte de Esteban<i>
Oyendo aquellas acusaciones de Esteban, los jefes judos ardan ms y ms en furor, y ha
can crujir contra l sus dientes;
pero Esteban, que lleno del Espritu Santo tena puestos los ojos en el cielo, conte
mpl la gloria de Dios, y a Jess que estaba a su derecha.
<CM>Ahora <CM>dijo<CM>veo los cielos abiertos, y a Jesucristo que est a la derech
a de Dios.
Ellos entonces, gritando desaforadamente y tapndose los odos para no orle ms, se le
echaron encima todos a una.
Lo sacaron a un lugar fuera de la ciudad y comenzaron a apedrearle. Los que actu
aban como testigos oficiales dejaron sus ropas exteriores a los pies de un joven
llamado Saulo;
y apedrearon a Esteban, mientras l, orando, deca:<CM>Seor Jess, recibe mi espritu!
Luego cay de rodillas, y aadi:<CM>Seor, no les tomes en cuenta este pecado!Estas fuer
on sus ltimas palabras antes de reposar en el Seor.
Saulo estuvo de acuerdo con la muerte de Esteban, despus de la cual y en aquel mi
smo da se inici una gran persecucin contra los creyentes que formaban la iglesia de
Jerusaln. Todos, excepto los apstoles, huyeron a refugiarse en diversos lugares d
e Judea y Samaria.
Pero hubo tambin personas piadosas que, llenas de tristeza, se encargaron de ente
rrar a Esteban.
Saulo, por su parte, trataba de asolar la iglesia. En su afn por destruirla llega
ba incluso a entrar en las casas, una por una, y arrastrar fuera de ellas a homb
res y mujeres para meterlos en la crcel.<CM><CM><i>Felipe en Samaria<i>
A pesar de todo, los creyentes que haban sido dispersados no dejaban de anunciar
el evangelio por todas partes adonde iban.
Este fue el caso de Felipe, que lleg a la ciudad de Samaria, entr en ella y comenz
a predicar a todos las buenas noticias de Cristo.
La gente reunida le escuchaba atentamente, viendo adems con asombro los prodigios
os milagros que haca.
Porque haba all muchas personas posedas por espritus impuros, los cuales, expulsados
por Felipe, salan de sus vctimas dando grandes gritos; y tambin haba muchos paraltic
os y cojos que eran sanados por l.
Por todo lo cual la ciudad entera rebosaba de alegra.<CM><CM><i>Simn el hechicero<
i>
Viva entonces en Samaria uno llamado Simn, que haba practicado la magia y traa engaad
a a la gente hacindose pasar por un personaje importante.
Los samaritanos, desde el ms pequeo al ms grande, le escuchaban con el mayor respet
o y decan: "Este hombre es el gran poder de Dios".
Y como con sus artes mgicas haba logrado engaarlos a lo largo de muchos aos, todava s
eguan ellos prestndole la mayor atencin.
Sin embargo, cuando oyeron hablar a Felipe, que les anunciaba el evangelio del r
eino de Dios y les predicaba acerca de Jesucristo, comenzaron a bautizarse hombr
es y mujeres.
Hasta el propio Simn lleg tambin a creer, y fue bautizado, a partir de cuyo momento
se dio a seguir a Felipe, maravillado de sus portentosos milagros.
Cuando los apstoles que se encontraban en Jerusaln supieron que el pueblo de Samar
ia haba recibido el mensaje de Dios, enviaron all a Pedro y a Juan.
Ellos, en cuanto llegaron, intercedieron en oracin por los nuevos creyentes, a fi
n de que recibieran el Espritu Santo.
Porque an no haba descendido el Espritu sobre ellos, que haban sido bautizados nicame
nte en el nombre de Jess.
Les impusieron, pues, las manos y recibieron el Espritu Santo.
Al ver Simn que el Espritu Santo descenda sobre los creyentes a quienes los apstoles
imponan las manos, les hizo una proposicin. Les ofreci dinero,
dicindoles: <CM>Os doy esto para que tambin a m me concedis ese poder, para que todo
aquel a quien yo imponga mis manos reciba el Espritu Santo.
Pedro le replic enrgicamente:<CM>Que tu dinero perezca contigo por haber pensado qu
e as pueden comprarse los dones de Dios!
Tambin ocurri que en la ciudad de Jope viva una mujer llamada Tabita (que significa
"gacela"), una creyente que siempre estaba entregada a favorecer con su trabajo
y su dinero a otros, especialmente a los ms necesitados.
Precisamente por aquellos das, Tabita cay enferma y muri. Despus de haber lavado el
cadver, los hermanos la amortajaron y la pusieron en una sala de la casa.
Pero estos no tardaron en enterarse de que Pedro se encontraba en Lida, y como e
sta era una poblacin prxima a Jope, enviaron a dos hombres a rogarle a Pedro que v
iniera con ellos lo antes posible.
As lo hizo Pedro, y en cuanto lleg a Jope lo llevaron a donde reposaba el cuerpo d
e Tabita. La habitacin estaba lleno de viudas, que rodearon a Pedro y llorando co
menzaron a mostrarle las tnicas y vestidos que Tabita haca mientras estaba con ell
as.
Pedro orden a todos que salieran de la habitacin, y se arrodill para orar. Luego se
volvi al cadver y le orden:<CM>Tabita, levntate!Tabita abri los ojos, vio a Pedro y a
l punto se incorpor.
l le dio la mano y la ayud a levantarse y ponerse en pie. Despus llam a los creyente
s y a las viudas, y se la present viva.
La noticia de lo ocurrido se extendi rpidamente por toda Jope, y muchos creyeron e
n el Seor.
Pedro se qued all bastantes das, alojado en la casa de un curtidor llamado Simn.
En Cesarea viva un hombre llamado Cornelio, oficial del ejrcito romano, capitn de l
a compaa que llamaban "La Italiana".
Era un hombre piadoso y reverente delante de Dios, al igual que toda su familia;
reparta muchas limosnas entre la gente y perseveraba en la oracin a Dios.
Un da, alrededor de las tres de la tarde, estando l bien despierto, tuvo la visin d
e un ngel de Dios que se le acercaba y le llamaba: <CM>Cornelio!
l, lleno de temor, se qued mirando al ngel, y le pregunt: <CM>Qu quieres, Seor? El ng
le dijo: <CM>Dios, que no ha pasado por alto tus oraciones y tus limosnas,
quiere que enves algunos hombres a Jope en busca de uno llamado Simn, por sobrenom
bre Pedro, para que venga a visitarte.
Se aloja en la casa de Simn el curtidor, que est junto al mar.
Cuando el ngel que le hablaba se fue, Cornelio llam a dos de sus sirvientes y a un
soldado piadoso, de su guardia personal,
y tras contarles todo lo que haba sucedido, los envi a Jope.<CM><CM><i>La visin de
Pedro<i>
Al da siguiente, yendo de camino los enviados, cerca ya de la ciudad, subi Pedro a
la azotea de la casa, a orar.
Era el medioda, y senta hambre. Mientras le preparaban algo de comer, entr en xtasis
;
y vio el cielo abierto, y una especie de lienzo grande que bajaba a tierra atado
por sus cuatro puntas.
En el lienzo haba toda clase de animales: cuadrpedos, reptiles y aves del cielo.Y
oy una voz, que le deca:
<CM>Levntate, Pedro, mata y come!
Pedro exclam:<CM>Seor, no! Nunca he comido animales impuros, prohibidos por nuestra
ley!
Volvi a decirle la voz:<CM>Lo que Dios ha limpiado, no lo tengas t por impuro.
Tres veces se le present la misma visin, antes que el lienzo fuera recogido defini
tivamente en el cielo.
Pedro se qued perplejo, sin comprender el significado de lo que haba visto. Mientr
as tanto, los hombres enviados por Cornelio, haban encontrado la casa, estaban de
pie, a la puerta,
y preguntaban si all viva Simn, el que tena por sobrenombre Pedro.
En tanto que Pedro pensaba en el significado de aquella visin, oy que el Espritu Sa
nto le deca: <CM>Tres hombres han venido a verte.
Levntate, baja a recibirlos y ve con ellos sin dudarlo, porque yo los he hecho ve
nir.
Entonces Pedro baj adonde estaban esperndole los hombres mandados por Cornelio, y
les dijo:<CM>Yo soy el que andis buscando. Qu queris de m?
Ellos le respondieron:<CM>A Cornelio, oficial del ejrcito romano, hombre bueno, p
iadoso y muy bien considerado por todos los judos, le orden un santo ngel que nos e
nviara en tu busca, para escuchar lo que tengas que decirle.
Pedro los invit a pasar y les dio albergue aquella noche. Por la maana parti con el
los, acompaado tambin por algunos de los creyentes de Jope.<CM><CM><i>Pedro en cas
a de Cornelio<i>
Al da siguiente llegaron a Cesarea, donde Cornelio los estaba esperando junto con
un grupo de sus parientes y amigos ms ntimos, a los que l haba reunido.
En cuanto supo Cornelio que Pedro estaba entrando en la casa, sali a recibirle y,
de rodillas delante de l, se puso a adorarle.
Pedro le hizo levantar, dicindole:<CM>Levntate, pues yo soy solamente un hombre, lo
mismo que t!
Luego, hablando el uno con el otro, entraron en la sala donde los dems estaban re
unidos.
Pedro les habl, diciendo:<CM>Todos vosotros sabis que a los judos nos est prohibido
juntarnos o alternar con extranjeros; sin embargo, Dios me ha mostrado en una vi
sin que no debo considerar contaminante o impura a ninguna persona.
Por eso vine ac sin resistirme, tan pronto los enviados llegaron en busca ma. Ahor
a decidme por qu causa me habis hecho venir.
Cornelio le contest: <CM>Hace cuatro das, mientras yo oraba por la tarde, como ten
go por costumbre, se me apareci repentinamente un hombre vestido con un manto res
plandeciente,
y me dijo: "Cornelio, Dios ha escuchado tus oraciones y tiene presentes tus limo
snas.
Enva unos hombres a Jope, a buscar a Simn, que tiene por sobrenombre Pedro, el cua
l se aloja en la casa de Simn el curtidor, junto a la orilla del mar".
En seguida te mand a buscar, y has hecho bien en venir tan pronto, porque todos n
osotros estamos aqu, en presencia de Dios, ansiosos de escuchar lo que l te ha man
dado que nos digas.
Pedro comenz entonces a hablar, y les dijo:<CM>Ya veo que Dios no hace favoritism
os ni diferencias entre unos y otros,
sino que en todas las naciones se agrada de las personas que le adoran y practic
an el bien.
Slo que l envi al pueblo de Israel un mensaje para anunciar el evangelio de la paz,
la cual puede obtenerse por medio de Jesucristo, que es el Seor de todos y de to
do.
Vosotros sabis que ese mensaje ha venido difundindose por toda Judea, a partir de
Galilea y despus del bautismo predicado por Juan.
Y, sin duda, tambin sabis que Dios ungi con el Espritu Santo y dot con su propia auto
ridad a Jess de Nazaret, el cual anduvo haciendo el bien y sanando a todos los qu
e padecen bajo la opresin del diablo, porque Dios estaba con l.
Nosotros, los apstoles, somos testigos presenciales de todas las obras que Jess re
aliz en la tierra de Judea y en Jerusaln. Y all, en Jerusaln, lo condenaron a morir
en una cruz;
pero al tercer da de su muerte, Dios le volvi a la vida, e hizo que se manifestase
,
no a todo el pueblo, sino a los testigos escogidos de antemano. Esos testigos so
mos nosotros, los apstoles, que comimos y bebimos con l despus de haber resucitado
de los muertos.
Luego nos mand que ante todo el pueblo predicramos las buenas noticias de la salva
cin y diramos testimonio de que Dios le ha hecho juez de todos, tanto de los vivos
como de los muertos.
Tambin de l testifican los profetas, afirmando que cualquiera que crea en l alcanza
r por su nombre el perdn de los pecados.
Todava Pedro estaba hablando, cuando el Espritu Santo vino sobre todos los que est
aban escuchando su discurso;
y los judos que haban llegado acompaando a Pedro, estaban asombrados de que tambin s
obre los gentiles se derramase el Espritu Santo.
Lo cual era evidente, porque les oan hablar y alabar a Dios en lenguas que no con
ocan.
Pedro pregunt entonces:<CM>Quin puede negar el agua para que sean bautizadas estas
personas que ya han recibido el don del Espritu Santo lo mismo que nosotros?
En seguida mand que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Despus, Cornelio
y el resto de los presentes le pidieron a Pedro que se quedase con ellos alguno
s das ms.
La noticia de que tambin entre los gentiles se difunda el mensaje de Dios no tard e
n llegar a odos de los apstoles y de los dems hermanos de Judea.
Por eso, cuando Pedro subi a Jerusaln, los cristianos de origen judo comenzaron a d
iscutir con l, y le preguntaban:
<CM>Por qu has entrado en casa de gentiles, y hasta has comido con ellos?
Pedro comenz entonces a contarles de forma ordenada lo que haba sucedido. Les dijo
:
<CM>Un da, estando yo orando en una casa de la ciudad de Jope, entr de pronto en xt
asis y tuve una visin. Vi bajar del cielo y acercarse hacia m una especie de lienz
o grande, sujeto por las cuatro puntas.
Mir atentamente, y vi en l toda clase de animales: cuadrpedos, fieras, reptiles y a
ves del cielo.
Y o una voz que me deca: "Levntate, Pedro, mata y come!".
Repliqu: "Seor, no! Nunca he comido animales impuros, prohibidos por nuestra ley!"
Entonces la voz me dijo: "Lo que Dios ha limpiado, no lo tengas t por impuro".
Esto sucedi tres veces, y luego el lienzo y todo lo que contena fue de nuevo subid
o al cielo.
En aquel mismo instante llegaron a la casa tres hombres, enviados para invitarme
a ir con ellos a Cesarea.
El Espritu Santo me dijo que los acompaase, y que no vacilara por el hecho de trat
arse de gentiles; y conmigo fueron tambin estos seis hermanos que estn aqu. Al lleg
ar a Cesarea, nos dirigimos a la casa del hombre que haba enviado a los mensajero
s,
el cual nos cont que un ngel se le haba aparecido y le haba dicho: "Enva unos mensaje
ros a Jope, e invita a venir a tu casa a uno llamado Simn, por sobrenombre Pedro"
.
El ngel tambin le asegur que, por mis palabras, l y toda su familia seran instruidos
para alcanzar la salvacin.
Pues bien, apenas hube comenzado a hablar, el Espritu Santo se derram sobre ellos,
del mismo modo que al principio se haba derramado sobre nosotros.
Entonces me acord de lo que en una ocasin haba dicho el Seor: "Juan bautiz con agua,
pero vosotros seris bautizados con el Espritu Santo".
As pues, si Dios ha otorgado a los gentiles el mismo don que a nosotros, los que
hemos credo en el Seor Jesucristo, quin soy yo para oponerme al propsito divino?
Aquellas palabras bastaron para acallar las objeciones de los presentes, que se
pusieron a dar gloria a Dios, diciendo:<CM>Tambin a los gentiles les ha concedido
Dios la oportunidad de volverse a l para alcanzar la vida eterna!<CM><CM><i>La ig
lesia en Antioqua<i>
Por otra parte, los creyentes que a causa de la persecucin desatada tras la muert
e de Estaban haban huido de Jerusaln, se esparcieron hasta lugares como Fenicia, C
hipre y Antioqua, y a lo largo del camino fueron anunciando el mensaje de Dios, a
unque nicamente a los judos.
Sin embargo, entre aquellos hermanos haba algunos de Chipre y de Cirene que, una
vez llegados a Antioqua, se dirigieron a los griegos all residentes y les anunciar
on las buenas noticias acerca de Jess el Seor.
Y como el mismo Seor apoy sus esfuerzos, un gran nmero de aquellos gentiles se hizo
creyente y se convirti al Seor.
Cuando en la iglesia de Jerusaln se enteraron de lo que estaba ocurriendo, decidi
eron enviar a Bernab a Antioqua, para que ayudase a la predicacin del evangelio.
Al llegar all y ver cmo Dios, en su gracia, estaba actuando, se llen de alegra y exh
ort a los creyentes a poner todo el empeo de su corazn en mantenerse fieles al Seor.
Bernab era un hombre bueno, que estaba lleno del Espritu Santo y posea una fe muy f
irme. Fruto de su predicacin fue el gran nmero de personas que quedaron aadidas a l
os que seguan al Seor.
En cierta ocasin, Bernab fue tambin a Tarso, en busca de Saulo, y se lo llev a Antio
qua.
al cabo de los cuales Dios lo quit y puso en su lugar a David, de quien Dios mism
o testific diciendo: "Este David, hijo de Isa, es un hombre que me agrada y que me
obedecer en todo lo que yo disponga".
Pues bien, precisamente de la descendencia del rey David levant Dios a Jess, que h
aba de ser el Salvador que Dios mismo haba prometido a Israel.
Antes que Jess viniera, Juan el Bautista estuvo predicando a todo el pueblo de Is
rael el bautismo como signo de arrepentimiento y conversin a Dios.
Y cuando ya Juan se hallaba al final de su carrera, declar: "Pensis acaso que yo so
y el Mesas? Pues no, yo no lo soy. Pero despus de m viene uno de quien ni siquiera
soy digno de desatar las correas de su calzado".
Hermanos mos, a todos vosotros se os enva el anuncio de esta salvacin, tanto a los
que descendis del linaje de Abraham como a cualquier otro que entre vosotros reve
rencie a Dios.
Los que residan en Jerusaln, junto con sus gobernantes, fueron quienes cumplieron
la profeca cuando mataron a Jess; porque ni le reconocieron ni advirtieron que a l
se referan los profetas en sus escritos, aun cuando todos los sbados se escucha su
lectura en la sinagoga.
Sin haber hallado en l causa alguna merecedora de muerte, pidieron a Pilato que l
o hiciera matar.
Y habiendo cumplido con su muerte todas las cosas que estaban escritas acerca de
l, lo bajaron de la cruz y lo pusieron en un sepulcro.
Pero Dios lo resucit de entre los muertos,
y durante muchos das se apareci a los que le haban acompaado a Jerusaln desde Galilea
, los cuales ahora son testigos suyos presenciales, como sin cesar lo han venido
manifestando delante del pueblo.
Bernab y yo hemos venido aqu para daros a conocer la buena noticia de la promesa q
ue mucho tiempo atrs fue hecha a nuestros antepasados.
Con la resurreccin de Jess, Dios ha cumplido su promesa; y nos la ha cumplido a no
sotros, que somos descendientes de aquellos. El Salmo segundo lo manifiesta as: "
T eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy".
Y esto es lo que Dios dice acerca de que lo resucitara de entre los muertos y no
volvera a morir: "A vosotros os cumplir fielmente las promesas que le hice a David
".
Tambin en otro Salmo tenemos esta referencia: "No permitirs que tu Santo entre en
corrupcin".
Esto, por cierto, no se refera a David, porque David, despus de haber servido a su
generacin de acuerdo6 con la voluntad de Dios, muri, fue enterrado y su cuerpo se
descompuso.
No se refera a l, sino a aquel a quien Dios resucit y cuyo cuerpo no entr en corrupc
in.
Hermanos mos, sabed esto: que por medio de Jess se os anuncia el perdn de los pecad
os.
Esto es, que a todo el que cree en Jess, Dios, liberndole de toda culpa, le declar
a justo, algo que nunca pudo hacer la ley dada por Moiss.
Pero ahora estad atentos a que estas otras palabras, que tambin son profticas, no
se os apliquen a vosotros:
"Mirad, los despreciativos, <CM>asombraos y pereced, <CM>porque en vuestros das<C
M>estoy haciendo una obra <CM>que no creeris, <CM>aunque alguien os la refiera".
Cuando salieron de la sinagoga, los gentiles les rogaron que "el sbado siguiente
volvieran a hablarles de las mismas cosas.
Ellos se despidieron de los que all haban estado congregados, si bien muchos, tant
o judos como gentiles piadosos, se fueron con ellos, acompandolos por la calle; y e
llos dos, Pablo y Bernab, les hablaban instndolos a permanecer en la gracia de Dio
s.
El sbado siguiente, casi todos los que vivan en la ciudad se reunieron para escuch
ar la predicacin de la palabra de Dios.
Pero los dirigentes judos se llenaron de celos al ver juntarse tan gran gento, y e
mpezaron a rebatir hasta con insultos lo que deca Pablo.
Entonces Pablo y Bernab, hablando con valor y decisin, dijeron: <CM>Era necesario
que vosotros, los judos, recibieseis el mensaje de Dios antes que ningn otro. Pero
puesto que lo despreciis y no os tenis por dignos del don de la vida eterna, a no
sotros no nos queda otra solucin que ofrecrselo a los gentiles.
Porque nosotros hemos de cumplir lo que el Seor nos ha mandado, diciendo: "Te he
puesto como luz que ilumine a los gentiles, <CM>para que lleves la salvacin hasta
el ltimo <CM>rincn de la tierra".
Al oir esto, los gentiles se sintieron llenos de alegra y gratitud por haber podi
do escuchar el mensaje del Seor que Pablo les anunciaba; y creyeron todos los que
estaban ordenados para alcanzar la vida eterna.
La palabra del Seor comenz pronto a difundirse por toda aquella regin.
Pero un da, los judos instigaron a algunas mujeres piadosas y distinguidas, as como
a los principales de la ciudad, a promover una persecucin contra Pablo y Bernab y
a expulsarlos de all.
Entonces, habindose sacudido contra aquellos el polvo de los pies, se fueron ambo
s a Iconio.
Pero los discpulos que dejaron en Antioqua estaban llenos de gozo y del Espritu San
to.
Una vez llegados a Iconio, Pablo y Bernab se fueron juntos a la sinagoga, donde p
redicaron con tal poder de persuasin que crey un gran nmero de judos y de griegos.
Pero los judos que desdeaban el mensaje de Dios, malearon a los gentiles y crearon
en ellos un ambiente de excitacin y desconfianza contra los creyentes de recient
e conversin.
Por esta razn, Pablo y Bernab decidieron quedarse all mucho tiempo, con la confianz
a puesta en el Seor, que les concedi el don de hacer milagros y seales y acreditar
as el mensaje que predicaban con denuedo.
La opinin de la gente que viva en la ciudad se hallaba dividida: unos se pusieron
de parte de los dirigentes judos, y otros de parte de los apstoles.
Pero hubo ciertos judos, que junto con algunos gentiles y gobernantes de la ciuda
d urdieron un plan para afrentar y apedrear a los apstoles,
los cuales, al saberlo, huyeron a Listra y Derbe, ciudades de Licaonia, y a la r
egin "de su cercano entorno.
All se pusieron de nuevo a predicar el evangelio.<CM><CM><i>En Listra y Derbe<i>
En Listra haba un hombre tullido de nacimiento. Estaba forzado a permanecer senta
do, porque tena imposibilitados ambos pies y nunca haba podido andar.
El hombre prest atencin a lo que deca Pablo, quien se dio cuenta de ello y comprend
i que el enfermo tena suficiente fe para ser sanado.
Por eso le orden:<CM>Levntate! Ponte en pie! El hombre, al punto, dio un salto y ech
a andar;
y la gente, al ver lo que Pablo haba hecho, comenz a gritar en lengua licanica: <CM
>Estos son dioses venidos en forma humana!
Y se pusieron a llamar Zeus a Bernab, y Hermes a Pablo, que era quien llevaba la
palabra.
El sacerdote de Zeus, cuyo templo se encontraba en las afueras de la ciudad, se
apresur a traer toros y guirnaldas de flores, con intencin de ofrecer, junto con t
oda la muchedumbre, sacrificios delante de las puertas.
Pero al percatarse de lo que estaba ocurriendo, Bernab y Pablo se rasgaron las ro
pas, y lanzndose entre la multitud, gritaron:
<CM>Seores!, qu estis haciendo? Nosotros tambin somos hombres, lo mismo que vosotros,
que hemos venido a deciros que abandonis vuestros cultos a esos dolos que no sirve
n de nada, y que os volvis al nico Dios vivo, que es el creador de todo lo que exi
ste: los cielos, la tierra, el mar y cuanto hay en ellos.
En pocas pasadas, Dios permiti que los gentiles anduvieran segn sus propios caminos
,
aunque nunca los dej sin revelarse a s mismo de alguna manera, procurndonos cosas t
an beneficiosas como las lluvias que vienen del cielo, las ricas cosechas, la co
mida para nuestro sustento y la alegra que nos llena el corazn.
As hablaron Pablo y Bernab, pero ni con eso lograron apenas evitar que el gento les
ofreciera un sacrificio.
Por aquellos mismos das, procedentes de Antioqua y de Iconio, llegaron unos judos q
ue pusieron a la multitud en contra de los apstoles y la persuadieron a apedrear
a Pablo. As lo hicieron, y luego, creyndolo muerto, lo arrastraron hasta sacarlo d
e la ciudad.
Pero el grupo de creyentes que haba en Iconio le rode, y l, levantndose del suelo, e
ntr en la ciudad de nuevo. Al da siguiente, junto con Bernab, parti camino de Derbe.
<CM><CM><i>El regreso a Antioqua de Siria<i>
Despus de predicar el evangelio en Derbe y de haber ganado muchos discpulos, regre
saron a Listra, a Iconio y a Antioqua.
En cada una de estas ciudades fortalecieron los nimos de los creyentes, los exhor
taron a permanecer firmes en la fe y les recordaron que era necesario pasar por
muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.
Adems, en cada iglesia nombraron ancianos, a quienes, despus de haber orado y ayun
ado con ellos, encomendaron a la gua y cuidado del Seor en quien haban credo.
En su viaje de retorno pasaron otra vez por Pisidia y Panfilia,
predicaron el mensaje en Perge y despus bajaron a Atala.
Desde aqu navegaron a Antioqua de Siria, el punto de partida, donde haban sido enco
mendados a la gracia de Dios para realizar la tarea que acababan de llevar a trmi
no.
Sin prdida de tiempo reunieron a la comunidad de creyentes y les informaron de to
do lo que les haba acontecido en el viaje; les refirieron cmo Dios, valindose de el
los, haba abierto la puerta "de la fe tambin a los gentiles.
All, en Antioqua, se quedaron mucho tiempo junto a los discpulos.
Por aquel entonces, mientras Pablo y Bernab estaban en Antioqua, llegaron unos pro
cedentes de Judea, que empezaron a adoctrinar a los hermanos dicindoles que no po
dran ser salvos a menos que se circuncidasen de acuerdo con el antiguo rito mosai
co.
Como Pablo y Bernab discutieron con ellos y se les opusieron con toda energa, los
creyentes los enviaron a Jerusaln junto con varios miembros de la comunidad, para
que consultaran el asunto con los apstoles y los ancianos.
Despus de despedirse de los hermanos que les acompaaron hasta dejarlos en el camin
o que haban de seguir, los delegados iniciaron su viaje. Y como tenan que pasar po
r Fenicia y Samaria, aprovecharon la oportunidad para referir a los creyentes qu
e all vivan cmo tambin los gentiles se volvan a Dios. Al oir aquellas noticias, todos
se llenaron de alegra.
Cuando llegaron a Jerusaln fueron recibidos por la iglesia, los apstoles y los anc
ianos, y Pablo y Bernab les dieron a conocer todo lo que Dios haba hecho mediante
el trabajo por ellos realizado.
Entonces se levantaron algunos que antes de su conversin eran de la secta de los
fariseos, y dijeron:<CM>Es necesario circuncidar a los gentiles convertidos, y e
xigirles que adopten las costumbres y ritos que establece la ley de Moiss.
Ante este problema, los apstoles y los ancianos de la iglesia decidieron reunirse
aparte.
Despus de mucho hablar y discutir, Pedro se puso en pie y se expres de este modo:<
CM>Hermanos, vosotros sabis que ya hace bastante tiempo Dios me escogi para predic
ar el evangelio a los gentiles, a fin de que tambin ellos lleguen a creer.
Dios, que conoce el corazn humano, demostr que acepta a los gentiles, pues a ellos
, lo mismo que a nosotros, les dio el Espritu Santo.
Y no hizo diferencia entre ellos y nosotros, sino que tambin por medio de la fe p
urific su corazn.
As pues, pretendis acaso probar a Dios poniendo sobre el cuello de los gentiles un
yugo tan pesado que ni nuestros padres ni nosotros mismos hemos podido llevar?
Mirad, lo que nosotros creemos es que los gentiles se salvan, al igual que nosot
ros, mediante la gracia del Seor Jess.
Con esto cesaron las discusiones. Toda la gente prest atencin a Bernab y a Pablo, q
ue relataban los grandes milagros y prodigios que, por mano de ellos, Dios haba r
ealizado entre los gentiles.
Cuando Pablo y Bernab callaron, Jacobo pidi la palabra, y dijo:<CM>Hermanos, escuc
hadme.
Ya Simn os ha relatado cmo Dios visit por primer vez a los gentiles para escoger en
tre ellos un pueblo que rinda honor a su nombre.
Esto concuerda cabalmente con lo que predijeron los profetas, y as est escrito:
"Despus de esto regresar<CM>y reconstruir el tabernculo derruido de David. <CM>Resta