Princeps Pastorum
Princeps Pastorum
ENCCLICA
PRINCEPS PASTORUM
DE SU SANTIDAD
JUAN XXIII
SOBRE EL APOSTOLADO MISIONERO
INTRODUCCIN
La preocupacin misionera del Papa
1. El Prncipe de los Pastores (1Pe 5, 4) nos confi los corderos y las ovejas, esto es,
toda la
grey de Dios (cf. Jn 21, 15-57) doquier que more en el mundo, para apacentarla y
regirla, y, por
ello, Nos respondimos a su dulce llamamiento de amor, tan conscientes de nuestra
humildad
como confiados en su potentsimo auxilio; y desde aquel mismo momento siempre tuvi
mos ante
nuestro pensamiento la grandeza, hermosura y gravedad de las Misiones catlicas [1
]; por lo cual
nunca dejamos de consagrarles nuestra mxima preocupacin y cuidado. Al cumplirse el
primer
aniversario de nuestra coronacin, en la homila, sealamos como uno de los ms gozosos
acontecimientos de nuestro Pontificado el da aqul, cuando, el 11 de octubre, se re
unieron en la
sacrosanta Baslica Vaticana ms de cuatrocientos misioneros, para recibir de nuestr
as manos el
Crucifijo antes de dirigirse a las ms lejanas tierras a fin de iluminarlas con la
luz de la fe cristiana.
Y ciertamente que, en sus arcanos y amables designios, la Providencia divina ya
desde los
primeros tiempos de nuestro ministerio sacerdotal lo quiso enderezar al campo mi
sional. Porque,
apenas terminada la primera guerra mundial, nuestro predecesor, de venerable mem
oria,
Benedicto XV nos llam desde nuestra nativa dicesis a Roma, para colaborar en la Obr
a de la
Propagacin de la Fe, a la que de buen grado consagramos cuatro muy felices aos de n
uestra
e la persecucin y
regmenes hostiles al nombre de Dios y de Cristo se afanan por ahogar la semilla d
e la palabra
del Seor (cf. Mt 13,19). Doquier nos apremia la urgente necesidad de procurar la
salud de las
almas en la mejor forma posible; doquier surge la llamada "Ayudadnos!" (Hch 16,9)
que llega a
nuestros odos. As, pues, a todas estas innumerables regiones, fecundadas por la sa
ngre y el
sudor apostlico de los heroicos heraldos del Evangelio procedentes de todas las na
ciones que
hay bajo el cielo (Ibd., 2,5)), y en las que ya germinan ahora como floracin y frut
o de gracia
apstoles nativos, deseamos que les llegue nuestra afectuosa palabra, tanto de ala
banza y de
nimo como de adoctrinamiento, alimentada por una gran esperanza que no teme ser c
onfundida,
porque est cimentada en la promesa infalible del Divino Maestro: Mirad que yo esto
y con
vosotros todos los das hasta la consumacin de los siglos (Mt 28,20). Tened confianza
; yo he
vencido al mundo (Jn 16,33).
I. LA JERARQUA Y EL CLERO LOCAL
Llamamiento de Benedicto XV
4. Luego de terminar la tremenda guerra mundial primera, que a una gran parte de
la humanidad
caus tantas muertes, destrucciones y tristezas, la carta apostlica, que ya hemos r
ecordado, de
nuestro predecesor Benedicto XV, Maximum illud (cf. AAS 11 [1919] 440ss.), reson
cual
desgarradora llamada paterna que quera despertar a todos los catlicos para lograr
doquier las
nuevas y pacficas conquistas del Reino de Dios; del Reino de Dios decimos , nico que
puede dar y asegurar a todos los hombres, hijos del Padre celestial, una paz dur
adera y una
genuina prosperidad. Y desde entonces, durante cuarenta aos de actividad misioner
a, tan
intensos como fecundos, un hecho de la mxima importancia ha coronado los ya felic
es
progresos de las Misiones: el desarrollo de la Jerarqua y del clero local.
Conforme al fin ltimo del trabajo misional que es, segn Po XII, el de constituir estab
lemente
la Iglesia entre otros pueblos y confiarla a una Jerarqua propia, escogida de ent
re los cristianos
de all nacidos[5], esta Sede Apostlica siempre oportuna y eficazmente ha provisto,
y en estos
ltimos tiempos con expresiva largueza, el establecer o restablecer la Jerarqua ecl
esistica en
aquellas regiones donde las circunstancias permitan y aconsejaban la constitucin d
e sedes
episcopales, confindolas siempre que era posible a prelados nativos de cada lugar
. Por lo
dems, nadie ignora cmo ste ha sido siempre el programa de accin de la S. Congregacin d
e
Propaganda Fide. Mas fue precisamente la epstola Maximum illud la que puso bien de
manifiesto, como nunca hasta entonces, toda la importancia y urgencia del proble
ma, recordando
una vez ms, con tiernos y apremiantes acentos, el urgente deber por parte de los
responsables de las Misiones de procurar vocaciones y la educacin de aquel que ent
onces se
llamaba clero indgena, sin que este calificativo haya significado jams discriminacin
o
peyoracin, que siempre han de excluirse del lenguaje de los Romanos Pontfices y de
los
documentos eclesisticos.
gracias con Nos al Seor, que ha suscitado en las tierras de Misin una numerosa y s
electa
plyade de obispos y de sacerdotes, dilectsimos hermanos e hijos nuestros, abriendo
as nuestro
corazn a las ms dulces esperanzas.
Pues una rpida ojeada aun tan solo a las estadsticas de los territorios confiados
a la Sagrada
Congregacin de Propaganda Fide, sin contar los actualmente sometidos a la persecu
cin, nos
dice que el primer obispo de raza asitica y los primeros vicarios apostlicos de es
tirpe africana
fueron nombrados en el 1939. Y, hasta el 1959, se cuentan ya 68 obispos de estir
pe asitica y 25
de estirpe africana. El clero nativo ha pasado de 919 miembros, en el 1918, a 5.
553, en 1957,
para Asia, y de 90 miembros a 1.811, en el mismo espacio de tiempo, para frica. A
s es como
el Seor de la mies (cf. Mt 9,58) ha querido premiar las fatigas y mritos de todos cu
antos, con
la accin directa y con la mltiple colaboracin, se han consagrado al trabajo de las
Misiones
segn las repetidas enseanzas de la Sede Apostlica. No sin razn, pues, poda afirmar as,
con
legtima satisfaccin, nuestro predecesor Po XII, de venerable memoria: Tiempo hubo en
que la
vida eclesistica, en cuanto es visible, se desarrollaba preferentemente en los pas
es de la vieja
Europa, de donde se difunda, cual ro majestuoso, a lo que podra llamarse la perifer
ia del
mundo; hoy aparece, por lo contrario, como un intercambio de vida y energa entre
todos los
miembros del Cuerpo Mstico de Cristo en la tierra. No pocas regiones de otros con
tinentes han
sobrepasado hace ya mucho tiempo el periodo de la forma misionera de su organiza
cin
eclesistica, siendo regidos ya por una propia jerarqua y dando a toda la Iglesia b
ienes
espirituales y materiales, mientras que antes solamente los reciban [6].
Al Episcopado y al clero de las nuevas iglesias deseamos dirigir nuestra paterna
l exhortacin para
que rueguen y obren de suerte que su sacerdocio se torne fecundo, mediante la de
cisin de
hablar siempre que sea posible, en las explicaciones catequsticas y en la predica
cin, sobre la
dignidad, la belleza, la necesidad y los grandes merecimientos del estado sacerd
otal, hasta mover
a todos cuantos Dios quisiere llamar a tan excelso honor a que correspondan sin
vacilacin y con
gran generosidad a la vocacin divina. Y hagan tambin que las almas a ellos confiad
as rueguen
por ello, mientras la Iglesia toda, segn la exhortacin del Divino Redentor, no ces
a de suplicar al
Cielo por la mismas intenciones, para que el Seor enve operarios a su mies (Lc 10,2)
,
singularmente en estos tiempos, cuando la mies es mucha y son pocos los operarios
(Ibd.).
sus propias misiones se encuentra como en su patria, doquier que el reino de Dio
s florezca o se
encuentre en sus principios [7]. Luego trabajen todos juntos, en la armona de una
fraternal,
sincera y delicada caridad, firme reflejo del amor que ellos tienen al Seor y a s
u Iglesia, en
perfecta, gozosa y filial obediencia a los obispos que el Espritu Santo ha puesto
para regir la
Iglesia de Dios (Hch 20,28), agradeciendo cada uno al otro por la colaboracin ofre
cida, cor
unum et anima una (Ibd., 4,32), para que del modo como ellos se aman brille a los
ojos de todos
como son verdaderamente discpulos de Aquel que ha dado a los hombres como primero
y
mximo precepto nuevo y suyo, el del mutuo amor (cf. Jn 13,34; 15,12).
II. LA FORMACIN DEL CLERO LOCAL
Primaca de la formacin espiritual
7. Nuestro recordado predecesor, Benedicto XV, en la Maximum illud insisti en inc
ulcar a los
directores de Misin que su ms asidua preocupacin haba de ser dirigida a la completa y
perfecta (AAS 11 [1919] 445) formacin del clero local ya que, al tener comunes con
sus
connacionales el origen, la ndole, la mentalidad y las aspiraciones, se halla mar
avillosamente
preparado para introducir en sus corazones la Fe, porque conoce mejor que ningn o
tro las vas
de la persuasin (Ibd.).
Apenas si es necesario recordar que una perfecta educacin sacerdotal ante todo ha
de estar
dirigida a la adquisicin de las virtudes propias del santo estado, ya que ste es e
l primer deber
del sacerdote, el deber de atender a la propia santificacin [8]. El nuevo clero nat
ivo entrar,
pues, en santa competencia con el clero de las ms antiguas dicesis, que desde hace
ya tanto
tiempo ha dado al mundo sacerdotes que, por el herosmo de sus esplendentes virtud
es y la viva
elocuencia de sus ejemplos, han merecido ser propuestos como modelos para el cle
ro de toda la
Iglesia. Porque principalmente con la santidad es como el clero puede demostrar
que es luz y sal
de la tierra (cf. Mt 5,13-14), esto es, de su propia nacin y de todo el mundo; pue
de convencer
de la belleza y poder del Evangelio; puede eficazmente ensear a los fieles que la
perfeccin de
la vida cristiana es una meta a la cual pueden y deben tender con todo esfuerzo
y con
perseverancia los hijos de Dios, cualquiera sea su origen, su ambiente, su cultu
ra y su
civilizacin. Con paternal corazn ansiamos llegue el da en que el clero local pueda
doquier dar
sujetos capaces de educar para la santidad a los alumnos mismos del santuario, s
iendo sus guas
espirituales. A los obispos y a los superiores de las Misiones, Nos dirigimos ta
mbin la invitacin
de que ya desde ahora no duden escoger, de entre su clero local, sacerdotes que
sacerdotes sean preparados para su ministerio mediante una educacin slida y comple
ta del
espritu y del corazn. Y que de ello sean capaces los jvenes de toda raza y proceden
tes de
cualquier parte del mundo, ni siquiera vale la pena de recordarlo: los hechos y
la experiencia lo
han demostrado con toda claridad. Natural es que en la formacin del clero local s
e tenga buena
cuenta de los factores ambientales propios de las diversas regiones.
Para todos los candidatos al sacerdocio vale la sapientsima norma, segn la cual el
los no han de
formarse en un ambiente demasiado retirado del mundo [9], porque entonces cuando va
yan
en medio del mundo podrn encontrar serias dificultades en las relaciones con el p
ueblo y con el
laicado culto, y puede as ocurrir o que tomen una actitud equivocada o falsa haci
a los fieles, o
que consideren desfavorablemente la formacin recibida [10]. Habrn ellos de ser sace
rdotes
espiritualmente perfectos, pero tambin gradualmente y con prudencia insertados en
la parte del
mundo [11] que les hubiere tocado en suerte, a fin de que la iluminen con la verd
ad y la
santifiquen con la gracia de Cristo.
A tal fin, aun en lo que atae al rgimen mismo del seminario, conviene insistir sob
re la manera
de vivir local, mas no sin aprovechar todas aquellas facilidades ya tcnicas, ya m
ateriales, que
hace mucho tiempo son bien y patrimonio de todas las culturas, pues que represen
tan un real
progreso para un tenor de vida ms elevado y para una ms conveniente salvaguarda de
las
fuerzas fsicas.
Educar al sentido de responsabilidad
9. La formacin del clero autctono, deca Nuestro venerado predecesor Benedicto XV, h
a de
encaminarse a hacerle capaz de tomar regularmente en sus manos, tan pronto sea p
osible, el
gobierno de las iglesias y guiar, con la enseanza y su ministerio, a los propios
connacionales por
el camino de la salvacin [12]. A tal fin, nos parece muy oportuno que todos cuant
os, ya sean
misioneros, ya nativos, se cuidan de tal formacin, se consagren concienzudamente
a desarrollar
en sus alumnos el sentido de la responsabilidad y el espritu de iniciativa [13],
de suerte que stos
se hallen en grado de tomar muy pronto y progresivamente todas las cargas, aun l
as ms
importantes, inherentes a su ministerio, en perfecta concordia con el clero misi
onero, pero
tambin con igual autoridad. Y sta ser, en realidad, la prueba de la eficacia plena
de la
educacin a ellos dada y constituir la coronacin y el premio mayor de todos cuantos
a ella
hayan contribuido.
r, por todos, al P.
Mateo Ricci. Tambin el clero nativo es el que ha de reducir toda inteligencia en h
omenaje a
Cristo (cf. Cor 10,5), como deca aquel incomparable misionero que fue San Pablo, y
as
atraerse en su patria la estimacin aun de las personalidades y de los doctos [18].
A juicio
suyo, los obispos procuren oportunamente constituir, para las necesidades de una
o ms
regiones, centros de cultura donde los sacerdotes los misioneros y los nativos ten
gan
ocasin de hacer que fructifique su preparacin intelectual y su experiencia en bene
ficio de la
sociedad en la que viven por eleccin o por nacimiento. Y a este propsito necesario
es tambin
recordar lo que sugera nuestro inmediato predecesor Po XII, que es deber de los fi
eles el
multiplicar y difundir la prensa catlica en todas sus formas [19], as como preocupar
se por las
as escriba l en la epst
Maximum illud que algn misionero de tal modo descuidara su dignidad que pensara ms
en su
patria terrena que en la celestial, y se preocupara con exceso por dilatar su po
dero y extender su
gloria. Tal modo de obrar constituira un dao funestsimo para el apostolado, y en el
misionero
apagara todo impulso de caridad hacia las almas y disminuira su propio prestigio a
los ojos aun
de su propio pueblo [25].
Peligro, que podra hoy repetirse bajo otras formas, por el hecho de que en muchos
territorios de
Misin se va generalizando la aspiracin de los pueblos al autogobierno y a la indep
endencia, y
cuando la conquista de las libertades civiles puede, por desgracia, ir acompaada
de excesos no
muy acordes con los autnticos y profundos intereses espirituales de la humanidad.
Nos mismo confiamos plenamente que el clero nativo, movido por sentimientos y pr
opsitos
superiores que se conformen a las exigencias universalistas de la religin cristia
na, contribuir
tambin al bienestar real de la propia nacin.
La Iglesia de Dios es catlica y no es extranjera en ningn pueblo o nacin [26], deca nu
estro
mismo predecesor, y ninguna Iglesia local podr expresar su vital unin con la Igles
ia universal, si
su Clero y su pueblo se dejaran sugestionar por el espritu particularista, por se
ntimientos de
malevolencia hacia otros pueblos, por un malentendido nacionalismo que destruyes
e la realidad
de aquella caridad universal que es el fundamento de la Iglesia de Dios, la nica
y verdadera
catlica.
III. EL LAICADO EN LAS MISIONES
Laicos nativos
14. Insistiendo en la necesidad de preparar con el mayor celo el surgir del cler
o autctono y de
formarlo con la mxima diligencia, nuestro venerado predecesor Benedicto XV no que
ra,
ciertamente, excluir la importancia, tambin ella muy fundamental, de un laicado n
ativo a la altura
de su propia vocacin cristiana y consagrado al apostolado. Que es lo que hizo exp
resamente,
realzndolo por completo, nuestro inmediato predecesor, de venerable memoria, Po XI
I [27], al
volver muchas veces sobre este tema que, hoy ms que nunca, se impone a la conside
racin y
requiere ser resuelto doquier en la mayor amplitud posible.
El mismo Po XII y de ello le resulta singular mrito y loa con abundante doctrina y c
on
renovadas exhortaciones [28] ha avisado y animado a los laicos a tomar solcitos s
u puesto activo
en el campo del apostolado colaborando con la Jerarqua eclesistica: pues, en verda
d, ya desde
los principios de la historia cristiana y en todas las pocas sucesivas, esta cola
boracin de los
fieles ha logrado que los obispos y el clero pudieran eficazmente desarrollar su
labor entre los
pueblos as en el campo propiamente religioso como en el de la vida social. Y ello
puede y debe
cumplirse tambin en nuestros tiempos, que presentan an mayores necesidades,
proporcionadas a una humanidad numricamente ms vasta y con exigencias espirituales
multiplicadas y complejas. Por lo dems, doquier que sea fundada la Iglesia, all de
be estar ella
siempre presente y activa con toda su estructura orgnica, y, por lo tanto, no slo
con la Jerarqua
en sus varios grados, sino tambin con el laicado; pues por medio del clero y de l
os seglares es
como ella necesariamente tiene que desarrollar su obra de salvacin.
Nmero y seleccin
15. En las nuevas cristiandades se trata, no tanto de procurar con las conversio
nes y bautismos
un gran nmero de ciudadanos para el reino de Dios, cuanto de hacerlos tambin aptos
, con la
conveniente educacin y formacin cristiana, para asumir cada uno, segn su propia con
dicin y
sus posibilidades propias, su responsabilidad en la vida y en el porvenir de la
Iglesia. De poco
servira el nmero de los cristianos, si les faltase la calidad; si faltara la firme
za de los fieles
mismos en la profesin cristiana y si les faltase profundidad en su propia vida es
piritual; si,
despus de haber nacido a la vida de la fe y de la gracia, no fueran ayudados a pr
ogresar en la
juventud y en la madurez del espritu que da impulso y prontitud para el bien. Por
que la profesin
de la fe cristiana no puede reducirse a un dato estadstico, sino que ha de revest
ir y modificar al
hombre en su profundidad (cf. Ef 4,24), dando significado y valor a todas sus ac
ciones.
Pero a dicha madurez no podrn llegar los seglares si tanto el clero misionero com
o el nativo no
se propusieren el programa sugerido ya en sus lneas esenciales por el primer Papa
. Sois una
raza escogida, un sacerdocio real, una nacin santa, un pueblo salvado, para que a
nunciis las
alabanzas de Aqul que desde las tinieblas os ha llamado a su admirable luz (1Pe 2,
9).
Una instruccin y educacin cristiana que se diera por satisfecha con haber enseado y
haber
hecho aprender las frmulas del catecismo y los preceptos fundamentales de la mora
l cristiana
con una sumaria casustica, sin traducirse en la conducta prctica, correra el riesgo
de procurar a
la Iglesia de Dios una grey, por decirlo as, pasiva. La grey de Cristo, por lo co
ntrario, est
formada por ovejitas que no slo escuchan a su Pastor, sino que estn en grado de re
conocerlo y
de reconocer su voz (cf. Jn 10,4.14), de seguirle fielmente y con plena concienc
ia por los pastos
de la vida eterna (cf. ibd., 10,9.10) a fin de merecer un da del Prncipe de los Pas
tores la
corona inmarcesible de la gloria (1Pe 5,4); ovejuelas que, conociendo y siguiendo
al Pastor que
por ellas ha dado su vida (cf. Jn 10,11), estn prontas a dedicarle su vida y a cu
mplir su voluntad
de conducir tambin a hacer parte del nico redil, a otras ovejas que no le siguen,
sino que
vagan, separadas de El, camino, verdad y vida (Ibd., 14,6).
El celo apostlico pertenece esencialmente a la profesin de la fe cristiana: en ver
dad que cada
uno est obligado a difundir su fe entre los dems, ya para instruir y confirmar a l
os otros fieles,
ya tambin para rechazar los ataques de los infieles [29], especialmente en tiempos
, como los
toda tu inteligencia (Mt 22,37). Ante los ojos de los fieles debe, pues, brillar
muy pronto con todo
su esplendor la sublimidad de la vocacin cristiana, de suerte que pronta y eficaz
mente se
encienda en su corazn el deseo y el propsito de una vida virtuosa y activa, modela
da en la
misma vida del Seor Jess, que, habiendo asumido la humana naturaleza, nos ha manda
do
seguir sus ejemplos (cf. 1Pe 2,21; Mt 11,29; Jn 13,15).
Deber de todo cristiano
16. Todo cristiano tiene que estar convencido de su deber primero y fundamental,
el ser testigo de
la verdad en que cree y de la gracia que le ha transformado. Cristo deca un gran Pa
dre de la
Iglesia nos ha dejado en la tierra para que seamos faros que iluminen, doctores q
ue enseen;
para que cumplamos nuestro deber de levadura; para que nos comportemos como ngele
s, como
anunciadores entre los hombres; para que seamos adultos entre los menores, hombr
es
espirituales entre los carnales, a fin de ganarlos; que seamos simiente y demos
numerosos frutos.
Ni siquiera sera necesario exponer la doctrina, si nuestra vida fuese tan irradia
nte; ni sera
necesario recurrir a las palabras, si nuestras obras dieran tal testimonio. Ya n
o habra ningn
pagano, si nos comportramos como verdaderos cristianos [30].
Fcil es de comprender que tal es el deber de todos los cristianos de todo el mund
o.
Y fcil es de entender cmo en los pases de Misin podra dar frutos especiales y singula
rmente
preciosos para la dilatacin del reino de Dios aun junto a quienes no conocen la b
elleza de
nuestra fe y la sobrenatural potencia de la gracia, segn ya exhortaba Jess: Que vue
stras
obras brillen de tal suerte ante los hombres, que vean vuestras obras buenas, y
glorifiquen a
vuestro Padre que est en los cielos (Mt 5,16), y San Pedro amonestaba amorosamente
a los
fieles: Amados, os exhorto a que os abstengis de los deseos carnales, que hacen gu
erra al
alma, y a que en medio de los gentiles tengis una buena conducta, de suerte que,
aunque os
calumnien como a malhechores, la vista de vuestras buenas obras les conduzca a g
lorificar a
Dios, en el da de su visitacin (1Pe 2,12).
Comunidad eclesial misionera
17. Mas el testimonio de cada uno debe ser confirmado y ampliado por el de toda
la comunidad
cristiana, como suceda en la floreciente primavera de la Iglesia, cuando la compa
cta y
perseverante unin de todos los fieles en la enseanza de los apstoles y en la comn fra
ccin
del pan y en las oraciones (Hch 2,42) y en el ejercicio de la ms generosa caridad
era motivo de
profunda satisfaccin y de mutua edificacin; y ellos alababan a Dios, y eran bien vi
stos de todo
el pueblo. Y luego el Seor aumentaba cada da los que venan a salvarse (Ibd., 2,47).
La unin en la plegaria y en la participacin activa de los divinos misterios en la
liturgia de la
Iglesia, contribuye en forma particularmente eficaz a la plenitud y riqueza de l
a vida cristiana en
s
necesidades espirituales, para cumplir todo su deber. Cada uno, por lo contrario
, contribuya de su
propia parte al incremento y a la difusin del reino de Dios sobre la tierra. Nues
tro predecesor Po
XII ha recordado a todos este su deber universal:
La catolicidad es una nota esencial de la verdadera Iglesia: hasta el punto que u
n cristiano no es
verdaderamente devoto y afecto a la Iglesia si no se siente igualmente apegado y
devoto de su
universalidad, deseando que eche races y florezca en todos los lugares de la tier
ra [33].
Todos deben entrar en porfa de santa emulacin y dar asiduos testimonios de celo po
r el bien
espiritual del prjimo, por la defensa de la propia fe, para darla a conocer a qui
en la ignora del
todo o a quien no la conoce bien y, por ello, malamente la juzga. Ya desde la nie
z y la
adolescencia, en todas las comunidades cristianas, aun en las ms jvenes, se necesi
ta que
clero, familias y las varias organizaciones locales de apostolado inculquen este
santo deber. Y se
dan ciertas ocasiones singularmente felices, en las que tal educacin para el apos
tolado puede
encontrar el puesto ms adaptado y su ms conveniente expresin. Tal es, por ejemplo,
la
preparacin de los jovencitos o de los recin bautizados al sacramento de la confirm
acin, con el
cual se da a los creyentes nueva fortaleza, para que valientemente amparen y def
iendan a la
Madre Iglesia y la fe recibida de ella [34]; preparacin, decimos, sumamente oportu
na, y de
modo especial donde existan, entre las costumbres locales, determinadas ceremoni
as de
iniciacin para preparar a los jvenes a entrar oficialmente en su propio grupo soci
al.
Los catequistas
20. Ni podemos menos de realzar, justamente, la obra de los catequistas, que en
la larga historia
de las Misiones catlicas han demostrado ser unos auxiliares insustituibles. Siemp
re han sido el
brazo derecho de los obreros del Seor, participando en sus fatigas y alivindolas h
asta tal punto
que nuestros predecesores podan considerar su reclutamiento y su muy bien cuidada
preparacin entre los puntos ms importantes para la difusin del Evangelio [35] y defin
irlos el
caso ms tpico del apostolado seglar[36]. Les renovamos los ms amplios elogios; y les
exhortamos a meditar cada vez ms en la espiritual felicidad de su condicin y a no
perdonar
nunca esfuerzo alguno para enriquecer y profundizar, bajo la gua de la Jerarqua, s
u instruccin y
formacin moral. De ellos han de aprender los catecmenos no slo los rudimentos de la
fe, sino
tambin la prctica de la virtud, el amor grande y sincero a Cristo y a su Iglesia.
Todo cuidado que
se dedicare al aumento del nmero de estos valiossimos cooperadores de la Jerarqua y
a su
adecuada formacin, as como todo sacrificio de los mismos catequistas para cumplir
en la forma
mejor y ms perfecta su deber, ser una contribucin de inmediata eficacia para la fun
dacin y el
progreso de las nuevas comunidades cristianas.
Apostolado seglar
21. En nuestra primera encclica ya hemos recordado los graves motivos por los que
se impone
hoy, en todos los pases del mundo, el reclutar a los seglares para el ejrcito pacfic
o de la
Accin Catlica, para ayudar en las obras de apostolado a la Jerarqua eclesistica [37].
Tambin hemos manifestado nuestra complacencia al considerar las muchas obras reali
zadas
ya, aun en los pases de misin, por estos preciosos colaboradores de los obispos y
de los
sacerdotes [38]; y ahora queremos renovar con toda la vehemencia de la caridad qu
e nos
apremia (cf 2Cor 5,14), el aviso y llamamiento de nuestro predecesor Po XII sobre
la necesidad
de que los seglares todos, en las Misiones, afluyendo numerossimos a las filas de
la Accin
Catlica, colaboren activamente con la Jerarqua eclesistica en el apostolado [39].
Los obispos de las tierras de Misin, el clero secular y el regular, los fieles ms
generosos y
preparados, han llevado a cabo los ms nobles esfuerzos para traducir en hechos es
ta voluntad
del Sumo Pontfice; y puede decirse que ya existe doquier una floracin de iniciativ
as y de obras.
Mas nunca se insistir bastante sobre la necesidad de adaptar convenientemente est
a forma de
apostolado a las condiciones y exigencias locales. No basta transferir a un pas l
o ya hecho en
otro; sino que, bajo la gua de la Jerarqua y con un espritu de la ms alegre obedienc
ia a los
sagrados Pastores, precisa obrar de tal suerte que la organizacin no se convierta
en sobrecarga
que cohba o malbarate preciosas energas, con movimientos fragmentarios y de excesi
va
especializacin, que, si son necesarios en otras partes, podran resultar menos tiles
en
ambientes, donde las circunstancias y las necesidades son totalmente diversas.
Prometimos, en nuestra primera encclica, volver a tratar con mayor amplitud este
tema de la
Accin Catlica, y a su tiempo tambin los pases de Misin podrn sacar de ello utilidad e
impulsos nuevos. Hasta entonces, trabajen todos en plena concordia y con espritu
sobrenatural,
convencidos de que tan slo as podrn gloriarse de poner sus fuerzas al servicio de l
a causa de
Dios, de la espiritual elevacin y del mejor progreso de sus pueblos.
Accin catlica
22. La Accin Catlica es una organizacin de seglares con propias y responsables funci
ones
ejecutivas [40]; por lo tanto, los seglares componen sus cuadros directivos. Ello
exige la
formacin de hombres capaces de imprimir a las varias asociaciones el impulso apos
tlico y
asegurarlas en su mejor funcionamiento; hombres y mujeres, por lo tanto, que, pa
ra ser dignos de
verse confiar por la Jerarqua la direccin primaria o la secundaria de las asociaci
ones, deben
ofrecer las ms amplias garantas de una formacin cristiana intelectual y moral solids
ima, por la
cual puedan comunicar a los dems lo que ya poseen ellos mismos, con el auxilio de
la divina
gracia [41].
Bien puede decirse que el lugar apropiado para esta formacin de los dirigentes la
icos de Accin
Catlica es la escuela. Y la escuela cristiana justificar su razn de existir en la m
edida en que
sus maestros sacerdotes y seglares, religiosos y seculares lograren formar slidos c
ristianos.
Nadie ignora la importancia que siempre ha tenido y tendr la escuela en los pases
de Misin y
atraviesan actualmente una fase de evolucin social, econmica y poltica, que est satur
ada de
consecuencias para su porvenir [42]. Problemas que en otras naciones ya estn resue
ltos o que
en la tradicin encuentran elementos de solucin, se presentan a otros pases con urge
ncia que
no est exenta de peligros, en cuanto podra aconsejar soluciones apresuradas y deri
vadas, con
deplorable ligereza, de doctrinas que no tienen en ninguna cuenta, o directament
e les
contradicen, los intereses religiosos de los individuos y de los pueblos. Los ca
tlicos, por su bien
privado y por el bien pblico de la Iglesia, no pueden ignorar tales problemas, ni
esperar les sean
dadas soluciones perjudiciales que en lo por venir exigiran esfuerzo mucho ms gran
de de
enderezamiento y derivaran en ulteriores obstculos para la evangelizacin del mundo.
En el campo de la actividad pblica es donde los laicos de los pases de Misin tienen
su ms
directa y preponderante accin, y es necesario proveer con gran premura y urgencia
para que las
comunidades cristianas ofrezcan a sus patrias terrenales, para bien comn de ellas
, hombres que
honren primero las diversas profesiones y actividades, y luego, con su slida vida
cristiana, a la
Iglesia que los ha regenerado a la gracia, de suerte que los sagrados Pastores p
uedan repetirles,
como dirigidas tambin a ellos, la alabanza que leemos en los escritos de San Basi
lio:
He dado gracias a Dios Santsimo por el hecho de que, aun estando ocupados en los n
egocios
pblicos, no habis descuidado los de la Iglesia; al contrario, cada uno de vosotros
se ha
preocupado de ella como si se tratara de un asunto personal, del cual dependa su
propia vida
[43].
Concretamente, en el campo de los problemas y de la organizacin de la escuela, de
la asistencia
social organizada, del trabajo, de la vida poltica, la presencia de expertos catli
cos nativos podr
tener la ms feliz y bienhechora influencia si ellos saben como es deber suyo perso
nal, que no
podran descuidar sin realidad de traicin inspirar sus intenciones y sus actos en lo
s principios
cristianos que una muy larga historia demuestra eficaces y decisivos para procur
ar el bien comn.
A este fin, como ya exhortaba nuestro predecesor, de venerable memoria, Po XII, n
o ser difcil
convencerse de la utilidad y de la importancia del auxilio fraternal que las Org
anizaciones
Internacionales Catlicas podrn dar al apostolado seglar en lo pases de Misin, ya en
el terreno
cientfico, con el estudio de la solucin cristiana que haya de darse a problemas es
pecficamente
sociales de las nuevas naciones, ya en el terreno apostlico, sobre todo, mediante
la organizacin
del laicado cristiano activo. Bien sabemos cunto ya se ha hecho y se va haciendo
por parte de
laicos misioneros, que han preferido temporal o definitivamente abandonar su pat
ria para
contribuir con mltiple actividad al bien social y religioso de los pases de Misin,
y al Seor
rogamos ardientemente que multiplique las plyades de estos espritus generosos y lo
s mantenga
a travs de las dificultades y fatigas que habrn de afrontar con espritu apostlico. L
os Institutos
Seculares podrn dar a las necesidades del laicado nativo en tierra de Misin una ay
uda
incomparablemente fecunda, si con su ejemplo saben suscitar imitadores y poner a
sus fuerzas
disposicin del Ordinario, para as acelerar el proceso de madurez de las nuevas com
unidades.
Se dirige nuestro llamamiento a todos aquellos laicos catlicos que doquier ocupan
lugares
destacados en las profesiones y en la vida pblica: consideren seriamente la posib
ilidad de
ayudar a sus hermanos recin logrados, aun sin abandonar su propia patria. Su cons
ejo, su
experiencia, su asistencia tcnica, podrn, sin excesiva fatiga y sin graves incomod
idades,
aportar una cooperacin a veces decisiva. Que no falte a los buenos el espritu de i
niciativa para
traducir a la prctica este Nuestro paternal deseo, dndolo a conocer all donde pueda
ser
acogido, estimulando las buenas disposiciones y logrando en ellas la mejor utili
zacin.
Jvenes y estudiantes
24. Nuestro inmediato predecesor exhort a los obispos para que, con espritu de fra
ternal y
desinteresada colaboracin, proveyesen a la asistencia espiritual de los jvenes catl
icos venidos
a sus dicesis desde los pases de Misin, con el fin de completar estudios o adquirir
experiencias
que les pongan en grado de asumir funciones directivas en su propio pas [44]. A c
un graves
peligros intelectuales y morales se hallen expuestos en una sociedad que no es l
a suya y que con
frecuencia, desgraciadamente, no es capaz de sostener su fe y animar su virtud,
cada uno de
vosotros, venerables hermanos, lo entienda perfectamente y, movido por la concie
ncia del deber
misionero que a todos los sagrados Pastores incumbe, proveer con la ms solcita cari
dad y en
los modos ms apropiados. Ni os ser difcil seguir a estos estudiantes, confiarlos a
sacerdotes y
seglares particularmente dotados para este ministerio, asistirles espiritualment
e, hacerles sentir y
experimentar la fragancia y los recursos de la caridad cristiana que a todos nos
hace hermanos,
preocupados cada uno del otro. A tantas y tantas ayudas como dais a las Misiones
, adase sta,
que os presenta ms inmediatamente un mundo geogrficamente alejado, pero espiritual
mente
vuestro tambin.
A estos mismos estudiantes, ahora, Nos queremos significarles no slo todo Nuestro
amor, sino
tambin dirigirles un conmovedor y afectuoso ruego: lleven siempre muy alta la fre
nte signada por
la sangre de Cristo y por la uncin del santo Crisma, aprovechen su estancia en el
extranjero no
tan slo para su propia formacin personal, sino tambin para ampliar y perfeccionar s
u formacin
religiosa. Podrn encontrarse expuestos a muchos peligros, pero tambin tienen la bu
ena ocasin
de lograr muchas ventajas espirituales de su estancia en las naciones catlicas, p
ues que todo
cristiano, cualquiera sea y doquier haya nacido, tiene siempre el deber del buen
ejemplo y de la
mutua edificacin espiritual.
CONCLUSIN
25. Luego de haberos hablado, venerables hermanos, sobre las necesidades actuale
s ms
caractersticas de la Iglesia en las tierras de Misin, no podemos menos de expresar
nuestra
conmovida gratitud hacia todos cuantos se prodigan por la causa de la propagacin
de la fe hasta
los extremos confines del mundo. A los queridos misioneros del clero secular y r
egular, a las
religiosas tan ejemplarmente generosas y tan excelentes para las varias necesida
des de las
Misiones, a los laicos misioneros que con tan santo entusiasmo marchan a extende
r el reinado de
la fe, Nos les aseguramos Nuestras muy singulares y cotidianas oraciones y toda
cuanta ayuda
tanto preocupa a los Pastores aun de las ms pequeas dicesis, que nunca se tenga la
menor
duda en animar las vocaciones misioneras y en privarse de excelentes sujetos lai
cos para
ponerlos a disposicin de las nuevas dicesis. No tardarn en recoger de tal sacrifici
o los frutos
sobrenaturales. Que la santa porfa de generosidad en que actualmente se hallan em
peados los
fieles del mundo entero con las manifestaciones de celo y de tangible caridad en
beneficio de las
Obras que, dependiendo de la Sagrada Congregacin de Propaganda Fide, encaminan los
socorros, procedentes de todas partes, hacia los destinos ms tiles y apremiantes,
aumente
tanto cuanto sin cesar crecen las necesidades. La caridad solcita y prctica de los
hermanos
animar a los fieles de las jvenes comunidades y les har sentir el calor de un afect
o
sobrenatural que la gracia alimenta en el corazn.
Muchas dicesis y comunidades cristianas de las tierras de Misin soportan sufrimien
tos y
persecuciones hasta sangrientas: a los sagrados Pastores que dan a sus hijos esp
irituales el
ejemplo de una fe que no se deja doblegar y de una lealtad que jams falla ni aun
a precio del
sacrificio de la vida; a los fieles tan duramente probados, mas tan amados por e
l Corazn de
Jesucristo que ha prometido la felicidad y una copiosa merced a quienes sufriere
n persecuciones
por causa de la justicia (cf. Mt 5,10-12), dirigimos Nuestra exhortacin para que
perseveren en su
santa batalla: el Seor, siempre misericordioso en sus inescrutables designios, no
dejar que les
falte el socorro de las ms preciosas gracias y de la ntima consolacin. Con los pers
eguidos se
halla en comunin de oraciones y de sufrimientos toda la Iglesia de Dios, segura d
e lograr la
esperada victoria.
Invocando con toda el alma sobre las Misiones Catlicas la vlida asistencia de sus
Santos
Patronos y Mrtires, y muy especialmente la intercesin de Mara Santsima, amorosa Madr
e de
todos nosotros y Reina de las Misiones, a cada uno de vosotros, venerables herma
nos, y a todos
cuantos de algn modo colaboran en la propagacin del Reino de Dios, con el mayor af
ecto
impartimos la Bendicin Apostlica, que sea prenda y fuente de las gracias del Padre
Celestial
que se revel en su Hijo Salvador del mundo, y que en todos encienda y multiplique
el celo
misionero.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el da 28 de noviembre de 1959, ao segundo de nues
tro
Pontificado.
Notas
[3] Cf. Po XI, Enc. Rerum Ecclesiae: AAS 18 (1926) 65ss.; Po XII, Enc. Evangelii p
raecones:
AAS 43 (1951) 497ss.; Fidei donum: AAS 49 (1957) 225ss.
[4] Enc. Ad Petri Cathedram: cf. AAS 51 (1959) 497ss.
[5] Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 507.
[6] Cf. Nuntius radioph. Pii XII die Natali D. N. I. C. habitus: AAS. 38 (1946)
20.
[7]. Epist. Pii XII ad Emmum. Card. Adeodatum Piazza: AAS 47 (1955) 542.
[8] Po XII, Exhort. apost. Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 677.
[9] Po XII, Exhort. apost. Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 686.
[10] Ibd.
[11] Ibd. 687.
[12] Cf. Carta apost. Maximum illud: AAS 11 (1919) 445.
[13] Cf. Po XII, Exhort. apost. Menti Nostrae: AAS 42 (1950) 686.
[14] Cf. Carta apost. Maximum illud: AAS. 11 (1919) 448.
[15] Enc. Evangelii praecones: AAS 43 (1951) 500.
[16] Ibd., 522.
[17] Cf. Discorso ai participanti al II Congresso mondiale degli scrittori e art
isti neri: L'Os. Rom. (3IV1959), 1. (Allocutio...: AAS 51 (1959) 260.
[18] Po XI, Enc. Rerum Ecclesiae: AAS 18 (1926) 77.
[19] Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 233.
[20] Ibd.
[21] Enc. Fidei donum: AAS 49 (1957) 231.
[22] Ibd., 238.