Alberto J.
Lorrio
Universidad de Alicante
Universidad Complutense de Madrid, 1997
ISBN: 84-7908-335-2
Depsito Legal: MU-1.501-1997
Edicin de: Compobell
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LOS CELTBEROS
ALBERTO J. LORRIO
ndice
COMPLUTUM. Publicaciones del Departamento de Prehistoria y Etnologa de la Universidad
Complutense de Madrid
COMITE ASESOR
Prof. Barry CUNLIFFE, University of Oxford. Prof. George EOGAN, University College, Dublin.
Prof. Jean GUILLAINE, Centre National de la Recherche Scientifique, Toulouse.
Prof. Javier DE HOZ, Universidad Complutense de Madrid. Prof. Vitor M. OLIVEIRA JORGE, Universidade
do Porto. Dr. Kristian KRISTIANSEN, Gteborg University. Dr. Jean-Pierre MOHEN, Musee des Antiquites
Nationales, St.-Germain-en-Laye. Prof. Arturo MORALES MUIZ, Universidad Autnoma de Madrid.
Prof. Lord RENFREW OF KAIMSTHORN, University of Cambridge.
Prof. Hermanfrid SCHUBART, Instituto Arqueolgico Alemn, Madrid. Prof. Jrgen UNTERMANN, Universitat
Kln.
Director:
Vocales:
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Edicion e
Intercambios:
CONSEJO DE REDACCION
Prof. Dr. Martn ALMAGRO-GORBEA
Prof. Dra. Teresa CHAPA BRUNET
Prof. Dr. Alfredo JIMENO MARTNEZ
Prof. Dr. Gonzalo RUIZ ZAPATERO
Prof. Dr. Victor M. FERNANDEZ MARTNEZ
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Portada
Crditos
Presentacin
Prlogo
Introduccin
I. Historia de la investigacin
1. Los precedentes (siglos XV-XIX)
2. Las primeras dcadas del Siglo XX (1900-1939)
3. De 1940 a 1970
4. El ltimo tercio del siglo XX
II. Geografa de la Celtiberia
1. Delimitacin de la Celtiberia en la Hispania cltica
2. El marco geogrfico
III. El habitat
1. Caractersticas generales del poblamiento
2. Sistemas defensivos
3. Arquitectura domstica
4. El urbanismo: Castros y Oppida
IV. Las necrpolis
1. La localizacin topogrfica
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2. La ordenacin del espacio funerario
3. El ritual
4. Las estructuras funerarias
5. El ajuar funerario
6. Anlisis sociolgico y distribucin de la riqueza
7. Sociedad, jerarquizacin y registro funerario
V. El Armamento
1. Fase I
2. Fase II
3. Fase III
VI. Artesanado y arte
1. Orfebrera
2. Objetos relacionados con la vestimenta
3. Adornos
4. Elementos de banquete
5. tiles
6. Otros objetos
7. La produccin cermica
8. La expresin artstica
VII. La articulacin interna: fases y grupos de la cultura
celtibrica
1. La fase formativa: el protoceltibrico
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2. La fase inicial: el celtibrico antiguo
3. La fase de desarrollo: el celtibrico pleno
4. La celtiberia histrica: el celtibrico tardo
VIII. La economa
1. Las bases de subsistencia
2. Las actividades artesanales
3. El comercio
4. La moneda
IX. Organizacin sociopoltica
1. La gestacin de la sociedad celtibrica
(Siglos VII-VI a.C.)
2. Los guerreros aristocrticos de los siglos V-IV a.C
3. Los Arvacos y la sociedad guerrera
(Siglos IV-III a.C.)
4. La sociedad celtibrica en los siglos II-I a.C.
Hacia una celtiberia urbana
X. Religin
1. Divinidades
2. Los lugares sagrados y los santuarios
3. El sacrificio
4. Los depsitos y los hallazgos de armas en
las aguas
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5. El sacerdocio
6. Los rituales funerarios
XI. Epigrafa y lengua: el celtibrico y las lenguas
indoeuropeas en la pennsula ibrica
1. El Europeo antiguo
2. El lusitano
3. El Celtibrico
4. Las evidencias clticas en el suroeste peninsular
XII. Conclusiones
Summary
Apndice I. Las necrpolis: conjuntos cerrados
Apndice II. Tablas 1 y 2. Objetos de los ajuares
militares de las necrpolis celtibricas
Bibliografa
Lminas
LOS CELTBEROS
ALBERTO J. LORRIO
Presentacin
Presentacin
PRESENTACIN
l presente volumen de Complutum - Serie
Monogrfica, dedicado a Los Celtberos, es obra
de un joven profesor formado en la Universidad
Complutense, Dr. Alberto J. Lorrio, que en la actualidad
ejerce una brillante funcin investigadora y docente en la
Universidad de Alicante.
Queremos resaltar la eficaz colaboracin que esta obra supone entre ambas universidades, la Complutense de Madrid y
la de Alicante, al servicio de potenciar una labor universitaria
tan esencial como es la de difundir la investigacin entre los
especialistas y facilitar, al mismo tiempo, textos de la mejor
calidad que contribuyan a la formacin de los estudiantes.
En este sentido, esta obra representa un nuevo paso en la
lnea iniciada en otras colaboraciones anteriores entre ambas
instituciones, como la co-direccin en las importantes excavaciones arqueolgicas de la ciudad celtibrico-romana de
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Segbriga (Cuenca) o del poblado de la Edad del Hierro de
El Moln (Camporrobles, Valencia) o la edicin de la obra del
Prof. de la Universidad de Alicante, Dr. Juan Manuel Abascal,
sobre Los nombres personales en las inscripciones latinas de Hispania, a la que contribuy con su aportacin la
Universidad Complutense.
Estos ejemplos de colaboracin universitaria estamos convencidos de que prestigian nuestras instituciones y contribuyen a que su labor sea ms eficaz y mejor conocida, creando,
al mismo tiempo, un ambiente de trabajo cientfico y docente
compartido que debe considerarse inherente al verdadero
espritu universitario, por lo que es merecedor de todo apoyo
al servicio de la Universidad y de la Cultura Espaola.
Ramn Rodrguez Garca
Vicerrector de Extensin Universitaria
Universidad Complutense
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Prlogo
PRLOGO
omplutum, serie que publica la Universidad
Complutense de Madrid, se ve enriquecida con
este nuevo volumen que tengo aqu el gusto de
presentar.
Es obra de Alberto J. Lorrio, arquelogo joven, aunque ya con
ms de diez aos de experiencia que se ha especializado en
el mundo de los Celtas de la Pennsula Ibrica. Formado en el
Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense,
ha viajado por la mayora de los pases que constituyeron la
antigua Keltik, desde Europa Central a Irlanda, ampliando
conocimientos en excavaciones, visitas a museos y con la
participacin en reuniones y congresos especializados. Esta
slida formacin, potenciada por su destacada inteligencia y
gran tesn en el trabajo, le han permitido adquirir una gran
madurez cientfica que se refleja en sus obras. Por ello, a
pesar de su juventud, puede ser ya considerado como un
firme valor en el campo de los estudios clticos, en el que
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
representa una nueva generacin llena de perspectivas hacia
el futuro.
La mejor prueba es esta obra sobre Los Celtberos.
Constituye una monografa sin precedentes en el panorama
de la arqueologa prehistrica espaola, en la que viene a
llenar el amplio vaco largo tiempo existente sobre uno de los
campos de estudio ms atrayentes de nuestra Prehistoria y
nuestra Historia Antigua, as como de los de mayor inters
internacional: el estudio de las gentes que los griegos y romanos denominaron celtberos.
La obra es fruto de ms de cinco aos de concienzudo estudio, precedido de trabajos anteriores y de una creciente
experiencia en excavaciones y en el anlisis de colecciones
arqueolgicas. Sus resultados, presentados como Tesis
Doctoral en la Universidad Complutense de Madrid, supone
una visin global totalmente actualizada sobre este pueblo
que, segn reconocen tanto las antiguas fuentes histricas
como la bibliografa actual, debe considerarse como una de
las etnias principales de la antigua Iberia o Hispania. Adems,
la obra ofrece un imprescindible enfoque interdisciplinar para
poder abordar desde las caractersticas propias de su cultura
material a su organizacin social o su estructura ideolgica.
La propia dificultad de estos anlisis, que deben enmarcarse
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13
Prlogo
en el campo cada vez ms complejo y debatido de los estudios clticos, es lo que explica que, hasta esta obra, nunca,
en la prctica, se hubiera intentado ofrecer sobre ellos una
visin de conjunto.
El libro se basa en la slida formacin y experiencia como
arquelogo de su autor, pero los temas se tratan con gran
amplitud de criterios que evidencian su vasta formacin
interdisciplinar y que representa una de las principales novedades que ofrece esta obra, que aborda con profundidad
los distintos aspectos que ofrece la investigacin aportando
resultados novedosos. stos deben considerarse como la
mejor sntesis existente de lo que hoy da sabemos sobre
este pueblo y su cultura desde que se inici su estudio a fines
del siglo XIX. Pero, al mismo tiempo, al plantear nuevas hiptesis y seguir una moderna metodologa interdisciplinar abre
nuevas perspectivas que, gracias a esta obra, facilitarn en el
futuro profundizar en el vasto campo de los estudios clticos
de la Pennsula Ibrica, en el que pasa a constituir este libro
la obra de referencia bsica.
Tras una reflexin historiogrfica que sirve para comprender
el estado de estos estudios, Alberto J. Lorrio analiza sucesivamente su marco geogrfico, que por primera vez queda precisado al poner de acuerdo los datos histricos y lingsticos
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
con los arqueolgicos y culturales; a continuacin, trata los
poblados y necrpolis, el armamento como el ms importante
elemento de cultura material al ser esencial en toda sociedad
guerrera como la celtibrica, el artesanado y el arte al servicio de la misma, la economa y la organizacin socio-poltica,
la religin y, finalmente, la lengua. Basta esta enumeracin
para comprender la clara estructura de la obra y su carcter
multidisciplinar. Pero, junto a su evidente valor como sntesis,
tambin hay que resaltar, entre sus principales aportaciones,
el estudio dedicado a analizar la articulacin cronolgica y
geogrfica de los Celtberos, aportando por primera vez en
la investigacin actual un cuadro de referencia vlido que es
imprescindible para explicar el origen y comprender el desarrollo de toda la Cultura Celtibrica.
No nos queda para terminar, tras encarecer al lector lo que
supone haber logrado una sntesis tan valiosa, sino felicitar
a su autor por los resultados, seguro de que tanto su obra
como su ejemplo sern un gran estmulo para cuantos trabajamos en estos campos tan atrayentes de la Ciencia. Por
ello mismo, no quiero terminar sin agradecer la ejemplar colaboracin lograda entre los servicios de publicaciones de la
Universidad de Alicante y de la Universidad Complutense de
Madrid para que esta importante obra haya visto la luz editada
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Prlogo
con prontitud y esmero. Quede, por ello, nuestro testimonio
de admiracin y gratitud, como investigador y como estudioso, al Excmo. Sr. Prof. Ramn Rodrguez Garca, Vicerrector
de Extensin Universitaria de la Universidad Complutense
de Madrid, y al Excmo. Sr. Jos Ramn Giner, Director de
Publicaciones de la Universidad de Alicante, cuyos nombres
quedan unidos a esta importante obra como testimonio de su
ejemplar labor en pro de nuestra cultura y nuestra ciencia.
MARTN ALMAGRO--GORBEA
de la Real Academia de la Historia
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Introduccin
INTRODUCCIN
sta obra se ha planteado como un trabajo de investigacin cuyo objetivo principal ha sido ofrecer una sntesis actualizada sobre los Celtberos, pretendiendo
obtener una interpretacin global sobre esta cultura, una de
las de mayor personalidad de la Cltica hispana y del mundo
celta en general. El tema ha despertado tradicionalmente el
inters de los investigadores, habindose realizado, en diferentes pocas, estudios e intentos de sntesis siempre parciales. La revitalizacin en los ltimos aos de los estudios
sobre la Edad del Hierro y sobre los Celtberos y el mundo
cltico en general, exiga una puesta al da de acuerdo con
los mtodos y planteamientos actuales que incorporara los
nuevos datos.
La documentacin arqueolgica ha constituido la base fundamental para este trabajo, aunque presente importantes
deficiencias, al estar constituida en una parte importante -y, a
veces, esencial- por materiales procedentes de trabajos anNDICE
17
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
tiguos, por lo comn insuficientemente estudiados e incluso,
en ocasiones, inditos. Se ha pretendido superar estas deficiencias con la revisin de documentacin original (diarios inditos, fotografas, etc.), y con su reinterpretacin (tipologas,
seriacin, etc.), incorporando los trabajos ms recientes que
han ido viendo la luz en los ltimos aos. No obstante, faltan
an excavaciones modernas, como lo prueba el hecho de que
el urbanismo resulte mal conocido, que aspectos relativos al
mundo funerario estn todava por aclarar, y que, en general,
la informacin sea desigual, con algunas reas prospectadas
intensamente frente a otras apenas conocidas. Igualmente,
se echa en falta la existencia de anlisis paleoambientales
y paleoeconmicos (polnicos, edafolgicos, carpolgicos,
faunsticos,...) y anlisis de pastas cermicas, metalografas,
etc., que permitan profundizar en el conocimiento de algunas
de las tecnologas desarrolladas por los Celtberos, como la
siderurgia, tan alabada por los historiadores romanos.
En un trabajo de estas caractersticas tambin se haca necesario contar con las fuentes histricas y geogrficas debidas
a los autores grecolatinos, a pesar de que las imprecisiones,
subjetividades y problemas interpretativos dificultan su uso.
Asimismo, se ha incorporado la documentacin epigrfica y
lingstica, que corresponde a poca tarda. Con todo ello,
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18
Introduccin
se ha pretendido ofrecer una interpretacin general sobre el
tema, basada en diversos anlisis de carcter interdisciplinar
(arqueolgicos, histricos, lingsticos, etc.), para obtener un
coherente cuadro de conjunto.
Otro problema no menor ha sido la delimitacin geogrfica y
cronolgica. Partiendo de los datos conocidos y de las opiniones ms generalizadas, se ha intentado resolverlo con
los elementos ms objetivos, tanto arqueolgicos como histricos o lingsticos, a fin de ofrecer una base de referencia
suficientemente vlida. Tambin se ha procedido a delimitar
el marco cronolgico, que abarca buena parte del primer
milenio a.C., desde los siglos VIII/VII al I a.C., y que, bsicamente, comprende el proceso general de etnognesis de los
pueblos prerromanos de la Pennsula Ibrica.
La obra se ha estructurado en once captulos y unas conclusiones finales, tratando inicialmente los aspectos historiogrficos y geogrficos relativos a los Celtberos, para pasar a
continuacin a analizar el hbitat, las necrpolis y la cultura
material, cuyo estudio conjunto permite abordar la secuencia
cultural del mundo celtibrico; los captulos sobre la economa, la sociedad, la religin y la lengua permiten completar el
panorama. El captulo I trata de la historia de la investigacin y
los planteamientos actuales sobre los Celtberos, enmarcanNDICE
19
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
do su estudio en el mbito genrico de los Celtas hispanos,
con especial incidencia en los aspectos arqueolgicos, aunque sin olvidar el fundamental aporte ofrecido desde el campo
lingstico. El captulo II se ocupa de la delimitacin geogrfica de la Celtiberia en el contexto general de la Hispania cltica a partir de las fuentes literarias, epigrficas, lingsticas y
arqueolgicas; todo ello completado con una caracterizacin
del territorio (que, en lneas generales, se extiende por las
actuales provincias de Soria, Guadalajara, Cuenca, sector
oriental de Segovia, Sur de Burgos y La Rioja y occidental de
Zaragoza y Teruel, llegando incluso a integrar la zona noroccidental de Valencia), en la que se han considerado los factores orogrfico, hidrogrfico y climtico, as como los recursos
metalogenticos y principales usos del suelo. En el captulo
III, se analizan las caractersticas generales del poblamiento,
con especial atencin al emplazamiento y al tamao de los
hbitats, a los diversos sistemas defensivos, a la arquitectura
domstica y al urbanismo. El captulo IV est centrado en las
necrpolis, desde su localizacin topogrfica y su vinculacin
con los lugares de habitacin, pasando por su ordenacin
interna, el ritual, las estructuras funerarias y el estudio de
los ajuares funerarios, hasta llegar al anlisis sociolgico y a
la distribucin de la riqueza en algunas de las principales
necrpolis. A la cultura material, con especial atencin al arNDICE
20
Introduccin
mamento, una de las manifestaciones ms personales de los
Celtberos, se dedica el captulo V, analizando seguidamente,
de forma global, el resto del artesanado (captulo VI), con un
apartado final dedicado a la expresin artstica. El captulo VII
aborda la secuencia cultural y la delimitacin arqueolgica de
la Celtiberia, cambiante a lo largo de su historia, a lo largo de
seis centurias, en un amplio territorio que abarca aproximadamente 60.000 km2. La economa, la sociedad y la religin
se desarrollan, respectivamente, en los captulos VIII, IX y X,
en los que las fuentes literarias ofrecen una informacin de
gran inters, que ha sido completada con los datos derivados
de la Arqueologa y la Epigrafa. El captulo XI incluye la epigrafa y la lengua celtibrica, estudiada en el marco general
de las lenguas indoeuropeas de la Pennsula Ibrica. Como
final, se exponen unas conclusiones generales en las que,
junto a una reflexin global sobre el tema tratado, donde se
ofrece el estado actual de la investigacin sobre la Cultura
Celtibrica, se realiza una especial mencin a su proceso de
etnognesis.
La estructura de la obra se corresponde con la de nuestra Tesis
Doctoral, incorporando las novedades bibliogrficas surgidas
desde su defensa y suprimiendo uno de los apndices, dedicado monogrficamente a los broches de cinturn. La Tesis
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21
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Doctoral, dirigida por el Prof. Dr. Martn Almagro Gorbea,
fue leda en junio de 1995 en la Universidad Complutense
de Madrid, obteniendo la calificacin de Apto cum laude por
unanimidad y Premio Extraordinario. Asimismo, ha obtenido
el Premio para Tesis de Doctorado de la Diputacin Provincial
de Soria.
Por ltimo, nuestro agradecimiento a todos aquellos que, con
su ayuda y aliento, han hecho posible la realizacin de este
trabajo. En primer lugar al Prof. Dr. Martn Almagro Gorbea,
director de Complutum y de la Tesis Doctoral que constituye
la base fundamental de esta obra, por sus constantes manifestaciones de apoyo, orientacin y valiosas sugerencias. Al
Prof. Dr. Gonzalo Ruiz Zapatero, quien nos prest siempre
su amistad y continua ayuda. Al Prof. Dr. Javier de Hoz, que
amablemente revis el captulo XI. Al Prof. Dr. Juan Manuel
Abascal, quien aport un buen nmero de sugerencias a la
obra. Al Prof. Dr. Alfredo Jimeno, quien en todo momento nos
brind su colaboracin y gracias al cual pudimos consultar
el Diario indito de las excavaciones de Blas Taracena en la
necrpolis de Almaluez (Soria), as como el tomo III del tambin indito Catlogo Monumental de la provincia de Soria,
obra de J. Cabr, permitindonos adems hacer uso de las
fotografas de los materiales procedentes de los recientes
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22
Introduccin
trabajos de excavacin en la necrpolis de Numancia y proporcionndonos otras relativas a la ciudad. Al Dr. Jos Luis
Argente, quien nos facilit la consulta de su Tesis Doctoral
cuando an se hallaba indita, adems de algunas de las
fotografas incluidas en este trabajo -correspondientes a las
excavaciones en la necrpolis de Carratiermes y a diferentes
materiales depositados en el Museo Numantino de Soria- as
como el dibujo a lnea reproducido en la contraportada. A los
Profs. Dres. Francisco Burillo, Germn Delibes y Fernando
Romero -miembros del tribunal que, junto con los Dres. Ruiz
Zapatero y Jimeno, juzg nuestra Tesis Doctoral- por las sugerencias realizadas que, en la medida de lo posible, han
sido incorporadas a esta publicacin, as como, al primero
de ellos, por proporcionarnos algunas de las fotografas reproducidas. Asimismo, a la Prof. Dra. Mara Luisa Cerdeo,
quien nos permiti la consulta de su Tesis Doctoral indita, a
la Dra. M Paz Garca-Bellido, que puso a nuestra disposicin
la documentacin fotogrfica relativa a la numismtica, y al
Prof. Dr. Mauro S. Hernndez, por su amistad y apoyo. Una
especial mencin queremos hacer al Instituto Arqueolgico
Alemn de Madrid y, principalmente, a sus Directores Dres.
Hermandfried Schubart y Tilo Ulbert, as como al Dr. Michael
Blech, a quienes agradecemos el habernos facilitado la consulta de los fondos de su Biblioteca y el acceso a su Fototeca.
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23
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
A D M Magdalena Barril y a la Dra. Alicia Perea, que nos
facilitaron el acceso a la documentacin fotogrfica de los
materiales de las necrpolis de Osma y Gormaz (Soria) conservados en el Museo Arqueolgico Nacional. A D M Jos
Crespo, D M Antonia Garca y D Victoria Lpez, por su
inestimable colaboracin en lo que se refiere a la elaboracin
del apartado relativo al marco geogrfico y de algunas de las
figuras.
Igualmente, deseamos expresar un especial agradecimiento
al Vicerrector de Extensin Universitaria de la Universidad
Complutense de Madrid, Excmo. Prof. D. Ramn Rodrguez
Garca, y al Consejo de Publicaciones de la Universidad
de Alicante, en especial al Ilmo. Sr. D. Jos Ramn Giner,
Director de Publicaciones, por el inters mostrado por este
trabajo que ha hecho posible su publicacin.
Finalmente, nuestra gratitud por su desinteresado y constante apoyo y dedicacin a mi padre, D. Paulino Lorrio Ortega,
quien realiz la revisin del texto original.
ALBERTO J. LORRIO
Madrid-Alicante, mayo de 1997
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I. Historia de la Investigacin
I. HISTORIA DE LA INVESTIGACIN
1. LOS PRECEDENTES (SIGLOS XV-XIX)
os primeros estudios sobre los Celtberos, enmarcados
en la tradicin erudita de los siglos XV a XVIII, se centraron en la identificacin de las ciudades mencionadas por las fuentes clsicas, entre las que sin duda destaca
Numancia. Antonio de Nebrija, en el siglo XV, Ambrosio de
Morales, en la segunda mitad del siglo XVI y Mosquera de
Barnuevo, en los comienzos del XVII, abogan por su localizacin en la provincia de Soria, frente a quienes defendan,
desde la Edad Media, su ubicacin en Zamora. A finales del
XVIII, Juan de Loperrez visita las ruinas de las ciudades de
Clunia, Uxama, Termes y Numantia, a la que sita en el cerro
de La Muela de Garray, presentando, asimismo, los planos
de esta histrica ciudad (1788: 282 ss.) (nota 1).
Aunque los primeros trabajos arqueolgicos en la ciudad
de Numancia se desarrollaron en 1803, dirigidos por J.B.
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Erro (1806) y con la subvencin de la Sociedad Econmica
de Soria, el punto de arranque de la Arqueologa celtibrica
puede establecerse a mediados del siglo XIX con la publicacin, en 1850, de los resultados de las excavaciones de
Francisco de Padua Nicolau Bofarull en la necrpolis de Hijes
(Guadalajara) (nota 2) (vid. Cabr 1937: 99 s.), y con el inicio
en 1853 de los trabajos de E. Saavedra en Numancia, que tuvieron continuacin entre 1861 y 1867, bajo los auspicios de
la Real Academia de la Historia, identificando en su Memoria
premiada en 1861, ya sin gnero de dudas, los restos aparecidos en La Muela de Garray con la ciudad celtibrica
mencionada por las fuentes clsicas. En 1877 se publicaran
los primeros resultados de estos trabajos (Delgado, Olzaga
y Fernndez Guerra 1877).
En torno a ese mismo ao, Fernando Seplveda realiz excavaciones en el trmino de Valderrebollo (Guadalajara), documentando un castro y una posible necrpolis que proporcionaron un interesante material, destacando una importante
coleccin numismtica (Abascal 1995d).
Tambin la ciudad de Termes, ya visitada igualmente por
Ambrosio de Morales y por Loperrez, fue objeto de atencin
a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Nicols Rabal
(1888: 451 ss.) publica un informe sobre las ruinas de esta
NDICE
I. Historia de la Investigacin
ciudad, que es recogido parcialmente en su obra fechada en
1889 sobre los Monumentos, Artes e Historia de Soria.
El armamento celtibrico, que como se ver ha merecido un
especial inters por parte de la investigacin arqueolgica
espaola a lo largo de todo el siglo XX (Lorrio 1993a: 285
ss.), comenz a ser valorado desde fecha temprana, principalmente debido a los hallazgos de Hijes, que pasaron a
formar parte de las sntesis de E. Cartailhac (1886: 247) y
S.P.M. Estacio da Veiga (1891: 270 s., lm. XXIII, 6-24), si
bien habr que buscar las primeras referencias a las armas
celtibricas en la tradicin erudita del siglo XVIII, que utiliza
algunas espadas de bronce procedentes de la Celtiberia -de
las tierras entre Sigenza (Guadalajara) y Calatayud (Zaragoza)- para ilustrar ciertos pasajes de las fuentes literarias
grecolatinas sobre el armamento de los pueblos prerromanos (Infante D. Gabriel de Borbn 1772: 302 s., nota 74; vid.
Almagro-Gorbea e.p.a).
En 1879 se publica el trabajo de Joaqun Costa Organizacin poltica, civil y religiosa de los Celtberos, en el que
se tratan algunos de los aspectos esenciales de la sociedad y
la religin de los Celtas hispanos, temas que van a constituir
lugar comn en la historiografa cltica peninsular durante
todo el siglo XX; dos aos antes haba publicado su trabajo
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
La religin de los Celtas espaoles, ambos incluidos en su
obra La religin de los Celtberos y su organizacin poltica y
civil (1917). Sin embargo, y a pesar de la brillantez de estos
ensayos, todava se atribuan los monumentos megalticos
a los Celtas histricos, tesis que an era mantenida por los
eruditos e historiadores espaoles de la poca (vid. Ruiz
Zapatero 1993: 35 s.).
Ya en el primer cuarto del siglo XIX, W. von Humbolt (1821),
impulsor del vascoiberismo, haba identificado algunos topnimos celtas en la Pennsula Ibrica procedentes de las fuentes literarias. Durante la segunda mitad del siglo, F. Fita (1878;
etc.) y E. Hbner (1893) engrosaran la documentacin de
tipo onomstico partiendo de la epigrafa. Se realizan ahora
los primeros hallazgos no monetales de documentos epigrficos celtibricos, en escritura ibrica, pero su desciframiento,
debido a M. Gmez Moreno, no se producira hasta los aos
20, ya en nuestro siglo, a pesar de los infructuosos intentos
que desde el siglo XVI se haban llevado a cabo partiendo
de la documentacin numismtica (vid. Caro Baroja 1954:
681 ss.). Cabe destacar el trabajo de A. Fernndez Guerra
(1877) Sobre una tsera celtbera. Datos sobre la ciudades
celtberas de Ergavica, Munda, Crtima y Contrebia, o el de
F. Fita (1882) Lmina celtibrica de bronce, hallada en el
NDICE
I. Historia de la Investigacin
trmino de Luzaga, partido de Sigenza. ste, en su trabajo Restos de la declinacin cltica y celtibrica en algunas
lpidas espaolas (1878), examina ms de doscientas
inscripciones hispano-romanas, en algunas de las cuales se
encuentran palabras, flexiones o desinencias propias de la
lengua cltica; analiza los nombres de ciudades o personas
conservados en libros o monedas; y fija el asiento de los
Celtas en la Lusitania, en la Galecia, en la Celtiberia y en
algunos puntos de la Btica (Fita 1879: 234).
El siglo XIX se va a cerrar con las obras de H. dArbois de
Jubainville (1893 y 1894; vid., tambin, 1904), principal valedor de la tesis ligur segn la cual este pueblo indoeuropeo
habra colonizado el Occidente con anterioridad a la llegada
de los Celtas (vid. Almagro Basch 1952: 257 ss.). DArbois
de Jubainville comienza a valorar los elementos clticos
peninsulares a partir principalmente de las fuentes literarias
clsicas y la documentacin onomstica. Asimismo, debe
mencionarse la recopilacin de las fuentes clsicas sobre los
Celtberos realizada por A. Holder (1896, I: 959-975).
2. LAS PRIMERAS DCADAS DEL SIGLO XX (1900-1939)
Con el inicio del nuevo siglo, la actividad arqueolgica en la
Celtiberia alcanza un importante desarrollo. Estos trabajos
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
se centran sobre todo en las excavaciones llevadas a cabo,
por un lado, en Numancia y en las principales ciudades celtibrico-romanas y, por otro, en las necrpolis de la Edad del
Hierro localizadas en las cuencas altas de los ros Jaln, Tajo
y Duero.
En Numancia, entre 1905 y 1912, un equipo alemn subvencionado por el Kiser Guillermo II y dirigido por A. Schulten
con la colaboracin de C. Knen, realiz algunos sondeos
en la parte oriental del cerro sobre el que se asienta la ciudad, aunque sus trabajos se centraron preferentemente en
la identificacin y excavacin de los campamentos romanos
que formaban el cerco de Escipin. Los resultados de estas
campaas fueron dados a conocer en cuatro volmenes,
aparecidos entre 1914 y 1931, el primero de los cuales constituye la primera sntesis sobre la Celtiberia, donde Schulten
aporta una recopilacin de las fuentes literarias sobre los
Celtberos (Shulten 1914: 7-11 y 281-290), proponiendo la
diferenciacin de la Celtiberia en Ulterior, correspondiente al
Alto Duero, y Citerior, circunscrita a los valles del Jiloca y del
Jaln (Shulten 1914: 119 ss.). En esta obra ofrece, partiendo de las fuentes literarias, una personal reconstruccin del
proceso de etnognesis de los Celtberos, que constituir la
base de los posteriores estudios de Bosch Gimpera. Segn
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I. Historia de la Investigacin
Schulten (1914: 98 s.; Idem 1920: 108-111), los Celtas habran llegado a controlar en su totalidad la Meseta -a la que
considera de etnia ligur, de acuerdo con los postulados de
la poca-, siendo prueba de ello la dispersin geogrfica de
los topnimos en -briga, para posteriormente ser conquistados y absorbidos por los pueblos ibricos. De esta forma,
los Celtberos seran Iberos establecidos en tierra de Celtas,
contradiciendo as la tesis tradicional segn la cual el pueblo
celtibrico quedara formado al establecerse los invasores
Celtas sobre los Iberos. Una muestra de la mezcla entre ambos pueblos sera la presencia de elementos clticos entre
los Celtberos, lo que se advierte en los nombres que ostenta
la nobleza celtibrica (Schulten 1914: 246).
Paralelamente a los trabajos de Schulten en Numancia,
entre 1906 y 1923, una Comisin, presidida primero por E.
Saavedra y despus por J.R. Mlida, pondr todos sus esfuerzos en la excavacin de la ciudad, dejando al descubierto
unas 11 ha. de su superficie total. La primera Memoria de
estos trabajos apareci en 1912 (VV.AA. 1912), y a ella
siguieron siete ms, publicadas por la Junta Superior de
Excavaciones y Antigedades entre 1916 y 1926 (Mlida
1916 y 1918a; Mlida y Taracena 1920, 1921 y 1923; Mlida
et alii 1924; Gonzlez Simancas 1926a). Desde 1913, M.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Gonzlez Simancas (1914; 1926a-b) excavar en la ciudad
intentando documentar su sistema defensivo.
Otras ciudades de la Celtiberia merecieron la atencin de
la Arqueologa durante las dos primeras dcadas del siglo
XX. En Termes, trabajan A. de Figueroa y Torres, Conde
de Romanones (1910), N. Sentenach (1911 a-b) e I. Calvo
(1913), a los que cabe aadir el propio Schulten (1913) quien,
pese a no realizar trabajos de campo, s visit la histrica ciudad. Arcobriga fue objeto de excavaciones por E. de Aguilera
y Gamboa, XVII Marqus de Cerralbo, localizndola en el
verano de 1908 en las ruinas situadas en el Cerro Villar, en
Monreal de Ariza (1909: 106 ss.; 1911, V; vid. Beltrn Lloris,
dir. 1987). Clunia lo fue en 1915 y 1916 por I. Calvo (1916), a
quien se debe la distincin entre la ciudad romana -de la que
era conocida su correcta ubicacin desde mediados del siglo
XVIII (Flrez 1751: 279; Loperrez 1788: 319 ss.)- y la indgena, cuyos restos trat de hallar infructuosamente. Tambin
fueron excavadas durante este perodo, Segeda, an no
identificada como tal (Conde de Samitier 1907), Uxama
(Morenas de Tejada 1914; vid. Garca Merino 1995: 17 s.),
Bilbilis (Sentenach 1918), el supuesto solar de la Nertobriga
celtibrica (Sentenach 1920), Segobriga (Sentenach 1921),
donde ya se haban llevado a cabo excavaciones a finales
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I. Historia de la Investigacin
del siglo XVIII (vid. Almagro Basch 1986: 37) y Ocilis (Mlida
1926).
A pesar de que las primeras noticias sobre un cementerio
celtibrico se remontan a mediados del siglo XIX, hubo que
esperar a los trabajos del Marqus de Cerralbo, iniciados en
la segunda mitad de la dcada inicial del siglo XX y continuados a lo largo de buena parte de la siguiente para poder
obtener una visin general de estas necrpolis, sealndose
ya por entonces algunos de los elementos esenciales de las
mismas (nota 3). Pero los numerosos cementerios excavados por Cerralbo en las cuencas altas del Tajo y del Jaln, a
menudo en su totalidad, permanecieron inditos en su mayor
parte, y apenas si ha quedado otra evidencia que un cmulo
de materiales fuera de contexto y algunas referencias de su
excavador, excesivamente generales pero de gran utilidad,
relacionadas con la forma y la ordenacin interna del cementerio, el nmero de tumbas exhumadas, el ritual o la tipologa
de los objetos que formaban parte de los ajuares funerarios
(nota 4). Idntica suerte sufrieron las necrpolis de Belmonte
(Zaragoza), donde trabaj el Conde de Samitier (1907), la
de Haza del Arca (Ucls) -en el territorio de la provincia de
Cuenca que en poca histrica aparece integrado en la
Celtiberia-, cuya excavacin se remonta a 1878 (Quintero
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Atauri 1913; Mlida 1919: 13, lm. V,5-7), y las sorianas de
Gormaz, Quintanas de Gormaz y Osma, en el Alto Duero,
excavadas entre 1914 y 1916 por R. Morenas de Tejada
(Morenas de Tejada 1916a-b; Zapatero 1968) (nota 5).
En cuanto a los ajuares, la falta de una publicacin completa
de los mismos, junto a las vicisitudes y el estado de abandono al que se vieron sometidos los materiales procedentes de
estos cementerios, ha llevado a que solamente en algunos
casos se haya podido acceder a una mnima parte del total
excavado (Alvarez-Sanchs 1990: figs. 4 y 5; Lorrio 1994a:
fig. 2; Idem 1994b: fig. 1), que en ciertas necrpolis superaba
el millar de tumbas (fig. 1) (nota 6).
Al tiempo que se daban a conocer, de forma parcial como se
ha sealado, los materiales de estas necrpolis, las piezas
ms significativas, primordialmente las armas descubiertas por Cerralbo, y en especial las halladas en Aguilar de
Anguita (Guadalajara) y Arcobriga (Zaragoza), pasaban a
formar parte de las grandes sntesis de la poca, entre las
que destaca, sin duda alguna, la obra de J. Dchelette sobre
la arqueologa cltica (1913: 686-692; Idem 1914: 1101 s.).
Dchelette (1912) tuvo la ocasin de estudiar personalmente los hallazgos procedentes de estas necrpolis que, a la
sazn, an permanecan inditas, y a las que califica como
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I. Historia de la Investigacin
celtibricas, poniendo de relieve el indudable inters de estos
materiales as como su originalidad, e incorporndolos a su
visin sobre la Edad del Hierro en Europa (nota 7). La necrpolis de Aguilar de Anguita y los cementerios aquitanos cuyos ajuares considera emparentados, bien que prsentant
le facies des produits hallstattiens, paran appartenir une
poque relativement basse, fechando el grupo principal de
tumbas de Aguilar de Anguita hacia el siglo IV a.C., mientras
que Luzaga y Arcobriga han de llevarse a los siglos siguientes, dada la presencia de objetos de tipo La Tne (Dchelette
1913: 691).
Un papel destacado jugaron tambin los materiales de las
necrpolis excavadas por Cerralbo en la obra de H. Sandars
The Weapons of the Iberians (1913), que constituye el primer
anlisis global del armamento protohistrico peninsular. Aun
cuando califica estas armas de ibricas, opina que los Celtas
o Galos llegados a la Pennsula Ibrica probablemente en el
siglo VI a.C. influyeron en gran medida en el armamento indgena. Estos Celtas dominaron las razas indgenas, se aliaron con ellas y bajo el nombre de Celtberos fundaron luego
una sola raza distinta (Sandars 1913: 4). Tambin Schulten
(1914: 209-228) incorpor estos hallazgos a su sntesis sobre
los Celtberos.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Por su parte, Cerralbo, que ya en su publicacin sobre el Alto
Jaln adscriba la necrpolis de Montuenga a poca hallstttica (Aguilera 1909: 99), mantendr la terminologa europea
al uso, considerando que la necrpolis de Aguilar de Anguita,
a la que tiene por la de mayor antigedad, se fechara a fines
del siglo V o inicios del IV a.C., correspondiendo al Hallstatt
II, mientras que la de Arcobriga, cuyo inicio se sita al final
de esta fase, continuara a lo largo del perodo lateniense, al
que se adscribira tambin el cementerio, ms moderno, de
Luzaga (Aguilera 1916: 10) (nota 8).
Los materiales ms significativos, ordenados siguiendo los
criterios de Cerralbo, quien haba realizado una clasificacin de los materiales de las necrpolis por l excavadas
(Aguilera 1911, III-IV; Idem 1916; Idem 1917), fueron expuestos con motivo de la celebracin en 1917 del Congreso de
la Asociacin Espaola para el Progreso de la Ciencias, al
que ya en 1915 haba presentado su sntesis Las Necrpolis
Ibricas. Asimismo, y con planteamientos similares, una seleccin de los objetos de hierro procedentes de los yacimientos excavados por Cerralbo, a los que se aadi entre otros
materiales los de un conjunto de sepulturas de la necrpolis
de Quintanas de Gormaz, excavada por Morenas de Tejada,
form parte destacada de la Exposicin de Hierros Antiguos
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I. Historia de la Investigacin
Espaoles celebrada en Madrid en 1919, cuyo catlogo fue
publicado por P.M. de Artano y Galdcano.
Mucho menor eco tuvieron las excavaciones realizadas en
poblados, entre las que pueden destacarse, particularmente,
las aportaciones de Cerralbo en el Alto Jaln y el Alto Tajo
(vid. Argente 1977a: 594, fig. 1). En su mayora estos trabajos
quedaron inditos, publicndose tan slo breves avances de
los ms significativos. En el Alto Jaln, destacan el Castro o
Castillo ciclpeo, en Santa Mara de Huerta (Soria) (Aguilera
1909: 61-70; Idem 1916: 79-83) y el Castro megaltico o
Cerro gmico, en Monreal de Ariza (Zaragoza) (Aguilera
1909: 74-86; Idem 1911, II: 60-74). En el Alto Tajo, Cerralbo
realiz excavaciones en una serie de poblados que cabra
emparentar con algunas de las necrpolis que l haba excavado. Los Castillejos, en Aguilar de Anguita (Aguilera 1911,
III: 77), El Castejn, en Luzaga (Aguilera 1911, IV: 31-32;
Artano 1919: nos 72 y 123-131), Los Castillejos, en El
Atance (Artano 1919: nos 136-138), El Perical, en Alcolea
de las Peas (Artano 1919: nos 116-122), Turmiel (Artano
1919: n 139), etc., seran algunos de los hbitats en los que
trabaj y de los que apenas existe documentacin al respecto (vid. Artano 1919, donde se recogen contados materiales -armas y tiles- procedentes de estos yacimientos).
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Los Celtberos
Fig. 1.-Necrpolis celtibricas excavadas entre 1905 y 1985 (A) y distribucin de
tumbas y conjuntos cerrados obtenidos en el mismo perodo (B). Proporcin de
conjuntos cerrados respecto al total de tumbas excavadas en algunas de las principales necrpolis celtibricos (C). (A-B, segn lvarez-Sanchs 1990).
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I. Historia de la Investigacin
Puede mencionarse, adems, la excavacin del poblado de
La Orua, en Veruela (Zaragoza), en las proximidades del
Moncayo (Mundo 1918).
J. Cabr -buen conocedor de los materiales provenientes de
los trabajos de Cerralbo, al haber colaborado con l en algunas
de sus excavaciones, ordenando y fotografiando los materiales- va a ser el elegido para la elaboracin de los Catlogos
Monumentales de las provincias de Teruel (1909-10) y Soria
(1917), ambos inditos, aunque del primero publicara el santuario celtibrico de Pealba de Villastar (Cabr 1910) y el
segundo fuera manejado por B. Taracena en la elaboracin
de la Carta Arqueolgica de Soria. El tomo III del Catlogo
de Soria (1917) lo dedica a las Necrpolis Celtibricas, con
especial incidencia en las de Osma, Gormaz y Alpanseque,
lamentndose de no poder estudiarlas conjuntamente con
los yacimientos excavados por Cerralbo en las provincias
de Guadalajara y Zaragoza por encontrarse en una misma
regin y pertenecer al mismo pueblo, que hemos dado en
llamar ibrico, pero a mi entender su nombre propio es celtbero, puro y neto. El tomo cuarto de esta obra incluye las
ciudades celtibrico-romanas de Numancia, Uxama, Termes
y Ocilis (nota 9).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
A partir de 1915, P.Bosch Gimpera va a abordar en sucesivos trabajos el estudio de los Celtas en la Pennsula Ibrica,
partiendo de las tesis invasionistas de Schulten, fundamentadas en gran medida en los textos clsicos, a las que intentar dotar de base arqueolgica (nota 10). Desde un primer
momento Bosch Gimpera (1915: 34; vid., asimismo, 1918:
13) considera que las necrpolis conocidas hasta la fecha
en la Meseta Oriental probablemente no son ibricas, sino
clticas, lo que contrasta con lo expuesto por Cerralbo,
Dchelette y Schulten, quien, a pesar de sus teoras sobre
el proceso de etnognesis meseteo, seguira denominando
celtibricos a estos cementerios.
En su trabajo Los Celtas y la civilizacin cltica en la
Pennsula Ibrica, publicado en 1921, expone, influido por
Kossina, los planteamientos esenciales de su tesis invasionista. De acuerdo con Schulten -siguiendo en esto lo sealado por los textos clsicos- los Celtas habran entrado en la
Pennsula Ibrica a principios del siglo VI (ca. 600 a.C.) para,
durante la Segunda Edad del Hierro (desde el 500 a.C.), desarrollar una cultura que, por encima de sus diferencias locales, presenta un marcado carcter hallstttico, a pesar de que
los tipos documentados difieran de los centroeuropeos y su
cronologa no sea obviamente la misma que la comnmente
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I. Historia de la Investigacin
aceptada para la cultura hallstttica, a la que considera celta
(vid. Bosch Gimpera y Kraft 1928: 258 s.; Kalb 1993: 146 ss.).
Esta cultura, denominada posthallstttica al ser posterior a
la hallstttica, se extendera por el Centro y el Occidente
peninsular y por el Sur de Francia, equivaliendo cronolgicamente a los perodos I y II de La Tne (Bosch Gimpera 1921:
17 s.). Uno de sus grupos principales sera el definido a partir
de las necrpolis de la Meseta Oriental, de las que ofrece una
clasificacin tipolgica de sus elementos esenciales (espadas, puales, fbulas y broches de cinturn), sistematizando
as lo esbozado por Cerralbo en sus trabajos ms recientes
(Aguilera 1916 y 1917). Sobre esta ordenacin, diferencia
dos perodos en la evolucin de estas necrpolis, que fecha
entre el siglo V y la primera mitad del III a.C., predecesores
de lo que denomina Cultura Ibrica de Numancia, que atribuye a los Celtberos y cuyo final establece en el 133 a.C.,
fecha de la destruccin de la histrica ciudad (nota 11).
Simultneamente a los trabajos de Bosch Gimpera, hay que
destacar la labor llevada a cabo, especialmente en la provincia
de Soria, pero tambin en la de Logroo, por B. Taracena, colaborador con J.R. Mlida en las excavaciones de Numancia
(1920; 1921; 1923 y 1924) y director del Museo Numantino
desde 1919 a 1936. A lo largo de este perodo, la actividad
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
de Taracena se centr en la realizacin de prospecciones y
excavaciones arqueolgicas preferentemente en yacimientos
de la Edad del Hierro. Sus excavaciones en los poblados sorianos de Ventosa y Arvalo de la Sierra, Tanie, Calataazor
y Suellacabras (1926a: 3-29), Izana (1927: 3-21), Langa de
Duero (1929: 31-52 y 1932: 52-61), Ocenilla (1932: 3752), el
riojano de Canales de la Sierra (1929: 28-31), donde se haba
localizado tradicionalmente la ciudad de Segeda, as como
en un buen nmero de asentamientos castreos del Norte de
la provincia de Soria (1929: 3-27), resultan de gran trascendencia, dado el desinters que hasta la fecha haba deparado
en la arqueologa celtibrica la excavacin de los ncleos de
habitacin de menor entidad, orientada en especial hacia las
ciudades y los conjuntos funerarios. A l se debe tambin la
identificacin de la ciudad celtibrica de Contrebia Leukade
en Aguilar del Ro Alhama (La Rioja) (Taracena 1926b).
En la Memoria correspondiente a 1928 (Taracena 1929: 327), define por vez primera la entidad cultural de uno de los
grupos castreos peninsulares de mayor personalidad, el de
los castros sorianos, cuya dispersin geogrfica coincide
con el territorio en el que las fuentes literarias sitan a los
Pelendones y que representan (Taracena 1929: 25 ss.) el
ms viejo grupo de cultura cltica de la meseta central, en el
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I. Historia de la Investigacin
que, si los objetos metlicos permiten emparentarlos con las
necrpolis posthallsttticas del Sur de la provincia de Soria,
no ocurre igual con las especies cermicas, interpretadas
como una supervivencia del pueblo que sufri la invasin
cltica, que para Schulten seran Ligures y para Bosch
Gimpera supervivientes del Eneoltico. Esta invasin, de
acuerdo con Schulten y Bosch Gimpera, quedaba fijada en
el Periplo de Avieno (vid. captulo II, 1,1), aceptndose una
fecha en torno al 600 a.C. Con posterioridad, una supuesta
invasin arvaca sustituira la ruda cultura de los castros
por la tpica posthallstttica, de donde por evolucin surge la
cultura numantina.
A pesar del especial inters que durante las dos primeras dcadas del siglo XX se haba demostrado por las necrpolis, la
publicacin detallada de conjuntos funerarios celtibricos de
cierta entidad no se producir hasta el comienzo de los aos
30, en que vieron la luz las Memorias de Excavacin de los
cementerios del Altillo de Cerropozo, Atienza (Guadalajara)
(Cabr 1930) y La Mercadera (Soria) (Taracena 1932: 5-31,
lm. I-XXIII), publicaciones ambas que cabe considerar modlicas (nota 12).
En el trabajo sobre la necrpolis de Atienza, Cabr (1930: 30
ss.) expone sus ideas sobre la periodizacin en la Meseta
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Oriental, rechazando los trminos Hallstatt y La Tne para
referirse a las culturas peninsulares (vid. asimismo Cabr
1928: 95 s.) y no aceptando tampoco la propuesta de Bosch
Gimpera, por considerarla imprecisa (nota 13). Propone, a
modo de ensayo hasta disponer de un mayor nmero de
excavaciones metdicas en otros cementerios de la Meseta
Oriental y de haber publicado la Coleccin Cerralbo -tarea
que le haba sido encomendada al propio Cabr-, la diferenciacin en dos grandes perodos que denomina provisionalmente 1 y 2 Edad del Hierro de Castilla e inmediaciones,
caracterizados por los elementos ms significativos de la cultura material hallados en las necrpolis, principalmente las
espadas y los puales -sentando las bases de la clasificacin
actualmente en uso-, las fbulas, los broches de cinturn y
las cermicas, as como las puntas de lanza y los escudos,
arma sobre la que volver en un estudio monogrfico posterior (Cabr 1939-40). Fecha esta necrpolis entre el siglo IV y
los inicios del III a.C., momento al que atribuye la mayor parte
de las sepulturas, lo que permite la clasificacin de este cementerio como celtibrico; as, refirindose a las necrpolis
del Oriente de la Meseta de caractersticas semejantes a la
de Atienza, considera que si no son en absoluto celtibricas,
por lo menos alcanzan los tiempos en que fue consumada la
fusin de los Celtas con los Iberos, y marcan una fecha fija,
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I. Historia de la Investigacin
el siglo III a.C., lo que queda testimoniado por la presencia
de cermica a torno, aporte de los Iberos en la fusin de la
raza celtibrica (Cabr 1930: 38 s.).
Tambin Taracena (1932: 31), en su ejemplar estudio de La
Mercadera, se cuestiona lo inadecuado que resulta la utilizacin de la terminologa centroeuropea para el caso peninsular (nota 14). Taracena ofrece en este trabajo el estado de la
cuestin sobre la Edad del Hierro en la provincia de Soria:
La Edad del Hierro soriana ofrece dos modalidades
arqueolgicas: la cultura de los castros de las sierras
del N. de la provincia (sobre fondo arcaizante) relacionadas con los del bajo Duero y en la que aparece nicamente cermica morena con decoracin unguicular o
incisa, coetnea de las necrpolis posthallsttticas del
primer grupo formado por Bosch Gimpera y por tanto
cltica, y la cultura de tipo de Numancia con cermica
roja torneada y pintada que comienza en Ventosa de
la Sierra y tnicamente es celtibrica. Entre los dos
grupos se ve el momento de fusin en el castillo de
Arvalo de la Sierra y acaso en el de Alpanseque y
se aprecia la superposicin de las culturas en los de
Tanie y Fuentesaco. El hecho diferencial es pues la
cermica torneada y pintada, arte en realidad, ya que
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
las restantes tipologas generales son evolutivas y por
tanto intiles para una diferenciacin tnica.
Aade (1932: 31) que la formacin del pueblo celtibrico
parece que tiene lugar hacia el comienzo del siglo III, por lo
que La Mercadera sera una necrpolis cltica no slo por el
origen de sus tipos sino tambin por la corta densidad de la
cermica roja torneada que parece corresponder al inicio de
su empleo y, por tanto, al de la influencia cultural ibrica.
El mismo ao 1932 se publica la obra de Bosch Gimpera
Etnologia de la Pennsula Ibrica, en la que estructurar la
documentacin arqueolgica conocida hasta la fecha, que en
el territorio celtibrico segua restringida casi en su totalidad
a la Coleccin Cerralbo, para, con la ayuda de las fuentes
clsicas, intentar reconstruir el proceso histrico del Centro y
el Occidente peninsular. En esta obra, se suma a la gran invasin cltica de hacia el 600 a.C., que alcanzara de lleno la
Meseta Oriental, una primera oleada cltica, vinculada a los
Campos de Urnas procedentes del Rhin y Suiza, con la que
relaciona los topnimos tpicamente celtas en -dunum y en
-acum, que llega a la Pennsula Ibrica en torno al ao 1000
a.C., aunque en un trabajo anterior hubiera propuesto una
fecha entre los siglos XII y XI a.C. (Bosch Gimpera y Kraft
1928: 260) y que, a partir de obras posteriores, se situar
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I. Historia de la Investigacin
definitivamente en el 900 a.C. (Bosch Gimpera 1933; 1942;
1944; etc.).
Tras analizar las fuentes literarias relativas a los Celtberos,
a los que considera como una poblacin bsicamente ibrica, aunque dominada y mezclada con elementos celtas
(Bosch Gimpera 1932: 541 ss.), se aborda el estudio de su
arqueologa (Bosch Gimpera 1932: 568 ss.). Para Bosch
Gimpera (1932: 569 ss. y 576 ss.), los castros estudiados por
Taracena en las provincias de Soria y Logroo y las necrpolis de Guadalajara y Soria ofrecen caractersticas propias, insistiendo en la presencia, junto a los elementos posthallsttticos puestos de manifiesto en armas y adornos, del elemento
ibrico documentado a travs de la cermica a torno, que
considera venida del Valle del Ebro. La cronologa propuesta
abarca desde el siglo V al III a.C., sealando la ignorancia
que cubre el perodo posterior. Ofrece una periodizacin de
las necrpolis posthallsttticas (Bosch Gimpera 1932: 578),
coincidente con la propuesta en 1921, incorporando los hallazgos de Cabr (1930) en Atienza (nota 15):
Perodo I (siglos V-IV a.C.)
a. (Siglo V a.C.). Una parte de Aguilar de Anguita.
b. (400-350 a.C.). Aguilar de Anguita, Olmeda, Clares,
Quintanas de Gormaz y tumba 9 de Atienza.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Perodo II (siglos IV -III a.C.)
a. (350-300 a.C.). Alpanseque, Atance, Hijes, La Requijada de
Gormaz, Quintanas de Gormaz, la mayor parte de Atienza
y tal vez tambin Valdenovillos, Turmiel, Montuenga y
Luzaga.
b. (300-250 a.C.). Arcobriga, Osma, la tumba I6 de Atienza y
quizs Ciruelos.
En los aos inmediatamente anteriores a la Guerra Civil,
cabe destacar los trabajos de Schulten sobre Segeda
(1933a), proponiendo su identificacin en Durn de Belmonte
y localizando en sus proximidades lo que posteriormente se
ha interpretado como la ciudad indgena (lm. I,1) (Burillo
1994a: I02 s.), y Bilbilis (1934). En 1933, Schulten publica
su Geschichte von Numantia, cuya edicin en castellano no
aparecer hasta 1945, que puede considerarse en cierto
sentido como un resumen de su obra Numantia en cuatro
volmenes, manteniendo sin apenas modificacin sus planteamientos invasionistas. A todo ello hay que unir los trabajos
de Taracena (1934) desarrollados entre 1932 y 1933 en la
ciudad de Termes o la publicacin de su trabajo monogrfico
sobre los Pelendones (Taracena 1933).
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I. Historia de la Investigacin
3. DE 1940 A 1970
Los aos 40 van a constituir un parntesis en la actividad
arqueolgica celtibrica, al final del cual se produce la recapitulacin de la situacin heredada de la preguerra. Como ha
sealado F. Burillo (1993: 24I), pese a las aportaciones iniciales, las primeras dcadas del perodo de postguerra constituirn una ruptura en el proceso investigador sobre la temtica
celtibrica, que sorprende ante la corriente ideolgica, existente durante este perodo, de valoracin de o celta.
Un hito de la Arqueologa celtibrica es, sin duda, la publicacin por B. Taracena de la Carta Arqueolgica de Espaa.
Soria (1941), en la que se recoge toda la documentacin,
debida en buena medida a la investigacin del propio autor,
recopilada hasta la fecha sobre el territorio soriano. Como ha
sealado recientemente Ruiz Zapatero (1989: 16) la sntesis introductoria de esta obra es realmente la primera sntesis
estructurada de la Arqueologa Soriana, en muchos aspectos
con gran visin de futuro y observaciones vigentes todava
hoy. En 1940, Taracena (1943a) reanudar las excavaciones en Numancia, centrndose en el espacio donde con posterioridad se levantara la Casa de la Comisin. Asimismo, da
a conocer los resultados de sus excavaciones en Contrebia
Leukade (Taracena 1942 y 1945). A todos estos trabajos hay
NDICE
29
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
que aadir la publicacin de un informe sobre la arqueologa
del Moncayo (Bordej 1936-40).
En 1942, M. Almagro Basch publica un avance de sus trabajos desarrollados en 1934 en la necrpolis turolense de
Griegos, cuyos materiales resultan semejantes a los recuperados por Cerralbo en las provincias de Soria y Guadalajara,
lo que va a permitir vincular la Sierra de Albarracn, donde se
localiza Griegos (nota 16), con el ncleo del Alto Tajo-Alto
Jaln definido a partir de los trabajos de Cerralbo. Aun considerando la poca superficie excavada, la necrpolis permiti
documentar por vez primera en un cementerio celtibrico la
presencia de estructuras tumulares, si se excepta el caso
dudoso de La Mercadera. En este mismo trabajo, Almagro
critica las alineaciones de tumbas descritas por Cerralbo,
tenindolas por fantsticas, lo que provoc la reaccin de
Cabr (1942b), responsable de la documentacin fotogrfica
de las excavaciones de Cerralbo (vid. captulo IV,2).
Son igualmente dignas de mencin las publicaciones de J.
Cabr sobre La Caetra y el Scutum en Hispania durante la
Segunda Edad del Hierro (1939-40) o sobre El thymaterion
cltico de Calaceite (1942a), en las que los materiales procedentes de las necrpolis celtibricas van a ocupar un lugar
destacado, incorporando los dibujos, obra de M.E. Cabr, de
NDICE
30
I. Historia de la Investigacin
algunos de los conjuntos cerrados ms significativos de estos cementerios, tantas veces repetidos en las publicaciones
posteriores.
Bosch Gimpera publica en 1942 Two Celtic waves in Spain,
texto ledo en 1939 y cuya edicin en castellano, algo ampliada, El poblamiento antiguo y la formacin de los pueblos de
Espaa, no aparecera hasta 1944. En estas obras mantiene
los mismos puntos de vista que en sus publicaciones previas,
al seguir basndose en las fuentes literarias y en los datos
lingsticos, aun cuando falte un conocimiento suficiente de
los datos arqueolgicos. Diferencia dos oleadas. La primera
se sita hacia el 900 a.C., vinculndola con los Campos de
Urnas del Sur de Alemania que penetraran por Catalua,
donde se producira una evolucin autctona hasta mediados del siglo VII a.C. Con esta invasin se relacionaran los
Berybraces del Periplo de Avieno, constituyendo el nico elemento de la misma que pudo tener contacto con la Meseta.
La segunda oleada, integrada por grupos hallsttticos del
Bajo y Medio Rhin, llegar a la Pennsula en varias etapas
entre el ao 650 y el 570 a.C. a travs de los pasos occidentales del Pirineo, afectando de lleno a la Meseta.
Los Belgas seran el ltimo grupo cltico llegado a la
Pennsula (hacia el 570 a.C.) -con anterioridad a los primeNDICE
31
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
ros objetos latenienses, producto de contactos comerciales-,
trayendo consigo los elementos que darn lugar a la llamada
Cultura Posthallstttica, asentndose en el Valle del Ebro y en
la Meseta Norte (Bosch Gimpera 1944: 123 ss.). En relacin
a los Celtberos, considera que tras la Cultura Posthallstttica
de las necrpolis y castros de Guadalajara y Soria, comenzaran a aparecer elementos ibricos, primordialmente la cermica, que a lo largo del siglo II hasta el 133 a.C. darn lugar
a una cultura de fuerte sabor ibrico.
Ya desde los aos 30, M. Almagro Basch haba expresado en
diversos artculos (1935; 1939; 1947-48) sus planteamientos
encontrados con las tesis de Bosch Gimpera, que seran desarrollados, en extenso, en su trabajo de 1952 La invasin
cltica en Espaa, incluido en la Historia de Espaa dirigida por R. Menndez Pidal. En esta obra, que renueva los
planteamientos sobre la indoeuropeizacin de la Pennsula
Ibrica y en la que realiza un estudio concienzudo de la cultura material, Almagro aboga por una nica invasin cltica,
lenta y gradual, cuyo inicio sita hacia el 800 a.C. Corresponderan al Hallstatt D los niveles bajos de Numancia y
otros castros sorianos que fecha en su perodo II (600-400
a.C.), enmarcndolos en el contexto general de la cultura celNDICE
32
I. Historia de la Investigacin
ta de los Campos de Urnas (Almagro Basch 1952: 214-216
y 233).
A estos trabajos habra que aadir la sntesis de J. Martnez
Santa Olalla, Esquema Paletnolgico de la Pennsula
Hispnica (1941), en la que diferencia tres invasiones indoeuropeas, sin aportar nada nuevo respecto al panorama reflejado en las tesis de Bosch Gimpera, al que sigue en lneas
generales. Adems, cabe destacar Los pueblos de Espaa de
J. Caro Baroja, publicado tambin en 1946, o los trabajos de
L. Pericot La Espaa primitiva (1950) y Las races de Espaa
(1952), as como un corto artculo, aparecido en el nmero
inicial de la revista Celtiberia (1951), en el que plantea el estado de la investigacin sobre los Celtberos, pasando revista
a las tesis sobre su origen y destacando los trabajos llevados
a cabo por los lingistas, sobre todo por A. Tovar, sobre el
carcter cltico de la lengua celtibrica (vid. infra).
Sin embargo, la aportacin fundamental sobre los Celtberos
se debe de nuevo a Taracena, quien se encargar de su estudio en la Historia de Espaa de Menndez Pidal, en la que J.
Maluquer de Motes aborda la etnologa de los restantes pueblos de la Hispania cltica, sealando el valor de las llamadas
gentilidades estudiadas por Tovar (1949: 96 ss., mapa I)
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33
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
para identificar el rea cltica peninsular (Maluquer de Motes
1954: 14, fig. 81, nota 32).
A lo largo de un centenar de pginas, Taracena ofrece un
completo panorama de la Cultura Celtibrica, desde el 300
a.C. hasta la conquista romana: las fuentes histricas, los
diferentes pueblos celtibricos, sus ncleos de poblacin,
las instituciones, el armamento, la religin, el arte, etc., son
algunos de los aspectos tratados. Al final, se refiere con brevedad a la formacin de la Celtiberia, siguiendo para ello los
planteamientos de Bosch Gimpera (Taracena 1954: 295 s.).
Acepta la existencia de dos invasiones, siendo los castros
clticos sorianos pervivencia de la primera, mientras que la
segunda, fechada ca. 600 a.C., responsable de arrinconar a
sus predecesores los Pelendones, incluira a los Vacceos,
Arvacos y casi todo el elemento celta de los Celtberos. Aun
aceptando, al igual que Bosch Gimpera, la presencia de un
elemento ibrico anterior, a diferencia de ste no lo retrotrae
al final del Eneoltico o comienzos de la Edad del Bronce, con
la expansin por la Meseta de la Cultura de Almera, sino que
lo considera mucho ms reciente aproximadamente sincrnica a su entrada tambin en el sur de Francia y originada en
la misma causa, quiz los movimientos clticos de la Primera
Edad del Hierro. Ello podra explicar el arrinconamiento de
NDICE
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I. Historia de la Investigacin
los Pelendones en la serrana, logrado por los Iberos antes
de la segunda invasin cltica (nota 17). Desde el siglo III
a.C., se dejaran sentir los influjos ibricos en la Celtiberia
que, coincidiendo de nuevo con Bosch Gimpera, seran de
tipo puramente cultural, sin necesidad de defender, tal como
sugera Schulten, aportes tnicos. De esta forma, el complejo celtibrico aparece formado por un elemento ibero muy
poco denso que aun en el siglo VI, bastante despus de la
entrada de la primera invasin cltica, tambin muy poco
numerosa, sostena sus caractersticas y desapareci absorbido por la nueva llegada de centroeuropeos, que impusieron
sus gustos, sus armas, su organizacin y sus mandos, pero
que a su vez y desde el siglo III son conquistados por la cultura superior de los vencidos, cuya influencia llega desde
tierras independientes. Por ltimo, se refiere al proceso de
expansin de los Celtberos desde su formacin en el siglo III
a.C., sin que en ello deba verse una comunidad de origen con
las poblaciones sobre las que impone su nombre.
Con respecto a los trabajos de campo, muy escasos durante
este perodo, destacan los desarrollados por T. Ortego (1952)
en la serrana turolense y en El Castillo de Soria, as como
los llevados a cabo en el territorio celtibrico del Ebro Medio,
que se concretan en las prospecciones efectuadas por M.
NDICE
35
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Pellicer (1957 y 1962; Pamplona 1957), que permitieron descubrir los importantes yacimientos celtibricos de Botorrita
y Valdeherrera, actualmente identificados con la ciudad de
Contrebia Belaisca, cuyos trabajos de excavacin no se
emprenderan hasta 1969, dirigidos por A. Beltrn, y con la
Bilbilis celtibrica, respectivamente.
En los inicios de la dcada de los 60 destaca la figura de F.
Wattenberg, a quien se debe la reanudacin de las excavaciones en Numancia. En 1959, presenta al Primer Symposium
de Prehistoria de la Pennsula Ibrica su trabajo Los problemas de la Cultura Celtibrica, publicado en 1960, en el que
analiza el panorama celtibrico desde planteamientos coincidentes con los de Taracena, si bien sugiere la inclusin de
los Vacceos entre el colectivo celtibrico, lo que ha tenido un
cierto peso en un sector importante de la investigacin actual
(Martn Valls 1985; Martn Valls y Esparza 1992). En este trabajo se trata la cronologa de la cermica numantina, objeto
de estudio por Bosch Gimpera (1915) y Taracena (1924), y
la necesidad de revisar las estratigrafas de la histrica ciudad, lo que le llevara a realizar en 1963 diferentes cortes en
Numancia con el objeto de solucionar tales problemas estratigrficos (Wattenberg 1963: I7-25; Idem 1965; Idem 1983;
Beltrn 1964; Idem 1972), siendo la plasmacin de tales
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36
I. Historia de la Investigacin
estudios su monografa sobre Las cermicas indgenas de
Numancia (Wattenberg 1963).
Como puede comprobarse, a partir de la dcada de los 40,
segn ha puesto de manifiesto Ruiz Zapatero (1993: 48 s.),
se produce una cierta atona en la investigacin arqueolgica de lo celta. Esto unido a las dificultades de relacionar
los materiales hispanos con los del otro lado de los Pirineos,
condujo a una renuncia expresa por intentar nuevas sntesis
e interpretaciones. En cierto modo hasta los aos 80 se han
seguido repitiendo los viejos esquemas de Bosch, Almagro y
otros, sin apenas puntos de vista nuevos; en otras palabras el
tema era complejo y delicado y se opt por una aproximacin
descriptiva aderezada con la exposicin historiogrfica del
mismo. Sin muchos datos nuevos y sin apenas propuestas
tericas poco ms se poda hacer.
Un cambio en esta orientacin vendr marcado, como ha
sealado acertadamente el propio Ruiz Zapatero (1993: 49),
por la labor de una serie de arquelogos alemanes que, de
acuerdo con los postulados de la investigacin cltica centroeuropea, identifica a los celtas histricos con la Cultura de
La Tne. El trabajo de E. Sangmeister (1960), en el que intenta aclarar el valor de la aportacin cltica en la Pennsula
Ibrica, muestra este nuevo rumbo en la investigacin. Para
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Sangmeister, el Hallstatt D representa un nuevo estadio cultural en el Suroeste de Alemania y el Noreste de Francia que
recoge elementos supervivientes de los Campos de Urnas,
otros resucitados de la Cultura de los Tmulos y otros tpicamente hallsttticos, no pudindose determinar con claridad
con cual de estos componentes llegara la lengua cltica, nico y definitivo argumento, segn Sangmeister, para hablar de
Celtas en la Pennsula Ibrica. Tras analizar los hallazgos peninsulares, considera que ciertos elementos, como las fbulas
de caballito o las de espirales, las urnas de pie alto calado y
las espadas de antenas, evidencian una corriente desde el
Norte de Italia y el grupo del Suroeste Alpino posterior a los
Campos de Urnas y que no proceden del foco del Hallstatt D
Occidental. Con estos elementos se asociaran los nombres
de los Cempsi y de los Saefes del Periplo de Avieno, cuya
relacin con los Ligures quedara as explicada. Ciertos modelos de fbulas, trados por Celtas de la regin gala en la
primera mitad del siglo V a.C., podran explicar los nombres
en -briga y el nombre cltico de los Berybraces del Periplo,
aunque pudieron llegar en el movimiento siguiente. Otra invasin se producira en el siglo IV a.C., durante La Tne B/C,
siendo prueba de ello los modelos ms tardos de fbulas y
ciertas armas, como las de los relieves de Osuna.
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I. Historia de la Investigacin
En el mismo ao, W Schle (1960) publica un artculo en el
que define, dentro de su Kastilischen Kulturen, la llamada
Cultura del Tajo, estableciendo una periodizacin, en dos
estadios (A y B) y cuatro fases (Al, A2, 131 y B2), basada en
la evolucin de las espadas. La fecha de las espadas de antenas y de las fbulas de ballesta en el Sur de Francia impiden
considerar que el foco difusor de la Cultura Posthallstttica
peninsular y de sus paralelos sea el Noroeste de los Alpes,
documentndose en el circulo del Tajo, del que las necrpolis
de Cerralbo constituyen una parte esencial, ciertos elementos que hay que relacionar con los Alpes Orientales, de poca
anterior al Hallstatt Final-La Tne.
No obstante, la aportacin fundamental de Schle ser su
sntesis Die Meseta Kulturen der Iberischen Halbinsel (1969),
en la que los cementerios celtibricos ocupan un papel destacado, recogiendo los ajuares funerarios ya conocidos a
travs de dibujos o fotografas, e incorporando igualmente un
cierto nmero de conjuntos inditos, pese a que no tuviera
oportunidad de estudiar los materiales, an sin publicar, pertenecientes a la Coleccin Cerralbo. Tambin los materiales
de Numancia, sobre todo las fbulas, merecieron especial
atencin en esta obra. Schle pretende estudiar la Cultura de
la Meseta en el marco de las culturas coetneas, formadas,
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
segn l, por el influjo de varias corrientes culturales que inciden en la Pennsula seguramente atradas por sus metales.
Si el influjo fenicio se dej sentir en el Sur, y el griego en el
Golfo de Len y en el Sureste, grupos nmadas a caballo
debieron vagar preferentemente por el Centro y el Suroeste,
con preferencia a las zonas del Norte, Noroeste y Sureste,
regiones que para ellos debieron ser poco atractivas.
Schle aborda el estudio de las culturas del Tajo y del Duero,
centrndose de modo especial en la primera, que se extiende
desde el Valle del Jaln, las altas tierras de Guadalajara hasta las estribaciones septentrionales de la Cordillera Central,
el Sur de Portugal y Andaluca, y en la que cree ver ciertos
elementos arqueolgicos procedentes de las estepas euroasiticas (Schle 1969: 18 ss.). Propone la diferenciacin de
la Cultura del Tajo en dos perodos (A y B), subdivididos a su
vez en dos subfases, partiendo de la evolucin de las armas,
en especial de los puales de antenas. Las grandes necrpolis de la Cultura del Tajo del siglo VI a.C. representaran una
forma de vida nmada o seminmada, dado lo frecuente que
resultan los atalajes de caballo en las mismas y la desproporcin entre el nmero y el tamao de los cementerios con el
de los lugares de habitacin a lo largo de la fase A de esta
cultura. Desde comienzos de la fase Tajo B se produce una
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I. Historia de la Investigacin
lenta desaparicin de los elementos de origen euroasiticos, lo que reflejara la influencia cada vez ms poderosa
del mundo ibrico, por una parte, y de la del Duero, por otra.
A ello se une una reduccin del territorio dominado por la
Cultura del Tajo, que ya en la fase B2 se limita a las altas
tierras de Guadalajara y a una pequea franja a ambos lados
del Sistema Central. A lo largo del siglo II a.C., la Cultura del
Tajo sucumbe bajo la presencia de Roma, que en momentos
posteriores ser asimismo la causante del fin de la Cultura
del Duero (Schle 1969: I64 ss.).
Cabe an destacar, entre los intentos de sntesis, la obra
de N.H. Savory (1968) sobre la Prehistoria de la Pennsula
Ibrica, en la que, siempre dentro de los esquemas invasionistas vigentes, propone su punto de vista segn el cual el
mayor movimiento de pueblos en la Pennsula ocurre hacia
los siglos VI y V a.C., matizando las propuestas de Bosch
Gimpera y Sangmeister.
Como punto final de esta dcada, puede sealarse la celebracin en 1967 del Coloquio Conmemorativo del XXI
Centenario de la gesta numantina, publicado algunos aos
ms tarde (VV. AA. 1972), a pesar de lo cual las investigaciones sobre Numancia no van a tener continuidad, con la
excepcin de las excavaciones de J. Zozaya (1970 y 1971)
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
centradas en la ocupacin medieval de la ciudad o los diversos trabajos de carcter monogrfico principalmente sobre
las cermicas numantinas (vid. infra).
En relacin con la Arqueologa funeraria, los ltimos aos
de la dcada de los 60 suponen la iniciacin de una nueva
etapa, tras un largo parntesis de casi treinta aos, con la publicacin de la necrpolis de Riba de Saelices (Guadalajara)
por E. Cuadrado (1968), en la que se documentan las alineaciones descritas por Cerralbo, y la conquense de Las
Madrigueras (Almagro-Gorbea 1965 y 1969), localizada en
lo que en poca histrica constituye el lmite meridional de
la Celtiberia, donde se estableci la continuidad en el uso
de un cementerio a lo largo de un extenso lapso de tiempo,
lo que entraba en contradiccin con las tesis clsicas, posteriormente documentada en otros cementerios celtibricos,
como Aguilar de Anguita, Ucero, Carratiermes, etc. (vid. captulo VII). A estos trabajos habra que aadir la aportacin
de J.M. Zapatero (1968) sobre la figura de R. Morenas de
Tejada, ofreciendo algunas noticias interesantes acerca de
los cementerios de Osma, Gormaz y Quintanas de Gormaz.
Desde el punto de vista de la Lingstica, el perodo comprendido entre la dcada de los 40 y la de los 60 resulta
fundamental en lo que a los estudios clticos se refiere. Tras
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I. Historia de la Investigacin
el desciframiento de la escritura ibrica, debido a Gmez
Moreno (1922; 1925; 1943; 1949), Caro Baroja (1943) identific elementos clticos en ciertas inscripciones en escritura
ibrica procedentes del territorio celtibrico, pudiendo delimitar la Celtiberia respecto de la zona ibrica a partir de ciertas
desinencias en las monedas, estableciendo cinco grandes
regiones lingsticas en la Hispania antigua. Sin embargo,
ser Tovar quien en 1946 describir algunos rasgos fundamentales de la lengua de los Celtberos que permitan su
inclusin entre las lenguas clticas. A este trabajo inicial,
seguirn otros del propio Tovar (1948, 1949, 1950, 1955-56,
196I, etc.), a los que deben sumarse las obras de M. Lejeune
(1955) y U. Schmoll (1959), as como las relativas a la onomstica personal indgena, debidas a M. Palomar Lapesa
(1957), J. Rubio Alija (1959) y, en especial, a M.L. Albertos
(1964; 1965; 1966; 1972a-b; 1976; 1977a; 1979; 1983; etc.).
Junto a ellos hay que destacar dos importantes trabajos de
J. Untermann (1961 y 1965) sobre la onomstica peninsular,
publicados en la primera mitad de la dcada de los 60.
Para Tovar existiran dos estratos lingsticos indoeuropeos,
uno precltico documentado en el lusitano, lengua ms
arcaica en algunos rasgos que el celta, y que podra ser
un resto evolucionado de las primitivas invasiones indoeuNDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
ropeas en el Occidente, y otro, el celtibrico, definido como
un dialecto celta de tipo arcaico (Tovar 1971: 18 s.). Segn
el mismo Tovar (1971: 20), el nombre `celtberos no designa
una mezcla de pueblos, sino un pueblo que hablaba celta y
que haba tomado de sus vecinos Iberos la escritura y otros
rasgos culturales. Su planteamiento recogera las viejas
tesis que defendan la existencia de una primera invasin
indoeuropea, inicialmente relacionada con los Ligures y ms
tarde con los Ilirios, anterior a la protagonizada por los Celtas.
En cambio, para Untermann (1961), nicamente habra habido una invasin indoeuropea en la Pennsula Ibrica, de tipo
celta, que sera la responsable de las diferencias que, a nivel
dialectal, se observan en el territorio peninsular.
4. EL LTIMO TERCIO DEL SIGLO XX
Durante este perodo se va a producir un gran desarrollo
de la Arqueologa en el mbito celtibrico, si bien, desde el
punto de vista terico, a lo largo de la dcada de los 70 y los
primeros aos de los 80, se mantendr el concepto amplio,
ambiguo y sin una definicin arqueolgica estricta de celta,
que llevar a veces a visiones simplistas, con atribuciones
errneas de yacimientos y materiales (Ruiz Zapatero 1993:
49).
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I. Historia de la Investigacin
Desde mediados de la dcada de los 80 se asiste a una revitalizacin de los estudios sobre los Celtas en la Pennsula
Ibrica planteados desde perspectivas interdisciplinares, tras
un largo perodo en el que la investigacin sobre el tema se
circunscribi, prcticamente, a la Lingstica. Prueba de ello
son los recientes cursos monogrficos de la Universidad
Complutense en El Escorial (Los Celtas, Agosto 1992) y de
la U.I.M.R en Cuenca (Los Celtas en la Meseta: Orgenes
y nuevas interpretaciones, Octubre 1993), dirigidos por M.
Almagro-Gorbea, la seccin dedicada a Les Celtes et le
Sud-Ouest de lEurope en el XVIe Colloque de lAssociation
Franaise pour lEtude de lAge du Fer (Agen, Mayo 1992),
as como la publicacin de trabajos monogrficos que, desde planteamientos actuales, ofrecen una visin interdisciplinar sobre el complejo mundo de los Celtas hispanos, en el
que los Celtberos tienen un papel esencial (VVAA. 1991;
Almagro-Gorbea y Ruiz Zapatero, eds. 1993). Deben destacarse, asimismo, los Simposia sobre los Celtberos, que desde 1986 han venido desarrollndose en Daroca (Zaragoza)
bajo la coordinacin de F. Burillo (vid. infra).
Su inters, que ha trascendido de los ambientes puramente
acadmicos, se ha visto acentuado por importantes hallazgos, como los bronces de Botorrita (de Hoz y Michelena
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
1974; Beltrn y Tovar 1982; Eska 1989; Meid 1993 y 1994:
7 ss.; Beltrn, de Hoz y Untermann 1996), los ms largos
textos escritos en una lengua cltica de la Antigedad, o la
necrpolis celtibrica de Numancia (Jimeno y Morales 1993 y
1994; Jimeno 1994a: 128 ss.; Idem 1994: 50 ss.; Idem 1996),
extendindose igualmente fuera de nuestras fronteras tanto
a nivel cientfico como de divulgacin; de ah la importancia
del espacio dedicado a los Celtas hispanos en la Exposicin I
Celti celebrada en Venecia en 1991 (Moscati, coord. 199I).
En los aos 70 y el primer tercio de los 80, se llev a cabo
la revisin de las principales necrpolis de la Coleccin
Cerralbo, cuyos materiales, en gran medida descontextualizados, se hallaban depositados en el Museo Arqueolgico
Nacional: Aguilar de Anguita (Argente 197I y 1974, este ltimo
trabajo centrado en el estudio de las fbulas); Valdenovillos
(Cerdeo 1976a); Luzaga (Daz 1976), limitndose solamente al estudio del material cermico; Carabias (Requejo 1978);
El Atance (de Paz 1980); La Olmeda (Garca Huerta 1980) y
Almaluez (Domingo 1982), de la que se analizaron tan slo
los elementos metlicos (nota 18).
Esta investigacin se complement con la reexcavacin de
la necrpolis de Aguilar de Anguita (Argente 1976 y 1977b) y
con los trabajos de campo llevados a cabo en la de Sigenza
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I. Historia de la Investigacin
(vid. Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993, donde se rene
toda la bibliografa previa sobre la necrpolis), Carratiermes
(Argente y Daz 1979) y Molina de Aragn (Cerdeo et alii
1981; Cerdeo 1983a). No obstante, las expectativas que
crearon estas necrpolis -particularmente tras la decepcin
que supuso la revisin de la Coleccin Cerralbo, cuyos materiales, aunque individualizados generalmente por necrpolis,
slo fueron susceptibles de anlisis tipolgicos se vieron defraudadas en cierta medida debido al estado de deterioro en
que fueron halladas (nota 19).
Fruto del creciente inters por los estudios celtibricos desde
mediados de la dcada de los 80 ha sido la excavacin de importantes conjuntos funerarios, como La Yunta, Aragoncillo,
Ucero, Carratiermes y Numancia, y la revisin de otros, como
el caso de La Mercadera (Lorrio 1990) (nota 20). A estas necrpolis cabe aadir las identificadas en el Valle del Jiloca,
entre las que destacan las de La Umbra, en Daroca (Aranda
1990) y Singra (Vicente y Escriche 1980), que ofreci escasos materiales. Tambin el territorio conquense ha deparado
algunas novedades durante los aos 70 y 80, como la necrpolis tumular de Pajaroncillo (Almagro-Gorbea 1973) o
los cementerios de La Hinojosa (Galn 1980) y Alconchel de
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
la Estrella (Milln 1990), este ltimo con armas tpicamente
celtibricas (nota 21).
En lo que se refiere a los ncleos de habitacin, la nmina
de poblados que han sido objeto de excavaciones arqueolgicas en el territorio celtibrico se ha incrementado de modo
notable desde los aos 70. Con respecto al ncleo del Alto
Tajo-Alto Jaln, definido tradicionalmente por los lugares de
enterramiento, se ha trabajado en: Castilviejo (Guijosa) y Los
Castillejos (Pelegrina), en el Alto Henares; El Palomar y El
Turmielo (Aragoncillo), El Ceremeo (Herrera), Las Arribillas
(Prados Redondos) y La Coronilla (Chera), en la cuenca
del ro Gallo; y Castilmontn (Soman), en el Alto Jaln. De
ellos, slo La Coronilla (Cerdeo y Garca Huerta 1992, con
la bibliografa anterior) y Castilviejo (Beln et alii 1978) han
visto publicada su correspondiente Memoria, estando el resto
an en fase de estudio, si bien existen algunos breves avances (Garca-Gelabert y Morre 1986; Cerdeo 1989 y 1995;
Cerdeo et alii 1995; Arenas et alii 1995) que, por lo comn,
se centran en uno de los aspectos ms atractivos de estos
asentamientos: los sistemas defensivos (Arlegui 1992b;
Cerdeo y Martn 1995) (nota 22).
En el Alto Duero, las excavaciones en hbitats se han centrado en una serie de yacimientos cuyos primeros trabajos
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I. Historia de la Investigacin
fueron efectuados por Taracena en 1928. Se trata del poblado de El Castillejo (Fuensaco) (Romero y Misiego 1992
y 1995b) y los castros del Zarranzano (Almarza) (Romero
1984) y El Castillo (El Royo) (Eiroa 1979a), que han deparado importantes novedades (Eiroa 197% y 1981; Romero
1989), proporcionando asimismo las primeras fechas de C14
para el Alto Duero (Eiroa 1980a-b y 1984-85; Romero 1991a:
356 ss. y 477 s.).
En la Celtiberia aragonesa cabe destacar las excavaciones
en El Alto Chacn (Teruel) (Atrin 1976), el Puntal del To
Garrillas (Pozondn) (Berges 1981), Los Castellares (Herrera
de los Navarros) (Burillo 1983; Burillo y de Sus 1986 y 1988),
el Cerro de La Orua (Bienes y Garca 1995b) y el Montn
de Tierra (Griegos) (Collado et alii 1991-92a). En cuanto al
territorio conquense pueden sealarse las excavaciones en
Fuente de la Mota (Barchn del Hoyo) (Sierra 1981), Reillo
(Maderuelo y Pastor 1981), Cabeza Moya (Engudanos)
(Navarro y Sandoval 1984), El Cerro de los Encaos (Villar
del Horno) (Gmez 1986), Moya (Snchez-Capilla 1989) y
Hoyas del Castillo (Pajaroncillo) (Ulreich et alii 1993 y 1994).
Con ellos cabe relacionar el hallazgo de materiales de clara
filiacin celtibrica en las comarcas de La Plana de Utiel y Los
Serranos, en la zona noroccidental de Valencia limtrofe con
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
las provincias de Cuenca y Teruel (de la Pinta et alii 1987-88;
Martnez Garca 1990; Almagro-Gorbea et alii 1996).
Una mencin especial cabe hacer respecto a los trabajos
de excavacin en ciudades celtibrico-romanas, por ms
que, como ha apuntado recientemente F. Burillo (1993: 244
s.), debido a su continuidad en poca imperial romana o
la no correspondencia de la ciudad romana con la ciudad
celtibrica que le precedi, da lugar a que los abundantes
restos arqueolgicos dominantes sean de poca romana.
ste es el caso de Termes, en la que los trabajos de excavacin se reanudaron de manera continuada en 1975 (vid.
Argente, coord. 1990a), Uxama (Garca Merino 1984, 1989 y
1995), Ocilis (Borobio et alii 1992), Clunia (Palol et alii 1991),
Bilbilis (Martn Bueno 1975a), Turiaso (Bona 1982), Ercauica
(Osuna 1976), Valeria (Osuna et alii 1978) y Segobriga, cuyas excavaciones fueron retomadas en 1963 (Almagro Basch
1983, 1984 y 1986; Almagro-Gorbea y Lorrio 1989). A stas
hay que aadir los trabajos desarrollados en las ciudades de
Contrebia Belaisca, identificada en el Cabezo de las Minas de
Botorrita (Beltrn 1982; Idem 1983a; Idem 1988; Idem 1992,
con la bibliografa anterior), Contrebia Leukade, en Inestrillas
(Hernndez Vera 1982; Hernndez Vera y Nez 1988), continuando de esta forma los trabajos iniciados por Taracena,
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I. Historia de la Investigacin
as como en La Caridad de Caminreal (Vicente et alii 1986 y
1991; Vicente 1988) y Numancia, esta ltima objeto de una
intensa revisin (Jimeno 1996; Jimeno y Tabernero 1996). El
tema de las ciudades se valorar, segn Burillo (1993: 245
s.), como verdadero dinamizador del proceso histrico que
se desarrolla especialmente durante el perodo celtbero-romano, para lo cual ser determinante tanto el anlisis de las
fuentes escritas (Rodrguez Blanco 1977; Fats 1981), como
la prospeccin y la aplicacin de los planteamientos de la
Arqueologa Espacial (Burillo 1979 y 1982).
A la vez que los trabajos de excavacin, se ha producido una
importante labor prospectora en diferentes zonas del territorio
celtibrico. En Soria, la labor iniciada por Taracena ha visto
su continuidad en la nueva Carta Arqueolgica provincial, de
la que ya han sido publicados los cuatro primeros volmenes, centrados en el Campo de Gmara (Borobio 1985), la
Tierra de Almazn (Revilla 1985), la Zona Centro (Pascual
199I) y La Altiplanicie Soriana (Morales 1995). Estos trabajos
han permitido reconocer una serie de asentamientos, contemporneos en parte a los castros de la serrana soriana,
rompiendo as la dicotoma que desde tiempos de Taracena
se haba establecido entre los hbitats castreos, al Norte, y
las necrpolis, al Sur (Revilla y Jimeno 1986-87; Garca-Soto
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
y de La-Rosa 1995) (nota 23). En lo que se refiere a La Rioja,
cabe destacar la Carta Arqueolgica del ro Cidacos (Pascual
y Pascual 1984; Garca Heras y Lpez Corral 1995), que incluye los yacimientos sorianos situados en su cuenca alta. A
este trabajo debe sumarse una recopilacin bibliogrfica de
mbito provincial (Espinosa 1981).
En Guadalajara, slo se ha publicado la Carta Arqueolgica
del Partido Judicial de Sigenza (Fernndez Galiano 1979;
Morre 1983) y la correspondiente al ro Tajua (Abascal
1982), habindose llevado a cabo una importante actividad
prospectora de tipo selectivo, principalmente por J. Valiente
y su equipo (Valiente 1982 y 1992; Valiente y Velasco 1986
y 1988), que ha permitido documentar importantes asentamientos en diferentes zonas de la provincia, cuyo estudio
ha sido de gran inters para definir el horizonte inicial de la
Cultura Celtibrica. Hay que sealar, adems, los trabajos de
prospeccin centrados en la comarca de Molina de Aragn,
de P.J. Jimnez (1988), M.R. Garca Huerta (1989), J.L.
Cebolla (1992-93) y J.A. Arenas (1993). Junto a ellos, debe
mencionarse la publicacin de diversos materiales de superficie procedentes de hbitats de la Edad del Hierro (GarcaGelabert 1984; Arenas 1987-88; Iglesias et alii 1989; Barroso
y Dez 1991).
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I. Historia de la Investigacin
En la Celtiberia aragonesa destacan las prospecciones sistemticas habidas en el Bajo Jaln (Prez Casas 1990b), los
valles de la Huerva y del Jiloca Medio (Burillo 1980; Aranda
1986 y 1987), comarcas de Calamocha (Burillo, dir. 1991) y
Daroca (Burillo, dir. 1993), zona del Moncayo (Bona et alii
1989; Bienes y Garca 1995a), Sierra de Albarracn (Collado
1990), as como la elaboracin de la Carta Arqueolgica de
la provincia de Teruel (Atrin et alii 1980) o la sntesis general
sobre la Carta Arqueolgica de Aragn (Burillo, dir. 1992).
Al tiempo que se han incrementado los trabajos de campo,
desde la dcada de los 70 se han potenciado los estudios de
carcter tipolgico, especialmente interesados en los objetos
metlicos, fbulas, broches de cinturn, pectorales y armas
(nota 24), en su mayora hallados en los lugares de enterramiento. Estos estudios han resultado de gran trascendencia,
pues, a partir de las asociaciones de objetos documentadas
en las sepulturas, se ha podido establecer una seriacin de
los mismos, lo que ha permitido definir la secuencia cultural
del mundo celtibrico (Lorrio 1994a-b).
Peor fortuna ha tenido la produccin cermica procedente
de las necrpolis excavadas a principios de siglo que, salvo alguna excepcin (Daz 1976), ha quedado claramente
marginada de estos estudios, aun cuando la publicacin de
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
nuevos cementerios haya venido a compensar en parte esta
situacin. Mucho mejor conocidas resultan las cermicas
procedentes de los lugares de habitacin, sobre todo por
lo que respecta a las fases iniciales del mundo celtibrico,
gracias en gran medida a su sistematizacin en el mbito
castreo soriano, debida a F. Romero (1991a: 239 ss. y 447
ss.; vid., asimismo, Bachiller 1987a: 17 ss., entre otros trabajos de este autor), as como al cada vez ms abundante
material que estn deparando los trabajos de prospeccin
y excavacin desarrollados en territorio celtibrico, aunque
las altas cronologas defendidas en ocasiones para estos materiales hayan dificultado su correcta valoracin. Tambin los
conjuntos cermicos celtibricos de cronologa ms avanzada han atrado la atencin de un modo especial, destacando
sin duda las producciones pintadas numantinas (Jimeno,
ed. 1992), tanto polcromas (Romero 1976a-b; Olmos 1986)
como monocromas (Arlegui 1986 y 1992c), pudindose mencionar, asimismo, el trabajo de J.M. Abascal (1986) sobre la
cermica pintada romana de tradicin indgena, con particular incidencia en los talleres del mbito celtibrico. En relacin con esta produccin, puede citarse el estudio sobre un
conjunto de cermica celtibrica de poca romana (Lorrio
1989), procedente de las recientes excavaciones en la ciudad de Segobriga (Almagro-Gorbea y Lorrio 1989).
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I. Historia de la Investigacin
La revitalizacin de los estudios sobre el mbito celtibrico que se produce desde mediados de los aos 80 se ha
plasmado en la aparicin de diversos trabajos de sntesis,
entre los que destacan los relativos a la Edad del Hierro en
la provincia de Soria (Romero 1984a; Jimeno 1985; Romero
y Ruiz Zapatero 1992), con especial dedicacin a los castros
de la serrana soriana (nota 25). A ellos habra que aadir la
Tesis Doctoral de M.R. Garca Huerta (1990) sobre la Edad
del Hierro en el Alto Tajo-Alto Jaln, en la que se hallan incluidas las memorias de excavacin de dos importantes yacimientos de la zona, la necrpolis de La Yunta y el castro de
La Coronilla, ambas de reciente publicacin (Garca Huerta y
Antona 1992; Cerdeo y Garca Huerta 1992). Sobre el Alto
Jaln, Arlegui (1990a) ofrece una visin general que incluye
un avance de sus excavaciones en el castro de Castilmontn.
Para la Celtiberia aragonesa puede consultarse la obra colectiva Los Celtas en el valle medio del Ebro (VV. AA. 1989a),
as como el trabajo de Asensio (1995) La Ciudad en el mundo
prerromano en Aragn, en el que los ncleos urbanos celtibricos merecen una especial atencin (vid., tambin, Burillo
1994b). Existen adems algunos intentos de sntesis relativos
al perodo formativo del mundo celtibrico, entre los que cabe
mencionar los trabajos de Almagro-Gorbea (1986-87; 1987a;
1992a y 1993), Burillo (1987), Ruiz Zapatero y Lorrio (1988);
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Lorrio (1993b y 1995a: 95 ss.) y Romero y Misiego (1995a).
Por ltimo, se cuenta con otras sntesis globales debidas a F.
Burillo (1991b y 1993), as como la obra colectiva Celtberos
(Burillo et alii, coords. 1988), publicada con ocasin de la exposicin celebrada en 1988 en Zaragoza, en las que partiendo de las evidencias arqueolgicas se ha intentado ofrecer
un completo panorama sobre esta cultura.
En el transcurso de la dcada de los 80 se han celebrado
diversos Congresos en los que la temtica celtibrica ha ocupado un papel destacado. Entre ellos cabe mencionar las reuniones centradas en el estado de la investigacin en Aragn,
celebradas en 1978 y 1986, los Symposia de Arqueologa
Soriana, que tuvieron lugar en Soria en 1982 (1984) y 1989
(1992), el Coloquio Internacional sobre la Edad del Hierro en
la Meseta Norte (1990), celebrado en Salamanca en 1984, y
el I Congreso de Historia de Castilla-La Mancha (1988), que
se desarroll en Ciudad Real en 1985. No obstante, puede
considerarse al I Simposium sobre los Celtberos (VV.AA.
1987a), celebrado en Daroca en 1986, como punto de arranque de esta nueva etapa. A l sigui en 1988 el II Simposio
sobre los Celtberos, dedicado monogrficamente a las necrpolis (Burillo, coord. 1990), en lo que constituye el primer
intento de sntesis general sobre el tema, aunque enfocado
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I. Historia de la Investigacin
desde una perspectiva amplia, al incluir reas no celtibricas en sentido estricto. El III Simposio, celebrado en 1991
(Burillo, coord. 1995), estuvo dedicado al poblamiento celtibrico, manteniendo una estructura semejante al anterior.
Por su parte el IV Congreso (septiembre de 1997) ha versado
sobre la economa.
La revitalizacin de la Arqueologa celtibrica ha avanzado
pareja a la de otras disciplinas, habindose insistido en la necesidad de su integracin, permitiendo as obtener una visin
global lo ms completa posible del mundo celtibrico. En este
sentido merecen destacarse los Coloquios sobre Lenguas y
Culturas Paleohispnicas, de los que hasta la fecha se han
realizado siete (de 1974 a 1997), o el I Encuentro Peninsular
de Numismtica Antigua (Garca-Bellido y Sobral Centeno,
eds. 1995), en los que la temtica celtibrica ha jugado un
papel destacado. A ellos hay que aadir el IIIer. Encuentro de
Estudios Numismticos (1987) dedicado a la Numismtica en
la Celtiberia. Entre las obras de sntesis sobre los Celtberos
de poca histrica, trabajos basados de forma primordial en
las fuentes literarias, hay que citar el estudio monogrfico de
Salinas (1986) Conquista y Romanizacin de Celtiberia o las
aportaciones de Fats (1989) y el propio Salinas (1989a) a
la Historia de Espaa, dirigida por A. Montenegro. Asimismo,
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
destacan los trabajos relativos a la sociedad (Prieto 1977;
Rodrguez Blanco 1977; Ruiz-Glvez 1985-86; Burillo 1988f;
Garca-Gelabert 1990-91 y 1992; Ciprs 1990 y 1993a; Garca
Moreno 1993; etc.), con particular incidencia en las organizaciones de carcter suprafamiliar (Albertos 1975; Gonzlez
1986; Beltrn Lloris 1988a) y en instituciones como la hospitalidad y la clientela (Salinas 1983a; Dopico 1989), tema
ya tratado por Ramos Loscertales (1942), el mercenariado
(Santos Yanguas 1980 y 1981; Santos Yanguas y Montero
1982; Ruiz-Glvez 1988; Barcel 1991), la economa (Blasco
1987: 314 ss.; Beltrn Lloris 1987b: 287 s.; Prez Casas
1988d; Ruiz-Glvez 1991; lvarez-Sanchs 1991), la religin
(Salinas 198485; Marco 1986; Idem 1987; Idem 1988; Idem
1989; Sopea 1987 y 1995), la numismtica (Untermann
1974 y 1975; Villaronga 1979 y 1994; Domnguez 1979
y 1988; Blanco 1987 y 1991; Garca Garrido y Villaronga
1987; Burillo 1995b; Villar 1995d; etc.), la onomstica personal (vid. Albertos 1979 y 1983, entre otros trabajos de la
autora, y Abascal 1994), as como la epigrafa y la lingstica
(Untermann 1983 y 1995b; de Hoz 1986a; Idem 1988a-b;
Idem 1991b; Idem 1995a; Gorrochategui 1991; Maid 1994 y
1996; Villar 1995a, 1995e y 1996a; etc.), quizs el mbito de
estudio en el que se han producido las mayores novedades,
en buena medida debidas al descubrimiento de los bronces
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I. Historia de la Investigacin
de Botorrita (vid. Captulo XI,3) (de Hoz y Michelena 1974;
Beltrn y Tovar 1982; Eska 1989; Meid 1993 y 1994: 7 ss.;
Beltrn, de Hoz y Untermann 1996) (nota 26).
Otro tema de renovada actualidad es el de la Celtiberia, los
Celtberos y sus etnias (Alonso 1969; Koch 1979; AlonsoNez 1985; Burillo 1986; Idem 1995c; Salinas 1986: 78 ss.;
Idem 1988; Idem 1991; Tovar 1989: 75 y 78 ss.; Solana 1989;
Santos Yanguas 1991; Ciprs 1993b; Domnguez Monedero
1994; etc.), sobre todo con la publicacin de la obra de A.
Capalvo (1996) Celtiberia. En esta obra, el autor propone la
revisin de las ediciones crticas en uso sobre las fuentes clsicas, lo que le permite ofrecer un nuevo concepto territorial
de la Celtiberia.
El mayor conocimiento de la cultura material celtibrica, y la
acumulacin de informacin procedente de las necrpolis
y poblados excavados en los ltimos aos, han permitido
avanzar en la interpretacin sobre el origen de esta cultura,
enmarcndolo en el de la celtizacin de la Pennsula Ibrica.
Con la excepcin de los encomiables intentos de Sangmeister
y Schle, este tema no se haba vuelto a revisar desde los
trabajos de Bosch Gimpera y Almagro Basch, debido al estancamiento producido en la investigacin tras estas grandes
sntesis, las cuales, como ha destacado Ph. Kalb (1993: 150),
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
no se haban ocupado de reunir pruebas relativas a la celticidad de los hallazgos. Un intento de interpretacin, siguiendo
la tradicin centroeuropea de la investigacin cltica, ya presente en el trabajo de Sangmeister, ha sido el protagonizado
por Stary (1982) y Lenerz-de Wilde (1981) quienes intentan
demostrar que los Celtas peninsulares son Celtas de La
Tne, a pesar de que la distribucin de los hallazgos de elementos latenienses en la Pennsula Ibrica no coincida con
el territorio lingstico indoeuropeo. Recientemente, Lenerzde Wilde (1991 y 1995) ha planteado sus tesis invasionistas.
Para esta autora, desde el siglo VI a.C. estaran documentados los contactos entre la Pennsula Ibrica y la Cultura de
Hallstatt reciente. Con posterioridad, grupos clticos llegaran
al territorio peninsular a lo largo de rutas ya establecidas a
partir de los contactos comerciales previos: a travs del ro
Ebro hasta la Meseta. Esto explicara cmo desde el siglo
V a.C. se producen hallazgos en el territorio meseteo que
ponen de manifiesto su relacin con las culturas de Hallstatt y
La Tne en Europa central: determinados tipos de fbulas, espadas de tipo lateniense y sus caractersticas vainas, objetos
stos que hacen su aparicin durante el siglo IV a.C., o algn
raro broche de cinturn calado, sin duda fabricado en el rea
de la Cultura de La Tne, etc. (Lenerz-de Wilde 1995: 538
ss.). Sin embargo, Ph. Kalb (1979), en su estudio sobre los
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I. Historia de la Investigacin
Celtas en Portugal, piensa que los hallazgos de tipo La Tne
documentados en territorio portugus no permiten demostrar
arqueolgicamente una cultura celta, considerando (1993:
155) que este trmino no es el adecuado para describir de
manera inequvoca un contexto arqueolgico. Pero, como
ha sealado Untermann (1995a: 20), los hallazgos de objetos
latenienses no tienen nada que ver con la celtizacin lingstica de la Pennsula Ibrica ya que, la Lingstica exige una
fecha considerablemente anterior para el primer asentamiento de hablantes de idiomas celtas.
Sern los trabajos de M. Almagro-Gorbea, desarrollados
desde 1985 (Almagro-Gorbea 1986-87; Idem 1987a; Idem
1991b-c; Idem 1992a; Idem 1993; Almagro-Gorbea y Lorrio
1987a), los que den una nueva dimensin al tema. Como
punto de partida, considera difcil de mantener que el origen
de los Celtas peninsulares pueda ponerse en relacin con
la Cultura de los Campos de Urnas, pues su revisin, desde
los aos 70, ha permitido precisar, junto a un origen extrapirenaico, su dispersin por el cuadrante Nororiental de la
Pennsula, zona que no coincide con la que ocuparan los
Celtas histricos ni con la de los testimonios lingsticos de
tipo cltico (Ruiz Zapatero 1985). Adems, los Campos de
Urnas del Noreste dan paso sin solucin de continuidad a la
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Cultura Ibrica, cuyos hallazgos epigrficos corresponden a
una lengua -el ibrico- no cltica y ni siquiera indoeuropea
(vid. Untermann 1990a; de Hoz 1993b; etc.).
En consecuencia, Almagro-Gorbea (1987a; 1992a; 1993 y
1994b) busca una nueva interpretacin que pretende determinar el origen de los Celtas documentados por las fuentes
escritas a base de rastrear su cultura material, su estructura
socioeconmica y su ideologa en la Pennsula Ibrica como
partes interaccionadas de un mismo sistema cultural. Habra
que buscar las races del mundo celta peninsular en su substrato protocelta (Almagro-Gorbea 1992 a y 1993) -conservado en las regiones del Occidente peninsular, aunque en la
transicin del Bronce Final a la Edad del Hierro se extendera
desde el Atlntico a la Meseta- que se documenta por la existencia de elementos ideolgicos (tales como ritos de iniciacin de cofradas de guerreros, divinidades de tipo arcaico,
etc.), lingsticos (el Lusitano y los antropnimos y topnimos en P-) y arqueolgicos comunes (hallazgos de armas en
las aguas, casas redondas, ausencia de castros, etc.), as
como por una primitiva organizacin social, que parecen asociarse al Bronce Final Atlntico, pero cuyas caractersticas
afines a los Celtas histricos permiten relacionarlo con ellos.
De esta forma, aunque no se excluyan movimientos tnicos,
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62
I. Historia de la Investigacin
la formacin de los Celtas peninsulares se habra producido
por la evolucin in situ de dicho substrato cultural, en donde
los procesos de aculturacin, sobre todo desde el mundo tartsico e ibrico, habran jugado un papel determinante, hasta
el punto de constituir un elemento clave para comprender la
personalidad de los Celtas peninsulares.
Segn Almagro-Gorbea (1993: 146 ss.), la Cultura Celtibrica
surgira del substrato protocltico, lo que explicara las similitudes de tipo cultural, socio-econmico, lingstico e ideolgico entre ambos, as como la progresiva asimilacin de dicho
substrato por parte de aqulla. Este proceso de celtizacin
permitira comprender la heterogeneidad y la evidente personalidad de la Hispania cltica dentro del mundo celta.
La mxima dificultad que presenta esta hiptesis, como habr ocasin de comprobar, estriba en la falta de continuidad
en la Celtiberia entre el final de la Edad del Bronce y la fase
inicial del mundo celtibrico, adscribible ya al Primer Hierro.
Tras la revisin de los trabajos ms significativos sobre la investigacin en torno al mundo celtibrico, cuyo estudio resulta de gran actualidad y en gran medida abierto, es oportuno
sealar, a modo de reflexin final, algunos de los problemas
que afectan a la Arqueologa celtibrica. Parece claro el carcter fragmentado del registro arqueolgico, en gran medida
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
mal documentado, que hace necesario la intensificacin de
los trabajos de prospeccin y excavacin, sin olvidar la revisin de materiales procedentes de excavaciones antiguas
susceptibles todava de ofrecer datos de gran inters. Se
hace igualmente necesario un riguroso estudio secuencial
de la Cultura Celtibrica, as como enmarcar su anlisis en
una visin holstica que tenga en consideracin, adems, la
informacin lingstica, histrica, sociopoltica, religiosa, etnogrfica, etctera.
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I. Historia de la Investigacin
1. Un anlisis clarificador sobre el concepto de celtas en la
Prehistoria europea y espaola puede obtenerse en G. Ruiz Zapatero
(1993). Vid., asimismo, los trabajos de A. Tovar (1986: 68 ss.), Ph.
Kalb (1993), traduccin de un trabajo en alemn publicado en 1990,
desde unos planteamientos netamente centroeuropeos de lo cltico,
y el propio Ruiz Zapatero (1985). Para el mundo celtibrico, puede
consultarse la reciente aportacin de F. Burillo (1995c), o el trabajo
previo del mismo autor (1993), aunque ste centrado fundamentalmente en la investigacin arqueolgica, haciendo hincapi en sus principales hitos que, en buena medida, han sido seguidos en la redaccin
de este captulo. Tambin resultan de gran inters los trabajos de G.
Ruiz Zapatero (1989) y F. Romero (1991 a: 41 ss. y 404 ss.) sobre la
historia de la investigacin arqueolgica en la provincia de Soria, una
de las regiones ms emblemticas del mundo celtibrico. En relacin
con la investigacin sobre Celtas y Celtberos a lo largo del siglo XIX
en la Pennsula Ibrica, vid. el estudio historiogrfico de J.A. Jimnez
(1993: 226 ss.). Sobre la figura de Adolf Schulten y su relacin con
Numancia, vid. Blech 1995.
2. Los hallazgos de Hijes (o Higes, como aparece en las publicaciones
de la poca) fueron recogidos en obras generales como la Historia
General de Espaa del Padre J. de Mariana (1852-53,1: 33).
3. A su trabajo inicial sobre El Alto Jaln, en el que se ofrece un
breve avance sobre sus excavaciones en la necrpolis soriana de
Montuenga (Aguilera 1909: 97-99), seguir la obra indita Pginas
de la Historia Patria por mis excavaciones Arqueolgicas, fechada en
1911, por la que le fue concedido el Premio Martorell en 1913, cuyo
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
tomo III dedica a la necrpolis de Aguilar de Anguita y el IV a Diversas
necrpolis ibricas, concretamente a las de Montuenga, Luzaga y
Monreal de Ariza, identificada sta por Cerralbo como la necrpolis
de la ciudad celtibrica de Arcobriga. En 1912, presenta un avance
de sus excavaciones en Aguilar de Anguita, Luzaga y Arcobriga al XIV
Congrs International dAnthropologie et dArchologie Prhistoriques,
celebrado en Ginebra (Aguilera 1913a), y en 1913 aparece un breve
trabajo en el que da a conocer la nica estela funeraria decorada,
procedente de Aguilar de Anguita (vid. captulo IV fig. 50,3), documentada en sus excavaciones (Aguilera 1913b). Sin embargo, su
sntesis esencial sobre el conjunto de estas necrpolis no aparecer
hasta 1916, fruto de una conferencia impartida en el Congreso de la
Asociacin Espaola para el Progreso de las Ciencias, celebrado en
1915 en Valladolid. Adems cabe aadirla conferencia dada con motivo del Congreso organizado por esta misma Asociacin en Sevilla en
1917, en el que abordar la clasificacin de los elementos tipolgicos
ms significativos aparecidos en sus necrpolis (vid. Artano 1919:
3; Argente 1977a).
4. La nmina de necrpolis excavadas por Cerralbo no es del todo
conocida, aunque debi superar la veintena de yacimientos, en
su mayora localizados en la provincia de Guadalajara. De ellas,
Cerralbo dedic una mayor atencin a las de El Altillo (Aguilar de
Anguita, Guadalajara) -aunque prxima a sta excavara un segundo
cementerio, el de La Carretera-, Centenares (Luzaga, Guadalajara),
el Molino de Benjamn o Vado de la Lmpara (Montuenga, Soria) y
Arcobriga (Monreal de Ariza, Zaragoza), todas ellas excavadas o
en proceso de excavacin en 1911, fecha de redaccin de su obra
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I. Historia de la Investigacin
indita, en la que cita brevemente la necrpolis de Los Majanos
(Garbajosa, Guadalajara). Con posterioridad excavara las necrpolis de Los Arroyuelos (Hijes), Valdenovillos (Alcolea de las Peas),
Tordelrbano, Las Llanas (La Olmeda), Las Horazas (El Atance), El
Tesoro (Carabias), Padilla del Ducado, Ruguilla, donde al parecer pudo
trabajar en dos necrpolis diferentes (El Planto y El Almagral), Los
Mercadillos y La Cabezada, ambas en La Torresabin, Acederales
(La Hortezuela de Ocn), Turmiel, La Cava (Luzn), Navafra (Clares),
Ciruelos, todas en Guadalajara, as como la soriana de Alpanseque. A
ellas, cabra aadir las dudosas de Estrigana, Villaverde del Ducado
y Renales, tambin en Guadalajara (Argente 1977a: fig. l).
5. Dado el inters de estos hallazgos, algunos de los ajuares de las
necrpolis de Osma y Gormaz, excavadas por Morenas de Tejada,
fueron adquiridos por el Museo Arqueolgico Nacional y por el Museo
de Barcelona (vid. Apndice I) (Mlida 1917: 145-159; Idem 1918b:
130-141; Cabr 1918; Bosch Gimpera 1921-26), mientras que los materiales de la Coleccin Cerralbo pasaron en su totalidad al Museo
Arqueolgico Nacional -una parte importante en 1926 (Cabr 1930: 34
s.; Paris 1936: 31-44) y el resto en 1940 (Barril 1993: nota 1)- sin que
su estudio fuera abordado hasta la dcada de los 70, con resultados
desalentadores (vid. infra).
6. Esto ha sido posible gracias a la publicacin de algunos conjuntos
aislados o por su identificacin a partir de la documentacin fotogrfica original (Lorrio 1994a: apndice). Vid., al respecto, Apndice I.
7. En este sentido, Dchelette (1913: 687) seala que Ces dcouvertes, encore indites, constituent un ensemble de documents
NDICE
67
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
archologiques du plus haut intrt pour ltude de lage du fer chez
les Celtibres.
8. Cerralbo, que califica indistintamente estas necrpolis como ibricas o celtibricas, ofrece una interpretacin del proceso de formacin de los Celtberos que contrasta con el expuesto por Schulten:
los Celtas, que valientes y conquistadores venan arrollando razas,
naciones y pueblos, al llegar a nuestro pas, tienen que hacer alto
en su invasora marcha, porque los hombres de la Iberia ni rinden
sus armas, ni desfallecen sus brazos, ni abandonan sus hogares,
ni se desnaturalizan de su tierra, y as los Celtas abandonan en las
escabrosidades de los Pirineos su rudo carcter, su avaricia de conquistadores, y acogindose a la generossima hospitalidad que caracterizaba a los Iberos, segn Estrabn, se brindan como amigos para
llegar a confundirse en una fraternidad que constituye la heroica raza
celtbera (Aguilera 1916: 78).
9. Sobre la obra de J. Cabr y el ambiente cientfico de su poca en
relacin a la Arqueologa cltica mesetea, vid. M.E. Cabr y J.A.
Morn (1984a); con referencia al Catlogo Monumental de la provincia de Soria, vid. Ortego (1984).
10. Vid. las recensiones de Bosch Gimpera (1913-14: 204 ss.) a las
obras de Cerralbo (1913a), Sandars (1913) y Schulten (1914).
11. En esto, Bosch Gimpera sigue las tesis de Schulten, considerando
que hacia el siglo III a.C. se producira la penetracin de la cultura
ibrica en las tierras del interior de la Pennsula, cuyo fin coincida con
la toma de Numancia (Bosch Gimpera 1920: 180 ss.).
NDICE
68
I. Historia de la Investigacin
12. Sin embargo, otras importantes necrpolis del rea celtibrica
no gozaron de similar fortuna: Monteagudo de las Vicaras tan slo
mereci una breve nota (Taracena 1932: 32-37, lms. XXIV-XXVI) y
Almaluez permaneci indita, aunque se disponga del diario de su
excavador, Blas Taracena. Por su parte, Gimnez de Aguilar (1932)
publica algunos materiales descontextualizados de la necrpolis conquense de Caizares, cuyo mayor inters radica en su semejanza con
los documentados por Cerralbo en el Alto Tajo (de este yacimiento
existe en la Real Academia de la Historia, seccin Antigedades, legajo 9-7953-24, un informe breve sin fecha firmado por H. Obermaier).
13. Tambin critica Cabr (1930: 36) la periodizacin de las necrpolis
posthallsttticas propuesta por Bosch Gimpera en su obra de 1921,
pues careca cuando la redact, y aun ahora, de la documentacin
necesaria para llevar a cabo un trabajo de sistematizacin acerca de
la Edad del Hierro de la Meseta castellana y de sus inmediaciones,
a causa de que permanecen ignorados por l e inditos muchos
descubrimientos arqueolgicos, muy fundamentales en este gnero
de estudios.
14. Esta necrpolis, como todas las del grupo castellano, ofrece un
predominio de tipos hallsttticos sobre los de La Tne y muestra una
vez ms la falta de sincronismo entre estas etapas peninsulares y las
europeas, por lo cual me parece por ahora ms eficaz que tratar de
encuadrarla en el marco inadecuado de Hallstatt o La Tne o en el
muy general de la primera y segunda edad del hierro, partir de la divisin que marca el hecho histrico de la formacin del pueblo celtibri-
NDICE
69
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
co, que por su extensin geogrfica podra ser conveniente para todo
el grupo castellano e incluirla en una clasificacin tnica solamente.
15. Segn Bosch Gimpera (1932: 576), las necrpolis de Osma, La
Requijada, Recuerda, Alpanseque, Valdenovillos, Atienza, Atance,
Carabias e Hijes se localizan en territorio arvaco; la de Arcobriga, en
zona bela; y las de Garbajosa, Olmeda, Luzaga, Hortezuela de Ocn,
Ciruelos, Molino de Benjamn (Montuenga), Clares, Turmiel y Aguilar
de Anguita, se adscribiran al de los Titos. Por su parte, identifica el
nivel ms antiguo de Numancia y los llamados castros sorianos con
los Pelendones (Bosch Gimpera 1932: 580 s.).
16. Con respecto a las actividades arqueolgicas en la Serrana de
Albarracn en la primera mitad del siglo, vid. los trabajos de N.P.
Gmez Serrano (1931 y 1954), as como Collado (1990: 8 y 1995:
410).
17. En este sentido, Taracena (1954: 296) valora los restos de
construcciones de gran aparato ciclpeo, en Santa Mara de Huerta,
Vinuesa, Covaleda, Numancia, etctera, semejantes a las murallas
ibricas de la costa (Tarragona, Olerdola, Sagunto, etc.), anteriores
al siglo III, considerando supervivencia de este elemento, mas bien
escaso, el sistema de construccin radial en Arvalo, Ocenilla, Izana
y aun Numancia.
18. A ellos habra que unir la reciente publicacin del nico conjunto
cerrado conocido de la necrpolis de Turmiel (Barril 1993).
NDICE
70
I. Historia de la Investigacin
19. Algo semejante ocurri con la necrpolis de Fuentelaraa (Osma),
de la que nicamente han podido identificarse materiales fuera de
contexto (Campano y Sanz 1990).
20. De La Yunta (Garca Huerta y Antona 1992) se puede consultar
la detallada Memoria de Excavacin que recoge las cuatro primeras
campaas (1984-1987), de las que existan algunos avances (Garca
Huerta y Antona 1986, 1987 y 1988; Garca Huerta 1988), habindose
publicado asimismo un resumen de las siete campaas llevadas a
cabo hasta la fecha (Garca Huerta y Antona 1995). De Aragoncillo,
se cuenta con la noticia preliminar que daba a conocer su hallazgo
(Arenas 1990), as como de algn avance de los trabajos de excavacin realizados de 1990 a 1992 (Arenas y Corts e.p.). Por su parte,
Ucero, cuya excavacin se inici en 1980, y Carratiermes, que tras
los sondeos realizados en 1977 ha visto reanudados los trabajos de
campo a partir de 1986, se hallan an en proceso de estudio, aunque
se disponga de numerosos avances (vid., respectivamente, GarcaSoto 1992 y Argente et alii 1992a, como publicaciones ms recientes).
Junto a ellas, la recientemente descubierta necrpolis de Numancia
que, en el mismo ao de su descubrimiento, 1993, fue objeto de una
breve intervencin de urgencia as como de la primera campaa de
excavaciones (Jimeno y Morales 1993 y 1994; Jimeno 1994a: 128
ss.; Idem 1994b: 50 ss.), trabajos stos continuados con posterioridad
(Jimeno 1996: 58 ss.), y cuyos resultados vendrn sin duda a potenciar los estudios sobre el mundo funerario celtibrico (Jimeno et alii
1996).
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
21. Una sntesis sobre el fenmeno funerario en la provincia de
Cuenca puede obtenerse en Mena (1990).
22. Menos fortuna ha tenido la excavacin de hbitats conocidos
por trabajos antiguos, como El Perical, la acrpolis celtibrica de
Valdenovillos, cuyas excavaciones llevadas a cabo por Cerdeo
(1976b) en 1973-1974 proporcionaron, junto a materiales campaniformes, abundante cermica a torno. A ellos, habra que aadir la
revisin de los materiales procedentes de poblados excavados a principios de siglo, como el Cerro gmico (Monreal de Ariza) (de La-Rosa
y Garca-Soto 1989 y 1995) o La Orua (Veruela) (Bona et alii 1983),
yacimiento ste objeto de recientes trabajos de excavacin (Bienes y
Garca 1995b).
23. La nmina de asentamientos castreos se ha visto tambin incrementada en los ltimos aos (Ruiz et alii 1985; San Miguel 1987).
24. Para las fbulas vid. Argente (1990 y, sobre todo, 1994), que recoge la abundante bibliografa sobre el tema, entre la que destacan
especialmente los trabajos de E. Cabr y J.A. Morn (vid. captulo VI,
2.l). Por lo que se refiere a los broches de cinturn ha de consultarse
Cerdeo (1977 y 1978), mientras que los pectorales han sido estudiados a partir de los hallazgos de Carratiermes por Argente, Daz
y Bescs (19926). Para el armamento, uno de los temas de mayor
inters en la investigacin arqueolgica espaola a lo largo de este
siglo, han de consultarse las recientes aportaciones de Cabr (1990),
Quesada (1991), Lorrio (1993a, 1994a-b), con toda la bibliografa
anterior, y Stary (1994). Tambin los tiles de hierro, generalmente
procedentes de hbitats (Manrique 1980; Barril 1992) y documenta-
NDICE
72
I. Historia de la Investigacin
dos ocasionalmente en necrpolis (Barril 1993), han sido objeto de
estudio.
25. Adems de los trabajos de F. Romero (1984c y 1991a) hay que
destacar las diversas publicaciones sobre el tema de J.A. Bachiller
(1986; 1987a-b; 1992; 1992-93; Bachiller y Ramrez 1993), realizados
desde planteamientos que siguen los de Romero. No hay que olvidar,
asimismo, el intento de sntesis de Fernndez-Miranda (1972) o el
estudio de las fortificaciones de uno de los castros ms emblemticos,
El Castillo de las Espinillas de Valdeavellano de Tera (Ruiz Zapatero
1977).
26. Un panorama general de las principales novedades en el campo
de la epigrafa y la lingstica paleohispnicas puede obtenerse en J.
de Hoz (1991 a).
NDICE
73
II. Geografa en la Celtiberia
II. GEOGRAFA DE LA CELTIBERIA
1. DELIMITACIN DE LA CELTIBERIA EN LA HISPANIA
CLTICA
ara intentar definir el concepto de Celtiberia y abordar su delimitacin geogrfica resulta indispensable
llevar a cabo su anlisis de manera conjunta con el
resto de la Cltica hispana, en cuyo desarrollo los Celtberos
jugaron un papel esencial.
Se trata de un tema sin duda geogrfico, pero sobre todo
etno-cultural, por lo que resulta ms complejo. Bsicamente,
las fuentes que permiten aproximarse al mismo son los textos clsicos, las evidencias lingsticas y epigrficas y la
Arqueologa, a los que habra que aadir el Folclore, en el
que se evidencia la perduracin de ciertas tradiciones de
supuesto origen cltico, aunque su valor para los estudios
celtas est an por determinar.
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
I) En primer lugar, se analizan las noticias proporcionadas por
los autores clsicos grecolatinos, que enfocaron la descripcin de la Pennsula Ibrica desde distintas perspectivas y en
funcin de intereses diversos. De ellas, tan slo un nmero
reducido hacen referencia a la presencia de Celtas, mostrando una panormica del mundo cltico desde fuera, en la
que los errores, los intereses particulares y la manipulacin
de los datos no estn ausentes por completo (Champion
1985: 14 ss.). Su anlisis, al igual que el de las restantes evidencias, debe encuadrarse en su contexto cultural y cronolgico, evitando en lo posible las generalizaciones que pueden
llevar a visiones excesivamente simplistas.
2) A estas noticias hay que aadir las evidencias de tipo lingstico, que incluyen tanto la epigrafa en lengua indgena
como la onomstica, conocida mayoritariamente a travs
de las inscripciones latinas. El hallazgo de inscripciones en
lengua indgena en la Pennsula, as como la abundante documentacin de tipo onomstico conservada, permiten definir
con cierta claridad la existencia de dos grandes reas lingsticas: una Hispania no indoeuropea en el Medioda y en el
Levante y una Hispania indoeuropea ocupando las tierras del
Centro, Norte y Occidente de la Pennsula.
NDICE
II. Geografa en la Celtiberia
3) Por ltimo, el registro arqueolgico, que presenta la dificultad de su correlacin con las fuentes anteriormente citadas,
lo que ha llevado al divorcio de hecho entre la Arqueologa y
la Lingstica, y que debe de funcionar de forma autnoma,
principalmente en lo relativo al difcil tema de la formacin del
mundo cltico peninsular, sobre el que las evidencias literarias, as como las lingsticas y onomsticas, a pesar de su
indudable valor, presentan una importante limitacin debido
a la imposibilidad de determinar la profundidad temporal de
tales fenmenos.
1.1. Las fuentes literarias grecolatinas (nota 1)
Las fuentes clsicas ms antiguas resultan, casi siempre,
excesivamente vagas en lo relativo a la localizacin geogrfica de los Celtas, limitndose en la mayora de los casos a
sealar su presencia de forma bastante inconcreta, situndolos a veces en la vecindad de ciudades o de otros grupos
humanos presumiblemente no clticos y vinculndolos en
ocasiones con accidentes geogrficos. Esto es debido a que
las fuentes de los siglos VI-IV a.C. se limitaban a describir las
zonas costeras de la Pennsula conocidas de forma directa,
especialmente la meridional y la levantina, siendo las referencias al interior mucho ms generales y a menudo imprecisas
(nota 2).
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Tradicionalmente, se considera que una de las fuentes de
mayor antigedad sobre la Pennsula Ibrica se hallara recogida en un poema latino, la Ora maritima, escrito a finales
del siglo IV d.C. por Rufo Festo Avieno. Esta obra, segn
Schulten (1955: 55 ss.) siguiendo a otros investigadores,
contena un periplo massaliota del siglo VI a.C. (nota 3),
con algunas interpolaciones posteriores. No obstante, debido a la falta de bases slidas de tipo filolgico, histrico o
arqueolgico, parece aventurado atribuir, sin ms, determinados pasajes de la Ora maritima a este supuesto periplo de
gran antigedad (Villalba 1985; de Hoz 1989a: 42 s.) que en
ningn caso aparece mencionado en el poema, a pesar del
reconocimiento explcito por parte de Avieno de las fuentes
utilizadas en su redaccin.
La Ora maritima describa las costas de Europa desde la
Bretaa hasta el Mar Negro, habindose conservado nicamente la primera parte de la obra (ms de 700 versos)
que, incluyendo la Pennsula Ibrica, citada bajo el nombre
de Ophiussa, tiene su punto de destino en Marsella. Cierto
pasaje del Periplo (vv. 129-145), por otro lado excesivamente
oscuro, y las menciones a una serie de pueblos de difcil filiacin (vv. 195 y 485), han sido interpretados como las noticias
ms antiguas conocidas sobre los Celtas (Schulten 1955:
NDICE
II. Geografa en la Celtiberia
36 s.; Rankin 1987: 2 ss.; etc.). Avieno sita a los Celtas,
Celtae, ms all de la islas Oestrmnicas, cuya identificacin
no es segura (vid. Monteagudo 1953 para su localizacin en
Galicia), de donde habran expulsado a los Ligures (vv. I33
s.). La ubicacin de estos territorios resulta controvertida.
As, aun cuando parece admitido que el autor del Periplo se
estara refiriendo a las costas del Mar del Norte (vid., entre
otros, Schulten 1955: 36 y 97-98; Tierney 1964: 23; Rankin
1987: 6), no faltan quienes incluso hayan pretendido situarlos
en Galicia (vid. Tovar 1977: nota 6). En cualquier caso, y con
independencia de la interpretacin dada a este pasaje, cabe
pensar, de acuerdo con Tovar (1977: nota 6), que tal vez se
trate de una interpolacin posterior a la supuesta redaccin
original del Periplo, al igual que ocurre con el v. 638 (Tovar
1977: nota I4) referido a los campos de Galia, Gallici soli,
pese a que para Schulten (1955: 145 s.) sta constituya la
primera mencin del nombre de los Galos.
Con la excepcin de este controvertido pasaje, Avieno no
vuelve a hacer ninguna referencia directa a los Celtas, aunque Schulten (1955: 36-38, 104 s. y 133) consider como
tales una serie de pueblos asentados en las regiones del
interior de la Pennsula: hacia el Occidente, los Cempsi y los
Saefes, localizados en las altas colinas de Ofiusa (vv. 195
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
s.), si bien unos y otros debieron llegar hasta el Atlntico dada
su vinculacin con diferentes accidentes geogrficos situados en la costa (vv. 182 y 199); hacia el Oriente se hallaran
los Berybraces (v. 485), citados al describir la costa levantina
a la altura de la actual ciudad de Valencia. Al parecer, los
Cempsos habran posedo tiempo atrs la isla de Cartare
(vid. TIR, J-29: s.v.), que Schulten sita en la desembocadura del ro Guadalquivir, en pleno reino de Tartessos, habiendo
sido expulsados de all por sus vecinos (vv. 255-259). Para
Schulten (1955: I04 s. y 133), Cempsos y Sefes ocuparan el
Occidente de la Meseta, asentndose los primeros en el valle
del Guadiana, mientras que los segundos lo haran en los del
Tajo y Duero; por el contrario, los Beribraces se localizaran
en la Meseta Oriental, tenindolos como antecesores de los
Celtberos histricos. De todos estos pueblos solamente el
de los Beribraces es citado de nuevo por las fuentes (vid.
Tovar 1989: 64). As, el Pseudo-Escimno (vv. 196 ss.), autor
del siglo II a.C. basado en foro, los denomina Bbryces, situndolos ms arriba de las tierras ocupadas por los Tartesios
e Iberos.
La consideracin de todos estos pueblos como Celtas se
basaba en la distincin de Cempsos y Sefes respecto de
los Ligures, supuestamente situados ms al Norte (nota 4),
NDICE
10
II. Geografa en la Celtiberia
e Iberos, en la creencia de que en la fecha de la realizacin
del Periplo stos no ocuparan an la costa occidental de la
Pennsula. Respecto a los Beribraces, las razones, como en
el caso anterior se deben a su diferenciacin de los pueblos
situados en su vecindad, es decir de los Iberos. A pesar de
que las tesis de Schulten que consideraban a Cempsos,
Sefes y Beribraces como pueblos Celtas han influido en la
historiografa ms reciente, lo cierto es que a partir de la
informacin proporcionada por el Periplo todo lo ms que
se puede sealar, como ha indicado Tovar (1987: 22), es el
carcter menos civilizado de los pueblos asentados en las
regiones montaosas del interior, claramente expresado en
la descripcin de los Beribraces como gens agrestis et ferox,
posiblemente como expresin del carcter brbaro de los
mismos. Sus nombres no son determinantes desde el punto
de vista lingstico en lo que a su filiacin cltica se refiere
(Tovar 1986: 80; Untermann 1995a: nota 47), pudiendo plantearse que se tratara de grupos indoeuropeos (Tovar 1987:
22), ms evidente en el caso de los Beribraces cuya vinculacin con actividades de pastoreo es sealada en el Periplo.
Esto permitira vincular el pasaje que seala la presencia de
los Cempsos en la Isla de Cartare con el hipottico control
cltico del reino de Tartessos (nota 5) (Tovar 1963: 359 s.;
Idem 1977: 166 s.), puesto en evidencia adems por el nomNDICE
11
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
bre del rey tartsico Arganthonios (Herodoto 1, 163 y 165)
que, como se ha sealado repetidamente (Palomar Lapesa
1957: 40; Tovar 1962: 360; Idem 1974: 36, n. 46; Idem 1977:
nota I1; Idem 1986: 80; Idem 1987: 17; etc.), parece ser claramente celta, lo que, de acuerdo con Untermann (1985a: 17
s.; 1989: 437-439), no est suficientemente probado.
Dejando de lado la controvertida Ora maritima, la primera
mencin de la Cltica, Keltik, se debe a Hecateo de Mileto
(ca. 500 a.C.), de cuya obra tan slo se conservan algunos
fragmentos recogidos por un lexicgrafo del siglo VI d.C.,
Esteban de Bizancio. Hecateo se refiere a Narbona como
una ciudad cltica, lo mismo que Nirax, de localizacin incierta, y ubica a la colonia griega de Massalia, fundada en la
tierra de los Ligures, cerca de la Cltica (nota 6).
Ser Herodoto (2, 33 y 4, 49) quien, en pleno siglo V a.C., proporcione la primera referencia segura respecto a la presencia
de Celtas en la Pennsula Ibrica, al sealar que el Istro (luego Ister), actual Danubio, naca en el pas de los Celtas, cuyo
territorio se extenda ms all de las Columnas de Hrcules,
siendo vecinos de los Kynesios (o Kynetes), pueblo que era
considerado como el ms occidental de Europa (nota 7). As
pues, los referidos pasajes de Herodoto pueden considerarse
NDICE
12
II. Geografa en la Celtiberia
como la ms antigua evidencia de la utilizacin del etnnimo
Keltoi en la Pennsula Ibrica.
Aun con el error en la identificacin de las fuentes del
Danubio, que son situadas en las proximidades de la ciudad de Pyrene (2, 33), localizable en el extremo oriental de
la Cordillera Pirenaica, y de la que se hace mencin en el
Periplo de Avieno (vv. 559-561) como frecuentada por los
massaliotas, la veracidad del texto de Herodoto es aceptada de forma generalizada (vid., entre otros, Powell 1958: I3
s.; Fisher 1972: 109 s.; Rankin 1987: 8 s.; etc.), no faltando
quienes consideran estas noticias como poco fiables, debido
a su falta de detalle y a su carcter excesivamente genrico,
al estar referidas a los pueblos brbaros del Occidente, que
en el siglo V a.C. se englobaran con los Celtas (Koch 1979:
389; Untermann 1995a: nota 47).
Con posterioridad a estas primeras noticias, la presencia de
Celtas en la Pennsula Ibrica es sealada repetidamente.
As foro (en Str., 4, 4, 6), ca. 405-340 a.C., consideraba
que la Cltica, Keltik, ocupara la mayor parte de Iberia, llegando hasta Gades (nota 8). Las referencias a Celtas en la
Pennsula se ve reflejada en otro pasaje del Pseudo-Scimno
(vv. I62 ss.) atribuido a foro, para el que el ro Tartesos, el
actual Guadalquivir, proceda de la Cltica. Con independenNDICE
13
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
cia de la interpretacin que se d a este pasaje (vid. infra), el
desconocimiento de las fuentes del Guadalquivir se pone de
manifiesto en la obra de Aristteles (384-3I2 a.C.), para quien
Del Pirineo (monte sito hacia el occidente equinoccial en el
pas de los Celtas) descienden el Istro y el Tartesos. ste ms
all de las Columnas... (Meteor 350b,2; vid. Schulten 1925:
216). Segn Schulten (1925: 56), la Cltica mencionada por
el Pseudo-Scimno quedara circunscrita a la Meseta habitada
por Celtas (vid., en contra, Capalvo 1996: 117 ss., para quien
la Cltica de foro podra haber estado en el Mediterrneo y
no en el Atlntico), esto es, la Celtiberia, coincidiendo as con
lo referido por Polibio (en Str., 3, 2, 11), quien consideraba que
el Anas y el Baetis, esto es, el Guadiana y el Guadalquivir,
nacan en la Celtiberia (vid. infra).
Ms difciles de interpretar resultan una serie de pasajes,
cuya vinculacin con la Pennsula Ibrica cabe calificar de
dudosa. As, Aristteles (De animal. gen. 748a, 22) menciona
el fro pas de los Celtas que estn sobre la Iberia, que
podra estar referido, como seala Schulten (1925: 76), tanto
a la Galia como a la Meseta hispnica, o bien a los Celtas
del Ocano (Eth. 2,7), que para Prez Vilatela (1990b: I38)
seran los del Suroeste peninsular. Algo similar cabe decir de
un pasaje de Plutarco (De plac. philos. 897,C) que recoge la
NDICE
14
II. Geografa en la Celtiberia
opinin de Timeo, 340-250 a.C., sobre la causa de la marea,
que ha de ponerse en relacin con los ros de la cuenca atlntica que se precipitan a travs de la Cltica montaosa.
De nuevo Schulten (1925: 105) propone la ecuacin Cltica
= Meseta, al considerar que en tiempos de Timeo el concepto del Ocano Atlntico an no inclua la Galia (vid. Prez
Vilatela 1990b: I38; Idem 1992: 398; Idem 1993: 421).
Que los Celtas alcanzaran la regin de Cdiz parece confirmarlo Eratstenes (en Str., 2, 4, 4), ca. 280-195 a.C., para
quien la periferia de Iberia estaba habitada hasta Gades por
Galatae. La falta de referencias a estos Galos o Galatas,
trmino utilizado sin duda como sinnimo de Celtas en su
descripcin de Iberia, llev a Polibio, y de acuerdo con l a
Estrabn, a dudar de los conocimientos de Eratstenes sobre
la Pennsula. Pero, como defienden Schulten (1952: 35) y
Tovar (1963: 356; 1977: nota 24), no existe tal contradiccin
en Eratstenes, pues, para l, el trmino Iberia, tomado en
un sentido fundamentalmente tnico, se circunscribe a las
costas del Este y del Sur peninsulares, mientras que tanto Polibio, en sus ltimos libros, como Estrabn identifican
Iberia, como concepto geogrfico, con la totalidad de la
Pennsula (nota 9). La presencia de Celtas en el Medioda
peninsular es confirmada por Diodoro (25, 10), quien seala
NDICE
15
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
que Amlcar, a su llegada a la Pennsula en el 237 a.C., hubo
de enfrentarse con Tartesios e Iberos que luchaban junto a
los Celtas de Istolacio.
No ser hasta finales del siglo III a.C., y en mayor medida durante las dos centurias siguientes, cuando el creciente inters
estratgico de la Pennsula para los intereses de Roma haga
que la informacin sobre la misma se multiplique con noticias
no slo de tipo geogrfico sino tambin de orden econmico,
social, religioso, etc., lo que permite obtener una idea mucho
ms completa sobre los Celtas peninsulares, permitiendo
delimitar con mayor claridad las reas donde se asentaron
e incluso poder identificar verdaderas migraciones interiores
(Almagro-Gorbea 1995d). El concepto de Cltica, tal como
apareca en la obra de Herodoto, foro o Eratstenes, va a
ver modificado su contenido en las fuentes contemporneas
o posteriores a las guerras con Roma, aplicndose desde
ahora a las tierras situadas al Norte de los Pirineos.
La modificacin conceptual del trmino Keltik, opuesto al de
Iberia, no impide, sin embargo, que los autores de los siglos
II a.C. en adelante mencionen expresamente la existencia
de pueblos de filiacin celta en el Centro y Occidente de la
Pennsula, aunque mostrando un panorama ms complejo
que el de las fuentes ms antiguas, caracterizado por una
NDICE
16
II. Geografa en la Celtiberia
aparente uniformidad, lo que ha de verse como resultado del
mejor conocimiento de la Pennsula por parte de Roma, en
buena medida debido a las frecuentes guerras, sobre todo
contra Celtberos y Lusitanos (nota 10).
El anlisis conjunto de las obras de Polibio, Posidonio,
Estrabn, Diodoro Sculo, Pomponio Mela, Plinio el Viejo y
Claudio Ptolomeo, entre otros, permite individualizar con claridad tres zonas donde se seala, de forma explcita, la presencia de pueblos de raigambre celta, lo que, obviamente, no
excluye que hubiera otros que, aun sindolo, no aparecieran
mencionados como tales por las fuentes, quizs por presentar
un carcter ms arcaico. ste sera el caso de los Lusitanos
del Norte del Tajo, que las fuentes diferencian claramente de
los Celtas hispanos -entre los cuales los Celtberos seran
los mejor definidos- y cuya lengua, de tipo indoeuropeo arcaico, tiene algunos elementos comunes con la subfamilia celta
(vid. captulo X1,2).
a) La primera de estas zonas corresponde a las regiones
interiores de la Pennsula Ibrica, donde se localizaran los
Celtberos (nota 11), considerados expresamente por diversos autores como Celtas. Posidonio (en Diod., 5, 33) da una
particular interpretacin de su proceso de formacin: Estos
dos pueblos, los Iberos y los Celtas, en otros tiempos haban
NDICE
17
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
peleado entre s por causa del territorio, pero, hecha la paz,
habitaron en comn la misma tierra; despus por medio de
matrimonios mixtos se estableci afinidad entre ellos y por
esto recibieron un nombre comn. Una interpretacin similar es sugerida por Apiano (Iber 2): los Celtas tras atravesar
los Pirineos se fusionaran con los nativos, lo que explicara
el nombre de los Celtberos (nota 12).
Estrabn (3, 4, 5) no duda en considerar a estos pueblos
como Celtas, y as seala -refirindose a los Iberos- si hubiesen querido ayudarse unos a otros, no habra sido posible
a los cartagineses el conquistar la mayor parte de su pas con
su fuerza superior; y antes a los Tirios y despus a los Celtas,
que hoy se llaman Celtberos y Berones.... La llegada de los
Celtas a Hispania -a la que se refieren otros autores como
Marco Varrn (en Plin., 3, 7-17)- es apuntada en otro pasaje
de Estrabn (3, 4, 12): Al Norte de los Celtberos, estn los
Berones, que son vecinos de los Cntabros Coniscos, y tomaron parte en la inmigracin cltica.
La doble raz cultural aludida en el texto de Diodoro (5, 33)
es asumida por el poeta Marcial, natural de Bilbilis, cuando
dice (4, 55): Nosotros, hijos de los Celtas y de los Iberos,
no nos avergonzamos de celebrar con versos de agradecimiento los nombres un tanto duros de nuestra tierra. A su
NDICE
18
II. Geografa en la Celtiberia
vez, San Isidoro (Ethym. 9, 2, 114) establece el origen de los
Celtberos en los Galos llegados desde el Ebro (nota 13).
De acuerdo con lo visto, el trmino celtberi estara referido a
una poblacin considerada como un grupo mixto (Untermann
1983 y 1984), y as aparece recogido en Diodoro, Apiano y
Marcial para quienes los Celtberos seran Celtas mezclados
con Iberos, si bien para otros autores, como Estrabn, prevalecera el primero de estos componentes.
Aun cuando algunos autores (Koch 1979: 389) consideran
que el concepto celtbero no remite a una unidad tnica,
al menos para la historiografa antigua, deberan valorarse,
de acuerdo con Burillo (1988a: 8), aquellos aspectos que
de los indgenas pudieron trascender a los visitantes, como
las costumbres y la lengua, pues pudieron ser la base de la
identidad mostrada. Siendo as, no est de ms recordar que
en la Antigedad, como ha sealado Untermann (1992a: I6),
los Celtae representaban un grupo etnogrfico (en el sentido de los Germani de Tcito) definido por sus costumbres,
su religin, su aspecto fsico y otros rasgos exteriores (vid.,
sobre ello, Pereira 1992).
Segn esto, de acuerdo con Burillo (1993: 226; 1995c: 21),
los Celtberos podran ser considerados como un grupo
tnico, tanto en cuanto incorpora entidades tnicas de meNDICE
19
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
nor categora, semejante a los Galos o Iberos, pero de una
amplitud menor, sin que pueda plantearse la existencia de
un poder centralizado ni aun de una unidad poltica, que de
producirse lo fue slo de forma ocasional, como demuestran
con claridad los acontecimientos militares del siglo II a.C.
(vid. captulo IX,4).
Respecto a la voz Celtiberia, dificulta su valoracin el que
se trate de un trmino no indgena y las frecuentes contradicciones -a veces explicables por razones cronolgicas- que
las fuentes literarias ponen de manifiesto en su uso (vid.
los casos significativos de Estrabn, Plinio o Ptolomeo). La
Celtiberia se muestra as como un territorio cambiante a
lo largo del perodo de tiempo que abarca las guerras de
Conquista y el posterior proceso romanizador (vid. infra). En
suma, se desconoce el verdadero significado con el que estos
trminos -celtbero y Celtiberia- son utilizados en los diferentes contextos en los que aparece, si bien, probablemente, adems de estar dotados de un contenido tnico seran
utilizados con un sentido puramente geogrfico (nota 14).
Posiblemente el trmino celtbero habra sido creado por
los escritores clsicos para referirse a un conjunto de pueblos
que manifiestan su naturaleza hostil contra Roma.
NDICE
20
II. Geografa en la Celtiberia
La primera referencia a la Celtiberia se enmarca en el contexto de la II Guerra Pnica al narrar Polibio (3, I7, 2) los
prolegmenos del asedio de Sagunto. Desde esta fecha, las
noticias sobre los Celtberos y la Celtiberia son abundantes
y variadas, al ser uno de los protagonistas principales de
los acontecimientos blicos del siglo II a.C., que culminarn
con la destruccin de Numancia el 133 a.C. De acuerdo con
Capalvo (1996: 19 ss.), parece que el trmino celtbero
surgi durante la II Guerra Pnica, siendo posiblemente utilizado slo por los historiadores del bando romano, habiendo de buscar su origen literario en la obra de Fabio Pictor,
observacin que, sin mucha fortuna, haba sido formulada a
finales del siglo XIX por dArbois de Jubainville (I893: 382)
(nota 15).
Existe una evolucin del concepto territorial de Celtiberia
desde su aparicin en los textos que parte de un contenido
genrico, patente en los testimonios literarios ms antiguos,
no exento de imprecisiones cuando no de errores manifiestos. En el 207 a.C., aparece como la regin situada entre
los dos mares (Liv., 28, 1, 2); para Polibio (en Str., 3, 2, 11),
el Anas y el Betis vienen de la Celtiberia -as como el Limia
(Str., 3, 3, 4)-, aunque esto sera porque los Celtberos
extendiendo su territorio han extendido tambin su nombre
NDICE
21
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
a toda la regin lindante (vid. Capalvo 1996: 120 s.); para
Posidonio, los Pirineos separaran Galia de Iberia y Celtiberia
(en Diod., 5, 35), regin por la que discurre el Anas y el Tagus
(en Str., 3, 4, 12). Artemidoro (en St. Byz. s.v., vid. Schulten
1925: 157, n 16) considera a Hemeroscopeion ciudad de
la Celtiberia, y Plutarco (Sert. 3) se refiere a Cstulo como
ciudad de los Celteros. Para Plinio (4, 119), las islas
Casitrides se hallaran enfrente de la Celtiberia, mientras
que segn Mela (3, 47) se localizaran entre los Clticos.
Para Capalvo (1996: 13 s.), en esta primera etapa el trmino
celtbero englobara a numerosos pueblos hispanos, tal
vez a todos los que hablasen una lengua celta, proponiendo como probable la inclusin de Oretanos, Bastetanos,
Bstulos, Clticos o Vacceos.
Junto a este concepto amplio de Celtiberia, existe otro ms
restringido, que se ubica en la Meseta Oriental y el Valle
Medio del Ebro, a caballo del Sistema Ibrico, en buena
medida determinado por el mayor conocimiento de la complejidad tnica peninsular. Sus lmites, que en absoluto cabe
considerar como estables, pueden determinarse a partir del
anlisis de las etnias pertenecientes al colectivo celtibrico, a
su vez delimitadas por la localizacin de las ciudades a ellas
adscritas (Taracena 1954: 199) (nota 16). Un indicio de su
NDICE
22
II. Geografa en la Celtiberia
extensin vendra dado por la utilizacin de apelativos que
hacen referencia al carcter limtrofe de ciertas ciudades,
como Clunia, Celtiberiae finis (Plin., 3, 27), Segobriga, caput
Celtiberiae (Plin., 3, 25) (vid. infra) o Contrebia, caput eius
gentis -referido a los Celtberos- (Val. Max., 7, 4, 5).
Estrabn (3, 4, I2), que escribi en torno al cambio de era,
hace una descripcin en el libro tercero de su Geografa partiendo sobre todo de las noticias proporcionadas por Polibio
y Posidonio (fig. 2):
Pasando la Idubeda se llega en seguida a la Celtiberia,
que es grande y desigual, siendo su mayor parte spera
y baada por ros, ya que por esta regin va el Anas
(nota 17) y el Tagus (nota 18) y los ros que siguen
(nota 19), de los cuales la mayor parte baja hacia el Mar
Occidental teniendo su origen en la [Celt]iberia. De ellos
el Durius corre por Numancia y Serguntia (nota 20). En
cambio el Betis tiene su origen en la Orospeda, y corre
por la Oretania hacia la Btica. Al Norte de los Celtberos
estn los Berones (...) Lindan (los Celtberos) tambin
con los Bardyetas, que hoy se llaman Brdulos. Por el
oeste (de los Celtberos) estn algunos de los Astures
y de los Callaicos y de los Vacceos y tambin de los
Vettones y Carpetanos (nota 21). Por el Sur hay los
NDICE
23
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Oretanos y los dems habitantes de la Orospeda, los
Bastetanos y Edetanos (nota 22). Por el este (de la
Celtiberia), est la Idubeda (nota 23).
El resultado es un concepto lato de la Celtiberia (nota 24),
donde naceran buena parte de los ros ms caudalosos
de la cuenca atlntica, como el Duero (Str., 3, 3, 4), el Tajo
(Str., 3, 3, 1; 3, 4, 12), el Guadiana e incluso el Guadalquivir
(Str., 3, 2, 11), as como el Limia y el Mio, aun cuando para
Posidonio este ltimo venga de territorio cntabro (Str., 3, 4,
4). A pesar de situar la Idubeda -esto es, el Sistema Ibrico, al Oriente de la Celtiberia, el propio Estrabn considera a
Segeda y Bilbilis, localizadas al Este del mismo, ya en el Valle
del Ebro, como ciudades celtibricas, al igual que Numantia
o Segobriga (Str., 3, 4, 13), sealando que Caesaraugusta
(Str., 3, 2, 15) estara al lado de los Celtberos (Salinas 1988:
109, nota 11).
Segn Estrabn (3, 4, 13), la Celtiberia -a la que considera
un pas pobre- estara dividida en cuatro partes, lo que resulta comn a otros pueblos clticos, como los Glatas (Str.,
12, 5, 1) y cuyo mejor ejemplo est en la divisin de la Irlanda
cltica en cuatro grandes provincias (vid. Garca Quintela
1995). De ellas, segn proponen los editores modernos de
Estrabn, tan slo se refiere a las habitadas por Arvacos
NDICE
24
II. Geografa en la Celtiberia
y Lusones, aunque para Capalvo (1995: 464 ss.; 1996: 55
ss.) habra que respetar la tradicin manuscrita en la que
se mencionaran realmente las cuatro partes en las que se
dividan a los Celtberos: los ms poderosos, situados al
Este y al Sur, los de la parte posterior, que lindan con los
Carpetanos y las fuentes del Tajo, y cuya ciudad ms clebre
es Numancia, los Lusones, situados hacia el Este y llegando tambin a las fuentes del Tajo (fig. 3), y los Arvacos,
a los que se atribuye las ciudades de Segeda y Pallantia.
Tradicionalmente, se ha identificado a las dos primeras con
los Arvacos, aunque la localizacin propuesta entre en
contradiccin con las evidencias disponibles y la adscripcin
de Numantia a los Arvacos est lejos de ser comnmente
aceptada por los propios autores clsicos.
Tanto si Estrabn menciona dos de las cuatro partes como
si se refiere a la totalidad, resulta complejo identificar cules son los dos pueblos que acompaaran a Lusones y
Arvacos, e incluso la localizacin geogrfica de todos ellos.
Los Lusones, que segn Apiano -al referirse a los acontecimientos del 181 a.C. en la ciudad de Complega- habitan
cerca del Ebro (App., Iber. 42) y -al narrar las campaas de
los aos 139-138 a.C.- son vecinos de los numantinos (App.,
Iber. 79), aparecen en Estrabn (3, 4, 13), como se ha indiNDICE
25
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 2.-Localizacin de la Celtiberia en la Europa descrita por Estrabn (segn
Lasserre 1966).
cado, al Este de la Celtiberia, llegando hasta las fuentes del
Tajo (fig. 3).
Para la localizacin de los Arvacos se cuenta con las noticias aportadas por Plinio y Ptolomeo, autor ste que les atribuye la ciudad de Numantia (vid. infra). Por Polibio (35, 2) y
Apiano (Iber. 44; 48-49; 50; 61-63 y 66) se sabe que Belos y
Titos eran pueblos celtibricos. Los Belos, a los que pertenecera la ciudad de Segeda (fig. 3), y los Titos son citados por
las fuentes literarias de forma conjunta, sealndose su vecindad (App., Iber. 44). Protagonizan los acontecimientos de
NDICE
26
II. Geografa en la Celtiberia
los aos 154-152 a.C. en la Celtiberia, siendo mencionados
tambin en las Guerras Lusitanas los aos 147-146 y 143
a.C. Si del episodio de Segeda del ao 154 a.C. se deduce
la situacin de dependencia de los segundos respecto a los
primeros (App., Iber. 44), en los restantes casos aparecen
citados en un plano de igualdad, a menudo junto con los
Arvacos. Tambin los Pelendones, que a decir de Plinio (3,
26) eran Celtberos (nota 25), adjudicndoles la ciudad de
Numantia, deberan incluirse en esta nmina.
Volviendo a Estrabn (3, 4, 13), Segobriga y Bilbilis son
consideradas ciudades celtibricas, aunque sin adscribirlas
a una etnia en concreto. Ms adelante, en un pasaje que,
a pesar de su ambigedad, se ha interpretado como referido a la Celtiberia (Schulten 1952: 263), aun cuando no se
mencione expresamente, Estrabn (3, 4, 19) seala: Dicen
algunos que este pas (la Celtiberia) est dividido en cuatro
partes, como hemos dicho, mientras que otros sostienen
que son cinco las partes. A partir de este pasaje, Schulten
(1952: 263) consider a los Vacceos como los candidatos
ms idneos para ser ese quinto pueblo (nota 26), aunque
en otras ocasiones se haya preferido optar por otros, como
los Pelendones (Taracena 1954: 195 ss.). Recientemente,
Capalvo (1995: 468 ss.; Idem 1996: 59 ss.) se ha cuestionaNDICE
27
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 3.-El territorio de los Belos y de los Lusones, estos ltimos, segn Apiano (1)
y segn Estrabn y la toponimia (2). (Segn Burillo 1986).
NDICE
28
II. Geografa en la Celtiberia
do las correcciones de los editores de Estrabn, prefiriendo
mantener el texto atestiguado en los manuscritos, que citan
dos partes y no cuatro, partes que segn Capalvo estaran
referidas a Iberia, entendida como la Pennsula Ibrica en su
conjunto. No obstante, para Garca Quintela (1995) el territorio celtibrico estaba ciertamente dividido en cuatro partes
de acuerdo con 3, 4, 13, sin perjuicio de que en el plano ideolgico, o mtico si se prefiere, se pensase que este mismo
territorio se divida en cinco partes, como vienen a confirmar
ciertos paralelos con el mundo cltico en general y preferentemente con el irlands. En este sentido, en la Celtiberia,
como en la Galia o Irlanda, existira un punto central ms o
menos geogrfico, ms o menos poltico, ms o menos religioso, que pudo dar lugar a pensar su territorio como dividido
en cinco partes, como en Irlanda (Garca Quintela 1995:
473). Para Garca Quintela (1995: 473 s.) este centro cosmolgico no sera otro que el Mediolon citado por Ptolomeo
(2, 6, 57).
Plinio, reflejando la situacin administrativa de Hispania
tras las reformas de Augusto, slo se refiere a Arvacos y
Pelendones como Celtberos en su descripcin de la Hispania
Citerior. Para l (3, 26), los Pelendones eran del grupo de los
Celtberos, adscribindoles al convento Cluniense con cuatro
NDICE
29
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
pueblos (populi) de los que fueron ilustres los numantinos
(vid., al respecto, Capalvo 1996: 67 ss.). Entre ellos naca el
Duero que, pasando junto a Numantia, corre luego entre los
Arvacos (4, 112). Siguiendo con la descripcin del convento
Cluniense, en 3, 27 habla de los Arvacos, que como ha indicado en un pasaje anterior (3, 19) seran Celtberos, a los
que ha dado nombre el ro Areva, adscribindoles seis oppida: Secontia y Uxama, nombres que a menudo se usan en
otros lugares (nota 27), y adems Segovia, y Nova Augusta,
Termes y la misma Clunia, lmite de la Celtiberia (celtiberiae
finis). Asimismo, en el convento Carthaginensis, Plinio (3,
25) incluye a los caput Celtiberiae Segobrigenses (nota 28).
Por el contrario, ya en el siglo II d.C., Ptolomeo (fig. 4), al
describir la provincia Tarraconense (vid. Capalvo 1996: 77
ss.), trata de forma independiente a los Arvacos (2, 6, 55)
y Pelendones (2, 6, 53) de los Celtberos (2, 6, 57). Entre
los Arvacos, situados bajo los Pelendones y los Berones,
incluye las ciudades (poleis) de Confloenta, Clunia, Termes,
Uxama Argaila, Segortia Lanca, Veluca, Tucris, Numantia,
Segovia y Nova Augusta, todas ellas situadas en la Meseta
Oriental, al Norte del Sistema Central. A los Pelendones, por
debajo de los Murbogos (o Turmogos), les atribuye Visontium,
Augustobriga y Savia. Entre los Celtberos, que considera
NDICE
30
II. Geografa en la Celtiberia
ms orientales que los Carpetanos -a su vez ms meridionales que Vacceos y Arvacos- y sin sealar subdivisiones internas, sita una serie de ciudades vinculadas al Ebro Medio,
en su margen derecha, como Turiasso, Nertobriga, Bilbilis
o Arcobriga, junto a otras situadas ms al Sur, en la actual
provincia de Cuenca, como Segobriga, Ercauica o Valeria
(nota 29).
Del anlisis de las fuentes literarias se desprende una
Celtiberia enormemente compleja, cuyo territorio y composicin tnica resulta difcil de definir, mostrndose cambiante a lo largo del proceso de conquista y posterior romanizacin. As, a la dificultad en la delimitacin global del
territorio celtibrico hay que unir la falta de acuerdo a la
hora de enumerar los diferentes populi o etnias que formaran parte del colectivo celtibrico (Arvacos, Pelendones,
Lusones, Belos y Titos seran los candidatos ms probables)
y las contradicciones en la atribucin de una misma ciudad a
diferentes populi. Todo ello podra reflejar, en ocasiones, ms
que desconocimiento o errores de atribucin por parte de los
escritores clsicos, las fluctuaciones territoriales de estos
pueblos en la Antigedad, pues no hay que olvidar que entre
las referencias ms antiguas sobre los Celtberos y la obra
de Ptolomeo han pasado ms de tres siglos, en los que los
NDICE
31
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
acontecimientos blicos, primero (nota 30), y las reformas
administrativas, despus, debieron afectar de forma notable
al territorio celtibrico. Tampoco hay que olvidar el estado
fragmentario en que a menudo se han conservado los manuscritos que recogen los textos de los autores clsicos ni las
correcciones, a veces sin argumento alguno, de las ediciones
crticas en uso (vid. Capalvo 1995 y 1996).
A lo largo de las Guerras Celtibricas (Schulten 1935; Idem
1937; Beltrn Lloris 1988b; Idem 1989: 138 ss.; vid., no obstante, Capalvo 1996: 58), Numantia es considerada como
una ciudad arvaca (App., Iber 45 y 46), y as aparece en
las ediciones crticas de la obra de Estrabn (3, 4, 13), por
ms que como se ha podido comprobar esto no est suficientemente claro (vid. supra), mientras que para Plinio (3,
26) es Pelendona, lo que podra ponerse en relacin con la
cita de Apiano (Iber. 98), segn la cual, una vez conquistada,
su territorio fue distribuido entre sus vecinos. Ptolomeo la
considera una ciudad arvaca (2, 6, 55). Segeda es tenida
por Apiano (Iber. 44) como una ciudad bela, mientras que
para Estrabn (3, 4, 13) es arvaca; por Floro (1, 34, 3) se
sabe que los Arvacos seran aliados y consanguneos de los
segedenses. Otras veces, ciudades o territorios que no cabe
considerar celtibricos aparecen ocasionalmente mencionaNDICE
32
II. Geografa en la Celtiberia
Fig. 4.-Hispania y las ciudades de Pelendones, Arvacos y Celtberos segn
Ptolomeo. (Segn Tovar 1976).
NDICE
33
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
dos como tales. Este sera el caso de Intercatia (App., Iber.
54; Str., 3, 4, 13), tenida de forma general como una ciudad
vaccea, o el de la carpetana Toletum, que es citada en un
pasaje de Livio (35, 7) como una ciudad celtibrica.
Desde los trabajos de Schulten (1914: 119), se viene aceptando la divisin de la Celtiberia en Ulterior y Citerior para referirse a los territorios correspondientes, respectivamente, al
Alto Duero y al Valle Medio del Ebro en su margen derecha valles del Jaln y del Jiloca-, a pesar de que tan slo se cuente con una nica mencin por parte de los fuentes histricas
(Liv., 40, 39) que, al narrar los acontecimientos del 180 a.C.,
aluden al ataque de Fulvio Flaco al ulterior Celtiberiae ager.
Recientemente, Capalvo (1994 y 1996: 107 ss.) ha planteado
la identificacin de este territorio ulterior de la Celtiberia con
la ultima Celtiberia (Liv., 40, 47) conquistada el 179 a.C. por
Sempronio Graco, cuya localizacin cabra situar en la provincia Ulterior (Prez Vilatela 1989: 258; Idem 1993: 428; vid.,
en contra, Ciprs 1993b: 282 ss.) a partir de la identificacin
toponmica en la actual provincia de Mlaga de las ciudades
de Munda, Certima y quizs Alces. Sea aceptada o no esta
propuesta, lo cierto es que, como se tendr la ocasin de
comprobar, la presencia de Celtas en el Suroeste peninsular
aparece sealada reiteradamente en las fuentes literarias,
NDICE
34
II. Geografa en la Celtiberia
apuntndose explcitamente, al menos en ciertos casos, su
vinculacin con los Celtberos (vid. infra).
Sin embargo, y a pesar de tener indicios suficientes para
cuestionar la divisin de la Celtiberia, entendida en sentido
restringido, en Citerior y Ulterior a partir de las fuentes histricas (Ciprs 1993b: 282 ss.), lo cierto es que el territorio
celtibrico presenta ciertas peculiaridades que permiten individualizar la zona oriental, volcada hacia el Valle del Ebro,
de la occidental, vinculada al Oriente de la Meseta, lo que
sin duda ha contribuido a dar carta de naturaleza a la divisin propuesta por Schulten, sin que quede constancia de
cul fue la valoracin que de las mismas hicieron los propios
Celtberos, ni necesariamente responder al sentido que se
desprende de la cita de Livio, aunque estuviera referida al
territorio celtibrico de la Meseta Oriental (Burillo 1993: 227
s.). La tarda celtiberizacin del Ebro Medio (vid. captulo VII)
podra explicar algunas de las particularidades observadas
en el registro arqueolgico, como las diferencias en lo que a
las caractersticas de sus necrpolis se refiere; adems, la
propia localizacin de este territorio, abierto a los influjos llegados a travs del Valle del Ebro, potenci el temprano surgimiento de ciudades y su posterior desarrollo (vid. captulo
VII,4.2); por otro lado, la escritura celtibrica presenta ciertos
NDICE
35
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
rasgos en lo que a la forma de representar las nasales se refiere, pudindose diferenciar dos variedades epigrficas que,
de forma general, vienen a coincidir con los dos territorios
mencionados (vid. captulo XI,3). La localizacin de las etnias
celtibricas parece responder tambin a esta subdivisin,
adscribindose los Belos, Titos y Lusones al Ebro Medio,
mientras Arvacos y Pelendones se vincularan a las tierras
de la Meseta Oriental.
Por su estrecha relacin geogrfica y cultural con los
Celtberos, conviene tener presente la existencia de otro
pueblo celta, el de los Berones (Str., 3, 4, 5), que cabe localizar en la actual Rioja (Villacampa 1980; Tovar 1989: 77
s.). Como se ha indicado, segn Estrabn (3, 4, 12) estaran
asentados al Norte de los Celtberos, teniendo como vecinos
a los Cntabros Coniscos, habiendo participado en la inmigracin cltica, y adjudicndoles la ciudad de Varia. Por su
parte, Ptolomeo (2, 6, 54) menciona adems de sta, que
denomina Vareia, las de Tritium y Oliba, la Libia pliniana (3,
24) y del Itinerario de Antonino (394.2) (nota 31).
b) Otra de las grandes reas donde las fuentes coinciden
en sealar la presencia de pueblos de filiacin cltica es
el Suroeste peninsular. Estrabn (3, 1, 6), siguiendo a
Posidonio (Tovar 1976: 194), menciona a los Keltikoi como
NDICE
36
II. Geografa en la Celtiberia
los principales habitantes de la regin situada entre el Tajo y
el Guadiana, aproximadamente en lo que es el Alentejo en
la actualidad (nota 32). Entre estos Clticos se encontraran
algunos Lusitanos, trasladados all por los romanos desde la
margen derecha del Tajo (nota 33).
De las costas junto al Cabo Sagrado, la una es el comienzo del lado Occidental de Iberia hasta la boca del
Tagus, y la otra es el comienzo del lado Sur hasta otro
ro, el Anas, y su boca. Ambos ros vienen de Oriente,
pero el uno (el Tagus) desemboca derecho hacia
Occidente y es mucho ms grande que el otro (el Anas),
mientras el Anas tuerce hacia el Sur y limita la regin
entre los dos ros, la que habitan en su mayor parte los
Clticos... (Str., 3, 1, 6.).
Participaran del carcter manso y civilizado de los
Turdetanos, ya debido a su vecindad, como seala Estrabn o, de acuerdo con Polibio, por estar emparentados con
ellos, pero los Clticos menos, porque generalmente viven
en aldeas (Str., 3, 2, I5). Los Clticos del Guadiana estaran
vinculados por parentesco con los de la Gallaecia, habiendo
protagonizado una verdadera migracin hacia el Noroeste en
compaa de los Trdulos (Str., 3, 3, 5). Su ciudad ms clebre sera Conistorgis (Str., 3, 2, 2), atribuida a los Cunetes
NDICE
37
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
o Conios por otras fuentes (App., Iber 56-60). Asimismo,
Estrabn (3, 2, 15) seala la fundacin de colonias entre los
Celtici, como ocurre con Pax Augusta (=Pax Iulia).
Plinio (4, 116), quien escribi a mediados del siglo I d.C.,
localiza a los Clticos en la Lusitania y seala que los habitantes del oppidum de Mirobriga (Santiago do Cacem) se
sobrenombran Clticos (Plin., 4, 118). Ptolomeo (2, 5, 5), ya
en el siglo II d.C., incluye, entre las ciudades clticas de la
Lusitania, a Laccobriga, Caepiana, Braetolaeum, Mirobriga,
Arcobriga, Meribriga, Catraleucus, Turres Albae y Arandis.
Adems del territorio anteriormente citado, los Clticos aparecen tambin asentados en la Baeturia (nota 34), situada
entre los ros Guadiana y Guadalquivir (Plin., 3, 13-14), y
de la que Estrabn (3, 2, 3) dice que estara constituida por
ridas planicies extendidas a lo largo del curso del Anas.
Siguiendo el texto pliniano, la Betuna estara dividida en
dos partes y en otros tantos pueblos: los Clticos, que rayan
con la Lusitania, del convento Hispalense, y los Trdulos....
Para Plinio (3, 13), los Clticos de la Betuna seran Celtberos
-venidos desde Lusitania- como lo demuestran sus ritos, su
lengua y los nombres de sus poblaciones, conocidas en la
Btica por sus sobrenombres:
NDICE
38
II. Geografa en la Celtiberia
Clticos a Celtiberis ex Lusitania aduenisse manifestum est sacris, lingua, oppidorum uocabulis, quae cognominibus in Baetica distinguntur.
En la Beturia cltica, que cabe localizar en la cuenca del ro
Ardila (Berrocal-Rangel 1992: fig. 2), cita las ciudades de
Seria, llamada Fama Iulia, Nertobriga Concordia Julia, Segida
Restituta Iulia, Contributa Iulia Ugultunia, Curiga, Lacimurga
Constatia Iulia (nota 35), a los Estereses (o Siarenses)
Fortunales y a los Callenses Eneanicos, y aade en la
Cltica las de Acinippo, Arunda, Arunci, Turobriga, Lastigi,
Salpesa, Saepone y Serippo que, con la excepcin de Arunci
y Turobriga (Berrocal-Rangel 1992: 39 s.), se ubican fuera de
la Betuna y algunas de ellas, con seguridad, en las serranas
de Cdiz y Mlaga, al Sur del Betis.
La celtizacin de la Btica se hace patente en la existencia
de ciudades cuyos topnimos han sido considerados clticos (Tovar 1962: 360 ss.), como ocurre con Segida Augurina
(Plin., 3, 10) o Celti, en el convento Hispalense (Plin., 3, 11),
localizada por diversos hallazgos epigrficos en Peaflor
(Sevilla) (nota 36). Ptolomeo (2, 4, 11), en el siglo II d.C.,
cita como ciudades de los Clticos de la Btica a Arucci,
Arunda, Curgia, Acinippo y Uama, algunas de las cuales coinciden con la segunda serie pliniana, mientras que Seria,
NDICE
39
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Segida y Nertobriga se incluyen ya entre las poblaciones turdetanas (Ptol., 2, 4, 10).
La presencia de Celtas en la Btica -sealada, de forma ms
o menos explcita, desde las fuentes de mayor antigedad
hasta Flavio Filstrato II (vit. Apoll. 5, 2, 166), ca. 200 d.C.- y
su vinculacin con los Celtberos, apuntada expresamente
por Plinio (3, 13) respecto de los habitantes de la Betuna
cltica, encontrara un nuevo apoyo con la propuesta de
localizacin de la ultima Celtiberia (Liv. 40, 47) -conquistada por Sempronio Graco el 179 a.C.en la provincia Ulterior
(Prez Vilatela 1989: 258; Idem 1993: 428; Capalvo 1994;
Idem 1996: 107 ss.), a partir de la identificacin toponmica
de las ciudades de Munda y la que los Celtberos llaman
Certima con las actuales Monda y Crtama, en la provincia de Mlaga. Para Capalvo (1994 y 1996: I07 ss.), como
se ha sealado (vid. supra), existen, adems, argumentos
para identificar la ultima Celtiberia de Livio con el ulterior
Celtiberiae ager atacado por Fulvio Flaco el 180 a.C. (Liv., 40,
39), cuestionando as la tradicional divisin de la Celtiberia totalmente aceptada desde su propuesta inicial por Schulten
(1914: 119)- en Citerior (correspondiente al Valle Medio del
Ebro y nunca citada explcitamente por las fuentes literarias)
NDICE
40
II. Geografa en la Celtiberia
y Ulterior (identificable con el Valle Alto del Duero) (vid. Ciprs
1993b: 282 ss.).
c) El Noroeste es la tercera de las reas peninsulares donde
los gegrafos e historiadores grecolatinos sealaron expresamente la existencia, en poca histrica, de pueblos clticos
(nota 37), asentados todos ellos en la Gallaecia Lucensis. El
anlisis de ciertos pasajes de las obras de Estrabn (3, I, 3; 3,
3, 5), Pomponio Mela (3, 10-11; 3, 13) y Plinio (3, 28; 4, 111)
permite afirmar que bajo la denominacin genrica de Celtici
quedaran englobados una serie de pueblos, entre los que se
incluiran los Neri, los Supertamarci, cuya existencia ha quedado confirmada, adems, por la epigrafa (Albertos 197475), los Praestamarci y, quizs, los Cileni, a los que habra
que aadir tambin los Artabri, que por Mela (3, 13) sabemos
que eran celticae gentis. Estos Keltikoi, segn Estrabn (3, 3,
5), seran parientes de aquellos Clticos del Guadiana que se
desplazaron junto con los Trdulos hasta el ro Limia, donde
al parecer se separaron, continuando, ya sin stos, su expedicin hacia el Norte (nota 38).
Estrabn (3, 3, 5) sita en las proximidades del cabo Nerio,
que es el foral de los lados Norte y Oeste de la Pennsula,
y junto al cual se asientan los rtrabos, a los Keltikoi. Mela,
cuya obra se desarrolla a mediados del siglo I d.C., tras desNDICE
41
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
cribir la costa entre el Duero y el promontorium Celticum,
identificable con el cabo Nerium, tambin llamado cabo de
los rtabros (nota 39) (Str., 3, 1, 3), seala que toda esta
regin est habitada por los Celtici (Mela, 3, 10). Despus
(Mela, 3, 11) se refiere a una serie de pueblos, sin hacer mencin de su filiacin cltica bien conocida por otras fuentes, los
Praesamarici, los Supertamarici y los Neri. Plinio escribe que
el convento Lucense comprende, adems de los Celtici y los
Lemavos, 16 pueblos poco conocidos y de nombre brbaro
(3, 28), y en otro pasaje (Plin., 4, 111), al describir la costa
septentrional de Hispania, cita en ltimo lugar a los Arrotrebae
(vid. tambin Str., 3, 3, 5), o rtrabos, para a continuacin del
promontorium Celticum, sealar la presencia de los Nerios,
celtici cognomine, los Supertamricos, los Praestamricos,
celtici cognomine, y los Cilenos.
Los rtrabos, o Arrotrebae, se asentaran en las proximidades
del cabo Nerium, identificable quizs con el Finisterre; los
Nerios, que debieron ser vecinos de los rtabros, se encontraban en el extremo de la costa occidental de la Pennsula
(Mela, 3, 11); los Supertamricos y los Praestamricos estaran vinculados con el ro Tambre, asentndose, respectivamente, al Norte y al Sur del mismo, mientras que los Cilenos
se hallaran an ms al Sur.
NDICE
42
II. Geografa en la Celtiberia
d) Hay que mencionar en ltimo lugar los pasajes de las
fuentes literarias en los que se cita la presencia de Galos en
territorio hispano. Con la excepcin de la referencia ya comentada de Eratstenes a los Galatae (en Str., 2, 4, 4), que
dado el contexto ms bien ha de interpretarse como sinnimo
de Celtas, las pocas noticias aportadas apuntan hacia cronologas tardas, a partir de finales del siglo III a.C., interpretndose en buena medida como infiltraciones de grupos de
Galos procedentes del otro lado de los Pirineos.
Livio (24, 41), al relatar los acontecimientos del 214-212,
se refiere a la muerte en el campo de batalla de dos reguli Gallorum aliados de los Cartagineses: Moenicoeptus y
Vismarus. El botn estaba formado en su mayora por spolia
plurima Gallica: torques ureos y brazaletes (armillae) en
nmero elevado. Los nombres de estos rgulos sugieren un
origen extrapeninsular para los mismos (Tovar 1977: nota
15; Albertos 1966: 158 y 253), aun cuando segn Schulten
(1935: 85) se tratara de Celtas de la Meseta.
La presencia de Galos estara mejor documentada en el
Noreste, pues debido a la proximidad geogrfica de esta
zona con los focos de origen los contactos habran sido particularmente intensos, como se encargan de demostrar la toponimia (vid. infra) y la Arqueologa (Almagro-Gorbea y Lorrio
NDICE
43
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
1992: 414). En este marco cabra situar la conocida cita de
Csar (bell. ciu. 1, 51) quien, en el 49 a.C., seala la llegada
a su campamento, situado frente a la ciudad de Ilerda, de
un contingente formado por jinetes galos y arqueros rutenos
acompaados por ms de 6.000 hombres junto con sus siervos, mujeres e hijos.
El mismo origen cabra atribuir a otra serie de evidencias (vid.
Beltrn Lloris 1977; Beltrn 1980; Marco 1980: 62; GarcaBellido 1985-86; Burillo 1988c: 26; Almagro-Gorbea y Lorrio
1992: 413 s.; Lorrio 1993a: 297; de Hoz 1993a: 365; Sanmart
1994), destacando las de tipo toponmico, como una Gallica
Flauia, que Ptolomeo (3, 6, 67) atribuye a los Ilergetes, o las
mansiones romanas Foro Gallorum y Gallicum localizadas
en el curso inferior del ro Gllego (Gallicus), hidrnimo que
admitira una interpretacin semejante. De una zona no muy
alejada procedera la llamada tbula de Gallur, datada a finales del siglo I y comienzos del II d.C., y en la que se cita un
pago gallorum (Beltrn Lloris 1977; Rod 1990: 78, n 30).
Especial inters tiene la identificacin de la sigla Gal en el
anverso de las monedas de Caraues, localizada posiblemente cerca de Borja, al Sur de la citada villa de Gallur, referida a
unos Gallos o Gallicus (Beltrn Lloris 1977: 1069), y merecen
tambin mencionarse especialmente los topnimos en -duNDICE
44
II. Geografa en la Celtiberia
num (vid. infra), bien documentados en toda la regin pirenaica, y de los que apenas se conocen evidencias seguras en el
resto del territorio peninsular.
En definitiva, las fuentes clsicas coinciden en sealar la presencia de Celtas en la Pennsula Ibrica al menos desde el
siglo V a.C., concretando su localizacin a partir del siglo III
a.C. en tres zonas bien definidas: el Centro, el Suroeste y el
territorio noroccidental, aunque sus relaciones y caractersticas propias distan an mucho de ser bien conocidas.
1.2. Las evidencias lingsticas y epigrficas
Junto a una abundante epigrafa en lengua latina -cuyo valor desde el punto de vista onomstico ser comentado ms
adelante- la Pennsula Ibrica ha proporcionado tambin un
conjunto de testimonios epigrficos en lengua indgena, cuya
distribucin geogrfica resulta ms restringida que la ofrecida
por las fuentes literarias o por la onomstica (nota 40) (fig. 5).
Las reas epigrficas relativas a lenguas indoeuropeas en la
Pennsula Ibrica son bsicamente dos (vid. captulo XI):
1) La celtibrica (nota 41), definida a partir del hallazgo de
una serie de textos en una lengua de tipo cltico arcaico, tanto en escritura ibrica -adaptada del ibrico en un momento
que cabe situar en el siglo II a.C.- como en alfabeto latino
NDICE
45
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
-fechados en el siglo I a.C., si bien existen algunos casos datables con posterioridad al cambio de era-. Estos documentos epigrficos son de distinto tipo: tseras de hospitalidad,
inscripciones rupestres de carcter religioso, leyendas monetales, inscripciones sepulcrales, grafitos cermicos, etc. A
ellos habra que aadir dos documentos pblicos de gran extensin, los bronces de Botorrita 1 y 3 (vid. captulo XI,3). La
dispersin geogrfica de la mayor parte de estos hallazgos
coincide bsicamente con el Oriente de la Meseta y el Valle
Medio del Ebro, territorio identificado con la Celtiberia de las
fuentes clsicas, incluyendo tambin sus zonas limtrofes (fig.
6,B,1-3). Esta distribucin geogrfica justifica plenamente la
adopcin del trmino celtibrico por la Lingstica.
2) Los documentos epigrficos celtibricos no son los nicos
testimonios de lenguas indoeuropeas en la Pennsula Ibrica,
ms s los mejor conocidos. De las tierras del Occidente peninsular procede un reducido grupo de inscripciones -tres
en total, una de ellas perdida- en alfabeto latino, pero que
contienen una lengua indoeuropea distinta del celtibrico,
denominada lusitano debido a la dispersin geogrfica de los
hallazgos (dos de ellas proceden del territorio portugus entre el Tajo y el Duero, y la tercera, hoy perdida, de las tierras
cacereas inmediatamente al Sur del Tajo) (fig. 6,B,11). Estas
NDICE
46
II. Geografa en la Celtiberia
inscripciones presentan una cronologa tarda, correspondiente a los primeros siglos de la era. Si para la mayor parte
de los investigadores constituyen el testimonio de una lengua
indoeuropea diferente del celta (Tovar 1985; Schmidt 1985;
Gorrochategui 1987), tambin se ha planteado su vinculacin
con la subfamilia cltica, interpretndose como un dialecto
cltico distinto del celtibrico (Untermann 1987).
Habra que mencionar aqu brevemente (fig. 5) las llamadas
inscripciones tartsicas o del Suroeste (en su mayora de
carcter funerario y fechadas entre los siglos VII y VI a.C.).
Inicialmente fueron puestas en relacin con una lengua no
indoeuropea, para posteriormente plantearse su posible
interpretacin desde una lengua de tipo indoeuropeo occidental y ms concretamente celta (Correa 1985, 1989, 1990
y 1992; Untermann 1995c). No obstante, los problemas de
desciframiento hacen que esto resulte an dudoso (nota 42)
(vid. captulo XI,4).
La coexistencia de diversas lenguas indoeuropeas, algunas
clticas pero otras posiblemente no, debi ser un fenmeno
generalizado, lo que confirmara la enorme complejidad del
territorio indoeuropeo peninsular a la llegada de Roma, complicado asimismo por la propia presencia de esta potencia
mediterrnea.
NDICE
47
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
El panorama ofrecido por los documentos en lengua indgena se completa con la onomstica, conocida a travs de las
obras de los autores grecolatinos y sobre todo por la epigrafa. sta incluye textos en lengua indgena -ya en escritura
ibrica o en alfabeto latino- e inscripciones latinas, que son,
con mucho, las ms abundantes, datndose en su mayora
en poca imperial (Albertos 1983: 858 s.). Estas evidencias
onomsticas (nota 43) son principalmente antropnimos,
no faltando los topnimos, los tenimos, o los nombres formados a partir de la antroponimia- de las organizaciones
sociales de tipo suprafamiliar tradicionalmente denominadas
gentilidades (vid. Gonzlez 1986 y Pereira 1993).
La toponimia constituye uno de los elementos de mayor inters dado su conservadurismo, lo que la proporciona una
mayor fiabilidad, a diferencia de lo que ocurre con la onomstica personal, mucho menos estable. Sin duda, los topnimos
en -briga (Albertos 1990; Villar 1995a: 153 ss.) han sido el
elemento onomstico ms difundido de la lingstica cltica
(fig. 6,A), habindose exagerado en ocasiones su valor real.
Este sufijo, de evidente origen celta, cuyo significado sera el
de `lugar fortificado (irlands antiguo brig, genitivo breg colina), est perfectamente documentado en la Europa cltica
aunque es mucho ms abundante en la Pennsula Ibrica.
NDICE
48
II. Geografa en la Celtiberia
Fig. 5. reas lingsticas de la Pennsula Ibrica. (Segn Untermann 1981).
Su distribucin geogrfica delimita una amplia zona que engloba el Centro y todo el Occidente peninsular, incluyendo el
Suroeste, donde se superponen a las evidencias epigrficas
tartsicas (fig. 5). Resulta significativa la prctica ausencia
de este topnimo en el rea considerada como nuclear de
la Celtiberia (vid. captulo VII), correspondiente a la Meseta
Oriental, estando, en cambio, bien documentado en el territorio celtibrico del Valle Medio del Ebro.
NDICE
49
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Frente a las cronologas antiguas propuestas inicialmente
para estos topnimos (Bosch Gimpera 1942; Tovar 1957:
82), parece ms bien que deben interpretarse como una
evidencia tarda de celtizacin (Rix 1954), tal como se ha
demostrado para los topnimos galos en -dunum, especialmente en lo que respecta a su proyeccin occidental,
vinculndose posiblemente con la expansin celtibrica. Las
referencias ms antiguas de las fuentes literarias hablan de
una Nertobriga con motivo de los acontecimientos del 152
a.C. en la Celtiberia (App., Iber 48-49 y 50) y de la toma ese
mismo ao de la ciudad homnima (Polib., 35, 2, 2), que cabe
identificar con la situada en la Beturia cltica (Plin., 3, 13).
Desde esa fecha son citadas: Segobriga, atacada por Viriato
en el 146-145 a.C. (Frontin., 3, I0, 6 y 3, 11, 4), Centobriga, en
relacin con las campaas de Metelo del 143-142 (Val. Max.,
5, 1, 5), Talabriga, con las de Dcimo I. Bruto al Norte del ro
Limia en el 138-136, que sera la noticia ms antigua de este
tipo de topnimo en el Occidente peninsular, etctera.
La formacin habitual de los topnimos en -briga presenta
ambos componentes clticos, sin que falten los constituidos
con prefijos indgenas de tipo no cltico, principalmente en el
Occidente, como es el caso de Conimbriga, cuyo primer componente recuerda al de Conistorgis y al de los Conios. Este
NDICE
50
II. Geografa en la Celtiberia
carcter mixto es claro en los casos de asociacin a nombres latinos (fig. 6,A,2), como Caesarobriga, Augustobriga o
Juliobriga, que demostraran que la utilizacin de esta toponimia caracterstica sigui en vigor durante largo tiempo. Un
buen ejemplo de ello sera el de Flaviobriga que, de acuerdo
con Plinio (IV, 110), habra sido la nueva denominacin de
la ciudad de portus Amanun, lo que evidenciara la pujanza de estos topnimos en fechas ya plenamente romanas
(nota 44).
Otro grupo de topnimos son los que ofrecen el sufijo Seg-,
cuya etimologa se explica por el celta segh victoria, que en
alguna ocasin aparecen vinculados con los topnimos en
-briga, caso de Segobriga. Su distribucin contrasta con los
de la serie anterior por estar perfectamente representados en
la zona nuclear de la Celtiberia Occidental y sus aledaos,
entre el Sistema Ibrico y el Pisuerga, observndose, al igual
que ocurriera con stos, su expansin hacia el Suroeste, en
direccin a la Turdetania y la Beturia cltica.
La relacin de ambas series toponmicas con la Celtiberia
quedara confirmada por Plinio (3, 13), quien, como ya se ha
sealado, vincula a los Celtici de la Beturia con los Celtberos,
lo que se constata en el nombre de sus ciudades, como es el
NDICE
51
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
caso de Nertobriga y Segida, tambin localizadas en el Valle
del Ebro, o Turobriga.
Si los topnimos en Seg- y en -briga permiten definir un rea
de celtizacin o, quizs mejor, de celtiberizacin, un significado diferente habra que atribuir a los topnimos en -dunum,
colina, fortaleza, de localizacin mucho ms restringida en
la Pennsula Ibrica, pero muy abundantes en el resto de la
Europa cltica, que deben de vincularse con grupos galos
del otro lado de los Pirineos. Interpretados inicialmente como
una prueba de antiguas invasiones celtas (Bosch Gimpera
1942) parece clara actualmente su cronologa tarda, en
buena medida ya de poca romana. Su zona de dispersin,
centrada preferentemente en el Noreste peninsular, en las
tierras pirenaicas aragonesas y catalanas, permite relacionarlos con otras evidencias de tipo histrico, arqueolgico y
toponmico documentadas en esta zona e interpretadas en
este sentido (vid. supra). Adems de los bien conocidos en
la zona Berdn (Virodunum), Salard (Saladunum), Verd
(Virodunum), Besal (Bisaldunum), etc. (nota 45), tambin
se conocen algunas evidencias de este topnimo en Portugal, Caladunum (Calahorra, cerca de Monte Alegre) y en la
Btica, Esstledunum y Arialdunum (Tovar 1962: 361 s.); para
NDICE
52
II. Geografa en la Celtiberia
Untermann (1985a: 25, nota 15), estos ltimos seran dudosos.
El estudio de la onomstica personal resulta de gran inters,
a pesar de ser menos fiable que la toponimia, por su mayor
inestabilidad y estar sujeta, adems, a la movilidad de los
individuos, aspecto en el que la propia presencia de Roma
debi jugar un papel primordial, tanto directamente, con el
desplazamiento de pueblos, tal sera el caso de los Lusitanos
asentados al sur del Tajo (Str., 3, I, 6), como indirectamente,
por las propias guerras contra Roma. Actualmente se dispone
de un completo corpus antroponmico que permite abordar su
estudio con plenas garantas (nota 46).
El territorio indoeuropeo definido a partir de la distribucin de
los topnimos en -briga aparece cubierto por una antroponimia caracterstica, en general de tipo indoeuropeo, cuyo carcter cltico no siempre est claro (Albertos 1983: 860 s.; de
Hoz 1993a: 367 ss.), que aporta una cierta sensacin de homogeneidad. Si bien esto es cierto en lneas generales, no lo
es menos la existencia de concentraciones de series antroponmicas que, en ocasiones, resultan claramente mayoritarias
de una determinada regin: entre otros, Cloutius o Clutamus,
caractersticos del Occidente peninsular, especialmente el
Oriente de la Lusitania y el Noroeste, o Boutius, Tancinus,
NDICE
53
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Tongetamus o Pintamus, identificados en la Lusitania central. Resulta, pues, lcito hablar de una onomstica personal
lusitana, lusitano-galaica, etc., por ms que a menudo su
dispersin presente solapamientos que dificultan la delimitacin geogrfica de los pueblos conocidos por las fuentes
literarias. Ms difcil de determinar es el caso de la Celtiberia,
ya que como seala Abascal (1995: 513) incluso los nombres que tericamente son los propios de la zona, aparecen
muy repartidos tambin fuera de ella, aunque la onomstica
registrada en lengua celtibrica ofrezca perspectivas menos
radicales (Untermann 1996a: 169 s.). Con todo, casos como
el de Aius, Atto o Rectugenus, ofrecen una dispersin mayoritaria en el territorio celtibrico (vid. Abascal 1994).
Aun mayor trascendencia, si cabe, tienen los antropnimos
de tipo tnico como Celtius o Celtiber y sus variantes (fig.
6,B,4-5). Los primeros aparecen claramente concentrados
hacia Lusitania y el Sur del rea vettona, mientras que los
segundos presentan una dispersin mucho ms general,
siempre fuera del territorio celtibrico conocido por otras
fuentes documentales. Como queda demostrado en el caso
de Celtiber, estos antropnimos contribuyen a definir por exclusin el rea propiamente cltica y/o celtibrica, por cuanto
se ha considerado con razn que estas denominaciones
NDICE
54
II. Geografa en la Celtiberia
corresponden a individuos no autctonos, pues deban servir
como elemento caracterizador de los mismos e indicador de
su origen. Consiguientemente, su inters es mayor ya que,
adems de contribuir a la definicin en negativo del rea cltica, ponen de relieve las zonas de emigracin de las gentes
clticas que, como en los casos de Lusitania y Vettonia, debi
ser bastante intensa.
Una distribucin mucho ms amplia es la ofrecida por el antropnimo Ambatus y relacionados (fig. 7,A), cuya etimologa
hace clara referencia al sistema clientelar de la sociedad cltica (galo ambactos `servidor). Presenta una concentracin
al Norte de la Celtiberia, en la que, sin embargo, apenas est
representado, detectndose su distribucin por el Occidente
de la Meseta, sin llegar a alcanzar el territorio lusitano.
Quizs, dada su prctica ausencia en la Celtiberia y su significado, pudiera plantearse su utilizacin ms entre poblaciones celtizadas que entre las propiamente celtibricas.
Muy importante para el conocimiento de la sociedad cltica,
son las gentilidades, ahora denominadas genitivos de
plural, grupos familiares o, ms recientemente, cognationes (vid., Albertos 1975; Gonzlez 1986; de Hoz 1986a:
9I ss.; Pereira 1993), que no son sino organizaciones de tipo
suprafamiliar que incluiran a los descendientes de un deterNDICE
55
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 6.-A, topnimos en -briga: 1, indgenas; 2, latinos. B, antropnimos y etnnimos Celtius y Celtiber y relacionados: 1-3, rea lingstica del celtibrico,
segn diversos autores; 4, Celtius y variantes; 5, Celtiber, -a; 6, Celtitanus, -a; 7,
Celtiqum; 8, etnnimos Celtici; 9, ciudades de los Celtici del Suroeste y ciudades
localizadas de la Celtiberia; 10, Celtigos en la toponimia actual; 11, inscripciones lusitanas. (B, segn Almagro-Gorbea 1993).
NDICE
56
II. Geografa en la Celtiberia
minado individuo, por cuyo nombre son identificados (vid. captulo IX,4.1). La mencin de estas estructuras familiares se
realiza normalmente mediante un adjetivo en genitivo de plural derivado de un antropnimo, apareciendo habitualmente
en la frmula onomstica indgena, tanto en las inscripciones
latinas como en las celtibricas -v. gr. Lubos (nombre del individuo), de los alisokum (nombre del grupo familiar), hijo de
Aualos (nombre del padre), de Contrebia Belaisca (ciudad de
procedencia)-. Pese a su elevado nmero, no es frecuente
su repeticin que, cuando se produce, o bien ocurre en territorios muy alejados entre s o estn referidos a los miembros
de una misma familia (padre e hijo, hermanos, etc.). Esto permite su interpretacin como agrupaciones familiares de tipo
extenso, en torno a cuatro generaciones a lo sumo (de Hoz
1986a: 91 ss.), que integraran por ello grupos muy reducidos. La distribucin geogrfica (fig. 7,B,1) de estos genitivos
de plural engloba la Celtiberia de las fuentes clsicas y las
tierras del Sistema Central al Norte del curso medio del Tajo,
constatndose su presencia igualmente en la zona cantbrica, con una importante concentracin en territorio astur.
El Occidente que, como se ha visto, presenta una serie de
caractersticas antroponmicas y lingsticas propias (vid.
Untermann 1994 y de Hoz 1994), ostenta asimismo una
NDICE
57
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
teonimia exclusiva de estos territorios (Untermann 1985b y
1994: 34 ss.; Garca Fernndez-Albalat 1990; Villar 1993-95,
1994-95 y 1996ba). Estas divinidades aparecen documentadas en el actual territorio portugus, Galicia, el reborde occidental de la Meseta y en Extremadura. Entre los tenimos resulta significativa la presencia de uno tan genuinamente celta
como Lugu, cuya dispersin geogrfica (Tovar 1981; Marco
1986; Almagro-Gorbea y Lorrio 1987a: mapa 7), con testimonios en la Celtiberia y la Gallaecia lucensis, contrasta abiertamente con las divinidades del tipo Bandue, Coso-, Navia,
etc. -documentadas en todo el Occidente, desde Gallaecia
hasta Lusitania y Vettonia-, reflejando la celtizacin religiosa de aquellas regiones. Dentro de esta zona occidental, el
Noroeste -restringido a la antigua Gallaecia- aparece caracterizado por una organizacin de tipo suprafamiliar en castella (fig. 7,B,2), trmino equivalente a castro (Albertos 1975 y
1977; Pereira 1982). Resulta de gran inters la distribucin
excluyente del rea de dispersin de los tenimos lusitanogalaicos, solapada en parte con el de los castella, respecto
al de los grupos familiares denominados mediante genitivos
de plural, bien documentados en todo el Centro y Norte de la
Hispania Indoeuropea.
NDICE
58
II. Geografa en la Celtiberia
El estudio de la onomstica, por tanto, permite delimitar una
Hispania cltica, cuyo territorio se define por la presencia de
los topnimos en -briga y por una antroponimia caracterstica
de tipo indoeuropeo que permite diferenciar ciertas agrupaciones regionales, en ocasiones de gran trascendencia,
como ocurre con los antropnimos de contenido tnico. Por
su parte, las estructuras suprafamiliares se concentran en
las zonas del Centro y Norte de la Pennsula, estando ausentes en el Occidente, que presenta una teonimia exclusiva de
estos territorios.
1.3. El registro arqueolgico
Los datos proporcionados por la Arqueologa, a pesar de la
dificultad en su correlacin con las fuentes analizadas, constituyen un elemento esencial para analizar la formacin del
mundo celta peninsular y poder determinar los procesos culturales que llevaron a su gestacin y ulterior expansin. As,
el aumento experimentado en las dos ltimas dcadas en el
conocimiento del Bronce Final y de la Edad del Hierro de la
Pennsula Ibrica ha permitido avanzar en la interpretacin de
la cultura material que tericamente debera corresponder a
los Celtas y en su relacin con otros campos conexos, como
la Lingstica o la Religin (Almagro-Gorbea y Lorrio 1987a;
Almagro-Gorbea 1992a; Idem 1993). La Arqueologa permite
NDICE
59
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
abordar este proceso con un cierto control cronolgico, frente
a otras disciplinas como la Lingstica que, en principio, deben ceirse a las fechas proporcionadas por los documentos
sobre los que aparece ese tipo de evidencias.
Los Celtas hispanos asimilaron, a travs de su contacto con
Tartesios e Iberos, elementos de procedencia mediterrnea
tales como el armamento, el torno de alfarero, el urbanismo o
la escritura, hasta el punto de presentar una cultura material
perfectamente diferenciada de la de los Celtas centroeuropeos de las culturas de Hallstatt y La Tne, lo que explica su
dificultad de comprensin desde planteamientos tradicionales y justificara el carcter mixto -celta e ibero- aludido por
los autores clsicos respecto de los Celtberos (Diod., 5, 33;
App., Iber 2; etc.).
Parece lcito plantear que se deben considerar Celtas a
aquellos grupos arqueolgicos cuyo origen se remonta a los
albores de la I Edad del Hierro (en la transicin del siglo VII al
VI a.C.) y que alcanzan sin solucin de continuidad el perodo de las guerras con Roma, situndose su zona nuclear en
reas donde en poca avanzada es conocida la presencia de
pueblos histricos Celtas y en la que adems existen evidencias de una organizacin sociopoltica de tipo celta y pruebas
lingsticas de que se hablara una lengua celta.
NDICE
60
II. Geografa en la Celtiberia
Fig. 7.-A, antropnimos Ambatus y relacionados: 1, Ambatus y sus variantes; 2,
grupos familiares. B, grupos familiares (1) y castella (2). (A, segn Albertos 1976,
modificado y ampliado; B, segn Albertos 1975, ampliado).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
En este sentido, es adecuada la utilizacin del trmino celtibrico para referirse a las culturas arqueolgicas localizadas en las tierras del Alto Tajo-Alto Jaln y Alto Duero ya
desde sus fases formativas (nota 47). La continuidad que se
advierte a travs de la secuencia cultural en este sector de la
Meseta permite correlacionar las evidencias de tipo arqueolgico con las histricas o tnicas, dada su individualizacin
en un territorio que coincide casi por completo con el que los
autores clsicos atribuan a los Celtberos (pueblo que, como
se ha sealado, era considerado como celta), y en el que, al
menos en poca histrica, se hablara una lengua celta, el
celtibrico, la nica que sin ningn gnero de dudas ha sido
identificada como tal en la Pennsula Ibrica.
Su punto de arranque puede situarse a partir de la aparicin
de aquellos elementos de cultura material, poblamiento, ritual funerario, estructura socioeconmica, etc., que van a ser
caractersticos del mundo celtibrico a lo largo de todo su
proceso evolutivo. Deben valorarse en su justo trmino las
modificaciones en el registro arqueolgico y otras de mayor
alcance perfectamente explicables desde la aculturacin, los
intercambios comerciales o la propia evolucin local.
De otra parte, el hallazgo de elementos que pueden ser
considerados como celtibricos en reas no estrictamente
NDICE
62
II. Geografa en la Celtiberia
celtibricas puede verse como un indicio de celtiberizacin y,
por tanto, celtizacin de estos territorios. Esto, ms que ponerlo en relacin con importantes movimientos tnicos, debe
verse como un fenmeno intermitente de efecto acumulativo
que cabe vincular con la imposicin de grupos dominantes,
seguramente en nmero reducido, migraciones locales o
incluso la aculturacin del substrato (Almagro-Gorbea 1993:
156; Idem 1995d). De acuerdo con ello, podra interpretarse la dispersin geogrfica de algunos elementos como las
fbulas de caballito (fig. 8,A) o ciertas armas tpicamente
celtibricas -v gr. los puales biglobulares (fig. 8,B)- como
indicios de esta expansin, y por consiguiente del proceso
de celtizacin, tambin documentado por la distribucin de
los antropnimos tnicos Celtius y Celtiber y sus variantes, o
de los propios topnimos en -briga. Desde el punto de vista
lingstico, se manifiesta por la aparicin de textos en lengua
celtibrica fuera del terico territorio celtibrico, en su mayora localizados en la Meseta, pero tambin en zonas ms alejadas, como Extremadura. Este es el caso de una tsera de
hospitalidad (fig. 138,6) procedente, al parecer, del castro de
Villasviejas del Tamuja (Botija, Cceres) o, lo que tiene ms
inters, la identificacin de la ceca de tamusia con el mencionado castro extremeo (Garca-Bellido 1995a: 267-271; de
Hoz 1995a: 10; Burillo 1995b: 171; vid., en contra, Villaronga
NDICE
63
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
1990 y 1994: 247) a partir del supuesto hallazgo en el mismo de abundantes monedas de esa ceca (Snchez Abal y
Garca Jimnez 1988; Blzquez 1995; vid. la crtica de los
datos por Hernndez y Galn 1996: 126 s.). El propio nombre
del riachuelo que discurre a los pies del oppidum, el Tamuja,
incidira en la identificacin comentada (Villar 1995b). Un
dato indirecto lo da Plinio (3, 13), para quien los Clticos de
la Beturia seran Celtberos.
Ello no excluye, obviamente, que hubiera otros hispanoceltas
diferentes de los Celtberos, segn parecen confirmar las
fuentes literarias con respecto a los Berones, o que dicho
proceso de celtiberizacin se realizara en reas donde existiera previamente un componente celta, por otra parte difcil
de determinar. El panorama resulta especialmente complejo
en relacin a aquellos grupos tnicos cuyo proceso formativo
es conocido a travs de la Arqueologa, a los que los autores clsicos en ningn caso consideran expresamente como
Celtas y de los que se desconoce la lengua que hablaban o,
como ocurre con el lusitano, su carcter cltico est lejos de
ser admitido unnimemente.
Dentro del mundo cltico as entendido, hay variabilidad en
el tiempo y en el espacio y, por tanto, no se puede ver como
algo uniforme, esto es, simple, una realidad cuyos recienNDICE
64
II. Geografa en la Celtiberia
tes conocimientos --debido mayoritariamente al aumento de
datos- evidencian una importante complejidad.
2. EL MARCO GEOGRFICO
La dependencia del hombre del territorio en que se asienta
constituye una realidad ineludible. An hoy, a pesar del progreso tecnolgico y de la influencia de nuevos factores de
localizacin de la actividad humana, el medio fsico no es
indiferente a la distribucin espacial de la misma. El relieve,
el clima, el potencial hdrico, la vegetacin, etc., condicionan
en gran medida la produccin econmica, la movilidad y los
tipos de hbitat de las poblaciones.
Por tanto, el conocimiento del medio fsico en el que se
desarrolla una determinada cultura constituye un requisito
imprescindible para el estudio y comprensin de la misma.
Evidentemente, la influencia de este componente geogrfico
es mucho mayor cuando est referido a grupos protohistricos como los Celtberos. El menor grado de movilidad de las
poblaciones prehistricas explica su mayor dependencia de
un medio restrictivo, tanto en la disponibilidad de recursos
como en las posibilidades de defensa de los emplazamientos y la existencia de vas de comunicacin, elementos que
marcan notablemente el desarrollo de las poblaciones y una
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 8.-Mapas de dispersin de las fbulas de caballito (con jinete y simples) (A)
y de los puales biglobulares (B). (A, segn Almagro-Gorbea y Torres e.p., modificado).
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II. Geografa en la Celtiberia
cierta gradacin de poder o preeminencia de ciertos grupos
y su rea de influencia. Esta dependencia del medio indica,
por tanto, que las zonas de asentamiento y desarrollo se encuentran necesariamente incluidas en el rea de explotacin
potencial de recursos de la que se derivan su economa y su
supervivencia.
Antes de abordar la descripcin del marco geogrfico conviene sealar algunas consideraciones tanto de orden prctico
como conceptual. El primer problema que se plantea a la
hora de analizar el marco geogrfico de la Celtiberia se deriva de la propia delimitacin de este espacio cultural, dado
que no son los lmites de las reas naturales sino la mayor o
menor uniformidad en las manifestaciones de dicha cultura
las que definen el territorio de la misma. Consecuentemente,
no cabe esperar lindes exactas sino, en todo caso, fronteras
aproximadas. En lneas generales, la Celtiberia se extiende
por tierras de la actual provincia de Soria y buena parte de
las de Guadalajara y Cuenca, abarcando tambin el sector
oriental de la de Segovia, el sur de las de Burgos y La Rioja,
el sector occidental de Zaragoza y Teruel y el lmite noroccidental de Valencia (fig. 9) (nota 48).
Una delimitacin basada fundamentalmente en factores culturales implica, adems, otras dificultades de orden prctico,
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
no slo por la extensin y diversidad del territorio sino tambin por el tipo de fuentes disponibles. As, un hecho como
es la actual demarcacin administrativa resulta absolutamente irrelevante en este anlisis, pero dificulta la obtencin de
informacin bibliogrfica y cartogrfica que, frecuentemente,
ajustan su objeto de estudio a dichos lmites administrativos.
Por otra parte, de los tratados generales sobre la Pennsula
Ibrica, no siempre se obtienen suficientes datos para la
caracterizacin de este espacio, de tal modo que ha sido necesaria una elaboracin propia para realizar una descripcin
coherente de este mbito geogrfico.
En ningn caso se ha pretendido realizar un estudio completo y exhaustivo del medio fsico, sino que se ha limitado
a aquellos elementos ms significativos para la comprensin
del medio en el que se desarroll la Cultura Celtibrica, omitiendo otros que, aun siendo de indudable valor geogrfico,
no resultan relevantes para este objetivo. As, la descripcin
del marco geogrfico se ha estructurado en tres apartados
que se corresponden con lo que se ha considerado que son
los tres factores condicionantes bsicos: morfologa, clima y
recursos.
La evolucin geolgica constituye un factor definitorio de las
distintas reas de paisaje como elemento modelador de las
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68
II. Geografa en la Celtiberia
mismas. Ahora bien, sin que ello suponga realizar un estudio
geolgico de este mbito, que poco o nada podra aportar a
la descripcin del medio celtibrico, no parece aconsejable
ignorar la evolucin morfoestructural y los procesos ligados
a la litologa que han dado lugar a la formacin de distintas
reas morfolgicas con diferentes grados de habitabilidad.
Finalmente, y aun a riesgo de resultar obvio, conviene tener
presente que el cuadro natural que se describe corresponde
a la fase actual de la evolucin regresiva que sufren los diferentes ecosistemas como resultado de la accin antrpica.
Desde esta perspectiva, la actuacin depredativa de los grupos celtibricos (caza, pesca, recoleccin silvestre) fue mnima, ya que la elementalidad de sus tcnicas y la escasez de
efectivos demogrficos permitan que el propio dinamismo del
ecosistema repusiera las prdidas, manteniendo el equilibrio
natural. La prctica de la ganadera y de la agricultura conlleva la tendencia a la sustitucin de los ecosistemas naturales
por ecosistemas antrpicos, con la consiguiente degradacin
del bosque y de los suelos y la proliferacin de determinadas
especies vegetales y animales de utilidad al hombre, en perjuicio de otras en regresin (VV.AA. 1989c: 403). Pero, no
ser hasta la romanizacin cuando se produzca el primer
gran avance del suelo agrcola en detrimento del bosque,
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
gracias al perfeccionamiento de las tcnicas agrcolas y a una
mayor presin demogrfica. Desde entonces y con episodios
histricos de mayor repercusin, especialmente a partir de la
Revolucin Industrial, la roturacin de los bosques y la mutacin, empobrecimiento y erosin de los suelos, han sido cada
vez mayores en un territorio cuyos ecosistemas son, de por
s, frgiles, por su predominio bioclimtico mediterrneo.
2.1. Orografa y red hidrogrfica
La Cultura Celtibrica se integra en un territorio que queda
enmarcado al Norte por los Picos de Urbin y la Tierra de
Cameros y se extiende hacia el Sur hasta la zona de transicin entre la Serrana de Cuenca y La Mancha. El Valle Medio
del Ebro seala el lmite oriental que llega hasta la Sierra de
Javalambre, extendindose su sector occidental hasta las
estribaciones del Sistema Central y la Tierra de Aylln (fig.
9). Este espacio geogrfico queda vertebrado claramente por
las alineaciones montaosas del sector central del Sistema
Ibrico, de direccin preferente Noroeste-Sureste, que constituye la divisoria de aguas de los ros que vierten al Atlntico
y al Mediterrneo.
El territorio se asienta sobre el Macizo Ibrico, cuya evolucin
geolgica, con alternancia de etapas orognicas y procesos
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II. Geografa en la Celtiberia
Fig. 9.-Mapa de localizacin del rea estudiada.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
de arrasamiento y sedimentacin, han dado lugar al predominio de una morfologa aplanada a pesar de la elevada altitud
general y el desnivel existente entre bloques montaosos
levantados, como los de la Cordillera Ibrica y el Sistema
Central, y las depresiones tectnicas del Ebro, Duero, Tajo y
otras intermedias.
En la Cordillera Ibrica destacan topogrficamente los macizos montaosos de Urbin (2.235 m.s.n.m.) y Moncayo
(2.316 m.) en el sector Noroeste y de Albarracn (1.921 m.)
y Javalambre (2.019 m.) al Sur, sobre las reas amesetadas
intermedias donde las alturas oscilan entre 900 y 1.500 m.
y an ms sobre las depresiones internas de CalatayudDaroca y el Valle del Jaln, entre 600 y 1.200 m. (fig. 9).
Hidrogrficamente, constituye la divisoria de aguas entre los
ros de la vertiente atlntica (el Duero y el Tajo) y los de la
mediterrnea (el Jcar, el Turia y los afluentes meridionales
del Ebro).
Las alineaciones montaosas de las sierras de Neila, Urbin,
Cebollera, Cameros y Moncayo se prolongan por la plataforma soriana con superficies erosivas de gran extensin,
donde aparecen abundantes fenmenos de disolucin caliza
(karst): campos de dolinas (grandes sumideros) y poljs (dolinas coalescentes), que constituyen los principales puntos de
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II. Geografa en la Celtiberia
recarga de los acuferos subterrneos, y microformas como
el lapiaz. Por encima de 1.500 m. se encuentran formas de
modelado glaciar como circos, valles en artesa y morrenas.
Hacia el Sureste, a partir del macizo del Moncayo, el Sistema
Ibrico se deprime y bifurca en dos ramales que delimitan la
depresin de Calatayud-Daroca. La alineacin ms septentrional la integran las sierras de la Virgen, Algairn, Vicort y
Cucaln, y la meridional, las sierras de Pardos y Santa Cruz.
Son bloques levantados, a modo de horst, constituidos por
materiales paleozoicos, donde los relieves ms alomados
corresponden a las pizarras y los ms abruptos y acrestados
a las cuarcitas, siendo relieves residuales de las superficies
erosivas.
La depresin de Calatayud, que se alarga entre ambas alineaciones montaosas, es una rplica menor de la depresin
central del Ebro, tanto por sus formas de relieve horizontales como por sus materiales sedimentarios. Esta depresin
longitudinal se prolonga entre Calamocha y Teruel, con las
sierras Menera y de Albarracn al Sur; bifurcndose esta fosa
intermedia, desde Teruel, ms hacia el Sur, con el curso del
Turia, entre las sierras de Albarracn y Javalambre, y hacia el
Este, con el del Mijares, ya fuera del mbito de estudio.
NDICE
73
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
La Depresin del Ebro se encuentra colmatada por sedimentos terciarios de carcter detrtico y qumico, procedentes de
las zonas serranas con aportes fluviales recientes, que han
dado lugar a la formacin de terrazas. Es el dominio de la tierra llana y en ella sus escasas elevaciones se identifican con
estructuras horizontales diferenciadas por procesos erosivos.
En su sector central, el ro recorre longitudinalmente la depresin adosado al piedemonte ibrico. El inicio de la circulacin
exorreica de su red a partir del Plioceno gener una paulatina
incisin de este ro y de sus afluentes ibricos.
Los afluentes de la margen derecha procedentes de la Tierra
de Cameros han compartimentado con sus valles transversales este relieve marginal adosado a las sierras ibricas y
constituido por un importante paquete calcreo. plegado en la
orogenia alpina donde dominan formas simples con pliegues,
por lo general laxos. De estos ros, los ms importantes son
el Cidacos y el Alhama que se caracterizan por una gran irregularidad en su caudal, por su matiz mediterrneo, corregido
por alimentacin nival con mximos en marzo-abril y mnimos
a forales de verano (fig. 9).
Ms hacia el Sur, los afluentes Queiles y Huecha, procedentes del Moncayo, y el Jaln, el Huerva y el Aguasvivas, han
individualizado con su erosin una serie de relieves tabulares
NDICE
74
II. Geografa en la Celtiberia
denominados muelas y planas, cuyas cumbres, sensiblemente horizontalizadas, culminan entre 500 y 900 m.:
Muela de Borja, La Muela y La Plana.
Desde las muelas, se desciende a los cursos fluviales de la
red del Ebro a travs de una serie de formas que se repiten.
Al pie de la muela, una superficie ligeramente inclinada (glacis) se desarrolla, primero, sobre los yesos erosionados y,
ms abajo, sobre los materiales acumulados procedentes de
la erosin de las muelas (cantos angulosos). Los glacis de
pie-de-muela empalman con las terrazas fluviales.
Estas muelas se integran en un conjunto de depresiones
erosivas denominadas campos (Cariena) y llanos
(Plasencia). Conforman amplias llanuras como resultado del
rebajamiento erosivo de las superficies blandas y de las sucesivas acumulaciones de glacis procedentes de la descarga
de los ros ibricos.
Hay que destacar, por su mayor caudal y longitud, la importancia del ro Jaln, que corta perpendicularmente por medio
de estrechas gargantas las dos alineaciones de sierras que
flanquean la depresin de Calatayud, donde recibe las aguas
del Jiloca. La irregularidad propia de su alimentacin pluvial
mediterrnea se agrava por la deforestacin, acusando profundos estiajes en verano. Sus afluentes Piedra y Mesa se
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
encajan en profundos caones con importantes acumulaciones de tobas calizas.
El Jiloca, desde su nacimiento en la zona krstica de Cella,
discurre longitudinalmente y sin apenas encajamiento por
una fosa tectnica ms reciente con materiales del Plioceno
Superior y un considerable relleno de materiales detrticos
pliocuaternarios y cuaternarios modelados en glacis.
La Sierra de Albarracn est constituida por macizos orlados por sedimentos trisicos y por relieves estructurales con
apuntamientos de cuarcitas y pizarras paleozoicas y abundancia de rocas carbonatadas y otros materiales solubles,
como yesos y sales, que dan lugar al paisaje krstico que la
define, con una gran actividad hidrogeolgica de la que se
deriva la importancia de sus recursos hdricos, al contar con
numerosos puntos de recarga de acuferos (campos de dolinas de los Llanos de Pozondn y Villar del Cobo y sistemas
de poljs en Fras de Albarracn) y de descarga a travs de
manantiales y fuentes que, incluso, dan lugar al nacimiento
de importantes cursos fluviales (Guadalaviar, Cabriel, Jcar,
Tajo y Jiloca) (Pea 1991).
El macizo de Albarracn se prolonga hacia el Norte con las
sierras Menera y de Caldereros, constituidas principalmente
por cuarcitas silricas. Entre estas alineaciones y la fosa del
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76
II. Geografa en la Celtiberia
Jiloca se localiza la depresin de Gallocanta, cuenca intraibrica cerrada de 536 km2., que mantiene un funcionamiento
endorreico con varias lagunas ubicadas en la parte distal
de un extenso sistema de glacis. El nivel y salinidad de las
aguas vara enormemente en funcin de las precipitaciones,
su nica fuente de alimentacin, y del grado de evaporacin,
su nica forma de descarga.
Forma, tambin, el macizo de Albarracn la divisoria de aguas
de los ros Tajo, Jcar, Cabriel y Guadalaviar; este ltimo,
junto con el Alfambra, procedente de la Sierra de Gdar, confluye en el Turia, ro que, al igual que el Jcar, es tpicamente
mediterrneo, de escaso caudal, rgimen pluvial, irregular y
con profundos estiajes.
Estos ros han penetrado profundamente en el macizo rocoso, tajando hondos valles con frecuentes hoces y formando
mesas o pramos en sus divisorias. La infiltracin de las
aguas en la masa porosa del macizo calizo ha dado lugar a
la formacin de otro fenmeno krstico, caracterstico de la
Serrana de Cuenca, como son las torcas. Esta serrana est
formada por un conjunto de plataformas estructurales y pliegues de estilo sajnico formadas a expensas de la cobertera
sedimentaria que recubri el zcalo paleozoico fracturado
(Tern y Sol 1979).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Entre la Serrana de Cuenca y la Cuenca del Tajo se localiza
la Depresin Intermedia de Loranca y la Sierra de Altomira.
La depresin de Loranca, geosinclinal fosilizado, presenta
formaciones detrticas, calcreas y yesferas palegenas
depositadas en un medio de abanicos aluviales que tras su
plegamiento en la orogenia alpina fueron arrasadas por una
superficie de erosin posteriormente fosilizada por sedimentos negenos, aunque manteniendo la disposicin horizontal
con predominio de cuestas y plataformas. Constituye la transicin hacia La Mancha, amplia llanura de acusada horizontalidad donde los ros corren divagantes y sin capacidad para
romper las capas superiores creando una complicada red de
escorrenta con frecuentes reas endorreicas.
La Sierra de Altomira es un anticlinal de alineacin submeridiana formado por materiales carbonatados mesozoicos
y terciarios que componen un conjunto de cabalgamientos
que se amplan en abanico hacia La Mancha. Dominan las
crestas y cuestas con restos de aplanamientos erosivos en
sus cumbres y una destacable karstificacin tanto superficial
como interna (VV.AA. 1989c).
La Depresin del Tajo se desarrolla entre el Sistema Ibrico
y el Sistema Central como resultado del hundimiento de una
parte del Macizo Ibrico que gener una fosa tectnica con
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78
II. Geografa en la Celtiberia
bordes fracturados en contacto con el Sistema Central y
mrgenes afectados por los cabalgamientos de la Cordillera
Ibrica.
La antigua fosa se rellen con materiales del Mioceno continental: calizas, en los pramos y en los cerros testigo, y
arcillas, margas y yesos, en el resto.
El basculamiento del bloque ibrico hacia el Oeste, en el
Plioceno Superior, permiti la conversin de la cuenca en
exorreica, donde se organiz la red fluvial cuaternaria generando una progresiva erosin de las formaciones terciarias.
La llanura del Tajo Medio enlaza al Noreste con el pramo
alcarreo y las Parameras de Molina, recortados por el Tajo
y sus afluentes Jarama, Henares, Tajua, Guadiela y Gallo,
proporcionando zonas de terrazas fluviales y frtiles vegas y
campias, pero que, en La Alcarria, presentan estrechos valles con abruptas cuestas sobre las que resaltan digitaciones
irregulares, alargadas hacia el Suroeste, siguiendo la pendiente general del pramo (Peinado y Martnez 1985).
El modelado ms destacable es el de los pramos calizos que
forman una superficie continua con niveles de arrasamiento,
excavados por los ros, que presentan una importante karstificacin con campos de lapiaz y dolinas, acumulaciones tobNDICE
79
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
ceas (depsitos de carbonato clcico formado alrededor de
una fuente de aguas subterrneas calcreas) y paleosuelos
constituidos fundamentalmente por terra rossa (depsitos
arcillosos de relleno en dolinas y poljs).
En las proximidades del Sistema Central, se superponen
depsitos silceos-arcillosos intercalados con arcillas y margas del Plioceno, dando lugar a un relieve de colinas suaves
cubierto por extensas zonas de raas de cantos cuarcticos
angulares cubiertos de arcillas rojas. Las raas son el relieve caracterstico que forma la divisoria entre el Jarama y el
Henares.
El lmite septentrional de la Cuenca del Tajo lo constituyen
los bloques desnivelados del Sistema Central, que al Este
de Somosierra desaparecen bajo la cubierta de materiales
secundarios del borde meseteo, y los materiales mesozoicos plegados de las sierras de Aylln y Pela que, junto a los
Altos de Barahona y Sierra Ministra, forman una prolongacin
montaosa que enlaza con el Sistema Ibrico, al tiempo que
constituyen la divisoria con la Cuenca del Duero situada al
Norte.
La Depresin del Duero es otra de las grandes cuencas
terciarias peninsulares, cuya cabecera queda enmarcada por
el Sistema Ibrico al Norte y Este, y por el Sistema Central
NDICE
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II. Geografa en la Celtiberia
al Sur, avanzando al Oeste hacia la penillanura zamoranosalmantina.
A pesar de su aspecto cerrado, existen dos corredores de
gran amplitud que conectan por el Noreste con la Depresin
del Ebro a travs de La Bureba, y por el Sureste con la depresin intraibrica de Calatayud a travs de la cuenca satlite de Burgo de Osma-Almazn. Tambin existen islotes
montaosos internos como las serrezuelas en el norte de
Segovia (VV.AA. 1987b).
La evolucin geolgica ha estado determinada por los procesos de colmatacin que tuvieron lugar a travs de sucesivas
etapas de relleno que, iniciadas a comienzo del Terciario,
cobran su mxima entidad durante el Mioceno. El predominio
de materiales carbonatados (calizas) y evaporticos (margas)
depositados en el tramo Noreste es subsidiario de los aportes
provenientes de las cordilleras ibricas.
Lo ms caracterstico de su morfologa es el contraste entre las superficies de pramos (niveles calizos duros), que
ocupan el sector central de la cuenca prolongndose hacia
el borde ibrico y la depresin de Almazn, y las campias
(compuestas por materiales blandos: arcillas, margas, limos
y arenas) modeladas en superficies llanas y de escasa pendiente, con lomas o motas dispersas.
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
El pramo superior no representa el techo foral de la sedimentacin negena ya que por encima quedan pequeos
relieves residuales (cerros testigo, oteros), pero conforma
las plataformas importantes. Son superficies extensas, llanas
y altas en estratos calizos horizontales y duros que protegen las arcillas infrayacentes y que han sido formadas por
desmantelamiento de otras superficies. Dichas plataformas
quedan realzadas hasta 100-150 m. sobre los valles actuales
que les dan lmite, aadiendo una gran variedad de formas,
producto de diversas etapas de excavacin.
La lnea de pramos entre la Tierra de Almazn y Vicaras
marca la divisoria hidrogrfica entre las cuencas del Duero y
del Ebro. El diferente nivel de base entre la meseta del Duero
y la depresin del Ebro es responsable de la mayor agresividad en la erosin remontante de los afluentes del Jaln
(Henar y Ngima), que amenazan con capturar los suaves e
indecisos cursos de algunos afluentes del Duero (ro Morn)
(Bachiller y Sancho 1990).
Por ltimo, es interesante sealar que esta alternancia de
elevaciones y depresiones han definido una serie de corredores naturales, que han jugado un importante papel desde
el punto de vista de las comunicaciones.
NDICE
82
II. Geografa en la Celtiberia
En este rea geogrfica destacan tres grandes ejes, en torno
a los cuales se estructuran otros menores. El corredor del
Valle del Duero, que en este tramo sigue un sentido NoroesteSureste, supone una importante va de penetracin que enlaza con el Valle del Jaln, a travs del cual y siguiendo el
curso de sus aguas en sentido Suroeste-Noreste, comunica
todo el mbito con el Valle del Ebro.
Desde la ms remota antigedad, el Valle del Jaln ha constituido el camino natural ms fcil entre la Depresin del Ebro
y la Meseta; esto es as debido a que el Jaln corta transversalmente la Cordillera Ibrica desde su nacimiento en las
proximidades de Medinaceli hasta alcanzar las tierras ms
bajas de la Depresin del Ebro y abre un estrecho pasillo de
acceso al interior de la Pennsula (Sancho 1990).
La topografa, predominantemente horizontal y de pendientes
suaves, del rea de transicin entre ambos valles, Tierras de
Almazn y Medinaceli, permite comunicar, adems, este eje
con otro corredor de direccin Norte-Sur, a travs de las terrazas del Henares y La Alcarria, hacia las llanuras de transicin con La Mancha.
El tercer corredor, tambin perpendicular al del Duero-Jaln,
queda definido por el Valle del Jiloca, bifurcndose al Sur
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
en dos ramales, siguiendo las fosas excavadas por los ros
Mijares y Turia.
2.2. Clima
El factor climtico constituye, junto a la morfologa y los recursos, el segundo elemento condicionante potencialmente de
la actividad de los grupos humanos prehistricos.
Ahora bien, mientras la morfologa no ha sufrido variaciones
y los recursos han variado cuantitativa pero no cualitativamente, el clima s ha experimentado cambios importantes,
especialmente desde la industrializacin. Por esta razn se
ha optado por realizar, no una descripcin de los regmenes
pluviomtrico y trmico actuales sino una caracterizacin de
los contrastes climticos existentes en la zona de estudio.
Para ello se ha elaborado el mapa de Zonas Agroclimticas
(fig. 10) utilizando la informacin aportada por el Atlas
Agroclimtico Nacional de Espaa, a escala 1:500.000, realizado a partir de la clasificacin climtica de J. Papadakis
quien, basndose en la ecologa de los cultivos, defini la naturaleza y posibilidades de los climas utilizando parmetros
meteorolgicos sencillos. Las zonas agroclimticas se definen mediante el rgimen trmico en sus dos vertientes, tipos
de invierno y tipos de verano (utilizando valores extremos en
NDICE
84
II. Geografa en la Celtiberia
Fig. 10.-Zonas agroclimticas.
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
lugar de las medias convencionales), y el rgimen de humedad. La evapotranspiracin utilizada por Papadakis para definir el rgimen de humedad est basada en el dficit de saturacin que, en Espaa, da origen a grandes desviaciones en
las zonas semiridas y, durante los meses de verano, en las
zonas hmedas, por lo que se ha sustituido por el sistema de
Thorntwate (Ministerio de Agricultura 1979).
En este rea geogrfica se han determinado tres zonas agroclimticas hmedas y otras tres secas cuya descripcin es la
siguiente:
Zonas de clima mediterrneo hmedo: Se caracterizan
por poseer un ndice de humedad anual (Iha) superior a 0,88
y un exceso de humedad (Ln) superior al 20% de la evapotranspiracin potencial (ETP). Se localizan en los sistemas
montaosos de la Cordillera Ibrica y del Sistema Central, en
lneas generales por encima de los I.200 m. de altitud, diferencindose de menor a mayor tres zonas:
A. Rgimen de invierno (R.I.):
Temperatura media de las mnimas del mes ms fro
(T. x mn.) > -10C.
Temperatura media de las mximas del mes ms fro
(T. x mx.) entre 5 y 10C.
Rgimen de verano (R. V ):
NDICE
86
II. Geografa en la Celtiberia
4,5 meses/ao libre de heladas.
T. x mx. del mes ms clido > 21C.
B. R.I.:
T. x mn. > -10C.
T. x mx. > 0C.
R.V:
2,5-4,5 meses/ao libre de heladas.
T. x mx. > 17C.
C. R.I.:
T. x mn. > -29C.
T. x mx. entre 0 y 5C. R.V.
< 2,5 meses/ao libre de heladas.
T. x mx. > 10C.
Zonas de clima mediterrneo seco: Definidas por un Iha
superior a 0,22 y un Ln inferior al 20% de la ETP. Cuentan
con ms de un mes al ao con temperaturas medias de las
mximas superiores a 15C, por lo que el agua disponible
cubre completamente la ETP.
Los tres tipos de rgimen trmico de este clima se distribuyen, fundamentalmente, por las reas llanas y en alturas
comprendidas entre los 600 y 1.000 m. de altitud:
NDICE
87
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
D. R.I.:
T. x mn. > -10C.
T. x mx. > 0C.
R.V
2,5-4,5 meses/ao libres de heladas.
T. x mx. > 21C.
E. R.I.:
T. x mn. > -10C.
T. x mx. entre 5 y 10C.
R.V:
4 meses/ao libres de heladas.
T. x mx. > 21C.
F. R.I.:
T. x mn. entre -2,5 y 10C.
T. x mx. > 10C.
R.V:
> 4 meses/ao libres de heladas.
T. x mx. > 21C.
La delimitacin de las distintas zonas agroclimticas no debe
entenderse de forma estricta, dado que, para conseguir una
mayor claridad, se han eliminado zonas de transicin que
deben quedar implcitas. No obstante, conviene recordar que
esta caracterizacin del clima utiliza, junto al rgimen trmico,
NDICE
88
II. Geografa en la Celtiberia
el rgimen de humedad en relacin a la ETP combinada con
el grado de saturacin, y no el rgimen pluviomtrico que,
si bien puede deducirse fcilmente en los casos extremos
(identificados aqu como zonas C y F), no sucede as en las
reas de transicin entre las zonas hmedas y las secas, en
las que el parmetro definitorio es el rgimen de humedad.
As, la zona D, que se extiende por las tierras de Almazn y
del Burgo, el Campo de Gmara y dos pequeas reas de la
Sierra de Albarracn y el valle del ro Gallo, posee un rgimen
trmico igual al de la zona B, en la que se encuentra englobada o como prolongacin de la misma. Igualmente, la zona
E comparte el rgimen trmico con la zona A, que representa
la transicin hacia las reas hmedas.
2.3. Recursos
Se han considerado tres tipos de recursos: hdricos, agropecuario-forestales y minerales.
Los recursos hdricos han sido tratados en el apartado
correspondiente a la orografa y red hidrogrfica, dado que
constituye un elemento fundamental en la formacin de las
distintas reas morfolgicas.
Los recursos agropecuarios y forestales han sido cartografiados (fig. 11) a partir de la informacin aportada
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 11.-Usos agropecuarios y forestales.
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II. Geografa en la Celtiberia
por el Ministerio de Agricultura en el Mapa de Usos y
Aprovechamientos, a escala 1:1.000.000, distinguiendo
cuatro usos: bosque, matorral, labor y un ltimo uso mixto,
matorral/labor; se ha despreciado la posibilidad de cartografiar reas de vega al tratarse de estrechas franjas que resultaran apenas visibles en la reduccin final.
En el rea de bosque se integran tanto especies caducifolias
como perennifolias pues, dada la tradicional tendencia a la
repoblacin con pinares (Pinus Pinaster) en detrimento del
bosque de hoja caduca, se ha optado por no hacer esta diferenciacin. Adems del pinar de repoblacin, existen an enclaves de bosques de pino silvestre en las zonas altas (Picos
de Urbin y Sierra Cebollera) y pinos laricio y resinero (Pinar
de Almazn) (VV. AA. 1988).
En lneas generales, la zona de bosque alberga las siguientes
series de vegetacin: encina (hasta 1.200 m.), sabina albar
(entre 1.100 y 1.400 m.), quejigo y roble melojo (entre 1.100
y 1.600 m.) y sabina rastrera (por encima de 1.600 m.), con
algunos enclaves supervivientes de hayas en la parte alta
de los valles interiores de los grandes sistemas montaosos
(Peinado y Martnez 1985; VV.AA. 1987b). nicamente en la
Serrana de Cuenca la serie es algo menor al constituir un
mbito de preferente desarrollo de la especie Quercus (enciNDICE
91
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
na y rebollo) donde la degradacin del bosque natural ha sido
desde antiguo muy intensa.
La zona de matorral engloba dos reas de origen muy distinto: por una parte, matorral de montaa y, por otra, reas de
bosque en regresin coincidiendo con altitudes intermedias
prximas a pastos y tierras de labor.
Las reas cartografiadas se identifican segn sea el uso
mayor de un 60% de la superficie, aunque con pequeos
enclaves aislados de otros usos. El rea de uso mixto matorral-labor, localizado en las terrazas del Henares, las tierras
de transicin con La Mancha al Sur del ro Tajo y los valles de
los ros Piedra y Mesa hasta el Jiloca, se corresponden con el
uso ganadero-agrcola en proporciones similares.
En cuanto a la fauna, hay que tener presente que las transformaciones del medio vegetal realizadas por el hombre,
especialmente con la creacin de un medio agrcola, han
trastocado la situacin en la que se desenvolvera en una
situacin natural. Hbitats y biotopos enteros han desaparecido o estn reducidos a pequeas reas, al tiempo que
esta accin antrpica ha perjudicado a unas especies pero
ha favorecido a otras.
NDICE
92
II. Geografa en la Celtiberia
El primer escaln de consumidores lo constituyen los micromamferos, tanto insectvoros como vegetarianos, aves
pequeas y medianas, y reptiles. Sobre ellas se instalan los
mamferos carnvoros, las aves rapaces y algn gran herbvoro u omnvoro. Muchas de estas especies cuya distribucin
se circunscribe hoy a los bosques ocuparon antiguamente
mbitos mucho mayores, siendo los grandes herbvoros los
que tienen actualmente un rea de distribucin ms supeditada a la de las masas arbreas. Los animales ms extendidos
y abundantes seran: ciervo, corzo, jabal, lobo, zorro, marta,
gardua, turn, comadreja, gato monts, nutria y tejn. Otros,
como el armio, el lirn gris, el ratn leonado y varios tipos de
topillos, propios de las montaas del Norte, han penetrado en
las cuencas del Duero y del Ebro por los sotos de sus afluentes septentrionales, llegando los ltimos hasta el Sistema
Central (Rubio 1988).
Caso especial es el del oso, cuyos efectivos actuales se
limitan a algunos enclaves en Asturias, Santander y Pirineos, que antiguamente se extenda por todas las serranas.
Anlogamente, el rea de distribucin del lince llegaba a
Galicia y Francia, mientras que hoy figura confinado a varios
reductos del Suroeste peninsular.
NDICE
93
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Por su tolerancia, entendida en el sentido de que la interferencia de las acciones humanas no afecta (o incluso favorece) a sus estatus poblacionales, son muy comunes: la
rata comn, la campestre y la de agua, el ratn de campo,
el casero y el moruno, el conejo y la liebre; as como erizos,
topos y murcilagos, tanto el comn como el nctulo grande
que todava cuenta con una pequea poblacin en la meseta
del Duero (Rubio 1988).
Son tambin abundantes los reptiles, sobre todo lagartos y
culebras, y los anfibios, animales que dependen de las masas de agua y no del medio vegetal, como gallipatos, sapos,
tritones, salamandras y ranas.
En cuanto a las aves habituales en la Pennsula han sido
reseadas actualmente entre 395 y 400 especies (Bernis
1955). De entre ellas cabe mencionar las rapaces; el guila
imperial y el buitre negro constituyen hoy verdaderas reliquias
vivientes pero estuvieron muy extendidas y algunas, como el
guila, cuyo centro de operaciones es la montaa, presentan
extensas reas de campeo descendiendo a pramos y llanuras. Del grupo de nidificantes migratorias, se estima que
algo ms de un tercio de ellas estn vinculadas a los medios
acuticos: garzas, nades, patos, grullas, etc., a pesar de lo
mermadas que estn las zonas hmedas. As, cabe destaNDICE
94
II. Geografa en la Celtiberia
Fig. 12.-Localizacin de yacimientos e indicios minerales.
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95
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
car las grandes concentraciones de antidas y fochas de la
laguna de Gallocanta, donde han llegado a censarse ms de
200.000 aves (Araujo et alii 1981).
En definitiva, hay que insistir en que el panorama faunstico
corresponde a una fase de franco retroceso, tanto en lo que
a poblaciones como a especies se refiere, muy vinculado
con el prolongado proceso de deforestacin; asimismo, se
debe recordar que la importancia del bosque no se limita a su
valoracin como refugio de fauna sino tambin a su funcin
protectora de los suelos frente a la erosin, mejor conservacin de los recursos de agua y, en suma, a su contribucin al
mantenimiento del equilibrio natural.
De los recursos minerales se han seleccionado algunos de
los yacimientos e indicios recogidos en los doce mapas que
cubren este mbito geogrfico del Mapa Metalogentico de
Espaa del IGME, a escala 1:200.000 (fig. 12).
Los yacimientos se distribuyen claramente a lo largo de los
Sistemas Ibrico y Central. Los smbolos hacen referencia al
elemento principal del que se compone el mineral y no a yacimientos exclusivos. As, algunos de los yacimientos de cobre,
como los situados en la margen derecha del Jaln en torno
a la Sierra de Vicort (Almonacid de la Sierra), o los de plomo
de la fosa del Najerilla, en Picos de Urbin, y de la cabecera
NDICE
96
II. Geografa en la Celtiberia
del Jarama, poseen una proporcin relativamente importante
de plata.
El cobre se obtiene preferentemente en el sector septentrional de la Cordillera Ibrica, en Picos de Urbin y Sierra
del Moncayo, si bien en esta ltima con proporciones altas de
pirita y, en ocasiones, de hierro. Tambin en estas zonas hay
indicios de plomo, aunque en menor cantidad y localizacin
ms marginal, extendindose hasta el Este de la Sierra de
Cucaln.
El hierro es el mineral ms abundante, especialmente en los
Picos de Urbin y las sierras del Moncayo y de Albarracn,
encontrndose en esta ltima los yacimientos ms importantes (Sierra Menera).
De los yacimientos e indicios minerales cartografiados, slo
algunos poseen carcter masivo, siendo la mayor parte de
origen filoniano y estratiforme con algunos amorfos.
La plata y el oro slo aparecen en proporcin mayoritaria en el
Sistema Central, en la cabecera del ro Jarama, y entre sta y
el Henares. El grafito se localiza nicamente en dos sectores,
al norte de la Sierra de Aylln y en el sector Noroeste de la
Serrana de Albarracn.
NDICE
97
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Por ltimo, la sal se halla, habitualmente, en los bordes de
las cuencas de los antiguos mares interiores, acumulndose
en ellas tras el basculamiento de la Meseta y posterior drenaje de las mismas a travs de los cursos principales. As,
en este mbito donde se localizan varias cuencas, pueden
encontrarse indicios y yacimientos salinos principalmente en
las mrgenes de las cabeceras de los ros Henares, Jaln,
Cabriel y Jcar (nota 49).
NDICE
98
II. Geografa en la Celtiberia
1. Para los textos clsicos se han seguido las traducciones publicadas
en la serie Fontes Hispania Antiquae, tomos I ss. (1925-1987), salvo
en los casos en los que se haga constar lo contrario, como en Str. 3,
4, 13.
2. En relacin a las noticias de los autores griegos y romanos sobre
los Celtas hispanos, vid. Tovar 1977 y Koch 1979. Una visin general
de las fuentes literarias sobre los Celtas puede verse en Rankin 1987
y 1995 y Dobesch 1991. Sobre la relacin de Roma con los Celtas peninsulares sirva como introduccin el trabajo de Beltrn Lloris (1991).
3. Para Schulten (1955: 15-16), la redaccin del Periplo sera posterior
a la batalla de Alalia (ca. 535 a.C.), debindose situar en torno al 520
a.C., fecha aceptada por otros investigadores que han abordado este
tema ms recientemente (Lomas 1980: 53s.; Tovar 1987: 16; etc.). Sin
embargo, no faltan aquellos que consideran factible una fecha anterior
a dicha batalla para la fuente de mayor antigedad (Tierney 1964: 23;
Savory 1968: 239), ni quienes plantean que la informacin bsica usada por Avieno correspondera a un momento posterior al propuesto
por Schulten (Koch 1979).
4. El autor del Periplo seala que cerca de Cempsos y Sefes, ocupando las tierras situadas al Norte de ellos, se encuentra el pernix lucis y
la prole de los Draganos (vv. 196-198). Segn Schulten (1955: 105),
quien propone la correccin del lucis de la edicin prncipe por Ligus,
los Draganos seran Ligures asentados en la zona septentrional de
la Pennsula. Sobre la consideracin de lucis o del incorrecto Lusis
(Shulten 1955: 105; Tovar 1976: 200) como la ms antigua mencin
de los Lusitanos, vid. Bosch Gimpera (1932: 600).
NDICE
99
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
5. Para Tovar (1963: 359-360), en contra de Schulten (1952: 192),
esto quedara confirmado gracias a Polibio (en Str., 3, 2, 15), para el
que los Turdetanos, los antiguos Tartesios, eran parientes de los clticos del Sudoeste.
6. Tovar (1977: nota 5) considera dudosos los escasos fragmentos
de Esteban de Bizancio atribuidos a Hecateo, entre los que Schulten
(1955: 187, n 6; Tovar 1963: 362) incluye el pasaje que considera a
Make y Mainake, en la costa andaluza, como ciudades clticas.
7. No cabe duda que los Kynesios o Kynetes citados por Herodoto son
los mismos Cynetes que el Periplo de Avieno situaba en vecindad de
los Cempsos, ocupando el actual territorio del Algarve (Tovar 1976:
193-194). El hecho de que ambas fuentes coincidieran en situar en
el Suroeste de la Pennsula a los Cynetes, y el que Herodoto localizara en su vecindad a los Celtas, mientras Avieno lo haca con los
Cempsos, fue interpretado por Schulten como una confirmacin del
carcter cltico de estos ltimos, aunque, como seala Tovar (1977:
170), Sefes y Cempsos, aun siendo Celtas, no se reconoceran como
tales, o al menos no fueron identificados en ese sentido por el autor
del Periplo. A este respecto, Maia (1985: 174), para el que ni Cempsos
ni Sefes seran Celtas, considera la Ora Maritima y Herodoto, respectivamente, como terminas post y ante quem para determinar el
momento de asentamiento de los pueblos clticos en esta zona.
Desafortunadamente, estas noticias son excesivamente vagas como
para permitir realizar una afirmacin de este tipo, ya que, como se
ha sealado, ni est clara la filiacin cultural y tnica de Cempsos y
Sefes, ni existe la certeza, aun en el caso de que realmente no se tra-
NDICE
100
II. Geografa en la Celtiberia
tara de grupos clticos, de que stos no estuvieran ya asentados en la
poca del Periplo en las remotas tierras del interior de la Pennsula.
8. Relacionado con la identificacin de los Celtas como pueblo del
Oeste en foro, vid. Prez Vilatela 1992: 397.
9. Sobre el concepto de Iberia en las fuentes grecolatinas, vid.
Domnguez Monedero 1983 y Prez Vilatela 1992.
10. El carcter fronterizo de los Pirineos, como barrera que separa la
Cltica de la Iberia, puede verse en Polibio, 3, 37, 9-11 y 3, 39, 2, as
como en Estrabn (3, 1, 3; 3, 2, 11; 3, 4, 8; 3, 4, 10; 3, 4, 11), quien
hace uso del trmino Iberia referido a toda la Pennsula, siguiendo en
esto al propio Polibio, el cual, en sus ltimos libros, escritos a partir
de mediados del siglo II a.C., extender el concepto de Iberia, ahora
entendida en sentido puramente geogrfico, a la totalidad del territorio peninsular (Schulten 1952: 127s.). Para Posidonio (en Diod., 5,
35), los Pirineos separan Galia de Celtiberia e Iberia, entendida sta
todava en un sentido ms etnolgico que geogrfico, circunscrito a
las costas peninsulares del Sur y Levante. El mismo carcter se mantiene en poca romana, como prueba la ubicacin de los trofeos de
Pompeyo (Rod 1994).
11. En cuanto a la delimitacin de la Celtiberia y de las etnias celtibricas a partir de las fuentes literarias, vid. Schulten 1914: 7-11 y 281290; Taracena 1933; Idem 1954: 197 ss.; Alonso 1969; Koch 1979;
Alonso-Nez 1985; Burillo 1986; Salinas 1986: 78 ss.; Idem 1988;
Idem 1991; Tovar 1989: 75 y 78 ss.; Prez Vilatela 1990a: 103 ss.;
Santos Yanguas 1991; Bachiller y Ramrez 1993; Ciprs 1993b: 275
ss.; Ocejo 1995; Capalvo 1996; etc. Sobre el concepto de celtbero
NDICE
101
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
y Celtiberia, vid. Koch 1979; Untermann 1984; Burillo 1993: 224 ss.
y Capalvo 1996.
12. Acerca de la etnognesis de los Celtberos segn las fuentes literarias, vid. Prez Vilatela 1994.
13. Celtiberi ex Gallis Celticis fuerunt, quorum ex nomine appelata est
regio Celtiberica. Nam ex flumine Hispaniae Ibero, ubi considerunt, et
ex Gallis, qui Celtici dicebatur, mixto utroque vocablo Celtiberi nuncapati sunt.
14. Se ha sugerido que el trmino celtbero pudiera estar haciendo
referencia a los Celtas de Iberia (Tovar 1989: 83), aun cuando,
como se ha dicho, los Celtberos no fueron los nicos Celtas de la
Pennsula. Es posible que este trmino no hiciera sino resaltar la
personalidad de este pueblo en el mundo cltico (Ciprs 1993: 57).
15. Sobre el origen del concepto celtbero en Timeo o foro, vid.
Prez Vilatela 1994: 372 s.
16. En relacin a la discusin sobre la localizacin de las ciudades
celtibricas vid. TIR, K-30 y J-30 (e.p.) y Capalvo 1996: 71 ss. y 100
ss.), as como, los trabajos de Burillo (1986), Beltrn Lloris (1987a),
Aguilera (1995: 222 ss.), Burillo et alii (1995: 252 ss.) y Asensio (1995:
53 ss.), para el Valle Medio del Ebro, o los de Gnzalez-Conde (1992:
306 s.) y Snchez-Lafuente (1995), para la Meseta Sur.
17. Que el Anas viene de la Celtiberia est tomado de Polibio (en Str.,
3, 2, 11), al igual que ocurre con el Betis.
NDICE
102
II. Geografa en la Celtiberia
18. Al origen del Tajo entre los Celtberos se refiere Estrabn en 3, 3,
1.
19. Despus hay otros ros y despus de stos el Lethes, que unos
llaman Limaias y otros Belin. Tambin este ro viene del pas de los
Celtberos y Vacceos, y el Bainis despus de ste, que otros llaman
Minios. ste es el ro ms grande de los ros de Lusitania... Pero
Posidonio dice que este ro viene de los Cntabros (Str., 3, 3, 4).
20. En otro pasaje, Estrabn (3, 3, 4) seala: Despus de stos, el
Duero, que, viniendo de lejos, corre por Numancia y otros muchos
pueblos de los Celtberos y Vacceos....
21. Esto mismo es expresado en 3, 3, 3: Los Callaicos por el Este
son vecinos de los Astures y de los Celtberos, los dems (Carpetanos,
Vettones y Vacceos) de los Celtberos.
22. As, tambin, en 3, 4, 14, Estrabn escribe: Al Sur de los
Celtberos estn los habitantes de la Orospeda y del pas alrededor
del Sucro: los Sedetanos hasta Cartago Nova y los Bastetanos y
Oretanos, llegando casi hasta Malaca.
23. Vid., acerca de este pasaje, Capalvo 1996: 47 ss., quien propone
una restitucin del texto trasmitido por los manuscritos, desechando
en cambio las correcciones actualmente admitidas por los editores de
Estrabn.
24. Para Prez Vilatela (1989-90 = 1991; 1990a), la Celtiberia descrita
por Estrabn corresponde al lmite interno de la Hispania Citerior. De
esta forma, sugiere Prez Vilatela, cuando Estrabn (3, 3, 3) seala la
vecindad de Galaicos y Celtberos se estara refiriendo a los Vacceos
NDICE
103
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
de la Citerior, que no denomina Vacceos, ya que este etnnimo lo
reservara para los de la Ulterior Lusitania.
25. La primera mencin de este pueblo podra hallarse en la cita de
Livio (frag. XCI) relacionada con las Guerras Sertorianas el 76 a.C.
al referirse a unos Cerindones que cita junto con los Arvacos. Para
Taracena (1954: 200), Apiano podra estar haciendo mencin de este
pueblo cuando se refiere a los numantinos y Arvacos como gentes
emparentadas pero distintas: al narrar los acontecimientos del 134-133
a.C. Apiano (Iber 93) describe cmo Retgenes y un grupo de clientes
se dirige en busca de ayuda hacia las ciudades de los Arvacos...
pidindoles que enviasen auxilio a sus hermanos los numantinos.
26. Apiano, al narrar los acontecimientos del 151 a.C., se refiere a los
Vacceos como pueblo celtbero vecino de los Arvacos (Iber. 51) y
llama Celtberos a los de Intercatia (Iber. 54). Sin embargo, Celtberos
y Vacceos, por lo comn, aparecen diferenciados. Sobre la relacin
de Celtberos y Vacceos en las obras de Polibio y Estrabn, vid. Prez
Vilatela 1989-90: 211 ss. = 1991: 464 ss.; Idem 1990a: 104 ss.
27. En relacin con este particular, en concreto sobre los casos de
Segontia y Segovia, vid. Konrad 1994.
28. Este texto se ha interpretado como una referencia al comienzo de
la Celtiberia en la regin de Segobriga: los segobrigenses que constituyen la cabeza (esto es, el comienzo) de la Celtiberia, en oposicin
a Clunia, que como se ha visto es lmite de la Celtiberia (Almagro
Basch 1986: 18). Aunque esta interpretacin parece ms acertada, en
el estado actual de la investigacin, que la que supone a Segobriga
capital de la Celtiberia (vid., por ejemplo, la traduccin de V. Bejarano
NDICE
104
II. Geografa en la Celtiberia
1987: 123), no hay que olvidar, como seala Capalvo (1996: 64 s.),
que el trmino caput asociado a un nombre de ciudad o a un gentilicio
alude en la obra de Plinio a capital, parte principal. Vid. la discusin
tradicional en Gonzlez-Conde 1992: 303 y 307. En su reciente revisin del concepto de Celtiberia, Capalvo (1996: 63 ss.) propone una
nueva lectura del pasaje donde caput celtiberiae -que podra traducirse como parte principal de Celtiberia- estara referida a los oretanos
que se apodan germanos, mientras que los habitantes de Segobriga
seran considerados como carpetanos.
29. Belsinon, Turiasso, Nertobriga, Bilbilis, Arcobriga, Caisada,
Mediolon, Attacon, Ergauica, Segobriga, Condabora, Bursada, Laxta,
Valeria, Istonion, Alaba, Libana y Urcesa.
30. La movilidad de los Celtberos durante las guerras queda de manifiesto en diversos pasajes. Livio (39, 56) menciona el ataque a los
Celtberos en el 184-183 a.C. en el ager Ausetanus, donde se haban
hecho fuertes.
31. Para la identificacin de las ciudades beronas vid. Tabula Imperii
Romani, hoja K-30, (Fatas et alii, eds., 1993: s.v.).
32. Con respecto a los Clticos del Suroeste y la Cltica meridional en
general vid. Schulten 1952: 139 s.; Tovar 1976: 194-195; Maia 1985:
172 ss.; Fernndez Ochoa 1987: 335-337 y 341 ss.; Prez Vilatela
1989 y 1990b; Berrocal-Rangel 1992: 32 ss.; TIR, J-29: s.v.; Capalvo
1996: 117 ss.; etctera.
33. Recientemente, Prez Vilatela (1989; 1990b; 1993) ha identificado
a los Lusitanos que protagonizaron las guerras del siglo II a.C., esto
NDICE
105
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
es, los situados al Sur del Tajo, con los pueblos clticos del Suroeste,
lo que justificara la prctica ausencia de referencias sobre este pueblo por parte de las fuentes durante dicho perodo.
34. Para la delimitacin geogrfica de la Beturia cltica y la identificacin de las ciudades clticas citadas por Plinio, vid. Garca Iglesias
(1971), Tovar (1962: 363 ss.), Berrocal-Rangel (1988: 57 ss.; 1989:
245 ss.; 1992: 29-72) y la Tabula lmperii Romani, hoja J-29.
35. Los cognomina Zulia de algunas de estas poblaciones reflejaran, segn Berrocal-Rangel (1992: 36 y 50), que la integracin
definitiva de estos oppida en el sistema jurdico romano se debi realizar en tiempos de Csar.
36. Sin embargo, con respecto a este topnimo, Untermann (1985a:
nota 15) ha manifestado serias dudas en relacin a su carcter cltico,
planteando que tal vez se trate de un topnimo no indoeuropeo de la
forma Basti, Urci, etctera.
37. Sobre el carcter cltico de los pueblos citados por las fuentes
literarias y su localizacin geogrfica, vid. Tranoy (1981: 41 ss.), Tovar
(1989: 124 y 136-141), TIR (hoja K-29), etctera.
38. La presencia de Trdulos en el Norte de Portugal es sealada por
Mela (3, 8) y, sobre todo, por Plinio (4, 112 y 113), quienes localizan a
los Turduli Veteres al Sur del curso inferior del Duero, presencia que
ha quedado confirmada con el hallazgo de dos tseras de hospitalidad
procedentes de Monte Murado (Vila Nova de Gaia), en la margen izquierda del Duero, en torno a su desembocadura (Silva 1983).
NDICE
106
II. Geografa en la Celtiberia
39. Segn Artemidoro, el promontorium Artrabum era el punto ms
lejano de la costa de Hispania (Plin., 2, 242).
40. Una visin de conjunto, con abundantes referencias bibliogrficas,
puede obtenerse en las recientes aportaciones de Villar (1991: 443
ss.), de Hoz (1993a) y Gorrochategui (1993).
41. Vid., entre otros, Untermann (1983 y 1995a-b) y de Hoz (1986a y
1995a).
42. En este sentido, vid. de Hoz (1989b: 535 ss.; 1993a: 366; 1995b),
quien tan slo acepta el carcter indoeuropeo de un antropnimo de la
inscripcin de Almoriqui (Cceres), que interpreta como una evidencia
de contactos entre las poblaciones autctonas y los primeros grupos
meseteos llegados a esta zona, Gorrochategui (1993: 414 s.) o el
propio Correa (1995: 612).
43. Para los testimonios onomsticos en general, vid. de Hoz (1993a:
366 ss.), con bibliografa.
44. As, cabra referirse a una Celticoflav(ia) en Albocola, Salamanca
(Tovar 1976: 212).
45. Se ha interpretado en el mismo sentido el topnimo Lled, atestiguado en Gerona, Castelln y Teruel, a partir de la aparicin del topnimo Lucduno en un documento fechado en 978 d.C. en la localidad
gerundense de Besal, donde tambin est identificado el topnimo
Lled, proponindose la etimologa Lucdunum > Lucduno > Lled
(Beltrn y Marco 1987: 14 ss.).
46. Una panormica general puede verse en Albertos 1983 y Abascal
1994, donde se recoge la bibliografa esencial. Vid., adems, Albertos
NDICE
107
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
(1985 y 1987), Villar (1994) o el reciente estudio llevado a cabo por
Untermann (1996a: 121 ss.) de la onomstica del bronce de Botorrita
3 (225 nombres distintos en total).
47. Por ms que resulte legtima la aplicacin de trminos tnicos
para definir entidades arqueolgicas, no conviene olvidar la dificultad
en establecer la correlacin Arqueologa-Etnia-Lengua, que ha llevado a mantener conceptos culturales, como cultura de los castros
sorianos, o preferir el ms genrico de I o II Edad del Hierro, que
resulta difcil de sostener en aquellas reas en las que la secuencia
cultural no se adeca a dicha terminologa. Los trminos tnicos, por
su parte, se han mantenido de forma usual para los perodos ms
avanzados, cuando aparecen utilizados por los autores clsicos (vid.
captulo VII).
48. Para enmarcar un rea tan extensa, es necesario realizar una
buena eleccin del mapa base, que resulte manejable al tiempo que
contenga referencias suficientes para ubicar la informacin obtenida a
otras escalas. Por esta razn, se ha realizado la cartografa a escala
1:500.000, que permite reflejar los principales elementos de todo el
mbito de estudio sin perder informacin en la reduccin necesaria
para su edicin.
49. Los puntos salinos cartografiados hacen referencia exclusivamente a acumulaciones salinas actuales, a las que habra que aadir otros puntos donde las aguas y/o los suelos posean un contenido
de sal en proporciones suficientes para ser explotada en los meses de
mayor evaporacin.
NDICE
108
III. El habitat
III. EL HBITAT
1. CARACTERSTICAS GENERALES DEL
POBLAMIENTO
l castro se configura como el elemento esencial de
poblamiento en el territorio celtibrico a lo largo de
la Edad del Hierro. Sin embargo, su papel se ha
exagerado, al ser el tipo de unidad poblacional ms fcil de
reconocer en el paisaje y al presentar, a menudo, estructuras
defensivas que pueden alcanzar gran espectacularidad. Esta
sobrevaloracin del fenmeno castreo ha venido en detrimento de otros tipos de hbitats ms difciles de identificar,
como los asentamientos en llano, de los que en el rea celtibrica slo se posee informacin basada casi por completo
en datos de superficie.
En la Celtiberia, los castros no llegan a alcanzar, salvo en
contadas ocasiones, la categora de oppidum o de ciudad,
a diferencia de lo que ocurre en otras zonas castreas de la
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Pennsula Ibrica, como la Meseta Occidental o el Noroeste,
donde puede definirse una ltima fase evolutiva en el desarrollo de los mismos por sus mayores dimensiones, su
urbanismo y su carcter protourbano. Su parangn en la
Celtiberia habra que buscarlo en la existencia de asentamientos urbanos como Numantia, Uxama, Termes, Bilbilis o
Segobriga, aunque la superficie reconocible en la actualidad
y hasta su urbanismo responden ya a poca romana.
Por castro se entiende, de acuerdo con Almagro-Gorbea
(1994: 15), todo poblado situado en lugar de fcil defensa
reforzado por murallas, muros externos cerrados y/o accidentes naturales, que defiende en su interior una pluralidad de
viviendas de tipo familiar y que controla una unidad elemental de territorio, con una organizacin social escasamente
compleja y jerarquizada, acepcin vlida para la zona de
estudio, mas no para otros territorios castreos dada la mayor complejidad que esta clase de hbitat puede alcanzar,
llegando a constituirse en autnticos oppida.
As pues, el castro se conforma como un elemento de control
del territorio, pudindose interpretar tanto su ubicacin como
los sistemas defensivos que presenta, a veces ciertamente
sofisticados, como una respuesta defensiva por parte de la
poblacin (Esparza 1987: 237). No obstante, dado que los
NDICE
III. El habitat
castros no ocupan en general los lugares de mayor control
visual ni los de ms fcil defensa, habra que pensar ms
que en la defensa del territorio (Ralston 1981: 80) en una de
carcter econmico-poltico, que afecta, como ha sealado
Esparza (1987: 237), a las viviendas y sus ajuares, los alimentos recogidos, el ganado, la vida de las personas y su
independencia poltica. Por el contrario, el conjunto de los
castros de una regin s proporciona el control territorial de la
misma, tanto de los recursos como de las comunicaciones.
La gran mayora de los poblados conocidos en el territorio
celtibrico no han sido excavados o lo fueron en las primeras
dcadas de este siglo, lo que condiciona las conclusiones
que de ellos pudieran obtenerse al basarse en anlisis de
superficie o en las noticias, excesivamente parciales, dejadas
por sus excavadores. A partir de la dcada de los 80 se ha
producido un mayor desarrollo de los trabajos de prospeccin
y excavacin en el mbito celtibrico (vid. captulo I,4), a lo
que hay que aadir la revisin de que han sido objeto algunas
de las culturas castreas de mayor personalidad, como los
castros sorianos (vid. Romero 1991a y, entre otros trabajos
del mismo autor, Bachiller 1987a) o los castros del Noroeste
de Zamora (Esparza 1987), permitiendo analizar las caractersticas de este tipo de hbitat con ciertas garantas.
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
A lo largo de los siglos VII-VI a.C. van a hacer su aparicin
los primeros asentamientos estables en la Meseta Oriental,
cuyas caractersticas generales, tales como la eleccin del
emplazamiento, habitualmente en lugares en altura, o el tamao, por lo comn inferior a una hectrea, se mantienen en
el transcurso de un amplio perodo de tiempo que llega hasta
la romanizacin. Pero este proceso no puede considerarse
uniforme para todo el territorio celtibrico, donde se dan importantes diferencias regionales en lo que al poblamiento se
refiere, condicionadas en buena medida por el marco geogrfico y refrendadas por aspectos derivados del ritual funerario
(vid. captulos VII y X,6) o la distinta explotacin del medio.
A las diferencias geogrficas y culturales existentes entre las
reas que engloban el territorio celtibrico, hay que sumar
aquellas derivadas de la propia cronologa de los asentamientos, que se pondrn de manifiesto principalmente en el
caso de la aparicin de las ciudades desde finales del siglo III
o inicios del II a.C. (vid. captulo VII,4.2). De cualquier modo,
las caractersticas generales del poblamiento se analizarn
conjuntamente, dejando constancia de las peculiaridades
regionales, e incluso de las funcionales y cronolgicas, en
aquellos casos en que sea pertinente.
NDICE
III. El habitat
1.1. Emplazamiento
En la eleccin del emplazamiento de un hbitat pueden
intervenir diversos factores, primando las posibilidades defensivas y el valor estratgico del lugar (fig. 13). Se buscan
generalmente lugares elevados, con buenas condiciones
defensivas naturales, a ser posible inaccesibles por alguno
de sus flancos aprovechando escarpes rocosos, o enmarcados por ros y arroyos (Burillo 1980: 260 ss.; Aranda 1986:
347 ss.; Garca Huerta 1989-90: 155 s.; Romero 1991a: 196;
Arenas 1993: 287; Cerdeo et alii 1995a: 163 y 165). Se
fortifican por medio de murallas y, en algunos casos, fosos
y campos de piedras hincadas, que se concentran en las
zonas ms desprotegidas del poblado, cuando no circundan
completamente su permetro (vid. una visin diacrnica de la
arquitectura defensiva celtibrica en el Alto Duero, en Jimeno
y Arlegui 1995).
Aspectos como el de la altura relativa, que depende de la
morfologa y topografa locales, vienen a incidir en la sensacin de inexpugnabilidad que ofrecen los emplazamientos
(Garca Huerta 1989-90: 152; Arenas 1993: 286; Cerdeo et
alii 1995a: 164). Aunque la altura desde la base suele superar
los 30 m. y fcilmente puede alcanzar los 100, en ocasiones
se localizan en promontorios poco elevados, con alturas enNDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 13.-Perfiles topogrficos de algunos asentamientos de la comarca de Daroca
(Jiloca Medio-Alto Huerva): 1, El Castillo (Villarroya del Campo); 2, Cerro Almada
(Villarreal de Huerva); 3, La Tejera (Villadoz); 4, Valmesn (Daroca). (Segn
Burillo, dir. 1993).
NDICE
10
III. El habitat
tre 10 y 20 m. Con todo, no ocupan las mayores alturas del
entorno, y, as, las elevaciones inmediatas suelen dominar
sobre ellos (Garca Huerta 1989-90: 151 s.; Romero 1991a:
197; Cerdeo et alii 1995a: 164) (nota 1). Diferente es el caso
de los asentamientos en llano o en cuestas suaves apenas
destacadas del terreno, carentes por completo de cualquier
preocupacin defensiva (Burillo 1980: 260 ss.; Aranda 1986:
349; Arenas 1988; Idem 1993; Garca Huerta 1989-90: 153;
Cerdeo et alii 1995a: 163).
Adems del factor defensivo, tambin cuentan en la eleccin
del emplazamiento las posibilidades estratgicas del lugar
(Burillo 1980: 263 ss., 274 ss. y 278 ss.; Aranda 1986: 349
s.; Garca Huerta 1989-90: 154 ss.; Collado 1990: 86 ss. y
90 ss.; Romero 1991a: 197; Arenas 1993: 287 y 289 ss.;
Cerdeo et alii 1995a: 165 s.), con especial incidencia en el
abastecimiento de agua, buscando la proximidad de cursos
fluviales o de fuentes, el dominio visual o el control de los ejes
naturales de comunicacin, de los recursos agropecuarios o
mineralgicos, as como otros aspectos, como las condiciones que presenta el lugar para su habitabilidad, su tamao
o la orientacin (Burillo 1980; Arenas 1993: 288).
En el territorio estudiado pueden individualizarse diversos
tipos de emplazamientos en funcin de las caractersticas toNDICE
11
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
pogrficas del terreno, por otro lado comunes con otras reas
peninsulares (Llanos 1974: 109 ss., lm. III; Idem 1981: 50
ss., lm. II; Esparza 1987: 238; Almagro-Gorbea 1994a: 16),
que muestran una preocupacin preferentemente defensiva.
Estos emplazamientos pueden ser: en espoln, o su variante
en espign fluvial, en meandro, en escarpe, en colina o acrpolis, en ladera y en llano, aun cuando algunos puedan participar de las caractersticas de varios de ellos (Burillo 1980:
260 ss.; Aranda 1986: 347 ss.; Garca Huerta 1989-90: 148
s.; Romero 1991a: 191 ss. y 445; Arenas 1993: 287; Cerdeo
et alii 1995a: 163). La representatividad de los distintos tipos de emplazamiento vara de unas regiones a otras. As,
el tipo ms frecuente de asentamiento en las parameras de
Sigenza y Molina es el que se localiza en una colina o acrpolis (Garca Huerta 1989-90: 148 s.; Cerdeo et alii 1995a:
163), mientras que entre los castros de la serrana soriana
el ms habitual es el tipo en ladera, aunque esta categora
abarque algunos casos que bien pueden ser clasificados en
los tipos en espoln o en escarpe (Romero 1991 a: 191).
Con respecto a los oppida, en la eleccin de su emplazamiento
priman diversos aspectos, tales como la vinculacin con vas
comerciales o con recursos de diverso tipo, no olvidando las
cualidades defensivas del lugar (nota 2).
NDICE
12
III. El habitat
1.2. Tamao
La superficie de los poblados constituye un criterio esencial
de clasificacin de los ncleos de habitacin, poniendo de
relieve la existencia de una jerarquizacin de los mismos. El
tamao de los hbitats puede relacionarse con aspectos demogrficos, econmicos, sociales o polticos (Esparza 1987:
239), constituyendo a la vez la propia cronologa de los mismos un elemento determinante.
Para la Celtiberia se posee informacin sobre la superficie
de un buen nmero de asentamientos. Sin embargo, una
parte importante de los hbitats celtibricos son conocidos
solamente por trabajos de prospeccin, en los que la dispersin de la cermica o la morfologa del terreno son los nicos
criterios para su delimitacin, aunque la existencia de murallas permite hacer a veces estimaciones aproximadas de su
superficie.
Los diversos estudios que sobre el poblamiento en diferentes reas del territorio celtibrico se han realizado desde los
aos 80 resultan sumamente esclarecedores. Un territorio de
especial inters corresponde a la Serrana del Norte de la
provincia de Soria, donde se desarroll durante la Primera
Edad del Hierro la llamada cultura castrea soriana. Los
poblados identificados presentan un tamao pequeo, con
NDICE
13
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
superficies inferiores a una hectrea, aunque en Castilfro de
la Sierra se alcanzan 1,3, siendo el menor el de Langosto,
con 0,21 ha. (Taracena 1929: 24; Romero 1991a: 198 s.).
Por el contrario, aquellos poblados que hacen su aparicin
en la Segunda Edad del Hierro presentan superficies superiores a la hectrea, llegando a alcanzar 1,8 ha. El Castellar
de Arvalo de la Sierra y 6 Los Villares de Ventosa de la
Sierra (Romero 1991a: 446 s.), siendo ste, de acuerdo con
Taracen (1926a: 10) uno de los ms grandes ncleos de
poblacin celtibrica de la sierra Idubeda.
Si se analizan otras reas de la Celtiberia, se observa cmo,
al igual que ocurriera en la serrana soriana, los poblados de
menores dimensiones son los ms numerosos, con superficies normalmente inferiores a una hectrea y que raramente
superan las 2, disminuyendo su nmero al aumentar el tamao (nota 3) (fig. 14). As se documenta en los estudios realizados sobre el poblamiento en las parameras de Sigenza
y Molina (Garca Huerta 198990: 149 s.; Arenas 1993: 284;
Cerdeo et alii 1995a: 164 s.), el Suroeste de la comarca
de Daroca (Aranda 1986: 350), el valle de la Huerva (Burillo
1980: 297 ss.) -trabajos stos que engloban el Jiloca Medioy el Noroeste de la Sierra de Albarracn (Collado 1990: 103,
105 s. y 114). Los asentamientos ms pequeos, que, como
NDICE
14
III. El habitat
se ha dicho son los ms abundantes, no alcanzan las 0,2 ha.,
mientras que los de mayores dimensiones, con superficies
que superan las 5, clasificables como grandes poblados
o incluso como oppida, pueden interpretarse como posibles
centros territoriales complejos, cabeza de un territorio jerarquizado.
Aun cuando la funcin urbana de un ncleo de poblacin
no dependa nicamente de su mayor tamao (nota 4), s
parece ser ste un ndice fiable para el territorio celtibrico,
pudindose identificar, en ocasiones, con las ciudades mencionadas por las fuentes literarias, algunas de ellas centros
emisores de moneda. Este carcter urbano hay que suponerlo en el caso de El Castejn (Luzaga), cuya identificacin
con la ciudad de Lutia ha sido sugerida (Tovar 1949: 53), que
con sus 5,5 ha. se convierte en el centro territorial del Alto
Tajua (Snchez-Lafuente 1995: 193), donde igualmente
los asentamientos no suelen superar la hectrea (Garca
Huerta 1989-90: 150; Cerdeo et alii 1995a: 164), habiendo
de esperar a poca romana para encontrar un hbitat de 12
ha., el campamento de La Cerca (nota 5). Algo similar puede
sealarse para El Castellar (Fras), que con sus 7,4 ha. constituye el ncleo ms importante del Noroeste de la Sierra de
Albarracn, donde los poblados, todos inferiores a una hectNDICE
15
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
rea, presentan una superficie media de 0,6 (Collado 1990: 17
s. y 113 s.; vid., en contra, Asensio 1995: 47).
De igual forma que en otras zonas de la Pennsula Ibrica
(Almagro-Gorbea 1987b; Almagro-Gorbea y Dvila 1995: 212
s.), los ncleos urbanos de la Celtiberia pueden alcanzar gran
extensin (figs. 15 y 16), superior a las 20 ha., si bien, a diferencia de lo que sucede en otras regiones, la superficie conocida corresponde a la ciudad romana: Ocilis presenta una
superficie de 20 ha. (Mlida 1926); Termes (Taracena 1954:
238), 21; la Numantia de poca imperial, ca. 22 (Taracena
1954: 234; Jimeno et alii 1990: 19; Almagro-Gorbea 1994a:
61, nota 9; Jimeno y Tabernero 1996: 427), frente a las poco
ms de 8 ha. de la ciudad del siglo I a.C. (Jimeno y Tabernero
1996: 424), y Uxama Argaela, 30 (Almagro-Gorbea 1994a:
6l). Lo mismo cabe sealar respecto a las ciudades que
presentan con seguridad una diferente ubicacin entre el
asentamiento celtibrico y el romano, siendo este ltimo el
que mejor se conoce, como ocurre con Bilbilis Italica, 21 ha.
(Beltrn Lloris, dir. 1987: 19, nota 23) o Clunia Sulpicia, 130
(Sacristn 1994: 139).
No obstante, la mayora de las ciudades de la Celtiberia tienen
superficies ms reducidas, incluidas aqullas cuyos restos y
extensin son de poca romana: la Numantia destruida el
NDICE
16
III. El habitat
Fig. 14.-Comparacin entre las superficies de los hbitats de diferentes reas de
la Celtiberia.
133 a.C. ofreca un espacio habitado, reducido a la zona alta
de la Muela de Garray, de 7,6 ha., al que habra que aadir
un mximo de otras 4 si se incluyen las lneas defensivas (fig.
16,4 y lm. I,2) (Jimeno y Tabernero 1996: 422 s.), Arcobriga
presenta 7,75 ha. (Beltrn Lloris, dir. 1987: lm. 59); Valeria,
ca. 8 (Osuna et alii 1978: plano general 1; Almagro-Gorbea
y Dvila 1995: 212, nota 13); Bilbilis celtibrica, localizada
en Valdeherrera, no menos de 9 (Asensio 1995: 337);
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
el Poyo del Cid, 10 (Burillo 1980: 156); Villar del Ro, en
torno a 10 (Jimeno y Arlegui 1995: 123); Segobriga, 10,5
(Almagro-Gorbea y Lorrio 1989: 177); Canales de la Sierra,
11 (Taracena 1929: 31); Solarana, entre 11 y 13 (Sacristn
1994: 144); La Caridad de Caminreal, 12,5 (Vicente 1988:
50); el Piquete de la Atalaya, identificada con Belikio(m), rondara estas cifras (Asensio 1995: 337); Contrebia Leukade,
13,5 (Hernndez Vera 1982: 119); Segeda, 15, que corresponden al ncleo ms moderno de esta ciudad, localizado en
Durn de Belmonte (Schulten 1933a: 374); Pinilla Trasmonte,
casi 18 (Sacristn 1994: 144), y Contrebia Belaisca (Daz y
Medrano 1993: 244, vid. Asensio 1995: 337, quien seala
una superficie de 12 ha.) y Segovia (Almagro-Gorbea 1994a:
63, nota 11; Almagro-Gorbea y Dvila 1995: 212, nota 11),
alrededor de 20 hectreas (nota 6).
Un caso excepcional sera el de Langa de Duero (Taracena
1929: 33), ciudad indgena fechada en el siglo I a.C., cuyas
ruinas corresponderan, segn Taracena, a la Segontia Lanka
citada por Ptolomeo. A pesar de presentar unos lmites imprecisos, al tratarse de una ciudad sin fortificaciones, Taracena
seala que en el espacio delimitado por un eje Norte-Sur de
algo ms de 1.000 m. y otro Este-Oeste de 600 se localizaba
el hbitat por l excavado, de superficie muy superior a la
NDICE
18
III. El habitat
Fig. 15.-Ciudades celtibricas de superficie conocida.
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
de las restantes ciudades celtibricas conocidas, lo cual se
explica por el tipo de asentamiento, organizado en caseros
yuxtapuestos, con amplios espacios sin edificacin alguna.
Las fuentes literarias se hicieron eco de esta jerarquizacin,
distinguiendo diversas categoras (Rodrguez Blanco 1977:
170 ss.; Salinas 1986: 85 ss.), que abarcan: ciudades, que
en las fuentes aparecen como urbs, polis, civitas u oppida,
aldeas grandes (megalas komas), aldeas y castillos (vicos
castellaque) y torres (turres o pyrgoi), no siendo siempre
posible su correlacin con los asentamientos conocidos, en
especial en lo que concierne a las categoras ms prximas
(Burillo 1980: 299). La existencia, asimismo, de una jerarquizacin entre las propias ciudades ha sido sealada para el
Valle Medio del Ebro por Burillo (1982) a partir de las acuaciones de plata por parte de algunas de ellas (vid. Asensio
1995: 404 ss.).
2. SISTEMAS DEFENSIVOS
Como se ha podido comprobar, el carcter defensivo de una
parte importante de los asentamientos celtibricos se manifiesta desde la propia eleccin del emplazamiento, buscando
aquellos lugares que ofrezcan mayores posibilidades naturales en este aspecto, completndose con la realizacin de
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III. El habitat
Fig. 16.-Plantas del oppidum de Contrebia Carbica (1) y de algunas de las ms
importantes ciudades celtibricas: 2, Segeda; 3, Contrebia Leukade; 4, Numancia
(incluyendo la lnea de muralla pero no los posibles cercos defensivos); 5, La
Caridad de Caminreal. (Segn Mena et alii 1988 (1), Schulten 1933a (2), Taracena
1926b (3), Taracena 1941 (4) y Vicente et alii 1991 (5)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
obras defensivas, que, en la mayora de los casos, se reducen a sencillas murallas adaptadas al terreno o a un simple
muro cerrado al exterior, formado por las partes traseras de
las casas. En los casos ms complejos, se protegen con
potentes murallas, a veces dobles, que contornean todo el
permetro del castro, adaptndose a la topografa del cerro,
o, complementando sta, especialmente cuando existen cortados naturales, se circunscriben al sector ms desguarnecido del poblado, reforzndose con fosos, simples o dobles, y
campos de piedras hincadas.
2.1. Murallas
Frente a lo que ocurre en otras reas castreas, donde algunos castros medianos y la mayor parte de los de mayores
dimensiones suelen ofrecer dos o ms recintos, adosados
o concntricos, en la Celtiberia, los castros presentan por lo
comn un solo recinto, en cuya forma y superficie as como
en el trazado de la muralla incidir de forma determinante el
emplazamiento elegido (Romero 1991a: 201). Tan slo se ha
sealado la presencia de un segundo recinto en el interior
de El Castellar, en San Felices (Taracena 1941: 147) y de
Trascastillo, en Cirujales del Ro (Morales 1995). Por su parte, Romero (1991a: nota 43), quien mantiene ciertas reservas
para el primer caso, seala cmo los castros de El Castillejo
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III. El habitat
de El Royo y del Zarranzano tienen su superficie escalonada
en dos terrazas, siendo posible que en el ltimo de ellos se levantara un muro sobre el cantil rocoso separando ambas (fig.
17,3). Ms de un recinto se ha documentado asimismo en el
Cerro Ontalvilla, en Carbonera de Frentes (fig. 20,2).
La muralla constituye la defensa principal y, en ocasiones,
la nica identificada. Todas las conocidas en territorio celtibrico estn realizadas en piedra (fig. 18), a diferencia de
otras zonas donde se documentan murallas de adobe y recintos mixtos de piedra y madera (Moret 1991: 13 ss.). En
Castilmontn se recuperaron restos de madera utilizados
para reforzar la cimentacin en un tramo de la muralla, debido a la propia inclinacin de la plataforma sobre la que se
levanta la construccin y por no haberse asentado sta sobre
la roca natural, tal como ocurre en otros tramos del mismo
yacimiento (Arlegui 1992b: 499 s.). En algn caso pudieron
haber existido igualmente adarves de adobe (vid. infra).
Muchas veces no pueden determinarse con claridad las caractersticas de las murallas al hallarse arruinadas, pudiendo
hasta llegar a faltar por haber sido utilizadas como canteras
o por hallarse ocultas. En ciertos casos, como en los asentamientos en llano, posiblemente nunca fueron edificadas
(Burillo 1980: 182).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Para su construccin se ha empleado como materia prima la
piedra local, cuyas caractersticas condicionan las diferencias
observadas en su talla (Burillo 1980: 182). Las murallas son
de mampostera en seco, pudiendo haberse utilizado el barro
para su asiento, levantndose por lo comn hiladas discontinuas. Estn constituidas por dos paramentos paralelos cuyo
espacio interior se rellena con piedra y tierra, habindose documentado, en determinadas ocasiones, elementos internos
de cohesin e incluso la presencia de un doble paramento
-de 0,70 m. de anchura- y un relleno interno en el Piquete de
la Atalaya de Azuara (Asensio 1995: 349, fig. 35). En el sector
oriental del Castillo de Ocenilla (Taracena 1932: 42, fig. 6),
uno de los cortes realizados en la muralla permiti identificar
al exterior un muro careado a los dos lados (fig. 19,5, corte
M-N). Los paramentos pueden ser verticales o ataludados,
lo que proporciona secciones trapezoidales. La muralla se
adapta a la topografa del terreno, normalmente con lienzos
curvos de trazado irregular, documentndose tambin, a veces conjuntamente, lienzos rectos acodados en los poblados
de cronologa ms avanzada.
En torno a los siglos V1-V a.C. surgen en las altas tierras del
Norte de la provincia de Soria una serie de asentamientos
castreos caracterizados por sus espectaculares defensas
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III. El habitat
(figs. 17 y 21). Las murallas de estos castros del Primer
Hierro estn construidas de mampostera en seco, con piedras de tamao mediano y pequeo, de careo natural, alguna
vez incluso trabajadas (Ruiz Zapatero 1977: 84; Eiroa 1979a:
83; Romero 1991a: 203), habindose evidenciado tambin el
uso de barro, lo que proporciona un mejor asiento (Romero
1991a: 203). La muralla, formada por dos paramentos paralelos rellenos de piedras sin ningn orden, puede ser ataludada, ofreciendo por tanto una seccin trapezoidal, como
ocurre en los castros de Langosto, Valdeavellano (fig. 19,1)
y Valdeprado, o presentar paramentos verticales, como en
Castilfro y El Royo, as como en el Castro del Zarranzano,
por ms que en ste la base presente una mayor anchura
que el resto (Romero 1991a: 203). El grosor, variable a lo largo de su recorrido, oscila entre 2,5 y 6,5 m., conservndose
una altura en torno a los 2,5-3 m., que seguramente debi superar los 3,5 y alcanzando en determinados casos 4,5 5 m.
(Romero 1991a: 205) (nota 7). En algunos castros de la serrana soriana, excepcionalmente, no se han encontrado vestigios de murallas. As ocurre en El Castillo del Avieco, cuyo
emplazamiento ofrece defensas naturales sin que se haya
identificado en superficie evidencia alguna (Romero 1991a:
200). Ms fcil de justificar parece ser el caso de El Castillo
de Soria, ya que la construccin de la fortaleza medieval bien
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 17-Plantas de algunos castros de la serrana soriana: 1, El Castillo de El
Royo; 2, El Castillejo de Castilfro de la Sierra; 3, el Zarranzano, Cubo de la Sierra;
4, La Torrecilla de Valdegea; 5, El Castillo de las Espinillas de Valdeavellano
de Tera; 6, Los Castillejos de Gallinero; 7, El Castillejo de Hinojosa de la Sierra;
8, Los Castillejos de Cubo de la Solana; 9, El Castillejo de Ventosa de la Sierra;
10, Alto de la Cruz de Gallinero; 11, El Castillejo de Tanie; 12, El Castillejo de
Langosto. (Segn Taracena 1926a y 1929 (1-3, 5-7 y 10-12), Ruiz et alii 1985 (4),
Bachiller 1987a (8) y Gonzlez, en Morales 1995 (9)).
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III. El habitat
Fig. 18. Alzado de algunas murallas celtibricas: 1, Pardos (Zaragoza); 2,
Castilmontn (Soria); 3, La Cava (Guadalajara); 4, Contrebia Leukade (La Rioja).
(Segn Sanmiguel et alii 1992 (1), Arlegui 1992b (2), Iglesias et alii 1989 (3) y
Hernndez Vera 1982 (4)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
pudo llevar consigo el desmantelamiento de las defensas del
asentamiento castreo (Romero 1991a: 200). Cabe mencionar an el caso de Renieblas, sobre cuya existencia se han
planteado serias dudas (Romero 1991a: 93 s. y 200).
Durante la Segunda Edad del Hierro, las tcnicas constructivas y las caractersticas de las murallas que protegen
los poblados celtibricos presentan importantes innovaciones
respecto al momento precedente. Estas construcciones ofrecen ahora, en general, un aparejo ms cuidado -aunque
los paramentos internos sean por lo comn de peor factura
(Arlegui 1992b: 500)- constituido por la superposicin de
sillares toscamente trabajados, sin formacin de hiladas,
asentados en seco, utilizando ripio para rellenar los huecos, dotndolas as de una mayor solidez (nota 8). Tambin
pueden estar formadas por muros hechos con sillarejos bien
careados, dispuestos en hiladas horizontales perfectamente
regulares (fig. 18), no faltando las murallas construidas con
cantos rodados sin carear, como es el caso de Numancia
(Taracena 1954: 235). Ocasionalmente, se aprecian en los
muros de mayor altura los mechinales del andamiaje utilizado
para su elevacin (Taracena 1932: 41; Arlegui 1992b: 500).
Se asientan casi siempre sobre el suelo natural, que en ocasiones se hallara ligeramente rebajado.
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III. El habitat
El grosor de las murallas, como ya se ha dicho, es variable y
no siempre fcil de determinar, oscilando entre un metro en
Monteagudo, Manchones (Aranda 1986: 353) y 18 en Los
Castellares de Calataazor (Taracena 1926a: 19), presentando la gran mayora espesores entre 2 y 6 metros (nota 9).
Ms difcil de conocer es la altura de las murallas, defendindose una proporcin altura-anchura de 2 a 1 (Gracia et alii
1991: 75; vid. Asensio 1995: 352). En Calataazor alcanza
los 4,50 m. (Taracena 1926a: 19) y en Suellacabras entre 4 y
5 (Taracena 1926a: 25).
Comnmente presentan paramentos verticales, pudiendo
ser ataludados en algn caso, como en Los Castellares de
Suellacabras (fig. 19,3). Seccin trapezoidal muestra asimismo la muralla de Numancia, que mide 3,40 m. de anchura
en la base y 2 de altura, en algn tramo precedida de un pequeo antemuro (Taracena 1954: 235), que tambin ha sido
identificado en el tramo Norte de la de Segobriga (fig. 25,2,2)
(Almagro-Gorbea y Lorrio 1989: 174), a modo de las proteichismata helensticas, bien documentadas en la arquitectura
defensiva ibrica (Pallars et alii 1986). Un caso singular es
el del Castillo de Arvalo de la Sierra (figs. 19,2), cuyas murallas situadas en la cumbre de un altozano de poco ms de
7 m. de elevacin, han tenido que ayudarse dificultando artifiNDICE
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Los Celtberos
Fig. 19.-1, seccin de la muralla de El Castillo de las Espinillas de Valdeavellano
de Tera; 2, corte de la muralla de El Castillo de Arvalo de la Sierra; 3, seccin y
planta de la muralla con paramentos internos de Los Castellares de Suellacabras;
4, muralla con paramentos internos de Los Castejones de Calataazor (fig. 20,4);
5, secciones de diversos tramos de la muralla de Ocenilla (fig. 23,1). (Segn
Taracena 1929 (1), 1926a (2-4), y 1932 (5)).
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III. El habitat
cialmente la subida a favor de ese pequeo declive, lo que
se obtuvo transformando el terrapln en violento plano inclinado revestido de piedras bastante grandes, clavadas a tizn
en la tierra unos 80 cm., y tras de esa rudimentaria escarpa,
mediando una distancia que llega en algunos casos hasta
dos metros, se construy una muralla de 1,50 m. de espesor,
hecha tambin de mampostera a canto seco, que rodea la
planicie del pequeo cerro, dejando, al parecer, su entrada
por el lado Sur (Taracena 1926a: 9, fig. 5, lm. 1,1).
Adarves en camino de ronda nicamente se han identificado
en Ocenilla (Taracena 1932: 41 s., fig. 6). El frente meridional, el ms fcilmente accesible, presenta una complejidad
defensiva no documentada en el resto del recinto. Se trata de
un camino de ronda formado por un callejn de 1,30 a 1,40
m. de anchura abierto en la muralla, delimitado por paramentos similares a los exteriores y piso de piedras de pequeo tamao. La profundidad de los adarves oscila entre 0,85 y 1,20
m., que no debi ser mucho mayor originariamente, lo que
ira en contra de su funcin defensiva. Los restantes tramos
de la muralla, sin evidencias de camino de ronda, estn realizados mediante dos paramentos paralelos verticales, cuyo
interior presenta un relleno informe de piedras (fig. 19,5, corte
A-B y C-D). Adarves de adobe pudieron haber existido en las
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Los Celtberos
murallas de Numancia (Taracena 1954: 228) y Los Castillejos
de Pelegrina (Garca-Gelabert y Morre 1986: 127; Moret
1991: 22), mientras que el torren exterior de Castilmontn
estaba coronado por una plataforma de este material (Arlegui
1992b: 502).
La poliorctica celtibrica va a incorporar a lo largo de la
Segunda Edad del Hierro una serie de innovaciones, como
las murallas acodadas (Moret 1991: 36), las dobles, las de
paramentos mltiples o internos (Moret 1991: 28 ss.; Asensio
1995: 349 ss.), y los muros ciclpeos (Moret 1991: 27;
Asensio 1995: 345 s.).
2.1.1. Las murallas acodadas
Tienen su origen en la poliorctica helenstica (Lawrence
1979: 350 ss.; Adam 1982: 66 s.), encontrndose sus mejores exponentes peninsulares en las murallas ibricas del
Pico del guila (Denia, Alicante) (Schubart 1962) y Ullastret
(Gerona) (Pallars et alii 1986: 45 ss.), para las que cabe defender una cronologa de los siglos IV-III a.C. (Esparza 1987:
360; Moret 1991: 36). En el territorio celtibrico, el castro de
Guijosa ha proporcionado una muralla de cremallera, formada por cinco tramos acodados, de dimensiones variables (entre 7 y 25 m. de longitud), el ltimo de los cuales corresponde
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III. El habitat
a un torren rectangular (fig. 28,1). Se trata de un castro de
planta triangular localizado en un espoln, cuyo flanco ms
desprotegido est defendido por la muralla, erigida sobre
una elevacin del terreno que parece artificial (Beln et alii
1978: 66), y el torren mencionados, a los que se aaden un
foso y un campo de piedras hincadas (fig. 28.1). La correcta
valoracin cultural y cronolgica de la muralla (Esparza 1987:
360) -inicialmente adscrita, como el resto de las defensas,
a la Primera Edad del Hierro, fechndose entre los siglos
VII-VI a.C. (Beln et alii 1978)- han llevado a desestimar
una cronologa para su construccin anterior al siglo III a.C.
(Moret 1991: 37). Otro ejemplo de muralla acodada est documentada en la fase ms reciente del castro de El Ceremeo,
donde tambin puede verse un torren de planta rectangular
(Cerdeo y Martn 1995: 186 ss.).
La presencia de lienzos rectos intencionalmente quebrados
est documentada en el Cabezo de las Minas de Botorrita,
en lo que se ha interpretado como los restos ms antiguos
de la ciudad (Daz y Medrano 1993: 244), en Herrera de los
Navarros (fig. 36,1) (Burillo 1983: 10), Ocenilla (fig. 23,1)
(Taracena 1932: 42, lm. XXVIII; Moret 1991: 36), Los
Villares de Ventosa de la Sierra (figs. 20,1), Cerro Ontalvilla,
en Carbonera de Frentes (fig. 20,2) (Morales 1995: 47 s.,
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Los Celtberos
fig. 13), el Castillejo de Golmayo (fig. 20,3) (Morales 1995:
192 ss., fig. 76), Los Castejones de Calataazor (fig. 20,4)
(Taracena 1926a: 19, fig. 9; Moret 1991: 36) y Los Castellares
de Suellacabras (fig. 20,5) (Taracena 1926a: 26, fig. 1 1), as
como en las ciudades celtibrico-romanas de Segobriga (fig.
25,2) (Almagro-Gorbea y Lorrio 1989) y Bilbilis Italica (Martn
Bueno 1982: fig. 1).
2.1.2. Las murallas dobles
Se ha sealado la presencia en Numancia de varias lneas
de muralla, evidencia de los sucesivos trazados urbanos de
la ciudad (Jimeno y Tabernero 1996: 421 ss.). Por lo que
respecta a la ciudad destruida el 133 a.C., habra que admitir la existencia de al menos un segundo recinto murado, al
exterior del ubicado en la zona alta del cerro de la Muela de
Garray, cuya localizacin resulta inusual en el mundo celtibrico al no aprovechar el cortado natural, pues esta muralla
superior se levanta algo alejada del mismo, dejando sin controlar diversas zonas de acceso (Jimeno y Tabernero 1996:
422) (nota 10).
Murallas dobles se han hallado en El Castellar de Berrueco,
donde se ha identificado un doble lienzo en su flanco
Suroeste con una separacin de 4,3 m. entre ambos (Burillo
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III. El habitat
1980: 138 y 184), y en Calataazor, en cuyo lado Sur se descubri una segunda muralla, paralela a la superior, separada
de sta 24 m. (fig. 20,4) (Taracena 1926a: 20, fig. 9). Se ha
sealado (Iglesias et alii 1989: 79 ss.) asimismo la presencia
de un doble lienzo de muralla en el sector Sur del poblado de
La Cava (fig. 26,1). Dos lneas exteriores presenta el Castillo
de Tanie (Taracena 1926a: 13 ss. figs. 7-8).
En Los Castellares de Herrera de los Navarros (fig. 36,1) se
ha descubierto a lo largo de buena parte de su permetro
un doble lienzo prcticamente paralelo, interpretado como
una doble muralla, con una separacin que oscila entre 1
y 3,5 m., acomodndose a las irregularidades del terreno
(Burillo 1980: 76 ss. y 184; Idem 1983: 9 ss.). La anchura
de la muralla superior es de un metro en la zona excavada,
con paramentos de tamao mediano y grande al exterior, y
de menores dimensiones al interior, rellenndose el espacio
intermedio con piedras y tierra. En cuanto al espacio situado
entre los dos lienzos, si bien en ciertas zonas se perciben alineamientos de piedras perpendiculares a aqullos, se hace
necesaria su excavacin para determinar las caractersticas
del relleno y la posible funcionalidad de este espacio (vid.
infra).
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Los Celtberos
Fig. 20.- Plantas de los poblados de Los Villares de Ventosa de la Sierra (1),
Cerro Ontalvilla, en Carbonera de Frentes (2), Castillejo de Golmayo (3), Los
Castejones de Calataazor (4), Los Castellares de Suellacabras (5). (Segn
Gonzlez, en Morales 1995 (1-3) y Taracena 1926a (4-5)).
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III. El habitat
Fig. 21.-1, planta y perfil de El Castillo de las Espinillas de Valdeavellano de Tera
(segn Taracena 1929), con indicacin del posible acceso (segn Hogg 1957) y la
localizacin de los torreones (segn Ruiz Zapatero 1977); 2, seccin y planta de
la torre I (segn Ruiz Zapatero 1977).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
2.1.3. Las murallas de paramentos internos
Diversos son los ejemplos y variadas las soluciones planteadas para disminuir, mediante muros que permitan la articulacin interna de la obra, el empuje sobre los paramentos
externos de la muralla, proporcionando as una mayor estabilidad al conjunto. Paramentos internos se han identificado
en las murallas de Los Castejones de Calataazor (fig. 19,4)
(Taracena 1926a: 19, fig. 10, corte A-B) y Los Castellares de
Suellacabras (fig. 19,3) (Taracena 1926a: 25, figs. 12-13). En
Calataazor, la muralla se reforzaba en su zona interna, muy
prxima al paramento exterior, mediante un muro ataludado
de mampostera, hecho a canto seco, mientras el interior
se rellenaba de piedras sin orden alguno. Una disposicin
similar presenta la de Suellacabras, formada por tres paramentos, dos externos ataludados, lo que proporciona una
seccin trapezoidal, y uno interno, igualmente en talud, paralelo a ambos; los tres muros tan slo presentan careada una
de sus superficies, habindose rellenado los espacios interiores con piedra de tamao pequeo en su mitad inferior -unos
2 m. de altura- y de mayor tamao en la superior, algunas de
ellas restos del hundimiento de la propia muralla.
En Contrebia Leukade est documentada en varios tramos
de la muralla la presencia de muros a base de cajones
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III. El habitat
(Asensio 1995: 351). Con algo menos de 4 m. de espesor,
consta de dos paramentos --cuyo grosor oscila entre 1,3 m.
el exterior y 1 m. el interior- y un relleno de piedra y tierra,
habindose identificado una serie de muros transversales de
1,10 de grosor localizados cada 6 u 8 m. que unen las dos
paredes, compartimentando el relleno (Taracena 1936b: 138;
Hernndez Vera 1982: 124). Un caso similar se ha sealado
para las murallas de La Tijera, en Urrea de Jaln, con muros
tirantes de 0,80 m. de altura y una anchura en su base que
oscila entre 0,60 y 0,70 m., separados entre 4 y 4,5 (Asensio
1995: 351, lm. 27,2).
2.1.4. Los muros ciclpeos
Ciertos poblados celtibricos muestran en algunos tramos de
sus murallas muros construidos a base de grandes sillares,
de dimensiones superiores a un metro. Se documentan paramentos de tendencia ciclpea en Los Castellares de Herrera
de los Navarros (Burillo 1980: 78 y 182; 1983: 9 ss.), en El
Castillo de Aldehuela de Liestos, con sillares que alcanzan
0,90 por 0,50 por 0,40 m. (Aranda 1987: 164), en El Castillo
de Orihuela del Tremedal, donde llegan a medir 1,75 por 1,20
por 0,70 m. (Collado 1990: 27 y 55), en Pardos, alcanzando
aqu los 2 m. (fig. 18,1) (Sanmiguel et alii 1992: 75, figs. 2, 4
y 5), en La Cava (fig. 18,3) (Iglesias et alii 1989: 77, fig. 4A,
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Los Celtberos
lm. IV), en El Castejn de Luzaga (Iglesias et alii 1989: 77
s.; Garca Huerta 1990: 124), en Los Castillejos de Pelegrina
(Garca-Gelabert y Morre 1986: 126) o en el castro de
Riosalido, donde algunos de los bloques que forman la muralla llegan a superar los 3 m. de longitud (Fernndez-Galiano
1979: 23; Iglesias et alii 1989: 77). Asimismo, se utilizan, ocasionalmente, sillares de grandes dimensiones para la construccin de torres (Burillo 1991c: 45 ss.), como es el caso
de la de Santa Mara de Huerta, con longitudes de casi 3 m.
(Aguilera 1909: 66), la del referido poblado de Aldehuela de
Liestos (Aranda 1987: 164), la de San Esteban de Anento, con
sillares que alcanzan 1,40 por 0,70 por 0,80 m. (Burillo 1980:
104), en la cimentacin del torren exterior de Castilmontn,
con bloques de hasta 1,60 m. de largo y 0,80 de alto (Arlegui
1992b: 502), o en el torren que flanquea la puerta Sur de
Contrebia Leukade, cuyos sillares, regulares en su cara externa y apenas desbastados en la interior, llegan a medir 1,10
por 0,35 por 0,60 m. (Hernndez Vera 1982: 126).
2.2. Torres
En la Meseta se observa la existencia de dos tradiciones diferentes por lo que a este tipo de obras defensivas se refiere,
cuyas caractersticas han sido descritas por Moret (1991: 37):
las obras curvilneas, de las que los ejemplos ms antiguos,
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III. El habitat
adscribibles a la Primera Edad del Hierro, presentan forma
irregular y aparejo grosero, y las torres cuadrangulares de
planta regular, con aparejo ms cuidado, de cronologa ms
avanzada. La existencia de torres est perfectamente probada en el rea celtibrica, a veces simples engrosamientos de
la muralla aunque tambin se hayan documentado construcciones circulares o cuadrangulares, adosadas o incrustadas
en ella, y la utilizacin en algn caso de aparejos ciclpeos
(vid. supra). Junto a una funcionalidad puramente defensiva,
como proteccin de los puntos ms vulnerables, las torres
serviran como atalayas, suponindoselas una mayor altura
que la de la muralla. Aun cuando, por lo general, el interior de
estas construcciones se ha encontrado colmatado, habiendo
de suponerse en la mayora de los casos su carcter macizado, tambin se han hallado torreones de obra hueca (Burillo
1980: 158; Idem 1981; Idem 1991a: 576).
Respecto a los castros de la serrana soriana, se ha sealado
(Romero 1991a: 205) la dificultad que entraa la identificacin de torres, determinada por el engrosamiento de la muralla o por el mayor volumen de los derrumbes, habindose
indicado su presencia en los castros de Cabrejas del Pinar
y El Royo (Romero 1991a: 205 s.; Eiroa 1979a: 83; vid., en
contra, Eiroa 1979b: 125).
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Los Celtberos
Fig. 22.-Planta del poblado de Castilmontn (1) y detalle de su sector occidental
(2). (Segn Arlegui 1992b).
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III. El habitat
Fig. 23.-Plantas de El Castillo de Ocenilla (1) y de El Moln de Camporrobles (2).
(Segn Taracena 1932 (1) y Almagro-Gorbea et alii 1996 (2)).
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Los Celtberos
Ms claro resulta el caso de Valdeavellano de Tera (figs. 17,5
y 21), donde se descubrieron cinco torreones semicirculares adosados al exterior de la muralla (Ruiz Zapatero 1977;
Romero 1991a: 206). Se localizan en el flanco ms accesible
del castro, defendido a su vez por un campo de piedras hincadas, concentrndose cuatro de ellas en el sector ms septentrional. Sus dimensiones son semejantes, sobresaliendo
de la lnea de muralla entre 3,40 y 3,80 m., aun cuando en
la torre V alcancen los 7, y presentando una anchura entre
3,10 y 3,80 m., que en el caso de la nmero I llega a los 9 (fig.
21,2). Una cronologa ms avanzada se ha sugerido para el
caso de Torre Beteta en Villar del Ala, donde Taracena (1941:
176) reconoci una posible torre circular (Romero 199 la:
441).
La presencia de torres circulares resulta habitual en la
Celtiberia aragonesa a lo largo de la Segunda Edad del
Hierro (Burillo 1980: 184 s.; Aranda 1986: 184; Collado 1990:
56). A veces se ha sealado su presencia en el espacio interior del hbitat (Burillo 1980: 184 s.), aunque sea necesario
realizar excavaciones que permitan su segura identificacin.
Por otra parte, en aquellos casos en los que se han documentado a partir nicamente de amontonamientos de piedras
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III. El habitat
en forma circular, bien pudiera tratarse de torreones de planta
cuadrangular (Collado 1990: 56).
En Ocenilla (fig. 23,1) se encuentran conjuntamente bastiones circulares y torres cuadrangulares (Taracena 1932: 44;
Moret 1991: 34). La torre del Sureste muestra planta de arco
de crculo y est provista, en un trecho, de un muro interior
de refuerzo. En la zona Este, al Norte de la puerta principal,
se levanta una construccin de planta arqueada adosada a la
muralla que, dada su construccin endeble, sera posterior a
la realizacin del recinto (Taracena 1932: 44).
Las torres cuadradas ofrecen en el territorio celtibrico una
cronologa tarda, en ningn caso anterior al siglo III a.C.,
siendo frecuente su vinculacin con murallas acodadas
(Moret 1991: 35 ss.), como ocurre en Guijosa, El Ceremeo,
La Cava (fig. 26,1), Ocenilla (fig. 23,1), etc. (vid. supra). En el
castro de Guijosa (fig. 28,1), el sistema defensivo constituido
por muralla, foso y campo de piedras hincadas, se completa
con una torre rectangular de 13 por 6 m. que constituye el ltimo tramo acodado de aqulla, a la que sirve de cierre hacia
el Sur, donde se sita el cantil rocoso (Beln et alii 1978: 65 y
69). Tambin en el castro de El Ceremeo (Cerdeo y Martn
1995: 187 s.) se ha localizado un torren rectangular, de 6
por 4 m., que en este caso refuerza un codo de la muralla
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
(vid. Cerdeo et alii 1995a: 171, para otros ejemplos de la
zona Norte de Guadalajara).
Una posicin semejante ocupan los torreones de Castilmontn
(Arlegui 1990a: 50, fotos 7-9; Idem 1992b: 498 s. y 501 ss.).
Se trata de dos torres yuxtapuestas, una exterior, de planta
rectangular, que sobresale completamente de la lnea de
muralla, a la que seguramente se adosara, y una interior,
de planta trapezoidal, planteada como una prolongacin del
torren exterior, exenta, pues entre el paramento interior de
la muralla y la torre queda un espacio de 50 cm. relleno de
piedra y tierra (fig. 22,2). Junto a una funcin de vigilancia,
destaca la defensiva, evidente al localizarse en el nico lado
de fcil acceso, ocupando un ngulo de la muralla, a pocos
metros de la puerta principal del poblado. El sistema constructivo de ambas torres resulta semejante. Son dos construcciones ataludadas, cuyos muros estn realizados con
bloques de conglomerado con la excepcin del paramento
Este del torren interior, vertical y realizado con adobes.
Ambos torreones presentan el interior relleno con piedra y
tierra. La torre exterior tiene unas dimensiones en su base de
9,20 m. de ancho por una longitud mxima de 12 m. en su
lado Sur, que solamente alcanza los 9 en el Norte. La altura
original fue de 2,58 m., elevndose sobre ella una plataforma
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46
III. El habitat
de adobe con una altura conservada de 1,20. La unin de la
muralla y la torre exterior aparece protegida por sendas construcciones ataludadas de planta arqueada. El torren interior,
de 9 m. en los lados Norte y Sur y de 11 y 13, en los Oeste
y Este, respectivamente, se halla en peores condiciones; la
altura conservada es superior a la construccin ptrea del torren extramuros, alcanzando los 3,30 m. sobre el poblado.
Otro ejemplo interesante es el de Ocenilla (fig. 23,1). Su tramo occidental est protegido por dos torres cuadrangulares:
la del Oeste, derruida, y la del Suroeste, mucho mejor conservada, cuyas caractersticas constructivas fueron descritas por
Taracena (1932: 44). Mide 13 por 14 m., llegando a alcanzar
los 3,90 de altura, y constituye una torre maciza yuxtapuesta
a la muralla. Est formada por el paramento exterior vertical,
un relleno de 1,50 m. de anchura y otra cara interna de un
solo paramento ligeramente inclinado enlazada con la superficie exterior por dos muretes diagonales; hacia el Este la lnea
externa se prolonga con muy poca altura disminuyendo hasta
perderse y el brazo occidental se contina ahora en un murete (fig. 23,1,a) construido sobre escombros y posterior al
conjunto de las fortificaciones (Taracena 1932: 44).
En Izana (Taracena 1927: 5 s.), el caso es diferente, pues
una torre trapezoidal de 7 por 8,50 m. se sita en la conNDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
fluencia de la muralla que cierra el Norte y el Occidente del
poblado con el doble recinto con el que se protege el flanco
Este (fig. 36,4).
Mencin aparte merece el Castillo ciclpeo de Santa Mara
de Huerta, excavado a principios de siglo por el Marqus de
Cerralbo (Aguilera 1909: 64 ss.; Taracena 1941: 148 s.;
Cuadrado 1982; Arlegui 1990: 45 s.; Moret 1991: 37). Es un
torren rectangular de 22,5 por 8,70 m. realizado con aparejo
ciclpeo y paramentos verticales, sin cuidado alguno en la
ordenacin de las hiladas, de las que se dejaron al descubierto cuatro, constituidas por piedras toscamente talladas
que pueden alcanzar casi los 3 m. de longitud por 0,90 de
altura y algo menos de espesor, todo ello asentado en seco.
Dos lienzos de muralla parten de la torre, que ocupa el punto
ms elevado del poblado, bajando hasta la vega del Jaln.
La parte Norte, que constituye el flanco ms desprotegido
del poblado, como lo confirma la propia construccin de la
torre, apareca defendida por un foso de 4 m. de anchura. Las diferencias constructivas entre la torre y la muralla
llevaron a Cerralbo a considerarlas como de diferente cronologa: celtibrica, la muralla, y mucho ms antigua, la torre
(Aguilera 1909: 69 s.). Tambin Taracena (1941: 149) seal
la diferente cronologa entre ambas construcciones, teniendo
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III. El habitat
por ibrica la torre, que considera anterior al siglo III a.C.,
mientras que la muralla, ya celtibrica, se fechara ca. siglos
III-II a.C. (nota 11). Cerralbo excav en el interior del torren
encontrando tres posibles suelos, a 2,70, 1,82 y 1,65 m. de
profundidad, pero estos trabajos no proporcionaron materiales significativos (Aguilera 1909: 68).
Se ha sealado la semejanza tanto en sus dimensiones
como en su ciclopesmo entre el torren de Santa Mara de
Huerta y la torre de San Esteban, en Anento, una construccin rectangular exenta de 16 por 8 m. defendida en su flanco
ms vulnerable por medio de un foso de 7 m. de ancho que, a
decir de Burillo (1980: 104 y 185), podra ponerse en relacin
con el concepto pliniano de Turres Hannibalis.
En el lmite suroriental de la Celtiberia, en una zona que
cabe considerar como de transicin al mundo ibrico, cabe
destacar el poblado de El Moln, en Camporrobles (AlmagroGorbea et alii 1996). Su parte oriental, la ms vulnerable,
se fortific mediante un torren y un foso (fig. 23,2). Dicho
torren se elevaba sobre el espoln que formaba el istmo
que cerraba la muela sobre la que se asienta el hbitat. Es
de planta rectangular de 10,15 m. por 4 m. y a su alrededor
corra la muralla a modo de barbacana, realizada a base de
sillares irregulares asentados directamente sobre la roca
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Los Celtberos
como un antemuro adosado al torren. Esta torre, de unos
40 m2, tendra la importante funcin de defender esta estratgica zona, permitindose al mismo tiempo un control visual
del poblado y del territorio circundante. Su entrada principal
quedaba defendida asimismo por sendas torres de planta
cuadrangular situadas a ambos lados de la puerta. De la torre
Sur se conservan sus muros Este y Norte, de unos 2,50 m. de
largo, que discurre paralelo al camino de entrada. Esta torre
se combinara con la situada al lado Norte, de la que slo se
conserva una plataforma de 5,40 x 2,90 m. perfectamente
alisada.
Las torres cuadrangulares estn bien atestiguadas igualmente en algunas ciudades celtibrico-romanas, como es
el caso de Numantia (Jimeno et alii 1990: 23), Contrebia
Leukade (Hernndez Vera 1982: 125 s., fots. XIV-XV), San
Esteban del Poyo del Cid (Burillo 1980: 158 y 184 s.; Idem
1981) y Bilbilis Italica (Martn Bueno 1975a y 1982: fig. 1).
Varias torres rectangulares se han identificado en Contrebia
Leukade, la mayor de las cuales, de 15,5 por 11,5 m., se localiza en el punto ms elevado de la ciudad (fig. 35,2), constituyendo una magnfica atalaya desde la que se dominan
los accesos a la misma. La torre se adosa a la muralla -que
en este punto slo mide 2,50 m. de espesor, lo que supone
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III. El habitat
su estrechamiento mximo- por su cara interna, con la que
comparte uno de sus lados mayores. Sus muros, de 1,60 m.
de grosor, son de mampostera, con paredes de sillares irregulares, rellenndose el espacio interior con tierra y piedras,
salvo en los ngulos, donde la obra es toda de piedra. Segn
Taracena (1942: 23; Idem 1954: 244), la construccin constara de un cuerpo inferior de piedra, sobre el que se levantara
otro que debi ser de materiales entramados con madera -a
cuyos restos perteneceran los abundantes carbones documentados en el derrumbe-, a tenor de la facilidad con la que
ardi, pues para Taracena (1954: 244) esta torre no sera otra
que la referida por Livio (frag. 91) en relacin a los acontecimientos del 77 a.C. en la ciudad de Contrebia. Tras la destruccin de la torre -rotos los fundamentos, se derrumb en
grandes hendiduras, y empez a arder por efecto de haces
de lea encendida que le echaron,... (Liv., frag. 91)-, que
era su principal defensa, Sertorio tom la ciudad (nota 12).
Flanqueando la puerta Sur, donde confluyen el foso y el
acantilado, se levanta otra torre, tambin rectangular (de 8
por 5,80 m.), situada al exterior de la muralla -que alcanza
en este punto, especialmente vulnerable, su mximo grosor
(4,10 m.)-, a la que se adosa por uno de sus lados mayores,
aunque su construccin sea independiente. En el tramo Sur
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
se han localizado otras torres, cuyas caractersticas se asemejan ms a la torre principal.
Un mnimo de nueve torres cuadradas incrustadas en la muralla se han reconocido en El Poyo del Cid, distribuyndose
estratgicamente de acuerdo con las condiciones del terreno, sin equidistancia alguna. La nica excavada es de obra
hueca, de 5 m. de lado. Sus muros, cuyo espesor oscila entre
0,45 y 0,5 m., estn realizados con un doble paramento, rellenando el espacio interior de piedras de pequeo tamao. Su
interior se halla enlucido con arcilla roja, habindose encontrado en su lado Norte, junto a la esquina, un vano de 1,23 m.
de anchura, perteneciente a la puerta.
Unas caractersticas similares se han sealado para el caso
de Bilbilis Italica, localizada en el Cerro de Bmbola, cuyas
fortificaciones se adaptan igualmente a la difcil topografa del
terreno, con una distribucin desigual por lo que a las torres
se refiere (Martn Bueno 1982: fig. 1). La excavacin de una
torre situada en un ngulo de la parte alta de la fortificacin,
que constituye un magnfico punto de observacin, ha permitido establecer las particularidades de este tipo de construcciones (Martn Bueno 1975b; Idem 1982: 98 y 100). Se trata
de una torre cuadrangular de 6,60 por 6,40 m., adosada por
el exterior a la muralla, con la que no forma cuerpo, evitando
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III. El habitat
as que su destruccin llevara emparejada la de la muralla en
la que se apoya, en lo que sigue esquemas derivados de la
poliorctica helenstica (Adam 1982). La torre se hallaba muy
destruida, debido en buena medida a la fuerte pendiente de
la zona donde se ubica. Est constituida por un muro de cerca de un metro de espesor, formado por bloques irregulares
asentados en seco, cuyos huecos aparecen rellenos de ripio,
sirviendo de cierre por uno de sus lados la propia muralla. Su
interior se hall relleno de tierra fuertemente compactada, lo
que llev a su excavador a considerarla como una construccin maciza, al menos en lo que respecta a la parte inferior,
la nica conservada. Formando parte del relleno, se hallaron
los restos de al menos dos enterramientos humanos que fueron relacionados con rituales de fundacin de filiacin cltica
(vid. captulo X,3.1). Un planteamiento diferente es defendido
por Burillo (1980: 158; Idem 1981; Idem 1991a: 576), para
quien las torres de Bilbilis Italica, similares a las de El Poyo
del Cid, seran, al igual que aqullas, de obra hueca, con lo
que el relleno y los referidos enterramientos seran posteriores a su abandono.
2.3. Puertas
No siempre es posible conocer dnde se hallan las entradas
de los poblados, a veces enmascaradas entre los derrumbes
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
de la muralla. Su posicin est en funcin de la topografa y
de aspectos como las condiciones defensivas y estratgicas
del lugar (Romero 1991a: 208). Corrientemente, dada la vulnerabilidad que suponen las entradas en el sistema defensivo de un asentamiento, las puertas se protegen mediante
el ensanchamiento de la muralla (Castilmontn) o localizndose junto a un cortado (El Pico de Cabrejas del Pinar, El
Royo, El Espino y El Puntal de Sotillo del Rincn, etc.), lo
que facilita su defensa, sin olvidar el ocultamiento de que a
veces son objeto, lo que resulta especialmente evidente en
el caso de los accesos secundarios o poternas (Zarranzano,
Castilmontn, Segobriga, etc.).
Generalmente son puertas sencillas, las ms de las veces
abiertas en la muralla mediante la simple interrupcin en su
trazado, sin que falten las puertas en esviaje, en las que el
acceso se realiza a travs de un estrecho pasillo formado
por los dos extremos de la lnea de muralla que, en lugar de
converger, discurren paralelos. De cualquier modo, las caractersticas de las entradas resultan mal conocidas, al haber
sido detectadas en su mayora a partir de inspecciones visuales del terreno, aun cuando existan algunas excepciones al
respecto, como Castilmontn, Ocenilla o Segobriga. Pero, a
pesar de no poder establecerse una correlacin directa entre
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III. El habitat
los diversos tipos de entradas y su cronologa, se advierte
una tendencia a una mayor complejidad en los sistemas de
acceso de los poblados ms modernos. Aunque por lo general no hayan quedado evidencias, los paralelos conocidos sealan que las puertas seran de doble batiente (Alfaro 1991;
Molist y Rovira 1991), presentando los vanos adintelados,
construidos por una o varias vigas (Asensio 1995: 354).
Entre los castros sorianos adscribibles al Primer Hierro
(Romero 1991a: 206 ss.), las entradas no son sino simples
interrupciones de la lnea de muralla, habindose advertido tambin accesos secundarios, como en el ya citado
Zarranzano, donde un portillo facilita la salida hacia el ro
Tera (Romero 1991a: 208). Un caso diferente corresponde a
la puerta en esviaje documentada en el castro de Valdeprado,
en el que los dos lienzos discurren paralelos a lo largo de 18
m., dejando entre ambos un pasillo que llega a alcanzar una
anchura de 3,5 (Romero 1991a: 208). Un acceso semejante
ofrece el castro de Torre Beteta, en Villar del Ala, de cronologa ms reciente (Romero 1991a: 441).
Mayor variabilidad evidencian los asentamientos pertenecientes a la Segunda Edad del Hierro. En Guijosa (fig.
28,1) el acceso debe situarse en uno de los extremos de
la muralla, entre sta y el cantil rocoso. En La Cava (fig.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
26,1), se han identificado dos puertas en esviaje (Iglesias
et alii 1989: 77 ss.). En el poblado de Castilmontn, objeto
de recientes trabajos de excavacin, la puerta localizada en
el extremo Oeste del hbitat (fig. 22, seccin C-C), el ms
vulnerable y donde se concentran las defensas, se abre en
la muralla mediante la simple interrupcin de sta, accedindose desde el exterior a travs de una rampa natural (Arlegui
1990a: 51; Idem 1992b: 500 s. y 513). Su anchura es de 3,80
m. y su profundidad, a pesar de no conservarse el paramento
exterior de la muralla en esa zona, de 5,60, casi el doble que
la anchura documentada en el resto del trazado de la misma.
Junto a la cara Norte, y ms prximo al paramento interior,
existe un agujero de poste de 13 cm. de dimetro y 18 de profundidad, al lado del cual se hallaron dos lajas, que puede ser
interpretado como quicio del portn de madera que cerrara
la puerta. Tambin se ha encontrado un acceso secundario,
de menores dimensiones que el principal, localizado en la
zona Norte del poblado, donde la muralla cambia la direccin
de su trazado. Su carcter estratgico parece evidente, dada
su mayor proximidad a la fuente de la que se abastecera de
agua el poblado incluso, desde un punto de vista puramente
defensivo, debido a que al quedar oculta la puerta por el codo
que forma la muralla en sus proximidades permitira, en caso
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56
III. El habitat
de necesidad, un ataque por sorpresa contra quienes avanzaran hacia la puerta principal.
Ms complejo resulta el caso de Ocenilla (fig. 23,1), donde
Taracena (1932: 44 ss.) identific dos puertas en su frente
oriental. La entrada principal se sita en el ngulo Sureste (fig.
24,1), a resguardo de la zona topogrficamente ms accesible, la meridional, en la que se concentran las defensas ms
espectaculares del poblado. El brazo Norte de la muralla, que
discurre divergente al meridional, se prolonga hacia ste mediante una lnea de habitaciones, cuya funcin sera la de estrechar y defender la puerta, cuya anchura quedara reducida
a 5 m. y aun menos. La lnea de habitaciones, que Taracena
interpret como cuerpo de guardia, se dirige hacia el exterior
mediante un muro que servira de contencin de la rampa de
acceso, al final del cual se localiza un compartimento, tenido
por garita de centinela. Hacia el Norte, se sita una segunda
puerta de caractersticas semejantes a la principal (fig. 23,1).
Los dos lienzos de muralla presentan un codo en ngulo casi
recto, adosndose al septentrional un tramo trapezoidal, que
para Taracena no sera sino el cuerpo de guardia, prolongndose en un murete similar al documentado en el acceso ms
meridional. Se obtiene as un pasillo de 3,40 m. de anchura
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
a travs del que se accedera, por una empinada cuesta, al
interior del poblado.
Un caso excepcional es el de los Castejones de Calataazor
(Taracena 1926a: 20, fig. 10, cortes C-D y lm. II, l), donde se
hall un acceso al interior del poblado a travs de una escalera abierta en la muralla (fig. 24,2). Se descubri un tramo de
23 peldaos, ligeramente oblicuo a los paramentos externos,
que baja desde la parte alta de la muralla, continuando hacia
el exterior, por medio de otros peldaos, de los que se descubrieron 9, tras un rellano desde el cual cambia su direccin.
La escalera se abre al espacio protegido por una segunda
muralla.
De gran inters resulta, por su estado de conservacin, la
puerta principal de El Moln (fig. 23,2) (AlmagroGorbea et alii
1996: 11), situada en la zona de ruptura de pendiente junto a
la meseta superior y delimitada por las murallas que convergen desde el Norte y el Oeste. Se conservan a ambos lados
restos de dos entalladuras paraleleppedas, la meridional con
un entalle en la zona ms externa para una de las quicialeras de la puerta que sera de doble hoja con una anchura
aproximada de 2,10 m. y un grosor de unos 0,25 m. Esta entrada, como ya se ha dicho, estaba defendida por dos torres
cuadrangulares (vid. supra). El acceso al poblado se realiza
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III. El habitat
por un pendiente camino tallado en la roca de unos 2 m. de
anchura con dos carriladas paralelas, de 13 cm. de ancho
separadas entre s 1,24 m., que prosiguen hacia el interior
del recinto.
El acceso a los poblados localizados en cerros de pendientes
pronunciadas se realizara a travs de rampas en zigzag,
como sucede en los castros de La Coronilla, La Torre de
Turmiel, La Torre de Mazarete o La Cabezuela de Zaorejas
(Garca Huerta 1989-90: 164; Cerdeo y Garca Huerta 1992:
9 y 18, fig. 2 y lms. I-II; Cerdeo et alii 1995a: 171).
En las ciudades celtibrico-romanas se evidencia en lneas
generales una mayor monumentalidad de los accesos, como
lo vienen a demostrar las puertas identificadas en Termes
(Argente et alii 1990: 30, 55 y 59) y Segobriga (AlmagroGorbea y Lorrio 1989; Almagro-Gorbea 1990) (nota 13). En
Termes se han identificado tres entradas (fig. 25,1), todas
ellas talladas en la roca arenisca. La llamada Puerta del
Sol (fig. 25,1,3) est formada por un largo pasillo de 40 m.
de longitud y 2,50 de anchura, en cuya mitad se localizaba la
puerta en s, que sera doble, de la que se han conservado
sus apoyos y goznes. La puerta Oeste (fig. 25,1,2), similar a
la anterior, pero ms empinada, comprende dos partes, que
comunican las tres terrazas sobre las que se asienta la ciuNDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 24.-1, detalle de la puerta Sureste de El Castillo de Ocenilla y escalera del
cuerpo de guardia (departamento 6) de la misma; 2, acceso a travs del cuerpo
de la muralla de Los Castejones de Calataazor (fig. 20,4). (Segn Taracena 1932
(1) y 1926a (2)).
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III. El habitat
Fig. 25.-Plantas de las ciudades celtibrico-romanas de Termes (1) y Segobriga
(2): a-c, trazado de la muralla; d, puertas principales, e, poternas. (Segn
Taracena 1954 (1) y Almagro-Gorbea y Lorrio 1989 (2)).
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Los Celtberos
dad. No parece que sirviera para el trnsito rodado. El primer
tramo tiene una longitud de 60 m. y una anchura que oscila
entre 3 y 6,50, habindose encontrado aproximadamente en
su mitad las huellas pertenecientes a los batientes de una
puerta doble. El segundo tramo presenta una longitud de 25
m. y una anchura de 3, que se ensancha hasta 4 en su tramo
final. Con esta puerta se han relacionado una serie de estancias, interpretables quizs como cuerpos de guardia (Argente
et alii 1990: 56). Un tercer acceso (fig. 25,1,1), de similares
caractersticas aunque ms modesto que los anteriores, se
localiza hacia el Noreste.
En Segobriga han podido identificarse diversas entradas a la
ciudad, de variable entidad, siendo la principal la Puerta Norte
(fig. 25,2,11), objeto de recientes trabajos de excavacin, que
han permitido precisar la cronologa tardoaugustea de la obra
(Almagro-Gorbea y Lorrio 1989). Se conserva el basamento de opus caementicium, que presenta unas dimensiones
de 11,80 por 4,70 m. ajustadas plenamente a la metrologa
romana. Sobre el basamento se elevara un paramento de
sillares, no conservado, como el de la puerta Noreste de
la ciudad, adosndose a los lados menores sendos tramos
de la muralla. En las proximidades de la puerta principal, se
documenta una potema de 0,90 m. de anchura, protegida
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III. El habitat
por un ensanchamiento de la muralla, cuya finalidad debe
suponerse exclusivamente defensiva (fig. 25,2,8). Hay que
destacar, asimismo, dos entradas en codo (Almagro-Gorbea
y Lorrio 1989: 176 s.), una situada al Noreste (fig. 25,2,46) y
otra abierta hacia el Oeste de la ciudad (fig. 25,2,20).
2.4. Fosos
No es mucha la informacin que se ha obtenido sobre ellos
al hallarse rellenos de piedra y tierra, por lo que su forma,
anchura y profundidad no puede sealarse en la mayora de
las ocasiones. La representatividad de este elemento defensivo vara notablemente de unas zonas a otras del territorio
celtibrico. Entre los castros de la serrana soriana no es frecuente la presencia de fosos excavados, que muestran unas
dimensiones ms bien modestas, asocindose en todos los
casos conocidos a campos de piedras hincadas (Romero
1991a: 209 s.), aunque en fecha reciente se haya sugerido la
existencia de un posible foso en El Castillejo de Ventosa de la
Sierra (Morales 1995: fig. 104). En Castilfro, el foso se localiza entre la muralla y las piedras hincadas (fig. 27,2). Se trata
de una depresin que no supera los 0,60 m. de profundidad,
con una anchura de 3,50. Un caso semejante es el de Los
Castillejos de Gallinero, donde, a diferencia de aqul, el foso
no acompaa a la muralla en todo su recorrido (nota 14). En
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Los Celtberos
Hinojosa, el foso, poco profundo, constituye el elemento defensivo ms externo (fig. 27,5). Taracena (1929: 16) llam la
atencin sobre el hallazgo en el interior del foso de Castilfro
de algunas piedras clavadas mucho ms espaciadas que las
que formaban el friso, lo que le llev a pensar que el pretendido foso habra sido producido al extraer de l piedra para la
construccin de la muralla (fig. 27,2) (nota 15).
La presencia de fosos en algunos poblados sorianos adscribibles a la Segunda Edad del Hierro est bien documentada.
Un foso tenan El Castellar de Arvalo de la Sierra (Morales
1995: fig. 5) y El Castillo de Omeaca (Ramrez 1993;
Morales 1995: 212), ste con una anchura de 8 m. y una profundidad conservada de 1,90. Dos fosos est registrados en
el Cerro Ontalvilla, en Carbonera de Frentes (Taracena 1941:
50; Morales 1995: 47 y fig. 13), el exterior de 4 m. de anchura
por 3 de profundidad y el ms interno de 5 m. de anchura
(fig. 20,2), y otros dos en El Alto del Arenal de San Leonardo
(Romero 1991a: 109 s.), ambos de 5 m. de ancho, entre los
cuales se dispusieron las piedras hincadas (nota 16).
Mucho ms habituales y de mayor entidad son los hallados
en los poblados de la Celtiberia aragonesa adscribibles igualmente a la Segunda Edad del Hierro, que constituyen el nico elemento defensivo complementario de la muralla (Burillo
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III. El habitat
1980: 180 ss.; Aranda 1986: 354 ss.; Collado 1990: 54 s.;
vid., para los asentamientos urbanos, Asensio 1995: 355
s.). En funcin de la topografa pueden ser rectos o curvos y
ocupar uno o ms lados, o rodear completamente el poblado.
Ofrecen secciones en U, y aun en ocasiones perfiles trapezoidales. Sus dimensiones varan notablemente, con anchuras comprendidas entre los 4 y los 45 m. de Valdeherrera o
los excepcionales 60 que llega a medir el foso de El Castillo
de Villarroya, oscilando por lo general entre los 7 y los 17 m.
Su profundidad, difcil de determinar al hallarse rellenos, no
supera en la actualidad los 7 metros.
En la zona suroriental de la Celtiberia, en los confines de las
provincias de Cuenca y Valencia, hay fosos en El Moln de
Camporrobles (fig. 23,2) (Almagro-Gorbea et alii 1996: 11),
en el Cerro San Cristbal de Sinarcas y en La Atalaya y el
Punto de Agua, en Benagber. En El Moln, separado unos
2 m. del antemuro adosado al torren, se evidencia un foso
tallado en la roca de seccin rectangular y fondo plano escalonado longitudinalmente con un desnivel de 1,30 m. Mide
en total unos 20 m. de largo, por unos 6,50 de ancho y una
profundidad que oscila entre los 2 y los 3,50 m., en la zona
a partir de la cual enlaza con el buzamiento natural del terreno que cae hacia el barranco que forma el borde Sur del
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
yacimiento. Este foso, paralelo al torren y a la muralla a l
adosada, dificultara el acceso por el punto ms accesible del
poblado, pero debi servir, adems, como cantera de los bloques de la muralla, como confirman las huellas de extraccin
an visibles.
Algunas de las ciudades de la Celtiberia estuvieron defendidas por medio de fosos (Asensio 1995: 355 s.). Este sera el
caso de Numantia, segn refiere Apiano (Iber 76), o de Durn
de Belmonte, donde se localiza Segeda en su fase ms reciente, que presenta un amplio foso, identificado por trabajos de prospeccin (Burillo y Ostale 1983-84: 308; Burillo
1994a: 102). Pero el ms espectacular y el mejor conocido
corresponde a Contrebia Leukade (figs. 26,2 y 35,2 y lm.
11,1), donde un foso de paredes verticales y fondo horizontal
rodea con una longitud de 672 m. la zona ms accesible de
la ciudad. Tiene una anchura que oscila entre 7 y 9 m. y una
profundidad de 8, lo que supone un volumen de piedra desalojado superior a 40.000 m3, utilizado en la construccin de
la muralla, de la que queda separado por un estrecho espacio
(Hernndez Vera 1982: 122 s.).
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III. El habitat
Fig. 26.-Planta y seccin de las defensas de La Cava (1). Seccin de la muralla y
foso de Contrebia Leukade (2). (Segn Iglesias et alii 1989 (1) y Taracena 1954
(2)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
2.5. Piedras hincadas
Los campos de piedras hincadas o chevaux de frise (fig.
27,1) -como aparecen frecuentemente en la bibliografa especializada- constituyen un elemento defensivo caracterstico de los castros del reborde montaoso oriental, meridional
y occidental de la Meseta (Harbison 1968; Esparza 1987: 248
y 358 ss.; Romero 1991a: 210 ss.), habindose documentado
asimismo en ciertos castros del Suroeste peninsular (Soares
1986; Prez Macas 1987: 91; Berrocal-Rangel 1992: 191).
Por lo que a la Celtiberia se refiere, slo se han localizado en
su sector ms occidental, circunscribindose al Norte de las
provincias de Soria y Guadalajara, ocupando respectivamente las tierras de la serrana soriana y la regin seguntina.
Consisten en franjas anchas de piedras clavadas en el terreno natural (fig. 27,2-5), apretadas, sin ningn orden, unas
junto a otras, cuyo tamao y ubicacin en relacin con las
restantes defensas vara de unos casos a otros (Romero
1991a: 210 ss.; Beln et alii 1978; Barroso y Dez 1991). En
el Castillejo de Tanie, las piedras hincadas presentan una
altura de 60 cm., de los que 40 sobresalen del terreno; en el
Castillo de Castilfro, las piedras, agudas y de careo natural,
afloran entre 30 y 60 cm.; en Langosto, nicamente sobresalen 20 cm. La anchura de los campos de piedras hincadas
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III. El habitat
oscila entre los 5 m. de Los Castillejos de Gallinero y los 27
de Castilfro de la Sierra. Pueden situarse al pie de la muralla,
pero generalmente dejan un espacio libre -que vara de los 5
m. de Valdeavellano a los 20 de Guijosa- en el que suele localizarse un foso. Normalmente, constituyen la defensa ms
externa, situndose delante del foso o de la muralla, a los que
acompaan en todo o en parte de su recorrido. As ocurre
en los castros de Langosto, Valdeavellano, El Castillejo de
Tanie, Cabrejas del Pinar, donde sirven de nico complemento a la muralla, o en los de Castilfro, Los Castillejos de
Gallinero, Guijosa y Hocincavero, en los que adems est
presente un foso. En Hinojosa, las piedras hincadas aparecen ocupando el espacio entre la muralla y el foso, mientras
que en El Alto del Arenal de San Leonardo se sitan entre los
dos fosos identificados.
En cuanto al origen y cronologa de los frisos de piedras hincadas resulta significativa su presencia en el poblado leridano
de Els Vilars (Arbeca), donde se asocia a una muralla y a un
torren rectangular de esquinas redondeadas, inscribindose
en un ambiente de Campos de Urnas del Hierro fechado en
la segunda mitad del siglo VII a.C. (Garcs y Junyent 1989;
Garcs et alii 1991 y 1993). Esta datacin, ms elevada que
la admitida para los castros sorianos (ca. siglos VI-V a.C.),
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
cuyos campos de piedras hincadas eran tenidos hasta la fecha como los ms antiguos de la Pennsula Ibrica, junto a su
localizacin geogrfica en el Bajo Segre, vendra a reforzar
la filiacin centroeuropea defendida por Harbison (1971) -con
las estacadas de madera del Hallstatt C- para este caracterstico sistema defensivo, sin olvidar que los ejemplos franceses conocidos, Pech-Maho y Fou de Verdun, presentan una
datacin ms avanzada que la defendida para las piedras
hincadas de Els Vilars (vid. Moret 1991: 10 s.).
Si bien parece fuera de toda duda la antigedad de este
sistema defensivo en el rea celtibrica, como lo confirma
su presencia entre los castros de la serrana soriana adscribibles al Primer Hierro, existen argumentos suficientes que
sealan asimismo su utilizacin, en esta zona, a lo largo de la
Segunda Edad del Hierro.
El hallazgo en Castilviejo de Guijosa (fig. 28,1) de cermicas
adscribibles a la Primera Edad del Hierro y la alta cronologa
comnmente aceptada para los castros con piedras hincadas del rea soriana llev a sus excavadores a defender
una datacin para sus defensas entre los siglos VII-VI a.C.
(Beln et alii 1978). Revisiones posteriores han rebajado la
cronologa de la muralla de cremallera que cierra el recinto,
cuyos paralelos ibricos pueden ser datados en los siglos IV
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70
III. El habitat
-III a.C. (Esparza 1987: 360; Moret 1991: 37). Se ha seguido manteniendo, sin embargo, la antigedad de las piedras
hincadas de Guijosa, que habran formado as parte de una
primera fortificacin del poblado, cuyos restos podran estar
enmascarados en la elevacin del terreno sobre la que se
asienta la muralla. El pasillo que atraviesa la barrera en su
zona central, cuya anchura excesiva, unos cuatro metros,
restara eficacia al propio sistema defensivo, debera corresponder segn esta interpretacin a una reestructuracin
realizada cuando el campo de piedras hincadas haba cado
ya en desuso (Esparza 1987: 360).
Parece ms aconsejable aceptar la contemporaneidad de
las defensas de Guijosa -incluyendo el pasillo que atraviesa
la barrera de piedras hincadas, sobre cuya funcionalidad ha
insistido Garca Huerta (1989-90: 166 s.; 1990: 875 s.; vid.,
en contra, Cerdeo et alii 1995a: 172)-, adscribindolas a la
fase plenamente celtibrica del poblado, a la que corresponderan las especies a torno encontradas, as como la propia
ordenacin urbana observable en superficie, con estructuras
de habitacin de planta rectangular y muros medianiles comunes, cuyo muro trasero servira como cierre del poblado
en los sectores desprovistos de muralla.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 27-Dispersin de los castros con piedras hincadas en la Pennsula Ibrica
(1) y secciones de las defensas de El Castillejo de Castilfro de la Sierra (2), El
Castillo de las Espinillas de Valdeavellano de Tera (3), El Castillejo de Langosto
(4) y El Castillejo de Hinojosa de la Sierra (5). (Segn Almagro-Gorbea 1994 (1) y
Taracena 1929 (2-5), n4 modificado).
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III. El habitat
Fig. 28.-Planos de los castros de Guijosa (1) y Hocincavero (2). (Segn Beln et
alii 1978 (1) y Barroso y Dez 1991 (2)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Esta adscripcin estara plenamente justificada partiendo de
la existencia en el cercano castro de Hocincavero (fig. 28,2),
en el que predominan abrumadoramente las especies torneadas, de una barrera de piedras hincadas atravesada por un
pasillo cuya anchura se ensancha de 3 a 5 m. al aproximarse
a la muralla, llegando a interrumpir incluso el foso (Barroso y
Dez 1991).
Trabajos recientes sealan la adscripcin de algunos asentamientos castreos de la provincia de Soria provistos de
estas caractersticas defensas a un momento avanzado de
la Cultura Celtibrica (Jimeno y Arlegui 1995: 113 y 115;
Bachiller 1992). Este es el caso de El Pico de Cabrejas del
Pinar, cuya barrera de piedras hincadas es atravesada tambin por un pasillo (nota 17), y del Alto del Arenal de San
Leonardo, ambos tradicionalmente vinculados con los asentamientos castreos del Primer Hierro (Romero 1991a: 210
ss. y 495).
En contra de la opinin generalmente admitida, segn la cual
los campos de piedras hincadas constituiran una defensa
contra la caballera, recientemente se ha insistido en su
funcionalidad como obstculo al avance de los infantes en
su intento de aproximarse a la muralla (Moret 1991: 11 ss.).
Como prueba de ello, junto a argumentos funcionales, habra
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74
III. El habitat
que sealar la escasa presencia, al menos en las fases ms
antiguas, de arreos de caballo en las sepulturas de la Meseta
Oriental contemporneas a los castros provistos de este sistema defensivo (vid. captulos V, 1 y VII,2).
3. ARQUITECTURA DOMSTICA
Mucho peor conocida resulta la arquitectura domstica, toda
vez que los restos constructivos han permanecido ocultos
las ms de las veces o han sido reutilizados en edificaciones
posteriores (Burillo 1980: 175).
Las primeras estructuras estables se detectan en Los
Castillejos de Fuensaco (Romero y Ruiz Zapatero 1992:
109 s.; Romero y Misiego 1992; Idem 1995b: 130 ss., fig. 2),
donde se identificaron dos cabaas circulares, excavadas en
la roca, adscritas al inicio de la Edad del Hierro (siglo VII a.C.).
La vivienda de mayores dimensiones -6,25 m. de dimetroqueda delimitada por un entalle de unos 20 cm. de altura (fig.
29,1). Aproximadamente en el centro de la cabaa se localiza
un hoyo -dos ms de pequeas dimensiones se hallaron al
exterior- y, junto a l, el hogar, circular, con un dimetro de 75
cm., constituido por una base de pequeos cantos rodados y
una solera de arcilla rojiza endurecida por la accin del fuego.
La segunda vivienda presenta una estructura ms compleja
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
(fig. 29,2). Una serie de agujeros de poste alineados delimitan
la cabaa, de 6 m. de dimetro, en cuyo interior, ocupando el
sector meridional, se excav un escaln, de 50 cm. de ancho,
interpretado como un banco corrido. Ya sobre el suelo de la
cabaa, de tierra apisonada, se localiz una banqueta de
adobe, de aproximadamente 1,50 por 1 metro, que ocupaba
una posicin central. Tanto el banco corrido como el escaln
que se abre por encima de l y la banqueta presentaban una
o varias capas de enlucido.
Pero el tipo de vivienda ms frecuente y caracterstico del
mundo celtibrico ser el rectangular. La presencia de viviendas de planta rectangular y mampostera en seco conviviendo con otras circulares (fig. 30,1) est documentada en
Fuensaco (Romero 1992b: 196 s., fig. 4; Romero y Misiego
1992: 318; Idem 1995b: 134 ss., fig. 3), superpuestas sin solucin de continuidad a la fase constructiva caracterizada por
las cabaas circulares. Dada su asociacin con las caractersticas cermicas propias de la cultura castrea soriana y la
presencia de algunos adornos de bronce, se ha sugerido una
datacin del siglo V a.C. o, tal vez, algo anterior (nota 18).
Sin salir del Alto Duero, el castro del Zarranzano ha proporcionado dos viviendas de mampostera superpuestas en parte
(fig. 30,2) (Romero 1989: 51 ss.; Idem 1992b: 197 s., fig. 5).
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III. El habitat
Fig. 29.-Planta y perfil de las cabaas circulares de la fase inicial de El Castillejo
de Fuensaco. (Segn Romero y Misiego 1992 y 1995b).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 30.-1, viviendas rectangular y circular-en lnea discontinua-del segundo nivel
de ocupacin de El Castillejo de Fuensaco; 2, planta de las viviendas superpuestas del castro del Zarranzano. (Segn Romero y Misiego 1995b (1) y Romero
1989 (2)).
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III. El habitat
La inferior, datada en la primera mitad del siglo V a.C., tiene
planta cuadrangular de unos 8 m. de lado, que delimitan una
superficie interior de aproximadamente 36 m2. Sus muros, de
0,70-0,90 m. de espesor, estn construidos con bloques de
conglomerado, de tamao mediano y grande, y cantos rodados ms pequeos, conservndose de dos a cinco hiladas.
En el interior se localizaron dos hogares y, junto a uno de
ellos, un vasar de 1,50 por 0,50 m., constituido por una hilada doble de piedras rodadas planas. Sobre esta vivienda,
y apoyando en parte sobre ella, se descubri una estructura
circular de 6 m. de dimetro, 5 de ellos correspondientes al
espacio interior, ocupando una extensin de unos 20 m2. Sus
muros, de 0,50 m. de ancho y una altura conservada que no
supera el medio metro, son de piedras rodadas de tamao
mediano unidas en seco. El acceso se realiz por el Sureste,
habindose encontrado un enlosado en forma de T, que se
sita por delante del muro y sobre l, con una extensin de
unos 2 m2. El hogar se localiza aproximadamente en el centro
de la vivienda, superponindose en parte a uno de los documentados en el interior de la vivienda infrayacente, con el que
presenta adems idntica forma y estructura (nota 19).
Con todo, la implantacin en el territorio celtibrico de viviendas rectangulares se producira en una fecha temprana del
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Primer Hierro, como se desprende de los restos de construccin correspondientes a la fase inicial de La Coronilla (Garca
Huerta 1989-90: 170; Cerdeo y Garca Huerta 1992: 83 ss.,
fig. 3). De las seis viviendas identificadas, todas de planta rectangular, adosadas y con el muro trasero corrido, solamente
una se hall completa, midiendo 4,75 m. de anchura por 4 de
profundidad. El muro corrido, ataludado al exterior, tiene 1,5
m. de anchura total y est constituido por piedras de tamao
mediano apenas escuadradas. Los muros medianiles son de
mampostera, formados por piedras pequeas sin trabajar,
de los que se han conservado hasta cinco hiladas, con 0,70
m. de altura y 0,75 de anchura (Garca Huerta 1989-90: 170).
Los suelos son de tierra apisonada, no habindose advertido
compartimentacin interior alguna.
La implantacin del modelo debi arraigar rpidamente en la
comarca, como demuestra la fase antigua del poblado de El
Ceremeo (Cerdeo et alii 1993-95: 67 ss.; Cerdeo et alii
1995a: 173 s., fig. 7; Cerdeo et alii 1995b: 164; Cerdeo
1995: 198 ss.). Se han hallado hasta la fecha cuatro viviendas, que aparecen adosadas entre s, utilizando como trasera la propia muralla (fig. 32,1). Destaca la vivienda A (fig.
31,1) por ofrecer una distribucin tripartita (vestbulo, habitacin central y despensa), siguiendo el modelo conocido en el
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III. El habitat
Valle del Ebro. Tiene planta rectangular y unas dimensiones
de 11,5 por 5 m. con un espacio utilizable de 57,5 m2, que
hacen que sea la mayor de las excavadas. El vestbulo, de
1,10 m. de ancho, da paso a la habitacin central donde se
identificaron los restos de un posible hogar; finalmente, la
habitacin interpretada como despensa, dada la abundancia de vasijas de almacenamiento. La vivienda B (fig. 31,2)
presenta unas dimensiones de 6 por 5,5 m. y una superficie
til de 33 m2; sus muros miden 0,55 m de anchura. Como
nica compartimentacin interior muestra un murete de 1,20
m. de longitud paralelo al muro Oeste, delimitando un espacio de funcionalidad indeterminada. En la zona central de la
vivienda se documentaron tres grandes losas que serviran
de apoyo a otros tantos postes de sujecin de la techumbre,
tambin aparecidos en la casa E. La vivienda C carece de
compartimentacin interior habiendo proporcionado un gran
nmero de recipientes cermicos de variada tipologa localizados a lo largo de la muralla y del muro Este. Por ltimo,
la casa D, no excavada en su totalidad, ofrece un pequeo
banco de piedra situado a lo largo del lienzo de muralla que
hace de trasera de la casa, al pie del cual se encontraba un
gran recipiente de almacenamiento.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Durante la Segunda Edad del Hierro se generaliza la casa
rectangular (Bachiller 1992: 18 s.; Jimeno y Arlegui 1995:
109). Las recientes excavaciones en Castilmontn descubrieron casas rectangulares dispuestas transversalmente a
la muralla (figs. 22 y 31,3). Las dimensiones son similares,
de unos 15 m. de longitud y 5 de anchura, habindose atestiguado, en las dos nicas excavadas en su totalidad, su
compartimentacin interna en tres estancias de dimensiones
variables (figs. 22 y 31,3). Los muros, de mampostera, construidos con piedras regulares, se conservan en una altura de
1,40 m., presuponindose de adobe el resto del muro y la
techumbre, a un agua, de entramado de ramas, paja y barro
(Arlegui 1990b: 52, foto 11).
La fase Ceremeo 11 (Cerdeo et alii 1993-95: 76 ss.;
Cerdeo 1995: 200 ss.) proporcion un total de ocho viviendas rectangulares adosadas entre s y a la muralla, evidenciando un urbanismo articulado en torno a dos calles paralelas (fig. 32,1). Sus dimensiones oscilan entre 6,90 y 7,70 m.
de longitud por 2,50-2,70 de anchura, dejando un espacio
interior de unos 19 m2. dimensiones notablemente inferiores a las de la fase I. El zcalo, de mampostera y sobre el
que se levantara un muro de adobe, presenta una anchura
de medio metro, no habindose identificado evidencias de
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82
III. El habitat
compartimentaciones internas. La presencia de hogares est
documentada en las viviendas la, casi en su zona central, y
III, en su parte delantera, estando formado este ltimo por un
lecho de piedras de pequeo tamao y sobre l una capa de
carbn y cenizas de 15 cm. de espesor.
La excavacin de dos viviendas completas en Herrera de los
Navarros (fig. 36,1 1), un poblado con urbanismo de calle
central, ha suministrado una importante informacin en relacin a las caractersticas constructivas y a la distribucin
y funcionalidad del espacio domstico (Burillo 1980: 78 ss.;
Burillo y de Sus 1986; Idem 1988). La vivienda 2, aunque
afectada por una docena de silos de poca medieval, es la
mejor conservada y la que ha aportado mayor nmero de
datos, ya que la casa 1 evidenciaba un importante proceso
erosivo, que haba hecho incluso desaparecer algunas de
sus partes. La casa 2 presenta una planta trapezoidal, de 6
y 7 por 8 m., configurando un espacio de 52 m2, distribuido
en seis estancias; este espacio es algo superior al de la casa
1, de planta rectangular y donde se pudieron identificar siete
habitaciones. Los muros exteriores son de mampostera en
su base, suponindose una elevacin con adobe o tapial. Los
laterales, que en la vivienda 1 tienen una anchura entre 0,45
y 0,60 m., son medianiles con otras casas, mientras que el
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 31.-Reconstruccin de las viviendas A (1) y B (2) de la fase I de El Ceremeo
y del poblado de Castilmontn (3). (Segn Cerdeo et alii 1995a (1), Cerdeo
1995 (2) y Arlegui 1990b (3)).
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III. El habitat
Fig. 32.-1, reconstruccin del trazado urbano de las dos fases del poblado de El
Ceremeo. 2, detalle de un sector del poblado del Alto Chacn. (Segn Cerdeo
et alii 1993-95 (1) y Atrin 1976 (2)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
muro trasero corresponde a la muralla, que en el tramo donde se adosa la casa 1 alcanza un espesor de un metro. Los
muros interiores son de adobe o tapial, documentndose en
algn caso huellas de postes verticales embutidos, sin que
pueda descartarse la presencia de medianiles de madera.
Los muros presentan restos de enlucido de arcilla y un encalado posterior. Los suelos son en su mayora de arcilla, si
bien en la casa 1 aflora la roca natural y en la 2 se ha identificado un espacio (habitacin II), donde el suelo de arcilla,
que ocupa la mitad de la estancia, est endurecido, y el resto
se cubre con piedras a modo de losas. Tambin se ha identificado un entarimado de madera en la habitacin V de la
casa 2, y en una estancia contigua se document un banco
corrido de arcilla. Debido a la poca altura conservada de los
muros, resulta difcil ubicar los vanos a travs de los cuales
se comunicaran unas estancias con otras, sin que se haya
reconocido el hogar en ninguna de las dos casas excavadas.
Tampoco existen restos que proporcionen informacin sobre
las techumbres, que hay que suponerlas de materiales deleznables.
Viviendas rectangulares o trapezoidales de muros medianiles
comunes se han hallado en un buen nmero de poblados celtibricos. En El Collarizo de Carabantes, las viviendas rectanNDICE
86
III. El habitat
gulares de mampostera estn alineadas a lo largo del cantil
oriental del poblado (Bachiller 1992: 19). En el Castillejo de
Tanie (fig. 36,3), se descubrieron algunas habitaciones de
planta rectangular, bastante grandes y de mampostera a
canto seco (Taracena 1926a: 12). Igualmente, en el cercano
poblado del Castillo de Tanie se excavaron algunas habitaciones rectangulares con muros de similar construccin
(Taracena 1926a: 14). En el Castillo de Arvalo de la Sierra
(fig. 36,2), se documentaron habitaciones de planta trapezoidal, de muros hechos de mampostera con barro; como
material de construccin se emple, tambin, el ladrillo, mal
cocido, cuyas dimensiones medias son 30 por 39 por 13 cm.
(Taracena 1926a: 9). En Ocenilla (fig. 23,1), las viviendas
son rectangulares, hallndose en un avanzado estado de
destruccin (Taracena 1932: 47). En Ventosa (fig. 20, l), las
habitaciones son asimismo rectangulares, en ocasiones irregulares y bastante grandes; los muros son de mampostera
en seco y miden 0,50 m. de espesor; se document una cueva, idntica a las numantinas, de 4,50 por 3 m., excavada
en la tierra, con una profundidad de poco ms de un metro
(Taracena 1926a: 6). En Suellacabras (fig. 20,5), las viviendas
son de planta rectangular y bastante amplias, excavndose
dos completas, con unas dimensiones de 4 por 5,50 m. y 4
por 9,50; estn construidas con muros de pequeos sillarejos
NDICE
87
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
bien careados, unidos sin mortero o argamasa, de 60 cm. de
espesor y 70 de altura, con pavimento de tierra (Taracena
1926a: 27). En Izana, las viviendas son cuadrangulares (fig.
36,4), cimentadas sobre la roca, con muros de mampostera
cogidos con barro, elevados con tapial. Tambin se utiliz
el ladrillo, mal cocido, con unas dimensiones de 30 por 27
por 10 cm. Las habitaciones de la zona interna del poblado
muestran cuevas de hasta 2,50 m. de profundidad (Taracena
1927: 7 s.). Plantas similares se han documentado asimismo
en los poblados turolenses del Alto Chacn (fig. 32,2) (Atrin
1976) y el Puntal del To Garrillas (Berges 1981: fig. 4) o en el
conquense de Villar del Horno (Gmez 1986: plano II), entre
otros.
La excavacin de la fase celtibrico-romana de La Coronilla
ha deparado una docena de viviendas de planta rectangular con muros medianiles, todas ellas incompletas, faltando
la fachada o el muro trasero corrido que hace las veces de
muralla, para las que se ha sealado un tamao aproximado
entre 12 y 36 m2 (Garca Huerta 1989-90: 169; Cerdeo y
Garca Huerta 1992: 18 ss. y 41 s.). Las paredes presentan
un zcalo de mampostera de entre 0,55 y 0,65 m. de anchura, con una altura media de 0,70-0,75 cm., sobre el que
se elevara un muro de adobe o tapial, enlucido mediante un
NDICE
88
III. El habitat
manteado de arcilla en su cara interna. Los suelos, muy homogneos en todo el poblado, constan de una capa de tierra
endurecida dispuesta sobre otra de arcilla muy compacta y
una base de pequeos cantos, prolongndose al exterior de
las habitaciones, lo que ha llevado a plantear la existencia
de porches, en los que tambin se han documentado hogares. Las dos viviendas de mayor tamao proporcionaron un
pavimento de lajas que cubra parte de las estancias. Las
puertas se abran hacia el interior del poblado, presentando
una anchura que oscila entre 1 y 1,26 m. Los cubrimientos
seran los habituales, y sobre los que ya se ha insistido en
relacin con otros poblados. Los hogares presentan unas
caractersticas variadas tanto en lo relativo a su morfologa
como a su localizacin en la vivienda, ya en el interior o en
el porche exterior. Se han hallado, adems, un buen nmero
de silos, normalmente en grupos de dos o de tres, cuyas paredes y suelo estaban revestidos por una capa de arcilla muy
compacta con la superficie endurecida, a modo de aislante.
Aparecen al exterior y en el interior de las viviendas, estando
gran parte de ellos ya en desuso cuando se construyeron las
viviendas de la fase ms reciente (Garca Huerta 1989-90:
171; Cerdeo y Garca Huerta 1992: 41 ss.; Cerdeo et alii
1995a: 175).
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 33.-Plano de la insula de La Caridad de Caminreal donde se localiza la Casa
de Likine (1) y detalle de la misma (2) (segn Burillo, dir. 1991 (1) y Vicente 1988
(2)), con la distribucin de reas funcionales (segn Vicente et alii 1991).
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90
III. El habitat
Fig. 34.-Numancia: casa celtibrica (1) y reconstruccin de algunas manzanas y
casas de la ciudad romana (2). (Segn Schulten 1931 (1) y Jimeno 1994a (2)).
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91
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 35.-Contrebia Leukade: conjunto de viviendas rupestres del sector II-LL (1) y
planta de la ciudad (2). (Segn Hernndez Vera 1982).
NDICE
92
III. El habitat
Las ciudades de mayor entidad muestran una arquitectura domstica ms evolucionada, como en La Caridad de
Caminreal, donde se ha excavado una gran mansin cuya
organizacin interna responde a las caractersticas de la casas helenstico-romanas (fig. 33). Tiene planta casi cuadrada
(30,50 por 30 m.) y una superficie total de 915 m2, estructurndose en torno a un patio central porticado al que se abren
21 estancias (Vicente et alii 1991).
En otras ciudades, como es el caso de Numantia, se mantiene
el tipo de casa que es propio del mundo celtibrico (fig. 34,1).
All (Taracena 1954: 236 s.; Ortego 1975: 21 ss.; Jimeno et
alii 1990: 26 ss.; Jimeno 1994a: 124; Jimeno y Tabernero
1996: 423 ss.), las viviendas son de planta rectangular o
trapezoidal, aunque los restos constructivos atribuibles a
la ciudad celtibrica sean escasos, pues la mayora de los
muros documentados corresponden a la ciudad romana (fig.
34,2). Estaban construidas con zcalo de mampostera seca,
de canto de ro sin carear, elevados con cestera manteada
de barro, en tanto que los muros interiores eran de adobe o
tapial, de 0,30 a 0,45 m. de grosor, y se han identificado postes de madera. Las paredes se enluciran con madera y cal y
habra que suponer un cubrimiento de ramaje y tierra. Sus dimensiones seran de unos 12 m. de longitud y de 3 a 6 de anNDICE
93
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
cho, con triple compartimentacin, localizndose el hogar en
una de las estancias y, como norma, debajo de la habitacin
de acceso tenan una cueva o bodega, elemento ste caracterstico de la casa celtibrica de poca avanzada; excavada
en el terreno, son de planta rectangular o cuadrada, de 3 4
m. por 3, y tienen una profundidad que oscila entre 1,50 y 2
m. Funcionalmente, la cueva era utilizada para el almacenamiento y conservacin de las provisiones, y a veces estara
destinada a actividades artesanales (fragua, alfar, etc.).
Ms complejo resulta el caso de las ciudades rupestres de
Contrebia Leukade (fig. 35,1) (Taracena 1954: 244, fig. 138;
Hernndez Vera 1982: 161 s.; Hernndez Vera y Nez
1988: 40 s.) o Termes (Taracena 1954: 239 ss.; Argente et
alii 1990: 21 y 35 ss.), en las que resulta difcil diferenciar las
construcciones celtibricas de las puramente romanas.
4. EL URBANISMO: CASTROS Y OPPIDA
Como se ha podido comprobar al abordar la arquitectura
domstica, los restos constructivos identificados en el interior de los poblados son muy escasos y tan slo cuando se
han llevado a cabo excavaciones o afloran los restos de sus
estructuras, lo que ocurre en contadas ocasiones, existe la
posibilidad de conocer la ordenacin interna, esto es, el urNDICE
94
III. El habitat
banismo, del espacio habitado. No son muchos los poblados
objeto de excavaciones en extensin, aun cuando a lo largo
del territorio celtibrico s existen ejemplos suficientes que
permiten abordar su urbanismo con ciertas garantas.
Resulta caracterstico del mundo celtibrico, pero no exclusivo de l (Almagro-Gorbea 1994a: 18; Idem 1995f: 182
ss.), el urbanismo de calle central, con casas rectangulares
de muros medianiles comunes cuyos muros traseros se
cierran hacia el exterior, a modo de muralla, o se adosan a
sta (nota 20). Este tipo de poblado tiene sus precedentes
inmediatos en los poblados de Campos de Urnas del Noreste
(Ruiz Zapatero 1985: 471 s.), entre ellos el de Els Vilars, en
su fase contempornea a las mencionadas piedras hincadas
(Garcs et alii 1991: 190, fig. 1; Garcs et alii 1993: 45), por
ms que esta estructura urbanstica sea conocida ya desde
el Bronce Medio, como lo confirma el poblado turolense de la
Hoya Quemada (Burillo 1992a: 205).
No es mucha la informacin de que se dispone sobre el urbanismo celtibrico en su fase inicial. Las recientes excavaciones en El Castillejo de Fuensaco han permitido reconocer
dos cabaas circulares (fig. 29), excavadas en la roca, adscritas al inicio de la Edad del Hierro (Romero 1992b: 196 s.,
fig. 4; Romero y Misiego 1992 y 1995b: 130 ss.). No obstante,
NDICE
95
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
nada puede decirse de la organizacin interna de este poblado abierto, si bien hay que sospechar la ausencia de cualquier planificacin. Con todo, el urbanismo de calle central
debi introducirse pronto en la Meseta Oriental (vid. AlmagroGorbea 1994a: 24; Idem 1995f: 184), como lo prueba el caso
de La Coronilla, en las parameras de Molina, cuyo nivel antiguo, adscribible al perodo formativo de la Cultura Celtibrica,
ha proporcionado viviendas rectangulares adosadas, abiertas
hacia el interior del poblado y muro corrido trasero, situado en
el lmite entre la pendiente y la zona amesetada, aunque slo
cierre el poblado por su flanco Norte (Garca Huerta 1989-90:
168; Cerdeo y Garca Huerta 1992: 83 s.).
A un momento posterior corresponde la fase inicial del castro
de El Ceremeo de Herrera, que presenta un esquema urbanstico similar (Cerdeo 1995: 198 ss.; Cerdeo et alii 1995a:
173 s.; Cerdeo et alii 1995b: 164). Las viviendas documentadas, de planta cuadrangular y muros medianiles, aparecen
adosadas a la muralla, estando abiertas las meridionales a
una calle de direccin Este-Oeste, y las situadas en la zona
occidental del poblado hacia una plaza o calle central. El poblado fue destruido por un importante incendio.
La informacin relativa al urbanismo de los castros de la
serrana soriana del Primer Hierro resulta enormemente
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96
III. El habitat
Fig. 36.-Plantas de Los Castellares de Herrera de los Navarros (1), el Castillo
de Arvalo de la Sierra (2), con indicacin de los accesos (segn Gonzlez, en
Morales 1995), el Castillejo de Tanie (3) y Castilterreo de Izana (4). (Segn
Burillo y de Sus 1986 (1), Taracena 1926a (2-3) y 1927 (4)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
precaria. Los trabajos de Taracena (1929: 7, 11-13, 17 y 24;
Idem 1941: 13 s.) en los castros de El Royo, Valdeavellano,
Zarranzano, Alto de la Cruz de Gallinero y Castilfro pusieron de relieve la falta de restos constructivos de piedra, as
como restos de carbn y ceniza interpretados como una evidencia de antiguas cabaas de madera y ramajes (Romero
1991a: 219). Sin embargo, la existencia en estos castros
de construcciones de mampostera est hoy plenamente
comprobada, como bien han demostrado casos como el del
Zarranzano (fig. 30,2), donde a una casa cuadrangular, a la
que se adosaran otras viviendas similares, se superpone
otra circular (Romero 1989). Pero, los sondeos llevados a
cabo por Taracena en el interior de algunos de estos castros y lo infructuoso de los resultados obtenidos, parecen
apuntar hacia una ocupacin dispersa del espacio interior.
No obstante, en el Castillejo de Tanie (fig. 36,3) se descubrieron algunas habitaciones rectangulares, adosadas unas
a otras (Taracena 1926a: 12), mientras que se ha sealado
la presencia en el castro de Pozalmuro (Bachiller 1987a: 16)
de casas de planta rectangular y muros medianiles comunes
adosadas a la muralla, constituyendo quizs una estructura
con espacio central libre, aunque tan slo se hayan detectado en su sector meridional. Por lo dems, no resulta sencillo
establecer la adscripcin cultural y cronolgica de estos resNDICE
98
III. El habitat
tos constructivos, sobre todo si se tiene en cuenta el hallazgo
en ambos castros de especies cermicas a mano y a torno.
Tambin en los Castillejos de El Espino (Romero 1991a: 219)
afloran alineaciones de piedras que pudieran corresponder a
muros de habitaciones de planta rectangular de muros medianiles comunes, perpendiculares a la muralla y aparentemente no adosados a ella.
A partir de la Segunda Edad del Hierro se generaliza el esquema urbanstico de calle o plaza central, teniendo en Los
Castellares de Herrera de los Navarros (fig. 36,1), un poblado
de 0,22 ha. fechado en el trnsito entre los siglos III-II a.C.,
un magnfico ejemplo del mismo (Burillo 1980: 78 y 187 s.;
Idem 1983: 12 s.). La calle central, que discurra por el punto
ms alto del poblado y que no presentaba resto alguno de
preparacin para el trnsito, recorra el centro del poblado,
abrindose a ella las casas localizadas a ambos lados de la
misma, con muros medianiles entre s y con la muralla como
cierre al exterior. Partiendo de los restos hallados en superficie y de la excavacin de dos viviendas, los muros comunes
parecen distar unos de otros 8 m., con lo que se obtendra un
total de 22 espacios. Adems, la utilizacin de mampuesto de
grandes dimensiones permitira identificar en el ngulo Sur
un recinto de categora especial, quizs una torre.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Este mismo modelo urbanstico fue el aplicado en
Castilmontn (fig. 22), para el que se ha sugerido una cronologa entre el siglo III y el I a.C. (Arlegui 1992b: 505), con casas rectangulares, de muros medianiles comunes, adosadas
a la muralla. Por la regularidad observada en las dimensiones
de las viviendas se ha sugerido una capacidad mxima para
el espacio intramuros de una treintena de casas (Arlegui
1990a: 52; Idem 1992b: 498 y 504).
Tal tipo de poblado tuvo amplia vigencia en la Celtiberia,
como lo demuestra el propio caso de La Coronilla, cuyo nivel
celtibrico-romano evidencia una distribucin de las viviendas similar a la registrada en la fase inicial, ocupando ahora
tambin el flanco meridional del poblado. Las viviendas abarcaran unos 500 m2 de la superficie total, aproximadamente
1.500 m2, esto es, el 33% de la totalidad (Garca Huerta 198990: 168; Cerdeo y Garca Huerta 1992: 17 s., 41 s. y 78).
La fase ms reciente de El Ceremeo (Cerdeo 1995: 200
ss.) ofrece un trazado urbanstico similar; pero al estructurarse en torno a dos calles paralelas de direccin Este-Oeste
tan slo las viviendas localizadas al Sur y seguramente al
Norte del poblado -aunque esta zona no ha sido objeto de excavacin- utilizaran como trasera la propia muralla, presentando el resto muros traseros comunes entre s. El trazado
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100
III. El habitat
urbanstico de esta fase (Ceremeo II) presenta algunas diferencias respecto al de la fase precedente (Ceremeo I), del
que queda separado por un nivel de abandono. Las casas,
de planta rectangular presentan muros medianiles, estando
las situadas en la zona Sur del poblado adosadas en su parte posterior a la muralla, al igual que ocurriera en la fase 1,
mientras que las situadas inmediatamente al Norte, abiertas
a la misma calle y tambin adosadas entre s, presentan
muro trasero corrido compartido con las viviendas abiertas
hacia la calle septentrional. La superficie del poblado es de
2.000 m2.
La mayor complejidad urbanstica est presente en los poblados de mayores dimensiones, donde junto a casas dispuestas transversalmente a la muralla y adosadas a ella,
el resto de las construcciones -con muros comunes al igual
que aqullas- aparecen distribuidas seguramente en torno
a calles. Los trabajos de Taracena en el Castillo de Arvalo
de la Sierra (fig. 36,2) (Taracena 1926a: 9) (nota 21), los
Villares de Ventosa de la Sierra (fig. 20,1) (Taracena 1926a:
5 s.) (nota 22), el Castillo de Ocenilla (fig. 23,1) (Taracena
1932: 42 y 47 s., fig. 6,G-H) (nota 23), los Castellares de
Suellacabras (fig. 20,4) (Taracena 1926a: 27 s.) (nota 24) o
Castilterreo de Izana (fig. 36,4) (Taracena 1927: 6 ss., fig. 1)
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 37.-Numancia: plano de la ciudad y de la superposicin de las ciudades celtibrica (puntos) y romana (lnea). (Segn Schulten 1933b y Taracena 1954).
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III. El habitat
(nota 25), algunos de ellos ya de cronologa avanzada, ca.
siglo I a.C., han proporcionado una interesante informacin
al respecto.
Viviendas adosadas a la muralla estn documentadas en
la ciudad de Numantia, salvo en su lado occidental, donde
existira un intervallum o calle de ronda. La ciudad celtibrica ofrece un trazado hipodmico (fig. 37), con dos calles
paralelas de direccin Noreste-Suroeste cruzadas por otras
once tambin paralelas, sin dejar espacios libres para plazas
o lugares de reunin. La retcula de la ciudad queda cerrada
hacia el Occidente por una calle paralela a la muralla, que
dobla hacia el interior por el Sur, donde se han encontrado
otras tres calles paralelas que formaban medios anillos concntricos exteriores. Las casas, yuxtapuestas y de plantas
no uniformes, cubran las manzanas rectangulares delimitadas por las calles, que se hallaban pavimentadas con
piedra menuda y con aceras de grandes cantos rodados,
estando provistas de piedras pasaderas para cruzar el arroyo
(Taracena 1954: 235 s.; Jimeno 1994a: 123 ss.; Idem 1994b:
39; Jimeno y Tabernero 1996: 423 ss.). Tradicionalmente, se
ha identificado esta ciudad con la destruida el ao 133 a.C.
(Taracena 1954: 234), aunque los recientes trabajos llevados
a cabo bajo la direccin de A. Jimeno permiten interpretarla
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103
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
como la correspondiente al siglo I a.C. (Jimeno 1994a: 123;
Idem 1994b: 37; Jimeno y Tabernero 1996: 423 ss.). La ciudad de poca imperial mantuvo el esquema urbanstico general, con remodelaciones en el trazado de algunas de sus
calles (Jimeno et alii 1990: 53; Jimeno 1994a: 125; Jimeno y
Tabernero 1996: 426 s.).
La aplicacin de modelos urbansticos ortogonales tiene su
reflejo en La Caridad de Caminreal (fig. 16,5), ciudad situada
en el valle del Jiloca, que ofrece una estructura con calles perpendiculares entre s carentes de enlosado aunque provistas
de aceras y canales de captacin y evacuacin de aguas (fig.
33). Las calles delimitan insulae, al parecer ocupadas por dos
o ms viviendas, habindose excavado completa tan slo
una de ellas, la denominada Casa de Likine, una mansin
helensticoromana de dimensiones notables, que pone de
relieve la pronta asimilacin del urbanismo romano por parte
de las poblaciones celtibricas del Valle del Ebro (nota 26).
Es una ciudad de nueva planta con un nico momento de
ocupacin, que cabe fechar entre el siglo II y el primer tercio
del 1 a.C. (Vicente 1988; Vicente et alii 1991: 82 ss.).
Junto a ciudades de planta reticular conviven otras cuyo desarrollo urbanstico est fuertemente condicionado por la topografa del terreno. En San Esteban del Poyo del Cid (Burillo
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104
III. El habitat
1980: 156 y 188), como en la Bilbilis romana (Martn Bueno
1975a), los desniveles del terreno obligaron a la realizacin
de labores de aterrazamiento mediante muros de contencin.
En Contrebia Leukade, la ciudad se asienta sobre dos cerros y una vaguada intermedia (fig. 35,2), constituyendo un
espacio en pendiente que fue acondicionado con terrazas
realizadas mediante el rebaje de la roca y muros de contencin. Las casas, que se localizan en estas terrazas formando
grupos alineados, presentan medianiles comunes, estando
en parte excavadas en la roca (Hernndez Vera 1982: 136
ss.; Hernndez Vera y Nez 1988).
Las caractersticas topogrficas sern uno de los condicionantes principales en la organizacin del espacio interno de
Langa de Duero (Taracena 1929: 31 ss.; Idem 1932: 52 ss.;
Idem 1941: 89 s.), ciudad, que viene siendo identificada con
la Segontia Lanka de las fuentes clsicas, localizada en la
vertiente de un elevado cerro, sin fortificaciones, formada por
la yuxtaposicin de caseros, con amplios espacios carentes
de edificacin. Las excavaciones se centraron en dos altozanos separados 200 m., en los que se dejaron al descubierto
2.750 y 2.700 m2, respectivamente (fig. 38). Las viviendas, de
planta cuadrangular y muros medianiles, estn constituidas
por varias estancias, agrupndose en manzanas.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 38.-Plano de dos sectores de la ciudad de Segontia Lanka. (Segn Taracena
1929 y 1932).
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III. El habitat
Fig. 39.-Contrebia Belaisca: 1, plano de la acrpolis y reconstruccin hipottica de
los elementos arquitectnicos de arenisca localizados en la zona norte del gran
edificio de adobe; 2, casa seorial e instalaciones agrcolas de transformacin de
la zona baja de la ciudad, con la indicacin (*) del lugar de aparicin del bronce de
Botorrita 1. (Segn Beltrn 1987b).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
El escaso conocimiento sobre el interior de los poblados
celtibricos, especialmente en lo que a los de menores dimensiones se refiere, no permite identificar la presencia de
viviendas que evidencien una diferenciacin social, de la que,
sin embargo, ha quedado constancia a travs del registro funerario y las fuentes literarias (vid. captulo IX). En este sentido podra valorarse la vivienda A de la fase I de El Ceremeo,
que con sus 57 m2 de superficie utilizable destaca respecto
de las restantes estructuras contemporneas (Cerdeo et alii
1995a: 174). No obstante, los hbitats ms evolucionados
s han permitido detectar este tipo de viviendas, siendo un
magnfico ejemplo de ello la mencionada Casa de Likine (fig.
33), en la que sin duda debi vivir un personaje relevante
(Vicente et alii 1991: 123), o la casa seorial con instalaciones agrcolas de transformacin anejas a ella, situada en
la zona baja de Contrebia Belaisca (fig. 39,2) (Beltrn 1987b:
104 s.). La existencia de edificios pblicos, presumiblemente de carcter poltico, nicamente se ha documentado en
Contrebia Belaisca (fig. 39,1) (Beltrn 1987a y 1988), donde
al parecer se han localizado tambin reas artesanales (Daz
y Medrano 1986).
En relacin con la presencia de aljibes, cabe destacar los
hallados en el poblado de El Moln de Camporrobles (fig.
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108
III. El habitat
23,2) (Almagro-Gorbea et alii 1996: 10), en La Plana de Utiel.
Tienen planta cuadrangular y estn talladas en la roca. Una
de las cisternas, situada en el interior del poblado, junto a la
puerta, mide 3 por 6 m., estando colmatada en gran medida. La otra, que se localiza extramuros junto al camino de
acceso, ofrece mayores dimensiones y una impresionante
profundidad de unos 19 m., tal vez hasta alcanzar una capa
fretica.
Los sistemas de alcantarillado estn documentados en las
ciudades y en poblados de menor entidad de cronologa
avanzada. En los Villares de Ventosa de la Sierra, Taracena
(1926a: 5, fig. 3, lm. 11,2) identific un alcantarillado que
atravesaba la muralla con una seccin de 62 por 37 cm.
constituido por piedras de mayor tamao, con el suelo empedrado de canto menudo. En Suellacabras, se localizaron dos
atarjeas de saneamiento bajo la muralla (Taracena 1926a:
28). En La Caridad, canales de captacin y evacuacin de
aguas (Vicente et alii 1991: 84), e importantes obras de abastecimiento de agua en Contrebia Leukade, aunque seran ya
de poca romana (Hernndez Vera 1982: 167 ss., lm. XVII;
Hernndez Vera y Nez 1988: 40); etctera.
Por lo que refiere a obras de regado, la Arqueologa no ha
proporcionado informacin al respecto (Asensio 1995: 376),
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
aunque por la Tabula Contrebiensis (Fats 1980; Prez
Vilatela 1991-92) se conoce su existencia, al menos desde el
primer cuarto del siglo 1 a.C.
En algunos poblados celtibricos (Burillo 1980: 156 y 188) se
ha sealado la presencia de restos constructivos o de aterrazamientos fuera del espacio delimitado por la muralla, siendo
su datacin el principal problema que plantean. Como ya se
ha indicado, entre el doble lienzo de murallas documentado
en Herrera de los Navarros existe un espacio cuya funcionalidad est an por determinar, espacio que quizs pudiera
haber estado destinado a hbitat. Ms difcil de determinar,
sin la realizacin de nuevas excavaciones, es la contemporaneidad con el asentamiento celtibrico de los aterrazamientos existentes en una de las laderas, as como el hallazgo,
tambin extramuros, de restos constructivos, principalmente
teniendo en cuenta la reocupacin de Los Castellares en
poca medieval (Burillo 1980: 75 ss. y 188; Idem 1983: 13).
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110
III. El habitat
1. Esto es especialmente evidente entre los castros sorianos, cuyo
tipo de asentamiento ms habitual es el localizado en las laderas (Romero 1991a: 191 y 195 s.).
2. Por lo que respecta a la ubicacin de los asentamientos urbanos en
el Ebro Medio, vid. Asensio (1995: 329 ss.).
3. Aunque esto pueda aceptarse de forma general, existen poblados,
adscribibles a la Primera Edad del Hierro, cuya superficie supera la
hectrea, como La Buitrera (Rebollo de Duero), con 2 ha., y La Corona
(Almazn), entre 5 y 6 (Jimeno y Arlegui 1995: 104), lo que contrasta
con la informacin disponible para hbitats contemporneos, como es
el caso de los localizados en las parameras de Sigenza y Molina de
Aragn (Garca Huerta 1990: 149 s.; Cerdeo et alii 1995a: 164) que
en ningn caso superan la hectrea.
4. As ocurre con el castillo de Ocenilla (Taracena 1932: 40) que, a
pesar de sus 7 ha. de superficie intramuros, no parece que pueda ser
considerada como un ncleo urbano.
5. Vid. Snchez-Lafuente 1979: 81 s., quien plantea la posibilidad de
que el campamento romano estuviera asentado sobre un poblado
indgena.
6. Estas dimensiones contrastan con la informacin ofrecida por los
oppida de los pueblos vecinos de los Celtberos (Almagro-Gorbea
1994a: 61 ss.; Almagro-Gorbea y Dvila 1995): entre los Carpetanos,
Complutum ofrece 68 ha., Contrebia Carbica 45 y Toletum 40; entre los Vacceos, Pallantia 110 ha., La Pea, en Tordesillas, 55, Las
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Quintanas, en Padilla de Duero, 40, e lntercatia 49 ha.; entre los
Vettones destaca Ulaca, con 60 hectreas.
7. Mucha menor entidad tuvo la muralla de El Castellar de San
Felices, con una anchura de un metro, aunque pueda corresponder
a un momento posterior dada la larga cronologa del castro, que incluso lleg a ser romanizado (Romero 199 la: 204 s.). Dimensiones
ms bien modestas presenta el muro trasero corrido que cierra por
el Norte el poblado del Primer Hierro de La Coronilla, en la comarca
de Molina de Aragn, cuya anchura es de 1,50 m. (Cerdeo y Garca
Huerta 1992: 84).
8. En ocasiones, los paramentos estn cogidos con barro, como
ocurre en el lienzo exterior de la muralla y en el torren externo de
Castilmontn, proporcionando as un aspecto ms cuidado y slido al
conjunto (Arlegui 19926: 499).
9. A modo de ejemplo, cabe mencionar los casos de La Coronilla, cuya
muralla tan slo presenta un espesor de 1,25 m. (Garca Huerta 198990: 164); el Castillo de Arvalo de la Sierra, 1,50 (Taracena 1926a: 9;
Romero 199 la: 373); Castilviejo de Guijosa, con una anchura media
de 2 (Beln et alii 1978: 65); El Ceremeo, entre 2 y 2,5 (Cerdeo y
Martn 1995: 187); Canales de la Sierra, cerca de 3 (Taracena 1929:
31); El Castellar de Berrueco, 3 (Burillo 1980: 184; Aranda 1986:
353); Los Villares de Ventosa de la Sierra, 3,60 (Taracena 1926a:
5); Castilmontn, entre 2,50 y 3, aunque llegue a alcanzar al menos
5,60 en la puerta principal, a pesar de no conservarse la cara exterior (Arlegui 19926: 500); Ocenilla, entre 2,50 y 6 (Taracena 1932: 41
s.); El Castillo de Omeaca, 4,80 (Ramrez 1993: 211); Valdeager, 5
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112
III. El habitat
(Aranda 1986: 353); Suellacabras, de 3 a 10 m. (Taracena 1926a: 25);
etctera.
10. La existencia de recintos concntricos que, como ha sealado
Esparza (1987: 242), alejan el frente blico del poblado, podra ponerse en relacin, de acuerdo con este autor, con la presencia de Roma,
que utiliza procedimientos de aproximacin y armas (arrojadizas,
artillera, fuego) muy superiores a los tradicionalmente empleados.
11. Recientemente, Moret (1991: 37) ha insistido en la datacin tarda
de los paramentos ciclpeos meseteos semejantes a los de Santa
Mara de Huerta, que difcilmente puede remontarse ms all del siglo
III a.C.
12. No obstante, para Garca Mora (1991: 160 s.) la cita de Livio estara referida a Contrebia Belaisca, donde parece documentarse en la
parte alta una torre de planta cuadrangular de 4 m. de lado, de la que
nicamente se conserva el basamento de sillares de alabastro y caliza
(Asensio 1995: 352, lm. 5,1).
13. Aunque Schulten crea que Numantia tuvo seis puertas, slo se
han localizado dos, ambas en su sector occidental, constituidas por la
simple interrupcin de la muralla, protegindose la ms meridional por
una torre triangular (vid. Jimeno et alii 1990: 23).
14. Una posicin similar ocupa el foso en los castros de Guijosa
(Beln et alii 1978) y Hocincavero (Barroso y Dez 1991), hasta la fecha los nicos que han proporcionado campos de piedras hincadas en
la provincia de Guadalajara, acompaando a stas y a la muralla, que
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113
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
tan slo se sitan en el sector ms desprotegido, en todo su recorrido
(fig. 28).
15. Vid. Taracena (1941: 51 ss.) y Bachiller (1987b: 82), quien seala
la existencia de piedras hincadas tambin en el interior del foso de Los
Castillejos de Gallinero.
16. Aunque inicialmente fue adscrito al Primer Hierro (Romero 1991a:
109 ss.), actualmente no hay duda en considerarlo de poca celtibrica avanzada (Ramrez 1993: 212; Jimeno y Arlegui 1995: 115).
17. Se ha sealado la existencia en El Castillejo de Hinojosa (Hogg
1957: 27 s.; Harbison 1968: 134) de un acceso al interior del poblado a
travs de un pasillo que corta tanto el foso como el campo de piedras
hincadas, aunque para Romero (1991a: 85) se tratara de un camino
moderno que cruza longitudinalmente el castro.
18. Las excavaciones de Taracena (1929: 20-23, figs. 18-19) permitieron identificar este nivel, que constitua el inferior, no habindose
documentado evidencia alguna de la ocupacin inicial del cerro.
19. Restos de estructuras de habitacin, preferentemente de planta
rectangular, se han identificado en los castros de Arvalo de la Sierra,
Tanie, en ambos casos gracias a la labor de Taracena, mientras que
El Espino, Valdeavellano de Tera, Pozalmuro, Hinojosa, Carabantes
y Cubo de la Solana, presentan restos superficiales (Bachiller 1986:
352; Romero 1991a: 219 ss.).
20. Esta disposicin del interior de los poblados est condicionada por
el relieve y la necesidad de un mximo aprovechamiento del espacio
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114
III. El habitat
habitable, como lo confirma su pervivencia en poca actual (Burillo
1980: 187; Garca Huerta 1989-90: 168; Almagro-Gorbea 1995b).
21. Se excavaron en este poblado de 1,80 ha. algunas habitaciones
de planta trapezoidal localizadas en las reas centrales del poblado.
Adems, una serie de viviendas contiguas se adosaban a la muralla.
22. En esta ciudad de 6 ha. se identificaron a travs de algunas zanjas
exploratorias un buen nmero de habitaciones rectangulares, a veces
irregulares y bastante grandes, pertenecientes a una manzana de
casas. A lo largo del tramo excavado para documentar las caractersticas de la muralla se observ la presencia de edificaciones, aunque
no directamente adosadas a ella, dejando un espacio libre de 0,25 m.
que permitira la recogida de aguas hacia un colector que atravesaba
la muralla.
23. Los sondeos realizados en el interior del poblado, cuya superficie
alcanza las 7 ha., pusieron de manifiesto que en todo l hubo habitaciones, que se hallaron completamente arrasadas, localizndose otras
adosadas a la muralla, con muros tangenciales a ella (fig. 19,5,G-H).
24. Se descubri a lo largo de 35 m., un tramo de calle que atraviesa
el poblado, cuya superficie es de 1,95 ha., en direccin Este-Oeste.
Tiene 4 m. de anchura y est formada por un pavimento de grandes
piedras planas, dispuestas sobre la tierra firme y ligeramente inclinadas hacia el centro para encauzar las aguas. Est flanqueada por
aceras realizadas con grandes cantos planos de 0,40 m. Se determin
la existencia de dos viviendas rectangulares abiertas a ambos lados
de la calle, identificndose asimismo habitaciones adosadas a la muralla.
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115
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
25. El poblado de Izana, con una superficie de 2,2 ha., fue objeto
de excavaciones que dejaron al descubierto 2.400 m2 en el ngulo
Sureste de la cumbre. Se localiz una calle de 2,50 m. de anchura,
empedrada con canto menudo y bordeada por aceras muy bajas. Las
viviendas, con muros comunes, se disponen perpendiculares a la calle y al permetro del poblado. Tambin se encontraron viviendas en el
interior del hbitat.
26. La Insula I, ocupada por dos viviendas, posee unas dimensiones
de 30 por 48,70 m., de las que prcticamente las dos terceras partes
de su superficie corresponden a la Casa de Likine (Vicente et alii
1991: 92).
NDICE
116
IV. Las necrpolis
IV. LAS NECRPOLIS
as necrpolis localizadas en las altas tierras de la
Meseta Oriental han constituido uno de los temas ms
atrayentes para los investigadores que han abordado
el mundo celtibrico a lo largo del siglo XX, aunque en la gran
mayora de los casos sus anlisis se hayan planteado desde
perspectivas puramente tipolgicas, centrndose en el estudio de algunos de los elementos ms significativos, como las
armas, las fbulas o los broches de cinturn. Faltan, en cambio, trabajos de sntesis (Prez Casas 1988a; Sopea 1995:
captulo III; Ruiz Zapatero y Lorrio 1995), tan slo realizados
en los ltimos aos de forma parcial, que permitan analizar los
cementerios celtibricos desde una perspectiva integradora
en el sistema cultural del que constituyen una parte esencial.
Las necrpolis ofrecen enormes posibilidades interpretativas
en aspectos tales como la sociedad o el ritual, permitiendo
establecer adems la propia seriacin de los objetos en ellas
NDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
depositados, constituyendo un tipo de yacimiento clave para
emprender el anlisis de la cultura a la que pertenecen.
1. LA LOCALIZACIN TOPOGRFICA
A pesar de la gran cantidad de necrpolis identificadas en la
Meseta Oriental, en un buen nmero de ocasiones, por tratarse de yacimientos inditos excavados a principios de siglo, se
desconoce su localizacin exacta. Por lo comn, se ubican en
zonas llanas, vegas o llanuras de ligera pendiente (figs. 4041) (Cerdeo y Garca Huerta 1990: 84; Aranda 1990: 104),
que en la actualidad son objeto de explotacin agrcola en su
mayora, o, como en Riba de Saelices o Numancia (fig. 2, l),
pueden localizarse en la ladera de un cerro, Resulta habitual
la proximidad de las necrpolis a cursos de agua (nota 1),
quizs debido a la existencia de rituales de trnsito en los que
el agua jugara un papel esencial. A veces, las necrpolis se
localizan sobre antiguos lugares de habitacin, como ocurre
en Carratiermes (Argente et alii 1990: 24 s.; Bescs 1992),
y posiblemente tambin en Alpanseque y El Atance (Burillo
1987: 83; Galn 1990: 29).
Resulta difcil establecer las razones que llevaron a la eleccin de un determinado lugar para el emplazamiento de la
necrpolis, si bien, al menos en un principio, la ubicacin de
NDICE
IV. Las necrpolis
sta se vinculara con la del propio poblado. Aun cuando la
relacin necrpolis-poblado no pueda establecerse en muchas ocasiones, lo cierto es que las necrpolis se localizan
al exterior y en los alrededores de los hbitats, ocupando
un espacio, para el que cabe suponer un carcter sagrado,
que resultara visible desde stos, de los que quedan separadas por distancias inferiores al kilmetro y medio, por lo
comn entre 150 y 300 m. A modo de ejemplo, la necrpolis
de Numancia se sita a unos 300 m. del lmite de la ciudad,
aunque se ha sealado la existencia de un posible recinto
murado a tan slo 35 o 40 m. del lmite del cementerio en su
zona ms alta (fig. 41,1); la necrpolis tan slo sera visible
desde este punto adelantado, pero no as desde la ciudad
(Jimeno 1996: 71).
Un aspecto de especial inters es el de la existencia de ms
de un ncleo de enterramiento para una nica comunidad,
como sucede con las necrpolis de Vias de Portugu y
Fuentelaraa que cabe vincular con el oppidum arvaco de
Uxama, en cuyas proximidades se localizan (fig. 41,2). En
este caso, ambos cementerios, situados en un radio de medio kilmetro en torno al cerro del Castro y separados entre
s algo menos de 2 Km., habran sido en parte contemporneos. Algo similar podra plantearse para las necrpolis de
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 40.-Localizacin de las necrpolis de Aguilar de Anguita (1), Almaluez (2),
Osonilla (3), La Revilla de Calataazor (4), Ucero (5) y Gormaz (6) y los poblados
con ellas relacionados.
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IV. Las necrpolis
La Requijada de Gormaz (fig. 40,6) y Quintanas de Gormaz,
pues aun no conocindose la localizacin exacta de esta
ltima, la distancia entre ambas no debi ser muy grande,
solamente, al parecer, escasos kilmetros (Zapatero 1968:
73). La proximidad de ambas necrpolis junto con las escuetas y, a veces, contradictorias noticias sobre el cementerio de
Quintanas de Gormaz ha llevado a cuestionar la existencia de
este ltimo (Garca Merino 1973: 43-48), por ms que la informacin de Morenas de Tejada (1916a: 174) sobre la tipologa
de los objetos encontrados en Gormaz, especialmente en lo
que respecta a las espadas y puales, no coincida con los
tipos que integraban los ajuares conocidos de la necrpolis
de Quintanas de Gormaz, por lo comn ms evolucionados
(Lorrio 1994: Apndice). La necrpolis de La Requijada se
sita en torno a un kilmetro al Sureste del castro, localizado
en el cerro donde se alza el castillo medieval de Gormaz (fig.
40,6).
Otras veces, la informacin tampoco resulta esclarecedora,
como en Aguilar de Anguita, donde Cerralbo excav dos
necrpolis, La Carretera o Va Romana y El Altillo (fig. 40, l),
situadas a poco ms de un kilmetro la una de la otra, pues el
desconocimiento de los materiales procedentes de la primera
de ellas y del propio ncleo de habitacin al que presumibleNDICE
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
mente estaran vinculadas no permite establecer la relacin
de ambos espacios funerarios. Ms complejo resulta extraer
cualquier conclusin sobre la relacin entre los cementerios
de El Planto y El Almagral, en Rugilla o Los Mercadillos y La
Cabezada, en Torresabin, al no conocerse su localizacin
exacta ni la correcta atribucin en cada caso de los materiales conservados a una u otra necrpolis.
La existencia de ms de una necrpolis o de diferentes sectores dentro de un cementerio podra deducirse de ciertos
casos, como los de Atienza, La Mercadera y, en general, los
localizados en el Alto Duero, en los que no parece que se
halle enterrada toda la poblacin, segn parece desprenderse de las caractersticas de los ajuares, faltando muchos de
los individuos del nivel social menos favorecido (Lorrio 1990:
50). En Atienza, la tumba 7 aparece claramente separada de
las dems, dejando un espacio intermedio de 115 m2 en los
que no se document resto arqueolgico alguno (fig. 46,2).
Ello, unido a la presencia en su ajuar de una fbula de doble
resorte y a la ausencia de armamento, permitira plantear la
mayor antigedad de esta sepultura respecto de las restantes que, con la informacin disponible, posiblemente seran
contemporneas entre s.
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10
IV. Las necrpolis
Un caso interesante es el de Carratiermes (Argente y Daz
1990: 52 ss.; Argente et alii 1990: 14 s.; Argente et alii 1992a:
530), donde se han identificado al menos dos sectores de enterramiento, separados entre s unos 200 m., al parecer libres
de sepulturas. El sector A, del que proceden la mayora de las
tumbas excavadas, ofrece una forma prxima al rectngulo,
habindose detectado la existencia de una estratigrafa horizontal, con las sepulturas de mayor antigedad ocupando
el rea meridional y las ms modernas, el septentrional y
occidental. Por su parte, el sector B, muy alterado, queda
caracterizado por la presencia de un encachado de forma
irregular cuyas dimensiones oscilan entre los 14,40 y los 7,20
m., en cuyo centro se detect un crculo de piedras de 1,80
m. de dimetro. El encachado estaba constituido por lajas de
caliza, bajo las cuales, as como en los aledaos, se hallaron
las sepulturas, encontrndose numerosos restos cermicos
sobre su superficie, quizs restos de ofrendas o mejor de enterramientos destruidos por las labores agrcolas.
En la necrpolis de Numancia (Jimeno 1996: 60 ss.), las sepulturas identificadas se concentran en dos grandes grupos
(caracterizados por la diferente composicin de los ajuares),
quedando espacios intermedios con menor intensidad o sin
enterramientos (fig. 47,2).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
2. LA ORDENACIN DEL ESPACIO FUNERARIO
Uno de los aspectos de las necrpolis de la Meseta Oriental
que ms ha llamado la atencin es la peculiar organizacin
interna del espacio funerario (figs. 42), que confiere a los cementerios celtibricos una evidente personalidad. As, algunas de las necrpolis del Alto Tajo-Alto Jaln y, en menor medida, del Alto Duero se caracterizan por la alineacin de las
tumbas formando calles paralelas, que en alguna ocasin se
hallaban empedradas, lo que confiere a este especfico ritual
una cierta variabilidad, evidente asimismo en la localizacin
de las reas de cremacin (figs. 43-44).
De esta forma, en lo que Cerralbo denomin Necrpolis
Segunda de El Altillo en Aguilar de Anguita, que ofreca junto
a la Necrpolis Primera una forma prxima al rectngulo,
se documentaron cinco hileras, de longitudes variables, formadas por grandes piedras a modo de estelas, de diferentes
dimensiones y nmero, cada una de las cuales indicaba la
localizacin de una sepultura. Los pasillos localizados entre
las distintas filas o calles tenan una anchura entre 1,8 y 3
m., mientras que los ms extremos eran notablemente ms
anchos, 14,4 y 7 m., respectivamente, siendo estos considerados, por la abundancia de ceniza hallada, como los lugaNDICE
12
IV. Las necrpolis
Fig. 41.-Localizacin de las necrpolis de los oppida de Numancia (1), Uxama (2),
Termes (3) y Luzaga (4). (Segn Jimeno y Morales 1993 (1), Campano y Sanz
1990 (2) y Argente 1994 (3)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 42.-La ordenacin del espacio funerario en las necrpolis celtibricas: A,
tumbas con estelas formando calles; B, idem sin estelas; C, tumbas sin orden
aparente, con estelas; D, dem sin estelas; E, idem con tmulos; F, sin datos. 1,
Numancia; 2, Osonilla; 3. La Revilla de Calataazor; 4. La Mercadera; 5, Ucero;
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IV. Las necrpolis
6, Quintanas de Gormaz; 7, La Requijada (Gormaz); 8, Vias de Portugu y
Fuentelaraa (Osma); 9, El Pradillo (Pinilla Trasmonte); 10, Seplveda; 11, Aylln;
12, Carratiermes (Montejo de Tiermes); 13, Hijes; 14, Atienza; 15, Valdenovillos
(Alcolea de las Peas); 16, Tordelrbano; 17, Alpanseque; 18, El Atance; 19, La
Olmeda; 20, Carabias; 21, Sigenza; 22, Guijosa; 23, Torresavian; 24, El Planto
y El Almagral (Ruguilla); 25, Garbajosa; 26, Luzaga; 27, La Hortezuela de Ocn;
28, Padilla del Ducado; 29, Riba de Saelices; 30, Aragoncillo; 31, Turmiel (2?); 32,
Clares; 33, Ciruelos; 34, Luzn; 35, El Altillo y La Carretera (Aguilar de Anguita);
36, El Valladar (Soman); 37, Montuenga; 38, Almaluez; 39, Monteagudo de
las Vicaras; 40, Arcobriga (Monreal de Ariza); 41, Belmonte de Gracin; 42,
La Umbra (Daroca); 43, Valdeager (Manchones); 44, Valmesn (Daroca); 45,
Cerro Almada (Vllarreal); 46, El Castillejo (Mainar); 47, Las Heras (Lechn); 48,
Gascones (Calamocha); 49, Fincas Bronchales (Calamocha); 50, Singra; 51, La
Yunta; 52, Chera (Molina de Aragn); 53, Griegos; 54, Guadalaviar; 55, Caizares;
56, Haza del Arca (Ucls); 57, Las Madrigueras (Carrascosa del Campo); 58,
Segobriga; 59, Zafra de Zncara; 60, Alconchel de la Estrella; 61, La Hinojosa;
62, Buenache de Alarcn; 63, Olmedilla de Alarcn; 64, Pajarn; 65, Carboneras
de Guadazan; 66, Pajaroncillo; 67, Landete; 68, El Collado de La Caada (Mira);
69, El Moln (Camporrobles); 70, La Peladilla (Fuenterrobles); 71, Punto de Agua
(Benagber). (1-8, 12, 17 y 36-39, prov. de Soria; 9, prov. de Burgos; 10-11, prov.
de Segovia; 40-47, prov. de Zaragoza; 48-50 y 53-54, prov. de Teruel; 55-68, prov.
de Cuenca; 69-71, prov. de Valencia; el resto, prov. de Guadalajara).
res en los que se llevaron a cabo las cremaciones (Aguilera
1911, III: 14-15).
Como pudo comprobarse en el cementerio de La Hortezuela
de Ocn, estas calles -donde se localizaban las estelas y sus
correspondientes tumbas- podan estar empedradas, alternando con otras que no lo estaban, en las que se document
la presencia de cenizas, por lo que fueron interpretadas como
posibles ustrina (Aguilera 1916: 16, lm. I). Algo similar debi
documentarse en Alpanseque (Cabr 1917: lm. I; Cabr
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 43.-Necrpolis de Alpanseque: 1, plano de la primera campaa de excavaciones (1915); 2, interpretacin de la misma (la zona rayada corresponde al prado
donde se realizaron las excavaciones de 1916). (Escala aproximada). (1, segn
Cabr 1917).
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IV. Las necrpolis
y Morn 1975b: 124 ss., fig. 1), donde se registraron seis
grandes calles -tres de las cuales se hallaron muy alteradasorientadas N-S y rellenas de piedras sin labrar (fig. 43). Se
hallaban separadas por pasillos de 1 a 2 m. de anchura, interpretados como ustrina.
Una ordenacin semejante fue atestiguada en Luzaga
(Aguilera 1911, IV: 10-12, lms. VII-XI,1; Idem 1916: fig. 2),
con calles separadas entre s en torno a 2 m., formadas por
estelas de diferentes tamaos, algunas muy grandes (hasta
3,40 m., segn Cerralbo), delante de las cuales se depositaba una urna que contena los restos del cadver, y un nmero
variable de tumbas en cada una de las calles, segn Cerralbo
entre 24 y 67. Hacia el Noreste, al parecer, se localiz una
gran superficie interpretada como el lugar reservado a la
realizacin de las cremaciones. Un caso muy similar al de
Luzaga es el de la necrpolis de Riba de Saelices (Cuadrado
1968), ambas de cronologa avanzada y muy prximas entre s, tambin con estelas alineadas, con una orientacin
aproximada Norte-Sur, detectndose, al igual que en el
ejemplo anterior, una zona interpretada como un ustrinum
(Cuadrado 1968: 10).
Ms confuso resulta el caso de la necrpolis de Montuenga
(Aguilera 1909: 97ss.; Idem 1911, IV: 5), donde se localizaron
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
varias lneas paralelas de urnas, con una separacin entre
los recipientes cinerarios en torno a un metro, que aparecan
cubiertas por piedras, cenizas y tierra, todo al parecer afectado por el fuego de los ustrina. Por su parte, la necrpolis
de Monreal de Ariza, identificada por Cerralbo como la perteneciente a la ciudad celtibrica de Arcobriga (Aguilera 1911,
IV: 34 ss.) y al igual que la anterior en el Alto Jaln, en la que
las sepulturas aparecan tambin alineadas formando calles,
presentaba una importante peculiaridad ya que una zona de
la misma, situada en uno de los extremos de la necrpolis,
pareca estar reservada a un sector diferenciado de la poblacin (vid. infra) (nota 2).
Esta peculiar ordenacin del espacio funerario tambin se
document en La Requijada de Gormaz (fig. 44), en la margen derecha del Alto Duero. En esta necrpolis, de forma rectangular y con unas dimensiones de 110 por 25 m. (Zapatero
1968: 69; Garca Merino 1973: nota 20), se identificaron
hasta 25 lneas de tumbas orientadas Norte-Sur, siendo muy
superior el nmero de enterramientos individualizados al de
estelas (nota 3).
La tcnica seguida por Cerralbo (1916: 17) para la excavacin y posterior reconstruccin de las necrpolis en las
que trabaj, segn la cual se excavaba siguiendo las calles y
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IV. Las necrpolis
Fig. 44.-Plano de la necrpolis de La Requijada de Gormaz. (Segn Morenas de
Tejada).
sealando la localizacin de las estelas, que en ningn caso
afloraban, para posteriormente rellenar de nuevo la zona excavada, volviendo a situar las mencionadas estelas, ahora
en superficie, en la misma posicin en la que se hallaron, fue
el origen de una enconada discusin cientfica protagonizada por M. Almagro Basch (1942: nota 2) y J. Cabr (1942).
Para Almagro, la existencia de las alineaciones deba de ser
puesta en duda, tenindolas por fantsticas, considerando
dado que las ms recientes excavaciones de Taracena no
lo confirmaban- las mencionadas reconstrucciones como
imaginarias. Por el contrario, Cabr defenda la existencia
de las calles de estelas ya que l mismo haba asistido a los
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
trabajos de excavacin en estas necrpolis, habiendo sido,
adems, el autor de la documentacin fotogrfica existente
de estos cementerios que, a veces, reflejaba el yacimiento
durante su proceso de excavacin.
La necrpolis de Riba de Saelices (Cuadrado 1968), donde
se document el alineamiento de las estelas funerarias (fig.
45), sin alcanzar la complejidad registrada por Cerralbo, y
los resultados obtenidos en la de Aragoncillo, con sepulturas
tambin alineadas, esta vez sin estelas (Arenas y Corts
e.p.), han venido a confirmar la existencia de esta peculiar
organizacin interna caracterstica de algunos cementerios
de la Meseta Oriental.
No obstante, lo que Cabr denomin el rito cltico de incineracin con estelas alineadas que, como se ha sealado,
resulta exclusivo de los cementerios de la Edad del Hierro
del Oriente de la Meseta, no puede en absoluto considerarse
como una prctica generalizada a todas las necrpolis celtibricas. Ms bien al contrario, la mayor parte de las que han
ofrecido este tipo de informacin muestran una distribucin
anrquica a simple vista, pudindose detectar reas con
diferente densidad de enterramientos que, en ocasiones,
pueden incluso estar delimitadas por espacios estriles, habindose observado en ciertos casos, como en las necrpolis
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20
IV. Las necrpolis
de Atienza (vid. supra) o Carratiermes (Argente et alii 1992a:
530), la existencia de una autntica estratigrafa horizontal.
Esta aparente ausencia de ordenacin interna est constatada en las necrpolis de Almaluez (Taracena 1941: 32-34;
Idem 1933-34) y Monteagudo de las Vicaras (fig. 46,1)
(Taracena 1932: 33; Idem 1941: 100), en las que se document la presencia de estelas, siempre en nmero menor al
de enterramientos. Algo similar cabe decir de las de Atienza
(Cabr 1930: 40), Carratiermes (Argente y Daz 1990: 56;
Argente et alii 1992a: 533) Carrascosa del Campo (AlmagroGorbea 1969: 33) y, posiblemente tambin, de la de Ucero
(Garca-Soto 1988: 92). La presencia de al menos una estela
estara documentada en la fase ms reciente de la necrpolis de Sigenza (Fernndez-Galiano et alii 1982: 12, fig.
3; Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993: 46), pero debido al
evidente deterioro de este yacimiento y a la concentracin
de las nueve sepulturas individualizadas en 16,5 m2 poco
puede decirse respecto a la ordenacin topogrfica de los
enterramientos (fig. 51). Al parecer, tambin la necrpolis de
La Revilla de Calataazor pudo haber tenido estelas originariamente, retiradas con seguridad hace ms de un siglo al
realizar labores de roturacin (Ortego 1983: 573) (nota 4).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
La aparente falta de orden, ya sin estelas, se evidenci igualmente en Osma (Morenas de Tejada 1916b) y en La Yunta
(Garca Huerta y Antona 1992: 114, figs. 2-5), documentndose en sta la presencia de enterramientos de tipo tumular
(fig. 48,1). Parece registrarse tambin en las necrpolis de
Sigenza (fig. 51,1) (Cerdeo 1981; Cerdeo y Prez de
Ynestrosa 1993: 46) y Molina de Aragn (Cerdeo et alii
1981: 14), en cuyas fases iniciales se atestigu la presencia
de encachados tumulares muy alterados por las faenas agrcolas, habindose recuperado en ellos un reducido nmero
de conjuntos cerrados. Suele ser habitual en este tipo de
cementerios el que las tumbas aparezcan agrupadas, encontrndose zonas de menor densidad de hallazgos e incluso
espacios libres de enterramientos (nota 5).
El anlisis de los ajuares ha permitido establecer, en ciertos
casos, la existencia de una articulacin interna en la organizacin de los cementerios celtibricos. Este es el caso de La
Mercadera (Taracena 1932; Lorrio 1990), donde las tumbas
con espada aparecen agrupadas en cuatro ncleos diferentes, localizndose el conjunto ms numeroso en la zona central de la necrpolis. En torno a este ncleo -hacia el Norte y
el Este- se localizan la mayor parte de las tumbas carentes
de ajuar (fig. 47,1). Por su parte, en la necrpolis de Atienza
NDICE
22
IV. Las necrpolis
Fig. 45.-Plano y perfiles de la zona 4 de la necrpolis de Riba de Saelices. (Segn
Cuadrado 1968, modificado).
NDICE
23
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 46.-1, plano de la necrpolis de Monteagudo de las Vicaras. 2, articulacin
interna a partir de los tipos de ajuares de la necrpolis de El Altillo de Cerropozo
(Atienza): 1, tumbas con armas, exceptuando la espada; 2, idem con espadas;
3, sepulturas alteradas con armas; 4, tumbas sin armas (con cuchillo); 5, ustrina;
6, enterramientos de poca romana; 7, lmite de la zona excavada; 8, caja de la
carretera de Atienza a Hiendelaencina. (1, segn Taracena 1932).
NDICE
24
IV. Las necrpolis
Fig. 47.-1, articulacin social de la necrpolis de La Mercadera a partir del grado
de complejidad de los ajuares: 1, tumbas con armas, exceptuando la espada o el
pual; 2, dem con espadas o puales (se han incluido tambin las que presentan
restos de vainas sin asociacin directa a espadas); 3, sepulturas con adornos
NDICE
25
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
broncneos; 4, idem de plata; 5, enterramientos con ajuares poco significativos
(sin armas y sin adornos de bronce o plata); 6, tumbas con una urna como nico
elemento registrado; 7, tumbas sin ningn objeto; 8, lmite de la zona excavada.
(No hay referencia sobre la localizacin de la tumba 68). 2, Plano de la necrpolis
de Numancia con la identificacin de dos grupos de tumbas a partir del contenido
de sus ajuares: el superior, constituido mayoritariamente por elementos de adorno
y de prestigio realizados en bronce, y el inferior, con presencia generalizada de armas y objetos de hierro. (Segn Lorrio 1990, modificado (1) y Jimeno 1996 (2)).
(Cabr 1930), las tumbas con espada aparecen mayoritariamente concentradas hacia el Sureste de la zona excavada
(fig. 46,2). En el caso de Numancia (Jimeno 1996: 60 ss.) una
parte importante de las 156 tumbas descubiertas -algunas de
ellas sealizadas mediante estelas (fig. 50,1)- se concentran
en dos grandes grupos, tanto en lo que se refiere a la localizacin espacial como al contenido de los ajuares (fig. 47,2).
El que ocupa la zona ms alta de la ladera donde se ubica la
necrpolis se caracteriza mayoritariamente por ajuares provistos de elementos de adorno y de objetos de prestigio de
bronce, mientras el otro, en una posicin ms baja, ofrece de
forma ms generalizada armas y objetos de hierro.
Diferentes fueron las dimensiones y la forma de estos cementerios, aunque poco puede decirse al respecto al carecer
de documentacin planimtrica en la mayora de los casos.
En Aguilar de Anguita, las dos necrpolis excavadas por
Cerralbo ocupaban una superficie de 11.821 m2 (Aguilera
NDICE
26
IV. Las necrpolis
Fig. 48.-1, plano de la necrpolis de La Yunta, con la distribucin de los enterramientos por sexos. 2, plano de un sector de la necrpolis de Las Madrigueras,
en Carrascosa del Campo (el rayado amplio seala los ustrina y el estrecho las
cenizas de las sepulturas). (Segn Garca Huerta y Antona 1992, modificado (1)
y Almagro-Gorbea 1969 (2)).
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
1916: 10), la necrpolis de Numancia, 10.000 m2 (Jimeno
1996: 58), La Requijada de Gormaz, 2.750 m2 (Zapatero
1968: 69), La Mercadera, excavada en su totalidad, 1.500 m2
(Lorrio 1990: 39), mientras que la de Riba de Saelices puede
llegar, de acuerdo con Cuadrado (1968: 9), a los 5.000 m2.
Segn Cerralbo (1916: 11), los cementerios por l excavados
se constituyen por grandes paralelogramos, lo que parece probable en el caso de Aguilar de Anguita y las dems
necrpolis con alineaciones de tumbas, y as es sealado
en el caso de Gormaz (Morenas de Tejada 1916a: 170). El
nmero de enterramientos vara notablemente, pues si algunas necrpolis, como Aguilar de Anguita, alcanzan las 5.000
tumbas, otras, como La Mercadera, tan slo proporcionaron
100. En Luzaga, los enterramientos registrados se acercaban
a 2.000, Gormaz ofreci unos 1.200 enterramientos (nota 6),
Osma y Quintanas de Gormaz superaron los 800, Almaluez
document 322 tumbas, mientras Alpanseque y Arcobriga
ofrecieron en torno a los 300 conjuntos. Ms difcil de analizar es la densidad de los enterramientos, pues la ausencia
de datos sobre las dimensiones y el nmero de tumbas recuperadas, comn a la gran mayora de las necrpolis celtibricas, dificulta cualquier aproximacin global sobre el tema.
Solamente algunos cementerios han proporcionado informacin al respecto: La Mercadera ofrece 0,07 tumbas por m2;
NDICE
28
IV. Las necrpolis
Riba de Saelices, 0,4; Gormaz, 0,41; Aguilar de Anguita, 0,42
y La Yunta, 1,2.
3. EL RITUAL
El ritual funerario documentado en los cementerios celtibricos es el de la cremacin, pero habida cuenta de que
nicamente se conoce el resultado final de este proceso (fig.
49,1) queda reducida toda evidencia del mismo al ajuar y al
tratamiento de que ste fue objeto o a las estructuras funerarias con l vinculadas (fig. 49,2). La falta de una metodologa
precisa en el proceso de excavacin de la mayora de estos
cementerios, el que en un buen nmero de casos permanecieran inditos y el avanzado estado de deterioro en el que
a menudo se hallan, dificulta cualquier aproximacin en esta
lnea.
El cadver sera cremado en una pira -seguramente localizada en reas especficas del cementerio (vid. supra)- en
posicin decbito supino, segn parecen demostrar los anlisis de La Yunta (Garca Huerta y Antona 1992: 146). Los
restos de la cremacin, entre los que se hallaran algunos de
los objetos que formaban el ajuar -pues otros no evidencian
seales de haber estado en contacto con el fuego-, seran
recogidos y depositados en el rea especfica reservada al
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
enterramiento, en el interior de un hoyo preparado al efecto,
directamente en el suelo -envueltos en una tela o quizs en
recipientes de material perecedero- o en una urna cineraria
(fig. 49,2). La ubicacin del ajuar tambin vara, sin que puedan establecerse unas pautas rgidas al respecto. A veces se
localiza al lado de la urna, otras debajo de la estela (Aguilera
1916: 12), apareciendo, por lo comn, los objetos de adorno dentro de la urna, y las armas, generalmente de mayor
tamao, fuera, alrededor de la misma. Las fuentes literarias
ofrecen un testimonio excepcional al narrar los funerales de
Viriato:
El cadver de Viriato, magnficamente vestido fue
quemado en una altsima pira; se inmolaron muchas
vctimas, mientras que los soldados, tanto los de pie
como los de a caballo, corran formados alrededor, con
sus armas y cantando sus glorias al modo brbaro; y no
se apartaron de all hasta que el fuego fue extinguido.
Terminado el funeral, celebraron combates singulares sobre su tmulo (App., Iber 71). Vid., asimismo,
Diodoro, 33, 21. (Traduccin E. Valent, en Schulten
1937: 325 s.).
Los recientes anlisis practicados a 23 sepulturas de la
necrpolis de Numancia han aportado una importante inforNDICE
30
IV. Las necrpolis
macin sobre el ritual funerario (Jimeno 1996: 59 s.; Jimeno
et alii 1996: 36 ss.), que permite destacar la uniformidad de
los restos humanos depositados en los enterramientos, muy
escasos y seleccionados -ya que slo aparecen restos pertenecientes al crneo y a huesos largos-, as como fuertemente
fragmentados, quizs de forma intencionada. La temperatura
a la que se efectu la cremacin oscila entre 600 y 800C.
Resulta frecuente la aparicin de restos faunsticos asociados (vid. infra), a veces cremados, pertenecientes a zonas
apendiculares, costillares y mandbulas, que hay que interpretar como ofrendas o evidencias del banquete funerario
(vid. captulo X,3.2). A ello hay que aadir un alto porcentaje
de conjuntos (31,8%) que nicamente contienen restos de
fauna, interpretados como enterramientos simblicos (Jimeno
1996: 60; Jimeno et alii 1996: 42).
Un aspecto que cabe mencionar aqu es el de la inutilizacin
intencionada de algunas de las armas depositadas en las
necrpolis, sobre todo espadas, puales, puntas de lanza y
soliferrea. Si bien parece generalmente aceptado que tal destruccin deliberada se debe a motivos rituales, la variabilidad
registrada en tales prcticas no permite descartar otras interpretaciones de ndole funcional, como el espacio disponible
para el enterramiento (vid. captulo X,3.3).
NDICE
31
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
Fig. 49.-1, modelo general del conjunto de pautas relacionadas con la prctica
funeraria, a partir de ejemplos etnogrficos europeos (el rea rayada se corresponde con la parte de la secuencia estudiada arqueolgicamente); 2, modelo de
ritual funerario para el mbito celtibrico. (1, segn Bartel 1982, tomado de Ruiz
Zapatero y Chapa 1990; 2, segn Burillo 1991a).
NDICE
32
IV. Las necrpolis
4. LAS ESTRUCTURAS FUNERARIAS
En este apartado cabe incluir, por un lado, los lugares donde
se realizaron las cremaciones, los ustrina, seguramente colectivos y en general mal conocidos, y, por otro, aqullos en
los que se produjo la colocacin definitiva de los restos cremados del difunto, que ofrecen una gran variabilidad estructural, desde un simple hoyo, sin proteccin de ningn tipo,
hasta las ms complejas sepulturas tumulares.
4.1. Los ustrina
Se localizan, en las raras ocasiones en que han podido obtenerse evidencias sobre el particular, dentro del espacio
funerario (figs. 43 y 48,2), identificndose por la presencia
de abundante ceniza. Segn Cerralbo (1911, 111: 14 s.), a
quien se debe la mayor parte de la informacin que se posee
sobre este tipo de estructuras, en Aguilar de Anguita, los lugares reservados a la cremacin del cadver ocupaban las
calles ms extremas de la necrpolis, habindose registrado
restos de cermica y metal, mientras que, en Luzaga, se localizaban en un rea marginal del cementerio destinada a
tal fin. En otros casos, como la Hortezuela de Ocn, Padilla,
La Olmeda, Valdenovillos (Aguilera 1916: 17) y Alpanseque
(Cabr 1917: lm. I), los ustrina alternaran su presencia con
NDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
las calles empedradas reservadas a los enterramientos (fig.
43).
Lamentablemente, estas noticias no han podido ser debidamente contrastadas por los trabajos de excavacin ms
recientes que, sin embargo, han ofrecido algunas evidencias
susceptibles de ser interpretadas como lugares reservados
a la cremacin de los cadveres. As, en Riba de Saelices
se document la presencia de un ustrinum formado por una
potente capa de cenizas y tierra negra que contena abundantes restos cermicos, conchas marinas, un cuchillo, etc.,
localizado en un espacio libre de enterramientos que se
hallaba en la zona central de uno de los sectores de la excavacin (Cuadrado 1968: 10, fig. 5). En Atienza se registr la
existencia de una serie de fosas de ceniza y tierra negra
-claramente diferenciadas, segn Cabr (1930), de las pertenecientes a poca romana- cubiertas, a modo de proteccin, por una capa de piedras calizas procedentes de los
alrededores, que fueron interpretadas como ustrina. Si bien
en algunas de estas fosas no se hall resto alguno, en otras,
como la que Cabr denomin sepultura 17 (fig. 46,2), de
2,50 m. De longitud, se encontraron, junto a restos humanos
cremados, elementos metlicos pertenecientes a los ajuares.
En la necrpolis de Molina de Aragn se identificaron dos
NDICE
34
IV. Las necrpolis
manchas de forma oval muy prximas entre s, de 77 x 66 x
35 cm. y 110 x 70 x 20 cm., formadas por tierra quemada y
abundantes cenizas (Cerdeo et alii 1981: 12, 14s. y 26-29,
lm 111,1; Cerdeo y Garca Huerta 1990: 86). Estas estructuras se hallaban delimitadas por piedras de diversos tamaos, habindose localizado en su interior numerosas piezas
de bronce, fragmentos de cermica y restos de fauna, lo que
permiti considerar tales estructuras como posibles ustrina,
aunque sin desestimar su consideracin como fuegos de
ofrendas o silicernia, dado su tamao relativamente pequeo
(vid. Cerdeo y Garca Huerta 1990: 86). Dichas estructuras,
junto con los enterramientos, se hallaron entre los restos,
prcticamente irreconocibles, de lo que se ha interpretado
como encachados tumulares.
Carratiermes ha proporcionado cinco estructuras, situadas
en las proximidades de las sepulturas, que han sido consideradas igualmente como posibles ustrina (Argente, coord.
1990: 128 y 130; Argente et alii 1992a: 533). De diferentes
medidas y de forma oval o subcircular, estaban formadas por
una capa de guijarros, fracturados por la accin del fuego,
envueltos por una potente capa de cenizas. Al parecer no
han proporcionado restos materiales, lo que hace pensar en
que se procedi a su limpieza una vez realizadas las creNDICE
35
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
maciones. Distinto sera el caso de la necrpolis de Ucero
(Garca-Soto 1990: 23, figs. 3 y 5), donde se han hallado, en
el interior del espacio funerario, una serie de fosas rellenas
de cenizas, restos de bronce y, en una proporcin reducida,
huesos cremados, que a veces han aparecido cubiertas por
lajas de piedra.
En el cementerio de El Pradillo (Pinilla Trasmonte, Burgos),
se localiz en el sector 1 una mancha longitudinal de cenizas
-que alcanza una superficie aproximada de 20 m2 y una potencia de 0,20 m.- interpretada como un ustrinum, habindose recogido entre las cenizas algunos fragmentos de cermica y pequeos restos de objetos de bronce deformados por
el fuego (Moreda y Nuo 1990: 172).
4.2. Tipos de enterramiento
Existe una gran variabilidad respecto al tipo de enterramiento,
desde la sencilla colocacin de los restos de la cremacin en
un hoyo, con o sin urna cineraria, a veces acompaados de
estelas de variado tamao (fig. 50), hasta los encachados tumulares (Cerdeo y Garca Huerta 1990: 87 s.; Argente y Daz
1990: 55 s.). Tales estructuras, estelas y tmulos, adems de
proteger la sepultura, tambin permitiran su localizacin, al
ser visibles al exterior. La variabilidad observada entre las
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36
IV. Las necrpolis
Fig. 50.-Planta y alzado de la tumba 36 de la necrpolis de Numancia (1).
Reconstruccin ideal de una tumba celtibrica (2). Estela funeraria con decoracin figurada de Aguilar de Anguita (3). (Segn Jimeno y Morales 1994 (1) y
Aguilera 1913b (3)).
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
tumbas de un mismo cementerio, lo que podra implicar, en
funcin de la mayor complejidad constructiva, diferencias de
tipo social, tambin se hace evidente entre las distintas necrpolis. A modo de ejemplo, en Aguilar de Anguita (Aguilera
1916: 12) y Riba de Saelices (fig. 45) las urnas solan estar
cubiertas con una laja de piedra y se depositaban delante
de la estela, mientras que en La Yunta, donde conviven
enterramientos tumulares con simples tumbas en hoyo (fig.
48,1), con o sin proteccin ptrea, al no haber estelas (Garca
Huerta y Antona 1992: 108 s.), las urnas aparecan cubiertas
por tapaderas cermicas, con la sola excepcin de dos conjuntos, donde curiosamente no se hallaron restos del cadver, en los que las urnas estaban tapadas por lajas ptreas.
Las estelas varan notablemente de tamao (nota 7), estando realizadas generalmente en los materiales propios de la
regin donde se ubica la necrpolis (Argente y Garca-Soto
1994: 88). Suele tratarse de piedras sin desbastar, o a veces
toscamente labradas, conocindose tan slo un ejemplar decorado con una representacin esquemtica de un caballo
y una figura humana, procedente de Aguilar de Anguita (fig.
50,3) (nota 8).
Los enterramientos tumulares ofrecen tambin una cierta
diversidad, hallndose normalmente bastante alterados, no
NDICE
38
IV. Las necrpolis
Fig. 51.-Sigenza: planos parciales de las fases I, campaa de 1976 (1), y II,
campaa de 1974 (2). (Segn Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993 (1), modificado, y Fernndez-Galiano et alii 1982 (2)). La numeracin de las sepulturas segn
Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993.
NDICE
39
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
quedando en ocasiones otra evidencia que la acumulacin de
piedras sin forma definida. Aunque su presencia ha sido sealada en Griegos (Almagro Basch 1942), Valmesn (Aranda
1990: 102), Molina de Aragn (Cerdeo et alii 1981: 13 s., fig.
2), Sigenza (fig. 51,1) (Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993:
14 ss.), Atienza (Cabr 1930: 40), Carratiermes (Argente y
Daz 1990: 51), Ucero (Garca-Soto 1990: 20) y posiblemente
La Mercadera (Taracena 1932: 7), sus caractersticas constructivas nicamente han podido definirse con claridad en las
necrpolis de La Yunta (fig. 48,1) (Garca Huerta y Antona
1992: 111 ss.) y La Umbra de Daroca (Aranda 1990: 104 s.
y 109).
En La Yunta (fig. 48,1) se han localizado 18 de estas estructuras (Garca Huerta y Antona 1995: 58) -de las que se
han publicado once, ocho de las cuales delimitadas en su
totalidad (Garca Huerta y Antona 1992: 111 ss.)- pudindose
diferenciar dos tipos: los tmulos de forma rectangular, realizados por la superposicin de tres hiladas de piedras, con
dimensiones que oscilan entre los 2 y los 1,70 m. de lado y
los 0,55-0,60 de altura, presentando una cista irregular de
situacin variable, y los ms sencillos encachados tumulares,
tambin rectangulares o, en menor medida, circulares y de
dimensiones que oscilan entre 2-2,5 m. de lado y 0,25-0,35
NDICE
40
IV. Las necrpolis
de altura. En La Umbra, los empedrados tumulares -nicamente documentados en las fases ms antiguas de este
cementerio- presentan formas ligeramente circulares u ovales, con dimetros que oscilan entre 0,75 y 1,50 m., as como
cuadradas o rectangulares, cuyo tamao vara de 0,90 por
0,80 m., en los menores, hasta 1,60 por 1,15, en los mayores
(Aranda 1990: 104 s.).
La presencia de enterramientos tumulares, que siempre
constituyen en las necrpolis celtibricas un elemento minoritario, podra implicar consideraciones de tipo social difciles
de determinar dada la heterogeneidad observada, que se
hace patente tanto en su tipologa como en su variada cronologa (Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993: 67 ss.; Prez
de Ynestrosa 1994). Por un lado, estas estructuras se documentan en cementerios de cronologa antigua del Alto Tajo,
como los de Molina de Aragn (Cerdeo et alii 1981: 13-14,
fig. 2), Sigenza (fig. 51,1) (Cerdeo 1981: 191 ss., figs. 12; Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993: 14 ss.) y Griegos
(Almagro Basch 1942), estando igualmente presentes en necrpolis de datacin ms avanzada, como La Yunta (fig. 48,
l), en su fase inicial (Garca Huerta y Antona 1992; Idem 1995:
64 s.) o Carratiermes (Argente y Daz 1990: 51), en tanto que
en Ucero los encachados se asocian a tumbas de diferente
NDICE
41
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
cronologa (Garca-Soto 1990: 20). En Atienza, Cabr (1930:
40) constat cmo la superficie del terreno donde se situaban los ajuares funerarios y los ustrina apareca recubierta a
veces con una capa o piedras de pequeo tamao. En La
Mercadera, la presencia de cantos de ro en la zona central
del rea excavada, sobre los enterramientos e incluso en
contacto con ellos (Taracena 1932: 7), podra tener que ver
con la existencia de algn tipo de estructura, en cualquier
caso muy alterada y prcticamente irreconocible, quizs por
encontrarse a poca profundidad y tratarse de una zona de
labranto, estructura que cabra relacionar tal vez con otras
identificadas como encachados tumulares o incluso con restos de ustrina (Lorrio 1990: 40).
La dispersin geogrfica de las estructuras tumulares, a diferencia de lo observado en el caso de las alineaciones de
estelas, excede el terico territorio atribuido a los Celtberos,
estando bien documentadas en reas perifricas de la
Meseta Oriental, zonas algunas de ellas que, en un momento
avanzado, sern consideradas como parte integrante de la
Celtiberia. Hacia el Sur, en la provincia de Cuenca, los enterramientos tumulares conviven con otros tipos de sepultura
en La Hinojosa (Galn 1980; Jimnez et alii 1986: 158; Mena
1990: 186 s.) y Alconchel de la Estrella (fig. 52,2) (Milln
NDICE
42
IV. Las necrpolis
Fig. 52.-1, planta y seccin del tmulo 3 de Pajaroncillo; 2, planta de la necrpolis
de Alconchel de la Estrella. (Segn Almagro-Gorbea 1973 (1) y Milln 1990 (2)).
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43
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
1990), ya en la zona de transicin hacia el mundo ibrico, a
pesar de que en este ltimo cementerio el armamento recuperado sea indudablemente de tipo celtibrico. Junto a ellas
cabe mencionar la necrpolis tumular de Pajaroncillo (fig.
52,1) (Almagro-Gorbea 1973: 102, 112 y 122). En el Bajo
Jaln, tambin se conocen este tipo de estructuras (Prez
Casas 1988b; 1990), y lo mismo cabe decir de la zona burgalesa, donde cabra citar los casos de Lara de los Infantes
(Monteverde 1958) o Ubierna (Absolo et alii 1982). La presencia de tmulos est documentada igualmente hacia el
Occidente en cementerios como el abulense de La Osera
(Cabr et alii 1950) o los extremeos de Botija (Hernndez
1991: 257) y Hornachuelos (Rodrguez y Enrquez 1991: 542
ss. fig. 5).
5. EL AJUAR FUNERARIO
Los objetos que acompaan al cadver en la sepultura, esto
es, el ajuar funerario, pueden ser de muy distinto tipo: los
realizados en metal (fig. 53,1), generalmente bronce o hierro,
o tambin plata, que incluyen las armas, los elementos de
adorno, los tiles, etc.; los cermicos, que abarcaran desde
la propia urna cineraria hasta los vasos que en ocasiones les
acompaan, casi siempre como contenedores de las ofrendas de tipo perecedero ofrecidas al difunto, realizndose
NDICE
44
IV. Las necrpolis
igualmente en este mismo material otros elementos como
fusayolas o bolas; los objetos de hueso, pasta vtrea, piedra,
etc., o los fabricados en materiales perecederos, estos ltimos no conservados en ninguna ocasin, entre los que se
incluiran ciertas armas de cuero o madera y aquellas partes
del arma realizadas en este tipo de material, los recipientes
de madera, cuyo uso es sealado por las fuentes literarias
(Str., 3, 3, 7), o la propia vestimenta del difunto.
El valor de los objetos depositados en las sepulturas adquiere, por la propia seleccin de los mismos para formar parte de
los ajuares funerarios, connotaciones que rebasan su simple
carcter funcional. Si bien la mayora de los objetos depositados en las tumbas debieron tener una funcin prctica en
el mundo de los vivos, lo que no conlleva necesariamente
el que fueran utilizados de forma cotidiana, algunos de ellos
presentan un valor social y simblico aadido al puramente
funcional, pudiendo ser considerados como indicadores del
estatus de su poseedor. Destaca el papel jugado por el armamento y muy particularmente por la espada, cuyo importante
valor como objeto militar es bien conocido gracias a las fuentes clsicas. El armamento se configura como un bien indivisible con su portador, que llega a preferir la muerte antes que
NDICE
45
Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
verse desposedo de sus armas (vid. Sopea 1987: 83 ss.;
Idem 1995: 92 ss.).
El prestigio de la espada como arma de lucha llev a convertirla en indicadora del estatus guerrero y de la posicin
privilegiada dentro de la sociedad celtibrica por parte de su
dueo, enfatizando el carcter militar de dicha sociedad. Las
ricas decoraciones que a menudo presentan las empuaduras de estas piezas y sus vainas, junto con su frecuente aparicin en los conjuntos funerarios de mayor riqueza, hacen de
la espada un autntico objeto de prestigio, por ms que en
ciertos casos forme parte de ajuares con un reducido nmero
de elementos.
Las armas de asta, categora que integra a los diversos modelos de lanzas y jabalinas que constituyeron el tipo de arma
ms habitual, nicamente debieron ostentar el prestigio de
las espadas en la fase inicial de los cementerios celtibricos,
en la que stas estaban todava ausentes. Con todo, algunos
ejemplares presentan decoracin incisa (vid. tablas 1-2, n
35) e incluso damasquinada (Lenerz-de Wilde 1991: 105 s.).
El hallazgo, con relativa frecuencia, de arreos de caballo en
sepulturas militares ricas, unido al alto costo que supondra
la posesin y manutencin de estos animales, permite recoNDICE
46
IV. Las necrpolis
nocer el papel destacado del caballo para las lites celtibricas.
El valor social y simblico de los elementos de ajuar tambin
debi extenderse a otros objetos, de aparente uso cotidiano,
como hoces y tijeras, dada su vinculacin sistemtica en
los cementerios celtibricos -sobre todo en los situados en
el Alto Duero- con ajuares militares generalmente provistos
de un buen nmero de objetos, pudiendo interpretarse como
objetos de prestigio que reflejaran el control de la produccin agrcola y/o la posesin de la tierra (las hoces), y de la
riqueza ganadera (las tijeras). Este carcter simblico puede
plantearse tambin para los broches de cinturn y los pectorales, cuyas sintaxis decorativas van ms all de su funcin
puramente ornamental (Morn 1975; Idem 1977; Cabr y
Morn 1975a; Argente et alii 1992b).
Los cementerios celtibricos han documentado tambin la
existencia de ofrendas perecederas, indirectamente a travs
de los recipientes cermicos que en ocasiones acompaan a
la urna cineraria y, directamente, con la presencia de restos
de animales (vid. captulo X,3,2), principalmente bvidos,
ovicpridos y quidos, en algunas tumbas de las necrpolis de Molina de Aragn, La Yunta, Aragoncillo, Aguilar de
Anguita, Sigenza, Numancia o Ucero (Aguilera 1916: 48 y
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Los Celtberos
Fig. 53.-La Mercadera: 1, presencia de metales por tipos de tumbas (los porcentajes situados sobre los histogramas estn referidos al total de tumbas de cada
grupo); 2, distribucin de algunos elementos presentes en los ajuares por tipos
de tumbas. (Segn Lorrio 1990, modificado (2)).El anlisis de los ajuares funerarios permite establecer una serie de asociaciones (figs. 47, 53 y 54) que, por su
repeticin y, a veces, por su propia excepcionalidad, cabe vincular con grupos
caractersticos de la sociedad celtibrica.
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IV. Las necrpolis
97; Cerdeo y Garca Huerta 1990: 89; Garca-Soto 1990: 26;
Garca Huerta y Antona 1992: 148 s.; Idem 1995: 60; Cerdeo
y Prez de Ynestrosa 1993: 64 s.; Jimeno 1994b; Idem 1996:
60; Jimeno et alii 1996: 37 s.; Arenas y Corts e.p.) que, debido al valor econmico que debieron alcanzar estos animales,
bien pudieran ser un indicador del rango del individuo al que
van asociados (Ruiz-Glvez 1985-86: 93) (nota 9).
Un grupo destacado de sepulturas se define por la presencia de armas (espadas, puales, lanzas, jabalinas, escudos
y cascos) en diferentes combinaciones (lm.II,2), a las que
suelen asociarse cuchillos, as como arreos de caballo y tiles tales como el punzn o, de forma menos usual, la hoz o
las tijeras. Tambin se documentan objetos relacionados con
la vestimenta, como los broches de cinturn o las fbulas.
Tales ajuares podran sin dificultad vincularse con enterramientos de varones, cuyo estatus guerrero estara indicado
por la presencia de armas (vid. Sopea 1995: 171).
Junto a ellos se sitan los ajuares con elementos de adorno
personal (espirales, pulseras, brazaletes mltiples, pendientes, pectorales, etc.), as como fbulas, broches de cinturn, o
las fusayolas, tambin presentes en el grupo anterior, al igual
que ocurre con los cuchillos y las leznas o dobles punzones
(lm. 11,3). Este segundo grupo podra relacionarse en geNDICE
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
neral con enterramientos femeninos, sin que deba destacarse su vinculacin en algunos casos con individuos de sexo
masculino, tal como se ha sealado, sin la debida contrastacin con los anlisis antropolgicos, para las tumbas con
ajuares broncneos, entre las que destacan las provistas de
pectorales, propias de la fase inicial de Carratiermes (vid., al
respecto, entre otros trabajos, Argente et alii 1991: 115 s.).
En este mismo sentido cabe interpretar algunas tumbas de
la necrpolis de Numancia con objetos broncneos de prestigio asociados a elementos de adorno (Jimeno 1996: 61 s.),
como el conjunto 38, cuyo ajuar inclua junto a una placa de
cinturn, cuatro fbulas y fragmentos de otras y nueve agujas, entre otros elementos- dos posibles signa equitum (vid.
portada), similares a otra pieza procedente de la ciudad interpretada asimismo como un estandarte (vid. captulo V,3.10;
fig. 78,C,15). Un caso semejante lo proporciona la tumba 32,
aunque aqu los estandartes han sido sustituidos por una fbula de caballo con jinete (Jimeno 1996: 62; lm. XX).
Finalmente, un nmero importante de tumbas resultan de
ms difcil adscripcin, tanto por documentar nicamente objetos que aparecen, indistintamente, formando parte de ajuares militares o de conjuntos caracterizados por la presencia
de elementos de adorno, como ocurre con las fbulas y los
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IV. Las necrpolis
Fig. 54.-Dendrograma del anlisis de conglomerados de los ajuares de la necrpolis de La Mercadera, segn el mtodo de Ward, con distancia city block. El
grupo A incluye los conjuntos con elementos de adorno (crculos blancos), los que
carecen de objetos sexualmente significativos (puntos negros) y algunos provistos de armas (tringulos). El grupo B recoge slo tumbas con armamento.
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Alberto J. Lorrio
Los Celtberos
broches de cinturn (fig. 53,2), o, ms generalmente, por la
total ausencia de ajuares significativos.
La falta de anlisis antropolgicos no cabe duda que constituye una traba importante al intentar adscribir los elementos
anteriormente sealados a uno u otro sexo. Sin embargo,
estudios realizados sobre poblaciones de La Tne Reciente
en Europa centro-occidental vienen a mostrar que, a pesar
de la escasez de este tipo de anlisis, en aquellos casos en
los que se han llevado a cabo, han podido identificarse las
tumbas con armas como pertenecientes a hombres adultos,
mientras que los elementos ornamentales, tales como brazaletes, torques, pulseras, anillos, etc., se relacionan en la
mayora de los casos con mujeres adultas, siendo escasa su
asociacin con hombres, y algo ms abundante, con nios
(Lorenz 1985: 113 y 117).
Unos resultados similares ha proporcionado la necrpolis vaccea de Las Ruedas, en Padilla de Duero (Sanz 1990: 165),
que con las de La Hinojosa (Mena 1990: 192 s.), Sigenza
(Cerdeo y Prez de Ynestrosa 1993: 62 s.) y La Yunta (fig.
48,2) (Garca Huerta 1991; Garca Huerta y Antona 1992: 149
ss.) constituyen los nicos cementerios en la Meseta en los
que se ha llevado a cabo este tipo de anlisis (nota 10), cuyo
grado de fiabilidad est condicionado, en buena medida, por
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IV. Las necrpolis
el tipo de ritual, la cremacin, y por la cantidad y calidad de
los restos seos que integran cada depsito (nota 11), por
lo que los resultados obtenidos deben ser considerados con
prudencia (vid., al respecto, Sanz y Escudero 1994: nota 14;
Jimeno et alii 1996: 31 ss.).
En Las Ruedas se confirma la atribucin mayoritaria de los
ajuares armamentsticos a individuos de sexo masculino, aunque ocasionalmente tambin puedan vincularse con mujeres,
cuyo estatus elevado se confirmara por la propia asociacin
con armas que, como ocurre en la tumba 32, pueden incluso
estar damasquinadas. La existencia de armas en sepulturas
femeninas no debe verse como un indicio de la pertenencia
de algunas mujeres al estamento militar sino que debe de
interpretarse como una prueba de la posicin privilegiada que
la difunta debi gozar en vida, bien por su matrimonio o por
su pertenencia a un grupo familiar destacado. A diferencia de
lo observado en los cementerios celtibricos, ni las fusayolas,
que se vinculan con tumbas femeninas o infantiles, ni los broches de cinturn, que lo hacen mayoritariamente con tumbas
femeninas, aparecen formando parte de ajuares militares.
Los anlisis realizados en la necrpolis de Sigenza han permitido identificar cuatro sepulturas femeninas, dos de ellas de
ajuares militares (tumbas 1 y 14) y las r