aietuyas del brigadier
MATEO B O O Z
A E E L U YA S
DEE BRIGADIER
MíCROPORMED BY
PRESERVA! ION
SERVICES
DATE
MAR 3 1 J992
^^f^.
LARREA 1343 BUENOS AIRES
REPÚBLICA ARGENTINA
Es propiedad, conforme a la lej.
Quedan prohibidas las reproduccio-
nes sin permiso del autor.
índice
Pág.
DEDICATORIA 9
MATEO BOOZ (Biografía) 11
PALABRAS DEL AUTOR 13
ALELUYAS DEL BRIGADIER:
I. — Comienza vida
la 19
II. —Ruido de armas .33
III. —Los senderos del Cabildo ... .47
IV —La jornada de un caballero ... .63
.
V —Las ases de baraja
. la 77
VI. — Retablo de peleadores 97
VII. —Calendario sombrío 113
VIII. —Linterna mágica 127'
IX. — Cartas de Agucho F rey re .... 141
X —Albures postreros
. 157
EL AMOR Y LA POLÍTICA 173
SOLDADOS Y ALMACENEROS 195
Pancho:
mucho te quise; mucho te admiré.
A tu memoria dedico este libro.
MATEO BOOZ nació en Rosario el 7 de agos-
to de 1881. Actuó, en su juventud, en
el periodismo de esa ciudad y luego en
el de Santa Fe, donde llegó un día oca-
sionalmente y donde echó raíces defini-
tivas.
Inició su labor literaria en 1919, alter-
nando estas tareas con el desempeño de
cargos públicos, importantes o modes-
tos, según los vaivenes de la política.
De su abundante producción, han si-
do sin duda los cuentos los que más
han contribuido a dar relieve y difu-
sión a su nombre. Escribió quizás dos
centenares que aparecieron en las prin-
cipales publicaciones argentinas y, al-
gunos de ellos, en un volumen titula-
do: " Santa Fe, mi país". Pero casi
todos los géneros libéranos fueron cul-
tivados por Mateo Booz.
11
Salvo contadas excepciones todas sus
novelas, sus cuentos, sus versos y su
teatro, se desarrollan en la atmósfera
de Santa Fe, su país, como él lo llama-
ra, incorporando esa región, de escasos
antecedentes en nuestras letras, a la
geografía literaria de la Argentina, al
reproducir con rara fidelidad sus cos-
tumbres, sus tipos y sus paisajes.
Mateo Booz falleció en Santa Fe el 16
de mayo de 1943. Un sendero del Par-
que del Sur de esa ciudad lleva hoy su
nombre y un busto de bronce ubicado
en las cercanías del convento de San
Francisco, mantiene vivo su recuerdo
en el espíritu de los santafesinos.
Su verdadero nombre era Miguel Án-
gel Correa.
12
palabras del autor
(en la primera edición)
CON este libro ensayo un esbozo del
gadier general Estanislao López y
bri-
un
cuadro de la atmósfera moral que lo rodeaba.
He escogido una figura sobresaliente del pe-
riodo formativo del pais y la más procerosa
de Santa Fe. Por el vigor de su personalidad
y la época henchida de color y de pasión en
que transcurrió su existencia, cautiva necesa-
riamente al escritor aficionado a investigar o
evocar tiempos pretéritos.
No es éste un trabajo de historia, en el
sentido estricto que conceden a la palabra los
profesionales de la materia; sólo procura una,
visión,aunque fragmentaria, de un trozo de
la historiade Santa Fe y de su caudillo pro-
minente. Abrigo la ilusión de que en estas pá-
ginas muchos encontrarán un panorama nue-
vo del pasado local y de que habré contribuí-
do a divulgar antecedentes útiles para la in-
13
terpretación de determinados fenómenos ac-
tuales.
Los relatos no están compuestos al capri-
cho; la inventiva sólo ha obrado en lo circuns-
tancial y sujeta a intuiciones lógicas. Los su-
cesos fundamentales y cuanto atañe al movi-
miento vital del brigadier, provienen de los
legajos del Archivo Histórico de la Provincia,
examinados cuidadosamente hasta que se es-
timó oportuno arrojarme de ese lugar. ¡Que
me fuera a hacer historias a otra parte! Tam-
bién me han servido los impresos de merito-
rios coleccionadores de datos y, en especial,
las memorias de dos o tres contemporáneos
del héroe y que al buscador atento le brindan
un caudal de sugestiones.
Esta "vicia" se aparta del método usual
de los biógrafos, hoy de moda, de hombres
representativos y singulares. No sigue los ca-
minos de los narradores clásicos ni sus partes
se eslabonan de tal manera que no puedan
subsistir aisladamente. La estampa del hom-
bre, la crónica de los hechos, el dibujo de los
paisajes se van dando en viñetas sucesivas,
cada cual con sus bordes y sus ámbitos pro-
pios. No pretende ser el que adopto un sis-
tema mejor, sino un sistema distinto.
Al emprender la faena recordé los pliegos
de aleluyas que vendían en la calle por unos
cobres y era pan que nutría la imaginación
de los chicos de mi tiempo. El fondo de mi
14
memoria me muestra aquellas imágenes pri-
mitivas y bien entintadas que describían, des-
de la cuna al sepulcro, las glorias y adversi-
dades del protagonista. Y en cierto modo, he
querido hacer, con la vida fecunda, azarosa y
ejemplar del brigadier, unos papeles de ale-
[Link] treinta y seis láminas, labradas
con amor y con esmero.
No pocos de los actores que desfilan han
sido presentados por historiadores lugareños
con la pompa y la rigidez de quienes antici-
padamente exigen una estatua a la posteri-
dad. Aquí lucen posturas y rasgos cotidianos,
a menudo levemente festivos, a veces grotes-
cos, que los dotan, si no me equivoco, de un
perfil más atrayente, cordial y verdadero.
Veo igualmente distantes de la verdad a
quienes sitúan a esos predecesores en la zona
extrahumana de la ciega idolatría y a quienes
los desdeñan, los burlan y hasta, irreverente-
mente, los aprecian de asnos. Adolecían desde
luego —contrariamente no fueran hombres—
de las flaquezas propias de su condición y,
con grado de cultura del lugar y los tiem-
el
pos que vivían, legaron una obra de provecho
y de inmanente patriotismo. Los horrores or-
tográficos, la retórica crasa y, a la luz del
nuevo siglo, el candor de los conceptos, ra-
zonablemente no valen para fundar juicios
absolutos, y quien por tales achaques los la-
pidara acusaría ausencia de sentido histórico.
15
Aquellos que transitaron esta misma tierra de
Santa Fe y a esta tierra entregaron ya sus
cuerpos, supieron cumplir su destino; que los
cumplan sus sucesores con parecida eficacia y
seasegurará la marcha ascendente de la pro-
vincia.
Frustrado o no mi propósito de narrador
imaginativo, me apresuro a asegurar que los
ya aludidos panegiristas no superan, a despe-
cho de la solemnidad del trato, el afectuoso y
respetuoso sentimiento que me inspiran no po-
cas de las figuras excelsas que muevo con
mis cordeles.
Si con el esfuerzo que importa Aleluyas
del Brigadier he realizado una cosa útü o he
malgastado deplorablemente mis horas, lo di-
rán los críticos que me critiquen y los lectores
que me lean. Tales los jueces legítimos del es-
critor, y a su fallo me someto. No promuevo
incidentes de recusación.
M B.
Santa Fe de la Vera Cruz.
16
aleluyas del brigadier
eomtenma Su vida
Nace pobre ¡días de seca!
el gran Lopes y Fonseca.
ENTRAN a la catedral tres mujeres y un hombre.
En brazos viaja, forrado con áspera bayeta, un ni-
ño, infiel todavía. Sobre la pila, José Roberto Aguirre,
de la Orden de los Predicadores, incorpora al párvulo a
la cristiandad, por obra del sacramento, y lo sostiene pa-
ra los óleos, su padrino, don Estanislao Ojeda.
La ceremonia termina. La suma indigencia no permi-
te al padrino abonar los derechos del arancel, y el sa-
cerdote se conforma —¡qué hacerle! — y en un huelgo
cumple su cometido. Ya vendrán los pudientes a forta-
lecer los proventos eclesiásticos.
La comitiva cruza el atrio. El sol de diciembre de
1786 se tuerce sobre la plaza y le saca a los naranjales
larga sombra.
Pasa el niño frente al piquete de blandengues que
maniobra al mando de su capitán, y desde el piso alto
19
.
MAT E O BOOZ
del Cabildo echa una mirada distraída a los insignifican-
tes transeúntes el teniente de gobernador don Melchor
Echagüe y Andía.
De la próxima esquina llegan un retumbo y unos
ayes: se aplican cien azotes al pulpero Juan de Azin,
ejemplar castigo de una mención irrespetuosa para el
Exmo. Sr. Virrey del Campo. Considérese, en disculpa
del reo, que el Sr. Virrey ha prohibido la prisión por
deudas de los dependientes del Erario Público, a menos
que las deudas toquen a la Real Hacienda.
¿ Cómo se asegurarán los comerciantes, si no hay cár-
cel ni zurras, el pago de cuanto consumen los recaudado-
res del Fisco?
Sigue andando la comitiva entre arenas y jarales, a
la vista de los vecinos que, sentados a las puertas, en bus-
ca del alivio de la brisa, despiojan unos a la prole y otros
hincan el cuchillo en la carne azucarada de una sandía.
Y se mete la comitiva en un misérrimo rancho, a pocas
varas del río. Reposan al niño sobre unas jergas, y las
tres mujeres y el hombre forman ruedo.
Hablan. Y poco hay de qué hablar en la Santa Fe
de la Vera Cruz de los días monótonos y lerdos de la co-
lonia: la seca, el patillaje, la indiada. .
Y el niño duerme al rumor de ese charloteo y del
agua turbia que corre por la vena del Quilla.
¿Y qué pronóstico admite el porvenir de ese infan-
te menesteroso y sin nombre? Será peón de carretas; se-
rá apagacirios en el convento de los padres francisca-
nos; será obscuro soldado para servir al Rey y poner el
20
ALELUYAS DEL BRIGADIER
pecho a las chuzas de los salvajes.
Se le llamará como su padrino: Estanislao.
Se nombrará después Estanislao López.
le
Estanislao López y Fonseca.
Se apronta la expedición
de Belgrano a la Asunción.
EN el
gado de
convento dé
la
los dominicos se alberga
Junta Gubernativa de Buenos Aires,
el dele-
don Manuel Belgrano. Viene con tropas para reducir al
Paraguay a la nueva autoridad del Río de la Plata. Los
recursos de la expedición son pobres, desproporcionados
a la magnitud de sus miras. Y en el camino acopia hom-
bres, bastimentos y materiales de guerra. Ya la villa del
Rosario le sumó un contingente de milicianos.
Se improvisan los ejércitos y los jefes. El señor
Belgrano ha debido dejar el papelerío y los códigos de
su licenciatura para tomar el oficio de las armas. No
conoce todavía el olor de la pólvora.
Los frailes agasajan al huésped. El padre prior,
natural de las Canarias, le ha cedido su celda, con un
ventanillo a la calle y una abertura a la crujía. La luz
se acrecienta en un albo rimero de folios puesto sobre
una mesa.
Acuden vecinos, cabildantes y militares a confe-
21
MATEO BOOZ
rendar con el señor delegado, y unas chinas de las ve-
cindades, haciéndose presentes con un cordonazo de la
campanilla, entregan al lego portero envoltorios y fuen-
tones.
Dice una:
—Manda estas empanadas misia Vicenta para el se-
ñor delegado. Y que le haga parte a su reverencia el
señor prior.
Dice otra:
—Por encargo de la niña Mechunga Troncoso. Y
que perdonen el señor Belgrano y la comunidad si a este
dulce de limón sutil no lo estiman en su punto.
Pero muy graves afanes impiden al señor delegado
regalarse con la vida lisonjera que le prometen los san-
tafesinos. No pasará aquí más de dos días. Tiene por
delante un largo camino que andar e infinitos riesgos
que vencer. Las demoras acumularán mayores peligros.
En la Asunción acaso ya sepa el gobernador Bernardo
Velasco que se mueve una fuerza para batirlo.
El señor Belgrano, las manos atrás y la cabeza tum-
bada sobre el pecho, pasea por el patio terrizo; unos
frailes de relumbrosos cerquillos lo atisban por encima
de los breviarios. Y el lego de la portería lo aparta de
sus meditaciones para anunciarle la llegada de dos mi-
litares: el teniente de gobernador y el jefe de los blan-
dengues.
Recibe el señor Belgrano a los visitantes en su cel-
da. Al teniente de gobernador, coronel Ruíz, lo conoce
de antiguo ; español adicto a la causa de la Libertad, era
22
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
jefe del Regimiento de Negros de Buenos Aires. La Jun-
ta bien sabe, y ha podido ahora constatarlo el señor de-
legado, que los santafesinos no lo quieren a ese teniente
de gobernador; pero la Junta del mismo modo sabe que
el coronel Ruíz es hombre leal a sus ideas e idóneo para
mandar.
El coronel Ruíz y el jefe de blandengues, capitán
Francisco Antonio Aldao, toman asiento. El teniente de
gobernador detalla por lo menudo las contribuciones de
los santafesinos para el Ejército del Norte. Lee listas de
caballos, vacas, carretas, armas, alhajas y peluconas. So-
bresalen por su munificencia y patriotismo doña Grego-
ria Pérez de Denis y don Francisco Antonio Candioti.
Y elogia:
—Puedo asegurar que el vecindario de Santa, Fe ha
realizado, no obstante la penuria de los tiempos corrien-
tes, un esfuerzo heroico en favor del ejército de su ex-
celencia. Las cajas quedan exhaustas para el sustento
de la población y desguarnecidas de tropas las fronteras.
El señor delegado asiente:
—En mucho aprecio las contribuciones y el loable
espíritu de colaboración que se ha patentizado en las cir-
cunstancias. Estamos la Patria y yo muy reconocidos y
lo estará también, cuando se entere, nuestro amado Rey
Fernando VII. .En prueba de cuanto digo, acabo de ofi-
ciar a la Junta de Buenos Aires, para que, premio de
tal conducta, otorgue definitivamente a este Ayuntamien-
to el título de Noble.
El coronel Ruíz alza la diestra y declara con énfasis
23
:
MATEO B O O Z
—Un florón más que agregar a las glorias de San-
ta Fe de la Vera Cruz.
Yendo hacia lo positivo, el señor delegado inquie-
re del señor jefe de blandengues:
—En suma, ¿qué fuerza se me incorpora en Santa
Fe?
El capitán Aldao, con el charrusco entre las rodillas,
responde
—Dos compañías; un total de cien individuos, equi-
pados y armados y de añadidura seis cañones de bronce.
—
¡Superior! Pero los cañones tal vez los expida a
Buenos Aires; la naturaleza del suelo no lia de permitir
el arrastre de artillería pesada. Cien hombres avezados
en el servicio es una dotación valiosísima para acabar con
que oprimen y encadenan a los hermanos
los facciosos
paraguayos. Y más si traen, con una cabal comprensión
de los altos fines que se buscan, un vivo entusiasmo pa-
triótico.
—Hay que hablar claro —confiesa el capitán Aldao.
— Al pronto se manifestó entre los blandengues una de-
cidida resistencia a abandonar la provincia y dejar a
la indiada las manos libres para sus fechorías. La idea
de hacer leguas y leguas para pelear a un enemigo que
no conocen y contra el cual no abrigan ningún odio, los
dejaba por lo menos indiferentes. Y debo declarar ieal-
mente al señor delegado que ha sido, más que yo, un
sargento, sargento López, quien con su palabra y po-
el
pularidad cambió las opiniones e infundo a la tropa un
•ánimo que no tenía para la empresa del Ejército del
24
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Norte. Consienta el señor delegado que recomiende a su
consideración a ese sargento.
—Sargento López Está cerca
. . . ¿ ?
—En cuartel de Aduana.
el la
—Mándemelo por aquí, misma noche. esta Hay que
estimular a los buenos soldados.
Antes de marcharse, el señor teniente de gobernador
aclara
—Yo me esmero en tranquilizar al vecinderio. Se
van los blandengues, pero organizaré sin demora otro
batallón para amparar la vida y los bienes de todos.
Los dos militares se despiden con las venias regla-
mentarias. En la calle los esperan sus cabalgaduras,
amarradas a las verjas del convento.
Platican en el convento
el general y el sargento
SE ha venido la noche, cálida, inmóvil, con oreos de
diamelas; así son las noches de octubre en Santa
Fe. El señor Belgrano adoba la proclama para la gran
aventura bélica. La decorativa pluma de pato raspea el
papel y vierte los adjetivos despiadados y las metáforas
pomposas que se estilan en esos documentos.
El quinqué pone en ancho y pálido del se-
el rostro
ñor delegado, un inquieto resplandor rojizo. Está en
mangas de camisa; la espesa casaca militar pende de un
25
MATE O B O O Z
clavo. Y por el ventanillo entra, con los aceitosos bi-
chos de luz, el confuso vocerío de la cercana pulpería
del vasco Mendieta.
A punto de secar el folio con la arenilla, le previe-
nen la llegada de un sargento de blandengues. La in-
ferior jerarquía del visitante no lo obliga a mudar ata-
vío ni postura.
El sargento Estanislao López está ya en la celda, el
cuerpo rígido y el saludo de ordenanza. Cumple vein-
ticuatro años. Es alto. La cabeza maciza se asienta so-
bre unos hombros sólidos. Tiene la frente espaciosa y
la mirada aguda.
—El capitán de blandengues —dice señor de-
los el
legado — me ha traído informes sobre patriótica con- la
ducta de usted en estas circunstancias. Yo he deseado
conocerlo y estrecharle la mano.
El sargento López avanza, tieso, y, al poner su dies-
tra en la diestra del señor Belgrano, agradece:
—Su excelencia me confiere un excepcional honor.
—Sí; una distinción que no figura en regla- los
mentos militares, que ahora estudio. ¿ Cuenta usted mu-
chos años en las filas?
•—Desde el 1800.
— ¿Siempre en los Blandengues!
—Siempre; y siempre en servicios de fronteras.
—Vida dura —observa el señor Belgrano — . Pero
allí se forman los mejores subditos del Gobierno Superior
de estas provincias y los verdaderos soldados de nuestro
Rey, víctima del detestable usurpador Napoleón. ¿Pien-
26
ALELUYAS DEL BRIGADIER
sa usted, sargento, que con las dos compañías de blanden-
gues daremos unos dignos hermanos de armas a los pa-
tricios, los arribeños y los húsares reales?
— excelencia son corajudos, son curtidos, son
Sí, ; fie-
les. Yamamos todos libertad de Santa Fe.
la
—La libertad de Provincias Unidas—
las rectifica
el señor delegado.
—La libertad de las Provincias Unidas —repite el
sargento.
—Y para defenderla castigaremos a los insurgentes
del Paraguay. Quien foguee las banderas de Fernando
VII será arcabuceado. Ya lo anticipo en mi proclama.
—
Los blandengues santafesinos saben pelear y mo-
rir, excelencia.
El señor delegado aprueba con un gesto esa frase de
romanticismo marcial, y pronostica:
—Aguardan al Ejército triunfos y glorias; confie-
mos en de nuestros brazos y la ayuda de la San-
la fuerza
tísima Virgen. ¿Y usted tiene, sargento, algunas letras!
—Las pocas que he aprendido, excelencia, en la es-
cuela de los padres franciscanos. Pero las suficientes pa-
ra leer de corrido y para escribir sin muchas faltas los
partes de mi compañía.
—La Junta Gubernativa se trazará la regla de ascen-
der a los que son, además de valientes, instruidos y vir-
tuosos. Y voy a darle, sargento, con una pregunta, alta
prueba de confianza. ¿Cómo recibió esta ciudad la noti-
cia de la deposición del virrey Cisneros,
El sargento López vacila y luego habla:
27
MATEO BQOZ
—Se hicieron repiques y se quemaron cohetes. Pero
había mucha tibieza en los ánimos. Graduábamos muy por
lo bajo la importancia del sucedido. Y no se conocen
tampoco las disposiciones reservadas del Cabildo en esas
fechas. Cursa ahora rumor de que se han llevado el
el
libro de los Acuerdos. Es el modo, para algunos, de sa-
carse compromisos.
— Sí, sí; algo de éso me ha contado el teniente de
gobernador.
A esta sazón el señor Belgrano se aplica una palma-
da en la frente y allí le queda la seña roja del mosquito
que ha estallado.
—Son bravos— dice.
—Excelencia: conoceremos otros más feroces en la
marcha al Paraguay.
Apoco se aleja por patios y crujías el taconeo del
blandengue. El lego portero, adormilado, se asombra de
que el jefe del Ejército haya concedido a un sargento tan
larga audiencia.
—Tendrá el señor delegado —conjetura— ganas de
palique.
Con el alba debe ir el señor Belgrano al campamento
de la Bajada para ultimar los arduos preparativos de la
partida. Lee el libro de oraciones —"El Tesoro Escon-
dido* '
— , mata la luz y llama al sueño.
28
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Cautivo en una fragata
se fuga o nado en el Plata.
LAScan y quiebran
que tachonan
estrellas
en
el
la superficie del
firmamento se dupli-
mar. Allá, a
la distancia, brillan los fogones del Ejército de Rondeau,
que pone sitio a Montevideo.
En la cubierta de la fragata " Plora" está sentado,
sobre un de filástica y con un grillete en los tobi-
rollo
llos, el sargento Estanislao López.
Evoca, en la soledad y las sombras, aquella entrevis-
ta que, en el convento de los dominicos de Santa Fe, le
otorgó el general Belgrano. ¡ Cómo el destino y los erro-
res de conducción habían convertido en amarga ceniza
los sueños triunfales! El ejército expedicionario, maltre-
cho y metido ingenuamente en una encerrona, capituló.
En paraguaya quedaron sepultadas las compañías
tierra
de blandengues santafesinos\ Ciertamente, sabían pelear
y morir.
Pudo el general Cavañas, el general enemigo, haber
aniquilado hasta mayores extremos a la fuerza del Río
de la Plata. No lo hizo. Suelen gravitar ocultas razones,
sobre las razones estrictamente militares.
Hace ocho meses que el sargento López cayó prisio-
nero, en la acción de Tebieuarí. No se queja del trato.
De día se le hace trajinar en las maniobras de a bordo y
29
MATEO B 0__0 Z
de noche se ]e sujeta con un grillete. No se teme, sin
embargo, por su seguridad. Se le ha creído cuando ha
dicho que en el agua se va a fondo como una bala de
cañón.
La fragata " Flora" ha venido de la Asunción para
vigilar la banda oriental e impedir el paso de recursos al
ejército sitiador. Tiene el armamento listo y los ojos avi-
zorantes en la obscuridad.
El sargento López, con el uniforme del blandengue
hecho harapos, se rebela íntimamente contra esa cautivi-
dad. Daría un trozo grande de su vida, por encontrarse,
a las órdenes de Rondeau, bajo la muralla de Montevideo.
En el castillo de popa fulge, a momentos, la brasa
de un cigarro. Es el alférez de guardia, tipo brutalmen-
te ordenancista. Está con él el piloto Paco Bobadilla, un
andaluz jovial, reclutado a la fuerza. Suele conversar
con el sargento López y conversa de historias de mujeres
y de lances de naipes. Pero hace muchos meses, por cul-
pa de los jaleos de la guerra, que no peina naipes ni ve
mujeres. En Asunción oficiaba de sastre, y se jacta de
haber cosido la chaqueta militar del gobernador Velasco,
la misma chaqueta que fué enviada a Buenos Aires por
Belgrano como trofeo de victoria.
Paco Bobadilla le dijo un día, confidencialmente:
—¿Ustedes creen que han perdido la guerra con el
Paraguay? Ustedes la han ganado. Verdad que han re-
cibido una paliza de ordago. Pero les han abierto los
ojos a los hijos del país, y no demorarán mucho, lo verá
usted, en imitar a los porteños. No quisiera yo encontrar-
30
!. . .
ALELUYAS DEL BRIGADIER
me en la pelleja de los señores que ahora llevan la talla
en Asunción.
Las palabras del piloto impresionaron al sargento
López. Acaso la semilla revolucionaria había quedado en
el Paraguay con las tumbas de los blandengues.
Y piensa, nostálgico, en Santa Pe. .
Y de sus imaginaciones lo arranca una voz que vie-
ne del castillo de popa:
— ¡Alerta a estribor!
Hay en cubierta rumor de pies descalzos y golpeteo
de fusiles. La marinería acude presurosa a estribor; se-
guramente algún lanchón intenta burlar el bloqueo.
El sargento López está a babor, de cara a la costa
oriental. No lo ve nadie ni nadie se preocupa de él. Y
llega el vértigo de la evasión. Nadar con los pies engri-
llados, tal vez sea sucumbir. Pero prefiere, la muerte a
la cautividad. Gateo, sigiloso, y, provisto de una tabla
para su mejor sostén, se arroja al abismo negro y es-
trellado.
El ruido del chapuzón provoca un grito:
— Hombre
¡ al agua
Atruenan unos disparos. A su alrededor chasquean
y saca energías de su esperanza y de su
los proyectiles,
afá[Link] sus brazadas vigorosas y diestras, de antiguo
muchacho del Quilla.
El sargento López nada, nada, nada . .
Y el tiempo sigue . .
La fragata " Flora" se borra del paisaje, y en la
orilla, ya cercana, crece una luz. Pisa, extenuado, tie-
31
MATEO B O O Z
rra libre. Unos perros torean. Y unos milicianos de
Rondeau, atraídos por los fusilazos, acogen al soldado de
Santa Fe.
32
MI g'uido de urmus
Pelea en el Espinülo
y muere el bravo Morcillo.
EL coronel tirolés
litz,
Eduardo Holmberg, barón Kai-
héroe de las Piedras y antiguo teniente de
guardias walonas, ha recibido orden de cruzar el río y
zurrarle la badana a don José Eusebio Hereñú, hechura
del Jefe de los Orientales. Protector de los Pueblos
Libres.
El ejército de Observación al mando del general
Juan José Viamonte, está en Santa Fe. Vino en este
año de gracia de 1815 a desalojar a los artiguistas que
invadieron la provincia y colocaron al frente del Gobier-
no a don Francisco Antonio Candió ti. Cuando entró en
la ciudad el ejército porteño, el señor Candioti estaba
ya en las ultimas extremidades. Dos días después en-
tregaba su alma y las tropas invasoras le rindieron los
honores de su dignidad. La gente piensa que así se sal-
vó el señor Candioti de que lo decapitaran.
33
:
MATEO BOO
Ahora hace de teniente de gobernador don Juan
Francisco Tarragona. Lo eligieron los Frailes, los curas
y los pulperos europeos, con declaración de que Santa
Fe es pedazo de Ja provincia de Buenos Aires.
Previamente el general Viamonte anuló dos vota-
ciones practicadas en la casa Consistorial a favor de don
Pedro Larrechea, sospechado de separatista.
El barón Hplmberg, que ha venido en el Ejército
de Observación, alista su tropa: una compañía de blan-
dengues santafecinos y un escuadrón de dragones por-
teñ[Link] barón, corpulento y rojizo, consulta un mapa,
un estuche de geometría y un libro de caracteres góti-
cos con figurines y diseños militares. Y prevé el éxito
completo de la operación.
Los expedicionarios ocupan dos lanchones, con caba-
llería y armamento. Los custodia un falucho de la es-
cuadrilla de Buenos Aires. Ahí va el alférez Estanislao
López, alférez ahora de los ejércitos argentinos; ha ga-
nado su galón de oficial en los sitios de Montevideo y las
baterías de Rosario.
Desembarcan, descansan y echan al fuego unos bue-
yes flacos que pastan en el lugar. El barón Holmberg
explora los alrededores con un catalejo; las arboledas le
limitan a pocas cuadras el campo visual.
Junto a un ceibo, churrasqueando, el capitán Pe-
dro Pablo Morcillo, jefe de los blandengues, dialoga,
baja la voz, con el alférez López
—El barón conoce mucha táctica europea —opina
•el capitán — ,
pero ésta se me antoja una operación des-
34
. —
ALELUYAS DEL BRIGADIER
cabellada. Poca gente para apretarle las clavijas a He-
reñú.
— Con una sorpresa podríamos sacar algún fruto.
Pero los del Paraná ya deben estar avisados y en pre-
parativos para recibirnos.
—Esta parada es pérdida de tiempo en nuestra
contra.
—Y empuñaremos fuerte las lanzas. En otras peo-
res nos hemos visto, capitán. Y usted deberá olvidarse
de su luna de miel.
—Merceditas Aldao ya sabe las tribulaciones que
trae el ser mujer de militar en los días turbulentos que
vivimos.
—Falta una mano dura —expresa el alférez López
que haga respetar a los santafesinos. Cuando no los por-
teños, los orientales o los entrerrianos. Y cualquier día
nos acogotan también los cordobeses.
— ¡Una mano dura!. Si no es la de don Mariano
Vera . .
El barón, después de largo reposo, ordena marchar.
Atraviesan campos solitarios. Ganados y moradores se
retiran a la proximidad de la fuerza invasora. Y ya se
divisa la cúpula de la catedral del Paraná, incendiada
por el sol.
La columna se estrecha para salvar unos densos es-
pinillares. El barón, a la cabeza, masculla el texto de
su orden de capitulación, al jefe de la plaza, y, sobre
el arzón de la silla, agujerea una carta topográfica con
el compás.
35
—
MATEO B O O Z
El estratego debo abandonar bruscamente sus medi-
taciones y sus cálculos por culpa de una descarga a que-
marropa, Y tras esa descarga otra y otra.
La caballería, imposibilitada para maniobrar, des-
cabalga y acomete con las lanzas contra la maraña de es-
pinillos. Patalean bestias y soldados. El capitán Morci-
llo cae, rota la garganta por una bala de tercerola.
El barón no ha perdido su serenidad ni evita su per-
sona ningún riesgo. Allí está, grandote y gritón, la ca-
beza revuelta y el sable relampagueante. Pero sus ór-
denes no pueden cumplirse en el sangriento desbarajuste.
Los rodea y sofoca una masa de hombres infinita-
mente más crecida. Y Jos que no mueren caen en la
garra del enemigo.
Y prisionero va, con talante altivo, vacía la vaina
del sable y el catalejo cruzado en el fajín, el héroe de
las Piedras. A su lado camina López.
— Ahora, alférez, a la Purificación, a purificarnos
dice el barón, con chanza siniestra.
—Son los gajes de nuestro oficio, coronel — repone,
estoico, el santafesino.
—Ha sido una chingada. ¡ Caray !
Suscita la Purificación, la residencia del Protector
de los Pueblos Libres, visiones trágicas de mazmorras y
cepos. En los campamentos porteños se relata la histo-
ria de los suplicios que allí padecen los cautivos. Un es-
calofrío raspa entonces la espalda de los milicos.
Pero José Eusebio Hereñú comunica un día a los
-prisioneros del combate de los Espinillos, en su encierro
36
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
del Paraná, que por orden del magnánimo general Ar-
tigas, quedan libres.
El barón, el alférez y un bulto de blandengues y
dragones cruzan a Santa Fe. Otros prefieren enrolarse
en las montoneras de Hereñú.
A favor de Santa Fe
se pronuncia Añapiré.
CAMPAMENTO compañía de blandengues,
de la 1*
al mando Mateo Fontuso. Carpas y
del capitán
caballos, filas de carretas y lanzas en pabellón. Los fo-
gones llamean con tufo de carne asada, y hay entre la
tropa —
unos cien hombres —
el bullicio dichoso que pre-
cede al rancho.
En el poniente lucen los oros del crepúsculo.
A tiro de piedra corre el Saladillo y por lo alto pa-
san las bandadas de patos, rumbo a sus dormideros.
Hay sosiego en los ánimos. La indiada ha sufrido
mucho el rigor de los cuerpos de línea para atreverse a
intentar un ataque.
Llega un jinete. Es don Mariano Vera y Pintado,
corto de piernas y largo de brazos, con dos ojos celestes
y saltones que le iluminan la cara.
Debe venir de lejos y con mucha prisa. El caballo
ijadea, sudoroso.
Desmonta y pregunta
— ¿El teniente López?
37
MATE O B O O Z
Lo entran a la casa — la única del lugar — de barro
cocido, conmirador y troneras, que fué la estancia de
don Melchor Echagüe.
—Hay noticias graves —dice el señor Vera, una vez
cerciorado de que nadie los escucha.
—Me lo figuro —repone el teniente López — . Ocio-
samente no se costea usted hasta estas soledades.
— Cosme Maciel y Javier Abalos, con cinco canoas
de rinconeros, han apresado en la boca del Colastiné, al
falucho "Fama" y a la cañonera "Americana". Viamon-
te queda en seco y el camino habilitado para recibir au-
xilios de la otra banda.
—Es una proeza. Siempre me han merecido fe los
rinconeros.
—Está el movimiento perfectamente concertado. Nos
acompañan todos los buenos patriotas. Y ninguna opor-
tunidad mejor para romper el yugo de los porteños.
Las fuerzas de Viamonte disminuyen. Ha mandado 400
hombres a una expedición que arma San Martín a Men-
doza, y el coronel French acaba de llevarle otros 400 pa-
ra pelear con los españoles en Bolivia. A Rondeau lo
han puesto mormoso en Sipe-Sipe. Viamonte está asusta-
do; conoce su debilidad; ha pedido aj'uda al Director
Supremo.
—Y tendrá.
la
— Razón para dar el golpe enseguida. El general
Díaz Vélez pertrecha en San Nicolás un cuerpo de
ejército.
—¿Y con qué cuentan los revolucionarios? Si no
38
ALELUYAS DEL BRIGADIER
hay organización, con pocas brigadas los exterminan.
—La 2^ compañía de dragones ya está de nuestra
parte.
—¿Y capitán Mondragón?
el
—Lo han dejado El sargentosolo. Machengo se le
ha alzado con toda la tropa. Vendrá el destacamento de
Coronda. Y el jefe de los orientales nos mandará unos
escuadrones aguerridos. A estas horas deben ya venir,
bandeando el Paraná.
— ¿Y el Cabildo qué hace? No se estará con la boca
abierta.
—Alista una compañía de blancos y otra de pardos.
Pero no hay que temerles. Esa gente se pasará a las
filas revolucionarias en las primeras de cambio.
—Por lo visto, usted, don Mariano, busca mi coope-
ración.
— Sí, seguro de tenerla; usted es un santafesino
amante de su provincia.
—Y también un soldado de disciplina y subalterno
del general Viamonte. Me violenta el trance de suble-
varme.
—El general Viamonte ultraja a los santafesinos.
Las otras noches entraron sus oficiales a una novena de
San Francisco, en camisa y con las ropas en los sobacos.
Salió el mujerío —
muchachas y viejas rezadoras dan- —
do voces de pavor. No podemos tolerar esos insultos ni
esos sacrilegios.
—El general Viamonte es hombre de buenas pren-
das. Achaquemos los desbordes ele la oficialidad a la in-
39
:
M AT EO BOOZ
disciplina de sus tropas.
—Acepto que sea así. Y ahora, para colmo de abu-
sos, se levanta por orden de Buenos Aires, una leva de
130 hombres destinados a Tucumán y un empréstito pa-
ra pagarle los gastos a San Martín. El descontento cun-
de. Los comerciantes, particularmente los europeos, es-
tán que bufan. Debemos sacar cortito a los intrusos, te-
niente.
—Sin embargo, usted fué a Buenos Aires a pedir
que mandaran el Ejército de Observación.
— El señor Vera, lastimado por el reproche, respinga.
Y tras un silencio, repone, conciliador
— Sí, reconozco que me equivoqué. Los porteños no
nos han traído la felicidad que esperábamos y nos pro-
metieron ... Y recuerde usted, teniente, que en los pro-
celosos tiempos que corren, los coroneles y los generales
se hacen de la noche a la mañana. Los pusilánimes que
no atinan a aprovechar las ocasiones, se friegan.
—No sé cuáles serán las intenciones del capitán
Fontuso, mi superior.
—El capitán Fontuso es porteño. Con un llamado
falso lo hicimos ir a Santa Fe.
—Lo maliciaba . . . Pero para decidirme debo con-
versar con el alférez Pedro José Lassaga, mi segundo.
—Háblelo nomás.
Y agrega, halagador:
—Bien sabemos que la compañía sigue al teniente
López.
Viene el alférez Lassaga.
lo
: ?
ALELUYAS DEL BRIGADIER
— Está siempre dispuesto a una patriada fuerte
¿
— Siempre a sus órdenes, mi teniente— responde fir-
me y cuadrado el alférez.
— esperaba Refuerce guardia y apronte
Tjo . . . la la
compañía para marchar. Si llega el capitán Fontuso,
que no ha de llegar, le ajusta una barra de grillos, y si
zoncea, proceda como es debido.
El alférez se retira.
El señor Vera echa los brazos al teniente López
—Es usted un gran patriota y un soldado de emi-
nente porvenir.
Las sombras de esta tibia noche del mes de marzo
invaden la habitación. Los dos hombres dialogan.
De afuera llega el trajín del campamento agitado
para una expedición que todos ignoran. No saben con-
tra quién ni por qué van a pelear. Les basta saber que
los mandará el teniente López. El teniente López es
muy macho.
Con denuedo y con valor
castiga al cruel invasor.
DOSCIENTOS artiguistas, acaudillados por José
Francisco Rodríguez, llegan a Añapiré, y unidos a
blandengues de López, se encaminan a la capital.
los cien
Mediada la tarde arriban a la chacra de Andino,
donde se atrinchera el comandante Sáenz con 160 húsa-
n
:
MATEO B O O Z
res y un cañón. Alaridos y tiroteos. Los expedicionarios
tratan en vano de copar la posición. Y al venir la
noche retroceden y repasan el río Salado.
Han traído la noticia de que en Santo Tomé se
asienta el coronel Echevarría, cuñado de Viamonte, con
doscientos milicianos a pie y un ingeniero que dirige la
construcción de unas baterías.
Con los primeros resplandores de la madrugada
irrumpen en Santo Tomé artiguistas y blandengues. La
inopinada embestida desconcierta a las huestes porteñas.
Unos mueren lanceados y otros se ahogan en las aguas
del río. El coronel Echevarría, seguido por unos pocos,
logra escapar en una canoa.
Suena una corneta y se festeja el triunfo.
Va a intimarse al general Viamonte la entrega de
la plaza.
Con la fuerza oriental viene un sujeto alto y flaco.
Hombre de papeles. Se llama Félix Aldao y se susurra
que ha sido fraile.
Aldao lleva a Santa Fe el pliego que firma Rodrí-
guez, como capitán de Artigas.
De regreso da cuenta de su comisión
—En el Cabildo me recibió el general Viamonte con
varias personas. El general leyó el pliego. El teniente
de gobernador, señor Tarragona, declaró que estaba pron-
to a entregar el bastón y el mando, si así se soluciona-
ba el conflicto. No le hicieron caso. El general obser-
vó que no se especificaban las condiciones de la rendición.
Parecía propenso a entablar negociaciones. Pero terció
42
: ;
ALELUYAS DEL BRIGADIER
un trompudo de apellido Rivadavia, abogado de Buenos
Aires; dijo que el Gobierno Nacional tiene elementos de
sobra para aplastar a los anarquistas. El general me hi-
zo saber entonces que más tarde mandaría un parlamen-
tario con la contestación.
Y más tarde viene el alférez Juan José Diez de An-
dino : el general Viamonte rechaza de plano la intimación.
—Habrá que darle en la cabeza — opina el señor
Vera.
— ¡Peor para él! —sentencia el caudillo oriental.
Y esa noche se encienden los fogones, a la vista de
Santa Fe, y sigilosamente se ponen en movimiento. Mar-
chan esa noche y la siguiente, y sin ser sentidos, se em-
boscan frente a la estanzuela de los padres dominicos, don-
de ahora vivaquean los húsares del comandante Sáenz.
Quieren repetir la hazaña de Santo Tomé.
Pero Rodríguez, encargado de la operación, demora
la señal de ataque.
El teniente López, que está allí para obedecer, dice
al alférez Lassaga, tembloroso el sable en la mano
— ¿Qué hace jefe? Se nos escapa oportunidad.
el la
—A su mando, teniente, ya tendríamos a porte- los
ños en las puntas de las lanzas.
Y cuando se dispone el avance, los húsares están ad-
vertidos y montados. Se pelea encarnizada y rabiosamen-
te. Una bala agujerea los carrillos del comandante Sáenz
entonces los húsares se retiran, hostigados a sable y
chuzo.
Los perseguidores paran en las orillas de la ciudad
43
MATEO B O 0_ _Z
y se íes incorporan 300 jinetes del cuerpo de colorados,
al mando de Aniceto Gómez.
— Artigas se porta —alaba el señor Vera — . Ya pue-
den los porteños apretarse el gorro.
Y el señor Vera entra a la ciudad con seiscientos
combatientes. Lo apoyarán los rinconeros y los eoronde-
ros, que ya se han posesionado de la plaza matriz.
El general Viamonte se encierra en la Aduana con
el desmantelado Ejército de Observación que le perma-
nece leal. La mayoría de los blancos y pardos se han pa-
sado a las filas contrarias.
Fuego de fusiles, de cañones y de granadas. El es-
trépito dura desde el amanecer. Los porteños no tienen
escape.
A las cuatro de la tarde el señor Vera despacha un
parlamentario al general Viamonte: si rinde las armas,
quedarán todos libres para volver a Buenos Aires.
Los jefes artiguistas reclaman : el señor Vera ha ex-
cedido sus facultades,- sólo ellos pueden acordar esas
franquicias al enemigo, y no las acuerdan. Discuten. Hay
inculpaciones. El señor Vera cede.
Y de la Aduana salen, las manos esposadas, pá-
lidos y amargura de la derrota y la
erguidos, con la
protesta del engaño, el general Viamonte y los oficiales
de su Estado Mayor. Un buque los espera. Son prisione-
ros del Protector de los Pueblos Libres y los encaminan
al campamento de la Purificación.
Vibran jubilosas las campanas de la ciudad. Las ca-
lles están atestadas con los muebles, vajillas y mil co-
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
sas que ha arrojado la soldadesca porten a. Ahora toca
el turno del saqueo a las montoneras artiguistas. Asaltan
viviendas y comercios, ululando y golpeando con sus ar-
mas. Los borrachos articulan vivas y mueras estentó-
reos. Alguna vieja, con ojos de espanto, ayea por el hi-
jo muerto.
Grupos de la plebe husmean a los aporten ados para
el correspondiente y ejemplar escarmiento. Los que han
podido huir, han huido; entre ellos el señor Tarragona.
Ya les confiscarán sus bienes.
Los religiosos adictos al régimen derribado, se ocul-
tan. A fray Hilario Torres lo sacan de los pelos de un
confesionario de la Merced.
Y el señor Vera, gobernador de hecho, aparece en
el balcón central del Cabildo, entre una cohorte de per-
sonajes y frente a la plaza invadida de pueblo y tropas.
El señor Vera habla
— Ciego idólatra de la libertad, nunca más que aho-
ra seré el velador de los derechos del hombre. Compatrio-
tas ; no creáis en los conceptos adulativos y las voces afi-
nadas de los hombres ilustrados de Buenos Aires. El
porteño es el Padre de la Mentira.
Vítores. Sombreros en el aire. Los blandengues, los
dragones y los colorados de Artigas remontan por enci-
ma de sus cabezas lanzas y carabinas.
Estanislao López mira con sordo rencor ese espec-
táculo. Los santafesinos ya no son esclavos de los porte-
ños; ahora lo son de los orientales.
Y murmura:
45
ATEO B O O Z
— ¡Pueblo el mío valiente y desdichado!
Y. ascendido a capitán, se vuelve con su compañía a
Aña piré.
Esperará.
Sabe esperar.
46
I ti las senderas del rubitda
Conspira contra el porfiado
Mariano Vera y Pintado.
EL viento frío y seco del Sur levanta
arena y bate la paja de los aleros
embudos de
de San José del
Rincón. En la calle solitaria fraternizan cuzcos maci-
lentos y gallinas picoteaduras.
Frente a una vivienda de rejas de palo, paredaña
con la capilla, cabalgaduras ensilladas esperan a sus due-
ños. De la vivienda sale un rumor de conversaciones.
Hace tres días que ha llegado del Norte el teniente
coronel y comandante de armas don Estanislao López. Sus
blandengues acampan a un cuarto de legua, sobre el ca-
mino a Calchines.
De Santa Fe, a menos de una hora de galope, se re-
ciben noticias agitadas: quieren mudar de teniente go-
bernador y, don Mariano Vera se empaca con el apoyo
del populacho. Y desde esa vivienda de San José, van
y vienen los emisarios a la ciudad.
47
! .
MATEO B O O Z
En dos años de gobierno del señor Vera, Estanis-
lao López ha trepado el escalafón militar hasta la jefa-
tura de todas las milicias provincianas.
—Yo no me meto en nada —declara desde su mesa
y de rostro a un alborotado concurso de patriotas — . Yo
no ambiciono más que el progreso de mi país.
—Pero las horas son graves —revela un cabildante,
pecoso y de chuletas grises—. Convocamos al pueblo pa-
ra elegir nuevo gobernador y nos eligen otra vez al que
no queríamos, al propio don Mariano Vera. Anulamos
la elección, hacemos una nueva y se repite el resultado.
La chusma, en la plaza, gritaba a desgafi itarse: ¡No que-
remos más gobernador que a Vera
— ¡Bah! —dice un caballero de levita azul—. Tra-
bajos de la parentela de Vera y de Dolores Al faro, su
mujer.
—Lo cierto es que los cabildantes no acertábamos
con el partido a tomar. Don Manuel Leiva, hombre im-
prudente, nos salió con una pata de gallo: que el Cabil-
do citara a don Mariano Vera y le formalizara su capí-
tulo de cargos. ¡Qué cargos ni qué niño muerto!
— Algo había que decirle— insinúa el señor López —
Mientras adulaba a Artigas, se entendía con Pneyrredón.
Y son notorias sus vinculaciones unitarias.
— Exacto —apoya el cabildante — , pero duro de pro-
bar y de poca impresión para el pueblo. Y fué el doctor-
Seguí quien nos sacó del atranco. Espetó un impetuoso
discurso, como él sabe hacerlo, en la Sala Capitular.
Los ojos de los circunstantes se vuelven al doctor
: : :
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Juan Francisco Seguí, que está con la silla recostada en
los adobes del muro.
El doctor Seguí, delgado, erudito, gesticulador, dice
— ¿Cómo iba a elegirse un gobernador si no tene-
mos una carta constitucional que regle su conducta y
también el modo de designarlo f Absurdo. Lo primero, pri-
mero. Sin constitución todo es arbitrariedad y anarquía.
Las cabezas asienten. El señor López, ladino, son-
ríe y confirma
—Un golpe maestro.
El cabildante coge otra vez la hebra:
— Con ese irrebatible argumento el Cabildo anuló
también la segunda votación. Y sobre el tambor quedó
convocado el vecindario para elegir dos sujetos de pro-
bidad y ciencia por cada cuartel; ellos elaborarán la
constitución que prohija el doctor Seguí.
El caballero de la levita azul, escéptico, mordaz,
opina
—Y esos varones de probidad y ciencia serán hechu-
ra de Vera y muñidores de una constitución para que
Vera se eternice en el candelero.
—El mismo temor nos aflije a los cabildantes. A se-
guir los negocios por ese rumbo, sólo nos espera el patí-
bulo o la emigración.
Pasa por la tertulia una ráfaga de terror.
—No hay más que una puerta de salida —señala el
doctor Seguí— que teniente coronel López asuma por
: el
propia voluntad el gobierno hasta que se dicte el es-
tatuto.
49
: !
MATEO B O O Z
— Lai única solución! ¡La solución salvadora! —
prorrumpen a coro los presentes, irguiendo los bustos.
El señor López rehusa con la diestra en el aire:
— Yo no puedo asumir la suprema autoridad por
usurpación.
—Esos escrúpulos —gorgotea, enérgico, el doctor
Seguí — honran ciudadano y perjudican a
al la patria. Las
circunstancias legitiman el ejercicio del mando por las
vías de la violencia. El Gobierno de Santa Fe está vir-
tualmente acéfalo y los malvados acechan por todos los
horizontes. El comandante de armas es hoy por hoy la
persona de la confianza pública.
El señor López, con ejemplar humildad:
—Y ¿qué títulos poseo yo para exhibir al soberano
pueblo f
Alzase un murmullo de sorpresa:
— ¡Vigilante indómito de frontera! la
— ¡Héroe del Campito!
— ¡Azote del invasor porteño!
— Sostén de libertad
¡ la
— ¡Soldado egregio de Santa Pe!
El aludido medita, con la cabeza inclinada, en un
angustiado silencio de expectativa. Sólo se oye algún re-
moto relincho y el garruleo de la pajarería en el naran-
jal de la plaza.
—El soldado egregio de Santa Fe levanta la fren-
te y lamenta
— ¡Derramar sangre hermana!
—No — se apresura a advertir el cabildante — . Ve-
50
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
ra sólo tiene al capitán Obando con dos compañías de
morenos cívicos en laAduana y al mulato Rodríguez con
una pandilla de coronderos, en Santo Tomé. El más
testarudo podría ser capitán Obando, individuo de
el
agallas. Pero el Amenábar, cura de labia lucida
vicario
y mandado hacer para las comisiones espinosas, ya ha
convencido a Obando de que debe evacuar la Aduana,
por amor a la ciudad, si toman bandera los cuerpos del
comandante de armas. El vicario Amenábar está con nos-
otros, aunque aparenta no estarlo.
El señor López se endereza bruscamente y, una ma-
no extendida sobre el pecho, exclama
— Señores : yo me sacrifico por la felicidad común.
Abrazos. Efusiones. Frases de retórica jocunda.
Lo erigen gobernador;
queman pólvora en su honor
*
DEL lado de
blandengues
San José
con su
del Rincón
capitán Manuel
se acercan los
La Rosa.
Acompaña a la expedición el comandante de armas te-
niente coronel López, que trae, para escrituras y aren-
gas, al doctor Seguí.
Los milicos cruzan a nado, la boca de la Laguna
Grande; los jefes suben a unas canoas.
Y avanzan a la ciudad. Caras inquietas atisban
51
MATEO BOOZ
desde los rancheríos el tránsito de la caballería.
Ya Aduana. Los blandengues forman en
está ahí la
hileras, prevenidos. Pero no hay que combatir. El ca-
pitán Obando se ha retirado de la fortaleza con sus com-
pañías de morenos cívicos.
El teniente coronel ocupa la Aduana y a continua-
ción el doctor Seguí redacta el bando público. López lo
lee, lo firma y, copiado con letra de molde, se pega en
puertas y paredes.
Los curiosos se agrupan ante esos papeles. El te-
niente coronel López se declara gobernador interino de
la Provincia, reconoce las atribuciones del cuerpo capi-
tular, ordena la entrega de las armas y, con léxico apa-
ciguador, exhorta al olvido de las ofensas y a la amis-
tad de todos los santafesinos.
— ¿Se resistirá don Mariano Vera? — preguntan los
vecinos, temerosos de disturbios.
—Pero don Mariano Vera no se resiste. Rinde las
cuentas de la administración y se marcha con su familia
al Paraná. Lo siguen los fieles: el capitán Obando con
lascompañías de morenos y un grupo de habitantes de
Coronda.
Gentes de buen juicio conjeturan que esta situa-
ción no durará. Pronto arrancarán de su silla al nue-
vo gobernador las influencias de Buenos Aires o del
Oriente. Ni Artigas ni Pueyrredón pueden alegrarse con
el cambio. Después de todo, digamos la verdad, don Ma-
riano Vera contaba con la opinión de los santafesinos y
se las componía con sus mentiras y agachadas, para te-
52
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
ner aplacados a los enemigos. Era hombre de experien-
cia en los negocios del Estado. Esa experiencia no se
gana en las fronteras, peleando con los indios.
Pero otras gentes, de poca instrucción, que no fun-
damentan sus pareceres, dicen en las reuniones de las
pulperías
—Este gobernador es un criollo a macha-martillo.
Sólo muerto lo sacan del Cabildo. Tendremos Estanislao
López para rato.
Otra vez los sacristanes se han prendido furiosa-
mente a los badajos de las campanas para los repiques
anunciadores de un acontecimiento fausto y a la noche,
en la plaza principal, se encienden luces de bengala.
Fenece el mes de julio de 1818.
10
Los indios saquean y huyen
y razona el señor Cullen.
EL gobernador López ha despachado agentes de
confianza y experiencia a las tolderías con men-
sajes de paz. Todos somos hermanos y nos debemos sim-
patía y ayuda.
Los indios no han cesado de hostilizar los pueblos
fronterizos y aun de acercarse audazmente a la ciudad.
La autoridad dispone, sin duda, de tropas suficientes
para tenerlos a raya. Pero el gobernador saca sus cuen-
tas y comprende las ventajas de convertir a los salvajes
53
:
MATEO BOOZ
en amigos.
Los tiempos se presentan muy inseguros y no es cosa
de fiarse de los modales. Al tomar el mando de la Pro-
vincia el teniente coronel López comunicó al general Ar-
tigas el motivo que lo indujo a derrocar al señor Vera
éste tenía atada a la administración con sacrilega cadena
— tal su metáfora — en obsequio de los favoritos parti-
dariosy lisonjeros y era, además, notoria su inteligencia
con Buenos Aires. Y, a su turno, el doctor Seguí adobó
una carta para su antiguo condiscípulo el director Puey-
rredón, con menciones efusivas a los designios patrióti-
cos y anhelos de alianza del flamante jefe de los santa-
fesinos. Lo discreto es ganar el ánimo de esos dos emi-
nentes antagonistas, cuando no se sabe a ciencia cierta
de dónde vendrá el golpe, si de los porteños o de los
orientales.
El indígena es excelente milico. Bien lo sabe el te-
niente coronel López, que vivió lo más de sus años en
los fortines. Frugal, cambativo, seguidor y de a caba-
llo, se puede emprender con él una campaña difícil. No
es juicioso entonces tenerlo en contra.
Han llegado ahora los caciques. Falta sólo Mateo
Grande, que tarda en venir. El gobernador los agasa-
ja. Les da audiencia en el Cabildo y una reunión en el
reñidero de gallos. Por la noche los encandila con pi-
rotecnia.
Las autoridades y los caciques concurren a un te
déum por el concierto de las paces. El vicario Ame-
habar diserta desde el pulpito, caluroso y perspicuo, so-
54
ALELUYAS DEL BRIGADIER
bre la hermandad de los descendientes de Eva.
Los caciques, cargados de presentes vistosos, retor-
nan a sus lares; y aparece en seguida, con su séquito,
Mateo Grande. Luce éste, en patas, un viejo sombrero
de copa y sus capitanejos unos cascos de piel de aguará.
Mateo Grande, menos optimista y más exigente, no
cree en promesas ni se conforma con los límites puestos
a su cacicazgo. Prefiere, a las lindas palabras, reales ga-
rantías para los derechos del indio. El indio quiere ser
señor de sus tierras y de su libertad. Y pide que no se
le enganche a la fuerza a los ejércitos de los blancos.
El señor López despide a ese anarquista, previa al-
guna advertencia amenazadora: la autoridad ha de re-
primir con energía y escarmientos implacables todos los
malones.
Mateo Grande baja la escalera del Cabildo ; el bron-
ce de su cara se arruga con una sonrisa cautelosa.
Seguido de sus lugartenientes, se aleja entre una
polvareda para reunirse a su banda, en la orilla de la
ciudad, y encaminarse a las tolderías, por la parte de
Calchines.
Rato después la brisa arrastra un lejano estrépito
de tiros y voces. .
El señor gobernador sale de su despacho y, firmes
las manos en la baranda del balcón, pregunta al cen-
tinela :
— ¿Qué ocurre?
El portador de la noticia es un esclavo, que entra a
la plaza despavorido:
55
:
MATEO BOOZ
—Mateo Grande y su partida están asaltando las
pulperías.
El señor gobernador no puede con su genio. Tiene
32 años y mucho brío. Empuña una lanza, salta a caba-
lloy corre al lugar del suceso.
Pero ya Mateo Grande y sus jinetes, prorrumpien-
do en alaridos y con escaso botín, marchan a sus tierras.
Y el señor gobernador, la cabeza descubierta y los
talones pegados a los i jares del animal, no se detiene.
Procura dar alcance y alcanza a los malhechores. Y se
entra en el tumulto, repartiendo varazos y puntazos.
Los salvajes, belicosos y sorprendidos, lo rodean y,
por mucho que remolinee la lanza con endiablada destre-
za y maniobre ágilmente su corcel, está a riesgo de caer
ensartado en las chuzas aborígenes.
Suenan entonces unos disparos de tercerola: viene
un piquete de dragones en amparo del temerario señor
gobernador, y los indios precipitadamente se arrojan a
la laguna y huyen en dirección a San José.
En el suelo queda, hecha una plasta, la cómica chis-
tera del cacique.
El señor gobernador, al tranco de su cabalgadura
y en medio de los dragones, regresa a la ciudad. Se en-
juga el sudor de la frente y goza la agria y varonil fa-
tiga de la refriega.
Ya enterados los vecinos del arrojo del señor gober-
nador y disipada la zozobra con su presencia, lo saludan
al paso pañuelos y exclamaciones
— ¡Viva don Estanislao López!
56
!
ALELUYAS DEL BRIGADIER
— ¡Viva nuestro gobernador!
— ¡Viva el bravo defensor de los santaf esinos
Y un y de nombre Do-
forastero, canario de nación
mingo Cullen, que ha llegado en esas fechas para nego-
ciar un cargamento de paños y bebidas, contempla el es-
pectáculo y se atreve a opinar:
— Ostentación de un coraje mal empleado. El go-
bernador para gobernar; los soldados para correr a los
indios.
Media hora después, el señor gobernador está de ba-
rriga en un catre y el maestro de cirujía don Manuel Ro-
dríguez, le frica las magulladuras con ungüento de ranas.
11
Tras disparadas y sustos
leda una paliza a Bustos.
EL sol sube del lado de Entre Ríos y quiebra sus
primeras luces en las moharras, sables y terce-
rolas de los cuatrocientos cincuenta jinetes. De atrás
viene el chirrido de la carretería y el ladrar de los
perros
El viaje es premioso, hacia los pagos de Córdoba,
Y en mes de noviembre, de solazos agobiadores, hay
el
que aprovechar las horas más benignas para la mar-
cha. No es cosa de aplastar la caballada, cuando no
se está seguro de encontrar remudas.
El gobernador López, respirando con fruición el
57
.
MATEO B O O Z
aire mañanero, derrama los ojos por el paisaje cam-
pesino. Va bien sentado sobre la montura y advierte
en la diestra la caricia áspera y cautivadora de la ta-
cuara de su lanza.
Al son de ese concierto de metales, cascos de ca-
ballos y muchedumbre, el gobernador pala-
vocerío de
dea una dicha nueva y deseada. Sale por primera vez.
como jefe de una fuerza, a medirse con tropas regu-
lares. Y la sangre late vigorosa en sus pulsos y la men-
te se le puebla de visiones de entreveros.
Debe proceder con rapidez; embestir por sorpre-
sa. Balea re e está con tres mil soldados de todas las
armas en el Arroyo del Medio y el coronel Bustos con
seiscientos cordobeses y trescientos entrerrianos de Jo-
sé Eusebio Hereñú sobre la frontera Norte de Santa Fe.
Buenos Aires no ha declarado la guerra. Pero
el gobernador López conoce los designios del Direc-
torio por los pliegos secuestrados a un chasque: Puey-
rredón ordena el avance de los dos ejércitos para sa-
car el gobierno intruso de Santa Fe. Y dispone ade-
más la remisión a Buenos Aires o Córdoba de los in-
dividuos que se sometan a las armas invasoras y para
los rebeldes la viltima pena.
—Quieren exterminar a los santafesinos — dice el
jefe al comandante La Rosa, que galopa apareado —
Y no lo conseguirán. La aventura les costará cara. Po-
ca gente la nuestra, pero valerosa y ducha.
—Bajo su mando, gobernador, moriremos conten*
tos, si hay que morir.
58
;
ALELUYAS DEL BRIGADIER
— ¡Lealtad y heroísmo! Ese espíritu está ausente
de las tropas de Buenos Aires. Los dragones de Bal-
caree se pasan en grupos a nuestro campamento.
—
Conocen las puntas de las lanzas santaf esinas
como que ya vinieron con Viamonte y con Díaz Vélez.
—La floja moral militar será la ruina de los ejér-
citos porteños. No es lo mismo, y ya lo van viendo,
pelear a los españoles, en el Perú, que a nosotros, que
defendemos nuestras cosas.
—Nos desprecian y se ensorberbecen con sus tác-
ticas aprendidas en los libros.
— Sí, como los españoles. Pero sus tácticas se es-
trellarán siempre contra nuestro sistema de combatir.
Carecen esos generales del sentido del terreno. Espero
ahora una mano de Artigas.
El comandante La Rosa repone, caviloso:
— Nadie ayuda por cariño, gobernador. Y además
al jefe de los orientales lo tienen ocupado los portu-
gueses. Pero usted sabrá.
—Le interesa ayudarnos; que se dé por muerto si
los porteños traen su dominio al litoral.
—¡Se chuparán el dedo! — dice el comandante
con burla amenazadora.
—Así ha de ser — confirma el gobernador.
Y de gauchos y de indios galopa días y
la legión
galopa noches. Hay que evitar que algún traidor pon-
ga en alarma a los enemigos.
Pisan jurisdicción cordobesa. Los moradores hu-
yen azorados a la vista de la gente armada. Saben
59
MATEO B O O Z
que los ejércitos y las montoneras, si tienen necesidad,
echan a sus filas a los hombres útiles, ultrajan a las
mujeres y desvastan las viviendas y los campos.
Con los datos de los espías, el gobernador da un
rodeo, desbarata la guarnición de Litín y, cruzando el
río Tercero, rechaza a sable las columnas que acuden
en auxilio de los derrotados.
El objetivo es Fraile Muerto, cuartel del coronel
Bustos. Los expedicionarios le quitan la caballada y
lo cercan. Y cuantas veces los cercados intentan liber-
tarse, sufren sangrientos castigos.
Se despacha un chasque a Santa Fe con el parte
de la victoria. Y al cabo de ocho días, el gobernador
López decide levantar el sitio. Ya esa tropa de Bustos
está mellada por la derrota y el desánimo, y llegan
noticias: ha comenzado la invasión porteña.
Regresa velozmente.
En Rosario se halla a espaldas del poderoso ejér-
cito de Balcarce. La situación es peligrosa. Pero bur-
lando la vigilancia, vadea el Carcarañá, fracciona su
columna en partidas y aventaja a sus enemigos, no sin
antes acosarlos con guerrillas sueltas. Sólo pierde al-
gunas carretas de la retaguardia.
Y llega a Santa Fe.
La población escruta ansiosamente el horizonte
Sur. De amenaza, y de allá vinieron
allá viene la las
otras invasiones, con un tremendo rigor.
La entrada del héroe a Fraile Muerto acrecienta
la' voluntad de resistir.
60
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Repiques y salvas.
El doctor Juan Francisco Seguí grita desde el
balcón del Cabildo, jactancioso y melodramático, a la
muchedumbre de blancos, negros y cobrizos reunida en
la plaza.
—¡Vencer o morir! 4 Quién tiene miedo? Yo ven-
do valor.
61
MV la jomada «fc> itn caballera
12
Se levanta el caballero,
reza y se pone el sombrero.
ALAS cinco don Manuel Ignacio Diez de Andino
boca dilata-
despega los ojos, bosteza y sobre la
da unas rápidas señales de la cruz cierran el paso a los
espíritus adversos.
Sacude luego el cabo de cordón pendiente sobre
el travesero y en el fondo de la casa resuena una es-
quilita. Viene un rumor de zapatillas, y unos nudillos
baten el tablero de la puerta.
— ¡Adelante! — don Manuel Ignacio.
invita
A una figura de mu-
contraluz del patio se recorta
jer embarnecida y humilde. En su cara subidamente
morena relumbra la dentadura.
—
¿Cómo ha pasado la noche su merced? ¿Cómo
ha amanecido su merced? —
indaga, solícita, la criada.
—Bien, a Dios gracias . , . ¿ Qué tal el tiempo ?
—Ha limpiado, mi amo . . . Cuentan que ha sufri-
do mucho la fruta.
63
!
MATEO BOOZ
—Ha llovido anoche un aguacero; sentí ruido de
piedra por la parte de la isla.
—Su merced trasnocha demasiado con sus libros
y papeles. Hasta muy tarde he visto luz en su aposen-
to. Desconfío que le haga mal a la cabeza.
El caballero rechaza indulgentemente esos temores
con elademán de espantar una mosca.
La criada se va y regresa con un fastuoso mate de
plata boliviana.
—Me dicen —refiere la criada — que ha llegado
ayer, al avemaria, un arria con vinos de Cuyo.
Don Manuel Ignacio, mudando la expresión de su
rostro, inquiere:
— ¿Eso cuenta algún
lo sujeto de verdad?
—Su merced apreciar: el chueco Atanasio, sacris-
tán de la Matriz.
Tras un compás de silencio, el caballero exclama:
— Feliz
¡ noticia ! . . . Ya escaseaba mucho el vino
en Santa Fe. Ayer mismo el padre comendador me
confesaba que por falta de ese elemento suspendería
los maitines.
— Válgame
¡ DiosQué tiempos vivimos, mi amo
!
¡
Antes eran y ahora los cordobeses. En las
los indios;
épocas del Rey teníamos más sosiego.
—Ya sabrá el gobernador, asistido por el Todopo-
deroso, aniquilar a nuestros enemigos — pronostica, con
convicción, el caballero.
Consumidos una docena de mates, don Manuel Ig-
nacio salta de la cama. Frente al espejo se ajusta el
64
ALELUYAS DEL BRIGADIER
corbatín. Pone en el oído su Breguet y, luego de darle
cuerda con las llaves, lo deposita en el bolsillo y adorna
el labrado chaleco con los pesados eslabones de la ca-
dena.
Calado el velloso galerón y esgrimida la vara de
ébano, don Manuel Ignacio cruza entre las tinas y en-
redaderas del patio.
La campana del convento de los franciscanos, con-
voca a misa de El convento no dista más de cua-
seis.
dra y media de su domicilio, por la calle Real, y a él
se encamina.
En el atrio unos jóvenes charlan y fuman. Dou
Manuel Ignacio les asesta una mirada dura. ¡La ju-
ventud está perdida! El progreso trae consigo cada
día más irreligión. Esos donceles debían estar dentro
de la iglesia,rogando por sus almas y por la salud
de los blandengues, de los voluntarios y aun de la
porción de indiada que muchos días atrás partieron
con el gobernador a la Capilla del Rosario.
En el pulpito surge la maciza estampa del padre
Cordero. Con recio acento y fogosos ademanes fusti-
ga al satánico Voltaire, y a continuación impetra la
ayuda del Altísimo para las armas santafesinas.
Don Manuel Ignacio se advierte conmovido y en
vano procura desterrar de su imaginación la seme-
janza que aquella estameña revolante en la penum-
bra del recinto le suscita con un murciélago desme-
surado. Ite, missa est.
65
:
MATE O __B_ O O Z
Sale don Manuel Ignacio bajo el tallado dintel
que conduce a la clausura del convento. Platica bre-
vemente con el padre guardián. Un retablo de legos
rebañan con las cucharas los platos de estaño; alzan
las cabezas y dan los buenos días.
Transita el caballero por la crujía y el patio in-
vadido de humedad y follajes, en busca del reloj de
sol. Kegula su Breguet con la raya de sombra del cua-
drante ; y retorna a la calle.
En la calle escruta el firmamento para el lado de
las islas y, remontando la diestra por encima del cráneo,
murmura
—Viento Norte.
A menos de dos cuadras está la residencia de los
mercedarios, en la plaza Principal. Hacia allí se di-
rige. Avanza por un portillo a la huerta de naranjos
y seguidamente a las dependencias de la Orden, cons-
trucción de adobe con dos vertientes, contigua a la
iglesia.
Un fraile números a una asamblea de
enseña los
ocho o diez arrapiezos. Los números los trazan con el
índice en un rectángulo de arena.
El maestro y los párvulos dejan sus asientos.
— ¿Y el padre comendador? averigua don Ma- —
nuel Ignacio.
—Lo encontrará, señor, en la sacristía — informa
el mercedario.
El padre comendador lo acoge, cordial.
— ¿Puede decirme su reverencia pregunta — el
66
.
ALELUYAS DEL BRIGADIER
caballero — si es verdad que ha llegado ayer un arria
con vinos cuyanos?
—Verdad es — confirma el padre comendador —
En el reparto nos ha tocado a nosotros un barril, me-
diante la influencia del escribano don José Gregorio
de Bracamonte, hombre cabal. Ya ha desaparecido el
peligro de suspender las misas.
—Una suerte.
— una suerte —
Sí, -
remacha el sacerdote —
Atravesamos una época lastimosa. Los enemigos nos
asedian por todos los costados y no podemos contar
con otros mantenimientos que los de la propia tierra.
— Confío en el comandante López. Lo estimo un
mozo aventajado y corajudo.
—Yo también confío . . . Pero, francamente, aquí,
para ínter nos, habría preferido en estas graves cir-
cunstancias a un individuo de la piedad y la experien-
cia de don Mariano Vera ... Y ya llevamos muchos
días sin saber nada. ¿Dónde andarán a estas fechas
el gobernador y su gente?
—Una incertidumbre. Pero no dudemos del brazo
santaf esino ... ¿ Desea su reverencia tomarme confe-
sión?
El padre comendador asiente.
Los pasos del sacerdote y del pecador suenan ecoi-
cos en la iglesia solitaria; unas bujíasalumbran a la
Virgen de la Merced que, expulsada la Compañía de
Jesús por Carlos XII, desalojó del altar mayor a San
Ignacio de Loyola.
67
MATEO B O O Z
En pocos minutos el penitente lava su conciencia;
y, con el milagroso resplandor que comunica al sem-
blante la tranquilidad de los pensamientos, vuelve a
la sacristía.
Ahora irrumpe el padre comendador:
—Socórrame con sus luces, don Manuel Ignacio;
hay un pasaje de Tito Livio asaz confuso para mi en-
tendimiento.
—Disponga de mí su reverencia.
—Vamos allá.
Mientras caminan, discurre el jefe de la Comuni-
dad entre jovial y serio:
—No fueron dichas para nosotros aquellas pala-
bras de Santa Teresa: "lo que buenamente no pudié-
redes entender, no os canséis, ni gastéis el pensamien-
to en adelgazarlo".
Dialogan después despaciosamente en la celda prin-
cipal el comendador y el caballero.
13
El memorialista Andino
es un buen santafesino.
ESTA otra vez don Manuel Ignacio en
empanada
la vereda. Va-
cila entre comer una caliente y repul-
gosa en casa de su hija Clorinda y entre darle palique
al ministro general en su despacho del Cabildo, cuan-
68
ALELUYAS DEL BRIGADIER
do percibe un rumor de voces y redobles de caja. Som-
bréase los ojos y, a través de los naranjos, en el otro
extremo de la soleada plaza Principal, divisa un golpe
de gente.
Acude a ese lugar, frontero a la Matriz. La chus-
ma parlotea, hincada por la curiosidad. Se aproximan,
desde el cuartel de la Aduana, a son de tambor, un pi-
quete de blandengues y un piquete de pardos.
—¿Qué ocurre? — investiga el caballero, enjugán-
dose las húmedas sienes.
El mulato a quien pregunta esboza un gesto de
ignorancia y dice, señalando para la parte del Cabildo:
—Esos señores han de saberlo, patrón.
Vienen del Cabildo funcionarios y negros baluma-
dos con fardeles.
Don Manuel Ignacio reconoce al doctor Juan Fran-
cisco Seguí.
—¿Qué novedades tenemos, señor ministro?
—Nada. Alistamos un refuerzo para goberna- el
dor. Seguramente por papas queman.
allá las
—¿Qué tropas son? — averigua don Manuel Ig-
nacio, convidando a su interlocutor con una pulgara-
da de rapé.
— Ciento cincuenta indios que anoche vadearon el
río en chalanas, por elPaso de Santo Tomé, y que
al rayar el alba caminarán con el teniente Freyre.
—Parece, señor ministro, que irán bien abastecidos.
— algunas prendas y algunos patacones; con-
Sí,
tribución de los europeos.
60
MATEO B O O Z
—Los europeos llevan la carga de los gastos.
— Claro —razona
¡ ! el ministro — . Es lo justo. No
vamos a estrujar a los hijos del país.
Don Manuel Ignacio, suegro de un tendero espa-
ñol, se observa:
— Sí, sí, de acuerdo, señor ministro. Pero hay
que ver de no acobardar y ahuyentar a los europeos
a fuerza de contribuciones para equipar la tropa. Esos
europeos son, después de todo, gente útil, y con el tiem-
po y la mezcla serán los fundadores de grandes familias
de Santa Fe.
El ministro sonríe, y, palmeando un hombro del
caballero, replica con desdeñosa condescendencia:
—Mira usted muy adelante, señor don Manuel Ig-
nacio Diez de Andino.
El doctor Seguí se aleja. Ya han formado los pi-
quetes de blandengues y de pardos y ya llega, remo-
viendo el arenal de la calle, el contingente de indios,
sujetos pomulosos, de chiripas y camisas de basto lienzo.
El teniente Freyre los alinea. Los negros sirvien-
tes del Cabildo desatan los fardeles, y el ministro Se-
guí, acompañado por el capitán de los pardos y el ca-
pitán de los blandengues, entrega en propias manos a
cada indio un poncho, un sombrero y cuatro pesos en
plata.
El ministro Seguí junto a la verja de la iglesia
habla, con voz henchida de fervores, de la Constitu-
ción, de la patria santafesina, del gobernador López. . .
70
: :
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Los indios, encasquetándose los nuevos sombreros y
palpando gozosamente los ponchos calamacos del re-
galo, escuchan sin entender una jota la elocuente alocu-
ción del representante del Gobierno
Pardos y blandengues pernean, a compás de tam-
bor, rumbo a su cuartel de la Aduana.
En el pórtico de la Matriz el cura Amenábar —
delgado, erguido, blanca la tez — con una mano que
resplandece al sol bendice a los indios. Los indios des-
filan a rigor de planazos; y a nombre de la libertad
irán a tropezarse y matarse con los porteños de Balear-
ce y los cordobeses de Bustos.
La turba se desperdiga. Uu bulto de parroquianos
se aglomera en la pulpería del vasco Mendieta.
Don Manuel Ignacio, sólo, espía atentamente la po-
sición del gallito de lata encumbrado en la Matriz, y
murmura
—Ha cambiado el viento; viento Este.
Enseguida consulta su Breguet, y alguien interro-
ga a su lado:
—¿Qué hora tenemos, don Manuel Ignacio?
A su vera está un jinete de larga chimenea y, cu
la mano libre del rendaje, un gordo estuche.
—Don Manuel Ignacio exclama:
— Hola, señor
¡ cirujano doce ... y
! . . . Pasadas las
por las trazas del pangaré, viene de darse un galopón.
—Sí ; nada menos que de la chacra de Larrechea. ¡ Y
con estos solazos de noviembre!
—¿Algún lacerado?
71
MATEO B O O Z
—Un esclavo de don Pedro; desbarbando ladrillos
se astilló la islilla... ¿Y no hay noticias de la expedi-
ción?
—Nada.
—Demoran — repone, preocupado, el facultativo,
oscilando pausadamente la chistera.
El cirujano, en ejercicio de su ministerio, reanuda
el galope,y don Manuel Ignacio endereza para su mo-
rada, dejando en la arena los redondelitos de su vara
de ébano.
En el patio la vieja criada cucharea en la paila el
dulce de limón sutil que saboreará después su amo y
también los rectores de las Ordenes.
Don Manuel Ignacio almuerza unos nutricios bas-
timentos —matambre, chatasca, carbonada — y sestea
al amparo de la parra, en la lona del catre. Un pañuelo
echado sobre la faz lo defiende del mosquerío y de la
violenta resolana.
14
Se recibe un parte abierto:
¡Gran, victoria en Fraile Muerto!
EL caballero despierta, toma unos mates
jándose de las livianas ropas de la siesta, se en-
y, despo-
vuelve en una sábana y, calzadas las alpargatas, enhe-
bra el zaguán.
72
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Su primer preocupación en la calle, es avizorar las
alturas y establecer la dirección del viento. Y dice, en
sordina
—Sopla el Sudeste.
Don Manuel Ignacio saluda a misia Zenaida Can-
dioti que va de visita a lo de las muchachas del Fresno,
ocupando toda la vereda con su miriñaque de ballenas;
y saluda a don Manucho E chagüe y Andía que supo
tener mando en el gobierno de Juan Francisco Tarra-
gona y que ahora, en calzoncillos, come filosóficamen-
te, a la puerta de su caserón solariego, una fuente de
brevas.
Las viviendas despiden también, de rato en rato,
a unos ensabanados que, como don Manuel Ignacio, se
dirigen a la bajada de San Francisco.
Los espectros, una vez en el borde del agua, dejan
caer la candida vestidura y se echan a la corriente del
río Santa Fe, centelleando las espaldas mojadas al res-
plandor del cielo y sin otra inquietud que la de pisar
una raya.
Mujeres achatadas en la orilla fregotean ropas, y
en los fondos de San Francisco, al canto de la barranca,
se divisan algunas estameñas como lechiguanas.
Sale luego del baño don Manuel Ignacio, se em-
boza otra vez en la sábana y desanda el camino de su
domicilio.
En el patio lo aguarda una robusta sandía rinco-
nera, que el caballero parte y come con maravillosa maes-
tría. Desde el patio dispara a la calle las cortezas que
73
:
M A T E O B O O Z
las gallinas de la vecindad acuden presurosas y golo-
sas a picotear.
De
pronto don Manuel Ignacio se iergue y se viste
con nerviosa prisa. Replican en San Francisco, en Santo
Domingo, en la Matriz, en La Merced; y aún no se ha
abotonado el chaleco, cuando detonan la artillería de
la Aduana y, más distantes, las piezas de la batería del
Paso.
El caballero se precipita puerta afuera. En la pla-
za Principal reina un alboroto de gentes. En el balcón
del Cabildo, bajo el arco central, columbra a don Luis
Aldao, gobernador interino y comandante de las armas,
entre un tumulto de personas conspicuas. Siguen cam-
paneando estrepitosamente las iglesias. Un hábito blan-
co asoma en la cuadrada torre de la Merced y unos há-
bitos negros tras el frontón de la Matriz.
—¿Qué hay? ¿Qué hay?. . . — reclama ansiosamen-
te el caballero.
—Parte del gobernador.
—¿Y?...
— Que ha destrozado a la reunión de Córdoba.
—¿Dónde?. . .
—En Fraile Muerto... Aquel alférez rotoso que
está pegado a don Luis y al cura Amenábar, ha traído
el pliego.
El concurso rebulle
— ¡Viva comandante López!
el
— ¡Se fregó coronel Bustos!
al
—Ahora, una soba para por teña el je.
74
: :
ALELUYAS DEL BRIGADIE R
Y nuevamente el doctor Juan Francisco Seguí, ade-
lantando el pecho sobre la baranda y en alto las man-
gas del levitón, enciende su oratoria fulgente y famosa
en todo el litoral. Ahora improvisa en verso.
Don Manuel Ignacio escucha al ministro y exclama
con profunda admiración
— ¡Qué facilidad!
Las autoridades deciden allí mismo, para costear
los festejos populares del memorable hecho de armas,
imponer una nueva contribución a los europeos ele la
ciudad.
El gallego Miguel Senandes, que a una vara de don
Manuel Ignacio celebra jubiloso la victoria del joven
comandante López, no puede disimular, ante aquella
medida de gobierno, un respingo y una interjección
amarga
— ¡Sopa! ¡Aviados estamos!
15
Celebra el pueblo la hazaña
con triquitraques y caña.
SOBREVIENEN las sombras. Llamean unos barri-
les de alquitrán ; y en las manos del pobrerío bri-
llan luces de candelas.
Don Manuel Ignacio, ya tarde, regresa a su casa.
Paisanos y milicos se apeñuscan en la pulpería del vas-
ío
. .
MATEO B O O Z
co Mendieta; hablan del triunfo y se enardecen los gar-
gueros y los ánimos.
Después de cenar y escrutar el ceño de la bóveda
y rumbo del viento, entra a su alcoba. En la mesa
el
crepita un velón de aceite de potro que calca sobre
la lisa pared un perfil gigantesco del morador.
En la calma de esa noche se remonta el ladrar
patético de los mastines y el alarido montaraz de al-
gún ebrio que vitorea al creciente caudillo santafesino.
Don Manuel Ignacio lee una página del Oráculo
Manual. Abandona luego el empastado libro y rasguea
las hojas de papel de barba.
11
Santa Fe, 9 de noviembre de 1818. — Tiempo
'
' armado . . . Hubo repique y salva de cañones. El go-
" bernador López, con su ejército, ha destrozado a la
" reunión de Córdoba, acampada en Fraile Muerto. Ma-
11
ñaña habrá Te Déum". .
Don Manuel Ignacio Diez de Andino escribe sus me-
morias . .
76
tas ases de la baraja
16
Al borde de una tapera
lo descalabra a Hortiguera.
UN blandengue de la Cruz de Andino,
del gobernador López. Viene despeado
llega al vivac
y jadean-
[Link] noticias y lo entran a la carpa del comando.
$1 gobernador, en su catre de campaña, se solivia con
un codo y pregunta:
—
¿Qué pasa?
—
Señor: esta madrugada han asaltado el desta-
camento de la Cruz de Andino. Yo fui de los pocos que
pudieron escapar para poner sobre aviso a usía.
—¡Aja!
—Se han apoderado de todo el mansaje.
—¿Fuerzas regulares?
— Caballería de Buenos Aires, del coronel Horti-
guera.
— Con ése me quiero tropezar ... ¿ Mucha gente f
—Mucha; tal vez mil.
77
MATEO B O O Z
— ¡Lindo! Es toda la caballería del ejército de
Balcarce. ¿Puede decir qué rumbo llevan?
— Venían del Sur; y, escondido en unos pajona-
les, los aguaité; se movían para el lado del Norte.
— Anoche nos hemos cruzado, sin sentirnos. Me su-
ponen en Añapiré, y allá van a buscarme. Mala sorpre-
sa cuando se sientan picados de atrás ... ¿Y usted de
dónde es?
— De San Jerónimo de Sauce.
— Meztizo
¿ ?
— excelencia.
Sí,
—Vaya a las filas; se le gratificará.
El fugitivo se retira y el gobernador, mientras se
calza las botas y viste la chaqueta, madura el plan que
pondrá en ejecución.
La tropa, mal dormida, otra vez a caballo y a re-
andar el camino que desde Añapiré se hizo esa noche.
Los tiempos son de peligros y penurias.
El general Balcarce está en Santa Fe. Atravesó
el Salado. Pudo hacerlo con facilidad; lo guió el frai-
le Leal, que fué cura de Cayastá y conocedor de los
pasos del río. Una bala destapó los sesos del servidor
de los invasores.
El gobernador López debió retroceder frente a un
ejército de esa magnitud. Quedaron en la ciudad unas
pocas familias refugiadas en las iglesias; las demás
huyeron a las islas y a lugares distantes.
Ahora el gobernador López se afirma en los es-
tribos y experimenta ya la emoción voluptuosa de man-
78
ALELUYAS DEL BRIGADIER
dar y pelear. Los soldados de Hortiguera son ínás;
para batirlos confía en la baquía, el coraje y la suerte
de sus armas.
El sol arde con reflejos de fogón y el tierral seca
las gargantas. La caballada bate las colas para espan-
to del mosquerío tenaz.
Ya en el rigor de la siesta, el blandengue que ha
trepado a un árbol, avizorador de las lejanías, denun-
cia la presencia del enemigo.
La caballería de Buenos Aires bulle en las taperas
de Aguiar. El coronel Hortiguera, advertido, forma un
cuadro para defender los bagajes y adelanta otro para
combatir.
El gobernador López aparta cien dragones y dice
al comandante La Rosa.
—Siga usted al paso con el grueso de la tropa.
Suceda lo que suceda no salga del paso, hasta que yo
le ordene.
Y el pelotón de dragones se desprende a toda fu-
ria, tremolando las lanzas. Su gritería imita el parpar
de las bandadas de siriríes. Por eso en los campamen-
tos, a los soldados de López, se les llama "siriríes".
Ya se definen las siluetas de los adversarios, deteni-
dos para recibir la acometida.
Están a una cuadra. Fuego de la fusilería por-
teña. Los dragones sofrenan de un tirón y vuelven ca-
ras, en derrota.
Los invasores, golosos, inician la persecución, has-
ta que los perseguidos alcanzan al comandante La Ro-
79
MATEO B O O Z
sa. Entonces toda la división santafesina, en alud, se
precipita sobre el enemigo y el enemigo cede al em-
puje, se desarticula y dispara.
Los "siriríes" integran una masa; un organismo vi-
vo; un erizo de púas refulgentes y millares de patas
veloces.
Los huyentes desbordan al cuadro de la retaguar-
dia y contagian el pánico. Desastre general. El coro-
nel Hortiguera, con un sablazo en la carnaza de un
muslo, se refugia en la maciega del monte.
En la atmósfera caliente de esa siesta, sube el gri-
to vibrante, luminoso, puro del clarín, anunciador de
la victoria.
Hay trescientos cadáveres.
Hay prisioneros y hay botín.
La caballería del Ejército Directorial ha sido ani-
quilada.
¿Qué hará el general Balcarce?
El general Balcarce abandona la ciudad. No es
una retirada; es una fuga. En su marcha arrea los
ganados y cautiva, a ló indio, a las familias. Incendia
el caserío de la villa del Rosario.
Y vencido por las montoneras, pasa a la otra mar-
gen del Arroyo del Medio.
80
ALELUYAS DEL BRIGADIER
17
Se arremolina, infernal,
la montonera oriental.
RODEAN la mesa los señores cabildantes. Ya han
dictado sus providencias y, mientras el escribano
don José Gregorio Bracamonte garrapatea el acta, la
tertulia de personajes platica y toma mate.
A través del balcón se divisa la plaza solitaria;
la paloma puesta de veleta en la Catedral parece ti-
ritar con el frío demayo, y la cercanía del crepúsculo
afloja las luces y de las vidrieras nudosas de la Mer-
ced saca visos de quemazón.
—Nuestro gobernador se ha ido a Coronda — re-
cuerda don José Elias Galisteo —
y cuando él
;
parte,
siento sobre nosotros más abrumador el peso de la res-
ponsabilidad.
—Naturalmente — confirma don Ramón Cabal,
sorbiendo una pulgarada de rapé — . En tiempos pro-
celosos, las equivocaciones cuestan caras. Por fortuna
contamos para regirnos con un varón de las virtudes
y el entendimiento de Estanislao López.
Don Pedro Antonio de Echagüe, señor de pera y
nariz ganchuda, dice:
—Una vez más nos ha salvado del azote de la in-
vasión y de la esclavitud de los porteños. Golpeó co-
mo un martillo a Bustos, a Paz y a Lamadrid en Cór-
doba y, volviéndose en alas del rayo, paró a Viamon-
81
!
MATEO BOOZ
te, sucesor de Balcarce, sobre el Carcarañá. ¡Proeza in-
mortal !
— Temístoeles —
¡ ! encomia, lacónico, don Manuel
Francisco Maeiel.
El señor Galisteo opina:
—La paz se ha concertado en San Lorenzo. Pero
no nos fiemos demasiado de esas paces. La experien-
cia nos indica la facilidad con que el enemigo rompe
los papeles que firma la propia mano.
—Y no olvidemos el enojo del general Artigas —
previene el señor Cabal — . Nos ha soplado un oficio
mezcla de simpatía y de amenaza. Es sujeto de temer.
Tercia el señor de E chagüe.
—¿Y qué pretende el general Artigas? ¿Qué si-
gamos la guerra hasta aniquilar el poderío de Buenos
Anres? Un sueño y una crueldad. El señor López es
sensible al derramamiento de sangre americana. Y
cuando hizo fulgurar con el sol de repetidas victorias
a las lanzas santafesinas y el general Viamonte con-
vino en retroceder a su territorio, aceptó la paz. ¡Paz
honrosa
El señor Cabal espanta una mosca de la incipiente
calva de familia, y aclara:
— Eso por un lado. Y no ignoraba el teniente co-
ronel López ni nosotros, que se venía encima el ejér-
cito de Belgrano, que el Directorio ordenaba a San
Martín que acudiera con sus granaderos a sofocar la
supuesta anarquía y que la indiada amagaba por el
Norte. ¡Situación de peligro!
82
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—Noneguemos —
dice el Sr. Galisteo que en —
la empresa cooperó el general Artigas. Bien es ver-
dad que se lo aconsejaba la conveniencia.
Sareástieo, exclama el señor Cabal:
— ¡Menguado servicio! Los cuatrocientos indios de
Campbell que debimos expulsar por dañinos y los cua-
trocientos orientales de don Ricardo López Jordán, que
tenemos en casa, pendencieros y escandalosos. ¡Dios nos
asista con esos huéspedes!
—De cualquier modo — reitera el señor Galisteo
— se portaron bien, aunque díscolos, a las órdenes del
jefe de los santafesinos. Y más que a ellos, culpo a
algunos extraviados hijos del país, disconformes con la
paz de San Lorenzo, que los incitan a la revuelta.
—Aldao y Seguí — denuncia el señor Maciel, in-
tercalando en los' dos nombres el rezongo opaco de la
bombilla.
—Yo he pedido —observa el señor Cabal — que
para atajar mayores calamidades arrestemos al doctor
Seguí y a don Luis Aldao. Mis colegas no han com-
partido mi parecer. ¡Que no tengamos de qué arrepen-
timos !
El señor Galisteo sonríe y dice, enigmático:
— Cada cosa a su tiempo. Don Manuel Ignacio
Diez de Andino nos acredita por ahí de mozos de jui-
cio y conducta. Y con nuestra prudencia debemos ha-
cernos dignos de ese dictamen.
— ¡Bah! —rechaza el Sr. Cabal — . Un viejo ma-
niático, que escribe sus memorias para contar si lim-
83
:
MATEO BOO Z
pía o si se arma el tiempo.
Amostazado, el señor Maciel protesta:
— ¡Es mi pariente!
Se disculpa del señor Cabal
—Lo digo con todo respeto.
A esta sazón el escribano señor Bracamonte levan-
ta la frente y comunica:
—Ya no veo; se me comen los ojos.
El señor Maciel saca de los faldones un yesquero,
frota y acerca la llama al pabilo de las velas. Pero el
yesquero cae de sus manos, el señor Bracamonte pone
un borrón en el acta y los señores cabildantes se en-
derezan bruscamente en sus sillones: viene del Oeste
de la ciudad un bochinche de gritos y disparos de fu-
sil.
Los cinco levitones irrumpen atropelladamente al
balcón. Las sombras del crepúsculo inundan la plaza.
De la iglesia Matriz salen obscuras y a prisa, como
vizcachas, unas filas de mujeres. Por la otra vereda
corre un hombre con un chico a "cocollo". En la torre
de la Merced blanquea el hábito del padre comendador,
que explora el ámbito con un catalejo marino.
Los señores cabildantes conjeturan y manotean,
con visible susto. ¿Qué nueva desdicha se abate sobre
la ciudad? ¿Qué nuevos peligros acechan a sus clases
dirigentes ?
Por la otra esquina se acerca, presuroso, el co-
mandante de armas don Juan Francisco Echagüe; sus
botas granaderas dan multiplicados reflejos.
84
ALELUYAS DEL BRIGADIER
El comandante cuenta a los ilustres miembros del
Cuerpo Capitular que los cuatrocientos montoneros
orientales se han sublevado y que su jefe, don Ricardo
López Jordán, no logra contenerlos.
Uno de los cabildantes blasfema, amenazador y pá-
lido.
—
Si don Ricardo no sabe imponerse a su tropa,
merecerá un Consejo de Guerra y cuatro tiros opi- —
na el señor Maciel.
El señor Cabal apoya:
— Nos expone a todos ai mayor peligro. Sólo de-
jándose matar encontrará disculpas don Ricardo.
—¡Mucho pedir! — : exclama, contemporizador, el
señor Bracamonte.
Y el señor Cabal retruca con trágica ironía:
— Calzones se necesitan en estas circunstancias. La
heroicidad es exigencia del oficio militar. Y quien no
se sienta héroe, que tire el uniforme y se haga al-
fajorero.
El señor Galisteo procura serenar a sus colegas:
—No nos turbemos, señores. Ya verán ustedes có-
mo las cosas se resuelven sin daños irremediables. Y
López Jordán es hombre de envergadura.
Don Pedro Antonio de Echagüe, chilla:
—¡Qué venga pronto nuestro gobernador!
Sitúase una pieza de artillería en cada bocacalle
de la plaza, se expide un chasque a Coronda para el
teniente coronel López y se ordena el arresto de los
señores Aldao y Seguí, presuntos instigadores del al-
85
MATEO B O O Z
boroto.
Hay en la ciudad pocas fuerzas adictas para re-
primir a los revoltosos. Y una mortandad de orientales
puede traer compromisos con el general Artigas, tan
amante de sus soldados.
Los señores cabildantes velan angustiados esa no-
che en la Sala Capitular. No cesan los gritos, y de
tiempo en tiempo detonan las armas. Los amotinados
desvalijan los depósitos de la Aduana y saquean, de-
rribando puertas, las tiendas y pulperías.
Las familias impetran lúgubremente el amparo de
los santos de su devoción. Renacen en los espíritus las
horas patéticas de los tiempos de Viamonte, de Díaz
Vélez, de Balcarce.
Pero con las claridades del amanecer la ciudad re-
cobra su sosiego. Los orientales, acarreando su botín
y turbias las cabezas con las raciones de caña, se em-
barcan rumbo al Paraná. En la ociosidad son repren-
sibles; en la pelea son héroes. Y van ahora a pelear,
a las órdenes de su caudillo, contra los ejércitos por-
tugueses.
Y los señores Aldao y Seguí contemplan el espec-
táculo de una aurora reti culada por los barrotes del
calabozo: son dos presos políticos.
El doctor Seguí, movedizo, deplora:
— ¡Lástima que los orientales se hayan ido sin
molerles las costillas a los capitulares!
El señor Aldao, con muestras de abatimiento y la
•osrn entre las rejas, diee:
86
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—Lo esencial es salir pronto y bien de esta apre-
tura. No las tengo todas conmigo.
Su compañero de infortunio lo conforta:
—El gobernador, en el fondo, nos aprecia más, a
usted y a mí, que a los cantimplas del Ayuntamiento.
Y hay que estar ¡caracho! a las duras y a las madu-
ras.
19
Una ejemplar elección
fragua la diputación.
LO S ilustres capitulares han cedido
del Cabildo a los señores diputados para
una
un
sala
co-
metido de notoria trascendencia : elegir gobernador in-
tendente y capitán general de la Provincia.
El gobernador interino, teniente coronel López, pi-
de que el Poder se confiera por la voz del soberano
pueblo. El asumió la dirección de los negocios y des-
tinos de Santa Fe, en horas aciagas, llamado por la sa-
lud pública. Más limpios ahora los horizontes y sose-
gados los espíritus, desea que la situación se legitime.
El teniente coronel López ha debido ausentarse mo-
mentáneamente con unos escuadrones de cívicos. Los
artilleros porteños — desertores del ejército de Bal-
caree — abandonaron el cuartel para unirse en las
chacras con unos blandengues descontentos por el atra-
so del prest. El gobernador los desarmará y traerá.
87
MATEO B O O Z
atados en cuerda.
Se piensa que el disturbio viene de sigilosas ma-
niobras de don Urbano de Iriondo y don Calizto de
Vera. Por esa causa el gobernador los habría hecho
arrestar. A don Urbano lo alojó en la Aduana y a don
Calixto, antiguo secretario de don Mariano de Vera,
lo expidió con destino al Hervidero, en el Paraná.
El europeo don Juan Luis de Iturraspe, a quien
la autoridad esquilma a fuerza de contribuciones para
equipar el ejército, dice en rueda ociosa, comentando
esas circunstancias:
—Nuestro gobernador, con ser celoso en cuanto
concierne a la disciplina y el respeto, no se muestra
aficionado a verter sangre. Por menos motivos don
Pancho Ramírez decreta las ejecuciones. Entre los re-
cién fusilados conocí yo a un negro de mucha chispa.
Era cocinero de Viamonte y, muy sinvergüenza o muy
patriota, en un descuido de los porteños se pasó en
Rosario a las montoneras del inglés Campbell ... Yo
deploraría que don Urbano padeciera por su conducta.
Sus prendas de santafesino lo capacitan para rendir
útiles servicios al Estado.
—Sí— apoya don José Manuel Gálvez Es don — .
Urbano hombre de chirumen, pero amigo de travesear.
Y en los tiempos andantes pueden las travesuras cos-
tar caras ¿ Por qué no nos vamos a la plaza, a cu-
. . .
riosear? Hoy es día de elección.
Y se van.
Los diputados toman asiento. Tras una mesa de
88
ALELUYAS DEL BRIGADIER
patas salomónicas, asoma el busto del presidente. Un
rayo de sol saca luces de la campanilla de plata. Y
un tosco almanaque de pared indica que transcurre el
día 9 de julio de 1819, año de Nuestro Señor.
Los circunstantes juran sobre un descabalado ejem-
plar de los Santos Evangelios, y el presidente, con fra-
ses untadas de solemnidad, menciona el objeto que los
congrega y que especifica el bando tirado por el ilustre
Cabildo.
El doctor Juan Francisco Seguí, representante del
cuartel l 9 , anuncia:
—Yo me abstendré de votar. Ese ilustre Cabildo
ha vulnerado mis inmunidades; me arrestó, atribuyén-
dome maquinaciones inverosímiles en relación al albo-
roto de las tropas auxiliares del Oriente. Protesto. Y
si estoy libre es, señores diputados, por la generosidad
del ínclito jefe de los santafesinos.
Levanta la asamblea un rumoreo de contrariedad.
Don Gregorio Antonio Aguiar toma la palabra:
—Nuestra misión no es protestar, sino elegir. El
señor diputado no puede callar su voto; y si no vota,
huelga en este recinto.
El doctor Seguí rearguye:
—Yo estoy aquí porque me asiste el derecho de
estar. Al que no le guste, que me aguante.
La airada contrarréplica del señor Aguiar la aho-
ga el furioso repiqueteo de la campanilla.
—Señores — dice el presidente — pasaremos a
elegir.
89
.
MATEO B O O Z
El doctor Seguí formula una observación:
—La asamblea está incompleta. Falta la represen-
tación del pueblo rosarino. Ese cuartel no debe quedar
mudo cuando vamos a dotar a la Provincia de una
cabeza.
Don José Vicente Roldan se rebulle en el butacón
y grita, chabacano:
—El doctor Seguí hace méritos para ganarse un
carcelazo.
—Yo sólo reclamo legalidad — prorrumpe el Dr.
Seguí, agitando un puño — . Si hay serviles. .
Vocerío. Denuestos.
El presidente aletea, apaciguadora, una mano, y
explica:
—El comandante del Rosario, don Juan Antonio
García, hace saber que los recursos del pueblo y cam-
paña se hallan obstruidos por indecorosa desolación.
Unos, ausentes de sus domicilios; otros, en la recom-
posición de sus habitaciones. Nadie puede venir. Pero
agrega que todos conocen a quien fué lucro de su glo-
ria y trasmiten su consentimiento para su designación.
—El teniente coronel López — puntualiza el se-
ñor Roldan.
Los diputados aprovechan la coyuntura para des-
cubrir su opinión:
— ¡Viva el teniente coronel López!
El doctor Seguí, puesto de pie, exclama:
— Yo también vitoreo al insigne jefe. Pero los vo-
tos de los rosarinos no se pueden computar. No es for-
90
ALELUYAS DEL BRIGADIER
mal; no es jurídico.
—Ni falta que hacen esos votos — bramó el señor
Roldan.
A este punto entra al recinto un caballero de le-
vita color pasa y, enrollado al cuello, un poncho de
viaje. Entrega un pliego al presidente: su credencial de
diputado por Rosario. Es don Ventura Correa que, con
sacrificio, viene a cumplir su deber. Espera que para
no sufrir necesidad, algún santafesino acogedor le brin-
de cama y mantenimientos.
Los ánimos se serenan y los señores diputados, en
un santiamén, dan cima a su obra.
El escrutinio de la elección se lleva al Cuerpo Ca-
pitular, que está reunido y a la espera en la sala ve-
cina.
Cabildantes y diputados salen al balcón. Hay en-
frente una fila de milicos y más atrás un pelotón de
papanatas y curiosos.
El presidente del Cuerpo Capitular, don José Elias
Galisteo, monda el pecho y declama:
—Santaf esinos : La honorable diputación ha nom-
brado por uniformidad de votos al benemérito ciuda-
dano teniente coronel Estanislao López, a quien desde
hoy debéis honrar por gobernador intendente y capi-
tán general y prestarle los respetos de su elevada je-
rarquía. Esperemos que de su natural valentía y prác-
tica militar fluirán (como ya os consta) la defensa de
los derechos de nuestra Religión y Libertad.
Sombrerazos y ovaciones. Los milicos apretan los
91
MATEO BOOZ
gatillos y la nube de humo se eleva en la atmósfera
diáfana. Campaneos. Canglor de trompetas. Vuelo azo-
rado de pájaros.
El Cabildo ordena tres noches de iluminación y to-
lerancia con los buenos patriotas que se mamen.
18
Lopes, Ramírez y Artigas
quieren hacer buenas migas.
REINA en Coronda inquieta expectativa. Las gen-
tes están, atisbadoras, en las puertas de las ca-
[Link] comadre peina con largas brazadas la suel-
ta mata de pelo que le desciende por un hombro. Un
idiota, sentado contra la pared y ennegrecido de moscas,
mira, inmóvil, al infinito.
En la Comandancia Militar flamea — señal de
acontecimiento — la bandera de Santa Fe: celeste y
blanca con un rojo listón transversal. El color de la
sangre es del gusto común de los paisanos.
Montan guardia, a caballo, un grupo de blanden-
gues santafesinos y un grupo de lanceros artiguistas.
Más allá forman, con su capitán, los dragones de la
Independencia y céreamente relumbran los instrumen-
tos de la banda. Los músicos son porteños, capturados,
en viaje al ejército del Perú, por las montoneras del
Norte.
En una pieza de la Comandancia se entrevistan
92
ALELUYAS DEL BRIGADIER
los generales Estanislao López y Francisco Ramírez.
Los dos caudillos tratarán asuntos esenciales para las
provincias del litoral y la felicidad de la República.
El general López ha venido, en carruaje, de Santa Fe,
y el general Ramírez de Punta Gorda, atravesando el
río.
Se ha elegido para el encuentro trascendental un
claro día de octubre. La vegetación de Coronda osten-
ta gamas ardientes que le da, bajo el rebozo de
las
los arenales, una tierra de generosa grosura.
Bulle en la plaza un corro de vecinos conspicuos.
Son los que saludaron, en nombre del pueblo, a los
huéspedes ilustres.
Y dialogan Don Pancho Negrete y don Celedonio
Maciel, hombres de razón y sabedores de asuntos pú-
blicos.
—Veremos las resultas de esta conversación de los
jefes.
—Siempre que sea para cimentar la paz . . . Dios
ha puesto a Coronda en el tránsito de los ejércitos
y ningún pueblo de la Provincia sufre más el azote
de la guerra. Por aquí pasaron, arrasadores, Viamonte,
Díaz VeJez, Balcarce...
—
Ansiamos la seguridad de nuestras familias y el
medro de nuestras haciendas. Y las ambiciones y los
odios de los mandatarios nos acarrean inminentes peli-
gros. Al gobernador López lo reputo amigo de la paz,
pero la paz, por desgracia, depende de la voluntad
de todos. Los orientales y los porteños tiran a matar-
93
MATEO B O O Z
se y los santafesinos no podemos, aunque sea nuestro
gusto, quedarnos sosegados.
—No codiciable destino
es el del pavo de la boda.
—El gobernador López ha procurado hasta ahora
guardar el equilibrio. Pero no hay caso. Porteños y
no
orientales lo recelan. Artigas está que bufa porque
se le permitió acampar en Santa Fe a un ejército de
observación contra Buenos Aires. Y el director Ron-
deau, a su turno, nos considera ya enemigos por haber
aprisionado al brigadier Marcos Balcarce, que iba a
reemplazar a San Martín, y al diputado por Charcas,
doctor Serrano, que llevaba una misión secreta a Tu-
cumán. Hay que decidirse: o por los orientales o por
los porteños. Si unos y otros se nos echan encima, es-
tamos fregados.
— Tal vez la reunión de hoy señale un rumbo a
los negocios.
—Así lo creo.
— ¿Y nuestro gobernador tendrá facultades para
llevarnos por los caminos que él elija?
— Completas.
Y congratulémonos. Es una cabeza
clara,un brazo fuerte y un corazón apasionado por el
bien común ... La junta de constituyentes sancionó
un estatuto influido por ideas modernistas. El gober-
nador lo repelió y se hizo plumear uno, dícese que por
la mano del cordobés Urtubey. Con ese estatuto dis-
pone de vida y bienes de los santafesinos. Confiemos
en su perspicacia, su amor a la tierra y sus sentimien-
tos humanitarios.
94
!
ALELUYAS DEL BRIGADIER
A esta sazón estalla la música, los soldados se ier-
guen y salen de la Comandancia, con áulicos y edeca-
nes, los dos caudillos. Estos conversan y sonríen. Tra-
suntan optimismo Los espectadores intuyen que los
jefeshan concertado sus opiniones y sellado una sóli-
da amistad, Qué sea para ventura de
j
las provincias y
de sus egregios conductores
El carruaje de flexibles sopandas se arrima a la
vereda. Suben el gobernador y el general — retaco,
moreno, fornido — y, tras ellos, el doctor Juan Fran-
cisco Seguí, ministro de López, y el fraile Monterroso,
suave y siniestro, secretario de Ramírez.
El general entrerriano asómase por la ventanilla
para saludar a los coronderos.
¡La cabeza de Ramírez!
Y el carruaje, removiendo el arenal y crujientes
sus resortes, toma el camino de la Capital. Lo escoltan
blandengues y lanceros.
El general entrerriano dejará en Santa Fe a José
Miguel Carrera con 800 orientales y chilenos y pasará
a la Bajada, para dar cuenta de lo acordado al Pro-
tector de los Pueblos Libres.
95
VI retablo de peleadores
20
Campbell, corsario irlandés,
aborda a Eubac, el francés.
EL sopor de la siesta de diciembre abruma a Santa
Fe. Las calles están vacías; los árboles inmóviles;
el ámbito sin resonancias. Los perros se enroscan ale-
targados en las penumbras, las gallinas escarban el
arenal al hallazgo de algún despojo de sandía y remo-
tamente cruje, perezoso, un malacate. En el sosiego pro-
fundo de hora hay quien se agita y trabaja: Lau-
la
reano Martel, el armero. El jefe de la plaza le envía
fusiles, lanzas y sables para componer. Rotas las hos-
tilidades con Buenos Aires las demandas del ejército
apremian. El gobernador López se ha ido para abajo
con el general Ramírez. Tal vez ya estarán peleando
por la parte del Arroyo del Medio.
Unos gritos angustiados y un martilleo de galope
violan, de súbito, esa quietud de embrujamiento. Los
santafesinos dejan bruscamente sus catres y su modo-
97
: f
MATEO B O O Z
rra para atisbar. Hay vaivén de figuras, revuelo de
enaguas, asomos de papillotes tras el enrejado de las
ventanas saledizas y en el cubo de algún mirador.
¿Qué ocurre?
Pasa un jinete en cueros vivos y en caballo sin
recado ni bridas. Los hombres abren la boca con fes-
tivo sobresalto y las mujeres se entran arreboladas y
remilgosas.
El extraño transeúnte prosigue su correr desafo-
rado. El sol cabrillea en su piel blanca, barnizada de
sudor. En el Cabildo cubren con un capote su desnu-
dez y lo conducen a
la presencia de don Juan Antonio
de Quintana, que descabeza un sueño en el butacón
ministerial.
El señor secretario de hacienda inquiere, con
alarma
—¿Ha perdido usted la chaveta
Don José Robledo, español, dueño de una tienda
y de unos animales de tiro, relata:
—Señor: fui a traer pasto de la quinta de Larra-
mendi, cuando una turba de indios me despojó de to-
do, inclusive el apero y el rendaje. Me dejaron in pú-
ribus. Sólo tuvieron la piedad de no quitarme este
cinturón de sapos que uso para cura de la culebrilla.
Yo pido a usía el recobro de las prendas y el escar-
miento de la chusma malvada.
—¿Para éso tanta bulla? — repone el señor de
Quintana, bostezante y desabrido. — Vaya no más. Se
dictarán las providencias pertinentes.
98
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—¿Y entretanto que me pongo yo? — exclama el
cuitado.
—Vaya no más — repite el señor de Quintana, se-
vero, señalando la puerta.
Momentos después sale en comisión, con tres mi-
licos, el ayudante Gálvez. Debe dar un trato benévolo
Son instrucciones que dejó el gobernador
a los indios.
López. Cuando a los indios se les necesita para pelear,
no es cosa de hostigarlos'.
Pero en el curso de la misma siesta se olvida el
insignificante episodio. Del lado del río viene un es-
truendo de cañones y un fragor de combate. Y hacia
allá acuden soldados y curiosos.
En la boca del Colastiné está, hace días, una es-
cuadrilla del Directorio que bloquea a Santa Fe y cie-
rra el paso del Paraná. La comanda el sargento mayor
Ángel Hubac, corsario francés. Ya los rinconeros, siem-
pre audaces, lo han tiroteado, desde sus canoas, sin
causar perjuicios.
Ahora el asunto es más arduo para los porteños.
Campbell se ha venido de Goya con cinco faluchos y
una nutrida dotación de indios guaycurúes. Hubac
tiene que vérselas con un rival a la altura de su co-
raje y experiencia. Campbell, irlandés, servía de mari-
nero en la primera invasión inglesa, y desertó. Obe-
dece a Artigas.
En línea de batalla vienen los faluchos de Camp-
bell,hinchadas las velas latinas y rectas las proas al
bergantín porteño: el "Aranzazu", la nave capitana, a
99
M A T E O B O O Z
cuyo bordo está Hubac con la tripulación y sesenta
cívicos de desembarco.
El bergantín despide fuego por todas sus bocas;
mas el enemigo no se desvía. El acierto de los artille-
ros despedaza dos faluchos y los indios, con alaridos
montaraces, avanzan a nado.
Los tres faluchos se arriman a la popa del ber-
gantín y los guerreros de Campbell, con su jefe a la
cabeza, pisan la cubierta del "Aranzazu".
Desde la costa y amparados por la arboleda, gru-
pos de santafesinos espían, con emoción, el tumulto
de la lucha. Imprecaciones y estrépitos. Sablazos y rá-
fagas de plomo. Relampaguean los aceros de las armas
y los torsos de los combatientes. Nubes de patos aban-
donan medrosos sus refugios.
Los atacantes, rechazados, se arrojan al agua y
sin cesar la gritería de desafío y de burla, van, a velo-
ces brazadas, a la isla. Campbell, allí, reorganiza su
fuerza.
Los vencedores no están para perseguir a los ven-
cidos. De los sesenta cívicos, cuarenta figuran entre
los heridos y Toda la oficialidad ha su-
los muertos.
cumbido. El sargento mayor Hubac, con las piernas
destrozadas, tiene vida para pocas horas.
Y en los dos palos del "Aranzazu" se tiende el ve-
lamen. El bergantín con sus embarcaciones sec anda-
rías y los tres faluchos capturados, se aleja aguas aba-
jo, en procura del río de La Plata. Queda levantado
el bloqueo.
100
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Los santafesinos se vuelven a la ciudad para es-
parcir la noticia de una derrota que ha sido un triunfo.
Nadie se preocupa en esas circunstancias del ayu-
dante Gálvez que está preso, con una barra en los to-
billos. Mató a los indios que desnudaron a José Ro-
bledo. De su suerte dispondrá el gobernador López a
su regreso de la campaña.
21
En Cepeda derrotó
a las fuerzas de Rondeau.
EN la plaza Matriz cinco reos ponen las espal-
das al aire, condenados a recibir seiscientos pa-
los, en público, para escarmiento.
El delito de los reos reviste gravedad y en otras
circunstancias costaría la vida. Son cinco blandengues
desertores, que anduvieron por los contornos de Santo
Tomé, robando frutas y mujeres.
Para distracción de la plebe, hay una banda de
música. Sus músicos tocaban en la división del coro-
nel Lamadrid y recientemente se pasaron a la monto-
nera santafesina del capitán La Rosa. de El ejército
Belgrano se descuajaringó en Arequito. Es un enemi-
go menos para el gobernador López.
Suenan los parches y aparatos de viento y a la
par unos peones de cuartel aplican, vigorosos, los ba-
quetazos justicieros. Por curtidos que sean los malhe-
101
.
MATEO BOOZ
chores, no podrán soportar sin desvanecerse el bárbaro
charqueo de lomos.
Pero no se han distribuido más de cincuenta gol-
pes, cuando llega un alférez del Cabildo con orden su-
perior de suspender la marimba.
Un oficio del general López anuncia que las ar-
mas del ejército combinado han obtenido una gran vic-
toria. Y el gobernador delegado perdona a los reos.
Se echan a vuelo campanas de la Merced, la
las
Matriz, Santo Domingo, San Francisco. Los cañones
de la Aduana queman una libras de pólvora. Y una
multitud algarera afluye a la plaza.
La gente principal, incluidos militares y sacerdo-
tes, entra al Cabildo. El gobernador delegado agita
en la diestra la comunicación del general López: el
ejército de Eondeau, batido en la cañada de Cepeda,
huye hostigado por lanzas y sables. El glorioso acon-
tecimiento ocurrió hace tres días, el 1^ de febrero de
1820.
Los ordenanzas sirven refrescos y pasteles. Los
circunstantes conversan, jubilosos. Y cuando se alude
a la inevitable mortandad de la batalla, un velo de
angustia ensombrece algunas caras; son los que pien-
san en la suerte de los parientes y camaradas que es-
tán allá.
Sobre la reunión tienen joviales vuelos de maripo-
sas las frases optimistas:
—Un nuevo laurel adorna las frentes de López, de
Ramírez, de Carrera. .
102
! .
:.
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—No olvidemos a Campbell, europeo corajudo y
buen católico.
—Que se convenzan los enemigos de la bravura de
las huestes santafesinas.
—Y sepan que nadie nos ofende con impunidad.
— ¡El pavor que habrá entrado en Buenos Aires!
—El general López, bien conocemos, no deten- lo
drá su marcha.
—Y los jefes montoneros atarán en la pirámide
de Mayo las bridas de los corceles de guerra.
—El orgullo porteño sufrirá un golpe atroz y me-
recido.
—Y que asegure, por una paz perpetua.
se fin,
—Y todos trabajemos en buena armonía.
—Y no vea precisada autoridad a secarnos a
se la
contribuciones para el sostén de las tropas.
El gobernador delegado grita desde el balcón y
corea la multitud
Viva Santa Fe!
Vivaaa ! . .
Viva nuestro jefe ilustre!
Vivaaa ! . .
Vivan los heroicos "siruríes!"
Vivaaan
El populacho se desperdiga y la banda de música
de Lamadrid acomete unas marchas patrióticas.
Momentos después se restablece la soledad y el si-
lencio,y un grupo de capitulares cruza la plaza con
un vistoso ramo de flores: van en visita de agasajo a
103
MATEO BOOZ
doña Pepa Rodríguez del Fresno, hija del maestro ci-
rujano y esposa del caudillo.
Se ciñe en el Gamonal
otro laurel inmortal.
DELIBERA el general López en su tienda de
campaña, con altos jefes de su ejército y su se-
cretario don Cosme Maciel, señor silencioso y tacitur-
no. Carece éste, sin duda, del brillo y de los repen-
tes del doctor Seguí, pero de cualquier modo mane-
ja la péñola con juiciosa alacridad. El doctor Seguí
sufre cárcel, aparejado a don Luis Aldao. Lo culpan
en Santa Fe de unos pasquines echados contra la em-
presa guerrera del gobernador.
El ejército santafesino ha acampado en ese pa-
raje — nacientes del Pavón, — conocido por las cha-
cras del mayor Benítez y también del Gamonal. Ha
parado para proteger el paso de sus bagajes y tam-
bién de los prisioneros del Pergamino. Se atrinchera-
ba en el Pergamino la división del capitán Obando y
sobre ella cayó, de noche y por sorpresa, la escolta
santafesina, acuchillándola. Obando logró huir. Este
Obando es aquel capitán de pardos que acompañó al
gobernador Vera su destierro y que pone desde en-
a
tonces su brazo y su indómita tenacidad para comba-
tir al acusado de usurpador. Es fiel en su adhesión
"
104
ALELUYAS DEL BRIGADIER
a Vera y en su odio a López.
Va creciendo la mañana del 2 de setiembre de
1820. Una brisa fresca peina los pastizales y en el cie-
lo añil se deslizan lentamente algunos girones de nu-
bes que, como un párpado, tapan a momentos al sol.
El campamento descansa sus fatigas. Los soldados, en
círculos, matean y fuman. Alguno, a son de guitarra,
canta y el corro celebra, con rudos dicharachos, la le-
tra de las canciones. Son, alternados, donaires a muje-
res y oprobios a Dorrego, el general enemigo. Alegra
los ánimos el saber que hay racionamiento para la tro-
pa. No olvidan las penurias que siguieron a la retira-
da de Buenos Aires: tres días sin comer, mascando 301-
yos y guascas.
Pero esa calma no implica despreocupación. Están
los caballos ensillados, las cureñas ensebadas, las ar-
mas prontas. Centinelas y bomberos miran a todos los
rumbos y aguzan unos oídos sensibles a los más dé-
biles rumores de la Pampa.
En la tienda del general se examina la situación,
se inducen las intenciones de los contrarios y se con-
vienen las medidas para cada eventualidad.
—Después de su insignificante triunfo de Pavón
— dice el general López — y de su asalto traicionero
a las fuerzas de Alvear y de Carrera en San Nicolás,
yo imagino que Dorrego, alucinado, querrá buscarnos.
Ya tendrá noticias nuestras por boca del desnaturali-
zado Obando. Y si no nos busca él, deberemos buscar-
lo nosotros. El Ejército Federal posee ahora entusias-
105
.
MATEO B O O Z
mo y recursos para infligirle un inolvidable escarmien-
to.
—Y hacerle pagar — opina el comandante La Ro-
sa — los insultos que nos dedica en sus oficios a Bue-
nos Aires y al Interior : ladrones, asesinos, cobardes . .
—Ya probaremos cuan equivocado está y que
le
quien injuria a Santa Fe y a los santafesinos, recibe
fatalmente el castigo de su temeridad.
Los circunstantes apoyan los conceptos del cau-
dillo y se prometen obrar en la hora trágica con fiero
rigor.
La belígera tertulia sigue desflorando sus temas,
hasta que irrumpe, presuroso, el oficial de una partida
de exploración.
— General: a cosa de una legua, a retaguardia, se
viene el grueso del enemigo.
Circulan rápidas órdenes, el campamento se sacu-
de y a poco están los montoneros a caballo y agrupa-
dos,con sus capitanes.
Toda esa masa palpitante y viva, con color de ba-
rro y reciedumbre de árboles, como una emanación de
la propia tierra, camina al mando de su general. De-
trás del horizonte los espera la victoria o la muerte.
Hay un tintineo de metales, trémulo, angustiado:
son las espuelas de los jinetes. A la vecindad del pe-
ligro, la carne se rebela. Ese involuntario temblor se
disipará con la primera embestida, con la primera rá-
faga de sangre, cuando todos los instintos y los esfuer-
zos se alien en la tarea de matar.
"
106
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Y marchan en la clara mañana. Bandadas de te-
ros gritan, bailadores, encima de sus cabezas; alguna
perdiz remonta su vuelo súbito y sonoro; algún ave
zancuda los mira, alerta, junto al cristal de un charco.
Ya se divisan los enemigos, desplegados sobre una
cuchilla. Tienen por jefe a un soldado insigne de la
Independencia.
Los blandengues chillan, con su acostumbrado chi-
llar de siriríes; los escuadrones de guaycurúes echan
al viento sus espeluznantes alaridos de alimañas de
selva.
Avanzan resueltamente el Ejército Federal y el
ejército porteño. Son dos huracanes contrapuestos.
Los hocicos de la caballada se estiran, ardientes
los belfos, como si también hus-
dilatadas las narices,
mearan la voluptuosidad de la sangre. Y el sol pone
un resplandor de fuego en la lámina de los sables y
en la moharra de las lanzas y en las pupilas afiebra-
das de los combatientes.
Ya llegan; ya están encima.
Choque.
Tumulto.
Fragor.
La línea porteña cede, se quiebra y finalmente se
desbanda, sorda al llamado de las cornetas militares.
Persecución despiadada. Muchas leguas de correr
perseguidos y perseguidores. Y
cuando el cansancio
doblega a las cabalgaduras, los jinetes se apean con
los aceros ansiosos de un flanco donde clavarse.
107
MATEO B O O Z
El coronel Dorrego huye; va en mangas de cami-
sa para confundirse en el tropel de los fugitivos.
Bajo el cielo luminoso se esparcen los cadáveres
de hombres y bestias, y los prisioneros se amontonan
en confusión de ganado asustadizo.
Buenos Aires ya no tiene ejército; Santa Fe po-
drá dictarle las condiciones de la paz.
El general López está en el campo de la batalla
delGamonal grave y silencioso; hombre y corcel tiran
una sombra gigantesca sobre los pastos pisoteados, y
a la vista de esa obra de destrucción y muerte, recoge
las bridas, adelanta la diestra en el vacío y exclama
con emocionada teatralidad:
— ¡Basta de sangre!
He ahí una actitud de vigor plástico y alcance
simbólico para el artista que, aun no nacido, cincele a
su hora la figura encuestre del héroe.
23
En fragorosa refriega
a un nuevo rival doblega.
C ORONDA.
26 de Mayo de 1821.
El general López ha llegado a las tres de la tarde.
En una hondonada de las cercanías de este pueblo
oculta sus tropas y adelanta partidas sueltas de mon-
toneros para azuzar al enemigo.
108
ALELUYAS DEL BRI GADIER
El enemigo es ahora el general Ramírez, Supremo
Entrerriano, antiguo compañero de intrigas y batallas
del jefe santafesino.
El general Ramírez ha fundado la República de
Entre Ríos con la anexión violenta de Corrientes y
Misiones. Sueña agregar a sus dominios a la Banda
Oriental, que los portugueses no aflojan. Ya lo sacó
del medio a Artigas, el Protector de los Pueblos Li-
bres, que ha debido guarecerse bajo el ala del tirano
Francia.
Exige el Supremo que el general López, a quien
ya llaman el Patriarca de la Federación, rompa la paz
firmada con Rodríguez, gobernador porteño. Y como
el caudillo de Santa Fe se niega, van ahora a medir
sus armas y probar sus quilates. El destino fallará en
este día por el poderío del Patriarca o por el poderío
del Supremo.
El general Ramírez acampa en las proximidades.
Festeja su reciente paliza al coronel Lamadrid. El
coronel Lamadrid venía de Buenos Aires, con húsares
y milicianos, para servir al general López. Y cami-
nando entre la cerrazón de estas mañanas de invierno,
a pocas leguas más acá del Rosario, cedió a la tenta-
ción de caer sobre la retaguardia de Ramírez y ganar
para sí la gloria de la empresa. Pero el jaguar lo des-
hizo con unas dentelladas.
En esta estación del año los días se acortan. Pron-
to vendrá la noche. Y el jefe de los santafesinos la es-
pera, como al mejor aliado. Los enemigos son bravos
109
MATEO B O O Z
y duchos, bien lo sabe, pero no conocen el terreno que
pisan. La obscuridad acrecentará la ventaja.
Del lado del pueblo se remonta el lúgubre ladrar
ele la perrada. No hace un año aún, allí mismo, los dos
caudillos, de aparceros, concertaban la guerra contra
Buenos Aires. Y pulverizaron a Rondeau, a Soler, a
Dorrego, eminentes capitanes de la época. Hoy los dos
acechan y afilan la zarpa para el duelo mortal.
Están los montoneros a pie y con los pingos del dies-
tro y está también la división de húsares del coronel
Arévalo, división porteña rehecha después del descalabro
de Lamadrid. La ondulación del suelo les cierra el hori-
zonte^ y aguardan, en silencio profundo, la señal de mon-
tar y embestir.
El general López escruta, desde la loma, la leja-
nía. Lo rodean algunos comandantes. Ahora se encarga
de los papeles el doctor Seguí. Ha reemplazado a don
Cosme Maciel, que, a su turno, ha ido a dar a un calabo-
zo de la Aduana por ciertas veleidades políticas.
El doctor Seguí oficia de augur:
—
Esta será la tumba del hipócrita capcioso del sis-
tema federal.
Los militares asienten a la frase barroca del le-
trado, que sin duda encajará en los textos de alguna
proclama.
Llegan distantes estampidos de fusilería: se tirotean
las partidas con los soldados de Ramírez.
Y cuando despuntan las primeras estrellas, se apro-
xima el trueno de unos galopes furiosos y surgen de
110
ALELUYAS D EL _ BRIGADIER
las sombras crecientes los bultos de hombres y caballos.
Todo el centro entrerriano se ha lanzado a la persecu-
ción de los guerrilleros, y los guerrilleros, burlones y
gambeteantes, huyen y traen a sus enemigos a la zaga.
El trompa de órdenes arranca un grito agudo a
su clarín, y montoneros y húsares, sobre sus recados,
trepan la hondonada y se precipitan contra la férrea
columna que se viene, arrolladora.
El encontronazo es duro, trágico, fulgurante. Sa-
bles y lanzas se mojan en sangre enemiga, sangre fra-
terna. Las boleadoras, con zumbidos siniestros, trazan
en el espacio círculos de muerte. Corceles enloquecidos
arrastran, rebotante por los pastos, el cuerpo exánime
del jinete.
De masas contendoras una debe predominar y
las
la otra perecer. Y en la confusión y en las tinieblas pre-
ñadas de alaridos y de agrios hedores, los entrerrianos
retroceden y finalmente se desgranan, buscando salva-
ción. Implacables, ahincados, los triunfadores acuchillan
la espalda de los fugitivos. Y las otras dos alas — la
izquierda y la derecha — del formidable ejército de Ra-
mírez, se desbaratan envueltas en la derrota.
El Supremo, ya todo perdido, huye también a cie-
gas y al amparo de la noche. A su lado va, para anéc-
dota romántica de los historiadores futuros, Delfina,
su amor. Lo custodia un pelotón de fieles y con ellos
el fraile Monterroso y el coronel King, un norteame-
ricano gustador de aventuras y peligros.
Rumbea el Supremo para Córdoba; por allá anda
111
M A TEO BOOZ
José Miguel Carrera. En su seguimiento sale el coman-
dante Orrego, con una compañía de blandengues. Es su
consigna apresarlo vivo o muerto.
Un casco de luna derrama de pronto su resplan-
dor plateado sobre la campo de la re-
desolación del
friega; y cornetas y tambores, con un son de júbilo
cruel, apagan el coro indiferente y tenaz de los ba-
tracios.
Y a las oraciones de la Ascención del Señor, entra
el héroe en Santa Fe. Hora fausta. Repiques, cañonazos
y ovaciones. Desfilan los prisioneros que escaparon a
la matanza, y, valioso trofeo de guerra, se tremola el
estandarte del Supremo Entrerriano.
112
Vil calendario sombría
24
Por malvado y por blasfemo
lo decapita al Supremo.
AISTER Richard Orr está en Santa Fe hace vein-
te días. Espera al gobernador propietario que an-
da en campaña, tras la última hueste del Supremo En-
trerriano.
Míster Orr, comerciante de Buenos Aires, es due-
ño de los paños y quincalla que, marchando a San Juan,
le secuestraron las montoneras en la posta de la Esqui-
na. La mercancía se depositó en la Aduana. Para ges-
tionar su devolución, trae documentos del comodoro in-
glés representante de su Soberano en el país y una carta
de don Jerónimo Pío Biangui, caballero del hábito de
Cristo y jefe de hacienda en Montevideo.
El alcalde de primer voto asegura que el gober-
nador propietario, a su vuelta, accederá al pedido. Ya
le hizo entregar al vicario Amenábar las especies que
113
MATEO B O O Z
se encaminaban por una tropa al monasterio de las ca-
talinas cordobesas.
—Yo soy — explica míster Orr — un comerciante
inglés sin tocamiento con las facciones políticas. He de-
seado acogerme a las leyes del país, atraído por las
ideas liberales que sus agentes propagan en Europa.
Míster Orr se aburre. Ya no tiene ni qué leer. Ha
ido a pescar al Quilla y ha ido al reñidero de gallos.
Desde la costa ha visto las goletas y bergantines porte-
ños de Zapiola que cuidan a Santa Fe contra los pro-
bables ataques de Entre Ríos y en el reñidero ha for-
mado algunas relaciones interesantes.
Posa en casa de don Manuel Igancio Diez de An-
dino, anciano señor de distinción y muchas cortesías. Mís-
ter Orr lo estimula en la tarea de llenar pliegos con
noticias meteorológicas y dizques cotidianos de la ciu-
dad.
— Con escribir usted su diario —discurre— realiza
un servicio público mayor del que supone. Si sus pa-
peles salvan los azares del tiempo, serán una valiosa
fuente para estudiar y reconstruir la vida actual. Los
mejores libros históricos de Inglaterra, se nutren con
las memorias de quienes fueron testigos o sólo contem-
poráneos de los acontecimientos. Acaso los manuscri-
tos suyos exceptúen a su nombre del olvido que nos tra-
gará a todos.
Esas palabras suscitan a don Manuel Ignacio la vi-
sión de venideras generaciones de historiadores y no-
velistas santafesinos a la búsqueda en sus garrapatos
114
:
ALELUYAS DEL BRIGA DIER
del atisbo de una existencia fenecida.
Y desde entonces los transeúntes nocturnos pue-
den ver, más empeñoso y hasta muy adelantadas las
horas, el busto de don Manuel Ignacio, dentro del aro
resplandeciente del quinqué y torcido sobre el rectán-
gulo del papel catalán.
Esa tarde míster Orr se echa a caminar, a cual-
quier rumbo. Viste un talar abrigo de pieles que com-
pró en Liverpool y que despierta admiración y codi-
cia. Ya don Manuel Ignacio le ha advertido que con
esa prenda no es juicioso rebasar los alrededores de la
plaza, a menos de volver desnudo.
Los tejados proyectan sobre el centro de la calle
un sinuosa línea de sombra. Por encima de los tapia-
les luce el oro de los naranjos y limoneros. Alguna vez
míster Orr se detiene a contemplar despaciosamente el
arduo garabato de un ventanal o de un pie de lámpara
clavado en una esquina.
Y los parroquianos de la próxima pulpería, en ron-
da de cañas, inquieren, con extrañeza
—¿Qué mirará el inglés?
Y el inglés traza, en su libreta, un rápido bosque-
jo del herraje.
Desemboca míster Orr en la plaza, bañada con el
claro sol de invierno. Desfilan los escolares de prime-
ras letras, rojas las narices de frío, con su maestro don
José Alcázar y el regidor de policía. Y van a reunirse
al grupo de personas que, apiñadas frente al Cabildo,
levantan, curiosas, los rostros.
115
:
MATEO BOOZ
Míster Orr también se acerca. Prendida a un gar-
fio, sobre la pared del Cabildo, está, en tosca jaula de
hierro, una lívida cabeza cercenada, de pelos negros,
hirsutos, tempestuosos.
No puede míster Orr evitar un escalofrío y una
náusea. ¿Para qué exhibir ese despojo? ¿Para qué traer
a los niños a presenciar semejante cuadro!
La respuesta se la da el maestro Alcázar, que pe-
rora a sus alumnos, señalando la jaula
—Niños : ahí tenéis la cabeza del Supremo Entrerria-
no, a quien el Diablo extravió por los senderos de la
ambición y del orgullo. Esa cabeza la cortó la mano
inexorable y justiciera de nuestro gobernador. Tal el
fin de los malvados, así sean poderosos. Niños, no lo ol-
vidéis.
Se avecina a míster Orr un caballero de capa ver-
de y picaduras de viruelas. Muestra la insignia de los
jueces: un bastón de ébano y en el oro del puño las ar-
mas de la Provincia.
—Esta es una ostentación innecesaria; esto es sem-
brar odios entre los hijos de la propia tierra — dice
míster Orr.
El juez recoge las imprudentes palabras del extran-
jero y formula una pregunta:
—¿En su país, señor, qué hacen con los malhecho-
res*
—Se les entrega al verdugo.
— ¡Ah! No será para que les den chocolate.
El sarcástico señor juez se aparta con fastidio y
116
ALELUYAS DEL BRIGADIER
míster Orr queda meditando. Efectivamente, en Ingla-
terra también se decapita a los foragidos y también se
congrega el público, vocinglero, para presenciar la es-
cena de sangre. Sobre algunos cuellos reales ha caído
el hacha del verdugo. ¿Por qué entonces atribuir ex-
cepcional crueldad al vencedor que exhibe, como trofeo
de guerra, en una jaula o en una pica, la cabeza del
vencido? Este áspero país se está modelando y sus je-
fes viven circuidos de insidias y de acechos. Tienen que
defenderse de mortales peligros. Y acaso intuyan bien
la psicología popular, cuando le dan al populacho, como
un juguete, la cabeza del general enemigo.
De estas reflexiones lo sustrae un vocerío de jinetes
que llegan y descabalgan. Son los mensajeros de una no-
ticia feliz: la escuadrilla de Zapiola acaba de destruir
a la escuedrilla entrerriana. En las aguas del Colas-
tiné flotan los cadáveres y los restos de navios. Entre
los muertos figura Monte verde, el jefe contrario. Ha si-
do Leonardo Rosales el héroe de la gloriosa jornada. Di-
cen que Francisco Martínez Puerto Real, patrón santafe-
sino de una lancha, se distinguió por su bravura.
Míster Orr retorna a su alojamiento. La atmósfe-
ra limpia de la tarde se estremece con el estrépito que
producen sacristanes y artilleros.
En la casa está en visita de cumplido el maestro
de cirugía don Manuel Rodríguez, suegro del goberna-
dor y encargado de preservar de corrupción a la ca-
beza del general Ramírez. El maestro de cirugía y don
Manuel Ignacio comparten la opinión de que muertas
117
MATEO B O O Z
las últimas esperanzas de los entrerrianos, se cimentará
ahora una paz definitiva.
Y ya entrando la noche arriba de Córdoba, con sus
blandengues y sus indios, el general López, quien auto-
riza el reintegro de las mercancías secuestradas a míster
Orr. Siempre ha mirado con simpatía a los viajeros in-
25
Muere Obando fusilado,
por crudo y empecinado.
LOSna coroneles Juan José Obando y Anacleto Medi-
sufren prisión. Medina acompañaba al gene-
ral Ramírez cuando la degollatina de San Francisco, y
a Obando lo ha remitido el gobernador Mansilla para
que los santafesinos le arreglen las cuentas.
Obando, desde 1878, se puso al servicio de cuan-
ta campaña emprendieron contra el general López, unas
veces los ejércitos directoriales y otras los ejércitos de
Ramírez. Ahora fué capturado como capitán de parti-
da de López Jordán, el aspirante a la dignidad de Su-
premo Entrerriano.
Es Obando sujeto de mala estrella y de indómi-
ta bravura. Y
por ser bravo y consecuente con sus ren-
cores y sus afectos, gana entre los vecinos de Santa Fe,
sus comprovincianos, muchas simpatías, necesariamente
118
ALELUYAS DEL BRIGADIER
silenciosas. El proclamar sentimientos amistosos para
el cautivo, acarrearía sinsabores.
Está Obando tan seguro entre las cuatro paredes
del calabozo y con la barra de grillos, que la guardia
permite algunas visitas. Y esta tarde entra don Cos-
me Maciel, que fué secretario del general López, en la
batalla del Gamonal y se indispuso después por intri-
gas palaciegas.
Quedan solos. Obando pregunta, atenuada la voz:
-—¿Qué se dice por ahí, don Cosme?
— Completa tranquilidad. Nada se trasluce. Creo
que todo saldrá a pedir de boca.
—¡Ojalá!
—Y si las cosas se tuercen, encomendémonos a Dios.
Corremos un albur mortal.
—Justo precio para la salvación de la Provincia.
Ya hace cuatro años que López tomó por usurpación
el mando, y su tiranía es inaguantable. Nadie más ca-
pacitado que don Mariano Vera para labrar la felici-
dad de los santafesinos. Y él estará aquí apenas le
avisemos.
—Don Mariano Vera cuenta con muchos partida-
rios, especialmente entre la indiada Pero tendrían que
.
verlo en persona.
—Y lo verán a su punto. Sería fatal para la cau-
sa una aparición prematura. También nos ayudará el
gobernador Bustos; y el comandante Juan Antonio Gar-
cía, que es hombre y medio, nos tarerá de Buenos Ai-
119
!
MATEO B O O Z
res gente y recursos. ¿Y qué hace su hermano don An-
selmo ?
—Es diligente y optimista. Ya tiene organizada
una partida con Antonio Piedrabuena, por el lado del
Oeste, y otra partida de rinconeros en los montes. Y
como hay que preverlo todo, esperará Ramón Yedros
en la bajada del Campito con canoas y bastimentos
para el caso de una fuga a la Banda Oriental.
—
No es escapar lo que me encandila, don Cosme.
Manuela Rápido le ha deslizado a Anacleto una gan-
zúa.
—Yo les traigo algo mejor: una llave de la puer-
ta del calabozo que ha fabricado el platero Juan Fran-
cisco Vélez y una lima para cortar los grillos.
Los ojos de Obando se encienden con luces gatu-
nas:
— Espléndido
¡
—Y además unas onzas, contribución de don Ur-
bano de Iriondo, don Manuel Denis y don Pepe Frey-
re.
— ¡Beneméritos patriotas! En don Urbano se per-
fila un ministro de Vera.
El señor Maciel rechaza con un gesto y repone,
grave y jovial:
—
No hablemos de las achuras antes de carnear el
novillo.
En penumbra de la celda brillan las herramien-
la
tas y el oro, que Obando esconde cautelosamente.
—Anacleto y Crisóstomo Gómez -—dice el preso—
120
ALELUYAS DEL BRIGADIER
no ven la hora de romper los grillos y entrar en ac-
ción. Tendremos dos buenos colaboradores.
—No dudo de la lealtad de Crisostomo Gómez, pe-
ro no es del temple de Medina, hombre fogueado.
—Lo propio pienso. Crisostomo secundará a Ana-
cleto. El dragón Manuel Acosta, me ha traído valio-
sos datos para atropellár la guardia y acogotar a los
ayudantes Aldao y Rodríguez, que parecen insoborna-
bles.
—Mucho cuidado con ese dragón.
—Es sincero, y he prometido una recompensa des-
le
lumbradora.
—Sí; y por ahí lo agarra el miedo y viene la de-
lación y el fin de todos.
— En estos asuntos, don Cosme, hay inevitable-
mente que fiarse de otros prójimos. Y ese dragón,
por lo que puede prestarnos mucha utilidad. El
sabe,
mismo me ha sugerido cómo podríamos atraernos a
las tropas. Las pagas sufren atrasos. Es cuestión de
onzas, o de autorizar un saqueo con cargo de indemni-
zaciones.
—A mi juicio, y al de Anselmo, todo se habrá lo-
grado si echamos la mano encima al general López.
En la noche de pasado mañana, día de San Jerónimo,
el general ofrece una fiesta en su casa. Hermosa opor-
tunidad para capturarlo a él y a sus secuaces.
—Esa comisión la quiero yo — pide, animoso,
Obando— . Ansio verme con él cara a cara. Y en un
121
:
MATEO B O O Z
segundo habrá terminado la afortunada historia del bri-
gadier general Estanislao López.
El señor Maeiel se agita, con sobresalto.
—No; no derramemos sangre innecesariamente.
Tras la puerta del calabozo hay rumor de pasos.
Es prudente despedirse. Una entrevista dilatada puede
suscitar sospechas.
Sale don Cosme. Lo saludan los milicos de la guar-
dia y, ya a pocas varas de la calle, el ayudante Aldao
grita
— Cabo González, remáchele una barra de grillos
al señor Maeiel.
Don Cosme palidece, comprendiendo que ha roda-
do súbitamente a un abismo de sombras, y con el alien-
to que le queda pregunta, mientras el cabo González,
a sus pies, le coloca el hierro:
—¿Por qué?
—Orden del gobernador. Y andan ya en busca de
su hermano Anselmo y otras personas. El dragón Acos-
ta los acusa de conspirar con Obando contra el Go-
bierno. La vida de ustedes está en un hilo.
Y don Cosme va, como reo, a ocupar un calabo-
zo.
Don José Elias Galisteo instruye el sumario. Lo
asiste de secretario don José Gregorio Bracamonte,
escribano experto en esos menesteres. Sirve de cabe-
za la denuncia del dragón Acosta. Y Crisóstomo Gó-
mez revela los secretos de la trama y los nombres de
los complicados.
122
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—Señor gobernador —informa el señor Galisteo,
con alarma — tentativa criminal
, la comprobada
está
y aparecen envueltos en el delito infame muchos que
pasan por adictos a su excelencia y al sistema fede-
ral.
—Ejecutaremos a todos los culpables; es necesa-
rio un escarmiento ejemplar; así lo exige la ley impe-
riosa de la salud pública.
—Advierta usía que son numerosas las personas
de rango comprometidas, sin contar la plebe. Impo-
ner a todos el castigo correspondiente, importaría en-
lutar la ciudad. Y en tanto se ahonda la investigación,
surgen nuevos responsables. No se adonde iremos a
parar.
—Deberé una vez más mostrarme magnánimo con
mis enemigos. ¿Y abulta mucho el sumario?
—Son únicamente once fojas, por las dos caras.
El gobernador recapacita y resuelve:
—Bien, cierre las actuaciones y me las manda. Que
ejecuten a Obando, santafesino renegado y que dejará
de ser peligroso con unas varas de tierra encima. Y
cubramos el asunto con un velo de olvido.
—Su excelencia merecerá la gratitud del pueblo
y el aplauso de la historia.
— ¡Ah! Pero ese cachafaz de Juan Antonio Gar-
cía padecerá las consecuencia de su audacia. Pediré
a Rivadavia que lo fusile en la plaza de la Victoria.
Y lo hará.
123
MATEO BOOZ
Y con las primeras luces del día de San Jeróni-
mo de 1822, Juan José Obando sucumbe contra una
pared y de rostro a un abanico de fusiles.
Ha muerto sin temblar y sin hacer frases.
Fué, hasta su postrer instante, el hombre valiente
de su fama.
26
Lo zurran en Melineué
al héroe de Santa Fe.
CAMINA el López con ciento cincuenta
general
veteranos y milicianos. Viene de segundo coman-
dante Juan Luis Orrego, buen militar, que ha sido cap-
turador del Supremo Entrerriano y también goberna-
dor sustituto de la Provincia.
El general López ha pactado una mutua ayuda
con Martín Rodríguez, gobernador porteño, para es-
carmentar a los salvajes. La amenaza de los malones
siembra la intranquilidad, y a veces el pavor, entre
los habitantes de las dos provincias. Hay que hacer
sentir a los indios el temple de los ejércitos legales y
convencer a los pobladores de que están protegidos.
Para éso ha salido a campaña el gobernador Ló-
pez, que siempre toma los puestos de peligro y res-
ponsabilidad. Desde Melineué dio una batida a los tol-
dos del cacique Lienán. Le hizo más de eien muerto»,
124
ALELUYAS DEL BRIGADIER
le apresó una muchedumbre de chusma y libertó otra
muchedumbre de cautivos. El cacique Curutipay, sabe-
dor del desastre de sus hermanos, ha huido, y en su hui-
da ha abandonado mucha hacienda.
La empresa es fatigosa y de innúmeros riesgos. En
invierno y con seca, los campos están desolados. Los
milicos sufren postración y sed. Se cavan pozos en
procura de agua. Sobre el cielo de un azul raso, uni-
forme, anda el caranchaje, listas las garras para afir-
mar la presa. Y en las lejanías se conjuga el humo y
la rojez de los incendios; los indios arrasan todo para
dificultar la penetración de la tropa.
La columna rumbea a la estancia de Agustín Gó-
mez, con intención de pulverizar las últimas reunio-
nes de los caciques Lienán y Curutipay. En Nocayé se
da tiempo el jefe para escribir y mandar al goberna-
dor de Buenos Aires, amigo y aliado, un oficio con no-
ticias de las felices operaciones que ejecuta.
Se viene la noche, la tropa acampa y, a la madru-
gada, los espías descubren la posición de los indios. El
general López, que decide y obra siempre con instan-
taneidad, dispone marchar sobre los caciques; hay que
guarecerse en la obscuridad para sorprenderlos y des-
truirlos.
Los expedicionarios atacan. Escalofriantes alaridos,
los indios sólo atinan a cobijarse en los árboles y en las
zanjas mientras la caballada se les dispersa. Los cau-
tivos hallan el camino de la libertad.
Pero han llegado, Dios sabrá de donde, unas par-
125
MATEO B O O Z
tidas de ranqueles, que acometen ágiles y belicosos.
Queda envuelta el ala derecha, el centro se desarticu-
la y la izquierda, asustada, abandona el campo. En ese
vértigo de bultos sombríos y rafagueo de armas, el jefe
no consigue imponer un orden. Y lo que era una victo-
ria cierta, se torna en total descalabro.
Al apuntar la aurora, el general López ve enar-
bolada una lanza sobre chusma ruidosa y triunfan-
la
te,y en el hierro de la lanza una cabeza: es la cabe-
za del comandante Orrego.
Nada puede ya cambiar la suerte de la acción.
Y el vencedor de tantos ejércitos disciplinados y
de tantos capitanes gloriosos, debe volver la espalda
y buscar salvación en la fuga, vencido por los caci-
ques.
Y después de tragar leguas y sufrir torturas, arri-
ba a Melincué con un pelotón de leales, milagrosamente
escapado a la persecución.
120
VMII iiniennu múgiea
27
Obsequia a los orientales
con promesas y panales.
LA vivienda del gobernador,
Matriz, estalla esta noche en rumores y luces.
en la calle de la
La
chusma, mirona, teje en la vereda comentarios admi-
rativos.
El gobernador agasaja con un baile a, los dipu-
tados de Montevideo. Celébrase el pacto que, entre cla-
mor de vítores y tronido de cohetes, se suscribió por
la tarde en la Sala Capitular. La invencible provincia
de Santa Fe de la Vera Cruz, según reza el documen-
to, forja una liga ofensiva y defensiva contra el insur-
gente e intruso emperador Pedro I, ocupante del terri-
torio oriental.
La delegación la forman un alcalde, un regidor y
don Domingo Cullen. Este sólo ostenta el título de di-
putado y es, del terceto, el más verboso y propenso
a la simpatía. Ha congeniado mucho con el doctor Se-
127
MATEO B O O Z
guí. Ya residió el señor Cullen unos días en Santa Fe,
allá por el año 18, atareado en la venta de unas arrias.
El señor Cullen es muy buscavidas.
En las dos salas, de poltronas granates y tersas
lunas, danzan las parejas al ritmo de arpa, guitarras
y violines. Crujen las ballenas de los vestidos de sarao
y espejean los rubios peinetones. Las misias, virtuo-
sas y analfabetas, vigilan los modales de las niñas, y
hablan de los cotones llegados de Buenos Aires, del
sermón cuaresmal del canónigo Villaroel y también, vi-
sionarias, de duendes y aparecidos.
Entre el cálido tumulto se escurren las chinas con
panales y sorbetes.
En el patio penumbroso, a la intemperie, hacen
los hombres graves un corro parlero. En el mes de
marzo —
marzo de 1823 —
todavía sufren calor los san-
tafesinos. La enredadera
recién baldeada que trepa la
pared y se ensortija en los sostenes del parral, despide
un hábito de gustosa frescura.
En las manos de los caballeros brilla a momentos
el mate de plata del Perú, y dan lumbre y hedor las
tagarninas paraguayas.
El gobernador, los cabildantes y los diputados de
Montevideo estiman ya como cierta y cercana la for-
mación del ejército santafesino del Norte que sacará
a Lecor y sus satélites de la casa ajena donde han
ido a aposentarse. El general López, director y voce-
ro de esta guerra, ya tiene a la firma las circulares
para pedir la adhesión y la ayuda ineludible de las
128
:
ALELUYA S DEL B RIGADIER
demás Provincias.
—Será imperecedera la gratitud de los orientales
—exclama el diputado don Ramón de Acha — y tam-
bién imperecedera la gloria del ilustre jefe de los san-
tafesinos.
—Vivimos — anuncia el doctor Seguí — un día
luminoso para América.
Un cabildante prorrumpe
—Los más ingentes sacrificios son pequeños en de-
fensa de la Religión y la Libertad.
El general, hinchando el pecho, formula entonces
una promesa mágica:
—Mi espada, siempre al servicio de las causas jus-
tas, no se envainará hasta que el último invasor aban-
done el suelo del Oriente.
La frase del caudillo provoca una oscilación afir-
mativa delos cráneos y acrecienta el optimismo que,
como una onda perfumada de esa lánguida noche ve-
raniega, envuelve a los circunstantes.
El cirujano don Manuel Rodríguez, que parecía
dormitar bajo una magnolia, vierte una gota de ací-
bar:
—No esperen nada de las provincias; ni un sol-
dado ni una onza. Los gobernadores darán buenas pa-
labras,y nada más.
El cirujano entiende el arte de curar, pero nada
sabe de los complejos problemas de la política. Sin
embargo sus agüeros traen una turbación a los espíri-
tus.
129
MATEO B O O Z
Ya muy adentro la madrugada los invitados se
retiran. En la obscuridad de las calles blanquean los
atavíos de las damas; los sirvientes las guían con sus
faroles portátiles.
Y se oye un comentario:
—¡Che! ¿Vieron cómo Cullen la miraba y la aten-
día a Joaquina?
—A mejor sale un noviazgo.
lo
—No hay que fiarse de forasteros. los
Joaquina es Joaquina Rodríguez del Fresno, hija
del cirujano y viuda de Tiburcio Aldao. Cuando le
nombran a Domingo Cullen, la cara se le enciende y
con nervioso remilgo estruja el pañuelo.
28
La lepra arrasa, y su suegro
pinta las cosas de negro.
ATAREADO y afligido anda el cirujano don Ma-
nuel Rodríguez. La salubridad pública exige re-
medios heroicos. Grave es que las gentes no se perca-
ten de la magnitud del azote.
Ha resuelto ahora visitar al gobernador, su yer-
no; le dará cuenta de la situación y de las medidas
aconsejables.
El general López lo recibe.
—¿Qué vientos lo traen, don Manuel! ¿Siempre
con sus pedidos? Ya le hice aumentar la subvención.
130
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—Nunca pido para mí, Estanislao; y si alguna
vez pedí, fué, como le consta, para no irme a otras tie-
rras en procura de sustento o por no allanarme a la
vergüenza de ejercer la mendicidad.
El genera] asiente con una sonrisa, y el cirujano
prosigue.
—Es indispensable que el gobernador se entere:
la lepra, mal de San Lázaro, y prospera en
se arraiga
Santa Fe de modo atroz. La mortandad de una bata-
lla levanta clamores; la mortandad de la lepra deja a
todos insensibles. Eso es ignorancia. La epidemia, si
no se la ataja, minorará el número de los habitantes de
este suelo.
—Para atajar está usted, don Manuel, el maestro
cirujano de la ciudad.
—Poco puedo hacer sin la ayuda de los Poderes
Públicos.
—Vivimos tiempos de inopia; el erario dificulto-
samente sufraga las erogaciones primordiales de la ad-
ministración y del ejército. No estamos para gastos im-
previstos.
La cara esférica, blanca y cachetuda del cirujano
se congestiona y, remeciendo las onduladas mechas que
le rozan los hombros, exclama, con ímpetu:
— ¡Caray! es primordial también combatir la le-
pra, enemigo capaz de terminar con un reino. Urge
más esta campaña, que la de ir a matar portugueses
a la Banda Oriental.
El gobernador replica, adusto
131
.
MATEO BOOZ
—Don Manuel: la política es ramo de mi exclusi-
va incumbencia... En suma ¿qué cooperación preten-
de usted del Estado?
—Momentáneamente dos cosas: la construcción de
un lazareto fuera de los ejidos, en terreno inmediato
a la chácara de Pintado, y la expulsión de todos los in-
curables.
—¿Un lazareto? Encargaré, para recaudar contri-
buciones, al procurador síndico y al alguacil mayor.
La gente está muy exprimida, pero hay, con todo, quie-
nes pueden todavía soltar algún jugo: José Freyre de
Andrade, Pascual Echagüe, Juan Luis de Iturraspe,
Ramón Doldán. .
—Si aflojan cordones los de la bolsa, tendremos
lazareto.
—Se hará
les aflojar.
—¿Y incurables?
los
—¿Desterrarlos? ¿Quiénes son?
—Tengo nómina.
la
El cirujano extrae de las faldetas del levitón una
hoja de esmerada caligrafía y graciosos gavilanes.
El general lee y, con gesto de asombro, averigua:
—¿Todos éstos son incurables?
—Todos.
—Hay aquí mucha gente principal y muchos fe-
derales netos.
—Y leprosos de yapa.
—No puedo aplicarles una medida que es una con-
dena.
132
ALELUYAS DEL BRIGADIER
—Entonces no cortará se el contagio.
—Déjeme la lista; lo resolveré.
—Estanislao: que éxodo el no sea sólo de la chus-
ma; la lepra no repara en colores de sangre.
El cirujano se va, con la chistera puesta y el re-
benque encajado en la bota de fuelle. Monta a caba-
llo y piensa que no ha perdido la tarde.
En efecto, ha perdido. El síndico y el re-
no la
gidor recolectan ciento veintiún pesos. Pronto contará
Santa Fe con su lazareto. Y el vicario Amenábar ha
declarado que no tendrá embarazo alguno en bende-
cirlo; nada lo obliga a ello, pero considera la bondad
de la obra.
Algunas canoas bogan cargadas de incurables. Los
desembarcan en sitios solitarios de la costa entrerria-
na, con prevención de severos castigos si se les antoja
regresar a Santa Fe. ¡Dolorosa tragedia la de esos in-
felices! Y, conforme lo temía el cirujano, sólo se con-
ceptúan incurables a los plebeyos y a Jos sindicados de
unitarismo. La política es así.
Las providencias sanitarias han despertado en la
población inquietudes y aprensiones. Todos ven aho-
ra el fantasma que antes no veían. Y se ha forjado
también un arma nueva para destruir noviazgos y da-
ñar enemigos. Es fácil echar el soplo de que éste o aquél
es lazariento.
También se ocasionan entredichos oficiales. El Ca-
bildo pide a la Junta de Representantes que franquee
su beneplácito para declarar a San Roque patrono me-
133
MATEO BOOZ
ñor de la Provincia. San Roque, protector de lacerados
y apestados, tiene poderes para amparar a los santafe-
sinos contra esas calamidades.
La Junta de Representantes se niega. Es materia
delicada gravar al público con un nuevo precepto re-
ligioso cuando, en la corrupción del siglo, no se cum-
plen las vigentes. Y recomienda a los cabildantes de-
liberada circunspección y asesoramiento de teólogos.
Don Sebastián Puig, del Cabildo, y don Juan Ma-
nuel Aldao, de la Junta, dilucidaron el tema en la ta-
labartería de Quevedo. No conciliaron sus opiniones y
estuvieron a un jeme de pegarse con unas guascas.
Pero estas ingratas desinteligencias de los cuer-
pos colegiados sirven siquiera para acendrar más la
devoción pública. Sale continuamente San Roque de
las penumbras de la Matriz con su bordón y su perro
y, seguido de una muchedumbre emocionada y reza-
dora, gira por la plaza bajo la luz del sol. Isabelita
Maciel y las muchachas de Larramendi le han prepa-
rado, para las estaciones, unos lindos altares frente a
sus viviendas.
Las súplicas han sido escuchadas. El maestro ci-
rujano hace saber al gobernador que la situación me-
jora. La sacada fuera de la provincia de gran parte
de los incurables y la concentración de los curables en
la chácara de Pintado, ha detenido el contagio.
Los padres franciscanos —
que tienen un lepro-
so — ofician un te-déum en acción de gracias. Asiste
el general López y lo mejor de la ciudad.
134
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Don Manuel Rodríguez, con todas sus genialida-
des, un dechado de pobreza digna, de austeridad
es
profesional y de amor al prójimo. Lo ha probado una
vez más, en estas duras circunstancias.
El comendador de los mercedarios, de visita en ca-
sa de los Arriólas, dice cuerdamente:
—Los maestros cirujanos del futuro Santa Fe,
obrarán con justicia si exaltan la memoria de don Ma-
nuel Rodríguez, protomédico de mucho saber y fervo-
rosa vocación.
A lo cual mayor de los Arriólas, de co-
observa el
nocida versación en letras humanas:
—
Sin amenguar su decoro, el vulgo considera un
tanto orate a nuestro protomédico. Y como, aunque el
mundo cambie, las gentes, en lo íntimo, permanecen
las mismas, será explicable que al facultativo de los
tiempos venideros que se le ocurra canonizar civilmen-
te a don Manuel, espejo de caballeros y de ciruja-
nos, también lo motejen el vulgo y sus colegas (que
el peor enemigo es el del oficio) de hombre sin brú-
jula.
El padre comendador cierra el coloquio con un la-
tinajo :
—Mutato nomine.
135
MATEO BOOZ
; Hosanna ! Repiques, coros,
tracas, títeres y toros.
PASCUA de Resurrección!
Hay en la atmósfera vibraciones de júbilo y en
los semblantes una expresión feliz. De la cabeza de
las mujeres ha caído el negro rebozo y del brazo de
los hombres el crespón, que también enlutaba el asta de
las banderas y la empuñadura de los sables.
[Pascua de Resurrección!
Se desentornan las puertas de calle, vuelven los co-
tones y los percales estampados a decorar los quicios
de las tiendas y las cabalgaduras recobran su galope
y sus corvetas. Otra vez los martillos baten los yun-
ques, los vendedores sueltan su pregón, los muchachos
algarean por las huertas y los transeúntes alzan las vo-
ces y se expanden con la gloria de la risa.
¡Pascua de Resurrección!
Las cornetas de los cuarteles modulan alegres dia-
nas, los aldabones retumban ecoicos y los campaneros
quiebran el cristal del aire con cascadas de bronce.
¡Pascua de Resurrección!
Después de tantos días de recogimiento, de angus-
tia y de silencio se han desgarrado los paños luctuo-
sos de los altares, y el alma de los creyentes —todo San-
ta" Fe— se ha esclarecido con una luz de milagro.
136
ALELUYAS DEL BRIGADIER
— Cristo ha resucitado — coreaban mujeres y hom-
¡
!
bres, grandes y chicos, y estallaban los manojos de co-
hetes y fogueaban en los fondos de las viviendas esco-
petas y pistolas.
Y ahora desfila con fuentones por las veredas el
chinerío de las casas ricas; lleva recios manjares para
cebar al vicario Amenábar, al padre comendador, al
padre prior, al padre guardián.
El gobernador ha querido otorgar a su pueblo en
esta pascua tranquila de 1824, la memorable diversión
que se merece por su amor al sistema federal y su leal-
tad y obediencia a las autoridades. Y ha pensado en una
de aquellas fiestas que tanto gustaban al difunto general
Ramírez, Supremo Entrerriano: toros y títeres.
La plaza Matriz ha sido emparejada por cuadrillas
de presos; y con una carretería colocada a la redonda
se ha formado un circo, y más allá, con tablas y la-
tones, un dispositivo para las comedias; cocos y perca-
linas,yuyos y ramas ornamentan los aparejos y cauti-
van los ojos con sus colorinches abigarrados.
A la tarde —tarde clara y apacible de abril — aflu-
ye el público ansioso. Esa ansiedad alcanza por igual a
las clases altas y las clases bajas, que se acomodan en lu-
gares distintos.
Al arribo del gobernador y su séquito, los músi-
cos rompen con una marcha española. En el séquito
— señoras y caballeros —
viene don Domingo Cullen, di-
putado por los orientales, que al fin se agarró definiti-
vamente a Santa Fe. El amor tira fuerte.
137
MATEO B O O Z
Se deplora la ausencia del doctor Pascual Diez de
Andino, bachiller en artes y experto en tauromaquia
y teatro. Está de duelo. Hace pocos meses, su padre,
don Manuel Ignacio, finó de repente con la pluma mo-
jada en tinta y la cara sobre el último pliego de sus
memorias.
En el palco oficial —carreta que aún apesta a ta-
baco tarifeño — don Agustín de Triondo capta la aten-
ción de los circunstantes. Reseña con mímica ilustrati-
va, las suertes y alardes de Pepeillo, a quien, siendo
muy mozo, vio lidiar en la plaza de Bilbao.
Las damas, en corrillo, comentan y admiran el ves-
tido lujoso de la gobernadora; es un fino obsequio de
misa Encarnación Ezeurra de Rosas; se lo mandó con
el ayudante Gal vez. Las modistas porteñas reciben figu-
rines de París.
El general López levanta una mano y comienza
la fiesta. Avanzan los toreros y el concurso aplaude,
ríe y rebulle. Los lidiadores son gentes del lugar: Lo-
renzo Calcerrada, andaluz con tienda en la calle Santo
Domingo, Genesio Freitas, pulpero portugués del ba-
rrio de Cantarranas, el monigotillo de la parroquia de
San Antonio, Diego Buendía, cubano maestro de tapia-
les y algunos otros. Lucen ceñidos y arbitrarios trajes
con galones y lentejuelas que les comunican un inevi-
table aspecto de mojigangas.
Se echan al redondel unos toretes guampudos y es-
queléticos, traídos de los montes de Bragado. A fuerza
de capeos y garrotazos cumplen de mala gana el impro-
138
ALELUYAS DEL BRIGADIER
visado oficio. Y ruedan por el polvo algunos lidiado-
res, y al portugués del barrio de Cantarranas con dos
costillas rotas, hay que conducirlo a casa del maestro
de cirujía.
De la función taurina se pasa al teatro. El titiri-
tero — lo es fray Pablo Carrascosa — mueve los mu«
ñecos con unos piolines de espinel. Los personajes se
agitan, discuten y riñen en la fábrica escénica; se so-
papean con sus manos rígidas y luchan con sus espadas
de palo. Los espectadores celebran con algazara ruido-
sa y emoción pueril las desdichas de los malos y las ven-
turas de los buenos.
Y a las avemarias, cuando las sombras del cres-
púculo anegan ya el lugar, los santafesinos, contentos
de la hermosa pascua vivida, que recordarán futuras
crónicas, enderezan a sus casas.
En el lóbrego cañón de los zaguanes se perfilan las
parejas de enamorados, y en la pulpería de don Fran-
cisco Leiva se arma una trifulca entre aborígenes y
criollos.
Y alguno grita, caliente el garguero de caña:
— ¡Viva Artigas, padre de los indios!
139
tX curtas de Agüe ha Freyre
30
Muestra al mundo en las Misiones
su grandeza y sus ríñones.
Itaquí, julio 19 de 1828
QUERIDA mama: Esta es la primera carta que le
escribo desde que salí de Santa Fe, va para dos
meses y probablemente será la última porque ya em-
prendemos la vuelta. Así termina esta famosa expedi-
ción de nuestro brigadier general López a las Misio-
nes Orientales.
Yo venía con la ilusión de iniciarme en la prácti-
ca de la guerra, matando brasileros. Pero está de Dios
que regresaremos sin quemar un cartucho ni verle la
cara al enemigo. El único militar brasilero que recuer-
do, es aquel capitán Germán M. de Souza Araña que
el general Lavalleja mandó prisionero a Santa Fe. Y
era, sin duda, excelente persona el capitán Araña.
Hicimos un viaje fatigoso. No me arrepiento, sin
embargo; he conocido sitios y cosas que no conocía. Yu-
yos y follajes son de un verdor profundo y nuevo,
141
M AT E O _B O O Z
y a cada paso corren arroyos transparentes, como de
vidrio, y vuela la pajarería con colores de brasa y co-
lores de añil. Las jornadas eran cansadoras porque ha-
bía apuro en alcanzar al general Fructuoso Rivera,
Don Frutos, según lo nombran, pero nunca padecimos
hambre ni sed. Con estirar la mano teníamos, de so-
bra, frutas y agua de riquísimo sabor. Gente no encon-
trábamos; ignoro si los lugares son desiertos o los po-
bladores, temerosos, huían al rumor de nuestra tropa.
Hemos solido ver, a los lejos, algunos indios que bolea-
ban baguales.
Al general López le ha dado por distinguirme. Me
ha puesto en funciones de asistente. Yo procuro hacer-
me digno de su confianza. He trabado amistad con
Juan José Morcillo, escribiente del secretario Améza-
ga. Es un joven de despejo y esmerada caligrafía. Por
lo que ven mis ojos y Morcillo me cuenta, estoy bas-
tante enterado de los asuntos de la expedición.
En el viaje ha sufrido el brigadier el disgusto de
las deserciones. Hasta llegar a Mandisoví se le esca-
paron infinidad de cordobeses y correntinos y unos po-
cos dragones de Santa Fe que, sin ganas de pelear, rum-
bearon todos, seguramente, para sus querencias. El bri-
gadier ha mandado al gobernador sustituto la lista de
los prófugos; si los captura, deberá ejecutarlos de acuer-
do a las ordenanzas militares.
Hemos pasado por las ruinas de Yapeyú, cuna del
general San Martín. Este personaje está ahora en Mon-
tevideo, agasajado por el general Lavalleja y sin re-
142
ALELUYAS DEL B RI GADIER
solverse a ir a Buenos Aires, disconforme, dicen, con la
política de nuestro país.
Hemos visitado algunos otros pueblos interesantí-
simos; con el brigadier recé en Ja capillita de La Cruz
que, por lo preciosa, a usted gustaría mucho, y vi allí
mismo un reloj de sol con unas pinturas, que dudo ha-
ya mejores, de vírgenes y santos. Esto, parece mentira,
es obra de salvajes dirigidos por padres jesuítas; Morci-
llopronostica que todo perecerá por negligencia de los
comarcanos y porque los gobiernos bastante preocupación
tienen con los negocios de la guerra.
Al llegar a Itaquí creímos que el brigadier asumi-
ría inmediatamente el mando del ejército nacional del
Norte para operar en gran escala contra las tropas bra-
sileras,con arreglo a las instrucciones recibidas y la
autoridad de que lo ha investido el gobierno de Do-
rrego.
Pero enseguida se comprendió que Don Frutos no
quería subordinarse al jefe santafesino ni obedecer a
Buenos Aires. Fueron y vinieron oficios de un cuar-
tel a otro sin lograr entenderse. Don Frutos arguye
que Dorrego lo injuria con el mote de traidor y que,
por consiguiente, rechaza toda orden emanada de ese
Ejecutivo Nacional.
Hemos pensado varios días que la expedición for-
mada para combatir a los brasileros, tal vez tuviese que
combatir con los orientales y entrerrianos de Rivera. Es-
ta perspectiva nos entusiasmaba menos, pero nos apron-
143
MATEO B O O Z
tábamos para seguir a cualquier parte al brigadier, que
siempre llevó sus soldados a la victoria.
Se dejaron, por último, los papeles para dar, en
conferencia de los dos generales, una salida final a si-
tuación tan apretada.
Y ayer vino don Frutos del otro lado del río a
nuestro campamento, con escolta y secretarios. Usted
lo conoce, mama. Es aquel señor rechoncho, cetrino, ru-
do, que sabía pasar todas las tardes por casa, con don
Domingo Cullen, y se iba a tertuliar a la tienda de
don Gregorio Echagüe. Pero muy diferente verlo allá,
paisano pacífico, que aquí, de entorchados, con un ejér-
cito a sus espaldas y descubiertas sus ambiciones de dic-
tador. Parece otro hombre.
Don Frutos se encerró como dos horas con el bri-
gadier. A ratos un mate y copitas de
milico les llevaba
aguardiente de anís. Nos punzaba a todos la curiosi-
dad.
Apenas Don Frutos se fué con su séquito, Morci-
llo me dio noticias. El caudillo oriental, intransigente,
se negó a ceder la jefatura del ejército y, echando sa-
pos y culebras contra Dorrego, Lavalleja y Oribe, in-
vocó 18 años de eminentes servicios a la patria.
El brigadier debía entonces tomar el mando por
las malas o abandonar el terreno a Don Frutos. Y el
ejército del Brasil no perdería la oportunidad de caer
sobre un enemigo desmoralizado por sus propias dis-
cordias.
Morcillo me observa que el brigadier imita en las
144
ALELUYAS DEL BRIGADIER
circunstancias al general San Martín; el gran capitán,
disponiendo de fuerzas suficientes para conservar su
dominio sobre el Perú, se retiró frente a Bolívar, que
perseguía, después de todo, los mismos propósitos li-
bertadores.
Ya han dictado algunas medidas para levantar
se
el campamento. Supongo que dentro de esta semana
reanudaremos el camino que ya hicimos. Nuestra en-
trada en Santa Fe no será, desde luego, muy lucida;
si no hemos sufrido como soldados ninguna derrota,
la suerte no ha querido ofrecernos la ocasión de pro-
bar nuestro temple ni el acierto de nuestras lanzas. En
realidad ha sido una expedición de mucho gasto y nin-
gún provecho. Yo siento, sobre todo, la amargura que
lo sucedido debe acarrear al brigadier, aunque él no
transparenta sus contrariedades.
Le he oído a él una frase que me ha quedado gra-
bada: "He
cumplido mi deber, y no tengo embarazo
en retirarme a mi Provincia con la satisfacción de ha-
ber tributado este servicio a la causa pública".
Dejemos estas cosas.
Mi pensamiento está con usted y la muchachada
de allá. En las noches misioneras, tranquilas, misterio-
sas, con un cielo maravilloso por la multitud y esplen-
dor de los luceros, toda mi imaginación se puebla de
visiones de Santa Fe.
En este amanecer se quedó, casi de golpe, el ca-
dete Saturnino [Link] agarró un mal de cámaras,
cuya gravedad no previo el cirujano del ejército. Es
145
MATEO BOÓZ
de los Vianas que habitan en la calle nuestra, tirando
para el Salado, a unas varas del sauce de las ánimas.
Visite a los deudos y dé, con la cautela del caso, la no-
ticia de esta malaventura.
No deje, mama, de mirarme los gallos de la huer-
ta, especialmente aquel cenizo crestón, que, seguro, ga-
nará mucha fama en la pista del reñidero.
Cierro la carta porque de repente saldrá el chas-
que con pliegos del brigadier.
Se hinca y le pide la bendición su hijo que la quie-
re y no la olvida
AGUCHO
31
Bealiza otra ves el sueño
de escarmentar al porteño.
Río de Las Conchas, 26 de abril de 1829
QUERIDA mama: Le escribo a la luz de una vela,
atronado con los clarines y tambores que prego-
nan la victoria del brigadier general López. Me apre-
suro a decirle, para su tranquilidad, que he salido ile-
so de la batalla, fuera de un arañón de sable en la
frente y cuya cicatriz podré ostentar con orgullo.
Hemos hecho duras marchas y contramarchas has-
ta alcanzar este glorioso desenlace. Primero fuimos en
146
ALELUYAS DEL BRIGADIER
busca del general Lavalle hasta el Carcarañá y, tenién-
dolo ya casi a la vista, volvimos sobre nuestros pasos.
El general enemigo nos siguió hasta los Carrizales. De-
seaba el brigadier maniobrar con sus montoneras en
un suelo quebrado y conocido. Esa noche nos prevenimos
para librar combate al amanecer. Y la luz del nuevo
sol nos mostró que los porteños se habían retirado; bri-
llaban allá las brasas en los fogones y había tropillas
enteras de caballos muertos, envenenados con el mío-mío.
El general Lavalle advirtió que había sido llevado
a un terreno inconveniente para sus tropas, y resolvió
alejarse en punta de pie. Es él un perito en el arte de
la guerra; sin embargo, nunca como entonces tuvo a su
favor las probabilidades de ganar. Contaba con fuerzas
muy superiores a las nuestras, santafesinos y entrerria-
nos pobres de elementos y de disciplina militar. Porque,
a la verdad, las provincias lo han dejado solo al bri-
gadier en esta peligrosa empresa. Temen comprometerse
y que las cosas salgan mal.
Las partidas exploradoras capturaron la misma ma-
ñana a dos lanceros enemigos. Yo asistí al interrogato-
rio. Eran veteranos de Ituzaingó.
Los prisioneros dieron informes de escaso interés
y, preguntados qué decía el general Lavalle, repusie-
ron:
—Que tiene muchas ganas de toparse con López
para quitarle las ínfulas con una buena sableada.
El brigadier sonrió y sólo dijo:
147
MATEO BOOZ
—¡Vamos a ver!
Yo pensé con horror que él, si cayera en las garras
del enemigo, correría la suerte desgraciada del coro-
nel Dorrego. Pero entonces todos los santafesinos sa-
bríamos vengar su sangre.
A partir de Carrizales, el general Lavalle fué re-
trocediendo y nosotros avanzando. Evidentemente nos
quería atraer él ahora a un campo más adecuado para
la sableada prometida. Tengo visto que todo el juego
táctico de estos ases de la guerra, consiste en llevar
al rival con engañifas a un terreno inconveniente o a
meterlo en la trampa de una emboscada. El medio po-
co varía: simular una reculada infeliz o la fuga de una
derrota. Parece cuento que todos caigan, tan a menudo,
como chorlos, en semejantes redes.
Entramos a territoriode Buenos Aires y, contra
lo supuesto, recibimos ayudas y valiosas incorporaciones
de milicias provinciales.
Mucho esperaba el brigadier del estanciero don
José Manuel de Rosas, a quien nombró coronel del
ejército y quien tenía encargo de organizar una división
con paisanos del Sur de Buenos Aires, adictos a la cau-
sa federal. Según sus cálculos, esa división ya ven-
dría a nuestro encuentro. Y así sucedió.
Tras días y días de caminar, siempre alertas, a las
espaldas de Lavalle, vivaqueamos sobre el río de Las
Conchas, ya sólo a siete leguas de la ciudad de Buenos
Aires.
Yo he ido en todo el trayecto muy cerca del bri-
148
ALELUYAS DEL BRIGADIER
gadier. Satisface y honra servir a un superior de esa
capacidad y esas virtudes. Enérgico como es, no usa ex-
presiones zafadas ni deprime a sus subordinados. Se
le ve sereno siempre, aún en los instantes de máxi-
mo peligro. Me apena mucho que, abrumado por graves
preocupaciones, deba soportar el dolor de una ciática.
No lo he oído quejarse, pero a menudo cruza por su
cara la mueca del sufrimiento. Para su alivio, el ciru-
jano del ejército da bálsamos y fricaciones. El señor
le
llosas le ha prometido una receta casera que, dice, hace
curas maravillosas.
Se situaron algunos piquetes de vigilancia en los
pasos del río, y nosotros nos tumbamos en los recados.
Estábamos molidos con el ajetreo del viaje. A una le-
gua, a nuestra izquierda, acampaba la división del co-
ronel Rosas y, como a tres leguas, a la derecha, el ede-
cán don Pascual Echagüe con cuatrocientos coraceros.
Era noche cerrada cuando un fragor de pelea nos
despertó con sobresalto. Del lado del puesto de Alva-
rez fogueaban los fusiles. Y al rato aparecieron algu-
nos fugitivos : tropas numerosas de La valle atacaban por
sorpresa al destacamento, apoderándose de la caballada
de la milicia. Y en la obscuridad descubrieron los fugi-
tivos que ese ejército ocupaba posiciones para una bata-
lla general.
—Bueno —dijo el brigadier — , vamos a terminar
con este asunto.
El resto de la noche transcurrió en preparativos.
Y cuando alumbró la aurora estaba a nuestro frente el
149
MATEO B O O Z
adversario. El brigadier adelantó algunas guerrillas pa-
ra hostigarlo. Yo permanecí en la línea, a caballo y la
lanza en ristre.
Por fin iba yo a entrar en fuego y a desafiar la
muerte. Y le confieso, mama, que sentía un frío de hie-
lo por los lomos, un temblor en las pantorrillas y una
sequedad ardiente en la garganta. Tenía miedo de tener
miedo. Y me lo pasé rezando.
Eso duró poco. Los porteños empezaron a mover-
se lentamente, y, al observar por la izquierda a la di-
visión de Rosas —montoneros con cintillos colorados en
las cabezas — , se detuvieron y cambiaron los frentes, es-
calonándose.
Formaron un cuadro, con sus jefes, sus bagajes y
sus caballadas adentro y en los ángulos unas piezas de
Los gauchos santafesinos y entrerrianos jun-
artillería.
taron unos potros y, atándolos con lonjas de los pescue-
zos y de las colas, los largaron contra el cuadro. Los
porteños los cañoneaban, pero asimismo muchos, enlo-
quecidos, atropellaban y desbarataban las filas.
Por el lado del Oeste se levantó de pronto una
polvoreda. El brigadier miró con el anteojo y, asegu-
rado de qué venía el edecán Echagüe con sus coracedos,
el trompa de órdenes tocó a la carga.
Mama: enconmendado a la Virgen de Guadalupe,
apreté los talones en los puño en el asta
i jares y el
de la lanza. Arrancó mi escuadrón como un pampero.
No puedo contar lo que ocurrió. Se arremolinan en
mi memoria figuras, reflejos, alaridos; una confusión
150
—
ALELUYAS DEL BRIGADIER
de infierno. No me poseía otra ansia que la de matar
y en mí ya se había disipado todo rastro de temor. En
ese bochinche avertigante, hay algo, empero, que divi-
so con precisióny que acaso angustie mis sueños. Es
una cara rubia de chiquilín —
tal vez hijo de gringo
que me mira con pavor cuando le enderezo la lanza.
Y calibro todavía el peso de su cuerpo, que saqué en-
sartado, limpiamente, de la montura, por las ancas de
su caballo.
Me cegó después un velo rojo; la sangre me brota-
ba de la frente. Me curaron y vendaron. Dijeron que
era una herida superficial.
El ejército de Lavalle ha sufrido una derrota. Pu-
do, sin embargo, por el puente de Márquez, repasar el
río. Ahora va, a la desbandada, por los caminos de la
ciudad.
El brigadier trasluce su alegría; ha vencido a un
rival que manifestaba por él y sus soldados profundo
menosprecio.
—
Ahora tendrá Lavalle ha dicho — el brigadier
un motivo para ser más modesto.
Anda la versión de que regresaremos enseguida a
Santa Fe; quedaría el señor Rosas, como porteño, pa-
ra arreglar los asuntos de Buenos Aires.
No puede usted quejarse, mama, de falta de noti-
cias mías, y agradézcaselo a mi maestro, don José Al-
cázar, que me enseñó a escribir.
151
MATEO B O O Z
Reciba un abrazo y un beso de su hijo que la quie-
re y no la olvida.
AGUCHO
32
Más que chuzas y pistolas
vale un buen tiro de tolas.
Fuerte del Tío, mayo 13 de 1831
QUERIDA mama: Ahora graduado de alférez si-
go junto al brigadier. El capitán Cázales me va-
ticina una rápida carrera en el ejército. ¡El cielo lo
oiga!
Me he concedido el lujo de un asistente o algo
así. Es un muchachito, Tolentino Cisneros, nieto de la
curandera del barrio de Cantarranas y uno de los na-
cidos en las iglesias cuandoel gran susto de la inva-
sión de Díaz Vélez. Se me muestra muy apegado y yo
le enseño a leer en un "Arte de Nebrija" que traía con-
migo.
Paso a una noticia que en Santa Fe celebrarán con
triquitraques y campaneos.
Anteayer llegó un chasque: que a las oraciones del
día 10 una partida de Pancho Reinafé apresó por los
152
ALELUYAS DEL BRIGADIER
montes al general Paz, que andaba casi solo. El autor
de la proeza era un gaucho santafesino. Francisco Ze-
ballos, que lo echó al suelo con un golpe de bolas.
Se alborotó el campamento. Fué una de dianas y
chillidos. Pero el brigadier se acusaba bastante incré-
dulo, costándole concebir que comandante de un ejér-
el
cito cayera, como un espía, en manos de las patrullas.
Sin embargo, así ha ocurrido. El general Paz arri-
bó ayer, acompañado por don Pascual Echagüe, que
le salió al encuentro. No parecía el personaje que es, con
un pantalón de brin, un ponchito deshilachado sobre la
camisa y un gorro de munición. Para mayor desaire mon-
taba un sotreta sin otro apero que una caronilla.
El brigadier lo recibió en la puerta de su tienda;
se dieron la mano y entraron ambos a conversar. No
pudo evitarse que tipos guasos hicieran al prisionero
muecas de burla y de amenaza y, sobre todo, el ade-
mán del degüello. Créame, mama, que eso me produjo
dolor y vergüenza como si yo fuera responsable.
Al cabo de dos horas el general fué al birlocho del
brigadier, para darse un descanso. Yo me acerqué en-
tonces, con Tolentino, a la ventanilla del coche. Me ofre-
cí para servirlo en cuanto pudiera y le manifesté mi
condenación por la vileza de aquellos individuos de la
tropa. Me agradeció con buenas palabras. Es un señor
que, al menos en su desgracia, inspira simpatía. Tiene
los ojos verdes, el cabello castaño y un lunar en el arran-
que de la nariz. Con esto le digo poco para representárse-
lo. Usted lo verá.
153
MATEO BOOZ
Se estima que con esta prodigiosa captura se aca-
ba la guerra. No hay en el ejército unitario quien sus-
tituya al general Paz. Y éste ya ha despachado unos
pieglos a los jefes de sus tropas; les expresa la dispo-
sición de ánimo del brigadier para que terminen las hos-
tilidades y se entre en arreglos.
Es de carácter tan extraordinario este suceso que
algunos, envidiosos del mérito de don Pancho Reinafé,
insinúan que el general Paz, adrede, se ha dejado aga-
rrar para no sufrir después la humillación de una de-
rrota. Esto es una patraña. Sabe el general que a un
jefe de su volumen y peligro se le fusila o se le en-
cierra hasta la consumación de sus días. Yo no creo que
el brigadier lo ejecute; no pensaría lo mismo si de él
dispusiera el gobernador Rosas.
El brigadier respira satisfacción. Ahora entrará en
Córdoba victorioso, sin necesidad de derramar sangre.
Benítez ha partido rumbo a Buenos Aires con la
noticia. Es portador también para el gobernador Rosas
del fiador y la manea del general Paz y de las bolas
con que le trabaron el caballo. Un regalo de agradecer.
Esta tarde, después de las cuatro, se encaminará
a Santa Fe el general Paz, con nutrida custodia. Allá
lo pondrán en la Aduana. El brigadier ha comisiona-
do para la conducción a Pedro Rodríguez del Fresno;
debe usar éste con el prisionero cuanta consideración
na perjudique a su seguridad. Don Pedro, usted lo co-
noce, es persona de bien y sabrá cumplir.
154
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Deseo, mama, que disfrute de inmejorable salud y
reciba un abrazo de este hijo que la quiere entrañable-
mente.
AGUCHO
155
albures postreras
33
Aunque asusta, desahoga
la tragedia de Quiroga.
ES un domingo de febrero de 1835.
Los palitroques brincan y los bolos resuenan so-
bre la empalizada. El público pregona sus apuestas y
acoge con dicharachos joviales los aciertos y con burlas
y muecas las pifias.
Goza de popularidad en Santa Fe el juego de bo-
los, y los días de fiesta se colma la cancha de aficio-
nados y mirones. Hermanados por el mismo gusto, se
confunden las diversas categorías sociales de la ciudad.
El Ayuntamiento ha intentado alguna vez comba-
tir ese juego por los disturbios que suele ocasionar y
el dinero que se fía a los albures. En ese sitio se tra-
maron conjuras políticas, según aquella que tuvo por
remate el fusilamiento del coronel Obando. Pero las me-
didas autoritarias fueron innocuas o cayeron en desuso;
señores influyentes aman esa diversión, y aunque se
157
MATEO B O O Z
propongan no ir parece que las pierna» los llevan a la
cancha contra su voluntad.
En esta tarde dominguera, la reunión se anima y
bulle, y más por la clausura del reñidero a causa de
infracciones fiscales de su concesionario. La gente ses-
teada y ociosa es propensa a la algazara.
Arroja el bolo don Bernardo Echagüe, mayordo-
mo de la cofradía del Santísimo Sacramento, y tiene
un pulso tan certero que hace ganar a cuantos apues-
tan a su tiro. Y enderezan y disponen los palitroques
para la otra suerte, cuando entra, con mucha prisa,
un ordenanza del gobierno. Busca al ministro general,
don Domingo Cullen, que allí está, sentado, y entre
sus pies el brillo de una onza patria, postura para otra
vuelta.
El ordenanza le da un mensaje. El señor Cullen,
siempre cuidadoso en el hablar, articula, sin embargo,
una palabrota y se aplica un chirlo en la rodilla.
Luego susurra:
— ¡Lo que me temía!
Dice breves palabras a unos caballeros y parte
apresuradamente, mientras un manilargo de aire dis-
traído afirma el talón de la bota sobre la onza patria
que el ministro general ha dejado en el suelo.
El concurso comenta, aspaventero, la sensacional
noticia: el general Juan Facundo Quiroga ha sido ul-
timado con toda su comitiva, en territorio de Córdo-
ba. Así lo comunica al brigadier general López, en
oficio que acaba de llegar, el gobernador de aquella
158
ALELUYAS DEL BRIGADIER
Provincia, don José Vicente Reinafé. El señor Reinafé
lamenta lo sucedido, pero sus propias palabras trasun-
tan el alivio que le trae la eliminación de aquel temi-
ble personaje.
Hay en la cancha cabildantes, militares, sacerdo-
tes, caballeros de versación en los negocios públicos, y
todos convienen en que este nefando crimen quita un
estorbo a la política de Santa Fe y simultáneamente
apareja serios peligros. Columbran todos un complot
de los hermanos Reinafé, sujetos capaces de fechorías
de esa magnitud, y presienten también las inculpacio-
nes y las sospechas que se urdirán. El gobernador Ro-
sas querrá hacer pagar la sangre del general Quiroga,
que iba de delegado suyo a tratar con Tucumán. Si
no lo hace, a él mismo lo sindicarán los unitarios de
instigador del tremendo delito.
Alguien observa:
—Es un compromiso para don Domingo Cullen.
Disfruta fama de travieso, y mucho amistó con Pan-
cho Reinafé, cuando éste anduvo por aquí. Hasta le
regaló un bayo de su marca y de buena alzada. De
esas circunstancias sacarán malas consecuencias sus ene-
migos.
—Nadie puede creer —replica —
otro que don Do-
mingo haya puesto mano en este asunto.
—Yo tampoco creo, pero quienes se interesan en
perjudicarlo, fingirán creer.
—Y nadie ignora que don Domingo es cuñado y con-
sejero único del gobernador.
159
!
MATEO B O O Z
—¡Su oráculo!
Un patricio repolludo protesta, revolviendo sus oji-
llos de rana:
—Destruyamos esa especie venenosa, inventada pa-
ra deslucir las cualidades del Patriarca y acumular so-
bre la cabeza de su ministro y compañero nubes de
tormenta. ¡ Es deber de los buenos santaf esinos
—Ahuyentemos A la sombra del bri-
los temores.
gadier, nada grave puede ocurrirle a don Domingo.
— Sí, mientras el brigadier haga sombra apunta —
el organista de San Francisco, agorero y gangoso.
Está allí un señor alto, de barba negra y rostro
embebido. Y alguien, inoportuno, le dice:
—Su hermano saboreará como un caramelo la no-
ticia.
El señor rechaza, contrariado:
—Absolutamente. Sólo injusticias y amenazas pue-
de José María ver cernidas sobre sí como resultado de
ese suceso.
El aludido caballero es don Julián Paz, hermano
del general; éste ya lleva cuatro años de cautiverio
en un calabozo de la Aduana. Don Julián se ha esta-
blecido en Santa Fe, para atender a su hermano, y se
gana la vida con tráficos mercantiles.
—Va entrar un gran susto — con jec tura un cabil-
dante^ — a todos gobernadores. Es
los fatal malquis-
tarse con el señor Rosas, tan lleno de. poder y empe-
ñoso en sus designios. Y esos gobernadores, ya lo veo,
se mostrarán muy celosos en execrar el delito y pe-
160
ALELUYAS DEL BRIGADIER
dir la muerte de los culpables; sin embargo, en lo ín-
timo, más de uno se regodeará; era sujeto de cuidado
el caudillo de la Nioja.
—A mi juicio, no está muy segura sobre los hom-
bros la cabeza de los Reinafés. Si no son tontos, des-
de ya buscarán salvación en la huida.
Salen los caballeros, locuaces, y cuando el señor Paz
toma otra dirección, alguno refiere:
—Yo visitaba a menudo al general Paz. Pero con
su modo de ser . . . En todos los dichos sólo vé intri-
gas, intenciones de sondeos o embozados propósitos de
mortificación. Hay que medirse mucho para conver-
sarlo. Lástima, porque es hombre de chirumen y de
lectura.
—Poco a poco se le han retirado todos, por eso,
inclusive don Domingo y el señor Maciel.
El doctor Francisco Solano Cabrera, profesor de
filosofía, excusa:
— Consideremos la situación del general, día y no-
che entre cuatro paredes, bajo llave y con la incerti-
dumbre del porvenir. Es cosa de agriar el ánimo.
Ya ha entrado la noche. En las pulperías y casas
de abasto los parroquianos beben y disputan. Canta
una ronda de chiquillos. Pasa un jinete, al tranco: el
animal con cintas y luciérnagas en las crines y en las
ancas el bulto claro de la novia.
En la plaza se agrega al grupo el señor Cullen.
El brigadier, muy preocupado, quedó en el Cabildo y
expedirá un pliego de expresiones enérgicas al gober-
161
MATEO BOOZ
nador de Córdoba. Hay que poner de relieve, sin lu-
gar a equívocos, con hechos y palabras, que Santa Fe
no disculpa el asesinato ni apaña a los asesinos. Un
duplicado del documento se pasará al señor Rosas, pa-
ra que se entere.
Y en la obscuridad el señor Cullen gesticula y re-
pite, patético:
— ¡Muy grave! ¡Muy grave!
34
Entre dianas y galopes
regresa, enfermo, el gran Lopes.
UN jinete trae la noticia al Cabildo:
gadier en el Paso, con su séquito.
ya está el bri-
Don Domingo Cullen imparte las últimas disposiciones
para la recepción del gobernador propietario.
El brigadier marchó a Buenos Aires hace dos me-
ses, en enero de este año de 1937, en procura de ali-
vio a sus males y por instancias del doctor Lepper, mé-
dico de Rosas, que vino a asistirlo.
El brigadier descuida su salud. En campaña afron-
ta todos los rigores de la intemperie y se enorgullece
de compartir las fatigas de la tropa. Su dolencia la
adquirió o la agravó en la expedición del invierno pasa-
do contra los mocovíes. Sufrió días de frío bajo la mo-
jadura de los aguaceros. A su vuelta, con dolor de
cintura, fiebre intermitente y carraspera tenaz, su sue-
162
ALELUYAS DEL BRIGADIER
gro, el cirujano Rodríguez, dio la alarma. Descubría
los anuncios de una enfermedad capaz de abatir a tan
preciosa existencia. Para conjurar el peligro, medicinas
y jaculatorias.
Muchas esperanzas se cifraron en ese viaje. Los
médicos porteños, el cambio de clima, la despreocupa-
ción por los negocios del Estado, eran recursos propi-
cios para su restablecimiento.
Llegaron crónicas de la acogida que pueblo y au-
toridades de Buenos Aires dispensaron al Patriarca de
la Federación. Ovaciones, embanderamientos, músicas y
agasajos sociales. Se supo que no sentó bien la ausen-
cia del cintillo colorado en el uniforme del jefe santa-
fesinoy que el señor Rosas se abstuvo de atender per-
sonalmente a su " querido compañero". Los unitarios di-
funden que Rosas profesa un odio africano al caudillo,
acaso futuro rival, y el señor Rosas ha aducido en su
descargo el temor de perjudicar la importante salud de
su huésped con los temas del servicio público.
Frente a la vivienda del brigadier forman las com-
pañías de blandengues y dragones. La cuadra está ates-
tada de populacho —cabezas greñudas y sombreros de
torta — y en la puerta se reúne el gobernador sustituto
con los diputados, los cabildantes, los jueces, los rectores
de los conventos. A lo lejos la arena de la calle, baña-
da de sol, finge un río de cristal, y pasan las sombras
veloces de los patos que surcan las alturas.
Se divisa la polvoreda de los vehículos y las escol-
tas. Ya viene el brigadier. Música, cohetes, gritería/
163
MATEO B O O Z
El carruaje principal para al borde de la vereda.
Desciende el Patriarca apoyado en el brazo de la go-
bernadora y del doctor Lepper. Lo sigue el coronel Cui-
tiño, espaldero del señor Rosas.
Aplausos; y todos disfrazan una angustia: el bri-
gadier, demacrado y débil, no revela ninguna mejoría.
En el patio, bajo el tamizado resplandor del tol-
do, se ha puesto una mesa para los visitantes. Licores
con bizcochuelos y tabletas, hechuras de Leonor Aldao
y Javiera Larramendi.
No acaban las frases de bienvenida ni los sonoros
besos de las damas en los carrillos de las viajeras. Y
preguntas y más preguntas, preguntas a veces bobali-
conas sobre la vida y las cosas de ese Buenos Aires
remoto.
Chinas y esclavas, lucientes las dentaduras, tra-
siegan por los patios y los cofres y líos del equipaje. Y
cuatro mestizos astrosos jipan balumados con un mue-
ble de charoladas brillazones: el primer piano que so-
nará en Santa Fe.
El brigadier se ha retirado a una pieza interior;
necesita conversar con el señor Cullen. Mañana mismo
reasumirá el mando.
En el patio, los circunstantes dialogan. Las caras
reflejan la decepción que ha ocasionado el físico del
brigadier. Tal vez todo sea la laxitud de la larga tra-
vesía.
Llega el Capitán Elliot. Es comandante del buque
Fly, de su Majestad Británica, y desea entrevistar al
164
:
ALELUYAS DEL BRIGADIER
brigadier, en visita de cortesía.
El marino le recomienda el cuidado de su precio-
sa salud y el brigadier declara con magnífica austeri-
dad de procer:
—Primeramente la salud común. Mis esmeros y
desvelos se encaminan a disfrutar la pura gloria de ver
a mi patria restablecida y sus hijos beneméritos abun-
dantes en recursos y bendiciones celestiales.
Poco habituado a las fraseologías de testamento po-
lítico, el inglés dilata los ojos y aprueba con un ademán.
Y después de unos minutos de conversación, gen-
tes de la casa, cumplimenteras, guían al forastero a la
mesa del patio. Allí el juez don Sebastián Picazo inte-
rroga, indiscreto:
— Cuéntenos, capitán ¿qué piensa usted de nues-
tro gobernador?
Y el capitán dice entonces, lisonjero:
—Deploraría abandonar la América del Sur sin
ver a un hombre tan notable su apariencia y lengua-
;
je denotan al patriota y al hombre de juicio.
Luego, respondiendo a una pregunta ineludible,
manifiesta con el aplomo y la sospechosa sinceridad de
un viajero ilustre
—Es la santafesina, entre lasmuchas mujeres que
conozco, la que más vivamente impresiona por su bel-
dad y sus virtudes.
El autorizado dictamen provoca gestos de asenti-
miento y orgullosa satisfacción; y hacia el huésped van
165
MATEO BOOZ
las manos solícitas con un dulce en la punta de los
dedos.
Don Cayetano E chagüe observa:
—El brigadier fué siempre muy afecto a los euro-
peos de la Inglaterra, cuando son instruidos. Le inte-
resa saber cómo se cuecen las habas por aquellos mun-
dos.
El juez Basavilbaso, hombre meticuloso, desaprue-
ba la chabacanería de esa frase con un titubeo de ca-
beza.
El capitán Elliot platica largamente, en su idio-
ma, con el doctor Lepper, que fué médico de la Ma-
rina británica y vino al país el año 24.
El coronel Cuitiño, anguloso y patilludo, regresará
en esta semana a Buenos Aires. Llevará al señor Rosas
(delicado recuerdo del brigadier) una jerga federal, obra
de industria santafesina.
Los visitantes se van; ya ellos han cumplido y el
brigadier necesita reposo.
El señor Cullen, poseído por silenciosas aprensio-
nes, se dirige a su despacho. En la esquina de la plaza
ve, confidenciales, misteriosos, al doctorLepper y al co-
ronel Cuitiño. Los saluda con un galerazo y no pue-
de evitar un pensamiento inquietante y acusador:
— ¡Espías de Rosas!
166
ALELUYAS DEL BRIGADIER
35
Alza la invencible mano
para enfrenar al Tirano.
EN la puerta del Cabildo espera
llevará al ministro general señor Cullen a Bue-
la volanta que
nos Aires. La escolta de blandengues lo acompañará has-
ta el Arroyo del Medio.
El señor Cullen conferencia con el gobernador. El
sol otoñal esmalta la alfombra y de rebote echa un re-
flejo dorado en el decaído semblante del brigadier.
La salud del brigadier aumenta los recelos. Poco
logran la ciencia y cuidados del profesor de Medicina
señor Rodríguez. Fué el enfermo a San Pedro, anti-
guamente Añapiré, a repararse con la paz del lugar
y el olvido del mundo. No mejoró. Curanderas y ensal-
madores le dieron allá bizmas y conjuros, sin consecuen-
cias bienhechoras.
Y cuanto intenta por ahuyentar sus preocupaciones
esenciales, resulta vano. Su pensamiento y su voluntad
sólo actúan para el servicio público.
Divisa en los horizontes políticos obscuros presa-
gios. La influencia del señor Rosas cobra cuerpo y se
cierne amenazadora sobre los destinos y la independen-
cia de Santa Fe. Urge refrenarla.
El señor Rosas le escribe cartas de fervoroso apar-
cerismo y admiración hiperbólica. La perspicacia y el
conocimiento de los hombres son cualidades innatas del
167
—
MATEO B O O Z
brigadier; y columbra entre tanto halago retórico un
espíritu de falsía y enemistad. Evidentemente, el señor
Rosas adivina en el gobernador vitalicio de Santa Fe
el mayor obstáculo para sus planes de dominación.
Ahora mismo el brigadier confía al señor Cullen una
misión en extremo delicada, con la dignidad de ministro
plenipotenciario de Santa Fe. Es el primer paso para
restringir las peligrosas atribuciones /pie ejercita el go-
bernador de Buenos Aires y, por ese camino, cortarle las
alas.
—Usted lo visita a Rosas —expresa el brigadier
y si se lo impiden, según lo probable, trata con el mi-
nistro Arana. Don
Felipe es caballero de comprensión y
buenos dotes. Le pone delante de los ojos, bien patente-
mente, las pretensiones de este Gobierno.
—Bien patentemente, pero con mucho tino. El asun-
to está erizado de riesgos.
—¿Qué riesgos? Si Rosas se rehusa a gestionar el
levantamiento del bloqueo francés, como es seguro, us-
ted, ministro plenipotenciario, se comunica directamente
con el almirante Leblanc. El jefe de la escuadra estará
en disposición para un buen entendimiento. Las provin-
cias litorales no pueden aceptar en sus intereses tantos
perjuicios por la obstinación del gobernador de Buenos
Aires. Y no demoremos en hacer sentir nuestra autori-
dad de Estado autónomo.
—¿Y qué ocurrirá después? —interroga el señor
Cullen, asaltado por trágicos barruntos.
. —¿Se asusta? Rosas no se animará a venir abierta-
168
: .
ALELUYAS DEL BRIGADIER
mente contra nosotros, y, supuesto que venga, no olvi-
de que Santa Fe fué siempre la tumba de sus agresores.
El señor Cullen aprueba con un gesto esa imagen
de himno patriótico, y repone
—Esos son riesgos una
los ; guerra . .
—Si toleramos a Rosas en el uso de su soberana
voluntad, se hará señor de la República. Y sería fatal.
Es un compatriota de muchas ambiciones y de pocos
miramientos. Lo he calado hondo. No tendrá empacho
en fusilar a todos cuantos se le atraviesen. El desme-
dido afán suyo por lo rojo, se lo dicta el instinto.
—Yo obraré, don Estanislao, en consonancia con sus
instrucciones. No será por omisión de diligencias si les
llegan a faltar a los negocios brisas prósperas.
—Y Domingo. Evite que nos enerven con
entereza,
[Link] el concurso de Berón Astrada y
tendremos también el de Pascual Echagüe y de los de-
más gobernadores, siempre que nos vean proceder con
firmeza y sin miedo.
Sigue el coloquio de los dos pro-hombres, ganados
ahora por una envolvente felicidad. Examinan las pers-
pectivas y relances previsibles de la trama sutil y pro-
celosa que están tejiendo, y disponen las actitudes opor-
tunas para cada contingencia. El señor Rosas padecerá
un berrinche y la política general cambiará bruscamen-
te sus derroteros.
El señor Cullen se despide. Lleva una cartera de
papeles y en un brazo el poncho de vicuña. En la an-
tesala lo reverencia un retablo de frailes: un trapen-
169
: :
MATEO B O O Z
se, un trinitario, un agustino y un Jerónimo; los man-
da el señor Rosas para que el brigadier los aplique a
las necesidades espirituales de la provincia.
Cuando el ministro plenipotenciario de Santa Fe
se mete en la volanta y el cochero fustiga los cuarta-
gos y a su zaga trotan los blandengues, don Urbano de
Iriondo, que discurre por la plaza bajo el sol, dice a
su acompañante, fray Pablo Carrascosa, de la Orden
franciscana
— ¡Pobre Domingo! En esta partida se juega el
número uno . Y él bien lo sabe . . . Las comisiones aza-
rosas y arrevesadas fueron siempre arrope para su gus-
to. Pero ¡qué Dios no lo prive del amparo de Estanis-
lao!
El fraile apostilla, filosófico, con una remembrana
bíblica
—Es oficio ejemplar y heroico el de chivo emisario.
36
Fina glorioso y sereno.
¡Que Dios lo acoja en su seno!
DOBLAN las campanas de iglesias y conventos, y,
a pausas, retumban los cañonazos.
Hay pavor en todas las caras y duelo en todos los cora-
zones.
A las cuatro y media de la tarde ha entregado su
170
ALELUYAS DEL BRIGADIER
alma el brigadier general Estanislao López y Fonseca.
Gobernó veinte años y fué llamado, con el estilo
de la época, el Patriarca de la Federación.
Amó, sobre todas las cosas, a Santa Fe, su paífl; y
por amarlo le dio autonomía y bandera.
Venció a los generales más idóneos y valientes de
su tiempo.
Fué generoso en la victoria y altivo en la adversi-
dad.
Sobrio de costumbres, puro de intenciones, vivió
cincuenta y un años y murió serenamente, abrazado a
su fe.
Lo llora su pueblo.
Lo lloran sus siriríes.
Esta fecha aciaga la recoge la historia de la Pro-
vincia y la historia de la República: 15 de junio de
1838.
El porvenir dirá cuánto haya influido el luctuoso
acontecimiento en los destinos de la patria.
Una sombra se proyecta y agranda sobre Santa Fe.
Una sombra fatídica.
Una sombra sangrienta.
í Juan Manuel de Rosas!
171
el amor y la política
(los constituyentes del 53)
el amor $§ la patética
1* arribo
N\ EDIANDO septiembre de 1852, comienzan a He-
/ lgar a Santa Fe, ya derrumbado el poderío de
Rosas, los delegados de las Provincias a la Convención
Constituyente.
Diligencias y berlinas surcan la calle del Comercio.
En pos galopa una escolta de milicos forasteros —chu-
zo en la mano, tercerola en la espalda — , custodiando des-
de su provincia al representante que se bambolea en el
coche, rendido por la fatiga de un largo andar. Y a las
aberturas de viviendas y pulperías asoman los santafesi-
nos para atisbar al arribante y tejer luego el comenta-
rio de las tertulias.
Los armatostes vienen rodando los ásperos caminos
desde Tucumán y Córdoba, bien engrasados los ejes; su
chirrido, en el sosiego de las noches, puede advertir a
la indiada belicosa o al gauchaje alzado el tránsito de
los viajeros. Algunos de estos transeúntes ya han moli-
175
MATEO B O O Z
do sus huesos, para alcanzar aquellas capitales, con las
lentas y tediosas marchas a tiro de bueyes desde las pro-
vincias cuyanas, desde La Rioja, desde Jüjuy.
Más afortunados son los delegados de las provincias
mesopotánicas. Entrerrianos y correntinos desembarcan
de los veleros en la costa gredosa del Campito y, des-
lizándose entre la ranchada rustica y prolífera de ese
suburbio, caen a la plaza Matriz, donde se abren las ar-
cadas del Cabildo.
Los vehículos paran allí. Postillones tiznados con el
polvoy curtidos con la inclemencia de la travesía, des-
montan las jadeantes cabalgaduras. Y el personaje que
viene dentro de la caja, desciende y entra saludado por
el centinela y recibido por el oficial mayor.
Los delegados discurren, en visita de cumplido, con
don Domingo Crespo, gobernador y capitán general de
Santa Fe; y luego, asistidos por algún funcionario de
la administración, retornan a la calle en procura de hos-
pedaje. Posarán en conventos y casas de familias princi-
pales; la ciudad carece de fondas dignas de personas de
ese rango. Los representantes de Entre Ríos — el doctor
Juan María Gutiérrez, porteño, y don Ruperto Pérez,
paranaense — ocupan con los correntinos y delegados de
otras provincias, las celdas del patio de los naranjos en
el Colegio de los Jesuítas. El último mercedarío, fray Plá-
cido Camacho, ha fenecido meses antes. A esa fecha rige
la casa el canónigo Miguel Vidal.
176
:
EL AMOR Y LA POLÍTICA
2. meditación
RUPERTO Pérez ha llegado esa tarde. Toca los trein-
ta y dos años. Es alto de talle y angosto de es-
palda; una barba corrida pone marco a un semblante
de traslúcida palidez. En su provincia goza la reputa-
ción de un hombre de carácter vigoroso y de inteligen-
cia nutrida de lectura. En Santa Fe sábese que cuenta
con la amistad del general Urquiza y que ha fundado y
redacta en Paraná el Iris Argentino, candente hoja de
oposición a la política rosista.
Los áulicos del gobernador Crespo han dicho con
elogio en las reuniones del Cabildo
—De Entre Ríos vienen dos púas bravas.
No obstante su buen continente, Ruperto Pérez no
interesa a las niñas de la ciudad que lo acoge. Es ca-
sado. Su esposa, María Coll, santafesina, habita con
sus chicos, Nicanor y Dolores, una quinta de los alre-
dedores de Bajada Grande.
El entrerriano cuelga de un clavo su galerón pi-
loso y del respaldo de una silla su levita. De rostro a
la puerta de la celda, lía la chala de un cigarrillo y, la
vista perdida entre los naranjos llenos de perfume de
azahar y bullicio de pájaros, se abisma en sus medita-
ciones.
El tiempo adelanta, Las sombras de ese primer cre-
púsculo de su arribo a Santa Fe, anegan el patio. Ya
sólo horadan la obscuridad el blancor de las flores y el
177
MATEO B O O Z
parpadeante carbunclo de las luciérnagas. El distante
cuartel de la Aduana levanta un son de corneta y los
badajazos dela Merced, de la Matriz, de San Francisco,
de Santo Domingo esparcen en la magia del ambiente
sus palpitaciones de bronce.
Ruperto Pérez da lumbre al velón; escribe a los
de su casa.
Apenas llenado el pliego y chupada la tinta con
la arenilla, entra a la celda el doctor Juan María Gu-
tiérrez para anunciar que un criado lo busca. Se tie-
ne dispuesto que los dos señores entrerrianos se alo-
jen en el colegio y se alimenten en la mesa de misia Ma-
nuela Diez de Andino. Esta dama, entrada en anciani-
dad, mora con los suyos a cinco cuadras, tirando al Sur.
Ha amadrinado, ocho años antes, la boda de María Coll
con Ruperto Pérez.
Ambos caballeros, guiados por el sirviente, van a lo
de misia Manuela Diez de Andino, y cercana la mediano-
che regresan al convento.
Algunas luces brillan en las celdas del patio de los
naranjos. El resplandor oscilante y rojizo de los velones
baña las caras de los huéspedes torcidas sobre el libro
abierto o sobre la hoja de papel que raspea la pluma de
ave. Esos modestos señores, cuyos nombres recogerá la
historia y cuyas figuras grabarán los litógrafos, velan
en el sortilegio de la noche santafesína y entre las ra-
sas paredes de la celda frailesca. Pensarán en los seres
que dejaron lejos, pensarán en las dificultades de la
obra que deben acometer ... Y se apaga una luz tras
178
EL AMOR Y LA POLÍTICA
otra luz y por fin recobran su imperio en él lugar la
quietud y las sombras.
3. sermón y volatines
CONFe el
la
último día de setiembre ©stá ya en Santa
mayoría de los delegados. En esa fecha se
solemniza a San Jerónimo, patrono de la ciudad. Los
devotos, la totalidad de la población, acuden a la Ca-
tedral para rogar por la ventura de los santafesinos y
el advenimiento de tiempos bonancibles. Se encienden
luminarias y regalan oropeles a la imagen de talla del
patrono. El santo patrono, desnudo y patético, posa
una rodilla en el polvo y muestra el corazón encerra-
do en un puño. El cura encargado del sermón se ami-
lana. ¿Cómo hablar, sin los dones de la elocuencia, a
un auditorio donde están los convencionales, maestros
de la palabra y del saber? Y en su lugar trepa al pul-
pito el padre Francisco Magesté, que fué jesuíta y ha
secularizado. En la penumbra del recinto hace sonar, en
arrebatada improvisación, sus abiertas vocales catala-
nas. Están presentes las autoridades y un bulto de con-
vencionales. En alfombrines y reclinatorios se hincan las
señoras y señoritas de la ciudad, presas en el aro visto-
so del miriñaque.
Esa misma tarde, siguiendo las celebraciones, hay
volatines en la plaza mayor. Colócanse los aparejos:
trapecios, barras y una enorme esfera estañada. Una
179
M A •
T E O B O O Z
maroma describe su parábola desde la torre de la Mer-
ced hasta el centro de la pista. En tejados y balcones
aguaitan racimos de curiosos. Multitud de espectado-
res se reúnen a la redonda del circo. Los niños se em-
pinan en brazos de las madres para ver a los pruebis-
tas,encendidos de talcos y lentejuelas. Los acróbatas
dan tumbas carnero, voltejean en los trapecios, se equi-
libran sobre el globo plateado. Pero la sensación más
fuerte la suscita la bella Natalia, deslizando sus boti-
nas de raso por la cuerda floja, en los puños el balan-
cín y el una milagrosa aparición que baja
escorzo de
de los cielos. Brota en todos los pechos un sobresalto
angustioso de catástrofe. Y la funámbula ya en piso
firme, tira el balancín a la arena y con los dedos unos
besitos al público atónito, inclusive a los sacerdotes apos-
tados en los techos de las dos iglesias. Una aclamación
unánime de admiración y alivio estremece la atmós-
fera primaveral Bandadas salen con azoro de
. los naran-
jos; las mariposas de papel de unos barriletes cabecean
en las alturas. Y los convencionales del 53, pegados a
los balaustres del Cabildo, agitan al aire los pañuelos;
y bajo los tiesos solapones de aquellas levitas más de
un corazón romántico apresura su ritmo en homenaje a
la belleza de la bella Natalia.
180
EL AMOR Y LA POLÍTICA
4. tertulias
AVANZA la estación; llegan los calores. Los con-
vencionales se visitan, nacen amistades o antipa-
tías y apuntan las corrientes contradictorias que apa-
recerán en la asamblea constituyente.
En el patio de los naranjos varios de ellos se con-
gregan a menudo. Despojados de la levita, que cuel-
gan de alguna rama, reposan en los asientos, aflojan
el lazo del corbatín y se abanican con las galeras. El
doctor Juan María Gutiérrez va leyendo y traduciendo
pausadamente al castellano unos volúmenes ingleses de
Derecho Constitucional, auxiliado por Salvador del Ca-
rril y José Benjamín Gorostiaga, que algo saben de
aquella lengua. A veces discuten la interpretación de
un giro, consultan el diccionario
y accionan animada-
mente; y en medio de la discusión rezonga a ratos la
bombilla del mate que ceba el canónigo Vidal. En esos
desacuerdos idiomáticos asiste al doctor Gutiérrez la
autoridad de haber viajado con el doctor Alberdi por
las capitales de la Europa.
Comentan también la actitud díscola del gobierno
de Buenos Aires y conjeturan los acontecimientos que
pueden sobrevenir.
—Les guste o no les guste a los porteños, tendre-
mos Constitución — opina un caballero con tonada rio-
jana.
181
MATEO B O O Z
—No, deniega el Dr. Facundo Zuviría — . La Cons-
titución no podremos elaborarla si no contamos con la
adhesión de la provincia de Buenos Aires. Es indispen-
sable la presencia y la influencia de sus hombres en la
Confederación.
Algún otro disiente con esa tesis. Y así se acusan,
en aspecto tan substancial, dos tendencias encontra-
das entre los representantes de las provincias.
Pero no son estos temas graves los exclusivos que
adoban de
el ocio También platican fri-
los contertulios.
volamente de amor y pasatiempos. Alguien nombra a
Emilia López y un flujo de sangre enrojece la cara del
doctor Salustiano Zavalía, de Tucumán, viudo y ma-
duro. Escrutando al doctor Gutiérrez, alguien elogia
los encantos de Jerónima Cullen, y el aludido procura
nerviosamente otro cauce a la conversación.
Los días se alargan y cada cual escoge entreteni-
mientos de su gusto. Los transeúntes suelen observar a
algún delegado con los aparejos de pesca y, a rastras
y relumbrando al sol, un
una boga, un amarillo
patí, . . .
;
o ven cruzar la plaza a algún representante cuyano que
sienta en el antebrazo a un bata rá de riña; o divisan
en la parte del Salado a algún otro convencional que,
cazador de patos, trae al hombro la escopeta y en la
mano una pelota de plumas.
En esas siestas el sol incendia los arenales de las
calles, y centellean las abolladas bacías de los rapistas;
hay en el espacio una vibración deslumbrante y sopo-
rosa que engendra más duendes y misterios que la no-
182
.
EL AMOR Y LA POLÍTICA
che. Entonces el aljibe de don Bartolomé Zavalla atrae
a los forasteros. ¡Delicioso y famoso aljibe, como la
cisterna bíblica! Es el único de la ciudad. En el cen-
tro del patio, brinda su agua una frescura y una limpi-
dez de que carece el agua de los aguateros. Ninguno
más asiduo y entusiasta que el doctor Luciano Torrent;
bien es verdad —susurros de cotorreos — que no va el
donoso correntino por sed de agua... Severa, la hija
de don Bartolomé, escancia los vasos. Sed de amor . .
5. patria
UN pliego del ministro de Relaciones Exteriores de
la Confederación notifica un deseo del general
Urquiza: que la Convención Constituyente se instale
el 20 de noviembre de este año. ¿Cómo es posible — ar-
guye un grupo de delegados — que funcione la asamblea
entre los preparativos militares y el estrépito de armas
que viene del Sur? Anda Mascarilla conspirando —anar-
quista, desnaturalizado, apodan a Juan Pablo López los
papeles oficiales — , y el general Santiago Oroño movi-
liza las gentes de Rosario para vadear con ellas el arro-
yo del Medio.
Y en esa fecha, contra todas las objecciones, la
Constituyente se convoca. El general Urquiza no con-
curre a la ceremonia: debe detener la invasión de Ma-
183
MATEO B O O Z
dariaga y el avance de Hornos, encargados de desbara-
tar la Convención de Santa Fe.
Van entrando los delegados al Cabildo, con sus in-
dumentos de mejor uso, la varita de ébano en las ma-
nos enguantadas y los pantalones tirantes con la trabi-
lla. Don Ruperto Pérez se detiene a mirar un garfio
clavado en una de las arcadas: allí se colgó un día la
jaula con la cabeza lívida y barbuda del general Ramí-
rez, Supremo Entrerriano. Más allá pende un estribo
de bronce, trofeo que dejó un soldado de Lavalle, el
año 40.
Los representantes se acomodan en los sillones de
damasco punzó de la sala alta, frente a la mesa presi-
dencial. Un Cristo extiende los brazos en el testero. En
las lisas paredes de ladrillo cocido y cal de Paraná tie-
na una reverberación violenta la luz que viene del ex-
terior. De la mitad del techo pende un quinqué con una
bola de aceite de potro para alimentar los mecheros.
Afuera está formada la tropa provincial. Estallan
los cohetes y se remonta la vocinglería regocijada del
populacho. Desde las torres de las iglesias atalayan unos
monagos, esperando la señal de los repiques.
En las salas laterales se congregan las damas san-
tafesinas, fedéralas con Rosas, fedéralas con Urquiza.
Polleras campanudas, mangas sopladas, redondos som-
breros con ornamentos de ave; los mismos apatuscos y
las mismas curvas amplias que la retórica de los orado-
res y que la rúbrica de los notarios.
184
EL AMOR Y LA POLÍTICA
Los ordenanzas van y vienen con los pocilios de
té aromático y los vasos de panales. Trasundan también
las botijuelas con el agua del aljibe de los Za val las.
Ha llegado el ministro de Relaciones Exteriores
don Luis J. de la Peña. Desde la tarima el gobernador
y el capitán general lee, con el engolamiento apropiado
a las circunstancias, el mensaje del Director Proviso-
rio. Sus palabras caen en un silencio que apenas si
interrumpe el leve crujir de ballenas de algún miri-
ñaque. "Vosotros vais —dice— a reconstruir la pa-
tria, a restablecer el pacto de la familia dispersa, y yo
el primero me adelanto a abrazar a mis hermanos y
a venerar a mis antepasados '
'. Al conjuro de esta fra-
se, la emoción prende más honda en los auditores y
toda la sala aplaude y vitorea el nombre del liberta-
dor, héroe de Caseros.
6. fervor
CON dona
las
el
primeras estrellas la concurrencia aban-
Cabildo y los piquetes talonean camino
del cuartel. En la plaza, la plebe espía, abriboca, el
desfile de los personajes y el atavío de las damas. Sa-
le el gobernador con el ministro de Relaciones Exte-
riores, el presidente de la Convención doctor Facundo
Zuviría y un grupo de delegados. La vivienda de don
Domingo Crespo dista tres cuadras. Allá van los se-
ñores., discursivos, enjugándose las sienes con el pa-
185
MATEO B O O Z
ñuelo. A trechos les retarda el paso el doctor Juan
Francisco Seguí que, y gesticulador polémico, enca-
rando a don Santiago Derqui, refuta los textos de la
Constitución norteamericana vertidos al español por
García de Sena. Y como tal vez sospecha que dudan
de su sindéresis, el inspirado y original tribuno excla-
ma con enfático convencimiento:
—Deben enorgullecerse los santafesinos y toda la
gente del litoral de tener un hombre de mi fuste.
Los caballeros entran a la morada del goberna-
dor, en la mano las copaltas, rígidas, como latones. El
patio exhala aromas de diamelas. El dueño de casa
conduce a sus acompañantes a la mesa servida, donde
las llamas de las velas de sebo irisan el cristal de los
caireles.
Ya muy madura la noche se marchan los convida-
dos. Gutiérrez y Pérez con don Pedro Díaz de Colo-
drero y el general Ferré se dirigen a su alojamiento de
los jesuítas. Brilla la brasa de los cigarros. El doctor
Gutiérrez diserta con vehemente fervor patriótico so-
bre el preámbulo de la carta orgánica que debe darse
a la Confederación. Cita autores y doctrinas. Sus oyen-
tes callan. Acaso recelan del liberalismo filosófico del
doctor Gutiérrez, oriundo de la escuela de Rivadavia.
Ya están los forasteros en sus celdas. Sólo fulge
el candil que derrama su resplandor sobre el busto in-
clinado y la hoja de papel que escribe el doctor Gu-
tiérrez; acaso anota las tesis jurídicas que desarrolla-
rá' en las sucesivas controversias de la asamblea. Y si
186
EL AMOR Y LA POLÍTICA
nos aproximamos quedamente podremos leer, por en-
cima de su hombro, en los negros caracteres de la tin-
ta de agallas, estos inesperados renglones:
A ELLA
No me enamoró tu trato
Ni tu semblante perfecto,
Sino un simpático afecto
Que nació tal vez en mí.
7. idilio»
Y se devanan los días. Los convencionales
tan su labor. Sesionan por las tardes y por las
noches. En la mesa presidencial despide claros refle-
afron-
jos, en contraste con el lóbrego corbatón, el rostro
aquilino y rasurado del doctor Facundo Zuviría. Las
discrepancias ánimos y provocan fogo-
enardecen los
sos discursos. Hablan, sin cohibirse, de Dios y de la
Patria. Describen con los brazos anchurosos círculos
para fortalecer la elocución y, alguna vez, para ahu-
yentar los insectos que en esas noches estivales zum-
ban en la atmósfera de la sala y se queman en los
mecheros. Suena la retreta; vienen brisas fragantes de
las huertas del barrio y quizás el coro de una ronda
infantil.
Así se ejecuta, tramo a tramo, la obra magna. Ca-
187
MATEO B O O Z
da capítulo trae problemas que atañen a la existencia
y porvenir de la Confederación. Siguen el modelo nor-
teamericano, de cuyas prescripciones se apartan a me-
nudo, atentos a la peculiaridad de las costumbres y
el estado de la cultura del mundo para el cual legis-
lan. Ponen todos su saber, su prudencia y sus mejores
pasiones al servicio del bien público.
Y esas abrumadoras preocupaciones no los pri-
van, con todo, de amenos y livianos esparcimientos,
que a veces derivan a peligrosas situaciones sentimen-
tales. Así se urden idilios y noviazgos. Algunos de esos
convencionales, los más mozos, suelen montar unos
pingos cosco jeros, los puntiagudos botines en los es-
tribos y el alón de la levita sobre la grupa. Esos jine-
tes tienenuna cuadra preferida, y a una reja de esa
cuadra asoma una figura de mujer que remata en pei-
netón color caramelo. Una sonrisa de esos labios ilu-
mina los arabescos de la reja, y el jinete, excitando los
airosos córveteos de la cabalgadura, saluda con su im-
ponente chimenea. Y esa niña y ese caballero se dicen
las cosas de los enamorados en la retreta, en las tertu-
lias familiares y, a la salida de misa de once, en el atrio
de la Catedral.
Ruperto Pérez acompaña al doctor Gutiérrez a
pasar y volver a pasar por la casa de las chicas Cu-
llen, en cuya vereda suelen tropezarse con un joven
y corto de estatura
rollizo Nicasio Oroño —
que an- —
da en parecido lance de amor. El doctor Gutiérrez ol-
vida en las circunstancias los temas constitucionales
188
EL AMOR Y LA POLÍTICA
para gustar tópicos menos graves y menos áridos: re-
cita versos propios y versos de Espronceda y Manuel
J. Quintana. También suelen divisar por los contornos
al doctor Torrent, que ahora tiene, para rimar el pa-
so, a Félix Constanzó, de Paraná, cortejante de Telma
Zavalía.
Pero no descuidan esos hombres sus deberes ofi-
ciales. Sin embargo, alguna vez el ujier del Cabildo ha
debido avisar al doctor Zavalía la apertura de la se-
sión: el doctor Zavalía, en casa de las López, tocando
la guitarra y cantando aires tucumanos, pierde con fa-
cilidad la noción de la hora.
8. penurias
EL tratamiento de los artículos religiosos motiva
en todos los sitios comentarios y discusiones con
la ardorosa participación de las mujeres. El doctor
Leiva ha querido que se introduzcan en ios textos las
profesiones de fe. Es un sacerdote precisamente — el
padre Lavaisse, de Santiago del Estero — ,
quien le
ha salido al cruce. Ha sostenido este sacerdote que la
Constitución no puede intervenir en las conciencias,
sino regular solamente el culto exterior. Lo que ha
producido deplorable efecto es la actitud del doctor
José Benjamín Gorostiaga, también de Santiago del Es-
tero, propugnador de la libertad ele cultos. Este san-
189
MATEO B O O Z
tiagueño se ha enajenado con la ocurrencia la simpatía
de la gente de la ciudad. Ya por ahí lo tildan de he-
reje y, para conjurarlo, algunos, a su paso, cruzan dos
dedos. El doctor Gorostiaga habita en los altos de la
alfajorería de Merengo, y noches anteriores le han un-
tado con suciedades el pasamano de su escalera.
Los convencionales dilatan su estada en la ciu-
dad, y aunque la vida no es muy gravosa, de hábitos
sobrios y rodeados de atenciones, siempre se gasta.
Los gobiernos tienen exhaustos sus tesoros y además
es mucha la distancia para remesar dinero. Los dele-
gados de las provincias más lejanas no reciben ni un
real. Los recursos que trajeron se agotan y comienzan
a sufrir enojosos inconvenientes y privaciones. La ro-
pa padece con el uso, y hay levitas despeluzadas y ga-
leras que se arratonan. Ya alguno ha debido renun-
ciar al vicio del rapé o del tabaco, y hay quien elude
el pasaje de las calzadas porque el deterioro de las
suelas da entrada a la arena. Los más afligidos son,
explicablemente, quienes se han echado novia y aspi-
ran a una esmerada presentación. Don Domingo Cres-
po ha tenido una inspiración dichosa que todos le agra-
decen: ha mandado a su hijo Nacho al convento de los
jesuítas con un cartucho de bolivianos de su peculio
particular para aliviar las situaciones de mayor apre-
mio.
También algunos aceptan otras obligaciones. Ver-
bigracia: don Buperto Pérez va a recibir exámenes en
la escuela del Estado. El preceptor de la escuela es don
190
:
EL AMOR Y LA POLÍTICA
Juan Nepomuceno Menacho, instructor de renovadas
generaciones de santafesinos. Menacho profesa convic-
ciones arraigadas en el ramo de la educación, y es en
virtud de una reforma pedagógica dictada por la Ho-
norable Junta de Representantes, que acaba de dimi-
tir su empleo. La reforma prohibe que se azote con va-
ras a los alumnos. El viejo maestro protesta al caballero
entrerriano
— ¿Cómo cree usted posible que exista disciplina
y los párvulos saquen buena letra sí al preceptor se
le quita su vara de membrillo? Con una vara se ha
forjado el carácter y se ha llenado de sabiduría el
entendimiento de todos los proceres de la independen-
cia y de la Confederación. No reportarán beneficios
las innovaciones de gentes avanzadas, espíritus envene-
nados con las teorías rivadavianas. Me pasma que un
ciudadano de orden como don Urbano de Iriondo elija
esos caminos extraviados.
Y don Juan Nepomuceno Menacho, firme en sus
trece no ha querido reasumir el cargo de preceptor.
Otra disposición de gobierno que se achaca a las
ideas modernistas que están desparramando en Santa
Fe ciertos convencionales: la orden impartida a don
Laurentino Candioti, capitán de Puerto y comandan-
te de Resguardo, de impedir el embarque de chinas
indígenas. Hay quienes, por moderado precio, atien-
den pedidos de chinas pampas para otros puertos y,
en especial, para Bajada Grande. ¿Qué existe de re-
probable en ese comercio? —
preguntan muchos veei-
191
MATEO BOOZ
nos reputados de discretos. Y razonan: Si aquí tene-
mos sobra de chinas para el servicio ¿qué malo que se
manden a donde faltan y a cambio entre a la ciudad
dinero o especies?
9. júbilo
Y
ce el
van corriendo los días y las semanas.
Fúndase el Club del Orden para promover, di-
acta, la mayor armonía entre los países del lito-
ral. Celebrando el acontecimiento se baila en casa de
don Mariano Comas. Hay piano, arpa, violín, clarine-
te. Las chinas del servicio, entre el tumulto de las pa-
rejas, distribuyen chocolate
y licor rosa y,caliente
para sopar, tabletas y bizcochuelos. También circulan
pomposos mates de plata. Los sahumadores vierten há-
litos de benjuí. Las llamas de las velas, multiplicadas
por arden en un ambiente turbio. Damas y
los espejos,
caballeros lucen sus mejores requives y su mejor gar-
bo, j Fiesta memorable! Se cuchichea el compromiso de
tres constituyentes: Juan María Gutiérrez con Jerónima
Cullen, Salustiano Zavalía con Emilia López y Lucia-
no Torrent con Severa Zavalla. Se dice más: el doc-
tor Torrent se incorporará definitivamente a la vida
santafesina. Y el baile sigue, sigue ... La orquesta
desgrana chotis, mazurcas, habaneras, minués federa-
les hasta que alumbra el horizonte y se alborotan los
192
EL AMOR Y LA POLÍTICA
gallineros con sacudimientos de plumas y concursos de
kikirikis.
Y las semanas forman meses, y ya emigran los
mosquitos y la fronda de los naranjos se constela de
esferas de oro. Y llega el 1? de mayo. Se ha jurado
la Constitución. Guarnecen la plaza el piquete de po-
licía, la Guardia de la Federación y caballería de los
cantones del Sauce y de San Pedro. Bulle la multitud.
Se agitan las banderas. En los balcones del Cabildo
están los convencionales, puesto en medio el goberna-
dor y el presidente de la asamblea. La banda toca el
Himno Nacional, las cabezas se descubren y los niños
de la escuela del Estado modulan el "Oíd mortales
el grito sagrado" que se eleva como un sahumerio en
el ámbito puro de la mañana otoñal. Luego las ma-
nos rebaten y las gargantas vitorean a la patria y al
general Urquiza. Vibra el tolondón jubiloso de las
campanas, en morteros y camaretas detona la pólvora
y distante viene el retumbo de los cañones de la Adua-
na; hasta el gallito de hojalata clavado de veleta en
el frontón de la iglesia Catedral parece aletear y er-
guirse, presto a saludar con su clarín a una aurora
nueva para la grandeza de las Provincias Unidas.
Hay, sin embargo, por ahí, caballeros sazonados
que, entre el alborozo dominante, sienten la mordedu-
ra de una cavilación. Evocan el discurso del doctor
Zuviría, en la asamblea, opuesto a la inmediata san-
ción del estatuto. "Antes de dictar la Constitución
—dijo— debemos sofocar la anarquía, cortar la gue-
193
MATEO B O O Z
rra civil, y restablecer la paz en la República si no
queremos que una nueva anarquía y una sangrienta
guerra civil sea el Te Deum que los pueblos canten a
nuestra obra". ¿Serán palabras prof éticas o simplemen-
te aprensiones infundadas de un gran patriota? ¿Cho-
carán las armas y se verterá la sangre de provincianos
y porteños en lidia f raticida?
10. nostalgia
Y
los
transcurre ese 1? de mayo, y poco a poco
convencionales, cumplida su misión, se alejan por
caminos fatigosos que ya hicieron, rumbo a sus
los
provincias. Agregan a los equipajes unos alfajores de
Merengo para que saboreen las esposas, las hijas, las
novias que allá los esperan. Y llevan, sin duda, algo
más: el recuerdo feliz de sus días de Santa Fe y el
recuerdo de la hospitalidad afectuosa, cordial y noble
de sus hogares. Alguno, sin embargo, queda captado
por las seducciones del medio hasta la hora postrera;
donde sólo fué a servir un mandato precario verá lle-
gar la ancianidad; y otros retornan al solar nativo
emparejados a una santafesina, y formarán una des-
cendencia de inagotable renovación a través de los
tiempos.
194
saldados y almaceneros
(historia de una ciudad)
saldadas y almaceneros
1. tronco
LA de
goleta hendía
la
el agua del Paraná y
tarde labraba en las velas redondeces de
la brisa
torsos.
En la proa, el maestre de campo Francisco Javier
de Echagüe y Andía, señaló con el brazo tendido un
cantil desmatizado por la contraluz.
—A ese lugar — —
dijo Francisco de Godoy trajo
este año o el anterior un trozo de indios calchaquíes
y una pequeña población de españoles y gentes de la
tierra.
—No es sitio aparente —objetó el capitán Santia-
go y Sotomayor
Ontiveros —
para esas fundaciones.
¿Cómo puede medrar pueblo alguno entre Santa Fe y
Buenos Aires?
Asintió el maestre de campo, agregando:
—En ese mismo paraje Juan de Ayolas puso el
fuerte de Corpus Christi, hace ya dos siglos, y allí
perecieron a manos de los salvajes gran porción de
197
MATEO B O O Z
conquistadores. Por último lo abandonaron desastrosa-
mente.
—Sin embargo, en las presentes circunstancias no
ha de ser, con todo, lugar más inseguro que Santa Fe.
—Lo propio creo, aunque me asista la esperanza
de remediar las dificultades que nos agobian. Sabré
persuadir al gobernador Zavala de la urgencia de los
auxilios para frustrar la embestida de abipones y pa-
yaguaces y evitar ¡vergonzosa desdicha! la evacuación
de una ciudad con siglo y medio de historia. Pondré
todo mi celo y mi capacidad al servicio de la comi-
sión; quedará conforme el Cabildo Capitular de Santa
Fe.
Ontiveros y Sotomayor observó:
—Grupos de personas nos atisban desde lo alto de
la barranca.
—Sí; serán vecinos del Pago de los Arroyos, gen-
te de paz . . . Llevamos treinta horas de navegación.
Daremos fondo. Bueno es descansar y avituallarnos.
La nave echó el ancla a una cuadra de la costa,
portegida al socaire de una curva de la barranca. La
marinería recogió los paños y en el cielo remoto na-
cieron las primeras estrellas. Con lenta pausa de bos-
tezo sobrevino la noche, una de esas noches de Amé-
rica, profundas, inmóviles, cargadas de misterios y de
efluvios silvestres.
Con el nuevo sol la goleta tocó la costa, y el maes-
tre decampo y el capitán saltaron a tierra. Al término
de una rampa encontraron el Pago de los Arroyos: a
198
SOLDADOS Y ALMACENEROS
la derecha, distante seis cuadras, las viviendas de los
calchaquíes ; a la izquierda, cercanamente, las viviendas
de criollos y españoles.
Varias personas se presentaron a los arribantes.
El capitán Valeriano Ximénez, alcalde de la Santa Her-
mandad, los guió, luego de conocida la categoría y de-
signios de los forasteros, a la casa de don Francisco
de Godoy.
A las puertas salían los habitadores. Saludos. Las
gallinas picoteaban en la hierba y los perros daban la
bienvenida con revoleos de rabo. El maestre de cam-
po pudo reconocer a no pocos santafesinos que habían
buscado amparo en ese rincón; otros, en carretas y con
sus familias, emigraron ya a Buenos Aires.
Moraba el fundador una casa, como todas, de te-
cho pajizo y paredes de ladrillo crudo. Era un caba-
llero bajo de estatura y espaldas compactas. Revelaba
la reciedumbre de quien lidia con las hostilidades de la
naturaleza y las asechanzas de los hombres.
Francisco de Godoy dispensó a los visitantes afec-
tuosa acogida. El capitán Ontiveros y Sotomayor úni-
camente vio, al unísono de un acelerado latir del pul-
so, la mirada obscura y centellante de una doncella
adyacente al fundador. Esa doncella —
crenchas cas-
tañas, semblante claro, caderas sólidas — se llamaba
Pascuala Farías.
Fueron a la capilla. Estaba en el altar una tosca
imagen de Nuestra Señora de la Concepción, de anti-
gua pertenencia de los calchaquíes. El maestre de cam-
199
MATEO B O O Z
po humilló devotamente el promontorio de sus cabe-
llos y en su boca carnosa palpitaron unas oraciones:
impetraba de esa Virgen buenos vientos para el viaje
y buen ánimo del gobernador del Río de la Plata para
los santafesinos.
Y al mediar el día y ya aprovisionada la goleta
por la generosidad de los vecinos del Pago de los Arro-
yos, se encaminaron todos a la playa.
Fué entonces cuando el capitán Ontiveros y So-
tomayor sufrió, en un tronco de ceibo, la luxación de
un pie. Juiciosamente se determinó que permaneciera
el accidentado en el Pago de los Arroyos. A su regre-
so de Buenos Aires el maestre de campo lo reembar-
caría.
Momentos después la goleta enfilaba el medio del
río Paraná, y el capitán Ontiveros y Sotomayor, a cues-
ta de dos vecinos, iba a hospedarse bajo el techo de don
Nicolás Martínez, suegro del fundador.
Tendido en un sillón de caderas, vio el capitán
transcurrir muchos días y vio otras tantas veces, so-
bre la blanqueada pared de adobe, el juego de una
faja de sol que iba a quebrarse en el bronce de un
mosquete.
Los amos cumplían espléndidamente los deberes
de la hospitalidad. Procuraban al cuitado holguras y
distracciones. Y imaginativo y laxo, refi-
el cuitado,
guraba a la moza que, vista en la morada de don
Francisco de Godoy, le había dejado un recuerdo te-
naz.
200
SOLDADOS Y ALMACENEROS
Una tarde, tarde cumbre, lo visitó también Pas-
cuala Farías, sobrina de don Nicolás Martínez. Plati-
caron,y con la plática surgieron las confidencias. Pas-
cuala era, como el capitán, nacida en España. Llegó
a América, a requerimiento de su tío, recién formado
el caserío del Pago de los Arroyos. Su tío la reserva-
ba a un caballero vizcaíno que, mientras ella cruzaba
los mares, fallecía de una picadura de alimaña ponzo-
ñ[Link] capitán residía desde 1723 en el continente.
Vino de Cádiz a ejercer su oficio de platero. Se esta-
bleció, por azar, en Santa Fe, y como allí había penu-
ria de metales decidió, tras una campaña guerrera con-
tra los indios, seguir la carrera de las armas. Y así
acompañó en ese viaje al maestre de campo Francisco
Javier E chagüe y Andía y así el destino dispuso su
parada en el Pago de los Arroyos y luego, con la dislo-
cación de un tobillo, su estancia definitiva.
Pascuala y el capitán tejieron un idilio.
Al cabo de tres meses el maestre de campo, re-
montando el río, tocó el Pago de los Arroyos en bus-
ca de Ontiveros y Sotomayor. Fué viva su sorpresa: el
capitán había desposado a Pascuala Farías y, vuelto
a su oficio, labraba unas hebillas para los zapatos de
don Francisco de Godoy y utensilios domésticos para
familias de pecunia.
El maestre de 'campo siguió aguas arriba, y en la
quietud de ese andar, empapados los ojos con el ver-
dor de las islas y el azul de la bóveda, trazaba planes
y calculaba futuras contingencias. El gobernador Za-
201
MATEO B O O Z
vala fué pródigo en prometer; pero el comisionado del
Cabildo Capitular presentía que los santafesinos sólo
encontrarían salvación en su voluntad de sacrificio y
en la potencia de su brazo.
El capitán Ontiveros y Sotomayor se advirtió có-
modo y feliz en el Pago de los Arroyos. Ese aire del-
gado y ese cielo luminoso, le traían, por remedo, año-
ranzas de Cádiz, su ciudad natal.
Tenía su casa y su taller de platero. Fluían plá-
cidos los días,y se, arraigaba a ese pedazo de suelo
con acendrado amor.
Vinieron los hijos; la maternidad sazonaba la be-
lleza de Pascuala Parías.
Se propalaron las inmortales hazañas del general
Francisco Echagüe y Andía, ahora caudillo y héroe y
después gobernador. Con valor y sagacidad había aplas-
tado a los infieles y librado a Santa Fe del saqueo
y el suplicio. El platero pensó, con fugitivo desabri-
miento, que él renunciaba a la gloria de servir al Rey
y acaso a la gloria de figurar en los fastos históricos
de estos países; viviría la vida opaca del artífice anó-
nimo.
Entretanto la población del Pago de los Arroyos
aumentaba con quienes venían a cultivar la o tierra
ejercer otros oficios. Y el Pago de los Arroyos mudó
de nombre, El cura Ambrosio de Alzugaray logró en
1731 permutar imagen de Nuestra Señora de la
la
Concepción con una escultura de Nuestra Señora del
Rosario que veneraban los indios. En tales negociado-
202
SOLDADOS Y ALMACENEROS
nes intervino Ontiveros y Sotomayor, asistido por Juan
Frutos, alcalde de la Santa Hermandad. Y el lugar
se llamó entonces Capilla del Rosario de los Arroyos.
Este cambio lo aprobó después, en su primer visita pas-
toral, el obispo de Buenos Aires fray Juan de Arre-
gui, que de paso confirmó al primogénito de los espo-
sos Farías-Ontiveros.
Otro suceso sobresaliente: el traslado de los cal-
chaquíes a la costa del río Carcarañá. No se estimaba
ventajosa la vecindad inmediata de aborígenes con
criollos y españoles. Ya se había fustigado desde la
metrópoli la excesiva producción de mestizos en las co-
lonias.
Los calchaquíes no resultaron perdidosos. Se les
dotó de habitaciones, un oratorio y un fraile francis-
cano. Y el pueblo, titulado Cal chaqui, pareció en algu-
na época ganar más importancia a la observación de
los viajeros que la propia Capilla del Rosario de los
Arroyos.
Y en la Capilla del Rosario se deslizaban con li-
sura los años de aquel siglo. Los días parejos. Nove-
dades: la intriga de toda aglomeración humana, el na-
cer y el morir de las gentes, la langosta que desvasta
los sembrados, la hormiga negra que roe los frutales,
el tigre cebado que de regiones ignotas trajo un cama-
lote ... En ecos apagados y distantes llebagan los acon-
tecimientos ordinariamente administrativos de Santa Fe
y Buenos Aires.
Sin salir nunca del área de ese mundo, el capitán
203
MATEO B O O Z
Onti veros y Sotomayor envejeció a la par del siglo,
viendo espigarse y madurar a sus retoños, primera hor-
nada de rosarinos.
Ya viudo y tras el goce de una ancianidad dilata-
da y sin alifafes, realizó el tránsito definitivo. En el
momento de volver al polvo, se dijeron para el plate-
ro y el poblador unas frases de emocionada congoja;
las dijo don Pedro Tuella y Mompesar, un aragonés
allí avecinado y que padecía el raro achaque de pre-
guntar fruslerías del pasado y plumear papeles en el
sosiego de sus ocios.
2. hilo
EN rollo
el fondo de un bargueño
de papeles mordido por
se
el
ha encontrado un
tiempo y el tra-
bajo de la polilla : es el diario personal de Santiago On-
tiveros y Farías.
Los manuscritos están incompletos y frecuente-
mente ilegibles. No obstante —una
lupa y acopio de
paciencia — he conseguido descifrar algunos pasajes. Re-
produzco varios fragmentos; la mayoría debo desechar-
los, pues sólo aluden a los fenómenos meteóricos y a las
dolencias reumáticas del memorialista.
ítem más: el diario se corta de golpe, a la altura
del año 1823, precisamente cuando la Capilla sube de
rango. Debo suponer, dada la crecida edad del caba-
204
SOLDADOS Y ALMACENEROS
llero, que el percance lo ocasionó la muerte; no he
tenido tiempo ni ganas de cerciorarme del óbito en
los registros parroquiales de la iglesia Matriz del
Rosario.
10 enero 1801. — Don Pedro Tuella me ha traído
una relación del pueblo y jurisdicción del Rosario de
los Arroyos. La destina al Telégrafo Mercantil, Ru-
ral, Político, Económico e Historiógrafo de Buenos
Aires. La he leído y releído y puesto al margen nu-
tridas acotaciones ; lo induciré a corregir algunos tex-
tos y ampliar algunos capítulos. Esta tarde, después
del baño en el río, ya al canto de las oraciones, los
rosarinos nos habrán visto por las calles, a él y a mí,
platicando y braceando desapoderadamente. Discutía-
mos el asunto. Don Pedro me aventaja en años y, de
consiguiente, va para viejo; dispone, empero, de una
imaginación pueril. Habiéndole cobrado a este terru-
ño un amor cuyo tamaño supera al de los nativos, se
regodea formulando pronósticos delirantes. Sueña: de
aquí a un siglo o siglo y medio, este mismo suelo que
pisamos sustentará a una de las ciudades principales
del Virreinato, acaso con no menos de 50 mil almas.
El prodigio lo obrará cuentas suyas —
el río ancho —
y profundo que viene desde la Asunción, los caminos
de carretas que, arrancando del Norte, pasan por aquí,
la feracidad de los campos colindantes y el privilegio
de un clima suave y un cielo limpio, adecuado para
captar europeos. Los. lugareños lo suponen un tanto chi-
205
MATEO B O O Z
fiado. ¡Pasarse días y noches escribiendo cosas que
no dan de comer y averiguando cosas que a todos tie-
nen sin cuidado! Pero es lo cierto que, aunque padezca
algunas manías, razona de una suerte que en ocasiones
causa pasmo.
30 julio 1803. — Ha llegado el ilustrísimo señor
obispo de Buenos Aires doctor Benito Lué y Riega.
Posa en la casa parroquial. He ido a besar el anillo
episcopal con mi mujer, Elvira Vargas Machuca, y mi
hijo Santiago, ya un doncel con despejo y buena ca-
ligrafía. Su ilustrísima es un señor amable en el trato
e inflexible en cuanto concierne a su ministerio. Con
aguda alacridad encareció la urgencia de acrecentar
la devociónde Nuestra Señora del Rosario y de pro-
clamar en toda sazón la fidelidad a Nuestro Amado
Monarca. Con prelados de ese valimiento y esas vir-
tudes, le esperan a nuestra Santa Iglesia días esplen-
dorosos.
6 junio 1810. — De paso a Santa Fe, arribó esta
mañana don Aristides Candioti. Dice que en Buenos
Aires ha habido alborotos. Refiere que una tarde, no
recuerda bien si el 25 ó el 26 del pasado mes de mayo,
un bulto de gente díscolas se reunió en la plaza de
la Victoria, pidiendo cabildo abierto y lanzando voces
hostiles contra el señor virrey. Aunque este episodio
carezca de trascendencia, yo lo reputo como síntoma
de los tiempos que corren. Nada bueno puede venir
206
SOLDADOS Y ALMACENEROS
cuando se quebranta el respeto debido a las jerarquías
y prenden en el populacho las ideas diabólicas de la
revolución francesa.
27 febrero 1812. — Esta tarde fui al bajo a cebar
los anzuelos. Me acompañaba Ventura Correa, que su-
po ser alcalde de lá Santa Hermandad. Nos acomodamos
en una ensenadita, frente al Espinillo. Pica bien el
pescado. Sacamos unos patíes que, sin mentir, pesan
media arroba. Así da gusto mover los aparejos. A la
vuelta observamos gran algazara en la batería Liber-
tad. Formaban cuadro los dragones de la patria, el
piquete de artillería y otras unidades. El general Bel-
grano, en el centro, enarbolaba una bandera blanca y
azul y decía una arenga que no pudimos entender. De-
bía ser una ceremonia importante; estaba, rodeada de
otros vecinos, el alcalde don Alejo Grandoli; luego de-
tonaron con salvas de pólvora, fusiles y morteros.
Don Pedro Urraco contó esta noche, en la pulpería de
la plaza, que el general Belgrano ha inventado una
bandera. ¿Una bandera es cosa de inventarse? A mi
juicio, vamos mal. Apenas se compongan los negocios
de la Península, nuestro Rey mandará buques y sol-
dados al Río de la Plata. ¡Adiós entonces las ilusos y
los rebeldes!
2 febrero 1813. — He sufrido un gran dolor y un
gran desencanto. Mi hijo Santiago, sin autorización
paterna y a despecho de mi insobornable fidelidad «1
207
MATEO B O O Z
\ley, se ha ido hoy con las fuerzas de Celedonio Es-
calada,comandante militar de San Lorenzo. Ha llega-
do también esta mañana y proseguido después su mar-
cha con igual rumbo un regimiento de granaderos «i
caballo. Lo he visitado a su jefe — el coronel San
Martín — para reclamarle a mi hijo. Ese militar, mozo
que representa poco más de 30 años, me deshaució:
cuando la patria necesita soldados, el deber le impide
oponerse al enganche de patriotas voluntarios. Las cir-
cunstancias no admitían discusiones y me retiré; ya el
coronel montaba el caballo para partir. Toda la tropa
ha tomado camino del Norte. Se presume que acecha
a los once navios españoles que, armados en guerra,
remontaron la corriente hace pocos días. Santiago, con
su desobediencia, se ha cerrado para siempre mi casa
y mi corazón.
6 febrero 1813. — Hoy ha pasado, descendiendo
el río, la escuadrilla real; ha pasado también, de vuel-
ta a Buenos Aires, el regimiento de granaderos. Se
ha librado un combate frente al convento de San Car-
los, de los padres franciscanos, y se asegura que los
marinos sufrieron un descalabro. Yo no vi desfilar a
los granaderos, pero don José Valeriano Garay, que
los vio, me cuenta que Santiago iba, cerca del coro-
nel San Martín, vistiendo uniforme, y que hacía muy
buena figura. Eso sí: mi enojo no me priva de reco-
nocer que el muchacho tiene, como su abuelo, una mag-
nífica planta. Yo no lo perdono, pero pido a Dios que
208
SOLDADOS Y ALMACENEROS
lo proteja en todos los peligros.
28 febrero 1814. — Pedro Tuella y Moiupesar ha
entregado hoy su alma al Señor. Yo pierdo a un in-
valorable amigo, y el pueblo del Rosario de los Arro-
yos pierde aun preclaro cronista. Acompañé su ataúd
al cementerio, sito como a diez cuadras de la plaza,
tirando al Noroeste.
28 diciembre 1815. — Se ha practicado un re-
cuento de la población. En la Capilla del Rosario ha-
bitan 327 varones y 436 mujeres.
26 enero 1819. — Una enorme desdicha azota al
Rosario de los Arroyos. El general Juan Ramón Bal-
caree, obligado a abandonar el pueblo por la proxi-
midad de la caballería santafesina, ha ordenado el in-
cendio de las viviendas. 164 ranchos de paja se han con-
vertido en cenizas. Sólo quedan en pie la capilla y
16 casas con tejados. Procuramos facilitar los posibles
alivios a tanta gente arrojada al desamparo. Hemos
padecido con Elvira algunas horas de inenarrable an-
gustia. Tendremos todos los rosarinos un recuerdo im-
perecedero de este suceso injusto y aterrador. Mientras
escribo, en medio de la noche oigo voces de dolor y
voces que claman venganza.
5 noviembre 1821. — Hemos hoy una car-
recibido
ta de Santiago. Está fechada en Lima; en esa «iudad
209
!
MATEO BOOZ
entró el ejército el 9 de pulió de este año. Es capitán
del regimiento de granaderos. Ha hecho toda la cam-
paña a las órdenes del general San Martín. La madre
se ha sentido muy emocionada con las noticias del hijo;
está orgullosa de él. Mis ideas y sentimientos se han
modificado notablemente con el transcurrir de los años.
El día que vuelva, si estoy aquí, encontrará mis bra-
zos abiertos.
7 diciembre 1823. — Se ha leído públicamente,
por el alcalde Santiago Correa, un acta de la Hono-
rable Junta Representativa de la Provincia. En ella
se concede a este pueblo el título de Ilustre y Fiel
Villa y se reconoce solemnemente por patrona a Nues-
tra Señora del Rosario. En la ocasión dijo unas ati-
nadas frases nuestro cura el doctor Pascual Silva
Braga, hombre de mucha sindéresis. Se dispararon co-
hetes y hubo fiesta en la cancha de bochas. Día de jú-
bilo. ¡ Cuánto no hubiera gozado con este acontecimiento,
si el cielo le prolonga la vida, el difunto don Pedro
Tuella
3. nieto
UNA tarde de junio Santiago Ontiveros y Vargas
entró a la villa del Rosario. Venía con su esposa:
Carmen Villademoros, peruana de ojos retintos y piel
suavemente morena. Se habían ayuntado en Lima, y
310
SOLDADOS Y ALMACENEROS
allí quedaron cuando el general San Martín emprendió
el regreso de su cruzada libertadora.
Trepaba ya el último Ontiveros la pendiente de
los cuarenta años. Después de incesante rodar y bata-
llar, sentía apetencia de sosiego. El sablazo que le tajó
un hombro en las fragorosas cargas de Pichincha, le oca-
sionaba frecuentes y difusos dolores.
Sus padres ya no existían; primero se fué Santia-
go Ontiveros y Farías, después Elvira Vargas Machu-
ca. Los dos habían alcanzado edad longeva. El capitán
que volvía tras una ausencia dilatada y azarosa, ha-
brí querido abrazar a aquellos viejos; habría queri-
do que ellos conocieran y amaran a Carmen Villade-
moros, la hija que les traía de la ciudad de los Vi-
rreyes.
Desde el día en que marchó con las tropas de
Escalada al combate de San Lorenzo, el Rosario, enton-
ces capilla y ahora ilustre y fiel villa, mostraba algu-
nos cambios, pero no precisamente progresos. Las le-
vas y el constante reñir de los caudillos no eran estí-
mulos para el desarrollo de la población. Después del
incendio de 1819, por allí pasaron, depredando y ape-
llidando guerra, algunos escuadrones del ejército au-
Perú sublevado en Arequito, las caballerías
xiliar del
de López y Ramírez camino de la victoria de Cepeda,
las montoneras santafesinas que retornaban derrotadas
por Manuel Dorrego en Pavón y las que iban a tomar
el desquite al Gamonal; y en su ejido acamparon cin-
co días las tropas de Lavalle para alejarse y ser bati-
211
MATEO B O O Z
das en el Puente de Márquez. Por las inmediaciones
de la villa, foseada y zanjeada, desfiló años más tarde
el general unitario escueto, trágico, duro: lo conducía
su estrella aciaga a la hecatombe de Quebracho Herra-
do y a la muerte ruin agazapada en una casucha ju je-
ña. Ahora, afianzado en el mando el brigadier general
Juan Manuel de Rosas, suponían los vecinos de la vi-
llaque alboreaba para ellos una era de tranquilidad.
Las esperanzas las robustecían la presencia de Juan Pa-
blo López en el Cabildo de Santa Fe; Mascarilla, que
vivió en el Rosario, contaba entre los rosarinos con
numerosos fieles.
Santiago Ontiveros y Varg&s buscó alguna ocu-
pación. Le habría sido fácil encontrarla en las filas del
ejército federal. Pero prefería, en pos de tantos ajetreos
militares, un quehacer sedentario. Tenía una cualidad
notable: la buena letra; y se le asignó una plaza en
el Juzgado de Paz, a las órdenes de don Juan José
Benegas, para tirar oficios.
Fruto del matrimonio del santafesino con la pe-
ruana: una niña, Carmen Ontiveros y Villademoros,
que fué creciendo y sazonándose con serena holgura.
Y mientras crecía y se sazonaba, sucedían algunos acon-
tecimientos: la caída de Rosas, el tránsito de la villa
a la categoría de ciudad y la libre navegación de los
ríos, base del engrandecimiento del Rosario.
Carmen Ontiveros y Villademoros, ya moza de 17
años, se unió con Humberto Gasparotti, muchacho ge-
novés, dueño de un almacén de artículos marinos en
212
.
SOLDADOS Y ALMACENEROS
las inmediaciones de la Aduana.
Esta boda provocó la oposición paterna. El capi-
tán y su mujer habrían preferido para su unigénita
algún joven menos basto de indumentaria y modales
y con antecedentes de familia en la ciudad. ¿No había
acaso en la oficialidad de los piquetes y en las tiendas
de paños de la calle Córdoba o de la calle Puerto
muchos buenos partidos para las muchachas rosarinas?
Pero cuando esas criaturas se encaprichan . .
Carmen Villademoros de Ontiveros falleció; sus
relaciones dijeron que a causa de disgusto. Los perió-
dicos de la ciudad exaltaron las virtudes de la difun-
ta y su ejemplar consagración a las obras de benefi-
cencia.
El viudo siguió, hasta su último año, asistiendo a
loste-déums y paradas militares de las fiestas patrias.
El medallerío que en esas ocasiones lucía su pecho,
certificaba su condición de auténtico guerrero de la in-
dependencia.
4. biznietos
EL hijo de
veros
Humberto Gasparotti y Carmen
y Villademoros, recibió en la pila bautismal
Onti-
el nombre de sus antepasados rosarinos, aunque italia-
nizado por costumbre hogareña. En su juventud fué
Giácomo; en su edad provecta fué don Giácomo.
Heredó un poderoso establecimiento importador;
213
MATEO BOOZ
surtía con sus mercancías a las colonias de Santa Fe
y a los comercios de las Provincias. Alguna vez debió
el Gobierno servirse de los millones de esa firma para
aliviar los ahogos de sus presupuestos.
A la par del comercio de don Giácomo, la prospe-
ridad se enseñoreaba de la urbe naciente. La edifica-
ción se extendía horizontal y vertical. Ya empezaba a
rebasar las fronteras, antes lejanas, de los dos buleva-
res: el bulevar Santafesino, paseo de coches y de ji-
netes en pingos corveteadores, y el bulevar Argenti-
no con los rieles en medio. Y ya descollaban sobre el
panorama de la ciudad, sacando lumbres de ascuas con
el rol de la tarde, algunos miradores vidriados; y a nu-
merosas causas se permitían competir en altura con las
torres de Nuestra Señora del Rosario.
Los ferrocarriles, el puerto, la absorción de inte-
ligencias y brazos y la energía tesonera de los mora-
dores de la ciudad, creaban el milagro de la transfor-
mación.
Todo eso, algún estadígrafo laborioso y enamora-
do de su terruño, como don Gabriel Carrasco, lo pu-
so en cifras comparativas y en láminas pueriles y de
singular persuasión.
Vinieron luego los desbarajustes financieros del
90, las convulsiones armadas del 93, la sublevación
militar del 95, las procelosas experiencias del comi-
do libre y posteriormente el colazo de la crisis mundial.
Y a pesar de todos esos castigos, las fuerzas vitales
de la admirable ciudad santafesina no se quebranta-
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SOLDADOS Y ALMACENEROS
ron ni han de quebrantarse. Al pie de los rascacielos
rueda la avalancha de los autos, se encienden y pal-
pitan los letreros luminosos, dilátanse los barrios por
los espacios abiertos, puéblase el río de ultramarinos
y balandras, y todas las mañanas medio millón de se-
res madruga con optimismo para emprender su faena
cotidiana.
¡Don Pedro Tuella y Mompesar se quedó corto en
su predecir y en su soñar!
5. choznos
DON Giácomo reposa hoy en
Salvador. Un ha labrado, para su
artista genovés
el cementerio de San
fastuoso y merecido panteón, un busto de Carrara. El
granito perpetúa, con lentes de oro y cuello de palo-
mita, la figura terrena de ese benemérito propulsor de
mi ciudad natal.
Y ahora hay comerciantes, políticos, doctores y hasta
un poeta vanguardista entre la descendencia fluente de
aquel capitán gaditano, Santiago Ontiveros y Sotomayor,
que vino al Pago de los Arroyos en los días de don Fran-
cisco de Godoy.
215
J/'in
orrea, Miquel íngel
Aleluyas del brigadier
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