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Tito Livio III Historia de Roma

1) Roma reanuda la guerra contra Macedonia debido a las agresiones de Filipo contra los estados aliados de Grecia mientras estaba nominalmente en paz con Roma, así como por su ayuda a Aníbal durante la Segunda Guerra Púnica. 2) Marco Valerio Levino es enviado con una flota para enfrentarse a las fuerzas navales y terrestres que Filipo había reunido. 3) Los senadores romanos decretan la asignación de tierras a los veteranos de Escipión en África en los territorios samnitas y ap

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Tito Livio III Historia de Roma

1) Roma reanuda la guerra contra Macedonia debido a las agresiones de Filipo contra los estados aliados de Grecia mientras estaba nominalmente en paz con Roma, así como por su ayuda a Aníbal durante la Segunda Guerra Púnica. 2) Marco Valerio Levino es enviado con una flota para enfrentarse a las fuerzas navales y terrestres que Filipo había reunido. 3) Los senadores romanos decretan la asignación de tierras a los veteranos de Escipión en África en los territorios samnitas y ap

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1

TITO LIVIO

HISTORIA DE ROMA
DESDE SU FUNDACIN
(AB URBE CONDITA)
CON LAS PEROCAS DE LOS LIBROS PERDIDOS
Traduccin de Antonio Diego Duarte Snchez
Procedencia: [Link] consultado el 21 de abril de 2014.

TOMO III
Libros XXXI-XLV
Perocas XLVI A CXLII

NDICE
LIBRO XXXI. ROMA Y MACEDONIA......................................................................................................3
LIBRO XXXII. LA SEGUNDA GUERRA MACEDNICA.....................................................................31
LIBRO XXXIII. LA SEGUNDA GUERRA MACEDNICA (CONTINUACIN)..................................54
LIBRO XXXIV. FIN DE LA GUERRA MACEDNICA..........................................................................79
LIBRO XXXV. ANTOCO EN GRECIA..................................................................................................112
LIBRO XXXVI. GUERRA CONTRA ANTOCO....................................................................................139
LIBRO XXXVII. DERROTA FINAL DE ANTOCO...............................................................................163
LIBRO XXXVIII. ACUSACIN DE ESCIPIN EL AFRICANO..........................................................197
LIBRO XXXIX. LAS BACANALES EN ROMA Y EN ITALIA............................................................233
LIBRO XL. PERSEO Y DEMETRIO.......................................................................................................265
LIBRO XLI. PERSEO Y LOS ESTADOS DE GRECIA..........................................................................296
LIBRO XLII. LA TERCERA GUERRA MACEDNICA.......................................................................313
LIBRO XLIII. LA TERCERA GUERRA MACEDNICA (CONTINUACIN)....................................350
LIBRO XLIV. LA BATALLA DE PIDNA Y LA CADA DE MACEDONIA..........................................363
LIBRO XLV. LA HEGEMONA DE ROMA EN ORIENTE....................................................................391
PEROCAS DE LOS LIBROS XLVI A CXLII.........................................................................................420

LIBRO XXXI. ROMA Y MACEDONIA


[31,1] Tambin yo siento alivio por haber llegado al final de la Segunda Guerra Pnica, como
si hubiera participado personalmente en sus trabajos y peligros. No corresponde a quien ha tenido la
osada de prometer una historia completa de Roma quejarse de cansancio en cada una de las partes
de tan extensa obra. Pero cuando considero que los sesenta y tres aos, que van desde el inicio de la
Primera Guerra Pnica hasta el final de la Segunda, han consumido tantos libros como los
cuatrocientos ochenta y siete aos desde la fundacin de la Ciudad hasta el consulado de Apio
Claudio, bajo el cual dio comienzo la Primera Guerra Pnica, veo que soy como las personas que se
sienten tentadas a adentrarse en el mar por las aguas poco profundas a lo largo de la playa; cuanto
ms progreso, mayor es la profundidad; como si me dejara llevar hacia un abismo. Me imagin que,
conforme hubiera completado una parte tras otra, la tarea disminuira; y a lo que parece, casi se
hace an mayor. La paz con Cartago fue muy pronto seguida por la guerra con Macedonia. No hay
comparacin entre ellas, ni en cuanto a la naturaleza del conflicto, a la capacidad del general o a la
fortaleza de las tropas. Pero la Guerra Macedonia fue, en todo caso, ms digna de mencin a causa
de la brillante reputacin de los antiguos reyes, la antigua fama de la nacin y la vasta extensin de
sus dominios, cuando domin una gran parte de Europa y una parte an mayor de Asia. La guerra
con Filipo, que haba comenzado unos diez aos antes, haba quedado en suspenso los ltimos tres
aos, debindose, tanto la guerra como su cese, a la accin de los etolios. La paz con Cartago dejaba
ahora libres a los romanos, que sentan hostilidad contra Filipo por su ataque a los etolios y a otros
estados aliados en Grecia, mientras estaba nominalmente en paz con Roma, as como por su ayuda,
en hombres y dinero, a Anbal y Cartago. l haba saqueado el territorio ateniense y expulsado a los
habitantes de la ciudad, y fue su peticin de ayuda lo que decidi a los romanos a reanudar la
guerra.
[31,2] Casi al mismo tiempo (201 a.C.), llegaron mensajeros del rey Atalo, as como de
Rodas, con noticias de que Filipo estaba tratando de instigar a las ciudades de Asia Menor. La
respuesta dada a las dos delegaciones fue que el Senado se estaba ocupando de la situacin en Asia.
El asunto de la guerra con Macedonia fue remitido a los cnsules, que se encontraban por entonces
en sus respectivas provincias. Mientras tanto, Cayo Claudio Nern, Marco Emilio Lpido y Publio
Sempronio Tuditano fueron enviados en una misin ante Tolomeo, rey de Egipto, para anunciarle la
derrota final de Anbal y los cartagineses, y dar las gracias al rey por haberse mantenido como un
amigo firme de Roma en un momento crtico, cuando incluso sus aliados ms prximos la haban
abandonado. Tambin deban solicitarle, en el caso de que las agresiones de Filipo les obligara a
declararle la guerra, que mantuviera su antigua actitud amistosa hacia los romanos. Durante este
perodo, Publio Elio, el cnsul que estaba al mando en la Galia, se enter de que los boyos, antes de
su llegada, haban estado haciendo incursiones en los territorios de las tribus amigas. Se apresur a
levantar una fuerza de dos legiones en vista de esta alteracin, reforzndolas con cuatro cohortes de
su propio ejrcito. Esta fuerza, apresuradamente reunida, la confi a Cayo Ampio, un prefecto de
los aliados, y le orden marchar a travs del territorio umbro llamado Sapinia e invadir el pas de
los boyos. l mismo march por un camino abierto en las montaas. Ampio cruz la frontera del
enemigo y, despus de haber devastado su pas sin encontrar ninguna resistencia, escogi una
posicin en el puesto fortificado de Mtilo como un lugar apropiado para proceder a la siega del
grano, que ya estaba maduro. Comenz las labores sin reconocer previamente los alrededores ni
situar partidas armadas de suficiente entidad para proteger a los forrajeadores, que haban dejado
sus armas y estaban concentrados en su tarea. De repente, l y sus forrajeadores se vieron
sorprendidos por los galos, que aparecieron por todas partes. El pnico y el desorden se extendieron
a los hombres de guardia; siete mil hombres dispersos por los campos de grano fueron
exterminados, entre ellos el propio Cayo Ampio, y los dems huyeron temerosos al campamento. La

noche siguiente, los soldados, ya que no tenan un jefe reconocido, decidieron actuar por s mismos
y, abandonando la mayor parte de sus posesiones, se abrieron paso a travs de bosques casi
impenetrables hasta reunirse con el cnsul. Aparte de asolar el territorio boyo y concertar una
alianza con los ligures ingaunos, el cnsul no efectu nada digno de mencin en su provincia antes
de regresar a Roma.
[31.3] En la primera reunin del Senado despus de su regreso, hubo una exigencia unnime
de que los actos de Filipo y las quejas de los estados aliados tuvieran prioridad sobre cualquier otro
asunto. La cuestin fue inmediatamente planteada ante una Curia atestada, y se emiti un decreto
para que el cnsul Publio Elio enviara al hombre que considerase ms adecuado, con plenos poderes
para tomar el mando de la flota que Cneo Octavio traa de vuelta de frica y pusiera rumbo a
Macedonia. Eligi a Marco Valerio Levino, que fue enviado con rango de propretor. Levino tom
treinta y ocho de los barcos de Octavio, que estaban fondeados en Vibo, y se embarc poniendo
rumbo a Macedonia. Se reuni con el general Marco Aurelio, que le dio detalles sobre las grandes
fuerzas navales y terrestres que haba reunido el rey, as como la medida en que se estaba
asegurando ayuda armada no solo de las ciudades del continente, sino tambin de las islas del Egeo,
en parte por su influencia personal y en parte por la de sus agentes. Aurelio seal que los romanos
tendran que mostrar mucha ms energa en la conduccin de esta guerra; de lo contrario, Filipo,
alentado por su desidia, podra aventurarse a la misma empresa que ya haba intentado Pirro, cuyo
reino era considerablemente menor. Se decidi que Aurelio debera remitir esta informacin en una
carta a los cnsules y el Senado.
[31,4] Hacia el final del ao se plante el asunto de la asignacin de tierras a los veteranos
que haban servido con Escipin en frica. Los senadores decretaron que Marco Junio, el pretor
urbano, nombrase a su discrecin diez delegados con el propsito de mensurar y repartir aquellas
partes de los territorios samnitas y apulios que haban devenido en propiedad del Estado. Los
delegados fueron Publio Servilio, Quinto Cecilio Marcelo, los dos Servilios, Cayo y Marco
-conocidos como los gemelos-, los dos Hostilios Catones, Lucio y Aulo, Publio Vilio Tpulo, Marco
Fulvio Flaco, Publio Elio Peto y Tito Quincio Flaminio. Las elecciones fueron celebradas por el
cnsul Publio Elio. Los cnsules electos fueron Publio Sulpicio Galba y Cayo Aurelio Cotta. Los
nuevos pretores fueron Quinto Minucio Rufo, Lucio Furio Purpreo, Quinto Fulvio Giln y Cayo
Sergio Plauto. Este ao, los ediles curules Lucio Valerio Flaco y Tito Quincio Flaminio celebraron
con un esplendor inusual los Juegos Escnicos Romanos, que se repitieron un segundo da. Tambin
distribuyeron al pueblo, con estricta imparcialidad y para general satisfaccin, logrando gran
popularidad, una gran cantidad de grano que Escipin haba enviado desde frica. Se vendi a
cuatro ases el modio. Tambin se celebraron hasta en tres ocasiones los Juegos Plebeyos, ofrecidos
por los ediles plebeyos Lucio Apustio Fuln y Quinto Minucio Rufo; este ltimo, tras desempear
su edilidad, result uno de los pretores recin elegidos. Tambin se celebr el Festival de Jpiter.
[31.5] En el ao quinientos cincuenta y uno desde la fundacin de la Ciudad, durante el
consulado de Publio Sulpicio Galba y Cayo Aurelio, unos pocos meses despus de la conclusin de
la paz con Cartago, dio inicio la guerra contra el rey Filipo (200 a.C.). El quince de marzo, da en
que tomaron posesin del cargo los cnsules, Publio Sulpicio present este asunto en primer lugar
ante el Senado. Se emiti un decreto para que los cnsules sacrificasen vctimas mayores a aquellas
deidades que eligiesen, ofreciendo la siguiente oracin: Que la voluntad y los propsitos del
Senado y del Pueblo de Roma, sobre la repblica y la declaracin de una nueva guerra, sean cosa
prspera y feliz tanto para el pueblo romano como para los aliados latinos!. Despus del sacrificio
y la oracin, los cnsules fueron a consultar al Senado sobre la poltica a seguir y la asignacin de
las provincias. Justo por entonces, el espritu belicoso fue estimulado por la recepcin de los
despachos de Marco Aurelio y de Marco Valerio Levino, as como por una nueva embajada de

Atenas, que anunci que el rey estaba prximo a sus fronteras y pronto se adueara de su territorio,
y hasta de su ciudad si Roma no acuda en su auxilio. Los cnsules informaron sobre la debida
ejecucin de los sacrificios y la declaracin de los augures en el sentido de que los dioses haban
escuchado sus oraciones, pues las vctimas haban presentado presagios favorables y anunciaban la
victoria, el triunfo y una ampliacin del dominio de Roma. A continuacin se dio lectura a las cartas
de Valerio y Aurelio, concedindose audiencia a los embajadores atenienses. El Senado aprob una
resolucin por la que se daba las gracias a sus aliados por permanecer fieles a pesar de los continuos
intentos para tentarlos, incluso cuando se les amenaz con el asedio. Con respecto a la prestacin de
asistencia activa, el Senado aplaz una respuesta definitiva hasta que los cnsules hubieran sorteado
sus provincias y aquel a quien tocase la provincia de Macedonia hubiera presentado al pueblo el
asunto de la declaracin de guerra contra Filipo de Macedonia.
[31,6] Correspondi esta provincia a Publio Sulpicio, quien mando anunciar que propondra a
la Asamblea que "debido a los actos ilegales y los ataques armados cometidos contra los aliados de
Roma, es voluntad y orden del pueblo de Roma que se declare la guerra contra Filipo, rey de
Macedonio, y contra su pueblo, los macedonios". Al otro cnsul, Aurelio, correspondi Italia como
provincia. A continuacin, los pretores sortearon sus respectivos mandos. Cayo Sergio Plauto
recibi la pretura urbana; Quinto Fulvio Giln, Sicilia; Quinto Minucio Rufo, el Brucio, y Lucio
Furio, la Galia. La propuesta de declaracin de guerra contra Macedonia fue casi unnimemente
rechazada en la primera reunin de la Asamblea. La duracin y exigentes demandas de la ltima
guerra haban hecho que los hombres estuviesen cansados de lugar y rehuyeran caer en nuevos
esfuerzos y peligros. Uno de los tribunos de la plebe, Quinto Bebio, adems, haba adoptado el
antiguo sistema de acusar a los patricios de estar siempre sembrando las semillas de nuevas guerras
para impedir que los plebeyos disfrutasen de ningn descanso. Los patricios se enojaron
profundamente y atacaron amargamente al tribuno en el Senado, instando cada uno de los senadores
al cnsul para convocar la Asamblea para considerar una nueva propuesta y, al mismo tiempo, para
reprender al pueblo por su falta de nimo, mostrndole cuntas prdidas y desgracias derivaran del
aplazamiento de aquella guerra.
[31.7] La Asamblea se convoc debidamente en el Campo de Marte, y antes de que la
cuestin fuera sometida a votacin, el cnsul se dirigi a las centurias en los siguientes trminos:
No parece que os deis cuenta, Quirites, de que lo que tenis que decidir no es tanto si vais a tener
paz o guerra; Filipo no os ha dejado opcin alguna en cuanto a esto, pues se est preparando para
una guerra a enorme escala tanto por tierra como por mar. La nica pregunta es si llevaris las
legiones a Macedonia o esperareis al enemigo en Italia. Habis aprendido por experiencia, si no
antes, en la ltima guerra pnica, qu diferencia habr segn lo que decidis. Cuando Sagunto fue
sitiada y nuestros aliados nos estaban implorando ayuda, quin puede dudar de que si hubisemos
enviado ayuda rpidamente, como hicieron nuestros padres con los mamertinos, podramos haber
confinado a las fronteras de Hispania aquella guerra que, en su mayor parte desastrosa para
nosotros, permitimos entrar en Italia por nuestra dilacin? Pues este mismo Filipo haba llegado a
un acuerdo con Anbal, mediante agentes y cartas, para invadir l Italia, y no hay la menor duda
de que lo mantuvimos en Macedonia enviando a Levino con la flota para tomar la ofensiva en su
contra. Dudamos en hacer ahora lo que hicimos entonces, cuando tenamos a nuestro enemigo
Anbal en Italia, ahora que Anbal ha sido expulsado de Italia y de Cartago, y que Cartago est
completamente derrotado? Si permitimos que el rey ponga a prueba nuestra desidia asaltando
Atenas, como permitimos que hiciera Anbal asaltando Sagunto, no pondr el pie en Italia a los
cinco meses, que fue lo que tard Anbal en tomar Sagunto, sino a los cinco das de zarpar de
Corinto.
Tal vez vosotros no consideris a Filipo a la misma altura de Anbal, ni a los macedonios
iguales a los cartagineses. En cualquier caso, lo consideris el igual de Pirro. Igual, digo? En

cun gran medida uno de ellos sobrepasa al otro, cun superior es una nacin a la otra! El Epiro
siempre ha sido, y an lo es hoy, un aadido muy pequeo al reino de Macedonia. Todo el
Peloponeso est bajo la influencia de Filipo, sin exceptuar siquiera a Argos, famosa por la muerte
de Pirro tanto como por su antigua gloria. Comparemos ahora nuestra situacin. Considerad
cunto ms floreciente estaba Italia, cuando todos aquellos generales y ejrcitos estaban intactos, y
cmo fueron barridos por la Guerra Pnica. Y, sin embargo, cuando Pirro atac, la sacudi hasta
sus cimientos y casi llega hasta la misma Roma en su victorioso avance! No slo hizo que los
tarentinos se rebelasen contra nosotros, as como todo aquel territorio costero de Italia llamado
Magna Grecia, a quienes naturalmente supondris que seguiran a un jefe de su misma lengua y
nacionalidad, sino que tambin hicieron lo mismo los lucanos, los brucios y los samnitas. Creis
que, si Filipo desembarcara en Italia, estos permaneceran tranquilos y fieles a nosotros? Supongo
que demostraron su lealtad en la Guerra Pnica. No, esas naciones no dejarn nunca de
traicionarnos, a menos que no tengan con quin desertar. Si hubieseis pensado que era demasiado
el pasar a frica, an hoy tendrais a Anbal y sus cartagineses en Italia. Que sea Macedonia en
lugar de Italia el escenario de la guerra; que sean las ciudades y campos del enemigo los
devastados por el fuego y la espada! Hemos aprendido en estos tiempos que tienen ms xito y ms
fuerza nuestras armas en el extranjero que en casa. Votad, con la ayuda de los dioses, y confirmad
la decisin del Senado. No es solo vuestro cnsul el que os insta a tomar esta decisin, tambin os
lo piden los dioses inmortales; pues cuando yo estaba ofrendando los sacrificios y rogando para
que esta guerra finalizara felizmente para el Senado, para m mismo, para vosotros, para nuestros
aliados y confederados latinos, para nuestras flotas y ejrcitos, los dioses otorgaron todos los
beneplcitos y presagios felices.
[31,8] Despus de este discurso se separaron para la votacin. El resultado fue favorable a la
propuesta del cnsul y resolvieron ir a la guerra. Acto seguido, los cnsules, actuando segn una
resolucin del Senado, ordenaron un triduo de rogativas, ofrecindose intercesiones en todos los
santuarios para que la guerra que el pueblo romano haba ordenado contra Filipo tuviera un buen y
feliz trmino. El cnsul consult con los feciales si era necesario que la declaracin de guerra fuera
transmitida personalmente al rey Filipo, o si sera suficiente que se le anunciara a una de sus
ciudades fronterizas de guarnicin. Estos declararon que cualquiera de ambos modos de proceder
seran correctos. El Senado dej a eleccin del cnsul escoger a uno de ellos, no siendo miembro
del Senado, para enviarlo en embajada y declarar la guerra al rey. El siguiente asunto fuera la
asignacin de los ejrcitos a los cnsules y pretores. Los cnsules recibieron la orden de licenciar
los antiguos ejrcitos y, cada uno de ellos, alistar dos nuevas legiones. Como la direccin de la
nueva guerra, que se consideraba muy grave, fuera encargada a Sulpicio, se le permiti reenganchar
como voluntarios a todos los que pudiera del ejrcito que Escipin haba trado de vuelta de frica,
pero sin poder obligar en absoluto a ningn veterano a que se le uniera contra su voluntad. Los
cnsules deban dar a cada uno de los pretores, Lucio Furio Purpreo y Quinto Minucio Rufo, cinco
mil hombres de los contingentes latinos para que sirvieran como ejrcito de ocupacin de sus
provincias, el uno en la Galia y el otro en el Brucio. Tambin se orden a Quinto Fulvio Giln que
eligiese hombres de las fuerzas aliadas y latinas del ejrcito que haba mandado el cnsul Publio
Elio, empezando por aquellos que llevaban menos tiempo de servicio, hasta completar una fuerza de
cinco mil hombres. Este ejrcito servira para la defensa de Sicilia. Marco Valerio Faltn, cuya
provincia el ao anterior haba sido la Campania, deba hacer una seleccin similar entre el ejrcito
de Cerdea, de cuya provincia se hara cargo como propretor. Los cnsules recibieron instrucciones
para alistar dos legiones urbanas como reserva para ser enviada all donde se precisaran sus
servicios, pues muchos de los pueblos itlicos se haban puesto del lado de Cartago en la ltima
guerra y hervan de ira. La repblica dispondra aquel ao de seis legiones romanas.
[31.9] En medio de estos preparativos para la guerra, lleg una delegacin del rey Tolomeo

para informar de que los atenienses le haban pedido ayuda contra Filipo. A pesar de ambos Estados
eran aliados de Roma, el rey -segn dijeron los delegados- no enviara ni flota ni ejrcito a Grecia,
para proteger o atacar a nadie, sin el consentimiento de Roma. Si los romanos deseaban defender a
sus aliados, l permanecera tranquilo en su reino; si, por el contrario, los romanos preferan
abstenerse de intervenir, con la misma facilidad l mismo enviara aquella ayuda para proteger a los
atenienses contra Filipo. El Senado aprob un voto de agradecimiento al rey y asegur a la
delegacin que era intencin del pueblo romano proteger a sus aliados; si surgiera la necesidad, se
lo sealaran al rey, pues eran totalmente conscientes de que los recursos de su reino haban
demostrado ser un apoyo constante y leal para la repblica. El Senado regal a cada uno de los
delegados cinco mil ases. Mientras que los cnsules estaban alistando las tropas y preparndose
para la guerra, los ciudadanos estaban ocupados con celebraciones religiosas, especialmente con las
acostumbradas cuando empezaba una nueva guerra. Las rogativas especiales y los rezos se haban
ofrecido debidamente en todos los templos pero, para que nada quedase sin omitir, se autoriz al
cnsul al que haba tocado Macedonia para ofrecer unos Juegos en honor de Jpiter y efectuar una
ofrenda a su templo. Esta se retras por la accin del Pontfice Mximo, Licinio, que estableci que
no se poda hacer ningn voto a menos que se calculase la suma en dinero a que equivala, se
apartase y no se mezclase con ninguna otra cantidad. A menos que se hiciera esto, el voto no se
podra considerar efectuado debidamente. Aunque la autoridad del pontfice y las razones que dio
tenan mucho gran peso, se orden al cnsul que remitiera el asunto al colegio pontifical, para que
determinaran si era correcto efectuar una ofrenda de valor econmico indeterminado. Los pontfices
declararon que s se poda efectuar, y an con mayor propiedad en tales circunstancias. El cnsul
recit las palabras del voto en la misma forma que se las deca el Pontfice Mximo, siendo iguales
a las pronunciadas habitualmente cada cinco aos, con la diferencia de que se comprometi
mediante el voto a celebrar los juegos y la ofrenda con la cantidad que determinara el Senado en el
momento de su cumplimiento. Hasta entonces, siempre se nombraba una suma determinada cuando
se prometan Juegos y ofrendas; esta fue la primera vez en que no se determin el valor en el mismo
momento.
[31.10] Mientras la atencin de todos estaba concentrada en la Guerra Macedonia, llegaron
repentinamente rumores sobre un levantamiento de los galos, que era lo ltimo que se esperaba. Los
nsubros, los cenomanos y los boyos, haban inducido a los celinos y los ilvates, as como a otras
tribus ligures, a que se les unieran; haban tomado las armas bajo el mando de Amlcar, un general
cartagins, que haba tenido un mando en el ejrcito de Asdrbal y que se haba quedado en el pas.
Haban asaltado y saqueado Plasencia, habiendo destruido con su ciega ira la mayor parte de la
ciudad mediante el fuego, quedaron apenas dos mil hombres en medio de las ruinas humeantes.
Desde all, cruzando el Po, avanzaron con la intencin de saquear Cremona. Al enterarse de la
catstrofe que se haba apoderado de sus vecinos, los habitantes de la ciudad tuvieron tiempo de
cerrar sus puertas y guarnecer sus murallas para que pudieran, en todo caso, soportar un asedio y
enviar un mensaje al pretor romano antes del asalto final. Lucio Furio Purpreo estaba por entonces
al mando de aquella provincia, y actuando de conformidad con la resolucin del Senado haba
disuelto su ejrcito, conservando slo cinco mil de los contingentes latinos y aliados. Con esta
fuerza estaba acampado en las proximidades de Rmini. En un despacho al Senado describi la
grave situacin de su provincia; de las dos colonias militares que haban resistido la terrible
tormenta de la Segunda Guerra Pnica, una fue tomada y destruida por el enemigo y la otra estaba
siendo atacada. Su propio ejrcito no poda prestar auxiliar a los colonos en sus peligros, a menos
que expusiera sus cinco mil hombres a ser masacrados ante los cuarenta mil del enemigo, que era el
nmero de los que estaban bajo las armas, y provocar mediante este desastre que se elevase la moral
del enemigo, que ya estaba exultante por la destruccin de una colonia romana.
[31,11] Despus que la carta hubiera sido leda, el Senado decret que el cnsul Cayo Aurelio

deba ordenar a su ejrcito que se reuniera en Rmini el da que ya haba fijado para su
agrupamiento en Etruria. Si el estado de los asuntos pblicos lo permita, deba ir personalmente a
suprimir los disturbios; de lo contrario, debera ordenar a Lucio Furio que, en cuanto le llegasen las
legiones, enviase su fuerza de cinco mil aliados y latinos a sustituirlas en Etruria, y levantar despus
el sitio de Cremona. El Senado tambin decidi enviar una misin a Cartago y a Masinisa en
Numidia. Sus instrucciones para la visita a Cartago eran informar a su gobierno de que Amlcar, uno
de sus ciudadanos que haban venido con el ejrcito de Asdrbal o con el de Magn, se haba
quedado atrs y, desafiando el tratado, haba inducido a los galos y a los ligures a tomar las armas
contra Roma. Si desean permanecer en paz, deban llamarlo de vuelta y entregarlo a los romanos.
Los comisionados tambin deban anunciarles que no haban sido entregados todos los desertores,
pues gran nmero de ellos se paseaba abiertamente por las calles de Cartago; era deber de las
autoridades dar con ellos y arrestarlos, para que se les pudiera entregar de acuerdo con el tratado.
Estas eran sus instrucciones respecto a Cartago. En cuanto a Masinisa, deban transmitirle las
felicitaciones del Senado por haber recuperado el reino de sus antepasados y por haberlo extendido
an ms mediante la anexin de la parte ms rica de los dominios de Sfax. Tambin deban
informarle de que se haba emprendido una guerra contra Filipo a consecuencia de su auxilio activo
a los cartagineses, as como por haber producido daos a los aliados de Roma mientras Italia estaba
envuelta en las llamas de la guerra. Se vio as obligada a enviar barcos y ejrcitos a Grecia, y por
tanto, al tener que dividir sus fuerzas, Filipo fue la causa principal del retraso en el envi de una
expedicin a frica. Los delegados deban tambin solicitar a Masinisa que ayudara en aquella
guerra mediante el envo de un contingente de caballera nmida. Se les entregaron algunos
esplndidos regalos para el rey: vasos de oro y plata, un manto de prpura, una tnica palmada
junto con un cetro de marfil, y tambin una toga pretexta junto con una silla curul. Se les instruy
para asegurarle que, si precisaba algo para asegurar y extender su reino e insinuaba que lo quera, el
pueblo romano hara todo lo posible para satisfacer sus deseos en correspondencia por los servicios
que haba prestado.
Tambin compareci ante el Senado una delegacin de Vermina, el hijo de Sfax. Se
excusaron por sus errores, achacndolos a su juventud y culpando de todo a los engaos de los
cartagineses. Masinisa haba sido una vez enemigo, y ahora se haba convertido en amigo de Roma;
Vermina, tambin, dijeron, se esforzara cuanto pudiera para que ni Masinisa ni ningn otro
superase sus buenos oficios para con Roma. Finalizaron solicitando al Senado que le concedieran el
ttulo de rey aliado y amigo. La respuesta recibida por la legacin fue en el sentido de que Sfax, su
padre, se haba convertido, de repente y sin razn alguna, en enemigo del pueblo romano tras haber
sido su aliado y amigo; y que el propio Vermina haba iniciado su instruccin militar con un ataque
a los romanos. Por lo tanto, deba pedir la paz antes de que pudiera obtener cualquier ttulo del
estilo de rey aliado y amigo. El pueblo romano acostumbraba conferir esta distincin honorfica en
correspondencia con los grandes servicios que los reyes les hubieran prestado. Los enviados
romanos estaran dentro de poco en frica y el Senado les dara poderes para otorgar la paz a
Vermina bajo determinadas condiciones, siempre que l dejase absolutamente la disposicin de tales
condiciones al pueblo romano. Si deseaba que algo se aadiera, borrase o alterase de las
condiciones, debera hacer una nueva apelacin al Senado. Los hombres enviados para llevar a cabo
estas negociaciones fueron Cayo Terencio Varrn, Espurio Lucrecio y Cneo Octavio; cada uno tuvo
un quinquerreme a su disposicin.
[31.12] Se dio lectura en la Curia a una carta de Quinto Minucio, el pretor al mando del
Brucio, en la que declaraba que haba sido robado, durante la noche, cierta cantidad de dinero del
templo de Proserpina en Locri, no existiendo pista alguna sobre los autores materiales del crimen.
El Senado se indign al ver que seguan producindose actos de sacrilegio y que, ni siquiera el
ejemplo de Pleminio, notorio tanto por el delito como por el castigo que rpidamente le sigui,
haban servido en modo alguno como elemento de disuasin. Cayo Aurelio se encarg de escribir el

pretor al Brucio y decirle que el Senado deseaba que se practicara una investigacin sobre las
circunstancias del robo, siguiendo la misma lnea de la que haba efectuado tres aos antes el pretor
Marco Pomponio. Cualquier dinero que se encontrara se debera devolver y se cubrira el dficit; se
deban ofrecer los sacrificios expiatorios precisos, segn las instrucciones de los pontfices en las
ocasiones anteriores. Su preocupacin por expiar la violacin del templo se agudiz ante los
anuncios simultneos de portentos en numerosas localidades. En Lucania se cont se haba
incendiado el cielo; en Priverno, el Sol se haba enrojecido en un da sin nubes; en el templo de
Juno Sspita, en Lanuvio, se escuch por la noche un fuerte estrpito. Tambin se inform de
numerosos nacimientos monstruosos de animales entre los sabinos: naci un nio que no se saba si
era hombre o mujer; se descubri otro caso similar, donde el muchacho tena ya diecisis aos; en
Frosinone, naci un cordero con cabeza como de cerdo; en Sinuesa, apareci un cerdo con cabeza
humana y en las tierras pblicas de la Lucania, apareci un potro con cinco patas. Todo esto se
consider como productos horribles y monstruosos de una naturaleza que viciaba las especies; los
hermafroditas fueron considerados como presagios especialmente malficos y se orden que se les
arrojara de inmediato al mar, igual que se haba hecho recientemente, durante los consulados de
Cayo Claudio y Marco Livio, ante un engendro similar. El Senado orden a los decenviros, no
obstante, que consultasen los Libros Sagrados acerca de este portento. Siguiendo las instrucciones
que all se encontraron, se orden que se celebrasen las mismas ceremonias que con ocasin de su
ltima aparicin. Tres coros, compuesto cada uno por nueve doncellas, deberan cantar un himno
por toda la Ciudad y se deba llevar un presente a la Reina Juno. El cnsul Cayo Aurelio dio cuenta
de haberse llevado a cabo las instrucciones de los decenviros de los Libros Sagrados. El himno
anterior, segn recordaban los senadores, fue compuesto por Livio Andrnico; en esta ocasin lo
fue por Publio Licinio Tgula.
[31.13] Una vez realizados debidamente todos los ritos de expiacin, habiendo sido
investigado por Quinto Minucio el sacrilegio en Locri, recuperado el dinero mediante la venta de
los bienes de los culpables y depositado en el tesoro, los cnsules estaban deseando partir para sus
provincias, pero se produjo un retraso. Cierto nmero de personas haban prestado dinero al Estado
durante el consulado de Marco Valerio y Marco Claudio, y el pago del tercer plazo venca este ao.
Los cnsules les informaron de que el dinero en la tesorera apenas cubra el costo de la nueva
guerra, pues se lo llevaran la gran flota y los grandes ejrcitos, y no haba manera de pagarles por
el momento. Apelaron al Senado y este les dio la razn, declarando que si el Estado optaba por
utilizar el dinero prestado para la Guerra Pnica en sufragar adems el coste de la guerra de
Macedonia, y si a una guerra le segua otra, aquello simplemente significara que les haban
confiscado su dinero como si se tratara de una multa por ser culpables de algo. Las demandas de los
acreedores eran justas, pero el Estado no poda afrontar sus obligaciones y el Senado decidi una
medida que combinaba la justicia con lo factible. Muchos de los reclamantes haban declarado que
haba tierras a la venta por todas partes y que querran convertirse en compradores; as pues, el
Senado public un decreto para que pudieran tener la opcin de hacerse con cualquier terreno de
propiedad pblica en un radio de cincuenta millas de la Ciudad. Los cnsules valoraran las tierras e
impondran una tasa renta nominal de un as por yugada, como reconocimiento de su titularidad
pblica; cuando el Estado pudiese abonar sus deudas, si cualquiera de ellos prefera el dinero a las
tierras lo podra obtener y devolver los terrenos al pueblo. Aceptaron de buen grado estos trminos,
y la tierra ocupada fue, por lo tanto, llamada trientbulo, por haberles sido dada en lugar de la
tercera parte de su prstamo.
[31,14] Despus que haber ofrecido Publio Sulpicio en el Capitolio los votos acostumbrados,
fue investido por sus lictores con el paludamento y dej la Ciudad hacia Brindisi. Aqu incorpor a
sus legiones a los veteranos del ejrcito de frica, que se haban presentado voluntarios y escogi
tambin los buques de la flota de Cneo Cornelio. Zarp de Brindisi y al da siguiente desembarc en

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Macedonia. Aqu se encontr con una embajada de Atenas que le rog que levantara el sitio al que
estaba sometida la ciudad. Cayo Claudio Centn fue enviado all de inmediato con veinte buques de
guerra y mil hombres. El rey no estaba dirigiendo personalmente el sitio, pues justo en aquel
momento estaba atacando Abidos, despus de probar sus fuerzas en choques navales con los rodios
y con Atalo, sin haber tenido xito en ninguno. Pero la suya no era una naturaleza que aceptase en
silencio la derrota, y ahora que se haba aliado con Antoco, el rey de Siria, estaba ms decidido a la
guerra que nunca. Haban acordado dividir entre ellos el rico reino de Egipto, y al enterarse de la
muerte de Ptolomeo ambos se dispusieron a atacarlo. Los atenienses, que nada conservaban de su
antigua grandeza ms que su orgullo, se haban visto envueltos en las hostilidades contra Filipo por
culpa de un incidente sin importancia. Durante la celebracin de los Misterios de Eleusis, dos
jvenes acarnanes, que no haban sido iniciados, entraron en el templo de Ceres con el resto de la
multitud, nada conscientes de la naturaleza sacrlega de su accin. Les traicionaron las preguntas
absurdas que hicieron y fueron llevados ante las autoridades del templo. Aunque era evidente que
haban pecado de ignorancia, se les conden a muerte como si fuesen culpables de un crimen
horrible. Los acarnanes informaron de este acto hostil y brbaro a Filipo, obteniendo su
consentimiento para hacer la guerra a Atenas con el apoyo de un contingente macedonio. Este
ejrcito empez por devastar el territorio del tica a sangre y espada, tras lo cual regres a
Acarnania con toda clase de botn. Llegados a este punto, los nimos estaban irritados;
posteriormente, mediante una disposicin de los ciudadanos, Atenas hizo una declaracin formal de
guerra. Para cuando el rey Atalo y los rodios, que seguan a Filipo en su retirada hacia Macedonia,
hubieron alcanzado Egina, el rey cruz navegando hasta el Pireo con el propsito de renovar y
confirmar su alianza con los atenienses. Todos los ciudadanos salieron a su encuentro, con sus
esposas e hijos; los sacerdotes, revestidos de sus ropas sagradas, lo recibieron cuando entr en la
ciudad; hasta los propios dioses salieron casi de sus santuarios para darle la bienvenida.
[31,15] Se convoc inmediatamente al pueblo a una Asamblea, para que el pudiera exponerles
sus deseos. Sin embargo, se pens que resultaba ms acorde con su dignidad que pusiera por escrito
lo que considerase conveniente, por evitar la vergenza de tener que estar presente al relatarse sus
servicios a la ciudad, o que su modestia se viera abrumada por los empalagosos halagos de la
multitud que aplauda. En consecuencia, redact una declaracin escrita, que fue leda en la
asamblea, en la que enumeraba los beneficios que haba otorgado a su ciudad y describa su lucha
con Filipo, instndoles a modo de conclusin a tomar parte en la guerra mientras le tenan a l, a los
rodios y, especialmente ahora, a los romanos para apoyarlos. Si se quedaban atrs ya nunca tendran
otra oportunidad. A continuacin se escuch a los enviados de Rodas; haca poco que haban
prestado un buen servicio a los atenienses, pues haban recuperado y devuelto a Atenas cuatro naves
de guerra que haban capturado los macedonios. Se decidi por unanimidad la guerra contra Filipo.
Se rindieron honores extraordinarios al rey Atalo y tambin a los rodios. Se aprob una propuesta
para aadir a las antiguas diez tribus una nueva que se llamara tribu Atlida. Se regal al pueblo de
Rodas una corona de oro en reconocimiento a su valenta, y se les concedi la plena ciudadana
como anteriormente se la haban concedido ellos a los atenienses. Tras esto, Atalo se reuni con su
flota en Egina y los rodios navegaron hasta Cea, marchando desde all a Rodas a travs de las
Ccladas. Todas las islas se unieron a ellos con la excepcin de Andros, Paros y Citnos, que estaban
ocupadas por guarniciones macedonias. Atalo haba enviado mensajeros a Etolia y estaba esperando
a los legados que venan de all; la espera lo mantuvo inactivo durante algn tiempo. No poda
inducir a los etolios a tomar las armas, que se contentaban con mantenerse en paz con Filipo en
cualquier trmino. Si l, junto con los rodios, se hubiesen opuesto vigorosamente a Filipo, habran
podido ganarse el glorioso ttulo de Libertadores de Grecia. En lugar de esto, le permitieron cruzar
el Helesponto por segunda vez y apoderarse de una posicin excelente en la Tracia, donde pudo
concentrar sus fuerzas y dar as nueva vida a la guerra, entregando a los romanos la gloria de
librarla y darle fin.

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[31,16] Filipo mostr un nimo propio de un rey. A pesar de que no haberse podido sostener
contra Atalo y Rodas, no se alarm ni siquiera ante la perspectiva de una guerra con Roma. Filocles,
uno de sus generales, fue enviado con una fuerza de dos mil infantes y doscientos jinetes a devastar
las tierras de los atenienses, siendo puesto Herclides al mando de la flota y con rdenes de navegar
hacia Maronea. Filipo march all por tierra con otros dos mil infantes armados a la ligera, tomando
la plaza al primer asalto. Enos le dio muchos problemas, pero finalmente logr su captura por la
traicin de Calmedes, prefecto de Tolomeo. Ipsala, Tusla y Maki fueron tomadas en rpida
sucesin, avanzando luego hasta el Quersoneso, donde Eleunte y Alopeconeso se entregaron
voluntariamente; tambin se entregaron Galpoli y Maditos, junto con algunos otros lugares
fortificados sin importancia. El pueblo de Abidos ni siquiera admiti a sus embajadores y cerr sus
puertas al rey. El asedio de esta plaza retuvo a Filipo un tiempo considerable, y si Atalo y los rodios
hubieran mostrado la menor energa, podran haber salvado el lugar. Atalo envi solo trescientos
hombres para ayudar en la defensa y los rodios enviaron un cuatrirreme de su flota, que estaba
anclada en Tnedos. Ms tarde, cuando ya apenas podan resistir ms, el propio Atalo naveg hasta
Tnedos y tras elevarles el nimo con su aproximacin, no prest ayuda a sus aliados ni por tierra ni
por mar.
[31,17] Los abidenos, en primera instancia, colocaron mquinas a todo lo largo de sus
murallas, impidiendo de este modo no solo cualquier aproximacin por tierra, sino haciendo
inseguro el fondeo de las naves enemigas. Sin embargo, cuando un parte de la muralla se derrumb
y las minas enemigas haban llegado hasta el muro interior que los defensores haban levantado a
toda prisa, mandaron emisarios al rey para acordar los trminos para la rendicin de la ciudad.
Propusieron que se permitiera salir al cuatrirreme rodio con su tripulacin y al contingente que
haba enviado Atalo, as como que los habitantes pudieran abandonar la ciudad solamente con la
ropa que llevaran puesta. Filipo les respondi que no habra la menor esperanza de paz a menos que
se rindieran incondicionalmente. Cuando llevaron de regreso esta respuesta, se produjo tal estallido
de indignacin e ira que los ciudadanos tomaron la misma rabiosa resolucin que los saguntinos
haban adoptado aos antes. Ordenaron a todas las matronas que se encerraran en el templo de
Diana; a los nios y nias nacidos libres, incluyendo a los bebs con sus nodrizas, se les reuni en
el gimnasio; todo el oro y la plata se llev al foto, todos los ropajes de valor se embarcaron en las
naves de Rodas y Ccico que estaban en el puerto; se elevaron altares en medio de la ciudad,
alrededor de los cuales se dispusieron los sacerdotes con vctimas para sacrificar. Un grupo de
hombres, seleccionados al efecto, prest aqu un juramento que les fue dictado por los sacerdotes,
para llevar a cabo la medida desesperada que se haba decidido. Tan pronto como vieran que
resultaban muertos todos sus camaradas, de los que estaban combatiendo delante de la muralla
derrumbada, habran de dar muerte a las esposas e hijos, echaran por la borda el oro, la plata y los
vestidos que estaban en las naves, y prenderan fuego a cuantos edificios pblicos y particulares
pudieran, invocando sobre ellos las ms terribles maldiciones si rompan su juramento. Tras ellos,
todos los hombres en edad militar juraron solemnemente que ninguno dejara con vida la batalla,
excepto como vencedores. Tan fieles fueron a su juramento y con tal desesperacin combatieron
que, antes de que la noche pusiera fin a la batalla, Filipo se retir de la lucha espantado de su rabia.
Los ciudadanos ms notables, a quienes se haban asignado la parte ms cruel, viendo que solo
quedaban unos pocos supervivientes, y an estos heridos y exhaustos, enviaron a los sacerdotes en
cuanto amaneci, vistiendo sus cintas de suplicantes, para que rindieran la ciudad a Filipo.
[31.18] Antes de que tuviera efectivamente lugar la rendicin, los embajadores romanos, que
haban sido enviados a Alejandra, oyeron hablar del asedio de Abidos y el ms joven de los tres,
Marco Emilio, de acuerdo con sus colegas se dirigi al encuentro de Filipo. Este protest por la
agresin contra Atalo y Rodas, y especialmente contra el ataque que se estaba produciendo sobre

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Abidos. Al replicar el rey que Atalo y los rodios haban sido los agresores, aquel pregunt: Fueron
tambin los abidenos los primeros en atacarte? Para alguien que rara vez escuchaba la verdad, este
lenguaje pareca demasiado audaz para dirigirse a un rey. Tu juventud, tu buena apariencia y, sobre
todo, el hecho de ser romano, te hacen demasiado insolente. En cuanto a m, me gustara que
recordaseis las obligaciones de los tratados y mantuvierais la paz conmigo; pero si me atacis,
estoy bien dispuesto a luchar, y veris que me enorgullezco de que el reino y el nombre de
Macedonia sean no menos famosos en la guerra que los de Roma. Tras despedir as al embajador,
Filipo se apoder del oro y la plata que haba reunido, pero perdi toda posibilidad de hacer
prisioneros. Pues se apoder tal locura de la gente, que creyeron que se haba traicionado a todos los
que haban resultado muertos en el combate, acusndose unos a otros de perjurio, especialmente los
sacerdotes, pues ellos entregaron al enemigo a quienes se haban ofrecido a morir. Presos de un
sbito impulso, todos se apresuraron a matar a sus esposas e hijos, infligindose despus a s
mismos la muerte en todas las formas posibles. El rey estaba totalmente sorprendido por este
arrebato de locura y e hizo volver a sus hombres del asalto, dicindoles que dara a los habitantes de
Abidos tres das para morir. Durante este intervalo, los vencidos perpetraron con ellos mismos ms
horrores de los que hubieran cometido los vencedores, por enfurecidos que hubiesen estado. Ni un
solo hombre cay en manos del enemigo con vida, salvo aquellos para los que las cadenas o alguna
otra causa ms all de su control hicieron la muerte imposible. Tras dejar una fuerza de guarnicin
en Abidos, Filipo regres a su reino. As como la destruccin de Sagunto reforz la decisin de
Anbal de guerrear contra Roma, la cada de Abidos anim a Filipo a hacer lo mismo. En su camino
se encontr con mensajeros que le anunciaron que el cnsul estaba ahora en el Epiro y que haca
invernar a sus tropas en Apolonia y a su fuerza naval en Corf.
[31,19] Los embajadores enviados a frica para informar de la accin de Amlcar al asumir el
liderazgo de los galos, fueron informados por el gobierno cartagins de que no podan hacer nada
ms que condenarlo al destierro y confiscar sus bienes; haban entregado a todos los refugiados y
desertores que haban sido capaces de descubrir despus de una cuidadosa bsqueda, y tenan
intencin en mandar emisarios a Roma para dar garantas suficientes a tal respecto. Enviaron a
Roma doscientos mil modios de trigo, y una cantidad similar al ejrcito de Macedonia. Desde
Cartago, los legados se dirigieron a Numidia para visitar a los dos reyes. Se entregaron a Masinisa
los regalos a l destinados, as como el mensaje enviado por el Senado. Se ofreci a aportar dos mil
jinetes nmidas, pero solo se aceptaron mil, y l mismo supervis su embarque. Envi con ellos a
Macedonia, dos millones de modios de trigo y la misma cantidad de cebada. La tercera misin era
con Vermina. Este vino a reunirse con ellos en la frontera de su reino y dej para ellos que pusieran
por escrito las condiciones de paz que deseaban, asegurndoles que considerara justa y ventajosa
cualquier clase de paz con Roma. Se le hizo entrega de los trminos y se le indic que enviara
delegados a Roma para obtener su ratificacin.
[31.20] Por esta poca regres de Hispania el procnsul Lucio Cornelio Lntulo. Despus de
efectuar un informe sobre las operaciones con xito que haba dirigido durante varios aos, solicit
que se le permitiera entrar a la Ciudad en Triunfo. El Senado opinaba que sus servicios bien
merecan un triunfo, pero le recordaron que no haba precedente de que disfrutase de un triunfo un
general que no hubiera sido dictador, cnsul o pretor, y l haba desempeado su mando en
Hispania como procnsul, no como cnsul o pretor. Sin embargo, le permitiran entrar en la Ciudad
en Ovacin, a pesar de la oposicin de Tiberio Sempronio Longo, uno de los tribunos de la plebe,
quien deca que no haba ningn precedente o costumbre de los mayores ni para un caso ni para el
otro. Al final, cedi ante el parecer unnime del Senado y, despus de haberse aprobado su
resolucin, Lntulo disfrut de su ovacin. Cuarenta y tres mil libras de plata y dos mil
cuatrocientas cincuenta de oro, capturadas al enemigo, se llevaron en la procesin. Adems del
botn, distribuy ciento veinte ases a cada uno de sus hombres.

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[31.21] Por entonces, el ejrcito consular en la Galia haba sido trasladado de Arezzo a Rmini
y los cinco mil hombres del contingente latino se haban trasladado desde la Galia hasta Etruria.
Lucio Furio, en consecuencia, abandon Rmini y se dirigi a marchas forzadas hacia Cremona, que
los galos estaban asediando en aquel momento. Asent su campamento a una milla y media de
distancia del enemigo, y habra tenido la oportunidad de obtener una brillante victoria si hubiera
dirigido a sus hombres directamente desde su marcha contra el campamento galo. Los galos estaban
diseminados por los campos en todas direcciones y el campamento no haba quedado
suficientemente vigilado; pero tuvo miedo de que sus hombres estuvieran demasiado cansados por
su rpida marcha; los gritos de los galos, llamando a sus compaeros de vuelta, les hizo dejar atrs
el botn que ya haban reunido y correr de vuelta a su campamento. Al da siguiente salieron al
combate. Los romanos no tardaron en aceptar el reto, pero apenas tuvieron tiempo de completar su
formacin, tan rpidamente se les aproxim el enemigo. El ala derecha -el ejrcito aliado estaba
dividido en alas- formaba en primera lnea, con las dos legiones romanas constituyendo la reserva.
Marco Furio estaba al mando de esta ala, Marco Cecilio mandaba las legiones y Lucio Valerio Flaco
la caballera. Todos estos eran generales. El pretor mantuvo con l a dos de sus legados, Cayo
Letorio y Publio Titinio, para que le ayudaran en la supervisin del campo de batalla y se
enfrentasen a cualquier accin repentina del enemigo.
En un primer momento, los galos dirigieron todas sus fuerzas hacia un nico lugar, con la
esperanza de poder desbordar el ala derecha y destrozarla. Al no lograrlo, trataron de flanquearlos y
envolver la lnea de su enemigo, lo que, considerando su nmero y lo escaso de sus oponentes, les
pareca una tarea fcil. Cuando el pretor vio esta maniobra, extendi su frente mediante el
procedimiento de situar las dos legiones de reserva a la derecha e izquierda de las tropas aliadas;
adems, ofreci un templo a Jpiter en caso de que derrotara al enemigo aquel da. Luego orden a
Lucio Valerio que lanzase a la caballera romana contra una de las alas de los galos y a la caballera
aliada contra la otra para frenar el movimiento envolvente. En cuanto vio que los galos debilitaban
su centro, al desviar tropas a las alas, orden a su infantera que cargara avanzando en orden cerrado
y rompiera las filas contrarias. Esto result decisivo; las alas fueron rechazadas por la caballera y el
centro por la infantera. Como estaban siendo destrozados en todos los sectores del campo de
batalla, los galos se dieron la vuelta y en medio de una salvaje huida buscaron refugio en su
campamento. La caballera les persegua, llegando de inmediato la infantera que atac el
campamento. No llegaron a seis mil los hombres que consiguieron escapar; ms de treinta y cinco
mil fueron muertos o hechos prisioneros; se capturaron setenta estandartes, junto a doscientos carros
galos cargados de botn. El general cartagins Amlcar cay en esa batalla, as como tres nobles
generales galos. Dos mil hombres, a los que los galos haban capturado en Plasencia, fueron puestos
en libertad y devueltos a sus hogares.
[31.22] Fue esta una gran victoria y caus gran alegra en Roma. Cuando lleg el despacho
con la noticia se decretaron tres das de accin de gracias. Los romanos y los aliados perdieron dos
mil hombres, la mayora pertenecientes al ala derecha contra la que lanz su ataque la enorme masa
del enemigo. Aunque el pretor prcticamente haba puesto fin a la guerra, el cnsul Cayo Aurelio,
tras finalizar los asuntos imprescindibles en Roma, march a la Galia y se hizo cargo del ejrcito
victorioso del pretor. El otro cnsul lleg a su provincia bastante avanzado el otoo e invern en las
proximidades de Apolonia. Como se indic anteriormente, Cayo Claudio fue enviado a Atenas con
una veintena de trirremes de la flota que estaba amarrada en Corf. Cuando entraron en el Pireo
dieron muchas esperanzas a sus aliados, que ya se encontraban muy desanimados. Los saqueos
cometidos en sus campos desde Corinto, a travs de Megara, cesaron ahora, y los piratas de Calcis,
que haban infestado el mar y devastado las costas de Atenas, ya no se aventuraron a doblar el Sunio
ni a seguir a alta mar, ms all del estrecho de Euripo. Adems de los barcos romanos haba tres
cuatrirremes de Rodas y tres buques sin cubierta atenienses, que haban sido acondicionados para

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proteger su costa. Como se ofreca a Cayo Claudio la posibilidad de un xito importante, este pens
que de momento sera suficiente si esta flota protega la ciudad y el territorio de Atenas.
[31,23] Algunos de los refugiados de Calcis que haban sido expulsados por los partidarios del
rey, informaron que el lugar poda ser capturado sin ninguna resistencia seria pues, al no haber
ningn enemigo que temer en los alrededores, los macedonios se paseaban por todas partes y los
ciudadanos, confiando en la proteccin de los macedonios, no hacan ningn intento de proteger la
ciudad. Con estas seguridades, Cayo Claudio se dirigi a Calcis, y aunque lleg al Sunio lo bastante
temprano como para poder cruzar el estrecho de Eubea el mismo da, mantuvo anclada su flota
hasta la noche para que no se pudiera observar su aproximacin. En cuanto oscureci, naveg sobre
la mar en calma y lleg a Calcis poco antes del amanecer. Escogi la parte menos poblada de la
ciudad para su propsito y, encontrando a los guardias dormidos en ciertos puntos y otros lugares
sin guardia alguna, dirigi un pequeo grupo de soldados a colocar sus escalas de asalto contra la
torre ms cercana, que fue capturada junto a cada tramo de muralla a cada lado de la misma.
Despus avanzaron a lo largo de esta, hasta donde los edificios eran ms numerosos, matando a los
centinelas segn avanzaban; llegaron a la puerta, que rompieron y permitieron as la entrada al
cuerpo principal de tropas. Diseminndose en todas direcciones, llenaron la ciudad de confusin y,
para aumentarla, incendiaron los edificios alrededor del foro. Pusieron fuego a los graneros del rey
y al arsenal, que contena un inmenso nmero de mquinas de guerra y artillera. A todo esto sigui
una masacre indiscriminada de todo aquel que ofreci resistencia y de los que trataron de escapar;
finalmente, todo hombre capaz de empuar las armas result muerto y puesto en fuga. Entre los
primeros se encontr Spatro, un acarnane y comandante de la guarnicin. Todo el botn se reuni
en el foro y se puso luego a bordo de los barcos. Los rodios, adems, forzaron la crcel y fueron
liberados los prisioneros de guerra que Filipo haba encerrado all por ser el lugar ms seguro para
custodiarlos. Tras derribar y mutilar las estatuas del rey, se dio la seal de embarcar y navegaron de
vuelta al Pireo. Si hubiera habido una fuerza suficiente de soldados romanos para permitir que se
ocupara Calcis sin interferir con la proteccin de Atenas, Calcis y Euripo le habran sido arrebatadas
al rey y hubiera supuesto un xito de la mayor importancia al comienzo mismo de la guerra, pues el
Euripo es la llave por mar de Grecia de la misma forma que el paso de las Termpilas lo es por va
terrestre.
[31,24] Filipo estaba en Demetrias en aquel momento. Cuando se le anunci el desastre que
haba cado sobre una ciudad aliada, determin, pues ya era demasiado tarde para salvarla, poner en
prctica la segunda mejor opcin y vengarla. Con una fuerza de cinco mil infantes, armados a la
ligera, y trescientos jinetes, march casi a la carrera hasta Calcis, sin dudar por un momento que
podra tomar por sorpresa a los romanos. Al comprobar que no haba nada que ver, excepto el
espectculo poco atractivo de una ciudad en ruinas humeantes, en la que los apenas haba hombres
para enterrar a las vctimas del combate, se apresur a la misma velocidad y, cruzando el Euripo por
el puente, march a travs de la Beocia hasta Atenas, pensando que al mostrar tanto nimo como los
romanos, podra alcanzar el mismo xito. Y lo pudiera haber tenido, si un explorador no hubiera
observado el ejrcito en marcha del rey desde una torre de vigilancia. Este hombre era lo que los
griegos llaman un hemerdromos, porque estos hombres cubren corriendo enormes distancias en un
solo da, y adelantndose a ellos lleg a Atenas a medianoche. Aqu se daba la misma somnolencia
y negligencia que haba provocado la prdida de Calcis unos das antes. Despertados por el
mensajero sin aliento, el pretor ateniense y Dioxipo, el prefecto de la cohorte de mercenarios,
reunieron a sus soldados en el foro y ordenaron a las trompetas que tocaran generala desde la
ciudadela, para que todos pudieran saber que el enemigo estaba prximo. Todos corrieron hacia las
puertas y murallas.
Algunas horas ms tarde, aunque bastante antes del amanecer, Filipo se aproxim a la ciudad.
Cuando vio las numerosas luces y oy el ruido de los hombres se apresuraban de aqu para all en la

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inevitable confusin, detuvo sus fuerzas y les orden acostarse y descansar. Al fallar su intento por
sorprenderles, se dispuso a un combate abierto y avanz por la parte del Dipiln. Esta puerta,
colocada como una boca a la ciudad, es considerablemente ms alta y ms ancha que el resto, y la
calzada que sale y entra de la misma es amplia, de modo que los ciudadanos pudieron formar en
orden de combate desde el foro hasta all; la va del exterior se extenda alrededor de una milla hasta
la Academia, dejando mucho espacio para la infantera y la caballera del enemigo. Despus de
formar su lnea puertas adentro, salieron los atenienses, junto con el destacamento que haba dejado
Atalo y la cohorte de Dioxipo. En cuanto los vio, Filipo pens que los tena en su poder y que
podra satisfacer su deseo largamente acariciado de destruirles, pues no haba Estado en Grecia
contra el que estuviera ms furioso que Atenas. Despus de exhortar a sus hombres para que
mantuvieran sus ojos sobre l y recordndoles que los estandartes y la lnea de combate deban estar
donde se encontrase el rey, espole a su caballo animado no solo por su ira, sino tambin por un
deseo de ostentacin. Pens que resultaba algo esplndido el ser visto luchando por la inmensa
multitud que llenaba las murallas, como ante un espectculo. Galopando por delante de sus lneas
con unos cuantos jinetes, carg contra el centro del enemigo y provoc tanto temor entre ellos que
llen a sus hombres de entusiasmo. Hiri a muchos de cerca, a otros con los proyectiles que
lanzaba, y los hizo retroceder hacia sus puertas donde les infligi grandes prdidas al confinarse
entre su limitado espacio. An persiguindoles imprudentemente, todava pudo escapar con
seguridad, pues los de las torres sobre la puerta se abstuvieron de lanzar sus jabalinas por temor a
herir a sus propios compaeros, que estaban mezclados con el enemigo. Despus de esto, los
atenienses se mantuvieron detrs sus murallas y Filipo, tras dar la seal de retirada, asent su
campamento en Cinosarges, donde haba un templo de Hrcules y un gimnasio con un bosque
sagrado alrededor. Pero Cinosarges, el Liceo y cada lugar sagrado y delicioso alrededor de la ciudad
fueron incendiados; no solo fueron destruidos los edificios, ni siquiera las tumbas, ni nada
perteneciente a los dioses o a los hombres se salv de su furia incontrolable.
[31.25] Al da siguiente, las puertas cerradas se abrieron de repente para admitir un cuerpo de
tropas enviadas por Atalo desde Egina y por los romanos desde el Pireo. El rey retir entonces su
campamento a una distancia de unas tres millas de la ciudad. Desde all march a Eleusis, con la
esperanza de asegurarse mediante un golpe de mano el templo y la fortaleza que lo rodea y protege
por todos lados. Sin embargo, al encontrarse con que los defensores estaban alerta y que la flota
estaba de camino desde el Pireo para prestarles ayuda, abandon su proyecto, march a Mgara y de
all directamente a Corinto. Al enterarse de que el Consejo de los aqueos estaba reunido en Argos,
se present en la Asamblea de manera bastante inesperada. En aquel momento, estaban discutiendo
la cuestin de la guerra con Nabis, tirano de los lacedemonios. Este reanud las hostilidades cuando
se traspas el mando supremo de Filopemn a Cicladas, que en modo alguno era un jefe tan
competente, y en vista de que los aqueos haban despedido a sus mercenarios, tras devastar los
campos de sus vecinos estaba ahora amenazando sus ciudades. El consejo deliberaba sobre qu
proporcin de tropas deba proporcionar cada Estado para oponerse a este enemigo. Filipo prometi
aliviarlos de cualquier temor por lo que haca a Nabis y los lacedemonios; no solo protegera de sus
correras los territorios de sus aliados, sino que llevara todo el terror de la guerra a Lacedemonia
marchando all con su ejrcito. Cuando estas palabras fueron recibidas con aplausos pas a decir:
Sin embargo, si vuestros intereses van a ser protegidos con mis armas, es justo que los mos no
queden sin defensa. Proporcionadme pues, si as lo aprobis, una fuerza suficiente para guarnecer
reo, Calcis y Corinto, para que con esta seguridad en mi retaguardia pueda hacer la guerra a
Nabis y a los lacedemonios libre de riesgos. Los aqueos no tardaron en detectar el motivo para
hacer una promesa tan generosa y ofrecerles ayuda contra los lacedemonios. Vieron que su objetivo
era sacar las fuerzas combatientes de los aqueos fuera del Peloponeso, como rehenes, y obligar as a
su nacin a una guerra con Roma. Cicladas, pretor de los aqueos, viendo que cualquier otro
argumento resultara irrelevante, observ simplemente que las leyes de los aqueos no permitan

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discutir otros asuntos que no fueran aquellos para los que se haba reunido el Consejo. Despus
haber aprobado un decreto para levantar un ejrcito que actuase contra Nabis, despidi al consejo
que haba presidido con valor e independencia, pese a que antes de aquel da haba sido considerado
como un firme partidario del rey. Filipo, cuyas muchas esperanzas es esfumaron de aquella manera,
logr alistar unos cuantos voluntarios y despus de esto regres a Corinto, y de all al tica.
[31,26] Durante el tiempo en que Filipo estuvo en Acaya, Filocles, prefecto del rey, parti de
Eubea con dos mil tracios y macedonios, con el propsito de asolar el territorio ateniense. Cruz el
paso de Citern, en las cercanas de Eleusis, y all dividi sus fuerzas. Mand por delante una mitad
para que devastaran los campos en todas direcciones, a la otra la ocult en una posicin adecuada
para una emboscada de manera que, si se lanzaba un ataque desde el castillo de Eleusis contra los
suyos, pudieran tomar a los asaltantes por sorpresa. Su emboscada, no obstante, fue descubierta, de
modo que llam de vuelta a los hombres que tena dispersos, unin de nuevo sus fuerzas y lanz un
ataque contra la fortaleza. Despus de un infructuoso intento, en el que muchos de sus hombres
resultaron heridos, se retir y se uni a Filipo que regresaba de Acaya. El propio rey lanz un ataque
sobre el mismo castillo, pero la llegada de naves romanas desde el Pireo y la llegada de refuerzos a
la plaza, le obligaron a abandonar la empresa. Envi luego a Filocles, con una parte de su ejrcito, a
Atenas; con el resto se dirigi a El Pireo con el fin de que, mientras Filocles mantena a los
atenienses dentro de su ciudad aproximndose a las murallas y amenazando con un asalto, l
pudiera aprovechar la oportunidad de atacar El Pireo al quedarse con una dbil guarnicin. Pero el
asalto al Pireo result ser tan difcil como el de Eleusis, ya que prcticamente las mismas tropas
defendieron ambos. Abandonando el Pireo march rpidamente a Atenas. Aqu fue rechazado por
una fuerza de infantera y caballera que desde la ciudad lo atacaron por sorpresa en el estrecho paso
de las largas murallas en ruinas que conectan el Pireo con Atenas. En vista de que era intil
cualquier intento contra la ciudad, dividi su ejrcito con Filocles y se dedic a devastar los
campos. Sus primeras destrucciones se haban limitado a los sepulcros que rodeaban la ciudad;
ahora decidi no dejar nada libre de profanacin y dio rdenes para que se destruyeran e
incendiaran los templos de los dioses que se haban consagrado en cada aldea. La tierra del tica
era famosa por aquel tipo de construccin tanto como por la abundancia de mrmol nativo y el
genio de sus arquitectos; por lo tanto, ofreca abundante material para aquella furia destructora. No
qued satisfecho con el derrocamiento de los templos con sus estatuas, e incluso orden que se
rompieran en pedazos los bloques de piedra para que no se pudieran reconstruir las ruinas. Cuando
ya no quedaba nada sobre lo que su rabia, an insatisfecha, pudiera descargarse, dej los territorios
enemigos y se dirigi a Beocia, no haciendo en Grecia nada ms digno de mencin.
[31.27] El cnsul Sulpicio estaba acampado por entonces junto al ro Semeni en una posicin
que se extenda entre Apolonia y Dirraquio. Hizo volver a Lucio Apustio y lo envi con parte de sus
fuerzas a devastar las fronteras del enemigo. Despus de devastar las fronteras de Macedonia y
capturar al primer asalto los puestos fortificados de Corrago, Gerrunio y Orgeso, Apustio lleg a
Antipatrea, una ciudad situada en un estrecho desfiladero. En primer lugar, convoc a una entrevista
a los hombres principales de la ciudad, tratando de persuadirlos para que se confiaran a los
romanos. Confiando en el tamao de su ciudad, sus fortificaciones y su fuerte posicin, trataron sus
propuestas con desprecio. l, a continuacin, recurri a la fuerza y tom el lugar por asalto.
Despus de dar muerte a los hombres adultos y permitir que los soldados se apoderasen de todo el
botn, arras las murallas e incendi la ciudad. El temor a un trato similar provoc la rendicin de
Codrin, una ciudad bastante fuerte y fortificada, sin ofrecer ninguna resistencia. Se dej all un
destacamento para guarnecer el lugar y se tom Cnido al asalto, nombre ms conocido como el de
una ciudad de Asia. Cuando Apustio marchaba de regreso con el cnsul, llevando una considerable
cantidad de botn, fue atacado al cruzar el ro por un tal Atengoras, uno de los prefectos de rey,
sembrando la confusin en su retaguardia. Al or los gritos y el tumulto, regres al galope, hizo que

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sus hombres dieran media vuelta, lanzaran los equipajes al centro de la columna y formaran su lnea
de combate. Los soldados del rey no resistieron la carga de los romanos, muriendo muchos y siendo
los ms hechos prisioneros. Apustio llev ntegro de regreso a su ejrcito con el cnsul y se le envi
de inmediato a reunirse con la flota.
[31,28] Al quedar marcado el inicio de la guerra por esta expedicin victoriosa, varios
prncipes y notables de los pases fronterizos con Macedonia visitaron el campamento romano;
entre ellos estaba Plurato, el hijo de Escardiledo, Aminandro, rey de los atamanes, y Bato, el hijo
de Longaro, que representaba a los drdanos. Longaro haba estado combatiendo por su propia
cuenta contra Demetrio, el padre de Filipo. En respuesta a sus ofertas de ayuda, el cnsul dijo se
valdra de los servicios de los drdanos y de Plurato cuando llevara su ejrcito a Macedonia.
Acord con Aminandro que este deba convencer a los etolios para que tomaran parte en la guerra.
Tambin haban venido embajadores de Atalo, a los que orden pedir al rey que se encontrase con la
flota romana en Egina, donde invernaba, y que en unin de ella acosara a Filipo, como ya antes
haba hecho, mediante operaciones navales. Se enviaron, adems, emisarios a los rodios
animndolos a tomar parte en la guerra. Filipo, que haba llegado ya a Macedonia, mostr no menos
energa en disponer los preparativos para la guerra. Su hijo Perseo, un simple muchacho con quien
haba destinado algunos miembros de su Consejo para que lo dirigieran y aconsejaran, fue enviado a
guarnecer el paso que conduce a la Pelagonia. Esciatos y Peparetos, ciudades de cierta importancia,
fueron destruidas para que no pudieran enriquecer a la flota enemiga con su saqueo. Envi
embajadores a los etolios para evitar que aquel pueblo, excitado por la llegada de los romanos,
rompiera su alianza con l.
[31.29] El encuentro de la Liga Etolia, que ellos llaman Panetlica, se iba a celebrar el da
sealado. Los enviados del rey apresuraron su viaje con el fin de llegar all a tiempo; tambin estaba
presente Lucio Furio Purpreo como representante del cnsul, adems de una delegacin de Atenas.
Se permiti hablar en primer lugar a los macedonios, pues el tratado con ellos era el ltimo que se
haba establecido. Estos dijeron que, no habiendo surgido nuevas circunstancias, nada nuevo tenan
que aducir sobre el tratado existente. Los etolios, habiendo aprendido por la experiencia cun poco
tenan que ganar de una alianza con los romanos, haban hecho la paz con Filipo y, una vez hecha,
estaban obligados a mantenerla. O es que prefers, pregunt uno de los enviados, copiar la falta de
escrpulos, por no decir la desvergenza, de los romanos? Cuando vuestros embajadores
estuvieron en Roma, la respuesta que recibieron fue Por qu vens a nosotros, etolios, despus de
haber hecho la paz con Filipo sin nuestro consentimiento? Y ahora esos mismos hombres nos
insisten para que nos unamos a ellos en la guerra contra Filipo. Primeramente fingieron que
tomaban las armas contra l en vuestro nombre y para protegeros, ahora os prohiben estar en paz
con Filipo. En la primera guerra pnica marcharon a Sicilia con el pretexto de ayudar a Mesina;
en la segunda, para librar a Siracusa de la tirana cartaginesa y restaurar su libertad. Ahora,
Mesina y Siracusa, y de hecho toda Sicilia, son sus tributarias: han reducido la isla a una provincia
en la que ejercen poder absoluto de vida y muerte. Imaginaris, supongo, que los sicilianos
disfrutan de los mismos derechos que vosotros; que, al igual que vosotros celebris vuestro propio
consejo en Lepanto, bajo vuestras propias leyes y presididos por los magistrados que elegs, con
total capacidad para formar alianzas y declarar la guerra a vuestro placer, ellos hacen igual en los
consejos que celebran en las ciudades de Sicilia, en Siracusa, en Mesina o en Marsala. Pues no: un
pretor romano dispone sus reuniones; es a convocatoria cuya cuando han de reunirse; a l ven
emitir sus edictos desde su alta tribuna, como un dspota y rodeado por sus lictores; sus espaldas
estn amenazadas por la vara, sus cuellos por el hacha y cada ao se les sortea a un amo diferente.
Tampoco les debe ni puede extraar esto, cuando ven ciudades de Italia como Regio, Tarento o
Capua yacer postradas bajo la misma tirana, por no hablar de aquellas, ms prximas a Roma,
sobre cuyas ruinas ha crecido su grandeza.

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Capua sobrevive, de hecho, como sepulcro y memorial de la nacin campana: el propio


pueblo, en realidad, est muerto o enterrado, o bien expulsado como exiliados. Es una ciudad sin
cabeza ni extremidades, sin un senado, sin una plebe, sin magistrados, un portento antinatural
sobre la tierra; dejarla habitable por los hombres fue un acto de mayor crueldad que haberla
destruido completamente. Si hombres de una raza extranjera, an ms separados de vosotros por
idioma, costumbres y leyes que por el mar y la tierra, consiguen dominar aqu, ser locura e
insensatez esperar que nada siga como hasta ahora. Creis que la soberana de Filipo es un
peligro para vuestra libertad. Fueron vuestros propios actos los que le hicieron tomar las armas
contra vosotros, y su nico objetivo era conseguir una paz firme con vosotros. Todo lo que os pide
hoy es que no quebris esa paz. Una vez se familiaricen las legiones extranjeras con estas costas y
postren vuestros cuellos bajo el yugo, buscaris entonces en vano y demasiado tarde el apoyo de
Filipo como aliado; tendris a los romanos como amos vuestros. Etolios, acarnanes y macedonios
se unen y separan solo por motivos leves y temporales; con los brbaros y extranjeros todos los
griegos han estado y siempre estarn en guerra; pues ellos son nuestros enemigos por naturaleza, y
la naturaleza es inmutable; su hostilidad no se debe a causas que puedan variar de un da para
otro. Pero voy a terminar donde comenc. Hace tres aos que en este mismo lugar decidisteis hacer
la paz con Filipo. Sois los mismos hombres que erais entonces, l es el mismo que era y los
romanos que se oponan a ello son los mismos a quienes ahora molesta. Nada ha cambiado la
Fortuna; no veo por qu debis cambiar de opinin.
[31,30] A los macedonios siguieron, con el consentimiento y a peticin de los propios
romanos, los atenienses que, despus del modo escandaloso en que se les haba tratado, tenan todos
los motivos para protestar contra la brbara crueldad de Filipo. Se quejaban por la lamentable
devastacin y el saqueo de sus campos, pero sus quejas no eran por haber sufrido un trato hostil de
un enemigo. Haba ciertos usos de la guerra que se podan sufrir y hacer sufrir legalmente; la quema
de cosechas, la destruccin de viviendas, la captura de hombres y ganado como botn, todo aquello
provocaba el sufrimiento de quienes lo soportaban, pero no se consideraban una indignidad. De lo
que se quejaban era de que el hombre que llamaba a los romanos extranjeros y brbaros, haba
violado tan completamente toda ley, humana y divina, que en sus primeros ataques hizo una guerra
impa contra los dioses infernales y en los siguientes contra los de las alturas. Todos los sepulcros y
monumentos dentro de sus fronteras fueron destruidos, quedaron al descubierto los muertos en
todas sus tumbas, sin que a sus huesos les cubriera ya la tierra. Haba santuarios consagrados por
sus antepasados en pequeas aldeas y puestos fortificados, cuando vivan en los distritos rurales,
que ni siquiera fueron abandonados o descuidados cuando se concentraron a vivir en una ciudad.
Todos estos templos haba entregado Filipo a las llamas sacrlegas; las imgenes de sus dioses,
ennegrecidas, quemadas y mutiladas, yacan entre los cados pilares de sus templos. Lo que haba
hecho a la tierra del tica, famosa con justicia una vez por su belleza y su riqueza, si se le permita,
lo hara a Etolia y a toda Grecia. La propia Atenas habra quedado igualmente desfigurada, de no
haber llegado los romanos en su rescate, pues la misma ira impa le llevaba contra los dioses que
habitaban en la ciudad: Minerva, la protectora de la ciudadela, la Ceres de Eleusis y a Jpiter y a
Minerva en el Pireo. Sin embargo, haba sido rechazado por la fuerza de las armas no slo de sus
templos, sino incluso de las murallas de la ciudad, y haba vuelto su furia salvaje contra aquellos
santuarios cuya santidad era su nica proteccin. Cerraron con una ferviente apelacin a los etolios,
para que se compadecieran de los atenienses y participaran en la guerra bajo la gua de los dioses
inmortales y de los romanos, que despus de los dioses eran quienes ms poder posean.
[31,31] A continuacin, el legado romano habl as: Los macedonios, y despus los
atenienses, me obligan a alterar completamente el discurso que iba a hacer. Yo vena para
protestar por los actos ilegales de Filipo contra todas las ciudades de nuestros aliados, pero los
macedonios, con las acusaciones que han hecho contra Roma, me han convertido ms en defensor

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que en acusador. Luego los atenienses, nuevamente, al relatar sus crmenes impos e inhumanos
contra los dioses de lo alto y de lo profundo, nada han dejado que yo, o cualquier otro, puedan
presentar en su contra. Considerad que las mismas cosas han dicho los habitantes de Cos y
Abidos, los de Eno, los maronitas, los tasios, los nativos de Paros y Samos, de Larisa y Mesene, y
de aqu, en la Acaya; todos se quejan de actos similares o incluso ms graves, pues tuvo ms
ocasin de daarles. En cuanto a las acciones que l ha presentado como crmenes en nuestra
contra, admitir francamente que no se pueden defender, a menos que se consideren dignas de
gloria. Mencion, como ejemplos, Regio, Capua y Siracusa. En el caso de Regio, los propios
habitantes nos pidieron durante la guerra contra Pirro que envisemos una legin para
protegerles, y los soldados, perpetrando una conspiracin criminal, se apoderaron por la fuerza de
la ciudad a la que se les envi a defender. Aprobamos, entonces, sus actos? Por el contrario
acaso no adoptamos medidas militares contra los criminales y, cuando los tuvimos en nuestro
poder, no los obligamos a dar satisfaccin a nuestros aliados azotndolos y ejecutndolos?, y no
devolvimos a los reginos su ciudad, sus tierras y todas sus propiedades junto con su libertad y sus
leyes?. En cuanto a Siracusa, cuando estaba oprimida por tiranos extranjeros, una humillacin
an mayor, vinimos en su ayuda y pasamos tres largos aos lanzando ataques por mar y tierra
contra sus casi inexpugnables fortificaciones. Y aunque los propios siracusanos ya preferan seguir
como esclavos bajo la tirana a que la ciudad fuese capturada por nosotros, la tomamos y las
mismas armas que efectuaron su captura aseguraron su libertad. Y, al mismo tiempo, no negamos
que Sicilia es una de nuestras provincias, ni que las ciudades que se pusieron del lado de los
cartagineses y los instaron a guerrear contra nosotros son ahora tributarias y nos pagan
impuestos. No lo niego, al contrario, deseamos que vosotros y todo el mundo sepa que cada cual ha
tenido de nosotros el trato que ha merecido. Igual fue con Capua. Suponis que lamentamos el
castigo impuesto a los campanos, castigo del que ni ellos mismos pueden convertir en motivo de
queja?. En su nombre guerreamos contra los samnitas durante casi setenta aos y durante aquel
tiempo sufrimos graves derrotas; nos unimos con ellos mediante un tratado, luego mediante
matrimonios mixtos y, por ltimo, por la ciudadana comn. Y sin embargo, estos hombres fueron
los primeros de todos los pueblos de Italia en aprovecharse de nuestras dificultades y pasarse con
Anbal despus de masacrar a nuestra guarnicin; despus, en venganza por nuestro asedio, lo
mandaron a atacar Roma. Si ni su ciudad ni uno solo de sus habitantes hubiera sobrevivido, quin
podra indignarse por su destino o acusarnos de haber adoptado medidas ms duras de las que
merecan? Aquellos a quienes su conciencia de culpa llev al suicidio fueron ms numerosos que
los castigados por nosotros; y aunque privamos a los supervivientes de su ciudad y territorios, se
les dio tierra y un lugar para morar. La misma ciudad no nos haba ofendido y la dejamos intacta,
tanto es as que cualquiera que la contempla hoy en da no encuentra rastro alguno de que haya
sido asaltada y capturada.
Pero por qu hablo de Capua, cuando incluso a la conquistada Cartago hemos dado la paz
y la libertad? Ms bien corremos el peligro de que, al mostrar demasiada indulgencia sobre los
vencidos, les incitemos an ms a probar fortuna hacindonos la guerra. Vaya todo esto en defensa
de nuestra conducta. En cuanto a las acusaciones contra Filipo: las masacres en su propia familia,
los asesinatos de sus parientes y amigos, su lujuria casi ms inhumana que su crueldad, vosotros
que vivs ms prximos a Macedonia sabis ms sobre todo ello. En cuanto a vosotros, etolios,
hicimos la guerra contra l por vosotros y vosotros hicisteis la paz con l sin nosotros. Quiz diris
que, como estbamos completamente ocupados con la guerra pnica, os visteis obligados a aceptar
los trminos de paz del hombre cuyo poder, por entonces, estaba en ascenso; y que nosotros, tras
abandonar vosotros las hostilidades, tambin cesamos en ellas por reclamarnos asuntos ms
graves. Ahora, sin embargo, que por el favor de los dioses ha terminado la guerra pnica, hemos
descargado toda nuestra fuerza sobre Macedonia y se os ofrece la oportunidad de ganar
nuevamente nuestra amistad y apoyo, a no ser que prefiris perecer con Filipo en vez de vencer
junto a los romanos.

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[31.32] A la conclusin de este discurso, el sentir general era favorable a los romanos.
Damcrito, el pretor de los etolios, del que se rumoreaba que haba sido sobornado por el rey, se
neg a apoyar a cualquiera de los lados. En asunto de tan graves consecuencias, dijo, nada es tan
fatal para tomar una sabia decisin como hacer las cosas con precipitacin. A esta le sigue el
arrepentimiento que, sin embargo, resulta tan tardo como intil; no se puede volver atrs de las
decisiones que se toman rpida y apresuradamente, ni se puede deshacer el dao. l era de la
opinin de que se deba dejar un tiempo para permitir una madura consideracin, y que ese tiempo
podra ser fijado all mismo sobre la siguiente base: Como, por ley, les estaba prohibido discutir
cuestiones sobre la paz y la guerra en ningn otro lugar ms que en el consejo Panetlico o de las
Termpilas, deban aprobar enseguida un decreto eximiendo al pretor de toda culpa si convocaba un
consejo cuando l pensase que haba llegado el momento de presentar la cuestin de la paz y la
guerra, y los decretos de tal consejo tendran la misma fuerza y validez que si hubieran sido
aprobados en un consejo Panetlico o de las Termpilas. Despus que el asunto quedara aplazado,
se despidi a los embajadores y Damcrito declar que aquella decisin era favorable en alto grado
para la nacin, pues podran unirse a cualquiera que fuese el bando que disfrutase de mejor fortuna
en la guerra. Aquellos fueron los sucesos en el consejo Panetlico.
[31,33] Filipo estaba vigorosos preparativos tanto por tierra como por mar. Concentr sus
fuerzas navales en Demetrias, en Tesalia, pues esperaba que Atalo y la flota romana se moveran de
Egina al comienzo de la primavera. Herclides sigui al mando de la flota y de la costa, como antes.
Dirigi en persona la concentracin de sus fuerzas terrestres, animado por la creencia de que haba
privado a los romanos de dos importantes aliados: por una parte los etolios, y por otra a los
drdanos, pues el desfiladero de Pelagonia estaba cerrado por su hijo Perseo. En aquel momento, el
cnsul no se estaba preparando para la guerra, sino que ya estaba hacindola. Condujo su ejrcito a
travs del territorio de los dasarecios, llevando con ellos, sin tocarlo, el grano que haba sacado de
sus cuarteles de invierno, pues los campos por los que marchaban les suministraban todo el que
precisaban. Algunas de las ciudades y pueblos en su ruta se entregaron voluntariamente, otros por
temor, algunos fueron tomados al asalto, otros se encontraron abandonados, habiendo huido sus
habitantes a las montaas vecinas. Estableci un campamento permanente en Linco, cerca del ro
Molca, enviando desde all partidas a recoger grano de los hrreos de los dasarecios.
Filipo vea la consternacin de la poblacin de los alrededores y su pnico pero, no sabiendo
dnde estaba el cnsul, envi un ala de caballera a practicar un reconocimiento y averiguar en qu
direccin marchaba el enemigo. El cnsul estaba en la misma oscuridad, saba que el rey haba
salido de sus cuarteles de invierno pero, ignorante de su paradero, envi tambin caballera a
reconocer el terreno. Habindose alejado durante un tiempo considerable cada partida, a lo largo de
caminos desconocidos en territorio dasarecio, finalmente tomaron el mismo camino. Al escuchar en
la distancia el sonido de los hombres y los caballos acercndose, ambos se percataron de que se
acercaba un enemigo. As, antes de que llegaran a la vista el uno del otro, haban dispuesto caballos
y armas, cargando en cuanto divisaron a su enemigo. No estaban desigualmente enfrentados, ni en
nmero ni en valor, pues cada destacamento estaba compuesto por hombres escogidos; sostuvieron
la lucha durante algunas horas hasta que el agotamiento de hombres y caballos detuvo el combate
sin que la victoria fuese para ningn bando. Cayeron cuarenta de los macedonios y treinta y cinco
de los romanos. Ninguna de las partes obtuvo informacin alguna sobre el paradero del
campamento de sus adversarios, que pudieran llevar de vuelta al cnsul o al rey. Esta informacin
fue transmitida, en ltima instancia, por los desertores, una clase de personas cuyo poco carcter
hace que, en todas las guerras, desean desde el principio proporcionar informacin til sobre el
enemigo.
[31.34] Pensando que se ganara el afecto de sus hombres, y los dispondra mejor a afrontar el

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peligro en su nombre, si pona especial atencin en el entierro de los jinetes cados en la accin de
caballera, orden que los cuerpos fuesen llevados al campamento para que todos pudiesen
contemplar los honores tributados a los muertos. Pero nada es tan incierto o tan difcil de medir
como el nimo de la multitud. Aquello que esperaba les hiciera ms proclives a afrontar cualquier
combate, solo les inspir duda y temor. Los hombres de Filipo se haban acostumbrado a pelear
contra griegos e ilirios, y slo haban contemplado las heridas producidas por jabalinas y flechas, y
en raras ocasiones por lanzas. Pero cuando vieron los cuerpos desmembrados con la espada hispana:
brazos cortados, hombro incluido, cabezas separadas del tronco con el cuello totalmente
seccionado, intestinos expuestos y otras terribles heridas, reconocieron la clase de armas y de
hombres contra los que haban de luchar, y un estremecimiento de horror corri por las filas.
Incluso el propio rey sinti temor, pues an no se haba enfrentado a los romanos en combate
abierto, y con objeto de aumentar sus fuerzas llam a su hijo de vuelta junto a las tropas situadas en
el paso de Pelagonia, dejando as abierta la va a Plurato y a los drdanos para la invasin de
Macedonia. Avanz ahora contra el enemigo con un ejrcito de veinte mil infantes y cuatro mil
jinetes, llegando a una colina cercana a Ateo, donde se atrincher con foso y empalizada como a
una milla del campamento romano. Se dice que al mirar hacia abajo y contemplar con admiracin el
aspecto del campamento en su conjunto, as como sus diversas secciones delimitadas por las filas de
tiendas y las vas que las cruzaban, exclam: Nadie podra considerar aquel un campamento de
brbaros. Durante dos das enteros, el rey y el cnsul mantuvieron acampados sus respectivos
ejrcitos, cada uno esperando que el otro atacase. Al tercer da, el general romano condujo todas sus
fuerzas a la batalla.
[31.35] El rey, sin embargo, tena miedo de arriesgar un enfrentamiento general tan pronto, y
se content con enviar una avanzada de cuatrocientos tralos, una tribu iliria, como ya explicamos
antes, y trescientos cretenses, aadiendo a estos el mismo nmero de jinetes al mando de
Atengoras, uno de los nobles de su corte, para desafiar a la caballera enemiga. Los romanos, cuyo
frente formaba a unos quinientos pasos de distancia, situaron por delante a sus vlites y a dos alas
de caballera, de manera que el nmero de sus hombres, montados y desmontados, igualaba a los
del enemigo. Las tropas del rey esperaban el tipo de lucha con el que estaban familiarizados: la
caballera haciendo cargas y retirndose, lanzando en cierto momento sus proyectiles para luego
galopar a la retaguardia; los ilirios se aprovecharan de su velocidad con bruscas y rpidas cargas, y
los cretenses descargaran sus flechas sobre el enemigo cuando se lanzara en desorden al ataque.
Pero esta tctica de combate qued completamente desbaratada por el mtodo de ataque romano,
que result tan sostenido como feroz. Estos lucharon con tanta constancia como si participara todo
el ejrcito; los vlites, tras descargar sus jabalinas, cerraron cuerpo a cuerpo con sus espadas; la
caballera, una vez hubo llegado hasta el enemigo, detuvo sus caballos y luch, unos montados y
otros desmontados, ocupando sus lugares entre la infantera. En estas condiciones, la caballera de
Filipo, no habituada a un combate esttico, no result enemiga para la caballera romana, y su
infantera, entrenada para escaramucear en orden abierto y sin la proteccin de la armadura, estaba a
merced de los vlites, que con sus espadas y escudos estaban igualmente preparados para la defensa
como para el ataque. Incapaces de sostener el combate, se retiraron a la carrera a su campamento,
confiados solo en su velocidad.
[31.36] Tras dejar pasar un da, el rey decidi poner en accin a toda su caballera y tropas
ligeras. Durante la noche, ocult un destacamento de soldados equipados con cetra, a quienes
llaman peltastas1, en una posicin entre ambos campamentos bien situada para una emboscada.
Orden a Atengoras y a su caballera que, en caso de que la batalla se desarrollase en su favor,
1

Tanto la cetra, de etimologa latina, como la pelta, de etimologa griega, son escudos ligeros de cuero, mimbre o
madera recubierta de cuero, de entre 50 y 70 cm de dimetro; en el caso griego, adems, sola tener forma de media
luna crecida.-N. del T.

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presionara para obtener ventaja; de lo contrario, que cediera terreno lentamente y llevara al enemigo
hasta donde estaba dispuesta la emboscada. La caballera se retir, pero los oficiales de la cohorte
cetrada no esperaron lo bastante a que se diera la seal y, haciendo avanzar a sus hombres antes del
momento adecuado, perdieron su oportunidad de vencer. Los romanos, victoriosos en combate
abierto y a salvo del peligro de la emboscada, regresaron al campamento. Al da siguiente, el cnsul
sali a la batalla con todas sus fuerzas. Delante de su lnea situ algunos elefantes, que los romanos
empleaban como apoyo por primera vez, de los capturados en la guerra pnica. Cuando vio que el
enemigo se mantena en calma tras sus empalizadas, subi a cierto terreno elevado, llegando incluso
cerca de su valla y se burl de ellos por su miedo. Ni siquiera entonces se le ofreci ocasin de
combatir, y como el forrajeo no resultaba en modo alguno seguro mientras los campamentos
estuvieran tan prximos, pues la caballera de Filipo poda atacar a sus hombres cuando estaban
dispersos por los campos, traslad su campamento a un lugar llamado Otolobo, a unas ocho millas
de all, para proporcionar ms seguridad a sus forrajeadores al aumentar la distancia. Mientras los
romanos se encontraban recolectando grano en los alrededores de su campamento, el rey mantuvo a
sus hombres detrs de su empalizada para que el enemigo se volviera ms atrevido y descuidado.
Cuando los vio dispersarse, parti con toda su caballera y los auxiliares cretenses a paso tan rpido
que solo los ms veloces de los infantes pudieron mantenerse a la par con los jinetes. Al llegar a una
posicin entre los forrajeadores y su campamento, dividi su fuerza. Una parte fue enviada en
persecucin de los forrajeadores, con rdenes de no dejar un solo hombre vivo; con la otra tom
posiciones sobre los distintos caminos por los que el enemigo habra de regresar a su campamento.
Ya caan y huan los hombres en todas partes, sin que ninguno hubiera llegado todava al
campamento romano con noticias de la catstrofe, pues los que huan de all caan en manos de las
tropas del rey, que les estaban esperando; murieron ms a manos de los que bloqueaban los caminos
que de los que haban sido enviados en su persecucin. Por fin, algunos que haban logrado eludir al
enemigo llevaron al campamento, en su excitacin, ms confusin que informacin concreta.
[31.37] El cnsul orden a su caballera que acudiera, donde le fuera posible, al rescate de sus
camaradas, sacando al mismo tiempo a las legiones fuera del campamento y marchando en orden
cerrado contra el enemigo. Algunos de los jinetes se perdieron por los campos, por culpa de los
gritos que surgan de diferentes lugares, otros se encontraron cara a cara con el enemigo y
comenzaron los enfrentamientos en varios puntos al mismo tiempo. Fueron ms enconados donde
estaba situado el rey, pues debido a su nmero, tanto de infantera como de caballera, casi
formaban un ejrcito regular; al ocupar el camino central, la mayora de los romanos se encontraron
con ellos. Los macedonios, adems, tenan la ventaja de la presencia del rey para animarlos,
mientras que los auxiliares cretenses, en orden cerrado y dispuestos al combate, heran por sorpresa
a muchos de sus oponentes, quienes se encontraban dispersos sin ningn orden o formacin. Si
hubiesen contenido en su persecucin, no solo habran alcanzado la gloria en aquella batalla, sino
que haban influido enormemente en el curso de la guerra. Tal como fueron las cosas, se dejaron
llevar por la sed de sangre y se encontraron con las cohortes romanas que avanzaban y con sus
tribunos militares; tambin la caballera, en cuanto vio los estandartes de sus camaradas, volvi sus
caballos contra el enemigo que estaba ahora desordenado y en un momento se invirti la fortuna del
da: los que haban sido los perseguidores daba ahora la vuelta y huan. Muchos murieron en
combates cuerpo a cuerpo y muchos al huir; no todos perecieron por la espada, algunos fueron
empujados a los pantanos y succionados con sus caballos por el lodo sin fondo. Hasta el rey se vio
en peligro, pues fue arrojado al suelo por su caballo herido y enloquecido, y casi aplastado al caer.
Debi su salvacin a un jinete que descabalg de inmediato y puso al atemorizado rey sobre su
propio caballo; aquel, al no poder seguir su huida a pie junto a la caballera, fue alanceado por el
enemigo que haba cabalgado hasta donde cay el rey. Filipo galop rodeando el pantano y se abri
camino, en su precipitada fuga, a travs de senderos y lugares sin caminos hasta alcanzar la
seguridad de su campamento, donde la mayora de los hombres le haba dado por perdido.

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Doscientos macedonios perecieron en esa batalla, un centenar fueron hechos prisioneros y se


capturaron ochenta caballos bien equipados junto a los despojos de sus jinetes cados.
[31,38] Hubo algunos que aquel da culparon al rey de temeridad y al cnsul de falta de
energa. Decan que Filipo tendra que haberse mantenido en calma, pues saba que el enemigo
habra devastado en pocos das toda la comarca de grano y tendra total falta de provisiones. El
cnsul, por otra parte, tras derrotar a la caballera y la infantera ligera enemigas, y casi capturar al
mismo rey, debera haber marchado de inmediato contra el campamento enemigo; este estaba
demasiado desmoralizado como para presentar resistencia y la guerra podra haber finalizado en
aquel momento. Como la mayora de las veces, esto era ms fcil decirlo que hacerlo. Si el rey
hubiera entrado en combate con toda su infantera, es posible que pudiera haber perdido su
campamento tras ser completamente derrotado y huir del campo de batalla en total desorden hacia
aquel, continuando luego su huida cuando el enemigo irrumpiese a travs de sus fortificaciones.
Pero como las fuerzas de infantera en el campamento se mantuvieron intactas, y los puestos de
avanzada y los vigas seguan en sus puestos, qu habra ganado el cnsul, aparte de imitar la
temeridad del rey en su alocada persecucin de la caballera derrotada? Tampoco poda encontrarse
fallo alguno en el plan del rey de atacar a los forrajeadores mientras estaban dispersos por los
campos, si se hubiera contentado con aquella victoria. Que hubiera tentado a la fortuna como lo
hizo no es nada sorprendente, pues ya corran rumores de que Plurato y los drdanos haban
invadido Macedonia con una fuerza inmensa. Si tales fuerzas llegaban a rodearle, bien podra
creerse que los romanos daran trmino a la guerra sin moverse un paso. Tras las dos fallidas
acciones de caballera, Filipo pens que correra un riesgo considerable quedndose ms tiempo en
su campamento. Como deseaba ocultar su partida al enemigo, envi un emisario con caduceo justo
antes del atardecer para solicitar un armisticio con el propsito de enterrar a los muertos. Habiendo
engaado as al enemigo, sali durante la segunda guardia en completo silencio y dejando
numerosos fuegos encendidos por todo el campamento.
[31.39] El cnsul estaba descansando cuando le dieron noticia de la llegada del heraldo y el
motivo de su venida. Toda su respuesta fue que se le concedera una entrevista a la maana
siguiente. Esto era justo lo que Filipo quera, pues le conceda toda la noche y parte del da siguiente
para alejarse de su oponente. Tom el camino por las montaas, por la que saba que no se atrevera
el general romano con su pesada columna. Al amanecer, el cnsul concedi el armisticio y despidi
al heraldo; no mucho despus, se dio cuenta de que el enemigo haba desaparecido. Sin saber en qu
direccin seguirlo, pas unos das en el campamento recolectando grano. March despus a
Bucinsko Kal [la antigua Stuberra, junto al ro Ergono, el actual Tcherna, en Macedonia.-N. del
T.], donde reuni el trigo que hizo traer desde los campos de Pelagonia. Desde all avanz a Pluina
sin haber descubierto hasta entonces la ruta que haba tomado el enemigo. Filipo, en un primer
momento, fij su campamento en Bruanio, y luego avanz por caminos transversales, provocando
una repentina alarma en el enemigo. Los romanos, en consecuencia, abandonaron Pluina y
acamparon junto al ro Osfago. El rey levant su campamento no lejos de all, junto a un ro que los
nativos llaman Ergono, levantando su empalizada a lo largo de la orilla. Entonces, habindose
asegurado definitivamente de que los romanos tenan intencin de marchar hacia Eordea, decidi
anticiprseles y ocupar un estrecho paso con el propsito de imposibilitar que el enemigo lo cruzara.
Lo obstaculiz en varias formas: en algunas partes con empalizadas, en otras con fosos, en otras con
piedras apiladas a modo de muralla y en otros lugares con troncos de rboles segn permitiera la
naturaleza del suelo o de los materiales disponibles, hasta que pens haber conseguido convertir un
camino ya de por s difcil en absolutamente infranqueable con los obstculos que haba situado en
cada salida. El pas era sobre todo boscoso, difcil para que las tropas maniobraran, en especial la
falange macednica, pues a menos que pueda levantar una especie de empalizada con sus
extraordinariamente largas lanzas, que sitan frente a sus escudos y que precisan de mucho espacio

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libre, no resulta de utilidad. Los tracios con sus picas, que tambin eran de una longitud enorme, se
vean obstaculizados e impedidos en todas partes por las ramas. La cohorte cretense fue la nica que
result de alguna utilidad, y esto solo en muy limitada medida, pues aunque cuando era atacada por
una caballera sin proteccin podan descargar sus flechas con efectividad, sus proyectiles no tenan
fuerza suficiente para penetrar los escudos romanos ni estos dejaban expuestas suficientes partes del
cuerpo a las que pudieran apuntar. Encontrar, pues, intil aquel modo de ataque, arrojaron sobre el
enemigo las piedras que yacan por todo el valle. Esto provoc ms ruido que dao, pero el batir
contra sus escudos detuvo el avance de los romanos durante unos minutos. Pronto dejaron de
prestarles atencin y algunos de ellos, formando la tortuga, se abrieron paso entre el enemigo que
tenan al frente mientras otros, dando un corto rodeo, ganaron la cresta de la colina y arrojaron a
vigas y destacamentos macedonios de sus puestos de observacin. Degollaron a la mayora, al
resultar casi imposible la huida en un terreno tan lleno de obstculos.
[31.40] As se pudo franquear el paso, con menos dificultad de lo que haban supuesto,
entrando en el territorio de Eordea. Despus de asolar los campos en todas direcciones, el cnsul se
traslad a Elimia. Aqu lanz un ataque contra Orestis y se aproxim a la ciudad de Kastoria. Esta
estaba situada en una pennsula, las murallas estaban rodeadas por un lago y solo haba un camino
al territorio adyacente, sobre una estrecha lengua de tierra. Al principio, los ciudadanos, confiados
en su posicin, cerraron sus puertas y rechazaron las conminaciones a rendirse. Sin embargo,
cuando vieron los estandartes avanzando y a las legiones marchando bajo la tortuga hasta la puerta,
y la estrecha lengua de tierra cubierta por la columna enemiga, se descorazonaron y se rindieron sin
arriesgar una batalla. Desde Kastoria penetr en territorio dasarecio y tom al asalto la ciudad de
Pelin. Se llev los esclavos y el resto del botn, pero liber sin rescate a los ciudadanos libres y les
devolvi su ciudad tras poner en ella una fuerte guarnicin. Su posicin era muy apropiada para
servirle como base de operaciones contra Macedonia. Despus de recorrer as el pas enemigo, el
cnsul regres a territorio amigo y llev sus fuerzas de regreso a Apolonia, que haba sido el punto
de partida de su campaa. Filipo haba sido reclamado por los etolios, la Atamanes, los drdanos y
los numerosos conflictos que haban estallado en diferentes lugares. Ya se estaban retirando los
drdanos de Macedonia cuando envi a Atengoras, con la infantera ligera y la mayor parte de la
caballera, para atacarlos por la retaguardia cuando se retiraban y, acosando as su retirada, hacerlos
menos dispuestos a enviar sus ejrcitos fuera de sus fronteras. En cuanto a los etolios, el pretor
Damcrito, que les haba aconsejado en Lepanto retrasar su resolucin sobre la guerra, les haba
instado encarecidamente, en su siguiente consejo, a que tomaran las armas despus de todo lo que
haba sucedido -el combate de caballera en Otolobo, la invasin de Macedonia por los drdanos y
Plurato junto a los ilirios y, especialmente, la llegada de la flota romana a reo y la certeza de que
Macedonia, acosada por todos aquellos estados, estaba bloqueada por mar.
[31,41] Estas consideraciones devolvieron a Damcrito y a los etolios al lado de los romanos,
y en unin de Aminandro, el rey de los atamanes, se dirigieron a asediar Cercinio. Los ciudadanos
haban cerrado sus puertas, no est claro si fue espontneamente o bajo amenazas, pues las tropas de
Filipo guarnecan el lugar. Sin embargo, en pocos das se tom e incendi Cercinio, y todos los que
sobrevivieron a la completa masacre, tanto ciudadanos libres como esclavos, fueron llevados junto
al resto del botn. El temor a un destino similar llev a los habitantes de todas las ciudades alrededor
de las marismas de Bebe a dejar sus ciudades y marchar a las montaas. No habiendo ms
posibilidad de botn, los etolios dejaron aquella parte del pas y se dispusieron a entrar en Perrebia.
Aqu tomaron Cirecia al asalto y la saquearon sin piedad. La poblacin de Malea se entreg
voluntariamente y fue admitida en la Liga Etolia. Aminandro aconsej ir de Perrebia a Gonfos,
ciudad que estaba cerca de Atamania y de la que pensaba que se podra tomar sin demasiada lucha.
Los etolios, sin embargo, preferan saquear y se dirigieron a las frtiles llanuras de Tesalia.
Aminandro los acompa, aunque l no estaba de acuerdo con la forma desordenada en que

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efectuaron sus correras ni su modo descuidado de levantar su campamento de cualquier manera, sin
tomarse la molestia de escoger una buena posicin ni fortificarse apropiadamente. Tema que su
imprudencia y descuido pudieran suponer un desastre para l y sus hombres, y al verlos asentar su
campamento en un terreno abierto y llano, por debajo de la colina en que se levantaba la ciudad de
Farcadn, se apoder de cierto lugar elevado a poco ms de una milla, que precisaba de muy poca
fortificacin para resultar seguro. Excepto porque continuaban con sus saqueos, los etolios parecan
haberse olvidado de que se hallaban en territorio enemigo; algunos deambulaban sin armas, otros
convertan el da en noche mediante el vino y el sueo, dejando el campamento completamente
desguarnecido.
De repente, cuando nadie lo esperaba, se present Filipo. Algunos de los que estaban por los
campos se apresuraron a regresar y anunciar su aparicin, quedando terriblemente consternados
Damcrito y los dems generales. Result ser medioda, cuando la mayor parte de los soldados
estaban dormitando despus de la pesada comida. Sus oficiales les despertaron, ordenaron armarse a
algunos y enviaron otros a llamar de vuelta a las partidas de saqueo que estaban dispersas por los
campos. Tan grande fue la prisa y la confusin que algunos jinetes partieron sin sus espadas y la
mayora sin haberse colocado su armadura. Enviados, as pues, a toda prisa, apenas seiscientos de
entre infantera y caballera se enfrentaron a la caballera del rey, que les superaba en nmero,
equipamiento y moral. Naturalmente, fueron derrotados al primer choque y, despus de oponer
apenas ninguna lucha, rompieron en una cobarde huida y se dirigieron a su campamento. Muchos
de los que fueron aislados de su cuerpo principal por la caballera resultaron muertos o capturados.
[31,42] Ya estaban sus hombres llegando a la empalizada enemiga cuando Filipo orden que
se tocara retirada, pues tanto los hombres como los caballos estaban cansados, no tanto por la lucha
como por la duracin y extraordinaria celeridad de su marcha. Se orden a las turmas de caballera
y manpulos de infantera ligera que se turnasen para conseguir agua y comer; mantuvo a los dems,
armados, en sus posiciones y esperando al cuerpo principal de infantera, que debido al peso de sus
armaduras marchaba con ms lentitud. Cuando estos llegaron, recibieron la orden de plantar sus
estandartes, descansar sus armas y tomar una comida apresurada mientras dos o tres, como mucho,
de cada manpulo eran enviados en busca de agua. La caballera y la infantera ligera, entre tanto,
estaban en posicin y dispuestas ante cualquier movimiento del enemigo. En ese momento, la
multitud de etolios que haba estado diseminada por los campos se haba reunido en su campamento
y dispusieron tropas alrededor de las puertas y la empalizada, como si se dispusieran a defender sus
lneas. Contemplaban con fiereza al inmvil enemigo desde la seguridad, pero en cuanto los
macedonios se pusieron en movimiento y dieron en avanzar hacia su campamento, completamente
dispuestos al combate, abandonaron rpidamente sus posiciones y escaparon por la puerta hacia la
parte trasera del campamento, en direccin al promontorio donde estaba el campamento de los
atamanes. Tambin en esta precipitada fuga resultaron muertos o prisioneros muchos etolios. Filipo
consideraba que, de haber quedado bastante luz, habra podido tambin privar a los atamanes de su
campamento; pero el da se haba consumido, primero en la batalla y despus en el saqueo del
campamento etolio. As pues, asent su posicin en el terreno llano cerca de la colina y se prepar
para atacar al amanecer. Sin embargo, los etolios, que no se haban recuperado del terror con el que
haban abandonado su campamento, huyeron en diversas direcciones durante la noche. Aminandro
demostr serles de gran ayuda; bajo su mando, los atamanes que estaban familiarizados con las
rutas sobre las cumbres de las montaas les condujeron hasta Etolia por caminos desconocidos para
el enemigo, que les segua en su persecucin. Solo unos pocos, que se haban perdido en su huida
apresurada, cayeron en manos de la caballera que envi Filipo, al ver que haban abandonado el
campamento, para hostigar su retirada.
[31,43] Atengoras, el prefecto de Filipo, alcanz en el nterin a los drdanos que se retiraban
tras sus fronteras y provoc gran confusin en la retaguardia de su columna. Estos se dieron la

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vuelta y formaron su lnea de combate, producindose una batalla en la que ninguno gan ventaja.
Cuando los drdanos volvieron a avanzar, la caballera y la infantera ligera del rey sigui
acosndolos, pues no tenan fuerzas de aquel mismo tipo para protegerles y su armamento les
estorbaba. El mismo terreno, adems, se mostraba favorable a los asaltantes. En realidad murieron
muy pocos, pero hubo muchos heridos; no se tomaron prisioneros, pues se guardaron mucho de
abandonar sus filas y mantenan el combate, durante la retirada, en orden cerrado. De este modo,
Filipo, tanto por su audaz iniciativa como por el xito de sus resultados, se enfrent a ambas
naciones mediante sus bien calculados movimientos, compensando as las prdidas que haba
sufrido en la guerra con Roma. Un incidente que se produjo posteriormente le dio una ventaja
adicional al disminuir el nmero de sus enemigos etolios. Escopas, uno de sus notables, que haba
sido enviado por el rey Tolomeo desde Alejandra con una cantidad considerable de oro, llev a
Egipto un ejrcito mercenario consistente en seis mil infantes y quinientos jinetes. No habra dejado
en Etolia ni un hombre en edad militar si Damcrito no hubiera conservado alguno de aquellos
jvenes en casa recordndoles con severidad la guerra que se aproximaba y la despoblacin en que
quedara el pas. No est claro si su accin fue dictada por el patriotismo o por enemistad personal
contra Escopas, que no lo haba sobornado. Tales fueron las diferentes empresas a las que se
enfrentaron los romanos y Filipo durante este verano.
[31.44] Fue a principios de este verano cuando la flota, bajo el mando de Lucio Apustio,
parti de Corf y, tras rodear el cabo de Malea, se reuni con la de Atalo cerca de Escileo, un lugar
situado en el territorio de Hermone. Ante esto, los atenienses, que durante mucho tiempo haban
temido mostrar su hostilidad a Filipo demasiado abiertamente, ante la perspectiva de una ayuda
inmediata dieron ahora rienda suelta a su ira contra l. Nunca hay falta de lenguas para agitar al
populacho. Esta clase de personas prosperan sobre el aplauso de la multitud y se encuentran en
todos los Estados libres, particularmente en Atenas, donde la oratoria ha tenido tanta influencia. Se
present una propuesta, y se aprob de inmediato por el pueblo, para que todas las estatuas y bustos
de Filipo y de todos sus antepasados, hombres y mujeres por igual, junto con sus inscripciones,
fueran retiradas y destruidas; los festivales, sacrificios y sacerdotes instituidos en su honor o el de
sus predecesores seran abolidos; tambin se execrara todo lugar en que se hubiera erigido o
inscrito algo en su honor, y nada de lo que la religin consideraba que solo se poda situar en lugar
consagrado, podra ser construido o erigido en tales lugares. En cada ocasin en la que los
sacerdotes pblicos ofrecieran oraciones por el pueblo de Atenas y por los ejrcitos y flotas de sus
aliados, deberan siempre invocar solemnes maldiciones sobre Filipo, sus hijos y su reino, sobre
todas sus fuerzas, terrestres y navales, y sobre toda la nacin de los macedonios. Se decret,
adems, que si alguien en el futuro presentase cualquier medida para marcar con la ignominia a
Filipo, los atenienses la deberan adoptar de inmediato, y que si alguno, de palabra u obra, intentara
vindicarlo o hacerle honor, se considerara justificado al hombre que le diera muerte por hacerlo.
Por ltimo, se dispuso que todos los decretos que ya se haban promulgado contra Pisstrato fueran
tambin efectivos contra Filipo. Fue con las palabras con lo que los atenienses hicieron la guerra a
Filipo, pues solo en aquellas resida su fuerza.
[31.45] Cuando Atalo y los romanos llegaron al Pireo, se quedaron all unos das y luego
partieron hacia Andros con una pesada carga de decretos tan extravagantes en las abalanzas de sus
amigos como en sus expresiones indignadas contra su enemigo. Llegaron al puerto de Gaurio y
mandaron emisarios, para tantear el sentir de los ciudadanos y ver si preferan una rendicin
voluntaria o experimentar la fuerza. Les respondieron que no eran dueos de s mismos, pues la
plaza estaba en poder de tropas de Filipo. As pues, se desembarcaron las tropas y se hicieron los
preparativos habituales; el rey se acerc a la ciudad por un lado y el general romano por el otro. La
novedosa visin de las armas y estandartes romanos, y el nimo con el que los soldados, sin la
menor vacilacin, coronaron las murallas, horroriz completamente a los griegos, que huyeron

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rpidamente a la ciudadela dejando al enemigo en posesin de la ciudad. All se mantuvieron


durante dos das, confiando ms en la fuerza del lugar que en sus propias armas; al tercer da, en
unin de la guarnicin, rindieron la ciudad y la ciudadela con la condicin de que se les permitiera
retirarse, con una sola prenda de vestir, hacia Dilisi, en la Beocia. La ciudad en s fue entregada por
los romanos a Atalo; ellos se llevaron el botn y cuanto adornaba la ciudad. No deseando poseer una
isla solitaria, Atalo persuadi a casi todos los macedonios, as como a algunos andrios, para que
permanecieran all. Posteriormente, aquellos que, segn los trminos de la rendicin, haban
emigrado a Dilisi, fueron inducidos a regresar por las promesas del rey, pues el amor por su patria
les hizo ms proclives a confiar en su palabra.
Desde Andros, las flotas navegaron a Citnos. Pasaron all unos das, atacando
infructuosamente la ciudad; como apenas mereca la pena continuar con sus esfuerzos, se alejaron.
En Prasias, un lugar en el tica continental, los iseanos se unieron a la flota romana con veinte
lembos. Se les envi a devastar el territorio caristio; en espera de su regreso, el resto de la flota
march a Geresto, un puerto muy conocido de Eubea. Despus, salieron todos a mar abierto y,
dejando atrs Esciros, llegaron a Icos. Aqu les retuvo durante unos das un furioso viento del norte,
y en cuanto el tiempo mejor navegaron hacia Esciatos, una ciudad que haba sido devastada y
saqueada por Filipo. Los soldados se dispersaron por los campos, regresando a los barcos con
suministro de grano y cualquier otro alimento que pudieron encontrar. No hubo saqueo, ni tampoco
los griegos haban hecho nada para merecer ser saqueados. Desde all pusieron rumbo a Casandrea,
tocando en Mendeo, un pueblo de la costa. Doblando el cabo, se proponan llevar sus buques justo
hasta las murallas cuando fueron sorprendidos y dispersados por una violenta tormenta que casi
echa a pique los barcos. Ganaron tierra con dificultad, despus de perder la mayor parte de sus
aparejos. Esta tormenta result tambin un presagio de las operaciones terrestres, pues tras haber
reunido sus naves y desembarcado sus tropas, fue rechazado su ataque contra la ciudad, con graves
prdidas, a causa de la fuerza de la guarnicin que ocupaba el lugar para Filipo. Despus de este
fracaso se retiraron hacia el cabo Canastreo, en Palene; desde all, doblando el cabo de Torona, se
dirigieron a Acanto. Despus de asolar el territorio, tomaron la ciudad al asalto y la saquearon. Al
estar ya por entonces pesadamente cargados sus barcos con el botn, no siguieron ms lejos y,
volviendo sobre su curso, alcanzaron Esciatos y desde Esciatos navegaron hasta Eubea.
[31,46]. Dejando all el resto de la flota, entraron en el Golfo Malaco con diez naves rpidas
para consultar la direccin de la guerra con los etolios. El etolio Pirrias era el jefe de la delegacin
que lleg a Heraclea para hablar con Atalo y el general romano. Se pidi a Atalo que proporcionase
un millar de soldados, pues segn los trminos del tratado estaba obligado a suministrar esa
cantidad si le hacan la guerra a Filipo. La demanda fue rechazada sobre la base de que los etolios se
haban negado a marchar y devastar el territorio de Macedonia, durante el tiempo en que Filipo
estaba incendiando cuanto de sagrado y profano rodeaba Prgamo, alejndolo as de all para
ocuparse de sus propios intereses. As que se despidi a los etolios ms con esperanzas que con
ayuda efectiva, pues los romanos se limitaron a las promesas. Apustio y Atalo regresaron con la
flota. Se discutieron entonces planes para atacar reo. Era esta una ciudad bien fortificada y,
despus del anterior intento contra ella, haba sido ocupada por una fuerte guarnicin. Despus de la
captura de Andros, veinte barcos rodios al mando del prefecto Acesmbroto, todos con cubierta, se
unieron a la flota romana. Esta escuadra fue enviada a situarse frente a Zelasio, un promontorio en
la Ftitide, que domina Demetrias a modo de adecuada barrera, donde estara admirablemente
situada para hacer frente a cualquier movimiento por parte de los barcos de Macedonia. Herclides,
el prefecto del rey, estaba anclado en Demetria, esperando alguna oportunidad que le ofreciera el
descuido del enemigo, en lugar de aventurarse en una batalla abierta.
Los romanos y Atalo atacaron reo desde diferentes lados; el primero dirigi su asalto contra
la ciudadela que da al mar, mientras que Atalo atac el hueco entre las dos ciudadelas, donde una
muralla separaba una parte de la ciudad de la otra. Como atacaban partes distintas, emplearon

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mtodos distintos. Los romanos llevaron sus manteletes y arietes cerca de la muralla, protegindose
con el testudo; los fuerzas del rey lanzaron una lluvia de proyectiles con sus ballestas y catapultas
de toda clase. Lanzaron enormes trozos de roca, construyeron minas e hicieron uso de todo artificio
que haban encontrado til en el asedio anterior. Sin embargo, los macedonios defendan la ciudad y
la ciudadela no slo con fuerzas superiores, sino que no olvidaban los reproches de Filipo por su
mala conducta anterior, ni sus amenazas y promesas respecto al futuro, mostrando por lo tanto el
mayor coraje y determinacin. El general romano vea que estaba empleando all ms tiempo del
que esperaba y que tendra mejores perspectivas de xito en un asedio regular que un asalto por
sorpresa. Durante el sitio podran llevarse a cabo otras operaciones; as, dejando una fuerza bastante
para completar el asedio, naveg hasta el punto ms cercano del continente y, apareciendo frente a
Larisa de repente -no es la bien conocida ciudad de Tesalia, sino otra llamada Cremaste- se apoder
de toda la ciudad, excepto de la ciudadela. Atalo, por su parte, sorprendi Ptleon, donde sus
habitantes no esperaban en lo ms mnimo el ataque de un enemigo que estaba ocupado asediando
otra ciudad. Para entonces, los trabajos de asedio en torno a reo empezaban a llegar a su fin, la
guarnicin estaba debilitada por las prdidas y agotada por la incesante labor de viga y las
guardias, tanto diurnas como nocturnas. Una parte de la muralla, debilitada por los impactos de los
arietes, se haba derrumbado en varios lugares. Los romanos irrumpieron por la brecha, durante la
noche, y se abrieron paso en la ciudadela que dominaba el puerto. Al recibir una seal de los
romanos en la ciudadela, Atalo entr en la ciudad al amanecer, donde una gran parte de la muralla
estaba en ruinas. La guarnicin y los habitantes de la ciudad huyeron a la otra ciudadela y se
rindieron a los dos das. La ciudad fue para Atalo y los prisioneros para los romanos.
[31.47] El equinoccio de otoo estaba ya prximo y el golfo de Eubea, que ahora se llama
Cela, se consideraba peligroso para la navegacin. Como estaban deseando partir antes de que
empezasen las tormentas de invierno, las flotas navegaron de regreso al Pireo, su base de partida
durante la guerra. Dejando all treinta barcos, Apustio naveg con el resto hacia Corf, pasando
Malea. El rey esper la celebracin de los Misterios de Ceres, en los que deseaba estar presente, y
cuando terminaron se retir a Asia despus de enviar a casa a Acesmbroto y a los rodios. Tales
fueron las operaciones contra Filipo y sus aliados llevadas a cabo por el cnsul romano y su
lugarteniente, con la ayuda del rey Atalo y de los rodios. Cuando el otro cnsul, Cayo Aurelio, entr
en su provincia, se encontr con que la guerra haba terminado y no ocult su disgusto por la
actividad del pretor en su ausencia. Envi a este a Etruria y llev despus sus legiones a territorio
enemigo para saquearlo: una expedicin de la que regres con ms botn que gloria. Lucio Furio, al
no encontrar nada que hacer en Etruria y deseando obtener un triunfo por sus victorias en la Galia,
lo que pensaba que podra conseguir con ms facilidad mientras el enojado y celoso cnsul
estuviese fuera, regres repentinamente a Roma y convoc una reunin del Senado en el templo de
Belona. Despus de rendir informe de cuanto haba hecho, solicit que se le permitiera entrar en la
Ciudad en Triunfo.
[31.48] Un considerable nmero de senadores lo apoyaron, tanto por los grandes servicios que
haba prestado como por su influencia personal. Los miembros ms antiguos le negaban el triunfo,
en parte porque el ejrcito que haba empleado haba sido asignado a otro comandante, y en parte
porque, en su afn por conseguir un triunfo, haba salido de su provincia, un acto contrario a todos
los precedentes. Los consulares, en particular, insistan en que debera haber esperado al cnsul,
porque entonces podra haber fijado su campamento cerca de la ciudad y haber brindado as
proteccin suficiente a la colonia para mantener a raya al enemigo sin combatir hasta la llegada del
cnsul. Lo que l no hizo, deba hacerlo el Senado, es decir, esperar al cnsul; despus de escuchar
lo que el cnsul y el pretor tuvieran que decir, se formaran un juicio certero sobre el caso. Muchos
de los presentes instaron a que el Senado no considerase nada ms all del xito del pretor y la
cuestin de si lo haba logrado como magistrado con plenos poderes y bajo sus propios auspicios.

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Se haban asentado dos colonias, argumentaron, como barreras para controlar los levantamientos
entre los galos. Una haba sido saqueada e incendiada, amenazando la conflagracin a la otra,
que estaba tan prxima a ella, como un fuego extendindose de casa en casa. Qu deba hacer el
pretor? Si ninguna accin deba ejecutarse en ausencia del cnsul, o era culpable el Senado por
haber proporcionado un ejrcito al pretor, pues al haberse decidido que la campaa fuera librada
por el ejrcito del cnsul y no por el del pretor que estaba ms lejos, se deba haber especificado
as para que se combatiese bajo el mando del cnsul y no del pretor; o bien obr mal el cnsul al
no unirse a su ejrcito en Rmini, despus de haberle ordenado trasladarse desde Etruria a la
Galia, para tomar participar personalmente en la guerra que, segn decs, no se deba haber
llevado a cabo sin l. Los momentos crticos en la guerra no esperan a los retrasos y dilaciones de
los comandantes, y a veces te ves forzado a combatir, no porque as lo desees, sino porque el
enemigo te obliga. Tenemos que tener en cuenta la propia batalla y sus consecuencias. El enemigo
fue derrotado y destrozado; su campamento fue tomado y saqueado; se liber del asedio a una
colonia; se recupero a aquellos de la otra que haban sido hechos prisioneros, devolvindoles a sus
hogares y amigos; se dio fin a la guerra en una sola batalla. No slo para los hombres result
aquella victoria motivo de alegra; se deban ofrecer tres das de acciones de gracias a los dioses
inmortales, pues Lucio Furio haba defendido bien y felizmente, no mal o precipitadamente.
Pareca, adems, como si la guerra contra los galos fuese el destino sealado a la casa de los
Furios.
[31.49] Mediante discursos de este tenor pronunciados por l y sus amigos, la influencia
personal del pretor, que estaba presente, super la dignidad y autoridad del cnsul ausente y, por
una abrumadora mayora, se decret el Triunfo para Lucio Furio. As, Lucio Furio celebr como
pretor un triunfo sobre los galos durante su magistratura. Llev al Tesoro trescientos veinte mil ases
y ciento setenta y una mil monedas de plata. No llev prisioneros en procesin delante de su carro,
ni se exhibi despojo alguno, ni le seguan sus soldados. Era obvio que todo aquello, excepto la
victoria real, quedaba a disposicin del cnsul. Los Juegos que Escipin haba prometido cuando
era procnsul en frica se celebraron con gran esplendor. Se aprob un decreto para asignar tierras
a sus soldados; cada hombre recibira dos yugadas por cada ao que hubiera servido en Hispania o
en frica, administrado los decenviros la asignacin. Tambin se designaron triunviros para
completar el nmero de colonos en Venosa, pues la fuerza de aquella colonia se haba visto
disminuida durante la guerra contra Anbal; Cayo Terencio Varrn, Tito Quincio Flaminio y Publio
Cornelio, el hijo de Cneo Escipin, fueron los encargados de llevar a cabo la tarea. Durante este
ao, Cayo Cornelio Ctego, que ocupaba Hispania como propretor, derrot a un gran ejrcito
enemigo en el territorio sedetano. Se dice que murieron en esa batalla quince mil hispanos y que se
capturaron setenta y ocho estandartes. A su regreso a Roma para llevar a cabo las elecciones, Cayo
Aurelio no convirti en motivo de queja, como se esperaba, que el Senado no hubiera esperado su
regreso para ofrecerle la oportunidad de discutir el asunto del pretor. De lo que se quej fue del
modo en que el Senado haba aprobado el decreto concediendo el triunfo, sin escuchar a ninguno de
los que haban tomado parte en la guerra ni, de hecho, a nadie ms que al hombre que haba
disfrutado el triunfo. Nuestros antepasados, dijo, establecieron que deban estar presentes los
generales, los tribunos militares, los centuriones y los soldados, para que el pueblo de Roma
pudiera tener prueba visible de la victoria lograda por el hombre para el que se decretase tal
honor. Hubo un solo soldado del ejrcito que luch contra los galos, o siquiera un simple
vivandero, al que el Senado pudiese haber preguntado sobre la verdad o falsedad del informe del
pretor? Despus de hacer esta protesta, fij el da de las elecciones. Los nuevos cnsules fueron
Lucio Cornelio Lntulo y Publio Vilio Tpulo. A continuacin sigui la eleccin de los pretores,
resultando electos Lucio Quincio Flaminio, Lucio Valerio Flaco, Lucio Vilio Tpulo y Cneo Bebio
Tnfilo.

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[31.50] Los alimentos fueron muy baratos aquel ao. Se haba trado gran cantidad de grano
desde frica que los ediles curules, Marco Claudio Marcelo y Sexto Elio Peto, distribuyeron al
pueblo por dos ases el modio. Tambin se celebraron los Juegos de Roma con gran aparato, y los
repitieron una segunda jornada. Colocaron en el Tesoro, procedentes de los ingresos de las multas,
cinco estatuas de bronce. Los ediles, Lucio Terencio Masiliota y Cneo Bebio Tnfilo, siendo este
ltimo ya pretor electo, celebraron por tres veces los Juegos Plebeyos. Tambin se exhibieron
durante cuatro das, en el Foro, unos Juegos funerarios con motivo de la muerte de Marco Valerio
Levino, ofrecidos por sus hijos, Publio y Marco; ofrecieron tambin un espectculo gladiatorio en el
que combatieron veinticinco parejas. Muri Marco Aurelio Cota, uno de los decenviros de los
Libros Sagrados, y se nombr a Manlio Acilio Glabrin para sucederle. Dio la casualidad de que los
ediles curules que se haban elegido no pudieron asumir inmediatamente sus cargos; Cayo Cornelio
Ctego fue elegido mientras estaba ausente en Hispania, donde ostentaba el mando; Cayo Valerio
Flaco estaba en Roma al ser elegido, pero como era sacerdote de Jpiter no poda prestar el
juramento, y estaba prohibido desempear ninguna magistratura durante ms de cinco das sin
hacerlo. Flaco solicit que no se aplicara a su caso esta condicin y el Senado decret que si un edil
poda presentar alguien que, a juicio de los cnsules, pudiera prestar el juramento por l, los
cnsules, si lo consideraban oportuno, se pondran de acuerdo con los tribunos para presentar la
cuestin ante la plebe. Lucio Valerio Flaco, pretor electo, se adelant a tomar el juramento en
nombre de su hermano. Los tribunos llevaron la cuestin ante la plebe y esta decidi que debera ser
como si el propio edil lo hubiera prestado. En el caso del otro edil, los tribunos pidieron a la plebe
que designara dos hombres para el mando de los ejrcitos de Hispania, de manera que el edil curul,
Cayo Cornelio, pudiera regresar a casa para tomar posesin de su cargo y que Lucio Manlio
Acidino se retirase de su provincia despus de haberla tenido durante muchos aos. Se dispuso a
continuacin que Cneo Cornelio Lntulo y Lucio Estertinio asumiran el mando supremo en
Hispania como procnsules.

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LIBRO XXXII. LA SEGUNDA GUERRA MACEDNICA


[32.1] Los cnsules y los pretores entraron en funciones el 15 de marzo y sortearon de
inmediato sus mandos (199 a.C.). Italia correspondi a Lucio Lntulo y Macedonia a Publio Vilio.
Los pretores se distribuyeron de la siguiente manera: Lucio Quincio recibido la jurisdiccin urbana
de la ciudad; Cneo Bebio, Rmini; Lucio Valerio, Sicilia y Lucio Vilio, Cerdea. El cnsul Lntulo
recibi rdenes de alistar dos nuevas legiones; Vilio se hizo cargo del ejrcito de Publio Sulpicio y
se le autoriz a incrementarlo, reclutando las fuerzas que considerase necesarias. Las legiones que
Cayo Aurelio haba mandado como cnsul fueron asignados a Bebio, en el entendimiento de que las
retendra hasta que el cnsul lo relevara con su nuevo ejrcito y que, a su llegada a la Galia, todos
los soldados cuyo tiempo de servicio se hubiese cumplido seran enviados a casa. Solo se
mantendran en servicio cinco mil hombres del contingente aliado, un nmero suficiente, segn se
pensaba, para mantener la provincia alrededor de Rmini. Dos de los anteriores pretores vieron
extendidos sus mandos: Cayo Sergio, con el propsito de asignar las tierras a los soldados que
haban servido durante muchos aos en Espaa, y Quinto Minucio para que pudiera completar la
investigacin sobre las conspiraciones en el Brucio, que hasta entonces haba dirigido con tanto
cuidado e imparcialidad. A los que fueron condenados por el sacrilegio, y enviados encadenados a
Roma, los mand a Locri para ser ejecutados; tambin deba comprobar que lo que se hubiese
sustrado del templo de Proserpina fuera reemplazado con los debidos ritos expiatorios. Como
consecuencia de las denuncias presentadas por representantes de Ardea, en cuanto a que no se
haban entregado a esa ciudad las porciones habituales de las vctimas sacrificadas en el Monte
Albano, los pontfices decretaron que se celebrase nuevamente el Festival Latino. Llegaron
informes procedentes de Suessa notificando que las dos puertas de la ciudad y la muralla que haba
entre ellas haban sido alcanzadas por un rayo. Unos mensajeros de Formia anunciaron que lo
mismo haba ocurrido all en el templo de Jpiter; otros de Ostia anunciaron que tambin haba sido
alcanzado el templo de Jpiter y, desde Velletri, llegaron nuevas de que los templos de Apolo y
Sanco haban sido alcanzados y de que haba aparecido pelo sobre la estatua en el templo de
Hrcules. Quinto Minucio, el propretor que estaba en el Brucio, escribi para comunicar que haba
nacido un potro con cinco patas y tres pollos con tres patas cada uno. Se recibi un despacho de
Publio Sulpicio, el procnsul en Macedonia, en el que, entre otras cosas, afirmaba que haba nacido
un retoo de laurel en la popa de un buque de guerra. Para el caso de los dems presagios, el Senado
decidi que los cnsules deban sacrificar vctimas completamente desarrolladas a aquellas deidades
que considerasen deban recibirlas; pero respecto del portento mencionado en ltimo lugar, se llam
a los arspices al Senado para que lo aconsejaran. De acuerdo con sus instrucciones, se orden un
da de rogativas y plegarias especiales, ofrecindose sacrificios en todos los santuarios.
[32.2] Este ao, los cartagineses enviaron a Roma la plata correspondiente a la primera
entrega de la indemnizacin de guerra. Como los cuestores informaran que no era de ley porque, al
probarla, hallaron que contenan una cuarta parte de aleacin, los cartagineses tomaron un prstamo
en Roma por la plata faltante. Solicitaron al Senado que permitiera que se devolviesen los rehenes,
entregndoseles un centenar de ellos. Se les dio esperanzas sobre la devolucin de los restantes, si
Cartago era fiel a sus obligaciones. Otra peticin que presentaron fue para que los rehenes que an
estaban retenidos pudieran ser trasladados desde Norba, donde estaban muy incmodos, a otro
lugar. Se acord que se les trasladase a Segni y a Ferentino. Lleg a la Ciudad una delegacin de
Cdiz, con una solicitud para que no se enviase all ningn prefecto, pues esto contravendra lo
acordado con Lucio Marcio Sptimo cuando se pusieron bajo la proteccin de Roma. Su peticin
fue concedida. Tambin llegaron enviados de Narni, quienes afirmaban que su colonia estaba por
debajo del nmero apropiado y que algunos, que no eran de los suyos, se haban asentado entre
ellos y se hacan pasar por colonos. Se orden al cnsul Lucio Cornelio que nombrase triunviros

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que se encargaran del caso. Fueron nombrados los dos Elios, Publio y Sexto, ambos de
sobrenombre Petn, y Cneo Cornelio Lntulo. Los colonos de Cosa tambin solicitaron un
incremento de su nmero, pero su solicitud fue denegada.
[32,3] Despus de disponer las cosas de Roma, los cnsules partieron hacia sus respectivas
provincias. A su llegada a Macedonia, Publio Vilio se encontr con un grave motn entre las tropas,
que no se haba controlado desde un principio a pesar de que haca algn tiempo hervan de
irritacin. Se trataba de los dos mil que, despus de la derrota final de Anbal, haban sido
trasladados desde frica a Sicilia y, menos de un ao despus, a Macedonia. Se les consideraba
voluntarios, pero ellos sostenan que haban sido llevados all sin su consentimiento y embarcados
por los tribunos a pesar de sus protestas. Pero, en cualquier caso, fuera su servicio obligatorio o
voluntario, afirmaban haber cumplido el tiempo prescrito y era justo que se les licenciara. No
haban visto Italia durante muchos aos, haban envejecido bajo las armas en Sicilia, frica y
Macedonia, y ahora estaban agotados por sus fatigas y penurias, exanges por las muchas heridas
recibidas. El cnsul les dijo que, si pedan su licencia de manera adecuada, haba una base
razonable para concederla, pero ni aquello ni otra cosa alguna justificaba el amotinarse. Por lo tanto,
si ellos estaban dispuestos a permanecer bajo los estandartes y obedecer las rdenes, l escribira al
Senado sobre su licenciamiento. Tenan muchas ms probabilidades de alcanzar su objetivo
mediante la moderacin que por la contumacia.
[32.4] En aquel momento, Filipo apretaba el cerco de Taumacos con la mayor energa. Haba
completado sus terraplenes, los manteletes estaban completamente desplegados y los arietes a punto
de ser llevados contra las murallas, cuando la repentina llegada de los etolios le oblig a desistir.
Bajo el mando de Arquidamo, recorrieron el camino a travs de la guardia macedonia y entraron en
la ciudad. Da y noche efectuaban constantes salidas, unas veces atacando los puestos avanzados y
otras las obras de asedio de los macedonios. Les ayudaba la naturaleza del pas. Domoko estaba
situado en una altura que, viniendo desde las Termpilas y el golfo Malaco, y atravesando el
territorio de Lamia, dominaba un desfiladero de acceso a Tesalia que llaman Cele. Cuando se
recorre el camino sinuoso por el terreno quebrado y se llega hasta la propia ciudad, se extiende de
repente ante uno toda la llanura de Tesalia, como un vasto mar ms all de los lmites de la visin.
De esta maravillosa vista que ofrece, proviene el nombre de Taumacos. La ciudad estaba protegida
no slo por su posicin elevada, sino tambin a estar sobre rocas cortadas por todas partes. A la
vista de estas dificultades, Filipo no crey que su captura valiese todo el esfuerzo y peligro que
implicaba, abandonando as la tarea. Ya haba empezado el invierno cuando se retir del lugar y
regres a sus cuarteles de invierno.
[32,5] Todo el mundo se relajaba con aquel descanso ms o menos largo, buscando el reposo
de cuerpo y de mente; pero el respiro que obtuvo Filipo del incesante esfuerzo de marchas y
batallas, solo le sirvi para inquietarse an ms, al liberar su mente y contemplar los problemas de
la guerra en su conjunto, temiendo la presin enemiga por tierra y mar, y con graves dudas en
cuanto a las intenciones de sus aliados e incluso de sus propios sbditos, no fuera que los primeros
le traicionaran con la esperanza de conseguir la amistad de Roma y que los segundos se rebelaran
contra su gobierno. Para estar seguro sobre los aqueos, les envi embajadores para exigirles el
juramento de fidelidad a Filipo que se haban comprometido a renovar anualmente, as como para
anunciarles su intencin de devolver a los aqueos las ciudades de Orcmenos y Herea, as como la
Trifilia, que se le haba capturado a los eleos; y a devolver a los megalopolitanos la ciudad de
Alifera; estos sostenan que nunca haba pertenecido a Trifilia, sino que era uno de los lugares que,
por decisin del consejo de los arcadios, haba contribuido a la fundacin de Megalpolis y, por lo
tanto, les deba ser devuelta. Mediante estos actos trataba de consolidar su alianza con los aqueos.
Su dominio sobre sus propios sbditos result reforzado por cmo actu en el caso de Herclides.

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Viendo que el motivo principal de su impopularidad entre los macedonios era su amistad con este,
present muchas acusaciones en su contra y lo puso en prisin con gran alegra de sus compatriotas.
Sus preparativos para la guerra fueron dispuestos tan cuidadosamente como nunca antes. Ejercit
constantemente a los macedonios y a las tropas mercenarias, y al comienzo de la primavera envi a
Atengoras con todos los auxiliares extranjeros y la infantera ligera a Caonia, a travs del Epiro,
para apoderarse del paso de Antigonea, que los griegos llaman Estena. Unos das ms tarde le sigui
con las tropas pesadas, y despus de examinar todas las posiciones del pas, consider que el lugar
ms adecuado para un campamento fortificado era uno ms all del ro oo. Este fluye a travs de
un estrecho barranco entre dos montaas que llevan los nombres locales de Meropo y Asnao,
ofreciendo un camino muy estrecho a lo largo de su orilla. Orden a Atengoras que ocupase Asnao
con su infantera ligera y que se fortificase; l fij su campamento en Meropo. Situ pequeos
puestos avanzados montando guarda donde existan acantilados, las partes ms accesibles las
fortific con fosos, empalizadas o torres. Se dispuso una gran cantidad de artillera en lugares
adecuados para mantener al enemigo a distancia mediante los proyectiles. La tienda del rey se
plant sobre la altura ms visible, en la parte delantera de las lneas, para intimidar al enemigo y dar
confianza a sus propios hombres.
[32,6]. El cnsul haba invernado en Corf y, al tener noticia mediante Caropo, un epirota, de
que el paso haba sido ocupado por el rey y su ejrcito, naveg hasta el continente al comienzo de la
primavera y march inmediatamente en direccin al enemigo. Cuando se encontraba a unas cinco
millas del campamento del rey, dej las legiones en posiciones fortificadas y avanz con algunas
tropas ligeras para efectuar un reconocimiento. Al da siguiente se celebr un consejo de guerra para
decidir si deban intentar abrirse paso, a pesar de la inmensa dificultad y el peligro a que se
enfrentaran, o si deban hacer que las fuerzas dieran un rodeo por la misma ruta que haba tomado
Sulpicio el ao anterior, cuando invadi Macedonia. Esta cuestin haba sido objeto de debate
durante varios das, cuando lleg un mensajero para informar de la eleccin de Tito Quincio al
consulado, que Macedonia le haba sido asignada como provincia, y el hecho de que se apresuraba a
tomar posesin de su provincia y ya haba llegado a Corf. Segn cuenta Valerio Antias, Vilio,
considerando imposible un ataque frontal, pues toda aproximacin estaba bloqueada por las tropas
del rey, entr en la hondonada y march a lo largo del ro. Rpidamente lanz un puente y cruz al
otro lado, donde estaban las tropas del rey, y atac; el ejrcito del rey fue derrotado, puesto en fuga
y despojado de su campamento. Doce mil enemigos murieron en la batalla, dos mil doscientos
fueron hechos prisioneros y se capturaron ciento treinta y dos estandartes y doscientos treinta
caballos. Tambin, durante el combate, se prometi ofrecer un templo a Jpiter si el resultado era
favorable. Todos los autores griegos y latinos, hasta donde he podido consultar, relatan que Vilio no
hizo nada digno de mencin y que el cnsul que le sucedi, Tito Quincio, se hizo cargo de toda la
guerra desde el principio.
[32,7]. Durante estos sucesos en Macedonia el otro cnsul, Lucio Lntulo, que haba
permanecido en Roma, convoc los comicios para la eleccin de los censores. Entre varios
candidatos distinguidos, la eleccin de los electores recay en Publio Cornelio Escipin el Africano
y Publio Elio Peto. Trabajaron juntos en perfecta armona, y revisaron la lista del Senado sin
descalificar a un solo miembro. Tambin arrendaron los derechos de aduanas en Capua y Pozzuoli,
as como del puerto de Castro, donde hay hoy una ciudad. Aqu se enviaron trescientos colonos -la
cantidad fijada por el Senado- y tambin vendieron las tierras pertenecientes a Capua que se
extendan a los pies del Monte Tifata. Publio Porcio, un tribuno de la plebe, impidi a Lucio Manlio
Acidino, que haba dejado Hispania por aquel entonces, disfrutar de una ovacin a su regreso,
aunque el Senado se lo haba concedido. Entr en la Ciudad de manera extraoficial, y entreg al
Tesoro mil doscientas libras de plata y treinta de oro. Durante aquel ao, Cneo Bebio Tnfilo, que
haba sucedido a Cayo Aurelio en el mando en la Galia, invadi el pas de los galos nsubros pero,

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debido a su falta de precaucin, fue sorprendido y rodeado, y estuvo a punto de perder la totalidad
de su ejrcito. Sus prdidas ascendieron a seis mil setecientos hombres, aconteciendo esta gran
derrota en una guerra de la ya que no se tema nada. Este incidente hizo salir al cnsul Lucio
Lntulo de la Ciudad. En cuanto lleg a la provincia, que estaba llena de disturbios, se hizo cargo
del mando del desmoralizado ejrcito y, despus de censurar severamente al pretor, le orden dejar
la provincia y regresar a Roma. El propio cnsul, sin embargo, no hizo nada de alguna importancia,
ya que fue llamado de vuelta a Roma para llevar a cabo las elecciones. Estas fueron retrasadas por
dos de los tribunos de la plebe, Marco Fulvio y Manio Curio, que no permitiran que Tito Quincio
Flaminino fuese candidato al consulado, despus de haber sido nicamente cuestor hasta aquel
momento. Alegaban que los cargos de edil y pretor eran ahora desdeados, los hombres notables no
ascendan a travs de los sucesivos puestos de honor antes de presentarse al consulado,
demostrando as su eficacia, sino que saltaban por encima de los puestos intermedios, directamente
desde los ms bajos a los ms altos. La cuestin pas del Campo de Marte al Senado, que aprob
una resolucin en el sentido de que el pueblo podra elegir a cualquiera que fuese candidato a un
cargo que legalmente pudiera desempear. Los tribunos acataron la autoridad del Senado. Los
cnsules elegidos fueron Sexto Elio Peto y Tito Quincio Flaminino. En la posterior eleccin de
pretores salieron los siguientes: Lucio Cornelio Mrula, Marco Claudio Marcelo, Marco Porcio
Catn y Cayo Helvio. Estos haban sido ediles plebeyos, celebrando los Juegos plebeyos y, con ese
motivo, tuvo lugar un banquete en honor de Jpiter. Los ediles curules, Cayo Valerio Flaco, flamen
de Jpiter, y Cayo Cornelio Ctego, celebraron los Juegos Romanos con gran esplendor. Dos
pontfices, miembros ambos de la gens de los Sulpicios, Servio y Cayo, murieron este ao. Sus
plazas fueron ocupadas por Marco Emilio Lpido y Cneo Cornelio Escipin.
[32.8] (198 a.C.) Al asumir sus funciones, los nuevos cnsules, Sexto Elio Peto y Tito
Quincio Flaminino convocaron al Senado en el Capitolio, y se decret que los cnsules podran,
bien acordar entre ellos sobre el reparto de las dos provincias de Macedonia e Italia, bien sortearlas
entre s. Al que tocase Macedonia, debera alistar tres mil infantes romanos y trescientos de
caballera, con el fin de completar las legiones hasta su fuerza completa, reclutando adems cinco
mil hombres de entre los latinos y aliados y quinientos jinetes. El ejrcito del otro cnsul sera uno
completamente nuevo. Lucio Lntulo, el cnsul del ao anterior, vio extendido su mando y recibi
rdenes de no dejar su provincia ni alejar su ejrcito veterano hasta que llegara el cnsul con las
nuevas legiones. El resultado de la votacin fue que Italia correspondi a Elio y Macedonia a
Quincio. En cuanto a los pretores, Lucio Cornelio Mrula recibi la jurisdiccin urbana; a Claudio
Marco correspondi Sicilia; a Marco Porcio, Cerdea y a Cayo Helvio, la Galia. Sigui el
alistamiento de tropas pues, adems de los ejrcitos consulares, se dispuso el reclutamiento de
fuerzas para los pretores. Marcelo alist cuatro mil infantes latinos y aliados, y trescientos de
caballera para el servicio en Sicilia; Catn alist dos mil infantes y doscientos jinetes de la misma
procedencia para servir en Cerdea, de manera que ambos pretores, al llegar a sus provincias,
podran licenciar las infanteras y caballeras veteranas. Una vez completadas estas disposiciones,
los cnsules presentaron ante el Senado los embajadores de Atalo. Anunciaron que el rey estaba
ayudando a Roma con todas sus fuerzas terrestres y navales, y que, hasta aquel da, haba hecho
cuanto le era posible para cumplir fielmente las rdenes de los cnsules romanos; pero tema que ya
no iba a estar en libertad de hacer esto por ms tiempo, pues Antoco haba invadido su reino
mientras estaba indefenso por mar y tierra. Por lo tanto, solicitaba al Senado que, si deseaban hacer
uso de su flota y sus servicios en la guerra macednica, o bien le enviaban una fuerza para proteger
su reino o, si no deseaban hacerlo as, que le permitieran regresar a casa y defender sus dominios
con su flota y el resto de sus tropas. El Senado dio instrucciones a los cnsules para transmitir la
siguiente respuesta a los delegados: El Senado agradeca la ayuda que el rey Atalo ha dado a los
comandantes romanos con su flota y dems fuerzas. Ellos no enviaran ayuda a Atalo contra
Antoco, ya que este era amigo y aliado de Roma, ni retendran a los auxiliares que Atalo les haba

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proporcionado para que los empleara como ms le conviniera al rey. Cuando los romanos haban
hecho uso de los recursos de otros, siempre lo haban hecho segn el criterio de esos otros. El
principio y el final de la ayuda prestada dependa siempre de quienes deseaban prestarla a los
romanos. El Senado iba a enviar embajadores a Antoco para informarle de que el pueblo romano
estaba empleando las naves y hombres de Atalo contra su comn enemigo, Filipo, y Antoco
satisfara al Senado si desista de las hostilidades y respetaba los dominios de Atalo. Era justo y
correcto que monarcas amigos y aliados de Roma, mantuvieran tambin la paz entre s.
[32.9] El cnsul Tito Quincio, al alistar las tropas, cuid de escoger principalmente a aquellos
que haban demostrado su valor mientras servan en Hispania o en frica. Aunque estaba deseando
partir hacia su provincia, el anuncio de ciertos prodigios y la necesidad de expiarlos lo retuvo.
Varios lugares haban sido alcanzados por un rayo: la va pblica a Veyes, el foro y el templo de
Jpiter en Lanuvio, el templo de Hrcules en Ardea, y las murallas y torres de Capua, as como el
templo llamado Alba. En Arezzo, el cielo pareci estar incendiado. En Velletri se hundi la tierra
sobre un espacio de tres yugadas, dejando un enorme abismo naci un cerdo con cabeza humana.
Como consecuencia de estos portentos se decret un da de rogativas especiales y los cnsules
dispusieron oraciones y sacrificios. Despus de aplacar de este modo a los dioses, los cnsules
partieron hacia sus respectivas provincias. Elio llev con l a la Galia al pretor Helvio, entregndole
el ejrcito que haba recibido de Lucio Lntulo para ser licenciado, mientras l mismo se dispona a
continuar la guerra con las legiones que haba llevado consigo. No obstante, no hizo nada digno de
mencin. El otro cnsul, Tito Quincio, dej Brindisi antes de lo que sus predecesores solan hacer y
se embarc para Corf con un ejrcito de ocho mil infantes y ochocientos de caballera. Desde all,
cruz en un quinquerreme a la parte ms cercana de la costa de Epiro, dirigindose a marchas
forzadas al campamento romano. Envi a Vilio de regreso a casa y esper luego unos cuantos das
hasta que las tropas que le seguan desde Corf se le unieron. Mientras tanto, celebr un consejo de
guerra para tratar sobre si deba marchar directamente, atravesando el campamento enemigo o si, en
vez de intentar una tarea tan difcil y peligrosa, no sera mejor recorrer un camino seguro a travs de
Dasarecia y el pas de Linco y entrar en Macedonia por aquella parte. Se habra adoptado esta
ltima propuesta si Quincio no hubiera temido que, si l se alejaba del mar, su enemigo se le podra
escapar de las manos y buscar la seguridad de los bosques y desiertos, en cuyo caso se pasara el
verano sin haber llegado a ningn resultado decisivo. Se decidi, por lo tanto, atacar al enemigo
donde estaba, a pesar del terreno desfavorable sobre el que se habra de lanzar el ataque. Pero era
ms fcil decidir que se deba atacar que formarse una idea clara de cmo hacerlo. Durante cuarenta
das permanecieron inactivos a plena vista del enemigo.
[32.10] Esto llev a Filipo a albergar la esperanza de poder acordar una paz con la mediacin
de los epirotas. Se celebr un consejo en el que Pausanias, su pretor, y Alejando, su jefe de la
caballera, fueron encargados de la misin; estos acordaron una conferencia entre el rey y el cnsul,
en un lugar donde oo se hace ms estrecho. Las demandas del cnsul se resuman en que el rey
retirase sus guarniciones de las ciudades, que devolviera a aquellas ciudades saqueadas cuanto se
pudiera recuperar y las compensara del resto con una cantidad justa. En respuesta, Filipo afirm que
las circunstancias de cada ciudad eran diferentes. Aquellas que haban sido tomadas por l en
persona, se podran liberar; pero en cuanto a las que le haban sido legadas por sus predecesores, no
renunciara a lo que haba heredado como posesiones legtimas. Si alguna de las ciudades con las
que haba estado en guerra presentaba reclamaciones por las prdidas que haban sufrido, l
sometera la cuestin al arbitraje de cualquier nacin neutral que escogieran. A esto, el cnsul
replic que, en todo caso, en este punto no habra necesidad alguna de arbitraje pues nadie poda
dejar de ver que la responsabilidad del ataque recaa en quien primero hizo uso de las armas y, en
todas las ocasiones, haba sido Filipo quien agredi sin recibir provocacin armada alguna. La
discusin se volvi luego sobre la cuestin de qu comunidades deban ser liberadas. El cnsul

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mencion a los tesalios, para empezar. Filipo se enfureci tanto ante esta sugerencia que exclam
Qu imposicin ms pesada, Tito Quincio, me impondras de ser un enemigo derrotado?; y con
estas palabras abandon rpidamente la conferencia. Con dificultad se impidi que ambos ejrcitos
se lanzasen a combatir arrojndose proyectiles, separados como estaban por la anchura del ro. Al
da siguiente, las patrullas de ambas partes se enzarzaron en numerosas escaramuzas sobre la amplia
llanura que se extenda entre los campamentos. A continuacin, las tropas del rey se retiraron y los
romanos, en su afn por combatir, las siguieron hasta un terreno cerrado y fragoso. Tenan la ventaja
de su orden y disciplina, as como en la naturaleza de su armadura, que protega toda su persona; a
los macedonios les ayudaba la fuerza de su posicin, que permita colocar ballestas y catapultas
sobre casi cada roca, como si fuese la muralla de una ciudad. Despus de resultar heridos muchos
de cada bando, e incluso haber cado algunos en combate regular, la noche puso fin a la batalla.
[32.11] En esta coyuntura, fue llevado ante el cnsul un pastor enviado por Caropo, un
notable de los epirotas. Dijo que tena costumbre de pastorear su rebao en el desfiladero que
ocupaba por entonces el campamento del rey y que conoca cada pista y revuelta de las montaas.
Si el cnsul quisiera enviar una patrulla con l, les llevara por una ruta, que no era difcil ni
peligrosa, hasta un lugar por encima de la cabeza del enemigo. Al or esto, el cnsul mand a
preguntar a Caropo sobre si se poda confiar en el rstico en asunto de tanta importancia. Caropo le
dijo que poda confiar en l, pero siempre que mantuviera todo en sus propias manos y sin quedar a
merced de su gua. Temiendo y deseando a un tiempo confiar en aquel hombre, con sentimientos de
alegra y prevencin, decidi confiar en la autoridad de Caropo y probar la oportunidad que se le
ofreca. A fin de disipar toda sospecha sobre su previsto movimiento, durante dos das lanz
continuos ataques contra cada parte de la posicin enemiga, llevando tropas de refresco a relevar a
las que ya estaban agotadas por la lucha. Mientras tanto, seleccion cuatro mil de infantera y
trescientos de caballera, y puso esta fuerza escogida al mando de un tribuno militar con rdenes de
llevar la caballera tan lejos como le permitiera el terreno y, cuando el terreno fuera infranqueable
para hombres montados, deba situarlos en algn espacio llano; la infantera debera seguir el
camino indicado por el gua. Cuando, como este lo haba prometido, llegaran a una posicin por
encima de los enemigos, elevaran una seal de humo y no lanzaran el grito de guerra hasta recibir
del cnsul la seal y pudiera juzgar que la batalla haba comenzado. El cnsul orden que
marcharan durante la noche -result, adems, que haba luna llena-, comiendo y descansando
durante el da. Al gua se le prometi una gran recompensa si se mostraba fiel, pero lo entreg atado
al tribuno. Despus de enviar esta fuerza, el comandante romano presion vigorosamente contra los
puestos avanzados macedonios.
[32,12] Al tercer da, los romanos sealaron mediante una columna de humo que haban
llegado y ocupaban las alturas. Entonces el cnsul, habiendo formado su ejrcito en tres divisiones,
avanz hasta el fondo del barranco con su fuerza principal, enviando sus alas derecha e izquierda
contra el campamento. El enemigo se mostr no menos alerta a la hora de enfrentar el ataque.
Deseando llegar a las manos, salieron fuera de sus lneas y, al pelear en campo abierto, los romanos
resultaron ampliamente superiores en valor, entrenamiento y armas. Pero, despus de perder
muchos hombres entre muertos y heridos, las tropas del rey se retiraron a posiciones fuertemente
fortificadas o naturalmente seguras, siendo entonces el turno de los romanos para encontrarse en
dificultades a medida que iban avanzando por un terreno peligroso, donde el estrecho espacio haca
la retirada casi imposible. No habran sido capaces de retirarse sin pagar un alto precio por su
temeridad de no haber escuchado los macedonios el grito de guerra romano en su retaguardia. Este
ataque imprevisto los aterroriz; algunos huyeron en desorden, otros se mantuvieron firmes, no
tanto porque tuvieran valor para combatir, sino porque no haba lugar donde escapar, quedando
rodeados por el enemigo que les presionaba por delante y por detrs. Todo el ejrcito podra haber
sido aniquilado si los vencedores hubieran sido capaces de sostener la persecucin; sin embargo, la

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caballera se vio obstaculizada por el terreno desigual y estrecho, y la infantera por el peso de su
armadura. El rey se alej al galope del campo de batalla sin mirar atrs. Despus de haber galopado
unas cinco millas, y sospechando con razn que, dada la naturaleza del pas, al enemigo le resultara
imposible perseguirle, hizo un alto en cierto terreno elevado y envi a su escolta por todas partes,
sobre montes y valles, para reunir sus tropas dispersas. De entre todas sus fuerzas, sus prdidas no
fueron ms de dos mil hombres; el resto, como obedeciendo a una seal, se reuni y march en una
fuerte columna hacia Tesalia. Despus de continuar la persecucin en la medida que pudieron
hacerlo con seguridad, matando a los fugitivos y despojando a los muertos, saquearon el
campamento del rey donde, incluso en ausencia de los defensores, resultaba difcil acceder.
Permanecieron en el campamento durante la noche y, a la maana siguiente, el cnsul sigui al
enemigo a travs de la garganta por cuyo fondo se abra paso el ro.
[32.13] En el primer da de su retirada, el rey lleg a un lugar llamado el Campamento de
Pirro, en la Trifilia molosia. Al da siguiente lleg a los montes Lincon, una marcha enorme para su
ejrcito, aunque sus temores los impulsaron. Estos montes estn en el Epiro y lo separan de
Macedonia al Norte y de Tesalia al este. Las laderas de las montaas se vestan con bosques densos,
formando las cumbres una amplia meseta con corrientes perennes de agua. Aqu permaneci
acampado el rey durante varios das, incapaz de decidirse si marchar directamente de vuelta a su
reino o si le sera posible efectuar antes una incursin en Tesalia. Decidi hacer marchar a su
ejrcito abajo, hacia Tesalia, y se dirigi por la ruta ms cercana a Tricca, lugar desde el cual visit
las ciudades de los alrededores en rpida sucesin. Obligaba a abandonar sus casas a los hombres
capaces de seguirlo, incendiando luego las poblaciones. Se les permita llevar con ellos cuantos
bienes pudieran cargar, el resto se convirti en botn para los soldados. Un enemigo no les habra
sometido a mayores crueldades que las que recibieron de sus aliados. Estas medidas resultaron
extremadamente desagradables para Filipo pero, como el pas pronto estara en poder del enemigo,
estaba decidido a mantener las personas de sus aliados, en todo caso, fuera de su alcance. Las
ciudades que resultaron as devastadas fueron Facio, Piresias, Evidrio, Eretria y Palefrsalo. En
Feras le cerraron las puertas, y como un asedio le hubiera causado un considerable retraso y no tena
tiempo que perder, desisti de intentarlo y march hacia Macedonia.
Su retirada se apresur ante la noticia de la llegada de los etolios. Cuando se enteraron de la
batalla que tuvo lugar cerca del oo, los etolios devastaron el pas ms prximo a ellos, alrededor
de Esperquias y Macras, que ellos llaman Come, y cruzando despus la frontera de Tesalia se
apoderaron de Ctimene y Angeia al primer asalto. Mientras estaban devastando los campos
alrededor de Metrpolis, los ciudadanos, que se haban reunido a una para defender sus murallas,
los derrotaron y rechazaron. Al atacar Calitera se encontraron con una resistencia parecida, pero
despus de un tenaz combate lograron rechazar a los defensores de vuelta tras sus murallas. Como
no tenan esperanza alguna de apoderarse del lugar, se tuvieron que contentar con esta victoria.
Atacaron a continuacin los pueblos de Teuma y Celatara, que saquearon. Se apoderaron de Acarras
por rendicin; en Xinias aterrorizaron a los campesinos, que huyeron abandonando sus hogares y
fueron a dar con un destacamento de etolios que marchaban hacia Taumacos para proteger a sus
aprovisionadores de trigo. La multitud desarmada e indefensa, entre la que iban gentes no aptas para
las armas, fue muerta por la soldadesca armada y la abandonada Xinia fue saqueada. A
continuacin, los etolios tomaron Cifera, un castillo que dominaba Dolopia. Estas operaciones
fueron llevadas a cabo rpidamente por los etolios en pocos das. Tampoco Aminandro ni los
atamanes permanecieron inactivos al tener noticia de la victoria romana.
[32,14] Como tena poca confianza en sus soldados Aminandro pidi al cnsul que le dejara
un pequeo destacamento con el que atacar Gonfos. Comenz por capturar Feca, una plaza situada
entre Gonfos y los estrechos desfiladeros que dividen Atamania de Tesalia. Despus se dirigi a
atacar Gonfos. Durante varios das, los habitantes defendieron su ciudad con el mayor vigor pero,

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cuando finalmente se colocaron las escalas de asalto contra las murallas, su miedo les empuj a la
rendicin. La cada de Gonfos produjo un vivo temor en toda Tesalia. Se rindieron en rpida
sucesin Argenta, Ferinio, Timaro, Liginas, Estimon y Lampso, junto con los restantes y poco
importantes puestos fortificados de los alrededores. Mientras que los atamanes y etolios, liberados
del peligro macedonio, se apoderaban as del botn gracias a la victoria que otros haban logrado, y
la Tesalia, sin saber a quin considerar amigo o enemigo, era devastada por tres ejrcitos a la vez, el
cnsul march por el desfiladero que haba quedado abierto por la huida del enemigo y entr en
territorio de Epiro. Saba perfectamente de qu lado haban estado los epirotas, con la excepcin del
noble Caropo; pero como viera que estaban deseosos de reparar sus errores del pasado, haciendo
todo lo posible para cumplir sus rdenes, los consider por su actitud presente y no por la anterior,
asegurndose su adhesin para el futuro mediante su clemencia y disposicin al perdn. Despus de
enviar rdenes a Corf para que los transportes entrasen en el golfo de Ambracia, avanz en
cmodas etapas durante cuatro das y fij su campamento a los pies del monte Cercetio. Se indic a
Aminandro que llevara sus tropas hasta aquel lugar, no tanto porque fuera necesaria su ayuda, sino
porque el cnsul deseaba tenerlos como guas en Tesalia. Tambin se permiti prestar servicio como
auxiliares a muchos epirotas que se presentaron voluntarios.
[32.15] La primera ciudad de Tesalia en ser atacada fue Faloria. Estaba guarnecida por dos
mil macedonios que ofrecieron una resistencia muy tenaz con las armas y defensas que les
protegan. El cnsul estaba convencido de que la ruptura de la resistencia a los ejrcitos romanos en
este primer ataque, decidira la actitud general de los tesalios, por lo que presion atacando da y
noche sin interrupcin. Finalmente, se super la determinacin de los macedonios y Faloria fue
capturada. Ante esto, llegaron embajadas de Metrpoli y Cierio para rendir sus ciudades y pedir
clemencia. Su peticin fue concedida, pero Faloria fue saqueada e incendiada. A continuacin
avanz contra Eginio, pero cuando vio que la plaza era prcticamente inexpugnable, incluso con
una pequea fuerza para defenderla, se content con descargar unos cuantos proyectiles sobre el
puesto exterior ms prximo y desvi su marcha hacia Gonfos. Como haba devastado los campos
de los epirotas, su ejrcito careca ahora de los medios de vida necesarios y, al descender a la llanura
de Tesalia, envi averiguar si los transportes haban llegado a Lucade o al golfo de Ambracia;
mandando por turno las cohortes a Ambracia para aprovisionarse de trigo. Aunque la ruta de Gonfos
de Ambracia es aunque difcil e incmoda, resulta muy corta y, en pocos das, el campamento qued
lleno de provisiones de toda clase que se haban trado desde la costa. Su siguiente objetivo era
Atrage. Esta ciudad se encuentra sobre el ro Peneo, a unas diez millas de Larisa, y fue fundada por
emigrantes de Perrebia. Los tesalios no se alarmaron ante la aparicin de los romanos, y aunque el
propio Filipo no se atrevi a avanzar hacia Tesalia, permaneci acampado en Tempe, desde donde
poda enviar ayuda, segn la ocasin lo requera, a cualquier lugar amenazado por los romanos.
[32,16] Por el tiempo en que el cnsul iniciaba su campaa contra Filipo, asentando su
campamento en las gargantas del Epiro, su hermano, Lucio Quincio, a quien el Senado haba
confiado la flota y el mando de la costa, naveg a Corf con dos quinquerremes. Cuando se enter
de que la flota haba partido de all, decidi no perder tiempo y la sigui hasta la isla de Cefalonia.
Una vez aqu, tras despedir a Cayo Livio, al que suceda, march al Malea. El viaje fue lento, pues
los buques que lo acompaaban, cargados de provisiones, deban navegar en su mayora a
remolque. Desde Malea, l prosigui con tres quinquerremes rpidas hasta El Pireo, dejando
rdenes al resto de la flota para que lo siguieran tan rpidamente como pudiesen y, una vez aqu, se
hizo cargo de los barcos que Lucio Apustio haba dejado para proteger Atenas. Al mismo tiempo,
dos flotas navegaban desde Asia; una, de veinticuatro quinquerremes, con Atalo; la otra era una
flota rodia compuesta por veinte buques con cubierta bajo el mando de Acesmbroto. Estas flotas se
unieron en Andros y de all navegaron hacia Eubea, que solo est separada por un angosto estrecho.
Comenzaron por devastar los campos de los caristios, pero cuando llegaron refuerzos a Caristo

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desde Calcis, se apresuraron a poner rumbo a Eretria. Al enterarse de que Atalo haba llegado all,
Lucio Quincio se dirigi a aquel lugar con la escuadra del Pireo, tras dejar rdenes para que el resto
de la flota, segn llegase, navegara hacia Eubea.
Dio comienzo entonces un ataque muy feroz contra Eretria. Las naves de las tres flotas
portaban todo tipo de mquinas de asedio y artillera, y el territorio alrededor proporcionaba un
abundante suministro de madera para la construccin de otras nuevas. Al principio, los habitantes se
defendieron muy enrgicamente, pero se fueron agotando gradualmente y muchos resultaron
heridos, y cuando vieron una parte de las murallas arrasadas por las mquinas enemigas, empezaron
a pensar en rendirse. Sin embargo, la guarnicin estaba compuesta por macedonios y los habitantes
de la ciudad teman ms a estos que a los romanos. Filocles, prefecto de Filipo, envi adems
mensajeros desde Calcis, diciendo que acudira a tiempo de ayudarles si resistan. As, tanto sus
esperanzas como sus temores les obligaron a alargar su resistencia ms all de sus deseos o de sus
fuerzas. Por fin, se enteraron de que Filocles haba sido derrotado y que hua precipitadamente a
Calcis, y se apresuraron a enviar parlamentarios a Atalo para pedir clemencia y proteccin. Con la
esperanza de la paz, aflojaron en su defensa y se contentaban con vigilar aquella parte de la muralla
que se haba derrumbado. Quincio, sin embargo, lanz un asalto por la noche hacia el lugar donde
menos lo esperaban y captur la ciudad. Todos los habitantes de la ciudad, con sus esposas e hijos,
se refugiaron en la ciudadela y finalmente se rindieron. No hubo mucho oro ni plata, pero se
descubrieron ms esculturas y pinturas de antiguos artistas, as como objetos similares, de lo que
podra haberse esperado a partir del tamao y riqueza de la ciudad.
[32,17] Caristo fue la siguiente plaza en ser atacada. Aqu, antes de que las tropas
desembarcaran, toda la poblacin abandon la ciudad y se refugi en la ciudadela. Luego enviaron
emisarios para acordar los trminos con el general romano. A los ciudadanos se les garantiz de
inmediato la vida y la libertad; a los macedonios se les permiti salir tras entregar las armas y pagar
una suma equivalente a trescientas monedas por cabeza. Tras rescatarse a s mismos mediante esta
suma, marcharon a Beocia. Despus de todo esto, a los pocos das y habiendo capturado dos
importantes ciudades de Eubea, las flotas rodearon el Sunio, un cabo del tica, y llegaron a
Cncreas, puerto comercial de los corintios. Mientras tanto, el cnsul tena en sus manos un asedio
que result ser ms tedioso y gravoso de lo que nadie haba previsto, siendo dirigida la defensa de
un modo para el que no estaba preparado. Dio por sentado que todos sus esfuerzos estaran
dedicados a la demolicin de las murallas y que, una vez se hubiera abierto paso hacia la ciudad, la
huida y la masacre del enemigo seguiran como sucede habitualmente cuando las ciudades son
capturadas al asalto. Pero despus de haber batido mediante arietes las murallas, los soldados
empezaron a pasar sobre los escombros, hacia el interior de la ciudad, y se encontraron con el inicio
de una nueva tarea. La guarnicin macedonia, una fuerza numerosa de hombres escogidos,
consideraba motivo de gloria el defender la ciudad con sus armas y valor, en vez de con murallas, y
formaron en orden cerrado, apoyando su frente en una columna de inusual profundidad. En cuanto
vieron a los romanos trepando sobre las ruinas de la muralla, los hicieron retroceder sobre el mismo
terreno cubierto de obstculos y mal adaptado para la retirada.
El cnsul estaba muy contrariado, pues consideraba que este humillante rechazo no solo
ayudaba a prolongar el asedio, sino que era tambin posible que influyera en el curso futuro de la
guerra que, en su opinin, dependa en gran medida de incidentes poco importantes. Tras despejar el
terreno donde estaban los montones del muro derrumbado, llev una torre mvil de gran altura, con
gran cantidad de hombres en el interior de sus varios pisos, y envi cohorte tras cohorte para
quebrar, si era posible, la formacin en cua de los macedonios a la que ellos llaman falange. Sin
embargo, en aquel estrecho espacio -pues la brecha en la muralla no era en absoluto ancha-, la clase
de armas y la tctica de combate daba ventaja al enemigo. Cuando las apretadas filas macedonias
presentaron sus largusimas lanzas, los romanos cargaron con sus espadas, tras lanzar
infructuosamente sus pilos contra una especie de muro de escudos unidos, sin poder acercarse ni

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quebrar las puntas de las lanzas; y si conseguan cortar o romper alguna, los extremos quebrados y
afilados formaban una especie de empalizada entre las puntas de las que seguan intactas. Otra cosa
que ayud al enemigo fue la proteccin que ofreca a sus flancos aquella parte de la muralla que
estaba en pie; no tenan que atacar ni retroceder sobre una amplia extensin de terreno, lo que por lo
general desordena las filas. Un accidente que sufri la torre les dio an ms confianza: al moverse
por tierra no completamente apisonada, una de las ruedas se hundi en un surco y dio al enemigo la
impresin de que la torre se iba a caer, haciendo enloquecer de terror a los soldados que iban en
ella.
[32,18] No estaba haciendo ningn progreso y se estaba dando lugar a la comparacin entre
las tcticas y armas de los ejrcitos contendientes; reconoca que no tena perspectivas de un asalto
victorioso en breve y tampoco medios para invernar tan lejos del mar, en un territorio asolado por
los estragos de la guerra. Bajo aquellas circunstancias, levant el asedio; pero no haba ningn
puerto en toda la costa de Acarnania ni de Etolia que pudiera alojar todos los transportes empleados
en el aprovisionamiento de las tropas y, al mismo tiempo, aportar cuarteles de invierno cubiertos
para los legionarios. Antcira, en la Fcida, frente al golfo de Corinto, pareca el lugar ms
adecuado, ya que no estaba muy lejos de Tesalia y las posiciones ocupadas por el enemigo, y slo
estaba separada del Peloponeso por un estrecho brazo de mar. Tendra a sus espaldas Etolia y
Acarnania, y a sus lados la Lcride y Beocia. Se captur sin combatir Fanotea, en la Fcida;
Antcira solo ofreci una breve resistencia, siguiendo rpidamente las capturas de Ambriso y
Himpolis. Davlia, debido a su posicin en una colina elevada, no se pudo capturar por asalto
directo. Acosando a la guarnicin mediante proyectiles y, cuando efectuaban salidas, mediante
escaramuzas, avanzando y retirndose alternativamente sin intentar nada definitivo, les llevaron a
tal extremo de descuido y desprecio por sus contrincantes que, cuando se retiraron tras sus puertas,
los romanos corrieron hasta all junto a ellos y se apoderaron de la plaza al asalto. Otras fortalezas
sin importancia cayeron en manos de los romanos, ms por miedo que por la fuerza de las armas.
Elatea les cerr sus puertas y pareca que haba poca probabilidad de que admitieran ni a un general
ni a un ejrcito romano, a menos que se les obligara por la fuerza.
[32.19] Mientras el cnsul estaba ocupado con el asedio de Elatea, brill ante l la esperanza
de lograr un xito an mayor, es decir, lograr convencer a los aqueos para que abandonasen su
alianza con Filipo y entablar relaciones amistosas con Roma. Cicladas, el lder del partido
macedonio, haba sido expulsado, y era pretor Aristeno, partidario de la alianza con Roma. La flota
romana, en unin de la de Atalo y Rodas, estaba anclada en Cncreas, preparndose para lanzar un
ataque conjunto sobre Corinto. El cnsul pensaba que, antes de comenzar las operaciones, sera
mejor enviar una embajada a los aqueos y prometerles que si abandonaban al rey y se pasaban a los
romanos, Corinto se incorporara a la liga aquea como antiguamente. Por sugerencia del cnsul,
fueron enviados embajadores por su hermano Lucio Quincio, por Atalo, los rodios y los atenienses.
Se celebr una reunin del consejo en Sicin. Los aqueos, sin embargo, estaban lejos de tener claro
qu curso deban seguir. Teman a Nabis, el lacedemonio, su peligroso e implacable enemigo;
teman las armas de Roma y estaban muy obligados con los macedonios por sus muchos servicios,
tanto en aos pasados como recientemente. Sin embargo, sospechaban del mismo rey por su
infidelidad y crueldad; no daban mucha importancia a sus actos de aquel momento, y vean
claramente que despus de la guerra sera ms tirano que nunca. Tenan considerables dudas sobre
qu opinin expresar, ya en sus senados respectivos o en el consejo general de la Liga; ni siquiera
en privado llegaban a formarse una opinin definida sobre qu era lo que realmente deseaban o qu
era lo mejor para ellos. Estando los consejeros con este nimo indeciso, se presentaron los
embajadores y se les pidi que expusieran su caso. El embajador romano, Lucio Calpurnio, fue el
primero en hablar; le siguieron los representantes del rey Atalo, y despus fue el turno de los
delegados de Rodas. Los emisarios de Filipo fueron los siguientes en hablar, y los atenienses fueron

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los ltimos de todos, para que pudieran responder a los macedonios. Estos ltimos atacaron al rey
con mayor severidad que cualquiera de los otros, pues ninguno haba sufrido ms ni haba sido
sometido a un trato tan amargo. Los continuos discursos llevaron todo el da, disolvindose el
consejo al atardecer.
[32.20] Al da siguiente fueron convocados de nuevo. Cuando, de conformidad con la
costumbre griega, el pregonero anunci que los magistrados autorizaban tomar la palabra a
cualquiera que deseara exponer sus puntos de vista ante el consejo, se produjo un largo silencio,
mientras se miraban unos a otros. Tampoco esto resultaba sorprendente, por cuanto aquellos
hombres haban estado dando vueltas en sus mentes a propuestas que se oponan frontalmente unas
a otras, hasta llegar a un punto muerto, dado que los discursos, que se prolongaron durante todo el
da anterior, les desconcertaron an ms al resaltar las dificultades presentadas por una y otra parte.
Finalmente Aristeno, el pretor de los aqueos, decidido a no aplazar el consejo sin debate, dijo:
Dnde estn, aqueos, aquellas vivas disputas que mantenais en banquetes y calles, cuando la
mencin de Filipo o de los romanos apenas lograba evitar que llegaseis a las manos? Ahora, en un
conejo convocado para este propsito concreto, cuando habis odo a los representantes de ambas
partes, cuando los magistrados someten la cuestin a debate, cuando el pregonero os invita a
expresar vuestra opinin, os volvis mudos. Si no la preocupacin por la seguridad comn, no
lograr el espritu partidario de unos u otros hacer que nadie tome la palabra? Sobre todo porque
nadie es tan torpe como para no ver que este es el momento, antes de que se apruebe alguna
disposicin, para hablar y defender el curso que se considere mejor. Una vez aprobado cualquier
decreto, cada cual habr de sostenerlo como una medida buena y saludable, an aquellos que
anteriormente se opusieran a ella. Este llamamiento del pretor no solo no indujo a que ni un solo
orador se presentara, ni siquiera evoc una simple aprobacin o murmullo en aquella gran asamblea
donde tantos estados estaban representados.
[32.21] Luego, Aristeno continu: Lderes de los aqueos, no estis ms faltos de consejos que
de lengua, pues ninguno de vosotros est dispuesto a poner en peligro su propia seguridad por la
seguridad general. Posiblemente, tambin yo habra guardado silencio de haber sido solo un
ciudadano particular; pero siendo el pretor, considero que, o no debiera haber presentado los
embajadores al consejo, o tras haberlos presentado no los deba haber despedido sin darles alguna
respuesta. Pero cmo puedo darles alguna respuesta que no sea conforme con lo que vosotros
decretis? Y ya que ninguno de vosotros, los convocados a este consejo, est dispuesto o tiene la
valenta de expresar su opinin, vamos a examinar los discursos que nos hicieron ayer los
embajadores como hubieran sido hechos por los miembros de este consejo; considermoslos, no
como exigencias efectuadas en su propio inters, sino como recomendaciones de una poltica que
consideran ventajosa para nosotros. Tanto los romanos, como los rodios y Atalo buscan nuestra
alianza y amistad, y consideran que es justo y apropiado que les ayudemos en la guerra que estn
librando contra Filipo. Filipo, por otra parte, nos recuerda el hecho de que somos sus aliados y
que nos hemos comprometido con l mediante juramento. Solo nos pide que estemos junto a l y se
contenta con que no intervengamos en los combates. A nadie se le ocurre preguntarse por qu los
que an no son nuestros aliados piden ms que los que ya lo son? Esto no es debido al exceso de
modestia en Filipo o la falta de ella en los romanos. Es la fortuna de la guerra la que da y quita
confianza a las exigencias de un lado y de otro. Por lo que respecta a Filipo, nada vemos que le
pertenezca, excepto su enviado. En cuanto a los romanos, su flota se encuentra en Cncreas,
cargada con los despojos de las ciudades de Eubea, y vemos al cnsul con sus legiones invadiendo
la Fcida y la Lcride, que solo estn separadas de nosotros por una estrecha franja de mar. No
os sorprende por qu el enviado de Filipo, Cleomedonte, habl tan tmidamente cuando nos inst a
tomar las armas contra los romanos en nombre de su rey? l nos recordaba la santidad del tratado
y el juramento; pero, si en virtud de ese mismo tratado y juramento le pidisemos que Filipo nos

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defendiera de Nabis y sus lacedemonios y de los romanos, no podra encontrar una fuerza
adecuada para protegernos, y ni siquiera para una respuesta a nuestra peticin. Como ya le pas,
por Hrcules!, al mismo Filipo el ao pasado, cuando trat de llevarse nuestros jvenes a Eubea,
prometiendo que hara la guerra a Nabis, y viendo que no sancionbamos aquel uso de nuestros
soldados ni aprobbamos el vernos involucrados en una guerra con Roma, se olvid en todo del
tratado que ahora nos recuerda tanto, dejndonos expuestos a los estragos y pillajes de Nabis y los
lacedemonios.
En cuanto a m, de hecho me parece que los argumentos que ha empleado Cleomedonte
resultan incompatibles entre s. Consider cosa ligera una guerra contra Roma y dijo que el asunto
tendra el mismo fin que el de su guerra anterior contra Filipo. Y si fuese as, por qu entonces
Filipo se mantiene a distancia y pide nuestra ayuda, en vez de venir en persona y protegernos a
nosotros, sus antiguos aliados, de Nabis y de los romanos? A nosotros, digo? Pero si consinti la
captura de Eretria y de Caristo! No pas igual con todas aquellas ciudades de Tesalia? Y con las
de la Lcride y la Fcida? Por qu permite que se est atacando ahora mismo Elatea? Por qu
desguarneci los pasos que llevaban al Epiro y las guarniciones inexpugnables que dominaban el
ro oo? Y por qu march al interior de su reino una vez nos hubo abandonado? Si l,
deliberadamente, deja a sus aliados a merced de sus enemigos, cmo puede objetar a estos
aliados que se ocupen de su propia seguridad? Si su accin fue dictada por el miedo, debe
perdonar el nuestro. Si se retir porque fue derrotado por las armas de Roma, Cleomedonte, cmo
nos vamos a enfrentar los aqueos a las que los macedonios no pudisteis resistir? Nos dices que los
romanos no tienen ni estn empleando ms fuerzas en esta guerra que en la ltima; debemos
creer tu palabra, a la vista de los hechos presentes? En aquella ocasin, ellos solo enviaron su
flota para auxiliar a los etolios; no pusieron un cnsul al mando ni emplearon un ejrcito consular.
Las ciudades martimas pertenecientes a los aliados de Filipo estaban consternadas y alarmadas,
pero los territorios del interior estaban tan a salvo de las armas de Roma que Filipo devast las
tierras de los etolios mientras imploraban en vano la ayuda de los romanos. Ahora, sin embargo,
los romanos han dado fin a la guerra con Cartago, esa guerra que han debido soportar durante
diecisis aos, que hizo presa, por as decir, en las entraas de Italia; y no han enviado
simplemente un destacamento para auxiliar a los etolios, ellos mismos han asumido el mando de la
guerra y estn atacando Macedonia por tierra y mar. Ya es su tercer cnsul el que est
conduciendo operaciones con la mayor energa. Sulpicio se enfrent con el propio rey en
Macedonia, lo derrot, lo puso en fuga y devast la parte ms rica de su reino; y ahora, cuando
estaba guarneciendo los pasos que constituyen la llave del Epiro, seguros, segn l crea, por sus
posiciones, sus lneas fortificadas y su ejrcito, Quincio lo ha privado de su campamento, lo
persigui mientras hua a Tesalia, asalt las ciudades de sus aliados y expuls sus guarniciones
casi a la vista del mismo Filipo.
Supongamos que no hay verdad en lo que ha expuesto el enviado de Atenas sobre la
brutalidad, la lujuria y la avaricia del rey; supongamos que los crmenes cometidos en el tica
contra todos los dioses, celestes e infernales, no nos importan; y an menos los sufrimientos de
Quos y Abidos, que estn bien lejos; olvidemos nuestras propias heridas, los robos y asesinatos en
Mesenia, en el corazn del Peloponeso; el asesinato por el rey de Cariteles, husped de Filipo en
Ciparisia, casi en plena mesa de banquetes y contra todo derecho humano o divino; y de la muerte
de los dos Arato de Sicin, padre e hijo, -el rey tena la costumbre de hablar del viejo desgraciado
como si fuera su padre-, el secuestro de la esposa del hijo en Macedonia, como vctima de la
lujuria del rey, y todos los dems ultrajes contra matronas y doncellas..., dejemos que todo esto sea
consignado al olvido. Imaginemos incluso que la cuestin no tiene que ver con Filipo, cuya
crueldad os ha hecho enmudecer, pues qu otra razn puede haber para que vosotros, que habis
sido convocados al consejo, guardis silencio?, sino con Antgono, un suave y justo monarca que
ha sido nuestro mayor benefactor. Suponis que no iba a exigir que hiciramos lo que resulta
imposible de hacer? El Peloponeso, recordad, es una pennsula unida al continente por la estrecha

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franja de tierra del Istmo, abierta, y expuesta ante todo, a un ataque naval. Si una flota de cien
barcos con cubierta, cincuenta ms sin cubierta y treinta lembos de Isa se ponen a devastar nuestra
costa y atacar las ciudades que permanecen expuestas casi en la orilla, supongo que nos
retiraremos a las ciudades del interior como si estuvisemos a punto de quedar atrapados por las
llamas de una guerra interna que se nos enquistase en las entraas. Cuando Nabis y los
lacedemonios nos estn atacando por tierra y la flota romana por mar, cmo apelar a nuestra
alianza con el rey e implorar a los macedonios que nos ayuden? Protegeremos con nuestras
propias armas las ciudades amenazadas y en contra de los romanos? Cun esplndidamente
protegimos Dimas en la ltima guerra! Los desastres de los dems deberan servirnos de
advertencia suficiente a nosotros; no busquemos el modo de convertirnos en advertencia para los
dems.
Ya que los romanos piden nuestra amistad voluntariamente, cuidemos de no desdear lo que
deberais haber deseado y haber hecho cuanto pudierais por obtener. Os creis que estn
atrapados en una tierra extraa y que sus propios temores los llevan a buscar la sombra de vuestra
ayuda y el refugio de una alianza con vosotros, para que puedan entrar en vuestros puertos y hacer
uso de vuestros suministros? Ellos controlan el mar! Ponen de inmediato bajo su dominio
cualquier costa a la que llegan y se dignan pedir lo que podran obtener por la fuerza. Es porque
quieren ser indulgentes con vosotros por lo que no os permiten dar un paso que os destruya. En
cuanto a la va intermedia, que Cleomedonte ha sealado como la ms segura, es decir, que estis
tranquilos y os abstengis de hostilidades, esa no es una va intermedia, no es una va en absoluto.
Tenemos que aceptar o rechazar la alianza con Roma; de lo contrario no obtendremos el
reconocimiento o la gratitud de ninguna de las partes, sino que, como hombres que esperan los
hechos cumplidos, dejaremos nuestra poltica a merced de la Fortuna y qu resultar de esto, sino
convertirnos en presa del vencedor? Lo que deberais haber buscado con la mayor solicitud se os
ofrece ahora espontneamente; cuidar de no despreciar la oferta. Tenis hoy abiertas cualquiera
de las alternativas; no siempre lo estarn. La oportunidad no durar mucho tiempo, ni se repetir
a menudo. Durante mucho tiempo habis deseado y no os habis atrevido a libraros de Filipo. Los
hombres que os conseguirn vuestra libertad, sin riesgo alguno por vuestra parte, han cruzado los
mares con flotas y ejrcitos poderosos. Si rechazis su alianza, no estaris apenas en vuestros
cabales; os veris obligados a tenerlos como amigos o enemigos.
[32.22] Al finalizar el discurso del pretor se extendi un murmullo de voces por la asamblea,
algunas aprobando y otras atacando ferozmente a los que aprobaban. Pronto, no discutan slo los
miembros individuales, sino pueblos completos; finalmente, los principales magistrados de la Liga,
a los que llaman damiurgos y eligen en nmero de diez, estaban discutiendo an ms
acaloradamente que el resto de la asamblea. Cinco de ellos declararon que presentaran una
propuesta de alianza con Roma y que votaran por ella; los otros cinco protestaron diciendo que la
ley prohiba que los magistrados propusieran o que el consejo aprobase cualquier resolucin
contraria a la alianza ya existente con Filipo. As, tambin aquel da se gast en discusiones. Ya solo
quedaba un da para las sesiones reglamentarias del consejo, pues la ley exiga que sus decretos se
promulgaran al tercer da. Conforme se acercaba el momento, se exaltaron tanto los nimos que
poco falt para que los padres no les pusieran las manos encima a sus hijos. Pisias, un delegado de
Palene, tena un hijo llamado Memnn, damiurgo, que era uno de los que se oponan a que se
presentara y sometiese a votacin la resolucin. Durante bastante tiempo apel a su hijo, para que
permitiera que los aqueos adoptaran medidas para su comn seguridad y para que, por su
obstinacin, no trajeran la ruina a toda la nacin. Cuando vio que su apelacin no tena efecto
alguno, jur que ya no lo considerara un hijo, sino un enemigo, y que le dara muerte con su propia
mano. La amenaza surti efecto y, al siguiente da, Memnn se uni a los que estaban a favor de la
resolucin. Al estar ahora en mayora, presentaron la propuesta que result claramente aprobada por
casi todos los pueblos, indicacin evidente de lo que sera la decisin final. Antes de que se

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aprobara efectivamente, los representantes de Dimas y Megalpolis, y algunos de los de Argos, se


levantaron y abandonaron el consejo. Esto no produjo sorpresa o desaprobacin, considerando la
situacin en que quedaban. Los megalopolitanos, despus de haber sido expulsados por los
lacedemonios de su patria en los das de sus abuelos, haban sido reintegrados en ella por Antgono.
Dimas haba sido tomada y saqueada por los romanos, con sus habitantes vendidos como esclavos,
y Filipo haba ordenado que se les rescatase donde quiera que los encontraran, habindoles devuelto
su libertad y a su ciudad. Los argivos, que crean que los reyes de Macedonia haban surgido de
entre ellos, estaban en su mayora unidos a Filipo por lazos de amistad personal. Por estas razones
se retiraron del consejo, al mostrarse este a favor de formalizar una alianza con Roma, siendo
considerada su secesin como algo excusable a la vista de las grandes obligaciones contradas por
los servicios que recientemente se les haba prestado.
[32.23] Al ser llamados a votar, el resto de los pueblos aqueos se pronunciaron a favor de la
inmediata conclusin de una alianza con Atalo y con los rodios. Como una alianza con Roma no
poda hacerse sin una resolucin del pueblo romano, se retras la cuestin hasta que se pudieran
enviar all embajadores. Mientras tanto, se decidi que deban enviarse tres representantes a Lucio
Quincio y que todo el ejrcito aqueo deba ser llevado a Corinto, pues Quincio ya haba empezado a
atacar la ciudad una vez haba tomado Cncreas. Los aqueos fijaron su campamento en direccin a
la puerta que conduce a Sicin, los romanos al otro lado de la ciudad que mira hacia Cncreas y
Atalo llev su ejrcito a travs del Istmo y atac la ciudad por el lado de Lequeo, el puerto que da al
otro mar. Al principio, no mostraron mucho nimo en el ataque, pues tenan esperanzas en las
discordias internas entre los habitantes de la ciudad y la guarnicin de Filipo. Sin embargo, cuando
se vio que todos a una enfrentaban el asalto, los macedonios defendindose con tanta energa como
si defendieran su tierra natal y los corintios obedeciendo las rdenes de Andrstenes, el general de
la guarnicin, tan lealmente como si fuese un conciudadano que ellos mismos hubieran puesto al
mando por sufragio, los asaltantes pasaron a poner todas sus esperanzas en sus armas y en sus
trabajos de asedio. A pesar de las dificultades de la aproximacin, se construyeron rampas contra las
murallas por todas partes. Por el lado donde operaban los romanos, los arietes haban destruido
cierta porcin de la muralla y los macedonios llegaron en masa para defender la brecha. Dio
comienzo un furioso combate, siendo fcilmente expulsados los romanos a causa de la abrumadora
mayora de los defensores. Llegaron entonces los aqueos y Atalo en su ayuda, haciendo ms
igualada la lucha y dejando claro que no tendran mucha dificultad en obligar a ceder a macedonios
y griegos. Haba una gran cantidad de desertores itlicos, en parte provenientes de aquellos del
ejrcito de Anbal que haban entrado al servicio de Filipo para escapar al castigo por parte de los
romanos, y en parte marineros que haban dejado la flota ante la perspectiva de un servicio militar
ms honroso. Estos hombres, temiendo por sus vidas en caso de que vencieran los romanos, se
encendieron ms de locura que de valor. En la parte que da a Sicin se encuentra el promontorio de
Juno, de Acrea segn la llaman ellos, que se adentra en el mar; la distancia desde Corinto es de unas
siete millas. En ese momento, Filocles, uno de los prefectos del rey, llev una fuerza de mil
quinientos hombres a travs de la Beocia. Las embarcaciones de Corinto estaban en disposicin de
llevar este destacamento a Lequeo. Atalo aconsej que se levantara inmediatamente el sitio y que se
quemaran las obras de asedio, pero el comandante romano demostr mayor resolucin y quera
persistir en su intento. Sin embargo, cuando vio a las tropas de Filipo firmemente apostadas delante
de todas las puertas y se dio cuenta que sera difcil enfrentar sus ataques en caso de que efectuaran
salidas, concord con la opinin de Atalo. As pues, se abandon la operacin y se envi de vuelta a
casa a los aqueos. El resto de las tropas reembarcaron; Atalo naveg hacia el Pireo y los romanos
hacia Corf.
[32.24] Estando ocupadas de esta manera las fuerzas navales, el cnsul acamp ante Elatea,
en la Fcida. Comenz invitando a los dirigentes de la ciudad a una conferencia y trat de

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inducirlos a que se rindieran, pero estos le dijeron que aquello no estaba en su mano, al ser las
fuerzas del rey ms fuertes y numerosas que los habitantes de la ciudad. Ante esto, procedi a atacar
la ciudad por todas partes con armas y artillera de asedio. Tras haber acercado los arietes, cay con
un terrorfico estrpito una porcin de la muralla entre dos torres, dejando expuesta la ciudad. De
inmediato avanz una cohorte romana por la abertura as provocada, y los defensores dejaron sus
puestos y se dirigieron a la carrera, desde todas partes de la ciudad, hacia el lugar amenazado.
Mientras unos romanos estaban trepando sobre las ruinas de la muralla, otros situaban sus escalas
de asalto contra los muros que an estaban en pie; estando la atencin de los defensores desviada
hacia otro lugar, las murallas fueron coronadas con xito y los asaltantes descendieron a la ciudad.
El ruido del tumulto aterroriz de tal modo al enemigo que abandonaron la plaza que tan
vigorosamente haban estado defendiendo y huyeron todos a la ciudadela, seguidos por una multitud
de no combatientes. Habindose apoderado as de la ciudad, el cnsul la entreg al saqueo. A
continuacin, envi un mensaje a los de la ciudadela, prometiendo respetar la vida de las tropas de
Filipo si entregaban las armas y tambin restaurar a los elatenses su libertad. Una vez dadas las
necesarias garantas, se hizo con la ciudadela unos das despus.
[32,25] La aparicin de Filocles en Acaya no solo levant el sitio de Corinto, sino que
provoc la prdida de Argos, que fue traicionada por los dirigentes de la ciudad actuando con pleno
consentimiento de la poblacin. Era costumbre entre ellos que los pretores pronunciasen, para
iniciar las celebraciones y como presagio de buena fortuna, los nombres de Jpiter, Apolo y
Hrcules, habindose promulgado una ley para que se aadiera el nombre del rey Filipo. Despus
que se hubo establecido la alianza con Roma, el pregonero no aadi su nombre, estallando el
pueblo en airados murmullos y escuchndose pronto gritos aadiendo el nombre de Filipo y
exigiendo los honores que por derecho le correspondan, hasta que finalmente se pronunci su
nombre entre tremendos vtores. En respuesta a esta prueba de su popularidad, los partidarios de
Filipo invitaron a Filocles que, durante la noche, se apoder de una colina que dominaba la ciudad;
la fortaleza se llamaba Larisa. Situando all una guarnicin, baj en orden de batalla hasta el foro,
que estaba al pie de la colina. All se encontr con una formacin de tropas establecidas para
enfrentarse a su avance. Era una fuerza aquea, que haba sido llevada recientemente a la ciudad,
consistente en quinientos hombres escogidos de entre todas las ciudades bajo el mando de
Enesidemo de Dimas. El prefecto del rey les envi un parlamentario pidindoles que abandonasen
el lugar pues, no siendo enemigos suficientes para enfrentarse a los ciudadanos que apoyaban a los
macedonios, an menos lo seran contra los mismos macedonios a los que ni los romanos pudieron
resistir en Corinto. Al principio, su advertencia no hizo ninguna impresin, ni en el comandante ni
en sus hombres, pero cuando vieron de pronto, tras de s, un gran grupo de argivos armados que
marchaban contra ellos por el otro lado, comprendieron que su destino estaba sellado, si su jefe
hubiera persistido en la defensa de la plaza por la que, evidentemente, estaban dispuestos a luchar
hasta la muerte. Enesidemo, sin embargo, no quiso que la flor de los soldados aqueos se perdiera
junto con la ciudad y lleg a un entendimiento con Filocles para que se les permitiera salir. l
mismo, sin embargo, permaneci bajo las armas en el lugar donde haba hecho alto, junto con
algunos de sus clientes. Filocles envi a preguntarle cul era su intencin; sin dar un paso y
sujetando su escudo frente a l, le contest que morira combatiendo en defensa de la ciudad que se
le haba confiado. El prefecto, entonces, orden a los tracios que arrojaran una lluvia de proyectiles
sobre ellos, muriendo todo el grupo. Por lo tanto, incluso despus de haberse establecido la alianza
entre los aqueos y los romanos, dos de las ms importantes ciudades, Argos y Corinto, estaban en
manos del rey. Tales fueron las operaciones de las fuerzas navales y militares de Roma, durante este
verano, en Grecia.
[32.26] El cnsul Sexto Elio, a pesar de tener dos ejrcitos en la provincia, no llev a cabo
nada de importancia en la Galia. Conserv el que haba mandado Lucio Cornelio, y que deba haber

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sido licenciado, situando a Cayo Helvio a su mando; al otro ejrcito lo llevo consigo a la provincia.
Casi la totalidad de su ao de mandato se gast en obligar a los antiguos habitantes de Cremona y
Plasencia a que regresaran a sus hogares, de donde haban sido alejados por los accidentes de la
guerra. Mientras que las cosas estuvieron inesperadamente tranquilas este ao en la Galia, los
alrededores de la Ciudad estuvieron a punto de convertirse en el escenario de un levantamiento de
esclavos. Los rehenes cartagineses estaban bajo custodia en Setia. Como hijos de la nobleza,
estaban atendidos por una gran cantidad de esclavos, cuyo nmero haba aumentado con muchos
que los propios setinos haban comprando de entre los prisioneros capturados en la reciente guerra
en frica. Prepararon una conspiracin y mandaron a algunos de sus miembros a convencer a los
esclavos del territorio alrededor de Setia y, despus, a los territorios de Norba y Cercei. Estando sus
preparativos ya lo bastante adelantados, se dispusieron a aprovechar la oportunidad que les
ofreceran los Juegos que dentro de poco se iban a celebrar en Setia y atacar al pueblo mientras su
atencin se concentraba en el espectculo. Luego, entre el alboroto y el derramamiento de sangre,
los esclavos se apoderaran de Setia y, a continuacin, se aseguraran Norba y Cercei.
La informacin de este asunto monstruoso fue llevada a Roma y sometida a Lucio Cornelio
Lntulo, el pretor urbano. Dos esclavos llegaron a l antes del amanecer, dndole cumplida cuenta
de cuanto se haba hecho y de lo que se contemplaba hacer. Tras dar rdenes para que quedasen
detenidos en su casa, convoc al Senado y le comunic las noticias que haban trado los
informantes. Se le orden que empezase de inmediato una investigacin y aplastase la conspiracin.
Acompaado por cinco legados, oblig a cuantos encontr por los campos a prestar el juramento
militar, armarse y seguirle. Mediante esta leva informal, reuni una fuerza armada de unos dos mil
hombres con los que lleg a Setia, todos ellos completamente ignorantes de su destino. Una vez all,
se apoder rpidamente de los cabecillas y esto provoc una huida general de los esclavos de la
ciudad. Se enviaron partidas por los campos para darles caza. Result muy valiosa la informacin
proporcionada por los dos esclavos y por un hombre libre. Para este ltimo, el Senado orden una
gratificacin de cien mil ases; para cada uno de los esclavos concedi cinco mil ases y su libertad,
compensndose a los propietarios del erario pblico. Poco despus llegaron noticias de que algunos
esclavos, los restos de aquella conspiracin, tenan la intencin de apoderarse de Palestrina. Lucio
Cornelio march all y castig a unos dos mil que haban estado involucrados en la conjura. Los
ciudadanos teman que los responsables y principales impulsores del asunto hubieran sido los
rehenes y prisioneros cartagineses. Por consiguiente, se dispuso una estricta vigilancia en los barrios
de Roma, se dispuso que los magistrados menores inspeccionaran los puestos de vigilancia y que
los triunviros de la crcel de las lautumias estrecharan la vigilancia. Tambin dio rdenes el pretor a
las comunidades latinas para que los rehenes se mantuvieran en privado y que no se les dejase
aparecer en pblico; los prisioneros deban ser esposados con grilletes de no menos de diez libras de
peso y no quedar confinados sino en crceles del Estado.
[32,27] Aquel ao, una delegacin del rey Atalo deposit en el Capitolio una corona de oro
que pesaba 246 libras. Tambin presentaron su agradecimiento al Senado por la intervencin de los
enviados romanos, pues gracias a ellos Antoco haba retirado su ejrcito de los territorios de Atalo.
En el transcurso del verano, Masinisa envi al ejrcito en Grecia doscientos jinetes, diez elefantes y
doscientos mil modios de trigo. Adems, desde Sicilia y Cerdea se envi al ejrcito gran cantidad
de provisiones y vestuario. Marco Marcelo se encarg de la administracin de Sicilia y Marco
Porcio Catn de la de Cerdea. Este ltimo era un hombre de vida ntegra y honesta, pero
considerado demasiado severo en su represin de la usura. Los prestamistas fueron desterrados de la
isla, recortndose o abolindose totalmente las sumas que los aliados regalaban para el agasajo de
los pretores. El cnsul Sexto Elio volvi de la Galia para llevar a cabo las elecciones; Cayo
Cornelio Ctego y Quinto Minucio Rufo fueron los nuevos cnsules. Dos das ms tarde sigui la
eleccin de los pretores. Como consecuencia del aumento en las provincias y la extensin del
dominio de Roma, este ao se eligieron por primera vez seis pretores, a saber, Lucio Manlio Volso,

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Cayo Sempronio Tuditano, Marco Sergio Silo, Marco Helvio, Marco Minucio Rufo y Lucio Atilio.
De ellos, Sempronio y Helvio eran ediles plebeyos; resultaron electos ediles curules Quinto
Minucio Termo y Tiberio Sempronio Longo. Los Juegos Romanos se celebraron cuatro veces
durante el ao.
[32.28] (197 a.C.) El primer asunto que trataron los cnsules fue el reparto de las provincias,
tanto a los pretores como a los cnsules. Se empez con las de los pretores, pues se podan asignar
por sorteo. La pretura urbana toc a Sergio, la peregrina a Minucio, Cerdea fue para Atilio, Sicilia
para Manlio, la Hispania Citerior fue para Sempronio y la Ulterior fue para Helvio 2. Cuando los
cnsules se disponan a sortear entre s Italia y Macedonia, dos de los tribunos de la plebe, Lucio
Opio y Quinto Fulvio, se opusieron a ello. Macedonia, objetaron, era una provincia lejana y, hasta
aquel momento, nada se haba opuesto ms a una victoria en la guerra que el hecho de que apenas
hubieran comenzado las operaciones ya se estaba llamando al anterior cnsul, justo cuando estaba
la campaa en pleno desarrollo. Este era ya el cuarto ao desde que se haba declarado la guerra a
Macedonia: Sempronio haba pasado la mayor parte del ao para tratando de dar con el rey y su
ejrcito; Vilio haba llegado a contactar con el enemigo, pero fue llamado antes de librarse cualquier
accin decisiva; Quincio haba sido retenido en Roma durante la mayor parte del ao por asuntos
relacionados con la religin; pero, de haber llegado antes a su provincia o de haberse retrasado el
inicio del invierno, su direccin de las operaciones mostraba que poda haber dado fin a la guerra.
Ahora casi estaba ya en sus cuarteles de invierno, pero se deca que estaba preparando la guerra de
tal forma que, si no se lo impeda su sucesor, podra darle trmino al siguiente verano. Mediante
estos argumentos, consiguieron que los cnsules se comprometieran a aceptar la decisin del
Senado si los tribunos tambin lo hacan. Como ambas partes dejaron al Senado libertad de accin,
se emiti un decreto para que Italia fuera administrada por ambos cnsules y que Tito Quincio viera
confirmado su mando hasta el momento en que el Senado designara a su sucesor. A cada uno de los
cnsules se les asignaran dos legiones; con ellas deberan dirigir la guerra contra los galos
cisalpinos, que se haban rebelado contra Roma. Tambin se votaron refuerzos para que Quincio los
empleara contra Macedonia, totalizando seis mil infantes y trescientos jinetes, adems de tres mil
marinos aliados. Lucio Quincio Flaminio conserv su puesto al mando de la flota. Cada uno de los
pretores que iban a operar en Hispania recibi ocho mil infantes proporcionados por los latinos y los
aliados, y cuatrocientos jinetes; estos deban sustituir al antiguo ejrcito, que deba ser enviado a
casa. Deban tambin concretar los lmites de las dos provincias hispanas, la Citerior y la Ulterior.
Publio Sulpicio y Publio Vilio, que anteriormente haban estado en Macedonia como cnsules,
fueron destinados all como generales.
[32.29] Antes de que los cnsules y los pretores partieran paras sus respectivas provincias, se
tomaron medidas para expiar varios portentos que se haban anunciado. Los templos de Vulcano y
Sumano en Roma, y una de las puertas con una porcin de la muralla de Fregenas, fueron
alcanzados por un rayo; en fula naci un cordero con cinco pies y dos cabezas; en Formia entraron
dos lobos y mutilaron a varias personas que se cruzaron en su camino; en Roma entr un lobo que
incluso lleg hasta el Capitolio. Cayo Atinio, uno de los tribunos de la plebe, present una
propuesta para la fundacin de cinco colonias en la costa: dos en la desembocadura de los ros
Volturno y Literno, una en Pozzuoli, una en el Castro Salerno y, finalmente, otra en Buxento. Se
decidi que cada colonia consistira en trescientas familias, nombrndose triunviros para supervisar
el asentamiento. Estos desempearan sus cargos durante tres aos. Fueron designados Marco
Servilio Gmino, Quinto Minucio Termo y Tiberio Sempronio Longo. Cuando hubieron alistado las
fuerzas requeridas y terminado todos los asuntos, tanto divinos como humanos, ambos cnsules
2

La Hispania Citerior, o de ac, era la parte de la pennsula Ibrica al norte del Ebro; la Ulterior, o de all, es la que
est al sur del Ebro. Los romanos, en general, empleaban los trminos citerior y ulterior siempre respecto a Roma.N. del T.

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partieron para la Galia. Cornelio tom el camino que iba directo hacia tierras de los nsubros, que
estaban en armas junto a los cenomanos; Quinto Minucio torci hacia la parte izquierda de Italia, en
direccin al Adritico ["al mar inferior", segn la traduccin directa del original latino.-N. del T.], y
llegando con su ejrcito a Gnova empez sus operaciones contra los ligures. Se rindieron dos
ciudades fortificadas, Casteggio y Litubio, ambas pertenecientes a los ligures, y dos comunidades
de ese mismo pueblo, los celeyates y los cerdiciates. Todas las tribus del este lado del Po haban
quedado ya reducidas, a excepcin de los boyos, en la Galia, y los ilvates, en la Liguria. Se dijo que
se haban rendido quince ciudades fortificadas y veinte mil hombres.
[32.30] Desde aqu, llev sus legiones al pas de los boyos, cuyo ejrcito, no mucho antes,
haba cruzado el Po. Haban odo que los cnsules tenan intencin de atacarles con sus legiones
unidas, y con el propsito de consolidar ellos tambin sus propias fuerzas mediante su unin, haban
establecido una alianza con nsubros y cenomanos. Cuando les lleg noticia de que uno de los
cnsules estaba incendiando los campos de los boyos, surgi una diferencia de opinin; los boyos
exigan que todos deban apoyar a quienes sufran la mayor presin, mientras que los nsubros
declararon que no dejaran indefenso su propio pas. As pues, dividieron sus fuerzas; los boyos
marcharon a proteger su pas y los nsubros y cenomanos tomaron posiciones a orillas del Mincio.
En el mismo ro, dos millas ms abajo, fij Cornelio su campamento. Desde all envi emisarios a
las aldeas de los cenomanos y a Brixia, su capital, enterndose con certeza de que su juventud
estaba en armas sin la sancin de sus mayores y que su consejo nacional tampoco haba autorizado
que se prestase ayuda alguna a la revuelta de los nsubros. Al saber de esto, invit a sus jefes a una
conferencia y trat de inducirlos a romper con los nsubros, regresando a sus hogares o pasndose a
los romanos. No fue capaz de obtener su consentimiento a la ltima propuesta, pero le dieron
garantas de que no tomaran parte en los combates, a menos que surgiera la ocasin, en cuyo caso
sera para ayudar a los romanos. Los nsubros fueron mantenidos en la ignorancia de este pacto,
pero sospecharon algo sobre a las intenciones de sus aliados y, al formar sus lneas, no se
arriesgaron a confiarles una posicin en ningn ala, no fuera a ser que abandonasen su posicin
traicioneramente y llevaran a todo el ejrcito a un desastre. Por lo tanto, fueron situados en la
retaguardia, como reserva. Al comienzo de la batalla, el cnsul prometi un templo a Juno Sospita
en caso de que el enemigo fuera derrotado ese da y los soldados, con sus gritos, aseguraron a su
jefe que ellos haran que pudiera cumplir su promesa. A continuacin cargaron, no resistiendo los
nsubros el primer choque. Algunos autores dicen que los cenomanos los atacaron desde atrs
cuando la batalla estaba en marcha y que el doble ataque los arroj en un completo desorden.
Murieron treinta y cinco mil hombres y se hizo prisioneros a cinco mil doscientos, incluyendo al
general cartagins Amlcar, el principal instigador de la guerra; tambin se capturaron ciento treinta
estandartes y numerosas carretas. Aquellos de entre los galos que haban seguido a los nsubros en
su rebelin se rindieron a los romanos.
[32.31] El cnsul Minucio haba llevado sus expediciones de saqueo por todo el pas de los
boyos, pero cuando se enter de que haban abandonado a los nsubros y vuelto para defender su
pas, se mantuvo dentro de su campamento, pensando que se enfrentara a ellos en una batalla
campal. Los boyos no habran declinado presentar batalla si la noticia de la derrota de los nsubros
no hubiera quebrado su nimo. Abandonaron a su jefe y su campamento, dispersndose por sus
poblados y disponindose cada hombre a defender su propiedad. Esto provoc que su antagonista
cambiara sus planes pues, al no existir ya esperanza alguna de forzar la terminacin de la guerra en
una sola accin, el cnsul reanud los saqueos de sus campos y el incendio de sus aldeas y granjas.
Fue por entonces cuando result incendiada Casteggio. Los ligustinos ilvates eran, ahora, la nica
tribu ligur que no se haba sometido, por lo que condujo las legiones contra ellos. Sin embargo,
tambin ellos se rindieron al enterarse de la derrota de los nsubros y de que, adems, los boyos
estaban tan desanimados que no se aventuraran a un enfrentamiento. Las cartas de los dos cnsules,

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anunciando sus victorias, llegaron a Roma al mismo tiempo. El pretor urbano, Marco Sergio, las
ley en el Senado y fue autorizado por ese Cuerpo a leerlas a la Asamblea. Se ordenaron cuatro das
de accin de gracias.
[32.32] El invierno ya haba llegado y Tito Quincio, despus de la captura de Elatea, haba
acuartelado a sus tropas en la Fcida y en la Lcride. Surgieron disputas polticas en Opunte; un
partido llam en su ayuda a los etolios, que estaban ms cerca, y el otro llam a los romanos. Los
etolios fueron los primeros en llegar, pero el otro partido, ms rico e influyente, les neg la entrada
y, despus de enviar un mensaje al general romano, conserv la ciudad a la espera de su llegada. La
ciudadela estaba guarnecida por tropas de Filipo y ni las amenazas de los opuntios ni el tono
autoritario del jefe romano sirvieron para que la abandonaran. El lugar habra sido atacado de
inmediato, de no haber llegado un heraldo del rey pidiendo que designaran lugar y momento para
una entrevista. Tras una considerable vacilacin, se le concedi su peticin. La resistencia de
Quincio no se deba a que no deseara ganar la gloria de dar fin a la guerra por las armas y por las
conversaciones, pues an no saba nada acerca de que ninguno de los nuevos cnsules ira a
relevarle, ni de que iba a seguir con su mando, decisin que haba encargado a sus amigos y
familiares que hicieran cuanto pudieran por asegurar. Pens, sin embargo, que una conferencia
servira a su propsito y le dejara en libertad de mostrarse favorable a la guerra, si segua al mando,
o a la paz, si tena que partir.
Eligieron un lugar en la costa del golfo Malaco, cerca de Nicea. El rey se dirigi all desde
Demetrias, en un buque de guerra escoltado por cinco lembos. Estaba acompaado por dos
magnates de Macedonia y tambin por un distinguido exiliado etolio llamado Cicladas. Con el
comandante romano estaba el rey Aminandro, Dionisodoro, embajador de Atalo, Acesmbroto,
prefecto de la flota rodia, Feneas, jefe de los etolios y dos aqueos, Jenofonte y Aristeno. Rodeado
por este grupo de notables, el general romano avanz hasta el borde de la playa y, al avanzar el rey
hacia la proa de su nave, que estaba anclada, le llam: Si vienes a la orilla, ambos podremos hablar
y escuchar al otro con ms comodidad. El rey se neg a ello, por lo que Quincio le pregunt: De
qu tienes miedo?. En un tono de real orgullo, Filipo contest: No temo a nadie, excepto a los
dioses inmortales; pero no confo en los que te rodean, y menos an en los [Link], respondi
Quincio, es un peligro al que estn igualmente expuestos todos los que acuden a conferenciar con
el enemigo, esto es, que no exista buena [Link] es, Tito Quincio, fue la respuesta de Filipo, pero
las recompensas de la traicin, si bien se piensa, no son las mismas para ambas partes; Filipo y
Feneas no tienen el mismo valor. A los etolios no les resultara tan difcil sustituirlo por otro
magistrado, como a los macedonios reemplazar a su rey.
[32.33] Despus de esto no se habl ms. El comandante romano consideraba que lo correcto
era que empezase la conversacin aquel que haba solicitado la conferencia; el rey pensaba que la
discusin deban abrirla los hombres que daba los trminos de paz, no el que los reciba. Entonces,
el Romano seal que lo que tena que decir era muy simple y directo; se limitara a exponer las
condiciones sin las cuales la paz sera imposible. El rey debe retirar sus guarniciones de todas las
ciudades en Grecia; deber devolver los prisioneros y desertores a los aliados de Roma; aquellas
plazas en Iliria que haba capturado tras la conclusin de la paz en el Epiro, seran devueltas a
Roma; las ciudades de las que se haba apoderado por la fuerza, tras la muerte de Tolomeo
Filpator, seran devueltas a Tolomeo, el rey de Egipto. Estas -dijo- son mis condiciones y las del
pueblo de Roma; pero es justo y apropiado que tambin sean escuchadas las demandas de nuestros
aliados. El representante del rey Atalo exigi la devolucin de las naves y los prisioneros que se
haban tomado en la batalla naval de Quos, as como la restauracin a su estado anterior del
Niceforio y del Templo de Venus, que el rey haba saqueado y devastado. Los rodios exigieron la
cesin de la Perea, un territorio del continente frente a su isla y que anteriormente estaba bajo su
dominio, insistiendo en la retirada de las guarniciones de Filipo de Jasos, Bargilias y Euromo, as

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como de Sesto y Abidos en el Helesponto; la devolucin de Perinto a los bizantinos, junto con el
restablecimiento de sus viejas relaciones polticas y la libertad de todos los mercados y puertos de
Asia. Los aqueos exigieron la devolucin de Corinto y Argos. Feneas, pretor de los etolios, exigi,
casi en los mismos trminos que los romanos, la evacuacin de Grecia y la devolucin de las
ciudades que anteriormente haban estado bajo dominio de los etolios.
Le sigui uno de los notables etolios, llamado Alejandro, considerado entre los etolios un
hombre elocuente. Haba permanecido largamente en silencio, dijo, no porque pensara que la
conferencia llevara a algn resultado, sino simplemente porque no quera interrumpir a ninguno de
los oradores que representaban a sus aliados. Filipo -continu- no era sincero al discutir los
trminos de paz, ni haba demostrado un autntico valor en la forma en que haba dirigido la guerra.
En las negociaciones se mostraba engaoso y acechante, en la guerra no se enfrentaba a su enemigo
en terreno abierto ni combata en batalla campal. Se mantena fuera del camino de su adversario,
saqueaba e incendiaba sus ciudades y, cuando venca, destrua lo que debera ser el premio de los
vencedores. Los antiguos reyes de Macedonia no se comportaron de esta manera; confiaban en sus
formaciones de combate y, en la medida de lo posible, salvaron a las ciudades para que su imperio
pudiera resultar an ms opulento. Qu clase de poltica era aquella de destruir las mismas cosas
por las que combata, sin dejar nada para s excepto la misma guerra? El ao anterior Filipo arras
ms ciudades en Tesalia, pese a que pertenecan a sus aliados, que cualquier enemigo que Tesalia
hubiese tenido antes. Incluso a nosotros, los etolios, nos ha tomado ms ciudades, desde que se
convirti en nuestro aliado, de las que nos tom cuando era nuestro enemigo. Se apoder de
Lisimaquia despus de expulsar a la guarnicin etolia y a su comandante; de la misma manera
destruy por completo Cos, miembro de nuestra liga. Mediante una traicin similar es ahora dueo
de Tebas, Pta, Equino, Larisa y Farsala.
[32,34] Alterado por el discurso de Alejandro, Filipo traslad su barco ms cerca de la orilla
con el fin de que le oyeran mejor y comenz un discurso dirigido principalmente contra los etolios.
Fue, sin embargo, interrumpi al principio con vehemencia por Feneas, que exclam: No estn las
cosas para ser resueltas con palabras. O vences en la guerra o debes obedecer a quienes son
mejores que tEso, respondi Filipo, es evidente hasta para un ciego, lo que era una alusin
burlona a un defecto en la vista de Feneas. Filipo era, por naturaleza, ms dado a la irona de lo que
convena a un rey, no pudiendo contener su humor ni siquiera en medio de los ms graves asuntos.
Pas luego a expresar su indignacin porque los etolios le ordenaran evacuar Grecia, como si fueran
romanos, cuando no podran decir cules eran las fronteras de Grecia. Incluso dentro de la misma
Etolia, los egreos, los apdotos y los anflocos, que constituan una parte considerable de su
poblacin, no estaban incluidos en Grecia. Es que tienen -continu- algn derecho a quejarse
porque no haya respetado a sus aliados, cuando ellos mismos practican su antigua costumbre,
como si fuese una obligacin legal, de permitir a sus jvenes que tomen las armas contra sus
propios aliados con la excusa de que no lo autoriza su gobierno? Y as, muy a menudo sucede que
ejrcitos enemigos tienen en ambos lados contingentes procedentes de Etolia. En cuanto a Cos, no
fui yo realmente quien la asalt, aunque ayud a Prusias, mi aliado y amigo, en su ataque contra
aquella plaza. Tom Lisimaquia a los tracios, pero como tena que poner toda atencin en esta
guerra no pude conservarla y an la mantienen los tracios.
Todo esto, en cuanto a los etolios. Respecto a Atalo y Rodas, en estricta justicia nada les
debo, pues no empec yo la guerra, sino ellos. Sin embargo, en honor de los romanos, devolver
Perea a los rodios y las naves a Atalo, con todos los prisioneros que se puedan encontrar. En lo
tocante a la restauracin del Niceforio y del templo de Venus, qu respuesta puedo dar a esta
demanda, aparte de declarar que asumir el cuidado y los gastos de la replantacin, que es la
nica manera de devolver los bosques y arboledas taladas? Son tales demandas las que gustan de
concederse los reyes unos a otros. Termin su discurso respondiendo a los aqueos. Despus de
enumerar los servicios prestados a esa nacin, en primer lugar por Antgono y luego por l mismo,

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orden que se leyeran los decretos que haban aprobado en su favor, derramando sobre l todos los
honores humanos y divinos, comparndolos luego con el nico que haban aprobado ltimamente y
en el que decidan romper con l. Reprochndoles amargamente por su infidelidad, se comprometi
no obstante a devolverles Argos. La situacin de Corinto la discutira con el general romano,
preguntndole al mismo tiempo si consideraba justo que tuviese que renunciar a toda pretensin
sobre las ciudades que haba capturado y mantenido por derecho de guerra, e incluso a las que haba
heredado de sus antepasados.
[32,35] Los aqueos y los etolios se disponan a replicar pero, como ya casi se estaba poniendo
el sol, se suspendi la conferencia hasta la maana siguiente. Filipo regres a su fondeadero y los
romanos y sus aliados a sus campamentos. Se haba establecido Nicea como lugar para la prxima
reunin y Quincio lleg puntualmente al da siguiente, pero Filipo no apareca por ninguna parte ni
lleg en varias horas ningn mensajero suyo. Por fin, cuando ya haban abandonado toda esperanza
de que viniera, aparecieron repentinamente sus barcos. Explic que haba pasado todo el da
considerando las exigencias tan duras y humillantes que se le haban hecho, sin saber qu decidir.
Lo que todos pensaron fue que haba demorado deliberadamente su aparicin hasta el final del da,
para que los aqueos y los etolios no pudieran dar sus rplicas. Esta sospecha se confirm cuando
pidi que, con el fin de evitar perder el tiempo con recriminaciones y llegar a una conclusin final,
los dems se retirasen y que el general romano y l conferenciasen juntos. Al principio se pusieron
objeciones a esto, pues parecera como si se excluyera de la conferencia a los aliados; pero como
insistiera en su demanda, acordaron entre todos que el resto se retirara y el general romano,
acompaado por Apio Claudio, un tribuno militar, se adelantara a la orilla de la playa mientras el
rey, con dos de su squito, se llegaba a tierra. All conversaron durante algn tiempo en privado. No
se sabe qu cont Filipo a su pueblo sobre la entrevista, pero lo que Quincio declar a los aliados
fue que Filipo estaba dispuesto a ceder a los romanos toda las costa iliria y entregar a los refugiados
y cuantos prisioneros pudiera tener, a devolver a Atalo sus naves y sus tripulaciones capturadas; a
devolver a los rodios la regin que llamaban Perea, pero que no evacuara Jasos ni Bargilias; a los
etolios devolvera Farsala y Larisa, pero no Tebas; a los aqueos cedera no solo Argos, sino tambin
Corinto. Ninguna de las partes interesadas se mostr satisfecha con estas propuestas, porque decan
que perdan ms de lo que ganaban y, a menos que Filipo retirase sus guarniciones de toda Grecia,
nunca faltaran motivos de disputa.
[32,36] Todos los miembros del consejo se manifestaron y protestaron ruidosamente, y
aquellos gritos llegaron hasta Filipo, que se encontraba a cierta distancia. Pidi a Quincio que
pospusiera el asunto hasta el da siguiente; con seguridad, o le convenca o era convencido. Se
estableci la costa prxima a Tronio para la conferencia, reunindose all a una hora ms temprana.
Filipo comenz instando a Quincio y a todos los presentes para que no siguieran destruyendo todas
las esperanzas de paz. A continuacin, pidi tiempo para que pudiera enviar embajadores al Senado
romano, fuera que lograra conseguir la paz en los trminos que l propona o aceptar cualesquiera
condiciones ofreciera el Senado. Esta sugerencia se encontr con el rechazo de todos, que dijeron
que su nico objetivo era ganar tiempo para reunir sus fuerzas. Quincio observ que esto habra
podido ser cierto de ser verano y una estacin apropiada para una campaa, pero ahora que se
acercaba el invierno nada se perdera dndole tiempo bastante para enviar sus embajadores. Ningn
acuerdo al que l pudiera llegar con el rey sera vlido sin la ratificacin del Senado y, ya que el
invierno pondra fin necesariamente a las operaciones militares, sera posible ver qu condiciones
de paz aprobaba el Senado. El resto de los negociadores coincidi con este punto de vista y se
acord un armisticio de dos meses. Los diferentes Estados decidieron enviar cada uno un embajador
para exponer los hechos ante el Senado, de manera que no pudiera ser engaado por falsas
declaraciones de los de Filipo. Asimismo, se acord que, antes de que entrase en vigor el armisticio,
se deban retirar de la Fcida y la Lcride las guarniciones del rey. Para dar mayor importancia a la

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misin, Quincio envi con ellos a Aminandro, rey de los atamanes, a Quinto Fabio, hijo de una
hermana de su mujer, a Quinto Fulvio y a Apio Claudio.
[32,37] A su llegada a Roma, los delegados de los aliados fueron recibidos en audiencia antes
que los de Filipo. Su discurso ante el Senado estuvo compuesto, principalmente, por ataques
personales contra el rey, aunque lo que ms influy en el Senado fue su descripcin de aquella parte
del mundo y la distribucin del mar y la tierra. De tal descripcin qued bien claro que, mientras
Filipo conservara Demetrias, en la Tesalia, Calcis en Eubea y Corinto en Acaya, Grecia no podra
ser libre; el mismo Filipo, con tanta verdad como insolencia, las llamaba los grilletes de Grecia. Los
enviados del rey fueron presentados despus; ya haban comenzado un discurso un tanto largo
cuando se les interrumpi con una pregunta directa: Est dispuesto a abandonar las tres
ciudades? Ellos respondieron que sus rdenes no lo mencionaban. Ante esto, se les despidi y se
rompieron las negociaciones, quedando la paz o la guerra enteramente a juicio de Quincio. Como
era evidente que el Senado no se opona a la guerra, y como el propio Quincio ansiaba ms la
victoria que la paz, rechaz este cualquier otra entrevista con Filipo y dijo que no admitira ms
enviados suyos a menos que llegaran para anunciar que se retiraba completamente de Grecia.
[32.38] Cuando Filipo vio que las cosas se decidiran en el campo de batalla, llam a sus
fuerzas de todas partes. Su principal inquietud eran las ciudades de Acaya, que estaban tan lejanas,
temiendo menos por Argos que por Corinto. Pens que la mejor opcin sera ponerla a cargo de
Nabis, el tirano de Lacedemonia, como una especie de depsito que le devolvera en caso de
victoria o que seguira bajo dominio del tirano en caso de derrota. Escribi a Filocles, que era el
gobernador de Corinto y Argos, pidindole que tratara la cuestin, personalmente, con Nabis.
Filocles llev un regalo con l y, como prenda de la futura amistad entre el rey y el tirano, inform a
Nabis de que Filipo deseaba formalizar una alianza matrimonial entre sus hijas y los hijos de Nabis.
Al principio, el tirano se neg a aceptar la ciudad a menos que los mismos argivos, mediante un
decreto formal, lo llamaran en su ayuda. Sin embargo, cuando se enter de que en una reunin
multitudinaria de su Asamblea los argivos despreciaron y execraron su nombre, consider que ya
tena justificacin suficiente para saquearles y comunic a Filocles que le poda entregar la ciudad
cuando quisiera. El tirano fue admitido en la plaza durante la noche, sin levantar sospechas; al
amanecer, todas las posiciones dominantes estaban ocupadas y las puertas cerradas. Algunos de los
principales ciudadanos haban escapado al principio del tumulto y se incautaron de sus propiedades;
los que an permanecan en ellas vieron tomado todo su oro y su plata, imponindoseles multas
muy severas. Los que pagaron pronto fueron expulsados sin insultos ni injurias, los que eran
sospechosos de ocultar o conservar cualquier cosa fueron azotados y torturados como esclavos. Se
convoc luego una reunin de la Asamblea en la que promulg dos medidas: una para cancelar las
deudas y otra para dividir la tierra; las dos antorchas con las que los revolucionarios inflaman a la
plebe contra la aristocracia.
[32.39] Una vez estuvo la ciudad de los argivos en su poder, el tirano ya no se preocup ms
por el hombre que se la haba entregado ni por las condiciones en que la haba aceptado. Envi
emisarios a Quincio, en Elatea, y Atalo, que invernaba en Egina, para informarles de que Argos
estaba en su poder. Deban tambin comunicar a Quincio que, si vena hasta Argos, Nabis estaba
seguro de que podran llegar a un completo acuerdo. La poltica de Quincio consista en privar a
Filipo de cualquier apoyo, por lo que consinti en visitar a Nabis al tiempo que enviaba un mensaje
a Atalo para encontrarse con l en Sicin. Justo en este momento lleg su hermano Lucio con diez
trirremes desde sus cuarteles de invierno en Corf, y con estos naveg Quincio desde Antcira a
Sicin. Atalo ya estaba all y, cuando se encontraron, le coment que era el tirano quien deba acudir
al comandante romano, no el comandante romano al tirano. Quincio se mostr de acuerdo con l y
declin entrar en Argos. No muy lejos de esa ciudad hay un lugar que se llama Micnica,

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decidindose que se celebrara all la reunin. Quincio fue con su hermano y unos pocos tribunos
militares, Atalo iba con su comitiva regia y Nicstrato, el pretor de los aqueos, tambin estuvo
presente con unos cuantos auxiliares. Encontraron a Nabis esperndoles con todas sus fuerzas.
March hasta casi la mitad del espacio que separaba ambos campamentos, completamente armado y
escoltado por un cuerpo de guardias armados; Quincio, desarmado, el rey tambin sin armas y
acompaados por Nicstrato y uno de sus auxiliares, salieron a su encuentro. Nabis empez
disculpndose por haber venido a la conferencia armado y con escolta, pese a que vio que el rey y el
comandante romano estaban desarmados. No tena miedo de ellos, dijo, sino de los refugiados de
Argos. Empezaron luego a discutir los trminos en que se podran establecer relaciones de amistad.
Los romanos hicieron dos peticiones: primera, que Nabis deba poner fin a las hostilidades contra
los aqueos y, en segundo lugar, que debera proporcionar ayuda contra Filipo. Este se comprometi
a proporcionarla; en vez de una paz definitiva, se acord un armisticio con los aqueos que
permanecera en vigor hasta que hubiese terminado la guerra con Filipo.
[32,40] Atalo abri entonces una discusin sobre la cuestin de Argos, sosteniendo que haba
sido entregada a traicin por Filocles y que ahora era retenida a la fuerza por Nabis. Nabis
respondi que haba sido invitado por los argivos para acudir en su defensa. Atalo insisti en que se
convocara una reunin de la Asamblea de Argos, para que se pudiera comprobar la verdad. El tirano
no plante ninguna objecin a esto, pero cuando el rey dijo que se deban retirar las tropas de la
ciudad y que la Asamblea deba quedar en libertad para decidir lo que verdaderamente deseaban los
argivos, sin que estuviesen presentes los lacedemonios, Nabis se neg a retirar sus hombres. La
discusin no produjo resultado alguno. El tirano proporcion a los romanos una fuerza de
seiscientos cretenses, acordndose un armisticio de cuatro meses entre Nicstrato, el pretor de los
aqueos, y el tirano de los lacedemonios; despus de esto se disolvi la conferencia. Desde all,
Quincio se dirigi a Corinto, marchando hasta las puertas con la cohorte cretense para que Filocles,
el comandante, pudiera ver que Nabis haba roto con Filipo. Filocles mantuvo una entrevista con el
general romano, que lo presion para que se cambiase de bando y entregara la ciudad, dando la
impresin en su rplica de que aplazaba, ms que rechazaba, la decisin. Desde Corinto, Quincio
fue a Antcira y envi a su hermano para conocer la actitud de los acarnanes. Desde Argos, Atalo se
dirigi a Sicin, que rindi al rey honores an mayores que los que le haba ofrecido anteriormente;
l, por su parte, decidi no pasar entre sus aliados y amigos sin dar muestra de su generosidad.
Tiempo atrs, les haba conseguido, a un costo considerable para l, cierto terreno que fue
consagrado a Apolo; ahora les regal diez talentos de plata y mil medimnos de grano. A
continuacin volvi a sus naves, en Cncreas. Nabis regres tambin a Lacedemonia, tras dejar una
fuerte guarnicin en Argos. Como l haba despojado a los hombres de Argos, ahora envi a su
esposa a despojar a las mujeres. Esta invitaba a las damas nobles a su casa, a veces solas y a veces
en grupos familiares; de esta manera, mediante halagos y amenazas, consigui de ellas no solo su
oro, sino incluso sus vestidos y todos los artculos femeninos de belleza.

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LIBRO XXXIII. LA SEGUNDA GUERRA MACEDNICA


(CONTINUACIN)
[33,1] Los hechos antes descritos tuvieron lugar en el invierno (197 a.C.). Al comienzo de la
primavera, Quincio, deseoso de atraer bajo su dominio a los beocios, que vacilaban sobre de qu
lado inclinarse, convoc a Atalo en Elacia y, marchando a travs de la Fcida, acamp en un lugar a
unas cinco millas de Tebas, la capital de Beocia. Al da siguiente, escoltado por un nico manpulo
y acompaado por Atalo y las diversas delegaciones que se le haban unido de todas partes, se
dirigi a la ciudad. Los asteros de la legin, en nmero de dos mil, recibieron la orden de seguirlo a
una distancia de una milla. Hacia mitad de camino se encontr con Antfilo, pretor de los beocios; la
poblacin de la ciudad estaba en las murallas, contemplando con inquietud la aproximacin del
general romano y el rey. Vean que con ellos iban pocas armas y pocos soldados; los asteros, que les
seguan una milla por detrs, quedaban ocultos por los recodos del camino y las ondulaciones del
terreno. Cuando lleg cerca de la ciudad, afloj el paso, como para saludar a las gentes que salan a
su encuentro, aunque lo que pretenda, en realidad, era dar tiempo a que los asteros le alcanzasen.
Los ciudadanos, empujndose apelotonados delante del lictor, no vieron la columna armada que
llegaba, a la carrera, donde estaba el lugar de recepcin del general. Quedaron entonces
completamente consternados, pues pensaron que la ciudad haba sido entregada y capturada
mediante la traicin del pretor Antfilo. Resultaba evidente que la Asamblea de los beocios, que
estaba convocada para el da siguiente, no tendra ocasin de deliberar sin impedimentos. Ocultaron
su disgusto, pues el haberlo mostrado habra sido intil y peligroso.
[33,2] Atalo fue el primero en hablar en el Consejo. Comenz haciendo un recuento de los
servicios que haba prestado a Grecia en su conjunto y en particular a los beocios. Pero ya estaba
demasiado anciano y enfermo como para soportar la tensin de hablar en pblico; de repente,
guard silencio y se derrumb. Mientras retiraban al rey, que haba perdido el uso de un lado de su
cuerpo, y trataban de ayudarle, se suspendieron los actos. Aristeno, el pretor de los aqueos, fue el
siguiente en hablar y lo hizo con la mayor autoridad, pues dio a los beocios el mismo consejo que
ya haba dado a los aqueos. El propio Quincio aadi algunas observaciones, con las que hizo ms
hincapi en la buena fe de los romanos y su sentido del honor que en sus armas y recursos. Dicearco
de Platea present una mocin a favor de la alianza con Roma. Una vez ledos sus trminos, nadie
se atrevi a oponerse y, en consecuencia, fue aprobada con el voto unnime de las ciudades de
Beocia. Una vez disuelto el Consejo, Quincio permaneci en Tebas solo mientras el repentino
ataque de Atalo lo hizo necesario y, tan pronto vio que no haba peligro inmediato para su vida, pese
a la debilidad de sus miembros, lo dej para que se sometiera al tratamiento preciso y regres a
Elacia. Los beocios, al igual que los aqueos antes que ellos, fueron as admitidos como aliados y,
una vez hubo dejado todo tranquilo y seguro, pudo dedicar todos sus pensamientos a Filipo y a los
medios para llevar la guerra a su fin.
[33,3] Despus que sus emisarios hubieron regresado de su infructuosa misin en Roma,
Filipo decidi alistar tropas en todas las ciudades de su reino. Debido a las constantes guerras que
durante tantas generaciones haban disminuido la poblacin macedonia, se daba una grave falta de
hombres en edad militar; durante el propio reinado de Filipo haba muerto un gran nmero en las
batallas navales contra los rodios y Atalo, as como en las campaas contra los romanos. En estas
circunstancias, alist incluso a jvenes de diecisis aos y llam nuevamente a los hombres que ya
haban prestado su periodo de servicio, siempre y cuando an fueran tiles. Una vez alcanzados
todos los efectivos de su ejrcito, concentr todas sus fuerzas en Don, estableciendo all un
campamento permanente en el que instruy y ejercit a sus soldados da tras da mientras esperaba
al enemigo. Durante este tiempo, Quincio dej Elacia y march a travs de Tronio y Escarfea hacia

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las Termpilas. El Consejo Etolio haba sido convocado para reunirse en Heraclea y decidir la
fuerza del contingente que deba seguir a la guerra al general romano, esperando este un par de das
en las Termpilas para saber el resultado. Cuando se le hubo informado de su decisin parti y,
pasando en su marcha Xinias, estableci su campamento en la frontera entre los enianes y Tesalia.
All esper al contingente etolio, que lleg sin prdida alguna de tiempo, bajo el mando de Feneas,
en nmero de seiscientos infantes y cuatrocientos de caballera. Para eliminar cualquier duda en
cuanto a por qu haba esperado, reanud su marcha tan pronto como llegaron. En su avance a
travs de la Ftitide se le unieron 500 cretenses de Gortinio, al mando de Cidante, y trescientos
apolonios, armados como los cretenses, y no mucho despus mil doscientos infantes atamanes al
mando de Aminandro. En cuanto Filipo se cercior de que los romanos haban partido de Elacia, se
dio cuenta de que la lucha que se le presentaba decidira el destino de su reino y pens que
resultara conveniente dirigir unas palabras de nimo a sus soldados. Despus de repetir las frases
familiares sobre las virtudes de sus antepasados y la reputacin militar de los macedonios, incidi
primero en las consideraciones que les producan temor y, despus, en aquellas por las que
incrementaran sus esperanzas.
[33,4] A las tres derrotas sufridas por la falange macedonia en el oo, contrapuso el rechazo
de los romanos en Atrage En la ocasin anterior, cuando no pudieron mantener su control sobre el
paso que conduce al Epiro, seal que la culpa fue, en primer lugar, de los que haban descuidado
su misin en los puestos avanzados, y luego del comportamiento de la infantera ligera y de los
mercenarios en la batalla propiamente dicha. Sin embargo, la falange macedonia se mantuvo firme
y, mientras estuviesen en terreno favorable y en campo abierto, se mantendran siempre imbatidos.
La falange estaba compuesta por diecisis mil hombres, la flor de las fuerzas militares de sus
dominios. Haba, adems, dos mil soldados con cetras, a quienes ellos llaman peltastas, y
contingentes en igual nmero proporcionados por los tracios y por los tralos, una tribu iliria.
Adems de stos, haba unos mil quinientos mercenarios procedentes de diversas nacionalidades y
un cuerpo de caballera compuesto por dos mil jinetes. Con esta fuerza esper el rey a sus
enemigos. El ejrcito romano era casi igual en nmero, solo era superior en caballera debido a la
aportacin de los etolios.
[33,5] Quincio albergaba la esperanza de que Tebas, en la Ftitide, sera traicionada por
Timn, el ciudadano ms importante de la ciudad y, en consecuencia, se dirigi hacia all. Cabalg
hasta las murallas con un pequeo grupo de caballera e infantera ligera, pero sus expectativas se
vieron frustradas por una salida practicada desde la ciudad, al punto que le habra puesto en grave
peligro de no haber llegado en su ayuda, desde el campamento, fuerzas tanto de infantera como de
caballera. Al comprobar que sus esperanzas eran infundadas y que no haba perspectivas de que se
realizaran sin empear ms esfuerzos, desisti de cualquier otro intento por el momento. Sabiendo,
por otro lado, que el rey estaba ya en Tesalia, aunque su paradero exacto era desconocido, envi a
sus hombres por los campos vecinos para cortar y preparar estacas para una empalizada. Tanto los
macedonios como los griegos hacan uso de las empalizadas, pero no adaptaban sus materiales ni
para el transporte ni para fortalecer las defensas. Los rboles que cortaban eran demasiado grandes
y con demasiadas ramas como para que los soldados los transportaran junto con sus armas; una vez
colocados en su lugar y cercado su campamento, la demolicin de su empalizada era cosa fcil. Los
grandes troncos se erguan separados unos de otros y las gruesas ramas proporcionaban un buen
agarre, de manera que dos, o a lo sumo tres, jvenes bastaban para derribarlos y, una vez derribado,
crear un hueco ancho como una puerta, sin que tuviesen nada a mano con lo que taponar la apertura.
Por otro lado, las estacas que cortaban los romanos eran ms ligeras, generalmente ahorquilladas y
con tres o a lo sumo cuatro ramas; de esta manera, con sus armas colgadas a la espalda, los soldados
romanos podan llevar con ellos cmodamente varias de ellas. Las hincan tan juntas en el terreno y
entrelazan las ramas de tal manera que resulta imposible descubrir a qu rbol en particular

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pertenece cualquiera de las ramas exteriores; estas se aguzan y entrelazan tan estrechamente que no
queda espacio para meter la mano, ni se puede agarrar o tirar, porque estn tan entrelazadas unas
con otras como los eslabones de una cadena. Si una resulta arrancada, solo deja una pequea
abertura y resulta muy fcil colocar otra en su lugar.
[33.6] Quincio hizo una corta marcha al da siguiente, pues los soldados portaban la madera
para construir una empalizada y poder establecer un campamento atrincherado en cualquier lugar.
La posicin que escogi estaba a unas seis millas de Feres y, despus de establecer su campamento,
envi partidas para averiguar en qu parte de Tesalia estaba el enemigo y cules eran sus
intenciones. Filipo estaba en las proximidades de Larisa y ya haba recibido la informacin de que
los romanos haban partido de Tebas hacia Feres. Tambin l ansiaba dar trmino a las cosas y
decidi dirigirse directamente contra el enemigo; finalmente, fij su campamento a unas cuatro
millas de Feres. Al da siguiente, la infantera ligera de ambos bandos sali con el objeto de
apoderarse de ciertas colinas que dominaban la ciudad; al llegar a la vista la una de la otra, se
detuvieron y mandaron a pedir rdenes a sus respectivos campamentos sobre qu deban hacer
ahora que se haban encontrado inesperadamente con el enemigo. Mientras, esperaban sin moverse
el regreso de los enlaces y transcurri el da sin combatir, para ser finalmente retirados tales grupos
a sus campamentos. Al da siguiente, se libr una accin de caballera cerca de aquellas colinas en
la que las tropas de Filipo fueron derrotadas y rechazadas de nuevo a su campamento; una victoria
cuya responsabilidad correspondi principalmente a los etolios. Ambas partes se vieron
obstaculizadas en gran medida en sus movimientos por la naturaleza del terreno, que estaba
densamente plantado con rboles y huertos como los que generalmente se encuentras en los terrenos
suburbanos, con los caminos delimitados por tapias y, en algunos casos, bloqueados por estas.
Ambos comandantes estaban igualmente decididos a dejar aquel terreno y, como si lo hubieran
establecido de comn acuerdo, se dirigieron a Escotusa: Filipo, con la esperanza de conseguir all
suministros de grano; Quincio, con la intencin de adelantarse a su adversario y destruir su grano.
Los ejrcitos marcharon todo el da, sin conseguir avistar al otro debido a una serie continua de
colinas que estaban entre ellos. Los romanos acamparon en Eretria, en la Ftitide; Filipo fij su
campamento junto al ro Onquestos. Al da siguiente, Filipo acamp en Melambio, en territorio de
Escotusa, y Quincio en Tetideo, en las proximidades de Farsala, pero ni siquiera entonces tuvo
ninguno de ellos conocimiento seguro de dnde estaba su enemigo. Al tercer da llegaron unas
pesadas nubes, seguidas por una oscuridad tan negra como la noche y que mantuvo a los romanos
en su campamento por temor a un ataque por sorpresa.
[33,7] Deseoso de seguir adelante, Filipo no se mostr disuadido en lo ms mnimo por las
nubes que haban descendido tras la lluvia y orden que los portaestandartes avanzaran. Sin
embargo, se haba formado una niebla tan espesa que haba desaparecido la luz del da y ni los
portaestandartes podan ver el camino, ni los hombres podan ver sus estandartes. Confundidos por
los gritos contradictorios, la columna cay en gran desorden, como si hubieran perdido el rumbo
durante una marcha nocturna. Una vez superada la cadena de colinas conocida como Cinoscfalas,
donde dejaron una gran fuerza de infantera y caballera para ocuparla, establecieron su
campamento. El general romano todava estaba en su campamento en Tetideo; envi, sin embargo,
diez turmas de caballera y mil vlites para hacer un reconocimiento, advirtindoles que se
guardasen contra las emboscadas, de que debido a la poca luz diurna podra no ser detectada ni
siquiera en campo abierto. Cuando llegaron a las alturas donde estaba situado el enemigo, ambas
partes permanecieron inmviles, como si estuvieran paralizados por el miedo mutuo. En cuanto
desapareci su sorpresa ante la inesperada visin del enemigo, ambos enviaron mensajes a sus
generales en el campamento y se enfrentaron sin dilacin. La accin fue iniciada por las patrullas de
avanzada, generalizndose despus segn se incorporaban los refuerzos. Los romanos no eran en
absoluto rivales para sus oponentes y mandaron un mensaje tras otro a su general para informarle de

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que estaban siendo sobrepasados. Se despach a toda prisa un refuerzo de quinientos de caballera y
dos mil infantes, en su mayora etolios, bajo el mando de dos tribunos militares, que restauraron un
combate que ya se inclinaba contra los romanos. Este giro de la fortuna puso en dificultades a los
macedonios, que mandaron a pedir ayuda a su rey. Pero, como debido a la oscuridad una batalla era
la ltima cosa que haba previsto para aquel da, y como haba enviado gran nmero de hombres de
todas las filas a forrajear, permaneci durante un tiempo considerable sin saber qu hacer. Los
mensajes se hicieron cada vez ms insistentes, y como la niebla ya se haba levantado y puesto de
manifiesto la situacin de los macedonios, que haban sido rechazados hasta la cima ms alta y
buscaban ms seguridad en su posicin que en sus armas, Filipo consider que deba arriesgar un
enfrentamiento general y decisivo, en vez de dejar que se perdiera parte de sus fuerzas por falta de
apoyo. En consecuencia, envi a Atengoras, el comandante de los mercenarios, con todo el
contingente auxiliar, a excepcin de los tracios, y tambin a la caballera macedonia y tesalia. Su
aparicin dio lugar a que los romanos resultaran expulsados de la colina y obligados a retirarse a un
terreno ms bajo. Que no fueran rechazados en desordenada fuga se debi principalmente a la
caballera etolia, que en ese momento era la mejor de Grecia, aunque en infantera eran inferiores a
sus vecinos.
[33.8] De esta accin se inform al rey como si se tratara de una victoria ms importante de lo
que justificaban los hechos. Desde el campo de batalla lleg un mensajero tras otro, gritando que los
romanos estaban en fuga, y aunque el rey, reticente y vacilante, deca que la accin haba
comenzado de manera precipitada y que ni el momento ni el lugar le convenan, fue finalmente
inducido a llevar todas sus fuerzas al campo de batalla. El comandante romano hizo lo mismo, ms
porque no le quedaba otra opcin que porque quisiera aprovechar la oportunidad de una batalla.
Coloc los elefantes delante las enseas, y mantuvo en reserva a su ala derecha; l, personalmente y
con la totalidad de la infantera ligera, se hizo cargo de la izquierda. Segn avanzaban, les record
que iban a pelear con los mismos macedonios a quienes, pese a la dificultad del terreno y protegidos
como estaban por las montaas y el ro, haban expulsado de los pasos que llevaban al Epiro y
derrotado completamente; los mismos a los que haban vencido bajo el mando de Publio Sulpicio,
cuando trataron de detener su marcha sobre Eordea. El reino de Macedonia, afirm, se mantena por
su prestigio, no por su fuerza, y an su prestigio haba finalmente desaparecido. Para entonces ya
haba llegado hasta sus destacamentos que resistan en el fondo del valle. De inmediato reanudaron
el combate y, mediante un feroz ataque, obligaron al enemigo a ceder terreno. Filipo, con sus
soldados con cetra y la infantera de su ala derecha, el mejor cuerpo de su ejrcito, al que llaman
falange, lleg hasta el enemigo casi a la carrera; ordena a Nicanor, uno de sus cortesanos, que le
siga de inmediato con el resto de su fuerza. En cuanto lleg a la cima de la colina y vio unos
cuantos cuerpos enemigos y armas yaciendo por all, concluy que se haba producido una batalla
en aquel lugar y que los romanos haban sido rechazados; cuando vio, adems, que el combate
estaba teniendo lugar en la proximidad del campamento enemigo, se alegr enormemente. Pronto,
sin embargo, cuando sus hombres retrocedieron huyendo y fue su turno para inquietarse, se debati
durante algunos momentos con ansiedad sobre si deba retirar sus tropas al campamento. Despus,
al aproximarse el enemigo y, especialmente, cuando sus propios hombres fueron siendo destrozados
y no podran salvarse a menos que los auxiliara con tropas de refuerzo, no siendo ya segura la
retirada, se vio obligado l mismo a arriesgarlo todo, pese a no haber llegado todava la otra parte de
sus fuerzas. Situ en su ala derecha a la caballera y la infantera ligera que ya haba entrado en
accin; a los soldados con cetra y a los falangistas les orden que dejaran las lanzas, cuya longitud
les estorbaba, y que hicieran uso de sus espadas. Para evitar que su lnea resultase rpidamente
quebrada, redujo su frente a la mitad y dobl la profundidad de sus filas, de manera que la
profundidad fuera mayor que la anchura. Tambin orden que se cerrasen las filas, de manera que
cada hombre estuviera en contacto con los dems, arma con arma.

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[33,9] Una vez se hubieron reintegrado a sus lneas y bajo los estandartes las tropas romanas
que ya haban combatido, Quincio orden que las trompetas dieran la seal. Rara vez, se dice, ha
sido lanzado un grito de batalla como aquel al comienzo de una accin, pues ambos ejrcitos lo
hicieron al mismo tiempo, no solo aquellos que ya se estaban enfrentando, sino incluso las reservas
romanas y las macedonias, que estaban apareciendo en aquel momento en el campo de batalla. El
rey, en la derecha, ayudado principalmente por el terreno ms elevado sobre el que combata, tena
la ventaja. En la izquierda, donde la parte de la falange que constitua la retaguardia estaba apenas
llegando, todo era confusin y desorden. El centro estaba quieto y contemplando aquello como si se
tratase de un combate que no le afectara. La parte recin llegada de la falange, formada en columna
en vez de en lnea de batalla, marchando en lugar de formando, apenas haba alcanzado la cima de
la colina. Aunque Quincio vio que sus hombres estaban cediendo terreno a la izquierda, envi a los
elefantes contra aquellas tropas desordenadas y los lanz a la carga, considerando con razn que la
derrota de una parte se extendera al resto. Ya no qued duda del resultado: los macedonios del
frente, aterrorizados por los animales, se dieron instantneamente la vuelta y los dems, al verlos
rechazados, los siguieron. Uno de los tribunos militares, al ver la situacin, decidi al momento qu
hacer y, dejando aquella parte de su lnea que estaba ganando claramente, dio un rodeo con veinte
manpulos y atac la derecha enemiga por la espalda. Ningn ejrcito, cuando es atacado por la
retaguardia, puede dejar de sufrir confusin; pero esa inevitable confusin se vio incrementada por
la incapacidad de la falange macedonia, una formacin pesada y lenta, para encarar un nuevo frente.
Para empeorar las cosas, estaban en seria desventaja a causa del terreno, pues al seguir a su enemigo
rechazado colina abajo, haban abandonado la altura al enemigo que, dando un rodeo, la ocup en
su movimiento envolvente. Atacada por ambos lados, sufrieron graves prdidas y en poco tiempo
arrojaron las armas y se dieron a la fuga.
[33.10] Filipo ocup el punto ms elevado de las colinas con un pequeo grupo de caballera e
infantera, con el fin de ver qu fortuna corran sus tropas en el ala izquierda. Al darse cuenta de su
huida desordenada y ver los estandartes y armas romanas ondeando sobre todas las colinas, tambin
el abandon el campo de batalla. Quincio, que estaba presionando sobre el enemigo en retirada, vio
que los macedonios ponan repentinamente en posicin vertical sus lanzas y, como no saba qu
pretendan con aquella maniobra desconocida, ces la persecucin durante algunos minutos. Al
saber que esta era la seal macedonia de rendicin, lleg a pensar en perdonar a los vencidos. Los
soldados, sin embargo, sin darse cuenta de que el enemigo ya resista e ignorantes de la intencin de
su general, se lanzaron contra ellos al ataque; al caer muertos los de vanguardia, el resto se dispers
huyendo. El propio Filipo se alej a galope tendido en direccin a Tempe, detenindose en Gonos
donde permaneci durante un da para recoger a los supervivientes de la batalla. Los romanos
irrumpieron en el campamento enemigo esperando saquearlo, pero se encontraron con que haba
sido ya limpiado en gran parte por los etolios. Perecieron aquel da ocho mil enemigos y se hizo
prisioneros a cinco mil; de los vencedores cayeron alrededor de setecientos hombres. Si hemos de
creer a Valerio, que es dado a la exageracin sin lmites, perecieron cuarenta mil enemigos y, aqu
su imaginacin no es tan salvaje, se hizo prisioneros a cinco mil setecientos y se capturaron
doscientos cuarenta y nueve estandartes. Claudio, tambin, escribe que murieron treinta y dos mil
enemigos y que cuatro mil trescientos fueron hechos prisioneros. Hemos tomado el nmero ms
pequeo no porque sea el menor, sino porque hemos seguido a Polibio, que resulta un autor fiable
para la historia romana, especialmente cuando tiene lugar en Grecia.
[33,11] Despus de reunir a los fugitivos que se haban dispersado en las distintas etapas de la
batalla y que le haban seguido en su huida, Filipo envi hombres a quemar sus papeles en Larisa,
para que no cayeran en manos del enemigo, y se retir luego a Macedonia. Quincio vendi algunos
de los prisioneros y una parte del botn, entregando el resto a los soldados; despus de esto se
dirigi a Larisa, no sabiendo con certeza en qu direccin haba marchado el rey o qu movimiento

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pensaba hacer. Estando all, lleg un mensajero del rey con el pretexto de pedir un armisticio para
enterrar a los cados en la batalla, aunque en realidad vena a solicitar permiso para abrir
negociaciones de paz. Ambas solicitudes fueron concedidas por el general romano, que tambin
envi un mensaje al rey pidindole que no se desanimara. Esto ofendi grandemente a los etolios,
que se molestaron mucho y decan que el comandante haba cambiado tras su victoria. Antes de la
batalla, segn decan, sola consultar con sus aliados todos los asuntos, grandes y pequeos, pero
ahora los haba excluido de todos sus consejos; actuaba guiado nicamente por su propio juicio.
Estaba buscando la oportunidad de congraciarse personalmente con Filipo, de manera que despus
que los etolios hubieran llevado todo el peso de las dificultades y sufrimientos de la guerra, el
romano se pudiera asegurar para l todo el agradecimiento y las ventajas de la paz. Es un hecho que
Quincio, sin duda, mostr menos consideracin hacia los etolios, pero estos ignoraban en realidad
su motivo para tratarlos con displicencia. Crean que buscaba sobornos por parte de Filipo, pese a
que era un hombre que nunca cedi a la tentacin del dinero; pero no era sin una buena razn que
estaba disgustado con los etolios, a causa de su insaciable apetito de botn y su arrogancia al
reclamar para ellos mismos el crdito de la victoria, vanidad que ofenda los odos de todos.
Adems, si Filipo caa y el reino de Macedonia quedaba aplastado sin esperanza, l consideraba que
los etolios se convertiran en la potencia dominante en Grecia. Guiado por estas consideraciones,
concibi su conducta deliberadamente para humillarlos y menospreciarlos a los ojos de los dems.
[33.12] Se concedi al enemigo una tregua de quince das y se hicieron gestiones para
mantener una conferencia con Filipo. Antes de la fecha fijada para ella, Quincio llam a consultas a
sus aliados y les expuso las condiciones de paz que pensaba deban ser impuestas. Aminandro
expuso brevemente su punto de vista, que consista en que los trminos deban ser tales que Grecia
resultara lo bastante fuerte, an en ausencia de los romanos, como para proteger su libertad e
impedir que se quebrara la paz. Los etolios hablaron en un tono ms reivindicativo: despus de
aludir brevemente a la acertada actitud de Quincio, llamando a quienes haban sido sus aliados en la
guerra para aconsejarle sobre la cuestin de la paz, llegaron a asegurarle que estaba completamente
equivocado si supona que poda fundar la paz con Roma o la libertad de Grecia sobre una base
segura, a menos que Filipo fuera muerto o expulsado de su reino. Cualquiera de estas alternativas le
resultara factible si quera aprovechar su suerte. Quincio respondi que, al expresar aquellas
pretensiones, los etolios estaban perdiendo de vista la poltica establecida por Roma y siendo ellos
mismos incoherentes con sus propuestas. En todos los consejos y conferencias anteriores, cuando se
discuta la cuestin de la paz, ellos nunca haban abogado por la destruccin de Macedonia; y los
romanos, cuya poltica desde los primeros momentos haba sido mostrar misericordia hacia los
vencidos, haban aportado una prueba evidente de esto en la paz que haban concedido a Anbal y
los cartagineses. Pero sin tener en cuenta a los cartagineses, no obstante, no se haba reunido l
frecuentemente con Filipo? Y nunca se haba planteado la cuestin de su abdicacin. Acaso se
haba convertido aquella en una guerra de exterminio por haber sido derrotado en una batalla?
Contra un enemigo que empua las armas se est obligado a proceder con implacable hostilidad;
con el vencido, la grandeza de nimo muestra la mayor clemencia. Creis que los reyes de
Macedonia son un peligro para las libertades de Grecia? Si tal nacin y reino fueran barridos, los
tracios, los ilirios, los galos, tribus salvajes y brbaras, se derramaran por Macedonia y por
Grecia. No vaya a ser que, eliminando el peligro ms prximo a vosotros, abris la puerta a otros
mayores y ms graves. Aqu fue interrumpido por Feneas, el pretor de la Liga Etolia, que declar
solemnemente y muy alterado que, si Filipo escapaba, pronto demostrara ser un enemigo an ms
peligroso. Cese el alboroto, dijo Quincio, cuando tenemos que deliberar. La paz no se asentar
sobre tales trminos que hagan posible reanudar la guerra.
[33.13] El consejo se disolvi y, a la maana siguiente, Filipo lleg hasta el lugar fijado para
la conferencia, que estaba en el desfiladero que lleva a Tempe. Al tercer da, en una concurrida

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reunin de romanos y aliados, se le escuch. Mostr una gran prudencia al ceder espontneamente
en todas las condiciones sin las que no se podra conseguir la paz, sin necesidad de que se las
impusieran durante la discusin. Declar estar de acuerdo con cuanto, en la conferencia anterior,
haban exigido los aliados o insistido los romanos; todo lo dems lo dejara a la decisin del
Senado. Esto pareci haber impedido cualquier otra exigencia, an de los que les eran ms hostiles;
sin embargo, Feneas rompi el silencio general la preguntarle: Qu, Filipo? Por fin nos
devuelves Farsala, Larisa, Cremaste, Equino y Tebas Ftas? Al responder Filipo que no pondra
dificultad alguna en la devolucin de aquellos lugares, se inici una discusin entre Quincio y los
etolios sobre Tebas. Quincio afirm que perteneca a Roma por derecho de la guerra, pues antes de
que estallara la guerra march hacia all e invit a los ciudadanos a establecer con l relaciones de
amistad, y que siendo los ciudadanos perfectamente libres de abandonar a Filipo, prefirieron su
alianza a la de los romanos. Feneas replic que era justo y equitativo, teniendo en cuenta la parte
que haban tomado en la guerra, que se devolviera a los etolios cuanto haban posedo antes de la
guerra. Adems, haba quedado establecido en el tratado desde el primer momento que los botines
de guerra, incluyendo los bienes muebles y todo tipo de ganado y prisioneros, quedaran para los
romanos; las ciudades conquistadas y los territorios seran para los etolios. Vosotros mismos
-respondi Quincio- rompisteis ese tratado cuando nos dejasteis e hicisteis la paz con Filipo. Si
todava estuviera en vigor, slo se aplicara a las ciudades que han sido capturadas; las ciudades
de Tesalia han pasado a nuestro poder de su propia voluntad. Esta declaracin, que fue aprobada
por todos los aliados, provoc en aquel momento una sensacin amarga entre los etolios y llevara
pronto a una guerra que result ser de lo ms desastrosa para ellos. Se acord que Filipo entregara
a su hijo Demetrio y a algunos de los amigos del rey como rehenes, pagando adems una
indemnizacin de doscientos talentos. Respecto a las dems cuestiones, enviara una embajada a
Roma y se le concedi una tregua de cuatro meses para que pudiera hacerlo. En caso de que el
Senado se negara a otorgarle condiciones de la paz, se cancelara el acuerdo y se devolveran a
Filipo los rehenes y el dinero. Se dice que la razn principal por la que Quincio deseaba una rpida
paz eran los preparativos blicos de Antoco y su amenaza de invasin de Europa.
[33.14] En aquel mismo momento, y segn algunos relatos en el mismo da en que se libr la
batalla de Cinoscfalos, los aqueos derrotaron a Andrstenes, uno de los generales de Filipo, en una
batalla campal librada en Corinto. Filipo trataba de mantener esa ciudad como amenaza para los
estados griegos y, despus de invitar a conferenciar a sus dirigentes bajo el pretexto de acordar qu
fuerza de caballera podran proporcionar los corintios en la guerra, se apoder de ellos como
rehenes. La fuerza de ocupacin que ya se encontraba all estaba compuesta por quinientos
macedonios y ochocientos auxiliares de diversas nacionalidades. Adems de stos, envi a mil
macedonios y mil doscientos ilirios y tracios, as como ochocientos cretenses, cuyas tribus
combatan para ambos bandos. Haba, tambin, mil soldados armados de escudo, beocios, tesalios y
acarnanes, adems de setecientos jvenes de la propia Corinto, lo que elevaba el total de fuerzas a
seis mil hombres; Andrstenes se sinti lo bastante fuerte como para presentar batalla. El pretor de
los aqueos, Nicstrato, estaba en Sicin con dos mil infantes y doscientos jinetes, pero en vista de
que era inferior tanto en el nmero como en la calidad de sus tropas, no se aventur fuera de las
murallas. Las tropas del rey invadieron y devastaron los territorios de Pelene, Fliunte y Cleonas. Al
fin, para mostrar su desprecio por el miedo de su enemigo, invadieron el territorio de Sicin y,
navegando a lo largo de la costa aquea, corrieron y asolaron el terreno. Su confianza, como suele
ocurrir, les hizo descuidados y condujeron sus ataques en ausencia de toda precaucin. Viendo la
posibilidad de vencer en un ataque por sorpresa, Nicstrato envi aviso secretamente a todas las
ciudades de alrededor, sealando las fuerzas que deban enviar y un da para que se reunieran en
Apelauro, una localidad que perteneca a Estinfalia. Con todo dispuesto el da sealado, hizo una
marcha nocturna a travs del territorio de Fliunte hacia Cleonas, sin que nadie supiera cul era su
objetivo. Llevaba con l cinco mil de infantera, de los cuales ... llevaban armamento ligero, as

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como trescientos de caballera. Con estas fuerzas esper el regreso de las patrullas de exploracin
que haba enviado para averiguar en qu direccin se haba dispersado el enemigo.
[33,15] Andrstenes, ignorando todo esto, sali de Corinto y acamp junto al Nemea, un
arroyo que divide el territorio de Corinto del de Sicin. Aqu, dejando la mitad de su ejrcito en el
campamento, dispuso la otra mitad y a toda la caballera en tres grupos y les orden lanzar correras
simultneas por los territorios de Pelene, Sicin y Fliunte. Los tres grupos marcharon a ejecutar sus
misiones por separado. En cuanto llegaron a Nicstrato, que estaba en Cleonas, noticias de esto,
mand rpidamente un fuerte destacamento de mercenarios para apoderarse del paso que llevaba a
Corinto. l los sigui con rapidez, disponiendo su ejrcito en dos columnas y con la caballera
formada en vanguardia. En una columna marchaban los mercenarios y la infantera ligera; en la otra
iban los armados de clpeos, la principal fuerza de todos los ejrcitos griegos. Cuando no estaban
lejos del campamento enemigo, algunos de los tracios comenzaron a atacar las partidas enemigas
diseminadas por los campos, llenndose de alarma el campamento y quedando su comandante
sorprendido y desconcertado. Nunca haba visto al enemigo, excepto en pequeos grupos, ac y all
sobre las colinas frente a Sicin, sin aventurarse a los terrenos ms bajos, y nunca supuso que
dejaran sus posiciones en Cleonas para ir hasta all. Llam de vuelta a las partidas dispersas
mediante toques de trompeta y, ordenando a los soldados que tomasen las armas a toda prisa, se
apresur a salir con una dbil fuerza y form su lnea a la orilla del ro. El resto de sus tropas apenas
tuvo tiempo de reunirse y formar, sin poder resistir la primera carga enemiga; los macedonios, sin
embargo, que fueron los que en mayor nmero acudieron a los estandartes, mantuvieron incierta
durante largo tiempo la esperanza de victoria. Finalmente, con su flanco expuesto por la huida del
resto del ejrcito y sometido a dos ataques independientes, uno de la infantera ligera sobre su
flanco y otro, de los armados con clpeos y cetras, contra su frente, empezaron a ceder terreno y,
conforme se hizo mayor la presin, se dieron media vuelta y huyeron. La mayor parte arroj sus
armas y, abandonando cualquier esperanza de conservar su campamento, se dirigi a Corinto.
Contra estos, Nicstrato envi a sus mercenarios para perseguirles, despachando a la caballera y a
los auxiliares tracios para atacar las partidas de saqueo alrededor de Sicin. Tambin aqu se
produjo una gran masacre, casi mayor, de hecho, que en la propia batalla. Algunos de los que haban
estado asolando la comarca alrededor de Pelene y Fliunte regresaban al campamento, sin guardar
formacin militar alguna y sin apercibirse de cuanto haba sucedido, cuando fueron a dar con las
patrullas enemigas donde haban esperado encontrarse con las propias. Otros, viendo hombres que
corran en todas direcciones, sospecharon lo que haba pasado y huyeron con tal precipitacin que
ellos mismos se perdieron, siendo destrozados incluso por los campesinos. Ese da cayeron mil
quinientos hombres y se capturaron trescientos prisioneros. Toda la Acaya qued liberada de un
gran temor.
[33,16] Acarnania era el nico estado griego que todava mantena la alianza con Macedonia.
Antes de la batalla de Cinoscfalos, Lucio Quincio haba invitado a sus notables a mantener una
conferencia en Corf, incitndoles de algn modo a cambiar de bando. Las dos razones principales
de su fidelidad eran, primero, su innato sentido de la lealtad, y despus su miedo y odio hacia los
etolios. Se convoc una Asamblea en Lucade. La asistencia de los pueblos acarnanes no fue en
modo alguno general, ni tampoco los presentes estuvieron de acuerdo en cuanto al curso a seguir.
Sin embargo, entre dos notables y un magistrado lograron aprobar una mocin particular a favor de
una alianza con Roma. Esto sent mal a las ciudades que no haban enviado representantes, y en
medio de este malestar general dos de sus dirigentes, Androcles y Equedemo, lograron influir lo
bastante no solo para conseguir la cancelacin del decreto, sino incluso para asegurarse la condena
de sus autores, Arquelao y Bianor, personas principales entre sus pueblos, bajo la acusacin de
traicin, as como la destitucin del pretor Zeuxidas, que haba presentado la mocin. Los
condenados dieron un paso arriesgado que, al final, tuvo xito. Sus amigos les aconsejaron ceder a

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las circunstancias y acudir junto a los romanos, en Corf, pero ellos resolvieron presentarse ante el
pueblo y, o bien calmar la indignacin popular mediante aquel acto o sufrir lo que la fortuna les
deparase. Cuando entraron en la atestada sala de la Asamblea se oyeron al principio murmullos de
asombro; pero, pronto, el respeto que inspiraba la alta posicin que una vez tuvieron y la compasin
por su infortunio presente, provocaron el silencio. Habindoseles dado permiso para hablar,
adoptaron inicialmente un tono suplicante; pero cuando llegaron a la parte en que afrontaban los
cargos de los que se les acusaba, se defendieron con toda la confianza de hombres inocentes y,
finalmente, se atrevieron a quejarse un tanto del trato que haban recibido, protestando contra la
injusticia y crueldad que se les haba impuesto. Los sentimientos de su audiencia quedaron tan
sacudidos que todas las medidas adoptadas en su contra fueron anuladas por una gran mayora. No
obstante, se decidi regresar a la alianza con Filipo y renunciar a las relaciones de amistad con
Roma.
[33,17] Estos decretos fueron aprobados en Lucade, la capital de Acarnania y sede donde se
reunan todos sus pueblos. Cuando se inform a Flaminino, que estaba en Corf, de este cambio
repentino, se hizo a la vela de inmediato hacia Lucade, arribando a un lugar llamado Hereo.
Avanz despus hacia la ciudad con toda clase de artillera y mquinas de asedio, pensando que, al
primer toque de alarma, los defensores se desanimaran. En cuanto vio que no haba signos de que
le pidieran la paz, empez a montar los manteletes y torres, acercando los arietes hasta las murallas.
La Acarnania se encuentra entre Etolia y Epiro, mirando al oeste, hacia el mar Sculo. Leucadia, que
es ahora es una isla separada de Acarnania por un canal vadeable, era entonces una pennsula
conectada con la costa oeste de Acarnania por un estrecho istmo de media milla de largo que no
superaba en ningn punto los ciento veinte pasos de ancho. La ciudad de Lucade se encuentra en
este istmo, descansando sobre una colina que mira hacia el este, hacia la Acarnania; la parte ms
baja de la ciudad es llana y se encuentra ya a nivel del mar que separa Acarnania de Leucadia. Esto
hace que quede abierta a ataques tanto por tierra como por mar, pues las aguas someras son ms
parecidas a las de una laguna que a las del mar, y el suelo de la llanura alrededor est compuesto por
tierra, muy a propsito para las obras de asedio. As pues, se minaron muchas zonas de la muralla o
se las bati con los arietes. Pero la ventaja que la situacin de la ciudad daba a los asaltantes se vio
contrarrestada por el espritu indomable de los defensores. Siempre alerta, noche y da reparaban las
murallas destrozadas, colocaban barricadas en las brechas, efectuaban constantes salidas y
defendan sus murallas con las armas sin dejar que las murallas les defendiesen a ellos. El asedio se
podra haber prolongado ms de lo que los romanos haban previsto, de no haber sido porque
algunos refugiados itlicos, que vivan en Lucade, dejaron entrar a los soldados en la ciudadela.
Una vez dentro, bajaron con gran tumulto desde la parte alta, encontrando a los leucadianos en el
foro, formados en orden de combate y ofreciendo una tenaz resistencia. Mientras tanto, se haban
coronado con xito muchos puntos de las murallas, practicndose entre las piedras y escombros una
va de acceso al interior de la ciudad. Llegado este momento, el propio general haba rodeado a los
combatientes con una fuerza considerable; mientras algunos perecieron entre ambos grupos de
asaltantes, otros arrojaron sus armas y se rindieron. Unos das ms tarde, al enterarse de la batalla de
Cinoscfalos, toda la Acarnania se someti al general romano.
[33.18] En todas partes por igual se iba hundiendo la fortuna de Filipo. Y, justo entonces, los
rodios decidieron reclamarle el territorio continental conocido como Perea, que haban posedo sus
antepasados. Enviaron una expedicin bajo el mando del pretor Pausstrato, compuesta por
ochocientos infantes aqueos y unos mil ochocientos soldados procedentes de diversas
nacionalidades: galos y mniesutas, pisuetas, tarmianos, y tereos de Perea y laudicenos de Asia. Con
estas fuerzas, Pausstrato tom Tendeba, una posicin muy ventajosa situada en territorio de
Estratonicea; las tropas del rey que estaban en Tera no advirtieron su avance. En estos momentos
recibieron los refuerzos pedidos especialmente para esta campaa: mil infantes aqueos y un

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centenar de jinetes, al mando todos de Teoxeno. Dincrates, prefecto del rey, se dirigi a Tendeba
con el fin de recuperar la plaza, y desde all hacia Astragon, otro castillo en el mismo territorio. Se
retiraron todas las guarniciones dispersas, y con estas y un contingente de auxiliares tesalios de la
propia Estratonicea pas a Alabanda, donde estaba el enemigo. Los rodios estaban listos para la
batalla y, como los campamentos se encontraban cerca el uno del otro, salieron inmediatamente al
campo de batalla. Dincrates situ a sus quinientos macedonios en la derecha y a los agrianes en su
izquierda, situando en el centro a las fuerzas de las distintas guarniciones, la mayora procedente de
la Caria, mientras que los flancos quedaban cubiertos por la caballera y los auxiliares cretenses y
tracios. Los rodios situaron en su derecha a los aqueos y a una fuerza escogida de mercenarios en su
izquierda; el centro estuvo a cargo de una fuerza mixta de varias nacionalidades; sus flancos
quedaron protegidos tanto por caballera como por infantera ligera.
Ese da los dos ejrcitos se limitaron a permanecer junto a las orillas del arroyo que flua por
entonces con poco caudal, regresando unos y otros a su campamento despus de arrojarse unos
cuantos proyectiles. Al da siguiente se dispusieron con el mismo orden, siguiendo una lucha mucho
ms reida de lo que se poda haber esperado del nmero de combatientes. Haba no ms de tres mil
infantes y cien jinetes por cada parte, pero bastante equilibrados no solo en nmero y armamento,
sino tambin en valor y tenacidad. Los aqueos iniciaron la batalla cruzando el arroyo y atacando a
los agrianes, siguindoles toda la lnea casi a la carrera. Durante mucho tiempo se mantuvo incierto
el combate, hasta que los aqueos, que sumaban unos mil, obligaron a retirarse a cuatrocientos
enemigos. Con el ala izquierda enemiga rechazada, concentraron su ataque sobre su derecha.
Mientras las filas macedonias permanecieron intactas y la falange conserv su formacin cerrada,
no se les pudo mover; pero cuando su izquierda qued expuesta y trataron de dar la vuelta a sus
lanzas para encarar al enemigo que estaba hacindoles un ataque de flanco, se desordenaron ellos
mismos; luego se dieron la vuelta y, por fin, arrojando sus armas, huyeron precipitadamente. Los
fugitivos se dirigieron hacia Bargilias, hacia donde tambin se dirigi Dincrates. Los rodios los
persiguieron durante el resto del da y luego regresaron al campamento. Si hubieran ido
directamente a Estratonicea desde el campo de batalla, con toda probabilidad habran tomado la
ciudad, pero perdieron la ocasin de hacerlo al perder el tiempo recuperando los castillos y pueblos
de Perea. Durante este intervalo, los que estaban al mando en Estratonicea recobraron el nimo y,
poco despus, Dincrates y los supervivientes de la batalla entraron en la plaza. La ciudad fue
sitiada y asaltada posteriormente, pero todo fue intil y no se pudo capturar hasta algunos aos
despus, por parte de Antoco. Todos estos hechos se produjeron, casi simultneamente, en Tesalia,
Acaya y Asia.
[33,19] Teniendo noticias Filipo de que los drdanos, envalentonados por las sucesivas
derrotas de Macedonia, haban empezado a devastar la zona norte del reino, y pese a que el destino
haba hecho que casi todos y en todas partes estuviesen en contra suya y de su pueblo, consider
que ser expulsado de Macedonia sera algo peor que la muerte. Por lo tanto, se apresur a alistar
tropas en todas las ciudades de su reino y cay inesperadamente sobre el enemigo, con una fuerza
de seis mil infantes y quinientos jinetes, en las proximidades de Estobos, en Peonia. Una gran
cantidad muri en la batalla y un nmero an mayor en los campos, por donde se haban dispersado
en busca de botn. Donde no exista obstculo para huir, lo hicieron sin afrontar siquiera el riesgo de
una batalla, retirndose tras sus propias fronteras. El xito de esta expedicin, tan diferente del
estado de cosas en los dems lugares, revivi la moral de sus hombres. Despus de esto regres a
Tesalnica. El fin de la guerra pnica tuvo lugar en un momento favorable, pues elimin el peligro
de sostener al mismo tiempo una segunda guerra contra Filipo. An ms oportuna result la victoria
sobre Filipo, en un momento en que Antoco ya estaba emprendiendo acciones hostiles en Siria. No
slo era que resultaba ms fcil enfrentarse a cada uno por separado, sino que en Hispania, por la
misma poca, se estaban produciendo movimientos blicos a gran escala. Durante el verano anterior
Antoco haba sometido todas las ciudades de Celesiria, que haban estado bajo la influencia de

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Tolomeo, y aunque ya se haba retirado a sus cuarteles de invierno en Antioqua, mostr tanta
actividad desde ellos como lo haba hecho desde los de verano. Haba llamado a todas las fuerzas de
su reino y haba acumulado enormes contingentes, tanto terrestres como navales. Al comienzo de la
primavera haba enviado a sus dos hijos, Ardis y Mitrdates, con un ejrcito a Sardes, con rdenes
de esperarlo all mientras l zarpaba por mar con una flota de cien naves con cubierta y doscientas
ms ligeras, lembos y barcas chipriotas. Su objetivo era doble: intentar el sometimiento de las
ciudades costeras de Colicia, Licia y Caria, que eran dominio de Tolomeo, y tambin ayudar a
Filipo -pues la guerra contra l an no haba terminado- tanto por tierra como por mar.
[33.20] Los rodios haban ofrecido muchas esplndidas pruebas de su valor al mantener su
lealtad a Roma y al defender las libertades de Grecia, pero la ms esplndida tuvo lugar en aquel
momento. Sin desanimarse por la inmensidad de la inminente guerra, enviaron un mensaje al rey
prohibindole navegar ms all de Quelidonias, que es un promontorio de la Cilicia famoso por un
antiguo tratado entre los atenienses y los reyes de Persia. Si l no mantena su flota y sus fuerzas
dentro de aquel lmite, le informaban que se le opondran, no por ninguna enemistad personal contra
l, sino porque le podan permitir que uniera sus fuerzas con Filipo, dificultando as a los romanos
sus operaciones para liberar Grecia. Antoco, por entonces, se encontraba asediando Coracesio. Ya
se haba apoderado de Zefirio, Solos, Afrodisade y Crico, y tras rodear el Anemurio, otro cabo de
Cilicia, haba capturado Selinos. Todos estas ciudades y otros castillos de esta costa se le haban
entregado, bien voluntariamente, bien bajo la presin del miedo; sin embargo, Coracesio le cerr
inesperadamente sus puertas. Durante esta detencin, los embajadores de los rodios obtuvieron
audiencia con l. La embajada que llevaban era de tal naturaleza que provocara la ira regia, pero
este contuvo su ira y les dijo que iba a mandar mensajeros a Rodas con rdenes de renovar los
antiguos lazos que l y sus antepasados haba establecido con aquel Estado, as como para darles
nuevas seguridades sobre el objetivo de su aproximacin, que no supondra ningn perjuicio o
prdida para ninguno de ellos ni de sus aliados. La embajada que haba enviado a Roma acababa de
regresar y, como el resultado de la guerra con Filipo era an incierto, el Senado sabiamente les
haba otorgado una favorable acogida. Antoco aleg la amable respuesta del Senado y la resolucin
que aprob, tan favorable a l, como prueba de que no tena ninguna intencin de romper sus
relaciones de amistad con Roma. Mientras los embajadores del rey argan tales consideraciones
ante la asamblea de los rodios, llegaron noticias de que la guerra haba llegado a su fin en
Cinoscfalos. Tras la recepcin de estas nuevas, los rodios, no teniendo nada ms que temer de
Filipo, abandonaron su plan de oponerse a Antoco con su flota. No abandonaron, sin embargo, su
otro objetivo: la defensa de las libertades de las ciudades aliadas de Tolomeo, a las que Antoco
estaba amenazando. A algunos les prestaron ayuda activa, a otras las previno de los movimientos
del enemigo; de aquel modo, fue as como Cauno, Mindo, Halicarnaso y Samos debieron su libertad
a Rodas. No vale la pena entrar en detalles sobre todos los acontecimientos sucedidos en esta parte
del mundo, pues est casi ms all de mi capacidad tratar los que guardan relacin directa con la
guerra romana.
[33.21] Fue por este tiempo cuando Atalo, que debido a su enfermedad haba sido trasladado
de Tebas a Prgamo, muri all a los setenta y un aos, despus de un reinado de cuarenta y cuatro.
Aparte de sus riquezas, la fortuna no le haba dado nada a este hombre en lo que pudiera basar la
esperanza de ser alguna vez rey. Sin embargo, haciendo un uso racional de ellas y al mismo tiempo
emplendolas a una escala magnfica, poco a poco empez a ser considerado, primero por s mismo
y despus a ojos de sus amigos, como alguien no indigno de la corona. En una sola batalla decisiva
derrot a los galos, la nacin ms temible por entonces y que haba emigrado a Asia haca
relativamente poco tiempo, y tras su victoria asumi el ttulo real, mostrando siempre una grandeza
de nimo a la altura del mismo. Gobern a sus sbditos con absoluta justicia y mostr una lealtad
excepcional a sus aliados; afectuoso con su esposa y sus hijos, cuatro de los cuales le sobrevivieron,

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era considerado y generoso con sus amigos y dej a su reino tan estable y seguro que su posesin se
transmiti hasta la tercera generacin de sus descendientes. Este era el estado de las cosas en
Grecia, Asia y Macedonia, cuando justo al terminar la campaa contra Filipo y antes de que la paz
quedara definitivamente establecida, estall un grave conflicto en la Hispania Ulterior. Marco
Helvio administraba la provincia y escribi al Senado para informarle de que los rgulos Culca y
Luxinio se haban levantado en armas. Diecisiete ciudades fortificadas tomaron partido por Culca,
mientras que Luxinio recibi el apoyo de las poderosas ciudades de Carmona y Bardn, de los
malacinos y sexetanos y de toda la Beturia. Adems de estas tribus, las que no haban revelado an
sus intenciones estaban dispuestas a levantarse tan pronto como sus vecinos se movieran. Una vez
que Marco Sergio, el pretor urbano, hubo ledo esta carta en el Senado, se aprob un decreto
ordenando que, una vez fueran electos los nuevos pretores, el que obtuviera Hispania como
provincia debera someter a deliberacin del Senado el asunto de la guerra en Hispania.
[33,22] Los cnsules llegaron a Roma al mismo tiempo y convocaron al Senado en el templo
de Belona. Al solicitar la celebracin de un triunfo por sus xitos militares, se les opusieron dos de
los tribunos de la plebe, Cayo Atinio Laben y Cayo Afranio, que insistieron en que cada cnsul
presentara su propuesta a la Cmara por separado. No permitiran que se presentase una solicitud
conjunta, sobre la base de que, en ese caso, se otorgaran honores iguales a servicios que distaban de
serlo. Quinto Minucio respondi que Italia se haba asignado a los dos y que l y su colega haban
dirigido sus operaciones con una misma idea y una misma poltica. Cayo Cornelio agreg que
cuando los boyos cruzaron el Po para enfrentrseles y ayudar a los nsubros y a los cenomanos, fue
la accin de su colega, asolando sus campos y aldeas, la que les oblig a regresar para defender su
propio territorio. Los tribunos admitieron que los logros de Cayo Ctego eran tales que no poda
haber duda en cuanto a concederle un triunfo, como tampoco sobre que se deban dar las gracias a
los dioses inmortales. Sin embargo, ni l ni ningn otro ciudadano tenan tanta influencia y poder
como para lograr, tras obtener para s un bien merecido triunfo, que se le otorgara el mismo honor a
un colega que se atreva a solicitarlo sin haberlo merecido. Quinto Minucio, dijeron, haba librado
algunas acciones insignificantes entre los ligures, de las que apenas vala la pena hablar, y haba
perdido gran cantidad de hombres en la Galia. Dos tribunos militares, Tito Juventio y Cneo Ligurio,
ambos destinados en la cuarta legin, haban cado en una batalla adversa junto a muchos otros
hombres valerosos, tanto ciudadanos como aliados. Se haban rendido falsamente algunas ciudades
y aldeas, fingindolo durante algn tiempo y sin entregar rehenes. Estos altercados entre los
cnsules y los tribunos llevaron dos das. Finalmente, la tenacidad de los tribunos se impuso y los
cnsules presentaron sus solicitudes por separado.
[33.23] Se decret por unanimidad un triunfo para Cayo Cornelio. Su popularidad qued an
ms reforzada por la gratitud de los placentinos y cremonenses, que describieron cmo los haba
librado de los horrores de un asedio y cmo haba liberado a muchos que ya haban sido hechos
esclavos. Quinto Minucio hizo un mero intento de presentar su peticin, pero al ver que todo el
Senado se opona a concedrselo, declar que lo celebrara en el monte Albano en virtud de sus
derechos como cnsul y de acuerdo con el precedente sentado por muchos hombres ilustres. Cayo
Cornelio celebr su triunfo sobre los nsubros y cenomanos mientras an ostentaba su magistratura.
Se llevaron en la procesin muchos estandartes militares, tambin llev ante su carro muchos
nobles galos y muchas carretas con despojos galos. Algunos autores aseguran que el general
cartagins Amlcar fue uno de ellos. Pero los ojos de todos se concentraron principalmente en una
multitud de colonos de Cremona y Placentia que seguan la carroza del cnsul llevando el pleo.
Llev en su desfile doscientos treinta y siete mil quinientos ases y setenta y nueve mil bigados de
plata. Cada uno de los soldados recibi una donacin de setenta ases de bronce y el doble a cada
centurin y jinete. Quinto Minucio celebr sus victorias sobre los ligures y los boyos en el monte
Albano. A pesar de este triunfo fue menos honroso que el otro debido al escenario y la gloria de sus

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hazaas, y aunque todo el mundo era consciente de que su coste no fue sufragado por el tesoro
pblico, casi result igual al otro en nmero de estandartes, carretas y botn. Incluso la cantidad de
dinero alcanz casi la misma cifra: hubo doscientos cincuenta y cuatro mil ases de bronce y
cincuenta y tres mil doscientos bigados de plata. Dio a cada uno de sus soldados las mismas sumas
que haba entregado su colega.
[33,24] Despus del triunfo vinieron las elecciones. Los nuevos cnsules fueron Lucio Furio
Purpurio y Marco Claudio Marcelo. Los pretores elegidos al da siguiente fueron Quinto Fabio
Buteo, Tiberio Sempronio Longo, Quinto Minucio Termo, Manio Acilio Glabrin, Lucio Apustio
Fuln y Cayo Lelio. Sobre finales de ao llegaron despachos de Tito Quincio en los que indicaba
que haba librado una batalla campal con Filipo en Tesalia y que el enemigo haba sido derrotado y
puesto en fuga. Estas cartas fueron ledas por Sergio, primero en el Senado y despus, con la
aprobacin de este, ante una Asamblea de los ciudadanos. Se dispuso una accin de gracias durante
cinco das por esta victoria. Poco despus llegaron las embajadas de Tito Quincio y de Filipo. Los
macedonios fueron conducidos a una villa pblica en el Campo de Marte, donde quedaron alojados
en calidad de invitados del Estado. El Senado les recibi en audiencia en el templo de Belona; no
hubo largos discursos, pues los embajadores se limitaron a declarar que el rey estaba dispuesto a
actuar segn los deseos del Senado. Siguiendo la costumbre tradicional, se nombraron diez
comisionados para asesorar a Tito Quincio sobre los trminos bajo los que se concedera la paz a
Filipo, aadindose una clusula al decreto disponiendo que entre los miembros de la embajada
deba incluirse a Publio Sulpicio y Publio Vilio, a los que se haba asignado Macedonia como
provincia cuando fueron cnsules. Tambin por entonces, los cosanos presentaron una solicitud para
que se aumentase el nmero de su colonia, dndose orden de que se aadieran mil nuevos colonos,
sin que se pudiera incluir en aquel nmero a ninguno que hubiera estado con enemigos extranjeros
despus del consulado de Publio Cornelio y Tiberio Sempronio.
[33,25] Los ediles curules, Publio Cornelio Escipin Nasica y Cneo Manlio Vulso, celebraron
los Juegos Romanos en el Circo Mximo y en los escenarios, a una escala ms esplndida de lo
habitual y entre la gran alegra de la mayor parte de los espectadores a causa de las recientes
victorias en el campo de batalla. Se repitieron tres veces desde el principio. Los Juegos Plebeyos se
repitieron siete veces. Estos ltimos fueron ofrecidos por Manio Acilio Glabrin y Cayo Lelio; de
los fondos procedentes de las multas, erigieron estatuas de bronce de Ceres, Lber y Lbera. El
primer asunto que se present a los nuevos cnsules, Lucio Furio y Marco Claudio Marcelo, fue la
asignacin de las provincias (196 a.C.). El Senado estaba preparando un decreto para asignar Italia
a ambos, aunque los cnsules trataron de lograr que se sortease Macedonia, adems de Italia.
Marcelo, que de ambos era el que ms ansiaba la asignacin de Macedonia, declar que la paz con
Filipo era ilusoria y que el rey reanudara las hostilidades si se retiraba el ejrcito romano. Esto hizo
que el Senado dudara sobre la decisin a tomar, y el cnsul habra conseguido imponer su punto de
vista si dos de los tribunos de la plebe, Quinto Marcio Rala y Cayo Atinio Laben, no hubiesen
amenazado con interponer su veto a menos que se consultase antes al pueblo si era su deseo y
voluntad que se hiciera la paz con Filipo. La cuestin fue sometida a la plebe en el Capitolio,
votando afirmativamente todas las treinta y cinco tribus. La satisfaccin sentida por el acuerdo de
paz con Macedonia fue an mayor a causa de una triste noticia llegada de Hispania, al hacerse
pblico un despacho informando que el procnsul, Cayo Sempronio Tuditano, operando en la
Hispania Citerior, haba sido vencido y su ejrcito derrotado y puesto en fuga. Muchos hombres
ilustres haban cado en la batalla y el mismo Tuditano result gravemente herido, muriendo poco
despus de ser retirado del campo de batalla. Italia fue asignada a ambos cnsules como su
provincia, junto con las legiones que haban tenido los cnsules anteriores; tenan que alistar cuatro
nuevas legiones, dos para guarnecer la Ciudad y dos que quedaran a disposicin del Senado. Tito
Quincio Flaminino seguira en su provincia con el ejrcito que ya tena, considerndose que la

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anterior prrroga de su mando bastaba.


[33.26] A continuacin, los pretores sortearon sus provincias. Lucio Apustio Fuln obtuvo la
pretura urbana y Marco Acilio Glabrin la peregrina. Quinto Fabio Buteo recibi la Hispania
Ulterior y Quinto MinucioTermo la Citerior. A Cayo Lelio le toc Sicilia y a Tiberio Sempronio
Longo, Cerdea. Se orden a los cnsules que proporcionaran a cada pretor de los que marchaban a
Hispania una legin a cada uno, de las cuatro nuevas que deban alistar, as como cuatro mil
infantes aliados y latinos, y trescientos jinetes. A estos dos pretores se orden que marcharan a sus
provincias lo antes posible. La Guerra Hispana, que era prcticamente una nueva, pues los nativos
haban recurrido a las armas por cuenta propia y sin ningn general o ejrcito cartagins que les
apoyara, se reanud unos cinco aos despus de que hubiera finalizado la anterior simultneamente
a la Guerra Pnica. Antes de que los pretores partieran hacia Hispania o que los cnsules dejaran la
Ciudad, se les encarg que expiaran los diversos prodigios que se haban anunciado. Publio Vilio,
un caballero romano que se encontraba de camino hacia el pas sabino, result muerto, junto con su
caballo, por un rayo. El templo de Feronia, cerca de Capena, fue alcanzado de manera similar. En el
templo de Moneta, dos puntas de lanza estallaron en llamas. Un lobo entr en la Ciudad a travs de
la Puerta Esquilina, la zona ms concurrida de la ciudad, y baj corriendo hacia el Foro; corri
despus por los barrios Tusco y Cermalo, escapando finalmente por la Puerta Capena casi indemne.
Estos portentos fueron expiados mediante el sacrificio de vctimas mayores.
[33,27] Por los mismos das, Cneo Cornelio Blasin, que haba administrado la Hispania
Citerior antes de Tuditano, entr en la Ciudad tras concederle el Senado la ovacin. Ante l llev
mil quinientas quince libras de oro y veinte mil de plata, adems de treinta y cuatro mil quinientos
denarios de plata. Lucio Estertinio, quien no hizo ningn esfuerzo para obtener un triunfo, trajo de
la Hispania Ulterior cincuenta mil libras de plata para el tesoro pblico, y con los ingresos de la
venta del botn erigi dos arcos en el foro Boario, frente a los templos de Fortuna y Mater Matuta, y
uno en el Circo Mximo, colocando sobre los tres estatuas doradas. Lo anterior fue lo esencial de lo
ocurrido durante el invierno. Tito Quincio estaba en sus cuarteles de invierno en Elatia. Entre las
numerosas peticiones que reciba de los estados aliados, haba una de los beocios que solicitaba la
devolucin de aquellos de sus compatriotas que haban estado luchando a favor de Filipo. Quincio
accedi rpidamente a su peticin, no porque pensara que lo merecan, sino porque deseaba, a la
vista de los movimientos sospechosos de Antoco, ganarse el apoyo y la simpata de las ciudades
griegas. Despus de habrselos devuelto, qued claro cun poca gratitud haba suscitado entre los
beocios, pues enviaron delegados para agradecer a Filipo la vuelta de sus compatriotas, como si
fuese l quien haba hecho directamente la concesin, y no por mediacin de Quincio y los
romanos. Adems, en las siguientes elecciones eligieron a un tal Braquiles como Beotarca, no por
otra razn ms que la de haber sido el pretor del contingente beocio que haba servido bajo Filipo,
pasando as por encima de hombres como Zeuxipo, Pisstrato y otros que se mostraron favorables a
la alianza con Roma. Estos hombres ya estaban preocupados por entonces, y estaban an ms
inquietos sobre el futuro, pues si seguan aquellas cosas mientras se extenda un ejrcito romano
ante sus puertas, qu les sucedera, se preguntaban, cuando los romanos hubieran partido hacia
Italia y Filipo estuviese prximo para ayudar a sus amigos y vengarse de sus adversarios?
[33.28] Como Braquiles era el principal partidario del rey, decidieron deshacerse de l
mientras estaban cerca las armas de Roma. El momento elegido fue cuando regresaba de un
banquete oficial, borracho y con la escolta de crpulas con los que haba estado divirtindose en el
saln del banquete. Le atacaron seis hombres armados, tres itlicos y tres etolios, matndole en el
acto. Sus compaeros huyeron gritando y pidiendo ayuda, alborotndose toda la ciudad con las
gentes que corran con antorchas en todas direcciones. Entretanto, los asesinos escaparon por la
puerta ms prxima. Al amanecer la maana siguiente, la poblacin se reuni en el teatro en una

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cantidad tal que pareca una Asamblea formal convocada por un decreto o por el pregonero pblico.
Todos comentaban abiertamente que haba sido asesinado por su squito y por los miserables
disolutos que le acompaaban, aunque en sus corazones consideraban a Zeuxipo el instigador del
crimen. Por el momento, sin embargo, decidieron que se arrestara a los que haban estado con l y
se les interrogara bajo tortura. Mientras los buscaban, Zeuxipo, decidido a limpiar cualquier
sospecha de complicidad, lleg con calma ante los reunidos y dijo que el pueblo se equivocaba al
suponer que ese acto atroz poda haber sido ejecutado por aquellos medio hombres. Adujo muchos y
muy convincentes argumentos en apoyo de esta opinin, y algunos de los que le escucharon se
convencieron de que si l hubiera sido su cmplice nunca se habra presentado ante el pueblo, ni
habra hecho alusin alguna al asesinato cuando nadie le haba requerido para ello. Otros estaban
bastante seguros de que, por aquel medio, trataba desvergonzadamente de desviar las sospechas que
sobre l recaan. Al poco tiempo, los que realmente eran inocentes fueron torturados, aunque ellos
nada saban, pero siguieron la creencia general y dieron los nombres de Zeuxipos y Pisstrato, sin
aportar ninguna evidencia que hiciera suponer que tenan conocimiento cierto de lo sucedido. No
obstante, Zeuxipo escap durante la noche a Tanagra junto a una persona llamada Estratnidas,
temiendo ms por su propia conciencia de culpabilidad que por las declaraciones de hombres que
nada saban. Pisstrato no se preocup de los delatores y permaneci en Tebas.
Zeuxipo tena un esclavo que haba tomado parte y actuado como intermediario en todo el
asunto. Pisstrato tema que este hombre pudiera convertirse en delator, y fue este mismo miedo el
que oblig al esclavo a efectuar la delacin. Envi una carta a Zeuxipo, advirtindole que acabase
con el esclavo, pues no le crea capaz de ocultar todo aquello en lo que haba participado. Al
portador se le orden entregar la carta a Zeuxipo en cuanto pudiera pero, al no tener oportunidad de
entregrsela de inmediato, se la dio a este mismo esclavo, a quien consideraba como el ms fiel a su
amo, dicindole al mismo tiempo que la carta era de Pisstrato y que trataba sobre un asunto que
preocupaba mucho a Zeuxipo. El esclavo asegur al portador que la entregara de inmediato; sin
embargo, alertado por esto, la abri y, aterrorizado despus de leerla hasta el final, huy a Tebas y
denunci los hechos ante los magistrados. Advertido por la huida del esclavo, Zeuxipo se retir a
Antedn pues consideraba aquel un lugar seguro donde exiliarse. Pisstrato y los dems fueron
interrogados bajo tortura y ejecutados despus.
[33.29] Este asesinato despert en Tebas y en toda la Beocia un tremendo odio contra los
romanos; estaban completamente convencidos de que Zeuxipo, el hombre ms notable entre ellos,
no habra tomado parte en un crimen as sin la instigacin del general romano. Ir a la guerra
resultaba imposible; no teniendo fuerzas ni jefe para ello, se dedicaron a lo ms aproximado a la
guerra: el bandidaje. Tomaban por sorpresa a algunos soldados de los que estaban alojados entre
ellos, a otros cuando estaban en sus cuarteles de invierno, atendiendo a diversos asuntos. Algunos
fueron capturados en los mismos caminos por gentes que se ocultaban para esperarles, a otros los
llevaron con engaos a posadas solitarias donde los apresaban y asesinaban. Cometan estos
crmenes tanto por codicia como por odio, pues los hombres llevaban plata en sus cinturones para
efectuar compras. Como cada da desaparecan ms y ms hombres, toda la regin de Beocia
adquiri una psima fama y los hombres teman salir de su campamento ms que si hubiesen estado
en un pas enemigo. A este respecto, Quincio envi legados a las distintas ciudades para investigar
los asesinatos. Se averigu que la mayora de ellos resultaron haber sido cometidos alrededor del
pantano de Copaide; se desenterraron aqu varios cuerpos del fango y se sacaron de las aguas
someras cuerpos atados a piedras o nforas que los hundiesen ms rpidamente con su peso.
Tambin se produjeron muchos asesinatos en Acrefia y Coronea. Quincio dio rdenes para que se
les entregasen los culpables, imponiendo una multa de quinientos talentos a los beocios por los
quinientos soldados asesinados.
Ninguna de estas rdenes se cumpli. Las ciudades se limitaron a excusarse, diciendo que no
haban autorizado oficialmente ninguno de aquellos hechos. Acto seguido, Quincio envi una

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delegacin para visitar Atenas y Acaya para ponerlos por testigos de que iba a proceder a castigar
con las armas a los beocios con causa justificada y santa. Apio Claudio recibi rdenes de marchar
hacia Acrefia con la mitad de las fuerzas; con la otra mitad, l mismo asedi Coronea tras asolar los
campos a travs de los cuales avanz cada divisin desde Elacia en distintas direcciones. Los
beocios, completamente acobardados por las prdidas sufridas, y con el temor y las fugas
extendindose por todas partes, mandaron embajadores. Al no ser admitidos en el campamento,
llegaron en su ayuda embajadores atenienses y aqueos. La mediacin de los aqueos fue la ms
efectiva de las dos, pues en caso de no haber logrado obtener la paz para los beocios estaban
dispuestos a combatir de su lado. Mediante la intervencin de los aqueos, se permiti que los
beocios llegaran hasta el general romano y le presentaran su caso. Se les otorg la paz a condicin
de que entregasen a los culpables y pagaran una multa de treinta talentos, levantndose el asedio.
[33.30] Unos das despus llegaron de Roma los diez comisionados. Con su consejo, se
concedi la paz a Filipo bajo los siguientes trminos: todas las ciudades griegas de Europa y Asia
deberan ser libres e independientes; Filipo retirara todas sus guarniciones de aquellas que haban
estado bajo su dominio y, tras su evacuacin, las entregara a los romanos antes de la fecha
establecida para los Juegos stmicos. Adems, deba retirar sus guarniciones de las siguientes
ciudades de Asia: Euromo, Pedasos, Bargilias, Jaso, Mirina, Abido, Tasos y Perinto, pues se decidi
que tambin estas fuesen libres. Con respecto a la libertad de los cianos, Quincio se comprometi a
escribir a Prusias, rey de Bitinia, comunicndole la decisin del Senado y de los diez comisionados.
Filipo tambin deba devolver todos los prisioneros y desertores a los romanos, y entregar todas sus
naves cubiertas, menos cinco, aunque podra retener la nave real, que era casi inmaniobrable a causa
de su tamao y que estaba propulsada por diecisis bancadas de remeros. Su ejrcito nunca
excedera de cinco mil hombres y no se le permitira tener un solo elefante, ni tampoco hacer la
guerra ms all de sus fronteras sin la autorizacin expresa del Senado. La indemnizacin que deba
pagar ascenda a mil talentos, la mitad a pagar de inmediato y el resto en diez anualidades. Valerio
Antias afirma que se impuso al rey un tributo anual de cuatro mil libras de plata durante diez aos.
Claudio dice que el tributo anual ascendi a cuatro mil doscientas libras de plata a pagar durante
treinta aos, con una entrega inmediata de dos mil libras. Dice tambin que una clusula adicional
del tratado prohiba expresamente a Filipo hacer la guerra a Eumenes, que haba sucedido a su
padre Atalo en el trono. Como garanta de la observancia de estas condiciones los romanos tomaron
diez rehenes, entre los que se encontraba Demetrio, el hijo de Filipo. Valerio Antias dice, adems,
que la isla de Egina y los elefantes fueron entregados a Atalo; Estratonicea y las dems ciudades de
la Caria que Filipo haba ocupado fueron dadas a los rodios; finalmente, las islas de Lemnos,
Imbros, Delos y Esciros de entregaron a los atenienses.
[33.31] Casi todas las ciudades de Grecia estuvieron de acuerdo con aquellos trminos de paz,
con la sola excepcin de los etolios. No se atrevan a sostener una oposicin abierta pero, en
privado, criticaban amargamente la decisin de los diez comisionados. Aquellas eran, segn decan,
meras palabras que sugeran vagamente una imagen ilusoria de libertad. Por qu -preguntabandeban ser entregadas algunas ciudades a los romanos sin nombrarlas, y otras que s lo eran
conservaran su libertad? A no ser que se dejasen libres a las de Asia, ms seguras precisamente por
su lejana, y se apoderasen de las de Grecia, a las que ni siquiera nombraban, es decir, de Corinto,
de Calcis y de Oreo junto con Eretria y Demetrias. Y no careca esta acusacin de fundamento; pues
haba dudas respecto a tres de estas ciudades ya que, en el decreto del Senado que haban trado
consigo los diez comisionados, el resto de las ciudades de Grecia y Asia se declaraban
inequvocamente libres, en el caso de Corinto, Calcis y Demetrias, los comisionados tenan rdenes
de decidir y hacer lo que el inters de la repblica, las circunstancias del momento y su propio
sentido del deber juzgaran apropiado. Lo que tenan en mente era el rey Antoco; estaban
convencidos de que en cuanto dispusiera de las fuerzas adecuadas invadira Europa, no teniendo

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intencin de dejarle el paso abierto para ocupar ciudades que constituiran bases de operaciones tan
favorables. Quincio se dirigi con los diez comisionados hacia Anticira y desde all navegaron a
Corinto. Una vez aqu, los comisionados discutieron durante varios das las medidas para garantizar
la libertad de Grecia. Una y otra vez, Quincio inst a que toda Grecia fuese declarada libre, si
queran detener las lenguas de los etolios e inspirar a todos un verdadero afecto hacia Roma y
aprecio por su grandeza; si deseaban convencer a los griegos de que haban cruzado los mares con
la nica intencin de lograr su libertad y no para lograr ellos el dominio que tena Filipo. Los
comisionados no objetaban nada respecto a la liberacin de las ciudades, pero sealaban que sera
ms seguro para las propias ciudades el permanecer un tiempo bajo la proteccin de guarniciones
romanas, en lugar de tener que aceptar luego a Antoco como amo en lugar de Filipo. Llegaron
finalmente a una decisin: la ciudad de Corinto deba ser devuelta a los aqueos, pero con una
guarnicin apostada en la acrpolis de Corinto, Calcis y Demetrias seran retenidas hasta que pasara
la amenaza de Antoco.
[33.32] Estaba prxima la fecha fijada para los Juegos stmicos. Estos juegos siempre atraan
grandes multitudes, en parte debido al amor innato de aquel pueblo por aquel espectculo en el que
contemplaban competiciones de toda clase, concursos de talento artstico as como pruebas de
fuerza y velocidad, y en parte debido al hecho de que su posicin entre dos mares lo converta en un
mercado comn a Grecia y Asia, donde las gentes podan conseguir toda clase de productos. Pero,
en esta ocasin, no fueron los alicientes habituales los que atrajeron a personas de todas partes de
Grecia; todos estaban expectantes, preguntndose cul sera el futuro del pas y qu fortuna les
esperaba a ellos mismos. Se hacan y expresaban abiertamente toda clase de conjeturas sobre qu
haran los romanos, pero casi nadie estaba convencido de que se retiraran completamente de
Grecia.
Cuando los espectadores ocuparon sus asientos, un heraldo, acompaado por un trompetero,
avanz hasta mitad de la arena, donde se solan inaugurar los juegos con la frmula acostumbrada, y
tras hacerse el silencio despus del toque de trompeta, efectu el siguiente anuncio: El Senado de
Roma y Tito Quincio, su general, habiendo vencido al rey Filipo y a los macedonios, decretan que
todos los siguientes sern libres, quedarn liberados del pago de tributos y vivirn bajo sus propias
leyes, a saber: los corintios, los focenses, todos los locrenses y la isla de Eubea, los magnetes, los
tesalios, los perrebos y los aqueos ftiotas. Esta lista comprenda a todos los pueblos que haban
estado bajo el dominio de Filipo. Cuando el heraldo hubo finalizado su proclama, la alegra fue
demasiado grande como para que las gentes pudieran asimilarla. Apenas se atrevan a confiar en sus
odos y se miraban asombrados unos a otros, como si vivieran una ensoacin. No confiando en sus
odos, preguntaban a los ms prximos cmo se vean afectados y, como todo el mundo quera no
solo escuchar, sino tambin contemplar al hombre que haba proclamado su libertad, se volvi a
llamar al pregonero, que repiti su mensaje. Vieron que ya no haba dudas sobre el motivo de su
alegra, y los aplausos y vtores que surgieron hicieron completamente evidente que, para todas las
gentes, ninguna de las bendiciones de la existencia era ms apreciada que la libertad. Los Juegos se
celebraron con tal velocidad que apenas se fijaron en ellos los ojos ni los odos de nadie, tan
completamente suplant una sola alegra al resto de gozos.
[33.33] Al finalizar los Juegos, casi todos corrieron al lugar donde estaba sentado el general
romano, llegando casi a resultar peligroso aquel torrente humano que trataba de tocarle la mano y
ponerle guirnaldas y cintas. l tena unos treinta y tres aos de edad por entonces, dndole fuerzas
no solo el vigor de la juventud, sino el deleite de haber cosechado tan brillante gloria. La alegra
general no qued en una simple emocin temporal, expresndose durante muchos das mediante
pensamientos y palabras de gratitud: Hay una nacin -decan las gentes- que a su propia costa, por
su propio esfuerzo y a su propio riesgo ha ido a la guerra en nombre de la libertad de otros. No
prestan este servicio a los que estn al otro lado de sus fronteras, ni a los pueblos de estados

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vecinos o a los que viven en su mismo continente, sino que cruzan los mares para que en parte
alguna del mundo pueda existir la injusticia y la tirana, y para que el derecho y la ley divina y
humana prevalezcan en todas partes. Mediante este simple anuncio del pregonero, todas las
ciudades de Grecia y Asia recuperan su libertad. Era preciso un espritu audaz para haberse
propuesto un fin como este; y el haberlo llevado a cabo es prueba de un valor excepcional y una
extraordinaria buena suerte.
[33,34] Inmediatamente despus de los Juegos stmicos, Quicio y los diez comisionados
dieron audiencia a los embajadores de los distintos monarcas, pueblos y ciudades. Los primeros en
ser odos fueron los de Antoco. Se expresaron de la misma manera en que lo haban hecho
anteriormente en Roma, profiriendo expresiones vacas e hipcritas de amistad, pero no recibieron
la misma respuesta ambigua que en la ocasin anterior, cuando Filipo an estaba inclume. Se
conmin abierta e inequvocamente a Antoco para que abandonase todas las ciudades de Asia que
haban pertenecido a Filipo o a Tolomeo, para que dejase en paz a las ciudades libres y que nunca
las agrediera; todas las ciudades a lo largo y ancho de Grecia deban poder seguir disfrutando de paz
y libertad. Se le advirti, sobre todo, de que no dirigiese sus fuerzas hacia Europa ni que fuese all l
mismo. Una vez despedidos los embajadores del rey, empezaron a celebrarse reuniones en relacin
con diversas ciudades y pueblos, avanzndose con celeridad al limitarse los diez comisionados a la
lectura del decreto para cada ciudad en concreto. Los orestas, un pueblo de Macedonia, vieron
devuelta su antigua constitucin como recompensa por haber sido los primeros en rebelarse contra
Filipo. Los magnetes, los perrebos y los dlopes tambin fueron declarados libres. Los tesalios
recibieron su libertad, as como una parte de la Ftitide aquea, con excepcin de la Tebas Ftitide y
Farsala. La demanda de los etolios para que Farsala y Lucade les fuera devuelta, de acuerdo con lo
dispuesto en el tratado, se remiti al Senado; se les entreg la Fcida y la Lcride, volviendo las
cosas a su estado anterior bajo la autoridad de un decreto. Corinto, Trifilia y Herea, ciudad esta del
Peloponeso, fueron devueltas a la Liga Aquea. Los diez comisionados intentaron donar Oreo y
Eretria a Eumenes, el hijo de Atalo, pero como Quincio planteara objeciones, este punto se dej a la
decisin del Senado, declarando este que aquellas ciudades, as como Caristo, deban ser ciudades
libres. Licnido y el territorio partino fueron entregados a Plurato; ambas eran ciudades ilirias que
haban estado bajo el dominio de Filipo. Se dijo a Aminandro que conservara las fortalezas que
haba tomado a Filipo durante la guerra.
[33,35] Una vez disueltas las reuniones, los comisionados se repartieron entre ellos el trabajo
y se separaron, partiendo para formalizar la liberacin de las ciudades de las regiones que tocaron a
cada uno. Publio Lntulo fue a Bargilias; Lucio Estertinio march a Hefestia, Taso y las ciudades de
Tracia; Publio Vilio y Lucio Terencio marcharon a entrevistarse con Antoco, y Cneo Cornelio visit
a Filipo. Despus de tratar asuntos de importancia menor, de acuerdo con sus instrucciones,
pregunt al rey si escuchara con paciencia un consejo que le resultara tan til como vital. Filipo le
contest que estara agradecido por cualquier sugerencia que hiciera y que resultara en su provecho.
Cornelio, entonces, le inst a mandar una embajada a Roma, ahora que haba obtenido la paz, para
establecer relaciones de amistad y alianza. De esta manera eliminara, en caso de algn movimiento
hostil por parte de Antoco, la posibilidad de parecer como a la espera de una oportunidad para
reanudar la guerra. Esta reunin con Filipo se llev a cabo en Tempe, en Tesalia. Asegur este a
Cornelio que enviara de inmediato embajadores y Cornelio march luego a las Termpilas, donde
el llamado Consejo Pilaico -una asamblea muy concurrida de todos los territorios griegos- se reuna
en das determinados. Se present ante el Consejo e inst, en especial a los etolios, a que siguieran
en la amistad y fidelidad a Roma. Algunos de los notables etolios protestaron levemente diciendo
que los sentimientos de los romanos hacia ellos no eran los mismos tras la victoria que durante la
guerra; otros adoptaron un tono ms fuerte y declararon que, sin la ayuda etolia, Filipo no habra
podido ser vencido ni los romanos habran podido nunca pasar a Grecia. Para evitar que aquello

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deviniera en una discusin abierta, el comisionado romano se abstuvo de replicar a aquellas


acusaciones y se limit a asegurarles que si enviaban una embajada a Roma obtendran cuanto fuera
justo y razonable. Por lo tanto, y por su autoridad, aprobaron una resolucin para que se enviara
aquella embajada. Tales fueron los sucesos que marcaron el final de la guerra con Filipo.
[33.36] Mientras tenan lugar estos hechos en Grecia, Macedonia y Asia, Etruria estuvo a
punto de convertirse en un escenario de guerra debido a una conspiracin de esclavos. Con el fin de
investigar y aplastar a este movimiento, se envi al pretor Manio Acilio Glabrin, que tena la
administracin de justicia entre ciudadanos y extranjeros, junto con una de las dos legiones
acantonadas en la Ciudad. Un contingente de los conspiradores result derrotado en campo abierto,
siendo muertos muchos de ellos o hechos prisioneros; los cabecillas fueron azotados y crucificados,
a los dems se los devolvi a sus amos. Los cnsules partieron hacia sus provincias. Marcelo entr
en el territorio de los boyos y, mientras fortificaba su campamento en cierto terreno elevado, con sus
hombres agotados tras bregar durante todo el da abriendo un camino, Corolamo, un rgulo boyo, lo
atac con una gran fuerza y mat a tres mil de sus soldados. Varios hombres ilustres cayeron en esta
tumultuosa batalla; entre ellos estaban Tiberio Sempronio Graco y Marco Junio Silano, prefectos de
los aliados, y dos tribunos militares de la segunda legin: Marco Olgino y Publio Claudio. Los
romanos, sin embargo, lograron con grandes esfuerzos terminar la fortificacin del campamento y
conservarlo contra los ataques finalmente intiles del enemigo, a quien su xito inicial haba
envalentonado. Marcelo se mantuvo en su campamento durante algn tiempo para que sus heridos
pudieran ser curados y para que sus hombres dispusieran de tiempo para recobrar nimos tras
prdidas tan graves.
Los boyos, no pudiendo soportar el cansancio de la espera, se dispersaron por todas partes
hacia sus aldeas y fortalezas. De repente, Marcelo cruz a toda velocidad el Po e invadi el
territorio comense, donde acampaban por entonces los nsubros, que haban convencido a los
comenses para que tomasen las armas. Los galos, llenos de confianza despus del reciente combate
librado por los boyos, se lanzaron al combate cuando an los romanos an estaban marchando,
atacando al principio con tal violencia que obligaron a las primeras filas a ceder terreno. Ante el
temor de que una vez empezaran a ceder terreno podran ser completamente rechazados por el
enemigo, Marcelo llev una cohorte de marsios y lanz todas las fuerzas de la caballera latina
contra el adversario. Las dos primeras cargas de estos jinetes detuvieron el impulso inicial de los
galos, el resto de la lnea romana recobr su firmeza y aguant todos los intentos de quebrarla.
Finalmente, se lanzaron al ataque con una furiosa carga que los galos no pudieron resistir: se dieron
media vuelta y huyeron en desorden. Segn Valerio Antias, murieron ms de cuarenta mil hombres
en esa batalla y se capturaron ochenta y siete estandartes junto con setecientos treinta y dos carros y
gran nmero de collares de oro. Claudio escribe que uno de ellos, muy pesado, se deposit como
ofrenda en el templo de Jpiter en el Capitolio. El campamento galo fue asaltado y saqueado el
mismo da que tuvo lugar la batalla, capturndose unos das ms tarde la ciudad de Como.
Posteriormente, se rindieron al cnsul veintiocho plazas fuertes. Una cuestin es asunto de debate
entre varios historiadores: si el cnsul march en primer lugar contra los boyos o contra los
nsubros, y si borr la derrota con una victoria posterior o si la victoria en Como se vio empaada
por un ulterior desastre contra los boyos.
[33,37] Poco despus de estos hechos de tan diversa fortuna, el otro cnsul, Lucio Furio
Purpurio, invadi el territorio boyo a travs de la tribu sapinia, en la Umbra. Se estaba
aproximando a la fortaleza de Mtilo, pero temiendo verse atrapado al mismo tiempo entre los
boyos y los ligures, hizo retroceder a su ejrcito por el camino que haba venido y, dando un gran
rodeo por campo abierto y terreno seguro, se reuni en ltima instancia con su colega. Con sus
ejrcitos unidos, atravesaron el territorio boyo hasta la ciudad de Bolonia, saquendolo
sistemticamente conforme avanzaban. Esta plaza, junto con todas las posiciones fortificadas de

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alrededor, se rindieron como hizo la mayor parte de la tribu; los jvenes permanecieron en armas
por el afn del botn y se retiraron a lo profundo de los bosques. Despus, ambos ejrcitos
avanzaron contra los ligures. Los boyos esperaban que, como les suponan a gran distancia, el
ejrcito romano estara ms descuidado al guardar su formacin de marcha y lo siguieron por
caminos ocultos en los bosques, con la intencin de lanzar un ataque por sorpresa. Como no lo
pudieron alcanzar, cruzaron repentinamente el Po con barcas y devastaron las tierras de los levos y
de los libuos. En su camino de vuelta, a lo largo de la frontera ligur y cargados con el botn, se
encontraron con los ejrcitos romanos. La batalla comenz con mayor rapidez y furia ms que si se
hubiera fijado previamente el momento y lugar, y efectuado todos los preparativos para la batalla.
Aqu se dio un notable ejemplo del modo en que la ira estimula el valor, pues los romanos estaban
tan decididos a matar, en vez de simplemente lograr la victoria, que apenas dejaron un hombre vivo
para que llevase la noticia de la derrota. Cuando el anuncio de esta victoria lleg a Roma, se
ordenaron tres das de accin de gracias por la victoria. Marcelo lleg a Roma poco despus y el
Senado le otorg un triunfo por unanimidad. Celebr su triunfo sobre los nsubros y los comenses
estando an en el cargo. Dej a su colega la esperanza de un triunfo sobre los boyos porque l, en
solitario, solo haba conseguido una derrota, logrando la victoria nicamente en conjuncin con su
colega. En los carros capturados al enemigo se llevaron gran cantidad de despojos, incluyendo
numerosos estandartes; en metlico se llevaron trescientos veinte mil ases de bronce y doscientos
treinta y cuatro mil denarios de plata. Cada legionario recibi una gratificacin de ochenta ases, la
caballera y los centuriones recibieron el triple.
[33,38]. Durante este ao Antoco, que haba pasado el invierno en feso, se esforz en
reducir todas las ciudades de Asia a su antigua condicin de dependencia. Con excepcin de
Esmirna y Lmpsaco, pens que todas aceptaran el yugo sin dificultad, pues o bien estaban
situadas en terreno llano, o bien estaban dbilmente defendidas por sus murallas y soldados.
Esmirna y Lmpsaco hacan valer su derecho a ser libres y exista el peligro, si se conceda su
reclamacin, de que otras ciudades jnicas y elidas siguieran el ejemplo de Esmirna, y las del
Helesponto el ejemplo de Lmpsaco. Por consiguiente, envi una fuerza desde feso para sitiar
Esmirna y orden a las tropas de Abidos que marchasen contra Lmpsaco, dejando nicamente un
pequeo destacamento para guarnecer la plaza. Mas no emple solo las armas; mand embajadores
para que intentaran persuadir a los ciudadanos, reprendiendo al mismo tiempo cuidadosamente su
temeridad y obstinacin en esperar poder obtener en un corto periodo de tiempo cuanto deseaban.
Quedara, no obstante, bien claro para ellos y para todo el mundo, que su libertad se debera a un
obsequio gratuito del rey y no a que ellos hubiesen aprovechado una oportunidad favorable para
obtenerla. En respuesta, dijeron a los embajadores que Antoco no deba sorprenderse ni enojarse si
no se resignaban pacientemente a postergar indefinidamente sus anhelos de libertad.
Al comienzo de la primavera zarp Antoco de feso hacia el Helesponto y orden a su
ejrcito que marchase desde Abidos hacia el Quersoneso. Uni sus fuerzas navales y militares en
Maditos, una ciudad del Quersoneso y, como aquella le hubiera cerrado completamente sus puertas,
la siti completamente y ya estaba a punto de aproximar sus mquinas de asedio cuando la ciudad
se rindi. El miedo que Antoco inspir de esta manera llev a los habitantes de Sesto y otras
ciudades del Quersoneso a rendirse voluntariamente. Su siguiente objetivo era Lisimaquia. Cuando
lleg aqu con todas sus fuerzas terrestres y navales, encontr el lugar abandonado y convertido en
poco ms que un montn de ruinas, pues algunos aos antes los tracios la haban capturado y
saqueado, para luego incendiar la ciudad. Hallndola en tal condicin, se apoder de Antoco el
deseo de restaurar una ciudad tan clebre y bien situada, disponindose de inmediato a afrontar las
diversas tareas que aquello supona. Se reconstruyeron casas y murallas, se liber a algunos de los
antiguos habitantes que haban sido esclavizados; busc e hizo regresar a otros, que estaban
dispersos como refugiados por todo el Quersoneso y las costas del Helesponto, atrayendo nuevos
colonos ante la perspectiva de las ventajas que lograran. Us, de hecho, todo sistema posible para

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repoblar la ciudad. Para evitar, al mismo tiempo, cualquier temor a sufrir problemas por parte de los
tracios, procedi con la mitad de su ejrcito a devastar los territorios prximos de Tracia, dejando la
otra mitad y todas las tripulaciones de los barcos para seguir con las labores de reconstruccin.
[33,39] Muy poco despus de esto, Lucio Cornelio, que haba sido enviado por el Senado para
resolver las diferencias entre Antoco y Tolomeo, hizo un alto en Selimbria, y tres de los diez
comisionados se dirigieron a Lisimaquia: Publio Lntulo desde Bargilias, Publio Vilio y Lucio
Terencio lo hicieron desde Taso. All se les uni Lucio Cornelio, desde Selimbria, y unos pocos das
despus Antoco, que regres de Tracia. El primer encuentro con los comisionados y la invitacin
posterior de Antoco fueron amables y hospitalarios; pero cuando fueron a discutir sobre sus
instrucciones y el estado de los asuntos en Asia, se tensaron los nimos por ambas partes. Los
romanos dijeron claramente a Antoco que todo cuanto haba hecho desde que su flota zarp de
Siria era desaprobado por el Senado y que ellos consideraban justo que todas las ciudades que
haban pertenecido a Tolomeo le fueran devueltas. Con respecto a aquellas ciudades que haban
formado parte de las posesiones de Filipo, y de las que l se haba apoderado, aprovechando la
oportunidad mientras Filipo estaba ocupado en la guerra contra Roma, resultaba simplemente
intolerable que, una vez los romanos hubiesen asumido durante tanto tiempo tales riesgos y
dificultades por mar y tierra, Antoco se llevara los frutos de la guerra. Suponiendo que los romanos
pudieran no hacer caso a su aparicin en Asia, como si no fuera de su incumbencia, que ocurra
con su entrada en Europa junto a todo su ejrcito y marina? Qu diferencia haba entre esto y una
abierta declaracin de guerra contra los romanos? Incluso si hubiera desembarcado en Italia dira
que aquello no significaba la guerra, pero los romanos no iban a esperar hasta que l estuviese en
condiciones de hacerlo.
[33.40] En su respuesta, Antoco expres su sorpresa porque los romanos se preocupasen
tanto de lo que Antoco deba o no hacer, y que no se detuvieran, sin embargo, a considerar qu
lmites se deban imponer a sus propios avances por tierra y mar. Asia no era asunto del Senado, y
ellos no tenan ms derecho a preguntar qu estaba haciendo Antoco en Asia del que tena l a
preguntar qu estaba haciendo el pueblo romano en Italia. En cuanto a Tolomeo y su denuncia de
que se haba apoderado de sus ciudades, l y Tolomeo estaban en trminos completamente
amistosos, y estaban en curso gestiones para unirse por lazos de matrimonio. No haba tratado de
sacar ventaja de las desgracias de Filipo ni haba llegado a Europa con ninguna intencin hostil
contra los romanos. Despus de la derrota de Lismaco, cuanto a l perteneca pas por derecho de
guerra a Seleuco, y por lo tanto lo consideraba parte de sus dominios. Tolomeo, y despus de l
Filipo, haban ocupado algunos de estas plazas en un momento en sus antepasados dedicaban sus
preocupaciones y atencin a otros asuntos. Podra haber sombra de duda sobre que el Quersoneso
y la parte de Tracia que rodeaba Lisimaquia pertenecieron anteriormente a Lismaco? Recuperar sus
antiguos derechos sobre aquellos territorios era el motivo de su llegada, as como reconstruir desde
sus cimientos la ciudad de Lisimaquia, que haba sido destruida por los tracios, para que su hijo
Seleuco pudiera usarla como capital de su reino.
[33,41] Despus de estar discutiendo sobre esto durante varios das, les lleg el rumor, de
incierto autor, de que Tolomeo haba muerto. Esto impidi que se llegase a alguna decisin; ambas
partes fingieron que no lo haban odo, y Lucio Cornelio, encargado de la misin entre Antoco y
Tolomeo, pidi un breve receso para poder entrevistarse con Tolomeo; su objetivo era desembarcar
en Egipto antes de que el nuevo ocupante del trono pudiera iniciar un cambio de poltica. Antoco,
por su parte, estaba seguro de que se podra apoderar de Egipto si tomaba posesin de l
inmediatamente; y as, se despidi de los comisionados romanos y dej a su hijo completando la
restauracin de Lisimaquia, navegando con toda su flota hacia feso. Desde all despach emisarios
a Quincio para calmar sus sospechas y asegurarle que nada cambiara en su alianza. Costeando las

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orillas de Asia llegaron a Ptaras, en Licia, enterndose all de que Tolomeo estaba vivo. Abandon
entonces toda intencin de navegar a Egipto, pero sigui su viaje hasta Chipre. Cuando hubo
rodeado el promontorio de Quelidonias, se retras un tiempo en Panfilia, cerca del ro Eurimedonte
por culpa de un motn entre los remeros. Despus de continuar su viaje hasta las conocidas como
las cabezas del ro Saro fue alcanzado por una terrible tormenta que casi lo hundi con toda su
flota. Muchos de los barcos quedaron destruidos, otros muchos encallaron y un gran nmero de
ellos se fue a pique tan de repente que nadie pudo nadar hasta tierra. Se produjo una enorme prdida
de vidas; no solo multitudes de marineros y soldados annimos, sino tambin muchos amigos del
rey, hombres distinguidos, se hallaron entre las vctimas. Antoco reuni los restos de su destrozada
flota, pero como no estaba en condiciones de intentar llegar a Chipre, regres a Seleucia, mucho
ms pobre en hombres y recursos que cuando inici su expedicin. Aqu orden la varada de los
barcos, pues el invierno se acercaba, y el parti a Antioqua para pasar el invierno. Tal era la
situacin en que estaban los reyes.
[33.42] Este ao, por primera vez, se nombraron triunviros epulones, a saber, Cayo Licinio
Lculo, el tribuno de la plebe que haba logrado la aprobacin de la ley por la que se nombraban, y
con l Publio Manlio y Publio Porcio Leca. Se les permiti, por ley, llevar la toga pretexta como los
pontfices. Sin embargo, este ao estall una grave disputa entre el conjunto de los sacerdotes y los
cuestores de la ciudad, Quinto Fabio Laben y Publio Aurelio. El Senado haba decidido que se
efectuara el ltimo reembolso del dinero prestado por los particulares para la guerra pnica,
necesitndose dinero para ello. Los cuestores les exigieron las contribuciones que no hubiesen
efectuado durante la misma. Apelaron en vano a los tribunos de la plebe y se les oblig a pagar su
parte por cada ao de guerra. Murieron dos pontfices murieron durante el ao; fueron sustituidos
por el cnsul Marco Marcelo, en lugar de Cayo Sempronio Tuditano, que haba muerto mientras
serva como pretor en Hispania, y por Lucio Valerio Flaco en lugar de Marco Cornelio Ctego.
Tambin muri, muy joven, el augur Quinto Fabio Mximo, antes de poder desempear ninguna
magistratura; no se le nombr sucesor durante el ao.
Las elecciones consulares fueron celebradas por Marco Marcelo; los nuevos cnsules fueron
Lucio Valerio Flaco y Marco Porcio Catn. Los pretores electos fueron Cneo Manlio Volsn, Apio
Claudio Nern, Publio Porcio Leca, Cayo Fabricio Luscino, Cayo Atinio Laben y Publio Manlio.
Los ediles curules, Marco Fulvio Nobilior y Cayo Flaminio, vendieron durante el ao un milln de
modios de trigo al pueblo, a dos ases el modio. Este trigo fue enviado por los sicilianos en seal de
respeto por Cayo Flaminio y en honor a la memoria de su padre; Flaminio quiso compartir la gracia
del gesto con su colega. Se celebraron con gran esplendor los Juegos Romanos y se repitieron en
tres das distintos. Los ediles plebeyos, Cneo Domicio Enobarbo y Cayo Escribonio Curio, llevaron
ante el tribunal del pueblo a varios mercaderes de ganados de los pastos pblicos; tres de ellos
fueron condenados y de las multas que se les impuso construyeron un templo en la isla de Fauno.
Los Juegos Plebeyos se repitieron dos das y se dio el banquete de costumbre.
[33.43] El 15 de marzo (195 a.C.), el da en que tomaron posesin del cargo, los nuevos
cnsules presentaron a discusin en el Senado la asignacin de las provincias. El Senado decidi
que, ya que la guerra en Hispania se estaba extendiendo de manera tan grave como para requerir la
presencia de un cnsul y un ejrcito consular, Hispania Citerior debera ser una de las dos
provincias consulares. Se aprob una resolucin para que los cnsules llegasen a un acuerdo o que
sorteasen aquella provincia e Italia. Al que le correspondiera Hispania se le asignaran dos legiones,
quince mil infantes aliados latinos y ochocientos jinetes y una flota de veinte buques de guerra. El
otro cnsul debera alistar dos legiones; aquello se consideraba suficiente para guarnecer la Galia,
despus del golpe demoledor asestado el ao anterior a boyos e nsubros. A Catn correspondi
Hispania y a Valerio, Italia. Despus, los pretores sortearon sus provincias. Cayo Fabricio Luscino
recibi la jurisdiccin urbana y Cayo Atinio Laben la jurisdiccin peregrina; a Cneo Manlio

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Volsn correspondi Sicilia; a Apio Claudio Nern, la Hispania Ulterior; a Publio Porcio Leca, Pisa,
para amenazar a los ligures por su retaguardia. Publio Manlio fue asignado al cnsul para auxiliarle
en Hispania Citerior. Debido a la actitud sospechosa de Antoco, los etolios, Nabis y los
lacedemonios, Tito Quincio vio prorrogado su mando otro ao, con las dos legiones que ya tena.
Los cnsules alistaran todos los refuerzos necesarios para completar la totalidad de sus plantillas y
los enviaran a Macedonia. Adems de la legin que haba mandado Quinto Fabio, se autoriz a
Apio Claudio para alistar otros dos mil infantes y doscientos jinetes. El mismo nmero de soldados
de infantera y caballera se asign a Publio Manlio, para emplearlos en la Hispania Citerior junto
con la legin que haba servido bajo el pretor Quinto Minucio. Se decret que, del ejrcito de la
Galia, se llevaran diez mil soldados de infantera y quinientos de caballera para actuar por los
alrededores de Pisa, en Etruria. Tiberio Sempronio Longo vio prorrogado su mando en Cerdea.
[33.44] Tal fue la distribucin de las provincias. Antes de que los cnsules dejaran la Ciudad
se les requiri, de acuerdo con un decreto de los pontfices, para que proclamasen una primavera
sagrada. Esta deba celebrarse en cumplimiento de una promesa hecha por el pretor Aulo Cornelio
Mmula, segn el deseo del Senado y por el orden del pueblo, veintin aos antes, durante el
consulado de Cneo Servilio y Cayo Flaminio. Cayo Claudio Pulcro, el hijo de Apio, fue nombrado
por entonces augur en lugar de Quinto Fabio Mximo, que haba muerto el ao anterior. Mientras
todos se extraaban de que nada se hiciera respecto a la guerra que haba estallado en Hispania,
lleg una carta de Quinto Minucio anunciando que se haba enfrentado victoriosamente a los
generales hispanos Budare y Besadine, y que el enemigo haba perdido doce mil hombres, Budare
haba resultado prisionero y el resto fue derrotado y puesto en fuga. Una vez leda la carta,
disminuy la inquietud sobre las dos Hispanias, donde se haba previsto una guerra de grandes
proporciones. La preocupacin se centr ahora sobre Antoco, especialmente tras el regreso de los
diez comisionados. Despus de informar sobre las negociaciones con Filipo y los trminos en que se
haba hecho la paz con l, dejaron claro que era inminente una guerra al menos a la misma escala
contra Antoco. Este haba desembarcado en Europa, segn informaron al Senado, con una enorme
flota y un esplndido ejrcito, y si no hubiese desviado su atencin hacia la invasin de Egipto una
esperanza infundada, basada en un rumor incierto, Grecia ya se habra visto inflamada por las
llamas de la guerra. Ni siquiera los etolios, un pueblo inquieto por naturaleza y ahora intensamente
resentido contra los romanos, dejaran de intervenir. Y haba otro mal an ms formidable hundido
en las entraas de Grecia: Nabis, que era por entonces el tirano de Lacedemonia, pero al que si se le
dejaba se convertira en el de toda Grecia, era hombre en el que la codicia y la brutalidad rivalizaba
con los ms notorios tiranos de la historia. Si, una vez llevados de vuelta a Italia los ejrcitos
romanos, se le permita mantener Argos como una fortaleza que amenaza la totalidad del
Peloponeso, la liberacin de Grecia de Filipo habra sido en vano; en todo caso, en lugar de un
monarca distante tendran por dueo a un tirano prximo.
[33,45] Despus de escuchar estas declaraciones, hechas por hombres de tal peso y cuyo
juicio, adems, se basaba en cuestiones observadas por ellos mismos, el Senado fue de la opinin de
que aunque la poltica a seguir respecto a Antoco era la cuestin ms importante que se les
presentaba, an as, como el rey, cualquiera que fuese el motivo, se haba retirado a Siria, pareca
ms urgente considerar en primer lugar qu hacer respecto al tirano. Tras un largo debate, sobre si
haba suficientes motivos para una declaracin formal de guerra o si sera suficiente dejar a Tito
Quincio libertad de accin en lo referente a Nabis, segn considerase mejor para los intereses de la
repblica, se decidi dejar el asunto a su criterio. Se hizo as al no parecerles que tomar estas
decisiones antes o despus no seran de vital importancia para el Estado. Una cuestin mucho ms
urgente era qu haran Anbal y Cartago ante el caso de una guerra con Antoco. Los miembros del
partido opositor a Anbal escriban constantemente a sus amigos en Roma; segn su versin, Anbal
haba mandado mensajeros con cartas para Antoco, habiendo mantenido emisarios del rey

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conferencias secretas con l. As como existen bestias salvajes que no podan ser amansadas, as era
de indmito e implacable el nimo de este hombre. Se quejaba de que sus compatriotas se
enervaban cada vez ms por culpa de la inactividad y se dorman en la indolencia y la pereza, y que
solo despertaran con el fragor de las armas. Las gentes estaban an ms dispuestas a creer estas
afirmaciones al recordar que fue este hombre el responsable del inicio y el fin de la ltima guerra.
Una reciente disposicin suya, adems, haba provocado un fuerte resentimiento entre muchos de
los potentados.
[33.46] Predominaba por entonces en Cartago la clase judicial, debido principalmente al
hecho de que ocupaban el cargo de por vida. Las propiedades, la reputacin y la vida de todo el
mundo estaban en sus manos. Quien ofendiera a uno de aquella clase tendra por enemigo a cada
miembro de ella y, cuando los jueces resultaban hostiles, siempre se encontrara un acusador entre
ellos. Mientras estos hombres ejercan tan desenfrenado despotismo, pues usaban de su poder sin
tener en cuenta los derechos de sus conciudadanos, Anbal, que haba sido nombrado pretor, orden
que se convocara al cuestor ante l. El cuestor no atendi la convocatoria; perteneca al partido
opositor y, an ms, como de la cuestura se sola pasar a la judicatura, estamento todopoderoso, se
daba ya aires acordes al poder que pronto ostentara. Considerando Anbal que este comportamiento
era indigno, envi un funcionario para arrestar al cuestor y, llevndolo ante la Asamblea, Anbal
denunci no solo al cuestor, sino a todo el orden judicial, cuya insolencia y prepotencia haban
subvertido completamente las leyes y la autoridad de los magistrados que deban hacerlas cumplir.
Cuando vio que sus palabras tenan una acogida favorable, y que la insolencia y tirana de aquel
orden se reconocan como un peligro para la libertad del ms humilde ciudadano, se apresur a
proponer y promulgar una ley por la que los jueces deberan ser elegidos cada ao y ninguno podra
ocupar el cargo durante dos aos consecutivos. No obstante, cualquiera que fuese la popularidad
lograda entre las masas por esta medida, qued contrarrestada por la ofensa inferida a gran nmero
de notables. Otra ms que tom en inters general despert una intensa hostilidad personal contra
l. Los ingresos pblicos estaban siendo desperdiciados, en parte a causa de un manejo descuidado
y en parte por el fraude que cometan algunos principales y magistrados. El resultado era que no
haba dinero suficiente para cubrir el pago anual de la indemnizacin a Roma, llegando a parecer
muy probable que se impusiera a los particulares un fuerte impuesto.
[33.47] Cuando Anbal se hubo informado sobre la cantidad a que ascendan todas las rentas,
de tierra y de mar, los gastos que se hacan, qu proporcin iba a las necesidades corrientes del
Estado y cunto se haba malversado, declar pblicamente en la Asamblea que si se exiga cuanto
se deba, el Estado tendra riqueza suficiente para afrontar el pago del tributo a los romanos sin
necesidad de ninguna contribucin a los particulares. Y cumpli con su palabra. Los que durante
aos haban estado engordando a costa del tesoro pblico estaban tan furiosos como si aquello fuera
una incautacin de sus bienes personales, en vez de la recuperacin forzosa de todo lo que haban
robado. En su furia, comenzaron a instigar a los romanos, que ya de suyo propio buscaban una
excusa para volcar su odio contra l. Durante mucho tiempo, esta poltica encontr un enemigo en
Publio Escipin Africano, que consideraba impropio de la dignidad del pueblo romano apoyar los
ataques de los acusadores de Anbal o entrometer la autoridad del Estado en las polticas partidistas
de Cartago, no contentndose con haber derrotado a Anbal en campo abierto y tratndolo como si
fuera un criminal contra el que apareceran acusando, prestando juramento y declarando en su
contra. Al final, sin embargo, sus opositores se salieron con la suya y se enviaron delegados a
Cartago para sealar all ante el Senado que Anbal estaba haciendo planes con Antoco para iniciar
la guerra. Cneo Servilio, Marco Claudio Marcelo y Quinto Terencio Culen componan la
delegacin. A su llegada a Cartago fueron asesorados por los enemigos de Anbal para que dijeran, a
quienes preguntaran el motivo de su llegada, que haban venido para resolver las diferencias entre
Masinisa y el gobierno de Cartago. Esta explicacin fue creda por todo el mundo. Solo Anbal no

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se llam a engao, saba que l era el objetivo de los romanos y que el motivo subyacente de la paz
con Cartago fue que l quedase como la nica vctima de su eterna hostilidad. Decidi inclinarse
ante la tormenta y la fortuna y, despus de hacer todos los preparativos para la huida, se dej ver
durante todo el da en el foro para alejar toda sospecha; en cuanto se hizo la oscuridad, fue con su
ropa de calle hasta la puerta, acompaado por dos ayudantes que no saban de sus planes, y parti.
[33.48] Los caballos que haba ordenado estaban dispuestos y cabalg durante la noche hasta
Bizacio -que es el nombre de un distrito rural- llegando al da siguiente a un castillo de su propiedad
en la costa, entre Acila y Tapso. All le esperaba un barco, con su dotacin de remeros y preparado
para partir de inmediato. As fue como se retir Anbal de frica, lamentando ms la suerte de su
patria que la suya propia. Aquel mismo da desembarc en la isla de Cercina. All encontr algunos
buques mercantes fenicios cargados de mercancas y, al desembarcar, se vio rodeado por las gentes
que le daban la bienvenida. En respuesta a sus preguntas, les contest que iba a Tiro como
embajador. Temiendo, sin embargo, que alguno de aquellos buques pudiese partir por la noche hacia
Tapso o Adrumeto y dar noticia de su aparicin en Cercina, orden que se hicieran los preparativos
para hacer un sacrificio e invit a los capitanes de los barcos y a los mercaderes a la celebracin.
Dio tambin instrucciones para que recogieran las velas y antenas de las naves, de manera que
pudieran formar un toldo que diera sombra en la playa a los invitados, pues estaban a mitad del
verano. La celebracin tuvo lugar con todo el lujo que el tiempo y las circunstancias permitan,
prolongndose el festn hasta la noche y consumindose gran cantidad de vino. En cuanto tuvo la
oportunidad de escapar a la observacin de los que estaban en el puerto, Anbal zarp. Los dems
quedaron sumidos en el sueo, y no se recuperaron de su sopor hasta bien avanzado el da siguiente,
torpes por culpa de la borrachera, teniendo que pasar varias horas hasta que consiguieron devolver
los aparejos a sus buques. En la casa de Anbal, en Cartago, la multitud habitual se aglomer en
grandes cantidades en el vestbulo. Cuando se hizo de conocimiento general que no se encontraba
all, la multitud irrumpi en el foro exigiendo la aparicin de su primer ciudadano. Algunos,
adivinando la verdad, sugirieron que haba huido; otros -y estos fueron los ms numerosos y los que
ms gritaban- decan que le haban dado muerte los romanos en una traicin. En los rostros se vean
distintas expresiones, como era de esperar en una ciudad desgarrada por los partidarios de distintas
facciones. Luego, lleg la noticia de que haba sido visto en Cercina.
[33,49] Los delegados romanos informaron al consejo de Cartago que el Senado haba
constatado que Filipo haba hecho la guerra a Roma a instancias principalmente de Anbal y que
este haba enviado recientemente cartas a Antoco y los etolios, habiendo hecho planes para llevar a
Cartago a una revuelta. Se haba marchado con Antoco, no con ningn otro, y nunca descansara
hasta haber desencadenado la guerra en todo el mundo. Si los cartagineses queran satisfacer al
pueblo romano, ninguna de sus acciones. deba quedar impune y deban dejar claro que ni
respondan a sus deseos ni contaban con la sancin de su gobierno. Los cartagineses respondieron
que haran cuanto los romanos considerasen correcto. Despus de una travesa sin problemas,
Anbal lleg a Tiro, donde los fundadores de Cartago dieron la bienvenida, como a una segunda
patria, al hombre que se haba distinguido con todos los honores posibles. Tras una corta estancia
aqu, sigui su viaje a Antioqua. Aqu se enter de que el rey se haba marchado a Asia y mantuvo
una entrevista con su hijo, que estaba celebrando en aquel momento los Juegos de Dafne, quien le
dio recibi amablemente. Deseando no perder tiempo, sigui de inmediato su viaje y hall al rey en
feso, sin poder an decidirse sobre la cuestin de la guerra con Roma. La llegada de Anbal no fue
el factor menos influyente para que su nimo se decidiera. Los etolios, adems, se mostraban cada
vez ms reacios a su alianza con Roma. Haban enviado una embajada a Roma para demandar la
devolucin de Farsala, Lucade y algunas otras ciudades, bajo los trminos del tratado anterior,
siendo remitidos por el Senado a Tito Quincio.

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LIBRO XXXIV. FIN DE LA GUERRA MACEDNICA


[34,1] (195 a.C.) Ocupados con graves guerras, algunas apenas finalizadas y otras
amenazantes, tuvo lugar un incidente que, aunque poco importante en s mismo, result en un
violento y apasionado conflicto. Dos de los tribunos de la plebe, Marco Fundanio y Lucio Valerio,
haban presentado una propuesta para derogar la ley Opia. Esta ley se haba aprobado a propuesta
de Marco Opio, un tribuno de la plebe, durante el consulado de Quinto Fabio y Tiberio Sempronio y
en pleno fragor de la Guerra Pnica. Prohiba a cualquier mujer la posesin de ms de media onza
de oro, llevase ropas de varios colores o subiese en vehculo de tiro a menos de una milla de la
Ciudad o de cualquier ciudad romana a menos que fuera a tomar parte en alguna celebracin
religiosa pblica. Los dos Brutos -Marco Junio y Tito Junio- ambos tribunos de la plebe, defendan
la ley y declararon que no permitiran que fuese derogada; muchos nobles salieron a hablar en favor
o en contra de la derogacin; el Capitolio estaba lleno de partidarios y opositores a la propuesta; las
matronas no pudieron ser mantenidas en la intimidad de sus hogares, ni por la autoridad de los
magistrados, ni por las rdenes de sus maridos, ni por su propio sentido de la decencia. Ocuparon
todas las calles y bloquearon los accesos al Foro, implorando a los hombres que se cruzaban en su
camino que permitieran a las mujeres volver a sus antiguos adornos, ahora que la repblica estaba
floreciente y aumentaban da a da las fortunas privadas. Su nmero aumentaba diariamente con
aquellas que haban venido desde las poblaciones rurales. Por fin, se atrevieron a aproximarse a los
cnsules, pretores y otros magistrados con sus demandas, encontrndose con que uno de los
cnsules, Marco Porcio Catn, se opona inflexiblemente a su peticin. Este habl de la siguiente
manera en defensa de la ley:
[34,2] Si cada uno de nosotros, Quirites, hubisemos hecho norma de proteger los derechos y
autoridad del marido en nuestros propios hogares, no tendramos ahora este problema con el
conjunto de nuestras mujeres. As estn ahora las cosas respecto a nuestra libertad, confrontada y
vencida por la insubordinacin femenina en el hogar, destrozada y pisoteada aqu en el Foro, y
porque fuimos incapaces de resistirlas individualmente debemos temerlas ahora unidas. Sola yo
pensar que se trataba de una historia fabulosa aquella que nos contaba que en cierta isla haba
sido eliminado todo el sexo masculino a causa de una conspiracin entre las mujeres; no hay clase
alguna de gentes de las que no se puedan esperar los ms graves peligros si se permite que sigan
adelante las intrigas, las conspiraciones y los encuentros secretos. Casi no puedo decidir qu es
peor, el asunto en s o el nefasto precedente que establece. Esto ltimo nos concierne a nosotros
como cnsules y magistrados; lo primero os concierne a vosotros, Quirites. Que la medida que se
os presenta sea en beneficio de la repblica o no, lo decidiris con vuestro voto; este revuelo entre
las mujeres, ya sea por un movimiento espontneo o por vuestra instigacin, Marco Fundanio y
Lucio Valerio, y que ciertamente apunta a una falta por parte de los magistrados, no s si os
califica ms a vosotros, tribunos, o a los cnsules. Ir en vuestro descrdito si habis llevado
vuestra agitacin tribunicia al punto de provocar la intranquilidad entre las mujeres; pero an
mayor desgracia caer sobre nosotros si hemos de someternos a las leyes por el temor de una
secesin suya, como ya lo hicimos antes con ocasin de la secesin de la plebe. No sin vergenza
he llegado hasta el Foro por entre un ejrcito de mujeres. Si mi respeto por la dignidad y modestia
de algunas de ellas, ms que cualquier consideracin por ellas en su conjunto, no me hubiera
impedido reprenderlas pblicamente para que no se dijera que el cnsul las amonestaba, les
hubiera dicho: Qu es esta costumbre que habis tomado de correr por todas partes, bloquear las
calles y abordar a los maridos de otras? No podais cada una de vosotras exponer la misma
cuestin a vuestros maridos y en vuestro hogar? Sois en pblico ms convincentes que en privado,
ms persuasivas con los maridos de las dems que con el vuestro? Si las matronas quedaran, por
su natural modestia, mantenidas dentro de los lmites de sus derechos, ni en vuestra casa os sera

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adecuado ocuparos de qu leyes se aprueban o derogan aqu. Nuestros antepasados no quisieron


que mujer alguna participara en asuntos, incluso privados, excepto a travs de un tutor,
colocndolas bajo la tutela de sus padres, hermanos o esposos. Nosotros, si a los dioses place,
sufrimos ahora que incursionen en poltica y se mezclen en la actividad del Foro, en los debates
pblicos y en las elecciones. Qu estn haciendo ahora en la va pblica y en las esquinas, sino
influyendo en la plebe sobre las propuestas de los tribunos para que se vote a favor de la
derogacin de la ley? Aflojad las riendas a un carcter obstinado, a una criatura que no ha sido
domesticada, y luego esperad que ellas mismas pongan lmites a su licenciosidad, cuando vosotros
mismos no lo habis hecho. Y si vosotros no los ponis, esta es la ms pequea de las muestras de
lo que, impuesto a las mujeres por las costumbres o por las leyes, soportan ellas con impaciencia.
Lo que realmente quieren es la libertad sin restricciones; o, para decir la verdad, el libertinaje. En
verdad, si ahora ganan qu no intentarn?.
[34,3] Revisad todas las leyes referidas a la mujer con que nuestros antepasados frenaron su
licenciosidad y las sometieron a la obediencia a sus maridos; y an a pesar de todas esas
limitaciones, apenas las podis sujetar. Si les permits que arrojen tales restricciones y que os las
quiten de las manos, para ponerse finalmente en igualdad con sus esposos, creis que las podris
tolerar? Desde el momento en que se conviertan en vuestras iguales, sern vuestras superiores.
Pero, por Hrcules!, no es que se resistan a que se les imponga una nueva restriccin, ni que se
opongan a alguna injuria en vez de a una ley. No, lo que ellas estn exigiendo es la derogacin de
una ley que promulgasteis con vuestros votos y que la experiencia de todos estos aos ha
sancionado y justificado. Si derogis esta ley, significar que debilitis todas las dems. Ninguna
ley es igualmente satisfactoria para todos; lo nico que se pretende es que resulte beneficiosa en
general y buena para la mayora. Si todo el que se sintiera personalmente agraviado por una ley
fuera a destruirla y a abolirla, de qu servir que los ciudadanos hagan leyes que en poco tiempo
puedan ser derogadas por aquellos a quienes va dirigida? Me gustara, sin embargo, conocer la
razn por la cual estas matronas se han lanzado tumultuosamente a las calles y apenas han
logrado mantenerse alejadas del Foro y la Asamblea. Ha sido para que los prisioneros
capturados por Anbal, sus padres y maridos, sus hijos y hermanos, sean rescatados? Tal
desgracia est lejos de la repblica, y ojal permanezca siempre as! Sin embargo, cuando esto
sucedi os negasteis a hacerlo a pesar de sus piadosas splicas. Sin embargo, no es el respetuoso
afecto y la preocupacin por los que aman, sino la religin, lo que las ha reunido: van a dar la
bienvenida a la Madre del Ida, que llega de Pesinunte, en Frigia. Qu pretexto, que al menos
pueda parecer respetable, se da para esta insurreccin femenina? Que podamos brillar, dicen, con
oro y prpura, que podamos subir en carruajes tanto los das festivos como los de diario, como en
un desfile triunfal por haber derrotado y derogado una ley tras capturar y forzar vuestros votos.
No queremos ningn lmite al gasto y al despilfarro!
[34,4] Muchas veces me habis odo quejarme de los caros hbitos de las mujeres y a
menudo, tambin, de los de los hombres, no solo ciudadanos particulares, sino incluso
magistrados; y a menudo he dicho que la repblica sufre de dos vicios opuestos, avaricia y
despilfarro, enfermedades pestilentes que han demostrado ser la ruina de todos los grandes
imperios. Cuanto ms brillante y mejor es la fortuna de la repblica a cada da que pasa, y cuanto
ms crecen sus dominios -que justo ahora acaban de penetrar en Grecia y Asia, regiones llenas de
todo cuanto pueda tentar el apetito o excitar el deseo, poniendo incluso las manos sobre los tesoros
de los reyes, ms temo la posibilidad de que estas cosas nos cautiven a nosotros, en vez de nosotros
a ellas. Creedme, las estatuas tradas de Siracusa fueron banderas enemigas introducidas en la
Ciudad. He odo a demasiadas personas alabar y admirar las que adornan Atenas y Corinto, y
rindose de las antefijas de arcilla de nuestros dioses en sus templos. Por mi parte, prefiero las de
estos dioses, que nos son propicios, y confo en que seguirn sindolo mientras les permitamos

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seguir en sus actuales moradas.


En los das de nuestros antepasados Pirro intent, a travs de su embajador Cineas y
mediante sobornos, ganarse la lealtad no solo de los hombres, sino de las mujeres. An no se haba
aprobado la ley Opia para moderar la extravagancia femenina y, sin embargo, ni una sola mujer
acept un regalo. Cul creis que fue la razn? La misma por la que nuestros antepasados no
tuvieron que hacer ninguna ley al respecto: no haba despilfarro que restringir. Se deben conocer
primeramente las enfermedades antes de poder aplicar los remedios; as, aparecen antes las
pasiones que las leyes que las limitan. Qu origin la ley Licinia, que pona un lmite de
quinientas yugadas, sino el afn desmedido de unir tierras y tierras? Qu llev a la aprobacin de
la Ley Cincia, relativa a los regalos y las comisiones, sino la condicin de los plebeyos que ya
haban empezado a convertirse en tributarios y estipendiarios del Senado? Por ello, no es de
extraar que no fueran precisas en aquellos das ni la Opia ni cualquier otra ley destinada a poner
coto al despilfarro de mujeres que rechazaban el oro y la prpura que libremente se les ofreca. Si
Cineas viniera a la Ciudad en estos das con sus regalos, se encontrara por las calles a mujeres de
pie y bien dispuestas a aceptarlos.
Hay algunos deseos de los que no puedo penetrar ni el motivo ni la razn. Que lo que est
permitido a otro no se te permita a ti, naturalmente, debe provocar un sentimiento de vergenza o
indignacin; pero cuando todos estn al mismo nivel por lo que respecta al vestido, por qu ha de
temer alguna que en ella se vea escasez o pobreza? Esta ley os quita ese doble motivo de
humillacin, pues no poseis aquello que se os prohbe poseer. Dir la mujer rica: Precisamente, es
esta igualacin lo que no soporto. Por qu no he de ser admirada por mi oro y mi prpura? Por
qu se cubre la pobreza de las otras bajo esta ley, de modo que puedan aparentar poseer lo que, de
estar permitido, no poseeran?
Deseis, Quirites, provocar una rivalidad de esta naturaleza en vuestras esposas, donde las
ricas quieran poseer lo que nadie puede pagar y las pobres, para no ser despreciadas por su
pobreza, se excedan en sus gastos ms all de sus medios? Dependiendo de ellas, en cuanto una
mujer empieza a avergonzarse de lo que no debe, pronto deja de sentir vergenza por lo que s
debe. La que est en condiciones de hacerlo, obtendr lo que quiere con su propio dinero; la que
no, se lo pedir a su marido. Y el marido estar en una situacin lamentable tanto si da como si
niega, pues en este ltimo caso ver a otro dando lo que l se neg a dar. Ahora piden a los
maridos de otras y, lo que es peor, estn pidiendo el voto para la derogacin de una ley,
obtenindolo de algunos contra vuestros intereses, vuestras propiedades y vuestros hijos. Una vez
la ley haya dejado de fijar un lmite a los gastos de vuestras esposas, nunca lo fijaris vosotros. No
pensis, Quirites, que las cosas sern iguales a como eran antes de aprobar una ley sobre este
asunto. Es ms seguro no acusar a un malhechor antes que juzgarlo y absolverlo; el lujo y el
despilfarro seran ms tolerables si nunca hubieran sido excitados de lo que ser ahora si, como
bestias salvajes, se les irrita con las cadenas y luego se les libera. Yo en modo alguno pienso que se
deba derogar la ley Opia, y ruego a los dioses que sea para bien lo que decidis.
[34,5] Despus de esto, los tribunos de la plebe que haban anunciado su intencin de vetar la
derogacin hablaron brevemente en el mismo sentido. Luego, Lucio Valerio pronunci el siguiente
discurso en defensa de su propuesta: Si solo hubieran sido ciudadanos privados los que se
presentaran para argumentar en favor o en contra de la medida que hemos propuesto, habra
esperado en silencio vuestro voto, considerando que ya se haba dicho suficiente por ambas partes.
Pero ahora, cuando un hombre de tanto carcter como Marco Porcio, nuestro cnsul, se opone a
nuestro proyecto de ley, y no simplemente ejerciendo su autoridad personal, que an
permaneciendo en silencio ejercera tanta influencia, sino tambin mediante un largo y
cuidadosamente pensado discurso, resulta necesario pronunciar una breve respuesta. Ha dedicado,
cierto es, ms tiempo a criticar a las matronas que a argumentar contra la propuesta, dejando
incluso la duda de si los actos de las matronas que censura se deben a su propia iniciativa o son

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instigacin nuestra. Defender la propuesta de ley y no a nosotros mismos, pues aquello se lanz
ms como una acusacin de palabra que en cuanto al fondo de la cuestin. Porque disfrutamos
ahora de las bendiciones de la paz y el Estado florece y prospera, hacen las matronas una peticin
pblica para que se derogue una ley que fue aprobada en su contra bajo la presin del tiempo de
guerra. Califica esta accin suya como un complot, un movimiento sedicioso, llamndolo a veces
sedicin femenina. S cmo se eligen estas y otras fuertes expresiones para aumentar un hecho y
todos sabemos que, aunque de carcter naturalmente suave, Catn es un poderoso orador que, a
veces, suena casi amenazante. De qu innovacin son culpables las matronas, presentndose
pblicamente y en masa por un motivo que les afecta tan de cerca? Nunca antes haban aparecido
en pblico? Citar tus propios Origines contra ti. Mira cuntas veces lo han hecho, y siempre en
beneficio pblico.
En los mismos principios, durante el reinado de Rmulo y despus de la captura del
Capitolio por los sabinos, cuando haba dado comienzo una batalla campal en el Foro, no fue
detenido el combate por las matronas que se precipitaron por entre las lneas? Y cuando, despus
de la expulsin de los reyes, las legiones volscas mandadas por Marcio Coriolano fijaron su
campamento a cinco millas de la Ciudad, no fue la presencia de las matronas la que hizo dar la
vuelta a aquel enemigo que de otra forma habra reducido esta Ciudad a ruinas? Cuando fue
capturada por los galos, no fueron las matronas las que por acuerdo general trajeron su oro para
rescatarla? Y, para no tener que buscar antiguos precedentes, qu pas en la ltima guerra,
cuando el dinero que precisaba el Tesoro fue proporcionado por las viudas? Incluso cuando se
invit a nuevos dioses para que nos ayudaran en nuestros momentos de angustia, no fueron las
matronas las que marcharon en grupo hasta la orilla del mar para recibir a la Madre del Ida?
Podrs decir que se trata de casos distintos No es mi propsito equipararlos, pero basta para
anular la acusacin de que es una conducta que carece de precedentes. Y, sin embargo, en los
asuntos que afectaban a hombres y mujeres por igual a nadie sorprendieron sus actos; por qu
entonces debiramos sorprendernos porque lo hagan en un asunto que les afecta especialmente?
Pues, qu han hecho? Muy soberbios odos tendramos, vlgame dios, si considersemos una
indignidad atender las splicas de mujeres honestas, cuando los amos se dignan escuchar los
ruegos de sus esclavos.
[34,6] Y llego ahora a la cuestin que se discute. Aqu, el cnsul ha adoptado una doble lnea
de argumentacin, pues ha protestado contra la derogacin de cualquier ley y en particular contra
la de esta, que fue promulgada para sujetar el lujo de las mujeres. Su defensa de las leyes, en su
conjunto, me pareci la que un cnsul debe hacer; sus crticas contra el lujo son las que
corresponden a una estricta y severa moralidad. Por lo tanto, a menos que se demuestre la
debilidad de ambas lneas de argumentacin, existe el riesgo de que se os pueda inducir a error. En
cuanto a las leyes que se han promulgado, no para una emergencia temporal, sino para todo
momento como de utilidad permanente, debo admitir que ninguna de ellas debe ser derogada, a no
ser que la experiencia haya demostrado que resulta daina o que los cambios polticos la han
convertido en intil. Pero veo que las leyes que se han impuesto a causa de crisis particulares
resultan, si se me permite decirlo as, mortales y sujetas a los cambios de los tiempos. Las leyes
hechas en tiempos paz son derogadas por la guerra y las promulgadas en tiempos de guerra
quedan rescindidas por la paz, as como en el gobierno de un buque unas maniobras son tiles
durante el buen tiempo y otras durante el malo. Siendo estas dos clases de leyes de distinta
naturaleza, a qu tipo de ley correspondera esta que proponemos derogar? Se trata de una
antigua ley de los reyes, coetnea de la Ciudad, o es de una etapa posterior e inscrita por los
decenviros en las Doce Tablas para codificar las leyes? Es una ley sin la que nuestros
antepasados pensaban que no podran preservar el honor y la dignidad de nuestras matronas, y
que si la derogamos deberamos pensar que tendremos buenas razones para temer que con ello
destruiremos la dignidad y la pureza de nuestras mujeres? Quin no sabe que se trata de una ley

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reciente, aprobada hace veinte aos durante el consulado de Quinto Fabio y Tiberio Sempronio? Si
las matronas llevaban una vida ejemplar sin ella, qu peligro hay, en realidad, de que puedan
caer en el derroche una vez derogada? Si esa ley fue aprobada con el nico motivo de limitar los
excesos femeninos, debera existir algn temor de que su derogacin pudiera excitarlos; sin
embargo, son las circunstancias bajo las que se aprob las que revelan el por qu de la misma.
Anbal estaba en Italia; haba logrado la victoria de Cannas y era el amo de Tarento, Arpa y
Capua, resultando muy probable que llevara su ejrcito hasta Roma. Nuestros aliados nos haban
abandonado, no tenamos reservas con las que reponer nuestras prdidas, ni marinos para sostener
la flota, ni dinero en el Tesoro. Tuvimos que armar a los esclavos, que fueron comprados a sus
amos a condicin de que el precio de compra se habra de abonar al final de la guerra; los
publicanos se comprometieron a suministrar grano y todo lo necesario para la guerra con la
misma condicin de pago. Cedimos nuestros esclavos, en nmero proporcional a nuestro censo,
para que sirvieran como remeros y pusimos todo nuestro oro y plata al servicio de la repblica, con
los senadores dando ejemplo. Las viudas y los menores colocaron su dinero en el erario pblico y
se aprob una ley que fijaba el mximo de monedas de oro y plata que podamos tener en nuestras
casas. En una crisis como aquella, estaban tan preocupadas las matronas por el lujo y los
adornos que hubo que promulgar la ley Opia para refrenarlas? fue entonces cuando el Senado
dispuso que se limitara el luto a treinta das, porque se haban interrumpido los ritos de Ceres por
culpa de estar todas las matronas de luto! Quin no ve que la pobreza y la miserable condicin de
los ciudadanos, cada uno de los cuales tuvo que dedicar su dinero a las necesidades de la
repblica, fueron los que motivaron realmente esa ley que deba permanecer en vigor mientras
siguiera presente la razn de su promulgacin? Si cada decreto aprobado por el Senado y cada
orden emitida por el pueblo para enfrentar una emergencia debe permanecer en vigor para
siempre, por qu estamos pagando a los particulares las cantidades que adelantaron? Por qu
estamos haciendo contratos pblicos con pago al contado? Por qu no se compran esclavos para
servir como soldados y no cedemos cada uno de nosotros a los nuestros para que sirvan, como
entonces, de remeros?
[34,7] Todos los estamentos de la sociedad y todos los hombres sienten para mejor el cambio
en la situacin de la repblica; van a ser nicamente nuestras esposas las excluidas del disfrute
de la paz y la prosperidad? Nosotros, sus esposos, vestiremos prpura; la toga pretexta sealar a
quienes desempean magistraturas y sacerdocios pblicos; la llevarn nuestros hijos, con su borde
prpura; tienen derecho a portarla los magistrados de las colonias militares y de los municipios.
Hasta a los ms bajos de los cargos, los jefes de distrito en Roma, les reconocemos el derecho a
llevar toga pretexta. Y no slo disfrutan de esta distincin en vida; con ella se les incinera al morir.
Vosotros, maridos, estis en libertad de usar el prpura en las prendas que os cubren, os negaris
a permitir que vuestras esposas lleven una pequea prenda prpura? Sern ms hermosos los
adornos de los caballos que los vestidos de vuestras esposas? En todo caso, reconozco alguna
razn, aunque muy injusta, en la oposicin a las telas prpura, que se deterioran y se gastan;
pero qu reparo se podr poder al oro, que ni se desgasta ni deja residuos excepto al trabajarlo?
Por el contrario, ms bien nos protege en momentos de necesidad y constituye un recurso
disponible, ya sea para las necesidades pblicas o privadas, como habis aprendido por
experiencia. Catn dijo que ninguna rivalidad personal habra entre ellas, pues nada poseeran de
lo que las dems pudiesen estar celosas. Pero, por Hrcules!, todas sufren y se indignan al ver a
las esposas de nuestros aliados latinos resplandecientes de oro y prpura y marchando en coche
por la Ciudad, mientras ellas deben ir a pie, como si la sede del imperio estuviese en las ciudades
latinas y no en la suya. Ya esto sera suficiente para herir el orgullo de los hombres, cmo pensis
que deben sentirse las mujeres, a las que afectan hasta las pequeas cosas? Las magistraturas, las
funciones sacerdotales, los triunfos, las condecoraciones y los premios, el botn de guerra: ninguna
de estas cosas pueden recaer en ellas. La pulcritud, la elegancia, el adorno personal, el aspecto

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atractivo y elegante: estas son las distinciones que codician, con las que se alegran y enorgullecen;
a todas estas cosas llamaban nuestros antepasados el mundo de las mujeres. Qu dejan de lado
cuando estn de lutos, sino el oro y la prpura, para retomarlos cuando salen de l? Cmo se
preparan para los das de regocijo pblico y accin de gracias, aparte de colocarse los ms ricos
adornos personales? Supongo que pensaris que si derogis la ley Opia y luego quisierais prohibir
cuanto ahora prohibe la ley, no lo podris hacer y perderis vuestros derechos legales sobre
vuestras hijas, esposas y hermanas. Mientras viven sus maridos y padres nunca se han librado las
mujeres de su tutela, y desprecian la libertad que les trae la orfandad y la viudez. Ellas prefieren
que su adorno personal sea vuestra decisin, antes que de la ley. Es vuestro deber actuar como
guardianes y protectores y no tratarlas como esclavas; deberas desear ser llamados padres y
esposos, no amos y seores. Emple el cnsul un lenguaje odioso al hablar de sedicin femenina y
secesin. De verdad creis que hay algn peligro de que se apoderen del Monte Sacro como hizo
una vez la airada plebe, o de que se apoderen del Aventino? Cualquiera que sea la decisin a la
que lleguis, ellas, en su debilidad, tendrn que someterse a ella. Cuanto mayor es vuestro poder,
mayor es la mesura con lo que debis ejercer.
[34,8] Despus de estos discursos en favor y en contra de la ley, las mujeres salieron a la calle
al da siguiente en nmero mucho mayor, marchando en grupo hasta la casa de ambos Brutos, que
estaban vetando la propuesta de sus colegas, bloqueando todas las puertas y sin cejar hasta que los
tribunos abandonaron su oposicin. Ya no haba dudas de que las tribus votaran unnimemente por
la derogacin de la ley. Se derog veinte aos despus de haber sido promulgada. Una vez derogada
la ley Opia, el cnsul Marco Porcio parti inmediatamente de la Ciudad y con veinticinco buques de
guerra, cinco de los cuales pertenecan a los aliados, zarp del puerto de Luna, donde haba recibido
el ejrcito rdenes de concentrarse. Haba mandado publicar un edicto a lo largo de toda la costa
para que se reuniesen naves de toda clase en Luna y al partir de all dej rdenes para que le
siguieran hasta el puerto de Pireneo, siendo su intencin el dirigirse contra el enemigo con todas sus
fuerzas navales al completo. Navegando ms all de los montes Ligustinos y del golfo de Len, se
reunieron all el da sealado. Catn naveg hasta Rosas y expuls a la guarnicin espaola que
haba en la fortaleza. Desde Rosas, un viento favorable le llev hasta Ampurias, y aqu desembarc
a todas sus fuerzas con excepcin de las tripulaciones de los buques.
[34,9] Por aquel entonces, Ampurias estaba compuesta por dos ciudades separadas por una
muralla. Una de ellos estaba habitada por griegos que, como la gente de Marsella, procedan
originalmente de Focea; la otra tena poblacin hispana. Como la ciudad griega estaba casi
totalmente abierta al mar, sus murallas tenan menos de media milla de permetro; la ciudad
hispana, ms alejada del mar, tena murallas con un permetros de tres millas. Posteriormente, fue
establecido all un tercer tipo de poblacin compuesto por colonos romanos establecidos all por el
divino Csar tras la derrota final de los hijos de Pompeyo. A da de hoy, todos se han fusionado en
un solo grupo al habrseles concedido la ciudadana romana, en primer lugar a los hispanos y
despus a los griegos. Cualquier persona que viera por entonces cmo estaban expuestos los griegos
a los ataques desde el mar abierto, por un lado, y de los feroces y belicosos hispanos desde el otro,
se preguntara qu les protega. La disciplina era el guardin de su debilidad, una cualidad que el
miedo mantiene mejor cuando uno est rodeado por naciones ms fuertes. Mantenan
extraordinariamente bien fortificada aquella parte de la muralla que daba al interior, con solo una
puerta en aquel sector y siempre muy bien custodiada da y noche por uno de los magistrados.
Durante la noche la tercera parte de los ciudadanos estaban de guardia en las murallas, no solo
como un asunto rutinario o por obligacin, sino que mantenan sus vigas y patrullas como si a las
puertas hubiera un enemigo. No permitan la entrada a su ciudad de ningn hispano, ni se
aventuraban ellos fuera de sus murallas sin las debidas precauciones. Las salidas al mar eran libres
para todos. Nunca salan por la puerta que daba a la ciudad hispana a menos que fueran juntos en

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gran nmero, y generalmente se trataba del grupo que haba montado guardia en las murallas la
noche anterior. La razn de su salida por esta puerta era el siguiente: los hispanos, poco
familiarizados con el mar, se alegraban de comprar los bienes que reciban los griegos del
extranjero y, al mismo tiempo, de venderles los productos de sus campos. Debido a la necesidad de
este mutuo intercambio, la ciudad hispana siempre estaba abierta a los griegos. Encontraban una
seguridad adicional en la amistad de Roma, bajo cuyo amparo vivan y a la que eran tan leales como
los marselleses, aunque sus fuerzas y recursos fueran mucho menores. En esta ocasin dieron al
cnsul y a su ejrcito una calurosa bienvenida. Catn hizo una corta parada all y, mientras obtena
informacin sobre las fuerzas y composicin del enemigo, pas el intervalo ejercitando a sus tropas
para que no perdiesen el tiempo. Result ser la poca del ao en que los hispanos tenan el trigo en
las eras. Catn prohibi a los suministradores del ejrcito que proporcionasen ningn trigo a las
tropas y los mand de regreso a Roma observando: La guerra se alimentar a s misma. Luego,
avanzando desde Ampurias, asol los campos enemigos a fuego y espada, sembrando el pnico y
provocando la huida por todas partes.
[34,10] Por aquel entonces, Marco Helvio, que estaba en camino desde la Hispania Ulterior
con una fuerza de ms de 6000 hombres que le haba proporcionado el pretor Apio Claudio para
escoltarlo, se encontr con un inmenso contingente de celtberos cerca de la ciudad de Iliturgi.
Valerio afirma que ascendan a veinte mil hombre y que murieron doce mil de ellos, siendo tomada
la ciudad de Iliturgi y pasados por la espada todos los jvenes. Despus de esto, Helvio lleg al
campamento de Catn y, como el territorio estaba ya a salvo, envi a su escolta de regreso a la
Hispania Ulterior, celebrando su victoria a su regreso a Roma entrando en ovacin a la Ciudad.
Llev al tesoro catorce mil setecientas treinta y dos libras de plata sin acua, diecisiete mil
veintitrs bigados hispanos y ciento diecinueve mil cuatrocientas treinta y nueve de plata oscense.
La razn por la que el Senado le neg el triunfo fue porque haba combatido bajo los auspicios y en
la provincia de otro hombre. Adems, no regres hasta dos aos despus de haber cesado en su
mando tras entregar la provincia a su sucesor, Quinto Minucio, quedando all retenido durante todo
el ao siguiente por una enfermedad grave y larga. A consecuencia de esto, Helvio entr en la
Ciudad slo dos meses antes de que Quinto Minucio, su sucesor, celebrara su triunfo. Este ltimo
trajo a casa treinta y cuatro mil ochocientas libras de plata, setenta y tres mil bigados y doscientos
setenta y ocho mil de plata oscense.
[34.11] Entre tanto en Hispania, el cnsul estaba acampado no lejos de Ampurias. All
llegaron tres enviados de Bilistage, un rgulo ilergete, siendo uno de ellos su propio hijo. Le
informaron de que sus fortalezas estaban siendo atacadas y que no tenan esperanza de efectuar una
resistencia eficaz a menos que el general romano enviase fuerzas: tres mil hombres seran
suficiente; el enemigo no se quedara a combatir si apareca ese gran cuerpo de tropas en el campo
de batalla. El cnsul les dijo que estaba muy preocupado tanto por sus peligros como por sus
temores, pero que sus fuerzas no eran suficientes como para permitir dividirlas, al tener grandes
fuerzas enemigas tan cerca y esperando cada da librar contra ellos una batalla campal. Al or esto,
los enviados se arrojaron a los pies del cnsul baados en lgrimas y le imploraron que no los
abandonara en un momento de tanta angustia y dolor. Dnde podran ir, si los romanos los
rechazaban? No tenan aliados, ni esperanza de socorro en ningn otro lugar del mundo. Podran
haber evitado este peligro de haber estado dispuestos a romper su fidelidad y hacer causa comn
con los dems rebeldes. Ninguna amenaza y ninguna intimidacin les haba movido, pues estaban
confiados en que encontraran suficiente apoyo y ayuda en los romanos. Si esta no exista, si su
solicitud era denegada por el cnsul, pondran a los dioses y a los hombres por testigos de que,
contra su deseo y por pura obligacin, tendran que abandonar la causa de Roma para no sufrir lo
que sufrieron los saguntinos. Preferan morir con el resto de hispanos antes que enfrentar solos su
destino.

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[34.12] Por aquel da, se despidi a los emisarios sin recibir ninguna respuesta. El cnsul pas
la noche inquieto, tratando de decidirse entre dos alternativas: no quera abandonar a sus aliados ni
tampoco debilitar su ejrcito, un camino que podra retrasar el combate decisivo o que, de combatir,
pondra en peligro su victoria. Finalmente, prevaleci en su mente el no reducir sus tropas, no fuera
que el enemigo le infligiera alguna humillacin, y decidi que deba dar a sus aliados la esperanza
de una ayuda, ya que no su realidad efectiva. Pens que a menudo las promesas han sido tan
eficaces como la realidad, especialmente en la guerra; hombres que tienen la esperanza de la llegada
de auxilios, a menudo se salvan precisamente gracias a esa confianza, que les proporciona audacia
como si la esperanza fuera real. Al da siguiente dio su respuesta a los enviados, y les asegur que a
pesar de que tema debilitar sus fuerzas en beneficio de otros, tena sin embargo ms en cuenta la
situacin crtica y peligrosa en que estaban ellos que en la que se encontraba l mismo. Luego
orden que un tercio de los hombres de cada cohorte cocinaran comida para llevarla a bordo de las
naves y que estas estuviesen dispuestas para zarpar al tercer da. Dijo a dos de los enviados que
informasen a Bilistage y a los ilergetes de estas medidas; al tercero, el hijo del rgulo, logr
mantenerlo con l mediante un trato amable y regalos. Los enviados no salieron hasta que vieron a
los soldados realmente a bordo; despus, no teniendo ya ninguna duda, extendieron a lo largo y a lo
ancho, entre amigos y enemigos, la noticia de la llegada del auxilio romano.
[34,13] Cuando el cnsul hubo guardado las apariencias el tiempo suficiente, hizo regresar a
los soldados de los barcos y, como ya se aproximaba la estacin apropiada para ejecutar operaciones
activas, desplaz su campamento de invierno a una distancia de tres millas de Ampurias. Desde esta
posicin envi a sus hombres a los campos del enemigo en busca de botn, a veces a unos lugares y
a veces a otros, dejando una pequea guarnicin en el campamento. Generalmente, partan por la
noche con el fin de cubrir la mayor distancia posible a cubierto desde el campamento, as como para
tomar al enemigo por sorpresa. Este tipo de acciones servan de entrenamiento para los recin
alistados y condujeron a la captura de numerosos prisioneros, hasta que el enemigo ya no se
aventur ms fuera de las defensas de sus castillos. Una vez que hubo probado a fondo el temple de
sus propios hombres y el de sus enemigos, hizo formar a los tribunos militares y a los prefectos de
los aliados, as como a todos los jinetes y centuriones, y se dirigi a ellos en los siguientes trminos:
Con frecuencia habis deseado que llegara el momento de tener una oportunidad para demostrar
vuestro valor; ese momento ha llegado. Hasta la fecha, vuestras acciones recordaban las de
bandidos ms que las de soldados; ahora trabaris combate en toda regla con el enemigo. De
ahora en adelante se os permitir, en vez de asolar los campos, drenar las ciudades de su riqueza.
A pesar de la presencia en Hispania de los comandantes y ejrcitos cartagineses, y sin tener aqu
un solo soldado, nuestros padres insistieron en aadir una clusula al tratado que fijaba en el Ebro
los lmites de su dominio. Ahora, cuando ocupan Hispania un cnsul, dos pretores y tres ejrcitos
romanos, sin que se haya visto en esta provincia durante los ltimos diez aos un solo cartagins,
hemos perdido el control de este lado del Ebro. Es vuestro deber recuperarlo con vuestras armas y
vuestro valor y obligar a estos pueblos, que ms que iniciar una guerra con determinacin se
rebelan temerariamente, a someterse nuevamente al yugo del que se han sacudido. Despus de
estas palabras de aliento, anunci que aquella noche les llevara contra el campamento enemigo,
despidindolos a continuacin para que se alimentaran y descansasen.
[34,14] Despus de tomar los auspicios, a media noche, el cnsul se puso en marcha con el fin
de poder ocupar la posicin que deseaba antes de que el enemigo se apercibiese de sus
movimientos. Condujo sus tropas dando un rodeo hacia la parte trasera del campamento enemigo y
los form en lnea de combate al amanecer; despus envi tres cohortes contra la empalizada
enemiga. Sorprendidos por la aparicin de los romanos detrs de sus lneas, los brbaros corrieron a
las armas. Mientras tanto, el cnsul se dirigi brevemente a sus hombres dicindoles: No hay

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esperanza ms que en el valor, y yo me he asegurado a propsito de que sea as. Entre nosotros y
nuestro campamento est el enemigo; detrs, el territorio enemigo. Poner las esperanzas en el
valor es la actitud ms noble, y tambin la ms segura. Orden a continuacin que regresaran las
cohortes, fingiendo la huida, para que los indgenas salieran fuera de su campamento. Sus
previsiones se cumplieron. Pensando que los romanos se haban retirado por miedo, e irrumpiendo
fuera de su campamento, ocuparon con su nmero la totalidad del terreno entre su campamento y la
lnea de combate romana. Mientras se apresuraban a formar sus filas y estaban an desordenados, el
cnsul, cuya formacin ya estaba dispuesta, se lanz al ataque. Los jinetes de ambas alas fueron los
primeros en entrar en accin; sin embargo, los de la derecha fueron rechazados de inmediato y su
retirada apresurada provoc el pnico entre la infantera. Al ver esto, el cnsul orden a dos
cohortes escogidas que rodearan la derecha enemiga y se dejaran ver a su retaguardia, antes de que
chocasen las infanteras. Esta amenaza sobre el enemigo equilibr nuevamente la batalla; an as, en
el ala derecha, tanto la infantera como la caballera se haban desmoralizado tanto que el cnsul
hubo de agarrar a varios de ellos con sus propias manos y volverlos hacia el enemigo. Mientras la
accin se limit al lanzamiento de proyectiles por ambas partes, se mantuvo la igualdad por ambas
partes; sin embargo, en el ala derecha, donde se cre el pnico y la huida, a duras penas mantenan
sus posiciones; la izquierda y el centro, por su parte, acosaban a los brbaros, que contemplaban
aterrados a las amenazantes cohortes por su retaguardia. Una vez hubieron lanzado sus soliferros y
falricas, desenvainaron sus espadas y la lucha se volvi ms furiosa. Ya no resultaron heridos por
golpes imprevisibles desde la distancia, en el cuerpo a cuerpo contra el enemigo confiaban
nicamente en su valor y en su fuerza.
[34,15] Viendo que sus hombres se estaban agotando, el cnsul los reanim haciendo entrar
en combate, desde la segunda lnea, a las cohortes de reserva. Se rehizo el frente y estas tropas de
refuerzo, atacando al agotado enemigo con sus armas arrojadizas ntegras, rompieron sus lneas
mediante una feroz carga en cua y, una vez rotas, pronto se dispersaron huyendo, precipitndose
por los campos en direccin a su campamento. Cuando Catn vio todo el campo de batalla lleno de
fugitivos, galop nuevamente hacia la segunda legin, que estaba situada en reserva, y orden que
avanzaran tras los estandartes a paso de carga para atacar el campamento enemigo. Cuando algn
hombre, demasiado impetuoso, se sala corriendo de sus filas, el cnsul se le acercaba y lo golpeaba
con su pequea jabalina, ordenando a los tribunos militares y centuriones que los castigaran. Ya
haba empezado el ataque contra el campamento, pero los romanos no podan llegar hasta la
empalizada al ser mantenidos a distancia mediante el lanzamiento de piedras, estacas y toda clase de
proyectiles. La aparicin de la legin de refresco puso anim el corazn en los asaltantes y provoc
que el enemigo combatiera an ms desesperadamente frente a su parapeto. El cnsul explor todas
las posiciones, para poder encontrar dnde era ms dbil la resistencia y, as, por dnde tena ms
posibilidades de irrumpir. Vio que los defensores presentaban una defensa menos vigorosa por la
puerta izquierda de su campamento, y hacia aquel punto dirigi a los prncipes y a los asteros de la
segunda legin. Los defensores que guarnecan las puertas no pudieron resistir su carga y cuando
los dems vieron al enemigo dentro de sus lneas abandonaron cualquier intento adicional de
conservar su campamento, arrojando sus armas y estandartes. Muchos resultaron muertos en las
puertas, aglomerados en el estrecho espacio; mientras los soldados de la segunda legin masacraban
al enemigo por detrs, el resto saque el campamento. Valerio Antias dice que murieron ms de
cuarenta mil enemigos aquel da. Catn, que no es dado, por cierto, a despreciar sus propios
mritos, dice que murieron muchos, pero no da nmeros.
[34,16] Se considera que el cnsul hizo aquel da tres cosas dignas de elogio: La primera fue
el conducir a su ejrcito alrededor del campamento enemigo, hasta una posicin lejos de sus naves y
de su propio campamento, en la que sus soldados no podan confiar ms que en su valor y con el
enemigo interponindose. La segunda fue su maniobra al situar a las cohortes bloqueando la

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retaguardia enemiga. La tercera fue su orden a la segunda legin para avanzar en formacin de
combate directamente hacia la puerta del campamento, mientras el resto de sus tropas estaban
dispersas en persecucin del enemigo, manteniendo una perfecta formacin y con los estandartes al
frente. Pero ni an despus de la victoria hubo descanso. Una vez dada la seal de retirada y cuando
hubo hecho regresar a sus hombres, cargados con el botn, a su campamento, les permiti descansar
unas cuantas horas durante la noche y luego los sac a devastar los campos. Como el enemigo se
haba dispersado en su huida, el saqueo se produjo sobre una extensin ms amplia del territorio, y
esta accin contribuy no menos que la misma batalla para obligar a rendirse a los habitantes
hispanos de Ampurias y a sus vecinos; muchas de las otras comunidades que se haban refugiado en
Ampurias tambin se rindieron. El cnsul se dirigi a todos en trminos amables y los mand a sus
hogares tras darles vino y comida. Enseguida reanud su avance, y por donde quiera que marchaba
su ejrcito, llegaban delegaciones de ciudades que se le rendan. Para el momento en que lleg a
Tarragona, toda la Hispania a este lado del Ebro haba sido sometida y liberados por los indgenas,
como un regalo al cnsul, todos los soldados romanos o aliados latinos que haban cado prisioneros
en diversas circunstancias. Luego se extendi un rumor que deca que el cnsul tena intencin de
llevar a su ejrcito hacia la Turdetania; incluso, en las lejanas montaas, se dijo -falsamente- que ya
haba partido. Sobre estos rumores sin fundamente se sublevaron siete castillos de los bergistanos.
El cnsul acudi all con su ejrcito y los redujo a sumisin sin lucha digna de mencin. Despus
que hubo regresado a Tarragona, y antes de haber hecho cualquier nuevo avance, aquellos mismos
pueblos volvieron a rebelarse y nuevamente los someti, pero ya no los trat con tanta indulgencia.
Los vendi a todos como esclavos para impedir cualquier nueva alteracin de la paz.
[34.17] Mientras tanto, el pretor Publio Manlio entr en la Turdetania con el ejrcito en el que
haba relevado a su predecesor, Quinto Minucio, as como con las fuerzas que haba mandado Apio
Claudio Nern en la Hispania Ulterior. Los turdetanos son considerados los menos aptos para la
guerra de todos los hispanos; no obstante, confiados en su nmero, se aventuraron a oponerse a los
ejrcitos romanos. Una carga de caballera les puso inmediatamente en desorden; apenas hubo
combate de infantera: las tropas, experimentadas y familiarizadas con las tcticas del enemigo, no
dejaron dudas en cuanto al resultado del combate. An as, aquella batalla no puso fin a la guerra.
Los trdulos contrataron una fuerza de diez mil mercenarios celtberos y se dispusieron a continuar
las hostilidades con armas extranjeras. Mientras suceda todo esto, el cnsul, gravemente perturbado
por el levantamiento de los bergistanos y convencido de que otras tribus haran lo mismo si se les
presentaba la ocasin, desarm a toda la poblacin hispana de este lado del Ebro. Esta medida
suscit tal sentimiento de amargura que muchos de ellos se quitaron la vida, pues aquel pueblo
feroz no consideraba digna de ser vivida una vida sin sus armas. Cuando se inform de esto al
cnsul, convoc a los senadores de todas las ciudades para que se reunieran con l. No es ms en
nuestro inters que en el vuestro -les dijo- el que os debis abstener de ms hostilidades; hasta el
presente, vuestras guerras han implicado siempre ms sufrimiento para los hispanos que fatigas y
problemas para los romanos. Slo conozco una forma en que esto se pueda evitar, y es poner fuera
de vuestro alcance el iniciar hostilidades. Deseo alcanzar este resultado con la menor dureza
posible. Ayudadme en este asunto con vuestro consejo, yo adoptar con gusto lo que vosotros me
sugiris. Como permanecieran en silencio, les dijo que les dara un par de das para que deliberaran.
Convocados a una segunda reunin, y como siguieran en silencio, derrib en un solo da las
murallas de todas sus ciudades, avanz contra aquellas que an eran refractarias y recibi la
rendicin de todos los pueblos de los territorios donde llegaba. La nica excepcin fue Segestica,
ciudad rica e importante que tom mediante manteletes y parapetos.
[34.18] Someter al enemigo fue para l una tarea ms difcil de lo que haba resultado para los
generales que haban llegado a Hispania por vez primera. Los hispanos se les acercaron porque
estaban hartos de la dominacin cartaginesa; pero Catn, por as decir, tuvo que reducirlos a la

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esclavitud una vez que haban asentado y gozado de la libertad. Encontr todo conmocionado:
algunas tribus se haban levantado en armas, otras tenan sitiadas sus ciudades para obligarles a
rebelarse, y de no haber sido por su oportuno auxilio su capacidad de resistencia se habra agotado.
Pero el cnsul era un hombre con tal carcter y fortaleza de espritu que enfrentaba y ejecutaba por
igual todas las cosas, grandes o pequeas, dndoles solucin; no se limitaba a pensar y ordenar lo
que corresponda a cada caso, sino que se encargaba personalmente de su ejecucin. No impona
disciplina ms severa sobre nadie en el ejrcito que sobre s mismo; en su frugalidad, incesante
vigilancia y fatigas rivalizaba con el ltimo de sus soldados. Los nicos privilegios de que gozaba
en su ejrcito eran el rango y la autoridad.
[34.19] Los turdetanos, como ya he dicho, estaban empleando mercenarios celtberos, y esto
aada dificultades a la campaa del pretor contra ellos. Le escribi a Catn pidiendo ayuda y el
cnsul march all con sus legiones, encontrndose al llegar con que los celtberos y los turdetanos
ocupaban campamentos separados. Se iniciaron de inmediato choques con las patrullas avanzadas
turdetanas, saliendo siempre victoriosos los romanos, incluso en los combates iniciados
imprudentemente. Los celtberos fueron tratados de manera diferente; el cnsul orden a los
tribunos militares que fueran donde ellos estaban y les dieran a elegir tres opciones: pasarse a los
romanos y doblar la paga que iban a recibir de los turdetanos; marcharse a sus casas bajo garantas
pblicas de que no sufriran represalias por haberse unido a sus enemigos o, si se decidan en
cualquier caso por la guerra, fijar momento y lugar donde se pudiera decidir la cuestin por las
armas. Los celtberos pidieron un da para discutir el asunto. Se celebr un consejo pero, debido a la
presencia de los turdetanos y a la confusin y desorden que prevalecan, no se pudo llegar a ninguna
decisin. No estando definida la cuestin de si haba guerra o paz, los romanos obtenan suministros
de los campos y pueblos fortificados del enemigo como en tiempo de paz, entrando a menudo hasta
diez de ellos cada vez en sus fortificaciones, como si existiera una tregua tcita en la que hacer
intercambios mutuos. Como el cnsul no lograba traer al enemigo al combate, envi algunas
cohortes armadas a la ligera en una expedicin de saqueo contra una parte del pas que an estaba
indemne. A continuacin, se dirigi a Segestia con el fin de atacarla, pues se enter de que toda la
impedimenta y pertenencias personales de los celtberos haban quedado all. Sin embargo, nada
pudo hacer para moverlos y regres con siete cohortes al Ebro despus de pagar los sueldos de sus
propios hombres as como los del ejrcito del pretor. El resto de su ejrcito se qued en el
campamento del pretor.
[34,20] Pequeas como eran las fuerzas que tena con l, el cnsul captur varias ciudades y
se pasaron a su lado los sedetanos, los ausetanos y los suesetanos. Los iacetanos, una tribu remota
de los bosques, permanecieron en armas, en parte por su amor natural por la lucha y en parte por el
temor a las represalias de las tribus amigas a Roma, entre las cuales haban hecho incursiones de
saqueo mientras el cnsul estaba ocupado en la guerra contra los turdetanos. Por este motivo, el
cnsul llev consigo para atacar su ciudad fortificada no solo a sus cohortes romanas, sino tambin
a la juventud de los aliados, que tenan sus propias cuentas que saldar con ellos. Su ciudad era
considerablemente ms larga que ancha. El cnsul detuvo a sus hombres a unos cuatrocientos pasos
de la plaza. Dejando algunas cohortes escogidas de guardia, con rdenes estrictas de no moverse del
lugar hasta que regresara con ellas, llev al resto de sus fuerzas, dando un rodeo, al otro lado de la
ciudad. Sus auxiliares eran en su mayora jvenes suesetanos y les orden avanzar hasta las
murallas para el asalto. En cuanto los iacetanos reconocieron sus armas y estandartes, y recordaron
cun a menudo asolaron sus campos con impunidad y los derrotaron y dispersaron en batalla, se
apresuraron a abrir sus puertas y precipitarse todos a una contra ellos. Los suesetanos casi no
pudieron resistir su grito de guerra y mucho menos su carga. El cnsul esperaba esto y, al
contemplar lo sucedido, galop cerca de las murallas del enemigo, regresando con sus cohortes y
dirigindolas a toda prisa contra aquella parte de la ciudad donde todo era silencio y soledad,

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hacindolas entrar, pues los defensores haban salido en persecucin de los suesetanos. Todo el
lugar pas a sus manos antes de que regresaran los iacetanos. Al comprobar que no les quedaba
nada, excepto las armas, se rindieron al poco tiempo.
[34.21] El cnsul victorioso condujo en seguida a su ejrcito contra Bergio, un lugar
fortificado que serva principalmente como refugio a los malhechores que tenan la costumbre de
efectuar incursiones contra los pacficos territorios de la provincia. Un jefe de los bergistanos se
pas al cnsul, negando en su propio nombre y en el de sus conciudadanos toda complicidad con
aquellos. Ni l ni los suyos haban podido participar ms en los asuntos pblicos, pues una vez
dejaron entrar a los bandidos estos se haban hecho los amos de la plaza. El cnsul le orden volver
a casa y dar alguna razn plausible para su ausencia. Luego, cuando los romanos estuvieran
aproximndose a las murallas y los salteadores completamente ocupados en defenderlas, deba
ocupar la ciudadela con los que estaban de su parte. Todo se hizo de aquella manera; los
malhechores se vieron amenazados por un doble peligro: por una parte los romanos, que estaban
escalando las murallas, y por la otra la toma de la ciudadela. Cuando el cnsul se hubo apoderado
de la ciudad, dio rdenes para que se dejara libres a los que haban tomado la ciudadela, junto con
todas sus familias, y que conservaran sus propiedades; los dems bergistanos fueron entregados al
cuestor para que los vendiera como esclavos, ejecutndose sumariamente a los bandidos. Una vez
pacificada la provincia, Catn impuso un impuesto bastante elevado sobre el hierro y la plata, de
manera tan satisfactoria que produca una renta considerable, enriqueciendo cada da ms la
provincia. Por estas operaciones ejecutadas en Hispania, el Senado decret tres das de accin de
gracias.
[34,22] Durante este mismo verano, el otro cnsul, Lucio Valerio Flaco, libr con xito una
batalla en la Galia contra una fuerza de boyos, cerca de la selva Litana; se dice que murieron ocho
mil galos; el resto, abandonando cualquier resistencia, se dispers hacia sus hogares. Durante el
resto del verano, el cnsul mantuvo a su ejrcito en el Po, en las proximidades de Plasencia y
Cremona, reparando los estragos que haba causado la guerra. Tal era el estado de cosas en Hispania
e Italia. En Grecia, Tito Quincio haba empleado su tiempo durante el invierno de tal manera que,
excepto los etolios, que no recibieron tras la victoria la recompensa que esperaban y que eran
incapaces de estar tranquilos durante mucho tiempo, toda Grecia permaneca feliz y disfrutando de
las bendiciones de la paz y la libertad, admirndose de la moderacin, equidad y mesura que exhiba
el general romano en el momento de la victoria, no menores que el valor y capacidad demostradas
durante la guerra.
Por entonces le lleg el decreto del Senado por el que se declaraba la guerra a Nabis, el
lacedemonio. Despus de leerlo convoc una reunin de delegados de cada ciudad aliada, que se
celebrara en Corinto. A ella asistieron representantes de todos los lugares, incluso los etolios
hicieron acto de presencia. El cnsul se dirigi a los reunidos en los siguientes trminos: La guerra
contra Filipo fue dirigida por romanos y griegos con un objetivo y una accin comunes, aunque
cada cual tena sus propios motivos de queja. l haba roto las relaciones de amistad con Roma,
primero al ayudar a sus enemigos, los cartagineses, y despus al atacar a sus aliados en este pas.
Respecto a vosotros, su conducta fue tal que, aunque nos pudiramos haber olvidado de nuestros
propios agravios, los que os infligi a vosotros habran sido justificacin bastante para la guerra.
Lo que decidamos hoy, sin embargo, os corresponde nicamente a vosotros. La cuestin que
expongo ante vosotros es si deseis que Argos, de la que como sabis se ha apoderado Nabis,
permanezca bajo su dominio, o si consideris ms apropiado que a una ciudad de tanta antigedad
y renombre, situada en el corazn de Grecia, se le devuelva la libertad y se le ponga en la misma
situacin que todas las dems ciudades del Peloponeso y de la Grecia continental. Este asunto,
como veis, es uno que debis decidir por vosotros mismos; en modo alguno corresponde a los
romanos, salvo en la medida en que la servidumbre de una sola ciudad nos priva de que sea la

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absoluta y completa la gloria de haber liberado Grecia.


[34.23] Despus del discurso el comandante romano, se pidi a los dems que expresaran sus
opiniones. El delegado de Atenas comenz expresando la ms profunda gratitud por los servicios
que los romanos haban prestado a Grecia. Seal que haban prestado su ayuda contra Filipo en
respuesta a los ms acuciantes llamamientos, pero que su ofrecimiento de ayuda contra Nabis era
completamente espontneo; expres su indignacin ante las declaraciones efectuadas por algunos,
que trataban de restar importancia a aquellos grandes servicios y de arrojar sombras sobre los
futuros, cuando deberan, en su lugar, expresar su agradecimiento por los servicios del pasado.
Evidentemente, esto era un toque contra los etolios, y Alejandro, su ms importante ciudadano,
respondi con un duro ataque contra los atenienses que, segn dijo, haban sido en los viejos
tiempos los principales campeones de la libertad y ahora traicionaban la causa comn buscando la
lisonja propia. Protest a continuacin contra los actos de los aqueos, combatiendo primero bajo el
estandarte de Filipo y luego, cuando declin su fortuna, renegando y conspirando para apoderarse
de Argos tras haberlo hecho de Corinto. Los etolios, declar, fueron los primeros en oponerse a
Filipo y siempre haban sido aliados de