¿QUE ES EL CARLISMO?
(Algunas opiniones externas, bien documentadas, sobre el verdadero carlismo,
el carlismo popular, el Partido Carlista )
El Carlismo.
Marta Ouviña-Historiadora
La cuestión monárquica sólo es una excusa legitimista del primer carlismo, que
pretendía el mantenimiento de los esquemas formales del Antiguo Régimen.
No puede hablarse de unas motivaciones concretas y estrictas generales al
carlismo en cualquier parte de España. Un entrecruzamiento de motivaciones
sociales, económicas, regionales y hasta religiosas constituía la trama de
identidad del carlismo.
La primera guerra carlista, iniciada el 3 de octubre de 1833 en Talavera de la
Reina , se extendió casi de inmediato por el País Vasco-navarro, Aragón,
Cataluña, País Valenciano y Castilla, zonas en la que el carlismo tuvo mayor
arraigo y continuidad. La cuestión foral fue eludida en los primeros manifiestos
reales, pese a que a tal reivindicación se remitían desde un principio los
documentos que emanaban de los jefes populares. La primera etapa en la
liberación interna del Partido Carlista se produjo un año después de iniciarse la
guerra. El 7 de septiembre de 1834, don Carlos se refirió explícitamente a la
conservación de los fueros y se sometió a partir de entonces, y en todos sus
actos de gobierno, a las leyes propias de de los vascos en cada uno de sus
territorios. Para Guipúzcoa y Vizcaya la primera guerra concluyó en 1839 con el
convenio de Vergara; en él se prometía a los vascos el mantenimiento total de
sus libertades (lo que no se cumplió) . Para los pueblos de la antigua
Confederación Catalano-Aragonesa el conflicto no concluyó hasta 1840; este
pueblo resistió por INQUIETUDES ESTRICTAMENTE SOCIALES, hasta tal
punto que la guerra, en el País Valenciano y en Aragón, podía calificarse como
"guerra de hambre", pues la casi totalidad de la base que sustentó el partido en
ese tiempo estuvo constituida por voluntarios de las zonas más deprimidas de
ambos países.
Finalizado el primer conflicto, el partido mantuvo una vida bastante lánguida,
aunque pronto reinició sus actividades políticas, dirigidas nuevamente a
provocar un alzamiento armado contra lo establecido. En 1845 el primer Carlos
abdicó en su hijo Carlos Luís, también conocido como conde de Montemolín.
Su actividad como nuevo líder se encaminó a dar una imagen más "aceptable"
para las potencias democráticas de la época. Para ello realizó diversos viajes
con éxito personal, pero sin conseguir apoyo para su causa. En 1846 se inició
la "guerra dels Matiners", que se desarrolló exclusivamente en Cataluña, pues
el control militar que sufrían Euskadi, Aragón y el País Valenciano impidió que
se extendiese la guerra. El pueblo se alzó al grito de "Viva Carlos VI y la
Constitución !".Los voluntarios actuaban conjuntamente con progresistas y
republicanos federales, y se gritó por primera vez en Cataluña "Vivan los
Fueros!". LOS CARLISTAS BUSCABAN POR MEDIO DE ESTA GUERRA EL
DERROCAMIENTO DEL RÉGIMEN MODERADO EN EL PODER Y LA
INSTAURACIÓN DE UN SISTEMA PROGRESISTA Y FEDERAL. La guerra
concluyó en 1849 por puro aplastamiento de las fuerzas gubernamentales de
represión. En 1860 se intentó un golpe de estado en San Carlos de la Rápita. A
la muerte de Montemolín, la jefatura del partido recayó en su hermano Juan III.
Don Juan, muy proclive hacia el liberalismo, llegó incluso a ciertas
insinuaciones de acatamiento de la dinastía reinante. Como consecuencia de
esa actitud, el año de 1868 se publicó un documento, firmado por la princesa
de Beira, madrastra de don Juan, en el que se desautorizaba a éste, en base a
que había roto el pacto con el pueblo, que le exigía su condición de titular
dinástico.
A consecuencia de la revolución burguesa de 1868 se produjo la tercera guerra
carlista. En las filas del carlismo de infiltraron los católicos moderados o
neocatólicos, hombres que se llamaban carlistas, pero que en su gran mayoría
eran de adscripción alfonsina. En 1870 se produjeron las primeras intentonas
para el nuevo conflicto, que no llegó a fructificar claramente hasta el año
1872.El indiscutible obstáculo que representó para el desarrollo de esa guerra
la desasistencia económica con que se contaba en un principio, no fue
inconveniente para que el carlismo desarrollase UNA DE LAS EXPERIENCIAS
MÁS IMPORTANTES Y ATRACTIVAS DE LA HISTORIA CONTEMPORÁNEA :
LA PUESTA EN PRÁCTICA DEL FEDERALISMO EN TODOS LOS
TERRITORIOS GOBERNADOS POR EL RÉGIMEN PRESIDIDO POR
CARLOS VII. Durante los cuatro años escasos que el sistema carlista controló
un tercio de la península se logró poner en plena vigencia los sistemas
autonómicos vascos y restaurar el gobierno propio de la Generalidad en
Cataluña. Tras el golpe militar del 29 de diciembre de 1874 por el que la
oligarquía liberal instauró a Alfonso XII, la guerra estaba prácticamente perdida
para el carlismo, que se vio aplastado por una masa muy superior de fuerzas. A
partir de entonces se inició una nueva etapa para el partido. Carlos VII siguió al
frente del carlismo, pero su talante democrático le hizo ser mal visto por la
reacción que aún pervivía en sus filas. Las acusaciones de que fue objeto
Carlos VII llegaron a fructificar en una escisión en 1888, naciendo como partido
político el integrismo, del que fue mentor y jefe máximo Nocedal.
Al morir en 1909 Carlos VII, le sucedió su hijo Jaime, con el que se inició otra
etapa de la historia del partido. La declarada beligerancia de don Jaime contra
la dictadura de Primo de Rivera provocó una dura reacción del nuevo régimen,
que quedaría plasmada en una represión extrema. Al proclamarse la república
en 1931 don Jaime hizo público un manifiesto en el que aceptaba la voluntad
popular e instó a su partido a que colaborara en la república.
La caída de la dictadura y el subsiguiente peligro de derrocamiento de la
monarquía fue detectado inmediatamente por la derecha, que intentó volver a
controlar la masa popular del carlismo. Los que en 1888 se habían separado de
Carlos VII por considerarle "modernista"; los que en 1918 se habían separado
de don Jaime por su espíritu democrático; los que en fin, en 1923 habían
aceptado entusiásticamente a Primo de Rivera desobedeciendo con ello la
línea del partido, iniciaron una maniobra de acercamiento. Los objetivos de la
derecha se consiguieron en parte cuando en octubre de 1931 falleció don
Jaime y fue elegido nuevo rey un tío del extinto llamado Alfonso Carlos. El
nuevo líder -hermano de Carlos VII- era un anciano de más de 80 años, de
ideología muy cercana al integrismo. EL CAMBIO SUFRIDO POR EL
CARLISMO FUE RADICAL. De aceptarse la república se pasó a conspirar
contra ella. En 1934, un hombre hasta entonces casi desconocido, el andaluz
Manuel Fal Conde, de formación católica integrista, fue nombrado secretario
del partido. Su designación significó el fortalecimiento de las unidades
paramilitares carlistas y la preparación acelerada de un alzamiento.
En 1936 los trabajos conspirativos estaban ya muy adelantados. Iniciada la
guerra, los carlistas lograron que su aportación fuera decisiva para el triunfo de
la conspiración. EL CARÁCTER TOTALITARIO DEL NUEVO RÉGIMEN
ESTABA EN CONTRADICCIÓN ABSOLUTA CON LOS PLANTEAMIENTOS Y
LA TRAYECTORIA CONTINUADA DEL PARTIDO CARLISTA. En 1937 el
enfrentamiento entre estas tesis quedó plenamente de manifiesto ante el hecho
consumado del Decreto de Unificación, al que Fal Conde se opondría.
Terminada la guerra, el carlismo siguió oponiéndose al sistema totalitario en el
poder. El partido seguía estando dirigido por Fal Conde, que aunque integrista,
era profundamente antifascista. El carlismo no tenía rey en aquel tiempo. Don
Alfonso Carlos había muerto sin sucesión y para evitar que el partido cayese en
manos de la dinastía alfonsina, nombró regente a su sobrino don Javier de
Borbón Parma.
En 1952, y con ocasión de celebrarse el Congreso Eucarístico Internacional de
Barcelona, don Javier logró entrar en España, y en Barcelona una asamblea de
jefes carlistas le instó a que aceptara ser el nuevo rey. Tras una etapa de
preparación y puesta en marcha del carlismo, en 1957 don Carlos Hugo se
presentó oficialmente a los carlistas en el acto de Montejurra. En 1975 don
Javier delegó los poderes y dirección del partido en su hijo Carlos Hugo, que
sucedió en todos sus derechos a don Javier, a la muerte de éste en mayo de
1977. El Partido Carlista no participó en las elecciones generales legislativas
del 15 de Junio de 1977 toda vez que su legalización fue posterior a esa fecha
(9 de Julio). El regreso oficial a España de don Carlos Hugo se produjo el 28 de
octubre de ese mismo año.
ACTUAL PROYECTO POLÍTICO CARLISTA.
A partir de 1957, don Carlos Hugo, tras un reconocimiento de la realidad
política española, trató de inspirar una nueva energía a los carlistas y despertar
un nuevo interés político, comenzando una larga y difícil tarea de
reconstrucción del carlismo con vistas a su evolución ideológica.
Cursillos, asambleas y congresos realizados durante estos últimos años han
permitido al carlismo hacer una autocrítica histórica, formular el proyecto
adecuado a los valores populares y plantear un socialismo autogestionario y
federalista. Pese a los procedimientos de represión franquista (toda la familia
Borbón Parma fue expulsada en distintas ocasiones del territorio nacional) y a
la resistencia de integristas que aún perduraban en el seno del carlismo, el
partido ha logrado participar activamente, junto con las fuerzas de oposición, en
la LUCHA POR LA DEMOCRACIA.
El objetivo del Partido Carlista es la búsqueda de la libertad y de la igualdad,
con la participación íntegra y democrática del hombre en las responsabilidades
y decisiones de su comunidad. Esto se traduce, en un orden político, en la
busca de la reapropiación por la sociedad de los elementos de poder que le dé
el autogobierno, con la facultad de auto realizarse el hombre socialmente. Los
principios socialistas impregnan así la ideología del carlismo.
El carlismo cree que deben existir unas bases fundamentales para esta
democracia, unos mecanismos imprescindibles para la integración del
ciudadano en las responsabilidades de la vida pública: la empresa o su
prolongación social, el sindicato ; la comunidad regional o nacional y su
prolongación el estado socialista federal y autogestionario; y los partidos
políticos populares, con su prolongación en la participación integral de todos los
ciudadanos en las decisiones políticas.
CARLISMO, UNA MÍSTICA
Pablo Antoñana Chasco
Estoy diciendo que el movimiento carlista fue un movimiento insurreccional
movido por la pasión de los ideales confusos, viscerales, que se encuentran
disfrazados o no, pero que en su substrato más profundo anida una fe y lealtad
a principios que no parece encontrar justificación al ser defendidos con las
armas en la mano. El caso es que ocurrió. Una mística, un profetismo, animó a
ello. Se llamó al pueblo a la insurrección y acudió. Unánime, enardecido. Los
testigos presenciales como cesáreo Montoya escribe: “Hubo pueblos en los
que no quedó hombre capaz de sustentar el peso de las armas que no corriera
a empuñarlas. Las mujeres animaban a los tímidos, encendían a los tibios,
insultaban a los indiferentes o contrarios”. Debió de leer este texto Valle Inclán
cuando en las “Cruzadas de la Causa ” escribe: “ En las provincias donde hay
guerra podría decirse que todos son soldados, lo mismo los hombres que las
mujeres, hasta las piedras”. Hay discrepancias entre los historiadores a la hora
de interpretar este hecho inexplicable: Un pueblo en armas, festeja la cogida al
enemigo de un cañón que después de la batalla de Eraul, lo pasean adornado
con ramajes de lugar en lugar. Mujeres, viejos y niños recogen después de una
refriega los cartuchos vacíos para volver a cargarlos. Un fervor que concierte
en fantasma al combatiente carlista; "En cada aldea, en cada posada, en cada
camino, hay atentos ojos, oídos que nos vigilan”, dice en el comunicado el jefe
de un batallón liberal.
Se dividen las opiniones sobre los motivos reales de la insurrección que tuvo
en jaque a todo un ejército organizado y con el respaldo internacional. Dios, la
religión, una dinastía, las viejas leyes, temor ante lo nuevo, todo junto, aun
cuando la graduación de los ingrediente se altera según los casos. Sir Vicent
Kennet Barringhton, médico inglés en el hospital de Irache, dice oír de voca de
los heridos que: “they are fighting for a noble cause, the cause of de God and
their King but they do not hesitate to admit that they are also fighting for their
liberties and fueros wich the rest of the Spain do not feel disposed to allow
them”. Don Miguel de Unamuno se queja (”En torno al casticismo”) “cuándo se
estudiará con amor aquel desbordamiento popular... lo encasillaron, formularon
y cristalizaron, y hoy no se ve aquel empuje laico, democrático, popular, aquella
protesta contra todo mandarinato, todo intelectualismo y todo
charlamentarismo, contra la aristocracia y la centralización unificadora... se
empantanó y, al adquirir programa y forma, perdió su virtud”; “el carlismo nació
contra la desamortización, no sólo de los bienes del clero, sino de los bienes
del común”; “ hay dos carlismos, el popular de fondo socialista y federal y hasta
anárquico... otro, el escolástico, esa miseria de bachilleres, canónigos, curas,
barberos ergotistas y raciocinadores...”; “ podría hacer un trabajo acerca de lo
que puede llamarse socialismo carlista”.
Quizá hubiera leído el Plan que Indalecio Caso, militante carlista, envió a
Carlos VII. Una exposición que consta de 62 puntos de los que entresaco:
Instalar fuera de la ciudad toda dependencia del Estado.
Diseminar el ejército componiéndolo de fuerzas o milicias mandadas por
milicianos veteranos, de modo que los soldados queden en su domicilio
entregados a sus faenas habituales con obligación de asistir a ejercicios y
revistas.
Suprimir la policía asalariada y que los hombres honrados ejerzan por sí
mismos la vigilancia pública.
Imponer a la aristocracia la fundación de colonias agrícolas para cultivar las
tierras que no lo están
No permitir que la Diputaciones sigan malgastando en festejos, teatros, plazas
de toros, alumbrados superfluos.
No consentir la construcción de grandes monasterios, sino de muchos y
modestos que enseñen agricultura, las ciencias y las artes, procurando que
estos monasterios se multipliquen.
Imponer en la construcción de casas y fábricas condiciones de altura,
desahogo que permita esparcirlas y no aglomerarlas.
Quizá también le llegó este Plan a Karl Marx cuando escribió: “ El
tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares nacionales
de campesinos, pequeño hidalgos y clero, en tanto que el liberalismo estaba
encarnado en el militarismo, el capitalismo, la aristocracia latifundista y los
intereses secularizados”. Más tarde en nuestros días, Antonio Elorza nos dice: “
como todos los jornaleros de la tierra baja, donde el carlismo es opinión
radicalmente democrática, con puntos y ribetes socialistas era partidario
acérrimo de don Carlos” otra opinión que se le empareja es la de M. Puy Huici:
“ El carlismo hoy; (11-X-89), está totalmente asimilado al socialismo, incluso
puede ser una conciencia crítica del mismo”; y cita a Vázquez de Mella
apoyando su tesis: “cuando los carlistas pierdan sus símbolos o se marcharán
a casa o engrosarán las muchedumbres socialistas”.
No es descabellado pensar que el nuevo carlismo no se desangró en
Montejurra 76, el de Carlos Hugo, buscase las originales raíces cuando habló
de carlismo autogestionario. Y que el Partido Carlista del 2002 se llame de
Euskalherria y que publique en junio d este mismo año El Federal, que llega
hasta el Cantón federalista de Cartagena, 1872, con el que mantuvo relaciones.
Es un regreso al carlismo socialista y popular. Los que salieron como las ratas
del barco pertenecen a esa otra rama descrita por don Miguel, de canónigos,
sacristanes y barberos raciocinadores
Pablo Antoñana Chasco
Las fosas de Franco.
Relata Pablo Antoñana en su libro “De esta tierra y otras guerras perdidas”,
pag. 36: “Cuentan los requetés combatientes quejándose, que ellos, los
requetés, se batían el cobre en la trinchera, ganaban posiciones y entraban en
el pueblo, paraban el tiempo justo que les permitía la estrategia militar, pero
casi sin irse aparecían los falangistas, de nuevo cuño, advenedizos al
levantamiento, con su camioneta, sus cubos de engrudo, sus pasquines, sus
escaleras de pintor de brocha gorda e inundaban de carteles las paredes del
pueblo con las consignas propias “Por el Imperio hacia Dios”...”
Y cuento yo de los relatos de mis compañeros carlistas de la época, que hacían
más que llevarse el mérito de los requetés, tras ellos, con sus cubos de
engrudo y sus pinturas.
Si la guerra era, y lo es, el acto más miserable del ser humano, los falangistas,
con sus fusilamientos sistemáticos, lograban hacerla más inhumana si cabe.
Emilio Silva y Santiago Macías han escrito un conmovedor libro, “Las fosas de
Franco”, con multitud de datos sobre los fusilamientos de los que “defendían la
legalidad republicana”, frase repetida hasta la saciedad.
En todo el libro no he encontrado una sola reflexión sobre lo que llegó a
significar la “legalidad republicana” para la otra media España fusilada.
Pero no es mi cometido cuestionar el, innegable, trasfondo político subyacente
del libro, que nos relata de manera familiar, unos pocos ejemplo de los más de
treinta mil asesinatos imputables a las tropas de Franco.
Nacionales y Republicanos se entregaron con inusitado frenesí de sangre. Esto
es historia y no hay más que añadir.
Como carlista, mi partidismo no debe ser razón para no ver la realidad, esta no
es otra que la existencia de un perpetuado agravio comparativo. Mientras la
practica totalidad de los asesinados por las gentes de la República , sus
familiares recuperaron sus cuerpos y los honraron debidamente. Más de treinta
mil fusilados republicanos están esparcidos por simas y cunetas de nuestro
país sin que las autoridades hagan nada por recuperar sus cuerpos.
¿La memoria de nuestros enemigos?. ¿No se trata también de nuestra
memoria?. Ellos nuestros enemigos de antaño, son parte de nuestra memoria,
en muchos casos señalándonos con los nombres y apellidos de quienes los
masacraron.
Hace tiempo me relataron esta historia. Acabada la guerra, un grupo de
falangistas se acercaron a un pequeño pueblo extremeño, juntaron a la gente
en la plaza y decidieron a quien iban a fusilar. El cura del pueblo, sentado en
una mesa a la puerta de una cantina, no perdía ojo de las idas y venidas de los
camisas azules, digamos que veía tranquilamente la escena, con la clásica
pachorra de quien no se pone nervioso fácilmente. Me contaron como
lentamente dejó su baso de vino sobre la mesa, se levantó y se encaminó
hacia el capitán falangista, pausadamente, sin aspavientos, como quien sabe el
paño que toca.
Al cura la sotana le ladeaba ligeramente, de forma que le colgaba más por la
parte de la izquierda que por la derecha. Este detalle, de sobra conocido en el
pueblo, no pasó desapercibido al falangista.
El cura, parco en palabras, ni estimó presentarse, tan solo dijo:
Tú serás capitán de la Falange , pero yo he sido comandante de requetés.
Así que me dejas a esta gente aquí, y te vas ahora mismo de este pueblo... ¡o
te pego un tiro!.
Esa vez la Falange se fue de vacío.
¡Español de puro bruto!. Se decía en las Américas. Pero en los años de la
posguerra, no todos los pueblos tenían un ángel de la guarda con los atributos
bien puestos, o el amparo de Dios.
El Monte Jurra
Pablo Antoñana
Leo en los periódicos que a los muertos, tiroteados aquel día, el 9 de mayo de
1976, en la montaña «sagrada» de los carlistas no se les concede la condición
de acogidos al decreto de víctimas del terrorismo. No entro ni salgo, pero yo
estuve allí ese día. Fui, vi, oí, y volví conmovido por lo allí recogido.
El relato de esos días es más para darlo en pormenor y minucia de memorias
que para dejarlo hilvanado en una hoja como esta. No obstante haré un
bosquejo breve y sucinto.
El Monte Jurra siempre fue una ladera boscosa, charas, monte bajo, la cima
con restos de fortificación donde se suponen troneras para cañoncitos, como
de juguete, fundidos, a lo primitivo, en Azcona o Zudaire, que no impidieron, no
obstante, perder la guerra. Testigo de esa última derrota fue el protagonista de
"Pour Don Carlos", de Pierre Benoit, que vio las faldas del Monte Jurra
cubiertas de muertos y heridos agonizando y soldados a la desbandada. Y el 9
de mayo de 1976, en el mismo escenario, puede fecharse como la certificación
de defunción de un movimiento, el carlista, que pervivió siglo y medio.
Esa romería o concentración, comenzada por los voluntarios requetés, con los
atavíos de la guerra recién ganada y también perdida, a la tercera no va la
vencida: capote de oficial con solapas de piel de conejo, boina y borla,
cartucheras, polainas y cruces condecoradoras en las delanteras de los
ponchos. Una cruz de madera sin adornos con la leyenda «Ave Crux, spes
única», los presidía.
Y después, con el tiempo, llegaron gentes de toda la geografía ibérica, no sé si
llamados a conmemorar las batallas crueles, a bayoneta calada y a la carrera,
que alrededor del monte Jurra se ganaron y perdieron o a protestar por el trato
recibido después de haber ganado. Se repartan los ingredientes mitad por
mitad. Procedían del Maestrazgo, de la Andalucía , de las Provincias, (nosotros
siempre las llamamos así a las Vascongadas), de la Rioja y Aragón, de Vich, y
tampoco faltaban los gallegos de esa Galicia olvidada. Primero eran pocos,
luego se corrió la voz, y llegaban como tropa ruidosa, con vestidos de viejos
carlistas, con banderines, cornetines, y hasta hacían la instrucción en desfile
caricatura ante nuestros ojos atónitos, como si volviese, por el túnel del tiempo,
el 18 de julio. Boinas, gritos de viva el rey legítimo, sin oficial aposentador
ocupaban casas, pajares, desvanes, hasta sacristías, y el monte Jurra se
llenaba de extraño fervor.
El dictador lo permitía, ellos sabrían por qué, quizá por ser estimado como
desfogue a campo abierto, discursos decimonónicos, con igual empaque y
énfasis. Aquello se encendía. Ya la noche la ocupaba el paso incesante de
coches, autocares, como brigadas motorizadas previas a una batalla. Toda la
noche igual que río salido de madre. Y ya no venían sólo carlistas, llegaban
gentes de todas las ideas, unidos bajo la única bandera de oposición y
resistencia al franquismo. Acudían, en el anonimato, cabecillas de movimientos
clandestinos, observadores de periódicos extranjeros, curiosos, y cuando ya
agotado el fervor caótico, los discursos, arengas militares casi, y las botas de
vino, nuestros oídos se llenaban del detalle de lo ocurrido, pues cualquiera de
los asistentes regresaba, corresponsal sin acreditación, con el relato fidedigno
de lo ocurrido. Venían fatigados, con el disfraz de soldado voluntario de la
segunda guerra.
Aquel 9 de mayo fue distinto. Se convocaba en nombre de la libertad, el
socialismo y la autogestión y por la libertad de los pueblos. Parecía como un
regreso al «plan» casi anarquista de Indalecio Caso, un carlista lúcido, del
carlismo popular del que habla Unamuno y al que elogia Karl Marx. Y eso era
más de lo que se podía tolerar. Así, los días que precedieron a esa fecha
fueron días de trajín y ajetreo. Viajes de conspiración por otro supuesto
pretendiente, Don Sixto de Borbón Parma, (yo lo vi tieso a la puerta de un
Cadillac) conciliábulos, presagios de tormenta. Tensión. La víspera se les oyó,
a los llamémosle «sixtinos», decir provocadores que estaban confesados y
comulgados y portaban una pistola mostrada en su funda. El tiempo de siempre
volvía a nuestra tierra.
Y así fue. Yo vi, esa mañana trágica, el desfile militar de los «sixtinos»
pertrechados como para entrar en combate, mandados por alguien que lucía
estrellas de oficial. Llegué a tiempo de ver cómo retiraban un cuerpo herido de
bala, cómo el desasosiego, el pavor y la huidas por las faldas del monte, la
noticia transmitida de boca a oído de más muertos, de la posición de una
ametralladora en la cima, y el monasterio de Hirache fue refugio. Se dijo, se
vio, se confirmó después que estaba bien urdido y tramado, desde el Gobierno.
Y supimos que Carlos Hugo, el del carlismo autogestionario entró y salió con
precipitación al bosque trasladado en parihuelas de camillero, simulando
herido, por alguien que luego iba a militar, y con relevancia, en otras filas.
Después, la desbandada. No olvidaré aquel día en que asistí, como testigo, a la
defunción de la causa cantada con fervor de adicto por el ínclito Don Ramón
María del Valle Inclán. *
NOTAS DE ARTICULO
Pablo Antoñana
los ataques de Godoy y los Borbones (jacobinos) a la estructura jurídica del
reino de Navarra provocaron el carlismo y sus sucesivas derrotas. Desde el
abrazo o convenio de Vergara («art. 1º.-Don Baldomero Espartero
recomendará (...) proponer a las Cortes la concesión o modificación de los
fueros») el carlismo se convirtió en foco de insurrección, pústula infecciosa que
contaminó todo el siglo XIX y la mitad del XX. En dos sangrientas ocasiones el
Ejército del Norte combatió y fue combatido, guerrilleros montaraces lo
pusieron en aprieto, los evocó líricamente Valle Inclán, anarquista sui generis
que nunca renunció al carlismo. Y del carlismo llano, el de los soldados rasos,
dijo Unamuno: «aquel empuje laico, democrático y popular (...) de fondo
socialista y federal y hasta anárquico», coincidiendo con el Plan de Indalecio
Caso, presentado a Carlos VII en Metauten y no atendido, que decía entre
otras cosas: «suprimir la policía asalariada y que los hombres honrados ejerzan
por sí mismos la vigilancia pública». Karl Marx, de todos conocido, escribió:
«...el tradicionalismo carlista tenía unas bases auténticamente populares,
nacionales, de campesinos, peque- ños hidalgos y clero, en tanto que el
capitalismo estaba encarnado en el militarismo, la aristocracia latifundista y los
intereses secularizados». En nuestros días Antonio Elorza nos dice: «...los
jornaleros de la tierra baja, donde el carlismo es opinión radicalmente
democrática con puntos y ribetes socialistas». Vazquez de Mella pronosticó:
«cuando los carlistas marchen a casa engrosarán las multitudes socialistas».
Añado otra cita, la de Kenett Barringhton, médico inglés y protestante en el
hospital de la Caridad de Hirache, que escribe a su madre sobre los
voluntarios: «...they are also fighting for their liberties and fueros». («están
también luchando por sus libertades y fueros»). Item más, la Segunda carlista
sirvió para saber que el mapa dibujado por el licenciado D. Francisco Jorge
Torres en su “Cartografía hispano científica” (1853) en que dividía a Castilla-
España en «provincias exentas (las vascongadas y Navarra), asimiladas y
constitucionales», ya no tenía sentido ni vigencia. Se vuelven a podar los
«fueros vascos». Viene en 1893 la protesta multitudinaria de la Gamazada , y
en el café Iruña de Pamplona los hermanos Arana diseñan la bandera
bizcaitarra, luego convertida en ikurriña. Y el republicanismo federal vasco de
Serafín Olave, y la Confederación Vasco-navarra para el Congreso. Y el
problema sigue. Omito hablar del Estatuto vasco-navarro y otros intentos de
reintegración foral.
Los cuarenta de Artajona
Jose Mari Esparza Zabalegi
Dicen de ellos que cuando entraron en Donostia en 1936, el mayor número de
bajas que tuvieron fue en las puertas giratorias de la Diputación , por querer
entrar todos a la vez. Que se llevaron las máquinas de escribir pensando que
eran acordeones. Que quisieron rebautizar la Concha llamándola Playa de
Artajona. "Navarro ni de barro", se decía en Vascongadas, recordando aquella
avalancha requetés aldeanos, diablos de boina roja. En cuántas cenas no
hemos cantado, hartos de vino y de guasa, aquello de «Cantad valientes hijos
de Artajona, cantad a la Virgen de Jerusalén...»
Lo que no se dice es que, en los pueblos más carlistas de Navarra,
comenzando por Artajona y Mendigorria, no hubo fusilamientos. Que lo primero
que hicieron al entrar en Gernika fue acudir bajo el Arbol a jurar los Fueros.
Que atacaron Bilbao, corazón del liberalismo, empujados por la misma inercia
atávica de sus padres y abuelos. Que cuando saldaron el comunal navarro
para que lo compraran los ricos, Artajona fue de los pocos pueblos que supo
mantener sus tierras, comprándolas de nuevo, de forma colectiva, con una
singular Sociedad de Corralizas, poder popular, equitativo y democrático
vigente todavía, del que deberíamos aprender muchos revolucionarios de
boquilla.
Requetés navarros y gudaris nacionalistas se llevaban el canto un duro: sus
genes políticos eran los mismos. Entre ellos sólo mediaba la industrialización.
Los gudaris perdieron, y entraron en la Historia. Los de Artajona en cambio,
ganaron la única guerra en siglo y medio, y la victoria supuso su desaparición.
La Falange y Franco les quitaron el pan del morral. Cuando quisieron
reaccionar era tarde. Algunos de sus jefes medraron, como siempre, pero ellos
volvieron al surco igual de pobres, rumiando amarguras. Creían haber hecho lo
que debían hacer, y de nuevo les habían engañado. Para cuando Montejurra
floreció como foco antifranquista y sus grupos de acción llegaron incluso a
plantear la lucha armada, el desengaño les había raído todas las ilusiones.
El carlismo navarro tiene raíces más profundas que las que hemos
representado en nuestros chanzas. El PNV los machacó porque eran cuña de
la misma madera. La izquierda abertzale sólo supo hacerles chistes. Ahora
votan a siglas extrañas, aunque ninguna les reconoce su pasado, pero el país
carlista sigue ahí. Se expresa de vez en cuando, en el no a la OTAN ; en los
datos de escolarización en euskera; en los nombres vascos de sus nietos; en el
apego a la tierra; en mil datos que no se explican con los resultados
electorales...
Algún día habrá que repasar la historia. Saltar por encima del franquismo y
reencontrarnos con esa parte del país que dejamos atrás. Y tal vez volvamos a
cantar el Gernikako Arbola con los valientes hijos de Artajona.