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Fanatismo y Revolución en Shardik

Este documento resume la trama inicial de la novela Shardik de Richard Adams. Describe cómo un oso gigante aparece repentinamente en la selva, causando pánico entre los animales. Luego, un incendio forestal se propaga rápidamente y destruye gran parte de la vegetación, posiblemente iniciado por el miedo y la confusión causados por la presencia del oso. El oso huye del fuego, dejando atrás un rastro de destrucción.

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Fanatismo y Revolución en Shardik

Este documento resume la trama inicial de la novela Shardik de Richard Adams. Describe cómo un oso gigante aparece repentinamente en la selva, causando pánico entre los animales. Luego, un incendio forestal se propaga rápidamente y destruye gran parte de la vegetación, posiblemente iniciado por el miedo y la confusión causados por la presencia del oso. El oso huye del fuego, dejando atrás un rastro de destrucción.

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Richard Adams crea en esta novela una civilizacin imaginaria.

Es un gran imperio
con pueblos dominadores y pueblos sojuzgados, diferentes cultos religiosos y poderosos
ejrcitos. Un oso gigantesco (Shardik), catalizador de supersticiones y odios, provoca una
revolucin, pero luego desaparece. Un humilde cazador (Kelderek) se convierte
fortuitamente en un mesas y luego deber afrontar mil peripecias en busca de la enorme
bestia.
Esta novela es una conmovedora denuncia del fanatismo, la crueldad y la violencia.

Richard Adams

Shardik

La sombra y el regreso del oso[1].

Ttulo original: Shardik


Richard Adams, 1974
Traduccin: Patricio Canto

A mi alguna vez pupila Alice Pinto con el sincero afecto de siempre.


.
Odyssey XII, 258-259
(Jams, recorriendo las rutas del mar, vieron mis ojos un espectculo mas lamentable).
La Odisea, XII, 258-259

Agradecimientos

Mi agradecimiento a la ayuda que he recibido de mis amigos Reg. Sones y John


Apps, que leyeron el libro antes de su publicacin y me hicieron valiosas crticas y
sugerencias.
El manuscrito fue mecanografiado por Mrs. Margaret Apps y Mrs. Barbara
Cheeseman. Les agradezco muy especialmente por su paciencia y esmero.
Los mapas fueron dibujados por Mrs. Marilyn Hemmett y no necesitan que yo los
elogie. La colaboracin de una competente cartgrafa es de por s un gran acierto[2].

He aqu que envo mi mensajero Pero,


quin podr soportar el da de su venida?
quin podr estar en pie cuando l aparezca?
Porque l es como fuego purificador.
Malaquas, Captulo III, vv. 1-2

La supersticin y el accidente manifiestan la voluntad de Dios.


C.G. Jung

Libro I
Ortelga

1
El incendio

La gran selva nunca estaba callada, ni siquiera cuando llegaba el calor seco de fines
de verano. Sobre el suelo tierra yerma y blanda, ramas y ramillas cadas, hojas ptridas,
negras como cenizas flua una corriente continua de ruido. Del mismo modo que una
fogata arde con el murmullo de las llamas, con la explosin intermitente de los nudos de los
leos y la cada de los carbones, en el suelo de la selva las horas de luz crepuscular
transcurran con susurros, chapoteos, breves soplos de aire, el susurro de las corridas de los
roedores, las serpientes y los lagartos y, de cuando en cuando, de algn animal ms grande
que se mova. Por arriba, en la tenue luz verdosa de las plantas trepadoras y los ramajes, se
formaba otro reino, habitado por los monos y los perezosos, por araas cazadoras e
innumerables pjaros seres que pasan sus vidas muy por encima del suelo. Aqu los
ruidos eran ms fuertes y ms speros parloteos, repentinos cacareos y gritos, golpeteos
que sonaban a hueco, llamadas como taidos y el murmullo de hojas y ramas desplazadas.
Ms arriba an, en los planos ms altos, donde la luz del sol se derramaba sobre el techo de
la selva, como si ste fuera la cubierta de una masa de nubes verdes, la ronca media luz
ceda lugar a un esplendor silencioso: era la comarca de las grandes mariposas que
revoloteaban entre los ramajes en la soledad, sin ojos que admiraran u odos que captaran el
leve rumor de aquellas maravillosas alas.
Las criaturas del suelo de la selva como los peces ciegos, grotescos, que viven en
las profundidades del ocano habitaban sin saberlo el piso ms bajo del mundo que se
extenda verticalmente desde un crepsculo sin sombras hasta un fulgor deslumbrante.
Seres de costumbres furtivas, que se arrastraban o se escurran, no solan ir lejos y poco
vean del sol y de la luna.
El aire, entre los rboles, apenas pareca moverse. El calor lo haba vuelto ms
denso, al punto que los insectos alados se posaban pesadamente en las mismas hojas en que
desde abajo acechaban el mamboret y la araa, demasiado adormilados para atacar. Un
puercoespn se acerc a un peasco rojizo, ladeado, hozando y escarbando. Rompi una
guarida hecha de bastoncitos y una bestezuela menuda, de orejas redondas, toda ojos, de
patas descarnadas, sali disparando entre las piedras. El puercoespn, sin tomarla en cuenta,
se dispona a comerse los insectos que correteaban por los bastoncitos, cuando se
interrumpi de golpe, levant la cabeza, y se puso a escuchar. En esas estaba cuando un
animalito pardo, parecido a una mangosta, se abri velozmente camino entre los matorrales
y se meti en su madriguera. De ms lejos lleg el ruido de un altercado de pjaros.
Un momento despus tambin el puercoespn haba desaparecido. Haba sentido no
slo el miedo de los otros animales cercanos, sino tambin algo de la causa: una
perturbacin, una vibracin en el suelo de la selva. A corta distancia algo dotado de una
inimaginable pesadez se estaba moviendo y el movimiento golpeaba el suelo como un

tambor. La vibracin aument hasta el punto que un odo humano habra podido discernir
los ruidos dispares de un pesaroso movimiento en la penumbra. Una piedra rod cuesta
abajo sobre las hojas cadas y se oy el ruido de la hojarasca aplastada. Luego, en la parte
alta de la cuesta, ms all de la roca rojiza, la espesa mata de ramas y enredaderas empez a
temblar. Un rbol joven se lade, chirri, se desencaj y cay a tierra, dando saltos cada vez
ms cortos con sus ramas plegadizas, como si no slo el mido, sino tambin el movimiento
de la cada hubiera suscitado ecos en la soledad.
En el claro, a medias oculto por una confusa maraa de enredaderas, hojas y flores
rotas, apareci una figura de terror, monstruosa incluso en aquella comarca salvaje y
perdida. Era grande gigantesca de pie sobre sus patas traseras doblaba con creces la
estatura de un hombre. Sus hirsutos pies tenan unas uas voluminosas, combadas, gruesas
como dedos humanos, de las que colgaban pedazos de helechos y tiras de cortezas de
rboles. La boca estaba abierta: un pozo humeante con postes blancos. El hocico avanzado
husmeaba, mientras los ojos inyectados en sangre y miopes trataban de distinguir el suelo
desconocido que se extenda abajo. Largo rato estuvo quieto, respirando trabajosamente y
gruendo. Despus se dej caer torpemente en cuatro patas y avanzo hacia un matorral. Las
garras redondas raspaban la roca no eran retrctiles y baj por la cuesta hacia el
peasco rojizo. Era un oso un oso como no se ve en mil aos ms fuerte que un
rinoceronte y voluminoso como ocho hombres robustos. Lleg al terreno despejado junto al
peasco y se detuvo, torciendo nerviosamente la cabeza a uno y otro lado. Luego volvi a
levantarse sobre sus patas traseras, olfate el aire, y en ese mismo instante emiti un alarido
profundo, quebrado. Estaba asustado.
Asustado? De qu poda estar asustado este rompedor de rboles, cuyas pisadas
hacan temblar el suelo? El puercoespn, agazapado en su chata madriguera, bajo el
peasco, sinti este miedo con asombro. Qu poda ser lo que lo haba lanzado a
vagabundear por una regin extraa, por una selva densa que no era la suya? Detrs de l
dejaba un olor raro: un Olor agrio, como de plvora, un reguero de miedo.
Una banda de monos pas por arriba, chillando y ululando a medida que
desapareca, en su trayectoria sobre los rboles. Luego un par de jinetas sali al trote de los
matorrales, paso junto al oso sin mirarlo y se fue con la misma celeridad con que haba
aparecido. Un viento extrao, no natural, soplaba y mova la compacta masa de follaje en lo
alto de la cuesta; de aqu salieron volando los pjaros loros, cotorras y pinzones,
brillantes trepadores azules y verdes, cornejas, picazas y reyes del bosque gritando y
cubriendo el susurro del viento. La selva empez a llenarse con el sonido de roces
apresurados. Un armadillo, herido al parecer, pas arrastrndose; tambin pas un pecar y
el relmpago de una serpiente larga y verde. El puercoespn emergi de su madriguera, casi
a los pies del oso, y se desvaneci. Pero el oso an segua de pie, erguido sobre el peasco
chato, husmeando y vacilante. Luego el viento se volvi ms fuerte, produjo un rumor que
pareca extenderse por toda la selva de parte a parte un rumor como de catarata seca o
como el de una respiracin de gigante el rumor del olor del miedo. El oso se dio vuelta y
se alej a zancadas entre los troncos de los rboles.
El rumor se convirti en un bramido y los animalitos que huan de l ya eran

innumerables. Algunos estaban casi exhaustos pero seguan avanzando con las bocas
abiertas, contradas en muecas, y miradas fijas que nada vean. Algunos tropezaron y fueron
pisoteados. Cintas de humo verde empezaron a aparecer en los claros de la maleza. Muy
pronto las hojas glaucas, del tamao de manos humanas, empezaron a brillar por aqu y por
all con el reflejo de una luz intermitente, saltarina, ms brillante que ninguna de las otras
que haban penetrado hasta entonces en aquella media luz. El calor aument hasta que
ningn ser viviente ni un lagarto, ni una mosca qued junto al peasco. Y entonces,
finalmente, hizo su aparicin un visitante an ms aterrador que el oso gigantesco. Una sola
llama atraves la cortina de plantas trepadoras, desapareci, volvi a mostrarse y
esconderse como una lengua de vbora. Un ramo de hojas secas y puntiagudas, en un
matorral de zeltazla, se incendi y ardi, difundiendo un atroz resplandor en el humo qu
llenaba ahora la selva, como niebla. Inmediatamente despus toda la pared de follaje de la
parte alta de la cuesta fue rasgada desde abajo, como con un cuchillo de fuego, y las llamas
corrieron a lo largo del rbol que el oso haba derribado. En unos instantes el lugar, con
todas sus caractersticas, con todo lo que lo converta en una entidad de olor, de tacto, de
vista, qued destruido para siempre. Un rbol muerto, que haba pasado medio ao ladeado,
sostenido por la vegetacin de abajo, cay incendiado sobre el peasco rojizo, diseminando
sus ramas, rayndolo de negro, como una piel de tigre. El claro, por su parte, tambin ardi,
del mismo modo que haban ardido kilmetros de selva para traer el fuego desde tan lejos.
Y cuando dej de arder, las llamas ms avanzadas, estaban ya a un kilmetro de distancia
del viento, mientras el fuego prosegua su marcha.

2
El ro

El enorme oso se puso a vagar por la selva; a veces se paraba para contemplar esos
parajes desconocidos, pero volva a emprender su trote descuajeringado al sentirse
perseguido de nuevo por el siseo y el hedor de las enredaderas quemadas y la cercana del
fuego. Estaba abrumado de perplejidad y de miedo. Estaba huyendo desde el anochecer del
da anterior, siempre a pesar suyo y siempre incapaz de encontrar una manera de escapar
del peligro. Hasta entonces nunca haba tenido que huir. Durante aos, ninguna criatura
viviente se haba enfrentado con l. Ahora, con una especie de vergenza encolerizada,
segua escapando, tropezando con races vistas a medias, atormentado por la sed y
desesperado por no tener una oportunidad de darse vuelta y luchar con este inasible
enemigo a quien nada lograba asustar. En una ocasin se detuvo en el borde de un terreno
pantanoso, engaado por lo que pareca ser finalmente una falla en el avance del enemigo;
y slo logr huir a tiempo y salvarse antes de verse cercado por el fuego de todos lados.
Una vez, en un rapto de locura, volvi sobre sus pasos y golpe las llamas, hasta que sus
patas quedaron negras y chamuscadas y se vieron listones de otro color en su pelambre. Sin
embarg, segua detenindose y dando vueltas, buscando una oportunidad para pelear; y
mientras prosegua la marcha araaba los troncos de los rboles y desgarraba los matorrales
con los pesados golpes de sus garras.
Ahora avanzaba cada vez ms lentamente, resollaba, tena la lengua fuera y los ojos
entornados por el humo que se acercaba cada vez ms. Una de sus patas chamuscadas
tropez con una roca afilada: el oso cay y rod a un lado y, cuando se levant, se sinti
confundido, dio una media vuelta y se puso a ir y volver sobre sus pasos, paralelamente a la
lnea de las llamas que avanzaban. Estaba agotado y haba perdido el sentido de la
direccin. Sofocado por el humo, ya no poda saber de qu lado vena el fuego. Las llamas
ms cercanas prendieron en una maraa de races resecas de quian y corrieron por encima
de ellas, lamiendo una de las patas delanteras. Entonces, por todos lados, reson un
bramido, como si finalmente el enemigo se lanzara a un cuerpo a cuerpo. Pero ms alto
son el bramido rabioso, frentico del oso mismo, al darse vuelta para luchar por fin.
Balanceando la cabeza y asestando tremendos golpes, que sacaban chispas, al fuego que lo
circundaba, se irgui con toda su estatura, hamacndose hacia delante y atrs, hasta que la
tierra blanda se achat y pareci hundirse bajo su peso. Una larga llama hizo crepitar la
espesa pelambre y al instante el animal qued envuelto en fuego, balancendose y
cabeceando en un ritmo grotesco y terrible. Enfurecido, dolorido, haba llegado hasta el
borde de una pendiente abrupta y de repente, asomndose, vio debajo a otro oso, que
temblaba y gesticulaba, levantando sus patas chamuscadas. Luego cay hacia adelante y
desapareci. Un instante despus se oy el chasquido de un zambulln y el ruido silbante,
aplacado de las aguas profundas.
En una y otra parte, sobre la costa, el fuego se par, disminuy y se apag, hasta que

slo quedaron ardiendo o chispeando aisladamente los puntos en donde la brea era ms
espesa. A travs de kilmetros de vegetacin resecada el incendio haba llegado hasta la
ribera Norte del ro Telthearna y ahora, por fin, no poda seguir su camino.
El oso trat de hallar un punto de apoyo, luch intilmente y subi a la superficie.
La luz deslumbradora se haba ido. El lugar estaba en sombras: las sombras de la cuesta
empinada y de su follaje, que se extenda formando un arco sobre el cauce del ro. El oso
chapale y rod contra la ribera, pero no encontr asidero, en parte porque era muy
empinada y la tierra blanda ceda bajo sus garras, en parte porque la corriente lo desplazaba
continuamente y lo arrastraba. Entonces, mientras se aferraba y jadeaba, el dosel que se
tenda por encima de l empez a llenarse con la luz saltarina del fuego, que prendi en las
ltimas ramas, el techo del tnel. Chispas, fragmentos incendiados y ascuas caan silbando
en el ro. El oso, acosado por esta lluvia atroz, se apart de la orilla y empez a nadar
pesadamente hacia el ro abierto, alejndose de los rboles incendiados.
El sol haba empezado a ponerse, iluminaba el ro a lo largo, tiendo con un rojo
opaco las nubes de humo que pasaban por encima. Flotaban troncos ennegrecidos, macizos
como pisones entre la resaca menor, las masas apeuscadas de cenizas y enredaderas
flotantes. Y en medio de este caos nebuloso nadaba el oso, casi sumergido, jadeante,
emergente de nuevo y luchando contra la corriente. Un leo le asest un golpe en el flanco
que hubiera roto las costillas de un caballo; el animal dej caer sus brazos encima,
asindolo en parte por desesperacin, golpendolo en parte por ira. El leo se hundi bajo
el peso y gir, enganchando al oso con una rama todava incendiada que descendi
lentamente, como una mano con dedos. Hizo un esfuerzo por respirar, mientras tragaba
agua, espuma mezclada de ceniza y hojas arremolinadas. Algunos animales muertos
pasaron flotando. En el oso se haba formado una nebulosa decisin de nadar hasta la otra
orilla, una lejana visin de rboles visibles del otro lado del agua. Pero en la corriente
burbujeante y arremolinada del medio del ro, el oso como todo lo dems, fue arrastrado y
volvi a ser una vez ms, como en la selva, una criatura simplemente perseguida, que teme
por su vida.
El tiempo pasaba y sus esfuerzos eran ms dbiles. La fatiga, el hambre, el pavor de
las quemaduras, el peso de su gruesa piel empapada y las continuas bofetadas de la resaca
lo estaban venciendo finalmente, como el clima gasta a las montaas. Anocheca y las
nubes de humo se desprendan de las millas de agua turbia y solitaria. Al principio la ancha
espalda del oso se haba levantado ntidamente sobre la superficie y el animal haba mirado
la direccin en que nadaba. Ahora slo la cabeza emerga, el pescuezo se echaba hacia atrs
para mantener alto el hocico y poder respirar. Ya se dejaba arrastrar, casi inconsciente y sin
percibir nada a su alrededor. No vea la oscura lnea de la tierra que se perfilaba en la luz
del poniente. La corriente se bifurcaba, arrastrando con fuerza en una direccin y
suavemente en otra. Las patas traseras tocaron tierra, pero l no reaccion y se dej llevar
como un desecho hasta que lleg a una roca alta y angosta que emerga del agua; a ella se
abraz torpemente, grotescamente, como un insecto podra aferrarse a un palito.
Y aqu permaneci un largo rato en la oscuridad, erguido como un monolito torcido,
hasta que por fin, aflojando poco a poco su abrazo y haciendo pie con todas las patas en el

agua, avanz en las aguas playas, se meti en la selva y cay sin sentido entre las races
secas y fibrosas de unos rboles quian.

3
El cazador

La isla tena unos cuarenta y cinco kilmetros de longitud y divida al ro en dos


ramales: el de arriba interrumpa la corriente central, mientras que el de abajo bordeaba la
costa no incendiada que el oso no haba podido alcanzar. Adelgazndose al llegar al
extremo oriental, el canal corra por los restos de una carretera un vado en el que se
formaban olitas, peligrosamente salpicado de pozos profundos construido en antiguos
das por un pueblo desaparecido haca ya mucho. Cercos de juncos rodeaban la mayor parte
de la isla, de tal modo que en das de viento o de tormenta las olas, en vez de romperse
directamente contra las piedras, disminuan su empuje al llegar a tierra y gastaban su fuerza
invisiblemente en los temblorosos lechos de juncos. Un poco tierra adentro, a partir del
punto en que se bifurcaba la corriente, se levantaba sobre la maraa una cordillera rocosa,
que atravesaba la isla a Id largo, como un espinazo.
Al pie de esta cordillera, entre los rboles de quian, verdes y florecidos, el oso se
puso a dormir como si nunca fuera a despertarse. Por debajo y por encima las camadas de
juncos y las lomas ms bajas estaban atestadas de animales fugitivos, que haban sido
trados por la corriente. Algunos estaban muertos quemados o ahogados pero muchos,
sobre todo los que tenan la costumbre de nadar nutrias, ranas y serpientes haban
sobrevivido y ya se estaban recobrando y buscaban comida. Los rboles estaban llenos de
pjaros que haban venido volando desde la orilla incendiada y que, alterados en sus ritmos
naturales, se movan incesantemente y cuchicheaban en la oscuridad. A pesar de la fatiga y
el hambre, todo animal que conoca la persecucin, el miedo a un enemigo que le est
siguiendo los pasos, estaba alerta. Slo el oso segua durmiendo como una roca, sin or
nada, sin oler nada, sin sentir siquiera las quemaduras que haban destruido grandes
pedazos de su piel y arrugado la carne, por debajo.
Con el alba se levant la brisa, que trajo del otro lado del ro el olor de los
kilmetros y kilmetros de ceniza y selva carbonizada. El sol, al levantarse detrs de la
cordillera, dej en sombra la selva qu estaba debajo de la pendiente del Oeste. Aqu se
haban quedado los animales fugitivos, desconcertados, con miedo de salir a la brillante luz
que ahora resplandeca en las orillas de la isla.
Fue este sol y el ubicuo olor de los rboles chamuscados que cubrieron la llegada del
hombre. Este avanzaba por el vado con el agua hasta la rodilla, ladeando la cabeza a fin de
permanecer oculto detrs de las plumosas crestas de los juncos. Llevaba unos pantalones de
tela rstica y un chaleco de cuero cosido a los lados y en los hombros de modo
rudimentario. Como calzado tena unas bolsas de cuero ajustadas a los tobillos, parecidas a
botas mal hechas. Llevaba un collar de dientes curvos, puntiagudos, y del cinturn le
colgaba un cuchillo y un carcaj con flechas. Su arco, ya Estirado, le colgaba del pescuezo
para evitar que la punta se arrastrara por el agua. En una mano sostena un palo y en ste

estaban atados de las patas tres pjaros muertos: una grulla y dos faisanes.
Al llegar al extremo Oeste de la isla, la parte en Sombra, se detuvo, levant la
cabeza con cautela y ech una mirada hacia los bosques distantes. Luego emprendi el
camino hacia la costa. Al llegar a terreno seco se puso en cuclillas entre una mata alta de
cicuta.
Aqu permaneci dos horas, inmvil y atento, mientras el sol se iba elevando y
empezaba a contornear el hombro de la colina. Dos veces tir y las dos veces dio en el
blanco: una vez fue un ganso y la otra un ketlana, un gamo chiquito de la selva. Y cada vez
dej la presa en donde haba cado, sin moverse de su escondite. Perciba la perturbacin a
su alrededor, haba olido la ceniza en el viento y juzg que lo mejor era quedarse quieto y
esperar que otras criaturas perdidas y desarraigadas se fueran acercando. De modo que se
acurruc y esper.
Cuando vio al leopardo, su primer movimiento fue morderse los labios y apretar con
ms firmeza el arco que tena en las manos. El leopardo marchaba directamente hacia l
entre los rboles, despacio y mirando a uno y otro lado. Era evidente que no slo estaba
inquieto sino tambin hambriento y alerta: un ser peligroso que un cazador solitario tendra
mucho inters en evitar. Se acerc, se detuvo, mir un rato, fijamente el escondite del
cazador y luego se dio vuelta y se desliz hasta donde estaba el ketlana, con la flecha
emplumada atravesndole la garganta. Cuando avanz la cabeza, husmeando la sangr, l
hombre, sin producir ningn ruido, sali de su escondite y avanz en un semicrculo,
parndose detrs de cada rbol para ver dnde estaba el leopardo.
Ya estaba a medio tiro de arco de distancia del leopardo cuando un puerco salvaje
surgi de repente de la maleza, choc contra l y desapareci corriendo y chillando entre
las sombras. El leopardo se dio vuelta, mir fijamente y empez a marchar en direccin a
l.
El cazador se dio vuelta y se alej pausadamente luchando contra un impulso de
terror que lo apuraba. Mir de lado y vio que el leopardo haba iniciado un trote y estaba
alcanzndolo. En este punto se puso a correr, tirando a un lado sus pjaros y enderezando
hacia la cordillera, con la esperanza de perder a su terrible perseguidor entre la maleza de
las primeras lomas. Al pie de la cordillera, en el linde de un seto de quian, se volvi y
prepar el arco. Aunque saba muy bien lo que poda ocurrir si lastimaba al leopardo, pens
que su nica, desesperada oportunidad consista ahora en intentar, entre los matorrales y las
enredaderas, eludirlo el tiempo suficiente para tirar varias veces y de este modo dejarlo
maltrecho o espantarlo. Apunt, y solt, pero la mano estaba floja de miedo. La flecha
rasp un flanco del leopardo, qued colgando un instante y cay. El leopardo descubri los
dientes y se precipit; el cazador ech a correr a ciegas. Una piedra cedi bajo sus pies y
cay de bruces, rodando varias veces. Sinti un agudo dolor cuando una rama le atraves el
hombro izquierdo y le falt el aliento. Su cuerpo golpe pesadamente contra alguna masa
voluminosa y lanuda y qued tendido en el suelo, jadeando y loco de terror, mirando hacia
el lugar en donde haba cado. Haba perdido el arco y, al realizar un esfuerzo para
arrodillarse, vio que su brazo izquierdo y su mano estaban llenos de sangre.

El leopardo apareci en la parte alta del barranco empinado del que haba cado.
Quiso guardar silencio pero un estertor sali de sus pulmones agotados y, veloz como un
pjaro, la cabeza del tigre se volvi hacia l. Con las orejas gachas, la cola en movimiento,
se agazap, disponindose a saltar. Pudo ver sus ojos y dientes y, por un largo momento,
estuvo al borde de su muerte como bajo una aterradora gota que iba a caer y a convertirlo
en nada.
De repente sinti que lo empujaban a un lado y se vio echado de espaldas, mirando
al cielo. De pie junto a l, como un ciprs, con un anca tan cerca de su cara que poda oler
la piel lanuda, haba un ser; un ser tan enorme que, en su estado despavorido, no pudo
abarcar.
El cazador vio una pata con garras ms grande que su propia cabeza, una pared de
spero pelambre, quemada y con mataduras que dejaban ver la carne desnuda, un hocico
grande, en forma de huso, recortado contra el cielo, y supo que deba estar en presencia de
un animal. El leopardo segua en la parte alta del barranco, achicado ahora, mirando una
cara que deba lanzarle una terrible mirada. Luego el animal gigantesco, de un solo golpe,
lo hizo saltar del barranco, al punto que dio vueltas en el aire y cay entre los rboles de
quian. Con un rugido que puso en movimiento una nube de pjaros, el animal se volvi
para atacar de nuevo. Al hacerlo, se dej caer en cuatro patas y el costado izquierdo del
cuerpo se rasp contra un rbol. Entonces gru y se encogi, retrocediendo por el dolor.
Luego, al or los debates del leopardo en la maleza, enderez hacia donde vena el ruido y
desapareci.
El cazador se puso lentamente de pie, agarrndose el hombro herido. Por terrible que
haya sido el miedo, la recuperacin puede ser rpida, del mismo modo que uno puede
despertar sin ms de un sueo profundo. Hall su arco y subi por el barranco. Aunque
saba lo que haba visto, su mente segua girando incrdulamente en torno al centro de la
certeza, como un bote en un remolino. Haba visto un oso. Pero Dios santo!, qu clase de
oso? De dnde haba venido? Haba estado ya en la isla cuando l lleg esa maana,
atravesando el vado? O haba adquirido la existencia por obra de su propio terror, en
respuesta a su plegaria? O tal vez l, cuando estaba acurrucado y casi sin sentido al pie del
barranco, haba realizado algn viaje desesperado y fantasmal para convocarlo desde el ms
all? Fuera as o no, una cosa era segura. Viniera de donde viniere, esta bestia que haba
lanzado por los aires a un leopardo adulto de un solo golpe perteneca ahora al mundo, era
carne y sangre.
Volvi lentamente, cojeando, hasta el ro. El ganso haba desaparecido, y con l su
arco, pero el ketlana an estaba donde haba cado. El hombre arranc la flecha, se la puso
bajo el brazo sano y enderez hacia los juncos. Y fue aqu que la crisis demorada se
apoder de l. Se ech a tierra, temblando y llorando quedamente al borde del agua. Por un
largo rato estuvo echado en tierra, olvidado de su propia seguridad. Y poco a poco surgi en
l la idea de que, o quin, era lo que haba visto.
Poco a poco, se fue formando en este cazador, la nocin asombrosa, increble, de lo
que deba ser lo que l haba visto. Entonces se qued tranquilo, se levant y empez a ir y

volver entre los rboles, junto a la orilla. Finalmente se detuvo, contempl el sol sobre el
estrecho y, elevando su brazo indemne, or un largo rato: una plegaria silenciosa y llena de
reverencia temblorosa. Luego, siempre conmovido, volvi a recoger el ketlana y vade
entre los juncos. En el camino encontr la balsa que haba amarrado esa maana: la desat
y se alej corriente abajo.

4
El Gran Barn

La tarde estaba avanzada cuando el cazador, Kelderek, lleg por fin a la vista del
mojn que estaba buscando: un alto rbol zon que estaba por encima del punto en que la
empezaba a correr hacia abajo. Las ramas, con sus hojas de reverso plateado, como de
helechos, colgaban sobre el ro, formando una especie de glorieta acutica sobre la orilla.
Al frente los juncos haban sido cortados para permitir a quien estuviera sentado dentro,
una visin despejada sobre el estrecho. Kelderek, con cierta dificultad, timone su balsa
hasta la boca del canal, mir al zon y levant su remo, como saludndolo. No hubo
respuesta, pero l no la esperaba. Despus de conducir la balsa hasta un poste grueso,
clavado en el agua, palp su longitud, encontr la soga que flotaba bajo la superficie y tir
para acercarse.
Al llegar al rbol, empuj a la balsa a travs de la cortina de ramas colgantes.
Adentro haba una corta plataforma de madera asentada en el banco del ro y en ella estaba
sentado un hombre, mirando entre las hojas al curs del agua. Detrs de l haba otro
hombre, componiendo una red. Cuatro o cinco balsas estaban amarradas al muelle oculto.
La mirada de reconocimiento del Shendron, despus de registrar el nico ketlana y los
pocos pescados que estaban junto a Kelderek, se detuvo en el cazador mismo, que abatido y
sucio de sangre, le inspiraba una curiosidad mezcla de burla y lstima.
Bueno. Aqu ests. Kelderek Juega-con-los-Nios. Tienes poco que mostrar y
menos que de costumbre. Dnde te han herido?
El hombro, Shendron; y el brazo est rgido y me duele.
Parece que tuvieras un pasmo. Tienes fiebre?
El cazador no contest.
Te he preguntado si tienes fiebre.
Mene la cabeza.
Cmo te has herido?
Kelderek vacil, despus volvi a menear la cabeza y se qued callado.
Qu tonto eres! Crees que te hago preguntas por pura curiosidad? Tengo que
enterarme de todo: ya lo sabes. Fue un hombre o un animal el que te hiri?

Me ca y me lastim.
El shendron esper.
Un leopardo me estuvo persiguiendo aadi Kelderek.
El shendron tuvo un movimiento de impaciencia.
Crees que ests contando cuentos a los nios en la orilla? Tendr que seguir
preguntndote: y qu pas?. Dime qu ha ocurrido. O prefieres que te mande a ver al
Alto Barn con un informe de que te niegas a hablar?
Kelderek estaba sentado en el borde de la plataforma de madera, miraba hacia abajo
y mova un palo en el aguaverde oscura. Por, ltimo el shendron dijo:
Kelderek, si eres tan tonto como dicen, yo no lo s. Pero lo seas o no, sabes muy
bien que todo cazador que sale tiene que contar todo lo que sabe a la vuelta. Son las
rdenes de Bel-ka-Trazet. Es el incendio que ha trado un leopardo a Ortelga? Te
encontraste con extraos? Estas son las cosas que tengo que saber.
Kelderek tembl pero no dijo nada.
Bah dijo el que compona la red, hablando por primera vez ya sabes que es
un tonto (Kelderek Zen-zuata) Kelderek Juega-con-los-Nios. Fue de caza se lastim
ha vuelto con poco que mostrar. Por qu no dejamos la cosa ah? Para qu tomarse la
molestia de llevarlo ante el Gran Barn?
El shendron, un hombre con ms aos, frunci el ceo.
No estoy aqu para aguantar chacotas. Esta isla puede estar llena de toda clase de
bestias salvajes; tambin de hombres, a lo mejor. Por qu no? Y este hombre que t tienes
por un tonto puede intentar engaamos. Con quin ha hablado hoy? Le han pagado
para que se calle?
Pero si nos estuviera engaando dijo el componedor de redes no se habra
presentado con una historia ya preparada? Creme, l
El cazador se puso de pie y mir intensamente a uno y al otro.
No estoy engaando a nadie, pero no puedo deciros lo que he visto hoy.
Qu es esto? Dijo el shendron. Me ests creando dificultades, Kelderek,
pero las creas an peores para ti mismo.
No puedo decirte lo que he visto repiti el cazador con una especie de
desesperacin.

El shendron se encogi de hombros.


Bueno, Tafro, como parece que no hay cura para esta tontera, lo mejor es que lo
lleves ante el Sindrad. Pero eres muy tonto, Kelderek. La clera del Gran Barn es una
tormenta a la que muchos hombres no han logrado sobrevivir hasta ahora.
Lo s. La voluntad de Dios tiene que cumplirse.
El shendron mene la cabeza. Kelderek, al parecer con el intento de reconciliarse
con l, le puso una mano en el hombro; pero el otro se la retir impacientemente y volvi
en silencio a su guardia en el ro. Tafro, ahora de mala cara, hizo una sea al cazador para
que lo siguiera.
La ciudad que cubra el angosto extremo oriental de la isla estaba fortificada en el
lmite de tierra por un complejo sistema defensivo, en parte natural, en parte artificial, que
iba de costa a costa. Al Oeste del rbol zon, en el punto ms alejado de la ciudad, cuatro
hileras de picas puntiagudas estaban plantadas entre el borde del agua y los bosques. Tierra
adentro, las zonas de mayor espesura formaban obstculos difcilmente superables aunque
ah mismo las plantas trepadoras haban sido podadas para formar paredes casi
impenetrables, una tras otra.
A lo largo del lmite exterior estaba el llamado Cerco Muerto, de unos ochenta
metros de ancho, dentro del cual nadie entraba nunca, salvo los encargados de mantenerlo.
Haba cuerdas corredizas fijadas a Soportes que sostenan gruesos troncos; pozos
disimulados y llenos de picas afiladas en uno de ellos haba vboras; lanzas entre la
hierba; y uno o dos senderos abiertos y lisos que llevaban a lugares cercados, sobre los
cuales se podan arrojar flechas y otros proyectiles desde plataformas que haban sido
construidas arriba, entre los rboles. El Cerco estaba dividido con empalizadas rsticas, a
fin de que el enemigo encontrara difcil el movimiento lateral al avanzar y se viera obligado
a emerger en los puntos en que se lo poda esperar. Toda la obra y sus peculiaridades
armonizaban tan bien con la selva circundante que un extrao, si bien poda darse cuenta
por aqu y por all que haba obra humana, no poda formarse una idea del alcance de sta.
Este notable cercamiento de un flanco abierto, ideado y llevado a cabo a lo largo de varios
aos por el Gran Barn, Bel-ka-Trazet, nunca haba sido puesto a prueba.
La lnea no slo protega la ciudad, sino que se volva mucho ms difcil para que
cualquiera la abandonara sin que se enterara el Gran Barn.
Kelderek y Tafro, dando la espalda al Cerco, avanzaron hacia la ciudad por un
angosto camino que corra entre los campos de cicuta.
Desde algn punto en el borde de las cabaas, se elevaba la cancin de una mujer:
l lleg, lleg de noche.
Yo tena flores rojas en el pelo.

Dej mi lmpara encendida, mi lmpara que arde.


Senandril na kora, senandril na ro.

En la voz haba un calor y una satisfaccin evidentes. Kelderek mir a Tafro, movi
la cabeza en direccin a la cancin y sonri.
No tienes miedo? pregunt Tafro agriamente.
La mirada grave y preocupada volvi a los ojos de Kelderek.
Presentarte ante el Gran Barn para decirle que has persistido en tu negativa de
contarle al shendron lo que sabes! Hay que estar loco! Cmo puedes ser tan tonto?
Porque a Dios no se le puede esconder nada, ni mentir.
Tafro no contest y se limit a extender una mano que solicitaba las armas de
Kelderek: el cuchillo y el arco. El cazador se las tendi sin decir palabra.
Llegaron a las primeras cabaas, con sus olores de cocina y de desperdicios, sus
humos. Los hombres volvan de la jornada de trabajo y las mujeres, en los umbrales de las
puertas, llamaban a los nios o parloteaban con los vecinos. Aunque alguna que otra mir a
Kelderek con curiosidad, mientras ste marchaba sumisamente junto al mensajero del
shendron, nadie le habl ni pregunt adonde se encaminaban. De repente un nio de unos
siete aos de edad corri hacia l y le tom la mano. El cazador se detuvo.
Kelderek dijo el nio vendrs a jugar esta noche?
Kelderek vacil.
Bueno no s. No, Sarin, creo que no podr venir esta noche.
Por qu no? dijo el nio, evidentemente defraudado. Tienes el hombro
lastimado Es por eso?
Tengo que ir a ver al Gran Barn y decirle una cosa contest sencillamente
Kelderek.
Otro nio, mayor, que se haba acercado, estall en una carcajada.
Y yo tengo que ver al Seor de Bekla antes del amanecer, es un asunto de vida o
muerte. Kelderek, no te burles de nosotros. No quieres jugar esta noche?
Ven de una vez dijo Tafro impacientemente, pateando el suelo.

No, es la verdad dijo Kelderek, sin prestarle atencin. Vengo a ver al Gran
Barn. Pero volver, esta noche o bueno, otra noche, supongo. Y sigui andando, pero
los nios trotaron junto a l.
Esta tarde jugamos dijo el nio menor. Jugamos al Gato que pesca un Pez.
Yo pesqu dos veces al pez.
Muy bien! dijo el cazador, sonrindole.
Idos de una vez! grit Tafro, haciendo el gesto de pegar. Vamos fuera!
Y t, pedazo de idiota! aadi, dirigindose a Kelderek cuando los nios se alejaron.
A tu edad en juegos con los chicos!
Buenas noches les dijo Kelderek. Las buenas noches de vosotros Quin
sabe?
Despus de cruzar una extensa zona de caminos con sogas a los lados, los dos se
acercaron a un grupo de cabaas ms grandes, que formaban aproximadamente un
semicrculo.
Cierto nmero de hombres que, por su aspecto y actividades parecan ser a la vez
servidores y artesanos, ajustaban arcos, afilaban lanzas y componan flechas, picas y
hachas. Un robusto herrero, que haba terminado su da, sala de la forja situada en una
hondonada chata y abierta, mientras sus dos hijos apagaban el fuego y ponan las cosas en
orden.
Kelderek se detuvo y se volvi una vez ms hacia Tafro.
Las flechas con mala puntera pueden herir a inocentes. No es necesario que hagas
alusiones y hables de mi a esa gente.
Qu puede importarte?
No quiero que sepan que guardo un secreto dijo Kelderek.
Tafro hizo un brusco gesto de asentimiento y se acerc a un hombre que estaba
limpiando una piedra de moler. El agua se alejaba formando una espiral a medida que l
daba vuelta a la rueda.
El mensajero de shendron. En dnde est Bel-ka-Trazet?
l? Comiendo. El hombre indic con el pulgar la cabaa ms grande.
Tengo que hablar con l.
Si la cosa puede esperar contest el hombre es mejor que esperes. Dcelo a

Numiss el pelirrojo cuando salga. l te dir cundo Bel-ka-Trazet podr verte.


Numiss, que estaba mascando un trozo de grasa mientras oa a Tafro, lo interrumpi
de golpe y le seal un banco contra la pared. All se sentaron. El sol fue hundindose,
hasta que toc el borde del horizonte. Las moscas zumbaban. La mayor parte de los
artesanos se haba ido. Tafro dormitaba. El lugar qued casi desierto, hasta que el nico
rumor, aparte del rumor del agua, fue el murmullo de las voces dentro de la cabaa grande.
Finalmente Numiss sali y asiendo a Tafro por el hombro lo sacudi. Los dos se levantaron
y siguieron al sirviente, que franque la puerta en que estaba pintado el emblema de Bel-kaTrazet: una serpiente de oro.
La cabaa estaba dividida en dos partes. En la parte de atrs estaban las habitaciones
de Bel-ka-Trazet. La parte ms grande, conocida como el Sindrad, serva a la vez de sala de
reunin y de comedor para los barones. Salvo cuando se convocaba el consejo en pleno, era
raro que se reunieran los barones.
A excepcin de ellos y de sus squitos todos los cazadores y comerciantes deban
obtener una venia para entrar y salir. Los barones, en cuanto volvan, deban dar cuenta de
sus andanzas como todos los otros y, cuando estaban en la isla, por lo general se reunan
con Bel-ka-Trazet para la comida de la noche.
Seis o siete caras se volvieron hacia Tafro y Kelderek cuando entraron. Ya haban
comido y los restos de huesos, cscaras y cueros estaban esparcidos por el suelo. Un
muchacho recoga estos desperdicios en una canasta y otro echaba sobre el suelo arena
limpia. Cuatro de los barones estaban an sentados en los bancos, con sus vasos de cuerno
en la mano y los codos sobre la mesa. Pero haba dos que se mantenan aparte, cerca de la
entrada, evidentemente para recibir la ltima luz de la tarde, pues estaban hablando en voz
baja sobre un baco de cuentas y un pedazo d corteza lisa, cubierta de escritura. Al
parecer, era una especie de lista o inventario, porque cuando pas Kelderek uno de los
barones dijo:
No: veinticinco cuerdas y nada ms y el otro empuj una cuenta con el ndice y
contest:
Y t tienes veinticinco cuerdas que pueden ir, no?
Kelderek y Tafro se detuvieron ante un hombre joven y muy alto que llevaba una
pulsera de plata en el brazo izquierdo. Al entrar ellos, haba tenido la espalda apoyada
contra la puerta, pero ahora se volvi para mirarlos, con su vaso de cuerno en una mano, y
se sent con cierta inseguridad sobre la mesa, poniendo los pies en el banco que estaba
debajo. El joven mir a Kelderek de arriba abajo, con una sonrisa afable, pero no dijo nada.
Confundido, Kelderek baj la mirada. El silencio del joven barn continu y el cazador,
para mantener la calma, trat de fijar su atencin en la mesa.
Y qu trabajo extra puedes darnos? pregunt el joven barn alegremente.
Quieres que se componga el paso a nivel, verdad?

No, seor dijo Numiss en voz baja, ste es el hombre que se neg a dar
noticias al Shendron.
Cmo? pregunt el joven barn, vaciando su vaso y haciendo una sea a un
muchacho para que se lo llenara. Entonces es un tipo sensato. De nada vale hablarles a
los shendrons. Es gente estpida. Todos los shendrons son estpidos, verdad? dijo
dirigindose a Kelderek.
Seor contest Kelderek creme, nada tengo contra el Shendron, pero pero
el asunto
Sabes leer? interrumpi el joven barn.
Leer? No, seor.
Yo tampoco. Mira al viejo Fassel-Hasta. Qu estar leyendo? Quin puede
saberlo? Ten cuidado, t puede echar un maleficio.
El barn con el pedazo de corteza se volvi con el ceo fruncido y mir al joven,
como si quisiera decir que l, por lo menos, no era hombre de actuar como un tonto con
unas copas de ms.
Te dir dijo el joven barn, dejndose caer de la mesa y aterrizando con ruido
en el banco todo sobre la escritura una palabra.
Ta-Kominion dijo una voz spera desde el otro cuarto quiero hablar con esos
hombres. Zelda, trelos aqu.
Otro barn se levant del banco que estaba enfrente, haciendo una sea a Kelderek y
a Tafro. Ellos lo siguieron fuera del Sindrad hasta la otra habitacin, en donde estaba
sentado y solo el Gran Barn. Los dos, en muestra de sumisin y respeto, bajaron las
cabezas, levantaron las palmas de las manos a sus frentes, bajaron la mirada y esperaron.
Kelderek, que nunca se haba presentado delante de Bel-ka-Trazet, haba estado
tratando de prepararse para el momento en que habra de hacerlo. Enfrentarse con l era ya
una prueba, pues el Gran Barn estaba repulsivamente desfigurado. Su cara si se poda
seguir llamndola cara daba la impresin de haberse derretido una vez y que la hubieran
dejado endurecer de nuevo. Bajo la frente cruzada de costurones blancos el ojo izquierdo,
torcido y horriblemente bajado hacia la mejilla, estaba a medias enterrado debajo de una
cresta de carne que corra desde el tabique de la nariz hasta el pescuezo. La mandbula
estaba torcida hacia la derecha, de tal modo que los labios se juntaban mal, y sobre la
barbilla se extenda una cicatriz lvida en forma de martillo. Y la expresin que poda
encontrarse en esta mscara terrible era sardnica, penetrante, orgullosa y desprendida, la
de un hombre indestructible, un hombre que era capaz de sobrevivir a la traicin, al asedio,
al desierto y a la inundacin.

El Gran Barn, sentado en un taburete redondo como un tambor, mir al cazador. A


pesar del calor, tena puesta una pesada capa de piel sujetada al pescuezo con una cadena de
cobre, de modo que su horrenda cabeza pareca la cabeza cortada de un enemigo que
hubieran puesto sobre una carpa negra. Por unos instantes hubo silencio, un silencio como
la cuerda de un arco tirante.
Luego Bel-ka-Trazet dijo:
Cmo te llamas?
Tambin la voz era torcida: spera y baja, con una extraa resonancia, como el ruido
que podra producir una piedra al golpear una capa de hielo.
Kelderek, seor.
Por qu ests aqu?
El shendron del zon me envi.
Eso ya lo s. Por qu te envi?
Porque me pareci que no deba contarle lo que me Ocurri en el da de hoy.
Por qu el shendron me hace perder tiempo? dijo Bel-ka-Trazet a Tafro.
Acaso no puede hacer hablar a este hombre? Quieres decirme que os ha desafiado a los
dos?
El el cazador este hombre, seor balbuce Tafro. Nos dijo es decir
no quiso decirnos. El shendron le pregunt cmo se cmo se haba herido. Contest que
un leopardo lo haba perseguido, pero no quiso contar nada ms. Y cuando exigimos que
hablara, dijo que no nos dira nada.
Hubo un silencio.
Se neg, seor insisti Tafro. Le dijimos que
Cllate.
Bel-ka-Trazet guardaba silencio, con aire abstrado, el ceo fruncido y dos dedos
apoyados en la cicatriz que tena bajo el ojo. Finalmente levant la mirada.
Me parece que eres un embustero torpe, Kelderek. Por qu te tomas el trabajo de
inventar un leopardo? Por qu no dices que te caste de un rbol?
Dije la verdad, seor. Haba un leopardo.

Y esta lastimadura dijo Bel-ka-Trazet, tendiendo la mano y asiendo la mueca


izquierda de Kelderek, moviendo delicadamente el brazo de ste, de un modo que sugera
que poda tironear con fuerza, si hubiera querido esta leve lastimadura. Acaso te la hizo
alguien que qued descontento de que no trajeras mejores noticias? Tal vez le dijiste: Los
shendrons estn alerta. Sorprenderlos es difcil, y la cosa no le gust.
No, seor.
Veremos. De modo que haba un leopardo y caste? Qu ocurri entonces?
Kelderek no dijo nada.
Es un cretino este hombre? pregunt Bel-ka-Trazet, volvindose hacia Zelda.
Seor contest Zelda s poca cosa de l, pero creo que pasa por ser un poco
tonto. La gente se re de l: le gusta jugar con los nios.
Cmo? Qu es lo que hace?
Juega con los nios, seor, en la orilla.
Qu ms?
Es un solitario, como suelen ser los cazadores. Vive solo y no hace dao a nadie,
por lo que s. Su padre tena derechos de cazador para ir de un lado a otro y se le ha
concedido la sucesin. Si quieres, podemos tratar de averiguar ms.
Hazlo dijo Bel-ka-Trazet. Y luego, a Tafro. Puedes irte. Tafro se llev la
palma de la mano a la frente y desapareci como la llama de una vela al viento. Zelda sali
tras l, ms dignamente.
Bueno, Kelderek dijo lentamente la boca torcida eres un hombre honrado,
dices, y estamos solos, de tal modo que no hay nada que te impida contarme lo que pas.
La cara de Kelderek empez a sudar. Quiso hablar, pero las palabras no salan.
Por qu le dijiste al shendron unas pocas palabras y despus te negaste a decir
nada ms? dijo el Gran Barn. Qu clase de tontera es sta? Un sinvergenza tiene
que saber cubrirse. Si hay algo que queras esconder, por qu no inventaste un cuento que
pudiera satisfacer al shendron?
Porque porque la verdad el cazador vacil. Porque tena miedo y
todava tengo miedo. Se detuvo, pero luego estall sbitamente. Quin puede
mentirle a Dios?
Bel-ka-Trazet lo mir como un lagarto mira a una mosca.

Zelda! grit.
El barn volvi.
Llvate a este hombre, ponle el hombro en un cabestro y dale de comer. Tremelo
en media hora y entonces, por este cuchillo, Kelderek y pas la punta de su larga daga
por la serpiente dorada que estaba pintada en la tapa del arca que estaba a su lado habrs
de decirme lo que sabes!
El carcter imprevisible de los contactos con Bel-ka-Trazet daba ocasin a muchos
cuentos. Kelderek, llevado del brazo por Zelda, march pesamente hasta el Sindrad y se
ech sobre un banco, mientras los nios le traan comida y un cabestrillo de cuero. Cuando
volvi a ver a Bel-ka-Trazet, ya era de noche.
El Sindrad estaba en calma, pues todos los barones, salvo dos, se haban retirado.
La distorsin de la cara de Bel-ka-Trazet pareca una ilusin producida por la luz de
la lmpara: los rasgos eran tan monstruosos cmo los de una mscara de demonio en un
drama, la nariz pareca extenderse hasta el pescuezo en una sola lnea sin interrupcin y las
sombras bajo la mandbula latan leve y rtmicamente, como la garganta de un sapo. Y lo
cierto es que ahora iban a representar un drama, pens Kelderek, pues no ge pareca a nada
de lo que haba encontrado en la vida, tal como l la haba conocido. Un hombre sencillo,
que slo se haba ganado su vida que no haba buscado ni el oro ni el poder, haba sido
elegido misteriosamente y convertido en instrumento que contrariaba la voluntad de Belka-Trazet.
Muy bien, Kelderek dijo el Gran Barn, pronunciando el nombre con un leve
nfasis que, de algn modo, expresaba desprecio mientras te has estado llenando la
barriga, yo me he enterado de todo lo que hay que saber de un hombre como t: todo, salvo
lo que ahora habrs de contarme, Kelderek Zenzuata. Sabes que te llaman as?
S, seor.
Kelderek Juega-con-los-Nios. Un joven solitario, que no frecuenta las tabernas,
al parecer, y con una natural indiferencia hacia las mujeres. De todos modos, un cazador
competente, que suele traer presas y piezas valiosas a los agentes que comercian con Guelt
y con Bekla.
Si has odo todo eso, seor.
De tal modo que se le permite ir y venir solo, a su gusto, y no se le hacen
preguntas. A veces se ha ido por unos cuantos das, no es as?
As tiene que ser, seor, cuando la caza
Por qu juegas con los nios? Un joven soltero qu clase de tontera es sta?

Kelderek reflexion.
Los nios muchas veces necesitan amigos dijo. Algunos de los nios con
quienes juego son desdichados. Algunos se han quedado sin padres los padres los han
abandonado.
Se interrumpi, confundido, al encontrar la mirada del ojo fuera de lugar de Bel-kaTrazet. Al cabo de unos minutos murmur de modo incierto:
Las llamas de Dios
Cmo? Qu dices?
Las llamas de Dios, seor. Los ojos y los odos de los nios todava estn
abiertos ellos dicen la verdad.
Y tambin la dirs t, Kelderek, antes de lo que crees. De modo que pasas por
ser un hombre simple, un poco tonto, tal vez, un hombre que ni bebe ni anda con mujeres,
que juega con los nios y suele hablar con Dios? Claro, nadie podra sospechar de
semejante hombre, nadie podra pensar que es un espa, un traidor, que lleva mensajes o
tiene tratos con el enemigo en sus solitarias excursiones de caza.
Seor
Hasta que un da vuelve herido y con las manos vacas de un lugar que pasa por
estar lleno de caza y tan confundido que no es capaz de inventar un cuento
Seor! El cazador cay de rodillas.
Le caste mal al hombre, no es eso, Kelderek? Algn bandido de Deelguy, tal
vez, o algn viscoso negrero de Terenkenalt que quera hacer un dinerito extra llevando
algn mensaje de sus excursiones Es probable que tu informacin no haya gustado o
la paga no era suficiente?
No, seor, no!
Prate!
El Gran Barn guardaba silencio con aire contenido, como un hombre contrariado
por un obstculo pero decidido a vencerlo por uno u otro medio. Y cuando volvi a hablar,
lo hizo en un tono ms tranquilo.
Bueno, en la medida en que puedo juzgar, Kelderek, tal vez seas un hombre
honrado, aunque pareces ser muy tonto cuando hablas de los nios y de Dios. No podas
haberle pedido aun solo amigo que viniera aqu a dar testimonio de tu honradez?

Seor.
No, supongo que no podas, o nunca se te ocurri. Pero supongamos que eres
honrado y que, por alguna razn, algo ocurri hoy que no has ni ocultado ni revelado. Si
hubieras empleado astucia para ocultarlo, Supongo que no te habras visto forzado a
comparecer: no estaras aqu parado ante m. Por lo tanto, debes saber que es algo que habr
de salir a luz tarde o temprano, y que sera tonto de tu parte el intentar esconderlo.
S, estoy convencido de eso, seor contest Kelderek sin vacilar.
Bel-ka-Trazet desenvain su cuchillo y, como un hombre que se pone a matar el
tiempo mientras espera la hora de la comida o a un amigo, se puso a calentar la punta en la
llama de la buja.
Seor dijo Kelderek de repente si un hombre que ha vuelto de caza dijera al
shendron o a sus amigos: Encontr una estrella que cay del cielo a la tierra, quin le
creera?
Bel-ka-Trazet no contest y sigui dando vueltas a la punta de su cuchillo sobre el
fuego.
Pero si ese hombre hubiera encontrado realmente una estrella, seor, qu puede
pasar entonces? Qu debe hacer y a quin debe llevar esa estrella?
Eres t quien me hace las preguntas, Kelderek, y en forma de enigmas. No me
gustan los visionarios ni sus charlas. De modo que ten cuidado.
El Gran Barn cerr el puo, pero luego, como un hombre decidido a ser paciente,
lo abri y qued mirando a Kelderek con una expresin escptica.
Qu hay? dijo finalmente.
Te temo, seor. Temo tu poder y tu ira. Pero la estrella que encontr viene de
Dios, y yo tambin tengo temor de esto. Tengo ms temor. Y se a quin debe ser revelado
la voz llegaba en un jadeo estrangulado slo puedo revelarlo a Tuguinda!
Inmediatamente Bel-ka-Trazet lo asi por el pescuezo y lo tir a tierra. La cabeza
del cazador se ech hacia atrs, apartndose de la aguda punta del cuchillo, tan cerca de su
cara.
Har esto slo puedo hacer esto! Por el Oso: no elegirs lo que habrs de
hacer cuando te arranque los ojos! Vas a terminar en Zeray, hijo mo!
Las manos de Kelderek se tendieron hacia arriba, asieron la capa negra inclinada
sobre l y que presionaba desde la rodilla hasta el hombro lastimado. Cerr los ojos ante el
cuchillo cercano y pareci que iba a desmayarse entre las manos del Barn. Pero cuando

habl y Bel-ka-Trazet se inclin para captar las palabras dijo en un susurro:


Slo puede ser lo que Dios quiera, seor. El asunto es grande ms grande
incluso que tu tremendo cuchillo.
Las cuentas de la cortina chocaron en el pasillo. Sin soltar a su presa el barn
escrut las tinieblas por encima de su hombro, ms all de la lmpara. Se oy la voz de
Zelda:
Seor: hay mensajeros de Tuguinda. Ella desea hablarte urgentemente, dice. Te
pide que vayas a Quiso esta noche.
Bel-ka-Trazet aspir aire ruidosamente y se enderez, desprendindose de Kelderek,
que se desplom y se qued quieto en el suelo. El cuchillo resbal de la mano del Gran
Barn y se clav en el suelo, atravesando parte de un montn de basura grasienta, que
empez a exhalar un humo maloliente. Se agach sin demora, recobr el cuchillo y pis la
basura. Luego dijo:
A Quiso esta noche? Qu puede ser esto? Que Dios nos proteja! Ests seguro?
S, seor. Quieres hablar con las muchachas que trajeron el mensaje?
S no, dejemos. No enviara un mensaje semejante a menos que Ve y diles a
Ankray y Faron que tengan lista una canoa. Y que pongan a este hombre en la canoa.
Este hombre, seor?
En la canoa.
Las cuentas de la cortina resonaron una vez ms cuando el Gran Barn pas por la
puerta, atraves el Sindrad y se alej entre los rboles. Zelda, mientras se diriga a los
cuartos de servicio, pudo ver a la luz del cuarto de luna la forma cnica de la amplia capa
de piel que se mova impacientemente por la orilla.

5
A Quiso de noche

Kelderek se arrodill en la popa; a veces escudriaba la tiniebla moteada que tena


por delante, a veces cerraba los ojos y dejaba caer la barbilla sobre el pecho, con un nuevo
estremecimiento de miedo. A sus espaldas el enorme Ankray, sirviente y guardaespaldas del
Bel-ka-Trazet, estaba sentado, silencioso, mientras la canoa se dejaba llevar par la corriente
a lo largo de la ribera Sur del Telthearna.
Despus de dar la orden de partir, Bel-ka-Trazet no haba dicho una sola palabra y
permaneca sentado en la angosta proa, con las manos trenzadas sobre las rodillas.
Ms de una vez, al caer las paletas, el tumulto y el burbujear sobresaltaba a algn
animalito cercano, y Kelderek volva la cabeza hacia un aleteo, el ruido de una zambullida
o el rumor de los bichitos entre la hierba.
Pero ms all de estos ruidos de huida escuchaba siempre un ruido ms tremendo y
tema la segunda aparicin de aquel animal para el cual las millas de selva y de ro, como l
crea, no presentaban obstculos. Y una vez ms, apartndose de esto, su mente se enfrent
con otro miedo de toda su vida: el miedo a la isla a la que se dirigan.
Por qu haban llamado al Barn a este lugar y qu tena que ver aquello con las
noticias que l se haba negado a dar?
Ya haban viajado un buen trecho bajo los rboles que cubran la corriente cuando
los sirvientes reconocieron una seal. La paleta izquierda baj una vez ms y la canoa se
detuvo, girando hacia el centro del ro. En la distancia ya eran visibles algunas pocas luces
de Ortelga, mientras que hacia la derecha, lejos en la oscuridad, apareca en lo alto otra luz:
un resplandor rojizo, tembloroso, que se desvaneca y volva a aparecer a medida que ellos
avanzaban. Los sirvientes estaban ocupados ahora, avanzaban por el ro mientras la
corriente, que flua con mayor fuerza a esta distancia de la costa, los arrastraba. Kelderek
pudo sentir en los que estaban detrs de l una molestia creciente. El ritmo de los remeros
se hizo breve y quebrado. La popa choc contra algo que flotaba en la oscuridad y, al sentir
el sacudn, Bel-ka-Trazet gru, como un hombre que no aguanta ya ms.
Seor! dijo Ankray.
Silencio! contest inmediatamente Bel-ka-Trazet.
Se acercaban a la isla de Quiso, dominio de Tuguinda y del culto que ella diriga, un
lugar en donde los hombres no conservaban sus nombres o as se crea, las armas no
tenan efecto y la mxima fuerza poda desgastarse en vano frente a un poder

incomprensible. Una creciente sensacin de soledad y desamparo se apoder de ellos.


La luz roja pareca estar cerca ahora, y cuando se acerc an ms, por encima de
ellos, Kelderek cay hacia adelante, golpeando la borda con la frente.
No sinti ningn dolor por el golpe, y le pareci que se haba vuelto sordo, porque
ya no poda or el chapoteo del agua. Privado de percepciones, de voluntad e identidad,
supo que se haba convertido en nada ms qu los fragmentos de un hombre. No era nadie
y, sin embargo, segua siendo consciente. Como obedeciendo una orden, cerr los ojos. En
el mismo instante los remeros cesaron de paletear, hundiendo las cabezas entre los brazos
cruzados y la canoa, perdiendo la direccin, fue arrastrada junto con la corriente hacia la
isla invisible.
Y ahora, en medio de los vestigios de la mente de Kelderek empez a surgir todo lo
que, desde la infancia, haba visto de la Tuguinda, todo lo que haba aprendido. Dos veces
al ao vena a Ortelga por el ro: los gongs lejanos resonaban en las nieblas de la primera
maana y la gente esperaba silenciosa en la orilla. Los hombres se echaban a tierra boca
abajo y las mujeres eran conducidas a una nueva cabaa, que se construa en ocasin de su
llegada. Haba danzas y ceremonias con flores, pero el propsito real de Tuguinda era el de
celebrar conversaciones con los barones y, en una sesin secreta a la cual no tenan acceso
las mujeres, hablar de sus misterios y elegir, entre las mujeres disponibles, una o dos que
habran de regresar con ella para servir en Quiso a perpetuidad. Al fin del da, cuando la
Tuguinda parta en medio de la oscuridad y las teas encendidas, la cabaa era quemada y
sus cenizas arrojadas a las aguas.
As, cuando baj en la orilla, estaba con velo, pero al hablar con los barones llevaba
una mscara de oso. Nadie conoca el rostro de la Tuguinda o saba quin haba sido. Las
mujeres elegidas para ir a su isla nunca regresaban. Se crea que reciban nuevos nombres;
en todo caso, sus antiguos nombres nunca eran ya mencionados en Ortelga. No se saba
cundo Tuguinda mora o abdicaba, quin la suceda, cmo era elegida su sucesora y ni
siquiera, en ocasin de cada una de sus visitas, si era realmente la misma mujer de antes.
Una vez, siendo nio, Kelderek se lo haba preguntado impacientemente a su padre, cmo
suelen hacer los jvenes en relacin a asuntos que ellos perciben que los mayores
consideran seriamente y discuten poco. En contestacin su padre haba mojado un pedazo
de pan, haba modelado con l una tosca figura de un hombre y la haba parado en el borde
del fuego. Mantente alejado de los misterios de las mujeres, muchacho, haba dicho, y
mantn el temor de ellas en tu corazn, porque pueden consumirte. Mira. El pan reseco,
pardo, ennegrecido y disminuido se convirti en ceniza. Entiendes?. Kelderek,
silenciado por la gravedad de su padre, haba asentido con la cabeza y no haba dicho nada.
Pero se acordaba.
Qu se haba apoderado de l esta noche en la habitacin que estaba detrs del
Sindrad? Qu lo haba llevado a desafiar al Gran Barn? Cmo haban salido esas
palabras de sus labios y por qu Bel-ka-Trazet no lo haba matado en ese mismo instante?
Una sola cosa saba, desde que haba visto al oso, ya no haba sido dueo de sus actos. Al
principio crey estar movido por el poder de Dios, pero ahora su amo era el caos. Su mente

y su cuerpo estaban descosidos como un vestido Viejo y lo que quedaba de l estaba en


poder de la isla luminosa, cubierta por la noche.
La cabeza de Kelderek segua descansando sobre la borda, y uno de sus brazos
rozaba el agua. Detrs de l, la paleta cay de las manos de Ankray y flot alejndose,
mientras la canoa tocaba la orilla Norte: los viajeros se agacharon en donde estaban,
pasmados y como hechizados, sin que ninguna voluntad ni mente dejara de ser afectada. Y
all permanecieron, resaca, espuma y maderas perdidas, mientras el cuarto de luna suba tan
slo por el resplandor del fuego que segua ardiendo tierra adentro, entre los rboles.
Pasaba el tiempo pero en ningn momento hubo el menor rumor entre los cuatro
hombres de la canoa, acurrucados en la oscuridad como pjaros en sus ramas.
Finalmente apareci una luz ms cercana, ms chica, verde y titubeante, que bajaba
hacia el agua. En el momento de alcanzar la orilla pedregosa se oy un ruido de pasos y un,
leve murmullo de voces. Dos mujeres con capas se acercaban. Llevaban entre las dos una
linterna redonda, achatada, del tamao de una rueda de molino, sobre un palo. La estructura
era de hierro y los espacios entre los barrotes eran de juncos atados, traslcidos pero
bastante fuertes para escudar y proteger a las velas que estaban dentro.
Las dos mujeres llegaron al borde del agua y se pusieron a escuchar, Al cabo de un
rato percibieron en la oscuridad el chasquido del agua contra la canoa, un sonido que slo
poda ser distinguido por odos acostumbrados a cada cadencia del viento y de las olas
sobre la orilla. Pusieron en tierra la linterna y una, sacando el palo del anillo y sacudindolo
sobre l agua, exclam con voz spera: Despertad!.
El sonido que lleg a Kelderek era agudo como el chillido de perdiz. Levant la
mirada y vio la luz verde y temblorosa que se reflejaba en el agua. Ya no tena miedo.
Poda or al Gran Barn, que se mova detrs de l. Bel-ka-Trazet mascull algunas
palabras inaudibles y se ech agua en la cara, pero no hizo ningn movimiento que indicara
la intencin de bajar a tierra. Kelderek volvi la cabeza un instante y vio que estaba
mirando fijamente, como divertido, la turbulencia levemente iluminada de la superficie de
las aguas.
La voz de la mujer llam de nuevo: Ven!. Lentamente, Bel-ka-Trazet subi el
borde de la canoa y baj al agua, que apenas le llegaba a las rodillas. Fue vadeando hacia la
luz. Kelderek lo segua, chapoteando pesadamente entre los remolinos. Al llegar a la orilla,
vio frente a l una mujer alta, cubierta con una capa, que permaneca inmvil, con la cara
escondida en el manto. El tambin se qued quieto, no atrevindose a interrumpir el
silencio de ella. Poda or a los criados que se acercaban a la orilla, pero la mujer alta no les
prestaba atencin y continuaba mirndolo, como si quisiera percibir el latido mismo de su
corazn. Finalmente o eso le pareci hizo una seal con la cabeza e inmediatamente se
dio vuelta, se agach y pas el palo a travs del anillo de hierro de la linterna. Luego ella y
su compaera se pusieron a hablar y se alejaron, avanzando hbilmente entre las piedras
flojas, que cedan al paso. Ningn hombre se haba movido hasta que, despus de haber

dado unos diez pasos, la mujer alta, sin dar vuelta la cabeza, grit: Seguidme!. Kelderek
obedeci, manteniendo la distancia entre ellos como un sirviente.
Muy pronto empezaron a trepar un angosto sendero que llevaba a los bosques.
Kelderek se vio forzado a tantear entre las rocas, buscando asideros.
Tanteando entre los helechos y las hojas poda or ms alto a medida que
avanzaba el sonido del agua que caa y de repente se encontr sobre un promontorio de
roca que se ergua sobre un despeadero. En el lado opuesto haba una terraza empedrada y
en el medio de ella se vean unas ascuas encendidas. Esta deba ser la fuente de aquella luz
alta que haba visto desde el ro: una luz que se ilumin para guiarlos. Ms all se elevaba
una pared de roca en lo oscuro; l poda verla claramente, pues en los ngulos de la terraza
haba cinco trpodes, cada uno con un recipiente de bronce del cual se elevaban llamas
traslcidas, amarillas, verdes y azules. Haba poco humo, pero el aire estaba impregnado de
un perfume dulce y resinoso. Ms perturbador y aterrador que la terraza vaca, con sus
recipientes de fuego, era el cuadrado abierto en la roca que estaba detrs. Sobre l haba un
basamento soportado por una columna de cada lado y a Kelderek le pareci que el espacio
negro del medio lo miraba de un modo inescrutable, como el rostro invisible de la mujer
encapuchada en la orilla.
Mir hacia abajo, hacia el precipicio. Un poco a su derecha, apenas visible en la
vacilante oscuridad, pudo distinguir una cascada, no una catarata abrupta, sino una cada de
agua que salpicaba las rocas y se perda en la profunda hendidura ms abajo. Frente a esto,
cerca de la cada de agua y brillando por las salpicaduras, haba un tronco de rbol cado,
no ms grueso que un muslo de hombre, que una el precipicio de orilla a orilla.
La parte de arriba haba sido nivelada groseramente y sobre este rbol, sin baranda,
las dos mujeres cruzaron tan fcilmente como haban marchado en la orilla. El tronco
flexible cedi por el peso y la linterna vacil en el palo pero las mujeres avanzaban con una
gracia tranquila, como muchachas de aldea que llevan sus cacharros para llenarlos a la
fuente.
Lentamente Kelderek descendi de la escarpadura. Al llegar al extremo ms cercano
del puente empez temerosamente a poner un pie detrs de otro. La catarata que tena a su
lado lo salpic con sus fras gotas; el agua invisible ms abajo hizo sonar sus ecos
alrededor; despus de unos cuantos pasos, se acurruc sobre las rodillas, tanteando con una
mano a lo largo del ondulante tronco. No se atreva a levantar la mirada y ver lo que tena
delante. Con la mirada fija en la propia mano, slo poda ver la materia de la madera: nudo
tras nudo entraba en su crculo de visin y desapareca bajo su barbilla a medida que
avanzaba. Dos veces se detuvo, jadeando y hundiendo las uas en el tronco comb, que se
bamboleaba.
Cuando lleg al otro extremo, sigui tanteando ciegamente el terreno con sus manos
y sus rodillas, hasta que encontr por casualidad, y aplast una mata de locatalanga
trepadora y, cuando sinti a su alrededor el penetrante olor, volvi en s y comprendi que
ya no estaba aferrndose y movindose encima del agua. Se puso de pie. Delante de l las

mujeres estaban cruzando el centro de la terraza, una detrs de la otra, como antes. Vio que
alcanzaban el borde del montn de ascuas dentro de su envoltura de ceniza. Sin pausa se
metieron en l, levantando los ruedos de sus capas exactamente como si estuvieran
vadeando un arroyo. Cuando la que estaba detrs se levant la tnica, se pudo ver por un
instante un pie desnudo. Ceniza y chispas se levantaban formando un fino polvo, como el
que levanta un molinero con sus pies.
Kelderek, gimiendo, cay al suelo y escondi la cabeza en el hueco del brazo.
Esta era, pues, la forma de su llegada al templo ms Alto en Quiso de los Arrecifes,
este heraldo de nuevas que las generaciones haban esperado pero nunca haban odo:
herido, transido, arrastrado y casi histrico, que apartaba lo que tena ante los ojos,
determinado extraa determinacin tan slo a rendir los jirones de voluntad que la isla
le haba dejado. Y cuando finalmente el Gran Barn y sus siervos llegaron al borde del
precipicio y, a su vez, se bambolearon como invlidos junto al rbol ladeado, lo vieron
echado en el borde de la terraza, jadeando y carraspeando con un ruido ms aterrador que la
risa del sordo y del mudo.

6
La sacerdotisa

Mientras Kelderek se fue tranquilizando y pareci quedarse dormido en donde yaca,


una luz apareci en la apertura de la pared de roca. La luz se hizo ms fuerte y dos mujeres
jvenes salieron, cada una con una antorcha encendida. Eran muchachas recias y toscas,
con los pies desnudos y vestidas con tnicas groseras, aunque ni siquiera las mujeres de los
barones habran podido competir con sus ornamentos. Los aros largos, que se balanceaban
y tintineaban cuando marchaban, estaban hechos con pedazos de hueso labrado, unidos para
formar pendientes. Los collares triples, de penapa y ziltate alternadamente, rosados y
pardos, brillaban a la luz de la hoguera. En los dedos tenan sortijas de madera plisada,
pintada de carmes. La una y la otra llevaban un ancho cinturn de bronce laminado con un
broche en forma de cabeza de oso y en la cadera izquierda una vaina vaca de cuero verde
en forma de conchilla, como smbolo de perpetua virginidad.
Las mujeres tenan en sus espaldas canastas de mimbre con pedazos de una
sustancia resinosa y un combustible negro, duro y fragmentado como pedregullo de jardn.
Se detuvieron frente a cada trpode y, cada una recogiendo puados de la canasta de la otra,
los arrojaron en los recipientes. El combustible cay produciendo un sonido leve y
tintineante, sonido que se demor en el aire; mientras trabajaban, las muchachas no
prestaban a los hombres que las miraban ms atencin que la que hubieran prestado a
animales atados de una cuerda.
Casi haban terminado su tarea y la terraza brillaba con nueva luz cuando una tercera
mujer emergi lentamente de la oscuridad de la cueva. Estaba vestida con una tnica
fruncida y blanca en forma de vaina de una tela ms delicada que las tejidas en Ortelga, y
sus cabellos largos y negros caan sueltos por la espalda. Tena los brazos desnudos y su
nico adorno era un gran collar de finas argollas de oro, de ms de un palmo de largo, que
le cubra completamente los hombros como un vestido. Cuando ella apareci, las dos
muchachas bajaron sus canastas y ocuparon un lugar lado a lado en el borde de las cenizas.
Bel-ka-Trazet levant la mirada y encontr la de la joven. Pero no dijo nada y ella le
devolvi la mirada con un aire impasible de autoridad, como si todos los hombres tuvieran
un rostro como el de l y todos fueran lo mismo para ella. Al cabo de unos instantes lade
la cabeza y una de las muchachas, adelantndose, se fue con los sirvientes, desapareciendo
en la oscuridad, entre los rboles que estaban cerca del puente. En el mismo instante el
cazador se movi y lentamente se puso de pie. En harapos y sucio, se par frente a la
hermosa sacerdotisa con un aire que no era de insensibilidad, sino de simple falta de
conciencia, tanto de su propia apariencia como de lo que lo rodeaba.
Como la mujer alta de la playa, la sacerdotisa mir intensamente a Kelderek, como
si lo estuviera apreciando en algn clculo de su mente. Por ltimo baj dos o tres veces la

cabeza con aire de reconocimiento grave y comprensivo y se volvi una vez ms hacia el
Gran Barn.
Han querido, pues, que este hombre est aqu dijo. Quin es?
Un hombre que he trado, siyet contest brevemente Bel-ka-Trazet, como si
quisiera recordarle que tambin l era alguien con autoridad.
La sacerdotisa frunci el ceo. Luego se aproxim al Gran Barn, le puso la mano
en un hombro y, con un aire de nia curiosa y asombrada, extrajo la espada de la vaina y se
puso a examinarla: el Barn no hizo ningn intento por impedirlo.
Qu es esto? pregunt, moviendo la espada de tal modo que la luz de las
llamas resplandeca a lo largo de la hoja.
Mi espada, siyet contest l con un poco de impaciencia.
Ah!, tu Ella se par, vacilando, como si la palabra le resultara nueva
espada. Es una cosa hermosa esta espada tan tan tan y, haciendo presin, se
pas el filo tres o cuatro veces por el brazo. No hizo ningn tajo y no dej ninguna marca
. Sheldra dijo a la otra muchacha el Gran Barn nos ha trado una una espada.
La muchacha se acerc, tom la espada entre sus dos manos y la mantuvo
horizontalmente a la altura de los ojos, como si estuviera mirando el filo de la hoja.
Ah, ahora me doy cuenta dijo la sacerdotisa ligeramente. Y poniendo el lomo
de la hoja contra su garganta y haciendo una sea a la muchacha para que la mantuviera con
firmeza, dio un saltito, oscil unos instantes sobre la hoja afilada bajo su barbilla y,
dejndose caer al suelo, se volvi hacia Bel-ka-Trazet.
Y esto? pregunt, extrayendo el cuchillo del cinturn.
Esta vez l no contest. Con aire sorprendido, ella se pinch el brazo izquierdo,
revolvi la hoja, la extrajo limpia de sangre, mene la cabeza y la pas a la muchacha.
Bueno bueno juguetes. Mir framente al hombre.
Cmo te llamas? pregunt.
El Barn abri la boca para hablar, pero despus de un momento los labios torcidos
se cerraron y se qued mirndola, como si ella no hubiera hablado.
Cmo te llamas? le repiti a Kelderek en el mismo tono.
Como en un sueo, el cazador se encontr que tena percepciones en dos planos. Un
hombre puede soar qu est haciendo algo volando, tal vez que, incluso en el sueo,

sabe que no puede hacer. Pero acepta y vive la ilusin, y as siente como reales los efectos
que siguen a una causa que se descarta. Del mismo modo Kelderek oy y entendi las
palabras de la sacerdotisa y, sin embargo, supo que no tenan sentido. Ella le podra haber
preguntado: Qu sonido tiene la luna? o que es ms, saba que ella estaba enterada de
esto y que se contentara con el silencio por respuesta.
Ven! dijo despus de un rato, y gir sobre sus talones.
Camin delante de ellos del Barn sombro y mutilado y del azorado cazador y
los llev fuera del crculo de recipientes con llamas azules y a travs de la apertura en la
roca.

7
Los Arrecifes

La oscuridad estaba interrumpida tan slo por la luz indirecta que vena de la
terraza, pero esto bastaba para que Kelderek pudiera ver que estaban en una habitacin
cuadrada, tallada en la roca, al parecer. El suelo bajo sus pies era de piedra y las sombras de
l y de sus compaeros se movan y vacilaban sobre un muro liso. Sobre ste divis una
pintura que pareca representar, segn crey, un ser gigantesco erguido sobre sus patas.
Y siguieron marchando en la oscuridad.
Tanteando el camino a la zaga de la sacerdotisa, Kelderek toc la jamba cuadrada de
una apertura en la pared y, subiendo a tientas porque tena miedo de un golpe en la
cabeza no pudo encontrar el travesao de arriba. Pero la hendidura, si bien era alta, era
tambin bastante angosta apenas del ancho de un hombre y para proteger su hombro
lastimado entr de costado y avanzo al sesgo, con el brazo derecho delante.
El suelo se inclinaba bruscamente hacia abajo. Avanzaba a tropezones, tanteando la
pared, que doblaba hacia la derecha. Finalmente pudo distinguir, delante de l, el cielo
nocturno y, dibujada sobre ste, la figura de la sacerdotisa que esperaba. Lleg al lado de
ella, se detuvo y mir a su alrededor.
De acuerdo a las estrellas, no era mucho ms de la medianoche. Estaba en un lugar
alto, espacioso y vaco, de pie sobre una ancha plataforma de piedra, con una superficie
nivelada, pero tan spera que poda sentir los granos y ndulos bajo la planta de los pies. A
cada lado haba laderas boscosas. El arrecife se extenda hacia la izquierda, formando una
curva larga y regular, un cuarto de crculo del largo de una pedrada, que terminaba entre
bancos de hiedra y troncos de rboles. Inmediatamente bajo ste se extenda otro arrecife
similar y debajo muchos otros, en forma de escalera para gigantes o dioses.
Mucho ms abajo slo poda percibir un resplandor de agua, como de fondo de
manantial: esto le pareci que deba ser alguna baha de la isla cercada por tierra.
Alrededor, a cada lado, se elevaban grandes rboles.
Se puso a escuchar y reconoci un gotear y escurrir de agua, que llenaba el lugar no
menos que el rumor de las hojas. De dnde podra venir? Mir en derredor.
Estaban de pie cerca de uno de los extremos de la plataforma ms alta. Ms all,
sobre el borde, una corriente superficial tal vez la del precipicio que haba cruzado antes
esa noche correteaba lisamente desde la ladera y a travs del arrecife. Sin duda, a causa
de cierto desplazamiento de las piedras, se extenda por todos lados, llegaba a ser en los
bordes una leve pelcula de agua que resbalaba sobre la superficie spera y a nivel.

Pasmado de asombro, Kelderek comprendi que este vasto sitio era obra del
hombre. Se puso a temblar, en realidad de temor reverente, no de miedo. Mejor dicho se
sinti invadido por una alegra salvaje y expansiva, como la de las danzas o las fiestas que
le daba la impresin de flotar por encima de su propio cansancio y del dolor que tena en el
hombro.
Nunca has visto los Arrecifes? pregunt la sacerdotisa a su lado. Tenemos
que bajar: te sientes capaz?
En seguida, como si ella le hubiera dado una orden, l empez a descender las
piedras mojadas con tanta confianza como si caminara sobre suelo parejo. El Barn lo
llam con brusquedad y Kelderek se detuvo frente a la isla solitaria de un banco de hiedra,
sonriendo a los dos que seguan por encima de l, como si fueran compaeros en algn
juego de nios. Cuando la sacerdotisa y el Barn se acercaron cautamente, midiendo sus
pasos sobre las piedras mojadas, Kelderek oy decir a ste:
Tiene poco en la cabeza siyet Es un hombre simple, tonto, me dicen. Se puede
caer, incluso se puede tirar.
No, el lugar no guarda peligros para l, Barn replic ella. Ya que lo trajiste
aqu tal vez t puedas explicarlo.
No contest secamente el Barn.
Djalo ir dijo ella. En los Arrecifes, dicen, el corazn es la mejor gua del
pie.
Al or esto, Kelderek se volvi una vez ms y se alej a saltos, con paso seguro, ms
y ms abajo. El peligroso descenso pareca un deporte excitante como zambullirse en aguas
profundas. La plida forma de la cala ms abajo se agrand, y ahora pudo ver un fuego que
arda a un lado.
Desde arriba no llegaba ningn ruido de sus compaeros y al poco tiempo
emprendi la marcha hacia el resplandor del fuego y el agua que chapaleaba ms all.
Esta orilla entre los rboles era irregular y estaba empedrada con la misma piedra de
los arrecifes de arriba. Por lo que l poda discernir, haba sido proyectada como un jardn.
Sigui una pared baja y se encontr al borde de un canal que tendra seis o siete pasos de
ancho. Atraves un angosto puente y vio delante de s un espacio circular, empedrado de
acuerdo a un diseo simtrico, oscuro y claro. En el centro haba una piedra achatada por
arriba, ms o menos ovoide y en la que estaba grabado un smbolo en forma de estrella.
Ms all, un fuego arda en un brasero de hierro.
El cansancio y el temor volvieron a apoderarse de l. Inconscientemente haba
pensado en la orilla del agua y en el fuego como el fin del viaje nocturno. No saba qu fin;
pero donde haba fuego, no era natural que esperara encontrar gente y descanso? El

impulso que haba tenido en los arrecifes haba sido tonto e impertinente. La sacerdotisa no
le haba dicho que viniera aqu; la misin de ella poda estar en otra parte. Ahora no haba
nada ms que la soledad bajo las estrellas y el dolor en el hombro. Pens en volver, pero no
pudo enfrentar la cosa. Tal vez, despus de todo, iban a llegar pronto. Arrastrndose hasta la
piedra se sent, apoy el codo en una rodilla, descans la cabeza en la mano y cerr los
ojos. Se sumi en un sueo levemente febril en el cual los acontecimientos del largo da
empezaron a emerger, confusos e ingrvidos.
Slo puedo hablar a Tuguinda! grit el cazador en voz alta.
Salt sobre sus pies, con los ojos abiertos. Ante l, sobre el suelo a cuadros, estaba
parada una mujer de unos cuarenta y cinco aos de edad. El rostro era fuerte, inteligente, y
estaba vestida como una sierva o como la mujer de un campesino. Los brazos estaban
desnudos hasta el codo y en una mano llevaba una cuchara de madera. Al mirarla a la luz de
las estrellas se sinti tranquilizado por su aspecto domstico y sensato. Por lo menos
alguien cocinaba en esta isla llena de hechizos, y haba una persona simple y recta que lo
haca. Acaso pudiera darle un poco de comida.
Crendro (Te veo) dijo la mujer, usando el saludo familiar de Ortelga.
Crendro replic el cazador.
Has venido por los Arrecifes? pregunt la mujer.
S.
Slo?
La sacerdotisa y el Gran Barn de Ortelga vienen detrs de m por lo menos, es
lo que espero. Se llev una mano a la cabeza. Perdname. Estoy cansado y me duele el
hombro.
Sintate de nuevo. l obedeci.
Por qu ests aqu en Quiso?
Es algo que no puedo decirte. Tengo un mensaje un mensaje para la Tuguinda.
Slo a ella se lo puedo dar.
T? No es a vuestro Gran Barn a quien corresponde hablar con la Tuguinda?
Slo a m me corresponde. Y, para evitar decir nada ms, pregunt: Qu es
esta piedra?
Es muy vieja. Cay del cielo. Quieres comer algo? Tal vez puedo hacer algo para
que tu hombro se sienta mejor.

Muy amable de tu parte. Querra comer, y tambin descansar. Pero la Tuguinda


Mi mensaje
Todo saldr bien. Ven por aqu conmigo.
Lo condujo, tomado de la mano, y en ese mismo instante vio a la sacerdotisa y a
Bel-ka-Trazet que se acercaban por el puente. Al ver a su compaero, el Gran Barn se
detuvo, inclin la cabeza y se llev la palma de la mano a la frente.

8
La Tuguinda

El cazador se dej llevar en silencio a travs del crculo y ms all del brasero de
hierro, en el cual haba menguado el fuego. Se pregunt si ste no habra sido encendido
como seal y si no habra cumplido ya su funcin, pues no haba nadie all que mantuviera
la llama, Al llegar junto a ellos, el Barn no dijo palabra, pero se llev de nuevo la mano a
la frente. La mano tembl levemente y la respiracin, aunque controlada, era corta e
insegura. El cazador adivin que el descenso de los arrecifes empinados y resbaladizos le
haba exigido ms esfuerzo que el que habra querido mostrar.
Dejaron la fogata, ascendieron una serie de escalones y se detuvieron ante la puerta
de un edificio de piedra que tena en la puerta cancel una argolla colgante de hierro, en
forma de dos osos trenzados en lucha. Kelderek nunca haba visto artesana de esta clase y
contempl maravillado la forma en que el tirador giraba y el peso de la puerta se desplazaba
hacia adentro sin raspar el suelo ni bajar de nivel.
Al cruzar el umbral fue al encuentro de ellos una muchacha vestida como las que
cuidaban los braseros de la terraza. Llevaba tres o cuatro lmparas encendidas en una
fuente de madera que ofreci a cada uno. l tom una lmpara, pero poco pudo ver de lo
que lo rodeaba pues tena demasiado miedo para detenerse o mirar a su alrededor.
De algn lado, no lejano, llegaba un olor de cocina, y se dio cuenta una vez ms que
estaba hambriento.
Entraron a un cuarto con suelo de piedra iluminado por el fuego, amueblado como
una cocina con bancos y una larga mesa rstica. La chimenea, abierta, tena una parrilla y
una segunda muchacha estaba atareada aqu con tres o cuatro cacerolas.
Desde el momento en que haban abandonado el crculo empedrado, el cazador se
haba sentido dominado por la idea de haber cometido un sacrilegio. Era evidente que la
piedra en la que se haba sentado era sagrada. Acaso no le haban dicho que haba cado
del cielo? Y la mujer la mujer rstica con la cuchara slo poda ser.
Cuando se acerc a la luz de la hoguera se dio vuelta temblando y cay de rodillas.
Siyet yo yo no poda saber.
No temas dijo ella. Echate aqu, sobre la mesa: quiero mirarte el hombro.
Melathys: trae un poco de agua tibia. Barn: puedes hacerme el favor de sostenerme una
de estas lmparas?

Despus de ser obedecida, Tuguinda desat la casaca del cazador y empez a lavar
la sangre cuajada de la herida en el hombro. Proceda de modo cuidadoso y deliberado: le
limpi la herida, la cur con un ungento punzante, de olor acre, y por ltimo le vend el
hombro con un trapo limpio.
Ahora comeremos y tambin beberemos dijo Tuguinda finalmente,
ayudndolo a ponerse de pie vosotras podis iros. S, s aadi impacientemente,
hablando a una mujer que estaba levantando la tapa de una cacerola y se demoraba junto al
fuego. Puedo revolver guisos en cacerolas: lo creis o no.
Las muchachas se esfumaron y la Tuguinda, recogiendo su cuchara, revolvi las
distintas cacerolas y llen cuatro recipientes con el contenido de ellas. Kelderek comi
aparte, de pie, y ella no hizo nada por disuadirlo: se sent en un banco junto a la chimenea
y se puso a comer lenta, moderadamente, como si quisiera precaverse para no terminar
antes o despus que el resto.
Cuando los dos hombres terminaron, Melathys trajo agua para las manos, retir los
recipientes y los vasos y encendi el fuego. El Barn, con la espalda apoyada en la mesa,
estaba sentado frente a la Tuguinda, mientras el cazador permaneca de pie entre las
sombras ms all.
Te mand buscar, Barn empez a decir la Tuguinda. Como sabes, te ped
que vinieras aqu esta noche.
Me has puesto en una situacin indigna, siyet contest el Barn. Por qu
ha cado sobre nosotros el miedo de Quiso? Por qu hemos tenido qu quedarnos
pasmados sobre la orilla, en la oscuridad? Por qu?
No haba un forastero con vosotros? contest ella en un tono que lo cort
instantneamente, aunque sus ojos siguieron fijos en los de ella. Por qu supones que no
puedes llegar al desembarcadero? No estabas armado?
Llegu en un apuro. El asunto se me escapaba de las manos. Pero, de todos
modos, cmo podas conocer t estas cosas, siyet?
No importa cmo. Bueno, la indignidad, como tu dices, ha terminado ya. No nos
vamos a pelear. Mi mensaje, supongo, fue inesperado, y t me has dado una respuesta
inesperada trayndome un hombre herido al que encuentro sentado, solo y exhausto, sobre
la piedra del Tereth.
Siyet: este hombre es un cazador un hombre simple, a quien llaman
Se call y frunci el ceo.
S quin es dijo ella. En Ortelga lo llaman Kelderek-Juega-con-los-Nios.
Aqu no tiene nombre hasta que yo lo decida.

Bel-ka-Trazet abrevi.
Me fue trado esta noche, a su vuelta de una cacera pues se neg a decir a uno de
los shendrons qu fue lo que haba, visto. Al principio lo trat con indulgencia, pero de
todos modos no quiso decir nada. Volv a interrogarlo y me contest como un nio. Dijo:
Encontr una estrella. Quin va a creer que encontr una estrella?. Luego dijo: Slo
hablar a la Tuguinda. Al or esto lo amenace con un cuchillo caliente, pero l se limit a
contestar: Que sea la voluntad de Dios. Entonces, en este mismo instante, siyet me lleg
tu mensaje. Bueno, pens si este hombre dijo que slo habra de hablar contigo,
quin oy nunca una cosa semejante?, aceptemos su palabra, aunque slo sea para hacerlo
hablar. Es mejor traerlo a Quiso a su muerte, supongo, a esa muerte que l se ha ganado.
Y luego se sienta sobre la piedra del Tereth, que Dios nos asista!
Y lo encontramos cara a cara y solo contigo. Cmo es posible que vuelva a
Ortelga? Tiene que morir.
Eso es algo que decido yo, mientras l est en Quiso. Ves muchas cosas, Barn, y
proteges a tu pueblo como un guila a sus aguiluchos. Has visto a este cazador y ests lleno
de enojo y de sospechas porque te ha desafiado. Nada ms viste en tu nido de Ortelga en
estos dos ltimos das?
Era evidente que a Bel-ka-Trazet no le gustaba que lo interrogaran; pero contest
con la necesaria cortesa:
El incendio, siyet, ha habido un gran incendio.
Por leguas y leguas ms all del Telthearna se incendi la selva. Durante todo el
da de ayer llovieron cenizas sobre Quiso. En la noche llegaron animales a la orilla, por el
ro, animales que nunca haban sido vistos antes. Qu anuncian estos animales? Al
amanecer el arroyo que est en el precipicio cambi de cauce y se derram sobre los
Arrecifes, pero al llegar al pie volvi a juntar sus aguas, remont el canal y no hizo dao a
nadie. Por qu? Por qu? Por qu s mojaron los Arrecifes, Barn? Por la llegada de tus
pies o mis pies? Qu mensaje, qu seales son stas?
As es que medito y oro e invoco la poca sabidura que he adquirido con el correr
de los aos; pues no s ms que Melathys o Rantzay o las muchachas lo que todo esto
significa. Finalmente te mand buscar. Me pareci que tal vez t podras decirme algo que
hayas visto u odo. Tal vez t podrs darme alguna clave.
Mientras tanto, en caso de que venga, cmo habr de recibir a aquel que Dios
quiere enviar? No con poder o con pompa, no, sino como una sierva. Qu otra cosa soy?
De modo que en caso de que venga, me vestir como la mujer ignorante que Dios sabe que
soy. No s nada, pero al menos soy capaz de cocinar una comida. Y cuando la comida est
lista, ir al Tereth, para esperar y orar.
De nuevo guard silencio. Melathys murmur:

Tal vez el Gran Barn sepa ms que lo que nos dijo.


No s nada, siyet.
Pero no me pas por la cabeza sigui diciendo Tuguinda que el forastero que,
como yo saba, estaba contigo.
Se interrumpi y mir hacia el punto del cuarto en donde estaba parado Kelderek,
apartado de la luz.
Es cierto, cazador, que mantuviste frente al cuchillo caliente del Gran Barn que
tenas un mensaje que slo mis odos podan or?
Es cierto, siyet contest y tambin es cierto, como dice el Gran Barn, que
soy un hombre sin rango, un hombre que se gana la vida como cazador. Pero supe, y s
ahora, sin dudas y sin vacilaciones, que nadie debe or estas nuevas antes que t.
Dime, entonces, lo que no pudiste decir ni al shendron ni al Gran Barn.
El cazador habl de la cacera de esa maana y de la selva llena de animales
despavoridos y fugitivos. Luego habl del leopardo y de su propio, temerario intento de
escaparle y huir tierra adentro. Mientras hablaba de su malhadada flecha, de su huida
aterrada y su cada desde el barranco, se puso a temblar y se aferr a la mesa para
aquietarse.
Y luego dijo el cazador vi encima de m, desde el punto en donde estaba,
siyet, a un oso como nunca vi, alto como una cabaa, con una pelambre que pareca una
catarata y un hocico como un espoln contra el cielo. El leopardo fue como hierro en su
yunque. No hierro, ah, no!, creme cuando el oso lo golpe fue como una astilla de madera
cuando cae el hacha. Salt por los aires y dio vueltas como un pjaro atravesado. Fue el
oso el oso me salv. Dio un solo golpe y se fue.
El cazador se call y se acerc lentamente a la hoguera.
No fue una visin, siyet, no fue una fantasa de mi miedo. Es de carne y hueso.
Es real. Vi las quemaduras en un costado vi que le dolan. Un oso, siyet, en Ortelga, un
oso que tiene el doble de la estatura de un hombre! Vacil y luego anadi, casi
inaudiblemente: Si Dios fuera oso
Es mejor que hables claro dijo la Tuguinda con una voz tranquila, un tono
prctico. Qu quieres decir y qu es lo que piensas sobre el oso?
Siyet contest es el Seor Shardik.
Hubo un silencio mortal. Luego la Tuguinda contest cautamente:

Te das cuenta que equivocarte, engaarte y engaar a los otros sera algo
sacrlego y terrible? Cualquier hombre puede ver un oso. Si lo que viste es un oso, oh
cazador que juega con los nios, en nombre de Dios dilo ahora y vuelve a los tuyos sin
dao y con paz!
Siyet no soy nada ms que un hombre comn. Eres t quien debe sopesar mi
relato, no yo. Pero es cierto como que estoy vivo que tengo la seguridad de que el oso que
me salv no es nadie ms que el Seor Shandrik.
Entonces contest la Tuguinda te equivoques o no, es bien claro lo que
tenemos que hacer.
La sacerdotisa estaba de pie, con las manos extendidas y los ojos cerrados, orando
en silencio. El Barn, con el ceo fruncido, se paseaba lentamente en direccin a la pared
ms lejana, volva y caminaba de vuelta, con la mirada fija en el suelo. Al llegar junto a
Tuguinda, sta le puso una mano en la mueca y el Barn se detuvo, mirndola con un solo
ojo de prpados entornados. Ella le sonri, como si no hubiera ante ellos ninguna
perspectiva que no fuera segura y fcil.
Te contar un cuento dijo. Haba una vez un barn sabio y habilidoso que se
comprometi a proteger a Ortelga y su pueblo y a defenderlos contra todo lo que pudiera
perjudicarlos: un instalador de trampas, un cavador de pozos. Husmeaba a los enemigos
casi antes de que ellos conocieran sus propias intenciones y aprendi a desconfiar hasta de
las lagartijas que corren por las paredes. Para tener la seguridad de que no lo engaaban, no
crea nada. Y tena razn. Un dirigente, lo mismo que un mercader, debe estar lleno de
artes: debe dejar de creer ms de la mitad de lo que oye, o se arruinar.
Pero aqu la tarea es ms difcil. El cazador dice: Es el Seor Shardik. Y el
dirigente, que ha aprendido a ser escptico y nada tonto, contesta: Absurdo. Pero todos
sabemos que un buen da el Seor Shardik ha de volver. Supongamos que fuera hoy y que
el dirigente se equivoca, entonces qu error sera ese! Toda la paciente labor de su vida no
podra compensar tal cosa.
Bel-ka-Trazet no dijo nada.
No podemos correr el riesgo de equivocarnos. No hacer nada podra ser el mayor
de los sacrilegios. Hay una sola cosa que podemos hacer. Debemos descubrir, fuera de toda
duda, si esta noticia es verdadera o falsa; y, si perdemos en esto la vida, se habr hecho la
voluntad de Dios. Despus de todo, hay otros barones y Tuguinda no muere.
Hablas tranquilamente, siyet contest el Barn como si hablaras de la
cosecha de tendriona o de la llegada de las lluvias. Pero cmo puede ser eso cierto?
Has vivido muchos aos, Barn, con el Cerco Muerto que hay que fortalecer hoy
y el impuesto que hay que cobrar maana. Esa ha sido tu obra. Y yo tambin he vivido
muchos aos con mi obra, con las profecas de Shardik y los ritos de los Arrecifes. Muchas

veces imagin que llegaba la noticia y medit en lo que deba hacer si la cosa ocurra
realmente. Por eso es que puedo decrtelo ahora: El relato de este cazador puede ser
verdadero, y seguir hablando tranquilamente.
El Barn mene la cabeza y se encogi de hombros, como si no quisiera discutir el
punto.
Bien. Qu vamos a hacer ahora? pregunt.
Dormir contest ella inesperadamente, acercndose a la puerta. Llamar a las
muchachas para que te muestren el lugar.
Y maana?
Maana iremos corriente arriba.
La Tuguinda abri la puerta y dio un golpe en un gong de bronce. Luego se dio
vuelta y, dirigindose a Kelderek, le puso la mano en el hombro sano.
Buenas noches dijo la Tuguinda. Y esperemos que sea realmente una de esas
noches buenas que los nios piden en sus plegarias.

9
El relato de la Tuguinda

El angosto pasaje desde la caleta rodeada de tierra hasta el Telthearna doblaba tan
bruscamente que slo una canoa poda franquearlo. Las estribaciones rocosas a cada lado se
cubran unas a otras, cerrando la caleta como una pared, de tal modo que desde adentro no
poda verse nada del ro que estaba ms all.
Al iniciarse la carga de las canoas, el sol an no haba alcanzado la ribera que
miraba al Norte, pero ahora estaba levantado sobre los Arrecifes y brillaba sobre la caleta,
transformando el agua opaca y gris en un verde luminoso y profundo, de lentos
movimientos. Ntidas sombras caan sobre el empedrado desde las construcciones de piedra
que all estaban esparcidas a lo largo de los bordes, algunas escondidas entre los rboles,
otras levantadas en campo abierto, entre hierbas y flores.
El cazador se pregunt qu edad podran tener estas construcciones. No haba nada
parecido a esto en Ortelga. Todo el lugar pareca ser la obra de un pueblo muy antiguo.
Qu clase de gente poda haber sido sta? Quines haban construido los Arrecifes?
Se apart del sol, parpadeando, para contemplar las muchachas graves y silenciosas
que estaban cargando las canoas. Eran silenciosas, supuso l, por hbito y en virtud de la
ley de la isla. Qu alivio habra sido abandonar este lugar sombro y extrao, de secretos y
de brujeras! Record entonces adnde iba y sinti un estremecimiento de miedo en el
estmago.
Una mujer de pelo gris, que haba estado dirigiendo a las muchachas que trabajaban,
se apart de la orilla y se acerc a Melathys.
La tarea est hecha, siyet dijo. Quieres cerciorarte de que todo est en su
lugar?
No, confiar en ti, Thula contest la sacerdotisa con aire distrado.
La vieja le puso una mano en el hombro.
No sabemos adnde vas, querida, ni por cuanto tiempo dijo. No quieres
decrnoslo? Recuerdas cmo te consolaba cuando eras nia y soabas con traficantes de
esclavos y con guerras?
S demasiado bien adonde vamos contest Melathys pero no s cundo
volver.

Un viaje largo? insisti la vieja.


Largo o corto contest Melathys con una breve risa nerviosa te prometo que,
muera quien muriera, tendr mucho cuidado de no morirme.
Se agach, recogi una flor, la acerc un instante a la nariz de la otra y luego la
arroj al agua.
La vieja tuvo un movimiento contenido de impaciencia, como un servidor de
confianza a quien se concede el privilegio de expresar sus sentimientos.
Entonces hay peligro, hija ma? murmur. Por qu hablas de muerte?
Melathys la mir fijamente un instante, mordindose los labios. Luego desabroch
el ancho collar de oro que le colgaba del pescuezo y lo puso en las manos de la vieja.
En todo caso, esto no me har falta dijo. Y si hay peligro podr correr ms
velozmente sin el peso. No me preguntes nada ms, Thula. Ya es tiempo de ponernos en
marcha. Dnde estn los sirvientes del Barn?
l dijo que deban volver a Ortelga contest la vieja. Ya subieron a la canoa
y se fueron.
Entonces ve tu misma y dile al Barn que estamos listos. Adis, Thula.
Recurdame en tus plegarias.
Se abri camino por el empedrado, baj a la ms cercana de las cuatro canoas e hizo
una sea al cazador para que ocupara un lugar detrs de ella. Las dos muchachas que
estaban en la proa hundieron sus paletas y la canoa se alej de la orilla. Atravesaron la
caleta y empezaron a avanzar por la angosta hendidura que se abra entre las estribaciones
rocosas.
Ms all, el agua era azul y estaba agitada, brillaba a la luz del sol y se quebraba en
olitas con copetes blancos. A lo lejos se vea la lnea ennegrecida y desolada de la orilla
izquierda. Kelderek, miro por encima del hombro, pero ya no fue capaz de divisar, entre la
espesura verde, la hendidura de donde haban emergido. Entonces apareci la proa de la
segunda canoa, deslizndose sobre el follaje flotante. Melathys, siguindole la mirada,
sonri framente.
No hay ningn otro lugar en la isla adonde pueda acercarse una canoa. Todo el
resto es riscos o bajos, como el lugar en donde desembarcaste anoche.
La Tuguinda pregunt no viene con nosotros?
La sacerdotisa, mirando las otras dos canoas que quedaban, no contest
inmediatamente, pero al cabo de un rato dijo:

Conoces el relato de Inanna?


Claro que s, siyet Inanna baj a los infiernos a pedir una vida y, a medida que
pasaba por cada puerta, le arrebataban sus vestiduras, sus joyas y todo lo que llevaba.
Hace mucho tiempo, cuando la Tuguinda se iba de Quiso en busca del seor
Shardik, era la costumbre que no deba llevar nada encima al dejar la isla se detuvo y
luego aadi: La Tuguinda no desea que se sepa en Quiso que se va. En cuanto se
enteren de que se ha ido
Y si no hay otro desembarcadero? prorrumpi l, interrumpindola.
Ella habl a las muchachas de las paletas.
Nito! Neelith! Subiremos por la orilla hasta las canteras.
En el extremo occidental la baha se extenda y formaba una punta. Por debajo el
agua protegida era lisa, pero al costearla el avance se volvi trabajoso, porque el viento
incomodaba y de este lado de la isla la corriente era fuerte. Avanzaron lentamente, mientras
las canoas saltaban y chapaleaban en el agua agitada.
De repente Kelderek se sobresalt, de modo que la canoa se lade y
muchachas golpe el agua con un golpe brusco del reverso de su paleta para
equilibrio. Sobre el antepecho de piedra que estaba encima de ellos haba
desnuda, con los cabellos sueltos hasta el hombro, que avanz hasta el borde
instantes mir hacia abajo, tratando de encontrar un punto firme en el suelo.
vacilacin, se zambull en las aguas profundas.

una de las
recobrar el
una mujer
y por unos
Luego, sin

Cuando emergi a la superficie, el cazador comprendi que no era otra que la


Tuguinda. Ella se puso a nadar tranquilamente hacia la tercera canoa, que ya se abra
camino en direccin a ella. La canoa del Barn se haba ido ya. Confundido, el cazador
cerr los ojos y luego, para que a la sacerdotisa no se le ocurriera reprenderlo, escondi la
cara entre las manos.
Crendro, Melathys! dijo la Tuguinda, a quien Kelderek oy rerse en el
momento de subir a la canoa. Cre que no haba trado nada conmigo, salvo un corazn
ligero, pero ahora recuerdo que tengo dos cosas ms: sus nombres, que deben ser devueltos
a nuestros huspedes. Bel-ka-Trazet, puedes orme, o te ests alejando del alcance de los
odos, tanto como del alcance de la vista?
Nos sorprendiste, siyet contest el Barn enfurruado. No debo respetarte
como mujer?
La anchura del Telthearna es por cierto un respeto. No estn aqu tus sirvientes?
No, siyet. Los mand de vuelta a Ortelga.

Que Dios sea con ellos. Y con Melathys, pues sus bonitos brazos han sido
raspados por la trazada. Cazador tmido, meditabundo cazador, cmo te llamas?
Kelderek, siyet contest l. Kelderek Zenzuata.
Bueno. Ahora podemos estar seguros de que hemos salido de Quiso. A las
muchachas les va a gustar este viaje inesperado. Quines estn con nosotros? Sheldra,
Nito, Neelith
Empez a chancear con las muchachas que, por sus respuestas, parecan muy
convencidas de que ella estaba de excelente humor. Al cabo de un rato la canoa de la
Tuguinda se puso al lado de l y ella le toc el hombro.
Cmo est tu hombro? pregunt.
Mejor, siyet contest l. Tengo mucho menos dolor.
Bien. Porque nos vas a hacer falta.
Aunque la Tuguinda haba mantenido en secreto su partida, alguien, adems de
Melathys, haba sabido sin duda lo que ella quera hacer y haba cargado, en consecuencia,
la canoa, porque estaba vestida como si fuera a ir de cacera, con una tnica de pedazos de
enero cosidos y superpuestos, con sandalias y polainas tambin de cuero, y los cabellos
mojados, que le envolvan la cabeza, estaban sujetos con una tenue cadenita de plata. Lo
mismo que las muchachas, llevaba un cuchillo en el cinturn.
No subiremos la orilla de Ortelga, Melathys. Los shendrons nos veran y toda la
ciudad se pondra a hablar en menos de una hora.
Cmo es posible, siyet? No estamos yendo a la parte occidental de la isla?
As es. Pero iremos hasta el otro lado del ro y luego volveremos.
El viaje, prolongado de este modo, dur casi hasta el anochecer.
El sol se acercaba al horizonte cuando por fin la Tuguinda dio orden de doblar hacia
la izquierda y navegar una vez ms contra la comente. Kelderek, que conoca la dificultad
de juzgar las corrientes siempre cambiantes del Telthearna, comprendi que esta mujer era
un navegante experimentado y capaz. De todos modos su juicio era excelente, pues con
poco esfuerzo suplementario de parte de las cansadas muchachas, el ro los llev
fcilmente, de tal modo que avanzaron casi justamente sobre la roca alta y angosta que
estaba en el punto Oeste de Ortelga.
Vadearon hasta la costa, arrastrando entre ellos las canoas en medio de los juncos y
acamparon en terreno seco, rodeados de la maraa de races blandas y fibrosas de un
bosquecillo de quian. Era una costa salvaje; y mientras el fuego de ellos se consuma, de

modo que las formas de los troncos parecan temblar en el calor y a lo lejos el crepsculo
palideca sobre la extensin del ro, Kelderek volvi a sentir como ya haba sentido dos das
antes, la extraa inquietud y perturbacin de la selva en torno de ellos.
Siyet se atrevi a decir por fin y t, seor Barn, si me puedo dirigir a ti de
este modo, no deberamos dejar que nadie se aleje del fuego esta noche. Si alguien quiere
hacerlo, que vaya hasta la orilla, pero a ningn otro lado. Este lugar est lleno de seres que
tambin son extraos aqu, perdidos y enloquecidos de miedo.
Bel-ka-Trazet se limit a asentir con la cabeza. Kelderek, hizo guardia la mitad de la
noche. No tena deseos de dormir. Qu clases de centinelas podan ser, se pregunt, estas
muchachas silenciosas y contenidas, cuyas vidas haban estado enclaustradas tanto tiempo
en la soledad de Quiso? Pero tambin supo que estaba tratando sin lograrlo de
engaarse: las muchachas eran de confianza, y sta no era la razn de su estado de alerta.
La verdad era que no se vea libre durante todo el da no se haba visto libre del miedo
de la muerte y del terror a Shardik.
Empez a cavilar en la oscuridad y una nueva inquietud se apoder de l cuando
pens en el Gran Barn y luego en Melathys. Los dos tenan miedo de esto estaba seguro
, miedo a la muerte, sin duda, pero tambin y era en esto que diferan de l miedo a
perder lo que cada uno tena ya. Y a causa de este miedo haba en el corazn de ellos una
esperanza real, de la cual ninguno quera hablar delante de la Tuguinda, la esperanza de que
lo que l les haba dicho era falso y que la bsqueda iba a terminar en nada: porque a cada
uno le pareca que, incluso en caso de que l les hubiera dicho la verdad, l o ella nada
tenan que ganar en consecuencia.
Se le ocurri y esto conturb su corazn y aument an ms su sensacin de
soledad que el Gran Barn era incapaz de captar lo que para l era tan simple como la
llama.
Bel-ka-Trazet, pens Kelderek, haba empleado aos para convertir a Ortelga en una
fortaleza y esperaba ahora recoger su cosecha, envejecer en la seguridad detrs de sus
cercos y sus empalizadas, su foso contra el ro y sus shendrons a lo largo de la costa. En su
mundo, el justo lugar para las cosas extraas o desconocidas quedaba fuera. Entre todos los
corazones de Ortelga, tal vez, el suyo era el menos dispuesto a saltar y encenderse por las
nuevas del retorno de Shardik, el Poder de Dios. En cuanto a Melathys, ya estaba satisfecha
con su papel de sacerdotisa y su brujera islea.
Acaso esperaba llegar a ser la Tuguinda con el tiempo. Ahora obedeca a la
Tuguinda tan slo porque no poda desobedecerla. l estaba seguro que el corazn de ella
no comparta la apasionada esperanza de la Tuguinda ni su profundo sentido de la
responsabilidad. Tal vez fuera natural tener miedo. Era una mujer, de espritu pronto y
joven, que ya haba alcanzado una posicin de autoridad y de confianza. Tena mucho que
perder en caso de que una muerte violenta la golpeara.
Los dos estn muy por encima de m, pens, paseando lentamente por la arboleda,

mientras el croar incesante de las ranas en la orilla le llenaba los odos. Y, sin embargo yo
un hombre vulgar puedo darme cuenta que el uno y la otra se aferran o tratan de aferrarse
a lo que temen que cambie o desaparezca. Mis pensamientos no son estos, porque yo tengo
nada que perder. Adems, he visto al Seor Shardik y ellos no lo han visto. Pero an en el
caso de que lo encontremos de nuevo y no muramos, creo que van a intentar negarlo de
algn modo u otro. Y esto es algo que yo nunca podra hacer, pase lo que pasare.
El grito repentino y agudo de un animal en la selva le record la obligacin que
haba tomado, y volvi a la vigilancia. Cruzo una vez ms el claro y se abri camino entre
las muchachas dormidas.
La Tuguinda estaba de pie junto a la fogata. Le hizo una seal y, cuando l se acerc,
lo mir con la misma sonrisa inteligente y honrada que le haba visto junto a la piedra
Tereth, antes de saber quin era ella.
Kelderek: espero que tu vela haya terminado
Si alguien me tomara la guardia, siyet, no podra dormir. De tal modo, por qu
no he de vigilar?
Te duele el hombro?
No: me duele el corazn, siyet, le devolvi la sonrisa. No me siento
cmodo. Tengo buenos motivos.
Bueno, me alegro que ests despierto, Kelderek Jue-ga-con-los-Nios, porque t y
yo tenemos que hablar, se apart de las mujeres dormidas, y l la sigui hasta que ella se
detuvo y lo mir en las tinieblas, recostndose contra un tronco de quian.
Las ranas croaban y ahora poda or las olas que acariciaban los juncos.
Me oste decir a Melathys y al Barn que deberamos actuar como si tus nuevas
fueran verdaderas. Es lo que yo les dije, pero t, Kelderek, debes saber esto. Si yo no fuera
capaz de percibir la verdad que brota de un corazn de hombre en sus palabras, no sera la
Tuguinda de Quiso. No tengo dudas de que t has visto realmente al Seor Shardik.
l no hall respuesta y despus de un rato ella continu:
De modo que, entre todos los innumerables millares que han esperado, t y yo
somos los elegidos.
S. Pero pareces tan tranquila, siyet y yo yo estoy lleno de miedo un
miedo comn, el miedo de un cobarde. Reverencia y pavor tambin siento, pero sobre todo
tengo miedo de que un oso me haga pedazos. Son seres muy peligrosos. T no tienes
miedo?

Ella le contest a su pregunta con otra.


Qu sabes del Seor Shardik?
l medit un instante y luego contest:
Viene de Dios Dios est en l Es el Poder; de Dios Se fue y tiene que
volver. No, siyet, uno cree que sabe hasta que otro le dice las palabras. Como todos los
nios, aprend a rezar para que llegue esa noche buena en que Shardik ha de volver.
Pero puede ser que obtengamos ms d lo que estamos esperando. Muchos rezan.
Cuntos hay que han pensado seriamente en lo que ocurrira si sus plegarias fueran odas?
Ocurra lo que ocurriere, siyet, nunca podra desear que l no hubiera vuelto. Pese
a todo mi miedo, no puedo desear el no haberlo visto.
Ni yo, pese al mo. S, tambin yo tengo miedo, pero al menos puedo agradecer a
Dios el no haber olvidado nunca la misin real y verdadera de la Tuguinda, estar preparada,
en plena y sobria realidad, noche y da, para el retorno de Shardik. Muchas veces, de noche,
he caminado por los Arrecifes y he pensado: Si esta fuera la noche si Shardik hubiera de
llegar ahora Qu debera hacer?. Saba que no poda dejar de temer, pero el temor no
es tan grande sonri de nuevo no es tanto como crea. Ahora t debes saber ms,
porque nosotros somos los Recipientes, t y yo asinti lentamente con la cabeza,
sosteniendo la mirada de l entre las sombras. Y lo que esto signifique, habremos de
saberlo, Dios nos asista, a su debido tiempo.
Kelderek no dijo nada. La Tuguinda cruz los brazos, se recost una vez ms contra
el rbol y prosigui.
Es mucho ms que un asunto de gente que cae boca abajo. Mucho, mucho ms.
l segua sin decir nada.
Has odo hablar de Bekla, la gran ciudad?
Por supuesto, siyet.
Has estado all alguna vez?
Yo? Oh, no, siyet. Cmo podra ir a Bekla un hombre como yo? Pero muchas
de mis pieles y plumas han sido compradas por los corredores para ese mercado. Est a
cuatro o cinco das de viaje en direccin al Sur, por lo que s.
Sabas que hace mucho tiempo nadie sabe cunto tiempo la gente de
Ortelga gobernaba en Bekla?

Nosotros ramos los que mandaban en Bekla?


Lo ramos. Del imperio que se extenda por el Norte hasta las costas del
Telthearna, por el Oeste hasta Paltesh y por el Sur hasta Sarkid e Ikat-Yeldashay. Eramos un
gran pueblo luchadores, mercaderes y, ante Lodo, constructores y artesanos s,
nosotros, que ahora nos escondemos en una isla bajo cobertizos de paja y rascamos un
medio de vida con arados y zapapicos en unos pocos kilmetros pedregosos de la tierra
firme.
Fuimos nosotros que hicimos a Bekla. Hasta el da de hoy Bekla es como un jardn
de piedra esculpida, que danza. El Palacio de los Barones es ms hermoso que un estanque
de lirios cuando las liblulas revolotean sobre l. La calle de los constructores estaba
entonces llena de heraldos de los ricos, que venan de tierras lejanas y prximas, que
ofrecan fortunas a los artesanos para que fueran a trabajar para ellos. Y los que accedan
viajaban velozmente, pues haba caminos anchos y seguros hasta las fronteras.
En aquellos das Shardik estaba con nosotros. Estaba con nosotros como est ahora
la Tuguinda. l no haba muerto. Pasaba de una envoltura corprea a otra.
Shardik gobernaba en Bekla?
No, no en Bekla. Shardik era adorado y Shardik nos enviaba su bendicin desde
un sitio solitario y sagrado en los confines del imperio, hasta el cual viajaban los
suplicantes en espritu de humildad. Dnde crees que estaba ese lugar?
No puedo decirlo, siyet.
Era Quiso, en donde los jirones del poder de Shardik todava persisten como
harapos en una empalizada azotada por los vientos. Y fueron los artesanos de Bekla que
convirtieron a toda la isla en un templo para Shardik. Ellos construyeron el pasaje desde la
tierra firme hasta Ortelga el pasaje que est ahora roto para que los grupos de
peregrinos, despus que estaban reunidos en la costa de la tierra firme, entre las Piedras de
Dos Lados, fueran trados primero a Ortelga y desde all hicieran el viaje nocturno hasta
Quiso, como lo hiciste t anoche. Nuestros artesanos tambin nivelaron y empedraron la
terraza en que Melathys te encontr; y sobre la hondonada que est enfrente echaron el
Puente de los Suplicantes, una obra de hierro delgado como cuerda, por el cual todos los
extranjeros tenan que pasar o volver. Pero hace muchos aos que ese puente cay, cay
mucho antes de que t o yo hubiramos nacido. Detrs de la terraza, como sabes, est el
Templo Alto, que ellos tallaron en la roca. T no viste el interior, porque estabas en la
oscuridad. Es un recinto alto, de seis metros de ancho, labrado durante treinta aos, piedra
tras piedra en la roca viva. Y adems de esto, hicieron
Los Arrecifes!
Los Arrecifes: la obra ms grande del hombre. Cuatro generaciones de
trabajadores de la piedra y constructores penaron ms de cien aos para completar los

Arrecifes. Los que los iniciaron nunca los vieron terminados. Y fueron ellos quienes
empedraron las costas de la baha ms abajo y construyeron las viviendas para las
sacerdotisas y las mujeres.
Y Shardik, siyet? En dnde se alojaba?
No se alojaba. Iba adonde quera. Vagaba libremente, a veces en los bosques, a
veces en los Arrecifes. Pero las sacerdotisas lo buscaban, lo alimentaban y se ocupaban de
l. Este era el misterio de ellas.
Y nunca mataba?
S, a veces mataba A alguna sacerdotisa durante el Canto, si esa era la voluntad
de Dios, o tal vez a algn suplicante demasiado audaz que lo haba abordado
inoportunamente o lo haba provocado de algn modo. Asimismo, l conoca la verdad en
el corazn de los hombres y poda decir cuando alguien era su enemigo en secreto. Cuando
mataba, lo haca por su propia adivinacin, nosotros no lo incitbamos a matar. Ms bien
ste era nuestro misterio y nuestra habilidad consista en atenderlo de modo que no lo
hiciera. La Tuguinda y sus sacerdotisas caminaban cerca de Shardik y dorman junto a l:
ste era el arte de ellas, la maravilla que los hombres venan a ver, la maravilla que haba
dado a Bekla su buena suerte y su maestra.
Y tena esposa?
A veces se juntaba, pero no era necesario. Era una cuestin de seales y de
pronsticos, de Su voluntad ms que de una intencin humana. A veces, en verdad, la
Tuguinda saba que deba abandonar a Quiso y dirigirse a las colinas o a la selva con sus
muchachas para encontrar y traer de vuelta una compaera para Shardik. Pero a veces l
viva hasta que pareca que iba a morirse, y entonces ellas iban, lo encontraban renacido y
lo traan de vuelta al hogar.
Cmo?
Tenan maneras de hacerlo, maneras que todava conocemos, o que esperamos
conocer, pues hace mucho tiempo que no se usan drogas y otras artes con las que era
posible manejarlo, aunque tan slo por poco tiempo. Pero nada de esto era seguro. Cuando
el Poder de Dios aparece en forma terrestre, no se lo puede llevar de aqu para all como
una vaca, pues en dnde estara la maravilla y el terror? Siempre, con Shardik, haba
incertidumbre, peligro y riesgo de muerte: y esto por lo menos, es algo de lo que podemos
estar seguros. Shardik requiere de nosotros todo lo que tenemos, y a quienes no pueden
ofrecer tanto libremente, l puede muy bien arrebatarlo por la fuerza.
Se interrumpi, mirando sin ver la selva oscurecida, como si estuviera rememorando
la majestad y el poder de Shardik de los Arrecifes y de su Tuguinda de tiempos idos.
Finalmente Kelderek pregunt:

Y esos das terminaron, siyet?


Esos das terminaron. La historia completa no la conozco. Fue un sacrilegio tan
vil que no se pudo ni conocerlo ni hablar de l claramente. Todo lo que puedo decirte es que
la Tuguinda de aquellos das traicion a Shardik, al pueblo y a s misma. Haba un hombre,
no, no es digno de que se lo llame un hombre, porque quin que no est perdido para Dios
puede atreverse a tramar una cosa semejante?, un traficante de esclavos que estaba de paso.
Ella y l se ah! Y aqu la Tuguinda, conmovida, guard silencio, con el cuerpo
apretado contra el tronco de quian, estremecida de asco y de horror. Finalmente,
recobrndose, continu: l l mat a Shardik y tambin a unas cuantas mujeres
sagradas. En cuanto al resto, l y sus hombres los convirtieron en esclavos y la que en un
tiempo haba sido llamada la Tuguinda huy con l por el Telthearna. Acaso llegaron a
Zeray acaso a algn otro lugar No s decirlo No importa mayormente. Dios supo lo
que haban hecho y l siempre puede esperar.
Despus los enemigos de Bekla se sublevaron y atacaron y nosotros estbamos sin
corazn y nimo para luchar. La ciudad fue tomada. El Gran Barn fue ultimado por ellos y
lo que qued del pueblo huy por la llanura y las montaas de Guelt hasta las costas del
Telthearna, pues esperaban que, si llegaban a estas islas en condicin de suplicantes,
podran salvar as, por lo menos, sus vidas. As que marcharon hacia Ortelga y rompieron el
pasaje que quedaba detrs. Sus enemigos los abandonaron all y ellos se pusieron a hurgar
la tierra y barrer los bosques, pues haban tomado su ciudad y su imperio y no vala la pena
ya atacar a hombres desesperados en su ltimo refugio. Tambin les dejaron a Quiso,
porque teman a Quiso, aunque se haba convertido en un sitio vaco y devastado. Hubo una
cosa que impusieron, de todos modos. Shardik nunca deba retornar; y por largo tiempo,
hasta que ya no fue ms necesario, vigilaron para que as fuera.
Los aos pasaron y nos convertimos en un pueblo ignorante y empobrecido.
Muchos de los artesanos de Ortelga se alejaron para vender sus habilidades en lugares ms
prsperos, y los que quedaban perdan sus artes por falta de buenos materiales y clientes
adinerados. Ahora nos atrevemos a internarnos en la tierra firme y trocamos los recursos
que tenemos cuerdas y pieles por lo que podemos conseguir afuera. Y los barones
cavan pozos y emplazan shendrons para mantenerse vivos en un cerco de selva que a nadie
le hace falta. Pero todava la Tuguinda, en su isla vaca, tiene trabajo. Creme, Kelderek,
tiene trabajo, el ms duro de todos. Su trabajo consiste en esperar, en estar preparada,
siempre, para el retorno de Shardik. Pues una cosa se ha predicho claramente, una y otra
vez, por medio de seales y portentos conocidos de la Tuguinda y de las sacerdotisas: un
da Shardik volver.
Kelderek se qued un rato contemplando los juncos iluminados por la luna. Por
ltimo dijo:
Y los Recipientes, siyet? Dijiste que nosotros ramos los Recipientes.
Hace mucho tiempo me ensearon que Dios bendecir a todos los hombres
revelando una gran verdad por intermedio de Shardik y de dos Recipientes escogidos, un

hombre y una mujer. Pero a esos Recipientes l los har antes pedazos y despus los
compondr de nuevo de acuerdo a su propsito.
Qu significa eso?
No s contest la Tuguinda pero puedes estar seguro de esto, Kelderek
Zenzuata. Si ste es en verdad el Seor Shardik, como yo, lo mismo que t, creo, entonces
habr una buena razn para que t y no otro haya sido elegido para encontrarlo y servirlo.
S, aunque t mismo no puedas adivinar cul es esa razn.
No soy guerrero, siyet. Yo
Nunca se dijo que el retorno de Shardik significar necesariamente que el poder y
el gobierno habrn de ser devueltos a la gente de Ortelga. Lo cierto es que hay un decir:
Dios no hace la misma cosa dos veces.
Entonces, siyet, si lo encontramos, qu vamos a hacer?
Sencillamente confiar en Dios contest ella. Si abrimos nuestros ojos y
nuestros odos en plena humildad, se nos dejar ver lo que debemos hacer. Y es mejor que
ests preparado, Kelderek, y que te sometas con un corazn humilde y honrado, pues el
cumplimiento del propsito de Dios puede depender de esto. l no puede decirnos nada si
nosotros no escuchamos. Si t y yo estamos en lo cierto, nuestras vidas dejarn muy pronto
de ser nuestras, algo que manejamos como queremos.
March lentamente de vuelta hacia la hoguera, y Kelderek se puso a su lado. Al
llegar, ella le tom la mano:
Eres capaz de rastrear, a un oso?
Es muy peligroso, siyet, creme. El riesgo
Slo podemos tener fe. Tu tarea es encontrar al oso. En cuanto a m, he aprendido
durante largos aos los misterios de la Tuguinda, pero ni yo ni ninguna mujer viva los ha
realizado nunca, ni los ha visto realizar en presencia del Seor Shardik. Que sea la voluntad
de Dios.
Hablaba en voz baja, porque haba dejado atrs la hoguera y estaban caminando
entre las mujeres dormidas.
Debes tratar de descansar un poco ahora, Kelderek dijo ella pues maana
tenemos mucho que hacer.
Como t digas, siyet. Quieres que despierte a dos de las muchachas? Una sola
puede ceder al miedo

La Tuguinda mir los cuerpos que respiraban con una tranquilidad que pareca tan
leve, remota y precaria como la de los peces que descansan en aguas profundas.
Dejemos descansar a estas pobres chicas dijo. Yo vigilar.

10
El hallazgo Shardik

Al levantarse el sol y avanzar hacia el Sur, dando vuelta a la colina, el brillo lquido
de los lechos de junco, reflejado en los rboles de la costa, era absorbido desde arriba por
las hojas translcidas y encontrado por fin y disuelto por los rayos directos que penetraban
entre las ramas ms altas. Una luz verde y dbil, resplandeca en los reversos de las hojas,
moteando el suelo entre los troncos de los rboles. No haba viento, los rboles estaban
quietos en el calor y nada se mova fuera del ro, que segua fluyendo ms all.
Kelderek estaba de pie junto a la orilla, escuchando los sonidos de la selva de la
tierra firme. Poda darse cuenta que, a partir de su aventura de los dos das pasados
incluso desde su desembarco en la noche previa la confusin en la selva se haba
amortiguado y la agitacin haba decrecido. Haba menos gritos de alarma, menos vuelos
bruscos de pjaros y huidas de monos entre los rboles. Kelderek haba visto huellas, por
aqu y por all, en el barro, y sendas angostas abiertas entre los juncos. Un pensamiento lo
asalto: Y si l se hubiera ido? Y si l ya no estuviera en la isla?.
Entonces estara seguro, pens, y mi Vida, como una corriente despus de un
aguacero, volvera a los cauces por donde estaba corriendo hace dos das. Volvi la cabeza
hacia la Tuguinda que, junto con Bel-ka-Trazet, estaba a cierta distancia, entre los rboles.
Pero ya no podra volver a ser de nuevo el hombre que huy del leopardo. Dos das he
vivido dos aos! Incluso si llegara a saber que Shardik me va a matar y es muy posible
que lo haga no hallo en mi corazn las ganas de rezar para que no lo encontremos.
Sin embargo, cuanto ms pensaba, ms probable le pareca que el oso no estuviera
lejos. Record su paso fatigado, torpe, cuando avanzaba entre los matorrales, y cmo se
haba contrado de dolor al rasparse contra un rbol. A pesar de ser grande y aterrador,
haba algo lastimoso en la criatura que l haba visto. Si l acertaba y el oso haba sido
herido de algn modo, su proximidad iba a ser an ms peligrosa. Lo mejor era apartar de
la mente por el momento toda idea de Shardik, el Poder de Dios, y dedicarse a la ardua
tarea sin duda suficiente para el da de hallar a Shardik el oso.
Volvi con la Tuguinda y el Barn y les describi la forma en que haba ledo los
signos de la selva. Luego sugiri, para empezar, que repasaran el terreno que l haba
recorrido dos das antes y llegaran al lugar en donde haba visto al oso por primera vez. Les
mostr el sitio en que haba desembarcado y cmo haba tratado de ocultarse del leopardo y
escabullirse y alejarse de l. Avanzaron tierra adentro entre los matorrales, seguidos por
Melathys y Sheldra.
Desde que dejaron el campamento, Melathys apenas haba abierto la boca. Al mirar
hacia atrs, Kelderek vea su rostro tenso, muy plido en el calor, cuando levantaba una

mano temblorosa para secarse el sudor de las sienes. Sinti una fuerte piedad por ella.
Al acercarse al pie de la colina, l march adelante a travs de la maleza ms tupida,
hasta el lugar en que haba herido al leopardo. Por casualidad encontr su Hecha y,
recogindola, encaj el cabezal en el arco que llevaba. Tante un poco la cuerda y frunci
el ceo, contrariado: el arco, que perteneca a una de las muchachas, no le gust: era
demasiado blando y ligero, poda haberse evitado la molestia de traerlo. Avanzaban
cautelosamente.
Este es el lugar en que ca, siyet dijo en voz baja~Ves? Estas son las huellas
que dej el leopardo.
Y el oso? pregunt la Tuguinda, en voz igualmente baja.
Estaba debajo, siyet contest Kelderek, sealando al banco. Pero no
necesit levantarse para golpear al leopardo. Golpe de lado. As.
La Tuguinda abarc con la mirada la extensin de la empinada barranca, tom aire y
mir primero a Bel-ka-Trazet y luego al cazador.
Ests seguro? pregunt.
Cuando el leopardo se agazap, lanz una mirada hacia arriba, a la cara del oso,
siyet contest Kelderek todava lo estoy viendo, estoy viendo el pelo blanco bajo la
barbilla.
La Tuguinda guard silencio, como si tratara de imaginar ms claramente la
gigantesca figura que se haba erguido, erizada y amenazadora, por encima de la plataforma
en donde estaba. Por ltimo ella dijo a Bel-ka-Trazet:
Es posible?
No me parece, siyet contest el Barn, encogindose de hombros.
Bueno, bajemos dijo ella. Kelderek le ofreci el brazo, pero ella le hizo una
sea para que fuera a buscar a Melathys. La respiracin de la sacerdotisa era rpida e
irregular y se apoyaba pesadamente en l, vacilando al dar cada paso. Cuando llegaron al
pie de la barranca, puso el pie en la raz de un rbol, se mordi los labios y cerr los ojos.
l iba a hablarle cuando la Tuguinda le puso una mano en el hombro.
No volviste a ver al oso despus de dejarlo aqu?
No, siyet contest l. Tom ese camino: entre esos matorrales. Se acerc
al rbol contra el cual haba refregado el oso su flanco lastimado. No ha vuelto por aqu.
Guard silencio unos instantes y luego, tratando de hablar con calma, pregunt: Debo
seguir buscndolo?

Tenemos que encontrar al oso, si podemos, Kelderek. A qu otra cosa hemos


venido?
Entonces, siyet, ser mejor que yo siga solo. El oso puede estar cerca y, antes
que nada, debo estar callado.
Ir contigo dijo Bel-ka-Trazet.
Desat la cadena de su garganta, se quit la capa de pieles y la dej en el suelo. El
hombro izquierdo, como la cara, estaba estropeado con nudos y protuberancias como la raz
desnuda de un rbol. Kelderek pens: lleva una capa para taparlo. Slo haba avanzado
mos cuantos metros cuando el cazador descubri las huellas del leopardo, en parte
cubiertas por las huellas del oso. El leopardo, imagin, aunque herido, haba Intentado
escapar, y el oso lo haba perseguido. Pronto llegaron junto al cuerpo del leopardo, ya a
medias devorado por gusanos e insectos. No haba seales de lucha y las huellas del oso
proseguan entre los materiales y continuaban por un claro del bosque, salpicado de piedras,
Aqu por primera vez fue posible ver a cierta distancia, por delante, entre los rboles. Se
detuvieron en el linde de la maleza, se pusieron a escuchar y a esperar, pero nada se mova
y todo era quietud, salvo los chillidos de las cacatas en las ramas.
No hay inconveniente en que las mujeres lleguen hasta aqu le dijo Bel-kaTrazet al odo. Y un instante despus se desliz sigilosamente entre la maleza.
Kelderek, al quedar solo, trat de adivinar qu camino poda haber tomado el oso. El
terreno pedregoso no mostraba huellas y se sinti desconcertado. El Barn no volvi y
Kelderek cansado de esperar, cont cien pasos a la derecha y empez a moverse lentamente
en un amplio semicrculo, examinando minuciosamente el terreno en busca de la ms leve
seal: huellas, marcas de uas, excrementos o mechones de pelo.
Haba completado tal vez la mitad de su tarea sin resultados cuando lleg una vez
ms al borde de la cintura de la maleza. Esta no se extenda lejos, y pudo divisar terreno
abierto ms all. Impulsivamente se meti entre la maleza y sali a una loma cubierta de
hierba, flanqueada por selva que se extenda hasta la orilla Norte de la isla y el Telthearna
ms all. A cierta distancia del lugar en donde estaba haba una depresin rodeada de
matorrales y hierbas altas y de algn punto llegaba un leve rumor de agua. Pens que poda
ir a beber antes de regresar.
Atraves el terreno abierto y vio que efectivamente haba un arroyuelo que bajaba
por la pendiente ms all de la hondonada. La hondonada no estaba directamente en su
camino, pero por pura curiosidad se apart para mirarla. Inmediatamente se ech de manos
y pies al suelo, escondindose detrs de una espesa mata de plantas que estaban cerca del
borde.
Esper, pero no hubo ningn ruido. Cautamente levanto la cabeza y mir hacia
abajo una vez ms.

El suelo de la hondonada era fresco y verdeante. A un lado haba un roble. El pie del
tronco estaba rodeado de pasto corto y suave, y cerca, a su sombra, haba un estanque
superficial. En el borde ms lejano se levantaba un barranco cubierto con una maraa de
trepsis, la planta trepadora, una especie de calabaza salvaje, con hojas speras y flores
escarlata en forma de trompeta.
Entre las hojas de trepsis estaba el oso echado de lado, con la cabeza colgante sobre
el agua. Los ojos estaban cerrados, las mandbulas un poco abiertas y la lengua
sobresaliente. Al ver por segunda vez los enormes hombros y el increble tamao del
cuerpo, el cazador fue presa de la misma hipntica sensacin de irrealidad que haba tenido
dos das antes, pero ahora, junto con este, experimentaba la sensacin de estar magnificado,
de haberse elevado a un plano ms alto que el de su vida diaria. Era imposible que existiera
un oso semejante y sin embalo, estaba ante l. No se haba engaado. Este no poda ser
otro que Shardik, el Poder de Dios.
No haba lugar para albergar la menor duda, y todo lo que l haba hecho se
justificaba. Presa de la angustia, del alivio, lleno de miedo y de reverencia, rez: Oh,
Shardik, oh seor mo, acepta mi vida! Soy yo, Kelderek Zenzuata. Soy tuyo y puedes
mandarme para siempre, Shardik, seor mo!.
Cuando la primera conmocin empez a atenuarse, l se dio cuenta que haba tenido
razn al adivinar que el oso estaba enfermo o herido. Era evidente que haba cado en un
coma muy distinto del sueo de un animal sano. Y haba algo ms. El animal estaba echado
al aire libre, pero eso no era todo. Entonces se dio cuenta. La enredadera trepsis crece
rpidamente: puede cubrir un buen trecho entre el alba y el atardecer. El cuerpo del oso
estaba cubierto en partes con tallos, hojas y flores escarlata. Cunto tiempo, pues, haba
estado all Shardik, junto al estanque, sin moverse? Un da? Dos das? El cazador mir
ms detenidamente, mientras su miedo se converta en piedad. En el costado visible, unas
manchas peladas se vean entre la piel lanuda. La carne era oscura y descolorida. Con todo,
poda ser tan oscura la sangre coagulada? Baj un poco la pendiente de la hondonada. Sin
duda haba sangre, pero las heridas parecan oscuras porque estaban cubiertas rebosantes
de moscas gordas. Tuvo una exclamacin de asco y de horror. Shardik, el vencedor del
leopardo, Shardik de los Arrecifes, el Seor Shardik haba vuelto a su pueblo despus de
innumerables aos y yaca moribundo o, cubierto de moscas y de inmundicias en un
pozo de la selva!
Va a morir, pens. Morir antes de la maana a menos que lo podamos evitar.
En cuanto a m, bajar a ayudarlo, sea cual fuere el peligro.
Se volvi y corri por el campo abierto, abrindose paso ruidosamente a travs del
cerco de maleza, corriendo entre los rboles hasta el lugar en donde el Barn lo haba
dejado. De repente sinti que tropezaba y cay despatarrado, recibiendo un golpe que lo
dej mareado y sin aliento. Al rodar, jadeando, las luces que flotaban ante sus ojos se
aclararon y mostraron el rostro de Bel-ka-Trazet, torcido como una vela derretida con un
solo ojo como llama.

Qu pasa? dijo la boca torcida. Por qu corres y haces ruido como una
cabra en un corral de mercado, cobarde?
Tropec, seor dijo Kelderek jadeando.
Fui yo que te hice tropezar, estpido! Has lanzado al oso contra nosotros?
Vamos, hombre, en dnde est?
Kelderek se incorpor. Tena la cara tajeada y se haba golpeado la rodilla, pero
afortunadamente el hombro herido se haba salvado.
No hua del oso, seor. Lo encontr. Encontr al Seor Shardik. Pero tal vez est
durmiendo el sueo de la muerte. Dnde est la Tuguinda?
Aqu estoy dijo ella detrs de l. A qu distancia est, Kelderek?
Est cerca, siyet Herido y muy enfermo, por lo que puedo juzgar. No se ha
movido desde hace ms de un da. Va a morir
No morir contest vivamente la Tuguinda. Si es realmente el Seor Shardik,
no morir. Ven, llvanos all.
Junto al borde de la hondonada, Kelderek seal en silencio. A medida que cada uno
de sus cuatro compaeros llegaban al borde, l los observaba minuciosamente. Bel-kaTrazet tuvo un sobresalto involuntario y luego, apart la mirada, como si tuviera miedo de
lo que vea. Si fue miedo, se recobr en un instante y baj, como Kelderek, a mirar el pozo
con una mirada fija y atenta, como la de un botero que divisa aguas peligrosas por delante.
Melathys se limit a mirar hacia abajo, antes de levantar las manos hasta sus
mejillas exanges y cerrar los ojos. Luego se dio vuelta y cay de rodillas, como una mujer
herida por atroces nuevas.
Sheldra y la Tuguinda permanecieron de pie en el borde. Ni la una ni la otra parecan
sorprendidas y no hicieron ningn movimiento para esconderse.
La Tuguinda haba cruzado las manos sobre la cintura y sus hombros suban y
bajaban a cada respiracin. Su modo de pararse trasmita una curiosa impresin de levedad,
como s realmente estuviera a punto de flotar sobre el pozo. La postura de la cabeza era
alerta como la de un pjaro, y pese a toda su tensin no pareca tener ms miedo que la
sirvienta que estaba a su lado.
Despus de unos instantes, apartndose de Bel-ka-Tra-zet, la Tuguinda dijo
tranquilamente:
Sheldra: ves que es el Seor Shardik?

Es el Seor Shardik, siyet contest la muchacha con el tono parejo de la


respuesta litrgica.
Voy a bajar y querra que vinieras conmigo dijo la Tuguinda.
Las dos mujeres ya haban descendido unos metros cuando Kelderek, volviendo en
s, se lanz tras ellas. Pero Bel-ka-Trazet lo tom del brazo.
No seas tonto, Kelderek dijo; las va a matar. Y si no las mata, esta locura no
es asunto tuyo.
Kelderek lo contempl asombrado. Luego, sin duda sin desprecio hacia este
guerrero canoso y estragado, pero con la nueva y extraa sensacin de estar ya ms all de
su autoridad, contest:
Seor: el Seor Shardik est cerca de la muerte. Inclin rpidamente la cabeza
y levantando la palma de la mano hasta la frente salud, y sigui a las dos mujeres por la
abrupta pendiente.
La Tuguinda y su compaera haban llegado al fondo del pozo y marchaban
velozmente, sin ninguna vacilacin. Kelderek, a quien le pareci mejor no saltar ni correr,
por miedo de despertar al oso, no las alcanz antes de que ellas se detuvieran junto al
estanque. La hierba estaba hmeda bajo los pies. Haba un olor hediendo a inmundicias y
enfermedad y se oan zumbidos de moscas. El oso no se haba movido y ellos podan or su
afanosa respiracin: un resoplar herido y sordo. El hocico estaba seco, la piel sin brillo y
endurecida. Poda verse la esclertica inyectada en sangre de uno de los ojos bajo un
prpado cerrado a medias. El tamao del animal, de cerca, era impresionante. El hombro se
levantaba por encima de Kelderek como una pared, ms all de la cual slo poda verse el
cielo. Mientras estaba all parado e inquieto, el oso, sin abrir los ojos, levant un instante la
cabeza y luego la dej caer de nuevo.
Sin pensar en el peligro, Kelderek avanz una media docena de pasos por el
estanque, arranc el trapo de su hombro herido y, mojndolo en el agua, lo aplic al hocico
del oso y le humedeci la lengua y los labios. Las mandbulas se movieron
convulsivamente; Kelderek, al ver que el animal trataba de masticar el pao, lo empap una
vez ms y escurri el agua sobre un lado de la boca.
La Tuguinda, inclinndose sobre un costado del oso, con una rama de helecho en
una mano, haba espantado las moscas de una de las heridas y la estaba examinando. Hecho
esto empez a buscar por todo el cuerpo, a veces abriendo la piel con los dedos, a veces
utilizando la caa de la fronda como palpador: Kelderek adivin que estaba sacando los
huevos de las moscas y las larvas, pero la cara de ella no demostraba ningn asco: tan slo
el mismo cuidado y deliberacin que l haba visto cuando le haba curado el hombro.
Finalmente se detuvo y le hizo una sea. l, que estaba parado junto al estanque,
subi el barranco. Lleg arriba, se par junto a Sheldra y mir el cuerpo.

El vientre y los costados del oso estaban marcados con rayas largas, teidas de
blanco o de gris sucio, como si se lo hubiera quemado con una antorcha o un hierro
candente. En varios sitios la piel, de unos cuatro dedos de espesor, estaba totalmente
quemada, y la carne desnuda como contrada y reseca, en surcos y protuberancias,
hendiduras y llagas abiertas. De cuando en cuando se vea un nido de moscas verdes o
alguna larva que se le haba pasado por alto a la Tuguinda. Varias de las heridas estaban
descompuestas y segregaban un lquido verde y brillante, que haba descolorido el pelo
alborotado y formaba grumos rgidos y endurecidos. Una masa de trepsis reseca y amarilla
demostraba que la infeliz criatura haba orinado en donde yaca. Sin duda, pens Kelderek,
las patas traseras tambin estaban lastimadas y llenas de gusanos. Pero no sinti repulsin:
tan slo piedad y la decisin de desempear su papel en cualquier forma para salvar la vida
de Shardik.
Hay mucho que hacer dijo la Tuguinda si queremos que no muera. Debemos
obrar sin tardanza. Pero primero volver, hablar con el Barn y le dir a la sacerdotisa lo
que nos hace falta.
Cuando marchaban a un lado de la hondonada, ella le dijo a Kelderek:
Animo, sagaz cazador! Tuviste el arte de encontrarlo, y Dios nos dar los medios
de salvarlo. No temas.
No fue ningn arte mo, siyet empez a decir l pero ella le hizo seas de
que se callara y, volviendo la cabeza, habl en voz baja a Sheldra necesitamos tambin
tessik y theltocarna oy l, y unos instantes despus: Si se recupera, debemos intentar
el Canto.
Bel-ka-Trazet estaba en el mismo lugar en que Kelderek lo haba dejado. Melathys,
blanca como la luna, se haba levantado y estaba de pie con los ojos fijos en el suelo.
Hay muchas heridas dijo la Tuguinda y varias estn hinchadas y
emponzoadas. Debe haber huido del incendio a travs del ro Pero esto yo ya lo supe
cuando Kelderek hizo su relato.
Bel-ka-Trazet guard silencio, como deliberando. Luego, con aire de persona
resuelta, levant la mirada y dijo:
Siyet es menester que t y yo nos entendamos. T eres la Tuguinda y yo soy el
Gran Barn de Ortelga, hasta que alguien me mate. El pueblo consiente en obedecernos
porque cree que cada uno de nosotros, de un modo u otro, puede protegerlo. Todo esto es
bueno; es bueno que el pueblo tema y obedezca: pero qu hay para nosotros en esta
historia del oso?, qu intentas sacar de todo esto?
No lo s contest la Tuguinda y este no es el momento de discutir estas
cosas. De todos-modos, tenemos que actuar sin demora.

De todos modos, yeme siyet, pues necesitars mi ayuda y s por larga


experiencia lo que probablemente saldr de todo esto. Hemos encontrado un oso grande
posiblemente el oso ms grande que haya existido. Sin duda yo no habra credo en la
existencia de tal oso: eso te lo reconozco. Pero si lo curas, qu resultar? Si sigues cerca
de l, te matar a ti y a tus mujeres y llegar a ser un terror para todo Ortelga, hasta que los
hombres se vean forzados a cazarlo y destruirlo con riesgo de sus vidas. Aun suponiendo
que no te mate, en el mejor de los casos abandonar la isla y entonces t, despus de haber
intentado utilizarlo y haber fracasado, habrs perdido ascendiente sobre el pueblo. Creme,
siyet, no tienes nada que ganar. Como recuerdo y como leyenda Shardik tiene poder y ese
poder es nuestro, pero intentar que la gente crea que ha vuelto, slo puede terminar en
perjuicios. Acepta mi consejo y vuelve ahora mismo a tu isla.
La Tuguinda esper en silencio a que el Barn dejara de hablar. Luego, haciendo una
seal a la sacerdotisa, dijo:
Melathys: ve en seguida al campamento y di a las muchachas que traigan todo lo
que nos va a hacer falta. Ser mejor que circunden la orilla con las canoas y desembarquen
all.
La sacerdotisa se apresur a irse sin decir palabra, y la Tuguinda se volvi hacia el
cazador.
Ahora, Kelderek dijo debes decirme. Est el Seor Shardik tan enfermo que
no puede comer?
Estoy seguro de eso, siyet. Pero puede beber, y acaso pueda beber sangre o tragar
alimentos muy desmenuzados, como los que dan a los nios pequeos.
Si es as, tanto mejor. Le hace falta un medicamento, pero es una hierba que no
hay que diluir mezclndola con agua.
Partir en seguida, siyet y matar unos animales. Ojal tuviera mi arco.
Caz durante varias horas. Ya estaba avanzada la tarde cuando volvi con dos ristras
de patos y una paca, botn muy pobre para un cazador como l, y un botn que le haba
costado ganar.
Las muchachas haban encendido una fogata en la hondonada, al abrigo del viento.
Tres o cuatro traan lea, mientras las otras hacan refugios con ramas atadas con
enredaderas. Melathys, sentada junto al fuego con un mortero y un mazo, estaba
machacando unas hierbas aromticas. l entreg los patos a Neelith, que estaba cocinando
sobre unas piedras calientes, y dej la paca a un lado, para cuartearla y desollarla el mismo.
Pero antes de hacer esto quiso pasar por la hondonada.
El oso segua echado entre las plantas escarlata de trepsis, pero ya pareca menos
magullado y sucio. Sus grandes heridas estaban cubiertas con una especie de ungento

amarillo. Una de las muchachas apartaba las moscas de sus ojos y sus orejas con una
pantalla de frondas de helecho, mientras que otra, con un vaso de ungento, le frotaba la
espalda y la parte de los costados que era accesible. Dos de ellas haban trado arena para
cubrir las manchas del suelo, que ya haban limpiado y raspado con picas. La Tuguinda
haba puesto un pao mojado en la boca del oso, como haba hecho l, pero ella lo mojaba
en una jarra que tena a sus pies. La actitud plcida de las muchachas contrastaba
extraamente con el cuerpo lastimado y monstruoso del terrible ser que estaban cuidando.
Kelderek observ que dejaban de trabajar cuando el oso demostraba alguna inquietud. La
boca se haba abierto del todo y una de las patas traseras dio una dbil patada antes de
ponerse a descansar una vez ms entre las plantas de trepsis. Y recordando lo que el Barn
haba dicho, Kelderek pens por primera vez: Si realmente logramos curarlo, qu va a
pasar entonces?.

11
El relato de Bel-ka-Trazet

Al despertar de repente, Kelderek fue primero consciente de la bveda estrellada y


luego de una forma negra, lanuda, contra el cielo. Haba un hombre, de pie, a su lado. Se
incorpor velozmente sobre un brazo.
Por fin! dijo Bel-ka-Trazet, tobndole las rodillas con un pie. Bueno,
supongo que antes de que pase mucho tiempo vas a estar durmiendo mejor.
Kelderek se puso torpemente de pie.
Seor? En ese instante vio a una de las muchachas, que estaba parada con un
arco en la mano un poco detrs del Barn.
T fuiste el primero en velar, Kelderek dijo Bel-ka-Trazet.
Quin tom el segundo turno?
La sacerdotisa Melathys, seor. Yo la despert, como se me dijo.
Qu impresin te hizo? Qu dijo?
Nada, seor. Es decir, nada que yo recuerde. Pareca pareca lo mismo que ayer.
Creo que puede estar asustada.
Bel-ka-Trazet asinti con la cabeza.
Ya pas el tercer turno.
De nuevo Kelderek mir las estrellas.
Es lo que veo, seor.
Esta muchacha se despert por su cuenta y fue a ocupar su puesto de centinela.
Pero no encontr a nadie despierto, salvo a las dos muchachas con el oso. La muchacha que
deba velar antes de ella no haba sido despertada y la sacerdotisa no se encuentra en
ninguna parte.
Kelderek se rasc una picadura de insecto en el brazo y no dijo nada.
Bueno? grit el Barn. Tengo que seguir aqu parado y contemplarte

mientras te rascas como un mono sarnoso?


Tal vez convendra que bajramos al ro, seor.
Es algo que yo mismo pens contest el Barn. Se volvi hacia la muchacha.
Dnde dejaste las canoas ayer por la tarde?
Cuando las descargamos, seor, las retiramos del agua y las dejamos entre unos
rboles.
No es necesario que despiertes a tu seora dijo Bel-ka-Trazet. Vigila ahora y
espera hasta que volvamos.
No deberamos armarnos, seor? pregunt Kelderek. Quieres que lleve un
arco?
Esto bastar contest el Barn, arrancando el cuchillo del cinturn de la
muchacha y alejndose bajo las estrellas.
Era fcil bajar hasta el ro siguiendo el curso del arroyuelo sobre el campo seco y
abierto. Cerca del agua la hierba era alta y las muchachas, al sacar las canoas, haban
formado un camino con sus pisadas. Bel-ka-Trazet y Kelderek siguieron este camino desde
la orilla hasta los rboles. Slo encontraron tres canoas, cada una amarrada cuidadosamente
y cubierta con las ramas bajas. Cerca de ellas haba un solo surco que bajaba hasta el ro.
Kelderek se puso en cuclillas para verlo mejor. La tierra removida y la hierba aplastada
tenan un olor fresco, y algunos de los juncos se movan todava al volver a erigir sus hojas
aplastadas.
Bel-ka-Trazet, apoyndose en su bastn como en un bculo de pastor, se puso a
contemplar el ro. Haba olor a cenizas en la brisa, pero no se vea nada.
Esa muchacha no es tonta dijo finalmente. No quiere saber nada de osos.
Kelderek, que haba querido contra toda esperanza que se le mostrara su error, sinti
una pesada desilusin, se sinti defraudado en relacin a alguien que haba admirado y
respetado, pero saba muy bien que no convena expresar estas cosas al Barn.
Pero dnde ha ido, seor? Ha vuelto a Quiso? No, y tampoco a Ortelga,
porque sabe que all la mataran. Nunca la volveremos a ver. Terminar en Zeray. Es una
lstima, porque podra haber hecho ms que yo por convencer a las muchachas de que
volvieran. En fin, hemos perdido una canoa, y dos o tres cosas ms, supongo.
Emprendieron el camino de vuelta a lo largo del arroyuelo. El Barn caminaba
lentamente, pinchando el suelo con su bastn, como si algo le estuviera trabajando la
mente. Al cabo de un rato dijo:

Kelderek, t me observabas cuando yo me puse ayer a contemplar la hondonada


por primera vez. Sin duda te diste cuenta que tena miedo.
Kelderek pens: Querr matarme?.
Cuando yo vi por primera vez al oso, seor contest me tir a tierra de
miedo. Yo
Bel-ka-Trazet levant una mano para que se callara.
Tuve miedo y tengo miedo ahora. S; tengo miedo por m Morir no es nada,
pero quin puede saborear el proceso de morir? Tambin tengo miedo por la gente,
porque habr muchos tontos como t, y tambin mujeres, mujeres tan tontas como esas y
seal al campamento con la punta de su bastn.
Al cabo de un rato, de repente, pregunt:
Sabes a qu debo la linda cara que tengo? Y luego, como Kelderek no
respondiera, agreg: Bueno, sanes o no sabes?
Tus cicatrices, seor? No. Cmo podra saberlo? Cmo puedo estar enterado
yo de los cuentos que corren en las tabernas de Ortelga?
No soy cliente de ellas, seor, como sabes. Y, si algn cuento corre, yo no lo he
odo.
Lo oirs ahora. Hace mucho tiempo, cuando yo no era nada ms que un
mozalbete, sola salir con los cazadores de Ortelga, a veces con unos, a veces con otros,
pues mi padre era poderoso y poda exigirlo. l quera que yo aprendiera lo que la caza
ensea a un muchacho y lo que pueden ensearle los cazadores, y yo estaba dispuesto a
aprender por mi propia cuenta. Me alej mucho de Ortelga, atraves las montaas de Guelt
y cac el bisonte de largos cuernos en los llanos que estn al Suroeste de Kabin.
Haban llegado al otro extremo del estanque, donde el arroyuelo bajaba formando
una cascada un poco ms alta que la estatura de un hombre. Bel-ka-Trazet se agacho,
ahuec las manos para beber y luego se sent con la espalda recostada contra la ladera y el
largo bastn entre las rodillas levantadas. Kelderek, incmodo, se sent a su lado.
He cazado con Durakkon y con Senda-na-Say. Estuve con los barones de Ortelga
hace treinta aos, cuando cazamos en el bosque azul de Katria con invitados del rey de
Terekenalt y matamos al leopardo que ellos llaman el Herrero.
Bueno, no importa, muchacho, lo que yo haya visto o conocido, aunque est
sentado aqu, jactndome bajo las estrellas, que vieron esto hace mucho tiempo, y sea capaz
de distinguir la verdad de las mentiras. En los tiempos en que fui joven no haba ningn
barn o cazador en Ortelga que no estuviera orgulloso de cazar conmigo.

Un da un seor de Bekla, un tal Zilkron de las Flechas, vino a visitar a mi padre


con regalos. Este Zilkron haba odo hablar de mi padre en Bekla de la costumbre que
tena de rodearse de los mejores cazadores y de la destreza y el valor de su hijo. l le regal
a mi padre oro y unos hermosos lienzos. El fondo del asunto era que quera que lo
llevramos de caza. A mi padre no le gustaba este seor de Bekla, aficionado al jabn, pero
como todos los pulguientos barones de Ortelga, no era capaz de resistir al oro, as que me
dijo: Ven, muchacho, iremos con l al Telthearna y le encontraremos algn gato monts.
Con eso podr volver a su casa con uno o dos cuentos.
Lo cierto es que mi padre saba menos de lo que l crea sobre los gatos grandes,
esos gatos que pesan dos veces el peso de un hombre, que matan ganado y cocodrilos y
rajan las caparazones de las tortugas cuando stas suben a poner sus huevos en la costa. La
simple verdad es que la caza de estos animales es demasiado peligrosa, a no ser que uno les
tienda trampas. Pero no quise decirle a mi padre que saba ms de la cosa que l. De modo
que me puse a pensar cmo podra arreglrmelas a sus espaldas para que salvramos la
vida.
Atravesamos el Telthearna. De da descansbamos, de tal modo que pas mucho
tiempo libre con Zilkron. Llegu a conocerlo bien, a conocer su orgullo y su vanidad, sus
esplndidas armas y el equipo que l no saba como utilizar. Yo trataba de hacerle entender
que no vale la pena cazar a los grandes gatos, que lo mejor habra sido cazar algn otro
animal. Pero no era ni cobarde ni tonto y haba venido con el decidido propsito de
enfrentar un peligro para jactarse de vuelta en Bekla. Por ltimo yo le habl de los osos.
Qu trofeo, le pregunt, puede compararse con una piel de oso, con la cabeza, las garras y
todo? En mi fuero interno yo saba que el peligro segua siendo grande, pero por lo menos
estaba enterado que los osos no siempre son salvajes, que tienen mala vista y que a veces es
posible confundirlos. Asimismo, en terreno rocoso o quebrado, uno puede a veces tenerlos
abajo y utilizar una lanza o una flecha antes de que lo vean a uno. En una palabra, Zilkron
decidi que lo que quera era un oso, y le habl a mi padre.
Mi padre vacilaba, pues a nosotros, los de Ortelga, no nos est permitido el matar
osos. Al principio la idea le asust, pero estbamos lejos de nuestros pagos, la Tuguinda
nunca iba a or la historia y no ramos ni piadosos ni devotos. Finalmente emprendimos la
marcha hacia Shardra-Main, las colinas del oso, a las que llegamos en tres das.
Subimos a las colinas y compramos los servicios de algunos aldeanos como guas y
rastreadores. Nos llevaron muy arriba, hasta una meseta rocosa y muy fra.
A1 segundo da encontramos a un oso, un gran oso que hizo que Zilkron lo
sealara y se pusiera a charlar volublemente al verlo movindose en la lejana, contra el
cielo. Lo seguimos cautelosamente pues yo estaba seguro de que, si llegaba a husmear que
lo seguan, se deslizara por una u otra ladera y lo bamos a perder. Cuando llegamos al
lugar en donde lo habamos visto, ya no estaba all. En todo ese da no lo logramos ver.
Acampamos muy alto, en el mejor refugio que pudimos encontrar, y bastante fro por
cierto.

A la maana siguiente, cuando empezaba a clarear, me despert en medio de


extraos ruidos palos que se rompan, una bolsa que arrastraban, una cacerola que rodaba
sobre el suelo. Me levant y sal, para ver qu ocurra.
Era el oso. El patn que estaba de guardia se haba quedado dormido, el fuego
estaba murindose y nadie haba visto al oso entrar al campamento. El animal haba dado
cuenta de nuestras raciones y se estaba dando un banquete con ellas. Yo pens: Si logro
subir a algn punto alto, donde no pueda alcanzarme, esperar a que se aleje del
campamento y entonces le tiro una flecha: pues no quera herirlo en el campamento,
rodeado de gente que no estaba advertida. Volv a buscar mi arco y sub a la parte alta de la
pea y all me encontr con que nuestro buen amigo estaba debajo, con la cabeza metida
dentro de la bolsa, masticando y moviendo la cola como un cordero que mama. Podra
haberme agachado y haberle tocado la espalda. Me oy, sac la cabeza de la bolsa y se par
sobre las patas traseras. Entonces puedes creerme o no Kelderek me mir directamente
a la cara y me hizo un saludo con las patas de adelante cruzadas; despus se ech en cuatro
patas y se alej trotando.
Mientras lo estaba mirando, lleg Zilkron y dos de sus sirvientes. Me libr de ellos
inventando algn pretexto debe haber sido bastante pobre, porque Zilkron se encogi
de hombros, sin decir una palabra, y not que sus hombres cambiaron una mirada. Dej que
pensaran lo que les gustara: yo era como t, Kelderek, y como todos los hombres de
Ortelga, supongo. Ahora que me haba visto frente a un oso, no lo iba a matar y no iba a
dejar que Zilkron lo matara. Pero no saba qu iba a hacer, porque no poda decir: Ahora
demos la vuelta y vayamos a casa.
Ese da soborn al principal de los aldeanos para que nos guiara de manera de
hacer creer que estbamos buscando al oso y nos llevara en realidad a algn lugar en donde
no pudiramos encontrarlo. Para l esto no era nada: puso una cara picara y acept la plata.
Al anochecer no habamos visto nada y me qued dormido pensando en qu deba hacer por
la maana.
Zilkron me despert. La luna llena se estaba poniendo y una capa de helada
brillaba sobre las rocas. Zilkron tena una cara triunfante burlona tambin, supongo. Me
dijo en voz baja: Aqu lo tenemos de nuevo, muchacho. En la mano tena su gran arco
pintado, con flecos de seda verde y una manija de azabache. En cuanto estuvo seguro de
que yo estaba despierto, me dej. Me levant y lo segu a tumbos. Los aldeanos se haban
amontonado detrs de una roca, pero mi padre y los dos sirvientes de Zilkron estaban de pie
en terreno abierto.
No haba duda: el oso se acercaba. Vena como un hombre que se dirige a la feria:
trotaba y se lama los labios. Haba visto nuestra fogata y olido la comida. Yo pens: Hasta
ayer l no haba visto seres humanos. No sabe que tenemos intenciones de matarlo. El
fuego arda con vigor, pero l, al parecer, no se asust. Se aproxim a un montn de rocas y
empez a husmearlas. Supongo que los cocineros haban dejado restos de comida en la
parte baja. Zilkron me puso la mano en el hombro y pude sentir sus anillos de oro contra los
huesos de mi nuca. No tengas miedo, hijo mo dijo. Le meter tres flechas en el cuerpo

antes de que tenga tiempo de pensar en nada. Se acerc. Yo lo segu y el oso se volvi y se
puso a mirarnos.
Uno de los hombres de Zilkron, un viejo que lo haba cuidado cuando era nio
grit: No te acerques ms, seor! Zilkron chasque los dedos detrs de l, sin darse vuelta,
y tendi el arco.
En ese momento el oso se irgui una vez ms sobre sus patas traseras y me mir
directamente, con la cabeza inclinada y las patas delanteras una encima de la otra. Emiti
dos gruiditos: Ah, ah! Cuando Zilkron solt la cuerda, yo le golpe el brazo y la flecha
fue a rozar una de las ramas de la pira y las chispas volaron en chorro.
Zilkron se volvi hacia m muy tranquilamente, como si hubiera estado esperando
algo parecido. Eres tontito y cobarde dijo vuelve a tu sitio. Yo me puse frente a l y
avanc hacia el oso, mi oso, que suplicaba a un hombre de Ortelga que lo salvara de este
imbcil dorado.
Sal del camino! grit Zilkron. Yo iba a contestarle y en ese instante el oso se
lanz sobre m. Sent un pesado golpe en el hombro izquierdo. Luego me abraz y me
apret contra su cuerpo, mordindome la cara. La humedad y la dulzura de su aliento fue lo
ltimo que sent.
Cuando volv en m, haban pasado tres das y estbamos de regreso en la aldea de
la colina. Zilkron nos haba dejado, pues mi padre lo haba odo cuando me haba llamado
cobarde y haba habido un altercado en consecuencia. All nos quedamos dos meses. Mi
padre sola sentarse a la cabecera de mi cama y me hablaba, tomndome de la mano y
contndome viejos cuentos. De repente se callaba y las lgrimas se demoraban en sus ojos
cuando contemplaba lo que haba quedado de su esplndido hijo.
Bel-ka-Trazet lanz una carcajada breve.
Lo tom muy mal. La vida le haba enseado menos que a m: yo ahora tengo su
edad. Pero no importa. Por qu crees que mand de vuelta mis sirvientes a Quiso y que he
regresado solo aqu? Te lo dir, Kelderek, y atindeme. Como eres un hombre de Ortelga,
no puedes dejar de sentir el poder del oso. Y todo hombre de Ortelga lo sentir, a menos
que nos arreglemos, t y yo, para que las cosas sean de otro modo. Si no podemos hacerlo,
entonces de un modo u otro, toda Ortelga se ir a pique y se desmoronar, lo mismo que se
han desmoronado mi cara y mi cuerpo. El oso es insania, locura, es traidor, imprevisible,
una tempestad que te ahoga y te hace naufragar cuando crees estar navegando en aguas
calmas. Creme, Kelderek, no hay que confiar nunca en el oso. Te prometer el poder de
Dios y te llevar a la ruina y al desastre.
Bel-ka-Trazet se call y levant la mirada. Ms all de la parte alta de la barranca
unas pisadas lentas y tambaleantes hicieron temblar las ramas del melikon y una catarata de
bayas se precipit al estanque. Luego, inmediatamente por encima de ellas, apareci bajo
las brillantes estrellas una forma vasta y agazapada. Kelderek, saltando sobre sus pies, se

encontr frente a los ojos penetrantes y nublados de Shardik.

12
La partida del Barn

Sin levantarse y sin dejar de mirar al oso, Bel-ka-Trazet tante bajo el agua, detrs
de l, recogi una piedra y la arroj a la oscuridad que estaba sobre la orilla. Cuando la
piedra cay, el oso dio vuelta la cabeza y el Barn, rpidamente, se meti en el estanque,
avanzando bajo la catarata y metindose en el espacio que se formaba entre la cortina de
agua y la ribera detrs. Kelderek permaneci en su sitio y el oso, una vez ms, lo mir. Los
ojos estaban opacos y haba un temblor en las patas delanteras y en la cabeza misma. De
repente los voluminosos hombros del animal tuvieron una convulsin. En voz baja y
apurada, Bel-ka-Trazet dijo:
Kelderek, ven aqu!
Una vez ms el cazador descubri que no tena miedo, que comparta con
espontnea intuicin, y sin tiempo para maravillarse de ella, las percepciones del oso. Supo
que stas estaban entorpecidas por el dolor. Se dio cuenta ahora que el oso no lo haba
visto. El oso no trataba de escudriarlo a l, sino al declive de la orilla, y vacilaba, sintiendo
su debilidad, antes de bajar. Mientras segua inmvil, el animal continu hundindose
lentamente, hasta que l pudo percibir contra su cara la humedad del aliento. Una vez ms,
Bel-ka-Trazet grit:
Kelderek!
El oso resbalaba, caa de bruces. Su cada fue como el derrumbe de un puente en una
inundacin. Por ltimo el oso se qued quieto. Sus ojos se cerraron y una de las heridas del
costado empez a perder sangre, lenta y espesa como crema, sobre la hierba.
Estaba aclarando y Kelderek poda or detrs de l los primeros gritos roncos en la
selva que despertaba. Sin decir una palabra, Bel-ka-Trazet atraves la cascada, extrajo su
cuchillo y se apoy sobre una rodilla frente al bulto inmvil. La cabeza del oso estaba
hundida en el pecho, de modo que la larga mandbula cubra el pescuezo. El Barn se
apart a un lado para dar el golpe pero Kelderek avanz y le arrebat el cuchillo de la
mano.
Bel-ka-Trazet se volvi contra l con una clera fra, tan temible que las palabras del
cazador se helaron en sus labios.
Te atreves a ponerme las manos encima! silb el Barn entre dientes. Dame
ese cuchillo!
Confrontado por segunda vez con el enojo y la autoridad del Gran Barn de Ortelga,

Kelderek se tambale, como si realmente lo hubieran golpeado. Para l, hombre sin rango
ni posicin, la obediencia a la autoridad era casi segunda naturaleza. Baj la mirada,
desplaz los pies y empez a murmurar algo ininteligible.
Dame ese cuchillo repiti Bel-ka-Trazet tranquilamente.
De repente Kelderek se dio vuelta y dispar. Con el cuchillo en la mano atraves a
tumbos el estanque y trep a lo alto d la barranca. Al darse vuelta vio que Bel-ka-Trazet no
lo persegua, sino que haba levantado una pesada roca con ambas manos y estaba parado
junto al oso, sosteniendo la piedra por encima de su cabeza.
Con la sensacin histrica que tendra un hombre que salta de una altura para salvar
la vida, Kelderek recogi una piedra y la arroj. La piedra golpe a Bel-ka-Trazet en la
nuca. Al apartar la cabeza y caer de rodillas, la roca se le escap de las manos y cay sobre
la pantorrilla derecha. Por unos instantes el Barn permaneci quieto, arrodillado, con la
cara vuelta hacia arriba y la boca muy abierta; luego, sin prisa, liber su pierna, se par y
mir a Kelderek con aire lleno de intencin, mucho mas aterrador que su enojo.
El cazador se dio cuenta que, si no quera morir, deba bajar y matar a Bel-ka-Trazet,
y esto era algo que no poda hacer. Lanz un grito sordo, se llev las manos a la cara y
corri ciegamente arroyo arriba. Habra avanzado tal vez unos cincuenta metros cuando
alguien lo tom del brazo.
Kelderek dijo la voz de la Tuguinda. Qu ha ocurrido?
Incapaz de contestar, estupefacto como el mismo oso, slo pudo sealar, con un
brazo tembloroso, hacia la cascada. Ella se alej en seguida y Sheldra y cuatro o cinco de
las muchachas, armadas con arcos, la siguieron.
Se puso a escuchar, pero no poda or nada. Lleno de miedo e indecisin, se
pregunt si no podra huir de Bel-ka-Trazet escondindose en el bosque y arreglndoselas
de algn modo para llegar a la tierra firme. Iba a retomar la marcha cuando de repente se le
ocurri que ya no estaba solo e indefenso frente al Barn, como lo haba estado tres das
antes. Era el mensajero de Shardik, el heraldo de las nuevas que Dios enviaba a Quiso. Sin
duda la Tuguinda, si hubiera sabido lo que se haba intentado e impedido junto al estanque
esa maana, no se habra quedado quieta y no habra permitido que Bel-ka-Trazet intentara
matarlo. Ella y yo somos los Recipientes pens. Ella me salvar. El mismo Shardik
me salvara, no por amor o porque le haya prestado un servicio, sino sencillamente porque
me necesita y por lo tanto est escrito que yo tengo que vivir. Dios debe romper en pedazos
a los Recipientes y rehacerlos de acuerdo a su intencin. Esto puede significar muchas
cosas, pero no puede significar que yo he de morir a manos de Bel-ka-Trazet.
Se levant, dio unos pasos por el manantial y tom la direccin de la cascada. Detrs
de l el Gran Barn, apoyado en el bculo, estaba sumido en una conversacin con la
Tuguinda. Ninguno de los dos levant la mirada cuando el cazador surgi por encima de
ellos.

Una de las muchachas se haba desnudado hasta la cintura y, arrodillada, trataba de


restaar con sus vestidos la sangre que manaba de la herida del oso.
Bueno, hice lo que pude, siyet dijo el Barn sombramente. S, si hubiera
podido, habra matado a tu oso. De esto no hay ninguna duda. Pero no pudo ser.
Eso mismo debera hacerte reflexionar contest ella.
Lo que pienso de este asunto no va a cambiar dijo l. No s lo que intentas,
siyet, pero te dir lo que yo intento. El incendio trajo este enorme oso a la isla. Los osos
son seres malignos y peligrosos, y la gente que no piensa esto sufre daos y perjuicios en
consecuencia. Mientras permanezca en este lugar solitario, no vale la pena arriesgar vidas.
Pero si empieza a andar por la isla y a molestar a Ortelga, te juro que har que lo maten.
Yo no intento nada. Slo intento esperar la voluntad de Dios contest la
Tuguinda.
Bel-ka-Trazet, nuevamente, se encogi de hombros.
Yo slo espero que la voluntad de Dios no d como resultado tu propia muerte,
siyet. Pero ahora que ya conoces mis intenciones, tal vez intentes decirles a tus mujeres
que tienen que matarme. Por cierto, estoy en tu poder.
Puesto que no tienes planes y que se te impidi matar al Seor Shardik, no nos
haces ningn dao. Se volvi con aire indiferente, pero l la sigui.
Hay dos cosas ms, siyet. Primero, ya que he de vivir, tal vez me permitirs
ahora volver a Ortelga. Si me das una canoa, tomar medidas para que se te devuelva. En lo
que se refiere al cazador, ya te dije lo que acaba de hacer. Es mi sbdito, no el tuyo. Confo
en que no pondrs inconveniente a que lo busque y lo mate.
Estoy por mandar a dos muchachas a Quiso en canoa. Te dejarn en Ortelga. El
cazador no te lo voy a entregar. Me hace falta.
Despus de decir esto, la Tuguinda se alej y se puso hablar con las muchachas con
aire muy interesado, sealando primero a la ladera y luego hacia el ro al dar sus
instrucciones. Por un instante pareci que el Barn la iba a seguir, pero se encogi de
hombros, se dio vuelta y empez a subir la pendiente. Pas junto a Kelderek sin mirarlo y
tom el camino del campamento. Trataba de disimular su cojera y el terrible rostro se le
apareci gris y estragado a Kelderek, que haba estado preparndose a defenderse en la
mejor forma posible, que haba temblado y apartado la mirada, como ante una tremebunda
aparicin. Tiene miedo! pens. Sabe que no puede prevalecer contra el Seor
Shardik y tiene miedo!.
De repente salt hacia delante, gritando:

Seor mo! Oh seor, perdname! Pero el Barn, como si nada hubiera odo,
sigui su camino, y Kelderek se qued detrs, mirando la cicatriz crdena que atravesaba la
nuca y la piel negra y espesa que se balanceaba a uno y otro lado sobre la hierba.
Ya nunca ms vio a Bel-ka-Trazet.

13
El canto

Durante todo ese da Shardik estuvo junto al arroyuelo, sombreado, cuando el sol
cruz el cnit, por la ladera de arriba y las ramas del melikon.
Las muchachas que fueron a Quiso volvieron antes de la medianoche, porque sin el
largo desvo a travs del ro el viaje de vuelta era mucho ms corto que el de ida. Trajeron
nuevas cantidades de ungentos, medicamentos y un narctico hecho con hierbas. La
Tuguinda misma administr ste al oso, embebindolo en delgados segmentos de tendriona.
Durante unas horas el remedio no surti efecto, pero hacia la maana Shardik dorma
profundamente y no se movi cuando le lavaron las quemaduras.
En la tarde del da siguiente, cuando Kelderek volvi de la selva, en donde haba
estado poniendo trampas, se encontr con Sheldra, que estaba en el campo abierto, a cierta
distancia del campamento. Kelderek sigui la mirada de ella y vio, a lo lejos, la figura de
una mujer desusadamente alta, envuelta en una capa, que avanzaba por la pendiente junto al
arroyuelo. La reconoci como la mujer que llevaba la linterna, que l haba encontrado una
noche en la orilla de Quiso. Ms lejos an, junto al ro, seis o siete mujeres iban sin duda al
campamento: cada una de ellas llevaba una carga.
Quin es sa? pregunt Kelderek, sealando con el dedo.
Rantzay contest Sheldra sin mirarlo.
Kelderek no se senta cmodo todava con ninguna de las muchachas.
Sin embargo, no haba desprecio hacia l en esta sombra reticencia.
Los modales de ellas mostraban que lo consideraban una persona importante: el
primer hombre que haba visto y reconocido al Seor Shardik y que haba venido, con
riesgo de su vida, a traer la noticia a la Tuguinda. La respuesta que le acababa de dar
Sheldra no tena intencin despectiva. Le haba contestado brevemente, como hubiera
contestado a cualquiera de sus compaeras.
Seguro de esto, por lo menos l decidi hablar con firmeza.
Dime quin es Rantzay dijo y por qu ellas y esas otras mujeres han sido
tradas aqu.
Por unos instantes Sheldra no contest y l pens: Me va a ignorar. Luego replic:

Entre las que vinieron con la Tuguinda, Melathys es la nica sacerdotisa. Las
dems somos novicias o criadas.
Pero Melathys debe ser tan joven como las otras dijo Kelderek.
Melathys no naci en Ortelga. Fue rescatada de un campamento de esclavos
durante las guerras civiles de Bekla las guerras de Heldril y fue trada de nia a los
Arrecifes. Aprendi temprano muchos de los misterios.
Y? pregunt Kelderek cuando la muchacha se call.
Cuando la Tuguinda supo que el Seor Shandrik haba vuelto de veras, y que
debemos estar aqu para atenderlo y curarlo, mand buscar a las sacerdotisas Anthred y
Rantzay junto con las muchachas que ellas estn enseando. Cuando Shardik se sane, van a
hacer falta para el Canto.
Volvi a guardar silencio, pero luego habl:
Los que sirven al Seor Shardik desde hace tiempo necesitan todo su valor y toda
su resolucin.
Te creo contest Kelderek, bajando la mirada al punto donde el oso, como un
peasco junto al estanque, segua inmvil en su sueo inducido. Pero en ese mismo
momento surgi en su corazn una desmayada exaltacin, y la conviccin de que nadie,
salvo la Tuguinda, poda sentir tan intensamente como l la fuerte y misteriosa divinidad de
Shardik. Shardik era ms que la vida para l, un fuego en el cual estaba dispuesto
consumirse. Y por ese mismo motivo Shardik lo iba a transformar pero no lo iba a destruir;
era algo que l saba. Con una especie de premonicin tembl un instante en el aire clido,
se dio vuelta y regres al campamento.
Esa noche la Tuguinda habl de nuevo con l, mientras se paseaba lentamente por la
ribera, sobre la cascada.
Las heridas estn limpias dijo la Tuguinda el veneno ha desaparecido casi.
Las drogas y los medicamentos siempre actan poderosamente en un ser, humano o animal,
que nunca los ha usado antes. Ahora podemos estar seguros de que va a sanar. Si t,
Kelderek, lo hubieras encontrado slo unas horas ms tarde, nada habramos podido hacer.
Kelderek sinti que haba llegado finalmente el momento de hacerle la pregunta que
le haba estado revoloteando en la mente en los ltimos tres das, desvanecindose y
reapareciendo como una lucirnaga en un cuarto oscuro.
Qu vamos a hacer, siyet, cuando est sano?
Lo s tanto como t. Debemos esperar a que se nos indique.

l, torpemente, insisti.
Tienes intenciones d llevarlo a Quiso, a los Arrecifes?
Yo? durante un instante lo mir con frialdad, como alguna vez haba mirado a
Bel-ka-Trazet, pero luego contest con un tono prctico y vivaz: Debes entender,
Kelderek, que a nosotros no nos corresponde ni hacer planes sobre el seor Shardik ni
ponerlos en prctica. Es cierto, como te he dicho, que a veces, hace muchos aos, la tarea
de la Tuguinda consisti en traer a Shardik a los Arrecifes. Pero en esos das nosotros
gobernbamos en. Bekla, todo estaba en orden y era seguro. Ahora, en este momento, no
sabemos nada, salvo que el seor Shardik ha vuelto con los suyos. No podemos discernir
todava su intencin y su mensaje. Nuestra tarea consiste simplemente en esperar, en estar
preparados para captar y cumplir la voluntad de Dios, sea sta la que fuere.
Dieron vuelta y empezaron a caminar hacia la cascada.
Pero esto no significa que no debemos pensar con sagacidad y actuar con
prudencia prosigui ella. Pasado maana el oso ya no estar bajo los efectos de la
droga, y empezar a recobrar sus fuerzas. T eres un cazador. Qu crees que habr que
hacer entonces?
Kelderek se senta perplejo. Su pregunta le haba sido devuelta sin una respuesta.
Y entendi de repente, con estupor, que ella tena intenciones de estar ah
simplemente junto al animal enorme y salvaje, mientras ste recuperaba sus fuerzas
naturales. Si esto era as y evidentemente era lo que ella crea el camino de la
humildad y de la fe en Dios, era de una naturaleza que estaba ms all de su experiencia o
entendimiento. Por primera vez la confianza que tena en ella empez a vacilar. Ella ley
sus pensamientos.
No estamos comprando soga en el mercado, Kelderek, ni vendiendo pieles a los
corredores. Y no estamos trabajando para el Gran Barn, cavando pozos en la selva. Ni
siquiera estamos eligiendo esposa. Estamos ofreciendo nuestras vidas a Dios y al seor
Shardik y preparndonos humildemente a aceptar lo que l quiera damos en cambio. Yo te
pregunto: qu puede hacer el oso?
Est en un lugar extrao que no conoce, siyet, y se va a sentir hambriento
despus de su enfermedad. Puede buscar alimento y tal vez sea feroz.
Empezar a buscar, crees?
He estado pensando que muy pronto todos nos vamos a ver forzados a movernos.
Nos queda poca comida y yo solo no puedo cazar para tantos.
Ya que estamos seguros que el Gran Barn se va a negar a enviamos alimentos
desde Ortelga, debemos arreglarnos lo mejor que podamos. Hay peces en el ro y patos en

los juncos: tenemos redes y arcos. Elige a seis de las muchachas y llvalas de caza contigo.
Al principio es posible que haya poco que compartir, pero empezar a haber ms cuando
aprendan el oficio.
Por un cierto tiempo se puede hacer, siyet
Kelderek: ests impaciente? A quin dejaste en Ortelga?
A nadie, siyet. Mis padres han muerto y no estoy casado.
Una mujer?
l mene la cabeza, pero ella sigui mirndolo gravemente.
Aqu hay mujeres. No cometas ningn sacrilegio, ahora menos que nunca, pues la
menor infraccin habr de er seguida de nuestra muerte.
l estall, indignado:
Siyet! Cmo puedes pensar que?
Ella se limit a mirarlo fijamente, manteniendo la mirada mientras avanzaban y
tomaban una vez ms el camino de vuelta bajo las estrellas. Y ante la vista interior de l
surgi la figura de Melathys en la terraza, Melathys, la de los cabellos negros, vestida de
blanco, con el collar dorado que le cubra el pescuezo y los hombros, Melathys, que rea
cuando jugaba con el arco y la espada, que temblaba y sudaba de miedo junto al borde del
pozo. En dnde estaba ahora? Qu habra sido de ella? Su protesta qued trunca.
Al da siguiente empez una vida que l habra de recordar muchas veces en aos
sucesivos: una vida tan clara, tan sencilla y tan inmediata como la lluvia. Si alguna vez
dud l de la Tuguinda o de su humildad y fe, ya no tuvo tiempo para recordarlo. Al
principio las muchachas eran tan torpes y estpidas que l se desesperaba, y ms de una vez
estuvo a punto de decirle a la Tuguinda que la tarea estaba ms all de sus fuerzas.
Pero la necesidad hace nacer una desesperada habilidad en el ms torpe. Varias de
las muchachas se convirtieron finalmente en arqueras pasables y el tercer da tuvieron la
suerte de matar cuatro o cinco gansos. Esa noche hubo una fiesta junto al fuego, se contaron
antiguas historias de Bekla, del hroe Deparioth, liberador de Yelda y fundador de Sarkid, y
de Fleitil, el inmortal artesano de la Puerta Tamarrik.
Despus de los primeros das las muchachas aprendieron velozmente y l pudo
enviarlas, en grupos de a dos y de a tres, a pescar o a seguir algn rastro en la selva o a
esconderse entre los juncos, a la espera de pjaros salvajes. Tena mucho que hacer
fabricando flechas, porque perdan ms de la cuenta, hasta que le ense a Muni a
fabricarlas mejor que l.

Fue al quinto o sexto da despus de haber vuelto Sheldra de Ortelga con el arco de
l (que aparentemente haba podido recobrar sin molestar a Bel-ka-Trazet) que Kelderek
estaba parado con Zilth en la selva, a medio kilmetro del campamento. Haban buscado
un escondite junto a un sendero apenas visible que llevaba a la costa, a la espera de
cualquier animal que pudiera presentarse. Ya era tarde y la luz del sol empezaba a enrojecer
las ramas de arriba. De repente oy a la distancia unas voces femeninas que cantaban. Al
escuchar, se le eriz el pelo de la nuca. Record las canciones sin palabras junto a la
hoguera. Estas le haban sugerido, trasmutado por cierto, pero siempre familiar, el rumor
del viento en las hojas, de las olas en el ro, el desplome de las canoas en aguas agitadas y
la cada de la lluvia. Lo que oa ahora se pareca al movimiento inmemorial de las cosas que
a los hombres les parecen inmviles porque sus vidas son cortas.
Zilth estaba de pie, con ojos cerrados y las palmas de las manos abiertas hacia
afuera. Kelderek, aunque nada haba visto y estaba con miedo, tena la impresin de haber
sido levantado a un plano en el cual ya no haba necesidad de plegaria, puesto que la
armona continuamente presente en la mente de Dios era audible por su alma prosternada y
adorante. Haba cado de rodillas y tena la boca torcida como un hombre que sufre.
Siempre con el odo atento, sinti que el canto disminua y luego se desvaneca en el
silencio, como un hombre que se zambulle en aguas profundas.
Shardik, con el sol del poniente detrs, se estaba aproximando al declive; a veces
avanzaba tambaleando, a veces se detena a mirar los rboles y el ro lejano. A cierta
distancia de l, en un amplio semicrculo, se movan ocho o nueve de las mujeres. Rantzay
y la Tuguinda entre ellas. Cuando l vacilaba, ellas tambin se detenan, balancendose al
ritmo de su cancin, cada una equidistante de la otra, mientras el aire del atardecer mova
sus cabellos y las franjas de sus tnicas. Cuando l avanzaba, ellas se movan al unsono
con l, de tal modo que siempre era l el punto central y estaba delante de ellas. Nadie
demostraba premura o temor. Al contemplar esto, Kelderek pens en el cambio de
movimiento instintivo y simultaneo de una bandada de pjaros en el aire, o de una camada
de peces bajo el agua clara.
Era evidente que Shardik estaba a medias atontado, pero el cazador no lleg a saber
si esto se deba al efecto continuado de la droga o al sonido hipntico del canto. Las
mujeres lo rodeaban como ramas agitadas por el viento que se irradian desde el tronco de
un rbol. De repente Kelderek sinti ansias de unirse a la danza peligrosa y bella, de ofrecer
su vida por Shardik, de probarse a s mismo que era uno de aqullos a quienes el poder de
Shardik haba sido revelado y por medio de quienes ese poder iba a ingresar al mundo. Y
con estas ansias lleg una conviccin (y aunque fuera errnea, no importaba) la conviccin
de que Shardik no le iba a hacer dao. Sali de debajo de los rboles y avanz hacia el
declive.
Ni las mujeres ni el oso dieron seales de haberlo visto hasta que estuvo a menos de
una pedrada de distancia. Entonces el oso, que pareca avanzar ms hacia el ro que hacia la
selva, se detuvo y volvi la cabeza agachada hacia l. El cazador tambin se detuvo y
qued esperando, con una mano levantada a guisa de saludo. El sol del poniente lo
deslumbraba, pero no era consciente de ello: con los ojos del oso se vio a s mismo de pie y

solo en la ladera.
El oso escudri con aire incierto sobre la hierba iluminada por el sol. Luego se
acerc a la figura solitaria del cazador, se acerc hasta parecer una masa oscura ante los
ojos deslumbrados de ste, que tambin pudo or la respiracin del animal y el ruido seco
de sus pisadas. Se sinti envuelto en un olor rancio; pero Kelderek slo era consciente del
olor que l tena para Shardik, desconcertado y vacilante al emerger de su enfermedad y de
su sueo artificial, tambin asustado de su propia debilidad y del contorno desconocido.
Shardik husme con aire suspicaz a la criatura humana que tena ante l, pero no reaccion
al no ver ningn movimiento repentino de miedo de parte de sta. Poda or una vez ms las
voces, a veces a la izquierda, a veces a la derecha, que se contestaban unas a otras en planos
de sonido, que lo desorientaban y confundan su ferocidad. Se lanz nuevamente hacia
adelante, en la nica direccin que ellos no haban tomado y, al hacer esto, la criatura
humana, hacia la cual no senta enemistad, se volvi y march con l hacia el poniente y la
seguridad de los bosques.
Las mujeres se interrumpieron ante una seal de la Tuguinda. Cada una sigui en su
puesto mientras Shardik, con el cazador a su lado, entr en los aledaos de la selva y
desapareci entre los rboles.

14
El seor Kelderek

Esa noche Kelderek durmi sobre el suelo desnudo junto a Shardik, sin pensar en
fogatas o en comidas, en leopardos, serpientes u otros peligros de la oscuridad. Y tampoco
pens en Bel-ka-Trazet, en la Tuguinda o en lo que tal vez estaba pasando en el
campamento. As como Melathys haba puesto el filo de la espada contra su pescuezo, del
mismo modo estaba seguro Kelderek junto al oso. Cuando se despertaba en la noche vea la
espalda como el alero de un techo, contra las estrellas, y volva a dormir tranquilo y seguro.
Cuando lleg la maana, con su fro gris, y el piar de los pjaros en las ramas, abri los ojos
a tiempo para ver a Shardik que se alejaba entre los matorrales. Se levant bruscamente,
temblando de fro, flexionando los miembros y tocndose la cara con las manos, como si su
espritu absorto acabara de entrar en su cuerpo por primera vez. En alguna otra zona era
algo que l saba en alguna otra regin, invisible pero no remota, insustancial pero ms
real que la selva y el ro, Shardik y Kelderek eran un solo ser, el todo y la parte.
Meditabundo, no hizo ningn intento por seguir al oso, pero cuando ste se fue, se
dio vuelta y fue en busca de sus compaeros.
Casi en seguida se encontr con Rantzay, que estaba sola en un claro, envuelta en
una capa para protegerse del fro y apoyada en un bculo. Al acercarse l, ella torci la
cabeza, llevndose la mano a la frente. La mano estaba temblando, pero l no pudo darse
cuenta si era de miedo o de fro.
Por qu ests aqu? pregunt con serena autoridad.
Seor: una de nosotras permaneci junto a ti toda la noche, pues no sabamos
no sabamos qu poda ocurrir. Dejas ahora al Seor Shardik?
Por un poco de tiempo. Di a tres de las mujeres que lo sigan y que procuren no
perderlo de vista. Una de ellas debe volver a medioda con noticias de su paradero. Va a
necesitar alimento, en caso de que l mismo no lo encuentre.
Ella volvi a tocarse la frente, esper a que l se pusiera en marcha y lo sigui por el
camino de vuelta hasta el campamento. La Tuguinda se haba ido a baar en el ro y
Kelderek comi solo. Neelith le sirvi la comida y la bebida en silencio, hincando una
rodilla. Cuando finalmente vio a la Tuguinda que volva, se acerc a saludarla.
Inmediatamente las muchachas que estaban con ella retrocedieron y l pudo hablar con ella
a solas junto a la cascada. Pero ahora era el cazador quien haca las preguntas y la Tuguinda
lo escuchaba atentamente y le contestaba con cuidado y sin reserva, como una mujer
contesta a un hombre en quien tiene confianza porque sabe que puede guiarla y ayudarla.

El Canto, siyet empez a decir. Qu es el Canto y cul es su funcin?


Es uno de los antiguos secretos contest ella de los das en que el Seor
Shardik moraba en los Arrecifes. Se ha conservado desde aquellos das hasta ahora. Las que
cantaban entonces, al ofrecer el Canto, ofrecan tambin sus vidas. Es por esto que ninguna
mujer en Quiso ha recibido nunca una orden de cantar. La que decide ser cantante ha de ser
movida por su propia voluntad y aunque le podemos ensear lo que sabemos, siempre hay
una parte que tiene que ver con la voluntad de Dios y la de ella.
Hasta el atardecer de ayer ninguna mujer viviente haba tomado parte en la ofrenda
del Canto al Seor Shardik. Di las gracias a Dios cuando vi que su poder no se haba
perdido.
Qu es el poder?
Ella lo mir sorprendida.
T sabes qu es, seor Kelderek Zenzuata! Por qu pides palabras, por qu
quieres marchar con muletas cuando lo has sentido que te salta y te quema en el corazn?
S el efecto que me hizo el Canto, siyet. Pero no me fue ofrecido a m, anoche.
No puedo decirte lo que ocurre en el corazn del Seor Shardik. En verdad, creo
que de esto sabes t ahora ms que yo. Pero, como aprend hace muchos aos, esta es la
manera en que nos acercamos a l y a Dios. Al adorarlo de esta manera echamos un puente
angosto y tambaleante sobre el abismo que separa su naturaleza salvaje de la nuestra; y, de
este modo, con el tiempo llegamos a ser capaces de caminar sin tropiezos a travs del fuego
de su presencia.
Kelderek pens un rato en lo que acababa de or. Finalmente pregunt.
Entonces es posible controlarlo dirigirlo. por medio del Canto?
Ella mene la cabeza.
No: el Seor Shardik no puede ser dirigido, porque es el Poder de Dios. Pero el
Canto, cuando es ofrecido reverentemente, con sinceridad y valor, es como ese poder que
tenemos sobre las armas. Es algo que logra vencer por cierto tiempo su naturaleza salvaje y,
cuando l se acostumbra, llega a aceptarlo como la debida adoracin que le ofrecemos. Sin
embargo, Kelderek la Tuguinda sonri seor Kelderek, no creas que ningn hombre
ni mujer podra haber hecho lo que hiciste anoche sencillamente por obra del Canto.
Shardik es siempre ms peligroso que el relmpago, ms imprevisible que el Telthearna
cuando llegan las lluvias. T eres su Recipiente. O estaras ahora quebrado como el
leopardo.
Siyet por qu dejaste escapar al Barn? El odia al Seor Shardik.

Tena que asesinarlo? Tena que vencer su duro corazn con otro ms duro?
Qu poda salir de todo eso? l no es un malvado y Dios todo lo ve. Acaso no te o a ti
mismo cuando le rogaste que te perdonara?
Pero crees que se contentar con dejar ir al Seor Shardik sin hacerle dao?
Creo, como siempre he credo, que ni l ni nadie pueden* impedir que el seor
Shardik cumpla lo que ha venido a cumplir y trasmita lo que ha venido a trasmitir. Pero
digo de todos modos que, lo que ha de venir, habremos de esperarlo en un espritu de
humildad. Inventamos algn propsito y tratar de utilizar al Seor Shardik para ese
propsito sera un sacrilegio y una locura.
Eso me enseaste, siyet; pero ahora me atrever tambin yo a darte un consejo.
Debemos perfeccionar nuestro servicio del Seor Shardik como un hombre que prepara las
armas con que sabe que debe luchar por su vida.
Porque tarde o temprano Shardik ir a Ortelga u Ortelga ir hacia Shardik. Y en ese
da habr de prevalecer o ser aniquilado. Ser una cosa o la otra, pero los resultados
dependern slo de nosotros.

15
Ta-Kominion

Kelderek se acurruc para escuchar en lo oscuro. No haba luna y la selva, por


arriba, no dejaba ver las estrellas. Poda or los movimientos del oso a travs de los rboles,
e intent una vez ms adivinar si se estaba alejando. Pero volvi el silencio, interrumpido
tan slo por el vibrante croar de las ranas en la lejana orilla. Al cabo de cierto tiempo sus
odos aguzados captaron un sordo gruido. Exclam: Paz, Seor Shardik! Paz, Seor
mo!. Y se ech a tierra, esperando que el oso descansara al sentir que l estaba tranquilo.
Pronto se dio cuenta que sus dedos se metan en el suelo blando, que estaba muy nervioso,
dispuesto a ponerse de pie de un salto. Tena miedo: no slo del Seor Shardik cuando
estaba en el presente estado de nimo, incierto y suspicaz, sino tambin porque saba que el
mismo Shardik estaba inquieto y l no saba por qu.
Por varios das el oso haba vagado por los bosques y los lugares abiertos de la isla,
siempre en direccin al Este, corriente abajo, hacia Ortelga, que estaba ms all de la
maraa de trampas y empalizadas. De noche y de da sus devotos lo seguan.
El mismo Kelderek permaneca constantemente cerca del oso, observando todo lo
que haca, atento a sus estados de nimo y sus modos, a su hbito aterrador de bambolearse
cuando estaba excitado o enojado. Cada atardecer se repeta el Canto, las mujeres formaban
el amplio semicrculo alrededor del oso, a veces blanda y simtricamente en terreno abierto,
a veces con ms dificultades entre rboles o declives rocosos. En los primeros das la mayor
parte de la gente del campamento, exttica y llena de alegra y maravilla ante el retorno de
Shardik, vena a ofrecerse, ansiosa por mostrar su devocin, que era mayor que su temor, y
poner a prueba las ancestrales habilidades que haban aprendido en los Arrecifes y que
nunca haban credo que iban a practicar. En la cuarta tarde, cuando las cantantes haban
formado un crculo en torno a un bosquecillo cerca de la costa, el oso irrumpi desde la
maleza y dio un manotazo a la sacerdotisa Anthred, que casi le dividi el cuerpo en dos.
Anthred muri en seguida. El Canto ces, Shardik se intern en la selva y no fue antes del
medioda del da siguiente que Kelderek, despus de haberlo rastreado personalmente
varias horas, lo encontr al pie de un banco pedregoso en el otro extremo de la isla. Cuando
la Tuguinda lleg al lugar, avanz sola y or de pie hasta que fue evidente que Shardik no
la iba a atacar. Esa noche ella dirigi los cantos, movindose sin premura y con gracia,
como una mujer joven, cada vez que el oso se le acercaba.
Shardik pareci acostumbrarse al cuidado de las mujeres y a veces casi
desempeaba su papel, irguindose muy derecho y mirndolas, o avanzando y
retrocediendo como si quisiera poner a prueba el dominio que ellas tenan de la situacin.
Tres o cuatro Sheldra entre ellas lograron mostrar firmeza en su presencia; otras,
despus de unas pocas noches no fueron capaces de dominar su miedo. A estas Kelderek les
permita respiros, y las llamaba alternadamente, una despus de otra, para que cumplieran

con sus deberes del mejor modo posible. Cuando empezaba el Canto, l las observaba
atentamente, pues Shardik era muy sensible a los signos de miedo que, al parecer, lo
enojaban: las miraba con aire a medias inteligente, a medias feroz, hasta que la vctima,
consumidos sus ltimos jirones de valor, sala del crculo y se iba apabullada, llorando de
vergenza. Siempre que poda, Kelderek evitaba este enojo y sacaba a la muchacha del
crculo antes de que el oso se enfrentara con ella. Arriesgaba todos los das su vida, pero
Shardik nunca llegaba ni siquiera a amenazarlo, y estaba muy tranquilo cuando el cazador
se acercaba a traerle comida o a examinar sus heridas ya casi curadas. Lo cierto es que, a
medida que pasaban los das, pensamientos recurrentes sobre Ortelga y el Gran Barn
empezaron a inspirarle ms miedo que el mismo Seor Shardik. Cada da se volva ms
difcil encontrar y matar la caza que haca falta, y l se dio cuenta que, en la marcha hacia
el Este de la isla, ya estaban muy cerca de haber agotado sus recursos, nunca abundantes.
Siempre que sus excursiones los llevaban hasta la orilla meridional, la costa del Telthearna
pareca ms cerca a travs del estrecho que se enangostaba. A qu distancia estaban ahora
de Ortelga? Qu clase de vigilancia estaba haciendo Bel-ka-Trazet de ellos, y qu ocurrira
cuando llegaran y por ltimo deban llegar al Cerco Muerto, con su maraa de trampas
ocultas? An en el caso de que l lograra de algn modo que Shardik tomara el camino de
vuelta, qu tenan por delante, fuera del hambre? Diariamente, mientras las mujeres
miraban, l y la Tuguinda se paraban ante el oso y rezaban en voz alta: Revela tu poder,
Seor Shardik! Mustranos lo que debemos hacer!. A solas con la Tuguinda, Kelderek
hablaba de su ansiedad, pero siempre encontraba una fe calma e impvida que, en el caso
de otra persona, le habra hecho perder la paciencia.
Ahora, acurrucado en lo oscuro, se senta lleno de dudas e incertidumbre. Por
primera vez desde que lo haba encontrado en el pozo, estaba consciente de que le tena
miedo a Shardik. Durante todo el da no haba matado ni un solo animal y al atardecer el
oso haba demostrado una ferocidad tan aterradora que el Canto se haba interrumpido,
crispado y poco propicio. Cuando sobrevino la noche, Shardik ya se haba internado en la
tupida selva. Kelderek, llegando a Sheldra, lo sigui como pudo, esperando en cualquier
momento convertirse en presa de la fiera.
Despus de un rato Sheldra se qued dormida, pero l sigui escuchando
atentamente cualquier mnimo rumor en la oscuridad. A veces crea poder or la respiracin
del oso o el susurro de las hojas movidas por sus garras. A medida que pasaban las horas se
volvi intuitivamente consciente de que el humor del oso haba cambiado. Ya no estaba
enfurruado y dispuesto a atacar, sino inquieto.
Se puso de pie y grit una vez ms: Paz, Seor Shardik! Tu poder es de Dios!.
En aquel momento, desde algn lugar en la oscuridad, un hombre silb. Kelderek se
puso tenso. Sinti la sangre que le lata en la cabeza: cinco, seis, siete, ocho. Luego, muy
bajo pero distintamente, el hombre que silbaba repiti el refrn de una cancin: Senandril
na kora, senandril na-ro.
Un instante despus Sheldra le agarr la mueca.

Qu pasa, seor?
No s murmur l. Espera.
La muchacha ajust el arco sin producir el menor ruido y luego llevo la mano de l
hasta la empuadura del cuchillo que tena en el cinturn. l lo extrajo y avanz. Muy
cerca, a su izquierda, el oso grua y tosa. La idea del Seor Shardik, atravesado por las
flechas de enemigos invisibles lo llen de prisa y clera desesperadas. Empez a deslizarse
ms velozmente por entre los matorrales. Inmediatamente, desde la oscuridad que estaba a
su derecha, una voz baja pregunt:
Quin anda ah?
Quienquiera que fuera, lo cierto es que l estaba ahora entre ese ser y Shardik.
Escudriando, slo pudo percibir los troncos negros de los rboles contra una oscuridad
ms plida, el cielo abierto por encima del ro. Un viento leve mova las hojas y una estrella
titilaba.
Hasta l lleg el rumor de un movimiento parecido al suyo propio, un frotar de palos
y un roce de follaje. De repente vio lo que haba estado esperando: un resplandor
instantneo entre dos troncos de rbol, tan cerca que qued confundido.
Diez pasos ocho? Le pas por la cabeza que tal vez Bel-ka-Trazet estaba cerca, y
en ese instante record la treta del Barn junto al estanque, cuando haba despistado al oso.
Sus dedos tantearon buscando una piedra, pero no pudieron encontrarla; en cambio,
apretaron un puado de tierra mojada y lo arrojaron al espacio entre los troncos de rboles.
El puado de tierra cay produciendo una agitacin de hojas y, en ese momento, l se lanz
hacia adelante. Fue a chocar contra la espalda de un hombre, un hombre alto, porque su
cabeza golpe contra los hombros de l. El hombre lo rechaz y Kelderek, echndole un
brazo sobre el pescuezo, lo empuj hacia atrs. El hombre cay pesadamente encima de l
y Kelderek logr desasirse, enarbolando el cuchillo de Sheldra.
El hombre no haba emitido ni un solo sonido y Kelderek pens: Est solo. En ese
instante se sinti menos desesperado, pues Bel-ka-Trazet estaba demasiado bien informado
para enviar un hombre solo a atacar al Seor Shardik y a sus secuaces armados y leales.
Apret la punta del cuchillo contra la garganta e iba a llamar a Sheldra cuando el hombre
habl por primera vez.
Dnde est el Seor Shardik?
Eso qu tiene que ver contigo? pregunt Kelderek, echndolo hacia atrs
cuando el hombre trat de sentarse.
Quin eres?
El hombre, asombrosamente, ri.

Yo? Oh, soy un tipo que viene de Ortelga, por el lado del Cerco Muerto, con la
idea de que me van a romper la cabeza por silbar en la oscuridad. Fue el Seor Shardik
que te ense a apretarle el pescuezo a un hombre desde atrs, como con una pata de Deelguy?
Asustado o disimulando su susto, lo cierto es que no pareca tener apuro por escapar.
Llegaste por el Cerco Muerto de noche? pregunt Kelderek, sorprendido a
pesar suyo. Ests mintiendo!
Como prefieras contest el otro. Ahora ya no importa. Pero en caso de que
110 lo sepas, t mismo ests a muy pocos metros del Cerco. Si el viento cambia, podrs
oler el humo de Ortelga. Grita con fuerza y el shendron ms cercano te oir.
Esta era, pues, la causa de la inquietud y el receloso miedo de Shardik! Sin duda
haba husmeado la ciudad. Y si llegaba hasta el Cerco Muerto antes de la maana? Que
Dios lo proteja pens Kelderek. Cuando llegue el da, puede volver. Y si no vuelve, yo
mismo ir a buscarlo hasta el Cerco.
Le pas tambin por la cabeza que, por la maana, el oso iba a estar bastante
hambriento y, por lo tanto, era an ms feroz y peligroso. Pero apart ese pensamiento y
habl una vez ms al extrao.
Por qu has venido? pregunt. Qu buscas?
T eres el cazador, el hombre que vio por primera vez a Shardik?
Mi nombre es Kelderek. A veces llamado Zenzuata. Fui yo quien llev a la
Tuguinda las nuevas del Seor Shardik.
Entonces ya nos conocemos. Nos hemos visto en el Sindrad la noche en que te
fuiste a Quiso. Yo soy Ta-Kominion.
Kelderek se acord del barn alto y joven que haba estado sentado a la mesa y, con
unas copas de ms, haba chacoteado.
De modo que Bel-ka-Trazet te envi a que me asesinaras? dijo. Y ahora
me encuentras menos indefenso de lo que esperabas?
Bueno, hasta ahora tienes razn contest Ta-Kominion. Es verdad que Belka-Trazet trata de matarte y es cierto que yo por eso estoy aqu. Pero escchame, Kelderek
Juega-con-los-Nios. Si crees que yo he venido slo a travs del Cerco Muerto contando
con la remota posibilidad de encontrar a un hombre en kilmetros y kilmetros de selva
para matarlo, debes creer que soy brujo. No: he venido a buscarte porque quiero hablar
contigo; y vine por tierra y en la oscuridad porque no quena que Bel-ka-Trazet lo supiera.
No tena idea de dnde podas estar, pero al parecer he tenido suerte: si se llama suerte un

pescuezo maltrecho y un golpazo en el hombro. Dime ahora: est aqu el Seor Shardik?
No est ms lejos que un tiro de arco. No digas nada malo de l, Ta-Kominion, si
quieres vivir.
Tienes que entenderme mejor, Kelderek. Estoy aqu como enemigo de Bel-kaTrazet y amigo del Seor Shardik. Djame que te cuente algo de lo que ha estado
ocurriendo en Ortelga desde que te fuiste.
Espera! Kelderek asi el brazo del hombre. Los dos se acurrucaron y
escucharon: oyeron a Shardik movindose en la selva. Sheldra! grit Kelderek.
Qu camino tom?
Est volviendo, seor, por el mismo camino por el que vino! Debo ir a decrselo
a la Tuguinda?
S, pero trata de no perderlo de vista en caso de que se aleje ms.
Bueno dijo Ta-Kominion despus de unos instantes veo que te obedecen,
seor Kelderek. Si todo lo que oigo es cierto, lo mereces. Bel-ka-Trazet les dijo a los
barones que t lo habas golpeado.
Tir una piedra. l iba a matar al Seor Shardik, que estaba indefenso.
Es lo que dijo. Nos habl de la locura y el peligro de permitir que la gente creyera
que el Seor Shardik haba vuelto. Esas mujeres van a ser nuestra perdicin dijo con
ese oso medio chamuscado que han conseguido. Dios sabe toda la basura supersticiosa que
saldr de esto si no se las pone en su lugar. Va a ser el fin de la ley y del orden. Envi
hombres a la parte occidental de la isla a que te buscaran, pero al parecer t te habas ido.
Uno te sigui hasta el Este, casi hasta aqu, pero cuando volvi no fue a Bel-ka-Trazet que
habl, sino a m.
Por qu?
Ta-Kominion puso una mano en la rodilla de Kelderek.
La gente sabe la verdad dijo. Una de las muchachas de la Tuguinda vino a
Ortelga, pero an en el caso de que no hubiera venido, la verdad sopla entre las hojas y se
insina entre las piedras. La gente est cansada de la dureza de Bel-ka-Trazet. Hablan
secretamente del Seor Shardik y esperan que venga. Si fuera necesario, estn dispuestos a
morir por l. Bel-ka-Trazet sabe esto y tiene miedo.
Bueno contest Kelderek esa maana en que dej a la Tuguinda yo vi el
miedo en sus ojos. Lo compadec entonces y lo compadezco ahora, pero se ha puesto en
contra del Seor Shardik. Si un hombre elige ponerse en el camino de un incendio, puede
apiadarse el incendio de l?

l cree
Kelderek lo interrumpi.
Qu quieres de m, entonces?
El pueblo y Bel-ka-Trazet no son la misma cosa. Ellos saben que el Seor Shardik
ha vuelto a ellos. He visto hombres sencillos y decentes de Ortelga que lloraron de alegra y
de esperanza. Estn dispuestos a sublevarse contra Bel-ka-Trazet y a seguirme.
Seguirte a ti? Seguirte adonde?
En la soledad de la selva, Ta-Kominion baj la voz an ms.
A Bekla. Para volver a conquistar lo que es nuestro.
Kelderek contuvo el aliento.
Hablas seriamente de atacar a Bekla?
Con el poder del Seor Shardik, no podemos fallar. Te unirs a nosotros,
Kelderek? Dicen que no le tienes miedo a Shardik, y que eres capaz de convencerlo de lo
que quieras. Es cierto eso?
Slo en parte. Dios hizo de m un vaso que pusieron en el pozo, de Shardik y una
antorcha encendida con su fuego. l me aguanta: de todos modos, estar cerca de l es vivir
en el peligro.
Podras traerle a Ortelga?
Ni yo puedo ni nadie puede mover al Seor Shardik. El es el Poder de Dios. Si la
cosa est as ordenada, l ir a Ortelga. Pero cmo podr pasar el Cerco Muerto?, y qu
es lo que intentas hacer?
Mis hombres estn dispuestos a atacar ahora. Ellos le abrirn un camino en el
Cerco: a lo largo de esta_ orilla Es lo ms fcil. Que venga el Seor Shardik conmigo y
todos se unirn a nosotros. S, a ti y a m, Kelderek! En cuanto estemos seguros de Ortelga,
marcharemos sin demora sobre Bekla, antes de que se enteren de las noticias.
Hablas como si fuera fcil. Pero te repito una vez ms: no puedo llevar al Seor
Shardik de un lado a otro, como si fuera un buey. l acta de acuerdo a la voluntad de Dios,
no de acuerdo a la ma. Y si lo hubieras enfrentado, lo entenderas.
Djame que lo enfrente, pues. Lo enfrentar y le rogar que nos ayude. No tengo
miedo. Te digo, Kelderek, toda Ortelga est ansiosa por servirlo y nada ms. Si yo le
suplico, l me dar una seal.

Est bien. Ven conmigo. Hablars con la Tuguinda y enfrentars t solo al Seor
Shardik. Pero si te mata, Ta-Kominion
Se da mucho, cuando se ofrece. Vine a ofrecer mi vida. Si la acepta, no habr de
vivir una desilusin. Si me la da de vuelta, la usar en su servicio.
Como contestacin Kelderek se puso de pie y emprendi la marcha a travs de la
maleza. La noche estaba tan oscura, sin embargo, que le result imposible decir en qu
direccin estaba el campamento.
Finalmente divisaron, todava a cierta distancia, el resplandor de una fogata.
Avanzaron cautelosamente, esperando en cualquier instante or el llamado de alarma de una
de las muchachas o encontrarse frente al mismo Seor Shardik, de caza, hambriento y
colrico. Pero no encontraron a nadie y finalmente, al mirar en derredor, perplejo,
Kelderek, comprendi que ya haban llegado a los aledaos del campamento. Caminaron
lado a lado por el campo abierto, en el cual haba ramas cortadas y ropas diseminadas,
donde haban estado durmiendo las mujeres, hasta los restos de la hoguera, que nadie
atenda.
La perplejidad de Kelderek se cambi en estupefaccin. l lugar estaba desierto. Al
parecer no haba absolutamente nadie en el campamento. Llam:
Rantzay, Sheldra! y, al no recibir contestacin, grit: En dnde estis?
El eco muri y, por unos instantes, slo pudo or a las ranas y el susurro de las hojas.
Entonces tuvo respuesta.
Seor Kelderek! era la spera voz de Rantzay, que vena del lado de la co ta.
Ven en seguida, seor!
Nunca haba sonado tan trastornada su voz. Ech a correr y, al hacerlo, se dio cuenta
que estaba amaneciendo Era bastante claro, por lo menos, como para ver el camino que
llevaba al ro. Cuando estuvieron cerca, pudo divisar las canoas y, ms all, las figuras de
las mujeres envueltas en capas y formando un grupo; algunas de ellas parecan estar con el
agua hasta la rodilla. Todas se abalanzaban, sealaban algo, movan las cabezas a uno y
otro lado y escudriaban entre los juncos. Junto a la alta figura de Rantzay reconoci la
figura de la Tuguinda y corri hasta ella.
Qu pasa, siyet? Qu ha ocurrido?
Sin contestar, ella le tom el brazo y lo llev hasta las aguas bajas, entre los juncos
que eran ms altos que su cabeza.
La Tuguinda, ponindole una mano en el hombro seal corriente abajo un punto en
que se formaba una onda muy ancha, en forma de cabeza de flecha, que quebraba la
serenidad de la superficie. En la parte media, nico ser viviente que era visible en la

extensin de agua y de rboles, Shardik estaba nadando, con el hocico levantado hacia el
cielo, mientras la corriente lo arrastraba hacia Ortelga.

16
La punta y la carretera

Sin un instante de vacilacin, Kelderek se precipit a las aguas profundas.


Inmediatamente casi antes de que sus hombros hubieran quebrado la superficie sinti
que la corriente envolva su cuerpo y lo arrastraba hacia abajo. Durante unos instantes se
debati, asustado al darse cuenta de que nada poda hacer. Luego, torpemente, se puso a
nadar, doblando el pescuezo para mantener la cabeza fuera del agua, chapaleando con los
brazos y subiendo y bajando con sacudidas cortas. Al mirar por delante, sus ojos
empaados por el agua slo podan distinguir la forma del oso como un fardo arrastrado en
una inundacin.
No tard en darse cuenta que algn remolino del ro lo estaba llevando hacia el
centro, donde la corriente era an ms rpida.
Trat de mirar a su alrededor en busca de una rama flotante o algo de qu agarrarse,
pero no vio nada. Sus pies tocaron un objeto enredado, algo parecido a un colchn, flexible
y desparejo, y cuando trat de librarse sinti una puntada de dolor que le subi por la pierna
y que desapareci tan velozmente como una llamarada. Un instante despus estaba girando
en un remolino, trag agua, se hundi y, cuando la cabeza emergi de nuevo, se encontr
con que seguira siendo arrastrado corriente arriba. Las mujeres entre los juncos eran ahora
figuras lejanas y confusas, aparecan y desaparecan cuando sus ojos emergan o se
hundan. Trat de darse vuelta y mirar hacia adelante; y, al hacerlo, oy sobre las aguas una
llamada: Kelderek! A la orilla!.
Ta-Kominion nadaba detrs de l, a igual distancia entre el punto en donde l estaba
y la orilla que haban dejado. Aunque pareca mantenerse ms fcilmente que Kelderek, era
de todos modos claro que no tena mucho aliento para hablar. Levant un brazo y con un
gesto seal en direccin a los juncos, pero luego volvi a su tarea. Kelderek se dio cuenta
que estaba tratando de alcanzarlo, pero que no poda hacerlo a causa de la corriente ms
lenta junto a la costa. Lo cierto es que la distancia entre ellos aumentaba. Ta-Kominion
levant la cabeza y, al parecer, grit de nuevo, pero Kelderek nada pudo or fuera de su
propio jadeo, y al chapaleo del agua. Luego en un momento en que pudo levantarse un
segundo, capt dbilmente las palabras orilla antes de la punta!.
Al entender lo que el barn quera decir, el miedo se apoder de l.
Si era arrastrado ms abajo de Ortelga, ya no poda esperar llegar con vida a la
orilla.
Empez a patear y a esforzarse por mantenerse en la superficie, jadeando y
cansndose cada vez ms. Qu distancia haba ahora hasta la punta? La ribera de la

derecha, la de tierra firme, pareca estar ms cerca que la de Ortelga, pero cmo era esto
posible? Entonces reconoci el lugar. Los juncos haban sido cortados y dejaban ver una
extensin de agua abierta, ms all de la cual, sobre la orilla de la costa, se ergua un rbol
zon. Pareca alto y lejano, mucho ms que la ltima vez que lo haba visto, al volver a
Ortelga en su balsa. Se acord del shendron, que tal vez estaba oteando en este mismo
momento entre las frondas plateadas. Pero el shendron, por muy vigilante que fuera, nunca
iba a poder verlo. l no era nada ms que resaca, un punto que se mova entre la luz gris y
el agua gris de la primera maana.
Dios mo, pero haba algo ms, algo ms que el shendron no poda dejar de ver! Un
poco detrs, pero directamente entre l y el rbol zon, Shardik avanzaba como una nube
por el cielo plido. No haba ninguna conmocin en el agua que lo rodeaba y su larga
mandbula estaba a medias sumergida; slo emergan los hoyos de la nariz, como los de un
caimn. Mientras el cazador miraba, el oso volvi la cabeza y, al parecer, tambin lo mir.
Al notar esto, pese a su desesperacin, Kelderek sinti de nuevo el retorno del
impulso de bravura que lo haba llevado a precipitarse al ro en busca de Shardik. Shardik
lo haba llamado con algn propsito que l conoca. Shardik tena poder de proteger y de
salvar a quienes le daban todo, sin dudar de nada. Si tan slo pudiera llegar hasta Shardik,
Shardik no lo iba a abandonar. Y cuando el rbol zon ya no fue visible para l, se puso con
sus ltimas fuerzas a nadar hacia la costa, cruzando la corriente. Lenta, muy lentamente,
empez a ponerse paralelo al oso. A medida que entraba en la corriente ms lenta, la
distancia entre ellos disminua, hasta que por fin estuvieron flotando lado a lado, separados
por unos pocos metros.
No poda hacer ms. Estaba exhausto. Slo era consciente de las aguas profundas
por debajo, del miedo de ahogarse y de la presencia de Shardik. No vea ni cielo ni orilla.
Acepta mi vida, Seor Shardik. No lamento nada de lo que hice por ti. Perda el poder
del pensamiento, se hunda, ya no respiraba: con los brazos hacia arriba, los dedos tratando
de aferrarse a lo negro, ya en la muerte, sinti una vez ms el pelo enmaraado, el costado
de Shardik tal como lo haba sentido al caminar junto a l un anochecer en la selva y al
dormir junto a l, seguro por su presencia.
La oscuridad se abri. Retom el aliento y aspir aire. La luz del sol resplandeca
sobre las aguas y brillaba en sus ojos. Estaba aferrado al costado de Shardik, sostenido por
las manos, bambolendose a uno y otro lado, mientras junto a l una de las grandes patas
traseras henda las aguas tan velozmente como un golpe de rueda de molino. Apenas
consciente al principio de lo que haba ocurrido, slo supo que estaba vivo y que an poda
llegar a la orilla antes de dejar atrs la ciudad.
El oso no haba dado vuelta la cabeza ni haba tratado de librarse de l: pareca no
haberlo advertido siquiera. Se sinti asombrado por esta indiferencia. Luego, como si la
cabeza y la vista se hubieran aclarado, sinti que el animal tena otra intencin, algn
propsito propio. Se estaba volviendo hacia la orilla, a la izquierda, y nadaba con ms
vigor. No poda ver por encima de la lnea de la espalda, pero cuando gir un poco ms
pudo ver tierra por encima del hombro. Un instante despus ya estaba vadeando. Dej que

cayeran sus pies, toc fondo y se encontr de pie, hundido casi hasta los hombros, sobre
piedras firmes.
El oso y el hombre llegaron juntos, cerca de unos carbones que haban encendido
para cocinar, y que ya estaban fros, junto a un grupo de cabaas de almacenaje y
habitaciones para sirvientes cerca del Sindrad. Shardik, en su apresuramiento, apartaba el
agua vigorosamente, chapaleando y esforzndose en los playos como si estuviera
persiguiendo una presa. De repente Kelderek entendi lo que ocurra. El oso estaba
hambriento, desesperado por encontrar comida a cualquier precio. Algo le haba hecho
regresar del Cerco Muerto, pero de todos modos tena que haber olido algo comestible
cuando estaba en la selva, y por esto se haba metido en el ro. Record que Bel-ka-Trazet
le haba dicho antes de dejar a la Tuguinda: Si empieza a molestar a Ortelga, te juro que lo
har matar.
Tambalendose y todava ahogado a medias, l se puso a seguir a Shardik por la
barranca de la orilla, pero tropez y cay de pleno. Por unos instantes qued inerte, pero
luego se incorpor sobre un codo. Al hacerlo, dos hombres aparecieron detrs de la cabaa
ms cercana, con una marmita de hierro que llevaban entre los dos, marchando en direccin
al agua. Tenan ojos nublados y estaban despeinados: fregones arrancados de la cama para
hacer las primeras tareas del da. El oso estuvo casi encima de ellos antes de que levantaran
la mirada y lo pudieran ver. La marmita cay sobre las piedras con un ruido explosivo y,
por unos segundos, ellos miraron absortos, fijados en grotescas actitudes de espanto y de
terror. Luego, chillando, se dieron vuelta y echaron a correr. Uno desapareci por donde
haba venido. El otro, loco de terror, se llev por delante la pared de la cabaa, se golpe la
cabeza y qued mareado, bambolendose sobre sus pies. Shardik se acerc, desde atrs, y
lo golpe. El golpe derrib al pobre desgraciado contra la paja y el barro de la pared de la
cabaa, rompindola y abriendo una hendidura. Shardik golpe una segunda vez y la pared
se derrumb, cayendo con parte del techo. El aire estaba lleno de polvo y del humo de una
cocina recin encendida, enterrada bajo las ruinas. Las mujeres chillaban, los hombres
coman y gritaban. Un hombre corpulento, con un delantal de cuero y un martillo en la mano
apareci de repente en medio del tumulto, mir un instante, qued petrificado de horror y
se fue. Por encima del alboroto se elevaba el aterrador gruido de Shardik: sonaba como un
rodar hacia abajo de piedras pesadas por una ladera de montaa.
Kelderek, que observaba desde el lugar en que haba cado, vio que el oso se
escurra en medio del humo y la confusin. De repente sinti unas manos en las axilas y
una voz que le gritaba al odo:
Levntate, Kelderek! Levntate, hombre! No hay tiempo que perder! Sgueme!
Ta-Kominion estaba junto a l: sus largos cabellos goteaban agua mientras trataba de
poner a Kelderek sobre sus rodillas. En la mano izquierda tena un pual largo y
puntiagudo.
Vamos, hombre! No tienes ningn arma?

Slo esto y mostr el cuchillo de Sheldra.


Con eso basta! Ya encontrars algo mejor!
Se precipitaron sobre las ruinas chamuscadas. Vieron el cuerpo echado de un
hombre, con la columna vertebral rota, como un arco reventado. Ms all, el oso estaba
arrastrando un costillar de oveja que haba sacado de debajo de los cascotes de una segunda
cabaa. Un poco ms lejos cuatro o cinco hombres, a punto de huir, haban dado vuelta la
cabeza y miraban por encima del hombro.
Ta-Kominion salt encima de una pila de lea y grit:
Shardik! El seor Shardik ha venido!
A su alrededor el tumulto aument an ms cuando toda la poblacin empez a
despertarse ante la alarma. No caba duda que eran los que haban estado esperando su
retomo. Ya algunos hombres se juntaban en torno a l, algunos armados, otros
semidesnudos, recin salidos de sus camas, aferrados a hachas, mazos, picas y a lo primero
que haban encontrado a mano.
Ta-Kominion asi la parte no quemada de un piln que arda entre las ruinas y lo
levant sobre su cabeza. La segunda cabaa se haba incendiado y el humo haba empezado
a oscurecer la luz del sol. A medida que aumentaba el calor y el ruido, Shardik,
interrumpido en su tarea con la oveja, se sinti inquieto. Al principio lanz una mirada en
derredor, desafiando el extrao ambiente a medida que saciaba su hambre, agazapndose en
la actitud que toma un gato que se dispone a desgarrar y morder un pedazo de carne.
Cuando el aire oscurecido empez a temblar y las cenizas a volar hacia el ro, Shardik dio
unos pasos hacia atrs y levant el labio, dando un manotazo a una chispa que le haba
cado sobre una oreja. Luego, cuando el poste central de la segunda cabaa cay de pleno
con un ruido de rbol que cae, se dio vuelta, con el pedazo de carne siempre en la boca, y
tom el camino de la orilla.
Ta-Kominion rodeado ahora por una multitud vociferante, seal con su daga y
levant la voz por encima del alboroto.
Ahora habis visto con vuestros propios ojos! El Seor Shardik ha vuelto con
los suyos! Seguidme y luchad por Shardik!
Se va, se va! grit una voz.
Se va? Por supuesto que se va! dijo Ta-Kominion. Va a donde habremos
de seguirlo a Bekla! El ya sabe que Ortelga es prcticamente suya! Os est tratando de
decir que no debis perder tiempo! Seguidme!
Shardik, Shardik! gritaba la Multitud. Ta-Kominion se puso a la cabeza de
ellos y enderez hacia el Sindrad. Kelderek oy los gritos, que se convertan en un rugido.

Nuevo humo se levant, seguido por los ruidos, inconfundibles de una refriega, rdenes,
entrechoque de armas, palabrotas y los gritos de hombres heridos. Recogi una estera tejida
de trabazn recia, que estaba entre una pila de lea, y se la at al brazo izquierdo para
usarla como escudo. La tarea no era fcil y tuvo que arrodillarse y tironear y forcejear el
entretejido de mimbre.
Al levantar la mirada, encontr a Tuguinda a su lado. Tena la ropa seca, pero la
ceniza negra, polvorienta, que flotaba en el aire, le haba tiznado la cara y los brazos y
ensuciado el pelo. Aunque llevaba un arco ya preparado y unas cuantas flechas, pareca
indiferente a la pelea, que estaba llenando toda la ciudad con su clamor. No dijo nada, pero
se qued de pie mirndolo.
Debo ir a luchar, siyet dijo l. El joven barn va a creer que soy un cobarde.
Tal vez est apurado no lo s.
Ella no dijo nada y l se detuvo, mirndola y al mismo tiempo tratando de meter el
brazo izquierdo ms adentro de la abertura que haba hecho en la estera.
El Seor Shardik se va de Ortelga dijo finalmente la Tuguinda.
Siyet, la lucha
Su trabajo aqu ha terminado cualquiera que haya sido.
Puedes or que no es as! No me detengas, siyet, te lo ruego!
Este puede ser el trabajo de otros. No es el nuestro.
l la mir.
Qu es nuestro trabajo? No es acaso luchar por el Seor Shardik?
Seguir al enviado de Dios.
Ella se dio vuelta y tom el camino del ro. Siempre vacilando, l vio que se
agachaba y recoga algo entre las cenizas de la cabaa quemada. Ella qued quieta un
momento, pesando el objeto en la mano, y cuando se movi l pudo ver que era una
cuchara de madera. Luego la Tuguinda se fue alejando entre el humo, bajando la pendiente
de la costa. Kelderek dej caer su estera, meti el cuchillo en el cinturn y la sigui. En la
ribera Rantzay y Sheldra esperaban junto a la canoa que yaca entre los guijarros. Estaban
contemplando el ro y no le prestaron atencin. l sigui la mirada de ellas y vio a Shardik
que estaba chapaleando en direccin de la tierra firme. Cerca, protegindose los ojos de la
resolana, la Tuguinda estaba de pie en una foca chata y cuadrada que emerga de las aguas
playas. l le tom el brazo y los dos se pusieron a seguir a Shardik a travs del estrecho.

Libro II
Guelt

17
El camino a Guelt

Ese atardecer el ejrcito de Ortelga, dirigido por Ta-Kominion, inici el cruce del
estrecho: una horda mugrienta y vociferante de hombres, unos cuantos miles, algunos
armados con picas, espadas o arcos; otros provistos nada ms que de zapapicos o estacas
afiladas: algunos en su mayora sirvientes avanzaban en bandas que comandaban sus
seores, a guisa de oficiales, otros eran meras bandadas de rufianes aficionados al garrote y
la botella, pero todos ansiosos por marchar y dispuestos a la lucha, todos convencidos de
que Bekla estaba destinada a caer ante el poder revelado de Dios, pues la voluntad de Este
era de que ellos tuvieran los estmagos llenos y nunca tuvieran que trabajar en sus vidas.
En algunos puntos peligrosos de la carretera rota, Ta-Kominion hizo tender sogas
entre las estacas o balsas ancladas; en stas se bebi y se chacote, hasta que un hombre se
cay al agua y se ahog. Cuando lleg la oscuridad, los que se reunan en la orilla de la isla
empezaron a beber y cantar mientras esperaban que se levantara la luna, y los
guardaespaldas de Ta-Kominion hicieron una ltima excursin por la ciudad, provocando a
los dubitativos o a los inclinados a pensar que se poda perder ms de lo que se iba a ganar
con esa historia.
Las mujeres tambin hacan el cruce, cargadas de armas, ropas, flechas o bolsas de
comida conseguidas a ltimo momento como limosnas, prstamos o robos. Algunas de
ellas, confundidas por la multitud, iban de un lugar a otro en el atardecer iluminado por las
antorchas, llamando los nombres de sus hombres y arreglndoselas como podan con los
importunos y los ladrones.
Ta-Kominion, despus de pedirle a Fassel-Hasta que contara el nmero de los
contingentes y tratara de organizar divisiones, emprendi la marcha a travs de la carretera.
Durante varias horas haba estado mojado, al principio con el agua hasta la cintura,
examinando la implantacin de las sogas y demorndose en las partes desguarnecidas, no
tanto para alentar a la chusma, que por lo general estaba de muy buen nimo, sino para
establecer su autoridad y asegurarse que lo conocan y lo iban a conocer en el futuro. Ya
cansado de la tarea de la noche y el da previos, estaba intentando pasar una segunda noche
sin dormir. Vade hasta la orilla de Ortelga, requis la primera cabaa que vio, devor la
primera comida que se le trajo y durmi unas dos horas. Cuando su sirviente, Numiss, lo
despert, la luna estaba muy arriba en el cielo y los rezagados eran forzados a moverse.
Esper impacientemente a que Numiss cambiara el trapo sucio que le cubra la herida
profunda y mal cerrada de su brazo; luego sigui camino arriba hacia la ciudad, hasta que
llego al puesto del shendron bajo el rbol zon.
Ya no haba all ningn shendron, ni siquiera una mujer o un viejo, pues Ta-

Kominion no se ocupaba de poner guardias en torno a Ortelga. Sin embargo, esperando


bajo la tienda de hojas, encontr, como haba esperado, a dos de las muchachas de la
Tuguinda con una canoa. Numiss y otro haban sido despachados esa maana, en cuanto
termin la refriega, con instrucciones de cruzar el estrecho, encontrar a la Tuguinda y pedir
que se enviaran guas al rbol zon despus de levantarse la luna.
Al llegar a la orilla tropez, se golpe un brazo contra un rbol y se mordi los
labios, mientras el dolor disminua poco a poco. Durante todo el da no haba hecho caso de
la herida, pero ahora, cuando una de las muchachas afloj la correa de su arco para fabricar
con ella un cabestrillo rstico, se sinti inclinado a obedecerla, inclinando la cabeza
humildemente para que ella atara el nudo detrs de la nuca. Las muchachas se haban vuelto
hbiles para moverse en lo oscuro. l no habra podido decir si seguan un camino o si
estaban enteradas de la direccin y empezaba a estar en un estado demasiado febril para
que esto le importara. El brazo le palpitaba y el sentido del odo continuamente cambiaba:
de repente magnificado, de repente amortiguado. Camin junto a ellas en silencio,
barajando en su mente todas las cosas que an no se haban hecho. Finalmente vio, a la
distancia, un fuego que bailaba entre los rboles. Fue hacia l, se detuvo cuando se les pidi
el santo y sea a sus guas y contest con las palabras debidas. Luego se acerc a la fogata
y Kelderek vino a saludarlo.
Por unos instantes quedaron de pie, mirndose y pensando hasta qu punto era
extrao que, pese a todo lo ocurrido, no estuvieran acostumbrados el uno a la cara del otro.
Luego Kelderek baj la mirada hacia el fuego, se agach, ech un leo, y dijo:
Crendro, Ta-Kominion, me alegro que hayas conquistado Ortelga, pero lamento
que te hayan herido. Supongo que las muchachas te estaban esperando?
Ta-Kominion asinti.
Es grave la herida?
No tiene importancia. Otros tuvieron ms suerte y otros ya no tendrn miedo de
pelear de nuevo.
Cunto tiempo dur la pelea?
No s. Supongo que ms tiempo que el que lleva cruzar el estrecho.
Me asombra dijo Kelderek que anoche, a pesar del hambre que tena, el
Seor Shardik no anduvo por la selva. Debe haber husmeado el olor de comida que llegaba
de Ortelga. Pero se dio vuelta antes de llegar al Cerco Muerto y tom el camino del ro.
Ta-Kominion mene la cabeza, como si el asunto tuviera poca importancia para l.
Qu le ha ocurrido a Bel-ka-Trazet? pregunt Kelderek.

Oh, se fue por el ro, como t, aunque no tan rpidamente!


Kelderek contuvo el aliento y cerr la mano que tena puesta en la estaca. Despus
de unos instantes dijo:
Adnde ha ido?
Corriente abajo.
Tienes intenciones de seguirlo?
No es necesario. No es cobarde, pero para nosotros no es ms peligroso ahora que
si lo fuera. Levant la mirada. En dnde est el Seor Shardik?
Por ah, no lejos del camino. Lleg al camino esta tarde y luego volvi a la selva.
Estuve cerca de l hasta que se levant la luna, pero volv para encontrarme contigo.
Qu camino?
El que lleva a Guelt. No es lejos de aqu.
Ta-Kominion se levant y se plant frente a Kelderek, mirndolo a la cara. Tena la
espalda contra la hoguera y, con los largos cabellos que le caan por delante, pareca llevar
una mscara de espesas sombras, a travs de la cual sus ojos ardan fros y severos. Sin dar
vuelta la cabeza dijo:
Puedes dejarnos, Numiss.
Pero adnde hemos de ir, seor?
Ta-Kominion no dijo nada ms y despus de un instante el pelirrojo y su compaero
desaparecieron entre los rboles. Antes de que Ta-Kominion pudiera hablar de nuevo,
Kelderek estall:
Mi lugar est con el seor Shardik para seguirlo y servirlo! Esa es mi tarea! No
soy un cobarde!
No dije que lo fueras.
He caminado junto al Seor Shardik, he dormido a su lado, he puesto mis manos
sobre l. Es ese trabajo para un cobarde?
Ta-Kominion cerr los ojos y se pas la mano una o dos veces por la frente.
No he venido ni a acusarte ni a pelear contigo, Kelderek. Tengo cosas ms
importantes de qu hablar.

Crees que soy un cobarde. Es como si lo hubieras dicho!


Lo que se me pueda haber escapado no tiene nada que ver con los asuntos de hoy.
Lo mejor es que apartes esas ideas personales de tu cabeza. Todo hombre de Ortelga capaz
de usar un arma est atravesando el Telthearna y se dispone a marchar sobre Bekla. Yo me
unir a ellos desde aqu. No es necesario volver al campamento. Llegaremos a Bekla en
cinco das, tal vez antes. No es slo la sorpresa lo que nos hace falta. Tenemos tan slo
alimentos para tres das, y eso no es todo. Nuestra gente tiene que tomar Bekla antes de
perder el poder que arde en sus corazones. A quin, crees, pertenece ese poder?
Seor? Se le escap antes de que pudiera interrumpirse.
Fue el poder de Shardik que tom Ortelga hoy. Tuvimos suerte muchos lo
vieron antes de que atravesara la carretera. Bel-ka-Trazet qued fuera porque se supo que
era un enemigo de Shardik. El pueblo vio por s mismo que Shardik ha regresado. Ellos
creen que no hay nada que l no vaya a darles, nada que no puedan hacer ellos en su
nombre.
Dio unos pasos inciertos de vuelta hasta el leo y se sent, rgido y ceudo, tratando
de dominar un mareo repentino. Por un instante los dientes entrechocaron y se apret la
barbilla con la mano abierta.
Shardik ha sido enviado para que Bekla nos sea devuelta, devuelta al campesino y
al barn por igual. Los campesinos no necesitan saber ms que esto, pero yo tengo que
encontrar la manera justa, la manera de traer la victoria por medio de Shardik. Y esta es la
manera, o as me lo parece. O tomamos Bekla dentro de siete das, o no la tomamos.
Por qu?
Ta-Kominion guard silencio, como si estuviera eligiendo las palabras.
Mientras tengan los corazones llenos de Shardik, nuestros hombres harn lo
imposible, marcharn sin dormir, volarn por los aires, derrumbarn las paredes de Bekla.
Pero en los corazones de los hombres sencillos un poder como ste es como una niebla. El
viento o el sol, cualquier contrariedad inesperada, puede dispersarlo en una hora. Debemos
tomar medidas para que no haya posibilidad de dispersin. Se detuvo y dijo con aire
deliberado: Pero hay ms an. Lo que no se ve, no se piensa. Me dicen que t entiendes a
los nios. Entonces sabrs que los nios olvidan lo que no tienen delante de los ojos.
Kelderek fij en l la mirada, adivinando lo que quera decir.
Shardik debe estar con nosotros cuando vayamos a la pelea. Es sumamente
importante que la gente lo vea ah.
En Bekla? Dentro de cinco das? Cmo?

Tienes que decirme cmo.


El seor Shardik apenas puede ser llevado diez pasos, y t me ests hablando de
un viaje de cinco das!
Kelderek: Bekla es una ciudad ms rica y maravillosa que una montaa de joyas.
Es nuestra por antiguo derecho, y Shardik ha vuelto para devolvrnosla. Pero l slo puede
ganarla por intermedio de nosotros. l necesit mi ayuda para tomar hoy a Ortelga. Ahora
necesita tu ayuda para que lo lleves a Bekla.
Pero eso es imposible! No fue imposible tomar a Ortelga.
No, por supuesto que no Fue algo fcil, supongo, para los que no estaban all en
el momento. No importa. Kelderek: quieres dejar de ser un tonto que juega con nios
hurfanos en la orilla? Quieres ver a Shardik con todo su poder llegando a Bekla?
Quieres llevar a su justo fin la labor que iniciaste la noche en que enfrentaste el cuchillo
caliente de Bel-ka-Trazet en el Sindrad? Debe haber una manera! O la encuentras o no
salimos del aprieto. T y yo y el Seor Shardik, somos nosotros los que trepamos, y no hay
camino de vuelta. Si no tomamos a Bekla, crees que los gobernantes de Bekla nos dejarn
tranquilos? No: nos van a perseguir sin misericordia. No pasar mucho tiempo antes de que
se encarguen de ti y de tu oso.
Mi oso?
Tu oso. Porque en eso habr de convertirse el Seor Shardik de los Arrecifes, que
est dispuesto en estos momentos a darnos una gran ciudad con toda su riqueza y su poder,
siempre que nosotros encontremos los medios.
Kelderek, dices que yo creo que eres un cobarde. Soy yo quien piensa esto o eres
t? No es demasiado tarde todava para que te redimas, Kelderek-Juega-con-los-Nios, para
que demuestres ser un hombre. Encuentra alguna manera de llevar al Seor Shardik a los
llanos de Bekla Lucha por l ah, con tus propias manos. Piensa en el premio, un premio
ms all de todo clculo! Hazlo y ya nunca ms nadie podr llamarte cobarde.
Nunca fui cobarde. Pero la Tuguinda
Por primera vez, Ta-Kominion le sonri.
S que no lo eres. Cuando hayamos tomado Bekla, qu recompensa crees que
habr para aqul a quien Shardik eligi para aparecer por primera vez? Para aqul que
trajo la noticia a Quiso? No hay un solo hombre en Ortelga que no conozca tu nombre y no
lo reverencie!
Kelderek vacil frunciendo el ceo.
Cundo debemos empezar?

En seguida Ahora. No hay un minuto que perder. Hay dos cosas, Kelderek, que
un jefe rebelde necesita antes que nada. La primera, que sus secuaces deben estar llenos de
dedicacin ardorosa la mera obediencia no basta la segunda; que l mismo tiene que
ser toda velocidad y resolucin. La segunda condicin yo la poseo. La primera slo t
puedes asegurarla.
Tal vez sea posible. Pero voy a necesitar a cada herrero, carrero y carpintero de
Ortelga. Vayamos a hablar con la Tuguinda.
Cuando Ta-Kominion se levant, Kelderek le ofreci el apoyo de su brazo, pero el
barn lo apart, dio unos pocos pasos vacilantes, se detuvo y luego puso el brazo sano en el
de Kelderek y se enderez, apoyndose hasta que encontr el equilibrio.
Ests enfermo?
No es nada: un poco de fiebre. Ya pasar.
Debes estar cansado. Tendras que descansar.
Kelderek march a su lado, alejndose de la hoguera. En la oscuridad bajo los
rboles se pararon, enceguecidos despus de la luz de las llamas. Una mano asi la manga
de Kelderek, y ste se volvi, escudriando.
Tengo que guiarte, seor? Vuelves ahora con el Seor Shardik?
Es tu turno, Neelith?
Mi turno ha terminado, seor. Vena a despertar a Sheldra, pero si me necesitas,
eso no importa
No, ve a dormir. Quin vigila al Seor Shardik?
Zilth, seor.
Dnde est la Tuguinda?
La muchacha seal con la mano:
All, entre los helechos.
Est durmiendo?
Todava no, seor. Ha estado rezando hasta ahora. No ha terminado.
Dejaron a la muchacha. Sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad y ya
avanzaban con menos dificultad.

Ta-Kominion se detuvo, levant la cabeza y husme el aire ms fresco.


Las lluvias ya no pueden demorar mucho.
Uno o dos das contest Kelderek.
Es la mejor de las razones para apresurarnos. Es ahora o nunca. No podemos
marchar ni mantener el campo si est mojado. Tampoco pueden ellos. La misma Bekla est
ahora bajo las lluvias. Lo ltimo que esperan es un ataque de esta naturaleza en esta
estacin del ao. Si no se les avisa y nosotros llegamos antes de que lleguen las lluvias,
podemos contar con una sorpresa completa.
No tienen espas?
Vamos, hombre, no somos tan importantes. Ortelga? Unos barrenderos que se
han apilado en una de las puntas de un terreno.
Pero el riesgo! Si las lluvias llegan antes de que podamos luchar se ser el fin.
Ests seguro de que hay tiempo?
El Seor Shardik nos dar tiempo.
Mientras hablaba, llegaron junto a un ancho bloque de roca que se levantaba del
suelo como una pared. Era chato, de un grosor como el cuerpo de un hombre y terminaba
irregularmente con un borde mellado a la altura de un brazo por encima de sus cabezas. En
la media luz los dos lados parecan casi lisos, aunque Kelderek tante sorprendido uno de
los planos y se encontr con que era ms spero que lo que pareca, hendido por aqu y por
all y con excrecencias de mohos y lquenes. Ms all divisaron otro, tambin chato pero
ms ancho, levemente torcido y de forma distinta. Al llegar a ste vieron que estaba
cubierto a medias, por un lado, por lquenes de un color rojo oxidado, como de sangre
coagulada. Y empezaron a contemplar estas masas altas y chatas y a dar vueltas entre ellas.
All crecan los helechos de los que haba hablado la muchacha, algunos del tamao
de rboles, con musgos que caan de las frondas, y otros pequeos y delicados, con frondas
hechas de diminutas hojitas que temblaban como hojas de un lamo plateado con el aire
tranquilo.
Nunca estuviste aqu antes? pregunt Ta-Kominion cuando Kelderek miraba el
perfil de una roca que pareca bambolearse entre sus ojos y el movimiento de las nubes por
arriba. Son las Rocas de Dos Lados.
Una vez, hace muchos aos, estuve aqu; pero no tena bastante edad para
preguntarme cmo haban llegado aqu estas rocas, o por qu.
Las rocas estn aqu desde un principio, me han dicho. Pero los hombres que
hicieron los Arrecifes de Quiso las labraron, como otros pueden dar forma a un cerco o a un

rbol para maravillar los corazones de los peregrinos que se acercan a Ortelga. Pues es aqu
que solan reunirse los peregrinos para trasladarse luego a la carretera.
Entonces este lugar pertenece al Seor Shardik, como Quiso, y es por esto que l
nos trajo aqu.
La Tuguinda estaba de pie, un poco a la distancia, en un lugar abierto entre los
helechos. Tena la espalda dada vuelta a medias, con las manos cruzadas sobre la cintura y
la cabeza inclinada, contemplando la distancia iluminada por la luna. Su compostura le
record a Kelderek el momento en que haba estado en el borde de la hondonada, muy
consciente de que Shardik y nadie ms que Shardik yaca all entre las trepsis. Era claro que
no estaba recogida en contemplacin, sino que pareca ms bien haber alcanzado un intenso
estado de clarividencia, en el cual era consciente, maravillada, de todo lo que la rodeaba.
Ta-Kominion se detuvo, dej el brazo de Kelderek y se apoy en una roca,
apretando la frente contra la piedra fresca.
Esa es la Tuguinda?
S. Por un momento qued sorprendido, y despus record que Ta-Kominion no
la poda haber visto sin mscara que tal vez nunca la haba visto.
Ests seguro?
Kelderek no contest.
La muchacha dijo que estaba rezando.
Est rezando.
Ta-Kominion se encogi de hombros y se ech hacia atrs. Siguieron marchando.
Cuando todava, estaban a cierta distancia, la Tuguinda se volvi hacia ellos. A la luz de la
luna la cara estaba llena de una alegra calma y tranquila que pareca abrazar y santificar,
ms que trascender, la oscura selva y el peligro y la incertidumbre que cunda por todo
Ortelga. A los ojos de Kelderek, la fe se desprenda de ella como la luz de una linterna.
Es ella pens en un brusco rapto de auto-conocimiento, es ella, no yo, que
trasmutar el poder de Shardik y har de l una bendicin para todos nosotros. La
aceptacin y la fe de ella la, fuerza y el salvajismo de l son una y la misma cosa. l es
una criatura dbil y muda sin conocimiento. Ella es fuerte como brotes de lirios, que las
grandes piedras no pueden impedir que rompan la tierra.
Se pararon ante ella y Kelderek se llev la palma de la mano a la frente. La sonrisa
de ella, como respuesta, pareca el paso con que se contesta, en una alegre danza, un
intercambio de respeto y confianza mutuas.

Te interrumpimos, siyet.
No, todos estamos haciendo lo mismo sea lo que fuere. Vine aqu porque hace
ms fresco entre los helechos. Pero ahora volveremos junto al fuego, Kelderek, si prefieres.
Siyet, tus deseos son los mos, y siempre lo sern.
Ella sonri de nuevo.
Ests seguro?
l asinti con la cabeza, devolvindole la sonrisa.
Este es el Gran Barn de Ortelga, el seor Ta-Kominion. Ha venido a hablar del
Seor Shardik.
Me temo que no ests bien dijo ella, tendiendo los dedos para tocarle la mueca
. Qu ha ocurrido?
No es nada, siyet. Le estaba diciendo a Kelderek que el tiempo apremia. El
Seor Shardik debe venir
En ese instante, de alguna parte no muy lejana lleg un grito atroz, que atraves la
selva, un grito de miedo y de dolor. Hubo un momento de silencio. Luego se oy otro grito,
que estall tan repentinamente como si un hombre aterrado, que cae desde una altura,
tocara el suelo.
Los ojos de Kelderek se encontraron con los de Ta-Kominion y los dos tuvieron el
mismo pensamiento: Es el grito de muerte de un hombre.
Numiss y su compaero llegaron corriendo hacia ellos entre los rboles, con las
espadas en las manos.
Gracias a Dios, seor! Pensamos que
No importa dijo Ta-Kominion. Seguidme, vamos!
Sali corriendo, abrindose camino entre los helechos y las altas rocas. Los dos
sirvientes lo siguieron. Kelderek, sin embargo, se qued con la Tuguinda, midiendo sus
pasos de acuerdo a los de ella, como tratando de convencerla que se mantuviera fuera de
peligro.
S prudente, siyet. Espera aqu y permite que te mande las noticias de lo que
encontremos. No debes arriesgar tu vida.
Ahora no hay riesgo contest ella. Cualquier cosa que haya ocurrido, ya no

tiene remedio.
Pronto llegaron al lugar en que estaba Ta-Kominion y los sirvientes, que estaban
dando golpes de cuchillo a un seto de trepadoras.
No hay un camino ms fcil, seor? pregunt Numiss, jadeando, arrancndose
las espinas de trazada del brazo y conteniendo sus palabrotas al ver a la Tuguinda.
Es muy probable que lo haya contesto Ta-Kominion, pero debemos ir
directamente al lugar de donde sali el grito o perderemos la direccin y no encontraremos
al hombre antes de que amanezca.
De repente el odo de Kelderek oy un ruido intermedio entre un llanto y un gemido
de miedo. Era una voz de mujer a corta distancia.
Zilth! exclam.
Seor! contest la muchacha Oh, ven, ven!
Cuando Numiss logr abrirse paso entre las trepadoras, Kelderek sigui a TaKominion por la abertura. Se encontr en un claro sin rboles, que miraba a un valle
abierto.
Debajo del lugar en donde estaban corra el camino de Ortelga a Guelt. En el borde
del camino estaba hincada Zilth sobre una rodilla, con el arco al lado, junto a la forma
oscura de un cuerpo. Kelderek vio que se levantaba, volva la cabeza y miraba hacia l,
pero evidentemente no pudo distinguirlo entre los rboles y las sombras.
La Tuguinda lleg atravesando las trepadoras. Seal sin decir nada y ambos
empezaron a aproximarse. Ta-Kominion, haciendo una sea a los sirvientes para que se
quedaran un poco detrs, murmur: Un hombre muerto pero dnde est el que lo mat?
Los otros no contestaron. Cuando se acercaban, Zilth se apart del cuerpo, que
yaca en medio de la sangre, viscosa al parecer, negra y lisa a la luz de la luna. Un lado de
la cabeza haba sido aplastado y debajo del hombro izquierdo la sangre segua manando a
travs de los agujeros de la capa. Los ojos miraban muy abiertos, pero la boca abierta y los
dientes descubiertos estaban ocultos en parte por el brazo con que el hombre se haba
tapado la cara, como si hubiera querido defenderse. Tema puesta botas con tacn, unas
botas de mensajero, y debajo de los talones haba unas marcas profundas en el suelo,
hechas sin duda al patear en el momento de morir.
La Tuguinda ech el brazo por encima de los hombros de Zilth, se alej un poco
con ella y se sent a su lado. Kelderek las sigui. La muchacha lloraba, estaba aterrada,
pero poda hablar.
El Seor Shardik, siyet Estaba durmiendo. Cuando de repente se despert y se

fue al camino, el mismo camino que haba tomado esta tarde. Se hubiera dicho que lo haca
con alguna intencin. Trat de seguirlo, pero empez a andar a la disparada, como si
estuviera cazando o persiguiendo Cuando llegu al borde de los rboles y seal hacia
la ladera l ya estaba all, esperando, agazapado detrs de las rocas. Entonces, despus de
un rato, o al hombre Vi que suba por el camino y sal corriendo para gritarle y
advertirle, pero se me enred el pie, tropec, ca y, cuando me levant, vi al Seor
Shardik saliendo de detrs de las rocas. El hombre lo vio y grit. Se dio vuelta y ech a
correr, pero el Seor Shardik lo sigui y lo derrib. l La muchacha, dominada por la
viveza de las imgenes, golpeaba el aire con un brazo que mantena tieso, con la mano
abierta y los dedos separados, rgidos y crispados. Podra haberlo salvado, siyet Y
se ech a llorar una vez ms.
Ta-Kominion se acerc a ellas, con la lengua entre los dientes, mientras cambiaba la
posicin de su brazo herido dentro del cabestrillo.
Reconoces a ese hombre, Kelderek? pregunt.
No. Es de Ortelga?
Es de Ortelga. Se llama Naro y era un sirviente.
De quin?
Serva a Fassel-Hasta.
Serva a Fassel-Hasta? Entonces qu puede haber estado haciendo aqu?
Ta-Kominion vacil, mirando a Numiss y su compaero, que haban levantado el
cuerpo, lo haban puesto del otro lado del camino y hacan lo que podan para darle un
aspecto decente. Luego recogi un tubo de cuero manchado de sangre, lo abri y mostr a
la Tuguinda dos pedazos de corteza que estaban escritos con letras dibujadas con un pincel.
Puedes leer este mensaje, siyet?
La Tuguinda tom las hojas rgidas, curvadas, y sostuvo una tras otra, a la distancia
do Lodo el brazo, a la luz de la luna. Kelderek y Ta-Kominion no pudieron deducir nada
por su cara. Finalmente ella se puso de pie, meti las hojas en el tubo y, sin decir palabra, se
lo devolvi al barn.
Has ledo, siyet?
Ella asinti una vez con la cabeza, al parecer con cierta contrariedad, como si
hubiera preferido, en caso de ser posible, no reconocer que haba ledo el mensaje.
Dice lo que este hombre estaba haciendo aqu? insisti Ta-Komnion.

Este hombre llevaba noticias a Bekla de lo que ocurri hoy en Ortelga. Se


volvi y mir hacia el valle.
Ta-Kominion grit y los sirviente; que estaban del otro lado del camino levantaron
la mirada.
Dios! Dice que hemos cruzado la carretera y lo que tenemos intenciones de
hacer?
Ella asinti una vez ms.
Deb haberlo adivinado! Por qu no habr puesto a mis hombres a que vigilaran
el camino? Ese traidor de
De todos modos el camino era vigilado por nosotros dijo Kelderek. Sin duda
no fue casual que Zilth tropezara antes de poder avisar al hombre. El Seor Shardik
saba lo que haba que hacer!
Cambiaron una mirada mientras la sombra larga de la selva, puesta ya la luna, segua
bajando por la ladera.
Pero Fassel-Hasta por qu lo hizo? pregunt por ltimo Kelderek.
Por qu? Por la riqueza y el poder, naturalmente. Deb haberlo adivinado!
Siempre fue l quien tuvo los tratos con Bekla. S, seor. Deja que yo te lo escriba,
seor. Por el Oso! Se lo voy a escribir en la cara con un hierro candente! Nada ms que
para empezar. Numiss: deja ese cuerpo a los buitres si se dignan comerlo.
Desde el borde de los rboles Shardik estaba mirando el valle de abajo. Por un
momento se lo vio claramente, y su forma negra contra la lnea de los bosques fue como
una puerta abierta en el muro de una ciudad. Luego, cuando Kelderek levant los brazos a
guisa de saludo y de plegaria, se dio vuelta y desapareci en la oscuridad.
Dios sea loado! grit Ta-Kominion. El Seor Shardik nos salv de ese
demonio. Este este es tu signo, Kelderek. Nuestra voluntad es la voluntad de Shardik,
nuestro plan triunfar! Basta de juegos de nios en la costa para ti, muchacho! T y yo
gobernaremos en Bekla! Qu te hace falta? Dime y lo tendrs una hora antes del amanecer.
La Tuguinda se volvi hacia Kelderek.
De qu plan habla? pregunt.
El seor Ta-Kominion dirigir nuestro pueblo contra Bekla, siyet, para ganar lo
que es nuestro por antiguos derechos. Han cruzado el Telthearna
Ahora ya deben estar en camino dijo Ta-Kominion.

Y nuestra parte, siyet sigui diciendo Kelderek, muy serio consiste en llevar
all al Seor Shardik, t y yo. El barn nos dar unos artesanos que fabricarn una jaula
con ruedas y los hombres para que la arrastren
l se detuvo un momento y encontr la incrdula mirada de ella; pero ella no dijo
nada y l prosigui.
Habr que darle una droga, como en los primeros das. S que ser difcil,
peligroso tambin, pero no tengo miedo. Por el bien del pueblo
En mi vida he odo una tontera semejante dijo la Tuguinda.
Siyet!
La cosa no se har. Es claro que t no sabes nada ni del Seor Shardik ni de la
verdadera naturaleza de su poder. l no es un arma o una herramienta que pueda usarse
para satisfacer la codicia mundana de los hombres. No Y levant la mano en el
momento en que Ta-Kominion iba a hablar. Ni siquiera por las ventajas materiales que
podra haber en eso para Ortelga. Lo que a Dios le plazca trasmitirnos por medio de
Shardik es algo que debemos estar preparados a recibir con una humildad y gratitud. Si el
pueblo cree en Shardik, eso es una bendicin para l. Pero t y yo, ni determinamos ni
conferimos esa bendicin. Di una droga al Seor Shardik para salvarle la vida, pero no
habr de ser anestesiado para que lo metan en una jaula y se lo lleven a Bekla.
Ta-Kominion permaneci un rato en silencio, mientras los dedos de su brazo
lastimado, en el cabestrillo, tecleaban sobre su costado izquierdo. Finalmente dijo:
Hace ya mucho tiempo, siyet, cuando Shardik fue trado a los Arrecifes
Cmo se lo trajo, si se permie preguntar? No fue trado gracias a un narctico y a la
fuerza?
Esos fueron medios usados para un fin sealado por Dios, y para que sus siervos
pudieran servirlo. T intentas convertirlo en un instrumento de muerte para afirmar tu
poder.
El tiempo es corto, siyet. No tengo tiempo para discutir.
No hay nada que discutir.
Nada contest Ta-Kominion en voz baja y dura. Avanz y asi con fuerza a la
Tuguinda por las muecas. Kelderek: tendrs tus artesanos dentro de dos horas, aunque
el hierro y parte del material pesado pueda llevar ms tiempo. Recuerda: todo depende de la
firmeza. No debemos fallar al pueblo t y yo.
Por un instante mir a Kelderek, y su mirada deca: Eres un hombre, como
sostienes, o eres un nio crecido bajo la frula de una mujer?. Luego, sin soltar la mueca

de la Tuguinda, llam a los sirvientes, que avanzaron con incertidumbre desde los
matorrales del otro lado del sendero.
Numiss dijo Ta-Kominion la siyet vuelve con nosotros para encontrarse con
el Seor Zelda y el ejrcito en el camino. Sac el brazo del cabestrillo de cuero. Toma
esto y tale las muecas detrs de la espalda.
Seor seor balbuce Numiss. Tengo miedo
Sin decir ms, Ta-Kominion, con los dientes apretados por el dolor que senta en el
brazo, at firmemente los brazos de la Tuguinda a su espalda. Despus puso el extremo
libre de la correa en las manos de Numiss.
Mientras tanto sostena el cuchillo con los dientes, evidentemente dispuesto a usarlo,
pero ella no se resisti, sino que permaneci en silencio con los ojos cerrados y slo apret
los labios cuando la correa le lastim las muecas.
Ahora partiremos dijo Ta-Kominion creme, siyet, lamento esta afrenta a tu
dignidad. No deseo verme obligado a taparte la boca, de tal modo que te ruego que no
haya gritos de auxilio.
En la casi oscuridad que reinaba despus de ponerse la luna, la Tuguinda se dio
vuelta y mir a Kelderek. Por un instante los ojos de l encontraron la mirada de ella, y
luego bajaron al suelo: l no la mir cuando oy los pasos de ella alejndose por el sendero.
Y, cuando miro, tanto ella como Ta-Kominion estaban a cierta distancia. Kelderek corri
tras ellos. Ta-Kominion se volvi velozmente, con el cuchillo en la mano.
Ta-Kominion! Estaba jadeando. No la lastimes! Ella no debe ser ni
maltratada ni lastimada! Ella no debe sufrir ningn dao! Promtemelo!
Te lo prometo, Gran Sacerdote del Seor Shardik en Bekla.
Kelderek sigui vacilante, esperando a medias que ella dijera algo, pero ella no dijo
nada y pronto se desvanecieron entre la niebla del amanecer y la tiniebla del valle. Una vez
oy la voz de Ta-Kominion; despus qued en soledad. Desde la ladera oy que lo
llamaban por su nombre. Dndose vuelta, vio la alta figura de Rantzay que bajaba con seis
o siete de las muchachas. Inmediatamente sus temores se disiparon y fue al encuentro de
ellas, con la cabeza clara y lleno de decisin.
Zilth nos dijo, seor, que el Seor Shardik ultim al traidor de Ortelga. Todo
est bien? En dnde estn la Tuguinda y el joven barn?
Han han vuelto juntos al valle. El ejrcito ya est en marcha y han ido a
juntarse con l. La voluntad del Seor Shardik es que nos unamos al ejrcito que va a
Bekla. Debemos cumplir, t y yo, con esa voluntad. Y no hay tiempo que perder.

Qu hemos de hacer, seor?


Siempre tienes el somnfero en el campamento, el remedio que usbamos para
curar al Seor Shardik?
Tenemos ese remedio y otros, seor, aunque no en cantidad.
Basta con un poco. Debes buscar al Seor Shardik e insensibilizarlo con esa
droga. Qu se podra hacer?
Se le puede dar en la comida, seor. Si no es as, tendremos que esperar a que se
duerma y pincharlo. Eso es muy peligroso, pero se puede intentar.
Tienes hasta la puesta del sol. Si puede ser trado aqu en una u otra forma, tanto
mejor. Vale decir, no debe quedarse dormido en medio de la selva o todo va a fracasar.
Rantzay frunci el ceo y mene la cabeza ante la dificultad de la tarea. Ya se
dispona a hablar cuando Kelderek la detuvo.
Tiene que ser intentado, Rantzay. Si es la voluntad de Dios y yo s que lo es
la cosa saldr bien. En cualquier forma, el Seor Shardik debe estar insensibilizado a la
puesta del sol.
En ese momento se volvieron conscientes de un ruido confuso, que llegaba de lejos
y era tan leve que slo poda ser odo cuando no soplaban las brisas del amanecer. Se
pusieron a escuchar y el rumor creci, hasta que por fin distinguieron sonidos metlicos y
voces humanas.
La vanguardia del ejrcito de Ta-Kominion avanzaba por el valle. Kelderek habl
rpidamente.
Deja de lado toda duda, Rantzay, y obra con la creencia firme de que la cosa
puede hacerse. Entonces todo saldr bien. Voy a verme con el seor Ta-Kominion. Volver
ms tarde y me encontrars aqu. Sheldra y Neelith: venid conmigo.
Mientras bajaba la cuesta entre las dos muchachas silenciosas, en busca del tumulto
que marchaba a su encuentro, sinti que sus plegarias interiores volvan a ser musitadas. Si
tena razn o no, slo iba a saberse por el resultado. Pero Ta-Kominion estaba seguro que el
propsito divino de Shardik era llevar el ejrcito a la victoria. T y yo gobernaremos en
Bekla. Y cuando llegue ese da pens sin duda la Tuguinda entender que todo lo
que se hizo fue bien hecho.

18
Rantzay

En el linde de la selva, Rantzay se arrodill sobre las huellas, marcadas levemente


en el suelo duro. Las huellas iban hacia el Oeste, llevaban a una zona de densa maleza, y
dejaban de ser visibles, junto a un rbol kalmet, con la corteza araada con estras blancas,
muy arriba, por las garras del oso. Rantzay se dio cuenta que no haban pasado dos horas
desde que Shardik haba estado deliberadamente al acecho y haba matado un hombre.
Cuando l estaba en este estado de nimo, poda matar de nuevo, poda quedar al acecho de
los que se pusieran a buscarlo, o avanzar elusivo y silencioso a travs de los bosques hasta
ponerse a la zaga de ellos y convertir a los perseguidores en perseguidos.
Las fatigas del mes pasado se haban hecho sentir cada vez ms en la sacerdotisa.
Era la mayor de las mujeres que haban seguido a Shardik hasta Ortelga y a travs del
estrecho del Telthearna, y aunque su creencia en el poder divino no haba sido rozada por la
ms leve duda, ella tambin haba sentido ms y ms a medida que pasaban los das
las penurias de la vida y el continuo miedo de la muerte.
Rantzay, veterana de las novicias y guardiana de los Arrecifes, no haba, sido tomada
de sorpresa, como Melathys, por el advenimiento repentino de Shardik, como ladrn en la
noche. Desde el momento en que haba llevado a Quiso el mensaje de la Tuguinda, Rantzay
haba sabido lo que de ella se requera. Desde entonces, da tras da, haba arrastrado su
cuerpo enjuto, que envejeca, por las laderas rocosas y los setos de la isla, luchando contra
su propio temor hasta cuando tranquilizaba a alguna muchacha un poco histrica y la
persuada que deba participar en el Canto: y hasta tomaba a veces el lugar de la muchacha
y volva a sentir la reaccin lenta de sus msculos ante los movimientos flexibles e
imprevisibles del oso.
De qu manera poda ser llevado Shardik, insensibilizado, a terreno abierto? Si los
medios que ella elega resultaban defectuosos, cuntas vidas habran de perderse? Volvi
al lugar en donde estaban las muchachas, de pie y a cierta distancia, contemplando el valle
ms abajo.
Cundo comi por ltima vez?
Nadie lo ha visto comer, seora, desde que sali de Ortelga ayer por la maana.
Entonces es probable que est buscando comida ahora. La Tuguinda y el seor
Kelderek dicen que hay que dormirlo.
No quieres que lo sigamos, seora dijo Nito y preparemos carne o pescado
con tessik escondido?

El seor Kelderek dice que no debe dormirse en la espesura. Si se puede hacer,


tendr que volver aqu.
No veo cmo podr volver aqu, seora dijo Nito, sealando con la cabeza el
camino que estaba abajo.
Al pie de la ladera las fogatas empezaban a encenderse y llegaban los rumores de
hombres cuando trabajan: gritos repentinos de premura o advertencia, el sonido seco del
martillo que golpea el hierro, el bramido de la llama excitada por los fuelles, el chirrido de
un serrucho, el tac-tac-tac de un mazo y un cincel. Divisaron a Kelderek, que iba de un
grupo a otro, consultando, sealando, haciendo indicaciones con la cabeza mientras hablaba
A todo esto Sheldra se apart del lado de l y subi rpidamente hasta donde estaban ellas.
Impasible como siempre, no demostraba excitacin ni le faltaba el aliento cuando se par
ante Rantzay y se llev la palma de la mano a la frente.
El seor Kelderek desea saber si Shardik se ha ido lejos y qu se piensa hacer.
Puede preguntarlo no ms l, un cazador! Cmo puede creer que Shardik se
va a quedar cerca de ese humo y tumulto malolientes?
El seor Kelderek ha dado rdenes de llevar unas cuantas cabras a la, parte alta
del valle y tenerlas en el linde de la selva. l confa en que, si se puede evitar que el Seor
Shardik salga de caza o busque alimento en otra parte, tal vez pueda ir con ellos y que t
encuentres la manera de hacerlo dormir all, seora.
Ve y dile al seor Kelderek que, si se puede hacer, encontraremos una manera de
hacerlo, con la ayuda de Dios. Zilth, Nito: volved al campamento y traed toda la comida
que podis. Tambin todo el tessik que haya: las hojas verdes lo mismo que el polvo seco.
Traed tambin la otra droga: el theltocarna.
Pero el theltocarna slo se usa para las heridas, seora! No como comida: hay
que mezclarlo con la sangre.
Eso lo s tan bien como t contest vivamente Rantzay y ya te he dicho que
lo traigas. Hay seis o siete vejigas envueltas en musgo en una caja de madera con una tapa
sellada. Muvela con cuidado. Las vejigas no deben romperse. Enviar a una de las otras
muchachas para que se encuentre all contigo y te traiga de vuelta a donde estemos.
El largo y peligroso rastreo de Shardik por el Oeste de la selva continu hasta el
medioda cuando finalmente Zilth apareci corriendo entre los rboles para decir que
haba visto al oso paseando junto a un arroyo. Rantzay ya se senta a punto de caer al suelo
de nervios y fatiga. Sigui a la muchacha lentamente a travs de un seto de mirtos hasta un
claro cubierto de hierba alta y amarilla, con insectos que zumbaban a la luz del sol. Zilth
seal con la mano el banco del arroyo.
Shardik no dio seales de haberlas visto. Estaba pescando, chapaleando dentro y

fuera del agua y recogiendo de cuando en cuando un pez que caracoleaba y saltaba sobre la
ribera pedregosa antes de que l lo agarrara y lo comiera de dos o tres dentelladas. Al
contemplarlo, el corazn de Rantzay dio un vuelco. Acercarse a l era algo que ella no se
atreva a hacer. Las muchachas ella lo saba no se iban a negar a obedecerla si ella se
los ordenaba, pero qu se iba a sacar con eso? En el caso que, de alguna manera, se lograra
hacerlo salir de all, cmo habran de manejarlo o engaarlo para que tomara la direccin
por la que haba venido?
Finalmente Shardik se alej del arroyo y se repantig entre unas plantas de cicuta,
no lejos del lugar en donde estaba echada la sacerdotisa. Poda or el ruido hueco de los
tallos que l aplastaba y ver las blancas umbelas que caan cuando el oso arrastraba las
patas sobre ellas. Volvi el silencio y con l el peso de su imposible tarea y la angustia de
su determinacin. En medio de su cansancio y su perplejidad record con envidia a su
amiga, libre finalmente de toda obligacin, de la laboriosa dedicacin a los Arrecifes y la
continua fatiga y el temor de las ltimas semanas. Si uno tuviera el poder de cambiar el
pasado, sta era una de sus fantasas favoritas, aunque una que ella no haba compartido
con nadie, ni siquiera con Anthred. Si se le diera el poder de cambiar el pasado, en qu
punto de l ingresara y para hacer que? Esa noche en la playa de Quiso, un mes antes?
Esta vez ella no los habra guiado hacia el interior, sino que habra desviado a los
mensajeros nocturnos, a los heraldos de Shardik.
Sinti una luz enceguecedora y los chillidos de unos pjaros parlanchines. Rantzay
mir en derredor, turbada. Estaba de pie con la hierba seca y amarillenta hasta la rodilla. El
sol estaba levemente cubierto con un velln de nube y, de repente, un tronar largo y distante
reson en el borde del cielo. Un insecto la pic en el pescuezo y sus dedos, cuando se toc
la picadura, quedaron sucios de sangre. Estaba sola. Anthred haba muerto y ella estaba all
parada en la hierba seca, en la amarga hierba del Sur del Telthearna. Las lgrimas corrieron
silenciosas por su rostro estragado y polvoriento cuando se inclin hacia adelante,
apoyndose en su bculo. Despus de unos instantes se golpe la mano con fuerza, se
irgui y mir en torno. A cierta distancia, Nito miraba desde los rboles y empez a
acercarse, manteniendo una mirada fija e incrdula.
Seora cmo? el oso qu has hecho? Ests desarmada? Espera
Apyate en m. Oh tena miedo tengo tanto miedo
El oso? pregunt Rantzay. Dnde est el oso?
Mientras hablaba, not por primera vez la existencia de un ancho sendero de hierba
aplastada, a su lado, y en l vio las huellas de Shardik, ms anchas que tejas. Se inclin. El
olor del oso era claro: tena que haber pasado por all despus de haberlo visto ella entre las
plantas de cicuta. Trastornada, se llev las manos a la cara e iba a preguntarle a Nito qu
haba ocurrido cuando se dio cuenta de otro percance corporal. Las lgrimas corrieron una
vez ms lgrimas de vergenza y humillacin.
Nito, yo Voy al arroyo. Ve y diles a las muchachas que sigan inmediatamente al
Seor Shardik. Esprame despus aqu. T y yo las alcanzaremos.

En el agua se desnud y se lav el cuerpo y la ropa ensuciada lo mejor que pudo. En


Quiso habra sido ms fcil; muchas veces Anthred haba podido anticipar cuando
sobrevena uno de sus ataques y haba podido ayudarla a conservar su dignidad y autoridad.
Ahora no haba ninguna muchacha en quien ella pudiera confiar como en una amiga.
Mirando hacia atrs, tuvo un vislumbre de Nito, que se demoraba discretamente entre los
rboles. Naturalmente se haba enterado del percance y lo iba a contar a las otras.
No iban a demorar mucho en alcanzarlas. Dejadas a s mismas, las muchachas no
estaban tranquilas y, si por algn increble golpe de suerte, Shardik volva por el camino
por el que haba llegado, no poda contarse con que hicieran el mximo hasta la muerte,
si fuera necesario para llevar a cabo las instrucciones de la Tuguinda.
Ella y Nito no estaban muy lejos cuando se dio cuenta que el ataque la haba dejado
entorpecida y atontada. Tena muchas ganas de descansar. Tal vez, pens, Shardik se
detendra o tomara un camino lateral antes de la noche, y el seor Kelderek se iba a ver
forzado a concederles un da ms. Pero cada vez que alcanzaban a una u otra de las
muchachas que estaban encargadas de sealar la direccin, las noticias eran que el oso
segua avanzando lentamente en direccin Sureste, como si quisiera llegar a la zona
montaosa debajo de Guelt.
Atardeca. El paso de Rantzay se haba convertido en un cojear trabado desde un
rbol a otro, pero segua aconsejando a Nito que mantuviera los ojos abiertos, que se
cerciorara del camino que seguan y llamara de cuando en cuando, con la esperanza de or
una respuesta del frente.
Finalmente, a la clara luz de la luna, en alguna hora avanzada de la noche, mir a su
alrededor y comprendi que haba alcanzado a las muchachas, que estaban de pie, muy
cerca, formando un grupo que cuchicheaba. Pero cuando se acerc, apoyndose en el brazo
de Nito, todas se volvieron hacia ella y se quedaron calladas. A ella le pareci que el
silencio estaba lleno de hostilidad y resentimiento. Si haba esperado cordialidad o simpata
al fin del largo viaje, hubo de tener una desilusin. Entreg a Nito el bculo y se irgui casi
llorando al apoyarse con todo su peso en las plantas llagadas de sus pies.
Dnde est el Seor Shardik?
Cerca, seora A menos de un tiro de arco. Ha estado durmiendo desde que se
levant la luna.
Quin est ah? pregunt Rantzay, escudriando. Sheldra? Cre que estabas
con el seor Kelderek. A qu se debe que ests aqu? Dnde estamos?
Estamos un poco ms arriba en el valle que dejaste esta maana, seora, en el
linde de la selva. Zilth baj del campamento para decir al seor Kelderek que Shardik ha
vuelto, pero estaba rendida, as que me pidi que viniera yo en su lugar. El dice que el
Seor Shardik tiene que tomar la droga esta noche.

Se ha hecho algn intento de darle la droga?


Nadie contest.
Y?
Hicimos todo lo que pudimos, seora dijo otra de las muchachas.
Preparamos dos lonjas de carne con tessik y las dejamos tan cerca de l como pudimos.
Pero l no las toco. Ya no hay ms tessik. Solo nos queda esperar a que despierte.
Antes de dejar al seor Kelderek, seora dijo Sheldra lleg un mensajero de
Guelt, de parte del seor Ta-Kominion. El manda decir que espera iniciar la lucha pasado
maana, y que Shardik debe llegar cueste lo que cueste. Sus palabras fueron: Las horas
son ms valiosas que las estrellas.
Desde las colinas hacia el Sur los relmpagos relumbraban entre los rboles.
Rantzay se arrastr los pocos metros que faltaban hasta el linde de la selva, y desde all
contempl el valle.
La situacin era, pues, sencilla. Slo se requera una sacerdotisa que conociera su
deber y fuera capaz de cumplirlo con resolucin.
Se uni a las muchachas, que se apartaron un poco de ella con la mirada fija en las
tinieblas y silenciosas.
Vosotras decs que el Seor Shardik anda cerca. En dnde est? Una de ellas
seal.
Ve y cercirate si est durmiendo o no dijo Rantzay. No debiste haber
levantado la vigilancia. Os habis portado mal.
Seora
Silencio! dijo Rantzay. Nito: treme la caja de theltocarna.
Extrajo el cuchillo y lo prob. Rantzay mir framente los dedos temblorosos de la
muchacha y el cuchillo que estaba inmvil en su propia mano, firme y decidida.
Ven conmigo. T tambin, Sheldra. Tom la caja.
El oso estaba echado de lado en un bosquecillo de cenchuladas jvenes; haba
apartado dos arbustos para hacerse un sitio donde dormir. A pocos metros de distancia
estaban las lonjas de carne: el que all las haba puesto no era un valiente. La gran masa del
cuerpo estaba salpicada por la luz de la luna y las sombras de las hojas. Rantzay se qued
quieta unos instantes, como si contemplara un ro profundo y rpido en el cual tuviera que
zambullirse y ahogarse; luego, haciendo a las muchachas una seal para que se alejaran,

avanz un paso.
Estaba junto al lomo de Shardik y miraba por encima del cuerpo, como si estuviera
detrs de un terrapln, la selva inquieta, movida por el viento. El trueno rumoreaba en las
colinas y Shardik se movi, baj una oreja y luego volvi a quedarse quieto.
Rantzay hundi profundamente la mano izquierda en la pelambre. No pudo llegar
hasta la carne y se puso a cortar el pelo aceitoso, pringoso y lleno de parsitos, como lana
de oveja. Las manos le temblaban ahora y trabajaba ms velozmente, levantando con
cuidado cada mechn de pelo, cortando y retirndolo antes de proseguir.
Pronto haba logrado dejar al descubierto un lamparn en el hombro, que casi
mostraba la carne gris, escarchada de sal. Estaba atravesado por dos o tres venas, una de
ellas bastante ancha para que se pudiera percibir el latido lento del pulso.
Rantzay se dio vuelta y se agach en busca de la caja que tena al lado. De all sac
dos de las pequeas vejigas aceitadas y las sostuvo con los dedos de la mano izquierda.
Luego hundi la punta del cuchillo en el hombro del oso y tir la hoja hacia ella, abriendo
una herida tan larga como la mitad de su antebrazo. Sin prisa ni demora meti las vejiguitas
dentro de la herida, apret sobre ellas los bordes de la incisin, hizo presin y pudo sentir
que se reventaban dentro.
Shardik, dando un aullido, ech la cabeza hacia atrs y se irgui sobre sus patas
traseras. Rantzay, que haba sido arrojada al suelo, se levant y lo enfrento. Por un instante,
pareci que l no la iba a golpear; luego, abalanzndose hacia adelante, la aplast contra su
cuerpo, dio unos pocos pasos con ella, balancendola grotescamente entre sus brazos, la
dej caer, floja como una pieza de ropa que cae de una cuerda, y march a zancadas hasta
la ladera abierta ms all de los rboles. Aqu rod sobre el suelo y la boca se le llen de
espuma en el momento en que se puso a morder y araar la hierba.
Sheldra fue la primera en llegar hasta la sacerdotisa. La mano izquierda haba sido
desgarrada por el mismo cuchillo, la lengua sala de la boca y la cabeza estaba apoyada en
el hombro en una pose grotesca, como una cabeza de ahorcado. Cuando Sheldra le puso un
brazo detrs y trat de levantarla, se oy un estertor atroz, que emiti el cuerpo roto. La
muchacha la recost de espaldas y, por un instante, Rantzay abri los ojos.
Di a la Tuguinda hice lo que dijo
La sangre manaba de la boca y, cuando dej de manar, su cuerpo estragado,
huesudo, vibr levemente, como la superficie de un estanque rozado por las alas de una
mosca atrapada. El movimiento ces y Sheldra, dndose cuenta que estaba muerta, le quit
los anillos de madera, recogi la caja de theltocarna y el cuchillo cado y emprendi el
camino hacia la ladera en donde Shardik yaca sin sentido.

19
Mensajeros nocturnos

Terminar de construir la jaula llev todo un da, si se puede decir que estaba
terminada. Al escuchar las rdenes, el maestro maderero, Baltis, se haba encogido de
hombros y no haba hecho caso de Kelderek, que le haba sido descrito como un joven
modesto, sin familia, bienes, ni oficio, pues a sus ojos la caza no era un oficio. El y sus
hombres, provistos de excelentes instrumentos de propia fabricacin, haban supuesto que
iban a participar en el saqueo de Bekla, o por lo menos en el de Guelt, y tomaron muy a mal
que se los sacara del montn para asignarles tareas rutinarias. Kelderek, despus de haber
intentado en vano hacerle entender al corpulento maderero la importancia fundamental de
lo que le peda, tuvo que acudir a Ta-Kominion, a quien alcanz en el momento en que se
movilizaba con la vanguardia. Ta-Kominion, lanzando juramentos de impaciencia, lo hizo
comparecer a Baltis ante un rbol del que colgaba el cuerpo de Fassel-Hasta y le asegur
que, si la jaula no estaba terminada al anochecer, tambin l iba a colgar del rbol. Estas
eran palabras que Baltis poda entender. Inmediatamente solicit el doble del nmero de
hombres que esperaba que le concedieran. Ta-Kominion, que estaba demasiado apurado
para discutir, le concedi cincuenta, que incluan dos sogueros, tres constructores de
carretas y cinco carpinteros. En el momento en que el ejrcito daba vuelta al valle, en la
maana hmeda y calurosa, Kelderek y Baltis se pusieron a trabajar.
Se enviaron mensajeros a Ortelga y antes de medioda todo el combustible
almacenado en la isla, buena parte de las provisiones de madera aserrada y hasta el ltimo
trozo de hierro forjado haban sido llevados al campamento por mujeres y nios. Baltis
puso a sus hombres a trabajar en tres ejes y en todos los barrotes de hierro que consigui.
Mientras tanto los carpinteros y los constructores de carretas, fabricaron una slida
plataforma de planchas trabadas, que levantaron con poleas y afirmaron sobre seis ruedas
sin radios, todas de madera entera hasta el borde.
El techo tambin habr que hacerlo de madera dijo Baltis, mirando los soportes
que sobresalan de las planchas en una y otra direccin, como una camada de juncos. No
tenemos ms hierro, joven, y no se puede conseguir, de modo que lo mejor es no
preocuparse.
Un techo de madera se va a hacer pedazos dijo el maestro carpintero. No va a
aguantar al oso, si a ste se le ocurre romperlo.
No es trabajo que pueda hacerse en un da gru Baltis. No; ni en tres.
Cmo van a meter al oso dentro de la jaula? pregunt el carpintero.
Ah eso es ms de lo que sabemos!

Ests aqu para obedecer al seor Ta-Kominion dijo Kelderek. La voluntad


de Dios es que el Seor Shardik habr de conquistar a Bekla: es algo que habrs de ver con
tus propios ojos. Haz de madera el techo, si as debe ser, y sujeta la jaula con cuerdas bien
firmes.
El trabajo se concluy en trmino a la luz de las antorchas y Kelderek, cuando dio la
venia a los hombres para que fueran a comer, se qued solo con Sheldra y Neelith,
escudriado y probando, pateando las ruedas, toqueteando los ejes y tanteando cada uno de
los barrotes puestos de lado para cerrar con ellos el fondo abierto.
Cmo va a salir de la jaula, seor? pregunt Neelith. No hay puerta?
No tenemos tiempo de hacer una puerta contest Kelderek. Cuando llegue la
hora de soltarlo, se nos indicar la manera.
Habr que mantenerlo anestesiado, seor, el mayor tiempo posible dijo Sheldra
. Porque ni esta jaula ni ninguna otra podr retener al Seor Shardik si la cosa no es de su
agrado.
Lo s dijo Kelderek. Tal vez debimos haber hecho un carro para llevarlo. Si
por lo menos supiramos en dnde est!
Se interrumpi al ver a Zilth, que se acercaba cojeando a la luz de las antorchas. La
muchacha se llev la mano a la frente y se ech al suelo.
Perdname, seor dijo quitndose el arco del hombro y ponindolo al lado.
Hemos estado siguiendo todo el da al Seor Shardik y estoy muy cansada. Ms de miedo
que de otra cosa. Se alej mucho
En dnde est? dijo Kelderek, interrumpiendo.
Seor, est durmiendo en el linde de la selva, a menos de una hora de aqu.
Dios sea loado! exclam Kelderek, golpeando las manos. Yo saba que era
Su voluntad!
No hay duda, es la voluntad de Dios! dijo Kelderek. Y todo lo que hemos
hecho es justo. Dnde est Rantzay ahora?
No lo s, seor dijo Zilth casi llorando. Nito nos dijo que debamos seguir
al Seor Shardik y que Rantzay nos iba a alcanzar. Pero no nos alcanz y hace ya muchas
horas que no la vemos.
Kelderek se dispona ya enviar a Sheldra al valle cuando oy que el centinela
gritaba y alguien le contestaba ms lejos en el camino. Despus de una pausa apareci
Numiss. Tambin estaba agotado y, sin pedir permiso a Kelderek, se ech al suelo.

Vengo de ms all de Guelt dijo. Tomamos Guelt sin dificultades. Lo


incendiamos. No hubo mucho que pelear, pero matamos al jefe y los otros accedieron a
hacer lo que ordenara el seor Ta-Kominion. Habl a solas con algunos de ellos y supongo
que les pregunt qu saban sobre Bekla, cmo llegar hasta all y todo el resto. De todos
modos, como haya sido
Si te dio un mensaje, reptelo dijo Kelderek severamente. No me interesa lo
que has odo o lo que supones.
Este es el mensaje, seor: Espero que lucharemos pasado maana. Las lluvias no
pueden demorarse y las horas son ms valiosas que las estrellas. Trae al Seor Shardik a
cualquier costo.
Kelderek dio un salto y se puso a dar vueltas en tomo a la jaula, mordindose los
labios y golpeando con el puo cerrado la palma de la otra mano. Finalmente,
recobrndose, le dijo a Sheldra que fuera a buscar a Rantzay y, si Shardik haba tomado ya
la droga, que trajera en seguida las noticias. Luego, recogiendo algunas ramas para
encender un fuego, se sent junto a la jaula con Numiss y dos de las muchachas, a la espera
de noticias.
Cuando finalmente Zilth se par y le puso una mano en el hombro, l no haba odo
nada. Se dio vuelta para mirarla y ella lo contempl conteniendo el aliento, con la cara a
medias iluminada por el fuego, a medias en sombras. Tambin l escuch, pero slo oy las
llamas, las rfagas bruscas de viento y la de tos de un hombre en algn punto del
campamento detrs de ellos. Mene la cabeza pero ella asinti con aire de saber, se puso de
pie y le hizo seas para que la siguiera por el camino. Mientras Neelith y Numiss los
contemplaban, se internaron en lo oscuro, pero slo haban avanzado unos pasos cuando
ella se detuvo, hizo una bocina con las manos y llam: Quin anda ah?
La respuesta: Nito!, se oy dbil pero claramente. Pocos instantes despus
Kelderek noto por fin el paso leve de la muchacha y fue a su encuentro. Era evidente que,
en medio de su prisa y su agitacin, ella se haba cado, tal vez ms de una vez. Estaba
sucia, despeinada y con lastimaduras en las rodillas y un antebrazo. Hablaba jadeando y se
poda ver lgrimas en sus mejillas. l llam a Numiss y los dos la acompaaron hasta la
fogata.
El campamento estaba alborotado. De algn modo, los hombres haban adivinado
que algo estaba ocurriendo. Algunos estaban esperando junto a la jaula y uno haba tendido
su capa para la muchacha sobre una pila de planchas amontonadas, haba trado un jarro y,
arrodillado, le lavaba las lastimaduras. Al contacto del agua fra ella tuvo un
estremecimiento y, como si volviera en s, se puso a hablarle a Kelderek.
Shardik est insensible, seor, a menos de un tiro de flecha del camino. Le dieron
theltocarna: una cantidad que habra matado a un hombre fuerte. Dios sabe cundo
despertar.

Con theltocarna? pregunt Neelith incrdulamente. Pero


Nito se ech a llorar de nuevo.
Y Rantzay est muerta muerta! Le dijiste al seor Kelderek cmo ella le
habl a Shardik junto al arroyo?
Zilth asinti con la cabeza y mir aterrada.
Cuando Shardik pas junto a ella y se alej, ella se qued un rato como golpeada,
como si fuera un rbol y hubiera invocado al rayo del cielo. Entonces nos quedamos las dos
solas y seguimos a las otras lo mejor que pudimos. Yo me di cuenta me di cuenta que
quera morir, que estaba decidida a morir. Trat de lograr que descansara, pero ella se neg.
No haca dos horas desde que habamos llegado al linde de la selva. Todas las muchachas
pudimos ver que sobre ella estaba la muerte. La envolva como una capa. Nadie le pudo
hablar por miedo y por compasin. Nos habl y nos quedamos calladas. Despus, cuando
nos dio la orden, yo vi la caja de theltocarna y ella se acerc al Seor Shardik como si
hubiera sido un buey dormido. Lo cort con un cuchillo y mezcl el theltocarna con la
sangre; despus, cuando l se despert, encolerizado, ella le hizo frente una vez ms, no
ms asustada que lo que haba estado a medioda. l la abraz. Y as muri.
La muchacha mir en derredor.
Dnde est la Tuguinda?
Pon las sogas largas en la jaula dijo Kelderek a Baltis y di a los hombres que
la arrastren. Y tambin a las mujeres. Salvo las que lleven antorchas. No hay tiempo que
perder. Incluso tal vez ya sea demasiado tarde para alcanzar al seor Ta-Kominion.
No haban transcurrido tres horas cuando el enorme bulto de Shardik, con la cabeza
protegida por un capuchn hecho con capas groseramente hilvanadas unas con otras, fue
arrastrado con sogas, ladera abajo, hasta una rampa de tierra, piedras y planchas, y desde
all lo metieron en la jaula. Los ltimos barrotes fueron puestos en su lugar y la jaula,
levantada por el frente y empujada por detrs, empez a traquetear y balancearse
lentamente por el valle, en direccin a Guelt.

20
Guelt-Ethlin

Sin duda no poda pasar ms de un da dos das como mximo pens GueltEthlin, sin que estallaran las lluvias. Durante horas los truenos se haban vuelto cada vez
ms oprimentes y rfagas cada vez ms fuertes de viento clido lanzaban polvaredas que se
arremolinaban sobre la llanura de Bekla. Santil-ke-Erketlis, comandante del ejrcito
patrullero del Norte, que se haba sentido indispuesto por el calor, haba abandonado la
columna dos das antes y haba vuelto a la capital por el camino directo del Sur, confiando a
Guel-Ethlin, su segundo lugarteniente, la tarea de completar la marcha del ejrcito hasta
Kabin de las Aguas a travs de Tonilda y desde all por el Oeste hasta Bekla. Esta excursin
era algo muy serio, haba que reparar una fortificacin en un punto, algunos impuestos que
cobrar en otro, tal vez una o dos querellas que resolver y, por supuesto, los informes que
haba que or a los espas y agentes locales. Ninguno de estos asuntos poda ser muy
urgente y, ya que el ejrcito estaba uno o dos das atrasado, Santil-ke-Erketlis le haba dicho
a Guel-Ethlin que disolviera las formaciones en cuanto empezara a llover en serio y tomara
el camino ms directo de vuelta en cualquier parte en donde se encontrara.
Y por cierto que ya es tiempo, pensaba Guel-Ethlin, de pie junto al estandarte de
mando con el emblema del halcn, mientras contemplaba el paso de la columna. Ya han
marchado bastante. La mitad de ellos est en un estado lamentable. Cuando ms pronto
vuelvan a cuarteles de lluvia, tanto mejor. Si la fiebre de las aguas estancadas los asalta
ahora, van a caer como moscas.
Mir hacia el Norte, donde la llanura terminaba en unas estribaciones que se
elevaban hasta las cordilleras precipitadas y empinadas que rodeaban a Guelt. La lnea del
cielo, oscura y amenazadora, con nubes que ocultaban las cumbres, le pareca a Guel-Ethlin
muy promisoria: era la promesa de un temprano alivio. Si tenan suerte, la tarea poda
abreviarse decentemente en Kabin y con una marcha forzada, con las lluvias y la
perspectiva de la vuelta a casa como aliciente, podan estar sanos y salvos en Bekla en un
par de das.
Los dos ejrcitos de patrullaje de Bekla, el del Norte y el Sur, por lo general
permanecan todo el verano en el campo cuando aumentaban los riesgos de revueltas o,
probablemente, de ataques de algn pas lindero. Cada ejrcito realizaba dos veces una
marcha ms o menos semicircular de unos trescientos kilmetros a lo largo de las fronteras.
A veces los destacamentos efectuaban algunas acciones contra bandidos o merodeadores, y
ocasionalmente el destacamento reciba rdenes de realizar una incursin punitiva a travs
de la frontera para demostrar que Bekla tena dientes y poda morder. Pero la mayora de las
veces se trataba de tareas rutinarias: entrenamiento y maniobras, trabajos de informacin,
recoleccin de impuestos, escoltas de enviados o caravanas comerciales, compostura de
puentes y caminos; lo ms importante consista sencillamente en dejarse ver por aqullos

que los teman un poco menos que lo que teman a las invasiones y a la anarqua. Cuando
se iniciaban las lluvias el ejrcito del Norte volva a invernar en Bekla, mientras que el del
Sur se acuartelaba en Ikat Yeldashay, ciento veinte kilmetros al Sur. En el verano siguiente
los roles de los ejrcitos se intercambiaron.
Sin duda el ejrcito del Sur ya estaba de vuelta en Ikat, pens Guel-Ethlin con
envidia. El ejrcito del Sur tena la tarea ms fcil: la ruta era menos fatigosa y la estacin
seca resultaba menos penosa cuando se andaban ms de cien kilmetros en direccin Sur.
En ese momento lleg un mensajero del gobernador de Kabin, situada veinticinco
kilmetros al Este. El gobernador anunciaba que estaba preocupado por la llegada de las
lluvias y la retirada del ejrcito a Bekla antes de que ste llegara a su zona. En los ltimos
diez o doce das el nivel de las represas de Kabin, a las que llegaba agua por un canal a una
distancia de cien kilmetros de Bekla, haba bajado hasta tal punto que las paredes ms
bajas estaban al aire y el calor las haba rajado en parte. Si se quera prevenir un desastre las
obras de reparacin deban iniciarse en seguida, antes de que las lluvias hicieran subir
nuevamente el nivel: pero los recursos locales no permitan terminar el trabajo en uno o dos
das.
Guel-Ethlin era capaz de reconocer un peligro cuando lo tena por delante. Sin
perder tiempo mand buscar a uno de los oficiales que le inspiraban ms confianza y
tambin a un cierto capitn Han-Glat, un extranjero oriundo de Terekenalt, que saba ms
que nadie, en el ejrcito sobre puentes, diques y movimientos del terreno. En cuanto se
presentaron, l les cont lo que haba ocurrido y los dej en libertad para elegir las tropas
que les parecieran ms convenientes, hasta la mitad de las fuerzas totales, para efectuar una
marcha sobre Kabin esa noche. Despus de llegar deban ponerse sin demoras a componer
la represa. El mismo, con el resto de los hombres, habra de unirse con ellos antes del
anochecer del da siguiente.
Al atardecer ya haban partido: los soldados protestaban pero, al parecer, no iban a
sublevarse. Hubo abundantes cojeras y el ritmo de la marcha era muy lento. De todos
modos, esto era menos inquietante que la idea del estado en que iban a estar al llegar a
Kabin. Sin embargo, lo probable era que Han-Glat slo necesitara unas pocas horas para
examinar la represa y decidir lo que haba que hacer, y esto slo les iba a permitir descansar
un poquito.
A la maana siguiente se levant tan temprano que tuvo la satisfaccin de poder
despertar personalmente a algunos de sus oficiales. Pero el desnimo que not en la tropa le
produjo mucho menos satisfaccin. Haba corrido la noticia de que no slo habra que hacer
una marcha forzada sobre Kabin, con lluvias o sin ellas, sino que haba muchsimo que
hacer all. Hasta las tropas ms capaces tienden a tomar a mal que se les ordene realizar una
tarea ardua despus que se les ha hecho creer que su trabajo est virtualmente concluido.
El campamento estaba alertado, las columnas estaban preparadas ya para la marcha
y los piquetes, que haban sido revistados en sus puestos y haban comido, iban a ser
llamados en ltimo trmino cuando el comandante de guardia se present con un hombre de
los montes, cojeando y ensangrentado. Era poco ms que un muchacho: tena la boca

abierta y miraba alrededor con ojos asombrados, llevndose todo el tiempo una mano a la
boca y lamindose una herida de los nudillos, que sangraba.
Traigan al muchacho aqu dijo Guel-Ethlin.
El joven se haba recobrado y hablaba con dignidad. La historia era convincente.
Deca que un enorme oso haba aparecido en Ortelga probablemente Huyendo del incendio
que haba estallado ms all del Telthearna. Los isleos crean que esta aparicin anunciaba
el cumplimiento de una profeca segn la cul Bekla iba a caer un da ante el ejrcito
invencible de la isla, y haba provocado una sublevacin dirigida por uno de los barones
jvenes. En medio de sta, el gobernante previo y otros haban sido liquidados o
desterrados. Guel-Ethlin se dio cuenta que esto, si era cierto, poda explicar la interrupcin
de la corriente normal de informaciones que llegaba al ejrcito de Bekla. En la tarde de
ayer, deca el joven, los ortelganos se haban presentado repentinamente en Guelt, lo haban
incendiado y haban asesinado al jefe antes de que ste pudiera organizar la defensa de la
ciudad. Fanticos e indisciplinados, haban arrasado el lugar y, al parecer, subyugado
totalmente a la poblacin. Muchos ciudadanos, al ver destruidos sus hogares y medios de
vida, se haban pasado al ejrcito invasor por no tener nada mejor que hacer. Sin duda,
deca el joven, no poda haber hombres ms dispuestos que los ortelganos a labrar la ruina
de Guelt. Ellos crean que el oso encamaba el poder de Dios, que marchaba junto con ellos,
invisible, noche y da, que poda aparecer y desaparecer a voluntad y que, a su debido
tiempo, iba a destruir a sus enemigos como un incendio quema las parvas. Siguiendo las
rdenes del joven jefe que era sin duda valiente y capaz, aunque estaba enfermo, al
parecer haban puesto un cerco de centinelas en tomo a Guelt para impedir que corrieran
las noticias. El joven, sin embargo, haba trepado a un precipicio empinado por la noche,
trabajo que slo haba tenido que pagar con una mano malamente herida y, enterado de la
existencia de los pasos, haba hecho treinta kilmetros en seis horas, durante la noche y
hasta el romper del da.
Qu broma tan pesada! dijo Guel-Ethlin. Por dnde cree l que pueden
llegar y cundo?
El joven crea, al parecer, que iban a llegar por el camino ms directo y a la
brevedad posible. Lo cierto es que era probable que ya hubieran iniciado la marcha.
Dejando de lado las ganas de pelear, tenan pocos alimentos: no haba virtualmente en
Guelt alimentos disponibles. Tenan que pelear sin demora o iban a verse forzados a
dispersarse en busca de abastecimientos.
Guel-Ethlin asinti con la cabeza. Esto estaba de acuerdo con todas sus experiencias
de rebeldes y campesinos sublevados. O peleaban en seguida o todo se desmoronaba.
No me parece que puedan ir muy lejos dijo Balaklesh, que tena a su cargo el
contingente lapano. Por qu no seguimos nuestra marcha hasta Kabin y dejamos que se
deshagan en medio de las lluvias?
Como suele ocurrir, el mal consejo aclar inmediatamente la mente de Guel-Ethlin y

le hizo ver lo que haba que hacer.


No: eso no. Van a merodear durante meses. Grupos de bandoleros dedicados a
asesinar y a saquear. Ninguna aldea va a estar segura Y finalmente habra que formar otro
ejrcito para combatirlos. Creis todos que lo que este muchacho dice es verdad? Todos
asintieron.
Entonces tenemos que destruirlos inmediatamente, o las aldeas van a decir que un
ejrcito de Bekla no cumpli con su deber. Y debemos alcanzarlos antes de que bajen al
camino de Guelt que lleva a la llanura, en parte para impedir el saqueo y en parte porque,
una vez que estn en la llanura, podrn ir a cualquier lado. Podramos perderles el rastro y
los hombres no estn en condiciones de perseguirlos de un lado para otro. Tenemos menos
tiempo ahora que antes, cuando pensbamos ir a Kabin. Kapparah: mantente cerca del
jovencito. Lo vamos a necesitar como gua. Retiraos ahora y decid a vuestros hombres que
debemos llegar esta tarde a los montes. Balaklesh: elige un centenar de lanceros de
confianza y parte en seguida. Bscanos una buena posicin defensiva al pie de las colinas.
Mndanos un gua de vuelta y luego sigue adelante y trata de averiguar qu estn haciendo
los ortelganos.
Al cabo de una hora el cielo estaba cubierto de un horizonte al otro y el viento del
Oeste soplaba sin parar. El polvo rojo se meta en los ojos, las orejas y las narices de los
soldados, debajo de sus ropas, se mezclaba speramente con el sudor de sus cuerpos.
Avanzaban tapndose las bocas y las narices con pedazos de tela o de cuero, refregndose
todo el tiempo los ojos al no poder ver los montes que tenan por delante; cada compaa
segua a la delantera a travs del polvo espeso que se inmiscua por todos lados. GuelEthlin marchaba detrs de la columna, sobre el lado izquierdo, y desde aqu poda vigilar a
los que tendan a apartarse y mantenerlos en cierto orden. El ritmo de la marcha decreci y
slo tres horas despus del medioda la compaa de vanguardia alcanz el borde la llanura
y, luego de hacer reconocimientos en un radio corto, encontr el camino que llevaba a
Guelt, que serpenteaba entre los montecitos de mirtos y cipreses de las pendientes
inferiores.
Despus de haber andado un rato, llegaron a un desfiladero angosto donde los
esperaban dos oficiales de la vanguardia Balaklesh, segn informaron los oficiales, haba
encontrado una excelente posicin defensiva a una distancia de unos dos mil metros por
delante, ms all de la desembocadura del desfiladero, y sus exploradores ya estaban all
desde haca ms de una hora. Guel-Ethlin prosigui la marcha para reunirse con l y ver por
sus propios ojos la posicin. Era ms o menos lo que l haba estado pensando: una meseta
alta de ochocientos metros de ancho, con algunas caractersticas favorables para tropas
disciplinadas, capaces de mantener las formaciones y defender el terreno. Por delante, hacia
el Norte, el camino haca una brusca curva hacia abajo, a lo largo de un recodo boscoso.
Del lado derecho haba una floresta espesa y, a la izquierda, un precipicio. Al pie del recodo
el terreno se abra y se elevaba un poco, entre peascos y matorrales, hasta llegar a una
cresta sobre la cual pasaba el camino antes de internarse en el desfiladero. Balaklesh haba
elegido bien. Contando con los peascos como puntos defensivos naturales y la pendiente a
favor de ellas las tropas que estuvieran en posicin podan distribuirse convenientemente e

iba a ser extremadamente difcil para el enemigo abrirse camino hasta la cresta. Y, sin
embargo, a menos que lo lograran, no podan contar con proseguir la marcha hasta la
llanura.
Bajo las nubes que seguan espesndose y los vahos ms cercanos que circulaban,
envolvindolos, esperaron durante la tarde bochornosa y crepuscular. De cuando en cuando
se oan truenos y en una ocasin un rayo cay en el abismo a poca distancia, trazando una
lnea larga y roja sobre la roca gris. De algn modo los hombres haban husmeado al oso
mgico. Los lanceros de Yeldashay ya haban compuesto una balada sobre sus hazaas
hiperblicas (y cada vez ms subidas de color); y del otro lado de las lneas algn bufn del
regimiento haba aprovechado la ocasin para meterse dentro de una vieja piel de vaca y
empezar a dar mugidos, con cabezas de flecha, imitando garras, en las puntas de los dedos.
Finalmente Guel-Ethlin, desde su puesto de comando en la mitad de la ladera, divis
los exploradores, que volvan monte abajo entre los rboles. Balaklesh corri y lo alcanz
sin demora Segn dijo, se haban puesto muy pronto en contacto con la gente de Ortelga,
que avanzaba tan velozmente que ellos mismos, ya cansados, apenas haban podido llegar
antes. Mientras hablaba Guel-Ethlin y sus hombres pudieron or, proveniente de los
bosques ms arriba, el rumor creciente y el tumulto de la muchedumbre que se acercaba.
Despus de decir una ltima palabra sobre la suprema importancia de no romper filas hasta
no or rdenes, Guel-Ethlin mand sus oficiales a que ocuparan posiciones.
Mientras esperaba, oy que unas gotas de lluvia le golpeaban el casco, aunque al
principio no sinti nada en su mano tendida. Luego, una gasa ondulante de lluvia, que
llenaba toda la distancia, envolvi el linde del desfiladero desde la izquierda. Un momento
ms tarde la visin de las zonas bajas se enturbi y una especie de suspiro ronco se elev
desde las filas de soldados a cada lado. Guel-Ethlin avanz una media docena de pasos,
como si quisiera ver ms claro a travs de la cortina moviente de lluvia. Al hacerlo, una
banda de hombres desgreados, de aspecto semi-salvaje y pertrechados con diversas armas,
empez a dar vuelta desordenadamente el recodo del camino ms abajo y qued
absolutamente inmvil al ver el ejrcito de Bekla en frente.

21
Los pasos de Guelt

El incendio de Guelt no formaba parte de las intenciones de Ta-Kominion. Y


tampoco pudo l descubrir al responsable, pues cada uno de los barones alegaba desconocer
la forma y el lugar en que se haba iniciado el fuego. Ta-Kominion, con sus hombres de
confianza, haba llegado a la desdichada plazuela en el centro de la ciudad y se haba
encontrado con que dos de los lados ya estaban tomados por las llamas y que el cadver del
jefe yaca en el suelo con una espada clavada en la espalda, mientras una multitud de
ortelganos se entregaba al saqueo y a la bebida. l y Zelda, con un grupo de los hombres
mejores, lograron imponer cierto orden y como no haba agua en el lugar, salvo la que
poda extraerse de dos pozos y un arroyito de montaa, muy disminuido pararon el fuego
echando abajo las cabaas que daban al viento y sacando los postes de madera y la paja.
Fue Zelda quien seal que, a cualquier costo, haba que impedir que ningn aldeano bajara
a llevar las noticias a la llanura.
Ta-Kominion se sent en un banco de una de las tenebrosas cabaas, llenas de
moscas que zumbaban, tratando de convencer a cuatro o cinco ancianos de la ciudad,
asustados y mudos, de que no quera hacerles ningn dao. De cuando en cuando se
interrumpa, frunca el ceo y luchaba con las palabras mientras las paredes se
bamboleaban ante sus ojos y los ruidos que llegaban de afuera aumentaban y asaltaban sus
odos como conversaciones odas detrs de una puerta que continuamente se abre y se
cierra Iba de un lado a otro, con la sensacin de que tena el cuerpo envuelto en cueros de
vaca endurecidos. El antebrazo herido palpitaba y tena una hinchazn blanda en la axila.
Al abrir los ojos vea las caras de los viejos con la mirada clavada en l, una mirada llena de
curiosidad cautelosa.
Habl del Seor Shardik, del destino revelado de Ortelga y de la inevitable derrota
de Bekla, vio la incredulidad embotada y el miedo a las represalias y a la muerte, que ellos
no podan arrancar de sus ojos. Por ltimo, uno de ellos, tal vez ms inteligente que los
otros y que haba estado calculando el probable efecto de lo que se le haba ocurrido decir,
contest que el ejrcito de patrullaje del Norte, dirigido por el general Santil-ke-Erketlis
deba estar cruzando en stos momentos la llanura en su recorrido de las tierras de Kabin y
ms all. Tena el joven seor intenciones de atacar a ese ejrcito o tratara de evitarlo? En
cualquier caso, lo mejor, a su modo de ver, era no quedarse en Guelt, pues las lluvias eran
inminentes y aun si no lo fueran y se interrumpi, como dando a entender que l era un
hombre que conoca su lugar y no tena la presuncin de dar consejos al jefe de un ejrcito
tan magnfico.
Ta-Kominion, gravemente, le dio las gracias, fingiendo no darse cuenta que a ellos
no poda importarles mucho que l fuera hacia adelante o hacia atrs, siempre que se fuera
de Guelt. Probablemente los ancianos haban supuesto que l slo intentaba saquear una o

dos aldeas de la llanura e irse de vuelta a los montes con su botn armas, ganado y
mujeres a salvo de persecuciones por la llegada de las lluvias.
Sin embargo, en un principio, Ta-Kominion no haba tenido ms intencin que la de
ir al encuentro de las fuerzas enemigas y destruirlas, por poderosas que fueran, si se
interponan en el camino que llevaba a Bekla. Sus seguidores, l lo saba, no se iban a
contentar con nada menos. Tenan la intencin de pelear sin demoras, pues saban que no
podan ser derrotados. Shardik mismo ya les haba mostrado lo que ocurra a sus enemigos,
y para Shardik no poda haber diferencia si sus enemigos eran barones traidores de Ortelga
o soldados patrulleros de Bekla.
La idea de la existencia del ejrcito de Bekla, con el cual el astuto anciano de Guelt
haba intentado inquietarlo, llen a Ta-Kominion de una alegra intensa y salvaje,
devolvindole la fuerza de voluntad necesaria para movilizar su cuerpo enfermo y su mente
afiebrada.
Ni por un momento se le ocurri decidir si deba pelear o no. El Seor Shardik y l
mismo ya haban decidido ese punto. Pero sobre l, como general de Shardik, caa la
responsabilidad de elegir el cundo y el dnde. Incluso esto no le llev mucho tiempo, pues
todos sus pensamientos llevaban a la nica conclusin: haba que marchar directamente
sobre Bekla y luchar con el enemigo en cualquier punto de la llanura abierta en donde
apareciera. Apenas haba alimentos disponibles en Guelt, y los acontecimientos de la tarde
le haban demostrado hasta qu punto era dudoso el ascendiente que l tena sobre sus
hombres. Las lluvias podan sobrevenir en cualquier instante, y pese al cordn de Zelda las
noticias de que Guelt haba cado en manos de los ortelganos no poda seguir mucho tiempo
en secreto. Ms inmediato que todo esto, porque era algo que senta dentro de su propio
cuerpo, estaba el conocimiento de que muy pronto l iba a ser incapaz de dirigir un ejrcito.
Una vez ganada la batalla su enfermedad ya no importaba, pero el colapso antes de la lucha
habra influido inquietud entre los hombres y miedo supersticioso. Por otra parte, l slo
deba dirigir la batalla. De otro modo, cmo iba a llegar a ser el dueo de Bekla?
En dnde estaba el ejrcito de Bekla y cundo iba a ser posible enfrentarlo? Muy
probablemente poda esperar un encuentro en la llanura no despus de pasado maana. Este
deba ser su plan. No poda trazar ninguno mejor: slo poda ofrecer al Seor Shardik su
valor y su celo para que l hiciera el uso de ellos que quisiera. En cuanto a Shardik, a l
corresponda demorar las lluvias y ponerlas en el camino del ejrcito de Bekla.
En dnde estaba Shardik y qu haba logrado Kelderek si haba logrado algo
desde que lo haba dejado? No haba vuelta que darle: el tipo era un cobarde. Pero la cosa
no importaba si l poda de algn modo u otro llevar el oso hasta el ejrcito antes de la
lucha Si ganaban y tenan que ganar si llegaban a tomar a la misma Bekla cul
habra de ser entonces la posicin de Kelderek? Y la Tuguinda esta mujer inoperante pero
molesta, que l haba mandado de vuelta a Quiso con custodia qu se iba a hacer con
ella? No poda haber ninguna autoridad que no reconociera la suya, la de Ta-Kominion.
Librarse de los dos, tal vez, y modificar tambin de algn modo el culto de Shardik? Ms
adelante habra tiempo de decidir estas cosas. Lo que importaba ahora era la batalla

inminente.
De repente se sinti mareado y se sent sobre los restos de una cabaa incendiada
para recobrarse.
Se puso de pie, se recost un poco contra el poste de la puerta, todava levantado,
hasta que el mareo pas y pudo volver a la cabaa. Los ancianos se haban ido. Llam a
Numiss y le dio un breve mensaje que deba llevar a Kelderek, subrayando que esperaba la
lucha para dentro de dos das. En cuanto se cercior que el hombre haba aprendido de
memoria sus palabras, le pidi a Zelda que le preparara un salvoconducto y se ech a
dormir, dando rdenes de que todos estuvieran listos para continuar la marcha al amanecer
del da siguiente.
Tuvo un sueo pesado, que no fue perturbado por el saqueo, las violaciones y la
borrachera general que reinaron de nuevo al caer la noche y continuaron sin freno, ya que
ni uno solo de los barones quiso arriesgarse a intentar parar la cosa Cuando finalmente se
despert, se dio cuenta en seguida no slo que estaba enfermo, sino que estaba peor de lo
que nunca haba estado en su vida El brazo estaba tan hinchado que el vendaje le cortaba la
carne, pero le pareci que no tena fuerzas para aflojarlo. Los dientes le castaeteaban y
tena la garganta tan seca que casi no poda tragar; al incorporarse sinti detrs de los ojos
un dolor palpitante. Se levant y se arrastr hasta la puerta. Rfagas de aire clido soplaban
del Oeste y el cielo estaba cubierto de nubes bajas.
El ejrcito slo se puso en marcha una hora antes de medioda. El ritmo de la
marcha era lento; algunos soldados estaban atiborrados con lo que haban podido saquear
cacerolas, zapapicos, taburetes, posesiones lamentables, sin valor, de gente ms pobre
que ellos. Muchos avanzaban con puntadas en la cabeza y ardor en el estmago. TaKominion, incapaz ya de disimular su enfermedad, deambulaba en medio de un sueo
confuso y perturbado. Apenas recordaba lo que haba ocurrido esa maana o lo que haba
hecho para poner a los hombres de pie. Poda recordar la vuelta de Numiss con el informe
de que Shardik haba sido narcotizado al precio de la vida de una sacerdotisa. Kelderek,
deca el mensaje, esperaba alcanzarlos al anochecer. El ltimo anochecer, pensaba TaKominion, antes de que el ejrcito de Bekla sea destruido. Cuando la cosa estuviera hecha,
l iba a descansar.
El angosto camino serpenteaba entre los despeaderos boscosos, protegidos del
viento, contra paredes de roca con helechos pardos, mustios por la falta de lluvia.
La horda informe recorri ms de tres kilmetros del camino y no haba manera de
trasmitir las rdenes, salvo oralmente. Sin embargo, dos o tres horas despus de medioda,
cuando ya estaba debajo de las brumas y las colinas ms altas, se produjo un alto sin que se
diera ninguna orden, y las varias divisiones y compaas que haban venido a reunirse con
la vanguardia se disolvieron y descansaron en el claro de un bosque. Ta-Kominion cojeaba
entre los hombres, charlando y chanceando con ellos como en medio de un trance, menos
para alentados que para dejarse ver y saber por s mismo en qu estado de nimo estaban.
Ahora que haban dejado atrs las zonas solitarias que los perturbaban y los inquietaban, el

entusiasmo estaba volviendo y parecan tan dispuestos como siempre a dar batalla. Sin
embargo Ta-Kominion, que siendo un adolescente de diecisiete aos haba luchado junto a
Bal-ka-Trazet en Clenderzard y tres aos despus haba dirigido la compaa local que su
padre haba mandado a Yelda para luchar en las guerras de los esclavos. Poda apreciar
hasta qu punto era bisoo y poco maduro ser un punto a favor, pues en las primeras
batallas los hombres gastan lo que ya no pueden recobrar ms, de tal modo que esa batalla,
incluso para aquellos para quienes no ser la ltima, puede ser muy bien la mejor. Pero el
precio que hay que pagar por este fervor poco experimentado suele ser muy grande. De
tropas como stas puede esperarse muy poco en lo que se refiere a movimientos
disciplinados o firmeza bajo el ataque. La mejor manera de utilizar esta cualidad en bruto,
no fogueada, consista en llevarlos rpidamente a la llanura y dejarlos atacar al enemigo
con todas sus fuerzas y en terreno abierto.
Tuvo un espasmo y los rboles que tena ante sus ojos se disolvieron en crculos de
color amarillo, verde y pardo, que giraban.
Alguien le estaba hablando. Abri los ojos una vez ms y levant la cabeza. Era
Kavass, el arquero de su padre, un hombre sencillo y decente que le haba enseado a usar
el arco de nio. Con l haba cuatro o cinco compaeros que as le pareci a TaKominion haban logrado que viniera Kavass y le pidiera al comandante que resolviera
un diferendo que haba surgido entre ellos. El arquero, que era un hombre alto, tan alto
como l, lo miraba con comprensin respetuosa y piedad. Como respuesta, l tuvo una
mueca y se forz a sonrer agriamente.
Un poco de fiebre, seor, no? dijo Kavass deferentemente. Todo en est
hombre, su manera de pararse, su aspecto y el sonido de su voz, tenda a confirmar a TaKominion en su puesto de jefe y al mismo tiempo subrayaba la humanidad comn.
As parece, Kavass contest. Sus propias palabras resonaron dentro de la
cabeza, pero no hubiera podido decir si estaba hablando a gritos o en voz baja. Ya pasar.
Apretando los dientes para evitar el castaeteo no pudo or lo que Kavass le respondi, y
ya se daba vuelta cuando advirti que todos estaban esperando su respuesta. Guard
silencio, pero mir fijamente a Kavass, como esperando que aadiera algo ms. Kavass
pareci confundido.
Bueno, lo que quise decir, seor y con todo respeto, por supuesto Cuando l
sali a la orilla esa maana y t estabas con l, y te dijo que iba a aparecer de nuevo que
iba a estar aqu para asegurar que ganramos la batalla dijo Kavass.
Ta-Kominion contino con la mirada clavada en l, adivinando el sentido de lo que
deca. Los hombres se sintieron incmodos.
No tiene nada que ver con nosotros murmur uno de ellos. Esto no tiene
nada que ver con nosotros.
Bueno, la cosa es as, seor sigui diciendo Kavass. Yo fui uno de los

primeros que estuvo a tu lado esa maana, y cuando el Seor Shardik se fue al agua, t nos
dijiste que l saba, que Ortelga estaba prcticamente tomada, y se fue a Ortelga tal vez
para mostrarnos el camino. Lo que los muchachos se preguntaban, seor, era si l iba a
estar all para hacer que ganramos cuando nos presentramos
Tenemos que ganar, no es as, seor? dijo otro de los hombres. Es la
voluntad de Shardik la voluntad de Dios.
Cmo lo sabes? pregunt un cuarto, un tipo receloso, de aire escptico, con
dientes ennegrecidos, que escupi al suelo. Crees que un oso puede hablar? Un oso que
habla?
No a ti contest Kavass con desdn. Claro que no habla a sujetos como t
o como yo, para qu negarlo? Lo que dije es que el Seor Shardik dijo que bamos a
marchar sobre Bekla y que l mismo iba a estar all. As que es claro que habr de aparecer
cuando demos la batalla Si no confas en el Seor Shardik, por qu ests aqu?
Bueno, todo es segn se vea no es as? dijo el hombre de los dientes
ennegrecidos. Puede estar ah y puede muy bien no estar. Todo lo que yo digo es que
Bekla es un lugar duro de pelar. Hay soldados
Silencio! grit Ta-Kominion. Avanz hacia el hombre tan firmemente como
pudo, le asi la barbilla con una mano y le levant la cabeza, tratando de fijar la mirada en
la cara de l. Imbcil blasfemo! El Seor Shardik te puede or Y tambin te puede
ver! Pero t t no lo vers hasta que llegue el tiempo indicado, porque l quiere probar tu
fe.
El hombre, que por lo menos tena veinte aos ms que Ta-Kominion, lo mir con
aire enfurruado, sin decir una palabra.
Puedes estar seguro de esto dijo Ta-Kominion con una voz que poda ser oda
por todos los que estaban cerca. El Seor Shardik quiere pelear por aquellos que confan
en l. Y habr de aparecer cuando ellos peleen se mostrar a aquellos que lo merezcan!
Pero no a quienes hacen de su Dios una pulga.
Al alejarse pesadamente se pregunt de nuevo cunto tiempo necesitara Kelderek
para alcanzarlos. Si Kelderek no alcanzaba al ejrcito, l iba a tener que enviar a Zelda de
vuelta para que lo viera y le hablara. En cuanto a l, ya no poda seguir mucho tiempo sin
descansar. Tena que echarse al suelo y dormir. Pero si lo haca, podra levantarse de
nuevo?
Se reanud la marcha. El ejrcito prosigui el camino a travs del bosque y la ladera
de ms all. Ta-Kominion ocup un lugar en la parte media de la columna, pues saba que si
se pona en la retaguardia no iba a poder seguirlos. Por un rato se apoy en el brazo se
Numiss hasta que, al darse cuenta que el pobre hombre estaba exhausto, mand buscar a
Kavass para reemplazarlo.

Siguieron avanzando en la tarde bochornosa que se oscureca. Ta-Kominion trataba


de calcular a qu distancia por delante estara la vanguardia. Hasta la llanura no deba haber
ms que unas pocas millas. Lo mejor habra sido enviar un mensajero a decirles que se
detuvieran en cuanto la alcanzaran. En el momento en que iba a llamar al hombre que tena
ms prximo resbal, se torci un brazo y el dolor casi lo hizo caer al suelo. Kavass lo
ayud a levantarse.
No voy a llegar, Kavass murmur.
No te preocupes, seor contest Kavass. Despus de lo que dijiste a los
muchachos, ellos van a pelear bien de todos modos, aunque t tengas que quedarte sentado.
La cosa ha estado dando vueltas, seor, la cosa que dijiste cuando estabas all. La mayora
de ellos nunca vio al Seor Shardik cuando l vino a Ortelga, y quieren pelear para estar all
cuando l aparezca. Saben que l va a venir. De modo que, aunque t tengas que descansar
un poco
De repente lleg a los odos de Ta-Kominion un clamor confuso y distante, los gritos
familiares, guturales, de los ortelganos y, claramente perceptibles, a intervalos rtmicos, el
sonido ms alto y claro de otras voces que gritaban al unsono.
Ta-Kominion se dio cuenta ahora que estaba delirante, pues era evidente que ya no
poda distinguir la realidad de las alucinaciones. Pero tambin Kavass pareca escuchar.
Puedes or eso, Kavass? pregunt.
S, seor. Parece que hay lo. Parte de ese ruido no es de los nuestros, seor.
La conmocin estaba invadiendo la columna. Los hombres empezaban a correr
colina abajo, mirando hacia atrs y gritando a los que estaban a la zaga. Kavass se arroj
sobre un hombre que corra, lo detuvo a la fuerza, lo sujet cuando se debata, lo tir a un
lado y volvi junto a Ta-Kominion.
No puedo entender qu pasa, seor, pero all abajo hay algo as como una pelea, o
por lo menos es lo que me ha dicho.
Pelea? repiti Ta-Kominion. Por unos instantes no pudo entender qu
significaba esa palabra. Tena la visin nublada y, con ella, la curiosa sensacin de que los
ojos se le haban derretido y le goteaban por la cara, pese a que an conservaba, aunque de
modo fragmentario, el poder de la vista. Se llev la mano a la cara para secarse el lquido
que corra. Sin duda ya no poda ver ms. Kavass estaba gritando a su lado.
La lluvia, seor, la lluvia!
Realmente era lluvia lo que le cubra las manos, le nublaba los ojos y llenaba los
bosques con los sonidos sibilantes, como de hojas, que l haba credo que provenan del
centro de su cabeza. March hacia el medio del camino y trat de descubrir por s mismo lo

que estaba ocurriendo al pie de la colina.


Aydame a bajar hasta all, Kavass! grit.
Firme, seor, firme dijo el arquero, tomndolo del brazo.
Qu firme ni que! grit Ta-Kominion. Los que estn all abajo son de
Bekla y los idiotas nuestros los estn atacando de a uno, sin esperar siquiera a que se
desplieguen! En dnde est Kelderek? Las lluvias esa maldita sacerdotisa ojal
reviente nos ha echado una maldicin! Aydame a bajar!
Firme, seor repiti el hombre, sostenindolo. Saltando, tropezando,
arrastrndose, Ta-Kominion baj el empinado camino, mientras el clamor resonaba cada
vez ms fuerte en sus odos y empezaba a discernir el entrechoque de las armas, los gritos
de los guerreros y los aullidos de los heridos.
De repente Zelda apareci entre las hojas, llam a los soldados que estaban a su
alrededor y seal el campo abierto con su espada. Ta-Kominion grit y trat de correr
hacia l. Al hacerlo, sinti en el cuerpo un brusco tirn, seguido por una especie de derrame
interno. Se llev un tronco de rbol por delante y cay con todo su peso sobre el camino. Al
rodar se dio cuenta que ya no iba a poder levantarse, que nunca ms se iba a levantar.
El rostro de Zelda apareci por encima de l, mirndolo y gotendole agua de lluvia
en la cara.
Qu ha ocurrido? pregunt Ta-Kominion.
Los beklanos contest Zelda son menos que nosotros, pero no se arriesgan.
Tienen el terreno a favor y no hacen ms que mantenerse y cerrarnos el camino.
Malditos sean! Cmo llegaron aqu? yeme todos tienen que atacar al mismo
tiempo.
S, si pudieran! No hay orden nos lanzamos contra ellos en cuanto se
muestran cuando aparecen.
Renelos todos de vuelta bajo los rboles que formen de nuevo ataca de
nuevo tartamude Ta-Kominion, articulando con un enorme esfuerzo las palabras. Su
mente se hunda en una niebla. No le sorprendi encontrarse con que ya Zelda se haba ido
y estaba de nuevo frente a la Tuguinda en el camino a Guelt. Ella no deca nada y tena un
aire sumiso: sus muecas estaban atadas con una venda empapada y mugrienta.
Maldita! grit Ta-Kominion. Te estrangular! Se arranc la venda y la
herida profunda y supurante que tena en el brazo derecho, y que durante ms de dos das
haba estado segregando veneno y metindoselo en el cuerpo, qued abierta sobre el polvo
salpicado de lluvia del sendero en donde yaca. Por un momento irgui la cabeza, luego se

dej caer, abri los ojos y grit:


Zelda!
Pero quien estaba a su lado era Kelderek, que se agachaba sobre l.

22
La jaula

En la ltima parte de la noche y ya avanzado el amanecer, que se present gris y


esfumado detrs de las nubes que se amontonaban en el Este, Baltis y sus hombres
acarrearon la jaula por encima de los bosques del Telthearna.
El oso yaca inerte, como muerto. Los ojos seguan cerrados, la lengua seca sala de
la boca y con el traquetear del entablado la cabeza temblaba como vibra un bloque de
piedra en el suelo de una cantera cuando las masas rocosas caen en derredor. Algunas de las
muchachas, cubiertas de polvo y con las plantas de los pies ulceradas, se agarraban de la
construccin desvencijada para impedir que se bamboleara con la marcha, mientras otras
iban adelante, retirando piedras del camino y rellenando agujeros antes de que las ruedas
los pasaran. Detrs de la jaula marchaba Sencred, el carpintero de carretas, atento a que las
ruedas no cedieran y a que los ejes no se fueran a aflojar; de cuando en cuando daba orden
de detenerse a los que tiraban de las sogas y se pona a examinar las grampas.
Kelderek tir de las sogas cuando le lleg su turno, junto con los otros, pero cuando
finalmente se pararon a descansar y las muchachas pusieron unas grandes piedras detrs
de las ruedas, para sujetarlas l y Baltis dejaron a los hombres y fueron a reunirse con
Sencred y Zilth, que estaba apoyada contra la jaula. Zilth haba metido un brazo entre los
barrotes y acariciaba una de las patas delanteras del oso, con sus garras encorvadas y ms
largas que la mano de ella.
Despierta, despierta: tienes que destruir a Bekla.
Despierta, Seor Shardik, na kora, na ro cantaba dulcemente, frotando su frente
cubierta de sudor contra el hierro fro.
Lleno de repentina inquietud, Kelderek contempl el cuerpo del oso, quieto como un
cadver.
Qu droga le dieron? Ests segura que no lo han matado?
No est muerto, seor dijo Zilth, sonriendo. Mira!
Desenvain su cuchillo, se inclin y lo puso delante de los hoyos de la nariz de
Shardik. La hoja se empa levemente y qued limpia, se empa y qued limpia una vez
ms.
El telthocarna es poderoso, seor; pero la que ahora est muerta saba (nadie lo
saba mejor) cmo haba que darlo. l no morir.

Cundo va a despertar?
Tal vez al atardecer, o durante la noche. No s decir.
Podr comer, entonces? Beber?
Los seres que despiertan del sueo del theltocarna son siempre peligrosos. A
menudo entran en un frenes ms violento que el que tenan antes del trance, y en esos
casos atacan todo lo que encuentran.
Si lo que dices es cierto, entonces estos barrotes no lo van a retener.
El techo no es bastante fuerte para retenerlo, de todos modos dijo Sencred.
No tiene ms que erguirse y el techo se va a rajar como una costra de pastel.
Tendremos que darle de nuevo la droga, entonces dijo Kelderek.
Lo matara sin ninguna duda, seor dijo Sheldra. El theltocarna es un
veneno: no se puede usar dos veces No, no se puede usar dos veces en un plazo de diez
das.
Hubo un murmullo de aprobacin entre las muchachas.
En dnde est la Tuguinda? pregunt Nito, esta con el seor Ta-Kominion?
Ella puede saber qu es lo que hay que hacer.
Kelderek no contest y, volviendo sobre sus pasos, hizo poner de pie a los hombres.
Un hora despus la marcha era ms fcil: la subida era ms pareja y el camino
menos empinado. De acuerdo a lo que poda juzgar por el cielo turbio y vago, era cerca de
medioda cuando llegaron finalmente a Guelt. La plaza estaba cubierta de deshechos, como
si hubiera habido un altercado.
Hay olor a jaura de monos refunfu Baltis.
Di a tus hombres que coman y descansen dijo Kelderek. Voy a tratar de
averiguar cundo se ha ido el ejrcito.
Atraves la plaza, mirando a su alrededor, perplejo, las puertas cerradas y los
callejones vacos. De repente sinti un dolor agudo, como una picadura de insecto, en el
lbulo de la oreja izquierda. Se llev la mano all y, al retirarla, los dedos estaban cubiertos
de sangre; al mismo tiempo comprendi que la flecha que lo haba rozado se haba clavado
en la jamba de una puerta. Gir rpidamente sobre sus talones pero slo vio otra calle
desierta entre puertas cerradas y ventanas con postigos. Sin volver la cabeza, retrocedi
lentamente hacia la plaza y se qued a la espera de alguna seal de movimiento.

Qu ocurre? pregunt Baltis, apareciendo detrs de l. Kelderek se toc


nuevamente la oreja y mostr los dedos. Baltis silb.
Est feo dijo. Estn tirando piedras?
Fue una flecha dijo Kelderek.
En ese instante se oy el chirrido de una puerta cercana al abrirse. En el umbral
apareci una vieja sucia, con ojos inflamados. Pareca bambolearse por obra del peso de
una nia que llevaba en sus brazos. Cuando lleg cerca de Kelderek, ste se dio cuenta, con
un sobresalto, de que la nia estaba muerta. La vieja dio unos pasos vacilantes hacia l y
deposit a la nia en el suelo, a sus pies. Era una nia de unos ocho aos, con sangre
coagulada en los cabellos y los ojos, abiertos, cernidos por un flujo amarillo. La vieja,
doblada y murmurando, sigui de pie ante l.
Qu quieres, abuela? pregunt Kelderek. Qu ha pasado?
Creen que nadie ve. Creen que nadie ve murmur. Pero Dios ve. Dios todo lo
ve.
Qu ha pasado? pregunt de nuevo Kelderek, agachndose sobre el cuerpo de
la nia y asiendo la delgada mueca bajo los harapos.
S, eso es, pregntales a ellos pregntales qu pas dijo la vieja. Si corres
los alcanzaras. No es tan lejos No han ido lejos.
En ese momento llegaron dos hombres, uno al lado del otro, por una de las esquinas.
Mantenan la mirada fija ante ellos y sus rostros tenan la expresin tensa y resuelta de los
que estn conscientes de correr un riesgo. Sin hablar a Kelderek, asieron a la vieja por los
brazos, la pusieron en medio de ellos y se la llevaron.
Kelderek y Baltis dejaron el cuerpo de la nia en el suelo y atravesaron de nuevo la
plaza. Los hombres haban formado un crculo en torno a la nia y lanzaban miradas
nerviosas en torno.
Creo que no debemos quedarnos aqu dijo Sencred, sealando al derredor. No
somos bastantes para estar seguros.
Unos hombres se haban reunido en el extremo de una de las calles que daban sobre
la plaza y hablaban entre ellos, gesticulando. Unos pocos estaban armados.
Kelderek se quit el cinturn, dej el carcaj y el arco sobre el suelo y avanz hacia
ellos.
Cuidado! grit Baltis detrs de l. Kelderek no le hizo caso y sigui
caminando hasta que estuvo a unos treinta pasos de los hombres. Levant las dos manos

abiertas y grit:
No queremos herirlos! Somos amigos vuestros!
Hubo un estallido de risotadas sardnicas y un hombre grandote, de pelo gris y con
el puente de la nariz roto, sali del grupo, y dijo:
Ya hiciste bastante. Djanos en paz o te mataremos!
Kelderek sinti menos miedo que exasperacin.
Entonces tratad de matarnos, estpidos! grit. Tratadlo!
Ah, para traer a sus amigos de vuelta dijo otro hombre. Por qu no vas y
traes a tus amigos? No hace una hora que se fueron.
Yo dira que hay que seguir el consejo dijo Baltis, que se haba acercado y
estaba de pie junto a Kelderek. Nada se gana esperando.
Pero nuestra gente est cansada! contest Kelderek de mal tono.
Va a estar mucho peor, hijo mo, si no salimos de aqu dijo Baltis. Vamos
no soy cobarde y tampoco lo son estos muchachos pero nada se gana quedndonos.
Luego, como Kelderek an vacilaba, dijo a los hombres: Mostradnos el camino, pues, y
nos iremos.
Al or esto, como una jaura de perros, todos dieron unos pocos pasos cautelosos
hacia adelante y se pusieron a gritar y hacer ademanes sealando hacia el Sur. En cuanto
estuvo seguro de la direccin, Kelderek traz una lnea en el polvo del suelo, con el pie, y
les advirti que no deban cruzarla hasta que se hubieran retirado los ortelganos.
S, Guelt puede pasarla sin vuestra ayuda grit Baltis, ponindose a tirar de
nuevo de las sogas para alentar a sus hombres cansados.
Se alejaron lentamente, mientras la gente de la ciudad los contemplaba, charlando y
sealando el enorme cuerpo oscuro echado detrs de los barrotes.
Fuera de la ciudad el camino bajaba. Muy pronto lleg a ser tan empinado que la
tarea ya no consisti en empujar la jaula, sino en sostenerla para que no se escapara cuesta
abajo.
Poco tiempo despus Kelderek not que las ruedas estaban aflojndose y que toda la
estructura se haba desplazado y no encajaba bien. Consult con Baltis.
No vale la pena tratar de arreglarla. La verdad es que dentro de una o dos horas la
maldita jaula se va a caer hecha pedazos. Qu quieres que hagamos, muchacho?

Seguimos?
Qu otra cosa podemos hacer? contest Kelderek. Y lo cierto es que, a pesar
de las penurias y de estar prcticamente exhaustos, ninguno de los hombres se haba
quejado. Pero cuando se pusieron a descansar en un punto en que el camino se ensanchaba
y formaba un bosque abierto, por primera vez Kelderek se permiti pensar en qu habra de
terminar la cosa. Aparte de las muchachas, que eran iniciadas en los misterios y que de
todos modos no iban a poner en tela de juicio nada que l les hubiera ordenado hacer,
ninguno de los que estaban con l tena experiencia de la fuerza y la ferocidad que Shardik
poda mostrar. Si se despertaba en medio del ejrcito de Ortelga y rompa su frgil jaula,
cuntos iban a ser ultimados por su furia? Y cuantos ms, en razn de esto, iban a quedar
convencidos de que estaba enojado con Ortelga y la condenaba? Pero si les deca a Baltis y
al resto que, por razones de seguridad, deban abandonar a Shardik ahora, qu podra
decirle l a Ta-Kominion despus de haber dado ste orden de que se trajera a Shardik a
cualquier costo?
Decidi seguir adelante hasta estar a la zaga del ejrcito. Entonces, si Shardik an
segua inconsciente, l se adelantara, informara a Ta-Kominion y volvera con nuevas
rdenes.
Pero ahora haba que encontrar hombres bastante fuertes para aguantar las sogas.
Despus de las ltimas doce horas algunos apenas eran capaces ya de poner un pie delante
del otro. Pero incluso en esta situacin extrema, la creencia apasionada en el destino de
Shardik los llevaba a avanzar a tumbos, a arrastrarse, a trastabillar y seguir adelante.
Dentro de este mal sueo empez a caer la lluvia, mezclndose con el sudor,
formando regueros salados sobre los labios hinchados, quemando las llagas abiertas,
silbando entre las hojas, limpiando de polvo el aire. Baltis levant la cabeza hacia el cielo,
dio un paso en falso y tropez con Kelderek.
Lluvia gru lluvia, muchacho! Qu vamos a hacer ahora?
Qu? murmur Kelderek, parpadeando como si el herrero lo hubiera
despertado.
Digo que es la lluvia, la lluvia! Qu va a ser de nosotros ahora?
Dios lo sabr! contest Kelderek. Seguiremos seguiremos.
Bueno pero ellos no van a encontrar el camino hasta Bekla bajo la lluvia Por
qu no volvemos mientras sea posible y salvamos nuestras vidas?
No! grit Kelderek con pasin. No! Baltis gru y no dijo nada ms.
Muchas veces el cansancio hizo que se detuvieran y muchas veces reanudaron la
marcha. Una vez Kelderek intent contar el nmero de soldados, que disminua, pero se

confundi y abandon el proyecto. En menos de una hora iba a estar oscuro. No haba
seales de ejrcito y Kelderek comprendi, con desesperacin, que probablemente su banda
de soldados sueltos y mojados se iba a ver forzada a pasar la noche en las estribaciones de
los montes.
Baltis volvi junto a l.
Las cosas no pintan bien, joven dijo entre dientes. Vamos a tener que
pararnos muy pronto: se va a poner oscuro. Y, entonces: qu vamos a hacer? Es mejor que
t y yo sigamos solos Vayamos a buscar al joven barn y pidmosle ayuda. Pero te dir
lo que pienso: l mismo va a tener que volver si quiere seguir vivo. Ya sabes lo que son las
lluvias. Despus de dos das ya ni una rata se puede mover. Mucho menos un hombre.
Oye! dijo Kelderek. Qu es ese ruido?
Haban llegado a la parte alta de una loma, donde el camino daba una curva y
tomaba hacia abajo a travs de una espesura boscosa Al principio no haba ningn ruido,
luego, levemente, lleg a los odos de Kelderek el ruido que haba odo antes: gritos
distantes, agudos e instantneos como chispas voladoras, voces confundidas y que se
superponan unas a otras como ondas en un estanque. Mir a uno y otro hombre. Todos le
devolvan la mirada, esperando que l confirmara el nico pensamiento de ellos.
El ejrcito! grit Kelderek.
S, pero por qu gritan? dijo Baltis. Me parece que hay algo que anda mal.
Sheldra se adelant y puso la mano en el brazo de Kelderek.
Seor! grit sealando con la mano. Mira! El Seor Shardik se est
despertando!
Kelderek se volvi hacia la jaula. El oso, con los ojos todava cerrados, se haba
incorporado sobre el piso en una posicin acurrucada, poco natural, que 110 pareca la
posicin de un ser que duerme, sino ms bien la postura grotesca de algn insecto
gigantesco, con la espalda arqueada y las patas recogidas bajo el cuerpo. La respiracin era
irregular, laboriosa, y en la boca se formaba espuma. Mientras ellos lo miraban, se movi,
como incmodo, y luego, con un movimiento incierto e insensible de tanteo, levant una
pata hasta el hocico. Por un momento elev la cabeza y los labios se recogieron como si
fuera a mostrar los dientes; luego cay de nuevo al suelo.
Despertar ahora, en seguida? pregunt
involuntariamente al ver que el oso se mova una vez ms.

Kelderek,

encogindose

No en seguida, seor contest Sheldra pero pronto lo har En menos de


una hora.

Se oyeron claramente ruidos de batalla y, en medio de la gritera de los ortelganos,


pudieron discernir un grito rtmico e intermitente, un sonido concertado, duro y compacto
como el de un proyectil:
Bek-la-Maut! Bek-la-Maut!
Empujad! grit Kelderek, sin saber muy bien qu deca. Empujad! Shardik
a la batalla! Que el cansancio quede atrs! Adelante!
Los hombres, chapoteando y tropezando en la lluvia, desataron las sogas mojadas,
las engancharon del otro lado y empujaron la jaula cuesta abajo, sostenindola cuando
corra ms de lo debido. Slo haban avanzado una corta distancia cuando Kelderek se dio
cuenta que estaban ms cerca de la batalla que lo que l haba supuesto. La totalidad del
ejrcito deba estar tomada, pues el clamor se extenda a derecha e izquierda. Avanz un
poco, pero no pudo ver nada a causa de los rboles espesos y la luz que decreca. De
repente un grupito de cinco o seis hombres lleg corriendo por la ladera, dndose vuelta y
mirando por encima del hombro. Slo dos de ellos llevaban armas. Uno, un pelirrojo
huesudo, iba delante de los otros. Al reconocerlo, Kelderek lo tom del brazo. El hombre
profiri un grito de dolor, lanz un juramento e intent torpemente golpearlo. Kelderek dej
pasar la cosa y se limpi la mano ensangrentada en el muslo.
Numiss! grit. Qu ha ocurrido?
Todo terminado! Eso es lo que ha ocurrido! Todo el maldito ejrcito beklano
est all a millares. Scalos de all si puedes!
Kelderek lo agarr del pescuezo.
Dnde est el seor Ta-Kominion? Maldito seas! Dnde?
Numiss seal con la mano.
All tirado en el camino. Est listo! Se libr de l y desapareci.
La jaula, siempre cuesta abajo, estaba ya un poco detrs de Kelderek. Este llam a
Baltis:
Espera! Mantena ah hasta que yo vuelva!
No se puede! Es demasiado empinado! grit Baltis.
Ponle estacas, entonces! contest Kelderek por encima del hombro. TaKominion
Demasiado empinado, te digo, muchacho. Es demasiado empinado!

Kelderek corri hacia abajo de la colina y tuvo un atisbo de rboles y de una ladera
que ascenda hacia un terreno abierto, rocoso, por el cual los hombres de Ortelga estaban
avanzando en su direccin. De ms lejos, firmes como un redoblar de tambores, llegaban
los gritos concertados del enemigo. No habra avanzado una distancia mayor que un tiro de
flecha, cuando encontr a su hombre. Ta-Kominion yaca de espaldas en el camino. Los
regueros formados por la lluvia, con su resaca de ramillas y hojas, se haban detenido en
torno al cuerpo, lo rodeaban como si hubiera sido un tronco cado. A su lado, frotndose las
manos, estaba en cuclillas un hombre de pelo gris: Kavass el arquero. De repente TaKominion pronunci algunas palabras incoherentes y se golpe un brazo. Kelderek corri
hacia l, se arrodill a su lado y sinti que por la garganta le suba una arcada por el olor a
gangrena y putrefaccin.
Zelda! grit Ta-Kominion. La cara blanca estaba horriblemente convulsionada;
tena la forma de la calavera y pareca ms espantosa por la vida que an brillaba en los
ojos. Mir fijamente a Kelderek pero ya no dijo nada.
Seor! dijo Kelderek. Lo que me pediste est cumplido. El Seor Shardik
est aqu.
Sh Sh Shardik!
Shardik ha vuelto, seor.
De repente un bramido ms fuerte que el mismo clamor de la batalla invadi el
sendero, que formaba una especie de tnel bajo los rboles. Sigui un entrechoque y un
resonar de hierros, un crepitar de maderas que se quiebran, gritos de pnico y un ruido de
raspones y arrastres. La voz de Baltis gritaba: Dejadlo, tontos!. Luego se oa el bramido,
lleno de ferocidad y furor. Kelderek se puso de pie de un salto. La jaula se haba soltado y
rodaba cuesta abajo, traqueteando y saltando cuando las rudimentarias ruedas se hundan en
el barro y chocaban contra alguna piedra de punta. El techo se haba hendido en dos y los
barrotes colgaban hacia fuera, algunos raspando el suelo, otros rozando a los lados, como
aspas gigantescas. Shardik se haba erguido y estaba rodeado por pedazos de madera largos
y astillados. La sangre le corra por un hombro y echaba espuma por la boca, golpeando los
barrotes de hierro a su alrededor como los martilleros de Baltis nunca los haban golpeado.
La punta de una estaca rota le haba golpeado. La punta de una estaca rota le haba entrado
en el pescuezo y al moverse la agitaba a uno y otro lado, aullando de dolor y enojo. Con los
ojos enrojecidos, lleno de espuma y de sangre, abrindose paso con la cabeza entre las
ramas ms bajas de los rboles, que se cruzaban sobre el camino, se lanz a la batalla como
un animal-dios del apocalipsis. Kelderek tuvo tiempo de arrojarse sobre la orilla. La jaula
pas atronando a su lado, rechinando, sobre el mismo lugar en que l se haba arrodillado, y
tres de las ruedas, gruesas como el brazo de un hombre, pasaron por encima del cuerpo de
Ta-Kominion, abriendo un canal sanguinolento entre la ropa, la carne y el hueso. La jaula
sigui adelante, internndose entre los fugitivos de Ortelga como un carro demonaco hasta
que, al golpear de frente contra el tronco de un rbol, se lade y se hizo pedazos. Por unos
instantes Shardik, tirado de espaldas, patale y se debati buscando un punto de apoyo.
Luego se puso de pie y, con la punta de la estaca todava metida en el pescuezo, se abri

paso entre los rboles y march hacia el campo de batalla.

23
La batalla al pie de las colinas

Guel-Ethlin miraba a derecha e izquierda en la luz crepuscular la lluvia. Su lnea


permaneca invicta. Durante ms de una hora las tropas de Bekla se haban limitado a
mantener el terreno, rechazando los ataques furiosos pero fragmentarios de los ortelganos.
Al cabo de un rato de ansiedad result claro que el enemigo, que lo haba atacado tan
inesperadamente como l haba calculado, no posea un comando central efectivo y atacaba
sencillamente siguiendo rdenes de jefes individuales, grupo por grupo, de acuerdo a la
decisin de cada barn. Comprendi que, aunque probablemente lo sobrepasaban en algo
as como tres a dos, esto no tena porque significar la derrota mientras el enemigo careciera
de coordinacin y disciplina autnticas. Slo era necesario defender y esperar. Mientras los
ortelganos continuaran efectuando ataques espordicos sobre la lnea, era bastante fcil para
las compaas de Bekla no interesadas en la refriega ir hacia el interior y tratar de romper
las lneas. Al caer la noche muy pronto ahora sus tropas ya iban a estar al lmite de la
resistencia, pero lo que habra que hacer entonces iba a depender del estado de cada
ejrcito. Lo ms prudente era volver a la llanura. Era improbable que estas tropas
irregulares fueran capaces de seguirlos y ni siquiera, ahora que haban empezado las
lluvias, de mantener el terreno. Los suministros de alimentos de ellos eran probablemente
escasos, mientras que l contaba con raciones de cierta clase para dos das y, a
diferencia del enemigo, iba a tener la oportunidad de requerir ms si entraban en territorio
amistoso.
Mantenerse firme hasta que oscureciera, pensaba Guel-Ethlin: esa era la cosa. Por
qu correr el riesgo de romper filas para atacar? Y despus retirarse, dejando que la lluvia
terminara con la tarea.
Otro ataque fue lanzado contra la ladera, esta vez directamente hacia su centro. Las
tropas de Tonilda, formadas por soldados de segundo orden, si alguna vez los hubo,
rompan filas en una especie de anticipacin nerviosa y avanzaban con aire vacilante para
enfrentarlos. Guel-Ethlin se adelant, gritando:
Firmes, firmes! Tonilda viene!
Por lo menos, nadie hubiera podido decir que su voz de mando era floja. Era una voz
que rajaba la algaraba como un martillo que rompe un pedernal. La gente de Tonilda
retrocedi y volvi a formar lneas, mientras la lluvia les goteaba de los hombros. Unos
instantes despus el ataque de Ortelga se precipit a travs de los ltimos metros golpeando
como un pisn contra un muro. Entrechocaban las armas y los hombres avanzaban y
retrocedan, resollando y jadeando como nadadores en aguas difciles. Se oy un grito y un
hombre cay fuera de las filas, llevndose las manos al estmago: se desplom en el barro
y all qued pataleando, semejante en su desgracia desatendida a un pez magullado que

echan a morir sobre la arena.


Firmes! Es Tonilda! grit de nuevo Guel Ethlin.
Un ortelgano pelirrojo y huesudo se precipit dentro de un claro que haba en las
filas y corri unos pocos pasos, mirando en derredor y blandiendo la espada. Un oficial se
tir contra l, err el cuerpo cuando el hombre hizo un movimiento inesperado y lo hiri en
el brazo. El hombre gir, dio un aullido y volvi corriendo por el mismo claro.
Detrs de las filas Guel-Ethlin, seguido por su abanderado, su trompeta y su criado,
corri sobre su izquierda hasta que estuvo ms all del punto de ataque. Luego, atravesando
la formacin frontal de los mercenarios de Deelguy, se volvi y mir la lucha a su derecha.
Los ortelganos haban aprendido ahora, sin duda, o haban encontrado un jefe sensato
a proteger los flancos de su ataque, haban roto la lnea de Tonilda formando una cua de
unos sesenta metros de ancho. Peleaban, como ya lo haban hecho toda la noche, con una
especie de ferocidad estulta, prdiga de vidas. El suelo barroso y pisoteado que haban
ganado estaba cubierto de cuerpos. Y sus propias prdidas aumentaban rpidamente, de ello
no haba ninguna duda. El ataque se haba vuelto peligroso, y tena que ser detenido y
rechazado antes de que el enemigo lo reforzara. Se dio vuelta y se dirigi al comandante de
lnea que tena ms cerca Kreet-Liss, un soldado secreto y reticente, capitn de los
mercenarios de Deelguy. Kreet-Liss, aunque no por cierto un cobarde, siempre tenda a
retobarse y era un aliado que sbitamente tena dificultades para entender las frases
beklanas ms sencillas cuando las rdenes no eran de su agrado. Escuch a Guel-Ethlin, a
quien obligaba el ruido a gritarle casi al odo, cuando le dijo que hiciera retroceder a sus
hombres, los colocara en el centro y contraatacara a los ortelganos.
S, s grit en su pesado acento finalmente la cosa anda mal ah. Mejor
confiar en nosotros. Eh, eh?
Los tres o cuatro barones jvenes, de negras cabelleras enruladas, que lo rodeaban,
sonrieron entre ellos, sacudieron un poco de lluvia de sus enlodados y multicoloridos
atavos y fueron a reunir a sus hombres. Cuando la gente de Deelguy retrocedi, GuelEthlin no pudo, en la luz que disminua, atraer la atencin de Shaltnekan, el comandante
que estaba a su izquierda, a quien quera encargarle que llenara el claro. Envi a su
sirviente con la orden.
El joven Shaltnekan y sus hombres se acercaban ahora con las cabezas inclinadas
para evitar la lluvia que les azotaba las caras. Guel-Ethlin fue al encuentro de ellos,
sacudindose los brazos contra el pecho, porque estaba empapado.
No podramos romper filas y atacarlos, seor? pregunt Shaltnekan antes de
que su superior pudiera hablar.
Mis hombres estn cansados de estar a la defensiva frente a esta horda de salvajes
piojosos. Una buena arremetida y los deshacemos.

De ningn modo contest Guel-Ethlin. Sabes acaso si no tienen reservas all


detrs, en los bosques? Nuestros hombres estaban cansados cuando llegaron aqu, y una vez
que rompan filas van a ser pan comido para cualquiera. Lo nico que podemos hacer es
aguantar. Actualmente estamos bloqueando el camino a la llanura y, una vez que se den
cuenta que no nos pueden mover, se van a venir abajo.
Como digas, seor dijo Shaltnekan pero uno se siente a contrapelo
quedndose quieto cuando se podra hacer correr a esos bastardos por los montes como
cabras.
Y yo digo que hay que aguantar! contest vivamente Guel-Ethlin.
Guel-Ethlin camin hacia la retaguardia, sintiendo la ropa mojada y pegajosa contra
su cuerpo. El crepsculo se acentuaba y tuvo que escudriar unos instantes antes de divisar
a Kreet-Liss. Corri hacia l y lleg justamente en el instante en que los Deelguy se
lanzaban al ataque. El grito concertado y rtmico de Bek-la-Maut! Bek-la-Maut! fue
repetido por toda la columna, pero se interrumpi en el centro, cuando los Deelguy se
pusieron en contacto con el enemigo. Era claro que los ortelganos estaban dispuestos a
pagar un precio caro para mantener la brecha que se haba abierto. Tres veces rechazaron a
los mercenarios, y cada vez que caa un enemigo, el ortelgano que se le opona se agachaba
rpidamente para apoderarse de las armas extranjeras que l crea que deban ser mucho
mejores que las suyas, aunque unas y otras haban sido forjadas con hierro de Guelt.
De repente, un nuevo ataque de Bekla fue lanzado sobre el flanco derecho de
Ortelga, y una vez ms el grito firme y rtmico, Bek-la-Maut!, se elev sobre el clamor
circundante. Guel-Ethlin, que haba estado a punto de dar a Kreet-Liss la orden de atacar
una vez ms, trataba de escudriar a su izquierda para descubrir lo que haba ocurrido,
cuando alguien le dio un tirn de la manga. Era Shaltnekan.
Esos que atacan ahora son mis hombres, seor dijo.
En contra de las rdenes! grit Guel-Ethlin. Qu quiere decir esto? Vuelve
y!
Estn a punto de aflojar en cualquier momento, seor, si no me equivoco dijo
Shaltnekan. No querrs que los detenga ahora, cuando los estn persiguiendo
No hars nada de eso! contest Guel-Ethlin.
Seor dijo Shaltnekan si los dejamos salir del campo en forma ms o menos
ordenada, qu se va a decir de nosotros en Bekla? No podramos sobrevivir a eso. Tienen
que ser derrotados. Hay que hacerlos pedazos. Y ahora es el momento de hacerlo, o van a
desaparecer en la oscuridad.
No poda negarse que haba sido una hermosa iniciativa, y tampoco poda negarse
que era bastante fuerte el argumento de que la huida del enemigo, despus de la batida que

haba sufrido, iba a ser mal visto en Bekla. Por otra parte, si los destrua, su reputacin iba a
quedar establecida e iba a silenciar cualquier crtica posible do Santil-ke-Erketlis.
Los oficiales beklanos, obedientes a las rdenes, haban hecho detener a sus
hombres en la lnea defensiva original y los ortelganos corran cuesta abajo sin que nadie
los persiguiera, algunos ayudando a sus heridos o cargados del equipo que haban robado a
los beklanos.
Sigue, seor, sigue! jade el muchacho. Termina con ellos!
Guel-Ethlin, ya decidido, se volvi hacia el trompa.
Bueno, Lobo le dijo, dirigindose a l por su apodo de nada sirve que ests
ah sin hacer nada! Romper filas: persecucin general. Y sopla con fuerza: que todos
puedan orle!
La trompa apenas acababa de sonar cuando va varias compaas beklanas
empezaron a bajar las laderas: las de los extremos se dispersaban muy a lo ancho y trataban
de volver al camino. Cada hombre esperaba superar a sus compaeros en el saqueo, no
importaba de qu.
Sin duda iba a haber poco o nada que sacar de estos brbaros, fuera de sus piojos,
pero una pareja de esclavos se venda a buen precio en Bekla, y siempre haba la
posibilidad de encontrar un barn con adornos de oro o incluso alguna mujer entre el
equipo que quedaba detrs.
Guel-Ethlin tambin corri entre los primeros, con su porta-estandarte a un lado y
Shaltnekan del otro.
De cerca, desde alguna parte dentro del bosque, lleg un retumbo, un ruido como de
molienda, que se fue acercando y se convirti en un ruido de maderas rajadas y entrechoque
de hierros. Inmediatamente despus se oy por encima del tumulto un rugido salvaje, como
de algn animal grande que est dolorido. Luego unas ramas se apartaron frente a l y
Guel-Ethlin qued duro de horror, desprovisto de todo sentimiento que no fuera el pnico.
Ante l, a unos pocos metros de distancia, estaba de pie, con una altura que era ms
de dos veces la estatura de un hombre, un animal que no tena cabida en el mundo de los
mortales. Ms que nada pareca un oso, pero un oso creado en el infierno para atormentar a
los condenados con su mera presencia. Las orejas estaban agachadas, como las de un gato
rabioso, los ojos tenan rojos resplandores en la luz que disminua, una espuma ocre sala de
entre unos dientes parecidos a cuchillos de los Deelguy. Sobre uno de los hombros y esto
casi lo enloqueci de miedo, pues era la prueba que la criatura no era humana llevaba
una estaca enorme y puntia-guda, que chorreaba sangre. Tambin tena cubiertas de sangre
las garras encorvadas y una de las patas levantada por encima de la cabeza, como en un
horrendo saludo de muerte. Sus ojos los ojos de un ser enloquecido, que habita un mundo
de crueldad y de dolor miraban a Guel-Ethlin con una especie de oscura inteligencia,

pero que bastaba para su nico propsito. Al encontrar esa mirada l dej caer la espada de
su mano y; al hacerlo, el animal le dio un golpe que le aplasto el crneo y le hundi la
cabeza entre los hombros.
Un momento despus Shaltnekan cay sobre l, con el pecho roto como un tambor
aplastado. Kreet-Liss, trastabillando en la ladera mojada, intent dar un golpe con su espada
antes de que su garganta fuera desgarrada y convertida en una fuente de sangre. Y este
golpe de espada, al herirlo, llen al animal de una furia tan violenta de destruccin que
todos los hombres se pusieron a gritar cuando se lanz cuesta arriba entre ellos, tratando de
deshacer y destruir. Los hombres de los lados, detenindose e intentando averiguar a gritos
qu haba ocurrido, sintieron que las tripas se les aflojaban al or la noticia de que el osodios, ms aterrador que ninguna criatura imaginada en los limbos inferiores de la fiebre y la
pesadilla, haba aparecido finalmente, haba reconocido y haba matado deliberadamente al
general y a dos comandantes.
Desde las ondulantes lneas de Ortelga se elev un grito de triunfo Kelderek,
cojeando y bambolendose de fatiga fue el primer hombre que emergi de los rboles
gritando Shardik, Shardik el Poder de Dios! y luego, a los gritos de Shardik!
Shardik!, ltimos sonidos que llegaron a odos de Ta-Kominion, los ortelganos se
precipitaron cuesta abajo, arrasando el quebrado centro beklano. Pocos minutos despus
Kelderek, Baltis y una veintena de los otros llegaban a la desembocadura del despeadero,
delante de la cresta y, sin atender a su aislamiento, miraron a todos lados, dispuestos a
enfrentarse con cualquiera que intentara buscar una huida. De Shardik, desvanecido en
medio de la oscuridad que todo invada, no haba quedado ni imagen ni sonido.
Despus de media hora, cuando, la noche ya haba puesto fin al derramamiento de
sangre, toda resistencia beklana se haba apagado, Los ortelganos, siguiendo el terrible
ejemplo que los haba redimido de la derrota, no mostraron piedad: mataron a sus enemigos
y despojaron a los cuerpos de armas y de escudos, hasta que estuvieron tan bien
pertrechados mino nunca lo estuvo fuerza alguna en la llanura de Bekla. Unos pocos de los
hombres de Guel-Ethlin lograron escapar a Guelt.
Antes de medianoche el ejrcito, a quien Zelda y Kelderek haban hablado con tanto
entusiasmo que ni siquiera se qued para honrar a sus muertos, sigui cojeando en
direccin a Bekla, proclamando las noticias de su victoria y de la total destruccin de las
fuerzas de Guel-Ethlin.
Dos das ms tarde, reducidos a las dos terceras partes de su fuerza por las fatigas y
las privaciones de la marcha, los ortelganos, que avanzaban por el camino pavimentado que
cruzaba la llanura, aparecieron ante los muros de Bekla: rompieron el portn labrado y
dorado de Tamarrik esa pieza nica creada por el artesano Fleitil un siglo antes
despus de sacudirla durante cuatro horas con un tambor improvisado y al costo de ms de
quinientos hombres; derrotaron a la guarnicin y a los ciudadanos, a pesar de la valerosa
direccin del enfermo Santil-ke-Erketlis; saquearon y ocuparon la ciudad e inmediatamente
se pusieron a pertrechar las fortificaciones contra riesgos de contraataques posibles en
cuanto terminaran las lluvias.

De este modo, en lo que sin duda debe haber sido una de las campaas ms
extraordinarias e imprevisibles que nunca se haya visto, cay Bekla, capital de un imperio
de provincias subyugadas que abarcaban 360 kilmetros cuadrados de extensin. De estas
provincias, las ms alejadas de la ciudad se escindieron y se declararon enemigas de los
nuevos dirigentes. Las ms prximas, ante la posibilidad de saqueos y el derramamiento de
sangre de una resistencia, se pusieron bajo la proteccin de los ortelganos, de sus generales
Zelda y Gued-la-Dan y de su misterioso rey-sacerdote Kelderek, llamado Crendrik, el Ojo
de Dios.

Libro III
Bekla

24
Elleroth

Bekla, ciudad de mito y conjetura, oculta en el tiempo como Tiahuanaco en las


fortalezas de los Andes, como Petra en los montes de Edom, como Atlantis bajo las aguas!
Bekla de enigma y secretos, envuelta ms profundamente en su misterio religioso que
Eleusis la del trigo cosechado, que los gigantes de piedra del Pacfico o las tierras del Preste
Juan. Sus muros grises y derruidos, sobre cuyos parapetos slo pasaban las nubes, en
cuyos huecos soplaba el viento y cesaba como el clarn de Cracovia o la estatua de
Memnn en las arenas las estrellas que se reflejaban en sus aguas, las flores que
perfumaban sus jardines se han convertido en palabras odas en un sueo que no puede ser
recordado. Su misma historia yace enterrada, ignota, monedas, cuentas y tableros de juego,
calle bajo calle, almacn bajo almacn, chimenea bajo chimenea, ceniza bajo ceniza. La
tierra ha sido cavada en Troya y en Micenas; la selva talada en torno a Zimbabu; y
encerradas en mapas y relojes estn las temibles ligas en tomo a Urumchi y Ulan Bator.
Pero quin dispersar la oscuridad lunar que cubre a Bekla o la elevar hasta la luz desde
profundidades ms solitarias y remotas que esas en donde Basoguigas y Etusa nadan en el
silencio negro? Tan solo a travs de cuentos se puede adivinar a veces, como las maderas
enigmticas y labradas de las Amricas que flotaban siglos ha y llegaban a las costas de
Portugal y Espaa; o tal vez en sueos puede ser atisbado el enigma, desde las cubiertas de
la flota imper-trrita de dioses y de imgenes que navegan de noche y que llevan a los
pasajeros en bodegas que no son otras que las que llevaron, en su breve tiempo, a la mujer
de Pilatos, a Jos de Canan y a la prudente Penlope de Itaca con sus veinte gansos. Bekla
la incomparable, el lirio del llano, el jardn de piedra esculpida y que danza, la ciudad que
surge entre la bruma y el crepsculo, leve como las huellas del mismo Shardik en selvas
hace mucho tiempo desaparecidas.
Los muros se extendan por 10 km a la redonda, levantndose en el Sur para rodear
la cumbre del monte Crndor, que corona con su ciudadela la ladera frontal de las canteras
ms abajo. Una serie de escalones empinados lleva a ese frente y desaparece a una altura de
veinticinco metros, dentro de la boca de un tnel que corre a travs de la roca y emerge a la
luz crepuscular del gran granero-bodega. La otra entrada a la ciudadela es el llamado
Portn Rojo en el muro del Sur, un arco bajo por el cual fluye una corriente desde su fuente
interior hasta las varias cascadas llamadas las Nias Blancas en la ladera graduada del
Sur. Junto al Portn Rojo antiguos hombres trabajaron para ampliar y profundizar el cauce
de la corriente y dejaron hecho, dos pies por debajo de la superficie del agua, un canal
angosto y serpenteante de roca viva.
No era el monte Crndor que solicitaba la mirada del recin llegado a Bekla, sino la
cordillera de los Montes del Leopardo, ms abajo, con sus terrazas de vias, flores y
tendriona ctrica. En la cresta, por encima de los jardines circundantes, se levantaba el
Palacio de los Barones con su serie de torres que reflejaban la luz en sus balcones de

mrmol rosa y pulido. En total haba veinte torres redondas, ocho a lo largo del Palacio, y
cuatro a lo ancho, que se afinaban en los extremos, y la pared circular era tan tersa y
simtrica que, a la luz del sol, ni un solo borde de piedra arrojaba sombra sobre la piedra de
abajo, y la nica negrura visible era la de las aperturas de las ventanas, redondas, trazadas
como cerraduras, que daban luz a las escaleras en espiral. Muy arriba, tan arriba como
rboles altos, los balcones circulares avanzaban como capiteles de columnas y sus suelos
eran lo bastante anchos para que dos hombres pudieran caminar por ellos lado a lado. Las
balaustradas de mrmol eran idnticas en altura y forma, pero cada una estaba decorada de
distinto modo, labrada a cada lado en bajorrelieve con imgenes de leopardos, azucenas,
pjaros o peces; de tal modo que un seor poda decirle a su amigo: Me ver contigo esta
noche en la Torre Bramba, o un amante a su amada: Encontrmonos esta noche en la
Torre de Trepsis y contemplemos la puesta del sol antes de la cena. Por encima de estos
maravillosos nidos de cuervos las torres culminaban en campanarios esbeltos, pintados de
rojo, azul y verde, con postigos, y que encerraban sonoras campanas de cobre.
El Palacio mismo se levantaba dentro de sus torres y estaba a una distancia de varios
metros de sus bases. Pero, y la cosa era maravillosa de ver, a la altura del techo, la parte de
la pared que estaba detrs de cada torre se inclinaba hacia afuera, apoyada en gruesos
puntales, la abrazaba y sobresala un poco ms all, de tal modo que las torres mismas, con
sus campanarios puntiagudos, parecan picas clavadas, a intervalos regulares, en las
paredes, que soportaban el techo como un dosel es soportado en la periferia.
A cierta distancia del pie del Monte del Leopardo estaba el Pozo de Roca, recin
excavado, e inmediatamente encima estaba la Casa del Rey, una construccin severa y
cuadrada de habitaciones y corredores rodeados por un vestbulo en un tiempo cuartel
para los soldados, pero reservado ahora a otros usos y otro ocupante. Cerca, agrupados
en el lado Norte de los jardines de cipreses y del lago que llamaban la Pa, haba unos
edificios de piedra, parecidos a los de Quiso, pero de mayor tamao y ms numerosos.
Algunos de estos eran usados como viviendas por los jefes de Ortelga, y otros se reservaban
para los huspedes o las delegaciones de los pueblos de provincia, cuyas idas y venidas,
con embajadas ante el rey, o peticiones que exponer ante los generales, eran incesantes en
este imperio siempre en guerra a causa de sus discutibles fronteras. Ms all de los jardines
de cipreses un camino amurallado conduca al Portn del Pavo Real, nico camino a travs
de la rampa fortificada que divida a la ciudad alta de la ciudad baja.
La ciudad baja, la ciudad propiamente dicha, con sus calles pavimentadas y
callejones polvorientos, sus olores y clamores durante el da, su luz lunar y su perfume a
jazmines por la noche, sus invlidos y mendigos, sus animales, sus mercancas, sus
diseminadas huellas de guerra y de saqueo, sus puertas clausuradas y paredes ennegrecidas
por los incendios tambin pueden volver las ciudades desde la oscuridad?. Aqu haba
una calle de cambistas; ms all, a ambos lados de una angosta avenida de acebos, se
levantaban las casas de los joyeros, con ventanas altas y tapiadas y un par de recios
mocetones en la entrada que deban informarse sobre las intenciones del forastero.
El mercado de ganado haba sido quemado hasta los cimientos durante la guerra, y
en una de las puertas vencidas y abiertas del templo de Kram alguien haba pintarrajeado la

imagen de un oso, dos ojos y un hocico amenazador, en medio de dos orejas redondas. El
portn Tamarrik, esa maravilla, inferior tan solo al Palacio, haba desaparecido para
siempre; haban desaparecido las concntricas esferas en filigrana, el reloj de sol con su
gnomo flico y su ninfolptica espiral de las horas, los increbles rostros que escudriaban
entre las hojas verdes del sicmoro, los grandes helechos y los lquenes de lenguas azules,
el arpa de viento y el tambor de plata que resonaban solos cuando las palomas sagradas
pidiendo comida se posaban en ellos al anochecer. Los fragmentos de la obra maestra de
Fleitil, construida en una poca en que nadie crea posible que la guerra pudiera llegar a
Bekla, haban sido recogidos secretamente y con lgrimas amargas durante la noche antes
de que Gued-la-Dan y sus hombres hicieran una inspeccin del edificio, buscando hombres
para el trabajo obligatorio en una nueva pared que deba cerrar el hueco. Los dos portones
que quedaban, el Portn Azul y el Portn de los Lirios, eran muy fuertes y enteramente
adecuados al presente de Bekla y a su peligrosa condicin de ciudad que no saba distinguir
entre amigos y enemigos.
En esta nebulosa maana de primavera la superficie de la Pa, erizada por el viento
del Sur, tena el brillo mate y quebrado del cristal tallado. En los jardines de cipreses
protegidos, haba hombres que paseaban en grupos de a dos y de a tres, o sentados, a
resguardo del viento, en las glorietas de siempreverdes. Algunos eran acompaados por
sirvientes que caminaban detrs de ellos con capas, papel y material para escribir, mientras
que otros, de voces speras e hirsutos como bandidos, estallaban de cuando en cuando en
carcajadas o se palmeaban los hombros, revelando, pese a que trataban de ocultarlo, la falta
de comodidad que sentan en este ambiente elegante y desusado. Despus de un rato, una
cierta inquietud, incluso impaciencia, empez a notarse entre ellos. Evidentemente estaban
esperando algo que se demoraba.
Por ltimo, se vio la figura de una mujer que llegaba desde la Casa del Rey, con una
capa escarlata y un cetro de plata en la mano. Hubo un movimiento general en direccin a
la puerta que llevaba al camino amurallado, de tal modo que, cuando la mujer lo alcanz,
cuarenta o cincuenta hombres ya esperaban all. Al entrar ella, algunos formaron grupos a
su alrededor; otros, con aire displicente, miraron otra parte o pretendieron indiferencia,
mantenindose al alcance. La mujer, solemne y estlida en sus maneras, mir en derredor a
los hombres y levant una mano a guisa de saludo: la mano tena anillos de madera
carmes. Empez a hablar y aunque hablaba en beklano, era evidente que no era ste su
idioma. La voz tena las cadencias lentas y montonas de la provincia de Telthearna y,
como todos saban, la mujer era una sacerdotisa de los conquistadores, una ortelgana.
Seores: el rey os saluda y os da la bienvenida a Bekla. Da las gracias a cada uno
de vosotros porque sabe que os preocupis por la fuerza y la seguridad del imperio. Como
ya sabis
En ese instante fue interrumpida por la explosin tartamudeante de un hombre
grueso, de pelo liso y largo, que habl con el acento de un occidental de Paltesh.
Seora Sheldra, siyet, dinos, al rey al seor Crendrik no le ha ocurrido
nada malo?

Sheldra se volvi hacia l, muy seria, y lo mir fijamente, en silencio. Luego


continu diciendo:
Como todos sabis, l tena intenciones de daros esta maana audiencia en el
Palacio, y asistir de tarde a la primera sesin del consejo. Pero se ha visto obligado a
cambiar sus planes.
Se interrumpi, aunque nadie la haba interrumpido. Todos escuchaban atentamente.
Los transentes que estaban a cierta distancia se acercaron e intercambiaron miradas con
las cejas levantadas.
El general Gued-la-Dan deba llegar a Bekla anoche, junto con los delegados de
Lapn oriental. Pero se han visto demorados inesperadamente. Un mensajero lleg hasta el
rey en la madrugada con las noticias de que ellos no estarn aqu hasta esta noche. Por lo
tanto, el rey os pide que tengis paciencia un da ms. La audiencia se celebrar a esta
misma hora, maana, y el Consejo se reunir en la tarde. Hasta entonces sois huspedes de
la ciudad y el rey dar la bienvenida a quienes deseen cenar con l una hora despus de la
puesta del sol.
Un hombre alto, sin barba, que llevaba una capa de zorros sobre una tnica tableada,
y una blusa de damasco purpreo, adornada con tres espigas de maz, se aproxim,
menendose elegantemente por la terraza, y volvi los ojos hacia la multitud, como si
acabara de notarla por primera vez. Se detuvo, esper un momento y le habl a Sheldra por
encima de las cabezas de los otros, con el tono corts, casi de disculpa, que tiene un
caballero cuando interroga al sirviente de otro.
Me pregunto qu puede haber demorado al general. Acaso t tendras la
amabilidad de decrmelo?
Sheldra no contest inmediatamente y, al parecer, el dominio que tena de s misma
no estuvo a la altura ni de la pregunta ni de quien la haca. Se tuvo la impresin de que
tomaba en cuenta la pregunta con la esperanza de ponerla de lado, como si fuera una
especie de insecto molesto. No demostr ninguna confusin, en realidad, pero manteniendo
los ojos fijos en el suelo se volvi, y evit la mirada del hombre alto como una gobernante
o cuidadora de casa adinerada que pierde compostura al verse obligada a contestar
amablemente a alguna atencin no buscada de amigos de la familia. Ya iba a retirarse
cuando el recin llegado, inclinando sus lustrosa cabeza, y persistiendo en su manera
amable y condescendiente, avanz gilmente entre la multitud y se puso a su lado.
Tengo muchos deseos de saber qu pasa, porque, si no me equivoco, el ejrcito
del general est ahora en la provincia de Lapn, y cualquier desgracia que pueda haberle
ocurrido sera tambin una desgracia para m. Estoy seguro de que, dadas las
circunstancias, habrs de disculpar mi importunidad.
La respuesta de Sheldra, no fue digna de un heraldo regio, fue la frase torpe y
malhumorada que podra contestar una mujer de servicio en las cocinas de un campesino

acaudalado.
Se qued con el ejrcito, creo Es decir, eso me han dicho. Ya est por llegar.
Gracias contest el hombre alto. Haba una razn para ello, sin duda? Estoy
seguro que t querras ayudarme, si pudieras.
Sheldra ech atrs la cabeza, como una yegua molestada por las moscas.
El enemigo que est en Ikat el general Erketlis el general Gued-la-Dan quera
dejar todo asegurado antes de salir para Bekla Y ahora, seores, debo irme Hasta
maana
Abrindose paso entre ellos casi a la fuerza se fue del jardn con un apuro torpe y
muy poco sentador.
El hombre de la tnica con espigas de trigo march hacia una mata de plantas junto
al lago y se puso a contemplar las grullas que coman mientras jugaba con un pual de plata
que tena fijado al cinto por una hermosa cadena de oro. El viento hizo que se estremeciera,
y se arrebuj mejor dentro de su capa, levantando el ruedo sobre la hierba hmeda con una
especie de gracia estilizada, casi como la gracia de una muchacha en un saln de baile. Se
haba detenido a mirar el brillo escarchado, salpicado de lila, en los ptalos de unas salvis
que haba florecido antes de tiempo, cuando alguien le tir de la manga desde atrs. Mir
por encima del hombro. El hombre que llamaba su atencin estaba de pie detrs de l y
sonrea. Tena un aspecto rudo y fogueado, el aire escptico de un hombre que ha tenido
muchas experiencias, que ha realizado progresos y ha obtenido la prosperidad en una
escuela muy dura, y que contempla estas dos ltimas cosas con un cierto desapego.
Mollo! grito el hombre alto, abriendo los brazos en un gesto de bienvenida.
Mi querido amigo: una agradable sorpresa! Cre que estabas en Terekenalt, sobre el Vrako,
en las nubes, en cualquier lugar salvo aqu. Si no estuviera medio congelado en esta ciudad
pestfera podra demostrarte todo el placer que siento al verte: solo puedo demostrarte la
mitad
Y, al decir esto, abraz a Mollo, que pareci un poco confundido, aunque lo tom a
buena parte. Luego, asindolo de la mano a la distancia del brazo, como si fuera a dar un
paso de baile cortesano, lo mir de arriba abajo, mene lentamente la cabeza y sigui
hablando como haba empezado, en yeldashay, el idioma de Ikat y del Sur.
Dilapidando, dilapidando! Sin ninguna duda lleno de cabezas de flechas
arrancadas por los hombres de la tribu y botijas de las barracas de all. Uno se pregunta por
qu los agujeros que hicieron las primeras no pueden chupar un poco de las ltimas. Pero
vamos!, explcame cmo te encuentras aqu y cmo est Kabin y todos esos simpticos
chicos acuticos.
Ahora soy el gobernador de Kabin contest Mollo con una sonrisa de tal

modo que el lugar ha decado en la opinin del mundo.


Mi querido amigo: te felicito! De modo que las ratas de agua han alquilado los
servicios de un lobo? Muy prudente, muy prudente!
Y canturre un estribillo:
Un ladrn de ganado le dijo a su mujer:
(San, tan tan, te-te-ne-fe-ri)
Quiero vivir bien por el resto de mi vida.

Eso es dijo Mollo con una sonrisa despus de ese asuntito de las Guerras de
los Esclavos, en que nos vimos metidos
Cuando me salvaste la vida
Cuando te salv la vida (Dios me asista: debo haber estado enteramente
chiflado!) no me pude quedar en Kabin. Qu poda hacer yo all? Mi padre ciego en el
rincn de su chimenea y mi hermano mayor dedicado muy en serio, a que, ni Shran ni yo,
pudiramos recibir nada de la herencia Shran junt cuarenta hombres y se uni al ejrcito
de Bekla, pero a m eso no me gustaba, y decid seguir mi propio camino. Cabezas de
flechas y botijas bueno, tienes razn: eso es.
Robo, saqueo y robo, como si dijramos
Si uno no puede robarlo, uno tiene que luchar por ello, no es as? Me hice til.
Termin como gobernante de provincias del rey de Deelguy un trabajo honrado, por una
vez
En Deelguy, Mollo? Bueno, bueno
Bueno, bastante honrado, digamos. Me da bastantes dolores de cabeza y
preocupaciones Demasiada responsabilidad
Me puedo imaginar muy bien tus sentimientos al descubrirte a ti mismo en el
Norte del Telthearna con el Fuerte Horrible a tu solo cuidado.
En realidad fue la provincia de Klamsid. Bueno, es una manera de prepararse el
nido, si uno tiene que sobrevivir. All estaba yo cuando me dieron la noticia de la muerte de
Shran Lo mataron los ortelganos, hace cinco aos ahora, en la batalla al pie de los
montes, cuando Guel-Ethlin perdi su ejrcito. Pobre muchacho! De todos modos, har
unos seis meses un mercader de Deelguy se me presenta y me pide un permiso de trnsito

una bestia repulsiva, viscosa, que responde al nombre de Lalloc. Cuando quedamos
solos me dice: Eres el seor Mollo de Kabin de las Aguas?. Soy Mollo el
gobernador, le contesto. Y suelo ser pesado con los aduladores viscosos. Por qu
dice eso, seor? me dice. No hay ninguna adulacin.
Ad-o-lacin!, querrs decir.
Bueno, s, ad-o-lacin. No puedo imitar ese acento asqueroso. Vengo de pasar la
temporada de las lluvias en Kabin me dice y te traigo noticias. Tu hermano mayor ha
muerto y la propiedad es tuya. Pero nadie saba dnde te poda encontrar. La ley te concede
tres meses para el reclamo. Y con eso a m qu?, pens. Pero ms adelante me puse a
meditar en la cosa y me di cuenta que tena ganas de volver a casa. De modo que nombre a
mi delegado como gobernador por propia autoridad, envi un mensaje al rey
comunicndole lo que haba hecho y part.
Los habitantes quedaron muy afligidos? Los cerdos lloraron lgrimas regias en
los dormitorios?
Puede ser que lo hayan hecho No lo advert. De todos modos, no se los puede
distinguir de los habitantes. Fue un mal viaje en esa poca del ao. Casi me ahogu al
cruzar el Telthearna de noche.
Tena que ser de noche?
Bueno estaba apurado
No queras ser visto?
No quera ser visto. Tom el camino de los montes a travs de Guelt. Quera ver el
lugar en donde haba muerto Shran, decir unas pocas plegarias en su nombre y hacer una
ofrenda. Ya me entiendes. Dios mo! Qu lugar espantoso! No quiero ni hablar de l
Los fantasmas deben ser ms abundantes all que las ranas en un pantano. No ira yo all de
noche ni por todo el oro de Bekla. De todos modos, Shran est en paz y yo hice todo lo que
haba que hacer. Bueno, cuando tuve que atravesar el paso que lleva a la llanura y tena
que pagar peaje en el extremo meridional, lo cual era nuevo ya era el fin de la tarde y yo
pens: No voy a llegar a Kabin esta noche. Ir a verlo al viejo Smarr-Torruin, ese que les
daba de comer a los toros premiados cuando mi padre estaba vivo. Cuando llegu all, slo
yo y un par de tipos bueno, nunca habr visto un lugar ms cambiado sirvientes a
montones, todo hecho de plata, todas las mujeres de seda y alhajadas. Smarr era el mismo,
sin embargo, y se acordaba bien de m. Cuando estbamos bebiendo juntos despus de la
comida, yo le dije: Al parecer, los toros son rendidores. Oh, me dijo no has odo?
Me han hecho gobernador de los Montes y custodio del Paso de Guelt. Cmo es posible
una cosa semejante?, le pregunt. Bueno me dice uno tiene que estar listo para saltar
en el momento apropiado, cuando los tiempos son crticos Es uno de esos casos de ganar
o perder todo. Despus o lo que haba ocurrido en la batalla al pie de los Montes. Supe que
estos ortelganos tenan que tomar a Bekla: la razn era evidente tenan que ganar. Vi la

cosa muy claramente, pero al parecer nadie ms poda verla Me fui derecho a ver a los
generales. Los alcanc cuando marchaban al Sur, atravesando la llanura hacia Bekla, y les
promet toda la ayuda que poda darles. Bueno, la noche antes de la batalla la mayor parte
del ejrcito de Guel-Ethlin haba sido enviado a Kabin para componer el dique y si eso
no es el dedo de Dios, qu es? Las lluvias empezaban, pero de todos modos esos
beklanos, en Kabin, estaban a la zaga de los ortelganos cuando marchaban hacia el Sur. No
es el tipo de riesgo que a un general le hace sentirse contento. Me arregl para que les
resultara imposible moverse. Reun a mis hombres y destru tres puentes, envi falsos
informes a Kabin, intercept a los mensajeros de ellos. Seor, le digo a Smarr
qu juego es ste de alcanzar a los ortelganos!. En absoluto me dijo Smarr. S decir
cuando el rayo est por caer y no necesito saber exactamente dnde. Te digo que los
ortelganos tenan que ganar. Ese ejrcito a medias del pobre Guel-Ethlin se desmoron
sencillamente Nunca luch de nuevo. Salieron de Kabin bajo la lluvia, volvieron otra
vez, recibieron medias raciones, hubo un amotinamiento, deserciones en masa En el
momento en que pudo llegar un mensajero de Santil-ke-Erketlis, una faccin de los
amotinados haba tomado el mando, y casi haban ahorcado al pobre tipo. Buena parte de
esto era obra ma, y no dej por cierto que el rey Crendrik se enterara? As fue como los
ortelganos me hicieron gobernador del Pie de los Montes y Custodio del Paso de Guelt. As
fue, hijo mo, y un nombramiento muy lucrativo, por cierto. De repente Smarr me mira.
Has vuelto aqu a reclamar la herencia de la familia?, me pregunta. As es le digo
. Bueno me dice tu hermano nunca me gust. Era un tipo de puos duros,
alborotador, pendenciero, pero t ests bien. Hace falta un gobernador en Kabin. Hasta hace
poco hubo all un extranjero, un tal Orka-at, que estuvo antes al servicio de Bekla. El tipo
sabe algo sobre la represa, algo que a los ortelganos no les puede ocurrir pero lo acaban
de asesinar. Bueno, t eres un muchacho del lugar, as que a ti no te van a asesinar, y a los
ortelganos les gustan los hombres del lugar, siempre que sientan que pueden confiar en
ellos. Despus de lo ocurrido, confan en m, naturalmente, y si yo le digo una palabra al
general Zelda, probablemente te nombrar. Bueno, en pocas palabras, me las arregl para
estar a la altura de la recomendacin de Smarr, y as fue como llegu a ser gobernador de
Kabin.
Ya veo. Y t tienes contacto con la represa desde las profundidades de tus
conocimientos acuticos, verdad?
No tengo idea de qu hay que hacer con una represa, pero mientras est aqu
tengo intenciones de encontrar a alguien que lo sepa y llevrmelo conmigo.
Y ha venido aqu para intervenir en el Consejo tu encantador amiguito, el que se
ocupa de la cra de toros?
Smarr? l, no. Envi un delegado. No es tonto.
Cunto tiempo has sido gobernador de Kabin?
Hace tres das. Te digo: todo esto acaba de pasar. El general Zelda estaba
reclutado en esta zona y, as se present la cosa. Smarr lo vio al da siguiente. No haca

ms que una noche que yo haba vuelto a casa cuando l me mand un oficial a anunciarme
que me haban nombrado gobernador y a ordenarme que me presentara personalmente en
Bekla. As que aqu me tienes, Elleroth, como ves, y la primera persona con quien me
encuentro eres t!
Elleroth Ban. Inclnate tres veces antes de dirigirme la palabra.
Bueno, nos hemos convertido en una pareja prestigiosa, esa es la verdad. Ban de
Sarkid? Cunto tiempo hace que eres Ban Elleroth?
Oh, hace unos pocos aos. Mi pobre padre muri hace bastante tiempo. Pero
dime, cunto sabes t de Bekla nueva, la Bekla moderna y sus humanitarios y esclarecidos
dirigentes?
En ese momento dos de los otros delegados los alcanzaron. Hablaban gravemente en
ketrin-chistol, el dialecto del Terekenalt oriental. Uno de ellos, al pasar, dio vuelta la
cabeza y continu mirando seriamente por encima del hombro un rato, antes de retomar la
conversacin.
Tendras que ser ms prudente dijo Mollo. Observaciones como esa no deben
ser hechas en un lugar como ste, y mucho menos odas.
Querido mo, hasta qu punto crees t que entienden yeldashay estas calabazas
cultivadas? Sus cuerpos apenas cubren pdicamente a sus mentes. Su incultura est
indecentemente en cueros.
No se puede decir. Discrecin: eso es algo que he aprendido y estoy vivo para
probarlo.
Muy bien, satisfaremos tu deseo de conversaciones privadas, por decepcionante
que sea la cosa. All hay un tipo con un bote, eh, t!, y sin duda tiene su precio, como
todos en este mundo.
Y dirigindose al botero en un beklano excelente, como ya lo haba hecho con
Sheldra, sin que pudiera notarse ni rastro de acento yeldashay, le dio una moneda de diez
meld, se ajust la capa de zorros a la garganta, levant el espeso cuello que le rodeaba la
nuca y entr al bote seguido por Mollo.
Mientras el hombre remaba en direccin al centro del lago y las olitas golpeaban
regularmente debajo de la popa, Elleroth mantuvo silencio, contemplando intensamente los
campos de pastoreo que se extendan desde la orilla Sur de la Casa del Rey y doblaban por
la orilla Oeste del lago hasta las estribaciones del Norte del Grandor a la distancia.
Solitario, verdad? dijo finalmente, hablando siempre en yeldashay.
Solitario? contest Mollo. Yo no dira.

Bueno, digamos poco frecuentado y el terreno es terso y suave, sin obstculos.


Bueno hizo una pausa sonriendo ante el ceo fruncido de Mollo, que no entenda.
Para retomar el punto en que fuimos interrumpidos tan dramticamente.
Qu ms sabes de Bekla y de esos ribereos hechizados por un oso de Telthearna?
Ya te dije casi nada. Apenas tuve tiempo de averiguarlo.
Sabas, por ejemplo, que despus de la batalla al pie de las colinas, hace cinco
aos y medio, no enterraron a los muertos ni los propios ni los de Guel-Ethlin? Los
dejaron para que los comieran los lobos y los milanos.
No me sorprende. He estado en ese campo, como te dije, y nunca me he alegrado
ms de salir de un lugar. Mis dos compaeros estaban casi locos de miedo y era durante
el da. Hice lo que deba hacer por Shran y volv sin ms.
Viste algo?
No, fue slo lo que todos sentimos. Oh, quieres decir los despojos de los
muertos? No no nos apartamos del camino, sabes?, y los retiraron poco despus de la
batalla unos hombres que vinieron de Guelt, segn me dijeron.
S, los ortelganos, naturalmente, no se preocuparon. Pero no poda esperarse que
lo hicieran, verdad?
En la poca en que se gan la batalla haban llegado las lluvias y caa la noche,
no es as? Estaban desesperados por llegar a Bekla.
S, pero tampoco ningn ortelgano hizo nada despus que Bekla cay, aunque
debe haber habido muchas idas y venidas entre Bekla y la isla del Telthearna. Considero
esto muy tedioso como tema de contemplacin L y t? Es mortalmente aburrido.
Nunca haba pensado en la cosa desde ese punto de vista.
Empieza ahora.
El bote, al girar, haba seguido primero la ribera surea y despus la ribera oriental
de la Pa y, cuando se acercaron, las grullas huyeron chillando, en una bandada de alas
blancas. Despus de un rato Mollo dijo:
Nunca he entendido por qu cay la ciudad. La tomaron por sorpresa e
irrumpieron por la puerta Tamarrik. Bueno, de acuerdo, la puerta Tamarrik era una tontera
militar. Pero qu estaba haciendo Santil-ke-Erketlis? Por qu no intent mantener la
ciudadela? Ese lugar poda resistir eternamente.
Seal la cara abrupta de la cantera.

Resisti contest Elleroth mientras duraron las lluvias y despus un total


de cuatro meses. Esperaba algn refuerzo de Ikat, e incluso de las tropas de Kabin esas le
interesaban a tu amigo de confianza, el criador de toros. Los ortelganos lo dejaron en paz
por mucho tiempo llegaron a sentir por l un sano respeto, dira pero, cuando
terminaron las lluvias y l todava segua all, empezaron a preocuparse. Tena que poner un
ejrcito en campaa hacia Ikat, sabes?, y no haba nadie para mantener a Santil dentro de
la ciudadela. As que se libraron de l.
Se libraron de l as no ms? Qu quieres decir? Cmo?
Elleroth golpe levemente la superficie con el borde de la mano, de manera que una
medialuna fina y salpicada de gotas vol hacia atrs junto al bote.
Mollo: parece que no has aprendido mucho sobre mtodos militares durante tus
viajes. Haba muchos nios en Bekla, aunque no todos eran nios de la guarnicin de la
ciudadela Ahorcaban cada maana dos nios a la vista de la ciudadela Y, naturalmente,
haba cantidad de madres que tenan libertad de ir a la ciudadela y suplicar a Erketlis que
llegara a un acuerdo antes qu los ortelganos se volvieran ms inventivos. Despus de
algunos das l ofreci retirarse, siempre que se le permitiera marchar armado y llegar sin
molestias a Ikat. Los ortelganos aceptaron esas condiciones. Tres das despus intentaron
asaltarlo cuando estaba en marcha, pero l haba esperado algo por el estilo y logr
desalentarlos con bastante contundencia. Eso sucedi cerca de mi casa en Sarkid: lo vi.
Mollo estaba a punto de contestar cuando Elleroth, sentado detrs del botero, habl
de nuevo, sin que se notara cambio en su tono tranquilo.
Vamos a chocar con un tronco flotante, que probablemente nos har un agujero.
El botero dej de remar y volvi la cabeza.
Dnde, seor? pregunt en beklano. No veo nada.
Y yo veo que me entiendes cuando hablo yeldashay contest Elleroth pero
eso no es un crimen. Parece que est ms fro y el viento ha refrescado. Creo que es mejor
que nos lleves de vuelta, antes que pesquemos la fiebre del Telthearna. Te has portado muy
bien: aqu tienes otros diez meld. Estoy seguro de que no charlars.
Que Dios te bendiga, seor dijo el botero, tirando de un remo.
A dnde vamos ahora? pregunt Mollo, cuando bajaron a tierra, en el jardn
. A tu cuarto o al mo? Podemos seguir hablando all.
Vamos, Mollo, los arreglos para espiarnos deben estar terminados desde hace
das! Por Dios, esos instructores aficionados que tienes en Deelguy! Daremos un paseo por
la ciudad hay que esconder una hoja en el bosque, sabes? Ahora, esa sacerdotisa que nos
habl esta maana la que tiene cara de vaso de noche t diras que ella?

Siguieron hacia abajo, por el camino cercado, hasta el Portn del Pavo Real, y
llegaron a la habitacin pequea y cercada llamada el Cuarto de la Luna, mientras el
portero, sin ser visto, maniobraba el mecanismo que abra la puerta trasera Slo haba
comunicacin entre la ciudad alta y la ciudad baja por esta puerta y los porteros, vigilantes
y callados como sabuesos, no abran a nadie que no conocieran. Cuando Elleroth sigui a
Mollo a la ciudad baja, la puerta se cerr tras ellos, pesada, suave y chata, con sus goznes
de hierro que sobresalan de las paredes a cada lado. Por unos momentos estuvieron
aislados sobre el rumor de la ciudad, sonriendo el uno al otro como dos muchachos que van
a zambullirse en una piscina.
La calle de los Armadores llevaba barranca abajo a la plaza con columnas que
llamaban el Mercado de Caravanas, donde las mercaderas que llegaban a la ciudad eran
pesadas y fiscalizadas por los funcionarios de la aduana. A un lado estaban los galpones,
con sus plataformas de cargar y descargar y las balanzas de bronce de Fleitil, que podan
pesar un carro y dos bueyes tan fcilmente como una bolsa de harina. Mollo miraba cmo
se apilaban las pesas contra cuarenta lingotes de hierro de Guelt cuando un muchacho de
cara mugrienta, harapiento, que cojeaba y se apoyaba en una muleta, tropez con l y se
hizo a un lado con una especie de torpe cortesa y se puso a mendigar.
Ni padre ni madre, seor una vida dura dos meld no son nada para un
caballero como t tienes cara generosa es fcil ver que eres hombre de suerte te
gustara encontrar una linda chica ten cuidado aqu con los ladrones hay muchos
ladrones en Bekla muchos rateros tal vez un meld necesitas quien te diga la
buenaventura tal vez quieres jugar te espero aqu esta noche ayuda a un pobre
muchacho que hoy no ha comido
La pierna izquierda haba sido cortada por encima del tobillo y el mun, envuelto
en trapos sucios, no llegaba a un pie del suelo. Al moverse la pierna caa floja, como si no
tuviera fuerza debajo del muslo. Haba perdido un diente delantero, y cuando ceceaba sus
montonos e inexpresivos ofrecimientos y splicas una saliva manchada de betel le bajaba
por el labio inferior y el mentn. Tena una mirada huidiza, cautelosa y mantena el brazo
derecho doblado a un costado, la mano abierta, el pulgar y los otros dedos curvados, como
garras.
De pronto Elleroth se adelant, agarr el mentn del muchacho y le hizo levantar la
cara para mirarle los ojos. El muchacho lanz un chillido y trat de retroceder, soltando
ms palabras, que salan ahora desfiguradas, porque Elleroth le sujetaba la mandbula.
Pobre muchacho, seor, no te har dao, el caballero no daar a un pobre
muchacho, que no tiene trabajo, que las ha pasado muy mal, que puede ser til
Cunto tiempo hace que llevas esta vida? pregunto Elleroth con severidad.
El muchacho tartamude, esquivndole la mirada.
No s, seor, cuatro aos, cinco aos, no hago mal, seor, seis aos tal vez, lo que

t digas
Elleroth, con la mano libre, levant la manga del muchacho. Atado alrededor del
antebrazo haba una amplia banda de cuero y, debajo de sta, la hoja de un hermoso
cuchillo de mango de plata. Elleroth lo sac y se lo tendi a Mollo.
No te diste cuenta cuando te lo sac, verdad? Eso es lo malo de llevar el cuchillo
en una vaina sobre la cadera. Vamos, no alles, muchacho, o har que te azoten en el
mercado
Pues yo har que lo azoten, alle o no interrumpi Mollo vo
Un momento, querido amigo. Elleroth, siempre sujetando el mentn del
muchacho, le torci la cabeza a un lado y, con la otra mano, ech hacia atrs el pelo sucio.
El lbulo de la oreja tena un agujero tan grande como una semilla de naranja. Elleroth toc
el agujero con el dedo y el muchacho empez a llorar en silencio.
Gensheld u arkon lowt tha? dijo Elleroth, hablando en terekenalt, idioma que
Mollo no conoca.
El muchacho, a quien las lgrimas no dejaban hablar, asinti con aire aporreado.
Genshed varon, shu varn il pekeronta? El muchacho asinti de nuevo.
Oye dijo Elleroth, volviendo a beklano voy a darte un poco de dinero.
Cuando lo haga, te insultar y fingir pegarte, porque si no lo hago centenares de mendigos
saldrn como cuervos de todos los rincones del mercado. No digas nada, esconde el dinero
y vete, comprendes? Maldicin! grit, agarrando el hombro del muchacho y
empujndolo. Fuera, no te me acerques! Mendigos roosos! se dio vuelta y se
alej, seguido por Mollo.
Bueno, qu demonios? empez a decir Mollo. Se interrumpi: Qu pasa,
Elleroth? No no puedes estar llorando verdad?
Mi querido Mollo, si no eres capaz de sentir el cuchillo que te sacan de una vaina
que llevas en la cadera, cmo pretendes observar sin errores la expresin de una cara tan
tonta como la ma? Vamos a tomar un trago me parece que no me vendra mal, y el sol se
ha puesto fuerte ahora. Ser agradable sentarse.

25
El Soto Verde

La taberna ms cercana en la columnata, con una insignia que la anunciaba cmo


El soto verde, estaba al abrigo del viento, pero, de todos modos, en esta temprana poca
del ao la calentaban con un brasero de carbn, puesto bastante bajo para impedir que las
rfagas enfriaran los pies. Las mesas estaban todava hmedas por el lavado de la maana y
el saln, que enfrentaba la plaza, estaba adornado con alfombrillas de brillantes colores que,
aunque un poco gastadas, estaban limpias y bien cepilladas. El lugar pareca frecuentado
por la mejor clase de hombres que trabajaba o haca negocios en el mercado: compradores,
mayordomos de mansiones, encargados de caravanas, comerciantes y dos o tres
funcionarios del mercado, con sus capas verdes de uniforme y sus redondos sombreros de
cuero. Haba calabazas y tendrionas secas que colgaban en redes de la pared, y berenjenas
escabechadas, quesos, nueces y pasas en platos. Por una puerta trasera se poda ver el patio,
con palomas blancas y una fuente. Elleroth y Mollo se sentaron en un rincn, y esperaron
sin impaciencia.
Bueno, Muerte, no vengas todava exclam un joven caravanero de pelo largo,
echando hacia atrs su capa para dejar libre el brazo al beber y mirando por encima del
vaso de cuero, como si esperara a medias que el malhadado personaje apareciera de golpe
en un rincn. Tengo que hacer ms plata en el Sur, y vaciar algunos vasos ms aqu
verdad, Tarys? aadi dirigindose a una muchacha bonita, con una larga trenza negra y
un collar de cuentas de plata que acababa de poner ante l una fuente de huevos duros con
crema agria.
S, es posible contest ella hasta que te hagas matar en un viaje al Sur. Plata,
plata siempre vas a Zeray por plata
Ah, siempre voy se burl l, teniendo una hilera de monedas extranjeras, una
bajo cada dedo, para que ella tomara lo que le deba. Srvete. Por qu no me tomas a m
ahora, en lugar del dinero?
Todava no estoy tan pobre replic la muchacha, tomando tres monedas y
atravesando el recinto. Tena los prpados pintados de color ndigo y se haba prendido unas
flores rojas de tectron en el corpio. Sonri a Mollo y Elleroth, no muy segura de cmo
deba dirigirse a ellos, ya que, por un lado, eran extranjeros y evidentemente caballeros y, al
mismo tiempo, haban observado sus coqueteos con el caravanero.
Buenos das, hija ma dijo Elleroth, hablando como si fuera el abuelo de la
joven y, mirndola al mismo tiempo de arriba abajo, con un aire de admiracin evidente
que la dej ms confundida que antes. Me pregunto si tienes verdadero vino del Sur
yeldashay, o simplemente lapano Lo que se necesita beber en una maana como sta es

luz de sol.
Hace mucho tiempo que no llega nada, seor, es una lstima contesto la
muchacha. Es la guerra, sabes? No se consigue.
Estoy seguro que no aprecias los recursos de este esplndido establecimiento
contest Elleroth, poniendo dos monedas de veinte meld en la mano de la muchacha. Y
siempre puedes echar el vino en una jarra, para que nadie vea lo que es. Pregunta a tu
padre. Trae el mejor que tengas, siempre que sea eh bueno antes del oso, ya sabes,
de antes del oso. Lo reconoceremos si es del Sur.
Dos hombres pasaron por la entrada con cortinas encadenadas y llamaron a la
muchacha en chistol, sonrindole.
Supongo que has tenido que aprender muchos idiomas con tantos admiradores?
dijo Mollo.
Ellos tienen que aprender el mo si quieren que los atienda sonri ella, yndose
y asintiendo con la cabeza a Elleroth para indicar que iba a hacer lo que le haba pedido.
Bueno, supongo que siempre hay que pararles el carro a muchos Elleroth,
echndose hacia atrs en el asiento, tomando una berenjena escabechada y metindose la
mitad en la boca. Lstima que tantos muchachos furiosos sigan insistiendo! Te molestara
que siguiramos hablando en yeldashay? Estoy harto de hablar beklano y mucho me temo
que el deelguy ya no est a mi alcance. Una ventaja de este lugar es que a nadie le parecer
demasiado raro, creo, si nos ponemos a hablar con toses o golpeamos la mesa con largos
palitos de dientes. Un poco de yeldashay ser para ellos parte del trabajo de toaos los das.
Ese muchacho a quien le diste dinero despus que me rob el cuchillo dijo
Mollo qu significaba, el agujero de la oreja? Parecas saber bastante bien lo que
buscabas.
No tienes ninguna sospecha, gobernador de la provincia?
Ninguna.
Ojal puedas continuar sin tenerlas. Me dijiste que habas conocido en Deelguy a
ese hombre que se llama Lalloc. Me pregunto si has odo hablar de Guenshed
No.
Maldice la guerra, entonces! grit un hombre que acababa de entrar,
evidentemente en respuesta a alguna frase del propietario, que estaba con l con los labios
apretados, los hombros encogidos y las manos a cada lado. Trae cualquier cosa, pero
pronto! Salgo para el Sur en media hora!

Qu noticias hay de la guerra? grit Elleroth, desde el otro lado del saln.
Ah, va a volver a ponerse feo ahora que llega la primavera, seor contest el
hombre. No vendr ya nada del Sur quiero decir, por algunos meses. El general
Erketlis est avanzando es probable que llegue por el Este hasta Lapan, segn he odo.
Elleroth asinti. La muchacha lleg con una simple jarra de terracota, vasos de cuero
y un plato de rbanos y berros. Elleroth llen los dos vasos, bebi profundamente y la mir
con la boca abierta, con una exagerada expresin de sorpresa y deleite. La chica se alej,
entre risitas.
Mejor de lo que poda esperarse dijo Elleroth. Bueno, no te preocupes por
ese pobre muchacho, Mollo. Es una excentricidad de mi parte. Ya te contar algn da. De
todos modos, no tiene nada que ver con lo que hablbamos en el lago.
Cmo recobraron su oso? pregunt Mollo, mascando un rbano y tendiendo
las piernas hacia el brasero. Lo que he odo y si es verdad me asusta, y nadie me ha
dicho nunca que no lo sea es que el oso destroz las lneas beklanas y mato a Guel-Ethlin
como si supiera de quin se trataba. Es algo que todos te dirn en Deelguy, porque haba un
contingente deelguy en el ejrcito beklano, y el oso mat a su comandante al mismo
tiempo le abri la garganta. Debes reconocer que es bastante raro.
Y despus?
Despus, cuando caa la tarde, desapareci el oso. Pero ya sabes dnde est
ahora all en lo alto de la colina seal con el pulgar por encima del hombro.
Ese hombre, Crendrik, el rey, pas casi todo el verano siguiente tras huellas
replic Elleroth. En cuanto terminaron las lluvias, fue con sus sacerdotisas, o como las
llamen, y recorri toda la comarca desde Kabin hasta Terekenalt y desde Guelt hasta el
Telthearna Creo que antes era cazador. Bueno, lo fuera o no, lo cierto es que encontr al fin
al oso, en una parte muy inaccesible de las colinas: e incendi toda la ladera, incluso dos
desdichadas aldeas, para obligar al oso a bajar a la llanura. Despus lo insensibiliz con una
especie de droga, lo maniat con cadenas
Lo maniat? interrumpi Mollo. Cmo es posible maniatar a un oso?
Comprendieron que ninguna jaula poda guardarlo, segn me han dicho, de modo
que, cuando estaba dormido le ataron las patas a una cadena que le pasaba por el pescuezo,
de manera que, cuando ms pateaba, ms se sofocaba. Despus lo llevaron a Bekla en una
plataforma abierta, sobre ruedas, en menos de dos das ms o menos unos noventa
kilmetros. Los hombres se turnaban en grupos y en ningn momento se detuvieron. De
todos modos el oso casi muri no le gustaban mucho las cadenas, sabes? Pero esto slo
demuestra, mi querido Mollo, la gran importancia que dan los ortelganos al oso, y hasta qu
punto estn dispuestos a ir lejos en todo lo que a l se refiere. Es posible que sean
muchachos zambullidores del Telthearna, pero tambin es evidente que ese animal los

inspira a grandes alturas.


Lo llaman el Poder de Dios dijo Mollo. Ests seguro de que no lo es?
Querido Mollo, qu quieres decir? Deja que te llene ese vaso de cuero, me
pregunto si tendrn ms de este vino
Bueno, no veo otra manera de explicar todo lo que ha pasado. El viejo Smarr
siente lo mismo dice que no podan ganar. En el primer momento los beklanos no
tuvieron noticias de lo que haba pasado, despus dividieron el ejrcito en dos, llegaron las
lluvias y el oso mat a Guel-Ethlin justamente cuando los haba vencido y nadie en Bekla
se enter de nada hasta que los ortelganos estuvieron encima No dirs que todo eso es
mera coincidencia
S, lo digo replic Elleroth, dejando su manera burlona e inclinndose para
mirar fijamente a Mollo a la cara. Un pueblo sper-civilizado se volvi complaciente y
descuidado y dej la puerta abierta a una tribu de salvajes fanticos que, por una mezcla de
suerte, traicin y horrenda inhumanidad, logr usurpar el lugar de ellos por algunos aos.
Algunos aos? Ya han pasado cinco!
Cinco aos son pocos aos. Estn acaso seguros? Sabes que no es as. Tienen
como oponente a un general brillante y con base en un lugar tan cercano como Ikat. El
imperio beklano est reducido a la mitad. Las provincias del Sur se han separado Yelda,
Belishba, acaso Lapn. Paltesh querra separarse y no se atreve. Deelguy y Terekenalt son
enemigas cuando tienen tiempo para dedicar a sus propias dificultades. Los ortelganos
sern derrotados este verano. Ese Crendrik terminar en Zeray, no lo olvides.
Son bastante prsperos: todava hay mucho comercio en Bekla.
Comercio? S, pero, me pregunto qu clase de comercio. Y basta mirar alrededor
para darse cuenta hasta qu punto ha sido afectado incluso un lugar como ste. Qu era lo
que traa ms prosperidad a Bekla? La construccin, la albailera, los tallados todo ese
tipo de artesana. Ese comercio est arruinado. No hay trabajo, los grandes artesanos se han
ido quedamente a otra parte y estos brbaros no entienden nada de esos trabajos. En cuanto
a las provincias exteriores y los reinos vecinos, esos slo envan ahora a Bekla un
parroquiano ocasional. Mucho comercio? Qu clase de comercio, Mollo?
Bueno el hierro viene de Guelt y el ganado
Qu clase de comercio, Mollo?
Te ests refiriendo al comercio de esclavos? Bueno, hay comercio de esclavos en
todas partes. La gente que pierde la guerra cae prisionera
T y yo hemos luchado juntos una vez para que las cosas siguieran as. Estos

hombres estn desesperados por comerciar para pagar por sus guerras y alimentar a los
sbditos que han sometido estn desesperados por entablar cualquier tipo de comercio.
De modo que las cosas ya no estn quietas. Qu clase de comercio, Mollo?
Te quieres referir a los nios? Bueno, si quieres conocer mi opinin
Perdn, caballeros, ignoro si la cosa podr interesar a los seores, pero me dicen
que el rey se acerca. Atravesar el mercado dentro de unos minutos. Y pens que, como los
caballeros parecen estar visitando la ciudad
El propietario estaba de pie junto a ellos, sonrea con obsecuencia y sealaba a la
distancia.
Gracias contest Elleroth. Muy corts de tu parte. Tal vez desliz otra
moneda de oro en la mano del propietario si pudieras conseguir un poco ms de este
excelente brebaje Qu chica encantadora es tu hija! O acaso tu sobrina? Deliciosa
volveremos en unos minutos.
Salieron a la columnata. La plaza estaba ms calurosa y ms poblada y los criados
del mercado, con cntaros y largas escobas hechas de ramas retorcidas, caminaban de un
lado a otro, quitando el polvo brillante y arenoso. A la distancia, en lo alto, el frente Norte
del Palacio de los Barones permaneca en la sombra y el sol detrs brillaba aqu y all sobre
las balaustradas de mrmol de las torres y los rboles de las terrazas de abajo. Mientras
Mollo segua mirando con renovada admiracin, los gongs de los relojes de la ciudad
dieron la hora. Unos momentos despus oy, en la calle por la cual l y Elleroth haban
llegado esa maana, el sonido de otro gong, ms suave y de una sonoridad ms profunda,
ms vibrante. Mollo se abri paso entre los que estaban ms cerca y estir el pescuezo,
escudriando por encima riel brazo de las Grandes Balanzas.
Dos filas de soldados descendan de la colina y caminaban lentamente a los dos
lados de la calle. Aunque estaban armados a la manera de Bekla, con yelmo, escudo y una
espada corta, sus ojos oscuros, su pelo negro y recio, su apariencia salvaje mostraban que
eran ortelganos. Tenan las espadas desenvainadas y miraban con aire vigilante. El hombre
que llevaba el gong, que marchaba a la cabeza y entre las filas, estaba vestido con una capa
gris bordeada de oro y una tnica azul bordada de rojo, con la mscara del Oso. El pesado
gong estaba sostenido por el brazo izquierdo y en la mano derecha llevaba la vara y
golpeaba suave y regularmente, anunciando que el rey se acercaba y marcando el paso a los
soldados. Pero el ritmo no era de hombres que marchan, sino ms bien de procesin
solemne.
Detrs del hombre del gong venan seis sacerdotisas del Oso, con capas escarlatas y
adornadas con joyas pesadas y brbaras, collares de zitate y penapa, cinturones de bronce
incrustado y cantidades de anillos de madera tallados, tan gruesos que los dedos de las
manos cruzadas tenan que mantenerse separados. En medio de ellas caminaba la solitaria
figura del rey-sacerdote.

A Mollo no se le haba ocurrido la idea de que el rey no fuera llevado en una litera o
un asiento, o tal vez en algn carro, con bueyes engalanados y cuernos dorados. Qued
sorprendido ante esta curiosa falta de ceremonia, ante este rey que marchaba entre el polvo
del mercado, que se haca a un lado para evitar un rollo de cuerda que estaba en su camino
y que, un momento despus, volva la cabeza, deslumbrado por un rayo de luz reflejado en
un balde de agua. Lleno de curiosidad trep con dificultad al plinto de la columna ms
cercana y mir sobre las cabezas de los soldados que pasaban.
La cola de la larga capa azul y verde del rey era levantada y sostenida detrs de l
por dos sacerdotisas. Cada panel azul llevaba en oro la marca del Oso y cada panel verde el
emblema del sol, como un ojo con prpados y radiante el Ojo de Dios. Su largo cetro,
de pulida madera de zon, estaba decorado con filigrana de oro, y de los dedos de sus
guantes pendan unas garras combadas, de plata. Su porte, que no pareca ni de soldado ni
de dirigente, posea, de todos modos, una misteriosa y crptica autoridad, grave y asctica,
la del hombre del desierto y del anacoreta. La cara morena, austera y retrada, era la de un
hombre que trabaja a solas, la cara de un cazador, un poeta o un contemplativo. Era joven,
pero pareca mayor que sus aos, encanecido antes de tiempo, y tena una tiesura en el
movimiento de uno de los brazos que sugera alguna antigua herida mal curada. Sus ojos
parecan clavados en alguna escena interior que no lo dejaba en paz, de modo que, incluso
cuando miraba alrededor, levantando la mano de vez en cuando en un sombro saludo a la
multitud, pareca preocupado y casi turbado, como si sus pensamientos lucharan con alguna
solitaria ansiedad ms all de las preocupaciones vulgares de sus sbditos, ms all de la
riqueza y la pobreza, de la salud y la enfermedad, del apetito, el deseo, la satisfaccin. Al
caminar como otros hombres por la polvorienta plaza del mercado a la luz de la maana,
estaba separado de ellos por algo ms que los soldados que lo flanqueaban y las silenciosas
mujeres: estaba separado por la vocacin arcana de una tarea inefable. Mientras Mollo
contemplaba, llegaron a su mente las palabras de una antigua cancin:
Qu grita la piedra al cincel?
Golpea, que tengo miedo.
Qu dice la tierra al labriego?
Ah, la hoja brillante!

Los ltimos soldados se perdan en el extremo de la plaza; y cuando el sonido del


gong ya no se oy, volvieron a reanudarse los negocios en el mercado. Mollo se uni a
Elleroth y juntos se dirigieron a El soto verde y ocuparon sus asientos. Faltaba menos de
una hora para el medioda y la taberna estaba ms llena, pero como suele suceder, esto
aumentaba el aislamiento de ellos.
Bueno, qu te ha parecido el regio muchacho? pregunt Elleroth.

No es lo que esperaba contest Mollo. No me ha parecido el dirigente de un


pas en guerra: no me pareci estar a la altura.
Querido amigo: eso se debe a que no entiendes las ideas dinmicas que
prevalecen en el extremo del ro, donde todas las caas se estremecen. Las cosas all son
determinadas por una especie de abracadabra, birlibirloque, chismografa y dems y los
grados de diferencia son muy sutiles, sabes? Algunos brbaros abren a los animales y
observan portentos revelados en las humeantes entraas, ay, ay! Otros atisban el cielo
esperando pjaros o tormentas, las nubes querido! Estos son lo que podra llamarse los
mtodos de sangre y trueno. Los muchachos del Telthearna emplean un oso. Final-mente
todo es lo mismo impide pensar a esas personas, y te aseguro que no son demasiado
buenos en esto de usar la mente. Los osos, encantadoras criaturas y cuento con muchos
osos entre mis mejores amigos tienen que ser interpretados como las entraas y los
pjaros, y es necesario encontrar alguna persona mgica que lo haga Es verdad, ese
hombre, Crendrik, no podra comandar un ejrcito en el campo de batalla ni administrar
justicia Es un campesino bueno, de todos modos no pertenece a la nobleza. Es el
maravilloso Qu-es-Eso que ha salido del Arco Iris una figura familiar, caramba, s! Su
monarqua es mgica: ha tomado a su cargo el ser mediador para su pueblo del poder del
oso el poder de Dios, como ellos creen.
Y qu hace, entonces?
Ah, esa es una buena pregunta. Me alegro que la hayas hecho. Qu hace,
realmente? Todo menos pensar, de eso podemos estar seguros. No tengo idea de los
mtodos que emplea probablemente el oso orina en el suelo y l descifra portentos en el
humeante lquido. Cmo quieres que lo sepa? Pero debe haber alguna especie de bola de
cristal. S algo sobre ese hombre y eso tiene valor real. Posee una habilidad curiosa para
acercarse al oso sin ser atacado; parece que incluso lo ha tocado y se ha echado a su lado.
Mientras pueda seguir haciendo eso, la gente creer en su poder y, por lo tanto, en el de
ellos mismos. Y sin duda eso explica, mi querido Mollo, su aire general de persona que se
encuentra en una canoa que hace agua y que sabe muy bien que no puede nadar.
Explica eso.
Bueno, algn da, tarde o temprano, el oso se levantar de mal humor. Gruidos,
rugidos, resoplidos. Caramba! Se podr pedir desde ya asiento para ver la cosa desde
ubicaciones interesantes. Ese, de una u otra manera, es el final inevitable que espera al reysacerdote al fin del camino. Y por qu no? No tiene que trabajar, no tiene que luchar:
obviamente tendr que pagar por eso de alguna manera.
Si es rey, por qu anda por las calles con sus propios pies?
Confieso que no estoy seguro, pero tal vez eso tenga que ver con el hecho de ser
distinto de otros de su clase. Generalmente, entre estos palurdos, el sacerdote es l mismo
una manifestacin de Dios. Lo matan de vez en cuando, sabes?, para que no lo olvide.
Aqu el oso es la criatura divina y el caballero que hemos estado admirando representa,

siempre que pueda seguir cerca del oso, una prueba de que el animal lo ha elegido, y por lo
tanto ha venido para hacerles el bien a l y a su pueblo, y a no daarlos. La ferocidad del
oso trabaja a favor de ellos y contra sus enemigos. Lo han arrinconado hasta que l, a su
vez, se ha arrinconado. Tal vez todo el asunto resida en que es claramente vulnerable y, sin
embargo, no ha sido daado una treta mgica. Por eso se da trabajo por demostrar que es
un ser humano real y ordinario, recorriendo la ciudad todos los das.
Mollo bebi y reflexion en silencio. Finalmente dijo:
Eres como muchos hombres de Ikat
Vengo de Lapn, Lapn, amigo: de Sarkid, en verdad; no de Ikat.
Bueno, como muchos de los sureos. Vosotros lo pensis todo, y tenis confianza
en vuestras mentes y en nada ms. Pero la gente aqu no es as. Los ortelganos han
establecido su poder en Bekla
No lo han hecho.
Lo han hecho, y principalmente por un motivo. No slo porque han peleado bien,
y no es slo que haya habido muchos matrimonios con mujeres de Bekla esas son cosas
que vienen despus del verdadero motivo, que es Shardik Cmo es posible que hayan
sobrevivido contra toda posibilidad, a menos que Shardik sea en verdad el poder de Dios?
Date cuenta lo que ha hecho por ellos! Mira lo que han conseguido en su nombre.
Cualquiera que sepa lo que ha pasado
Al contarlo nada se pierde
Todos sienten ahora lo que Smarr sinti al principio estn destinados a ganar.
No razonamos como los otros, vemos lo que tenemos ante los ojos, y lo que tenemos ante
los ojos es Shardik y nada ms.
Elleroth se apoy en los codos, inclin la cabeza sobre la mesa y habl en voz baja y
con serenidad.
Te dir algo, Mollo, algo que evidentemente no sabes; te das cuenta que toda la
adoracin a Shardik, como se realiza aqu, en Bekla, es totalmente contraria al culto
tradicional y ortodoxo de los ortelganos, del cual ese hombre llamado Crendrik no es y
nunca ha sido jefe legtimo?
Mollo lo mir con fijeza.
Qu?
No me crees, verdad?

No pelear contigo, Elleroth, tras todo lo que hemos pasado juntos, pero tengo
autoridad en nombre de esta gente han hecho mi fortuna, si quieres y t quieres que
crea que son
Escucha Elleroth lanz una rpida mirada alrededor y despus sigui: No es
la primera vez que esta gente ha dominado en Bekla. Hace mucho tiempo ya lo hicieron; y,
en aquellos tiempos, tambin adoraban un oso. Pero no lo tenan aqu. Lo guardaban en una
isla en el Telthearna en Quiso. El culto era dirigido por mujeres no haba reysacerdote, ni Ojo de Dios. Cuando finalmente perdieron Bekla y el poder, sus enemigos
tuvieron cuidado de que no les quedara ningn oso. La sacerdotisa principal y las otras
mujeres pudieron quedarse en la isla, pero sin el oso.
Bueno, el oso volvi al fin. No es acaso una seal segura?
Oh, espera, mi bueno, mi honesto Mollo. No te he dicho todo. Cuando el oso
volvi, como has dicho cuando adquirieron este nuevo modelo haba una sacerdotisa
principal en la isla una mujer que tiene reputacin de no ser tonta. Sabe ms sobre
enfermedades y curaciones que cualquier mdico al Sur del Telthearna o al Norte, creo.
No cabe duda que ha efectuado curas muy notables.
Creo que he odo algo de ella, ya que lo dices, pero nada en relacin a Shardik.
Cuando este oso apareci por primera vez, hace cinco o seis aos, ella era jefe
reconocido e indiscutido del culto, y su cargo se heredaba regularmente, Dios sabe desde
hace cunto tiempo. Y esa mujer no quiso tener nada que ver con el ataque a Bekla.
Sostuvo siempre que ese ataque no era la voluntad de Dios, sino un abuso del culto del oso;
como consecuencia, fue puesta en prisin virtual, con algunas sacerdotisas, en esa isla del
Telthearna, aunque el oso su oso est en Bekla.
Por qu no la asesinaron?
Ah, querido Mollo, siempre eres un realista tan penetrante, siempre vas al punto.
Por qu, en verdad, no la asesinaron? No lo s, pero supongo que le tienen miedo como
hechicera Lo que indudablemente ha mantenido es su reputacin de curandera. Por eso mi
cuado viaj doscientos kilmetros el ltimo verano.
Tu cuado? Ammar-Tiltheh est casada, entonces?
Ammar-Tiltheh est casada. Ah, Mollo, me parece ver que una leve sombra cruza
tu cara, proveniente, quizs, de antiguos recuerdos. Ella tambin tiene de ti muy tiernos
recuerdos, y no olvida que te atendi aquella herida que tuviste la imprudencia de hacerte al
salvarme. Bueno, Sildan es un hombre audaz, inteligente le tengo respeto. Hace cerca de
un ao se le envenen un brazo. No se curaba, nadie en Lapn poda hacer nada, entonces,
finalmente, decidi ir a ver a esa mujer. Tuvo mucho trabajo para llegar a la isla parece
que la tienen muy incomunicada. Pero al fin lo dejaron ir, en parte porque los soborn y, en
parte, porque pensaron que iba a morirse si no lo hacan. Estaba ya bastante mal. Ella lo

cur perfectamente de manera muy sencilla en apariencia, aplicndole una especie de


barro; eso es lo malo de los mdicos, siempre nos imponen algo asqueroso, como beber
sangre de murcilagos Quieres, ms vino? Pero cuando estuvo all l aprendi algo
no mucho de la extensin con que los ortelganos han abusado del culto del oso. Dije que
no averigu mucho porque parece que tienen miedo que la existencia misma de la
sacerdotisa traiga dificultades, y la vigilan y la espan todo el tiempo. Pero Sildan me dijo
ms o menos lo que te he dicho que es una mujer sabia, honorable y valerosa; que es la
verdadera cabeza del culto del oso; que, segn su interpretacin de los misterios, no haba
seales divinas de que estuvieran destinados a atacar a Bekla; y que ese hombre, Crendrik,
y el otro individuo Minion, Pinion, como se llame se apoderaron a la fuerza del oso
para sus propios fines y que todo lo que se ha hecho desde entonces slo ha sido una
blasfemia: esa es la palabra justa.
Me pregunto todava, con ms motivo, por qu no la han asesinado.
Parece que las cosas son al revs la echan de menos y no han abandonado la
esperanza de convencerla que vuelva a Bekla. Pese a todo lo que ha hecho, ese hombre,
Crendrik, le tiene gran respeto, pero aunque ha enviado muchas veces gente a suplicarle
que viniera, ella ha rehusado siempre. No es como t, Mollo: ella no quiere participar en
ese robo y en este derramamiento de sangre.
Nada de esto cambia el extraordinario xito que han tenido y la confianza con que
luchan. Tengo todos los motivos para apoyarlos. Me han hecho gobernador de Kabin y,
adonde ellos vayan, ir.
Bueno, a m me han dejado como Ban de Sarkid, si de eso se trata. De todos
modos, los vivas que doy por ellos quedan reducidos a dos. Crees que podra vender el
honor de Shardik por unos pocos meld de estos inmundos asesinos?
Mollo le puso la mano en el brazo y lanz una rpida mirada de costado, sin mover
la cabeza. El propietario estaba de pie junto al asiento, aparentemente ocupado en
acomodar el pbilo de una vela que estaba fijada a la pared.
Podemos comer un poco de pan y queso? dijo Elleroth en yeldashay. El
propietario no dio seales de entender.
Tenemos que irnos ahora, patrn dijo Elleroth en beklano. Te debemos algo
ms?
Nada, buenos seores, absolutamente nada dijo el patrn, sonriendo y
ofreciendo a cada uno un modelito chico, de hierro, de las Grandes Balanzas. Permitid
que os d un pequeo recuerdo de la visita a El soto verde. Las hace un vecino las
guardamos para los clientes especiales estamos muy honrados esperamos tener el
mismo placer en otra ocasin mi pobre casa siempre ser feliz
Dile a Tarys que se compre alguna cosa bonita dijo Elleroth, poniendo un meld

sobre la mesa.
Ah, seor, eres muy bueno, muy generoso estar encantada es encantadora,
verdad? Claro que si queris
Buenos das dijo Elleroth. Y salieron a la columnata. Crees que quizs
oculta sus habilidades lingsticas? pregunt, cuando se dirigan una vez ms al mercado.
Me gustara saberlo contest Mollo. No deja de extraarme que tenga que
arreglar los pbilos a medioda. Y por qu arregla los pbilos a cualquier hora, ya que es
trabajo de mujeres y tiene la muchacha para que lo ayude?
Elleroth daba vueltas entre las manos al feo modelito.
Lo tema lo tema. Debe creer que somos unos tontos de capirote. Cree acaso
que podemos no reconocer la marca de hierro de Guelt si la vemos? En cuanto al vecino
que las hace ha sido pesado en las Grandes Balanzas y ha sido declarado inexistente.
Coloc el modelo en el alfizar de una ventana que daba a la calle y despus, como
si slo entonces se le ocurriera, compr algunas uvas en un quiosco vecino. Luego de poner
con cuidado una uva en cada platillo, tendi las que quedaban a Mollo y ambos siguieron
andando, comiendo uvas y escupiendo las semillas.
Realmente importa que el hombre te haya entendido o no? pregunt Mollo.
Te previne cuando lo vi all de pie, pero eso se ha convertido para m en una segunda
naturaleza despus de todos estos aos. No creo que puedan acusarte con su testimonio,
mucho menos condenarte a cualquier cosa seria. De todos modos, ser su palabra contra la
ma, y naturalmente yo no recuerdo haberte odo decir nada contra los ortelganos.
No temo ser arrestado por una cosa as contest Elleroth pero de todos modos
tengo motivos para no querer que esta gente conozca mis verdaderos sentimientos.
Entonces debes ser ms cuidadoso.
De veras que s. Pero soy precipitado, sabes? Un muchacho tan impetuoso!
Ya lo s dijo Mollo con una risita. No has cambiado, eh?
Casi nada. Y ahora recuerdo donde estamos. Este arroyo es una cada de la Pa
que corre hacia lo que fue una vez el Portn Tamarrik. Si marchamos corriente arriba,
siguiendo este grato sendero, llegaremos) cerca del Portn del Pavo Real, por donde nos
hizo salir esta maana aquel grosero individuo. Despus quiero caminar ms all de la Pa,
hasta los muros del lado Este del Crndor.
Para qu?

Te lo dir despus. Por el momento, hablemos de cosas pasadas. Ammar-Tilthe


quedar encantada al saber que t y yo hemos vuelto a vernos. Sabes, si alguna vez tienes
que irte de Kabin, siempre sers bienvenido en Sardik, y te quedars all todo el tiempo que
quieras.
Irme de Kabin? Es poco probable que lo haga hasta dentro de uno o dos aos,
aunque es muy amable tu ofrecimiento.
Nunca se sabe, nunca se sabe. Siempre es cuestin de lo que se puede eh
tolerar, creo. El humo sale muy recto y los vencejos tambin vuelan alto. Tal vez el tiempo
sea mejor durante nuestra estada de lo que me atreva a esperar.

26
El rey de Bekla

El desnudo recinto, destinado a rancho de la soldadesca, era sombro y mal


ventilado, porque las nicas ventanas estaban cerca del techo, y el lugar haba sido creado
para ser usado en el atardecer y de noche. Era rectangular y formaba el centro del edificio
de los cuarteles: las cuatro arcadas estaban rodeadas por un pasillo tras el cual estaban los
cuartos de almacenaje y las armeras, los cuartos privados, los lavatorios, el hospital, los
dormitorios y dems. Casi todos los arcos de las arcadas haban sido cegados con ladrillos
por los ortelganos haca unos cuatro aos, y este trabajo, sin revoque entre las columnas de
piedra, no slo aumentaba la fealdad del recinto, sino que le daba tambin ese aire
incongruente o de uso errneo que suele instalarse en los edificios adaptados torpemente a
un propsito que no es el que se tuvo originariamente. En el centro los mosaicos alternados
de una parte del suelo haban sido retirados y reemplazados por cemento, en donde haban
colocado una hilera de pesadas barras de hierro con una puerta en el extremo. Las barras
eran altas dos veces la estatura de un hombre y se curvaban en la parte de arriba para
terminar en picas que apuntaban hacia abajo. Las barras transversales haba tres hileras
aseguradas con cadenas a anillos colocados aqu y all en las paredes y en el suelo. Nadie
saba cul era la fuerza entera de Shardik, poro, con tiempo y todos los recursos de Guelt a
su disposicin, Baltis haba hecho un buen trabajo.
En un extremo del recinto la abertura central de la arcada haba quedado abierta y a
ambos lados se haba construido una pared en ngulo recto, cortando el pasillo de atrs.
Estas paredes formaban un corredorcito entre el recinto y la puerta de hierro de la pared
exterior. Desde la puerta una rampa descenda al Pozo de Roca.
Entre la puerta y los barrotes, el suelo estaba profusamente cubierto de paja y un
olor a establo, mezcla de estircol y orina, impregnaba el aire. Desde haca algunos das
Shardik permaneca adentro, inquieto e inapetente, aunque de pronto se sobresaltaba y se
mova de aqu para all, como acuciado por el dolor y buscando algn enemigo en quien
vengarse. Kelderek, que observaba de cerca, rogaba continuamente con las mismas palabras
que haba usado haca cinco aos en la oscuridad del bosque: Paz, Seor Shardik. Duerme,
Seor Shardik. Tu poder es de Dios. Nada puede daarte.
En la ftida tiniebla l, el rey-sacerdote, observaba al oso y esperaba noticias de que
Gued-la-Dan hubiera llegado a la ciudad. El Consejo no iba a iniciarse sin Gued-la-Dan,
porque los delegados de provincia se haban reunido primero con el propsito de satisfacer
a los generales ortelganos en relacin a la contribucin de tropas, dinero y otros suministros
requeridos para la campaa de verano, y en segundo lugar para or lo que se considerara
oportuno decirles de los planes ortelganos para la derrota del enemigo. De estos planes
Kelderek no saba nada, aunque sin duda ya haban sido formulados por Zelda y Gued-laDan con ayuda de algunos comandantes subordinados. Antes de la iniciacin del Consejo,

los generales iban a buscar su consentimiento en hombre del Seor Shardik, y cualquier
cosa que, en su plegaria y meditacin, l pudiera encontrar dudoso o desagradable, poda, si
quera, pedir que fuera cambiado en nombre de Shardik.
Desde el da en que Shardik haba golpeado a los comandantes beklanos y
desaparecido en el lluvioso crepsculo de las colinas, la autoridad y la influencia de
Kelderek se haba hecho ms grande de lo que haba sido nunca la de Ta-Kominion. Ante
los ojos del ejrcito era evidente que era l quien haba hecho el milagro de la victoria, l
quien primero haba adivinado la voluntad de Shardik y la haba obedecido. Kelderek
mismo saba sin duda alguna que l y no otro era el elegido de Shardik, y que deba llevarlo
a la ciudad de su pueblo. Usando su propia autoridad haba ordenado a Sheldra y las otras
mujeres que salieran con l, en cuanto llegara la primavera, para buscar a Shardik hasta
encontrarlo. Los barones ortelganos, aunque no discutan su autoridad, se haban opuesto
con vehemencia a la idea de que su presencia mgica dejara la ciudad mientras Santil-keErketlis no fuera derrotado en la ciudadela de Crndor; y Kelderek, impaciente ante la
demora cuando volvieron los das clidos, haba reprimido su asco personal ante los
mtodos con que Zelda y Gued-la-Dan haban obligado al general beklano a evacuar su
ciudadela. Este asco, pensaba, aunque fuera bastante natural en un hombre comn, como l
lo haba sido una vez, era indigno de un rey, en quien el desprecio y la falta de piedad por el
enemigo son una necesidad para su propio pueblo porque cmo ganar guerras de otra
manera? En todo caso el asunto estaba por debajo de su esfera de autoridad, porque l era
un rey mgico y religioso, que se ocupaba de percibir e interpretar la voluntad divina; y por
cierto no haba ninguna cuestin religiosa implicada en la decisin de Gued-la-Dan de
levantar una horca a vista de la ciudadela y colgar dos nios beklanos todos los das, hasta
que Santil-ke-Erketlis consintiera en abandonar la ciudad. Slo cuando Gued-la-Dan dijo a
Kelderek que deba asistir a cada ahorcamiento en nombre de Shardik, l hizo conocer su
propia voluntad al replicar de manera cortante que era l y no Gued-la-Dan quien haba
sido nombrado por Dios para discernir donde y en qu ocasiones su presencia era necesaria
para la manifestacin de los poderes que le haba conferido Shardik. Gued-la-Dan, que
secretamente tema ese poder, no haba dicho ms y Kelderek, por su parte, aprovech lo
que se haba hecho sin tener que presenciarlo. Tras algunos das el general beklano
consinti en marchar hacia el Sur, dejando a Kelderek libre para buscar a Shardik en las
colinas al Oeste de Guelt.
De aquella ardua y larga bsqueda ni el oso ni el rey volvieron como haban ido.
Shardik, gruendo y luchando en medio de sus cadenas hasta quedar exhausto y casi
estrangulado, haba sido llevado por la noche a la ciudad bajo un toque de queda forzoso a
fin de que la gente no presenciara lo que poda parecer la humillacin del Poder de Dios.
Las cadenas le haban herido un lado del pescuezo y la articulacin de la pata delantera
izquierda; y las heridas se curaban con lentitud, dejndolo algo cojo y con una manera
extraa y forzada de llevar la gran cabeza, que ahora mova de una a otra parte, como si
todava sintiera el tirn de la cadena, que ya no tena. Muchas veces, los primeros meses,
haba sido violento, haba golpeado los barrotes y las paredes con enormes manotazos que
resonaban en el edificio como el martillo de un herrero. En una ocasin la nueva
mampostera que cubra uno de los arcos se parti y cay y, por un tiempo, el oso vag por
el pasillo de atrs, golpeando, hasta quedar agotado, las paredes externas. Kelderek haba
discernido en esto una seal propicia para atacar a Ikat; y de hecho los ortelganos,

siguiendo su interpretacin, haban forzado a Santil-ke-Erketlis a retirarse hacia el Sur a


travs de Lapn, slo para ser obligados una vez ms a detener su avance en los lmites de
Yelda.
De todos modos, en menos de un ao Shardik se haba vuelto taciturno y como
aletargado, sufra de lombrices y padeca un prurito que le hizo rascarse furiosamente una
oreja hasta que qued rota y deformada. Sin la presencia de Rantzay y de la Tuguinda, e
incmodo por la ferocidad continua y sombra del oso, Kelderek abandon la esperanza que
haba tenido una vez de reiniciar la adoracin cantada. De hecho todas las mujeres, aunque
alimentaban asiduamente a Shardik, atendan, todas sus necesidades y limpiaban y se
ocupaba n del edificio que era ahora su morada, le teman tanto que, poco a poco, lleg a
aceptarse que, acercarse al oso como no fuera detrs de los barrotes ya no formaba parte de
sus obligaciones. Slo Kelderek, entre todo el grupo, saba en el fondo de su corazn que
deba presentarse ante l, ofreca su vida sin pedir recompensa y murmuraba una y otra vez,
en su plegaria de entrega: Senandril, Seor Shardik, acepta mi vida. Soy tuyo y nada te
pido en cambio. Pero, de todos modos, incluso cuando rezaba, se contestaba a s mismo:
Nada fuera de tu libertad y mi poder.
En los largos meses de bsqueda, en el curso de los cuales haban muerto dos
mujeres, haba contrado malaria: esta fiebre volva de vez en cuando y quedaba
estremecido y sudando, sin poder comer y especialmente cuando la lluvia golpeaba el
techo de madera se vea a s mismo en medio de confusos sueos siguiendo nuevamente
a Shardik que surga de entre los rboles para destruir a las atnitas y aterradoras huestes de
Bekla; otras veces buscaba a Melathys, sumergindose desde los Arrecifes a la luz de las
estrellas hacia un fuego que retroceda ante l, mientras, entre los rboles, la voz de la
Tuguinda gritaba: No cometas sacrilegio, sobre todo en este momento.
Lleg a conocer los das en que estaba seguro que Shardik no iba a hacer ningn
movimiento, los das en que poda pararse junto al oso que pareca adormecido y hablarle
de la ciudad, de los peligros que la asediaban y de la necesidad de proteccin divina.
Incapaz de comprender qu verdad poda haber oculta en aquel terrible lugar, esa
verdad hacia la cual, como el comps de una brjula, lo guiaba su inalterable devocin
hacia Shardik, buscaba de todos modos, torpe y concienzudamente, obtener algn sentido
de su sufrimiento, algn mensaje divino aplicable a la suerte de la gente y de la ciudad.
Algunas veces saba dentro de s mismo que aquellos vaticinios eran todos mendaces,
materia misma de los tramposos. Sin embargo, aquellos que saba con ms certeza que
haban sido acuados con la incomprensin, el reproche de s mismo y un mero sentido del
deber, resultaban luego realizados, daban de veras fruto; o, de todos modos, eran recibidos
por sus seguidores como verdad evidente.
Shardik lo absorba noche y da. Los despojos de Bekla que eran para los barones,
los soldados e incluso para Sheldra y sus compaeras un fin valioso en s mismo no lo
atraan. Aceptaba el honor y la situacin de rey, y el papel que daba nimo y seguridad a los
barones y al pueblo era desempeado por l con un profundo sentido de la necesidad de
ellos y de su propia adecuacin, ya que Dios lo haba elegido. Y sin embargo, cuando

cavilaba en el ttrico recinto lleno de ecos, y contemplaba al oso en sus ataques de furor y
en sus letargos, quedaba convencido que todo lo que haba realizado todo lo que pareca
milagroso y casi divino en trminos humanos careca de importancia frente a lo que
quedaba por ser revelado. El poder de Shardik lo haba tocado y, ante sus ojos y los ojos de
otros, haba entrado al mundo como emisario de Dios, haba visto con certeza y claramente,
a travs del conocimiento divino que le haban impartido, la naturaleza de su tarea y lo que
era necesario para realizarla. El alto Barn de Ortelga haba demostrado ser de poco peso.
Y haba parecido de suprema importancia su determinacin aparentemente suicida de llevar
a Quiso la noticia de la llegada de Shardik. Pero ahora, aunque Shardik era seor en Bekla,
esta percepcin ya no le pareca suficiente. Continuamente era perseguido por la sensacin
intuitiva de que todo lo que haba pasado hasta entonces apenas haba rozado el borde de la
verdad de Dios, que l era todava ciego y haba que buscar y encontrar una gran
revelacin, por la que haba que rogar para que fuera concedida una revelacin del
mundo ante cuya luz su propia situacin y monarqua significaran tan poco para l como
para la acurrucada criatura de la jaula, con su pelo erizado y su estircol hediondo. Una vez,
en sueos, se vio vestido y coronado para el festival de la victoria, que se celebraba todos
los aos al empezar las lluvias, mientras empujaba con un remo su balsa de cazador en la
ribera Sur de Ortelga. Al despertar vio a Shardik paseando de un lado a otro entre los
barrotes, no incorpor y, mientras avanzaba el alba, sigui un rato largo en una plegaria:
Toma todo lo dems, Seor Shardik; mi poder y mi reino si quieres. Pero dame ojos
nuevos para percibir tu verdad esa verdad a la que todava no he llegado. Senandril,
Seor Shardik. Acepta mi vida si quieres, pero concdeme, a cualquier precio, encontrar lo
que todava estoy buscando.
No haba nadie que no supiera que Kelderek era prisionero de una integridad que lo
consuma, que no gozaba con las joyas y el vino, las mujeres, las flores y las fiestas de
Bekla. Ah, habla con el Seor Shardik decan al verlo pasar por las calles y plazas
siguiendo el suave resonar del gong. Vivimos en el sol porque l carga sobre s la
oscuridad de la ciudad.
Para l su integridad no era forzada: estaba enraizada en la compulsin de descubrir
la verdad que l senta ms all de la fortuna que haba hecho para Ortelga, ms all de su
papel de rey-sacerdote. En sus profecas e interpretaciones no traicionaba su integridad,
sino que buscaba un arreglo para ganar tiempo, puesto que quera lograr lo que buscaba.
Kelderek, que hubiera narcotizado a Shardik para tener la certeza de no correr riesgos ante
l en los das sealados en presencia del pueblo, que hubiera podido introducir sacrificios
humanos o elaboradas en forma de adoracin obligatoria, tan grande era la veneracin que
le tenan, soportaba en cambio el peligro mortal y el crepuscular aislamiento del recinto
donde rezaba y meditaba continuamente sobre un misterio inasible. Esto era lo que iba a
constituir el supremo don de Shardik a los hombres. Era esto que, por su tremenda
naturaleza, trascendera incluso justificara todo el mal hecho en el pasado, toda la
violencia hecha a la verdad, incluso incluso y aqu la lnea de sus pensamientos
fallaba.
Porque el recuerdo de la Tuguinda no lo dejaba en paz, aunque los hechos haban
demostrado claramente que Ta-Kominion haba tenido razn y que la sacerdotisa hubiera

frustrado el don milagroso de la victoria y la conquista de Bekla. Despus que Shardik fue
llevado a la ciudad y todas, salvo las provincias sureas alrededor de Ikat, hubieron
reconocido la regla de los conquistadores, los barones decidieron, con total acuerdo de
Kelderek, que sera magnnimo y prudente enviar mensajeros a la Tuguinda para asegurarle
que se haba olvidado su error de clculo y que haba llegado el momento de que fuera a
ocupar su puesto entre ellos; pese a todo lo que significaba ahora Kelderek, ningn
ortelgano haba perdido el terror numinoso por Quiso que le haban inculcado desde el
nacimiento, y no pocos estaban inquietos al ver que, en la prosperidad, los nuevos jefes
haban dejado de lado a la Tuguinda. Muchos haban esperado que Shardik, una vez
recobrado, fuera llevado a Quiso, como en tiempos pasados. Pero Kelderek, desde el
momento en que haba salido de Bekla para buscar al oso, jams haba pensado en eso,
porque si iba con Shardik a la isla de la Tuguinda, tendra que perder su supremaca como
rey-sacerdote y, sin la presencia real de Shardik, no poda reinar en Bekla.
Y ahora podemos subrayar esto con fuerza dijo Gued-la-Dan a otros miembros
del consejo de barones porque no hay que equivocarse: ella ya no es la figura que
tenamos en tiempos de Bel-ka-Trazet. Se equivoc al interpretar la voluntad del Seor
Shardik, y Ta-Kominion y Kelderek no se equivocaron. El honor de la Tuguinda es tan
grande y no ms que el que estemos dispuestos a concederle, que ser medido de acuerdo a
la extensin de su utilidad para nosotros. Y, como mucha gente todava la honra, sera
prudente consolidar nuestra seguridad trayndola aqu. La verdad es que, si no viene, yo
mismo la traer.
Kelderek no dijo nada en contra de esta spera apreciacin, porque estaba seguro
que la Tuguinda iba a alegrarse de recobrar su antiguo cargo y que, una vez que ella
estuviera en Bekla, l podra ayudarla a recobrar su ascendiente sobre los barones.
Los mensajeros volvieron sin Neelith. Al parecer, en Quiso, haba interrumpido el
discurso que tena preparado, se haba arrodillado llorando a los pies de la Tuguinda,
suplicando que la perdonara y afirmando apasionadamente que nunca ms volvera a
dejarla, mientras viviera Tras or lo que los dems tenan que decir, la Tuguinda les record
que haba sido mandada a Quiso como prisionera. No tena, dijo, ms libertad que la
concedida ahora a Shardik para decidir por s misma si poda ir o no ir a un lugar.
Pero dijo podis decir a los de Bekla que, cuando el Seor Shardik recobre
otra vez la libertad, yo tambin recobrar la ma. Y podis decir a Kelderek que, aunque
piense lo contrario, yo estoy ligada como l, y l est ligado como yo lo estoy. Y que esto lo
descubrir algn da.
Con esta respuesta se vieron forzados a volver.
Qu harpa! dijo Gueld-la-Dan. Cree acaso que est en situacin de ocultar
su resentimiento con discursos atrevidos, cuando ella est en el error y nosotros en la
verdad? Cumplir mi palabra: y no tardar en hacerlo.
Gued-la-Dan estuvo un mes ausente, lo cual cost al ejrcito un serio revs tctico

en Lapn. Volvi sin la Tuguinda y guard silencio sobre el motivo, hasta que el relato
hecho por sus criados, al ser interrogados por los otros barones, lo convirtieron en un
hazmerrer a sus espaldas. Al parecer, haba realizado dos intentos separados e infructuosos
de desembarcar en Quiso. En cada caso un letargo haba cado sobre l y los que estaban
con l y la canoa se haba deslizado junto a la isla. En la segunda ocasin haba encallado
en una roca, haba zozobrado y l y sus compaeros apenas haban salvado la vida. Era
evidente que la cosa le haba costado cara. Durante muchos meses, incluso en el campo,
evit dormir solo y no quiso volver a viajar por agua.
Acaso para expiar el recuerdo de la Tuguinda, a Kelderek le importaba poco lo que
coma o beba, viva una vida casta y dejaba que otros gastaran las riquezas que se
consideraban adecuadas a la grandeza del rey. Muchas veces senta que ste era el motivo,
incluso cuando se preguntaba por milsima vez qu poda haber hecho para ayudarla.
Intervenir en favor de ella hubiera sido declararse contra Ta-Kominion. Y, pese a su
reverencia por la Tuguinda, l haba apoyado con pasin a Ta-Kominion y haba estado
dispuesto a seguirlo en cualquier aventura. Kelderek nunca haba entendido el concepto que
tena la Tuguinda del poder de Shardik, en tanto que el de Ta-Kominion era claro.
El recuerdo de la Tunguinda nunca estaba lejos de su mente.
Ella haba sabido lo que quera, y l no lo haba sabido y se haba engaado al
suponer que ella iba a consentir en formar parte de los que tenan cautivo a Shardik en
Bekla A veces tena ganas de renunciar a la corona y volver a Quiso a suplicar el perdn,
como Neelith. Pero esto significaba dejar el poder y la bsqueda de la gran revelacin, de
cuya inminencia a veces estaba seguro. Adems sospechaba que, si intentaba el viaje, los
barones no iban a dejar con vida a alguien que les haba sido hasta tal punto infiel.
Su refugio para escapar de este dilema era Shardik. Aqu no haba una inmerecida
recompensa de lujo, halagos o quejas, murmullos de placer por la noche, riquezas o
adulacin aqu slo haba soledad, ignorancia y peligro. Cuando serva al Seor Shardik
en medio del miedo y del sufrimiento del alma y del cuerpo, por lo menos no se acusaba a
s mismo de haber traicionado a la Tuguinda para su propio beneficio. Slo una vez Shardik
lo haba atacado: haba dado un manotazo cuando Kelderek franqueaba la puerta de
barrotes, quebrndole el brazo izquierdo como si fuera una rama seca. Se haba desmayado
de dolor, pero Sheldra y Nito, que lo seguan, le haban salvado la vida, sacndolo fuera
enseguida. El brazo se haba soldado de manera torcida, aunque todava poda usarlo. Y,
dejando de lado las splicas de las mujeres y los avisos de los barones, haba continuado, en
cuanto pudo hacerlo, plantndose de vez en cuando ante Shardik, pero el oso no haba
vuelto a mostrarse feroz. La verdad es que pareca indiferente a la presencia de Kelderek y
muchas veces, despus de levantar la cabeza para asegurarse que era l y no otro, segua
echado en la paja. En esos momentos Kelderek se le pona al lado, y obtena consuelo,
mientras rezaba, con el conocimiento de que, pese a todo lo que haba pasado, l y slo l
era el compaero humano y mediador de Shardik. En los cuatro aos pasados desde su
vuelta a Bekla con Shardik haba participado de lleno en los consejos de los ortelganos y
haba mantenido no solo mi buen nmero de espas sino tambin un cuerpo de consejeros
con conocimientos especiales de las diversas provincias, sus caractersticas principales y

sus recursos. Mucha de la informacin recibida tena importancia militar.


En lo referente a los negocios, las aduanas y los impuestos, Kelderek se haba dado
cuenta muy pronto de que sus propias luces, aunque con fallas e inexperiencia, eran ms
seguras que las de los barones, y valoraba ms claramente que ellos la vital importancia que
tena el comercio para el imperio. Durante meses haba discutido, ante la indiferencia de
Zelda y Gued-la-Dan, que ni la vida de la ciudad ni la guerra contra las provincias sureas
podan ser mantenidas nicamente con los despojos y que era esencial mantener abiertas las
rutas comerciales conocidas y no meter en el servicio militar a todos los artesanos jvenes y
capaces, a todos los traficantes y caravaneros que haba dentro de los lmites del imperio.
Les haba demostrado que en un ao, los prsperos criadores de ganado y sus hombres,
treinta, curtidores o veinte zapateros, podan no slo ganarse la vida sino pagar bastantes
impuestos para mantener en campaa dos veces el nmero existente de mercenarios.
Pero de todos modos los negocios haban declinado. Santil-ke-Erketlis, adversario
ms sagaz y experimentado que cualquiera de los jefes ortelganos, se haba ocupado de que
as fuera. El hijo del rey de Deelguy fue invitado a Ikat, lo trataron como conviene a un
prncipe y, quizs no de manera fortuita, se enamor de una dama noble de la ciudad, con
quien se cas. Los recursos de las provincias rebeldes eran menores que los de Bekla, pero
Santil-ke-Erketlis posea olfato para husmear dnde un poco de gasto extra iba a ser
provechoso. Los impuestos eran cada vez ms difciles de cobrar a un pueblo que senta que
le apretaban el cinto y Kelderek tuvo dificultades para pagar a los contratistas y artesanos
que abastecan al ejrcito.
Haba sido en este aprieto que haba recurrido a una ampliacin del trfico de
esclavos, Tal comercio haba existido siempre en el imperio beklano, pero desde unos diez
aos antes de la conquista ortelgana haba sido restringido. En los ltimos das de gran
prosperidad de Bekla, sin embargo, el nmero de grandes propiedades, mansiones y
negocios haba aumentado y, en consecuencia, tambin haba aumentado la demanda de
esclavos, hasta volverse provechoso para algunos hombres el convertirse en traficantes
profesionales y abastecedores. Los secuestros e incluso la cra de seres humanos se haban
extendido, al punto que varios gobernadores de provincia se haban visto obligados a
protestar en nombre de los pueblos y ciudades que vivan en medio del terror no slo por
las incursiones de los traficantes sino tambin por los esclavos prfugos que se convertan
en salteadores y de los ciudadanos respetables que haban sido ultrajados. Los
esclavistas, sin embargo, no haban dejado de tener sostenedores, porque aquel comercio no
slo pagaba elevados impuestos, sino que daba trabajo a artesanos, como los roperos y los
herreros; y, los compradores que visitaban Bekla traan dinero a los posaderos. El problema
haba llegado al punto culminante en el conflicto civil conocido como las Guerras de los
Esclavos, cuando se haban librado media docena de campaas independientes en otras
tantas provincias, con y sin la ayuda de aliados y mercenarios. De esta confusin Santil-keErketlis, antiguo terrateniente yeldashay, de familia vieja pero no rica, haba surgido como
el jefe ms destacado de ambos lados. Tras derrotar a los esclavistas en Yelda y Lapn,
haba enviado ayuda a otras provincias y finalmente haba arreglado las cosas en la misma
Bekla, con entera satisfaccin de los Jeldril (gente a la antigua), como se denominaba a
su partido. El costo para el estado de la extradicin de los traficantes y la liberacin de

todos los esclavos que demostraron ser nativos del imperio haba sido enfrentado en parte
por el empuje de los constructores, albailes y talladores, por los que siempre haba sido
famosa Bekla, y en parte por medidas (de las cuales la construccin del gran estanque de
Kabin haba sido una) que aumentaron la prosperidad de los campesinos y los pequeos
granjeros.
De todos modos quedaban, no slo en Bekla sino en varias ciudades de las
provincias occidentales, hombres ni fluyentes que lamentaban la victoria de los Jeldril. Eran
estos los que Kelderek haba buscado y puesto en el poder local, tras un acuerdo por el cual
ellos deban apoyar la guerra a cambio de la renovacin de un comercio esclavista sin
restricciones. Defendi esta poltica ante sus propios barones algunos de los cuales
recordaban incursiones esclavistas en la comarca central, cerca de Ortelga, quince o veinte
aos antes en parte como la necesidad obliga y, en parte, sealando que el pas no
quedaba abierto a un comercio totalmente sin frenos. Un nmero fijo de traficantes obtena
permisos cada ao para tomar nada ms que la cuota permitida de mujeres y nios en
determinados distritos de provincia. Una cuota de hombres capaces fsicamente era
concedida a cualquier traficante particular, pero la quinta parte deba entregarse al ejrcito.
Naturalmente no se dispona de tropas suficientes y estos acuerdos se estiraban al ponerlos
en prctica, tarea que quedaba en manos de los gobernadores provinciales. A todos los que
se quejaban de lo que haba hecho, Kelderek contestaba lo mismo:
Restringiremos otra vez el trfico de esclavos cuando termine la guerra;
ayudadnos, pues, a ganarla.
Muchos de los que son tomados como esclavos son vagabundos y criminales que
los traficantes compran en las crceles aseguraba a los barones e incluso en el caso de
los nios, hay muchos que, de todos modos, siempre seran abandonados y maltratados por
madres que no los quieren. Por otra parte, un esclavo siempre tiene posibilidad de prosperar
si tiene suerte y es capaz.
Jan-Glat, un ex esclavo de Dios saba dnde, que estaba ahora a cargo de las tropas
pioneras y de construccin del ejrcito, haba dado un poderoso apoyo a Kelderek,
manifestando que cualquier esclavo bajo su mando tena tanta posibilidad de promocin
como un hombre libre.
El beneficio del trfico era grande, especialmente cuando se supo que en Bekla
haba de nuevo un mercado de esclavos protegido por el Estado, con amplio surtido de
mercadera, y los agentes de otros pases descubrieron que vala la pena viajar hasta all,
pagar los precios del mercado y gastar su dinero. Pese a los argumentos en favor de lo que
haba hecho, el mejor argumento eran las cuentas pblicas. Kelderek descu-bri que
no slo esquivaba el mercado, sino tambin las calles por donde pasaban las consignaciones
de esclavos. Se despreciaba a s mismo por esto; sin embargo, dejando a un lado la
involuntaria piedad que saba que era debilidad en un dirigente, tena tambin el incmodo
sentimiento de que poda haber en su poltica alguna falla que l se esforzaba por no
advertir. La clase de expediente deletreo y miope que uno puede esperar de un hombre
comn y un brbaro haba escrito el antiguo gobernador Jeldril en una carta en que

renunciaba a su cargo antes de huir a Yelda.


Cree acaso que no s tan bien como l que es un expediente? coment
Kelderek a Zelda. No podemos permitirnos ser bondadosos y tener generosidad hasta que
no hayamos capturado Ikat y derrotado a Erketlis.
Zelda haba estado de acuerdo y haba aadido:
Y, naturalmente, tampoco podemos enfrentar a tanta gente nuestra, incluso aunque
no sean ortelganos. Ten cuidado que la cosa no se te escape de las manos.
Y Kelderek se encontr como un hombre en una urgente necesidad, que tiene
cuidado de no escudriar demasiado las especiosas afirmaciones de un prestamista afable.
Aunque no tena experiencia como dirigente, nunca haba carecido de sentido comn y
haba aprendido muy temprano en la vida a desconfiar de las hermosas apariencias y de
cualquier premio demasiado fcil. Cuando hayamos tomado Ikat se dijo a s mismo
podremos acabar con estos mtodos vidriosos e inmediatos, oh, Seor Shardik, danos otra
victoria! Entonces terminaremos con el comercio de esclavos y estar libre para buscar tu
verdad. A veces, ante la idea de aquel gran da, las lgrimas brotaban de sus ojos con tanta
facilidad como de las de un nio esclavo al recordar su patria.

27
El Consejo de Zelda

Kelderek pas la mirada por el sombro y cavernoso recinto, el templo de sangre


ms siniestro y brbaro que hubiera albergado los trofeos de una tirana. Debido a lo
macilenta que era la luz de arriba, las antorchas, fijadas a soportes de hierro, ardan
continuamente, y esto haba descolorido la mampostera y las columnas de piedra,
marcndolas con listas irregulares y oscuras, en forma de conos. En el aire inmvil las
llamas gruesas y amarillas se balanceaban, perezosas como gusanos en una tierra cavada en
el invierno. De vez en cuando, un chorrito de resina llameaba a un lado, o estallaba un nudo
con un crujido. El humo, que se estancaba en el techo y mezclaba su olor a pinos con el
olor del oso, pareca el sonido crujiente de la paja que se hubiera hecho visible. Entre los
soportes de las antorchas haba unas panoplias fijadas en las paredes, espadas cortas y
yelmos con orejeras de Belishba, los escudos redondos de cuero de los mercenarios de
Deelguy y las lanzas con picas y bolas que Santil-ke-Erketlis haba trado por primera vez
al Norte, desde Yelda. Aqu tambin estaba el estandarte desgarrado y sangriento del Cliz
de Deparioth, que Gued-la-Dan en persona haba tomado en la batalla de Sarkid dos aos
antes, abrindose camino entre las empalizadas de ramas cruzadas del enemigo a la cabeza
de doce hombres, ninguno de los cuales haba dejado de ser herido cuando termin la lucha.
El Canathron de Lapn, con su cabeza de serpiente y sus alas de cndor abiertas para volar,
estaba enguirnaldado con sarmientos de via y pimpollos rojos, porque haba sido trado a
Bekla como una forzada (aunque dudosa) garanta de la lealtad de Lapn por unos
sacerdotes rehenes a quienes se les permita continuar el rito en forma atenuada. En el muro
ms lejano, como cpulas amarillas a la luz de las antorchas, estaban alineadas las calaveras
de los enemigos de Shardik. Se diferenciaban poco entre ellas, salvo en las formas de los
dientes descubiertos, aunque dos o tres estaban partidas como arcilla vieja y una no tena
cara, sino unas meras astillas en torno a un maltrecho agujero desde la cabeza hasta la
mandbula. Las sombras de las rbitas se movan a la luz de las antorchas, pero haca ya
tiempo que Kelderek no prestaba atencin a aquellos restos sin enterrar. Para l el
despliegue era tedioso nada ms que un mendrugo para los comandantes subordinados en
campaa, entre los que de vez en cuando haba alguno que afirmaba haber matado
enemigos de rango y merecer, por lo tanto, la distincin de presentar las calaveras a
Shardik. Las mujeres las mantenan limpias, aceitadas y alambradas, como haban hecho
con sus azadas en los Arrecifes de Quiso. Y, sin embargo, pese a todos los recuerdos
acumulados de la victoria y dems (pensaba Kelderek paseando de uno a otro lado del
recinto, volvindose ante el ruido de algo que se dejaba caer detrs de los barrotes) el lugar
segua siendo lo que siempre haba sido, algo desordenado, impermanente, un lugar de
almacenaje ms que un altar; tal vez porque la vida de la ciudad se haba convertido en la
de una base detrs de un ejrcito, una sociedad con pocos hombres jvenes y muchas
mujeres solitarias. No haba estado Shardik mejor servido entre las flores escarlata de
trepsis junto al estanque, y en la selva crepuscular, seca, donde l se haba internado por
primera vez para ofrecerle su vida?

Cuando atrapamos un pez en la red pens vemos que el brillo va


desapareciendo lentamente de sus escamas. Pero: hay otra manera de comer pescado?
Se volvi una vez ms, esta vez al or pasos que se aproximaban por el corredor. El
gong del reloj cerca de la Puerta del Pavo Real no haca mucho que haba sealado la hora
dcima y no esperaba que Gued-la-Dan volviera tan pronto. Zilth, un poco ms vieja, pero
todava acicalada, rpida y de pasos ligeros apareci en el recinto, se llev la palma de la
mano a la frente y sonri como una amiga. De todas las mujeres que haban venido desde
Quiso o haban entrado a partir de entonces en el servicio de Shardik, slo Zilth posea
gracia y corazn leve, y el sombro humor de Kelderek se suaviz al devolverle la sonrisa.
Ha llegado ya el seor Gued-la-Dan?
No, monseor replic ella. Es el general Zelda quien desea verte. Dice que
espera que sea ste un momento conveniente, porque necesita hablarte en seguida. No lo ha
dicho, monseor, pero creo que desea verte antes de que llegue el general Gued-la-Dan.
Ir a verlo dijo Kelderek. Espera junto al Seor Shardik, t u otra No hay que
dejarlo solo.
Le dar de comer, monseor, es la hora
Entonces pon la comida en el Pozo de Roca. Si va all por un rato, tanto mejor.
Zelda esperaba en la terraza de sol que corra por el lado Sur del recinto, embozado
en su capa roja oscura para defenderse de la brisa fra. Kelderek se le acerc y juntos
caminaron por los jardines hacia los campos que quedaban entre la Pa y los Montes del
Leopardo.
Has estado vigilando al Seor Shardik? pregunt Zelda.
Durante varias horas. Est inquieto y agitado.
Hablas como si fuera un nio enfermo.
En estos momentos lo tratamos como si lo fuera. Es posible que no sea nada
pero estara ms contento si supiera con certeza que no est enfermo.
Quizs puede ser Zelda hizo una pausa y despus dijo solamente: Muchas
enfermedades terminan cuando llega el verano. Pronto mejorar.
Rodearon la ribera occidental de la Pa y empezaron a atravesar la pradera herbosa
que quedaba ms all, hasta que Zelda se detuvo extraado.
Quin es ese individuo que viene hacia nosotros? pregunt Zelda, sealando.

Kelderek mir.
Algn noble un desconocido. Debe ser algn delegado de provincia.
Un sureo por el aspecto demasiado elegante para ser de alguna provincia
nortea u occidental. Me pregunto por qu anda caminando por aqu solo.
Supongo que es libre de ir a donde se le d la gana. A muchos de los que visitan la
ciudad les gusta decir que han recorrido todos los muros de la ciudad.
El desconocido se acerc, se inclin graciosamente, con un movimiento algo
afectado de su capa de piel, y pas de largo.
Lo conoces? pregunt Zelda.
Es Elleroth, Ban de Sardik un hombre de quien he averiguado muchas cosas.
Por qu? No es caso seguro?
Posiblemente s posiblemente no. Es raro que haya venido l mismo como
delegado. Estuvo con Erketlis en las Guerras de los Esclavos lo cierto es que era un
notable jeldro en su poca. No hay motivo para que haya cambiado de ideas, pero de todos
modos, se me aconsej dejarlo en paz y se me dijo que esto era ms seguro que intentar
librarme de l. Tiene mucha influencia y situacin entre su gente y, dentro de lo que s,
nunca ha hecho ningn dao.
Pero nos ha ayudado?
Se ha luchado tanto por Lapn que es difcil decirlo. Si un dirigente local se las
arregla para estar bien con ambas partes, quin se lo puede reprochar? No hay nada contra
l, como no sea el informe de lo que era antes de nuestra llegada.
Bueno, ya veremos lo que nos ofrece en el Consejo.
Zelda pareca no decidirse a hablar de lo que quera decir a Kelderek y, despus de
un rato, Kelderek retom la conversacin.
Ya que hablamos de los delegados, debo mencionarte otro el hombre
recientemente nombrado como gobernador de Kabin.
Mollo? Qu hay con l? A propsito, ese hombre nos ha clavado la mirada, me
pregunto por qu.
No es raro que los desconocidos me miren contest Kelderek con dbil sonrisa
. Ya estoy acostumbrado.

As debe ser, sin duda. Bueno, qu pasa con Mollo? Smarr Torrun del Pie de las
Colinas lo recomend dice que hace aos que lo conoce. Parece un hombre excelente.
Me he enterado que, hasta hace poco tiempo, era gobernador provincial en
Deelguy.
En Deelguy? Y por qu se fue?
Exactamente Fue acaso para tomar el patrimonio de una pequea propiedad en
Kabin? Me parece dudoso. Nuestras relaciones actuales con Deelguy son tensas y
difciles No sabemos qu pueden estar planeando. Me pregunto si debemos arriesgar ese
nombramiento tuyo podemos caer en una trampa. Un cuchillo en la espalda desde Kabin
sera bastante malo en este momento.
Creo que tienes razn, Kelderek. No saba nada de esto. Hablar yo mismo con
Mollo, maana. No podemos correr ningn riesgo en Kabin. Le dir que, despus de todo,
hemos decidido que necesitamos un hombre con conocimiento especial de la represa.
Volvi a guardar silencio. Kelderek torci un poco colina abajo, a la izquierda,
pensando que, al sugerir de esta manera el regreso, se soltara la lengua del barn.
Qu piensas ahora de la guerra? pregunt Zelda bruscamente.
Pregunta a los milanos y a los cuervos, ellos saben replico Kelderek, citando un
proverbio de los soldados.
En serio, Kelderek y enteramente entre nosotros.
Kelderek se encogi de hombros.
Te refieres a las perspectivas? T las conoces mejor que yo.
Has dicho que el Seor Shardik parece inquieto persisti Zelda.
No todos los estados de nimo ni las enfermedades del Seor Shardik son
portentos de la guerra. Si as fuera, un nio vera los presagios.
Puedes creer, Kelderek, que no discuto tu intuicin como sacerdote de Shardik
ni tu mis condiciones de general, espero.
Por qu dices eso?
Zelda se detuvo y mir alrededor la pradera desaliada ante ellos. Despus se sent
en el suelo. Tras unos momentos de vacilacin, Kelderek se uni a l.
Sentarnos aqu puede no ser muy apropiado para nuestra dignidad dijo Zelda

pero prefiero hablar donde nadie nos oiga Y te prevengo, Kelderek, que en caso de
necesidad negar haber hablado.
Kelderek no contest.
Hace ms de cinco aos que tomamos esta ciudad; y no hay nadie que haya
participado en la campaa que no sepa que lo hicimos por voluntad de Shardik. Pero cul
es ahora su voluntad? Me pregunto si soy el nico que est perplejo sobre el punto.
Me atrevera a decir que no lo eres.
Sabes qu cantaban mis hombres despus de la toma de Bekla? El Seor
Shardik gan la batalla, con las chicas nos acostaremos al sol. Ya no lo cantan. Cuatro
aos de marchas, yendo y viniendo por las provincias sureas, les han quitado todo el
nimo.
Cul fue la voluntad de Shardik al traernos a Bekla? Fue lo que los hombres
suponan es decir, que furamos prsperos y fuertes por el resto de nuestras vidas? Si es
as: por qu sigue Erketlis en campaa contra nosotros? Qu hemos hecho para
desagradar al Seor Shardik?
Que yo sepa, nada.
Shardik mat a Guel-Ethlin l mismo dio el golpe y, despus de tomar Bekla,
t y yo y todos cremos que su voluntad era que derrotramos a Erketlis y tomramos Ikat.
Entonces iba a haber paz. Pero eso no ha ocurrido.
Ocurrir.
Kelderek, si no fueras rey de Bekla y sacerdote de Shardik, si fueras un
gobernador de provincia o un comandante subordinado que me promete algo, yo dira:
Entonces es mejor que suceda cuanto antes. As, directamente. Hace varios aos que mis
hombres luchan y mueren. Estn dispuestos a seguir as otro verano, pero no tienen buen
nimo. La verdad, dejando de lado la voluntad de Shardik y hablando puramente como
general, es que no veo motivos militares para que ganemos jams esta guerra.
Alguien desde abajo pareci llamar al hombre de la torre. El hombre se inclin sobre
el parapeto, mir unos momentos hacia abajo y continu esperando.
Fue el Seor Shardik quien nos dio la victoria sobre Guel-Ethlin prosigui
Zelda. De no haber sido por lo que l hizo, nunca habramos derrotado al ejrcito
beklano con una fuerza irregular como era la nuestra.
Nadie ha dicho lo contrario. Ta-Kominion lo saba antes de la batalla. Pero
ganamos y tomamos Bekla.

Ahora nos limitamos a contener a Erketlis. No podemos vencerlo al menos no


del todo. Hay muchos motivos para esto. Supongo que, cuando eras muchacho, has
peleado, corrido carreras y dems. No recuerdas que, algunas veces, sabas con certeza
que el otro muchacho era mejor que t? Como general, Erketlis es fuera de lo comn, y la
mayora de sus hombres formaban parte del antiguo ejrcito sureo de patrullaje. Muchos
sienten que estn luchando por sus hogares y sus familias, y eso les hace soportar
condiciones muy duras. No son como nosotros, invasores desalentados con la esperanza de
obtener rpidos beneficios. Hace ya tiempo que nuestros hombres sienten que algo se les ha
escapado de la red. Los alimentos de uno u otro tipo son fciles de obtener en el Sur. No
podemos privar de alimentos al ejrcito de Erketlis y ellos no necesitan mucho ms. Pero su
mera existencia nos crea dificultades. Mientras no sean derrotados, sern un foco de
rebelda y dificultades en cualquier parte del imperio, desde Guelt hasta Lapn tendrn
antiguos jendril como simpatizantes y dems. Lo nico que necesita Erketlis es mantenerse
en campaa, pero nosotros debemos hacer algo ms; tenemos que derrotarlo antes de
devolver al pueblo de Bekla la paz y la prosperidad de la que lo hemos privado. Y la pura
verdad es, Kelderek, que no tengo base base militar para suponer que podemos
hacerlo.
El hombre en la Torre de la Serpiente empez de pronto a agitar los brazos y sealar
hacia el Sudeste. Despus junt las manos como bocina, grit algo hacia abajo y se fue del
balcn.
Gued-la-Dan estar aqu en menos de una hora dijo Kelderek. Has hablado
con l algo de esto?
No, pero no tengo motivos para suponer que est ms satisfecho con nuestras
perspectivas militares que yo.
Y qu opinas de la ayuda que esperamos maana de los delegados al Consejo?
Sea la que fuere, no bastar. Nunca ha bastado en el pasado. Debes entender que,
por el momento, nos mantenemos en Lapn como podemos. No somos nosotros sino
Erketlis quien piensa atacar.
Puede hacerlo?
Como sabes, recientemente ha recibido un refuerzo de Deelguy, dirigido por un
barn de cuyas acciones el rey pretende no saber nada. Corren rumores de que Erketlis se
considera ahora lo bastante fuerte para cubrir Ikat y atacarnos, y que proyecta internarse
ms hacia el Norte.
Sobre Bekla?
Eso depender del xito que tenga una vez que empiece. Pero yo creo que dejar
de lado a Bekla y procurar mostrar su poder en la comarca que est al Noreste de la
ciudad. Supongamos, por ejemplo, que diga a los de Deelguy que los llevar al Norte en la

marcha hacia su patria y que haga en el camino todo el dao que pueda. Supongamos que
se encarguen ellos mismos de destruir la represa de Kabin.
Y no puedes detenerlos?
No lo s, pero lo que propongo, Kelderek y lo que nunca volver a proponer si
lo recibes de mala gana, es uno de dos caminos. El primero es que negociemos ya la paz
con Erketlis. Nuestras condiciones sern que conservamos Bekla, con las provincias del
Norte y toda la tierra que podamos conseguir al Sur. Esto, naturalmente, significa ceder
Yelda, Belishba y probablemente Lapn, con Sarkid. Pero tendremos la paz.
Y el segundo camino?
Por primera vez Zelda se volvi y mir de frente a Kelderek, mientras sus ojos
oscuros y su barba quedaban enmarcados en el cuello rojo de la capa. Lentamente extrajo
su cuchillo, lo sostuvo un momento entre el ndice y el pulgar y despus lo dej caer, con el
mango hacia arriba: el cuchillo se clav y tembl en el suelo. Torciendo la nariz y
olfateando, como si hubiera olido algo quemado, recogi el cuchillo y lo volvi a la vaina.
La alusin no pas por alto a Kelderek.
Supe desde el principio s, aquella misma noche que en cierto modo tenas en
tus manos el destino de Ortelga. Antes que t y Bel-ka-Trazet partieran para Quiso, tuve la
certeza de que habas venido para traemos suerte y poder. Despus, cuando los primeros
rumores llegaron a Ortelga, cre en el regreso de Shardik, porque te haba visto enfrentar la
ira de Bel-ka-Trazet y comprend que slo la verdad poda permitirte hacer eso. Fui yo
quien aconsej a Ta-Kominion que arriesgara la vida en el cruce del Cerco Muerto por la
noche, para buscarte; y fui el primer barn que se uni a l al da siguiente, cuando baj a
tierra detrs del Seor Shardik. En la batalla del Pie de las Colinas, antes que Ta-Kominion
llegara al campo, dirig el primer ataque contra el ejrcito de Guel-Ethlin. Nunca dud del
Seor Shardik, y tampoco dudo ahora de l.
Y entonces, qu?
Suelta al Seor Shardik! Sultalo y espera lo que sea. Tal vez su voluntad es que
no sigamos la guerra. Tal vez tenga otro propsito, enteramente distinto. Debemos estar
listos para confiar en l, incluso para reconocer que hemos interpretado mal su voluntad. Si
lo soltamos, tal vez nos revele algo desconocido. Ests seguro, Kelderek, de que, despus
de todo, no negamos su propsito mantenindolo en Bekla? He llegado a creer que ese
propsito no puede ser la continuacin de la guerra, porque, si as fuera, tendramos que
tener ahora el fin a la vista. En algn punto hemos perdido el hilo de nuestro destino.
Sultalo y ruega para que, en esta oscuridad en que vagamos, vuelva a poner las cosas en
nuestras manos.
Soltar a Shardik? dijo Kelderek. No imaginaba nada menos favorable para la
continuacin de su reinado o para el secreto divino que todava tena que descubrir. A toda
costa deba apartar a Zelda de aquella apresurada, supersticiosa idea, cuyas consecuencias

podan ser imprevisibles. Soltar al Seor Shardik?


Y seguirlo luego, confiando en lo que pueda pasar. Porque, si en verdad le hemos
fallado, y ya que no ha sido el coraje o decisin en el campo de batalla, slo hemos fallado
por no confiar bastante en l.
Kelderek tuvo en la punta de la lengua decir que la Tuguinda haba hablado una vez
as y que Ta-Kominion haba sabido cmo tratarla Hizo una pausa, calculando cul era la
mejor manera de iniciar la delicada tarea de disuasin cuando ambos vieron a la distancia
un criado que corra hacia ellos entre el pastizal. Se levantaron y lo esperaron.
Maana por la noche es el festival de fuego de la primavera dijo Kelderek.
No lo he olvidado.
No dir nada de esto a nadie, y volveremos a hablar despus del festival. Necesito
tiempo para pensar.
El criado lleg junto a ellos, levant la palma de la mano a la frente inclinada y
esper, tratando de contener su jadeo.
Habla dijo Kelderek.
Monseor, el seor Gued-la-Dan est casi aqu. Lo han avistado en el camino y
llegar al Portn Azul en media hora.
En la ciudad, abajo, resonaban nuevamente los gongs marcando la hora, y el ms
lejano segua de inmediato al que lo anteceda, como un eco. Kelderek pens que si retena
al criado, la conversacin se interrumpa por el momento.
Acompanos dijo; y despus a Zelda, cuando el hombre se puso en su puesto,
detrs de ellos: Yo y la sacerdotisa Sheldra iremos al encuentro de Gued-la-Dan en el
camino. Quieres venir con nosotros?

28
Elleroth muestra la mano

Y haber dejado todo lo que tena en Deelguy


Mantn la compostura, Mollo.
No vivir dentro de estos condenados lmites tengo que estar por lo menos a
diez das de viaje de ellos ese maldito sacerdote del oso cmo es que se llama a s
mismo? Kildrik, no?
S razonable, Mollo. Clmate. T no dejaste Deelguy con intenciones de
convertirte en gobernador de Kabin, y mucho menos por ninguna promesa proveniente de
Bekla. Te fuiste porque queras heredar la propiedad de la familia, segn me dijiste. Nadie
te ha quitado eso y no ests peor ahora que lo estabas la noche que comiste con tu amigo, el
criador de toros.
No seas ridculo. Todo el mundo en Kabin sabe que el general Zelda me nombr
por recomendacin de Smar. Tuve una larga reunin con los ancianos, antes de
establecerme, para tratar la contribucin de Kabin a la campaa de verano. Queran dar
bastante poco no somos una provincia rica, nunca lo hemos sido. No os preocupis,
dije, convencer a los de Bekla tratar de que no quedis arruinados por pagar la guerra.
Y qu crees que van a decir ahora? Dirn que me han echado porque no pude exprimir
ms a la provincia
Tal vez lo hiciste.
Maldicin! Nadie aqu me ha preguntado con cunto bamos a contribuir, de
modo que no puede ser eso! Pero, sea lo que fuere, los terratenientes de Kabin quedarn
convencidos de que los he abandonado de una u otra manera que he jugado mal las
cartas, quiero decir y, ahora ser reemplazado por alguien que ni siquiera es un hombre
del lugar, alguien que no tendr escrpulos en esquilmarlos. Quin va a creerme cuando
diga que no tengo la menor idea de por qu no fue confirmado el nombramiento? Tendr
suerte si alguno no intenta matarme, de un modo u otro. No es que me importe mucho.
Conoces una manera mejor de enojar realmente a un hombre que prometerle algo y
despus quitrselo?
En principio, no. Pero, mi querido Mollo, qu esperabas cuando te metiste con
esta banda del oso? Me sorprende que la posibilidad no se te haya ocurrido desde el
principio.
Acaso t no te has metido tambin con ellos?

En modo alguno: ms bien al revs. En el momento en que irrumpieron en un


mundo atnito, yo ya era Ban de Sarkid, y fueron ellos, cuando llegaron, los que me
examinaron largamente y decidieron dejar las cosas como estaban; si hicieron bien en esto,
es algo que habr que ver. Pero no fui hacia ellos, con el sombrero en la mano, como hiciste
t, a pedir nombramiento lucrativo, a ofrecer, de hecho, contribuir a la derrota de Santil y
promover el trfico de esclavos Adems, son terriblemente aburridos. Sabes que,
anoche, en la ciudad, hice averiguaciones sobre el drama? Oh, no, dijo el viejo a quien
pregunt, todo se ha detenido mientras dure la guerra. Nos dicen que no hay dinero para
gastar, pero estamos seguros del motivo: los ortelganos no entienden el drama, y adems
formaba parte de la adoracin de Cran. De veras me sent terriblemente aburrido cuando
dijo eso.
Pero el hecho es, Elleroth, que tu posicin como Ban de Sarkid ha sido
confirmada en nombre de Shardik. No puedes negarlo.
No lo niego, mi querido.
El trfico de esclavos es mejor con Shardik, entonces, de lo que era hace diez
aos, cuando t y yo combatamos junto a Santil?
Si es una pregunta seria, no merece una respuesta seria. Pero sabes?, no soy
humanitario no soy ms que un terrateniente que procura vivir una vida razonablemente
pacfica y ganar lo bastante para vivir. Es terriblemente difcil hacer que la gente se
establezca y trabaje como se debe, cuando piensan que ellos o sus hijos pueden llegar a
formar parte de la cuota de esclavos. Es raro, pero la cosa parece molestarlos. La esclavitud
es una poltica miope un mal negocio.
Pero por qu ests aqu, personalmente, por el asunto del oso?
Tal vez como t, para lograr el mejor acuerdo posible para mi provincia.
Kabin est en el Norte; tiene que marchar con Bekla. Pero Lapn es una provincia
surea una provincia disputada. Podras declararte abiertamente a favor de Erketlis
separarte y llevar contigo a medio Lapn.
Caramba, s, podra. Me pregunto por qu nunca se me habr ocurrido
Bueno, te burlas del asunto, pero te prevengo que las cosas no me parecen tan
divertidas. No es haber perdido la gobernacin lo que me molesta. Lo que no soporto es que
me han dejado como idiota ante todos los que conozco desde muchacho. Te das cuenta?
Mira, ah viene; crey que iba a ser gobernador y nos dijo lo que debamos hacer. Y ha
vuelto a casa con el rabo entre las piernas. Oh, buenos das, seor Mollo, precioso
tiempo, verdad?. Cmo volver ahora a mi propiedad? Te juro que hara cualquier cosa
contra estos malditos ortelganos. E hiciera lo que hiciere, se lo mereceran, si no son
capaces de manejar mejor un imperio. Soy como t es a los malos mtodos a los que me
opongo

Hablas en serio, Mollo?


S, claro que s. Me expondra a cualquier cosa para hacerles dao.
En ese caso eh vamos a dar un paseo por algn lugar bonito y solitario, sin
paredes o matorrales Qu preciosa maana! Sabes? Cada vez que veo el Palacio de los
Barones me parece que expresa algo fresco, original y deliciosamente anti-ortelgano
qu deca? Ah, s, en ese caso tal vez pueda guiarte, paso a paso, a la cumbre de una
exaltacin palpitante o algo por el estilo
Qu quieres decir?
Bueno, sabes?, no soy, ay, el tipo sencillo y bueno que supones. Debajo de este
bien lavado exterior late un corazn ms negro que una cucaracha y casi igualmente
valeroso.
Bueno, es evidente que quieres decir algo. Dime sin vueltas guardar el secreto.
Tal vez lo haga. Entonces, pues, debes saber que una vez, hace unos cinco aos,
cuando Santil atraves Sarkid en la marcha desde Bekla hasta Ikat, se apoder de m la loca
idea de reunir a mi gente y unirme a l.
Me sorprendi que no lo hicieras. Supongo que escamoteaste la cosa ante la idea
de perder la propiedad y todo lo dems?
Oh, escamote prcticamente sin parar fue todo escamoteo. Sin embargo, me
las arregl para estar ms o menos a punto de partir cuando Santil mismo vino a verme.
S al principio de una campaa desesperada, con todo por organizar y cuando Ikat iba a
convertirse en una base de suministros militares, ese hombre notable tuvo tiempo de andar
treinta y seis kilmetros para hablar conmigo y regresar por la noche. Creo que saba que
yo no iba a obedecer a nadie ms.
Y lo obedeciste? Qu te dijo?
Quiso que me quedara donde estaba y que presentara a Bekla un cuadro
convincente de neutralidad benvola. l pensaba que, si se haca con habilidad, eso sera
para l ms til que dejar que Sarkid fuera controlado por alguien nombrado por el
enemigo. Naturalmente, tuvo razn. Siempre he detestado que la gente crea que no quise ir
a pelear, pero las ventajas para Santil han sido mayores que las que hubiera obtenido si me
pongo a gritar Muere! a un lancero ortelgano. De este modo se ha enterado de muchos
detalles de los movimientos del maestro Gued-la-Dan, y del otro hombre, Zelda; y ambos
han encontrado toda clase de dificultades cuando operan en las vecindades de Sardik.
Sabes? Desaparecen los correos, suceden accidentes graciosos, las raciones ordenadas
no son del gusto del pueblo y dems. Cualquier cosita que se nos ocurra. Creo que si no
fuera por Sarkid, el flanco occidental de Santil habra sido arrollado hace tiempo y no
habra podido mantener a Ikat. Pero la cosa requiere un manejo muy delicado. Gued-la-Dan

es un cliente rudo, desagradable, y he tenido que ir muy lejos para convencerlo que prefiero
su lado al otro. Durante aos lo he mantenido creyendo que al fin de cuentas, y debido a mi
influencia local y a mis conocimientos, es mejor mantenerme que reemplazarme. Apenas
est enterado que mi amor a las travesuras infantiles me lleva a moverle el piso de vez en
cuando.
Comprendo. Y deb haberlo adivinado.
Lo que sigue es el teatro de toda una vida. Tu pulso palpitar con mil
pulsaciones bueno, digamos, quinientas. Hace cosa de un mes Santil me hizo otra visita
nocturna, casualmente disfrazado de comerciante de vinos. Y me dijo que esta primavera,
por primera vez, est bastante fuerte como para atacar con fuerza el Norte. Lo cierto es que
tal vez en este momento ya haya iniciado una marcha que lo llevar al Norte de Bekla en
menos tiempo del que se supone.
Pero no a Bekla?
Depende del apoyo que encuentre. En el primer momento probablemente no
intentar atacar Bekla, sino que marchar hacia el Norte a ver si algunas provincias se
levantan a su favor. Lgicamente, tal vez encuentre la ocasin de derrotar algn ejrcito
ortelgano y, si es as, no es hombre de perder la ocasin.
Y qu papel desempeas t? Porque obviamente desempeas uno.
Bueno, lo cierto es que soy esa criatura despreciable que se llama un agente
secreto.
Sal de ah!
Espero salir, a su debido tiempo. Se te ha ocurrido que, si algo de veras
desagradable pasara en Bekla cuando Santil inicie el ataque, esos individuos tan
supersticiosos quedaran muy trastornados? De todos modos, se le ocurri a Santil. Por eso
he venido al Consejo como delegado.
Pero qu es lo que intentas hacer? Y cundo?
Algo audaz, supongo, sera lo ms apropiado. Se me haba ocurrido la posibilidad
de sacar de su cargo al rey o alguno de los generales, pero no creo que pueda hacerse. Perd
una ocasin bastante buena ayer por la tarde, por no estar armado, y no creo que se presente
otra. Pero he estado pensando. La destruccin de la Casa del Rey y la muerte del oso eso
producira un efecto calamitoso. La verdad es que la cosa podra desbordar, cuando las
noticias lleguen al ejrcito.
Pero no es posible, Elleroth. No podramos triunfar con una cosa as.
Con tu ayuda, creo que es posible. Mi intencin es incendiar el techo de la Casa

del Rey.
Pero el palacio es de piedra!
Los techos, mi querido Mollo? Los techos se hacen de madera. No se puede
cubrir con piedra un recinto de ese tamao. Debe haber vigas y travesaos que sostienen las
tejas. Mira t mismo incluso hay pajas en el extremo se puede ver desde aqu. El fuego
marchar bien si le dejan tiempo.
Lo vern en seguida de todos modos el lugar est custodiado. Cmo es posible
trepar al techo con una antorcha o lo que necesites? No podras acercarte sin que te
detuvieran.
Ah, aqu es donde me servirs incalculablemente! Escucha. Esta noche es el
festival del fuego de la primavera. Lo has visto alguna vez? A la cada de la noche apagan
todas las llamas de la ciudad, hasta la oscuridad total. Despus encienden el nuevo fuego y
cada dueo de casa viene a encender en l una antorcha. Luego todos se enloquecen. Habr
un brasero o alguna antorcha ardiendo en cada techo de la ciudad. Habr una procesin de
barcas en el Barb, llenas de luces, con el aspecto de dragones feroces el agua las refleja,
sabes? Es muy bonito. Habr un desfile de antorchas cualquier cantidad de humo en las
narices de la gente y tendrn los ojos deslumbrados. Esta noche o nunca un fuego en el
techo de la Casa del Rey slo ser notado cuando sea demasiado tarde.
Pero nunca dejan al oso sin guardias.
Claro que no. Pero podremos encargarnos de ellos si ests tan enojado y lleno de
deseos de venganza como dices. Ya he sealado un lugar por el que creo que podr trepar al
techo; y, para estar seguro, he comprado una soga y un ancla. Cuando oscurezca, t y yo
encenderemos unas antorchas y nos dirigiremos al festival armados bajo las capas,
lgicamente, y ms bien tarde. Iremos hacia la Casa del Rey y all, en silencio,
liquidaremos a los centinelas que encontremos. Despus subiremos al techo y lo
incendiaremos. Es casi seguro que habr una sacerdotisa en el recinto para cuidar del oso
tal vez ms de una. Si no las silenciamos, vern el fuego desde abajo. As que tendrs que
entrar y atacar a quien quiera que encuentres en el recinto.
No sera mejor matar directamente al oso?
Has visto alguna vez a ese oso? Es estupendamente grande increble. Habra
que matarlo con muchas flechas pesadas. No tenemos un arco y no podemos llamar la
atencin comprando uno.
Cuando el fuego arrecie, creo que el oso, simplemente, se meter en el Pozo de
Roca.
Si ya ha anochecido, dejan caer la puerta entre el recinto y el pozo. All est en
este momento.

No me gusta la idea de atacar a una mujer con una espada aunque sea una
sacerdotisa ortelgana.
Tampoco a m me gusta; pero estamos en guerra, mi querido Mollo. No es
necesario que la mates, pero tendrs que impedir que d la alarma.
Bueno, supongamos que lo consiga. El techo arder y estar a punto de caer sobre
el oso y t habrs bajado y te me habrs unido. Qu hacemos entonces?
Desaparecer como fantasmas cuando canta el gallo.
Dnde? El nico acceso a la ciudad baja es por el Portn del Pavo Real. No hay
nada que hacer.
Creo que tenemos una buena posibilidad. Santil me aconsej que examinara la
cosa y lo hice, ayer por la tarde. Como sabes, los muros de la ciudad corren hacia el Sur y
rodean totalmente Crndor; pero arriba, cerca del rincn Sudeste, hay un postigo sin uso en
la pared. Santil me dijo que fue hecho hace tiempo por un rey, sin duda con algn propsito
inconfesable que tena. Ayer por la tarde fui hasta all, como haba sugerido Santil, y lo
examin. Estaba cubierto de matas y caas, pero cerrado slo por dentro. No creo que nadie
lo haya tocado desde hace aos. Aceit los cerrojos y me cercior de que puede abrirse. Si
alguien ha ido despus all y vio lo que hice, mala suerte, pero dudo que as sea. Tuve un
momento desagradable al volver, cuando tropec con el llamado rey y el general Zelda, que
marchaban en esa direccin, pero se dieron vuelta poco despus de cruzarse conmigo. De
todos modos, es nuestra mejor ocasin y debemos tomarla. Si podemos llegar a los
barrancos ms altos, ms all del Barb, sin ser atrapados, podremos muy bien pasar por esa
puerta y unirnos al ejrcito de Santil en dos o tres das. Ningn perseguidor correr ms que
yo, te lo aseguro.
Creo que tenemos pocas posibilidades. El asunto es ms que riesgoso. Y, si nos
atrapan
Bueno, si prefieres no participar, mi querido Mollo, dilo en seguida. Pero dijiste
que arriesgaras cualquier cosa para hacerles dao. En lo que a m se refiere, no he
guardado mi piel a salvo durante cinco aos para venir aqu y no arriesgar nada. Santil
desea un desastre resonante y procurar que lo obtenga.
Supongamos que, despus de todo, yo mate a la mujer no es mejor meterse
entre la multitud y fingir ignorancia? Nadie podr identificamos, y el fuego puede ser
accidental chispas que ha trado el viento.
Claro que puedes intentar eso si lo prefieres, pero seguramente descubrirn que el
fuego no fue casual tendr que desgarrar el techo para que se incendie como es debido.
Sospecharn de m y crees que no sospecharn tambin de ti, despus del motivo que
hoy t han dado? Puedes confiar en resistir la sospecha y la investigacin
convincentemente por das interminables? Adems, si el oso muere, los ortelganos estarn

fuera de s. Son capaces de torturar a todos los delegados de la ciudad para obtener una
confesin. No, pensndolo, creo que prefiero mi postigo.
Tal vez tengas razn. Bueno, si tenemos xito y logramos unirnos a Erketlis.
Sin duda no va a ser desagradecido, como te dars cuenta. Te ir mucho, mucho
mejor que como gobernador de Kabin.
De veras lo creo. Bueno, si no me entra el susto o tengo otro tropiezo antes de la
noche, cuenta conmigo. Pero, por suerte, no tenemos que esperar mucho

29
El festival del fuego

Al caer la tarde sobre las terrazas de los Montes del Leopardo, con un cielo verdoso,
rayado de amarillo, en el Oeste y un aletear de murcilagos contra la ltima luz, la luna
nueva, visible toda la tarde, empez a lucir ms brillante y pareca, al avanzar hacia su
temprana puesta, frgil y tenue hasta ser casi insustancial. Todo abajo yaca en silencio, en
una oscuridad iluminada por las estrellas, la ciudad ms quieta que la medianoche, todos los
fuegos apagados, todas las voces en silencio, no brillaba ni una luz, ninguna muchacha
cantaba, no arda ninguna llama, ningn mendigo pordioseaba. Era la hora del Apagn. Las
calles estaban desiertas, las arenosas plazas, rastrilladas al terminar el da, estaban vacas,
rayadas y desamparadas como estanques helados por el viento.
Arriba en la Torre de la Serpiente, Sheldra, envuelta en una capa que la abrigaba del
aire nocturno, miraba hacia occidente, esperando que el cuerno inferior de la luna
declinante se pusiera a la par del pinculo de la torre de Bramba, en la esquina opuesta.
Cuando se puso, el vasto silencio de los campos se quebr con el grito ululante de
Shardik, el fuego del Seor Shardik!. Un instante despus una lengua de llama oscura y
dividida trep por los diez metros de altura del tronco de pino embreado del techo del
palacio, y apareci ante la ciudad de abajo como una columna de fuego en el cielo del Sur.
A lo largo de las paredes que dividan la ciudad alta de la ciudad baja, el esperado llamado
de la sacerdotisa fue contestado y repetido, mientras cinco llamaradas similares, aunque
menores, se elevaron, una tras otra, desde los techos de los torreones equidistantes. Cada
llamarada se irgui en la noche con la velocidad de un gimnasta que trepa por una cuerda, y
los postes ardieron en oleadas largas y ardientes, pues el fuego brotaba de sus lados como
agua. Por un momento estuvieron solos, sealando el ancho y el largo de la ciudad que
yaca en la llanura como una gran balsa anclada en la pendiente del Crndor. Y mientras
ardan slo sus crepitaciones rompan el silencio que haba vuelto tras el cese de los gritos
de las torres, las calles empezaron a llenarse de un nmero creciente de gente que sala de
las puertas: algunos simplemente se mantenan de pie como centinelas en la oscuridad,
otros se abran paso a tientas pero deliberadamente hacia el Mercado de Caravanas. Pronto
muchos se reunieron all; todos sin hablar, todos esperando con paciencia en la luz de la
luna que se pona, en una penumbra rodeada de llamas, una luz como de lechuzas, que
apenas dejaba reconocer al vecino.
Entonces, a lo lejos, sobre los Montes del Leopardo, apareci la llama de una nica
antorcha. Se movi rpidamente, inclinndose, descendiendo, corriendo por las terrazas
hacia la Pa, por los jardines hacia el Portn del Pavo Real, abierto esperando al corredor
que haba de entrar por la calle de los Armadores y llegar al Mercado ante la reverente
multitud que lo aguardaba. Cuntos haba all reunidos? Centenares, miles. Muchos
hombres y mujeres, cada uno jefe de una casa; jueces y funcionarios civiles, comerciantes
extranjeros, contadores, constructores y carpinteros, la viuda respetable al lado de las

muchachas alegres, picapedreros de duras mano; fabricantes de arneses y tejedores, los


dueos de las posadas para labradores trashumantes, el propietario de El soto verde, el
guardin del hospicio de correos de provincia y ms, muchos ms: estaban de pie hombro
contra hombro, en silencio, la nica luz era el distante resplandor de las llamas altas que los
haban convocado desde sus casas, y cada uno llevaba una antorcha sin encender, para
buscar, como don de Dios, la bendicin de la renovacin del fuego. El corredor, un joven
oficial de la casa de Gued-la-Dan, honrado con esta tarea en reconocimiento de valerosos
servicios prestados en Lapn, llevaba su antorcha, encendida en el nuevo fuego del techo
del palacio, hasta el plinto de las Grandes Balanzas, donde se detuvo al fin, callado y
sonriente; esper unos momentos para recobrar el aliento y estar seguro del efecto que
produca antes de tender la llama al suplicante ms cercano, un viejo envuelto en una capa
verde remendada, que se apoyaba en un bculo.
Bendito sea el fuego! exclam el oficial, en una voz que reson por toda la
plaza.
Bendito sea el Seor Shardik! replic el viejo con voz quebrada y, al hablar,
encendi su antorcha en la del joven.
Una hermosa mujer de edad mediana se adelant llevando en una mano su antorcha
y, en otra, una varita pintada de amarillo, en prueba de que representaba a su marido,
ausente en la guerra. Haba muchas como ella entre la multitud.
Bendito sea el fuego! grit otra vez el joven oficial y ella contest: Bendito
sea el Seor Shardik!, y lo mir a los ojos con una sonrisa que deca: Bendito seas
tambin t, hermoso muchacho. Llevando en alto la antorcha encendida se volvi luego y
se dirigi a su casa, en tanto que un nombre tosco y de contextura recia, vestido como un
ganadero, ocup su lugar ante el plinto.
No haba amontonamiento ni prisa, sino una solemnidad medida y gozosa mientras
se encenda antorcha tras antorcha. Ninguno deba hablar hasta que le hubieran concedido
el don del fuego. Pero no todos esperaron a recibir directamente el fuego de la antorcha
trada desde el palacio. Muchos, vehementes, tomaron el fuego que les ofrecan los que
dejaban la plaza, hasta que por todas partes reson el grito alegre de Bendito sea el
fuego!, y Bendito sea el Seor Shardik!. Gradualmente la plaza se llen de ms y ms
puntos de luz, como chispas que se extienden en un hogar o en la superficie de un tronco
ardiente. Pronto las llamas agitadas y danzantes flamearon en todas direcciones a lo largo
de las calles, las lenguas libres parlotearon como pjaros a la primera luz y las lmparas
reencendidas empezaron a brillar en una ventana tras otra. Despus, sobre los techos de las
casas, de un extremo a otro de la ciudad, empezaron a arder fuegos menores. Algunos eran
postes que imitaban los ya encendidos en las puertas y torres, oros braseros llenos de lea
o fogatas ms ciaras de gomas perfumadas y carbn salpicado de incienso. Empez el festn
y la msica, la bebida en las tabernas, los bailes en las plazas. En todas partes el don de la
luz y el calor de la noche manifestaba el poder sobre el fro y la oscuridad otorgado por
Dios al Hombre, y slo al Hombre.

Junto a la Pa en la ciudad alta, por encima del Portn del Pavo Real, otro mensajero
ms grave haba llegado con su antorcha, nada menos que el general Zelda y su armadura
completa reflejaba apagadamente la luz humeante mientras marchaba hacia las ditas que
laman la costa. Aqu tambin esperaban suplicantes, pero menos y no tan fervientes, ya que
las emociones estaban modificadas por ese desprendimiento y contencin llena de autoconciencia que caracteriza a los aristcratas, ricos o poderosos cuando participan en las
expansiones populares. La invocacin de Zelda, Bendito sea el fuego, fue dicha, es
cierto, en voz muy alta, pero con tono formal y moderado, en tanto que la respuesta de
Bendito sea el Seor Shardik, aunque dicha con sinceridad, careca de la integridad
calurosa de las voces de las muchachas floristas o de los portadores del mercado de la
ciudad baja, que quebraban dos horas de oscuridad y silencio con las palabras sealadas
para comenzar una de las grandes festividades del ao.
Kelderek, vestido de azafrn y escarlata y asistido pollas sacerdotisas de Shardik,
esperaba en la terraza ms alta de los Montes del Leopardo, contemplando la ciudad a sus
pies. Alrededor de l ardan las sales, ungentos y aceites preparados para el festival del
fuego, misteriosos y esplndidos en combustin azul de Martn Pescador, cinabrio,
violeta, limn y verde berilo cada fuego transparente, como una gasa, en su bol de
bronce, llevado entre varas sobre los hombros de dos mujeres. Resonaban las campanas,
como gongs, de las torres del palacio, y su armona estremecedora vibraba sobre la ciudad,
se apagaba y volva como olas en una ribera. Mientras miraba el trozo de luna nueva se
hundi al fin en el horizonte del Oeste y sobre el lago apareci la forma resbaladiza de un
gran dragn, un monstruo que mostraba sus dientes de fuego, de ojos verdes y con garras,
mientras de sus mandbulas sala una pluma de humo blanco que iba quedando detrs a
medida que avanzaba. Gritos de admiracin y excitacin estallaron: los gritos de batalla de
los hombres jvenes y los estilizados llamados de la cacera. Despus cuando el dragn
lleg al centro de la Pa, surgi a la vida desde la otra ribera una forma feroz, erguida sobre
las patas traseras, de diez metros de alto, orejas redondeadas, largo hocico mostrando los
dientes y levantando una pata con garras. Cuando los gritos de Shardik, el fuego del
Seor Shardik! arreciaron e hicieron eco en los muros que rodeaban el jardn, la figura de
un hombre desnudo, llevando una antorcha en cada mano, apareci entre las mandbulas del
oso. Por un momento se detuvo en la elevada y (brillante plataforma; despus salt sobre el
agua. Sujeta a sus hombros y desenvolvindose, haba una larga cinta de lona embreada
que, al arder, daba la sensacin de que el oso escupa fuego. El hombre, al zambullirse en el
agua, se libr de sus arneses y empez a nadar hacia la costa. Fue seguido por otro y ahora
que la forma de una flecha gnea lo que cay al agua desde la boca del oso. Ms y ms
velozmente llegaban los zambullidores, de manera que las formas flamgeras de espadas,
lanzas y hachas brotaban de entre los dientes del oso para apagarse en el lago. Finalmente,
cuando el dragn vomitando humo se desliz bajo la imponente imagen de Shardik, un
dogal ardiente cay para rodear la proa que formaba su garganta. Las luces de los ojos
calientes se apagaron y en medio de gritos de triunfo su aliento humeante fue muriendo,
mientras flotaba, cautivo ante las resplandecientes patas de rescoldos.
Entretanto Kelderek y su squito haban ya empezado a bajar las terrazas en lenta
procesin. El canto de las sacerdotisas se elevaba alrededor de l, con un sonido que le
oprima el corazn, porque era la misma antfona que haba odo por primera vez en los
bosques occidentales de Ortelga. Entonces las voces de Rantzay y de la Tuguinda haban

formado parte de un muro de sonido que rodeaba una cspide sublime y espiritual, por
encima del mundo del miedo y de la ignorancia. Pero su cara grave y enjuta no mostr
signos exteriores de este recuerdo.
Shardik rog senandril, Seor Shardik. Acepta mi vida Redime al mundo y
empieza por m.
Y ahora estaba ya en el jardn, donde los seores y las damas retrocedan ante l y
los barones levantaban las espadas saludando el poder otorgado por Dios al rey-sacerdote.
El canto de las sacerdotisas mora a lo lejos, las campanas de cobre guardaban silencio, el
feroz oso y el dragn haban terminado su lucha y haban sido consumidos por el fuego sin
que nadie mirara. La gente a lo largo de la ribera acall sus gritos, sus salutaciones, y el
distante ruido de la ciudad baja se elev desde el pie de los muros. El rey-sacerdote avanz
solo, ante los ojos de los barones armados y los enviados de las provincias vasallas, hacia el
borde del profundo estanque interno, el Estanque de la Luz. All, sin ayuda de hombre o
mujer, deba despojarse de las pesadas vestiduras y de la corona y permanecer desnudo, en
el penetrante aire de la noche, y meter los pies en sandalias de plomo puestas para l en el
borde. Debajo, en lo profundo del estanque, arda entre la oscuridad y el agua una nica luz,
una luz encerrada en una esfera de cristal hueca afirmada a la roca, alimentada por aire y
que emita su calor y humo por respiraderos escondidos. Este era el fuego de Fleitil, ideado
haca mucho tiempo para la adoracin de Cran, pero que ahora formaba parte del festival
de, Shardik. Por los peldaos que descendan hacia el agua deba marchar el rey, con los
pies pesados que iban a llevarlo al suelo de] estanque, y despus iba a soltarse y saldra del
agua, trayendo el milagroso globo de luz. Ya se haba adelantado, tanteando cada escaln de
piedra con pies cuidadosos y bajando lentamente, en un silencio quebrado slo por el agua
que le golpeaba las rodillas, los riones, el pescuezo.
Pero oh! Qu tremebundo mido es ese que quiebra el reverente murmullo de los
guerreros ortelganos y de los seores de Bekla, que corta como una espada el jardn repleto
y el lago vaco? Las cabezas se vuelven, las voces se oyen. Un momento de silencio y
volvi a repetirse; el rugido de un gran animal enfurecido, lleno de terror y de dolor; tan
fuerte, tan feroz y salvaje que las mujeres se aferraron a los brazos de los hombres, como
ante el ruido del trueno o de la lucha, y los muchachos fingieron despreocupacin, no
logrando ocultar el miedo involuntario. La dama Sheldra, que asista al rey junto a los
peldaos, se dio vuelta y qued tensa, levantando una mano para proteger los ojos de la luz
de las teas, mientras procuraba ver del otro lado del jardn la oscura silueta de la Casa del
Rey. Cesaron los rugidos y fueron seguidos por golpes pesados, que vibraban, como si
algn objeto blando pero macizo golpeara contra las paredes de aquel lugar cavernoso y
lleno de ecos.
Kelderek, que ya haba cobrado aliento para sumergirse y dejarse caer desde el
ltimo peldao hasta el lecho del estanque, lanz un grito inarticulado y trat de librarse de
las pesadas sandalias. En el instante siguiente sali del agua y qued goteando en el borde
del pavimento. Los murmullos alrededor de l aumentaron, inamistosos y alarmados.
Qu ha pasado? Qu est haciendo? Interrumpir as la ceremonia trae mala

suerte Una accin desdichada que no acarrear nada bueno Sacrilegio


Entre la multitud cercana una mujer empez a llorar con gemidos de miedo, bruscos
y nerviosos.
Kelderek, sin prestarles atencin, se inclin para volver a vestirse con las rgidas y
pesadas vestiduras que yacan a sus pies. En su apresuramiento, sus manos tironearon de los
broches, la tnica cay de costado y, arrojndola lejos, empez a abrirse camino, desnudo
como estaba, en medio del grupo de sacerdotisas. Sheldra le puso la mano en el brazo.
Monseor
Djame pasar! contest Kelderek, empujndola con rudeza.
Qu pasa, Kelderek? dijo Zelda, adelantndose y hablando en voz baja y
rpida junto a su hombro. No seas tonto, hombre! Qu vas a hacer?
Shardik, Shardik! grit Kelderek. Sgueme, por Dios!
Corri, mientras las ramas y las piedras heran sus pies descalzos. Sangrando, su
cuerpo desnudo empuj y se abri paso entre hombres con armaduras y mujeres que
chillaban escandalizadas, cuyos broches y hebillas de cinturones le araaban la carne. Un
hombre intent cerrarle el paso, y l lo hizo caer de un puetazo, mientras gritaba de nuevo:
Shardik, dejad pasar!
Detente, vuelve! grit Zelda, persiguindolo e intentando retenerlo. El oso
slo est asustado por el fuego, Kelderek! Es el ruido y el olor al humo que lo han
inquietado! No sigas con esta blasfemia! Detenedlo! grit a un grupo de oficiales que
estaba al frente.
Ellos miraron indecisos y Kelderek se abri paso, tropez y cay, se levant y
volvi a precipitarse, con el cuerpo mojado y sucio de la cabeza a los pies con barro, sangre
y la hojarasca del jardn. Grotesco en apariencia, tan sucio y desprovisto de dignidad como
un desdichado hazmerrer de alguna barraca que ha sido desnudado, golpeado y perseguido
por sus patanes compaeros en busca de una mezquina diversin, sigui corriendo, sin
prestar atencin a nada que no fuera el mido del recinto que ya tena ante l. Al llegar a la
terraza en donde el da anterior haba estado con Zelda, detuvo y se volvi hacia los que lo
seguan.
El techo, el techo est incendiado! Subid y apagadlo!
Ha perdido el juicio! exclam Zelda. Kelderek, no seas tonto, no
comprendes que esta noche arde un fuego en cada techo de Bekla? Por Dios te pido que
No all! Crees que no lo s? Dnde estn los centinelas? Qu los traigan

manda hombres a inspeccionar el otro extremo!


Se precipit por la puerta del Sur y corri por el pasadizo hasta el gran recinto.
Shardik se mova de un lado a otro, como un abeto cuando los leadores lo sacuden
por la base para aflojar las races, estaba erguido en el rincn ms lejano del recinto,
golpeando con sus enormes patas la puerta cerrada y rugiendo con rabia y terror mientras el
fuego arda con fuerza por encima de l. En el lomo tena un tajo dentado del largo del
antebrazo de un hombre y, cerca de l, haba una lanza ensangrentada, evidentemente de
una de las panoplias del muro, que deba haber cado de la herida al pararse sobre las patas
traseras.
Ante los barrotes, dando la espalda a Kelderek, estaba un hombre armado con un
arco. Tambin deba haberlo sacado de la pared, porque de cada extremo colgaban todava
los ganchos de cuero que lo haban sujetado. Una flecha de cabeza pesada estaba puesta en
la cuerda y el hombre, sin duda acostumbrado a aquel arma, la estaba maniobrando.
Kelderek, desnudo y desarmado como estaba, se precipit. El hombre se volvi y lo
esquiv con rapidez, saco la daga y lo apual en el hombro izquierdo. En el momento
siguiente Kelderek se le haba echado encima, mordiendo, araando, pateando, hasta tirarlo
al suelo. No senta las heridas que reciba, ni el dolor de los pulgares cuando los apret, casi
hasta quebrarlos, en la garganta del hombre, en tanto que le golpeaba la nuca contra el
suelo. Hundi sus dientes en l como una fiera, lo solt un momento para golpearlo,
despus volvi a agarrarlo y lo desgarr, como un sabueso guardin desgarra a un ladrn
que ha capturado en la casa de su amo.
Cuando Zelda y los que lo acompaaban entraron en el recinto, trayendo el cuerpo
de un centinela muerto y escoltando a Elleroth, Ban de Sarkid y enviado de Lapn, a quien
haban apresado en el momento de bajar del techo, encontraron al rey cubierto de la cabeza
a los pies de sangre y de mugre, sangrando por cinco o seis pualadas y llorando al
inclinarse sobre la joven sacerdotisa echada en el suelo. El cuerpo lacerado que tena a su
lado era el de Mollo, enviado de Kabin, que haba sido desgarrado y golpeado hasta la
muerte por las manos desnudas del rey.

30
Elleroth es condenado

Con una oleada de alivio como la que siente un nio cuando traen luz al cuarto
oscuro en donde ha estado aterrado, Kelderek comprendi que haba estado soando. El
nio deja de asustarse a s mismo con la fantasa de que el armario de roble puede ser un
animal agazapado, y acepta que la cara grotesca que lo miraba desde arriba es slo el
diseo de rayas entre las vigas del techo.
En la mente de Kelderek, que despertaba, la nebulosa topografa del pensamiento
pareca girar sobre un pivote; el sueo y la realidad ocupaban los lugares correspondientes
y conoca el verdadero aspecto y los rasgos de su situacin. Comprendi que no haba sido
convocado a presentarse ante Bel-ka-Trazet esto era un sueo y, por lo tanto, a Dios
gracias, no necesitaba inventar la mejor manera de defenderse. El dolor de su cuerpo era
real de veras, pero no provena de golpes recibidos de manos de los hombres del Gran
Barn, sino de su lucha con el intruso del recinto Despus de todo no corra peligro de
muerte, pero en cambio volvi a l el recuerdo de todo lo que haba olvidado en sueos: la
herida de Shardik, el recinto incendiado, Zilth tirada sobre las piedras y sus propias
heridas. Cunto tiempo haba dormido? Sbitamente, como un muro que se desmorona en
el punto ms vulnerable, el progreso adormilado e indiscriminado del despertar fue
quebrado al darse cuenta que no saba qu haba sido de Shardik. En seguida grit:
Shardik!, abri los ojos e intent incorporarse Era de da y estaba echado en su propia
cama. Por la ventana del Sur, con vista sobre la Pa, brillaba un plido sol. Pareca una o
dos horas despus del alba. Su mano izquierda estaba vendada tambin el hombro, segn
pudo sentir, y el muslo opuesto. Mordindose los labios de dolor se incorpor y puso los
pies en el suelo. Cuando lo hizo, Sheldra entr en el cuarto.
Monseor
Shardik qu ha sido del Seor Shardik?
Monseor, el general Zelda ha venido a hablar contigo. Tiene prisa. Dice que es
importante.
Sali veloz, mientras l gritaba dbilmente:
Shardik, Shardik
Sheldra volvi con Zelda, que estaba con botas y envuelto en una capa, como para
emprender un viaje.
Shardik! exclam l, e intent ponerse de pie, pero volvi a caer sobre la cama

. Est vivo? Vivir?


Como el amo, como el hombre replic Zelda con una sonrisa. Shardik est
vivo, pero la herida es profunda y necesita descanso y cuidados.
Cunto tiempo he dormido?
Este es el segundo da desde que te hirieron.
Te hemos dado una droga, monseor dijo Sheldra. La hoja del cuchillo se te
quebr en el muslo, pero pudimos sacarla.
Y Zilth? Qu ha pasado con Zilth?
Est viva, pero el cerebro ha sido daado. Quiere hablar, pero no encuentra las
palabras. Pasar mucho tiempo, o nunca, antes de que pueda volver a servir al Seor
Shardik.
Kelderek dijo Zelda sin duda necesitas descanso; pero, de todos modos,
debes escucharme porque tenemos poco tiempo y debo irme. Hay cosas que hacer, pero
dejo a tu cuidado el ordenaras. Eso estar bien, porque toda la ciudad slo desea servirte y
obedecerte.
Saben que fuiste t solo quien salv la vida del Seor Shardik de manos de esos
villanos.
Kelderek levant la cabeza y lo mir en silencio.
Ayer al alba prosigui Zelda lleg a Bekla un mensajero del ejrcito de
Lapn. Traa la noticia de que Santil-ke-Erketlis tras enviar una fuerza para distraer nuestra
atencin con un fingido ataque al Oeste de Itak, nos ha sobrepasado l mismo por el flanco
oriental y marcha hacia el Norte, por Tonilda.
Qu intenta hacer?
No lo sabemos es posible que no tenga una finalidad preconcebida, fuera de
buscar el apoyo de las provincias orientales. Pero probablemente llegar a tener una meta
que depender del apoyo que pueda obtener. Tenemos que seguirlo y procurar contenerlo,
no cabe duda. Un general como Erketlis no empieza una marcha a menos que est seguro
de que le servir de algo. Gued-la-Dan se fue ayer por la maana. Yo me he quedado para la
leva de otras tres compaas y algunos suministros extra el gobernador de la ciudad te
contar los detalles. Ahora parto, con todos los hombres que he logrado impresionar: me
esperan en el Mercado de Caravanas; y temo que son un grupo que no vale mucho en
verdad.
Adnde vas?

A Thettit-Tonilda. Nuestro ejrcito ir al Norte a la zaga de Erketlis, de modo que,


en algn punto entre aqu y Thettit, tendr que cortarles el paso. Lo malo es que Erketlis
consigui mucho por sorpresa es probable que se nos haya adelantado dos das.
Me gustara ir contigo.
A m tambin me gustara. Ojal el Seor Shardik pudiera volver a unrsenos
para otra batalla! Puedo verlo todo la oscuridad que cae y Erketlis aniquilado con un solo
golpe de su pata Cralo, Kelderek; consrvalo para todos nosotros! Te enviar noticias
todos los das si es posible.
Pero hay algo ms que debo saber en seguida. Qu sucedi hace dos noches?
Fue Mollo de Kabin, verdad, quien hiri al Seor Shardik? Pero quin incendi el techo y
por qu?
Te lo dir contest Zelda y fuimos tontos al no preverlo. Fue Elleroth, Ban de
Sarkid, el que se cruz con nosotros aquel da que caminbamos junto a la Pa. Si no
hubieras hecho lo que hiciste al salir corriendo del estanque, el seor Shardik hubiera
muerto a manos de esa preciosa pareja. El techo le habra cado encima a l y a Zilth, y
ambos traidores habran escapado.
Pero Elleroth tambin ha muerto?
No. Lo tomaron vivo cuando bajaba del techo. Ser tarea tuya hacerlo ejecutar.
Hacerlo ejecutar? Yo?
Quin ms? T eres rey y sacerdote de Shardik.
Me da poco placer, incluso cuando recuerdo lo que intent hacer. Matar en la
batalla es una cosa; ejecutar, otra.
Vamos, Kelderek, Juega-con-los-Nios, no podemos permitirnos que te vuelvas
quisquilloso. Ese hombre ha asesinado a un centinela ortelgano y ha intentado un crimen
sacrlego, maligno hasta ms all de lo creble. Evidentemente debe ser ejecutado en tu
presencia y la de todos los barones y delegados provinciales de Bekla. Lo cierto es que
debers requerir la presencia de todos los ortelganos de rango o de posicin quedan muy
pocos en la ciudad y los ortelganos deben ser ms numerosos que los delegados
provinciales, por lo menos en la proporcin de tres a uno.
Kelderek qued en silencio, con la vista baja, tironeando de la manta. Al fin,
avergonzado de su debilidad, pregunt, vacilante:
Eh debe ser torturado quemado?
Zelda se volvi hacia la ventana que miraba hacia el Barb y contempl el agua.

Despus de un rato dijo:


No es cuestin ni de permitirse la misericordia ni de satisfacer una venganza, sino
de conseguir un efecto por motivos polticos. La gente tiene que ver morir a ese hombre y
quedar convencida, por lo que se haga, que nosotros tenemos razn y l est en el error. Y
si un hombre digamos un bandido tiene que ser ejecutado para impresionar a los
pobres e ignorantes y evitar que quiebren las leyes, es mejor que muera una muerte miel,
porque esa gente no tiene imaginacin y llevan ellos mismos unas vidas duras, recias. Una
muerte rpida no los impresiona mucho. Es necesario que ese hombre sea humillado y
privado de su dignidad para que sus mentes mezquinas puedan aprender la leccin. Pero,
para hombres de mejor situacin el asunto es otro. Si torturamos a un hombre como
Elleroth de Sarkid, es probable que su coraje excite la admiracin y la piedad de muchos
delegados, que son hombres de rango y que quizs terminen sintiendo desprecio por
nosotros. Aqu sera mejor tender a despertar respeto con nuestra clemencia. Aunque es
justo que muera, es lamentable que tengamos que matar a ese hombre y ah tenemos que
ceder. Es asunto tuyo, Kelderek, pero, ya que me lo preguntas, te aconsejo que le hagas
cortar la cabeza con una espada. Ya basta para un hombre de la categora de Elleroth con
que lo condenemos a muerte.
Muy bien. Ser ejecutado en el recinto, ante el Seor Shardik.
Deb haberte prevenido: el fuego hizo mucho dao antes de que lo apagramos.
Baltis dice que el techo est en mal estado y que se necesitar cierto tiempo para repararlo.
Es l el mejor juez? Nadie ms ha estado a ver?
No sabra decirlo, Kelderek. Olvidas las noticias que te he dado sobre la guerra.
Todo est dado vuelta y tienes que ver las cosas por ti mismo. El Seor Shardik es tu
misterio, un misterio que has demostrado entender. Acerca del techo, slo puedo decirte lo
que me dijo el hombre. Ordena el asunto como mejor te parezca, con tal que Elleroth sea
ejecutado ante todos los delegados. Y ahora, adis. Cuida la ciudad tan bien como has
cuidado al Seor Shardik y todo saldr bien. Ruega por la derrota de Erketlis y espera las
noticias.
Se fue y Kelderek, lleno de dolor y agotado, apenas pudo mantenerse despierto para
que vendaran sus heridas antes de echarse otra vez a dormir.
Al da siguiente sin embargo, ya incmodo por la demora en comenzar la tarea y
deseando que se hiciera y terminara cuanto antes, mand llamar al gobernador de la ciudad
y al comandante de la guarnicin y trat de los preparativos. Decidi que la ejecucin se
hara en el recinto, en presencia de Shardik, ya que pareca justo y adecuado que Elleroth
muriera en el escenario de su crimen. Tambin, pens, aqu ms que en ninguna otra parte
l sera visto como agente de Shardik, investido con la implacable y divina autoridad propia
de alguien que condena a muerte a un aristcrata y al seor heredero de una provincia que
tena dos veces, el tamao de Ortelga.

El techo del recinto, le dijeron, aunque en estado precario y aunque no poda ser
reparado hasta que se trajeran pesadas vigas de madera para reparar el andamiaje central,
no ofreca, de todos modos, peligro para la asamblea.
Segn vemos la cosa, monseor dijo Baltis, volvindose a medias en busca de
la corroboracin del maestro constructor de Bekla, que estaba a su lado el techo es
bastante seguro, a menos que se produjera una violencia real revueltas, luchas o algo por
el estilo. El techo est sostenido por las paredes, sabes?, pero las vigas, quiero decir, los
soportes transversales, estn tan quemados que no resistiran unos sacudones fuertes.
Acaso gritar puede ser peligroso? pregunt Kelderek. O un hombre que
lucha?
Oh, no, monseor, se necesita mucho ms paraqu se desplome como el buey
de la vieja. Aunque no se repararan las vigas, es probable que resistan meses; con todo la
lluvia caer naturalmente por los agujeros.
Bien replic Kelderek. Podis iros despus, volvindose hacia el
gobernador, dijo: La ejecucin tendr lugar maana por la maana, en el gran recinto de
la Casa del Rey. Te encargars de que no menos de ciento cincuenta ortelganos y seores
beklanos y ciudadanos estn presentes ms, si es posible. Ninguno debe traer armas, y
los delegados provinciales deben ser separados y dispersados por el recinto no ms de
dos delegados podrn estar sentados juntos. El resto lo dejo en tus manos. La dama Sheldra,
de todos modos, se ocupar del Seor Shardik y tienes que verla maana temprano y tomar
en cuenta sus deseos. Cuando todo est arreglado a tu entera satisfaccin dile que venga
aqu a buscarme.

31
El ascua ardiente

La noche se puso fra, a punto de helar, y poco despus de la medianoche una niebla
blanca empez a invadir la ciudad baja, subi lentamente, cubri las tranquilas aguas del
Barb y se espes en torno al Palacio y la ciudad alta, hasta que ya no fue posible ver de uno
a otro edificio. Ahogaba las toses de los centinelas y el pataleo de sus pies para calentarse
o acaso era, pens Kelderek, que estaba de pie envuelto en una capa frente a la rfaga
fra que entraba por la ventana de su cuarto, que se dan palmadas y patean el suelo para
quebrar el silencio cercano y solitario? La niebla entr en el cuarto y volvi ms densa su
respiracin; las mangas, la barba estaban fras y hmedas al tacto. En un momento oy
sobre su cabeza un rumor de alas de cisnes que volaban sobre la niebla, con un sonido
rtmico, no turbado que le record el lejano Telthearna. Se perdi en la distancia,
conmovedor como el silbido de un pastorcito para los odos de un hombre en la celda de
una crcel. Pens en Elleroth, sin duda tambin despierto, y se pregunt si los dos habran
odo a los cisnes. Quines eran sus guardias? Le habran permitido enviar algn mensaje
a Shardik para arreglar sus asuntos, elegir algn amigo para que actuara en su nombre? No
le corresponda a l averiguar estas cosas hablar con Elleroth? Se acerc a la puerta y
grit:
Sheldra!
No hubo respuesta y Kelderek sali al corredor y volvi a llamar.
Monseor contest la muchacha adormilada y, poco despus fue hacia l con
una lmpara: la cara soolienta asomaba por la capucha de la capa.
Escucha dijo l ir a ver a Elleroth. T tienes que
Vio la mirada atnita de ella cuando el sueo desapareci de su mente. Sheldra
retrocedi un paso, levant ms alta la lmpara. En su cara l ley la imposibilidad de lo
que haba dicho, las cabezas que se meneaban a sus espaldas, los clculos de los soldados,
las preguntas finales de Zelda y Gued-la-Dan; la glacial indiferencia del mismo Elleroth
ante la solicitud fuera de lugar del curandero ortelgano; y como creca y se expanda entre
la gente del pueblo algn relato deformado.
No dijo no importa. He dicho algo que no pensaba el resto de un sueo.
Vine a preguntarte si has visto al Seor Shardik desde el anochecer.
Yo no, monseor, pero dos mujeres estn con l. Quieres que baje?
No dijo l de nuevo. Vuelvo a la cama. No es nada. La niebla me ha

turbado imagin que al Seor Shardik le haba ocurrido algo


Ella sigui quieta: su cara espesa expresaba una sorpresa atnita. l se dio vuelta, la
dej y volvi a su cuarto. La llama de la lmpara formaba un nimbo tristn en la niebla que
flotaba en el aire. Se ech boca abajo en la cama, con la cabeza apoyada en el brazo
doblado.
Sin saber cmo fue presa de un presentimiento, una premonicin tan vaga e
indefinida que no poda desentraarla. No, pens, no poda ser adivinacin de su parte. La
pura verdad era que, pese al horror por la fechora de Elleroth, senta nuseas ante aquella
muerte a sangre fra. Deban haberlo matado cuando baj del techo exclam en voz alta;
se estremeci de fro y se cubri con las mantas.
Dormit un poco, despert, dormit y volvi a despertar. El pensamiento se disolvi
en fantasa y, entre dormido y despierto, se imagin saliendo de aquella ventana como de la
fisura abierta en una caverna; y, al emerger, volvi a ver la luz de las estrellas los Arrecifes
que descendan entre los rboles de Quiso. Estaba a punto de bajar por la pendiente hacia el
fondo cuando se detuvo al or detrs un ruido; se volvi y se encontr cara a cara con la
Vieja bruja de Guelt, que se inclin y se ech a sus pies.
Despert con un grito. La niebla segua llenando el cuarto, pero ya haba una
griscea luz diurna y en el corredor oy las voces de los criados. Sus heridas vendadas
palpitaban y le dolan. Llam, pidi agua y despus, vistindose sin ayuda, dej la corona y
el cetro sobre la cama y se sent a esperar a Sheldra.
Pronto llego desde la terraza ruido de pasos y de voces bajas. Los que iban a asistir a
la ejecucin deban estar llenando el recinto. No mir, sino que sigui en el borde de la
cama, con la mirada fija al frente y la oscura tnica cubrindolo desde los hombros hasta el
suelo. Elleroth, pens, tambin esperaba; no saba dnde; tal vez no muy lejos tal vez lo
bastante cerca para or los pasos y las voces que disminuan y el silencio que volva un
silencio atento, expectante.
Cuando oy los pasos de Sheldra en el corredor se levant bruscamente y lleg a la
puerta antes que ella. Comprendi que quera evitar el or la voz de la mujer, esa voz que no
hubiera sonado diferente si viniera a decirle que el Seor Shardik haba dado vida a los
muertos y establecido la paz desde Ikat hasta el Telthearna. Cuando l atraves el umbral
ella esperaba ya y lo mir impasible, con una cara que no expresaba ni miedo ni excitacin.
l salud gravemente con la cabeza y ella, sin hablar, se volvi para precederlo. Detrs de
Sheldra esperaban las otras mujeres, y sus vestiduras tiesas llenaban el estrecho corredor de
pared a pared. l levant la mano para que cesaran los murmullos y pregunt:
El Seor Shardik en qu estado de nimo se encuentra? Est incmodo por la
multitud?
Est inquieto, monseor, y mira enfurecido alrededor contest una de las
muchachas.

Est impaciente por ver a su enemigo dijo otra. Tuvo una rpida risita y se
call, mordindose los labios, cuando Kelderek volvi la cabeza y la mir framente.
l dio una orden y ellas lo siguieron lentamente por el corredor, precedidos por el
retumbar del gong. Al mirar hacia abajo, cuando lleg a lo alto de la escalera, Kelderek vio
la niebla que se infiltraba por el zagun abierto y el joven soldado que estaba a la entrada y
que levant la mirada hacia ellos. Una de las muchachas tropez y se sostuvo con una mano
que resbal sobre el muro. Apareci un oficial, mir a Sheldra, asinti y sali por la puerta
Sheldra volvi la cabeza y murmur:
Ha ido a traer al prisionero, monseor.
Entraron al recinto. Apenas pudo reconocerlo, porque pareca mucho ms cerrado y
pequeo. Este no era el gran espacio lleno de ecos y de llamas que surgan en la penumbra,
donde haba pasado tantas noches en soledad. Aunque las ropas de los espectadores eran de
todos los tonos algunos chillones y brbaros como de nmades o de salteadores de
caminos en la hmeda tiniebla todo el brillo y la variedad se apagaban, como los colores
de las hojas mojadas en otoo.
Haban cubierto el suelo con una mezcla de arena y viruta, de manera que ningn
sonido provena de sus pasos o de los pasos de las mujeres que lo precedan. En el centro
del recinto se haba dejado un espacio abierto frente a los barrotes y aqu, en una tentativa
de aclarar y calentar el aire, se haba instalado un brasero de carbn El leve humo y el vaho
iban de aqu para all. Los hombres tosan y partes del combustible amontonado
resplandecan cuando una rfaga les daba ms fuerza. Cerca del brasero haba un grueso
banco, donde los tres soldados encargados de la ejecucin haban depositado su equipo: una
larga espada de mango doble, una bolsa de afrecho para absorber la sangre y tres capas,
cuidadosamente dobladas, para cubrir la cabeza y el cuerpo en cuanto se diera el golpe.
En el centro del espacio un disco de bronce haba sido colocado en el suelo y sobre
ste Kelderek, flanqueado por las mujeres a ambos lados, ocup su sitio, enfrentando el
banco y los soldados que esperaban. Por un instante le entrechocaron los dientes. Los
apret, levant la cabeza y se encontr mirando a Shardik a los ojos.
El oso pareca insustancial, monstruoso, sombro en la penumbra humeante y
nebulosa, como algn espectro que hubiera emergido del fuego y que meditara oscuramente
all, en la media luz. Se haba acercado a los barrotes y, parado sobre las patas traseras,
miraba hacia abajo, con las manos apoyadas en las barras transversales de hierro. Visto
entre el calor y el vaho del brasero su silueta temblaba, espectral e indistinta. Al mirarlo
Kelderek qued pasmado un instante, vencido por ese estado onrico que se tiene a veces en
la fiebre, cuando la mente se engaa sobre el tamao y la distancia de los objetos. A travs
de una gran distancia Shardik, a la vez oso y cumbre de montaa, inclinaba su divina
cabeza para percibir a su sacerdote, diminuto en la llanura de abajo. En aquellos lejanos y
gigantescos ojos Kelderek y aparentemente slo l, porque nadie se movi o habl
poda percibir inquietud, peligro, un desastre inminente, torvo y amenazador como el tronar
de un volcn que ha estado largo tiempo en silencio.

Tambin vio piedad por l, como si fuera l y no Elleroth la vctima condenada a


arrodillarse ante el banquillo y Shardik su grave juez y verdugo.
Acepta mi vida, Seor Shardik dijo en voz alta y, al pronunciar las palabras
familiares, despert del trance. Las cabezas de las mujeres a ambos lados se volvieron hacia
l, la ilusin desapareci, la distancia disminuy a unos pocos metros y el oso, ms de dos
veces su propia estatura, se dej caer sobre las cuatro patas y continu su inquieto paseo de
un lado a otro junto a los barrotes. Vio el pus de la herida an no curada que tena en el
lomo y oy el ruido de sus patas que pisaban la paja tupida y seca.
No est bien pens y, olvidando todo lo dems, se hubiera adelantado en aquel
mismo momento si Sheldra no le hubiera puesto la mano en el brazo, sealando con los
ojos la abertura del pasadizo a la derecha.
Al lento y continuo redoblar del tambor dos filas de soldados ortelganos entraron al
recinto, y sus pies sobre la arena eran tan silenciosos como haban sido los suyos. Entre
ellos caminaba Elleroth, Ban de Sarkid. Estaba muy plido, la frente sudorosa en el fro, la
cara tensa y marcada por la falta de sueo; pero su paso era firme; y cuando gir los ojos a
uno y otro lado pareci estar observando la escena en el recinto con un aire desprendido y
condescendiente. Ms all de l Shardik haba empezado a agitarse con ms violencia, con
una ferocidad inquieta y dominante de la que nadie en el recinto dej de ser consciente;
pero Elleroth lo ignor, y su inters pareci concentrarse en la abigarrada masa de
espectadores a la izquierda. Kelderek pens: Ya ha pensado en la mejor manera de
mantener la dignidad y ha elegido el papel que va a representar. Record cmo una vez l
mismo, seguro de la muerte inmediata, haba esperado que el leopardo saltara desde el
banco que tena encima; y pens: Tiene tanto miedo que los ojos y los odos se le nublan.
Pero saba que iba a ser as y ha ensayado estos momentos. Trajo a la mente el complot del
que Elleroth era culpable y procur recobrar la rabia y el odio que lo haban llenado la
noche del festival del fuego: pero slo tuvo una creciente sensacin de miedo e inquietud
como si una precaria torre de error apilado sobre error estuviera tambaleante y a punto de
caer. Cerr los ojos pero sinti que se bamboleaba, volvi a abrirlos cuando cesaron los
tambores, los soldados se apartaron y Elleroth se adelant entre ellos.
Estaba vestido sencilla y elegantemente, en el estilo tradicional de un noble de
Sarkid, como hubiera podido vestirse, pens Kelderek, para festejar a sus arrendatarios en
su provincia para recibir en una comida de amigos. Su veltron, en pliegues azafranados y
blancos, era de tela nueva, bordado con seda, y las polainas acuchilladas estaban
entrecruzadas con un intricado pao de filigrana de plata en el que dos mujeres haban
trabajado durante un mes. El largo alfiler que llevaba en el hombro tambin era de plata y
muy sencillo, como el que hubiera podido tener cualquier hombre de buena posicin.
Kelderek se pregunt si sera el recuerdo de algn camarada de las guerras de esclavos
quizs del mismo Mollo. No llevaba joyas, ni cadena en el cuello, ni brazaletes, ni anillos;
pero, al adelantarse entre los soldados, sac de la manga un pendiente de oro y una cadena,
la desliz sobre su cabeza y se la ajust al cuello. Al reconocerla, hubo murmullos entre los
espectadores: representaba un ciervo echado, el emblema personal de Santil-ke-Erketlis y
su gente.

Elleroth se acerc al banquillo y se detuvo, mirando lo que all haba. Los que
estaban cerca vieron que trato de dominar un rpido temblor. Despus, inclinndose, palp
con el dedo el borde del tajo. Al erguirse, sus ojos encontraron los del verdugo y, con una
sonrisa tensa, forzada, habl por primera vez.
Sin duda sabes cmo usar este utensilio, porque de lo contrario no estaras aqu.
Te dar poco trabajo y espero que hagas lo mismo por m.
El hombre se inclin torpemente, evidentemente sin saber qu deba contestar. Pero,
cuando Elleroth le tendi una bolsita de cuero, diciendo:
Que esto quede entre nosotros el hombre tir de los cordones, mir dentro de la
bolsa y, con los ojos muy abiertos, empez a tartamudear las gracias en palabras tan banales
y fuera de lugar que parecieron a la vez vergonzosas y macabras. Elleroth lo hizo callar con
un gesto, se adelant para enfrentar a Kelderek e inclin la cabeza en la fra sugerencia de
un saludo formal.
Kelderek haba dado orden al gobernador para que un heraldo describiera el crimen
cometido por Elleroth y Mollo y terminara anunciando la sentencia de muerte. No hubo
interrupciones cuando se hizo esto, y los nicos sonidos que se oan fuera de la voz del
heraldo era el gruido intermitente del oso y sus movimientos espasmdicos sobre la paja
seca. Todava est afiebrado, pens Kelderek. Este trajn y la muchedumbre lo han
inquietado y se demorar su curacin. Cada vez que levantaba la vista encontraba la fra y
despreciativa mirada del hombre condenado, una parte de su cara en sombras debido a la
luz que provena del brasero. Indiferente o real, no poda mirar de frente aquella
indiferencia; y finalmente inclin la cabeza, fingiendo estar abstrado, mientras el heraldo
describa el techo ardiendo, la herida de Shardik y la manera enloquecida con que l haba
matado a Mollo en el recinto. Murmullos de presentimientos parecan rodearlo,
intermitentes e impalpables como la rfaga helada del pasadizo y las leves cintas de niebla
que se arrastraban como telaraas por las paredes.
El heraldo ces al fin y se hizo el silencio. Sheldra le toc la mano y,
recomponindose, empez a mascullar para Elleroth, en imperfecto beklano, las palabras
que haba preparado.
Elleroth, antiguo Ban de Sarkid, has odo el relato de tu crimen y la sentencia que
se ha dado. Esta sentencia, que deber llevarse a cabo ahora, es misericordiosa, como
corresponde al poder de Bekla y a la divina majestad del Seor Shardik. Pero, como nueva
muestra de esa misericordia y del poder del Seor Shardik, que no tiene por qu temer a sus
enemigos, te concedo ahora el derecho de hablar si lo deseas: tras lo cual te deseamos una
muerte valerosa, digna y sin dolor, y llamamos a todos para que vean que la crueldad no
forma parte de nuestra justicia.
Elleroth permaneci tanto tiempo en silencio que por fin Kelderek mir, pero slo
encontr una vez ms su mirada fija y comprendi que el condenado deba haber esperado
que l hiciera esto. Pero no poda sentir ira, ni siquiera cuando baj nuevamente los ojos y

Elleroth empez a hablar en beklano.


Sus primeras palabras sonaron altas y dbiles, con pequeas pausas, como si le
faltara el aliento, pero pronto se domin y continu de manera tensa pero ms firme,
ganando fuerza a medida que hablaba.
Beklanos, delegados de las provincias y ortelganos. A todos los aqu reunidos hoy,
en este fro y niebla del Norte, para verme morir, os agradezco por escucharme. Y, cuando
un hombre muerto habla, no esperis ms que palabras simples.
En aquel momento Shardik se acerc de nuevo a los barrotes, se irgui sobre las
patas traseras detrs de Elleroth y miro con intencin a travs del recinto. El resplandor del
brasero lanzaba una luz ambarina sobre su pelambre, de manera que Elleroth dio la
impresin de estar de pie ante una puerta elevada, iluminada por el fuego, hecha en forma
de oso, de tamao mayor que el natural. Dos o tres soldados miraron por encima del
hombro, recelosos y fueron llamados al orden con una palabra dicha en voz baja por el
oficial; pero Elleroth no volvi la cabeza y no les prest atencin.
S que hay entre los presentes algunos que no vacilaran en reconocer que tienen
por m amistad, si no supieran que eso no servira de nada; pero temo que algunos de
vosotros estis secretamente desilusionados y quizs unos pocos avergonzados de
verme a m, el Ban de Sarkid, trado aqu para morir como un criminal y un conspirador. A
esos debo decir que, lo que puede parecer una muerte vergonzosa, no es sentida por m
como tal. Ni Mollo, que ha muerto, ni yo, que voy a morir, hemos quebrado ningn
juramento hecho a nuestros enemigos. No hemos dicho mentiras y no hemos traicionado. El
hombre que mat era un soldado, armado y que cumpla con su deber. Lo peor que puede
decirse de nosotros es que una pobre muchacha, que vigilaba en el recinto, fue golpeada y
daada malamente, y en cuanto a esto, aunque yo no di el golpe, debo decir que lo lamento
sinceramente. Pero debo deciros y lo digo sencillamente, que lo que Mollo y yo hicimos fue
una accin de guerra contra rebeldes y ladrones, y en contra de un culto brbaro, cruel y
supersticioso, en cuyo nombre se han realizado actos perversos.
Silencio! grit Kelderek por encima de los murmullos y comentarios de atrs
. No hables ms de eso, seor Elleroth, o me ver obligado a hacerte terminar el discurso.
Terminar bastante pronto contest Elleroth si lo dudas, mago del oso,
pregunta a los habitantes de Guelt; o a aquellos que an recuerdan a aquel decente y
honrado individuo, Guel-Ethlin y sus hombres pregntales. O puedes buscar ms cerca, y
preguntar a los que construyen horcas para nios en las pendientes de Crndor. Ellos te
dirn cun rpidamente tus ortelganos pueden cortar el aliento que necesita un hombre o
un nio para hablar. De todos modos, no dir ms sobre esto, porque ya he dicho lo que
quera: mis palabras han sido escuchadas y hay otro asunto del que quiero hablar antes del
fin. Es algo que concierne nicamente a mi hogar y a mi familia y a la casa de Sarkid, de la
que pronto cesar de ser cabeza. Por este motivo hablar en mi propio idioma pero no
por mucho tiempo. Pido paciencia a los que no me entiendan. A los que me entiendan, pido
ayuda despus de mi muerte. Porque, aunque parezca la ms tenue de las posibilidades,

puede que en alguna parte, de alguna manera, alguno de vosotros tenga la ocasin de
ayudarme cuando ya est muerto, y remediar la desgracia ms amarga que nunca haya
ensombrecido el corazn de un padre y llevado el duelo a una casa antigua y honorable.
Muchos de vosotros habis odo el lamento conocido como lgrimas de Sarkid. Escuchad
pues, si no se derramarn por m, como se derramaron antao por el seor Deparioth.
Cuando Elleroth empez a hablar en yeldashay, Kelderek se pregunt cuntos entre
los presentes entenderan sus palabras. Haba sido un error permitirle hablar. Pero este
privilegio siempre haba sido acordado en Bekla a cualquier noble condenado a morir, y
quitrselo hubiera estropeado bastante el efecto de haberlo concedido una muerte
misericordiosa. Por lo tanto, haba aceptado la cosa, pens con amargura, pero un hombre
como Elleroth, con el dominio que tena de s mismo y su aplomo aristocrtico, tena
forzosamente que anotarse un tanto y contribuir a mostrar a los ortelganos como toscos e
incivilizados.
Bruscamente su atencin fue solicitada por una alteracin en el tono de la voz.
Kelderek qued atnito al ver el cambio que se haba producido en la orgullosa y
demacrada figura que tena ante l. Elleroth, con ojos de splica intensa, se inclinaba hacia
adelante y hablaba con apasionada intensidad, mirando a unos y otros en el recinto.
Kelderek, sorprendido, vio que tena lgrimas en los ojos. El Ban de Sarkid lloraba; pero
era evidente que no lloraba por su propia desventura, pues por aqu y all, detrs de l,
Kelderek pudo or murmullos de simpata y de aliento, Frunci el ceo en un esfuerzo por
reavivar sus conocimientos de yeldashay y entender lo que Elleroth deca.
una miseria no distinta de la que sufren muchos hombres del vulgo pudo
entender, pero perdi el hilo y no capt las palabras siguientes. Despus: crueldad a
los inocentes y desamparados larga bsqueda que no lleva a nada despus de un rato
entendi: el heredero de una gran casa y despus, en medio de un sollozo: el
vil y vergonzoso comercio de esclavos de Ortelga
A la derecha Kelderek vio a Maltrit, el capitn de la guardia, que llevaba la mano a
la empuadura de la espada y miraba rpidamente alrededor, mientras los murmullos
crecan en el recinto. Le hizo una sea con la cabeza e indic dos veces con la mano, la
palma hacia arriba. Maltrit tom una lanza, clav la punta en el suelo y grit:
Silencio, silencio! y una vez ms Kelderek se forz a mirar a Elleroth en los
ojos.
Ya debes haber terminado, seor dijo. Hemos sido generosos contigo. Te
pido que nos pagues con contencin y valor.
Elleroth hizo una pausa, como recobrndose tras sus palabras apasionadas, y
Kelderek vio que a su cara gris volva la expresin de alguien que lucha por dominar el
miedo. Despus, en un tono en que se casaban curiosamente la histeria dominada con un
punzante desprecio, dijo en beklano:

Contencin y valor? Mi querido curandero y brujo orillero creo que ambas


cosas me faltan casi tanto como a ti. Pero por lo menos yo tengo una ventaja no tengo
ya que seguir adelante. Sabes? Va a ser un camino tan largo el tuyo! No sabes hasta qu
punto. Recuerdas cuando saliste del Thelthearna listo para una juerga? Fuiste a Guelt lo
recuerdan bien, segn me han dicho y seguiste despus. Fuiste a las colinas y vagaste en
el atardecer y la lluvia. Y despus tus forzudos muchachos destrozaron la Puerta
Tamarrik lo recuerdas o tal vez no te diste cuenta de cmo era la cosa? Y despus, claro,
te viste metido en una guerra con personas que, inesperadamente, sintieron que no les
gustaba. Cunto, cunto camino recorrido! Por suerte ahora descansar. Pero no t, m
querido brujo del agua. No, no el cielo se oscurecer, caer la lluvia y se borrar toda
huella del camino recto. Estars solo. Y tendrs que seguir. Habr espectros en la oscuridad
y voces en el aire, horrendas profecas se cumplirn, no lo dudo, y caras ausentes se
presentarn a cada lado, como dice el refrn. Y tendrs que seguir. El ltimo puente se
desmoronar tras de ti y se apagarn las ltimas luces, seguidas por el sol, la luna y las
estrellas; todava tendrs que seguir. Llegars a regiones ms desoladas y miserables que lo
que jams has soado, lugares de pesar creados enteramente por esa mezquina supersticin
que t mismo has fomentado desde hace tanto tiempo. Y tendrs que seguir.
Kelderek le haba clavado la mirada, helado por la intensidad y conviccin de las
palabras. Sus propias premoniciones volvan, ms cerca ahora, con un contorno ms
ntido una sensacin de soledad, peligro y calamidad cercana.
La idea me da fro dijo Elleroth, dominando el temblor con un esfuerzo. Tal
vez deba calentarme por un ratito antes que el hombre de la cortadora interrumpa estos
instantes alegres y despreocupados.
Se volvi velozmente. En dos pasos estuvo junto al brasero. Maltrit se adelant, sin
comprender la intencin, fiero preparado para impedir cualquier irregularidad o accin
desesperada; Elleroth simplemente le sonri, sacudiendo la cabeza con tanta facilidad y
gracia como si declinara los avances de la misma Hydraste. Despus, cuando Maltrit
retrocedi, en instintiva respuesta a sus maneras suaves y autoritarias, Elleroth, con aire
selectivo, deliberadamente meti la mano izquierda en el brasero y sac un carbn
encendido. Sostenindolo con los dedos, como si presentara a la admiracin de unos
amigos una preciosa joya o un cristal artstico, mir nuevamente a Kelderek. El atroz dolor
le haba contrado la cara en una imitacin asqueante de sereno buen humor y sus palabras,
cuando surgieron, estaban deformadas articulaciones grotescas, una aproximacin al
habla que, sin embargo pudo ser entendida bastante bien. El sudor le corra por la frente
y temblaba de dolor, pero no solt el ascua que tena en la mano y remed horriblemente
los modales de alguien que est a gusto entr camaradas.
Ya ves rey oso t sosteniendo un ascua ardiente Kelderek sinti olor a
carne quemada, vio que los dedos se ennegrecan y supuso que deba haberse quemado
hasta el hueso; sin embargo, transfigurado por los blancos ojos que se movan en la cara,
sigui donde estaba. Cunto tiempo seguirs? Arde, arde, horrible dolor, llevando este
fuego ardiente

Detenlo! grit Kelderek a Maltrit. Elleroth se inclin.


No es necesario gra cas a todos. Vamos, dolorcito se bamboleo un
momento, pero se recobr dolorcito nada como el he cho por los or telganos, te
aseguro. Apurmonos.
Con fingido descuido y sin mirar hacia atrs arroj el carbn por encima del
hombro, salud con la mano a la multitud que colmaba el recinto, se dirigi a zancadas al
banquillo, y se arrodill. El carbn, que ardi ms al volar por el aire, cay entre los
barrotes, sobre la paja en que Shardik se haba detenido un momento en su inquieto paseo.
En pocos segundos brot un nido de fuego y las llamitas, ntidas entre las briznas de paja,
parecieron, al principio, tan quietas como esos musgos que crecen entre las ramas de los
rboles, en los pantanos. Despus empezaron a subir, nuevo humo se uni al aire neblinoso
y un ruido crujiente se oy cuando el fuego se extendi por el piso.
Con un grito penetrante y salvaje de terror, Shardik salt hacia atrs, arqueando el
enorme bulto del lomo como un gato que enfrenta un enemigo. Despus, en medio del
pnico, corri por la extensin del recinto. Ciego, golpe contra una de las columnas del
lado opuesto y; al retroceder, a medias atontado, toda la pared vibro como con un golpe de
pisn.
El oso se incorpor, se balance mareado, mir alrededor y de nuevo corri
alejndose del fuego, que se expanda rpidamente ahora. Golpe los barrotes con todo su
peso y sigui luchando, como si estuviera preso en una red. Al levantarse sobre las patas
traseras, una de las barras que iban desde los barrotes a la pared le apret el pecho y,
frentico, golpe una y otra vez. El extremo incrustado en la pared fue arrancado,
arrastrando las dos piedras en que lo haban empotrado.
En aquel momento Kelderek oy sobre su cabeza un rumor como de molienda y, al
mirar, vio una raja de luz en el techo, que lentamente se enangostaba. Al mirar fijamente
comprendi que la gran viga que tena encima se estaba moviendo, se balanceaba,
lentamente giraba como una llave en una cerradura. Un momento ms y uno de los
extremos, que ya no se sostena en la pared, empez a raspar y abrirse paso en la
mampostera, como el dedo de un gigante.
Al caer la viga, Kelderek se ech al suelo, alejndose de los barrotes. La viga cay
oblicua sobre los hierros, destrozndolos en un cuarto de la longitud total y en una
profundidad de tres o cuatro pies. Despus qued all, un extremo suspendido entre los
hierros y el otro metido en la pared opuesta, los barrotes doblados y gachos, como briznas
de hierba. Lentamente, toda la masa del descalabro continu descendiendo. Detrs el fuego
segua extendindose y la paja y el aire se llenaron de humo.
Hubo gritos y el tumulto se extendi por el recinto. Muchos buscaban el camino ms
cercano para huir, otros procuraban mantener el orden o reunir a los amigos. En las puertas
los soldados vacilaban, esperando las rdenes de los oficiales, que no podan hacerse or en
medio de la batahola.

Slo Shardik Shardik y otro ser se movieron con seguridad, sin vacilar. Desde
la paja que arda, sobre los barrotes rotos, emergi el oso, araando el hierro con un ruido
como el que hace una brecha que se abre. Shardik, en la ferocidad del miedo, se abri paso
destrozando y trepando sobre los barrotes quebrados.
Y, del mismo modo que los que estn al pie de una represa y viven o trabajan en el
camino del agua, perciben con terror que un desastre que nadie ha previsto ha cado sobre
ellos, inflexible y sin dejar otra salida que la inmediata huida enloquecida del mismo
modo los que estaban en el recinto comprendieron que Shardik se haba soltado y estaba
entre ellos.
Y como los que estn ms lejos de la represa al or, estn donde estn, el rumor del
muro_ que se desmorona, el rugido del agua y el tumulto inesperado, permanecen quietos,
mirndose entre s con los ojos muy abiertos, y reconocen los ruidos del desastre, pero
todava ignoran que lo que han odo significa nada menos que el trabajo de varios aos
estropeado, la destruccin de su prosperidad y el descrdito de su nombre del mismo
modo los que estaban en la ciudad alta, fuera del recinto, los centinelas que espiaban desde
los muros, los jardineros y los pastores que tosan y temblaban trabajando en las riberas de
la Pa, los criados de los delegados que haraganeaban en las puertas de sus amos, los
jvenes que abandonaban esa maana las prcticas de arquera, las damas de la corte,
arrebujadas contra el fro y mirando hacia el Sur desde el techo del Palacio de los Barones,
esperando que el sol iluminara la ladera del Crndor y dispersara la niebla todos
oyeron la cada de la viga, el crujir de los barrotes y el tumulto que sigui. Cada uno a su
manera comprendi que deba haber acaecido alguna calamidad y temerosos pero sin
sospechar la verdad, empezaron a marchar hacia la Casa del Rey, interrogando a los que
encontraban en el camino.
Cuando Shardik subi sobre la pila del naufragio, fragmentos de hierro y madera se
desparramaron, se movieron y se hundieron bajo su peso. Por un momento se encaram
sobre la viga y qued acurrucado, mirando hacia el recinto, como un gato en un travesao
que mira a los ratones que huyen chillando. Despus, cuando la viga empez a balancearse
bajo su peso, salt torpemente y aterriz en las piedras, entre el brasero y el banquillo de
los ajusticiados. Alrededor de l los hombres clamaban y empujaban, golpendose y
lastimndose en sus esfuerzos por escapar. Pero, en el primer momento, el oso no sigui
avanzando, sino que permaneci amenazando de uno a otro lado, un movimiento
aterradoramente expresivo de furia y de violencia a punto de estallar. Despus se irgui
sobre las patas traseras y mir, sobre las cabezas de los fugitivos, en busca de una salida.
Fue en aquel momento tremendo, cuando slo unos pocos haban logrado abrirse
paso a travs de las puertas, y mientras Shardik permaneca an amenazador sobre la
multitud como un ogro atrida, que Elleroth se puso de pie. Apoderndose de la espada del
verdugo, que tena delante, corri por el espacio desierto y vaco que rodeaba al oso,
pasando muy junto a l. Una docena de hombres, apretujados y peleando, cerraban la
entrada del Norte hacia el pasadizo, y por aqu se abri paso, tajeando y empujando.
Kelderek, todava echado donde haba saltado para evitar la cada de la viga, vio el brazo
armado golpear y la mano izquierda contrada que colgaba a un lado. Despus Elleroth

desapareci por la arcada y la muchedumbre se cerr tras l.


Kelderek se incorpor sobre las rodillas e instantneamente lo golpearon tirndolo al
suelo. Su cabeza dio contra la piedra y l rod atontado por el golpe. Cuando trat de mirar,
vio a Shardik que desgarraba y pegaba, abrindose paso hacia la misma puerta por la que l,
con las mujeres, haba entrado una hora antes en el recinto. Ya haba tres o cuatro cuerpos
que yacan en el camino del oso y, a ambos lados, los hombres clamaban histricos y se
pisoteaban, algunos golpeaban las columnas con las manos o trataban de trepar por la
mampostera que cerraba las arcadas. Shardik lleg a la puerta y mir alrededor,
grotescamente similar a un caminante que vacila antes de lanzarse fuera en una noche de
tormenta. En el mismo momento la figura de Elleroth apareci un instante ante l,
corriendo de izquierda a derecha del otro lado de la salida. Entonces el cuerpo de Shardik
cerr toda la abertura, y cuando la atraves, lleg desde lejos un nico aullido aterrador.
Cuando Kelderek lleg a la puerta, lo primero que vieron sus ojos fue el cuerpo de
un joven soldado, el mismo que le haba clavado la mirada aquella maana, en el momento
de descender las escaleras. Estaba cado boca abajo, y del cuello casi separado del cuerpo
manaba un torrente de sangre que se derramaba por el piso. Por aqu haba salido el oso y
las huellas sangrientas llevaban a la terraza y por la hierba. Kelderek las sigui hasta los
jardines y se encontr frente a Shardik cuando el oso emerga de la densa niebla sobre la
ribera. El oso, con un pesado trote, borde la orilla occidental de la Pa, pas a su lado y
desapareci en el declive pastoso de ms all.

Libro IV
Urtah y Kabin

32
El portillo

Cuentan ah, se cuentan muchas cosas del paso de Shardik por Bekla, y de la
manera en que inici su oscuro viaje hacia la imprevisible meta sealada por Dios.
Muchas cosas? Por cunto tiempo anduvo suelto dentro de los muros de Bekla, bajo la
cumbre del Crndor? Quizs por el tiempo que tarda una nube, ante los ojos del que
observa, en pasar por el cielo. Una nube cruza el cielo y uno ve un dragn, otro un len,
otro una ciudadela con torreones o un promontorio azul con rboles. Algunos dicen lo que
han visto y otros dicen lo que les han dicho muchas cosas. Se dice que el sol se
oscureci cuando parti el seor Shardik, que las paredes de Bekla se separaron para
dejarlo pasar, que las trepsis, antes blancas, han dado pimpollos rojos desde el da en que la
huella de sus patas ensangrent las flores al pasar. Se dice que Shardik derram lgrimas,
que un soldado levantando de entre los muertos se acerc a l con la espada desenvainada,
que se volvi invisible para todos, salvo para el rey. Se contaron muchas cosas, y
maravillosas. Pero qu valor tiene el grano de arena en el corazn de una perla?
Shardik, avanzando en la niebla y espantando al ganado aterrado que, de paso hacia
el mar, turba a los peces menores al cruzar un estanque, dej la ribera Sur del lago y
empez a ascender la cuesta del spero pastizal. Kelderek lo sigui, mientras oa tras de s
el tumulto y los clamores que se extendan por la ciudad. A la derecha el Palacio de los
Barones se levantaba indistinto e irregular, como una isla de rocas altas a la cada de la
noche; y al detenerse, vacilante acerca de la direccin que haba tomado Shardik, una nica
campana empez a repicar, ligera y rpida, desde una de las torres. Siguiendo las huellas
del oso hasta un pedazo de terreno blando, se sorprendi al ver sangre fresca junto a ellas,
ya que las huellas mismas no eran sangrientas. Unos momentos despus, en un claro casual
entre la niebla, volvi a ver nuevamente a Shardik, casi a tiro de flecha sobre el declive, y
divis entre sus omplatos el tajo rojo de la herida reabierta.
Este era un toque de mala suerte que volva ms dificultosa su tarea, y medit en la
cosa mientras avanzaba con cautela. Volver a capturar a Shardik era slo cuestin de
tiempo, porque la Puerta del Pavo Real y la, Puerta Roja de la ciudadela eran las nicas
salidas de la ciudad alta. Elleroth, igualmente, estuviera donde estuviere, no iba a poder
trepar los muros, ya que slo poda usar una mano. Sera mejor ahora, si lo encontraban,
matarlo en el lugar, sin capturarlo de nuevo. Su culpa haba sido demostrada al mximo.
Acaso no haba hablado l mismo de una accin de guerra deliberada? Como fugitivo
dentro de los muros era imposible que continuara mucho tiempo suelto. Sin duda Maltrit,
aquel competente oficial de toda confianza, ya haba salido en su bsqueda. Kelderek mir
alrededor para ver si haba alguien a quien poder llamar. La primera persona a mano poda
ser enviada a Maltrit con un mensaje: cuando encontraran a Elleroth tenan que matarlo en
el acto. Pero qu pasara si los que lo buscaban tropezaban con Shardik en medio de la
niebla? En aquel estado ofuscado y asustado, enfurecido adems por el dolor de la herida

que le haba infligido Mollo, el oso iba a ser mortalmente peligroso demasiado peligroso
para que se pudiera intentar capturarlo por el momento. La nica treta consista en retirar
todo el ganado de la ciudad alta, junto con todo lo que pudiera ser alimento, y dejar el Pozo
de Roca abierto y con una trampa, esperando que el hambre obligara a Shardik a volver.
Pero no se poda dejar que el Poder de Dios vagara solo, sin vigilancia ni atencin, mientras
todo su pueblo se protega de l. Haba que mostrar que el rey-sacerdote dominaba la
situacin. Adems, era probable que Shardik empeorara antes de volver al foso. En aquel
fro desa-costumbrado, herido y sin alimentos, poda morir incluso en las solitarias alturas
orientales de Crndor, hacia donde pareca dirigirse. Haba que vigilarlo tanto de noche
como de da una tarea que no se poda confiar a ninguno de los que haban quedado en la
ciudad. Si haba que realizarla de veras, el rey deba dar el ejemplo.
Y el conocimiento que l tena de Shardik, de su astucia y ferocidad, del fluir y
refluir de la marea de su furor salvaje, le hizo abarcar la extensin del peligro.
Casi a trescientos metros sobre Bekla, una estribacin corra hacia el Este desde la
cumbre de Crndor. La lnea del muro de la ciudad, aprovechando las rajaduras y los puntos
abruptos en el flanco de la montaa, trepaba por el declive oriental de esta cresta y se volva
hacia el Oeste a la altura de la Puerta Roja de la ciudadela. Era un lugar salvaje, lleno de
matorrales, que revelaba poco a los ojos de alguien que llegara desde abajo, y Kelderek,
sudando en el aire fro y echando hacia atrs la pesada tnica que lo estorbaba, se detuvo
bajo la cresta, escuchando y observando el bosquecito donde haba visto a Shardik
desaparecer entre los rboles. Un poco a la izquierda corra el muro, de unos seis metros de
alto, y el cielo nublado mostraba aqu y all su blancura por las estrechas troneras que
daban sobre el declive exterior. A la derecha un arroyuelo saltaba por una barranca rocosa,
desde la espesura. Era el ltimo lugar por el cual un hombre en su sano juicio poda seguir a
un oso herido.
No oa nada, fuera de los ruidos naturales de la ladera de la montaa. Un buitre, que
vol sobre sil cabeza, lanz su grito spero y plaidero y desapareci. Una brisa agit los
rboles y se esfum. El rumor incesante y cercano del agua se convirti al fin en el sonido
del silencio eso y el ruido todava perceptible de la ciudad abajo. Dnde estaba Shardik?
No poda estar lejos, limitado como estaba por la curva del muro. O bien estaba ya del otro
lado de la cresta y marchaba al Oeste, hacia la Puerta Roja, o lo que pareca ms probable,
se haba refugiado entre los rboles. Si ahora estaba all no poda moverse sin ser odo. No
quedaba ms remedio que esperar. Tarde o temprano uno de los soldados, buscando, se iba
a acercar y l podra mandarlo con un mensaje.
Bruscamente, desde los rboles de arriba, lleg ruido de madera que se astillaba y el
rechinar y golpear de piedras que caan. Kelderek se sobresalt. Mientras escuchaba, lleg
el mismo grito que le haba llegado desde los jardines de cipreses por la noche: un violento
rugido de dolor, que nadie poda emitir fuera de Shardik. Ante esto, temblando de terror y
movindose como en un trance, se abri paso al tanteo por el sendero que ya haba roto el
oso entre los matorrales y las enredaderas y espi en la media luz, entre los rboles.
El bosquecillo estaba vaco. En el extremo oriental, donde los rboles y matas se

apretaban contra el abrupto muro, haba una abertura dentada e irregular, brillante a la luz
del da. Al acercarse, con cautela, vio atnito que era un zagun abierto. Varias piedras
apiladas a los lados haban sido forzadas fuera de sus jambas y yacan esparcidas. La
pesada puerta de madera, que se abra hacia afuera, deba haber sido dejada abierta por
alguien que haba pasado por all, porque no haba picaporte y los cerrojos estaban bajos. El
gozne superior haba sido removido de su sitio en la jamba y la puerta astillada estaba
vencida, con el extremo de abajo metido entre la tierra. El arco de piedra, aunque daado,
estaba, todava en su sitio, pero arriba, la sagita central estaba totalmente cubierta de
sangre, como un arma arrancada de una herida.
En el lado interno del zagun, donde un hombre deba detenerse para poner los
cerrojos, Kelderek vio algo que brillaba a medias pisoteado en el suelo. Se inclin y lo
recogi. Era el emblema, de oro con el ciervo de Santil-ke-Erketlis, el pendiente todava
sujeto a la fina cadena arrancada.
Atraves el zagun. Debajo de l se levantaba la niebla desde la gran expansin de
la llanura Beklana. Shardik, con el lomo y los hombros cubiertos de sangre, con la herida
desgarrada de nuevo por la sagita del marco de la puerta, descenda la montaa unos setenta
metros ms abajo.
Al seguir de nuevo, abrindose camino y sujetndose con las manos en las peas,
Kelderek empez a darse cuenta que no estaba en condiciones de realizar una empresa larga
o ardua. Mollo, antes de morir, lo haba tajeado o desgarrado en una media docena de
lugares y estas heridas curadas a medias, bastante soportables cuando estaba en su cuarto,
empezaban ahora a palpitar y a lanzar punzadas de dolor a travs de sus msculos. Una o
dos veces trastabill y casi perdi el equilibrio. Sin embargo, ni siquiera cuando sus pies
inseguros hicieron rodar piedras ruidosas y sueltas por el declive, Shardik, que estaba all
abajo, se dio vuelta para mirar o prestar la menor atencin y, al llegar al pie oriental del
Crndor, continu en la misma direccin. Por miedo a los salteadores, las matas a ambos
lados del camino de las caravanas haban sido cortadas a una profundidad de un tiro de
flecha. El oso cruz el espacio abierto sin vacilar y entr en los terrenos salvajes de la
llanura misma.
Kelderek, al acercarse al camino, se detuvo y mir la cara oriental a medida que
descenda Le sorprendi que, aunque tantos viajaban por ese camino, nunca haba odo
hablar de la portezuela en la cresta oriental. El muro, segn vea ahora, no segua en modo
alguno una lnea recta, y estaba oculto por peascos para quien mirara desde abajo. La
portezuela deba quedar y ya no dudaba que haba sido puesta all de manera deliberada
en algn ngulo oblicuo de la pared, porque no poda verla ya, aunque saba dnde
buscarla. Al volverse para seguir, preguntndose para qu dudoso propsito haba sido
hecha y maldiciendo la mala suerte a la que habra servido, vio un hombre que se acercaba
por el camino desde el Sur. Esper: el hombre se acerc y Kelderek vio que estaba armado
y llevaba el bastn rojo de los correos del ejrcito. Aqu, por lo menos, haba una
oportunidad para mandar noticias a la ciudad.
Reconoci luego al hombre como a un ortelgano bastante mayor que l, un antiguo

maestro arquero que estaba antes al servicio de la familia de Ta-Kominion. Era


sorprendente que estuviera a su edad en servicio activo, aunque probablemente fuera por
voluntad propia. En los antiguos das de Ortelga los muchachos haban cambiado su
nombre de Kavass por el de Viejo-Bsame-el-Culo, debido a la marcada deferencia y
respeto con que trataba siempre a sus superiores. Excelente artesano, hombre honrado,
sencillo e irritantemente infantil, pareca tener un verdadero deleite en afirmar que los que
estaban por encima de l (fueran cuales fueran sus orgenes) saban ms que l y que la fe y
la lealtad eran los primeros deberes de un hombre. Ahora, al reconocer al rey, desaliado y
solo en el camino, en seguida se llev la palma de la mano a la frente y cay sobre una
rodilla, sin la menor muestra de sorpresa. Sin duda habra hecho lo mismo si lo hubiera
visto adornado con trepsis y parado sobre la cabeza.
Kelderek le tom la mano y lo hizo poner de pie.
Eres viejo para correo, Kavass dijo. No podan acaso mandar a un hombre
ms joven?
Oh, me present como voluntario, monseor replic Kavass. Esos jvenes de
hoy en da no son tan de confiar como un hombre mayor, y cuando part no se saba si un
correo podra llegar finalmente a Bekla.
De dnde vienes, pues?
De Iapn, monseor. Nuestro grupo estaba adjunto al flanco derecho del ejrcito
del general Gued-la-Dan, pero parece que l tuvo que hacer una marcha forzada y no se
detuvo para decimos dnde. Entonces el capitn me dijo: Bueno, Kavass, ya que hemos
perdido contacto con el general Gued-la-Dan, y parece que tenemos un flanco abierto a la
izquierda, dentro de lo que puedo ver, es mejor que vayas a buscar rdenes de Bekla.
Pregunta si debemos seguir aqu, si debemos retroceder, o qu.
Dile de mi parte que inicie la marcha hacia Thettit-Tonilda. Debe enviar all otro
correo en seguida, para enterarse dnde est el general Gued-la-Dan, y obtener nuevas
rdenes. El general Gued-la-Dan puede necesitarlo mucho.
A Thettit-Tonilda? Muy bien, monseor.
Ahora escucha, Kavass y lo ms sencillamente posible Kelderek explic que
Shardik y un enemigo escapado de Bekla estaban sueltos en la llanura, y que deban ser
convocados unos exploradores para buscar al fugitivo y reemplazarlo a l en la tarea de
seguir al oso.
Muy bien, monseor dijo otra vez Kavass. De dnde deben venir?
Yo voy a seguir al Seor Shardik lo mejor que pueda hasta que ellos me alcancen.
No creo que vaya lejos o que marche muy de prisa. Sin duda podr enviar otro mensaje
desde alguna aldea.

Muy bien, monseor.


Otra cosa, Kavass. Tendr que pedirte prestada la espada y el dinero que tengas.
Es probable que los necesite. Tambin tendremos que cambiar de ropa, como en los viejos
cuentos, y me pondr ese jubn y esos pantalones que llevas. Esta ropa no es buena para
cazar.
Llevar tus ropas a la ciudad, monseor. Caramba, van a preguntarse qu he
hecho hasta que se los diga! Pero no te preocupes seguirs bien al Seor Shardik. Si
hubiera ms gente que confiara sencillamente en l, como t y yo, sin preguntar nada,
entonces el mundo andara bien.
S, claro. Bueno diles que se den prisa dijo Kelderek, y sin ms se intern por la
llanura. Pens que ya se haba demorado bastante y que no iba a serle fcil volver a ver a
Shardik. Sin embargo, al pensar inconscientemente en los trminos del bosque que haba
conocido cuando ejerca su oficio, haba olvidado que esta comarca era diferente. Casi en
seguida volvi a ver al oso, ochocientos metros hacia el Noreste, avanzando tan
tranquilamente como un viajero por un camino. Fuera de las chozas de una aldea distante, a
la derecha, la llanura se extenda desierta hasta donde podan ver los ojos.
Kelderek no dudaba que deba seguir avanzando. En Shardik yaca todo el poder de
Ortelga. Si se lo dejaba vagar solo y sin cuidados, se iba a volver claro a los ojos de los
campesinos sin duda haba, muchos hostiles a los dirigentes ortelganos que algo
andaba mal. Las noticias de los lugares por donde andaba podan ser inventadas o
escondidas. Alguien poda herirlo de nuevo, o quizs, matarlo mientras dorma. Ya haba
sido bastante difcil seguirlo cinco das aos atrs, despus de la cada de Bekla y la retirada
de Santil-ke-Erketlis. Pese a su dolor y cansancio y al peligro implcito, a la larga iba a ser
ms fcil ahora seguir las huellas. Adems, poda confiar en Kavass, y los exploradores
seguramente iban a encontrarlos antes de la cada de la noche. Aunque dbil, iba a estar a la
altura de la tarea.

33
La aldea

Todo aquel da, con el sol avanzando en el cielo a sus espaldas, Kelderek sigui a
Shardik, que prosegua. El paso del oso variaba poco. A veces iniciaba un pesado trote, pero
despus de hacer una corta distancia vacilaba y mova la cabeza repetidas veces, como para
librarse de un dolor irritante. Aunque la herida entre los omplatos ya no sangraba, era
claro, por su paso inquieto y a tropezones, un aire general de incomodidad que no lo dejaba
en paz. A menudo se ergua sobre las patas traseras y miraba la llanura en tomo y Kelderek,
asustado y sin proteccin en aquel espacio abierto, se quedaba quieto o se dejaba caer de
rodillas y se acurrucaba. Pero al menos era fcil no perderlo de vista a la distancia; y por
muchas horas, a la distancia de un tiro de flecha o ms, Kelderek avanzaba serenamente
sobre la hierba o las matas, listo para huir si el oso se volva y corra hacia l. Pero Shardik
pareca no haberse dado cuenta de que lo seguan. Una vez, al llegar a un manantial, se
detuvo para beber y chapotear en el agua; y otra vez descans en un bosquecillo de mirtos,
plantado como seal en tomo a uno de los manantiales usados, en tiempo inmemorial, por
los pastores vagabundos. Pero ambas detenciones terminaron bruscamente; el oso pareca
impacientarse de tanta demora y volva a emprender la marcha por la llanura.
Dos o tres veces avistaron ganado que pastaba. A pesar de lo lejos que estaban,
Kelderek percibi que las bestias se volvan y levantaban todas la cabeza, inquietas y
desconfiadas ante la criatura desconocida que se acercaba. Kelderek esper tener la suerte
de poder llamar a algn muchacho pastor para enviarlo con un mensaje, pero siempre
Shardik pas bastante alejado de los rebaos y Kelderek, antes que dejarlo, prefiri esperar
otra oportunidad.
Al caer la tarde dedujo por el sol que Shardik ya no se mova hacia el Noreste sino
hacia el Norte. Haban penetrado profundamente en la llanura todava no saba qu
distancia tal vez quince kilmetros al Este del camino que corra desde Bekla hasta las
colinas de Guelt. El oso no daba seales de detenerse o de retroceder. Kelderek, que haba
esperado que vagara hasta encontrar comida y que durmiera despus, no haba previsto
aquel viaje continuo, sin pausa para descansar o comer, de una criatura recientemente
herida y tanto tiempo encerrada. Comprendi ahora que Shardik deba estar movido por una
abrumadora determinacin de escapar de Bekla, de no detenerse ante nada hasta haberla
dejado muy atrs, y evitar en su trayecto todos los lugares en los que se refugiaba el
hombre. El instinto lo llevaba hacia las montaas y poda llegar a ellas, si esa era su
intencin, en dos o tres das. Una vez en ese terreno iba a ser difcil capturarlo, la ltima
vez haba costado vidas y quemar parte de un sendero de una comarca en parte habitada.
Pero, si podan reunirse ahora hombres suficientes, se lo podra hacer dar vuelta y, pese a lo
peligroso que era, llevarlo con antorchas y ruido hasta algn cercado o algn otro lugar
seguro. En verdad iba a ser un asunto desesperado, pero, fuere cual fuere el resultado, lo
ms necesario era interrumpir su huida. Haba que enviar un mensaje y tenan que mandarle

ayuda.
Cuando el sol empez a hundirse Kelderek estaba muy cansado y molesto por el
dolor de la pualada de la cadera. Concentrado en permanecer alerta ante Shardik, fue
consciente slo gradualmente, como un hombre que despierta, de distantes voces humanas
y del mugir del ganado. Al mirar alrededor vio en una hondonada, lejos, a la izquierda, una
aldea: cabaas, rboles y la mancha gris brillante de un estanque. Con facilidad poda
haberla dejado de lado, porque las construcciones bajas y poco notables, irregulares de
lnea y casuales como las rocas o los rboles, parecan, en su mezcla de barro, gris y
terracota, casi parte natural del paisaje. Todo lo que penetr en su visin y odo fatigados
fue un poco de humo, el movimiento del ganado y los gritos lejanos de los muchachos que
llevaban de vuelta los rebaos.
En este momento Shardik, que marchaba unos cuatrocientos metros por delante, se
detuvo y se ech sobre sus huellas, como demasiado fatigado para seguir. Kelderek esper,
contemplando la dbil sombra de una brizna de hierba junto a un guijarro. La sombra
alcanz y cruz el guijarro, pero Shardik no se levant. Finalmente Kelderek se dirigi a la
aldea, mirando continuamente hacia atrs para estar seguro del camino recorrido.
Pronto lleg a un sendero, y ste lo llev a los rediles del ganado en las afueras de la
aldea. All haba una batahola y los pastores charlaban excitados, recriminndose, lanzando
gritos, golpendose, empujndose y corriendo de aqu para all, como si nunca hubiera sido
guardado el ganado en unos corrales desde que empez el mundo. Las flacas bestias ponan
los ojos en blanco, se babeaban, topaban, bajaban y tendan las cabezas sobre los lomos
mientras se amontonaban en los rediles. Hubo coletazos, olor a estircol fresco y una nube
de polvo flot brillante en la luz del crepsculo. Nadie not a Kelderek, que se qued
quieto unos momentos, reconfortado y alentado por la escena familiar y antiqusima.
De repente, uno de los muchachos lo vio, lanz un grito, seal, estall en llanto y
empez a tartamudear con una voz descompuesta por el miedo. Los otros, siguiendo su
mirada, contemplaron con los ojos muy abiertos, dos o tres retrocedieron, con los nudillos
apretados sobre la boca abierta. El ganado, abandonado a s mismo, sigui entrando en los
rediles por su propia cuenta. Kelderek sonri y se adelant, tendiendo ambas manos.
No temis dijo al chico que estaba ms cerca, soy un viajero y yo
El muchacho se dio vuelta y sali corriendo; y en seguida todo el grupo huy,
precipitndose entre los cobertizos, hasta que ninguno qued a la vista. Kelderek, atnito,
camin hasta que estuvo entre las polvorientas casas. An no se vea a nadie. Se detuvo y
grit:
Soy un viajero de Bekla. Necesito ver al alcalde. Dnde queda su casa? Pero
nadie contest y, yendo a la puerta ms cercana, golpe en las maderas con el dorso de la
mano. Un hombre con el ceo fruncido, que llevaba un grueso palo, abri la puerta.
Soy ortelgano y capitn en Bekla dijo rpidamente Kelderek. Si me haces

dao esta aldea ser quemada sin dejar huellas.


Adentro una mujer empez a llorar. El hombre contest:
Ya han tomado la cuota. Qu quieres?
Dnde vive el alcalde?
El hombre seal en silencio hacia una casa ms grande, un poco apartada, hizo una
sea con la cabeza y cerr la puerta.
El alcalde era canoso, astuto y digno, un hombre que saba tomar su tiempo, que
usaba las convenciones y la cortesa para medir a su hombre y lograr una oportunidad de
pensar. Con impenetrable amabilidad salud al desconocido, dio orden a sus mujeres y,
mientras le traan, primero agua y una toalla delgada, luego comida y bebida (que Kelderek
no hubiera rehusado aunque el sabor hubiese sido dos veces ms rancio), habl con cuidado
de las perspectivas del pastoreo de verano, del precio del ganado, de la sabidura e
invencible fuerza de los actuales dirigentes de Bekla y de la prosperidad que sin duda
haban trado al pas. Mientras lo haca, sus ojos no perdan nada de la apariencia ortelgana
del desconocido: sus ropas, su hambre y las heridas vendadas de la pierna y del antebrazo.
Al fin, cuando evidentemente descubri que haba averiguado todo lo que podra averiguar
y que no iba a sacar ms ventajas esquivando el punto (fuera cual fuere), hizo una pausa, se
mir las manos cruzadas y esper en silencio.
Podras prestarme dos muchachos para un viaje a Bekla? pregunt Kelderek
. Pagar bien.
El alcalde sigui un rato en silencio, pesando sus palabras. Finalmente replic:
Seor: tengo la nota que me dio el gobernador provincial cuando pagamos nuestra
cuota el ltimo otoo. Te la mostrar.
No entiendo. Qu quieres decir?
Esta aldea no es grande. La cuota es dos muchachas y cuatro muchachos cada tres
aos. Lgicamente damos al gobernador un regalo en ganado, o le mostramos nuestra
gratitud no aumentando el precio. Por dos aos y medio no deberemos nada. Tienes alguna
orden?
Orden? Aqu hay un error
El alcalde lo mir bruscamente, oliendo algo turbio y dispuesto al ataque.
Puedo preguntarte si eres un comerciante con licencia? Si es as, seguramente
conoces los acuerdos impuestos a esta aldea.

No tengo nada que ver con los comerciantes. Yo


Perdona, seor dijo cortante el alcalde, y su tono se volvi algo menos
deferente. No puedo menos de encontrar eso difcil de creer. Eres joven, y, sin embargo,
adoptas un aire de autoridad. Llevas las ropas mal ajustadas y eh probablemente
adquiridas de un soldado. Es evidente que has caminado mucho, acaso por algn camino
solitario, porque estabas muy hambriento; te han herido hace poco en varias partes las
heridas sugieren una lucha cuerpo a cuerpo ms que una batalla y, si no me equivoco,
eres ortelgano. Me has pedido dos muchachos para un viaje a Bekla, segn dices, y afirmas
que pagars bien. Tal vez, al orte decir i-so, algunos alcaldes contestaran: Cunto?. Por
mi parte, quiero conservar el respeto de mi pueblo y morir en mi cama, pero, dejando eso
de lado, no me interesa tu tipo de propuesta. Todos somos aqu pobres, pero, sin embargo,
esta gente es mi gente. Estamos obligados a obedecer la ley ortelgana, pero como te he
dicho, hemos pagado durante dos otoos. No puedes forzarme a tratar contigo.
Kelderek se puso de pie.
Te digo que no soy comerciante de esclavos. No me has entendido en absoluto!
Si soy un traficante de esclavos sin licencia, dnde est mi gente?
Eso es lo que me agradara saber dnde y cuntos son. Pero te prevengo que
mis hombres estn alerta y resistiremos hasta morir.
Kelderek volvi a sentarse.
Seor, debes creerme no soy un traficante de esclavos soy un seor de Bekla.
Si nosotros
La profunda luz de afuera se llen de pronto de clamores, hombres que gritaban,
ruido de cascos de caballos y los mugidos del ganado aterrado. Las mujeres empezaron a
chillar, las puertas se golpeaban y se oyeron pasos que corran por el sendero. El alcalde se
puso de pie cuando un hombre se precipit dentro del cuarto.
Una bestia, seor, algo como nunca se ha visto una bestia gigante que se pone
de pie tres veces la altura de un hombre rompi los barrotes del gran corral como si
fueran astillas el ganado se ha enloquecido se ha espantado y ha salido a la llanura.
Oh, seor, el diablo el diablo ha cado sobre nosotros!
Sin una palabra y sin vacilar el alcalde pas junto a Kelderek y cruz la puerta.
Kelderek oy que llamaba a sus hombres por el nombre, y su voz se volva ms dbil a
medida que se acercaba a los rediles, en el lmite de la aldea.

34
Los senderos de Urtah

Desde la oscuridad de la llanura ms all de la aldea, Kelderek contemplaba el


tumulto como un hombre que contempla, trepado a un rbol, una pelea abajo. El ejemplo
dado por el alcalde tuvo poco efecto sobre los campesinos y no se logr ninguna accin
concertada contra Shardik. Algunos haban puesto cerrojos en las puertas y era evidente que
no pensaban salir. Otros haban salido o por lo menos haban gritado a voz en cuello que
salan en una tentativa de recobrar, a la luz de la luna, todo el ganado que se pudiera
encontrar. Un grupo de hombres con antorchas se atropellaba en tomo del aljibe en el centro
de la aldea, pero no daba seales de apartarse de all. Unos pocos haban acompaado al
alcalde a los corrales y hacan lo que podan para reparar la empalizada e impedir que el
ganado que quedaba tirara abajo las paredes. En una o dos ocasiones Kelderek vio la
enorme silueta de Shardik movindose contra la temblorosa luz de las antorchas, mientras
vagaba por las afueras de la aldea. Era evidente que tema poco aquellas llamas, tan
similares a las que se haba acostumbrado a ver durante su largo cautiverio. No pareca
probable que los aldeanos lo atacaran.
Cuando finalmente la media luna emergi de entre las nubes, no slo permitindole
ver a la distancia sino volviendo a darle conciencia de la gran extensin de llanura
nebulosa, Kelderek comprendi que Shardik se haba ido. Sacando la corta espada de
Kavass y rengueando hasta un brete vaco y roto, lleg primero hasta el cuerpo de la bestia
que el oso haba estado devorando y despus tropez con un ternero tembloroso y
abandonado, atrapado por el casco en un poste partido. En la pasada media hora aquella
indefensa criatura haba estado ms cerca de Shardik que ningn otro ser vivo, hombre o
animal. Kelderek liber el casco, llev en brazos el ternero hasta el prximo corral y lo
puso junto a un hombre que, dando la espalda, se inclinaba sobre la baranda. Nadie le
prest atencin y por algunos momentos permaneci rodeando con el brazo al ternero, que
le lami la mano cuando volvi a ponerlo de pie. Despus sali corriendo y se alej.
Unos gritos confusos estallaron a la distancia y Kelderek se dirigi all. Donde haba
miedo y clamor, era probable que Shardik no estuviera lejos. Tres o cuatro hombres pasaron
junto a l, corriendo hacia la aldea. Uno gimoteaba de pnico y ninguno se detuvo o le
habl. Apenas se haban ido cuando distingui a la luz de la luna, la negrura lanuda de
Shardik. Probablemente los haba estado persiguiendo tal vez haban, tropezado
inesperadamente con l pero Kelderek, al presentir el estado de nimo y el furor del oso
con su familiaridad de largos aos, supo, por algo que no hubiera podido nombrar, que el
oso haba sido turbado ms que enfurecido por aquellos traseros. Pese al peligro, su orgullo
se rebel ante la idea de unrseles en la fuga. Acaso no era l el seor de Bekla, el Ojo de
Dios, el rey-sacerdote de Shardik? Mientras el oso se acercaba bajo la solitaria luz lunar, se
ech al suelo boca abajo, con los ojos cerrados, la cabeza oculta entre los brazos y esper.

Shardik lleg sobre l como una carreta con bueyes sobre un perro dormido en el
camino. Una garra lo toc: sinti las garras y las oy tabletear. Sinti la humedad del
aliento del oso sobre su cuello y sus hombros. Una vez ms sinti la antigua exaltacin y el
terror, un transporte que lo mareaba, como alguien que se balancea sobre un precipicio en la
cumbre de una montaa. Aquel era el misterio del rey-sacerdote. Ni Zelda, ni Gued-la-Dan,
ni Elleroth, Ban de Sarkid, podan echarse as y poner sus vidas en el poder del Seor
Shardik. Pero ahora no haba nadie que lo viera y nadie iba a saberlo. Aquel era un acto de
devocin ms sincero entre l y Shardik que cualquiera de los que haba realizado en
Ortelga o en la Casa del Rey en Bekla. Acepta mi vida, Seor Shardik rog en silencio
acepta mi vida, porque es tuya. Despus, de pronto, se le ocurri la idea: Y si llegara
ahora la gran revelacin que he buscado tanto tiempo en Bekla, la gran verdad sin velos de
Shardik?. No poda ser este el momento, cuando l y Shardik estaban solos como no
haban vuelto a estarlo desde el da en que haba yacido indefenso ante el leopardo?
Pero cmo reconocer el secreto y qu deba esperar? Cmo iba a ser impartido?
Cmo una inspiracin en lo profundo de su mente o por alguna seal exterior? E iba
entonces a morir o sera salvado para trasmitir el secreto a la humanidad? Si el precio era su
vida, pens, que as fuera.
La enorme cabeza se inclin muy abajo, olfate a su lado, la brisa qued cortada y el
aire inmvil como bajo el alero de una casa. Hazme morir si es necesario, rog. Hazme
morir el dolor no es nada pasar a lodo el conocimiento, a toda la verdad.
Entonces Shardik se alej. Desesperado, rog una vez ms:
Una seal, Seor Shardik oh, Seor, dame al menos una seal, algn indicio
sobre la naturaleza de la verdad sagrada.
El sonido del aliento bajo y rugiente del oso se volvi inaudible antes que su paso
dejara de hacer temblar el suelo.
Despus, como alguien que vuelve a recoger un pesado fardo, empez a seguir a
Shardik por la noche, atravesando la llanura.
El oso sigui avanzando hacia el Norte y un poco hacia el Oeste, segn poda ver
por las estrellas. Se movieron toda la noche atravesando el cielo, y nada fuera de las
estrellas se movi o cambi en aquella soledad. Haba slo un viento leve y continuo, el
srip, srip de los pastos secos en tomo a sus tobillos y de tanto en tanto, algn charco que
brillaba suavemente, ante el que pudo arrodillarse para beber. Al llegar la primera luz, que
subi por el cielo tan gradual y seguramente como una enfermedad que se va apoderando
del cuerpo, estaba cansado hasta el agotamiento. Al pasar un arroyuelo de corriente lenta
sus pies descansaron sobre piedras tersas y parejas, pero el sentido de esto no atraves en el
primer momento la nube de la fatiga. Se detuvo y mir en tomo. Las piedras chatas se
extendan a lo lejos, a la derecha y a la izquierda. Acababa de vadear el canal que corra
desde la represa de Kabin hasta Bekla y estaba ahora en el camino pavimentado que llevaba
a las colinas de Guelt.

A pesar de ser tan temprano mir a la distancia, en la dbil esperanza de ver algn
viajero, pero no vio a nadie; ni siquiera pudo divisar una choza o el humo distante de algn
campamento de caminantes. Saba que buena parte del camino corra por una comarca poco
frecuentada; pero tal vez estuviera cerca de algunas de las estaciones donde acampaban los
ganaderos y las caravanas, donde hubiera algunas cabaas, un manantial y un refugio
desmoronado para el ganado. Pero no vea nada de esto. Era mala suerte haber llegado al
camino a aquella hora y haber cado en un tramo, tan solitario. Mala suerte o haba sido
acaso la astucia de Shardik que lo haba hecho mantenerse alejado del camino hasta que
sinti que poda cruzar sin ser visto? El oso ya estaba a alguna distancia y trepaba por la
ladera opuesta. Pero Kelderek se demor an, tambaleante y mirando a uno y otro lado en
medio de la desilusin y la frustracin. Poco despus comprendi que, aun en el caso de
que alguien hubiera aparecido a la distancia, no hubiera podido hablar con esa persona y
recobrar las huellas del oso, pero sigui en el camino, como si con una parte de la mente
supiera muy bien que nunca ms iba a posar sus ojos en aquella gran construccin del
imperio que haba conquistado y dominado. Al fin, con un largo suspiro que fue como un
rugido, como alguien que, tras haber esperado ayuda en vano, ignora qu va a ocurrir ahora,
se lanz hacia el punto en que Shardik haba desaparecido sobre la cumbre.
Una hora ms tarde, despus de subir dolorosamente hasta lo alto de otra meseta,
casi dos millas al Noroeste, se encontr de pronto mirando una tierra sorprendentemente
distinta. Ya no era una llanura solitaria de hierbas esparcidas, sino un gran recinto natural,
cuidado y frecuentado. A lo lejos sierras redondeadas marcaban el lmite lejano y entre l y
este lmite yaca un frtil valle verde, que se extenda por varias millas. Se dio menta que
aquella era una nica y enorme pradera de pastoreo, en la cual, separados, pastaban ya tres
o cuatro rebaos en el amanecer. Pudo ver dos aldeas, y en el horizonte unas huellas de
humo sugeran otras, que obtenan alimento del verde lugar.
No lejos de l, en una hondonada profunda, el terreno estaba quebrado dentado en
verdad de la manera ms curiosa, y Kelderek lo contempl maravillado. Era como si, en
pocas idas un gigante hubiera marcado y araado la superficie de la llanura con una
horquilla puntiaguda. Aquellos tajos o aberturas, rudamente paralelos y de casi igual
longitud, se tendan uno junto al otro por espacio de casi un kilmetro. Tan abruptas y
estrechas eran aquellas extraas gargantas que, en cada una, las ramas de los rboles que se
tendan de una a otra pendiente, casi se tocaban y cerraban la abertura. Cubierta de este
modo, la profundidad de los caones no poda verse. El sol, que brillaba detrs de la meseta
en donde Kelderek estaba de pie, intensificaba las sombras que, segn supuso, deban ser
perpetuas dentro de aquellos bosques casi subterrneos. Un los bordes la hierba creca alta
y ningn sendero pareca llegar all desde punto alguno. Mientras contemplaba la brisa se
detuvo un momento, la sombra de las nubes en la llanura ondul en largas olas y en las
hondonadas las hojas de las ramas ms altas, que apenas se elevaban entre la hierba que las
rodeaba, se sacudieron todas a la vez y quedaron quietas.
Ante esto Kelderek sinti un rpido estremecimiento de terror, el atisbo de una
amenaza que no poda definir. Era como si algo algn espritu que habitara esos lunares
se hubiera despertado, lo hubiera observado y se hubiera apresurado ante lo que
perciba. Pero no poda ver nada, como no fuera, es verdad, el arqueado Imito de Shardik

abrindose camino hacia la ms cercana de las tres aberturas. Lentamente pisote la alta
hierba y se detuvo en el borde, volviendo la cabeza a uno y otro lado y mirando hacia abajo.
Despus, tan suavemente como una nutria que se escabulle en el banco de un ro,
desapareci en el escondite del despeadero.
Ahora iba a dormir, pens Kelderek; haba pasado un da y una noche desde su fuga,
y ni siquiera Shardik poda vagar desde Bekla hasta las montaas de Guelt sin descansar.
No caba duda que, si la llanura hubiera ofrecido alguna cubierta o refugio, se hubiera
detenido antes. Para Shardik, criatura de colinas y bosques, la llanura deba ser en verdad
un lugar maligno, y su nueva libertad tan incmoda como el cautiverio del que haba
escapado. Las hondonadas estaban sin duda desiertas, incluso deban ser evitadas por los
pastores, porque sin duda eran un peligro para el ganado y muy probablemente su misma
rareza las converta en objeto de temor supersticioso. La enmaraada penumbra, que no ola
ni a bestia ni a hombre, deba parecer a Shardik un escondrijo oportuno. Lo cierto es que tal
vez no tuviera ganas de salir de all, a menos que se viera forzado a buscar comida.
Cuanto ms pensaba Kelderek ms le pareca que la hondonada ofreca una
excelente oportunidad de capturar a Shardik antes de que llegara a las montaas. Su
abrumado nimo se fue levantando mientras planeaba lo que convena hacer. Esta vez deba
convencer a toda costa a la gente local de su buena fe. Iba a prometerles sabrosas
recompensas cualquier cosa que pidieran, de hecho: liberarlos de las tarifas del mercado,
de la cuota de esclavos, del servicio militar siempre que mantuvieran a Shardik en la
hondonada hasta que volvieran a capturarlo. Tal vez no fuera tan difcil. Unas pocas cabras,
algunas vacas all ya deba haber agua. Un mensajero poda llegar a Bekla antes del
anochecer y la gente para ayudarlo podra estar aqu antes del atardecer del da siguiente.
Haba que decir a Sheldra que trajera consigo las drogas necesarias.
Si por lo menos no estuviera tan agotado! Tambin l tema que dormir, si no quera
desplomarse. Poda acaso echarse aqu confiando en que Shardik siguiera en la hondonada
cuando despertara? Pero antes de dormir deba enviar el mensaje a Bekla. Tena que llegar a
una de las aldeas; pero antes haba que encontrar algunos pastores y convencerlos de que
custodiaran la hondonada hasta que l volviera.
De repente, oy voces un poco alejadas y se volvi con rapidez. Dos hombres, que
sin duda haban subido por el declive antes de que l los oyera caminaban lentamente,
alejndose por la meseta. Pareca raro que no lo hubieran visto o, en caso de haberlo visto,
que no le hubieran hablado. Llam y corri hacia ellos. Uno era un joven de unos diecisiete
aos, el otro un hombre viejo y alto, de aire solemne y autoritario, envuelto en un manto
azul, que llevaba un bculo tan alto como l. Realmente no pareca campesino y Kelderek,
al detenerse ante l, pens que al fin se le haba dado vuelta la suerte y que tena ante s a
alguien capaz de entender lo que necesitaba y de tratar de procurrselo.
Seor dijo Kelderek te ruego que no me juzgues por las apariencias. La
verdad es que estoy agotado tras vagar un da y una noche en la llanura y necesito mucho tu
ayuda. Quieres sentarte conmigo, porque creo que ya no puedo tenerme en pie y dejar
que te diga por qu estoy aqu?

El viejo puso la mano sobre el hombro de Kelderek.


Dime primero dijo con gravedad, sealando con el bculo hacia los
despeaderos si lo conoces, el nombre de esos lugares que tenemos abajo.
No lo s. Nunca he estado aqu antes. Por qu me preguntas?
Sentmonos. Lo siento por ti, pero, una vez que ests aqu, ya no necesitas seguir
vagando.
Kelderek, tan confundido por la fatiga que ya no poda medir las palabras, empez
diciendo que era el rey de Bekla. El viejo no mostr sorpresa ni incredulidad, asinti con la
cabeza y no apart la mirada, que expresaba una especie de severa y desprendida piedad,
como la de un verdugo, o un sacerdote ante el altar de los sacrificios. Tan turbadora era esta
mirada que, tras unos momentos, Kelderek apart los ojos y habl mirando hacia el valle
verde y los extraos despeaderos. No dijo nada de Elleroth y Mollo o de la marcha hacia
l Norte de Santil-ke-Erketlis, pero habl de la cada del techo del palacio, de la huida de
Shardik y de cmo lo haba seguido, haba perdido a sus compaeros en la niebla y enviado
un mensajero casualmente encontrado, con rdenes de que sus soldados lo siguieran y se
reunieran con l. Habl de su viaje por la llanura y, sealando al pie de la colina, cont
como Shardik cuya captura era de mxima importancia se haba refugiado en uno de
los despeaderos donde sin duda dorma.
Y ten la seguridad de una cosa, seor termin diciendo enfrentando los
impvidos ojos una vez ms y forzndose a sostener la mirada cualquier dao que se nos
haga al Seor Shardik o a m ser terriblemente castigado en cuanto sea descubierto y lo
ser. Pero la ayuda de tu gente porque presiento que eres aqu un hombre de
importancia para que el Seor Shardik vuelva a Bekla, ser apreciada con la mxima
generosidad. Cuando terminemos la tarea, pide cualquier recom-pensa razonable y te ser
concedida.
El viejo sigui en silencio. Kelderek, intrigado, sinti que, aunque el hombre lo
haba escuchado con atencin, no estaba preocupado ni por el miedo a la venganza ni por la
esperanza de la recompensa. Una rpida mirada al joven le mostr nicamente que el
muchacho esperaba hacer lo que su amo ordenara.
El viejo se levant y ayud a Kelderek a ponerse de pie.
Ahora necesitas dormir dijo, hablando con voz afable pero firme, como un
padre que habla a un hijo tras escucharle su cuentito de las aventuras del da. Voy
contigo
La impaciencia se apoder de Kelderek, junto con la perplejidad: aparentemente se
prestaba muy poca atencin a sus palabras.
Necesito comida dijo, y hay que mandar un mensajero a Bekla. No es lejos

un hombre puede llegar a Bekla a la cada de la tarde, aunque te aseguro que mucho antes
tropezar con algunos de mis soldados en el camino.
Sin decir ms el viejo hizo una sea al joven, que se puso de pie, abri su morral y
lo puso en las manos de Kelderek. All haba pan negro, queso de cabra y media docena de
tendrionas secas, sin duda lo ltimo que quedaba del almacenamiento de invierno.
Kelderek, decidido a mantener la dignidad, dio las gracias con un movimiento de cabeza y
puso el morral en el suelo, a su lado.
El mensaje empez de nuevo.
Pero el viejo segua sin decir nada y por encima del hombro el joven dijo:
Yo llevar tu mensaje, seor. Ir en seguida.
Mientras Kelderek le haca repetir dos o tres veces el mensaje y las instrucciones, el
viejo sigui apoyado en d bculo, mirando el suelo. Su aire no era precisamente abstrado
sino paciente y contenido, como el que podra tener algn seor o barn que, durante un
viaje, espera que su criado vaya a preguntar cul es el camino a seguir o a interrogar al
posadero. Cuando Kelderek pag al joven, recalcando que iba a recibir mucho ms, primero
al trasmitir el mensaje y luego cuando regresara con los soldados, el muchacho no mir el
dinero, dio las liradas con una inclinacin y parti sin ms. Kelderek, desconfiado, lo sigui
hasta perderlo de vista. Despus se volvi hacia el viejo, que no se haba movido.
Gracias por tu ayuda, seor dijo te aseguro que no lo olvidar. Como dices,
necesito dormir, pero no debo alejarme del Seor Shardik, porque, si por casualidad vuelve
a vagar, mi deber sagrado es seguirlo. Puedes disponer de un hombre que vigile junto a m
y me despierte si es necesario?
Iremos a esa hondonada oriental contest el viejo. Ah encontrars un lugar a la
sombra y yo enviar a alguien a que vigile mientras duermes.
Apretndose con la mano los ojos doloridos, Kelderek hizo una ltima tentativa de
quebrar la grave reserva del otro.
Mis soldados grandes recompensas tu gente te bendecir confo en ti,
seor perdi el hilo de sus pensamientos y tartamude en ortelgano es una suerte
haber venido aqu
Dios te ha enviado. A nosotros nos toca cumplir Su voluntad replic el viejo.
Aquello, pens Kelderek, deba ser la frase hecha para agradecer a un husped o un viajero.
Recogi el morral y se apoy en el brazo que le ofreca su compaero. En silencio bajaron
el declive, entre las pequeas cpulas de los hormigueros, los matorrales pastosos y las
conejeras, hasta que llegaron a la hierba alta que rodeaba las hondonadas. Aqu, sin una
palabra, el viejo se detuvo, se inclin y ya se alejaba cuando Kelderek comprendi que se
iba.

Volveremos a encontramos grit, pero el otro pareci no haber odo. Kelderek


se encogi de hombros, tom el morral y se sent a comer.
El pan era duro y haca tiempo que las frutas haban perdido el zumo. Al acabar de
comer todo lo que haba, tuvo sed. No haba agua, a menos que hubiera algn manantial o
estanque en alguna de las grietas; pero estaba demasiado cansado para buscar en las tres.
Decidi examinar la ms cercana pareca poco probable que Shardik estuviera alerta o
que lo atacara y si no vea u oa agua, simplemente tendra que pasarse sin beber hasta
quedar dormido.
Las hierbas enmaraadas y las breas le llegaban casi a la cintura. En verano, pens,
el lugar deba ser prcticamente intransitable, una verdadera espesura. Haba andado solo
unos pasos cuando tropez con un objeto duro, se inclin y lo recogi. Era una espada,
herrumbrada casi hasta quebrarse, que tena la empuadura adornada con un diseo de
flores y hojas en una plata ennegrecida desde haca tiempo: la espada de un noble. La
maniobr, sobre la hierba, preguntndose cmo habra llegado all y, al hacerlo, la hoja se
desprendi como una costra vieja y cay entre las ortigas. Kelderek tir tambin la
empuadura y se volvi.
Visto de cerca, el borde de la grieta pareca todava ms inclinado y abrupto que a la
distancia. En verdad haba algo siniestro en aquel lugar, descuidado y estril en medio de la
tierra feraz de alrededor. Tambin haba algo extrao en el susurro de la brisa entre las
hojas, un gemido intermitente y profundo, como el de un viento invernal en una gran
chimenea, aunque dbil, como lejano. Y ahora, para su fantasa desvelada, fue como si los
lados de la grieta se abrieran en una herida, como los bordes de un gran tajo hecho con un
cuchillo. Lleg al borde y mir.
Las copas de los rboles ms bajos se tendan abajo. Haba un zumbar, un volar de
los insectos y la titilacin de las hojas. Dos grandes mariposas, recin despiertas del sueo
invernal, agitaban las alas rojas como sangre a corta distancia de sus ojos. Lentamente su
mirada recorri la extensin despareja de ramas y volvi al declive empinado a sus pies.
Soplaba el viento, las ramas se movan y sbitamente, como un hombre que se da cuenta
que el sonriente desconocido con quien conversa es en realidad un loco que piensa atacarlo
y asesinarlo. Kelderek retrocedi, agarrndose aterrado a las matas.
Debajo de los rboles haba slo oscuridad, la oscuridad de una caverna, una
oscuridad de aire viciado y sonidos dbiles, huecos. Ms all de los troncos ms bajos, el
terreno, desnudo y pedregoso, se converta poco a poco en penumbra y luego en negrura.
Los ruidos que oa eran ecos; como los de un pozo, pero magnificados al surgir de una
profundidad mayor, inimaginable. El aire fro sobre la cara traa un olor tenue y atroz, no a
podredumbre, sino de un lugar que nunca ha conocido la vida o la muerte, un abismo sin
fondo, sin luz y nunca visitado desde el principio de los tiempos. En una fascinacin de
horror, echado sobre la barriga, tante en busca de una piedra y la tir entre las ramas. Al
hacerlo un confuso recuerdo emergi a la superficie de su mente, la noche, el miedo y el
portador de un destino desconocido se movan en la oscuridad; pero su terror actual era
demasiado agudo, y el recuerdo lo dej, como un sueo. La piedra se abri paso entre las

hojas, golpe una rama y desapareci. No hubo otro ruido. Tierra blanda hojas secas?
Arroj otra piedra, apuntando bien al centro de la pantalla cncava de hojas. Ningn ruido
indic el instante en que haba tocado tierra.
Y Shardik dnde estaba? Kelderek, con su sudor en la palma de las manos, la
planta de los pies cosquilleada por el miedo al abismo sobre el que se asomaba, espi en las
tinieblas buscando por lo menos algn reborde. No lo haba.
De repente, a medias rogando, a medias desesperado, grit con fuerza:
Shardik, Seor Shardik!
Y entonces fue como si todos los espectros malignos y los fantasmas que caminan
por la noche, contenidos en aquella negrura, hubieran sido liberados y corrieran hacia l.
Sus gritos abominables ya no eran ecos, no deban nada a su propia voz. Eran las voces de
la fiebre, de la locura, del infierno. A la vez profundas e insoportablemente agudas, lejanas
y deslizndose entre los nervios de sus odos, pinchando sus ojos y metindose en sus
pulmones como un polvo inmundo que lo sofocaba, le hablaron con maligno deleite de una
eternidad de condenacin, en la cual el mero espectculo de ellos en las tinieblas era un
tormento intolerable. Sollozando, escondiendo la cabeza entre los brazos, Kelderek se
arrastr hacia atrs, acurrucndose y tapndose los odos. Poco a poco los sonidos se
desvanecieron, su percepcin normal volvi, y, al calmarse, cay en un sueo profundo.
Durmi largas horas, sin sentir el sol de la primavera ni las moscas que se posaban
en sus miembros. Cuando al fin despert, fue primero consciente de la luz del da la luz
del fin de la tarde y despus de un confuso resonar de voces humanas que se parecan un
poco a las terribles voces de la maana. Pero, ya fuera porque no estaba junto al abismo o
porque no era l quien gritaba, estas voces no inspiraban el terror de las otras. Supo que
aquellas eran voces de hombres vivos, junto con ecos naturales. Se incorpor con cuidado y
mir alrededor. A la izquierda, en el lado Sur de la grieta, donde Shardik haba desaparecido
aquella maana, tres o cuatro hombres trepaban y corran. Eran unos hombrecitos
desarrapados y llevaban lanzas, uno arroj la suya al huir y era evidente que estaban
aterrados. Mientras miraba, otro tropez, cay y se incorpor sobre las rodillas. Despus las
matas del borde se abrieron y apareci Shardik y permaneci un momento mostrando los
dientes, antes de caer sobre el hombre arrodillado y matarlo en el segundo en que ste iba a
gritar. Despus se volvi y empez a abrirse paso por el borde hacia el lugar donde estaba
tendido Kelderek. Kelderek estaba postrado sobre la hierba alta, conteniendo el aliento, y el
oso cruz a cinco pasos. Pudo or su respiracin: un sonido lquido y ahogado, como el que
hace un hombre herido a quien le falta el aire. En cuanto se atrevi, Kelderek mir. Shardik
se alejaba. En su pescuezo haba una nueva y profunda herida, un agujero rasgado que
sangraba.
Kelderek corri por el borde de la grieta hasta los hombres, que se haban reunido
alrededor del cuerpo de su compaero. Cuando Kelderek se acerc, los hombres recogieron
las lanzas y lo enfrentaron, cambiando rpidamente unas palabras en un tupido dialecto
beklano.

Qu habis hecho? grit Kelderek. Por el hlito de Dios, te har quemar


vivo por esto! y con la espada en la mano amenaz al hombre ms cercano, que
retrocedi, apuntando con la lanza.
Atrs, seor grit el hombre no nos obligues a
Vamos, mtalo ahora! grit otro.
No intervino con rapidez el tercero. El nunca fue al Estrel. Y despus de lo
que ha pasado
Dnde est vuestro maldito jefe, sacerdote o como se llame? grit Kelderek.
El viejo de la capa azul. l os ha mandado a esto! Y yo confi en ese traidor mentiroso!
Juro que todas las aldeas de esta maldita llanura ardern. Dnde est ese viejo?
Se interrumpi, atnito, cuando el primer hombre sbitamente dej caer la lanza, se
acerc al borde de la grieta y lo mir, sealando hacia abajo.
Apartaos, entonces dijo Kelderek no com-pletamente all no
confo en vosotros, asesinos comedores de mierda!
Una vez ms se arrodill al borde del abismo. Pero aqu los primeros metros del
declive se inclinaban ligeramente. No muy lejos, semioculto entre los rboles, haba mi
desfiladero nivelado y pastoso; con un pequeo estanque. Shardik al echarse all, haba
aplastado y achatado la hierba. En la mitad del estanque, boca abajo, estaba el cuerpo de un
hombre, envuelto en una capa azul. La parte de atrs del crneo estaba hecha trizas hasta
los sesos y, cerca, yaca la punta ensangrentada de una lanza. En ninguna parte se vea el
asta. Tal vez haba cado al abismo.
Al or un movimiento detrs, Kelderek se incorpor de un salto. Pero el hombre que
se haba acercado no estaba armado.
Ahora puedes irte, seor murmur, mirando fijamente a Kelderek y temblando
como ante un ser sobrenatural. Nunca he visto antes una cosa as, pero s lo que espera a
quien sale vivo del Sendero. Ahora que lo has visto, habrs comprendido que est ms all
de nosotros y de nuestro poder. Es la voluntad de Dios. Pero en su nombre, seor, no nos
hagas dao y vete!
Y entonces los tres cayeron de rodillas, juntaron las manos y lo miraron con un
miedo tan patente y tanta splica, que Kelderek no supo qu pensar.
Nadie te tocar ahora, seor dijo al fin el primer hombre ni nosotros ni nadie.
Si quieres, ir contigo adonde t quieras, hasta los lmites de Urtah. Pero vete!
Bien dijo Kelderek, vendrs conmigo y si alguno de vosotros, bastardos
alimentados a bosta, me traiciona, t sers el primero en morir. No deja la lanza y vamos.

Pero al cabo de unos kilmetros solt al miserable y abyecto rehn, que pareca
tenerle miedo como a un espectro salido de entre los muertos; y una vez ms sigui solo,
cautelosamente, la forma distante de Shardik, que avanzaba por el valle hacia el Norte.

35
El prisionero de Shardik

Poco a poco lleg a Kelderek la conciencia de que era un vagabundo en una


comarca desconocida, sin amigos, lejos de toda ayuda, apurado por la necesidad y rodeado
de peligros. Solo fue ms tarde cuando comprendi que tambin se haba convertido en
prisionero de Shardik.
Era evidente que el oso se haba debilitado ms con la ltima herida. Su paso era
ms lento y, aunque segua marchando hacia las colinas ahora claramente visibles en el
horizonte norteo, con la misma decisin, se detena ms veces a descansar y de vez en
ruando mostraba su inquietud con bruscos retrocesos y movimientos crispados. Kelderek,
que ahora tema menos el ataque brusco y sin salvacin posible, lo segua ms de cerca, y a
veces gritaba:
Valor, Seor Shardik! o bien: Paz, Seor Shardik, tu poder es de Dios!
En una o dos ocasiones le pareci que Shardik reconoca su voz y que incluso obtena
consuelo.
La noche lleg bruscamente y aunque Shardik descans varias horas tendido a la
vista, en campo abierto, Kelderek no pudo permanecer tranquilo; paseaba de un lado a otro
y vigilaba a la distancia hasta que, cuando por fin termin la noche, el oso se par de golpe,
tosiendo penosamente, y se puso otra vez en marcha: su laboriosa respiracin se oa en el
silencio.
El hambre de Kelderek se volvi desesperada y ms tarde esa maana, al ver a la
distancia a dos pastores que colocaban un vallado, corri casi un kilmetro hasta llegar a
ellos, con intencin de pedir cualquier cosa una cscara, un hueso sin perder de vista a
Shardik. Ante su sorpresa, lo trataron amistosamente; eran unos hombres sencillos que
evidentemente se compadecan de su necesidad y su fatiga y estuvieron dispuestos a
ayudarlo cuando les dijo que, aunque estaba ligado por un voto religioso a seguir a la gran
criatura que podan ver a la distancia, tena una desesperada necesidad de enviar un
mensaje a Bekla. Alentado por la buena voluntad de ellos, les cont su escapada del da
anterior. Cuando termin, vio que los pastores se miraban entre ellos miedosos y
consternados.
El Sendero! Que Dios se apiade de nosotros! murmur uno.
El otro puso medio pan y un poco de queso en el suelo y retrocedi, diciendo:
Ah tienes comida y despus como el hombre de la lanza: No nos hagas
dao, seor pero vete. Y en esto ambos fueron ms rpidos que Kelderek, porque

emprendieron la fuga dejando sus tijeras de podar y sus martillos donde estaban entre las
vallas.
Aquella noche Shardik enderez a una aldea y por ella pas Kelderek, sin ser visto
ni provocado por nadie, como si hubiera sido un fantasma o un espritu maldito de leyenda,
condenado a vagar invisible para los ojos terrenos. En las afueras Shardik mat dos cabras,
pero los pobres animalitos hicieron poco ruido y no se dio alarma. Cuando termin de
comer, el oso se alej cojeando y Kelderek comi tambin, acurrucado en la oscuridad, y
desgarrando la carne fresca y caliente con los dedos y los dientes. Ms tarde durmi,
demasiado cansado para preguntarse si Shardik se habra ido cuando despertara.
El canto de los pjaros lleg a sus odos antes de que abriera los ojos y, en el primer
momento, aquello pareci natural y esperado, el ruido familiar del amanecer, hasta que
record, con un instantneo sobresalto del corazn, que ya no era un muchacho de Ortelga
sino un miserable hombre solo, echado en la llanura de Bekla. Pero en la llanura, como l
saba, apenas haba rboles y, por lo tanto, tampoco pjaros, como no fueran buitres y
alondras. En aquel momento oy hablar muy cerca a unos hombres y, sin moverse, abri a
medias los ojos.
Estaba echado cerca del sendero por el que haba seguido a Shardik en la noche. A
su lado, las moscas se apiaban ya en la pata de cabra que l haba descoyuntado y traa
consigo. La comarca ya no era del todo una llanura, sino un terreno arbolado cortado por
campitos y huertos frutales. A poca distancia, la baranda de madera de un puente mostraba
el punto donde el sendero cruzaba el ro, y, ms all, haba una selva tupida y enmaraada.
Cuatro o cinco hombres estaban a unos veinte pasos de l; hablaban en voz baja y
hacan muecas en direccin a Kelderek. Uno llevaba un mazo y los otros toscos machetes
en forma de hoz, el nico instrumento de labranza de los campesinos. Sus expresiones
airadas tenan tambin algo de incierto y, cuando Kelderek comprendi que probablemente
eran el dueo de las cabras y sus vecinos, tambin, se dio cuenta que deba haberse
convertido en una imagen de terror; armado, esculido, harapiento y sucio, con la cara y las
manos manchadas de sangre seca y un cuarto de carne cruda al lado. Se puso de pie de un
salto: los hombres se sobresaltaron y retrocedieron. Pero, aunque eran campesinos, tena
que tomarlos en cuenta. Tras una breve vacilacin los hombres avanzaron hacia l y se
detuvieron slo cuando Kelderek desenvain la espada de Kavass, apoy la espalda contra
un rbol y los amenaz en ortelgano, sin preocuparse de que le entendieran, cobrando
nimo ante el sonido de su propia voz.
Deja esa espada y ven con nosotros gru uno de los hombres.
Ortelgano de Bekla! grit Kelderek, sealndose.
Un ladrn, eso es lo que eres! dijo otro, un viejo. En cuanto a Bekla, queda
muy lejos y no van a ayudarte, porque tienen ya bastantes dificultades, segn he odo. Pero
has cometido un delito, seas quien seas. Ven con nosotros.

Kelderek guard silencio esperando que se precipitaran sobre l; los hombres


seguan vacilando y, despus de un momento, l empez a retroceder, sin perderlos de vista,
por el sendero. Lo siguieron, gritando amenazas en su dialecto, que Kelderek apenas
entenda Grit tambin enojado, y, tanteando con la mano izquierda la baranda del puente
que tena detrs, ya iba a volverse y correr cuando sbitamente uno de los hombres seal
detrs de l, con una sonrisa de triunfo. Kelderek se volvi con rapidez y vio dos hombres
que se acercaban por el otro lado del puente. Evidentemente haban iniciado una amplia
cacera del ladrn de cabras.
El puente no era alto y Kelderek estaba a punto de saltar por el parapeto aunque
esto slo hubiera servido para prolongar la cacera cuando todos los hombres, los que
estaban al frente y los que venan por atrs, gritaron y corrieron dispersndose en todas
direcciones. Inconquistable y decisivo como la cada de la noche sobre un campo de batalla,
Shardik haba salido del bosque y estaba cerca del sendero, parpadeando a la luz del sol y
hurgando lastimeramente su cuello herido con su enorme pata. Lentamente, como dolorido,
se acerc al borde del arroyo y bebi, agazapado slo a unos pasos del puente. Despus,
con los ojos opacos, el hocico reseco y el pelo erizado se alej cojeando a protegerse en la
espesura.
Kelderek sigui en el puente, sin pensar ya si los campesinos iban a volver. Al
comienzo de este da, el cuarto desde que haba salido de Bekla, se senta casi agotado, ms
all del mero agotamiento del cuerpo, con una duda total respecto al futuro y una nostalgia,
como la que se apodera de los abrumados soldados de un ejrcito que est perdiendo, pero
que an no ha perdido, una batalla, y que desean, a toda costa abandonar la lucha,
descansar, pase lo que pase, aunque saben que, hacer esto significa que la lucha slo puede
reanudarse con gran desventaja. El msculo de la pantorrilla izquierda estaba tenso y le
dola. Dos de las pualadas de Mol o, la del hombro y la de la cadera, palpitaban
continuamente. Pero ms desalentador que esto era el saber que haba fracasado en la tarea
que se haba impuesto, pues ahora era imposible capturar a Shardik antes de que llegara a
las colinas. Al mirar hacia el Norte, sobre los rboles, vio claramente las cuestas ms
cercanas, verdes, pardas y purpreas en la luz matinal. Quiz estaban a unos diez
kilmetros de distancia. Shardik tambin las haba visto probablemente. Llegara all a la
cada de la noche. Ahora habra que pasar semanas quizs meses persiguindolo en
aquella comarca, ya que era un oso viejo, despabilado y desesperado a consecuencia del
primer cautiverio. Sin remedio, los ortelganos deban emprender la ms abrumadora de
todas las tareas: la que consiste en poner al derecho lo que nunca debi torcerse.
Aquella maana l se haba salvado de ser herido, o probablemente muerto, porque
era poco probable que la ruda justicia de los campesinos perdonara a un ortelgano, y quin
iba a creer ahora que l era el rey de Bekla? Era slo un rufin armado, obligado a
mendigar o robar para comer, que poda seguir su camino a riesgo de perder la vida o algn
miembro. De qu utilidad era para l ahora seguir persiguiendo a Shardik? El camino
pavimentado deba estar a medio da de distancia hacia el Este quiz menos. Haba
llegado el momento de volver, de convocar a sus sbditos y proyectar los prximos pasos a
tomar en relacin a Bekla. Habran atrapado a Elleroth? Y qu noticias haban llegado del
ejrcito en Tonilda?

Emprendi la marcha hacia el Sur, decidido a seguir por un tiempo el arroyo y tomar
hacia el Este slo cuando estuviera lejos de la aldea. Pronto su paso se volvi ms lento,
ms vacilante. Haba marchado casi dos kilmetros cuando se detuvo frunciendo el ceo y
golpeando los matorrales de pura perplejidad. Ahora que realmente haba dejado a Shardik,
empez a ver su situacin a una luz distinta, deprimente. Las consecuencias del regreso
eran incalculables. Su monarqua y poder en Bekla eran inseparables de Shardik. Si l haba
llevado a Shardik a la batalla del Pie de las Colinas, era Shardik que lo haba llevado al
trono de Bekla y lo haba mantenido all. Ms an: la fortuna y el poder de los ortelganos se
apoyaban en Shardik y en la continuidad de su propio y extrao poder de plantarse ante l
desarmado. Poda regresar tranquilamente a Bekla con la noticia de que haba abandonado
al herido Shardik y ya no saba dnde estaba, ni siquiera si estaba vivo o muerto? Con la
guerra en la situacin actual, qu efecto tendra esto sobre su pueblo? Y qu iban a
hacerle a l?
Despus de una hora de dejar el puente, Kelderek volvi all y sigui corriente arriba
hacia el extremo Norte del bosque. Aqu no haba huellas: se escondi y esper. Fue slo
por la tarde cuando apareci Shardik otra vez y continu su lento viaje alentado quizs
ahora por el olor de las colinas en el viento del Noroeste.

36
Shardik desaparece

A la tarde del da siguiente Kelderek estaba a punto de desplomarse. El hambre, el


cansancio y la falta de sueo haban trabajado su cuerpo como las cucarachas un techo, el
herrumbre una cisterna o el miedo el corazn de un soldado tomando siempre un poco
ms, dejando un poco menos que oponer a las fuerzas de la gravedad, el clima, el peligro y
el miedo. Ya el rey de Bekla no exista, pero de esto no se haba dado cuenta el cazador
ortelgano.
Shardik lleg al borde de las colinas un poco despus del alba. El lugar era salvaje y
solitario, la comarca cada vez ms spera. Kelderek trep entre rboles densos o entre rocas
desmoronadas, donde muchas veces no poda ver treinta pasos al frente. A veces, siguiendo
el sentimiento intuitivo de que aqul deba ser el camino tomado por el oso, llegaba a un
claro, slo para ocultarse cuando Shardik surga de la selva a sus espaldas. A cada momento
su vida estaba en peligro. Pero en el oso se haba producido un cambio un cambio que,
con el correr de las horas, se hizo ms evidente para Kelderek impregnando de piedad
sus propios sufrimientos y, finalmente, de miedo por lo que pudiera suceder.
Como en la esplndida casa de una gran familia, donde una vez han brillado las
luces en cantidad de ventanas por la noche y han llegado coches trayendo parientes, amigos
y las noticias han ido y venido como verdadera evidencia y medio de grandeza y autoridad
en toda la comarca de los alrededores, pero donde ahora el seor, viudo, con su hijo muerto
en el campo de batalla, ha perdido nimo y ha empezado a declinar, como en una casa
semejante arden algunas velas, encendidas en el crepsculo por un viejo criado que hace lo
que puede y debe dejar necesariamente el resto, as, los fragmentos de la fuerza y la
ferocidad de Shardik titilaban, y eran como una sombra que sugera la presencia de lo que
haban sido. Segua vagando, sin peligro de ataques, pues quin iba a atreverse a atacarlo?
Pero casi, o por lo menos as pareca, casi sin fuerzas para defenderse. En una ocasin,
al tropezar con el cuerpo de un lobo muerto haca poco, hizo una penosa tentativa de
comerlo. A Kelderek le pareci que la vista del oso se haba debilitado y de esto, tras un
tiempo, empez a sacar ventaja, siguindolo de ms cerca de lo que l o la ms gil de las
muchachas hubiera osado en los antiguos tiempos de Ortelga; y de este modo pudo
prolongar su aguante, aunque disminua la esperanza de encontrar, en aquella soledad,
nadie que lo ayudara o llevara noticias a Bekla.
Por la tarde treparon un abrupto valle y emergieron sobre una cresta que corra hacia
el Este, sobre los bosques; y por aqu continuaron el lento y misterioso viaje. Una vez
Kelderek, despertando de una fantasa diurna en la cual sus dolores parecan adormiladas
moscas prendidas de su cuerpo, vio el oso al frente, sobre una roca alta, destacndose
contra el cielo y contemplando la llanura de Bekla, abajo. A Kelderek le pareci que el
animal ya no poda avanzar ms. Su cuerpo estaba agobiado de manera no natural y, cuando

finalmente se movi, un hombro qued ms bajo en una especie de contraccin. Pero


cuando l mismo lleg a la roca vio a Shardik que ya cruzaba el ramal y estaba tan lejos
como antes.
Al pie de la cresta se encontr en la parte alta de un terreno desolado limitado a lo
lejos por bosques, como los que haban atravesado el da anterior. No haba seales de
Shardik.
Fue en ese momento, cuando empez a fallar la luz, que las facultades de Kelderek
se desintegraron al fin. Le faltaron por igual la fuerza y el pensamiento. Quiso buscar las
huellas del oso, pero olvid el terreno que ya haba examinado y despus olvid lo que
estaba buscando. Al llegar a un manantial bebi y despus, metiendo los pies para aliviarlos
en el agua, grito por el dolor feroz, penetrante. Encontr un sendero estrecho no ms del
paso de un conejo entre las matas y avanz por all a gatas, murmurando: Acepta mi
vida, Seor Shardik, aunque ya no entenda el sentido de las palabras. Procur
incorporarse, pero la vista se le nubl, unos sonidos le llenaron los odos, como agua, y
supo que eran irreales.
El sendero llevaba a una caada seca, y permaneci all largo tiempo con la espalda
apoyada contra un rbol, contemplando sin ver la marca negra que un rayo haba trazado en
la roca opuesta, en forma de lanza quebrada.
Ya haba oscurecido cuando al fin lleg arrastrndose al otro extremo. Su colapso
fsico porque no poda andar trajo el sentimiento de una criatura a quien le falta el
movimiento, pasivo como un rbol en el viento o una caa en la corriente. Su ltima
sensacin fue la de yacer postrado, estremecido y queriendo avanzar mientras se aferraba a
las fibrosas hierbas con las manos.
Cuando despert era de noche, la luna estaba entre nubes y la soledad se extenda
ante l, amplia e indistinta. Se sent, tosiendo, y en seguida sofoc el ruido poniendo un
brazo contra la boca. Tena miedo.
Sbitamente se sobresalt, contuvo el aliento y volvi la cabeza, escuchando,
incrdulo. En verdad haba odo o slo imaginado el sonido de voces no lejanas? No, no
haba nada. Se incorpor; y descubri que ahora poda caminar, aunque lentamente y con
dolor. Pero hacia dnde deba ir y con qu propsito? Hacia el Sur, en direccin a Bekla?
O deba procurar encontrar algn refugio y permanecer all hasta que amaneciera en la
esperanza de tropezar nuevamente con Shardik?
Y entonces, sin duda alguna, por un instante, oy un lejano clamor de voces en la
noche. Vino y se fue; pero esto no es raro, porque vena de muy lejos y lo que haba llegado
a su odo deba ser una gritera momentnea y fuerte. Si la distancia y su propia debilidad
no lo engaaban, deba haber muchas voces. Era posible qu el ruido proviniera de alguna
aldea en donde se realizaba alguna festividad? No se vean luces. Ni siquiera estaba seguro
de la direccin del sonido. Pero, ante la idea de un techo y comida, de descansar seguro
entre hombres y terminar con la soledad y el peligro, empez a apresurarse o ms bien a

trastabillar en cualquier direccin y en ninguna hasta que, comprendiendo su insensatez,


se sent nuevamente a escuchar.
Finalmente no pudo decir despus de cunto tiempo el ruido lleg de nuevo a
l, percibido y luego muriendo en su odo, como una ola que se agota entre caaverales
altos y nunca llega a la costa. Liberada y al mismo tiempo sofocada, como si una puerta
lejana se hubiera abierto un momento y cerrado luego con alguna reunin dentro. Pero no
era el mido de una invocacin o de una fiesta, sino un desorden tumultuoso de revuelta y
confusin. A l la cosa en s le importaba poco una ciudad levantada era, de todos modos,
una ciudad pero qu ciudad en aquel lugar? Dnde se encontraba? Y poda estar
seguro de obtener ayuda cuando superan quin era?
Se dio cuenta que nuevamente se abra camino a tientas hacia lo que ahora le pareca
la direccin del sonido. La luna, todava oculta entre nubes, daba escasa luz, pero pudo
sentir y ver que estaba bajando suavemente la colina, entre peascos y arbustos,
acercndose a lo que pareca una masa ms oscura en la casi oscuridad: poda ser terreno
boscoso o la ladera de una colina al frente.
La capa se le enred en una zarza y se volvi para desenredarla. En este momento,
desde alguna parte, a la distancia de un tiro de piedra en la oscuridad, lleg un grito de
dolor, como de un hombre que ha recibido una herida atroz. La sorpresa, como un rayo que
hubiera cado cerca, momentneamente lo priv de la razn. Mientras esperaba, temblando
y mirando fijamente la oscuridad, oy un resoplar rpido y fuerte, seguido por algunas
palabras ahogadas en Beklano proferidas por una voz que ces como un hilo que cortan.
Me dar una bolsa llena de oro!
En seguida volvi el silencio, no quebrado por el ms leve rumor de lucha o de
huida.
Quin est ah? grit Kelderek.
No hubo respuesta, ni ruido. El hombre, fuera quien fuere, estaba muerto o
desmayado. Quin qu lo haba herido? Kelderek se dej caer sobre una rodilla,
desenvain la espada y aguardo. Procurando controlar la respiracin y sus intestinos que se
aflojaban, se agazap an ms mientras la luna brillaba un instante y volva a ocultarse.
El miedo lo inhabilitaba y comprendi que estaba demasiado dbil para dar un
golpe.
Era Shardik que haba matado al hombre? Por qu no se oa nada? Mir el cmulo
de nubes vagamente iluminado y, ms all, un trozo de cielo abierto. En cuanto volviera a
salir la luna, deba estar listo para mirar alrededor y actuar.
Abajo, al pie de la cuesta, los rboles se movan. El viento que los agitaba iba a
llegar hasta l en unos momentos. Esper. No lleg ningn viento, pero el rumor entre los

rboles aument. No era el susurro de las hojas, no eran las ramas lo que se mova.
Hombres se movan entre los rboles. S, sus voces seguramente ya se haban ido
no, volvan otra vez las voces que haba odo sin duda posible eran voces humanas!
Eran voces de ortelganos incluso pescaba aqu y all alguna palabra ortelganos que se
acercaban!
Tras tantos peligros y sufrimientos un increble golpe de buena suerte! Qu haba
pasado y dnde estaba ubicado el lugar al que haba llegado? Era posible que, de manera
inexplicable, hubiera tropezado con soldados del ejrcito de Zelda y Gued-la-Dan que
podan, despus de todo, haber marchado por todas partes en los ltimos siete das, o ms
probablemente, hombres de su propia guardia en Bekla, que lo buscaban a l y a Shardik,
como se haba ordenado? Lgrimas de alivio llegaron a sus ojos y su sangre ardi, como
para un encuentro de amantes. Mientras esperaba, vio que la luz aumentaba. La luna estaba
casi al borde de las nubes. Las voces estaban ahora ms cerca, descendan la colina entre
los rboles: Con un grito se precipit por la cuesta hacia ellos, gritando:
Soy Crendrik, soy Crendrik!
Era un camino, un sendero hecho de pisadas, que descenda hacia el bosque. Era
evidente que los soldados, que marchaban en la noche, estaban tambin en este camino. En
un momento vera sus luces, porque seguramente llevaban luces. Tropez y cay, pero
luch por ponerse de pie y se apresur, siempre gritando. Lleg al pie de la cuesta y se
detuvo, mirando a uno y otro lado, entre los rboles.
Haba silencio: ni voces ni luces. Contuvo el aliento y escuch, pero no lleg ningn
sonido desde el camino de arriba. Grit con toda la voz:
No os vayis! Esperad, esperad! y los ecos se desvanecieron y murieron.
Por el declive abierto detrs de l llegaron gritos de furor y miedo. Parecan
extraamente lejanos, fluctuaban, moran y volvan, como las voces de los hombres
enfermos cuando procuran hablar de cosas pasadas hace tiempo. En el mismo momento el
ltimo velo de nubes dej a la luna, el suelo ante l qued envuelto en una luz nebulosa y
reconoci el lugar en que estaba.
En una pesadilla un hombre puede sentir que lo tocan en el hombro, volverse y
encontrar la mirada vidriosa y llena de odio de su enemigo mortal, que sabe est muerto;
puede abrir la puerta de un cuarto que le es familiar y caer en un pozo lleno de gusanos;
puede contemplar como se marchita la sonriente cara de su amada, como cae y se pudre
ante sus ojos, hasta que los dientes que rean quedan rodeados por la desnuda y amarilla
calavera. Y qu pasara si esas cosas tan imposibles de ocurrir, tan horrendas que
parecen entrevistas por una ventana que se abre sobre el infierno no fueran sueos sino
que, destruyendo de golpe todo fragmento vivo de certidumbre, llevaran a la mente, como
el cocodrilo a su presa, al fondo, a un plano ms bajo e increble de realidad, donde la razn
y el juicio, tratando de aferrarse enloquecidos, descubrieran que todos los soportes ceden en
la oscuridad? All, a la luz de la luna, corra el camino desde Guelt: en la desnuda, ondulada

meseta, entre peascos y arbustos, hasta la cspide sobre la que se vislumbraban las rocas
de la garganta de ms all. A la derecha, en la sombra, estaba la lnea de la hondonada que
haba protegido el flanco de Guel-Ethlin, y detrs de l se levantaban los bosques donde,
cinco aos atrs, Shardik haba emergido como un demonio sobre los jefes beklanos.
El declive estaba salpicado por montculos, y un poco ms lejos apareca la masa
oscura de tmulos mayores, sobre los que crecan dos o tres rboles nuevos. Junto al
camino haba una piedra chata y cuadrada, toscamente tallada, con el emblema de un
halcn y algunos smbolos de escritura. Uno de estos, inscripcin corriente en las calles y
plazas de Bekla, significaba: En este lugar. Alrededor, sin que se viera un hombre,
dbiles sonidos de batalla crecan y disminuan, como olas, tan semejantes a los ruidos del
da y de la vida, como un alba neblinosa se parece a un claro medioda. Gritos y furor y
muerte, rdenes desesperadas, sollozos, splicas de misericordia, el ruido de las armas, el
golpear de los pies, todos leves y apenas sentidos, como las patas filamentosas de un
enjambre de inmundos insectos sobre la cara de un hombre herido, que yace indefenso en
un charco de sangre. Kelderek, cubrindose la cabeza con los brazos, se balance, gritando
con los tartamudeos de un idiota, un habla que bastaba para conversar con los malignos
muertos, palabras suficientes para articular la locura y la desesperacin. Como una hoja
que, tras haber vivido todo el verano en la rama, es arrancada en otoo y barrida por los
aires turbulentos y rugientes hacia la empapada oscuridad de abajo, igualmente separado,
arrastrado, agotado y descartado se senta.
Cay al suelo tartamudeando y sinti una caja torcica sin enterrar que ceda bajo su
peso. Se bambole en la luz blanca, entre tumbas, sobre armas herrumbradas y rotas, sobre
una rueda que cubra los restos de un desdichado que, aos antes, se haba metido debajo de
ella buscando una vana proteccin. La brea que le llenaba la boca se convirti en gusanos,
la arena en sus ojos fue el pestilente polvo de la corrupcin. Su capacidad de sufrimiento se
hizo infinita mientras, pudrindose con los cados, se disolva en innumerables granos
suspendidos sobre las oleadas de voces, que eran tragadas y avanzaban para quebrarse una
y otra vez en la ribera de aquel desolado campo de batalla donde, sobre l ms atrozmente
que sobre cualquier otro que all estuviera perdido, sin que nada lo previniera, los muertos
asesinados descargaban su miseria desenterrada y su malignidad.
Quin puede describir el camino hasta el fin del sufrimiento, cuando ya nada puede
soportarse? Quin puede expresar la visin insoportable de un mundo creado slo para el
horror y el tormento, la lucha del escarabajo semiaplastado y pegado al suelo por sus
propias entraas; el pez quebrado que se agita, picoteado por las gaviotas sobre la arena; el
mono moribundo lleno de gusanos; el joven soldado sin vsceras, que chilla entre los brazos
de sus camaradas; el nio que llora solo, herido para toda la vida por el abandono de
aquellos que han seguido sus propios egosmos? Slvanos, oh Dios, colcanos donde
podamos ver el sol y comer un poco de pan hasta el momento de la muerte, y no pediremos
nada ms. Y cuando la serpiente devore al pichn cado ante nuestros ojos, entonces nuestra
indiferencia es Tu misericordia.
En la primera luz del alba Kelderek se puso de pie, ya un hombre nuevo nacido del
pesar, con la memoria perdida, sin propsito, incapaz de distinguir la noche del da o al

amigo del enemigo. Ante l, a lo largo de la cresta, translcido como un arco iris, estaba el
campo de batalla beklano, la espada, el escudo y el hacha, el estandarte con el halcn, las
largas lanzas de Yelda, los chillones adornos de Deelgy; y les sonri, como un niito que re
y chilla y despierta para ver alrededor de su lecho rebeldes y amotinados, que vienen para
sumar su asesinato al de los dems. Pero, mientras miraba, se desvanecieron como
imgenes en el fuego, las armas se convirtieron en el primer resplandor de la maana sobre
las rocas y arbustos. Y sigui vagando en busca de ellos, de los soldados, recogiendo en la
marcha flores de colores que le llamaban la atencin, comiendo hojas y hierbas, y secando
con un jirn arrancado de sus ropas harapientas, un largo tajo que tena en el antebrazo.
Sigui el camino hacia la llanura, sin saber dnde estaba, y descansando con frecuencia
porque, aunque el dolor y la fatiga le parecan ahora la condicin normal del hombre,
procuraba aliviarlos. Un grupo de caminantes que lo alcanzaron le tiraron un pan viejo, al
ver que era inofensivo, y este pan, al probarlo; le record que era bueno para comer. Cort
un bastn y con l cuando marchaba, golpeaba y haca sonar las piedras, porque el fro de la
sorpresa suprema lo acompa todo el da. El sueo que obtena era interrumpido, porque
soaba continuamente con cosas que no poda recordar del todo: de fuego y un gran ro, de
nios esclavizados que gritaban y de un animal lanudo con garras, informe y alto como un
rbol.
Cunto tiempo vag y quines le dieron refugio y lo ayudaron? La lstima que
inspira la desgracia se siente ms fcilmente cuando es claro que quien sufre no debe ser
temido, e incluso segua armado, nadie poda temer a un hombre que cojeaba apoyado en
un bastn, mirando alrededor y sonrindole al sol Algunos, por las ropas, crean que era un
soldado que haba desertado, pero otros decan: No, debe ser un vagabundo un poco
imbcil, que ha robado el atuendo de un soldado o, quizs, por necesidad, ha despojado a
algn muerto. Iba hacia el Este, como antes, pero cada da avanzaba slo unos escasos
kilmetros porque se sentaba ratos largos al sol en lugares solitarios y, generalmente, iba
por comarcas poco frecuentadas al pie de las, colinas; l senta que aqu, entre todos los
lugares, quizs volvera a toparse con aquella poderosa criatura que recordaba a medias y a
la cual, segn le pareca haba perdido, y con cuya vida su vida estaba de alguna manera
sombra pero fundamental, ligada. Tena mucho miedo al ruido de voces distantes y raras
veces se acercaba a una aldea, aunque una vez dej que un pastor borracho lo llevara a su
casa, le diera de comer y le quitara, ya fuera como robo o en pago, la espada.
Tal vez vag cinco o seis das. No poda haber pasado ms tiempo cuando un
anochecer, al avanzar lentamente por el reborde de las colinas bajas, vio all abajo los
techos de Kabin Kabin de las Aguas aquella agradable ciudad enmurallada con sus
vergeles al Sudeste y, ms cerca, al Norte, la sinuosa longitud de una represa que corra
entre dos canales verdes; la superficie, ondulada y deslizndose en el viento, sugera algn
flexible animal enjaulado detrs del dique, con su complejo de rejas y compuertas. La gente
estaba all muy atareada; pudo ver mucho movimiento dentro y fuera de los muros; y
mientras esperaba en la ladera, mirando un montn de chozas y el humo que llenaba las
praderas de afuera de la ciudad, se dio cuenta que haba un grupo de soldados ocho o
nueve que se acercaba entre los rboles.
Kelderek se puso de pie de un salto y corri hacia ellos, levantando una mano a

guisa de saludo y gritando:


Esperad, esperad!
Los soldados se detuvieron, contemplaron sorprendidos la confianza de aquel
harapiento vagabundo y se volvieron indecisos hacia su trizat, un veterano paternal con una
cara estpida y bondadosa y el aspecto de alguien que, habiendo alcanzado el mximo de
sus posibilidades en el servicio, slo aspiraba ahora a una vida tranquila.
Qu es esto, trizat? pregunt uno cuando Kelderek se plant ante ellos, con los
brazos cruzados, mirndolos de arriba a abajo.
El trizat ech hacia atrs su yelmo de cuero y se frot la frente con la mano.
No s dijo al fin alguna trampa de mendigo, supongo. Vamos dijo,
poniendo la mano sobre el hombro de Kelderek aqu no vas a conseguir nada: es mejor
que desaparezcas, como un buen muchacho.
Kelderek le retir la mano y lo mir de frente.
Soldados dijo con firmeza un mensaje Bekla hizo una pausa,
frunciendo el ceo cuando lo rodearon; despus volvi a hablar:
Soldados Senandril, el Seor Shardik mensaje Bekla se interrumpi
de nuevo.
Nos quiere tomar el pelo, eh? dijo uno de los hombres.
No me parece, no lo creo dijo el trizat. Parece saber lo que busca. Es
probable que sepa que no entendemos su idioma.
Y cul es ese idioma? pregunt el hombre.
Ortelgano dijo el primer soldado, escupiendo en el suelo dice algo sobre su
vida y un mensaje
Entonces puede ser importante dijo el trizat pudiera ser, si es ortelgano y trae
un mensaje de Bekla. Puedes decimos quin eres? pregunt a Kelderek, que enfrent su
mirada, sin contestar.
Creo que viene de Bekla pero que algo le ha trastornado el juicio algn
choque ese tipo de cosas dijo el primer soldado.
As debe ser dijo el trizat, debe ser un ortelgano que ha estado trabajando en
secreto para el seor Elleroth el Manco, quizs y es probable que esos cerdos de Bekla lo
hayan torturado ya sabis lo que hicieron al Ban le quemaron totalmente la mano, los

hijos de puta o tal vez se haya enloquecido con toda esta marcha hacia el Norte, para
encontramos.
Pobre diablo, parece que est listo dijo un hombre moreno, con un ancho
cinturn de cuero repujado de Sarkid que llevaba el emblema de las espigas de trigo.
Debe haber caminado hasta caer exhausto. Despus de todo, nosotros no podramos estar
mucho ms al Norte si lo intentramos, verdad?
Bueno dijo el trizat sea lo que se quiera, es mejor que lo llevemos con
nosotros. Tenemos que hacer un informe al caer la tarde, y el capitn podr encargarse de l
entonces. Oye dijo, levantando la voz y hablando muy lentamente, para tener la certeza
de que el desconocido, que estaba parado a dos pies de distancia, poda entender un idioma
que no conoca: T venir con nosotros. T dar mensaje al capitn
sabes?
Mensaje replic Kelderek en seguida, repitiendo la palabra Yeldashay.
Mensaje Shardik se interrumpi y estall en un ataque de tos, apoyndose en su
cayado.
Bueno, no te preocupes ya dijo el trizat tranquilizador, mientras se ajustaba el
cinturn, que haba aflojado para hablar. Nosotros seal haciendo mmica con las
manos llevarte ciudad capitn entiendes? Es mejor que lo ayudis aadi
volvindose hacia dos hombres que estaban al lado. De lo contrario, tardaramos toda la
noche en llegar.
Kelderek con los brazos sobre los hombros de los soldados como apoyo, descendi
la colina. Estaba contento de recibir aquella ayuda, que le daban bastante respetuosamente,
porque saban qu rango ocupaba aquel hombre. l, por su parte, apenas entenda alguna
palabra de su conversacin, y de todos modos estaba preocupado tratando de recordar cul
era el mensaje que deba enviar, ahora que al fin haba encontrado los soldados que se
haban desvanecido tan misteriosamente en el amanecer. Tal vez, pens, les haba sobrado
algo de comida.
La mayor parte del ejrcito acampaba en las praderas junto a los muros de Kabin,
porque la ciudad y sus habitantes eran tratados con clemencia, y en los edificios que se
haban incautado o slo haba sitio para los oficiales importantes, sus ayudantes y criados y
los especialistas, como exploradores y pioneros, que estaban bajo el mando directo del
comandante en jefe. El trizat y sus hombres, que pertenecan a estos grupos, franquearon
las puertas de la ciudad en el momento en que iban a cerrarlas por la llegada de la noche y
desatendiendo las preguntas de camaradas y curiosos, llevaron a Kelderek a una casa bajo
la muralla del Sur. Aqu un joven oficial que llevaba las estrellas de Ikat lo interrog,
primero en yeldashay y luego, al ver que apenas entenda, en beklano. Al or esto, Kelderek
dijo que traa un mensaje. Apremiado, repiti:
Bekla pero no pudo decir ms; y el joven oficial, que no deseaba intimidarlo y
estaba apiadado de su aspecto hambriento y lleno de mugre, dio rdenes para que lo dejaran

lavarse y le dieran cama y comida.


A la maana siguiente uno de los cocineros, un tipo bondadoso, estaba lavndole
nuevamente el brazo herido, cuando entr en el cuarto un oficial de ms edad, acompaado
por dos soldados, y lo salud con cortesa franca.
Me llamo Tan-Rion dijo en beklano debes disculpar nuestra prisa y
curiosidad, pero, para un ejrcito en campaa, el tiempo es siempre precioso. Necesitamos
saber quin eres. El trizat que te encontr dice que te acercaste voluntariamente y dijiste
que traas un mensaje de Bekla. Si traes tal mensaje; quizs podras drmelo.
Dos comidas completas y un sueo nocturno largo y cmodo, junto con las
atenciones del cocinero, haban calmado y, en cierto modo, normalizado a Kelderek.
El mensaje debe mandarse a Bekla dijo entrecortado pero ya hemos
perdido la mejor ocasin.
El oficial pareci intrigado.
A Bekla? Entonces no nos traes un mensaje?
Yo tengo que mandar un mensaje.
Tu mensaje tiene algo que ver con la lucha en Bekla?
La lucha? pregunt Kelderek.
No sabes que ha habido un levantamiento en Bekla? Se inici hace unos nueve
das. Dentro de lo que sabemos, se sigue combatiendo. Vienes de Deelguy o de dnde?
La confusin volvi a apoderarse de la mente de Kelderek. Qued en silencio y el
oficial se encogi de hombros.
Lo lamento veo que no ests en tus cabales pero el tiempo apremia.
Tendremos que registrarte para empezar.
Kelderek, para quien la humillacin ya no era algo nuevo no hizo resistencia cuando
los soldados, sin urgencia y con una especie de ruda cortesa, iniciaron su tarea. Colocaron
lo que encontraron sobre el alfizar de la ventana un pan reseco, una tira de cuero de
remendn, una piedra de segador que haba encontrado dos das antes en una zanja, un
puado de hierbas secas aromticas que la mujer del guardin de la puerta le haba dado
contra los piojos y las infecciones y un talismn hecho en piedra de vetas rojizas, que deba
haber pertenecido a Kavass.
Est bien, compaero dijo uno de los soldados, tendindole el jubn.
Tranquilo ahora. Casi hemos terminado, no te asustes.

De pronto el otro soldado lanz un silbido, jur conteniendo el aliento y, sin una
palabra, tendi al oficial la palma de la mano con un objeto pequeo y brillante, que
relumbraba al sol. Era el emblema del ciervo de Santil-ke-Erketlis.

37
El seor sin Mano

El oficial, atnito, tom el emblema y lo examin, pasando la cadena por el anillo y


apretando con cuidado el cierre, como tomndose tiempo para pensar. Finalmente, con una
incertidumbre que no haba mostrado antes, dijo:
Quieres tener la amabilidad de decirme estoy seguro que entiendes por qu
debo saberlo si esto te pertenece?
Kelderek tendi la mano en silencio, pero el oficial, tras vacilar un momento, mene
la cabeza.
Vienes aqu en busca del comandante en jefe? Eres acaso miembro de su casa?
Si me lo dices, facilitars mi tarea.
Kelderek, cuya memoria empezaba ahora a recordar mucho de lo que le haba
pasado despus de Bekla, se sent en la cama y escondi la cabeza entre las manos. El
oficial esper con paciencia a que hablara. Al fin Kelderek dijo:
Dnde est el general Zelda? Si esta aqu, debo verlo inmediatamente.
El general Zelda? replic el oficial, atnito.
Uno de los soldados le habl en voz baja y juntos se dirigieron al extremo del
cuarto.
Si este hombre no es ortelgano, seor dijo el soldado yo lo soy.
Ya lo s contest Tan-Rion. Y qu hay con eso? Es algn agente del seor
Elleroth que ha perdido el juicio.
Lo dudo, seor. Si es ortelgano, evidentemente no es oficial de la casa del
comandante en jefe. Ya le has odo preguntar por el general Zelda. Estoy de acuerdo en que
algn golpe le ha trastornado el cerebro, pero mi idea es que se ha metido en medio del
ejrcito enemigo sin darse cuenta. Si se piensa en ello, es dudoso que esperara encontrarnos
aqu, en Kabin.
Tan-Rion medit.
Pero es posible que ese emblema haya llegado a sus manos por medios honestos.
En su caso, podra ser nada ms que una seal para demostrar por quin est trabajando.

Nadie sabe la clase de gente rara que puede estar en contacto con el general Erketlis o que
ha llevado mensajes en los ltimos meses. Supongamos, por ejemplo, que el seor Elleroth
haya utilizado a este hombre cuando estaba en Bekla. Tienes idea de cundo se espera el
regreso del general Erketlis?
No lo esperan hasta pasado maana, seor. Se ha enterado que hay una gran
columna de esclavos en marcha al Oeste de Thettit-Tonilda, en direccin a Bekla;
alcanzarla a tiempo significa una marcha bastante dificultosa, de modo que el general ha
tomado unos cien hombres del regimiento de Falaron y ha dicho que l mismo se encargar
de la tarea.
Es muy de l! Slo temo que intente este tipo de cosas con demasiada frecuencia.
Bueno, en tal caso supongo que debemos guardar este hombre hasta que l vuelva.
Sugiero que preguntemos al Seor Sin Mano al seor Elleroth si quiere
verlo. Si lo reconoce, como creo que supones, al menos sabremos dnde estamos, aunque el
hombre no se recobre lo bastante para decirnos nada.
Tras algunas nuevas preguntas infructuosas a Kelderek, Tan-Rion, con dos soldados,
lo llev fuera de la casa, hacia las murallas de la ciudad. Aqu, caminando bajo el sol
primaveral, vean por un lado la ciudad y, por el otro, las chozas y vivaques del
campamento en las praderas exteriores. El humo de las fogatas era llevado por la brisa y en
la plaza del mercado haba una multitud que se congregaba obedeciendo a los estilizados
llamados de un pregonero con una capa roja.
Descendieron de la muralla por unos peldaos cerca de la puerta por la que Kelderek
haba entrado en la ciudad la noche antes y, atravesando una plaza, llegaron a una gran casa
de piedra donde haba un centinela a la puerta. Kelderek y su escolta fueron llevados a un
cuarto que haba pertenecido antes al mayordomo de la casa, mientras Tan-Rion, tras unas
palabras con el capitn de la guardia, acompa al oficial por las dependencias, hasta llegar
al jardn.
El jardn, verde y formal, estaba a la sombra de unos rboles de adorno y unos
matorrales de lexis, cresset prpura y la planella de penetrante aroma, que abra ya sus
florecitas salpicadas de tila en el temprano sol. En el medio, murmurando en el lecho de
guijarros, corra un arroyuelo canalizado desde la represa. En el borde conversaba Elleroth
con un oficial yeldashay, un barn de Deelguy y el gobernador de la ciudad. Estaba flaco y
plido, la cara consumida por el dolor y las recientes privaciones. La mano izquierda, que
llevaba en cabestrillo, estaba metida hasta la mueca en un gran guante acolchado de
corteza de abeto, que cubra y protega las vendas de abajo. Su tnica color azul cielo,
regalo del guardarropas de Santil-ke-Erketlis (porque haba llegado en harapos al ejrcito)
estaba bordada en el pecho con las espigas de trigo de Sarkid, y la hebilla de plata de su
cinturn llevaba el emblema del ciervo. Caminaba apoyado en un bastn y los que lo
acompaaban adecuaban cuidadosamente su paso al de l. Salud cortsmente con la
cabeza a Tan-Rion y al comandante de la guardia, que se mantenan apartados, con
deferencia, esperando que se les permitiera hablar.

Naturalmente deca Elleroth al gobernador no puedo decir lo que decidir el


comandante en jefe. Pero es evidente que el saber si el ejrcito permanecer aqu, o durante
cunto tiempo, depende de los movimientos del enemigo, y tambin del estado de nuestros
suministros. Estamos bastante lejos de Ikat sonri y no nos querrn aqu mucho
tiempo si comemos todo lo que tienen y los sacamos de sus casas. El ejrcito ortelgano est
en medio de su propio pas, o de lo que llaman su pas. Creo que deberamos buscarlos y
presentarles pronto batalla, antes que la balanza deje de inclinarse a nuestro favor. Puedo
asegurar que esto es lo que piensa el general Erketlis. Al mismo tiempo, hay dos motivos
excelentes por los que convendra quedarse aqu un poco de tiempo, siempre que podis
toleramos y os aseguro que, a la larga, no saldris perdiendo. En primer lugar estamos
haciendo lo que intentbamos algo que el enemigo nunca supuso que pudiramos hacer y
que no podramos haber hecho sin la ayuda de Deelguy hizo una leve reverencia al
barn, un hombre moreno y pesado, vistoso como un guacamayo. Creemos que, si
continuamos reteniendo la represa, el enemigo se ver obligado a atacarnos con desventaja.
Por su parte, es probable que estn esperando para saber si vamos a permanecer aqu. De
manera que debemos darles la impresin de que as es.
No pensars destruir la represa, monseor? pregunto ansioso el gobernador.
Slo como ltimo recurso contest alegremente Elleroth pero estoy seguro
que, con vuestra ayuda, eso no ser nunca necesario, verdad? el gobernador contest
con una sonrisa que era como una mueca, y tras unos momentos Elleroth continu:
El segundo motivo es que, mientras estemos aqu, queremos dar caza a tantos
traficantes de esclavos como sea posible. No slo hemos capturado ya a varios que tienen
permisos del llamado rey de Bekla, sino a dos o tres que no los tienen. Pero, como sabis, la
comarca ms all del Vrako, directamente hacia Zeray y hasta el abismo de Linsho, es
salvaje y remota. Aqu estamos a las puertas: Kabin es la base ideal desde la que podemos
buscarlos. Si ganamos tiempo, nuestras patrullas podrn registrar toda la zona. Y, lo creis o
no, hemos recibido una oferta de ayuda muy consistente de Zeray mismo.
De Zeray, monseor? dijo el gobernador, incrdulo.
De Zeray contest Elleroth. Y me has dicho, verdad? prosigui
dirigindose con una sonrisa a Tan-Rion, que segua esperando que tenas informes de
por lo menos un traficante de esclavos sin licencia que se supone est ms all de Vrako en
este momento, o ya en marcha hacia Tonilda
S, monseor replic Tan-Rion el traficante de nios, Guenshed, un hombre
cruel y malo, de Terekenalt. Pero Trans-Vrako va a ser una comarca difcil de recorrer, y es
probable que se nos escape, incluso ahora.
Bueno, tenemos que hacer todo lo posible. As que
Alguna noticia de tus dificultades, monseor? exclam el oficial, impaciente,
en yeldashay.

Elleroth se mordi los labios e hizo una pausa antes de contestar.


Me temo que no por el momento. As que prosigui volvindose
rpidamente hacia el gobernador vamos a necesitar toda la ayuda que puedas darnos. Y
quisiera que me informaras cul es la mejor manera de alimentar y dar suministros al
ejrcito si nos quedamos aqu un poco ms. Tal vez tengas la amabilidad de pensarlo y
charlaremos con el comandante en jefe cuando regrese. Sinceramente queremos evitar que
tu gente sufra y, como he dicho, pagaremos honradamente por su ayuda.
El gobernador estaba a punto de retirarse cuando Elleroth aadi sbitamente:
A propsito, la sacerdotisa de la isla de Telthearna la curandera le has dado un
salvo conducto, como te ped?
S, monseor contest el gobernador ayer a medioda. Hace unas veinte
horas que se ha ido.
Gracias.
El gobernador se inclin y se perdi entre los rboles. Elleroth permaneci inmvil,
contemplando una trucha en el borde del arroyo, inmvil, como no fuera por el meneo de la
cola. La trucha se precipit luego corriente arriba y l se sent sobre un banco de piedra,
acomod el brazo en el cabestrillo y sacudi la cabeza, como ante un pensamiento que lo
preocupaba y lo inquietaba. Finalmente record a Tan-Rion y lo mir con una sonrisa
interrogadora.
Perdn por molestarte, seor dijo rpidamente Tan-Rion. Pero ayer por la
noche una de nuestras patrullas trajo a un ortelgano que andaba vagando, que hablaba de un
mensaje que deba enviar o que traa de Bekla. Esta maana le encontramos esto y he
venido en seguida a mostrrtelo.
Elleroth tom el emblema del ciervo, lo mir, se sobresalt, frunci el ceo y lo
examin atentamente.
Qu aspecto tiene ese hombre? pregunt al fin.
Como todos los ortelganos, seor replic Tan-Rion es grandote y moreno. Es
difcil decir ms est exhausto medio muerto de hambre y trastornado. Debe haberlas
pasado muy mal.
Lo ver en seguida dijo Elleroth.

38
Las calles de Kabin

Al ver a Elleroth la memoria de Kelderek, hasta ese momento recobrada a medias,


como la seguridad de un nadador cuyos pies flojos, mientras flota, han tocado tierra, o la
conciencia de alguien que est dormido y despierta, cuyo odo ha percibido sin reconocer
todava que lo que oye es el canto de los pjaros y el sonido de la lluvia, se aclar tan
inmediatamente como la superficie nebulosa de un espejo limpiado por una mano
impaciente. Las voces de los oficiales yeldashay, el estandarte con estrellas que flotaba en
los muros sobre el jardn, las casacas que llevaban los soldados que lo rodeaban todo esto
adquiri en el momento un nico y aterrador sentido. Kelderek lanz un rpido y sofocado
grito, trastabill y hubiera cado si los soldados no lo hubieran sujetado por debajo de los
brazos. l luch entonces brevemente, despus se recobr y qued mirando fijamente,
tenso y con los ojos desorbitados, como un pjaro en la mano de un hombre.
Cmo has llegado aqu, Crendrik? pregunt Elleroth.
Kelderek no contest.
Buscas refugiarte de tu propia gente?
Kelderek mene la cabeza mudo y pareci a punto de desmayarse.
Sentmonos dijo Elleroth.
No haba otro banco y uno de los soldados corri a traer un taburete de la casa. Al
volver, dos o tres guardias que hacan de centinelas lo siguieron y espiaron entre los
rboles, hasta que el trizat les orden bruscamente que volvieran a su puesto.
Crendrik dijo Elleroth, inclinndose hacia Kelderek, que estaba agobiado sobre
el taburete. Vuelvo a preguntarte. Has llegado aqu como fugitivo de Bekla?
Yo no soy un fugitivo replic Kelderek en voz baja.
Sabemos que ha habido un levantamiento en Bekla. Dices que eso nada tiene que
ver con tu venida aqu, solo y exhausto?
No s nada de eso. Dej Bekla una hora despus de ti sal por la misma puerta.
Me perseguas?
No.

La cara de Kelderek estaba tensa. El comandante de la guardia pareci a punto de


golpearlo, pero Elleroth levant la mano y esper, mirndolo intensamente.
Segua al Seor Shardik. Es la tarea que Dios me ha encomendado exclam
Kelderek con sbita violencia y levantando la vista por la primera vez. Lo he seguido
desde Bekla hasta las colinas de Guelt.
Y despus?
Lo perd y despus tropec con tus soldados.
Tena sudor en la frente y el aliento sala entrecortado.
Creste que eran tus soldados?
No importa lo que haya credo.
Elleroth busc un momento entre un montn de pergaminos y cartas que yacan a su
alrededor en el banco.
Es este tu sello? pregunt, tendiendo un papel.
Kelderek mir.
S.
Qu es este papel?
Kelderek no contest.
Te dir qu es dijo Elleroth, es un permiso que concediste en Bekla a un
hombre llamado Nigon, autorizndolo para entrar en Lapn y tomar una cuota de nios
como esclavos. Tengo aqu varios papeles similares.
El odio y el desprecio de los hombres que estaban cerca fue como la opresin de la
nieve que an no ha cado desde un cielo de invierno. Kelderek, agobiado sobre el taburete,
temblaba como ante un fro intenso.
Bueno dijo Elleroth de golpe, levantndose del banco he recobrado este
emblema, Crendrik, y t no tienes nada que decirnos, segn parece; por lo tanto, volver a
mi trabajo y es mejor que t vuelvas al tuyo de seguir buscando al oso.
Tan-Rion contuvo de golpe el aliento. El joven oficial yeldashay se adelant.
Monseor

Otra vez Elleroth levant la mano.


Tengo motivos para hacer esto, Dethrin. Si alguien tiene derecho a dejar en
libertad a este hombre, ese soy yo.
Pero, monseor protesto Tan-Rion este hombre maligno el rey-sacerdote
de Shardik en persona la Providencia lo ha puesto en nuestras manos el pueblo
Te doy mi palabra que ni l ni el oso pueden daarnos ahora. Y si es slo una
venganza lo que te preocupa, te ruego que convenzas al pueblo que la olvide, para hacerme
un favor. He recibido una informacin que me convence que debemos dejar a este hombre
con vida.
Las benvolas palabras fueron dichas con una decisin firme, que no dejaba lugar a
discusiones. Los oficiales guardaron silencio.
Irs hacia el Este, Crendrik dijo Elleroth. Eso nos conviene a los dos, ya que
no solo es la direccin opuesta a Bekla, sino tambin la direccin que ha tomado el oso.
Desde la plaza, afuera, se oa crecer el ruido; murmullos, quebrados por gritos de
furia, gritos rencorosos e inarticulados, y las voces ms agudas de los soldados, tratando de
contener a la multitud.
Te daremos comida y calzado nuevo dijo Elleroth y eso es todo lo que puedo
hacer por ti. Me doy cuenta que ests bastante mal, pero, si te quedas aqu, te harn
pedazos. No debes olvidar que Mollo era de Kabin. Debes entender esto claramente: si
alguna vez vuelves a caer en poder de este ejrcito, puedes darte por muerto. Repito: sers
muerto. No podr salvarte de nuevo se volvi hacia el comandante de la guardia. Que
le den una escolta hasta el recodo de Vrako, y di al pregonero que informe que es mi deseo
personal que nadie lo toque.
Salud con la cabeza a los soldados, que nuevamente agarraron a Kelderek por los
brazos. Ya empezaban a llevarlo cuando bruscamente se resisti.
Dnde est el Seor Shardik? grit. Qu quieres decir con eso de que ya
no puede daarte?
Uno de los soldados lo agarr del pelo y le ech atrs la cabeza, pero Elleroth, con
un gesto indic que lo soltaran y lo enfrent de nuevo.
No hemos hecho dao a tu oso, Crendrik dijo. No es necesario.
Kelderek le clav la mirada, temblando. Elleroth se interrumpi un momento. El
ruido de la multitud llenaba ahora el jardn y los dos soldados que esperaban se miraron de
reojo.

Tu oso se est muriendo, Crendrik dijo con deliberacin Elleroth. Una de


nuestras patrullas tropez con l en las colinas hace tres das y lo sigui hacia el Este, hasta
que vade el alto Vrako. No les cabe duda. Tambin he recibido otras noticias. No importa
cmo de que t y el oso salieron vivos del Sendero de Urtah. Lo que te haya pasado en el
Sendero, t lo sabes mejor que yo, pero es por esto que te dejamos con vida. No quiero
tomar parte en una sangre requerida por Dios. Vete ahora.
En el cuarto del mayordomo uno de los soldados asom la cabeza y escupi a
Kelderek en la cara.
Bastardo inmundo dijo le quemaste la mano, eh?
Y ahora l dice que te soltemos dijo otro soldado a ti, maldito, podrido
ortelgano, traficante de esclavos! Dnde est su hijo, eh? T te encargaste de oso, eh?
Fuiste t quien dijo a Guenshed lo que deba hacer!
Dnde est su hijo? repiti el primer soldado, pero Kelderek no contest y
permaneci con la cabeza baja, mirando el suelo.
No me has odo? y tomando en la mano el mentn de Kelderek lo oblig a
mirar hacia arriba y le clav una mirada de desprecio.
Te he odo logr balbucear Kelderek, con la voz deformada porque el soldado
lo mantena aferrado pero no s a qu te refieres.
Ambos soldados lanzaron unas breves carcajadas burlonas.
Oh, no dijo el segundo soldado no eres acaso el hombre que volvi a
imponer el trfico de esclavos en Bekla?
Kelderek asinti, sin hablar.
Ah, lo reconoces? Y naturalmente no sabes que el hijo mayor del seor Elleroth
desapareci hace ms de un mes y que nuestras patrullas lo han buscado desde Lapn a
Kabin? No ests enterado de nada, verdad?
Levant la mano abierta y ri cuando Kelderek retrocedi.
No s nada de eso replic Kelderek pero por qu echis la culpa de la
desaparicin del muchacho al comercio de esclavos? Un ro, algn animal feroz
El soldado lo mir fijamente un momento y luego, al parecer no convencido de que
Kelderek no saba ms de lo que deca, contest:
Sabemos quin tiene al muchacho. Es Guenshed, de Terekenalt.

Nunca he odo hablar de l. Ningn hombre as llamado tiene permiso para


traficar en las provincias beklanas.
Vas a enojar a las estrellas replic el soldado. Todos han odo hablar de ese
cochino inmundo. Es posible que no le hayan otorgado licencia en Bekla ni siquiera t te
atreveras a darle permiso. Pero trabaja para los que tienen licencias si es que se puede
llamar trabajo a eso.
Y dices que ese hombre se ha apoderado del heredero del Ban de Sarkid?
Hace un mes, en Lapn Oriental, capturamos a un traficante de nombre Nigon,
junto con tres capataces y cuarenta esclavos. No irs a decirnos que no conoces tampoco a
Nigon?
Recuerdo a Nigon.
l dijo al general Erketlis que Guenshed tena al muchacho y marchaba al Norte,
por Tonilda. Desde entonces las patrullas han buscado en Tonilda, hasta Thettit. Si
Guenshed estuvo all alguna vez, ahora ya no lo est.
Pero cmo queris que yo est enterado de esto? exclam Kelderek. Si lo
que dices es verdad, no comprendo por qu Elleroth me ha dejado con vida, o por qu
vosotros no me la quitis.
El te ha perdonado, posiblemente dijo el primer soldado es un gran caballero,
verdad? Pero nosotros no lo somos, hijo de puta, traficante de esclavos! Si alguien sabe
dnde est Guenshed, se eres t. Qu andabas haciendo aqu y de qu otra manera es
posible que Guenshed haya escapado?
Tom un pesado palo de medir que estaba sobre la mesa del mayordomo y ri
cuando Kelderek se protegi con el brazo.
Basta! grit el comandante de la guardia, apareciendo en la puerta. Ya
habis odo lo que ha dicho el Sin Mano. Dejadlo en paz!
Si es que ellos lo dejan en paz, seor contest el soldado. Escchalos
acerc un taburete a la ventana alta, se par encima y mir. El ruido de la multitud haba
aumentado, aunque las palabras no eran inteligibles. Estos slo lo dejarn en paz si se
los pide el Sin Mano!
Sentado en un rincn Kelderek cerr los ojos y procur ordenar sus pensamientos,
dando vueltas una y otra vez en su cabeza a las palabras que le haba dicho Elleroth. Si
Shardik se estaba muriendo pero Shardik no poda estar murindose. Si Shardik se
mora si Shardik mora, qu le quedaba a l en el mundo? Por qu segua brillando el
sol? Cul era ahora la intencin de Dios?

Sigui sentado tan tenso y quieto que finalmente los guardias dejaron de prestarle
atencin y ya no lo vigilaron, y Kelderek miraba la pared, como si viera all un vaco
enorme e incomprensible, que se extenda de polo a polo.
El hijo de Elleroth su heredero haba cado acaso en manos de un traficante de
esclavos sin licencia? l saba quin mejor? cun posible era la cosa. Haba odo
hablar de aquellos hombres, haba recibido muchas quejas de sus actividades en los lugares
remotos de las provincias beklanas. Saba que, dentro de los dominios ortelganos, los
esclavos eran capturados ilegalmente y nunca llegaban al mercado de Bekla, sino que los
llevaban al Norte atravesando Tonilda y Kabin, o al Oeste, por Paltesh, para ser vendidos en
Katria o Terekenalt. Aunque las penalidades legales eran pesadas, mientras durara la guerra
las probabilidades que tena un traficante sin licencia de ser capturado eran remotas.
Y aquel hombre Guenshed, fuera quien fuere, se haba apoderado del hijo y
heredero del Ban de Sarkid! Sin duda iba a pedir un rescate, si lograba llevarlo a salvo hasta
Terekenalt. Pero por qu motivo inconcebible, con tal pesar en el corazn y una tal
desgracia causada por el odiado rey-sacerdote de Bekla, Elleroth haba insistido en salvarle
la vida? Por un rato medit sobre este acertijo, pero no encontr la respuesta. Sus
pensamientos volvieron a Shardik, y finalmente casi ces de pensar, y dormit donde
estaba, sin dejar de or, ms penetrante que el ruido de la multitud, el gotear de un alero en
la saliente de la ventana. El comandante de la guardia regres y con l un robusto oficial de
barba negra, armado y con yelmo, que mir fijamente a Kelderek, golpeando la pierna
impacientemente con la vaina.
Es este el hombre?
El comandante de la guardia asinti.
Entonces vamos, por Dios, mientras todava podamos contenerlos! Yo quiero
vivir, si a ti no te importa. Toma este paquete hay calzado y comida para dos das son
rdenes del Ban. Despus te cambiars el calzado.
Kelderek lo sigui por el corredor y el patio en direccin a la vivienda del portero.
Bajo el arco, detrs del portal cerrado, unos veinte soldados formaban dos filas. El oficial
hizo que Kelderek se ubicara en el centro y despus, tomando posicin detrs de l, lo
agarr del hombro y le habl en el odo.
Debes hacer lo que yo te diga, si no quieres arrepentirte. Vas a atravesar esta
maldita ciudad hasta la puerta Este, porque, si no lo haces yo no lo hago, y es adnde vas.
Ahora estn tranquilos, porque les han dicho que es el deseo personal del Ban, pero si algo
los provoca, podemos damos por muertos. No les gustan los traficantes de esclavos y los
carniceros de nios, sabes? No digas una palabra, no muevas esos brazos malditos, no
hagas nada; y, sobre todo, sigue marchando, entiendes? Adelante! grit el trizat que
estaba al frente. En marcha y que Dios nos ayude!
Se abri el portal, los soldados avanzaron y Kelderek se vio de pronto en medio de

un sol deslumbrante que le daba directamente en los ojos. Cegado, trastabill, e


inmediatamente sinti la mano del capitn en el sobaco, sostenindolo y empujndolo.
Si te detienes, te hago llevar por delante.
Velos de colores flotaban ante sus ojos, lentamente se disolvan y se desvanecan
para dejar ver el camino a sus pies. Se dio cuenta que estaba inclinado, con el cuello
tendido hacia adelante, mirando hacia abajo, como un mendigo que se apoya en un bastn.
Enderez los hombros, echo hacia atrs la cabeza y mir alrededor.
El choque inesperado fue tan grande que qued petrificado y levanto la mano hacia
la cara, como para protegerse de un golpe.
Adelante, caramba!
La plaza estaba llena de gente; hombres, mujeres y nios de pie a cada lado del
camino, apiados en las ventanas, trepados a los techos. Ninguna voz hablaba, no se oa un
murmullo. Todos lo miraban en silencio, cada par de ojos lo segua slo a l, mientras los
soldados marchaban atravesando la plaza. Algunos hombres hicieron gestos y amenazaron
con el puo, pero nadie dijo una palabra. Una muchacha con traje de viuda estaba con las
manos juntas y las lgrimas corran por sus mejillas, a su lado una mujer vieja temblaba
continuamente mientras tenda el pescuezo y su boca entreabierta se contraa en una especie
de mueca.
Dejaron la plaza y entraron en una calle estrecha y empedrada, donde los pasos
resonaron entre los muros. Procurando con toda su voluntad mirar slo al frente. Kelderek
sigui sintiendo el silencio y la mirada de la gente como un arma levantada sobre l.
Encontr la mirada de una mujer que tendi el brazo, haciendo la seal contra el mal, y
Kelderek dej caer una vez ms la cabeza, como un esclavo amilanado que espera un golpe.
Se dio cuenta que respiraba con dificultad, que sus pasos eran ms rpidos que los de los
soldados, que casi corra para mantenerse entre ellos. Se vio tal como deba aparecer a la
multitud: consumido, encogido, despreciable, corriendo ante el capitn como una bestia que
llevan por un campo.
La calle llevaba a la plaza del mercado y all, tambin, estaban las innumerables
caras y el terrible silencio. Ninguna mujer discuta, ningn comerciante anunciaba sus
mercaderas; cuando se acercaron a la fuente. Kabin estaba llena de fuentes el chorro
vacil y ces de manar. Se pregunt quin lo habra cerrado tan a tiempo, o si se habra
detenido por s solo; despus trat de adivinar cunto faltaba an para la puerta oriental,
cmo sera esa puerta y qu rdenes iba a dar el capitn.
Pero estos pensamientos en ningn momento impedan su horror ante el silencio y
los ojos que no se atrevan a enfrentar. Si no era una fantasa enfermiza de su propio miedo
y angustia, haba en esta muchedumbre una tensin creciente, como la que se siente antes
de que estalle la lluvia. Tenemos que llegar all murmur a toda costa. Seor Shardik,
tenemos que llegar antes que estalle la tormenta.

Sus pensamientos, como los de un nio abandonado, volvan al recuerdo de la


prdida y el dolor, volvan a las palabras de Elleroth en el jardn. Tu oso se est muriendo,
Crendrik.
Cllate y sigue dijo el oficial con los dientes apretados.
Kelderek ignoraba que haba hablado en voz alta. El polvo fue levantado por una
sbita rfaga de viento, y, sin embargo, de todos los ojos que lo rodeaban, ninguno pareci
cerrarse. El camino tena ahora un declive: suban. Avanz, dejando caer la cabeza como un
buey que lleva una carga cuesta arriba, contemplando el suelo mientras caminaba. Dejaron
la plaza del mercado, pero el silencio tiraba de l hacia atrs, el silencio era un hechizo que
no lo soltaba. El peso de los miles de ojos era un fardo que nunca podra llevar a lo alto de
esta cuesta, hasta la puerta del Este. Vacil y entonces, tropezando con el capitn al
retroceder, volvi la cabeza y murmur:
No puedo seguir.
Sinti la punta de la daga del capitn que le pinchaba la espalda, por encima de la
cintura.
Ban de Sarkid o no, te matar antes que les pase algo a mis hombres! Adelante!
De pronto el silencio fue quebrado por el grito de un nio. El ruido fue como el
estallido de una llama en la oscuridad. Los soldados, que se haban detenido vacilantes
cuando Kelderek tropez, lo rodearon y, el capitn se sobresalt, como si hubiera odo una
trompeta y todas las cabezas se volvieron hacia el ruido. Una niita, de unos cinco o seis
aos haba corrido para atravesar el camino antes de la llegada de los soldados, pero haba
tropezado y cado de cabeza y ahora lloraba en el suelo, tal vez no de dolor sino por la torva
apariencia de los soldados a cuyos pies estaba tendida. Una mujer sali de entre la multitud,
recogi a la nia y se la llev, y el sonido de su voz tranquiliz y calm a la criatura,
resonando por la pradera.
Kelderek levant la cabeza y aspir profundamente el aire. El ruido haba quebrado
la tela invisible y tremebunda en la cual, al igual que una mosca sujeta por un hilo
pegajoso, haba perdido casi la fuerza para luchar. Como cuando los hombres rompen al fin
la trinchera seca, junto al ro, en donde han estado reparando una canoa, y el agua invade,
trayendo a la canoa a su verdadero elemento y levantndola hasta que flota, igualmente el
sonido de la voz de la nia devolvi a Kelderek la simple voluntad y determinacin de los
hombres comunes de soportar y sobrevivir, pase lo que pase. Le haban perdonado la vida:
no importaba por qu; cuanto antes se fuera de esta ciudad, tanto mejor. Si el pueblo lo
odiaba, l tena una respuesta: se ira.
Sin decir ms al capitn, sigui marchando una vez ms, hundiendo los talones en la
arena blanda mientras ascenda por la colina. La gente se acercaba ahora ms, los soldados
la apartaban con las astas de las lanzas, el capitn gritaba:

Atrs, atrs! Dejando a la gente, dobl una esquina en lo alto y se encontr


ante la puerta de la torre, la puerta abierta y la guardia afuera y a ambos lados para impedir
que nadie los siguiera fuera de la ciudad. Marcharon bajo el arco lleno de ecos. Sin mirar
alrededor, Kelderek oy chirriar la puerta, oy un golpe y se corrieron los cerrojos.
No te detengas dijo el capitn, siempre cerca de l.
Descendieron una colina entre rboles y llegaron al vado rocoso de un torrente que
bajaba desde las sierras boscosas, a la izquierda. Aqu los hombres, sin esperar rdenes,
rompieron filas, se arrodillaron a beber o se echaron sobre la hierba. El oficial nuevamente
agarr el hombro de Kelderek y lo hizo volverse, de manera que quedaron frente a frente.
Este es el Vrako, el lmite de la provincia de Kabin, como debes sin duda saberlo.
La puerta oriental de Kabin seguir cerrada una hora por orden del Ban y yo mantendr
cerrado este vado durante el mismo tiempo. Debes cruzar el vado y despus puedes ir
adonde te d la gana hizo una pausa. Otra cosa: si el ejrcito recibe rdenes de
patrullar al Este del Vrako, te buscaremos; y no volvers a escapar.
Hizo una inclinacin de cabeza para mostrar que no tena ms que decir, y Kelderek,
al or detrs los gruidos amenazadores de los soldados uno le arroj una piedra que
golpe una roca junto a su rodilla tambaleando tom por el vado y se alej.

Libro V
Zeray

39
A travs del Vrako

En Bekla haba odo hablar de la comarca al Este de Kabin el estercolero del


imperio, la haba llamado uno de sus gobernadores provinciales una provincia sin
haciendas y sin gobierno, sin rentas pblicas y sin ninguna ciudad. Sesenta kilmetros
abajo de Ortelga doblaba el Telthearna, trazando una gran curva, para correr hacia el Sur,
ms all de la extremidad oriental de las montaas de Guelt. Al Sur de estas montaas y al
Oeste del Telthearna haba un remoto yermo de mesetas boscosas, pantanos y riachos y
selva, sin caminos ni viviendas, como no fuera algunas aldeas miserables cuyos habitantes
vivan de la pesca, de cerdos semisalvajes y de lo que podan extraer del suelo. En tal
regin buscar y encontrar a un hombre era prcticamente imposible. Muchos criminales y
fugitivos haban desaparecido en estas soledades. Haba un proverbio beklano: Matara a
Fulano si valiera el viaje a Zeray. Las madres decan a los muchachos rebeldes y
desobedientes: Terminars en Zeray. Se rumoreaba que desde el lugar desolado porque
no poda ser considerado un pueblo donde el Telthearna se angostaba hasta formar un
estrecho de menos de un cuarto de cuatrocientos metros, un hombre que pagara poda ser
llevado a la ribera oriental sin que se le hicieran preguntas. En tiempos pasados, incluso el
ejrcito patrullero del Norte haba fijado el lmite oriental de sus marchas en Kabin, y
ningn cobrador de impuestos o asesor cruzaba el Vrako por temor a perder la vida. Tal era
la comarca en que Kelderek haba entrado ahora y el lugar en el cual, por la misericordia de
Elleroth iba a seguir vivo Lodo el tiempo que le fuera posible.
Tras sacar del morral el calzado nuevo se lo puso y camin rpidamente un trecho
por el sendero cubierto de maleza. Era muy probable, pens, que una vez que abrieran el
portal y dejaran libre el vado, alguien lo siguiera, esperando alcanzarlo y matarlo. Porque,
aunque saba que era probable que muriera en aquella comarca, y encontraba en s mismo
pocos deseos de salvar la vida, estaba decidido a no perderla en manos de cualquier
yeldashay u otro enemigo de Shardik. Al cabo de una hora lleg a un lugar donde un
sendero an ms salvaje se abra hacia el Norte, a la izquierda, y por aqu sigui,
abrindose paso por un tiempo entre los matorrales para evitar dejar huellas en el sendero
mismo.
Al fin, un poco antes de medioda, como no haba visto ni odo a nadie desde que
cruzara el Vrako, se sent al borde de un arroyo y, despus de comer, medit sobre lo que
deba hacer. Por debajo de todos sus pensamientos, como una roca sumergida en un
estanque revuelto, estaba la conviccin de que haba pasado un misterioso, y no por eso
menos real, linde espiritual, y que ya nunca podra volver atrs. Cul era el sentido de la
aventura del Sendero de Urtah, noticia que los pastores haban escuchado con tanta
reverencia y miedo? Qu le haba ocurrido al perder el sentido en el campo de batalla,
cuando qued a merced de los muertos no vengados? Y por qu Elleroth haba perdonado
la vida a alguien cuyo gobierno haba dado como resultado la prdida de su propio hijo?

Meditando sobre estos hechos incomprensibles, comprendi que haban sofocado la


fuerza y la fe que haban ardido en el corazn del rey-sacerdote de Bekla. Senta que ahora
era poco menos que un fantasma, un alma agostada que habitaba un cuerpo gastado por los
pesares.
La ms profunda de todas las campanas que doblaban en su corazn era la noticia
que le haba dado Elleroth sobre Shardik. Shardik haba cruzado el Vrako y se supona que
se estaba muriendo en esto no poda haber engao. Y si l, Kelderek, todava apreciaba
en algo la vida, lo mejor era aceptar la cosa. En una comarca como sta, buscar a Shardik
era slo provocar peligros y dificultades que ya ni su cuerpo ni su mente eran capaces de
enfrentar. Probablemente iban a asesinarlo o morira en los bosques de las colinas. Shardik,
vivo o muerto, era irrecuperable; y en busca de la ms remota posibilidad de vivir, Kelderek
tena que marchar hacia el Sur, lograr de algn modo llegar al Norte de Tonilda y despus
unirse al ejrcito ortelgano.
Pero una hora despus suba nuevamente en direccin al Norte, mantenindose, sin
tentativas de ocultarse o de protegerse, en el sendero que se internaba por las colinas bajas.
Elleroth, pens con amargura, lo haba juzgado con bastante precisin: Os doy mi palabra
que ni l ni el oso pueden daamos ahora. En verdad no, porque l era el sacerdote de
Shardik y nada ms. Temeroso del desprecio de Ta-Kominion e influido por l en la
creencia de que la voluntad de Dios era que Shardik conquistara Bekla, haba permanecido
inmvil cuando ataron a la Tuguinda como a un criminal, y se estableci l mismo como
mediador del favor de Shardik ante el pueblo. Sin Shardik l no era nada; invocador de la
lluvia que masculla en una sequa, un mago cuyos hechizos haban fracasado. Volver a
Zelda y Gued-la-Dan con las noticias (si es que ya no lo saban) de que Elleroth estaba con
los yeldashay y Shardik perdido para siempre era firmar su propia sentencia de muerte. No
perderan ni un da en librarse de una figura que representaba la derrota. Elleroth lo saba. Y
saba que Kelderek, fueran cuales fueren las esperanzas con que lo tentara la fortuna, era
incapaz de separar su destino del destino del oso. Y fue por esto que, como saba o
supona que saba, pens Kelderek con un sbito arranque de impugnacin desolada que
Shardik estaba muriendo, no haba visto peligro en dejar con vida al rey-sacerdote.
Pero por qu haba llegado al extremo de imponer u voluntad en este asunto a los
que lo rodeaban? Sena posible, se pregunt Kelderek, que su propia persona estuviera
marcada por alguna seal, visible para alguien como Elleroth, la seal de estar maldito, de
haber pasado por sufrimientos merecidos hasta una inviolabilidad final en la que deba
permanecer ahora, esperando el castigo de Dios?
Incluso en aquella notoria tierra de nadie no haba esperado un vaco tan total. En
todo el da no encontr un alma, no oy una voz, no vio humo. Cuando la tarde se convirti
en atardecer, se dio cuenta que estaba forzado a pasar la noche en el claro. En otras pocas,
como cazador, haba pasado a veces la noche en el bosque, pero rara vez solo y nunca sin
fuego ni armas. Enviarlo del otro lado del Vrako sin dejarle siquiera un cuchillo, y sin
medios para encender el fuego: no habra sido proyectado despus de todo, como una
manera cruel de darle muerte? Y Shardik a quien ya nunca iba a encontrar estaba ya
muerto Shardik? Sentado con la cabeza entre las manos se sumergi en una especie de

olvido que no era sueo, sino ms bien el agotamiento de una mente incapaz ya de aferrarse
al pensamiento, que resbalaba y patinaba como ruedas en el barro de las lluvias.
Cuando finalmente levant la cabeza, vio inmediatamente entre las matas un objeto
tan familiar que, aunque haba sido escondido con cuidado, se sorprendi de no haberlo
percibido antes. Era una trampa, una trampa de madera, como las que l mismo haba
tendido en pocas pasadas. Tena como anzuelo un pedazo de carne podrida y fruta seca,
pero no haban sido tocadas y el palo sujetaba todava la piedra que deba caer.
Faltaban unas dos horas para la cada de la noche, y, como l bien saba, los que
dejan sin visitar las trampas por la noche suelen encontrarse al da siguiente con que
animales carroeros han llegado primero. Rasp con una rama las huellas de sus pasos,
trep a un rbol y esper.
En menos de una hora oy que se acercaba alguien. El hombre que apareci era
moreno, robusto y de pelo revuelto, vestido en parte con pieles y, en parte, con ropas viejas
y harapientas. Un cuchillo y dos o tres flechas estaban metidos en su cinturn, y llevaba un
arco. Se inclin, examin la trampa bajo las matas y ya se volva cuando Kelderek lo llamo.
El hombre se sobresalt, sac de golpe el cuchillo y se meti en la espesura. Kelderek
comprendi que, si no quera perderlo del todo, deba arriesgarse. Se dej caer al suelo
gritando:
Por favor no te vayas! Necesito ayuda!
Qu quieres, entonces? contest el hombre, invisible entre los rboles.
Un techo y un consejo. Soy un fugitivo, un desterrado lo que quieras. Estoy
en dificultades.
Quin no las tiene? Ests de este lado del Vrako, no?
Estoy desarmado. Puedes ver por ti mismo tendi el bolso, levant los brazos y
se volvi hacia una y otra parte.
Desarmado? Entonces ests loco el hombre sali ele entre las matas y se
acerc. Era, en verdad, un rufin de aspecto amenazador, moreno y con el ceo fruncido,
una mucosidad amarillenta que le manaba de los ojos y una cicatriz desde la boca hasta el
cuello que le record la de Bel-ka-Trazet.
No estoy en situacin de hacer alguna treta o discutir un acuerdo dijo Kelderek
. Esta bolsa est llena de comida y nada ms. Tmala y dame refugio por esta noche.
El hombre recogi el bolso, lo abri y mir, volvi a arrojarlo a Kelderek y asinti.
Despus, volvindose, se puso en marcha en la direccin por la que haba venido. Despus
de un rato dijo:

Nadie te sigue?
No desde que cruc el Vrako.
Siguieron en silencio. Kelderek estaba sorprendido por la total ausencia de
curiosidad amistosa que generalmente se da en los encuentros entre desconocidos. Si el
hombre se preguntaba quin era l, de dnde vena y por qu, era evidente que no pensaba
preguntarlo; y haba en l algo que hizo que Kelderek dedujera que, por su parte, era mejor
que no hiciera preguntes. Comprendi que aquel deba ser el tipo normal de trato en este
pas con vergenza del pasado y desesperanza sobre el futuro, la cortesa de las prisiones y
los manicomios. De todos modos, tal vez fuera permitido algn tipo de pregunta, porque
despus de un rato el hombre le espet:
Has pensado lo que vas a hacer?
Todava no morir, creo.
El hombre le lanz una mirada penetrante y Kelderek se dio cuenta que haba
hablado de ms. Aqu los hombres eran como bestias a la defensiva, desafiantes hasta que
los hacan pedazos. Toda la comarca, como la cueva de un salteador de caminos, se divida
en matones y vctimas, el ltimo lugar para hablar de la muerte, ya fuera en broma o
aceptacin. Confundido y demasiado agotado para disimular, dijo:
Bromeaba. Tengo una idea, aunque es probable que te parezca raro. Busco un oso
que se supone anda por estos sitios. Si pudiera encontrarlo
Se interrumpi porque el hombre, con la boca y la mandbula tendida haca adelante,
le clavaba la mirada de sus ojos supurantes con una mezcla de miedo y rabia, la rabia de
quien ataca todo lo que no entiende. Pero no dijo nada y, despus de un momento, Kelderek
tartamude.
Es la verdad. No quiero tomarte de tonto
Mejor que no lo hagas contest el hombre. Entonces no ests solo?
Nunca he estado ms solo en mi vida.
El hombre sac el cuchillo, agarr a Kelderek por la mueca y lo oblig a ponerse
de rodillas. Kelderek mir la cara violenta, contrada.
Qu es eso del oso, entonces? En qu andas qu sabes de la otra la mujer,
eh?
Qu otra? Por el amor de Dios, no s a qu te refieres.
No lo sabes?

Sin aliento, Kelderek mene la cabeza y tras unos instantes el hombre lo solt.
Mejor que vengas y veas, mejor venir y ver. Pero cuidado, nada de trampas.
Siguieron marchando, el hombre siempre aferrado a su cuchillo y Kelderek con
ciertas ganas de huir entre los bosques. Slo su agotamiento lo retena, porque
probablemente el hombre lo iba a perseguir, lo iba a alcanzar y lo iba a matar. Cruzaron una
cresta y descendieron una barranca hasta un arroyo estancado y triste. Haba humo entre los
rboles. Un pedazo de terreno sobre la ribera, en cierto modo despejado, estaba lleno de
huesos, plumas y otras basuras. A uno de los lados, cerca del agua, haba una choza torcida,
sin chimenea, hecha de ramas, palos y barro. Haba enjambres de moscas, tres o cuatro
pieles tendidas a secar y algunos pjaros negros grajos o cuervos metidos en una jaula
de madera sobre el terreno pantanoso. El lugar, como una cancin fuera de tono, pareca
una ofensa al mundo, para la cual el nico remedio posible era el olvido total.
El hombre nuevamente asi de la mueca a Kelderek y lo condujo y en parte lo
arrastr hacia la cabaa. Una cortina de pieles polvorientas colgaba de la entrada. El
hombre sacudi la cabeza e hizo seas con el cuchillo, pero Kelderek, estupidizado por la
fatiga, el miedo y el asco, no entendi que deba entrar primero. El hombre, agarrndolo del
hombro, lo empuj, de modo que cay contra la cortina. La hizo a un lado, baj la cabeza y
entr.
Las paredes rodeaban un nico espacio maloliente y en un extremo arda un fuego.
Haba poca luz porque, fuera de la puerta encortinada y de un agujero en el techo, por el
cual escalaba un poco del humo, no haba aberturas; en un rincn, sin embargo, distingui
una forma humana, envuelta en una capa y sentada dndole la espalda, en un tosco banco
junto al fuego. Mientras trataba de ver, inclinndose y evitando el cuchillo que lo pinchaba
por detrs, la figura se levant, se dio vuelta y lo mir. Era la Tuguinda.

40
Rvit

A veces nos vemos enfrentados por un hecho vergonzoso del pasado, un hecho
acabado pero no borrado, como las ruinas de la casa de un hombre pobre que un seor
egosta mand destruir porque as le convena, o el cuerpo de un nio no deseado, que el ro
arroja sobre una orilla; as, tropezamos inesperadamente con una acusacin que ninguna
bravuconada puede desafiar y ninguna lengua gil dejar de lado, una acusacin que no se
hace en voz alta, ante los odos del mundo, sino tranquilamente, cara a cara, sin rabia, tal
vez incluso sin palabras, a alguien que no est preparado para enfrentar su propia
confusin, culpa y remordimiento. Los que han sido profundamente heridos, como los
espectros, no necesitan hablar a sus opresores y acusarlos ante la multitud. Mucho ms
terrible, de lejos, es su inesperada y silenciosa reaparicin en algn lugar retirado, a una
hora inesperada.
La Tuguinda estaba de pie junto al banco, con los ojos entornados por el humo. Por
un rato no lo reconoci. Despus se sobresalt y ech hacia atrs la cabeza. En el mismo
instante Kelderek, con un sollozo brusco y penetrante se meti la mano entre los dientes, se
volvi y ya estaba casi en la entrada cuando fue empujado violentamente hacia atrs y cay
al suelo. El hombre, cuchillo en mano, lo observaba, mordindose los labios y resoplando
con una excitacin de fiera. Este individuo, comprendi Kelderek en aquel instante atroz,
era alguien para quien el asesinato era trabajo y deporte de todos los das. En su mente
ofuscada la violencia cuelga siempre, precariamente, como una espada de un hilo; el miedo
o la fuga del otro excita tan poderosamente como se excita un gato al ver escurrirse a un
ratn. Este era un bandido que haba sobrevivido y tena la cabeza a precio, algn asesino a
sueldo que ya no era til a sus empleadores y haba atravesado el Vrako antes de que algn
espa lo denunciara. Cuntos vagabundos solitarios habra matado en este lugar?
El hombre, inclinado sobre l, respiraba con un jadeo bajo y rtmico. Kelderek,
apoyado en el codo, procur en vano devolver la mirada insana con una expresin de
autoridad. Cuando sus ojos se cerraron, la Tuguinda habl desde atrs.
Clmate, Rvit! Conozco a este hombre es inofensivo. No debes herirlo.
Estaba escondido en el bosque y habl del oso. Trampas, pens, trampas. Hazlo
marchar, no le digas nada, as es. Averigua lo que busca, averigua y.
No te har nada, Rvit. Ven a reanimar el fuego y despus de la cena volver a
lavarte los ojos. Deja ese cuchillo.
Llev al hombre gentilmente hasta el fuego, hablndole como a un nio, y Kelderek
los sigui, no sabiendo qu hacer. Al or la voz de la Tuguinda se le llenaron de lgrimas los

ojos, y las sec sin una palabra. El hombre ya no le prest atencin y Kelderek se sent en
un taburete desvencijado, observando a la Tuguinda, que se arrodill para abanicar el fuego,
puso una marmita y movi las brasas con un tizn roto. Una vez lo mir, pero l baj la
vista; y cuando volvi a mirarla, ella estaba ocupada con una lmpara de arcilla, que
prepar y despus encendi con una rama. La plida y nica llama lanzaba sombras por el
suelo y, cuando lleg la oscuridad, pareci iluminar menos la destartalada cabaa que
servir, mientras goteaba y se agitaba con las rfagas que penetraban por las paredes mal
construidas, como recuerdo de cun indefensos estaban todos aquellos que, como Kelderek,
tenan la desdicha de ser como ella, visibles y solitarios en esta triste comarca.
La Tuguinda haba envejecido, pens, y tena la expresin de alguien que ha sufrido
prdidas y desilusiones. Sin embargo era inextinguible; un fuego que queda en los
rescoldos, un rbol despojado por el huracn invernal. En aquel horrible lugar, sin ayuda y
sin seguridad, sola con un hombre que la haba traicionado y otro medio loco y
probablemente asesino, su autoridad se afirmaba con tranquilidad y firmeza; en parte una
autoridad tan mundana como la de algn granjero honrado y astuto que charla y convence
que es mejor no intentar engaarlo. Pero detrs de aquel fondo abierto del espritu perciba,
como lo haba percibido haca tiempo y comprendi que incluso el desposedo y asesino
Rvit deba sentirlo, del mismo modo que un perro percibe la alegra o el pesar en una casa
la comarca ms profunda y misteriosa de la fuerza de ella. Posea no slo la inmunidad
de la sacerdotisa, del peregrino y del mdico, sino tambin la que le confera el misterio al
cual serva, el poder que haba sentido aun antes de conocerla, cuando haba estado
acurrucado en la canoa que se deslizaba hacia Quiso en la oscuridad: No era de extraar,
pens, que Ta-Kominion hubiera muerto. No era sorprendente que la terca y feroz ambicin
que lo haba cegado a la fuerza de la Tuguinda, lo hubiera envenenado sin remedio.
Se puso a considerar la forma de su propia muerte. Algunos, o as le haban dicho,
haban arrastrado sus vidas ms all del Vrako, hasta que los precios que haban puesto
sobre sus cabezas, e incluso la naturaleza de sus crmenes, quedaron olvidados, y slo la
propia desesperacin y las mentes confundidas les impidieron volver a las ciudades donde
ya no haba nadie que pudiera recordar lo que haban hecho. Esta supervivencia no era para
l. Shardik si tan slo pudiera encontrarlo! por lo menos le iba a tomar la vida que
tantas veces l le haba ofrecido; iba a tomar su vida antes de que el despreciable deseo de
sobrevivir en cualquier forma lo transformara en una criatura como Rvit.
Perdido en estos pensamientos oy poco o nada de lo que estaba pasando entre Rvit
y la Tuguinda cuando esta terminaba de preparar la comida. Vagamente estaba consciente
de que, si bien Rvit se haba quedado tranquilo, tena siempre miedo de la oscuridad que
llegaba, y que la Tuguinda lo estaba animando. Se pregunt cunto tiempo habra vivido
aqu el hombre, enfrentando solo la noche, qu habra ocurrido para que esta vida una
vida dura, sin duda, incluso para un fugitivo que haba pasado el Vrako fuera la nica que
se atreva a vivir.
Despus de un tiempo la Tuguinda le trajo comida y, al pasrsela, pos un instante la
mano en su hombro. l no dijo nada, y slo agach la cabeza con aire abatido, incapaz de
encontrarle la mirada. Pero una vez que hubo comido, como suele ocurrir, algunos jirones

de espritu volvieron a l involuntariamente. Se sent ms cerca del fuego y se puso a


contemplar a la Tuguinda, que enjugaba la supuracin de los ojos de Rvit y los lavaba con
una infusin de hierbas. l se mostraba tranquilo y dcil con ella y, por momentos, casi
pareca ser lo que hubiera sido si el mal no lo hubiera consumido: un ganadero correcto y
estpido, tal vez, o algn tabernero de maneras speras.
Durmieron vestidos sobre el suelo, como lo impona la necesidad. La Tuguinda no
se quej de la suciedad o de la falta de comodidades: ni siquiera de los parsitos, que no los
dejaban en paz. Kelderek durmi poco, porque desconfiaba de Rvit tanto en lo que a s
mismo se refera como en lo que se refera a la Tuguinda: al parecer sin embargo, el pobre
hombre aprovech la oportunidad de una noche de sueo sin temores supersticiosos, pues
no se movi hasta la maana.
Poco despus de despuntar el da Kelderek encendi el fuego, encontr un balde de
madera y, contento de levantarse en el aire fresco, se dirigi hacia la orilla, se lav y volvi
con agua para la Tuguinda. No poda decidirse a despertarla, pero volvi a salir de nuevo a
la primera luz del sol. Su resolucin no haba cambiado. En verdad, vea ahora en s mismo
un abismo como el que haba contemplado desde la llanura de Urtah. La maldad blasfema
en la que haba participado, que Ta-Kominion haba infligido a la Tuguinda, era tan slo
parte de un mal ms vasto, de mayores alcances, de su propia conducta; el sacrilegio contra
Shardik mismo y todo lo que haba derivado de ello. Rantzay, Mollo, Elleroth, los nios
vendidos como esclavos en Bekla, los soldados muertos, cuyas voces haban revoloteado a
su alrededor, en lo oscuro, aparecieron punzantes, lastimados y agudos en su mente,
mientras permaneca de pie junto al riachuelo. Cuando la Puerta Tamarrik se haba
derrumbado finalmente, record, haba habido una gran ruptura central, desde la cual
haban irradiado fisuras y grietas, fragmentos de madera exquisitamente labrada, pedazos
de plata abollados, imgenes aplastadas, ya irreconocibles en las ruinas. Los ortelganos
haban vociferado y saludado, prorrumpiendo en medio del desastre con gritos de
Shardik, Shardik!.
Sus lgrimas corran en silencio. Acepta mi vida, Seor Shardik! Oh, Dios, toma
mi vida!.
Oy unos pasos detrs de l y, dndose vuelta, vio que su plegaria haba sido oda. A
una distancia de unos pocos metros estaba Rvit parado, mirndolo con un cuchillo en la
mano. l se arrodill, ofreciendo su garganta y su corazn, y abriendo los brazos, como si
ste fuera un husped esperado.
Golpea pronto, Rvit! Antes de que tenga tiempo de asustarme!
Rvit lo contempl un momento asombrado; luego, envainando el cuchillo, dio un
paso hacia adelante con una sonrisa oblicua y astuta, tom la mano de Kelderek y lo hizo
levantarse.
Bah, bah, bah, viejo! No hay que tomar las cosas de ese modo! Al principio se
vuelve difcil la cosita, pero las anguilas se hacen al desuello, ya sabes lo que se dice: nunca

hay que mirar atrs al Vrako, porque te vuelve loco. Yo estaba por matar un pjaro. Algunos
le retuercen el pescuezo: yo siempre les corto la cabeza. Mir por encima del hombro
hacia la puerta que tena detrs y murmur: Sabes una cosa? Esa mujer es una
sacerdotisa; es lo que es. Si puede volver, va a tener que poner una palabrita a mi favor,
aunque ayer quera verte muerto. Pero no es as. Ah! Pon una palabrita por m, me dice.
Es la verdad. Crees que es la verdad? O no?
Es la verdad contest Kelderek. Podra conseguirte un indulto en cualquier
ciudad, desde Ikat hasta Dellguy. Es para ra que no lo puede conseguir.
Tienes que hacerte olvidar aqu, muchacho, hacerte olvidar, esa es la cosa. Cinco
aos, diez aos, hazte amigo de las pulgas por diez aos, como se dice.
Mat el pjaro, lo desplum y lo destrip, dejando las vsceras sobre el suelo.
Volvieron juntos a la cueva. Dos horas ms tarde Kelderek, despus de haber dado a Rvit
lo que quedaba de la comida que haba trado de Kabin, se puso en marcha con la Tuguinda
bordeando la orilla de la baha.

41
La leyenda de los Senderos

l segua sin atreverse a hablar del pasado. Por ltimo dijo:


Adnde vas, Siyet?
Ella no contest inmediatamente y, despus de un rato, pregunt:
Kelderek, ests buscando al seor Shardik?
S.
Con qu fin?
l se sobresalt, recordando el extrao poder que ella tena de discernir ms de lo
que se haba hablado. Si haba percibido su intencin, sin duda iba a tratar de disuadirlo,
aunque Dios saba que ella era, entre todos, la persona con menos razones para desear que
su vida se prolongara. Luego se dio cuenta de lo que ella estaba pensando.
El Seor Shardik nunca volver a Bekla dijo. Es algo bastante seguro. Y
tampoco he de volver yo.
No eres rey de Bekla?
Ya no.
Dejaron la baha y empezaron a seguir un camino que llevaba hacia el Este, sobre la
otra cadena de montes. La Tuguinda suba lentamente y en ms de una ocasin se detuvo a
descansar. No tiene ya fuerzas para esta vida, pens l. Incluso en caso de que no
hubiera peligro, ella no debera estar aqu. Empez a preguntarse cmo podra convencerla
de que haba que volver a Quiso.
Siyet: por qu has venido aqu? Tambin buscas t a Shardik?
Recib noticias en Quiso de que el Seor Shardik se haba ido de Bekla, y luego
que haba atravesado la llanura hasta los montes que estn al Oeste de Guelt. Naturalmente,
me puse a buscarlo.
Pero por qu, Siyet? No debiste haber emprendido ese viaje. Las dificultades
Te olvidas, Kelderek la voz era dura. Como Tuguinda de Quiso estoy

obligada a seguir al Seor Shardik mientras eso sea posible Es decir, mientras el Poder
de Dios no est sometido al poder de los hombres.
l guard silencio, lleno de vergenza; pero ms tarde, cuando ella marchaba
adelante, monte abajo, l pregunt:
Y tus mujeres? Las otras sacerdotisas? Te fuiste sola de Quiso?
No: me llegaron noticias tambin a m del avance hacia el Norte de Santil-keErketlis. Yo ya saba que l tena intenciones de movilizarse en la primavera y que contaba
con tomar a Kabin. Neelith y otras tres muchachas salieron para Kabin conmigo bamos
con la intencin de buscar al Seor Shardik desde all.
Hablaste con Erketlis?
Habl con Elleroth de Sarkid, quien me cont cmo haba escapado de Bekla.
Estaba bien dispuesto hacia m, porque hace cierto tiempo cur al marido de su hermana un
brazo emponzoado. Tambin me dijo que el Seor Shardik haba atravesado el Vrako por
las estribaciones que estn al Norte de Kabin, dos das antes.
Dices que Elleroth te trat como amigo? Y, sin embargo, cmo te dej partir
sola, sin escolta, a travs del Vrako?
l no sabe que yo he atravesado el Vrako. Elleroth se mostr amistoso conmigo,
pero hubo una cosa en que no pudo hacer nada. No quiso darme ayuda para encontrar al
Seor Shardik o salvar su vida. Para l y para sus soldados no es nada ms que el dios de
sus enemigos y de todas las cosas contra las que ellos luchan hubo una pausa y luego,
con un temblor momentneo en la voz aadi: dijo que era el dios de los traficantes de
esclavos.
Kelderek no saba que se poda sufrir tan amargamente.
Me habl de su hijo sigui diciendo 19 Tuguinda y despus de eso ya no le
pregunt nada ms de l. Tambin me dijo que algunos de sus soldados se haban
encontrado con el Seor Shardik en las colinas y estaban seguros de que estaba murindose.
Le pregunt por qu no lo haban matado y me contest que haban tenido miedo de
intentarlo. As es que yo misma no creo que el Seor Shardik est muriendo. En ese instante
l iba a hablar, pero ella continu:
Haba confiado en que Elleroth me iba a dar algunos soldados para que nos
acompaaran a travs del Vrako. Pero cuando me di cuenta que era intil pedir, le dej creer
que tenamos intenciones de volver a Quiso, pues sin duda habra tratado de impedir que yo
cruzara sola el Vrako.
No poda alguna de las muchachas ir contigo, Siyet?

Crees que las traera a este pas la cocina de los ladrones de este mundo? Me
suplicaron que las dejara venir. Yo les dije que volvieran a Quiso. Y como estn obligadas
por juramento a obedecerme, as lo hicieron. Despus soborn a los guardias del vado y una
vez que atraves el ro me dirig hacia el Norte, como t.
Siyet, adnde intentas ir ahora?
Creo que Shardik est tratando de volver a su propio pas. Marcha en direccin al
Telthearna y lo va a cruzar si puede. Por lo tanto, yo me voy a Zeray, a esperarlo a lo largo
de la costa Oeste. Y si ya ha cruzado a nado el Telthearna, podemos or algo de esto en
Zeray.
Tal vez Elleroth tena razn. Shardik puede estar muriendo, porque despus de
salir de Bekla lo hirieron cruelmente.
Se detuvo, se dio vuelta y lo mir fijamente.
Elleroth te dijo eso?
l mene la cabeza.
Ella se sent pero no dijo nada ms y continu mirndolo con ojos llenos de
incertidumbre e interrogacin. l, buscando nuevas palabras, tuvo finalmente una salida:
Siyet, los Senderos de Urtah Qu misterio tienen? Qu sentido tienen?
Al or esto, ella dej escapar una bocanada de aire, como de miedo y consternacin;
luego, recobrndose, contest:
Sera mejor que me dijeras lo que t mismo sabes.
l le dijo cmo haba seguido a Shardik fuera de Bekla y como haban atravesado la
llanura. Ella escuchaba en silencio hasta que l lleg a la aventura en Urtah, pero cuando se
refiri a su despertar y a Shardik herido, trepando desde el Sendero para espantar a sus
atacantes, se ech a llorar amargamente, con sollozos sonoros, como las mujeres cuando
lloran a los muertos. Asustado por este intenso dolor en alguien en quien l siempre haba
pensado como un ser con el cetro extendido sobre todas las calamidades que acechan al
corazn del hombre, esper con paciencia desesperanzada, ptrea, sin intentar inmiscuirse
en el dolor de ella, pues senta que ste manaba de algn amargo conocimiento que tambin
l iba a poseer muy pronto.
Finalmente, tranquilizndose un poco, ella empez a hablar; tena la voz de una
mujer que, despus de enterarse de alguna prdida irreparable, entiende que a partir de ese
punto su vida no ha de ser nada ms que una espera de la muerte.
Me has preguntado, Kelderek, por los Senderos de Urtah. Te dir lo que s,

aunque es muy poco, porque el culto es un secreto guardado y que hereda cada generacin
y que tanto temor suscita que nunca o hablar de nadie que se haya atrevido a tratar de
penetrar en estos misterios. De todos modos, aunque yo, gracias a Dios, nunca he visto los
Senderos, s un poco de ellos lo poco que se me dijo por ser la Tuguinda de Quiso. Nadie
conoce la profundidad de los Senderos, porque nunca nadie ha descendido hasta sus profundidades y ha vuelto. Algunos dicen que son las bocas del infierno y que las almas de los
malvados entran all de noche. Dicen tambin que basta mirar hacia abajo y gritar hacia
ellos para suscitar un tormento capaz de enloquecer a un hombre.
Kelderek, con los ojos fijos en la cara de ella, asinti.
Es verdad.
Nadie conoce la antigedad de este culto ni sabe en qu consiste. Pero puedo
decirte esto. Siempre, durante centenares de aos el misterio de ellos en Urtah ha sido la
retribucin de los malvados Es decir, de aquellos cuya retribucin fue ordenada por Dios.
Muchos son malvados, como t lo sabes, pero no todos los malvados encuentran el camino
hasta los Senderos. Este es lo que siempre he entendido, es el modo de este asunto
aterrador. El hacedor de mal es alguien cuyo crimen clama al cielo, ms all de toda
restitucin o perdn, uno cuya vida, al continuar, mancilla la tierra misma. Y es siempre
gracias a algn accidente que l llega, al parecer, a Urtah: l ignora la naturaleza del lugar
adonde su viaje lo ha llevado. Puede estar solo o acompaado, pero l siempre cree que es
por casualidad o por algn asunto propio que ha ido a parar a Urtah por su propia voluntad.
Pero los que all observan, los que lo ven llegar ellos lo reconocen como lo que es y
saben qu tienen que hacer. Le hablan amablemente y lo tratan con cortesa, pues por muy
atroz que sea su crimen el deber de ellos no es odiarlo, como el rayo no odia al rbol. Son
tan slo los agentes de Dios. Y tampoco le tendern trampas. Hay que mostrarle el lugar y
preguntarle si conoce su nombre. Slo cuando l contesta No, ellos deben persuadirlo de
que vaya a los Senderos. Aun entonces tiene que
Se detuvo de golpe y mir a Kelderek.
Entraste al Sendero?
No, Siyet. Como te deca, yo
Ya se lo que me dijiste. Te estoy preguntando, ests seguro de que no entraste en
el Sendero?
l la mir fijamente, frunciendo el ceo; despus asinti con la cabeza.
Estoy seguro, Siyet.
l tiene que entrar al Sendero por cuenta propia. Una vez que lo ha hecho, nada
puede salvarlo. La tarea de ellos consiste en matarlo y arrojar el cuerpo a las profundidades
del Sendero. Algunos de los que han muerto all han sido hombres de rango y de poder,

pero todos han sido culpables de algn hecho cuya vileza y crueldad se apodera de las
mentes de quienes oyen mencionar la cosa. Habrs odo hablar de Hypsas: l provena de
Ortelga.
Kelderek cerr los ojos, golpendose la rodilla con una mano.
Me acuerdo. Dios quisiera que no.
Sabes que muri en los Senderos? Intent escapar a Bekla o tal vez a Paltesh,
pero finalmente llego a Urtah.
No lo saba. Slo dicen que desapareci.
Muy pocos saben lo que te he contado. Y son sacerdotes y gobernantes en su
mayora. El rey Manvarizn, de Terekenalt, el abuelo del rey Karnat el Alto. Ese quem
viva a la mujer de su hermano muerto, junto con el hijo de ella, su sobrino, el rey por
derecho, cuya vida y trono haba jurado defender. Cinco aos despus estaba en la llanura
de Bekla a la cabeza de su ejrcito y lleg a Urtah con unos cuantos de sus hombres y el
propsito, segn crea l, de espiar la regin para sus fines. Se acerc corriendo al Sendero,
huyendo tan slo de un pastorcito que estaba apacentando ovejas, o de algn otro
muchachito que nadie poda ver. Vieron que desenvainaba la espada, pero la tir al suelo
mientras corra, y sin duda sigue all donde cay, porque ninguna posesin de la vctima es
recogida nunca, enterrada o destruida.
Dices que todos los que entran a los Senderos deben morir?
S, a partir de ese momento su muerte es segura. Puede haber algn aplazo, pero
es raro, casi desconocido. Una vez en cien aos, tal vez, ocurre que la vctima sale viva del
Sendero: en ese caso nadie la tocar, pues ese es un signo de que Dios la ha santificado e
intenta utilizar su muerte para algn propsito misterioso y sagrado que l conoce. Hace
mucho, mucho tiempo hubo una mujer que huy con su amante atravesando la llanura de
Bekla. Sus dos hermanos, hombres duros y crueles, la siguieron, pues tenan intenciones de
matar a los dos, y ella not que su amante tena miedo. Estaba decidida a salvarlo. Se
escap de noche y fue hasta donde estaban durmiendo sus hermanos, por amor a l, pero no
se atrevi a matarlos sino que los ceg en medio del sueo. Ms tarde, en qu forma no lo
s, lleg sola a Urtah, y all fue apualada y su cadver se tir al Sendero. Pero esa noche
sali de all viva, aunque herida casi de muerte. La dejaron salir y muri al dar a luz un
nio. Ese nio fue el hroe U-Deparioth, el liberador de Yelda y el primer Ban de Sarkid.
Es por eso que Elleroth conoce lo que me has contado?
Sabe eso y ms, porque la Casa de Sarkid ha sido honrada por los sacerdotes de
Urtah desde esos das hasta ahora. Sm duda debe haber tenido noticias de lo que ocurri al
Seor Shardik y a ti en Urtah.
Cmo es posible que yo nunca haya odo hablar de los Senderos en Bekla? Saba

muchas cosas, pues haba hombres a sueldo que deban contarme todo. Pero nunca o hablar
de esto.
Pocos lo saben, y de esos ninguno te lo dira.
T me lo has dicho!
Ella se ech a llorar una vez ms.
Ahora creo lo que Elleroth me dijo en Kabin. Ahora s por qu sus hombres no
hirieron al Seor Shardik y por qu te perdonaron la vida. Sin duda a l no le dijeron que tu
no habas entrado en el Sendero. Tena que insistir en que se perdonara tu vida, pues en
cuanto supo que el Seor Shardik, y t, como supuso, habais salido vivos de los Senderos,
entonces debe haber sabido que nadie debe ser tocado so pena de sacrilegio. La muerte de
Shardik ha sido sealada por Dios y es segura segura!
Pareca abrumada por el dolor.
Kelderek le tom la mano.
Pero Siyet! El Seor Shardik no es culpable de nada malo!
Ella levant la cabeza, mirando los ttricos bosques.
Shardik no ha cometido nada malo se volvi y lo mir francamente a los ojos
. Shardik no Shardik no ha hecho nada malo!

42
El camino de Zeray

l no saba adonde llevaba el sendero, ni siquiera si la direccin era al Este, porque


los rboles eran espesos y ellos avanzaban a media luz, bajo un tupido techo de ramas.
Varias veces tuvo tentaciones de abandonar del todo la leve indicacin de un camino e ir
sencillamente monte abajo, buscar un arroyo y seguirlo, una receta de viejo cazador que,
como l saba, suele llevar a un casero o aldea, aunque no siempre fcilmente. Pero se dio
cuenta que la Tuguinda no estaba en condiciones de hacer tal viaje. Desde que haban
reanudado la marcha ella haba hablado poco y caminaba as le pareca a l como
alguien que va adonde no desea. Nunca antes le haba parecido a l tan abatida de espritu.
Record la forma en que una vez, en el camino de Guelt, haba marchado con deliberacin
monte abajo, impertrrita ante el humillante arresto a manos de Ta-Kominion. l pens que
ella haba confiado en Dios entonces. Ella haba sabido que Dios puede permitirse esperar
y, por lo tanto, tambin ella. An antes de haber enjaulado l a Shardik, a costa de la vida
de Rantzay, la Tuguinda haba sabido que iba a llegar el momento en que se le iba a pedir
que siguiera al Poder de Dios. Ella haba reconocido, cuando ste lleg, el da de la
liberacin de Shardik de la prisin en la que l lo haba puesto. Lo que ella no haba
previsto era Urtah el destino ordenado por el sangriento dios-animal de los ortelganos, en
cuyo nombre sus seguidores haban
Incapaz de soportar estos pensamientos, ech la cabeza hacia atrs, golpendose la
frente con una mano y azotando los matorrales con su bastn. La Tuguinda no pareci
advertir esta sbita violencia y caminaba lentamente, como antes, con la mirada fija en el
suelo.
En Bekla dijo l, interrumpiendo el silencio yo sent muchas veces que
estaba cerca de un gran secreto que iba a ser revelado por intermedio del Seor Shardik, un
secreto que iba a mostrar a los hombres finalmente el significado de sus vidas en la tierra;
cmo proteger el futuro, cmo vivir seguros. Ya no iban a ser ms ciegos e ignorantes, sino
siervos de Dios, enterados de cmo quiere l que se viva. Sin embargo, aunque he sufrido
mucho, tanto despierto como dormido, nunca conoc ese secreto.
La puerta estaba cerrada contest ella desganadamente.
Fui yo quien la tranc dijo l, y guard silencio una vez ms.
Avanzada la tarde salieron por fin de los bosques y llegaron a un casero miserable,
tres o cuatro cabaas junto a un arroyo. Dos hombres que no pudieron entenderlo y que
chapurreaban entre ellos una lengua que l nunca haba odo, lo tantearon de la cabeza a los
pies, pero no hallaron nada que robar. Tambin habran manoseado y tanteado a la
Tuguinda si l no hubiera tomado a uno de ellos por la mueca y no lo hubiera apartado de

un empujn. Evidentemente ellos pensaron que las posibilidades de ganar no valan la


pelea, porque retrocedieron mascullando juramentos, o algo que lo pareca, y haciendo
ademanes para que se fuera. Antes que la Tuguinda y l se hubieran alejado a una distancia
de una pedrada, sin embargo, una mujer enjuta y harapienta lleg corriendo detrs de ellos,
les tendi un pedazo de pan duro y, con una sonrisa que dejaba ver unos dientes
ennegrecidos, seal hacia las cabaas. La Tuguinda devolvi la sonrisa, aceptando la
invitacin sin dar seales de miedo, y l, sintiendo que poco importaba lo que pudiera
ocurrirle, no se opuso. La mujer, que hizo unas reconvenciones chillonas a dos hombres que
estaban de pie a cierta distancia, hizo sentar a los invitados en un banco que estaba junto a
una de las cabaas y les trajo unos tazones de sopa chirle, con una especie de raz gris e
inspida que dejaba al romperse unas hilachas fibrosas en la boca. De cuando en cuando
uno de los hombres ceudos se acercaba y le ofreca una taza de vino dbil, agrio, que
beba primero para mostrar que no haba peligro. Kelderek bebi y le dio gravemente las
gracias a su anfitrin; despus contempl la salida de la luna y ms tarde, invitado a entrar a
una de las cabaas, se ech a dormir en el suelo.
En medio de la noche Kelderek se despert y vio otro hombre que estaba sentado
con las piernas cruzadas junto a un fuego muy dbil. Por un rato se sent junto a l sin
hablar, pero finalmente, cuando el hombre se inclin para mover el fuego con una rama; l
seal hacia el arroyo cercano y dijo: Zeray? El hombre asinti con la cabeza y,
apuntando hacia l repiti Zeray? luego, cuando l asinti a su vez, tuvo una risa
breve e hizo la mmica de un hombre que huye y mira hacia atrs en busca de
perseguidores. Kelderek se encogi de hombros y no dijo nada ms; los dos siguieron
sentados, uno al lado del otro, hasta que rompi el da.
No haba ningn sendero junto al arroyo y la Tuguinda y l siguieron el cauce
arduamente a travs de otro tramo de selva, de dnde emerga para precipitarse en una serie
de cadas por una ladera rocallosa. De pie en la parte alta mir en derredor hacia la llanura
de abajo. Por algunos kilmetros, hacia la izquierda, las montaas formaban una lnea en
direccin al Este. Siguiendo la cadena con la mirada pudo divisar, muy lejos hacia el Este,
una lnea delgada, plateada, tenue y constante bajo la luz del sol. La seal.
Eso debe ser el Telthearna, Siyet.
Ella asinti, y despus de unos instantes l dijo:
No creo que el Seor Shardik pueda nunca llegar hasta ah. Y si no lo podemos
rastrear cuando lleguemos, supongo que ya nunca sabremos qu se hizo de l.
O t o yo contest ella encontraremos de nuevo al Seor Shardik. Lo vi en
un sueo.
Despus de mirar intensamente un rato en direccin al Sudeste, la Tuguinda march
hacia adelante, monte abajo, entre las grandes piedras tumbadas.
Qu viste, Siyet? pregunt Kelderek cuando se pararon a descansar.

Estaba buscando indicios de Zeray contest ella pero, naturalmente, desde


tan lejos no se puede ver nada. Y l, aceptando el malentendido, que poda ser deliberado
de parte de ella o no, no le pregunt nada ms sobre Shardik.
Desde el pie de la ladera se extenda una vasta zona pantanosa, donde se hundan
hasta las rodillas mientras marchaban siguiendo la corriente entre charcos y matas de
juncos.
Atravesaron el pantano en unas horas y llegaron finalmente a un camino y luego a
una aldea, la nica que se haba visto al Este del Vrako, y la ms pobre y miserable que l
nunca haba visto. Estaban descansando a cierta distancia de sta cuando un hombre que
llevaba un hato de ramas pas al lado de ellos y Kelderek, dejando a la Tuguinda sentada
junto al camino, lo alcanz y pregunto una vez ms qu camino haba que seguir hasta
Zeray. El hombre seal hacia el Sudeste, contestando en beklano:
Medio da de viaje, ms o menos. No llegars antes que anochezca.
Luego, en voz ms baja y echando una mirada a la Tuguinda, aadi: Pobre
vieja! Que gente como sta tenga que ir a Zeray! Sin duda Kelderek lo mir
severamente, porque l aadi sin demora: No es asunto mo No tiene buena facha:
eso es todo. Un poco de fiebre, tal vez. E inmediatamente prosigui su camino con su
fardo, como asustado ya de haber hablado demasiado en este pas en donde el pasado era
algo as como astillas filosas enterradas en las mentes de los hombres, y una palabra
imprudente equivala a dar un paso en falso en la oscuridad.
Apenas haban llegado a las primeras chozas y la Tuguinda se apoyaba pesadamente
en el brazo de Kelderek, cuando un hombre les cerr el camino. Estaba sucio, no sonrea y
tena tatuajes azules en las mejillas y el lbulo de una oreja atravesado por un hueso afilado
del largo de un dedo. No se pareca a nadie que Kelderek hubiera visto entre las multitudes
de varias razas de Bekla, pero cuando habl lo hizo en un beklano deformado y espeso, en
que cada palabra se desplazaba para dejar entrar a la siguiente.
Venir dnde?
Kelderek seal hacia el Noroeste, donde el sol empezaba a hundirse.
Lugar altos rboles? De all t caminar?
S, desde ms all del Vrako. Vamos a Zeray. Permteme que te ahorre la molestia
dijo Kelderek. No tenemos nada que valga la pena y esta mujer, como ves, ya no es
joven. Est rendida.
Enferma. Lugares rboles altos enfermos muchos. No sentarse aqu. Irse.
No est enferma. Slo cansada. Te ruego que

No sentarse! grit el hombre duramente. Fuera!


La Tuguinda le iba a hablar cuando, de repente, el hombre volvi la cabeza y lanz
un grito; otros hombres empezaron a surgir de las chozas. El hombre tatuado grit: Mujer
enferma! en beklano, y sigui hablando en otro idioma. Los otros cabeceaban
afirmativamente y decan: Ay, ay!. Despus de unos instantes la Tuguinda, dejando el
brazo de Kelderek, se volvi y empez a caminar lentamente de vuelta al camino. l la
sigui. Al llegar a su lado una piedra le golpe el hombro, de modo que tambale y se
apoy en l. Una segunda piedra rasp el polvo que teman a sus pies y la prxima golpe a
Kelderek en un taln. Detrs de ellos se oa una algaraba. Sin mirar a su alrededor, l baj
la cabeza para evitar las piedras, puso un brazo alrededor de los hombros de la Tuguinda y
casi la arrastr, casi la condujo por donde haban venido.
Kelderek fue con ella hasta una mancha de hierba y se sent a su lado. La Tuguinda
temblaba, estaba jadeando, pero despus de unos instantes abri los ojos y se incorpor a
medias, mirando hacia el camino.
Malditos sean estos, bestias! murmur la Tuguinda. Luego encontrando la
mirada de l, ri. No sabas Kelderek, que hay momentos en que todo el mundo dice
malas palabras? Y yo tuve hermanos una vez, hace mucho tiempo. Se puso la mano sobre
los ojos y se balance un instante. Esa bestia tena razn, sin embargo. No estoy bien.
No has comido nada en todo el da, Siyet
No importa. Si podemos encontrar algn lugar en donde echamos y dormir,
llegaremos maana a Zeray. Creo que all podremos encontrar ayuda.
Dando vueltas por el terreno cercano, se encontr con un montn de juncos secos y
haciendo con ellos una especie de refugio se sentaron, apretados el uno contra el otro para
tener calor. La Tuguinda estaba inquieta y afiebrada. Hablaba en sueos de Rantzay y
Sheldra y de las hojas de otoo que eran barridas de los Arrecifes. Kelderek se mantuvo
despierto, atormentado por el hambre y el dolor que tena en el taln. Las estrellas se
movan a lo lejos y, contemplndolas, se qued dormido.
Poco tiempo despus del alba, por miedo a los aldeanos, despert a la Tuguinda y la
condujo a travs de una bruma baja, blanca y fra, como la que haba atravesado Elleroth
cuando lo iban a ejecutar. Verla reducida a esta debilidad, conteniendo la respiracin
cuando se apoyaba en l y forzada a descansar despus de unos pocos pasos, como un
mendigo ciego, no slo le oprimi el corazn sino que lo llen de temores, el temor de
alguien que ve un portento en el cielo y teme el augurio. La Tuguinda, como cualquier otra
mujer de carne y hueso, no estaba a la altura de las dificultades y peligros de esta tierra;
como cualquier otra mujer, poda enfermarse; tal vez morir. Al contemplar esta posibilidad,
comprendi que siempre, incluso en Bekla, la haba sentido de pie, llena de compasin e
inaccesible, entre l y la quemante verdad de Dios. l, el impostor, le haba robado a ella
todo lo de Shardik: su presencia fsica, su ceremonia, el poder y la adulacin; todo esto era
de los hombres. Todo salvo el invisible fardo de responsabilidad que llevaba el mediador

sealado de Shardik, el conocimiento interior de que si ella fracasaba no haba ningn otro.
Haba sido ella y no l quien por ms de cinco aos haba soportado un peso espiritual que
se haba vuelto doblemente pesado por el mal comportamiento que l haba tenido con
Shardik.
Si ella haba de morir ahora, de modo que nada quedara entre l y la verdad de Dios,
entonces l, por carecer de la sabidura y la humildad necesarias, no habra de ser capaz de
ponerse en su lugar. Haba sido descubierto en sus pretensiones y la ltima accin del reysacerdote fraudulento deba ser no buscar la muerte a manos de Shardik, porque de eso era
indigno, sino ms bien arrastrarse como una cucaracha que huye de la luz hasta algn
rincn de este pas de perdicin a esperar cualquier muerte que pudiera sobrevenirle por
enfermedad o por violencia. Mientras tanto el destino de Shardik seguira siendo
desconocido: desaparecera sin ser visto por nadie, sin ser atendido, como un gran peasco
que se desprende desde una ladera y va rompiendo su camino hacia abajo, descansando
finalmente en las selvas sin caminos de ms abajo.
Despus de todo aquello que haba tenido lugar ese da, l slo recordaba un
incidente. Pocos kilmetros ms all de la aldea se encontraron con un grupo de hombres y
mujeres que trabajaban en un campo. A cierta distancia de los otros haba dos mujeres
descansando. Una tena un nio que amainan taba y las dos, mientras rean y charlaban,
coman de una canasta de mimbre. A una distancia de ochocientos metros l convenci a la
Tuguinda que deban echarse a descansar, le dijo que volvera pronto y march velozmente
hacia el campo. Se acerc a las dos mujeres sin ser visto, se present sbitamente, rob la
canasta y ech a correr. Ellas gritaron pero, como l haba calculado, sus amigos se tomaron
tiempo en alcanzarlas y no hubo persecucin. Ya se haba perdido de vista, haba devorado
la mitad de la comida, se haba librado de la canasta y se haba reunido con la Tuguinda
casi antes de que ellas decidieran que unos pocos bocados de pan y fruta seca no valan la
prdida de trabajo de una muchacha tonta. Al proseguir la marcha con su taln lastimado,
forzando a la Tuguinda a tragar los restos de pan y las pasas de uva que haba trado, pens
que el hambre y la miseria haban encontrado en l un alumno competente. El mismo Rvit
no podra haberlo hecho mejor, a no ser que hubiera hecho callar a las mujeres con su
cuchillo.
Ya llegaba la noche cuando comprendi que deban estar cerca de Zeray. Haban
visto poca gente en todo el da, y nadie les haba hablado o molestado, sin duda en razn de
su pobreza, que los proclamaba indignos de ser robados, en parte, y tambin a causa de la
evidente enfermedad de la Tuguinda. No haban tenido que atravesar ms zonas boscosas, y
Kelderek haba seguido la direccin Sudeste en direccin al sol, a travs de un yermo,
interrumpido por aqu y por all por lastimosos campos de pastoreo y pedazos de tierra
arada. Por ltimo llegaron hasta los juncos y las juncias, hasta la orilla de una baha que l
adivin que deba ser ua entrada del mismo Telthearna. Lo bordearon tierra adentro cierto
tiempo, siguieron la desembocadura y llegaron a la ribera meridional; marcharon al lado y,
cuando se ensanch, l pudo ver, ms all de la_ boca de la baha, al Telthearna mismo, que
era aqu ms angosto que en Ortelga y tena una corriente muy fuerte: la ribera oriental
pareca rocosa a la distancia, por encima del agua. Pese a su desesperacin, una especie de
eco sordo e involuntario de placer lo invadi, una iluminacin sofocada del espritu, dbil

como el nimbo de la luna detrs de unas nubes blancas. Esa agua haba mojado las juncias
de Ortelga. Haba acariciado el derruido pasaje de Ortelga. Trat de indicrselo a la
Tuguinda, pero ella se limit a menear la cabeza con aire cansado, casi, incapaz de seguir la
direccin del brazo de l. Si ella mora en Zeray, pens l, su ltimo deber consistira en
asegurarse que las noticias fueran llevadas a Quiso. A pesar de lo que ella haba dicho, no
haba muchas esperanzas de encontrar ayuda en una colonia remota y miserable, poblada
casi totalmente (era lo que l siempre haba entendido) por fugitivos de la justicia
provenientes de media docena de pases. Poda ver ahora los alrededores, bastante
parecidos a los de Ortelga: cabaas y humo de lea, pjaros que trazaban crculos y en el
aire del atardecer, donde la luz del sol empezaba a desvanecerse, el fulgor del Telthearna.
En dnde estamos, Kelderek? murmur la Tuguinda. Se apoyaba casi con todo
su peso en el brazo de l y tena la cara gris y cubierta por el sudor. l la ayud a beber de
un manantial claro y luego la acompa hasta un montculo herboso que estaba cercano.
Estamos en Zeray, Siyet, supongo.
Y ste este lugar?
l mir en derredor. Estaban en lo que pareca ser una especie de jardn salvaje,
descuidado, en el que crecan flores primaverales y rboles relucientes. Por todas partes
haba riberas bajas y montculos, como el montculo en que estaban sentados; l advirti
que varios de ellos estaban marcados groseramente con piedras o pedazos de madera
clavados en el suelo. Algunos parecan nuevos, otros viejos y gastados. A cierta distancia
haba cuatro o cinco montculos de tierra recin removida, sin hierba y cubiertos con unas
pocas flores y unas cuentas negras.
Este es un cementerio, Siyet. Debe ser el camposanto de Zeray.
Ella asinti con la cabeza.
A veces en estos lugares hay un cuidador que espanta de noche a los animales. Tal
vez Se interrumpi y tosi, pero luego prosigui, haciendo un esfuerzo:
Tal vez pueda decirnos algo de Zeray.
Descansa aqu, Siyet. Ir a ver.
Avanz entre las tumbas y apenas haba dado unos pasos cuando vio a corta
distancia, la figura de una mujer de pie que oraba. Le daba la espalda y tanto ella como el
tmulo que tena a su lado se perfilaban contra el cielo. A los lados de la tumba haba tablas
labradas y pintadas, que le daban el aspecto de un gran ropero decorado, en contraste con
los descuidados montculos de alrededor, posea una especie de grandeza. En un extremo
haban plantado un palo muy erguido con un pendn, pero la tela colgaba floja, y l no
pudo distinguir la divisa. La mujer, vestida de, negro y descubierta, como de duelo, pareca
joven. l se pregunt si esa tumba que estaba visitando sola sera la de su marido, y si

habra muerto de muerte natural o violenta. Esbelta y graciosa, se recortaba en el cielo


plido, con los brazos extendidos y las manos levantadas con las palmas hacia arriba.
Estaba inmvil, como si para ella la belleza y la dignidad de esta postura tradicional
constituyeran una plegaria tan devota como cualesquiera palabras o pensamientos que
pudieran proceder de su mente. Esta, pens l, es una mujer a quien le resulta natural
expresar sus sentimientos incluso el dolor con su cuerpo tanto como con sus labios. Si
Zeray cuenta con una mujer capaz de esta gracia, tal vez no est del todo mal.
Ya se dispona a ir hacia ella cuando el repentino pensamiento de su propia
apariencia lo hizo vacilar y apartarse. Desde que haba salido de Bekla no haba visto ni una
sola vez su propio reflejo, pero record a Rvit, como un animal de movimientos torpes y
ojos enrojecidos, y a los hombres hediendos y harapientos que haban empezado por
indagar y despus se haban mostrado cordiales. No poda saber por qu esta mujer estaba
sola aqu. Tal vez las mujeres jvenes en Zeray salan solas, aunque de acuerdo a todo lo
que haba odo del lugar, esto no pareca probable. Acaso sera una cortesana que estaba
llorando a su amante favorito? Cualquiera fuera la razn, la vista de l la iba a alarmar,
probablemente la iba a hacer huir. Pero no poda tenerle miedo a la Tuguinda, e incluso
podra sentir piedad por ella.
Volvi sobre sus pasos hasta la orilla.
Siyet, hay una mujer cerca que est rezando, una mujer joven. Si yo me
aproximo a ella solo, se va a asustar. Si te ayudo y marchamos lentamente, podras venir
conmigo?
Ella asinti con la cabeza, mojndose los labios secos y tendindole las dos manos.
l la ayud a levantarse y sostuvo sus vacilantes pasos entre las tumbas. La joven segua de
pie, inmvil, con los brazos levantados, como solicitando paz y bendiciones para su amigo
o amante muerto, envuelto en tierra a sus pies. La postura, como l se dio cuenta ya se
haba vuelto penosa despus de cierto tiempo, pero ella no pareca sentir la molestia, ni las
moscas importunas ni la soledad del lugar, absorbida en su pena silenciosa y contenida.
Cuando estaban cerca de la tumba, la Tuguinda tosi de nuevo y la mujer,
sorprendida, se dio vuelta rpidamente. El rostro era joven, y, aunque todava hermoso,
pareca enflaquecido por penurias y marcado como l haba adivinado por las arrugas
de un dolor ya establecido. Al ver los ojos de ella, que se abrieron llenos de sorpresa y de
miedo, l murmur rpidamente.
Habla, Siyet, o se va a escapar.
La mujer los miraba como si fueran fantasmas; los nudillos de sus manos juntas se
apretaban contra la boca abierta y, de repente, a travs de su rpida respiracin, lleg un
grito sofocado. Pero ni corri ni se dio vuelta para correr, limitndose a mirar fijamente,
con asombro incrdulo. El tambin estaba quieto, con miedo de moverse y tratando de
recordar lo que la consternacin de ella le sugera. Entonces, en el momento en que l vio
que las lgrimas de ella empezaban a correr, la mujer cay de rodillas, mirando fijamente a

la Tuguinda con la mirada de una nia que es hallada inesperadamente por una madre que
la busca y que an no sabe si habr de mostrarse solcita o enojada. De repente, en una
pasin de llanto, se arroj al suelo, agarr los talones de la Tuguinda y le bes los pies.
Siyet grit, en medio de sus lgrimas oh, perdname! Perdname, Siyet,
y podr morir en paz!
Levant la cabeza y los mir, con la cara descompuesta, angustiada por el llanto. Y
entonces Kelderek la reconoci y supo en dnde haba visto antes esa mirada de miedo. Era
Melathys que estaba echada ante ellos, asida de los pies de la Tuguinda.
Una rfaga de viento que vena del ro sopl entre los rboles, agitando y abriendo el
pendn, como si algn transente lo hubiera desplegado indolentemente con la mano y lo
hubiera dejado caer de nuevo. Por un instante el emblema, una serpiente de oro, se vio
claramente, caracoleando como viva; luego cay y desapareci una vez ms entre los
pliegues del pendn oscuro.

43
El relato de la sacerdotisa

Cuando l lleg dijo Melathys cuando l lleg junto con Ankray, haca ya
bastante tiempo que yo estaba aqu, el suficiente para saber que tarde o temprano iba a
morir en una u otra forma. Durante el viaje por el ro, antes de llegar a Zeray, supe ya lo
que poda esperar de los hombres cuando me haca falta comida o albergue. Pero el viaje
fue en un comienzo fcil, aunque yo no lo saba, todava estaba alerta y confiada. Tena un
cuchillo, saba usarlo y siempre estaba all el ro que me poda llevar ms all. Dej de
hablar, mirando rpidamente a Kelderek que, entorpecido por la primera comida plena que
haba hecho desde que haba salido de Kabin, estaba sentado junto al fuego, baando sus
pies lacerados en una tina con agua caliente y hierbas.
Ha llamado?
No, Siyet dijo Ankray, voluminoso a la luz de la lmpara. Haba entrado al
cuarto mientras ella hablaba.
La Tuguinda est ahora durmiendo. A menos que te haga falta algo, ir ahora a
velar junto a ella.
S, vela por una hora. Despus ir yo mismo a dormir en su cuarto. Dejo a tu
cargo las necesidades del seor Kelderek. Y recuerda, Ankray, que cualquier cosa que haya
ocurrido al Gran Barn en Ortelga, el seor Kelderek est en Zeray. Este viaje lo arregla
todo.
Ya sabes lo que dicen, Siyet. En Zeray la memoria tiene un aguijn agudo y el
sabio la evita.
As, me han dicho. Ve, pues.
El hombre sali, agachndose bajo el dintel, y Melathys, antes de seguir hablando,
llen el jarro de madera con un spero vino que estaba en una botija de piel de cabra que
colgaba de la pared.
Pero no se sigue a partir de Zeray. Todos los viajes terminan aqu. Muchos,
cuando llegan por primera vez, creen que podrn cruzar el Telthearna, pero ninguno, dentro
de lo que yo s, lo ha hecho. La corriente de la mitad del ro es horriblemente fuerte y dos
kilmetros ms abajo est la Garganta de Beril, de la cual nadie puede salir vivo en medio
de las cadas y las rocas despedazadas.
Nadie toma el camino de tierra?

En la provincia de Kabin, si se sabe que un hombre ha cruzado el Vrako desde el


Este, se lo mata o se lo obliga a volver.
Lo puedo creer.
Al Norte de aqu, cincuenta o sesenta kilmetros corriente arriba, las montaas
bajan casi hasta la orilla. Hay una quebrada, Linsho, la llaman, de un ancho de no ms de
ochocientos metros. Los que viven all hacen pagar a los viajeros un peaje antes de dejarlos
proseguir. Muchos pagaron todo lo que posean por llegar al Sur, pero quin podra pagar
por ir al Norte?
Nadie?
Kelderek: veo que no sabes nada de Zeray. Zeray es una roca a la que los hombres
se aferran por poco tiempo antes de que la muerte los arrastre. No tienen hogares ni pasado
ni futuro, ni esperanza, ni honor, ni dinero. Somos ricos de vergenza y de nada ms. En
una ocasin yo vend mi cuerpo por tres huevos y un vaso de vino. En un principio fueron
dos huevos, pero me impuse en el regateo. Conoc a un hombre al que mataron por una
moneda de plata y que result sin valor para el asesino, porque no la pudo comer, ni gastar,
ni usar como arma. No hay mercado en Zeray, no hay sacerdote, ni panadero, ni zapatero.
Los hombres cazan cuervos vivos y los cran para comerlos. Cuando yo llegu, el comercio
no exista. Aun ahora existe a cuenta gotas, como habr de explicarte. Un grito en la noche
pasa inadvertido y las posesiones que un hombre tiene las debe llevar de un lado a otro: no
las puede dejar en el suelo.
Pero esta casa? Tienes comida y vino. Y la Tuguinda, gracias a Dios, est en una
cama cmoda.
Las puertas y las ventanas estn fuertemente trabadas te diste cuenta? S,
tienes razn. Aqu tenemos un poco de comodidades: cunto tiempo habrn de durar es otra
cosa, como habrs de ver cuando termine mi historia.
Ech un poco ms de agua caliente en la tina de Kelderek, sorbi su vino,
inclinndose sobre el fuego y extendiendo sus hermosos brazos y su cuerpo a uno y otro
lado, como bandose en el calor y la luz. Finalmente sigui diciendo:
Dicen que a las mujeres les deleita ser deseadas, y tal vez sea as Algunas y en
alguna otra parte. He gritado de miedo mientras dos hombres que se odiaban lucharon con
cuchillos para decidir cul de los dos iba a imponrseme. He sido arrastrada fuera de una
cabaa incendiada de noche por el hombre que mat a mi compaero de lecho mientras
estaba durmiendo. En menos de tres meses he sido de cinco hombres: dos de ellos fueron
asesinados, y el tercero se fue de Zeray despus de intentar apualarme. Como todos los
que dejan el lugar, se fue no por querer ir a otro, sino por miedo de quedarse aqu. No me
jacto, Kelderek, creme. Estos no son asuntos de los que uno se pueda jactar. Mi vida ha
sido una pesadilla. No haba ningn refugio ningn lugar donde esconderse. En total no
haba cuarenta mujeres en Zeray: viejas harpas, rameras, muchachas que vivan

aterrorizadas porque estaban demasiado enteradas de algn crimen atroz. Llegu aqu como
sacerdotisa virgen de Quiso, cuando todava no haba cumplido veinte aos. Guard un
instante de silencio y luego dijo: Antiguamente en Quiso, cuando pescbamos el bramba,
usbamos carnadas vivas. Dios me perdone; nunca podra volver a hacer eso. Una vez trate
de quemarme la cara en el fuego, pero no tuve bastante valor, como no lo tuve para
enfrentar al Seor Shardik. Una noche estaba con un hombre llamado Glabrn, un natural
de Tonilda de quien tenan miedo incluso en Zeray. Cuando un hombre es bastante temido
aqu, se forma una banda en torno a l, que se dedica a matar y a robar, a meter comida en
sus estmagos y mantenerse vivos por un rato. Estas bandas logran asustar a otros en los
lugares de pesca, acechan a los recin llegados o les tienden trampas y cosas por el estilo. A
veces se ponen a hacer incursiones por las aldeas que estn ms all de Zeray, aunque por
lo general es muy poco lo que obtienen por sus afanes. Hay poca cosa que encontrar aqu.
Los hombres pelean y roban por mantenerse vivos y nada ms. Un hombre que no sabe
pelear o robar puede contar con vivir tal vez tres meses. Tres aos es un buen trmino de
vida para los hombres ms fuertes en Zeray. Hay una especie de taberna cerca de la orilla
en este extremo del pueblo. Le llaman El Soto verde, por algn lugar que est en Ikat,
creo, o es en Bekla?
En Bekla.
Ikat o Bekla, nunca o que la bebida que all sirven pudiera volver ciegos a los
hombres, ni que el tabernero vendiera ratas y lagartos como comida. Glabrn consigui una
magra manutencin a cambio de no destruir el lugar y protegerlo de otro como l. Era
vanidoso s, en Zeray era vanidoso y senta el placer de ser envidiado por otros: que lo
vieran comer cuando estaban hambrientos o insultarlos cuando estaban asustados. Oh, s, y
tambin atormentaba la lujuria de ellos mostrndoles lo que tena para s. Me llevas all
demasiado seguido, le dije. Por amor de Dios, no es bastante que yo sea tu propiedad y
que el cuerpo de Keriol est flotando en el Telthearna? Qu diversin encuentras en agitar
un hueso ante perros hambrientos?. Glabrn nunca discuta con nadie, y conmigo menos
que con nadie. Yo no estaba all para hablar y l tenia tanta facilidad con las palabras como
un cerdo. Esa noche haban tenido un golpe de suerte. Unos das antes un cuerpo haba sido
arrojado a la costa con un poco de dinero encima, y dos de los hombres de Glabrn haban
ido tierra adentro y haban vuelto con una oveja. Ellos mismos se comieron la mayor parte
de la carne, pero cambiaron el resto por bebidas. Glabrn se emborrach tanto que yo
estaba ms asustada que nunca. En Zeray la vida de un hombre nunca est en tanto peligro
como cuando est borracho. Yo conoca a sus enemigos y esperaba ver llegar a uno u otro
en cualquier momento. Estaba bastante oscuro en la habitacin y la luz de una lmpara es
un raro lujo aqu. Pero de repente not que dos forasteros haban entrado. Uno tena la cara
casi escondida bajo el borde de una gran capa de piel y otro; un hombre corpulento, me
miraba y le murmuraba algo a su compaero. Eran slo dos frente a los seis o siete de
Glabrn, pero supe lo que iba a ocurrir all y estaba loca de deseos de disparar.
Glabrn estaba cantando una cancin obscena, o crea que estaba cantando. Yo le
tir de la manga y lo interrump. Mir alrededor un instante y luego me dio un revs en la
cara con el dorso de la mano. Haba vuelto a cantar cuando el extranjero embozado se
acerc a la mesa. La capa siempre le cubra la cara, y slo uno de los ojos apareca sobre el

borde. Dio una patada a la mesa y la hizo trastabillar, de modo que todos lo miraron.
No me gusta tu cancin le dijo a Glabrn en beklano. No me gusta la forma
en que tratas a esta mujer. Y tampoco me gustas t.
En cuanto habl, supe quin era. Pens: No lo puedo aguantar. Quera advertirle,
pero no logr decir una palabra. Glabrn no contest nada durante unos segundos, no por
haber quedado especialmente desconcertado, sino porque tena la costumbre de proceder
con lentitud y calma cuando mataba a un hombre. Le gustaba producir un efecto, era parte
del miedo que inspiraba, y hacer que la gente viera que l mataba con deliberacin, no en
un ataque de rabia.
Ah! As que no te gusta? dijo finalmente, cuando se cercior que todo el
cuarto estaba escuchando. Me pregunto con quin tengo el honor de hablar. Puedes
decrmelo?
Soy el diablo dijo el otro hombre. Vengo a buscar tu alma, y no estoy ni un
minuto adelantado. Al decir esto dej caer el brazo. Naturalmente, nunca lo haban visto
antes, y, en aquella luz mortecina, la cara que mostr no era la de un ser humano. Todos
eran hombres supersticiosos, ignorantes, con malas conciencias, sin religin, y con mucho
miedo a lo desconocido. Se apartaron a saltos de l, maldiciendo y atropellndose unos a
otros. El Barn ya haba desenvainado la espada y en el mismo momento le cort a Glabrn
el pescuezo, me asi del brazo, taje a otro hombre en el camino y sali a lo oscuro
conmigo y con Ankray, antes de que nadie tuviera tiempo de sacar un cuchillo.
No te contar el resto de la historia esta noche. Ms adelante tendremos tiempo.
Pero supongo que puedes creer que nadie parecido a Bel-ka-Trazet ha sido visto aqu antes.
Durante tres meses l y yo y Ankrav nunca dormimos a la vez. En seis meses se convirti
en seor de Zeray, con hombres a sus espaldas en quienes poda confiar para que hicieran lo
que l ordenaba.
l y yo vivimos en esta casa, y la gente me sola llamar su reina, parte en broma y
parte en serio. Nadie se atreva a mostrarse irrespetuoso conmigo. Creo que no habran
podido creer la verdad: Bel-ka-Trazet nunca me toc. Dudo que te hayas formado una
buena opinin de los hombres, me, dijo una vez, y en cuanto a m, es muy poco lo que
me queda en lo que se refiere a propia estima. Por lo menos mientras est vivo puedo
honrar a una sacerdotisa de Quiso, y eso ser lo mejor para los dos. Slo Ankray conoce
ese secreto. El resto de Zeray debe haber credo que nuestro destino era la esterilidad, o tal
vez que sus heridas
Y aunque nunca estuve enamorada de l, sent agradecimiento por su compostura,
y de todos modos lo respetaba y admiraba, y habra consentido en ser su consorte si ese
hubiera sido su deseo. La mayor parte del tiempo estaba cabizbajo y malhumorado. Los
placeres aqu son bastante escasos, pero l nunca tena ganas de nada, como si se estuviera
castigando por la prdida de Ortelga. Tena una lengua mordaz, hiriente, y no albergaba
ilusiones.

Recuerdo.
No me pidis que salga con vosotros, dijo una vez a sus hombres. Algn oso
podra correrme corriente abajo. Ellos entendieron la referencia a l, porque si bien nunca
les haba contado la historia, a Zeray haban llegado noticias de la batalla al pie de los
montes y de la cada de Bekla en poder de los ortelganos. Cuando alguna cosa sala mal, l
tena la costumbre de decir conseguos un oso. As las cosas saldrn mejor. Pero, aunque
lo teman, confiaban en l, lo respetaban y lo seguan sin vacilaciones. Como ya dije, no
haba nadie aqu que pudiera ponerse ni de lejos frente a l. Vala demasiado para Zeray.
Supongo que cualquier otro Barn, forzado a huir como l, habra cruzado hasta Deelguy o
se habra dirigido a Ikat, o incluso a Terekenalt, pero l l odiaba la compasin, como un
gato odia al agua. Haba sido su orgullo, su amarga naturaleza, lo que lo haba llevado a
Zeray como un asesino que huye. En realidad gozaba sumindose en la miseria y los
peligros del lugar. Aqu se podra hacer mucho, me dijo un atardecer, cuando estbamos
pescando en la orilla. Hay terrenos pasables en la llanura que rodea a Zeray y bastante
madera en los bosques. Nunca podra ser una provincia rica, pero podra lograr una
situacin bastante buena si los campesinos no estuvieran muertos de miedo y hubiera
caminos hasta Kabin y Linsho. Ley, orden y un poco de comercio: es todo lo que hace falta.
Si no me equivoco, es aqu que el Telthearna est ms cerca de Bekla. Antes de morirnos
tendremos dos sogas bien gruesas tendidas entre esos estrechos y una balsa que va a correr
entre ellos. No en balde soy ortelgano: s lo que se puede hacer con una soga; tambin s
fabricarlas. Es ms fcil que circundar el Cerco Muerto, te lo aseguro. Piensa lo que sera
abrir una ruta de comercio en el Este: Bekla pagara cualquier cosa por usarla.
Podran venir y anexar la provincia dije.
Podran intentarlo me contest pero est ms defendida que lo que nunca
estuvo Ortelga. Hay sesenta kilmetros desde el Vrako a Zeray y treinta son de selva espesa
y montes, difciles de atravesar mientras a alguien no se le ocurra abrir un camino, que
podramos deshacer cuando se nos antojara. Te digo, muchacha: todava nos vamos a rer
ltimos del oso.
Lo cierto es que ni siquiera Bel-ka-Trazet hubiera podido traer la prosperidad a un
lugar como Zeray, porque no contaba ni con barones ni con hombres de calidad y no poda
estar en todas partes. Lo que pudo hacerse, l lo hizo. Castig los robos, los asesinatos, y
puso fin a los saqueos del interior. Convenci o soborn a unos cuantos campesinos para
que trajeran madera y lana y trataran de ensear carpintera y cermica a los habitante de tal
modo que la ciudad pudiera trocar lo que fabricara. Hacamos trueque de pescado seco y de
juncias para techos y esteras, todo lo que podamos. Pero, comparado incluso con Ortelga,
el comercio era muy escaso, un asunto endeble, sencillamente a causa de los hombres que
haban venido aqu, como sabes, los criminales no pueden trabajar y ni siquiera tenamos un
camino. Bel-ka-Trazet lo comprendi y hace ahora menos de un ao ide un nuevo
proyecto.
Nosotros sabamos lo que haba estado ocurriendo en Ikat y en Bekla, aqu llegaron
fugitivos de las dos ciudades. Bel-ka-Trazet haba quedado impresionado con lo que haba

odo de Santil-ke-Erketlis y por ltimo decidi intentar un acuerdo con l. La dificultad


consista en que tenamos muy poco que ofrecer. Como deca el Barn, ramos como el
hombre que trata de vender un buey cojo o un cacharro torcido. Quin se iba a tomar la
molestia de venir y ocupar Zeray? Incluso a un general que no enfrenta un ejrcito enemigo
en el campo, no le vala la pena iniciar la marcha desde Kabin. Lo hablamos entre nosotros
una y otra vez y finalmente Bel-ka-Trazet ide un ofrecimiento que l pens que poda ser
atrayente para Santil y tambin para los nuestros. Su idea era hacerle saber a Santil que, si
alguna vez marchaba hacia el Norte, tomara o no a Bekla, poda anexarse de paso a Zeray.
Nosotros lo bamos a ayudar en cualquier forma. En particular lo bamos a ayudar a cerrar
la apertura de Linsho en el Norte, cercando a todos los traficantes de esclavos que hubieran
huido al Este del Vrako para escaparle. Tambin le bamos a decir que con carpinteros y
sogueros expertos, con la labor de sus propios hombres siguiendo las rdenes de estos, iba a
ser posible construir una balsa para atravesar los estrechos del Telthearna. Entonces, si todo
sala bien, se podra construir un camino desde Kabin a Zeray; y para realizar estas
empresas, si eran de su gusto, nosotros podamos colaborar en cualquier forma. Finalmente,
si no le asustaba alistar hombres en Zeray, le bamos a mandar todos los que
encontrramos, siempre que l les otorgara indultos.
Los cinco o seis hombres a quienes el Barn llamaba sus consejeros estuvieron de
acuerdo en que este ofrecimiento representaba la posibilidad de seguir vivos, en Zeray o
fuera de Zeray, en el caso de que la gente de Yeldashay aceptara venir. Pero iba a ser difcil
hacerle llegar un mensaje a Santil. Al Este del Vrako hay solamente dos salidas. Una es por
el Norte, a travs de la quebrada de Linsho; la otra est en el Oeste y atraviesa el Vrako en
las cercanas de Kabin. Ms al Sur de Kabin el Vrako es impasable, a lo largo de toda la
frontera con Tonilda hasta su confluencia con el Telthearna. Los hombres desesperados
encuentran la manera de llegar a Zeray, pero incluso hombres ms desesperados no pueden
inventar otra salida.
Pensamos que iba a ser imposible a cualquiera llegar hasta Ikat Yeldashay, pero por
lo menos contbamos con un hombre que estaba dispuesto a intentarlo. Se llama Elstrit. Era
un muchacho de unos diecisiete aos que, en vez de abandonar a su padre, se haba juntado
con l cuando ste haba huido del Terekenalt. No s lo que su padre haba hecho, pues
muri antes de llegar a Zeray y Elstrit haba tenido que vivir de su propia inventiva desde
entonces, hasta que tuvo la buena idea de unir su suerte a la de Bel-ka-Trazet. No slo era
fuerte y astuto, sino que tena la ventaja de no ser un criminal conocido y no tener un precio
sobre su cabeza. Inteligente o no, de todos modos tena que intentar cruzar el Vrako en
Kabin. Fue al Barn que se le ocurri la idea de forjar para l un contrato de traficante de
esclavos en Bekla. En Kabin deba decir que trabajaba para Lalloc, un conocido traficante
de nios, y que contaba con la proteccin de los ortelganos en Bekla, que siguiendo
instrucciones de Lalloc haba entrado a la provincia de Zeray por la quebrada de Linsho y
que viajaba por ella con el propsito de ver si el pas ofreca buenas perspectivas para una
incursin en busca de esclavos. Ahora iba de vuelta a Bekla a informar a Lalloc; despus,
ms tarde, en cuanto llegara a la provincia de Yelda, podra destruir el falso contrato. El
ardid era bastante endeble pero el sello en el contrato era una falsificacin excelente del
sello del oso de Bekla (un notabilsimo falsificador la haba hecho para nosotros) y slo nos
quedaba esperar buena suerte. Elstrit cruz el Vrako har unos tres meses, poco tiempo
despus de las lluvias, y lo que ha sido de l ulteriormente no lo sabemos: ni siquiera si

lleg o no a Ikat.
Un mes despus de esto el Barn cay enfermo. Muchos se enferman en Zeray. No
es raro: la suciedad del lugar, las ratas, los piojos, las infecciones, la tensin y el miedo
continuos, el peso de la culpa y la prdida de la esperanza. El Barn haba tenido una vida
dura y, a pesar suyo, estaba declinando. Puedes imaginar la forma en que lo cuidbamos
Ankray y yo. ramos como hombres en tierra de animales feroces, que encienden un fuego
de noche y rezan para que llegue el amanecer. Pero el fuego se apag se apag.
Las lgrimas se agolparon en sus ojos y ella los enjug bruscamente, escondi por
un instante la cara entre las manos y luego, exhalando un hondo suspiro, continu:
Una vez habl de ti. Ese muchacho Kelderek, dijo, yo lo habra matado si la
Tuguinda no nos hubiera mandado buscar esa noche. Ya no le deseo ningn mal, pero por el
bien de Ortelga espero que pueda terminar lo que inici. Unos pocos das despus habl a
nuestros hombres lo mejor que pudo, para ese entonces ya estaba muy dbil. Les
recomend que no ahorraran esfuerzos para obtener noticias de las intenciones de Santil, y
que si haba la ms mnima esperanza, a cualquier costo mantuvieran el orden en Zeray
hasta que l llegara. De otro modo, vais a estar todos muertos en menos de un ao, dijo.
Y el lugar va a estar peor de lo que nunca estuvo antes de que hubiramos empezado.
Despus de esto, slo Ankray y yo estuvimos con l hasta que muri. Fue una muerte
ardua. Era algo que poda esperarse verdad? Lo ltimo que dijo fue: El oso decidles
que el oso. Me inclin sobre l y le pregunt: Qu hay con el oso, seor?, pero el ya
no habl ms. Contempl su rostro, ese terrible rostro que se deshaca como la cera de una
vela gastada. Cuando desapareci, hicimos lo que haba que hacer. Cubr sus ojos con un
pedazo de lienzo mojado, y recuerdo cmo, cuando estbamos enderezando los brazos, el
pao rebals, de modo que los ojos muertos se abrieron y yo los vi mirndome, clavndose
en los mos.
Ya has visto su tumba. Hubo corazones acongojados y corazones asustados en el
momento en que ocurri. Ha pasado ya ms de un mes y a partir de ese da Zeray se ha
hundido cada vez un poco ms, se nos ha ido escapando siempre un poco ms de las manos.
Todava no la hemos perdido, pero te dir cmo son las cosas. La mitad de los hombres de
Zeray se preguntan si habrn de atreverse a desafiamos. A partir de ahora algunos lo van a
intentar. Conozco a nuestros hombres, los hombres del Barn. Sin l no se podrn mantener
unidos. Es slo una cuestin de tiempo.
Todas las tardes voy a su tumba y rezo pidiendo ayuda y liberacin. A veces
Ankray viene conmigo, o tal vez algn otro, pero por lo general voy sola. En Zeray no hay
modestia y yo ya estoy ms all del miedo. Mientras nadie intente insultarme, yo lo
interpreto como un signo de que seguimos teniendo algn poder en el lugar, y no est de
ms comportarse como si uno creyera que lo tiene. A veces he rezado para que viniera el
ejrcito de Santil, pero la mayor parte del tiempo no empleo palabras y simplemente le
ofrezco a Dios mis esperanzas y mis anhelos, y mi presencia en la tumba del hombre que
me honr y me respet.

En Quiso la Tuguinda sola decirnos que la verdadera confianza en Dios era toda la
vida de una sacerdotisa. Dios puede permitirse esperar, sola decirme. Dios puede
permitirse esperar, ya sea para convertir a los incrdulos, para recompensar a los justos o
para castigar a los malvados. Con l todo llega al fin. Nuestro trabajo no slo consiste en
creer eso, sino en mostrar que lo creemos en todo lo que decimos y hacemos.
Melathys se ech a llorar amargamente, y sigui llorando mientras hablaba.
Ya no tena en mi mente recuerdos de la forma en que llegu a Zeray y de los
motivos que tuve. Mi traicin, mi cobarda, mi sacrilegio, acaso pens que mis sufrimientos
haban borrado todo eso, haban cavado una zanja entre m y la sacerdotisa que haba roto
sus votos, que haba traicionado al Seor Shardik y haba faltado a la Tuguinda. Esta noche,
cuando me di vuelta y vi quin estaba detrs de m sabes que pens? Pens: Ha venido
a Zeray a buscarme, a renunciar a la cosa o a perdonarme, a condenarme o a llevarme de
vuelta a Quiso. Como si no hubiera sido mancillada cuarenta veces. Me ech a sus pies e
implor su perdn, le dije que yo no vala bastante para que ella hiciera por m lo que yo
crea que ella haba hecho, le rogu tan slo que me perdonara y me dejara morir. Ahora s
que es cierto lo que dijo. Dios Y dejando caer la cabeza entre los brazos, que tena
cruzados sobre la mesa, solloz amargamente: Dios puede esperar, Dios puede permitirse
el esperar.
Kelderek le puso una mano en el hombro.
Vamos dijo, no hablaremos ms esta noche. Apartemos estos pensamientos y
pensemos tan slo en las tareas que tenemos por delante. A menudo, en momentos de
perplejidad, eso es lo mejor. Es un gran consuelo en la adversidad. Ve a buscar a la
Tuguinda. Duerme al lado de ella y maana nos reuniremos.
Tan pronto como Ankray le tendi la cama, Kelderek se ech en ella y durmi como
no haba dormido desde los das de Bekla.

44
El descubrimiento del corazn

Mota tras mota, la luz del sol del medioda avanzaba por la pared y desde la
distancia se oa el Chong Chong lento de un hacha en el bosque. La Tuguinda, con los
ojos cerrados, haba fruncido el ceo como alguien a quien atormenta el ruido y se mova a
uno y otro lado, incapaz al parecer de encontrar un instante libre de molestia. Kelderek le
enjugaba el sudor de la frente con un pao que mojaba en una jarra que estaba junto a la
cama. Desde la maana temprano ella haba estado entre el sueo y la vigilia, no reconoca
ni a Melathys ni a l y de cuando en cuando pronunciaba unas cuantas palabras inconexas o
sorba un poco de vino con agua de un vaso que le acercaban a los labios. Una hora antes
del medioda Melathys, ayudada por Ankray, haba partido para conversar con los antiguos
seguidores del Barn e informarlos de las noticias, y haba dejado a Kelderek a que
atendiera la puerta y vigilara solo hasta la vuelta de ella.
Los hachazos cesaron y Kelderek se sent en medio del silencio, tomando a veces la
mano de la Tuguinda entre las suyas, y hablndole con la esperanza de que, despertando,
pudiera tranquilizarse. Senta el pulso de ella acelerado por sus dudas, y el brazo, como
pudo ver ahora, estaba hinchado e inflamado con araazos recientes que l reconoci como
hechos con espinas de trazada. No dijo nada de estos, ni de un corte profundo en el pie, que
Melathys haba descubierto y curado la noche anterior.
Lenta como la luz del sol, su mente repasaba todo lo sucedido. Los das que haban
pasado desde su partida de Bekla eran en s mismos como un abismo de tiempo al cual
hubiera descendido paso a paso, y del cual emerga ahora por un breve tiempo antes de la
muerte. Despus de todo, l no tena necesidad de expiar su blasfemia buscando esa muerte,
pues esta ltima pareca inevitable, por mucho que pudieran cambiar los acontecimientos.
Si Erketlis venca y no enviaba tropas al Este del Vrako, ya fuera por no haber
recibido nunca el mensaje de Bel-ka-Trazet o porque no haba encontrado favor con l,
tarde o temprano l iba a morir de manera violenta o de enfermedad en Zeray o en el
intento de huir de ella. Pero si las tropas de Erketlis atravesaban el Vrako, lo alcanzaban en
Seray o en otra parte y era bastante probable que tuvieran los ojos abiertos en relacin a l,
l saba, porque Elleroth le haba dado su palabra al respecto, que lo iban a matar. Si
Erketlis era vencido, Zelda y Gued-la-Dan, probablemente al llegar a Kabin, iban a mandar
soldados a travs del Vrako en busca de Shardik. Y en cuanto se supiera que Shardik estaba
muerto, ya no se iban a molestar por su antiguo rey-sacerdote. Y si el desacreditado reysacerdote intentaba volver de Zeray, ya fuera a Bekla o a Ortelga, no se le iba a tolerar que
siguiera vivo.
Ya nunca ms habra l de representar e imitar como un mono la parte de mediador
de Shardik ante el pueblo. Nunca ms sera ya el visionario de corazn ntegro que, sin

miedo, en su exaltacin de inspiracin divina, haba marchado y dormido junto a Shardik


en los bosques de Ortelga. Por qu, entonces, a pesar de su resolucin, tomada cuatro das
antes en la cueva de Rvit a pesar de su vergenza y remordimiento, que no cedan, no
encontraba ahora en s mismo la voluntad de vivir? Mera cobarda, supuso. O tal vez
quedaba en l alguna brizna de orgullo que lo alentaba a imaginar una muerte deliberada de
expiacin, que se rebelaba ante la perspectiva de morir por una espada de Ikat o el cuchillo
de un criminal de Zeray. Cualquiera fuera la razn, ahora se haba puesto a pensar si no era
mejor intentar por muy desesperadas que fueran las posibilidades de xito, traer primero a
la Tuguinda de vuelta a Quiso y luego, tal vez, huir a alguna regin ms all del Telthearna.
Pero la mera supervivencia, lo comprendi mientras reflexionaba, no era el nico motivo
que haba cambiado su temprana resolucin de morir.
A su mente volvi la imagen de la muchacha hermosa, vestida de blanco, que haba
caminado de noche por la terraza iluminada por las llamas sobre los Arrecifes de Quiso, la
muchacha cuyo miedo en los bosques de Ortelga haba suscitado en l nada ms que
compasin y el deseo de protegerla y consolarla. Ella, como l, haba encontrado
inesperadamente la cobarda y el propio engao en su corazn, y, despus de creer sin duda
que Shardik no contaba con una sierva ms leal y ms devota, haba aprendido con
vergenza que la verdad era otra. Desde entonces haba tenido que sufrir an ms. Al
abandonar a Shardik y arrojarse sobre el mundo, haba encontrado la miseria de ste, no su
placer. La culpa, la crueldad y el miedo deban haber destruido casi en ella el poder natural
de amar a cualquier hombre o de buscar seguridad o dicha en el amor de un hombre. Pero y
aqu, soltando la mano de la Tuguinda l se puso de pie y empez a caminar de un lado a
otro por la habitacin, tal vez ese poder era todava rescatable; tal vez no haba sido
ahogado ms all de toda posibilidad de recuperacin por alguien que estaba dispuesto a
valorarlo por encima de todo.
La Tuguinda lanz un quejido y su rostro se contrajo, como si sintiera dolor. l se
acerc a la cama y se arrodill, rodendole los hombros con un brazo.
Descansa, Siyet, ests entre amigos, qudate tranquila.
Ella hablaba en voz muy baja y l le acerc la oreja a los labios.
Shardik! Hay que hallar al Seor Shardik!
No dijo nada ms. l volvi a sentarse a su cabecera.
Comprendi ahora que su amor por Melathys haba estado latente desde un principio
en su corazn. Y sin duda l haba sido consciente de su admiracin y respeto por ella, pero
cmo poda l, el cazador sucio y harapiento que haba cado al suelo sin sentido, aterrado
ante la magia de Quiso, haber sospechado entonces que ese deseo haba sembrado su
semilla en su corazn? Desear a una sacerdotisa de Quiso: slo albergar esa idea era
sacrilegio. Y, sin embargo, desatendido como si hubiera hecho germinar una vida
independiente y sola, muy por debajo de su preocupacin intensa por Shardik, este crptico
amor se haba enraizado. En su piedad por Melathys, comprendera ahora, haba habido una

satisfaccin no reconocida por descubrir que la debilidad humana la alcanzaba incluso a


ella; que ella, como cualquier otro mortal, poda necesitar sin duda aliento y ayuda.
Pens tambin en su castidad no forzada en Bekla, en su indiferencia por el lujo del
que poda disponer y la suntuosidad exterior de su realeza; de su continua percepcin de
una verdad que an le faltaba. El gran secreto que deba ser impartido por medio de
Shardik, el secreto de vida que l nunca haba encontrado, ste, lo segua sabiendo, no era
un invento. l no lo confunda con su amor no correspondido por Melathys. Sin embargo, y
ahora frunci el ceo, confundido e incierto, de algn modo misterioso los dos estaban
vinculados. Con ayuda del segundo, tal vez pudiera l hallar al primero.
Como haba sealado la Tuguinda, la conquista de Bekla nada tena que ver con la
verdad de Shardik, haba servido tan slo para dificultar la bsqueda y entorpecer la
revelacin divina de esa verdad. Ahora que Shardik se haba perdido para siempre, l haba
despertado, como un borracho en un pozo, y recordaba su locura, mientras la mgica
criatura entre las vasijas de fuego se haba convertido en una fugitiva desdichada,
familiarizada con el miedo, la lujuria y la violencia. El error y la vergenza, pens, eran el
destino inevitable de la humanidad; pero de todos modos lo aliviaba pensar que tambin
Melathys tena parte en esta amarga herencia. Si por lo menos l hubiera podido salvar la
vida do ella y llevar a la Tuguinda a lugar seguro, entonces hubiera podido solicitar por lo
menos el perdn de la Tuguinda y, si Melathys consenta en ir con l, iran muy lejos y l
olvidara hasta el nombre mismo de Shardik, de quien haba demostrado ser indigno.
Al or el llamado de Melathys, ms all del patio, sali y levant la tranca de la
puerta. La muchacha traa la noticia de que Farrass y Thrild, dos hombres de la escolta del
Barn en los que ella crea que se poda confiar, estaban dispuestos a hablar con l si l se
llegaba hasta ellos. Le pidi a Ankray que viajara con l, como gua, y se dispuso a
atravesar Zeray.
Pese a todo lo que haba odo, no estaba preparado para la pobreza y la mugre, los
rostros cerrados y macilentos que lo miraban al pasar, las miasmas de la necesidad, del
miedo y de la violencia, que parecan surgir de la roa que estaba pisando. Los seres que
pas en la zona del desembarcadero tenan las mejillas hundidas y los rostros grises,
estaban sentados o echados en actitudes desganadas y miraban fijamente el agua agitada en
la mitad del canal y la desierta orilla del Este, ms all. No vio tiendas y no haba nadie
ocupado en ningn oficio, salvo un nio barrigudo y tembloroso, con una canasta, que
avanzaba por el agua playa que le llegaba a las rodillas, agachndose y buscando
Kelderek no pudo saber qu. Al llegar a su destino, como alguien que despierta de un
sueo, slo pudo recordar pocos detalles: retena una impresin indiferenciada de amenazas
percibidas ms que observadas, de miradas duras que l no haba querido enfrentar. Una o
dos veces, en verdad, se haba detenido y haba tratado de mirar a su alrededor, pero
Ankray, sin intentar por ello advertrselo, haba logrado hacerle ver que era mejor continuar
la marcha.
Farrass, un hombre alto, de rostro enjuto, vestido con ropas rotosas que le quedaban
demasiado chicas 7 con un machete en el cinturn, estaba sentado oblicuamente, con un pie

levantado sobre un banco, y miraba cautelosamente a Kelderek, frotndose todo el tiempo


con un trapo una llaga que le supuraba en la mejilla.
Melathys dice que t eras el rey ortelgano de Bekla.
Es verdad, pero de ningn modo estoy buscando autoridad aqu.
Thrild, moreno; delgado y de movimientos rpidos, se sonri cuando l se inclin
sobre el alfizar de la ventana, con una astilla de madera de alumbrar entre los dientes.
Tanto mejor, pues aqu no hay nada que agarrar.
Farrass vacil, indeciso, como todas las personas del Este del Vrako, antes de hacer
preguntas sobre el pasado. Finalmente, encogindose de hombros, como un hombre que
decide que la nica manera de terminar con una tarea desagradable es ponerse a la obra,
pregunt:
Te depusieron?
Ca en manos del ejrcito Yeldashay en Kabin. Me perdonaron la vida pero me
mandaron del otro lado del Vrako.
El ejrcito de Santil?
S.
Estn en Kabin?
Hace seis das estaban.
Por qu te dejaron ir?
Uno de los oficiales principales los convenci. Tena sus razones para ello.
Y elegiste venir a Zeray?
Me top con una sacerdotisa de Ortelga en la selva, una mujer que en un tiempo
fue amiga ma. Ella estaba buscando, bueno estaba buscando a Bel-ka-Trazet. Ahora est
enferma en la casa del Barn.
Farrass asinti con la cabeza. Thrild sonri nuevamente.
Tenemos visitas distinguidas.
La peor clase contest Kelderek. Yo slo quiero salvar mi vida y la de la
sacerdotisa ayudndoos, tal vez.

Cmo?
A vosotros corresponde el decirlo. Yo tengo una muerte segura si caigo por
segunda vez en manos del ejrcito Yeldashay. De modo que si Santil acepta el ofrecimiento
de Bel-ka-Trazet y enva tropas a Zeray, es probable que la cosa se presente mal para m, a
menos que vosotros podis convencerlos de que me den un salvoconducto para salir de
aqu. Es el trato que aspiro a realizar con vosotros.
Farrass, con la barbilla en la mano, contemplaba el suelo, frunciendo el ceo y
meditando. Por una vez ms, fue Thrild quien habl.
No debes hacerte ilusiones sobre nosotros. El Barn tena cierta autoridad cuando
estaba vivo, pero sin l tenemos cada vez menos. Estamos seguros por el momento en lo
que a nosotros mismos se refiere. Y eso es todo lo que se puede decir. Muy poca atencin
van a prestar los Yeldashay a cualquier pedido que nosotros les hagamos.
Ya nos has hecho un favor dijo Farrass, por haber trado noticias de que
Santil estaba en Kabin. No sabes si alguna vez recibi el mensaje del Barn?
No. Pero si l cree que hay traficantes de esclavos fugitivos de este lado del
Vrako, es muy posible que las tropas de Yeldashay ya lo hayan cruzado. Sea as o no, creo
que deberas enviarle sin ms otro mensajero y tratar por todos los medios de sostener aqu
la situacin hasta obtener una respuesta.
Si est en Kabin contest Farrass, lo mejor que podemos esperar, aunque tal
vez no sea esta tu opinin, es ir nosotros mismos con Melathys y pedirle que nos deje
seguir hasta Ikat.
Farrass aqu nunca crey realmente en el proyecto de Santil de tomar Zeray
dijo Thrild. Ahora que el Barn ha muerto, estoy de acuerdo con l. El Barn hubiera
estado dispuesto a ofrecer el lugar nosotros, no. Lo mejor que podemos hacer nosotros es
ir y encontrarnos con la gente de Ikat en Kabin. Tienes que entender nuestra posicin.
Nosotros no intentamos mantener la ley y el orden. Cualquier tipo en Zeray tiene libertad
de asesinar y robar, mientras no se vuelva tan peligroso que resulte ms conveniente para
nosotros matarlo en vez de dejarlo tranquilo. Slo muy pocos de los hombres que viven
aqu han cometido algn crimen serio. Si se enteraran que hemos invitado a los soldados de
Ikat a venir y ocupar la ciudad, se lanzaran detrs de nosotros como ratas acorraladas. A
nosotros no nos conviene tratar de llevar a cabo el proyecto del Barn.
Pero en Zeray no hay riquezas. Por qu matan y roban aqu?
Thrild levant las manos.
Por qu? Para comer. Por qu otra cosa va a ser? En Zeray la gente tiene
hambre. El Barn colg una vez a dos deelguys porque haban matado un nio y se lo
haban comido. En Zeray la gente come gusanos de canasto escarban el fondo del ro

buscando skapas de barro y las cuecen en la sopa. Conoces el gylon?


La mosca transparente? S. Yo me cri en el Telthearna sabes?
Aqu en el verano hay enjambres que cubren las riberas. La gente los caza a
montones y los come con mucho gusto.
Es tan slo porque aquellos de nosotros que dimos nuestro apoyo al Barn
sabemos que tenemos que mantenernos unidos o morir dijo Farrass, que ninguno de
nosotros ha tratado de tomarle su mujer. Una pelea entre nosotros significara el fin de todo.
Pero la cosa no puede durar. Alguien tiene que intentar algo. La mujer es bonita.
Kelderek se encogi de hombros, manteniendo una expresin indiferente.
Imagino que ella puede elegir por s misma cuando llegue el momento.
No en Zeray. Pero, de todos modos, ese problema ya est resuelto. Debemos ir a
Kabin y ella vendr con nosotros, sin duda. Tu sacerdotisa ortelgana tambin, si quiere
vivir.
Cundo? Tiene una fiebre alta.
Entonces no podemos esperarla dijo Thrild.
Yo la llevare al Norte cuando se mejore dijo Kelderek. Ya os he dicho por
qu me es imposible ir a Kabin, ahora o ms tarde.
Si fueras al Norte empezaras a dar vueltas hasta que te mataran. Nunca podras
pasar la quebrada de Linsho.
Me dijiste que os haba trado buenas noticias No me podis ayudar en hada?
No te ayudaremos quedndonos aqu. Si los ikats nos escuchan, intentaremos
convencerlos de que manden buscar a tu sacerdotisa de Ortelga, y podrs intentar tu suerte
con ellos cuando vengan. Qu ms puedes esperar? Estamos en Zeray.

45
En Zeray

Malditos cobardes! dijo Melathys. Y no hace cuarenta das que el Barn


est en su tumba! Si yo fuera el general Santil, los mandara de vuelta a Zeray y los hara
ahorcar en la costa Hubieran podido muy bien mantener la plaza por seis das. Eso nos
hubiera dado tiempo suficiente para que alguien llegara hasta Kabin y volviera con cien
soldados. Pero no: prefirieron escaparse.
Kelderek estaba de pie, dndole la espalda y contemplando el patiecito.
Cautelosamente dijo:
Si se piensa como estn las cosas, sera mejor que te fueras con ellos.
Ella no contest y; despus de unos instantes, l se dio vuelta. Ella sonrea.
No es raro que a una persona tan poco meritoria como yo se le ofrezca una
segunda oportunidad. Puedes creerme: no tengo intenciones de abandonar otra vez a la
Tuguinda.
Si llegas a Kabin con Farrass y Thrild, estars segura. En cuanto ellos se hayan
ido, ya no lo estars aqu. Tendras que pensar seriamente en eso.
La seguridad en esas condiciones no la quiero. Creste que estaba histrica
cuando habl junto a la tumba del Barn?
l se dispona a contestarle, pero ella se dirigi a la puerta y grit, llamando a
Ankray.
Ankray: los hombres del Barn dejan Zeray esta noche o maana y van a Kabin.
Esperan alcanzar el ejrcito del general Santil-ke-Erketlis. Creo que deberas ir con ellos
por tu propia seguridad.
Entonces t tambin partes, Siyet?
No; el seor Kelderek y yo nos quedaremos con la Tuguinda.
Ankray vio a uno y a otro y se rasc la cabeza.
Y la seguridad, Siyet? El Barn siempre dijo que el general Erketlis iba a llegar
aqu un buen da, no es cierto? Es por eso que mand buscar a ese muchacho Elstrit

El general Erketlis puede venir aqu todava, si tenemos suerte. Pero Farrass y los
dems prefieren irse y buscarlo dondequiera que est. Ests en libertad para irte con ellos, y
probablemente sea esto lo ms prudente.
Si me permites que te lo diga, Siyet, lo dudo. Dudo de mi seguridad entre esos
hombres. Prefiero quedarme aqu, entre la gente de Ortelga, si me entiendes. El Barn
siempre sola decir que el general Santil iba a llegar. De modo que supongo que vendr.
Como quieras, Ankray dijo Kelderek. Pero si no llega, este lugar se va a
volver an ms peligroso para todos nosotros.
A m me parece, seor, as lo veo yo, que si eso ocurre, tendremos que irnos a
Kabin por nuestra propia cuenta. Pero el Barn no querra que yo dejara a Sacerdotisas de
Ortelga que se las arreglaran solas, incluso contigo al lado. No tienes miedo de
quedarte, entonces?
No, seor contest Ankray. El Barn y yo nunca tuvimos miedo de nadie en
Zeray. En cuanto al Barn, l siempre sola decir Ankray, recuerda que t tienes una buena
conciencia y ellos no la tienen. Por lo general, l
Est bien dijo Kelderek. Me alegro que veas as las cosas. Pero crees
pregunt volvindose a Melathys que pueden intentar obligarnos a que nos unamos con
ellos?
Ella lo mir con ojos muy abiertos, solemnemente, de modo que l volvi a ver la
mujer que haba desenvainado la espada de Bel-ka-Trazet y le haba preguntado qu era.
Pueden intentar persuadirme, si ese es el gusto de ellos, pero dudo que lo hagan.
No olvides que me he pescado la fiebre de la Tuguinda y que es una fiebre contagiosa. Eso
es lo que se les dir, si vienen.
Ruego a Dios que no la hayas pescado en serio dijo Kelderek. Y comprendi en
una llamarada de apasionada admiracin que, a pesar de todo lo que ella saba de Zeray, su
decisin de quedarse, tomada con placer ms que con decisin, no le inspiraba miedo sino
una alegra exaltada por recobrar la propia estima. Para ella la aparicin de la Tuguinda en
el cementerio haba sido primero un milagro y luego un acto de increble amor y
generosidad; y aunque conoca ahora el relato verdadero del viaje de la Tuguinda, segua
atribuyndolo de todos modos a Dios. Pese a lo que Kelderek haba visto en la tumba del
Barn no haba credo hasta ahora que todo lo que ella haba sufrido en Zeray le haba
producido menos afliccin que el recuerdo de su huida de Ortelga.
La Tuguinda no pareca estar mejor: segua atormentada por una inquietud continua.
Al caer la tarde Ankray se qued con ella, mientras Melathys y Kelderek utilizaron lo que
quedaba de la luz del da para cerciorarse del estado de las cerraduras y las barras y
examinar los alimentos y las armas. El Barn, explic Melathys, haba contado con ciertas
fuentes de suministros que l haba mantenido en secreto, que no haba revelado ni siquiera

a sus prximos, pues l y Ankray iban de cuando en cuando de noche y volvan con media
cabra o media oveja desde la aldea que estaba ro arriba. La casa estaba bastante bien
abastecida de carne. Tambin haba sal en abundancia y cierta cantidad del vino spero.
Pagaba? pregunt Kelderek, contemplando con satisfaccin las rotundeces de
las tinas de salmuera y pensando qu nunca crey que iba a llegar a tener gratitud a Bel-kaTrazet.
La principal forma de pago era una garanta a los aldeanos de que no iban a tener
molestias con Zeray. Pero l era muy hbil para encontrar o hacer cosas que se podan
vender. Construamos flechas, por ejemplo, y agujas de hueso. Yo tambin tengo ciertas
habilidades. Todos los habitantes de Quiso tienen que labrar sus propios anillos, pero yo
puedo labrar la madera mejor an, creme. Te acuerdas de esto? Le empiezo a tomar el
gusto.
Era el cuchillo de Bel-ka-Trazet. Kelderek lo reconoci en seguida. Lo extrajo de la
vaina, y acerc la punta a sus ojos. Ella lo contemplaba, sorprendida, y l ri.
Tengo mejores razones para acordarme de l que cualquier otro hombre de
Ortelga, supongo. Vi a este cuchillo y al Seor Shardik por primera vez el mismo da. Ese
da en que tambin te vi a ti por primera vez. Te contar la historia a la hora de la cena. l
no tena una espada?
Aqu la tienes. Y un arco. Yo todava tengo mi propio arco. Lo escond en cuanto
llegamos a Zeray, pero lo recobr cuando me un al Barn. Mi cuchillo de sacerdotisa me lo
robaron, naturalmente, pero el Barn me dio otro, el de un hombre que haba muerto,
supongo, aunque nunca me lo dijo. Es un trabajo grosero, pero la hoja es buena. Ven aqu,
djame que te lo muestre
La Tuguinda segua sumida en su rido sueo, un sueo tan poco reparador como un
fuego sofocado y humeante, del cual pareca ms vctima que beneficiaria. Tena la cara
inerte y chupada como Kelderek nunca la haba visto, la carne en los brazos y la garganta se
vea floja y gastada. Ankray cocin una sopa de carne salada y la puso a enfriar, pero slo
pudieron mojarle los labios: tragar era imposible. Cuando Kelderek sugiri ir a buscar un
poco de leche, Ankray se limit a menear la cabeza sin levantar la mirada del suelo.
No hay leche en Zeray dijo Melthys, ni queso, ni manteca. No los he visto en
cinco aos. Pero tienes razn: habra que darle alimentos frescos. Carne salada y fruta seca
no son cura para una fiebre. Esta noche no podemos hacer nada. Duerme t primero,
Kelderek. Yo te despertar despus.
Pero no lo despert, contenta evidentemente de velar y de dormir un poquito, tal
vez, junto a la Tuguinda hasta la maana. Fue Ankray, que volva de una temprana
expedicin, hecha por cuenta propia, quien lo despert con la noticia de que Farrass y sus
compaeros se haban ido de Zeray en la noche.

Sin ninguna duda? pregunt Kelderek, mientras se echaba agua fra sobre la
cara y los hombros, palmotendose.
Supongo que no, seor.
Kelderek no haba esperado que se fueran sin hacer algn intento de forzar a
Melathys a ir con ellos, pero cuando l le transmiti las noticias, ella se mostr menos
sorprendida.
Supongo que cada uno debe haber tenido la intencin de convertirme en su
propiedad dijo ella. Pero tenerme con ellos en esa zona que se extiende entre este lugar
y Kabin, entorpecindoles la marcha y provocando peleas No me sorprende que Farrass
haya decidido dejarme. Probablemente esper que en cuanto yo me enterara por ti de las
intenciones de ellos, iba a correr a suplicarles que me llevaran. Como no lo hice, pens que
as me iba a mostrar la poca importancia que tengo para ellos. Estaban resentidos sabes?,
porque suponan, naturalmente, que el Barn era mi amante, pero lo teman y lo
necesitaban demasiado para mostrarlo. De todos modos, me pregunt ayer si no intentaran
forzarme a ir con ellos. Por eso es que te encomend que les dijeras que Santil estaba en
Kabin. Quera estar fuera cuando ellos lo supieran.
Por qu no me advertiste que deba ocultrselo a ellos? Podran haber venido a
buscarte.
Si se enteraron por algn otro y uno nunca sabe qu noticias habrn de llegar a
Zeray, deben haber tenido fuertes sospechas de que se las habamos ocultado.
Probablemente se hubieran vuelto contra nosotros entonces, y eso habra sido muy
desagradable.
Hizo una pausa, arrodillndose ante el fuego, y dijo:
Tal vez yo quera que se fueran.
El peligro para ti es mayor ahora que se han ido.
Ella sonri y sigui contemplando el fuego. Finalmente contest:
Tal vez y tal vez no. Recuerda lo que me contaste que haba dicho Farrass:
Alguien tiene que intentar la cosa pronto. De todos modos, s donde preferira estar en
cambio. Todo ha cambiado mucho para m sabes?
Ms tarde, l la convenci que deba quedarse en la casa, de modo que la gente, al
no verla ya, pudiera suponer que se haba ido con Farrass y Thrild. Ankray, cuando se le
cont la cosa, asinti con aire aprobatorio.
Es seguro que va a haber los, seor dijo. Esto se va a tomar un da o dos
antes de explotar, pero cuando un lobo se va fuera, un lobo viene dentro, como dicen.

Crees que nos pueden atacar aqu?


No necesariamente, seor. Podra muy bien ocurrir que no lo hicieran. Tendremos
que ver cmo se presentan los hechos, Pero supongo que estaremos aqu sanos y salvos
cuando llegue el general Santil.
Kelderek no le haba dicho a Ankray lo que esperaba en este caso, y tampoco se lo
dijo ahora.
Ms avanzada la tarde, Kelderek tom un cuchillo y algunos enseres de pesca, dos
caas con sedales hechos de hilo retorcido y cabellos, tres o cuatro anzuelos pequeos de
madera templada al fuego y una pasta hecha con grasa animal y frutas secas y se dirigi a la
orilla. No not ningn cambio, en comparacin con el da anterior, en los movimientos
apocados y el vagar sin objeto de los hombres que vea. Aunque algunos haban echado sus
caas de pescar desde un promontorio que avanzaba sobre las aguas, el lugar no pareca
muy apropiado para un pescador. Despus de contemplarlos un rato se alej sin llamar la
atencin, corriente arriba, y lleg finalmente al cementerio y su cala. Tambin haba aqu
unos pocos pescadores. Pero ninguno de ellos le dio la impresin de ser experimentado o
acucioso. Esto lo sorprendi, pues de acuerdo a lo que haba odo la ciudad dependa en
buena medida de lo que pescaba y los pjaros que cazaba.
Rehzo el camino que haba hecho dos das antes, se intern por la isla hasta la costa
de la cala, y all encontr un lugar en donde, con ayuda de un rbol que tenda sus ramas
sobre el agua, pudo hacer el cruce. Media hora ms tarde haba llegado a la ribera del
Telthearna y haba encontrado lo que estaba buscando un manantial profundo con rboles y
matorrales que servan de proteccin.
Fue satisfactorio comprobar que no haba perdido sus antiguas habilidades. Aqu,
por lo menos, haba algo que poda hacer y una pena, pens amargamente, haber dejado la
cosa. Quiz si Shardik nunca se hubiera presentado en Ortelga hubiera seguido siendo un
cazador y un pescador, l, Kelderek-Juega-con-los-Nios, sin ver ms all que su habilidad
solitaria y penosamente adquirida y los juegos por la tarde en la orilla. Apart estos
pensamientos y se puso a atender seriamente su trabajo.
Despus de permanecer cierto tiempo tendido y oculto, echando el anzuelo y
ponindose al acecho con atencin minuciosa, pesco un pez que debi manejar con mucho
cuidado al fin la caa, hasta que sali a la superficie y revel ser una trucha de buenas
dimensiones. Pocos minutos despus logr sacarlo, metindole el pulgar y otro dedo en las
agallas. Luego, chupndose los araazos, que sangraban, ech de nuevo el anzuelo. Hacia
el atardecer ya haba pescado tres truchas ms y una perca, haba perdido un anzuelo, cierta
cantidad de sedal, y estaba corto de carnada. El aire era aguachento y fresco, el cielo que
clareaba estaba cubierto de nubes tenues, y no poda ni or ni oler a Zeray. Por cierto tiempo
se mantuvo junto al manantial, preguntndose si lo mejor no sera, cuando se recobrara la
Tuguinda irse del todo de Zeray, y, ahora que se acercaba el verano, vivir y cazar al aire
libre, como haban vivido en Ortelga durante los das de la cura y los primeros vagabundeos
de Shardik. De este modo iban a estar menos expuestos a un asesinato que en Zeray y, con

la ayuda de Ankray, l iba a poder proveerlos bastante bien. En cuanto a su propia vida, si
llegaban las tropas de Erketlis sus posibilidades de escapar, aun en el caso de que hubieran
puesto un precio a su cabeza, iban a ser mejores que si se pona a esperarlos en Zeray.
Decidi que habra de exponerle la idea a Melathys esa noche, dobl cuidadosamente el
hilo de la caa, atraves sus peces en un palo y emprendi la marcha de vuelta.
Ya anocheca cuando atraves la cala, pero, escudriando en direccin a Zeray por
entre la niebla que ya haba cubierto la orilla y pareca avanzar tierra adentro, no vio ni una
sola lmpara iluminada. Lleno de un miedo repentino y ms inmediato que el que nunca
haba sentido ante esta caterva de pillos redomados, cort la rama de un rbol antes de
continuar su viaje. No haba estado solo a descubierto y despus del ano-checer, desde la
noche en el campo de batalla. Y ahora, cuando se acentuaba el poniente, se senta cada vez
ms inquieto y nervioso. Sin nimos para enfrentar el cementerio, volvi rpidamente hacia
la derecha y empez a marchar a tumbos entre charcos de barro y parcelas de hierba
salvaje, tan alta como su cabeza. Cuando lleg finalmente a los alrededores de Zeray, no
pudo decir en qu direccin estaba la casa del Barn. Las casas y las covachas estaban
diseminadas como hormigueros en un campo. No haba calles o caminos definibles, como
en una ciudad de verdad: ni paseantes ni transentes, y aunque ahora poda ver, por aqu y
por all dbiles rajas de luz en las ranuras de las puertas y los postigos, saba que no era
prudente llamar. Durante una hora o menos de una hora, tal vez, o ms vag a tientas
en lo oscuro, sobresaltndose a cada ruido y apresurndose a pegar la espalda contra la
pared ms cercana; a medida que avanzaba, esperaba a cada instante un golpe en la nuca.
De repente, en un momento en que se puso a mirar las popas estrellas visibles a travs de la
bruma, y en que trat, de darse cuenta qu direccin estaba siguiendo, comprendi que el
techo que se perfilaba tenuamente contra el cielo era el de la casa del Barn. Avanz
rpidamente hacia ella y tropez con un bulto blando, cayendo de bruces en el barro.
Inmediatamente se abri una puerta cercana y aparecieron dos hombres: uno de ellos
llevaba una luz. Apenas tuvo tiempo de ponerse de pie antes de que ellos lo alcanzaran.
Te llevaste la cuerda por delante, eh? dijo el hombre de la luz, que tena un
hacha en la mano. Hablaba en beklano y, al ver que Kelderek lo entenda, continu: Para
eso est la cuerda, claro. Qu ests fisgoneando por aqu, eh?
Yo no Volva a casa dijo Kelderek, mirndolos atentamente.
A casa? El hombre tuvo una rpida risa. Es la primera vez que alguien la
llama as en Zeray.
Buenas noches. Lamento haber molestado.
No tanta prisa dijo el otro hombre, dando un paso a un lado.
Conque pescador, eh? De repente tuvo un sobresalto, levant la antorcha y le
ech una ojeada a Kelderek. Diablos! dijo. Te conozco. T eres el rey ortelgano de
Bekla!

El primer hombre tambin lo mir atentamente.


Vaya si lo es! dijo. No lo eres? No eres el rey ortelgano de Bekla, el que
hablaba con el oso?
No seis ridculos dijo Kelderek. Ni siquiera s lo que estis diciendo.
Nosotros fuimos beklanos en un tiempo dijo el segundo hombre hasta que
tuvimos que correr para acuchillar a un hijo de puta ortelgano que por cierto lo mereca.
Supongo que ahora te lleg el turno. Conque perdiste tu oso, no?
Nunca en mi vida he estado en Bekla, en cuanto al oso, nunca lo vi.
Sin embargo, eres ortelgano dijo el segundo hombre. Crees que no nos
damos cuenta de eso? Hablas la misma basura que todos ellos
Y yo os digo que nunca sal de Ortelga hasta que vine aqu, que no reconocera al
oso si lo viera. A la mierda con l oso!
Grandsimo embustero!
El primer hombre blandi el hacha. Kelderek lo golpe con su mazo, se dio vuelta y
ech a correr. La antorcha se apag cuando ellos se pusieron a seguirlo y tuvieron que
detenerse. Una vez ms se vio frente a la puerta del fondo y la golpe con fuerza, gritando:
Ankray!, Ankray!. Ellos se echaron a correr detrs de l. l grit de nuevo, dej caer
los pescados, asi su mazo y mir en derredor. Oy que estaban levantando los cerrojos. La
puerta, se abri. Ankray apareci a su lado, sosteniendo una lanza en lo oscuro y
profiriendo palabrotas, como un campesino que lleva un toro con un palo. Kelderek,
bastante dueo de sus nervios para recoger sus pescados, dio un empujn a Ankray dentro
del patio, se meti y tranc la puerta detrs de ellos.
Gracias a Dios no fue peor, seor dijo Ankray. He estado esperndote desde
el anochecer. Estaba pensando que tal vez te habas metido en un aprieto. La sacerdotisa
estaba muy nerviosa. Siempre es peligroso en cuanto se pone oscuro.
Ha sido una suerte para m que estuvieras esperando contest Kelderek.
Gracias por tu ayuda. Al parecer, a stos no les gustan los ortelganos.
No se trata de ortelgano, seor dijo Ankray con aire recriminatorio, nadie
est seguro en Zeray cuando cae la noche. El Barn siempre
Melathys apareci en la puerta interior, sosteniendo una lmpara en la cabeza y
mirando en silencio. Acercndose, l not que estaba temblando. l sonri, pero ella lo
mir adustamente, remota y plida como la luna a la luz del da. Siguiendo un impulso,
sintiendo que esto era perfectamente natural, le rode los hombros con un brazo, se agach
y le bes la mejilla.

No te enojes dijo. He aprendido mi leccin: te lo prometo. Y, por lo menos,


tengo algo que mostrar por ello se sent junto al fuego y ech un leo. Treme un
balde, Ankray, que voy a destripar estos pescados Tambin agua caliente, si tienes. Estoy
inmundo. Luego dndose cuenta que la muchacha todava no haba dicho una palabra, le
pregunt: Cmo est la Tuguinda?
Mejor. Creo que ha empezado a recuperarse.
Sonri ahora, e inmediatamente l not que la natural ansiedad de ella, su alarma
ante los ruidos de la refriega en la calle, su tendencia a enojarse con l, no haban sido nada
ms que nubes sobre el sol. T tambin, pens, mirndola. La presencia de ella estaba
penetrada de una nueva calidad, a la vez natural, complementaria e intensificadora, como la
que imparte la nieve a un pico de montaa o una paloma a un arrayn. Donde otros no
hubieran notado nada, l adverta claramente el cambio, tan real como las ramas de
primavera que verdean con sus primeras hojas. La cara de ella ya no estaba tensa. Su
compostura y sus movimientos, la misma cadencia de su voz, eran ms suaves, ms
amables y ms reposados, contemplndola ahora, l no necesit conjurar sus recuerdos de
la hermosa sacerdotisa de Quiso.
Se despert esta tarde y charlamos un rato. La fiebre haba bajado y pudo comer
un poco. Ahora est durmiendo mucho ms tranquila.
Son buenas noticias contest Kelderek. Yo tema que hubiera pescado alguna
infeccin, alguna peste. Ahora creo que no ha sido nada ms que cansancio y tensin
nerviosa.
Todava est dbil. Por cierto tiempo necesitar descanso y tranquilidad: tambin
hay que conseguirle alimentos frescos; espero que podamos. Eres un brujo, Kelderek, que
puedes conseguir truchas en Zeray? Son casi las primeras que he visto. Cmo lo hiciste?
Saba dnde haba que buscarlas y qu haba que hacer.
Es un preanuncio de buena suerte. Creme, por favor. Yo lo creo. Pero qudate
aqu maana. No vuelvas a salir Ankray ir a Lak. Si vuelve antes del caer de la noche,
se va a tomar todo el da.
Lak? Dnde est Lak?
Lak es la aldea de la que te habl y que est unos quince kilmetros al Norte. El
Barn sola decir que era su armario secreto. Glabrn, en una ocasin, rob y asesin all a
un hombre, de modo que cuando el Barn lo mat, yo tom, mis medidas para que ellos se
enteraran de la cosa. l les prometi que ya no iban a ser molestados desde Zeray y ms
tarde, cuando lleg a tener poder en fin, el poder que lleg a tener sola enviarles unos
pocos hombres en la estacin de las cosechas y cuando ellos construyen sus cabaas,
cuales-quiera hombres en los que poda confiar. Por ltimo, uno o dos obtuvieron permiso
para establecerse en Lak. Esto formaba parte de otro proyecto del Barn de poner hombres

de Zeray por toda la provincia. Como tantos de nuestros proyectos, nunca fue muy lejos por
falta de material; por lo menos se logr algo: nos permiti tener una despensa particular.
Bel-ka-Trazet nunca pidi nada a Lak, pero nosotros hicimos trueques, como te dije, y los
ancianos creyeron prudente enviarle regalos de cuando en cuando. Sin embargo, a partir del
momento en que l muri, ellos deben haber estado esperando los acontecimientos, porque
no hemos tenido mensajes, y cuando estaba sola me daba miedo enviar tan lejos a Ankray.
Ahora que t ests aqu, l podr ir y tantear suerte. Tengo un poco de dinero que le puedo
dar. En Lak lo conocen, por supuesto, y tal vez nos den algunos alimentos frescos en
agradecimiento por los tiempos idos.
No estaramos ms seguros all nosotros cuatro?
Claro que s si nos aceptan. Si Ankray tiene maana oportunidad, le va a contar
al jefe la huida de Farrass y de Thrild y le hablar de la Tuguinda y de ti. Pero t sabes,
Kelderek, lo que son las mentes de los ancianos de aldea: mitad bueyes, mitad zorros, como
se dice. El antiguo miedo a Zeray debe haberles vuelto, y si les mostramos que tenemos
apuro por irnos te preguntarn por qu y tendrn ms miedo. Si pudiramos refugiamos en
Lak, tal vez podramos encontrar un modo de salir de la trampa, pero todo depende de no
mostrar apuro. Por otra parte, no podemos irnos hasta que la Tuguinda est bien. Lo ms
que podr hacer Ankray maana es ver cmo est el lugar. Has terminado con tus
pescados? Muy bien. Cocinar tres y guardar los otros dos. Esta noche nos vamos a dar
una fiesta, porque para decirte la verdad y baj la voz, fingiendo secreto, se inclin hacia
l sonriendo y hablando detrs de la mano. Ni Ankray ni el Barn fueron nunca capaces
de pescar!
Una vez que comieron y que Ankray, despus de beber el vino agrio en homenaje a
la habilidad del pescador, se fue a hacer guardia junto a la Tuguinda, mientras entreteja
nuevo hilo de pescar con hebras extradas de una vieja capa y un mechn de cabellos de
Melathys, Kelderek, sentado cerca de la muchacha, de modo de poder hablar en voz baja, le
cont todo lo que haba ocurrido desde el da, en Bekla, cuando Zelda le haba dicho por
primera vez que no crea en la derrota de Erketlis. Las cosas que ms lo haban
avergonzado las cont sin ocultar nada, mirando al fuego y como si estuviera solo, pero ni
por un instante perda la sensacin de la simpata de su oyente, para quien las vejaciones,
las penas y las vergenzas eran tan familiares como haban llegado a serlo para l. Cuando
habl de la explicacin de la Tuguinda de lo que haba ocurrido en los Estreles, y de la
muerte ordenada y ahora inevitable de Shardik, sinti que la mano de Melathys se apoyaba
delicadamente en su brazo. l la cubri con la suya, y fue entonces como si el deseo que
tena de ella se apoderara de l y apagara el fluir de su historia. Se qued callado y
finalmente ella dijo:
Y el Seor Shardik? Dnde est ahora?
Nadie lo sabe. Cruz el Vrako, pero yo creo que debe estar muerto ya. He querido
muchas veces estar yo muerto, pero ahora
Entonces, por qu viniste a Zeray?

Por qu realmente? Por la misma razn que tendra otro criminal. Para la gente
de Yeldashay yo soy un traficante de esclavos a quien han puesto fuera de la ley. Me
echaron al otro lado del Vrako, y una vez all, adnde puede ir un hombre, fuera de Zeray?
Por otra parte, como sabes, me encontr con la Tuguinda. Aunque hay otra razn. O, por lo
menos, es lo que creo. Yo he mancillado y pervertido el poder divino de Shardik, de tal
modo que lo nico que queda ahora para Dios es su muerte. Esa desgracia y esa muerte
sern requeridas de m, y dnde las he de esperar, sino en Zeray?
Sin embargo, hablaste de salvar nuestras vidas yendo a Lak
S, y si es posible, lo har. Un hombre en la tierra no es nada ms que un animal,
y qu animal no trata de salvar su vida cuando queda alguna posibilidad de hacerlo?
Ella retir la mano.
Oye entonces la sabidura de una mujer cobarde, la hembra de un asesino, una
sacerdotisa mancillada de Quiso. Si tratas de salvar tu vida, la perders. Puedes aceptar la
verdad de lo que me dijiste y esperar humilde y pacientemente el resultado, o tambin
puedes correr a uno y otro lado de esta tierra, de esta jaula de ratas, como cualquier otro
fugitivo, sin admitir nunca lo que ha ocurrido y utilizando nuevos dolos para ganar un poco
de tiempo, hasta que ya no queden ni dolos ni tiempo.
El resultado?
Un resultado tiene que haber. Desde que me di vuelta y vi a la Tuguinda de pie
junto a la tumba del Barn, he llegado a entender muchas cosas Ms de las que puedo
poner en palabras. Pero es por eso que estoy aqu contigo y no con Farrass y Thrild. A los
ojos de Dios hay slo un tiempo y una historia, y de ellos todos los das d la tierra y todos
los acontecimientos humanos son partes. Pero eso slo puede ser descubierto: no se lo
puede ensear.
Asombrado y subyugado por las palabras de ella, se sinti sin embargo reconfortado
de que ella lo considerara digno de su solicitud, pese a que entendi o crey entender
que ella le estaba aconsejando que se resignara a la muerte. Muy pronto, para prolongar el
tiempo de estar sentado cerca de ella, l pregunt:
Si vienen los yeldashay puede ser que ayuden a la Tuguinda a volver a Quiso.
Volveras entonces con ella?
Soy lo que sabes. Nunca podr volver a poner los pies en Quiso. Sera
sacrilegio.
Qu vas a hacer?
Te lo he dicho: esperar el resultado. Kelderek, tienes que tener fe en la vida. Yo he
recobrado mi fe en la vida. Oh, si lo entendieran! La tarea de los deshonrados y los

culpables no es la lucha por redimirse, sino sencillamente la tarea de esperar, de nunca dejar
de esperar, con esperanzas de redencin. Muchos yerran al perder la creencia de que
todava son hijos e hijas.
l mene la cabeza, contemplando el rostro sonriente, coloreado por el vino, de ella,
con tal expresin de asombro que ella lanz una carcajada y luego, inclinndose para avivar
el fuego, a medias murmur, a medias canturre el estribillo de una cancin de cuna de
Ortelga que l haca mucho tiempo que haba olvidado.
Adnde va la luna detrs de la laguna?
Deja tranquila esa cabeza: la pobre est muy vieja.
No sabas que yo la conoca verdad?
Ests contenta dijo l con envidia.
Y t tambin lo estars contest ella, tomndole las manos entre las suyas.
S, incluso si tenemos que morir. Bueno, basta ya de enigmas para una noche. Es hora de
dormir. Pero te dir algo ms fcil, algo que t puedes entender y creer. l la mir con aire
expectante y ella dijo enfticamente:
Es el mejor pescado que he comido en Zeray! Sigue pescando!

46
El Kynat

Al abrir los ojos a la maana siguiente, Kelderek supo sin ms que haba sido
despertado por un ruido desacostumbrado. Con incertidumbre, se qued quieto, como al
acecho de un animal. De repente el rado se oy de nuevo, tan cercano que tuvo un
sobresalto. Era la llamada del Kynat: dos notas tersas aflautadas, la segunda ms alta que la
primera, seguidas de un trino que se interrumpa de golpe. Y en ese instante mismo estuvo
de vuelta en Ortelga, vio el fulgor del Telthearna reflejado en el interior del techo de la
cabaa, sinti el olor de la lea verde y oy a su padre que silbaba mientras afilaba el
cuchillo en una piedra. El hermoso pjaro, purpreo y dorado, llegaba al Telthearna en la
primavera, pero raras veces se quedaba y continuaba viaje hacia el Norte. A pesar del
maravilloso plumaje, matarlo traa mala suerte, pues con l vena el verano y distribua
bendiciones, anunciando las buenas nuevas a todos Kynat, Kynat! Cherrrr-ak! (Kynat,
Kynat, dir). Hroe bienvenido y propicio de muchas canciones y sagas, se lo oa y se lo
bendeca durante un mes, y despus se iba dejando detrs, como un regalo, la mejor
estacin del ao. Al acecho y mordindose el labio inferior, Kelderek se acerc a la
ventana, levant sigilosamente el grueso barrote, abri una hendija en el postigo y mir
hacia afuera.
El Kynat, a menos de unos diez metros de distancia, estaba parado en el caballete
del techo, del otro lado del patiecito. El vivo prpura del pecho y de la espalda brillaba en
la primera luz del sol, ms esplndido que un estandarte de emperador. La cresta, de
prpura y oro, estaba erecta, y el amplio despliegue de la cola, con plumas bordeadas de
oro, se abra sobre el declive gris de las tejas, refulgentes como una mariposa posada en una
piedra. Visto de tan cerca el pjaro era increblemente hermoso, con un esplendor que
estaba ms all de todo lo que l haba visto. El crepsculo sobre el ro, la orqudea
colgante en la sombra mohosa, las llamas translcidas y coloreadas del incienso y las
resinas de los templos, ondulando en sus cuencos de cobre nada poda sobrepasar a este
pjaro, desplegado en el silencio matinal como un testamento, un ejemplar visible de la
belleza y la humildad de Dios. Mientras Kelderek lo contemplaba, abri repentinamente las
alas, dejando ver el plumn azafranado de debajo de las alas, abri el pico y llam de
nuevo: Kynat, Kynat, dir!. Despus se fue en direccin Este, hacia el ro.
Kelderek abri el postigo y qued deslumbrado bajo el sol que acababa de iluminar
la pared. En ese mismo instante otro postigo se abri y Melathys, en camisn, con los
brazos desnudos y el largo pelo suelto, se asom a la ventana, como tratando de seguir con
la mirada el vuelo del Kynat. Ella, al ver a Kelderek, se sobresalt un segundo y luego,
sonriendo, seal en silencio al pjaro, como un nio a quien los gestos le son ms
naturales que las palabras. Kelderek asinti y levant la mano, haciendo la seal utilizada
por los mensajeros de Ortelga y los cazadores que vuelven para indicar buenas nuevas.
Comprendi que ella, como l, haba sentido el accidente de ser vista semidesnuda como

algo que se aceptaba sencillamente entre ellos; no que no tuviera importancia, como no la
habra tenido en medio de la conmocin de un incendio o algn otro desastre, sino que su
significado quedaba alterado, como si la ocasin fuera festiva y cambiara el impudor en
feliz extravagancia, adecuada a la ocasin. Para decirlo sencillamente, l pens que el
Kynat la haba sacado de s misma porque ella no era esa clase de mujer. Y cuando este
pensamiento le pas por la cabeza, tambin comprendi que l ya no pensaba en ella como
la mujer que una vez haba sido sacerdotisa de Quiso o esposa de Bel-ka-Trazet. La forma
en que l entenda haba sobrepasado estas imgenes, que ahora se abran como puertas y lo
hacan entrar en una realidad interior ms clida e indivisa. A partir de ahora, en su mente,
Melathys habra de ser una mujer que l conoca y, cualquiera fuera el frente que ella
presentara al mundo, l como ella, lo iba a ver desde el interior, consciente de mucho, sino
todo, que quedaba oculto a los dems. Not que estaba temblando. Ri y se sent en la
cama.
Lo que haba ocurrido l lo saba encerraba una contradiccin. Despus de todo
lo que haba sufrido, ella sin duda senta impaciencia ante las ideas convencionales de
pudor. En cualquier caso, su conducta era motivada por sensibilidad y no por inmodestia.
Llevada por su admiracin al Kynat, haba sabido muy bien que l iba a entender que esto
no era una invitacin, en el sentido que Thrild o Rvit lo habran entendido. Ella haba
estado segura de que l iba a aceptar lo que haba visto como parte del placer en comn que
haban tenido en ese instante. Ella no se habra comportado de esta manera delante de otro
hombre De tal modo que en realidad haba habido una invitacin en un nivel ms profundo
de confianza, en el cual la formalidad e incluso la correccin podan ser usadas o apartadas
enteramente segn sintieran ellos que favoreca o perjudicaba el mutuo entendimiento.
Dentro de este marco, el deseo poda esperar para encontrar su lugar sealado.
Hasta este punto, aunque era nuevo para l y fuera de cualquier experiencia que l
hubiera tenido de los tratos entre hombres y mujeres, Kelderek entenda. Su excitacin se
intensific. Tena sed de Melathys, de su voz, de su compaa, de su mera presencia, con
exclusin de todo lo dems. Tom la decisin de salvar la vida de ella y la suya propia,
sacarla de Zeray, dejar para siempre detrs las guerras de Ikat y de Bekla, la agria vocacin
que le haba cado encima sin buscarla y la esperanza estril que haba albergado una vez de
descubrir el gran secreto que habra de ser impartido por medio de Shardik. Llegar a Lak y
desde all, de algn modo, escapar con la mujer que le haba devuelto el deseo de vivir. Si
la cosa poda hacerse, l la iba a hacer. Si a ella le era posible amar a un hombre, l habra
de ganarla con un fervor y una constancia que no tendran igual. Se puso de pie, extendi
las manos y empez a rezar con apasionada gravedad.
Se oy un leve bastonazo en el embaldosado del patio. Kelderek se volvi,
sobresaltado, y vio a Ankray que estaba de pie junto a la ventana, con capa y encapuchado,
con una bolsa sobre el hombro, una espada en el cinto y una especie de jabalina o de daga.
Se llev un dedo a los labios y Kelderek fue hacia l.
Te vas a Lak? pregunt.
S, seor. La sacerdotisa me ha dado un poco de dinero, que yo voy a hacer durar.

Tendrs que trancar la puerta detrs de m. Se me ocurri que te lo poda decir sin que la
sacerdotisa lo supiera: en el camino hay un hombre muerto, un forastero, me parece, tal vez
un recin llegado, son los primeros a quienes les ocurre la cosa, en general. Tendrs que ser
muy cuidadoso cuando yo no est. Si yo estuviera en tu lugar, seor, no dejara solas a las
mujeres. No se sabe qu puede ocurrir ahora en esta ciudad.
Pero no eres t acaso quien tiene que tener cuidados? contest Kelderek.
Crees que debes ir?
Ankray ri.
Oh, esos a m no me agarran, seor dijo. El Barn siempre deca, Ankray,
deca el Barn, les vas a dar una y yo los voy a recoger. Bueno, despus de todo, no es
necesario que los levantes, seor, verdad? De modo que si yo voy y me tiro unos cuantos
ser lo mismo, seor, verdad?
Aparentemente muy satisfecho con esta muestra de irrebatible lgica, Ankray se
recost cmodamente contra la pared.
S, seor dijo el Barn siempre deca: Ankray, t los vas a tirar.
Te acompaar hasta el portn dijo Kelderek, dejando la ventana. Abri los
candados del portn del patio y fue el primero en salir a la calle vaca. El muerto estaba
boca arriba, a unos treinta metros de distancia, con ojos abiertos y brazos extendidos. La
carne de la cara y de las manos tenan una tonalidad plida, como de cera. Su postura
despatarrada, indecorosa, junto a los pocos jirones de ropa que le quedaban en el cuerpo,
hacan que ms que un cadver pareciera un montn de basura, algo roto y desechado. Un
dedo haba sido cortado, sin duda para robar un anillo, y el mun mostraba un crculo rojo
en la plida mano.
Bueno, ya ves como es dijo Ankray. Me voy yendo, pues. Si quieres hacerme
caso, seor, djalo ah: otros se ocuparn de l. De eso puedes estar seguro. Si por cualquier
motivo no vuelvo antes de que oscurezca, tal vez podras tener la bondad de esperar en el
patio, como yo esper anoche. Pero no voy a papar moscas.
Bamboleo la bolsa y se alej, lanzando miradas muy despiertas en derredor.
Kelderek tranc la puerta y volvi a la casa. Ankray haba puesto en orden y barrido
la cocina, pero no haba encendido el fuego, de modo que Kelderek se estaba lavando con
agua fra cuando entr Melathys, trayendo un traje de color rojo oscuro y otros atavos.
Kelderek, con la cabeza inclinada sobre el balde, le sonri, sacudindose el agua de los ojos
y las orejas.
Esto era del Barn dijo ella pero esa no es razn para que est ah doblado y
guardado. Te va a caer mucho mejor que tu ropa de soldado y es mucho ms cmoda.

Dej la ropa, llen una jarra para la Tuguinda y se fue.


Mientras se vesta, l se pregunt si ste habra sido el traje que llevaba Bel-kaTrazet cuando haba huido de Ortega. Si no lo era, tena que haberlo robado a algn
enemigo eliminado, pues era inconcebible que una tnica como sta se hubiera obtenido en
Zeray. El mismo Elleroth, pens con malicia, se la habra puesto con confianza. La tela era
excelente, pese a estar teida de rojo oscuro, y el tejido era tan fino que las costuras eran
casi invisibles. Como Melathys haba dicho, era un traje muy cmodo, flexible y suave, y el
solo hecho de tenerlo encima pareca alejarlo un poco de sus ttricos vagabundeos y de los
sufrimientos que haba tenido que soportar.
La Tuguinda, ms flaca, y con los ojos hundidos, estaba sentada, recostada contra la
pared de la cabecera de la cama, mientras Melathys la peinaba. Kelderek Je tom una de las
manos entre las suyas y le pregunt si quera que le trajera algo de comer. Ella mene la
cabeza.
Ms tarde contest, y despus de un rato de silencio:
Kelderek, gracias por haberme trado a Zeray. Y tengo que pedirte perdn por
haberte engaado en un punto.
Por engaarme, Siyet? Cmo?
Naturalmente, yo saba lo que le haba ocurrido al Barn. Todas las noticias llegan
a Quiso. Contaba con encontrarlo aqu, pero no te lo dije. Me di cuenta que estabas muy
abatido y cansado y me pareci mejor no preocuparte ms. Pero l no te hubiera hecho
dao: ni a ti ni a m.
No tienes por qu pedirme perdn, Siyet, pero ya que lo haces, te lo doy con
mucho gusto.
Melathys me dijo que, ahora que el Barn se fue, no hay posibilidades para
nosotros de encontrar ayuda en Zeray.
Ella suspir profundamente, mirando sus manos iluminadas por el sol sobre la
frazada, con una expresin tan decepcionada y sin esperanzas que l tuvo el impulso, como
suele ocurrir a los que sienten piedad, de decir ms de lo que saba.
No te preocupes, Siyet. Es cierto que este es un lugar de pillastres y algo peor,
pero cuando t ests bien, nos iremos, Melathys, t, yo y el hombre del Barn. Hay una
aldea en el Norte, no lejos, donde creo que podremos hallar refugio.
Melathys me habl. El sirviente ir hoy a ese lugar. No estar en peligro ese
pobre hombre?
Kelderek ri:

Hay una persona que no teme por l: es l mismo.


La Tuguinda cerr los ojos con aire fatigado, y Melathys puso a un lado el peine.
Debes descansar ahora, Siyet dijo ella. Y debes tratar de comer algo. Voy a
la cocina, porque hay que encender el fuego antes de poder cocinar.
La Tuguinda asinti con la cabeza, sin abrir los ojos. Kelderek sigui a Melathys
fuera de la habitacin. Una vez que l prepar las ramas, ella las encendi con un
fragmento de vidrio curvo que reciba directamente un rayo de sol.
Ms tarde, cuando el da, avanzando hacia el cnit, llen el patio con un calor como
de verano, Melathys sac agua del aljibe, lav los trapos de cocina y los tendi a secar al
sol. De vuelta en la casa sombreada, se sent en el angosto alfizar, secndose el pescuezo
y la frente con un trapo spero en vez de una toalla.
En otras partes las mujeres pueden ir a lavar la ropa al ro: es algo que se da por
supuesto dijo ella. Para eso estn los ros: lavado y comadreo. No en Zeray.
Y en Quiso?
En Quiso ramos menos solemnes que lo que t puedes suponer. Aunque yo
estaba pensando en cualquier aldea o ciudad en donde la gente comn y buena puede vivir
su vida sin miedo: s y sin arrastrar la vergenza detrs de ellos como una cadena. No sera
hermoso, no sera como un milagro, ir a un mercado, regatear con el tendero, detenerse en
el camino a comer algo que uno ha comprado honrada y decentemente, darle una parte a
algn amig mientras uno comadrea junto al ro? Me acuerdo de estas cosas las
muchachas de Quiso estaban muy enteradas de lo que pasaba en la isla, sabes? Desde
ciertos puntos de vista ramos ms libres que otras mujeres. Ser privados de esos placeres
escasos y comunes que la gente honrada da por supuestos: eso es la prisin, eso es el
castigo, esa es la pena y la prdida. Si la gente valorara estas cosas en lo que valen, dara
ms crdito a la confianza y a la comn honradez de las que dependen.
Tienes ciertas compensaciones. La mayora de las mujeres no pueden usar esas
palabras contest Kelderek. La vida de una muchacha de aldea es muy estrecha:
cocinar, tejer, los nios, golpear ropa sobre las piedras.
Tal vez dijo ella, tal vez. Los pjaros cantan en los rboles, encuentran su
pareja, se unen, hacen nidos. No saben nada ms. Lo mir sonriendo y tironeando
lentamente el trapo a uno y a otro lado de la cabeza. Tambin es limitada la vida de los
pjaros. Pero caza 1uno, ponlo en una jaula y vers si no aprecia lo que ha perdido.
l tuvo tantos deseos de tomarla en sus brazos que, por unos instantes, la cabeza le
dio vueltas. Para esconder sus sentimientos se agach sobre el cuchillo y termin de
arreglar el anzuelo.

Tambin cantas dijo l. Te he odo.


S. Si quieres, cantar ahora. A veces cantaba para el Barn.
Ella se levant, mir subrepticiamente a la Tuguinda, sali del cuarto y volvi con
un hinnari sencillo, sin ornamentos, de color de la madera clara de sestuaga, muy gastado
en el teclado. Lo puso en manos de l. Estaba combado y bastante desafinado.
No digas ni una palabra contra l dijo ella. Por lo que s, es el nico que hay
en Zeray. Lo encontramos flotando en el ro. El Barn se meti su orgullo en el bolsillo y
suplic a la gente de Lak que le mandara cuerdas. Si se rompen, no se podr reponerlas.
Sentndose de nuevo en el alfizar, tirone un rato las cuerdas, ajustando y forzando
los speros tonos del hinnari hasta un afinamiento pasable. Luego, mirndose la falda como
si cantara para s misma, enton la vieja balada de U-Deparioh y de la Flor Plateada de
Sharkid.
Al terminar ella guard silencio y l tampoco dijo nada, porque saba que no era
necesario hablar. Ella toc distradamente las cuerdas un rato y, como si siguiera un
impulso, de pronto se puso a cantar una ronda, El gato pescador, que los nios de
Ortelga, por generaciones, haban cantado y representado en la orilla. l no pudo evitar una
risa de placer al verse tomado as de sorpresa, porque ni haba odo la cancin ni haba
pensado en ella desde que se haba ido de Ortelga.
Entonces has vivido en Ortelga? pregunt l. No me acuerdo de ti cuando
eras nia.
No la aprend en Ortelga: la aprend en Quiso.
T fuiste nia en Quiso? No recordaba lo que Rantzay le haba dicho una vez
. Entonces cundo?
No sabes cundo llegu a Quiso? Te lo dir. Nac en una granja de esclavos en
Tonilda, y si llegu a conocer a mi madre, no me acuerdo. Esto ocurri antes de las guerras
de los esclavos, y nosotros no ramos nada ms que mercancas que se preparan para ser
vendidas. Cuando tena siete aos la granja fue tomada por Santil-ke-Erketlis y los Heldril.
Un capitn herido haba hecho el viaje hasta Quiso para que lo curara la Tuguinda, y nos
llev a m y a una chica llamada Bra y propuso educarnos para sacerdotisas. Bra se escap
antes de que llegramos al Telthearna, y nunca supe qu fue de ella, pero yo me convert en
la hija de los Arrecifes.
Eras feliz?
Oh, s! Tener un hogar, un pueblo bueno y sabio que te ama y que te cuida,
despus de formar parte del personal de una granja de esclavos no puedes imaginar lo
que es. Pero el dao que se hace a un nio maltratado no es incurable sabes? Todos eran

buenos; me mimaron, me fue bien. Era inteligente, crec y llegu a creer que era un don de
Dios para Quiso. Esa es la razn por la cual, cuando lleg el momento, no estaba preparada
para un sacrificio verdadero como la pobre Rantzay. Guard un momento de silencio y
luego dijo: Desde entonces he aprendido.
Te entristece la idea de no volver nunca a Quiso?
No ahora: te lo he dicho. Ahora veo claramente que
l la interrumpi.
No es demasiado tarde?
Oh s! Contest ella siempre es demasiado tarde. Se levant y, pasando
junto a l para ir al cuarto de la Tuguinda, se inclin, de tal modo que con los labios le roz
la oreja. No, nunca es demasiado tarde. Unos momentos despus ella le pidi que
entrara y ayudara a la Tuguinda a ocupar una silla junto al fuego, mientras ella preparaba la
cama y barra el cuarto.
En la ltima parte de la tarde el sol se volvi ms fresco y el patio se ensombreci.
Se sentaron fuera, cerca de la higuera junto a la pared, Melathys en un banco, bajo la
ventana abierta de la Tuguinda, y Kelderek en el borde del aljibe. Al cabo de un rato,
perturbado por el recuerdo que le traa el leve chapoteo y los susurros que provenan del
fondo del aljibe, se levant y empez a juntar la ropa que ella haba tendido esa maana.
Hay una parte que no se ha secado, Melathys.
Ella se estir perezosamente, arqueando la espalda y levantando la cara hacia el
cielo.
Se va a secar.
No esta noche.
Bah, bah! Uf
La puedo tender en la azotea, si quieres. All todava hay sol.
No hay manera de subir.
En Bekla todas las casas tienen escalones hasta el techo.
En la ciudad de Bekla vuelan los cerdos y el vino hace glu-glu en los ros
l miro los cinco metros de pared, eligi un lugar y trep por la spera mampostera,
se aferr con ambas manos al parapeto y se iz. Por el lado de adentro haba una cada de

treinta centmetros hasta el chato techo de piedra. Lo tante cautelosamente, pero era
bastante slido y baj. Las piedras estaban calentadas por el sol.
Trame la ropa y la tiendo!
Debe estar sucio.
Dame una escoba, entonces. No podras?
Se interrumpi, mirando hacia el ro.
Qu pasa? grit Melathys con una nota de ansiedad en la voz.
Kelderek no contest y ella hizo de nuevo la pregunta, con ms urgencia.
Hay hombres del otro lado del ro.
Qu? Lo mir incrdulamente. Es una orilla desierta; no hay una aldea en
sesenta kilmetros, es lo que me han dicho. Nunca he visto all un hombre desde que estoy
aqu.
Bueno: ahora puedes.
Qu estn haciendo?
No puedo darme cuenta. Parecen soldados. La gente de este lado parece estar tan
sorprendida como t.
Aydame a subir, Kelderek.
Despus de algunos intentos, ella logr trepar bastante alto para que l asiera sus
muecas y la levantara. Al llegar al techo se arrodill inmediatamente detrs del parapeto y
le hizo seas a l para que la imitara.
Hace un mes habramos podido estar de pie tranquilamente en un techo de Zeray.
Creo que no lo hara ahora.
Los dos miraron hacia el Este. A lo largo del desembarcadero de Zeray, los curiosos
se haban juntado en grupos y hablaban entre ellos, sealando hacia el ro. En la otra ribera,
a casi ochocientos metros de donde estaban ellos arrodillados en el techo, una banda de
unos cincuenta hombres estaba dedicada a alguna actividad entre las rocas.
Ese hombre de la izquierda est dando rdenes. Ves?
Pero qu es lo que lleva?

Estacas. Mira, esa que est ms cerca. Debe tener el largo de un palo mayor en
una cabaa ortelgana. Supongo que levantarn una choza. Pero para qu?
Vaya uno a saber! Una cosa es segura: no puede tener nada que ver con Zeray.
Nunca nadie ha cruzado este estrecho: la corriente es demasiado fuerte.
Son soldados, no?
Creo que s O tal vez alguna expedicin de caza.
En un desierto? Mira: han empezado a cavar. Y all tienen dos grandes mazos.
De tal modo que cuando hayan hundido bastante esas estacas para poder golpear en lascabezas, las van a meter an mas.
Para hacer una choza?
Bueno Habr que esperar para ver. Probablemente
l se interrumpi cuando ella le puso una mano en el hombro y lo apart del
parapeto.
Qu pasa?
Ella bajo la voz.
Posiblemente nada. Pero haba ah un hombre que nos miraba desde abajo, uno de
tus amigos de anoche, supongo. Sera mejor bajar ahora, en caso de que se le haya ocurrido
entrar en la casa. De todos modos, cuanto menos atencin atraigamos, tanto mejor, y ojos
que no ven, mente que no piensa. Es una buena mxima en este lugar.
Despus de ayudarla a bajar, l cerr y asegur los postigos de las pocas ventanas de
la pared de afuera, llev la pesada lanza de Ankray al patio y se puso a escuchar un rato;
Sin embargo, todo estaba tranquilo y finalmente volvi al interior de la casa. La Tuguinda
estaba despierta, y l se sent cerca del pie de la cama contento de orlas mientras ella y
Melathys hablaban de antiguos das en Quiso.
Iba a anochecer muy pronto. Siempre sumido en sus pensamientos, dej a las
mujeres juntas y sali al patio a esperar a Ankray. Estaba recostado contra el portn
trancado, atento a cualquier ruido de gente que llegara, y se preguntaba si no sera mejor
volver a subir al techo cuando, al levantar la mirada, vio a Melathys que estaba en el
corredor de entrada. La luz llameante del atardecer la envolva de la cabeza a los pies y
mostraba la cada larga de sus cabellos como una sombra tersa y suave, como el ribete
encrespado de una ola. Como un hombre que se da vuelta una vez ms para contemplar
embelesado el arco iris, por su maravillosa belleza, como si nunca lo hubiera visto antes, as
fue conmovido Kelderek al ver a Melathys. Detenido por la mirada fija de l y captando,
por as decirlo, el eco de s misma en sus ojos, la muchacha se qued quieta, sonriendo un

poco, como si quisiera decirle que estaba muy contenta de darle placer, hasta que l
decidiera relevarla de su mirada.
No te muevas dijo l, a la vez suplicante e insistente, y ella no demostr
confusin ni embarazo, sino una dignidad gozosa, espontnea y natural como la de una
bailarina. De repente, presa de una ilusin como la que haba tenido en el vestbulo de la
Casa del Rey en Bekla, cuando esperaba que los soldados trajeran a Elleroth, y cuando vio
a Shardik a la vez como un oso y como una lejana cumbre de montaas, l crey ver en ella
el alto rbol zon en la orilla de Ortelga, rodeado de una glorieta de ramas de helecho junto
al borde del agua. Sin apartar los ojos de ella, Kelderek atraves el patio.
Qu ves? pregunt Melathys, mirndolo con una ligera explosin de risa; y
Kelderek, recordando el poder de las sacerdotisas d Quiso, se pregunt si tal vez ella no
habra suscitado la imagen del zon en su mente.
Un rbol muy alto junto al ro contest l. Un mojn para quien vuelve a
casa.
Y, tomando las manos de ella en las suyas, las llev a sus labios. Al hacerlo se oy
en la puerta del patio un golpeteo rpido y perentorio, seguido inmediatamente por un
desagradable ruido, como de befa, y la voz de Ankray que se elevaba:
Vamos, vamos! Idos de una vez, y mucho cuidado!

47
Las noticias de Ankray

Kelderek se lanz tras su espada, corri y levant los cerrojos; Ankray, con la espada
desenvainada en la mano, agach la cabeza y entr de espaldas en el patio, dejando caer su
bolsa del hombro cuando Kelderek cerr el portn.
Espero que todo ande bien, seor, para ti y las sacerdotisas dijo, extrayendo la
daga de su cinturn y sentndose en el borde del aljibe para quitarse sus perniles
embarrados. Hice lo que pude por volver lo ms pronto posible, pero hay mucho que
andar en este torcido pas.
Kelderek, al no encontrar nada que decir, se limit a asentir con la cabeza; luego,
deseando no parecer distante a este buen hombre que haba arriesgado su vida por ellos, le
puso una mano en el hombro y sonri.
No, aqu no ha pasado nada dijo. Es mejor que entres, te laves y bebas algo.
Djame que te recoja la bolsa Eso es Caramba!
Qu pesada! Entonces no te ha ido demasiado mal?
Bueno s y no contest Ankray, agachndose para entrar al pasillo. Pude
recoger unas pocas cosas, por cierto. Tengo un poco de carne fresca, en caso de que la
sacerdotisa quiera comer algo esta noche.
Yo la cocinare dijo Melathys, trayendo un recipiente de agua caliente, con
hierbas maceradas, que puso en el suelo, ya has hecho bastante por un da. No, no seas
tonto, Ankray: te voy a lavar los pies y basta. Quiero echarles un vistazo. Para empezar, hay
un tajo. Qudate quieto.
Hay tres botijos de vino llenos en esta bolsa dijo Kelderek, mirando dentro y
tambin hay carne, dos quesos y unos panes. Aqu hay aceite y qu es esto? Tocino? Y
un poco de cuero. Tienes que ser fuerte como cinco bueyes para arrastrar todo esto por
quince kilmetros.
Cuidado con los anzuelos y las hojas de los cuchillos, seor dijo Ankray.
Estn flojos, pero yo s dnde los pongo.
Bueno, sean cuales fueren tus noticias, comamos primero dijo Kelderek. Si
este es el S, lo mejor es que le saquemos el mejor provecho posible antes de que empieces
por el No. Vamos, bebe un poco de este vino que has trado. A tu salud!

Haba pasado ms de una hora: se haba cocinado y se haba comido. Ankray y


Kelderek, despus de salir para echar un vistazo a la casa, probar los postigos trancados
desde afuera, y cerciorarse de que todo estaba en orden, volvieron y se encontraron con que
Melathys haba retirado dos lmparas de la cocina y las haba aadido a la que ya estaba en
el cuarto de la Tuguinda. Esta dio la bienvenida a Ankray y le dio las gracias, elogiando su
fuerza y su valor y le hizo preguntas con tanta cordialidad que l se puso a hacerle un relato
de las aventuras del da, con tanta soltura como si se las estuviera contando al Barn. Ella le
dijo que acercara una silla y se sentara, y l lo hizo sin cortedad.
Tienen todava buenos recuerdos del Barn en Lak? pregunt Melathys.
Oh, si, Siyet! contest el hombre. Dos o tres de ellos me preguntaron si yo
crea que no haba peligro en venir aqu a rendir homenaje a la tumba. Les dije que iba a
fijarles un da para que vinieran, as no habra dificultades con el paradero. Ellos, la gente
de Lak, tienen muy buena opinin del Barn.
Tuviste oportunidad de decirles lo que ocurri o de averiguar si podremos ir ah?
Bueno, esa es la cosa, Siyet: no puedo decir que llegu tan lejos. Sabes? No
pude hablar ni con el jefe ni con ninguno de los notables. Al parecer, estn todos muy
ocupados con esta historia del oso. Estaban en una especie de reunin que iba a tratar el
punto, y an seguan en ella cuando yo tuve que volverme.
El oso? pregunt vivamente Kelderek. Qu oso? Qu quieres decir?
Nadie sabe qu hacer con la cosa replic Ankray. Dicen que es brujera. No
hay un solo hombre de ellos que no est asustado, porque en esta regin nunca se haba
visto un oso y, por lo que puedo darme cuenta, ste no es un ser natural.
Qu te dijeron? pregunt Melathys, con los labios blancos.
Bueno, Siyet, parece que desde hace diez das se han puesto a atacar el ganado
por las noches. Hay corrales rotos y animales muertos. Una maana encontraron a un
hombre con la cabeza deshecha y otra vez encontraron un tronco de rbol, que tres hombres
no hubieran podido mover, que haba sido levantado de una brecha que estaba tapando.
Hallaron rastros de un animal grande, pero nadie logr saber qu era y todos tienen miedo
de indagar. Y hace tres das, algunos hombres estaban pescando cuando, a cierta distancia
de la costa, ven al oso que se acerca a beber. Parece que era tan grande que no podan creer
a sus propios ojos. Dijeron que estaba flaco y enfermo, al parecer, aunque feroz y temible.
Los mir desde la otra orilla y se fue sin mas. Los hombres con los que habl estn seguros
de que es un demonio; en cuanto a m, yo no le tendra miedo, porque creo que es bastante
claro quin es.
Ankray guard silencio. Ninguno de sus oyentes habl y l prosigui.
Es un oso que hiri al Barn cuando ste era joven; y cuando nos fuimos de

Ortelga despus de la lucha. Todo aquello tuvo que ver con brujeras y un oso, o por lo
menos es lo que yo siempre entend. El Barn sola decirme: Ankray, me deca, me
habra ido mejor si hubiera sido un oso. Me gustara haberlo sido: es la mejor manera de
hacer un reino con nada, creme. Por supuesto, yo crea que estaba bromeando, pero
ahora Bueno, Siyet, si hay un hombre que vuelve a aparecer en forma de oso, ese
hombre tiene que ser el Barn, no te parece? Los que lo vieron dicen que estaba
horriblemente lastimado y herido, desfigurado y todo machucado en el pescuezo y los
hombros creo que esto es la prueba. Ahora en Lak no hay nadie que se anime a alejarse
mucho; tienen el ganado acorralado y mantienen hogueras encendidas toda la noche. No
hay ninguno que se anime a salir a cazar al oso. Hasta corre un extrao rumor que dice que
ha salido vivo del infierno.
La Tuguinda habl.
Gracias, Ankray. Hiciste muy bien y entendemos perfectamente por qu no
pudiste hablar con el jefe. Te has merecido un buen sueo. No hagas nada ms esta noche.
Estamos?
Est bien, Siyet. Ninguna molestia, por cierto. Buenas noches, Siyet. Buenas
noches, seor.
Se fue, llevando la lmpara que Melathys le pas en silencio. El ruido de sus pasos
se fue desvaneciendo pero, Kelderek segua inmvil, mirando el piso como un hombre que,
en una posada o en una tienda, espera que, escondiendo la cara, no habr de reconocerlo
algn acreedor o enemigo que ha entrado inesperadamente. En la otra habitacin un leo
cay al fuego y, a travs de los postigos, lleg el ruido cristalino y repetido del croar de las
ranas. Kelderek segua sentado y nadie hablaba. Cuando Melathys cruz la habitacin y se
sent en el banco que estaba junto a la cama, Kelderek se dio cuenta que su actitud se haba
vuelto poco natural, y forzada, como la de un perro que, por miedo a un rival, se mantiene
rgido contra la pared. Y, sin mirar directamente a las mujeres, se puso de pie, tom la
segunda lmpara del estante que tena a un lado y se acerc a la puerta.
Voy voy a volver Hay algo dentro de poco
Haba puesto la mano en el picaporte, y, por un instante, con una mirada
involuntaria, vio el rostro de la Tuguinda sobre la pared en sombras. Los ojos de ella
encontraron los suyos: l los apart. Sali, cruz la otra habitacin y, fue al cuarto en que
dorma y una vez aqu apag la lmpara y se qued parado como una vaca en un campo.
Qu ascendiente, qu poder retena Shardik sobre l? Haba sido en verdad por
propia voluntad o por la de Shardik que l haba dormido junto al oso en la selva, se haba
zambullido de cabeza en las profundidades del Telthearna y finalmente se haba alejado de
Bekla y de su reino, a travs de terrores y humillaciones que nadie poda imaginar, hasta
Zeray? l haba credo que Shardik estaba muerto; y si no muerto ya, murindose en algn
lugar remoto. Pero no estaba muerto y no estaba lejos; y noticias de Shardik haban llegado
ahora era por su voluntad que haban llegado? al hombre a quien Dios haba elegido

desde el principio para ser despedazado, justamente como haba predicho la Tuguinda. A l
le haban hablado de sacerdotes de otras tierras que eran prisioneros de sus dioses y sus
pueblos, que permanecan aislados en sus templos y palacios hasta el da ritual de su
muerte-sacrificio. l, pese a ser sacerdote, no haba conocido estas crceles. Pero haba
sido engaado al imaginar que estaba en libertad de renunciar a Shardik, de huir para salvar
su vida, de tratar de vivir entera y nicamente para la mujer que amaba?
Se sobresalt al or unos pasos y en el instante siguiente Melathys entr al cuarto,
que estaba en penumbra. Sin decir una palabra l la tom en sus brazos y la bes una y otra
vez sus labios, sus cabellos, sus prpados como si quisiera esconderse entre los besos,
como un animal perseguido entre las hojas verdes. Ella se aferraba a l, no deca nada,
responda con su simple docilidad, como alguien que se baa en un manantial y elige para
su placer permanecer bajo la cascada que sobre l se precipita, sin dejarlo respirar.
Finalmente l se tranquiliz y, acaricindole el rostro con las manos sinti en sus dedos las
lgrimas que la luz de la lmpara no haban revelado.
Amor mo murmur, princesa ma, hermosa joya ma, no llores! Te sacar
de Zeray. Pase lo que pase, nunca, nunca te dejar. Nos iremos y llegaremos a algn lugar
seguro, para los dos. Pero creme! l sonri. No tengo nada en el mundo y todo lo
sacrificar por ti.
Kelderek ella lo bes ahora suavemente, tres o cuatro veces, y luego apoy la
cabeza en el hombro de l. Querido mo. Mi corazn es tuyo hasta que el sol se apague.
Oh, ha habido alguna vez un lugar ms ttrico, una hora ms espantosa para declarar el
amor?
Cmo podra ser de otro modo? contest l. Cmo dos seres como
nosotros podramos haber descubierto que somos amantes, salvo encontrndonos en el fin
del mundo, donde todo el orgullo se ha perdido y todos los rangos y posiciones se dejan de
lado?
Me adiestrare para tener esperanza dijo ella. Rezar por ti todos los das
cuando no ests. Pero envame noticias en cuanto puedas.
Irme? contest l. Adnde?
A Lak! Con el Seor Shardik! A qu otro lugar?
Querida dijo l tranquiliza tu espritu. He prometido que nunca te dejar. He
terminado con Shardik.
Al or esto ella se puso de pie y, extendiendo hacia atrs los dos brazos, con las
palmas apoyadas en la pared, lo mir incrdulamente.
Pero pero t oste lo que dijo Ankray todos lo omos! El Seor Shardik est
en la selva cerca de Lak herido, tal vez murindose! No crees que es el Seor Shardik?

Una vez, ay!, no hace mucho, quise buscar la muerte a manos de Shardik por el
dao que le haba hecho a l y a la Tuguinda. Ahora quiero vivir por ti, si me aceptas. Oye,
querida. El da de Shardik ha terminado para siempre. Y, por todo lo que s, los das de
Bekla y de Ortelga tambin. Estas cosas no tienen por qu preocupamos ahora. Nuestra
tarea es conservar nuestras vidas las vidas de esta casa hasta que vayamos a Lak, y
entonces ayudar a la Tuguinda a volver a Quiso. Despus de esto seremos libres, t y yo!
Iremos a Deelguy o a Terekenalt ms lejos si quieres. A cualquier parte en donde
podamos vivir una vida tranquila y humilde, vivir como la gente sencilla que nacimos para
ser. Tal vez Ankray vendr con nosotros. Si tenemos resolucin, tal vez tendremos
oportunidad de ser felices finalmente, lejos de estas cargas que el espritu de los hombres
no ha sido hecho para soportar, de estos misterios que no estn hechos para que uno hurgue
en ellos.
Ella mene lentamente la cabeza, mientras las lgrimas caan de sus ojos.
No murmur no. Debes ir a Lak maana a la madrugada y yo debo quedarme
aqu con la Tuguinda.
Pero qu debo hacer?
Eso se te mostrar. Pero ante todo debes mantener un corazn humilde y receptivo
y la voluntad de escuchar y obedecer.
No es nada ms que supersticin y locura exclam l. Cmo puedo yo,
justamente yo, seguir siendo un siervo de Shardik, yo, que lo he perjudicado y maltratado
ms que ningn hombre ms que el mismo Ta-Kominion? Piensa tan slo en el peligro
que hay para ti y la Tuguinda en permanecer aqu con nadie ms que Ankray. Este lugar
est ahora lleno de peligros. En cualquier momento va a ser como si cincuenta Glabrones se
hubieran levantado de la tumba
Al or esto ella grit y se dej caer al suelo, sollozando amargamente y cubrindose
la cara con los brazos, como si quisiera tapar estas palabras intolerables. Afligido, l se
arrodill a su lado, le acarici los hombros, le habl como se habla a un nio y trat de
levantarla. Finalmente ella se incorpor, cabece con una especie de cansada desesperanza,
como si ya aceptara lo que l haba dicho de Glabrn.
Ya s dijo ella. Estoy loca de miedo ante la idea de Zeray. Nunca podra
sobrevivir eso de nuevo no ahora. Pero de todas maneras debes irte. De repente,
pareci que tomaba valor, como si realizara un acto forzado por propia voluntad. No vas
a estar mucho tiempo solo. La Tuguinda se recuperar y entonces iremos a Lak y te
encontraremos. Lo creo! Lo creo! Oh, querido, como lo deseo como rezo para que esto
sea as! Ser la voluntad de Dios.
Melathys: te digo que no voy. Te quiero. No te voy a dejar en este lugar.
Uno u otro de nosotros le fallamos al Seor Shardik alguna vez contest ella.

Pero no lo haremos de nuevo no ahora. l nos ofrece a los dos redencin y, por los
Arrecifes!, lo haremos, aunque esto signifique la muerte! Tendindole las manos, ella lo
mir con la autoridad de Quiso en la cara, pese a que la llama de la plida lmpara dejaba
ver huellas de lgrimas en sus mejillas.
Vamos, mi querido y nico amado, volveremos ahora con la Tuguinda y le
diremos que t irs a Lak.
Por un instante l vacil. Luego se encogi de hombros.
Est bien. Pero te advierto que voy a decir lo que pienso.
Ella recogi la lmpara y l la sigui. El fuego haba disminuido mucho, y, cuando
pasaron junto al cerco, l pudo or el chasquido diminuto, evanescente, agudo, de las
piedras que se enfriaban y los rescoldos que se apagaban. Melathys dio unos golpes en la
puerta del cuarto de la Tuguinda; esper unos instantes y luego entr. Kelderek la sigui. El
cuarto estaba vaco.
Melathys, apartndolo a un lado en medio de su apresuramiento corri hasta el
portn del patio. l grit:
Espera! No hay necesidad de Pero ella ya haba levantado las trabas y,
cuando l lleg al portn, vio la llama de la lmpara de ella del otro lado del patio, tranquila
en el aire sereno. La oy llamar y corri. El cerrojo de la puerta exterior estaba en su lugar,
pero la tranca haba sido levantada. Sobre la madera, dibujado a la disparada, al parecer,
con un palo chamuscado, se vea un signo en forma de estrella.
Qu es? pregunt l.
Es el signo grabado en la piedra Tereth murmur ella, abstrada. Invoca el
Poder de Dios y su proteccin. Slo la Tuguinda puede trazarlo sin sacrilegio. Oh, Dios!
No pudo trancar los cerrojos, pero pudo hacemos esto antes de irse.
Pronto! grit Kelderek. No puede estar lejos! Atraves corriendo el patio
y golpe en los postigos, gritando:
Ankray, Ankray!
La luna daba bastante luz y no tuvieron que ir lejos. La Tuguinda estaba en el lugar
en donde haba cado, a la sombra de una pared de barro a medio camino de la costa.
Cuando ellos se acercaban, dos hombres que estaban inclinados sobre ella se alejaron,
sigilosos como gatos. Tena un moretn extenso en la nuca y estaba sangrando por la boca y
la nariz. La capa que se haba echado sobre sus ropas, sumariamente puestas, estaba en el
barro, a unos pies de distancia, donde los hombres la haban tirado.
Ankray la recogi como si hubiera sido una nia y juntos volvieron todos: Kelderek

con el cuchillo en la mano se daba vuelta todo el tiempo para cerciorarse que no los seguan
pero nadie los molest y Melathys estaba esperando para abrir el portn del patio. Una vez
que Ankray dej a la Tuguinda sobre la cama, la muchacha la desnud y no encontr
ninguna lastimadura grave, salvo el golpe en la base del crneo. Melathys vel a la
cabecera toda la noche, pero al amanecer la Tuguinda no haba recobrado la conciencia.
Una hora ms tarde Kelderek, armado y provisto de dinero, de alimentos y del anillo
sellado de Bel-ka-Trazet, parti hacia Lak.

Libro VI
Guenshed

48
Ms all de Lak

Era la tarde del da siguiente; bastante calurosa, ya en esta temprana primavera,


como para acallar a los pjaros y extraer de la selva la fragancia hmeda, vaporosa, de las
hojas jvenes y la vegetacin germinal. El Telthearna resplandeca, serpenteaba veloz y
silencioso en direccin a Lak y el estrecho de Zeray ms abajo. Desde un poco al Norte de
Lak una regin de selva se extenda por varias millas hasta el campo abierto que rodeaba la
Quebrada de Linsho, que lo separaba de las estribaciones y las montaas ms all. Era
desde los extremos meridionales de esta selva, densa y en buena parte sin senderos, que el
oso haba atacado a las majadas y los rediles de Lak.
La orilla era aqu fragmentada, indeterminada, y ondulaba formando una serie de
promontorios. Entre estos, el ro penetraba y trazaba calas y ras, algunas de las cuales se
internaban casi hasta media milla hacia adentro. Era un lugar desolado, poco frecuentado,
salvo por los pescadores que venan en sus canoas.
Kelderek estaba al pie de un rbol de ollaconda, cubierto casi totalmente en medio
de la espesura y con gruesas races visibles que se extendan por todos lados, como cuerdas.
En la clida sombra, el silencio y la soledad, l deliberaba sobre una hazaa tan
desesperada que, incluso ahora, cuando haba decidido realizarla, esperaba a medias que
algo lo detuviera o que se lo impidiera la presencia de pescadores o algn viajero que
viniera por la orilla. Si llegaban los pescadores, pensaba Kelderek, l habra de tomarlo
como un presagio: los llamara y les pedira que lo llevaran de vuelta a Lak en su canoa.
Nadie se iba a enterar de nada por ello, pues a nadie se le haba dicho lo que l intentaba
hacer. En verdad era esencial, para su propsito, que nadie supiera.
Si la Tuguinda an estaba viva, l saba que Melathys nunca la iba a dejar. Habra de
permanecer en Zeray, desafiando los peligros de este malfico lugar; y si la Tuguinda se
recobraba ms adelante, la iba a acompaar a Lak, no para escapar de Zeray, sino tan slo
para estar ms cerca de Shardik, tal vez para buscarlo ella misma. Pero si la Tuguinda mora
o si ya estaba muerta a Melathys, aunque no era ya sacerdotisa de Quiso, no se la iba a
poder convencer de que no deba asumir ahora el deber de la Tuguinda de encontrar a
Shardik; incluso, reflexion amargamente, de tratar de adivinar la voluntad de Dios en
cualesquiera accidentes que pudieran sobrevenir en los ltimos das de un animal
moribundo y feroz. Este residuo de una religin rida y sin sentido, que ya le haba trado
tantas penas, se levantaba entre l y la nica posibilidad que tal vez iba a tener de escapar
de Zeray con la mujer que amaba.
Y qu animal! Pudo haber un tiempo, en verdad, en que l haba amado a Shardik?
Era cierto que l haba desafiado a Bel-ka-Trazet por amor a l, que lo haba considerado

la encamacin del Poder de Dios y le haba rezado para que aceptara su vida? Lak, adonde
l haba llegado al medioda del da anterior y dnde haba pasado la noche, estaba llena de
odio por Shardik, como un fuego est lleno de calor. All solo se hablaba de la maldad, la
astucia, y la ferocidad del oso. Era ms peligroso que la inundacin, ms imprevisible que
la peste, una maldicin como ninguna aldea haba conocido nunca. Haba destruido no solo
animales sino que, perversamente, haba roto la labor paciente de meses: empalizadas,
cercos, cobertizos, jaulas, estanques de pesca. La mayora crea que era un diablo y le tema
en consecuencia. Dos hombres, cazadores experimentados, que se haban arriesgado a
internarse en la selva con la esperanza de atraparlo o de matarlo, haban sido hallados sin
vida: era claro que l los haba tomado de sorpresa. Los pescadores que lo haban visto en
la orilla estaban todos de acuerdo en que haban sentido algo maligno en su presencia,
como la de una serpiente o una araa venenosa.
Kelderek, mostrando el sello de Bel-ka-Trazet pero diciendo tan slo que haba, sido
enviado desde Zeray a buscar ayuda para proyectar un viaje al Norte de los sobrevivientes
de la casa dpi Barn, haba hablado con el notable principal del pueblo, un hombre de edad
que evidentemente saba poco o nada de Bekla, de la religin de Ortelga o de su guerra con
la lejana Yeldashay. A Kelderek, como hombre de Bel-ka-Trazet, le haba mostrado una
cortesa cautelosa, y le haba hecho preguntas, tan acuciosas como crey poder hacerlas,
sobre el estado de las cosas en Zeray y lo que posiblemente iba a ocurrir en ese lugar. Era
claro que pensaba que, muerto el Barn, haba muy poco que ganar al ayudar a la mujer del
Barn.
En cuanto a ese viaje al Norte dijo gesticulando, mientras se rascaba entre los
hombros y haciendo una serial a un sirviente para que le sirviera a Kelderek un vino acre y
turbio no hay razn para intentarlo mientras nosotros estemos en esta penosa situacin.
Los hombres no querrn internarse en la selva o hacer incursiones por la orilla. Se podra
hacer si el animal se alejara, o si muriera Se qued callado, contemplando el suelo y
meneando la cabeza. Despus de un rato continu:
He pensado que en pleno verano durante los calores podramos tal vez
incendiar la selva, pero eso sera demasiado peligroso. El viento suele soplar hacia el
Norte. Se interrumpi de nuevo y despus aadi:
Linsho, no quieres ir a Linsho? La gente que ellos dejan pasar por Linsho son los
que pueden pagar. Es as como subsisten los que all viven. En su voz haba una nota de
envidia.
Y si cruzramos el ro? pregunt Kelderek, pero el jefe se limit a menear la
cabeza una vez ms. Un lugar desierto Te roban y te matan. De repente levant la
mirada: sus ojos eran claros como la luna cuando emerge detrs de unas nubes. Si
empezramos a llevar hombres a travs del ro, la cosa llegara a ser sabida en Zeray. Y
arroj la borra de su vino sobre el suelo mugriento.
Fue mientras estaba echado y despierto antes del amanecer (y rascndose tan
gilmente como el notable) que el proyecto desesperado y secreto entr en su mente. Si

Melathys iba a ser alguna vez suya sola, entonces Shardik tena que morir. Si l se pona a
esperar que Shardik muriera, iba a ser muy posible que Melathys muriera antes. Deba
saberse que Shardik estaba muerto las noticias iban a llegar a Zeray pero no deba
saberse que haba muerto de muerte violenta. Slo el jefe deba ser informado de esto antes
de que la cosa se llevara a cabo. La condicin para l deba ser el secreto, y el precio de
Kelderek, pagable ante la presentacin de las pruebas del xito, una escolta hasta Linsho
para l, las dos mujeres y su sirviente, junto con cualquier otra cosa que fuera necesaria
para pagar el paso a travs de la Quebrada.
Una hora ms tarde, mientras segua reflexionando en su plan sin decir nada del
lugar adonde iba, tom el camino del Norte a lo largo de la orilla. Si Shardik haba dejado
algunas huellas, haba que encontrarlas sin gua. Matarlo, en el caso de que fuera posible,
iba a ser la ms difcil y peligrosa de las tareas, una tarea que no se poda emprender sin
previo conocimiento de los alrededores de la selva y los lugares que frecuentaba el oso en
sus idas y venidas en tomo a Lak. Al llegar a la primera de las calas, entre las lomas que
parecan islas, Kelderek inici una cuidadosa bsqueda de huellas, excrementos y algunos
otros indicios de la presencia de Shardik.
El poder de Shardik se estaba debilitando, se hunda, se desvaneca. Su muerte
estaba decretada, era requerida por Dios. Por qu, entonces, su sacerdote no habra de
acelerar lo inevitable? Y, sin embargo, al aproximarse a l como enemigo con intencin
de matarlo pens en quienes lo haban hecho, en Bel-ka-Trazet, en Guel-Ethlin, en Mol
o, en los que guardaban los Estreles de Urtah. Tambin pens en Gued-la-Dan que haba
intentado, temerariamente, imponer su voluntad sobre Quiso. Y entonces, en el mismo
momento de darse vuelta, de abandonar su resolucin, volvi a ver el rostro manchado de
lgrimas de Melathys, que se levantaba hacia el suyo a la luz de la lmpara, y sinti su
cuerpo apretado contra el suyo, ese cuerpo vulnerable que permaneca en Zeray como una
oveja abandonada por pastores en una colina olvidada. Ningn peligro, natural o
sobrenatural, era demasiado grande para ser enfrentado si con ello l lograba llegar a
tiempo para salvar la vida de ella y convencerla de que nada era ms importante que el
amor que ella senta por l. Luchando contra su cre-ciente sensacin de molestia, continu
pacientemente la bsqueda.
Un poco antes de medioda, al llegar al extremo de uno de los promontorios
parecidos a islas, vio debajo un estanque en la boca de una ra. Se acerc a la ribera, se
arrodill a beber entre las piedras y, al levantar la cabeza, vio inmediatamente ante l, a la
distancia de unos metros, sobre la orilla barrosa de la ra, unas huellas de oso, claras como
un sello sobre cera. Mirando en derredor, qued casi convencido de que ste era el lugar del
que haban hablado los pescadores. Era evidentemente un bebedero habitual, marcado tan
claramente por el oso que incluso un nio habra notado los signos; y sin duda haba sido
visitado por el animal el da anterior.
El haber visto las huellas antes de que sus propios pies hubieran marcado el barro
fue un golpe de suerte que iba a convertir en un simple juego de paciencia el ver al oso
mismo. Lo que le haca falta era un lugar seguro en donde esconderse y observar.
Chapaleando en las aguas playas, avanz hasta la ra siguiente, a una distancia de una

pedrada del estanque en donde se haba arrodillado a beber. Desde aqu volvi a trepar al
promontorio hasta el rbol de ollaconda y, cerciorndose de que poda observar la orilla de
la ra, se ech entre las races a esperar. El viento, como haba dicho el notable, vena del
Norte, la selva a su izquierda era tan densa que nadie poda acercarse sin ser odo y, en
ltimo trmino, siempre poda tomar hacia el ro. Aqu estaba tan protegido como se poda
estarlo, dentro de lo razonable.
A medida que pasaba lentamente el tiempo, con el movimiento de las nubes, el
zumbido del viento y los gritos roncos y repentinos de las aves sobre el ro, Kelderek se
puso a pensar en la forma en que podra matar a Shardik. Si no se haba equivocado y ste
era un lugar adonde el oso vena regularmente a beber, la oportunidad que se le ofreca era
buena. Nunca haba tomado parte en una cacera de osos, y tampoco haba odo hablar de
ninguna, salvo el noble beklano de quien le haba hablado Bel-ka-Trazet, y que lo haba
intentado. Por cierto, un arco solitario pareca demasiado peligroso e inseguro. El beklano
pudo haber pensado muchas cosas treinta aos antes, pero l no crea que fuera posible
matar a un oso con este nico medio. El veneno tal vez fuera apropiado, pero no lo tena.
Tratar de fabricar alguna clase de trampa era completamente absurdo. Cuanto ms pensaba
en las dificultades, ms forzado se vea a la conclusin de que el asunto era imposible a
menos que la vitalidad y la fuerza del oso estuvieran tan debilitadas que l pudiera retenerlo
con una cuerda bastante larga y traspasarlo con flechas. Pero cmo se ata a un oso? Otras
ideas extravagantes le pasaron por la mente: capturar serpientes venenosas y, de algn
modo, hacerlas caer desde arriba en bolsas, mientras el oso beba; colgar una lanza pesada
y Se interrumpi, lleno de impaciencia. Todo lo que poda hacer por el momento era
esperar al oso, observar el estado en que estaba, su comportamiento, y ver si se presentaba
alguna idea en el momento.
Fue tal vez tres horas ms tarde, cuando l ya haba abandonado un poco su
vigilancia, apoyaba la frente sudorosa en un brazo y se preguntaba, al cerrar los ojos para
defenderlos del resplandor del ro, cmo se las arreglara Ankray para conseguir ms
comida cuando se consumiera la que haba en casa, que oy ruidos como de un animal que
se acercara entre los matorrales ms all de la cala. En el momento siguiente tan
tranquila y tan rpidamente pueden materializarse los acontecimientos ms fatdicos y ms
largamente esperados Shardik estaba delante de l, sentado en el borde del estanque.
El mugriento, desgreado animal, estaba demacrado, como hambriento. Su piel
pareca una lona sostenida torpemente sobre la estructura de sus huesos. Los movimientos
tenan un cansancio vacilante, trmulo, como los de un viejo mendigo, gastado por los
rechazos y la enfermedad. La herida de la espalda, a medias curada, estaba cubierta con una
costra lvida, rajada, que se abra y cerraba a cada movimiento de la cabeza. La herida
abierta y supurante de la nuca estaba inflamada y como rasguada por las uas del animal.
Los ojos inyectados en sangre miraban ferozmente a todos lados, como buscando alguien
sobre quien vengar su miseria; pero al poco tiempo la cabeza, en el acto mismo de beber,
cay hacia adelante en las aguas playas como si mantenerla erguida fuera un trabajo
demasiado penoso.
Por ltimo el oso se levant, y, mirando hacia uno y otro lado, clav la mirada en la

maraa de races entre las que se haba escondido Kelderek. Pero no vio nada, al parecer, y,
mientras Kelderek lo segua contemplando a travs de una angosta abertura, se dio cuenta
que al animal le interesaba menos lo que poda ver que lo que poda or y oler en el aire.
Aunque no lo haba percibido en su escondite, algo lo estaba intranquilizando al parecer,
algo en la selva y que no estaba lejos. Si esto era as, era evidente que, de todos modos, no
estaba tan perturbado, ya que no se iba. Por cierto tiempo permaneci en el agua playa,
dejando caer ms de una vez la cabeza como antes, con el objeto segn entendi
Kelderek de lavar y refrescar la herida que tena en la nuca. Luego, ante su gran sorpresa,
el animal empez a vadear desde el estanque hasta las aguas ms profundas. Kelderek lo
contempl, asombrado, avanzar hacia una roca que estaba ms entrada sobre el ro. El
pecho del animal, ancho como una puerta, se sumergi, luego sus hombros y finalmente,
aunque con dificultades, nad hasta la roca y emergi apoyndose en el borde. Aqu se
sent y se puso frente a la lejana orilla oriental. Despus de un rato pareci que iba a
zambullirse en la corriente, pero por dos veces se detuvo. Luego una especie de desgano
pareci apoderarse de l. Se rasc distradamente y se ech sobre la roca, como podra
hacerlo un perro viejo, casi ciego, en el polvo, cubrindose la cara con las patas delanteras.
Kelderek record que la Tuguinda haba dicho: Est tratando de volver a su pas. Quiere
llegar al Telthearna y lo cruzar si puede. Y si una criatura como esta es capaz de llorar,
entonces Shardik estaba llorando.
Ver el fracaso de la fuerza, la ferocidad que se vuelve indefensa, el poder y el
dominio marchitados por el dolor como las plantas por la sequa no slo suscita piedad sino
tambin y tan naturalmente aversin y desprecio.
Ante la vista interior de Kelderek surgi una vez ms la figura de Melathys, de pie,
en la luz del poniente, Melathys la que haba sido inalcanzable, la que dos das antes haba
tenido l en sus brazos y que le haba dicho, con lgrimas, que lo amaba; ella, que con
alegre valor haba asumido tan levemente los peligros y el mal en que l se haba visto
obligado a dejarla; ella, que en s misma compensaba, y con mucho, su perdido reino y su
fortuna desaparecida. Nuevamente naci en l odio contra la bestia sarnosa y decrpita que
estaba sobre las rocas, fuente e imagen de la supersticin que haba convertido a Melathys
en un puta de bandoleros y a Bel-ka-Trazet en un fugitivo, que haba llevado a la Tuguinda
a los umbrales de la muerte y ahora se levantaba entre l y su amor. Y esta maldita criatura
todava tena poder para frustrarlo y arrastrarlo a los abismos con l! Y cuando pens en
todo lo que haba perdido y en todo lo que an poda perder que probablemente iba a
perder, cerr los ojos y se mordisque la mueca, presa de colrica frustracin.
Maldito seas!, grit en el silencio de su corazn. Maldito seas, Shardik, y tu
supuesto Poder de Dios! Por qu no nos salvas de Zeray a nosotros, que hemos perdido
todo lo que poseamos por ti, a nosotros, a quienes has arruinado y engaado? No: no
puedes salvamos. Ni siquiera puedes salvar a las mujeres que te han servido con sus
propias vidas! Por qu no te mueres y dejas libre el camino? Muere, muere, Shardik,
muere!.
De repente lleg a sus odos algo parecido a tenues sonidos de palabras humanas,
proveniente del interior de la selva. Sinti miedo, pues desde la noche en el campo de

batalla haba quedado en l un horror a las voces distantes de personas invisibles. Eran
extraos ruidos, misteriosos y no fciles de explicar, parecidos no tanto a voces de hombres
como a voces de nios, de nios que lloraran, doloridos o angustiados. Se puso de pie de
golpe y, al hacerlo, oy, ms alto que las voces, el ruido de un cuerpo que golpeaba contra
el agua, muy cercano. Mir hacia atrs y retrocedi horrorizado al ver que el oso estaba
subiendo la ribera del ro. El animal lo miraba con ojos brillantes. Se sacudi el agua de la
piel y le mostraba ferozmente los dientes. Presa de pnico, se volvi y trat de abrirse
camino entre los matorrales, rompiendo las enredaderas y la maleza que encontraba por
delante. No poda saber si el oso lo estaba persiguiendo. No se atreva a mirar atrs, pero
prosegua siempre hacia arriba; y apenas senta los araazos y las heridas que cubran sus
miembros. De repente despus de abrirse paso en una maraa de ramas entrecruzadas, se
encontr con que le faltaba el suelo bajo los pies. Se agarr a una rama que se parti bajo su
peso, perdi el equilibrio y cay hacia adelante por la empinada pendiente de la cala, que
cerraba el promontorio por su lado de tierra. Golpe con la frente la raz de un rbol y rod
inconsciente sobre el suelo, boca abajo y a medias inmerso en el barro y las aguas playas.

49
El traficante de esclavos

Dolor, sed, un resplandor verde de luz y un murmullo recurrente. Kelderek dej que
sus ojos semiabiertos se cerraran y, frunciendo el ceo al hacerlo, sinti algo apretado y
duro que le rodeaba la cabeza. Levant una mano y con los dedos empez a frotar una
banda de tela tosca, que le rodeaba una sien y segua por encima de la rbita. Apret y el
dolor surgi como una llamarada bajo los globos de los ojos. Gimi y dej caer la mano.
Ahora record al oso, pero ya no le tena miedo. Algo qu? le haba dicho que
el oso se haba ido. La luz del da apenas la poda tolerar bajo sus prpados estaba ms
avanzada: deba haber pasado bastante tiempo desde que l haba cado, pero no era esto lo
que lo haba tranquilizado. Su mente empez a aclararse y, a medida que lo haca, se volvi
consciente una vez ms de la aspereza del lienzo que le rodeaba la frente. Y, como un ruido
ominoso, que primero se oye dbilmente a la distancia y luego ms fuerte a medida que se
acerca, y que en el momento de la repeticin impone su inquietante sentido al hombre que
empez oyndolo con indiferencia, del mismo modo que los sentidos de Kelderek se
despabilaban, el significado del lienzo se le iba imponiendo.
Gir la cabeza, se tap los ojos con una mano y los abri. Yaca en la orilla de la
cala, cerca de la playa barrosa en donde haba cado. Las huellas de su cuerpo todava se
podan ver en el barro y tambin los surcos que haban hecho sus pies cuando lo haban
arrastrado hasta el punto en donde ahora estaba. Del lado de la costa haba un hombre
sentado, que lo estaba mirando. Cuando los ojos de Kelderek vieron a este hombre, ninguno
de los dos habl ni cambi la direccin de la mirada. El hombre estaba sucio y harapiento,
tena cabellos pajizos, hirsutos, y una barba algo ms oscura, prpados pesados y una
cicatriz blanca a un lado de la barbilla. La boca permaneca un poco abierta y le daba un
aire abstrado, tristn; los dientes que se vean estaban descoloridos. En una mano tena un
cuchillo y con la punta se acariciaba y retocaba los dedos de la otra mano.
Kelderek sonri y, pese al agudo dolor detrs de los ojos se incorpor sobre los
codos. Escupiendo barro y hablando con cierta dificultad, dijo en beklano:
Si eres t quien me sac de all y me puso esta venda en la cabeza, gracias. Creo
que me salvaste la vida.
El otro asinti levemente dos veces con la cabeza, pero no dio ms seales de haber
odo. Aunque los ojos seguan fijos en Kelderek, la atencin pareca concentrada en
limpiarse rtmicamente, con la punta del cuchillo, la ua de cada dedo.
Entonces, el oso se fue dijo Kelderek. Qu te trajo aqu? Ests cazando o
ests de viaje?

El hombre tampoco contest y Kelderek, recordando que estaba ms all del Vrako,
se maldijo por haber cometido la tontera de hacer preguntas. Segua sintindose dbil y
mareado, pero probablemente eso iba a pasar en cuanto se pusiera de pie. Lo mejor que
poda hacer ahora era volver a Lak antes de anochecer y ver qu se podra hacer despus de
comer y dormir. Levant una mano y dijo:
Me ayudas a levantarme?
Al cabo de un rato el hombre, sin moverse, dijo en un ortelgano defectuoso pero
inteligible:
Estas muy lejos de tu isla, no?
Cmo sabes que soy ortelgano? pregunt Kelderek.
Lejos repiti el hombre.
A Kelderek se le ocurri tantear buscando el bolsillo en que haba trado el dinero
con el que haba venido de Zeray. No estaba. Y tampoco estaban ni su comida ni su
cuchillo. Esto no lo sorprendi, pero algunas otras cosas s lo sorprendieron. Puesto que el
hombre le haba robado, por qu lo haba arrastrado hasta aqu y por qu le haba vendado
la cabeza? Por qu se haba quedado vigilndolo y por qu, dado que evidentemente no era
ortelgano, le haba hablado en ortelgano? Y dijo una vez ms, en ortelgano ahora:
Me ayudas a levantarme?
S, levntate dijo el hombre en beklano, como contestando a otra pregunta. Su
inters a medias tomado pareci volverse ms directo al inclinarse hacia l con aire alerta.
Kelderek, apoyndose en una mano, y empezando a usar su pierna izquierda, sinti
un repentino tirn en el taln derecho. Mir hacia abajo. Los dos talone estaban
maniatados y entre ellos haba una cadena liviana, del largo de su antebrazo.
Qu es esto? pregunt con una sbita explosin de alarma.
Levntate repiti el hombre. Por su parte, l se levant y dio tres pasos hacia
Kelderek con el cuchillo en la mano.
Kelderek se arrodill y luego se puso de pie, pero se habra cado si el hombre no lo
hubiera sostenido del brazo. Era ms bajo que Kelderek. Le lanz una mirada penetrante:
tena piernas combadas y el cuchillo estaba pronto. Al cabo de unos instantes, sin mover los
ojos, ech la cabeza a un lado.
Por ah dijo en ortelgano.
Espera dijo Kelderek espera un momento. Dime mientras l hablaba el

hombre le agarr la mano izquierda, se la puso delante y con la punta del cuchillo le dio un
pinchazo bajo una ua. Kelderek grit y retir la mano.
Por ah dijo el hombre, haciendo de nuevo un movimiento de cabeza y agitando
el cuchillo delante de la cara de Kelderek, de modo que tuvo que apartarla a uno y otro
lado.
Kelderek se volvi y, con la mano del hombre en el brazo, empez a tambalearse
sobre el barro. A cada paso la cadena, corta entre sus talones, le frenaba el largo natural del
paso. Varias veces tropez y, finalmente, se puso a andar a pasitos breves, escudriando el
suelo en busca de cualquier irregularidad que pudiera hacerlo tropezar. El hombre, que
marchaba a su lado, silbaba desentonadamente entre dientes, y este sonido, intensificado a
veces de repente, lo haca sobresaltarse a Kelderek, anticipando algn nuevo ataque. Lo
cierto es que, de no haber sido por el hombre, habra cado al suelo de pura debilidad y por
la nusea que le provocaba la herida de debajo de la ua.
Qu clase de hombre era ste? Por su ropa y la facilidad con que hablaba en
ortelgano, no era probable que fuera un soldado de Yeldashay. Cul poda ser la
explicacin de que se hubiera tomado la molestia de salvar, en una regin salvaje y
pantanosa, a un extranjero desposedo, a quin ya haba robado? Kelderek, que se chupaba
el dedo, segua perdiendo sangre por debajo de la ua herida. Si el hombre era un
trastornado por qu no, ms all del Vrako?, qu otra cosa haba sido Rvit? todo lo
que l poda hacer era mantenerse alerta y esperar cualquier oportunidad que pudiera
presentarse. Pero la cadena iba a ser un serio inconveniente, y el hombre mismo, a pesar de
su corta estatura, era sin duda un adversario muy inquietante.
Levant la mirada al or un repentino rumor de voces. No haban caminado mucho,
tal vez no ms de un tiro de arco desde la ra. El terreno era todava pantanoso y la selva
espesa. Por delante haba una pradera, entre rboles por aqu y por all, y pudo divisar
gente que iba de un lado a otro, aunque no vio fogata ni ninguna de las cosas que se ven en
los campamentos. El hombre dio un solo grito, sin palabras, una especie de ladrido, pero no
esper contestacin y sigui guindolo hacia adelante, como antes. Ya haban llegado a la
pradera cuando la cadena lo hizo tropezar de nuevo y Kelderek cav al suelo. El hombre,
dejndolo donde haba cado, sigui caminando.
Sin aliento y cubierto de barro, Kelderek rod y mir a un lado. El lugar se dio
cuenta inmediatamente estaba lleno de una considerable cantidad de gente, y con el
temor de haber cado finalmente en manos de los yeldashay, se incorpor y mir
rpidamente en derredor.
Salvo por el hombre mismo, sentado ahora a cierta distancia, que estaba hurgando
en una bolsa de cuero, todos los que estaban en la pradera eran nios. No haba nadie que
pudiera tener ms de trece o catorce aos. Un muchacho que estaba cerca, con labio
leporino y llagas en la barbilla, lo miraba a Kelderek con una fijeza vaca, soolienta, como
si acabara de despertarse. Ms lejos, un nio que tena un tic continuo en la cabeza lo
miraba con ojos muy abiertos, con la quijada colgante, en una especie de rictus de alarma

sorprendida. Al mirar en esta direccin Kelderek se dio cuenta que muchos de los nios
eran defectuosos y tenan un aire desganado y enfermizo, como gatos hambrientos en un
albaal. Casi todos, como l, tenan cadenas en los talones; de los dos que poda ver y que
no estaban encadenados, haba uno con una pierna atrofiada, y el otro tena por encima de
los talones unas llagas abiertas producidas por los grillos. Los nios estaban sentados o
echados en silencio, en el suelo. Alguno dorma, otro defecaba en cuclillas, otro temblaba
continuamente, otro buscaba insectos entre la hierba y los coma. Las criaturas conferan
una calidad fantasmal a la luz verde del lugar, como si ste fuera un estanque y ellos peces
en un mundo de silencio, cada cual ocupado enteramente en su propia conservacin y sin
prestar ninguna atencin a los dems.
El hombre, en consecuencia, deba ser un traficante de esclavos que se especializaba
en nios. El nmero de los que tenan permiso de trabajo en el imperio beklano estaba
fijado: cada uno haba sido autorizado por Kelderek despus de realizarse investigaciones
en las gobernaciones de provincia, de acuerdo a cuotas especificadas y precios aprobados
en el lugar; una segunda cuota no se poda reclutar en el mismo lugar hasta despus de
haber pasado cierto tiempo establecido. Los traficantes trabajaban por intermedio de los
gobernadores de provincia y bajo proteccin de stos: tenan obligacin de no pasar la
cuota y pagaban precios aprobados; en cambio obtenan cuando era necesario, escoltas
armadas para sus viajes a los mercados de Bekla, Dari-Paltesh, o Thettit-Tonilda. Era
probable que este hombre, al viajar con un grupo de nios esclavos hacia Bekla, hubiera
sido cortado por el avance yeldashay y, en vista del valor de la mercadera, hubiera
decidido, en vez de abandonarla, huir con ella del otro lado del Vrako. Pero cul de los
traficantes era ste? No se haban emitido muchos permisos y Kelderek que, interesado en
averiguar todo lo posible sobre ganancias y porcentajes exigibles haba hablado con la
mayora de los traficantes en una u otra ocasin, trat de recordar ahora las caras de cada
uno de ellos. Entre las que poda recordar, ninguna corresponda a la de este hombre. En
ningn momento se haban validado ms de diecisiete autorizaciones en el imperio, y de
stas casi ninguna, ya obtenida, haba sido trasferida a un segundo poseedor: y quin, una
vez que le haba echado la mano encima, poda abandonar una ocupacin tan lucrativa? En
veinte nombres, Kelderek no poda recordar el de este hombre y, sin embargo, deba ser uno
de ellos. O sera y aqu Kelderek sinti un sobresalto repentino de descon-fianza un
traficante no autorizado, uno de esos de quienes le haban hablado y que estaba supeditado
a las mayores penalidades, uno de esos que obtena esclavos en cualquier forma, a veces
raptndolos, a veces asustando y aterrorizando aldeas remotas, o tambin comprando nios
idiotas, deformes o con deficiencias que los volvan indeseables a quienes deseaban
venderlos? Y lo hacan secretamente, a traficantes autorizados, o a cualquiera dispuesto a
comprar. l saba que estos hombres operaban en el imperio, y tambin conoca su
reputacin de dureza y crueldad, de tratos deshonestos y de costumbre de echar mano
encima de todo lo que podan encontrar. Todos los traficantes de esclavos son traficantes
de la desgracia, le haba dicho un oficial yeldashay en una ocasin, cuando lo
interrogaban, pero hay algunos esos de los que t pretendes no saber nada que se
arrastran por la regin como ratas inmundas, rascando los restos mismos de la miseria para
lograr beneficios, y de stos te considero responsable, porque el que construye un granero
sabe que las ratas van a venir. Kelderek lo haba dejado hablar y ms adelante, cuando
estaba an ms indignado, el oficial haba dado una buena cantidad de informacin til.

De repente los recuerdos de Kelderek fueron interrumpidos por el ms inesperado de


los ruidos: la risa de un nio. Levant la mirada y vio una nia, tal vez de unos cinco aos,
no encadenada, que corra por la pradera y miraba por encima del hombro a un nio alto y
rubio. El muchacho, a pesar de sus cadenas, corra detrs de ella, evidentemente jugando,
porque se mantena atrs y pretenda, como se hace al jugar con nios muy pequeos, que
la nia haba logrado escaparse. El nio, aunque delgado y plido, pareca menos
desdichado que los otros. La nia casi haba llegado junto a Kelderek cuando tropez y
cay de bruces. El nio alto, alcanzndola, la ayud a levantarse y la sostuvo entre sus
brazos, acunndola para reconfortarla e impedir que se pusiera a llorar. En esta tarea se dio
vuelta un instante hacia Kelderek y sus miradas se encontraron.
El que capta de repente la entonacin de una cancin que hace aos que no oye, o el
perfume de flores que florecan en su puerta cuando l jugaba entre ellas, se encuentra de
repente arrebatado, lo quiera o no, y a veces con lgrimas, a la profundidad del tiempo
pasado, recobra por unos instantes la sensacin de ser otra persona a quien la vida tocaba
con dedos ms livianos que los que ha aprendido a soportar desde entonces. Con un
estremecimiento no menor Kelderek se sinti ser de nuevo el Ojo de Dios, el Seor
Crendrik, rey-sacerdote de Bekla; y en ese instante record el olor de la niebla y de las
ascuas de carbn, el agrio gusto en la boca y el murmullo detrs de l cuando estaba frente
a los barrotes en la Casa del Rey, tratando de mirar ojos que no osaba enfrentar: los ojos del
condenado Elleroth. Luego el rapto pas y se encontr mirando perplejo a un nio que
acunaba en sus brazos a una nia rubia.
En ese momento el traficante de esclavos se puso de pie y grit:
Eh, Shauter! Bled! En marcha! Y dejando la bolsa en el suelo, atraves el
campo e hizo sonar los dedos para hacer que los nios se pusieran de pie. Sin volver a
hablar, los agrup en un extremo. Se par junto al nio alto, que segua mirndolo con la
nia en sus brazos. La nia trataba de esconder la cara y mientras lo haca, el muchacho le
puso una mano en el hombro. Al cabo de unos instantes fue evidente que el traficante
quera subyugar al muchacho y forzarlo a obedecer sin palabras ni golpes. Tenso y rebelde,
el muchacho le sostuvo la mirada. Finalmente, hablando un beklano defectuoso, con un
fuerte acento yeldashay, dijo:
No es bastante fuerte para soportar esto mucho tiempo y no sacars ninguna
ganancia si muere. Por qu no la dejas en los alrededores de la prxima aldea por donde
pasemos?
El traficante extrajo su cuchillo. Entonces, mientras el muchacho segua esperando
la respuesta, el hombre sac del cinturn un objeto de hierro en forma de dos semicrculos,
cada uno con toscas pas en cada extremo y unidos por una barra corta. El muchacho vacil
un momento: luego baj la mirada, apret los labios y, siempre con la nia en brazos, se
alej para unirse con los otros nios.
En ese mismo instante un adolescente con la cara contrada, un poco mayor que el
resto, con un ojo que bizqueaba llego corriendo hasta Kelderek. Tena puesta una tnica de

cuero rota y manejaba un bastn flexible, del largo de su brazo.


Vamos, t tambin! exclam el muchacho en una especie de mugido salvaje,
como el que podra emitir un campesino al gritarle a un animal que le ha hecho perder la
paciencia. Qu mierda! Ven!
Kelderek se puso de pie y lo mir.
Qu quieres que haga? pregunt.
No me contestes! grit el muchacho, levantando el bastn. Ponte ah y
mucho cuidado!
Kelderek se encogi de hombros y march lentamente hasta el grupo de nios que
estaba en el extremo de la pradera. Deba haber, calcul, unos veinte o veinticinco, todos
varones, con edades que oscilaban, dentro de lo que l hubiera podido decir, entre los
catorce y los nueve o diez aos, aunque era difcil estar seguro de esto, porque su aspecto
era atroz, como l nunca haba visto en nios de Bekla u Ortelga. Un olor a mugre rancia
emanaba de ellos y nubes de moscas revoloteaban en tomo a sus cabezas. Un nio,
recostado contra un tronco de rbol, tosa continuamente, doblndose en dos, mientras un
flujo mucoso, disentrico, le corra entre las piernas. Una mosca se le par en una oreja y l
la espant. Kelderek, siguiendo el movimiento, not que el lbulo estaba perforado y
ulcerado. Mir a otro nio: tambin tena una oreja agujereada. Sorprendido, fue mirando
uno tras otro y en cada caso vio que el lbulo de la oreja derecha estaba perforado.
El traficante de esclavos, que llevaba ahora la bolsa junto con un pesado arco que
haba puesto encima de ella, pas junto a l y se dirigi al grupo. Aqu lo estaba esperando
un segundo muchacho. l tambin, como el que le haba gritado a Kelderek, llevaba un
palo y estaba vestido con una tnica de cuero. Bajo y rechoncho, pareca ms un enano que
un jovencito. La espalda estaba abultada por una especie de jiba y los largos cabellos le
llegaban hasta los hombros, tal vez para disimular de algn modo su deformidad. Cuando
os nios empezaron a movilizarse siguiendo al traficante, Kelderek not que todos bajaban
la mirada cuando pasaban junto a este nio-enano. El muchacho, por su parte, miraba
fijamente a uno tras otro, inclinndose hacia cada uno con el cuerpo tenso y las rodillas
dobladas, como si tuviera que hacer un esfuerzo para contenerse de saltarles encima y
golpearlos. Kelderek sinti que le tocaban la espalda; se dio vuelta y encontr los ojos del
nio alto que, mientras caminaba, haba tomado a la nia por los talones y la llevaba sobre
los hombros, como una bolsa.
Ten cuidado de no mirar a Bled cuando pases murmur el muchacho si te
encuentra la mirada se te va a echar encima. Entonces, como Kelderek, sorprendido,
frunci el ceo, aadi:
Est loco, o es como si lo estuviera.
Todos, con las cabezas desviadas, pasaron junto a la figura jibosa y siguieron a los

otros nios en direccin al bosque. El ritmo de marcha era tan lento que Kelderek tena
tiempo de agacharse y desenredar su cadena cuando sta se enganchaba. Despus de un
rato, el muchacho le dijo de nuevo en voz baja:
Te resultar ms fcil si caminas exactamente detrs del muchacho que va al
frente y pones cada pie justo delante del otro: de tal modo la cadena no tiene que enredarse.
Quin es ese hombre? susurr Kelderek.
Por Dios! No lo sabes? pregunt el muchacho. Guenshed Nunca oste
hablar de l?
Una vez, en Kabin, o ese nombre: pero de dnde es? No es un traficante de
esclavos beklano
Es es el peor de todos. O hablar de l mucho antes de soar en verlo, mucho
menos de soar que iba a caer en sus manos. Viste cmo me amenaz con la trampa de
moscas ahora mismo, cuando estaba tratando de hablarle por Shara?
El caza-moscas? pregunt Kelderek. Qu es eso?
Es ese objeto que lleva en el cinturn. Te fuerza a tener la boca abierta, tan
abierta y no la puedes cerrar. Ya s No parece tan terrible, verdad? As pensaba yo
antes. Mi padre se avergonzara de m, supongo, pero no podra volver a soportarlo, no
podra soportar dos horas de eso.
Pero
Cuidado. No dejes que Shauter te oiga.
Guardaron silencio cuando el joven de la cara torcida pas junto a ellos para
desenredar la cadena de un nio que haba tropezado y que, al parecer; era demasiado dbil
para arreglrselas solo. Un poco ms tarde, cuando empezaron a marchar de nuevo,
Kelderek dijo:
Dime algo ms sobre este hombre y dime cmo fue que caste en sus manos. T
eres un yeldashay, verdad?
Mi nombre es Radu, heredero de Elleroth, ban de Sarkid.
Kelderek comprendi que, desde un principio, se haba dado cuenta de quin era el
muchacho. No contest y, al cabo de un rato, el muchacho dijo:
No me crees?
S, te creo. Te pareces mucho a tu padre.

Cmo? Lo conoces?
S. Es decir, lo he visto.
Dnde? En Sarkid?
En Kabin.
Kabin de las Aguas? Cmo? Cundo estuvo ah?
No hace mucho. Lo cierto es que todava puede estar ah.
Con el ejrcito? Quieres decir que el general Santil est en Kabin?
All estaba hace poco tiempo.
Si mi padre estuviera aqu, matara a este cerdo en un instante.
Cuidado! dijo Kelderek, pues la voz del muchacho se haba elevado
histricamente. Deja que cargue a esa nia. Ya la has llevado bastante tiempo.
Est acostumbrada a m. Puede llorar.
Pero Shara, a medias dormida, sigui tan quieta sobre el hombro de Kelderek como
lo haba estado sobre el de Radu. Kelderek sinti sus huesos: era muy liviana. Por vigsima
vez se detuvieron, esperando que continuaran los nios del frente.
Me dijeron en Kabin dijo Kelderek que habas cado en manos de este
hombre. Cmo ocurri eso?
Mi padre haba salido a hacer una visita secreta al general Santil Ni siquiera yo
saba adonde haba ido. Uno de nuestros arrendatarios nos dijo que Guenshed estaba en la
provincia. Yo me estaba preguntando qu habra querido mi padre que yo hiciera, qu
habra querido or que yo haba hecho, cuando estuviera de vuelta. Decid no decirle nada a
mi madre en relacin a Guenshed: ella me habra dicho que no deba alborotar el ambiente.
Me pareci que lo mejor sera ir a hablar con mi to Sildan, el marido de la hermana de mi
padre. Siempre nos habamos, llevado bien. Supuse que iba a saber qu haba qu hacer.
Llev conmigo a mi propio sirviente y emprend la marcha.
Hizo una pausa.
Y te topaste con el traficante de esclavos? pregunto Kelderek.
Actu como un nio: ahora me doy cuenta. Toroc y yo estbamos descansando en
un bosque y habamos dejado de lado toda vigilancia. Guenshed dispar contra Toroc una
flecha que le atraves la garganta: sabe usar el arco. Yo todava estaba arrodillado junto a

Toroc cuando Shauter y Bled aparecieron y me dieron de golpes. Guenshed no tena


ninguna idea de quin era yo. Yo no me haba ocupado de ponerme ropa especial. Cuando
se lo dije, Shauter fue partidario de dejarme en libertad, antes de que toda la regin se
alborotara, pero Guenshed no quiso saber nada. Supongo que tiene de algn modo
intenciones de volver a Terekenalt y pedir un rescate. Obtendra ms de ese modo que
vendindome como esclavo.
Es evidente que no estaba interesado en apoderarse de tu sirviente.
No. Y tambin es extrao que te haya capturado a ti. Es muy sabido que slo se
ocupa de nios. Como sabrs tiene mercado de ellos.
Su mercado?
En Terekenalt. Sabes lo que hace? Ni siquiera los otros traficantes quieren tocar
la mercadera de l. A los varones los castran y los venden a bueno, a la gente que los
quiere comprar. Y las chicas supongo que a las chicas les pasa algo peor.
Pero aqu no hay chicas salvo esta chiquita que estaba contigo.
Haba chicas antes. Te dir lo que ocurri despus que me capturaron.
Guenshed sigui hacia el Este No pas por Paltesh. Nunca se nos dijo la razn,
naturalmente, pero creo que probablemente todo Sarkid estaba detrs de l, buscndome.
Todas las rutas que llevaban a Paltesh deben haber estado vigiladas. Cuando llegamos a
Lapn oriental l ya tena ms de cincuenta nios entre varones y mujeres. Haba una chica
ms o menos de mi edad, llamada Reva, una chica amable y tmida que nunca haba salido
de su casa. No s como lleg a ser vendida por Guenshed. Shauter y Bled solan Ya me
entiendes.
Guenshed permita eso?
Oh, no, naturalmente se supona que no deban hacerlo! Pero no est muy seguro
de ellos, sabes? No puede prescindir de ellos cuando est en sus expediciones, y adems
saben demasiado. Probablemente podran encontrar una manera de volverse contra l si
quisieran. Guenshed no emplea veedores, como los otros traficantes de esclavos. Tiene un
mtodo mucho mejor. Elige muchachos especialmente crueles y malvados y los educa para
veedores. Cuando vuelve a Terekenalt, creo que suele librarse de ellos y busca nuevos para
el prximo viaje. De todos modos, esto es lo que me han dicho.
Por qu trabajan para l entonces?
En parte porque es mejor ser veedor que esclavo, pero hay ms que eso. l elige
muchachos sobre los que tiene poder, porque lo admiran y quieren llegar a ser como l.
Y la chica de la que me hablaste?

Se mat.
Cmo?
Una noche, cuando estaba con Bled. Se las arregl para sacarle el cuchillo del
cinturn. l estaba demasiado atareado para notarlo y ella se clav el cuchillo.
Es una pena que no lo haya apualado a l y no se haya echado a correr.
A Reva nunca se le hubiera ocurrido eso. Era un ser indefenso y estaba fuera de s.
En dnde cruzaste el Vrako? pregunt Kelderek. Cmo lo hiciste?
Nos encontramos con otro traficante de esclavos en el Lapn oriental, un hombre
llamado Nigon que tena un permiso de trabajo dado por las autoridades de Ortelga. O a
Nigon cuando le advirti a Guenshed que el ejrcito de Santil marchaba hacia el Norte, a
buen ritmo, y que lo mejor era apartarse si era posible. El mismo Nigon tena intenciones de
volver a Bekla.
Pero no lo hizo. Fue tomado prisionero por los yeldashay.
De veras? Me alegro. Bueno, no haba ningn sentido en que Guenshed tratara
de ir a Bekla. All no tena permiso de trabajo. De tal modo que fue al nico lugar adonde
poda ir a Tonilda. Anduvimos como fuego en la selva, pero cada vez que nos detenamos
se nos deca que los yeldashay nos estaban pisando los talones.
Cmo ha podido sobrevivir esa nia?
Tendra que haber muerto hace unos das, pero yo la llevo en brazos casi todo el
tiempo. Yo y otro muchacho al que llamamos la Liebre. Tengo con ella una obligacin
jurada. Es la hija de uno de nuestros arrendatarios. Mi padre dara por supuesto que yo me
tengo que ocupar de ella en todas formas: y me ocupo.
El joven Bled se puso a marchar junto a ellos y por un rato avanzaron en silencio.
Kelderek poda ver a los nios que iban al frente, tropezando y arrastrndose con cabezas
bajas, silenciosas y apticas como bestias de carga. Cuando Bled se adelantaba un poco en
la cola, haciendo silbar su bastn en el aire, nadie se atreva a levantar la mirada.
Cuando nos acercbamos a Thettit-Tonilda, Guenshed se enter que los yeldashay
estaban va al Oeste de nosotros y seguan marchando hacia el Norte. Prcticamente nos
iban a cortar el camino entre Guelt y Kabin. En Thettil l vendi a todas las chicas, salvo a
Shara. Saba que no iban a poder sobrevivir al viaje que pensaba hacer.
Shara se movi y gimote en el hombro de Kelderek. Radu se inclin, la acarici y
le murmur al odo, acaso una broma entre ellos, pues la nia chasque la lengua, y
tratando de repetir lo que l le haba dicho, volvi a sumirse en su sueo liviano.

Nunca has estado en el Norte de Tonilda? pregunto el muchacho.


No, s que es salvaje y solitario.
No hay caminos y, de noche, es horriblemente fro. No tenamos frazadas y
Guenshed no quera encender hogueras por temor a las patrullas yeldashay. De todos modos
tenamos un poco de pan y de carne salada. Slo uno de los muchachos se vino abajo. Era
al atardecer. Guenshed lo colg de un rbol y nos hizo formar cerco alrededor hasta que se
muri. No s cunto ms hubiera podido obtener de ese nio; se hubiera dicho que lo poda
hacer descansar una noche y esperar a ver si andaba por la maana. Te digo que con l no
es una cuestin de dinero; creo que dara su vida por hacer una crueldad.
Se enoj supongo?
No se puede saber si est enojado o no. Su violencia se parece a la de un insecto,
es repentina y fra y uno siente que no es natural algo que es menos que humano, algo
que espera muy quieto hasta que golpea como el relmpago Shshshshsh!
Haban llegado a la orilla de una ra y aqu Shauter orden a los nios que se
metieran uno tras otro en el agua. Guenshed, con el agua hasta la cintura, tomaba a cada
uno y lo empujaba hacia la otra orilla, donde era recibido por Bled. Kelderek, con la nia en
brazos, se meti en el espeso limo, y hubiera cado si Guenshed no lo hubiera sujetado. Los
veedores proferan incesantemente palabrotas contra los nios, pero Guenshed no deca una
palabra. Cuando por ltimo todos haban cruzado, tendi la mano a Bled, sali del agua y
mir el conjunto de los nios, haciendo sonar sus nudillos. Los que se haban echado se
incorporaron trabajosamente y despus de unos instantes, el traficante de esclavos se
intern de nuevo en la selva.
Cuando vimos finalmente el Vrako, nos quedamos muy asustados. Era un torrente
impetuoso, como de medio tiro de flecha de ancho y lleno de grandes rocas. No poda creer
que Guenshed tuviera intenciones de cruzarlo con treinta nios exhaustos.
Pero el Vrako es infranqueable ms abajo de Kabin dijo Kelderek. Todos lo
saben.
l intent el cruce en Thettit. Haba enviado a Shuter por el camino de Kabin,
con ropa de vaquero, y le haba dado dinero para sobornar al centinela de paso. Pero
aparentemente lo descubrieron. A Shuter no le haban dicho que nos buscara en el recodo
del ro, cuando ste dobla hacia el Este; pero aun as, le llev a Guenshed medio da
encontrarlo. Es un lugar salvaje y desolado.
Pero ese plan, qu era?
Guenshed haba comprado una buena cantidad de soga embreada en Thettit, y
unos doscientos metros de cuerda de Ortelga. Haba cortado en pedazos la cuerda, y cada
uno llevaba un pedazo. l mismo junt despus los pedazos. Es muy minucioso. Cuando

todo estuvo listo, tir una flecha sobre el ro con uno de los extremos de la soga embreada
sujeta a ella. Luego at la soga a la cuerda y Shuter se encarg de que estuviera tirante.
Era todo lo que pudo hacer, a causa de la corriente. Envolvieron la soga en estacas, a cada
lado, y las clavaron en el suelo, pero con la corriente y el peso de la soga no qued muy
tirante que digamos pero fue as que tuvimos que atravesar el Vrako.
Kelderek no dijo nada, imaginando el ruido ensordecedor del torrente y los nios
exhaustos y aterrados, bambolendose sobre las aguas.
Hubo siete ahogados. La Liebre se ahog perdi el punto de apoyo y se hundi
como una piedra. No lo volv a ver. Yo, cuando estaba en la mitad del cruce, estaba seguro
de que no iba a poder seguir.
Shara?
Ese era el problema. Le at las muecas alrededor de mi pescuezo. Fabriqu una
especie de tubo con una corteza enroscada de rbol y se lo puse en la boca, para darle
oportunidad de respirar en caso de que la cabeza quedara bajo el agua. Pero naturalmente se
asust y empez a debatirse y casi nos ahogamos los dos. Dmela de vuelta ahora.
Kelderek le dio la nia y Radu la tom en sus brazos, canturreando suavemente,
poniendo la boca cerca de la oreja de ella. Despus de un rato continu:
Lo que he aprendido es que un hombre malvado se vuelve muy fuerte. Guenshed
es fuerte porque es malvado. El mal lo protege, de tal modo que puede hacer su trabajo.
Dentro de pocos das podrs ver lo que quiero decir. Se qued callado un instante y luego
con seriedad aadi:
Pero Guenshed no es el nico que tiene la culpa de nuestra desgracia.
Cmo? Quin fuera de l?
El enemigo: los ortelganos que reanudaron el trfico de esclavos.
No le dieron permiso de trabajo a Guenshed.
No, pero qu creyeron que iba a pasar? Si dejas entrar a los perros, entran las
moscas.
Kelderek no contest y, por un largo rato, continuaron su marcha de caracol detrs
de los nios, agachndose de tanto en tanto para desenredarse las cadenas. Finalmente Radu
dijo:
Ests seguro que el ejrcito del general Santil est en Kabin?
S; vengo de all.

Y viste all a mi padre?


S, lo vi.
Agacharon la cabeza al pasar junto a Bled, que estaba con las rodillas dobladas y el
bastn a medias levantado en la mano. Slo despus de haberlo alcanzado a l, e incluso
haberse adelantado, Kelderek habl de nuevo:
Debemos estar cerca del anochecer. Cundo se detiene, por lo general?
Ests cansado? pregunt Radu.
Todava me siento mareado por la herida que tengo en la cabeza y el dedo me
duele mucho. Guenshed me meti el cuchillo bajo una ua.
Le he visto hacer eso ms de una vez dijo Radu. Djame que le eche un
vistazo. Habra que atarla. Rompi un jirn de sus harapos y lo at al dedo de Kelderek
. Tal vez tengamos oportunidad de lavar esto ms adelante. Dudo que avance mucho ms
esta noche.
Tienes alguna idea de por qu Guenshed quiere quedarse conmigo? pregunt
Kelderek. Me dijiste que haba matado a tu sirviente y que slo se ocupa de nios. Ha
tomado alguna vez a otros hombres o mujeres adultos, que t sepas?
No; a nadie. Pero sea cual fuere su razn, astuta y perversa tiene que ser.
Poco despus se detuvieron en una franja de terreno abierto, barroso, que se extenda
hasta la costa del Telthearna, sobre la derecha. Kelderek dio por supuesto que, desde el
momento de su captura, deban haber recorrido tal vez nueve kilmetros. Adivinaba que
Guenshed quera llegar a Linsho y que, despus de pagar el peaje de la Quebrada, iba a
tomar hacia la izquierda, en direccin a Terekenalt, por agua o por tierra. Si l no se las
arreglaba para escaparse antes de que el viaje se prolongara demasiado, entonces iba a
perder para siempre a Melathys y probablemente no iba a saber lo que haba sido de ella o
de la Tuguinda.
Al or la orden de detenerse, casi todos los nios se echaron a tierra, en donde quiera
que estuvieran. Algunos se quedaron inmediatamente dormidos. Uno o dos se acurrucaron y
empezaron a hablar en voz baja. Ninguno, salvo Shara, demostraba la ms mnima energa,
el menor nimo. Shara se haba despertado e iba de un lado a otro, recogiendo hojas
brillantes y guijarros de colores que le llamaban la atencin. Cuando se los trajo a Radu,
ste hizo una especie de collar de hojas, como una cadena de margaritas, y se la colg del
pescuezo. Kelderek, sentado junto a ellos, se esforzaba por entablar amistad con la nia
que pareca estar un poco asustada de l cuando de repente, levantando la mirada, vio a
Guenshed que se acercaba con Shauter y Beld a la zaga. El traficante llevaba una especie de
instrumento envuelto en un atado de harapos. Los tres pasaron detrs de Kelderek y l ya se
haba dado vuelta hacia Shara cuando sinti que lo agarraban de los hombros y lo tiraban

hacia atrs. Le abrieron los brazos a ambos lados del cuerpo y grit cuando Guenshed y
Bled le apoyaron las rodillas sobre sus muslos. Inclinndose sobre l, el traficante dijo:
Abre la boca o te hago saltar todos los dientes!
Kelderek obedeci, jadeando, y al hacerlo tuvo la visin de Shuter, aferrado a sus
talones y sonrindole a Guenshed. El traficante meti su hato de harapos en la boca de
Kelderek y arranc la venda que ste tena alrededor de la cabeza.
Est bien, adelante, sigue dijo a Bled. Turcele la cabeza para este lado.
Bled torci la cabeza de Kelderek hacia la izquierda, y ste sinti en seguida que le
pinchaban y le atravesaban el lbulo de la oreja derecha. Un estremecimiento de
intenssimo dolor le cruz el pescuezo y el hombro. Tuvo una convulsin en todo el cuerpo
que casi lo libr de los dos muchachos. Cuando volvi en s los tres lo haban dejado y ya
se alejaban.
Kelderek se arranc los harapos de la boca y se llev la mano a la oreja. Los dedos
se llenaron de sangre; tambin manaba sangre del hombro. El lbulo estaba totalmente
atravesado. Inclin la cabeza, respirando profundamente, y la intensidad del dolor empez a
disminuir. Levantando la mirada, vio a Radu a su lado. El nio le ech a un lado sus
cabellos largos y apelmazados y le mostr su oreja, tambin agujereada.
No te lo advert dijo Radu. Como no eres un nio, no estaba seguro de que te
lo fuera a hacer.
Kelderek, mordindose la mano, se recuper lo bastante para hablar.
Qu es? Una marca de esclavitud?
Es para dor para dor para dormir murmur un nio parpadeando, de cara
blanca, que estaba cerca. S, s, s para dormir.
Ri con aire estpido, cerr los ojos y apoy la cabeza en las manos juntas, haciendo
una pantomima tonta.
Voy pronto a a a casa dijo de repente, abriendo de nuevo los ojos y
volvindose hacia Radu.
Sin parar replic Radu, con el tono de quien repite una frase hecha.
Bajo tierra concluy el muchacho. T hambre? Radu asinti con la
cabeza y el muchacho volvi a su silencio embotado.
Por la noche nos pasan a todos una cadena por las orejas dijo Radu. Shuter
me dijo una vez que todo nio que pas alguna vez por las manos de Guenshed tiene una

oreja agujereada.
Se levant y fue a buscar a Shara, que haba ido a esconderse entre los matorrales al
ver que llegaba Guenshed.
Poco despus Shuter y Bled distribuyeron a los nios un poco de carne salada y un
puado de fruta seca. Algunos se acercaron al ro a beber agua, pero la mayora se content
con beber de las charcas sucias y de los pozos que estaban a mano.
Cuando Kelderek y Radu, junto a Shara, se dirigan al ro, Shuter fue al encuentro
de ellos con el bastn en la mano.
Tengo que vigilarlos dijo a Kelderek con una especie de maliciosa amabilidad
. Conque te ests aclimatando, eh? Qu tal lo pasamos? Me alegro, me alegro
Kelderek ya haba notado que, si bien todos los nios tenan terror a Bled, que
estaba evidentemente trastornado, que era casi un demente, algunos parecan tener una
especie de incierta relacin con Shuter que, de cuando en cuando, estuviera o no
practicando alguna crueldad, asuma una cierta manera jocosa que no es rara en los tiranos.
Me puedes decir por qu estoy aqu? pregunt. De qu le puedo servir a
Guenshed?
Shauter dej escapar un risita.
Ests aqu para ser vendido, compaero dijo, una vez que te corten las bolas,
supongo.
Qu le pas al veedor a quien sustituiste? pregunt Kelderek. Supongo que
lo conocas
Si lo conoca? Lo mat contest Shuter.
Ah!
Cuando volvimos a Terekenalt el tipo estaba hecho trizas dijo Shuter. Un
da una muchacha de Dari le ara la cara y se la dej hecha un desastre. l ni siquiera
pudo pararla. Esa noche, cuando Guenshed estaba borracho, dijo que si alguien quera
pelearlo y matarlo, le regalaba el empleo. Yo lo mat, sin ms lo estrangul en el medio
del patio, mientras unos cincuenta chicos nos miraban. El bueno de Guenshed no poda ms
de risa. Esa es la forma en que yo me cuido las bolas, compaero. Te das cuenta?
Llegaron a la ribera del ro y Kelderek, metindose en el agua hasta las rodillas,
bebi y se lav. Sin embargo, el cuerpo segua transido de dolor. Al pensar en su propia
situacin y en la de Melathys y la Tuguinda, fue presa de desesperacin y, en el camino de
vuelta, no encontr nimos para realizar un nuevo intento de hablar con Shuter. Tambin

el muchacho pareca estar pensativo, pues no dijo nada ms, y se limit a dar rdenes a
Radu de recoger a Shara y llevarla en brazos.
A la media luz y en medio de la bruma que se estaba levantando, Guenshed empez
a chasquear los dedos, convocando a un nio tras otro. Cada uno de ellos se acercaba y se
paraba frente a l, el traficante le examinaba los ojos, las orejas, las manos, los pies, y los
grillos, as como las heridas y lastimaduras que hallaba. Aunque muchos de los nios
estaban lacerados y dos o tres parecan a punto de derrumbarse, ninguno era atendido, y
Kelderek lleg a la conclusin de que Guenshed se limitaba a revisar su material y quera
cerciorarse de la capacidad que tenan de continuar la marcha. Los nios estaban inmviles,
con las cabezas agachadas y las manos a los lados, ansiosos por verse libres de la
inspeccin lo ms pronto posible. Un muchacho que temblaba sin parar, dando un salto a
cada movimiento de Guenshed, fue dejado de pie all, mientras el traficante segua
examinando a los otros. Otro nio, que no poda mantenerse quieto, y que murmuraba y se
frotaba las llagas de la cara y de los hombros, fue silenciado con la trampa de moscas, hasta
que Guenshed termin con l.
Shuter y Bled, que reciban a los nios cuando estos dejaban al traficante, los
juntaban en grupos de tres y cuatro, unidos por cadenitas que pasaban por los lbulos de las
orejas. Cada cadena estaba sujetada en uno de los extremos por una barra corta de metal y
el otro extremo se enganchaba en el cinturn o la mueca de un veedor. Cuando los
arreglos estuvieron hechos, todos se echaron a dormir en donde estaban, sobre el suelo
pantanoso.
Kelderek, encadenado como el resto, haba sido separado de Radu y, puesto entre
dos nios menores, esperaba a cada instante que un movimiento del uno o el otro raspara su
lbulo herido como con los dientes de un serrucho. Sin embargo, se dio cuenta que estos
compaeros, ms prcticos que l en atenuar las penurias, iban a molestarlo menos a l que
l a ellos. Apenas se movan y haban aprendido la manera de mover las cabezas sin
tironear de la cadena. Al cabo de un rato descubri que los dos se haban acercado a l, cada
cual por su lado.
No ests acostumbrado a esto, verdad? murmur uno de los nios en un tosco
dialecto paltesh que l apenas pudo entender.
Te compr hoy, no?
No me compr. Me encontr en la selva. S; fue hoy.
As me pareci. Tienes olor a carne fresca los nuevos, muchas veces tienen
Pero no les dura. Se interrumpi tosiendo. Escupi sobre el suelo, entre ellos, y luego
dijo: Hay que tratar de dormir muy juntos. Da ms calor y la cadena queda floja, ves?
Y as no tira cuando alguien se mueve.
Los dos nios estaban llenos de pulgas y rascaban continuamente los inmundos
harapos que cubran sus cuerpecitos flacos. Muy pronto, sin embargo, Kelderek no fue ms

consciente del hedor, sino tan solo del barro en donde estaba acostado y la palpitacin de su
dedo herido. Para distraer sus pensamientos le dijo a uno de los nios en voz baja:
Cunto hace que ests con este hombre?
Imagino que cerca de dos meses, ahora. Me compr en Dari.
Te compr? A quin?
A mi padrastro. Mi padre muri cuando estaba con el ejrcito del general GuelEthlin. Entonces yo era muy chico. Mi madre se puso a vivir con este hombre el invierno
pasado y l no me quera. Soy sucio, como ves. Vinieron los traficantes y l me vendi.
Y tu madre no trat de impedirlo?
No contest el muchacho con voz indiferente. Supongo que t tenas comida,
no? l te la quit?
Shuter dijo que no haba ni mierda que comer murmur el nio. Dijo que tal
vez iban a comprar un poco antes de esto, pero no hay donde comprar nada.
No sabes por qu Guenshed vino a este bosque? pregunt Kelderek.
Hay soldados dijo Shuter.
Qu soldados?
N o s. A l no le gustan los soldados. Por eso puso la cuerda sobre el ro. Para
alejarse de los soldados. Tienes hambre, verdad?
S.
Trat de dormir, pero no haba paz. Los nios geman, hablaban en sueos, gritaban
en medio de pesadillas. Las cadenas resonaban, algo se mova entre los rboles, Bled se
pona de repente de pie de un salto, temblando como un mono y haciendo retumbar las
cadenas que estaban fijadas en l. Levantando la cabeza, Kelderek pudo ver la figura
agachada del traficante a cierta distancia, con los brazos enlazados sobre sus rodillas. No
tena el aire de un hombre que trata de dormir. Acaso, como el mismo Kelderek, estaba
consciente del peligro de los animales salvajes o era posible tal vez que no necesitara
dormir, que nunca durmiera?
Por ltimo se sumi en una especie de somnolencia y, cuando despert no hubiera
podido decir cunto tiempo haba pasado.
Un hombre puede ser obligado a salir en medio de un fro intenso, pero en el
momento de hacerlo es consciente que el futuro es desesperado y sus posibilidades de

sobrevivir son escasas. Pero esta misma reflexin, que se presenta en ese momento no
bastar a doblegar su espritu o a llenar su espritu de desesperacin. Es como si siguiera
llevando, envuelto en el centro de su valor, un residuo de fe protectora y de calor, que
primero debe ser penetrado y disuelto, poco a poco, hora tras hora, tal vez da tras da, por
la soledad y el fro, hasta que los ltimos residuos se dispersan y la tremenda verdad que
en un comienzo slo percibi en su mente la siente ahora en el cuerpo y la tiene en su
corazn. As fue en el caso de Kelderek. Ahora, en la noche, con los ruidos agudos y feos
de la desdicha a su alrededor, y el dolor que le trepaba al cuerpo como cucarachas en una
casa oscura, le pareci que bajaba a revisar su situacin desde un nivel an ms bajo, para
sentir ms hondamente y percibir ms claramente su naturaleza, desprovista de toda
esperanza real. Ahora crea en la perspectiva que tena por delante el pasaje de Linsho y
el largo viaje por el Telthearna, pasando Quiso y Ortelga hasta Terekenalt; y despus la
esclavitud, antecedida tal vez por la abyecta mutilacin de la que Shuter le haba hablado.
Lo peor de todo era la prdida de Melathys, y el pensamiento de que ninguno de los dos iba
a saber nunca ms lo que haba sido del otro.
Era Shardik quien lo haba trado a esto; Shardik que lo haba perseguido con
malevolencia sobrenatural, vengndose de todo lo que el rey-sacerdote haba hecho para
abusar de l y explotarlo. Haba recibido justamente la maldicin de Shardik y en su castigo
haba arrastrado no slo a Melathys sino a la Tuguinda misma; a ella que haba hecho todo
lo posible, a pesar de todos los obstculos que surgieron en su camino, para mantener la
adoracin de Shardik libre de traicin. Con esta amarga reflexin se qued de nuevo
dormido.

50
Radu

Cuando se despert, ya era el amanecer y, en cuanto se movi, un ciempis del largo


de su mano, granate y sinuoso, le sali de debajo del cuerpo y se alej serpenteando.
Shuter estaba destrabando las cadenas y guardndolas en su bolsa. La selva estaba
enronquecida por las llamadas de los pjaros. Cuando el sol empez a brillar, el suelo
hume y por todos lados se vean moscas que zumbaban en tomo a los excrementos y los
orines que quedaban de la noche. Un nio que estaba cerca tosa sin cesar y los otros, a su
alrededor, elevaban sus tiernas voces vociferando palabrotas y obscenidades. Dos de los
nios se pusieron a pelear por un pedazo de cuero que uno le haba robado al otro, hasta
que el bastn de Bled, entre maldiciones, los llam al orden.
Shuter reparti puados de fruta seca y vigil mientras los nios coman, con el
bastn levantado y listo para intervenir en caso de robo o pelea. Le hizo una guiada a
Kelderek y le pas un segundo puado.
Mucho cuidado: es para ti solo, eh? murmur. Y pronto.
Es todo lo que habr hasta esta noche? contest Kelderek, asustado ante la
idea de tener que andar todo el da.
Es ms o menos lo que qued dijo Shuter, siempre en voz baja, l dice que
no habr ms hasta que lleguemos a Linsho, y eso se supone que ser maana por la noche.
Se me ocurre que no saba cmo iba a ser este lugar. Si salimos vivos de aqu, ser que
tenemos suerte.
Kelderek, mirando rpidamente a ambos lados, murmur:
Yo podra sacarte vivo de aqu.
Sin esperar una respuesta, se arrastr hasta donde estaba Radu, dndole de comer a
Shara de su propia porcin.
No puedes hacer eso dijo. Tienes que mantener tu propia fuerza si quieres
estar en condiciones de ocuparte de ella.
Lo he hecho antes contest Radu, mientras ella est bien, yo tambin lo
estar. Se volvi hacia la nia. Pronto volveremos a casa. Verdad? dijo. Y me
vas a mostrar el nuevo ternero, verdad? cuando estemos en casa, no es cierto?
Derecho bajo tierra dijo un nio que estaba cerca. Pero Shara se limit a asentir

y a hacer cuadros con las piedras.


Muy pronto se pusieron en movimiento, siguiendo a Guenshed hacia la orilla del ro.
Una vez all, el traficante tom corriente arriba, avanzando a lo largo de la orilla abierta y
pedregosa.
Ahora que ya no estaban entre los rboles densos y era posible ver toda la columna,
Kelderek entendi, como no haba entendido el da anterior, por qu el avance se
interrumpa tantas veces y era tan lento. Vio un grupo de seres exhaustos no lejos de la
desintegracin total. El traficante mismo pareca estar enterado de la precaria condicin de
su gente. Ahorraba los golpes y ordenaba frecuentes descansos, permitiendo a los nios que
bebieran y se lavaran los pies.
Ms tarde, cuando l y Radu estaban echados y contemplaban el refulgente ro al
medioda, Kelderek, manteniendo cuidadosamente la voz baja, dijo:
Shuter debe saber que ya ha conseguido todo lo que se puede conseguir de
Guenshed, y sin duda debe tener miedo de volver a Terekenalt. Lo mejor que podra hacer
es desertar, echarse a correr y llevarnos con l. Yo s cmo se puede sobrevivir en esta clase
de comarca. Podra salvarle su vida y tambin la nuestra, si pudiera hacer que confiara en
m. Crees que Guenshed le ha hecho alguna promesa?
Por un rato Radu no contest nada, mirando de lado las aguas playas y acariciando
las manos de Shara. Por ltimo dijo:
Guenshed significa ms para l de lo que t crees. No s si entiendes: lo ha
convertido.
Convertido?
Es por eso que le tengo miedo a Guenshed. Ya s que todos tememos su crueldad.
Pero hay algo que me inspira ms miedo.
No debes dejar que te acobarde dijo Kelderek. No es nada ms que una
bestia despreciable un ladrn abyecto, mezquino y estpido.
Lo fue en un tiempo contest Radu pero eso ocurri antes de obtener el
poder que ansiaba.
Qu quieres decir? Qu poder?
En lo que a l se refiere, ya no es asunto de ladrones y hombres honrados dijo
Radu. Ha ido ms all de eso. En un tiempo no era ms que un arribista cruel y repulsivo.
Pero el mal lo fortaleci. Ha pagado su precio y a cambio de eso obtuvo poder. Todava no
lo sientes, pero lo sentirs. Se le ha concedido el poder de hacer malos a los dems de
hacerles creer en la fuerza del mal, de inspirarlos para que se vuelvan tan malos como l.

Lo que l ofrece es la alegra del mal, no simplemente dinero o seguridad, o algo que t y
yo podamos entender. Es capaz de hacer que algunas personas quieran dedicar sus vidas al
mal. Es lo que le hizo a Bled, slo que Bled no es nada ms que un pobre muchacho
abandonado, a quien los suyos vendieron. No se trata del mucho o poco tiempo que va a
durar con Guenshed o de lo que habr de obtener. Lo admira quiere darle todo lo que
tiene. No piensa en recompensas. Quiere vivir su vida golpeando, hiriendo y aterrando.
Sabe que no es bastante capaz para esto, pero de todos modos espera mejorar.
Todo esto que dices es pura fantasa, sabes? dije. La cabeza te vuela por
culpa del hambre y las privaciones.
Mi cabeza vuela: eso es muy cierto contest Radu. Y cabece en direccin a
Shara. Es por ella que no me ha dejado ir. Guenshed quera que fuera veedor en lugar de
Bled. Bled se le ha convertido en un problema: no se puede confiar en que no va a dejar a
los nios invlidos o a matarlos. Ya mat tres nios a partir de Lapn.
Y si fueras veedor, eso no te dara la posibilidad de escapar?
Tal vez De escapar de cualquiera, pero no de Guenshed.
Pero trat de convencerte slo con palabras? No te amenazo? Me dijiste que en
una ocasin us contigo la trampa de moscas.
Eso fue porque yo lo golpe a Shuter para que no se metiera con Shara.
Guenshed nunca amenazara a un muchacho con la idea de convertirlo en veedor. Un
muchacho que va a ser veedor tiene que querer serlo. Tiene que admirar a Guenshed por
cuenta propia y tratar de vivir a su nivel. Naturalmente, Guenshed quiere cobrar el dinero
de rescate por m, pero si logra convencerme d ser veedor, eso va a significar para l aun
ms, creo. l quiere sentir que contribuy a convertir al hijo de un noble en alguien tan
maligno como l.
Pero mientras no te amenace, no tendrs por qu cederle, supongo
Radu guard silencio, como vacilando antes de confiar en Kelderek. Luego dijo
deliberadamente:
Dios ha cedido. Es eso o l no tiene poder sobre Guenshed. Te dir algo que
nunca olvidar: antes de Thettit haba aqu un muchacho grandote, torpe, llamado Bellin.
Nunca hubiera podido cruzar el Vrako: era demasiado pesado y un poco tonto. Guenshed lo
puso a la venta junto con las nias. El hombre que lo compr le dijo a Guenshed que quera
convertirlo en un mendigo profesional que trabajara para l. Dijo que l maneja-ba varios y
viva de lo que ellos le traan. Quera que mutilaran a Bellin, para suscitar piedad en su
trabajo. Guenshed le cort a Bellin las manos y hundi las muecas en brea hirviente para
parar el derrame de sangre. Le cobr al hombre cuarenta y tres meld. Dijo que ese era su
precio por esa determinada tarea.

Dndose vuelta, rompi unas hojas de un matorral y empez a comerlas. Despus de


unos momentos Kelderek lo imit. Las hojas eran agrias y fibrosas, y las mascaba
vorazmente.
Vamos, vamos! grit Shuter, golpeando la superficie del agua con el palo.
En marcha, basuras!
Linsho, es ah donde est el queso, no aqu!
Radu se puso de pie, trastabill un instante y tropez con Kelderek.
Es el hambre dijo. Pasar dentro de poco. La llam a Shara, que lleg
corriendo con un pedazo de junco coloreado, atado como una pulsera alrededor de su brazo
flaco. Si algo he aprendido, es que el hambre es una forma de tortura. Si hay ms comida
para los veedores que para los esclavos, cuando lleguemos a Linsho, creo que todava soy
capaz de hacerme veedor. La crueldad y el mal: no hay que ir demasiado profundamente
dentro de nadie para hallarlos. Basta cavar un poco, sabes?

51
La Quebrada de Linsho

Ms avanzada la tarde, llegaron a un amplio recodo del ro y Guenshed una vez ms


enderez tierra adentro para cortar la pennsula. El calor hmedo de la selva se haba
convertido en un tormento. Algunos nios no tenan ya bastantes fuerzas para espantarse las
moscas de las caras, y se les orden que formaran grupos ms compactos y se sostuvieran
apoyndose los unos en los hombros de los otros, de tal modo que avanzaban como una
siniestra multitud de invlidos, y muchos mantenan cerrados los ojos, negros de insectos.
El nio que estaba delante de Kelderek lloraba continuamente con un llanto bajo y rtmico
ahuu, ahuu! hasta que, por ltimo Bled se precipit sobre l en medio de un
torrente de palabrotas, pinchndole las piernas con la punta de su bastn. El nio cay
ensangrentado, y Guenshed se vio forzado a dar un descanso mientras le restaaban las
heridas. Hecho esto, se sent de espaldas junto a un rbol, silbando entre dientes y
hurgando en el fondo de su bolsa.
Kelderek tuvo un impulso y se le acerc.
Podras decirme por qu me has tomado prisionero y cunto esperas sacar de m?
Puedo prometerte una gorda suma si me dejas en libertad ms de lo que puedes ganar si
me vendes como esclavo.
Guenshed no levant la mirada ni contest. Kelderek se inclin sobre el pelo pajizo
del traficante de esclavos y habl poniendo ms apremio en la voz.
No puedes creer lo que te digo. Te ofrezco ms de lo que podras sacar de m en
cualquier otra forma. No soy lo que parezco. Dime cunto quieres por dejarme ir.
Guenshed cerr la bolsa y se puso lentamente de pie, secndose las manos sudadas
en los muslos. Algunos de los nios que estaban cerca levantaron la mirada, esperando,
asustados, el chasquido de los dedos. Guenshed, no miraba a Kelderek, y este tena la
extraa impresin de que lo haba odo y no lo oa, como un hombre que puede pasar por
alto los ladridos de un perro cuando est ensimismado en sus propios sentimientos.
Puedes creerme insisti Kelderek, en Ortelga, por donde supongo que van a
pasar, yo
Como un pez que se lanza sobre su presa, la mano de Guenshed se levant y asi el
lbulo agujereado de la oreja de Kelderek entre dos dedos. Cuando le meti la ua del
pulgar en la herida Kelderek dio un grito y trat de agarrarle la mueca. Antes de que
pudiera hacerlo, el traficante le dio un rodillazo entre las piernas, soltndole al mismo
tiempo la oreja para permitirle que se doblara y cayera al suelo. Luego, inclinndose,

recogi su bolsa, meti los brazos en las correas y se las subi a los hombros. Dos o tres de
los nios cuchichearon vagamente. Uno le tir un palo a Kelderek. Guenshed, siempre con
aire distrado, chasque los dedos y, cuando los nios empezaron a tironearse unos a otros y
Shuter se puso en funciones, Guenshed march a la parte delantera de la columna e hizo
seas al primer muchacho para que le tomara el cinturn.
Kelderek abri los ojos y se encontr con que Shara lo estaba mirando.
Te lastim, verdad? dijo, hablando en una especie, de dialecto yeldashay.
l asinti con la cabeza y se incorpor pesadamente.
Nos lastima a todos dijo ella. Un da se va a ir. Radu me dijo.
El miedo y la ira se agitaron en l, como se agitan las nubes de barro en un estanque.
Shuter se acerc, asi la mano de Kelderek y la puso sobre el hombro de Radu, que
iba delante de l.
Una hora ms tarde haban llegado a la orilla y acamparon por la noche. Kelderek
descubri que no tena una idea clara de la distancia que haban avanzado durante el da.
Quince kilmetros a lo sumo, supuso. Guenshed tena intenciones de atravesar la Quebrada
de Linsho al da siguiente. Habra comida? Podran descansar? Sin duda Guenshed tena
que darse cuenta que haba que descansar. El hambre interfera en su mente como la lluvia
que empaa un paisaje sobre una llanura. Sus pensamientos, resbalando como dedos
mojados, no podan abarcar nada. Habra comida en Linsho? No habra algn momento
en que dejaran de marchar en fila, en que no hubiera que agacharse para aflojar la cadena?
Tal vez Guenshed no le pegara en Linsho, tal vez el dolor que tena en el dedo iba a
disminuir. Estas eran las cosas que uno poda esperar: pero l deba tratar de mirar ms all,
considerar, deba considerar qu era lo mejor que poda hacerse
En qu estas pensando? pregunt Radu.
Kelderek trat de rer y se golpe la cabeza.
En el lugar en donde nac hay un refrn: golpea la madera, si quieres, pero se
irn los bichos?.
Dnde es eso?
l vacil.
Ortelga, pero ahora no importa.
Despus de un silencio, Radu dijo:

Si alguna vez vuelves all


Derecho bajo tierra dijo Kelderek.
Sabes lo que queremos decir, cuando decimos eso?
Shara lleg corriendo hasta ellos por la orilla, tom la mano de Radu y se puso a
hablar con tal velocidad que Kelderek no poda entenderla, sealando el punto por donde
haba llegado.
A cierta distancia haba una espesa maraa de enredaderas, cubiertas con llamativas
flores en forma de cometa, que caa como un teln entre el linde de la selva y la selva
misma. Mirando el punto que sealaba Shara, vieron que todo el follaje estaba trmulo,
palpitaba leve pero rpidamente, vibraba con alguna extraa e inexplicable energa propia.
No poda verse ningn animal ni pjaro, pero por un espacio tan ancho como la pared de
una cabaa, las hojas y las flores palpitaban espasmdicamente y los largos sarmientos
ondulaban con una especie de violencia liviana y veloz. La nia, asustada pero fascinada,
miraba por encima del hombro de Radu. Uno o dos de los otros nios los estaban rodeando
y tambin miraban con curiosidad. El mismo Radu pareca esperar la llegada de algn
extrao ser.
Kelderek levant a la nia en sus brazos.
No hay nada que temer dijo. Te dejar ver, si quieres. No es nada ms que un
mamboret que est cazando varios, probablemente.
Radu los sigui por la ribera. Vistas de cerca, las flores de la enredadera exhalaban
un pesado perfume y grandes insectos con alas de color azul oscuro, tan anchas como la
palma de la mano de un hombre, llegaban y se alejaban en el aire crepuscular. Arriba, en
una flor abierta, un insecto que haba cado en poder de una mantis luchaba por liberarse.
Se poda ver la forma alargada de la mantis a medias escondida entre las hojas, que con las
patas de adelante tena aferrado al insecto, del que se haba apoderado cuando revoloteaba
en tomo a la flor.
Volved de una vez, malditos! grit Shuter, avanzando hacia ellos a lo largo de
la ribera. Qu demonios creis que estis haciendo?
No te inquietes contest Radu, cuando volvan y se unan a los otros nios que
ya se agrupaban en tomo a Shuter, a la espera de sus raciones de comida. Como sabes,
apenas podemos alejamos.
Sobrevino la oscuridad y los nios, acostndose a dormir, fueron una vez ms
encadenados por las orejas. Kelderek, separado de Radu como antes, qued en el extremo
interno de la cadena, con Shuter a un lado y al otro el nio que haba sido maltratado por
Bled esa tarde. En la oscuridad este ltimo haba reanudado su llanto continuo y montono,
pero Shuter, en caso de orlo, pens probablemente que no poda extraerse ninguna

diversin de un intento de hacerlo callar. Al cabo de un rato Kelderek extendi la mano


hacia el nio, pero ste, se retrajo y, despus de unos instantes de silencio, empez a
sollozar con ms fuerza. Shuter, de todos modos, no dijo nada, y Kelderek, con miedo de
lo que ste podra hacer, y demasiado cansado y desanimado para insistir en sus torpes
intentos de consuelo, dej que su compasin y otros restos de su pensamiento se disolvieran
en el sueo, mientras los mosquitos, no molestados, se posaban en sus miembros.
Despierta! Vamos, despierta!
Era la cara de Shuter, encima de la suya, que mascullaba algo con aire de apremio;
sinti el aliento ftido, la picazn de los mosquitos, las piedras que pinchaban bajo la
columna vertebral y la dbil luz del da que se refugiaba en el cielo, ms all del Telthearna.
Se oan los gemidos de los nios en el sueo y el tintineo de las cadenas contra las piedras.
Soy yo, idiota de porquera! No hagas ruido. Te he quitado la cadena de la oreja.
Si no quieres ir a Terekenalt, entonces ven por la madre que te pari!
Kelderek se levant. Senta la piel como una hoja lacerada por picaduras irritantes, y
el ro le daba vueltas delante de los ojos. Dio un paso adelante, resbal y cay sobre las
piedras. Alguien que no era ni Rantzay ni Shuter, estaba hablando.
Qu estabas haciendo, Shuter, eh?
Nada contest Shuter.
Le sacaste la cadena, no? Adnde ibais?
Tena ganas de cagar, no? Crees que le voy a permitir que me cague encima?
Guenshed no contest, pero sac su cuchillo y se puso a apretar la punta contra la
yema de un dedo, y luego contra otra. Al cabo de unos instantes se abri la ropa y orin
encima de Shuter. El muchacho se mantuvo tieso como un poste mientras esto ocurra.
Te acuerdas de Kevennat, no? murmur Guenshed.
Kevennat? pregunt Shuter, con una voz que una incipiente histeria
empezaba a quebrar. Qu tiene que ver Kevennat con esto? Quin habla de Kevennat?
Te acuerdas del aspecto que tena cuando terminamos con l?
Shuter no contest, pero al apretarle Guenshed el lbulo de la oreja entre dos de sus
dedos fue presa de un temblor irrefrenable.
Ves? No eres nada ms que un nio tonto, Shuter. Te das cuenta? dijo
Guenshed, torcindole lentamente la oreja, de modo que Shuter tuvo que arrodillarse en
las piedras. Un niito tonto, no lo eres?

S murmur Shuter.
La punta del cuchillo le roz los prpados cerrados y trat de echar la cabeza hacia
atrs, pero el dolor de la oreja se lo estorb.
Ves bien, Shuter, verdad?
S.
Seguro que ves bien?
S, s!
Te das cuenta de lo que quiero decir, no?
S!
Slo que yo voy por todos lados No es as, Shuter? Si yo anduviera por all,
t tambin estaras, no es cierto?
S.
Haces bien tu trabajo, Shuter, verdad?
Verdad, s, verdad.
Qu raro! Pens que tal vez no era as, que eras como Kevennat.
No, no. Los trato peor que Bled! Todos me tienen miedo!
Qudate tranquilo, Shuter. Te voy a hacer un favor. Voy a limpiarte las uas con
la punta de mi cuchillo. Pero no querra que la mano se me fuera
El sudor corra por la cara de Shuter, por el labio superior, por el labio inferior,
mordido entre los dientes, por la barbilla babosa. Cuando finalmente Guenshed lo solt y se
alej, envainando el cuchillo en su cinturn, avanz hacia las aguas playas, pero volvi en
un instante. En silencio se lav, volvi a poner la cadena en la oreja de Kelderek, la ajust a
su cinturn y se ech en el suelo.
Media hora ms tarde el mismo Guenshed hizo la distribucin de la ltima racin de
comida que quedaba: migajas y fragmentos rascados del fondo de la bolsa.
La comida que viene est en Linsho, entendido? dijo Shuter a Radu. Trata
que todos entiendan eso. O llegamos hoy a Linsho de algn modo, o tenemos que empezar
a comemos los unos a los otros.

Kelderek peinaba con sus dedos el pelo de Shara, y buscaba las pulgas. Aunque
haba comido lo que le haban dado, se senta tan dbil y tan atormentado por el hambre que
ya no era capaz de recapacitar. Shara se sinti molesta y se alej hacia la orilla.
Alguien le rob sus piedritas de colores despus que nos soltaron esta maana
dijo Radu.
Kelderek no contest, pues de repente haba hecho un importante descubrimiento: es
ftil gastar energa en palabras. El lenguaje se daba cuenta ahora implicaba un gran
esfuerzo estril. Mantenerse derecho, caminar, desenredar la cadena, recordar que haba que
evitar la mirada de Bled: todas estas eran cosas para las que haba que tener energa
almacenada.
Estaban de nuevo en marcha, sin duda, porque su cadena tintineaba sobre las
piedras. Pero la marcha ya no era la misma. En qu era diferente? En qu haban
cambiado todos? Con los ojos de su mente tena la impresin de mirarlos desde arriba
cuando doblaban el camino, siguiendo la costa. Iban de un lado para otro, como hormigas
sobre una piedra, pero mucho ms lentamente; como torpes escarabajos en el otoo, que
realizan sus idas y venidas lerdas por las largas millas de los tallos de la hierba. Y ahora
entenda claramente, aunque sin interesarse, lo que haba ocurrido. Haban pasado a formar
parte del mundo de los insectos, en el cual todo es simple; y a partir de ahora se iba a vivir
sencillamente, sin preocuparse por la volicin consciente. Sus cortas vidas iban a terminar
pronto, presas del invierno, presas de criaturas ms grandes, presas las unas de las otras;
pero esto era realmente algo que no interesaba a nadie.
Fascinado an y preocupado por esta nueva intuicin, se encontr con que estaba
tratando de evitar un obstculo que casi lo haba hecho tropezar. Algo bastante suave y
pesado, aunque ceda, algo que tena ramas dentro: un hato de harapos con palos metidos.
La cadena se haba enredado en esto, y ahora ya estaba suelta, s, por supuesto, el obstculo
era un cuerpo humano esta era la cabeza ahora le haba pasado por encima, lo haba
dejado atrs y las piedras volvan a ser como antes. Cerr los ojos ante el resplandor del ro
y se fij empecinadamente la tarea de mantenerse derecho y dar un paso tras otro: un paso,
otro, otro.
De repente se oy un grito detrs de l.
Detente! Detente!
Como una burbuja que revienta fuera del barro negro su mente se elev lentamente
hasta el antiguo mundo en donde se oa, se vea y se entenda. Se dio vuelta y vio a Radu,
que tena a Shara a su lado, arrodillado sobre un cuerpo que yaca sobre las piedras. Varios
de los nios, sorprendidos como l por el grito, se haban parado y avanzaban con aire
incierto hacia ellos. Desde algn punto, adelante, Shuter aullaba:
Qu mierda est pasando?

l retrocedi. Radu sostena la cabeza de un nio en un brazo y le echaba agua sobre


la cara. Era el nio a quien Bled haba maltratado el da antes. Tena los ojos cerrados y
Kelderek no pudo darse cuenta si estaba respirando o no.
Caminaste encima de l dijo Radu. Le caminaste por encima No lo sentiste?
S no. No saba lo que estaba haciendo contest Kelderek estlidamente.
Shara toc la frente del nio y trat de tirar de los harapos que le cubran el pecho.
Se cay, eh? dijo a Radu. No tiene cadenita. Sigui diciendo en tono
cantarino, no tiene cadenita. Para ir a Leg-bai-l!
Luego, interrumpindose al ver a Guenshed que se aproximaba hacia ellos:
Radu! Viene l!
Guenshed se par junto al nio, lo empuj con el pie, puso una rodilla en tierra y
palp el corazn. Luego se puso de pie, mir a los otros nios e irgui la cabeza. Ellos se
apartaron y Guenshed mir a Kelderek y a Radu por encima del cuerpo.
Guenshed no dijo nada, dej que su presencia los hiciera llegar por s solos a la
nica conclusin posible: que estaban sencillamente gastando los ltimos y escasos restos
de sus energas. Y cuando hizo sonar los dedos, ellos bajaron los ojos, y, con Shara a su
lado, siguieron a los nios y no se molestaron en mirar hacia atrs. Ellos y Guenshed eran
ahora totalmente de la misma opinin.
Un poco ms lejos, sobre la orilla, Shuter dio orden de detenerse. Se echaron entre
los nios, pero nadie les hizo ninguna pregunta. Guenshed volvi, limpi el cuchillo en el
agua y luego, dando rdenes a Bled de tomar a su cargo la expedicin se fue con Shuter
corriente arriba. Cuando volvi, media hora ms tarde, inici la marcha tierra adentro, a
travs de los bosques.
Cuando empez a anochecer, avanzaban pesadamente por un declive largo y suave,
y la selva alrededor de ellos pareca volverse menos espesa a medida que avanzaban. Entre
los rboles, Kelderek pudo divisar un sol poniente rojo, y esto suscit en l una especie de
sorpresa embotada. Se dio cuenta, haciendo un esfuerzo, que desde que haban salido de
Lak no haba visto ni una sola vez el sol despus de medioda. Deban estar ahora en el
borde Norte de la selva.
Al llegar a la parte alta del declive, Guenshed esper a que llegara el ltimo de los
nios antes de avanzar entre la maleza de los aledaos de la selva. De repente se detuvo,
tratando de escudriar y protegiendo sus ojos del sol. Kelderek y Radu, parndose detrs de
l, se vieron ante el extremo Norte de la malfica tierra que haban atravesado ahora de uno
a otro extremo, desde las Riberas del Vrako hasta la Quebrada de Linsho.

Las nubes ocultaban a medias el pico que estaba ms al Este, que se elevaba como
una torre por encima del Telthearna, con una ladera empinadsima, que caa casi a pico
sobre el ro. Entre el agua y los peascos arbolados al pie de la montaa se extenda una
angosta franja de tierra llana a una distancia algo mayor que un tiro de flecha: la Quebrada
de Linsho. Pudo divisar casuchas y volutas de humo que ascendan hacia los campos de
Deelguy en la otra ribera. Un sendero llevaba fuera de la Quebrada, corra un poco junto a
la corriente y despus se internaba y ascenda por la ladera, cruzaba frente a ellos a menos
de media milla y desapareca en el Suroeste, ms all del extremo del bosque que estaba a
su izquierda. Algunas cabras estaban bajo cobertizos y una manada de vacas pastaba, una
tena una campanilla de tintineo sordo, que le colgaba del cuello, vigiladas por un
muchachito que estaba sentado y tocaba una flauta de madera; un buey viejo, a la distancia
de toda la cuerda que lo sujetaba, estaba comiendo la hierba ms verde que poda alcanzar.
Pero no era a la luz dorada, al ganado o al nio que tocaba la flauta que Guenshed
estaba mirando con una cara que pareca la de un diablo enfermo por la frustracin de la
prdida. Junto al sendero haba un terreno que estaba cercado con una empalizada de
madera y se vea un fuego que arda en una trinchera angosta. Un soldado con un casco de
cuero estaba sentado en cuclillas, fregando cacerolas, mientras otro carpa lea con una
pica. Junto a la empalizada haban levantado un mstil y en l flotaba una bandera: tres
espigas de trigo sobre fondo azul. Cerca, otros dos soldados estaban frente a la selva: uno,
sentado sobre la hierba, estaba comiendo; el otro estaba de pie, apoyado en una alabarda La
situacin era clara. La Quebrada haba sido ocupada por un destacamento de Sarkid que
perteneca al ejrcito de Santil-ke-Erketlis.
Maldito sea Dios! exclam Guenshed contemplando el sosiego pastoral y
resplandeciente de la ladera. Shuter, que llego de atrs, contuvo el aliento y qued
enmudecido, mirando como un hombre puede mirar las ruinas humeantes de su propia casa.
Los nios guardaban silencio: algunos, por su debilidad, por su estado enfermizo, no
comprendan; otros presentan con miedo la rabia y la desesperacin de Guenshed, que all
estaba de pie, contrayendo y aflojando las manos sin decir palabra.
De repente Radu se lanz hacia adelante. Los harapos flotaron en tomo a l cuando
levant ambos brazos sobre la cabeza, haciendo ademanes como un nio idiota que tiene un
ataque.
Ah, ah! grit Radu con voz enronquecida. Sar! trastabill, cay y se
levant por partes, como una vaca. Sharkid! murmur tendiendo las manos, y luego,
con voz apenas ms alta:
Sharkid, Sharkid!
Con gestos deliberados, Guenshed recogi su arco, que estaba al lado de su mochila,
y puso una flecha en la cuerda. Luego, recostndose contra un rbol, esper a que Radu,
nuevamente, tomara aliento. El grito del muchacho, cuando lleg, fue como el de un nio
enfermo, dbil y destemplado. Una vez ms grit, como un pjaro, y luego cay sobre las
rodillas, sollozando y retorcindose las manos entre la maleza. Guenshed, empujando a

Shuter hacia atrs por el hombro, esper como un hombre puede esperar a que un amigo
acabe de hablar con un transente en la calle.
Oh, Dios! exclam Radu llorando. Aydanos, Dios! Por favor, Dios mo,
aydanos!
Shara se despert a medias sobre la espalda de Kelderek y murmur:
Leg-bai-l! Se fue a Leg-bai-l! y se qued de nuevo dormida.
Como un hombre que van a juzgar puede, de todos modos, detenerse en el camino a
escuchar la cancin que una mujer est cantando; como el ojo de alguien a quien acaban de
informar que tiene una enfermedad mortal puede distraerse fuera de la ventana y demorarse
un instante a contemplar el fulgor de algn pjaro de brillantes colores entre los rboles;
como algn reo despreocupado podra beber un trago y bailar una briosa danza sobre el
patbulo, as, al parecer, no slo la inclinacin de Guenshed sino tambin su autoestima lo
llevaban ahora, como a su propio desastre, a detenerse unos momentos para gozar de la
nica y singular desgracia de Radu. Mir a los nios, como invitando a quien deseara
hacerlo a que ensayara su voz llamando a los soldados. Observndolo, Kelderek fue presa
de un horror mortal, como el de un nio que contempla la excitacin crispada y fra de un
violador, sinti que los dientes se le entrechocaban y que los esfnteres se le abran. Se
sent en el suelo, apenas bastante dueo de s mismo para dejar resbalar a la nia a su
espalda y ponerla a su lado en el suelo.
En ese instante se oy una voz spera que surga de unos matorrales cercanos.
Guensh, digo! Guensh!
Guenshed se dio vuelta bruscamente, tratando de escudriar con sus ojos
deslumbrados por el sol la sombra floresta que tena detrs. No haba nada que ver, por un
instante despus la voz se oy de nuevo.
Guensh! No vayas all, Guensh! Por amor de Dios, danos una mano!
Un tenue rizo de humo se elevaba de un pedazo de terreno en medio de la maleza,
pero el resto estaba tan tranquilo como la pendiente herbosa de al lado. Guensh hizo una
sea con la cabeza a Shuter y el muchacho se acerc lenta y de mala gana, con todo el
valor que pudo juntar. Desapareci entre los matorrales y un momento despus se le oy
gritar:
Porquera de mierda!
Guenshed segua sin decir nada, y se limit a hacer una seal a Bled para que se
uniera a Shuter. Por su parte, sigui con la atencin puesta en Radu y Kelderek. Al cabo de
un rato los dos muchachos salieron de los matorrales junto con un hombre carnoso, de
labios gruesos y ojos pequeos, que gesticulaba de dolor y se bamboleaba entre ellos,

arrastrando un morral por el suelo. La pierna izquierda de sus bombachas, que alguna vez
haban sido blancas, estaba empapada en sangre, y la mano que tenda a Guenshed estaba
roja y pegajosa.
Guensh! dijo. Guensh! T me conoces! No es cierto? No me dejes aqu.
Verdad que me sacas de aqu? No vayas all, Guensh, te agarrarn lo mismo que a m. No
podemos quedamos aqu ni t ni yo Van a venir, Guensh, van a venir!
Kelderek, observando desde el lugar donde estaba, pudo recordar de repente al
hombre. Este despojo manchado de sangre no era nada menos que el opulento traficante de
esclavos de Deelguy, Lalloc; gordo, insinuante, emperifollado, con las maneras demasiado
familiares y obsecuentes a la vez de un sirviente que hace carrera. Suntuosamente vestido y
sonriendo entre sus desdichadas y cuidadas mercaderas, haba tenido la costumbre de
publicitarse a s mismo en Bekla como el traficante de esclavos de alta categora, el
proveedor de la aristocracia. Necesidades especiales sern discretamente consideradas.
Kelderek tambin record cmo haba empezado a llamarse a s mismo U-Lalloc, hasta
que Gued-la-Dan le orden que terminara con su impertinencia y se pusiera en su lugar.
Poco haba ahora en l del fatuo de un mundo equvoco cuando se arrastraba a los pies de
Guenshed, escupiendo miedo y cansancio, con su tnica amarilla, mugrienta y con la propia
sangre coagulada sobre sus gordas nalgas. La correa del morral le rodeaba la mueca y en
una mano sostena un braserillo de barro, como los que llevan algunos viajeros en viajes
largos y que alimentan con ramaje y hojarasca. Era de este que provena el humo.
Por un instante los ojos de Lalloc, cuando recorrieron el grupo de los nios, se
detuvieron en Kelderek: pero esta sorpresa momentnea Kelderek pudo percibirlo se
debi nada ms que a la presencia de un adulto entre los esclavos. Lalloc no lo reconoci:
cmo hubiera reconocido al antiguo rey-sacerdote de Bekla? Guenshed siempre
permaneca en silencio, mirando enfurruado a Lalloc, cubierto de sangre, como si
estuviera tratando de averiguar y sin duda de esto se trataba en qu forma podra
convertir este encuentro ines-perado en una ventaja. Finalmente dijo:
Van tan bien las cosas, Lalloc? Has estado en alguna historia, al parecer?
El otro extendi sus manos ensangrentadas, encogi los hombros, levant las cejas y
agit la cabeza a uno y otro lado.
Yo estaba en Kabin, Guensh, cuando los sikats llegaron al Norte. Pens que tena
bastante tiempo para volver a Bekla, pero me fui demasiado tarde sabas que los
soldados corren de ese modo, Guensh? Lo sabas? Me cortaron y no pude volver a Bekla
(con una mano hizo un gesto hacia abajo, como de cortar). No haba gobernador en
Kabin El nuevo gobernador, un tipo llamado Mollo, haba sido ultimado en Bekla,
decan El rey lo habra matado con sus propias manos. Nadie quera recibir dinero para
protegerme. As que atraves el Vrako. Yo pensaba: Me quedar aqu hasta que la cosa
pase. Yo con mis lindos chicos, los que compr. As que camos en una aldea asquerosa, y
tuve que pagar pagar nada ms que para que no me asesinaran. Un da me encuentro con
que los soldados de Ikat atraviesan el Vrako y buscan por todas partes a los traficantes de

esclavos. Me voy al Norte ay que horrible!, con idea de comprar tal vez el trnsito por
Linsho. Pero no atravieso el bosque, tomo por el sendero y me encuentro de repente con los
soldados. Cmo voy a saber que los sikats van a llegar antes all? Ladrones asquerosos:
me toman los chicos y todas las cosas por las que haba pagado. Dejo todo y corro a la
selva. All una flecha me atraviesa el muslo. Dios mo, qu dolor! Se ponen a buscarme, no
mucho tiempo No, no tienen mucho que buscar, los muy canallas. Saben que aqu no hay
comida, no hay refugio, no hay donde ir. Santo Dios, Guensh! Qu vamos a hacer ahora?
Si atraviesas estos rboles te agarran nos estn esperando alguien me dijo que mataron
a Nigon, que mataron a Nindulla
Nigon ha muerto dijo Guenshed.
S, s. Me puedes ayudar, Guensh? Cruzamos el Telthearna y llegamos a
Deelguy? Acurdate de todos los chicos y las chicas que te compr, Guensh, que siempre te
compraba y no digo que
De repente Shuter dio un silbido y tir de la manga a Guenshed.
Mira esos hijos de puta! sealando con el dedo. A unos ochocientos metros de
distancia, sobre el declive iluminado por el sol donde estaba la casilla del guarda, veinte o
treinta soldados se acercaban por la selva, arrastrando sus largas picas detrs de ellos, sobre
la hierba. A una seal del oficial, extendieron la lnea, abrindose a derecha e izquierda a
medida que se acercaban a los aledaos.
A ninguno de los nios, y tampoco a Radu o a Kelderek, se les ocurri que podan ni
siquiera ahora, gritar o tratar de llegar hasta los soldados. Acaso Guenshed no les haba
permitido probarse a s mismos que no podan hacerlo?
Su dominio, esa fuerza maligna de la que ya haba hablado Radu los envolva,
helada, inalcanzable, visible tan slo en sus efectos, se inmiscua en sus espritus con un
poder religioso de enfriar y de subyugar. Era algo que estaba dentro de ellos, en sus cuerpos
hambrientos, en sus corazones, en sus mentes congeladas. Ni Dios mismo hubiera podido
derretir este fro o contrariar en lo ms mnimo la voluntad de Guenshed. Kelderek,
esperando que Bled mirara a otra parte y no viera su lenta y torpe lucha, levant una vez
ms a Shara en sus brazos, tom al dcil Radu de la mano y sigui al traficante de esclavos
que se internaba, en la selva.
Subieron a los terrenos altos, a lo largo de la cresta de la baja cordillera que haban
recorrido ms temprano esa tarde; Lalloc se tambaleaba junto a Guenshed y continuamente
suplicaba que no lo dejaran atrs. Mientras tanto mascullaba, aunque entre susurros y frases
desconectadas por la falta de aliento, pero Guenshed no responda. Sin embargo, aunque
podra haber parecido desatento a los nios o al gordo proveedor de nios bonitos, a
Kelderek le pareci que, de todos modos, estaba muy alerta dentro de s mismo; como un
gran pez que se esconde bajo un arrecife, al acecho de la ms leve oportunidad para
lanzarse entre las piernas de los hombres que han tendido la red y esperando, inmvil, que
su quietud pueda hacerles creer que ya se ha ido.

52
La aldea en ruinas

Y ahora empez, entre los nios esa desintegracin final que tan slo el miedo a
Guenshed haba logrado detener tanto tiempo. A pesar de la niebla de ignorancia y terror
que los envolva, hubo una cosa clara para todos. Los planes de Guenshed haban
fracasado. Tanto l como sus veedores estaban asustados y no saban qu iban a hacer
ahora. Bled caminaba ensimismado, agobiado y murmurando, con los ojos fijos en el suelo.
Shuter se mordisqueaba continuamente una mano y todo el tiempo su cabeza, con la boca
abierta y los ojos cerrados, caa hacia delante, como la de un oso que no puede sostener su
peso. De los tres emanaba la desesperacin, como murcilagos que llegan revoloteando
desde una cueva, ms y ms a medida que decrece la luz. Los nios empezaron a rezagarse.
Varios que haban cado o se haban echado al suelo seguan en el mismo lugar, porque
Guenshed y sus flageladores compartiendo ahora el mismo terrible destino de sus vctimas,
no tenan ni voluntad ni nimo para hacerlos poner de pie a latigazos.
Era claro que a Guenshed ya no le importaba que los nios estuvieran vivos o
muertos. No les prestaba atencin, pero apresuraba su propio paso, preocupado tan slo por
distanciarse de los soldados. Slo mantena una constante vigilancia sobre Kelderek y Radu
y les ordenaba, cuchillo en mano, que marcharan delante de l y no se detuvieran por nada.
Del mismo modo que, cuando dos animales han peleado, el vencido parece achicarse
en el momento en que se aleja, Radu haba sufrido una regresin: de adolescente, haba
vuelto a ser nio. El orgullo con que haba llevado sus harapos y sus llagas, como si
hubieran sido insignias honorficas de la casa de Sharkid haba sido reemplazado por un
abatimiento fatigado, como el que tiene el sobreviviente de una catstrofe. Iba con aire
incierto de un lado al otro, como incapaz de elegir por s mismo la direccin, y una vez,
cubrindose el rostro con las manos, tuvo un acceso de llanto que slo se par cuando le
falt el aliento. Al levantar la cabeza sus ojos que se encontraron con los de Kelderek,
tenan una expresin de desesperacin y de pnico, como los de un animal que mira desde
una trampa.
Tengo miedo de morir murmur.
Kelderek no encontr respuesta a esto.
No quiero morir repiti Radu con desesperacin.
Vamos! dijo Guenshed speramente, desde atrs.
Eran los soldados de mi padre!

Ya lo s contest Kelderek. Puede ser que nos encuentren todava.


No, no ocurrir. Guenshed nos matara antes. Oh, Dios, le tengo tanto miedo! No
lo puedo ocultar ya ms.
Si los soldados nos encuentran, sin duda me van a matar a m dijo Kelderek.
Sabes? Yo fui enemigo de tu padre. Ahora parece extrao.
Sorprendido, Radu le lanz una rpida mirada; pero al mismo tiempo Shara,
despierta por fin, empez a agitarse sobre los hombros de Kelderek y a gimotear de hambre
y desolacin.
Hazla callar! dijo Guenshed.
Radu, con cierta dificultad, la tom de los hombros de Kelderek, pero, al hacerlo,
resbal, de tal modo que la nia lanz un grito agudo de miedo. Guenshed cubri la
distancia que de ellos los separaba en cuatro pasos, asi a Radu por el hombro con una
mano y tap la boca de la nia con la otra.
Si grita de nuevo, la mato dijo.
Radu, asustado, se apart de l, murmurando algo a Shara. Ella qued en silencio y,
por ltimo, prosiguieron el avance entre los rboles.
No me voy a morir dijo Radu con un poco ms de compostura. No mientras
ella me necesite. Su padre es uno de nuestros arrendatarios, sabes?
Me lo habas dicho.
Ya era casi oscuro y no haba seales de persecucin. Kelderek ya no tena idea de
cuntos nios seguan an con ellos. Trat de mirar a su alrededor, pero no pudo enfocar la
mirada, y luego no fue capaz de recordar por qu se haba puesto a mirar. La debilidad
trada por el hambre pareca haber destruido en l la vista y el odo. Su mente bailaba, unas
punzadas de dolor febril le atravesaban la cabeza. Cuando vio en tomo unas paredes de
piedra, no hubiera podido decir si stas eran reales o creaciones de su mente trastornada.
Shuter lo haba asido del brazo y lo estaba sacudiendo.
Prate! Prate! Maldito seas! Ests sordo o qu te pasa? Dije que te pararas!
dijo el muchacho, con algo que se pareca a la cordialidad humana. Es mejor que te
sientes, compaero, te hace falta un descanso. Sintate aqu.
Kelderek se sent en el borde de una roca. A su alrededor vio lo que una vez haba
sido un claro: grupos de rboles cubiertos de enredaderas y lianas. Haba paredes de rocas
apiladas, sin cemento, otras piedras tumbadas por aqu y por all, otras puestas de punta;
fragmentos de muros y marcos, todos sin puertas, los techos cados con agujeros que

dejaban ver el hueco ennegrecido de las chimeneas. Cerca se elevaba una eminencia rocosa,
que sin duda en un tiempo haba sido utilizada para estas construcciones; al pie de ella
corra un hilo de agua que formaba un estanque superficial, y el caudal de ste, que se iba
perdiendo por una abertura entre las piedras que lo cercaban, bajaba hacia el Telthearna
lejano. Del otro lado del estanque el cerco de piedra estaba cubierto a medias por ramas de
la via trepsis, y unas pocas flores escarlatas ya haban florecido.
En dnde estamos? pregunt Kelderek. Shuter, en dnde estamos?
Cmo diablos quieres que sepa? contest Shuter. Una aldea abandonada o
algo por el estilo, no? Aqu no ha habido nadie en una mierda de aos Pero qu pasa?
sigui diciendo el muchacho, con una violencia sofocada. Esto es lo mismo que estar
muertos ya.
Es un lugar que sirve para morir lo mismo que cualquier otro, no? Para m, es
para m dijo Kelderek. Se parece a otro lugar haba un estanque y trepsis.
Est ido dijo Radu. Ve a tomar agua, Shara querida Yo ir dentro de un
momento.
Llegamos pronto a casa?, pregunt la nia. Dijiste que bamos a casa, no?
Tengo hambre, Radu.
Pronto vamos a casa, querida dijo Radu. No esta noche, pero pronto. No
llores. Mira, los nios grandes no lloran. Yo te cuidar.
Los soldados van a llegar susurr los soldados de Sarkid nos llevarn a casa.
Pero este es un secreto entre t y yo.
Me siento mal dijo ella estoy enferma. Quiero agua.
Le bes el brazo con labios secos y tambale hasta el estanque.
Tengo que cuidarla dijo Radu. Se pas la mano por la frente y cerr los ojos.
Su padre es uno de nuestros arrendatarios, sabes? Oh, ya te lo dije! Tambin yo estoy
enfermo. Crees que esto es una peste?
Radu dijo Kelderek. Me voy a morir. Estoy seguro. El estanque y la
enredadera trepsis me han sido enviados como una seal. Aunque lleguen los soldados, me
voy a morir, porque entonces ellos me matarn.
Guenshed dijo Radu. Guenshed quiere estar seguro de matamos. O el diablo,
que ahora utiliza su cuerpo: tiene intencin de matarnos.
La cabeza te flota, Radu. Escchame. Hay algo que necesito pedirte.

No: lo del diablo es verdad. Es porque la cabeza me flota que lo puedo ver. Si a un
hombre le gusta el infierno, y hace obra de infierno, entonces los diablos se apoderan de su
cuerpo antes que muera. Es lo que el viejo guarda del portn me dijo una vez en Sarkid:
entonces yo no lo entend, pero ahora lo entiendo. Guenshed se ha convertido en un diablo.
Me inspira miedo de muerte su simple vista. Creo que podra matarme de miedo si la
cosa se le ocurriera.
Kelderek tante, buscando el brazo de Radu, como un ciego.
Radu, escchame. Quiero pedirte perdn, y pedir perdn a tu padre tambin, antes
de morir.
Mi padre? T no conoces a mi padre. La cabeza te flota, como a m.
Entonces te corresponde a ti perdonarme en nombre de tu padre y en nombre de
Sarkid. He sido el ms grande enemigo de tu padre. Nunca me preguntaste mi nombre. Mi
nombre es Kelderek de Ortelga. Pero te enteraste de mi existencia como Crendrik.
Crendrik? El rey-sacerdote de Bekla?
S: yo fui una vez el rey de Bekla. No importa cmo vine a parar aqu. Esa es la
justicia de Dios, porque fui yo quien introdujo el trfico de esclavos aqu en Bekla y di
licencia a los traficantes en pago por el dinero que me daban para pagar la guerra con
Santil-ke-Erketlis. Si es cierto que la muerte salda todas las deudas y los males, entonces te
ruego que me perdones. Ya no soy ms el hombre que cometi esos hechos.
Realmente vas a morir? Ests seguro? No se puede hacer nada?
Era un nio sorprendido y asustado el que miraba a Kelderek en la ltima luz.
Me ha llegado la hora de morir. Es lo que s ahora. Los soldados de Ikat me
habran matado en Kabin, pero tu padre lo impidi. Cuando me envi a travs del Vrako,
me dijo que si me encontraban de nuevo, me iban a matar. De modo que morir, a manos de
los soldados o a manos de Guenshed.
Si mi padre pudo perdonarte entonces, Crendrik, yo te perdono ahora. Oh, qu
importa? Esa nia va a morir! Guenshed la matar: lo s! grit el muchacho.
Antes de que Kelderek pudiera contestar, Guenshed ya estaba encima de ellos,
silencioso en la oscuridad. Hizo sonar sus dedos y los dos se pusieron lentamente de pie,
temblando y encogindose como animales que temen a un amo cruel. Ya iba a hablar
cuando Lalloc se acerc y Guenshed se volvi hacia l, dejndolos en donde estaban.
No vas a sacar mucho de ellos, Guensh dijo Lalloc. No te ocupes de ellos.
No, no, ni siquiera yo te podra pagar mucho por ellos. Es muy poco lo que pierdes,
realmente muy poco.

De todos modos, guardo estos dos para m contest Guensh.


Ninguno de los dos vale la pena, Guensh. No ahora. No podrs venderlos nunca y,
si nos agarran con ellos, qu te parece? Bastante difcil es salir de aqu, no tenemos nada
que comer y hay que intentar salir, Guensh. Hay que tratar de llegar hasta Deelguy, del otro
lado. Es lo nico que podemos hacer ahora.
Guenshed se sent sobre la pared rota, mirando ante l con aire desanimado. Los
anillos de Lalloc tintinearon cuando l se frot nerviosamente las manos.
Guenshed: esta noche no podemos intentarlo. Dejmoslo para maana. En cuanto
haya luz. Puedes meterte all esa tiene un poco de techo. Encendemos un fuego: de
afuera no se ver. Oye, Guensh, tengo un poco de bebida, bebida buena, fuerte. Nos
quedamos ah, sin querer se viene la maana y cruzamos el ro. Eh?
Guenshed se puso lentamente de pie y empez a apoyar la punta del cuchillo en la
yema de un dedo tras otro. Finalmente hizo un movimiento cerrado de cabeza y dijo:
Me lo guardo para m.
Bueno, lo que t digas, Guensh. S, s, pero ya no te sirve para nada. Ninguno de
ellos te sirve para nada. Djalos. Ya no nos hacen falta. En este momento no pueden ir a
ninguna parte: estn terminados, no hay nada que hacer con ellos. Maana nos vamos.
Lo guardo para m repiti Guenshed.
Shara se acerc lentamente a Radu, tapndose la cara con un brazo. Al poner la
mano en la mano del muchacho, Guenshed les lanz una mirada con ojos que parecan los
de una serpiente, llenos de una malevolencia fra y universal. Radu se agach para
levantarla, pero estaba demasiado dbil, cay sobre una rodilla y, al hacerlo, se encontr
con la mirada de Guenshed. Se irgui a medias, al parecer como si quisiera correr, pero
cundo Guenshed lo tom de la oreja agujereada, Radu jade:
No! No! No lo har!
No ves? No eres nada ms que un muchachito tonto, no es as Radu? dijo
Guenshed, retorcindole la oreja lentamente, de modo que Radu cay de rodillas. Nada
ms que un chiquito tonto, no eres eso?
S.
Guenshed acerc la punta del cuchillo a un prpado de Radu, pero luego, como si se
sintiera cansado de lo que haba empezado a hacer, meti el cuchillo en la vaina, lo hizo
poner de pie y lo arrastr hasta la cabaa derruida donde Lalloc ya estaba arrodillado y
soplaba sobre las ascuas de su fuego, hacindolo llamear. Shara se tambaleaba al lado de
ellos y el sonido de su llanto se volvi inaudible cuando pasaron el umbral. Al quedarse

solo en la oscuridad, Kelderek se dej caer al suelo; pero ms tarde no hubiera podido
decir cunto tiempo despus se arrastr en cuatro patas hasta la cabaa ms cercana y en
ella se qued dormido.

53
Conversacin en la noche

Le haban dado un grupo de nios esclavos que deba llevar al Palacio de los
Barones, pero los nios eran tan posados que l no los pudo cargar y debi arrastrarlos
detrs de l paso a paso. El camino pasaba por una montuna y d segua al Seor Shardik a
travs de florestas empinadas y siniestras, llenas de los espritus de soldados muertos, que
soplaban y cuchicheaban entre las ramas. Finalmente el camino se volvi tan empinado y el
peso era tan grande que tena que ponerse a gatear, y de este modo llegaba por ltimo a la
cumbre. El palacio de los varones estaba en la cumbre misma, pero al irse acercando
comprendi que no era nada ms que madera chata pintada en un marco y mientras la
miraba, se hizo trizas y rod montaa abajo.
Al despertar se arrastr hasta la puerta y trat de echar una ojeada a las estrellas.
Haba hojas o nubes que las tapaban. Lo mejor que poda hacer era intentarlo, pens. Si,
ahora era demasiado tarde la mitad de la noche o ms tarde tanto Guenshed como
Lalloc podan estar durmiendo: si estaban durmiendo, tal vez l pudiera libertar a Radu y a
Shara tal vez incluso podra matar a Guenshed con su propio cuchillo.
La noche era intensamente oscura, pero haba una direccin en la que pudo divisar
un distante parpadeo luminoso, en parte tapado, o as pareca, por una especie de teln. Dio
unos pocos pasos hacia esta luz y descubri que se haba equivocado en cuanto a la
distancia, pues estaba cerca, muy cerca. Una capa haba sido echada sobre el marco sin
puerta, por el que Guenshed haba hecho pasar a Radu al anochecer. Lleg hasta all, se
arrodill y acerc un ojo a una de las rendijas, a travs de las cuales pasaba la luz.
Paredes de piedra y un piso de guijarros nada ms y un fuego dbil en la
chimenea del otro lado. En el rincn ms apartado, Radu y Shara dorman sobre las piedras
desnudas. Radu estaba tirado, inmvil, pero Shara gimoteaba sin parar, nerviosa y
evidentemente enferma.
Guenshed, con un largo bastn en una mano, estaba sentado sobre su mochila,
contemplando las llamas y espantando malhumoradamente un enjambre de insectos que se
haban trepado a la punta de un leo que arda. Kelderek tuvo de nuevo la fantasa de que
este hombre nunca dorma o que, como un insecto, slo dorma en ciertas estaciones. Del
lado opuesto, Lalloc estaba sentado torpemente en un leo, apoyando su pierna herida en la
sana. Contra la mochila de Guenshed haba una botija de vino y, despus de unos instantes,
el traficante la recogi, bebi y se la pas a Lalloc. Kelderek, viendo que la idea del rescate
era impracticable, ya se iba a retirar cuando Lalloc habl. Movido por la curiosidad, pese a
que la mente le flotaba y a que estaba comido por los insectos, escuch.
No siempre estuviste en esta clase de trabajo, verdad? pregunt Lalloc,

frotndose la pierna. Cunto tiempo hace que te conozco, Guensh tres aos?
No siempre contest Guenshed.
Qu eras? Soldado, tal vez?
Guenshed se inclin y tir un escarabajo a las llamas.
Era ayudante del verdugo en Terekenalt.
Es buen trabajo? Se hace plata?
Uno vive dijo Guenshed.
Hubo un silencio.
Lalloc ech otra rama al fuego y empin la bota de vino. En el rincn Shara se
retorci sobre el suelo, balbuce unas palabras y se moj los labios resecos, sin despertar.
Los ortelganos te dieron una oportunidad? No?
No me quisieron dar la licencia hijos de puta. Eso ya lo sabes.
Por qu no quisieron?
Dicen que demasiados nios quedan estropeados. Lo ms probable es que yo no
haya tenido la plata para sobornar a alguien y conseguir la licencia.
Lalloc chasque la lengua, pero se interrumpi cuando Guenshed le lanz una
mirada severa.
Bueno, no me ro. No, no. Pero hace falta estilo, Guensh, hace falta estilo para ser
traficante de esclavos. Por qu no tienes buenos veedores? Veedores que no dejen morir a
los nios, que no les peguen en los lugares en donde las marcas se ven Me entiendes?
Que se las arreglan para que tengan buen aspecto, que les ensean a mostrar una buena
facha a los compradores.
Guenshed se dio un puetazo en la palma de la mano.
Muy bien para ti, eh? S, pero yo tengo que trabajar con elementos baratos. Para
los chicos no hacen falta veedores. Basta con elegir otro par de chicos Y uno se libra de
ellos en cuanto se da cuenta de que ya saben ms de lo que uno quiere que sepan. T t
slo compras a otros traficantes. Verdad? No tienes capital con qu trabajar? Yo tengo
que salir y conseguirlos baratos. Tengo que darme todo el trabajo, correr todos los
riesgos No tengo licencia. Entonces vienes t, me los compras y los vendes ms caros.
No es as?

Para qu tienes a esa chiquita? pregunt Lalloc. Me dijiste que te habas


librado de todas las chicas en Tonilda. Por qu no la vendiste a sa?
Ah para mantenerlos en orden! Fue por eso dijo Guenshed, sealando a
Radu con el pulgar.
Cmo?
Es un tipo curioso dijo Guenshed. Es lo ms inteligente que nunca hice. El
mayor riesgo que corr. Si la cosa sale, har una fortuna; y todava puede salir. Es un joven
aristcrata trabajo de rescate, una vez que lo lleve de vuelta a Terekenalt. Mientras lo
tenga a l, no me importa perder el resto. No lo puedo romper, todava no Con esa clase
de gente nunca se sabe Ni siquiera cuando ellos mismos creen que estn rotos. La
chiquita es lo mejor para mantenerlo en orden. Mientras est dispuesto a cuidarla, no va a
intentar hacer nada verdad? La broma fue cuando se me acerc en Thettit y me dijo que
quera ocuparse de ella, cruzar con ella el Vrako Era un riesgo, se poda haber ahogado.
Pero vala la pena, para no tener problemas con l. Esta clase de gente te crea muchos los.
Orgullo. Ah, s, l es demasiado superior para tipos como t y como yo! Pero lo voy a
quebrar antes de lo que se puede creer al noble caballerito Har que azote a los nios
para que le den de comer, y no voy a tener que levantar un dedo para forzarlo: vers si no lo
logro.
Quin es? pregunt Lalloc.
Ah! Quin es? Guenshed hizo una pausa para producir efecto. Es el
heredero del Ban de Sarkid.
Lalloc silb.
Bueno, Guensh, bueno, no me sorprende que el lugar est lleno de ikats Eh?
Has hecho bien. Y ahora sabemos por qu nunca dejan de buscar, no? Tenemos mucho que
agradecerte, Guensh
Doscientos mil meld dijo Guenshed. No vale la pena correr un riesgo? Y t
me dijiste que debamos cruzar el ro en la maana, no?
Quin es el otro, Guensh? El hombre Yo crea que slo te ocupabas de
muchachos y chicas.
No lo sabes? contest Guenshed. Deberas saberlo, mugriento e hijo de puta
como eres.
Lalloc dej de beber, mirando por encima de la bota de vino con cejas arqueadas y
ojos reflexivos. Luego el vino se deposit en su hueca caverna y l mene la cabeza y la
bota a la vez.

Es el rey Crendrik eso es dijo Guenshed. Es el que fue rey-sacerdote de Bekla.


El tipo del oso.
Lalloc casi dej caer la bota de vino; la sujet a tiempo y la baj lentamente,
asombrado.
Lo encontr tirado, sin sentido, en un pantano, a cincuenta kilmetros al Sur de aqu
dijo Guenshed. No s como lleg all, pero lo reconoc en seguida. Lo haba visto en
Bekla, lo mismo que t. En fin, ese no se va a escapar. Sabe que los ikats lo van a matar.
Lalloc lo mir con aire interrogativo.
La cosa es as dijo Guenshed, removiendo el fuego. Yo soy listo y los
mantengo a l y al muchacho. Si es necesario, dejo el resto, pero a estos dos los guardo de
todos modos. Bueno, ahora sabemos que el Ban de Sarkid est luchando a favor de los
ikats. Si alguna vez me atrapan los ortelganos como recordars no tengo licencia podr
decirles que el hijo del Ban est conmigo, se los puedo entregar, y es muy probable que
queden tan contentos que me dejen ir. Pero si nos capturan los ikats, les entrego a Crendrik:
es lo mismo, van a estar muy contentos de conseguirlo y entonces nos dejarn ir. Crendrik
no tiene otro valor, naturalmente, pero el muchacho tiene mucho, si logramos salir de aqu.
Por la forma en que estn saliendo las cosas, lo ms posible es que seamos rodeados por los
ikats y no por los ortelganos, de tal modo que yo cuento con Crendrik.
Pero si los ikats te pescan con el muchacho, Guensh?
No lo harn dijo Guenshed. Me ocupar de que eso no pase. Nunca me van a
agarrar con ningn nio Y tampoco encontrarn los cuerpos.
Se puso de pie bruscamente, rompi dos o tres ramas Con una rodilla y las ech al
fuego. Kelderek poda or el golpeteo de la nuca de Shara contra las piedras, mientras se
agitaba y gritaba en sueos.
Cul es el proyecto, entonces? pregunt Guenshed. Cmo te las arreglars
para cruzar el Telthearna?
Bueno, es un gran riesgo, Guensh, pero es la nica salida que tenemos. Hay que
intentarlo. De otro modo, los ikats nos agarran sin vuelta. All abajo hay una aldea la
llaman Tissarn una aldea de pescadores junto al ro
Ya s Ayer tom tierra adentro para evitarla. Bueno, dejamos todo, vamos all,
encontramos algn hombre, le pagamos todo lo que tengo, nos da una canoa, un bote,
cualquier cosa, antes de que lleguen los ikats. Cruzamos y llegamos a Deelguy. La corriente
es Fuerte, vamos ro abajo un buen trecho. De todos modos, siempre cruzando. Es la nica
forma en que pode-mos intentarlo.
Y no estarn vigilando la aldea? Es por eso que la evit.

Tenemos que intentarlo, Guensh.


Llevaremos al muchacho.
Eso no me gusta. En Deelguy soy hombre buscado sabes? No quiero que nadie
nos vea. Tal vez averiguan quin es el muchacho, descubren que somos traficantes de
esclavos cmo se puede saber? En Deelguy no es legal.
Guenshed no dijo nada.
Guensh: estoy muy mal herido. Guensh: t eres mi amigo. Ests conmigo? Me
ayudas?
Claro que te voy a ayudar. No te preocupes.
No. Jralo, Guensh. Jura que eres mi amigo, jura que estars conmigo, que
siempre me vas a ayudar, s? Por favor, jralo, Guensh!
Guenshed se acerc y le apret la mano.
Te juro que ser tu amigo, Lalloc, y que te apoyar. Dios me est oyendo.
Oh, gracias, Guensh, gracias a Dios que te encontr! Nos va a ir bastante bien.
Ahora durmamos un poquito, eh? Pero lo primero que hacemos en cuanto amanezca es
irnos, eh? No hay tiempo que perder, sabes?
Se envolvi pesadamente en la capa, se ech junto al luego, pareci hundirse, casi
desaparecer dentro del sueo, como una piedra que echan a un pozo.
Kelderek se apart para gatear en la oscuridad, pero las pupilas de sus ojos,
contradas por la luz de la fogata, no dejaban entrar ninguna imagen desde la noche que lo
rodeaba. Esper, y al hacerlo comprendi que no slo no saba adonde deba ir, sino que
tampoco importaba. Guenshed no iba a dormir: de esto estaba seguro. Slo poda alejarse
gateando, inerme, por la selva y pasar hambre hasta que los soldados lo encontraran, o
quedarse a esperar la luz del da y la voluntad de Guenshed. Un buey que llevan al
matadero puede elegir el camino de la derecha o el de la izquierda? Llevaremos al
muchacho. Pero Guenshed no lo iba a llevar a l, a Kelderek, del otro lado del
Telthearna No haba ningn provecho en hacerlo. Y si no lo mataba, lo iba a dejar en la
orilla para que lo tomaran los soldados.
Una horrible desesperacin se apoder de l. Ponindose de pie, extendi los brazos,
escudriando en lo oscuro y tratando de distinguir la forma de las ruinas que lo rodeaban.
Logr percibir algo: una forma oscura sobre su derecha, baja, pero discernible contra lo que
pareca un hueco entre los rboles. So agach, se arrodill y trat de verla ms claramente
contra el cielo. Mientras lo haca, la masa se movi y, al mismo tiempo, lleg a sus narices
un olor que le trajo inmediatamente el recuerdo de la paja, de las antorchas humeantes, y las

arcadas de ladrillo de la Casa del Rey en Bekla: el olor rancio y ftido del oso.
Por un largo momento le pareci a Kelderek que ya deba estar muerto. El estanque
y la trepsis los haba aceptado como una premonicin de su muerte. Que Guenshed supiera
quien era l, que lo hubiera sabido desde un principio y tuviera la intencin, si so
presentaba la oportunidad, de sacar ganancia do l entregndolo a la muerte, esto lo haba
golpeado plenamente, con el sentido de desolacin que siempre acompaa al
descubrimiento de lo que creamos estaba oculto y, en realidad, era conocido todo el tiempo
por nuestro enemigo. Ahora, en medio do esto, en su ltimo extremo, invisible, inaudible,
Shardik, haba surgido de las extensiones de la selva, Shardik, al que l haba visto muy
lejos en el Sur tres das antes. A Kelderek no se le ocurri preguntarse si haba llegado para
vengarse o por compasin. Sencillamente el terror do lo increble inund su mente
deshecha.
Nuevamente el bulto oscuro so movi contra el cielo, y ahora un gruido sordo
mostr que estaba cerca, ms cerca que lo que haba parecido, a unos pasos de distancia.
Kelderek, apretndose contra la pared del refugio de los traficantes de esclavos se cubri la
cara con las manos, gimoteando de terror.
Al hacerlo, un horrendo aullido se oy dentro. Fue seguido por otro y otro, por
maldiciones, golpes, el ruido de algn objeto pesado sacudido contra el suelo, de luchas
convulsivas y, finalmente, un jadeo largo y sofocado. La capa que cubra la abertura fue
tirada a un lado y se pudo ver la luz del fuego, que ilumin por un instante dos ojos rojos y
brillantes en lo oscuro y una forma negra, grande, que gir y se tambale alejndose,
desapareciendo entre las paredes desmoronadas. Luego volvi el silencio, interrumpido tan
slo por un sonido arrastrado, brusco, que finalmente ces, y el jadeo penoso de alguien
que termina su tarea ajustando la capa al hueco de la puerta. La luz del fuego qued tapada
y Kelderek, consciente tan slo de que Shardik se haba ido y que l estaba vivo, se arrastr
hasta el primer surco que encontr y all se ech, no sabiendo si estaba dormido o despierto.

54
La roca hendida

Por debajo de la primera luz que se insinuaba por el cielo, el ro resplandeca con un
gris turbio y mate: la superficie era tersa y el fluir imperceptible desde las alturas de donde
vuelan los gansos migratorios en su viaje hacia el Norte. Al Sur de la quebrada de Linsho la
selva estaba inmvil, cubriendo como una piel lanuda el cuerpo de la tierra de la que naca.
El vuelo sbito de algn pjaro no turbaba an el sosiego. Ni una brisa se mova, ni un
reflejo de luz se vea en los rboles. Las alas de las grandes mariposas estaban
apretadamente plegadas.
El cuerpo de Lalloc yaca fuera del zagun en donde haba trastabillado, con el
cuchillo de Guenshed clavado en la espalda. Los pies haban tropezado en el escaln y las
rodillas, al caer, se haban hundido en la tierra blanda por el peso del voluminoso cuerpo.
Los brazos estaban extendidos hacia adelante, uno sobre el suelo, con la palma hacia abajo
y los dedos metidos en la tierra, como cavndola, el otro estaba tendido como un brazo de
nadador, aunque rgido por la muerte. La cabeza estaba ladeada y la boca abierta. Dos tajos
profundos haban arrancado casi la mejilla izquierda, que caa debajo del mentn como un
colgajo sangriento, dejando ver los dientes astillados y apretados. La ropa estaba tan
empapada en sangre, tanto vieja como reciente, que apenas retena otro color. Guenshed
estaba arrodillado junto al estanque, lavndose los brazos en el agua y limpindose las uas
con la punta de su cuchillo. Su morral yaca abierto sobre el suelo, detrs de l, y haba
puesto fuera dos o tres grilletes de taln. Otras diversas piezas de metal estaban apartadas, a
un lado, con la evidente intencin de abandonarlas. Despus de cerrar el morral aligerado y
echrselo a la espalda, ajust la cuerda al arco, se meti cinco o seis flechas en el cinturn y
reanim el fuego que arda bajo la marmita, todava rampante, agregando hojarasca y ramas
verdes.
Sus movimientos eran silenciosos y, de cuando en cuando, se detena con aire
incierto y se pona a escuchar a la media luz los rumores de la selva que despertaba.
Cuando oy un dbil rumor de pasos en la maleza que estaba ms all del estanque, se puso
inmediatamente a un lado y, con una flecha ya lista en el arco, acech. En ese momento
Shuter emergi de entre los rboles.
Guenshed baj el arco y camin hacia donde estaba el muchacho, que se haba
puesto a mirar el cuerpo muerto sobre el suelo. Shuter se dio vuelta, sobresaltado, y
retrocedi, llevndose una mano a la boca.
Conque trataste de hacer una caminata por la noche, Shuter? No? dijo
Guenshed, casi en un susurro. Viste algunos soldados?
Era claro que Shuter estaba a medias atontado, tal vez de miedo, tal vez de hambre,

tal vez de falta de sueo, tal vez de las tres cosas. Aunque intent contestar, por unos
instantes no logr articular nada inteligible. Finalmente dijo:
Bien, bien; pero volv o no? Quiero esta mierda de vida! O no?
De modo que es por eso que volviste? dijo Guenshed, mirndolo con una
especie de curiosidad reticente.
Claro que he vuelto grit Shuter. En la selva all Se call haciendo
una seal hacia la espesura. Eso no es un ser vivo exclam. Vino por ti lo han
mandado para ti se incorpor sobre las rodillas. No fui yo quien mat a Kevennat!
Fuiste t!
Ya no fue capaz de contenerse y mir rpidamente por encima del hombro.
Esa cosa, ese ser si es un ser y no un diablo Era ms grande que esa roca, te
digo. Cuando marchaba, mova el suelo, casi tropec con l en lo oscuro. Si habr corrido!

Es por eso que volviste? repiti Guenshed, despus de una pausa. Shuter
asinti. Luego, volviendo a ponerse lentamente de pie, mir de nuevo el cuerpo y dijo con
indiferencia:
T lo mataste, no?
No nos serva de nada, verdad? dijo Guenshed. Si nos encontraban en
compaa de l, todo estaba terminado. Pero le saqu la plata. Vamos. Ponlos en marcha.
Los llevas a ellos? pregunt Shuter sorprendido. Por amor de Dios! Por qu
no nos echamos a correr? A cualquier parte!
Levntalos dijo Guenshed. Ponles a todos la cadena, mueca a mueca, y
mantenlos en orden mientras lo haces.
Su dominio llen el lugar como el agua en una inundacin desarraigando y
ahogando todas las otras voluntades. Aquellos nios que, mareados por el hambre y las
privaciones, haban pasado la noche entre las ruinas, ahora, incapaces de pensar en huir o
en esconderse, obedecieron a Shuter como lo haban obedecido desde haca ya tanto
tiempo, sintiendo que emanaba de Guenshed, mientras avanzaban a tumbos por el campo
abierto, un poder ms maligno que el que nunca haba mostrado. Ahora, cuando su suerte se
haba derrumbado, cuando su crueldad haba quedado ya libre de las restricciones que haba
impuesto hasta ahora la esperanza del lucro, march entre ellos lleno de una excitacin
intensa, con los ojos brillantes, y ellos, horrorizados, se estremecieron. Kelderek, saliendo a
gatas del surco en donde se haba tirado, sinti que este mismo poder lo haca ponerse de
pie y luego, con pasos tambaleantes, lo haca acercarse hasta el borde del estanque, donde
Guenshed estaba de pie esperndolo. Enterado de la voluntad de Guenshed, permaneci en

silencio hasta que Shuter lo encaden, engrillndolo por la mueca a un nio de pelo liso,
cuyos ojos se movan sin cesar. Este nio, a su vez, estaba encadenado a otro y as
sucesivamente, hasta que todos quedaron eslabonados. Kelderek no se sorprendi ni de que
Shuter hubiera vuelto ni de que Lalloc hubiera encontrado su fin. Estas cosas, comprenda
ahora, no necesitaban explicacin. Ellos y todo el resto el hambre, la enfermedad, el
dolor y las penurias ocurran porque la voluntad de Guenshed era esa.
Shuter levant la mirada despus de afirmar el ltimo grillo, asinti con la cabeza y
retrocedi. Guenshed tanteando la punta de su cuchillo, sonrea en la luz del da, que se
intensificaba.
Bueno dijo por ltimo Shuter nos ponemos en marcha?
Trae a Radu contest Guenshed, sealando con el dedo.
En tomo a ellos los rumores de la selva aumentaban: chillidos de pjaros y zumbidos
de insectos. Uno de los nios vacil sobre sus pies, se aferr al compaero que tena al lado
y luego cay, arrastrando a otros dos ms don l. Guenshed no los tom en cuenta y los
nios siguieron en el suelo.
Radu estaba de pie junto a Kelderek. Mirando de reojo, Kelderek vio que la postura
del jovencito expresaba el miedo del que haba hablado el da anterior. Los hombros
estaban agachados, las manos se aferraban al cuerpo y los labios estaban muy apretados.
Buenos das, Radu dijo Guenshed cortsmente.
El verdugo vulgar, a quien le ha sido entregado alguien que fue en un tiempo un
refinado caballero, ahora plido de terror, quebrado y condenado, no puede excluir de su
trabajo cierto deleite personal y una inclinacin natural a tomar las cosas a chacota.
Ten la bondad de acompaar a Shuter, Radu dijo Guenshed. Te ruego, pon
ese cadver donde nadie lo vea.
Qu mierda! Hasta cundo? grit Shuter, pero encontr la mirada de
Guenshed y se call. Kelderek, dando vuelta la cabeza con el permiso tcito de Guenshed,
observ a los dos muchachos que se esforzaron por levantar el cadver corpulento,
manchado de sangre y que lo llevaron (y en parte arrastraron) a travs del umbral en el que
haba cado Lalloc antes de morir.
Cuando volvieron, Guenshed dio un paso hacia adelante y tom suavemente a Radu
de los hombros.
Radu dijo con una especie de alegra serena, ve y trae a Shara aqu. No te
demores!
Radu lo mir a travs de los dedos de sus manos.

No puede moverse! Est enferma! Quiz est muriendo! hizo una pausa y
luego grit: T lo sabes muy bien!
Tranquilo, tranquilo dijo Guenshed. Ve y trela, Radu.
Ve a traerla, Radu repiti Guenshed, muy sereno.
Kelderek oy el llanto de Shara antes de ver a Radu, que la traa en brazos. Shara se
debata y el muchacho apenas la poda sostener. Su voz, mientras trataba de tranquilizarla y
consolarla, apenas se oa por encima del llanto asustado y casi delirante de ella.
Radu, Radu, djame, Radu! No quiero ir a Leg-bai-l!
Tranquila, querida, tranquila deca Radu, agarrndola torpemente en el
momento en que trataba de serenarla. Volvemos a casa. Te acuerdas que te lo promet?
Me duele dijo la nia llorando. Vete, Radu; me duele.
Mir a Guenshed sin reconocerlo: su propia mugre la cubra como cubren los
cascotes las calles de una ciudad derrumbada. Saliva sucia le bajaba por el mentn y se
escarbaba con gesto dbil los mocos secos pegados a los hoyos de la nariz. De repente grit
de nuevo, sin duda dolorida, y un chorro delgado de orina, empaada y blancuzca como
leche, moj los brazos del muchacho.
Vamos, vamos; dmela, Radu dijo Guenshed, tendiendo las manos.
Kelderek levant la mirada y vio los ojos de Guenshed, brillantes y voraces como
los de una gigantesca anguila, a cada lado de su boca abierta.
Hace demasiado ruido dijo Guenshed en voz baja, lamindose los labios.
Dmela, Radu.
En el instante en que Kelderek intent dar un paso adelante, comprendi que Radu
se haba negado a obedecer a Guenshed. Sinti el brusco tirn de la cadena en la mueca y
oy la palabrota que dijo el nio a quien estaba atado. Simultneamente, Radu se dio vuelta
y, con la cabeza de Shara apoyada blandamente en su hombro, empez a alejarse.
No, no, Radu dijo Guenshed, con la misma voz tranquila. Ven aqu.
Radu no le hizo caso y sigui avanzando, con la cabeza inclinada sobre su caiga.
Guenshed emiti un gruido, extrajo su cuchillo y lo lanz contra el muchacho. No
dio en el blanco y Guenshed se precipit sobre l, le arranc a la nia de los brazos y le dio
un golpe que lo tir al suelo. Por un instante permaneci inmvil, sosteniendo a Shara entre
las manos. Luego le clav los dientes en un brazo y, antes de que pudiera gritar, la tir
dentro del estanque. Shuter que corri hacia ellos, fue puesto de lado, y Guenshed salt

detrs de la nia dentro del agua.


El cuerpo de Shara rompi la superficie del estanque con un chasquido brusco. Se
sumergi pero, en seguida, levantando la cabeza, se incorpor, arrodillndose en el agua
playa. Kelderek vio que levantaba los puos y, como una criatura de meses, tragaba aire
para gritar. Cuando grit, Guenshed avanz en el agua, la tir hacia atrs y la sumergi,
pisotendola. Poniendo un pie sobre el pescuezo de la nia, mir en derredor y se puso a
rascarse los hombros, mientras la conmocin primero de las olas y luego de las ondas, se
fue aplacando. Antes de que se tranquilizara el agua, Shara, apretada entre el pedregullo y
los guijarros de colores del fondo, haba cesado ya de luchar.
Guenshed sali del estanque y el cuerpo, con la cara vuelta hacia arriba, se elev a la
superficie; los cabellos, oscurecidos por el agua, flotaban alrededor de la cabeza. Guenshed
march velozmente hasta el punto donde Radu yaca en el suelo, lo oblig a ponerse de pie,
recogi el cuchillo y luego, haciendo sonar sus dedos para Shuter, seal colina abajo,
hacia el ro. Kelderek oy el jadeo del adolescente cuando se daba prisa por ponerse a la
cabeza de la columna.
Vamos, vamos mascullaba Shuter, vamos antes de que nos mate a todos.
En marcha, vamos, en marcha!
Por s solos; los nios no habran podido dar ni cien pasos, no habran podido
sentarse derechos en un banco o quitarse los harapos infectados de bichos. Invalidados,
enfermos, hambrientos, apenas conscientes de lo que los rodeaba, saban sin embargo que
estaban en las manos de Guenshed. Era l quien tena poder de hacer caminar a los cojos,
hacer marchar a los enfermos y lograr que los hambrientos se sobrepusieran a su debilidad.
Ellos no lo haban elegido a l, sino que l los haba elegido. Sin l no podan hacer nada,
pero ahora l habitaba en ellos y ellos en l. l haba vencido al mundo, de tal modo que la
vida se haba convertido en algo sencillo, sin distracciones, que consista en avanzar,
siguiendo la voluntad de l, hasta la meta que l haba sealado.
Kelderek, tambalendose colina abajo, entre los rboles, no poda sentir ms que el
resto. La nia ha muerto, pensaba. Guenshed la mat. Bueno, estas cosas se han vuelto
corrientes entre nosotros, y con esto puedo estar seguro de que mi propia maldad ha
completado su obra en m. Si an quedara en mi un corazn, no tendra que llorar por
esto? Pero no quiero nada, salvo el evitar nuevos dolores.
El cuerpo de Bled yaca oculto a medias por la maleza. Haba seales de violencia a
su alrededor: tierra removida y ramas rotas. Los ojos estaban abiertos, pero en la muerte el
brillo demencial los haba abandonado, y los miembros ya no remantenan la posicin
agazapada. Eran estos los que aumentaban el aparente tamao de Bled, como una araa
viva es magnificada en la mirada de quienes la temen por su vigilante atencin y la
posibilidad de correr repentina y velozmente sobre sus patas arqueadas. Ahora Bled tena el
aspecto de una araa muerta: pequeo, feo e inofensivo. S, y tambin repulsivo, porque un
lado de la cabeza haba sido aplastado y el cuerpo se vea flojo y flccido, como si hubiera
sido estrujado por la mano de un gigante. Del lado izquierdo el jubn estaba desgarrado y la

carne al descubierto estaba lacerada por cinco tajos paralelos, separados y profundos.
Aun en el caso de haber estado ms afiebrado, ms dbil, Kelderek no habra dejado
de reconocer las huellas que estaban junto al cadver. Eran tenues, porque el suelo estaba
cubierto de musgo y enredaderas, pero aun en el caso de haber sido ms tenues, l no habra
dejado de reconocerlas. La muerte del muchacho deba ser reciente: a lo sumo dos horas, y
consciente de esto hizo una seal a los nios para que guardaran silencio y se puso a
escuchar atentamente.
Sin embargo, no pudo acallar a Shuter, que se tir al suelo, presa de supersticioso
terror. Guenshed, que se acerc con Radu, que tena la cintura atada con una cadena, apenas
logr hacerlo poner de pie.
Mierda, mierda deca el adolescente, debatindose. Te lo dije. No te lo dije?
Es el diablo, Guenshed. Ha venido a buscamos a todos! Te digo que lo vi, los vi en lo
oscuro
Guenshed lo abofete y Shuter cay encima de Radu, que estaba quieto como un
poste y miraba sin ver delante de l mientras Shuter mascullaba aleo, babendose y
tratando de asirse de sus manos. Kelderek, a quien le pareca muy posible que Shardik
estuviera bastante cerca para or, observ a Guenshed con la intencin de averiguar si
prestaba atencin a las huellas o las reconoca por lo que eran. Tena la esperanza de que no
se diera cuenta y las primeras palabras de Guenshed le demostraron que efectivamente
estaba en lo cierto.
Parece que lo agarr algn animal dijo Guenshed. Es lo que se merece por
esconderse y tratar de huir en lo oscuro. Bueno, reanmate, Shuter; te voy a dar una
oportunidad. Voy a ser bueno contigo, Shuter. Aqu no hay ningn diablo, no eres nada
mas que un tonto, es de los ikats que tienes que cuidarte. Ahora tenemos que actuar sin
demora. Entiendes? T ve ahora a la izquierda, tan lejos como puedas, es de ese lado que
van a venir. Si husmeas alguna llegada, ve a esa roca que est sobre la orilla, esa que tiene
una hendidura, ves? All estar yo. Si tienes intenciones de entregarte a los ikats, es mejor
que no lo hagas. Te van a ahorcar de un rbol antes de que puedas chillar. Entendido?
Shuter hizo una seal de asentimiento y, ante otro gesto de Guenshed, tom la
direccin de la izquierda, siguiendo una lnea paralela a la orilla del Telthearna, que ahora
era visible debajo, con sus aguas verdes que reflejaban las copas de los rboles.
Monte abajo; cada palpitacin del pulso era una punzada dolorosa detrs de los
globos de los ojos, apretaba una mano contra un ojo, el gozne de la cadena le cortaba las
muecas y la visin era nublada por el mismo esfuerzo que haca por ver. Monte abajo; y
un susurro de llanto, como el llanto de una nia; deba ser una ilusin. No llores, Melathys,
querida ma, no llores por mi muerte. Adnde habrs de ir ahora? Qu ser de ti?
Llegaron alguna vez los soldados a Zeray? Un mensaje pero l nunca me entregar a los
soldados, antes me va a matar con sus propias manos. El Seor Shardik Despus de todo,
morir antes que el Seor Shardik Nunca conocer el gran propsito por el que Dios

solicitaba su muerte. Lo traicion Tena intenciones de matarlo. Melathys de Quiso,


Melathys que jugaba con la espada del Barn. No podamos esperar misericordia: un
hombre comn y una mujer lanzados a cosas demasiado grandes para ellos. Si hubiera
escuchado a la Tuguinda en el camino de Guelt! Perdname, Siyet, dentro de una hora
estar muerto. Si la nia pudo morir, tambin puedo morir yo. He sido yo quien hizo
posible el trabajo de este hombre cruel, he sido yo quien trajo a Lalloc y a la gente como l
a Bekla.
Monte abajo; no resbales, no arrastres la cadena. El sol debe haber salido, deslumbra
ahora sobre las aguas, refulge bajo los rboles. El dolor me atraviesa la mano, desde el dedo
herido. Conduje a centenares a la desdicha y la muerte, y la Tuguinda podra haberlos
salvado a todos. Le tema a Ta-Kominion, pero ahora ya es demasiado tarde. Es Radu, es
Radu que llora, Guenshed lo ha quebrado, finalmente. Seguir viviendo para asesinar a
otros nios, estar del otro lado del ro cuando los soldados encuentren a la nia en el
estanque. Lo viste, Dios? Ves cmo sufren los nios? Antes a m me llamaban Kelderekjuega-con-los-Nios. Por qu manifestaste el Seor Shardik a un hombre como yo, que no
hizo ms que traicionarlo a l y derrotar Tu propsito?
La maleza se pona ms espesa cerca del ro. Kelderek se detuvo, vacilante, y
Guenshed lo alcanz: llevaba el arco en una mano y en la otra tena a Radu, sujeto por el
hombro. El muchacho estaba amordazado con un pedazo de soga. La cabeza de Radu caa
sobre el pecho y los brazos colgaban a los lados. Guenshed empez a moverse a travs de la
maleza, en direccin a la orilla, haciendo seas a Kelderek y los nios para que los
siguieran en silencio.
Kelderek sali a la orilla. El sol, sobre las aguas, resplandeci en sus ojos.
Inmediatamente lleg a una baha pequea, una especie de ra semicircular rodeada por un
barranco empinado, de tal vez dos veces la altura de un hombre. En el borde la maleza
haba sido cortada en profundidad, unos dos o tres pasos para formar un camino que, a cada
lado de la ra, llevaba a la orilla. A unos pocos metros a la derecha, formando ngulo recto
con este camino y obstruyndolo a medias, estaba la roca alta y hendida que Guenshed
haba contemplado desde la selva de arriba A la izquierda de ellos, amarrada a la orilla de la
ra, haba una canoa con redes, arpones y otros enseres de pesca. Pero a cierta distancia de
la canoa poda divisarse, entre los rboles, un grupo de cabaas y el humo que se levantaba
de algunas.
Mierda! murmur Guenshed, echando una rpida mirada entre los rboles.
Ya tenemos la cosa!
Desde la selva lleg de repente un llamado alto, dulcsimo, casi humano en su
claridad consonntica. Un instante despus un relmpago de prpura y oro refulgi entre
los rboles. Era un pjaro de colores tan vivos a la luz del sol que incluso los nios
hambrientos y afiebrados lo miraron maravillados.
Kynat! cant el pjaro. Kynat chrrr-ak! Kynat, Kynat dir!

El plumn azafranado de la parte interna de las alas, brillante como un fuego de


alquimista, se mostraba y ocultaba alternativamente al volar el ave. Traz unos crculos
sobre la ra, revolote un momento, despleg el oro ribeteado de su cola y luego se pos en
la proa del bote amarrado.
Kynat dir! cant mirando alerta, con ojos brillantes, a los seres miserables y
famlicos, que estaban en la orilla, como si tuviera la intencin de darles a ellos y a nadie
ms su mensaje. Kelderek, al or la llamada del pjaro, levant la mirada, buscndolo, pero
slo pudo ver unos grises y unos verdes que giraban, manchados por los rayos dorados de
la luz del sol. Luego, cuando el pjaro cant de nuevo, vio el patio en Zeray y vio a
Melathys que se asomaba entre los postigos. Mientras l la contemplaba, ella desapareca, y
a l le pareci verse a s mismo marchando por los bosques oscuros, y sus lgrimas, que
caan de risco en risco, desaparecan finalmente en una extrema oscuridad ms vieja que el
mundo.
Kynat, dir! dijo el pjaro, Y Kelderek volviendo en s, lo vio posado cerca,
por encima del agua, y vio a Guenshed de pie con el arco tendido y una flecha que apuntaba
a la cabeza. Con un movimiento repentino y pesado, como el de un leo calcinado que se
derrumba en el fuego, se lanz hacia adelante: la cadena se puso tensa y cay sobre
Guenshed en el instante en que ste disparaba. La flecha desviada rasp la proa de la
cadena, haciendo que se balanceara y girara hacia el punto de amarra, de modo que se
formaron ondas en el estanque. El pjaro, abriendo sus fabulosas alas, se levant por los
aires y se alej volando ro abajo.
Dan cuatrocientos meld por ellos! grit Guenshed. Luego, frotndose la
mueca izquierda en el punto en donde haba recibido el latigazo de la cuerda del arco, dijo
muy tranquilamente:
Oh, seor Crndrik, tengo que reservarte un tiempo especial, verdad? Es algo
que tengo que hacer.
Haba en l ahora una exaltacin confiada, ms temible aunque su crueldad; la
exaltacin del ladrn que se da cuenta que no hay nadie en la casa, salvo una mujer
indefensa, a la que puede violar y adems robar. El dinero de Lalloc estaba seguro en su
cinturn y, encadenado a su mueca, tena un rehn de esclavos. A sus pies, indefenso pero
no insensible, por suerte, yaca el hombre que una vez le haba negado una licencia
comercial en Bekla.
Con la celeridad y la destreza de una larga prctica, Guenshed solt a Kelderek y a
Radu y, alargando sus cadenas con otra que hizo pasar a travs del agujero de las orejas, los
at a un rbol. Kelderek se puso en cuclillas, mirando fijamente al agua y no dando ninguna
seal de estar enterado de lo que estaba pasando. Luego el traficante, haciendo sonar sus
dedos por ltima vez, llev a los nios a lo largo del camino que estaba a su izquierda,
hasta uno de los extremos de la ra.
La canoa estaba amarrada a una gran piedra agujereada, como las que usan los

pescadores a guisa de ancla. Guenshed, agachndose, puso primero su mochila a bordo y


despus dos paletas que estaban tiradas en la orilla. Por ltimo pas la cadena a travs de la
piedra-ancla y la at a la mueca del nio que tena ms cerca.
Completadas sus preparaciones, dejo a los nios y subi velozmente la cuesta.
En el momento en que llegaba junto a Radu y Kelderek, Shuter sali de entre la
maleza, como una exhalacin. Mirando en derredor con aire enloquecido, corri hasta
donde estaba Guenshed, con un cuchillo en la mano.
Los ikats, Guenshed, los ikats! Han formado una columna y vienen por el
bosque! Deben haber empezado a buscarnos al amanecer!
Cunto tardarn en llegar aqu? pregunt Guenshed framente.
Se toman su tiempo, andan husmeando por todas partes, se meten en la maleza;
pero van a estar aqu muy pronto puedes estar seguro!
Guenshed no contest, pero, volvindose hacia Kelderek y Radu, los solt y sopl
las varitas y las hojas encendidas del brasero que siempre llevaba consigo. Luego puso
encima la punta de su cuchillo.
Ahora, Radu, escchame dijo. En primer lugar; vas a meter este cuchillo en
los ojos del seor Crendrik en los dos ojos. Si no lo haces, yo te har a ti lo mismo.
Entendido? Despus de esto vendrs conmigo, soltars la piedra de amarre y la echars al
agua. En esa forma dejaremos arreglado al grupito que queda atrs. Despus t y yo y
Shuter, si no cambio de idea, podemos emprender la marcha. No hay mucho tiempo, de
modo que date prisa.
Asi a Kelderek por el hombro y lo forz a arrodillarse a los pies de Radu. Este,
siempre amordazado, dej caer el cuchillo que Guenshed le haba puesto en la mano. El
cuchillo se clav en el suelo, soltando una voluta de humo que provena de algn fragmento
al rojo. Guenshed, despus de recogerlo y calentarlo de nuevo, se lo volvi a dar a Radu y,
al mismo tiempo, le torci el brazo izquierdo detrs de la espalda, arrancndole la mordaza
y tirndola al agua.
Por amor de Dios! grit Shuter, desesperado. Te digo que no tenemos
tiempo para estos juegos, Guenshed! No puedes esperar a que lleguemos a Terekenalt para
divertirte? Los ikats, los ikats vienen! Mata a ese hijo de puta, si lo piensas hacer!, pero
vamos de una vez!
Mata toda esa mierda! murmur Guenshed, esttico. Vamos Radu, hazlo.
Hazlo, Radu. Te guiar la mano, si quieres, pero lo vas a hacer.
Como en medio de un trance, privado de su voluntad, Radu, ya haba levantado el
cuchillo cuando, de repente, con un movimiento convulsivo, logr soltarse de los brazos de

Guenshed.
No! grit. Kelderek!
Como despertado por el grito, Kelderek se puso lentamente de pie. Tema la
mandbula colgante y puso su mano, con la ua partida de un dedo, cubierta con una costra
mugrienta e hinchada, por delante en un dbil gesto de defensa. Despus de un instante,
mirando a Guenshed pero hablando con incertidumbre como dirigindose a otro, dijo:
Ser como Dios lo quiere, seor. El asunto es ms importante que tu cuchillo.
Guenshed le quit el cuchillo a Radu y le dio una cuchillada que le abri una larga
herida en el brazo. Radu qued en silencio y quieto donde estaba.
Oh, Crendrik! dijo Guenshed, asindolo de la mueca y levantando
nuevamente el cuchillo.
Crendrik de Bekla!
Mi nombre no es Crendrik: es Kelderek Juega-con-los-Nios. Deja en paz a ese
nio.
Guenshed golpeo por segunda vez. La punta del cuchillo entr entre los huesos
pequeos del codo y lo hizo caer una vez ms de rodillas, mientras intentaba intilmente
golpear a Guenshed. En el mismo instante Shuter, profiriendo un grito, hizo una seal,
indicando el borde de la selva.
A mitad de la distancia entre los nios amarrados a la piedra y el punto ms alto,
donde estaba de pie Guenshed, sobre el centro de la ra, la maleza se abri y una rama
voluminosa cay sobre el camino, rod y resbal lentamente hasta el agua. Un momento
despus la abertura se hizo ms grande an y dej ver el cuerpo de un ser enorme y lanudo.
Shardik estaba de pie en el barranco; mirando a los cuatro seres humanos que estaban ms
arriba.
Ah, Seor Shardik: supremo, divino, enviado por Dios desde el fuego y el agua.
Seor Shardik de los Arrecifes! T, que despertaste entre las trepsis de los bosques de
Ortelga, y caste prisionero de la avidez y la maldad del corazn del Hombre! Shardik el
victorioso, el prisionero de Bekla, seor de las heridas sangrientas! T, que atravesaste el
llano, que retornaste vivo de los Estreles, Seor Shardik de la selva y la montaa, Shardik
del Telthearna! Tambin t has sufrido hasta la muerte como un nio indefenso en manos
de hombres crueles, cuando la muerte no quiere venir? Seor Shardik: slvanos! Por tus
heridas que queman como fuego y se pudren, por haber cruzado a nado el profundo ro, por
el trance hipntico y por tu salvaje victoria, por la larga prisin y el largo y vano viaje, por
tu pasin, tu dolor, tu desvalimiento y la amargura de tu sagrada muerte: salva a tus hijos,
que te temen y no te conocen! Entre los helechos y las rocas y el ro, por la belleza del
Kynat y la sabidura de los Arrecifes, escchanos, mancillados y perdidos, que hemos

apurado tu vida y que te llamamos! Muramos, Seor Shardik, muramos contigo, pero salva
a tus nios de este hombre malvado!
Era evidente que el oso estaba cerca de la muerte. Su enorme cuerpo, deformado y
enflaquecido por las privaciones, no era nada ms que huesos y piel sarnosa. Una garra
colgaba, rota y hendida, y esto formaba parte sin duda de una herida ms grave en la pata,
que manejaba torpemente y levantaba al marchar. El hocico reseco y los labios estaban
partidos y la cara deformada sugera una especi de fusin o desintegracin de los rasgos.
El cuerpo gigantesco, que la vida ya estaba abandonando, era como una pajarera en ruinas
de la que han huido los pjaros vistosos, y en la que los pocos que quedan slo sirven para
intensificar la sensacin de prdida y tristeza en el corazn de quienes la ven.
El oso haba sido sorprendido, al parecer, por alguna alarma en la selva que dejaba
detrs, pues despus de dar vuelta la cabeza a uno y otro lado, coje junto al borde del
estanque, como si quisiera continuar huyendo de algo. Cuando se acerc a los nios, estos
retrocedieron chillando de terror y l en ese instante se detuvo, se dio vuelta, pas junto al
lugar de donde haba emergido y dio unos pasos vacilantes por el barranco. Shuter,
enloquecido de terror, se puso a romper las enredaderas espesas y las plantas pinchudas que
estaban al lado, pero no logr abrirse paso y cay al suelo.
Maldicin! dijo Guenshed entre dientes. Ya est medio muerto. Vamos!
grit como agitando los brazos como arriando ganado. Vamos! Salgamos de aqu!
Dio un paso hacia adelante, pero en ese momento el oso recogi el labio,
mostrndole los dientes, y se levant, tambaleante, sobre sus patas traseras. Guenshed
retrocedi.
Por qu no corremos? gimote Shuter. Salgamos de aqu, Guenshed, por
amor de Dios!
Cmo? Por eso? dijo Guenshed. Dejar la canoa y todas las salidas que
tenemos? Caeramos de cabeza entre los ikats. Esta maldita bestia no nos va a asustar, no a
esta hora del da. Te lo digo, ya est medio muerto. Slo tenemos que matarlo, eso es todo.
Su arco segua tirado donde lo haba dejado despus de disparar contra el Kynat y,
recogindolo, sac una flecha de su cinturn. Kelderek, todava de rodillas, desangrndose
por un brazo, lo asi por el taln.
No! jade. Nos va a atacar! Nos har pedazos, creme!
Guenshed le dio un golpe en la cara y Kelderek cay de lado. En ese instante se
oyeron voces lejanas en la selva: un hombre daba una orden y otro le contestaba.
No temas dijo Guenshed, no te preocupes, hijo mo. Le meter tres flechas
dentro antes de que pueda pensar en venrseme al humo. Te dir; conozco una o dos cosas.
No se va a abalanzar contra m.

Sin sacarle al oso los ojos de encima, tante hacia atrs, arranc una tira larga de los
harapos de Radu y la at rpidamente al asta de la flecha, un poco encima de la cabeza,
dejando las dos puntas colgando, como una guirnalda o una cinta en los cabellos de una
nia.
Al or el rumor de voces, el oso se haba puesto en cuatro patas. Por unos instantes
se balance a uno y otro lado, pero luego, como si se sintiera dbil, se par y una vez ms
enfrent al traficante en el camino.
Shuter dijo Guenshed sopla ese brasero!
Shuter, comprendiendo lo que Guenshed intentaba hacer, sopl el brasero hasta
avivar el fuego y lo sostuvo con manos temblorosas.
Tenlo quieto susurr Guenshed.
La flecha ya estaba puesta en la cuerda y Guenshed baj el arco para que uno de los
extremos del trapo cayera dentro del brasero. El trapo ardi y, cuando la llama tom cuerpo,
Guenshed dobl el arco y tir. La llama corri hacia atrs y todo el eje, al parecer, ardi en
el aire.
La flecha, se incrust profundamente debajo del ojo izquierdo del oso, dejando
pegado a la cara el harapo encendido. Con un aullido atroz, el animal retrocedi, llevndose
las patas a su mscara de fuego. La piel seca prendi fuego y empez a quemarse: primero
las orejas, despus una pata, luego el pecho, donde se haban incrustado fragmentos, del
harapo incendiado. El animal golpeaba las llamas, gimoteando como un perro. Al
retroceder unos pasos, Guenshed tir de nuevo, y la segunda flecha entr en el hombro
derecho, cerca del cuello.
Como fuera de s, Kelderek volvi a ponerse de pie. Una vez ms, tuvo la impresin
de estar en la batalla al pie de los montes, rodeado por el gritero de los soldados, el pisoteo
de los que huan, el olor del suelo removido. Lo cierto es que pudo ver ahora claramente
delante de l a los soldados de Bekla, y en sus odos sonaron los rugidos de Shardik en el
instante de salir de entre los rboles. Shardik era una antorcha encendida que los iba a
consumir a todos, una carga de fuego de la cual no haba escape. La ira de Shardik llenaba
la tierra y el cielo, la venganza de Shardik iba a quemar al enemigo y lo iba a hacer polvo.
Vio que Guenshed se daba vuelta y corra por el camino y se meta con trabajo en la
hendidura de la roca. Vio a Shuter arrojado a un lado y a Radu que caa encima de l. Dio
un salto y grit:
Shardik! Shardik, el poder de Dios!
Shardik, con la flecha clavada en la cara, se acerc a la roca en que Guenshed se
haba metido. Sin agacharse, meti una pata ennegrecida en la hendidura. Guenshed la
apual y el oso, rugiendo, la retir. Luego golpe de nuevo y parti la roca en dos.

La parte de arriba de la roca se raj como una cscara de nuez y luego, cuando
Shardik la golpe de nuevo, se rompi en tres pedazos enormes, que se bambolearon y
cayeron a las aguas de abajo. Una vez ms golpe, un golpe mortal: sus garras desgarraron
la cabeza y los hombros del enemigo. Luego trastabill y se aferr a la roca, temblando y
lentamente se desplom sobre la base hecha pedazos.
Kelderek y Radu, que contemplaban la escena, vieron una figura que sala gateando
de la base de la hendidura. Radu grit y, por un instante, la figura se volvi hacia l, como
si pudiera or. Tal vez poda, pero no tena ojos ni cara, slo una gran herida, una masa de
carne sanguinolenta, salpicada con dientes y huesos rotos, en la cual no se podan distinguir
rasgos humanos. De esta pulpa sanguinolenta salan tenues gemidos, como los de un gato,
pero sin palabras, pues no tena boca, no haba labios. Tropez con un rbol y grit
atrozmente; al retroceder se vieron fragmentos de corteza y ramitas metidas en su mscara
blanda y roja. Ciegamente levant las manos ante el rbol, como si quisiera evitar los
golpes de algn cruel torturador, pero no haba nadie cerca. Luego dio tres pasos trabados,
tropez, y, sin emitir sonido alguno, cay sobre el borde. El chasquido de la cada lleg
desde abajo. Radu gate hacia adelante y mir sobre el borde, pero nada se elev hasta la
superficie. La vaina del cuchillo flotaba en medio de sangre en el agua, y la trampa de
moscas estaba deshecha junto a los pedazos de roca: esto fue todo lo que qued del
malvado y cruel traficante de esclavos, del hombre que se haba vanagloriado de poder
enloquecer a un nio de miedo, de un miedo peor que los golpes.
Kelderek se arrastr hasta la roca y se arrodill al lado, llorando y golpeando la
piedra. Una enorme pata, gruesa como un travesao, colgaba junto a su cara. La tom entre
sus manos y grit:
Oh, Shardik, Shardik, Seor mo, perdname!
Deb haber entrado a los Estreles por ti! Ojal hubiera muerto por ti! Oh, Seor
Shardik: no te mueras, no te mueras!
Levantando la mirada vio los dientes como tablillas, la boca con el labio recogido en
un gesto inmvil, las moscas que ya se paseaban por la lengua que sala, la pelambre
ennegrecida y chamuscada hasta la carne, la flecha que estaba clavada en la cara. El hocico
puntiagudo sealaba hacia el cielo, resaltaba como una cua. Kelderek golpe la roca con
las manos, sollozando de desesperacin. Una mano lo asi por el hombro y lo sacudi
rudamente, despertndolo. Al levantar la cabeza reconoci que el hombre que estaba a su
lado era un oficial del ejrcito yeldashay; las espigas de trigo de Sarkid estaban bordadas en
un hombro. Detrs de l estaba su tryzat, joven y fogueado, con la espada a mano por
cualquier emergencia y una expresin de sorpresa y desdn en la fiera mirada que
contemplaba, sin comprender, el cadver aplastado contra la roca y los tres vagabundos
sucios que se arrastraban al pie.
Quin eres? dijo el oficial. Vamos, contstame, hombre! Qu ests
haciendo aqu y por qu estn estos nios encadenados a esa piedra? Qu ibas a hacer?

Siguindole la mirada, Kelderek vio unos soldados que estaban junto a los nios en
la ribera, y, un poco ms lejos, entre los rboles, un grupo de aldeanos de pie,
cuchicheando.
El oficial tena olor a carnicera limpia: el olor que tiene el comedor de carne para el
que no la come. Los soldados se paraban con tan poco esfuerzo como los rboles en
primavera. Sus correas estaban aceitadas, sus arneses brillaban, sus ojos se movan
velozmente a uno y otro lado, sus voces dominantes los unan como dioses que se
comunican tersamente entre ellos. Kelderek mir al oficial a la cara.
Mi nombre es Kelderek-Juega-con-los-Nios dijo tartamudeando, y mi
vida y mi vida Para los yeldashay, no tengo derecho a la vida. Estoy dispuesto a morir
y slo pido que se me permita enviar un ltimo mensaje a Zeray.
Qu quieres decir? dijo el oficial. Por qu dices que no tienes derecho a la
vida? Eres el traficante de esclavos que cometi esos horrendos crmenes? Esos nios que
encontramos en la selva enfermos, hambrientos murindose, por lo que pude ver
Eso es obra tuya?
No dijo Kelderek. No. Yo no soy el traficante de esclavos. Ha muerto, por el
Poder de Dios.
Quin eres, entonces?
Yo? Soy soy el gobernador de Bekla.
Crendrik? El rey de Bekla? El sacerdote del oso?
Kelderek asinti con la cabeza y puso una mano sobre la inmensa piel que se
levantaba como una pared por encima de l.
El mismo. Pero el oso el oso ya no os molestar ms. Lo cierto es que l nunca
os molest. La molestia provino de hombres mal orientados y pecaminosos, y yo fui el peor
de ellos. Di a tus soldados que no se burlen del que ha muerto. Era el Poder de Dios, que
vino a los hombres, y los hombres hicieron befa de l. Y a Dios ha vuelto.
El oficial, desdeoso y sorprendido, consider que era mejor evitar la conversacin
con este pajarraco ensangrentado y mal oliente que hablaba de Dios y de sus ganas de
morirse. Se volvi hacia su trizat, pero al hacerlo otra figura lo tom del brazo: un nio con
el pelo apelmazado, el cuerpo enflaquecido, con las uas negras y rotas y una cadena en sus
talones. El nio lo mir con autoridad y dijo expresndose en perfecto yeldashay:
No debes hacer dao a ese hombre, capitn. Enva, por favor, un mensajero a mi
padre, dondequiera que est, con la noticia de que nos han encontrado. Nosotros
Se interrumpi y habra cado al suelo si el oficial, en el colmo de la perplejidad

ahora, no lo hubiera sostenido por los hombros.


Tranquilo, muchacho, tranquilo. A qu viene todo esto, eh? Quin es tu padre y
quin eres t, si se puede saber?
Soy soy Radu, hijo de Elleroth, el Ban de Sarkid.
El oficial tuvo un sobresalto y, al tenerlo, solt al muchacho, que cay al suelo,
aferrndose a la roca partida y sollozando:
Shara! Shara!

Libro VII
El poder de Dios

55
Tissarn

La boca seca. Resplandor de agua reflejado debajo de un techo de caas y palos.


Una luz crepuscular, roja y lenta. Una especie de tejido tosco, spero contra el cuerpo. Un
ruido pequeo, urgente, como de araazos. Un ratn cercano o algn hombre ms lejos?
Dolor, muchos dolores, no agudos, sino profundos y persistentes, el cuerpo sumergido en
dolor, dedo, oreja, brazo, cabeza, estmago, la respiracin entrecortada por el dolor.
Reseco: vaco de hambre; la boca seca de sed. Y, sin embargo, una sensacin de alivio, de
estar en manos de gente que no iba a hacer dao. No saba dnde estaba, pero saba que ya
no estaba con Guenshed. Guenshed estaba muerto. Shardik lo haba destrozado y Shardik
estaba muerto.
Los que lo rodeaban; esos fueran quienes fueren que se haban tomado el
trabajo de ponerlo en la cama, sin duda iban a dejarlo all por el momento. No poda pensar
ms, no poda pensar en el futuro. Dondequiera que estuviese, deba estar en manos de los
yeldashay. Radu haba hablado con el oficial. Tal vez no lo mataran, no slo porque y
esto era muy vago, una intuicin de tipo infantil de lo que era y no era posible Radu
haba hablado con el oficial, sino tambin a causa de su desolacin y sus sufrimientos. Se
senta investido, por sus sufrimientos, de una especie de inmunidad. No saba qu iban a
hacer con l, pero estaba seguro de que no iban a matarlo. Su mente se puso a vagar.
Con los ojos cerrados gimi, lamiendo sus labios secos, atormentado por el dolor
como por moscas. Cuando abri de nuevo los ojos no por el deseo deliberado de ver, sino
por el momentneo alivio que el cambio iba a traer antes que el dolor lo venciera y
nuevamente avanzara por su cuerpo vio una vieja de pie junto a la cama, sosteniendo una
vasija de barro con las dos manos. l la seal y despus indic su boca. Ella asinti,
sonriendo, le puso la mano detrs de la cabeza y acerc la vasija a sus labios. Era agua. l
bebi y dijo sin aliento:
Ms y ella asinti, se fue y regres con la vasija llena. El agua era fresca y
nueva, deba haberla sacado ahora mismo del ro.
Te sientes muy mal, pobre muchacho? pregunt la mujer. Debes descansar.
l asinti y murmur:
Pero tengo hambre y entonces se dio cuenta que la mujer haba hablado en un
dialecto parecido al ortelgano y que, sin darse cuenta l haba contestado en ese idioma.
Sonri y dijo:
Soy de Ortelga.

La mujer contest:
Gente del ro, como nosotros y seal corriente arriba, segn el supuso.
Procur hablar de nuevo, pero la mujer mene la cabeza, puso una mano suave y arrugada
sobre su frente unos instantes y despus se fue. l qued adormilado Guenshed
Shardik muerto cunto tiempo haca? Y despus de un rato la mujer volvi con un bol
de caldo hecho de pescado y alguna legumbre que l no conoca. Comi dbilmente, como
pudo, y ella pinch los trozos de pescado con un palillo puntiagudo y se los dio,
sostenindole la mano y chasqueando la lengua ante el dedo herido. Otra vez l pidi ms,
pero la mujer dijo:
Ms tarde, ms tarde no hay que comer mucho al principio duerme ahora.
Te quedars aqu? pregunt l, como un nio, y ella asinti. Despus l seal
hacia la puerta y dijo: Soldados?
Ella asinti nuevamente y entonces l record a los nios. Pero, cuando intent
preguntar por ellos, ella volvi a repetir:
Duerme ahora y en verdad, con la sed apagada y la comida caliente en el
estmago, le result fcil obedecerla, y se sumergi en las profundidades como una trucha
entrevista que se aleja de los ojos del pescador.
Una vez despert en la oscuridad y la vio sentada a la luz de una lamparita
humeante, cuya llama brillaba verdosa a travs de __ una pantalla de caas delgadas.
Nuevamente lo ayud a beber y despus a hacer sus necesidades, haciendo a un lado la
vacilacin y la vergenza, de l.
Por qu no duermes ahora? murmur l.
Y ella contest sonriendo:
Vamos, todava no dars a luz por lo que l coligi que la mujer deba ser la
partera de la aldea. La broma le record nuevamente a los nios.
Y los nios? suplic. Los nios esclavos? pero ella volvi a apretar su
mano suave y arrugada contra la frente de l.
Sabes? Antes me llamaban Kelderek-Juega-con-los-Nios dijo l. Despus su
cabeza gir acaso lo haba narcotizado? Y volvi a quedar dormido.
Cuando despert comprendi que era de tarde. Tena la cabeza ms clara y se sinti
ms liviano, limpio, y algo menos dolorido. Iba a gritar llamando a la vieja cuando
comprendi que haba ya alguien sentado junto a la cama. Volvi la cabeza. Era Melathys.
Le clav la mirada incrdulo, y ella sonri con la expresin de alguien que ha trado

un regalo costoso e inesperado a un amante o un amigo querido. Se llev el dedo a los


labios, pero, un momento despus, viendo que aquello no servira para contenerlo, se dej
caer de rodillas junto a la cama y puso su mano en la mano de l.
Soy real murmur, pero no debes excitarte. Ests enfermo herido y
exhausto. Recuerdas lo mal que has estado?
l no contest, pero llev la mano de ella a sus labios. Despus de un rato, Melathys
dijo:
Recuerdas cmo llegaste aqu?
l quiso menear la cabeza pero desisti, cerrando los ojos por el dolor. Despus
pregunt:
Dnde estoy?
Se llama Tissarn es una aldea de pescadores, muy pequea ms chica que
Iak.
Cerca cerca de dnde?
Ella asinti.
Viniste aqu caminando los soldados te trajeron. No recuerdas?
No recuerdo nada.
Has dormido unas treinta horas. Quieres volver a dormir?
No, todava no.
Necesitas algo?
l sonri dbilmente.
Es mejor que me mandes a la vieja.
Ella se puso de pie.
Si quieres pero despus sonriendo por encima del hombro, dijo:
Cuando llegu estabas asqueroso como si alguien en Tissarn pudiera notar una
cosa semejante. Te desnud y te lav de pies a cabeza. De todos modos, la mandar, si
prefieres.

En ningn momento me despert?


Ella me dijo que te haba dado una droga. Tambin volv a vendarte el brazo. Lo
haban apretado demasiado.
Ms tarde, al caer la tarde y cuando los patos empezaron a chapotear y moverse, en
los reflejos del techo comprendi ahora que la choza deba estar suspendida sobre el agua
ella volvi para darle de comer y despus se sent junto a la cama. Estaba vestida como
una mujer yeldashay, con un largo metan azul, sujeto debajo de los pechos que caa hasta
los tobillos. El hombro estaba sujeto con un fino broche emblemtico las espigas de
Sarkid, trabajadas en plata. Siguiendo su mirada ella ri, lo desprendi y lo puso sobre la
cama.
No, no he cambiado, amor. Es slo otra parte de la historia. Cmo te sientes
ahora?
Dbil, pero menos dolorido. Cuntame la historia. Sabes que el Seor Shardik ha
muerto?
Ella asinti.
Me despertaron para que viera su cuerpo en la roca. Qu puedo decir? Llor por
l. No hablemos de eso ahora debes descansar y no inquietarte.
Los yeldashay no piensan matarme, por lo tanto?
Ella mene la cabeza.
Puedes estar seguro de eso.
Y la Tuguinda?
Queda tranquilo y te contar todo. Los yeldashay entraron en Zeray la maana
despus de tu partida. Si te hubieran encontrado, sin duda te habran matado. Registraron la
ciudad buscndote. Fue misericordia de Dios que te hubieras ido cuando te fuiste.
Y yo yo lo maldije por esa misericordia. Farrass los trajo, entonces?
No, Farrass y Thrild recibieron su merecido. Encontraron a los yeldashay a
mitad de camino de Kabin, y stos los trajeron de vuelta con la sospecha de que eran
traficantes de esclavos que huan. Tuve que ir y hablar por ellos para que los yeldashay los
liberaran.
Comprendo. Y t?
La casa del Barn qued bajo el mando de un oficial del grupo de Elleroth un

hombre llamado Tan-Rion.


Lo conoc en Kabin.
Eso me dijo, pero ya te contar luego. En el primer momento estuvo fro y poco
amistoso, hasta que se enter que la dama enferma era la Tuguinda de Quiso. Despus puso
todo lo que tena a nuestra disposicin cabras, leche, aves y huevos. A los yeldashay
parece irles muy bien en el campo, pero naturalmente vienen de Kabin, que creo que han
exprimido hasta secarlo, dentro de lo que pude entender. Lo primero que Tan-Rion me dijo
fue que se haba hecho un armisticio con Bekla y que Santil-ke-Erketlis estaba negociando
con Zelda y Gued-la-Dan en algn lugar no lejos de Thettit. Sigue all, por lo que s.
Entonces para qu mandar tropas yeldashay al Vrako? Por qu? segua con
miedo.
Deja de excitarte, querido. Qudate tranquilo y te explicar. Slo hay doscientos
yeldashay de este lado del Vrako y Tan-Rion me dijo que Erketlis no saba nada de eso
hasta que dejaron Kabin. No fue l quien dio la orden, sabes?
Hizo una pausa y Kelderek, obediente, no dijo una palabra.
Elleroth dio la orden por iniciativa propia. Dijo a Erketlis que lo haba hecho por
dos motivos: primero, para rodear a los traficantes de esclavos fugitivos, parti-cularmente a
Lalloc y a Guenshed los peores de todos, dijo, y estaba, decidido a atraparlos y
segundo para asegurarse de que alguien enfrentara a los deelguy si lograban cruzar el ro.
Saba que haban empezado a preparar una balsa.
Hizo una nueva pausa y Kelderek sigui en silencio.
Elstrit lleg a Ikat, sabes? Saba que poda hacerlo. Dio a Erketlis el mensaje del
Barn, y parece que la idea de la balsa atrajo tanto al comandante de los deelguy que
estaban con Erketlis que en seguida mand un mensaje al rey de Deelguy sugiriendo que se
enviaran pioneros a la banda oriental, para empezar a trabajar frente a Zeray e iniciar la
balsa. Creo que tena la nocin de que cualquier refuerzo enviado desde Deelguy para
unirse al ejrcito poda evitar cruzar las montaas de Guelt. De todos modos, esos fueron
los hombres que t y yo vimos aquella tarde, cuando estbamos en el techo. Siguen all,
pero, cuando me fui, ninguno haba cruzado el estrecho. La verdad es que no s cmo van a
hacerlo.
Pero Elleroth tena una tercera razn ms importante, segn me dijo Tan-Rion
ms importante para l, de todos modos. Iba a buscar a su pobre hijo; y, si no lo encontraba,
no sera por no buscarlo como era debido. Haba ocho oficiales en total en la compaa
Sarkid que entr en Zeray, y todos haban jurado a Elleroth, antes de salir de Kabin, que
encontraran a su hijo aunque tuvieran que recorrer palmo a palmo toda la provincia. En
cuanto estuvieron en Zeray veinticuatro horas y se enteraron de todo lo que haba que
saber es decir, que Guenshed no estaba all, que nadie lo haba visto u odo, siguieron ro

arriba. Ya haban enviado un destacamento hacia el Norte, para cerrar el desfiladero de


Linsho. Debe haber sido unos dos das despus que saliste de Zeray.
Entonces apenas lo hice a tiempo dijo Kelderek.
Fui al Norte con los yeldashay, y lo hice por orden expresa de la Tuguinda. Ella
recobr el conocimiento hacia el anochecer del da en que te fuiste. Estaba muy dbil y,
naturalmente, en ese momento todava temamos que la casa fuera atacada por los rufianes
que la haban herido. Pero en cuanto llegaron los yeldashay y el miedo de ser asesinadas
desapareci de nuestra ment, ella empez de nuevo a hacer planes. Es muy fuerte, sabes?
Claro que lo s! Quin puede saberlo mejor?
La noche antes de que los soldados salieran de Zeray, ella me dijo lo que deba
hacer. Dijo que con Ankray y dos oficiales ella estara perfectamente a salvo; y yo tena que
ir al Norte. Le record que yo era la nica mujer de la casa.
Entonces es mejor que t o Tan-Rion me traigan alguna chica decente de ikat
dijo pero tienes que ir al Norte, querida. Los yeldashay no estn en busca del Seor
Shardik; buscan al hijo de Elleroth. Pero t y yo sahornos que Shardik y Kelderek vagan en
algn punto entre este lugar y Linsho. Nadie puede prever la muerte santa y sagrada que
est destinada al Seor Shardik, pero debe llegar. En cuanto a Kelderek, est en gran
peligro; y s lo que hay entre t y l como si me lo hubieras dicho. Los yeldashay creen que
l y Shardik son sus enemigos. Eres necesaria como amiga y como sacerdotisa y, si me
preguntas lo que debes hacer, te contestar que Dios te indicar el camino.
Sacerdotisa? dije. Dices que soy sacerdotisa?
Ares sacerdotisa, contest. Yo digo que eres sacerdotisa y tienes mi autorizacin
para actuar como tal. Es como mi sacerdotisa que debes ir al Norte con los soldados y
descubrir lo que debes hacer.
Melathys se interrumpi unos momentos para recobrar el dominio de s misma. Al
fin prosigui:
Por eso me puse en marcha, como sacerdotisa de Quiso. Fuimos a Iak y all me
enter primero que Shardik y luego t habas estado all, y que t te habas ido. Ya no se
saba nada de ti. Al da siguiente los yeldashay empezaron a avanzar al Norte, hacia Linsho,
y exploraron el bosque de pasada. Tan-Rion haba prometido a la Tuguinda cuidar de m y
fue l quien me dio este metan de Yeldashay. Tena la tela creo que la haba comprado en
Kabin quien sabe para quin una mujer de Iak lo hizo siguiendo sus rdenes. Estars
perfectamente entre los hombres si pasas por una muchacha yeldashay, me dijo. Saben
quien eres, pero eso les dar la idea de que deben respetarte y cuidarte. Tambin me dio
este emblema.
Se interrumpi sonriendo y recogi el emblema.

Muchacha popular: quieres que lo tire al ro?


l mene la cabeza.
No es necesario. Adems es posible que eso me excite, no te parece? Sigue.
Ella volvi a dejar el emblema sobre la manta.
Al segundo da de dejar Iak, por la maana, encontramos el cuerpo de un nio
de unos diez aos tirado sobre la ribera. Estaba atrozmente flaco. Lo haban matado a
pualadas. Tena la oreja agujereada y huellas de cadenas en los tobillos. Los soldados se
enfurecieron. Fue entonces cuando empec a preguntarme si los traficantes de esclavos te
habran matado. Estaba enloquecida de angustia y, Dios me perdone, pensaba ms en eso
que en el Seor Shardik.
A mitad de la tarde estaba caminando por la ribera con Tan-Rion y su trizat cuando
llegaron dos canoas siguiendo la corriente, dirigidas por un oficial yeldashay, dos soldados
y dos aldeanos de Tissarn. As nos enteramos que haban encontrado a Radu y que
Guenshed y Lalloc estaban muertos. El oficial nos cont cmo el Seor Shardik haba dado
la vida para salvar a Radu y a los nios, y cmo haba dividido la roca. Fue como un
milagro, dijo, como un viejo cuento increble.
Los yeldashay, lgicamente, slo pensaban en Radu, pero yo interrogu al oficial
hasta enterarme que habas estado con Guenshed y que Shardik tambin te haba salvado.
Herido, febril y casi enloquecido, dijo el oficial, pero no creyeron que fueras a morir.
Una de las canoas fue a Zeray, y yo hice que Tan-Rion me diera un lugar en la otra,
la que regresaba. Remontamos el ro toda la noche, cerca de la costa, contra la corriente, y
llegamos a Tissarn poco despus del alba. Primero me dirig hacia el Seor Shardik, como
deba hacerlo por mi honor y mi deber. Nadie lo haba tocado; y, tal como haba dicho la
Tuguinda, supe lo que tena que hacer. Tan-Rion ya haba iniciado los preparativos. No
puso dificultades cuando se lo ped. Los yeldashay sienten de una manera muy distinta en
relacin al Seor Shardik, sabes?.
Pero he hablado demasiado, querido, no debo cansarte ms por esta noche
Una pregunta dijo Kelderek slo una. Qu ha sido de Radu y los nios?
Todava estn aqu. He visto a Radu. Ha hablado de ti como de un amigo y un
camarada. Est dbil y muy angustiado hizo una pausa. Haba una chiquita?
Kelderek contuvo el aliento y asinti.
Han mandado llamar a Elleroth dijo Melathys. Los otros nios no los he
visto. Algunos se estn recobrando, pero me han dicho que algunos estn bastante mal,
pobrecitos. Por lo menos estn en buenas manos. Ahora debes volver a dormir.

Y t tambin, mi querida Viaja-toda-la-Noche. Ambos debemos dormir.


Buenas noches, Kelderek Juega-con-los-Nios. Mira, ya se ha ido la luz del da.
Le pedir a la vieja Dirion, Dios la bendiga, que traiga su lmpara y se quede a tu lado
hasta estar segura de que te has quedado dormido.

56
La muerte de Shardik

Aunque ya estaba completamente oscuro poda or, a cierta distancia, el ruido de


hombres que trabajaban: gritos concertados, rtmicos, como si estuvieran colocando objetos
pesados en sus lugares; martilleos, astillazos y el golpear de las hachas. Un dbil resplandor
de antorchas se perciba desde algn punto cerca del ro. En una ocasin, cuando un gran
chapuzn fue seguido por gritos particularmente fuertes, Dirion, sentada junto a la lmpara,
chasque la lengua, reprobando. No dio ninguna explicacin, sin embargo, y, despus de un
rato, l dej de pensar qu demanda guerrera urgente poda haber cado sobre los soldados
en aquel remoto lugar donde, dentro de lo que saba, no amenazaban enemigos. Qued
dormido y cuando despert, el ondular de la luz lunar se vea en el techo y Melathys estaba
sentada junto a la lmpara. Desde afuera un centinela yeldashay grit: Todo en orden,
con el tono inexpresivo, estilizado, de quien cumple con la rutina.
Pero mucho ms avanzada la noche, cuando despert, gimiendo y luchando porque
soaba con Guenshed, era Melathys quien estaba a su lado. De algn modo se haba
golpeado la ua. El dolor era atroz y ella lo consol como se consuela a los nios o a los
animales, repitiendo las mismas frases con voz segura, tranquila.
Bueno, bueno, ya pasar el dolor; tranquilo, tranquilo Hasta que l sinti que
en verdad era ella quien le calmaba el dolor.
Cuando la oscuridad empez a diluirse en la primera luz, l segua despierto, dcil,
escuchando el ro y los crecientes ruidos de la maana los pjaros, el tantn de una
cacerola y el chasquido de ramas que alguien quebraba con la rodilla.
Advirti que, por primera vez desde que haba salido de Ortelaga, disfrutaba de esos
ruidos, que lo colmaban, como en otros tiempos, con la esperanza del da.
Sin embargo, despus de comer y cuando Melathys le cambi las vendas, volvi a
quedar dormido y despert poco antes de medioda cuando un rayo de sol casual le dio en
los ojos. Se sinti ms fuerte, evidentemente dolorido, pero no ya como una vctima
indefensa. Despus de un rato puso los pies en el suelo, se par, mareado, agarrndose a la
cama, y mir alrededor.
Su cuarto y otro formaban el piso superior de una cabaa bastante grande: suelo y
paredes de madera, con un techo estilo ortelgano de caas y palas, sobre postes de zetlapa.
El lado Este, detrs de la cabecera de la cama, era una galera, semiamurada y abierta sobre
el ro, que corra abajo, muy cerca.
Se bambole hasta la pared de la galera y se apoy contra ella, mirando por encima

del Telthearna a la distante ribera de Deelguy. Todo estaba tan tranquilo que, despus de un
rato, su odo percibi el sonido de una respiracin. Se volvi y, mirando hacia el cuarto
contiguo, vio a Melathys dormida sobre una cama baja y tosca como la suya. No era menos
hermosa al dormir, con los labios cerrados, la suave frente, sus anchos y curvados prpados,
pens, como olas que golpeaban sus mejillas con las oscuras crestas de las pestaas. Esta
era la muchacha, que, por su causa, haba dormido muy poco la noche anterior, y nada
antenoche. l haba sido devuelto a ella gracias a Shardik, a quien una vez haba maldecido,
haba querido matar.
Se volvi otra vez hacia el ro y por largo tiempo permaneci apoyado en la baranda,
contemplando las lentas nubes y sus imgenes reflejadas.
Se incorpor para orar, pero no pudo levantar el brazo herido y tras un corto rato,
vencido por la debilidad, tuvo que apoyarse de nuevo en el pretil. Por largo tiempo sus
pensamientos no formaron palabras, se demoraron slo en su pasada ignorancia y voluntad
de poder. Pero, extraamente, aquellos pensamientos le hacan bien, no provocaban
vergenza ni inquietud, se convirtieron finalmente en un fluir de humildad y gratitud. El
misterioso don de la muerte de Shardik, ahora lo saba, trascenda toda la vergenza y la
culpa personal, deba ser aceptado sin demorarse en su propia indignidad, del mismo modo
que un prncipe que llora la muerte de su padre debe contener su pesar y ser fuerte para
asumir, como un legado sagrado, las responsabilidades y cuidados del estado, que han
recado en l. Pese a la humanidad y a toda la locura, Shardik haba completado su tarea y
haba vuelto a Dios. Para su antiguo sacerdote, sumergirse en su propio dolor y penitencia,
hubiera sido traicionarlo de nuevo, ya que la naturaleza de la sagrada verdad inmanente a
esa tarea era un misterio que deba ser alcanzado por medio de la plegaria y la meditacin.
Y despus?, pens. Despus qu?
Debajo de l, las piedras yacan limpias en la ribera vaca. El mundo, pens, era muy
antiguo. Haz conmigo lo que quieras hacer, murmur. Estoy esperando, al fin.
Oy que se acercaban los soldados, en el primer momento no reconoci el ruido.
Despus, a medida que se acercaban, lo que haba sido un nico ruido, se convirti en
muchos. Ruido de pasos, tintineo de armas, voces, una tos, una orden gritada, la spera
reprimenda de un trizat. Deba haber muchos soldados, ms de cien, adivin; y, por los
ruidos, estaban armados y equipados. Melathys sigui durmiendo mientras ellos pasaban,
sin ser vistos por l, por el lado que daba a tierra de la cabaa.
Cuando las pisadas ya se perdan, oy de pronto voces en yeldashay que hablaban
abajo. Despus golpearon la puerta: Dirion abri y se dirigieron algunas palabras, pero en
voz demasiado baja para que l pudiera entenderlas. Al cabo de un rato, Dirion subi por la
escalerilla del extremo de la galera. Cuando estaba ya en la mitad del cuarto lo vio de
pronto, se sobresalt y empez a reprenderlo y a empujarlo hacia la cama. Sonriendo.
Kelderek pregunt:
Qu hay? Qu pasa?

Bueno, el joven oficial, naturalmente contest ella viene a buscar a la Siyet


para llevarla a la ribera. Estn listos para hacer la hoguera y debo despertarla. Ahora vuelve
a la cama, querido.
En aquel momento Melathys despert, tan silenciosamente como emerge la luna
detrs de las nubes, sus ojos se abrieron y miraron sin rastros de sueo. Ante su sorpresa,
ella ni lo mir y dijo con rapidez a Dirion:
Ya es tarde? Ha venido el oficial? Dirion asinti y se le acerc. Kelderek la
sigui con lentitud, se acerc tambin a la cama le tomo la mano.
Qu pasa? repiti. Qu buscan esos soldados?
Ella lo mir gravemente a los ojos.
Es el Seor Shardik contest. Debo hacer lo que est ordenado.
Al comprender, l contuvo el aliento.
El cuerpo?
Ella asinti.
La manera ordenada es muy antigua tan antigua como Quiso. La misma
Tuguinda no recuerda toda la ceremonia, pero lo que debe hacerse es bastante claro, y Dios
no rechazar lo ms que podemos ofrecerle. Por lo menos, el Seor Shardik tendr unas
exequias adecuadas y honrosas.
Cmo se har?
La Tuguinda nunca te lo dijo?
No contest con tristeza Kelderek. No. Tampoco me ocup de aprenderlo.
Ir por el ro en una balsa ardiente despus, ponindose de pie, tom ambas
manos de Kelderek entre las suyas y dijo:
Kelderek, amor mo, deb habrtelo dicho, pero ya no poda demorarse ms la
cosa y esta maana parecas an muy cansado y dbil.
Estoy bastante bien contest l con firmeza. Voy contigo. No te opongas.
Ella pareci a punto de contestar, pero l aadi:
Debo ir a toda costa.

Se volvi hacia Dirion:


Si el oficial yeldashay est todava abajo, saldalo en mi nombre y pdele que me
ayude a bajar la escalerilla Ella mene la cabeza pero se fue sin discutir, y l dijo a
Melathys:
No te demorar, pero, de alguna manera, debo vestirme decentemente. Qu ropa
vas a llevar?
Ella seal un armario toscamente armado, sin pulir, que estaba en el extremo del
cuarto desnudo y l vio tirado encima un simple vestido limpio, de anchas mangas y cuello
alto, teido, un poco descuidadamente, de rojo oscuro el nico vestido bueno de una
muchacha de campo.
Son gente buena dijo. La mujer del alcalde me dio la tela era de ella y
sus mujeres me lo hicieron ayer sonri. En cinco das me han dado dos vestidos
nuevos.
La gente te quiere.
Puede ser til. Pero ven, querido, ya que no voy a intentar disuadirte, tenemos que
darnos prisa. Qu ropa llevars?
Los yeldashay me ayudarn se dirigi rengueando hasta el pie de la escalera
que Dirion suba trabajosamente por segunda vez, cargada con un balde de agua fra.
Melathys dijo en beklano:
El lavarse es como la ropa. Pero ella es la bondad misma. Dile al oficial que no
tardar.
El oficial yeldashay haba seguido a Dirion hasta la mitad de la escalera y, al mirar
hacia abajo, Kelderek reconoci a Tan-Rion.
Dame la mano, por favor dijo. Me he recuperado bastante como para ir hoy
contigo y la sacerdotisa.
Ignoraba esto contest Tan-Rion, evidentemente tomado de sorpresa. Me
haban dicho que no podras hacerlo.
Con tu ayuda podr dijo Kelderek. Te suplico que no te niegues. Para m este
deber es ms sagrado que el nacimiento y la muerte.
Como respuesta Tan-Rion le tendi la mano. Cuando Kelderek bajaba penosamente
la escalerilla, Tan-Rion dijo:
Seguiste a tu oso a pie desde Bekla hasta aqu?

Kelderek vacil.
En cierto modo s, creo que s.
Y el oso salv al hijo del seor Elleroth.
Kelderek, dolorido, sinti una leve impaciencia.
Estuve all sintindose dbil, se apoy contra la pared del cuarto de abajo, al
que haba llegado. Podras quizs tus hombres puedan encontrarme ropas
decentes?, cualquier cosa limpia y decente servir.
Tan-Rion se volvi hacia los soldados que esperaban junto a la puerta, hablando en
su idioma. Uno le contest, frunciendo el ceo y evidentemente perplejo. l volvi a
hablar, con ms rudeza y ambos se alejaron de prisa.
Kelderek logr salir tambaleando de la cabaa y se dirigi a la costa, se quit la
camisa tosca, como una bolsa, que haba usado en la cama y se arrodill para lavarse con
una sola mano, en el agua playa. El agua fra lo hizo recobrarse y qued sentado, con la
cabeza bastante clara, en un banco, mientras Tan-Rion lo secaba con la camisa a falta de
algo mejor. Los soldados volvieron: uno traa un bulto envuelto en una capa.
Tan-Rion hizo una seal de asentimiento y se volvi hacia l.
Te han trado sus propias ropas. Sugieren que te las pongas y lleves la capa de los
centinelas nocturnos encima. Creo que no se puede hacer ms en tan poco tiempo. No
estar mal.
Lo agradezco dijo Kelderek. Pueden ellos podr alguien sostenerme?
Estoy ms dbil de lo que crea, sabes?
Uno de los soldados, al notar su torpeza y el evidente miedo a lastimarse el brazo
izquierdo, pesadamente vendado, se haba ya adelantado y lo haba ayudado con aquellas
ropas desconocidas. Era el uniforme regular de un soldado de infantera yeldashay. El
hombre le at la capa al cuello y despus puso el brazo sano de Kelderek sobre sus
hombros. En aquel momento Melathys baj la escalerilla, se inclin con gravedad ante TanRion, toc un instante la mano de Kelderek y despus encabez la marcha por la calle de la
aldea.
Fuera, entre las chozas, una doble fila de soldados sarkid, con toda la panoplia,
esperaban. Todos llevaban las espigas de trigo en el hombro izquierdo. Eran lanceros y, al
acercarse la sacerdotisa de Quiso, seguida por su propio oficial y el plido sacerdote-reyortelgano, que cojeaba, y que haba sufrido junto al hijo del Ban, saludaron golpeando los
extremos de bronce de las lanzas sucesivamente, con un sonido apagado y envolvente,
sobre la tierra pisoteada. Melathys se inclin ante el trizat y ocup su lugar al frente, entre
las dos filas. Kelderek, siempre apoyado en el hombro del soldado, se situ a unos pasos

detrs de ella. Despus de unos momentos ella se volvi y le habl.


Ests siempre decidido, amor? murmur.
Si vamos despacio podr hacerlo.
Melathys sonri al soldado, le dio las gracias con un cabeceo, volvi a su lugar, mir
a su alrededor y luego, dejando que el trizat y sus hombres la siguieran, se puso en marcha
con el mismo paso lento y solemne. Kelderek avanz cojeando, respirando con dificultad,
pesadamente apoyado en el hombro del soldado. El Telthearna estaba a la izquierda y se dio
cuenta que iba al Sur, saliendo de la aldea, hacia el lugar en donde haba muerto Shardik.
Ah, Seor Shardik rez en silencio, el imperio era orgullo y locura. Lamento
mi ceguera, y tambin lamento todo lo que sufriste entre mis manos. Pero, por los otros, no
por m, te suplico que no nos dejes para siempre sin la verdad que viniste a revelar. No
porque la merezcamos, sino por tu gracia y por la piedad que te inspira la impotencia del
Hombre.
El pie le resbal y trastabill, pero se aferr al hombro de su compaero.
Ests bien, amigo? murmur el soldado. Firme. Ya llegamos, sabes?
Kelderek levant la cabeza y mir al frente. Las dos filas se abran ahora,
apartndose y, frente a l, Melathys segua avanzando sola. Entonces record dnde estaba.
Haban llegado a la parte de la ribera situada entre los aledaos del Sur de la aldea y la
caleta boscosa donde Shardik haba muerto. Poda ver que estaba repleto, pero en el primer
momento no entendi qu gente era sta que rodeaba el pedregoso espacio abierto hasta el
que haba seguido a Melathys.
Un miedo brusco se apoder de l.
Espera dijo al soldado, espera un momento.
Se detuvo, siempre apoyado en el hombre, y mir alrededor. Desde todos los lados
los rostros se volvan hacia l y los ojos se clavaban expectantes. Comprendi por qu
haba tenido miedo. Haba conocido antes aquello los ojos, el silencio. Pero, como para
transformar las maldiciones que lo haban hecho salir de Kabin, todo el mundo lo miraba
con admiracin, con piedad y con gratitud. A la izquierda estaban los aldeanos: hombres,
mujeres y nios, todos de luto, con la cabeza cubierta y los pies descalzos. Reunidos detrs
de la fila de soldados, que ahora se haban detenido y daban el frente en orden extendido,
cubran la ribera hasta el borde del agua. Aunque por natural temor reverente y sentimiento
de la ocasin no se apresuraron, no pudieron menos de agitarse mientras unos a otros
sealaban y levantaban a sus hijos para que vieran a la hermosa sacerdotisa de Quiso, y al
hombre sagrado que haba sufrido tan amargos golpes y crueldades por defender la verdad
y el poder de Dios. Muchos nios traan flores: trepsis y lirios del valle, planellas,
enredaderas verdes y largas guirnaldas de pimpollos de melikn. De pronto, por su propia

cuenta, se adelant un muchachito que mir gravemente a Kelderek, dej un ramo a sus
pies y volvi en seguida junto a su madre.
Con un extraordinario sentimiento de dicha grave y solemne, como nunca haba
conocido, Kelderek se esforz en avanzar hacia la ribera. Pero an no vea el ro, porque,
entre l y Melathys, un tercer grupo lo enfrentaba: una nica fila, paralela al borde del agua
que se extenda entre los aldeanos y los soldados. En el centro estaba Radu, plido y
consumido, vestido como Melathys con las ropas de un aldeano, la cara desfigurada por
machucones y con un brazo en cabestrillo. A cada lado lo acompaaban cinco o seis nios
esclavos; aparentemente todos los que haban tenido fuerzas para ponerse de pie y andar.
De pronto se sobresalt, reconociendo en un extremo de la fila a Shuter, que enfrent su
mirada un segundo y despus apart con rapidez los ojos.
Cuando Melathys se detuvo, los soldados retiraron los bancos, los nios se apartaron
y, por primera vez, Kelderek vio el borde del agua y el ro ms all.
Una hoguera arda sobre las piedras, un poco al extremo de la ribera del lado de la
fila de soldados. El da era brillante y claro, slo se vea una leve huella de humo, y el aire
por encima temblaba, deformando el paisaje distante. Pero l apenas not esto y qued de
pie, como un nio, con una mano apretada contra la boca abierta, contemplando lo que vea
inmediatamente ante l.
En el agua playa estaba amarrada una pesada balsa, ms grande que el suelo de una
cabaa-vivienda, hecha de troncos atados con enredaderas. Estaba cubierta con paja
apilada, leos y ramas secas, sobre los que haban echado flores y ramas verdes. Encima de
este gran lecho, oprimindolo, como una fortaleza se asienta sobre el terreno en que se
levanta, yaca el cuerpo de Shardik. Estaba echado de lado, tan naturalmente como si
durmiera, con una pata delantera extendida y las garras rozando casi el agua. Los ojos
estaban cerrados los prpados cosidos quizs, pens Kelderek, notando los cuidados y
sacrificios que los aldeanos y los soldados se haban impuesto en la tarea de preparar para
su funeral al Poder de Dios pero el largo hocico, si alguna vez estuvo atado, haba
reventado ahora los lazos, de manera que los labios mostraban amenazadoramente los
dientes puntiagudos. La pobre cara herida haba sido limpiada, pero, pese a todo lo que los
soldados haban hecho, no se borraban las heridas y los sufrimientos de Shardik. Ni
tampoco el pelo, larga y cuidadosamente peinado, la falta de briznas y espinas, el lustre con
aceite, poda disfrazar la hambrienta desolacin del cuerpo. No era posible que Shardik
pareciera pequeo, pero s menos colosal; como si se hubiera contrado con el apretn de la
muerte. Haba un leve olor a cadver y Kelderek se dio cuenta que Melathys desde el
momento en que supo las noticias, haba comprendido la necesidad de apresurarse,
sabiendo que apenas iba a tener tiempo de cumplir con todo lo que deseaba la Tuguinda.
Haba hecho bien, pens, y ms que bien. Entonces, al dar unos pocos y penosos pasos
hacia adelante, su lnea de visin se hizo directa y percibi lo que haba estado oculto hasta
entonces.
Entre las patas delanteras de Shardik yaca el cuerpo de Shara. Una pata tendida
tapaba los pies de la nia, y la cabeza levantada de ella yaca sobre la otra. Estaba con la

cabeza descubierta, vesta una camisola blanca y las manos cruzadas sobre un ramo de
trepsis escarlatas, su pelo rubio haba sido peinado cayendo sobre los hombros y alrededor
del cuello le haban puesto un hilo de piedras de colores. Aunque tena los ojos cerrados, no
pareca estar dormida. Su dbil cuerpo y su cara eran los de un nio muerto, agotado y
ceroso: tambin ms limpio, ms quieto, y ms tranquilo de lo que Kelderek lo haba visto
nunca en vida. Apoyando la cabeza en el hombro del soldado, Kelderek solloz sin frenos,
como si la ribera estuviera desierta.
Kelderek se apoy en el brazo que lo sujetaba y mir una vez ms la balsa en el
momento en que Melathys pasaba ante l y se diriga a hablar con Tan-Rion. Pese a la
deuda que tenan con los yeldashay, habl como era debido, con la autoridad que le haba
sido conferida y no como alguien que pide un favor.
Capitn dijo segn el antiguo rito de Quiso no debe haber armas en un lugar
consagrado al Seor Shardik. Te lo digo, pero dejo a tu cargo hacer lo que consideres mejor.
Tan-Rion tom muy bien la cosa. Vacil slo un momento, asinti, despus se
dirigi a sus soldados y los hizo marchar una breve distancia a lo largo de la ribera. All
todos los hombres clavaron sus lanzas y dejaron al lado su cinturn, el espadn y el
cuchillo. Cuando volvieron, se detuvieron y formaron. Melathys avanz por el agua playa y
permaneci inmvil ante la balsa, con los brazos tendidos hacia Shardik y la nia muerta.
Habl en ortelgano, idioma bastante desconocido para los yeldashay, aunque
bastante bien entendido por los aldeanos de Tissarn. Primero pronunci la invocacin
tradicional de Quiso al Seor Shardik, seguida por una secuencia de plegarias cuyos
perodos, arcaicos y hermosos, brotaban sin vacilacin de sus labios. Despus, volvindose
a enfrentar a los oyentes y pasando a un equilibrado tono narrativo, habl de cmo haban
encontrado a Shardik en Ortelga y cmo su vida haba sido salvada por las sacerdotisas de
Quiso; de cmo haba salido vivo del Estrel; de su sufrimiento ordenado y de su muerte
sagrada salvando al heredero de Sarkid y a los nios esclavos del poder del mal. Kelderek,
al escuchar se sorprendi menos del dominio que ella tena, que de la autoridad y humildad
presentes a la vez en su voz y en su actitud. Era como si la muchacha que haba conocido se
hubiera vaciado para convertirse en un vaso que desborda palabras antiguas, suaves y
universales como piedras, y como si permitiera con esto que el pesar y la piedad ante la
muerte, comn a todas las criaturas, manara no desde, sino a travs de ella. Por su boca,
pareca, los muertos hablaban a los que no haban nacido, como arena que cae grano a
grano por la cintura de un reloj de vidrio. La arena termin al fin de pasar y la muchacha
permaneci inmvil, con la cabeza inclinada, los ojos cerrados, las manos apretadas contra
el cuerpo.
El silencio fue quebrado por la voz del joven oficial abanderado que como maestro
de coro, inici el hermoso lamento yeldashay llamado a veces El Dolor de Deparioh,
pero ms vulgarmente conocido como Las Lgrimas de Sarkid. El lamento, que narraba
el sagrado nacimiento y la juventud de U-Deparioh, liberador de Yelda y fundador de la
casa de Sarkid, se canta an hoy, aunque quizs haya cambiado a travs de los siglos; del
mismo modo que, como dicen, las formas de las constelaciones sufren cambios que ningn

hombre vive lo bastante para percibir. Los soldados retomaron el lamento, el solemne canto
se hizo ms fuerte y reson como un eco por la ribera de Deelguy.
Entre las espigas yaca la muchacha,
en amargo dolor yaca,
herida y sola por la maldicin del Estrel,
dio a luz el hroe Deparioh, en Yelda encadenada.

El soldado que estaba junto a Kelderek cantaba con los dems, y las palabras, que
salan sin pensar de su boca, expresaban para l el sentimiento de formar parte de cosas ms
grandes que s mismo, su pueblo, su patria, y esos recuerdos, de l y no de otros hombres,
que eran su participacin en la vida humana.
No conoci padre ni madre
entre extranjeros como esclavo trabaj,
desterrado, lejos de su patria,
el Seor Deparioh, la espada de Dios.

El portador del estandarte se adelant, sosteniendo ante s el emblema de las Espigas


de Trigo, y desde el otro extremo sali a su encuentro un aldeano llevando una red entre los
brazos. Juntos se volvieron hacia el ro y marcharon hacia Melathys, pasaron a ambos lados
de ella, chapalearon en las aguas y pusieron sus cargas sobre la balsa. Radu, que los segua,
pos por un momento la mano sobre las grises garras de Shardik, y despus en la frente de
Shara. Al volver a la orilla encendi una antorcha en la hoguera y esper erguido,
manteniendo ante s la llama.
Si encontrarte pudiera, oh fuerte Seor Deparioh,
si pudiera apretar tu mano en la ma!
Tus hazaas en Yelda no se olvidan,
y de Sarkid las lgrimas te honran.

El canto se fue apagando. Cuando ya no se oy, Melathys levant la cabeza y lanz


un largo grito ululante que record instantneamente a Kelderek la ciudad de Bekla sumida
y silenciosa en la oscuridad sagrada, el peso de sus pesadas vestiduras y el sbito brotar de
la llama en el cielo de la noche.
Shardik, el fuego del Seor Shardik!
El fuego del Seor Shardik! contestaron los aldeanos.
Radu se acerc lentamente sobre las piedras y tendi a Kelderek la antorcha caliente.
Por unos momentos Kelderek, confundido ante la vivacidad de sus recuerdos, vacil
sin comprender qu se le peda que hiciera. Despus, cuando su mente se aclar, se
sobresalt y dio un paso atrs, levantando la mano, como para rechazar. Radu se dej caer
sobre una rodilla, ofreciendo siempre el fuego.
Creen que eres t quien debe hacerlo, seor murmur el soldado. Supongo
que ests dispuesto.
En el silencio Kelderek oa el crujido de la llama y, ms all el chapoteo del agua.
Clavando los ojos en la balsa, se adelant, tom la antorcha que le tenda Radu y descendi
hacia la ribera donde segua esperando Melathys, con la cabeza baja.
Ahora estaba solo en el agua, nada se interpona entre l y la nia muerta, ms cerca
de Shardik de lo que nunca haba estado desde el da en que sali vivo del Estrel. Los
cuerpos yacan ante l: la mole del oso, como una piedra de molino vista contra la pared de
un molino, marcada por las cuerdas con que la haban arrastrado y por el desgarrn de la
flecha en la mscara contrada y hambrienta.
Se pregunt si esperaban que hablara o que rezara: despus vio que no tena tiempo,
porque la antorcha se haba consumido mucho y deba usarla en seguida.
Senandril, Seor Shardik! grit. Acepta nuestras vidas, Seor Shardik, el
que muri por los Nios!
Sumergido hasta la cintura en al agua, sujetndose en el borde de la balsa con la
mano izquierda herida, lanz la antorcha sobre la pila de ramas y viruta. El fuego se
encendi en seguida, y ardi con las opacas llamas amarillas de la brasa. Retirando la
antorcha, volvi a encender una y otra vez los troncos y las ramas. Finalmente, cuando el
extremo empez a desmoronarse y a quemarle los dedos, la arroj, entre un chisporroteo, a
lo alto de la pira. La antorcha cay, ardiendo, a unos pocos metros ms all del lugar en que
yaca Shara.
La balsa se desplaz lentamente, alejndose. La solt torpemente, haciendo una
mueca al sentir el dolor del brazo, en el momento en que se enderez. Los soldados detrs
haban soltado las amarras, que ahora se hundieron a cada lado, ondulando pero invisibles

en el agua encendida. Porque ahora todo el lado de la balsa que daba contra la costa estaba
ardiendo, consumindose en un muro de llamas clidas y translcidas, verdes, rojas y
anaranjadas, bordeadas de negro. El fuego corra hacia el centro de la pira, revelando su
profundidad como la luz del sol muestra la distancia entre los rboles de la selva; y al arder
ms alto, hacia las ramas verdes y las flores sobre las que yaca Shardik, empez a surgir un
humo blanco y espeso, que avanzo hacia la costa, cegando casi a Kelderek y a los que
estaban detrs de l.
Le falt el aire y resopl buscando aliento. Los ojos le ardan, le lloraban, pero
sigui donde estaba. Que as sea, pens. Esto es mejor, porque no podra ver quemar los
cuerpos. Despus cuando estaba a punto de desmayarse de sofocacin, la pesada balsa
empez a girar ms rpidamente, de manera que los cuerpos y todo el costado por el que se
haba encendido el fuego enfilaron en la corriente. Cuatro o cinco jvenes pescadores
haban atado la amarra del lado de la corriente a una canoa, y arrastraban la balsa hacia el
centro del ro.
A medida que cobraba mpetu, un torrente de llamas corra hacia atrs desde la pira.
El ruido crujiente se convirti en un rugido caliente y ventoso y las chispas y las cenizas
empezaron a saltar hacia arriba, agitndose y esquivndose como pjaros que huyen. Los
troncos empezaron a moverse y a caer; aqu y all un fragmento ardiente caa silbando en el
agua. Y entonces, horadando el rumor de la disolucin, como un pesado arado que se hunde
en la tierra, se elev nuevamente el sonido de los cantos. Los aldeanos en la ribera
alentaban y urgan a los jvenes que paleteaban y que ahora se esforzaban a medida que
eran arrastrados ms lejos y empezaban a ser llevados corriente abajo por la balsa.
Al alba llegamos a la costa, soltamos los botes.
Acompaados por la suerte, comeremos esta noche.
Quin tiene la red, quin maneja la lanza?
Los pobres deben vivir como puedan.

La balsa estaba a medio tiro de flecha de la costa e igualmente lejos an en la


corriente del lugar en donde estaba Kelderek, pero los bateleros seguan clavando
rtmicamente las paletas en el agua y el plumacho de humo sopl hacia la costa mientras
ellos luchaban para alejar ms la balsa.
Comprar cara la sabidura es del hombre el destino,
y aprender a conformarse con lo que se tiene.
Lo que llamo suerte es fuego y barriga llena,

una mujer en la cama y los nios que aprendan tu oficio.

Aplaudan y zapateaban al cantar, al ritmo de las paletas, y, sin embargo, el ruido era
grave y apropiado; de cadencia menor, hogareo y cazurro, era la simple msica del pueblo,
cuya solemnidad es el ingenio dado vuelta para servir a la ocasin y el espritu del da. La
balsa estaba ahora lejos en medio de la corriente, de manera que podan verse las paletas
distantes que golpeaban al comps de la cancin. Los jvenes haban enfilado la proa a
medias en direccin a la corriente, de manera que la balsa qued tras ellos y el lado en que
estaban los cuerpos se volvi otra vez hacia la costa. Kelderek, al mirar, no percibi nada
en medio de la pira ardiente. Se haba hundido en el centro: las dos ardientes mitades se
abran a los lados como las alas de una gran mariposa. Shardik ya no era ms.
Por dos veces grit, te segu al Telthearna, Seor Shardik. Ahora ya no puedo
seguirte.
Al volver de tarde vemos fuegos en la costa.
Si uno es tuyo, eres hombre dichoso.
Nadie debe quedar solo en la oscuridad.
Si mueres, hermano, tus hijos compartirn mi fuego.

Los bateleros arrojaron la soga y se volvieron, avanzando contra la corriente hacia la


costa, y la vuelta fue fcil en las aguas plcidas junto al banco. Ya no poda verse la balsa,
pero a lo lejos pareca arder un punto en la superficie del ro, que soltaba humo y cubra la
extensin acuosa con una amplia nube moviente.
Destripamos pescados y los chicos los asan.
Hola, hijo, mi zon alto y joven
Qu tienes que decir esta noche a pap?.
Cuando sea hombre, remar como t.

El humo ya no se vea. Los rboles lo escondan a la vista. Kelderek, cerrando los


ojos al volverse, vio el soldado a su lado, sinti su brazo bajo sus sobacos y dej que lo
levantara casi en vilo sobre el agua hasta llegar a la costa. Tan-Rion llam a sus hombres y
los llev a recoger las armas. Despus se alejaron; los aldeanos tambin empezaron a

dispersarse, dos mujeres matronales llevaron consigo a Radu y a los otros nios. Pero
varios, antes de partir, se adelantaron algunos un poco vacilantes, porque tenan un
temeroso respeto a Kelderek para besarle las manos y pedirle la bendicin. Cualquier
hombre sagrado puede tener el poder de conferir la buena suerte y no debe perder la
ocasin. l permaneci agobiado y silencioso como un hern, pero los salud con la cabeza
y mir de frente a todos los que pasaron ante l: un viejo con un brazo seco, un joven alto
que se llev la palma de la mano a la frente, una chica que sonri tmidamente a la
sacerdotisa que estaba all cerca, entregndole las flores que llevaba. Finalmente pas una
vieja harapienta, con un nio dormido en los brazos. Kelderek se sobresalt y casi retrocedi, pero ella, sin mostrar vacilacin ni sorpresa, le tom la mano, la bes, dijo algunas
palabras sonriendo y se fue, bambolendose sobre las piedras.
Qu dijo? pregunt Melathys. No pude entenderla.
Dijo: Bendceme, joven seor, y acepta mi bendicin en cambio.
Yaca en cama en el cuarto de arriba y vea cmo se ampliaban los elsticos reflejos,
mezclndose y cerrndose entre los postes del techo. Melathys estaba al lado, sosteniendo
entre sus manos la mano sana de Kelderek. Estaba cansado y nuevamente afiebrado,
estremecido y lleno de fro. Nada notable quedaba en el mundo. Todo estaba helado y vaco
hasta el horizonte bajo el cielo despojado.
Espero que nuestro canto no te haya parecido fuera de lugar, seor dijo TanRion. La sacerdotisa dijo que sera mucho mejor si logrbamos cantar algo, y haba que
pensar en algo que los muchachos pudieran cantar, y, claro, todos saban Las Lgrimas.
Kelderek encontr algunas palabras de agradecimiento y elogio, y al cabo de un rato
el oficial, al ver que estaba exhausto, se despidi. Poco despus lleg Radu, envuelto en
una capa desde el cuello hasta los tobillos, y se sent un rato frente a Melathys.
Dicen que mi padre est en camino dijo. Me hubiera gustado que viniera
antes. En caso de haberse enterado, le hubiera gustado estar en la ribera esta tarde.
Kelderek sonri y asinti como un viejo, atendiendo slo en parte lo que le decan.
Pero la verdad es que Radu dijo muy poco, estuvo sentado en silencio un rato largo y, en
una ocasin, se mordi la mano para que no le castaetearan los dientes. Kelderek se qued
adormilado y despert al or que Radu contestaba a Melathys:
pero estarn muy bien, creo y luego, tras una pausa: Shuter est enfermo,
sabes? Parece que bastante mal.
Shuter? pregunt Melathys, sorprendida.
Est enfermo? dijo Kelderek. Cre verlo en la ribera.
S, creo que pens que era mejor estar all a toda costa no es que eso haga

alguna diferencia pero no est bien esta noche. Creo que sobre todo tiene miedo. Est
aterrado: en parte teme a los otros chicos; en parte a los aldeanos. Saben quin es l o
quin fue y no quieren ayudarlo en nada. Est echado solo en un cobertizo, y creo que
huira si pudiera.
Quin es Shuter? volvi a preguntar Melathys.
Lo matarn? dijo Kelderek. Radu no contest en seguida y l insisti:
Qu queris hacer con l?
Nadie ha dicho nada, en verdad: pero de qu servira matarlo?
De veras es eso lo que sientes despus de todo lo que has sufrido?
Es lo que siento que debo sentir guard silencio por algn tiempo y luego
dijo:
Nadie te matar a ti. Me lo dijo Tan-Rion.
Yo ir a hablar con Shuter dijo Kelderek, intentando incorporarse.
Dnde queda el cobertizo?
Descansa, amor dijo Melathys. Yo ir. Ya que nadie me dice nada, tendr que
averiguar sola quin es Shuter o escucharlo.

57
El festn de Elleroth

Cuando despert, su soldado yeldashay estaba sentado cerca, remendando un trozo


de cuero en la luz que se iba. Al ver que Kelderek estaba despierto, sonri y salud, pero no
dijo nada. Kelderek se volvi a dormir y la prxima vez fue despertado por Melathys, que
estaba echada a su lado.
Si no me hubiese echado, me habra cado al suelo. Pronto ir a acostarme, pero
representa tanto estar otra vez sola contigo un rato. Cmo ests?
Vaco desolado. El Seor Shardik no puedo resignarme se interrumpi y
despus dijo: Estuviste muy bien hoy. La Tuguinda misma no habra estado mejor.
S, habra estado mejor. Pero lo que sucedi estaba ordenado.
Ordenado?
Es lo que creo. No te cont otra cosa que me dijo la Tuguinda antes de dejar
Zeray. Le pregunte si en caso de encontrarte, poda darte algn mensaje de su parte, y me
dijo: Est preocupado por lo que hizo hace aos, al ponerse la luna, en el camino a Guelt.
No ha podido pedir perdn, aunque lo desea. Dile que lo perdono totalmente. Y despus
dijo: Yo tambin soy culpable culpable de orgullo y estupidez. Pregunt: Cmo es
eso, Siyet? Cmo es posible?. Bueno, dijo, sabes tan bien como yo lo que nos han
enseado y lo que hemos enseado a los dems. Se nos ense que Dios iba a revelar la
verdad de Shardik por medio de dos casos escogidos, un hombre y una mujer: y que l iba
a quebrar esos vasos hasta hacerlos trizas, e iba a recomponerlos para Su propsito. Supuse,
en mi estpido orgullo, que yo era la mujer, y en verdad muchas veces he credo sentirme
hecha trizas. Estaba equivocada. No era yo, querida muchacha, me dijo. No era yo sino
otra mujer, la que l eligi para que fuera quebrada y a la que ahora l ha recompuesto.
Melathys lloraba y l la rode con su brazo, incapaz de hablar, porque la sorpresa lo
embargaba. Despus ella dijo:
Tenemos que volver junto a la Tuguinda. Va a querer enviar algn mensaje a
Quiso y quiero ayudarla con los preparativos de su viaje. En cuanto a Ankray hay que
hacer algo por l. Pero ese desgraciado muchacho que est ah
Es un asesino.
Ya lo s. Quieres matarlo?

No.
Para m es ms fcil compadecerlo yo no estuve presente. Pero era esclavo,
como los dems, verdad? Supongo que no tiene a nadie
Creo que hay muchos en las mismas circunstancias. Son los no amados y los
abandonados los que son vendidos como esclavos, sabes?
Debera saberlo.
Tambin yo. Que Dios me perdone! Oh, Dios, perdname!
Al da siguiente sus heridas volvieron a inflamarse y a dolerle. Estaba febril y se
qued en cama, pero a la maana siguiente se sinti bastante bien como para sentarse a
mirar el ro a la luz del sol, con el brazo metido en agua caliente con hierbas. El aroma de
las hierbas se mezclaba al de los leos del fuego de Dirion, algunos nios jugaban abajo y
rean mientras tendan unas redes a secar en la ribera. Melathys acababa de vendarle el
brazo y preparaba un cabestrillo cuando de pronto oy unas aclamaciones a la distancia, en
el linde de la aldea.
Se miraron. Melathys se dirigi a la escalerilla y llam a Dirion. Las aclamaciones
se extendan por la aldea y oyeron ruidos de pies que corran y voces de hombres que
gritaban excitados, en yeldashay. Melathys baj y Kelderek la oy llamar a alguien. El
ruido y la excitacin se propagaban por la casa como una hoguera, y ya casi estaba decidido
a bajar tambin, cuando ella volvi, subiendo la escalerilla con la rapidez de una ardilla. Le
tom la mano sana y, arrodillada en el suelo, lo mir a los ojos.
Elleroth est aqu dijo y la noticia es que ha terminado la guerra; pero s
tanto como t lo que eso significa.
Kelderek la bes y esperaron en silencio. Melathys apoy la cabeza en la rodilla de
l y l le acarici el pelo, sorprendido de sentir tanta indiferencia por su propio destino.
Pensaba en Guenshed, en los nios esclavos, en Shara y en sus piedras de colores, en la
muerte de Shardik y en la balsa ardiente. Pareca importar poco lo que poda suceder, fuera
del hecho de que, pasara lo que pasara, no dejara a Melathys. Al fin dijo:
Viste esta maana a Shuter?
S. Por lo menos no ha empeorado. Ayer pagu a una mujer para que lo atendiera.
Parece honrada.
Un rato despus oyeron a unos hombres que entraban abajo y la voz de Tan-Rion,
hablando tan rpidamente que no pudieron entenderle. Unos momentos despus apareci en
lo alto de la escalerilla, seguido por Radu. Ambos esperaron, mirando a alguien que los
segua. Hubo una pausa y luego Elleroth subi torpemente al cuarto, tendiendo la mano
derecha desenguantada para que lo ayudaran antes de dejar los travesaos.

Kelderek y Melathys se levantaron y pusieron lado a lado mientras el Ban de Sarkid


y sus compaeros se adelantaron hacia ellos. Elleroth que estaba tan pulcra e
impecablemente vestido como la ltima vez que Kelderek lo haba visto en Kabin, tendi la
mano y, tras un momento de vacilacin, Kelderek la tom, aunque hubo duda en la mirada
que devolvi al otro.
Hoy nos saludamos como amigos, Crendrik dijo Elleroth. Es decir, si ests
dispuesto a serlo, como lo estoy yo.
Tu hijo es mi amigo replic Kelderek eso puedo decirlo en verdad. Juntos
hemos sufrido mucho y creamos perder la vida.
Es lo que l me ha dicho. Todava no s mucho, pero s que te hirieron por
defenderlo y que probablemente le salvaste la vida.
Lo que sucedi dijo Kelderek vacilante fue confuso. Fue el Seor Shardik
quien dio la vida fue l quien nos salv a todos.
Eso tambin me lo ha dicho Radu. Bueno, me doy cuenta que todava tengo que
enterarme de mucho sonri a Melathys.
El seor Kelderek ha estado gravemente enfermo dijo ella y todava est
dbil. Es mejor que nos sentemos. Slo lamento que este lugar sea tan tosco.
He pasado las dos ltimas noches en lugares peores contest Elleroth con
alegra y os aseguro que no lo he notado.
Eres sacerdotisa de Quiso, me han dicho
Melathys pareci confundida y fue Kelderek quien contest.
Esta es la sacerdotisa Melathys a quien la Tuguinda de Quiso envi como
mensajera para que dirigiera los ltimos ritos del Seor Shardik. La Tuguinda fue herida en
Zeray y todava se encuentra all, enferma.
Lamento enterarme de eso dijo Elleroth porque es honrada como mdica
desde Ikat hasta Ortelga. Ya se arriesg demasiado cuando cruz el Vrako. Si yo hubiera
sabido, cuando fue a verme a Kabin, que quera ir a Zeray, lo hubiera impedido. Espero que
se recobre pronto.
Roguemos a Dios porque as sea dijo Melathys. La dej fuera de peligro y
mejorada.
Juntos se sentaron en los toscos bancos de la galera que daba sobre el Telthearna, y
uno de los soldados de Tan-Rion trajo nueces, pan negro y vino. Elleroth, que pareca
cansado hasta el agotamiento, expres su preocupacin por las heridas de Kelderek e hizo

preguntas sobre los ltimos ritos de Shardik.


Tus soldados hicieron todo lo posible por ayudarnos contest Kelderek. Ellos
y tambin la gente de la aldea.
Despus queriendo evitar preguntas sobre la ceremonia, dijo:
Vienes desde Kabin? Has venido muy pronto. Hace apenas cuatro das que muri
el Seor Shardik.
Las noticias llegaron por el ro a Zeray la misma noche replic Elleroth y yo
las supe en Kabin antes del medioda del da siguiente. Marchar cien kilmetros en dos das
y medio es poco para un hombre cuyo, hijo y heredero haba muerto, y est vivo de nuevo,
pero es una comarca recia y la marcha es ardua, como bien lo sabes.
Pero apenas hace una hora que ests en Tissarn dijo Melathys. Deberas
haber comido y descansado antes de molestarte en venir aqu.
Por el contrario replic Elleroth deb haber venido aqu antes, pero tal es mi
vanidad que me detuve para lavarme y cambiar de ropa, aunque confieso que ignoraba que
iba a encontrar a una de las hermosas sacerdotisas de Quiso.
Melathys ri como una muchacha acostumbrada a las bromas y a bromear.
Entonces por qu tanto apuro? Son siempre tan puntillosos los nobles
yeldashay?
Yeldashay, Siyet? Soy de Sarkid de las Espigas despus, gravemente, dijo:
Bueno, tena un motivo. Sent que t, Crendrik, debas recibir mi agradecimiento y
escuchar mis noticias lo antes posible.
Hizo una pausa, pero Kelderek no dijo nada y, tras unos momentos, Elleroth
prosigui:
Si todava tienes alguna ansiedad respecto a tu suerte, puedes dejarla de lado.
Cuanto te dije en Kabin que te mataramos si volvamos a encontrarte, ignoraba que ibas a
compartir la miseria de la esclavitud con el heredero de Sarkid y desempear un papel
salvndole la vida.
Kelderek se levant bruscamente, dio unos pasos y qued dando la espalda, mirando
hacia el ro. Tan-Rion levant las cejas y casi se levant, pero Elleroth mene la cabeza y
esper tomando la mano de Radu y hablndole aparte, en voz baja, hasta que Kelderek
recobr la compostura.
Kelderek se volvi del todo y dijo desabridamente:

Y no tienes en cuenta que fui yo la causa de los sufrimientos de tu hijo y de la


muerte de la nia?
Mi padre no sabe nada de Shara todava dijo Radu.
Crendrik dijo Elleroth si ests arrepentido, me alegro de ello. S que has
sufrido probablemente ms de lo que se puede decir, pues el verdadero sufrimiento
proviene de la mente y lo peor de todo es el remordimiento Yo tambin he sufrido pena y
miedo por largas semanas sufr por la prdida d mi hijo, a quien cre no ver ya ms.
Ahora los tres hemos quedado libres l, t y yo esto es un milagro y lo cierto es que yo
no soy lo bastante mezquino para regatear mi agradecimiento al pobre oso, que sali vivo
de los Estreles como la madre misma del Seor Deparioh, ni para guardar rencor al hombre
que protegi a mi hijo. Me parece que todas las deudas han quedado saldadas con la muerte
de Shardik su sagrada muerte, pues esto es algo que hay que creer. Tengo tambin otra
razn para que haya amistad entre nosotros, una razn poltica, si quieres. Entre Ikat y
Bekla reina ahora la paz, y en este mismo momento, mientras hablamos, todos los
prisioneros y los rehenes estn volviendo a sus casas sonri; de tal modo que no sera
apropiado, no te parece?, que yo me mostrara vengativo contigo.
Kelderek se sent en el banco.
En la poca en que t estabas en Kabin sigui diciendo Elleroth, tratando
infructuosamente de evitar un bostezo de cansancio el general Santil-ke-Erketlis realiz
una incursin personal, junto con algunas tropas nuestras, con el objeto de alcanzar y
liberar a una columna de esclavos que cruzaba hacia el Oeste, desde Thettit. Consigui su
propsito, pero al mismo tiempo se acerc mucho al ejrcito beklano que, como supongo
que sabes nos haba seguido por el Norte desde la frontera yeldashay. Fue mientras el
general volva con los esclavos liberados que se encontr con un grupo de oficiales
beklanos que tambin iban en direccin a Kabin a negociar con nosotros. Estaban
dirigidos por el general Zelda y tenan la intencin de ofrecer una tregua inmediata y
proponer que se entablaran negociaciones de paz. Hace tres das yo estaba en conferencia
con Erketlis y los ortelganos cuando llegaron noticias de lo que haba ocurrido en Zeray.
Inmediatamente part a Tissarn, pero de todos modos estoy seguro de que los trminos ya
deben haber sido establecidos. No necesito aburrirte con todos los detalles. Pero lo
principal es que Yelda, Lapn y Belishba sern independientes de Bekla. Los ortelganos
podrn retener Bekla y las dems provincias a cambio de comprometerse a abolir el trfico
de esclavos y colaborar para que todos los esclavos vuelvan a sus casas.
Kelderek asinti lentamente con la cabeza, mirando su taza de vino y ladendola.
Por ltimo mir a Elleroth y dijo:
Me alegro que la guerra haya terminado y ms an me alegro que vayan a abolir
el trfico de esclavos. Se llev una mano a los ojos. Es muy amable de tu parte haber
venido aqu a darnos tan pronto la noticia. Si no puedo darte una respuesta mejor, es porque
todava me siento dbil y tengo la mente confusa. Espero que podamos hablar de nuevo
tal vez maana.

Todava me quedar aqu unos das contest Elleroth y sin duda nos veremos
de nuevo, porque tengo una o dos ideas en la cabeza, ideas del momento, pero a lo mejor
sale de ellas algo
Poco tiempo despus Elleroth se retir y Kelderek, sintindose cansado por la
entrevista, incierto y perturbado, durmi varias horas y no se despert hasta el fin de la
tarde.
Al cabo de unos das se sinti ms fuerte y su brazo herido empez a dolerle menos.
Haba tomado la costumbre de hacer caminatas por la orilla y la aldea: a veces iba casi un
kilmetro hacia el Norte, hasta el campo abierto que rodeaba la Quebrada. No haba
advertido hasta entonces hasta qu punto era pobre la aldea treinta o cuarenta casuchas y
veinte botes amontonados en un pedazo de terreno insalubre, sombro, sobre la orilla, bajo
una cresta arbolada esa misma cresta por la que haba bajado la maana de la muerte de
Shardik.
El contingente de Sarkid tambin permaneci en el lugar: parte de los soldados se
aloj en Tissarn y parte en donde l los haba visto por primera vez, en las zonas de acceso
a la Quebrada de Linsho. Tan-Rion, a quien se le pregunt la razn de esto, explic que los
yeldashay seguan patrullando la provincia en busca de traficantes de esclavos fugitivos,
desde la confluencia del Vrako y el Telthearna hasta la Quebrada misma, y que las tropas de
Sarkid formaban el taln de la red. La noche siguiente dos nuevos traficantes de esclavos
fueron apresados, el uno y el otro en los ltimos extremos del cansancio y necesidad, que
haban huido al Norte desde haca das ante el avance de los soldados. A la maana
siguiente las patrullas mismas llegaron a Linsho y la cacera termin.
Unos pocos das despus Kelderek volva de pescar con Melathys slo una hora:
no poda permitirse ms cuando se toparon con Elleroth y Tan-Rion no lejos de donde
haba estado la balsa funeraria de Shardik. A pesar de lo que Elleroth haba dicho en el
ltimo encuentro, ni l ni Kelderek haban vuelto a hablarse desde entonces. Sin embargo a
Kelderek no se le haba ocurrido pensar que esto era culpa de Elleroth. El Ban de Sarkid
haba estado ausente durante varios das, visitando sus varios puestos y campamentos, pero
en todo caso Kelderek saba muy bien que l no estaba en situacin de poder esperar
cordialidad de Elleroth o una repeticin de la escrupulosa cortesa que le haba mostrado la
maana de su llegada. Haba sido una casualidad que el ex-rey de Bekla hubiera
compartido padecimientos con el hijo de Elleroth y hubiera contribuido a salvarle la vida.
Esto le haba salvado la suya propia, pero l no tena ninguna utilidad ahora para el Ban de
Sarkid, que ya haba hecho todo lo que de l podra esperarse.
Elleroth lo salud con su acostumbrada urbanidad, se inform del estado de su salud
y expres el deseo de que Melathys no pensara que la vida en la aldea era dura e incmoda.
Luego dijo:
La mayora de mis hombres y yo tambin partirn a Zeray pasado maana.
No queris venir los dos? Personalmente, yo viajo por el ro y puedo haceros un lugar.

Mucho te lo agradecera contest Kelderek y fue consciente, a pesar de s


mismo, de su situacin de inferioridad en relacin a este hombre y de una total dependencia
de su buena voluntad. Ya es tiempo de que volvamos a Zeray, y me temo no estar lo
bastante fuerte para marchar con las tropas. Dijiste: La mayora de mis hombres. No van
todos?
Deb habrtelo explicado antes contest Elleroth. De acuerdo a los trminos
convenidos con los ortelganos, la provincia quedar bajo nuestra jurisdiccin, todas las
tierras al Este del Vrako. Esto es perfectamente justo y razonable, dado que Bekla nunca
tuvo dominio aqu y el ltimo, en realidad el nico. Barn de Zeray, el ortelgano Bel-kaTrazet, nos invit concretamente a que realizramos la anexin hace unos pocos meses. Por
un cierto tiempo, hasta que la cosa est asentada, estableceremos una fuerza de ocupacin
all, con puestos en los lugares apropiados.
Slo me sorprende que consideres que vale la pena dijo Kelderek, decidido a
expresar una idea propia. Qu provecho puede haber en esto?
El provecho se lo deberemos a Bel-ka-Trazet contest Elleroth. Nunca lo
conoc, pero debe haber sido un hombre notable. Si no me equivoco, fue l quien vislumbr
por primera vez lo que yo considero que va a ser una innovacin de suma importancia.
Era un hombre notable dijo Melathys. Un hombre capaz de sacar ventajas de
un montn de cenizas.
l nos aconsej dijo Elleroth la instalacin de una balsa en el estrecho de
Zeray, e incluso describi en lneas generales cmo podra hacerse la cosa. Una idea
enteramente de su caletre, dentro de lo que pude darme cuenta. Nuestros pioneros, junto
con algunos hombres de Deelguy, estn ahora en la obra, pero hemos solicitado la ayuda de
algunos cordeleros. Esto es muy importante. Nadie entiende los usos y las cuali-dades de
las sogas como los ortelganos. Cuando la balsa est completa, Zeray se convertir
necesariamente en una ciudad comercial de cierta importancia, pues habr una ruta nueva y
directa a Ikat y a Bekla, a travs del Telthearna y hacia el Este. La balsa, de todos modos,
va a abrir nuevos mercados a todas las comarcas que estn ah.
Los aldeanos se enteraron con pena de la partida de los soldados, que por lo general
se haban portado bien y pagado honradamente por todo lo que haban bebido. Adems,
haban trado un agradable cambio y cierta excitacin a la rutina de la vida diaria en
Tissarn. Haba la bulla y el tumulto que suele haber cuando las armas y los equipos se
juntan y son examinados, cuando se abandonan cuarteles, se distribuyen cargos y se
despacha una partida adelantada a preparar el campamento de la primera noche (pues
solamente Elleroth y unos pocos oficiales con sus escoltas iba a ir por agua, dado que el
nmero de canoas era escaso).
Durante la tarde Kelderek, cansado del ajetreo y la conmocin, recogi una caa de
pescar, una carnada, y se dirigi al ro. No haba caminado mucho cuando se encontr con
nueve o diez de los nios esclavos, que chapaleaban en la orilla. Se acerc a ellos y hall

que estaban de mejor humor que lo que l esperaba: incluso empez a tener cierto placer en
su compaa, que le recordaba ahora un poco los viejos tiempos de Ortelga. Uno de los
nios, un muchachito moreno, de rpidos movimientos, de unos diez aos, les enseaba a
sus compaeros una cancin de Paltesh. Esto llev a otras canciones, hasta que por fin
Kelderek, despus que insistieron y lo desafiaron a que hiciera una contribucin, les ense
la primera cancin ortelgana que le vino a la memoria:
El gato pesca un pez entre la espuma; el gato pesca un pez y se lo lleva a casa.
Que corra el gato, que corra entre la brea!
Mientras raspaba el sedal de la caa con un palo y preparaba una rama verde para
los peces, sinti una vez ms, como haca aos no senta, la exaltacin de esa
espontaneidad, concentracin y simplicidad que lo haba llevado una vez a decir que los
nios eran las llamas de Dios.
Dselo a esa nia, sentada junto al fuego!
Y as prosigui, tambaleando y avanzando muy lentamente, porque, como le haba
dicho a Elleroth, an estaba lejos de haberse curado; pero en su corazn se senta como en
aquellos das en que haba sido un joven tonto a quien le gustaba ms jugar con los nios
que beber con los hombres.
Kelderek, olvidando su caa de pescar y su carnada, dej a los muchachos y
enderez hacia la casa de Dirion. Melathys lo estaba esperando en la puerta, vestida con su
metln yeldashay con el emblema de las espigas de trigo.
Elleroth acaba de irse dijo ella; el mismo Ban en persona. Nos ha invitado a
cenar con l esta noche y dice que espera que t no ests demasiado cansado. No habr
nadie ms y tiene mucho inters en verte, lo cual en l equivale a una invitacin urgente,
dira yo.
Al cabo de unos instantes aadi:
Se demor aqu, por si t volvas Y yo me tom la libertad de contarle cmo
andaban las cosas entre t y yo. Supongo que ya lo saba, pero tuvo la amabilidad de fingir
que no estaba enterado. Le cont como vine a dar a Zeray y le habl de Bel-ka-Trazet. Me
pregunt qu intentbamos hacer ahora y yo le expliqu o trat de explicarle lo que la
muerte del Seor Shardik haba significado para nosotros. Le dije que t estabas totalmente
decidido a no volver nunca a Bekla.
Me alegro que se lo hayas dicho dijo Kelderek. T tienes ms facilidad para
hablar con l y la gente como l que yo. l me recuerda a Ta-Kominion, y Ta-Kominion era
demasiado para m. Supongo que Elleroth puede ayudarnos, pero no tengo intenciones de
pedrselo. Le debo mi vida, pero de todos modos no puedo rebajarme a dar a uno de estos
yeldashay la oportunidad de que me diga que tengo la suerte de estar vivo. Pero pero

Pero qu? querido pregunt ella, levantando los labios y besndole el


lbulo agujereado de la oreja.
T dijiste: nos indicarn lo que debemos hacer. Yo tuve una especie de
presentimiento de que algo puede ocurrir antes de que salgamos de Tissarn.
Qu?
No dijo l, sonriendo, no, la sacerdotisa clarividente de Quiso eres t, no yo.
No soy sacerdotisa contest ella gravemente.
No es lo que deca la Tuguinda. Pero maana de noche podrs preguntrselo de
nuevo. Y tambin a Ankray.
Bueno, Siyet, el Barn siempre deca que la imitacin era excelente, pero se
interrumpi de repente. No importa: aqu viene Dirion. Djame que te cambie la venda
del brazo. Qu has estado haciendo en el ro? Est demasiado sucia para una cena con
Elleroth.
Era agradable tener tanta luz en el cuarto, pens Kelderek, mirando al criado de
Elleroth, que renovaba las lmparas y barra el piso de la chimenea. Desde los das de Bekla
no haba visto un cuarto tan bien iluminado de noche. Verdad es que la luz no dejaba ver ni
lujo ni ostentacin nada ms que la pobreza del lugar, en verdad, pues las habitaciones de
Elleroth eran muy parecidas a las suyas propias una casa de madera, como un cobertizo,
cerca de la orilla, con dos cuartos desnudos en cada piso; pero tambin mostraba que
Elleroth como poda esperarse, se complaca en mostrarse generoso, incluso esplndido,
con sus invitados; y sin idea de retribucin, ya que como lo haba prometido, nadie estaba
all, fuera de l, Melathys, Tan-Rion, otro oficial y Radu. El muchacho, aunque todava
plido y demacrado, haba cambiado como cambia un msico cuando pone la mano sobre
un instrumento. Como un cuento antiguo, el desdichado nio esclavo se haba convertido
en el heredero de Sarkid: un caballerito joven, a quien se le haba enseado a ser deferente
con su padre, amable con los oficiales, silenciosamente atento a la conversacin de sus
mayores y, en toda situacin, a comportarse de acuerdo a su rango. Pero no todo fue
cortesana, ya que habl seriamente a Kelderek de los nios esclavos y de la ceremonia en
la orilla; y cuando el sirviente de Elleroth, despus de haber cortado la carne de su amo
manco, iba a hacer lo mismo para Kelderek, Radu se le adelant, y rechaz la protesta de
Kelderek diciendo que esto era menos que lo que Kelderek haba hecho por l.
La cena era tan buena como la pueden preparar servidores militares competentes
cuando estn en servicio activo: pescado (l, por su parte, hubiera conseguido algo mejor),
pato, cerdo correoso con berros, fruta caliente con queso de cabra y un syllabub de huevo
con nueces y miel. El vino, sin embargo, provena de yeldashay: un vino meridional, suave
y con cuerpo, y Kelderek sonri interiormente al pensar que Elleroth, que haba estado con
una prisa tremenda por iniciar su marcha desde Kabin al enterarse que su hijo estaba vivo,
haba hallado tiempo para encargar una buena provisin. Elleroth, pese a su displicencia

aristocrtica, tena un corazn magnnimo y sincero que haba sido probado ampliamente
y la misma vida de Kelderek era una prueba de ello y l no era tan envidioso o tan
mezquino como para suponer que la riqueza o el estilo denotaban necesariamente
indiferencia por los senti-mientos de los hombres ms pobres. Si Elleroth era un aristcrata,
tambin senta las obligaciones de los aris-tcratas, y con mucha ms cordialidad que TaKominion o Gued-la-Dan. Sus soldados lo hubieran seguido hasta los Estreles de Urtah. Y
sin embargo Kelderek, pese a te autntica gratitud que senta por este hombre que haba
dejado de lado su antigua enemistad y lo trataba como amigo e invitado, segua sintindose
en desacuerdo con el suave autodominio de Elleroth, con el tono parejo y controlado de su
voz, con su capacidad de convertir el estilo ms bien anecdtico de conversacin de
Kelderek en su propio estilo: impersonal y desprendido. Se haba mostrado sumamente
corts y considerado, pero para Kelderek su conversacin y su manera encerraban una
sugerencia del embajador que recibe a extranjeros a medias civilizados porque as tiene que
hacerlo. Habra tal vez algn propsito no revelado detrs de su invitacin? Pero qu
propsito poda haber, ya que todo estaba resuelto y arreglado? Radu estaba vivo y Shardik
muerto; Ikat y Bekla estaban en paz y Melathys y l estaban en libertad de irse cuando
quisieran. En la misma situacin estaban Shuter y los nios esclavos libres como moscas,
libres como las hojas del otoo o las cenizas que arrastra el viento. No; ya no haba ms
nudos que desatar.
Elleroth estaba hablando del equilibrio de poder entre Ikat y Bekla, de las
perspectivas de paz y de la necesidad de sobreponerse a todos los residuos de enemistad
que an quedaban entre los dos pueblos. La prosperidad, deca, era un blsamo para los
corazones y los hogares, y a Kelderek le pareci que no haba peligro en aprobar esta
evidente verdad. Luego, despus de una pausa Elleroth mir hacia abajo, como si estuviera
reflexionando, hizo girar los restos de vino en su copa pero apart a un soldado atento que,
no entendiendo el gesto, se haba acercado a llenarla; y unos instantes despus le dio
permiso para irse. Cuando el hombre se retir, Elleroth levant la mirada, sonriendo, y dijo:
Bueno, Crendrik, o Kelderek Zenzuata, como dice Melathys que debo llamarte,
me has dado mucho que pensar: o, en todo caso, yo he estado pensando y t tienes mucho
que ver en la cosa.
Kelderek, un poco confundido a pesar de sentirse fortalecido por el vino de Ikat, no
contest. Pero pudo por lo menos devolver la mirada de su anfitrin con una expresin de
espera corts y cierto dominio de s mismo.
Uno de nuestros problemas y no es el menor habr de ser en primer trmino
establecer un dominio apropiado de Zeray, y luego desarrollar a esta provincia de modo
total. Si en algo has tenido razn, Kelderek, es cuando hablaste de la necesidad del
comercio para la prosperidad de la gente comn. Zeray habr de convertirse en una
importante ruta comercial, tanto para Bekla como para Ikat. No podramos monopolizarla
aunque lo quisiramos, pues el comercio tendr que llegar a travs de Kabin, tambin, y la
gente de Kabin no quiere ser independiente de Bekla. De tal modo que vamos a necesitar a
alguien que se ocupe de Zeray, preferentemente alguien que no sea extranjero del todo,
alguien que no favorezca ni a Bekla ni a Ikat, alguien que se interese en el comercio y

comprenda su gran importancia.


Me doy cuenta dijo Kelderek cortsmente.
Adems, por supuesto, necesitamos alguien que tenga experiencia personal del
Telthearna sigui diciendo Elleroth; puede ser que no te des cuenta de esto, Kelderek,
ya que ests tan familiarizado con la cosa, pero no todo el mundo sabe dedicar la justa
atencin y el respeto que requieren las costumbres de un gran ro, sus sequas, sus
inundaciones, sus nieblas, sus corrientes, y sus remansos un ro que va a ser atravesado
por una balsa en un punto peligroso. Esto requiere experiencia y conocimientos que se
hayan convertido ya en segunda naturaleza.
Kelderek apur su vino. La copa era de madera, de artesana campesina, hecha casi
seguramente pens aqu mismo, en Tissarn. En el recipiente alguien se haba dado
mucho trabajo por lograr una imagen bastante pasable de un Kynat en vuelo.
Adems, sera muy deseable que este gobernador tuviera alguna experiencia
previa de gobierno y de ejercicio de la autoridad sigui diciendo Elleroth; incluso con
ayuda militar, Zeray va a ser un asunto difcil durante cierto tiempo, considerando su actual
situacin y la de toda la provincia. Y creo que el nombramiento tiene que caer sobre alguien
que sepa reconocer a la gente revoltosa desde el primer momento, alguien que est
aguerrido, se podra decir, y sepa poner las cosas en su lugar. Dudo que podamos encontrar
algn aristcrata terrateniente ni siquiera un oficial de profesin que est dispuesto a
aceptar el cargo. Casi todos ellos desprecian el comercio y, de todos modos, quin va a
estar dispuesto a abandonar tierra y propiedades para irse a Zeray? Y, cul de los
gobernadores de provincia aceptar el traslado? La cosa es difcil, Tan-Rion, no es as?
Lo es, seor dijo Tan-Rion; muy difcil.
El lugar tambin necesita ser colonizado dijo Elleroth: manos de buena
voluntad: eso va a hacer mucha falta. Supongo que tendremos que buscar gente joven que
no tenga mucho que perder gente a quien le hace falta que se le d una oportunidad y que
no anda con remilgos. Sin embargo, de nada servira enterrarla en Zeray: encontrara
demasiadas cosas y eso slo servira para aumentar la criminalidad. Va a hacer falta el ojo
vigilante de algn gobernador bondadoso que sea comprensivo y sepa sacar algo de la gente
de quien nadie sabe sacar nada. Supongo que nos hace falta un hombre que haya sufrido un
poco Dios mo! Es un problema. Lo cierto es que no puedo imaginar de dnde vamos
a desenterrar una persona que pueda llenar todos estos requisitos. Melathys, querida ma,
tienes alguna idea?
Es extrao contest Melathys, a quien los ojos le brillaban a la luz de la
lmpara creo que la tengo. Debe ser clarividencia o tal vez este excelente vino.
Le escribir a Santil-ke-Erketlis desde Zeray dijo Elleroth pero estoy seguro
que aceptar mi recomendacin. Radu, querido hijo mo, ya es tiempo de que te metas en la
cama. Y Kelderek, tambin, si no me equivoco. Vosotros dos habis estado enfermos y

parecis exhaustos. Y nosotros tenemos que ponernos en marcha maana, varias horas antes
del medioda, si es posible.

58
Siristru

ya que este es el comienzo del tercer da en que viajamos hacia el Oeste desde la
frontera occidental del reino de Su Majestad, a travs de algunas de las comarcas ms
inhospitalarias que nunca he visto. Al principio mientras nos mantuvimos cerca de la orilla
del ro Varin, (al que nuestro gua llama, en su lengua, Tiltharna) haba selva y maleza
salpicada de rocas, a continuacin, a decir verdad, de la zona que se extiende por la frontera
occidental de Su Majestad, pero ms salvaje y, por lo que hemos visto, deshabitada. No hay,
por supuesto, caminos y, por nuestra parte, no hemos encontrado ni un solo sendero. Por un
tiempo bastante largo tuvimos que desmontar y llevar a pie los caballos con las mulas de
carga: hasta tal punto es pedregoso y traicionero el suelo. Tampoco vimos embarcaciones
en el ro, pero esto no nos sorprendi, porque, como sabe Su Majestad, nadie ha llegado a
Zakaln, por la parte de arriba. El gua nos dice que ms abajo de esta regin hay un
despeadero, (que l llama Berel), lleno de cascadas y rocas semisumergidas, de modo que
no es posible ir desde all hasta nuestras regiones por el ro. Que este hombre y sus
seguidores se hayan visto forzados a hacer este viaje a pie y que su nacin sea totalmente
ignorante del uso de los caballos demuestra en parte, creo, que este pas desconocido, al que
nos dirigimos, genera una humanidad recia y resuelta y tambin que sus habitantes o
algunos de ellos deben tener mucho inters en desarrollar vnculos de comercio con
nosotros.
Vadeamos dos afluentes del Varin, tanto el uno como el otro ya que nos
encontramos con ellos cerca de la confluencia con ciertas dificultades. Lo cierto es que,
en el segundo cruce perdimos una mua y una de nuestras carpas. Esto ocurri anteayer, y
poco despus abandonamos la selva y entramos en el desierto que ahora estamos
atravesando. Esta regin tiene plantas pinchudas, una arena fina, que el viento levanta (lo
cual es malo tanto para los caballos como para las muas) y rocas negras que tienen un
aspecto siniestro.
Nuestro gua dice que esta regin forma la extremidad meridional de un pas
llamado Deelguy; dentro de lo que puedo entender, un reino semibrbaro de bandidos
belicosos y ladrones de ganado, que viven entre bosques y laderas de montaa. Los
deelguy, sin embargo, habitan a unos veinticinco kilmetros hacia el Norte. La verdad
parece ser que a este desierto, una tierra que nadie quiere, se le permite seguir siendo en
parte territorio del rey de Deelguy, un reino cuyas fronteras (y autoridad) son en todo caso
bastante vagas.
Su Majestad recordar que cuando el hombre Tan-Rion, ahora nuestro gua, logr
comunicar en una audiencia que l provena de un pas que estaba ms all del Varin,
dotado de recursos comerciales, a los consejeros de Su Majestad (incluyndome, lo
reconozco) les result difcil creer que semejante pas pudiera existir sin nuestro

conocimiento previo. Sin embargo, la dificultad de este viaje, junto con la circunstancia de
que los habitantes slo han logrado en el ao pasado establecer un cruce seguro del Varin
en un punto que est al alcance de Zakaln, vuelve esto ms creble para m; y en una
palabra, estoy convencido ahora que, como Su misma Majestad ha dicho, sta puede ser
una tierra con recursos que merezcan nuestra atencin. Tan-Rion describi (si lo entend
bien) unas minas de hierro y de varias clases de piedras preciosas; tambin se refiri a
maderas y piedras trabajadas aunque no s de qu modo. Tambin habl de trigo, vino y
ganado. Buen parte del comercio posible, creo, tendr que esperar la construccin de un
camino o, por lo menos, el establecimiento de una ruta fluvial. (No me ha pasado
inadvertido que tal vez sea posible ms adelante llevar mercaderas a travs del Vardin y
embarcarlas de nuevo en algn punto apropiado de la costa, ms abajo de los rpidos). En
lo que a trueque se refiere, slo tengo que recordar a Su Majestad que aparentemente la
totalidad del pas ignora todo lo que se refiere a caballos y que ninguno de estos hombres
ha visto nunca el mar.
En cuanto al idioma, tengo el placer de declarar que, al parecer, hago algunos
progresos. Lo cierto es que, uno tiene la impresin de que hay dos idiomas de uso general
ms all del Varin; el primero, llamado beklano, est ms difundido en la zona del Norte,
mientras que el segundo, el yeldashay, se habla por lo general en el Sur. Tienen semejanzas,
pero yo me estoy especializando en el beklano, con el que puedo ms o menos
arreglrmelas de cierto modo. Usan muy poco la escritura, que parece fascinar a mi
instructor soldado cuando yo escribo el sonido de lo que l me dice. Segn l, han pasado
tres aos desde el fin de la guerra civil algo que tuvo que ver con la invasin de Bekla
por una tribu extranjera que aparentemente traficaba esclavos confieso que no me pude
dar cuenta clara de lo que era la cosa. Pero ahora estn en paz y, desde que las relaciones
entre el Norte y el Sur han mejorado, las perspectivas de nuestra embajada parecen bastante
buenas.
Hoy cruzamos si no me han engaado el Varin hasta una ciudad desde la cual
podremos viajar tierra adentro hasta Bekla. Naturalmente mantendr informada a Su
Majestad de.
Siristru, hijo de Balko, hijo de Mereth de los Dos Lagos, alto consejero de Su
Majestad Ascendiente, el rey Lun de Zakaln, ech una mirada a la carta inconclusa, se la
entreg a su servidor para que la guardara con el resto del equipaje y se dirigi a la tienda
en donde esperaban los caballos entre la brea. Slo Dios saba cmo y cundo se podra
entregar aquella carta. De todos modos, iba a producir buena impresin el mantener una
informacin bastante continuada, demostrando que el rey y los intereses del rey estaban
presentes todo el tiempo en su mente. Se haba permitido hacer una mencin de la
execrable agua de beber, aunque no haba dicho nada de su estmago trastornado y de la
diarrea que, diariamente, tema que se transformara en disentera. Una sugerencia discreta
de ciertas dificultades poda ser ms elocuente que muchos detalles. Tampoco haba,
mencionado sus ampollas: y mucho menos la ansiedad nerviosa que se apoderaba de l a
medida que avanzaba desde Zakaln por la regin desconocida del otro lado del ro. Como
conoca las esperanzas del rey, se haba tomado el trabajo de manifestar confianza en las
perspectivas comerciales. Lo cierto es que stas parecan razonables y, aun en el caso de

que no lo fueran, no haba nada malo en dejar ver una esperanza inicial de tiempos mejores.
En su corazn, sin embargo, hubiera querido que el rey no lo hubiera elegido para esta
expedicin. l no era un hombre de accin. Le haba sorprendido el nombramiento y,
disimulando su inquietud bajo una capa de modestia, haba preguntado la razn de l.
Oh, necesitamos un hombre prudente y ecunime, Siristru!, haba dicho el rey
ponindole una mano en el hombro y caminando con l a lo largo de la galera que daba
sobre la Terraza de las Abejas. Yo no quiero de ningn modo enviar algn soldado
pendenciero o un aventurero joven y vido por medrar, que no harn nada ms que
alborotar a esta gente, tratando de echar mano a todo lo que puedan. Eso equivaldra a
empezar con el pie izquierdo. Yo quiero enviar a un hombre de experiencia, sin apetitos
personales, alguien que sea capaz de hacerse una composicin de lugar y que pueda volver
con la verdad. Haz eso y te aseguro que conmigo quedars cumplido. Esta gente, sea la que
fuere, tiene que ser tratada de modo que pueda tener confianza en nosotros y respetarnos.
Por el Ciato!, ya la cosa ha ido demasiado lejos! Yo no quiero que esta gente sea
explotada sin ms.
Y as fue, oyendo el murmullo de las abejas, que revoloteaban en torno a la varita de
oro, Siristru haba aceptado el nombramiento.
Bueno, despus de todo, era bastante justo y, si de hacerle justicia se trataba, Lun
era un hombre de juicio ponderado y ecunime Si se quiere, un buen rey. El
inconveniente consista, como siempre, en llevar a la prctica sus excelentes ideas. Cuando
se llegaba a este punto, los soldados pendencieros y los aventureros jvenes y vidos
resultaban ms capaces de atravesar desiertos y selvas y tenan menos miedo que un
consejero prudente y ponderado de cuarenta y ocho aos, un hombre de letras con aficin a
la metafsica y al estudio de la tica. Muy poco iba a haber de esto en el lugar adonde iba.
Las maneras y las costumbres de los pueblos semi-civilizados tienen cierto inters, por
supuesto, pero este era un terreno de investigacin en el que haba trabajado
suficientemente en su juventud. En la actualidad, Siristru era bsicamente un maestro, un
estudioso de los escritos de los sabios, un hombre que tal vez se preparaba a ser l mismo
un sabio, si sobreviva.
No me importa tanto que los brbaros me descuarticen dijo en voz alta, dando
un latigazo a unas ortigas pero s me importa que me aburran (latigazo), me fastidien
(latigazo), me condenen al tedio (latigazo)
Seor? pregunt su criado, saliendo de las filas. Me llamaste?
No, no dijo Siristru apresuradamente, sintindose turbado, como siempre que lo
sorprendan hablando solo. No, no. Vena a ver si ya estabas listo, Thyval. Se supone que
llegaremos hoy al cruce, como creo que te dije. No conozco la distancia justa, pero
preferira llegar al otro lado con luz del da, de modo que podamos hacernos una idea del
lugar antes de que se ponga oscuro.
S, seor, me parece una buena idea. Los muchachos estn preparando ahora sus

cosas. Qu hago con la yegua, seor? La pongo junto con las muas?
Tendrs que hacerlo, si sigue cojeando contest Siristru. Ven a avisarme en
cuanto estis listos.
Llegaron a la ribera oriental un poco antes de medioda, despus de slo cinco horas
de marcha.
En estas regiones la primavera todava no se haba convertido en verano, pero de
todos modos el da se calentaba pronto y el viento se mova lo bastante para levantar arena
de manera molesta. Siristru, que marchaba pesadamente detrs de su yegua coja, iba
cabizbajo, con los ojos entornados y, cuando la arena se le meta entre los dientes, trataba
de pensar en sus alumnos de metafsica en Zakaln. Hay que contar con las cosas buenas
que uno tiene: por lo menos no faltaba el agua tibia para quitarse la arena. Tan-Rion estaba
de excelente humor ante la perspectiva de la vuelta y conduca a sus hombres hacindoles
cantar canciones de Yeldashay. Las canciones eran ruidosas, simpticas, pero no la clase de
msica que a Siristru le gustaba.
De repente se volvi consciente y se sinti halagado de ser el primero en notarlo,
pues sus ojos ya no eran los que haban sido de unas figuras distantes sobre la arena. Se
detuvo y trat de ver a la distancia. La regin, aunque desierta como siempre, ya no era
chata. Haba lomas y dunas largas y abruptas, salpicadas por las sombras de piedras blancas
encima, enormes y eternas bajo el sol, como slo se pueden ver en las colinas del desierto.
En un punto sobre la izquierda haba un montn de casuchas, una especie de toldero,
primario y nuevo a la vez: era aqu que se vean las figuras en movimiento. Ms all el
terreno descenda de manera invisible y pareca haber una especie de fulgor reflejado en el
aire. Sobre la bruma ms distante aun sobre el horizonte y, aunque se restreg los ojos,
no logr ver mejor se cerna un verdor que poda ser la selva.
Una hora despus se detuvieron en la orilla izquierda del ro y contemplaron la
ciudad, que estaba sobre la margen Oeste y que Tan-Rion llamaba Zeray. Alrededor de ellos
se junt una multitud de soldados asombrados y de campesinos de Deelguy habitantes del
casero y trabajadores de la balsa. Todos comprendieron, evidentemente, que estos
extranjeros llegaban de un pas distante y desconocido, trados por Tan-Rion, a quien
haban visto partir tres meses antes. La algaraba se intensific as como los apretujones, las
indicaciones con las manos y las exclamaciones cuando se dieron cuenta que estos animales
de nariz larga usaban atavos hechos por el hombre y obedecan al hombre como bueyes.
Siristru, decidido a no mostrar nerviosidad en medio de los apretujones y la
algaraba, de la cual no poda entender ni una palabra, se mantuvo silencioso junto a la
cabeza de su caballo, apartado, hasta que Tan-Rion, acercndose, le pidi que lo siguiera y
empez a abrirse paso entre la multitud con el lomo de su vaina. La gente se apartaba
riendo y chacoteando como nios, con un miedo que era a medias imitado y a medias real;
despus volvan a cerrar filas detrs de los recin llegados bailando y cantando, cuando
Tan-Rion avanz hasta una cabaa ms grande que serva de cuartel general a los oficiales
de Deelguy. Tan-Rion dio un solo golpe en la puerta y entr. Siristru le oy gritar un

nombre y luego, queriendo mostrar serenidad a medida que la multitud se apretujaba en


torno a l, se volvi para contemplar la ciudad que estaba del otro lado del ro.
La ciudad se levantaba detrs de un estrecho de aguas turbias y amarillentas; las
aguas por lo que pudo juzgar, eran demasiado veloces en el centro para cualquier
embarcacin. Pudo notar que una rama grande, cubierta de hojas, se hundi en la mitad de
la corriente tan rpidamente como si hubiera cado por el aire. No pudo ver el extremo bajo
del estrecho, pero corriente arriba, en la otra margen, el ro doblaba hacia una baha en
donde l pens que poda descubrir lo que pareca ser un cementerio entre rboles. La
ciudad misma estaba ms cerca, directamente en frente de l, llenaba un promontorio
informe sobre la baha. Nunca en su vida haba visto Siristru una ciudad con un aspecto tan
dejado de la mano de Dios. Evidentemente, no era grande. Haba varias casas viejas, tanto
de piedra como de madera, pero ms bien chicas y con proporciones que no eran ni
agraciadas ni agradables. Las nuevas casas, al parecer ms numerosas que las viejas,
estaban terminadas o no y tenan un aspecto utilitario y apresurado, como si no hubieran
sido puestas en su lugar o proyectadas de acuerdo a un plan. Haba unos cuantos rboles,
algunos sanos y otros no, pero era claro que no haba un parque en ningn lado. Cerca del
ro la gente y aun a esta distancia parecan ms bien chicuelos estaba trabajando en dos
construcciones casi terminadas, que parecan barracas. Frente a stas haba un
desembarcadero y tambin, dentro del agua y tambin al lado, una serie dentro de lo que l
poda calcular. Era de este cable que iban a depender sus vidas. La balsa iba a ser tirada
desde aqu, y tendra la fuerza de la corriente empujando en un ngulo muy agudo por
detrs.
Thyval le tiro de la manga.
Disculpa, seor, crees que tienen intenciones de llevarnos en eso?
Siristru lo mir a los ojos y asinti lenta y ttricamente dos o tres veces.
Bueno los caballos no van a aguantar, seor, y de todos modos no hay lugar
para ellos.
Ni siquiera para un solo caballo, crees, Thyval? Esta gente no sabe nada de
caballos, y a m me gustara llegar con uno, por lo menos.
Bueno, seor, yo correra el riesgo, pero lo malo es que el agua est agitada Me
parece que la cosa se pone bastante fea Estamos todos amontonados y no hay baranda ni
nada
S, s, naturalmente dijo Siristru apuradamente, pues el cuadro que se le
describa era demasiado para su estmago ya convulsionado. Lo mejor ser que t
vengas conmigo, Thyval, y tambin Baraglat no tienes miedo, verdad, Baraglat? No,
claro qu no, bravo muchacho que eres El resto tendr que quedarse aqu con los caballos
hasta maana. Yo volver Dios sabe cundo con esta corriente, pero volver y me
ocupar de todo. Ahora, en lo que se refiere al equipaje Cul es la mejor forma de

distribuirlo? Y hay que decir a algunos de los hombres de Tan-Rion que se queden con los
nuestros. No podemos dejar a nuestra gente aqu sola con estos bandoleros Y habr que
buscar un establo para los animales No voy a tolerar majaderas. Tan-Rion, un momento,
por favor
Metafsico o no, Siristru no careca de decisin y capacidad prctica y sus hombres
confiaban en l. Hay mucha diferencia entre ser incapaz de hacer algo y sentir desagrado en
hacerlo. El rey Lun siempre haba sido un buen conocedor de los hombres, aunque los
eligiera de manera poco ortodoxa. En media hora el equipaje estaba distribuido, Tan-Rion
haba accedido a solicitar tres yeldashay de confianza uno de los cuales hablaba el
idioma deelguy para que permanecieran con los hombres y los caballos de Siristru; a los
oficiales de Deelguy se les dijo que deban ofrecer en lo que a alojamiento se refiere, y los
que tenan que hacer la travesa ya estaban embarcados.
Adems de los viajeros haba un grupo de seis labradores de Deelguy, cuya tarea
consista en mantenerse hombro a hombro y tirar de la soga. Se pusieron a esta tarea,
cantando rtmicamente detrs de su jefe, y la balsa, ladendose casi directamente corriente
abajo, se fue colocando poco a poco en la corriente central.
El cruce fue para Siristru una experiencia agotadora. Aparte de la soga y los postes
de las argollas, junto a los cuales no haba lugar nada ms que para la tripulacin, no haba
de dnde agarrarse y la pesada balsa, con la corriente casi totalmente de frente, bailaba
como la tapa de una caldera con agua hirviente. Se puso en cuclillas sobre el equipaje,
apretando las rodillas y tratando de dar un ejemplo de serenidad a sus hombres, que estaban
sin duda aterrados. Tan-Rion estaba de pie a su lado, con las piernas abiertas; buscando el
equilibrio, cuando la balsa se ladeaba y giraba. El agua corra sobre la entabladura, como si
estuvieran baldeando. Junto con las canciones, que proseguan sin descanso, y el continuo
chapaleo del ro bajo los maderos, slo se poda hablar intermitentemente y a gritos.
Cuando se internaron un poco, un viento fro empez a echarles espuma encima.
Qu estn cantando? grit Siristru a Tan-Rion.
Oh, el capataz lo inventa en el momento cualquier cosa para mantenerlos
animados. Creo que he odo antes esta cancin.
Shardik a moldra konvay gau canturreaba el jefe cuando la tripulacin se
inclinaba hacia adelante y se dispona a dar un tirn.
Shardik! Shardik! responda la tripulacin, entre dos respiros.
Shardik a lomda, Shardik a pronta!
Shardik! Shardik!
Qu quiere decir eso? pregunt Siristru, escuchando atentamente las slabas
reiteradas.

Bueno Veamos Quiere decir: Shardik dio su vida por los nios, Shardik los
encontr, Shardik los salv Ya te das cuenta, seor Cualquier cosa que siga el ritmo.
Shardik? Quin es?
Hubo un tremendo tumbo. Tan-Rion ri, levantando las dos manos en un gesto de
impotencia, encogindose de hombros. Unos instantes despus grit:
Casi, casi!
Poco a poco llegaron a aguas ms tranquilas. En los cien ltimos metros los hombres
dejaron de cantar y tiraron de la soga con cierta facilidad. Les arrojaron un cable enroscado
desde el embarcadero y unos minutos despus llegaban. Siristru se aferr a una mano que
se ofreca y, por primera vez en su vida, pis la margen derecha del Varin.
La balsa fue llevada a una especie de muelle levantado sobre unas robustas estacas
metidas en las aguas playas. Era la vista de estos desde la orilla opuesta lo que lo haba
dejado perplejo aquella maana temprano. Cuando los labradores de Deelguy bajaron a
tierra, seis o siete nios, el mayor de los cuales no tendra trece aos, subieron a la balsa,
cargaron el equipaje y luego, despus de abrir las argollas, retiraron la soga y arrastraron la
balsa por el muelle hasta otra soga similar que estaba en un extremo. Siristru, dndose,
vuelta, vio a Tan-Rion que lo estaba sealando a l y a su grupo. Tan-Rion estaba de pie, un
poco alejado, hablando con un joven de pelo negro que pareca tener cierta autoridad en el
muelle de desembarco, pues de repente interrumpi a Tan-Rion y grit una orden a los
nios que estaban en la balsa. Se empez a formar un coro. Los que trabajaban en las
construcciones cercanas, con aspecto de depsitos, haban dejado al parecer sus
herramientas y se acercaban a mirar. Siristru devolva las miradas con cierta perplejidad,
pues la mayora de ellos eran nios. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo de cavilar, ya que
Tan-Rion se acerc a l acompaado del joven de pelo negro que le hizo una inclinacin
ms bien formal y le tendi la mano. Era feo, incluso repelente, con un ojo desviado y una
marca en la cara, pero su manera, despus de decir unas palabras de bienvenida, era corts
y bastante benevolente. Llevaba una especie de insignia o emblema: una cabeza de oso
entre dos espigas de trigo y Siristru, que no poda entender el beklano que hablaba (y que
no pareca de nativo), sonrea, asenta con la cabeza y toc el emblema con un dedo, a guisa
de gesto amistoso.
Este joven tiene a su cargo los nios del puerto dijo Tan-Rion.
Su nombre es Kominion, pero la mayor parte de nosotros le llamamos
simplemente Shuter. He enviado un hombre a que informe al gobernador de tu llegada y
pida una casa que habr de ponerse a tu disposicin. En cuanto sepamos en dnde es,
Shuter recoger tu equipaje. Puedes entregrselo con toda confianza. Esto llevar un poco
de tiempo, por supuesto, y temo que nuestras instalaciones te parezcan un poco primitivas:
lo cierto es que esta es una ciudad de frontera. Pero por lo menos puedo asegurarte que
tendrs comida y un fuego mientras tengas que esperar. Tambin hay una taberna bastante
decente aqu, donde podrs estar cmodo y aislarte; un lugar que se llama El soto verde.

Vamos, apartaos, muchachos! grit. Dejad tranquilos a los forasteros y


volved al trabajo!
Contento finalmente de pisar suelo firme despus de la carrera por el ro, Siristru,
caminando junto a su gua, llev a sus hombres por la zona portuaria hasta la ciudad, que
pareca tan movida y ajetreada como una cueva de ladrones.
obligado a dejar los caballos en la margen oriental y disponindome de vuelta a
enviar esta carta con dos o tres jinetes, aunque los voy a echar de menos, porque todos se
han portado muy bien en momentos difciles y los recomiendo al favor de Su Majestad.
En cuanto a la travesa por balsa del Varin, hecha por esta gente, revela bastante
ingenio y me inspira esperanzas de que podamos beneficiarnos al entablar relaciones
comerciales con un pueblo de tantos recursos. El Varin es aqu relativamente angosto: el
estrecho tiene tal vez unos cuatrocientos cincuenta metros hasta la ciudad de Zeray en la
orilla opuesta. La corriente, en consecuencia, es muy rpida, demasiado rpida para la
navegacin, y ms abajo hay una cada peligrosa, conocida como el Berel, de la cual ya he
escrito y a la que ellos mucho temen. Sin embargo, han aprovechado esta corriente, porque
desde Zeray se las han arreglado para tender dos sogas a travs del ro, una hasta un punto
de la otra orilla a unos mil metros corriente arriba, y otra asegurada a una distancia similar
corriente abajo. Esto, me dicen, fue realizado con muchas dificultades, en primer lugar por
haber tenido que llevar un extremo de cada soga a travs del ro varias millas corriente
abajo, poco a poco, hasta sus actuales puntos de anclaje. Cada soga tiene una longitud de
unos mil doscientos metros y su fabricacin lleva varios meses.
Ahora estamos instalados en una casa aqu: bastante pobre, pues el nivel general es
bajo, pero sana y limpia. Ms entrada la tarde me ver con el gobernador y, naturalmente, le
transmitir el mensaje de buena voluntad de Su Majestad. Poco despus creo, vamos a
hacer una excursin al Oeste, de unos cincuenta kilmetros, hasta una ciudad llamada
Kabin donde, si he entendido bien, hay un depsito de aguas que abastece a la ciudad de
Bekla. Es aqu y en otra ciudad que ellos llaman Igat o Ikat que esperamos hablar con los
gobernantes del comercio con Zakaln.
Hay una caracterstica de esta ciudad que Su Majestad, estoy seguro, encontrara
tan sorprendente como yo, y es el gran nmero de nios que trabajan, a veces sin ningn
adulto a cargo de ellos, y que realizan buena parte de la actividad del lugar. Cuando una
tarea requiere una direccin especializada, por ejemplo la construccin de nuevos
almacenes en la zona del puerto, trabajan bajo las instrucciones de los maestros, pero en
otros casos, cuando se trata de tareas sencillas, tienen sus propios capataces, nios mayores
que los dirigen sin ninguna supervisin. Lo que hacen, aunque til, es por lo que he visto
bastante primitivo, pero es apropiado para el lugar, y los nios, en su mayora, parecen estar
contentos. En esta casa nos atienden tres doncellas muy graves que no tienen ms de once o
doce aos de edad; toman sus obligaciones muy seriamente y consideran un honor el haber
sido elegidas para atender huspedes extranjeros.
Se oy un ligero golpe en la puerta. Siristru levant la mirada y, no recordando la

palabra beklana para decir adelante, produjo un sonido que esper trasuntaba un
consentimiento amable. Una de las nias de servicio abri la puerta, se llev la palma de la
mano a la frente y se puso a un lado para dar paso a un hombre grande que Siristru nunca
haba visto. Su blusa de cuero, que llevaba el emblema del oso y las espigas, pareca
cruzarle todo el ancho del pecho, y los pantalones de cuero al parecer hechos para un
hombre de tamao normal le llegaban hasta la mitad de la pantorrilla. Sobre el hombro
llevaba con soltura una gran bolsa, que pareca muy llena. El hombre sonri cordialmente a
Siristru, se llev la palma de la mano a la frente y dijo:
Crendro.
Esta palabra no era conocida por Siristru, pero como evidentemente era un saludo,
contest Crendro y esper. La siguiente frase de su visita, sin embargo, lo confundi del
todo, y debi llegar a la conclusin de que el hombre estaba hablando en alguna lengua o
dialecto extraos.
Sabes hablar en beklano? pregunt tartamudeando. Yo entiendo el beklano
un poco.
Yo tambin, seor contest el gigante en un beklano chueco pero comprensible
y acompaado de una sonrisa amable.
As que t eres un prncipe extranjero, eh? Y has llegado en la balsa? Vas a
hacer la fortuna de todos nosotros, supongo o eso es lo que me dicen. Todos mis respetos,
seor.
Al llegar aqu Siristru ya se haba dado cuenta que su visitante era, evidentemente,
algn criado y, por su estilo, un criado privilegiado; pero tambin era alguien a quien haba
que mantener a distancia para que no se propasara y charlara ms de la cuenta. Por lo tanto,
sin sonrer y secamente dijo:
Tienes un mensaje para m?
As es, seor, as es contest el hombre. Mi nombre es Ankray. Yo atiendo al
gobernador y su seora. El gobernador volvi de Lak una o dos horas despus de medioda
y supo que t habas llegado; as que me dijo, Ankray, si vas a la zona del puerto no
olvides de traerme de vuelta una de esas bolsas con tocos gordos que usan all, esos que
llegaron de Tonilda el otro da, y de vuelta a tu casa puedes pasar a ver a ese prncipe
extranjero, ese caballero, y decirle que tendr mucho gusto en verlo cuando quiera venir.
De modo que si te parece conveniente, seor, puedes venir conmigo ahora, ya que no
conoces la direccin: yo te puedo llevar all.
Esprame e ir contigo directamente.
No era la clase de invitacin a la casa del gobernador que l haba esperado, pero no
tena importancia: era una pequea ciudad, no haba nada que or o hacer aqu, la verdadera

diplomacia se presentara despus, en las ciudades que estaban al Oeste. Sin embargo, haba
que ser corts con este gobernador, que por otra parte tal vez fuera el hombre responsable
de haber proyectado y construido la balsa.
Suspir, dobl y guard en el bolsillo su carta inconclusa al rey y llam a Thyval
para pedirle su mejor capa y decirle que lo esperara en la casa del gobernador.
El gigante iba adelante mostrando el camino y conversando cmodamente en su
atroz beklano, sin preocuparse lo ms mnimo al parecer de que Siristru lo entendiera o no,
con su bolsa repleta que bamboleaba como si fuera una liviana red de pescador.
En este momento notaron a una banda de ocho o nueve nios que corra detrs de
ellos y les gritaba para llamarles la atencin. Dos llevaban unas espesas coronas de flores.
Siristru se detuvo, asombrado, y los nios lo alcanzaron, jadeantes.
U-Ankray dijo una nia de pelo oscuro, de unos doce aos, poniendo la mano
en la del gigante es ste el husped extranjero, el prncipe que iba a llegar por el ro?
Bueno, s, es l contest Ankray y qu hay con esto? Ahora va a ver al
gobernador, as que t no debes molestarlo ahora, querida.
La nia se volvi hacia Siristru, levant la palma de la mano hasta la frente y le
habl en beklano, con una especie de alegra confiada que lo dej estupefacto y lo inquiet.
Seor dijo cuando omos que estabas aqu, tejimos unas coronas para darte la
bienvenida a ti y a tus sirvientes. Las llevamos a tu casa, pero Lirrit nos dijo que habas
salido para ver al gobernador. Corred, nos dijo, y lo alcanzaris. As que hemos venido
corriendo para darte las guirnaldas y decirte: Bienvenido, seor, a Zeray.
Qu dicen, seor? pregunt Thyval, que haba estado contemplando los nios
con cierto asombro. Estn tratando de vendernos las flores?
No: es un regalo, o as me parece contest Siristru. Aunque los nios le
gustaban, la situacin estaba fuera de su experiencia y no saba qu decir. Se volvi hacia la
nia de pelo oscuro.
Gracias dijo. Eres muy amable.
Se le ocurri que hubiera sido mejor tratar de averiguar algo ms. Tal vez un mayor
reconocimiento de esta encantadora cortesa sera del agrado de quien estaba detrs de ella.
Dime, quin te dijo que trajeras las guirnaldas? Fue el gobernador?
Oh, no, seor! Nosotros recogimos las flores: nadie nos ha mandado.
Y sigui dando una explicacin liviana y feliz que l no pudo seguir, mientras dos de

sus compaeros se ponan en puntas de pie para colgar las guirnaldas en los pescuezos de l
y de Thyval. La mayor parte de las flores eran de la misma clase, pequeas, de color lila,
con un perfume suave pero penetrante.
Cmo les llaman a estas flores? pregunt, sonriendo y tocndolas.
Planella contest ella, y le bes la mano, las llamamos planella. Y estas otras,
las rojas, son trepsis.
Cantemos para ellos grit un nio de piel oscura, cojo, que estaba hacia el
fondo del grupo. Vamos, cantemos para ellos!
Y en el mismo instante se puso a cantar y los otros lo acompaaron, un poco sin
aliento, en distintos registros. Thyvel se rasc la cabeza.
Qu estn cantando, seor? Puedes darte cuenta?
Apenas contest Siristru. Cantan en otro idioma, un idioma que no es el
beklano, aunque hay alguna que otra palabra, por aqu y por all, que parecen ser las
mismas. Hay algo o alguien que saca un pez (creo) del ro. Oh, bueno, ya sabes, la
clase de canciones que cantan los nios en todas partes.
Supongo que dentro de poco querrn dinero dijo Thyval.
Te las has arreglado para conseguir un poco de dinero del pas?
No, seor.
Pero la cancin termin y los nios, tomndose unos a otros de la mano, corrieron,
riendo y saludando con la mano y llevndose con ellos al nio cojo.
Curiosa manera de irse murmur Thyval, tratando de quitarse la guirnalda.
No te la quites dijo Siristru rpidamente. No debemos hacer nada que pueda
ofender a esta gente.
Thyval encogi sus perfumados hombros y prosiguieron la marcha. Ankray seal
hacia un barranco donde haba una casa de piedra en la cumbre. Aunque recin edificada,
no era ni grande ni imponente, pens Siristru, mirando el piso alto que sobresala de la
pared circundante. Tal vez, el gobernador, si no era l mismo el proyectista de la balsa,
deba ser algn viejo soldado, un hombre prctico designado para llevar adelante la ruda
tarea de construir un puerto de trabajo. Quienquiera que fuera, lo cierto es que tena muy
poca idea del estilo.
El portn de construccin pesada, con tablas entrecruzadas de las que sobresalan
las anchas cabezas de los clavos de hierro estaba entreabierto y Siristru, siguiendo a

Ankray, que entr sin ms ceremonias, se encontr en una especie de corral que pareca en
parte de una granja, en parte de un taller de artesano. Por todo el lugar se vean materiales
de una y otra clase. En la parte Norte del patio o corral, contra la pared que daba al Sur de
la casa, se vea un banco de carpintero y all estaba un hombre de pelo gris, con aire de
viejo soldado, que sostena una flecha en una mano mientras con la otra colocaba
cuidadosamente un can de pluma ya tratado debajo de la muesca. Un hombre ms joven
y un grupito de muchachos de aspecto bastante rotoso estaba a su alrededor, y era evidente
que les estaba enseando a fabricar flechas, dado que hablaba y ejemplificaba lo que deca
agitando la flecha que tena en la mano para demostrar los efectos de su determinado estilo
de fijar el vuelo.
Al entrar Siristru en el corral, a la zaga de Ankray y sintindose excepcionalmente
incmodo con la gran guirnalda de flores que le haca cosquillas en los lbulos de las
orejas, todos se dieron vuelta a mirarlo, e inmediatamente el hombre ms joven se apart
del grupito y march hacia l, sacudindose la viruta de las manos y gritando por encima
del hombro:
Esta bien, Kavass, sigue, sigue no ms! Cuando termines, echa una mirada a esos
gruesos bloques que trajo Ankray, me haces el favor?
Como Ankray no dio seales de disponerse a anunciar la llegada de los forasteros,
Siristru ech mano de sus precarios conocimientos de beklano y dijo:
He venido a ver al gobernador.
Yo soy el gobernador contest el hombre, sonriendo. Inclin la cabeza, se llev
la mano a la frente y luego, como si estuviera un poco nervioso, la sec en la manga antes
de tenderla a Siristru, que la asi instintivamente, aunque un poco asombrado. Acaso la
palabra que us para gobernador no era la justa?
Hizo un nuevo intento.
El el dirigente, el dirigente de la ciudad.
S; yo soy el dirigente de la ciudad. No es as Ankray?
S, seor. Traje los bloques y tambin al prncipe extranjero, como t me dijiste. Y
ese muchacho Shuter me dice que te diga
Bueno, me lo dirs despus. Quieres decirle a la Siyet que el prncipe ha llegado
y a Zilth que lleve unas nueces y vino a la sala de recepcin? Trata de que todo est como;
debe estar, y llvate al criado del prncipe y ocpate de l.
Muy bien, seor.
Siristru sigui al hombre, que march hacia la casa, murmurando:

Si he entendido bien el significado de esa palabra, debo decir que yo no soy


prncipe.
No importa contest alegremente el gobernador; si la gente aqu cree que lo
eres, a ellos les dar gusto y ti te favorecer.
Por primera vez en varios das Siristru ri y, aprovechando la ocasin que se
presentaba de mirar directamente al hombre sin parecer demasiado curioso o descorts,
trat de situarlo. A primera vista pareca tener treinta aos, pero esto no era fcil de saber,
pues a pesar de sus maneras vivaces haba en l una especie de gravedad y responsabilidad
que sugeran ms aos. Tampoco era fcil adivinar si era primordialmente un hombre de
accin, o un hombre de pensamiento, pues la cara indicaba al perceptivo Siristru la
experiencia del peligro y si debemos usar la palabra de la pena; tambin del
sufrimiento.
En definitiva pens el diplomtico Siristru, un personaje crptico y paradjico, a
quien haba que tratar con mucho cuidado. El lbulo de una de las orejas estaba marcado
con una hendidura desgarrada, fea, que no tena aro, y el brazo izquierdo se mantena tieso,
como si hubiera sufrido algn percance. Qu podra haber sido el pasado de este hombre y
cmo haba llegado a ser gobernador de Zeray?
Entraron a una habitacin sencilla, limpia, con piso de piedra, alfombrada con
esteras, en la que arda un fuego plido, atenuado por la luz del sol de la tarde. El
gobernador, con una nueva sonrisa, quit gentilmente la guirnalda de los hombros de
Siristru y la puso sobre la mesa, a su lado. El tejido no era muy firme y ya empezaba a
deshacerse.
Algunos nios de tu ciudad se acercaron y me la dieron cuando vena hacia ac
dijo Siristru.
De veras? Sabes, por casualidad, qu nios eran? pregunt el gobernador.
Vasa, seor dijo una voz de mujer; es lo que me ha dicho Ankray. Y algunos
de sus amigos de Rotelga. Debo servir ahora el vino?
Una mujer joven entr, con tazas de plata y una jarra sobre una bandeja. Despus de
ponerla sobre una mesa, volverse hacia Siristru y llevarse la mano a la frente, ste not, con
un estremecimiento de piedad rpidamente disimulado, que la mujer no estaba en su sano
juicio. Sus ojos grandes y risueos se fijaron en los de l con una persistencia
desconcertante y fuera de lugar en una persona de servicio y en una mujer y luego pasaron,
sin cambio de expresin, a contemplar una mariposa que agitaba sus alas en la pared
soleada, hasta detenerse en el gobernador, que se aproxim y le tom las dos manos,
cariosamente, entre las suyas.
As que fue Vasa? El prncipe ha tenido suerte, no es cierto? Gracias, Zilth. S,
sirve el vino en seguida, por favor. Pero yo me voy a tomar un poco de tiempo: antes me

voy a lavar y a cambiar de ropa. Tengo que hacer honores a tu visita dijo, volvindose a
Siristru. Tu llegada a Zeray tiene suma importancia para todos nosotros, para todo el
pas, en realidad. Ya he despachado un mensajero a Kabin con las noticias. Me disculpas si
desaparezco por unos instantes? Como puedes ver y extendi las manos, no estoy en
condi-ciones de recibirte. Pero mi mujer se ocupar de ti hasta que yo vuelva. Vendr aqu
en seguida.
Sali del cuarto y Zilth se volvi para avivar el fuego y limpiar la chimenea.
Siristru se par en la luz del sol aspirando todava la fragancia penetrante de la planella en
la guirnalda y escuchando, en la distancia, el canto muy asombroso de un pjaro
desconocido. Levant la mirada rpidamente al ver entrar a la habitacin una segunda
mujer joven.
Hombre de cierta edad o no, Siristru tena buen ojo para las mujeres, y sta le llam
mucho la atencin. Cuando ella entr l slo fue consciente de una notable gracia de
movimiento: un modo de andar suave, casi ceremonioso, que expresaba calma y dominio
de s. Luego, cuando ella se acerc, vio que, aunque ya no estaba en la primera juventud,
era notablemente bella, con grandes ojos oscuros y una cabellera negra, recogida en una
trenza floja que le caa sobre un hombro. Su vestido era rojo vivo, ceido, como una vaina,
tena bordada en la parte frontal, desde los hombros hasta los talones, la figura rampante de
un oso en hilo de plata y oro sobre un fondo pintoresco de rboles y aguas, minuciosamente
tejido. Violento, de estilo casi brbaro, el diseo, el colorido, y el bordado mismo eran tan
impresionantes que, por un instante Siristru estuvo en peligro de olvidar la espada por la
vaina, como se dice. Un trabajo como ste, en Zakaln, iba a encontrar sin duda un
mercado fcil. Mientras tanto, cules seran las convenciones de este pas en relacin a las
mujeres de rango? Bastante libres, sin duda, puesto que el gobernador haba enviado a su
esposa sola a que lo entretuviera y, por lo tanto, esperaba que l conversara con ella. Bueno,
no se quejaba. Acaso haba juzgado mal al pas, aunque por lo poco que haba visto en
Zeray, iba a ser raro que hubiera aqu una mujer culta.
La mujer lo salud con gracia y dignidad, aunque su beklano pareca un poco
inseguro y l adivin que, lo mismo que el gigante servidor, no hablaban en su idioma
nativo. Desde el alfizar donde estaba parado l poda ver los cobertizos y el muelle debajo,
a un cuarto de milla, frente al agua ondulante del estrecho. Ella le pregunt, sonriendo, si
haba tenido miedo durante la travesa. Siristru contest que s, sin ninguna duda.
Yo soy muy cobarde dijo ella, sirvindole una segunda copa y sirvindose
tambin ella. Por mucho tiempo que viva aqu, nunca lograrn hacerme cruzar al otro
lado.
S que este lado se llama Zeray dijo Siristru. El lugar de la otra orilla tiene
nombre o es demasiado nuevo para tenerlo?
Apenas existe todava, como has visto contest ella, echando hacia atrs sus
largos cabellos. No s como lo llaman los deelguy Yos Bos o algo que suena as,
supongo. Nosotros lo llamamos Bel-ka-Trazet.

Es un hermoso nombre. Tiene algn, significado?


Es el nombre del hombre que concibi la idea de la balsa y que vio cmo poda
funcionar. Pero ha muerto.
Una pena que no haya podido ver terminada su obra. Bueno: bebo en su honor.
Yo tambin y choc la taza de plata de l con la suya: las dos sonaron
dbilmente a la vez.
Dime dijo l, encontrando las palabras con cierta dificultad. Supongo que te
das cuenta que no s nada de vuestro pas y necesito aprender tanto como pueda Qu
parte desempean las mujeres en bueno en la vida, en la vida pblica? Pueden ser
dueas de terrenos, comprar y vender, utilizar la ley y otras cosas o estn ms
retenidas?
No pueden hacer ninguna de esas cosas. Ella pareci sorprendida. Las
hacen en tu pas?
Bueno, s, son cosas posibles para una mujer digamos, para una mujer con
propiedad y cuyo marido ha muerto y que desea mantener sus derechos y dirigir sus
propios asuntos.
Nunca o una cosa semejante.
Pero t perdname, no encuentro la palabra, tu manera sugiere que las
mujeres aqu tienen mucha libertad.
Ella ri, evidentemente halagada.
No me tomes como ejemplo, cuando vayas a Bekla: no quiero que algn marido
te clave un pual. Yo soy un poco desusada, y sera un poco largo de explicar por qu. Fui
en un tiempo sacerdotisa, pero aparte de eso he llevado una vida muy diferente de la vida
de la mayora de las mujeres. Y adems, esta es una provincia remota, a medias civilizada,
y mi marido tiene que utilizar a todos, hombres y mujeres, especialmente cuando se trata de
ayudar a los nios. Yo acto libremente en nombre de l y la gente lo acepta, en parte
porque soy yo y en parte porque necesitamos cada cabeza y cada par de manos que
tenemos.
Habra sido esta mujer en otros tiempos una prostituta sagrada?, pens Siristru. No
pareca posible. Haba en ella cierta delicadeza y sensibilidad que no indicaban tal cosa.
Una sacerdotisa? pregunt. Del Dios de este pas?
Del Seor Shardik. En cierto modo, todava soy su sacerdotisa, su sierva.

Entiendo. Pero Shardik es la segunda vez que oigo ese nombre. Shardik dio su
vida por los nios, Shardik los salv.
Siristru siempre haba tenido una excelente memoria fontica.
Ella palmoteo asombrada.
Cmo? Ests hablando el idioma de Deelguy! En dnde oste eso?
Los hombres de la balsa cantaban eso esta maana.
De Dellguy? En serio?
S. Pero quin es Shardik?
Ella retrocedi, lo mir fijamente a los ojos y abri los brazos.
Este es Shardik.
Siristru, sintindose un poco turbado, mir detenidamente el vestido. Sin duda el
trabajo era fuera de lo comn. El enorme oso, con ojos rojos y llameantes, estaba parado y
amenazaba a un hombre armado con un arco, mientras que detrs un grupo de nios
harapientos se agazapaba en lo que pareca ser una ribera arbolada. Sin duda era una escena
salvaje, pero no haba clave de su significado. Adoracin animal? Sacrificios humanos,
tal vez?
Espero llegar a saber ms sobre l dijo finalmente. Ese vestido es realmente
esplndido un hermoso trabajo. Fue hecho en Bekla o en algn lugar cerca de aqu?
Ella ri de nuevo.
Muy cerca de aqu sin duda. La tela vino de Yelda, pero mis mujeres y yo lo
bordamos encesta casa. Nos llev medio ao.
Un trabajo maravilloso maravilloso. Es sagrado?
No, no es sagrado, pero yo lo uso bueno, en ocasiones importantes. Me lo he
puesto para ti, como puedes ver.
Es un honor para m Y el vestido es digno de la dama. Qu me dices? Y en un
idioma que slo he empezado a aprender hace dos meses!
Siristru se estaba divirtiendo.
Ella no contest nada y se limit a lanzarle una mirada aguda, brillante y
humorstica, como la de un estornino. l sinti un sbito estremecimiento. Con el brazo

duro o no, el gobernador era ms joven que l.


Vestidos como este, no tan hermosos, por supuesto, pero de esta clase, podran ser
exportados a mi pas, no te parece?
Ella decidi tomar la cosa a broma: se restreg las manos y se inclin servilmente,
como algn viejo mercader que adula a un cliente acaudalado.
Por supuesto, bondadoso seor, sin ninguna duda, muy halagada. Cuntos
deseas? Y luego ya en serio:
Tendrs que preguntarle a mi marido. Vers que l es capaz de hablar con mucha
competencia en todo lo que se hace o se vende desde Ortelga a Ikat. El comercio lo
entusiasma: cree en l apasionadamente; dice que es la sangre que circula por el cuerpo del
mundo. Cmo se llama tu pas?
Zakaln. Es muy hermoso. Las ciudades estn llenas de jardines con flores.
Espero que algn da puedas visitarnos, si llegas a vencer tu repugnancia a cruzar el
estrecho.
Tal vez. He viajado poco en mi vida. Lo cierto es que nunca he estado en Bekla.
Ni siquiera en Ikat-Yel-dashay.
Tanto ms motivo para ser la primera mujer que va a Zakaln. Ven a dar envidia a
nuestras damas. Si te gustan las ceremonias, debes venir para el gra para el festival del
solsticio de verano si esas son las palabras justas.
S, lo son. Muy bien! Bueno, tal vez, tal vez. Dime, seor
Siristru, Siyet.
Sonri. Acababa de acordarse de Siyet.
Dime, Siristru: Piensas quedarte aqu unos das o ests de paso para Kabin?
Bueno es algo que depende del gobernador, pero en primero lugar, por
supuesto, tendr que ocuparme de traer a mis hombres y animales desde Belda-Brazet
Bel-ka-Trazet.
desde Bel-ka-Trazet. Y adems no me siento del todo bien despus del viaje.
Creo que pasar unos pocos das aqu antes de que estemos listos para seguir a Kabin. La
selva y el desierto fueron muy penosos. Los hombres necesitan descansar y tal vez un poco
de no s la palabra ya me entiendes de jugar, de beber
Diversin.

Eso es: diversin. Perdname: lo voy a escribir.


Ella lo contempl sonriendo y meneando la cabeza mientras l escriba.
Si te quedas unos cinco das ms dijo ella t y tus hombres podrn asistir a
nuestro festival de primavera. Es una fiesta muy alegre habr mucha diversin y una
ceremonia muy hermosa en la orilla. Por lo menos, para nosotros lo es, especialmente para
los nios. El da de Shara: ese es el momento en que vemos las llamas de Dios ardiendo
como estrellas.
Las llamas de Dios?
Es una broma de mi marido. l llama a los nios las llamas de Dios. Pero yo
hablo de la ceremonia. Se decora una gran balsa de madera con flores y ramas y se la echa
al ro, incendiada. A veces puede haber tres o cuatro balsas. Y los nios hacen osos de barro
y los llenan de flores trepsis y melikon, sabes?, y al final del da los ponen sobre tablas
chatas y los hacen flotar corriente abajo.
Es una conmemoracin de algo?
Bueno, s Se conmemora al Seor Shardik y a Shara. Este ao una vieja y
querida amiga de nosotros hace el viaje especialmente para estar aqu Si todo sale bien,
llegar dentro de dos o tres das. Ella me ense hace mucho tiempo, cuando era nia
No hace tanto tiempo.
Gracias. Me gustan los cumplidos, sobre todo ahora que tengo dos hijos. Si no te
sientes bien, te recomiendo que te demores un poco, pues en ese caso podrs utilizar sus
conocimientos. Es la mdica ms grande de la regin. Lo cierto es que, en buena parte, es
por esto que viene no slo por la fiesta, sino para atender a nuestros nios enfermos
Siempre hay unos cuantos al fin del invierno.
Siristru iba a preguntarle algo ms cuando el gobernador volvi al cuarto. Se haba
cambiado de ropa: llevaba ahora una sencilla tnica negra, que tena bordadas en el pecho
la figura del oso y unas espigas de trigo con hilo de plata. Esto, tan severo en contraste con
el esplendor del vestido de su mujer, pona de relieve sus rasgos austeros y su aire de
seriedad casi mstica. Siristru estudi la cara cuando l se inclin para servirle vino.
Tambin este hombre, comprendi de repente, era por temperamento un metafsico, aunque
no tuviera facilidad de palabra ni ideas articuladas. Curiosamente, le pas por la mente una
frase del poeta Mitran, de Zakaln, que pone en boca del hroe Serat cuando habla con su
esposa en el momento que sigue a la unin amorosa: No deseo nada, no me falta nada, soy
el centro del mundo, donde la pena es alegra. Por un instante, sin embargo, el gobernador,
levant la mirada, las copas se entrechocaron y resonaron sobre la bandeja y el
encantamiento qued interrumpido.
Siristru hizo una observacin elogiosa sobre el vino. La dama se disculp y los dej

solos y el gobernador, invitndolo a sentarse, empez sin ms a hablar de proyectos


comerciales, como podra hablar un novio que va a casarse de su inminente boda. Si
Siristru haba esperado poco o nada del tosco alcalde de una ciudad de frontera, se vio
ahora forzado a cambiar de idea. Las preguntas del gobernador caan como flechas. A qu
distancia estaba Zakaln? Cuntos campamentos permanentes o fuertes haran falta para
establecer el servicio regular de rutas? Cmo poda tener Siristru la seguridad de que no
haba poblacin hostil en la selva? Dado que el Telthearna poda ser usado para el
transporte corriente abajo, qu iba a hacerse con el curso superior? En cuanto al problema
del idioma, l podra, si se aceptaba la idea, enviar cincuenta nios mayores a Zakaln para
que los educaran como guas e intrpretes. Los nios aprendan ms rpidamente que los
hombres y l conoca algunos que estaran encantados de esta oportunidad. Qu bienes
podra ofrecer Zakaln? Caballos Qu clase de caballos, exactamente? Pareci
asombrado cuando Siristru empez a explicar; los dos se confundieron en dificultades de
lenguaje y terminaron rindose cuando Siristru trat de dibujar un caballo con un dedo
mojado en vino. Luego prometi al gobernador que al da siguiente, de un lado del ro o del
otro, iba a ver a un hombre que cabalgaba el ms veloz de los caballos. Si eso era cierto,
contest el gobernador, entonces Zakaln no necesitaba buscar nuevas mercancas que
ofrecer durante varios aos. Pero qu pensaba Siristru, francamente, del valor comercial
de estos caballos, dejando de lado, por supuesto, el costo y el esfuerzo de transporte de los
animales desde Zakaln? Luego se pusieron a discutir los valores equivalentes de las
consignaciones de vino, de hierro y de los productos de artesana fina, como la tela que l
acababa de admirar.
El gobernador brind por Zakaln. Se felicitaron el uno al otro por el propicio
encuentro y continuaron trazando con la imaginacin un futuro en el que los hombres iban
a viajar tan libremente como los pjaros y en el que los bienes iban a pasar por Zeray Hasta
los confines de la tierra.
Pero en cuanto a tu viaje a Bekla dijo el gobernador volviendo a la realidad con
una especie de sobresalto, el camino que va de aqu a Kabin no est terminado todava,
no s si lo sabes. Por treinta kilmetros es bastante pasable, pero los otros treinta no son
ms que barro.
Nos arreglaremos: no te preocupes. Pero me gustara quedarme para esa fiesta que
daris el Da de Shara no es as que lo llamis? Me dicen que queman una balsa en
honor del Seor Shardik. No es as? Tambin creo que no me vendr mal conocer a tu
amiga, esa mujer sabia No me he sentido muy bien durante el viaje y tu esposa dice que
es una gran mdica.
La Tuguinda?
Creo que no la nombr O es un ttulo?
En el caso de ella es ttulo y es nombre.
Va a venir por ese camino a medio terminar del que me hablabas?

No, viene por agua. En esta ciudad tenemos la suerte de contar con un ro como
medio de comunicacin con el Norte. Una parte de la provincia es todava muy salvaje,
aunque no tan salvaje como era. Estamos estableciendo nuevas colonias por aqu y por all,
aunque nunca corremos riesgos con los nios en las zonas ms remotas. Pero hay una aldea
de nios en el camino a Kabin: pasars por ella cuando vayas a Bekla. Todava no es muy
grande hay diez soldados veteranos y sus mujeres, que cuidan a un centenar de nios
pero tenemos intenciones de agrandar el lugar en cuanto la tierra est en condiciones de
mantener a ms personas. Est en un lugar seguro.
Estoy sorprendido por los nios dijo Siristru por lo poco que he visto de
ellos. Tu ciudad parece llena de nios: los vi trabajar en los muelles y en tus nuevos
depsitos. Al parecer, dos tercios de los habitantes son nios.
Dos tercios: el clculo es justo.
Entonces, no todos son nios de la gente de aqu, no?
Oh, nadie te habl de los nios? dijo el gobernador. No claro, apenas ha
habido tiempo. Vienen de distintos lugares: Bekla, Ikat, Thettit, Dari, Ortelga incluso hay
unos pocos de Terekenalt. Son todos nios que han perdido a sus padres o a sus familias por
una u otra razn. Muchos de ellos han sido abandonados, me temo. Ellos no estn obligados
a venir aqu, aunque pasa muchos eso es mejor que nada, supongo. De todos modos, es una
vida dura, pero al menos pueden sentir que los necesitamos y los valoramos. Nada ms que
eso es una gran ayuda.
Quin los trae?
Bueno, yo estoy en contacto con toda clase de gente gente que ha trabajado
para m y que me daba noticias en los das en que yo bueno viva en Bekla: y el Ban
de Sarkid nos ha ayudado mucho.
Siristru no pudo evitar un cierto desagrado. Aparentemente este joven gobernador,
en su entusiasmo por el comercio, estaba desarrollando su provincia y construyendo el
puerto de Zeray gracias a la labor de nios desvalidos.
Cunto tiempo estn obligados a quedarse? pregunto.
No estn obligados, estn en libertad de irse si quieren. Pero la mayora de ellos
no tiene donde ir.
Entonces, no diras que son esclavos?
Son esclavos cuando vienen aqu. Esclavos del descuido, del abandono, a veces
de la crueldad misma. Nosotros tratamos de liberarlos, y muchas veces no es nada fcil.
Siristru empez a ver un nexo entre esto y algunas cosas que la mujer joven le haba

dicho en la primera conversacin.


Tiene esto algo que ver con el Seor Shardik?
Qu has odo pues del Seor Shardik? pregunt el gobernador con aire
sorprendido.
Tu esposa habl de l y de la fiesta. Adems los hombres de la balsa, esta maana,
cantaban una cancin: Shardik dio su vida por los nios. Me interesara saber ms de
esto, del culto de Shardik, si te parece Estos asuntos me interesan En mi propio pas he
sido bueno, podra decir que un maestro.
El gobernador, que estaba contemplando su taza de plata y haca girar en ella al
vino, levant la mirada y sonri.
Es ms de lo que yo soy o nunca ser. Sobre todo, no tengo facilidad con las
palabras, aunque por suerte no las necesito para servir al Seor Shardik. La enseanza,
como t dices, consiste simplemente en que no debe haber ningn nio abandonado o
infeliz en el mundo. Al fin de cuentas, esa es la nica seguridad del mundo: los nios son el
futuro. Si no hubiera nios infelices, entonces el futuro estara asegurado.
Siristru no haba entendido todo lo que deca y, como le resultaba difcil formular
preguntas en el idioma del otro, volvi a repetir las palabras que le haba odo decir.
Esclavos del abandono y del descuido, dices. Qu quiere decir eso?
El gobernador se levant, dio unos pasos hacia la ventana y se par al lado de ella,
contemplando el puerto. Cuando habl lo hizo de modo vacilante y Siristru comprendi con
cierta sorpresa que, al parecer, nunca o pocas veces tena ocasin de expresarse sobre el
punto.
Los nios nacen del placer y la alegra mutuos o deberan nacer as. Y Dios
quiere que crezcan bueno Como un bote sano, que sean capaces de trabajar y jugar, de
comprar y vender, de rer y gritar. La esclavitud la verdadera esclavitud es verse privado
de una oportunidad de llegar a ser completo. Los no queridos, los que tienen privaciones y
estn abandonados esos tambin son esclavos, aunque no lo sepan ellos mismos.
Bueno, bueno, tal vez haya algunos nios abandonados a quienes no les importe
tanto
Cul de ellos te dijo eso? dijo el gobernador, con una simulacin tan cmica
de genuino inters que Siristru no pudo menos de rer. Sin embargo, se estaba preguntando
ahora cul sera la mejor manera de poner punto final a esta conversacin. l la haba
iniciado al pedir informacin, y no era correcto cambiar ahora de tema. Lo mejor iba a ser
encarar otro aspecto del tema y de ah pasar a terreno menos vidrioso. La diplomacia es en
buena parte el arte de no turbar a la gente.

Dices que que Shardik era un oso?


El Seor Shardik era un oso.
Y vena de Dios? Me temo que no conozco la palabra.
Divino?
Ah, s. Gracias.
Era el Poder de Dios. Pero era un oso real.
Ocurri esto hace mucho tiempo?
No: yo mismo estuve presente cuando muri.
T?
El gobernador no dijo nada ms y al cabo de unos instantes Siristru, ahora realmente
interesado, se atrevi a preguntar:
Un oso, y sin embargo hablaste de una enseanza que os haba impartido
Cmo poda ensear?
Aclar para nosotros, con su sagrada muerte, la verdad que nunca habamos
entendido.
Siristru, levemente irritado, contuvo un encogimiento de hombros, pero no pudo
dejar de preguntar, aunque en un tono de cuidadosa sinceridad y deliberada modestia:
Y no sera posible que alguna persona tonta intentara argir por supuesto sera
una tontera, pero siempre puede decirse que todo lo que ocurri fue una historia casual y
accidental, que el oso no haba sido mandado por Dios?
Se interrumpi, un poco asustado. Sin duda haba dicho ms de lo debido: haba que
tener ms cuidado.
El gobernador guard silencio durante tanto tiempo que Siristru tuvo miedo de
haberlo ofendido. Esto habra sido muy pesado e iba a tener que bregar para reparar los
daos. Ya se dispona a hablar de nuevo cuando el gobernador levanto la mirada, sonriendo
a medias, como alguien que sabe lo que va a decir pero que tiene que rer un poco por la
dificultad que tiene en expresarlo. Finalmente dijo:
Esos animales de los que hablaste los animales que os vamos a comprar
vosotros os sentis sobre sus lomos y ellos os llevan velozmente.

Los caballos, dices?


Tienen que ser inteligentes, ms inteligentes que las vacas, verdad?
Es difcil decir. Tal vez un poco ms inteligentes, por qu?
Si tocaran msica junto a las orejas de ellos y a las nuestras, supongo que sus
odos podran captar todos los sonidos que captamos nosotros. Pese a eso, es muy poco lo
que entenderan. T y yo podramos llorar: ellos no. En cuanto a la verdad, los que la oyen
no tienen dudas. Y siempre hay otros que consideran que no ha ocurrido algo fuera de lo
comn.
Se agach y ech un leo en el fuego. La luz de la tarde empezaba a declinar. El
viento haba amainado y a travs de la ventana Siristru pudo distinguir que el ro estaba
ahora tranquilo junto a la orilla. Tal vez si se haca la travesa maana temprano el susto no
iba a ser tan grande.
He andado muy lejos dijo el gobernador al cabo de un rato he visto que el
mundo blasfemaba y destrua. Pero no tengo tiempo ahora de tratar el punto. En fin, los
nios necesitan nuestro tiempo. En una poca yo sola rezar: Acepta mi vida, Seor
Shardik; y esa plegaria ha sido oda. Ella ha aceptado.
Al or esto, Siristru sinti que por fin estaba pisando terreno conocido. Aliviar el
peso de la culpa era, en su experiencia, la funcin de la mayora, sino de todas, las
religiones.
T sientes que Shardik te quita te perdona?
Bueno no s nada de eso contest el gobernador. Pero una vez que
sabemos lo que hay que hacer, el perdn importa mucho menos: la obra es demasiado
importante. Dios sabe que he hecho mucho dao. Pero ya todo ha quedado atrs.
Se interrumpi al or el ruido de un movimiento cerca de la puerta del cuarto
oscurecido. Ankray haba entrado y aguardaba para hablar. El gobernador lo llam.
Hay unos nios que esperan para verte, seor dijo el hombre. Uno o dos de
ellos son nios nuevos, que llegaron ayer. Y ese joven que trabaja en los muelles, ese
Shuter
Kominion?
Bueno, algunos lo llaman as concedi Ankray. Pero el Barn, l no quiere
que
Est bien. Qu quiere?

Dice que quiere rdenes para maana, seor.


Est bien. Ir a verlo, y tambin a los otros.
Cuando el gobernador se volvi hacia la puerta, un muchacho de unos seis aos de
edad pas vacilante, mir en derredor y se detuvo, mirando gravemente. Siristru lo
contempl divertido.
Hola dijo el gobernador, devolviendo la mirada al nio. Qu ests
buscando?
Busco al gobernador. La gente que est fuera me dijo
Bueno, yo soy el gobernador y puedes venir conmigo si quieres.
Levant al nio en sus brazos en el momento en que Melathys volva al cuarto. Ella
mene la cabeza, sonriendo.
No tienes ninguna dignidad, mi querido Kelderek Juega-con-los-Nios? Qu va
a pensar el embajador?
Va a pensar que soy uno de esos veloces animales que l nos va a vender. Mira!
Y sali corriendo del cuarto con el nio en los hombros.
Te quedas a comer con nosotros, verdad? dijo Melathys volvindose hacia
Siristru. Nos sentamos a la mesa dentro de una hora y no hay razn para que nos dejes.
Qu podemos hacer para entretenerte hasta entonces?
Seora, por favor, no te molestes contest Siristru, feliz de estar nuevamente en
compaa de aquella encantadora mujer, a quien juzgaba demasiado valiosa para su marido,
por muy ducho que fuera en cuestiones de comercio. Tengo que terminar una carta para
el rey de Zakaln sonri. Puedo sentarme en cualquier parte y no molestar a nadie.
Ella pareci sorprendida.
Tu mismo vas a escribir la carta? T mismo?
Bueno s, seora si puedo.
Claro que puedes si puedes encontrar algo con qu escribir y para escribir
encima. Y esto lo dudo. Me dejas que te observe un poco? Las nicas personas a quien vi
escribir fueron la Tuguinda y Elleroth, Ban de Sarkid. Pero dnde vamos a encontrar lo
que te hace falta?
No te molestes, seora. Mi hombre est aqu. l puede ir a traerme lo que hace

falta.
Har que te lo manden. Ser ms cmodo para ti quedarte en este cuarto, creo. En
los otros est haciendo fro.
Me dijiste que tienes nios, seora?
Dos. Todava son muy chiquitos. El mayor no tiene tres aos.
No quieres mostrrmelos mientras mi hombre llega?
he tenido la agradable sorpresa de descubrir que el joven gobernador de la
ciudad est muy enterado de nuestras posibilidades de comercio. l me asegura que los
centros principales del pas podrn ofrecernos diversos productos: metales, sin duda hierro,
y tal vez un poco de oro, si lo entend correctamente, adems del vino que hacen, que es
excelente, aunque no s si aguantar el viaje y, supongo, algunas joyas, aunque no s con
precisin si son preciosas o semipreciosas. A cambio de esto, en mi opinin, les
ofreceremos caballos. No tengo ninguna duda que los van a pagar bien, puesto que no
tienen ni uno solo y no saben absolutamente nada de ellos. Lo cierto es que va a ser
necesario tomar medidas para establecer normalmente este trueque, que forzosamente habr
de provocar un profundo cambio en el modo de vida de ellos y que, en el futuro previsible
se basar en una demanda ilimitada.
En cuanto al pueblo mismo, por lo poco que he podido ver, me cae ms bien en
gracia. Por lo general es gente semibrbara, ignorante y analfabeta. Pero sus artes, por lo
menos en ciertas formas, me parecen logradas y notables. Me dicen que en Bekla hay
algunos buenos edificios, y estoy dispuesto a creerlo. Algunos de sus artilugios por
ejemplo los bordados que he podido ver tendran mucha aceptacin si se pusieran a la
venta en Zakaln.
Su Majestad est enterada del inters que me inspiran los asuntos religiosos y
metafsicos y, por lo tanto, habr de entenderme si le digo que no me ha sorprendido poco
el haberme topado con un culto extravagante que ha tenido una profunda influencia, no slo
en la vida de esta provincia, sino tambin, dentro de lo que puedo comprobar, en la vida de
las zonas metropolitanas del Oeste. Podra describrselo como una mezcla de supersticin y
humanitarismo visionario, que yo para nada tendra en cuenta si no fuera por los resultados
que parece haber obtenido. Esta gente, si he entendido correctamente al gobernador, adora
el recuerdo de un oso gigantesco, al que considera de naturaleza divina. Por supuesto, no
hay nada extrao en el culto brbaro de cualquier animal grande y salvaje, sea oso,
serpiente, toro u otra criatura, ni tampoco en el concepto de beneficio que proviene de una
muerte divina. Sin embargo, la creencia de ellos es que la muerte de este oso obtuvo de
algn modo no he podido enterarme cmo la libertad de unos nios esclavos, y en
razn de esto consideran que la felicidad y la seguridad de todos los nios es importante
para el oso y que el bienestar de ellos es un deber sagrado. Podra decirse que consideran a
los nios como una cosecha que madura y que no debe ser ni malgastada ni perdida. En
relacin a los padres, por ejemplo, se considera que daar a un nio con una separacin que

deriva en el abandono de ellos o en algo que perjudica de algn modo a su seguridad y


poder enfrentar la vida, es el equivalente de venderlos como esclavos. Todos los fieles de
Shardik, como llaman al oso, tienen la obligacin de cuidar a los nios abandonados o sin
hogar en donde quiera que los encuentren. En esta ciudad hay muchos nios de esta clase,
hurfanos o abandonados, que vienen de las provincias que estn al Oeste y que son ms o
menos bien cuidados. El gobernador un hombre capaz en trminos generales, creo,
aunque no tiene mucha prestancia y tal vez sea un poco extravagante en sus maneras y su
mujer son entusiastas de este culto y han organizado la ciudad en torno a los nios, que
sobrepasan a los hombres y mujeres en relacin de dos a uno. Trabajan bajo la supervisin
parcial de adultos y tambin tienen sus propios jefes. Y aunque buena parte del trabajo que
realizan es, como podra esperarse, inhbil, torpe e incompleto, esto importa poco en una
provincia como sta, en donde la gran demanda es el resultado inmediato y el pulimento
viene muy detrs de la utilidad y la satisfaccin de las necesidades primordiales. Nadie
podra negar que este culto sorprendentemente benvolo exige generosidad y abnegacin, y
en esto el gobernador y los suyos dan sin duda el ejemplo, pues al parecer viven tan
sencillamente como el resto. Las condiciones en que viven los nios son rudas y primitivas,
pero el gobernador las comparte y no puede negarse que hace mucho por promover un
espritu de camaradera. No puedo dejar de pensar que, pese a esta adoracin supersticiosa
del oso, tal vez haya algo valioso en la idea. Es interesante observar cmo la razn emerge
de la leyenda, del mismo modo que esta comunidad misma emerge de las selvas que la
rodean y alcanza un estado levemente semejante al del pas de Su Majestad, cuyos
refinamientos y comodidades, puede creerme Su Majestad, aoro terriblemente.
Siristru dej de escribir, estir los dedos y levant la mirada. Ya casi no haba luz. Se
levant, empujando el banco en que haba estado sentado, march hacia la ventana y se
puso a mirar en direccin al Oeste. Empezaba a hacer fro. Tierra adentro, el viento estaba
levantndose probablemente, y l pudo imaginar los hirsutos bosques movindose en la
lejana y ttrica soledad. Caa la noche, sombra y sin refugio, y dentro de lo que abarcaba su
mirada no poda ver ni luz ni humo. Se estremeci e iba a volver al cuarto cuando su odo
capt unas pisadas que marchaban por el camino. Movido por la curiosidad esper, y, al
cabo de unos instantes, apareci una mujer vieja, vestida de negro, con un hato de palos
atado a la espalda. Los pies desnudos acariciaban la tierra mientras volva a casa, el hato
suba y bajaba sobre su espalda. En los brazos llevaba una nia pequea, rubia, y Siristru
pudo or que le susurraba algo a la nia con un ritmo tranquilo y reposado, algo sin sentido
y tranquilizador como el ruido de la rueda de molino o el canto de un pjaro. Cuando
pasaron bajo la ventana, la, nia levant la mirada, lo vio y le hizo un saludo. l devolvi el
saludo y, al hacerlo, sinti que haba alguien detrs en el cuarto. Un poco incmodo, se
volvi y vio a Zilth, que se acerc y dijo unas pocas palabras que l no pudo entender. Al
verlo desconcertado sonri, levant la bandeja con lmparas no iluminadas que llevaba y
seal el fuego con la cabeza.
Oh, s, por favor, enciende! contest l. No me molestas!
Ella eligi una ramita encendida y fue prendiendo los pbilos uno a uno,
disponiendo las varias lmparas hasta que el cuarto qued alegre y bien iluminado. Las
otras lmparas se las llev y Siristru, al quedarse una vez ms solo, se sent junto al fuego,

tendi las manos hacia el calor y, del mismo modo que, cuando nio, miraba el corazn del
fuego, se puso a buscar formas y cuadros, una isla, un cuchillo llameante, una jaula, los
rasgos de una vieja, un despeadero profundo, un oso lanudo. El fuego llameaba y
calentaba con un dulce murmullo y un nudo de la madera estall bruscamente. Los leos se
movieron, la ceniza tembl y cay, los cuadros se desvanecieron.
Melathys entr con aire atareado. Traa un cuarto de cerdo en una parrilla y haba
cambiado su hermoso vestido por un delantal de cocina, largo y gris. Cuando ella se acerc,
l se puso de pie y sonri.
Puedo dar una mano? pregunt.
Ms tarde, tal vez Alguna otra noche, cuando ya seas un viejo amigo, como sin
duda llegars a serlo. Como ves, tu visita nos brinda una ocasin esplndida para festejar.
U-Siristru: no tienes fro? Quieres que ponga unos leos ms?
No, por favor, no te molestes contest Siristru. Es un hermoso fuego.

RICHARD ADAMS (Newbury, Reino Unido, 1920). Naci el 9 de mayo de 1920 en


Wash Common cerca de Newbury, Berkshire, Reino Unido. Asisti a la Escuela Horris Hill,
de 1926 a 1933, y luego al Bradfield College desde 1933 hasta 1938. En 1938, se traslad a
Worcester College para aprender historia moderna. En julio de 1940, poco despus de la
declaracin de guerra entre el Reino Unido y Alemania, Adams fue llamado para unirse al
ejrcito britnico. Sirvi en el Oriente Medio y en la India, pero no entr en combate contra
alemanes o japoneses.
Es un novelista ingls muy conocido como autor de la novela para nios La colina
de Watership (Watership Down); otras obras conocidas son Shardik y The Plague Dogs.
Todas ellas cuentan con animales como protagonistas. La colina de Watership
originalmente es una historia que contaba a sus hijas pequeas. Antes de obtener el xito
literario, Adams era funcionario del Ministerio de Agricultura ingls.
Cabe destacar que su novela "Shardik" fue traducida al espaol en dos tomos: "La
sombra del oso" y "El regreso del oso", y forma parte de las novelas que tienen lugar en el
"Imperio Beklan", al igual que "Maia" (que no ha sido traducida al espaol)

Notas

[1]

En la traduccin al espaol se dividi la historia en dos libros: La sombra del oso


y El regreso del oso, sin embargo el presente editor digital ha decidido presentar en un solo
libro la historia completa. (Nota del editor digital). <<
[2]

Para que nadie suponga que utilizo mi ingenio de escritor para inventar las
crueldades de Genshed, digo aqu que todas caen dentro de mi conocimiento y algunas
ojal no fuera as dentro de mi experiencia. <<

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