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04-Ana Magdalena

Este documento resume el capítulo 4 del libro "Razones para el amor" sobre la esposa de Johann Sebastian Bach, Ana Magdalena. Describe el profundo amor y admiración que sentía Ana Magdalena por Bach a través de varias citas de su libro. Argumenta que el amor de Ana Magdalena no sólo le multiplicó a ella sino que también multiplicó el genio de Bach y contribuyó a su obra musical.

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Este documento resume el capítulo 4 del libro "Razones para el amor" sobre la esposa de Johann Sebastian Bach, Ana Magdalena. Describe el profundo amor y admiración que sentía Ana Magdalena por Bach a través de varias citas de su libro. Argumenta que el amor de Ana Magdalena no sólo le multiplicó a ella sino que también multiplicó el genio de Bach y contribuyó a su obra musical.

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Razones para el amor

Autor: Martín Descalzo

Capítulo 4: Ana Magdalena

De todos los seres humanos, aquel hacia quien he tenido mayor envidia en mi vida ha sido Juan Sebastián
Bach: ante la estatura de su genio, me he sentido un pigmeo; ante la serenidad de mar en calma de su
espíritu, me ha parecido un laberinto de confusiones el mío; ante su equilibrio como ser humano, me he
experimentado neurótico; me he visto trivial y frívolo contemplando su hondura.

Pero hoy tengo que confesar algo nuevo: si hasta ahora le envidié, ante todo, por su música, por su obra
colosal, hoy creo que le envidio mucho más por su mujer, por el don infinito de haber sido querido por
alguien como Ana Magdalena Bach.

Acabo de leer uno de los libros más bellos que existen no por su calidad literaria, sino por el río de amor
que arrastra cada una de sus páginas: La pequeña crónica de Ana Magdalena Bach, de la que tanto había
oído hablar, pero no conocía.

Es un libro supersencillo. Una mujer ingenua, no excepcionalmente culta, habla, con el tono de una niña
adorante, del hombre que llenó su vida. Lo hace cuando él ha muerto, cuando todos han empezado ya a
olvidarle, cuando vive m la miseria porque su marido no supo ahorrar y ha sido necesario malvender los
pocos recuerdos que de él quedaban. Cuando ya sólo queda el amor o el recuerdo infinitamente dulce de
aquel amor.

Confieso que nunca creí que pudiera existir en el mundo un cariño tan tierno, tan intenso, tan
desinteresado, tan duradero, tan profundo, tan verdadero. Y me parece que sólo ahora empiezo a entender
aquel universo de música que Juan Sebastián pudo escribir envuelto en aquel océano de amor.

Hay páginas en las que uno no sabe si conmoverse o si reír ante la «adoración» con que Ana Magdalena
habla de Sebastián. Ved algunas frases que dan el tono del libro entero:
- «Cada vez que le veía mi corazón empezaba a latir con tal fuerza, que me impedía hablar.»
- «Una sola vez en la vida fui lo suficientemente tonta como para creer que él estaba equivocados
- «En mi corazón estaba siempre viva la sensación de que él era más grande que todos los reyes.»
- «Sobre María Bárbara (dice, aludiendo a la primera mujer de Bach, sin sentir los menores celos de ella)
se derramó la bendición de su amor. Aunque a veces pienso, con una sonrisa, que a mi me quiso más que
a ella, o al menos, por la bondad de la Providencia, durante más tiempo.»
- «Vivir con él y verle día a día era una felicidad que no hubiera podido merecer, ni he merecido nunca.
Durante mucho tiempo viva en un estado de asombro, como en un sueño, y algunas veces, cuando
Sebastián estaba fuera de casa, se apoderaba de mi el terror de que pudiera despertar de ese sueño y
volver a ser la niña Ana Magdalena Wülken en lugar de la esposa del maestro de capilla Bach.»
- «A nosotros nos dejaba mirar su corazón, que era el más hermoso que ha latido en este mundo.»
- «Nunca quisiera dejar de ser la pobre vieja abandonada que ahora soy si hubiera que comprar la más
hermosa y honorable vejez al precio de no haber sido su compañeras
- «Ya no tengo -dice la última página del libro- ningún motivo para vivir- mi verdadero destino llegó a su
fin el día en que se apagó la vida de Sebastián, y pido diariamente a Dios en mis oraciones la gracia de
que me lleve de este lugar de sombras y me vuelva a reunir con el que, desde el primer momento en que
le vi, lo fue todo para mí. Sola- mente lo terrenal me separa de él.»

La serie de citas podría ser interminable. Y hay que señalar que no son palabras de coba aduladoras de un
viviente. No son tampoco los elogios fúnebres dichos en la gloria del recién muerto. Es lo que se piensa y
se siente cuando la muerte empieza a quedar lejana, cuando lo que se palpa es la miseria que se ha
recibido por única herencia y cuando todo lo demás es olvido. Pero un amor así, una devoción así, son el
mejor premio que un hombre puede conquistar en este mundo.
Pero ahora quiero añadir algo más. He leído estas frases a algunas amigas, y todas ellas -como si se
hubieran puesto de acuerdo- me han comentado lo mismo: «Así, cualquiera. A un hombre como Bach
debía resultar fácil amarle y admirarles.
Y esta respuesta me ha dejado el alma llena de preguntas. Algunas que me parecen muy importantes:
- ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque le comprendía y admiraba o, por el contrario, le
comprendió y admiró porque le amaba?
- ¿Amó Ana Magdalena a Juan Sebastián porque él era un hombre extraordinario o tal vez fue él un
hombre extraordinario porque se vio envuelto en un amor así?
No son juegos de palabras. Y creo que valdrá la pena intentar contestarlas.

A la primera ha respondido la propia Ana Magdalena, cuando en el título del primer capítulo del libro nos
dice que «le comprendió del todo porque le amaba». Cuando nos explica, sin rodeos, que «Sebastián era
un hombre muy difícil de conocer no amándole».

Nos equivocamos si juzgamos desde el hoy. En su época, nadie -sino Ana Magdalena y muy pocos más-
descubrió que Bach era el genio que hoy reconocemos. Los que le juzgaban con sus rutinas o sus
inteligencias le creyeron un músico más. Y le olvidaron apenas muerto. Sólo Ana Magdalena se atrevió a
asegurar, años después de su muerte, que «aunque los hombres desatienden hoy su recuerdo, no lo
olvidarán para siempre. La humanidad no podrá guardar silencio sobre él mucho tiempo». Sólo ella en-
tendió que cuando el mundo pensaba, más que en él, en la obra de sus hijos, en el futuro seria la música
de Sebastián la que se impondría. ¿Es que Ana Magdalena se engañaba cegada por su amor o es que su
amor se volvía profético y mucho más inteligente que la inteligencia de sus contemporáneos?

Quiero decir aquí algo que he pensado muchas veces: que el corazón no es sólo el órgano del amor, sino
que puede ser también el órgano del conocimiento. Que no sólo se entiende con la razón. Que hay campos
humanos en los que «el corazón tiene razones con las que no cuenta la inteligencias. ¡Cuántos
matrimonios no se entienden porque no se aman! ¡Cuántas cosas in- inteligibles empiezan a clarificarse
cuando se miran con un nuevo amor!

Pero aún me interesa más la segunda pregunta: la cuestión de la mutua fecundación de los que se aman.
No sólo en lo físico es fecundo el amor. Los que se aman se reengendran el uno al otro, se multiplican y
recrean. Y así el amor de Ana Magdalena la multiplicó a ella y multiplicó a Sebastián.

La multiplicó a ella. Durante su vida, «una palabra de aprobación suya valla más que todos los discursos
de este mundo». Después de su muerte, «aunque no tengo ningún objeto que me lo pueda recordar, bien
sabe el cielo que no es necesario, pues me basta con el inestimable tesoro de recuerdos que descansa en
mi corazón».

Aquel amor les rejuvenecía a los dos: «Cuando me miraba al espejo creía verme tal como era cuando le
conocí. Pero, sea cual fuese la ilusión que yo me hiciera a ese respecto, siempre es mejor que envejezca el
rostro que el amor. Yo había mirado el rostro de Sebastián con tanta constancia, que todas las
transformaciones producidas en él escaparon a mi percepción desde el día en que le vi por primera vez en
la iglesia de Santa Catalina de Hamburgo, y tenía que hacer expresamente comparaciones para
convencerme de que también en sus queridas facciones el tiempo había realizado su obra.»

Pero esto no es todo. Lo importante es preguntarse qué parte de la música de Bach debemos al amor que
Ana Magdalena le profesó. ¿Habría compuesto Juan Sebastián aquel universo de armonía y serenidad de
no tenerla a su lado? Ana era absolutamente consciente -ya desde el mismo día de su boda- de que «si en
alguna forma le hacía desgraciado, corría el peligro de n-ia- lograr su música».

¿]Podemos entonces preguntarnos cuántos genios no se habrán malogrado por no haber sido
suficientemente amados? ¿Cuántas obras musicales o poéticas nacieron avinagradas porque en una casa
los nervios dominaron al amor?
Esta idea debería angustiarnos. Nuestra falta de amor no sólo puede hacer infelices a quienes nos rodean,
puede también volverles infecundos o enturbiar su fecundidad. ¿Tal vez es la falta de «mi» amor, de
«nuestro» amor, lo que hace desgraciado este mundo en que estoy?

Querida Ana Magdalena, gracias por tu amor, gracias por la música de tu esposo. Yo sé que la escribisteis
los dos juntos, con vuestro amor.

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