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Castoriadis - La Experiencia Del Movimiento Obrero II

INDICE P. 7 Nota preliminar a la edición francesa 9 Sobre el contenido del socialismo, III (1958) 69 Balance (1958) 89 Nota sobre Lukács y Rosa Luxemburg (1958) 93 Proletariado y organización, I (1959) 141 Proletariado y organización, II (1959) 185 Lo importante (1959) 189 El significado de las huelgas belgas (1961) 195 Para una nueva orientación (1962) 199 Sobre la orientación de la propaganda (1962) 215 Sobre la orientación de las actividades (1963) 227 Reemprender la revolución (1963) 271 La huelga de los mineros (1963) 277 Epílogo a «Reemprender la revolución» 287 El papel de la ideología bolchevique en el nacimiento de la burocracia (1964) 311 La suspensión de la publicación «Socialisme ou Barbarie» (1967) 317 La jerarquía de los salarios y de las rentas (1974)

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Castoriadis - La Experiencia Del Movimiento Obrero II

INDICE P. 7 Nota preliminar a la edición francesa 9 Sobre el contenido del socialismo, III (1958) 69 Balance (1958) 89 Nota sobre Lukács y Rosa Luxemburg (1958) 93 Proletariado y organización, I (1959) 141 Proletariado y organización, II (1959) 185 Lo importante (1959) 189 El significado de las huelgas belgas (1961) 195 Para una nueva orientación (1962) 199 Sobre la orientación de la propaganda (1962) 215 Sobre la orientación de las actividades (1963) 227 Reemprender la revolución (1963) 271 La huelga de los mineros (1963) 277 Epílogo a «Reemprender la revolución» 287 El papel de la ideología bolchevique en el nacimiento de la burocracia (1964) 311 La suspensión de la publicación «Socialisme ou Barbarie» (1967) 317 La jerarquía de los salarios y de las rentas (1974)

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Cornelius Castoriadis

LA EXPERIENCIA DEL
MOVIMIENTO OBRERO
Vol. 2
Proletariado y organizacin
Con todos sus artculos publicados en la
revista SOCIALISMO O BARBARIE

Cornelis
Castoriadis
LA
EXPERIENCIA
DEL
MOVIMIENTO
OBRERO 2

Proletariado y organizacin

Tusquets Editores
Barcelona

Ttulo original: Lexprience du


mouvement ouvrier 2:
Proltana et organisation

1. edicin: octubre 1979

Union Genrale dditions y Cornelius


Castoriadis, 1974
Traduccin de Reemprender la
revolucin: Enrique Escobar Traduccin
de los dems textos: Fernando Gonzlez
Corugedo v' Francisco Monge
Reservados todos los derechos de esta
edicin a favor de Tusquets Editores,
Barcelona 1979 Tusquets Editores,
Iradier, 24, Barcelona - 17
ISBN 84 - 7223 - 729 - X
ISBN 84 -7223-993-4 (de los dos
volmenes)
Depsito Legal: B. 32617 - 1979
Grficas Diamante, Zamora, 83,
Barcelona - 18

Indice

P. 7 Nota preliminar a la edicin


francesa
9 Sobre el contenido del socialismo, III
(1958)
69 Balance (1958)
89 Nota sobre Lukcs y Rosa Luxemburg
(1958)
93 Proletariado y organizacin, I (1959)
141 Proletariado y organizacin, II
(1959)
185 Lo importante (1959)
189 El significado de las huelgas belgas
(1961)
195 Para una nueva orientacin (1962)
199Sobre la orientacin de la
propaganda (1962)
215 Sobre la orientacin de las
actividades (1963)
227 Reemprender la revolucin (1963)
271 La huelga de los mineros (1963)
277 Eplogo a Reemprender la
revolucin
287 El papel de la ideologa
bolchevique en el nacimiento de la
burocracia (1964)
311 La suspensin de la publicacin
Socialisme ou Barbarie (1967)
317 La jerarqua de los salarios y de
las rentas (1974)

Nota preliminar a la edicin


francesa

Al igual que los dos volmenes


anteriores {La sociedad burocrtica 1 y
2), publicados en esta misma coleccin,
los textos de Cornelius Castoriadis estn
aqu reproducidos sin modificacin
alguna, salvo alguna correccin de
erratas, algunos lapsus calami del autor y
la nuesta al da, en algn caso de las
referencias. Las notas sealadas por
letras han sido aadidas para esta
edicin.
Para una visin de conjunto de las
ideas y de su evolucin, se ruega al
lector se remita a la Introduccin de
La sociedad burocrtica 1 (Col. Acracia
n. 8). Se designa aqu este volumen por
Vol. I.I.; se designa el tomo II de La
sociedad burocrtica (col. Acracia n. 10)
por Vol. 1.2.
A los textos citados con mayor
frecuencia corresponden las siguientes
abreviaturas:
CFP: La concentracin de las fuerzan
productivas (marzo de 1948; Vol. 1.1.,
pgs. 329-343.)
FCP: Fenomenologa de la conciencia
proletaria (marzo de 1948; Vol. 1.1,
pgs. 115-130 de la edicin francesa

10/18). (Traduccin espaola in La


experiencia del movimiento obrero 1, pgs.
89-102.)
SB: Socialismo o barbarie (S. ou
B-, 1. marzo de 1949; Vol. 1.1, pgs.
89-143.)
RPR: Las relaciones de produccin
en Rusia (S. ou B. 2, mayo de 1949;
Vol. I.I., pgs. 145-241.)
DC I y II: Sur la dynamique du
capitalisme (S. ou B. 12 y 13, agosto
de 1953 y enero de 1954.)
SIPP: Situation de Timprialisme et
perspectives du proltariat (S, ou B.
14, abril de 1954. In Capitalisme
moderne et rvolution 10/18, 1979, pgs.
379-440.)
CS I, CS II y CS III: Sur le contenu
du socialis- me (S. ou B. 17, julio de
1955, 22, julio de 1957, y
23,enero de 1958). (Traduccin espaola
de CS III en
este volumen pgs. 9-67.)
RPB: La revolucin proletaria contra
la burocracia (S. ou B. 20, diciembre
de 1956; Vol. 1.2, pgs. 213272 . )
PO
I
y
II:
Proletariado
y
organizacin (S. ou B. 27 y 28, abril
y julio de 1959). (Traduccin espaola
en este volumen, pgs. 93-183.)
MRCM I, II y III: Le mouvement
rvolutionnaire sous le capitalisme
moderne (S. ou B.) 31, 32 y 33,
diciembre 1960, abril y diciembre de
1961). (In Capitalisme moderne et
rvolution, 10/18, 1979, pgs. 47-203.)
RR: Recommencer la rvolution
(S. ou B. 35, enero de 1964).
(Traduccin espaola en este volumen,

pgs. 227-269.)
RIB:
Le
role
de
l'idologie
bolchevique dans la nais- sance de la
bureaucratie (S. ou B. 35, enero de
1964.) (Traduccin espaola en este
volumen, pgs. 287-309.)
MTR I a V: Marxisme et thorie
rvolutionnaire (S. ou B. 36 a 40,
abril 1964 a junio de 1965.)
IG: Introduccin al Vol. 1.1 (pgs.
17-19.)
HMO: La cuestin de la historia del
movimiento obrero (La experiencia del
movimiento obrero, Vol. 1, pgs. 9-87.)

St)bre
el
contenido
del
socialismo, III: La lucha de los
obreros contra la organizacin
2
de la empresa capitalista

Hemos tratado ya de demostrar


que
el socialismo no es otra cosa que la
organizacin consciente de la vida
humana en todos los terrenos, hecha por
los hombres mismos; que significa, pues,
la gestin de la produccin por los
productores, tanto a escala de empresa
como a la de la economa; que implica la
supresin de todo aparato de direccin
separado de la sociedad; que ha de
producir una modificacin profunda de la
tecnologa y del contenido mismo del
c
2 S. ou B., n. 23 (enero de
1958).
1. En CS II.

trabajo como actividad primordial de los


hombres y, conjuntamente, una alteracin
profunda de todos los valores hacia los
que se orienta, implcita o explcitamente,
la sociedad capitalista.
Tal elaboracin permite, en primer
lugar,
poner
al
descubierto
las
mistificaciones que desde hace largos
aos se han ido formando en torno a la
nocin de socialismo. Permite ante todo
comprender lo que no es el socialismo.
Proyectadas contra esa pantalla, Rusia,
China y las democracias populares
muestran
su
verdadero
rostro
de
sociedades de clase y de explotacin.
Que en ellas sean los burcratas los que
han ocupado el lugar de los patronos
privados es algo que, referido a esta
discusin concreta, resulta absolutamente
indiferente.
Pero permite mucho ms. Slo a partir
de esta nocin de socialismo se puede
entender y analizar la crisis de la
sociedad contempornea. Yendo ms all
de las esferas superficiales del mercado,
del consumo y de la poltica, podemos
ver que esa crisis est directamente enlazada con el rasgo ms profundo del
capitalismo: la alienacin del hombre en
su actividad fundamental, en la actividad
productiva. En la medida en que esa
alienacin crea un conflicto permanente a
todos los niveles y en todos los sectores
de la vida social, hay crisis de la
sociedad de explotacin. Conflicto que se
expresa bajo dos formas: como lucha de
los trabajadores contra la alienacin y sus
condiciones, y como ausencia de los
hombres de la sociedad: pasividad,
desnimo, retiro, aislamiento. En ambos

casos, a partir de un punto dado, el


conflicto lleva a la crisis declarada de la
sociedad establecida: si la lucha de los
hombres contra la alienacin alcanza una
determinada intensidad, es la revolucin.
Pero si su ausencia de la sociedad
sobrepasa un lmite dado, el sistema se
derrumba, como nos muestra claramente
la evolucin de la economa y de la
sociedad3 en Polonia durante 1955 y
1956 . La vida cotidiana de las
sociedades
modernas
se
desarrolla
oscilando entre esos dos lmites, sin
poder funcionar ms que a pesar de sus
propias normas, y siempre y cuando haya
lucha contra la alienacin y esa lucha no
sobrepase un cierto nivel; basndose pues
en una irracionalidad fundamental.
Partimos, pues, volviendo al anlisis
de la crisis del capitalismo, de una
nocin explcita del contenido del
socialismo. Nocin que es el centro
privilegiado, el punto focal que nos
permite organizar todas las perspectivas y
volver a verlo todo con una nueva
mirada. Sin ella todo se convierte en
caos, constatacin fragmentaria, relativismo ingenuo, sociologa emprica. Pero
esa nocin no es un a-priorismo. La lucha
del proletariado contra la alienacin y
sus condiciones slo puede tener lugar y
desarrollarse
mediante
formas
y
contenidos socialistas, ya sean relaciones
reales
entre
los
hombres,
ya
reivindicaciones
aspiraciones
y
programas. Por consiguiente, la nocin
positiva del socialismo no es sino el
3 V. RPR, pp. 239-248

producto
histrico
del
desarrollo
precedente, y en primer lugar, de la
actividad, las luchas y el modo de vida
del proletariado en la sociedad moderna.
Es la sistematizacin provisional de los
puntos de vista ofrecidos por la historia
del proletariado, tanto de sus gestos ms
cotidianos como de sus ms grandiosas
acciones. En un taller, los obreros se las
apaan entre ellos para poder eludir las
normas y sacar el mayor beneficio al
mismo tiempo. En Budapest se baten
contra los tanques rusos, se organizan en
Consejos y exigen la gestin de las
fbricas. En los Estados Unidos, exigen
que se paren las cadenas de produccin
dos veces al da durante un cuarto de
hora para tomar caf. En las fbricas
Biguet de Pars, se ponen en huelga la
primavera pasada para reclamar la
supresin de la mayor parte de las
categoras en que los divide la direccin.
Hace ms de un siglo, se hacan matar
gritando: Vivir trabajando o morir
combatiendo.
En
las
fbricas
socialistas de la burocracia rusa
imponen la nivelacin de salarios, de la
que se quejan amargamente en sus
discursos Krushchev y su camarilla.
Todas estas manifestaciones, la mitad de
los actos cotidianos, por decirlo en pocas
palabras, de centenares de millones de
trabajadores en todas las empresas del
mundo, expresan, en grados de desarrollo
variables y ms o menos claramente la
misma lucha por la instauracin de
nuevas relaciones entre los hombres y
con el trabajo, y solamente pueden
entenderse en funcin de la perspectiva
socialista.
Es preciso entender bien la unidad

dialtica que constituyen estos diversos


momentos:
anlisis
y
crtica
del
capitalismo, definicin positiva del
contenido del socialismo, interpretacin
de la historia del proletariado. No hay
crtica, ni incluso anlisis de la crisis del
capitalismo que sea posible fuera de una
perspectiva socialista. Una crtica as no
podra apoyarse en nada, a no ser en una
tica que veinticinco siglos de filosofa
no han logrado establecer, ni siquiera
definir. Toda crtica presupone que hay
otra cosa que es preferible siendo
posible a lo que critica. Toda crtica
del capitalismo presupone, por tanto, el
socialismo. E, inversamente, esta nocin
del socialismo no puede ser slo el revs
positivo de esa crtica; el crculo correra
entonces el riesgo de ser perfectamente
utpico. El contenido positivo del
socialismo no puede derivarse ms que
de la historia real, de la vida de la clase
que tiende a realizarla. se es su origen
ultimo. Pero esto no quiere decir que la
concepcin del socialismo sea tampoco el
reflejo pasivo e integral de la historia del
proletariado. Se asienta tambin en una
eleccin que no es sino la expresin de
una actitud poltica revolucionaria. No es
una eleccin arbitraria, porque no tiene
alter
nativa racional. El otro trmino sera
simplemente la conclusin de que la
historia no es ms que una fbula
contada por un idiota, llena de ruido y de
furia y que no significa nada, y que no
puede sino seguir sindolo. Slo en
funcin de una poltica revolucionaria,
para esa poltica, puede ser fuente y
origen la historia del proletariado. Para

cualquier otra actitud, esa historia no es


ms que fuente de estadsticas y
monografas, de cualquier cosa y en
definitiva, de nada. En resumen, ni crtica
del capitalismo, ni definicin positiva del
socialismo, ni interpretacin de la
historia del proletariado, ni poltica revoluconaria son posibles sin una teora,
fuera de ella. Los elementos socialistas
que produce constantemente el proletariado han de ser extrapolados y
generalizados para el proyecto total que
es el socialismo y sin el cual carecen de
sentido; anlisis y crtica de la sociedad
de clases deben sistematizarse, para no
verse privadas de alcance y de verdad.
Uno y otra son imposibles sin un trabajo
terico en sentido propio, sin un esfuerzo
de racionalizacin de lo simplemente
dado. Esta racionalizacin comporta
riesgos y contradicciones. En cuanto
teora, se ve obligada a partir de las
estructuras lgicas y epistemolgicas de
la cultura actual, que no son en modo
alguno formas neutras, independientes de
su contenido, sino que expresan de
manera antagnica y contradictoria
actitudes, comportamientos, visiones del
sujeto y del objeto, que tienen sus
equivalencias dialcticas en las relaciones
sociales del capitalismo. La teora
revolucionaria corre pues el riesgo
constante de caer bajo la influencia de la
ideologa dominante, bajo formas a la
vez mucho ms sutiles y profundas,
mucho ms ocultas y peligrosas, que la
influencia
ideolgica
directa
denunciada
tradicionalmente
en
el
oportunismo, por ejemplo. El marxismo
no ha escapado a esa suerte, hemos dado

ya y seguiremos dando buenos ejemplos.


Slo volviendo constantemente a las
fuentes, confrontando los resultados de la
teora con el contenido real de la vida y
de la historia del proletariado,

4Sobre el
problema
de la
remuneracin del trabajo en una
sociedad socialista: ver CS I; sobre
la naturaleza misma del trabajo y de
la reduccin de la jornada laboral
como solucin al problema de la
alienacin: CS II.

podremos
revolucionar
nuestros
mtodos
de
pensamiento
mismos,
heredados de la sociedad de clases, y
construir mediante alteraciones sucesivas
una teora socialista. Slo podemos
avanzar asimilando todos esos puntos de
vista, su unidad profunda.
Comenzamos el anlisis de la crisis del
capitalismo por el anlisis de las
contradicciones de la empresa capitalista.
Los conceptos y mtodos as adquiridos
en el terreno primordial, el de la
produccin, nos permitirn generalizar, a
continuacin,
nuestro
examen,
y
someterle las diferentes esferas sociales
y, finalmente, el todo social en cuanto
tal.

Las contradicciones de la organizacin


capitalista de la empresa
En la visin tradicional, todava hoy
ampliamente
extendida,
las
contradicciones y la irracionalidad del
capitalismo existen y se manifiestan
activamente a nivel de la economa
global, pero no afectan a la empresa
capitalista ms que de rebote. Si hacemos
abstraccin de las servidumbres que le
impone su integracin en un mercado
irracional y anrquico, la empresa es el
reino indiviso de la eficacia y la
racionalizacin
capitalistas.
La
competencia obliga al capitalismo, bajo
pena de muerte, a perseguir el mximo
resultado con el mnimo de medios; y
acaso no es se el fin mismo de la
economa,
la
definicin
de
su
racionalidad? Y para lograrlo, pone en
grado creciente a la ciencia al servicio
de la produccin, racionaliza el proceso
de
trabajo
por
medio
de
esas
encarnaciones de la razn operante que
son ingenieros y tcnicos. Ser absurdo

1 %

que esas empresas fabriquen armamento,


ser absurdo que las crisis peridicas las
hagan trabajar por debajo de su
capacidad, pero nada puede objetarse a su
organizacin. La racionalidad de esa
organizacin es la base sobre la que se
edificar la sociedad socialista, cuando
haya sido eliminada la anarqua del
mercado y se asignen a la produccin
unos fines distintos: la satisfaccin de las
necesidades y no el mximo beneficio.
Lenin adopta sin reserva alguna esta
tesis, y para el propio Marx, la cosa no
es, en el fondo, muy distinta. Es cierto
que para l la empresa no es pura
racionalizacin; ms exactamente, su
racionalizacin contiene una contra

1 %

diccin profunda. Se realiza mediante


el sometimiento del trabajo vivo al
trabajo
muerto,
significa
que
los
productos de la actividad del hombre
dominan al hambre, implica por t?nto
ui>M opresin y una mutilacin que
crecen sin cesar. Pero se uata de una
contradiccin filosfica, si se puede
decir, abstracta, en dos sentidos.
Primeramente, afecta la suerte del hombre
en la produccin, pero no la produccin
misma. La mutilacin permanente del
productor,
su
transformacin
en
fragmento de hombre no estorba a la
racionalizacin capitalista. No es sino un
reverso subjetivo. La racionalizacin es
exactamente
simtrica
de
la
deshumanizacin. Una y otra avanzan
gracias a un mismo paso. Racionalizar la
produccin significa ignorar e incluso
aplastar deliberadamente las costumbres,
los deseos, las necesidades, las tendencias
de los hombres, en tanto que todas ellas
se oponen a la lgica de la eficacia productiva, someter sin piedad cada uno de
los aspectos del trabajo a los imperativos
del resultado mximo con el mnimo de
medios. Necesariamente, pues, el hombre
se convierte en medio de ese fin que es
la produccin. De donde se deriva que
esa contradiccin sigue siendo filosfica y abstracta en un segundo
sentido: dicindolo en pocas palabras,
porque do puede hacerse nada. Situacin
que es el resultado inexorable de una
fase del desarrollo tcnico e incluso, en
definitiva, de la naturaleza misma de la
economa, del reino de la necesidad. Es
la alienacin en sentido hegeliano: el
hombre tiene que perderse primero para
poder encontrarse, y encontrarse, tras la
travesa del purgatorio, en otro plano. La
reduccin de la jornada de trabajo, que
permitir la organizacin socialista de la
sociedad, y la supresin del despilfarro
14

del mercado capitalista, harn


5 al hombre
libre, fuera de la produccin .
De hecho, como veremos, esta
contradiccin
filosfica
es
la
contradiccin real del capitalismo, y la
fuente de su crisis, en el sentido ms
pedestre y material del trmino. Tanto en
sus aspectos microscpicos como en los
gigantescos, toda la crisis del capitalismo
expresa directamente un hecho: que la
situacin y el estatuto del hombre como
productor bajo el capitalismo son
contradictorios y en definitiva absurdos.
La racionalizacin capitalista de las relaciones
de
produccin
no
es
racionalizacin sino en apa- rrencia.
Enorme pirmide de medios que ha de
encontrar su sentido en su fin ltimo; y
no obstante, ste, el aumento de la
produccin por s misma, convertida en
fin en s y separada de todo el resto, es
absolutamente irracional. La produccin
es un medio del hombre, no el hombre
un medio de la produccin. Esta
irracionalidad de su fin ltimo determina
de principio a final el proceso todo de
produccin capitalista; lo que pudiera
contener de racional en sus medios, se
convierte tambin en irracional, al
ponerse al servicio de un fin irracional. Y
adems, de esos medios, el principal es
el hombre. Hacer del hombre exclusivamente un medio de produccin
significa transformar el sujeto en objeto,
significa tratarlo como cosa en el mbito
de la produccin. De ah se desprende
una
segunda
irracionalidad,
otra
contradiccin concreta, en la medida en
que esa transformacin de los hombres
en cosas, esa reificacin, entra en
conflicto con el desarrollo mismo de la
produccin que es por otra parte la
5V. la crtica de esta concepcin en CS
II.

15

esencia del capitalismo y que no puede


producirse sin un desarrollo de los
hombres.
Pero, lo que se nos aparece as como
una contradiccin objetiva e impersonal,
no cobra su sentido histrico sino
mediante su transformacin en conflicto
humano y social. Lo que transforma esto
que podra no ser ms que una oposicin
de conceptos en una crisis que desgarra
toda la organizacin de la sociedad, es la
lucha permanente de los productores
contra su reificacin. No hay crisis del
capitalismo que resulte de unas leyes
objetivas ni de unas contradicciones
dialcticas. La hay tan slo en la medida
en que haya una rebelin de los hombres
contra las leyes establecidas. Rebelin
que, inversamente, comienza como
rebelin contra las condiciones concretas
de la produccin; el origen y, a la vez,
el modelo de la crisis general del sistema
hay que buscarlos, pues, a ese nivel.

La hora de trabajo
La contradiccin del capitalismo
aparece desde el principio en el elemento
ms simple de la relacin entre el capital
y el obrero: la hora de trabajo.
El obrero, mediante el contrato de
trabajo, vende su fuerza de trabajo a la
empresa. Pero, qu es esa fuerza de
trabajo? Qu vende el obrero? Su
tiempo? Y qu es ese tiempo? Est
claro que el obrero no vende su mera
presencia. En la poca en que los obreros
luchaban para reducir la jornada laboral
que era de doce o de catorce horas,
preguntaba Marx: qu es una jornada de
trabajo? Lo que significaba: cuntas
horas hay en una jornada de trabajo?
Pero hay una cuestin todava mucho
ms profunda: qu es una hora de
16

trabajo?, dicho de otro modo: cunto


trabajo hay en una hora? El contrato
laboral puede definir la duracin diaria
del trabajo y el salario a la hora, es
decir, lo que el capitalista debe al obrero
por una hora de trabajo. Pero, cunto
trabajo debe el obrero al capitalista en
una hora? Es algo imposible de decir. Y
sobre esa arena se edifican las relaciones
de produccin capitalistas.
En otros tiempos, el modo y ritmo del
trabajo se fijaban de forma casi
inmutable por las condiciones naturales y
las tcnicas heredadas, el hbito y la
costumbre. Hoy, las condiciones naturales
y la tcnica se alteran constantemente
con objeto de acelerar la produccin.
Pero, para el obrero, el trabajo ha
perdido todo inters que no sea el de
hacerle ganar su pan. Y se resiste, pues,
ineluctablemente, a esa aceleracin. El
contenido de una hora de trabajo, el
trabajo efectivo que ha de realizar el
obrero durante una hora se convierte as
en motivo de un conflicto permanente.
Y adems, en el universo capitalista no
hay criterio racional alguno que permita
la solucin de ese conflicto. Que el
obrero se pasee o que muera de
agotamiento sobre su mquina, no es ni
lgico ni ilgico. Solamente la
relacin de fuerzas entre obreros y
capital
puede
decidir,
en
unas
condiciones dadas, el ritmo de trabajo.
Toda solucin aplicada no representa de
hecho, pues, ms que un compromiso,
una tregua basada en la relacin de
fuerzas que se d en ese momento. La
tregua es, en su misma esencia,
provisional. La relacin de fuerzas cambia. Y aunque no cambie, se modifica la
situacin tcnica. El compromiso tan
difcilmente concertado a partir de una
maquinaria dada, un determinado tipo de
fabricacin, etc., se derrumba; en la
17

nueva situacin, las viejas normas


carecen de sentido. Y rebrota el
conflicto.
Sin embargo, tanto para superar ese
conflicto como para poder planificar la
produccin de la empresa, el capitalismo
est obligado a buscar una base
objetiva, racional, que permita
definir las normas de produccin. El
elemento esencial de tal planificacin son
los tiempos de trabajo consagrados a
cada operacin. Mientras la produccin
no est absolutamente automatizada, esos
tiempos llevan siempre, en ltimo
trmino, a tiempos humanos, es decir,
a los rendimientos efectivamente obtenidos en los casos en que el trabajo
viviente tiene intervencin. Verdad que
se enmascara frente a la mirada de los
ingenieros de produccin en la medida en
que, al no estar completamente integrada
la fbrica, el desgaste de material, por
ejemplo, les puede parecer un elemento
autnomo e irreductible de los costes.
Cosa que no es sino mera ilusin ptica
producida por el hecho de que en la
estructura actual, el ingeniero est
obligado a tomar la parte por el todo. El
coste del desgaste de material no es ms
que el trabajo de los obreros que lo
fabrican o lo reparan. No hay, por
ejemplo, clculo de velocidad ptima
de operacin de una mquina que compense el costo del trabajo del obrero que
la maneja con el costo del desgaste de
material, a no ser que se tenga en
cuenta el rendimiento efectivo de los
mecnicos.
Volveiemos
sobre
esta
cuestin ms adelante, porque es una
cuestin decisiva en cuanto atae a la
racionalidad
de
la
produccin
capitalista. Baste con subrayar ahora,
primero
que
esa
incapacidad
de
considerar el conjunto del proceso
productivo, ms all de las fronteras
18

accidentales de cada empresa especfica,


destruye de raz cualquier pretensin de
racionalidad
de
la
organizacin
capitalista, que est obligada a considerar
como datos irreductibles lo que en
realidad es parte del problema a resolver;
y segundo, que incluso a escala de
empresa individual, el conocimiento de
los rendimientos efectivos de los diferentes tipos de trabajo sigue siendo,
fatalmente, imperfecto, como veremos
ms adelante, para la direccin capitalista, y esa imperfeccin hace
imposible una planificacin racional de la
produccin.
El taylorismo, y todos los mtodos de
organizacin cientllca del trabajo que
derivan de l directa o indirectamente,
pretenden precisamente suministrar esa
base objetiva. Postulan que no hay
ms que un solo mtodo bueno (tbe
one best way) para cada operacin, y se
dedican a establecer ese mtodo bueno
nico y convertirlo en criterio del
rendimiento que ha de dar el obrero.
Este slo mtodo bueno se descubrira
descomponiendo cada operacin en una
sucesin de movimientos, cuya duracin
habra de medirse, y se escogeran los
ms econmicos entre los realizados
por distintos obreros. La
suma de estos
6
tiempos elementales
definira la duracin normal de la operacin total.
Podra decirse entonces cul es el trabajo
efectivo que contiene una hora de reloj
en cada operacin, y superar as el
conflicto sobre rendimientos. En una
situacin ideal, esto permitira incluso
6Aadiendo otros diversos factores,
como los porcentajes concedidos para
contrarrestar imprevistos, que de hecho
no pueden ser juzgados ms que de
manera emprica y arbitraria y, por tanto,
destruyen la pretendida racionalidad
del resto.
19

eliminar la vigilancia, puesto que lo que


con ella se pretende es asegurarse de
que los obreros realicen la mayor
cantidad posible de trabajo: los obreros,
pagados
proporcionalmente
a
su
rendimiento con respecto a la norma, se
vigilaran a s mismos. As se eliminara
tambin, en definitiva, una parte de los
conflictos relativos al salario, porque el
salario efectivo dependera, en adelante,
del obrero mismo.
En la realidad, el mtodo fracasa. El
taylorismo y la organizacin cientfica
del trabajo
han resuelto algunos
7
problemas , han creado muchos otros y,
en conjunto, no han permitido al
capitalismo superar su crisis cotidiana en
la produccin. El fracaso de la
racionalizacin
cientfica
obliga
constantemente al capitalismo a volver al
empirismo de la pura y simple coercin
y, por ende, a agravar el conflicto
inherente a su modo de produccin, a
aumentar su anarqua, a multiplicar su
despilfarro.
Hay, pues, para empezar, una
insuperable
distancia
entre
los
postulados de la concepcin terica y
las caractersticas esenciales de la
situacin real a la que esa concepcin
quiere imponerse. El slo mtodo
bueno no tiene relacin con la realidad
concreta de la produccin. Su definicin
7Tratamos aqu de la Organizacin
cientfica del trabajo en cuanto se aplica
a problemas de rendimiento humano.
Como ingenieros de produccin, los
tayloristas cumplieron tal vez un papel
positivo en muchsimos otros campos que
conciernen la racionalizacin material de
la produccin, y tambin, en ciertos
casos, la racionalizacin de los gestos
humanos, mediante la difusin de
mtodos ms econmicos recogidos entre
los obreros.
20

presupone
condiciones
ideales,
extremadamente
lejanas
a
las
condiciones a las que de hecho se
enfrenta el obrero: calidad de las
herramientas y de las materias primas,
flujo ininterrumpido de aprovisionamiento, etc.; en suma, eliminacin completa
de
todos
los
accidentes
que
interrumpen frecuentemente el curso de
la produccin o que
hacen surgir
8
problemas imprevistos .
Pero
sobre
todo
hay
vicios
inmanentes a ]a concepcin terica
misma. Desde el punto de vista
psicolgico, el trabajo es un esfuerzo
multiplicado por una duracin. La
duracin puede medirse; el esfuerzo, no
(implica una componente muscular, otra
de atencin, otra intelectual, etc.). Los
estudios de tiempos no pueden tener
en cuenta ms que la duracin, y para
el resto, han de atenerse a decisiones o
interpretaciones personales del agente
encargado de la medida o los clculos
empricos; lo que quita todo
valor
9
cientfico a los resultados . Pero el
8Por ejemplo: en una empresa se
produce una huelga a partir de la
reduccin en un 20 % de los tiempos
previstos en el taller de montaje. Los
delegados obreros han adelantado, entre
otros,
el
hecho
de
que
el
aprovisionamiento de piezas se hace
desordenadamente, mientras que antes las
piezas venan ordenadas y colocadas en una
carretilla; as, se producen paros frecuentes
por falta de aprovisionamiento de los
puestos de montaje, cosa que perjudica a
los obreros que cobran a destajo (J.-R.
Jouffret, Deux cas de mauvaise utilisation des tudes de temps.., en Les
relations humaines dans 1industrie,
publicado por AE.P., Pars, 1956, p.
214). Situaciones as se producen
constantemente.
9Jouffret, loe. cit., p. 212. Los tiempos
21

trabajo es algo ms que una funcin


psicolgica; es una actividad total de la
persona que lo realiza. La idea de que
exista un solo mtodo bueno para
cada operacin ignora el hecho fundamental de que
cada individuo puede tener y tiene, al
trabajar, su manera de adaptarse a la
tarea y de adaptar sta a s mismo. Lo
que a un organizador cientfico del
trabajo puede parecer un movimiento
absurdo que supone un desperdicio de
tiempo, tiene su lgica en la constitucin
psicosomtica
personal
del
obrero
concreto, lgica que le lleva a seguir su
propio buen mtodo en una operacin
dada. El obrero tiende a resolver los
problemas que le plantea su trabajo de
una manera que corresponde a su manera
de ser en general. Sus gestos no son un
juego de construccin, en el que puede
quitarse
una
pieza
cualquiera
y
sustituirla por otra mejor dejando las
dems en el mismo lugar. Un gesto
aparentemente ms racional y ms
econmico puede serle a un obrero
concreto ms difcil que la manera de
hacerlo que se ha inventado l mismo y
que, por lo tanto, expresa su adaptacin
orgnica a ese cuerpo a cuerpo con la
mquina y la materia que constituye el
proceso de trabajo. Un gesto dado se
realiza ms rpidamente porque aquel
otro se efecta en cambio ms despacio;
la pura y simple suma de los tiempos
mnimos de diferentes obreros es un
absurdo patente, pero no lo es menos la
aplicacin de una estimacin de
cadencia uniforme a todas las fases
sucesivas de una operacin realizada por
el mismo obrero. El conjunto de
movimientos de un obrero no es una
ropa que pueda sustituirse por otra. Un
ser humano no puede pasarse los dos
22

tercios de su vida despierta, realizando


gestos que le son ajenos, que no
corresponden a nada que haya dentro de
l. Colocar sobre el obrero esos gestos
racionales
no
es
simplemente
inhumano; es imposible en la prctica, e
imposible de realizar por completo.
Adems, no existe un solo mtodo
bueno ni para los gestos que los
obreros se fabrican por s mismos, ni
para
cada
obrero
tomado
individualmente;
la
experiencia
demuestra que el mismo obrero utiliza
alternativamente diversas maneras de
realizar la misma labor, aunque no sea
ms que para interrumpir la monotona

23

10

del trabajo .
La idea de que el trabajo es slo una
sucesin de movimientos elementales de
duracin mensurables, que esa duracin
es su nico aspecto significativo, no
tiene sentido a menos que se acepte este
postulado: que el obrero de la fbrica
capitalista debe de ser transformado
ntegramente en un apndice de la
mquina. Como en una mquina, se
determinan sus movimientos racionales
y los que no lo son, se conservan los
primeros y se eliminan los segundos.
Como en una mquina, el tiempo total
de la operacin no es sino la suma de
los tiempos elementales de los
movimientos en los que se puede, en
mecnica, descomponer esa operacin. El
obrero, como la mquina, no tiene ni
debe tener rasgos personales; ms
exactamente, como en la mquina, sus
rasgos
personales
se
consideran

24

11

accidentes irracionales a eliminar .


La crtica terica del taylorismo,
especialmente la que llevan a cabo
los
n
socilogos industriales modernos , con
siste esencialmente en mostrar lo absurdo
de esa va, que el hombre no es una
mquina, que Taylor era un me- canicista,
etc. Pero eso es solamente media verdad.
La verdad completa es que la realidad de
la produccin moderna, en la que viven
centenares de millones de individuos en las
empresas de todo el mundo, es precisamente ese absurdo. Visto desde este
ngulo, Taylor no invent nada; se limit a
sistematizar
y
llevar
hasta
sus
consecuencias lgicas lo que ha sido en
todos los tiempos la lgica de la
organizacin capitalista, es decir, la lgica
capitalista
de
la
organizacin.
Lo
sorprendente no es que unas ideas
mecanicistas y absurdas hayan podido
germinar en la cabeza de los idelogos o
de los organizadores de la industria. Son
ideas que no hacen otra cosa que expresar
la realidad propia del capitalismo. Lo
sorprendente es que el capitalismo casi ha
logrado transformar al hombre en la
produccin en apndice de la mquina, que
la realidad de la produccin moderna no es
sino esa empresa renovada cada da, cada
instante. Empresa que no fracasa sino en la
exacta medida en que los hombres, en la
produccin, se nieguen a ser tratados como
mquinas. Cualquier crtica del carcter
inhumano de la produccin capitalista que
no tome como punto de partida la crtica
prctica de esa inhumanidad que ejercen
los obreros en la produccin luchando
cotidianamente
contra
los
mtodos
capitalistas no es, en definitiva, ms que
literatura moralizante.

La crtica prctica de los obreros


25

La raz del fracaso de los mtodos de


organizacin cientfica del trabajo es la
resistencia encarnizada que les oponen
desde un principio los obreros. Y, naturalmente, la primera manifestacin de tal
resistencia es la lucha permanente de los
obreros contra los cronomtra
las empresas francesas aplican mtodos de
remuneracin del trabajo a destajo, basados
en estudios de los tiempos (J.-R. Jouffret,
loe. citp. 211). De hecho, como veremos,
la direccin ha respondido al fracaso del
taylorismo con ms y no menos coaccin.
Ya volveremos ms adelante sobre las
relaciones humanas.

26

dores. No hay fbrica en la que los obreros


no organicen de inmediato una asociacin
espontnea de cara a esa lucha. Los hechos
que la explicitan son poco conocidos por
razones evidentes; pero su alcance y su
universalidad se ven ms claramente en
cuanto habla un autor que conoce12 la
realidad de la fbrica desde el interior .
El primer resultado de esa resistencia es,
evidentemente, que cualquier apariencia de
justificacin objetiva de los tiempos
elementales queda destruida. El conflicto
entre obreros y direccin se transporta al
plano de la determinacin de esos tiempos.
Determinacin que presupone un cierto
grado de colaboracin de los obreros. Los
obreros se niegan. La direccin hubiera
podido renunciar si las tcnicas fueran
estables; con el tiempo, hubieran podido ir
cristalizndose poco a poco unas normas
medidos se corrigen mediante juicios de
cadencia y coeficientes de descanso que
slo pueden basarse en estimaciones de los
cronometradores.
10ste es uno de los hallazgos de las
famosas experiencias de la fbrica de
Hawthorne, llevadas a cabo en Estados
Unidos en 1924, bajo la supervisin de
Elton Mayo. ...Se ha descubierto que
cuanto ms inteligente era la obrera, mayor
era el nmero de variaciones (de los
movimientos). J. A. C. Brown, The Social
Psychology of Industry, Londres, 1956, p.
72.
11La
mensurabilidad
cientficoobjetiva del tiempo de trabajo que
pretende el taylorismo penetra hasta el
alma del obrero, cuyas propiedades
psicolgicas
estn
separadas
de
la
personalidad total y objetivadas frente a l
para ser integradas en unos sistemas
racionales especiales y sometidas a
clculo...
A
consecuencia
de
la
racionalizacin del proceso de trabajo, las
propiedades y rasgos especficos humanos
del obrero no aparecen ms que como
simples fuentes de error. G. Lukcs,
Geschichte und Klassenbewusstsein, Berln,
1923, pp. 99-100.
27

que representasen el mximo rendimiento


que se puede extraer de un obrero en unas
condiciones dadas. Pero las tcnicas
cambian constantemente; es preciso vol12.El primero en constatar la evidencia
de esa lucha fue evidentemente el propio
Taylor. Hablando de los primeros aos de
su carrera, cuando l mismo iba por las
fbricas aplicando sus mtodos, escriba:
...entonces estaba mucho ms viejo que
ahora, a causa de las preocupaciones y del
carcter srdido y despreciable de todo el
asunto. Para un hombre es horrible una
vida en la que no se puede mirar a un
obrero cualquiera a los ojos sin ver en
ellos hostilidad, en la que se tiene la
sensacin de que todos los hombres que te
rodean son enemigos potenciales. (Citado
por J. A. C. Brown, loe. cit., p. 14.) Sobre
la actitud de los obreros ante los cronometradores vase: G. Vivier, La vie en
usine, S. ou B., n 12, pp. 38 y 40;
D. Moth, Lusine et la gestin ouvrire, ib id., n. 22, pp. 90-92 (reproducido
parcialmente en Journal dun ouvrier,
Minuit, Pars, 1959); Paul Romano,
Louvrier amricain, ibid., n. 2, pp. 8485: Cuando aparecen los cronometradores,
el obrero encuentra un montn de excusas
para detener su mquina. El descenso
sistemtico del ritmo de trabajo delante de
los cronometradores es una regla universal.
Durante los estudios de tiempos, los obreros desarrollan velocidades de corte y
alimentacin inferiores a las que utilizarn
despus; adornan el trabajo con una serie
de
gestos...
que
sern
suprimidos
inmediatamente despus de la salida del
cronometrador (D. Roy, Efficiency and
The Fix, American Journal of Sociology,
noviembre de 1954, pp. 255-266).
ver a determinar las normas, y se produce
nuevamente el conflicto.
Un autor bienpensante escribe a
propsito de una empresa en la que hay
una Oficina de Mtodos para poner al
da los tiempos determinados a los
obreros:
El trabajo de puesta al da es
28

considerable; en efecto:
a) la evolucin de las tcnicas es
rpida: mejoramiento de los mtodos
y mejoramiento de la maquinaria
construida;
b) El nmero de operaciones es muy
elevado.
Las
revisiones
de
los
tiempos
determinados son muy numerosas y
debieran ser normalmente aceptadas por los
obreros. La experiencia demuestra que esto
no es as, y que se producen conflictos
numerosos, que podran acarrear huelgas
localizadas,
precisamente por estas revi12
siones .
Como
las
normas
no
pueden
consagrarse, ni tan siquiera establecerse sin
una cierta aceptacin de los obreros, y
como esta aceptacin falla, la primera
respuesta
de
los
explotadores
es
establecerlas con la colaboracin de una
minora a la que corrompen. Es la
significacin ltima del estajanovismo:
establecer una normas monstruosamente
exageradas a partir del rendimiento de
ciertos individuos a los que se concede
una situacin privilegiada, y a los que se
sita en condiciones que no guardan
relacin con las condiciones
habituales de
13
la produccin real . De ese modo se
12J--R. Jouffret, loe. cit., pp. 212-213.
La idea de que los obieros debieran
aceptar normalmente las revisiones de
tiempos
propuestas
es
tanto
ms
sorprendente por cuanto el autor mismo
muestra ms adelante que la revisin que
haba provocado el conflicto descrito
llegaba a arrebatar a los obreros al menos
un 10 % de su tiempo, y que concluye su
estudio diciendo que en la empresa en
cuestin la falta de confianza de los
obreros en los trabajos de la Oficina de
Mtodos demostr tener fundamento en
una gran medida, tras el estudio
contradictorio que sigui al conflicto.
13V. Stakhanovisme et mouchardage
dans les usines tchcoslovaques en el n.
3 de S. ou B. ( pp. 82 a 87, y la nota de

pretende un doble resultado: crear una


capa privilegiada en el seno del
proletariado que sirva a la vez de apoyo
directo de los explotadores y de disolvente
de la solidaridad obrera, precisamente en
este
terreno
de
la
resistencia
al
rendimiento; utilizar las normas as
establecidas, si no tal cual, al menos para
comprimir los tiempos determinados para
la masa de los obreros productivos. Pero el
estajanovismo no es un invento de Stalin;
su verdadero padre fue Taylor, tambin.
En su primera experiencia, en la
Bethlehem Steel Company, determin, tras
un estudio cientfico de los movimientos,
una norma cuatro veces superior a la media del rendimiento logrado hasta entonces,
y durante tres aos prob con un obrero
holands especialmente elegido que era
una norma que poda realizarse. Sin
embargo, al querer extender el sistema a
los otros setenta y cinco obreros del
equipo, y despus de haberles enseado el
mtodo racional de trabajo, se pudo
constatar que no haba ms que un obrero
de cada ocho que pudiera mantener la
norma.
A partir de entonces, el problema vuelve
a
plantearse,
porque
las
normas
establecidas a partir del rendimiento de
unos cuantos supermanes o de algunos
estajano- vistas, no pueden hacerse
extensivas al resto de los obreros. El
abandono final del estajanovismo por la
burocracia rusa es la ms evidente
declaracin del fracaso de ese mtodo.
En realidad, la verdadera respuesta de la
direccin que al mismo tiempo liquida
todas las pretensiones cientficas del
taylorismo y cierra la discusin en ese aspecto es tirar por la borda todo el
aparato racionalizados de la organizacin
cientfica del trabajo, para volver a la
imposicin arbitraria de las normas,

Ph. Guillaume: La dstakhanovisation en


Po- logne, ib id., n. 19, pp. 144-145.
30

sancionada
mediante
la
coercin.
Centenares, millares de artculos y libros
sobre la organizacin cientfica del trabajo,
sobre el estudio de los tiempos, etc.,
aparecen cada ao; cientos, miles de
individuos son formados para aplicar esos
mtodos. Puede afirmarse, esquematizando,
pero sin dejar de ser fieles a la esencia de
los hechos, que todo ello es una gigantesca
mascarada que nada tiene que ver con la
determinacin de las normas tal y como se
lleva a cabo en la realidad industrial. La
base
objetiva
de
las
normas
es
esencialmente el fraude, el espionaje y la
coaccin. Los obreros que consideran a los
cronos como policas no se refieren
solamente al contenido, sino tambin a los
mtodos de su trabajo. En las fbricas de
Renault, la determinacin de las normas se
hace con frecuencia de la siguiente
manera:
un
nuevo
cronometrador,
desconocido de los obreros, es enviado a
pasear por las naves y talleres y anotar,
pasando desapercibido, los tiempos de las
diversas operaciones (el valor de unos
tiempos as tomados es fcil de
imaginar). Gracias a esos tiempos, el
cronometrador hace un clculo la nueva
norma que va luego a discutir con el
jefe del taller considerado. La norma final
es el resultado de esa discusin. Una o
dos, semanas ms tarde se produce una
ceremonia
ritual
en
el
taller:
el
cronometrador llega para cronometrar a los
obreros, pone en marcha su aparato, se
afana, pronuncia palabras cabalsticas y,
despus, se retira. Finalmente, el resultado
que ya haba 14sido decidido de antemano,
es proclamado .
En otra fbrica, en septiembre de
1954, la Oficina de Mtodos cronometr
todas las operaciones efectuadas en el
taller de montaje; el cronometrador,
interrogado por el jefe de taller y por un
14Testimonio recogido por nosotros
entre los trabajadores de la fbrica.
31

delegado, respondi que efectuaba una


revisin de los modos operativos en
funcin de las gamas... El 29 de diciembre
de 1954, se comunicaban a los delegados
del taller unos nuevos valores que
representaban una disminucin media de
los tiempos determinados del orden del 20
%... Los obreros interesados paran su
trabajo; los argumentos que presentan sus
delegados son los siguientes:
1. Los delegados y los obreros
interesados fueron informados de manera
errnea respecto
de la finalidad del
15
cronometraje... .
Si los rganos de la direccin se ven
obligados a esconderse como ladrones en
sus propios talleres, podemos considerar
definitivamente que toda discusin sobre la
racionalizacin del rendimiento y de las
normas no es ms que charlatanera
mistificadora. Las normas no expresan, de
hecho, en tal situacin, ms que un Diktat
de la direccin, Diktat cuya aplicacin
depender de la capacidad de resistencia
de los trabajadores.
La intervencin de los sindicatos no
cambia casi nada de la situacin. La lnea
que siguen los sindicatos con

15J.-R. Jouffret, loe. cit., p. 213.


32

siste, en teora, en oponerse a toda


modificacin de las normas y cadencias de
produccin,
a
menos
que
esas
modificaciones
estn
justificadas
por
mejoras de utillaje o cambios en los
mtodos de fabricacin. En la realidad, el
utillaje y los mtodos de fabricacin son
modificados
constantemente
por
la
direccin, precisamente con el fin de
acelerar las cadencias. Vemos pues que la
actitud de los sindicatos consiste en
oponerse a las modificaciones de las
normas en todos los casos... salvo
precisamente en los casos de verdadera
importancia. Como, por otra parte, puede
juzgarse si una determinada modificacin
de la maquinaria o de los mtodos
justifica o no un cambio en las normas?
La direccin se apoya siempre en esta
imposibilidad para acortar los plazos, con
el pretexto de unas modificaciones que
son, de hecho, ficticias. Un obrero
norteamericano lo expresa as: Son
capaces de destripar una mquina para
cambiarle cualquier16 cosa con tal de poder
bajar los tiempos .

17. D. Roy, Quota Restriction and


Goldbricking in a Machine Shop,
American Journal of Sociology, marzo
de 1952, pp. 427-442. Hay que subrayar
16os tanto por semana con su mximo
esfuerzo y, claro est, tanto menos si su
esfuerzo era menos eficaz (The Engineer
tti Society, New York, 1945, p. 93).
Aadamos que el grupo de investigadores
de Mayo vivi literalmente dentro del taller
en cuestin durante cinco aos y que su
pretensin era estudiar la realidad sin
esquema terico establecido de antemano,
sin ideas preconcebidas. Esto fue lo que
les permiti encontrar en la realidad sus
ideas inconscientes (por ejemplo, que la
direccin es siempre lgica, y que si los
obreros se oponen a ella slo pueden ser
por motivos no-lgicos) e ignorar hechos
tan palmarios como los mencionados por
Mills en el texto anterior.
33

que todo el anlisis de la experiencia de


Hawthorne hecho por la escuela de Elton
Mayo, se basa en el postulado de que los
obreros de los talleres estudiados no tenan
ninguna razn racional para limitar su
rendimiento, y que haba por tanto que
encontrar motivos no-lgicos. D. Roy
seala a este respecto: John Mills, en otro
tiempo ingeniero investigador en el campo
de la telefona y empleado durante cinco
aos en un trabajo relacionado con las
cuestiones del personal en la Bell
Telephone Compa ny, ha indicado
recientemente que en la situacin del taller
de bank-wiring poda haber factores que el
grupo de Mayo no fuera capaz de detectar:
La remuneracin se supone que est en
razn directa de la produccin. Pues bien,
recuerdo la primera vez que pude superar
tal ficcin. Estaba de visita en la Western
Electric Compnay, que tena la reputacin
de no reducir nunca una tasa de trabajo a
destajo. Y en efecto, nunca lo haca; si se
descubra que un procedimiento de
fabricacin daba ms sueldo del que
pareca justo para la categora de los
trabajadores que lo realizaban si, en
otras palabras, quienes haban determinado
los tiempos haban juzgado mal esa
parte del trabajo se enviaba nuevamente a
los ingenieros para ser dibujada de ot.a
manera (rcdesigrted) y fijar una nueva tasa
para la pieza. Los obreros, en otros
trminos, eran pagados como una clase, a
la que corresponda ganar ms o me*
Una vez impuesta la norma, los
problemas estn muy lejos de haberse
resuelto. La direccin ha asegurado la
cantidad de rendimiento de los obreros,
pero no la calidad. Excepto en trabajos
muy simples, sta es una cuestin decisiva.
Apretado por unas normas difciles de
cumplir, el obrero tendr tendencia,
naturalmente, a compensarse bajando la
calidad de su trabajo. El control de calidad
de las piezas fabricadas se convierte
as en
17
fuente de nuevos conflictos . Y por otra

17Sobre los conflictos relativos al


control, vase el texto de D. Moth,
34

parte, la fabricacin se efecta con una


usura mayor o menor de la maquinaria, y
generalmente es ms fcil aumentar el
rendimiento
provocando
una
usura
anormalmente grande del utillaje. La nica
salida de la direccin estriba en establecer
nuevos controles,
y por tanto nuevos
18
conflictos .
Finalmente, el problema del rendimiento
efectivo contina enteramente sin resolver;
veremos ms adelante cmo los obreros
acaban por vaciar de contenido el sistema
de normas, e incluso volverlo en contra de
la direccin.

La realidad colectiva de la produccin y la


organizacin
individualizada de la empresa capitalista
La contradiccin del capitalismo aparece
al principio bajo una forma abstracta en el

Lusine et la gestin ouvrire, en el n.


22 de S. ou B., especialmente la p. 103.
Para llegar a ganarse la vida (es decir,
para no pasarse en los tiempos) tiene que
disfrazar una pieza, suprimir una operacin.
Es lo que se llama usualmente en la
fbrica sabotaje (G. Vi- vier, loe. cit.,
S. ou B., n. 14, p. 57). Ese disfraz o
maquillaje es el streamlining de las fbricas
norteamericanas; cf. D. Roy, en su artculo
de 1954 ya citado, p. 257. Sobre las
contradicciones, el empiricismo y la
hipertrofia de los servicios de control de
las piezas, vase A. Touraine, loe. cit., pp.
169-170. Touraine llega a la conclusin de
que al final la pesadez del control plantea
el problema de la vuelta al auto-control,
el control de la calidad de las piezas por
los propios obreros especializados que las
fabrican. Que un cambio tan minsculo en
apariencia sea imposible sin una alteracin
total de la estructura de la fbrica, de los
salarios, de las relaciones del obrero con su
trabajo, es cosa nada difcil de ver.
18Cf. D. Roy, ibid.
35

elemento molecular de la produccin: la


hora de trabajo del obrero individual. El
contenido de la hora de trabajo tiene
significados directamente contrarios para el
capital y para el obrero; para aqul, ese
significado es el rendimiento mximo, para
ste, el rendimiento que corresponde al
esfuerzo que l considera justo.
Pero, en la produccin moderna, el
obrero individual es una abstraccin. La
produccin capitalista es una produccin
colectiva en un grado desconocido por
todas las otras formas histricas de
produccin. Los trabajos de cada uno
dependen de los trabajos de los dems, no
slo en la sociedad, sino en la fbrica, en
el taller. Esta dependencia cobra formas
cada vez ms directas, al mismo tiempo
que su campo se ampla constantemente y
cubre todos los aspectos de las operaciones
productivas. No se trata solamente de que
un obrero no pueda efectuar ya una
determinada operacin sobre tal pieza si no
se le suministran piezas brutas al ritmo
deseado; tambin hace falta que se le
suministren herramientas, fuerza motriz,
servicios (reglajes, mantenimiento, etc.).
Ms todava, todos los aspectos de la
operacin
que
efecta
tienen
una
interdependencia directa con todos los
aspectos de las operaciones que la han
precedido y de las que la continuarn.
Finalmente, en la cadena de fabricacin y,
ms an, en la cadena de montaje, los
ritmos de los gestos individuales no son
ms que la materializacin de un ritmo
total ya preexistente, que los ordena y les
da sentido. El verdadero sujeto de la
produccin moderna no es el individuo
sino, en diversos escalonamien- tos, una
colectividad de obreros.
Ahora bien, esta realidad colectiva de la
produccin moderna es, a la vez,
desarrollada hasta el extremo y negada con
vehemencia, en su organizacin, por el
capitalismo. Al mismo tiempo que absorbe
36

a los individuos en empresas de tamao


siempre creciente, dedicndolos a trabajos
cuya interdependencia se hace ms estrecha
cada da, el capitalismo pretende no tener
relaciones ni querer tener relaciones ms
que con el obrero individual. Pero no
estamos ante una contradiccin de ideas,
por ms que exista y se manifieste de mil
maneras. Estamos ante una contradiccin
real. El capitalismo trata de retransformar
permanentemente a los productores en un
arenal de individuos sin lazo orgnico
alguno entre ellos, arena que la direccin
acumula en los lugares convenientes del
Mo- loch mecnico, siguiendo la lgica
que le marca. La racionalizacin
capitalista comienza por ser, y lo sigue
siendo hasta el final, una reglamentacin
minuciosa de la relacin entre el obrero
individual y la mquina o el segmento del
mecanismo total sobre el que trabaja. Lo
que, como hemos visto, deriva de la
esencia misma de la produccin capitalista.
En ella, el trabajo queda reducido a una
serie de gestos desprovistos de sentido, a
un ritmo tremendo, y durante la cual la
explotacin y alienacin del obrero tienden
a aumentar sin pausa. Este trabajo es para
los obreros un trabajo forzado, al que
oponen una resistencia individual y
colectiva. Para contrarrestar esa resistencia,
el capitalismo no dispone ms que de la
coaccin econmica y mecnica. El pago
en funcin del rendimiento realizado
pretende dar al obrero motivos que puedan
hacerle aceptar tan inhumana situacin. Es
una forma de pago que no tiene sentido
ms que referido al obrero individual,
cuyos gestos han sido descompuestos y
cronometrados, cuyo trabajo ha sido
definido, medido, controlado, etc.
Pero el mtodo entra en violento
conflicto con la realidad de la produccin
colectivizada y socializada. El capitalismo
destruye las agrupaciones sociales que
existan ya antes que l, corporaciones o
37

pueblos, disuelve los lazos orgnicos entre


el individuo y su grupo, transforma a los
productores en una masa annima de
proletarios. Pero esos proletarios agrupados
en empresas no

38

pueden vivir y coexistir ms que


socializndose de nuevo, a otro nivel y en
las nuevas condiciones creadas por la
situacin capitalista en la que estn
situados y que transforman al socializarse.
El capitalismo trata constantemente de
reducirlos, en la fbrica, a molculas
mecnicas y econmicas, de aislarlos, de
hacerlos gravitar en torno al mecanismo
total, postulando que no obedecen sino a
esa ley de Newton del universo capitalista
que es la motivacin econmica. Y, vez
tras vez, esas tentativas se rompen frente al
proceso
perpetuamente
renovado
de
socializacin de los individuos en la
produccin, proceso en el que el mismo
capitalismo se ve constantemente obligado
a apoyarse.
El primer aspecto que toma la
socializacin de los obreros es la
formacin espontnea de unidades colectivas elementales dentro del marco impuesto
por
el 19 capitalismo.
Estos
grupos
elementales
constituyen las unidades
sociales fundamentales de la empresa. El
capitalismo aglomera individuos dentro de
un
equipo
o
taller,
pretendiendo
mantenerlos aislados unos de otros y enlazarlos exclusivamente por medio de sus
reglamentos de produccin. De hecho, tan
pronto como los obreros se renen en torno
a un trabajo, se establecen relaciones
sociales entre ellos, se desarrolla una
actitud colectiva frente al trabajo, a los
vigilantes, a la direccin, a los otros
grupos de obreros. El primer contenido de
esta socializacin a nivel de grupo
elemental es que los obreros que lo
componen
tienden
a
organizar
espontneamente su cooperacin y a
resolver los problemas que les plantea el
trabajo en comn y sus relaciones con el
resto de la fbrica y la direccin. Al igual
19Los que los socilogos anglosajones
denominan grupos informales o grupos
primarios.
39

que un individuo colocado ante una labor


se organiza mitad consciente y mitad
inconscientemente para llevarla a cabo, un
grupo de obreros colocado ante una tarea
tender, a otro nivel, a organizarse, mitad
conscientemente, mitad inconscientemente,
para realizarla, para reglamentar las
relaciones entre los trabajos individuales de
sus miembros y hacer un todo que
corresponda al fin propuesto. A esta
organizacin corresponden los grupos
elementales.
Los grupos elementales de obreros
comprenden un grupo variable, pero
generalmente pequeo, de personas. Se
basan en el contacto directo permanente de
sus miembros y en la interdependencia de
sus trabajos. Los obreros de un taller
pueden formar uno o varios grupos elementales de acuerdo con las dimensiones
del taller, la naturaleza y la unidad de los
trabajos que en l se lleven a cabo, y
tambin en funcin de otros factores de
atraccin y de repulsin (personales,
ideolgicos,
etctera).
Los
grupos
elementales coinciden con frecuencia, pero
no necesariamente, con los equipos
de la
20
organizacin oficial del taller . Son los
ncleos vivos de la actividad productiva,
del mismo modo que los grupos
elementales de otro tipo son los ncleos
vivos de todas las actividades sociales en
sus diferentes niveles. Dentro de ellos se
manifiesta ya la actitud de gestin de los
obreros, su tendencia a organizarse por s
mismos para resolver los problemas que les
plantea su trabajo y sus relaciones con el
resto de la sociedad.
20Ms
adelante
veremos
que
la
divergencia
entre
la
organizacin
espontnea de los obreros y la organizacin
oficial de la fbrica es, desde un cierto
punto de vista, la expresin condensada de
todos
los
conflictos
y
todas
las
contradicciones de la empresa capitalista.

Los grupos elementales y la sociologa


industrial
El hecho de que en realidad la
produccin moderna se asiente, en una
gran parte, sobre la asociacin espontnea
de los obreros en grupos elementales, o
ms
exactamente
sobre
la
autotransformacin de las agrupaciones
fortuitas de individuos en colectividades
orgnicas, ha sido puesto al descubierto
21
por la sociologa acadmica burguesa . La
contribucin de la sociologa industrial
moderna
al
reconocimiento
de
la
importancia fundamental de ese fenmeno
y, paralelamente, a la crtica de la

21El estudio de ls grupos elementales se


remonta a Charles H. Cooley ( Human
Nature and the Social Order, 1902). Su
aplicacin a la sociologa industrial est
ligada a los trabajos de Elton Mayo y su
escuela. Vase en particular Eton Mayo,
The Social Problems of an Industrial
Civilization, Boston, 1945.
41

organizacin capitalista de las relaciones


humanas en la produccin a partir de ese
punto de vista, es decisiva, sin lugar a
dudas. Pero es una contribucin que tiene
ya un vicio de base en la ptica de
conjunto de sus autores, al igual que la
crtica de la empresa capitalista que de ah
deriva
conduce
nicamente
a
un
reformismo utpico e impotente.
La perspectiva desde la que los
socilogos industriales ven los grupos
elementales es la mayor parte de las veces
una
perspectiva
psicologista.
Los
obreros, como todos los seres humanos,
tienden a socializarse, a entrar en
relaciones recprocas, a formar bandas.
Su motivacin en el trabajo se constituye a
partir de su pertenencia a una banda y
no por consideraciones econmicas. La
moral de trabajo depende de ese
sentimiento de pertenencia, de los lazos
que unen al individuo con su grupo. El
error fundamental de la organizacin
capitalista de la produccin es ignorar esos
fenmenos. Es un error de la direccin,
desde su propio punto de vista, el cambiar
arbitrariamente a los obreros, incluir un
nuevo recluta en un equipo dado sin
preocuparse de las relaciones que podran
surgir entre l y los otros, y ms generalmente, ignorar la realidad propia del
grupo
elemental.
Ebta
negligencia
lamentable hay que atribuirla a unas
concepciones tericas equivocadas las
que Mayo {loe. cit., pgs. 34-56) resume
con el nombre de Rabble Hy- pothesis
(postulado de la horda) y que nosotros
preferimos designar, en la continuacin de
este texto, con el trmino de postulado
molecular que han predominado durante
un determinado perodo. La crtica de esta
concepcin deber llevar a los dirigentes
de la produccin a cambiar de actitud
frente al problema de las relaciones
humanas en la empresa, cosa que
permitira eliminar conflictos y gastos

innecesarios.
El carcter paternalista e idealista a la
vez de esas soluciones, su contenido
fuertemente
utpico,
su
trabajosa
ingenuidad, son evidentes. Las relaciones
entre la direccin y los obreros en la
empresa capitalista no son determinados
por las concepciones tericas de la direccin. Esas concepciones no hacen ms que
expresar en abstracto las necesidades
ineluctables ante las que se encuentra la
direccin en cuanto direccin exterior y direccin de explotacin. El postulado
molecular es un producto necesario del
capitalismo, y slo desaparecer con l.
Desde un punto de vista prctico, y en la
anarqua que caracteriza tanto la empresa
capitalista como sus relaciones con el
mercado (o con el plan), la direccin
tiene otras cosas que hacer que ocuparse
de las inclinaciones personales recprocas
de sus empleados. Como mucho, puede
crearse un nuevo servicio burocrtico
encargado de las relaciones humanas, en
el seno del aparato de direccin. Este
servicio, si toma sus funciones con
honradez y seriedad, entrar en conflicto
permanente con las exigenicas de los
directivos productivos, con lo que se
ver reducido a un papel meramente
decorativo; y si no, pondr sus tcnicas
sociolgicas
y
psicoanalticas
a
disposicin
del sistema coercitivo de la
22
fbrica .
Pero lo esencial e algo distinto. La
asociacin espontnea de los obreros en
grupos elementales no expresa la tendencia
de los individuos a formar agrupaciones en
genefal. Es, a la vez, una agrupacin de
produccin y una agrupacin de lucha. Si
los
obreros
forman
obligatoriamente
colectividades elementales que nunca sern
mencionadas en el organigrama de empresa
alguna, es porque tienen que resolver en
comn los problemas de organizacin de
22Segn seala Ph. Guillaume.
43

su trabajo, cuyos diversos aspectos se


ordenan recprocamente. Si los obreros se
asocian espontneamente, al nivel ms
elemental, para resistir, para defenderse,
para luchar, es porque su situacin dentro
de la produccin crea entre ellos una
comunidad de intereses, de actitudes y de
objetivos que se oponen irremediablemente
a los de la direccin.
Invitar a la direccin a que reconozca
los grupos23 elementales significa invitarla a
suicidarse . Porque esos grupos se
constituyen, ante todo, contra la direccin,
no solamente porque luchan para hacer
prevalecer
unos
intereses
irremediablemente opuestos a los suyos,
sino por

23A no ser, una vez ms, que eso


signifique
invitarla
a
utilizar
los
conocimientos relativos a esos grupos
para introducirse en ellos y combatirlos
mejor.
La
literatura
y
el
cine
norteamericanos contemporneos ofrecen
varios ejemplos de tal utilizacin: en la
pelcula Blackboard Jungle se disloca un
gTupo elemental desprestigiando a su
lder ante sus miembros.
44

que el fundamento mismo de su


existencia, su primer objetivo es la gestin
de su propia actividad. El grupo tiende a
organizar la actividad de sus miembros, a
definir normas de esfuerzo y de
comportamiento
que
significan
implcitamente un rechazo radical de la
existencia misma de una direccin
separada. La incapacidad de reconocer
claramente las consecuencias de tal hecho
constituye la roca contra la que se estrella
24
la sociologa de los grupos elementales .

La organizacin informal de la empresa


Ese rechazo sobrepasa adems muy
ampliamente el marco del grupo elemental.
Por un lado, los grupos tienden a ponerse
en contacto entre ellos; por otro, y ms
generalmente, se establecen contactos y
relaciones entre individuos y grupos a
travs de toda la empresa, al lado de y
frente a la organizacin oficial. Podemos
ver entonces, con la sociologa industrial
moderna, que la empresa tiene una doble
estructura y lleva, por as decir, una doble
vida. Por una parte est su organizacin formal, la que representan los organigramas,
en la que los altos dirigentes siguen las
lneas marcadas para repartir y deLnir el
trabajo de cada uno, informarse, transmitir
24Pensamos especialmente en Mayo,
pero puede decirse otro tanto de toda la
sociologa industrial. As, J. A. C. Brown,
en su excelente sntesis de la sociologa
industrial ya citada, insiste fuertemente en
las crticas formuladas a este respecto
contra Mayo por varios autores, y subraya
que los grupos elementales tienen su propia
lgica, en nada inferior a la lgica de la
direccin, aunque sea incapaz de salir de la
contradiccin que entonces constata. Como
es natural, puesto que la nica salida es la
prolongacin
lgica
de
los
grupos
elementales en la idea de la gestin obrera,
idea evidentemente anticientfica para un
socilogo.
45

rdenes o imputar responsabilidades. Y a


esta organizacin formal se opone en la
realidad la organizacin informal, que
efectan y practican los individuos y
grupos a todos los niveles de la pirmide
jerrquica segn las necesidades de su
trabajo, los imperativos de la eficacia
productiva, las necesidades
de la lucha
2
contra la explotacin . Correlativamente,
hay adems lo que se podra denominar
proceso de produccin formal y proceso de
produccin real. El primero comprende lo
que debiera de suceder en la empresa segn
los planes, esquemas, reglamentos, mtodos
de transmisin, etc., establecidos por la
direccin. El segundo es el que tiene lugar
efectivamente, y con frecuencia tiene muy
poco que ver con el primero.

El
fracaso
de
la
organizacin
individualista del capitalismo va pues
mucho ms all del grupo elemental. La
cooperacin tiende a efectuarse en contra
de esa organizacin. Pero, lo que es ms
importante, esa oposicin no es la
oposicin entre la teora y la prctica,
entre unos bonitos esquemas sobre un
papel y la realidad. Tiene un contenido
social y un contenido de lucha. La
organizacin formal de la fbrica coincide
de hecho con la organizacin del aparato
burocrtico de direccin. Sus nudos, sus
articulaciones, son los de ese aparato.
Porque, en el esquema oficial de la
empresa, toda la empresa est contenida
en su aparato de direccin; las personas no
existen sino como las provincias del poder
de los responsables. Empezando por la
cumbre de la direccin propiamente
dicha
(presidente
del
consejo
de
administracin
en
las
empresas
occidentales, director de la fbrica en
Rusia), y pasando por las oficinas y
servicios tcnicos, el aparato burocrtico de
direccin conduce hasta los jefes de taller,
los capataces y los jefes de equipo.
46

Encuadra formalmente a la totalidad de los


ejecutantes, que en el esquema oficial son
solamente unos puntitos en torno a cada
capataz o jefe de equipo. El aparato de
direccin pretende ser la nica organizacin de la empresa, la nica fuente del
orden y de todo orden. De hecho, crea
tanto desorden como orden, y ms
conflictos de los que tiene capacidad para
resolver. Frente a l, la organizacin
informal de la empresa comprende los
grupos elementales de obreros, diversos
modos de enlace transversal entre stos,
asociaciones anlogas entre individuos del
aparato de direccin, y muchos individuos
aislados en los varios niveles que no
tienen, en ltimo extremo, ms relaciones
entre ellos que las que les supone el
sistema oficial. Pero las dos organizaciones
son incompletas. La organizacin formal
est minada por abajo, nunca consigue
encuadrar efectivamente a la inmensa masa
de ejecutantes. La organizacin informal
queda sin terminar por arriba; fuera de los
grupos elementales de ejecutantes, no
comprende en realidad a los individuos que
pertenecen formalmente al aparato de
direccin ms que a partir del momento en
que la extensin enorme de s% la
divisin profunda del trabajo y la colectivizacin ^ue la acompaa y, finalmente, la
transformacin del trabajo de los escalones
inferiores del aparato de direccn en un
trabajo de ejecutantes de otro tipo, crean
una categora de ejecutantes dentro del
propio aparato
directivo, en la lucha contra
25
la cumbre .
La organizacin formal no es pues una
fachada; coincide, en su realidad, con las
capas dirigentes. La organizacin informal

25Tambin existe, naturalmente, una


organizacin informal en los escalones
superiores del aparato de direccin, pero,
como veremos ms adelante, obedece a una
lgica distinta que la organizacin informal
de los ejecutantes.

no es una excrecencia que aparece en los


vacos de la organizacin formal; tiende a
representar otro modo de funcionamiento
de la empresa, centrado en la situacin real
de los ejecutantes. El sentido, la dinmica,
la perspectiva de las dos organizaciones
son completamente opuestos, opuestos en
un terreno social que coincide finalmente
con el de la lucha entre dirigentes y
ejecutantes.
Porque no cabe duda que hay una lucha
permanente entre ambos modos de
organizacin, que se identifican con los
polos sociales de la empresa, y que
cosa que los socilogos industriales olvidan
con demasiada frecuencia tienden a
criticar el esquema formal, por absurdo. La
situacin es aqu anloga a la que hemos
examinado a propsito del taylorismo, y
las insuficienicas de una crtica puramente
terica son tambin las mismas. El aparato
de direccin lucha constantemente para
imponer su esquema de organizacin; lo
absurdo de ste no es un absurdo terico,
sino la realidad del capitalismo. Lo sorprendante no es el absurdo terico del
esquema, sino el hecho de que el
capitalismo casi logre transformar a los
hombres en puntos de un organigrama. Si
fracasa, es solamente en la medida exacta
en que los hombres luchan contra esa
transformacin.
La lucha comienza a nivel de grupo
elemental, pero se extiende a travs de
toda la empresa por las necesidades mismas
de la produccin y de la defensa contra la
direccin, y abarca finalmente a toda la
masa de ejecutantes. Esta extensin se
cimenta en varios momentos sucesivos. La
posicin de cada grupo elemental es esencialmente idntica a la de los otros; cada
uno de ellos est fatalmente abocado 26a
cooperar con el resto de la empresa ;
26V. la descripcin de esta cooperacin
en el texto ya citado de D. Moth, as
como en los largos extractos de D. Roy
48

finalmente, tienden todos a fusionarse en


una clase, la clase de los ejecutantes,
definida por una comunidad de situacin,
de funcin, de intereses, de actitud, de
mentalidad. Ahora bien, esta perspectiva de
la clase es rechazada por la sociologa
industrial en el fondo, aunque la acepte de
palabra. Habla de los grupos elementales
como de un fenmeno universal pero, aunque los compare, se niega a unificarlos.
Hace, sin embargo, algo ms que unirlos,
puesto que ve en ellos tanto la materia
como el principio de la organizacin
informal de la empresa; pero mantiene
separados esos dos momentos, la identidad
de los grupos elementales a travs de la
empresa y su cooperacin, y no se
pregunta por qu se produce el paso de
uno a otro. Es as incapaz de ver la
polarizacin de la empresa en dirigentes y
ejecutantes, y la lucha en que se enfrentan,
y tanto ms cuanto incluye en la
organizacin informal unos fenmenos de
significacin radicalmente distinta, como la
tendencia a la organizacin propia de los
ejecutantes y la formacin de camarillas y
clanes en el seno de la burocracia dirigente. Este rechazo a situar efectivamente
los problemas de la empresa en una
perspectiva de clases clases cuyo
proceso vivo de formacin es el anlisis de
la empresa el que mejor lo deja ver la
hace perderse en la abstraccin terica y,
al mismo tiempo, en unas soluciones

que damos ms adelante.


49

prcticas cuyo utopismo descansa


precisamente en la supresin imaginaria de
la realidad de las clases.
Es necesario aadir que el marxismo ha
cado tambin en una abstraccin casi
simtrica de la precedente, en la medida en
que se ha limitado a introducir de inmediato el concepto de clase y a oponer
directamente proletariado y capitalismo,
olvidndose de las articulaciones esenciales
ci la empresa y de los grupos humanos en
ella. Esto le ha impedido la visin del
proceso vivo de formacin, de autocreacin
de la clase proletaria como resultado de la
lucha permanente en el seno de la produccin; de enlazar ese proceso con los
problemas
de
la
organizacin
del
proletariado en la sociedad capitalista; y,
finalmente, en la medida en que el
contenido primero de esa lucha es la
tendencia de los trabajadores a dirigir su
prcpio trabajo, a situar a la gestin obrera
como el elemento central del programa
socialista y a extraer de ello todas las
implicaciones. Al concepto abstracto de
proletariado corresponde el concepto
abstracto
de
socialismo
como
nacionalizacin y planificacin, cuyo nico
contenido concreto es finalmente la
dictadura totalitaria de los representantes
de la abstraccin, del partido burocrtico.

Las contradicciones propias del aparato


burocrtico de
direccin
La organizacin capitalista de la
produccin est obligada a proseguir hasta
el infinito el fraccionamiento de las labores
productivas y la atomizacin de los
productores, si quiere lograr sus fines. El
proceso se salda, en cuanto a los resultados
pretendidos someter completamente a
los hombres, con un semi-fracaso, y
lleva a un enorme despilfarro. Pero, al
-20

mismo tiempo, hace surgir con extrema


agudeza un segundo problema: el problema
de la recomposicin en un todo de las
operaciones productivas. Los trabajos
individuales,
supuestamente
definidos,
medidos, controlados, etc., deben ser nuevamente integrados en un conjunto, fuera
del cual no tienen sentido. Ahora bien, esta
reintegracin no puede hacerse en la
fbrica capitalista ms que en la misma
instancia y siguiendo los mismos mtodos
que la descomposicin que la precedi:
mediante un aparato de direccin separado
de los productores, que tiende a someterlos
a las exigencias del capital y los trata, en
ese sentido, como cosas, como fragmentos
del universo mecnico comparables a los
otros.
Lgica
y
tcnicamente,
la
reintegracin no es sino la otra cara de la
descomposicin, ninguna de ellas puede
efectuarse ni tener sentido sin la otra.
Econmica y socialmente, la realizacin de
los fines perseguidos en la descomposicin
es imposible si tales fines no dominan
tambin el proceso de reintegracin: el
terreno ganado a los productores en la fase
de descomposicin no podra serles
devueltos durante la fase de reintegracin
sin poner nuevamente en cuestin la
estructura 27misma de las relaciones de
explotacin .
En consecuencia, el aparato de direccin
intentar resolver el problema de la
reintegracin de los trabajos por s mismo,
negando, por tanto, en el fondo el carcter
colectivo de la produccin que se haba
visto obligado a admitir en la forma. Para
el aparato de direccin, la colectividad de
los obreros no es una colectividad, sino
una coleccin. Su trabajo no es un proceso
social en el que cada parte es
constantemente interdependiente de las
27Evidentemente, no se trata de fases
separadas en el tiempo, sino de aspectos
simultneos, de momentos lgicos del
proceso de organizacin de la produccin.

otras y del todo, v en el que cada


momento
contiene
perpetuamente
el
germen de la novedad; es una suma de
partes que alguien exterior a ella puede
descomponer y recomponer a voluntad,
como un rompecabezas, y que no puede
cambiar en tanto en cuanto no se
introduzca en ella otra cosa. Porque slo
en ese caso el puesto de control de la
actividad colectiva podra impunemente
trasladarse al exterior de dicha actividad.
Slo con esa condicin podra volver a
encontrarse formando un todo exactamente
lo que se puso en las partes, sin prdidas
ni excrecencias.
El aparato de direccin est, as,
obligado a cargar l mismo con todo.
Todos los actos productivos deben, en
teora, estar doblados idealmente y a priori
dentro del aparato burocrtico, todo lo que
supone una decisin debe ser efectuada de
antemano o a posteriori fuera de la
operacin productiva misma. La ejecucin
ha de con

-20

vertirse
en
ejecucin
pura
y,
simtricamente,
la
direccin
debe
convertirse en direccin absoluta y
perfecta. Es cierto que una situacin as no
puede tener realidad jams pero, sin
embargo, la actividad organizadora del
aparato de direccin est dominada por la
consecucin necesaria de esa quimera, lo
que
le
sita
ante
contradicciones
insolubles.
En primer lugar, el concepto mismo de
una direccin separada perfecta es un
concepto contradictorio. Una direccin
separada perfecta solamente es posible si
su polo complementario, una ejecucin
separada perfecta lo es tambin. Pero, una
ejecucin
separada
perfecta
es
un
sinsentido. La ejecucin, por cuanto es una
actividad humana por cuanto es una
actividad que no puede ser confiada a un
conjunto mecnico automtico comporta
necesariamente un elemento de autodireccin, no es ni puede ser nunca una
pura y simple ejecucin. El hombre no es
ni puede ser un ejecutante separado
perfecto; y la mera tentativa de convertirlo
en elio crea una situacin y unas
reacciones que producen el resultado contrario. La situacin, porque la supresin de
las facultades y capacidades de autodireccin, que son indispensables para el
trabajo
de
ejecucin,
le
hacen
precisamente
un
mal
ejecutante.
Reacciones, porque el hombre tiende
siempre de una u otra manera a asumir la
direccin de su propia actividad y se rebela
contra la expropiacin de esa direccin a la
que est sometido. Durante las etapas
histricas que precedieron al capitalismo,
esa contradiccin se mantiene como una
contradiccin abstracta y en potencia,
esencialmente porque la forma y el
contenido de las actividades productivas
estn fijadas de una vez por todas. Pero la
perpetua modificacin de la produccin
capitalista
la
obliga
a
acudir
41

constantemente, para poder funcionar, a las


facultades humanas de los ejecutantes. La
contradiccin se hace de este modo una
contradiccin activa y efectiva, dado que el
funcionamiento del rgimen la lleva a
afirmar simultneamente sus dos trminos:
el obrero debe limitarse a la pura y simple
ejecucin de las tareas que se le han
prescrito, y el obrero debe realizar el
resultado previsto sean cuales sean las
condiciones y medios reales y su distancia
de las condiciones y medios tericos.
Esa distancia es inevitable. La direccin
separada perfecta no se concibe sino como
organismo que promulga un plan perfecto,
que, evidentemente, no puede tener
existencia. Un plan perfecto tal implicara,
por parte de la direccin, previsin absoluta
e informacin exhaustiva, ambas imposibles
en s, y doblemente imposibles para una
direccin separada, triplemente imposible
para una direccin que es direccin de la
explotacin de los pro- ductoies. Sin duda,
la industria moderna tiende a racionalizar
el conjunto de condiciones, medios y
objetos
de
la
produccin,
y
esa
racionalizacin se presenta como una
eliminacin del azar, de lo imprevisible,
como
la
creacin
de
condiciones
estandarizadas para el conjunto del proceso
productivo. En condiciones as, debiera de
ser posible, tras un perodo de tanteamiento
y de aproximaciones sucesivas, llegar a una
fase de descanso en la que la produccin
podra por fin desarrollarse segn el plan.
Pero ello implicara que, a partir de ese
momento,
condiciones,
mtodos,
instrumentos, objetos de la produccin
quedasen fijados de modo inalterable. Pero
la esencia misma de la industria moderna
es la modificacin permanente. A gran
escala, tan pronto como una etapa tcnica
llega a cierta saturacin, ya se anuncia a
bombo y platillo una nueva etapa. A
pequea
escala
pero
igualmente
importante en la realidad cotidiana de la
42

fbrica, la saturacin no se produce


nunca;
se
introducen
constantemente
pequeas
modificaciones
en
los
materiales, en las mquinas, en los objetos
fabricados, en la disposicin de hombres y
mquinas (modificaciones que expresan
precisamente el proceso de racionalizacin). De esta forma, el plan tiene que
ser incesary- temente modificado y nunca
tiene tiempo de adaptarse perfectamente al
desarrollo de la produccin.
Por otra parte, la estandardizacin
sigue siendo una norma ideal que nunca
llega a realizarse, de un lado por razones
sociales y de otro por razones naturales.
Todo lo que se utiliza en una etapa
cualquiera del proceso productivo es ya el
resultado
de
un
trabajo
industrial
precedente. Y ese resultado, ese producto
se trate de materia prima o de alguna
pieza suelta debe, en teora, ajustarse a
una definicin rigurosa, a unas especificaciones precisas de tamao, de forma, de
calidad, etctera, dentro de unos mrgenes
de tolerancia dados. Basta con que uno
cualquiera de sus componentes materiales c
ideales no corresponda en la realidad a su
definicin terica para que el plan no
pueda ya seguir aplicndose tal cual; no es
que esto vaya a significar el derrumbamiento de la produccin, ni siquiera que
los daos sean necesariamente importantes,
pero s implica que solamente la
intervencin viva de los hombres puede
suplir a una directriz caduca desde ese
momento, y realizar sobre la marcha una
adaptacin de los medios disponibles,
distintos a los medios tericos, y del fin
pretendido.
El hecho de que todos los componentes
de un trabajo cualquiera sean el resultado
de un trabajo anterior significa que desde
el momento en que los resultados efectivos
del trabajo en una etapa determinada se
separan de los resultados tericos, la
separacin repercute de uno u otro modo
43

sobre las etapas ulteriores de fabricacin.


Ahora bien, ese tipo de separaciones son
absolutamente ineludibles en la produccin
capitalista, no solamente porque al
ejecutante explotado no le interesa el
resultado de su trabajo y, por lo tanto,
presenta
con
frecuencia
resultados
maquillados (desarrollando paralelamente
toda una gama de medios de lucha contra
el control de la fbrica), sino tambin
porque el ejecutante parcial no sabe ni debe
por definicin saber lo que es importante y
lo que no lo es dentro de lo que hace. El
conjunto de especificaciones que le fijan
sus directrices de produccin le resultan
como si todas ellas fueran de la misma
importancia
(con
los
mrgenes
de
tolerancia admitidos). Pero de hecho no lo
son, ni en trminos absolutos ni desde el
punto de vista de la posibilidad de
recuperar fcilmente tal o cual separacin
de la norma en una etapa posterior de la
produccin. En la medida en que el
ejecutante, agobiado por los plazos, no
puede cumplir todas las normas a la vez,
ir fallando en algunas de ellas, al azar. El
servicio de planificacin, por su parte, no
puede establecer la jerarqua entre aquellas
normas verdaderamente importantes y las
que no lo son: por una parte porque l
mismo no las conoce, ya que esa jerarqua
resulta de la prctica industrial de las operaciones, de la que, por definicin, est
separado; por otra parte, su papel es
presentar todas las directrices como si
fueran
igualmente
y
absolutamente
importantes. As, los mtodos de direccin
separada conducen a su propio fracaso
porque hacen imposible una
28 ejecucin inteligente de sus directrices .
28V. a este respecto los largos
desarrollos de D. Mo- th en el artculo ya
citado; tambin los de G. Vivier (S. ou
B. , n. 12, pp. 46-47; n. 14, pp. 5657), y de Paul Romano ( ibidem, n. 2, pp.
89-91).
44

Paralelamente, hay siempre un elemento


de imprevi- sibilidad natuial, incluso en
las condiciones de la gran industria
moderna. Hasta los materiales fabricados
en las mejores condiciones posibles
presentan especificidades imprevistas que
es preciso compensar de modo igualmente
imprevisto durante su ejecucin. Hasta las
calculadoras electrnicas, fabricadas no ya
en condiciones industriales sino en
condiciones de laboratorio, se desmandan
y
29
enloquecen por razones desconocidas . Lo
que sucede es que la industria moderna
significa, en cada una de sus etapas, una
tensin extrema de la explotacin de las
posibilidades del conocimiento y de la
materia, que tiende a trabajar siempre al
lmite de lo conocido y de lo factible. Y
este continuo desplazamiento de sus
fronteras significa que nunca puede
instalarse en una regin cuya exploracin
haya sido completada. Tan pronto como se
abre un territorio, hay que explotarlo y
hacerlo de inmediato en las condiciones de
la produccin en masa. Los medios crecen
a velocidad vertiginosa, pero tambin
lo hacen objetivos y exigencias. Los
instrumentos se hacen cada vez ms finos
y
precisos,
pero
las
tolerancias,
paraleamente, se van haciendo cada vez
ms estrechas. En otros tiempos, lo
imprevisto,
lo
irracional,
el
accidente, eran un defecto en el acero;
hoy,
pueden
ser
unas
nfimas
irregularidades en la composicin qumica
de las molculas. Lo que disminuye no es
el grado de resistencia al hombre de la
materia, sino que la lnea sobre la que se
hace efectiva esa resistencia se desplaza,
de tal suerte que la separacin entre la
teora y la realidad no puede colmarse
siempre ms que con la prctica, en tanto
que intervencin, racional y concreta a la
vez, del hombre. Pero esa prctica misma
29Cf. Norbert Wiener, Cybernetics, New
York y Pars, 1948, pp. 172-173.
45

se sita constantemente a un nivel ms


elevado, y supone la puesta en accin de
capacidades ms y ms desarrolladas del
indi-

46

vmuo, absolutamente incompatibles con el


papel de simple ejecutante.
Todas estas razones hacen que la
realidad de la pro- duccir se separe
siempre, de manera ms o menos apreciable, del plan y las directrices de
produccin, y que esa separacin slo
puede remediarse con la prctica, la
inventiva, la creatividad de la masa de
ejecutantes. Cada vez que se introduce un
nuevo mtodo de fabricacin o se va a
fabricar un nuevo modelo del producto,
sobre los que oficinas e ingenieros de la
fbrica han pasado muchas veces varios
aos en trabajos preparatorios y de puesta
a punto, pasarn semanas o meses hasta
que la produccin comience a desarrollarse
de modo medianamente satisfactorio. Los
ususarios de automviles saben que cuando
una fbrica lanza un modelo nuevo, los
coches que salen durante los primeros
meses
tienen casi siempre defectos serios
32
. Y, sin embargo, el prototipo se haba
venido probando durante aos, lo haban
hecho
32. Tras cada cambio de modelo, los
capataces
recorren
la
fbrica
frenticamente, intentando hacer que planes
y mquinas funcionen normalmente como
se haba estudiado en las oficinas durante
meses. En esos momentos, el capataz es el
amo, pone a los obreros donde le parece,
rompe grupos anteriores, afirma su
autoridad. Es el momento de mayor
desorganizacin en la fbrica. Precisamente
por esa razn, pocos obreros de Detroit
comprarn un coche nuevo inmediatamente
despus del cambio de modelo. Es una
tontera que dejan para la gente que no
trabaja en fbricas y que por lo tanto no
sabe. Slo cuando los obreros consiguen
restablecer un cierto orden en la
produccin puede sta desarrollarse sin
trastornos. El capataz se ha encargado de
un grupo de obreros y le han dicho lo que
tiene que hacerles hacer. La organizacin

que efecta es siempre mala. La cadena va


demasiado deprisa o hay un solo hombre
donde debiera de haber dos. Los obreros se
lo explican, pero l tiene rdenes y no
puede hacer modificaciones de acuerdo con
la opinin de los obreros. Los hombres
estn por tanto obligados a tomar por su
cuenta la situacin. Se despreocupan del
trabajo hasta el momento en que haya de
pararse la cadena. Por fin, y despus de
que esa situacin haya durado un cierto
tiempo, la direccin ha aprendido, la
produccin se ajusta y los coches
fabricados
pueden
comprarse
con
garantas (The American Civilisation, texto
a multicopista producido por el grupo
norteamericano Correspondence, de Detroit,
p. 47).
rodar por el Sahara y por Groenlandia, etc.
Pero el plazo que tJanscurre entre el inicio
de la nueva fabricacin y la salida de
ejemplares ms o menos satisfactorios es el
plazo necesario para que el conjunto de la
masa de ejecutantes de la fbrica concrete
las directrices iniciales de fabricacin en la
prctica de las condiciones reales de
trabajo, para que se colmen las lagunas del
plan de produccin, para resolver los
problemas que no se haban previsto, para
adaptar la fabricacin a su defensa contra
la explotacin (por ejemplo, arreglrselas
con las cotas de piezas), etc. Se logra as,
hasta
que
intervenga
una
nueva
modificacin, un estado de equilibrio entre
el plan de produccin, el estado real de la
fbrica desde el punto de vista de las
posibilidades de fabricacin y la lucha de
los obreros contra la explotacin.
La
direccin,
naturalmente,
es
consciente, en general, de esas distancias
entre el plan de produccin y la realidad
de la fbrica y, en principio, es ella misma
quien ha de suprimirlas. En la prctica esto
es algo evidentemente irrealizable: si cada
vez que algo no va como debiera fuera
necesario pararlo todo y pedir instrucciones
por va jerrquica, la fbrica slo podra
48

llevar a cabo una pequea parte de sus


objetivos de produccin. Digamos de paso
que la tolerancia de hecho a la que la
direcc n se ve reducida ante las iniciativas
indispensables de los ejecutantes, no hace
ms fcil el papel de stos. El aparato de
direccin est, al mismo tiempo, celoso de
sus prerrogativas y temeroso ante sus
responsabilidades; evitar siempre que le
sea posible zanjar una cuestin a menos
que se vea cubierto, pero reprochar con
dureza a sus inferiores que la hayan
solucionado ellos mismos. Si la iniciativa
tiene xito, se limitar a gruir un poco, y
tratar por todos los medios de
30 atribuirse el
mtodo; si fracasa, castigar . La actitud
ideal para el ejecutante es tomar las
iniciativas autnticamente eficaces, y
aparentar que sigue en todo las directrices
oficiales, cosa no siempre fcil. As, la
fbrica llega a constituir, en zonas, un
mundo doble en el que los hombres simulan hacer una cosa determinada mientras
estn haciendo otra.
Tanto la previsin necesaria para la
planificacin
como
la
readaptacin
permanente del plan a una realidad que
evoluciona constantemente, plantean el
problema de la informacin en torno al
desarrollo de la produccin. Es un
problema que se convierte rpidamente en
insoluble para un aparato burocrtico de
direccin. La fuente ltima de toda
informacin son los ejecutantes, enzarzados
constantemente en la batalla de la produccin. Pero, claro, stos no colaboran; no
slo no informan necesariamente a la
direccin sobre la situacin, sino que muy
a menudo llegan a conspirar tcitamente
para ocultrsela. El aparato de direccin no
puede responder a esto ms que creando
rganos especiales de informacin, que
tropiezan rpidamente con la misma
dificultad, dado que han de extraer su
informacin original fuera de ellos mismos.
30V. D. Moth, loe. cit.f p, 88.
49

La conspiracin en torno a la informacin


no se limita, por otra parte, a los
ejecutantes; el aparato de direccin mismo
participa en ella, y un aspecto esencial de
la actividad de sus miembros consiste en
enmascarar los resultados de su propia
actividad o de la actividad del sector que
tienen a su cargo. Su suerte, la suelte de
31
su clan o de su servicio dependen de ello .
Pero la informacin no es simplemente
la recoleccin de hechos. Supone ya su
eleccin, pero es tambin, y mucho ms, su
elaboracin, la liberacin de las relaciones
y perspectivas que los enlazan. Esto es
imposible fuera de un cuadro conceptual,
de un conjunto de ideas organizadas, por
tanto, de una teora (incluso aunque sea
una teora inconsciente). Por consiguiente,
toda informacin de la que puede disponer
el aparato de direccin est v.ciada desde
la raz por su teora de la sociedad, o de la
realidad industrial. Es algo que se muestra
claramente tan pronto como se considera el
aparato burocrtico que dirige la sociedad
entera, el Estado o el partido burocrtico.
Dirigir la sociedad presupone conocerla,
conocer la sociedad significa tener una
concepcin terica adecuada de ella. Pero
los dirigentes actuales no pueden tratar de
captar la realidad social ms que
sometindola a unos esquemas absurdos. Al
igual que sus idelogos, lo mismo
proyectan el funcionamiento de la sociedad
so

31Vol. 1.2., pp. 221-223 (Tusquets


Editores).
50

bre el de un modelo mecnico, que,


asqueados por el fracaso de tan absurda
asimilacin,
se
refugian
en
el
irracionalismo, el papel de los accidentes,
lo arbitrario. Volveremos a encontrarnos
ms adelante con estos problemas. Pero las
mismas cuestiones y las mismas imposibilidades se presentan ante el aparato
dirigente de la empresa. La realidad que
dice conocer es la realidad de la
produccin. Realidad que es en primer y
ltimo lugar una realidad humana. Los
hechos ms importantes son los que
conciernen a la situacin, la actividad y la
suerte de los hombres en la produccin.
Hechos que son evidentemente imposibles
de conocer desde el exterior.
Yde los que, por lo dems, la direccin se
preocupa muy poco. Pero, en la medida en
que est obligada a preocuparse, no puede
hacerlo de otra manera que considerndolos
como hechos exteriores, transformndolos
en
observables
mecnicamente,
en
definitiva,
destruyendo
su
naturaleza
misma. Por consiguiente, para la direccin,
el obrero o no existe o existe como un
mero sistema de nervios y de msculos
que tiene capacidad de efectuar una
cantidad concreta de gestos, cantidad que
puede aumentarse proporcionalmente al
dinero que se le ofrezca. Esta visin
rigurosamente imaginaria del obrero es la
base del conocimiento de la realidad de
la produccin que posee la direccin. As,
en la propia visin del dirigente va
incluida, por construccin, la negacin de
la realidad propia del objeto que pretende
ver. Y no puede ser de otro modo. Porque
el reconocimiento de esa realidad propia
implicara, inversamente, que el dirigente
se niega a s mismo como dirigente.
La situacin no se modifica apenas
cuando se abandonan los mtodos antiguos
y burdos y el esquema de las n olculas
irresistiblemente atradas por el dinero, y
se sustituyen por concepciones ms

modernas
y
descubrimientos
de
la
sociologa industrial. Slo cambia la naturaleza de las leyes que se supone que
rigen a los hombres y sus relaciones; la
actitud fundamental sigue siendo la misma.
Se abandona la suposicin de que el obrero
es capaz de asesinar a su camarada y
matarse en el trabajo por unas monedas, y
se pasa al supuesto contrario de que est
esencialmente
determinado
por
una
solidaridad de grupo. Pero en ambos
casos se trata de un conocimiento de la
direccin sobre los obreros, y ese
conocimiento ha de permitirle utilizarlos
mejor en la produccin. La solidaridad de
grupo se ha convertido a su vez en el
mvil externo que determina los actos del
obrero; al conocer el mvil y actuar sobre
l, puede manejarse al obrero para que
haga lo que se quiere que haga. La
situacin de la direccin contina siendo la
del ingeniero encargado de organizar el
montaje y funcionamiento de las piezas de
mecnica humana que forman la empresa y
cuyas leyes conoce. Que el autor de esas
leyes no sea ya Bentham sino Freud o
Elton Mayo no cambia un pice la
situacin. Tampoco hace mucha falta
aadir que nada cambia tampoco en la
imposibilidad de conocer la realidad
industrial. Colocadas bajo esta perspectivas
y utilizadas con esos fines, psicologa,
psicoanlisis y sociologa se vacan de
contenido 32
y quedan transformadas en sus
contrarias . Si, por ejemplo, el grupo no
es un mvil exterior para sus miembros, si
es unidad de auto-determinacin que se
crea y recrea por s misma, si entonces, y
32Por ejemplo, cualquier psicoanlisis
digno de tal nombre se basa en la idea de
que la libertad del sujeto es a la vez el fin
y el medio del proceso teraputico, y toda
la utilizacin del psicoanlisis por la
sociologa industrial se basa en la
manipulacin del sujeto, como medio y
como fin ltimo.
52

por eso mismo, acaba por oponerse antes o


despus a toda direccin que se le pretenda
imponer desde fuera, son verdades que no
tienen utilidad para la direccin porque la
rechazan en su misma raz. La direccin no
puede tener ms que la teora de su
prctica, es decir, de su existencia social.
Pero, independientemente de su lucha
permanente contra los ejecutantes, otras
contradicciones
igualmente
insolubles
desgarran, por as decir, el aparato de
direccin. Una serie de factores, que en
ltimo trmino derivan todos de la
tendencia a confinar a los trabajadores en
labores de ejecucin cada vez ms
limitadas, empujan al aparato de direccin
a una proliferacin extraordinaria. El
aparato de direccin toma sobre s un nmero constantemente creciente de misiones
y as, slo puede existir como un
organismo colectivo enorme. En una
empresa
importante,
los
individuos
empleados en las oficinas forman por
33 s
solos ya una empresa de envergadura . Y
ese organismo colectivo sufre en s mismo
el proceso de divisin del trabajo, de dos
maneras. Por un lado, el aparato de
direccin
se
subdivide
en
ramas
especializadas, que son los diversos
servicios de las oficinas de la empresa.
Por otro lado, la divisin entre dirigentes y
ejecutantes
se
establece
de
nuevo
ineludiblemente, tanto dentro del aparato
considerado globalmente como dentro de
cada uno de sus servicios. De donde se
deriva
que
todos
los
conflictos
33En las fbricas Renault, la proporcin
de mensuales ha pasado del 6*5 % en
1919 al 117 % en 1930, 178 % en 1937
y 202 % en enero de 1954, dentro del
total de efectivos (A. Touraine, L'volution
du travail ouvrier aux usines Renault, Pars,
1955, pp. 164-165). Sobre el desarrollo de
las oficinas en la industria norteamericana,
v. C. Wright Mills, White Collar, New
York, 1956, pp. 65 a 70.
53

anteriormente descritos vuelven a aparecer


en el seno del aparato de direccin.
La organizacin del trabajo dentro del
aparato de direccin no puede hacerse,
evidentemente, ms que con las mismas
formas de racionalizacin que se
aplicaban a la produccin propiamente
dicha: subdivisin y parcelacin de
cometidos, trasformacin de los individuos
en una masa de ejecutantes annimos e
intercambiables, etc. Produce las mismas
consecuencias en todas partes. Para apagar
la lucha de los obreros, la direccin
termina as por introducir en su propio
seno la lucha de clases. La inmensa
mayora de los empleados del aparato de
direccin,
dedicados
a
un
trabajo
fragmentario, privados de toda calificacin
importante, reducidos a sueldos semejantes
a los de los obreros, privados estadsticamente de cualquier oportunidad slida
de ascenso, se distingue por lo tanto
difcilmente de sus camaradas de los
talleres; en34el fondo, lo nico que puede
separarlos
son ilusiones, cada vez ms
minadas por la situa- csn real. Pero,
independientemente de ese proceso de
unificacin de las capas ejecutantes de la
34El anlisis de la actitud de esas capas
ofrecido por
C.Wright Mills en los ltimos captulos de
su White Collar presenta ciertos defectos a
este respecto: 1., mezclar las diferentes
categoras de proletarios de cuello duro,
en
los que
sin embargo difieren
sustancialmente situacin y perspectivas;
2., no tener en cuenta la dinmica de su
situacin. En particular, las ilusiones
relativas al nivel social ( status) DO pueden
sobrevivir mucho tiempo a las condiciones
reales de las que se haban venido
alimentando. El fenmeno de la industrializacin del trabajo de las oficinas
es, evidentemente, de una importancia
decisiva a este respecto. Cf. el excelente
anlisis de R. Berthier, Une exprience
dorganisation ouvri- re, en el n. 20 de
S. ou B, pp.6 y ss.
54

empresa, la aparicin de la masa de


ejecutantes dentro del aparato de direccin
tiene como resultado principal que la
direccin no dispone ya de s misma; incluso
aunque no se solidaricen con los obreros,
los empleados de las capas inferiores de la
direccin tienen la misma actitud frente al
trabajo que ellos.
Por
otra
parte,
el
inevitable
fraccionamiento del aparato de direccin
en una serie de servicios especializados
crea
fatalmente
un
problema
de
reunificacin de actividades, mtodos y
puntos de vista de esos servicios. Cada
uno de ellos tiende a afirmar su propio
punto de vista en detrimento de los otros,
porque es la nica manera de afiimar su
importancia y de extender su campo dentro
del aparato. Por su lado, la cumbre del
aparato de direccin, encargada de resolver
tales conflictos, no dispone en general de
criterio racional alguno para lograrlo. Para
ello necesitara, en efecto, poder tomar por
su cuenta todos los puntos de vista en
oposicin, es decir, doblar de hecho a
todos los servicios, costosos y constituidos
con esfuerzo; y de hecho es la solucin a
la que recurren numerosos dirigentes, que
se rodean de un equipo personal
restringido, una especie
de estado mayor
35
privado y clandestino . La direccin est

35A escala muy diferente, el fenmeno


de doblaje de la estructura burocrtica
que cubre toda la sociedad con un
organismo ms restringido de direccin, el
Partido, que pretende sin xito ser la
instancia reunificadora y por ello tiende a
hacer superfluo todo el aparato burocrtico
del Estado, ha sido demostrado por Claude
Lefort a partir de los textos del XX
Congreso del P.C.U.S. Vase su artculo
Le totalitarisme sans Staline en el n.
19 de S. ou B. (recogido en Qu es la
burocracia?, Ruedo Ibrico, Pars, pp. 98168), especialmente pp. 45 y ss.
Aadamos que al doblar la estructura de
la burocracia del Estado, el Partido est

55

as obligada a

obligado a reproducirla dentro de s


mismo, creando comisiones especializadas,
etc. Es decir, que no puede estar ah, ni
remotamente, la solucin del problema.

instaurar
su
propia
organizacin
informal, en oposicin a la organizacin
formal que ha instituido por el otro lado.
Pero resulta evidente no slo que son dos
soluciones que se refutan la una a la otra
(o bien el estado mayor clandestino es
intil, o bien demuestra la inutilidad de
una buena parte de los servicios), sino
tambin que su yuxtaposicin no puede ser
sino fuente de nuevos conflictos. Y,
finalmente, la direccin suprema no dirige,
en la prctica, nada, se limita a arbitrar
puntos de vista opuestos de manera, por
cierto, realmente arbitraria, dado que no
sabe casi nada de los problemas de los que
trata. Lgicamente, su nico fundamento
ser ya que cualquier decisin, aunque sea
arbitraria o absurda,
vale ms que la falta
36
total de decisin .
La falta de criterios racionales que
pudieran servir para resolver los conflictos
entre puntos de vista opuestos que surgen
inevitablemente dentro del aparato burocrtico de direccin, se combina con otro
fenmeno capital: la falta de criterios
racionales en cuanto al lugar de los
individuos en el seno de ese aparato. Son
dos factores que aparecen entre los
primeros rasgos caractersticos de todo
aparato burocrtico moderno: la lucha de
todos contra todos por ascender, la
formacin de camarillas y clanes que
dominan en la sombra la vida oficial del
aparato, y la transformacin de las
opciones objetivas en botn de la lucha
entre camarillas y clanes.
Es preciso entender bien el sentido de

36Sobre la necesaria nulidad de los


dirigentes en el sistema actual, vase C.
Wright Mills, The Power Elite, Nueva York,
1956, en especial pp. 138 a 148, en lo
referente a los dirigentes de la industria, y
pp. 205-224 en cuanto a los dirigentes
militares, as como el captulo final del
libro.

este anlisis de las contradicciones de la


direccin
burocrtica.
No
estamos
comparando aqu esa direccin con una
direccin perfecta para de ese modo
descubrir las deficiencias que presenta
respecto de ese modelo imaginario. No
existe una direccin perfecta, sea cual sea
la estructura social (incluso aunque se trate
de la colectividad organizada por los
productores), y una comparacin de esa
especie estara absolutamente desprovista
de sentido. Cualquier direccin humana
encontrara problemas bajo todos los
aspectos que hemos evocado, y encontrara
dificultades
para
solucionarlos.
La
discusin no estriba en la posibilidad de
eliminar esos problemas. Lo que nos
muestra es que la estructura y la naturaleza
de la direccin actual, direccin burocrtica
exterior a las actividades que pretende
dirigir, cansa problemas insolubles o, en el
mejor de los casos, problemas que no
pueden resolverse sin pagar el precio de un
enorme
despilfarro
y
unas
crisis
permanentes.
La previsin perfecta no existir nunca.
Ni es necesario que exista para que la
produccin
pueda
organizarse
racionalmente. Pero la estructura actual se
basa implcitamente en el postulado de que
existe una previsin as, y de que la
direccin cuenta con ella. Como los
productores estn privados en teora de la
posibilidad de realizar sobre el terreno la
readaptacin permanente del plan a la
realidad, hace falta que esa readaptacin
sea efectuada a priori y de una vez por
todas por la direccin. De ah que el plan
de produccin de la empresa o de la
economa
entera
adquiera
valor
absoluto. El proceso de adaptacin
permanente entre previsin sin la que
no hay accin racional y la realidad
est dislocado a causa de la separacin
radical entre dirigentes y ejecutantes, y por

tanto el equilibrio slo puede restablecerse,


a cada ruptura, a saltos, en funcin de
intervenciones
especficas,
tardas
y
espasmdicas.
El problema de una informacin
adecuada existir siempre. Pero la
estructura actual lo vuelve literalmente
insoluble, porque su existencia misma lleva
al conjunto de la sociedad a conspirar para
ocultar la realidad. El problema de la
adecuacin de los individuos a las funciones que realizan seguir existiendo
durante mucho tiempo. Pero la estructura
actual destruye toda posibilidad de
solucin racional, al disponer esas
funciones a lo largo de una pirmide
jerrquica y al unir no solamente la
categora econmica sino tambin la
situacin total del individuo, e incluso su
valor ante sus ojos, a su xito en una
lucha desesperada y absurda contra todos
los dems. La sociedad humana estar
siempre enfrentada a opciones que no son
simples problemas de geometra que tenen
una solucin nica al final de un planteamiento rigurosamente definido. Pero la
estructura actual hace que esos problemas
no estn explcitamente planea

teados, o bien que sean resueltos en


funcin de consideraciones ajenas a su
contenido.
Ahora bien, a no ser que se produzca un
cambio radical de la estructura actual, esa
direccin separada es inevitable. Es
necesario coordinar de una u otra manera
las actividades de miles de individuos y
grupos elementales. Es necesario que el
punto
de
vista
universal
del
funcionamiento de la empresa prevalezca
sobre los puntos de vista particulares de
los obreros o de sus grupos, Es necesario,
en fin, que una capa determinada de
dirigentes se ocupe de imponer ese punto
de vista a la totalidad de los productores.
Desde ese mismo momento, el conflicto es,
pues, inevitable. En primer lugar, los
imperativos que dimanan de ese punto de
vista universal de la direccin toman,
para cada grupo de obreros, la forma de
una ley exterior que se les impone arbitrariamente, de la que ni siquiera conocen
la justificacin, y que, por esa misma
razn, les parece completamente irracional.
Y adems, el punto de vista universal de
la direccin es, de hecho, un punto de vista
particular; es el punto de vista parcial, y
de parte, de una capa determinada, que no
tiene acceso ms que a una parte de la
realidad, que vive una vida aparte de la
produccin efectiva, que tiene intereses
propios que hacer valer. Inversamente, el
punto de vista particular de los grupos
de productores es de hecho un punto de
vista universal. El punto de vista de cada
grupo elemental se encuentra en todos los
dems. Las normas que emergen dentro de
ellos, son idnticas. Los intereses que
tratan de hacer prevalecer son los mismos.
La direccin se esfuerza en pensar en la
realidad efectiva de la produccin. Los
productores son esa realidad efectiva misma. Tomados como totalidad, abarcan la
totalidad de aspectos de la actividad
60

productiva de la empresa, son, de hecho, su


totalidad.
Lo son? Pueden, efectivamente, formar
una unidad orgnica a travs de talleres y
oficinas? No est cada uno de ellos
limitado a un lugar definido del mecanismo
total de la empresa, privado de una visin
del resto, incapaz de articularse en una
totalidad viva? El anlisis puede identificar
a unos v otros, puede incluso sumarlos,
pero pueden unificarse ellos mismos? Lo
nico que puede darnos una respuesta a
estas preguntas es el anlisis de las luchas
obreras.
La lucha obrera contra la alienacin
La organizacin capitalista de la
produccin es profundamente contradictoria.
La direccin capitalista pretende no tenec
que relacionarse ms que con el obrero
individual, en tanto que, de hecho, la
produccin es realizada por la colectividad
de los obreros. Pretende reducir a los
obreros a unas tareas limitadas y
determinadas, pero ai mismo tiempo est
obligada a apoyarse en las capacidades
universales que desarrollan a consecuencia
y, a la vez, en oposicin a la situacin en
la que se les coloca. Pretende tambin
quitar a los trabajos todo elemento de
direccin
definiendo
de
antemano
exhaustivamente
las
modalidades
de
ejecucin; pero esa definicin exhaustiva es
siempre imposible, porque la produccin
slo puede efectuarse en la medida en que
el obrero organiza por s mismo su trabajo
y va ms all del papel del puro y simple
ejecutante que tiene tericamente encomendado .
Los conflictos que resultan de tal
situacin, conducen a una verdadera
anarqua de la produccin en cada empresa.
Pero al mismo tiempo crean una situacin
y una actitud contradictorias en los propios
61

obreros. Las condiciones en las que estn


situados los empujan a organizarse de la
manera ms eficaz para la produccin, a
mejora/ las mquinas, a inventar nuevos
procedimientos,
etc.
La
organizacin
capitalista les obliga a ello, porque cuando
algo no marcha son los obreros los que pagan (y los que no pueden defenderse
criticando la mala organizacin de la
fbrica). Pero, por otra parte, el aparato de
direccin combate la organizacin y la
creatividad de los obreros tan pronto como
se manifiestan; son, en todo caso,
constantemente perturbadas y mutiladas por
l; finalmente, en las condiciones actuales
las mejoras de organizacin y mtodos de
produccin van en beneficio, esencialmente,
del capital, que se apodera frecuentemente
de ellas para volverlas contra los obreros.
Los obreros lo saben y, en consecuencia,
tienden
a
frenar,
consciente
o
inconscientemente, su participacin en la
produccin. Frenan su rendimiento; se
callan sus ideas; aplican a sus mquinas
personales
mejoras
que
ocultan
cuidadosamente a los capataces; se
organizan entre ellos para realizar un
trabajo sin dejar de mantener un respeto
aparente por el mtodo
oficial de organiza37
cin... y etctera .
37V. los textos ya citados de Romano,
Vivier, Motil. Al mencionar el nmero
relativamente
muy
pequeo
de
sugerencias obreras para el mejoramiento
de la productividad, A. Touraine escribe:
Cmo se explica este fracaso relativo?
En primer lugar, por el recuerdo del
pasado. El obrero, acostumbrado a ver que
sus sugerencias, sus iniciativas, se vuelven
contra l y provocan la intervencin de los
cronometradores, abandona lentamente su
antigua desconfianza (loe. cit., p. 121).
Abandona lentamente es un eufemismo:
las cifras citadas por Touraine se refieren
al perodo 1945-1947. Lo sucedido desde
entonces no ha incitado a los obreros a
abandonar su desconfianza, sino todo lo

Esta actitud contradictoria de los obreros


significa que el conflicto insuperable que
atraviesa la sociedad capitalista se traslada
al corazn del proletariado mismo, tanto en
el comportamiento del obrero individual
como en la actitud de la clase obrera. Sera
completamente
falso
representar
al
proletariado
como
algo
plenamente
positivo, como una clase que lleva ya en
ella la solucin de tooos los problemas, y
que lo nico que impide la realizacin de
esas soluciones son una clase enemiga y
una organizacin social exterior a l. Eso
sera tanto una mistificacin demaggica
como una teora pobre y superficial. El
capitalismo no podra seguir existiendo si
su crisis no repercutiera en el seno del
proletariado mismo. La opresin, la
explotacin, la alienacin creadas por el
capitalismo se expresan en la clase obrera
mediante contradicciones que hasta ahora
no ha podido superar. Lo positivo de la
clase obrera es que no se limita a sentirse
desgarrada por tales contradicciones, sino
que lucha constantemente para superarlas y
que, a los ms diversos niveles, el
contenido de esa lucha es la organizacin
autnoma de los obreros, la gestin obrera
de la produccin, la reorganizacin,
finalmente, de la sociedad.
Los burcratas y a veces tambin
algunos
militantes
revolucionarios
deformados por un marxismo de

contrario.
63

va estrecha no quieren ver en las


luchas del proletariado ms que una
tendencia a mejorar su nivel de vida
o, como mucho, una lucha contra la
explotacin. Pero la lucha del proletariado
no es, no puede ser simplemente una lucha
contra la explotacin; tiende necesariamente a ser una lucha por una nueva
organizacin
de
las
relaciones
de
produccin; es decir, son dos aspectos de
una misma cosa, puesto que la raz de la
explotacin es la organizacin actual de las
relaciones de produccin. El obrero no
puede ser explotado, es decir, no se le
pueden expropiar los frutos de su trabajo
sino en la medida en que se le expropia la
direccin de ese trabajo y la lucha contra
la explotacin le sita rpidamente ante el
problema de la gestin, a escala de su
propio taller siempre, a escala de fbrica y
de la sociedad entera, peridicamente.
Suelen tenerse los ojos fijos en los
momentos histricos de la accin del
proletariado revolucin o huelga general
, o al menos en lo que podra llamarse
su organizacin y su accin explcita
sindicatos, partidos, huelgas importantes
. Pero esas acciones y esas organizaciones no pueden entenderse sino como
momentos de un proceso de accin y
organizacin permanente, que encuentra su
origen en las profundidades de la vida
cotidiana de la empresa y que no puede
seguir vivo y adecuado a sus intenciones
ms que con la condicin de volver
constantemente a ella. A esa accin y a
esa organizacin cotidianas habr que
reconocerles en adelante la importancia
capital que tienen, y las englobaremos en
el trmino de lucha implcita. Implcita en
la existencia del proletariado, en la
condicin de proletario misma. La organizacin elemental o informal de los
obreros es solamente un aspecto de esa

lucha. La organizacin no es ms que un


momento lgico del proceso de lucha, lo
mismo que la accin. La lucha comprende
accin, organizacin, objetivos. Nuestro
propsito es mucho ms general que el
anlisis de la organizacin informal,
engloba tanto las acciones informales como
los objetivos informales. Esta lucha
implcita no es, podramos decir, ms que
el revs del trabajo cotidiano del
proletariado. El trabajo en la empresa
capitalista, naturalmente, no se realiza sin
lucha.
Y
esta
situacin
dimana
directamente de una organizacin del
trabajo basada en la oposicin entre dirigentes y ejecutantes.
As, la organizacin capitalista del
trabajo tiende a asentarse sobre la
definicin de normas de trabajo. Los
obreros luchan contra las normas. Es
imposible no ver en esa lucha ms que una
defensa contra la explotacin. Hay en
ella, de hecho, infinitamente ms: el obrero, precisamente para defenderse de la
explotacin, est obligado a reivindicar el
derecho a determinar por s mismo su
ritmo de trabajo, a negarse a ser tratado
como una cosa.
Una vez definida la norma, los
problemas estn muy lejos de arreglarse.
Tan slo se ha delimitado en campo de
batalla. En esta batalla, la batalla del
rendimiento efectivo, los obreros se ven
abocados a organizarse, a inventar medios
de accin, a definir objetivos. Nada se les
da por anticipado; han de crearlo todo,
conquistarlo con dura lucha.
La dinmica del encadenamiento de
objetivos, organizacin y medios de accin,
es clara. Los obreros pretenden el mximo
salario a cambio de un trabajo decente.
Ese mximo no tiene sentido sino como un
mximo colectivo dicho de otro modo,
toda tentativa de lograr un mximo
individual se revela rpidamente como
65

ilusoria y acaba por volverse contra su


autor. La realizacin de ese primer
objetivo implica la persecucin de la mayor
libertad posible dentro del marco ofrecido
por la empresa capitalista. Implica
igualmente la bsqueda del mximo de
eficacia real en la produccin, condicin
indispensable de la economa del esfuerzo.
De ese modo, los obreros se ven obligados
a luchar contra el conjunto de los mtodos
de organizacin capitalista de la produccin. Y se ven igualmente obligados a
organizarse de modo elemental o
informal, bajo formas que el capitalismo
disloca y que ellos recrean nuevamente en
cada ocasin.
No decimos que los obreros consigan
realizar siempre esos objetivos, ni siquiera
la mayor parte de las veces. No pueden
realizarlos sin hacer saltar en pedazos la
organizacin capitalista de la empresa, cosa
imposible sin hacer volar en pedazos al
mismo tiempo la organizacin capitalista de
la sociedad. El proceso tiene fases
inevitables de retroceso y derrota. Pero
mientras la organizacin capitalista siga
ah, la lucha seguir renaciendo de sus
cenizas y no tendr ms remedio, gracias
tanto a su propia dinmica como a la
dinmica objetiva de la sociedad capitalista,
que extenderse y hacerse ms profunda. Lo
que hay que descubrir es, pues, el sentido
de esa lucha. No decimos tampoco que sea
un sentido simple, un estado de gracia que
investira automticamente a la condicin
obrera, un apriorismo socialista innato en
los proletarios. El proletariado no es
socialista, se convierte en socialista, ms
exactamente, se hace socialista.
Y mucho antes de que se presente como
socialista organizndose en sindicatos y
partidos de ese nombre, hace nacer los
elementos embrionarios de una nueva
forma de organizacin social, de un nuevo
comportamiento y una nueva mentalidad
humana en su vida y en su lucha cotidiana
66

dentro de la empresa capitalista. ste es el


terreno del que vamos a partir para
analizar la dinmica y el significado de las
luchas obreras.
La lucha en torno al rendimiento
La tendencia de los obreros a
reglamentar por s mismos, en la mayor
medida posible, su ritmo de trabajo
luchando contra las normas de la direccin
y, luego, eludiendo por todos los medios
disponibles esas normas, aparece a los
ojos de la direccin como una restriccin
del rendimiento, una restriccin de la
produccin. Frente a esa restriccin, la
respuesta racional clsica de la direccin
es el 38
salario por rendimiento o a
destajo . El obrero se ver impulsado as,
por su propio inters, a aumentar al
mximo su rendimiento. Al hacer eso,
suministrar tambin de paso indicaciones
sobre el rendimiento mximo que puede
llegar a lograr, lo que permitir revisar las
normas
de
produccin
en
sentido
ascendente cuando llegue el momento.

38Los tipos, frmulas y denominaciones


del salario segn el rendimiento son
innumerables. Pero para lo que aqu nos
ocupa, importan tan slo el contenido
general de las frmulas usadas: el salario
del obrero est, dentro de unos amplios
lmites, en funcin de la cantidad de
produccin que realiza.
67

Los
socilogos
industriales
(principalmente la escuela de Elton Mayo)
han criticado ese mtodo por mecanicista, dado que postula que el obrero es
un hombre econmico cuyo nico mvil
sera el de la mxima ganancia, cuando en
realidad hay otros mviles que juegan un
papel mucho ms importante. Esta crtica
parte de una idea cierta, para llegar a una
conclusin falsa; se dirige al sistema
capitalista en su conjunto, pero muy poco
al problema que nos ocupa. Los obreros no
son,
ciertamente,
meros
hombres
econmicos;
pero
se
comportan
exactamente como hombres econmicos
frente a la direccin, a la que pagan en su
misma moneda.
En primer lugar, los obreros, en general,
no se dejan engaar con el cebo del
rendimiento, porque la experiencia les
ensea rpidamente que despus de un
breve perodo de primas elevadas se
producir39 una revisin draconiana de las
normas . Luego descubren tambin otros
medios para conseguir incrementar su
salario sin aumento real o sin aumento
aparente del rendimiento.
En la produccin en series pequeas o
medias con primas individuales, los medios
utilizados
por
los
obreros
son
prcticamente imposibles de contrarrestar.
Tomando como ejemplo un taller
descrito
40
por un autor norteamericano , podemos
formularlos de la manera siguiente:
1) Para evitar una revisin de las
normas en caso de rendimientos elevados,
los obreros no presentan nunca (lo que no
39No sabes que si sacase un dlar
y medio a la hora en esta bomba hoy,
maana por la maana aparecera por aqu
todo se maldito Departamento de Mtodos?
Y que cronometraran otra vez todo el
trabajo tan rpido que te dara vuttas la
cabeza? Y que dejaran la prima en la
mitad?, dijo a D. Roy uno de los obreros
del taller en el que trabajaba.
40D. Roy, en los artculos ya citados.
6f

quiere decir que no alcancen nunca)


resultados que superen la norma en ms de
un 145 un 150 por ciento.
2) En los chollos, que representan
aproximadamente la mitad de los trabajos
que se hacen en el taller, y que se definen
por la posibilidad de lograr en ellos un
rendimiento muy superior a la norma,
cuando los obreros no pueden maquillar
el rendimiento efectivo para no sobrepasar
el margen de superacin de la norma
previsto, se dedican a pasear, en sentido
propio o figurado. Esta actitud produce un
gasto intil que el autor, con ayuda de
largos clculos, muy prudentes por lo dems, ha estimado en aproximadamente un
40 % del tiempo de los obreros, estimacin
que considera tirando para abajo
3) En los muertos, que representan la
otra mitad de los trabajos del taller, y se
definen por la imposibilidad de conseguir
una prima sustancial sea cual sea el
esfuerzo que se haga (la lnea divisoria de
las aguas parece situarse, en el caso
analizado por Roy, sobre un 12 % de la
norma), los obreros, en general, se
despreocupan y se cubren con la norma
base (el mnimo garantizado, la tasa por
hora que se les pagar, de acuerdo con el
convenio colectivo, sea cual sea el
rendimiento alcanzado). Hay, de todas
formas, una excepcin de importancia: si el
muerto en cuestin representa un pedido
importante o un tipo de trabajo que hay
que hacer con fiecuencia, se inicia una
lucha sin piedad contra los cronos 41para
conseguir una revisin de las normas . El
41Roy describe ampliamente una lucha
pica, en un caso similar, entre los cuatro
mejores
obreros
del
taller
y
los
cronometradores, lucha que dur nueve
meses y termin con la victoria de los
obreros. Ese resultado hace pensar lo
mismo que las indicaciones de D. Moth,
loe. cit., pp. 91-92, que la gran mayora
de los trabajos son, en un principio, duros,

gasto intil en este caso resulta, segn el


autor, comparable al del caso anterior.
4) La existencia de esos dos tipos de
trabajo (lo mismo que la de otros trabajos
menores que se pagan por horas: reglaje de
las mquinas antes de la produccin,
trabajos sobre los que todava no se han
fijado las normas, repasado de piezas
defectuosas), da a los obreros grandes
posibilidades de incrementar su salario sin
que su rendimiento aparente sobrepase la
tasa normal. As, si un obrero tiene un
chollo de cuatro horas, durante las cuales
podra conseguir un 200 % de la norma, y
otras cuatro horas de muerto en el que

muertos, y que lo que los transforma


progresivamente en peritas en dulce es
la lucha de los obreros contra el tiempo
marcado.
6f

slo puede cumplir con la norma, tiene


tres actitudes para elegir. Puede: a) seguir
las reglas formales de la direccin, en cuyo
caso lograr un salario de 12 horas (4x2 +
4 X l ) con la seguridad de que a los pocos
das ver reducirse los plazos de
realizacin del trabajo fcil. O puede: b)
limitarse a un rendimiento del 150 % en la
parte fcil y obtener as un salario de 10
horas (4xl,5 + 4 x l ) . O bien puede: c)
realizar el rendimiento del 200 % en el
trabajo fcil y del 100 % en el otro, pero
presentar el primer trabajo como realizado
en 5 horas 1/3, y el segundo en 2 h. 2/3.
De esta manera, la norma aparecer
realizada en un 150 % en ambos casos, el
obrero obtendr un salario de 12 horas, se
habr conseguido la produccin mxima...
y no habr peligro 42de que se reduzcan los
plazos establecidos .
El obrero puede obtener resultados
anlogos cambiando la reparticin aparente
de su tiempo en chollos y trabajos
pagados por horas (con la diferencia de
que en este caso incrementa su paga sin
aumentar la produccin).
5) La realizacin de estas posibilidades
por los obreros implica una ruptura con la
mayora de las reglas de organizacin del
trabajo establecidas por la direccin. De
hecho, todo el sistema de racionalizacin
capitalista del trabajo queda afectado; la
direccin
pierde
la
posibilidad
de
determinar la reparticin del tiempo de los
obreros en los diversos trabajos, y
finalmente, toda su contabilidad y sus
clculos
de
rentabilidad
quedan
42Esta
tercera
poltica,
aplicada
seguramente por los obreros en cuanto las
condiciones estn dadas, corresponde
exactamente
al
concepto
de
maximalizacin de las ganancias en un
largo perodo, descubierto recientemente
por los economistas burgueses como el
principio que debe guiar las decisiones de
los empresarios capitalistas.
62

radicalmente inservibles. La direccin


tiene, pues, necesariamente que reaccionar,
y no puede hacerlo ms que estableciendo
controles adicionales. Si esos controles
son eficaces, conducirn a los obreros
hacia la solucin b) descrita ms arriba, es
decir, a la restriccin de la produccin y,
por tanto, al gasto intil. Pero suelen
volverse ineficaces rpidamente. Si los
controladores se quedan en sus oficinas, no
pueden controlar nada en serio. Es lo que
pasa cn los cronometradores, que son
utilizados de hecho, segn la expresin de
Roy, como verdaderos esbirros de la
direccin: implacables con los obreros que
encuentran en falta y cuyo inmediato
despido provocan, slo aparecen muy de
tarde en tarde por el taller. Si estn
siempre en l, son incapaces de resistir
largo tiempo
la continua presin de los
43
obreros
. Tal es el caso de los
controladores de tiempo, que se encargan
de anotar los tiempos de comienzo y final
de cada trabajo, con el fin de evitar,
precisamente, el maquillaje del rendimiento efectivo. Muy pronto, acaban
preguntando a los propios obreros: A
qu hora quieres que te apunte?. En
realidad, no slo los obreros de la
produccin, sino todos los empleados de
los servicios en contacto directo y
permanente con ellos (controladores de
tiempos,
almacenistas
de
utillaje,
transportistas
interiores,
tcnicos
de
mantenimiento, inspectores y hasta incluso
los capataces) cooperan constantemente, en
grado mayor o menor, para esquivar el
reglamento (para ellos, y objetivamente,
absurdo) de la direccin y permitir a los
obreros manejarse por su cuenta. Esta
independencia sera imposible sin esa
cooperacin constante, que engloba aquellas partes del aparato de direccin que
43Recordemos que la lcera de estmago
es la enfermedad profesional de los
capataces.
63

estn en contacto permanente con los


productores.
Al no poder seguir findose de sus
representantes humanos, la direccin est
nuevamente obligada a recurrir a una
reglamentacin impersonal y abstracta. Introduce nuevos reglamentos para tratar de
hacer
objetivamente
imposible
la
transgresin de sus principios. Pero la
observancia efectiva de esos nuevos
reglamentos depende necesariamente a su
vez de un control humano: su eficacia
presupone que el problema para el que se
han establecido, est ya resuelto. Desde
este punto de vista, los reglamentos
suplementarios son intiles, porque los
obreros cooperan con las capas inferiores
de los servicios auxiliares y los eludirn
rpidamente. Pero hay ms: la mayor parte
del tiempo, esos reglamentos introducen un
grado adicional de gasto intil y de anarqua. Por ese motivo, obreros y empleados
de los servicios se ven obligados a dedicar
una parte de sus esfuerzos no solamente a
esquivar el reglamento, sino tambin a
compensar sus efectos irracionales.
De esta manera, en la fbrica descrita
por D. Roy, la direccin nombra unos
controladores de tiempos para evitar que
los obreros se las arreglen de la manera
descrita
ms
arriba,
repartiendo
la
distribucin aparente de su tiempo en los
diferentes trabajos a su conveniencia. En la
realidad esos controladores se convierten en
aliados de los obreros y se vuelven contra
la direccin. sta, en un momento dado,
decide reaccionar y dicta un decreto que
haga objetivamente imposible la accin
independiente de los obreros. El decreto
en cuestin prohibe que los obreros
guarden las herramientas y dems medios
auxiliares de produccin junto a su mquina una vez concluido un trabajo dado,
as como que obtengan herramientas por
anticipado de los almacenes de utillaje
(dos prcticas evidentemente necesarias

para poder ocuparse de cualquier cosa


distinta del trabajo que se supone que se
est haciendo en el momento). Para
asegurar el control, se har uso de unos
bonos de utillaje por triplicado. Al terminar
cada equipo, tarjetas de fabricacin y
contadores han de volver a los almacenes,
est o no finalizado el trabajo, para ser
entregados al equipo siguiente.
Los efectos del decreto que por otra
parte ya haban sido previstos por los
obreros experimentados no se hacen
esperar: aumento considerable de trabajo en
los almacenes, tanto a causa del incremento
del papeleo como de la necesidad de
colocar y volver a sacar cada vez el
material solicitado (hasta entonces, obreros
y controladores tomaban ellos mismos sus
cosas del almacn); prdida considerable de
tiempo para los obreros por las colas que
se forman en los almacenes. Y, sin
embargo, el resultado pretendido por la
direccin queda sin lograr: los volantes por
triplicado se rellenan e intercambian todas
las veces que hagan falta, pero los
almacenistas continan entregando el
utillaje por anticipado.
Ante tal situacin, la direccin modifica
cuatro meses ms tarde su primer decreto,
y dicta un segundo. Para evitar la
formacin de colas en el almacn, los equipos ya no estarn obligados a entregar las
tarjetas y contadores ms que al final del
da, pero slo se les enA

65

tregar el utillaje previo volante de


solicitud por duplicado que facilitarn los
controladores
de
tiempos.
Simultneamente, los inspectores firmarn
tambin el tiempo de finalizacin de un
trabajo antes de que pueda ser obtenida la
nueva solicitud (cosa que se hace para
permitir el control recproco de los tiempos
sealados por los controladores de
tiempos y por los inspectores).
Pero, como el primero, el segundo
decreto no tendr otro resultado que
incrementar el trabajo de papeleo de los
almacenistas.
En
lo
dems,
los
controladores que tienen permiso para
entrar en el almacn suministran el utillaje
necesario para que los obreros efecten los
trabajos todava no ordenados. Los
inspectores ceden rpidamente, y ratifican
con su firma los tiempos a conveniencia de
los obreros. El taller recobra su rutina, con
unas
pequeas
variaciones
en
las
formalidades a realizar, con un notable
aumento en la produccin de papeles
azules, blancos y rosas.
La direccin no se amilana. Lanza un
tercer
decreto
que
prohibe
terminantemente la entrada en el almacn
de utillaje de toda persona distinta de los
almacenistas y los jefes de departamento
(superintendentes). La orden, firmada por
Faulkner, el director de la fbrica, queda
fijada sobre la puerta del almacn.
Hank, un obrero antiguo, predice que la
nueva orden no durar ni una semana, y
un controlador explica por qu sus efectos
repercutirn sobre todo sobre almacenistas
y gente de mantenimiento;
Hasta ahora, los capataces y
controladores hacan ellos la mayor parte
del mantenimiento, y facilitaban el trabajo
a los almacenistas, recogiendo ellos
mismos las herramientas que necesitaban.
El resultado del tercer decreto ser
nuevamente la formacin de colas ante el
almacn. Los capataces estn furiosos,

insultan a los almacenistas y les advierten


de que cargarn en su cuenta cada minuto
de retraso que sufran los obreros que
tarden en conseguir que les entreguen sus
herramientas. Los hombres que hacen cola
ante la ventanilla del almacn gritan y se
burlan de los almacenistas.
Hasta que Jonesy, el ms concienzudo y
eficaz de los almacenistas, declara que
est harto, y deja entrar otra vez en el
almacn a capataces y controladores. Las
notas que esa misma noche tom D. Roy
merecen ser citadas textualmente:
A los diez das exactos de la
promulgacin de la nueva orden, el sol
vuelve a atravesar las negras nubes de la
eficacia directiva. La prediccin de Hank
se haba superado en cuatro das... Johny
(mecnico) y algunos otros entran en el
almacn casi con toda libertad... Al pedir a
Walt (almacenista) unas zapatas para
adaptar a otra pieza, me dijo: ah dentro
hay montones, pero no s cul ser la que
te vendr bien. Sera mejor que trajeras al
mecnico para que te encuentre la que
encaja". Y me aadi: infrinjo un poco
las reglas en esto, pero no demasiado; slo
lo justo para permitir que los chicos
produzcan.
La orden de Faulkner sigue all
clavada, a la altura de los ojos, en la
puerta del almacn...
En eso qued la orden de Faulkner.
Todo vuelve a funcionar por su cuenta, y
los obreros y sus aliados de los servicios
auxiliares
trabajan
otra
vez
como
siempre...
La dialctica de la situacin puede
resumirse fcilmente en un cierto nmero
de momentos de alcance universal. El
elemento esencial de los costos de
produccin es el trabajo humano (que es,
de todas formas, el nico elemento sobre el
que la direccin puede o cree poder actuar
constantemente: los otros dependen de
67

factores que escapan casi siempre a su


control). La direccin trata de reducir los
costos tratando de obtener el rendimiento
mximo con el salario mnimo. Los obreros
quieren obtener el salario mximo a cambio
del
rendimiento
que
ellos
mismos
consideran correcto. De ah el conflicto
fundamental sobre el contenido de la hora
de trabajo. La direccin trata de superar el
conflicto
racionalizando,
definiendo
estrictamente el esfuerzo que deben
efectuar los obreros haciendo depender el
salario de la produccin obtenida. Esta
racionalizacin slo sirve para desarrollar
el conflicto inicial y para hacerlo
reproducirse en innumerables conflictos
especficos: conflicto sobre la definicin de
normas; conflicto sobre la aplicacin
correcta de las normas; conflicto sobre la
calidad y usura del utillaje; conflicto sobre
la aplicacin de los reglamentos que
pretenden organizar el trabajo desde la
perspectiva d la direccin. El conflicto
inicial, lejos de haberse superado, se
ampla as al mismo tiempo que se hace
ms profundo, porque las sucesivas
respuestas de la direccin obligan a los
obreros a poner en cuestin todos los aspectos de la organizacin del trabajo. Al
mismo tiempo, los gastos intiles de la
gestin capitalista se ven considerablemente
incrementados: restriccin voluntaria del
rendimiento por parte de los obreros,
tiempo perdido simplemente en luchar
contra
las
normas
y
reglamentos,
multiplicacin de los servicios auxiliares y
en particular de los servicios de control
que a su vez tienen que ser constantemente
controlados por otros, etctera ().

68

(a) Este texto cuya primera parte, una


especie de introduccin programtica, se
public en julio de 1955 en el n. 17 de
S. ou B., y la segunda, dedicada a la
discusin de los problemas de una sociedad
socialista, en el n. 22, en julio de 1957
continuaba con el anlisis de las luchas
polticas del proletariado, una crtica de la
organizacin global de la sociedad
capitalista y un anlisis de la crisis de la
cultura contempornea. Los acontecimientos
(mayo de 1968, Ja escisin del grupo S.
ou B.), interrumpieron su elaboracin y su
publicacin.
Fragmentos
del
primer
proyecto fueron utilizados en la redaccin
de Proletariado y organizacin, I (vase en
este mismo volumen, pp. 93-139), de
Movimiento
revolucionario
bajo
el
capitalismo moderno y de Marxismo y teora
revolucionaria.

69

Balance

44

El 28 de setiembre, cinco de cada seis


electores franceses iban a las urnas. Cuatro
de cada cinco votantes aprobaban la nueva
Constitucin y otorgaban al gobierno todos
los poderes durante cuatro meses. Dos
semanas despus, De Gaulle ordenaba al
ejrcito que abandonase los Comits de
Salud Pblica, y as lo separaba de los ultras. De ese modo daba el primer paso
desde su acceso al poder, seguido luego de
varios otros, hacia la restauracin de la
autoridad de la burguesa francesa en
Argel. Lo que hace cuatro meses
considerbamos como la eventualidad, con
mucho, ms improbable, la transicin en
fro hacia un nuevo rgimen, est
realizndose.
Qu representa este rgimen? El poder,
ms directo y desnudo que antes, de las
capas ms concentradas y ms modernas de
las finanzas y de la industria; el gobierno
del pas por los representantes ms
cualificados del gran capital, liberados para
lo esencial del control parlamentario. Qu
orientacin tiene? El poner en orden, desde
la ptica y los intereses del gran
empresaria- do, el funcionamiento del
capitalismo francs. Al no poder ya hacer
funcionar su mquina poltica mediante
partidos
divididos,
desacreditados,
descompuestos, el capitalismo francs los
deja a un lado, convirtiendo de hecho ai
gobierno en independiente del Parlamento.
Ante la imposibilidad de mantener por la
fuerza en un estatus casi colonial al frica
44S. ou B., n. 26 (noviembre 1958).
69

negra que se despierta, suelta el lastre,


hace de la necesidad virtud e intenta
mantener a las poblaciones africanas en su
campo de explotacin asocindose a la
burguesa negra y a una burocracia naciente a la que abre perspectivas de
ascenso en la nueva Comunidad.
Comprendiendo que no puede liquidar slo
por medios militares la guerra de Argelia
se aprovecha del desgaste del F.L.N. para
dejar entrever la posibilidad de un
compromiso.
Esto no quiere decir que todos los
problemas que se plantean al empresariado
francs estn resueltos, ni que las
soluciones ya dadas no entraen otros
nuevos. Una cosa es dejar entrever que en
Argelia las negociaciones no estn
excluidas y otra, llevarlas a cabo
efectivamente. Ms all de los artificios
jurdicos de la Comunidad, las masas
africanas un da u otro plantearn el
problema real de su explotacin. La propia
Constitucin gau- Uista no es ms que un
chapucero ajuste de cuentas que, como se
ha dicho, organiza el conflicto de los
poderes; la solucin menos mala posible
para la burguesa en el presente, puesto
que es la nica que permite restaurar la
autoridad
gubernamental,
slo
podr
funcionar con la condicin de que se
prolongue la apata poltica actual y de que
el Parlamento y electores se resignen al
papel totalmente secundario que se les
asigna. Por ltimo, en el plano econmico,
todo est por hacer y la eliminacin de las
capas atrasadas de la produccin francesa
har verter ms lgrimas de lo que lo ha
hecho la reduccin del personal poltico
tradicional.
Pero en lo inmediato, y sin duda por
mucho tiempo, el capitalismo francs sale
victorioso de la profunda crisis que se
estaba incubando desde el principio de la
guerra de Argelia y que explot
violentamente el 13 de mayo. Por primera
vez desde 1945, restablece la unidad y la
70

disciplina en su campo; consigue darse una


direccin poltica; consigue adelantarse a
los acontecimientos, en vez de correr
detrs de ellos sin esperanza. Sobre todo
sale victorioso en el sentido de que ha
logrado
fabricarse
una
repblica
oligrquica que le permite gobernar por la
mediacin de sus hombres de confianza,
sin tener que contemporizar con cualquier
oposicin.
El capitalismo francs no ha obtenido
esta victoria mediante la violencia; ha
bastado la lejana amenaza de la violencia.
No ha tenido que instaurar abiertamente
una dictadura, porque de hecho todo el
mundo ha aceptado la dictadura disfrazada
con la mscara de la legalidad. No ha
tenido que recurrir a la guerra civil, pues
para hacer una guerra civil hay que ser
dos, y el segundo personaje no se ha
manifestado. La nueva Constitucin

71

tiene de dictatorial el eliminar en


realidad a la poltica de la escena pblica
y la convierte en cuestin privada y secreta
del gobierno. Pero ste slo aparentemente
es un acto arbitrario: la poblacin francesa,
en su mayor parte, se ha retirado de la
poltica, tcitamente desde hace aos,
explcitamente desde el 13 de mayo,
ruidosamente por ltimo desde el 28 de
setiembre.
La
aprobacin
de
la
Constitucin, el otorgamiento de todos los
poderes
a
De
Gaulle
significaban
precisamente: ya no queremos ocuparnos
de eso, tenis carta blanca.
No se trata slo de la poblacin francesa
en general. Se trata tambin de los
trabajadores que, en vez de luchar contra el
nuevo rgimen, lo han aprobado positivamente. Sin el voto emitido por su mayora
el 28 de setiembre, la transicin en fro
hacia la V Repblica hubiese sido mucho
ms difcil, si no imposible. Cmo
explicar esta actitud y la confianza
concedida a un general que, incluso si no
apareciera como el fascista denunciado
diariamente
por
VHumanit,
expresa
claramente los intereses y la poltica del
gran capital? Cmo ha podido producirse
semejante fenmeno, no en un pas
atrasado, no en 1851, sino en plena mitad
del siglo xx, en un gran pas industrial, en
el que el proletariado tiene tras s un largo
pasado de luchas revolucionarias?
Hoy por hoy la primera tarea de los
militantes obreros y socialistas radica en
plantearse tan seria y profundamente como
sea posible esta cuestin. La actitud manifestada por el voto de la mayora de los
trabajadores, incluso si slo es pasajera,
incluso si refleja elementos profundamente
contradictorios, significa en suma una importante regresin. Resultara criminal
apartar la vista o bien escurrirse por la
tangente tras una explicacin apresurada
y artificial. Los dirigentes del P.C. y de la
U.G.S., que se contentan con ello y se
apresuran a volver a los asuntos de cada
72

da, tienen excelentes razones para hacerlo,


pues de todas formas y cualquiera que sea
su explicacin, la votacin del 28 de
setiembre constituye su inapelable condena.
Las contradicciones, la anarqua y la
crisis de las sociedades capitalistas
modernas han alcanzado una intensidad
excepcional en la Francia de la postguerra.
AI mismo tiempo que conoca un amplio
desarrollo econmico, tcnico y cientfico,
el pas estaba hundido en guerras coloniales
interminables y absurdas, en un caos
econmico peridico, en la permanente
anarqua poltica. Los gobiernos derribados
cada tres meses, las leyes votadas y no
aplicadas,
la
inflacin
casi
nunca
interrumpida, un sistema fiscal aplastante
que afecta nicamente a los ms dbiles, la
situacin escandalosa del alojamiento doce
aos despus del final de la guerra mientras
que miles de millones eran engullidos en
las expediciones coloniales; todo eso ha
acabado desacreditando totalmente a las
instituciones de la repblica parlamentaria
burguesa, a los partidos que se consideraba
que tenan que hacerlas funcionar, a las
ideas que las inspiran y a la propia nocin
de poltica.
En verdad, esa repblica ya estaba en
quiebra antes de la Segunda Guerra
Mundial.
Los
partidos
socialista
y
comunista en 1936 tuvieron que trabajar a
fondo para mantener dentro de los marcos
del rgimen al movimiento de ocupacin de
las fbricas. En 1944-45, tambin tuvieron
que emplear toda su influencia para
restaurar
ese
rgimen
histricamente
condenado, modificando sus formas en un
sentido demaggico. Los trabajadores
pudieron ser engaados entonces por las
pocas reformas realizadas, por la idea de
que era imposible una marcha atrs, por la
esperanza de que la mayora socialistacomunista dara un sentido diferente al
rgimen parlamentario, por la presencia de
los comunistas en el gobierno. Desde
1947-48, saban a qu atenerse. Algunos

aos despus de su instalacin, el desorden


y la corrupcin del rgimen ya no
provocaban la exasperacin o la clera,
sino simplemente risas burlonas y el
encogimiento de hombros; la vida de la IV
Repblica no se desarrollaba en cor tra de
la voluntad de la poblacin, sino en ausencia de esa poblacin, que por las
instituciones no senta ya ms que
desprecio y asco.
Frente
a
esas
instituciones
completamente gastadas y desprestigiadas
qu haba? La izquierda, los partidos
obreros? Pero esa izquierda y esos
partidos obreros eran partes integrantes
del rgimen, la carne de su carne y la
sangre de su sangre. No slo nunca han
presentado a los trabajadores, en actos o
incluso en palabras, una perspectiva
revolucionaria, sino que se han hundido
hasta el cuello en el sistema, cuyo
funcionamiento hubiese sido imposible e
inconcebible sin su participacin activa.
Y esa participacin era activa tanto cuando
estaban en el poder como en la
oposicin. E incluso ms, quizs, en este
ltimo caso. Pues esta oposicin no slo
siempre ha permanecido en el terreno del
rgimen y nunca ha intentado alterar el
orden establecido; sino que siempre ha
formado el indispensable complemento del
poder, ha sido la vlvula de seguridad del
sistema, el medio de canalizar y volver
inofensivos los movimientos de la
oposicin popular, de abortar o conducir a
miserables compromisos las luchas obreras.
La mitad de los diputados de la IV
Repblica, de los concejales municipales y
de los alcaldes, un presidente de la
Repblica, varios presidentes del Consejo,
decenas de ministras, gran cantidad de
altos funcionarios y de dirigentes de
empresas nacionalizadas, han sido proporcionados al rgimen por el P.S. y el
P.C. Y ello, para llevar a cabo la misma
poltica
que
los
radicales
y
los
74

independientes. El intil extenderse en el


caso de la S.F.I.O. Despus de haber
tenido parte activa en la conduccin de la
guerra de Indochina, tras haber participado
en
todas
las
sucias
maniobras
parlamentarias, haberse opuesto a las
reivindicaciones obreras para preocuparse
del equilibrio del presupuesto y de la
estabilidad de los precios, el partido
socialista ha podido aadir a su corona los
ms bellos florones al tomar la direccin
de la guerra de Aigelia que la derecha no
se atreva a asumir por s sola,
favoreciendo as la organizacin del
fascismo en Argel y finalmente al prestar
su apoyo a la operacin De Gaulle sin
el cual tena pocas posibilidades de
llevarse a cabo con xito.
Desde luego, el P.C. no ha tenido tantas
responsabilidades directas en la poltica del
rgimen. Pero el funcionamiento de la IV
Repblica
hubiese
sido
igualmente
imposible sin l, pues era el nico capaz
de mantener durante doce aos a la
mayora del proletariado francs en vas
muertas. Tambin es cierto que el P.C. no
es un partido pura y simplemente instalado
en el rgimen burgus francs, como la
S.F.I.O.; siempre tiene la perspectiva de la
instauracin en Francia de un rgimen
capitalista burocrtico totalitario integrado
en el bloque oriental. Pero al no tener este
objetivo, en las actuales circunstancias
internacionales, ninguna posibilidad de
realizarse, el P.C. se ha reducido a intentar
influir en la po

ltica de la burguesa francesa en un


sentido favorable a la poltica exterior
rusa; terminado el perodo de guerra fra
(1948-52), se afan en proporcionar a la
burguesa todas las pruebas posibles de su
buena voluntad. Ese mismo partido que, en
1952, intentaba a porrazos hacer parar el
trabajo a los obreros para que se
manifestasen contra Ridgway, se opuso
prcticamente a todas sus luchas desde el
momento en que tenan como objetivo defender sus intereses. En 1953, cuatro
millones de empleados del Estado estaban
en huelga, el P.C. y la C.G.T. utilizaron su
influencia y sus enormes medios materiales
para prevenir la extensin de la lucha a la
industria y lo lograron. En el verano de
1955, el P.C. y la C.G.T. tambin
desempearon el mismo papel con respecto
a las huelgas de los metalrgicos de
Nantes y de Saint-Nazaire. En julio de
1957, la C.G.T. solidaria de F.O. y de la
C.F.T.C. sabotea la huelga de los
empleados de banca. Desde principios de
1956, el P.C. se abstiene de toda accin
que pueda perturbar el trabajo de Mollet y
de Lacoste en Argelia; concede a Mollet
los poderes especiales en marzo de 1956,
al igual que a Pflimlin en mayo de 1958.
Cuando durante la primavera de 1956
movilizados y obreros se manifiestan, a
veces con extrema violencia, contra la
guerra de Argelia, otra vez es la tctica
insidiosa del P.C. la que detiene el
movimiento.
s<os slo son algunos ejemplos, de los
muchos que fcilmente podramos dar, de
la
poltica
de
las
organizaciones
tradicionales. Pero aun ms que en las
grandes
ocasiones
polticas,
en
su
existencia y su actividad cotidianas,
sindicatos y partidos obreros han podido
demostrar que nada esencial los separa del
rgimen al que, en su programa, pretenden
oponerse. En sus hechos y gestos ms
corrientes, en toda clase de circunstancias

triviales, millones de trabajadores han


aprendido a ver en diputados, concejales
municipales,
dirigentes
y
delegados
sindicales socialistas o comunistas, a unos
representantes iguales que los otros, a
excepcin del vocabulario, de la sociedad
establecida, preocupados sobre todo por
limar las asperezas, evitar problemas y
mantener a la gente tranquila en una
palabra, por mantener el orden en su
sector.
Igualmente, por la estructura de estas
organizaciones, por su actitud y sus
mtodos, los trabajadores han aprendido a
identificarlas con las otras instituciones de
la
socifcdad
capitalista.
Esas
organizaciones obreras, esos sindicatos,
esos partidos de nuevo tipo han
funcionado exactamente igual que las
organizaciones capitalistas, los partidos
capitalistas, las empresas o el Parlamento
burgus. Dirigentes inamovibles, que
escogen por s mismos a la gente que les
rodea; la consagracin ritual del poder por
una falsa democracia, bajo la forma de
congreso cuyo resultado ya est amaado
de antemano; la base de la organizacin
limitada al papel de ejecutantes de las consignas del bur poltico o del comit
directivo. La reduccin de la clase obrera a
un objeto manipulado segn la lnea de la
direccin de los partidos; una propaganda
demaggica y burdamente embustera; una
organizacin que guarda para s el
monopolio de las informaciones e intenta
imponer constantemente su punto de vista a
las masas, sin dejar nunca a stas la
posibilidad de decidir o incluso de
expresarse.
Todo ello no significa que las masas
comparaban la actitud de las organizaciones
burocrticas con el modelo de una
organizacin obrera revolucionaria y las
condenaban a partir de esa comparacin.
Las masas conocen por experiencia a los
sindicatos y partidos obreros en el
sentido de que, cada vez ms, los han
72

identificado con el propio rgimen y con


todas sus otras instituciones en todos los
aspectos: en cuanto a sus objetivos, en
cuanto a su estructura, en cuanto a su
actitud, en cuanto a sus mtodos de accin.
Y precisamente en la medida en que, en
ausencia
de
una
organizacin
revolucionaria, no poda efectuarse ninguna
comparacin positiva, en la medida que no
pareca
presentarse
ninguna
otra
perspectiva, en que tcdo lo que se propona
en el mercado poltico no presentaba ms
que variaciones de la misma corrupcin
esencial, las masas han aceptado el
gaullismo.
Y ello an menos significa que si, en tal
o cual momento, el partido comunista
hubiese tenido otra poltica, todo hubiese
sido diferente. En primer lugar, el partido
comunista de ningn modo poda hacer
otra poltica que la que ha hecho: la
poltica de una organizacin burocrtica
vinculada a Rusia, cuyo objetivo es
instaurar
en
Francia
una
dictadura
totalitaria y es incapaz de lograrlo
actualmente, que encima teme cualquier
movilizacin autnoma de las masas y sin
embargo est obligada a atraerse a esas
masas sin las cuales no es nada, y que por
tanto, finalmente, se ve reducida a andar
con rodeos en todas las cuestiones
esenciales. Las ideas sobre las que est
construido, la mentalidad de sus cuadros,
su estructura y sus mtodos de accin, el
tipo de relaciones que mantiene con los
obreros, todo eso excluye totalmente el que
alguna vez pueda cambiarla. Pero incluso
si, milagrosamente, el partido comunista
hubiese cambiado de poltica en un
momento dado, ello no bastara para borrar
los resultados de toda su accin anterior.
No hubiese suprimido la profunda escisin
que l mismo ha creado en el seno del
proletariado francs, ni hubiese impedido
que
continuase
representando
para
numerosos obreros e intelectuales franceses
la perspectiva de instauracin en Francia

de un rgimen similar al ruso, que con


razn aborrecen, sobre todo despus de la
revolucin hngara. No hubiese anulado de
golpe los productos de veinticinco aos de
propaganda
patriotera,
de
actitudes
reformistas, de ese trabajo permanente
tendente a destruir en el proletariado todo
germen de accin autnoma, de autoorganizacin, de iniciativa, de crtica,
tendente a apegarlo a la grandeza
francesa, a hacerle olvidar lo que es el
socialismo, a persuadirle de que nada
puede por s mismo v fuera del partido.
Los diversos elementos de la evolucin
poltica francesa desde la guerra, la actitud
del proletariado, la de las organizaciones
obreras y la relacin entre ambas forman
im todo indisociable. Al haber concedido
su confianza al partido comunista, al
haberlo sostenido, nutrido, el proletariado
ha sufrido de rechazo los resultados de la
accin de ese partido, y no slo
superficialmente; hasta un cierto punto, han
calado profundamente en l. En esa etapa,
el resultado no poda ser otro que el
deterioro de todas las ideas y de todas las
voiuntades, el oscurecimiento de toda
perspectiva de accin autnoma, lo que ha
conducido finalmente a la instauracin del
gaullismo.
Pues cuando lleg el 13 de mayo, la
poblacin trabajadora no slo haba perdido
desde haca tiempo toda ilusin respecto al
rgimen y a las organizaciones obreras;
tambin haba perdido, en lo esencial, toda
fe en sus posibilidades de organizacin y
de accin. No llegaba a considerar la
perspectiva de un rgimen fundamentalmente diferente, o bien retroceda ante la
enormidad de los problemas que semejante
cambio habra planteado. La

74

actitud de las organizaciones ante los


acontecimientos, la participacin de los
socialistas en la operacin de Gaulle, los
comunistas agarrados a los faldones de
Pflimlin y luego manteniendo una tibia
oposicin a de Gaulle sin colocar en su
lugar ms que un retorno apenas disfrazado
a las bellezas de la IV Repblica, todo ello
ha acentuado sin duda el desconcierto y el
hasto de los trabajadores, pero no ha
desempeado un papel primordial. Lo
esencial reside en otro lugar: en el trabajo
de las organizaciones burocrticas durante
decenios
tendente
a
integrar
ideolgicamente a los trabajadores en la
sociedad capitalista, consiguindolo en
parte, al menos hasta el punto de borrar
cualquier perspectiva de accin autnoma
en el plano poltico.
Sin duda se puede decir, en abstracto,
que incluso en esas condiciones el
proletariado habra podido sacarlo todo de
s mismo e ir hacia delante. No lo ha
hecho, y de nada sirve comentar eso, a no
ser para los que siempre quieren encontrar
en la inmadurez de las condiciones una
justificacin de su inaccin.
Privada as de toda perspectiva de
accin propia, qu poda hacer la mayora
de los trabajadores si no votar s el 28
de setiembre? Fuera del gaullismo, no le
proponan nada, a no ser el retorno a la IV
Repblica, o en tal caso lo desconocido, el
caos y la amenaza de una guerra civil que
precisamente habra planteado los problemas que no quera y no poda
plantearse. Frente a ello, de Gaulle
representaba una posibilidad de cambio,
incluso ms: si nuestros asuntos de todos
modos han de ser llevados por otros
distintos a nosotros, ms vale que lo sean
por alguien eficaz y que al menos parece
saber lo que quiere.
De ese inodo, una etapa del movimiento
obrero en Francia termina en la derrota, en
el hasto y la apata de los obreros, en el
fracaso de las organizaciones burocrticas.

Los revolucionarios han de observar esta


situacin sosegadamente y de frente, pero
contemplando sobre todo el futuro y
reflexionando sobre las condiciones y la
orientacin de maana.
El estado actual de apata de las masas
no ser eterno. No ser preciso mucho
tiempo para que las nubes de humo y
polvo, las falsas pesadillas y las esperanzas
insensatas se disipen, para que el nuevo
rgimen aparezca en su dimensin real,
para que los trabajadores encuentren de
nuevo, absolutamente
intacta, la dura realic
dad de la ociedad de clases, la dura
necesidad de la lucha. Entonces cambin
encontrarn de nuevo, sin duda, las
lecciones del perodo que acaba de
terminar.
Es poco probable, en efecto, que las
organizaciones
burocrticas
puedan
continuar desempeando el mismo papel de
freno de las luchas como en el pasado. Su
desgaste, manifiesto desde hace tiempo, y
en un punto lgido desde el 13 de mayo,
slo puede acelerarse bajo el nuevo
rgimen. En verdad, esas organizaciones de
ahora en adelante carecen de sentido; en el
nuevo perodo apenas se perciben las
razones de ser del partido comunista, del
partido socialista, de la U.G.S. o de
Mends-France. La poltica de grandeza y
renovacin de Francia, de ordenacin
racional de las relaciones con frica y las
colonias, de poner orden en los negocios
de la sociedad establecida, que ellos han
pedido, de Gaulle la est realizando. Qu
es lo que separa a la oposicin actual del
gobierno? Casi nicamente el pedirle que
vaya ms de prisa en Argelia, o el poner
en duda sus intenciones. En el teneno en el
que, desde hace tiempo, se ha situado, el
terreno de la mejora del capitalismo, esta
oposicin es y seguir siendo realmente
una oposicin de Su Majestad. En esas
condiciones, podr persuadir al pas de
que su suerte depender de la eleccin de
78

50 y no 40 diputados comunistas en un
Parlamento rabadilla algunos meses
despus de que 150 diputados comunistas
en un Parlamento soberano han probado
con estrpito su total inutilidad?
Esta situacin colocar en un nuevo
terreno las relaciones entre los obreros y
las organizaciones burocrticas. Ya en
1953, en 1955, en 1957, la tensin entre
los trabajadores y la burocracia sindical
estaba cerca de un punto de ruptura. Nadie
puede afirmar si esa ruptura estallar en el
prximo perodo, pero una cosa es cierta:
slo con esa condicin podr haber una
accin obrera. Si las organizaciones
burocrticas todava fuesen capaces de
mantener
su
influencia
sobre
los
trabajadores, habra que sacar la conclusin
de que no se vern luchas importantes,
cualesquiera que sean las condiciones
objetivas. En el otoo de 1957, a pesar del
considerable deterioro de sus condiciones
de vida, la clase obrera no ha podido
romper la barrera de las organizaciones
sindicales ni superar las dificultades que
experimentaba ante la idea de una lucha
generalizada que corra el riesgo de rebasar
las reivindicaciones salariales; y la
efervescencia en las fbricas ha acabado en
nada. En el perodo actual, la influencia de
las organizaciones burocrticas y las
dificultades que expe- rimenian los obreros
para vislumbrar una perspectiva propia no
actan como un obstculo con el que
tropezara su accin en una etapa de su
desarrollo, y que impedira llegar ms
lejos; actan al principio, y simplemente
impiden que se desencadenen las luchas.
Slo si logran actuar de una forma
autnoma podrn luchar los trabajadores, y
luchar eficazmente, en defensa de su
condicin. En el caso contrario, todo lo
ms asistiremos a tentativas espordicas,
abortadas, quebrantadas, que no conducirn
ms que al desnimo y a la consolidacin
del poder absoluto del empresariado.
79

Pero el desarrollo de la capacidad de los


trabajadores
para
actuar
de
forma
autnoma, la creacin de posibilidades de
extensin y profundizacin de sus luchas,
exigen de un modo imperioso la inmediata
construccin de una organizacin obrera
revolucionaria. sta es la leccin crucial
que se extrae de los catorce aos de postguerra en Francia. Intentos de accin
autnoma de los trabajadores se han
producido varias veces, en diversos
momentos y en diferentes lugares. Con
inmensas dificultades, la clase obrera,
incluso durante el perodo que acaba de
transcurrir, ha logrado extraer de s misma
los primeros elementos de una respuesta
revolucionaria a la situacin en todo tipo
de problemas. Ha desencadenado luchas en
contra de las organizaciones, como en
1953; ha vuelto a dar a las huelgas su
verdadero carcter de combate, como en
1955 en Nantes; se ha levantado contra la
guerra de Argelia, con las manifestaciones
de la primavera de 1956. Estos intentos
siempre se han quedado en conatos o han
sido cortados de raz. Por qu? Porque, en
vez de encontrar una organizacin
revolucionaria que habra recogido su
contenido, los habra dado a conocer al
conjunto de la clase obrera del pas, les
habra proporcionado los medios de
expresin necesarios, las indispensables
relaciones con otras localidades y otras
profesiones, han encon- tardo frente a ellos
a la burocracia sindical y poltica que se ha
dedicado intensamente en hacerlos abortar,
en impedir que se propagasen, en
mantenerlos ocultos del resto de los
trabajadores.
Los acontecimientos en Francia han
demostrado de forma aplastante la
necesidad de una organizacin revolucionaria, no para dirigir a los obreros,
ni para sustituirlos, sino para propagar,
amplificar y desarrollar los mtodos y las
formas de accin, los objetivos de lucha, la
conciencia de clase que los propios obreros
80

crean constantemente. Los acontecimientos


de catorce aos han probado que las
dificultades, ya enormes, que experimenta
el proletariado bajo el capitalismo para
llegar a una clara conciencia de sus
objetivos de clase y de los medios adecuados para realizarlos, se multiplican
hasta el infinito por la accin de las
organizaciones burocrticas. Han probado,
igualmente, que esa accin no permanece
exterior a la clase obrera, sino que tiende a
penetrar profundamente en ella, a someterla
a las ilusiones reformistas y patrioteras, y,
lo que es ms importante, a demoler constantemente en ella la idea de que es capaz
de resolver sus problemas por su propia
accin. Y eso se extiende a todos los
niveles. La burocracia obrera se ha
esforzado sistemticamente en hacer olvidar
a los obreros franceses que una huelga ha
de ser dirigida por un comit de huelga
elegido, revocable y responsable ante los
huelguistas y lo ha logrado. Se ha
esforzado igualmente en hacerles olvidar lo
que es una transformacin revolucionaria
de la sociedad, lo que significa el
socialismo, en persuadirles de que son
incapaces de administrar por s mismos sus
asuntos y la sociedad e igualmente lo
ha logrado.
Este ultimo punto, que puede parecer
distante y abstracto, en realidad es el ms
concreto y el ms importante de todos.
Desde el momento en que la crisis del
rgimen capitalista alcanza un cierto grado
de intensidad, los obreros ya no pueden
defender su condicin sin plantear el
problema total de la sociedad. Se vio
claramente en el otoo de 1957, se ha
visto todava mejor en mayo de 1958. En
el primer caso, los obreros se dieron cuenta
de que la revalorizacin de los salarios
dependa de la situacin econmica en
conjunto de Francia, determinada a su vez
por la guerra de Argelia. Una lucha por los
salarios que adquiriese una cierta amplitud
planteara
inevitablemente
tanto
el
81

problema del control de los precios,

82

sin el cual los aumentos salariales seguiran


siendo ilusorios, como el de la poltica
argelina por tanto, condu- cira a
una lucha por el poder. Pero qu poder?
La i cuestin todava se ha planteado ms
claramente el 13 de , mayo. Luchar contra
un fascismo o un Estado autoritario? S.
Para mantener la IV Repblica? De
ninguna manera. Pero entonces para qu?
{

Ms all del nivel elemental de la


empresa, no puede < haber accin de clase
sin perspectiva revolucionaria. Aho- < ra
bien, el funcionamiento cotidiano del
rgimen capita- { lista, el trabajo cotidiano
de la burocracia obrera, tienden a la vez
objetiva e intencionadamente a oscurecer, a
embrollar, a borrar esa perspectiva en la
conciencia de los trabajadores. A este
respecto, el papel de una orga- < nizacin
revolucionaria es absolutamente decisivo,
en tan- 4 to que traza una perspectiva
socialista, muestra en tr- . minos
concretos que existe una solucin obrera a
la crisis de la sociedad y que el
proletariado es capaz de realizarla.
Es necesario que una organizacin
revolucionaria proclame constante y
abiertamente la necesidad de una trans- (
formacin socialista de la sociedad, que
indique el con- < tenido de esa
transformacin a partir de la experiencia
de las luchas revolucionarias del
proletariado y de sus necesidades actuales,
que muestre los problemas con los que se
encontrar v las soluciones que se les
puede dar.
Esa perspectiva es el elemento catalizador
que permite la cristalizacin de las ideas
y de las voluntades de los < trabajadores,
sin la cual correran el riesgo de no lograr
( nunca la claridad necesaria para una
accin decisiva. Al mantener
constantemente presente el objetivo

socialista ante los trabajadores la


organizacin no ocupa su lugar, tan slo
les recuerda lo que fue su propia accin en
sus l momentos ms lgidos. Pues el
socialismo no es un in- 4 vento de
idelogos y de tericos, sino la propia
creacin 4 de la clase obrera, que ha
realizado la Comuna, los Soviets, los
Consejos obreros, que ha reivindicado la
gestin de la produccin, la supresin del
salario y la igualacin de las
remuneraciones, que ha proclamado que no
I espera su salvacin de Dios, Csar o
tribunos, sino de s < misma.

.
Por tanto, la primera tarea de hoy
radica en emprender la construccin de
una organizacin obrera revolucionaria,
sobre bases ideolgicas que excluyan
todo compromiso, toda confusin, toda imprecisin.
Esa organizacin tendr que sacar fruto de
la experiencia del movimiento obrero
francs e internacional. Tendr que restablecer el contenido de las grandes luchas
del pasado, pero tambin tendr que
responder a las necesidades actuales de los
trabajadores y a los problemas planteados
por la evolucin de la sociedad moderna.
Proclamar abierta y cotidianamente que el
objetivo del proletariado no puede consistir
en limitar o arreglar la explotacin
capitalista, sino en suprimirla. Mostrar
que todos los intentos de reformar y de
mejorar el capitalismo no han atenuado
en nada la crisis de la sociedad
contempornea; que mediante el mercado
o mediante la planificacin, con la
propiedad privada o la propiedad
nacionalizada, los explotadores capitalistas
y burcratas slo persiguen sus intereses y,
tanto unos como los otros, son radicalmente incapaces de asegurar un desarrollo
racional y armoniosa de la sociedad; que
con la expansin o la recesin, los salarios
84

elevados o bajos, la vida de un trabajador


siempre es la misma, la de un ejecutante
atado a una tarea eternamente repetida,
esclavizado a las rdenes de los dirigentes,
la de un consumidor que nunca logra que
le llegue el dinero y corre tras las
necesidades siempre ms acerbadas que
crea la sociedad moderna.
Mostrar que la nica salida posible a la
crisis de la sociedad es el socialismo,
entendido como el poder de los Consejos
de trabajadores y la gestin obrera de la
produccin, de la economa, de la
sociedad. Denunciar la mistificacin de la
nacionalizacin y de la planificacin,
mostrando que slo son la forma del poder
de la burocracia poltica y econmica y
que no suprimen ni la explotacin ni la
profunda anarqua del capitalismo. Mostrar que la produccin slo podr
orientarse en el sentido de los intereses de
la sociedad si son los propios trabajadcres quienes la dirigen, que slo
puede haber planificacin socialista si las
masas organizadas deciden sobre sus
objetivos y sus medios; que en una
sociedad socialista no puede existir otro
Estado y otro poder que el de los
trabajadores organizados en Consejos.
Recordar que la instauracin de ese poder
siempre ha sido el objetivo de la clase
obrera en sus grandes luchas revolucionarias; analizar las dificultades que han
encontrado esas luchas, los obstculos que
tendrn que vencer en el futuro, a fin de
ayudar al proletariado a elevarse a la altura
de su tarea histrica: la realizacin de una
sociedad por vez primera humana.
La organizacin revolucionaria no
hablar del socialismo los domingos y los
das
de
fiesta.
Hablar
de
l
constantemente, pero tambin y sobre todo
se inspirar en los principios del
socialismo en su accin cotidiana y
corriente. Estar incondicionalmente al
lado de los trabajadores en la defensa de
su condicin, a la que cada da les obliga
85

el rgimen de explotacin. Pero su actitud


siempre estar regulada por el siguiente
principio: que son los propios obreros los
que siempre han de dirigir sus luchas,
definir sus reivindicaciones, escoger sus
medios de accin. Pondr
a su disposicin
:
sus medios de expres n, de informacin y
de comunicacin. Se dedicar a difundir en
el seno de toda la clase obrera el ejemplo
y la experiencia de las luchas parciales. Su
accin tendr como fin y como medio
principal el desarrollo de la conciencia de
los trabajadores y de su confianza en su
propia
capacidad
de
resolver
sus
problemas.
La estructura de la propia organizacin
deber ser un ejemplo del funcionamiento
colectivo y democrtico a los ojos de la
clase obrera. Por otra parte, sta es la
condicin
necesaria
para
que
la
organizacin sea eficaz. La orientrcin de
la organizacin la definir la base; los organismos y las personas encargadas de las
tareas indispensables de centralizacin
estarn bajo el control permanente del
conjunto de los militantes. Pero eso no son
simples reglas de democracia formal: slo
de esta manera el conjunto de la
organizacin
puede
estar
realmente
asociada a su trabajo, los individuos
pueden movilizarse por objetivos cuya
importancia conocen puesto que ellos
mismos los han definido, y pueden
desplegar y desarrollar sus capacidades.
Una organizacin que reduce a sus
miembros al papel de ejecutantes no es
simplemente antidemocrtica; tambin es, y
sobre todo, ineficaz, pues slo puede poner
en marcha una nfima parte del potencial
humano que representan sus miembros.
Esa
organizacin
se
construir
inevitablemente en el perodo por venir.
Las ideas sobre las que debe basarse
existen y cada da se hacen ms evidentes
para un nmero creciente de individuos.
Las luchas obreras demostrarn su vital
necesidad. Han aparecido jvenes genera86

ciones, sobre las que no han influido ni las


instituciones oficiales ni las viejas
organizaciones, y sienten en su carne la
crisis de la sociedad. Pero el ritmo de su
construccin puede estar determinado de
un modo decisivo por la actitud que
adoptar, en los prximos meses, esa
importante fraccin de militantes de las
organizaciones tradicionales que reflexiona
en la actualidad sobre los acontecimientos
e intenta sacar conclusiones de ellos.
Anteriormente se ha analizado, en
efecto, la evolucin de Francia desde el
final de la guerra al describir las relaciones
entre el proletariado y la burocracia obrera. Pero ese anlisis seguira siendo
incompleto si silenciase el papel capital de
ese elemento indispensable de unin entre
los trabajadores y las direcciones burocrticas que han sido los militantes. Sin la
participacin cotidiana de decenas y
centenares de millares de militantes, ni los
sindicatos, ni los partidos obreros
habran podido actuar o simplemente
existir. En su mayor parte, cualesquiera
que hayan podido ser sus defectos o sus
deformaciones, no podemos confundir a
esos
militantes
con
la
burocracia
estaliniana o reformista. Han luchado sinceramente por lo que crean que era la
defensa de los intereses de los trabajadores
o una poltica que conduca al socialismo.
En la actualidad, estn obligados a constatarlo: a qu han conducido todos esos
aos de duro trabajo, esas tardes pasadas
en reuniones y esas noches pegando
carteles, ese dinero, esos diarios vendidos,
esas peleas, esas injurias, esa perpetua
tensin? A que la clase obrera se aparte de
ellos y de las ideas que se supona que
encarnaban; a que de Gaulle se instale en
el poder.
Frente a esta realidad, numerosos
militantes consiguen ver en la actualidad
que la poltica de las organizaciones
burocrticas forma un todo, que no haba
errores, que su actividad desde hace
87

catorce aos preparaba necesariamente el


resultado de hoy, que de rechazo aclara
definitivamente su sentido. De ese modo
llegan a una crtica radical de la direccin
de
las
organizaciones
y
de
esas
organizaciones como tales, sin duda la
primera necesidad actual. Pero eso no
basta. Los militantes ya ven claro el papel
de sus direcciones. Actualmente no tienen
ninguna influencia sobre las masas, slo
pueden decirse: Las masas no han podido
hacer todo por s mismas, y nuestras
organizaciones lo han hecho todo para que
no ha-

88

gh nada. Pero tambin es indispensable


que se pregunten: qu hemos hecho
nosotros?
Sin su accin, las organizaciones no
hubieran podido desempear el papel que
han desempeado. Los militantes han de
comprender, pues, sus responsabilidades, no
para entristecerse o para darse golpes en el
pecho, sino para avanzar; y por eso han de
intentar
comprender
claramente
las
motivaciones de ese comportamiento que
les ha conducido durante aos a sostener
una poltica diametralmente opuesta a los
fines que crean perseguir al militar.
En la base de ese comportamiento se
encuentran dos postulados estrechamente
ligados. En primer lugar, la idea de que
ante todo lo importante es militar y
actuar
eficazmente,
midindose
ia
eficacia por la capacidad de influir en lo
inmediato y de una forma visible en la
vida de la sociedad, luego en la vida del
rgimen capitalista, por la capacidad de
ejercer una presin en la accin del
gobierno, de obtener para ello el mayor
nmero posible de votos en las elecciones,
etc. Como slo una gran organizacin
puede actuar eficazmente en ese sentido,
de ello resulta que la existencia, la unidad,
el prestigio de semejante organizacin se
convierte en fines en s que hay que
defender al precio que sea y, finalmente,
cualquiera que sea la poltica de la
organizacin. Ello tanto ms y ste es
el segundo postulado cuanto que los
militantes no tienen por qu preocuparse,
una vez que se han afiliado a la
organizacin, de la justeza de tal o cual
accin, y an menos de su poltica de
conjunto, que no tienen ms que aplicarla y
defenderla ante el pblico, que no tienen
que reflexionar sobre ella ms que para
ejecutarla mejor y que, en cuanto a lo
dems, el Comit poltico piensa por ellos.
Apenas resulta necesario recordar hasta
qu punto se vienen abajo, en la

actualidad, estos postulados bajo el peso de


sus propias consecuencias. Los militantes
han actuado durante aos en pro de la
eficacia y qu resultado han obtenido?
Igualmente hubieran podido pasar esos aos
copiando El Capital en el dorso de un sello
de correos, construyendo un Kremlin de
miniatura con cerillas, y ello hubiese sido
igual de provechoso para sus objetivos.
Algunos
doctrinarios
sectarios
no
comprendan lo importante que era que el
P.C. tuviese 150 diputados;
los ha tenido. Qu han hecho y dnde
estn ahora? Los problemas eran resueltos
por Stalin y Thorez; el Comit poltico
pensaba por ellos, posea la ciencia y las
informaciones que los simples militantes
no podan poseer. Por tanto, siempre tena
la razn, no poda equivocarse. Pero quin
se ha equivocado entonces? o acaso
vivimos en un espejo y de Gaulle es un
fantasma? Los problemas que se incubaban
en ellos desde haca largos aos, los
interrogantes que se acumulaban Tito,
la actitud de las organizaciones frente a las
luchas obreras, Berln-Este, el XX
Congreso, Argelia, Polonia, Hungra, Suez,
para mencionar tan slo los ms punzantes
se los ocultaban al precio de un
esfuerzo cada vez mayor, apegndose
desesperadamente a esta sola realidad
tangible: la organizacin, el partido, su
fuerza, su eficacia, que sobre todo era
preciso no poner en peligro mediante dudas
y crticas, La organizacin, que al principio
slo era un medio para realizar ciertos
fines polticos, se converta as en el fin
absoluto, y su poltica tan slo en un
medio.
Ese fin absoluto es en la actualidad
una nada grotesca, esa realidad una
perfecta
ilusin:
esos
partidos
son
cadveres, no han cambiado nada a nada, y
an son menos capaces de cambiarse a s
mismos. Los problemas esquivados desde
hace aos, la realidad impide en lo sucesivo que sean aplazados an ms si se
90

quiere seguir siendo consecuente: si lo que


ante todo interesa es la accin eficaz,
cmo no ver no slo que la accin de los
partidos ha sido totalmente ineficaz, sino
que ahora en adelante les est vedada toda
eficacia?
Slo con la condicin de despojarse de
esas ilusiones (y de no reeditarlas bajo
formas ligeramente modificadas) podrn
superar los militantes su crisis actual y
desempear un papel positivo en el
desarrollo de una nueva organizacin
revolucionaria.
La accin poltica no tiene sentido, en
efecto, si no es eficaz. Pero el problema
es: con respecto a qu es eficaz. Una
poltica revolucionaria es eficaz en la
medida en que eleva la conciencia y la
combatividad de los trabajadores, les ayuda
a librarse de los engaos de la sociedad
establecida
y
de
sus
instrumentos
burocrticos, elimina los obstculos de su
camino y aumenta su capacidad de resolver
sus problemas. Es eficaz ayudar a diez
obreros a comprender claramente los
problemas actuales;
no lo es en absoluto hacer elegir diez
diputados comunistas suplementarios.
La accin poltica no tiene sentido fuera
de
una
organizacin.
Pero
qu
organizacin? y para hacer qu? La
organizacin
no
es
nada
si
su
funcionamiento, su actividad, su poltica
cotidianas no son la encarnacin visible y
controlable por todos de los fines que
proclama. Esto es mucho ms importante
que el tamao de la organizacin como tal,
que, propiamente hablando, no posee ningn significado fuera del contenido de la
organizacin: una organizacin burocrtica
tres veces ms importante es simplemente
tres veces ms nefasta, y nada ms.
Los militantes que sacan conclusiones
del
fracaso
de
las
organizaciones
tradicionales y quieren ir hacia delante han
de comprender que, si no quieren volver a
seguir el mismo calvario con la misma
91

nada al final, es preciso empezar por el


principio. Han de abandonar la idea de que
pueden ahorrarse una revisin radical de
las ideas con lap que han vivido durante
aos. Han de desembara- rarse de esa
ilusin que en la actualidad se apodera
curiosamente de la oposicin comunista
y muestra lo profundas que pueden ser las
supervivencias del estali- nismo de que
basta criticar al P.C. sobre problemas
finalmente coyunturales, como su actitud
sobre Argelia o el 13 de mayo, y de que
sobre todo hay que evitar plantear los
grandes problemas abstractos: si se introducen en ese camino, se preparan para la
misma suerte poltica que el P.C., cuando
la cuestin argelina ya no se plantee y el
13 de mayo haya sido olvidado. Sobre todo
han de comprender que los principios de
una nueva organizacin revolucionaria
sern fatalmente modestos, que por ello no
tienen ni que entristecerse ni que
regocijarse, sino simplemente reconocer que
se es el nico camino abierto hoy y que
todo lo dems es charlatanismo poltico.
Los que quieren algo grande pueden
seguir en el P.C.; los que se contentan con
menos pueden ir a la U.G.S. Pero los que
quieren habitar en algo slido tendrn que
construrselo ellos mismos. Casi todos los
materiales estn ah, pero la tierra est
desnuda.
Durante un tercio de siglo el movimiento
obrero ha estado casi totalmente dominado
por la burocracia, esta- liniana o
reformista. Desde hace algunos aos las
manifestaciones ms diversas, pero que
expresan todas ellas

92

finalmente la misma evolucion, anuncian


que este perodo se acaba. En el Este, el
proletariado de Berln, de Poz- nan, de
Budapest ha luchado de frente contra el
poder de la burocracia, e incluso en Rusia
el Kremlin ya no puede gobernar como lo
haca en el pasado. En los pases
occidentales
la
influencia
de
las
organizaciones burocrticas sobre los
trabajadores est profundamente desgastada.
En Francia, este desgaste por el momento
se manifiesta de un modo negativo, por el
hasto y la retirada de los obreros. Pero
hay que mirar ms lejos. El renacer de las
luchas obreras es ineluctable, y stas
difcilmente podrn pasar por las vas
tradicionales. Al nuevo perodo del movimiento
obrero
corresponder
necesariamente una nueva organizacin,
que extraer experiencias de la fase de burocratizacin en cuanto al programa
socialista, en cuanto a su propia estructura,
en cuanto a sus relaciones con los
trabajadores. Esta organizacin no podr
construirse ms que sobre bases ideolgicas
claras, eliminando implacablemente los
neo-reformismos, los neo-estalinismos y los
neo-trotskismos que en la actualidad crecen
en la confusin y no tienen ms inters
que para la arqueologa poltica.
Para la construccin de esa organizacin
Socialisme ou Barbarie llama a todos los
que quieren trabajar por el proletariado y el
socialismo.

RR

Nota sobre Lukcs


y Rosa
45
Luxemburg

El libro de Georg Lukcs, Historia y


conciencia de clase, fue publicado en 1923;
los textos que lo componen fueron escritos
entre 1919 y 1922, en pleno perodo revolucionario. La posterior evolucin de su
autor que, para permanecer en el seno de
la Internacional Comunista, ha renegado de
su libro y ha prohibido su reedicin, no
puede oscurecer el hecho de que se trata
de una obra terica de capital importancia
y, en el plano filosfico, sigue siendo casi
la nica contribucin al marxismo relevante desde el propio Marx.
Las Observaciones crticas a la
Revolucin rusa de Rosa Luxemburg
plantean, a travs de la defensa de la
poltica
bolchevique
emprendida
por
Lukcs, lo esencial de los problemas de
una poltica revolucionaria en el perodo
de
derrocamiento
del
rgimen
de
explotacin, No es necesario indicar que
publicamos
este
texto
como
una
45S. ou B., n. 26 (noviembre de
1958). Esta nota era una introduccin al
texto de Lukcs Observaciones crticas
acerca de la crtica de la revolucin rusa
de Rosa Luxemburg, publicado por la
revista en la traduccin de K. Axelos y J.
Bois, antes de que apareciese en Historia y
conciencia de clase (Pars, ed. de Minuit,
1960, pp. 309-332). (Hay traduccin al
castellano, de M. Sacristn, en Editorial
Grijalbo.) En este texto, Lukcs criticaba
La revolucin rusa de Rosa Luxemburg,
publicada en alemn por vez primera en
1922.
RR

contribucin a la discusin de esos


problemas,
sin
por
ello
compartir
necesariamente los puntos de vista del
autor. No es ste el lugar idneo para
emprender su discusin sistemtica; los
lectores de Socialisme ou Barbarie, si lo
desean, pueden conocer nuestro punto de
vista, remitindose a los numerosos textos
ya publicados por la revista sobre esas
cuestiones. No obstante, en un punto

RR

el texto de Lukcs requiere que


hagamos aqu un comentario.
Lukcs critica con razn a Rosa por su
concepcin orgnica de la revolucin, y
como olvida sacar todas las implicaciones
que se desprenden de la idea de la revolucin violenta. Recuerda que, al
contrario de la revolucin burguesa que
slo tiene que suprimir los obstculos que
impiden la completa expansin de una
produccin capitalista ya desarrollada, la
revolucin proletaria ha de emprender la
transformacin consciente de las relaciones de produccin, transformacin para la
que el capitalismo slo crea, por un lado,
los presupuestos objetivos (es decir,
materiales), y por otro, al proletariado
como clase revolucionaria. Sin embargo, a
su vez deja completamente en la sombra
la cuestin de saber en qu consiste esa
transformacin. Cuando dice, por ejemplo,
que por elevada que sea la concentracin
de capital siempre queda por efectuar un
salto cualitativo para pasar al socialismo,
el contenido de ese salto cualitativo queda
totalmente indeterminado: el contexto, y
el hecho de que todo ello tiene como
objetivo defender la poltica bolchevique,
da a entender que se tratara de llevar esa
concentracin al lmite (mediante la
nacionalizacin o es- tatizacin) y
suprimir
a
los
burgueses
como
propietarios privados de los medios de
produccin. Ahora bien, en realidad el
salto cualitativo en cuestin consiste en la
transformacin del contenido de las
relaciones de produccin capitalistas, la
supresin de la divisin en dirigentes y
ejecutantes, en una palabra: la gestin
obrera de la produccin. La maduracin
del
proletariado
como
clase
revolucionaria, condicin evidente de toda
revolucin que sea un simple golpe
militar, adquiere entonces un nuevo
sentido. Sin duda, no puede ser siempre

89

considerada
como
el
producto
espontneo y simplemente orgnico
de la evolucin del capitalismo, separado
de la actividad de los elementos ms
conscientes y de una organizacin
revolucionaria; pues se trata de una maduracin
no
respecto
al
simple
levantamiento, sino respecto a la gestin
de la produccin, de la economa, de la
sociedad en su conjunto, sin la cual
hablar de revolucin socialista es algo
totalmente desprovisto de sentido. El
papel del partido, entonces, no consiste en
modo alguno en ser el partero por la
violencia de la

90

nueva sociedad, sino en ayudar a esa


maduracin, sin la cuai su violenica slo
puede conducir a resultados opuestos a
los fines que persigue. Ahora bien, a este
respecto, hay que recordar que el partido
blochevique no slo no ayud, sino que
la mayora de las veces se opuso a los
intentos de apoderarse de la gestin de
las fbricas realizados por los Comits de
fbrica rusos en 1917-18.
Vista desde este ngulo, y por supuesto
tambin a la luz de la posterior evolucin
de la revolucin rusa, la distincin entre
la dictadura del partido y la dictadura de
la
clase,
que
Lukcs
descarta
desdeosamente,
adquiere
toda
su
importancia; no se trata de ms o menos
democracia, ni siquiera se trata de dos
concepciones distintas del socialismo; se
trata
de
dos
regmenes
sociales
diametralmente
opuestos.
Pues,
cualesquiera que sean las intenciones y la
voluntad de las personas, de los grupos y
de las organizaciones, la dictadura del
partido
inevitablemente
slo
puede
conducir a la dictadura de una nueva
clase burocrtica.
En ese contexto adquiere verdadero
sentido el problema de la libertad. Slo
los organismos de masas del proletariado
pueden decidir si tal o cual corriente
poltica ha de ser libre o no; sin duda,
pueden equivocarse, pero nadie en la
tierra puede protegerlos de tales errores.
Es demasiado fcil limitarse a decir que
el reinado del proletariado no tiene como
objetivo servir a la libertad, sino que la
libertad ha de servir al reinado del
proletariado. El reinado del proletariado
slo puede ser la libertad para el propio
proletariado. Lo esencial de la experiencia
radica que en Rusia ni la libertad, ni el
reinado del proletariado han sido salvados
de esa manera. Decir que no podan serlo,
dadas las circunstancias, es otra discusin.
91

Pero lo que los bolcheviques han hecho


quizs
obligados
en
unas
1
circunstancias dadas, lo cua . preparaba
objetivamente la llegada de lo contrario
del socialismo, no hay que erigirlo en
principio general de la revolucin; pues
entonces est el camino abierto a la
identificacin de Kornilov con Kronstadt
efectuada por Trotsky y recogida aqu
por Lukcs que pionto conduce a la
identificacin de Kornilov con Trotsky y
con
el
propio
Lukcs,
como
a
continuacin se han encargado de hacer
Stalin y sus sucesores.

92

Proletariado y organizacin, I *

Las organizaciones que la clase obrera


cre para liberarse, se han convertido en
engranajes del sistema de explotacin. Es
la brutal constatacin que trabajadores,
militantes, y todos cuantos miran de
frente a la realidad tienen que hacer. Y
muchos, hoy, se sienten paralizados por
este
dilema:
cmo
actuar
sin
organizarse? Y, cmo organizarse sin
caer de nuevo en la evolucin que ha
hecho de las organizaciones tradicionales
los ms encarnizados enemigos de los
fines que trataban de realizar?
Algunos creen poder resolver la
cuestin de un modo puramente negativo.
La experiencia, dicen, demuestra que
todas las organizaciones obreras han
degenerado; por tanto, toda organizacin
est condenada a degenerar. Esto es
extraer de la experiencia demasiadas
cosas, o demasiado pocas. Hasta hoy,
todas las revoluciones han sido vencidas o
han degenerado. Hay que deducir de ello
que es preciso abandonar la lucha
revolucionaria? La derrota de las
revoluciones y la degeneracin de las
organizaciones expresan, cada una a su
nivel, un mismo hecho: la sociedad
establecida sale provisionalmente victoriosa de su lucha contra el proletariado.
Si de ah se saca la conclusin de que
seguir sucediendo siempre lo mismo, lo
mejor ser ser consecuente y retirarse del
mundo. Porque plantear el problema de la
organizacin slo tiene sentido entre
quienes estn persuadidos de que pueden

y
deben
luchar
en
comn

organizndose por tanto, entre quienes


no empiezan por postular la inevitabilidad
de su derrota.
Pero para stos, las cuestiones que
plantea
la
degeneracin
de
las
organizaciones obreras toman entonces
pleno sentido, y exigen respuestas
positivas. Por qu han degenerado esas
organizaciones, y qu significa exac* S. ou B., n. 27 (abril 1959),
OI
tamente tal degeneracin? Cul ha sido
su papel en el fracaso momentneo del
movimiento
obrero?
Por
qu
el
proletariado las ha apoyado y no las ha
superado i* Qu conclusiones hay que
sacar sobre la organizacin y la accin en
el futuro?
No hay respuesta simple para tales
cuestiones, porque todas ellas afectan a
todos los aspectos y tareas del
movimiento
obrero
contemporneo.
Tampoco hay una respuesta terica a
secas. El problema de la organizacin
revolucionaria solamente se resolver a
medida que la propia organizacin vaya
construyndose realmente, lo que a su vez
depender del desarrollo de la actividad
de la clase obrera. Pero s debe, desde
ahora mismo, lograr un principio de
solucin. Los revolucionarios no pueden
abstenerse de toda actividad en espera del
desarrollo de las luchas obreras, porque
esas luchas no resolvern el problema de
la organizacin de los revolucionarios
solas, se limitarn a plantearlo a un nivel
ms elevado. Y en el desarrollo de esas
luchas, la organizacin tiene su papel. No
habr construccin real de la organizacin
sin desarrollo de las luchas, ni desarrollo
duradero de las luchas sin construccin de
la organizacin. Si no se acepta este
94

postulado, si se piensa que lo que se haga


o deje de hacerse carece de importancia,
si1 se trata nicamente de ponerse en regla
con la propia conciencia moral, es meior
no leer las pginas que siguen.
Ese inicio de solucin no puede ser
algo emprico, ni puede ser un conjunto
de recetas negativas. Una colectividad de
revolucionarios no puede adoptar ms que
reglas
positivas
de
actividad
y
funcionamiento, y esas reglas deben nacer
de sus principios. Por muy reducida que
sea la organizacin, su funcionamiento, su
actitvidad, su prctica cotidiana, han de
ser la encarnacin visible y controlable de
los fines que proclama.
Responder
al
problema
de
la
construccin
de
una
organizacin
revolucionaria exige pues partir del
conjunto de la experiencia del movimiento
revolucionario y analizar las condiciones
ante las que se encuentra ese movimiento
en al segunda mitad del siglo xx. Para
lograrlo, es preciso realizar algo que
puede parecemos un desvo, y no lo es:
volver a las ideas ms fundamentales,
reconsiderar los objetivos revolucionarios
y la historia del movimiento obrero.
El SOCIALISMO: GESTIN DE LOS

TRABAJADORES POR LOS


TRABAJADORES

Hay un hecho que domina, por sus


consecuencias directas e indirectas, la
historia de la humanidad en el siglo xx:
la clase obrera ha realizado una
revolucin victoriosa en Rusia, en 1917;
y, lejos de llevar al socialismo, esa
revolucin ha terminado por llevar al
poder a una nueva cap explotadora:
la
46
burocracia. Cmo y por qu?
46El anlisis de esta cuestin ocup un
lugar central en el trabajo de Socialisme
ou Barbarie; aqu no podemos sino
95

El proletariado ruso se moviliz en


1917 para destruir el poder del zar y de
los
capitalistas,
para
suprimir
la
explotacin; se arm y se organiz en
soviets y comits de fbrica, para
desarrollar su lucha. Pero cuando despus
de una larga guerra civil quedaron
eliminados los ltimos residuos del
antiguo rgimen, se encontr con que el
poder econmico y poltico volvan a
estar concentrados en manos de una
nueva capa de dirigentes, cristalizada en
torno al partido bolchevique. El proletariado no asuma la direccin de la nueva
sociedad, es decir, de otra manera, no era
la clase dominante. Por tanto, no poda
sino seguir siendo la clase explotada. La
degeneracin de la revolucin rusa no es
otra cosa que el retorno al poder
exclusivo de una capa especfica.
Cuantos factores condujeron a esa
degeneracin tienen, en definitiva, el
mismo
significado
profundo:
el
proletariado no ha asumido la direccin
de la revolucin y de la sociedad que de
ella naci. El partido bolchevique trat
desde el principio, y consigui muy pronto, controlar la totalidad del poder en el
pas. El partido se haba construido en
torno a la idea de ser el dirigente natural
del proletariado, la expresin de sus intereses histricos. Pero las ideas y la
actitud del partido

resumir el contenido de las conclusiones.


Vase S.B., R.P.R., C.S.I., etc.

bolchevique
no
hubieran
podido
prevalecer
si
no
hubieran
sido
compartidas por una gran mayora de la
clase obrera, si la clase obrera no
hubiera tenido tendencia a ver en el
partido el rgano necesario de su poder.
As, los oiganismos que deban expresar
el dominio poltico de ias masas
trabajadoras,
los
soviets,
fueron
transformados rpidamente en meros
apndices del poder bolchevique.
Sin embargo, aunque esa evolucin no
se hubiera realizado en el plano poltico,
no habra cambiado nada fundamental,
porque la revolucin no haba aportado
ninguna modificacin profunda de las
relaciones reales de produccin. Los
propietarios privados fueron expropiados
o exiliados, y el estado bolchevique
confi la direccin de las empresas a los
dirigentes nombrados por l, mientras
combata las pocas tentativas de los
obreros para apoderarse de la gestin de
la produccin. Y quien manda en la
produccin, manda, en ltimo trmino,
en la poltica y en la sociedad. Se form
as rpidamente una nueva capa dirigente
de la produccin, que se amalgam con
los dirigentes del partido y del Estado,
para
constituir
la
nueva
clase
2
dominante .
La conclusin fundamental de la
experiencia de la
2. Durante mucho tiempo se intent
reducir los factores que provocaron la
degeneracin de la revolucin rusa al aislamiento internacional de la revolucin y
al carcter atrasado de Rusia. Es una
explicacin que no explica nada: el aislamiento internacional y el atraso del pas
tambin podran muy bien haber Llevado
a la pura y simple derrota de la revolucin y a la reinstauracin del
capitalismo, y no nos muestran en
absoluto por qu la revolucin pudo

triunfar y degenerar al mismo tiempo.


Poner el acento en esos factores es al
mismo tiempo escamotear lo que
constituye la especificidad histrica de la
revolucin rusa y dejar en silencio sus
enseanzas ms fecundas para la prctica
revolucionaria. Aislamiento y atraso
favorecieron esa evolucin, concretaron su
forma,
pero
no
determinaron
su
significado. Es imposible convertir a la
burocratizacin en un accidente, y es
igualmente imposible pretender que si la
revolucin se hubiese extendido a Alemania, por ejemplo, no hubiera podido
degenerar.
La
evolucin
posterior
demostr ampliamente que el problema de
la burocracia se le planteaba al conjunto
del proletariado internacional, y no poda
resolverse ms que en funcin de una
experiencia de la burocracia como
realidad.
O/
revolucin rusa es, pues, que no basta
con que el proletariado destruya el
dominio burgus del Estado y de la
economa. El proletariado solamente
puede lograr el objetivo de su revolucin
si edifica su propio poder en todos los
terrenos. Si la direccin de la produccin,
de la economa, y del Estado, vuelven
a ser funcin de una categora especfica
de individuos, la explotacin y la
opresin de los trabajadores renacern sin
remedio.
Y con ellas renacer tambin la crisis
permanente que aflige a las sociedades
contemporneas, y cuyo origen ltimo
est en el conflicto entre dirigentes y
ejecutantes dentro de la produccin.
El socialismo no es, ni puede ser, sino
la gestin de la produccin, la economa
y la sociedad por los trabajadores. Esta
idea, que ha constituido desde su inicio
el centro de las concepciones de
Socialisme
ou
Barbarie,
ha
sido
confirmada de forma evidente por la
98

revolucin hngara

47

La autonoma del proletariado


La idea de gestin obrera de la
produccin y de la sociedad implica que
el nico poder en la sociedad postrevolucionaria sea el de los organismos
de masas de los trabajadores (los
Consejos), que lo ejercen directamente.
No se trata, ni mucho menos, de que
unos organismos especiales cualesquiera,
por ejemplo los partidos polticos,
asuman las tareas de poder y gobierno.
Sino que es algo ms que una simple
norma constitucional; una idea que obliga
a reconsiderar en su conjunto los
problemas tericos y prcticos que se
plantean al movimiento revolucionario.
En efecto, no tendra sentido alguno
hablar de gestin obrera si los
trabajadores no fuesen capaces de asumirla y de producir, por tanto, unos
nuevos principios de organizacin y
orientacin de la vida social. La revolucin, y an ms, la construccin de una
sociedad socialista, presupone que la
masa organizada de los traba-

47V. el n. 20 de S. ou B., dedicado


casi exclusivamente a la revolucin
hngara, y los textos revolucionarios
0
hngaros publicados en los n. 21 y 23.

jactares es ya capaz de dirigir,


prescindiendo de cualquier intermediario,
el conjunto de las actividades de la sociedad, es decir, por tanto, que es ya
capaz de dirigirse a s misma en todos
los terrenos, y de manera permanente. La
revolucin socialista slo puede ser
producto de la actividad autnoma del
proletariado, autnoma significando que
se dirige por s misma, que no obedece
sino a s misma.
No hay que confundir esta cuestin con
la de la capacidad tcnica del proletariado
48
para dirigir la produccin
. El
proletariado es el conjunto de los
trabajadores asalariados y explotados, el
productor colectivo. Hace mucho tiempo
que el conocimiento tcnico ha dejado de
ser monopolio de algunos individuos; que
pertenece a una masa de trabajadores de
despacho o laboratorio, sometidos a una
divisin del trabajo ms acentuada cada
da, y cuyo salario es apenas superior al
de los trabajadores manuales. Los jefes
tcnicos resultan, en la produccin, algo
tan superfluo como los capataces; no son
ya grandes ingenieros insustituibles, sino
burcratas que dirigen y organizan, es
decir desorganizan el trabajo de la
masa de tcnicos asalariados. El conjunto
de los trabajadores explotados de talleres
y oficinas contiene en s mismo la
totalidad de capacidades tcnicas de la
humanidad
contempornea.
Para
el
proletariado en el poder, la cuestin de la
direccin tcnica de la produccin no
ser, pues, en absoluto una cuestin
tcnica, sino la cuestin poltica de la
unidad de los trabajadores, de los talleres
y de las oficinas, de la cooperacin entre
ellos, de la gestin en comn de la

48Confusin que constituye lo esencial


de los pseudo- anlisis de Burnham sobre
la burocracia. Vanse los primeros
captulos
de La era de los organizadores.
100

produccin. Sern tambin cuestiones


polticas las que se plantearn al poder
proletario en todos los campos: su propia
organizacin,
las
relaciones
entre
centralizacin y descentralizacin, la
orientacin general de la produccin y de
la sociedad, las relaciones con las otras
capas sociales (campesinos, pequea burguesa), las relaciones internacionales, etc.
El socialismo presupone pues un grado
elevado de conciencia social y poltica en
el proletariado. No puede nacer de una
simple rebelin del proletariado ante la
explotacin, sino, nicamente, de la
capacidad del proletariado para encontrar
por s mismo respuestas positivas a los
inmensos problemas que ha de plantear la
reconstruccin de la sociedad moderna.
Nadie puede tener esa concienca por el
proletariado, en su lugar: ni un individuo,
ni un grupo, ni un partido. No se trata
tan slo de que una sustitucin semejante
llevara
indefectiblemente
a
la
cristalizacin de una nueva capa de
dirigentes, y devolvera en poco tiempo a
la sociedad a su estado anterior. Se trata
de que resulta imposible que una
categora especfica asuma las funciones
que pertenecen a toda la humanidad, y
slo a ella. Una minora de dirigentes
puede resolver tan slo los problemas de
una sociedad de explotacin; o ms bien,
podra resolverlos, porque la crisis de los
regmenes
contemporneos
es
precisamente expresin de un hecho: que la
direccin de la sociedad moderna es una
labor que sobrepasa ya la capacidad de
cualquier cateogra especfica. Lo que es
todava mucho ms cierto con respecto a
los
problemas
que
plantear
la
reconstruccin socialista de la sociedad,
que no podrn resolverse, ni tan siquiera
plantearse correctamente, sin desplegar
toda la actividad creadora de la inmensa
mayora de los individuos. Porque esa re101

construccin significa exactamente, y


rigurosamente, reini- ciarlo todo y
rehacerlo todo: las mquinas, las fbricas,
los objetos de consumo, las casas, los
sistemas educativos, las instituciones
polticas, los museos, las ideas, la ciencia
misma. Y hacerlo de acuerdo con las
necesidades de los trabajadores y desde
su
perspectiva,
porque
de
esas
necesidades y de la manera de
satisfacerlas, slo los trabajadores mismos
pueden ser jueces. Incluso si en torno a
un punto particular el concepto de los
especialistas es ms correcto, ser intil
en tanto en cuanto los interesados no
vean su justeza y su necesidad. Y cualquier tentativa de imponer a la gente, en
lo que concierne a su propia vida,
soluciones que no aprueben, har que se
conviertan
de
inmediato
y
automticamente
en
soluciones
monstruosamente falsas.
El desarrollo del proletariado hacia el
socialismo
El socialismo asi concebido, es una
perspectiva histrica, una posibilidad que existe dentro
de la sociedad moderna, o un sueo? El
proletariado, es simplemente un material
de explotacin, una clase moderna de
esclavos industriales que de vez en
cuando estalla en revueltas sin esperanza?
O tal vez las condiciones de su existencia y de su lucha contra el capitalismo
le llevan a desarrollar una conciencia, es
decir, una actitud, una mentalidad, ideas
y acciones, cuyo contenido se dirige hacia
el socialismo?
La respuesta a esa pregunta est en el
anlisis
de
la
historia
real
del
proletariado, de su vida en la produccin,
de sus movimientos polticos, de su

actividad durante los perodos de


revolucin; anlisis que, de nuevo,
conduce a la alteracin de todas las ideas
tradicionales sobre el socialismo, las
reivindicaciones obreras o las formas de
organizacin.
En primer lugar, la lucha del
proletariado contra el capitalismo no es
nicamente reivindicativa, ni tampoco
nicamente poltica: comienza en la
produccin. No se constrie simplemente
a la reparticin del producto social ni, en
el otro extremo, a la organizacin general
de la sociedad, sino que desde el
principio se dirige contra la realidad
fundamental
del
capitalismo,
las
relaciones de produccin en la empresa.
La llamada racionalizacin de la
produccin capitalista no es ms que una
red de contradicciones. Consiste en
organizar el trabajo al margen de los
trabajadores y al suprimir el papel
humano de stos cosa intrnsecamente
absurda desde el punto de vista de la
eficacia productiva misma pretende
aumentar constantemente la explotacin,
lo que la hace enfrentarse constantemente
a los obreros.
La lucha de los trabajadores contra esa
organizacin est lejos de tener como
nico objetivo el salario, y domina todos
los aspectos e instantes de la vida de la
empresa. Porque, primero, el conflicto
entre obreros y direccin en torno a los
salarios no puede dejar de afectar
rpidamente a todos los49 aspectos de la
organizacin del trabajo . Despus, sea
49En la mayor parte de los casos, el
nivel efectivo de los salarios est menos
influido por los niveles oficiales de salario, los convenios colectivos y los
acuerdos sindicales que por lo que sucede
en la produccin: control de las piezas,
repar- tcin del tiempo de los obreros
entre tipos diferentes de trabajo y, sobre
103

cual sea el nivel de los salarios,

todo, las normas, tienen una importancia


decisiva en ese punto, y son todo factores
de lucha permanente, y encarnizada, entre
obreros
y direccin.
104

los obreros se ven necesariamente


obligados a combatir unos mtodos de
produccin que implican su deshumanizacin en forma cada da ms intolerable.
Tal lucha no se limita, ni puede limitarse,
a ser puramente negativa, no pretende
nicamente limitar la explotacin. La produccin tiene que llevarse a cabo de
cualquiera de las maneras, y los obreros,
al mismo tiempo que combaten las
noirnas de produccin y el aparato
burocrtico coactivo, mantienen una
disciplina de trabajo e instauran una
cooperacin que se opone, tanto en su
espritu como en su letra, al reglamento
de la fbrica. Asumen as algunos
aspectos de la gestin de la produccin,
al mismo tiempo que ponen en prctica
unos nuevos principios de organizacin de
las relaciones humanas en la produccin;
combaten la moral capitalista de la
ganancia individual mxima, y tienden a
sustituirla por una 50nueva moral de
solidaridad e igualdad .
La lucha no es accidental, ni est
unida a una forma especfica de
organizacin de la produccin capitalista.
Cada vez que, para prevenirse, el
capitalismo modifica las tcnicas y
mtodos de produccin, aparece de nuevo.
La tendencia gestionara de los obreros
que representa, tiene un alcance universal,
tanto en extensin como en profundidad.

50Los
socilogos
industriales
burgueses, como Elton Mayo, se dieron
cuenta de ello hace mucho tiempo. Los
mar- xistas actuales son casi siempre
encarnizados defensores de la jerarqua.
Por poco que se entienda esta situacin
en la empresa contempornea, se ve
inmediatamente la inanidad de todo
socialismo que se limite a modificaciones
exteriores a la empresa, sin empezar por
dar vuelta al rgimen cotidiano de
produccin.

Existe tanto en Rusia como en los


Estados Unidos, en Inglaterra o en
Francia. Y aunque la lucha del
proletariado en la produccin permanezca
oculta,
porque
no
implica
ni
organizacin
formal,
ni
programa
formulado, ni accin a las claras, su
contenido se encuentra en la actividad de
las masas cada vez que una crisis
revolucionaria agita la sociedad capitalista.
Los
obreros
combaten
constantemente las normas de todas las
fbricas del mundo; y la supresin de las
normas era una de las reivindicaciones
ms importantes de los Consejos obreros
hngaros de 1956. Los Consejos obrerob
se constituyeron sobre el principio de la
revoca- bilidad de los delegados, como lo
haban hecho la Comuna y los Soviets.
Los delegados de taller ( Shop-Ste- wards)
de las fbricas inglesas son siempre
revocables por los trabajadores que los
eligieron y a los que dan cuenta
regularmente de su actividad.
La concepcin socialista de la sociedad
nace en la oscuridad de la vida cotidiana
de los productores, y se abre a plena luz
en las revoluciones proletarias que jalonan
la historia del capitalismo. El proletariado,
lejos de alzarse simplemente contra la
miseria y la explotacin, plantea el
problema de una nueva organizacin de la
sociedad en su conjunto, y da respuestas
positivas. La Comuna de 1871, los
Soviets de 1905 y 1917, los Comits de
fbrica en Rusia en 1917-1918, los
Consejos de fbrica en Alemania en
1919-1920, los Consejos obreros en
Hungra en 1956, fueron a la vez
organismos de lucha contra la clase
dominante y su Estado, y nuevas formas
de organizacin de los hombres a partir
de principios radicalmente opuestos a los
de la sociedad burguesa. Creaciones del
proletariado que refutaron con la prctica
106

las ideas que dominan desde hace siglos


la organizacin poltica de los hombres.
Que mostraron la posibilidad de una
organizacin social centralizada que, lejos
de expropiar polticamente al pueblo en
beneficio de sus representantes, somete
al control permanente de sus mandatarios
y realiza por primera vez en la historia
moderna la democracia, a escala de toda
la sociedad. Y tambin, la gestin obrera
de la produccin que pedan los Comits
de fbrica rusos en 1917 fue realizada
por los obreros espaoles en 1936-1937 y
proclamada como uno de sus objetivos
fundamentales por los Consejos obreros
hngaros en 1956.
Pero el desarrollo del proletariado hacia
el socialismo no se manifiesta solamente
en la vida de la empresa, o en las
revoluciones. Desde el comienzo de su
historia, el proletariado lucha de manera
explcita contra el capitalismo, es decir,
que lucha mediante organizaciones polticas. La tendencia de la clase obrera, o
de amplias capas

107

de ella, a organizarse para luchar de


forma abierta y permanente, recorre como
un hilo rojo toda la historia moderna;
ignorarlo
supondra
condenarse
a
comprender tan poco al proletariado y al
socialismo como si se pretendiera ignorar
la Comuna, o los Consejos. Porque manifiesta a la vez en el proletariado la
necesidad y la capacidad de plantear el
problema de la sociedad en cuanto tal no
slo en las explosiones revolucionarias
sino
con
carcter
sistemtico
y
permanente; ir ms all de la defensa de
los propios intereses econmicos y oponer
a la ideologa burguesa la propia
concepcin de la sociedad; salir del marco
del taller, de la empresa, de la nacin
incluso, y plantear la cuestin del poder a
escala
internacional.
Porque
es
completamente falso que la clase obrera
no haya creado otra cosa que asociaciones
econmicas
o
profesionales
(los
sindicatos). En algunos pases, como
Alemania, los obreros empezaron por
constituir un movimiento poltico, del que
los sindicatos fueron una emanacin. En
la mayora de los dems casos, como en
los pases latinos e incluso en Inglaterra,
los sindicatos mismos no eran, en un
principio, unas organizaciones meramente
sindicales, ni mucho menos: su objetivo
declarado fue la abolicin del trabajo
asalariado.
Y es
igualmente
falso
que
las
organizaciones polticas del proletariado
hayan sido creacin exclusiva de intelectuales, como se ha dicho, tanto para
felicitarse por ello como para deplorarlo.
Incluso en donde los intelectuales
desempearon un papel predominante en
la organizacin, las oiganizaciones nunca
hubieran podido adquirir una realidad
concreta si no se hubiesen adherido a
ellas numerosos obreros, si no las
hubiesen alimentado con su sangre, si1 ru
la

gran mayora de la clase obrera no se hubiese reconocido tanto tiempo en sus


programas.
Carcter contradictorio del desarrollo del
proletariado
Hay pues un desarrollo autnomo del
proletariado hacia el socialismo, que parte
de la lucha de los obreros contra la
organizacin capitalista de la produccin,
se expresa en la constitucin de
organizaciones polticas y culmina en las
revoluciones. Pero ese desarrollo no es ni
el resultado mecnico y automtico de las
condiciones objetivas en las que vive el
proletariado, ni una evolucin biolgica,
una maduracin inevitable que se
alimenta a s misma. Es un proceso
histrico y, esencialmente, un proceso de
lucha. Los obreros no nacen socialistas ni
se transforman en ello milagrosamente al
penetrar en la fbrica. Se convierten en, o
ms precisamente, se hacen socialistas
durante su lucha contra el capitalismo, y
en funcin de ella.
Pero hay que ver con exactitud qu
lucha es sa, en qu terreno tiene lugar,
cul es el verdadero enemigo. El
proletariado no combate solamente al
capitalismo como una fuerza exterior a l.
Si no se tratase ms que del poder
material de los explotadores, su Estado y
su ejrcito, la sociedad de explotacin
habra sido abolida hace mucho tiempo,
porque no dispone de ninguna fuerza propia fuera del trabajo de los explotados.
Puede sobrevi- virse slo en tanto en
cuanto pueda conseguir que acepten su
propia situacin. Sus armas ms temibles
no son las que utiliza intencionadamente,
sino las que le facilita automticamente la
situacin objetiva de la clase explotada, la
disposicin de las cosas en la sociedad

actual y la organizacin de las relaciones


sociales,
que
tiende
a
reproducir
permanentemente sus propias bases. El
proletariado
no
slo
sufre
un
adoctrinamiento sistemtico por parte de
la burguesa y de la burocracia. Es tambin, por lo general, desposedo de un
grado importante de la cultura. De sur
propio pasado, ya que no puede conoce
su propia historia y sus luchas pasadas
sino en la medida en que se lo toleran las
clases dominantes. De su propia realidad
de clase universal, mediante la compartimentacin local, profesional, nacional,
que implica la estructura social actual. Y
de su presente, puesto que todas las
informaciones estn controladas por las
clases dominantes.
A pesar de su situacin de clase
explotada, el proletariado combate esos
factores, o los compensa. Desarrolla una
desconfianza
sistemtica
ante
el
adoctrinamiento burgus y una crtica de
su contenido. Tiende a absorber por mil
medios la cultura que se le oculta, al
mismo tiempo que ctea los primeros
elementos de una cultura nueva. Ignora su
propio pasado desde un punto de vista
libresco, pero encuentra ante s sus
resultados esenciales, bajo forma de las
condiciones de su accin presente.

1 ru

Pero, con mucho, el obstculo ms


impresionante que se presenta ante el
desarrollo del proletariado, es el renacimiento permanente de la realidad del
capitalismo en el seno del propio
proletariado. El proletariado no es algo
ajeno al capitalismo; nace en la sociedad
capitalista, est en ella, participa, la hace
funcionar.
Ideas,
normas,
actitudes
capitalistas, tienden constantemente a
introducirse en el proletariado y, mientras
dure la sociedad actual, no dejar de ser
as. La situacin del proletariado es
absolutamente contradictoria, porque al
mismo tiempo que es el que hace nacer
los elementos de una nueva organizacin
humana y de una nueva cultura, no podr
nunca separarse por completo de la
sociedad capitalista en la que vive. La
ms profunda huella de esa sociedad se
manifiesta ms en los planos en los que
menos se suele pensar: las costumbres
seculares, las evidencias del sentido
comn burgus que nadie pone en tela de
juicio, la inercia, la inhibicin de la
creatividad y la actividad de los hombres
organizada
sistemticamente
por
la
sociedad. Durante una revolucin, el
capitalismo
puede
ser
vencido
militarmente y, sin embargo, seguir en su
papel de vencedor si, para vencerlo y con
el pretexto de la eficacia, el ejrcito
revolucionario o la produccin se
organizan segn el modelo capitalista
(como en la Rusia de 1918-1921);
porque la victoria del espritu de la
antigua
sociedad
se
transformar
rpidamente en victoria total. Los obreros
pueden dejar escapar la enorme victoria
que
es
la
construccin
de
una
organizacin revolucionaria que exprese
sus aspiraciones, y convertirla en derrota
si piensan que una vez construida la
organizacin basta con otorgarle confianza
para que resuelva por s misma todos los
105

problemas.
La lucha del proletariado contra el
capitalismo es pues, en su aspecto ms
importante, una lucha del proletariado
contra s mismo, una lucha para
desgajarse de todo lo que en l
permanece de la sociedad contra la que
combate. La historia del movimiento
obrero es la historia del desarrollo del
proletariado a travs de esa lucha,
desarrollo que no es un ascenso
continuado
sino
una
progresin
contradictoria, desigual, que contiene perodos
enteros de retroceso parcial o
51
total .
La DEGENERACIN DE LAS ORGANIZACIONES OBRERAS

La evolucin de las organizaciones


obreras slo puede entencerse dentro de
ese contexto. Desde hace un siglo, el
proJetariado ha constituido, en todos los
pases, organizaciones destinadas a
ayudarle en su lucha, y todas esas
organizaciones, sindicales o polticas,
51Retroceso o progresin que no se
miden nicamente
por la combatividad del proletariado,
sino por su actitud frente a los problemas
con que se encuentra, y que no se reducen a los problemas polticos. La
izquierda francesa se complace en
considerar al proletariado francs como
ms avanzado que el proletariado
norteamericano o ingls, porque el
primero segua mayoritariamente a una
organizacin como el P.C., mientras que
en Inglaterra o los Estados Unidos los
obreros votan a partidos reformistas o
burgueses. Nunca se ha fijado en que los
obreros americanos o ingleses, que
considera polticamente atrasados, son
mucho ms combativos y difciles en la
produccin que los obreros franceses; ni
siquiera entiende lo que quieren decir
estas palabras.
106

han terminado por degenerar e integrarse


en el sistema de explotacin. Da lo
mismo a este respecto que se hayan
convertido
en
puros
y
simples
engranajes del Estado y la sociedad capitalista,
como
las
organizaciones
reformistas;
o
que,
como
las
organizaciones estalinistas, pretendan
realizar una transformacin de la
sociedad
que
entregue
el
poder
econmico y poltico a una capa
burocrtica
dejando
intacta
la
explotacin de los trabajadores. Lo
esencial es que se han convertido en los
ms encarnizados enemigos del que era
su objetivo inicial: la emancipacin del
proletariado.
No se trata, naturalmente, de que
haya habido por parte de los dirigentes
errores o traiciones. Los dirigentes
que traicionan o se equivocan acaban
por ser apartados de las organizaciones
que dirigen. La degeneracin de las
organizaciones obreras, por el contrario,
ha ido de la mano de su burocratizacin,
es decir, de la constitucin dentro de
ellas de una capa de dirigentes
inamovibles e incontrolables. Y la
poltica de las organizaciones expresa,
desde ese momento, los intereses y as52
piraciones
de
esa
burocracia .
Comprender la degeneracin de las
organizaciones obreras, es comprender
de qu manera ha podido nacer una
burocracia a partir del movimiento
obrero.
52Evidentemente, tiene tambin otros
aspectos, porque de una parte expresa
tambin los intereses de la conservacin
del sistema de explotacin en general, y
de otra debe permitir a las organizaciones
proletarias mantener su influencia sobre el
proletariado, sin la que no seran nada.
Pero son aspectos secundarios en relacin
al problema que se discute en el texto.
107

La burocratizacin signific, para


decirlo brevemente, que la relacin
social fundamental del capitalismo moderno, la relacin entre dirigentes y
ejecutantes, se reproduca dentro del
propio movimiento obrero, y lo haca de
dos formas. Por un lado, en el interior
de las organizaciones obreras, que
respondieron a su propio crecimiento y
a la multiplicacin de sus tareas
adoptando un modelo burgus de
organizacin, instaurando una divisin
del trabajo cada vez ms profunda que
ha
terminado
por
llevar
a
la
cristalizacin de una nueva capa de
diligentes separados de la masa de
militantes, reducidos ya al papel de
ejecutantes. Por el otro lado, entre las
organizaciones y el proletariado; las
funciones que gradualmente fueron
asumiendo las organizaciones fueron las
de dirigir a la clase obrera, en provecho
propio, naturalmente, y la clase obrera
ha aceptado la mayora de las veces el
someterse a las organizaciones y
ejecutar sus consignas.
Se ha llegado as a la negacin
completa de lo que es la esencia misma
de un movimiento socialista: la idea de
la autonoma del proletariado. Tal
evolucin vea al mismo tiempo su
equivalente en la evolucin correspondiente de la ideologa y la teora
revolucionaria, que haca posible el
carcter contradictorio que es propio del
marxismo desde su nacimiento.
En cierto sentido, nada de todo lo
que venimos diciendo sobre la gestin
obrera y la autonoma del proletariado
es cosa nueva. Todo se remonta a la
frmula de Marx: La emancipacin de
los trabajadores ha de ser obra de los
trabajadores mismos. Dicho de otra
manera, no habr emancipacin sino en la
medida en que los trabajadores decidan
108

por s mismos los objetivos y medios de


sii lucha. La intuicin marxiana de la
autonoma va unida los aspectos ms
profundos y positivos de su obra: la
importancia capital que concede al
anlisis de las relaciones de produccin
en la fbrica capitalista, la crtica radical
de la ideologa burguesa en todos sus
aspectos, y de la nocin tradicional
misma de teora, la visin del
socialismo como una realidad nueva
cuyos elementos aparecen ya en la vida
y la actitud de los obreros.
Pero el marxismo, nacido tambin
dentro de la sociedad capitalista, no se
separ, ni poda separarse, completamente de la cultura que fue su
lugar de nacimiento. Su situacin
como la de cualquier ideologa revolucionaria, como la del proletariado hasta
la
revolucin,
sigui
siendo
contradictoria. Las ideas dominantes de
una poca son las ideas de la clase
dominante es una frase que significa
algo ms que esas ideas son las que
tienen mayor difusin material y las que
son aceptadas por mayor nmero de
personas; significa tambin que son
ideas que tienden a ser admitidas, en
parte inconscientemente, por aquellos
mismos que las combaten violentamente.
La lucha del movimiento revolucionario
para liberarse de la garra del capitalismo
es una lucha permanente, tanto en el
terreno terico como en el prctico.
La decadencia de la teora revolucionaria
Desde muy pronto comenz a
prevalecer la idea de que el marxismo
era la ciencia de la sociedad y de la
revolucin. Se quiso presentar la teora
revolucionaria
como
sntesis
y
continuacin de las creaciones de la cultura burguesa (filosofa clsica alemana,
109

economa poltica inglesa, socialismo


utpico francs), olvidando que lo ms
fundamental que haba en la obra de
Marx era precisamente el haber
derribado los postulados fundamentales
de esa cultura. Con la misma
naturalidad,
lleg
a
decirse
a
continuacin que la conciencia poltica
socialista debe ser introducida en la
clase obrera desde fuera; porque la
conciencia socialista moderna slo puede
surgir a partir de la base de un
conocimiento cientfico profinido y el soporte de la ciencia no es
el proletariado
sino la 'intelligemsia
53
burguesa .
Que estas formulaciones de Kautsky
hayan sido utilizadas por Lenin no quiere
decir que caractericen en modo alguno el
bolchevismo; expresan tambin la actitud
tpica de los dirigentes de 54la II
Internacional, de los reformistas . An
ms, su espritu podemos encontrarlo en
M^rx. La degradacin de la teora
revolucionaria est simbolizada en la
distancia que hay entre el subttulo de El
Capital: crtica de la economa poltica
(no crtica de la economa poltica
burguesa, sino crtica de la economa
poltica a secas, de la idea de que existe
una ciencia de la economa poltica) y
aquello en lo que se ha convertido en el
curso de su elaboracin: una tentativa de
establecer las leyes del movimiento de
la economa capitalista. En manos de
sus epgonos, se transforma incluso en

53Son las expresiones de Kautsky


usadas por Lenin en Qu hacer?
54No cambia nada de la cuestin el
que los reformistas hayan utilizado sobre
todo la idea de prediccin cientfica de la
evolucin de la economa capitalista para
condenar la idea de revolucin y
probar que es necesario acogerse al
funcionamiento de las leyes econmicas
para realizar el socialismo.

110

prueba cientfica de la inevitabilidad del


desmoronamiento del capitalismo y de la
victoria del socialismo, garantizadas
por
n
las leyes de la naturaleza . De este
modo, la teora trata de reproducir el
modelo de las ciencias de la naturaleza
aplicado a la sociedad, lo que equivale a
decir que toma sus estructuras lgicas del
pensamiento burgus de su poca, y su
mtodo de elaboracin de la cultura
burguesa; porque, concebida as, no
puede elaborarse, en efecto, por quienes
no sean unos intelectuales especializados
y separados del proletariado. Hasta sus
postulados de base acaban por reflejar
finalmente ideas esencialmente burguesas.
La teora econmica en sentido estricto
que se expone en El Capital est basada
en el postulado de que el capitalismo
llega a tiansformar efectivamente e
integralmente al obrero que

111

no aparece en l ms que como fuerza de


trabajo en mercanca; por tanto, que
el valor de uso de la fuerza de trabajo
la utilizacin que de ella hace el
capitalista
est
determinada
enteramente, como toda otra mercanca,
por el usuario, de la misma manera que
su valor de cambio el salario lo
est nicamente por las leyes del
mercado y, en primer lugar, por los
costos de produccin de la fuerza de
trabajo. Este postulado es necesario para
que exista ciencia econmica segn el
modelo fsico-matemtico que sigui, en
grado creciente, Marx en su elaboracin
de El Capital. Pero contradice la realidad
ms esencial del capitalismo: tanto el
valor de uso como el valor de cambio de
la fuerza de trabajo son objetivamente
indeterminados, no se determinan sino
por medio de la lucha del proletariado y
el capital en la produccin y en la
sociedad. Ah est la raz ltima de las
contradicciones
objetivas
del
capitalismo (Cf. Sobre el contenido del
socialismo, III, supra). La tentativa de
hacer
de
ellas
variables
cuyo
comportamiento
est
ntegramente
determinado por leyes objetivas no
conduce, en contra de lo que pensaba
Marx y con l varias generaciones de
marxistas, a la demostracin de una crisis
inevitable del capitalismo, sino por el
contrario a la demostracin de su
perpetuidad: si, como postula El Capital,
el proletariado dejase que las cosas
siguieran su marcha al 100 %, no habra
nunca crisis del capitalismo alguna. La
paradoja es que el inventor de la lucha
de clases haya escrito una obra
monumental sobre unos fenmenos que
esa lucha determina pero de los que est
completamente ausente.
No hace casi falta indicar hasta qu
punto esa idea est en contradiccin con
la concepcin de una revolucin
socialista consciente de las masas; stas,
112

en efecto, no tendran entonces ms papel


que el de aportar una verificacin de
lo
n
que la teora haba deducido a priori .
La* poltica revolucionaria tendera al
mismo tiempo a transformarse en una
tcnica. El ingeniero aplica la ciencia del
fsico en unas condiciones dadas y a la
vista de determinados objetivos; el
poltico revolucionario aplica en unas
condiciones dadas las conclusiones de la
teora cientfica de la revolucin. Al
calificar a Lenin de maquinista genial
de la locomotora de la historia, Stalin
no hizo otra cosa que expresar esta idea
con la falta de sutileza aplastante que le
caracterizaba.
La decadencia del programa y de la
funcin del partido
Ese carcter tcnico es pura y
simplemente el aspecto que se va
imponiendo gradualmente en el programa
de las organizaciones polticas. De un
lado, los objetivos del proletariado
pueden y deben estar determinados por la
teora; la emancipacin del proletariado
ser obra de los tcnicos de la
revolucin, aplicando correctamente su
teora a las circunstancias concretas. De
otro lado, lo que tal teora permite
aprehender a los tericos son, nicamente, los elementos objetivos de la
evolucin de la sociedad, y el propio
socialismo aparece cada vez ms privado
de todo contenido humano, como una
simple transformacin objetiva y
externa: en lo esencial, como una
modificacin de ciertas disposiciones
econmicas de donde derivara lo dems
por aadidura en un futuro no
determinado. Se hace entonces inevitable
preocuparse
exclusivamente
de
la
distribucin del producto social, del
estatuto de la propiedad o de la
organizacin general de la economa (la
113

nacionalizacin o la planificacin), y
se oculta por completo el hecho de que
lo que el socialismo debe ante todo
significar es una modificacin radical de
las relaciones entre los hombres, tanto en
la produccin como en la poltica.
Si el socialismo es una verdad
cientfica a la que llegan los especialistas
mediante la elaboracin terica, la
funcin del partido debiera, lgicamente,
ser la introduccin del socialismo entre
el proletariado. ste no podra, en efecto,
llegar al socialismo a partir de su propia
experiencia;
como
mucho
podra
reconocer en el partido que encarna esa
verdad al representante de los intereses
generales de la humanidad, y apoyarlo.
No hay ni que pensar en que lo controle,
excepto por su pasividad y la negativa a
seguirlo. Incluso entonces, el partido
debiera simplemente de concluir que no
ha sabido hacer suficientemente concreto
su programa, ni suficientemente convincente su programa, o que ha cometido
algn error en la apreciacin de la
situacin; pero no podr aprender
mucho sobre el fondo de esas cuestiones.
El partido es quien detenta la verdad
socialista, puesto que es quien detenta la
teora nica que lleva hacia l. Es pues
quien tiene por derecho la direccin del
proletariado y quien debe ejercerla de
hecho, porque la decisin slo puede
estar en manos de los especialistas de la
ciencia de la revolucin. La democracia
no ser entonces, en la medida en que se
admita, ms que un procedimiento
pedaggico, una adaptacin justificada
por el carcter imperfecto de la ciencia
revolucionaria. Y es el partido quien sabe
y puede determinar la dosis til.
El partido revolucionario organizado segn
un modelo
capitalista
114

Tal
concepcin
o,
ms
exactamente, tal mentalidad halla su
equivalente dentro de la organizacin, en
su modo de funcionamiento, el tipo de
trabajo que en ella se efecta, las
relaciones que se establecen. La accin
de la organizacin ser correcta si resulta
conforme a la teora o al menos al arte,
a la tcnica de la poltica, que tiene
sus especialistas. Cualquiera que sea el
grado de democracia formal que existe
dentro de la organizacin, los militantes
tendrn conciencia de que es misin de
los especialistas estudiar la situacin
objetiva y deducir la lnea que se
impone; su actividad consistir entonces,
durante todo el ao, en ejecutar lo que
los polticos hayan decidido. La divisin
de funciones, indispensable en cualquier
lugar en que se precise cooperacin, se
convierte as en una verdadera divisin
del trabajo, el trabajo de dileccin queda
separado del trabajo de ejecucin. Esta
divisin tiende a ampliarse y hacerse ms
profunda por s misma tan pronto como
se
ha
establecido,
los
dirigentes
especializados en su papel se hacen
indispensables, y los ejecutantes se
dedican a sus tareas concretas; al estar
privados de informacin, de una visin
general de

115

la situacin y de los problemas de


organizacin, detenidos en su desarrollo
por su falta de participacin en el
conjunto de la vida del partido, los
ejecutantes van teniendo cada vez menos
posibilidades y menos capacidad de
controlar a los dirigentes.
Se pretende que esta divisin del
trabajo encuentra un lmite en la
democracia. Pero la democracia, que
debiera significar que dirija la mayora, se
limita a significar que la mayora designa
a los dirigentes; es decir, est calcada del
modelo burgus de democracia parlamentaria, privada de contenido real, y se
convierte rpidamente en el velo que
cubre el poder incontrolado de los
diligentes. La excusa de elegir una vez al
ao a unos delegados que designen a su
vez a un comit central no basta para
hacer que sea la base quien dirige la
organizacin, lo mismo que no es el
pueblo quien manda en las repblicas
parlamentarias aunque se diga que elige
peridicamente a sus diputados que
designan al gobierno.
Consideremos
como
ejemplo
el
centralismo democrtico tal y como se
supone que funciona en un partido
leninista ideal. Que el comit central sea
designado por un congreso elegido
democrticamente no hace cambiar el
hecho de que, a partir de su eleccin se
convierta en el amo absoluto de la
organizacin, de hecho y de derecho. No
se
trata
simplemente
de
que
estatutariamente tenga poder sobre el
cuerpo del partido (capaz de disolver
organizaciones de base, de excluir
militantes, etc.) y que, en esas
condiciones, pueda determinar cul ser
la composicin del congreso siguiente. El
comit central podra usar de sus poderes
con honestidad, podra debilitarlos; los
miembros del partido pueden disfrutar de

derechos polticos y de la posibilidad


de expresarse en las publicaciones
internas, incluso de fuera, formar
tendencias, etctera. Pero eso no
modificara sustancialmente la situacin.
Porque el comit central seguira siendo
el rgano que define la lnea poltica de
la organizacin, controla su aplicacin de
arriba abajo, monopoliza, en una palabra,
permanentemente
las
funciones
de
direccin. La expresin de opiniones
tiene slo un valor limitado a partir del
momento
en
que
el
tipo
de
funcionamiento de la colectividad evita
que esas opiniones se asienten sobre bases slidas, es decir, sobre una
participacin
permanente
en
las
actividades y en la solucin de los
problemas
planteados.
Si
el
funcionamiento
de
la
organizacin
convierte la solucin de los problemas
especficos en la funcin especfica y el
trabajo permanente de una categora de
militantes, slo la opinin de stos ser,
o parecer, vlida para el resto. Y esa
situacin se trasladar al interior de las
tendencias polticas que existan en el
partido. En esas condiciones, un congreso
que se rene a intervalos regulares no
resulta ms democrtico que unas
elecciones parlamentarias; uno y otras se
limitan, en efecto, a invitar de vez en
cuando a los electores a pronunciarse
sobre unos problemas de los que se les
mantiene alejados el resto del tiempo,
quitndoles adems cualquier medio de
controlar lo que suceder a continuacin.
Esta crtica no es aplicable nicamente
al bolchevismo, sino tambin a las
organizaciones socialdemcratas y a los
sindicatos de todo tipo. La diferencia a
este respecto entre un partido estalinista
y un partido reformista es comparable a
la que existe entre un rgimen totalitario
y un rgimen burgus democrtico. Los
117

derechos formales de los individuos


puede que sean mayores en el segundo
caso, pero eso no cambia en absoluto la
estructura real del poder que, en ambos
casos, pertenece en exclusiva a una
categora determinada.
Las
condiciones
objetivas
de
la
burocratizacin
La degeneracin v burocratizacin de
las organizaciones es por tanto un
fenmeno total, que abarca todos los
aspectos de su existencia. Es un proceso
de degradacin tanto de la teora
revolucionaria como del programa, la
actividad, la funcin y la estructura de
las organizaciones, del trabajo
que los
55
militantes realizan en ellas .
Esto no significa que la evolucin
histrica real sea resultado de la
degradacin de las ideas en la cabeza de
los individuos. Esa degradacin no es
sino la expresin de la persistencia de la
realidad capitalista, de los modos de
pensamiento y accin capitalistas, en el
movimiento obrero. Significa que el
movimiento obrero no consigue libarse de
la frula de la sociedad bajo la cual nace,

55Casi no es necesario repetir que tal


proceso ha sido contradictorio o, ms
bien, que la realidad de tales organizaciones fue contradictoria desde el
principio y durante la mayor parte de su
historia. Si las organizaciones
sindicatos, partidos de la II y III
Internacionales hubieran sido slo
burocracia, no habran sido nada de nada,
no
habran
podido
alcanzar
las
dimensiones que han alcanzado, ni
desempeado
el
papel
que
han
desempeado. En la prctica de esas
organizaciones, antes de que degenerasen
totalmente, hay un equivalente de lo
dicho antes a propsito de la teora
marxista
118

que cae de nuevo bajo su influencia


indirecta incluso cuando cree combatirla
ms radicalmente.
Que la fuerza del capitalismo tenga
una base en el conjunto de las relaciones
productivas,
econmicas,
polticas,
ideolgicas de la sociedad establecida,
que en particular la evolucin burocrtica
de las organizaciones obreras haya estado
condicionada por la evolucin objetiva
del propio capitalismo, es evidente. Una
burocracia reformista no puede concebirse
fuera de un desarrollo de la economa
capitalista que hace posible un cierto
reformis-

misma: una doble realidad. Podemos


verlo tambin en el ejemplo, sin duda el
ms importante de todos histricamente,
de las posiciones de Lenin frente a las
relaciones entre partido y masas. La
concepcin del partido como detentador
de la conciencia socialista y del
proletariado, al no lograr por s misma
ms que llegar hasta el tradeunionismo, juega un papel ms bien
episdico en Qu hacer? y Trotski
asegura (en su Stalin) que Lenin habra
acabado por abandonarla. Sin embargo la
recoge de nuevo, con fuerza, en La
enfermedad infantil... (1920), donde Lenin
opone sus ideas sobre el partido y las
masas similares a las de Qu hacer?
, a las de los izquierdistas. Pero,
mientras tanto, haba escrito El Estado y
la Revolucin (1917), en el que el partido
est ausente por completo. Estas
contradicciones se encuentran an ms
agudizadas en la prctica de Lenin, tanto
poniendo el acento en la construccin del
partido y, despus de 1917, intentando
resolver todos los problemas por medio
de l, como inspirndose en lo que el
movimiento de masas creaba de original
y profundo, apelando a las masas frente
al partido y, en sus ltimos aos,
constatando con angustia el abismo que
se abra entre unas y otro. A este
respecto hay que sealar, para uso de
119

ciertos
crticos
profesionales
del
bolchevismo,
que
los
aspectos
burocrticos del leninismo existieron
igualmente en los socialdemcratas
simplemente ms hipcritamente, pese
a que no hablen nunca de ello, y a que
sea vano buscar en ellos el equivalente
de los aspectos revolucionarios del bolchevismo.
mo. Una burocracia revolucionaria y
totalitaria,
como
la
burocracia
estaliniana, no se concibe fuera de una
situacin de crisis permanente de la
sociedad y de una incapacidad de las
clases dominantes tradicionales para
resolverla.
Generalizando
ms,
una
burocracia obrera de cierta amplitud no
es concebible sin un cierto grado de
concentracin de la produccin y de
estatalizacin de la vida econmica:
concentracin de las empresas y de la
fuerza de trabajo, y sindicatos gigantescos
cuya gestin escape con facilidad de la
iniciativa de los miembros; intervencin
del Estado en la vida econmica y social
que orezca a la burocracia el terreno
ideal, tanto reivin- dicativo como poltico,
para ejercer su actividad.
Esta clase de anlisis es indispensable,
pero incompleto e insatisfactorio. Sera
falso presentar la burocra- tizacin de las
organizaciones obreras como el mero resultado de la evolucin del capitalismo
hacia la concentracin y la estatalizacin.
La accin del proletariado o de las
organizaciones jug desde muy pronto un
papel determinante en la evolucin de la
sociedad moderna, de suerte que a partir
de una determinada fase no pueden
distinguirse ya causa y efecto. Las
organizaciones
burocrticas
han
transformado el medio social para hacerlo
adecuado a su existencia, y continan
hacindolo. Pero, sobre todo, lo que nos
ensea ese anlisis es que la situacin
objetiva haca posible la degeneracin
burocrtica (cosa sabida ya), y no que la
120

haca inexorable. Es, en cambio, muy


poco til en lo que concierne a la accin
revolucionaria en el futuro. Sera vano,
por ejemplo, pretender discernir una
evolucin futura que hiciera de la
burocratizacin
algo
objetivamente
56
imposible .
Es cierto que la sociedad capitalista
dar siempre la posibilidad de que una
fraccin dirigente de las clases explotadas
se integre en el sistema de explotacin. Y
es cierto tambin que las tendencias que
han favorecido el nacimiento y desarrollo
de la burocracia obrera son tendencias
dominantes del capitalismo moderno, que
se convierte da a da en un capitalismo
burocrtico. El anlisis objetivo tiene una
importancia capital porque nos muestra
que la burocratizacin no es en absoluto
algo accidental y pasajero, sino un factor
con el que tendr que contar siempre el
movimiento revolucionario. Pero no es
suficiente ni para explicarla ni para guiar
su accin.
Podemos verlo todava mejor con un
ejemplo particularmente importante: Se
tiende
a
veces
a
presentar
la
burocratizacin de las organizaciones
como
resultado
inevitable
de
su
crecimiento numrico: los sindicatos o
partidos que cuentan con centenares de
miles de militantes no pueden, se piensa,
organizar, coordinar, centralizar sus
actividades ms que creando unos
organismos especficamente encargados de
esas tareas, y por tanto convirtiendo la
direccin en un trabajo independiente que
se confa a unos individuos que se
dedican a l profesionalmente.

56Como Lenin frente a la burocracia


reformista, y Trots- ki a la estaliniana,
cuyos fundamentos crean ambos que destruira la crisis objetiva del capitalismo.
Es un tipo de razonamiento que acaba
por remitir a la idea del derrumbamiento
inevitable del capitalismo.
121

Hay que subrayar de inmediato la


esterilidad
de
tal
clase
de
consideraciones:
si
as
fuese,
la
construccin de una organizacin obrera,
por poco importante que fuese, sera
imposible
sin
burocratizacin,
y
probablemente lo sera tambin la
construccin de una sociedad socialista.
Porque este razonamiento equivale a
afirmar
que
el
problema
de
la
centralizacin slo puede resolverse
mediante la burocracia. Pero vemos
inmediatamente
que
tal
anlisis
objetivo no es objetivo en absoluto;
porque ya antes de comenzar ha aceptado
el ms profundamente arraighdo de los
prejuicios burgueses. Lo objetivo, irremisiblemente planteado por la realidad
moderna, es el
problema de la
centralizacin. Problema al que se pueden
dar dos soluciones: ah termina la
objetividad. De acuerdo con la solucin
burguesa y burocrtica, la centralizacin
es la funcin especfica de una capa
determinada de dirigentes. sta es la
respuesta que acabaron por adoptar las
organizaciones
obreras,
aceptando
implcitamente el razrnamiento antes
evocado. Pero el proletariado ha resuelto,
a lo largo de sus luchas, el problema de
la
centralizacin
de
una
manera
totalmente distinta. Una asamblea general
de huelguistas, un comit de huelga
elegido, la Comuna, los Soviets, los
Consejos
de
empresa...,
son
centralizacin. La respuesta proletaria al
problema de la centralizacin es la
democracia directa y la eleccin de
delegados revocables en todo momento. Y
nadie puede demostrar que haya sido
imposible que las organizaciones obreras
resolvieran
el
problema
de
la
centralizacin
inspirndose
en
esta
respuesta en vez de en la respuesta
burguesa.
De hecho, el proletariado ha tratado de
122

organizarse a su manera algunas veces,


incluso en perodos normales. Los
primeros sindicatos ingleses practicaban
lo que Lenin llam despectivamente en
Qu hacer? y admirativamente en El
Estado y la Revolucin, la democracia
primitiva. Eran tentativas que tenan que
desaparecer
antes
o
despus.
La
vanguardia, que jug un papel preponderante en la constitucin de las
organizaciones, no vea que sa fuera la
manera de organizarse; pero, no obstante,
no hubiera podido hacer prevalecer su
punto de vista si no hubiera sido
aceptado por la propia clase obrera. Y
esto nos permite ver otro aspecto esencial
de todos estos problemas.
El papel del proletariado en la degeneracin
de las organizaciones
La degeneracin significa que la
organizacin tiende a separarse de la
clase obrera, que se convierte en un organismo aparte, en su direccin, de hecho
y de derecho. Pero eso no sucede a causa
de los defectos estructurales de las
organizaciones, de sus concepciones
errneas o de algn maleficio que vaya
unido a la organizacin como tal. Son
rasgos negativos que expresan el fracaso
de las organizaciones, el cual a su vez no
es sino un aspecto del fracaso del
proletariado mismo. Cuando se crea una
relacin de dirigente a ejecutante entre el
partido o el sindicato y el proletariado,
significa que el proletariado ha aceptado
que se instaure en su seno una relacin
de tipo capitalista.
La degeneracin no es pues un
fenmeno
especfico
de
las
organizaciones. No es sino una de las
expresiones de la supervivencia del
capitalismo en el proletariado; del
capitalismo como ideologa, como tipo de
estructuracin social y de relacin entre
123

los hombres, no como corrupcin de los


jefes por medio del dinero. Manifiesta la
poca madurez del proletariado en relacin
al socialismo. Corresponde a una fase del
movimiento obrero y, ms generalmente
an, a una tendencia constante del
movimiento obrero. Lo que en la
organizacin se expresa como tendencia a
integrarse en el sistema de explotacin o
a apuntar al poder para s misma, se
expresa de manera simtrica en el
proletariado como tendencia a remitirse,
explcita o pasivamente, a la organizacin
para resolver sus problemas.
Igualmente, la pretensin del partido
de que al poseer la teora posee la
verdad y debe dirigirlo todo, no tendra
el ms mnimo alcance real si no
encontrara
en
el
proletariado
la
conviccin reproducida da tras da
por la vida bajo el capitalismo de que
las cuestiones generales son patrimonio
de los especialistas, y que su propia
experiencia de la produccin y de la
sociedad no es importante. Las dos
tendencias traducen un mismo fracaso, se
originan en la misma realidad y la misma
idea, son imposibles e inconcebibles la
una sin la otra. Hay que juzgar de modo
diferente, sin duda, al poltico que quiere
imponer su punto de vista por todos los
medios y al obrero impotente para dar
respuesta a su torrente de palabras o para
eludir sus astucias, y an ms al jefe que
traiciona y al obrero que es
traicionado; pero es preciso recordar que
la nocin de traicin slo tiene sentido
en las relaciones sociales. Nadie puede
traicionar mucho tiempo a quienes no
quieren ser traicionados y hacen lo
necesario para no serlo. Comprender esto
permite apreciar en su justo valor el
fetichismo del proletariado y la obsesin
anti-organizativa que se ha apoderado
recientemente de algunos. Cuando los
jefes sindicales hacen prevalecer una
poltica reformista no lo consiguen
124

porque la masa obrera se muestre aptica,


contemporizara
o
no
reaccione
suficientemente. Si el proletariado francs
lleva cuatro aos permitiendo el asesinato
y la tortura de los argelinos y no se agita
dbilmente ms que cuando se trata de
su propia movilizacin y de sus salarios,
es muy superficial decir que se trata de
una fechora de Mollet o de Thorez o de
la burocratizadn de las organizaciones.
La gran parte de culpa de las
organizaciones en este sentido no
significa que la clase obrera est exenta
de ella. El proletariado no es una entidad
absolutamente
irresponsable,
ni
es
tampoco el sujeto absoluto de la historia;
y quienes no ven en su evolucin ms
que el problema de la degeneracin de
las organizaciones, quieren

125

hacer de l, paradjicamente, ambas


cosas a la vez. Oyndoles, parece que el
proletariado saca toda su fuerza de s
mismo, y no tiene parte alguna en la
degeneracin de las organizaciones. No;
en una primera aproximacin, el
proletariado no tiene ms organizaciones
que las que es capaz de tener.
Su situacin obliga al proletariado a
emprender y reini- ciar sin descanso la
lucha contra la sociedad capitalista. En el
transcurso de esa lucha, hace aparecer
nuevos contenidos y nuevas formas,
formas y contenidos socialistas; porque
combatir al capitalismo significa tener a
la vista unos objetivos, unos principios,
unas
normas,
unos
modos
de
organizacin que se oponen radicalmente
a la sociedad establecida. Pero en tanto
que esa sociedad dure, el proletariado
estar de alguna manera sometido a su
influencia.
Influencia que se manifiesta de manera
particularmente
visible
en
las
organizaciones obreras. Cuando se hace
dominante, las organizaciones degeneran,
cosa que va unida a su burocratizacin.
Mientras dure el capitalismo, habr
siempre unas condiciones objetivas que
harn posible esa degeneracin; aunque
eso no quiera decir que sea inevitable.
Los hombres hacen su propia historia.
Las condiciones objetivas permiten
simplemente un resultado que es producto
de la accin y la actitud de los hombres.
En este caso, tal accin ha tomado un
sentido claramente definido: por un lado,
los
militantes
revolucionarios
han
quedado parcialmente o han vuelto a
ser prisioneros de las relaciones
sociales y de la ideologa capitalista. Y
de otro lado, tambin el proletariado ha
permanecido bajo esa influencia y ha
aceptado ser un ejecutante de su
organizaciones.
1 on

C OMIENZA UN NUEVO PERODO DEL MOVIMIENTO


OBRERO

Bajo
qu
condiciones
puede
modificarse en el futuro esa situacin?
Que la experiencia del perodo precedente
permita
tanto
a
los
militantes
revolucionarios como a los obreros tomar
conciencia de lo que las concepciones y
actitudes tanto de unos como de otros
tenan de contradictorio y, en resumen,
de reaccionario. Que los militantes
puedan efectuar el cambio necesario y
logren concebir de una forma nueva, de
una forma socialista, la teora, el
programa, la poltica, la actividad, la
organizacin revolucionarias. Que el
proletariado, por otra parte, logre ver su
lucha como una lucha autnoma, y ver la
organizacin revolucionaria no como
direccin encargada de su suerte sino
como momento e instrumento de su
lucha.
Existen ahora esas condiciones? El
cambio necesario es cuestin de voluntad,
de inspiracin, de una nueva teora ms
correcta? No; el cambio se ha ido
haciendo posible gracias a un hecho
objetivo enorme, y que es precisamente la
burocratizacin del movimiento obrero.
La accin del proletariado ha producido
la burocracia. La burocracia se ha
integrado en el sistema de explotacin. Si
la lucha del proletariado contra la
explotacin contina, se volver tambin
no slo contra los burcratas como
personas, sino contra la burocracia como
sistema, como tipo de relaciones sociales,
como
realidad
y
como
ideologa
correspondiente.
se es un complemento esencial a
todo lo dicho ms arriba sobre el papel
t 91

de los factores objetivos. No hay leyes,


econmicas ni de ninguna clase, que
hagan
imposible
en
adelante
la
burocratizacin; pero hay una evolucin
que se ha convertido en objetiva, porque
la sociedad est burocratizada y por tanto
la lucha del proletariado contra esa
sociedad no puede ser sino lucha contra
la burocracia al mismo tiempo. La
destruccin de la burocracia no es, pues,
inevitable, igual que la victoria del
proletariado en su lucha tampoco es
inevitable. Pero las condiciones de la
victoria estn ahora dadas por la realidad
social, porque la toma de conciencia del
problema de la burocracia ya no depende
de razonamientos tericos ni de una
lucidez excepcional, sino que puede
producirse a partir de la experiencia
cotidiana de los trabajadores, que
encuentran ante ellos una burocracia a la
que ven no como una amenaza a muy
largo plazo, sino como adversario de
carne y hueso, nacido de su propia
accin.

t 91

Proletariado y burocracia en el
perodo actual *
Los acontecimientos de los ltimos
aos nos muestran que el proletariado ha
sufrido
la
experiencia
de
las
organizaciones burocrticas no como
direcciones que se equivocan o
traicionan,
sino
de
un
modo
infinitamente ms profundo.
En los lugares en los que esas
organizaciones estn en el poder, como
en los pases del Este, el proletariado ve
en ellas necesariamente la encarnacin
pura y simple del sistema de explotacin.
Cuando logra romper la coraza totalitaria,
su lucha revolucionaria no se dirige simplemente contra la burocracia, sino que
apunta a otros objetivos que dejan ver
una positiva experiencia de la burocratizacin. Los obreros de Berln
Oriental pidieron en 1953 un gobierno
de metalrgicos, los Consejos obreros
hngaros reivindicaban
la gestin obrera
57
de la produccin .
En la mayora de los pases
occidentales,
la
actitud
de
los
trabajadores frente a las organizaciones
burocrticas nos muestra que ven en ellas
unas instituciones externas y extraas a
ellos. En ningn pas industrializado, al
contrario de lo que suceda todava al
final de la segunda guerra mundial,
siguen creyendo los trabajadores que
partidos o sindicatos puedan cambiar
fundamentalmente su situacin. Pueden
apoyarlos como mal menor, votando
por ellos; pueden utilizarlos caso muy
frecuente, especialmente en cuanto a los
sindicatos como se utiliza a un
abogado o a los bomberos. Pero muy
raramente se movilizan en su favor, o a
m
57V. los n. 13 y 20 de S. ou B. y
los textos reproducidos en La sociedad
burocrtica, 2: La revolucin contra la
burocracia.
122

peticin suya; y nunca participan.


Aumenten o disminuyan los inscritos en
un sindicato, el nmero de asistentes a
las asambleas sindicales es nulo. Los
partidos se ven obligados a contar cada
vez menos con la militancia activa de sus
miembros obreros, y funcionan sobre todo
a base de funcionarios pagados, pequeos
burgueses e intelectuales de izquierdas.
Partidos y sindicatos son parte del orden
establecido ms o menos podridos que
el resto, pero iguales a los dems en lo
fundamental, a ojos de los trabajadores. Cuando se desencadena alguna
lucha obrera, suele desarrollarse al
margen
de
las
organizaciones
burocrticas, a58 veces directamente en
contra de ellas .
Hemos entrado pues en una nueva fase
del desarrollo del pioletariado que
podemos situar si se quiere, a partir de
1953; es el comienzo de un perodo
histrico en el que el proletariado va a
tender a desembarazarse de los residuos
de sus creaciones de 1890 y de 1917. En
adelante,
cuando
los
trabajadores
propongan sus propios objetivos y
quieran luchar seriamente para llevarlos a
la prctica, slo podrn hacerlo fuera de
y con frecuencia en contra de las
organizaciones burocrticas. Lo que no
significa que vayan a desaparecer.
Mientras el proletariado acepte el sistema
de
explotacin,
seguir
habiendo
organizaciones que expresen ese estado
de cosas y que representarn los
58V. los textos sobre las huelgas de
1953 y 1955 en Francia y sobre las
huelgas en Inglaterra
y en Estados
05
Unidos en los n. 18, 19 y 26 de S. ou
B. (reproducidos parcialmente en La
experiencia del movimiento obrero, I:
Cmo luchar). Sobre el significado de la
actitud de la poblacin francesa frente al
gaullismo, vase el texto Balance,
supra.
123

engranajes de integracin del proletariado


en
la
sociedad
capitalista,
cuyo
funcionamiento
ser,
en
adelante,
inconcebible sin ellas. Pero este mismo
hecho har que cada lucha tienda a
oponer a los trabajadores a las
organizaciones burocrticas; y si tales luchas
crecen,
surgirn
nuevas
organizaciones del propio proletariado,
porque habr fracciones de obreros, de
empleados, de intelectuales que sentirn
la necesidad de actuar sistemticamente,
permanentemente,
para
ayudar
al
proletariado a realizar sus nuevos
objetivos.
ha necesidad de una nueva organizacin
Si la clase obrera debe entrar en una
nueva fase de actividad y desarrollo,
aparecern inmensas necesidades prcticas
e ideolgicas.
El proletariado necesitar rganos de
expresin,
que
permitan
que
la
experiencia
y
la
opinin
obreras
lleguen /ns all del taller o la oficina en
que las encierra la estructura capitalista
de la sociedad, rompiendo el mo

124

nopolio burgus y burocrtico de los


medios de expresin. Harn falta rganos
de informacin, datos sobre lo que
sucede en las diversas capas de obreros,
entre las clases dominantes, en la
sociedad en general, en los dems pases.
Sern necesarios rganos de lucha
ideolgica contra el capitalismo y la
burocracia capaces de extraer una
concepcin socialista positiva de los
problemas de la sociedad. Se sentir la
necesidad de que se defina una
perspectiva socialista, que los problemas
que afronta un poder obrero sean
aclarados y elaborados, que se extraiga la
experiencia de las revoluciones pasadas y
se ofrezca a las generaciones presentes.
Harn falta instrumentos materiales,
enlaces interprofesionales, interregionales,
internacionales. Ser preciso atraer al
campo socialista a empleados, tcnicos,
intelectuales, e integrarlos en la lucha.
Son necesidades que la clase obrera no
puede satisfacer directamente fuera de un
perodo revolucionario. La clase obrera
puede hacer espontneamente una
revolucin, plantear las ms profundas
reivindicaciones, inventar formas de lucha
de eficacia incomparable, crear organismos que expresen su poder. Pero la
clase obrera, n cuanto un todo
indiferenciado, no har, por ejemplo, un
peridico obrero nacional cuya ausencia
se deja sentir tanto, hoy da; sern
obreros y militantes quienes lo hagan,
quienes se organizarn necesariamente
para hacerlo. No ser el conjunto de la
clase obrera quien difunda el ejemplo de
una lucha concreta que se lleva a cabo en
un lugar concreto; si no son los obreros y
militantes
organizados
quienes
lo
difunden, ser un ejemplo perdido,
porque quedar annimo. La clase obrera
como tal no integrar, en perodos de
normalidad, a tcnicos e intelectuales,
10 A

que toda la vida de la sociedad capitalista


tiende a separar de los obreros; y sin esa
integracin sern insolubles una serie de
problemas que tiene planteados el
movimiento obrero en una sociedad
moderna. Ni la clase obrera como tal. ni
los intelectuales como tales resolvern el
problema de la elaboracin continuada de
una
teora
y
una
ideologa
revolucionarias, que slo pueden hacerse
fundiendo la experiencia obrera y los elementos positivos de la cultura moderna; y
el
nico
lugar
en
la
sociedad
contempornea en el que puede realizarse
esa
fusin
es
una
organizacin
revolucionaria.
Trsbajar para dar respuesta a esas
necesidades
signifien
pues,
inevitablemente,
construir
una
organizacin lo ms amplia, slida y
eficaz que sea posible.
Oiganizacin que no podr existir sin
dos condiciones:
La primera, que la clase obrera
reconozca en ella un instrumento
indispensable para su lucha. Sin un
apoyo importante de la clase obrera, la
organizacin no lograra desariollarse ni
bien ni mal. La fobia antiburocrtica que
aparece actualmente en algunos olvida
este hecho funda* mental: una nueva
burocracia no tiene apenas sitio, ni
objetivamente (las burocracias existentes
cubren las necesidades del sistema de
explotacin), ni, sobre todo, en la
conciencia del proletariado. O bien, si el
proletariado volviera a dejar que se
desarrollase una organizacin burocrtica
y a caer de nuevo bajo su dominio,
tendramos que concluir que todas
nuestras ideas sobre estos temas son
falsas, al menos en el perodo histrico
actual y, probablemente tambin en la
perspectiva
socialista.
Porque
eso
significara que el proletariado es incapaz
de establecer una relacin socialista con
195

una organizacin poltica que no puede


resolver sobre bases sanas y fecundas el
problema de sus relaciones con la
ideologa, con los intelectuales, con otras
capas sociales; que por tanto, en fin, el
problema mismo del Estado sera
insoluble para i
Pero
la
organizacin
no
ser
reconocida por el proletariado como
instrumento indispensable de lucha ms
que si es la segunda condicin
extrae todas las enseanzas del perodo
histrico terminado, y se sita en la
perspectiva de la experiencia y las
necesidades actuales del proletariado. La
organizacin slo se podr desarrollar,
slo podr incluso existir, si su actividad,
su estructura, sus ideas, sus mtodos
corresponden
a
la
conciencia
antiburocrtica de los trabajadores, si
expresan esa conciencia, si es capaz de
definir sobre unas nuevas bases la
poltica, la teora, la accin, el trabajo
revolucionario.
La poltica revolucionaria
El fin, y al mismo tiempo el medio de
la poltica revolucionaria es contribuir al
desarrollo
de
la
conciencia
del
proletariado en todos los terrenos v,
particularmente,

195

all donde los obstculos para tal


desarrollo son mayores: el problema de la
sociedad como un todo. Pero la
conciencia no es registro y reproduccin,
aprendizaje de ideas venidas del exterior,
contemplacin de verdades ya conocidas.
Es actividad, creacin, capacidad de
produccin. No se trata por tanto de
desarrollar la conciencia mediante
lecciones, sea cual sea la calidad de su
contenido y de los pedagogos, sino de
contribuir al desarrollo de la conciencia
del proletariado en cuanto facultad creadora.
Una poltica revolucionaria no tiene
pues, ni mucho menos, que imponerse al
proletariado, ni manipularlo; no puede
pretenderse que sea predicar o ensear al
proletariado una teora correcta. La
tarea de una poltica revolucionaria es
contribuir a la formacin de la conciencia
del proletariado aportando elementos de
los que ste carece. Pero el proletariado
no puede controlar esos elementos ni, lo
que es todava ms importante, integrarlos
efectivamente
en
su
propia
experiencia y, por tanto, fecundarlos, si
no estn orgnicamente unidos a ella. Es
precisamente
lo
contrario
de
la
simplificacin o de la vulgarizacin e
implica ms bien una profundizacin
constante en las cuestiones. La poltica
revolucionaria
ha
de
mostrar
constantemente cmo los problemas ms
generales de la sociedad se encuentran en
la actividad y la vida cotidiana de los
trabajadores, e inversamente, como los
conflictos que desgarran esa vida son, en
un ltimo anlisis, de igual naturaleza
que los que dividen a la sociedad.
Debe mostrar la correspondencia entre
las soluciones que dan los trabajadores a
los problemas que encuentran en la
empresa, y las que son vlidas a escala
de la sociedad entera. Debe, en resumen,
separar los contenidos socialistas que crea
126

constantemente el proletariado ya sea


en una huelga, ya en una revolucin,
y formularlos, difundirlos, mostrar su
alcance universal.
Esto est lejos de significar que la
poltica revolucionaria sea la expresin
pasiva, el reflejo de la conciencia obrera.
Tal conciencia lo contiene todo, los
elementos socialistas y los capitalistas,
como hemos sealado ya. Ha habido
Budapest, y ha habido tambin grandes
ncleos de obreros franceses que tratan a
los argelinos como apestados; hay
huelgas contra la jerarqua y huelgas por
es- tabiecer categoras. La poltica
revolucionaria puede y debe luchar contra
la penetracin permanente del capitalismo
en el proletariado, porque la poltica
revolucionaria es slo un aspecto de esa
lucha del proletariado contra s mismo. E
implica necesariamente una eleccin en lo
que
produce,
pide
y
acepta
el
proletariado. La base de tal eleccin est
en la ideologa y la teora revolucionarias.
La teora revolucionaria
La concepcin de teora revolucionaria
que ha prevalecido durante largo tiempo
ciencia de la sociedad y de la
revolucin, elaborada por especialistas e
introducida entre el proletariado por el
partido est en contradiccin directa
con la idea misma de una revolucin
socialista como actividad autnoma de las
masas. Y es tambin completamente
errnea en el plano terico mismo. No
hay
demostracin
vlida
del
hundimiento 59inexorable de la sociedad de
explotacin } ni tampoco una verdad
59Sea cual fuere la agudeza de la
crisis
como
han
demostrado
recientemente los acontecimientos de
Polonia la sociedad de explotacin
slo puede derribarse si las masas adems
127

sobre el socialismo que pueda ser


establecida mediante la elaboracin
terica fuera del contenido concreto
creado por la actividad histrica y
cotidiana del proletariado. Hay un
desarrollo propio del proletariado hacia el
socialismo, sin el que no existira
perspectiva socialista. Las condiciones
objetivas de ese desarrollo estn dadas
por la propia sociedad capitalista. Pero
esas condiciones se limitan a trazar un
marco, a definir los problemas que el
proletariado encuentra en su lucha, estn
muy lejos de determinar el contenido de
las respuestas. Las respuestas constituyen
una creacin del proletariado, que toma
algunos elementos objetivos de la
situacin, pero al mismo tiempo los
transforma y construye as un campo de
accin y unas posibilidades objetivas
desconocidas
e
insospechadas
anteriormente. El contenido del socialismo es precisamente esa actividad
creadora de las masas que ninguna teora
ha podido anticipar nunca, ni lo podr
jams. Marx no pudo anticipar la Comuna
(no como acontecimiento, sino como
forma de organizacin social), ni Lenin
los Soviets, y ni uno ni otro pudieron
profetizar la gestin obrera. Marx slo
pudo extraer conclusiones y centrar el
significado de la accin del proletariado
parisino durante la Comuna, y tuvo el
mrito inmenso de hacerlo dando un giro
total a sus concepciones anteriores. Pero
sera igualmente falso decir que una vez
de ponerse en accin, llevan esa accin
al nivel necesario para que una nueva
organizacin social ocupe el lugar de la
antigua. Si eso no sucede, la vida social
debe continuar y continuar segn el
modelo antiguo, ms o menos modificado
en la superficie. Y ninguna teora puede
demostrar que las masas accedern
indefectiblemente a ese nivel de actividad; tal demostracin sera una pura
contradiccin en sus trminos.
128

extradas esas conclusiones, la teora


posee la verdad y puede fijarla en unas
frmulas que tendrn en adelante un
valor ilimitado. Tales frmulas no sirven
ms que hasta la fase siguiente de
entrada en accin de las masas, porque
stas tienden a sobrepasar a cada ocasin
el nivel de su accin anterior y, por eso
mismo, las conclusiones de la elaboracin
terica precedente.
El socialismo no es una teora
verdadera que se opone a unas teoras
falsas; es la posibilidad de un mundo
nuevo
que
se
alza
desde
las
profundidades de la sociedad y que pone
en cuestin hasta la misma nocin de
teora. El socialismo no es una idea
correcta. Es un proceso de transformacin
de la historia. Su contenido es que quienes son la mitad del tiempo objetos de la
historia se conviertan en sus sujetos
permanentes, cosa que sera inconcebible
si el sentido de tal transformacin fuera
patrimonio de una categora especfica de
individuos.
La
concepcin
de
la
teora
revolucionaria tiene que modificarse, en
consecuencia. Debe ser, en primer lugar,
modificada en lo que concierne la fuente
ltima de sus ideas y principios, que slo
puede ser la experiencia y la accin del
proletariado,
tanto
histrica
como
cotidiana. Toda la teora econmica ha de
ser reconstruida a partir del germen
contenido en la tendencia de los obreros
a la igualdad de salarios; toda la teora
de la produccin, a partir de la
organizacin informal de los obreros en
la empresa; toda la teora poltica, a
partir de los principios encarnados por
los Soviets y los Consejos. Estos puntos
de referencia son los nicos que Ja teora
nece

129

sita para iluminar y utilizar lo que


tiene un valor revolucionario en la
creacin cultural general de la sociedad
contempornea.
En segundo lugar, la concepcin de la
teora ha de modificarse en lo
concerniente a su objeto y su funcin,
que ya no pueden ser el producir las
verdades eternas del socialismo, sino
ayudar a la lucha para la liberacin del
proletariado y de la humanidad. Esto no
significa que la teora sea un apndice
utilitario de la lucha revolucionaria, ni
que su valor se mida por el rasero de la
eficacia
propagandstica.
La
teora
revolucionaria es en s misma un
momento esencial de la lucha por el
socialismo, y lo es en la medida en que
es
verdadera.
No
como
verdad
especulativa, verdad de contemplacin,
sino como verdad unida a una prctica,
verdad que ilumina un proyecto de
transformacin del mundo. Su funcin es
pues formular explcitamente cada vez el
sentido de la empresa revolucionaria y de
la lucha de los obreros; iluminar el
marco en el que se sita esa accin,
situar
sus
diversos
elementos
y
proporcionar un esquema global de
comprensin que permita enlazarlos entre
s; mantener viva la relacin entre el
pasado y el futuro del movimiento. Pero,
sobre todo, elaborar la perspectiva socialista. Para la teora revolucionaria, la
garanta ltima de la crtica del
capitalismo y de la perspectiva de una
nueva sociedad, es la actividad del
proletariado, su oposicin a las formas de
organizacin social establecidas, su
tendencia a establecer unas nuevas
relaciones entre los hombres. Pero la
teora puede y debe dar a esta actividad
un estatuto de verdad, dando a conocer
su alcance universal. Debe mostrar que el
rechazo de la sociedad capitalista por el
proletariado expresa la contradiccin ms
1 OQ

profunda de esa sociedad; debe mostrar


la posibilidad objetiva de una sociedad
socialista. Debe pues, a partir de la
experiencia y de la actividad del proletariado, definir la perspectiva socialista de
la manera ms completa posible en cada
momento dado, y, en correspondencia,
interpretar su experiencia a partir de esa
perspectiva.
La concepcin de la teora, en fin,
debe modificarse en lo concerniente a su
modo
de
elaboracin.
La
teora
revolucionaria es expresin de lo que
tiene un alcance universal en la
experiencia del proletariado y fusin de
esa experiencia y de los elementos
revolucionarios que existen en la cultura
contempornea, y no puede ser elaborada,
como en el pasado, por una casta
especfica de intelectuales. Slo tendr
valor, slo ser coherente con lo que
proclama por lo dems como sus ms
esenciales principios, si se nutre
constantemente, en la prctica, de la
experiencia viva de los trabajadores tal y
como se forma cotidianamente. Esto
implica una ruptura radical con la
prctica
de
las
organizaciones
tradicionales. El monopolio de los
intelectuales en materia terica no se
rompe porque una pequea capa de
obreros
sea
educada
por
la
organizacin, transformndolos de ese
modo en intelectuales de segunda; por el
contrario, eso es algo que no sirve ms
que para perpetuar el problema. La tarea
que se plantea a la organizacin en ese
terreno es asociar orgnicamente a
intelectuales y trabajadores, en cuanto
trabajadores, a la elaboracin de sus
concepciones. Esto significa que los
problemas planteados, los mtodos de
discusin y de elaboracin deben ser
transformados de manera tal que sea
posible la participacin de los trabajadores. No se trata de una concesin
1 OQ

pedaggica, sino de la condicin


primordial para que la teora revolucionaria resulte adecuada a sus
principios, a su objeto, a su contenido.
La participacin, evidentemente, no puede ser igual en todos los temas; lo
importante es que exista en los
principales. Y la primera conversin que
los revolucionarios han de hacer es
relativa a esa cuestin: qu es un tema
esencial. Es cierto que los trabajadores
no
podran
participar,
en
cuanto
trabajadores y a partir de su experiencia,
en una discusin sobre el problema de la
baja del margen de beneficios. Pero,
como por casualidad, sucede que tal
problema no tiene ninguna importancia
(ni siquiera cientfica), hablando estrictamente. En trminos ms generales:
en las organizaciones tradicionales, la no
participacin iba a la par de una
concepcin de la teora revolucionaria
como ciencia que no tena nada que
ver, salvo en sus consecuencias ms
alejadas, con la experiencia de la gente.
Lo que aqu decimos equivale a situarse
en un punto de vista diametralmente
opuesto: en la teora revolucionaria no
hay nada esencial por definicin, si no se
lo puede enlazar orgnicamente a la
experiencia misma de los trabajadores. Y
es evidente, tambin, que ese sistema de
en

1 OQ

lace no ser siempre directo y sencillo,


que la experiencia de la que se trata no
ser la experiencia reducida a lo
inmediato.
La
mistificacin
espontanesta, para la cual el trabajador
puede mediante una operacin mgica
encontrar sin esfuerzo en el aqu y el
ahora de su experiencia todo lo que
necesita para llevar a cabo una
revolucin socialista, es la contrapartida
exacta de la mistificacin burocrtica a la
que pretende oponerse, y tan peligrosa la
una como la otra.
Estas consideraciones nos muestran
cmo es intil hablar de teora
revolucionaria al margen de una organizacin revolucionaria. Solamente una
organizacin que se constituya como
organizacin obrera, en la que los obreros
dominen numricamente e impongan las
cuestiones de fondo, que establezca una
fuerte corriente de intercambio con el
proletariado, le permitirn hacer til la
experiencia ms amplia de la sociedad,
solamente una organizacin as puede
hacer realidad una teora que sea algo
distinto del producto del trabajo en
solitario de los especialistas.
La accin revolucionaria
La tarea de la organizacin no es
llegar a una concepcin, la mejor posible,
de la lucha revolucionaria, y guardrsela
para s. Tal concepcin slo tiene sentido
como momento de esta lucha; slo tiene
valor si sirve para ayudar a la lucha de
los obreros y a la formacin de su
experiencia. Los dos aspectos son
inseparables. La experiencia de los
obreros no se forma, como la de un
intelectual, por medio de la lectura, la
informacin escrita y la reflexin
especulativa, sino en la accin. La
organ2acin no podr pues contribuir a
la formacin de la experiencia obrera ms
130

que si: a) acta por s misma


ejemplarmente, y b) ayuda a los
trabajadores a actuar de forma eficaz y
fecunda.
La organizacin no puede renunciar a
actuar o tratar de influenciar en un
sentido determinado las acciones que se
desarrollan sin renunciar a existir.
Ninguna forma de accin considerada en
s
misma
puede
proscribirse
por
anticipado. Cualquier forma ha de
juzgarse exclusivamente por su eficacia
con respecto a la finalidad de la
organizacin, que es siempre el desarrollo
duradero
de
la
conciencia
del
proletariado. Van desde la publicacin de
peiidicos y folletos hasta la difusin de
octavillas convocando a una accin
determinada o de consignas que, en una
situacin histrica dada, puedan permitir
una cristalizacin rpida de la conciencia
de los objetivos y la voluntad de accin
del
proletariado.
Accin
que
la
organizacin slo puede producir de
modo coherente y consciente si tiene un
punto de vista sobre los problemas, tanto
histricos como inmediatos, que afronta
la clase obrera, y lo defiende ante sta:
dicho de otra forma, si acta segn un
programa que condense y exprese la
experiencia del movimiento obrero hasta
ese momento.
En el perodo actual son tres las tareas
ms urgentes de la organizacin, las que
exigen una definicin ms precisa.
La primera es lograr la libertad de
expresin de los obreros, ayudar a los
obreros a tomar conciencia de la
conciencia que ya tienen. A esa expresin
de los trabajadores se oponen dos
obstculos enormes. El primero es la
imposibilidad material de expresarse que
resulta del monopolio de la burguesa, los
partidos polticos de izquierdas y los
sindicatos sobre los medios de expresin.
La organizacin revolucionaria habr de
poner a disposicin de los trabajadores,
131

organizados o no, sus rganos. Pero hay


un segundo obstculo, todava ms
formidable: incluso disponiendo de
medios materiales, los obreros no se
expresan. La raz de tal actitud est en la
idea, creada constantemente por la
sociedad burguesa y propagada por las
organizaciones obreras, de que lo que
tienen que decir no es importante. La
conviccin de que los grandes
problemas de la sociedad no tienen
relacin con la experiencia obrera, que
son de la competencia exclusiva de los
especialistas y los dirigentes, penetra
constantemente en el proletariado: y esta
conviccin es, en ltimo trmino, la
condicin para la supervivencia del sistema de explotacin. Y la organizacin
revolucionaria es quien debe combatirla,
primero mediante su crtica de la
sociedad actual, en particular mostrando
el fracaso del sistema y la incapacidad de
sus
dirigentes
para
resolver
los
problemas;
luego,
y
sobre
todo,
mostrando la importancia positiva de la
experiencia de los trabajadores y la
respuesta, que en esa experiencia se
contiene en germen,

132

a los problemas ms generales de la


sociedad. Los obreros solamente se
expresarn en la medida en que sea destruida la idea de que lo que tienen que
decir carece de importancia.
La segunda tarea de la organizacin es
poner ante el proletariado una concepcin
que abarque el conjunto de los problemas
de la sociedad actual, y en particular el
problema del socialismo. El principal
obstculo en el camino de una accin
revolucionaria del proletariado en esta
poca de crisis profunda de las relaciones
sociales del capitalismo es la dificultad
que los trabajadores tienen para ver una
posibilidad de gestin obrera de la sociedad, la degradacin sufrida por la idea
del socialismo a travs de sus caricaturas
burocrticas. Incumbe a la organizacin
suscitar de nuevo entre el proletariado la
conciencia de la posibilidad de socialismo,
sin la cual el desarrollo revolucionario ha
de ser infinitamente ms difcil.
La tercera tarea de la organizacin es
ayudar a los trabajadores a defender sus
intereses inmediatos y su condicin. La
completa
burocratizacin
de
los
sindicatos en la enorme mayora de los
casos, la inanidad de cualquier intento
que pretenda sustituirlos por unos nuevos
sindiciitos mejorados, hacen que slo
la organizacin revolucionaria pueda, en
el perodo actual, asumir una serie de
funciones esenciales para el xito e
incluso la simple subsistencia de luchas
reiyindicativas:
funciones
de
informacin, de comunicacin, de enlace;
funciones materiales; finalmente, y sobre
todo,
funciones
de
clarificacin
sistemtica, mediante la difusin de
reivindicaciones,
de
formas
de
organizacin, de mtodos de lucha
ejemplares creados por tal o cual
categora de trabajadores. Esta accin de
la organizacin no contradice en lo ms

mnimo la importancia que puedan


adquirir, en el prximo perodo, las
agrupaciones
de
lucha
minoritarias
autnomas de los trabajadores en las
empresas. La accin de esas agrupaciones
no podr ser eficaz, en definitiva, si no
consiguen superar el marco estrecho de
la empresa y extenderse en el plano
interprofesional
y
nacional;
la
organizacin
debe
facilitar
una
contribucin decisiva a esa extensin. Y
sobre
todo,
como
demuestra
la
experiencia, esas agrupaciones no pueden
existir ms que de forma pasajera, si no
hay unos militantes convencidos de la
necesidad de la accin permanente que
las animen y que, por consiguiente, unen
su accin a problemas que sobrepasan la
situacin de los trabajadores en su
empresa. Esos militantes encontrarn en
la organizacin un apoyo indispensable
para su accin y, sin duda, procedern
casi siempre de ella. Dicho de otra
manera, la constitucin de agrupaciones
minoritarias de lucha en las empresas se
efectuar la mayor parte de las veces en
funcin
de
la
actividad
de
la
organizacin revolucionaria.
La estructura de la organizacin
Tambin
en
este
terreno,
la
organizacin ha de inspirarse en las
formas socialistas que el proletariado ha
creado a lo largo de su historia. Ha de
dejarse guiar por los principios en que se
basan los Soviets o los Consejos de
empresa y, sin copiar literalmente tales
ejemplos de organizacin, trasladarlos a
las condiciones en que se encuentre. Esto
significa:
a) que los organismos de base
disponen de la mayor autonoma posible
para la determinacin de sus propias
actividades, compatible con la unidad de
134

accin general de la oiganizacin;


b) que la democracia directa, es decir,
la decisin colectiva de todos los
interesados, se aplica siempre que sea
materialmente posible;
c) que los organismos centrales con
poder de decisin estn constituidos por
delegados de los organismos de base,
elegidos y revocables en todo momento.
Son los principios de la gestin obrera
los que, por decirlo de otra manera,
deben regular la estructura y el
funcionamiento de la organizacin. Fuera
de ellos no quedan ms que los
principios capitalistas que, como hemos
visto, slo pueden producir relaciones
capitalistas.
La organizacin debe resolver el
problema
de
la
relacin
entre
centralizacin y descentralizacin a partir,
principalmente, de los principios de la
gestin obrera. La organizacin es una
colectividad de accin, e incluso de
produccin; no puede existir sin unidad
de
accin.
Todas
las
cuestiones
concernientes al conjunto de la organizacin tienen pues que resolverse
necesariamente
con
decisiones
centralizadas. Centralizadas no significa
que sean tomadas por un Comit Central
sino, al contrario, por el conjunto de la
organizacin ya sea directamente, ya
mediante
delegados
elegibles
y
revocables, por votacin mayoritaria. Es
esencial, por otra parte, que los organismos de base regulen su propia actividad
de forma autnoma, en el marco de las
decisiones generales.
La confusin creada desde hace treinta
aos por el dominio de la burocracia hace
que haya hoy quienes se alzan contra la
centralizacin en cuanto tal (trtese de la
organizacin revolucionaria o de la
sociedad socialista), oponindole la
democracia. Es una oposicin absurda. El
feudalismo
era
18. V. C.S.
II. algo descentralizado, y si

135

la Rusia de Jrushchev se descentralizara


no sera por eso ms democrtica. Un
consejo de empresa es, en cambio, centralizacin. La democracia no es sino una
forma
de
centralizacin;
significa
simplemente que el centro es la totalidad
de los participantes y que las decisiones
las toma la mayora y no un organismo
aparte. El centralismo democrtico de
los bolcheviques no era un centralismo
democrtico, como vimos ms arriba; su
funcionamiento efectivo haca que las
decisiones dependieran de una minora de
dirigentes. El proletariado ha sido
siempre centralista, tanto en sus acciones
histricas (Comuna, Soviets, Consejos)
como en las luchas corrientes; ha sido
igualmente
democrtico,
es
decir,
partidario del poder de los ms. Si se
busca una raz social al rechazo del principio mayoritario, es ms que seguro que
no se encontrar en la clase obrera.
No obstante, el problema de la
democracia dentro de la organizacin no
concierne nicamente a la forma en que
se toman las decisiones, sino al conjunto
del proceso por el que se llega a esas
decisiones. La democracia slo tiene
sentido cuando los que deben decidir
pueden18 hacerlo con conocimiento de
causa . El problema de la democracia
abarca pues tambin el problema de la
informacin adecuada, y muchas cosas
ms: la naturaleza de las cuestiones
planteadas, y la actitud de los participantes frente a esas cuestiones y a los
resultados de tal o cual decisin.
Finalmente, la democracia no es posible
sin una participacin activa y permanente
del conjunto

136

de los miembros de la organizacin en


su actividad y en su funcionamiento.
Participacin que, a su vez, no es ni
puede ser resultado de las peculiaridades
psicolgicas de los militantes, de su
fuerza de carcter o de su entusiasmo.
Depende ante todo del tipo de trabajo que
les propone la organizacin y de la
manera en que se concibe y realiza ese
trabajo. Si el tipo de trabajo los reduce a
meros ejecutantes de unas decisiones
tomadas de hecho por otros, su
participacin ser nfima; porque incluso
el ms dedicado ejecutante participa slo
con una pequea parte de su potencial en
un trabajo de ejecucin. La organizacin
ha de dar a cada uno de sus miembros la
posibilidad de participar en la produccin
de la organizacin en cuanto elemento
creador, y de controlar esa produccin a
partir de su experiencia propia, y esa
posibilidad es la que da la medida del
grado de democracia que la organizacin
ha logrado poner en prctica.
Podemos pretender que de este modo
se han resuelto de una vez por todas los
problemas, que estamos al margen de los
modos de pensamiento de la sociedad
establecida, que hemos encontrado la
receta que evitar toda burocratizacin de
la organizacin, todo error, toda derrota
al proletariado? Suponer eso sera no
haber entendido nada de lo que se ha
dicho; ni haber comprendido nada
tampoco, a las interrogaciones aqu
plantedas, buscar respuestas de ese tipo.
A aqullos que piden garantas que nos
aseguren de que una nueva organizacin
no se burocratizar, hay que responder:
ya estis buro- cratizados, si pensis que
un terico pondr en pie a partir de su
reflexin especulativa el plan que
eliminar
la
posibilidad
de
burocratizacin, sois ya las tropas de una
nueva burocracia. La nica garanta

contra la burocratizacin est en vuestra


propia reflexin, en vuestra propia accin,
en vuestra participacin lo ms grande
posible, y desde luego, no en vuestra
abstencin.
La actividad revolucionaria est sujeta
a una contradiccin crucial, como hemos
dicho hace ya aos: participa en la
sociedad
que
quiere
abolir.
Esta
contradiccin es homologa de la propia
situacin contradictoria del proletariado
en el capitalismo. Es un absurdo buscar
ahora una solucin terica a tal
contradiccin; esa solucin
no existe, la solucin terica de una
contradiccin real es un contrasentido.
Algo que no puede motivar la abstencin,
sino la lucha. La contradiccin se
resuelve parcialmente en cada accin;
slo la revolucin puede resolverla
totalmente. Se resuelve en parte cuando
en la prctica un revolucionario plantea
ante un grupo de obreros unas ideas que
les permitan organizarse y clarificar su
experiencia, y cuando los obreros utilizan
esas ideas para ir ms adelante, para
hacer surgir nuevos contenidos y,
finalmente, educar al educador. Se
resuelve
en
parte
cuando
una
organizacin propone una forma de lucha
y esa forma es aceptada, enriquecida,
acrecentada por los trabajadores. Se
resuelve cuando en el interior de la organizacin se establece un verdadero trabajo
colectivo, cuando las ideas y la
experiencia de cada uno se discuten entre
todos, se sobrepasan para fundirse en una
perspectiva y una accin comunes,
cuando los militantes se desarrollan
gracias a su participacin en todos los
aspectos de la vida y la actividad de la
organizacin. Nada de todo esto est
definitivamente ganado, pero es el nico
camino por el que se puede avanzar.
Cualquiera que sea la forma de la
1 XI

organizacin y su actividad, la participacin efectiva de los militantes ser


siempre un problema, una tarea que hay
que realizar cotidianamente. Y el
problema no se resuelve decretando que
no hace falta una oiganizacin, porque
eso equivale a contentarse con una
participacin nula, es decir, equivale
exactamente a la solucin burocrtica
total. Ni tampoco se resuelve por medio
de
estatutos
que
garanticen
automticamente
el
mximo
de
participacin, porque esos estatutos no
existen. Puede haber, simplemente, unos
estatutos que permitan la participacin, y
otros que la hagan imposible. Sea cual
fuere el contenido de la teora
revolucionaria o del programa, su relacin
profunda con la experiencia y las
necesidades del proletariado, siempre
habr la posibilidad, ms todava, la
certeza de que en un momento dado, esa
teora y ese programa sern superados
por la historia, y existir siempre el
riesgo de que quienes han estado
defendindolos hasta entonces tiendan a
hacer de ellos valores absolutos y quieran
subordinarles, someterles las creaciones
de la historia viva. Puede limitarse ese
riesgo, educar a los militantes, y educarse
a s mismo para empezar, en la idea de
que el criterio ltimo del so

1 XI

cialismo est en los hombres que


luchan hoy, y no en las resoluciones
votadas el ao pasado. Pero nunca podr
eliminarse por completo; en todo caso, no
se elimina eliminando la teora y el
programa, porque eso equivale a eliminar
toda accin racional, a perder la vida
para conservar unas malas razones de
vivir.
No es el militante revolucionario quien
crea esta situacin contradictoria; es la
sociedad capitalista quien se la impone,
como se la impone al proletariado. Lo
que distingue al militante revolucionario
del filsofo burgus es que no queda
fascinado por la contradiccin una vez
que la ha constatado, sino que lucha para
superarla; que no pietende superarla
mediante la especulacin solitaria, sino
por la accin colectiva. Y actuar es, en
primer trmino, organizarse (a).
(a) Este texto, y el siguiente, fueron
redactados durante el verano de 1958, y
difundidos en el interior del grupo S. ou
B. durante el otoo de aquel mismo
ao. Las referencias al ,texto de Claude
Lefort, en torno al cual se haban
agrupado los camaradas que abandonaron
entonces el grupo, se dan ms adelante.
Poco tengo que aadir a la descripcin
material de las circunstancias de aquella
escisin que se hace en el texto que
sigue, o bien habra que relatar en detalle
la historia del grupo desde sus orgenes,
tarea
que
no
me
parece
hoy
particularmente
urgente.
Sobre
los
antecedentes de la discusin, vase
tambin
el
Postface
au
Parti
rvolutionnaire..., vol. V, 1, pgs. 163178.
En lo referente a los problemas de
fondo, sigo manteniendo las mismas ideas
formuladas en el texto que acaban de
leer, aunque en la actualidad las
considere incompletas e insuficientes. No
creo que fuera muy til aadir algunos
comentarios a la discusin de 1958,
138

porque la nica manera de enriquecerla


sera superando el mismo mbito en que
se situaba, mbito demasiado estrecho,
casi exclusivamente sociolgico, racional
y operativo. Las cuestiones: quin milita,
por qu y cmo, prcticamente ni se
abordaron por ninguna de las partes; ni
se plantearon tampoco las cuestiones que
surgen a nivel de grupos de militantes,
que estn lejos de formar nunca
colectividades de trabajo racionales y
transparentes. Esos factores psquicos y
psicosociolgicos determinan, no obstante, el funcionamiento y la realidad
efectivos de los grupos y organizaciones
tanto como los factores sociolgicos generales, y mucho ms que sus
programas y estatutos.
Puede verse una breve descripcin
parcialmente inexac ta-r-> de la escisin
de 1958, y una exposicin del punto de
vista opuesto al formulado en Proletariado
y organizacin en el folleto que ha
publicado Henri Simn, despus de su
ruptura
con
Informationj
et
Correspondance Ouvrires, que haba
fundado tras su salida de S. ou B., y
su separacin de Claude iLefort: I.C.O.:
Un point de vue (ed. del autor, 34, ru
Saint- 3bastien, 75011-Paris). Nadie se
sorprender si sealo que la (conclusin
que he sacado de su lectura es que la
evolucin ide I.C.O., y la ruptura final de
Simn con el grupo, han estado
fuertemente condicionadas por la presin
de los problemas que en 1958 no
consideraban necesario reconocer como
reales o importantes.

139

Proletariado
y organizacin, II
60

En paralelo con la degeneracin


burocrtica, y alimentado por ella, renace
constantemente un primitivismo antioiganizacin dentro del movimiento
obrero. En el perodo actual, muy
especialmente y de manera simtrica a la
extensin y a la profundidad de la
burocratizacin de las organizaciones y
de la sociedad, ha aparecido una
verdadera corriente ideolgica que saca
de su experiencia de los cuarenta ltimos
aos, unas conclusiones que, de hecho,
se dirigen contra toda forma de
organizacin.
La
premisa
terica
de
esas
conclusiones es la identificacin de
burocracia y organizacin. Premisa que
la mayor parte del tiempo permanece
inconsciente, com es normal; si se
formulase claramente conducira de inmediato a preguntar por qu la organizacin
de la sociedad por el proletariado,
durante y despus de una revolucin, no
conducira
fatalmente
a
la
burocratizacin, y, de hecho, aqullos
que despus de la revolucin rusa han
respondido afirmativamente a tal pregunta
y abandonado la lucha son innumerables.
El error crucial de ese razonamiento es
que pone aparte a la organizacin, que
hace de ella, en realidad, un factor
autnomo de la evolucin histrica. En
60S. ou B., n. 28 (julio de 1959).
140

realidad, las organizaciones no son lo


nico que ha degenerado, ya lo hemos
visto: tambin ha degenerado la ideologa
revolucionaria, y las formas de lucha de
la clase obrera. La organizacin no es un
factor autnomo y original de la
degeneracin: las organizaciones no
hubieran podido degenerar si el propio
proletariado no hubiera participado de
alguna manera en esa evolucin y no
continuase apoyando a las organizaciones
buro- cratzadas. La burocratizacin es
solamente la ms profunda de las formas
en que se expresa la influencia continuada de la sociedad capitalista sobre el
proletariado.
As pues, no es sorprendente que esa
tendencia
antiorganizativa
oc
haya
expresado en Socialisme ou Barbarie.
Su portavoz ha sido,
despus de algunos
19
otros cama- radas , Claude Lefort *. En
1951 formulaba tal concepcin de una
manera que pretenda
ser consecuente
20
hasta el final . La tendencia a
organizarse polticamente, deca en
sustancia, pertenece slo a una fase del
movimiento obrero; bolchevismo y
antibolchevismo
(Lenin
y
Rosa
Luxemburg), a pesar de su profunda
oposicin, estaban de acuerdo en afirmar
la necesidad de una organizacin de
vanguardia, y expresaban un perodo
histrico ya sobrepasado: No slo es
errneo sino imposible constituir
19. Vase El Partido revolucionario,
en La experiencia del movimiento obrero,
1: Cmo luchar, pp. 103-118 y 131143.
En
aquellos
momentos,
la
resolucin haba sido votada por Lefort.
* Claude Lefort, ensayista, filsofo y
socilogo francs, co-fundador de la
revista Socialisme ou Barbarie de la
que aqu se trata, ha publicado los
siguientes libros:
La Breche (en colaboracin con
Edgar orin y J. M. Coudray), Fayard,
141

1969.
Elments d'une critique de la
bureaucratie, Droz, 1971.
Le travail de l'ouvre: Maquiavel,
Gallimard, 1972.
Un hotnme en trop (Reflexions sur
LArchipel du Gou- lag), Le Seuil, 1975.
Les formes de Vhistoire (ensayos
de antropologa poltica), Gallimard,
1978.
Sur une colonne absente (en torno a
Maurice Merleau- Ponty), Gallimard,
1978.
En espaol se public Qu es la
burocracia? (que recoge casi los mismos
textos que Elments dune critique de la
bureaucratie) in Ediciones Ruedo Ibrico,
Col. El Viejo Topo, Pars, 1970. De
prxima publicacin en esta coleccin
Un homme en trop (Un hombre que
sobra).
Desde el punto de vista del
anecdotario histrico, sealemos que
Claude Lefort y C. Castoriadis han
vuelto a participar juntos, tras la ruptura
y liquidacin de Socialisme ou
Barbarie, en la redaccin de dos
revistas, Textures, hoy desaparecida, y
actualmente Libre (Editions Payot,
Pars). (N. del E.)
20.V. el texto El proletariado y el
problema de la direccin revolucionaria
(Elments..., pp. 30-38), del que se
extraen las cuatro citas siguientes.
una organizacin cualquiera en el perodo
actual (pg. 38, subrayado nuestro). Lo
ms
que
podra
darse
era
un
reagrupamiento
espontneo
de
la
vanguardia en un perodo revolucionario,
como destacamento provisional puramente coyuntural del proletariado
(pg. 37). Y de ninguna manera habra
que fijarse como tarea dar un programa
de accin a seguir a la vanguardia, y
mucho menos una organizacin a la que
adherirse (pg. 38).
La concepcin resultaba coherente
hasta ese momento, pero dejaba de serlo
cuando pretenda abordar el problema de
las tareas de los revolucionarios; en
142

efecto, es irreconciliable con una


actividad
revolucionaria
cualquiera,
incluso con una puramente terica. Lefort
propona que Socialisme ou Barbarie
continuase como una revista terica,
61
lugar de discusin y de elaboracin ,
pero no se molestaba en explicar para
qu necesitaba el proletariado ninguna
revista terica en general, ni Socialisme
ou Barbarie en particular. Si el proceso
revolucionario
es
la
maduracin
espontnea del proletariado y de su vanguardia en la que la actividad poltica de
elementos organizados es en el mejor de
los casos un factor de perturbacin, no
hay ms remedio que concluir que el
trabajo terico es, como mucho, un
pasatiempo privado de los intelectuales,
al margen de la historia. Y los intelectuales confinados en su trabajo quedan
necesariamente separados radicalmente de
los obreros pues, de esta forma, la teora
no tiene inters para los obreros ni, sobre
todo, les ofrece posibilidad alguna de
participacin. Es evidente que una teora
elaborada en esas condiciones por los
intelectuales no tiene de revolucionaria
ms que el nombre: unos especialistas
separados del proletariado discuten una
teora sin lazo de unin alguno con una
prctica social, entregndose a una
actividad de tipo burgus sin que su
posible intencin de ver las cosas con
los ojos de los obreros sirva para
modificar su retina. Al ser ajenos al
proletariado y a su accin, no podran
producir otra cosa que una especulacin
exterior que reproducira finalmente las
ideas burguesas.
Tal postura era insostenible, de hecho,
para quien quisiese mantener un mnimo
grado de actividad poltica, y Lefort, que
haba abandonado Socialisme ou Barbarie en 1951, volvi despus de un
tiempo. Como dice hoy: la actividad
revolucionaria colectiva y que trata de
61 S. ou B., n. 10, p. 27.
143

serlo
cada
vez
ms
implica
necesariamente una cierta organizacin.
Esto le parece tan evidente que aade a
continuacin: Es algo con lo que nadie
ha estado nunca en62 desacuerdo, ni lo
estar (pg. 120) , olvidando que l
mismo lo haba estado, fuertemente, en
su momento.
Sin embargo, los hechos se encargaron
de probar que no bastaba con un acuerdo
vago sobre la necesidad de una cierta
organizacin para fundamentar una
actividad
colectiva.
Al
volver
a
Socialisme ou Barbarie, Le- fort ti
ataba de conciliar su participacin con su
viejo
postulado
de
identificar
organizacin y burocracia, mediante
actitudes que pueden resumirse as: la
organizacin debe ser organizacin en el
menor grado posible, la accin, accin lo
menos posible, la ideologa, lo menos
posible ideologa. La historia de las
fricciones y conflictos permanentes que
de ah se derivaron no es tema que
podamos tratar ahora. Digamos solamente
que para los camaradas que no
compartan esas posiciones, la actitud de
Lefort, Berthier y algunos otros fue
apareciendo cada vez ms como una
tentativa de castrar lo ms posible la
actividad de Socialisme ou Barbarie,
con fines de prevencin antiburocrtica.
Los acontecimientos del 13 de mayo
de 1958 plantearon los problemas de
forma tal que ya no se poda seguir
esquivndolos por ms tiempo. Ante la
perspectiva de una crisis social, muchos
lectores y simpatizantes venan a
Socialisme ou Barbarie para trabajar
con nosotros. Cmo podamos trabajar
todos
juntos,
cmo
podamos
organizamos?
De
inmediato,
se
62Claude Lefort, Organization et
parti, Elments..., pp. 109-120. Todas
las citas que se hacen a continuacin proceden de este artculo; las cifras entre
parntesis indican la pgina.
144

enfrentaron dos concepciones.


La mayora de Socialisme ou
Barbarie crea que era imposible
organizarse sin adoptar cierto nmero de
principios. Haba que saber quin estaba
considerado como miembro de la
organizacin; si el nmero de participantes impona una reparticin en grupos,
era preciso man

145

tener la cohesin del conjunto


mediante Asambleas generales por una
parte, frecuentes y soberanas, y por la
otra con un rgano responsable formado
por delegados elegidos y revocables por
los grupos de base que asegurase los
intervalos; finalmente, las divergencias
que pudieran surgir se zanjaran gracias a
los votos y decisiones que todos
cumpliran, aunque la minora fuese libre
de expresar pblicamente su desacuerdo.
Para
Lefort,
Berthier
y
otros
camaradas,
las
fronteras
de
una
organizacin deban ser deliberadamente
imprecisas; los grupos que formase la
organizacin actuaran cada uno por su
cuenta; las decisiones que se tomasen en
comn, ms exactamente, los votos, no
seran obligatorios para la minora, que
poda actuar segn sus ideas. El
problema de la unidad y coordinacin de
la actividad de la organizacin ni
siquiera se planteaba, las nicas tareas
centrales
que
se
prevean
se
consideraban y presentaban como tareas
tcnicas, apelndose para todo lo dems a
la cooperacin espontnea de los
camaradas.
Desde ese momento estaba claro que
no era posible ninguna solucin al 50 %.
Lefort y los que pensaban como l
abandonaron Socialisme ou Barbarie, y
sa fue la nica solucin razonable, por
la que todos, ellos y nosotros, nos
felicitamos. Cada uno podr aplicar sus
principios sin trabas, de ahora en
adelante, y ver as cul es su valor
prctico. Nosotros pretendemos que con
los principios y mtodos de Lefort no
puede construirse ni existir forma alguna
de organizacin, ni dctil, como l
dice, ni rgida, ni cristalina, ni gaseosa.
Lo nico que puede existir es un grupo
de discusin que podr vivir es decir,
discutir en tanto sus discusiones sigan
14S

siendo pequeas. Pero si el grupo


quisiera pasar a una verdadera actividad,
incluso si simplemente creciese un poco,
le sera imposible no estallar, con los que
toman
en
serio
sus
principios
oponindose a los que toman en serio la
idea de actividad, los unos incomptatibles
con los otros,
Es, en efecto, imposible que una
organizacin, dctil o no, crezca si no
desarrolla una actividad real. La gente, y
en particular los obreros, no participan
con asiduidad en una organizacin si en
ella se trata solamente de discutir e
informarse reciprocamente, sino si se
trata de hacer alguna cosa que les
parezca suficientemente im

14S

portante para sacrificarle una parte del


escaso tiempo libre que les deja la
explotacin capitalista. Y es imposible
que una actividad real y eficaz, es decir,
coherente, se desarrolle sin un mnimo de
homogeneidad ideolgica y de disciplina
colectiva. Esto implica una definicin
clara de las ideas, objetivos y medios
es decir, un programa; una manera de
resolver en la prctica las divergencias
que puedan surgir en el curso de una
accin, es decir, la aceptacin del
principio mayoritario; estos dos puntos
conllevan la necesidad de definir quines
participan en la organizacin. Finalmente,
es imposible que una organizacin se
desarrolle sin encontrarse y verse
obligada en la prctica a resplver el
problema de la centralizacin.
Nuestras diferencias con Lefort se
basan en estos puntos y no en el de
saber si la organizacin revolucionaria
debe ser una direccin del proletariado.
Y es caracterstico que l haya preferido
discutir este ltimo punto en el texto
publicado en el ltimo nmero de la
revista, y no las diferencias reales. Tal
vez no sea para crear una diversin pero,
en todo caso, Lefort y sus camaradas han
decidido que esos problemas no existen,
y se han limitado a optar por no
enfrentarse a ellos. Es intil hacer
eplogos a tal actitud, que nos parece
totalmente negativa y estril. Lo
importante, por el contrario, es discutir
las posiciones tericas que han tenido
que tomar y que llevan mucho ms all
de las divergencias sobre el problema de
la organizacin.
La experiencia del trotskismo
Para introducir sus posiciones, Lefort
apela a un anlisis de la experienica del
146

trotskismo. Pero su anlisis es a la vez


incompleto y ambiguo. Incompleto,
porque los fenmenos de burocratizacin
que se dan a la escala reducida de la
pequea organizacin trotskista y que
el grupo Socialisme ou Barbarie haba
denunciado 63 cuando rompi con el
trotskismo , no se desprenden simplemente de que el Partido Comunista
Intemacionalista hubiera decidido ser el
partido del proletariado, su direccin
irreemplazable. Ms exactamente, esa
misma idea expresaba simplemente uno
de los aspectos de la realidad social e
histrica del trotskismo. Ambiguo porque
de la manera en que Lefort lo realiza,
parece que lleva a la conclusin de que
es casi imposible construir una organizacin sin que se burocratice.
Si nos preocupamos de analizar la
experiencia del trotskismo, hemos de
hacerlo seriamente, en un doble plano,
histrico y sociolgico. Un anlisis
sociolgico no puede limitarse a describir
las semejanzas de comportamiento de los
militantes trotskistas y deducir, como
trata de hacer Lefort, esas semejanzas de
su deseo de ser la direccin del
proletariado. Ser til que mostremos
aqu, brevemente, los otros aspectos que
un anlisis tal debiera abarcar, porque
todos ellos son importantes para la discusin del problema de la organizacin
revolucionaria en el futuro.
El primer aspecto es el tipo de trabajo
que los militantes tenan que realizar, y
que realizaban mejor o peor. Deban
empezar por iniciarse en la teora
abstracta, ligada a su experiencia
corriente tan slo por sus consecuencias
ms lejanas, y convertida en dogma en el
63V. la Carta abierta a los militantes
del P.CI. y de la TV Internacional",
en La sociedad burocrtica, 1; Las
relaciones de produccin en Rusia, p. 345.
147

sentido fuerte del trmino; formulada de


una vez por todas por Marx, Engels,
Lenin y Trotski, y cuyos intrpretes
verdaderos son las personas que dirigen
el partido y la IV Internacional. En
segundo lugar, los militantes tenan que
entender que esa teora conduce
necesariamente a unas consignas, tipos de
accin y formas de lucha codificadas de
una vez por todas (en el Programa de
transicin) y vlidas para todo el perodo
histrico venidero. La nica cuestin
que se planteaba a este respecto era la de
saber si la situacin objetiva era del
tipo A, exigiendo consignas de tipo a, b
y c, o del tipo B, implicando consignas
x, y, z. Las discusiones en la
organizacin se reducan pues, en
sustancia, a las apreciaciones de la
situacin, a las que los militantes no
podan contribuir ms que tomando la
temperatura de los obreros en las fbricas; e incluso lo que dijesen no
serva ms que de material de
argumentacin para los lderes que, a
partir de su saber econmico y
poltico, decidan si el capitalismo estaba
en crisis o no, si atravesaba una fase de
ascenso o de retroceso. En tercer
lugar, y sobre todo, el trabajo de los
militantes consista en propagar en su
medio las consignas del partido.
Lograban su objetivo ltimo cuando
conseguan que fueran adoptadas, tal cual
o con ligeras modificaciones, por una
seccin sindical o un comit de huelga.
El militante trotskista era, pues, por la
naturaleza misma de su trabajo, un
ejecutante poltico. Tena que absorber y
difundir ciertas ideas fijadas de una vez
por todas por otros (vivos o muertos, eso
no importa). Y ah es donde est la raz
de su alienacin poltica.
Pero
esta
constatacin
sera
completamente insuficiente si dejase de
148

lado el contenido de esas ideas. No se


puede pretender estudiar seriamente el
problema del trots- kismo poniendo entre
parntesis su ideologa, como hace
Lefort. Lo que importa a tal respecto no
es tanto lo falso, sino de qu forma lo
es, el sentido, el carcter social. Lo que
en la prctica equivala a afirmar que el
socialismo implica solamente algunas
transformaciones
objetivas
de
las
estructuras
sociales
(nacionalizacin,
planificacin, etc.). Las gigantescas
lecciones de la degeneracin de la
revolucin rusa quedaban en silencio, la
degeneracin no era sino un accidente, el
bolchevismo no tena parte alguna en
ella. La crtica de la 64burocracia se
limitaba a lo superficial , la idea de
accin autnoma de la clase obrera se
ignoraba por completo, la nocin 65de
gestin obrera era acogida con burlas .
64Los trotskistas llegaron incluso a dar
marcha atrs en la crtica de la
burocracia hecha por Trotski. Frank lleg
a escribir en 1947, en el Bulletin
intrieur del P.C.I., que sera necesario
un mnimo de burocracia, al menos
durante la primera fase de la existencia
de un Estado obrero (citamos de
memoria).
65Cierto que segua existiendo a este
respecto una contradiccin en el
trotskismo,
eco
debilitado
de
la
contradiccin
fundamental
del
bolchevismo. Cuando se trataba de
polemizar con los derechistas, los
verdaderos trotskistas desenterraban
con gusto la frase de Lenin sobre las
masas, que estn cien veces ms a la
izquierda que el partido (aunque en su
boca no era ms que la expresin de una
histeria de agitacin permanente ni ms
ni
menos
revolucionaria
que
el
oportunismo orgnico de Craipeau); al
acusar
a
los
estalinistas
de
burocraticismo, exigan la democracia
sovitica, etc. Pero eran aspectos que se
quedaban en lo puramente formal, temas
149

Los militantes, pues, eran reclutados y


educados a partir de una ideologa que
criticaba los aspectos ms externos del
fenmeno burocrtico (la traicin y los
errores de Stalin, del P.C. y del P.S.),
solamente para preservar mejor su
substancia.
Esa ideologa estaba en relacin
profunda con las motivaciones de los
militantes trotskistas, que no se pueden
entender sin considerar el origen del
reclutamiento trotskista. El caso tpico es
el del militante trotskista que procede de
una organizacin tradicional (lo ms
frecuentemente del P.C.) con la que
haba roto en funcin de una crtica de
los aspectos ms externos de su poltica:
nacionalismo de la Resistencia, Frente
Popular o gobierno tripartito, actitud
oportunista o extremista ante las luchas
obreras. El estalinismo les pareca una
reedicin del reformismo, y ste una
simple
traicin,
dejando
en
la
ignorancia el problema de la burocracia.
Sin duda, esa crtica de la poltica de las
organizaciones tradicionales habra podido
y debido convertirse en el punto de
partida de una crtica mucho ms
profunda, que condujera a su vez a una
nueva definicin del programa socialista;
pero al encontrarse con la ideologa
trotskista, se empachaba y abortaba. El
militante que llegaba al trotskismo
aprenda que el proletariado ha dejado
de desarrollarse en nmero y cultura y
que la crisis de la humanidad es 66
la
crisis de la direccin revolucionaria .
El proceso revolucionario era pues visto
independientemente
del
desarrollo
de ejercicios oratorios: era el aspecto
romntico, el traje de los domingos. Las
cuestiones serias de la poltica eran cosa
distinta para la visin trotskista.
66Vrogramme de transition de la IVe.
Internationale.
150

continuo del proletariado y de su


conciencia. Lo nico que faltaba era una
direccin revolucionaria, y la nica tarea
de los militantes, construirla. La
humanidad slo se salvara de la barbarie
si una direccin capaz de tomar el relevo
de la que haban traicionado se
constitua a tiempo, y el militante que
tomaba sobre sus espaldas tan enorme
tarea era alguien que quedaba por encima
del resto, perteneca a una nueva lite.
En esas condiciones, cualquier tipo de
democracia organizativa, no poda ser
ms que una cscara vaca. Los
trotskistas aplicaban el centralismo
democrtico leninista, el cual, como ya
hemos visto crea siempre una divisin
entre dirigentes y ejecutantes. Incluso una
democracia sovitica en el seno del PCI,
si hubiera sido posible, se hubiera
rpidamente transformado en su contrario.
Porque era la naturaleza y el tipo de
trabajo realizado por la organizacin
quienes reducan la mayora de los
militantes a ser simple ejecutantes de las
decisiones tomadas por otros, y les
apartaban de toda participacin efectiva a
la direccin de la organizacin. Era su
ideologa quien justificaba solemnemente
este estado de cosas, ms an lo
presentaba como el nico posible. La
concepcin del partido como direccin de
la clase obrera participaba, naturalmente,
de esta ideologa, pero si se quieren
respetar los hechos hay que aadir que
en la prctica esta concepcin no ha
desempeado ms que un papel mnimo.
El trabajo de los militantes, su ideologa
inconscientemente
burocrtica,
eran
realidades; su aspiracin a dirigir al
proletariado no ha superado nunca la fase
del mero deseo.
Para terminar, el anlisis sociolgico
ms extenso del trotskismo sera
abstracto si no incluyese el fenmeno del
151

trotskismo en un desarrollo histrico. El


destino
del
trotskismo,
independientemente de ideas, intenciones
y estatutos, estaba marcado de antemano
por el contexto histrico en el que haba
nacido y crecido, o ms bien vegetado.
Como hemos dicho en otra parte, el
trotskismo no ha sido ms que una
tentativa
vana
de
restaurar
el
bolchevismo del perodo heroico en un
momento en que no poda tener ya base
en la historia real. El trotskismo no fue
ms que un ltimo eco de los grandes
movimientos de 1905-1923, con todas
sus contradicciones y sus lados negativos,
y sin un solo germen de renovacin. No
trataba de ser simplemente un partido,
sino un partido de un tipo bien definido
el tipo leninista, atribuyndose
unas funciones concretas y no otras,
concibiendo su trabajo de una cierta
manera y no de otra, y todo ello
indisolublemente unido a una ideologa
27
determinada. La burocratizacin
del
trotskismo, lo mismo que su frat
27. Ponemos el trmino entre comillas
porque tampoco es necesario exagerar.
Por otra parte, no todo el que quiere es
un burcrata.
caso, slo se puede entender a partir de
esa situacin global, producto a su vez
de una fase histrica concreta. Fase en la
que esas concepciones y comportamientos
haban predominado, en la que se haba
do degradando progresivamente hasta el
estalinismo, en la que, en fin,
reaccionando contra este ltimo pero
situndose en su mismo terreno, un
ncleo que haba querido restaurar y
mantener en su pureza original la llama
contradictoria del bolchevismo, converga
con una dbil corriente de obreros y
militantes asqueados de las viejas
organizaciones, para vegetar al margen
de la experiencia histrica.
152

Las conclusiones positivas de la critica de


la burocracia
Era necesario extenderse al hacer la
crtica de la experiencia del tiotskismo,
porque es la que nos permite concretar
en un ejemplo real, aunque reducido, el
anlisis de la burocratizacin que hicimos
en la primera parte de este texto. Pero
nos permite tambin igualmente entender
mejor los principios positivos que
extraemos de la crtica de toda una fase
del movimiento obrero y que tenemos
que resumir aqu brevemente.
Est terminando un perodo histrico,
con una inmensa experiencia del
proletariado en lo concerniente a la
burocracia considerada desde el ms
profundo punto de vista: no en cuanto
direccin que se equivoca o traiciona,
sino como capa explotadora que puede
surgir en el propio movimiento obrero.
En el perodo que comienza, el
proletariado slo podr luchar por la
realizacin de sus objetivos luchando al
mismo tiempo contra la burocracia. Esta
lucha
har
surgir
innumerables
necesidades, prcticas e ideolgicas, a las
que solamente puede responder una
organizacin
revolucionaria.
Esa
organizacin no podr constituirse sino
con obreros y militantes que hayan
experimentado la burocracia, o con
jvenes que la rechacen de entrada como
forma de la sociedad establecida, y no
podr reclutar miembros ms que entre
esos mismos. Su funcin ser la de ser
un instrumento del proletariado en su
lucha, no su direccin. La organizacin
tendr un concepto de la teora
revolucionaria radicalmente opuesto no
slo al del trotskismo sino incluso al que
viene predominando desde hace un siglo.
Rechazar categricamente la idea de una
ciencia de la sociedad y de la
153

revolucin elaborada por especialistas y


de la que emanaran conclusiones
prcticas correctas, una poltica que no
sera ms que una tcnica. Desarrollar
su teora revolucionaria principalmente a
partir de la experiencia y de la accin
del proletariado, que le suministrar no
el material de observacin o los ejemplos
de verificacin, sino los principios ms
profundos.
Por
consiguiente,
los
militantes dejarn de ser meros ejecutantes respecto de una ideologa definida
al margen de ellos, sobre bases y segn
mtodos ajenos a ellos. Sin la
participacin activa y dominante de los
trabajadores que pertenecen a ella, la
organizacin no podr definir jams ni
una ideologa, ni un programa, ni una
actividad revolucionaria.
La primera tarea de los militantes ser
pues expresar su propia experiencia y la
de su medio; el trabajo de la
organizacin consistir en primer lugar
en formular esa experiencia y difundirla,
tomar de ella lo que posea un valor
universal y elaborar una concepcin
global coherente. Consistir al mismo
tiempo en dar a conocer la expresin de
la experiencia del mayor nmero posible
de obreros, en dar la palabra a los
trabajadores, en permitir la difusin y la
comunicacin de los ejemplos de lucha,
las opiniones, las ideas entre el
proletariado. El problema de las
relaciones entre los individuos en el seno
de Ja organizacin se plantear as de
una forma totalmente nueva. No habr ya
base ni econmica ni en la
produccin (es decir, en la actividad
de la organizacin, en el tipo de trabajo
que efecta) para que una categora
de individuos se convierta en una casta
de dirigentes separados e inamovibles. La
gente ir a la organizacin porque pensar no que no deba haber dirigentes
154

aparte sino que no hay funcin especfica


para tales dirigentes; y querrn hacer un
trabajo que postule explcitamente la
importancia igual de lo que tenga que
decir todo el mundo. La estructura de la
organizacin expresar orgnicamente su
orientacin y sus concepciones; ser tal
que la participacin y preeminencia del
conjunto de los militantes no slo se
expresar en los estatutos sino que se
har posible y fcil gracias a ellos; no
podr ser, por tanto, sino una estructura
del tipo soviet, inspirada en los modos
de
organizacin
creados
por
el
proletariado a lo

155

latgo de su historia: autonoma lo ms


amplia posible de los organismos de base
para la determinacin de su propio
trabajo; determinacin de la orientacin
general de la organizacin mediante
delegados elegidos y revocables; libre
expresin de los militantes y de las
tendencias en el interior y en el exterior
de la organizacin.
Esas concepciones, elaboradas a partir
de la crtica de la historia del
movimiento obrero y de las teoras que
lo han dominado, constituyen tanto una
respuesta al problema de las tareas de los
revolucionarios en el perodo actual, de
sus relaciones con el proletariado, de su
modo de organizacin, como un rechazo
radical de las tesis tradicionales (y no
solamente leninistas) sobre el partido.
67
Han sido formuladas en la revista
y en
el grupo Socialisme ou Barbarie desde
hace aos. Lefort prefiri ignorarlas,
presentar
algunas
migajas
como
enmiendas y correcciones a la
concepcin leninista, polemizar con tres
o cuatro frases de textos viejos fuera del
contexto de que aparecan rodeadas, y
refutar... el Qu hacer? No pondremos
calificativos a su proceder. Pero es
67Los textos Sobre el contenido del
socialismo (cuya primera parte apareci
en el n. 17 de esta revista, con fecha de
julio
de 1955, y la continuacin en los
0i
n. 22 y 23), La revolucin proletaria
contra la burocracia (n. 20), Balance,
perspectivas, tareas (n. 21, en
particular pp. 10-12), La va polaca de
la
burocratizacin
(n.
21),
Perspectivas de la crisis francesa (n.
25, en particular pp. 64-65), bastan para
mostrar ampliamente que la discusin
sobre el partido en cuanto direccin ya
no tena objeto desde haca tiempo, y
que Lefort, por razones que slo l
conoce, polemiza con unas concepciones
ya superadas por sus autores.
15S

necesario desvelar su argumentacin, su


lgica, querida o no: refutar por milsima
vez, y despus de tantos otros, a Le- nin,
permite eludir los problemas actuales, y
enmascara la falta de respuestas a las
verdaderas cuestiones a las que hoy se
enfrentan los revolucionarios y el
proletariado. Para convencerse de ello
basta con considerar las propuestas
positivas a que llega Lefort.

15S

Las tareas de los revolucionarios en el


perodo actual
Segn Lefort, la definicin de esas
tareas ha de tomar su punto de partida
en la distincin de dos categoras de
elementos activos ep lo que se ha
convenido en denominar vanguardia:
Entre esos elementos activos, algunos
y con mucho los ms numerosos
tienden a unirse dentro de las empresas,
sin tratar primero de extender su accin
a ms amplia escala. Encuentran as
espontneamente la forma de su trabajo:
hacen un perio- diquito local, o un
boletn, militan en una oposicin sindical
o componen un pequeo grupo de lucha
(pg. 119). Otros sienten la necesidad de
una accin ms amplia y entre ellos
muchos camaradas que estn fuera de las
empresas; la accin de estos ltimos no
puede tener otro objetivo que apoyar,
amplificar, clarificar la (lucha) de los
grupos de empresa (pg. 119).
Podramos
preguntarnos
si
esos
individuos que se unen dentro de las
empresas tienen que quedar confinados
en ellas. El carcter positivo de ese
trabajo, proviene de que los militantes
no tratan primero de extender su
accin? Qu significa ese primero?
Es necesaria o perjudicial una
perspectiva de profundiza- cin y
extensin? Pero ni siquiera ah est la
cuestin.
En primer lugar, hay que decir
claramente que tal distincin es pura
mitologa. No existen pequeos grupos
de lucha ms que de circunstancias, y
si existiesen, Lefort no sabra nada de
ellos, por definicin. Lo mismo que
nosotros.
En
segundo
lugar,
los
periodiquitos locales o boletines que
existen en Francia pueden contarse con
154

los dedos de la mano. En tercer lugar, y


es lo ms importante, esos peridicos o
boletines han sido siempre fundados por
militantes obreros polticos, que haban
pertenecido y que la mayor parte del
tiempo continuaban perteneciendo a
organizaciones o grupos de extrema izquierda. Que esos militantes hayan
querido hacer de esos peridicos unos
rganos de expresin autnoma de los
trabajadores y no instrumentos de sus
propias organizaciones, y que lo hayan
conseguido con frecuencia, es muy
importante, capital incluso, pero va
completamente en contra de lo que
Lefort quiere demostrar. Porque eso
prueba que el movimiento, todava en
estado embriona

155

rio, no ha partido de las empresas


sino de los militantes que sienten la
necesidad de ensanchar sus horizontes,
etc.; y que ello no les ha impedido
transformarse en unos ncleos reales en
las empresas.
En Socialisme ou Barbarie se
discuti mucho tiempo sobre el problema
de los Comits de lucha, englobando
bajo
esta
denominacin
cualquier
tentativa de agrupamiento autnomo en
las empresas a partir de ncleos
minoritarios e independientes de las
organizaciones
polticas.
Nos
preguntamos en particular si fuera de un
perodo
de
lucha
abierta,
esas
agrupaciones podran mantener una
actividad permanente. Es ste un
problema que la burocratizacin cada vez
ms completa de los sindicatos hace
primordial en el perodo actual, puede
existir de forma permanente bajo el
rgimen de explotacin una organizacin
de los trabajadores con base de clase,
minoritaria incluso, embrionaria y casi
informal?
La conclusin de una experiencia de
doce aos en Francia, que comienza con
el Comit de lucha de la Renault en
1947, es clara y precisa: los embriones
de organizacin autnoma que hayan
podido existir no se han mantenido fuera
de los perodos de lucha, excepto en los
casos en los que tomaron un carcter
cuasi poltico, es decir, en los que los
participantes
fueron
conducidos
a
clarificar sus ideas sobre unos problemas
que sobrepasaban ampliamente los de la
empresa y en los que se sintieron
comprometidos como militantes en una
tarea permanente. Y en tales casos,
buscaron siempre, en contra de lo que
Lefort dice, la extensin
de su accin a
68
nivel ms amplio .
68A esta experiencia corresponde 15S
la
V

Habr en el futuro tales agrupaciones


formadas espontneamente, es decir, al
margen de una accin militante? Lo
ignoramos, pero la cuestin no tiene
importancia. Lo que sabemos y lo nico
que interesa es esto: las habr sin duda
si unos militantes con las ideas claras
tratan de constituirlas y hacen de ellas
instrumentos de los trabajadores y no
apndices de su organizacin; se
mantendrn si esos militantes las
mantienen, y si forman a su alrededor
gentes como ellos y mejores que ellos.
Incluso se puede apostar fuerte a que
slo las habr en esas condiciones, por
una razn que debiera ser evidente.
Quin puede emprender y continuar un
trabajo as a travs de altos y bajos,
xitos y fracasos, en contra de las
circunstancias de un clima desfavorable
once de cada doce meses? Slo los
individuos a los que una ideologa que
haya pasado a ser carne de su carne les
permitir resistir a los acontecimientos,
interpretarlos,
situarlos
en
una
perspetciva y saber que, incluso si estn
aislados por el momento, forman parte
frase del texto La direccin proletaria
{La experiencia del movimiento obrero, 1,
p. 127) citada por Lefort: ...En ese
sentido, la distincin entre comits de
lucha y partido (o cualquier otra forma
de organizacin minoritaria de la
vanguardia
obrera)
concierne
exclusivamente al grado de clarificacin
y de organizacin y a nada ms. Como
demuestra lo que antecede, significa que,
bajo el rgimen de explotacin, tales
comits (en la medida en que pretenden
ser permanentes) no pueden ser ms que
organismos semi o cuasi polticos, que
ya no puede haber como en el pasado
agrupaciones nicamente econmicas,
reivindicativas o sindicales que se
siten en una base de clase. Ya la
misma crtica de los sindicatos no puede
hacerse
156

de una cosa infinitamente ms vasta y


poderosa que ellos mismos. Lo que
Lefort no ve es que un militante que
desarrolle una accin permanente en una
empresa y que no trate de unlversalizarla
y
profundizarla,
es
un
absurdo
psicolgico. Es un personaje sin
coherencia
y
sin
lgica
interna,
inventado por un novelista malo.
El proceso descrito por Lefort es pues
puramente imaginario e inventado por
necesidades de su teora. En Francia no
hay elementos los ms numerosos
con mucho que tiendan a unirse
dentro de las empresas distinguindose
de los otros que ensanchan sus horizontes. Hay una necesidad objetiva enorme
de la clase obrera de constituir
organismos autnomos de lucha; y est
el hecho de que los nicos partidarios
firmes de tales organismos, resueltos a
realizar el trabajo necesario para
fuera de una concepcin general del
papel de los sindicatos en la sociedad
actual, y por lo tanto tambin de la
burocracia, en resumen, sin un grado
importante de clarificacin ideolgica.
Queramos decir que para luchar en el
terreno reivin- dicativo, los obreros
conscientes estn obligados a superar lo
reivindicativo. Lefort h-a entendido este
razonamiento como una tentativa de
subordinar los comits de lucha al
Partido.
qi*t tengan realidad, son algunos
militantes polticos con las ideas muy
claras.
Cul sera segn Lefort la accin de
esos militantes? No deben tener otro
objetivo
que
apoyar,
amplificar,
clarificar la que llevan los militantes o
los grupos de empresa (pg. 119).
Supongamos que existan estos ltimos;
qu significa amplificar y clarificar su
157

accin? Se trata, dice Lefort, de


aportarles informaciones de las que no
disponen, conocimientos que no pueden
obtenerse ms que con un trabajo
colectivo llevado a cabo fuera de las
empresas ( ibid.). Qu informaciones,
qu conocimientos? Sobre qu tema,
desde qu ptica, elegidos segn qu
criterios? A menos de caer en la cartilla
de la informacin objetiva y de la
educacin del pueblo, est claro que todo
eso es imposible sin una ideologa coherente. Y no hay ms que una eleccin: o
bien se oculta esa ideologa lo que
objetivamente equivale a engaar a la
gente en la mercanca que se les vende
, o bien se formula con claridad, y
entonces,
qu
la
distingue
del
programa que tanto aborrece Lefort y
que, de creerle, es el origen de la
alienacin poltica en las organizaciones
revolucionarias? Porque la ideologa de
que se trata no es pura teora; es una
ideologa social, de la que necesariamente
derivan
consecuenicas
prcticas. Cul ser su relacin con los
militantes en las empresas?
La cuestin que aqu se nos plantea
necesariamente es la del programa de la
organizacin, sobre lo que volveremos
ms adelante. Por el momento basta con
preguntarse por qu los individuos que
pertenecen a la organizacin querida por
Lefort van a ella antes que a otra o a
ninguna. Lefort dice en funcin de un
acuerdo ideolgico profundo. Otra vez
estamos sustituyendo ideas por adjetivos:
un acuerdo profundo, tareas modestas,
una organizacin dctil, y querer hacer
desaparecer el grueso de los problemas
jugando con los colores. En qu se
asienta
ese
acuerdo
ideolgico?
Probablemente sobre la idea de que los
trabajadores que quieran defenderse se
vern en la necesidad de tomar en sus
158

propias manos su destino, organizarse


ellos mismos a escala de toda la sociedad, y que eso es el socialismo (pg.
118). Perfecto. Es una idea, dice incluso
Lefort, que hay que preocuparse por
propagar. Propagacin o propaganda,
como se prefiera, que se toma demasiado
en serio, por lo dems,
porque no se concreta en absoluto en las
tareas prcticas que se proponen a
continuacin (y desde luego propagar la
idea de autonoma no es difundir
informaciones y conocimientos, ni hacer
encuestas sobre la experiencia de la vida
y el trabajo de las empresas).
Pero si se toma en serio la idea de
autonoma,
habr
que
preguntarse
inevitablemente cmo hay que hacer para
propagarla. Hay que repetirla bajo la
forma abstracta de una idea reguladora, o
bien mostrar en cada caso concreto lo
que significa? No implica, por ejemplo,
que en una huelga reivindicativa los
trabajadores deben actuar de una manera
determinada y no de otra, elegir un comit
de
huelga
revocable,
hacer
asambleas generales, etc., en lugar de
confiar su huelga a la burocracia
sindical?
Esto
debe
decirlo
la
organizacin en cada ocasin, o no? Est
claro que no ha de hacerlo de manera
artificial, pero precisamente para hacerlo
de forma no artificial, no debe estar
unida a la clase obrera, comportar el
mayor nmero posible de trabajadores?
Acudiran esos trabajadores si no vieran
en la organizacin un instrumento
esencial de su accin?
De la idea de autonoma, no derivan
una multitud de consecuencias, directas e
indirectas? Hay que ocultarlas? Y una
multitud de problemas, tambin, que los
trabajadores se plantean de manera muy
precisa? Hay que callrselos? No
deriva de ella por ejemplo, de modo
159

cierto
aunque
indirecto,
que
los
trabajadores deben luchar contra la
jerarqua y por consiguiente plantear
reivindicaciones de aumentos lineales de
salarios? Esto es algo que la
organizacin
debe
repetir
incansablemente, o no?
Y que no se nos diga que al hacer eso, la
organizacin no hace ms que volver a
tomar de su mano unas reivindicaciones
que surgieron del proletariado mismo. Ya
lo hemos dicho frecuentemente, pero no
hemos olvidado nunca que tambin la
clase obrera ha propuesto reivindicaciones contrarias: las huelgas de
categoras, por ejemplo, no han dejado de
existir nunca. La organizacin, e incluso
un revolucionario aislado, no pueden
eludir la eleccin, y es una futilidad
tratar de esquivar las responsabilidades
propias
escondindose
tras
el
proletariado, transformado en una entidad
imaginaria por necesidades de la causa.
El socialismo es la autonoma, dice
Lefort. Lo hemos dicho en esta revista
desde su primera pgina. Pero, hay que
pararse ah? No somos slo nosotros los
que preguntamos, tambin los obreros
preguntan: qu significa eso? Cmo
puede funcionar una sociedad gestionada
por los trabajadores? Aparentemente
habra que responder: ya lo veris,
cuando lo hagis. Pero la cuestin es
que, en gran parte, no lo hacen porque
no lo ven. Y tambin es absurdo pensar
que una organizacin pueda poseer un
plan minucioso del funcionamiento de la
sociedad socialista, y es vital concretar la
idea
del
socialismo,
mostrar
la
posibilidad de una organizacin socialista
de la sociedad, indicar soluciones para
los problemas con los que se encontrar.
Pero, para la organizacin no se trata
solamente de propagar la idea de
autonoma; se trata de ayudar a los
160

trabajadores
a
realizar
acciones
autnomas. Cosa que la organizacin no
puede hacer ms que si es una organizacin de accin. Problema que Lefort deja
completamente de lado, como puede
comprobarse considerando las tareas
que asigna a la organizacin. No se trata
de que sean tareas modestas: aunque
se las hinchase hasta el infinito, seguiran
sin tener nada que ver con la accin.
Slo indirectamente estudia las tareas de
accin de una organizacin dando a
entender que consistiran en garantizar
una coordinacin rigurosa de las luchas y
una centralizacin de las decisiones
(pg. 117) y opina que eso es una
utopa.
La funcin de coordinacin y
centralizacin..., escribe, corresponde a
grupos de obreros o empleados minoritarios que, sin dejar de multiplicar
los contactos entre ellos, no dejan de
formar parte de los medios de produccin en los que actan (pg. 118).
Nuevamente
vemos
el
problema
planteado de forma mitolgica. Dnde
se han ViSto, fuera de un perodo de
revolucin, a grupos de obreros y
empleados minoritarios multiplicar los
contactos entre ellos para garantizar la
coordinacin y la centralizacin? Tales
grupos salen perfectamente armados y
desarmantes de la cabeza de Lefort.
Cuando los obreros y empleados
empiezan a realizar por s mismos la
coordinacin y la centralizacin, estamos
en un perodo revolucionario o al menos
en un perodo de luchas extendidas y
profundas, y no se trata de grupos
minoritarios, sino de delegados de
comits de huelga, de consejos, etc.
Fuera de uno de esos perodos, el
problema, en verdad, no se plantea, en
todo caso no como problema de
centralizacin de decisiones; lo que se
161

plantea, como labor a realizar, es un


trabajo orientado hacia la difusin de los
ejemplos
de
luchas
parciales,
y
eventualmente a su extensin, y resulta
absurdo pretender que una organizacin
revolucionaria no tiene nada que hacer
en ese terreno.
Lo que se pide, pues, no es que la
organizacin coordine y centralice, sino
que ayude efectivamente a las luchas
obreras. Los medios de hacerlo dependen
de las circunstancias y tambin de sus
propias fuerzas; pero son innumerables.
Decir que las luchas obreras tal y como
se han producido desde hace doce aos
no han tenido que lamentar la falta de un
rgano de tipo partido que hubiera
logrado la coordinacin de las huelgas
ni de una falta de politizacin...; han
estado dominadas por el problema de la
organizacin autnoma de la lucha, y
que ese problema ningn partido puede
hacer que el proletariado lo resuelva es
hablar marginalmente de la cuestin. La
solucin del problema de la organizacin
autnoma
de
las
luchas,
que,
efectivamente, ha dominado la situacin
del proletariado francs desde hace doce
aos, no depende de un acto de confianza
en un posible estado de gracia del
proletariado que los revolucionarios
haran limitndose a escrutar el cielo. La
tendencia
de
los
trabajadores
a
organizarse autnomamente para luchar
es resultado de la experiencia de la
burocratizacin de las organizaciones,
pero se ve entorpecida constantemente,
combatida, aniquilada por su situacin en
la sociedad capitalista y en particular por
la
accin
de
las
organizaciones
burocrticas, por la falta de medios
materiales, por la ignorancia de lo que
sucede en otros lugares, por las dudas
sobre las posibilidades de organizarse,
etc. En relacin con todos estos puntos,
162

una organizacin revolucionaria tiene un


enorme trabajo que realizar, y no puede
esperar que el libre arbitrio del
proletariado le permita extraerlo todo de
l. Lo que Lefort olvida ver o decir es
que durante esos doce aos, el
proletariado francs intent varias veces
entrar en la va de la accin autnoma. Y
sus tentativas abortaron; por qu?
Siempre podr responderse: porque la
situacin no estaba madura, pero es una
respuesta que no nos hace avanzar ni un

163

palmo. La misin del revolucionario


no es especular sobre la madurez de las
condiciones ni deplorar su ausencia; es
trabajar para que la haya. La falta de
madurez de las condiciones en 1955, por
ejemplo, se tradujo en un hecho muy
preciso: los obreros de Nantes y de
Saint-Nazaire quedaron aislados en su
lucha. Y no porque en Francia faltasen
telfonos, carreteras o ferrocarriles, sino
porque las organizaciones burocrticas y
la burguesa hicieron todo lo posible para
mantenerlos en su aislamiento. Una
organizacin revolucionaria, en aquel
momento, hubiera esperado a que los
metalrgicos de Pars llegasen libremente a la decisin de sostener la lucha
de Nantes? (Hay que subrayar que ese
libremente significa: atados de pies y
manos por la burguesa, la C.G.T., la
C.F.T.C., F.O., el P.C., la S.F.I.O., etc.).
No, una organizacin digna de tal
nombre hubiera comenzado por un
amplio trabajo de informacin sobre lo
que pasaba en Nantes, los mtodos de
lucha de los obreros, sus reivindicaciones, etc.; hubiera mostrado el sentido
ejemplar de aquella lucha, explicado que
haba que sostenerla con todos los
trabajadores de Francia; habra puesto a
disposicin de los nanteses cinco
camiones diciendo: si queris enviar a la
Renault una delegacin masiva, aqu
tenis cmo.
Y slo cuando se hubiera hecho todo eso
y otras mil cosas por el estilo, y no slo
en Nantes y un da, sino en todas partes
y durante aos, podra entonces juzgarse
si la situacin estaba madura hasta el
punto de que el proletariado francs sera
capaz de resolver el problema de su
organizacin autnoma.
Si no se acepta esa actividad dirigida
hacia la autonoma del proletariado, es
que se da a la autonoma un sentido

absoluto, metafsico: es necesario que los


obreros lleguen a ciertas conclusiones sin
ninguna clase de influencia. En ese caso,
no hay que condenar solamente toda accin sno toda propagacin de ideas,
incluida la propia idea de autonoma. No
deja de ser una violacin del individuo
querer persuadirle de que sea libre. Y si
le gustase lo de no serlo?
No es preciso decir que sa sera una
postura desesperadamente absurda, ni
recordar que nadie llega nunca a nada
sin recibir alguna influencia. N hay que
escamotear tampoco las conclusiones de
esa evidencia. La autonoma o la libertad
no son estados metafsicos, sino prcvcesos sociales e histricos. La autonoma
se gana a travs de una serie de
influencias contradictorias, la libertad
surge a lo largo de la lucha con y contra
los otros. Respetar la libertad de alguien
no es no tocarle, sino tratarle como un
adulto, decirle lo que se piensa. Respetar
su libertad no como moralistas sino
como revolucionarios, es ayudarle a
hacer lo que puede drsela, no en un futuro hipottico, sino aqu y ahora; no es
instaurar el socialismo por cuenta suya,
sino ayudarle a realizar actos socialistas
desde hoy mismo. La poltica de la
libertad no es la poltica de nointervencin, sino la de la intervencin
en un sentido positivo; no tiene ms
lmites que la mentira, la manipulacin y
la violencia.
Significado de los delegados

A
los
modos
de
organizacin
capitalistas aplicados, tanto en su forma
como en su espritu profundo, por los
partidos y sindicatos tradicionales, hemos
opuesto los modos de organizacin
165

creados por el proletariado, y que


podemos definir en tres puntos:
mxima autonoma posible de los
organismos de base, dentro de los lmites
marcados por la nulidad y la coherencia
de la accin de la organizacin como un
todo;
democracia
directa,
en
toda
ocasin en que sea materialmente
realizable;
eleccin y revocabilidad de todos
los rganos encargados de las tareas de
centralizacin.
Lefort hace de esto un correctivo
aplicable a la teora leninista del partido
(quienes la conozcan, lo apreciarn), y lo
reduce a una frmula negativa: la
revocabilidad de los delegados. Es
evidente que as, separada del resto de
los principios de organizacin y sobre
todo de un concepto de conjunto del
trabajo
de
una
organizacin
revolucionaria, la revocabilidad de los
delegados tiene un significado muy
limitado. Tampoco queremos discutir las
crticas que Lefort le dirige, y que
quedan al margen de nuestra concepcin;
nos detendremos simplemente en algunos
argumentos que plantea y que nos
parecen reveladores de la ideologa que
subyace en sus posiciones aunque no se
formule en su texto.
Lefort opone la revocabilidad en los
organismos de clase, donde puede tener
un contenido positivo dado que existe un
medio de trabajo real y que los hombres
deciden sobre cosas que conciernen su
vida, a la revo- cabilidad en el partido,
que
es
un
medio
artificial,
heterogneo cuya unidad existe
solamente en funcin de la centralizacin
impuesta a la organizacin... que a su
vez se basa en la cohesin del programa
(pg. 115).
Digamos en primer lugar que es falso
166

que un Consejo de fbrica formado por


delegados
revocables
sea
vlido
simplemente porque sus hombres tienen
una experiencia inmediata que les
permite decidir con claridad los problemas con que se encuentran (ibident).
No es ni siquiera cierto a escala de una
sola fbrica, cuya totalidad como tal
supera la experiencia inmediata de todo
trabajo individual. Basta con reflexionar
en lo que significara un Consejo obrero
en la Renault o incluso en una empresa
de unos miles de trabajadores, para ver
que los obreros, directamente o por
intermedio de sus delegados, habran de
decidir sobre problemas concernientes al
funcionamiento de la fbrica de los que
no tendran una experiencia inmediata o
cuya incidencia sobre sus vidas podra
ser indirecta y lejana. Lo mismo sucede
con los problemas generales, y con
aquellos que conciernen aspectos de la
actividad de una parte determinada de la
fbrica, y de los que por consiguiente
una parte de los trabajadores tiene
experiencia directa pero que han de ser
resueltos por el conjunto.
Pero lo importante es otra cosa. Lo
que est implicado en la argumentacin
de Lefort es simplemente que el
socialismo es imposible, al menos como
poder de los Consejos obreros, como
gestin obrera. Porque en un rgimen
obrero, trabajadores y Consejos no
tendran simplemente que resolver las
cuestiones concernientes a su medio de
trabajo. Tendran que decidir sobre todo,
o dicho de otra manera, sobre nada,
porque todo lo que pasa en la empresa
viene determinado por lo que pasa en la
sociedad en general. Tendran que decidir
sobre
los
planes
de
produccin;
problemas polticos; la orientacin de
gran cantidad de actividades sociales de
importancia
general.
Tendran
que
167

decidir, por ejemplo, las cuestiones ms


generales tocantes a la educacin; o se
piensa acaso que en una sociedad
socialista correspondera a los maestros
decidir por s solos y soberanamente qu
y cunta educacin necesita la sociedad?
Pero, si decimos que el valor de los
Consejos y de la norma de la
revocabilidad proviene de que los
problemas que habrn de resolver son los
que los hombres encuentran en su medio
productivo, se deduce rigurosamente de
ah que los Conesjos son intiles para
todo lo dems, es decir, para la direccin
de la sociedad en general. Quin se
encargar de ello entonces? No hay ms
que una respuesta: un organismo especial
y separado de direccin que tenga como
funcin especfica la solucin de los
problemas universales, Y ya sabemos
cmo se llama ese funcionario universal:
burocracia.
Tal
conclusin
absurda,
pero
inevitable, resulta de la escisin radical
que Lefort establece entre el medio de la
empresa y el medio social general, la
experiencia
inmediata
del
medio
productivo y la experiencia poltica y
social de los individuos. Volveremos
sobre el tema.
Conclusiones
igualmente
absurdas
resultan de la segunda parte del
argumento de Lefort: la revocabilidad en
el partido, dice, no vale de nada, porque
el partido es un medio artificial y
heterogneo. Esto significa para empezar
que los miembros del partido no pueden
discutir vlidamente los problemas que se
plantean ante ellos, porque no participan
de la experiencia misma del trabajo
produ* tivo. En efecto, el argumento no
concierne tan slo a los delegados: si
vale, vale para todo proceso de decisin
en el seno de una organizacin.
Al igual que el precedente, este
168

argumento tiende a destruir todo


fundamento racional de la democracia en
una sociedad, salvo quizs en una
colectividad que estuviera exclusivamente
formada en un medio inmediato de
trabajo. Pero lleva igualmente a la
negacin de toda organizacin, incluida
la que Lefort dice que defiende. Si se
trata de constituir poco a poco una.
verdadera estructura de vanguardia (pg.
119), o incluso si se trata simplemente
de formar una organizacin, por modesta
y dctil que se quiera, no habr de
tomar ciertas decisiones que conciernan a
su actividad, no tendr que resolver
ciertos problemas? Cmo podrn sus
miembros
hacerlo
vlidamente,
si
constituyen un medio artificial y
heterogneo? Porque, evidentemente, no
basta con rechazar la denominacin de
partido para que una agrupacin

169

pierda el carcter de medio artificial


y heterogneo; que resulta del hecho de
que tal organizacin rene personas que
pertecen a medios de produccin
diferentes. Ni siquiera se trata aqu del
problema de la disciplina o de las
relaciones entre mayora y minora. La
lgica de las posiciones de Lefort
conduce necesariamente a rechazar todo
fundamento a una actividad colectiva
fuera de la empresa (y por qu no el
departamento, o el taller?). Porque si se
tratan problemas de los que algunos
tienen experiencia directa, es la nica
experiencia que sirve; no es que la
opinin de los dems no deba
imponrseles mecnicamente, es que, por
definicin, carece de valor. Y si se trata
de problemas de los que nadie tiene
experiencia directa, nadie puede tener
una opinin vlida. Hay que preguntarse
entonces por qu se une esa gente, qu
pueden hacer, qu pueden, incluso, decir
en comn. Esa organizacin no es ms
que una mesa redonda de singularidades
entregadas a monlogos cuyos contenidos
69
no podrn ponerse nunca en contacto .

69Lefort no se da cuenta de hasta


dnde le lleva su crtica de la
organizacin. Llega a escribir (p. li):
La democracia no se pervierte a causa
de unas malas normas organizativas, sino
por el hecho de la existencia misma del
partido. No puede realizarse dentro de
ste por el hecho de que no es en s
mismo un organismo democrtico, es
decir, un organismo representativo de las
clases sociales que pretende servir. Hay
que preguntarse, entonces: por qu ha
de ser democrtica la organizacin que
l, Lefort, quiere constituir? De qu
clase
social
ser
representativa?
Volvemos a dar con el mismo dualismo
absoluto: la nica institucin del proletariado es la revolucin misma (p.
118). Todo lo que no es revolucin

Aunque la organizacin no sea ms


que un medio al que acude la gente para
discutir, hay que suponer necesariamente
que las experiencias de los que participan
en ella tienen alguna relacin entre s, y
que,
por
el
contrario,
tienden
objetivamente o converger, conservando
su especificidad esencial e irreductible. Si
no fuera as toda accin, incluso toda
discusin, sera imposible. Es penoso
tener que discutir pero no se puede dejar
de subrayar la no-verdad total de la
afirmacin de Lefort, segn la cual la
unidad de ese medio (del partido) slo
existe en razn de la centralizacin
impuesta a la organizacin, y esa misma
centralizacin est basada en la cohesin
del programa. Est o no centralizada la
organizacin, por qu acude la gente a
ella? No puede imponerse la centralizacin a una organizacin ms que si
esa organizacin existe, y por qu
demonios existe? Qu empuja a una
gente que difiere tanto entre s a entrar
y a formar parte de ella? Leyendo a
Lefort se podra pensar que Lenin posea
poderes mgicos para atraer a gentes
totalmente heterogneas y, una vez bien
guardados en la alforja, imponerles la
unidad mediante una centralizacin
basada a su vez en la cohesin de su
programa personal.
Y quin nos dir de dnde vienen
esos famosos programas? Qu es esa
nueva filosofa de lo inmediato que
opone una experiencia directa del medio
primitivo, nica fecunda y a glorificar, a
una expresin universal de la experiencia
social, tildada de artificiosa y condenaqueda manchado a la vez de irrealidad y
de corrupcin. Cmo se puede entonces
hablar de una actividad revolucionaria
colectiva antes de la revolucin, en qu
puede
fundamentarse,
cmo
puede
organizarse?

ble? Desde cundo puede progresar la


humanidad sin dar a su experiencia
expresiones que se pretenden universales
y que sin duda slo son vlidas por un
tiempo, pero sin las que no podra haber
ni tiempo?
La verdad se encuentra al otro extremo
de lo que Lefort pretende. Un partido o
una organizacin no puede existir ms
que porque existe una unidad virtual profunda en la experiencia de grandes
categoras de personas, superando el
marco de la empresa, y esa experiencia
les lleva a unirse para actuar en busca de
unos objetivos que ya tenan propuestos
o en los que, una vez formulados, ven
todo o parte de aquello a lo que aspiran.
El programa no es otra cosa que el
conjunto de esos objetivos. Aqu,
tambin, el error consiste en erigir en
criterio absoluto lo que no es ms que un
trmino relativo. El partido es un medio
heterogneo en algunos aspectos, y
homogneo en otros. Es heterogneo en
relacin al medio productivo al que
pertecen sus miembros, o a su cultura,
pero no lo es en relacin a su
experiencia global de la sociedad y a sus
objetivos. Es eso una cohesin artificial?
Con
los
revolucionarios
hngaros
exiliados en Pars despus de 1956,
descubrimos una homogeneidad infinitamente mayor que la que tenamos
con gente que llevaba aos trabajando al
lado nuestro en la misma empresa.
Pero no es esto lo nico importante.
La organizacin, es decir, las gentes que
la forman, estn entregadas a un trabajo
concreto. Ese trabajo crea a su vez una
nueva experiencia comn y les da la
posibilidad de verificar lo que deciden a
partir de su vida. Pero Lefort parece
negar
que
en
una
organizacin
revolucionaria
pueda
formarse
una
experiencia comn y coherente de los

militantes: en esas condiciones (las


condiciones del partido), dice, las
decisiones a tomar a nivel de clula
tienen siempre una doble motivacin: la
que se origina en una accin a
desarrollar en un medio social externo y
la que nace de la aplicacin del programa
o de la obediencia a las instancias
centrales (pg. 115). Dejemos de lado
la obediencia a las instancias centrales
que no se cita, evidentemente, ms que
para complicar las cosas insinuando en el
espritu
del
lector
que
en
una
organizacin las clulas slo pueden
obedecer a una instancia central. La frase
que acabamos de leer, y las que la
siguen, equivalen a afirmar: 1.) que hay
necesariamente conflicto o falta de
relacin entre las necesidades de la
accin a desarrollar en un medio social
externo y el programa de la
organizacin, y 2.) que se resolver
fatalmente a favor del programa y en
detrimento de las necesidades de accin
en el medio.
Voivemos a tener aqu un ejemplo de
transformacin en contrarios absolutos y
absolutamente separados de dos trminos
que slo tienen sentido cuando estn
unidos ntimamente. Lejos de crear
conflictos insuperables y de conducir
inexorablemente a una burocratizacin,
esa doble motivacin es el elemento sin
el cual no puede existir accin
revolucionaria.
Podra
tal
accin
encontrar su motivacin nicamente en
la accin a desarrollar en un medio
social externo? Pero, qu es esa
accin? Se trata de propagar la teora de
la relatividad, de volver a la gente
vegetariana, de hacerles comprar sopas
Knorr? La accin a desarrollar es
necesariamente
definida,
inspirada,
guiada, en cada instante por ideas,
principios, pers* pectivas; el conjunto de

todo ello no es otra cosa que el


programa, es decir, la definicin de los
fines y los medios de la accin. Y a la
inversa, la actividad no puede estar
solamente motivada por el programa; lo
est igualmente por el medio en el que
se desarrolla. Esto est muy lejos de
significar simplemente que el programa
debe aplicarse cada vez teniendo en
cuenta las condiciones concretas. El
programa mismo no es otra cosa, en definitiva, que la expresin ccndensada de
una cierta experiencia de la situacin
social tal y como la realizan los
trabajadores. Y la actividad de la
organizacin debe hacer que profundice,
modifique y si es preciso altere su programa, de manera continua y permanente.
Se dir que hay ah, de todos modos,
una contradiccin, y que proviene de
que el problema ha sido mal planteado
desde el principio, de que las clulas de
la organizacin desarrollan una accin en
un medio social externo, que esa
accin debe ser condenada y que la
nica posible es la que llevan a cabo
los elementos activos en las empresas?
Entonces, esta discusin carece de
sentido: que cada cual vuelva a su
empresa y se quede all; sobre todo, que
no se lleve de vuelta nada de lo que
haya encontrado fuera. Pero no es
esto, sin embargo, lo que hace, ni lo que
dice, Lefort: escribe en Socialisme ou
Barbarie y quiere trazar una perspectiva
de accin incluso para los elementos
que no pertenecen a un medio de
produccin (pg. 119). Las tareas que
les asigna, por irrisorias que sean, son ya
imposibles de llevar a cabo sin lo que l
llama nuestras tesis, nuestras ideas o
nuestros principios, y que nosotros llamaremos un programa.

Una nueva filosofa de la historia


En cada uno de los problemas que se
plantean al pensamiento revolucionario,
como en el proceso efectivo de la lucha
de clases y de la revolucin, hay siempre
dos trminos.
Est la empresa, colectividad concreta
de
trabajadores
unidos
por
una
experiencia directa del medio de trabajo
y por una organizacin espontnea,
informal, y est la clase, unidad de los
trabajadores por encima de las fronteras
de la empresa, de la profesin, de la
localidad e incluso de la nacin, unidad
mediatizada
por
su
experiencia
convergente de explotacin y alienacin.
Hay una experiencia inmediata de la
sociedad como

trabajo, y una experiencia inmediata de


la sociedad como unidad. Hay una
experiencia inmediata, y hay tambin una
experiencia ya elaborada y sistematizada.
Existe un desarrollo propio del
proletariado hacia el socialismo y, desde
hace un siglo, una actividad poltica
permanente
de
los
militantes
revolucionarios de todos los pases.
Hay una lucha informal permanente de
los trabajadores contra la explotacin, y
tambin una lucha poltica explcita
contra la organizacin actual de la
sociedad, que el proletariado ha dirigido
casi siempre.
Y etctera etctera.
La separacin de esos trminos no es
meramente lgica; es real. Y la tarea de
los revolucionarios no es solamente
unirlos en el pensamiento, en una teora
correcta; es actuar para superar esa
separacin en la realidad, sabiendo que
slo la revolucin podr superarla
definitivamente.
El fondo de la metodologa de Lefort
consiste en operar la separacin ms
radical entre los trminos de cada una de
esas dualidades que el pensamiento
revolucionario se encuentra a cada paso,
y mantenerlas en una oposicin absoluta.
La superacin de esa oposicin se
efecta entonces mediante algo que es,
de hecho, un retroceso; se valoriza uno
de los trminos y se condena el otro, o
se le hace sufrir una reduccin de su
realidad.
As, el medio y la experiencia de la
empresa se consideran los nicos
importantes; el medio social general, la
experiencia de la sociedad como tal y
bajo sus mltiples aspectos sociedad
poltica, cultural, etc. ni siquiera se
mencionan. La accin de los militantes
en la empresa parece ser la nica que
realmente cuenta; cualquier otra accin

se reduce a comunicar informaciones y


conocimientos; el trabajo permanente
que aspira a formular de manera
universal el sentido de la experiencia de
la sociedad, tanto mediata como
inmediata, que tienen los trabajadores, se
ignora. En la medida en que se reconoce
que existe algo como una teora
revolucionaria, sta aparece como una
preocupacin individual de ciertos militantes (pgs. 116-117). El avance del
proletariado hacia el socialismo toma as
el aspecto de una maduracin orgnica, y
el papel primordial que han desempeado
y continan desempeando en su
evolucin las organizaciones y las luchas
especficamente polticas, se escamotea.
Asi, por ejemplo, el concepto de las
relaciones de produccin concretas y de
la empresa, que Socialisme ou Baibarie
situ muy pronto en el centro de sus
anlisis, va convirtindose, en manos de
Lefort, en un concepto mtico que,
llevado hasta el absurdo, acaba por
dividir el mundo en dos. La vida de los
trabajadores en la empresa se convierte
en la nica realidad, y todo aquello que
no est en o es de la empresa
resulta irreal y maligno a la vez.
Nosotros decimos, por el contrario, que
de la evidencia comn de que la empresa
no existe fuera de, ni separada de la
economa, del Estado, etc., en una
palabra, de la sociedad globalmente
tomada (y recprocamente), hay que
extraer todas las consecuencias; lo mismo
que
hay
que
extraer
todas
las
consecuencias de otras evidencias no
menos comunes: a) que los trabajadores
se interesan apasionadamente tambin por
lo que sucede fuera de la empresa, y que
si no fuera as, toda discusin sobre el
socialismo no sera ms que charlatanera
vulgar; b) que precisamente en ese
terreno es donde es ms difcil la for177

macin de la experiencia de los


trabajadores,
donde
encuentra
ms
obstculos, se enfrenta no slo a la falta
de
informaciones
sistemticamente
organizada por el capitalismo y la
burocracia obrera, sino tambin y sobre
todo a la complejidad de la cosa misma
y a la dificultad de elaborar un esquema
global de comprensin, sin el que toda
informacin que pudiese haber disponible
por otra parte no sirve de nada.
sta
es
para
la
organizacin
revolucionaria una de las misiones ms
difciles de cumplir, aportando al proletariado los elementos necesarios para la
formacin de su experiencia global, sin
hacer traicin a su cometido negndose a
ayudar
al
proletariado
contra
el
capitalismo.
Elementos que no pueden ser ni son
simplemente
informaciones
y
conocimientos. Todo el problema del
programa, de la ideologa, de la teora, se
plantea a este respecto. Hemos hablado
ya de ello, y volveremos a hacerlo.
Apuntemos por el momento que en la
medida en que Lefort admite que la
organizacin tal y como l la concibe
posee una ideologa y se entrega a un
trabajo terico, se aboca a la existencia
separada
de
dos
mundos
cuya
comunicacin se rehsa a establecer. En
uno de esos mudos estn las ideas en
general, una perspectiva socialista, las
contradicciones de la economa y de la
sociedad capitalistas a nivel global, las
anti-estructuras y el partido y su
doble. En el otro, el mundo de la
empresa, la representacin y la
experiencia de los asalariados recluida en
su estado actual; y querer introducir en
este ltimo los elementos del primero,
los elementos ideolgicos, tericos y
programticos, sera atentar contra la
autonoma del proletariado.
178

As, los conocimientos universales


tocantes a los problemas generales de la
sociedad se convierten en asunto
particular de una categora especial,
aunque mal definida, de incividuos: los
militantes, los intelectuales, etc. Es cosa
suya, preciosa y vergonzante, de la que
hablan
entre
ellos,
cultivan
interminablemente en los jardines confidenciales de las revistas de tirada
reducida. Y, sobre todo, de la que no hay
que hablar a los obreros. Sera perturbar
y adulterar el maravilloso proceso de
maduracin autnoma de la clase, que un
da cambiar el mundo pero que entre
tanto es algo ms frgil que un jarrn de
Sully Prudhomme.
La nica unin que esa concepcin es
capaz de operar entre el mundo de la
empresa y el mundo de la ideologa
es el abandono de todo contenido preciso
del programa socialista y de la idea de
revolucin, que se vuelven meras
palabras, palabras que por otra parte,
cada vez se tiene menos derecho a
pronunciar en pblico. Existe una
maduracin de la clase que lleva en s un
futuro, pero de lo que pueda ser ese
futuro no sabemos, podemos saber, ni
debemos tratar de saber nada: slo la clase... Porque, al leer a Lefort, vemos
claramente que una organizacin, para l,
no tiene derecho alguno a tener un
programa, a proponer una concepcin
concreta del socialismo (que sea fruto,
claro est, de la experiencia histrica de
las revoluciones proletarias): si lo hiciese
estara tratando de ocupar el lugar de la
clase.
Esa concepcin manifiesta, en primer
lugar, una deformacin total de la
realidad histrica. Y en segundo lugar
desconoce enteramente un presupuesto
fundamental de la revolucin socialista.
Y lleva, finalmente, a privar al
179

proletariado,
en
cuando
clase
revolucionaria e incluso en cuanto clase
pura y simplemente (que no existe, incluso en la sociedad actual, slo en las
empresas por separado unas de otras), de
elementos
tanto
humanos
como
ideolgicos que le son indispensables
para su lucha revolucionaria y para su
lucha sin ms.
La realiH histrica es que el
proletariado no es solamente maduracin
hacia el socialismo, o ms bien que esa
maduracin no es otra cosa que una
lucha permanente en el seno del
proletariado: lucha entre los elementos
creadores de una nueva realidad social y
la alienacin en todas sus formas. Esta
ltima se manifiesta tambin, aunque sea
de una forma diferente, en el plano de la
empresa. No existe un proceso de
maduracin que podamos estorbar
nosotros: no hay proceso de maduracin
ms que en la medida en que es
estorbado constantemente, en relacin a
lo que sera la experiencia intrnseca de
la empresa, por elementos que no
pertecen a ella, econmicos, polticos,
ideolgicos (y entre stos, reaccionarios,
reformistas, estalinistas, revolucionarios).
Es algo cc.ntra lo que nada se puede
hacer: no depende de nosotros que los
estalinistas repartan octavillas, o que los
trabajadores no se dejen en los vestuarios
lo que la burguesa les ensea en la
escuela o en los peridicos, o lo que ven
en el cine, ni el recuerdo de la orden de
movilizacin de su hermano o su hijo. Lo
nico que depende de nosotros es que en
esa batalla permanente no aparezcan
piesentes las ideas revolucionarias porque
nos hayamos abstenido de presentarlas o
porque lo hayamos hecho de la manera
ms impotente. (Finalmente, por otra
parte, ni siquiera eso depende de
nosotros: si nos negamos a representar
180

nuestras ideas en la clase obrera habr


otros que antes o despus acabarn por
hacerlo, por poco que valgan esas ideas).
Y no slo no podemos evitar esa
batalla permanente, sino que sera
absurdo desear que no existiera. Porque
slo en funcin de su existencia, puede
formarse una experiencia del proletariado
que concierna la sociedad global,
experienica sin la cual es intil hablar de
perspectiva socialista.
En segundo lugar, esa concepcin
desconoce enteramente un presupuesto
fundamental en la revolucin socialista.
El socialismo solamente es posible como
accin consciente de transformacin de la
sociedad.
Pero
una
transformacin
consciente tal slo es posible si los elememos esenciales de su contenido y de
su forma estn explcitamente formulados
de antemano. Esto significa no que la
revolucin burguesa improvise y que la
revolucin proletaria acte segn un plan
establecido
previamente,
sino
simplemente que la improvisacin de la
revolucin proletaria contiene y debe
contener,
so
pena
de
fracaso
infinitamente ms elementos conscientes
que cualquier revolucin anterior. No
puede haber socialismo sin proyecto
socialista, y uno de los polos de ese
proyecto es el programa de la
organizacin socialista. La formulacin
explcita de ese proyecto es necesaria
para
la
transformacin
de
las
posibilidades histricas objetivas en orden
a la revolucin.
Hemos de hacer notar aqu que las
posiciones de Lefort se apoyan, en
definitiva, en los mismos falsos postulados que las posiciones que cree
combatir violentamente, es decir, los
postulados de Qu hacer?. Las posiciones de Lefort estn basadas en la
idea de que no hay ms que un nico
181

tipo posible de teora de la sociedad, de


programa, de actividad de elaboracin y
difusin de ideas; el tipo leninista, que
ha de degenerar necesariamente en tipo
estalinista o trotskista. Como ese tipo
elaboracin separada de la experiencia
de los obreros, contenido abstracto
falsamente cientfico, difusin convertida
en adoctrinamiento es condenable, no
hay ms remedio que condenar las
actividades mismas de que se trata, o
como mximo tolerarlas entre los
intelectuales, entre los que constituyen
un vicio incurable que hay que evitar
sobre todo que se haga muy visible.
Lefort, como Lenin en Qu hacer?
postula de hecho, 1. que el proletariado,
por su experiencia propia, slo se
interesa por lo inmediato, y la nica
diferencia est en que lo inmediato ya no
se define como los intereses econmicos sino como la empresa; 2. que no
hay ms que un tipo de teora, el que
puede ejemplificarse en los escritos de
Marx, Lenin, Trotski y sus resmenes
vulgarizados (en el mejor de los casos,
una teora abstracta, alejada de la
experiencia obrera, impenetrable para el
proletariado; en el peor de los casos, una
caricatura de teora, una vulgarizacin
mistificadora e instrumento de manipulacin). Lenin consideraba malo lo
primero y bueno lo segundo y Lefort
hace lo contrario, pero su anlisis es el
mismo. Sus posiciones no son sino las
posiciones de Qu hacer?, con los
signos de valor invertidos.
De hecho, el problema fundamental de
nuestra poca es: cmo realizar por un
camino distinto al del ABC del
comunismo la fusin indispensable de la
experiencia obrera y los elementos
tericos, ideolgicos, etc., y solamente un
iluminado o un charlatn podra pretender
182

que sin esta fusin podra haber nunca


transformacin socialista de la sociedad.
Nosotros decimos, por nuestra parte, no
slo que existe ese camino, sino mucho
ms: si se demostrase que no puede
existir ese camino, habra que abandonar
de inmediato toda idea y toda discusin
sobre
el
socialismo.
Si
pudiera
demostrarse que el proletariado es por
naturaleza heterogneo a la concepcin
ms universal y ms total de los
problemas de la sociedad moderna y su
transformacin, ni siquiera tanto, si
pudiera demostrarse que no existe una
base objetiva para enlazar orgnicamente
la experiencia propia del proletariado y
esa concepcin, toda revolucin proletaria
sera imposible, lo ms que podra haber
seran revueltas obreras condenadas a la
derrota. Porque la victoria sobre la
sociedad de explotacin, y todava ms la
construccin de una nueva sociedad,
implica ya que el proletariado pueda
encontrar en su propia experiencia los
grmenes de una concepcin universal y
los criterios que le permitan resolver
unos
problemas
que
sobrepasan
infinitamente el marco de la empresa.
Decimos que si bien la experiencia del
proletariado no le lleva automticamente,
inmediatamente, directamente y siempre
hacia los problemas universales, hay sin
lugar a dudas un enlace orgnico entre la
experiencia del proletariado en la
empresa y en su vida cotidiana y los
problemas que conciernen globalmente a
la sociedad. Decimos que es posible
ayudar a la formacin de una experiencia
del proletariado relativa al todo de la
sociedad, a partir de esa experiencia
cotidiana. Decimos que poner ante los
ojos del proletariado de una manera
nueva y en un nuevo lenguaje, de la
mejor
manera
que
sabemos,
la
183

experiencia global de la sociedad, el


proyecto
ms
radical
para
su
transformacin
no
es
violar
al
proletariado sino, al contrario, contribuir
al desarrollo de los potenciales que se
constituyen en l orgnicamente. Esto
supone,
evidentemente,
una
transformacin igualmente radical de la
teora revolucionaria misma, de su modo
de elaboracin y de exposicin, del
concepto de poltica y de militante.
Esta transformacin es la tarea realmente
original (mucho ms que cualquier
modificacin del contenido de las ideas,
por importante que pueda ser esa idea)
ante la que nos sita la sociedad
contempornea, como revolucionarios. Y
esta tarea es la que Lefort no es capaz de
ver siquiera. Y como, en definitiva, no
puede concebir la teora ms que segn
un modelo burgus (del que por otfa
parte hay que reconocer que, en lo
esencial, es el mismo del marxismo), es
decir,
como
la
elaboracin
por
especialistas separados de verdades
abstractas (y la deduccin a partir de
ellas de directivas polticas igualmente
abstractas e incontrolables para quienes
no poseen sus premisas), acaba por
querer impedir la comunicacin entre la
actividad terica y el proletariado. Sin
duda, esa transformacin radical de la
concepcin misma de lo que es una
teora est casi completamente sin hacer;
pero sa no es razn para cubrirse la
cara ante una tarea ineludible. Esa
transformacin es una obra colectiva
gigantesca, que implica el trabajo
coordinado de un gran nmero de
individuos (trabajo que ser exactamente
lo contrario de un trabajo puramente
libresco) y por eso mismo una de las
misiones
fundamentales
de
una
organizacin revolucionaria es realizar la
fusin de obreros e intelectuales.
184

El enlace orgnico entre la experiencia


inmediata
del
proletariado
y
la
experiencia ms total de la sociedad se
deriva de factores que expresan los
carcteres ms profundos de la sociedad
moderna. Primeramente, el contenido
mismo de la experiencia inmediata del
proletariado le obliga a salir del marco
de esa sociedad. Casi a cada instante, lo
que sucede en la empresa remite al
obrero a lo que sucede fuera de la
empresa. Despus, esa misma experiencia
inmediata no queda confinada a la vida
de la empresa: quirase o no, el obrero
es al mismo tiempo consumidor, elector,
inquilino, soldado de reserva, padre de
alumno, lector de peridicos, espectador
de cine, etc. En tercer lugar, la
experiencia global de la sociedad, aun
siendo diferente de la experiencia
inmediata del obrero, no es radicalmente
otra, porque en definitiva representa los
mismos modelos de relaciones sociales y
de
conflictos.
Por
ejemplo,
las
contradicciones en la empresa y las de la
economa son de una misma naturaleza
ltima, y esa identificacin se convierte
casi en una identidad inmediata en el
caso del capitalismo burocrtico integral.
Porque

185

funcionamiento que permitan a sus


segmentos comunicarse entre ellos, a
cada uno de sus militantes saber lo que
hacen los otros y valorarlo, al conjunto
definir posiciones comunes y traducirlas
en actividades comunes.
Cmo responde Lefort a estos
problemas? Con un adjetivo o una
negacin: la organizacin que conviene
a los militantes revolucionarios es
necesariamente dctil (subrayado en el
original, pg. 120). Se basa sobre todo
en el rechazo de la centralizacin. Y
adems de eso? Nada.
Sera estril tratar de imaginar,
ponindose en el lugar de Leort, las
soluciones positivas que se podran
descubrir en ese rechazo de la
centralizacin. Si no nos dice nada es,
seguramente, porque nada sabe, y menos
an sabemos nosotros. Pero desde el
primer instante puede verse que el
rechazo de la centralizacin significa inmediatamente el rechazo de la unidad de
la organizacin y finalmente, en la
prctica, el rechazo sin ms de la organizacin, al menos en cuanto se trate
de una organizacin para la accin.
Centralizacin no significa Comit
Central. Centralizacin significa que el
conjunto de la organizacin funciona
aplicando decisiones generales a las
materias de inters general. Significa que
cada militante o cada clula no definen
de forma independiente su poltica de
cabo a rabo, sino que los puntos
esenciales de esa poltica los decide la
organizacin en su conjunto. Cosa que,
desde luego, no nos dice todava nada
sobre la manera en que se toman tales
decisiones.
En
una
organizacin
burocrtica, poltica o sindical, al igual
que en una empresa capitalista, las toma
la alta direccin, la cumbre formada por
jerarcas inamovibles. En una organizacin
178

revolucionaria, como un Soviet o un


Consejo de empresa, han de ser tomadas
por el conjunto de los participantes
(democracia directa) y cuando eso no sea
materialmente posible, por sus delegados
elegidos
y
revocables.
Pero
una
Asamblea general que vota, un Consejo
de empresa, son centralizacin: deciden
por todos y sus decisiones son obligatorias para la minora.
El rechazo de la centralizacin pura
y simple comprende pues tanto el
rechazo de la democracia directa como
de
la
democracia
del
Soviet;
comprende igualmente el rechazo del
principio mayoritario. Y, de hecho, el,
rechazo de las decisiones mayoritarias
fue una de las razones principales para
que Lefort y sus camaradas abandonasen
Socialisme ou Barbarie. Reivindicaban
no el derecho a explicar pblicamente
sus desacuerdos con las decisiones
tomadas como se haba estipulado y
que nunca nadie puso en duda, sino
el de no ponerlas en prctica.
Si en una agrupacin acta cada uno
como quiere, sean cuales fueren las
decisiones de la mayora, es absolutamente
intil
y
estril
llamar
organizacin a esa agrupacin. Una
organizacin, como un hombre, se define
por sus actos; si esos actos no son
homogneos, habr tantas organizaciones
como tendencias u opiniones puedan presentarse sobre cada cuestin debatida, es
decir, que equivale a la inexistencia de
organizacin.
En
efecto, si
unos
militantes se agrupan no es para
intercambiar
argumentaciones;
el
intercambio de argumentos les sirve en
cuanto permite llegar a decisiones mejor
fundamentadas. Los militantes se agrupan
para actuar conjuntamente, porque se dan
cuenta de que slo la accin colectiva es
eficaz; y tambin porque reconocen un
179

valor prctico a la opinin de los otros.


Negar el principio de la mayora no es
simplemente pulverizar la eficacia de la
accin colectiva; es dar prueba de un
individualismo que desprecia el juicio de
aquellos con los que se pretende tener,
por otra parte, los mismos puntos de
vista fundamentales; es crear una
contradiccin insuperable entre lo que se
dice de la organizacin revolucionaria y
lo que se dice de una sociedad proletaria.
Sin duda, una agrupacin as podra, a
falta de otra cosa, ser til en cuanto
medio
para
el
intercambio
de
opiniones. Pero sera intil esperar de
ella que realizase las tareas esenciales de
una organizacin revolucionaria.
Tomemos,
por
ejemplo,
una
organizacin que comporte un millar de
miembros repartidos en diversas empresas y localidades francesas, y que trate
de publicar un peridico. Cmo y quin
tomar
las
decisiones
sobre
los
problemas que estarn presentndose
constantemente durante la actividad:
temas a tratar, orientacin, interpretacin
de los acontecimientos, eleccin de
artculos, colocacin de los mismos,
espacio, etc.? Presentar esa decisiones
como decisiones tcnicas y pretender
confiarlas a una secretara de ese nombre
sera enmascarar los problemas ms
graves; no seria sino disimular a los ojos
de la organizacin la instancia que de
hecho estara dirigiendo, y se cieara un
centro oculto, incontrolado e irresponsable con la excusa de eliminar cualquier
centro. Por otra parte es imposible
concebir la publicacin de un peridico
como
una
actividad
absolutamente
descentralizada; sin duda alguna, slo
puede llevarse a cabo con la colaboracin ms amplia posible del conjunto de
la organizacin; se podra lograr la
descentralizacin parcial de la redaccin
180

(secciones confiadas a grupos locales o


de empresa), pero un peridico no es una
simple suma de secciones que se
desinteresan unas de otras. Incluso en un
caso tan elemental sera absolutamente
necesaria una centralizacin, y no habra
ms modo de garantizarla que un comit
de delegados elegidos y revocables de
los
grupos
que
constituyen
la
organizacin.
Problemas de este tipo se presentan ya
a escala de treinta individuos; los
encontramos a cada paso cuando tenemos
un centenar; si son ms, su solucin es
cuestin de vida o muerte para la
organizacin. No formularlos claramente,
no tratar de darles una respuesta tanto
real como conforme a los principios que
dice hacer suyos, significa simplemente
que no se est planteando seriamente el
problema de la organizacin. Y como de
hecho no hay solucin de continuidad en
la estructura lgica de esos problemas tal
y como se presentan ante una organizacin revolucionaria y tal y como se
presentarn a una sociedad socialista,
vemos que la actitud comentada, ante la
ms decisiva de todas las cuestiones, es
estril.
Poique decir que el movimiento
obrero... ha de buscar sus formas de
accin en los mltiples ncleos de
militantes que organizan libremente su
actividad mediante sus contactos, sus
informaciones y sus enlaces, garantizar
no slo las confrontaciones, sino tambin
la unidad de las experiencias obreras
(pg. 120), es no decir nada. Nadie ha
propuesto nunca que esos ncleos
organicen no-libremente su actividad.
Pedimos solamente que se nos diga qu
significa concretamente una organizacin
libre de ncleos mltiples. Saber cmo
esos ncleos garantizan la unidad de las
experiencias obreras, qu significa esa
181

unidad y si puede proponerse sin que se


intente formularla.
La nica respuesta que Lefort y sus
camaradas tie- n-n para estos problemas
se encuentra en un texto de discusin, en
el que piden que, en materia de organizacin, se busque inspiracin en la crtica
de la burocracia en particular la
desarrollada por Moth que... ha opuesto
la colaboracin espontnea de los obreros
al formalismo de las reglas y la inanidad
de los aparatos de direccin. Dejemos a
un lado a Moth, que se vea as
contribuyendo involuntariamente a la
defensa de posiciones radicalmente
distintas de las suyas. Constatemos solamente que la situacin del movimiento
revolucionario sera desesperada si se
viese reducido a tener que elegir entre la
cooperacin espontnea y los aparatos de
direccin. Eso significara, en efecto, que
la burocracia es inevitable en todos los
terrenos
en
que
la
cooperacin
espontnea es fsicamente imposible a
causa de las dimensiones o de la
articulacin, en el tiempo o el espacio, de
las actividades de que se trate. Est
Lefort en condiciones de precisar el
sentido de la expresin cooperacin
espontnea aplicada a los cuarenta y
cinco mil trabajadores de la Renault? O
de la cooperacin espontnea tal y como
se establecera llegado el caso entre los
mineros del Pas-de-Calais y los obreros
agrcolas de los depariamentos del Sur?
O entre una clula de una organizacin
de Toulouse y otra de Metz? Seran los
problemas de organizacin de la sociedad
socialista, o los de una organizacin que
agrupase aunque fuese solamente unos
centenares de militantes a travs de
Francia, idnticos a los de las relaciones
entre una docena de camaradas que se
renen en Pars una vez por semana para
intercambiar ideas e informaciones?
182

En realidad, el problema fundamental


de una organizacin de tipo socialista
ya se trate de la organizacin de la
sociedad, ya de una minora de militantes
revolucionarios bajo el rgimen de
explotacin es efectuar el paso de la
cooperacin dentro de un taller o una
clula a la coordinacin de las
actividades de conjuntos ms amplios y
que sobrepasan fatalmente el medio
inmediato y la cooperacin elemental.
El problema no es simplemente oponer la
cooperacin espontnea de los obreros
al formalismo de las reglas y la
inanidad de los aparatos de direccin.
Como hemos
31 demostrado ampliamente en
esta revista , eso es algo que ha hecho
ya
31. Sobre el contenido del socialismo,
III, supra.
sobradamente la sociologa industrial. La
misin del proletariado es organizar la
sociedad de forma socialista all donde
por definicin no puede existir la
cooperacin espontnea. se es el
terreno en el que vencer o fracasar la
revolucin socialista. Nuestra tarea, en
cuanto revolucionarios, es mostrar que es
posible una organizacin socialista no
slo del equipo o del taller, sino de la
economa, del Estado, de la sociedad
en su conjunto.
Y tambin, demostrarlo en la prctica,
resolviendo
el
problema
de
una
organizacin que supere el marco del
grupo elemental y no negndolo, como
hace Lefort.
Cuando, como en el texto citado, se da
a entender que fuera de la cooperacin
espontnea no existe nada ms que el
formalismo de las reglas y la inanidad de
los aparatos de direccin, se puede creer
que se ha llegado al summum de la
visin
revolucionaria,
cuando
pre183

cisamente se ha optado, de hecho, por la


concepcin ms profundamente burguesa
posible. Porque, como nadie podra
pensar ni por un segundo que la
coordinacin del conjunto de las
actividades sociales pueda realizarse mediante la cooperacin espontnea de
cuarenta millones de individuos, la nica
solucin es precisamente... la construccin de un aparato burocrtico de
direccin. Podra criticarse su inutilidad,
o deplorar su existencia; pero en ambos
casos seran lamentaciones sin ningn
contenido
objetivo.
Porque
la
inevitabilidad de un aparato burocrtico
de direccin deriva de la manera misma
en que se plantea el problema, salvo que
se pretenda regresar al estado de
naturaleza y decretar la descomposicin
de las sociedades modernas en tribus,
dentro de las cules la cooperacin
espontnea bastara para resolver los
problemas.
La
concepcin
socialista
es
precisamente la opuesta: considera que
los trabajadores pueden crear, apoyndose
en su organizacin elemental espontnea
y yendo ms all de ella, una estructura
que englobe el conjunto de la sociedad y
sea capaz de dirigirla, una estructura que
sea precisamente algo distinto de un
aparato de direccin separado. Si eso no
fuera cierto, toda crtica de la burocracia
sera mera charlatanera moralizante. Es
triste tener que recordar a unos
socilogos que toda discusin sobre la
socjedad presupone que la sociedad existe
de manera distinta a una yuxtaposicin
de grupos elementales y una milagrosa
coincidencia
de
cooperaciones
espontneas. Es triste tener que recordar
a unos marxistas que la concepcin
socialista
consiste
precisamente
en
rechazar el dilema tpicamente burgus
entre la cooperacin espontnea y los
184

aparatos de direccin.
Ser socialista significa, quizs antes
que cualquier otra cosa, rechazar la idea
de que existe un maleficio en la sociedad
y la organizacin como tales; rechazar la
falsa
alternativa
de
los
Molochs
burocratizados y despersonalizados y las
verdaderas relaciones humanas reducidas
a una decena de personas; creer que est
dentro de las posibilidades humanas crear
instituciones que puedan comprender y
dominar, a escala de la sociedad entera y
a la de una organizacin
poltica.
#

Lo importante

En el n. 3 de Pouvoir Ouvrier, un
maestro planteaba la siguiente pregunta:
por qu no escriben los obreros? De un
modo profundo mostraba que se debe a
su situacin en la sociedad y tambin a
la naturaleza de la supuesta educacin
que dispensa la escuela capitalistaTambin mencionaba el hecho de que a
menudo los obreros piensan que su
experiencia no es interesante.
Este
ltimo
punto
me
parece
totalmente fundamental, y me gustara
dar parte de mi experiencia sobre este
asunto, que no es la experiencia de un
obrero, sino la de un militante.
Cuando los obreros piden, como suele
suceder, que un intelectual les hable de
los problemas del capitalismo y del
socialismo, difcilmente comprenden que
se conceda un lugar central a la
situacin del obrero en la fbrica y en la
produccin. Por ejemplo, a menudo he
185

expuesto ante los obreros ponencias en


torno a las siguientes ideas:
la manera cmo est organizada
la fbrica capitalista crea un conflicto
permanente entre los obreros y la
direccin en torno a la produccin;
la
direccin
siempre
utiliza
nuevos mtodos para encadenar a los
obreros a la disciplina de la produccin tal como ella la entiende;
los obreros siempre inventan
nuevos mtodos para defenderse;
esa lucha a menudo tiene ms
influencia sobre el nivel de los salarios
que las negociaciones o incluso las
huelgas;
el despilfarro que resulta de ello
es enorme y con mucho superior al que
provocan las crisis econmicas;
los sindicatos siempre permanecen
ajenos y, lo ms a menudo, hostiles a
esa lucha de los obreros;
los militantes obreros deben
difundir todos los ejemplos de esa lucha
que tienen un valor fuera de la empresa
donde se han producido;
nada cambiara en esa situacin
por la simple nacionalizacin de las
fbricas y la planificacin de la
economa;
el socialismo, por consiguiente, es
inconcebible sin un cambio completo de
la organizacin de la produccin en las
fbricas, sin la supresin de la direccin
y la instauracin de la gestin obreraEsas ponencias eran a la vez
concretas y tericas; es decir, cada vez
daban ejemplos reales y precisos, pero
al mismo tiempo, en vez de limitarse a
una
descripcin,
intentaban
sacar
conclusiones generales. Se trata de cosas
de las que los obreros tienen
evidentemente la ms directa y completa
experiencia y que, por otra parte, tienen
un profundo y universal significado.
Sin embargo, lo que se constata, es
186

que los oyentes hablan poco y ms bien


parecen decepcionados. Han ido ah para
hablar
u
or
hablar
de
cosas
importantes; y les resulta difcil creer
que esas cosas importantes son las que
ellos hacen cada da. Haban pensado
que se les hablara de la plusvala
absoluta y relativa, de la baja de la tasa
de ganancia, de la sobreproduccin y del
sub- consumo. Les parece increble que
se les diga que la evolucin de la
sociedad moderna est mucho ms determinada por las acciones cotidianas de
millones de obreros en todas las fbricas
del mundo que por grandes leyes ocultas
y
misteriosas
de
la
economa,
descubiertas por los tericos. Incluso
llegan a impugnar que exista esa lucha
permanente entre los obreros y la
direccin y que los obreros logren
defenderse; sin embargo, una vez que la
discusin se ha puesto realmente en
marcha, lo que dicen demuestra que
ellos mismos plantean esa lucha desde
el momento que penetran en la fbrica
hasta el momento que salen de ella.
En los obreros, esa idea de que lo
que viven, lo que hacen y lo que
piensan, no es importante, no es slo
lo que les impide expresarse. Es la ms
grave manifesta- ctn de la servidumbre
ideolgica al capitalismo. Pues el
capitalismo slo puede sobrevivir si la
gente est persuadida de que lo que
ellos hacen y saben son asuntos nfimos
privados, sin importancia, y que las
cosas importantes son monopolio de los
Seores
importantes
y
de
los
especialistas de los diversos campos.
Constantemente el capitalismo intenta
introducir esa idea en la cabeza de la
gente.
Pero es preciso aadir que, en ese
trabajo, ha sido ayudado en gran medida
por las organizaciones obreras.
Desde hace mucho tiempo, sindicatos
187

y partidos han intentado persuadir a los


obreros de que las nicas cuestiones
importantes se refieren y sea a los
salarios, ya sea a la economa, la
poltica y la sociedad en general. Esto
ye es falso; pero an hay algo peor. Lo
que esas organizaciones han considerado
como teora sobre esas cuestiones, y
lo que cada vez ms ha pasado por tal a
los ojos del pblico, en lugar de estar,
como
era
preciso,
estrechamente
vinculado a la experiencia de los obreros
en la produccin y en la vida social, se
ha
convertido
en
una
teora
supuestamente cientfica, cada vez ms
abstracta (y cada vez ms falsa). Por
supuesto, de esta teora slo los
especialistas intelectuales y dirigentes
saben y pueden hablar. Los obreros
no tienen ms que callarse, e intentar
absorber y asimilar concienzudamente
las verdades que los primeros les
sueltan. De ese modo se llega a un
doble resultado. El intenso deseo que
grandes capas de la clase obrera sienten
por ampliar sus conocimientos y sus
horizontes, por rebasar el marco de la
fbrica y formarse una concepcin de la
sociedad que les ayude en su lucha,
desde el principio es destruido. La
supuesta teora ante la que se les
coloca les parece, en el mejor de los
casos, una especie de lgebra superior,
inaccesible, y, en el caso ms corriente,
una letana de palabras incomprensible
que no explican nada. Por otra parte, los
obreros no tienen ningn control sobre
el contenido de esa teora y sobre su
verdad;
las
demostraciones
se
encuentran, se les dice, en los catorce
volmenes del Capital y en otras obras
inmensas y misteriosas que poseen los
camaradas sabios en quienes hay que
confiar.
Las races y las consecuencias de esa
situacin llegan muy lejos. En su origen
hay una mentalidad profundamente burguesa: al igual que existen
188

leyes de la fsica, existen leyes de la


economa y de la sociedad, y esas leyes
no tienen nada que ver con la
experiencia directa de la gente. Hay
cientficos e ingenieros de la sociedad
que las conocen. Del mismo modo que
los ingenieros pueden decidir por s
solos como se construye un puente, los
ingenieros de la sociedad dirigentes
de los partidos y sindicatos pueden
decidir por s solos la organizacin de la
sociedad. Cambiar la sociedad es
cambiar su organizacin general, pero
eso no afecta en nada a lo que ocurre
en las fbricas puesto que eso no
es importante.
Para superar esta situacin, no basta
con decir a los trabajadores: hablad, os
corresponde a vosotros decir cules son
los problemas. Es preciso demoler
tambin esa idea monstruosamente falsa
de que esos problemas, tal como los ven
los obreros, no son importantes y que
hay otros que lo son mucho ms, sobre
los cuales slo los tericos y los
polticos pueden hablar. No se puede
comprender nada de la fbrica si no se
comprende la sociedad; pero aun menos
se puede comprender lo que puede ser
la sociedad si no se comprende la
fbrica. Para eso slo hay un medio:
que hablen los obreros.
Ensear esto ha de ser la primera y
permanente tarea de 'Pouvoir Ouvrier.

189

El significado de las huelgas

belgas

70

La ola de huelgas que, desde el 20 de


diciembre hasta el 18 de enero, ha
cubierto Blgica y sorprendido al mundo,
sin
duda,
es,
despus
de
los
acontecimientos de Polonia y de Hungra
en
1956,
el
acontecimiento
ms
sobresaliente del movimiento obrero desde
la guerra (a). Por primera vez desde hace
largos anos, el proletariado de un pas
industrializado y rico baja por centenares
de millares a un combate que le enfrenta
directamente con el gobierno capitalista.
Como siempre ocurre en estos casos, la
clase obrera rene inmediatamente a su
alrededor a todo lo que no est podrido
en la poblacin es decir, a la inmensa
mayora. Los pequeos comerciantes de
Walonia
participan
en
las
manifestaciones;
las
mujeres,
ms
combativas an que los hombres,
refuerzan los piquetes de huelga; como en
Budapest, casi toda la juventud se
moviliza contra el Estado y muchachos de
quince o diecisiete aos rompen los
cordones que oponen a los manifestantes
70S. ou B., n. 32 (abril de 1961),
(a) El n. 32 de S. ou B. estaba
dedicado en gran parte a la descripcin y
anlisis de las huelgas belgas, basados
fundamentalmente en testimonios y
reportajes de los participantes (de
Bruselas, de Charleroi, de Mons, de
Lieja, de la Lou- vire, etc.).
190

policas y dirigentes sindicales; las


barreras entre los obreros y los
intelectuales que se alinean a su lado se
funden como la nieve al fuego de los
piquetes de huelga. El soldado profesional
que monta guardia en un puente dice:
Nunca disparar contra un semejante, y
los curas declaran que la causa de los
obreros es justa. En toda Walonia, la
seal de una situacin revolucionaria est
presente durante treinta das en la
extraordinaria unificacin de la poblacin,
la total solidaridad entre los que luchan,
la abolicin de las distancias entre los
individuos, las profesiones y las edades.
La
seal
de
una
situacin
revolucionaria tambin la encontramos en
el origen del movimiento. Desde hace
meses, el gobierno prepara la cuchara
destinada a vaciar el ocano del desorden
capitalista;
desde
hace
meses,
la
burocracia sindical y poltica charla y
blande amenazas simblicas de huelga de
una o de veinticuatro horas. Pero cuando
la Ley nica llega al Parlamento, los
obreros, sin esperar ya rdenes, toman el
asunto entre sus manos y desencadenan la
huelga. Una vez ms, el movimiento tiene
su origen en los ms explotados: los
obreros comunales. Y la extensin de la
huelga en la siderurgia viene marcada, en
varios casos, por violentas peleas entre
los obreros y los delegados sindicales.
Pero aunque se pueden descubrir
fcilmente en los acontecimientos de
Blgica las caractersticas de los grandes
movimientos proletarios, es importante
reconocer sus lmites, que tambin fueron
las condiciones del fracaso final. Los
obreros empezaron eligiendo, en varios
lugares, comits de huelga formados por
trabajadores que haban desempeado
algn papel en el desencadenamiento del
movimiento. Pero desde el momento en
que
los
sindicatos
ratificaron
el
191

movimiento al que ya no podan oponerse,


han podido imponer fcilmente por todas
partes los comits de huelga, de hecho
nombrados en la cumbre. En ninguna
parte, con consiguiente, se discierne un
intento de los trabajadores por formar su
propia direccin autnoma. Aunque
desconfiando de la burocracia sindical y
poltica,
desprecindola,
a
veces
abuchendola, el pro^tariado belga de
hecho no logra librarse de su influencia,
ni afirmarse como direccin de s misma
y de la sociedad, ni crear cualquier
embrin de nuevas instituciones como
lo han sido en otras circunstancias los comits de huelga realmente representativos,
los comits de fbrica, los consejos
obreros o los soviets. A pesar de ciertas
dificultades, la burocracia sindical logra
conservar de un cabo a otro el control del
movimiento.
Encontramos esta falta de autonoma
del proletariado cuando examinamos los
objetivos
del
movimiento.
La
desproporcin entre la amplitud y el
encarnizamiento de la lucha obrera, por
un lado, y el objetivo formulado y
aparente de esa lucha la retirada de la
Ley nica, por el otro, es tal que
podemos atrevernos a decir que el
movimiento no tena objetivo; en todo
caso, objetivo que merezca que se hable
de l. Que la burocracia no haya podido
ni querido dar al movimiento otros objetivos, es algo muy comprensible; cules
podran ser? Para la burocracia, la
inmensa lucha popular era causa de un
inmenso estorbo, con las proporciones que
haba tomado, no era utilizable. Todo lo
ms, hubiera podido ser utilizada para
forjar la formacin de un gobierno con
participacin
socialista;
rpidamente
result muy claro que la burguesa no lo
quera a ningn precio. Para obligarla a
ello, la burocracia hubiera tenido que
192

radicalizar la lucha, buscar los combates


en la calle, combatir el aparato estatal; en
una palabra, hubiera tenido que hacer lo
que una burocracia reformista siempre ha
sido orgnicamente incapaz de hacer. De
una punta a otra de la lucha, la buiocracia
ha sido cogida en esta insuperable contradiccin. Radicalizar el movimiento era
volverse contra ese aparato de estado que
ayer dirigi, que se prepara para dirigir
de nuevo maana, del que, de todos
modos, forma parte. Oponerse claramente
a
los
trabajadores
era
separarse
definitivamente de ellos, demoler el
fundamento de su propia existencia, sin
grandes posibilidades de dominar los
acontecimientos. De ah su tctica
exclusivamente dilatatoria, la espera del
desgaste de la huelga, su rechazo de la
orden de huelga general, su rechazo de la
marcha sobre Bruselas, su amenaza de
abandonar las herramientas, destinada a
calmar a los huelguistas y nunca
realizada. Por esas mismas razones, la
burocracia era incapaz de asignar al
movimiento cualqiuer objetivo real.
Es fcil caer en la tentacin de decir
que el movimiento no tena objetivos,
pero eso sera falso. Seiscientos mil
asalariados en huelga, ms de un milln
de personas si contamos a todos los que
han participado en el movimiento, no han
luchado durante treinta das y consentido
enormes sacrificios, sin querer algo
distinto y ms importante que la retirada
de una reforma presupuestaria, mirndolo
bien, ms benigna que las medidas
tomadas por de Gaulle y Pinay en
diciembre de 1958. Lo que los
trabajadores en lucha queran se trasluce
en la eleccin que hicieron de sus
enemigos, de los inmuebles que atacaban,
en los slogans que surgen de la multitud
Los banqueros han de pagar, en
los que recoge con ms gusto Las
fbricas para los obreros. Los trabajadores queran luchar contra el rgimen
193

capitalista. Pero esa voluntad no han


podido formularla explcitamente, ni darle
la forma de objetivos determinados, de un
programa en el sentido ms amplio de la
palabra. El proletariado belga no ha
podido formarse una perspectiva positiva
y, por esa razn, incluso el lado
negativo, puramente defensivo de su
lucha, no ha podido llevarse a cabo.
Nos encontramos, pues, ante una
patente
contradiccin
entre
la
combatividad de la clase obrera, su
solidaridad, la conciencia de su oposicin
en tanto que clase a la clase y al Estado
capitalistas, su desconfianza de la
burocracia, por un lado, y, por el otro, la
dificultad, por el momento insuperable,
que encuentra para librarse de la
influencia de esa burocracia, asumir
positivamente la direccin de sus asuntos,
crear sus propias instituciones, formular
explcitamente sus objetivos. Cul es el
origen de esta contradiccin? Cmo
podr ser superada?
Digamos al punto que las huelgas
belgas manifiestan de una forma tpica la
situacin del proletariado en una sociedad
capitalista moderna. En primer lugar,
relegan a su justo sitio el Museo de
las monstruosidades tericas a las
concepciones
que
proclamaban
la
desaparicin del proletariado, el fin de la
lucha de clases, etc. En un pas
fuertemente industrializado, con un nivel
de vida superior a la media europea, el
.proletariado ha luchado como clase contra
los capitalistas; y ha luchado contra el
rgimen, no por su modernizacin.
Adems, muestran el carcter caduco de
un cierto nmero de esquemas de un
seudo-marxismo conservador. No son los
inexorables mecanismos de la economa
capitalista, sino el intento de Eyskens de
eliminar el desorden de un sector de la
economa
capitalista,
lo
que
ha
desencadenado las luchas y ha estado a
194

punto de echar por tierra a la burguesa


belga.
Pero sobre todo se constata que desde
el momento en que precisa pasar al plano
de la accin poltica que apunta al
conjunto de la sociedad el proletariado
encuentra dificultades, por el momento,
insuperables.
La
influencia
de
la
burocracia, la costumbre de confiar la
gestin
de
sus
asuntos
a
los
responsables, el desaprendizaje de los
asuntos de la sociedad se han vuelto tales

195

que, en un pas con una antigua


tradicin de luchas obraras, la idea de que
una red de comits de huelga, independiente de los sindicatos y responsable
ante
los
trabajadores,
tena
que
constituirse al punto, no ha aparecido
incluso entre los militantes ms a la
izquierda; la idea de que esa enorme
lucha pueda ser el punto de partida de un
combate por la transformacin socialista
de la sociedad, aun menos.
Resultara completamente superficial
atribuir ese fenmeno a condiciones
locales y, por lo tanto, accidentales. En
todos los pases modernos, se presenta
virtualmente la misma dificultad, resultado
de medio siglo de burocratizacin del
movimiento obrero y de la sociedad en
general.
Cmo se puede superar esa situacin?
La clase obrera belga y con ella, los
elementos
ms
conscientes
del
proletariado europeo acaba de llevar a
cabo una experiencia crucial con la
burocracia, y sa es sin duda la primera
condicin de un cambio de Ja actitud
obrera contempornea frente al problema
general de la sociedad.
Pero por s sola, esta experiencia puede
seguir siendo totalmente insuficiente y
conducir
simplemente
a
la
desmoralizacin, que nunca ha enseado nada
a nadie si no se realiza un trabajo
para extraer, con los obreros belgas y
para ellos, las lecciones consecuentes,
para formularlas claramente, para trazar
una perspectiva positiva de lucha para la
transformacin de la sociedad. Ese trabajo, slo una organizacin revolucionaria
puede hacerlo; una organizacin que no
pretenda sustituir a la clase, ni dirigirla,
sino ser uno de los instrumentos que sta
utiliza para su liberacin. Ya cuando las
huelgas,
si
hubiese
existido
una
organizacin as, hubiera podido desempe-

ar un papel capital: ideas como la


eleccin de los comits de huelga, su
federacin en el plano nacional, y
objetivos de carcter socialista hubiesen
podido ser presentados a la clase obrera y
defendidos ante ella, y eso hubiera podido
modificar radicalmente el aspecto y la
evolucin de las luchas.
Nos sentimos dichosos por poder
anunciar hoy que algunos camaradas
belgas, con la cooperacin de nuestra
organizacin
Pouvoir
Ouvrier
de
Francia, trabajan, desde que se produjeron
los acontecimientos, en la constitucin de
una
organizacin
revolucionaria
en
Blgica.

Para una nueva orientacin

1 rvi

71

Introduccin
El grupo ha llegado a un momento
decisivo de su historia.
Esta situacin crucial le viene impuesta
a la vez por acontecimientos exteriores y
por su situacin interna.
Acontecimientos exteriores: habindose
terminado la guerra de Argelia, no es
posible continuar esquivando la respuesta
a la siguiente cuestin: en qu consiste
la actividad revolucionaria en un pas de
capitalismo moderno?
Situacin interna: la gran mayora de
los camaradas, de hecho casi su totalidad,
71Difundido en el interior del grupo
S. ou B. (octubre de 1962).
186

sienten claramente que el extremado


empirismo y el negarse a responder, en la
medida de nuestras fuerzas, a las
cuestiones fundamentales, que, desde hace
dos aos, han caracterizado la conducta y
la existencia del grupo, no pueden
prolongarse sin crear la certeza de una
dislocacin.
Estos dos factores se combinan en la
actualidad para obligar al grupo a
rehacerse. Durante los dos ltimos aos,
la guerra de Argelia ha servido de hecho
de sustituto de una bsqueda de solucin
de los verdaderos problemas polticos (en
el sentido ms profundo: de orientacin)
que se nos plantean. Esto no constituye
una crtica de esa actitvidad como tal,
sino del hecho de que prcticamente ha
constituido la nica actividad del grupo y
el tema central de su propaganda. Era
algo falso. Pero en todo caso, en lo
sucesivo, resulta ya imposible. Ya no podemos continuar pensando (incluso si lo
penssemos inconscientemente): de todas
formas, hemos de hacer todo lo que
podamos contra la guerra de Argelia y,
como no podemos hacerlo todo a la vez,
lo dems esperar. (Idea que se
combinaba, en algunos camaradas, con la
esperanza de que las consecuencias de la
guerra, bajo la forma por ejemplo de una
crisis del rgimen gauliista, nos llevaran
a situaciones conocidas, clsicas, que
nos libraran de los problemas nuevos.)
Ahora estamos obligados, so pena de
extincin, a responder a esos problemas:
qu pueden decir y qu pueden hacer los
revolucionarios en un pas capitalista en
el que el rgimen est estabilizado y no
encuentra a corto plazo dificultades
crticas, en el que la poblacin no es
activa polticamente, en el que incluso
(como es el caso particular de Francia)
las luchas industriales siguen siendo muy
escasas y limitadas?

A esos aspectos hay que aadir otro,


que se refiere a nuestras relaciones
internacionales:
En Inglaterra se ha constituido un
grupo se trata del grupo que en la
actualidad publica Solidarity sobre
la base de nuestras ideas, y en particular
de la parte de esas ideas que ms se ha
impugnado en el grupo francs. Este
grupo se ha ido desarrollando desde hace
dos aos y funciona en varios aspectos de
una manera ejemplar.
En los Estados Unidos se ha
producido una escisin en el grupo
Correspondence entre los que defienden
por encima de todo la fidelidad al
marxismo tradicional (Johnson) y los que
quieren definir de nuevo las concepciones
y la prctica revolucionaria en funcin de
la sociedad en que vivimos (Ra Stone).
Hemos establecido contactos con
una organizacin revolucionaria japonesa
(la Liga Comunista Revolucionaria Comit Central) que, muy prxima a
nuestras ideas en general, es la primera
organizacin que basada en esas ideas
posee una fuerza numrica real y una
influencia
preponderante
sobre
un
movimiento de masa (los Zenga- kuren)
Por lo tanto, hemos dejado de estar
solos en el plano internacional; nuestros
vnculos ya no son slo contactos con
individuos o pequeos grupos. Esto puede
representar para nosotros una inmensa
aportacin positiva, pero tambin nos
sita ante nuevas y considerables tareas y
responsabilidades.
Ante esta situacin, nos hemos reunido
un cierto nmero de camaradas de Pars y
hemos decidido presentar

188

al grupo un conjunto de proposiciones


con el objetivo de ayudarle a salir de su
estado actual y permitirle hacer frente a
sus tareas, y en primer lugar a definirlas.
La base comn a partir de la que nos
hemos reunido es el acuerdo con lo
esencial del anlisis, el mtodo y de la
orientacin definidos en el texto de
Cardan, El movimiento revolucionario en
el capitalismo moderno, publicados en los
nms. 31 a 33 de S. ou B. (dando por
supuesto que este texto, como todo texto
que no procede de una revelacin divina,
es un eslabn en el desarrollo de la teora
y de la prctica revolucionaria, y por lo
tanto est destinado a ser completado,
precisado y al final superado; simplemente
consideramos que es el eslabn esencial
hoy da). La razn por la que hemos
estimado preferible reunimos y trabajar en
una primera etapa separadamente es la
extrema confusin ideolgica en la que
desde hace dos aos se encuentra el
grupo y la conciencia de que, en ese
contexto, las discusiones se prolongan
intilmente y se pierden sin provecho de
nadie.
Proponemos
que
la
organizacin
apruebe, ya sea en una Conferencia
nacional, ya sea en una Asamblea general
de los camaradas de Pars ampliada a los
camaradas de las provincias:
un
programa
de
orientacin
ideolgica y poltica,
un texto sobre la orientacin de la
propaganda,
un texto sobre la orientacin de la
actividad,
estatutos y reglas de
funcionamiento provisionales (a).
Esta aprobacin ha de producirse en
plazos razonables. La discusin que ha de
preceder a la decisin sobre esos textos
no debe eternizarse. Los problemas

planteados han sido discutidos desde hace


aos en el grupo, al menos una buena
parte de ellos. En cuanto a la otra parte,
su solucin no provendr ciertamente de
una discusin confinada de un grupo que
se estanca. Es preciso adoptar firmemente
un cierto nmero de posiciones sobre
puntos esenciales que permitan que
nuestro trabajo avance y que se pase a la
aplicacin manteniendo los ojos y la
mente alertas.
(a) El programa aqu mencionado
est publicado ms adelante con el ttulo
con el que apareci en S. ou B.
(Reemprender la revolucin ), al igual que
los textos sobre la propaganda y las
actividades.
Para preparar esas decisiones vamos a
someter al grupo una serie de textos ( b).
i r*7

Nuestra intencin y nuestra esperanza


es que el conjunto de los camaradas, una
vez desencadenado el proceso, paiticipar
totalmente en la discusin y la
elaboracin final de esos textos, y que
nuestra tendencia podr dejar de existir en
tanto que tendencia particular.

198

(b) Aqu se indicaban una parte de los


textos propuestos ms tarde en el texto
sobre la propaganda (v. ms adelante).

Sobre la orientacin
de
la
72
propaganda

I. Funcin y caractersticas de la
elaboracin ideolgica y de la
propaganda en el perodo actual
1. La elaboracin continua y la
difusin de una ideologa revolucionaria
es una tarea fundamental de la organizacin. Cualesquiera que sean las
condiciones objetivas, cualesquiera que
sean los problemas referentes a las otras
formas de actividad, no podemos
permitirnos ninguna vacilacin a ese
respecto, ni puede existir ninguna duda.
Pase lo que pase, por otra parte, lo que la
organizacin haga en ese campo, si lo
hace bien y puede hacerlo bien
seguir existiendo; y si las circunstancias
le obligasen a atravesar un mal paso, la
elaboracin ideolgica y la propaganda
son a la vez lo que permitir cimentar a
la organizacin durante ese perodo (y no
un vano activismo que, sin respuesta
social, slo desmoralizara y desintegrara
a la organizacin) y le proporcionar las
bases necesarias para abordar la fase
siguiente.
La necesidad de ese trabajo es en la
actualidad mucho ms imperativa que en

72 Octubre de 1962 (texto difundido en


el interior del grupo S. ou B.).

199

el
pasado.
No
se
producir
un
renacimiento de un movimiento socialista
revolucionario si todo un conjunto
orgnico de ideas, de principios, de
valores de actitudes, de criterios, no son
establecidos y explcitamente adoptados
por una corriente importante de la
poblacin trabajadora. Tenemos que constituir, formular y propagar una visin de
la historia y de la sociedad, de las
relaciones entre los hombres y de la
organizacin de su vida en comn, sin la
cual las reacciones de la gente contra la
mistificacin,
la
alienacin
y
la
descomposicin del capitalismo corren el
riesgo de no articularse nunca. Basta con
recordar el enorme papel desempeado a
este respecto por el movimiento marxista
(y otros) durante el siglo xix. Nacidas la
mayora de las veces en el seno del
proletariado y por sus luchas, ideas como
la lucha de una clase contra otra, el
socialismo, el internacionalismo, la visin
misma del burgus como encarnacin
concreta de eso contra lo que se luchaba,
no hubieran desempeado el explosivo
papel que desempearon, no se habran
convertido
en
verdaderas
fuerzas
histricas, si el movimiento marxista no
las hubiese elaborado, precisado y
sistemticamente difundido. Sin esa
ideologa, mucho ms que ideologa: sin
esa visin de la sociedad, esa cultura
proletaria que tena sus propios valores,
criterios, polos, no hubiera habido
movimiento obrero, sino tan slo
explosiones fragmentarias y espordicas.
Y no es necesario afirmar, en nuestra
organizacin, que se trabajo slo una
organizacin revolucionaria puede hacerlo,
a partir sin duda de elementos que la
misma sociedad produce, perp que
abandonados
a
ellos
mismos
espontneamente, nunca formarn una
ideologa coherente, un polo que se
oponga al polo capitalista-burocrtico.
200

Ahora bien, es imposible subestimar la


inmensidad de esa taiea. La cultura
capitalista se descompone ante nosotros
pero la vieja cultura proletaria
tambin. Qu es en la actualidad el
socialismo, no para nosotros y nuestros
allegados,
algunos
centenares
de
individuos en un ocano de tres mil
millones de almas, sino para los trabajadores reales de una sociedad real?
Qu es el internacionalismo? Qu es la
clase para ellos? Algo peor que nada
una nada recubierta por los escombros
de la ideologa precedente que una vez de
cada dos (la otra vez es la mistificacin
capitalista quien se encarga de ello)
incluso les impide ver y en todo caso
pensar claramente la realidad. Como deca
Moth, cuando los obreros de la Renault
quieren expresar su rabia contra el sistema y contra las condiciones que les
impone, hablan del bistec, que en
realidad no est en juego para nadie.
Ocurre que, al no poder expresar de una
forma articulada su rebelin contra la
sociedad actual, continan utilizando las
viejas palabras clave, desde ahora
privadas de todo s.'gnificado real. sa es
nuestra tarea, que no podr ser realizada
por nadie ms: proporcionar las nuevas
pa

201

labras clave, las nuevas ideas motrices,


correspondientes a la realidad actual que
permitan la clarificacin de los pensamientos y la fecundidad de las acciones.
La
propagacin
de
las
nuevas
concepciones
slo
puede
realizarse
paralelamente
a
una
elaboracin
ideolgica continua. La actitud consistente
en decir: elaboremos primero, difundamos
despus y por ltimo actuemos, sera
evidentemente
mecanicista
y
esterilizadora. Pero igual de falsa es la
actitud consistente en decir: tenemos un
cuerpo de ideas constituido y suficiente,
se trata de popularizarlo y de hacerlo
pasar a los actos. La elaboracin ideolgica continua que da la impresin de
que algunos camaradas de la organizacin
slo la admiten a regaadientes es,
hoy da como nunca antes, una condicin
stne qua non para que pueda existir una
propaganda y una actividad revolucionaria
dignas de ese nombre. Si Marx escriba,
hace ciento quince aos, para caracterizar
a la poca capitalista: todo lo que es
slido se desvanece, todo lo sagrado es
profano.., la sociedad vive en un estado
de perpetua conmocin, cuando viva
durante una fase que retrospectivamente
nos parece una fase de relaciones estables
y de desarrollo extremadamente lento,
qu
habra
que
decir
hoy?
Probablemente, que nuestros esfuerzos
ms audaces tan slo nos mantienen
jadeantes a una respetable distancia de
una realidad en alucinante cambio. Los
que, ante esta situacin, dicen: slo
tenemos que completar o mejorar el
marxismo clsico, dicen, con palabras
veladas: tenemos sueo.
Hasta el momento, slo hemos
planteado algunos fundamentos de esa
elaboracin ideolgica. Y nuestro esfuerzo
por la propaganda de nuestras ideas,

propiamente hablando, no ha empezado.


Lo ms esencial y a la vez ms nuevo en
nuestras posiciones prcticamente no ha
aparecido en pblico.
2. En medio de esa cultura que cada
da se descompone ms, en su ala
capitalista tanto como en su ala obrera,
hemos de alzarnos como la negacin total
de lo establecido, y como la expresin de
las verdaderas aspiraciones de los
hombres. Por lo tanto, hemos de marcar
una ruptura radical con la ideologa y los
valores de la sociedad oficial, de hecho
compartidos, con variantes menores, por
las organizaciones pretendidamente obreras. El primer aspecto, y el ms
importante actualmente, de esa ruptura es
la ruptura con la teora y la ideologa
de las organizaciones de izquierda: una
concepcin econmica-poltica de pocos
alcances
expresada
en
una
jerga
inhumana. En primer lugar es preciso
romper el marco en el que siempre se han
situado su ideologa y su propaganda, el
de una modificacin del funcionamiento
de la economa ocasionado por un cambio
poltico. La crisis de la sociedad y de la
cultura es total, la revolucin ser total o
no ser.
Romper con la ideologa burocrtica
significa en primer lugar romper con los
temas de esa ideologa y de la
correspondiente
propaganda.
Significa
ampliar los temas de que hablamos a
todos los aspectos de la vida de los
hombres en sociedad. Por otra parte, a
ello nos obliga el contenido ms profundo
de nuestras ideas: si el problema en el
capitalismo moderno no es el del
estancamiento del nivel de vida y el paro,
las nicas cuestiones que se vuelven
importantes son: qu es el trabajo? qu
es el consumo? cules han de ser las
relaciones de los hombres en la
produccin, en la familia, en la localidad,
203

etc.? Si el socialismo no se reduce a


algunas transformaciones del sistema
econmico,
si
incluso
esas
transformaciones son inconcebibles y
estn vacas de contenido sin otra cosa,
sin un cambio radical de la actitud de los
hombes frente a la sociedad; si ese
cambio slo puede producirse porque los
hombres comprendern que su gestin de
la sociedad concierne verdaderamente su
vida concreta, entonces, esa vida concreta,
en su infinidad de aspectos, ha de ser
nuestro tema permanente.
A continuacin es preciso romper con
lo que nos queda de dogmatismo y con lo
que, en nuestro perfeccionismo tan
relativo, slo es negativismo e inhibicin.
Hay un cierto nmero de puntos
programticos fundamentales con los que
hemos de ser extremadamente firmes y
estrictos: gestin obrera, poder de los
consejos, absurdidad del re- formismo,
destruccin de la jerarqua, igualdad de
los salarios, democracia directa, derecho a
la informacin total. Existen muchos otros
de los que es vital hablar, pero a partir de
ellos resultara simplemente ridculo
querer fijar aqu y ahora el curso de la
humanidad futura. Todos los fenmenos
sociales
sufren,
en
la
actualidad,
modificaciones
aceleradas
e
interdependientes. Las cuestiones que hemos empezado a remover, y que
tendremos que remover cada vez ms,
estn unidas por vnculos a la vez slidos
y sutiles, cegadores y oscuros, a la
totalidad de los fenmenos sociales, bajo
sus aspectos ms importantes. Son
inmensamente difciles y complejos. Por
lo tanto, no es cosa de establecer sobre
todo posiciones programticas y de
defenderlas como defendemos nuestro
programa. Tampoco se trata de limitarnos
a defender nuestro programa (los puntos
definidos anteriormente). La gente no har
204

una revolucin por sus salarios (en todo


caso, no en la actualidad); ni siquiera la
har por la gestin obrera como tal, y con
razn, pues la gestin obrera como tal
slo e un instrumento, no un fin en s.
Los hombres harn una revolucin para
cambiar radicalmente su forma de vida, y
eso concierne al contenido de la revolucin, sus fines y sus valores. Ese
contenido, esos fines y esos valores es
preciso ya pre-esbozarlos de alguna manera. Eso no podemos hacerlo solos, pues
entonces slo seramos un pequeo grupo
pariendo sus utopas personales. Pero
podemos hacerlo: en primer lugar, si
sabemos ver, comprender, interpretar y
formular lo que la gente hace por su
parte, en su trabajo y en su vida; en
segundo lugar, si sabemos discernir, en el
seno mismo de esa cultura que se
descompone, los esfuerzos y las tentativas
de individuos y pensadores que no estn
forzosamente de nuestro lado pero cuyos
resultados son utilizables por nosotros;
por ltimo, si sabemos aceptar y suscitar
la colaboracin y las contribuciones de
personas exteriores a la organizacin, en
el marco de un acuerdo ideolgico muy
amplio, con libertad para marcar cada vez
que les damos la palabra que esas ideas
no son necesariamente las nuestras y con
libertad para precisar nuestras diferencias
cuando lo estimemos til. Si estamos
convencidos de que nuestras ideas son
verdaderas, no tenemos razn alguna para
tener miedo a nadie. Nuestra perspectiva
en este campo ha de ser la de que hemos
de convertirnos en los animadores y los
guas de una vasta corriente ideolgica,
cuya orientacin est clara y firmemente
establecida, pero en la que coexisten (y
pueden coexistir) una gran variedad de
opiniones y actitudes que expresan la
riqueza y la complejidad del movimiento
socialista revolucionario. La humanidad
205

futura
no
ser
un
militante
neobolchevique de tres mil millones de
ejemplares y eso ha de ponerse de
manifiesto en nuestras ideas, en nuestras
actividades, en nuestras actitudes.
Hay que romper con el dogmatismo con
respecto a los dems y tambin hay
que romper con el dogmatismo con
respecto a nosotros mismos. Hay que
despojarse de un cierto falso rigor, que no
es ms que rigidez. Hay que aceptar y
animar los esfuerzos de los que, en la
organizacin,
hacen
una
aportacin
fragmentaria sobre determinado punto,
quieren plantear un problema, o poner en
duda tal o cual idea. No se trata de
plantearse cuestiones por el placer de
planterselas, sino de comprender que, en
el campo de las ideas lo mismo que en el
de la accin, no se da el progreso sin
tanteos y sin errores. Hay que comprender
que la expresin y la formulacin de una
idea, incluso fragmentaria, inacabada o
errnea, puede conducir a su superacin,
mientras que su rechazo slo conduce a la
neurosis poltica. Hay que reflexionar lo
mejor que se pueda antes de hablar y de
escribir, pero tambin hay que denunciar
una censura estril y comprender que no
estamos, en cada instante de nuestra vida,
legislando inapelablemente para los siglos
venideros.
Romper con las concepciones y la
prctica de las organizaciones burocrticas
significa tambin romper con la jerga
tradicional,
que
ha
perdido
todo
significado para la gente o incluso se ha
convertido en un objeto de burla (cf. los
artculos de Moth en S. ou B.). Es
preciso que transformemos nuestra forma
de hablar y de escribir y que eliminemos
sin piedad de nuestros discursos y nuestros textos los trminos de iniciados y el
cariz
didctico
de
la
exposicin.
Evidentemente, sobre este punto, no se
206

pueden dar recetas ni resolver el problema


por simple decisin y en un da; slo la
multiplicacin de los ejemplos y de los
tanteos podr dar resultados (algunos
textos de los camaradas ingleses y
americanos muestran el camino a este
respecto). Pero es preciso que esa
necesidad de cambiar nuestro lenguaje se
convierta en una preocupacin, una
obsesin permanente de todos.
Por ltimo, hay que romper con los
mtodos de elaboracin tradicionales. Lo
que decimos, por otra parte, sobre la
necesidad de una reunificacin de la
cultura y de la vida, de la teora y de la
prctica, de los intelectuales y de los
obreros, no ha de seguir siendo un sermn
de
los
domingos.
Ms
adelante
mostraremos lo que eso puede significar
actualmente para nosotros.
5. Los grandes ejes de nuestro trabajo
de elaboracin y de propaganda son:
a) Analizar y mostrar la disgregacin
de las formas de vida y de existencia
social de la gente, en todos los campos,
creadas
por
el
capitalismo
y
constantemente
destruidas
por ste.
Analizar y mostrar las consecuencias que
eso produce para la vida de la gente, el
despilfarro y la incoherencia en el plano
social, la miseria y el ahogo en el plano
individual.
b) Analizar y mostrar lo positivo que
emerge constantemente en reaccin y en
lucha contra las formas de vida
capitalistas y contra su descomposicin:
en primer lugar, en la vida de la gente,
que se ve obligada a crear formas que les
permita sobrevivir y a dar un sentido a su
vida ese sentido, por primera vez en
la historia de la humanidad, ya no es el
sentido
heredado
e
ingenuamente
aceptado, sino que es buscado por los
hombres en un mundo donde ya nada es
cierto; en segundo lugar, en la misma
207

cultura
capitalista,
cuyos
mejores
representantes se ven obligados a la vez a
denunciar el sistema actual y a proponer
soluciones positivas parciales que muy a
menudo se sitan en la misma perspectiva
que las nuestras.
Es necesario que realicemos aqu un
comentario sobre dos puntos.
En primer lugar, en la organizacin o
en sus entornos inmediatos, se han dado
sobre
esos
problemas
posiciones
unilaterales y por consiguiente absurdas,
un solo aspecto de la realidad era
comprendido, subrayado, erigido en
absoluto.
Por
un
lado
Johnson,
pretendiendo que la sociedad socialista
ya est ah, en la comunidad obrera de la
fbrica; por otro, los camaradas que
presentan a la sociedad capitalista como
alienacin pura y total, o a la cultura
contempornea (en general, y en sus
manifestaciones particulares) como una
nada integral. Sin embargo, no resulta
difcil comprender: 1. que si la sociedad
socialista estaba ya ah, la gente
probablemente
se habra dado cuenta de
a
ello; 2. que si la sociedad actual no fuese ms que alienacin, se habra
desmoronado, y si la cultura estuviese
totalmente derrumbada, ya no podramos
emitir ms que borborigmos. Casi todos
estarn de acuerdo en eso, pero no todos
se tomarn la molestia de ver cada vez
los dos tactores que estn a la vez en
lucha y en ntima unin.
Adems, se tratara precisamente de
una filosofa muy pobre la que se
contentara con sealar que cada cosa tiene
dos lados o incluso que estn en
dependencia recproca. El capitalismo
burocrtico intenta constantemente alienar
a los hombres pero los mismos medios
que emplea con ese fin son tomados de
nuevo por los hombres y vueltos contra
l, del mismo modo, por otra parte, que la
208

lucha de los hombres contra el sistema


establecido puede ser recuperada por ste.
Ya hemos analizado en S. ou B. esa
dialctica en la produccin pero acta
en todos los campos. Nada es simple y
nada est fijado de una vez por todas
lo que no quiere decir que todo est en
todo, o que todo es dudoso, sino que es
preciso tomarse la molestia de reflexionar
sobre cada problema y en cada etapa. La
verdad casi siempre es concreta.
c) Esbozar respuestas socialistas, ya sea
sobre los problemas inmediatos, ya sea
sobre el problema de la transformacin de
la sociedad, basndonos en las luchas de
los trabajadores, en la actitud y las
necesidades de la gente, y en nuestros
anlisis tericos.
4. Nuestras fuentes en ese trabajo han
de ser:
a) Documentos concretos, que resalten
la manera cmo vive la gente la crisis de
la sociedad en los diferentes aspectos de
su vida y la manera como reaccionan
contra ella. Debemos: 1. frecuentar las
entrevistas y los reportajes, obtener
testimonios sobre las cuestiones que nosa
preocupan o que preocupan a la gente; 2.
utilizar documentos de todo tipo, incluidos
los que a menudo publica la prensa
burguesa; 3. explotar la prensa de las
organizaciones emparentadas, por ejemplo,
de los camaradas americanos; 4.
organizar discusiones entre camaradas del
grupo, y entre stos y gente del exterior.
A este respecto se produce un fenmeno
abrumador en la organizacin tal como
est actualmente, a saber, que slo una
nfima parte de la experiencia y de los
intereses de los camaradas se trasluce en
el
funcionamiento
formal
de
la
organizacin.
se
es,
propiamente
hablando, un estado de alienacin, debido
a una censura inconscientemente ejercida
contra todo lo que no es poltica, que
209

hemos
de
superar
so
pena
de
esterilizacin definitiva.
b) La explotacin del material terico e
histrico que produce en abundancia la
cultura contempornea. Por as decirlo, no
existe nada importante en la produccin
actual que no sea interesante para
nosotros, que no podamos utilizar de un
modo u otro a condicin, en primer
lugar, de saber leer, en todos los sentidos
de la palabra, a condicin, luego, de
introducirlo en la perspectiva de la
transformacin
revolucionaria
de
la
sociedad. Ms aoelante daremos ejemplos
concretos.
c) Nuestro propio trabajo de reflexin y
de investigacin, el nico que puede
efectuar la sntesis y la unificacin de
todo ese material, y que podr llevarlo a
cabo si por fin se libera de las ataduras
de una ortodoxia que ni siquiera se atreve
a llamarse por su nombre.
[...]
II. Los grandes temas de nuestra
elaboracin y de nuestra propaganda.
6. El trabajo v sus nuevas formas.
Entrevistas: obreros de las cadenas de
la Renault: obreroo de las mquinas de
transmisin; camaradas de la R.N.U.R. del
Mans; delineantes industriales y mecangrafos; empleadas de una gran Central
telefnica; de- pendientas de grandes
almacenes; mujeres que trabajan en las
fbricas; tcnicos; administrativos de una
empresa industrial.
Textos: por los camaradas maestros del
grupo, sobre su trabajo; por los camaradas
profesores del grupo, sobre su tiabajo.
Texto sobre la jerarqua (en los talleres;
en las oficinas; destino del problema de la
responsabilidad
en
una
estructura
jerrquica, etc.). Texto sobre los
emplerdos. Texto sobre la automatizacin
210

(mito y realidad; aspectos tcnicos y


econmicos, pero sobre todo acentuar el
papel del trabajador en los conjuntos automatizados: reduccin del trabajo en
vigilancia pasiva, desaparicin del sentido
del trabajo y de la socializacin en el
trabajo; automatizacin y trabajo en una
sociedad socialista). Texto sobre el
sentido del trabajo (cmo viven los
trabajadores su trabajo, qu esperan de l;
en qu medida el trabajo se ha reducido
prcticamente a un medio de sustento; el
trabajo como terreno de socializacin, en
los talleres y en las oficinas).
Resumen y
anlisis del libro de Peter Drucker,
Landmarks o) To- morrow.
7. Situacin de la mujer y problema de la
familia.
Traduccin
del
folleto
de
Correspondence, A Womans Place; antologa y traduccin de
los artculos sobre la situacin de la mujer
publicados en Correspondence; resumen
y anlisis del libro de Margaret Mead,
Male and Femalc.
Conversaciones entre las camaradas del
grupo; a partir de los textos mencionados
o que se mencionan a continuacin.
Texto sobre la situacin de la mujer en
la sociedad contempornea (anlisis de los
tres cambios fundamentales en la situacin
de la mujer: entrada de las mujeres en el
trabajo productivo asalariado; hundimiento
de la moral sexual patriarcal; acceso de la
mujer a la igualdad formal en cuanto a la
educacin, los derechos polticos y la
responsabilidad social. Mantenimiento de
hecho de la opresin econmica y social;
importancia de los restos de mentalidad
patriarcal y miseria sexual de la mujer.
Cmo intentan hacer algo las mujeres en
cuanto a su vida en esa situacin. Qu
puede significar el socialismo para las
mujeres).
211

Texto sobre el problema de la familia


contempornea (desaparicin de la antigua
familia patriarcal, reduccin de la familia
a la unidad biolgica de reproduccin
padres- hijos. Movimiento contradictorio
en la sociedad contempornea hacia a) la
desestabilizacin de la familia como
consecuencia del hundimiento de los tabs
y de la crisis de las relaciones entre los
sexos, b) un acrecentado sentido de la
familia
como
consecuencia
de
la
privatizacin. La familia como unidad
econmica y unidad de consumo. Lp
familia como institucin de instruccin y
educacin de los hijos. La familia y el
destino de los viejos. Consideraciones
sobre el futuro de la familia).
8. Los nios, la educacin, la juventud.
Conversaciones entre padres sobre los
problemas que
plantean los hijos. Entrevistas a jvenes
sobre sus padres. Entrevistas a blousons
noirs y a jvenes desarraigados
tpicos.
Resumen y anlisis del libro de Bruno
Bettelheim, Truants from Life.
Texto de sntesis sobre la juventud
contempornea a partir de los textos de
Moth sobre los jvenes obreros y de
Claude sobre los estudiantes (a).
Textos: sobre la crisis de las imgenes
tradicionales del hombre y de la mujer en
la juventud contempornea; sobre los
nios y su educacin en las sociedades
primitivas a partir de los libros de
Margaret Mead, Corning o/ Age in
Samoa, Growing Up in New Guinea, Sex
and Tempcratnent in Three Primitive
Socio tics; sobre la pedagoga moderna
(Makarenko, Freinet, escuela reichiana en
Inglaterra y en Israel); sobre la naturaleza
y el papel de la escuela contempornea.
Testimonios: de un profesor en un pas
descolonizado; sobre el trabajo de maestro
y de profesor.
212

9. El alojamiento y el urbanismo.
Entrevistas: a habitantes de Sarcelles; a
habitantes de los H.L.M. de Noisy-le-See;
a arquitectos.
Resumen y anlisis de los libros de
Lewis Mumford, The Culture of Cities y
Cities in Transition, y de Fran- castel,
Architecture et Technologie.
Texto sobre el alojamiento y el
urbanismo en Rusia. Texto terico sobre
el pueblo y la ciudad (campo y ciudad).
10. El consumo, las distracciones y el
ocio, la cultura.
Entrevistas
sobre
la
televisin
(espectadores y productores).
Textos: sobre el cine americano
contemporneo; sobre el significado del
cine en la sociedad capitalista (expresin
de la sociedad accin sobre la
sociedad).
Textos: Sobre los modos de consumo y
las transformaciones de la vida social
(relaciones de los objetos y de los tipos
de consumo con la estructura de la vida
social contempornea racionalidad e
irracionalidad de ese consumo
consumo y privatizacin).
Sobre la crtica de la sociedad de
consumo.
Sobre la informacin (industrializacin
de la informacin; papel exacto de los
mass
media;
mecanismos
de
la
falsificacin y de la manipulacin;
funciones positivas

{a) D. Moth, Las jvenes generaciones

obreras, S. ou B., n. 33 (diciembre de


1961); Claude Martin, La juventud
estudiantil, S. ou B., n. 34 (marzo de
1963).

de la informacin incluso bajo sus formas


actuales;
qu
es
una
informacin
adecuada; la informacin en una sociedad
socialista).
Entrevistas: actitud de la gente frente a
213

los desarrollos tcnicos y cientficos


contemporneos.
Textos: Sobre la evolucin tcnica y
cientfica y las masas (separacin
creciente entre el mundo cientficotcnico y el hombre comn; polo opuesto
en
la
difusin
masiva
de
las
informaciones y la sed de informacin
cientfico- icnica manifestada por la
gente).
Sobre las implicaciones del desarrollo
cientfico contemporneo para el futuro de
la sociedad.
Sobre el significado revolucionario del
psicoanlisis.
Sobre la crisis de la economa poltica
burguesa.
Sobre las tendencias positivas de la
sociologa contempornea.
Sobre la ciberntica y sus implicaciones
revolucionarias.
Sobre la ideologa revolucionaria y la
cultura capitalista.
Sobre la crisis de los valores y de los
significados en la sociedad actual.
Sobre el sentido del socialismo.
11. Los pases no industrializados.
Texto de liquidacin y balance de las
posiciones tradicionales sobre la cuestin
colonial
(transformacin
de
la
explotacin imperialista; balance de la
teora de la revolucin permanente; la
burocracia en la revolucin colonial; el
papel del campesinado; futuro de los
pases descolonizados).
Entrevistas a estudiantes africanos y a
otros en Pars.
Resumen y anlisis del libro de M.
Mead y otros, Cultural Patterns and
Technical Change.
Textos:
Sobre
la
significacin
revolucionaria de la etnologa.
Sobre Los orgenes de la familia... de
Engels.
Sobre el socialismo y los pases
atrasados.
214

Sobre Guinea.
Sobre Cuba y el castrismo.
[.]
13. Consideramos intil discutir la
necesidad y la importancia de la revista
en el perodo actual, tanto como
instrumento de difusin de nuestras ideas
que como medio de formacin de los
camaradas de la organizacin.
Sin embargo, han de realizarse una
serie de modificaciones para convertir a
la revista en un instrumento eficaz y
aumentar sus posibilidades de difusin.
La primera condicin es, evidentemente,
una rigurosa regularidad en la aparicin.
Ello depende sin duda de un mayor
esfuerzo de los camaradas que estn ms
encargados en particular de la aparicin
de la revista. Pero, ms que nos
neguemos a ser reducidos a la
autoexhortacin, es preciso constatar que
la aparicin regular depende sobre todo
de un proceso eficaz de produccin del
contenido de la revista. Lo que a su vez
depende
de
una
verdadera
colectivizacin de las contribuciones, y
tambin,
en
menor
grado,
del
aligeramiento de los procesos de control
de los textos publicados. Tanto para
hacer posible una produccin ms
desahogada del contenido, como para
aplicar
las
ideas
enunciadas
anteriormente, y tambin, por ltimo
para convertir a la revista en una
verdadera revista, es preciso adoptar los
siguientes principios:
1. La revista ha de abrirse a
todos
los
campos
mencionados
anteriormente y ha de dejar de estar
limitada a I09 textos tericos polticoeconmicos.
2. El peso relativo de los
artculos
estrictamente
tericos
(cualquiera que sea su tema) ha de
disminuir en provecho de los textos
215

documentales, reportajes, etc.


3. Ya no hemos de limitarnos
cada vez a una elaboracin acabada,
aunque se tenga que indicar que se trata
de una contribucin a una discusin o
de consideraciones fragmentarias.
4. Se
han
de
aceptar
las
contribuciones de colaboradores no
pertenecientes al grupo (indicando, si se
da el caso, que no compartimos tal o
cual posicin).
[...]
14. En la etapa actual necesitamos un
peridico como Pouvoir Ouvrier como
instrumento ms ligero y ms frecuente
de difusin de nuestras ideas, como
medio que permite provocar y captar las
reacciones de nuestro pblico, por
ltimo, como banco de pruebas del
peridico impreso qua hemos de tener
como objetivo a largo plazo.
Sin embargo, si queremos que exprese
lo esencial y nuevo de nuestras ideas, es
necesaria una profunda modificacin de
la manera como se ha concebido hasta
ahora el contenido de P.O.. Ese
contenido hasta ahora da lugar a las
siguientes crticas:
En l se han desarrollado sobre
todo, y casi exclusivamente, algunos
temas (guerra de Argelia, denuncia de la
explotacin de los trabajadores) que son
los que menos nos definen. La figura
que en los dos ltimos aos se ha
presentado a travs de P.O. es, en lo
esencial, una figura trotskista correcta.
Los intentos de ampliar los temas del
peridico han sido espordicos, superficiales,
incapaces
de
alterar
realmente su fisonoma.
El peridico da la impresin de
correr, cueste lo que cueste, detrs de la
actualidad. Ahora bien, 1. no porque le
llamemos peridico lo es realmente. Un
mensual es algo distinto a un
216

hebdomadario o a un diario;
2. hay actualidad y actualidad. No
porque un acontecimiento llena la
primera plana de los diarios necesariamente es a) el que ms preocupa a la
gente, b) el del que hemos de hablar
ineluctablemente. Hay: la actualidad para
el gobierno y las organizaciones
polticas; la actualidad en el sentido de
las verdaderas preocupaciones de la
gente; la actualidad en el sentido de
nuestras
preocupaciones.
Pouvoir
Ouvrier ha de hablar de la actualidad
en el segundo y el tercer sentido, no en
el primero, salvo en los casos (raros) en
que esa actualidad oficial se vuelve
efectivamente preocupacin de la gente.
Pouvoir Ouvrier ha de hablar de las
cosas que nos importan o sobre las que
nosotros tenemos cosas especficas por
decir. Constantemente se olvida que una
de nuestras tareas es imponer nuestras
obsesiones al pblico, y la otra,
descubrir las obsesiones del pblico, que
en modo alguno coinciden con las
obsesiones de los peridicos. Si estamos
en el camino correcto, desde el punto de
vista ideolgico, estas dos tareas, en
ltima instancia, tendran que formar una
unidad. Pues lo que debera ot
sesionarnos es lo que obsesiona a la
gente y lo que obsesiona a la gente
ha de tener un alcance universal,
positivo o negativo, segn un principio
para nosotros fundamental.
Eso implica:
a) Que hay que centrar esencialmente
P.O. sobre los temas definidos
anteriormente, en la parte II de este
texto, y que los trabajos realizados en
esa direccin han de ser utilizados
tambin para P.O.,
b) Que P.O. debera reflejar las
discusiones, formales o informales, entre
camaradas del grupo, y que todos los
217

camaradas deberan poder expresarse en


l.
c) Que hay que corregir el exceso en
el que se ha cado ahora opuesto,
como casi siempre en la organizacin, al
exceso precedente en lo que se
refiere a La palabra a los trabajadores
(b). Una cosa es querer basar el
peridico, en lo esencial, en la
expresin de los lectores, lo que es
falso; y otra, publicar las cartas de los
lectores cada vez que se presenta la
ocasin, solicitndolas y provocndolas
lo ms posible y sobre todo intentar,
mediante entrevistas, hacer del peridico
un lazo vivo entre el grupo y su
pblico. Se olvida que, segn el
contenido mismo de nuestras ideas, lo
que la gente tiene que decir es
importante en s (lo que no implica, hay
que
precisarlo,
que
se
acepte
automticamente como verdadero).
[...]

(b) Los camaradas que haban dejado


al grupo en el otoo de 1958
consideraban que la tarea esencial de un
peridico
obrero
consiste
en
la
publicacin de las cartas de sus lectores
(posicin que ha sido ms o menos
218

materializada
en
los
boletines
Informations et liaisons ouvrires,
luego Informa- tions et correspondance
ouvrires).

219

Sobre la orientacin
de las
73
actividades

1. Antes de intentar definir lo que


pueden y deben ser las actividades
exteriores del grupo en el perodo prximo, es necesario disipar un cierto
nmero de malentendidos, como tambin
sacar algunas conclusiones que se
deducen de nuestro anlisis de la
sociedad contempornea y de nuestra
concepcin de la organizacin revolucionaria.
2. Hay que comprender claramente
que en tiempo normal una organizacin
revolucionaria no hace otra cosa
esencialmente sino difundir ideas (las
cuales, por supuesto, no se refieren al
budismo Zen, sino a la necesidad de una
transformacin revolucionaria de la
sociedad). Los momentos en que la
organizacin, como tal, puede emprender
una accin son rarsimos. Incluso
durante un perodo tan excepcional como
marzo-octubre de 1917, la actividad del
partido bolchevique consisti en lo esencial en difundir ideas: en mostrar que no
haba retorno atrs posible, que los
ministros K.D. y socialdemcratas
intentaban preservar el antiguo sistema,
que la nica solucin estaba en la toma
del poder por los rganos de las masas.
No era Scrates, ni Maria Montessori, ni
73Marzo de 1963 (texto difundido en
el interior del grupo S. ou B.).
215

Freud, sino Lenin quien deca durante


ese perodo que la tare? esencial del
partido consista en explicar pacientemente. La distincin que a este
respecto interesa no es la existente entre
difusin de las ideas y accin (pues, una
vez ms, los casos en que la
organizacin emprende como tal una
accin en el sentido fuerte de la palabra
son en la historia casos lmites). Interesa
la que existe entre la difusin de ideas
generales (la propaganda) y la difusin
de ideas referentes a lo que hay que
hacer y no hay que hacer en un
momento dado (organizarse de tal modo
o de tal otro, llevar a cabo o no una
huelga o una manifestacin, plantear
determinadas reivindicaciones, etc.)
lo que tradicionalmente se llamaba la
agitacin.
3. La prctica tradicional de la
agitacin, evidentemente, estaba enlazada
orgnicamente a la concepcin tradicional del papel del partido y de sus
relaciones con los trabajadores. No slo
en su contenido, sino en sus mtodos, su
estilo y su finalidad, encarnaba la actitud
de una direccin que tena que ensearlo
todo a las masas y nada aprender de
ellas, y para la que lo esencial consista
en que los trabajadores se viesen
conducidos a adoptar sus consignas, y
no que avanzase en el camino de la
autonoma. Por lo tanto, no cabe
utilizarla tal cual. Lo que no significa
que renunciamos, o que renunciaremos, a
esa tarea central de una organizacin
revolucionaria consistente en ayudar a
los trabajadores, a orientar y organizar
su lucha, y por lo tanto a definir,
defender y difundir posiciones sobre lo
que hay que hacer y lo que no hay que
hacer. Pero eso significa claramente que
la manera de realizar esa tarea necesita
216

ser definida de nuevo; e incluso antes de


eso, hay que precisar las condiciones
bajo las que seremos capaces de llevarla
a cabo, si queremos hacerlo eficazmente
y coherentemente con nuestras ideas.
4. Ahora bien, hay que acabar
radicalmente con un cierto infantilismo
de la impaciencia y comprender que para
que podamos definir, defender y difundir
entre los trabajadores posiciones sobre lo
que han de hacer y lo que no han de
hacer, faltan actualmente tres condiciones esenciales, que slo se darn con el
tiempo y con nuestro trabajo:
a) No puede hacerse nada en ese
campo faltando un grado mnimo de
luchas de los trabajadores y de
luchas que, al menos en ciertos puntos,
tienden a romper con el marco
establecido.
b) En parte a causa de la ausencia de
tales luchas y de la situacin de
conjunto que refleja, en parte a causa de
un trabajo insuficiente por nuestra parte,
todava no estamos en condiciones de
definir posiciones concretas sobre los
problemas de la lucha y organizacin de
los trabajadores.
c) Cuantitativamente el grupo es
minsculo y su arraigo muy defectuoso.
5. Estas
caractersticas
no
son
episdicas, sino profundas y duraderas,
incluso si, finalmente, han de ser
superadas. Principalmente la primera y
la segunda estn vinculadas con toda la
situacin de la sociedad capitalista
moderna (y se presentan, hasta ahora,
bajo una forma acentuada en Francia).
Por otra parte, se ha demostrado que
casi tocas las formas de organizacin y
de accin y las reivindicaciones: han
sido, o vaciadas de su conten do, o
integradas en el funcionamiento normal
del capitalismo. De ello resulta que,
217

incluso cuando los trabajadores estn


en lucha, lo que podamos decir y proponer siga siendo abstracto, superfluo o
sin eco. Pongamos por ejemplo que los
sindicatos organizan, tras un empuje de
la base o sin l, una huelga por los
salarios, de duracin ilimitada, y la
Llevan a cabo de veras (cosa nada
imposible, ya que forma parte de su
papel normal, como lo demuestran las
grandes huelgas oficiales llevadas a
cabo peridicamente en los Estados
Unidos, en Inglaterra, en Alemania, etc.
Que hasta el momento esto no se haya
producido en Francia se debe a las
condiciones nacionales especficas, y
normalmente hay que esperar que con
las transformaciones que ha sufrido el
capitalismo
francs
los
sindicatos
tambin asumirn entre nosotros su
funcin reivindicativa econmica, de la
que sigue siendo un instrumento la
huelga organizada y controlada por ellos.
La huelga actual de los mineros puede
ser considerada como la primera
manifestacin
importante
de
ese
fenmeno). Nosotros estamos, por
supuesto, por los aumentos de los
salarios. Pero tambin sabemos que
forman parte del regular funcionamiento
del capitalismo contemporneo y que esa
caracterstica no cambia por el hecho de
que an ahora las empresas capitalistas
no los conceden a menudo ms que bajo
presin o tras una huelga. Por lo tanto,
no podemos relacionar esa huelga con
nuestras posiciones generales (que nos
son especficas, es decir, nos distinguen
de todas las otras corrientes, grupos,
organizaciones, etc., que tambin estn
por los aumentos de salarios) por los
objetivos que se propone. (Otra cosa es
si, en circunstancias excepcionales, el
capitalismo puede volverse incapaz
218

momentneamente de conceder incluso


un 1 % de aumento o si, volviendo
Zeus locos a los que quiere perder, el
propio sistema enciende la plvora al
rechazar obstinadamente lo que podra
dar, como ha ocurrido en la historia.) La
huelga tampoco puede ser relacionada
con nuestras posiciones por la forma
como es llevada a cabo si una
burocracia establecida (la del sindicato)
la organiza, la dirige y mantiene su
control, y si los trabajadores la apoyan,
como ocurre en la aplastante mayora de
los casos, dentro del orden y la
disciplina. La unin tampoco puede
encontrarse en la idea (que ha sido y
sigue siendo por ejemplo la de los
trotskistas) de que el desarrollo de la
lucha conducir a una escisin entre los
obreros y la burocracia sindical (el
desbordamiento).
La
experiencia
prueba que, en este tipo de luchas,
prcticamente
nunca
hay
desbordamiento. Podemos proponer otros
objetivos y otra manera de llevar a cabo
la huelga? Cules? Una sobrepuja sobre
el aumento de los salarios no tiene
sentido y no nos har or de nadie. Por
supuesto, siempre podemos proponer que
el aumento no sea jerrquico, que los
huelguistas elijan comits de huelga
responsables ante ellos, etctera eso
siempre ser correcto en lo abstracto.
Pero slo en lo abstracto. Pues, casi
simpre, la forma como se realiza la
huelga y la actitud de los propios
huelguistas harn que esas posiciones no
tengan actualmente ninguna influencia en
la realidad, no conectarn, y presentadas
de esa forma y en este caso no influirn
sobre nadie. A ello se aade un factor
que, por ser contingente, no es menos
decisivo por el momento: lo que diremos
ser percibido y efectivamente lo
219

ser como impulsado desde el


exterior, lo que es grave no porque
perjudicaramos la espontaneidad de la
gente, sino porque lo que diremos corre
el riesgo de ser falso o irreal, y porque
para la gente, quien dice una cosa
cuenta tanto y ms que lo que dice. En
una palabra, no podemos enviar una vez
cada cinco aos a tres estudiantes al
Norte para que digan a los mineros
cmo organizar su huelga y definir sus
objetivos.
6. Hay que comprender, pues, que
respecto a un cierto tipo de luchas del
perodo actual un tipo de stas son
las batallas campales dirigidas por los
sindicatos sobre las reivindicaciones
econmicas, y otro tipo son ciertas
agitaciones polticas, como la de abril de
1961 no pocemos proponer nada que
sea especficamente nues

220

tro y conecte con una accin real


posible. Tan slo podemos informar y
explicar y ello an con la condicin
de que tengamos que decir cosas que los
otros no dicen. Y esa situacin no tiene
nada de sorprendente. Pues ese tipo de
luchas se inserta perfectamente en el
funcionamiento
de
la
sociedad
establecida y lo que podemos
proponer siempre contendr una ruptura
(incluso si es parcial) con el orden
establecido (tanto si se trata de
reivindicaciones antijerrquicas como de
la direccin autnoma de las luchas por
los trabajadores). Ahora bien, los obieros
que se ponen en huelga por un aumento
de los salarios en las condiciones
descritas anteriormente lo hacen sin
poner en duda, ni subjetiva, ni
objetivamente, ese oiden (incluso si en
los orgenes de la huelga siempre se
pueden encontrar, e incluso si a veces se
manifiesta en su desarrollo, una profunda
rebelin contra la condicin obrera). Sin
duda, se pueden dar casos en los que
esta situacin, que se nos presenta como
un callejn sin salida, evolucione de una
forma inesperada, en los que la huelga
institucionalizada se descarre, en los
que la materia social empiece a arder.
Pero esos casos son rarsimos, y cuando
se producen, nadie se equivoca a ese
respecto en todo caso nadie entre
nosotros. No hemos dudado un momento
en reconocer en las huelgas belgas un
acontecimiento
que
contena
la
virtualidad de una ruptura con el orden
establecido y hoy no modificamos
esa apreciacin. Pero una situacin
prerrevolucio- naria no surge cada da.
Decir que no existe determinis- mo en la
historia no significa que todo es posible,
an menos probable, en todo momento.
7. Por el contrario, en las sociedades
capitalistas modernas existen tipos de
221

lucha que contienen objetivamente esa


ruptura parcial con el orden establecido
lo que casi ineluctablemente implica
que se desarrollen tanto fuera como en
contra de las organizaciones existentes,
sindicales o polticas. De ese tipo son,
por ejemplo, las huelgas informales o
salvajes en los Estados Unidos o en
Inglaterra, y, en algunos de sus aspectos,
las actividades del Comit de los Cien
contra las armas nucleares en Inglaterra
o el movimiento por los derechos de los
negros
en
los
Estados
Unidos.
Movimientos de ese tipo todava son
prcticamente inexistentes en Francia, en
las empresas o fuera de ellas. Pero con
la modernizacin del capitalismo francs,
y si, en lo sucesivo, los sindicatos asumen ms su papel econmico, tendrn
que aparecer y desarrollarse. Ese tipo de
movimiento
ha
de
ser
nuestra
preocupacin esencial en ese campo; y
si el grupo se extiende y se arraiga ms
en la poblacin trabajadora, nuestra
perspectiva ha de ser la de convertirnos,
por medio de nuestros camaradas y
nuestros
simpatizantes,
en
los
catalizadores y los iniciadores de esos
movimientos.
8. Sin embargo,, tanto con respecto a
ese tipo de movimientos como cot
respecto a cualquier otro tipo de accin
posible, es preciso comprender que no
avanzaremos si no adoptamos una
actitud abierta y experimental. Las
formas tradicionales estn muertas o se
han integrado en el sistema establecido;
nadie puede resucitarlas, o hacerlas
remontar
la
pendiente
de
la
degeneracin. Si lo que decimos es
cierto, eso significa que nacern nuevas
formas y vemos, en los casos
mencionados anteriormente, que ya estn
naciendo. Pero nacern esencialmente de
la actividad de los trabajadores y en
222

funcin
de
ella
no podemos
decretarlas (como tampoco fueron decretadas por Marx o Lenin las formas
precedentes, que no eran ms que la
sedimentacin de una experiencia de
lucha de los obreros). No podemos ms
que alzar los hombros ante la exigencia
pueril, a veces formulada en el grupo,
de que inventemos para algunos, aqu y
ahora, las nuevas formas de organizacin
y de accin de un movimiento de los
trabajadores que todava ha de nacer.
Todo
loms, podemos ayudarlas a nacer
mediante acciones que al principio
tendrn necesariamente un carcter
experimental. Eso puede significar que
emprendamos (no en cada momento, ni
sin reflexionarlo bien) acciones sobre las
que no hay precedentes y cuyo valor
slo nos lo dar la experiencia (la
actividad del grupo Solidarity respecto
a una huelga del pago de los alquileres
de los inquilinos es un ejemplo de ello;
en
conjunto
ha
dado
resultados
positivos). Igualmente puede significar
que nos comprometemos en acciones en
las que participa gente que quiere luchar
contra tal o cual aspecto del orden
establecido, sin querer esclarecer a toda
costa de antemano, para los otros o para
nosotros,
todos
los
pormenores
ideolgicos (ejemplo: la actividad de los
camaradas ingleses en el comit de los
Cien, o de los camaradas americanos en
el movimiento por los derechos de los
Ne- grgs). En todos esos casos, nuestra
actividad no ser fecunda ni para la
organizacin ni para la revolucin si no
nos hemos despojado totalmente de los
residuos esta- linotrotskistas de la
infiltracin y de la manipulacin de la
gente. La experiencia de los camaradas
ingleses en el comit de los Cien ofrece
una aplastante confirmacin positiva de
223

esa necesidad: su xito se debe en gran


medida, por lo que ellos mismos dicen,
al hecho de que siempre han actuado
lealmente con respecto al comit y no
en fraccin, que no han vacilado en
estar en desacuerdo entre ellos en
pblico, etc. No debemos participar en
ese tipo de actividades para reclutar
inmediatamente dos personas para el
grupo, o para poder utilizar una tribuna
desde donde exponer nuestras ideas
sino para ayudar a la gente a hacer algo
y a hacerlo en la direccin jusia. En
otras palabras, hay que tomar en serio a
la gente que nos rodea y a lo que hace
y sa, incluso desde el punto de
vista ms estrictamente organizativo, es
con mucho la act tud ms rentable a la
larga. Por otra parte, esto debera ser
evidente, pues slo debemos participar
en determinado movimiento si pensamos
que, por lo que contiene y por su
dinmica, puede ayudar a la gente a
evolucionar en un sentido positivo; por
lo tanto, esa dinmica propia del
movimiento nos interesa en tanto que
tal.
9. En
resumen,
existen
dos
comportamientos patolgicos, o mejor
dicho: dos neurosis, que es preciso eliminar. La primera es la neurosis del
Estado-mayor Revolucionario. No sirve
para nada dar a la poblacin francesa
consignas, o incluso consejos, sobre lo
que tiene que hacer en tal circunstancia,
cuando ni las condiciones objetivas, ni
la actitud de esa poblacin, nos
proporcionan ni una audiencia ni la
posibilidad de concretizar nuestros
principios. No hemos sido solicitados, ni
obligados a dar nuestra opinin sobre
todo lo que sucede, y aun menos sobre
lo que hay que hacer. Esas reaccionesreflejos frente a la actualidad son
propias del periodismo, no de la poltica.
224

Una poltica slo responde a la


solicitacin del acontecimiento cuando
est en condiciones de influir en l, de
otro modo se limita a inscribirlo en las
condiciones objetivas de su accin y a
extraer
sus
consecuencias.
Pero
actuamos es decir, esencialmente:
hablamos como s estuvisemos
dominados por el miedo de ser juzgados
sobre el hecho de que no hemos
tomado posicin. Y ah aparece la
segunda neurosis, la neurosis del Juicio
Final, que al mismo tiempo nos obliga a
tomar posicin sobre todo, por miedo a
cometer el crimen por omisin, y nos
bloquea, pues un error parcial sera el
crimen positivamente cometido. Pero
todo lo que hacemos no es y no ser un
modelo inalterable para toda accin
futura, y la historia no es una pelcula
gastada que corre el riesgo de romperse
mostrndonos en una mala postura. Lo
esencial de la historia es que contina.
Slo la conciencia moral ms ingenua
emite juicios sumarios sobre actos
separados tomados como tales. Una
organizacin revolucionaria se juzga por
su lnea, es decir, en la continuidad de
su accin, es decir una vez ms, por el
conjunto de lo que ha decidido hacer y
no hacer.
10. Por ltimo, es preciso comprender
que no se puede hacer todo a la vez, ni
saltar
ciertas
etapas.
El
grupo,
actualmente, ha de esforzarse en mejorar
la calidad de su trabajo, modificar el
contenido de su propaganda, extender su
reclutamiento, arraigarse en ciertos
medios. Con sus fuerzas actuales y las
previsibles a corto plazo, eso casi puede
agotar su capacidad de produccin. Por
lo tanto, es preciso elegir rigurosamente
las otras actividades exteriores que es
posible emprender actualmente, so pena
de chapucearlo todo por ganas de ha225

cerlo todo en seguida.


11 La primera actividad es la
ampliacin y la pro- fundizacin de los
contactos con el exterior, que en primer
lugar es la tarea de cada camarada. Esos
contactos existen por supuesto para cada
uno de nosotros, todo el mundo reconoce
su importancia y la mayora de los
cama- radas trabajan en ese sentido.
Pero nuestra actitud a ese respecto no
siempre es correcta; oscila entre la
dificultad de parecer integralmente lo
que somos y una forma agresiva de
parecerlo, que conduce a un cierto
sectarismo. Cada uno de nosotros ha de
ser en primer lugar un individuo real
entre otros individuos reales en un
medio real. Como tal, puede y debe
mantener con los otros relaciones que
hasta
un
cierto
punto
son
desinteresadas
a
saber,
no
dominadas exclusivamente por la idea de
reclutar, vender, robar, etc. Esto es
esencial, en primer lugar, para poder
establecer simplemente relaciones, pero
tambin por una razn ms profunda: los
que no piensan necesariamente como
nosotros no son hombres al 20 %, 30 %
o 50 % segn su grado de parentesco
con nosotros. Incluso cuando la gente
piensa distintamente a nosotros, las
razones que tiene para hacerlo han de
ser interesantes desde nuestro punto de
vista y pueden ser buenas razones. A
continuacin es preciso aceptar, incluso
es preciso intentar hablar con la gente
de sus problemas; si lo que decimos es
cierto,
esos
problemas
reflejan
fatalmente, en un grado u otro, el
problema de la sociedad. Por ltimo, sin
parecer un obseso poltico, un camarada
ha de poder emitir y defender en el
momento oportuno y tranquilamente sus
ideas. Entre los contactos que as
adquiere, ha de dedicarse a cultivar de
226

un modo seguido y sistemtico algunos


de ellos en vistas a la difusin del
material
de
la
organizacin,
a
discusiones y entrevistas utilizables por
Pouvoir Ouvrier, al sostn financiero,
a la invitacin a reuniones determinadas
del grupo y quiz finalmente al
reclutamiento. Es preciso convencerse de
que un contacto cultivado de esa manera
nunca lo ha sido en vano, pues a la
mayora de esa gente la encontramos de
nuevo en perodos de crisis.
12. El problema de la participacin de
los camaradas en los sindicatos de su
medio de trabajo ha de resolverse, como
siempre se ha dicho, en cada caso
especial segn las condiciones concretas
y las posibilidades que esa participacin
ofrece. (Por participacin no entendemos
la simple adquisicin de un carnet
sindical, que actualmente no compromete
a nada y, como tal, no molesta en nada
del mismo modo que no ofrece nada.)
13 El problema de la composicin
social del grupo y de su medio
inmediato es evidentemente fundamental:
es preciso que el grupo logre reclutar y
retener obreros y ms en general
asalariados, y es preciso que consiga
simpatizantes en esas categoras sociales.
Eso depende de factores que no estn
slo en nuestro poder (la actitud actual
de los obreros y de los asalariados frente
a la participacin en una organizacin,
muy exactamente analizada por Moth
en un texto interior de abril de 1961),
pero tambin depende de lo que
decimos, de nuestro funcionamiento, y
finalmente, en una medida no desdeable, de la intensidad y la calidad del
esfuerzo que queramos realizar en esa
direccin. Ese esfuerzo tendra que
ccncretizarse actualmente en tres planos:
a) Hacer el recuento de los contactos
que la organizacin tiene en ese medio y
227

seguirlos activamente.
b) Escoger algunas empresas en las
que tenemos un contacto serio en el
interior y realizar un trabajo sistemtico
y de larga duracin enfocado hacia ellos.
c) Emprender, o continuar, de un
modo sistemtico un trabajo de contactos
y de propaganda en direccin a grupos
de jvenes trabajadores (albergues
juveniles, centros de aprendizaje),
14. El
medio
estudiantil,
como
demuestra la experiencia, es el nico en
el que podemos reclutar con una relativa
facilidad y tener una cierta audiencia.
Esa actividad puede concretizarse en las
siguientes tareas (que no hay que
realizarlas en una semana, sino en un
ao, gradualmente y a medida que se
amplen nuestras fuerzas):
a) Los estudiantes del grupo han de
llevar a cabo, con respecto a los otros
estudiantes, una propaganda general de
las ideas de la organizacin. Adems de
la venta de las publicaciones de la
organizacin, sta exige: la preparacin
(con ayuda de otros camaradas del
grupo), la fabricacin y las distribucin
de un texto que defina nuestras
posiciones
generales
y
nuestras
posiciones
sobre
los
pioblemas
estudiantiles; ms adelante, la redaccin,
fabricacin y difusin de octavillas
explicativas
sobre
todos
los
acontecimientos o hechos que susciten el
inters del medio estudiantil y sobre los
que tengamos cosas que decir; por
ltimo, si es factible (o til, a estimar
segn el caso) la participacin en
reuniones pblicas contradictorias, y
eventualmente la difusin de octavillas o
textos de polmica con organizaciones o
ideologas que polaricen el medio
estudiantil.
b) Los estudiantes del grupo han de
228

participar seriamente en su medio de


trabajo y, a partir de esa participacin,
ayudar a otros estudiantes a comprender
la significacin de los problemas que
encuentren en su trabajo (estudios), la
vinculacin de esos problemas con la
crisis de la cultura y de sta con la
crisis de la sociedad. Esa participacin
puede dar a los estudiantes del grupo en
ciertas disciplinas la ocasin para
expresar nuestras ideas oficialmente y
en relacin con los intereses de los otros
estudiantes. A partir de esa actividad, y
con la ayuda de otros camaradas del
grupo, los camaradas estudiantes podrn
preparar textos para S. ou B. o para
difusin en el medio estudiantil.
c) Los estudiantes del grupo han de
definir una actitud frente a los problemas
que plantean a los estudiantes sus
condiciones reales de existencia y
elaborar un texto central sobre la
cuestin, que permita a cada uno tomar
posiciones coherentes en pblico, cuando
se presente la ocasin. Han de animar y
sostener todo intento de los estudiantes
por mejorar sus condiciones de existencia mediante acciones colectivas que
ellos mismos dirijan.
15. La lucha contra los armamentos
nucleares puede y ha de ser para
nosotros un tema de propaganda importante. Sin embargo, por el momento no
parece posible que la organizacin pueda
tomar una iniciativa de reagru- pamiento
a este respecto, o desempear un papel
particularmente
activo
en
los
reagrupamientos que intenten formarse.
sta no es una cuestin de principios,
sino de consideraciones contingentes, es
decir, de racionalidad en la eleccin de
nuestros esfuerzos. A este respecto no es
posible ninguna comparacin entre la
situacin en Francia y la situacin en
229

Inglaterra, donde nuestros camaradas no


han creado (y nunca hubieran podido
crear) el movimiento sino que han
participado en un movimiento ya
existente y fuertemente implantado.74

Reemprender la revolucin

I. El fin del marxismo clsico


1. Los revolucionarios que no han
renunciado a actuar comprendiendo lo
que hacen, es decir con conocimiento de
causa, tienen que enfrentarse hoy en da
con tres hechos brutales:
El funcionamiento del capitalismo
se ha modificado esencialmente con
respecto a la realidad de antes 1939, y,
an ms, respecto al anlisis que de l
daba el marxismo.
El movimiento obrero, en tanto
que movimiento de clase capaz de
impugnar de manera explcita y permanente la dominacin capitalista, ha
desaparecido.
En
su
forma
colonial
o
semicolonial, la dominacin de los pases
capitalistas desarrollados sobre los pases
atiasados ya no existe, pero esa
supresin no ha estado asociada en
ningn
lugar
a
una
irrupcin
revolucionaria del movimiento de masas
74Distribuido y discutido en el seno del
grupo S. ou B. en marzo de 1963;
publicado en el n. 35 (enero de 1964) de
la revista con el ttulo Recommencer la
rvolution.

230

y su paso a una nueva fase, ni han sido


quebrantados por ella los fundamentos
del capitalismo en los pases dominantes.
2. Para ios que se niegan a engaarse
a s mismos, es evidente que esos
hechos significan la ruina en la prctica
del marxismo clsico, como sistema de
pensamiento y accin, tal y como se ha
formado, desarrollado y conservado entre
1847 y 1939. Ya que implican la refutacin o la superacin del anlisis del
capitalismo por Marx en su punto
esencial (el anlisis de la economa), del
anlisis del imperialismo por Lenin, y de
la
concepcin
de
la
revolucin
permanente en los pases atrasados de
Marx y TrotskL, as como el fracaso
definitivo de la casi totalidad de las
formas tradicionales de organizacin y
de accin del movimiento obrero
(excepto
las
de
los
perodos
revolucionarios). Significan la ruina del
marxismo clsico como sistema de
pensamiento concreto, capaz de llegar a la
realidad y de influir en ella. Excepto
unas cuantas ideas abstractas, nada de lo
que es esencial en El Capital se
encuentra en la realidad de hoy en da.
A la inversa, lo que es esencial en esta
realidad (la evolucin y la crisis del
trabajo, la escisin y la oposicin entre
la organizacin formal y la organizacin
real de la produccin y de las
instituciones, la burocratizacin, la
sociedad de consumo, la apata obrera, la
naturaleza de los pases del este, la
evolucin de los pases atrasados y sus
relaciones con los pases desarrollados,
la crisis de todos los aspectos de la vida
y la importancia creciente de aspectos
considerados
antao
como
algo
secundario, los esfuerzos de los hombres
para dar una solucin a esa crisis) slo
puede comprenderse a partir de otros
231

anlisis, para los cuales lo mejor de la


obra de Marx puede servir de fuente de
inspiracin, pero ante los cuales el
marxismo vulgar y bastardo, el nico
utilizado hoy en da por sus presuntos
defensores de todo tipo, es ms bien
una especie de pantalla. Esos hechos
significan tambin la ruina del marxismo
(leninismo, trotskismo, bordiguis- mo,
etc.) clsico, como programa de accin,
para el cual lo que los revolucionarios
tenan que hacer en cada momento
estaba ligado (o al menos se intentaba
que as fuera) de manera coherente a
acciones reales de la clase obrera y a
una concepcin terica de conjunto.
Cuando una organizacin marxista, por
ejemplo, apoyaba o diriga una huelga
obrera por un aumento de salarios, lo
haca: a) con buenas probabilidades de
ser realmente escuchada por los obreros;
b) como nica organizacin instituida
que combata junto a ellos; c) dicindose
que cada victoria obrera en el terreno de
los salarios contribua a quebrantar la
estructura objetiva del edificio capitalista.
De ninguna de las acciones presentadas
en los programas clsicos puede
decirse, hoy en da, que cumple con esas
tres condiciones.
3. Verdad es que la sociedad sigue
estando profundamente dividida, que
funciona contra la inmensa mayora de
los trabajadores, que stos se oponen a
ella con
'lio

232

la mitad de cada uno de sus gestos


cotidianos, que la crisis actual de la
humanidad slo podr ser resuelta por
una revolucin socialista. Pero esas ideas
corren el riesgo de pasar a ser
abstracciones vacas, pretextos para
letanas o para un activismo espasmdico
y ciego, si no se hace un esfuerzo para
comprender qu forma concreta toma
actualmente la divisin de la sociedad,
cmo funciona esta sociedad, cmo se
manifiestan la reaccin y la lucha de los
trabajadores contra las capas dominantes
y su sistema, cul puede ser en esas
condiciones
una
nueva
actividad
revolucionaria ligada a la existencia y a
la lucha concreta de los hombres en la
sociedad y a una visin lcida y
coherente del mundo. Y esto no se
conseguir sin una renovacin terica y
prctica radical. Es ese esfuerzo de
renovacin, y las ideas nuevas precisas
en
las
que
se
ha
manifestado
concretamente en cada etapa, lo que ha
caracterizado al grupo Socialisme ou
Barbarie desde el comienzo, y no la
simple fidelidad rgida a la idea de lucha
de clases, del proletariado como fuerza
revolucionaria o de revolucin, que slo
hubiera podido esterilizarnos, como ha
esterilizado a los trotskistas, a los bordiguistas y a la casi totalidad de los
comunistas y de los socialistas de
izquierda. Desde nuestro primer nmero, afirmbamos como conclusin a
una crtica de la actitud conservadora en
materia de teora: Sin desarrollo de la
teora revolucionaria, no hay desarrollo
de la accin revolucionaria y diez aos
ms tarde, despus de haber mostrado
que tanto los postulados fundamentales
como la estructura lgica de la teora
econmica de Marx reflejan ideas
esencialmente burguesas, y afirmado
que una reconstruccin total de la teora

revolucionaria
era
necesaria,
concluamos: Cualquiera que sea el
contenido de la teora revolucionaria o
del programa, su relacin profunda con
la experiencia y las necesidades del
proletariado, seguir siendo siempre
posible, o mejor dicho: podemos estar
seguros de que en un momento dado esa
teora o ese programa sern superados
por la historia, y siempre se correr el
riesgo de que quienes los han defendido
hasta ese momento tiendan a convertirlos
en absolutos y a supeditarles
las
75
creaciones de la historia viva .
4. Esa reconstruccin terica, que es
una tarea permanente, no tiene nada que
ver con un revisionismo vago e
irresponsable. Nunca hemos abandonado
posiciones tradicionales porque eran
tradicionales, diciendo sencillamente: son
anticuadas, los tiempos han cambiado.
Hemos demostrado cada vez por qu
eran falsas o estaban superadas, y
definido lo que haba que poner en su
lugar (salvo en los casos en que era y
sigue siendo imposible para un grupo de
revolucionarios el definir, ante la
ausencia de una actividad de las masas,
nuevas formas para reemplazar a las que
han sido rechazadas por la historia
misma). Pero esto no ha impedido que
esta reconstruccin, en cada una de sus
etapas cruciales, haya chocado con la
oposicin encarnizada, hasta en el seno
del grupo S. ou B., de elementos
conservadores que representan a ese tipo
de militante que sigue viviendo con la
nostalgia de una ecad de oro del
movimiento obrero, tan imaginaria como
todas las edades de oro, y que avanza en
la historia con la mirada fija en el
pasado, por miedo a perder de vista la
75S. ou B., n. 27, 1959, pp. 6566, 80 y 87 (Proletariado y
organizacin, en este volumen, p. ).
234

poca en que, segn cree, teora y


programa
can
a.go
indiscutible,
establecido de una vez para siempre y
confirmado
constantemente
por
la
76
actividad de las masas .
5. No es posible discutir a fondo esta
actitud conservadora, pues su principal
caracterstica es la de no discutir los
problemas actuales, aunque para ello
tengan que negar hasta su existencia. Es
una corriente negativa y estril, sin que
esto tenga nada que ver, claro est, con
la personalidad o el carcter de quienes
la componen. Esta esterilidad es un
fenmeno
objetivo,
consecuencia
inevitable del terreno en que se colocan
los conservadores y de su concepcin de
la teora revolucionaria. Un fsico
76Esa oposicin lleg a un paroxismo
ante
el
texto
Le
mouvement
rvolutionnaire01 sous le capitalisme
moderne (n. 31, 32 y 33 de S. ou
B., 1960-61) y las ideas que,
desarrolladas a partir de ese texto, son
presentadas en las siguientes pginas. Ha
llevado finalmente a una escisin, y los
camaradas que se han separado de
nosotros, como P. Brue, J.-F. Lyotard y
R. Maille, tienen la intencin de seguir
publicando cada mes el peridico
Pouvoir Ouvrier. Lo normal y lo
lgico hubiese sido, desde luego, discutir
pblicamente sobre los motivos de esa
escisin y las tesis de cada uno.
Desgraciadamente, no nos es posible
hacerlo. Ya que nunca fue posible
asignar a esa oposicin un contenido
definido, ni siquiera negativo; hoy en
da, seguimos ignorando qu es lo que
proponen precisamente los que rechazan
nuestras ideas, y ni siquiera se sabe muy
bien qu es lo que rechazan. Lo nico
que podemos hacer, por lo tanto, es presentar aqu nuestras propias posiciones, y
limitarnos a comprobar una vez ms la
esterilidad ideolgica y poltica de Ja
actitud conservadora.

235

contemporneo que tratara de defender


contra todo y contra todos la tsica de
Newton, se condenara a una esterilidad
total y sufrira ataques de nervios al or
hablar
de
aberraciones
como
la
antimateria, los corpsculos- ondas, la
expansin del Universo o el hundimiento
de la causalidad, la posicin y la
identidad como categoras absolutas. La
situacin del que quiere actualmente
limitarse a defender el marxismo y las
tres o cuatro ideas que ha tomado de l
es igualmente desesperada. Ya que,
desde ese punto de vista, la cuestin del
marxismo ha sido resuelta por los hechos
y no puede discutirse: si dejamos a un
lado la reconstruccin terica que hemos
llevado a cabo, puede decirse que el
marxismo ya no existe histricamente
como teora viviente. El marxismo no
era, no poda, no quera ser una teora
como las dems, una verdad encerrada
en libros; no era otro platonismo, ni otro
espinozismo, ni otro hegelianismo. El
marxismo slo poda vivir, segn su
programa y su contenido ms profundo,
como
investigacin
terica
constantemente renovada que ilumina
una realidad en transformacin continua,
y
como prctica
que
transforma
constantemente
el
mundo
y
es
transformada
por
l
(la
unidad
indisoluble de ambos es lo que
corresponde al concepto de praxis en
Marx). Dnde encontramos hoy ese
marxismo? Dnde se ha publicado,
despus de 1923 (fccha de publicacin
de Historia y conciencia de clase de
Lukcs), un solo estudio terico que
haya hecho avanzar el marxismo;
despus de 1940 (muerte de Trotski), un
solo texto que defienda las ideas
tradicionales a un nivel que permita
discutirlas sin avergonzarse de perder el
236

tiempo en hacerlo? Dnde ha habido,


despus de la guerra de Espaa, una
accin efectiva de un grupo marxista
conforme a sus principios y unida a la
actividad de las masas? La respuesta es
sencilla: en ningn sitio. Paradoja
tragicmica, los que pretenden defender
al marxismo se condenan hoy en da a
violarlo y liquidarle con su propio
intento. Ya que slo pueden hacerlo
silenciando lo que le ha ocurrido en los
ltimos cuarenta aos: como si la
historia efectiva no contara; como si la
presencia o la ausencia en la historia
real de una teora y un programa poltico
no afectara para nada su verdad y su
significado, residentes por lo visto en
otro mundo; como si uno de los
principios verdaderamente insuperables
que Marx nos ense no fuera que una
ideologa no se juzga por las palabras
que emplea sino por su destino en la
realidad social. Slo pueden defenderle
convirtiendo
el
marxismo
en
su
contrario: en una doctrina eterna que
ningn hecho puede alterar (olvidando
que, si as fuera, tampoco podra sta
alterar los hechos, es decir poseer una
eficacia histrica). Amantes desesperados
cuya amada ha muerto prematuramente y
slo pueden expresar su amor violando
un cadver.
6. Esta actitud conservadora toma
cada vez menos la forma de una defensa
de la ortodoxia marxista como tal; es,
claro est, difcil sostener abiertamente,
sin hundirse en et ms completo
ridculo, que hay que limitarse a las
verdades reveladas de una vez para
siempre por Marx y Lenin. Pero, ante la
crisis y desaparicin del movimiento
obrero, se razona como si este proceso
no afectara sino a ciertas organizaciones
concretas (P.C., Partido socialista,
237

C.G.T., etc.); ante las transformaciones


del capitalismo, como si no se tratara
ms que de la simple acumulacin de
caractersticas ya conocidas, que no
altera nada esencial. Se olvida, o se
quiere hacer olvidar, que la crisis del
movimiento obrero no se reduce a la
degeneracin de las organizaciones
socialdemcratas y bolcheviques, sino
que abarca la totalidad de las expresiones tradicionales de la actividad
obrera; que no es una llaga sobre el
cuerpo revolucionario intacto del proletariado, ni una condena que le ha sido
infligida desde fuera, sino que traduce
problemas que estn en el centro de la
situacin del obrero, y adems acta
a
77
su vez sobre dcha situacin
. Se
olvida y se hace olvidar que esa acumulacin de las mismas caractersticas
de la sociedad capitalista acarrea
tambin cambios cualitativos, que la
proletarizacin
de
la
sociedad
capitalista no tiene ni mucho menos el
sentido simple que le daba el marxismo
clsico, y que la burocratizacin no es
una consecuencia superficial ms de la
concentracin del capital, sino que trae
consigo transformaciones profundas en la
estructura 78y el funcionamiento de la
sociedad . Se hacen as simplemente
algunas interpretaciones adicionales
como si una concepcin de la
historia y del mundo que intente unir
estrechamente la teora y la prctica, que
es lo que quera ser el marxismo clsico,

77V. Proltariat et organisation en


el n. 27 de S. ou B., pp. 72-74. (En
este volumen, pp. 93-183.)
78V. Le mouvement rvolutionnaire
sous le capitalis- me moderne, n. 32
de S. ou B., p. 101 y siguientes [trad.
esp,,
pp. 87-99 de
P. Cardan
[Castoriadis], Capitalismo moderno y
revolucin, Pars, Ruedo Ibrico, 1970].
238

pudiera admitir ciertas adiciones,


como una masa de sacos de patatas,
cuya naturaleza no se altera desde luego
si se aaden algunos ms. Se reduce lo
desconocido a lo ya sabido, lo que
equivale a suprimir lo nuevo y
finalmente a reducir la historia a una
inmensa tautologa. En el mejor de los
casos, se hace uno de esos arreglos
baratos que son el medio infalible para
desembocar a la larga en la ruina
ideolgica, como lo son de arruinarse
financieramente en la vida corriente.
Esta actitud, que puede haber sido en su
da comprensible sicolgicamente, es ya
ahora insostenible. A partir de un cierto
momento, no puede ya tomarse en serio,
por mil razones; en primer lugar porque
resulta intrnsecamente contradictoria (las
ideas no pueden permanecer intactas
mientras la realidad cambia, ni puede
comprenderse una nueva realidad sin una
revolucin en las ideas), y en ltimo
trmino, porque se basa en supuestos de
tipo propiamente teolgico (y como toda
teologa, expresa esencialmente un miedo
y una in- segurioad fundamentales ante
lo desconocido que no tenemos ninguna
razn de compartir).
7. Ha llegado el momento de
comprender con toda la claridad
necesaria que la realidad contempornea
no puede ya captarse gracias a una
revisin de poco ms o menos, ni
incluso una seria revisin del marxismo
clsico. Para llegar a una comprensin
de dicha realidad necesitamos un nuevo
conjunto, en el que las rupturas con las
ideas clsicas son tan importantes (y
mucho ms significativas) que los lazos
de parentesco. Incluso a nuestros propios
ojos, este hecho ha podido ser
disimulado por el carcter gradual de la
elaboracin terica, y tambin sin duda
por el deseo de mantener en la medida
239

de lo posible la continuidad histrica.


Sin embargo, aparece clarsimamente
cuando miramos atrs para ver el camino
recorrido, y medimos la distancia que
separa las ideas que nos parecen
esenciales hoy de las del marxismo
clsico. Bastan
algunos ejemplos para
79
demostrarlo .
Para el marxismo clsico, la principal
divisin de la sociedad es la que
separaba a los capitalistas que posean
los medios de produccin de un
proletariado
sin
propiedad
alguna.
Consiste esencialmente hoy en una
divisin entre dirigentes y ejecutantes.
Apareca la sociedad como algo
dominado por el poder abstracto del
capital impersonal. Hoy la vemos dominada por una estructura jerrquica
burocrtica.
La categora central para comprender
las relaciones sociales capitalistas era
para Marx la de la reificacin, resultado
de la transformacin de todas las

79Las
ideas
que
resumimos
a
continuacin han sido desarrolladas en
numerosos textos publicados en la revista
S. ou B. Vase, por ejemplo, el editorial
Socialisme ou Barbarie (n. 1, 1949) y
Les rapports de production en Russie
(n. 2, 1949) [trad. esp., La sociedad
burocrtica, vol. 1], Sur le programme
socialiste (n. 10, 1952), Lexprience
prolta- rienne (n. 11, 1952) [recogido
en C. Lefort, Elments...], La bureaucratie
syndicale et les ouvriers (n. 13,os 1954),
Sur le contenu du socialisme (n. 17, 22
y 23, 1955-1958), La rvoluton en
Pologne et en Hongrie (n. 20, 1957),
Lusine et la gestin ouvrire (n. 22,
1957 [recogido en D. Moth, osJournal...],
Proltariat et organisation (n. 27 y 28,
1959) [en este vol., pp. 93-183], Les
ouvriers et la culture (n. 30, 1960), Le
mouvement
rvolutionaire
sous
le
os
capitalisme mo- derne (n. 31, 32 y 33)
[trad. esp., loe cit.].

240

relaciones80 humanas en relaciones de


mercado . En nuestra concepcin, el
momento estructurante central de la
sociedad contempornea no es el
mercado, sino la organizacin bur*
crtico-jerrquica. La categora esencial
para comprender estas nuevas relaciones
sociales es la de la escisin entre los
procesos de direccin y los de ejecucin
de las actividades colectivas.
La cateogra de la reificacin en Marx
tena su prolongacin natural en su
anlisis de la fuerza de trabajo como
mercanca, en el sentido literal y
exhaustivo del trmino. Como mercanca,
la fuerza de trabajo tena un valor de
cambio definido por factores objetivos
(costos de produccin y de reproduccin
de la fuerza de trabajo), y un valor de
uso que quien la haba adquirido poda
obtener a su guisa. El obrero era un
objeto pasivo de la economa y de la
produccin
capitalistas.
Pero
esa
abstraccin es en gran parte engaosa,
porque la fuerza de trabajo no puede
convertirse totalmente en una mercanca
(a
pesar
de
los
esfuerzos
del
capitalismo), ni existe tampoco un valor
de cambio de la fuerza de trabajo determinado por factores objetivos, ya
que
el
nivel
de
salarios
est
esencialmente determinado por las luchas
obreras, formales o informales. Tampoco
hay un valor de uso definido de la
fuerza de trabajo, porque la productividad es el resultado de una lucha
incesante en la produccin, donde el
obrero es un objeto activo y pasivo al
mumo tiempo.
Para
Marx,
la
contradiccin

80Con profunda fidelidad a ese aspecto


(que es el ms importante) de la doctrina
de Marx, Lukcs consagra lo esencial de
Historia y conciencia de clase a un anlisis
de la reificacin.

241

inherente al capitalismo era que el


desarrollo de las fuerzas productivas llegaba a convertirse, a partir de un cierto
momento, en algo incompatible con las
formas capitalistas de propiedad y de
apropiacin privada del producto social,
hasta hacerlas estallar. Para nosotros, la
contradiccin inherente al capitalismo
est en el tipo de escisin entre
direccin y ejecucin que lleva a cabo, y
en la necesidad en que por consiguiente
se encuentra de buscar simultneamente
la exclusin y la participacin de los
individuos en sus actividades.
En
la
concepcin
clsica,
el
proletariado soporta su historia hasta el
momento en que la hace estallar. Para
nosotros, el proletariado hace su historia,
en las condiciones dadas, y sus luchas
transforman continuamente la sociedad
capitalista y al mismo tiempo le
transforman a s mismo.
Para la concepcin clsica, la cultura
capitalista produce, ya sea puras
mistificaciones, que son denunciadas
como talec ya sea verdades cientficas y
obras vlidas, en cuyo caso se denuncia
su apropiacin exclusiva por las capas
privilegiadas. Para nosotros, esa cultura
participa, en todas sus manifestaciones,
en la crisis general de la sociedad y en
la preparacin de una nueva forma de
vida humana.
Para Marx, la produccin ser siempre
el reino de la necesidad; y de ah
viene la actitud implcita del movimiento
marxista, que considera el socialismo
esencialmente
como
una
nueva
ordenacin
de
las
consecuencias
econmicas
y
sociales
de
una
infraestructura tcnica a la vez neutra e
inexorable. Para nosotros, la produccin
debe convertirse en el dominio de la
creatividad de los productores asociados,
y la transformacin consciente de la tec242

nologa para ponerla al servicio del


hombre productor ha de ser una de las
tareas centrales de la sociedad postrevolucionaria.
Para Marx tambin, desde luego, pero
sobre todo para el movimiento marxista,
estaba el desarrollo de las fuerzas
productivas en el centro de todo, y su
incompatibilidad
con
las
formas
capitalistas supona la condena histrica
de stas. De ah se dedujo naturalmente
la identificacin ulterior del socialismo
con la nacionalizacin y la planificacin
de la economa. Para nosotros la esencia
del socialismo es el dominio de los
hombres sobre todos los aspectos de su
vida y en primer lugar sobre su trabajo.
Y por lo tanto el socialismo es
inconcebible sin la gestin de la
produccin
por
los
trabajadores
asociados y el poder de los consejos de
trabajadores.
Para Marx, el derecho burgus, y
por lo tanto la desigualdad de salarios,
deba de mantenerse durante el perodo
de transicin. Para nosotros, una
sociedad
revolucionaria
no
puede
sobrevivir y desarrollarse sin establecer
inmediatamente la igualdad absoluta de
los salarios.
Por ltimo, y limitndonos a los
fundamental, el movimiento tradicional
ha estado siempre dominado por las dos
concepciones
del
determinismo
econmico y del papel dominante del
partido. Para nosotros, la autonoma de
los trabajadores, la capacidad de las
masas de autodiri- girse, sin lo cual toda
idea de socialismo se convierte rpijamente en un engao, desempea un
papel central. Esto implica una nueva
concepcin del proceso revolucionario,
as como de la organizacin y la poltica
revolucionarias.
No es difcil ver que estas ideas
243

no se trata ahora, y no es lo que importa


en este contexto, de saber si son justas o
no no son ni adiciones ni
revisiones parciales, sino los elementos
de una reconstruccin terica de
conjunto.
8. Pero tambin hay que comprender
que esa reconstruccin no se refiere slo
al contenido de las ideas, sino al tipo
mismo de concepcin terica. As como
es intil buscar actualmente un tipo de
organizacin que sea en el nuevo
perodo el substituto del sindicato, que
tenga el papel positivo que aqul tuvo
antao sin sus rasgos negativos 81un
tipo de organizacin que se a un
sindicato sin serlo es tambin ilusorio
creer que pueda existir otro marxismo
que no sea el marxismo. La ruina del
marxismo no se limita a la de un cierto
nmero de ideas concretas (ruina que, es
evidente,
deja
subsistir
muchos
descubrimientos fundamentales y un
modo de considerar la historia y la
sociedad que ya nadie puede ignorar). Es
tambin la ruina de un cierto tipo de
relacin entre estas ideas, y entre ellas y
la realidad o la accin. En pocas
palabras, es la ruina de la concepcin de
una teora (e incluso de todo un sistema
terico-prcti- co) cerrada, que crey
poder encerrar la verdad, slo la verdad
81[Cuando hablamos de teora cerrada,
no nos referimos evidentemente a la forma
de la teora; poco importa el que se pueda
o no dar de ella una exposicin sistemtica
completa (de hecho, en el caso del
marxismo, s se puede), o si los partidarios
de la teora protestan y afirman que no
quieren constituir un nuevo sistema. Lo que
importa es el carcter de las ideas, y stas,
en
el
materialismo
histrico,
fijan
irrevocablemente la estructura y el
contenido de la historia de la humanidad
(Linstitution imaginaire de la socit, p.
95). (N. del T.)]

244

y toda la verdad del perodo histrico en


el que surgi, en un cierto nmero de
esquemas
que
pretendan
ser
cientficos *. Con esa ruina acaba toda
una fase de la historia del movimiento
obrero (e incluso de la historia de la
humanidad)
que
podramos
llamar
teolgica, porque puede existir (y existe)
tambin una teologa de la ciencia,
ms bien peor que la religiosa, porque
da a sus partidarios la errnea
certidumbre de que su fe es racional.
Es la fase de la fe ya sea en un Ser
Supremo, ya sea en un hombre o grupo
de hombres excepcionales, o en la
verdad impersonal establecida de una vez
para siempre y encerrada en una
doctrina. Es la fase durante la cual el
hombre se aliena a sus propias creaciones, imaginarias o reales, tericas o
prcticas. No podr haber nunca una
teora completa que necesite slo adiciones para modernizarla. De hecho,
nunca ha existido tal teora, ya que la
historia nos ensea que todos los grandes
descubrimientos tericos han degenerado
en puras fantasas en cuanto se han
querido convertir en sistemas, el
marxismo como los dems. Ha habido y
seguir habiendo un proceso terico
viviente, en el seno del cual emergen
momentos de lo verdadero destinados a
ser superados (aunque slo sea por su
integracin en otro conjunto, en el que
ya no tienen el mismo sentido). Esto no
es escepticismo: hay realmente en cada
instante, para un estado determinado de
nuestra experiencia, verdades y errores, y
siempre existe la necesidad de efectuar
una
totalizacin
provisional,
en
movimiento y abierta siempre, de lo
verdadero. Pero la idea de una teora
completa y definitiva no es, actualmente,
ms que una fantasa de burcrata que le
sirve para manipular a los oprimidos, y
245

en stos, el equivalente, en trminos


modernos, de una fe esencialmente
irracional. En cada etapa de nuestro
desarrollo, debemos pues afirmar los
elementos de los que citemos poder estar
seguros, pero tambin reconocer y
con absoluta sinceridad que en las
fronteras de nuestra reflexin y nuestra
prctica se encuentran necesariamente
problemas cuya solucin no conocemos
por anticipado, que quiz tardemos
mucho en conocerla, y que quiz
tengamos
que
abandonar
entonces
posiciones por las que nos habramos
dejado matar el da anterior. Esta lucidez
y este valor ante lo desconocido de la
creacin perpetuamente renovada en la
que avanzamos, es algo que se impone a
cada uno de nosotros, lo quiera o no, lo
sepa o no, en su vida privada. La
poltica revolucionaria no puede ser el
ltimo refugio de la rigidez y de la
necesidad de seguridad de neurticos.
9. Hoy en da ms que nunca, el
problema del destino dt la humanidad se
plantea como problema mundial.
El festino de los dos tercios de la
humanidad que viven en los pases no
industrializados; ms profundamente, la
estructura y la dinmica de una sociedad
mundial que emerge gradualmente, son
problemas que no slo tienden a adquirir
una importancia decisiva, sino que se
plantean ya, en una forma u otra, da
tras da. Sin embargo, para los que
vivimos en una sociedad capitalista
moderna, lo primero es el anlisis de
esta
sociedad,
del
destino
del
movimiento obrero nacido en ella, de la
orientacin que en ella deben tomar los
revolucionarios.
Lo
primero
con
necesidad objetiva, porque son las formas
de vida del capitalismo moderno las que
dominan de hecho en el mundo e
informan la evolucin de los dems
246

pases. Pero es tambin algo primordial


para nosotros porque no somos nada si
no podemos definirnos, terica y
prcticamente, en relacin con nuestra
propia sociedad. A esta
definicin est
82
consagrado este texto .
II. El capitalismo burocrtico moderno
10. No hay imposibilidad alguna para
el capitalismo, privado o totalmente
burocrtico, de continuar desarrollando
las fuerzas productivas, ni contradiccin
econmica
insuperable
en
su
funcionamiento. Ms generalmente, no
hay contradiccin entre el desarrollo de
las fuerzas productivas y las formas
econmicas
o
las
relaciones
de
produccin capitalistas. El afirmar que
en un rgimen socialista las fuerzas
productivas se podran desarrollar ms
deprisa no es sealar una contradiccin.
Y es un sofisma el decir que existe una
contradiccin
entre
las
formas
capitalistas y el desarrollo de los seres
humanos; pues el hablar de desarrollo de
los seres humanos no tiene precisamente
sentido ms que si se les considera
como
algo
ms
que
fuerzas
productivas. El capitalismo se ha
lanzado a un movimiento de expansin
de las fuerzas productivas, y crea l
mismo constantemente las condiciones
de tal expansin. Las crisis econmicas
clsicas de superproduccin corresponden
a una fase histricamente superada de
insuficiente organizacin de la clase
capitalista; totalmente ausentes en el
capitalismo completamente burocratizado

82El lector comprobar que un cierto


nmero de ideas resumidas en las pginas
siguientes han sido desarrolladas o
demostradas
en
Le
mouvement
rvolutionnaire sous le capi- talisme
moderne (trad. esp., loe. cit.).

247

de los pases del Este, su nico


equivalente
actual,
mucho
menos
importante,
son
las
fluctuaciones
econmicas de los pases industriales
modernos, fluctuaciones que el control
de la economa poi el Estado puede
mantener, y mantiene efectivamente,
dentro de lmites estrechos.
11. Tampoco hay imposibilidad de
funcionamiento a largo plazo del
capitalismo como resultado de la existencia de un ejrcito industrial de reserva
cada
vez
mayor
o
de
un
empobrecimiento absoluto o relativo
que impidiera al sistema vender su
produccin. El pleno empleo (en el
sentido y lmites capitalistas) y el incremento del consumo de masa (consumo
capitalista en su forma y en su
contenido) son a la vez las condiciones y
los efectos de la expansin de la
produccin, y el capitalismo los realiza
efectivamente. El aumento de los salarios
obreros reales, en los lmites en que,
corriente y constantemente, se efecta,
no slo no mina los fundamentos del
capitalismo como sistema, sino que es la
condicin de su existencia, y lo mismo
podr decirse cada vez ms de la
reduccin de la jornada laboral.
12. La economa capitalista est, no
obstante
lo
dicho,
llena
de
irracionalidades y antinomias en todas
sus manifestaciones; es ms, acarrea un
inmenso derroche en relacin con las
virtualidades de una produccin socialista. Pero esas irracionalidades no son las
que pone de manifiesto un anlisis como
el de El Capital; son las irracionalidades
de la gestin burocrtica de la economa,
que encontramos puras y sin mezcla
en los pases del Este o mezcladas con
los residuos de la fase anrquicoprivada del capitalismo en los pases
occidentales. Lo que ponen de manifiesto
es que una capa dominante separada es
248

incapaz de dirigir racionalmente un


sector cualquiera de una sociedad de
enajenacin, y no el funcionamiento de
leyes econmicas independientes de la
accin de los individuos, de los grupos y
de las clases. De ah justamente que se
trate de irracionalidades y nunca de
impo- sibilid?des absolutas, salvo cuando
las capas dominantes se niegan a seguir
haciendo funcionar el sistema.
13 La evolucin del trabajo y de su
organizacin est dominada en el sistema
capitalista moderno por dos tendencias
ntimamente unidas: la burocratizacin
por un lado, la mecanizacin y
automatizacin
por otro, maniobra
defensiva esencial sta de los dirigentes
ante la lucha de los ejecutantes contra su
explotacin y su enajenacin. Pero no
nos lleva esto a una evolucin sencilla,
unvoca y uniforme del trabajo en su
estructura, su calificacin, sus relaciones
con el objeto y la mquina, o en las
relaciones entre los trabajadores. Si el
fenmeno central de la produccin
capitalista ha sido, y sigue sindolo, la
reduccin de todas las tareas a tareas
parcelarias, sus lmites empiezan a
aparecer en los sectores ms caractersticos de la produccin moderna, donde
resulta imposible continuar con esta
atomizacin del trabajo sin convertir en
algo imposible el trabajo mismo.
Tambin la tendencia a reducir todos los
trabajos a tareas sencillas (la destruccin
del trabajo calificado) ha encontrado un
lmite insuperable en la produccin
moderna, e incluso tiende esa tendencia
a inverirse ante la calificacin creciente
que exigen las industrias ms modernas.
Si la mecanizacin y la automatizacin
conducen a la parcelacin de las tareas,
en una etapa ulterior las tareas
convenientemente
parceladas
y
simplificadas
son
realizadas
por
conjuntos totalmente automatizados,
249

con una reestructuracin de la mano de


obra que la divide en, por un lado, un
grupo de vigilantes pasivos, aislados y
sin calificacin, y por otro unos
especialistas muy calificados que trabajan
en
equipo.
Siguen
existiendo
paralelamente, y son numricamente
preponderantes, sectores de estructura
tradicional
donde
se
encuentran,
estratificadas, todas las capas histricas
de la evolucin anterior del trabajo, as
como sectores completamente nuevos
(sobre todo en las oficinas) donde los
conceptos y las distinciones tradicionales
pierden casi todo sentido. Hay pues que
considerar
como
extrapolaciones
apresuradas y no verificadas por lo que
ha ocurrido despus tanto la idea
tradicional (la que expone Marx en El
Capital) de la destruccin pura y simple
de la calificacin profesional por el
capitalismo y la creacin de una masa
informe de obreros-autmatas, como la
idea ms reciente (de Romano y Ria
Stone en El obrero americanopor ejemplo)
del predominio creciente de una
categora
de
obreros
universales
trabajando con mquinas universales. Las
dos tendencias existen, pero como tendencias parciales, junto a una tercera de
proliferacin de nuevas categoras a la
vez calificadas y especializadas; pero no
tenemos ni la posibilidad ni la necesidad
de decidir arbitrariamente que slo una
de ellas representa el porvenir.
14. Por lo tanto, ni el problema de la
unificacin de los trabajadores en la
lucha contra el sistema actual, ni el de
su gestin de la empresa despus de la
revolucin,
tienen
una
solucin
garantizada por un proceso automtico
incorporado en la evolucin tcnica, sino
que siguen siendo problemas polticos en
el sentido ms serio: su solucin
depende de la adquisicin de una
conciencia profunda de la totalidad de
250

los problemas de la sociedad. En el


sistema capitalista, siempre habr un
problema de unificacin de las luchas de
categoras
diferentes
que
no
corresponden, ni correspondern nunca, a
situaciones inmediatamente idnticas. Y
tanto durante la revolucin como
despus de ella, la gestin obrera no
ser, ni una situacin en la que los
trabajadores se hagan cargo de un
proceso de produccin materializado en
el maqumismo con una lgica cerrada e
indiscutible, ni el despliegue de las
aptitudes completas de una colectividad
de productores virtualmente universales
preparados ya por el capitalismo. Deber
enfrentarse con una complejidad y una
diferenciacin interna extraordinaria de
los trabajadores; tendr que resolver el
problema fundamental de la integracin
de los individuos, de las categoras y de
las actividades. El capitalismo no
producir por su propio funcionamiento,
en un futuro previsible, una clase de
trabajadores que sea en s misma un
universal concreto. La unidad efectiva de
la clase trabajadora (y no slo como
concepto
sociolgico)
no
puede
realizarse ms que mediante la lucha de
los trabajadores, y contra el capitalismo.
Dicho sea de paso, hablar hoy del
proletariado como clase es limitarse a
hacer pura sociologa descriptiva, pues lo
que convierte actualmente
a los
trabajadores en miembros de un mismo
grupo es simplemente el conjunto de
rasgos pasivos comunes que les impone
el capitalismo, y no la tentativa de
afirmarse por su propia actividad, aunque
sea fragmentaria, o por su organizacin,
aunque sea minoritaria, como una clase
que se unifica y se,ppone al resto de la
sociedad. Los dos problemas men cionados
no pueden resolverse ms que por la
asociacin de toc*as las categoras no
251

explotadoras de la empresa, obreros


manuales e intelectuales, oficinistas o
tcnicos. Todo intento de realizar una
gestin obrera eliminando una categora
esencial de la produccin moderna
conducira ai hundimiento de esa
produccin,
que
no
podra
ser
reconstruida ulteriormente ms que por
medio de la coaccin, y de una nueva
burocratizacin.
15. La evolucin de la estructura
social desde hace un siglo no ha sido la
que prevea el marxismo clsico, y las
consecuencias de este hecho son
importantes. Ha habido desde luego una
proletarizacin de la sociedad en la
medida en que las antiguas clases
pequeoburguesas han desaparecido
prcticamente, y se ha transformado la
poblacin en su inmensa mayora en
poblacin asalariada e integrada en la
divisin del trabajo capitalista de las
empresas. Pero esta proletarizacin se
aparta esencialmente de la imagen
clsica de una sociedad evolucionando
hacia dos polos, con un inmenso polo de
obreros industriales y un nfimo polo de
capitalistas.
La
sociedad
se
ha
transformado al contrario en una
pirmide, o mejor dicho en un conjunto
complejo de pirmides, a medida que iba
burocratizndose, y de acuerdo con la
lgica profunda de la burocratizacin. La
transformacin de la casi totalidad de la
poblacin en poblacin asalariada no
significa que no haya ms que meros
ejecutantes en el escalafn inferior. La
poblacin absorbida por la estructura
capitalista-burocrtica ha venido a ocupar
todos los pisos de la pirmide
burocrtica; continuar hacindolo y no
existe ningn indicio que permita creer
en una tendencia a la disminucin de los
pisos intermedios, sino ms bien al
contrario. An cuando el concepto sea
252

difcil de delimitar claramente, e


imposible el hacerle coincidir con las
categoras estadsticas existentes, se
puede afirmar con certeza que en ningn
pas industrial moderno superan los
simples ejecutantes (obreros manuales
en la industria y su equivalente en otros
sectores: mecangrafas, vendedores, etc.)
un 50 % de la poblacin trabajadora.
Por otro lado, la poblacin no ha sido
absorbida totalmente por la industria.
Excepto en los pases que no han terminado su industrializacin (Italia, por
ejemplo), el porcentaje de la poblacin
en la industria ha dejado de aumei.far,
despus de haber alcanzado un mximo
situado entre un 30 y (pocas veces) un
50 % de la poblacin activa. El resto ha
pasado al sector servicios (la proporcin de la agricultura desciende en
todas partes rpidamente y es ya
insignificante en Inglaterra y los Estados
Unidos). Aunque cesara el aumento del
porcentaje de petsonas empleadas en el
sector de servicios (debido a la
mecanizacin y a la automatizacin que
invaden a su vez este sector),
difcilmente podra el proceso cambiar de
sentido, teniendo en cuenta el incremento
cada vez ms rpido de la productividad
en la industria y el consiguiente
descenso, no menos rpido, de la
demanda de mano de obra en este sector.
La combinacin de ambos hechos hace
que el proletariado industrial en el sentido clsico y estricto del trmino {es
decir los obreros manuales o los obreros
pagados por horas, categoras que
coinciden
aproximadamente)
est
perdiendo importancia relativa e incluso
absoluta. En los Estados Unidos, por
ejemplo, el porcentaje del proletariado
industrial (obreros de produccin y
asimilados y obreros no calificados
exceptuando agricultores y mineros,
253

estadsticas en las que figuran tambin los


parados segn su ltimo empleo), ha
bajado pasando de un 28 % en 1947 a
un 24 % en 1961, acelerndose
considerablemente ese descenso despus
de 1955 (a).
16. Comprobar esto no quiere decir ni
mucho menos que el proletariado
industrial haya perdido su importancia,
ni que no pueda desempear un papel
central en un proceso revolucionario,
como lo han demostrado la revolucin
hngara (aunque en condiciones que no
eran las del capitalismo moderno) o las
huelgas de Blgica. Pero esos hechos
demuestran
desde
luego
que
el
movimiento revolucionario no podra
pretender ya representar los intereses de
la.inmensa mayora de la humanidad
contra una pequea minora si no se
dirigiera a todas las categoras de la
poblacin asalariada y trabajadora, con
excepcin de la pequea minora de
capitalistas y burcratas dirigentes, y s
no tratara de asociar las capas de
simples
(tf) Volveremos sobre el problema que
plantean estos datos y su interpretacin,
aadiendo
otros
ms
recientes,
en

Capitalisme moderne et rvolution, 2.


ejecutantes con aquellas otras, casi tan
importantes numricamente, que forman
la parte central de la pirmide.
17. Adems de las transformaciones
de la naturaleza del Estado capitalista 83y
de su poltica que ya hemos analizado ,
hay que comprender tambin lo que
significa exactamente la nueva forma de
83V. Sur le contenu du socialisme
(sobre todo pp. 56-58) en S. ou B.,
n. 22, y, en el n. 32, Le mouvement
rvolutionnaire sous le capitalisme
moderne, pp. 94-99 (trad. esp., loe. cit.,
pp. 72-99).
254

totalitarismo capitalista, y cules son los


modos de dominacin en la sociedad actual. E. Estado, expresin central del
dominio de la sociedad por una minora,
o sus apndices, y en ltimo trmino las
capas dirigentes, se apoderan de todos
los sectores de actividad social y tratan
de moldearlos explcitamente en funcin
de sus intereses y de su ptica propia.
Pero eso no implica en modo alguno la
utilizacin sistemtica de la violencia o
la coaccin directas, ni la supresin de
los derechos y libertades formales. El
sistema acudir desde luego en ltimo
trmino a la violencia, pero no necesita
recurrir diariamente a ella, en la medida
precisamente en que la extensin de su
dominio le garantiza de modo ms
econmico su autoridad, en que su
control de la economa y la expansin
continua de sta le permite satisfacer
ms o menos las reivindicaciones econmicas la mayora de las veces sin
conflictos graves, y en la medida por
ltimo en que la elevacin del nivel de
vida material y la degeneracin de las
organizaciones e ideas tradicionales del
movimiento
obrero
suscitan
constantemente una privatizacin de los
individuos que, por contradictoria y
transitoria que sea, significa al fin y al
cabo que por el momento nadie impugna
explcitamente el dominio del sistema.
La idea tradicional de que la democracia
burguesa es un edificio que cae en
ruinas, condenado a ser sustituido por el
fascismo si la revolucin no llega a
tiempo,
no
puede
ya
sostenerse
seriamente: en primer lugar, esta
democracia burguesa, aun en tanto que
democracia burguesa, ha desaparecido
ya, y no, por cierto, por obra de la
Gestapo, sino debido a la burocratizacin
de todas las instituciones estatales y
polticas y a la apata de la poblacin
255

que la acompaa; en segundo lugar, esta


nueva
seudodemocracia
(doblemente
falsa) es precisamente la forma
adecuada para el dominio del capitalismo
moderno, que no puede prescindir de los
partidos (incluso, claro est, de los
partidos socialistas y comunistas) y
sindicatos, engranajes indispenasbles hoy
en da pera el funcionamiento del
sistema desde todos los puntos de vista.
La evolucin de la situacin poltica en
Francia,
donde
a
pesar
de
la
descomposicin del aparato estatal y la
crisis argelina, el peligro de una
dictadura fascista no fue nunca muy
serio, lo demuestra claramente. Otro
ejemplo de ello es la reforma de
Jruschof en Rusia, que representa
justamente un intento de la burocracia de
establecer nuevos modos de dominacin,
al resultar los antiguos (totalitarios en el
sentido tradicional) incompatibles con la
sociedad moderna (aunque no quiera esto
decir, desde luego, que no exista la
posibilidad de que todo se hunda durante
la transicin). Junto al monopolio de la
violencia como ltimo recurso, la dominacin capitalista est fundada hoy en
da en la manipulacin burocrtica de las
masas en el trabajo, en el consumo y en
definitiva en todos los aspectos de su
vida.
18. La sociedad capitalista moderna es
pues
esencialmente
una
sociedad
burocrtica de estructura jerrquica
piramidal. No se encuentra dividida en
dos pisos bien separados, una pequea
clase de explotadores y una gran clase
de productores; la divisin de la
sociedad es mucho ms compleja y
estratificada y ningn criterio simple
permite
resumirla.
El
concepto
tradicional de clase corresponda a la
relacin de los\individuos y de los grupos sociales con la propiedad de los
256

medios de produccin, y lo hemos


superado con sobrada razn insistiendo
v
en la situacin de los grupos e
individuos en las relaciones reales de
produccin e introduciendo los conceptos
de dirigentes y ejecutantes. Estos
conceptos siguen siendo vlidos para
aclarar la situacin del capitalismo contemporneo pero no pueden aplicarse de
modo mecnico. Concretamente, no se
aplican en toda su pureza ms que en
los dos extremos de la pirmide, dejando
fuera las capas intermedias, es decir,
casi la mitad de la poblacin, que tienen
a la vez funciones de ejecucin (frente a
sus superiores) y de direccin (hacia
abajo). Verdad es que en el seno de
esas
capas
intermedias
podemos
encontrar de nuevo casos casi puros:
una parte del aparato jerrquico ejerce
esencialmente funciones de coaccin y

257

pero hay otra que ejerce


esencialmente funciones tcnicas, donde
estn lo que podramos llamar los
ejecutantes con estatuto (por ejemplo
tcnicos o cientficos bien pagados que
no hacen ms que los estudios o las
investigaciones que les encargan). Si el
servicio de personal de una empresa
alcanza dimensiones importantes, es
claro que no slo las mecangrafas, sino
tambin muchos empleados de categora
superior, no intervienen persoralmente de
ningn modo en el sistema de coaccin
que su servicio contribuye a imponer a
todos los trabajadores de la empresa. A
la inversa, si un servicio de estudios o
de investigacin se desarrolla, se forma
inmediatamente en l una estructura de
autoridad, ya que un cierto nmero de
personas tendrn como nica misin el
controlar el trabajo de los dems. De un
modo ms general, digamos que es
imposible para la burocracia y ah se
pone una vez ms de manifiesto su
contradiccin superar completamente
esas dos exigencias: el saber o la
habilidad tcnica por un lado, y por
otro la capacidad de dirigir. Verdad es
que la lgica del sistema querra que no
participaran en las estructuras de direccin sino los que son capaces de
manejar hombres, pero la lgica de la
realidad exige que los que se ocupan de
un trabajo sepan algo de l y el
sistema no puede separarse nunca por
completo de la realidad. sa es la razn
por la que las capas intermedias estn
llenas de individuos que renen una
calificacin profesional y el ejercicio de
funciones de direccin, y para un sector
de stas, el problema de la gestin, vista
como algo que no sea manipulacin y
coaccin, se plantea a diario. La
ambigedad cesa cuando se llega a la
capa de los verdaderos dirigentes; son
2^
autoridad,

aquellos en cuyo beneficio funciona


finalmente el sistema, son los que toman
las decisiones impori antes, los que
impulsan el funcionamiento, que de otro
modo tendera a hundirse en su propia
inercia, los que teman las iniciativas
para tapar las brechas en'los momentos
de crisis. Esta definicin no coincide con
los criterios simples que se adoptaban
antao para caracterizar las clases, pero
lo importante hoy en da no es tratar de
descubrir a toda costa un nuevo
concepto de clase: lo que hay que
comprender y saber mostrar a los dems
es que la burocratizacin no disminuye
la divisin de la sociedad sino que por
el contrario la agrava (complicm

2^

dola), que el sistema funciona en


inters de la pequea minora que est
en la cumbre, que la jerarquizacin no
suprime ni podr eliminar jams la lucha
de los hombres contra la minora
dominante y sus normas, que los trabajadores (ya sean obreros, calculadores o
ingenieros) no podrn liberarse de la
opresin, de la enajenacin y de la
explotacin ms que destruyendo el
sistema, suprimiendo la jerarqua e
instaurando una gestin colectiva e
igualitaria
de
la
produccin.
La
revolucin se convertir en una realidad
el da en que la inmensa mayora de los
trabajadores que pueblan la pirmide
burocrtica impugne sta y derribe a la
pequea minora que la domina (y slo
as podr convertirse en una realidad).
Mientras llegue ese da, la nica
diferenciacin que tiene verdadera
importancia prctica es la que existe, en
todos los niveles de la pirmide salvo
naturalmente en la cumbre, entre los que
aceptan el sistema y los que, en la
realidad diaria de la produccin, lo
combaten.
84
19. Ya
hemos
definido
la
contradiccin profunda de esta sociedad.
En pocas palabras, consiste en el hecho
de que el capitalismo (y esta
caracterstica llega al paroxismo en el
capitalismo burocrtico) se ve obligado a
intentar excluir y hacer participar al
mismo tiempo a los hombres en sus
actividades, de que los hombres estn
obligados a hacer funcionar el sistema la
mitad del tiempo en contra de sus
normas y por lo tanto en lucha contra
84V. en este volumen Sobre el
contenido del socialismo, III (pp. 967), y, en el n. 32 de S. ou B., Le
mouvement rvolutionnaire sous le
capitalisme moderne (p. 84 y sig.),
cap. 7 de la parte en la trad. esp., loe.
cit.
248

l. Esta contradiccin fundamental se


manifiesta
constantemente
en
la
articulacin entre el proceso de direccin y el proceso de ejecucin, que
es precisamente el momento social de la
produccin por excelencia; y la
volvemos a encontrar, con formas
infinitamente refractadas, en el seno del
propio proceso de direccin, donde hace
que el funcionamiento de la burocracia
sea radicalmente irracional. Aunque esta
contradiccin pueda ser estudiada de
modo particularmente claro en esa manifestacin central de la actividad humana
en las sociedades de tipo occidental
moderno que es el trabajo, volvemos a
encontrarla en formas ms o menos
diferentes en todas las esteras de
actividad social, ya se trate de la vida
poltica, de la vida sexual y familiar (en
las que las personas se ven obligadas a
respetar normas que ya no interiorizan)
o de la vida cultural.
20. La crisis de la produccin
capitalista, que no es ms que el envs
de esta contradiccin,
85 ha sido ya analizada por nosotros , as como lo han
sido la crisis de las organizaciones y de
las instituciones, polticas u otras. Hay
que completar estos anlisis con un
anlisis de los valores y de la vida
social en cuanto tal, y finalmente con un
anlisis de la crisis de la personalidad

85V. P. Romano y R. Stone, ibid .; D.


Moth, Journal dun ouvrier, pp. 7-38; R,
Berthier, Une exprience dorga- nisation
ouvrire, S. ou B., 20; y Sobre el
contenido del socialismo, III (en este vol.,
pp. 9-67).
*
[La expresin haba sido utilizada para
caracterizar a la sociedad capitalista
moderna en un texto publicado conjuntamente un par de aos antes por S. ou B.
y el grupo situa- cionista, durante el
breve perodo en que stos colaboraron a
principios de los aos sesenta. (N. del T.)]

249

misma del hombre moderno, que es el


resultado tanto de las situaciones
contradictorias en medio de las cuales
est forcejeando continuamente en su
trabajo y en su vida privada, como del
hundimiento de los valores, en el sentido
ms profundo de la palabra, sin los que
ninguna
cultura
puede
estructurar
personalidades adecuadas para ella (es
decir que la hagan funcionar, aunque los
que lo hacen lo hagan en tanto que
explotados). Pero nuestro anlisis de la
crisis de la produccin no muestra que
en dicha produccin no haya ms que
enajenacin; al contraro: lo que ha
puesto en evidencia es que slo hay
produccin en la medida en que los
productores luchan constantemente contra
la enajenacin. Del mismo modo,
nuestro anlisis de la crisis de la cultura
capitalista en el sentido ms amplio de
la palabra, y de la personalidad humana
correspondiente, debe tomar como punto
de partida el hecho evidente de que la
sociedad no es ni puede ser simplemente
una sociedad sin cultura *. Junto a los
restos sin valor alguno de la vieja
cultura,
se
encuentran
elementos
positivos
(aunque
sean
ambiguos)
creados por la evolucin histrica y
sobre todo por el esfuerzo permanente
de los hombres que tratan de dar a su
vida un sentido en una poca en la que
nada es seguro y sobre todo en la que
nada procedente del exterior es aceptado
como seguro; esfuerzo en el que tiende a
realizarse, por vez primera en la historia
de la humanidad, la aspiracin de los
hombres a la autonoma y que es, por
ese mismo motivo, tan importante para
la preparacin de la revolucin socialista
como las manifestaciones anlogas que
encontramos en el terreno de la
produccin.
250

21, La contradiccin fundamental del


capitalismo y los mltiples procesos de
conflicto e irracionalidad en los que se
ramifica, se traducen y se traducirn,
mientras esta sociedad perdure, en
crisis diversas, en interrupciones
brutales del funcionamiento regular del
sistema.
Estas
crisis
pueden
transformarse en el inicio de perodos
revolucionarios si las masas trabajadoras
son lo suficientemente combativas como
para poner en entredicho el sistema
capitalista
y
lo
suficientemente
conscientes
como
para
conseguir
derribarle y edificar sobre sus ruinas una
nueva sociedad. El funcionamiento del
capitalismo garantiza pues que habr
siempre
ocasiones
revolucionarias,
pero lo que no nos garantiza es el
resultado, que slo depende del grado de
conciencia y de autonoma de las masas.
No hay ninguna dinmica objetiva que
garantice el triunfo final del socialismo,
y el creer lo contrario es una
contradiccin en los trminos mismos.
Todas las dinmicas objetivas que se
pueden descubrir en la sociedad
contempornea
son
profundamente
u
ambiguas . La nica dinmica a la que
se puede y debe dar el sentido de una
progresin dialctica hacia la revolucin,
es la dialctica histrica de k lucha de
los grupos sociales, del proletariado en
el sentido estricto de la palabra primero,
de los trabajadores en general hoy en
da. Esta dialctica significa que los
explotados transforman la realidad con
su lucha y se transforman a s mismos,
de modo que cuando esta lucha vuelve a
empezar, slo puede hacerlo a un nivel
superior. sta es la nica perspectiva
revolucionaria, y la bsqueda de otro
tipo de perspectiva revolucionaria,
incluso por aquellos que condenan las
concepciones me- canicistas al respecto,
251

prueba slo que no han compren- ido el


verdadero sentido de tal condena. La
maduracin de las condiciones del
socialismo no puede ser ni una
maduracin objetiva (porque ningn
hecho tiene significado fuera de una
actividad humana, y querer leer la
certidumbre de la revolucin en los
puros hechos no es menos absurdo que
querer leerla en los astros), ni una
maduracin subjetiva en el sentido
sicolgico (los trabajadores de hoy o
tienen explcitamente presentes en su
mente la historia y sus lecciones, siendo
la principal de stas, como deca Hegel,
que no hay lecciones de la historia
porque la historia es siempre algo
nuevo). Es una maduracin histrica, es
decir, la acumulacin de las condiciones
objetivas de una conciencia adecuada,
acumulacin que es en s misma el
producto de la accin de las clases y de
los grupos sociales, pero que slo pueble
recibir un sentido al pasar a formar parte
de una nueva conciencia y una nueva
actividad, que no est gobernada por
leyes y que, aun siendo probable,
nunca es fatal.
22. La
poca
actual
sigue
correspondiendo a esta perspectiva. La
realizacin tanto del reformismo como
del burocratismo significa que, si los
trabajadores
emprenden
luchas
importantes, slo podrn hacerlo combatiendo al mismo tiempo al reformismo y
a la burocracia. La burocratizacin de la
sociedad plantea tambin explcitamente
el problema social como problema de
gestin de la sociedad: por quin, con
qu objetivos, y con qu medios? La
elevacin del nivel de consumo tender
a hacer disminuir su eficacia como
sustituto en la vida humana, como mvil
y justificacin de lo que se llama ya en
Estados Unidos la carrera de ratas (rat
252

race). En la medida en que el problema


estrechamente
econmico
vaya
perdiendo importancia, el inters y las
preocupaciones de los trabajadores
podrn orientarse hacia los verdaderos
problemas de la vida en la sociedad
moderna:
las
condiciones
y
la
organizacin del trabajo, el sentido
mismo del trabajo en las condiciones
actuales, los dems aspectos de la
organizacin social y de la86vida de los
hombres. A estos aspectos
habra que
aadir otro, no menos importante. La
crisis de la cultura y de los valores
tradicionales plantea de modo cada vez
ms agudo a los individuos el problema
de la orientacin de su vida concreta,
tanto en el trabajo como en los dems
aspectos de esa vida (relacionados con la
mujer, con los hijos, con otros grupos
sociales, con la localidad, con tal o cual
actividad desinteresada), y no slo de
sus modalidades sino tambin finalmente
de su sentido. A los individuos les es
cada vez ms difcil resolver estos
problemas con las ideas y funciones
tradicionales y heredadas e incluso
cuando las aceptan, ya no las
interiorizan, no las consideran como
indiscutibles y vlidas porque tales
ideas y funciones, tan incompatibles con
la realidad social actual como con las
necesidades de los individuos, estn ya
cayendo en ruinas por s mismas. La
burocracia
dominante
trata
de
reemplazarlas por la manipulacin, el
engao sistemtico y la propaganda
pero sus productos sintticos no resisten
mejor que los otros a la moda del ao
siguiente y no pueden fundamentar ms
que
conformismos
fugaces
y
86Que
hemos
estudiado
ms
detalladamente en Le mouvement
rvolutionnaire..., S. ou B., 33, pp.
79-81 (trad. esp., loe. cit., cap. 19 de la
1/ parte).
253

superficiales. Los individuos se ven pues


obligados, en un grado creciente, a
inventar respuestas nuevas a sus
problemas; a] hacerlo, manifiestan no
slo su tendencia a la autonoma, sino,
al mismo tiempo, a encarnar esta
autonoma en su conducta y en sus
relaciones con los dems, basadas cada
vez ms en la idea de que una relacin
entre seres humanos slo puede fundarse
en el reconocimiento por cada persona
de la libertad y la responsabilidad de la
otra en la conducta de su vida. Si se
toma en serio la idea del carcter total
de la revolucin, si se comprende que la
gestin obrera no significa slo un cierto
tipo de mquinas, sino tambin un cierto
tipo de hombres, hay que reconocer que
esta tendencia es tan importante como
ndice revolucionario como la tendencia
de los obreros a combatir la gestin
burocrtica en la empresa; aunque no la
veamos
aun
manifestndose
colectivamente, ni sepamos cmo podra
culminar en actividades organizadas.
III. El fin del movimiento obrero
tradicional y su balance
23. No podemos actuar ni pensar
como revolucionarios hoy en da sin
tomar conciencia, profunda y total

254

mente,
de
este
hecho:
las
transformaciones del capitalismo y la
degeneracin del movimiento obrero
organizado han tenido como resultado
que las formas de organizacin, las
formas de accin, las preocupaciones, las
ideas y hasta el vocabulario tradicionales
no tengan ya valor alguno, o hasta
lleguen a tener un valor negativo. Como
ha escrito Daniel Moth, hablando de la
realidad efectiva del movimiento entre
los obreros, hasta el imperio romano al
desaparecer dej tras de s ruinas: 87
el
movimiento obiero slo deja desechos .
Darse cuenta de esto significa acabar
radicalmente, y de una vez para siempre,
con
la
idea
que
consciente
o
inconscientemente
domina
an
la
actividad de muchos: que los partidos y
los sindicatos actuales y todo lo que va
ligado a ellos (ideas, reivindicaciones,
etc.), no representan ms que un teln
que separa artificialmente un proletariado
que
sigue
siendo
inalterablemente
revolucionario en s de sus objetivos de
clase, o un molde que da una forma
inadecuada a las actividades obreras pero
no modifica su sustancia. La degeneracin del movimiento obrero no ha
consistido solamente en la aparicin de
una capa burocrtica en la cumbre de las
organizaciones, sino que ha afectado
todas sus manifestaciones, y esa
degeneracin no es una casualidad, ni
algo slo debido a la influencia
exterior del capitalismo, sino que
expresa tambin la realidad del proletariado durante toda una fase histrica, ya
que el proletariado no es y no puede ser
ajeno a lo que le
,6 ocurre, y menos an a
lo que hace . Hablar del fin del
movimiento obrero tradicional significa
comprender que lo que acaba es un
87Daniel Moth, Les ouvriers et la
culture, S. ou B., 30, 1960, p. 37.

242

perodo histrico, que arrastra consigo a


la nada del pasado la casi totalidad de
las formas y los contenidos en los cuales
los trabajadores haba encarnado la lucha
por su liberacin. Slo habr una
renovacin de las luchas contra la
sociedad capitalista en la medida en que
los trabajadores hagan tabla rasa de los
residuos de su propia actividad pasada,
que obstaculizan su renacimiento, y slo
podr haber una renovacin de la activi

243

dad de los revolucionarios si los


cadveres son definitivamente enterrados.
24 Las formas de organizacin
tradicionales de los obreros eran el
sindicato y el partido. Qu es el sindicato hoy en da? Una pieza del
engranaje de la sociedad capitalista,
indispensable
para
su
buen
funcionamiento, tanto al nivel de la
produccin como al de la distribucin
del producto social. (Que tenga un papel
ambiguo a ese respecto no basta para
distinguirle esencialmente de otras
instituciones de la sociedad establecida;
que ese carcter del sindicato no impida
que militantes revolucionarios puedan
formar parte de l, es tambin otro problema.)
Esto
corresponde
a
una
necesidad interna, y querer que se vuelva
a la pureza original del sindicato es, so
pretexto de realismo, vivir en un mundo
de sueos. Qu es el partido poltico (el
partido obrero, claro est) hoy? Un
rgano de direccin de la sociedad y de
control de las masas, que, cuando est
en el poder, no difiere en nada de los
partidos burgueses, salvo en la medida
en que acelera la evolucin del
capitalismo hacia su forma burocrtica y
le da a veces un sesgo ms abiertamente
totalitario; que, en todo caso, organiza
tan bien o mejoi que sus rivales la
represin de los explotados y de las
masas coloniales. Esto corresponde
tambin a una necesidad, y ninguna
reforma de los partidos es posible; un
abismo separa lo que entendemos por
organizacin revo lucionaria del partido
tradicional.
En ambos casos, nuestra
88
crtica no ha hecho ms que formular
de modo explcito la crtica que la
historia misma hizo de esas dos
instituciones obreras; y por eso, no ha
88V. Proletariado y organizacin, pp.
93-183.

254

sido solamente una crtica de los


acontecimientos, sino una crtica de los
contenidos y de las formas de accin de
los hombres durante todo un perodo. No
son slo esos partidos y esos sindicatos
los que han muerto como institucin de
los trabajadores, son El partido y El
sindicato. No slo es utpico el querer
reformarlos, corregirlos, construir otros
nuevos que evitaran milagrosamente el
destino de los antiguos; es adems
errneo el querer encontrales en el
nuevo perodo equivalencias estrictas,
sustitutos con formas nuevas que
tendran las mismas funciones.
25. Las reivindicaciones tradicionales
mnimas
eran
reivindicaciones
econmicas, que no slo correspondan a
los intereses obreros sino que minaban, o
al menos es lo que se supona 89
el sistema
capitalista. Ya hemos visto
que el
aumento regular de salarios es la
condicin de la expansin del sistema
capitalista, y finalmente de su propia
salud, aunque los capitalistas no
siempre lo comprendan ( y aunque la
resistencia de los capitalistas a esos
aumentos
pueda,
en
circunstancias
enteramente excepcionales, convertirse en
el punto de partida de conflictos que
superen los problemas econmicos). Se
trataba,
en
segundo
lugar,
de
reivindicaciones polticas que, en la gran
tradicin del movimiento obrero real (es
decir, no para las sectas izquierdistas
pero s para Marx, Lenin y Trotski)
consistan en la exigencia y en la
defensa de los derechos democrticos
y de su extensin, en la utilizacin del
Parlamento y en la exigencia de la
gestin
de
los
municipios.
La

89V. Le mouvement
rvolutionnaire..., S. ou B., 31, pp.
72-73 [trad. esp., loe. cit., cap. 4 de la
1.' parte].

255

justificacin de esas reivindicaciones era:


a) que esos derechos eran necesarios
para el desarrollo del movimiento obrero;
b) que la burguesa no poda concederlos
efectivamente o tolerar su utilizacin a
largo plazo ya que se asfixiaba en su
propia legalidad. Pero hemos podido
comprobar que el sistema soporta muy
bien su seudodemocracia, y que los
derechos no quieren decir gran cosa
para el movimiento obrero ya que la
propia burocratizacin de las organizaciones obreras los anula. Hay que
aadir que en casi todos los casos esos
derechos han sido ya conseguidos en
las sociedades occidentales modernas, y
que aunque pueda ocurrir que las capas
dominantes los impugnen, rara vez
provoca eso reacciones importantes de la
poblacin. En lo que respecta a las
reivindicaciones
llamadas
de
transicin, presentadas por Trotski,
hemos mostrado ya con creces su
carcter ilusorio y errneo, y no vale por
lo tanto la pena insistir aqu sobre ese
punto. Hay que decir y repetir, por
ltimo, que el elemento central de las
reivindicaciones tradicionales mximas
(y lo que como tal sigue an vivo en la
conciencia de la mayora de la gente) era
la nacionalizacin y la planificacin de
la economa, y ya hemos visto cmo
ambas constituyen, orgnicamente, el
programa de la burocracia (la expresin
gestin obrera aparece slo una vez, y
de paso, en los documentos de los cuatro
primeros Congresos de la Internacional
Comunista, sin elaboracin o definicin
algunas, y no vuelve a aparecer).
26. Las formas de accin tradicionales
(no nos referimos aqu a la insurreccin
armada, que no ocurre todos los das, ni
siquiera
todos
los
aos)
eran
esencialmente
la
huelga
y
la
manifestacin de masas. Qu es la
huelga hoy en da (no la idea de la
256

huelga, sino su realidad social efectiva)?


Hay sobre todo huelgas de masas,
dirigidas y controladas por los sindicatos
en atontamientos preparados como en
una obra de teatro (pese a los sacrificios
que esas huelgas puedan costar a la
masa de los trabajadores, claro); o bien,
no menos dirigidas y controladas,
huelgas simblicas o avisos de un
cuarto de hora, una hora, etc. Los nicos
casos en los que las huelgas superan el
carcter
de
simple
trmite
institucionalizado formando parte del
ritual de las negociaciones sindicatospatronos, son las huelgas salvajes en
Inglaterra y en los Estados Unidos,
precisamente porque ponen en entredicho
ese trmite, ya sea en su forma, ya sea
en su contenido, y tambin algunos
casos de huelgas limitadas a una
empresa o un departamento, donde
justamente por eso tiene la base la
posibilidad de desempear un papel ms
activo. En cuanto a la manifestacin de
masas, ms vale no hablar de ella. Lo
que hay que comprender en esos dos
casos es que las formas de accin, en su
realidad,
estn
necesaria
e
indisociablemente ligadas tanto a las organizaciones que las controlan como a
sus objetivos. Es cierto, por ejemplo, que
la idea de la gran huelga, en s, sigue
siendo vlida, y que se puede imaginar
un proceso en el que comits de huelga
elegidos autnticos (y nombrados por
los sindicatos) presentan las autnticas
reivindicaciones de los trabajadores y no
escapan al control de stos, etc. Pero en
el marco de la realidad actual, se trata
de una especulacin huera y gratuita; su
realizacin, ms all de los lmites del
taller o de la empresa, exigira a la vez
una ruptura muy profunda entre
trabajadores y burocracia sindical, y que
las masas fueran capaces de crear
rganos autnomos y de formular
257

reivindicaciones
que
desgarren
el
contexto reformista actual: en una
palabra, significaran que la sociedad
entra en una fase revolucionaria. Las
inmensas dificultades que encontraron las

huelgas belgas de 1960- 19l, y su fracaso


final, ilustran dramticamente esa problemtica,
27. El
mismo
desgaste
histrico
irreversible afecta tanto al vocabulario
tradicional del movimiento obrero como a
lo que podramos llamar sus ideasfuerzas, sus ideas dinmicas. Si nos
referimos al uso social real de las palabras
y a su significado para los hombres
vivientes y no para los diccionarios, hoy en
da un comunista es un miembro del
Partido Comunista, y eso es todo; el
socialismo es el rgimen que existe en la
URSS y en los pases similares;
proletariado es un trmino que nadie
utiliza cuando se sale de las sectas de
extrema izquierda, etc. Las palabras tienen
su destino histrico, y cualesquiera que
sean las dificultades que eso nos crea (y
que resolveremos slo en apariencia
escribiendo comunista, entre comillas),
hay que comprender que no podemos tratar
ese lenguaje como una academia de la
lengua
revolucionaria,
an
ms
conservadora que la otra, que negara el
sentido viviente de las palabras en el uso
social e insistira en que la palabra francesa
tonner significa hacer temblar con una
violenta conmocin, y no asombrar, y
donde el comunista es el partidario de una
sociedad en la que cada cual trabaja segn
sus capacidades y recibe segn sus
necesidades, y no el partidario de Maurice
Thorez. En cuanto a las ideas fundamentales del movimiento obrero, fuera de
las sectas ya nadie sabe, ni siquiera
vagamente, lo que quiere decir por ejemplo
revolucin social, o piensa a lo ms en
una guerra civil; la abolicin del salario,
que encabezaba los programas sindicales de
antao, no significa ya nada para nadie;
para encontrar las ltimas manifestaciones
de internacionalismo efectivo hay que

258

remontarse hasta la guerra de Espaa, sin


que
ocasiones
hayan
faltado desde
entonces; hasta la idea de la unidad de la
clase obrera o, ms generalmente, de los
trabajadores, como capa social con intereses
esencialmente comunes y radicalmente
opuestos a los de las capas dominantes, no
se traduce hoy por nada concreto en la
realidad (excepto en las huelgas de
solidaridad o el boicot de empresas en
huelga en Inglaterra). El teln de fondo de
todo esto es el hundimiento de las
concepciones tericas y de la ideologa
tradicionales, sobre el que no insistiremos
aqu.

28. Junto a esa bancarrota definitiva


de
las
formas
del
movimiento
tradicional, hemos asistido, asistimos y
asistiremos al renacimiento o a la
reanudacin de otras formas que, en la
medida claro est en que podemos juzgar
actualmente, indican la orientacin del
proceso revolucionario en el porvenir y
deben guiarnos en nuestra accin y
reflexin presentes. Los consejos de
trabajadores
en
Hungra,
sus
reivindicaciones de gestin de la
produccin, de supresin de las normas,
etc.; el movimiento de los sbop-stewards
en Inglaterra y las huelgas salvajes en
Inglaterra y en los Estados Unidos; las
reivindicaciones sobre las condiciones de
trabajo en el sentido ms general y las
que estn dirigidas contra la jerarqua,
que algunas categoras de trabajadores
presentan casi siempre pese a y contra
los sindicatos en varios pases; sos
deben ser los puntos de partida de
nuestro esfuerzo para la reconstruccin
de un movimiento revolucionario. El
anlisis de esos movimientos se hizo ampliamente en la revista S. ou B., y
sigue siendo vlido (an cuando deba ser
reanudado y desarrollado). Pero slo
podr fecundar nuestra reflexin y
nuestra
accin
si
comprendemos
cabalmente la ruptura que representan,
259

desde luego no respecto a las fases


culminantes de las revoluciones pasadas,
pero s respecto a la realidad histrica
cotidiana y corriente del movimiento
tradicional; si las tomamos no como
enmiendas o aadidos a las formas
pasadas, sino como bases nuevas a partir
de las cuales hay que reflexionar y
actuar, teniendo tambin en cuenta los
que nos ensea nuestro anlisis y nuestra
crtica renovada del sistema social
vigente.
29. Las
condiciones
presentes
permiten pues profundizar y ampliar
tanto la idea misma del socialismo como
sus bases en la realidad social. Esto
parece estar en oposicin total con la
desaparicin
de
todo
movimiento
socialista revolucionario y de toda
actividad poltica de los trabajadores. Y
esa oposicin no es aparente, es real y
constituye el problema central de nuestra
poca. La sociedad oficial ha integrado
al movimiento obrero y ha hecho suyas
sus instituciones (partidos y sindicatos).
Es ms, los trabajadores han abandonado
de hecho toda actividad poltica y hasta
sindical. Esa privatizacin de la clase
obrera y hasta de todas las clases
sociales es el resultado de dos factores:
la burocratizacin de los par- tictes y los
sindicatos aleja a la masa de los
trabajadores; la elevacin del nivel de
vida y la difusin masiva de nuevos
objetos y modos de consumo les
proporciona un sucedneo y una
apariencia de razones de vivir. Esta fase
no es ni superficial ni accidental.
Representa un destino posible de la
sociedad actual. Si el trmino barbarie
tiene un sentido hoy en da, no se trata
del fascismo, ni de la miseria, ni del
retorno a la edad de piedra. Es precisamente esa pesadilla con aire
acondicionado, el consumo por el
260

consumo en la vida privada, la


organizacin por la organizacin en la
vida
colectiva
y
sus
corolarios:
privatizacin, abstencin y apata ante
los
asuntos
de
la
colectividad,
deshumanizacin
de
las
relaciones
sociales. Pero aunque ese proceso est
efectivamente en marcha en los pases
industrializados, hay que ver tambin
cmo engendra sus propios contactos.
Las instituciones buro- cratiziidas se ven
abandonadas por los hombres que acaban
finalmente por oponerse a ellas. La
carrera hacia niveles cada vez ms
elevados de consumo, hacia objetos
nuevos, se denuncia a s misma tarde
o temprano como lo que es, algo
absurdo. Los elementos que hacen que
sean posibles una conciencia, una
actividad socialista, y en ltimo trmino
una revolucin, no slo no han
desaparecido, sino que, al contrario,
proliferan en la sociedad actual. Todo
trabajador puede observar, en la gestin
de los asuntos importantes de la
sociedad, la anarqua y la incoherencia
que caracterizan a las clases dominantes
y a su sistema; vive, en su existencia
cotidiana y sobre todo en su trabajo, lo
absurdo de un sistema que quiere
convertirle en un autmata pero que se
ve obligado a acudir a su capacidad de
invencin y a su iniciativa para que
corrija sus errores.
Existen
pues
la
contradiccin
fundamental que hemos analizado, y el
desgaste y la crisis de todas las formas
de organizacin y de vida tradicionales;
la aspiracin de los hombres a la
autonoma tal y como se manifiesta en
su exister.cia concreta; la lucha informal
constante de los trabajadores contra la
gestin burocrtica de la produccin, y
los movimientos y las reivindicaciones
justas a los que hemos aludido en el
261

prrafo anterior. O sea que los elementos


de una solucin socialista siguen siendo
producidos por la sociedad actual aunque
se encuentren enterrados, deformados o
mutilados por el funcionamiento de la
sociedad burocrtica. Por otra parte, esta
sociedad no consigue racionalizar (desde
su
propio
punto
de
vista)
su
funcionamiento;
est
condenada
a
producir crisis que, por accidentales
que parezcan en cada ocasin concreta,
no dejan por ello de ser inevitables ni de
plantear objetivamente cada vez ante la
sociedad la totalidad de sus problemas.
Esos dos elementos son necesarios y
suficientes para dar fundamento a una
perspectiva
y
un
proyecto
revolucionarios. Es vano y engaoso el
buscar otra perspectiva, en el sentido de
una deduccin de la revolucin, de una
demostracin o de una descripcin de
cmo se producir la conjuncin de esos
dos elementos (la rebelin consciente de
las masas y la incapacidad provisional de
funcionar del sistema vigente), y cmo
producir esa conjuncin la revolucin.
Por lo dems, no ha habido nunca una
descripcin de este tipo en el marxismo
clsico, excepto el pasaje con el que
acaba el captulo sobre La acumulacin
originara en El Capital, pasaje que es
tericamente falso y al que no se ha
ajustado ninguna de las revoluciones
histricas reales, que han ocurrido todas
a partir de un accidente imprevisible
del sistema que inicia una explosin de
actividad de las masas (explosin de la
que despus los historiadores, marxistas o no, que nada han podido prever,
proporcionan a posteriori explicaciones
que nada explican). Hemos escuito desde
hace mucho tiempo que no se trata de
deducir la revolucin, sino de hacerla. Y
el nico factor de conjuncin de esos
elementos
del
que
nosotros,
re262

volucionarios, podamos hablar, es nuestra


actividad,
la
actividad
de
una
organizacin revolucionaria. sta no
constituye en modo alguno, claro est,
una garanta, pero es el nico factor
que dependa de nosotros y que pueda
aumentar la probabilidad de que las
innumerables rebeliones individuales y
colectivas en todos los lugares de la
sociedad se hagan mutuamente eco y se
unifiquen, de que adquieran el mismo
sentido, de que tengan como objetivo
explcito la reconstruccin radical de la
sociedad y de que transformen lo que
siempre es al principio una crisis ms
del sistema, en crisis revolucionaria. En
ese sentido, la unificacin de los dos
elementos
de
la
perspectiva
revolucionaria slo podr realizarse en
nuestra propia actividad, y mediante el
contenido
concreto
de
nuestra
orientacin.
IV. Elementos de una nueva orientacin
30. Como movimiento organizado, el
movimiento revolucionario ha de ser
totalmente
reconstruido.
Esa
reconstruccin encontrar una base slida
en el desarrollo de la experiencia obrera,
pero supone una ruptura radical con las
organizaciones actuales, su ideologa, su
mentalidad, sus mtodos, sus acciones.
Hay que insistir en que todo lo que ha
existido y existe como forma instituida
del movimiento obrero partidos,
sindicatos, etc. est irremediable e
irrevocablemente acabado, podrido, integrado en la sociedad de explotacin. No
puede haber soluciones milagrosas, v
todo est por rehacer, con un largo y
paciente trabajo. Hay que empezar de
nuevo en todos los terrenos, pero
empezar de nuevo partiendo de la
inmensa experiencia de un siglo de
263

luchas obreras, y con trabajadores que se


encuentran ms cerca que nunca de las
verdaderas soluciones.
31. Hay que destruir radicalmente los
equvocos sobre el programa socialista
creados por las organizaciones obreras
degeneradas, reformistas o estalinistas.
La idea de que el socialismo coincide
con la nacionalizacin de los medios de
produccin y la planificacin, de que
tiene esencialmente como objetivo o
de que los hombres deberan tener
esencialmente como objetivo el
aumento de la produccin y del
consumo, todas esas ideas deben ser
denunciadas implacablemente, y su
identidad con la orientacin profunda del
capitalismo mostrada constantemente. La
forma necesaria del socialismo como
gestin obrera de la produccin y de la
sociedad y poder de los Consejos de
trabajadores debe ser demostrada e
ilustrada partiendo de la experienica
histrica
renaciente.
El
contenido
esencial del socialismo: restitucin a los
hombres del dominio sobre su propia
vida; transformacin del trabajo actual
un medio absurdo de ganarse la vida
en libre desarrollo de las fuerzas
creadoras de los individuos y de los
grupos; constitucin de comunidades
humanas integradas; unin de la cultura
y de la vida de los hombres ese
contenido no debe ser escondido como
una especulacin vergonzante sobre un
porvenir indeterminado sino presentarse
como la tnica respuesta a los problemas
que torturan y asfixian a la sociedad de
hoy. El programa socialista debe ser
presentado como lo que es: un programa
de humanizacin del trabajo y de la
sociedad, fay que gritar si es necesario
que el socialismo no es una terraza de
descanso sobre la prisin industrial, ni
264

transistores para los prisioneros, sino la


destruccin de la prisin industrial
misma.
32. La crtica revolucionaria de la
sociedad capitalista debe realizarse ahora
en torno a un nuevo eje. Debe denunciar
en primer lugar el carcter inhumano y
absurdo del trabajo contemporneo, en
todos sus aspectos. Debe desenmascarar
lo arbitrario y monstruoso de la organizacin jerrquica en la produccin y
la sociedad, su falta de justificacin, el
enorme despilfarro y los antagonismos
que provoca, la incapacidad de los
dirigentes, las contradicciones y la
irracionalidad de la gestin burocrtica
de la empresa, de la economa, del
Estado y de la sociedad. Debe mostrar
que, por mucho que haya aumentado el
nivel de vida, el problema de las
necesidades de los hombres no ha sido
resuelto ni siquiera en las sociedades
ms ricas, que el consumo capitalista
est lleno de contradicciones y es
finalmente absurdo. Debe por ltimo
extenderse a todos los aspectos de la
vida, denunciar el resquebrajamiento de
las comunidades, la deshumanizacin de
las relaciones entre los individuos, el
contenido y los mtodos de la educacin
capitalista, la monstruosidad de las
ciudades modernas, la doble opresin
impuesta a las mujeres y a los jvenes.
33. El anlisis de la realidad social
actual no puede ni debe consistir
simplemente en poner de manifiesto y
denunciar la enajenacin. Debe mostrar
constantemente la doble realidad de toda
actividad en las condiciones de hoy en
da (que no es sino la expresin de lo
que hemos definido anteriormente como
contradiccin fundamental del sistema); o
sea el hecho de que la creatividad de la
gente y su lucha contra la enajenacin,
individual o colectiva, se manifiestan
265

necesariamente en todos los terrenos, y


que eso es en particular cierto en la
poca contempornea (y si esto no fuera
as, sera imposible hablar de la
posibilidad del socialismo). As como
hemos denunciado la idea absurda segn
la cual la fbrica es slo un lugar de
trabajo forzado, y hemos mostrado que la
enajenacin no puede nunca ser total (ya
que entonces la produccin se hundira)
y que la produccin est en igual medida
dominada por la tendencia de los
productores
a,
individual
y
colectivamente, asumir en parte su gestin, es igualmente necesario denunciar
la idea absurda de que la vida de la
gente bajo el rgimen capitalista est
hecha nicamente de pasividad ante la
manipulacin y el engao capitalistas, v
es por lo dems pura nada (si esto fuera
as, viviramos en un mundo de
fantasmas o autmatas para los que el
socialismo no tendra sentido alguno).
Hay que hacer resaltar por el contrario el
esfuerzo de la gente (que es a la vez
efecto y causa del hundimiento de los
valores y de las formas de vida
tradicionales) para orientar por s mismos
su vida en un perodo en el que ya no
existe certidumbre alguna, y mostrar el
valor positivo de un esfuerzo que inicia,
ni ms ni menos, una fase absolutamente
nueva en la historia de la humanidad y
que, en la medida en que encarna la
aspiracin a la autonoma, es una
condicin del socialismo tanto o ms
esencial que el desarrollo de la
tecnologa; y hay que mostrar tambin el
contenido
positivo
que
adquiere
frecuentemente el ejercicio de esa
autonoma,
por
ejemplo
en
la
transformacin de las relaciones entre el
hombre y la mujer o entre padres e hijos
en la familia, transformacin que
contiene el reconocimiento de que la otra
266

persona es o debe ser en ltimo anlisis


dueo y responsable de su vida.
Debemos
igualmente
mostrar
el
contenido anlogo que aparece en las
corrientes ms radicales de la cultura
contempornea (algunas tendencias en el
sicoanlisis, la sociologa y la etnologa,
por ejemplo), en la medida en que las
ideas de esas corrientes a la vez
terminan de destruir lo que queda de las
ideologas opresivas y forzosamente
acabarn por difundirse en la sociedad.
34. Para
las
organizaciones
tradicionales, las reivin- dicacicnes
econmicas constituyen el problema
central para los trabajadores, y el
capitalismo es incapaz de satisfacerlas.
Esa idea ha de ser categricamente
rechazada, ya que poco o nada tiene que
ver con la realidad actual. La actividad
de la organizacin revolucionaria y de
los militantes revolucionarios en los
sindicatos
no
puede
tener
ccrno
fundamento el intento de ir siempre ms
lejos que otros en las reivindicaciones
econmicas: esas reivindicaciones son,
mal que bien, defendidas por los sindicatos, y adems el sistema capitalista puede
satisfacerlas

267

unin con el campesinado pobre, ya


que ste no representaba sino una fuerza
negativa, destructora del antiguo sistema,
mientras que las nuevas capas tendrn
un papel positivo esencial en la
reconstruccin socialista de la sociedad.
Slo el movimiento revolucionario puede
dar un sentido positivo y una perspectiva
a la rebelin de esas capas contra el
sistema, y lo que recibir a cambio le
enriquecer humanamente de modo
inapreciable. Y slo el movimiento
revolucionario puede constituir el lazo de
unin, en las condiciones de la sociedad
de
explotacin,
entre
trabajadores
manuales, terciarios e intelectuales,
unin sin la cual no puede haber
revolucin victoriosa.
43. La ruptura entre generaciones y la
rebelin de los jvenes en la sociedad
moderna no tienen hoy nada que ver con
el conflicto de generaciones de antao.
Los jvenes ya no se oponen a los
adultos para coger su sitio en un sistema
establecido y aceptado; rechazan ese
sistema, y no aceptan ya sus valores. La
sociedad
contempornea
pierde
su
dominio sobre las generaciones que
produce. La ruptura es particularmente
brutal en el caso de la poltica. La
aplastante mayora de los responsables
y de los militantes obreros adultos no
pueden, por mucha buena fe y buena
voluntad que tengan, adaptarse a las
nuevas
condiciones,
y
repiten
mecnicamente las lecciones y las frases
que han aprendido antao, totalmente
hueras ya, aferrndose a formas de
accin y de organizacin que se hunden.
Y es al mismo tiempo cada vez ms
difcil
para
las
organizaciones
tradicionales el reclutar a jvenes, que no
ven nada en ellas que las separe de todo
el aparato carcomido e irrisorio que
12

encuentran al llegar al mundo social. El


movimiento revolucionario podr dar un
sentido positivo a la inmensa rebelin de
la juventud contempornea, y convertirla
en el fermento de la transformacin de la
sociedad, si sabe encontrar el lenguaje
autntico y nuevo que sta busca, y
proponerle una actividad de lucha eficaz
contra ese mundo que rechaza.
44 La crisis y el desgaste del sistema
capitalista se extienden hoy a todos los
aspectos de la vida. Sus dirigentes se
agotan tratando de tapar las brechas del
sistema, sin conseguirlo nunca. En esta
sociedad, la ms rica y la ms poderosa
que la tierra ha conocido, la insatisfaccin de los hombres, su impotencia
ante sus propias creaciones, son mayores
que nunca. Si hoy en da el capitalismo
consigue privatizar a los trabajadores,
alejarles del pioblema social y de la
actividad colectiva, esa fase no puede
durar eternamente, aunque slo sea
porque es la socjedad establecida en
primer lugar la que corre el riesgo de
verse asfixiada por esa situacin. Tarde o
temprano, aprovechando uno de esos
accidentes inevitables en el sistema
actual, las masas entrarn de nuevo en
acc'n para modificar sus condiciones de
existencia. El destino de esa accin
depender del grado de conciencia, de la
iniciativa, de la voluntad, de la capacidad
de autonoma que muestren entonces los
trabajadores. Pero la formacin de esa
conciencia, la afirmacin de esa autonoma, dependen en un grado decisivo
del trabajo continuo de una organizacin
revolucionaria que haya comprendido
claramente Ja experiencia de un siglo de
luchas obreras, y en primer lugar que el
objetivo y a la vez el medio de toda
actividad revolucionaria es el desarrollo
de la accin consciente y autnoma de
13

los trabajadores; que sea capaz de trazar


la perspectiva de una nueva sociedad
humana por la que valga la pena vivir y
morir; que, por ltimo, encarne y sea un
ejemplo ella misma de lo que es una
actividad colectiva que los hombres
comprenden v dominan.
90

La: huelga de los mineros

La huelga de los mineros ha


impresionado y apasionado con sobrada
razn a toda la poblacin trabajadora de
Francia. De un cabo a otro de su huelga
los mineros se han mostrado resueltos a
rechazar las imposiciones del gobierno.
Han ridiculizado a de Gaulle, al
convertir su orden de requisicin en
papel mojado. Su huelga ha puesto fin a
un largo perodo de inaccin de los
trabajadores, que se haba agravado
desde el 13 de mayo y slo
parcialmente haba sido interrumpido
por los movimientos del sector pblico
en 1961 y 1962 (S.N.C.F., E.D.F.). Ha
hecho ver de nuevo que, en un pas
industrial, mucho ms que las palabras
del Gua pesa la decisin de los
trabajadores de no dejarse manejar. Por
todo ello es un acontecimiento con un
considerable
sentido
positivo
que

90Propuesto como editorial para Pouvoir


Ouvrier, n. 50 (abril de 1963), este texto
haba sido rechazado por los camaradas de
la anti-tendencia que eran mayora en la
comisin encargada de la publicacin de
P.O..

14

marcar la vida del pas para los aos


futuros.
Sin embargo, sin hablar de los
comentaristas de la izquieida oficial,
muchos
camaradas
revolucionarios,
arrastrados
por
un
comprensible
entusiasmo, llegan a atribuir a esta
huelga un significado y a trazar
perspectivas absolutamente ajenas a ella.
Para comprenderlo claramente es preciso
entender lo que significan en los pases
modernos las huelgas por los salarios,
dirigidas
y
controladas
por
los
sindicatos.
En un pas capitalista moderno, la
economa no podra funcionar sin
aumentos peridicos y regulares de los
salarios. El consumo de los trabajadores
y lo que depende de l, directa o
indirectamente, representan en efecto las
tres cuartas partes de la produccin. Si
el consumo se estanca, la produccin
tambin se estancar.
Desde la ltima guerra, la patronal y
el Estado capitalista ms o menos han
comprendido que la expansin del
consumo de masas es una necesidad
para su economa. Han comprendido que
los aumentos de salarios, dentro de
ciertos lmites, no atacan al rgimen y
no son para l una cuestin de vida o
muerte. Incluso al contrario, ms bien
ven en ellos una vlvula de seguridad
contra la revuelta obrera. Lo que no
quiere decir que a menudo los otorguen
espontneamente, an menos que nc
discutan duramente.
Por
consiguiente,
los
conflictos
estallan peridicamente, porque la
patronal slo quiere dar una parte de lo
que los obreros piden. Tambin estallan
porque los cambios en la produccin y
en las tcnicas (la automatizacin, por
ejemplo) hacen que algunas profesiones
15

o ramas enteras se vean amenazadas y


los
obreros
piden
garantas
o
compensaciones.
Ahora bien, una de las funciones
esenciales de los sindicatos actuales
radica en impedir que los conflictos
entre los trabajadores y la direccin
adquieran una forma violenta y ataquen
al orden establecido. Los sindicatos
negocian las reivindicaciones salariales y
la mayora d las veces llegan a
compromisos con la direccin. El meollo
de esos compromisos generalmente es el
siguiente: a cambio de concesiones de
la direccin sobre los salarios y otras
ventajas similares, los sindicatos aceptan
y confirman de nuevo cada vez la
dictadura absoluta de la direccin en la
produccin, su poder absoluto en
cuestin
de
disciplina
y
de
organizacin del trabajo. Con ello la
direccin tiene las manos libres para
aumentar el rendimiento de los obreros,
de modo que al final los aumentos de
salarios no le cuestan nada.
Sin embargo, de vez en cuando ese
compromiso no llega a realizarse: ya sea
porque el empresario se muestra
particularmente duro, ya porque la base
est
particularmente
soliviantada.
Entonces los sindicatos, tanto para
volver a tener en sus manos a la base
como para mostrar a los patronos que
son indispensables y tienen verdaderos
triunfos en su bolsillo, organizan la gran
huelga, la gran batalla campal. ste es
un fenmeno tpico de todos los pases
modernos:- Estados Unidos, Inglaterra,
Alema-

16

nii, Dinamarca, etc. Todas esas


huelgas se terminan con compromisos en
los que los sindicatos frecuentemente
obtienen algo ms de lo que se haba
ofrecido al principio. Ninguna ha
desbordado jams ese marco.
Es con esta ptica como hay que ver
tambin la huelga de los mineros en
Francia. Nos sorprende porque en cierta
manera es la primera de su clase, pero
habr otras. Desde 1957, los salarios en
Francia se han retrasado respecto a la
produccin y ser preciso que a la larga
vuelvan a alcanzarla. Evidentemente, no
la alcanzarn automticamente, pues,
cualquiera que sea su modernizacin y
su racionalizacin, el capitalismo
francs slo conceder esos aumentos
bajo presin.
Pero no hay que tomar sus deseos por
realidades y atribuir a esos movimientos
un significado radical que no tienen.
Salvo en circunstancias totalmente
excepcionales (cuyo nico ejemplo en la
historia de la postguerra es el de las
huelgas belgas de 1960-1961) esas
huelgas no impugnan y no pueden
impugnar al orden establecido.
No lo impugnan por sus objetivos: las
reivindicaciones de aumentos salariales,
pues el capitalismo, sin perecer, puede
dar muy bien un 6, un 8 o un 10 % de
aumento... y lo hace.
No lo impugnan por las intenciones
profundas de los huelguistas. Por
supuesto, en la raz de toda lucha siempre hay, incluso en la reivindicacin
ms limitada, la rebelin del trabajador
contra la condicin que le impone el
rgimen capitalista. Pero en el caso de
estas huelgas toda la reivindicacin se
sita en el terreno del salario y no
puede rebasarlo.
Tampoco lo impugnan por su forma,
1

por el tipo de activiaad de los


trabajadores: estas huelgas estn institucionalizadas. Se desarrollan, excepto
en algunos detalles, segn el mismo
procedimiento; estn en manos de los
sindicatos. La actitud de los obreros
consiste en proporcionar un apoyo
masivo y pasivo, incluso si consienten
enormes sacrificios para el xito de la
huelga. Se insiste en el hecho de que el
desencadenamiento de la huelga de los
mineros ha partido de la base, pero hay
que ver igualmente que la base ya no ha
manifestado iniciativa desde el momento
en que los sindicatos han tomado el
asunto en sus manos.
En el terreno en que se sitan estas
huelgas no existe

desbordamiento posible. Al final de


la huelga los trabajadores pueden
protestar como lo han hecho los mineros
porque
encuentran
poco
satisfactorio el compromiso negociado.
Pero eso demuestra precisamente que no
salen del marco impuesto a esas luchas
desde el principio,
Podra la propaganda de una pequea
organizacin revolucionaria modificar las
cosas a este respecto? En las
circunstanicas actuales resulta ilusorio
pensarlo. Esa organizacin podra, y
debera, difundir ideas o consignas
como: reivindicaciones no jerarquizadas,
direccin de la huelga por los propios
huelguistas bajo la forma de comits de
huelga
elegidos,
revocables
y
responsables ante la asamblea de
huelguistas. Estas consignas son justas,
pero no pueden tener repercusin
prctica. Su adopcin por los obreros
incluso simplemente por una minora
importante significara que los
obreros quieren, aunque slo sea en
puntos parciales, romper con el sistema,
tal como se expresa, por ejemplo, en la
jerarquizacin de los empleos y salarios
o en la influencia de la burocracia
sindical en los movimientos. Ahora
bien, estas huelgas no apuntan hacia esa
ruptura. Ms bien, como hemos intentado mostrar, se realizan para
desarrollarse dentro del marco del
sistema. Esto se ve tambin, en la
huelga de los mineros, en el hecho de
que desde el momento que han podido
negociar un compromiso sobre los
salarios, los sindicatos han dejado a un
lado de hecho reivindicaciones que, sin
tener nada de revolucionarias, llegaban
algo ms lejos (semana de 40 horas,
porvenir de la industria minera) sin que
ello haya indignado particularmente a
18

los obreros.
Un grupo revolucionario apoyar esos
movimientos en la medida de todas sus
fuerzas y por varias razones: porque
siempre est con los explotados y contra
los explotadores, porque es justo que no
se agrave la explotacin de los
trabajadores, porque si los trabajadores
permanecen apticos sus condiciones de
vida y de trabajo empeorarn en
general, porque, incluso si es de un
modo amputado y deformado, muestran
que toda la sociedad reposa en el
trabajo de los explotados. Aprovechar
esa ocasin para hacer ver a los
trabajadores el significado de la jerarqua (11 % para los que ganan 600 F
y tambin 11 % para los que ganan
6.000 F) y el papel de la burocracia
sindical cuya nica preocupacin es:
cmo terminar la huelga lo ms
rpidamente posible sin perder prestigio.
Pero no buscar tres pies al gato y no
ver en esas huelgas lo que no son: un
punto de partida para una ruptura
radical de los trabajadores con el
sistema.

Eplogo a ((Reemprender la
revolucin

Las
ideas
formuladas
en
El
movimiento
revolucionario
bajo
el
capitalismo moderno desde el principio
han suscitado, en el interior del grupo
19

S. ou B., una oposicin cuyos


portavoces han sido R. Maille, B. Brue
y, tras numerosas fluctuaciones, J. F.
Lyotard. Tras largas discusiones y
algunos intentos de impedir o retrasar
indefinidamente su publicacin, el texto
slo pudo aparecer finalmente a finales
de 1960, con la mencin de que no
comprometa al conjunto del grupo. Las
controversias speras y confusas que
entonces se iniciaron han durado casi
cuatro aos. Los textos de la tendencia
adversa (que, caractersticamente, se
llam a s misma^anti-tendencia)
hasta el momento, por lo que s, no han
sido entregados al pblico, por lo que
tan slo puedo invitar al lector a
reconstituir sus ideas a travs de la
crtica, explcita o implcita, que se
realiza en los textos precedentes, y a
repetir simplemente lo que ya se ha
escrito
sobre
ello:
que
su
neopaleomarxismo
vergonzoso
no
lograba disimular su vaco. La antitendencia permaneca de hecho en el
terieno de un trotskismo correcto e
imprima al mensual Pouvoir Ouvrier
una orientacin casi exclusivamente
centrada en la guerra de Argelia, la
denuncia del gobierno y las huelgas
reivindicativas. Pero no se ha roto con
el marxismo por haber aceptado tan slo
la idea de que Rusia es una sociedad de
clases. Las proposiciones de trabajar
sobre temas como la crtica de la
sociedad de consumo, la educacin, la
crisis de la juventud, las mujeres, la
familia, la sexualidad, la cultura, eran
acogidas con risas socarronas o
enterradas
bajo
un
montn
de
banalidades econmicas y polticas
tradicionales. Se rechazaba tomar en
consideracin la significativa afluencia
de estudiantes hacia el grupo a partir de
20

1959 que prefiguraba, a minscula


escala, tanto a Berkeley como al mayo
del 68; slo se les consideraba como
material para fabricar militantes que en
general seran enviados a las puertas de
las fbricas y nunca eran considerados
en la especificidad de sus motivaciones
y de sus problemas. Innumerables horas
de discusin eran gastadas para nada por
la anti-tendencia en el intento de
demostrar que no exista cuestin
estudiantil y que todos los problemas
se reducan a la explotacin econmica
por el capital y a la opresin ejercida
por el Estado. El hecho de que las ideas
formuladas
en
El
movimiento
revolucionario
bajo
el
capitalismo
moderno, y los temas evocados ms
arriba, no eran ms que la continuacin
natural, el desarrollo orgnico de los
anlisis y de la orientacin de S. ou
B. desde hace aos que ya el texto
Sobre la dinmica del capitalismo,
publicado en 1953 y 1954, implicaba
un rechazo de la economa marxista; que
si uno quera rechazarlas era preciso que
tambin rechazase sus premisas y que se
deslindase de textos como Sobre el
contenido del socialismo, Balance, o
Proletariado y organizacin era algo
simplemente escotomizado. Hagamos
justicia al menos en eso a R. Maille: al
contrario que J. F. Lyotard, que siempre
las haba acogido con entusiasmo, l al
menos haba opuesto constantemente una
evidente mala cara a todas las
innovaciones inquietantes contenidas en
esos textos.
La esterilidad de esas discusiones y la
sensacin
de
frustracin
que
engendraban la anti-tendencia no
llegaba
a
producir
posiciones
determinadas, a no ser argumentos
polmicos que S contradecan unos a
21

otros, ni siquiera, hasta la vspera de la


escisin de 1963, un texto que la
definiese condujeron a los camaradas
que estaban de acuerdo con la
orientacin trazada en El movimiento
revolucionario... a reunirse separadamente
con el fin de discutir y trabajar sobre el
meollo
de
los
problemas.
Estas
reuniones
han
sido
notablemente
productivas, y sus resultados han
alimentado en buena parte los nmeros
de S. ou B. posteriores a la escisin
(del 35 al 40).
La escisin, de ese modo, se haba
instalado de hecho en el grupo v fue
formalmente consagrada cuando una
reunin general en julio de 1963.
Aunque la tendencia era mayoritaria
en algunos votos, para evitar las tristes
querellas que a menudo acompaan a
estas escisiones de los grupos de
extrema izquierda, un acuerpo amistoso
dej a la anti-tendencia el mensual
Pouvoir Ouvrier. La escisin era
anunciada por nuestra parte a los
lectores y simpatizantes de S. ou B. a
travs de la siguiente carta, con fecha
del 28 de octubre de 1963.
Querido camarada:
Desde hace un cierto tiempo, has
seguido el trabajo de Socialisme ou
Barbarie y de Pouvoir Ouvrier. Una
escisin acaba de producirse en el grupo
que publicaba esos dos rganos, nuestra
obligacin es informarte de sus orgenes,
su carcter y sus resultados.
Desde el principio hemos caracterizado
la instalacin y la estabilizacin del
rgimen gaullista en Francia no como un
preludio del fascismo, sino como el paso
del capitalismo francs a la fase del
capitalismo moderno, anloga a la que
22

atraviesan los otros pastes industrializados


(v. la editorial Balance en el n. 26 de
S. ou B., nov. de 1958). Los
acontecimientos han demostrado que esa
apreciacin era correcta; pero, qu
significaba exactamente esa fase en cuanto
al funcionamiento de la sociedad
capitalista y en cuanto a la situacin y a
las perspectivas de un movimiento
revolucionario?
Desde 1959 hemos intentado dar una
respuesta a esa pregunta a partir de un
examen de la realidad social en los pases
modernos. Ese examen nos ha conducido
a ver, mucho ms claramente que por el
pasado, que gran nmero de ideas y de
posiciones del movimiento marxista
tradicional ya no correspondan o, en
ciertos casos, jams haban correspondido
ni a la realidad, ni a las exigencias
de una actividad socialista revolucionaria.
Sus
principales
conclusiones
estn
formuladas en la serie de artculos sobre
El movimiento revolucionario bajo el
capitalismo moderno (S. ou B., n 31,
32, 33). Creemos til recordar aqu lo
esencial de ellas, pues fueron el principio
de las divergencias en el grupo y
finalmente de su escisin.
En los pases capitalistas modernos ya
no se observan las manifestaciones antao
consideradas
como
caractersticas
ineluctables del funcionamiento del
capitalismo: de

23

presiones
econmicas,
paro,
pauperizacin absoluta o relativa. No se
trata de un fenmeno accidental o
pasajero: la direccin estatal de la
economa permite al capitalismo controlar
su evolucin en un grado suficiente como
para evitar desequilibrios catastrficos. Si
esto es posible es que no existe, como se
haba credo en el marxismo clsico, una
contradiccin
insuperable
entre
el
desarrollo de las fuerzas productivas y
las formas de propiedad o las
relaciones de produccin capitalistas. El
capitalismo est orientado hacia la
expansin de la produccin, que est
perfectamente capacitado para realizar, y
eso implica y genera necesariamente un
aumento del con sumo. Por supuesto, esa
produccin tanto como ese consumo
tienen un carcter y un contenido
capitalista y, incluso con esa continua
expansin de la produccin y del
consumo, el problema econmico de la
sociedad no est en modo alguno resuelto
no ms que cualquier otro problema
bajo el capitalismo. Pero no contiene en s
mismo la din??iica explosiva que se le
atribua antes. Los anlisis econmicos de
Marx ya no pueden ser mantenidos en su
contenido. Finalmente, si el problema fundamental que la sociedad plantea a los
hombres era el de la miseria econmica,
no se comprende por qu y cmo los
trabajadores podran ser llevados a luchar
por el socialismo, con todo lo que eso
implica como cambio en las relaciones
entre los hombres y en la orientacin de
la sociedad.
Hay que desalojar pues lo econmico
del lugar preponderante que hasta ahora le
haba concedido el marxismo. La
contradiccin insuperable se halla ms
profundamente en la estructura de las

relaciones sociales en todos los campos.


Tanto si se trata del trabajo, del funcionamiento de las instituciones, de la
vida cultural, en todas partes se encuentra
la misma antinomia: el capitalismo intenta
excluir a los hombres de la direccin de
su propia actividad pero al mismo tiempo
ha de obtener su pat ticipacin en esa
actividad. El obrero debe aplicar como un
autmata las reglas que se le imponen,
pero al mismo tiempo debe desplegar la
iniciativa y la inventiva de un
superhombre cada vez que las reglas se
revelan absurdas o surge algn imprevisto
es decir, la mitad de las veces. El
ciudadano, el militante poltico o sindical
ha de limitarse a una obediencia sumisa
respecto a los je - feSj pero se le reprocha
su
apata
que
impide
el
buen
funcionamiento del Estado, de los partidos
y del sindicato.
La
creciente
burocratizacin
del
capitalismo, en vez de permitir superar
esa antinomia, simplemente la exaspera y
la extiende; pues al aduearse ya no slo
de la produccin y de la gestin de la
economa, sino de la poltica, del
consumo, del ocio, etc., la manipulacin
burocrtica de las acthidades sociales
produce en todas partes un conflicto del
mismo tipo. Porque contiene esta antinomia insuperable, el sistema capitalista
suscita contra l una lucha permanente. El
factor cada vez ms determinante de la
historia desde hace un siglo no radica en
las contradicciones econmicas o en las
leyes del movimiento de la sociedad,
sino en esa lucha.
Slo desde esa ptica se puede
comprender por qu puede tratarse de una
revolucin socialista y no simplemente de
una ciega rebelin de los obreros
hambrientos, pues la supresin de esa
25

antinomia slo es posible por la gestin


de la produccin por los productores,
reivindicacin central del socialismo; la
cuestin fundamental de una nueva
sociedad, la cuestin de la autonoma est
planteada en negativo en y por la
esclavitud
capitalista.
El
problema
planteado a los trabajadores objetivamente,
en las sociedades modernas, es el de su
vida concreta de productores, del sentido
de su trabajo y finalmente de su vida. No
pueden resolverlo ms que cambiando
completamente el conjunto de las
estructuras y de las relaciones sociales.
Las condiciones presentes permiten
pues profundizar y ampliar tanto la idea
del socialismo como sus bases en la
realidad social. Esto parece estar en total
oposicin con la desaparicin de todo
movimiento socialista revolucionario y de
toda actividad poltica de los trabajadores.
Y esa oposicin no es aparente, es bien
real y constituye el problema central de
nuestra poca.
El movimiento obrero ha sido integrado
en la sociedad oficial, sus instituciones
(partidos, sindicatos) han pasado a ser de
ella. Adems, los trabajadores han abandonado de hecho toda actividad poltica o
incluso sindical. Esta privatizacin de la
clase obrera e incluso de todas las capas
sociales se debe a la conjuncin de dos
factores: la burocratizacin de los partidos
y de los sindicatos aleja a la masa de los
trabajadores; la elevacin del nivel de vida
y la difusin masiva de los nuevos objetos
y modos de consumo les proporciona un
sustituto y un simulacro de sus razones
para vivir. Esta fase no es ni superficial,
ni accidental. Refleja un posible destino de
la sociedad actual.
Si el trmino barbarie tiene un sentido
en la actualidad, no es ni el fascismo, ni
26

la miseria, ni el retorno a la edaa de


piedra, sino precisamente esa pesadilla
cli- m atizad a, el consumo por el
consumo en la vida privada, la
organizacin por la organizacin en la
vida
colectiva
y
sus
corolarios:
privatizacin, alejamiento y apata respecto
a los asuntos comunes, deshumanizacin
de las relaciones sociales. Este proceso
est en plena boga en los pases
industrializados, pero engendra sus propios
contrarios. Las instituciones burocrticas
son abandonadas por Las hombres que al
final tienen que oponerse a ellas. La
carrera a niveles siempre ms elevados
del consumo, hacia nuevos objetos,
pronto o tarde se denuncia a s misma
como absurda.
Lo que puede permitir una toma de
conciencia, una actividad socialista, y en
ltima instancia una revolucin, no ha
desaparecido, sino que al contrario
prolifera en la sociedad actual. Cada
trabajador puede observar, en la gestin
de los grandes asuntos de la sociedad, la
anarqua
y
la
incoherencia
que
caracterizan a las clases dominantes y su
sistema; y, en su existencia cotidiana y en
primer lugar en su trabajo, vive el absurdo
de un sistema que quiere reducirle a un
autmata pero ha de apelar a su inventiva
y a su iniciativa para corregir sus propios
errores.
La revolucin socialista sigue siendo la
nica perspectiva positiva abierta a la
humanidad, a condicin de que se le
asigne precisamente como objetivos la
solucin de esos problemas, y no el
desarrollo ms rpido de las fuerzas
productivas. Igualmente, ms que nunca es
necesaria una organizacin revolucionaria,
a condicin de que rompa con las ideas y
las prcticas del pasado y regule su
actividad a partir de la siguiente idea

27

central: que el socialismo es la actividad


autnoma de las masas trabajadoras y que
fuera de esa actividad nada puede velar
por l, ni la direccin de un Partido
omnisciente, ni unas leyes de la historia
secretamente dispuestas por una
Providencia con el fin de que el
comunismo sea su resultado.
Este anlisis, y eso ha de estar claro
para los que han seguido Socialisme ou
Barbarie, es el resultado orgnico de la
lnea de desarrollo de la revista y, por
otra parte, simplemente reagrupa y
sistematiza ideas que ya haban sido
formuladas desde hace tiempo.
Sin embargo, desde que fue sometido a
discusin ha encontrado en una parte del
grupo una resistencia encarnizada y una
oposicin vehemente, cuyo contenido
positivo, o incluso negativo, por lo dems
ha sido imposible delimitar. En efecto, no
slo no sabemos hasta el momento lo que
proponen en su lugar los camaradas que
lo rechazan, sino que resulta imposible
comprender
a
qu
se
oponen
precisamente: algunas ideas (como la de
la privatizacin, o de la necesidad de
hablar de todos los aspectos de la vida de
los trabajadores y ya no slo de
reivindicaciones econmicas y de poltica
tradicional) fueron violentamente atacadas
al principio, para ser luego aceptadas por
el grupo y finalmente consideradas como
evidentes; otras, como la crtica del
anlisis econmico clsico marxista y sus
temas (aumento de la explotacin, etc...)
fueron sucesivamente
rechazadas
y
aceptadas, sin qut pueda descubrirse un
sentido en ese movimiento pendular. As,
a pesar de nuestros esfuerzos para obtener
una discusin clara y sistemtica de las
divergencias, esa discusin, en la que a
ciertas tesis se opondran otras o al menos
negaciones claras y definidas, no pudo
28

realizarse. En esas condiciones, era fatal


que se llegase a una escisin que,
existiendo de hecho desde haca varios
meses, se consum formalmente en el
pasado julio. Se convino de comn
acuerdo que nosotros continuaramos la
publicacin de la revista Socialisme ou
Barbarie y que los otros camaradas
continuaran la publicacin del mensual
Pouvoir Quvrier.
No tenemos la intencin de hablar
ampliamente en la revista de esta escisin,
por una simple y evidente razn: apenas
podemos criticar a una gente que no
presenta posiciones y se contenta con
afirmar que, mientras continen existiendo
las clases, el marxismo por definicin no
puede ser superado. Sin embargo, nos
sentimos tanto ms obligados a sealar
cul es, en nuestra opinin, el carcter y
el contenido de esa escisin.
Ante la pequea minora de gente que,
en Francia y en otras partes, contina
apelando explcitamente a la ideologa
revolucionaria se plantean una serie de
cuestiones cruciales:
Las
concepciones
tradicionales,
incluso
mejoradas,
no
resultan
insuficientes en lo sucesivo para comprender el mundo de hoy y, an ms,
para transformarlo?
No ha terminado una larga fase
del movimiento obrero?
No exige nuestra poca una
nueva ideologa y una nueva prctica
revolucionaria?
A estas preguntas, como ya se habr
comprendido, nosotros respondemos clara
y decididamente con un s. Falta hacer
una reconstruccin radical del movimiento
revolucionario, tanto por lo que respecta a
la teora como a la prctica. Sin duda no
partir de cero, puesto que disponemos
tanto de la experiencia de un siglo de lu29

chas obreras, como del enorme progreso


que ha representado el marxismo para la
comprensin de la historia y de la
sociedad. Pero en ambos casos slo se
trata de materiales que slo adquirirn su
verdadero valor en una nueva elaboracin
y en una nueva actividad. La experiencia
de un siglo de movimiento obrero es para
nosotros objeto de estudio, no un libro de
texto; cmo podra ser de otro modo, ya
que lo negativo y lo positivo se compensan en l, ya que ese movimiento ha
impuesto al capitalismo transformaciones
considerables, pero tambin su resultado
hasta ahora es la degeneracin de la nica
revolucin victoriosa que se ha producido
y la integracin de tos partidos y de los
sindicatos en la sociedad estabhcida? El
marxismo sigue siendo para nosotros una
fuente sin par de inspiracin terica, pero
ha dejado de ser una teora viva desde
hace cuarenta aos. Y por otra parte,
cmo podra separarse su destino del del
movimiento obrero que ha animado y en
el que se ha encarnado, tanto para lo
bueno como para lo malo? Nada slido
podr construirse en tanto no se le
atribuya al pasado su justo lugar sin odio
y sin veneracin.
Los que no aceptan este punto de vista
pertenecen a ese pasado que no pueden
mirar equitativa y objetivamente ya que
todava se encuentran en l; parte del
peso muerto que pesa sobre la conciencia
de los hombres, s~

30

tos son los conservadores en el


movimiento revolucionario. Y desde que
existe, el movimiento revolucionario ha
engendrado regularmente sus propios
conservadores; slo ha progresado en la
medida en que ha podido superar su
oposicin.
Pero en el mundo de hoy, el
conservadurismo se degrada, en los
revolucionarios tanto como en los reaccionarios. Race quince o veinte aos, la
principal forma de conservadurismo en el
movimiento revolucionario, el trotskismo, segua siendo incapaz de hacer
progresar tanto su prctica como sus
ideas; pero al menos pretenda y se
esforzaba por conservar realmente algo
por defender y preservar el marxismo
ortodoxo y el bolchevismo del perodo
heroico. Los conservadores que en la
actualidad encontramos, sos de los que
acabamos de separarnos, no conservan
nada; ni siquiera se atreven a decir que
quieren preservar el marxismo ortodoxo o
el bolchevismo. En ellos tambin, como a
todos los niveles de a sociedad, el
conservadurismo tiene mala conciencia y
no se atreve a llamarse con su nombre.
Emprendemos con confianza un nuevo
perodo de nuestro trabajo. Aunque esta
escisin nos debilita numricamente,
aunque por un cierto tiempo nos haga
correr el riesgo de desanimar a algunos de
los que seguan nuestro esfuerzo, tambin
nos permite recobrar una cohesin de
ideas y de actitudes cuya ausencia haba
disminuido, desde hace tres aos, la
eficacia del grupo a menos de su mitad.

El papel de la ideologa
bolchevique en
91 el nacimiento de
la burocracia

Nos honramos en presentar a nuestros


lectores la primera traduccin francesa
del folleto de Alejandra Kollon- tai, La
Oposicin obrera, publicado en Mosc a
principios de 1921, durante la violenta
controversia que precedi al X Congreso
del Partido Bolchevique y que aquel
Congreso haba de dirimir, al igual que
todas las dems, para siempre {a).
Nunca se termina de hablar de la
revolucin rusa, de sus problemas, de su
degeneracin, del rgimen que ha
acabado por crear. Y cmo se va a
terminar? En ella se combinan la nica
victoriosa de todas las rebeliones de la
clase obrera, con el ms profundo y
revelador
de
sus
fracasos.
El
aplastamiento de la Comuna de Pars de
91S. ou B., n. 35 (enero de 1964).
(a) Este texto serva de introduccin a La
Oposicin obrera, de Alejandra Kollontai,
publicado en el mismo nmero de S. ou
B., a partir de la traduccin inglesa de
1921. Una nueva traduccin francesa a partir
del original ruso ha sido publicada por Le
Seuil en 1974. Existe traduccin castellana
de la versin inglesa (Castellote, 1976).
Desde entonces, es fundamental el texto de
Maurice Brinton, The Bol- sheviks and
Workers Control, publicado en castellano
(Los bolcheviques y el control obrero
1917-1921) por Ruedo Ibrico, Pars, 1972.

31

1871, o el de la Budapest de 1956, nos


ensean que los obreros insurrectos
encuentran problemas de organizacin y
de poltica enormemente difciles, que su
insurreccin puede verse aislada, que las
clases dominantes no retroceden ante
ninguna clase de violencia, ante ninguna
barbarie, cuando lo que est en juego es
la salvacin de su poder. Pero la
revolucin rusa nos obliga a reflexionar
no slo sobre las condiciones de una
victoria del pioletariado, sino tambin
sobre el contenido y la posible suerte de
esa victoria, sobre su consolidacin y su
desarrollo, sobre los grmenes de un
fracaso
cuyo
alcance
sobrepasa
infinitamente la victoria de los versalleses, de Franco o de los tanques de
Jrushchev. Porque logr aplastar a los
ejrcitos blancos, pero sucumbi ante la
burocracia engendrada por ella misma, la
revolucin rusa nos sita ante unos
problemas de naturaleza distinta a los de
la tctica y mtodos de la insurreccin
armada, o de la apreciacin correcta de
las relaciones de fuerzas. Nos obliga a
reflexionar sobre la naturaleza del poder
de los trabajadores y sobre lo que
entendemos por socialismo. Nos hace
darnos cuenta de que ha sido y sigue
siendo todava, en muchos aspectos, la
forma ms acabada, ms pura, de la
sociedad de explotacin moderna, porque
ha conducido a un rgimen en el que la
concentracin de la economa, el poder
totalitario de los dirigentes y la
explotacin de los trabajadores se han
llevado hasta el lmite, produciendo, en
suma, el mximo grado de centralizacin
del capital y de su fusin con el Estado.
Encarna el marxismo por primera vez en
la historia, y nos hace ver de inmediato
en
esa
encarnacin
un
menstruo
32

desfigurado, nos lo hace comprender


tanto o ms que ella misma puede ser
comprendida por l. El rgimen que ha
producido es la piedra de toque de todas
las ideas que estn en circulacin, del
marxismo clsico, naturalmente, pero
tambin de las ideologas burguesas,
causando la ruina del uno all donde lo
pona en prctica, haciendo triunfar la
sustancia ms profunda de las otras con
las contradicciones que haca resaltar en
ellas. Y, por su extensin a lo ancho de
una tercera parte del mundo, por las
revueltas obreras que lo han puesto en
cuestin desde hace diez aos, por sus
tentativas de auto- reforma, por su actual
enfrentamiento en un polo chino y otro
ruso, no ha terminado ^in de plantear
las cuestiones ms inmediatas, de ser el
revelador ms evidente y al propio
tiempo ms enigmtico de la historia
mundial. El mundo en el que vivimos, en
el que reflexionamos, en el que nos
movemos, fue puesto sobre su va en
oclubre de 1917 por los obreros y
bolcheviques de Petrogrado.
*
* *
De entre las innumerables cuestiones
que hace surgir el destino de la
revolucin rusa, hay dos que forman los
polos que permiten organizar todas las
otras. La primera: cul es la sociedad
producida por la degeneracin de la
revolucin (cul es la naturaleza, y la
dinmica de ese rgimen, qu es la
burocracia rusa, cul su relacin con el
capitalismo y el proletariado, su lugar
histrico, sus pioblemas actuales), se ha
discutido en varias ocasiones en S. ou
33

B.
> y volver a discutirse . La
segunda: cmo puede una revolucin
obrera hacer nacer una burocracia, y
cmo se produjo este hecho en Rusia, la
hemos 94 examinado ya bajo su forma
terica , pero apenas si la hemos
abordado bajo el ngulo de la historia
concreta. Porque hay, en efecto, una
dificultad casi insuperable para estudiar
de cerca el perodo ms oscuro de todos,
de octubre de 1917 a marzo de 1921,
cuando se jug la suerte de la
revolucin. El primero de los problemas
que nos interesan es, en efecto,i ste: en
qu medida intentaron los ob eros rusos
llevar por s mismos la direccin de la
sociedad, la gestin de la produccin, la
regulacin de la economa, la orientacin
de la poltica? Cul era su conciencia
de los problemas, su actividad autnoma?
Cul fue su actitud ante el partido
bolchevique, ante la burocracia naciente?
Claro que no son los obreros los que
escriben la historia, sino siempre los
otros. Y esos otros, sean quienes fueren,
no existen histricamente ms que
porque las masas son pasivas, o
simplemente activas para mantenerlos,
cosa que afirmarn en toda ocasin; la
92

93

92V., entre otros, R.P.R., La explotacin


del campesinado bajo el capitalismo
burocrtico (Vol. I.I., pp. 243 y ss.),
R.P.B., op. cit., t. 2, p. 213, y Claude
Lefort, El totalitarismo sin Stalin, en
Qu es la burocracia? (Ruedo Ibrico,
Pars), p. 98.

93Los textos sobre economa y


sociedad
rusas
despus
de
la
industrializacin anunciados en esta
nota, se publicarn en La sociedad
burocrtica, 3.
94V. adems de los textos citados en la
nota 1, S.B. y C.S.I. (t. I).

34

mayora de las veces no tendrn ojos que


vean ni odos que escuchen los gestos y
palabras que muestran la verdadera
actividad autnoma. En el mejor de los
casos, la pondrn por las nubes en tanto
coincida milagrosamente con su propia
lnea, y la condenarn radicalmente,
imputndole los mviles ms infames, en
cuanto se aleje de ella. As, Trotski
describe con trminos grandiosos a los
obreros annimos de Petrogrado que se
acercaban al partido bolchevique o se
movilizaban por s mismos durante la
guerra civil, pero califica de rufianes y
de agentes del Estado Mayor francs a
los insurrectos de Kronstadt. No tienen
ni las categoras, ni las clulas cerebrales
podramos
decir,
necesarias
para
comprenderla, ni siquiera para verla
como lo que es: una actividad no
institucional, que no tiene jefes ni
programas, no tiene realidad, ni siquiera
se la puede percibir claramente si no es
bajo la forma de los 'desrdenes y los
trastornos. La actividad autnoma de
las masas pertenece por definicin a lo
reprimido de la historia.
As, no es solamente que el registro
documental de los fenmenos ms
interesantes de la poca sea fragmentario,
e incluso que haya sido suprimido
sistemticamente, y siga sindolo, por la
burocracia triunfante. Es tambin que es
orientado y selectivo en un grado infinitamente ms profundo que ningn otro
testimonio histrico. La rabia reaccionaria
de los testigos burgueses y la rabia,
apenas
ms
moderada,
de
los
socialdemcratas; el delirio anarquista; la
historiografa oficial, reescrita peridicamente de acuerdo con las necesidades
de la burocracia; y la de la tendencia
trotskista, preocupada exclusivamente de
35

justificarse a posteriori y de ocultar su


papel en las primeras etapas de la
degeneracin, se ponen de acuerdo para
ignorar los signos de actividad autnoma
de las m;.sas durante aquel perodo o, en
rigor, para demostrar que era imposible
a priori que existiese.
A este resjpecto, el texto de Alejandra
Kollontai nos aporta informaciones de
inestimable valor. Primero, por las
indicaciones directas que ofrece sobre las
actitudes y reacciones de los obreros
rusos ante la poltica del partido
bolchevique. Luego, y sobre todo,
mostrndonos que una ampla fraccin de
la base obrera del partido tena
conciencia del proceso de burocratizacin
en marcha, y que se alzaba contra l.
Despus de -haber ledo este texto no es
posible ya continuar presentando a la
Rusia de
1920 como un caos, un montn de
ruinas, donde el proletariado haba
quedado pulverizado y donde los nicos
elementos de orden eran el pensamiento
de Lenin y la voluntad de hierro de
los bolcheviques. Los obreros queran
algo, y lo demostraron dentro del partido
por medio de la Oposicin obrera, y
fuera del partido con las huelgas de
Petrogrado y la sublevacin de Kronstadt.
Fue necesario que una y otra fueran
aplastadas por Lenin y Trotski para que
Stalin pudiera triunfar ms adelante.

A la pregunta: cmo ha podido


producir la Revolucin rusa un rgimen
burocrtico?,
la
respuesta
habitual,
36

propuesta por Trotski (y adoptada con


gusto desde hace krgo tiempo por los
compaeros de viaje del esta- linismo, y
hoy por los mismos jrushchevistas, para
explicar
las
deformaciones
burocrticas del rgimen socialista) es
la siguiente: La revolucin tuvo lugar en
un pas atrasado que, de todas maneras,
no hubiera podido construir el socialismo
por s solo; se encontr aislada a causa
del fracaso de la revolucin en Europa, y
especialmente en Alemania, entre 1919 y
1923; y por aadidura, el pas fue
completamente devastado por la guerra
civil.
Esta respuesta no merecera ni que nos
detuviramos a considerarla, de no ser
por la aceptacin general que ha
encontrado y el papel mistificador que
desempea. Porque deja totalmente de
lado la pregunta misma. El atraso, el
aislamiento y la devastacin del pas,
hechos incontestables en s mismos,
habran podido explicar igualmente bien
la pura y simple derrota de la revolucin,
la restauracin del capitalismo clsico.
Pero lo que se pregunta es por qu
precisamente no se produjo esa derrota
pura y simple, por qu la revolucin,
despus de haber vencido a sus enemigos
exteriores, se desmoron por dentro, por
qu degener de esa precisa manera
que condujo al poder de la burocracia.
La respuesta de Ttotski es, por decirlo
con una metfora, como si afirmramos:
este individuo tiene una tuberculosis porque est terriblemente dbil. Pero la
debilidad podra haberle hecho morir, o
contraer cualquier otra enfermedad; por
qu ha contrado precisamente sa? Lo
que hay que tratar de explicar en la
degeneracin de la revolucin rusa es
precisamente lo especfico de esa
37

degeneracin en cuanto degeneracin


burocrtica; y eso es algo que no puede
hacerse a base de recurrir a factores tan
generales como el aislamiento o el
atraso. Aadamos de paso que esa
respuesta no nos dice nada sobre la
Rusia posterior a 1920. La nica
conclusin que podemos sacar es que los
revolucionarios han de formular ardientes
deseos de que las prximas revoluciones
tengan lugar en pases ms adelantados,
que no se queden aisladas y que si hay
guerra civil, no sea devastadora.
Mientras, el hecho de que desde hace
ya veinte aos, el rgimen burocrtico
haya
desbordado
ampliamente
las
fronteras de Rusia, que se haya instalado
en pases a los que de ningn modo
puede calificarse de atrasados (Checoslovaquia o Alemania Oriental), que la
industrializacin haya hecho de Rusia la
segunda potencia mundial sin debilitar en
nada la burocracia como tal, son datos
que sealan que toda discusin en
trminos de atraso, aislamiento, etc.,
es pura y simplemente anacrnica.
Si queremos entender la aparicin de
la burocracia como capa de gestin cada
vez con mayor preponderancia en el
mundo contemporneo, tenemos que
constatar inmediatamente por fuerza que,
paradjicamente, se presenta en ambos
extremos del desarrollo social: por una
parte, como producto orgnico de la
madurez de la sociedad capitalista, y por
la otra, como respuesta obligada de las
sociedades atrasadas al problema de su
paso a la industrializacin.
En el primer caso, la aparicin de la
burocracia no supone misterio alguno. La
concentracin de la produccin conduce
necesariamente a la aparicin dentro de
las empresas de una capa que ha de
38

asumir colectivamente la gestin de


inmensos conjuntos econmicos, tarea
que
supera
cualitativamente
las
posibilidades de un propietario individual.
El papel creciente del Estado en el
terreno econmico, y gradualmente
tambin
en
los
otros,
conduce
simultneamente
a
la
extensin
cuantitativa y a un cambio cualitativo del
aparato burocrtico del Estado. En el otro
polo de la sociedad, el movimiento
obrero degenera burocratizndose, se
burocratiza integrndose en el orden
establecido y no puede integrarse en l
ms que burocratizndose. Todos estos
diversos elementos constitutivos de la
burocracia
tcnico-econmica,
poltico-estatal, obrera cohabitan de
mejor o peor manera entre s, y con los
elementos propiamente burgueses (propietarios de los medios de produccin),
pero la evolucin tiende a incrementar
constantemente su peso en la direccin
de la sociedad. En este sentido, puede
decirse que el surgimiento de la
burocracia corresponde a una fase
ltima de la concentracin del capital,
que la burocracia personifica o encarna al
capital durante esa fase, del mismo modo
que lo haca la burguesa durante la fase
anterior. Y esa burocracia puede
entenderse, al menos en cuanto a su
origen y funcin socio-histrica, con
ayuda de las categoras del marxismo
clsico (importa poco a este respecto si
los pretendidos marxistas de la poca actual, que estn infinitamente por debajo
de las posibilidades de la teora que
pretenden encarnar, son incapaces de
otorgar un estatuto socio-histrico a la
burocracia y, por tal razn, llegan a
negar
prcticamente
su
existencia
creyendo que en su ideas no hay nombre
para tal cosa, y a hablar del capitalismo
39

como si no hubiese cambiado nada desde


hace cien o ciento cincuenta aos).
En el segundo caso, la burocracia
surge, podramos decir, del vaco mismo
de la sociedad considerada. No hay duda
de que en la casi totalidad de las
sociedades atrasadas, las antiguas capas
dominantes se muestran incapaces de
emprender la industrializacin del pas,
que el capital extranjero slo crea, en el
mejor de los casos, enclaves de
explotacin moderna aislados, que la
burguesa nacional, nacida tardamente,
no tiene ni la fuerza ni el valor
necesarios
para
emprender
la
transformacin de arriba abajo de las
antiguas estructuras sociales que exigira
la modernizacin. Aadamos que, por esa
misma razn, el proletariado nacional es
demasiado dbil para desempear el
papel que le ha sido asignado en el
esquema de la revolucin permanente,
es decir, para eliminar a las antiguas
capas dominantes y emprender una
transformacin que lleve, de modo
ininterrumpido, de la etapa democrticoburguesa a la etapa socialista.
Qu puede pasar entonces? La
sociedad atrasada puede continuar en su
estancamiento, y de hecho contina
durante un tiempo ms o menos largo
(como sigue siendo el caso hoy da de
gran nmero de pases atrasados,
constituidos en Estados nuevos o ya
antiguos). Ese estancamiento significa de
hecho una degradacin, como mnimo
relativa y, en muchos casos, incluso
absoluta, de la situacin econmica y
social, y una ruptura del equilibrio
anterior. Cada ruptura de equilibrio,
agravada casi siempre por factores
accidentales en apariencia pero de
hecho inevitables y que tienen una
40

resonancia terriblemente incrementada en


una sociedad desestructurada, se convierte
en una crisis, muchas veces combinada
con una componente nacional. El
resultado puede ser una lucha socialnacional larga y abierta (China, Argelia,
Cuba, Indochina), o un golpe de Estado,
militar casi siempre (Egipto). Ambos
casos presentan enormes diferencias, pero
presentan tambin un punto en comn.
En el primero de ellos, la direccin
poltico-militar de la lucha se erige
gradualmente en una capa autnoma que
dirige la revolucin y, tras la victoria,
la reconstruccin del pas, para lo que,
naturalmente, rene a su lado a todos los
elementos procedentes de las antiguas
clases privilegiadas, selecciona elementos
en las masas y construye, al mismo
tiempo que la industria del pas, la pirmide jerrquica que formar su esqueleto
social. La industrializacin se hace,
naturalmente, segn los mtodos clsicos
de la acumulacin primitiva, explotando
intensamente a los obreros y todava ms
a los campesinos, y haciendo entrar a
stos prcticamente a la fuerza en el
ejrcito industrial del trabajo. En el
segundo de los casos, la burocracia
estatal-militar, juega un papel tutelar
respecto de las clases privilegiadas, no
las elimina radicalmente, ni elimina
tampoco el estado de cosas que representan, por lo que puede preverse casi
siempre que la transformacin industrial
del pas no llegar a trmino sin una
nueva convulsin violenta. Pero en los
dos casos se constata que quien
efectivamente juega o tiende a jugar el
papel de sustituto de la burguesa en sus
funciones de acumulacin primitiva, es la
burocracia.
Es preciso notar que esa burocracia
hace saltar efectivamente por los aires las
41

categoras tradicionales del marxismo. No


puede decirse, en ningn sentido, que la
nueva capa social se haya creado ni haya
crecido en el seno de la sociedad
precedente, ni que nazca de un nuevo
modo de produccin cuyo desarrollo se
haya
hecho
incompatible
con
el
mantenimiento de las antiguas formas de
vida econmica y social. Al contrario,
ella es quien hace nacer el nuevo modo
de produccin en la sociedad que consideramos;
no
nace
a
partir
del
funcionamiento normal de la sociedad,
sino a partir de la incapacidad para
funcionar de esa sociedad. Su origen es,
casi sin metfora, el vaco social: sus
races histricas slo se hunden en el
futuro. Es evidente que carece de sentido
decir que la burocracia china es producto
de la industrializacin del pas cuando se
podra decir, con muchsima ms razn,
que la industrializacin de China es
producto del acceso de la burocracia al
poder. Esta antinomia slo puede superarse constatando que, en la poca
actual y a falta de una solucin
revolucionaria a escala internacional, un
pas atrasado slo puede industrializarse
si se burocratiza.
En el caso de Rusia, la burocracia se
encuentra, a pos- teriori, con 95que ha
realizado la funcin histrica de la
burguesa de antao o de la burocracia
de un pas atrasado de hoy, y por tanto,
puede hasta cierto punto ser asimilada a
95Cuando hablamos de funcin histrica
en este contexto, no estamos haciendo
metafsica, ni racionalizacin a posteriori. Es
una forma abreviada de decir: o bien Rusia
desarrollaba una gran industria moderna, o
bien el nuevo Estado se vea aplastado por
un conflicto cualquiera (como muy tarde, en
1941).

42

96

esta ltima ; pero las condiciones de su


nacimiento son diferentes, precisamente
porque la Rusia de 1917 no era
simplemente un pas atrasado, sino un
pas que, junto a su atraso, presentaba un
desarrollo capitalista bien asentado (la
Rusia de 1913 era la quinta potencia
industrial del mundo), tan bien asentado
que fue precisamente escenario de una
revolucin del proletariado que se
pretendi socialista (mucho antes de que
esta palabra hubiera llegado a significar
cualquier cosa, o nin

96Slo en este sentido hay un elemento de


verdad en la relacin establecida por Trotski
entre la burocracia y el atraso de Rusia, tan
ampliamente
recogida
hoy
da,
por
Deutscher,
por
ejemplo.
Lo
que,
evidentemente, se olvida de aadir es que, en
este caso, se trata, sin la menor duda, de un
rgimen de explotacin que realiza la
acumulacin primitiva.

43

guna). La primera burocracia que lleg


a convertirse en clase dominante de su
sociedad, la burocracia rusa, aparece
precisamente como producto final de una
revolucin que, segn todo el mundo
crea, haba dado el poder al proletariado.
Repiesenta por tanto un tercer tipo,
que es de hecho el primero en surgir
claramente en la historia moderna, muy
especfico: la burocracia que nace de la
degeneracin de una revolucin obrera,
que es esa degeneracin, y esto sin
perjuicio de que la burocracia rusa haya
cumplido, desde un principio, sus
funciones de gerente de un capital
centralizado y de capa que desarrolla
por todos los medios una industria
moderna.
Pero, en qu sentido podemos decir
teniendo en cuenta precisamente la
evolucin posterior, teniendo en cuenta
tambin que la toma del poder en
octubre de 1917 fue organizada y
dirigida por el partido bolchevique que,
desde el primer da, asumi de hecho el
poder, en qu sentido podemos decir
que la revolucin de octubre fue una
revolucin proletaria, si nos negamos a
identificar pura y simplemente a la clase
con el partido que pretende ser su
representante? Por qu no decir
como ha habido siempre gente que dijo
que nunca hubo en Rusia otra cosa
que el golpe de Estado de un partido
que, una vez que se hubo asegurado por
unos u otros medios el apoyo del
proletariado, no pretenda sino instaurar
su propia dictadura, y que lo logr?
No tenemos intencin de discutir este
problema en los trminos escolsticos
que consisten en preguntarse si se puede
clasificar a la revolucin rusa en la
categora de las revoluciones proletarias.

La pregunta que nos interesa es la


siguiente: jug la clase obrera rusa un
papel histrico propio durante aquel
perodo, o bien fue simplemente la
infantera movilizada al servicio de otras
fuerzas ya establecidas? Apareci como
un polo relativamente autnomo en la
lucha, en el torbellino de las acciones, de
las formas de organizacin, de las
reivindicaciones, de las ideas, o por el
contrario fue un mero catalizador de
impulsos venidos de otra parte, un instrumento manejado sin grandes riesgos ni
dificultades?
Cualquiera que haya estudiado un poco
la historia de la revolucin rusa no
titubear al responder. Petrogrado en
1917, e incluso ms tarde, no fue ni
Praga en 1948 ni
Cantn en 1949. El papel independiente
del proletariado aparece claramente,
incluso, para empezar, por la natura- leza
del proceso que hizo que los obreros
llenasen las filas del partido bolchevique
y le diesen un apoyo ma- yoritario que
nada ni nadie poda obligarles a dar en
aquellos momentos; por la relacin que
le une con ese partido; por el peso
espontneamente asumido de la guerra
civil. Y sobre todo, por las acciones
autnomas
emprendidas,
ya
desde
febrero, desde julio de 1917, y ms an
en octubre, expropiando a los capitalistas
sin o contra la voluntad del partido,
organizando
por.
s
mismos
la
produccin; los rganos autnomos, en
fin, que form: los Soviets y los Comits
de fbrica.
El xito de la revolucin slo fue
posible gracias a la convergencia del
inmenso movimiento de rebelin total de
las masas obreras, de su voluntad de
cambiar sus condiciones de existencia, de
desembarazarse de los patronos y del Zar
00*7

por una parte, y de la accin del partido


bolchevique por la otra. Decir que a
finales de 1917 slo el partido
bolchevique poda dar una expresin
articulada y un objetivo inmediato preciso
(derribar al Gobierno provisional) a las
aspiraciones de los obreros, los campesinos y los soldados es algo cierto, y no
significa, en modo alguno, que los
obreros formasen una infantera pasiva.
Sin los obreros, en sus filas y fuera de
sus filas, el partido no era nada, ni fsica
ni polticamente. Sin la presin de su
creciente radicalizacin, ni siquiera
hubiese
adoptado
una
lnea
revolucionara. Y en ningn momento, ni
siquiera meses despus de la toma del
poder, puede decirse que el partido
controlase los movimientos de la masa
obrera.
Pero esta convergencia, que culmina
efectivamente con el derrocamiento del
Gobierno provisional y la constitucin de
un gobierno de predominio bolchevique,
result pasajera. Los sntomas de
separacin entre el partido y las masas
aparecen relativamente muy pronto,
incluso aunque, dada su naturaleza, esa
separacin no pueda apreciarse con la
precisin que se exige de las tendencias
polticas organizadas.
Ciertamente, los obreros esperaban de
la revolucin un cambio total de sus
condiciones de existencia. Esperaban sin
duda un mejoramiento material, pero
saban muy bien que no podra haber un
mejoramiento inme

00*7

diato. Slo las mentes cerradas pueden


enlazar de manera esencial a la
revolucin con ese factor, y con la
desilusin posterior de los obreros ante
la incapacidad del nuevo rgimen para
satisfacer sus esperanzas de mejorar econmicamente. La revolucin se haba
iniciado, en cierto modo, pidiendo pan;
pero, ya mucho antes de octubre, haba
superado la cuestin del pan, haba
absorbido la pasin total de los hombres.
Durante ms de tres aos, los obreros
rusos soportaron sin desfallecer las
privaciones materiales ms extremas,
mientras
acudan
a
cubrir
los
contingentes de tropas que deban
derrotar a los ejrcitos blancos. Ante
ellos estaba la opcin de liberarse de la
opresin de la clase capitalista y de su
Estado. Organizados en Soviets y
Comits
de
fbrica,
encontraban
inconcebible, ya antes pero sobre todo
despus de octubre, que no se expulsara
a los capitalistas, y por eso mismo se
vean abocados a descubrir que tenan
que organizar y dirigir la produccin por
s mismos. Y as, ellos fueron quienes
expropiaron por su cuenta a los capitalistas, enfrentndose a la lnea del partido
bolchevique
(el
decreto
de
nacionalizacin del verano de 1918 no
fue sino la ratificacin de un estado de
cosas), y quienes volvieron a poner en
marcha las fbricas.
Para el partido bolchevique, las cosas
eran de otra manera. En lo que su lnea
se precisa, despus de octubre de 1917
(en contra de lo que la mitologa
propagada conjuntamente por estalinistas
y
trotskistas
pretende,
se
puede
demostrar
con
facilidad
y
documentalmente, que antes y despus de
octubre, el partido bolchevique no tiene
42

ni la ms remota idea de lo que pretende


hacer despus de la toma del poder),
trata de instaurar en Rusia una economa
bien organizada, segn
el modelo ca97
pitalista de la poca , un capitalismo
de Estado (expresin que aparece
constantemente en ios textos de Lenin),
al que se superpondr un poder poltico
obrero, en tanto en cuanto ser
ejercido por el partido de los obreros, el
partido bolchevique. El socialismo
(que implica, como escribe Lenin sin el
menor titubeo, la direccin colectiva de
la produccin), vendr despus.
Y no se trata solamente de una
lnea, de algo que simplemente se dice
o se piensa. El partido est imbuido, de
arriba abajo, en su mentalidad profunda
y en su actitud real, de la conviccin
indiscutible de que debe dirigir en todo
el sentido del trmino. Esa conviccin,
que exista ya mucho antes de la
revolucin (como demuestra Trotski al
hablar de la_ mentalidad de los
comisarios en su biografa de Stalin),
era tambin compartida entonces por
todos los socialistas (con unas pocas
excepciones, como Rosa Luxemburgo, la
tendencia Gorter-Pannekoek en Holanda
y los comunistas de izquierda en
97Una cita entre cien posibles: La
historia hizo aparecer en 1918 las dos
mitades
separadas
del
socialismo
viviendo una junto a la otra, como dos
pollitos futuros dentro de la cscara
nica del capitalismo internacional.
Alemania y Rusia fueron la encarnacin
ms llamativa de las condiciones socioeconmicas del socialismo la una, y de
sus condiciones polticas la otra.
(Lenin, Infantilismo de izquierda y
mentalidad pequeo-burguesa, Selected
Works, vol. VII, p. 365; CEuvres
choisies, Mosc, t. 2, p. 831.)
43

Alemania). Conviccin que se vera


enormemente reforzada por la toma del
poder, la guerra civil, la consolidacin
del poder del partido, y que Trotski
expresar
claramente,
en
aquellos
momentos, proclamando los derechos de
pri- mogenitura del Partido.
Mentalidad que no es slo una
mentalidad:
se
convierte,
casi
inmediatamente despus de la toma del
poder, en una situacin social real. Los
miembros
del
partido
asumen
individualmente los puestos directivos en
todas las esferas de la vida social, en
parte, sin duda, porque no poda hacerse
otra cosa, lo que, a su vez, viene a
querer decir: porque todo lo que hace el
partido hace que no pueda hacerse otra
cosa.
La nica instancia real de poder,
colectivamente, es el partido y, desde
muy pronto, la cumbre del partido. Los
Soviets son reducidos, nada ms tomarse
el poder, a instituciones puramente
decorativas (hasta con ver el papel,
absolutamente nulo, que juegan en todas
las discusiones que precedieron a la paz
de Brest-Litovsk, ya a principios de
1918). Si es cierto que la existencia
social real de los hombres determina su
conciencia, resulta ilusorio por completo
pedir al partido bolchevique que acte de
manera distinta a la dada por su propia
situacin social real, su situacin de
rgano dirigente que tiene ya sobre su
sociedad un punto de vista que no es
necesariamente igual al que la sociedad
tiene de s misma.

44

presin que aparece constantemente en


los textos de Le- nin), al que se
superpondr un poder poltico obrero,
en tanto en cuanto ser ejercido por el
partido de los obreros, el partido
bolchevique. El socialismo (que implica, como escribe Lenin sin el menor
titubeo, la direccin colectiva de la
produccin), vendr despus.
Y no se trata solamente de una
lnea, de algo que simplemente se dice
o se piensa. El partido est imbuido, de
arriba abajo, en su mentalidad profunda y
en su actitud real, de la conviccin
indiscutible de que debe dirigir en todo
el sentido del trmino. Esa conviccin,
que exista ya mucho antes de la
revolucin (como demuestra Trotski al
hablar de la_ mentalidad de los
comisarios en su biografa de Stalin),
era tambin compartida entonces por
todos los socialistas (con unas pocas
excepciones, como Rosa Luxemburgo, la
tendencia Gorter-Pannekoek en Holanda
y los comunistas de izquierda en
Alemania). Conviccin que se vera
enormemente reforzada por la toma del
poder, la guerra civil, la consolidacin
del poder del partido, y que Trotski
expresar
claramente,
en
aquellos
momentos, proclamando los derechos de
pri- mogenitura del Partido.
Mentalidad que no es slo una
mentalidad:
se
convierte,
casi
inmediatamente despus de la toma del
poder, en una situacin social real. Los
miembros
del
partido
asumen
individualmente los puestos directivos en
todas las esferas de la vida social, en
parte, sin duda, porque no poda hacerse
otra cosa, lo que, a su vez, viene a
querer decir: porque todo lo que hace el
partido hace que no pueda hacerse otra
cosa.
26

La nica instancia real de poder,


colectivamente, es el partido y, desde
muy pronto, la cumbre del partido. Los
Soviets son reducidos, nada ms tomarse
el poder, a instituciones puramente
decorativas (hasta con ver el papel,
absolutamente nulo, que juegan en todas
las discusiones que precedieron a la paz
de Brest-Litovsk, ya a principios de
1918). Si es cierto que la existencia
social real de los hombres determina su
conciencia, resulta ilusorio por completo
pedir al partido bolchevique que acte de
manera distinta a la dada por su propia
situacin social real, su situacin de
rgano dirigente que tiene ya sobre su
sociedad un punto de vista que no es
necesariamente igual al que la sociedad
tiene de s misma.

27

Los obreros no oponen resistencia a


esa evolucin, o mejor, a esa repentina
revelacin de la esencia del partido
bolchevique. Al menos, no tenemos
signos directos de ello. Enti^ la
expulsin de los capitalistas y la puesta
de nuevo en funcionamiento de las
fbricas, a principios del perodo
revolucionario,
y
las
huelgas
de
Petrogrado y la rebelin de Kronstadt, a
finales (invierno de 1920-21), no
tenemos noticia de ninguna manifestacin
articulada de la actividad autnoma de
los obreros ( b). La guerra civil y la
movilizacin militar continua del perodo,
la gravedad de las cuestiones prcticas
inmediatas
(produccin,
aprovisionamiento, etc.), la oscuridad de
los problemas y, sin duda y ante todo, la
confianza de los obreros en el partido, lo
explican. Hay dos elementos, evidentemente, en la conducta de los obreros al
respecto. Por un lado, la aspiracin a
desembarazarse de toda dominacin, a
tomar entre sus manos la direccin de
sus propios asuntos; por otro lado, la
tendencia a delegar el poder en el
partido que acababa de demostrar que era
el nico irreconciliablemente opuesto a
los capitalistas y a pelear contra ellos.
La oposicin, la contradiccin entre esos
dos elementos no era ni, estamos
tentados de decir, poda ser percibida con
claridad en aquellos momentos.
Y sin embargo lo fue, en muy alto
grado, dentro del propio partido. Desde
comienzos de 1918 hasta la prohibicin
de las fracciones (marzo de 1921), se
forman en el partido bolchevique
tendencias que expresan con clarividencia
y precisin muchas veces sorprendentes
una oposicin a la lnea burocrtica del
partido y a su rapidsima burocratizacin.
45

Son primero los Comunistas de izquierda (principios de 1918), luego la


tendencia del Centialismo democrtico
(1919), y finalmente la Oposicin
obrera (1920-1921). En las Notas
histricas que publicamos a continuacin
del texto de Alejandra Ko- llontai,
pueden encontrarse precisiones sobre las
ideas
y
actividades
de
aquellas
tendencias (c). En ellas se expresaban a
la vez la reaccin de los elementos
obreros del
(b) Esta afirmacin debe matizarse a

partir de estudios ms recientes; v. p. ej.,


Brinton, loe. cit., y las oblas a las que
all remite.
(c) Hoy puede verse sobre el tema la
obra de Brinton, ya citada.
partido traduciendo de ese modo las
actitudes del medio proletario exterior
al .partido contra la lnea en pro del
capitalismo de Estado de la direccin,
y lo que podra llamarse la otra
componente del marxismo, la que apela
a la actividad propia de las masas y
proclama que la emancipacin de los
trabajadores ser obra de los trabajadores
mismos.
Pero las tendencias de oposicin
fueron
sucesivamente
vencidas,
y
definitivamente eliminadas en 1921, al
mismo tiempo que era aplastada la
rebelin de Krons- tadt. Los dbiles ecos
de crtica a la burocracia que se
encuentran
ms
adelante
en
la
Oposicin de izquierda (trotskista), a
partir de 1923, ya no tienen el mismo
significado. Trotski se opone a la mala
poltica de la burocracia, y a sus excesos
de .poder, pero nunca pone en cuestin
su esencia, y ios problemas que
suscitaban los grupos de oposicin de
1918-1921 (en sustancia: quin dirige la

produccin, y qu tiene que hacer el


proletariado durante la dictadura del
proletariado, adems de trabajar y seguir
las directrices de su partido), le
resultaron ajenos prcticamente hasta el
final.
Nos vemos as llevados a constatar, en
contra de la mitologa dominante, que la
partida fundamental no se jug, y
.perdi, en 1927, ni en 1923, ni siquiera
en 1921, sino mucho antes, durante el
perodo de 1918-1920. En
1921 hubiera hecho falta ya una
revolucin en el pleno sentido de la
palabra para reorganizar la situacin, y,
como
probaron
los
propios
acontecimientos, una rebelin como la de
Kronstadt no era suficiente para modificar
nada esencial. La advertencia llev al
partido bolchevique a.reparar algunas
aberraciones relativas a otros problemas
(particularmente tocantes al campesinado
y a las relaciones entre economa rural y
economa urbana), logrando as atenuar
las tensiones producidas por el desastre
econmico
e
iniciar
una
cierta
reconstruccin de la produccin. Pero la
reconstruccin haba arrancado ya bien
encarrilada en las vas del capitalismo
burocrtico.
En efecto, entre 1917 y 1920 es
cuando el partido bolchevique se instala
slidamente en el poder, hasta el punto
de no poder ser arrancado de l ms que
por la fuerza de las armas. Y ya, desde
el comienzo de ese perodo, desaparecen
de su lnea las incertidumbres, se
suprimen las ambigedades, se resuelven
las contradic

47

ciones. En el nuevo Estado, el


proletariado tiene que trabajar, nutrir el
ejrcito y, llegado el caso, morir en
defensa del nuevo poder: tiene que
entregar sus elementos ms conscientes
y capaces a su Partido, gracias al
cual se harn dirigentes de la sociedad;
debe ser activo y participar cada vez
que se le pida, pero exclusivamente hasta
el punto que el partido le pida; y debe
remitirse, sin excepciones, al partido en
todo lo esencial. El obrero escribe
Trotski por entonces en una obra que
tendra enorme difusin en Rusia y en el
extranjero, no regatea nada al
gobierno sovitico; est subordinado al
Estado, le est sometido en todos98 los
conceptos porque se es su Estado .
El papel del proletariado en el nuevo
Estado no ofrece, pues, ninguna duda: el
de ciudadanos pasivos y entusiastas. El
papel del proletariado en el trabajo y la
produccin tampoco ofrece dudas. En
resumen, sigue siendo el mismo que
antes, bajo el capitalismo, excepto que
ahora se seleccionarn los obreros
que
99
tengan carcter y aptitudes
para
sustituir a los directores de fbrica huidos. Lo que preocupa al partido
bolchevique durante el perodo no es
cmo puede facilitarse el paso de la gestin de la produccin a manos obreras,
sino cmo formar con la mayor rapidez
posible una capa de directores y
administradores de la industria y la
economa.
La lectura de los textos oficiales de la
poca no permite mantener duda alguna
al respecto. Desde prcticamente el
principio, la poltica consciente, honesta y
98L. Trotsky, Terrorisme et
Communisme, Ed. 10/18, Pars, 1963, p.
252.
99Ibidem, p. 228.
W2

sincera del partido bolchevique, con Lenin


y Trotski al frente, fue la formacin de
una burocracia como capa que dirigiera
la produccin (y por tanto que dispondra
de privilegios econmicos). Poltica que
consideraban, con toda sinceridad y
honradez, una poltica socialista o, mis
exactamente, una tcnica administrativa
que se pona al servicio del socialismo,
porque la clase de administradores
dirigentes de la produccin estara bajo
control de la clase obrera personificada
por su partido comunista. La decisin
de poner a un director en vez de a un
obiero al frente de una fbrica, escribe
Trotski, no tiene importancia poltica:
puede ser justa o errnea desde el punto
de vista de la tcnica administrativa...
Confundir la cuestin de la autoridad del
proletariado con la de los departamentos
obreros que dirigen las fbricas seran la
mayor de todas las equivocaciones. La
dictadura del proletariado se traduce en
la abolicin de la propiedad privada de
los medios de produccin, en el dominio
de la voluntad colectiva de las masas
sobre todo el mecanismo sovitico, y no
en la forma
de dirigir las diversas
100
empresas . La voluntad colectiva de
las masas es, en esta frase, una
expresin metafrica para designar la
voluntad del partido bolchevique. Los
jefes bolcheviques se expresaban sin
hipocresa alguna a este respecto, en
contra de lo que hacen algunos de sus
defensores de hoy. Escriba entonces
Trotski: En esta sustitucin del poder de
la clase obrera por el poder del Partido
no hay nada fortuito, ni siquiera hay, en
el fondo, sustitucin alguna. Los
comunistas
expresan
los
intereses
fundamentales de la clase obrera. Es
100 Ibid., p. 243.

2^

perfectamente natural que en una poca


en que la Historia saca a primer trmino
la discusin de esos intereses en toda su
extensin, los comunistas se conviertan
en los representantes declarados
de la
101
clase obrera en su totalidad
. Pueden
encontrarse fcilmente docenas de citas
de Lenin que exprese la misma idea.
El poder indiscutido de los directores
en las fbricas, bajo el control nico
(qu control, en realidad?) del partido.
El poder indiscutido del partido sobre la
sociedad, sin control alguno. Nadie,
desde ese momento, poda evitar la
fusin
de
ambos
poderes,
la
interpenetracin recproca de las dos
capas que los encarnaban, la consolidacin de una burocracia inamovible
que dominaba todos los aspectos de la
vida social. El proceso pudo acelerarse y
ampliarse con la entrada en el partido de
elementos ajenos al proletariado, que
corran a ponerse del lado victorioso;
pero sta sera una consecuencia y no una
causa de la orientacin del partido.
El momento en que la oposicin a esa
orientacin del partido se expres con
ms fuerza dentro de l, fue la discusin
sobre la cuestin sindical (1920-1921)
que precedi al Dcimo Congreso del
partido. En el plano formal, se trataba
del papel de los sindicatos en la gestin
de la produccin y la economa; por la
fuerza de las cosas, la discusin fue
poniendo sobre el tapete las cuestiones,
ya larga y encarnizadamente discutidas
durante los dos aos anteriores, del
mando de uno solo en las fbricas y
del papel de los especialistas. El lector
encontrar en el texto de Alejandra
Kollontai y en las Notas histricas que
le siguen, la descripcin de las diversas
101Ibid., pp. 170-171.
d

posturas que haba. Para resumirlo en


pocas palabras, la direccin del partido,
con Lenin a la cabeza, reafirmaba su
postura de que la gestin de la
produccin
debe
confiarse
a
administradores
individuales
(especialistas burgueses u obreros
seleccionados por sus aptitudes y capacidad) bajo el control del partido, que
los sindicatos deban asumir la tarea de
educar a los obreros y defenderlos frente
a los directores de la produccin y al
Estado. Trotski peda la completa
subordinacin de los sindicatos al Estado,
su transformacin en rganos y apndices
del Estado (y del partido), siempre en
base a un mismo razonamiento:
puesto
:
que somos un Estado obre ro, Estado y
obreros son una y la misma cosa, y por
tanto los obreros no tienen necesidad de
un rgano independiente que les defienda
de su Estado. La Oposicin obrera
peda que la gestin de la produccin
fuera siendo gradualmente confiada a los
colectivos obreros de las fbricas, tal y
como estaban organizados en los sindicatos; que la direccin de uno solo se
sustituyese por una direccin colegiada;
que se redujera el papel de tcnicos y
especialistas. Subrayaba que el desarrollo
de la produccin en las condiciones
postrevolucionarias era un problema
esencialmente social y poltico, cuya
solucin dependa de la expansin y la
creatividad de las masas trabajdoras, no
un problema administrativo y tcnico.
Denunciaba la creciente burocratizacin
del Estado y del partido (ya en aquella
poca, todos los puestos de cierta
responsabilidad
se
cubran
por
nombramiento desde arriba y no por
eleccin), y la creciente separacin entre
este ltimo y los obreros.
No hay duda de que, en ciertos
2^

puntos, las ideas de la Oposicin eran


confusas, que la discusin en su conjunto
parece haberse desarrollado en un plano
formal, y que las respuestas aportadas
por una y otra parte eran
respuestas ms de forma que de fondo
(el fondo, por otra parte, ya haba sido
decidido en lugar distinto a los
Congresos del partido). La Oposicin,
por ejemplo (como Kollontai en su
texto), no distingua claramente entre el
papel (indispensable) de los especialistas
y tcnicos en tanto que especialistas y
tcnicos, bajo control obrero, y la
transformacin de esos especialistas y
tcnicos en gerentes de la produccin, sin
control alguno. Desarrollaba su crtica de
especialistas y tcnicos sin hacer diferencias, siendo as blanco fcil de los
ataques de Lenin y Trotski, que se
complacan en explicar cmo no puede
funcionar una fbrica sin ingenieros, y
concluyendo subrepticiamente con la
sorprendente idea de que sa era razn
suficiente para confiar a los ingenieros un
poder dictatorial de gestin sobre la
totalidad del funcionamiento de la
fbrica. Luchaba encarnizadamente a
favor del mando colegiado, en
oposicin al mando de un solo, lo que
representa un aspecto realtivamente
formal (el mando colegiado puede ser tan
burocrtico como el de uno solo) y se
olvida del verdadero problema, el de la
verdadera procedencia de la autoridad.
As, Trotski poda permitirse decir: La
actividad de los trabajadores no se define
ni se mide por el hecho de que la fbrica
est dirigida por tres hombres o por uno
solo, sino por factores y hechos de un
11
orden
mucho
ms
profundo
,
esquivando de ese modo el verdadero
problema, es decir, cul es la relacin de
los tres hombres o del hombre solo
d

con la colectividad de los productores de


la empresa. La Oposicin daba muestras
de un relativo fetichismo sindical, en una
poca en la que los sindicatos haban
cado ya bajo el control, prcticamente
total, de la burocracia del partido.
Mantener
prolongadamente
la
independencia
del
movimiento
profesional en una poca de revolucin
proletaria es tan imposible como la
poltica de bloques. En una poca as, los
sindicatos se convierten en los rganos
econmicos ms importante del proletariado en el poder. Y por esa precisa
razn, quedan bajo la direccin del
partido comunista. No slo las cuestiones
de principios del movimiento profesional,
sino incluso los conflictos serios que
puedan surgir dentro de esas organizaciones, han de ser resueltos por el
Comit Central de

2^

102

nuestro Partido
. Trotski escriba
esto para responder a las acusaciones de
Kautsky sobre el carcter antidemocrtico
del poder bolchevique, por lo que no
tena razn alguna, ms bien al contrario,
para exagerar el poder del Partido sobre
los sindicatos.
A pesar de esas debilidades, a pesar
de su relativa confusin, la Oposicin
obrera planteaba el verdadero problema:
quin debe dirigir la produccin en el
Estado obrero?, y lo responda
correctamente: los organismos colectivos
de los trabajadores. Lo que la direccin
del Partido quera, lo que haba impuesto
ya y en este punto no haba
diferencias entre Lenin y Trotski, era
una jeiarqua dirigida desde arriba.
Sabemos que triunf esta concepcin. Y
sabemos, tambin, a dnde ha conducido
su triunfo.

En la lucha entre la Oposicin obrera


y la direccin del partido bolchevique,
asistimos a la disociacin de los dos
elementos
contradictorios
que
coexistieron
paradjicamente
en
el
marxismo en general y en su encarnacin
rusa en particular. La Oposicin obrera
lanza, por ltima vez en la historia del
movimiento
marxista
oficial,
un
llamamiento a la actividad propia de las
masas, muestra su confianza en la
capacidad creadora del proletariado, su
conviccin de que con la revolucin
socialista
se
inicia
una
poca
verdaderamente nueva en la historia de la
humanidad, en la que las ideas de la
102Ibidp. 172.
11. Ibid., p. 242.

305

poca anterior casi no tier.en valor y en


la que ha de reconstruirse de cabo a rabo
el edificio social. Las tesis de la
Oposicin obrera son una tentativa de
encarnar esas ideas en un programa
poltico que se ocupe del campo
fundamental de la produccin.
El triunfo de la orientacin leninista es
el triunfo del otro elemento que, a decir
verdad, hace mucho, ya en el propio
Marx, se haba convertido en el elemento
predominante del pensamiento y la
actividad socialistas.
Lo que en los textos y discursos de
Lenin de ese perodo aparece una y otra
vez, como una obsesin, es la idea de
que Rusia debe ponerse a aprender de los
pases capitalistas avanzados, que no hay
mltiples mtodos para desarrollar la
produccin y la productividad del trabajo
si se quiere salir del atraso y del caos,
que
es
preciso
adoptar
la
racionalizacin capitalista, los mtodos
de direccin capitalistas, los estmulos
al trabajo del capitalismo. Todo eso no
son sino medios que podran, en
apariencia, ponerse libremente al servicio
de ese objetivo histrico radicalmente
opuesto que es la construccin del
socialismo. Por eso, Trotski, hablando de
los mritos del militarismo, llega a
separar por completo el ejrcito mismo,
su estructura y sus mtodos, del sistema
social al que sirve. Lo criticable en el
militarismo burgus, en el ejrcito
burgus, dice en sustancia Trotski, es que
est al servicio de la burguesa; si no
fuera as, nada habra que objetar. La
nica diferencia, dice, reside en 103
lo
siguiente: quin detenta el poder? .
Lo mismo que la dictadura del
proletariado no se traduce en la forma
103 Ibid., p. 257, subrayado en el texto.
36

de
104 direccin de las diversas empresas
. La idea de que los mismos medios no
puedan ponerse indiferentemente al
servicio de fines diferentes, que haya una
relacin intrnseca entre los instrumentos
que se utilizan y el resultado que se
obtiene, que, sobre todo, ni el ejrcito ni
las fbricas son simples medios o
instrumentos sino estructuras sociales
en las que se organizan dos formas
fundamentales de las relaciones entre los
hombres la produccin y la violencia
, que en ellos puede verse condensada
la expresin esencial del tipo de relaciones sociales que caracterizan a una
poca, esta idea, perfectamente trivial
para un marxista, es completamente
olvidada.
Hay
que
tratar
de
incrementar la produccin, utilizando los
mtodos y las estructuras que ya han demostrado su utilidad. El que la principal
de esas pruebas haya sido el desarrollo
del capitalismo en cuanto sistema social,
que una fbrica produzca no tanto tejidos
o acero como proletariado y capital, se
dejaba totalmente de lado.
Detrs de ese olvido se oculta,
evidentemente, algo
distinto. Exista, sin duda, la angustiosa
preocupacin co- yuntural por levantar lo
antes posible una economa, una
produccin que se desplomaban. Pero la
preocupacin no dicta inexorablemente
los medios a elegir. Si los dirigentes
bolcheviques creen evidente que no hay
ms medios eficaces que los medios
capitalistas, es porque estn imbuidos de
la conviccin de que el capitalismo es el
nico sistema de produccin racional y
eficaz. En esto son fieles a Marx, y
quieren suprimir la propiedad privada, la
anarqua del mercado, pero no la
104Ibid., pg. 243.
11. Ibid., p. 242.

305

organizacin de la produccin llevada a


cabo por el capitalismo. Quieren
modificar la economa, no las relaciones
de trabajo, ni el trabajo mismo. Yendo a
lo ms profundo, an, su filosofa es la
filosofa del desarrollo de las fuerzas productivas, y tambin en esto son herederos
fieles de Marx, o de un cierto Marx, al
menos, del Marx que predomina en las
obras de madurez. El desarrollo de las
fuerzas productivas es, si no el fin
ltimo, s al menos el medio absoluto, en
el sentido de que todo lo dems tiene
que darse por aadidura y estar
subordinado a ese desarrollo. Los
hombres?
Tambin
los
hombres,
naturalmente. Segn la regla general, el
hombre se esfuerza por evitar el trabajo...
15
El hombre es un animal perezoso...
Para combatir la pereza, es preciso poner
en funcionamiento todos los medios que
han demostrado ya su eficacia: el trabajo
obligatorio, cuyo sentido cambia por
completo cuando es 16
impuesto por la
dictadura socialista , y los medios
tcnicos y econmicos: Bajo el rgimen
capitalista, el trabajo a destajo y por
unidades, la puesta en vigor del sistema
Taylor, etc., tenan por finalidad aumentar
la explotacin de los obreros, y
arrebatarles la plusvala. Despus de la
socializacin de los medios de produccin, el trabajo a destajo, por
unidades, etc., tiene como finalidad el
incremento de la produccin socialista y
por consiguiente el aumento del bienestar
comn. Los trabajadores que aportan ms
que los otros al bienestar comn
adquieren el derecho a recibir una parte
del producto social superior a la de los
haraganes,
los
indolentes
y
los
desorganizadores. Quien habla no 17es
Stalin en 1939, sino Trotski, en 1919 .
15. Ibid., p. 202.
11. Ibid., p. 242.

305

16. Ibid., p. 223.


17. Ibid., p. 225.

No cabe duda de que durante el


primer perodo, es inconcebible una
organizacin socialista de la produccin
sin una obligacin de trabajar
quien no trabaja, no come y es
probable que la uniformizacin del
esfuerzo aportado por talleres y empresas
exija necesariamente el establecimiento
de ciertas normas indicativas de trabajo.
Pero ninguno de los sofismas de Trotski
sobre el hecho de que en la historia no
haya existido nunca, ni existir hasta que
haya comunismo integral, el trabajo
libre, nos har olvidar cul es la
cuestin crucial: quin establece las
normas? quin controla y sanciona la
obligacin
de
trabajar?
Las
colectividades
organizadas
de
trabajadores? O una categora social
especfica, que tendr entonces por
funcin dirigir el trabajo de los otros?
Gestionar, dirigir el trabajo de los otros:
he ah el punto de partida y el punto de
llegada de todo el ciclo de la explotacin. Y el bolchevismo proclam, desde
los primeros instantes de su llegada al
poder, la necesidad de una categora
social especfica que dirija el trabajo de
los otros en la produccin, que dirija la
actividad de los otros en la poltica y en
la sociedad, de una direccin separada de
las empresas, de un partido que domine
el Estado, y desde los primeros das
trabaj encarnizadamente para imponer su
visin. Sabemos bien que lo lograra.
Como sabemos tambin que las ideas
juegan un papel en el desarrollo histrico
que es, en un ltimo anlisis, un papel
gigantesco y que por tanto, la
ideologa bolchevique (y, detrs de ella,
la ideologa marxista) fue un factor
decisivo para el nacimiento de la
39

burocracia rusa.

La suspensin de la
publicacin de
Socialisme
ou Barbarie
105

El primer nmero de Socialismo ou


Barbarie apareci en marzo de 1949. El
cuarenta, en junio de 1965. En contra de
lo que pensbamos al publicarlo, este nmero
cuarenta
habr
sido
provisionalmente el ltimo.
La suspensin indeterminada de la
publicacin
de la Revista, que hemos
1
decidido tras larga reflexin y no sin
pesar, no est motivada por dificultades
de naturaleza material. Esas dificultades
han existido para nuestro grupo desde el
primer da. Nunca han cesado. Despus
de todo, siempre han sido superadas, y
continuaran sindo
lo,de haber decidido proseguir la
publicacin de la revista. Si ahora la
suspendemos se debe a que el sentido de
nuestro cometido, bajo la forma presente,
se nos ha vuelto problemtico. Esto es lo
que aqu brevemente queremos exponer
105Circular dirigida a los suscriptores
y lectores de S. ou B. en junio de
1967.
1. A excepcin de cuatro camaradas
del grupo, que por su parte proyectan
una publicacin apelando a las ideas de
Socialisme ou Barbarie y harn llegar
a los suscriptores y lectores de la revista
un texto definiendo sus intenciones.
40

para los que, suscritores o lectores de la


revista, han seguido desde hace tiempo
nuestro esfuerzo.
Socialisme ou Barbarie nunca ha
sido una revista de pura investigacin
terica. Aunque la elaboracin de las
ideas siempre ha ocupado en ella un
lugar central, siempre ha estado guiada
por una perspectiva poltica. El subttulo
de la revista: rgano de crtica y de
orientacin revolucionaria, indica ya
claramente el estatus del trabajo terico
que se ha expresado en ella desde hace
dieciocho aos. Nutrindose de una
actividad revolucionaria individual y
colectiva, adquira su justo valor por lo
que era o poda, previsiblemente,
llegar a ser pertinente para esa
actividad, en tanto que interpretacin y
elucidacin de lo real y de lo posible
dentro de una ptica de transformacin
de la sociedad. La revista slo tena
sentido para nosotros y en s misma
como momento e instrumento de un
proyecto poltico revolucionario.
Ahora bien, desde ese punto de vista,
las condiciones sociales reales en
todo caso, lo que percibimos de ellas
han ido cambiando cada vez ms. Ya lo
hemos constatado desde 1959 como
puede verse en la serie de textos sobre
El movimiento revolucionario bajo el capitalismo moderno y la evolucin que
ha sufrido ha confirmado ese diagnstico:
en las sociedades del capitalismo, la
actividad poltica propiamente dicha
tiende a desaparecer. Los que nos han
ledo saben que no se trataba de una
simple constatacin de hecho, sino del
producto de un anlisis de las
caractersticas, en nuestra opinin, ms
profundas de las sociedades modernas.
Lo
que
nos
pareca
elemento
compensador de ese diagnstico negativo,
41

lo que equilibraba, en nuestra perspectiva, la privatizacin creciente de la


masa de la poblacin eran las luchas en
la produccin, materialmente constatadas
y analizadas en los casos de la industria
inglesa
y
americana,
luchas
que
cuestionan las relaciones de trabajo bajo
el capitalismo y manifiestan, bajo una
forma
embrionaria,
la
tendencia
gestionara de los obreros. Pensbamos
que esas luchas se desarrollaran
igualmente en Francia y, sobre todo, que
podran superar sin duda no sin una
intervencin e introduccin del verdadero
elemento poltico las relaciones
inmediatas del trabajo y podran
progresar
hacia
el
cuestionamiento
explcito de las relaciones sociales
generales.
En eso nos equivocbamos. Ese
desarrollo no se ha producido en Francia,
a no ser a una escala nfima (las huelgas
del
ultimo
perodo,
rpidamente
sindicalizadas, no pueden modificar esta
apreciacin).
En
Inglaterra,
donde
continan esas luchas (con inevitables
alzas y bajas), su carcter no se ha
modificado, ni por s mismo, ni en
funcin de la actividad de nuestros
camaradas del grupo Solidarity.
Sin duda, no debe excluirse una
evolucin diferente en el futuro
aunque nos parece improbable por las razones que mencionaremos ms adelante.
Pero la cuestin no es sa. Creemos
haber demostrado suficientemente

42

que no somos impacientes y nunca


hemos pensado, repitmoslo, que la
transformacin de ese tipo de luchas
obreras o de cualquier otro podra
realizarse sin el desarrollo paralelo de
una organizacin poltica nueva, que
siempre hemos tenido la intencin de
construir.
Ahora bien, la construccin de una
organizacin poltica en las condiciones
que nos rodean y de las que sin duda
tambin nosotros formamos parte ha
sido y sigue siendo imposible, en funcin
de una serie de factores que no son en
modo alguno accidentales y estn estrechamente ligados unos con otros.
En una sociedad en la que el conflicto
poltico radical est cada vez ms
enmascarado, ahogado, desviado y, en
ultima instancia, es inexistente, una
organizacin
poltica
supuestamente
construida no podra ms que periclitar y
degenerar rpidamente. Pues, en primer
lugar, dnde y en qu capa podra
encontrar ese medio inmediato sin el que
no puede vivir una organizacin poltica?
Hemos pasado por esa experiencia de un
modo negativo tanto por lo que respecta
a los elementos obreros como por lo que
respecta a los elementos intelectuales.
Los primeros, incluso cuando ven un
grupo poltico con simpata y reconocen
en su ideas la expresin de su propia
experiencia, no estn dispuestos a
mantener con l un contacto permanente,
aun menos una asociacin activa, pues
sus perspectivas polticas, por cuanto
rebasan sus propias preocupaciones
inmediatas, les parecen oscuras, gratuitas
y desmesuradas. En cuanto a los otros
los intelectuales en su contacto
con un grupo poltico sobre todo parecen
satisfacer la curiosidad y la necesidad
de informacin. Hemos de decir aqu
claramente que nunca hemos tenido, por

parte del pblico de la revista, el tipo de


respuesta que esperbamos y que hubiera
podido ayudarnos en nuestro trabajo; su
actitud, salvo rarsimas excepciones, ha
seguido siendo la de consumidores
pasivos de ideas. Esa actitud del pblico,
perfectamente compatible con el papel y
los objetivos de una revista tradicional, a
la larga hace imposible la existencia de
una revista como Socialisme ou
Barbarie.
Y quin, en esas circunstancias, se
unir con una organizacin poltica
revolucionaria? Nuestra experiencia nos
ha mostrado que los que han venido a
nosotros esencialmente jvenes a
menudo lo han hecho a partir, sino de un
malentendido, al menos de motivaciones
que dependan mucho ms de una
rebelin afectiva y de la necesidad de
romper con el aislamiento al que la
sociedad condena hoy da a los
individuos que de la adhesin lcida y
firme a un proyecto revolucionario. Esta
motivacin de partida quizs equivale a
otra; lo importante es que las mismas
condiciones de ausencia de actividad
poltica propiamente dicha impiden que
sea transformada en otra ms slida.
Por ltimo, en este contexto, una
organizacin poltica, suponiendo que
exista, cmo puede controlar lo que dice
y lo que se propone hacer, cmo puede
desarrollar
nuevos
medios
de
organizacin y de accin, enriquecer,
dentro de una dialctica viva de la praxis
con el todo social, lo que saca de su
propia sustancia? Sobre todo, cmo, en
la presente fase histrica, tras el inmenso
y profundo fracaso de los instrumentos,
de los mtodos y de las prcticas del
antiguo
movimiento,
cmo
podra
reconstruir, en el total silencio de la
sociedad, una nueva praxis poltica? En
el mejor de los casos, podra mantener
44

un discurso terico abstracto; en el peor,


podra producir esas extraas mezclas de
obsesionalidad
sectaria,
histeria
seudoactivista y delirio interpretativo que,
encarnan por decenas, los grupos de
extrema izquierda an hoy a travs del
mundo en toda la variedad concebible.
Nada permite confiar en una rpida
modificacin de esa situacin. No es ste
el lugar para demostrarlo mediante un
amplio
anlisis
cuyos
elementos
esenciales, por otra parte, ya se
encuentran formulados en los ltimos
diez nmeros de Socialisme ou
Barbarie. Sin embargo, hemos de
sealar lo que con enorme fuerza pesa en
la realidad y la perspectiva presente: la
profunda despolitizacin y privatizacin
de la sociedad moderna; la acelerada
transformacin de los obreros en
empleados, con las consecuencias que de
ello se derivan al nivel de las luchas en
la produccin; la interferencia de los
lmites de las clases que hace cada vez
ms problemtica la coincidencia de
objetivos econmicos y polticos.
Esta situacin global tambin impide
en otro terreno el de la crisis de la
cultura y de la vida cotidiana, sealada
en la revista desde hace muchos aos
que pueda desarrollarse y formarse una
reaccin colectiva posi- ti'p contra la
alienacin de la sociedad moderna. Porque en la actualidad resulta imposible
una
actividad
poltica,
incluso
embrionaria, esa reaccin no logra tomar
forma. Est condenada a seguir siendo
individual, o bien a derivar rpidamente
hacia un folklore delirante que ni
siquiera logra ya chocar. El delinquir
nunca ha sido revolucionario; en la
actualidad ni siquiera es ya delincuencia,
sino
el
complemento
negativo
indispensable
para
la
publicidad
cultural.
Sabemos que desde hace diez aos
45

esos fenmenos, ms o menos claramente


percibidos y analizados, han empujado a
algunos a trasladar sus esperanzas a los
pases subdesarrollados. Desde hace
tiempo hemos sealado en la revista por
qu es ilusorio ese traslado: si la parte
moderna
del
mundo
estaba
irremediablemente
podrida,
resultara
absurdo
pensar
que
un
destino
revolucionario de la humanidad podra
llevarse a cabo en la otra parte. De
hecho,
en
todos
los
pases
subdesarrollados, o bien no llega a
constiuirse un movimiento social de las
masas, o bien no puede hacerlo ms que
burocratizndose.
Tanto si se trata de su mitad moderna
como de su mitad hambrienta, en el
mundo contemporneo sigue pendiente la
misma cuestin: se ha modificado en
algo desde hace un siglo la inmensa
capacidad de los hombres para engaarse
sobre lo que son y lo que quieren? Marx
pensaba que la realidad obligara a los
hombres a ver con sentidos sobrios su
propia existencia y sus relaciones con sus
semejantes. Sabemos que la realidad se
ha mostrado inferior a la tarea que as le
confiaba el gran pensador. Freud crea
que los progresos del saber, y lo que
llamaba nuestro dios logos, permitiran
al hombre modificar gradualmente su
relacin con las fuerzas oscuras que lleva
en su seno. Luego hemos aprendido de
nuevo que la relacin entre el saber y el
actuar efectivo de los hombres
individuos y colectividades lo es todo
menos simple, y que los propios saberes
mar- xiano y freudiano han podido
convertirse, y cada da se convierten de
nuevo, en fuente de nuevas mistificaciones. Desde hace un siglo, la experiencia
histrica, y ello a todos los niveles,
desde los ms abstractos a los ms
empricos, impide creer tanto en un
automatismo positivo de la historia como
46

en una conquista acumulativa del hombre


por s mismo en funcin de una
sedimenta

47

cin del saber. No sacamos de ello


ninguna
conclusin
escptica
o
pesimista. Pero la relacin de los hombres con sus creaciones tericas y
prcticas, la existente entre saber, o
mejor lucidez, y actividad real, la posibilidad
de
constituir
una
sociedad
autnoma, la suerte del proyecto
revolucionario y su posible arraigo en
una sociedad que evoluciona como la
nuestra estas cuestiones, y las otras
muchas que stas determinan, han de ser
profundamente pensadas de nuevo. Slo
volver a ser posible una actividad
revolucionaria cuando una reconstruccin
ideolgica radical pueda encontrarse con
un movimiento social real.
Esa reconstruccin cuyos elementos
ya han sido planteados en Socialisme ou
Barbarie creamos que podamos
realizarla con el mismo movimiento que
la construccin de una organizacin
poltica revolucionaria. Esto se ha
revelado en la actualidad imposible, y
hemos de sacar conclusiones de ello. El
trabajo terico, ms necesario que nunca,
pero que desde ahora en adelante plantea
otras exigencias e implica otro ritmo, no
puede ser el eje de existencia de un
grupo organizado y de una revista
peridica. Seremos los ltimos en ignorar
los riesgos inmanentes a una empresa
terica separada de la actividad real. Pero
las circunstancias presentes slo nos
permiiiran mantener de esa actividad, en
el mejor de los casos, un simulacro intil
y esterilizador.
Continuaremos, cada uno en su propio
campo, reflexionando y actuando en
funcin de las certezas y de los
interrogantes
que
Socialisme
ou
Barbarie nos ha permitido sacar a luz.
Si lo hacemos bien, y si las condiciones
sociales se presentan, estamos seguros de
que un da podremos volver a empezar

nuestra empresa sobre bases ms seguras,


y con una relacin diferente
2 con los que
han seguido nuestro trabajo .

2. V. I.G., pp.

55-61. 316

La jerarqua ele
los salarios y
106
de las rentas
&

1, Desde hace algunos aos, y sobre


todo desde mayo del 68, la idea de la
autogestin, de la gestin efectiva de la
produccin por la colectividad de los
productores, ha dejado de ser una
concepcin utpica mantenida por
algunos individuos y grupsculos para
convertirse en objeto de discusiones
pblicas frecuentes y apasionadas y en
posicin programtica de una organizacin sindical importante como la
C.F.D.T, Se ha impuesto hasta tal punto
que los que hasta ayer eran sus
adversarios ms encarnizados se han
reducido gradualmente a posiciones
106Publicado en C. F. D. T.
Aujourdhui, n. 5 (enero- febrero de
1974).
49

defensivas (no es posible inmediatamente, o no del todo, depende de


lo que se entienda por ello, se podran
intentar algunas experiencias, etc.).
Sin duda, un da ser preciso examinar
seriamente las razones de ese cambio.
Por el momento podemos sealar que
nos encontramos en este caso con el
destino reservado a las ideas innovadoras
en todos los campos, y en particular en
el campo social y poltico. Sus adversarios empiezan por afirmas que son
absurdas, continan diciendo que todo
depende del significado que se las d y
acaban por afirmar que siempre haban
sido fervorosos partidarios de ellas. Es
preciso no perder nunca de vista que esa
aceptacin de palabra de una idea es
uno de los mejores medios para hacerle
perder su virulencia. Si los que, todava
ayer, eran sus enemigos encarnizados la
adoptan y se encargan de aplicarla,
podemos estar seguros que en la mayor
parte de Jos casos, y cualesquiera sean
sus intenciones, el resultado ser castrar
su
realizacin.
La
sociedad
contempornea, en particular, da pruebas
de una virtuosidad sin igual en el arte de
la recuperacin o de la malversacin de
las ideas.
Sin embargo, en el caso de la
autogestin, otros factores importantes
han facilitado la acogida interesada, en
los dos sentidos de la palabra, que la
idea parece encontrar en medios que
nada predestinaba a ello, como ciertos
dirigentes
de
empresa
o
ciertos
personajes polticos. Estos factores estn
relacionados con la profunda crisis que
atraviesa el sistema industrial moderno,
la organizacin del trabajo y la tcnica
que le corresponde. Por una parte, resulta
cada vez ms difcil hacer aceptar a los
trabajadores
tareas
parceladas,
embrutecedoras, privadas del menor
inters. Por otra parte, hace tiempo que
50

la divisin dei trabajo llevada al absurdo,


el taylorismo, el intento de fijar de
antemano hasta el menor detalle las
operaciones del trabajador con el fin de
controlarlas mejor, han rebasado el punto
ptimo desde el punto de vista de la
propia
empresa
y
disminuyen
enormemente los beneficios previstos, al
mismo tiempo que exacerban el conflicto
cotidiano en la produccin entre los
trabajadores y los representantes del
sistema que se les impone conflicto
que cada vez ms a menudo estalla con
toda claridad, por ejemplo, con las
huelgas en torno a las condiciones del
trabajo. Las empresas constatan que ya
no
pueden
atenuar
ese
conflicto
otorgando aumentos de salario; y, ante el
hundimiento de los sueos de automatizacin integral, se ven conducidas a
considerar la introduccin de algunas
modificaciones parciales en la organizacin del trabajo. De ah los
proyectos en torno al enriquecimiento
de las tareas, a la autonoma de los
equipos de trabajo, etc. Las opiniones
sobre el verdadero sentido y los posibles
resultados de esas tentativas pueden ser
divergentes. Pero dos cosas son ciertas:
por una parte, que un proceso de ese
tipo, una vez desencadenado, muy bien
podra adquirir una dinmica propia, no
siendo del todo seguro que pudiese ser
controlada por los diligentes actuales de
las empresas y del Estado. Por otra parte,
que la organizacin actual de la sociedad
pone a esas tentativas lmites muy
precisos; de ningn modo han de herir al
poder del aparato dirigente de la
empresa, es decir, de la burocracia
jerarquizada que en la actualidad realiza,
en toda empresa por poco impor- tai^e
que sea, las funciones reales del patrono;
y an menos han de poder impugnar el
poder en la sociedad, sin cuyo cambio
toda modificacin en el interior de la
51

empresa slo podra tener un significado


muy limitado.
En cualquier caso, por el momento
slo hay un medio de combatir esa
recuperacin, esa desviacin, de la idea
de autogestin por el sistema establecido.
Consiste en dejarla lo menos posible en
la vaguedad, en sacar todas sus
consecuencias. Slo as se puede mostrar
la diferencia que separa la idea d una
gestin colectiva de la produccin por los
productores y de la sociedad por
todos los hombres y mujeres de sus
caricaturas vacas y engaosas.
2. Ahora bien, resulta precisamente
caracterstico, en todas las discusiones
sobre la autogestin, no evocar casi
nunca un aspecto fundamental de la
organizacin actual de la empresa y de la
sociedad: el de la jerarqua, tanto como
jerarqua del poder y del mando que
como jerarqua econmica, de los salarios
y las rentas. Sin embargo, desde el
momento en que se considera a la autogestin ms all de los lmites del equipo
de trabajo, la jerarqua del poder y del
mando tal como existe ahora en la
empresa
resulta
necesariamente
cuestionada, y, por consiguiente, tambin
la jerarqua de los salarios. Pues la idea
de que una autogestin efectiva y
verdadera de la empresa por la
colectividad de los productores podra
coexistir con la estructura actual del
poder y del mando es una contradiccin
en los trminos. En efecto, qu
significado podra darse al trmino de
autogestin de la empresa si continuase
existiendo en ella la pirmide actual de
los puestos de mando, por la que una
minora de dirigentes, de diferentes
grados, gestiona el trabajo de la mayora
de los productores, reducidos a simples
tareas de ejecucin? En qu sentido
podran
los
trabajadores
gestionar
52

efectivamente la produccin y la empresa, si un aparato directivo separado de


ellos mantuviese en sus manos el poder
de decisin? Y sobre todo, cmo
podran manifestar los trabajadores un
inters activo por la vida y la marcha de
la
empresa,
sentirse
realmente
responsables y afectados por todo lo que
ocurre en ella y considerar que se trata
de cosa suya sin lo cual todo intento
de autogestin est destinado a hundirse
desde dentro si, por una parte, estn
condenados a la pasividad por el
mantenimiento de un aparato directivo
que decide slo en ltima instancia, y si,
por otra parte, la persistencia de
desigualdades econmicas les peisuade de
que finalmente la marcha de la empresa
no es cosa suya, puesto que sobre todo
beneficia a una pequea parte del
personal?
Asimismo, a una escala ms amplia,
como la marcha de la empresa depende
en gran medida de la marcha del
conjunto de la economa y de la
sociedad, resulta difcil comprender cmo
la autogestin de la empresa puede llegar
a tener su verdadero contenido sin que
los rganos colectivos de los productores
y de la poblacin asuman las funciones
de coordinacin y de orientacin general
que ahora estn en manos de los
diferentes
poderes
polticos
y
econmicos.
3. Sin duda, la existencia de una
jerarqua del mando, de los salarios y de
las rentas actualmente se presenta como
justificada por una gran cantidad de
argumentos. Antes de discutirlos, hay que
sealar, por una parte, que muy
claramente poseen un carcter ideolgico:
su objetivo es justificar, con una lgica
simplemente aparente, una realidad con
la que tienen muy poco que ver, y ello a
partir de presupuestos que se dejan en la
53

sombra. Por otra parte, sufren los efectos


de lo que sucede al conjunto de la
ideologa oficial de la sociedad desde
hace algunos decenios. Esa ideologa se
descompone, ya no puede presentar un
rostro coherente, ya que se atreve a
invocar valores que ya nadie acepta y no
puede invocar otros. El resultado de todo
ello es una multitud de contradicciones:
as, por ejemplo, hemos llegado en
Francia, en nombre de la participacin
gaullista, poder absoluto e incontrolado
del presidente de la Repblica. As,
tambin, los argumentos invocados para
justificar la jerarqua se contradicen entre
s, o se apoyan, segn los casos, en
bases diferentes e incompatibles, o
tendran que conducir, en buena lgica, a
conclusiones prcticas diametralmente
opuestas a lo que se hace en la realidad.
4. El punto central que la ideologa
oficial presenta en materia de jerarqua es
la justificacin de la jerarqua de los
salarios y las rentas en base a la
jerarqua del mando, que a su vez es
defendida por reposar en una jerarqua o
una escala del saber o de la cualificacin o de las capacidades o de las
responsabilidades o de la penuria de la
especializacin considerada. Se puede
observar inmediatamente que esas escalas
no coinciden entre s y no corresponden,
ni lgicamente, ni en la realidad: puede
haber (y hay) penuria de basureros y
pltora de profesores; grandes cientficos
no tienen ninguna responsabilidad,
mientras que algunos trabajadores con
muy poco saber cotidianamente tienen
una responsabilidad de vida o muerte de
centenares o millares de personas. En
segundo lugar, todo intento de realizar
una sntesis de esos diferentes
criterios, de ponderarlos, resulta fatal y
necesariamente arbitrario. Por ltimo,
igual de arbitrario, y sin rastro de posible
54

justificacin, es el paso de esa escala,


supuestamente
establecida,
a
una
diferenciacin de los salarios: por qu
un ao de estudios, o un diploma de
ms, vale 100 F ms al mes y no 10 o
1.000?
Pero
consideremos
esos
argumentos uno por uno.
5. Se dice que la jerarqua del mando
y de las rentas est justificada por y en
base a una jerarqua o escala del saber.
Pero en la empresa (como en la
sociedad) contempornea, los que poseen
ms saber no son los que mandan y
tienen las rentas ms elevadas. Cierto es
que la parte superior de la jerarqua se
recluta sobre todo entre los que tienen
diplomas. Sin embargo, adems de que
resultara ridculo identificar saber y
diplomas, no son los que poseen ms
saber los que suben en la escala del
mando y de los salarios, sino los ms
hbiles en la competicin y la lucha que
se desarrolla en el seno de la burocracia
que dirige la empresa. Una empresa
industrial prcticamente nunca es dirigida
por el ms sabio de sus ingenieros:
general se le arrincona en una oficina de
estudios e investigacin. Y a escala
social, de todos es sabido que los sabios
o cientficos, grandes o no, no poseen
ningn poder y slo cobran una pequea
fraccin de lo que cobra el dirigente de
una empresa media. Ni en la empresa, ni
en la sociedad contempornea, el poder y
las rentas elevadas van a los que tienen
mayor saber; estn en manos de una
burocracia, en cuyo seno la promocin
no tiene nada que ver con el saber, o
las capacidades tcnicas, sino que est
determinada por la capacidad de subsistir
en las luchas entre camarillas y clanes
(capacidad que no tiene ningn valor
econmico o social, a no ser para su
propietario) y por los vnculos que se
tienen con el gran capital (en los pases
55

occidentales) o con el partido poltico


dominante (en los pases del Este).
. Lo que acabamos de decir tambin
muestra lo que hay que pensar del
argumento que justifica la jerarqua por
las diferencias entre las capacidades de
la gente. Cuando se consideran las
diferencias de salario y de poder
realmente
importantes
no
las
existentes entre un pen y un fresador,
sino entre el conjunto de los trabajadores
manuales, por un lado, y la cumbre del
aparato dirigente, por el otro puede
verse que lo premiado no es la
capacidad de realizar bien un trabajo,
sino la capacidad de apostar al caballo
bueno. Pero la ideologa oficial tambin
pretende que la jerarqua de los salarios
corresponde a una capacidad muy
especfica: una capacidad de dirigir, de
organizar, o incluso de concebir y
vender un producto. Resulta evidente,
sin embargo, que esas capacidades
slo tienen sentido respecto al sistema
actual y en su contexto. La capacidad
de dirigir, tal como se entiende
actualmente, slo tiene sentido y valor
para un sistema que separa y opone a
ejecutantes y dirigentes los que
trabajan y los que dirigen los trabajos de
los dems. La organizacin actual de la
empresa y de la sociedad provoca una
funcin de direccin separada de la
colectividad de los productores y opuesta
a stos, a los que necesita. Lo mismo es
cierto respecto a la organizacin del
trabajo. Y lo mismo tambin es cierto
respecto a la capacidad de vender y
concebir un producto; pues slo en la
medida
en
que
la
produccin
contempornea se basa cada vez ms en
la fabricacin artificial de necesidades
y la manipulacin de los consumidores
esa
funcin,
y
la
capacidad
56

correspondiente, adquiere sentido y valor.


En segundo lugar, en la empresa
contempornea ya no son los individuos
quienes realizan esas funciones. Son
aparatos cada vez ms importantes y
cada vez ms impersonales quienes se
encargan de la organizacin del trabajo
y de la produccin, de la publicidad y de
las ventas, e incluso de las decisiones
ms
importantes
relativas
al
funcionamiento y al futuro de la empresa
(inversiones, nuevas fabricaciones, etc.).
Por otra parte, lo ms importante es que
en una gran empresa moderna al
igual que en el Estado nadie dirige
realmente: la& decisiones se toman al
final de un complejo proceso, impersonal
y annimo, de tal modo que la mayora
de las veces resulta imposible decir
quin y cundo se ha decidido tal o cual
cosa. Hay que aadir que en el seno del
aparato directivo de la empresa (como de
las otras instituciones contemporneas, y
principalmente del Estado) existe una
enorme diferencia entre la manera cmo
se considera que ocurren las cosas y la
manera cmo ocurren efectivamente,
entre el procedimiento formal y el
procedimiento real de la toma de
decisiones; del mismo modo que en el
taller hay una enorme diferencia entre la
manera como se supone que los obreros
realizan su trabajo y la manera cmo se
desenvuelven para realizarlo realmente.
Formalmente, por ejemplo, es la reunin
de un Consejo de administracin la que
ha de decidir tal cosa; en la realidad, la
decisin ya ha sido tomada entre
bastidores antes de la reunin, o bien
ser modificada a continuacin por los
que tienen que ejecutarla efectivamente.
7. Los argumentos que justifican la
jerarqua
a
partir
de
las
responsabilidades no pesan mucho
57

ms. En primer lugar hay que


preguntarse: en qu casos la responsabilidad
puede
ser
realmente
localizada y, llegado el caso, sancionada?
Dado el carcter cada vez ms colectivo
de la produccin y de las actividades en
la sociedad moderna, esos casos son
rarsimos y no se encuentran, en general,
ms que en los peldaos ms bajos de la
jerarqua: se sancionar al guarda-agujas
supuestamente
responsable
de
un
accidente de ferrocarril, pero no puede
sancionarse a los responsables del
incendio del C.E.S. douard-Pailleron (de
hecho, resulta prcticamente imposible
encontrarlos): la responsabilidad, en
este ltimo caso, se diluye en los
millares de dossiers de la administracin.
Y quin ha sido sancionado por los
miles de millones despilfarrados en el
asunto de los mataderos de La Villette?
Aqu tambin, no existe ninguna relacin
entre la lgica del argumento y lo que
ocurre efectivamente. Un guarda-agujas o
un controlador de la navegacin area
cada da tiene en sus manos la vida de
varios centenares de personas, y cobra
varias decenas de veces menos que los
P.D.G de la S.N.C.F. o de Air France
que no tienen en sus manos la vida de
nadie.
8. Apenas
se
puede
discutir
seriamente el argumento segn el cual la
jerarqua de los salarios se explica y se
justifica por la penuria relativa de las
diferentes cuali- ficaciones o tipos de
trabajo. Esa penuria, cuando existe,
puede alzar en un perodo, corto o largo,
las remuneraciones de una categora, pero
nunca los saca de unos estrechos lmites.
Cualquiera que sea la penuria relativa
de mecnicos y la pltora relativa de
abogados, los segundos siempre estarn
mucho mejor pagados que los primeros.
9. No
slo
ninguno
de
esos
58

argumentos se sostiene lgicamente, y no


corresponde con lo que ocurre en la
realidad, sino que son incompatibles unos
con otros. Si se tomasen en serio, la
escala de los salarios correspondiente al
saber (o ms bien a los diplomas)
sera totalmente diferente de la que
corresponde a las responsabilidades, y
as sucesivamente. Los sistemas de
remuneracin actuales pretenden realizar
una sntesis de los supuestos factores
de la remuneracin, mediante una
evaluacin del trabajo realizado en tal
empleo o tal lugar (job evaluation). Pero
esa sntesis es un burdo engao: no se
puede ni medir realmente cada factor
tomado separadamente, ni sumarlos, a no
ser de una manera arbitraria (con
ponderaciones que no corresponden a
ningn elemento objetivo). Ya resulta
absurdo medir el saber por diplomas
(cualquiera que sea su calidad y la del
sistema educativo). Resulta imposible
comparar entre s responsabilidades, a
no ser en casos banales y sin inters: hay
condutores de trenes de pasajeros y de
trenes de mercancas, cuntas toneladas
de carbn vale una vida humana? Las
peregrinas medidas establecidas para cada
uno de los factores a continuacin son
sumadas, como cabras y coles, con la
ayuda de coeficientes de ponderacin que
no corresponden a nada, a no ser con la
imaginacin de los que los inventan.
La mejor ilustracin del carcter
engaoso de ese sistema lo proporcionan
los resultados de su aplicacin. Por una
pcrte, era justo prever que, tras dos
siglos de fijacin no cientfica de las
remuneraciones en la industria, la job
evaluation provocara un cambio radical
de la estructura existente de las
remuneraciones: resulta difcil creer, en
efecto, que, sin saber por qu, las
59

empresas ya aplicaban escalas de salarios


que correspondan milagrosamente con lo
que esa nueva ciencia iba a descubtrr. De hecho, las modificaciones
resultantes de la aplicacin del nuevo
mtodo han sido nfimas lo que da a
entender que el mtodo ha sido ajustado
de tal modo que perturbe lo menos
posible lo que ya se haca y proporcione
as una justificacin seudocientfica. Por
otra parte, la introduccin de la job
evaluation no ha disminuido en nada la
intensidad de los conflictos sobre las
remuneraciones absolutas y relativas que
ocupan la vida cotidiana de las empresas.
10. En general, nunca se insistir
demasiado en la duplicidad y la mala fe
de todas esas justificaciones, que siempre
invocan factores relativos a la naturaleza
del trabajo para fundar la diferencia de
los salarios y de las rentas mientras
que las diferencias, con mucho, menos
importantes son las que existen entre
trabajadores, y las ms importantes las
que existen entre la masa de los
trabajadores, por un lado, y las diferentes
categoras de dirigentes, por el otro (tanto
si se trata de dirigentes econmicos
como polticos). Pero la ideologa oficial
al menos obtiene as un resultado: en
contra de sus propios intereses y sin
motivo alguno, los propios trabajadores
parecen
conceder
tanta
o
ms
importancia a las mnimas diferencias
que existen entre ellos que a las enormes
diferencias que les separa de las capas
superiores de la jerarqua. Ms adelante
volveremos sobre esta cuestin.
11. Todo eso concierne a lo que
hemos llamado la ideologa de la
justificacin de la jerarqua. Tambin
existe un discurso aparentemente ms
respetable, el de la ciencia econmica,
acadmica o marxista. No podemos
emprender aqu su refutacin detallada.
60

Digamos sumariamente que, para la


economa acadmica, el salario se supone
que corresponde al producto marginal
del trabajo, es decir, a lo que aade
al producto la hora de trabajo de un
trabajador suplementario (o, lo que viene
a ser lo mismo, a lo que se substraera
del producto si se quitase un trabajador
de la produccin). Sin entrar en la
discusin terica de esta concepcin en
general, se puede demostrar fcilmente
que es insostenible, se puede probar
inmediatamente que es absurda en el
caso que nos interesa, el de la
remuneracin
diferenciada
de
las
diferentes cualificaciones, a partir del
momento en que hay divisin del trabajo
e interdependencia de los diferentes
trabajos, que es el caso general de la
industria moderna. Si, en una locomotora
de carbn, se suprime al conductor, no
se disminuye un poco el producto (el
transporte), se suprime totalmente; y lo
mismo es cierto, si se suprime al
fogonero. El producto de ese equipo
indivisible,
conductor
y
fogonero,
obedece a una ley del todo o nada, y no
existe producto marginal de uno que
pueda separarse del del otro. Lo mismo
ocurre en el caso de un taller y,
finalmente, para el conjunto de la fbrica
moderna, en la que los trabajos son
estrechamente interdependientes.
Para la economa marxista, por otra
parte, el salario ha de ser determinado
por la ley del valor trabajo, es decir,
de hecho ha de ser equivalente al coste
de produccin y de reproduccin de esa
mercanca que es, bajo el capitalismo, la
fuerza de trabajo. Por consiguiente, las
diferencias de salario entre trabajo no
cualificado y trabajo cualificado tendran
que corresponder con las diferencias de
los gastos de formacin de esas dos
categoras
(estando
lo
esencial
61

representado por el mantenimiento del


futuro trabajador durante sus aos
improductivos de aprendizaje). Es fcil
calcular que, sobre esta base, las
diferencias de remuneracin difcilmente
podran exceder la proporcin de 1 a 2
(entre el trabajo absolutamente privado
de toda cualificacin y el que exige 10 o
15 aos de formacin preparatoria).
Ahora bien, se est muy por encima de
eso en la realidad, tanto en los pases
occidentales como en los pases del Este
(en los que la jerarqua de los salarios es
prcticamente tan amplia como en los
pases occidentales).
Adems hay que sealar que, incluso
si la teora acadmica o marxista
ofreciesen una explicacin de las
diferencias de salarios, en ningn caso
podran proporcionarnos una justificacin
de ello. Pues, en ambos casos, se acepta
como dato no discutido e indiscutible la
existencia de diferentes cualificaciones,
que de hecho es el simple resultado del
sistema econmico y social global y de
su continua reproduccin. Si el trabajo
cualificado vale ms, se deber, por
ejemplo, en la concepcin marxista, a
que la familia de ese trabajador ha
gastado ms para su formacin (y,
tericamente, ha de recuperar sus
gastos lo que en la prctica significa
que el trabajador cualificado a su vez
podr financiar la formacin de sus hijos,
etc.). Pero, por qu ha podido gastar
ms, eosf. que otras familias no podan
hacer? Porque ya estaba privilegiada
desde el punto de vista de las rentas. p or
lo tanto, todo lo que esas explicaciones
dicen, en rigor, es que si existe una
diferenciacin jerrquica al principio, se
perpetuar por ese mecanismo. Aadamos
que si, ya no es el propio trabajador o su
familia, sino la sociedad la que asume
62

esos gastos de formacin (como ocurre


cada vez ms) no hay razn alguna para
que el que ya se ha beneficiado, a
expensas de la sociedad, de una
formacin que le asegura un trabajo ms
interesante menos penoso, etc., tenga que
sacarle provecho una segunda vez bajo la
forma de una renta ms elevada.
12. Pero la verdadera dificultad del
problema de la jerarqua, tanto del mando
como de los salarios, no es alcanzada por
esas discusiones, que son ms bien una
cortina de humo ante el verdadero
problema.
Concierne
a
factores
sociolgicos
y
psicolgicos
muy
profundos, que determinan la actitud de
los individuos frente a la estructura
jerrquica. No es un secreto para nadie, y
no hay razn alguna para ocultarlo: en
muchos trabajadores se encuentra una
aceptacin e incluso una valorizacin de
la jerarqua tan pronunciada como en las
capas privilegiadas. Incluso resulta
dudoso que los trabajadores que se
encuentran en lo ms bajo de la escala
jerrquica estn ms en contra de la
jerarqua que los otros (la situacin real
global es evidentemente de una gran
complejidad y vara con el tiempo). Y
hay que interrogarse seriamente sobre
este estado de cosas. Ello exige un largo
y difcil estudio, que evidentemente
tendr que realizarse con la ms amplia
participacin posible de los propios
trabajadores. Aqu simplemente tratamos
de consignar algunas reflexiones.
13. Siempre puede decirse que la
ideologa oficial de la jerarqua a la larga
ha penetrado en las clases trabajadoras, y
eso es cierto; pero es preciso preguntarse
cmo y por qu ha podido lograrlo,
puesto que como sabemos en un
principio y durante mucho tiempo despus, en Francia tanto como en
Inglaterra, el movimiento obrero era muy
igualitarista. Tambin es cierto que, de
63

todos modos, el sistema capitalista no


hubiese podido continuar funcionando, y
sobre todo no hubiese podido adquiiir su
forma burocrtica moderna, si la
estructura jerrquica no slo no hubiese
sido aceptada, sino valorizada e
interiorizada; es preciso que una parte
no desdeable de la poblacin acepte
jugar a fondo ese juego, para que el
juego sea jugable. Por qu lo juega? En
parte, sin duda, porque en el sistema
contemporneo la nica razn de vivir
que la sociedad es capaz de proponer, el
nico incentivo y cebo que ofrece es un
consumo, luego una renta, ms elevados.
En la medida en que la gente muerde ese
cebo y por el momento parece
morderlo casi todo el mundo, en la
medida tambin en que las ilusiones de
la movilidad y de la promocin,
como la realidad del crecimiento
econmico, le hace ver en los escalones
ms elevados niveles a los que aspiran y
esperan lograr llegar, cada vez conceden
menos importancia a las diferencias de
renta de lo que lo haran en una
situacin esttica. Existe la tentacin de
relacionar ese factor con lo que habra
que llamar la voluntad de ilusionarse
sobre la importancia real de las diferencias de salario que parece manifestar la
mayora de la poblacin: algunas
encuestas recientes han revelado que la
gente subestima en un grado fantstico
las diferencias de rentas existentes en
Francia.
Pero sin duda tambin existe un factor
ms profundo y ms difcil de formular
que aqu desempea el principal papel.
El triunfo de la gradual burocratizacin
de la sociedad ha sido al mismo tiempo,
y necesariamente, el triunfo de una
representacin imaginaria de la sociedad
en la que todo el mundo ms o
menos participa como pirmide o
sistema de pirmides jerrquicas. Ha64

blando
sin
remilgos:
al
hombre
contemporneo le parece imposible, por
as decirlo, el representarse una sociedad
en la que los individuos sean realmente
iguales en derechos y obligaciones, en la
que las diferencias entre los individuos
correspondiesen a otra cosa que a las
diferencias de sus posiciones en una
escala de mando y renta.
Y ello est ligado al hecho de que cada
uno slo puede representarse a s mismo,
ser algo ante s mismo (o, como diran
los psicoanalistas, establecer sus puntos
de sealizacin identificatorios), en
funcin del lugar que ocupa en una
estructura jerrquica, incluso aunque sea
en uno de sus escalones ms bajos. En
ltima instancia, podra decirse que se
es el nico medio que la sociedad capitalista burocrtica contempornea deja a los
hombres para que se sientan ser alguien,
algo aproximadamente determinado
puesto
que
todas
las
dems
determinaciones, todos los dems puntos
de fijacin de la persona, todos los
puntos de sealizacin cada vez estn
ms vaciados de su contenido. En una
sociedad en la que el trabajo se ha vuelto
absurdo en sus objetivos y en el modo
cmo es realizado, en la que ya no
existen verdaderas colectividades vivas,
en la que la familia se encoge y se
desmiem- bra, en la que todo se
uniformiza por los mass media y la
carrera del consumo, el sistema slo
puede ofrecer a los hombres, para
enmascarar el vaco de la vida que
produce, la irrisoria futilidad del lugar
que ocupan en la pirmide jerrquica.
Entonces no resulta incomprensible que
muchos se apeguen a l y que las
rivalidades profesionales y categoriales
disten mucho de haber desaparecido.
Por lo tanto, habr que examinar esos
factores y esas actitudes si se quiere
como as debe hacerse sacar adelante
65

una crtica radical de la jerarqua; y es


desde esa ptica desde donde habr que
intentar ver en qu medida, ya hoy, esa
representacin jerrquica de la sociedad
empieza a deteriorarse y a ser criticada,
en particular por los jvenes.
Acracia

1. Qu es la propiedad?
Pierre-Joseph Proudhon. Prlogo de
Mirko Roberti, Tra* duccin de Rafael
Garca Ormaechea (1903).

2. Historia del movimiento


macknovista
Pedro Archinof. Prlogo de Volin.
Traduccin de Diego Abad de
Santilln
3. El movimiento anarquista en
China Robert A. Scalapino
y George T. Yu.
4. Mujeres Libres Espaa 19361939 (Libertarios) Edicin de Mary
Nash.
5. Malatesta, vida e ideas Vernon
Richards.
. Consultorio psquico-sexual
(Libertarios)
Flix Mart Ibez.
7. Los trajes nuevos del presidente
Mao. Crnica de la Revolucin
Cultural
Simn Leys.

8. La sociedad burocrtica. Vol. I: Las


relaciones de produccin en Rusia
Cornelius Castoriadis.
9. La anarqua segn Bakunin
Edicin a cargo de Sam Dolgoff
con apuntes biogrficos de James
Guillaume.
10. La sociedad burocrtica. Vol. II: La
revolucin contra la burocracia
Cornelius Castoriadis.
11. Las escuelas racionalistas en
Catalua (Libertarios) Pere Sola.
12. Breves apuntes sobre las pasiones
66

humanas (Libertarios)
Ricardo Mella.
13. La Escuela Moderna (Libertarios)
Francisco Ferrer Guardia.
14. Mirando vivir (Libertarios)
Rafael Barrett.
15. Las colectividades campesinas
(1936*1939) (Libertarios)
Los de Siempre.
16. Para la anarqua (Libertarios)
Fernando Savater.
17. La revolucin Gustav
Landauer.
18. Folletos revolucionarios I:
Anarquismo: su filosofa y su iacdl
Pedro Kropokin.
19. Folletos revolucionarios II: Ley y
autoridad Pedro Kropotkin.
20. Guerra de clases en Espaa 19361937 (Libertarios) Camillo Berneri
21. Entre los campesinos de Aragn
(Libertarios) Agustn Souchy Bauer
22. El terror bajo Lenin
Jacques Baynac. Traduccin de
Juan Gmez Casas
23. Boletn de la Escuela Moderna
(Libertarios) Edicin a cargo de
Albert Mayol
24. Revolucin y contrarrevolucin en
Catalua (1936- 1937)
Carlos Semprn-Maura
25. El homosexual ante la sociedad
enferma (Libertarios) Edicin a
cargo de Jos Ramn Enrquez
26. Ni Dios, ni amo, ni C.N.T.
(Libertarios)
Carlos Semprn-Maura
27 La experiencia del movimiento
obrero I:
Cmo luchar Cornelius
Castoriadis 28. Sistema de la
agresin Sade

Historia de las luchas biseculares contra la organizacin capi talista


de la empresa y de la sociedad, la historia del movi miento obrero
es tambin la de su burocratizacin: sindicatos y partidos,

67

convertidos en engranajes de la sociedad establecida, o en ncleos


de una nueva capa dominante; formas de lucha, objetivos e ideas
integralmente arrastrados en la misma decadencia. Ni accidente, ni
fatalidad, esa burocratizacin expresa la reproduccin, en el interior
del movimiento obrero, de la relacin social fundamental del
capitalismo en todas sus versiones: de empresa privada y de
Estado- y la remanencia de su principio: la divisin entre dirigentes
y ejecutantes (cuadros/militantes, partido/clase, teora/aplicacin).
De esta relacin se sigue siendo igualmente prisionero tanto
cuando se suprime, en la idea, el problema de la organizacin,
queriendo ignorarla, como cuando se identifica organizacin y
burocracia. Pues, ser revolucionario significa rechazar la idea de
que hay un maleficio en la sociedad y la organizacin como tales;
rechazar la falsa alternativa de los Molochs burocrticos
impersonales y de las verdaderas relaciones humanas reducidas a
unos cuantos individuos; creer que est al alcance de los hombres
el crear, tanto a la escala de una organizacin como a la de la
sociedad, instituciones que no sean las de su alienacin.
Con este segundo volumen de La experiencia del movimiento
obrero y los dos volmenes de La sociedad burocrtica,
finalizamos la publicacin de los trabajos y estudios realizados por
el gran pensador griego, Cornelius Castoriadis, en la "evista
"Socialismo o Barbarie".
En la cubierta: ilustracin extrada del libro El hombre y la tierra de
Eliseo Recls, Editorial Maucci.

11. V. el resumen de esa crtica en J. A. C.


Brown, loe. cit., caps. I y III. Alain Touraine
escribe a propsito del taylorismo {V volution du
travail ouvrier atix usines Renault, Pars, 1955, p.
115): Desde Tyalor, los tcnicos del personal se
han esforzado en suprimir el pasear (de los
obreros) pero lo.% mtodos pseudo-cientficos y
puramente coactivos de Taylor son hoy condenados;
la importancia de las relaciones humanas, de las
comunicaciones, de la organizacin informal, es
decir, de la integracin social ( social adjustement)
del obrero en la empresa, se ha convertido en el
tema
principal
del
Personnel
Management
68

norteamericano. Pero de qu sirve condenar a


Taylor cuando sabemos que la gran mayora de
26. V. la descripcin extraordinariamente viva de
esa organizacin informal en las fbricas Renault
que hace D. Mo- th, Lusine et la gestin
ouvrire, S. ou B., n. 22, en particular pp. 81
a 90, 101-102 y 106-110.
A
11.Es una expresin de Kautsky, en la
introduccin que escribi a El Capital y que se
public por separado con el ttulo de Introduccin
al conjunto del marxismo, sirviendo para la
formacin de generaciones enteras de militantes.
12.En ningn sitio se ve ms claramente esta
contradiccin que en Rosa Luxemburg, la
revolucionaria que subray de la forma ms
extrema la importancia de la experiencia propia de
las masas y de su accin autnoma, y que dedic
todo su trabajo terico a una tentativa vana, hay
que aadir de demostrar que el proceso de
acumulacin haba de conducir inexorablemente al
derrumbamiento del capitalismo.
* Pouvoir Ouvrier, suplemento mensual de S.
ou B., n. 5 (marzo de 1959).
1. S. ou B., n., 1, p. 4 (subrayado en el
texto). (V. La sociedad burocrtica, 1. Las relaciones
de produccin en Rusia, p. 84.)
9. The American Worker, NY, 1947 (trad. fr. en
S. ou 3-, n 1 a 8).
*7

13. V. Le mouvement rvolutionnaire..., S. ou


B.} pp. 77-78 (trad. esp., loe. cit., cap. 18: Las
condiciones reales de una revolucin socialista).
16. V., en este volumen, Proletariado y
organizacin, pp. 93-183.

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