Fanatismo y Revolución en Shardik
Fanatismo y Revolución en Shardik
Es un gran imperio
con pueblos dominadores y pueblos sojuzgados, diferentes cultos religiosos y poderosos
ejrcitos. Un oso gigantesco (Shardik), catalizador de supersticiones y odios, provoca una
revolucin, pero luego desaparece. Un humilde cazador (Kelderek) se convierte
fortuitamente en un mesas y luego deber afrontar mil peripecias en busca de la enorme
bestia.
Esta novela es una conmovedora denuncia del fanatismo, la crueldad y la violencia.
Richard Adams
Shardik
Agradecimientos
Libro I
Ortelga
1
El incendio
La gran selva nunca estaba callada, ni siquiera cuando llegaba el calor seco de fines
de verano. Sobre el suelo tierra yerma y blanda, ramas y ramillas cadas, hojas ptridas,
negras como cenizas flua una corriente continua de ruido. Del mismo modo que una
fogata arde con el murmullo de las llamas, con la explosin intermitente de los nudos de los
leos y la cada de los carbones, en el suelo de la selva las horas de luz crepuscular
transcurran con susurros, chapoteos, breves soplos de aire, el susurro de las corridas de los
roedores, las serpientes y los lagartos y, de cuando en cuando, de algn animal ms grande
que se mova. Por arriba, en la tenue luz verdosa de las plantas trepadoras y los ramajes, se
formaba otro reino, habitado por los monos y los perezosos, por araas cazadoras e
innumerables pjaros seres que pasan sus vidas muy por encima del suelo. Aqu los
ruidos eran ms fuertes y ms speros parloteos, repentinos cacareos y gritos, golpeteos
que sonaban a hueco, llamadas como taidos y el murmullo de hojas y ramas desplazadas.
Ms arriba an, en los planos ms altos, donde la luz del sol se derramaba sobre el techo de
la selva, como si ste fuera la cubierta de una masa de nubes verdes, la ronca media luz
ceda lugar a un esplendor silencioso: era la comarca de las grandes mariposas que
revoloteaban entre los ramajes en la soledad, sin ojos que admiraran u odos que captaran el
leve rumor de aquellas maravillosas alas.
Las criaturas del suelo de la selva como los peces ciegos, grotescos, que viven en
las profundidades del ocano habitaban sin saberlo el piso ms bajo del mundo que se
extenda verticalmente desde un crepsculo sin sombras hasta un fulgor deslumbrante.
Seres de costumbres furtivas, que se arrastraban o se escurran, no solan ir lejos y poco
vean del sol y de la luna.
El aire, entre los rboles, apenas pareca moverse. El calor lo haba vuelto ms
denso, al punto que los insectos alados se posaban pesadamente en las mismas hojas en que
desde abajo acechaban el mamboret y la araa, demasiado adormilados para atacar. Un
puercoespn se acerc a un peasco rojizo, ladeado, hozando y escarbando. Rompi una
guarida hecha de bastoncitos y una bestezuela menuda, de orejas redondas, toda ojos, de
patas descarnadas, sali disparando entre las piedras. El puercoespn, sin tomarla en cuenta,
se dispona a comerse los insectos que correteaban por los bastoncitos, cuando se
interrumpi de golpe, levant la cabeza, y se puso a escuchar. En esas estaba cuando un
animalito pardo, parecido a una mangosta, se abri velozmente camino entre los matorrales
y se meti en su madriguera. De ms lejos lleg el ruido de un altercado de pjaros.
Un momento despus tambin el puercoespn haba desaparecido. Haba sentido no
slo el miedo de los otros animales cercanos, sino tambin algo de la causa: una
perturbacin, una vibracin en el suelo de la selva. A corta distancia algo dotado de una
inimaginable pesadez se estaba moviendo y el movimiento golpeaba el suelo como un
tambor. La vibracin aument hasta el punto que un odo humano habra podido discernir
los ruidos dispares de un pesaroso movimiento en la penumbra. Una piedra rod cuesta
abajo sobre las hojas cadas y se oy el ruido de la hojarasca aplastada. Luego, en la parte
alta de la cuesta, ms all de la roca rojiza, la espesa mata de ramas y enredaderas empez a
temblar. Un rbol joven se lade, chirri, se desencaj y cay a tierra, dando saltos cada vez
ms cortos con sus ramas plegadizas, como si no slo el mido, sino tambin el movimiento
de la cada hubiera suscitado ecos en la soledad.
En el claro, a medias oculto por una confusa maraa de enredaderas, hojas y flores
rotas, apareci una figura de terror, monstruosa incluso en aquella comarca salvaje y
perdida. Era grande gigantesca de pie sobre sus patas traseras doblaba con creces la
estatura de un hombre. Sus hirsutos pies tenan unas uas voluminosas, combadas, gruesas
como dedos humanos, de las que colgaban pedazos de helechos y tiras de cortezas de
rboles. La boca estaba abierta: un pozo humeante con postes blancos. El hocico avanzado
husmeaba, mientras los ojos inyectados en sangre y miopes trataban de distinguir el suelo
desconocido que se extenda abajo. Largo rato estuvo quieto, respirando trabajosamente y
gruendo. Despus se dej caer torpemente en cuatro patas y avanzo hacia un matorral. Las
garras redondas raspaban la roca no eran retrctiles y baj por la cuesta hacia el
peasco rojizo. Era un oso un oso como no se ve en mil aos ms fuerte que un
rinoceronte y voluminoso como ocho hombres robustos. Lleg al terreno despejado junto al
peasco y se detuvo, torciendo nerviosamente la cabeza a uno y otro lado. Luego volvi a
levantarse sobre sus patas traseras, olfate el aire, y en ese mismo instante emiti un alarido
profundo, quebrado. Estaba asustado.
Asustado? De qu poda estar asustado este rompedor de rboles, cuyas pisadas
hacan temblar el suelo? El puercoespn, agazapado en su chata madriguera, bajo el
peasco, sinti este miedo con asombro. Qu poda ser lo que lo haba lanzado a
vagabundear por una regin extraa, por una selva densa que no era la suya? Detrs de l
dejaba un olor raro: un Olor agrio, como de plvora, un reguero de miedo.
Una banda de monos pas por arriba, chillando y ululando a medida que
desapareca, en su trayectoria sobre los rboles. Luego un par de jinetas sali al trote de los
matorrales, paso junto al oso sin mirarlo y se fue con la misma celeridad con que haba
aparecido. Un viento extrao, no natural, soplaba y mova la compacta masa de follaje en lo
alto de la cuesta; de aqu salieron volando los pjaros loros, cotorras y pinzones,
brillantes trepadores azules y verdes, cornejas, picazas y reyes del bosque gritando y
cubriendo el susurro del viento. La selva empez a llenarse con el sonido de roces
apresurados. Un armadillo, herido al parecer, pas arrastrndose; tambin pas un pecar y
el relmpago de una serpiente larga y verde. El puercoespn emergi de su madriguera, casi
a los pies del oso, y se desvaneci. Pero el oso an segua de pie, erguido sobre el peasco
chato, husmeando y vacilante. Luego el viento se volvi ms fuerte, produjo un rumor que
pareca extenderse por toda la selva de parte a parte un rumor como de catarata seca o
como el de una respiracin de gigante el rumor del olor del miedo. El oso se dio vuelta y
se alej a zancadas entre los troncos de los rboles.
El rumor se convirti en un bramido y los animalitos que huan de l ya eran
innumerables. Algunos estaban casi exhaustos pero seguan avanzando con las bocas
abiertas, contradas en muecas, y miradas fijas que nada vean. Algunos tropezaron y fueron
pisoteados. Cintas de humo verde empezaron a aparecer en los claros de la maleza. Muy
pronto las hojas glaucas, del tamao de manos humanas, empezaron a brillar por aqu y por
all con el reflejo de una luz intermitente, saltarina, ms brillante que ninguna de las otras
que haban penetrado hasta entonces en aquella media luz. El calor aument hasta que
ningn ser viviente ni un lagarto, ni una mosca qued junto al peasco. Y entonces,
finalmente, hizo su aparicin un visitante an ms aterrador que el oso gigantesco. Una sola
llama atraves la cortina de plantas trepadoras, desapareci, volvi a mostrarse y
esconderse como una lengua de vbora. Un ramo de hojas secas y puntiagudas, en un
matorral de zeltazla, se incendi y ardi, difundiendo un atroz resplandor en el humo qu
llenaba ahora la selva, como niebla. Inmediatamente despus toda la pared de follaje de la
parte alta de la cuesta fue rasgada desde abajo, como con un cuchillo de fuego, y las llamas
corrieron a lo largo del rbol que el oso haba derribado. En unos instantes el lugar, con
todas sus caractersticas, con todo lo que lo converta en una entidad de olor, de tacto, de
vista, qued destruido para siempre. Un rbol muerto, que haba pasado medio ao ladeado,
sostenido por la vegetacin de abajo, cay incendiado sobre el peasco rojizo, diseminando
sus ramas, rayndolo de negro, como una piel de tigre. El claro, por su parte, tambin ardi,
del mismo modo que haban ardido kilmetros de selva para traer el fuego desde tan lejos.
Y cuando dej de arder, las llamas ms avanzadas, estaban ya a un kilmetro de distancia
del viento, mientras el fuego prosegua su marcha.
2
El ro
El enorme oso se puso a vagar por la selva; a veces se paraba para contemplar esos
parajes desconocidos, pero volva a emprender su trote descuajeringado al sentirse
perseguido de nuevo por el siseo y el hedor de las enredaderas quemadas y la cercana del
fuego. Estaba abrumado de perplejidad y de miedo. Estaba huyendo desde el anochecer del
da anterior, siempre a pesar suyo y siempre incapaz de encontrar una manera de escapar
del peligro. Hasta entonces nunca haba tenido que huir. Durante aos, ninguna criatura
viviente se haba enfrentado con l. Ahora, con una especie de vergenza encolerizada,
segua escapando, tropezando con races vistas a medias, atormentado por la sed y
desesperado por no tener una oportunidad de darse vuelta y luchar con este inasible
enemigo a quien nada lograba asustar. En una ocasin se detuvo en el borde de un terreno
pantanoso, engaado por lo que pareca ser finalmente una falla en el avance del enemigo;
y slo logr huir a tiempo y salvarse antes de verse cercado por el fuego de todos lados.
Una vez, en un rapto de locura, volvi sobre sus pasos y golpe las llamas, hasta que sus
patas quedaron negras y chamuscadas y se vieron listones de otro color en su pelambre. Sin
embarg, segua detenindose y dando vueltas, buscando una oportunidad para pelear; y
mientras prosegua la marcha araaba los troncos de los rboles y desgarraba los matorrales
con los pesados golpes de sus garras.
Ahora avanzaba cada vez ms lentamente, resollaba, tena la lengua fuera y los ojos
entornados por el humo que se acercaba cada vez ms. Una de sus patas chamuscadas
tropez con una roca afilada: el oso cay y rod a un lado y, cuando se levant, se sinti
confundido, dio una media vuelta y se puso a ir y volver sobre sus pasos, paralelamente a la
lnea de las llamas que avanzaban. Estaba agotado y haba perdido el sentido de la
direccin. Sofocado por el humo, ya no poda saber de qu lado vena el fuego. Las llamas
ms cercanas prendieron en una maraa de races resecas de quian y corrieron por encima
de ellas, lamiendo una de las patas delanteras. Entonces, por todos lados, reson un
bramido, como si finalmente el enemigo se lanzara a un cuerpo a cuerpo. Pero ms alto
son el bramido rabioso, frentico del oso mismo, al darse vuelta para luchar por fin.
Balanceando la cabeza y asestando tremendos golpes, que sacaban chispas, al fuego que lo
circundaba, se irgui con toda su estatura, hamacndose hacia delante y atrs, hasta que la
tierra blanda se achat y pareci hundirse bajo su peso. Una larga llama hizo crepitar la
espesa pelambre y al instante el animal qued envuelto en fuego, balancendose y
cabeceando en un ritmo grotesco y terrible. Enfurecido, dolorido, haba llegado hasta el
borde de una pendiente abrupta y de repente, asomndose, vio debajo a otro oso, que
temblaba y gesticulaba, levantando sus patas chamuscadas. Luego cay hacia adelante y
desapareci. Un instante despus se oy el chasquido de un zambulln y el ruido silbante,
aplacado de las aguas profundas.
En una y otra parte, sobre la costa, el fuego se par, disminuy y se apag, hasta que
slo quedaron ardiendo o chispeando aisladamente los puntos en donde la brea era ms
espesa. A travs de kilmetros de vegetacin resecada el incendio haba llegado hasta la
ribera Norte del ro Telthearna y ahora, por fin, no poda seguir su camino.
El oso trat de hallar un punto de apoyo, luch intilmente y subi a la superficie.
La luz deslumbradora se haba ido. El lugar estaba en sombras: las sombras de la cuesta
empinada y de su follaje, que se extenda formando un arco sobre el cauce del ro. El oso
chapale y rod contra la ribera, pero no encontr asidero, en parte porque era muy
empinada y la tierra blanda ceda bajo sus garras, en parte porque la corriente lo desplazaba
continuamente y lo arrastraba. Entonces, mientras se aferraba y jadeaba, el dosel que se
tenda por encima de l empez a llenarse con la luz saltarina del fuego, que prendi en las
ltimas ramas, el techo del tnel. Chispas, fragmentos incendiados y ascuas caan silbando
en el ro. El oso, acosado por esta lluvia atroz, se apart de la orilla y empez a nadar
pesadamente hacia el ro abierto, alejndose de los rboles incendiados.
El sol haba empezado a ponerse, iluminaba el ro a lo largo, tiendo con un rojo
opaco las nubes de humo que pasaban por encima. Flotaban troncos ennegrecidos, macizos
como pisones entre la resaca menor, las masas apeuscadas de cenizas y enredaderas
flotantes. Y en medio de este caos nebuloso nadaba el oso, casi sumergido, jadeante,
emergente de nuevo y luchando contra la corriente. Un leo le asest un golpe en el flanco
que hubiera roto las costillas de un caballo; el animal dej caer sus brazos encima,
asindolo en parte por desesperacin, golpendolo en parte por ira. El leo se hundi bajo
el peso y gir, enganchando al oso con una rama todava incendiada que descendi
lentamente, como una mano con dedos. Hizo un esfuerzo por respirar, mientras tragaba
agua, espuma mezclada de ceniza y hojas arremolinadas. Algunos animales muertos
pasaron flotando. En el oso se haba formado una nebulosa decisin de nadar hasta la otra
orilla, una lejana visin de rboles visibles del otro lado del agua. Pero en la corriente
burbujeante y arremolinada del medio del ro, el oso como todo lo dems, fue arrastrado y
volvi a ser una vez ms, como en la selva, una criatura simplemente perseguida, que teme
por su vida.
El tiempo pasaba y sus esfuerzos eran ms dbiles. La fatiga, el hambre, el pavor de
las quemaduras, el peso de su gruesa piel empapada y las continuas bofetadas de la resaca
lo estaban venciendo finalmente, como el clima gasta a las montaas. Anocheca y las
nubes de humo se desprendan de las millas de agua turbia y solitaria. Al principio la ancha
espalda del oso se haba levantado ntidamente sobre la superficie y el animal haba mirado
la direccin en que nadaba. Ahora slo la cabeza emerga, el pescuezo se echaba hacia atrs
para mantener alto el hocico y poder respirar. Ya se dejaba arrastrar, casi inconsciente y sin
percibir nada a su alrededor. No vea la oscura lnea de la tierra que se perfilaba en la luz
del poniente. La corriente se bifurcaba, arrastrando con fuerza en una direccin y
suavemente en otra. Las patas traseras tocaron tierra, pero l no reaccion y se dej llevar
como un desecho hasta que lleg a una roca alta y angosta que emerga del agua; a ella se
abraz torpemente, grotescamente, como un insecto podra aferrarse a un palito.
Y aqu permaneci un largo rato en la oscuridad, erguido como un monolito torcido,
hasta que por fin, aflojando poco a poco su abrazo y haciendo pie con todas las patas en el
agua, avanz en las aguas playas, se meti en la selva y cay sin sentido entre las races
secas y fibrosas de unos rboles quian.
3
El cazador
estaban atados de las patas tres pjaros muertos: una grulla y dos faisanes.
Al llegar al extremo Oeste de la isla, la parte en Sombra, se detuvo, levant la
cabeza con cautela y ech una mirada hacia los bosques distantes. Luego emprendi el
camino hacia la costa. Al llegar a terreno seco se puso en cuclillas entre una mata alta de
cicuta.
Aqu permaneci dos horas, inmvil y atento, mientras el sol se iba elevando y
empezaba a contornear el hombro de la colina. Dos veces tir y las dos veces dio en el
blanco: una vez fue un ganso y la otra un ketlana, un gamo chiquito de la selva. Y cada vez
dej la presa en donde haba cado, sin moverse de su escondite. Perciba la perturbacin a
su alrededor, haba olido la ceniza en el viento y juzg que lo mejor era quedarse quieto y
esperar que otras criaturas perdidas y desarraigadas se fueran acercando. De modo que se
acurruc y esper.
Cuando vio al leopardo, su primer movimiento fue morderse los labios y apretar con
ms firmeza el arco que tena en las manos. El leopardo marchaba directamente hacia l
entre los rboles, despacio y mirando a uno y otro lado. Era evidente que no slo estaba
inquieto sino tambin hambriento y alerta: un ser peligroso que un cazador solitario tendra
mucho inters en evitar. Se acerc, se detuvo, mir un rato, fijamente el escondite del
cazador y luego se dio vuelta y se desliz hasta donde estaba el ketlana, con la flecha
emplumada atravesndole la garganta. Cuando avanz la cabeza, husmeando la sangr, l
hombre, sin producir ningn ruido, sali de su escondite y avanz en un semicrculo,
parndose detrs de cada rbol para ver dnde estaba el leopardo.
Ya estaba a medio tiro de arco de distancia del leopardo cuando un puerco salvaje
surgi de repente de la maleza, choc contra l y desapareci corriendo y chillando entre
las sombras. El leopardo se dio vuelta, mir fijamente y empez a marchar en direccin a
l.
El cazador se dio vuelta y se alej pausadamente luchando contra un impulso de
terror que lo apuraba. Mir de lado y vio que el leopardo haba iniciado un trote y estaba
alcanzndolo. En este punto se puso a correr, tirando a un lado sus pjaros y enderezando
hacia la cordillera, con la esperanza de perder a su terrible perseguidor entre la maleza de
las primeras lomas. Al pie de la cordillera, en el linde de un seto de quian, se volvi y
prepar el arco. Aunque saba muy bien lo que poda ocurrir si lastimaba al leopardo, pens
que su nica, desesperada oportunidad consista ahora en intentar, entre los matorrales y las
enredaderas, eludirlo el tiempo suficiente para tirar varias veces y de este modo dejarlo
maltrecho o espantarlo. Apunt, y solt, pero la mano estaba floja de miedo. La flecha
rasp un flanco del leopardo, qued colgando un instante y cay. El leopardo descubri los
dientes y se precipit; el cazador ech a correr a ciegas. Una piedra cedi bajo sus pies y
cay de bruces, rodando varias veces. Sinti un agudo dolor cuando una rama le atraves el
hombro izquierdo y le falt el aliento. Su cuerpo golpe pesadamente contra alguna masa
voluminosa y lanuda y qued tendido en el suelo, jadeando y loco de terror, mirando hacia
el lugar en donde haba cado. Haba perdido el arco y, al realizar un esfuerzo para
arrodillarse, vio que su brazo izquierdo y su mano estaban llenos de sangre.
El leopardo apareci en la parte alta del barranco empinado del que haba cado.
Quiso guardar silencio pero un estertor sali de sus pulmones agotados y, veloz como un
pjaro, la cabeza del tigre se volvi hacia l. Con las orejas gachas, la cola en movimiento,
se agazap, disponindose a saltar. Pudo ver sus ojos y dientes y, por un largo momento,
estuvo al borde de su muerte como bajo una aterradora gota que iba a caer y a convertirlo
en nada.
De repente sinti que lo empujaban a un lado y se vio echado de espaldas, mirando
al cielo. De pie junto a l, como un ciprs, con un anca tan cerca de su cara que poda oler
la piel lanuda, haba un ser; un ser tan enorme que, en su estado despavorido, no pudo
abarcar.
El cazador vio una pata con garras ms grande que su propia cabeza, una pared de
spero pelambre, quemada y con mataduras que dejaban ver la carne desnuda, un hocico
grande, en forma de huso, recortado contra el cielo, y supo que deba estar en presencia de
un animal. El leopardo segua en la parte alta del barranco, achicado ahora, mirando una
cara que deba lanzarle una terrible mirada. Luego el animal gigantesco, de un solo golpe,
lo hizo saltar del barranco, al punto que dio vueltas en el aire y cay entre los rboles de
quian. Con un rugido que puso en movimiento una nube de pjaros, el animal se volvi
para atacar de nuevo. Al hacerlo, se dej caer en cuatro patas y el costado izquierdo del
cuerpo se rasp contra un rbol. Entonces gru y se encogi, retrocediendo por el dolor.
Luego, al or los debates del leopardo en la maleza, enderez hacia donde vena el ruido y
desapareci.
El cazador se puso lentamente de pie, agarrndose el hombro herido. Por terrible que
haya sido el miedo, la recuperacin puede ser rpida, del mismo modo que uno puede
despertar sin ms de un sueo profundo. Hall su arco y subi por el barranco. Aunque
saba lo que haba visto, su mente segua girando incrdulamente en torno al centro de la
certeza, como un bote en un remolino. Haba visto un oso. Pero Dios santo!, qu clase de
oso? De dnde haba venido? Haba estado ya en la isla cuando l lleg esa maana,
atravesando el vado? O haba adquirido la existencia por obra de su propio terror, en
respuesta a su plegaria? O tal vez l, cuando estaba acurrucado y casi sin sentido al pie del
barranco, haba realizado algn viaje desesperado y fantasmal para convocarlo desde el ms
all? Fuera as o no, una cosa era segura. Viniera de donde viniere, esta bestia que haba
lanzado por los aires a un leopardo adulto de un solo golpe perteneca ahora al mundo, era
carne y sangre.
Volvi lentamente, cojeando, hasta el ro. El ganso haba desaparecido, y con l su
arco, pero el ketlana an estaba donde haba cado. El hombre arranc la flecha, se la puso
bajo el brazo sano y enderez hacia los juncos. Y fue aqu que la crisis demorada se
apoder de l. Se ech a tierra, temblando y llorando quedamente al borde del agua. Por un
largo rato estuvo echado en tierra, olvidado de su propia seguridad. Y poco a poco surgi en
l la idea de que, o quin, era lo que haba visto.
Poco a poco, se fue formando en este cazador, la nocin asombrosa, increble, de lo
que deba ser lo que l haba visto. Entonces se qued tranquilo, se levant y empez a ir y
volver entre los rboles, junto a la orilla. Finalmente se detuvo, contempl el sol sobre el
estrecho y, elevando su brazo indemne, or un largo rato: una plegaria silenciosa y llena de
reverencia temblorosa. Luego, siempre conmovido, volvi a recoger el ketlana y vade
entre los juncos. En el camino encontr la balsa que haba amarrado esa maana: la desat
y se alej corriente abajo.
4
El Gran Barn
La tarde estaba avanzada cuando el cazador, Kelderek, lleg por fin a la vista del
mojn que estaba buscando: un alto rbol zon que estaba por encima del punto en que la
empezaba a correr hacia abajo. Las ramas, con sus hojas de reverso plateado, como de
helechos, colgaban sobre el ro, formando una especie de glorieta acutica sobre la orilla.
Al frente los juncos haban sido cortados para permitir a quien estuviera sentado dentro,
una visin despejada sobre el estrecho. Kelderek, con cierta dificultad, timone su balsa
hasta la boca del canal, mir al zon y levant su remo, como saludndolo. No hubo
respuesta, pero l no la esperaba. Despus de conducir la balsa hasta un poste grueso,
clavado en el agua, palp su longitud, encontr la soga que flotaba bajo la superficie y tir
para acercarse.
Al llegar al rbol, empuj a la balsa a travs de la cortina de ramas colgantes.
Adentro haba una corta plataforma de madera asentada en el banco del ro y en ella estaba
sentado un hombre, mirando entre las hojas al curs del agua. Detrs de l haba otro
hombre, componiendo una red. Cuatro o cinco balsas estaban amarradas al muelle oculto.
La mirada de reconocimiento del Shendron, despus de registrar el nico ketlana y los
pocos pescados que estaban junto a Kelderek, se detuvo en el cazador mismo, que abatido y
sucio de sangre, le inspiraba una curiosidad mezcla de burla y lstima.
Bueno. Aqu ests. Kelderek Juega-con-los-Nios. Tienes poco que mostrar y
menos que de costumbre. Dnde te han herido?
El hombro, Shendron; y el brazo est rgido y me duele.
Parece que tuvieras un pasmo. Tienes fiebre?
El cazador no contest.
Te he preguntado si tienes fiebre.
Mene la cabeza.
Cmo te has herido?
Kelderek vacil, despus volvi a menear la cabeza y se qued callado.
Qu tonto eres! Crees que te hago preguntas por pura curiosidad? Tengo que
enterarme de todo: ya lo sabes. Fue un hombre o un animal el que te hiri?
Me ca y me lastim.
El shendron esper.
Un leopardo me estuvo persiguiendo aadi Kelderek.
El shendron tuvo un movimiento de impaciencia.
Crees que ests contando cuentos a los nios en la orilla? Tendr que seguir
preguntndote: y qu pas?. Dime qu ha ocurrido. O prefieres que te mande a ver al
Alto Barn con un informe de que te niegas a hablar?
Kelderek estaba sentado en el borde de la plataforma de madera, miraba hacia abajo
y mova un palo en el aguaverde oscura. Por, ltimo el shendron dijo:
Kelderek, si eres tan tonto como dicen, yo no lo s. Pero lo seas o no, sabes muy
bien que todo cazador que sale tiene que contar todo lo que sabe a la vuelta. Son las
rdenes de Bel-ka-Trazet. Es el incendio que ha trado un leopardo a Ortelga? Te
encontraste con extraos? Estas son las cosas que tengo que saber.
Kelderek tembl pero no dijo nada.
Bah dijo el que compona la red, hablando por primera vez ya sabes que es
un tonto (Kelderek Zen-zuata) Kelderek Juega-con-los-Nios. Fue de caza se lastim
ha vuelto con poco que mostrar. Por qu no dejamos la cosa ah? Para qu tomarse la
molestia de llevarlo ante el Gran Barn?
El shendron, un hombre con ms aos, frunci el ceo.
No estoy aqu para aguantar chacotas. Esta isla puede estar llena de toda clase de
bestias salvajes; tambin de hombres, a lo mejor. Por qu no? Y este hombre que t tienes
por un tonto puede intentar engaamos. Con quin ha hablado hoy? Le han pagado
para que se calle?
Pero si nos estuviera engaando dijo el componedor de redes no se habra
presentado con una historia ya preparada? Creme, l
El cazador se puso de pie y mir intensamente a uno y al otro.
No estoy engaando a nadie, pero no puedo deciros lo que he visto hoy.
Qu es esto? Dijo el shendron. Me ests creando dificultades, Kelderek,
pero las creas an peores para ti mismo.
No puedo decirte lo que he visto repiti el cazador con una especie de
desesperacin.
En la voz haba un calor y una satisfaccin evidentes. Kelderek mir a Tafro, movi
la cabeza en direccin a la cancin y sonri.
No tienes miedo? pregunt Tafro agriamente.
La mirada grave y preocupada volvi a los ojos de Kelderek.
Presentarte ante el Gran Barn para decirle que has persistido en tu negativa de
contarle al shendron lo que sabes! Hay que estar loco! Cmo puedes ser tan tonto?
Porque a Dios no se le puede esconder nada, ni mentir.
Tafro no contest y se limit a extender una mano que solicitaba las armas de
Kelderek: el cuchillo y el arco. El cazador se las tendi sin decir palabra.
Llegaron a las primeras cabaas, con sus olores de cocina y de desperdicios, sus
humos. Los hombres volvan de la jornada de trabajo y las mujeres, en los umbrales de las
puertas, llamaban a los nios o parloteaban con los vecinos. Aunque alguna que otra mir a
Kelderek con curiosidad, mientras ste marchaba sumisamente junto al mensajero del
shendron, nadie le habl ni pregunt adonde se encaminaban. De repente un nio de unos
siete aos de edad corri hacia l y le tom la mano. El cazador se detuvo.
Kelderek dijo el nio vendrs a jugar esta noche?
Kelderek vacil.
Bueno no s. No, Sarin, creo que no podr venir esta noche.
Por qu no? dijo el nio, evidentemente defraudado. Tienes el hombro
lastimado Es por eso?
Tengo que ir a ver al Gran Barn y decirle una cosa contest sencillamente
Kelderek.
Otro nio, mayor, que se haba acercado, estall en una carcajada.
Y yo tengo que ver al Seor de Bekla antes del amanecer, es un asunto de vida o
muerte. Kelderek, no te burles de nosotros. No quieres jugar esta noche?
Ven de una vez dijo Tafro impacientemente, pateando el suelo.
No, es la verdad dijo Kelderek, sin prestarle atencin. Vengo a ver al Gran
Barn. Pero volver, esta noche o bueno, otra noche, supongo. Y sigui andando, pero
los nios trotaron junto a l.
Esta tarde jugamos dijo el nio menor. Jugamos al Gato que pesca un Pez.
Yo pesqu dos veces al pez.
Muy bien! dijo el cazador, sonrindole.
Idos de una vez! grit Tafro, haciendo el gesto de pegar. Vamos fuera!
Y t, pedazo de idiota! aadi, dirigindose a Kelderek cuando los nios se alejaron.
A tu edad en juegos con los chicos!
Buenas noches les dijo Kelderek. Las buenas noches de vosotros Quin
sabe?
Despus de cruzar una extensa zona de caminos con sogas a los lados, los dos se
acercaron a un grupo de cabaas ms grandes, que formaban aproximadamente un
semicrculo.
Cierto nmero de hombres que, por su aspecto y actividades parecan ser a la vez
servidores y artesanos, ajustaban arcos, afilaban lanzas y componan flechas, picas y
hachas. Un robusto herrero, que haba terminado su da, sala de la forja situada en una
hondonada chata y abierta, mientras sus dos hijos apagaban el fuego y ponan las cosas en
orden.
Kelderek se detuvo y se volvi una vez ms hacia Tafro.
Las flechas con mala puntera pueden herir a inocentes. No es necesario que hagas
alusiones y hables de mi a esa gente.
Qu puede importarte?
No quiero que sepan que guardo un secreto dijo Kelderek.
Tafro hizo un brusco gesto de asentimiento y se acerc a un hombre que estaba
limpiando una piedra de moler. El agua se alejaba formando una espiral a medida que l
daba vuelta a la rueda.
El mensajero de shendron. En dnde est Bel-ka-Trazet?
l? Comiendo. El hombre indic con el pulgar la cabaa ms grande.
Tengo que hablar con l.
Si la cosa puede esperar contest el hombre es mejor que esperes. Dcelo a
No, seor dijo Numiss en voz baja, ste es el hombre que se neg a dar
noticias al Shendron.
Cmo? pregunt el joven barn, vaciando su vaso y haciendo una sea a un
muchacho para que se lo llenara. Entonces es un tipo sensato. De nada vale hablarles a
los shendrons. Es gente estpida. Todos los shendrons son estpidos, verdad? dijo
dirigindose a Kelderek.
Seor contest Kelderek creme, nada tengo contra el Shendron, pero pero
el asunto
Sabes leer? interrumpi el joven barn.
Leer? No, seor.
Yo tampoco. Mira al viejo Fassel-Hasta. Qu estar leyendo? Quin puede
saberlo? Ten cuidado, t puede echar un maleficio.
El barn con el pedazo de corteza se volvi con el ceo fruncido y mir al joven,
como si quisiera decir que l, por lo menos, no era hombre de actuar como un tonto con
unas copas de ms.
Te dir dijo el joven barn, dejndose caer de la mesa y aterrizando con ruido
en el banco todo sobre la escritura una palabra.
Ta-Kominion dijo una voz spera desde el otro cuarto quiero hablar con esos
hombres. Zelda, trelos aqu.
Otro barn se levant del banco que estaba enfrente, haciendo una sea a Kelderek y
a Tafro. Ellos lo siguieron fuera del Sindrad hasta la otra habitacin, en donde estaba
sentado y solo el Gran Barn. Los dos, en muestra de sumisin y respeto, bajaron las
cabezas, levantaron las palmas de las manos a sus frentes, bajaron la mirada y esperaron.
Kelderek, que nunca se haba presentado delante de Bel-ka-Trazet, haba estado
tratando de prepararse para el momento en que habra de hacerlo. Enfrentarse con l era ya
una prueba, pues el Gran Barn estaba repulsivamente desfigurado. Su cara si se poda
seguir llamndola cara daba la impresin de haberse derretido una vez y que la hubieran
dejado endurecer de nuevo. Bajo la frente cruzada de costurones blancos el ojo izquierdo,
torcido y horriblemente bajado hacia la mejilla, estaba a medias enterrado debajo de una
cresta de carne que corra desde el tabique de la nariz hasta el pescuezo. La mandbula
estaba torcida hacia la derecha, de tal modo que los labios se juntaban mal, y sobre la
barbilla se extenda una cicatriz lvida en forma de martillo. Y la expresin que poda
encontrarse en esta mscara terrible era sardnica, penetrante, orgullosa y desprendida, la
de un hombre indestructible, un hombre que era capaz de sobrevivir a la traicin, al asedio,
al desierto y a la inundacin.
Zelda! grit.
El barn volvi.
Llvate a este hombre, ponle el hombro en un cabestro y dale de comer. Tremelo
en media hora y entonces, por este cuchillo, Kelderek y pas la punta de su larga daga
por la serpiente dorada que estaba pintada en la tapa del arca que estaba a su lado habrs
de decirme lo que sabes!
El carcter imprevisible de los contactos con Bel-ka-Trazet daba ocasin a muchos
cuentos. Kelderek, llevado del brazo por Zelda, march pesamente hasta el Sindrad y se
ech sobre un banco, mientras los nios le traan comida y un cabestrillo de cuero. Cuando
volvi a ver a Bel-ka-Trazet, ya era de noche.
El Sindrad estaba en calma, pues todos los barones, salvo dos, se haban retirado.
La distorsin de la cara de Bel-ka-Trazet pareca una ilusin producida por la luz de
la lmpara: los rasgos eran tan monstruosos cmo los de una mscara de demonio en un
drama, la nariz pareca extenderse hasta el pescuezo en una sola lnea sin interrupcin y las
sombras bajo la mandbula latan leve y rtmicamente, como la garganta de un sapo. Y lo
cierto es que ahora iban a representar un drama, pens Kelderek, pues no ge pareca a nada
de lo que haba encontrado en la vida, tal como l la haba conocido. Un hombre sencillo,
que slo se haba ganado su vida que no haba buscado ni el oro ni el poder, haba sido
elegido misteriosamente y convertido en instrumento que contrariaba la voluntad de Belka-Trazet.
Muy bien, Kelderek dijo el Gran Barn, pronunciando el nombre con un leve
nfasis que, de algn modo, expresaba desprecio mientras te has estado llenando la
barriga, yo me he enterado de todo lo que hay que saber de un hombre como t: todo, salvo
lo que ahora habrs de contarme, Kelderek Zenzuata. Sabes que te llaman as?
S, seor.
Kelderek Juega-con-los-Nios. Un joven solitario, que no frecuenta las tabernas,
al parecer, y con una natural indiferencia hacia las mujeres. De todos modos, un cazador
competente, que suele traer presas y piezas valiosas a los agentes que comercian con Guelt
y con Bekla.
Si has odo todo eso, seor.
De tal modo que se le permite ir y venir solo, a su gusto, y no se le hacen
preguntas. A veces se ha ido por unos cuantos das, no es as?
As tiene que ser, seor, cuando la caza
Por qu juegas con los nios? Un joven soltero qu clase de tontera es sta?
Kelderek reflexion.
Los nios muchas veces necesitan amigos dijo. Algunos de los nios con
quienes juego son desdichados. Algunos se han quedado sin padres los padres los han
abandonado.
Se interrumpi, confundido, al encontrar la mirada del ojo fuera de lugar de Bel-kaTrazet. Al cabo de unos minutos murmur de modo incierto:
Las llamas de Dios
Cmo? Qu dices?
Las llamas de Dios, seor. Los ojos y los odos de los nios todava estn
abiertos ellos dicen la verdad.
Y tambin la dirs t, Kelderek, antes de lo que crees. De modo que pasas por
ser un hombre simple, un poco tonto, tal vez, un hombre que ni bebe ni anda con mujeres,
que juega con los nios y suele hablar con Dios? Claro, nadie podra sospechar de
semejante hombre, nadie podra pensar que es un espa, un traidor, que lleva mensajes o
tiene tratos con el enemigo en sus solitarias excursiones de caza.
Seor
Hasta que un da vuelve herido y con las manos vacas de un lugar que pasa por
estar lleno de caza y tan confundido que no es capaz de inventar un cuento
Seor! El cazador cay de rodillas.
Le caste mal al hombre, no es eso, Kelderek? Algn bandido de Deelguy, tal
vez, o algn viscoso negrero de Terenkenalt que quera hacer un dinerito extra llevando
algn mensaje de sus excursiones Es probable que tu informacin no haya gustado o
la paga no era suficiente?
No, seor, no!
Prate!
El Gran Barn guardaba silencio con aire contenido, como un hombre contrariado
por un obstculo pero decidido a vencerlo por uno u otro medio. Y cuando volvi a hablar,
lo hizo en un tono ms tranquilo.
Bueno, en la medida en que puedo juzgar, Kelderek, tal vez seas un hombre
honrado, aunque pareces ser muy tonto cuando hablas de los nios y de Dios. No podas
haberle pedido aun solo amigo que viniera aqu a dar testimonio de tu honradez?
Seor.
No, supongo que no podas, o nunca se te ocurri. Pero supongamos que eres
honrado y que, por alguna razn, algo ocurri hoy que no has ni ocultado ni revelado. Si
hubieras empleado astucia para ocultarlo, Supongo que no te habras visto forzado a
comparecer: no estaras aqu parado ante m. Por lo tanto, debes saber que es algo que habr
de salir a luz tarde o temprano, y que sera tonto de tu parte el intentar esconderlo.
S, estoy convencido de eso, seor contest Kelderek sin vacilar.
Bel-ka-Trazet desenvain su cuchillo y, como un hombre que se pone a matar el
tiempo mientras espera la hora de la comida o a un amigo, se puso a calentar la punta en la
llama de la buja.
Seor dijo Kelderek de repente si un hombre que ha vuelto de caza dijera al
shendron o a sus amigos: Encontr una estrella que cay del cielo a la tierra, quin le
creera?
Bel-ka-Trazet no contest y sigui dando vueltas a la punta de su cuchillo sobre el
fuego.
Pero si ese hombre hubiera encontrado realmente una estrella, seor, qu puede
pasar entonces? Qu debe hacer y a quin debe llevar esa estrella?
Eres t quien me hace las preguntas, Kelderek, y en forma de enigmas. No me
gustan los visionarios ni sus charlas. De modo que ten cuidado.
El Gran Barn cerr el puo, pero luego, como un hombre decidido a ser paciente,
lo abri y qued mirando a Kelderek con una expresin escptica.
Qu hay? dijo finalmente.
Te temo, seor. Temo tu poder y tu ira. Pero la estrella que encontr viene de
Dios, y yo tambin tengo temor de esto. Tengo ms temor. Y se a quin debe ser revelado
la voz llegaba en un jadeo estrangulado slo puedo revelarlo a Tuguinda!
Inmediatamente Bel-ka-Trazet lo asi por el pescuezo y lo tir a tierra. La cabeza
del cazador se ech hacia atrs, apartndose de la aguda punta del cuchillo, tan cerca de su
cara.
Har esto slo puedo hacer esto! Por el Oso: no elegirs lo que habrs de
hacer cuando te arranque los ojos! Vas a terminar en Zeray, hijo mo!
Las manos de Kelderek se tendieron hacia arriba, asieron la capa negra inclinada
sobre l y que presionaba desde la rodilla hasta el hombro lastimado. Cerr los ojos ante el
cuchillo cercano y pareci que iba a desmayarse entre las manos del Barn. Pero cuando
5
A Quiso de noche
dado unos diez pasos, la mujer alta, sin dar vuelta la cabeza, grit: Seguidme!. Kelderek
obedeci, manteniendo la distancia entre ellos como un sirviente.
Muy pronto empezaron a trepar un angosto sendero que llevaba a los bosques.
Kelderek se vio forzado a tantear entre las rocas, buscando asideros.
Tanteando entre los helechos y las hojas poda or ms alto a medida que
avanzaba el sonido del agua que caa y de repente se encontr sobre un promontorio de
roca que se ergua sobre un despeadero. En el lado opuesto haba una terraza empedrada y
en el medio de ella se vean unas ascuas encendidas. Esta deba ser la fuente de aquella luz
alta que haba visto desde el ro: una luz que se ilumin para guiarlos. Ms all se elevaba
una pared de roca en lo oscuro; l poda verla claramente, pues en los ngulos de la terraza
haba cinco trpodes, cada uno con un recipiente de bronce del cual se elevaban llamas
traslcidas, amarillas, verdes y azules. Haba poco humo, pero el aire estaba impregnado de
un perfume dulce y resinoso. Ms perturbador y aterrador que la terraza vaca, con sus
recipientes de fuego, era el cuadrado abierto en la roca que estaba detrs. Sobre l haba un
basamento soportado por una columna de cada lado y a Kelderek le pareci que el espacio
negro del medio lo miraba de un modo inescrutable, como el rostro invisible de la mujer
encapuchada en la orilla.
Mir hacia abajo, hacia el precipicio. Un poco a su derecha, apenas visible en la
vacilante oscuridad, pudo distinguir una cascada, no una catarata abrupta, sino una cada de
agua que salpicaba las rocas y se perda en la profunda hendidura ms abajo. Frente a esto,
cerca de la cada de agua y brillando por las salpicaduras, haba un tronco de rbol cado,
no ms grueso que un muslo de hombre, que una el precipicio de orilla a orilla.
La parte de arriba haba sido nivelada groseramente y sobre este rbol, sin baranda,
las dos mujeres cruzaron tan fcilmente como haban marchado en la orilla. El tronco
flexible cedi por el peso y la linterna vacil en el palo pero las mujeres avanzaban con una
gracia tranquila, como muchachas de aldea que llevan sus cacharros para llenarlos a la
fuente.
Lentamente Kelderek descendi de la escarpadura. Al llegar al extremo ms cercano
del puente empez temerosamente a poner un pie detrs de otro. La catarata que tena a su
lado lo salpic con sus fras gotas; el agua invisible ms abajo hizo sonar sus ecos
alrededor; despus de unos cuantos pasos, se acurruc sobre las rodillas, tanteando con una
mano a lo largo del ondulante tronco. No se atreva a levantar la mirada y ver lo que tena
delante. Con la mirada fija en la propia mano, slo poda ver la materia de la madera: nudo
tras nudo entraba en su crculo de visin y desapareca bajo su barbilla a medida que
avanzaba. Dos veces se detuvo, jadeando y hundiendo las uas en el tronco comb, que se
bamboleaba.
Cuando lleg al otro extremo, sigui tanteando ciegamente el terreno con sus manos
y sus rodillas, hasta que encontr por casualidad, y aplast una mata de locatalanga
trepadora y, cuando sinti a su alrededor el penetrante olor, volvi en s y comprendi que
ya no estaba aferrndose y movindose encima del agua. Se puso de pie. Delante de l las
mujeres estaban cruzando el centro de la terraza, una detrs de la otra, como antes. Vio que
alcanzaban el borde del montn de ascuas dentro de su envoltura de ceniza. Sin pausa se
metieron en l, levantando los ruedos de sus capas exactamente como si estuvieran
vadeando un arroyo. Cuando la que estaba detrs se levant la tnica, se pudo ver por un
instante un pie desnudo. Ceniza y chispas se levantaban formando un fino polvo, como el
que levanta un molinero con sus pies.
Kelderek, gimiendo, cay al suelo y escondi la cabeza en el hueco del brazo.
Esta era, pues, la forma de su llegada al templo ms Alto en Quiso de los Arrecifes,
este heraldo de nuevas que las generaciones haban esperado pero nunca haban odo:
herido, transido, arrastrado y casi histrico, que apartaba lo que tena ante los ojos,
determinado extraa determinacin tan slo a rendir los jirones de voluntad que la isla
le haba dejado. Y cuando finalmente el Gran Barn y sus siervos llegaron al borde del
precipicio y, a su vez, se bambolearon como invlidos junto al rbol ladeado, lo vieron
echado en el borde de la terraza, jadeando y carraspeando con un ruido ms aterrador que la
risa del sordo y del mudo.
6
La sacerdotisa
cabeza con aire de reconocimiento grave y comprensivo y se volvi una vez ms hacia el
Gran Barn.
Han querido, pues, que este hombre est aqu dijo. Quin es?
Un hombre que he trado, siyet contest brevemente Bel-ka-Trazet, como si
quisiera recordarle que tambin l era alguien con autoridad.
La sacerdotisa frunci el ceo. Luego se aproxim al Gran Barn, le puso la mano
en un hombro y, con un aire de nia curiosa y asombrada, extrajo la espada de la vaina y se
puso a examinarla: el Barn no hizo ningn intento por impedirlo.
Qu es esto? pregunt, moviendo la espada de tal modo que la luz de las
llamas resplandeca a lo largo de la hoja.
Mi espada, siyet contest l con un poco de impaciencia.
Ah!, tu Ella se par, vacilando, como si la palabra le resultara nueva
espada. Es una cosa hermosa esta espada tan tan tan y, haciendo presin, se
pas el filo tres o cuatro veces por el brazo. No hizo ningn tajo y no dej ninguna marca
. Sheldra dijo a la otra muchacha el Gran Barn nos ha trado una una espada.
La muchacha se acerc, tom la espada entre sus dos manos y la mantuvo
horizontalmente a la altura de los ojos, como si estuviera mirando el filo de la hoja.
Ah, ahora me doy cuenta dijo la sacerdotisa ligeramente. Y poniendo el lomo
de la hoja contra su garganta y haciendo una sea a la muchacha para que la mantuviera con
firmeza, dio un saltito, oscil unos instantes sobre la hoja afilada bajo su barbilla y,
dejndose caer al suelo, se volvi hacia Bel-ka-Trazet.
Y esto? pregunt, extrayendo el cuchillo del cinturn.
Esta vez l no contest. Con aire sorprendido, ella se pinch el brazo izquierdo,
revolvi la hoja, la extrajo limpia de sangre, mene la cabeza y la pas a la muchacha.
Bueno bueno juguetes. Mir framente al hombre.
Cmo te llamas? pregunt.
El Barn abri la boca para hablar, pero despus de un momento los labios torcidos
se cerraron y se qued mirndola, como si ella no hubiera hablado.
Cmo te llamas? le repiti a Kelderek en el mismo tono.
Como en un sueo, el cazador se encontr que tena percepciones en dos planos. Un
hombre puede soar qu est haciendo algo volando, tal vez que, incluso en el sueo,
sabe que no puede hacer. Pero acepta y vive la ilusin, y as siente como reales los efectos
que siguen a una causa que se descarta. Del mismo modo Kelderek oy y entendi las
palabras de la sacerdotisa y, sin embargo, supo que no tenan sentido. Ella le podra haber
preguntado: Qu sonido tiene la luna? o que es ms, saba que ella estaba enterada de
esto y que se contentara con el silencio por respuesta.
Ven! dijo despus de un rato, y gir sobre sus talones.
Camin delante de ellos del Barn sombro y mutilado y del azorado cazador y
los llev fuera del crculo de recipientes con llamas azules y a travs de la apertura en la
roca.
7
Los Arrecifes
La oscuridad estaba interrumpida tan slo por la luz indirecta que vena de la
terraza, pero esto bastaba para que Kelderek pudiera ver que estaban en una habitacin
cuadrada, tallada en la roca, al parecer. El suelo bajo sus pies era de piedra y las sombras de
l y de sus compaeros se movan y vacilaban sobre un muro liso. Sobre ste divis una
pintura que pareca representar, segn crey, un ser gigantesco erguido sobre sus patas.
Y siguieron marchando en la oscuridad.
Tanteando el camino a la zaga de la sacerdotisa, Kelderek toc la jamba cuadrada de
una apertura en la pared y, subiendo a tientas porque tena miedo de un golpe en la
cabeza no pudo encontrar el travesao de arriba. Pero la hendidura, si bien era alta, era
tambin bastante angosta apenas del ancho de un hombre y para proteger su hombro
lastimado entr de costado y avanzo al sesgo, con el brazo derecho delante.
El suelo se inclinaba bruscamente hacia abajo. Avanzaba a tropezones, tanteando la
pared, que doblaba hacia la derecha. Finalmente pudo distinguir, delante de l, el cielo
nocturno y, dibujada sobre ste, la figura de la sacerdotisa que esperaba. Lleg al lado de
ella, se detuvo y mir a su alrededor.
De acuerdo a las estrellas, no era mucho ms de la medianoche. Estaba en un lugar
alto, espacioso y vaco, de pie sobre una ancha plataforma de piedra, con una superficie
nivelada, pero tan spera que poda sentir los granos y ndulos bajo la planta de los pies. A
cada lado haba laderas boscosas. El arrecife se extenda hacia la izquierda, formando una
curva larga y regular, un cuarto de crculo del largo de una pedrada, que terminaba entre
bancos de hiedra y troncos de rboles. Inmediatamente bajo ste se extenda otro arrecife
similar y debajo muchos otros, en forma de escalera para gigantes o dioses.
Mucho ms abajo slo poda percibir un resplandor de agua, como de fondo de
manantial: esto le pareci que deba ser alguna baha de la isla cercada por tierra.
Alrededor, a cada lado, se elevaban grandes rboles.
Se puso a escuchar y reconoci un gotear y escurrir de agua, que llenaba el lugar no
menos que el rumor de las hojas. De dnde podra venir? Mir en derredor.
Estaban de pie cerca de uno de los extremos de la plataforma ms alta. Ms all,
sobre el borde, una corriente superficial tal vez la del precipicio que haba cruzado antes
esa noche correteaba lisamente desde la ladera y a travs del arrecife. Sin duda, a causa
de cierto desplazamiento de las piedras, se extenda por todos lados, llegaba a ser en los
bordes una leve pelcula de agua que resbalaba sobre la superficie spera y a nivel.
Pasmado de asombro, Kelderek comprendi que este vasto sitio era obra del
hombre. Se puso a temblar, en realidad de temor reverente, no de miedo. Mejor dicho se
sinti invadido por una alegra salvaje y expansiva, como la de las danzas o las fiestas que
le daba la impresin de flotar por encima de su propio cansancio y del dolor que tena en el
hombro.
Nunca has visto los Arrecifes? pregunt la sacerdotisa a su lado. Tenemos
que bajar: te sientes capaz?
En seguida, como si ella le hubiera dado una orden, l empez a descender las
piedras mojadas con tanta confianza como si caminara sobre suelo parejo. El Barn lo
llam con brusquedad y Kelderek se detuvo frente a la isla solitaria de un banco de hiedra,
sonriendo a los dos que seguan por encima de l, como si fueran compaeros en algn
juego de nios. Cuando la sacerdotisa y el Barn se acercaron cautamente, midiendo sus
pasos sobre las piedras mojadas, Kelderek oy decir a ste:
Tiene poco en la cabeza siyet Es un hombre simple, tonto, me dicen. Se puede
caer, incluso se puede tirar.
No, el lugar no guarda peligros para l, Barn replic ella. Ya que lo trajiste
aqu tal vez t puedas explicarlo.
No contest secamente el Barn.
Djalo ir dijo ella. En los Arrecifes, dicen, el corazn es la mejor gua del
pie.
Al or esto, Kelderek se volvi una vez ms y se alej a saltos, con paso seguro, ms
y ms abajo. El peligroso descenso pareca un deporte excitante como zambullirse en aguas
profundas. La plida forma de la cala ms abajo se agrand, y ahora pudo ver un fuego que
arda a un lado.
Desde arriba no llegaba ningn ruido de sus compaeros y al poco tiempo
emprendi la marcha hacia el resplandor del fuego y el agua que chapaleaba ms all.
Esta orilla entre los rboles era irregular y estaba empedrada con la misma piedra de
los arrecifes de arriba. Por lo que l poda discernir, haba sido proyectada como un jardn.
Sigui una pared baja y se encontr al borde de un canal que tendra seis o siete pasos de
ancho. Atraves un angosto puente y vio delante de s un espacio circular, empedrado de
acuerdo a un diseo simtrico, oscuro y claro. En el centro haba una piedra achatada por
arriba, ms o menos ovoide y en la que estaba grabado un smbolo en forma de estrella.
Ms all, un fuego arda en un brasero de hierro.
El cansancio y el temor volvieron a apoderarse de l. Inconscientemente haba
pensado en la orilla del agua y en el fuego como el fin del viaje nocturno. No saba qu fin;
pero donde haba fuego, no era natural que esperara encontrar gente y descanso? El
impulso que haba tenido en los arrecifes haba sido tonto e impertinente. La sacerdotisa no
le haba dicho que viniera aqu; la misin de ella poda estar en otra parte. Ahora no haba
nada ms que la soledad bajo las estrellas y el dolor en el hombro. Pens en volver, pero no
pudo enfrentar la cosa. Tal vez, despus de todo, iban a llegar pronto. Arrastrndose hasta la
piedra se sent, apoy el codo en una rodilla, descans la cabeza en la mano y cerr los
ojos. Se sumi en un sueo levemente febril en el cual los acontecimientos del largo da
empezaron a emerger, confusos e ingrvidos.
Slo puedo hablar a Tuguinda! grit el cazador en voz alta.
Salt sobre sus pies, con los ojos abiertos. Ante l, sobre el suelo a cuadros, estaba
parada una mujer de unos cuarenta y cinco aos de edad. El rostro era fuerte, inteligente, y
estaba vestida como una sierva o como la mujer de un campesino. Los brazos estaban
desnudos hasta el codo y en una mano llevaba una cuchara de madera. Al mirarla a la luz de
las estrellas se sinti tranquilizado por su aspecto domstico y sensato. Por lo menos
alguien cocinaba en esta isla llena de hechizos, y haba una persona simple y recta que lo
haca. Acaso pudiera darle un poco de comida.
Crendro (Te veo) dijo la mujer, usando el saludo familiar de Ortelga.
Crendro replic el cazador.
Has venido por los Arrecifes? pregunt la mujer.
S.
Slo?
La sacerdotisa y el Gran Barn de Ortelga vienen detrs de m por lo menos, es
lo que espero. Se llev una mano a la cabeza. Perdname. Estoy cansado y me duele el
hombro.
Sintate de nuevo. l obedeci.
Por qu ests aqu en Quiso?
Es algo que no puedo decirte. Tengo un mensaje un mensaje para la Tuguinda.
Slo a ella se lo puedo dar.
T? No es a vuestro Gran Barn a quien corresponde hablar con la Tuguinda?
Slo a m me corresponde. Y, para evitar decir nada ms, pregunt: Qu es
esta piedra?
Es muy vieja. Cay del cielo. Quieres comer algo? Tal vez puedo hacer algo para
que tu hombro se sienta mejor.
8
La Tuguinda
El cazador se dej llevar en silencio a travs del crculo y ms all del brasero de
hierro, en el cual haba menguado el fuego. Se pregunt si ste no habra sido encendido
como seal y si no habra cumplido ya su funcin, pues no haba nadie all que mantuviera
la llama, Al llegar junto a ellos, el Barn no dijo palabra, pero se llev de nuevo la mano a
la frente. La mano tembl levemente y la respiracin, aunque controlada, era corta e
insegura. El cazador adivin que el descenso de los arrecifes empinados y resbaladizos le
haba exigido ms esfuerzo que el que habra querido mostrar.
Dejaron la fogata, ascendieron una serie de escalones y se detuvieron ante la puerta
de un edificio de piedra que tena en la puerta cancel una argolla colgante de hierro, en
forma de dos osos trenzados en lucha. Kelderek nunca haba visto artesana de esta clase y
contempl maravillado la forma en que el tirador giraba y el peso de la puerta se desplazaba
hacia adentro sin raspar el suelo ni bajar de nivel.
Al cruzar el umbral fue al encuentro de ellos una muchacha vestida como las que
cuidaban los braseros de la terraza. Llevaba tres o cuatro lmparas encendidas en una
fuente de madera que ofreci a cada uno. l tom una lmpara, pero poco pudo ver de lo
que lo rodeaba pues tena demasiado miedo para detenerse o mirar a su alrededor.
De algn lado, no lejano, llegaba un olor de cocina, y se dio cuenta una vez ms que
estaba hambriento.
Entraron a un cuarto con suelo de piedra iluminado por el fuego, amueblado como
una cocina con bancos y una larga mesa rstica. La chimenea, abierta, tena una parrilla y
una segunda muchacha estaba atareada aqu con tres o cuatro cacerolas.
Desde el momento en que haban abandonado el crculo empedrado, el cazador se
haba sentido dominado por la idea de haber cometido un sacrilegio. Era evidente que la
piedra en la que se haba sentado era sagrada. Acaso no le haban dicho que haba cado
del cielo? Y la mujer la mujer rstica con la cuchara slo poda ser.
Cuando se acerc a la luz de la hoguera se dio vuelta temblando y cay de rodillas.
Siyet yo yo no poda saber.
No temas dijo ella. Echate aqu, sobre la mesa: quiero mirarte el hombro.
Melathys: trae un poco de agua tibia. Barn: puedes hacerme el favor de sostenerme una
de estas lmparas?
Despus de ser obedecida, Tuguinda desat la casaca del cazador y empez a lavar
la sangre cuajada de la herida en el hombro. Proceda de modo cuidadoso y deliberado: le
limpi la herida, la cur con un ungento punzante, de olor acre, y por ltimo le vend el
hombro con un trapo limpio.
Ahora comeremos y tambin beberemos dijo Tuguinda finalmente,
ayudndolo a ponerse de pie vosotras podis iros. S, s aadi impacientemente,
hablando a una mujer que estaba levantando la tapa de una cacerola y se demoraba junto al
fuego. Puedo revolver guisos en cacerolas: lo creis o no.
Las muchachas se esfumaron y la Tuguinda, recogiendo su cuchara, revolvi las
distintas cacerolas y llen cuatro recipientes con el contenido de ellas. Kelderek comi
aparte, de pie, y ella no hizo nada por disuadirlo: se sent en un banco junto a la chimenea
y se puso a comer lenta, moderadamente, como si quisiera precaverse para no terminar
antes o despus que el resto.
Cuando los dos hombres terminaron, Melathys trajo agua para las manos, retir los
recipientes y los vasos y encendi el fuego. El Barn, con la espalda apoyada en la mesa,
estaba sentado frente a la Tuguinda, mientras el cazador permaneca de pie entre las
sombras ms all.
Te mand buscar, Barn empez a decir la Tuguinda. Como sabes, te ped
que vinieras aqu esta noche.
Me has puesto en una situacin indigna, siyet contest el Barn. Por qu
ha cado sobre nosotros el miedo de Quiso? Por qu hemos tenido qu quedarnos
pasmados sobre la orilla, en la oscuridad? Por qu?
No haba un forastero con vosotros? contest ella en un tono que lo cort
instantneamente, aunque sus ojos siguieron fijos en los de ella. Por qu supones que no
puedes llegar al desembarcadero? No estabas armado?
Llegu en un apuro. El asunto se me escapaba de las manos. Pero, de todos
modos, cmo podas conocer t estas cosas, siyet?
No importa cmo. Bueno, la indignidad, como tu dices, ha terminado ya. No nos
vamos a pelear. Mi mensaje, supongo, fue inesperado, y t me has dado una respuesta
inesperada trayndome un hombre herido al que encuentro sentado, solo y exhausto, sobre
la piedra del Tereth.
Siyet: este hombre es un cazador un hombre simple, a quien llaman
Se call y frunci el ceo.
S quin es dijo ella. En Ortelga lo llaman Kelderek-Juega-con-los-Nios.
Aqu no tiene nombre hasta que yo lo decida.
Bel-ka-Trazet abrevi.
Me fue trado esta noche, a su vuelta de una cacera pues se neg a decir a uno de
los shendrons qu fue lo que haba, visto. Al principio lo trat con indulgencia, pero de
todos modos no quiso decir nada. Volv a interrogarlo y me contest como un nio. Dijo:
Encontr una estrella. Quin va a creer que encontr una estrella?. Luego dijo: Slo
hablar a la Tuguinda. Al or esto lo amenace con un cuchillo caliente, pero l se limit a
contestar: Que sea la voluntad de Dios. Entonces, en este mismo instante, siyet me lleg
tu mensaje. Bueno, pens si este hombre dijo que slo habra de hablar contigo,
quin oy nunca una cosa semejante?, aceptemos su palabra, aunque slo sea para hacerlo
hablar. Es mejor traerlo a Quiso a su muerte, supongo, a esa muerte que l se ha ganado.
Y luego se sienta sobre la piedra del Tereth, que Dios nos asista!
Y lo encontramos cara a cara y solo contigo. Cmo es posible que vuelva a
Ortelga? Tiene que morir.
Eso es algo que decido yo, mientras l est en Quiso. Ves muchas cosas, Barn, y
proteges a tu pueblo como un guila a sus aguiluchos. Has visto a este cazador y ests lleno
de enojo y de sospechas porque te ha desafiado. Nada ms viste en tu nido de Ortelga en
estos dos ltimos das?
Era evidente que a Bel-ka-Trazet no le gustaba que lo interrogaran; pero contest
con la necesaria cortesa:
El incendio, siyet, ha habido un gran incendio.
Por leguas y leguas ms all del Telthearna se incendi la selva. Durante todo el
da de ayer llovieron cenizas sobre Quiso. En la noche llegaron animales a la orilla, por el
ro, animales que nunca haban sido vistos antes. Qu anuncian estos animales? Al
amanecer el arroyo que est en el precipicio cambi de cauce y se derram sobre los
Arrecifes, pero al llegar al pie volvi a juntar sus aguas, remont el canal y no hizo dao a
nadie. Por qu? Por qu? Por qu s mojaron los Arrecifes, Barn? Por la llegada de tus
pies o mis pies? Qu mensaje, qu seales son stas?
As es que medito y oro e invoco la poca sabidura que he adquirido con el correr
de los aos; pues no s ms que Melathys o Rantzay o las muchachas lo que todo esto
significa. Finalmente te mand buscar. Me pareci que tal vez t podras decirme algo que
hayas visto u odo. Tal vez t podrs darme alguna clave.
Mientras tanto, en caso de que venga, cmo habr de recibir a aquel que Dios
quiere enviar? No con poder o con pompa, no, sino como una sierva. Qu otra cosa soy?
De modo que en caso de que venga, me vestir como la mujer ignorante que Dios sabe que
soy. No s nada, pero al menos soy capaz de cocinar una comida. Y cuando la comida est
lista, ir al Tereth, para esperar y orar.
De nuevo guard silencio. Melathys murmur:
Te das cuenta que equivocarte, engaarte y engaar a los otros sera algo
sacrlego y terrible? Cualquier hombre puede ver un oso. Si lo que viste es un oso, oh
cazador que juega con los nios, en nombre de Dios dilo ahora y vuelve a los tuyos sin
dao y con paz!
Siyet no soy nada ms que un hombre comn. Eres t quien debe sopesar mi
relato, no yo. Pero es cierto como que estoy vivo que tengo la seguridad de que el oso que
me salv no es nadie ms que el Seor Shandrik.
Entonces contest la Tuguinda te equivoques o no, es bien claro lo que
tenemos que hacer.
La sacerdotisa estaba de pie, con las manos extendidas y los ojos cerrados, orando
en silencio. El Barn, con el ceo fruncido, se paseaba lentamente en direccin a la pared
ms lejana, volva y caminaba de vuelta, con la mirada fija en el suelo. Al llegar junto a
Tuguinda, sta le puso una mano en la mueca y el Barn se detuvo, mirndola con un solo
ojo de prpados entornados. Ella le sonri, como si no hubiera ante ellos ninguna
perspectiva que no fuera segura y fcil.
Te contar un cuento dijo. Haba una vez un barn sabio y habilidoso que se
comprometi a proteger a Ortelga y su pueblo y a defenderlos contra todo lo que pudiera
perjudicarlos: un instalador de trampas, un cavador de pozos. Husmeaba a los enemigos
casi antes de que ellos conocieran sus propias intenciones y aprendi a desconfiar hasta de
las lagartijas que corren por las paredes. Para tener la seguridad de que no lo engaaban, no
crea nada. Y tena razn. Un dirigente, lo mismo que un mercader, debe estar lleno de
artes: debe dejar de creer ms de la mitad de lo que oye, o se arruinar.
Pero aqu la tarea es ms difcil. El cazador dice: Es el Seor Shardik. Y el
dirigente, que ha aprendido a ser escptico y nada tonto, contesta: Absurdo. Pero todos
sabemos que un buen da el Seor Shardik ha de volver. Supongamos que fuera hoy y que
el dirigente se equivoca, entonces qu error sera ese! Toda la paciente labor de su vida no
podra compensar tal cosa.
Bel-ka-Trazet no dijo nada.
No podemos correr el riesgo de equivocarnos. No hacer nada podra ser el mayor
de los sacrilegios. Hay una sola cosa que podemos hacer. Debemos descubrir, fuera de toda
duda, si esta noticia es verdadera o falsa; y, si perdemos en esto la vida, se habr hecho la
voluntad de Dios. Despus de todo, hay otros barones y Tuguinda no muere.
Hablas tranquilamente, siyet contest el Barn como si hablaras de la
cosecha de tendriona o de la llegada de las lluvias. Pero cmo puede ser eso cierto?
Has vivido muchos aos, Barn, con el Cerco Muerto que hay que fortalecer hoy
y el impuesto que hay que cobrar maana. Esa ha sido tu obra. Y yo tambin he vivido
muchos aos con mi obra, con las profecas de Shardik y los ritos de los Arrecifes. Muchas
veces imagin que llegaba la noticia y medit en lo que deba hacer si la cosa ocurra
realmente. Por eso es que puedo decrtelo ahora: El relato de este cazador puede ser
verdadero, y seguir hablando tranquilamente.
El Barn mene la cabeza y se encogi de hombros, como si no quisiera discutir el
punto.
Bien. Qu vamos a hacer ahora? pregunt.
Dormir contest ella inesperadamente, acercndose a la puerta. Llamar a las
muchachas para que te muestren el lugar.
Y maana?
Maana iremos corriente arriba.
La Tuguinda abri la puerta y dio un golpe en un gong de bronce. Luego se dio
vuelta y, dirigindose a Kelderek, le puso la mano en el hombro sano.
Buenas noches dijo la Tuguinda. Y esperemos que sea realmente una de esas
noches buenas que los nios piden en sus plegarias.
9
El relato de la Tuguinda
El angosto pasaje desde la caleta rodeada de tierra hasta el Telthearna doblaba tan
bruscamente que slo una canoa poda franquearlo. Las estribaciones rocosas a cada lado se
cubran unas a otras, cerrando la caleta como una pared, de tal modo que desde adentro no
poda verse nada del ro que estaba ms all.
Al iniciarse la carga de las canoas, el sol an no haba alcanzado la ribera que
miraba al Norte, pero ahora estaba levantado sobre los Arrecifes y brillaba sobre la caleta,
transformando el agua opaca y gris en un verde luminoso y profundo, de lentos
movimientos. Ntidas sombras caan sobre el empedrado desde las construcciones de piedra
que all estaban esparcidas a lo largo de los bordes, algunas escondidas entre los rboles,
otras levantadas en campo abierto, entre hierbas y flores.
El cazador se pregunt qu edad podran tener estas construcciones. No haba nada
parecido a esto en Ortelga. Todo el lugar pareca ser la obra de un pueblo muy antiguo.
Qu clase de gente poda haber sido sta? Quines haban construido los Arrecifes?
Se apart del sol, parpadeando, para contemplar las muchachas graves y silenciosas
que estaban cargando las canoas. Eran silenciosas, supuso l, por hbito y en virtud de la
ley de la isla. Qu alivio habra sido abandonar este lugar sombro y extrao, de secretos y
de brujeras! Record entonces adnde iba y sinti un estremecimiento de miedo en el
estmago.
Una mujer de pelo gris, que haba estado dirigiendo a las muchachas que trabajaban,
se apart de la orilla y se acerc a Melathys.
La tarea est hecha, siyet dijo. Quieres cerciorarte de que todo est en su
lugar?
No, confiar en ti, Thula contest la sacerdotisa con aire distrado.
La vieja le puso una mano en el hombro.
No sabemos adnde vas, querida, ni por cuanto tiempo dijo. No quieres
decrnoslo? Recuerdas cmo te consolaba cuando eras nia y soabas con traficantes de
esclavos y con guerras?
S demasiado bien adonde vamos contest Melathys pero no s cundo
volver.
una de las
recobrar el
una mujer
y por unos
Luego, sin
Que Dios sea con ellos. Y con Melathys, pues sus bonitos brazos han sido
raspados por la trazada. Cazador tmido, meditabundo cazador, cmo te llamas?
Kelderek, siyet contest l. Kelderek Zenzuata.
Bueno. Ahora podemos estar seguros de que hemos salido de Quiso. A las
muchachas les va a gustar este viaje inesperado. Quines estn con nosotros? Sheldra,
Nito, Neelith
Empez a chancear con las muchachas que, por sus respuestas, parecan muy
convencidas de que ella estaba de excelente humor. Al cabo de un rato la canoa de la
Tuguinda se puso al lado de l y ella le toc el hombro.
Cmo est tu hombro? pregunt.
Mejor, siyet contest l. Tengo mucho menos dolor.
Bien. Porque nos vas a hacer falta.
Aunque la Tuguinda haba mantenido en secreto su partida, alguien, adems de
Melathys, haba sabido sin duda lo que ella quera hacer y haba cargado, en consecuencia,
la canoa, porque estaba vestida como si fuera a ir de cacera, con una tnica de pedazos de
enero cosidos y superpuestos, con sandalias y polainas tambin de cuero, y los cabellos
mojados, que le envolvan la cabeza, estaban sujetos con una tenue cadenita de plata. Lo
mismo que las muchachas, llevaba un cuchillo en el cinturn.
No subiremos la orilla de Ortelga, Melathys. Los shendrons nos veran y toda la
ciudad se pondra a hablar en menos de una hora.
Cmo es posible, siyet? No estamos yendo a la parte occidental de la isla?
As es. Pero iremos hasta el otro lado del ro y luego volveremos.
El viaje, prolongado de este modo, dur casi hasta el anochecer.
El sol se acercaba al horizonte cuando por fin la Tuguinda dio orden de doblar hacia
la izquierda y navegar una vez ms contra la comente. Kelderek, que conoca la dificultad
de juzgar las corrientes siempre cambiantes del Telthearna, comprendi que esta mujer era
un navegante experimentado y capaz. De todos modos su juicio era excelente, pues con
poco esfuerzo suplementario de parte de las cansadas muchachas, el ro los llev
fcilmente, de tal modo que avanzaron casi justamente sobre la roca alta y angosta que
estaba en el punto Oeste de Ortelga.
Vadearon hasta la costa, arrastrando entre ellos las canoas en medio de los juncos y
acamparon en terreno seco, rodeados de la maraa de races blandas y fibrosas de un
bosquecillo de quian. Era una costa salvaje; y mientras el fuego de ellos se consuma, de
modo que las formas de los troncos parecan temblar en el calor y a lo lejos el crepsculo
palideca sobre la extensin del ro, Kelderek volvi a sentir como ya haba sentido dos das
antes, la extraa inquietud y perturbacin de la selva en torno de ellos.
Siyet se atrevi a decir por fin y t, seor Barn, si me puedo dirigir a ti de
este modo, no deberamos dejar que nadie se aleje del fuego esta noche. Si alguien quiere
hacerlo, que vaya hasta la orilla, pero a ningn otro lado. Este lugar est lleno de seres que
tambin son extraos aqu, perdidos y enloquecidos de miedo.
Bel-ka-Trazet se limit a asentir con la cabeza. Kelderek, hizo guardia la mitad de la
noche. No tena deseos de dormir. Qu clases de centinelas podan ser, se pregunt, estas
muchachas silenciosas y contenidas, cuyas vidas haban estado enclaustradas tanto tiempo
en la soledad de Quiso? Pero tambin supo que estaba tratando sin lograrlo de
engaarse: las muchachas eran de confianza, y sta no era la razn de su estado de alerta.
La verdad era que no se vea libre durante todo el da no se haba visto libre del miedo
de la muerte y del terror a Shardik.
Empez a cavilar en la oscuridad y una nueva inquietud se apoder de l cuando
pens en el Gran Barn y luego en Melathys. Los dos tenan miedo de esto estaba seguro
, miedo a la muerte, sin duda, pero tambin y era en esto que diferan de l miedo a
perder lo que cada uno tena ya. Y a causa de este miedo haba en el corazn de ellos una
esperanza real, de la cual ninguno quera hablar delante de la Tuguinda, la esperanza de que
lo que l les haba dicho era falso y que la bsqueda iba a terminar en nada: porque a cada
uno le pareca que, incluso en caso de que l les hubiera dicho la verdad, l o ella nada
tenan que ganar en consecuencia.
Se le ocurri y esto conturb su corazn y aument an ms su sensacin de
soledad que el Gran Barn era incapaz de captar lo que para l era tan simple como la
llama.
Bel-ka-Trazet, pens Kelderek, haba empleado aos para convertir a Ortelga en una
fortaleza y esperaba ahora recoger su cosecha, envejecer en la seguridad detrs de sus
cercos y sus empalizadas, su foso contra el ro y sus shendrons a lo largo de la costa. En su
mundo, el justo lugar para las cosas extraas o desconocidas quedaba fuera. Entre todos los
corazones de Ortelga, tal vez, el suyo era el menos dispuesto a saltar y encenderse por las
nuevas del retorno de Shardik, el Poder de Dios. En cuanto a Melathys, ya estaba satisfecha
con su papel de sacerdotisa y su brujera islea.
Acaso esperaba llegar a ser la Tuguinda con el tiempo. Ahora obedeca a la
Tuguinda tan slo porque no poda desobedecerla. l estaba seguro que el corazn de ella
no comparta la apasionada esperanza de la Tuguinda ni su profundo sentido de la
responsabilidad. Tal vez fuera natural tener miedo. Era una mujer, de espritu pronto y
joven, que ya haba alcanzado una posicin de autoridad y de confianza. Tena mucho que
perder en caso de que una muerte violenta la golpeara.
Los dos estn muy por encima de m, pens, paseando lentamente por la arboleda,
mientras el croar incesante de las ranas en la orilla le llenaba los odos. Y, sin embargo yo
un hombre vulgar puedo darme cuenta que el uno y la otra se aferran o tratan de aferrarse
a lo que temen que cambie o desaparezca. Mis pensamientos no son estos, porque yo tengo
nada que perder. Adems, he visto al Seor Shardik y ellos no lo han visto. Pero an en el
caso de que lo encontremos de nuevo y no muramos, creo que van a intentar negarlo de
algn modo u otro. Y esto es algo que yo nunca podra hacer, pase lo que pasare.
El grito repentino y agudo de un animal en la selva le record la obligacin que
haba tomado, y volvi a la vigilancia. Cruzo una vez ms el claro y se abri camino entre
las muchachas dormidas.
La Tuguinda estaba de pie junto a la fogata. Le hizo una seal y, cuando l se acerc,
lo mir con la misma sonrisa inteligente y honrada que le haba visto junto a la piedra
Tereth, antes de saber quin era ella.
Kelderek: espero que tu vela haya terminado
Si alguien me tomara la guardia, siyet, no podra dormir. De tal modo, por qu
no he de vigilar?
Te duele el hombro?
No: me duele el corazn, siyet, le devolvi la sonrisa. No me siento
cmodo. Tengo buenos motivos.
Bueno, me alegro que ests despierto, Kelderek Jue-ga-con-los-Nios, porque t y
yo tenemos que hablar, se apart de las mujeres dormidas, y l la sigui hasta que ella se
detuvo y lo mir en las tinieblas, recostndose contra un tronco de quian.
Las ranas croaban y ahora poda or las olas que acariciaban los juncos.
Me oste decir a Melathys y al Barn que deberamos actuar como si tus nuevas
fueran verdaderas. Es lo que yo les dije, pero t, Kelderek, debes saber esto. Si yo no fuera
capaz de percibir la verdad que brota de un corazn de hombre en sus palabras, no sera la
Tuguinda de Quiso. No tengo dudas de que t has visto realmente al Seor Shardik.
l no hall respuesta y despus de un rato ella continu:
De modo que, entre todos los innumerables millares que han esperado, t y yo
somos los elegidos.
S. Pero pareces tan tranquila, siyet y yo yo estoy lleno de miedo un
miedo comn, el miedo de un cobarde. Reverencia y pavor tambin siento, pero sobre todo
tengo miedo de que un oso me haga pedazos. Son seres muy peligrosos. T no tienes
miedo?
Arrecifes. Los que los iniciaron nunca los vieron terminados. Y fueron ellos quienes
empedraron las costas de la baha ms abajo y construyeron las viviendas para las
sacerdotisas y las mujeres.
Y Shardik, siyet? En dnde se alojaba?
No se alojaba. Iba adonde quera. Vagaba libremente, a veces en los bosques, a
veces en los Arrecifes. Pero las sacerdotisas lo buscaban, lo alimentaban y se ocupaban de
l. Este era el misterio de ellas.
Y nunca mataba?
S, a veces mataba A alguna sacerdotisa durante el Canto, si esa era la voluntad
de Dios, o tal vez a algn suplicante demasiado audaz que lo haba abordado
inoportunamente o lo haba provocado de algn modo. Asimismo, l conoca la verdad en
el corazn de los hombres y poda decir cuando alguien era su enemigo en secreto. Cuando
mataba, lo haca por su propia adivinacin, nosotros no lo incitbamos a matar. Ms bien
ste era nuestro misterio y nuestra habilidad consista en atenderlo de modo que no lo
hiciera. La Tuguinda y sus sacerdotisas caminaban cerca de Shardik y dorman junto a l:
ste era el arte de ellas, la maravilla que los hombres venan a ver, la maravilla que haba
dado a Bekla su buena suerte y su maestra.
Y tena esposa?
A veces se juntaba, pero no era necesario. Era una cuestin de seales y de
pronsticos, de Su voluntad ms que de una intencin humana. A veces, en verdad, la
Tuguinda saba que deba abandonar a Quiso y dirigirse a las colinas o a la selva con sus
muchachas para encontrar y traer de vuelta una compaera para Shardik. Pero a veces l
viva hasta que pareca que iba a morirse, y entonces ellas iban, lo encontraban renacido y
lo traan de vuelta al hogar.
Cmo?
Tenan maneras de hacerlo, maneras que todava conocemos, o que esperamos
conocer, pues hace mucho tiempo que no se usan drogas y otras artes con las que era
posible manejarlo, aunque tan slo por poco tiempo. Pero nada de esto era seguro. Cuando
el Poder de Dios aparece en forma terrestre, no se lo puede llevar de aqu para all como
una vaca, pues en dnde estara la maravilla y el terror? Siempre, con Shardik, haba
incertidumbre, peligro y riesgo de muerte: y esto por lo menos, es algo de lo que podemos
estar seguros. Shardik requiere de nosotros todo lo que tenemos, y a quienes no pueden
ofrecer tanto libremente, l puede muy bien arrebatarlo por la fuerza.
Se interrumpi, mirando sin ver la selva oscurecida, como si estuviera rememorando
la majestad y el poder de Shardik de los Arrecifes y de su Tuguinda de tiempos idos.
Finalmente Kelderek pregunt:
hombre y una mujer. Pero a esos Recipientes l los har antes pedazos y despus los
compondr de nuevo de acuerdo a su propsito.
Qu significa eso?
No s contest la Tuguinda pero puedes estar seguro de esto, Kelderek
Zenzuata. Si ste es en verdad el Seor Shardik, como yo, lo mismo que t, creo, entonces
habr una buena razn para que t y no otro haya sido elegido para encontrarlo y servirlo.
S, aunque t mismo no puedas adivinar cul es esa razn.
No soy guerrero, siyet. Yo
Nunca se dijo que el retorno de Shardik significar necesariamente que el poder y
el gobierno habrn de ser devueltos a la gente de Ortelga. Lo cierto es que hay un decir:
Dios no hace la misma cosa dos veces.
Entonces, siyet, si lo encontramos, qu vamos a hacer?
Sencillamente confiar en Dios contest ella. Si abrimos nuestros ojos y
nuestros odos en plena humildad, se nos dejar ver lo que debemos hacer. Y es mejor que
ests preparado, Kelderek, y que te sometas con un corazn humilde y honrado, pues el
cumplimiento del propsito de Dios puede depender de esto. l no puede decirnos nada si
nosotros no escuchamos. Si t y yo estamos en lo cierto, nuestras vidas dejarn muy pronto
de ser nuestras, algo que manejamos como queremos.
March lentamente de vuelta hacia la hoguera, y Kelderek se puso a su lado. Al
llegar, ella le tom la mano:
Eres capaz de rastrear, a un oso?
Es muy peligroso, siyet, creme. El riesgo
Slo podemos tener fe. Tu tarea es encontrar al oso. En cuanto a m, he aprendido
durante largos aos los misterios de la Tuguinda, pero ni yo ni ninguna mujer viva los ha
realizado nunca, ni los ha visto realizar en presencia del Seor Shardik. Que sea la voluntad
de Dios.
Hablaba en voz baja, porque haba dejado atrs la hoguera y estaban caminando
entre las mujeres dormidas.
Debes tratar de descansar un poco ahora, Kelderek dijo ella pues maana
tenemos mucho que hacer.
Como t digas, siyet. Quieres que despierte a dos de las muchachas? Una sola
puede ceder al miedo
La Tuguinda mir los cuerpos que respiraban con una tranquilidad que pareca tan
leve, remota y precaria como la de los peces que descansan en aguas profundas.
Dejemos descansar a estas pobres chicas dijo. Yo vigilar.
10
El hallazgo Shardik
Al levantarse el sol y avanzar hacia el Sur, dando vuelta a la colina, el brillo lquido
de los lechos de junco, reflejado en los rboles de la costa, era absorbido desde arriba por
las hojas translcidas y encontrado por fin y disuelto por los rayos directos que penetraban
entre las ramas ms altas. Una luz verde y dbil, resplandeca en los reversos de las hojas,
moteando el suelo entre los troncos de los rboles. No haba viento, los rboles estaban
quietos en el calor y nada se mova fuera del ro, que segua fluyendo ms all.
Kelderek estaba de pie junto a la orilla, escuchando los sonidos de la selva de la
tierra firme. Poda darse cuenta que, a partir de su aventura de los dos das pasados
incluso desde su desembarco en la noche previa la confusin en la selva se haba
amortiguado y la agitacin haba decrecido. Haba menos gritos de alarma, menos vuelos
bruscos de pjaros y huidas de monos entre los rboles. Kelderek haba visto huellas, por
aqu y por all, en el barro, y sendas angostas abiertas entre los juncos. Un pensamiento lo
asalto: Y si l se hubiera ido? Y si l ya no estuviera en la isla?.
Entonces estara seguro, pens, y mi Vida, como una corriente despus de un
aguacero, volvera a los cauces por donde estaba corriendo hace dos das. Volvi la cabeza
hacia la Tuguinda que, junto con Bel-ka-Trazet, estaba a cierta distancia, entre los rboles.
Pero ya no podra volver a ser de nuevo el hombre que huy del leopardo. Dos das he
vivido dos aos! Incluso si llegara a saber que Shardik me va a matar y es muy posible
que lo haga no hallo en mi corazn las ganas de rezar para que no lo encontremos.
Sin embargo, cuanto ms pensaba, ms probable le pareca que el oso no estuviera
lejos. Record su paso fatigado, torpe, cuando avanzaba entre los matorrales, y cmo se
haba contrado de dolor al rasparse contra un rbol. A pesar de ser grande y aterrador,
haba algo lastimoso en la criatura que l haba visto. Si l acertaba y el oso haba sido
herido de algn modo, su proximidad iba a ser an ms peligrosa. Lo mejor era apartar de
la mente por el momento toda idea de Shardik, el Poder de Dios, y dedicarse a la ardua
tarea sin duda suficiente para el da de hallar a Shardik el oso.
Volvi con la Tuguinda y el Barn y les describi la forma en que haba ledo los
signos de la selva. Luego sugiri, para empezar, que repasaran el terreno que l haba
recorrido dos das antes y llegaran al lugar en donde haba visto al oso por primera vez. Les
mostr el sitio en que haba desembarcado y cmo haba tratado de ocultarse del leopardo y
escabullirse y alejarse de l. Avanzaron tierra adentro entre los matorrales, seguidos por
Melathys y Sheldra.
Desde que dejaron el campamento, Melathys apenas haba abierto la boca. Al mirar
hacia atrs, Kelderek vea su rostro tenso, muy plido en el calor, cuando levantaba una
mano temblorosa para secarse el sudor de las sienes. Sinti una fuerte piedad por ella.
Al acercarse al pie de la colina, l march adelante a travs de la maleza ms tupida,
hasta el lugar en que haba herido al leopardo. Por casualidad encontr su Hecha y,
recogindola, encaj el cabezal en el arco que llevaba. Tante un poco la cuerda y frunci
el ceo, contrariado: el arco, que perteneca a una de las muchachas, no le gust: era
demasiado blando y ligero, poda haberse evitado la molestia de traerlo. Avanzaban
cautelosamente.
Este es el lugar en que ca, siyet dijo en voz baja~Ves? Estas son las huellas
que dej el leopardo.
Y el oso? pregunt la Tuguinda, en voz igualmente baja.
Estaba debajo, siyet contest Kelderek, sealando al banco. Pero no
necesit levantarse para golpear al leopardo. Golpe de lado. As.
La Tuguinda abarc con la mirada la extensin de la empinada barranca, tom aire y
mir primero a Bel-ka-Trazet y luego al cazador.
Ests seguro? pregunt.
Cuando el leopardo se agazap, lanz una mirada hacia arriba, a la cara del oso,
siyet contest Kelderek todava lo estoy viendo, estoy viendo el pelo blanco bajo la
barbilla.
La Tuguinda guard silencio, como si tratara de imaginar ms claramente la
gigantesca figura que se haba erguido, erizada y amenazadora, por encima de la plataforma
en donde estaba. Por ltimo ella dijo a Bel-ka-Trazet:
Es posible?
No me parece, siyet contest el Barn, encogindose de hombros.
Bueno, bajemos dijo ella. Kelderek le ofreci el brazo, pero ella le hizo una
sea para que fuera a buscar a Melathys. La respiracin de la sacerdotisa era rpida e
irregular y se apoyaba pesadamente en l, vacilando al dar cada paso. Cuando llegaron al
pie de la barranca, puso el pie en la raz de un rbol, se mordi los labios y cerr los ojos.
l iba a hablarle cuando la Tuguinda le puso una mano en el hombro.
No volviste a ver al oso despus de dejarlo aqu?
No, siyet contest l. Tom ese camino: entre esos matorrales. Se acerc
al rbol contra el cual haba refregado el oso su flanco lastimado. No ha vuelto por aqu.
Guard silencio unos instantes y luego, tratando de hablar con calma, pregunt: Debo
seguir buscndolo?
El suelo de la hondonada era fresco y verdeante. A un lado haba un roble. El pie del
tronco estaba rodeado de pasto corto y suave, y cerca, a su sombra, haba un estanque
superficial. En el borde ms lejano se levantaba un barranco cubierto con una maraa de
trepsis, la planta trepadora, una especie de calabaza salvaje, con hojas speras y flores
escarlata en forma de trompeta.
Entre las hojas de trepsis estaba el oso echado de lado, con la cabeza colgante sobre
el agua. Los ojos estaban cerrados, las mandbulas un poco abiertas y la lengua
sobresaliente. Al ver por segunda vez los enormes hombros y el increble tamao del
cuerpo, el cazador fue presa de la misma hipntica sensacin de irrealidad que haba tenido
dos das antes, pero ahora, junto con este, experimentaba la sensacin de estar magnificado,
de haberse elevado a un plano ms alto que el de su vida diaria. Era imposible que existiera
un oso semejante y sin embalo, estaba ante l. No se haba engaado. Este no poda ser
otro que Shardik, el Poder de Dios.
No haba lugar para albergar la menor duda, y todo lo que l haba hecho se
justificaba. Presa de la angustia, del alivio, lleno de miedo y de reverencia, rez: Oh,
Shardik, oh seor mo, acepta mi vida! Soy yo, Kelderek Zenzuata. Soy tuyo y puedes
mandarme para siempre, Shardik, seor mo!.
Cuando la primera conmocin empez a atenuarse, l se dio cuenta que haba tenido
razn al adivinar que el oso estaba enfermo o herido. Era evidente que haba cado en un
coma muy distinto del sueo de un animal sano. Y haba algo ms. El animal estaba echado
al aire libre, pero eso no era todo. Entonces se dio cuenta. La enredadera trepsis crece
rpidamente: puede cubrir un buen trecho entre el alba y el atardecer. El cuerpo del oso
estaba cubierto en partes con tallos, hojas y flores escarlata. Cunto tiempo, pues, haba
estado all Shardik, junto al estanque, sin moverse? Un da? Dos das? El cazador mir
ms detenidamente, mientras su miedo se converta en piedad. En el costado visible, unas
manchas peladas se vean entre la piel lanuda. La carne era oscura y descolorida. Con todo,
poda ser tan oscura la sangre coagulada? Baj un poco la pendiente de la hondonada. Sin
duda haba sangre, pero las heridas parecan oscuras porque estaban cubiertas rebosantes
de moscas gordas. Tuvo una exclamacin de asco y de horror. Shardik, el vencedor del
leopardo, Shardik de los Arrecifes, el Seor Shardik haba vuelto a su pueblo despus de
innumerables aos y yaca moribundo o, cubierto de moscas y de inmundicias en un
pozo de la selva!
Va a morir, pens. Morir antes de la maana a menos que lo podamos evitar.
En cuanto a m, bajar a ayudarlo, sea cual fuere el peligro.
Se volvi y corri por el campo abierto, abrindose paso ruidosamente a travs del
cerco de maleza, corriendo entre los rboles hasta el lugar en donde el Barn lo haba
dejado. De repente sinti que tropezaba y cay despatarrado, recibiendo un golpe que lo
dej mareado y sin aliento. Al rodar, jadeando, las luces que flotaban ante sus ojos se
aclararon y mostraron el rostro de Bel-ka-Trazet, torcido como una vela derretida con un
solo ojo como llama.
Qu pasa? dijo la boca torcida. Por qu corres y haces ruido como una
cabra en un corral de mercado, cobarde?
Tropec, seor dijo Kelderek jadeando.
Fui yo que te hice tropezar, estpido! Has lanzado al oso contra nosotros?
Vamos, hombre, en dnde est?
Kelderek se incorpor. Tena la cara tajeada y se haba golpeado la rodilla, pero
afortunadamente el hombro herido se haba salvado.
No hua del oso, seor. Lo encontr. Encontr al Seor Shardik. Pero tal vez est
durmiendo el sueo de la muerte. Dnde est la Tuguinda?
Aqu estoy dijo ella detrs de l. A qu distancia est, Kelderek?
Est cerca, siyet Herido y muy enfermo, por lo que puedo juzgar. No se ha
movido desde hace ms de un da. Va a morir
No morir contest vivamente la Tuguinda. Si es realmente el Seor Shardik,
no morir. Ven, llvanos all.
Junto al borde de la hondonada, Kelderek seal en silencio. A medida que cada uno
de sus cuatro compaeros llegaban al borde, l los observaba minuciosamente. Bel-kaTrazet tuvo un sobresalto involuntario y luego, apart la mirada, como si tuviera miedo de
lo que vea. Si fue miedo, se recobr en un instante y baj, como Kelderek, a mirar el pozo
con una mirada fija y atenta, como la de un botero que divisa aguas peligrosas por delante.
Melathys se limit a mirar hacia abajo, antes de levantar las manos hasta sus
mejillas exanges y cerrar los ojos. Luego se dio vuelta y cay de rodillas, como una mujer
herida por atroces nuevas.
Sheldra y la Tuguinda permanecieron de pie en el borde. Ni la una ni la otra parecan
sorprendidas y no hicieron ningn movimiento para esconderse.
La Tuguinda haba cruzado las manos sobre la cintura y sus hombros suban y
bajaban a cada respiracin. Su modo de pararse trasmita una curiosa impresin de levedad,
como s realmente estuviera a punto de flotar sobre el pozo. La postura de la cabeza era
alerta como la de un pjaro, y pese a toda su tensin no pareca tener ms miedo que la
sirvienta que estaba a su lado.
Despus de unos instantes, apartndose de Bel-ka-Tra-zet, la Tuguinda dijo
tranquilamente:
Sheldra: ves que es el Seor Shardik?
El vientre y los costados del oso estaban marcados con rayas largas, teidas de
blanco o de gris sucio, como si se lo hubiera quemado con una antorcha o un hierro
candente. En varios sitios la piel, de unos cuatro dedos de espesor, estaba totalmente
quemada, y la carne desnuda como contrada y reseca, en surcos y protuberancias,
hendiduras y llagas abiertas. De cuando en cuando se vea un nido de moscas verdes o
alguna larva que se le haba pasado por alto a la Tuguinda. Varias de las heridas estaban
descompuestas y segregaban un lquido verde y brillante, que haba descolorido el pelo
alborotado y formaba grumos rgidos y endurecidos. Una masa de trepsis reseca y amarilla
demostraba que la infeliz criatura haba orinado en donde yaca. Sin duda, pens Kelderek,
las patas traseras tambin estaban lastimadas y llenas de gusanos. Pero no sinti repulsin:
tan slo piedad y la decisin de desempear su papel en cualquier forma para salvar la vida
de Shardik.
Hay mucho que hacer dijo la Tuguinda si queremos que no muera. Debemos
obrar sin tardanza. Pero primero volver, hablar con el Barn y le dir a la sacerdotisa lo
que nos hace falta.
Cuando marchaban a un lado de la hondonada, ella le dijo a Kelderek:
Animo, sagaz cazador! Tuviste el arte de encontrarlo, y Dios nos dar los medios
de salvarlo. No temas.
No fue ningn arte mo, siyet empez a decir l pero ella le hizo seas de
que se callara y, volviendo la cabeza, habl en voz baja a Sheldra necesitamos tambin
tessik y theltocarna oy l, y unos instantes despus: Si se recupera, debemos intentar
el Canto.
Bel-ka-Trazet estaba en el mismo lugar en que Kelderek lo haba dejado. Melathys,
blanca como la luna, se haba levantado y estaba de pie con los ojos fijos en el suelo.
Hay muchas heridas dijo la Tuguinda y varias estn hinchadas y
emponzoadas. Debe haber huido del incendio a travs del ro Pero esto yo ya lo supe
cuando Kelderek hizo su relato.
Bel-ka-Trazet guard silencio, como deliberando. Luego, con aire de persona
resuelta, levant la mirada y dijo:
Siyet es menester que t y yo nos entendamos. T eres la Tuguinda y yo soy el
Gran Barn de Ortelga, hasta que alguien me mate. El pueblo consiente en obedecernos
porque cree que cada uno de nosotros, de un modo u otro, puede protegerlo. Todo esto es
bueno; es bueno que el pueblo tema y obedezca: pero qu hay para nosotros en esta
historia del oso?, qu intentas sacar de todo esto?
No lo s contest la Tuguinda y este no es el momento de discutir estas
cosas. De todos-modos, tenemos que actuar sin demora.
amarillo. Una de las muchachas apartaba las moscas de sus ojos y sus orejas con una
pantalla de frondas de helecho, mientras que otra, con un vaso de ungento, le frotaba la
espalda y la parte de los costados que era accesible. Dos de ellas haban trado arena para
cubrir las manchas del suelo, que ya haban limpiado y raspado con picas. La Tuguinda
haba puesto un pao mojado en la boca del oso, como haba hecho l, pero ella lo mojaba
en una jarra que tena a sus pies. La actitud plcida de las muchachas contrastaba
extraamente con el cuerpo lastimado y monstruoso del terrible ser que estaban cuidando.
Kelderek observ que dejaban de trabajar cuando el oso demostraba alguna inquietud. La
boca se haba abierto del todo y una de las patas traseras dio una dbil patada antes de
ponerse a descansar una vez ms entre las plantas de trepsis. Y recordando lo que el Barn
haba dicho, Kelderek pens por primera vez: Si realmente logramos curarlo, qu va a
pasar entonces?.
11
El relato de Bel-ka-Trazet
antes de que tenga tiempo de pensar en nada. Se acerc. Yo lo segu y el oso se volvi y se
puso a mirarnos.
Uno de los hombres de Zilkron, un viejo que lo haba cuidado cuando era nio
grit: No te acerques ms, seor! Zilkron chasque los dedos detrs de l, sin darse vuelta,
y tendi el arco.
En ese momento el oso se irgui una vez ms sobre sus patas traseras y me mir
directamente, con la cabeza inclinada y las patas delanteras una encima de la otra. Emiti
dos gruiditos: Ah, ah! Cuando Zilkron solt la cuerda, yo le golpe el brazo y la flecha
fue a rozar una de las ramas de la pira y las chispas volaron en chorro.
Zilkron se volvi hacia m muy tranquilamente, como si hubiera estado esperando
algo parecido. Eres tontito y cobarde dijo vuelve a tu sitio. Yo me puse frente a l y
avanc hacia el oso, mi oso, que suplicaba a un hombre de Ortelga que lo salvara de este
imbcil dorado.
Sal del camino! grit Zilkron. Yo iba a contestarle y en ese instante el oso se
lanz sobre m. Sent un pesado golpe en el hombro izquierdo. Luego me abraz y me
apret contra su cuerpo, mordindome la cara. La humedad y la dulzura de su aliento fue lo
ltimo que sent.
Cuando volv en m, haban pasado tres das y estbamos de regreso en la aldea de
la colina. Zilkron nos haba dejado, pues mi padre lo haba odo cuando me haba llamado
cobarde y haba habido un altercado en consecuencia. All nos quedamos dos meses. Mi
padre sola sentarse a la cabecera de mi cama y me hablaba, tomndome de la mano y
contndome viejos cuentos. De repente se callaba y las lgrimas se demoraban en sus ojos
cuando contemplaba lo que haba quedado de su esplndido hijo.
Bel-ka-Trazet lanz una carcajada breve.
Lo tom muy mal. La vida le haba enseado menos que a m: yo ahora tengo su
edad. Pero no importa. Por qu crees que mand de vuelta mis sirvientes a Quiso y que he
regresado solo aqu? Te lo dir, Kelderek, y atindeme. Como eres un hombre de Ortelga,
no puedes dejar de sentir el poder del oso. Y todo hombre de Ortelga lo sentir, a menos
que nos arreglemos, t y yo, para que las cosas sean de otro modo. Si no podemos hacerlo,
entonces de un modo u otro, toda Ortelga se ir a pique y se desmoronar, lo mismo que se
han desmoronado mi cara y mi cuerpo. El oso es insania, locura, es traidor, imprevisible,
una tempestad que te ahoga y te hace naufragar cuando crees estar navegando en aguas
calmas. Creme, Kelderek, no hay que confiar nunca en el oso. Te prometer el poder de
Dios y te llevar a la ruina y al desastre.
Bel-ka-Trazet se call y levant la mirada. Ms all de la parte alta de la barranca
unas pisadas lentas y tambaleantes hicieron temblar las ramas del melikon y una catarata de
bayas se precipit al estanque. Luego, inmediatamente por encima de ellas, apareci bajo
las brillantes estrellas una forma vasta y agazapada. Kelderek, saltando sobre sus pies, se
12
La partida del Barn
Sin levantarse y sin dejar de mirar al oso, Bel-ka-Trazet tante bajo el agua, detrs
de l, recogi una piedra y la arroj a la oscuridad que estaba sobre la orilla. Cuando la
piedra cay, el oso dio vuelta la cabeza y el Barn, rpidamente, se meti en el estanque,
avanzando bajo la catarata y metindose en el espacio que se formaba entre la cortina de
agua y la ribera detrs. Kelderek permaneci en su sitio y el oso, una vez ms, lo mir. Los
ojos estaban opacos y haba un temblor en las patas delanteras y en la cabeza misma. De
repente los voluminosos hombros del animal tuvieron una convulsin. En voz baja y
apurada, Bel-ka-Trazet dijo:
Kelderek, ven aqu!
Una vez ms el cazador descubri que no tena miedo, que comparta con
espontnea intuicin, y sin tiempo para maravillarse de ella, las percepciones del oso. Supo
que stas estaban entorpecidas por el dolor. Se dio cuenta ahora que el oso no lo haba
visto. El oso no trataba de escudriarlo a l, sino al declive de la orilla, y vacilaba, sintiendo
su debilidad, antes de bajar. Mientras segua inmvil, el animal continu hundindose
lentamente, hasta que l pudo percibir contra su cara la humedad del aliento. Una vez ms,
Bel-ka-Trazet grit:
Kelderek!
El oso resbalaba, caa de bruces. Su cada fue como el derrumbe de un puente en una
inundacin. Por ltimo el oso se qued quieto. Sus ojos se cerraron y una de las heridas del
costado empez a perder sangre, lenta y espesa como crema, sobre la hierba.
Estaba aclarando y Kelderek poda or detrs de l los primeros gritos roncos en la
selva que despertaba. Sin decir una palabra, Bel-ka-Trazet atraves la cascada, extrajo su
cuchillo y se apoy sobre una rodilla frente al bulto inmvil. La cabeza del oso estaba
hundida en el pecho, de modo que la larga mandbula cubra el pescuezo. El Barn se
apart a un lado para dar el golpe pero Kelderek avanz y le arrebat el cuchillo de la
mano.
Bel-ka-Trazet se volvi contra l con una clera fra, tan temible que las palabras del
cazador se helaron en sus labios.
Te atreves a ponerme las manos encima! silb el Barn entre dientes. Dame
ese cuchillo!
Confrontado por segunda vez con el enojo y la autoridad del Gran Barn de Ortelga,
Kelderek se tambale, como si realmente lo hubieran golpeado. Para l, hombre sin rango
ni posicin, la obediencia a la autoridad era casi segunda naturaleza. Baj la mirada,
desplaz los pies y empez a murmurar algo ininteligible.
Dame ese cuchillo repiti Bel-ka-Trazet tranquilamente.
De repente Kelderek se dio vuelta y dispar. Con el cuchillo en la mano atraves a
tumbos el estanque y trep a lo alto d la barranca. Al darse vuelta vio que Bel-ka-Trazet no
lo persegua, sino que haba levantado una pesada roca con ambas manos y estaba parado
junto al oso, sosteniendo la piedra por encima de su cabeza.
Con la sensacin histrica que tendra un hombre que salta de una altura para salvar
la vida, Kelderek recogi una piedra y la arroj. La piedra golpe a Bel-ka-Trazet en la
nuca. Al apartar la cabeza y caer de rodillas, la roca se le escap de las manos y cay sobre
la pantorrilla derecha. Por unos instantes el Barn permaneci quieto, arrodillado, con la
cara vuelta hacia arriba y la boca muy abierta; luego, sin prisa, liber su pierna, se par y
mir a Kelderek con aire lleno de intencin, mucho mas aterrador que su enojo.
El cazador se dio cuenta que, si no quera morir, deba bajar y matar a Bel-ka-Trazet,
y esto era algo que no poda hacer. Lanz un grito sordo, se llev las manos a la cara y
corri ciegamente arroyo arriba. Habra avanzado tal vez unos cincuenta metros cuando
alguien lo tom del brazo.
Kelderek dijo la voz de la Tuguinda. Qu ha ocurrido?
Incapaz de contestar, estupefacto como el mismo oso, slo pudo sealar, con un
brazo tembloroso, hacia la cascada. Ella se alej en seguida y Sheldra y cuatro o cinco de
las muchachas, armadas con arcos, la siguieron.
Se puso a escuchar, pero no poda or nada. Lleno de miedo e indecisin, se
pregunt si no podra huir de Bel-ka-Trazet escondindose en el bosque y arreglndoselas
de algn modo para llegar a la tierra firme. Iba a retomar la marcha cuando de repente se le
ocurri que ya no estaba solo e indefenso frente al Barn, como lo haba estado tres das
antes. Era el mensajero de Shardik, el heraldo de las nuevas que Dios enviaba a Quiso. Sin
duda la Tuguinda, si hubiera sabido lo que se haba intentado e impedido junto al estanque
esa maana, no se habra quedado quieta y no habra permitido que Bel-ka-Trazet intentara
matarlo. Ella y yo somos los Recipientes pens. Ella me salvar. El mismo Shardik
me salvara, no por amor o porque le haya prestado un servicio, sino sencillamente porque
me necesita y por lo tanto est escrito que yo tengo que vivir. Dios debe romper en pedazos
a los Recipientes y rehacerlos de acuerdo a su intencin. Esto puede significar muchas
cosas, pero no puede significar que yo he de morir a manos de Bel-ka-Trazet.
Se levant, dio unos pasos por el manantial y tom la direccin de la cascada. Detrs
de l el Gran Barn, apoyado en el bculo, estaba sumido en una conversacin con la
Tuguinda. Ninguno de los dos levant la mirada cuando el cazador surgi por encima de
ellos.
Seor mo! Oh seor, perdname! Pero el Barn, como si nada hubiera odo,
sigui su camino, y Kelderek se qued detrs, mirando la cicatriz crdena que atravesaba la
nuca y la piel negra y espesa que se balanceaba a uno y otro lado sobre la hierba.
Ya nunca ms vio a Bel-ka-Trazet.
13
El canto
Durante todo ese da Shardik estuvo junto al arroyuelo, sombreado, cuando el sol
cruz el cnit, por la ladera de arriba y las ramas del melikon.
Las muchachas que fueron a Quiso volvieron antes de la medianoche, porque sin el
largo desvo a travs del ro el viaje de vuelta era mucho ms corto que el de ida. Trajeron
nuevas cantidades de ungentos, medicamentos y un narctico hecho con hierbas. La
Tuguinda misma administr ste al oso, embebindolo en delgados segmentos de tendriona.
Durante unas horas el remedio no surti efecto, pero hacia la maana Shardik dorma
profundamente y no se movi cuando le lavaron las quemaduras.
En la tarde del da siguiente, cuando Kelderek volvi de la selva, en donde haba
estado poniendo trampas, se encontr con Sheldra, que estaba en el campo abierto, a cierta
distancia del campamento. Kelderek sigui la mirada de ella y vio, a lo lejos, la figura de
una mujer desusadamente alta, envuelta en una capa, que avanzaba por la pendiente junto al
arroyuelo. La reconoci como la mujer que llevaba la linterna, que l haba encontrado una
noche en la orilla de Quiso. Ms lejos an, junto al ro, seis o siete mujeres iban sin duda al
campamento: cada una de ellas llevaba una carga.
Quin es sa? pregunt Kelderek, sealando con el dedo.
Rantzay contest Sheldra sin mirarlo.
Kelderek no se senta cmodo todava con ninguna de las muchachas.
Sin embargo, no haba desprecio hacia l en esta sombra reticencia.
Los modales de ellas mostraban que lo consideraban una persona importante: el
primer hombre que haba visto y reconocido al Seor Shardik y que haba venido, con
riesgo de su vida, a traer la noticia a la Tuguinda. La respuesta que le acababa de dar
Sheldra no tena intencin despectiva. Le haba contestado brevemente, como hubiera
contestado a cualquiera de sus compaeras.
Seguro de esto, por lo menos l decidi hablar con firmeza.
Dime quin es Rantzay dijo y por qu ellas y esas otras mujeres han sido
tradas aqu.
Por unos instantes Sheldra no contest y l pens: Me va a ignorar. Luego replic:
Entre las que vinieron con la Tuguinda, Melathys es la nica sacerdotisa. Las
dems somos novicias o criadas.
Pero Melathys debe ser tan joven como las otras dijo Kelderek.
Melathys no naci en Ortelga. Fue rescatada de un campamento de esclavos
durante las guerras civiles de Bekla las guerras de Heldril y fue trada de nia a los
Arrecifes. Aprendi temprano muchos de los misterios.
Y? pregunt Kelderek cuando la muchacha se call.
Cuando la Tuguinda supo que el Seor Shandrik haba vuelto de veras, y que
debemos estar aqu para atenderlo y curarlo, mand buscar a las sacerdotisas Anthred y
Rantzay junto con las muchachas que ellas estn enseando. Cuando Shardik se sane, van a
hacer falta para el Canto.
Volvi a guardar silencio, pero luego habl:
Los que sirven al Seor Shardik desde hace tiempo necesitan todo su valor y toda
su resolucin.
Te creo contest Kelderek, bajando la mirada al punto donde el oso, como un
peasco junto al estanque, segua inmvil en su sueo inducido. Pero en ese mismo
momento surgi en su corazn una desmayada exaltacin, y la conviccin de que nadie,
salvo la Tuguinda, poda sentir tan intensamente como l la fuerte y misteriosa divinidad de
Shardik. Shardik era ms que la vida para l, un fuego en el cual estaba dispuesto
consumirse. Y por ese mismo motivo Shardik lo iba a transformar pero no lo iba a destruir;
era algo que l saba. Con una especie de premonicin tembl un instante en el aire clido,
se dio vuelta y regres al campamento.
Esa noche la Tuguinda habl de nuevo con l, mientras se paseaba lentamente por la
ribera, sobre la cascada.
Las heridas estn limpias dijo la Tuguinda el veneno ha desaparecido casi.
Las drogas y los medicamentos siempre actan poderosamente en un ser, humano o animal,
que nunca los ha usado antes. Ahora podemos estar seguros de que va a sanar. Si t,
Kelderek, lo hubieras encontrado slo unas horas ms tarde, nada habramos podido hacer.
Kelderek sinti que haba llegado finalmente el momento de hacerle la pregunta que
le haba estado revoloteando en la mente en los ltimos tres das, desvanecindose y
reapareciendo como una lucirnaga en un cuarto oscuro.
Qu vamos a hacer, siyet, cuando est sano?
Lo s tanto como t. Debemos esperar a que se nos indique.
l, torpemente, insisti.
Tienes intenciones d llevarlo a Quiso, a los Arrecifes?
Yo? durante un instante lo mir con frialdad, como alguna vez haba mirado a
Bel-ka-Trazet, pero luego contest con un tono prctico y vivaz: Debes entender,
Kelderek, que a nosotros no nos corresponde ni hacer planes sobre el seor Shardik ni
ponerlos en prctica. Es cierto, como te he dicho, que a veces, hace muchos aos, la tarea
de la Tuguinda consisti en traer a Shardik a los Arrecifes. Pero en esos das nosotros
gobernbamos en. Bekla, todo estaba en orden y era seguro. Ahora, en este momento, no
sabemos nada, salvo que el seor Shardik ha vuelto con los suyos. No podemos discernir
todava su intencin y su mensaje. Nuestra tarea consiste simplemente en esperar, en estar
preparados para captar y cumplir la voluntad de Dios, sea sta la que fuere.
Dieron vuelta y empezaron a caminar hacia la cascada.
Pero esto no significa que no debemos pensar con sagacidad y actuar con
prudencia prosigui ella. Pasado maana el oso ya no estar bajo los efectos de la
droga, y empezar a recobrar sus fuerzas. T eres un cazador. Qu crees que habr que
hacer entonces?
Kelderek se senta perplejo. Su pregunta le haba sido devuelta sin una respuesta.
Y entendi de repente, con estupor, que ella tena intenciones de estar ah
simplemente junto al animal enorme y salvaje, mientras ste recuperaba sus fuerzas
naturales. Si esto era as y evidentemente era lo que ella crea el camino de la
humildad y de la fe en Dios, era de una naturaleza que estaba ms all de su experiencia o
entendimiento. Por primera vez la confianza que tena en ella empez a vacilar. Ella ley
sus pensamientos.
No estamos comprando soga en el mercado, Kelderek, ni vendiendo pieles a los
corredores. Y no estamos trabajando para el Gran Barn, cavando pozos en la selva. Ni
siquiera estamos eligiendo esposa. Estamos ofreciendo nuestras vidas a Dios y al seor
Shardik y preparndonos humildemente a aceptar lo que l quiera damos en cambio. Yo te
pregunto: qu puede hacer el oso?
Est en un lugar extrao que no conoce, siyet, y se va a sentir hambriento
despus de su enfermedad. Puede buscar alimento y tal vez sea feroz.
Empezar a buscar, crees?
He estado pensando que muy pronto todos nos vamos a ver forzados a movernos.
Nos queda poca comida y yo solo no puedo cazar para tantos.
Ya que estamos seguros que el Gran Barn se va a negar a enviamos alimentos
desde Ortelga, debemos arreglarnos lo mejor que podamos. Hay peces en el ro y patos en
los juncos: tenemos redes y arcos. Elige a seis de las muchachas y llvalas de caza contigo.
Al principio es posible que haya poco que compartir, pero empezar a haber ms cuando
aprendan el oficio.
Por un cierto tiempo se puede hacer, siyet
Kelderek: ests impaciente? A quin dejaste en Ortelga?
A nadie, siyet. Mis padres han muerto y no estoy casado.
Una mujer?
l mene la cabeza, pero ella sigui mirndolo gravemente.
Aqu hay mujeres. No cometas ningn sacrilegio, ahora menos que nunca, pues la
menor infraccin habr de er seguida de nuestra muerte.
l estall, indignado:
Siyet! Cmo puedes pensar que?
Ella se limit a mirarlo fijamente, manteniendo la mirada mientras avanzaban y
tomaban una vez ms el camino de vuelta bajo las estrellas. Y ante la vista interior de l
surgi la figura de Melathys en la terraza, Melathys, la de los cabellos negros, vestida de
blanco, con el collar dorado que le cubra el pescuezo y los hombros, Melathys, que rea
cuando jugaba con el arco y la espada, que temblaba y sudaba de miedo junto al borde del
pozo. En dnde estaba ahora? Qu habra sido de ella? Su protesta qued trunca.
Al da siguiente empez una vida que l habra de recordar muchas veces en aos
sucesivos: una vida tan clara, tan sencilla y tan inmediata como la lluvia. Si alguna vez
dud l de la Tuguinda o de su humildad y fe, ya no tuvo tiempo para recordarlo. Al
principio las muchachas eran tan torpes y estpidas que l se desesperaba, y ms de una vez
estuvo a punto de decirle a la Tuguinda que la tarea estaba ms all de sus fuerzas.
Pero la necesidad hace nacer una desesperada habilidad en el ms torpe. Varias de
las muchachas se convirtieron finalmente en arqueras pasables y el tercer da tuvieron la
suerte de matar cuatro o cinco gansos. Esa noche hubo una fiesta junto al fuego, se contaron
antiguas historias de Bekla, del hroe Deparioth, liberador de Yelda y fundador de Sarkid, y
de Fleitil, el inmortal artesano de la Puerta Tamarrik.
Despus de los primeros das las muchachas aprendieron velozmente y l pudo
enviarlas, en grupos de a dos y de a tres, a pescar o a seguir algn rastro en la selva o a
esconderse entre los juncos, a la espera de pjaros salvajes. Tena mucho que hacer
fabricando flechas, porque perdan ms de la cuenta, hasta que le ense a Muni a
fabricarlas mejor que l.
Fue al quinto o sexto da despus de haber vuelto Sheldra de Ortelga con el arco de
l (que aparentemente haba podido recobrar sin molestar a Bel-ka-Trazet) que Kelderek
estaba parado con Zilth en la selva, a medio kilmetro del campamento. Haban buscado
un escondite junto a un sendero apenas visible que llevaba a la costa, a la espera de
cualquier animal que pudiera presentarse. Ya era tarde y la luz del sol empezaba a enrojecer
las ramas de arriba. De repente oy a la distancia unas voces femeninas que cantaban. Al
escuchar, se le eriz el pelo de la nuca. Record las canciones sin palabras junto a la
hoguera. Estas le haban sugerido, trasmutado por cierto, pero siempre familiar, el rumor
del viento en las hojas, de las olas en el ro, el desplome de las canoas en aguas agitadas y
la cada de la lluvia. Lo que oa ahora se pareca al movimiento inmemorial de las cosas que
a los hombres les parecen inmviles porque sus vidas son cortas.
Zilth estaba de pie, con ojos cerrados y las palmas de las manos abiertas hacia
afuera. Kelderek, aunque nada haba visto y estaba con miedo, tena la impresin de haber
sido levantado a un plano en el cual ya no haba necesidad de plegaria, puesto que la
armona continuamente presente en la mente de Dios era audible por su alma prosternada y
adorante. Haba cado de rodillas y tena la boca torcida como un hombre que sufre.
Siempre con el odo atento, sinti que el canto disminua y luego se desvaneca en el
silencio, como un hombre que se zambulle en aguas profundas.
Shardik, con el sol del poniente detrs, se estaba aproximando al declive; a veces
avanzaba tambaleando, a veces se detena a mirar los rboles y el ro lejano. A cierta
distancia de l, en un amplio semicrculo, se movan ocho o nueve de las mujeres. Rantzay
y la Tuguinda entre ellas. Cuando l vacilaba, ellas tambin se detenan, balancendose al
ritmo de su cancin, cada una equidistante de la otra, mientras el aire del atardecer mova
sus cabellos y las franjas de sus tnicas. Cuando l avanzaba, ellas se movan al unsono
con l, de tal modo que siempre era l el punto central y estaba delante de ellas. Nadie
demostraba premura o temor. Al contemplar esto, Kelderek pens en el cambio de
movimiento instintivo y simultaneo de una bandada de pjaros en el aire, o de una camada
de peces bajo el agua clara.
Era evidente que Shardik estaba a medias atontado, pero el cazador no lleg a saber
si esto se deba al efecto continuado de la droga o al sonido hipntico del canto. Las
mujeres lo rodeaban como ramas agitadas por el viento que se irradian desde el tronco de
un rbol. De repente Kelderek sinti ansias de unirse a la danza peligrosa y bella, de ofrecer
su vida por Shardik, de probarse a s mismo que era uno de aqullos a quienes el poder de
Shardik haba sido revelado y por medio de quienes ese poder iba a ingresar al mundo. Y
con estas ansias lleg una conviccin (y aunque fuera errnea, no importaba) la conviccin
de que Shardik no le iba a hacer dao. Sali de debajo de los rboles y avanz hacia el
declive.
Ni las mujeres ni el oso dieron seales de haberlo visto hasta que estuvo a menos de
una pedrada de distancia. Entonces el oso, que pareca avanzar ms hacia el ro que hacia la
selva, se detuvo y volvi la cabeza agachada hacia l. El cazador tambin se detuvo y
qued esperando, con una mano levantada a guisa de saludo. El sol del poniente lo
deslumbraba, pero no era consciente de ello: con los ojos del oso se vio a s mismo de pie y
solo en la ladera.
El oso escudri con aire incierto sobre la hierba iluminada por el sol. Luego se
acerc a la figura solitaria del cazador, se acerc hasta parecer una masa oscura ante los
ojos deslumbrados de ste, que tambin pudo or la respiracin del animal y el ruido seco
de sus pisadas. Se sinti envuelto en un olor rancio; pero Kelderek slo era consciente del
olor que l tena para Shardik, desconcertado y vacilante al emerger de su enfermedad y de
su sueo artificial, tambin asustado de su propia debilidad y del contorno desconocido.
Shardik husme con aire suspicaz a la criatura humana que tena ante l, pero no reaccion
al no ver ningn movimiento repentino de miedo de parte de sta. Poda or una vez ms las
voces, a veces a la izquierda, a veces a la derecha, que se contestaban unas a otras en planos
de sonido, que lo desorientaban y confundan su ferocidad. Se lanz nuevamente hacia
adelante, en la nica direccin que ellos no haban tomado y, al hacer esto, la criatura
humana, hacia la cual no senta enemistad, se volvi y march con l hacia el poniente y la
seguridad de los bosques.
Las mujeres se interrumpieron ante una seal de la Tuguinda. Cada una sigui en su
puesto mientras Shardik, con el cazador a su lado, entr en los aledaos de la selva y
desapareci entre los rboles.
14
El seor Kelderek
Esa noche Kelderek durmi sobre el suelo desnudo junto a Shardik, sin pensar en
fogatas o en comidas, en leopardos, serpientes u otros peligros de la oscuridad. Y tampoco
pens en Bel-ka-Trazet, en la Tuguinda o en lo que tal vez estaba pasando en el
campamento. As como Melathys haba puesto el filo de la espada contra su pescuezo, del
mismo modo estaba seguro Kelderek junto al oso. Cuando se despertaba en la noche vea la
espalda como el alero de un techo, contra las estrellas, y volva a dormir tranquilo y seguro.
Cuando lleg la maana, con su fro gris, y el piar de los pjaros en las ramas, abri los ojos
a tiempo para ver a Shardik que se alejaba entre los matorrales. Se levant bruscamente,
temblando de fro, flexionando los miembros y tocndose la cara con las manos, como si su
espritu absorto acabara de entrar en su cuerpo por primera vez. En alguna otra zona era
algo que l saba en alguna otra regin, invisible pero no remota, insustancial pero ms
real que la selva y el ro, Shardik y Kelderek eran un solo ser, el todo y la parte.
Meditabundo, no hizo ningn intento por seguir al oso, pero cuando ste se fue, se
dio vuelta y fue en busca de sus compaeros.
Casi en seguida se encontr con Rantzay, que estaba sola en un claro, envuelta en
una capa para protegerse del fro y apoyada en un bculo. Al acercarse l, ella torci la
cabeza, llevndose la mano a la frente. La mano estaba temblando, pero l no pudo darse
cuenta si era de miedo o de fro.
Por qu ests aqu? pregunt con serena autoridad.
Seor: una de nosotras permaneci junto a ti toda la noche, pues no sabamos
no sabamos qu poda ocurrir. Dejas ahora al Seor Shardik?
Por un poco de tiempo. Di a tres de las mujeres que lo sigan y que procuren no
perderlo de vista. Una de ellas debe volver a medioda con noticias de su paradero. Va a
necesitar alimento, en caso de que l mismo no lo encuentre.
Ella volvi a tocarse la frente, esper a que l se pusiera en marcha y lo sigui por el
camino de vuelta hasta el campamento. La Tuguinda se haba ido a baar en el ro y
Kelderek comi solo. Neelith le sirvi la comida y la bebida en silencio, hincando una
rodilla. Cuando finalmente vio a la Tuguinda que volva, se acerc a saludarla.
Inmediatamente las muchachas que estaban con ella retrocedieron y l pudo hablar con ella
a solas junto a la cascada. Pero ahora era el cazador quien haca las preguntas y la Tuguinda
lo escuchaba atentamente y le contestaba con cuidado y sin reserva, como una mujer
contesta a un hombre en quien tiene confianza porque sabe que puede guiarla y ayudarla.
Tena que asesinarlo? Tena que vencer su duro corazn con otro ms duro?
Qu poda salir de todo eso? l no es un malvado y Dios todo lo ve. Acaso no te o a ti
mismo cuando le rogaste que te perdonara?
Pero crees que se contentar con dejar ir al Seor Shardik sin hacerle dao?
Creo, como siempre he credo, que ni l ni nadie pueden* impedir que el seor
Shardik cumpla lo que ha venido a cumplir y trasmita lo que ha venido a trasmitir. Pero
digo de todos modos que, lo que ha de venir, habremos de esperarlo en un espritu de
humildad. Inventamos algn propsito y tratar de utilizar al Seor Shardik para ese
propsito sera un sacrilegio y una locura.
Eso me enseaste, siyet; pero ahora me atrever tambin yo a darte un consejo.
Debemos perfeccionar nuestro servicio del Seor Shardik como un hombre que prepara las
armas con que sabe que debe luchar por su vida.
Porque tarde o temprano Shardik ir a Ortelga u Ortelga ir hacia Shardik. Y en ese
da habr de prevalecer o ser aniquilado. Ser una cosa o la otra, pero los resultados
dependern slo de nosotros.
15
Ta-Kominion
con sus deberes del mejor modo posible. Cuando empezaba el Canto, l las observaba
atentamente, pues Shardik era muy sensible a los signos de miedo que, al parecer, lo
enojaban: las miraba con aire a medias inteligente, a medias feroz, hasta que la vctima,
consumidos sus ltimos jirones de valor, sala del crculo y se iba apabullada, llorando de
vergenza. Siempre que poda, Kelderek evitaba este enojo y sacaba a la muchacha del
crculo antes de que el oso se enfrentara con ella. Arriesgaba todos los das su vida, pero
Shardik nunca llegaba ni siquiera a amenazarlo, y estaba muy tranquilo cuando el cazador
se acercaba a traerle comida o a examinar sus heridas ya casi curadas. Lo cierto es que, a
medida que pasaban los das, pensamientos recurrentes sobre Ortelga y el Gran Barn
empezaron a inspirarle ms miedo que el mismo Seor Shardik. Cada da se volva ms
difcil encontrar y matar la caza que haca falta, y l se dio cuenta que, en la marcha hacia
el Este de la isla, ya estaban muy cerca de haber agotado sus recursos, nunca abundantes.
Siempre que sus excursiones los llevaban hasta la orilla meridional, la costa del Telthearna
pareca ms cerca a travs del estrecho que se enangostaba. A qu distancia estaban ahora
de Ortelga? Qu clase de vigilancia estaba haciendo Bel-ka-Trazet de ellos, y qu ocurrira
cuando llegaran y por ltimo deban llegar al Cerco Muerto, con su maraa de trampas
ocultas? An en el caso de que l lograra de algn modo que Shardik tomara el camino de
vuelta, qu tenan por delante, fuera del hambre? Diariamente, mientras las mujeres
miraban, l y la Tuguinda se paraban ante el oso y rezaban en voz alta: Revela tu poder,
Seor Shardik! Mustranos lo que debemos hacer!. A solas con la Tuguinda, Kelderek
hablaba de su ansiedad, pero siempre encontraba una fe calma e impvida que, en el caso
de otra persona, le habra hecho perder la paciencia.
Ahora, acurrucado en lo oscuro, se senta lleno de dudas e incertidumbre. Por
primera vez desde que lo haba encontrado en el pozo, estaba consciente de que le tena
miedo a Shardik. Durante todo el da no haba matado ni un solo animal y al atardecer el
oso haba demostrado una ferocidad tan aterradora que el Canto se haba interrumpido,
crispado y poco propicio. Cuando sobrevino la noche, Shardik ya se haba internado en la
tupida selva. Kelderek, llegando a Sheldra, lo sigui como pudo, esperando en cualquier
momento convertirse en presa de la fiera.
Despus de un rato Sheldra se qued dormida, pero l sigui escuchando
atentamente cualquier mnimo rumor en la oscuridad. A veces crea poder or la respiracin
del oso o el susurro de las hojas movidas por sus garras. A medida que pasaban las horas se
volvi intuitivamente consciente de que el humor del oso haba cambiado. Ya no estaba
enfurruado y dispuesto a atacar, sino inquieto.
Se puso de pie y grit una vez ms: Paz, Seor Shardik! Tu poder es de Dios!.
En aquel momento, desde algn lugar en la oscuridad, un hombre silb. Kelderek se
puso tenso. Sinti la sangre que le lata en la cabeza: cinco, seis, siete, ocho. Luego, muy
bajo pero distintamente, el hombre que silbaba repiti el refrn de una cancin: Senandril
na kora, senandril na-ro.
Un instante despus Sheldra le agarr la mueca.
Qu pasa, seor?
No s murmur l. Espera.
La muchacha ajust el arco sin producir el menor ruido y luego llevo la mano de l
hasta la empuadura del cuchillo que tena en el cinturn. l lo extrajo y avanz. Muy
cerca, a su izquierda, el oso grua y tosa. La idea del Seor Shardik, atravesado por las
flechas de enemigos invisibles lo llen de prisa y clera desesperadas. Empez a deslizarse
ms velozmente por entre los matorrales. Inmediatamente, desde la oscuridad que estaba a
su derecha, una voz baja pregunt:
Quin anda ah?
Quienquiera que fuera, lo cierto es que l estaba ahora entre ese ser y Shardik.
Escudriando, slo pudo percibir los troncos negros de los rboles contra una oscuridad
ms plida, el cielo abierto por encima del ro. Un viento leve mova las hojas y una estrella
titilaba.
Hasta l lleg el rumor de un movimiento parecido al suyo propio, un frotar de palos
y un roce de follaje. De repente vio lo que haba estado esperando: un resplandor
instantneo entre dos troncos de rbol, tan cerca que qued confundido.
Diez pasos ocho? Le pas por la cabeza que tal vez Bel-ka-Trazet estaba cerca, y
en ese instante record la treta del Barn junto al estanque, cuando haba despistado al oso.
Sus dedos tantearon buscando una piedra, pero no pudieron encontrarla; en cambio,
apretaron un puado de tierra mojada y lo arrojaron al espacio entre los troncos de rboles.
El puado de tierra cay produciendo una agitacin de hojas y, en ese momento, l se lanz
hacia adelante. Fue a chocar contra la espalda de un hombre, un hombre alto, porque su
cabeza golpe contra los hombros de l. El hombre lo rechaz y Kelderek, echndole un
brazo sobre el pescuezo, lo empuj hacia atrs. El hombre cay pesadamente encima de l
y Kelderek logr desasirse, enarbolando el cuchillo de Sheldra.
El hombre no haba emitido ni un solo sonido y Kelderek pens: Est solo. En ese
instante se sinti menos desesperado, pues Bel-ka-Trazet estaba demasiado bien informado
para enviar un hombre solo a atacar al Seor Shardik y a sus secuaces armados y leales.
Apret la punta del cuchillo contra la garganta e iba a llamar a Sheldra cuando el hombre
habl por primera vez.
Dnde est el Seor Shardik?
Eso qu tiene que ver contigo? pregunt Kelderek, echndolo hacia atrs
cuando el hombre trat de sentarse.
Quin eres?
El hombre, asombrosamente, ri.
Yo? Oh, soy un tipo que viene de Ortelga, por el lado del Cerco Muerto, con la
idea de que me van a romper la cabeza por silbar en la oscuridad. Fue el Seor Shardik
que te ense a apretarle el pescuezo a un hombre desde atrs, como con una pata de Deelguy?
Asustado o disimulando su susto, lo cierto es que no pareca tener apuro por escapar.
Llegaste por el Cerco Muerto de noche? pregunt Kelderek, sorprendido a
pesar suyo. Ests mintiendo!
Como prefieras contest el otro. Ahora ya no importa. Pero en caso de que
110 lo sepas, t mismo ests a muy pocos metros del Cerco. Si el viento cambia, podrs
oler el humo de Ortelga. Grita con fuerza y el shendron ms cercano te oir.
Esta era, pues, la causa de la inquietud y el receloso miedo de Shardik! Sin duda
haba husmeado la ciudad. Y si llegaba hasta el Cerco Muerto antes de la maana? Que
Dios lo proteja pens Kelderek. Cuando llegue el da, puede volver. Y si no vuelve, yo
mismo ir a buscarlo hasta el Cerco.
Le pas tambin por la cabeza que, por la maana, el oso iba a estar bastante
hambriento y, por lo tanto, era an ms feroz y peligroso. Pero apart ese pensamiento y
habl una vez ms al extrao.
Por qu has venido? pregunt. Qu buscas?
T eres el cazador, el hombre que vio por primera vez a Shardik?
Mi nombre es Kelderek. A veces llamado Zenzuata. Fui yo quien llev a la
Tuguinda las nuevas del Seor Shardik.
Entonces ya nos conocemos. Nos hemos visto en el Sindrad la noche en que te
fuiste a Quiso. Yo soy Ta-Kominion.
Kelderek se acord del barn alto y joven que haba estado sentado a la mesa y, con
unas copas de ms, haba chacoteado.
De modo que Bel-ka-Trazet te envi a que me asesinaras? dijo. Y ahora
me encuentras menos indefenso de lo que esperabas?
Bueno, hasta ahora tienes razn contest Ta-Kominion. Es verdad que Belka-Trazet trata de matarte y es cierto que yo por eso estoy aqu. Pero escchame, Kelderek
Juega-con-los-Nios. Si crees que yo he venido slo a travs del Cerco Muerto contando
con la remota posibilidad de encontrar a un hombre en kilmetros y kilmetros de selva
para matarlo, debes creer que soy brujo. No: he venido a buscarte porque quiero hablar
contigo; y vine por tierra y en la oscuridad porque no quena que Bel-ka-Trazet lo supiera.
No tena idea de dnde podas estar, pero al parecer he tenido suerte: si se llama suerte un
pescuezo maltrecho y un golpazo en el hombro. Dime ahora: est aqu el Seor Shardik?
No est ms lejos que un tiro de arco. No digas nada malo de l, Ta-Kominion, si
quieres vivir.
Tienes que entenderme mejor, Kelderek. Estoy aqu como enemigo de Bel-kaTrazet y amigo del Seor Shardik. Djame que te cuente algo de lo que ha estado
ocurriendo en Ortelga desde que te fuiste.
Espera! Kelderek asi el brazo del hombre. Los dos se acurrucaron y
escucharon: oyeron a Shardik movindose en la selva. Sheldra! grit Kelderek.
Qu camino tom?
Est volviendo, seor, por el mismo camino por el que vino! Debo ir a decrselo
a la Tuguinda?
S, pero trata de no perderlo de vista en caso de que se aleje ms.
Bueno dijo Ta-Kominion despus de unos instantes veo que te obedecen,
seor Kelderek. Si todo lo que oigo es cierto, lo mereces. Bel-ka-Trazet les dijo a los
barones que t lo habas golpeado.
Tir una piedra. l iba a matar al Seor Shardik, que estaba indefenso.
Es lo que dijo. Nos habl de la locura y el peligro de permitir que la gente creyera
que el Seor Shardik haba vuelto. Esas mujeres van a ser nuestra perdicin dijo con
ese oso medio chamuscado que han conseguido. Dios sabe toda la basura supersticiosa que
saldr de esto si no se las pone en su lugar. Va a ser el fin de la ley y del orden. Envi
hombres a la parte occidental de la isla a que te buscaran, pero al parecer t te habas ido.
Uno te sigui hasta el Este, casi hasta aqu, pero cuando volvi no fue a Bel-ka-Trazet que
habl, sino a m.
Por qu?
Ta-Kominion puso una mano en la rodilla de Kelderek.
La gente sabe la verdad dijo. Una de las muchachas de la Tuguinda vino a
Ortelga, pero an en el caso de que no hubiera venido, la verdad sopla entre las hojas y se
insina entre las piedras. La gente est cansada de la dureza de Bel-ka-Trazet. Hablan
secretamente del Seor Shardik y esperan que venga. Si fuera necesario, estn dispuestos a
morir por l. Bel-ka-Trazet sabe esto y tiene miedo.
Bueno contest Kelderek esa maana en que dej a la Tuguinda yo vi el
miedo en sus ojos. Lo compadec entonces y lo compadezco ahora, pero se ha puesto en
contra del Seor Shardik. Si un hombre elige ponerse en el camino de un incendio, puede
apiadarse el incendio de l?
l cree
Kelderek lo interrumpi.
Qu quieres de m, entonces?
El pueblo y Bel-ka-Trazet no son la misma cosa. Ellos saben que el Seor Shardik
ha vuelto a ellos. He visto hombres sencillos y decentes de Ortelga que lloraron de alegra y
de esperanza. Estn dispuestos a sublevarse contra Bel-ka-Trazet y a seguirme.
Seguirte a ti? Seguirte adonde?
En la soledad de la selva, Ta-Kominion baj la voz an ms.
A Bekla. Para volver a conquistar lo que es nuestro.
Kelderek contuvo el aliento.
Hablas seriamente de atacar a Bekla?
Con el poder del Seor Shardik, no podemos fallar. Te unirs a nosotros,
Kelderek? Dicen que no le tienes miedo a Shardik, y que eres capaz de convencerlo de lo
que quieras. Es cierto eso?
Slo en parte. Dios hizo de m un vaso que pusieron en el pozo, de Shardik y una
antorcha encendida con su fuego. l me aguanta: de todos modos, estar cerca de l es vivir
en el peligro.
Podras traerle a Ortelga?
Ni yo puedo ni nadie puede mover al Seor Shardik. El es el Poder de Dios. Si la
cosa est as ordenada, l ir a Ortelga. Pero cmo podr pasar el Cerco Muerto?, y qu
es lo que intentas hacer?
Mis hombres estn dispuestos a atacar ahora. Ellos le abrirn un camino en el
Cerco: a lo largo de esta_ orilla Es lo ms fcil. Que venga el Seor Shardik conmigo y
todos se unirn a nosotros. S, a ti y a m, Kelderek! En cuanto estemos seguros de Ortelga,
marcharemos sin demora sobre Bekla, antes de que se enteren de las noticias.
Hablas como si fuera fcil. Pero te repito una vez ms: no puedo llevar al Seor
Shardik de un lado a otro, como si fuera un buey. l acta de acuerdo a la voluntad de Dios,
no de acuerdo a la ma. Y si lo hubieras enfrentado, lo entenderas.
Djame que lo enfrente, pues. Lo enfrentar y le rogar que nos ayude. No tengo
miedo. Te digo, Kelderek, toda Ortelga est ansiosa por servirlo y nada ms. Si yo le
suplico, l me dar una seal.
Est bien. Ven conmigo. Hablars con la Tuguinda y enfrentars t solo al Seor
Shardik. Pero si te mata, Ta-Kominion
Se da mucho, cuando se ofrece. Vine a ofrecer mi vida. Si la acepta, no habr de
vivir una desilusin. Si me la da de vuelta, la usar en su servicio.
Como contestacin Kelderek se puso de pie y emprendi la marcha a travs de la
maleza. La noche estaba tan oscura, sin embargo, que le result imposible decir en qu
direccin estaba el campamento.
Finalmente divisaron, todava a cierta distancia, el resplandor de una fogata.
Avanzaron cautelosamente, esperando en cualquier instante or el llamado de alarma de una
de las muchachas o encontrarse frente al mismo Seor Shardik, de caza, hambriento y
colrico. Pero no encontraron a nadie y finalmente, al mirar en derredor, perplejo,
Kelderek, comprendi que ya haban llegado a los aledaos del campamento. Caminaron
lado a lado por el campo abierto, en el cual haba ramas cortadas y ropas diseminadas,
donde haban estado durmiendo las mujeres, hasta los restos de la hoguera, que nadie
atenda.
La perplejidad de Kelderek se cambi en estupefaccin. l lugar estaba desierto. Al
parecer no haba absolutamente nadie en el campamento. Llam:
Rantzay, Sheldra! y, al no recibir contestacin, grit: En dnde estis?
El eco muri y, por unos instantes, slo pudo or a las ranas y el susurro de las hojas.
Entonces tuvo respuesta.
Seor Kelderek! era la spera voz de Rantzay, que vena del lado de la co ta.
Ven en seguida, seor!
Nunca haba sonado tan trastornada su voz. Ech a correr y, al hacerlo, se dio cuenta
que estaba amaneciendo Era bastante claro, por lo menos, como para ver el camino que
llevaba al ro. Cuando estuvieron cerca, pudo divisar las canoas y, ms all, las figuras de
las mujeres envueltas en capas y formando un grupo; algunas de ellas parecan estar con el
agua hasta la rodilla. Todas se abalanzaban, sealaban algo, movan las cabezas a uno y
otro lado y escudriaban entre los juncos. Junto a la alta figura de Rantzay reconoci la
figura de la Tuguinda y corri hasta ella.
Qu pasa, siyet? Qu ha ocurrido?
Sin contestar, ella le tom el brazo y lo llev hasta las aguas bajas, entre los juncos
que eran ms altos que su cabeza.
La Tuguinda, ponindole una mano en el hombro seal corriente abajo un punto en
que se formaba una onda muy ancha, en forma de cabeza de flecha, que quebraba la
serenidad de la superficie. En la parte media, nico ser viviente que era visible en la
extensin de agua y de rboles, Shardik estaba nadando, con el hocico levantado hacia el
cielo, mientras la corriente lo arrastraba hacia Ortelga.
16
La punta y la carretera
derecha, la de tierra firme, pareca estar ms cerca que la de Ortelga, pero cmo era esto
posible? Entonces reconoci el lugar. Los juncos haban sido cortados y dejaban ver una
extensin de agua abierta, ms all de la cual, sobre la orilla de la costa, se ergua un rbol
zon. Pareca alto y lejano, mucho ms que la ltima vez que lo haba visto, al volver a
Ortelga en su balsa. Se acord del shendron, que tal vez estaba oteando en este mismo
momento entre las frondas plateadas. Pero el shendron, por muy vigilante que fuera, nunca
iba a poder verlo. l no era nada ms que resaca, un punto que se mova entre la luz gris y
el agua gris de la primera maana.
Dios mo, pero haba algo ms, algo ms que el shendron no poda dejar de ver! Un
poco detrs, pero directamente entre l y el rbol zon, Shardik avanzaba como una nube
por el cielo plido. No haba ninguna conmocin en el agua que lo rodeaba y su larga
mandbula estaba a medias sumergida; slo emergan los hoyos de la nariz, como los de un
caimn. Mientras el cazador miraba, el oso volvi la cabeza y, al parecer, tambin lo mir.
Al notar esto, pese a su desesperacin, Kelderek sinti de nuevo el retorno del
impulso de bravura que lo haba llevado a precipitarse al ro en busca de Shardik. Shardik
lo haba llamado con algn propsito que l conoca. Shardik tena poder de proteger y de
salvar a quienes le daban todo, sin dudar de nada. Si tan slo pudiera llegar hasta Shardik,
Shardik no lo iba a abandonar. Y cuando el rbol zon ya no fue visible para l, se puso con
sus ltimas fuerzas a nadar hacia la costa, cruzando la corriente. Lenta, muy lentamente,
empez a ponerse paralelo al oso. A medida que entraba en la corriente ms lenta, la
distancia entre ellos disminua, hasta que por fin estuvieron flotando lado a lado, separados
por unos pocos metros.
No poda hacer ms. Estaba exhausto. Slo era consciente de las aguas profundas
por debajo, del miedo de ahogarse y de la presencia de Shardik. No vea ni cielo ni orilla.
Acepta mi vida, Seor Shardik. No lamento nada de lo que hice por ti. Perda el poder
del pensamiento, se hunda, ya no respiraba: con los brazos hacia arriba, los dedos tratando
de aferrarse a lo negro, ya en la muerte, sinti una vez ms el pelo enmaraado, el costado
de Shardik tal como lo haba sentido al caminar junto a l un anochecer en la selva y al
dormir junto a l, seguro por su presencia.
La oscuridad se abri. Retom el aliento y aspir aire. La luz del sol resplandeca
sobre las aguas y brillaba en sus ojos. Estaba aferrado al costado de Shardik, sostenido por
las manos, bambolendose a uno y otro lado, mientras junto a l una de las grandes patas
traseras henda las aguas tan velozmente como un golpe de rueda de molino. Apenas
consciente al principio de lo que haba ocurrido, slo supo que estaba vivo y que an poda
llegar a la orilla antes de dejar atrs la ciudad.
El oso no haba dado vuelta la cabeza ni haba tratado de librarse de l: pareca no
haberlo advertido siquiera. Se sinti asombrado por esta indiferencia. Luego, como si la
cabeza y la vista se hubieran aclarado, sinti que el animal tena otra intencin, algn
propsito propio. Se estaba volviendo hacia la orilla, a la izquierda, y nadaba con ms
vigor. No poda ver por encima de la lnea de la espalda, pero cuando gir un poco ms
pudo ver tierra por encima del hombro. Un instante despus ya estaba vadeando. Dej que
cayeran sus pies, toc fondo y se encontr de pie, hundido casi hasta los hombros, sobre
piedras firmes.
El oso y el hombre llegaron juntos, cerca de unos carbones que haban encendido
para cocinar, y que ya estaban fros, junto a un grupo de cabaas de almacenaje y
habitaciones para sirvientes cerca del Sindrad. Shardik, en su apresuramiento, apartaba el
agua vigorosamente, chapaleando y esforzndose en los playos como si estuviera
persiguiendo una presa. De repente Kelderek entendi lo que ocurra. El oso estaba
hambriento, desesperado por encontrar comida a cualquier precio. Algo le haba hecho
regresar del Cerco Muerto, pero de todos modos tena que haber olido algo comestible
cuando estaba en la selva, y por esto se haba metido en el ro. Record que Bel-ka-Trazet
le haba dicho antes de dejar a la Tuguinda: Si empieza a molestar a Ortelga, te juro que lo
har matar.
Tambalendose y todava ahogado a medias, l se puso a seguir a Shardik por la
barranca de la orilla, pero tropez y cay de pleno. Por unos instantes qued inerte, pero
luego se incorpor sobre un codo. Al hacerlo, dos hombres aparecieron detrs de la cabaa
ms cercana, con una marmita de hierro que llevaban entre los dos, marchando en direccin
al agua. Tenan ojos nublados y estaban despeinados: fregones arrancados de la cama para
hacer las primeras tareas del da. El oso estuvo casi encima de ellos antes de que levantaran
la mirada y lo pudieran ver. La marmita cay sobre las piedras con un ruido explosivo y,
por unos segundos, ellos miraron absortos, fijados en grotescas actitudes de espanto y de
terror. Luego, chillando, se dieron vuelta y echaron a correr. Uno desapareci por donde
haba venido. El otro, loco de terror, se llev por delante la pared de la cabaa, se golpe la
cabeza y qued mareado, bambolendose sobre sus pies. Shardik se acerc, desde atrs, y
lo golpe. El golpe derrib al pobre desgraciado contra la paja y el barro de la pared de la
cabaa, rompindola y abriendo una hendidura. Shardik golpe una segunda vez y la pared
se derrumb, cayendo con parte del techo. El aire estaba lleno de polvo y del humo de una
cocina recin encendida, enterrada bajo las ruinas. Las mujeres chillaban, los hombres
coman y gritaban. Un hombre corpulento, con un delantal de cuero y un martillo en la mano
apareci de repente en medio del tumulto, mir un instante, qued petrificado de horror y
se fue. Por encima del alboroto se elevaba el aterrador gruido de Shardik: sonaba como un
rodar hacia abajo de piedras pesadas por una ladera de montaa.
Kelderek, que observaba desde el lugar en que haba cado, vio que el oso se
escurra en medio del humo y la confusin. De repente sinti unas manos en las axilas y
una voz que le gritaba al odo:
Levntate, Kelderek! Levntate, hombre! No hay tiempo que perder! Sgueme!
Ta-Kominion estaba junto a l: sus largos cabellos goteaban agua mientras trataba de
poner a Kelderek sobre sus rodillas. En la mano izquierda tena un pual largo y
puntiagudo.
Vamos, hombre! No tienes ningn arma?
Nuevo humo se levant, seguido por los ruidos, inconfundibles de una refriega, rdenes,
entrechoque de armas, palabrotas y los gritos de hombres heridos. Recogi una estera tejida
de trabazn recia, que estaba entre una pila de lea, y se la at al brazo izquierdo para
usarla como escudo. La tarea no era fcil y tuvo que arrodillarse y tironear y forcejear el
entretejido de mimbre.
Al levantar la mirada, encontr a Tuguinda a su lado. Tena la ropa seca, pero la
ceniza negra, polvorienta, que flotaba en el aire, le haba tiznado la cara y los brazos y
ensuciado el pelo. Aunque llevaba un arco ya preparado y unas cuantas flechas, pareca
indiferente a la pelea, que estaba llenando toda la ciudad con su clamor. No dijo nada, pero
se qued de pie mirndolo.
Debo ir a luchar, siyet dijo l. El joven barn va a creer que soy un cobarde.
Tal vez est apurado no lo s.
Ella no dijo nada y l se detuvo, mirndola y al mismo tiempo tratando de meter el
brazo izquierdo ms adentro de la abertura que haba hecho en la estera.
El Seor Shardik se va de Ortelga dijo finalmente la Tuguinda.
Siyet, la lucha
Su trabajo aqu ha terminado cualquiera que haya sido.
Puedes or que no es as! No me detengas, siyet, te lo ruego!
Este puede ser el trabajo de otros. No es el nuestro.
l la mir.
Qu es nuestro trabajo? No es acaso luchar por el Seor Shardik?
Seguir al enviado de Dios.
Ella se dio vuelta y tom el camino del ro. Siempre vacilando, l vio que se
agachaba y recoga algo entre las cenizas de la cabaa quemada. Ella qued quieta un
momento, pesando el objeto en la mano, y cuando se movi l pudo ver que era una
cuchara de madera. Luego la Tuguinda se fue alejando entre el humo, bajando la pendiente
de la costa. Kelderek dej caer su estera, meti el cuchillo en el cinturn y la sigui. En la
ribera Rantzay y Sheldra esperaban junto a la canoa que yaca entre los guijarros. Estaban
contemplando el ro y no le prestaron atencin. l sigui la mirada de ellas y vio a Shardik
que estaba chapaleando en direccin de la tierra firme. Cerca, protegindose los ojos de la
resolana, la Tuguinda estaba de pie en una foca chata y cuadrada que emerga de las aguas
playas. l le tom el brazo y los dos se pusieron a seguir a Shardik a travs del estrecho.
Libro II
Guelt
17
El camino a Guelt
Ese atardecer el ejrcito de Ortelga, dirigido por Ta-Kominion, inici el cruce del
estrecho: una horda mugrienta y vociferante de hombres, unos cuantos miles, algunos
armados con picas, espadas o arcos; otros provistos nada ms que de zapapicos o estacas
afiladas: algunos en su mayora sirvientes avanzaban en bandas que comandaban sus
seores, a guisa de oficiales, otros eran meras bandadas de rufianes aficionados al garrote y
la botella, pero todos ansiosos por marchar y dispuestos a la lucha, todos convencidos de
que Bekla estaba destinada a caer ante el poder revelado de Dios, pues la voluntad de Este
era de que ellos tuvieran los estmagos llenos y nunca tuvieran que trabajar en sus vidas.
En algunos puntos peligrosos de la carretera rota, Ta-Kominion hizo tender sogas
entre las estacas o balsas ancladas; en stas se bebi y se chacote, hasta que un hombre se
cay al agua y se ahog. Cuando lleg la oscuridad, los que se reunan en la orilla de la isla
empezaron a beber y cantar mientras esperaban que se levantara la luna, y los
guardaespaldas de Ta-Kominion hicieron una ltima excursin por la ciudad, provocando a
los dubitativos o a los inclinados a pensar que se poda perder ms de lo que se iba a ganar
con esa historia.
Las mujeres tambin hacan el cruce, cargadas de armas, ropas, flechas o bolsas de
comida conseguidas a ltimo momento como limosnas, prstamos o robos. Algunas de
ellas, confundidas por la multitud, iban de un lugar a otro en el atardecer iluminado por las
antorchas, llamando los nombres de sus hombres y arreglndoselas como podan con los
importunos y los ladrones.
Ta-Kominion, despus de pedirle a Fassel-Hasta que contara el nmero de los
contingentes y tratara de organizar divisiones, emprendi la marcha a travs de la carretera.
Durante varias horas haba estado mojado, al principio con el agua hasta la cintura,
examinando la implantacin de las sogas y demorndose en las partes desguarnecidas, no
tanto para alentar a la chusma, que por lo general estaba de muy buen nimo, sino para
establecer su autoridad y asegurarse que lo conocan y lo iban a conocer en el futuro. Ya
cansado de la tarea de la noche y el da previos, estaba intentando pasar una segunda noche
sin dormir. Vade hasta la orilla de Ortelga, requis la primera cabaa que vio, devor la
primera comida que se le trajo y durmi unas dos horas. Cuando su sirviente, Numiss, lo
despert, la luna estaba muy arriba en el cielo y los rezagados eran forzados a moverse.
Esper impacientemente a que Numiss cambiara el trapo sucio que le cubra la herida
profunda y mal cerrada de su brazo; luego sigui camino arriba hacia la ciudad, hasta que
llego al puesto del shendron bajo el rbol zon.
Ya no haba all ningn shendron, ni siquiera una mujer o un viejo, pues Ta-
En seguida Ahora. No hay un minuto que perder. Hay dos cosas, Kelderek, que
un jefe rebelde necesita antes que nada. La primera, que sus secuaces deben estar llenos de
dedicacin ardorosa la mera obediencia no basta la segunda; que l mismo tiene que
ser toda velocidad y resolucin. La segunda condicin yo la poseo. La primera slo t
puedes asegurarla.
Tal vez sea posible. Pero voy a necesitar a cada herrero, carrero y carpintero de
Ortelga. Vayamos a hablar con la Tuguinda.
Cuando Ta-Kominion se levant, Kelderek le ofreci el apoyo de su brazo, pero el
barn lo apart, dio unos pocos pasos vacilantes, se detuvo y luego puso el brazo sano en el
de Kelderek y se enderez, apoyndose hasta que encontr el equilibrio.
Ests enfermo?
No es nada: un poco de fiebre. Ya pasar.
Debes estar cansado. Tendras que descansar.
Kelderek march a su lado, alejndose de la hoguera. En la oscuridad bajo los
rboles se pararon, enceguecidos despus de la luz de las llamas. Una mano asi la manga
de Kelderek, y ste se volvi, escudriando.
Tengo que guiarte, seor? Vuelves ahora con el Seor Shardik?
Es tu turno, Neelith?
Mi turno ha terminado, seor. Vena a despertar a Sheldra, pero si me necesitas,
eso no importa
No, ve a dormir. Quin vigila al Seor Shardik?
Zilth, seor.
Dnde est la Tuguinda?
La muchacha seal con la mano:
All, entre los helechos.
Est durmiendo?
Todava no, seor. Ha estado rezando hasta ahora. No ha terminado.
Dejaron a la muchacha. Sus ojos se iban acostumbrando a la oscuridad y ya
avanzaban con menos dificultad.
rbol para maravillar los corazones de los peregrinos que se acercan a Ortelga. Pues es aqu
que solan reunirse los peregrinos para trasladarse luego a la carretera.
Entonces este lugar pertenece al Seor Shardik, como Quiso, y es por esto que l
nos trajo aqu.
La Tuguinda estaba de pie, un poco a la distancia, en un lugar abierto entre los
helechos. Tena la espalda dada vuelta a medias, con las manos cruzadas sobre la cintura y
la cabeza inclinada, contemplando la distancia iluminada por la luna. Su compostura le
record a Kelderek el momento en que haba estado en el borde de la hondonada, muy
consciente de que Shardik y nadie ms que Shardik yaca all entre las trepsis. Era claro que
no estaba recogida en contemplacin, sino que pareca ms bien haber alcanzado un intenso
estado de clarividencia, en el cual era consciente, maravillada, de todo lo que la rodeaba.
Ta-Kominion se detuvo, dej el brazo de Kelderek y se apoy en una roca,
apretando la frente contra la piedra fresca.
Esa es la Tuguinda?
S. Por un momento qued sorprendido, y despus record que Ta-Kominion no
la poda haber visto sin mscara que tal vez nunca la haba visto.
Ests seguro?
Kelderek no contest.
La muchacha dijo que estaba rezando.
Est rezando.
Ta-Kominion se encogi de hombros y se ech hacia atrs. Siguieron marchando.
Cuando todava, estaban a cierta distancia, la Tuguinda se volvi hacia ellos. A la luz de la
luna la cara estaba llena de una alegra calma y tranquila que pareca abrazar y santificar,
ms que trascender, la oscura selva y el peligro y la incertidumbre que cunda por todo
Ortelga. A los ojos de Kelderek, la fe se desprenda de ella como la luz de una linterna.
Es ella pens en un brusco rapto de auto-conocimiento, es ella, no yo, que
trasmutar el poder de Shardik y har de l una bendicin para todos nosotros. La
aceptacin y la fe de ella la, fuerza y el salvajismo de l son una y la misma cosa. l es
una criatura dbil y muda sin conocimiento. Ella es fuerte como brotes de lirios, que las
grandes piedras no pueden impedir que rompan la tierra.
Se pararon ante ella y Kelderek se llev la palma de la mano a la frente. La sonrisa
de ella, como respuesta, pareca el paso con que se contesta, en una alegre danza, un
intercambio de respeto y confianza mutuas.
Te interrumpimos, siyet.
No, todos estamos haciendo lo mismo sea lo que fuere. Vine aqu porque hace
ms fresco entre los helechos. Pero ahora volveremos junto al fuego, Kelderek, si prefieres.
Siyet, tus deseos son los mos, y siempre lo sern.
Ella sonri de nuevo.
Ests seguro?
l asinti con la cabeza, devolvindole la sonrisa.
Este es el Gran Barn de Ortelga, el seor Ta-Kominion. Ha venido a hablar del
Seor Shardik.
Me temo que no ests bien dijo ella, tendiendo los dedos para tocarle la mueca
. Qu ha ocurrido?
No es nada, siyet. Le estaba diciendo a Kelderek que el tiempo apremia. El
Seor Shardik debe venir
En ese instante, de alguna parte no muy lejana lleg un grito atroz, que atraves la
selva, un grito de miedo y de dolor. Hubo un momento de silencio. Luego se oy otro grito,
que estall tan repentinamente como si un hombre aterrado, que cae desde una altura,
tocara el suelo.
Los ojos de Kelderek se encontraron con los de Ta-Kominion y los dos tuvieron el
mismo pensamiento: Es el grito de muerte de un hombre.
Numiss y su compaero llegaron corriendo hacia ellos entre los rboles, con las
espadas en las manos.
Gracias a Dios, seor! Pensamos que
No importa dijo Ta-Kominion. Seguidme, vamos!
Sali corriendo, abrindose camino entre los helechos y las altas rocas. Los dos
sirvientes lo siguieron. Kelderek, sin embargo, se qued con la Tuguinda, midiendo sus
pasos de acuerdo a los de ella, como tratando de convencerla que se mantuviera fuera de
peligro.
S prudente, siyet. Espera aqu y permite que te mande las noticias de lo que
encontremos. No debes arriesgar tu vida.
Ahora no hay riesgo contest ella. Cualquier cosa que haya ocurrido, ya no
tiene remedio.
Pronto llegaron al lugar en que estaba Ta-Kominion y los sirvientes, que estaban
dando golpes de cuchillo a un seto de trepadoras.
No hay un camino ms fcil, seor? pregunt Numiss, jadeando, arrancndose
las espinas de trazada del brazo y conteniendo sus palabrotas al ver a la Tuguinda.
Es muy probable que lo haya contesto Ta-Kominion, pero debemos ir
directamente al lugar de donde sali el grito o perderemos la direccin y no encontraremos
al hombre antes de que amanezca.
De repente el odo de Kelderek oy un ruido intermedio entre un llanto y un gemido
de miedo. Era una voz de mujer a corta distancia.
Zilth! exclam.
Seor! contest la muchacha Oh, ven, ven!
Cuando Numiss logr abrirse paso entre las trepadoras, Kelderek sigui a TaKominion por la abertura. Se encontr en un claro sin rboles, que miraba a un valle
abierto.
Debajo del lugar en donde estaban corra el camino de Ortelga a Guelt. En el borde
del camino estaba hincada Zilth sobre una rodilla, con el arco al lado, junto a la forma
oscura de un cuerpo. Kelderek vio que se levantaba, volva la cabeza y miraba hacia l,
pero evidentemente no pudo distinguirlo entre los rboles y las sombras.
La Tuguinda lleg atravesando las trepadoras. Seal sin decir nada y ambos
empezaron a aproximarse. Ta-Kominion, haciendo una sea a los sirvientes para que se
quedaran un poco detrs, murmur: Un hombre muerto pero dnde est el que lo mat?
Los otros no contestaron. Cuando se acercaban, Zilth se apart del cuerpo, que
yaca en medio de la sangre, viscosa al parecer, negra y lisa a la luz de la luna. Un lado de
la cabeza haba sido aplastado y debajo del hombro izquierdo la sangre segua manando a
travs de los agujeros de la capa. Los ojos miraban muy abiertos, pero la boca abierta y los
dientes descubiertos estaban ocultos en parte por el brazo con que el hombre se haba
tapado la cara, como si hubiera querido defenderse. Tema puesta botas con tacn, unas
botas de mensajero, y debajo de los talones haba unas marcas profundas en el suelo,
hechas sin duda al patear en el momento de morir.
La Tuguinda ech el brazo por encima de los hombros de Zilth, se alej un poco
con ella y se sent a su lado. Kelderek las sigui. La muchacha lloraba, estaba aterrada,
pero poda hablar.
El Seor Shardik, siyet Estaba durmiendo. Cuando de repente se despert y se
fue al camino, el mismo camino que haba tomado esta tarde. Se hubiera dicho que lo haca
con alguna intencin. Trat de seguirlo, pero empez a andar a la disparada, como si
estuviera cazando o persiguiendo Cuando llegu al borde de los rboles y seal hacia
la ladera l ya estaba all, esperando, agazapado detrs de las rocas. Entonces, despus de
un rato, o al hombre Vi que suba por el camino y sal corriendo para gritarle y
advertirle, pero se me enred el pie, tropec, ca y, cuando me levant, vi al Seor
Shardik saliendo de detrs de las rocas. El hombre lo vio y grit. Se dio vuelta y ech a
correr, pero el Seor Shardik lo sigui y lo derrib. l La muchacha, dominada por la
viveza de las imgenes, golpeaba el aire con un brazo que mantena tieso, con la mano
abierta y los dedos separados, rgidos y crispados. Podra haberlo salvado, siyet Y
se ech a llorar una vez ms.
Ta-Kominion se acerc a ellas, con la lengua entre los dientes, mientras cambiaba la
posicin de su brazo herido dentro del cabestrillo.
Reconoces a ese hombre, Kelderek? pregunt.
No. Es de Ortelga?
Es de Ortelga. Se llama Naro y era un sirviente.
De quin?
Serva a Fassel-Hasta.
Serva a Fassel-Hasta? Entonces qu puede haber estado haciendo aqu?
Ta-Kominion vacil, mirando a Numiss y su compaero, que haban levantado el
cuerpo, lo haban puesto del otro lado del camino y hacan lo que podan para darle un
aspecto decente. Luego recogi un tubo de cuero manchado de sangre, lo abri y mostr a
la Tuguinda dos pedazos de corteza que estaban escritos con letras dibujadas con un pincel.
Puedes leer este mensaje, siyet?
La Tuguinda tom las hojas rgidas, curvadas, y sostuvo una tras otra, a la distancia
do Lodo el brazo, a la luz de la luna. Kelderek y Ta-Kominion no pudieron deducir nada
por su cara. Finalmente ella se puso de pie, meti las hojas en el tubo y, sin decir palabra, se
lo devolvi al barn.
Has ledo, siyet?
Ella asinti una vez con la cabeza, al parecer con cierta contrariedad, como si
hubiera preferido, en caso de ser posible, no reconocer que haba ledo el mensaje.
Dice lo que este hombre estaba haciendo aqu? insisti Ta-Komnion.
Y nuestra parte, siyet sigui diciendo Kelderek, muy serio consiste en llevar
all al Seor Shardik, t y yo. El barn nos dar unos artesanos que fabricarn una jaula
con ruedas y los hombres para que la arrastren
l se detuvo un momento y encontr la incrdula mirada de ella; pero ella no dijo
nada y l prosigui.
Habr que darle una droga, como en los primeros das. S que ser difcil,
peligroso tambin, pero no tengo miedo. Por el bien del pueblo
En mi vida he odo una tontera semejante dijo la Tuguinda.
Siyet!
La cosa no se har. Es claro que t no sabes nada ni del Seor Shardik ni de la
verdadera naturaleza de su poder. l no es un arma o una herramienta que pueda usarse
para satisfacer la codicia mundana de los hombres. No Y levant la mano en el
momento en que Ta-Kominion iba a hablar. Ni siquiera por las ventajas materiales que
podra haber en eso para Ortelga. Lo que a Dios le plazca trasmitirnos por medio de
Shardik es algo que debemos estar preparados a recibir con una humildad y gratitud. Si el
pueblo cree en Shardik, eso es una bendicin para l. Pero t y yo, ni determinamos ni
conferimos esa bendicin. Di una droga al Seor Shardik para salvarle la vida, pero no
habr de ser anestesiado para que lo metan en una jaula y se lo lleven a Bekla.
Ta-Kominion permaneci un rato en silencio, mientras los dedos de su brazo
lastimado, en el cabestrillo, tecleaban sobre su costado izquierdo. Finalmente dijo:
Hace ya mucho tiempo, siyet, cuando Shardik fue trado a los Arrecifes
Cmo se lo trajo, si se permie preguntar? No fue trado gracias a un narctico y a la
fuerza?
Esos fueron medios usados para un fin sealado por Dios, y para que sus siervos
pudieran servirlo. T intentas convertirlo en un instrumento de muerte para afirmar tu
poder.
El tiempo es corto, siyet. No tengo tiempo para discutir.
No hay nada que discutir.
Nada contest Ta-Kominion en voz baja y dura. Avanz y asi con fuerza a la
Tuguinda por las muecas. Kelderek: tendrs tus artesanos dentro de dos horas, aunque
el hierro y parte del material pesado pueda llevar ms tiempo. Recuerda: todo depende de la
firmeza. No debemos fallar al pueblo t y yo.
Por un instante mir a Kelderek, y su mirada deca: Eres un hombre, como
sostienes, o eres un nio crecido bajo la frula de una mujer?. Luego, sin soltar la mueca
de la Tuguinda, llam a los sirvientes, que avanzaron con incertidumbre desde los
matorrales del otro lado del sendero.
Numiss dijo Ta-Kominion la siyet vuelve con nosotros para encontrarse con
el Seor Zelda y el ejrcito en el camino. Sac el brazo del cabestrillo de cuero. Toma
esto y tale las muecas detrs de la espalda.
Seor seor balbuce Numiss. Tengo miedo
Sin decir ms, Ta-Kominion, con los dientes apretados por el dolor que senta en el
brazo, at firmemente los brazos de la Tuguinda a su espalda. Despus puso el extremo
libre de la correa en las manos de Numiss.
Mientras tanto sostena el cuchillo con los dientes, evidentemente dispuesto a usarlo,
pero ella no se resisti, sino que permaneci en silencio con los ojos cerrados y slo apret
los labios cuando la correa le lastim las muecas.
Ahora partiremos dijo Ta-Kominion creme, siyet, lamento esta afrenta a tu
dignidad. No deseo verme obligado a taparte la boca, de tal modo que te ruego que no
haya gritos de auxilio.
En la casi oscuridad que reinaba despus de ponerse la luna, la Tuguinda se dio
vuelta y mir a Kelderek. Por un instante los ojos de l encontraron la mirada de ella, y
luego bajaron al suelo: l no la mir cuando oy los pasos de ella alejndose por el sendero.
Y, cuando miro, tanto ella como Ta-Kominion estaban a cierta distancia. Kelderek corri
tras ellos. Ta-Kominion se volvi velozmente, con el cuchillo en la mano.
Ta-Kominion! Estaba jadeando. No la lastimes! Ella no debe ser ni
maltratada ni lastimada! Ella no debe sufrir ningn dao! Promtemelo!
Te lo prometo, Gran Sacerdote del Seor Shardik en Bekla.
Kelderek sigui vacilante, esperando a medias que ella dijera algo, pero ella no dijo
nada y pronto se desvanecieron entre la niebla del amanecer y la tiniebla del valle. Una vez
oy la voz de Ta-Kominion; despus qued en soledad. Desde la ladera oy que lo
llamaban por su nombre. Dndose vuelta, vio la alta figura de Rantzay que bajaba con seis
o siete de las muchachas. Inmediatamente sus temores se disiparon y fue al encuentro de
ellas, con la cabeza clara y lleno de decisin.
Zilth nos dijo, seor, que el Seor Shardik ultim al traidor de Ortelga. Todo
est bien? En dnde estn la Tuguinda y el joven barn?
Han han vuelto juntos al valle. El ejrcito ya est en marcha y han ido a
juntarse con l. La voluntad del Seor Shardik es que nos unamos al ejrcito que va a
Bekla. Debemos cumplir, t y yo, con esa voluntad. Y no hay tiempo que perder.
18
Rantzay
fuera del agua y recogiendo de cuando en cuando un pez que caracoleaba y saltaba sobre la
ribera pedregosa antes de que l lo agarrara y lo comiera de dos o tres dentelladas. Al
contemplarlo, el corazn de Rantzay dio un vuelco. Acercarse a l era algo que ella no se
atreva a hacer. Las muchachas ella lo saba no se iban a negar a obedecerla si ella se
los ordenaba, pero qu se iba a sacar con eso? En el caso que, de alguna manera, se lograra
hacerlo salir de all, cmo habran de manejarlo o engaarlo para que tomara la direccin
por la que haba venido?
Finalmente Shardik se alej del arroyo y se repantig entre unas plantas de cicuta,
no lejos del lugar en donde estaba echada la sacerdotisa. Poda or el ruido hueco de los
tallos que l aplastaba y ver las blancas umbelas que caan cuando el oso arrastraba las
patas sobre ellas. Volvi el silencio y con l el peso de su imposible tarea y la angustia de
su determinacin. En medio de su cansancio y su perplejidad record con envidia a su
amiga, libre finalmente de toda obligacin, de la laboriosa dedicacin a los Arrecifes y la
continua fatiga y el temor de las ltimas semanas. Si uno tuviera el poder de cambiar el
pasado, sta era una de sus fantasas favoritas, aunque una que ella no haba compartido
con nadie, ni siquiera con Anthred. Si se le diera el poder de cambiar el pasado, en qu
punto de l ingresara y para hacer que? Esa noche en la playa de Quiso, un mes antes?
Esta vez ella no los habra guiado hacia el interior, sino que habra desviado a los
mensajeros nocturnos, a los heraldos de Shardik.
Sinti una luz enceguecedora y los chillidos de unos pjaros parlanchines. Rantzay
mir en derredor, turbada. Estaba de pie con la hierba seca y amarillenta hasta la rodilla. El
sol estaba levemente cubierto con un velln de nube y, de repente, un tronar largo y distante
reson en el borde del cielo. Un insecto la pic en el pescuezo y sus dedos, cuando se toc
la picadura, quedaron sucios de sangre. Estaba sola. Anthred haba muerto y ella estaba all
parada en la hierba seca, en la amarga hierba del Sur del Telthearna. Las lgrimas corrieron
silenciosas por su rostro estragado y polvoriento cuando se inclin hacia adelante,
apoyndose en su bculo. Despus de unos instantes se golpe la mano con fuerza, se
irgui y mir en torno. A cierta distancia, Nito miraba desde los rboles y empez a
acercarse, manteniendo una mirada fija e incrdula.
Seora cmo? el oso qu has hecho? Ests desarmada? Espera
Apyate en m. Oh tena miedo tengo tanto miedo
El oso? pregunt Rantzay. Dnde est el oso?
Mientras hablaba, not por primera vez la existencia de un ancho sendero de hierba
aplastada, a su lado, y en l vio las huellas de Shardik, ms anchas que tejas. Se inclin. El
olor del oso era claro: tena que haber pasado por all despus de haberlo visto ella entre las
plantas de cicuta. Trastornada, se llev las manos a la cara e iba a preguntarle a Nito qu
haba ocurrido cuando se dio cuenta de otro percance corporal. Las lgrimas corrieron una
vez ms lgrimas de vergenza y humillacin.
Nito, yo Voy al arroyo. Ve y diles a las muchachas que sigan inmediatamente al
Seor Shardik. Esprame despus aqu. T y yo las alcanzaremos.
avanz un paso.
Estaba junto al lomo de Shardik y miraba por encima del cuerpo, como si estuviera
detrs de un terrapln, la selva inquieta, movida por el viento. El trueno rumoreaba en las
colinas y Shardik se movi, baj una oreja y luego volvi a quedarse quieto.
Rantzay hundi profundamente la mano izquierda en la pelambre. No pudo llegar
hasta la carne y se puso a cortar el pelo aceitoso, pringoso y lleno de parsitos, como lana
de oveja. Las manos le temblaban ahora y trabajaba ms velozmente, levantando con
cuidado cada mechn de pelo, cortando y retirndolo antes de proseguir.
Pronto haba logrado dejar al descubierto un lamparn en el hombro, que casi
mostraba la carne gris, escarchada de sal. Estaba atravesado por dos o tres venas, una de
ellas bastante ancha para que se pudiera percibir el latido lento del pulso.
Rantzay se dio vuelta y se agach en busca de la caja que tena al lado. De all sac
dos de las pequeas vejigas aceitadas y las sostuvo con los dedos de la mano izquierda.
Luego hundi la punta del cuchillo en el hombro del oso y tir la hoja hacia ella, abriendo
una herida tan larga como la mitad de su antebrazo. Sin prisa ni demora meti las vejiguitas
dentro de la herida, apret sobre ellas los bordes de la incisin, hizo presin y pudo sentir
que se reventaban dentro.
Shardik, dando un aullido, ech la cabeza hacia atrs y se irgui sobre sus patas
traseras. Rantzay, que haba sido arrojada al suelo, se levant y lo enfrento. Por un instante,
pareci que l no la iba a golpear; luego, abalanzndose hacia adelante, la aplast contra su
cuerpo, dio unos pocos pasos con ella, balancendola grotescamente entre sus brazos, la
dej caer, floja como una pieza de ropa que cae de una cuerda, y march a zancadas hasta
la ladera abierta ms all de los rboles. Aqu rod sobre el suelo y la boca se le llen de
espuma en el momento en que se puso a morder y araar la hierba.
Sheldra fue la primera en llegar hasta la sacerdotisa. La mano izquierda haba sido
desgarrada por el mismo cuchillo, la lengua sala de la boca y la cabeza estaba apoyada en
el hombro en una pose grotesca, como una cabeza de ahorcado. Cuando Sheldra le puso un
brazo detrs y trat de levantarla, se oy un estertor atroz, que emiti el cuerpo roto. La
muchacha la recost de espaldas y, por un instante, Rantzay abri los ojos.
Di a la Tuguinda hice lo que dijo
La sangre manaba de la boca y, cuando dej de manar, su cuerpo estragado,
huesudo, vibr levemente, como la superficie de un estanque rozado por las alas de una
mosca atrapada. El movimiento ces y Sheldra, dndose cuenta que estaba muerta, le quit
los anillos de madera, recogi la caja de theltocarna y el cuchillo cado y emprendi el
camino hacia la ladera en donde Shardik yaca sin sentido.
19
Mensajeros nocturnos
Terminar de construir la jaula llev todo un da, si se puede decir que estaba
terminada. Al escuchar las rdenes, el maestro maderero, Baltis, se haba encogido de
hombros y no haba hecho caso de Kelderek, que le haba sido descrito como un joven
modesto, sin familia, bienes, ni oficio, pues a sus ojos la caza no era un oficio. El y sus
hombres, provistos de excelentes instrumentos de propia fabricacin, haban supuesto que
iban a participar en el saqueo de Bekla, o por lo menos en el de Guelt, y tomaron muy a mal
que se los sacara del montn para asignarles tareas rutinarias. Kelderek, despus de haber
intentado en vano hacerle entender al corpulento maderero la importancia fundamental de
lo que le peda, tuvo que acudir a Ta-Kominion, a quien alcanz en el momento en que se
movilizaba con la vanguardia. Ta-Kominion, lanzando juramentos de impaciencia, lo hizo
comparecer a Baltis ante un rbol del que colgaba el cuerpo de Fassel-Hasta y le asegur
que, si la jaula no estaba terminada al anochecer, tambin l iba a colgar del rbol. Estas
eran palabras que Baltis poda entender. Inmediatamente solicit el doble del nmero de
hombres que esperaba que le concedieran. Ta-Kominion, que estaba demasiado apurado
para discutir, le concedi cincuenta, que incluan dos sogueros, tres constructores de
carretas y cinco carpinteros. En el momento en que el ejrcito daba vuelta al valle, en la
maana hmeda y calurosa, Kelderek y Baltis se pusieron a trabajar.
Se enviaron mensajeros a Ortelga y antes de medioda todo el combustible
almacenado en la isla, buena parte de las provisiones de madera aserrada y hasta el ltimo
trozo de hierro forjado haban sido llevados al campamento por mujeres y nios. Baltis
puso a sus hombres a trabajar en tres ejes y en todos los barrotes de hierro que consigui.
Mientras tanto los carpinteros y los constructores de carretas, fabricaron una slida
plataforma de planchas trabadas, que levantaron con poleas y afirmaron sobre seis ruedas
sin radios, todas de madera entera hasta el borde.
El techo tambin habr que hacerlo de madera dijo Baltis, mirando los soportes
que sobresalan de las planchas en una y otra direccin, como una camada de juncos. No
tenemos ms hierro, joven, y no se puede conseguir, de modo que lo mejor es no
preocuparse.
Un techo de madera se va a hacer pedazos dijo el maestro carpintero. No va a
aguantar al oso, si a ste se le ocurre romperlo.
No es trabajo que pueda hacerse en un da gru Baltis. No; ni en tres.
Cmo van a meter al oso dentro de la jaula? pregunt el carpintero.
Ah eso es ms de lo que sabemos!
20
Guelt-Ethlin
Sin duda no poda pasar ms de un da dos das como mximo pens GueltEthlin, sin que estallaran las lluvias. Durante horas los truenos se haban vuelto cada vez
ms oprimentes y rfagas cada vez ms fuertes de viento clido lanzaban polvaredas que se
arremolinaban sobre la llanura de Bekla. Santil-ke-Erketlis, comandante del ejrcito
patrullero del Norte, que se haba sentido indispuesto por el calor, haba abandonado la
columna dos das antes y haba vuelto a la capital por el camino directo del Sur, confiando a
Guel-Ethlin, su segundo lugarteniente, la tarea de completar la marcha del ejrcito hasta
Kabin de las Aguas a travs de Tonilda y desde all por el Oeste hasta Bekla. Esta excursin
era algo muy serio, haba que reparar una fortificacin en un punto, algunos impuestos que
cobrar en otro, tal vez una o dos querellas que resolver y, por supuesto, los informes que
haba que or a los espas y agentes locales. Ninguno de estos asuntos poda ser muy
urgente y, ya que el ejrcito estaba uno o dos das atrasado, Santil-ke-Erketlis le haba dicho
a Guel-Ethlin que disolviera las formaciones en cuanto empezara a llover en serio y tomara
el camino ms directo de vuelta en cualquier parte en donde se encontrara.
Y por cierto que ya es tiempo, pensaba Guel-Ethlin, de pie junto al estandarte de
mando con el emblema del halcn, mientras contemplaba el paso de la columna. Ya han
marchado bastante. La mitad de ellos est en un estado lamentable. Cuando ms pronto
vuelvan a cuarteles de lluvia, tanto mejor. Si la fiebre de las aguas estancadas los asalta
ahora, van a caer como moscas.
Mir hacia el Norte, donde la llanura terminaba en unas estribaciones que se
elevaban hasta las cordilleras precipitadas y empinadas que rodeaban a Guelt. La lnea del
cielo, oscura y amenazadora, con nubes que ocultaban las cumbres, le pareca a Guel-Ethlin
muy promisoria: era la promesa de un temprano alivio. Si tenan suerte, la tarea poda
abreviarse decentemente en Kabin y con una marcha forzada, con las lluvias y la
perspectiva de la vuelta a casa como aliciente, podan estar sanos y salvos en Bekla en un
par de das.
Los dos ejrcitos de patrullaje de Bekla, el del Norte y el Sur, por lo general
permanecan todo el verano en el campo cuando aumentaban los riesgos de revueltas o,
probablemente, de ataques de algn pas lindero. Cada ejrcito realizaba dos veces una
marcha ms o menos semicircular de unos trescientos kilmetros a lo largo de las fronteras.
A veces los destacamentos efectuaban algunas acciones contra bandidos o merodeadores, y
ocasionalmente el destacamento reciba rdenes de realizar una incursin punitiva a travs
de la frontera para demostrar que Bekla tena dientes y poda morder. Pero la mayora de las
veces se trataba de tareas rutinarias: entrenamiento y maniobras, trabajos de informacin,
recoleccin de impuestos, escoltas de enviados o caravanas comerciales, compostura de
puentes y caminos; lo ms importante consista sencillamente en dejarse ver por aqullos
que los teman un poco menos que lo que teman a las invasiones y a la anarqua. Cuando
se iniciaban las lluvias el ejrcito del Norte volva a invernar en Bekla, mientras que el del
Sur se acuartelaba en Ikat Yeldashay, ciento veinte kilmetros al Sur. En el verano siguiente
los roles de los ejrcitos se intercambiaron.
Sin duda el ejrcito del Sur ya estaba de vuelta en Ikat, pens Guel-Ethlin con
envidia. El ejrcito del Sur tena la tarea ms fcil: la ruta era menos fatigosa y la estacin
seca resultaba menos penosa cuando se andaban ms de cien kilmetros en direccin Sur.
En ese momento lleg un mensajero del gobernador de Kabin, situada veinticinco
kilmetros al Este. El gobernador anunciaba que estaba preocupado por la llegada de las
lluvias y la retirada del ejrcito a Bekla antes de que ste llegara a su zona. En los ltimos
diez o doce das el nivel de las represas de Kabin, a las que llegaba agua por un canal a una
distancia de cien kilmetros de Bekla, haba bajado hasta tal punto que las paredes ms
bajas estaban al aire y el calor las haba rajado en parte. Si se quera prevenir un desastre las
obras de reparacin deban iniciarse en seguida, antes de que las lluvias hicieran subir
nuevamente el nivel: pero los recursos locales no permitan terminar el trabajo en uno o dos
das.
Guel-Ethlin era capaz de reconocer un peligro cuando lo tena por delante. Sin
perder tiempo mand buscar a uno de los oficiales que le inspiraban ms confianza y
tambin a un cierto capitn Han-Glat, un extranjero oriundo de Terekenalt, que saba ms
que nadie, en el ejrcito sobre puentes, diques y movimientos del terreno. En cuanto se
presentaron, l les cont lo que haba ocurrido y los dej en libertad para elegir las tropas
que les parecieran ms convenientes, hasta la mitad de las fuerzas totales, para efectuar una
marcha sobre Kabin esa noche. Despus de llegar deban ponerse sin demoras a componer
la represa. El mismo, con el resto de los hombres, habra de unirse con ellos antes del
anochecer del da siguiente.
Al atardecer ya haban partido: los soldados protestaban pero, al parecer, no iban a
sublevarse. Hubo abundantes cojeras y el ritmo de la marcha era muy lento. De todos
modos, esto era menos inquietante que la idea del estado en que iban a estar al llegar a
Kabin. Sin embargo, lo probable era que Han-Glat slo necesitara unas pocas horas para
examinar la represa y decidir lo que haba que hacer, y esto slo les iba a permitir descansar
un poquito.
A la maana siguiente se levant tan temprano que tuvo la satisfaccin de poder
despertar personalmente a algunos de sus oficiales. Pero el desnimo que not en la tropa le
produjo mucho menos satisfaccin. Haba corrido la noticia de que no slo habra que hacer
una marcha forzada sobre Kabin, con lluvias o sin ellas, sino que haba muchsimo que
hacer all. Hasta las tropas ms capaces tienden a tomar a mal que se les ordene realizar una
tarea ardua despus que se les ha hecho creer que su trabajo est virtualmente concluido.
El campamento estaba alertado, las columnas estaban preparadas ya para la marcha
y los piquetes, que haban sido revistados en sus puestos y haban comido, iban a ser
llamados en ltimo trmino cuando el comandante de guardia se present con un hombre de
los montes, cojeando y ensangrentado. Era poco ms que un muchacho: tena la boca
abierta y miraba alrededor con ojos asombrados, llevndose todo el tiempo una mano a la
boca y lamindose una herida de los nudillos, que sangraba.
Traigan al muchacho aqu dijo Guel-Ethlin.
El joven se haba recobrado y hablaba con dignidad. La historia era convincente.
Deca que un enorme oso haba aparecido en Ortelga probablemente Huyendo del incendio
que haba estallado ms all del Telthearna. Los isleos crean que esta aparicin anunciaba
el cumplimiento de una profeca segn la cul Bekla iba a caer un da ante el ejrcito
invencible de la isla, y haba provocado una sublevacin dirigida por uno de los barones
jvenes. En medio de sta, el gobernante previo y otros haban sido liquidados o
desterrados. Guel-Ethlin se dio cuenta que esto, si era cierto, poda explicar la interrupcin
de la corriente normal de informaciones que llegaba al ejrcito de Bekla. En la tarde de
ayer, deca el joven, los ortelganos se haban presentado repentinamente en Guelt, lo haban
incendiado y haban asesinado al jefe antes de que ste pudiera organizar la defensa de la
ciudad. Fanticos e indisciplinados, haban arrasado el lugar y, al parecer, subyugado
totalmente a la poblacin. Muchos ciudadanos, al ver destruidos sus hogares y medios de
vida, se haban pasado al ejrcito invasor por no tener nada mejor que hacer. Sin duda,
deca el joven, no poda haber hombres ms dispuestos que los ortelganos a labrar la ruina
de Guelt. Ellos crean que el oso encamaba el poder de Dios, que marchaba junto con ellos,
invisible, noche y da, que poda aparecer y desaparecer a voluntad y que, a su debido
tiempo, iba a destruir a sus enemigos como un incendio quema las parvas. Siguiendo las
rdenes del joven jefe que era sin duda valiente y capaz, aunque estaba enfermo, al
parecer haban puesto un cerco de centinelas en tomo a Guelt para impedir que corrieran
las noticias. El joven, sin embargo, haba trepado a un precipicio empinado por la noche,
trabajo que slo haba tenido que pagar con una mano malamente herida y, enterado de la
existencia de los pasos, haba hecho treinta kilmetros en seis horas, durante la noche y
hasta el romper del da.
Qu broma tan pesada! dijo Guel-Ethlin. Por dnde cree l que pueden
llegar y cundo?
El joven crea, al parecer, que iban a llegar por el camino ms directo y a la
brevedad posible. Lo cierto es que era probable que ya hubieran iniciado la marcha.
Dejando de lado las ganas de pelear, tenan pocos alimentos: no haba virtualmente en
Guelt alimentos disponibles. Tenan que pelear sin demora o iban a verse forzados a
dispersarse en busca de abastecimientos.
Guel-Ethlin asinti con la cabeza. Esto estaba de acuerdo con todas sus experiencias
de rebeldes y campesinos sublevados. O peleaban en seguida o todo se desmoronaba.
No me parece que puedan ir muy lejos dijo Balaklesh, que tena a su cargo el
contingente lapano. Por qu no seguimos nuestra marcha hasta Kabin y dejamos que se
deshagan en medio de las lluvias?
Como suele ocurrir, el mal consejo aclar inmediatamente la mente de Guel-Ethlin y
iba a ser extremadamente difcil para el enemigo abrirse camino hasta la cresta. Y, sin
embargo, a menos que lo lograran, no podan contar con proseguir la marcha hasta la
llanura.
Bajo las nubes que seguan espesndose y los vahos ms cercanos que circulaban,
envolvindolos, esperaron durante la tarde bochornosa y crepuscular. De cuando en cuando
se oan truenos y en una ocasin un rayo cay en el abismo a poca distancia, trazando una
lnea larga y roja sobre la roca gris. De algn modo los hombres haban husmeado al oso
mgico. Los lanceros de Yeldashay ya haban compuesto una balada sobre sus hazaas
hiperblicas (y cada vez ms subidas de color); y del otro lado de las lneas algn bufn del
regimiento haba aprovechado la ocasin para meterse dentro de una vieja piel de vaca y
empezar a dar mugidos, con cabezas de flecha, imitando garras, en las puntas de los dedos.
Finalmente Guel-Ethlin, desde su puesto de comando en la mitad de la ladera, divis
los exploradores, que volvan monte abajo entre los rboles. Balaklesh corri y lo alcanz
sin demora Segn dijo, se haban puesto muy pronto en contacto con la gente de Ortelga,
que avanzaba tan velozmente que ellos mismos, ya cansados, apenas haban podido llegar
antes. Mientras hablaba Guel-Ethlin y sus hombres pudieron or, proveniente de los
bosques ms arriba, el rumor creciente y el tumulto de la muchedumbre que se acercaba.
Despus de decir una ltima palabra sobre la suprema importancia de no romper filas hasta
no or rdenes, Guel-Ethlin mand sus oficiales a que ocuparan posiciones.
Mientras esperaba, oy que unas gotas de lluvia le golpeaban el casco, aunque al
principio no sinti nada en su mano tendida. Luego, una gasa ondulante de lluvia, que
llenaba toda la distancia, envolvi el linde del desfiladero desde la izquierda. Un momento
ms tarde la visin de las zonas bajas se enturbi y una especie de suspiro ronco se elev
desde las filas de soldados a cada lado. Guel-Ethlin avanz una media docena de pasos,
como si quisiera ver ms claro a travs de la cortina moviente de lluvia. Al hacerlo, una
banda de hombres desgreados, de aspecto semi-salvaje y pertrechados con diversas armas,
empez a dar vuelta desordenadamente el recodo del camino ms abajo y qued
absolutamente inmvil al ver el ejrcito de Bekla en frente.
21
Los pasos de Guelt
dos aldeas de la llanura e irse de vuelta a los montes con su botn armas, ganado y
mujeres a salvo de persecuciones por la llegada de las lluvias.
Sin embargo, en un principio, Ta-Kominion no haba tenido ms intencin que la de
ir al encuentro de las fuerzas enemigas y destruirlas, por poderosas que fueran, si se
interponan en el camino que llevaba a Bekla. Sus seguidores, l lo saba, no se iban a
contentar con nada menos. Tenan la intencin de pelear sin demoras, pues saban que no
podan ser derrotados. Shardik mismo ya les haba mostrado lo que ocurra a sus enemigos,
y para Shardik no poda haber diferencia si sus enemigos eran barones traidores de Ortelga
o soldados patrulleros de Bekla.
La idea de la existencia del ejrcito de Bekla, con el cual el astuto anciano de Guelt
haba intentado inquietarlo, llen a Ta-Kominion de una alegra intensa y salvaje,
devolvindole la fuerza de voluntad necesaria para movilizar su cuerpo enfermo y su mente
afiebrada.
Ni por un momento se le ocurri decidir si deba pelear o no. El Seor Shardik y l
mismo ya haban decidido ese punto. Pero sobre l, como general de Shardik, caa la
responsabilidad de elegir el cundo y el dnde. Incluso esto no le llev mucho tiempo, pues
todos sus pensamientos llevaban a la nica conclusin: haba que marchar directamente
sobre Bekla y luchar con el enemigo en cualquier punto de la llanura abierta en donde
apareciera. Apenas haba alimentos disponibles en Guelt, y los acontecimientos de la tarde
le haban demostrado hasta qu punto era dudoso el ascendiente que l tena sobre sus
hombres. Las lluvias podan sobrevenir en cualquier instante, y pese al cordn de Zelda las
noticias de que Guelt haba cado en manos de los ortelganos no poda seguir mucho tiempo
en secreto. Ms inmediato que todo esto, porque era algo que senta dentro de su propio
cuerpo, estaba el conocimiento de que muy pronto l iba a ser incapaz de dirigir un ejrcito.
Una vez ganada la batalla su enfermedad ya no importaba, pero el colapso antes de la lucha
habra influido inquietud entre los hombres y miedo supersticioso. Por otra parte, l slo
deba dirigir la batalla. De otro modo, cmo iba a llegar a ser el dueo de Bekla?
En dnde estaba el ejrcito de Bekla y cundo iba a ser posible enfrentarlo? Muy
probablemente poda esperar un encuentro en la llanura no despus de pasado maana. Este
deba ser su plan. No poda trazar ninguno mejor: slo poda ofrecer al Seor Shardik su
valor y su celo para que l hiciera el uso de ellos que quisiera. En cuanto a Shardik, a l
corresponda demorar las lluvias y ponerlas en el camino del ejrcito de Bekla.
En dnde estaba Shardik y qu haba logrado Kelderek si haba logrado algo
desde que lo haba dejado? No haba vuelta que darle: el tipo era un cobarde. Pero la cosa
no importaba si l poda de algn modo u otro llevar el oso hasta el ejrcito antes de la
lucha Si ganaban y tenan que ganar si llegaban a tomar a la misma Bekla cul
habra de ser entonces la posicin de Kelderek? Y la Tuguinda esta mujer inoperante pero
molesta, que l haba mandado de vuelta a Quiso con custodia qu se iba a hacer con
ella? No poda haber ninguna autoridad que no reconociera la suya, la de Ta-Kominion.
Librarse de los dos, tal vez, y modificar tambin de algn modo el culto de Shardik? Ms
adelante habra tiempo de decidir estas cosas. Lo que importaba ahora era la batalla
inminente.
De repente se sinti mareado y se sent sobre los restos de una cabaa incendiada
para recobrarse.
Se puso de pie, se recost un poco contra el poste de la puerta, todava levantado,
hasta que el mareo pas y pudo volver a la cabaa. Los ancianos se haban ido. Llam a
Numiss y le dio un breve mensaje que deba llevar a Kelderek, subrayando que esperaba la
lucha para dentro de dos das. En cuanto se cercior que el hombre haba aprendido de
memoria sus palabras, le pidi a Zelda que le preparara un salvoconducto y se ech a
dormir, dando rdenes de que todos estuvieran listos para continuar la marcha al amanecer
del da siguiente.
Tuvo un sueo pesado, que no fue perturbado por el saqueo, las violaciones y la
borrachera general que reinaron de nuevo al caer la noche y continuaron sin freno, ya que
ni uno solo de los barones quiso arriesgarse a intentar parar la cosa Cuando finalmente se
despert, se dio cuenta en seguida no slo que estaba enfermo, sino que estaba peor de lo
que nunca haba estado en su vida El brazo estaba tan hinchado que el vendaje le cortaba la
carne, pero le pareci que no tena fuerzas para aflojarlo. Los dientes le castaeteaban y
tena la garganta tan seca que casi no poda tragar; al incorporarse sinti detrs de los ojos
un dolor palpitante. Se levant y se arrastr hasta la puerta. Rfagas de aire clido soplaban
del Oeste y el cielo estaba cubierto de nubes bajas.
El ejrcito slo se puso en marcha una hora antes de medioda. El ritmo de la
marcha era lento; algunos soldados estaban atiborrados con lo que haban podido saquear
cacerolas, zapapicos, taburetes, posesiones lamentables, sin valor, de gente ms pobre
que ellos. Muchos avanzaban con puntadas en la cabeza y ardor en el estmago. TaKominion, incapaz ya de disimular su enfermedad, deambulaba en medio de un sueo
confuso y perturbado. Apenas recordaba lo que haba ocurrido esa maana o lo que haba
hecho para poner a los hombres de pie. Poda recordar la vuelta de Numiss con el informe
de que Shardik haba sido narcotizado al precio de la vida de una sacerdotisa. Kelderek,
deca el mensaje, esperaba alcanzarlos al anochecer. El ltimo anochecer, pensaba TaKominion, antes de que el ejrcito de Bekla sea destruido. Cuando la cosa estuviera hecha,
l iba a descansar.
El angosto camino serpenteaba entre los despeaderos boscosos, protegidos del
viento, contra paredes de roca con helechos pardos, mustios por la falta de lluvia.
La horda informe recorri ms de tres kilmetros del camino y no haba manera de
trasmitir las rdenes, salvo oralmente. Sin embargo, dos o tres horas despus de medioda,
cuando ya estaba debajo de las brumas y las colinas ms altas, se produjo un alto sin que se
diera ninguna orden, y las varias divisiones y compaas que haban venido a reunirse con
la vanguardia se disolvieron y descansaron en el claro de un bosque. Ta-Kominion cojeaba
entre los hombres, charlando y chanceando con ellos como en medio de un trance, menos
para alentados que para dejarse ver y saber por s mismo en qu estado de nimo estaban.
Ahora que haban dejado atrs las zonas solitarias que los perturbaban y los inquietaban, el
entusiasmo estaba volviendo y parecan tan dispuestos como siempre a dar batalla. Sin
embargo Ta-Kominion, que siendo un adolescente de diecisiete aos haba luchado junto a
Bal-ka-Trazet en Clenderzard y tres aos despus haba dirigido la compaa local que su
padre haba mandado a Yelda para luchar en las guerras de los esclavos. Poda apreciar
hasta qu punto era bisoo y poco maduro ser un punto a favor, pues en las primeras
batallas los hombres gastan lo que ya no pueden recobrar ms, de tal modo que esa batalla,
incluso para aquellos para quienes no ser la ltima, puede ser muy bien la mejor. Pero el
precio que hay que pagar por este fervor poco experimentado suele ser muy grande. De
tropas como stas puede esperarse muy poco en lo que se refiere a movimientos
disciplinados o firmeza bajo el ataque. La mejor manera de utilizar esta cualidad en bruto,
no fogueada, consista en llevarlos rpidamente a la llanura y dejarlos atacar al enemigo
con todas sus fuerzas y en terreno abierto.
Tuvo un espasmo y los rboles que tena ante sus ojos se disolvieron en crculos de
color amarillo, verde y pardo, que giraban.
Alguien le estaba hablando. Abri los ojos una vez ms y levant la cabeza. Era
Kavass, el arquero de su padre, un hombre sencillo y decente que le haba enseado a usar
el arco de nio. Con l haba cuatro o cinco compaeros que as le pareci a TaKominion haban logrado que viniera Kavass y le pidiera al comandante que resolviera
un diferendo que haba surgido entre ellos. El arquero, que era un hombre alto, tan alto
como l, lo miraba con comprensin respetuosa y piedad. Como respuesta, l tuvo una
mueca y se forz a sonrer agriamente.
Un poco de fiebre, seor, no? dijo Kavass deferentemente. Todo en est
hombre, su manera de pararse, su aspecto y el sonido de su voz, tenda a confirmar a TaKominion en su puesto de jefe y al mismo tiempo subrayaba la humanidad comn.
As parece, Kavass contest. Sus propias palabras resonaron dentro de la
cabeza, pero no hubiera podido decir si estaba hablando a gritos o en voz baja. Ya pasar.
Apretando los dientes para evitar el castaeteo no pudo or lo que Kavass le respondi, y
ya se daba vuelta cuando advirti que todos estaban esperando su respuesta. Guard
silencio, pero mir fijamente a Kavass, como esperando que aadiera algo ms. Kavass
pareci confundido.
Bueno, lo que quise decir, seor y con todo respeto, por supuesto Cuando l
sali a la orilla esa maana y t estabas con l, y te dijo que iba a aparecer de nuevo que
iba a estar aqu para asegurar que ganramos la batalla dijo Kavass.
Ta-Kominion contino con la mirada clavada en l, adivinando el sentido de lo que
deca. Los hombres se sintieron incmodos.
No tiene nada que ver con nosotros murmur uno de ellos. Esto no tiene
nada que ver con nosotros.
Bueno, la cosa es as, seor sigui diciendo Kavass. Yo fui uno de los
primeros que estuvo a tu lado esa maana, y cuando el Seor Shardik se fue al agua, t nos
dijiste que l saba, que Ortelga estaba prcticamente tomada, y se fue a Ortelga tal vez
para mostrarnos el camino. Lo que los muchachos se preguntaban, seor, era si l iba a
estar all para hacer que ganramos cuando nos presentramos
Tenemos que ganar, no es as, seor? dijo otro de los hombres. Es la
voluntad de Shardik la voluntad de Dios.
Cmo lo sabes? pregunt un cuarto, un tipo receloso, de aire escptico, con
dientes ennegrecidos, que escupi al suelo. Crees que un oso puede hablar? Un oso que
habla?
No a ti contest Kavass con desdn. Claro que no habla a sujetos como t
o como yo, para qu negarlo? Lo que dije es que el Seor Shardik dijo que bamos a
marchar sobre Bekla y que l mismo iba a estar all. As que es claro que habr de aparecer
cuando demos la batalla Si no confas en el Seor Shardik, por qu ests aqu?
Bueno, todo es segn se vea no es as? dijo el hombre de los dientes
ennegrecidos. Puede estar ah y puede muy bien no estar. Todo lo que yo digo es que
Bekla es un lugar duro de pelar. Hay soldados
Silencio! grit Ta-Kominion. Avanz hacia el hombre tan firmemente como
pudo, le asi la barbilla con una mano y le levant la cabeza, tratando de fijar la mirada en
la cara de l. Imbcil blasfemo! El Seor Shardik te puede or Y tambin te puede
ver! Pero t t no lo vers hasta que llegue el tiempo indicado, porque l quiere probar tu
fe.
El hombre, que por lo menos tena veinte aos ms que Ta-Kominion, lo mir con
aire enfurruado, sin decir una palabra.
Puedes estar seguro de esto dijo Ta-Kominion con una voz que poda ser oda
por todos los que estaban cerca. El Seor Shardik quiere pelear por aquellos que confan
en l. Y habr de aparecer cuando ellos peleen se mostrar a aquellos que lo merezcan!
Pero no a quienes hacen de su Dios una pulga.
Al alejarse pesadamente se pregunt de nuevo cunto tiempo necesitara Kelderek
para alcanzarlos. Si Kelderek no alcanzaba al ejrcito, l iba a tener que enviar a Zelda de
vuelta para que lo viera y le hablara. En cuanto a l, ya no poda seguir mucho tiempo sin
descansar. Tena que echarse al suelo y dormir. Pero si lo haca, podra levantarse de
nuevo?
Se reanud la marcha. El ejrcito prosigui el camino a travs del bosque y la ladera
de ms all. Ta-Kominion ocup un lugar en la parte media de la columna, pues saba que si
se pona en la retaguardia no iba a poder seguirlos. Por un rato se apoy en el brazo se
Numiss hasta que, al darse cuenta que el pobre hombre estaba exhausto, mand buscar a
Kavass para reemplazarlo.
22
La jaula
Cundo va a despertar?
Tal vez al atardecer, o durante la noche. No s decir.
Podr comer, entonces? Beber?
Los seres que despiertan del sueo del theltocarna son siempre peligrosos. A
menudo entran en un frenes ms violento que el que tenan antes del trance, y en esos
casos atacan todo lo que encuentran.
Si lo que dices es cierto, entonces estos barrotes no lo van a retener.
El techo no es bastante fuerte para retenerlo, de todos modos dijo Sencred.
No tiene ms que erguirse y el techo se va a rajar como una costra de pastel.
Tendremos que darle de nuevo la droga, entonces dijo Kelderek.
Lo matara sin ninguna duda, seor dijo Sheldra. El theltocarna es un
veneno: no se puede usar dos veces No, no se puede usar dos veces en un plazo de diez
das.
Hubo un murmullo de aprobacin entre las muchachas.
En dnde est la Tuguinda? pregunt Nito, esta con el seor Ta-Kominion?
Ella puede saber qu es lo que hay que hacer.
Kelderek no contest y, volviendo sobre sus pasos, hizo poner de pie a los hombres.
Un hora despus la marcha era ms fcil: la subida era ms pareja y el camino
menos empinado. De acuerdo a lo que poda juzgar por el cielo turbio y vago, era cerca de
medioda cuando llegaron finalmente a Guelt. La plaza estaba cubierta de deshechos, como
si hubiera habido un altercado.
Hay olor a jaura de monos refunfu Baltis.
Di a tus hombres que coman y descansen dijo Kelderek. Voy a tratar de
averiguar cundo se ha ido el ejrcito.
Atraves la plaza, mirando a su alrededor, perplejo, las puertas cerradas y los
callejones vacos. De repente sinti un dolor agudo, como una picadura de insecto, en el
lbulo de la oreja izquierda. Se llev la mano all y, al retirarla, los dedos estaban cubiertos
de sangre; al mismo tiempo comprendi que la flecha que lo haba rozado se haba clavado
en la jamba de una puerta. Gir rpidamente sobre sus talones pero slo vio otra calle
desierta entre puertas cerradas y ventanas con postigos. Sin volver la cabeza, retrocedi
lentamente hacia la plaza y se qued a la espera de alguna seal de movimiento.
abiertas y grit:
No queremos herirlos! Somos amigos vuestros!
Hubo un estallido de risotadas sardnicas y un hombre grandote, de pelo gris y con
el puente de la nariz roto, sali del grupo, y dijo:
Ya hiciste bastante. Djanos en paz o te mataremos!
Kelderek sinti menos miedo que exasperacin.
Entonces tratad de matarnos, estpidos! grit. Tratadlo!
Ah, para traer a sus amigos de vuelta dijo otro hombre. Por qu no vas y
traes a tus amigos? No hace una hora que se fueron.
Yo dira que hay que seguir el consejo dijo Baltis, que se haba acercado y
estaba de pie junto a Kelderek. Nada se gana esperando.
Pero nuestra gente est cansada! contest Kelderek de mal tono.
Va a estar mucho peor, hijo mo, si no salimos de aqu dijo Baltis. Vamos
no soy cobarde y tampoco lo son estos muchachos pero nada se gana quedndonos.
Luego, como Kelderek an vacilaba, dijo a los hombres: Mostradnos el camino, pues, y
nos iremos.
Al or esto, como una jaura de perros, todos dieron unos pocos pasos cautelosos
hacia adelante y se pusieron a gritar y hacer ademanes sealando hacia el Sur. En cuanto
estuvo seguro de la direccin, Kelderek traz una lnea en el polvo del suelo, con el pie, y
les advirti que no deban cruzarla hasta que se hubieran retirado los ortelganos.
S, Guelt puede pasarla sin vuestra ayuda grit Baltis, ponindose a tirar de
nuevo de las sogas para alentar a sus hombres cansados.
Se alejaron lentamente, mientras la gente de la ciudad los contemplaba, charlando y
sealando el enorme cuerpo oscuro echado detrs de los barrotes.
Fuera de la ciudad el camino bajaba. Muy pronto lleg a ser tan empinado que la
tarea ya no consisti en empujar la jaula, sino en sostenerla para que no se escapara cuesta
abajo.
Poco tiempo despus Kelderek not que las ruedas estaban aflojndose y que toda la
estructura se haba desplazado y no encajaba bien. Consult con Baltis.
No vale la pena tratar de arreglarla. La verdad es que dentro de una o dos horas la
maldita jaula se va a caer hecha pedazos. Qu quieres que hagamos, muchacho?
Seguimos?
Qu otra cosa podemos hacer? contest Kelderek. Y lo cierto es que, a pesar
de las penurias y de estar prcticamente exhaustos, ninguno de los hombres se haba
quejado. Pero cuando se pusieron a descansar en un punto en que el camino se ensanchaba
y formaba un bosque abierto, por primera vez Kelderek se permiti pensar en qu habra de
terminar la cosa. Aparte de las muchachas, que eran iniciadas en los misterios y que de
todos modos no iban a poner en tela de juicio nada que l les hubiera ordenado hacer,
ninguno de los que estaban con l tena experiencia de la fuerza y la ferocidad que Shardik
poda mostrar. Si se despertaba en medio del ejrcito de Ortelga y rompa su frgil jaula,
cuntos iban a ser ultimados por su furia? Y cuantos ms, en razn de esto, iban a quedar
convencidos de que estaba enojado con Ortelga y la condenaba? Pero si les deca a Baltis y
al resto que, por razones de seguridad, deban abandonar a Shardik ahora, qu podra
decirle l a Ta-Kominion despus de haber dado ste orden de que se trajera a Shardik a
cualquier costo?
Decidi seguir adelante hasta estar a la zaga del ejrcito. Entonces, si Shardik an
segua inconsciente, l se adelantara, informara a Ta-Kominion y volvera con nuevas
rdenes.
Pero ahora haba que encontrar hombres bastante fuertes para aguantar las sogas.
Despus de las ltimas doce horas algunos apenas eran capaces ya de poner un pie delante
del otro. Pero incluso en esta situacin extrema, la creencia apasionada en el destino de
Shardik los llevaba a avanzar a tumbos, a arrastrarse, a trastabillar y seguir adelante.
Dentro de este mal sueo empez a caer la lluvia, mezclndose con el sudor,
formando regueros salados sobre los labios hinchados, quemando las llagas abiertas,
silbando entre las hojas, limpiando de polvo el aire. Baltis levant la cabeza hacia el cielo,
dio un paso en falso y tropez con Kelderek.
Lluvia gru lluvia, muchacho! Qu vamos a hacer ahora?
Qu? murmur Kelderek, parpadeando como si el herrero lo hubiera
despertado.
Digo que es la lluvia, la lluvia! Qu va a ser de nosotros ahora?
Dios lo sabr! contest Kelderek. Seguiremos seguiremos.
Bueno pero ellos no van a encontrar el camino hasta Bekla bajo la lluvia Por
qu no volvemos mientras sea posible y salvamos nuestras vidas?
No! grit Kelderek con pasin. No! Baltis gru y no dijo nada ms.
Muchas veces el cansancio hizo que se detuvieran y muchas veces reanudaron la
marcha. Una vez Kelderek intent contar el nmero de soldados, que disminua, pero se
confundi y abandon el proyecto. En menos de una hora iba a estar oscuro. No haba
seales de ejrcito y Kelderek comprendi, con desesperacin, que probablemente su banda
de soldados sueltos y mojados se iba a ver forzada a pasar la noche en las estribaciones de
los montes.
Baltis volvi junto a l.
Las cosas no pintan bien, joven dijo entre dientes. Vamos a tener que
pararnos muy pronto: se va a poner oscuro. Y, entonces: qu vamos a hacer? Es mejor que
t y yo sigamos solos Vayamos a buscar al joven barn y pidmosle ayuda. Pero te dir
lo que pienso: l mismo va a tener que volver si quiere seguir vivo. Ya sabes lo que son las
lluvias. Despus de dos das ya ni una rata se puede mover. Mucho menos un hombre.
Oye! dijo Kelderek. Qu es ese ruido?
Haban llegado a la parte alta de una loma, donde el camino daba una curva y
tomaba hacia abajo a travs de una espesura boscosa Al principio no haba ningn ruido,
luego, levemente, lleg a los odos de Kelderek el ruido que haba odo antes: gritos
distantes, agudos e instantneos como chispas voladoras, voces confundidas y que se
superponan unas a otras como ondas en un estanque. Mir a uno y otro hombre. Todos le
devolvan la mirada, esperando que l confirmara el nico pensamiento de ellos.
El ejrcito! grit Kelderek.
S, pero por qu gritan? dijo Baltis. Me parece que hay algo que anda mal.
Sheldra se adelant y puso la mano en el brazo de Kelderek.
Seor! grit sealando con la mano. Mira! El Seor Shardik se est
despertando!
Kelderek se volvi hacia la jaula. El oso, con los ojos todava cerrados, se haba
incorporado sobre el piso en una posicin acurrucada, poco natural, que 110 pareca la
posicin de un ser que duerme, sino ms bien la postura grotesca de algn insecto
gigantesco, con la espalda arqueada y las patas recogidas bajo el cuerpo. La respiracin era
irregular, laboriosa, y en la boca se formaba espuma. Mientras ellos lo miraban, se movi,
como incmodo, y luego, con un movimiento incierto e insensible de tanteo, levant una
pata hasta el hocico. Por un momento elev la cabeza y los labios se recogieron como si
fuera a mostrar los dientes; luego cay de nuevo al suelo.
Despertar ahora, en seguida? pregunt
involuntariamente al ver que el oso se mova una vez ms.
Kelderek,
encogindose
Kelderek corri hacia abajo de la colina y tuvo un atisbo de rboles y de una ladera
que ascenda hacia un terreno abierto, rocoso, por el cual los hombres de Ortelga estaban
avanzando en su direccin. De ms lejos, firmes como un redoblar de tambores, llegaban
los gritos concertados del enemigo. No habra avanzado una distancia mayor que un tiro de
flecha, cuando encontr a su hombre. Ta-Kominion yaca de espaldas en el camino. Los
regueros formados por la lluvia, con su resaca de ramillas y hojas, se haban detenido en
torno al cuerpo, lo rodeaban como si hubiera sido un tronco cado. A su lado, frotndose las
manos, estaba en cuclillas un hombre de pelo gris: Kavass el arquero. De repente TaKominion pronunci algunas palabras incoherentes y se golpe un brazo. Kelderek corri
hacia l, se arrodill a su lado y sinti que por la garganta le suba una arcada por el olor a
gangrena y putrefaccin.
Zelda! grit Ta-Kominion. La cara blanca estaba horriblemente convulsionada;
tena la forma de la calavera y pareca ms espantosa por la vida que an brillaba en los
ojos. Mir fijamente a Kelderek pero ya no dijo nada.
Seor! dijo Kelderek. Lo que me pediste est cumplido. El Seor Shardik
est aqu.
Sh Sh Shardik!
Shardik ha vuelto, seor.
De repente un bramido ms fuerte que el mismo clamor de la batalla invadi el
sendero, que formaba una especie de tnel bajo los rboles. Sigui un entrechoque y un
resonar de hierros, un crepitar de maderas que se quiebran, gritos de pnico y un ruido de
raspones y arrastres. La voz de Baltis gritaba: Dejadlo, tontos!. Luego se oa el bramido,
lleno de ferocidad y furor. Kelderek se puso de pie de un salto. La jaula se haba soltado y
rodaba cuesta abajo, traqueteando y saltando cuando las rudimentarias ruedas se hundan en
el barro y chocaban contra alguna piedra de punta. El techo se haba hendido en dos y los
barrotes colgaban hacia fuera, algunos raspando el suelo, otros rozando a los lados, como
aspas gigantescas. Shardik se haba erguido y estaba rodeado por pedazos de madera largos
y astillados. La sangre le corra por un hombro y echaba espuma por la boca, golpeando los
barrotes de hierro a su alrededor como los martilleros de Baltis nunca los haban golpeado.
La punta de una estaca rota le haba golpeado. La punta de una estaca rota le haba entrado
en el pescuezo y al moverse la agitaba a uno y otro lado, aullando de dolor y enojo. Con los
ojos enrojecidos, lleno de espuma y de sangre, abrindose paso con la cabeza entre las
ramas ms bajas de los rboles, que se cruzaban sobre el camino, se lanz a la batalla como
un animal-dios del apocalipsis. Kelderek tuvo tiempo de arrojarse sobre la orilla. La jaula
pas atronando a su lado, rechinando, sobre el mismo lugar en que l se haba arrodillado, y
tres de las ruedas, gruesas como el brazo de un hombre, pasaron por encima del cuerpo de
Ta-Kominion, abriendo un canal sanguinolento entre la ropa, la carne y el hueso. La jaula
sigui adelante, internndose entre los fugitivos de Ortelga como un carro demonaco hasta
que, al golpear de frente contra el tronco de un rbol, se lade y se hizo pedazos. Por unos
instantes Shardik, tirado de espaldas, patale y se debati buscando un punto de apoyo.
Luego se puso de pie y, con la punta de la estaca todava metida en el pescuezo, se abri
23
La batalla al pie de las colinas
haba sufrido, iba a ser mal visto en Bekla. Por otra parte, si los destrua, su reputacin iba a
quedar establecida e iba a silenciar cualquier crtica posible do Santil-ke-Erketlis.
Los oficiales beklanos, obedientes a las rdenes, haban hecho detener a sus
hombres en la lnea defensiva original y los ortelganos corran cuesta abajo sin que nadie
los persiguiera, algunos ayudando a sus heridos o cargados del equipo que haban robado a
los beklanos.
Sigue, seor, sigue! jade el muchacho. Termina con ellos!
Guel-Ethlin, ya decidido, se volvi hacia el trompa.
Bueno, Lobo le dijo, dirigindose a l por su apodo de nada sirve que ests
ah sin hacer nada! Romper filas: persecucin general. Y sopla con fuerza: que todos
puedan orle!
La trompa apenas acababa de sonar cuando va varias compaas beklanas
empezaron a bajar las laderas: las de los extremos se dispersaban muy a lo ancho y trataban
de volver al camino. Cada hombre esperaba superar a sus compaeros en el saqueo, no
importaba de qu.
Sin duda iba a haber poco o nada que sacar de estos brbaros, fuera de sus piojos,
pero una pareja de esclavos se venda a buen precio en Bekla, y siempre haba la
posibilidad de encontrar un barn con adornos de oro o incluso alguna mujer entre el
equipo que quedaba detrs.
Guel-Ethlin tambin corri entre los primeros, con su porta-estandarte a un lado y
Shaltnekan del otro.
De cerca, desde alguna parte dentro del bosque, lleg un retumbo, un ruido como de
molienda, que se fue acercando y se convirti en un ruido de maderas rajadas y entrechoque
de hierros. Inmediatamente despus se oy por encima del tumulto un rugido salvaje, como
de algn animal grande que est dolorido. Luego unas ramas se apartaron frente a l y
Guel-Ethlin qued duro de horror, desprovisto de todo sentimiento que no fuera el pnico.
Ante l, a unos pocos metros de distancia, estaba de pie, con una altura que era ms
de dos veces la estatura de un hombre, un animal que no tena cabida en el mundo de los
mortales. Ms que nada pareca un oso, pero un oso creado en el infierno para atormentar a
los condenados con su mera presencia. Las orejas estaban agachadas, como las de un gato
rabioso, los ojos tenan rojos resplandores en la luz que disminua, una espuma ocre sala de
entre unos dientes parecidos a cuchillos de los Deelguy. Sobre uno de los hombros y esto
casi lo enloqueci de miedo, pues era la prueba que la criatura no era humana llevaba
una estaca enorme y puntia-guda, que chorreaba sangre. Tambin tena cubiertas de sangre
las garras encorvadas y una de las patas levantada por encima de la cabeza, como en un
horrendo saludo de muerte. Sus ojos los ojos de un ser enloquecido, que habita un mundo
de crueldad y de dolor miraban a Guel-Ethlin con una especie de oscura inteligencia,
pero que bastaba para su nico propsito. Al encontrar esa mirada l dej caer la espada de
su mano y; al hacerlo, el animal le dio un golpe que le aplasto el crneo y le hundi la
cabeza entre los hombros.
Un momento despus Shaltnekan cay sobre l, con el pecho roto como un tambor
aplastado. Kreet-Liss, trastabillando en la ladera mojada, intent dar un golpe con su espada
antes de que su garganta fuera desgarrada y convertida en una fuente de sangre. Y este
golpe de espada, al herirlo, llen al animal de una furia tan violenta de destruccin que
todos los hombres se pusieron a gritar cuando se lanz cuesta arriba entre ellos, tratando de
deshacer y destruir. Los hombres de los lados, detenindose e intentando averiguar a gritos
qu haba ocurrido, sintieron que las tripas se les aflojaban al or la noticia de que el osodios, ms aterrador que ninguna criatura imaginada en los limbos inferiores de la fiebre y la
pesadilla, haba aparecido finalmente, haba reconocido y haba matado deliberadamente al
general y a dos comandantes.
Desde las ondulantes lneas de Ortelga se elev un grito de triunfo Kelderek,
cojeando y bambolendose de fatiga fue el primer hombre que emergi de los rboles
gritando Shardik, Shardik el Poder de Dios! y luego, a los gritos de Shardik!
Shardik!, ltimos sonidos que llegaron a odos de Ta-Kominion, los ortelganos se
precipitaron cuesta abajo, arrasando el quebrado centro beklano. Pocos minutos despus
Kelderek, Baltis y una veintena de los otros llegaban a la desembocadura del despeadero,
delante de la cresta y, sin atender a su aislamiento, miraron a todos lados, dispuestos a
enfrentarse con cualquiera que intentara buscar una huida. De Shardik, desvanecido en
medio de la oscuridad que todo invada, no haba quedado ni imagen ni sonido.
Despus de media hora, cuando, la noche ya haba puesto fin al derramamiento de
sangre, toda resistencia beklana se haba apagado, Los ortelganos, siguiendo el terrible
ejemplo que los haba redimido de la derrota, no mostraron piedad: mataron a sus enemigos
y despojaron a los cuerpos de armas y de escudos, hasta que estuvieron tan bien
pertrechados mino nunca lo estuvo fuerza alguna en la llanura de Bekla. Unos pocos de los
hombres de Guel-Ethlin lograron escapar a Guelt.
Antes de medianoche el ejrcito, a quien Zelda y Kelderek haban hablado con tanto
entusiasmo que ni siquiera se qued para honrar a sus muertos, sigui cojeando en
direccin a Bekla, proclamando las noticias de su victoria y de la total destruccin de las
fuerzas de Guel-Ethlin.
Dos das ms tarde, reducidos a las dos terceras partes de su fuerza por las fatigas y
las privaciones de la marcha, los ortelganos, que avanzaban por el camino pavimentado que
cruzaba la llanura, aparecieron ante los muros de Bekla: rompieron el portn labrado y
dorado de Tamarrik esa pieza nica creada por el artesano Fleitil un siglo antes
despus de sacudirla durante cuatro horas con un tambor improvisado y al costo de ms de
quinientos hombres; derrotaron a la guarnicin y a los ciudadanos, a pesar de la valerosa
direccin del enfermo Santil-ke-Erketlis; saquearon y ocuparon la ciudad e inmediatamente
se pusieron a pertrechar las fortificaciones contra riesgos de contraataques posibles en
cuanto terminaran las lluvias.
De este modo, en lo que sin duda debe haber sido una de las campaas ms
extraordinarias e imprevisibles que nunca se haya visto, cay Bekla, capital de un imperio
de provincias subyugadas que abarcaban 360 kilmetros cuadrados de extensin. De estas
provincias, las ms alejadas de la ciudad se escindieron y se declararon enemigas de los
nuevos dirigentes. Las ms prximas, ante la posibilidad de saqueos y el derramamiento de
sangre de una resistencia, se pusieron bajo la proteccin de los ortelganos, de sus generales
Zelda y Gued-la-Dan y de su misterioso rey-sacerdote Kelderek, llamado Crendrik, el Ojo
de Dios.
Libro III
Bekla
24
Elleroth
mrmol rosa y pulido. En total haba veinte torres redondas, ocho a lo largo del Palacio, y
cuatro a lo ancho, que se afinaban en los extremos, y la pared circular era tan tersa y
simtrica que, a la luz del sol, ni un solo borde de piedra arrojaba sombra sobre la piedra de
abajo, y la nica negrura visible era la de las aperturas de las ventanas, redondas, trazadas
como cerraduras, que daban luz a las escaleras en espiral. Muy arriba, tan arriba como
rboles altos, los balcones circulares avanzaban como capiteles de columnas y sus suelos
eran lo bastante anchos para que dos hombres pudieran caminar por ellos lado a lado. Las
balaustradas de mrmol eran idnticas en altura y forma, pero cada una estaba decorada de
distinto modo, labrada a cada lado en bajorrelieve con imgenes de leopardos, azucenas,
pjaros o peces; de tal modo que un seor poda decirle a su amigo: Me ver contigo esta
noche en la Torre Bramba, o un amante a su amada: Encontrmonos esta noche en la
Torre de Trepsis y contemplemos la puesta del sol antes de la cena. Por encima de estos
maravillosos nidos de cuervos las torres culminaban en campanarios esbeltos, pintados de
rojo, azul y verde, con postigos, y que encerraban sonoras campanas de cobre.
El Palacio mismo se levantaba dentro de sus torres y estaba a una distancia de varios
metros de sus bases. Pero, y la cosa era maravillosa de ver, a la altura del techo, la parte de
la pared que estaba detrs de cada torre se inclinaba hacia afuera, apoyada en gruesos
puntales, la abrazaba y sobresala un poco ms all, de tal modo que las torres mismas, con
sus campanarios puntiagudos, parecan picas clavadas, a intervalos regulares, en las
paredes, que soportaban el techo como un dosel es soportado en la periferia.
A cierta distancia del pie del Monte del Leopardo estaba el Pozo de Roca, recin
excavado, e inmediatamente encima estaba la Casa del Rey, una construccin severa y
cuadrada de habitaciones y corredores rodeados por un vestbulo en un tiempo cuartel
para los soldados, pero reservado ahora a otros usos y otro ocupante. Cerca, agrupados
en el lado Norte de los jardines de cipreses y del lago que llamaban la Pa, haba unos
edificios de piedra, parecidos a los de Quiso, pero de mayor tamao y ms numerosos.
Algunos de estos eran usados como viviendas por los jefes de Ortelga, y otros se reservaban
para los huspedes o las delegaciones de los pueblos de provincia, cuyas idas y venidas,
con embajadas ante el rey, o peticiones que exponer ante los generales, eran incesantes en
este imperio siempre en guerra a causa de sus discutibles fronteras. Ms all de los jardines
de cipreses un camino amurallado conduca al Portn del Pavo Real, nico camino a travs
de la rampa fortificada que divida a la ciudad alta de la ciudad baja.
La ciudad baja, la ciudad propiamente dicha, con sus calles pavimentadas y
callejones polvorientos, sus olores y clamores durante el da, su luz lunar y su perfume a
jazmines por la noche, sus invlidos y mendigos, sus animales, sus mercancas, sus
diseminadas huellas de guerra y de saqueo, sus puertas clausuradas y paredes ennegrecidas
por los incendios tambin pueden volver las ciudades desde la oscuridad?. Aqu haba
una calle de cambistas; ms all, a ambos lados de una angosta avenida de acebos, se
levantaban las casas de los joyeros, con ventanas altas y tapiadas y un par de recios
mocetones en la entrada que deban informarse sobre las intenciones del forastero.
El mercado de ganado haba sido quemado hasta los cimientos durante la guerra, y
en una de las puertas vencidas y abiertas del templo de Kram alguien haba pintarrajeado la
imagen de un oso, dos ojos y un hocico amenazador, en medio de dos orejas redondas. El
portn Tamarrik, esa maravilla, inferior tan solo al Palacio, haba desaparecido para
siempre; haban desaparecido las concntricas esferas en filigrana, el reloj de sol con su
gnomo flico y su ninfolptica espiral de las horas, los increbles rostros que escudriaban
entre las hojas verdes del sicmoro, los grandes helechos y los lquenes de lenguas azules,
el arpa de viento y el tambor de plata que resonaban solos cuando las palomas sagradas
pidiendo comida se posaban en ellos al anochecer. Los fragmentos de la obra maestra de
Fleitil, construida en una poca en que nadie crea posible que la guerra pudiera llegar a
Bekla, haban sido recogidos secretamente y con lgrimas amargas durante la noche antes
de que Gued-la-Dan y sus hombres hicieran una inspeccin del edificio, buscando hombres
para el trabajo obligatorio en una nueva pared que deba cerrar el hueco. Los dos portones
que quedaban, el Portn Azul y el Portn de los Lirios, eran muy fuertes y enteramente
adecuados al presente de Bekla y a su peligrosa condicin de ciudad que no saba distinguir
entre amigos y enemigos.
En esta nebulosa maana de primavera la superficie de la Pa, erizada por el viento
del Sur, tena el brillo mate y quebrado del cristal tallado. En los jardines de cipreses
protegidos, haba hombres que paseaban en grupos de a dos y de a tres, o sentados, a
resguardo del viento, en las glorietas de siempreverdes. Algunos eran acompaados por
sirvientes que caminaban detrs de ellos con capas, papel y material para escribir, mientras
que otros, de voces speras e hirsutos como bandidos, estallaban de cuando en cuando en
carcajadas o se palmeaban los hombros, revelando, pese a que trataban de ocultarlo, la falta
de comodidad que sentan en este ambiente elegante y desusado. Despus de un rato, una
cierta inquietud, incluso impaciencia, empez a notarse entre ellos. Evidentemente estaban
esperando algo que se demoraba.
Por ltimo, se vio la figura de una mujer que llegaba desde la Casa del Rey, con una
capa escarlata y un cetro de plata en la mano. Hubo un movimiento general en direccin a
la puerta que llevaba al camino amurallado, de tal modo que, cuando la mujer lo alcanz,
cuarenta o cincuenta hombres ya esperaban all. Al entrar ella, algunos formaron grupos a
su alrededor; otros, con aire displicente, miraron otra parte o pretendieron indiferencia,
mantenindose al alcance. La mujer, solemne y estlida en sus maneras, mir en derredor a
los hombres y levant una mano a guisa de saludo: la mano tena anillos de madera
carmes. Empez a hablar y aunque hablaba en beklano, era evidente que no era ste su
idioma. La voz tena las cadencias lentas y montonas de la provincia de Telthearna y,
como todos saban, la mujer era una sacerdotisa de los conquistadores, una ortelgana.
Seores: el rey os saluda y os da la bienvenida a Bekla. Da las gracias a cada uno
de vosotros porque sabe que os preocupis por la fuerza y la seguridad del imperio. Como
ya sabis
En ese instante fue interrumpida por la explosin tartamudeante de un hombre
grueso, de pelo liso y largo, que habl con el acento de un occidental de Paltesh.
Seora Sheldra, siyet, dinos, al rey al seor Crendrik no le ha ocurrido
nada malo?
acaudalado.
Se qued con el ejrcito, creo Es decir, eso me han dicho. Ya est por llegar.
Gracias contest el hombre alto. Haba una razn para ello, sin duda? Estoy
seguro que t querras ayudarme, si pudieras.
Sheldra ech atrs la cabeza, como una yegua molestada por las moscas.
El enemigo que est en Ikat el general Erketlis el general Gued-la-Dan quera
dejar todo asegurado antes de salir para Bekla Y ahora, seores, debo irme Hasta
maana
Abrindose paso entre ellos casi a la fuerza se fue del jardn con un apuro torpe y
muy poco sentador.
El hombre de la tnica con espigas de trigo march hacia una mata de plantas junto
al lago y se puso a contemplar las grullas que coman mientras jugaba con un pual de plata
que tena fijado al cinto por una hermosa cadena de oro. El viento hizo que se estremeciera,
y se arrebuj mejor dentro de su capa, levantando el ruedo sobre la hierba hmeda con una
especie de gracia estilizada, casi como la gracia de una muchacha en un saln de baile. Se
haba detenido a mirar el brillo escarchado, salpicado de lila, en los ptalos de unas salvis
que haba florecido antes de tiempo, cuando alguien le tir de la manga desde atrs. Mir
por encima del hombro. El hombre que llamaba su atencin estaba de pie detrs de l y
sonrea. Tena un aspecto rudo y fogueado, el aire escptico de un hombre que ha tenido
muchas experiencias, que ha realizado progresos y ha obtenido la prosperidad en una
escuela muy dura, y que contempla estas dos ltimas cosas con un cierto desapego.
Mollo! grito el hombre alto, abriendo los brazos en un gesto de bienvenida.
Mi querido amigo: una agradable sorpresa! Cre que estabas en Terekenalt, sobre el Vrako,
en las nubes, en cualquier lugar salvo aqu. Si no estuviera medio congelado en esta ciudad
pestfera podra demostrarte todo el placer que siento al verte: solo puedo demostrarte la
mitad
Y, al decir esto, abraz a Mollo, que pareci un poco confundido, aunque lo tom a
buena parte. Luego, asindolo de la mano a la distancia del brazo, como si fuera a dar un
paso de baile cortesano, lo mir de arriba abajo, mene lentamente la cabeza y sigui
hablando como haba empezado, en yeldashay, el idioma de Ikat y del Sur.
Dilapidando, dilapidando! Sin ninguna duda lleno de cabezas de flechas
arrancadas por los hombres de la tribu y botijas de las barracas de all. Uno se pregunta por
qu los agujeros que hicieron las primeras no pueden chupar un poco de las ltimas. Pero
vamos!, explcame cmo te encuentras aqu y cmo est Kabin y todos esos simpticos
chicos acuticos.
Ahora soy el gobernador de Kabin contest Mollo con una sonrisa de tal
Eso es dijo Mollo con una sonrisa despus de ese asuntito de las Guerras de
los Esclavos, en que nos vimos metidos
Cuando me salvaste la vida
Cuando te salv la vida (Dios me asista: debo haber estado enteramente
chiflado!) no me pude quedar en Kabin. Qu poda hacer yo all? Mi padre ciego en el
rincn de su chimenea y mi hermano mayor dedicado muy en serio, a que, ni Shran ni yo,
pudiramos recibir nada de la herencia Shran junt cuarenta hombres y se uni al ejrcito
de Bekla, pero a m eso no me gustaba, y decid seguir mi propio camino. Cabezas de
flechas y botijas bueno, tienes razn: eso es.
Robo, saqueo y robo, como si dijramos
Si uno no puede robarlo, uno tiene que luchar por ello, no es as? Me hice til.
Termin como gobernante de provincias del rey de Deelguy un trabajo honrado, por una
vez
En Deelguy, Mollo? Bueno, bueno
Bueno, bastante honrado, digamos. Me da bastantes dolores de cabeza y
preocupaciones Demasiada responsabilidad
Me puedo imaginar muy bien tus sentimientos al descubrirte a ti mismo en el
Norte del Telthearna con el Fuerte Horrible a tu solo cuidado.
En realidad fue la provincia de Klamsid. Bueno, es una manera de prepararse el
nido, si uno tiene que sobrevivir. All estaba yo cuando me dieron la noticia de la muerte de
Shran Lo mataron los ortelganos, hace cinco aos ahora, en la batalla al pie de los
montes, cuando Guel-Ethlin perdi su ejrcito. Pobre muchacho! De todos modos, har
unos seis meses un mercader de Deelguy se me presenta y me pide un permiso de trnsito
una bestia repulsiva, viscosa, que responde al nombre de Lalloc. Cuando quedamos
solos me dice: Eres el seor Mollo de Kabin de las Aguas?. Soy Mollo el
gobernador, le contesto. Y suelo ser pesado con los aduladores viscosos. Por qu
dice eso, seor? me dice. No hay ninguna adulacin.
Ad-o-lacin!, querrs decir.
Bueno, s, ad-o-lacin. No puedo imitar ese acento asqueroso. Vengo de pasar la
temporada de las lluvias en Kabin me dice y te traigo noticias. Tu hermano mayor ha
muerto y la propiedad es tuya. Pero nadie saba dnde te poda encontrar. La ley te concede
tres meses para el reclamo. Y con eso a m qu?, pens. Pero ms adelante me puse a
meditar en la cosa y me di cuenta que tena ganas de volver a casa. De modo que nombre a
mi delegado como gobernador por propia autoridad, envi un mensaje al rey
comunicndole lo que haba hecho y part.
Los habitantes quedaron muy afligidos? Los cerdos lloraron lgrimas regias en
los dormitorios?
Puede ser que lo hayan hecho No lo advert. De todos modos, no se los puede
distinguir de los habitantes. Fue un mal viaje en esa poca del ao. Casi me ahogu al
cruzar el Telthearna de noche.
Tena que ser de noche?
Bueno estaba apurado
No queras ser visto?
No quera ser visto. Tom el camino de los montes a travs de Guelt. Quera ver el
lugar en donde haba muerto Shran, decir unas pocas plegarias en su nombre y hacer una
ofrenda. Ya me entiendes. Dios mo! Qu lugar espantoso! No quiero ni hablar de l
Los fantasmas deben ser ms abundantes all que las ranas en un pantano. No ira yo all de
noche ni por todo el oro de Bekla. De todos modos, Shran est en paz y yo hice todo lo que
haba que hacer. Bueno, cuando tuve que atravesar el paso que lleva a la llanura y tena
que pagar peaje en el extremo meridional, lo cual era nuevo ya era el fin de la tarde y yo
pens: No voy a llegar a Kabin esta noche. Ir a verlo al viejo Smarr-Torruin, ese que les
daba de comer a los toros premiados cuando mi padre estaba vivo. Cuando llegu all, slo
yo y un par de tipos bueno, nunca habr visto un lugar ms cambiado sirvientes a
montones, todo hecho de plata, todas las mujeres de seda y alhajadas. Smarr era el mismo,
sin embargo, y se acordaba bien de m. Cuando estbamos bebiendo juntos despus de la
comida, yo le dije: Al parecer, los toros son rendidores. Oh, me dijo no has odo?
Me han hecho gobernador de los Montes y custodio del Paso de Guelt. Cmo es posible
una cosa semejante?, le pregunt. Bueno me dice uno tiene que estar listo para saltar
en el momento apropiado, cuando los tiempos son crticos Es uno de esos casos de ganar
o perder todo. Despus o lo que haba ocurrido en la batalla al pie de los Montes. Supe que
estos ortelganos tenan que tomar a Bekla: la razn era evidente tenan que ganar. Vi la
cosa muy claramente, pero al parecer nadie ms poda verla Me fui derecho a ver a los
generales. Los alcanc cuando marchaban al Sur, atravesando la llanura hacia Bekla, y les
promet toda la ayuda que poda darles. Bueno, la noche antes de la batalla la mayor parte
del ejrcito de Guel-Ethlin haba sido enviado a Kabin para componer el dique y si eso
no es el dedo de Dios, qu es? Las lluvias empezaban, pero de todos modos esos
beklanos, en Kabin, estaban a la zaga de los ortelganos cuando marchaban hacia el Sur. No
es el tipo de riesgo que a un general le hace sentirse contento. Me arregl para que les
resultara imposible moverse. Reun a mis hombres y destru tres puentes, envi falsos
informes a Kabin, intercept a los mensajeros de ellos. Seor, le digo a Smarr
qu juego es ste de alcanzar a los ortelganos!. En absoluto me dijo Smarr. S decir
cuando el rayo est por caer y no necesito saber exactamente dnde. Te digo que los
ortelganos tenan que ganar. Ese ejrcito a medias del pobre Guel-Ethlin se desmoron
sencillamente Nunca luch de nuevo. Salieron de Kabin bajo la lluvia, volvieron otra
vez, recibieron medias raciones, hubo un amotinamiento, deserciones en masa En el
momento en que pudo llegar un mensajero de Santil-ke-Erketlis, una faccin de los
amotinados haba tomado el mando, y casi haban ahorcado al pobre tipo. Buena parte de
esto era obra ma, y no dej por cierto que el rey Crendrik se enterara? As fue como los
ortelganos me hicieron gobernador del Pie de los Montes y Custodio del Paso de Guelt. As
fue, hijo mo, y un nombramiento muy lucrativo, por cierto. De repente Smarr me mira.
Has vuelto aqu a reclamar la herencia de la familia?, me pregunta. As es le digo
. Bueno me dice tu hermano nunca me gust. Era un tipo de puos duros,
alborotador, pendenciero, pero t ests bien. Hace falta un gobernador en Kabin. Hasta hace
poco hubo all un extranjero, un tal Orka-at, que estuvo antes al servicio de Bekla. El tipo
sabe algo sobre la represa, algo que a los ortelganos no les puede ocurrir pero lo acaban
de asesinar. Bueno, t eres un muchacho del lugar, as que a ti no te van a asesinar, y a los
ortelganos les gustan los hombres del lugar, siempre que sientan que pueden confiar en
ellos. Despus de lo ocurrido, confan en m, naturalmente, y si yo le digo una palabra al
general Zelda, probablemente te nombrar. Bueno, en pocas palabras, me las arregl para
estar a la altura de la recomendacin de Smarr, y as fue como llegu a ser gobernador de
Kabin.
Ya veo. Y t tienes contacto con la represa desde las profundidades de tus
conocimientos acuticos, verdad?
No tengo idea de qu hay que hacer con una represa, pero mientras est aqu
tengo intenciones de encontrar a alguien que lo sepa y llevrmelo conmigo.
Y ha venido aqu para intervenir en el Consejo tu encantador amiguito, el que se
ocupa de la cra de toros?
Smarr? l, no. Envi un delegado. No es tonto.
Cunto tiempo has sido gobernador de Kabin?
Hace tres das. Te digo: todo esto acaba de pasar. El general Zelda estaba
reclutado en esta zona y, as se present la cosa. Smarr lo vio al da siguiente. No haca
ms que una noche que yo haba vuelto a casa cuando l me mand un oficial a anunciarme
que me haban nombrado gobernador y a ordenarme que me presentara personalmente en
Bekla. As que aqu me tienes, Elleroth, como ves, y la primera persona con quien me
encuentro eres t!
Elleroth Ban. Inclnate tres veces antes de dirigirme la palabra.
Bueno, nos hemos convertido en una pareja prestigiosa, esa es la verdad. Ban de
Sarkid? Cunto tiempo hace que eres Ban Elleroth?
Oh, hace unos pocos aos. Mi pobre padre muri hace bastante tiempo. Pero
dime, cunto sabes t de Bekla nueva, la Bekla moderna y sus humanitarios y esclarecidos
dirigentes?
En ese momento dos de los otros delegados los alcanzaron. Hablaban gravemente en
ketrin-chistol, el dialecto del Terekenalt oriental. Uno de ellos, al pasar, dio vuelta la
cabeza y continu mirando seriamente por encima del hombro un rato, antes de retomar la
conversacin.
Tendras que ser ms prudente dijo Mollo. Observaciones como esa no deben
ser hechas en un lugar como ste, y mucho menos odas.
Querido mo, hasta qu punto crees t que entienden yeldashay estas calabazas
cultivadas? Sus cuerpos apenas cubren pdicamente a sus mentes. Su incultura est
indecentemente en cueros.
No se puede decir. Discrecin: eso es algo que he aprendido y estoy vivo para
probarlo.
Muy bien, satisfaremos tu deseo de conversaciones privadas, por decepcionante
que sea la cosa. All hay un tipo con un bote, eh, t!, y sin duda tiene su precio, como
todos en este mundo.
Y dirigindose al botero en un beklano excelente, como ya lo haba hecho con
Sheldra, sin que pudiera notarse ni rastro de acento yeldashay, le dio una moneda de diez
meld, se ajust la capa de zorros a la garganta, levant el espeso cuello que le rodeaba la
nuca y entr al bote seguido por Mollo.
Mientras el hombre remaba en direccin al centro del lago y las olitas golpeaban
regularmente debajo de la popa, Elleroth mantuvo silencio, contemplando intensamente los
campos de pastoreo que se extendan desde la orilla Sur de la Casa del Rey y doblaban por
la orilla Oeste del lago hasta las estribaciones del Norte del Grandor a la distancia.
Solitario, verdad? dijo finalmente, hablando siempre en yeldashay.
Solitario? contest Mollo. Yo no dira.
Siguieron hacia abajo, por el camino cercado, hasta el Portn del Pavo Real, y
llegaron a la habitacin pequea y cercada llamada el Cuarto de la Luna, mientras el
portero, sin ser visto, maniobraba el mecanismo que abra la puerta trasera Slo haba
comunicacin entre la ciudad alta y la ciudad baja por esta puerta y los porteros, vigilantes
y callados como sabuesos, no abran a nadie que no conocieran. Cuando Elleroth sigui a
Mollo a la ciudad baja, la puerta se cerr tras ellos, pesada, suave y chata, con sus goznes
de hierro que sobresalan de las paredes a cada lado. Por unos momentos estuvieron
aislados sobre el rumor de la ciudad, sonriendo el uno al otro como dos muchachos que van
a zambullirse en una piscina.
La calle de los Armadores llevaba barranca abajo a la plaza con columnas que
llamaban el Mercado de Caravanas, donde las mercaderas que llegaban a la ciudad eran
pesadas y fiscalizadas por los funcionarios de la aduana. A un lado estaban los galpones,
con sus plataformas de cargar y descargar y las balanzas de bronce de Fleitil, que podan
pesar un carro y dos bueyes tan fcilmente como una bolsa de harina. Mollo miraba cmo
se apilaban las pesas contra cuarenta lingotes de hierro de Guelt cuando un muchacho de
cara mugrienta, harapiento, que cojeaba y se apoyaba en una muleta, tropez con l y se
hizo a un lado con una especie de torpe cortesa y se puso a mendigar.
Ni padre ni madre, seor una vida dura dos meld no son nada para un
caballero como t tienes cara generosa es fcil ver que eres hombre de suerte te
gustara encontrar una linda chica ten cuidado aqu con los ladrones hay muchos
ladrones en Bekla muchos rateros tal vez un meld necesitas quien te diga la
buenaventura tal vez quieres jugar te espero aqu esta noche ayuda a un pobre
muchacho que hoy no ha comido
La pierna izquierda haba sido cortada por encima del tobillo y el mun, envuelto
en trapos sucios, no llegaba a un pie del suelo. Al moverse la pierna caa floja, como si no
tuviera fuerza debajo del muslo. Haba perdido un diente delantero, y cuando ceceaba sus
montonos e inexpresivos ofrecimientos y splicas una saliva manchada de betel le bajaba
por el labio inferior y el mentn. Tena una mirada huidiza, cautelosa y mantena el brazo
derecho doblado a un costado, la mano abierta, el pulgar y los otros dedos curvados, como
garras.
De pronto Elleroth se adelant, agarr el mentn del muchacho y le hizo levantar la
cara para mirarle los ojos. El muchacho lanz un chillido y trat de retroceder, soltando
ms palabras, que salan ahora desfiguradas, porque Elleroth le sujetaba la mandbula.
Pobre muchacho, seor, no te har dao, el caballero no daar a un pobre
muchacho, que no tiene trabajo, que las ha pasado muy mal, que puede ser til
Cunto tiempo hace que llevas esta vida? pregunto Elleroth con severidad.
El muchacho tartamude, esquivndole la mirada.
No s, seor, cuatro aos, cinco aos, no hago mal, seor, seis aos tal vez, lo que
t digas
Elleroth, con la mano libre, levant la manga del muchacho. Atado alrededor del
antebrazo haba una amplia banda de cuero y, debajo de sta, la hoja de un hermoso
cuchillo de mango de plata. Elleroth lo sac y se lo tendi a Mollo.
No te diste cuenta cuando te lo sac, verdad? Eso es lo malo de llevar el cuchillo
en una vaina sobre la cadera. Vamos, no alles, muchacho, o har que te azoten en el
mercado
Pues yo har que lo azoten, alle o no interrumpi Mollo vo
Un momento, querido amigo. Elleroth, siempre sujetando el mentn del
muchacho, le torci la cabeza a un lado y, con la otra mano, ech hacia atrs el pelo sucio.
El lbulo de la oreja tena un agujero tan grande como una semilla de naranja. Elleroth toc
el agujero con el dedo y el muchacho empez a llorar en silencio.
Gensheld u arkon lowt tha? dijo Elleroth, hablando en terekenalt, idioma que
Mollo no conoca.
El muchacho, a quien las lgrimas no dejaban hablar, asinti con aire aporreado.
Genshed varon, shu varn il pekeronta? El muchacho asinti de nuevo.
Oye dijo Elleroth, volviendo a beklano voy a darte un poco de dinero.
Cuando lo haga, te insultar y fingir pegarte, porque si no lo hago centenares de mendigos
saldrn como cuervos de todos los rincones del mercado. No digas nada, esconde el dinero
y vete, comprendes? Maldicin! grit, agarrando el hombro del muchacho y
empujndolo. Fuera, no te me acerques! Mendigos roosos! se dio vuelta y se
alej, seguido por Mollo.
Bueno, qu demonios? empez a decir Mollo. Se interrumpi: Qu pasa,
Elleroth? No no puedes estar llorando verdad?
Mi querido Mollo, si no eres capaz de sentir el cuchillo que te sacan de una vaina
que llevas en la cadera, cmo pretendes observar sin errores la expresin de una cara tan
tonta como la ma? Vamos a tomar un trago me parece que no me vendra mal, y el sol se
ha puesto fuerte ahora. Ser agradable sentarse.
25
El Soto Verde
luz de sol.
Hace mucho tiempo que no llega nada, seor, es una lstima contesto la
muchacha. Es la guerra, sabes? No se consigue.
Estoy seguro que no aprecias los recursos de este esplndido establecimiento
contest Elleroth, poniendo dos monedas de veinte meld en la mano de la muchacha. Y
siempre puedes echar el vino en una jarra, para que nadie vea lo que es. Pregunta a tu
padre. Trae el mejor que tengas, siempre que sea eh bueno antes del oso, ya sabes,
de antes del oso. Lo reconoceremos si es del Sur.
Dos hombres pasaron por la entrada con cortinas encadenadas y llamaron a la
muchacha en chistol, sonrindole.
Supongo que has tenido que aprender muchos idiomas con tantos admiradores?
dijo Mollo.
Ellos tienen que aprender el mo si quieren que los atienda sonri ella, yndose
y asintiendo con la cabeza a Elleroth para indicar que iba a hacer lo que le haba pedido.
Bueno, supongo que siempre hay que pararles el carro a muchos Elleroth,
echndose hacia atrs en el asiento, tomando una berenjena escabechada y metindose la
mitad en la boca. Lstima que tantos muchachos furiosos sigan insistiendo! Te molestara
que siguiramos hablando en yeldashay? Estoy harto de hablar beklano y mucho me temo
que el deelguy ya no est a mi alcance. Una ventaja de este lugar es que a nadie le parecer
demasiado raro, creo, si nos ponemos a hablar con toses o golpeamos la mesa con largos
palitos de dientes. Un poco de yeldashay ser para ellos parte del trabajo de toaos los das.
Ese muchacho a quien le diste dinero despus que me rob el cuchillo dijo
Mollo qu significaba, el agujero de la oreja? Parecas saber bastante bien lo que
buscabas.
No tienes ninguna sospecha, gobernador de la provincia?
Ninguna.
Ojal puedas continuar sin tenerlas. Me dijiste que habas conocido en Deelguy a
ese hombre que se llama Lalloc. Me pregunto si has odo hablar de Guenshed
No.
Maldice la guerra, entonces! grit un hombre que acababa de entrar,
evidentemente en respuesta a alguna frase del propietario, que estaba con l con los labios
apretados, los hombros encogidos y las manos a cada lado. Trae cualquier cosa, pero
pronto! Salgo para el Sur en media hora!
Qu noticias hay de la guerra? grit Elleroth, desde el otro lado del saln.
Ah, va a volver a ponerse feo ahora que llega la primavera, seor contest el
hombre. No vendr ya nada del Sur quiero decir, por algunos meses. El general
Erketlis est avanzando es probable que llegue por el Este hasta Lapan, segn he odo.
Elleroth asinti. La muchacha lleg con una simple jarra de terracota, vasos de cuero
y un plato de rbanos y berros. Elleroth llen los dos vasos, bebi profundamente y la mir
con la boca abierta, con una exagerada expresin de sorpresa y deleite. La chica se alej,
entre risitas.
Mejor de lo que poda esperarse dijo Elleroth. Bueno, no te preocupes por
ese pobre muchacho, Mollo. Es una excentricidad de mi parte. Ya te contar algn da. De
todos modos, no tiene nada que ver con lo que hablbamos en el lago.
Cmo recobraron su oso? pregunt Mollo, mascando un rbano y tendiendo
las piernas hacia el brasero. Lo que he odo y si es verdad me asusta, y nadie me ha
dicho nunca que no lo sea es que el oso destroz las lneas beklanas y mato a Guel-Ethlin
como si supiera de quin se trataba. Es algo que todos te dirn en Deelguy, porque haba un
contingente deelguy en el ejrcito beklano, y el oso mat a su comandante al mismo
tiempo le abri la garganta. Debes reconocer que es bastante raro.
Y despus?
Despus, cuando caa la tarde, desapareci el oso. Pero ya sabes dnde est
ahora all en lo alto de la colina seal con el pulgar por encima del hombro.
Ese hombre, Crendrik, el rey, pas casi todo el verano siguiente tras huellas
replic Elleroth. En cuanto terminaron las lluvias, fue con sus sacerdotisas, o como las
llamen, y recorri toda la comarca desde Kabin hasta Terekenalt y desde Guelt hasta el
Telthearna Creo que antes era cazador. Bueno, lo fuera o no, lo cierto es que encontr al fin
al oso, en una parte muy inaccesible de las colinas: e incendi toda la ladera, incluso dos
desdichadas aldeas, para obligar al oso a bajar a la llanura. Despus lo insensibiliz con una
especie de droga, lo maniat con cadenas
Lo maniat? interrumpi Mollo. Cmo es posible maniatar a un oso?
Comprendieron que ninguna jaula poda guardarlo, segn me han dicho, de modo
que, cuando estaba dormido le ataron las patas a una cadena que le pasaba por el pescuezo,
de manera que, cuando ms pateaba, ms se sofocaba. Despus lo llevaron a Bekla en una
plataforma abierta, sobre ruedas, en menos de dos das ms o menos unos noventa
kilmetros. Los hombres se turnaban en grupos y en ningn momento se detuvieron. De
todos modos el oso casi muri no le gustaban mucho las cadenas, sabes? Pero esto slo
demuestra, mi querido Mollo, la gran importancia que dan los ortelganos al oso, y hasta qu
punto estn dispuestos a ir lejos en todo lo que a l se refiere. Es posible que sean
muchachos zambullidores del Telthearna, pero tambin es evidente que ese animal los
hombres estn desesperados por comerciar para pagar por sus guerras y alimentar a los
sbditos que han sometido estn desesperados por entablar cualquier tipo de comercio.
De modo que las cosas ya no estn quietas. Qu clase de comercio, Mollo?
Te quieres referir a los nios? Bueno, si quieres conocer mi opinin
Perdn, caballeros, ignoro si la cosa podr interesar a los seores, pero me dicen
que el rey se acerca. Atravesar el mercado dentro de unos minutos. Y pens que, como los
caballeros parecen estar visitando la ciudad
El propietario estaba de pie junto a ellos, sonrea con obsecuencia y sealaba a la
distancia.
Gracias contest Elleroth. Muy corts de tu parte. Tal vez desliz otra
moneda de oro en la mano del propietario si pudieras conseguir un poco ms de este
excelente brebaje Qu chica encantadora es tu hija! O acaso tu sobrina? Deliciosa
volveremos en unos minutos.
Salieron a la columnata. La plaza estaba ms calurosa y ms poblada y los criados
del mercado, con cntaros y largas escobas hechas de ramas retorcidas, caminaban de un
lado a otro, quitando el polvo brillante y arenoso. A la distancia, en lo alto, el frente Norte
del Palacio de los Barones permaneca en la sombra y el sol detrs brillaba aqu y all sobre
las balaustradas de mrmol de las torres y los rboles de las terrazas de abajo. Mientras
Mollo segua mirando con renovada admiracin, los gongs de los relojes de la ciudad
dieron la hora. Unos momentos despus oy, en la calle por la cual l y Elleroth haban
llegado esa maana, el sonido de otro gong, ms suave y de una sonoridad ms profunda,
ms vibrante. Mollo se abri paso entre los que estaban ms cerca y estir el pescuezo,
escudriando por encima riel brazo de las Grandes Balanzas.
Dos filas de soldados descendan de la colina y caminaban lentamente a los dos
lados de la calle. Aunque estaban armados a la manera de Bekla, con yelmo, escudo y una
espada corta, sus ojos oscuros, su pelo negro y recio, su apariencia salvaje mostraban que
eran ortelganos. Tenan las espadas desenvainadas y miraban con aire vigilante. El hombre
que llevaba el gong, que marchaba a la cabeza y entre las filas, estaba vestido con una capa
gris bordeada de oro y una tnica azul bordada de rojo, con la mscara del Oso. El pesado
gong estaba sostenido por el brazo izquierdo y en la mano derecha llevaba la vara y
golpeaba suave y regularmente, anunciando que el rey se acercaba y marcando el paso a los
soldados. Pero el ritmo no era de hombres que marchan, sino ms bien de procesin
solemne.
Detrs del hombre del gong venan seis sacerdotisas del Oso, con capas escarlatas y
adornadas con joyas pesadas y brbaras, collares de zitate y penapa, cinturones de bronce
incrustado y cantidades de anillos de madera tallados, tan gruesos que los dedos de las
manos cruzadas tenan que mantenerse separados. En medio de ellas caminaba la solitaria
figura del rey-sacerdote.
A Mollo no se le haba ocurrido la idea de que el rey no fuera llevado en una litera o
un asiento, o tal vez en algn carro, con bueyes engalanados y cuernos dorados. Qued
sorprendido ante esta curiosa falta de ceremonia, ante este rey que marchaba entre el polvo
del mercado, que se haca a un lado para evitar un rollo de cuerda que estaba en su camino
y que, un momento despus, volva la cabeza, deslumbrado por un rayo de luz reflejado en
un balde de agua. Lleno de curiosidad trep con dificultad al plinto de la columna ms
cercana y mir sobre las cabezas de los soldados que pasaban.
La cola de la larga capa azul y verde del rey era levantada y sostenida detrs de l
por dos sacerdotisas. Cada panel azul llevaba en oro la marca del Oso y cada panel verde el
emblema del sol, como un ojo con prpados y radiante el Ojo de Dios. Su largo cetro,
de pulida madera de zon, estaba decorado con filigrana de oro, y de los dedos de sus
guantes pendan unas garras combadas, de plata. Su porte, que no pareca ni de soldado ni
de dirigente, posea, de todos modos, una misteriosa y crptica autoridad, grave y asctica,
la del hombre del desierto y del anacoreta. La cara morena, austera y retrada, era la de un
hombre que trabaja a solas, la cara de un cazador, un poeta o un contemplativo. Era joven,
pero pareca mayor que sus aos, encanecido antes de tiempo, y tena una tiesura en el
movimiento de uno de los brazos que sugera alguna antigua herida mal curada. Sus ojos
parecan clavados en alguna escena interior que no lo dejaba en paz, de modo que, incluso
cuando miraba alrededor, levantando la mano de vez en cuando en un sombro saludo a la
multitud, pareca preocupado y casi turbado, como si sus pensamientos lucharan con alguna
solitaria ansiedad ms all de las preocupaciones vulgares de sus sbditos, ms all de la
riqueza y la pobreza, de la salud y la enfermedad, del apetito, el deseo, la satisfaccin. Al
caminar como otros hombres por la polvorienta plaza del mercado a la luz de la maana,
estaba separado de ellos por algo ms que los soldados que lo flanqueaban y las silenciosas
mujeres: estaba separado por la vocacin arcana de una tarea inefable. Mientras Mollo
contemplaba, llegaron a su mente las palabras de una antigua cancin:
Qu grita la piedra al cincel?
Golpea, que tengo miedo.
Qu dice la tierra al labriego?
Ah, la hoja brillante!
siempre que pueda seguir cerca del oso, una prueba de que el animal lo ha elegido, y por lo
tanto ha venido para hacerles el bien a l y a su pueblo, y a no daarlos. La ferocidad del
oso trabaja a favor de ellos y contra sus enemigos. Lo han arrinconado hasta que l, a su
vez, se ha arrinconado. Tal vez todo el asunto resida en que es claramente vulnerable y, sin
embargo, no ha sido daado una treta mgica. Por eso se da trabajo por demostrar que es
un ser humano real y ordinario, recorriendo la ciudad todos los das.
Mollo bebi y reflexion en silencio. Finalmente dijo:
Eres como muchos hombres de Ikat
Vengo de Lapn, Lapn, amigo: de Sarkid, en verdad; no de Ikat.
Bueno, como muchos de los sureos. Vosotros lo pensis todo, y tenis confianza
en vuestras mentes y en nada ms. Pero la gente aqu no es as. Los ortelganos han
establecido su poder en Bekla
No lo han hecho.
Lo han hecho, y principalmente por un motivo. No slo porque han peleado bien,
y no es slo que haya habido muchos matrimonios con mujeres de Bekla esas son cosas
que vienen despus del verdadero motivo, que es Shardik Cmo es posible que hayan
sobrevivido contra toda posibilidad, a menos que Shardik sea en verdad el poder de Dios?
Date cuenta lo que ha hecho por ellos! Mira lo que han conseguido en su nombre.
Cualquiera que sepa lo que ha pasado
Al contarlo nada se pierde
Todos sienten ahora lo que Smarr sinti al principio estn destinados a ganar.
No razonamos como los otros, vemos lo que tenemos ante los ojos, y lo que tenemos ante
los ojos es Shardik y nada ms.
Elleroth se apoy en los codos, inclin la cabeza sobre la mesa y habl en voz baja y
con serenidad.
Te dir algo, Mollo, algo que evidentemente no sabes; te das cuenta que toda la
adoracin a Shardik, como se realiza aqu, en Bekla, es totalmente contraria al culto
tradicional y ortodoxo de los ortelganos, del cual ese hombre llamado Crendrik no es y
nunca ha sido jefe legtimo?
Mollo lo mir con fijeza.
Qu?
No me crees, verdad?
No pelear contigo, Elleroth, tras todo lo que hemos pasado juntos, pero tengo
autoridad en nombre de esta gente han hecho mi fortuna, si quieres y t quieres que
crea que son
Escucha Elleroth lanz una rpida mirada alrededor y despus sigui: No es
la primera vez que esta gente ha dominado en Bekla. Hace mucho tiempo ya lo hicieron; y,
en aquellos tiempos, tambin adoraban un oso. Pero no lo tenan aqu. Lo guardaban en una
isla en el Telthearna en Quiso. El culto era dirigido por mujeres no haba reysacerdote, ni Ojo de Dios. Cuando finalmente perdieron Bekla y el poder, sus enemigos
tuvieron cuidado de que no les quedara ningn oso. La sacerdotisa principal y las otras
mujeres pudieron quedarse en la isla, pero sin el oso.
Bueno, el oso volvi al fin. No es acaso una seal segura?
Oh, espera, mi bueno, mi honesto Mollo. No te he dicho todo. Cuando el oso
volvi, como has dicho cuando adquirieron este nuevo modelo haba una sacerdotisa
principal en la isla una mujer que tiene reputacin de no ser tonta. Sabe ms sobre
enfermedades y curaciones que cualquier mdico al Sur del Telthearna o al Norte, creo.
No cabe duda que ha efectuado curas muy notables.
Creo que he odo algo de ella, ya que lo dices, pero nada en relacin a Shardik.
Cuando este oso apareci por primera vez, hace cinco o seis aos, ella era jefe
reconocido e indiscutido del culto, y su cargo se heredaba regularmente, Dios sabe desde
hace cunto tiempo. Y esa mujer no quiso tener nada que ver con el ataque a Bekla.
Sostuvo siempre que ese ataque no era la voluntad de Dios, sino un abuso del culto del oso;
como consecuencia, fue puesta en prisin virtual, con algunas sacerdotisas, en esa isla del
Telthearna, aunque el oso su oso est en Bekla.
Por qu no la asesinaron?
Ah, querido Mollo, siempre eres un realista tan penetrante, siempre vas al punto.
Por qu, en verdad, no la asesinaron? No lo s, pero supongo que le tienen miedo como
hechicera Lo que indudablemente ha mantenido es su reputacin de curandera. Por eso mi
cuado viaj doscientos kilmetros el ltimo verano.
Tu cuado? Ammar-Tiltheh est casada, entonces?
Ammar-Tiltheh est casada. Ah, Mollo, me parece ver que una leve sombra cruza
tu cara, proveniente, quizs, de antiguos recuerdos. Ella tambin tiene de ti muy tiernos
recuerdos, y no olvida que te atendi aquella herida que tuviste la imprudencia de hacerte al
salvarme. Bueno, Sildan es un hombre audaz, inteligente le tengo respeto. Hace cerca de
un ao se le envenen un brazo. No se curaba, nadie en Lapn poda hacer nada, entonces,
finalmente, decidi ir a ver a esa mujer. Tuvo mucho trabajo para llegar a la isla parece
que la tienen muy incomunicada. Pero al fin lo dejaron ir, en parte porque los soborn y, en
parte, porque pensaron que iba a morirse si no lo hacan. Estaba ya bastante mal. Ella lo
sobre la mesa.
Ah, seor, eres muy bueno, muy generoso estar encantada es encantadora,
verdad? Claro que si queris
Buenos das dijo Elleroth. Y salieron a la columnata. Crees que quizs
oculta sus habilidades lingsticas? pregunt, cuando se dirigan una vez ms al mercado.
Me gustara saberlo contest Mollo. No deja de extraarme que tenga que
arreglar los pbilos a medioda. Y por qu arregla los pbilos a cualquier hora, ya que es
trabajo de mujeres y tiene la muchacha para que lo ayude?
Elleroth daba vueltas entre las manos al feo modelito.
Lo tema lo tema. Debe creer que somos unos tontos de capirote. Cree acaso
que podemos no reconocer la marca de hierro de Guelt si la vemos? En cuanto al vecino
que las hace ha sido pesado en las Grandes Balanzas y ha sido declarado inexistente.
Coloc el modelo en el alfizar de una ventana que daba a la calle y despus, como
si slo entonces se le ocurriera, compr algunas uvas en un quiosco vecino. Luego de poner
con cuidado una uva en cada platillo, tendi las que quedaban a Mollo y ambos siguieron
andando, comiendo uvas y escupiendo las semillas.
Realmente importa que el hombre te haya entendido o no? pregunt Mollo.
Te previne cuando lo vi all de pie, pero eso se ha convertido para m en una segunda
naturaleza despus de todos estos aos. No creo que puedan acusarte con su testimonio,
mucho menos condenarte a cualquier cosa seria. De todos modos, ser su palabra contra la
ma, y naturalmente yo no recuerdo haberte odo decir nada contra los ortelganos.
No temo ser arrestado por una cosa as contest Elleroth pero de todos modos
tengo motivos para no querer que esta gente conozca mis verdaderos sentimientos.
Entonces debes ser ms cuidadoso.
De veras que s. Pero soy precipitado, sabes? Un muchacho tan impetuoso!
Ya lo s dijo Mollo con una risita. No has cambiado, eh?
Casi nada. Y ahora recuerdo donde estamos. Este arroyo es una cada de la Pa
que corre hacia lo que fue una vez el Portn Tamarrik. Si marchamos corriente arriba,
siguiendo este grato sendero, llegaremos) cerca del Portn del Pavo Real, por donde nos
hizo salir esta maana aquel grosero individuo. Despus quiero caminar ms all de la Pa,
hasta los muros del lado Este del Crndor.
Para qu?
26
El rey de Bekla
los generales iban a buscar su consentimiento en hombre del Seor Shardik, y cualquier
cosa que, en su plegaria y meditacin, l pudiera encontrar dudoso o desagradable, poda, si
quera, pedir que fuera cambiado en nombre de Shardik.
Desde el da en que Shardik haba golpeado a los comandantes beklanos y
desaparecido en el lluvioso crepsculo de las colinas, la autoridad y la influencia de
Kelderek se haba hecho ms grande de lo que haba sido nunca la de Ta-Kominion. Ante
los ojos del ejrcito era evidente que era l quien haba hecho el milagro de la victoria, l
quien primero haba adivinado la voluntad de Shardik y la haba obedecido. Kelderek
mismo saba sin duda alguna que l y no otro era el elegido de Shardik, y que deba llevarlo
a la ciudad de su pueblo. Usando su propia autoridad haba ordenado a Sheldra y las otras
mujeres que salieran con l, en cuanto llegara la primavera, para buscar a Shardik hasta
encontrarlo. Los barones ortelganos, aunque no discutan su autoridad, se haban opuesto
con vehemencia a la idea de que su presencia mgica dejara la ciudad mientras Santil-keErketlis no fuera derrotado en la ciudadela de Crndor; y Kelderek, impaciente ante la
demora cuando volvieron los das clidos, haba reprimido su asco personal ante los
mtodos con que Zelda y Gued-la-Dan haban obligado al general beklano a evacuar su
ciudadela. Este asco, pensaba, aunque fuera bastante natural en un hombre comn, como l
lo haba sido una vez, era indigno de un rey, en quien el desprecio y la falta de piedad por el
enemigo son una necesidad para su propio pueblo porque cmo ganar guerras de otra
manera? En todo caso el asunto estaba por debajo de su esfera de autoridad, porque l era
un rey mgico y religioso, que se ocupaba de percibir e interpretar la voluntad divina; y por
cierto no haba ninguna cuestin religiosa implicada en la decisin de Gued-la-Dan de
levantar una horca a vista de la ciudadela y colgar dos nios beklanos todos los das, hasta
que Santil-ke-Erketlis consintiera en abandonar la ciudad. Slo cuando Gued-la-Dan dijo a
Kelderek que deba asistir a cada ahorcamiento en nombre de Shardik, l hizo conocer su
propia voluntad al replicar de manera cortante que era l y no Gued-la-Dan quien haba
sido nombrado por Dios para discernir donde y en qu ocasiones su presencia era necesaria
para la manifestacin de los poderes que le haba conferido Shardik. Gued-la-Dan, que
secretamente tema ese poder, no haba dicho ms y Kelderek, por su parte, aprovech lo
que se haba hecho sin tener que presenciarlo. Tras algunos das el general beklano
consinti en marchar hacia el Sur, dejando a Kelderek libre para buscar a Shardik en las
colinas al Oeste de Guelt.
De aquella ardua y larga bsqueda ni el oso ni el rey volvieron como haban ido.
Shardik, gruendo y luchando en medio de sus cadenas hasta quedar exhausto y casi
estrangulado, haba sido llevado por la noche a la ciudad bajo un toque de queda forzoso a
fin de que la gente no presenciara lo que poda parecer la humillacin del Poder de Dios.
Las cadenas le haban herido un lado del pescuezo y la articulacin de la pata delantera
izquierda; y las heridas se curaban con lentitud, dejndolo algo cojo y con una manera
extraa y forzada de llevar la gran cabeza, que ahora mova de una a otra parte, como si
todava sintiera el tirn de la cadena, que ya no tena. Muchas veces, los primeros meses,
haba sido violento, haba golpeado los barrotes y las paredes con enormes manotazos que
resonaban en el edificio como el martillo de un herrero. En una ocasin la nueva
mampostera que cubra uno de los arcos se parti y cay y, por un tiempo, el oso vag por
el pasillo de atrs, golpeando, hasta quedar agotado, las paredes externas. Kelderek haba
discernido en esto una seal propicia para atacar a Ikat; y de hecho los ortelganos,
cavilaba en el ttrico recinto lleno de ecos, y contemplaba al oso en sus ataques de furor y
en sus letargos, quedaba convencido que todo lo que haba realizado todo lo que pareca
milagroso y casi divino en trminos humanos careca de importancia frente a lo que
quedaba por ser revelado. El poder de Shardik lo haba tocado y, ante sus ojos y los ojos de
otros, haba entrado al mundo como emisario de Dios, haba visto con certeza y claramente,
a travs del conocimiento divino que le haban impartido, la naturaleza de su tarea y lo que
era necesario para realizarla. El alto Barn de Ortelga haba demostrado ser de poco peso.
Y haba parecido de suprema importancia su determinacin aparentemente suicida de llevar
a Quiso la noticia de la llegada de Shardik. Pero ahora, aunque Shardik era seor en Bekla,
esta percepcin ya no le pareca suficiente. Continuamente era perseguido por la sensacin
intuitiva de que todo lo que haba pasado hasta entonces apenas haba rozado el borde de la
verdad de Dios, que l era todava ciego y haba que buscar y encontrar una gran
revelacin, por la que haba que rogar para que fuera concedida una revelacin del
mundo ante cuya luz su propia situacin y monarqua significaran tan poco para l como
para la acurrucada criatura de la jaula, con su pelo erizado y su estircol hediondo. Una vez,
en sueos, se vio vestido y coronado para el festival de la victoria, que se celebraba todos
los aos al empezar las lluvias, mientras empujaba con un remo su balsa de cazador en la
ribera Sur de Ortelga. Al despertar vio a Shardik paseando de un lado a otro entre los
barrotes, no incorpor y, mientras avanzaba el alba, sigui un rato largo en una plegaria:
Toma todo lo dems, Seor Shardik; mi poder y mi reino si quieres. Pero dame ojos
nuevos para percibir tu verdad esa verdad a la que todava no he llegado. Senandril,
Seor Shardik. Acepta mi vida si quieres, pero concdeme, a cualquier precio, encontrar lo
que todava estoy buscando.
No haba nadie que no supiera que Kelderek era prisionero de una integridad que lo
consuma, que no gozaba con las joyas y el vino, las mujeres, las flores y las fiestas de
Bekla. Ah, habla con el Seor Shardik decan al verlo pasar por las calles y plazas
siguiendo el suave resonar del gong. Vivimos en el sol porque l carga sobre s la
oscuridad de la ciudad.
Para l su integridad no era forzada: estaba enraizada en la compulsin de descubrir
la verdad que l senta ms all de la fortuna que haba hecho para Ortelga, ms all de su
papel de rey-sacerdote. En sus profecas e interpretaciones no traicionaba su integridad,
sino que buscaba un arreglo para ganar tiempo, puesto que quera lograr lo que buscaba.
Kelderek, que hubiera narcotizado a Shardik para tener la certeza de no correr riesgos ante
l en los das sealados en presencia del pueblo, que hubiera podido introducir sacrificios
humanos o elaboradas en forma de adoracin obligatoria, tan grande era la veneracin que
le tenan, soportaba en cambio el peligro mortal y el crepuscular aislamiento del recinto
donde rezaba y meditaba continuamente sobre un misterio inasible. Esto era lo que iba a
constituir el supremo don de Shardik a los hombres. Era esto que, por su tremenda
naturaleza, trascendera incluso justificara todo el mal hecho en el pasado, toda la
violencia hecha a la verdad, incluso incluso y aqu la lnea de sus pensamientos
fallaba.
Porque el recuerdo de la Tuguinda no lo dejaba en paz, aunque los hechos haban
demostrado claramente que Ta-Kominion haba tenido razn y que la sacerdotisa hubiera
frustrado el don milagroso de la victoria y la conquista de Bekla. Despus que Shardik fue
llevado a la ciudad y todas, salvo las provincias sureas alrededor de Ikat, hubieron
reconocido la regla de los conquistadores, los barones decidieron, con total acuerdo de
Kelderek, que sera magnnimo y prudente enviar mensajeros a la Tuguinda para asegurarle
que se haba olvidado su error de clculo y que haba llegado el momento de que fuera a
ocupar su puesto entre ellos; pese a todo lo que significaba ahora Kelderek, ningn
ortelgano haba perdido el terror numinoso por Quiso que le haban inculcado desde el
nacimiento, y no pocos estaban inquietos al ver que, en la prosperidad, los nuevos jefes
haban dejado de lado a la Tuguinda. Muchos haban esperado que Shardik, una vez
recobrado, fuera llevado a Quiso, como en tiempos pasados. Pero Kelderek, desde el
momento en que haba salido de Bekla para buscar al oso, jams haba pensado en eso,
porque si iba con Shardik a la isla de la Tuguinda, tendra que perder su supremaca como
rey-sacerdote y, sin la presencia real de Shardik, no poda reinar en Bekla.
Y ahora podemos subrayar esto con fuerza dijo Gued-la-Dan a otros miembros
del consejo de barones porque no hay que equivocarse: ella ya no es la figura que
tenamos en tiempos de Bel-ka-Trazet. Se equivoc al interpretar la voluntad del Seor
Shardik, y Ta-Kominion y Kelderek no se equivocaron. El honor de la Tuguinda es tan
grande y no ms que el que estemos dispuestos a concederle, que ser medido de acuerdo a
la extensin de su utilidad para nosotros. Y, como mucha gente todava la honra, sera
prudente consolidar nuestra seguridad trayndola aqu. La verdad es que, si no viene, yo
mismo la traer.
Kelderek no dijo nada en contra de esta spera apreciacin, porque estaba seguro
que la Tuguinda iba a alegrarse de recobrar su antiguo cargo y que, una vez que ella
estuviera en Bekla, l podra ayudarla a recobrar su ascendiente sobre los barones.
Los mensajeros volvieron sin Neelith. Al parecer, en Quiso, haba interrumpido el
discurso que tena preparado, se haba arrodillado llorando a los pies de la Tuguinda,
suplicando que la perdonara y afirmando apasionadamente que nunca ms volvera a
dejarla, mientras viviera Tras or lo que los dems tenan que decir, la Tuguinda les record
que haba sido mandada a Quiso como prisionera. No tena, dijo, ms libertad que la
concedida ahora a Shardik para decidir por s misma si poda ir o no ir a un lugar.
Pero dijo podis decir a los de Bekla que, cuando el Seor Shardik recobre
otra vez la libertad, yo tambin recobrar la ma. Y podis decir a Kelderek que, aunque
piense lo contrario, yo estoy ligada como l, y l est ligado como yo lo estoy. Y que esto lo
descubrir algn da.
Con esta respuesta se vieron forzados a volver.
Qu harpa! dijo Gueld-la-Dan. Cree acaso que est en situacin de ocultar
su resentimiento con discursos atrevidos, cuando ella est en el error y nosotros en la
verdad? Cumplir mi palabra: y no tardar en hacerlo.
Gued-la-Dan estuvo un mes ausente, lo cual cost al ejrcito un serio revs tctico
en Lapn. Volvi sin la Tuguinda y guard silencio sobre el motivo, hasta que el relato
hecho por sus criados, al ser interrogados por los otros barones, lo convirtieron en un
hazmerrer a sus espaldas. Al parecer, haba realizado dos intentos separados e infructuosos
de desembarcar en Quiso. En cada caso un letargo haba cado sobre l y los que estaban
con l y la canoa se haba deslizado junto a la isla. En la segunda ocasin haba encallado
en una roca, haba zozobrado y l y sus compaeros apenas haban salvado la vida. Era
evidente que la cosa le haba costado cara. Durante muchos meses, incluso en el campo,
evit dormir solo y no quiso volver a viajar por agua.
Acaso para expiar el recuerdo de la Tuguinda, a Kelderek le importaba poco lo que
coma o beba, viva una vida casta y dejaba que otros gastaran las riquezas que se
consideraban adecuadas a la grandeza del rey. Muchas veces senta que ste era el motivo,
incluso cuando se preguntaba por milsima vez qu poda haber hecho para ayudarla.
Intervenir en favor de ella hubiera sido declararse contra Ta-Kominion. Y, pese a su
reverencia por la Tuguinda, l haba apoyado con pasin a Ta-Kominion y haba estado
dispuesto a seguirlo en cualquier aventura. Kelderek nunca haba entendido el concepto que
tena la Tuguinda del poder de Shardik, en tanto que el de Ta-Kominion era claro.
El recuerdo de la Tunguinda nunca estaba lejos de su mente.
Ella haba sabido lo que quera, y l no lo haba sabido y se haba engaado al
suponer que ella iba a consentir en formar parte de los que tenan cautivo a Shardik en
Bekla A veces tena ganas de renunciar a la corona y volver a Quiso a suplicar el perdn,
como Neelith. Pero esto significaba dejar el poder y la bsqueda de la gran revelacin, de
cuya inminencia a veces estaba seguro. Adems sospechaba que, si intentaba el viaje, los
barones no iban a dejar con vida a alguien que les haba sido hasta tal punto infiel.
Su refugio para escapar de este dilema era Shardik. Aqu no haba una inmerecida
recompensa de lujo, halagos o quejas, murmullos de placer por la noche, riquezas o
adulacin aqu slo haba soledad, ignorancia y peligro. Cuando serva al Seor Shardik
en medio del miedo y del sufrimiento del alma y del cuerpo, por lo menos no se acusaba a
s mismo de haber traicionado a la Tuguinda para su propio beneficio. Slo una vez Shardik
lo haba atacado: haba dado un manotazo cuando Kelderek franqueaba la puerta de
barrotes, quebrndole el brazo izquierdo como si fuera una rama seca. Se haba desmayado
de dolor, pero Sheldra y Nito, que lo seguan, le haban salvado la vida, sacndolo fuera
enseguida. El brazo se haba soldado de manera torcida, aunque todava poda usarlo. Y,
dejando de lado las splicas de las mujeres y los avisos de los barones, haba continuado, en
cuanto pudo hacerlo, plantndose de vez en cuando ante Shardik, pero el oso no haba
vuelto a mostrarse feroz. La verdad es que pareca indiferente a la presencia de Kelderek y
muchas veces, despus de levantar la cabeza para asegurarse que era l y no otro, segua
echado en la paja. En esos momentos Kelderek se le pona al lado, y obtena consuelo,
mientras rezaba, con el conocimiento de que, pese a todo lo que haba pasado, l y slo l
era el compaero humano y mediador de Shardik. En los cuatro aos pasados desde su
vuelta a Bekla con Shardik haba participado de lleno en los consejos de los ortelganos y
haba mantenido no solo mi buen nmero de espas sino tambin un cuerpo de consejeros
con conocimientos especiales de las diversas provincias, sus caractersticas principales y
todos los esclavos que demostraron ser nativos del imperio haba sido enfrentado en parte
por el empuje de los constructores, albailes y talladores, por los que siempre haba sido
famosa Bekla, y en parte por medidas (de las cuales la construccin del gran estanque de
Kabin haba sido una) que aumentaron la prosperidad de los campesinos y los pequeos
granjeros.
De todos modos quedaban, no slo en Bekla sino en varias ciudades de las
provincias occidentales, hombres ni fluyentes que lamentaban la victoria de los Jeldril. Eran
estos los que Kelderek haba buscado y puesto en el poder local, tras un acuerdo por el cual
ellos deban apoyar la guerra a cambio de la renovacin de un comercio esclavista sin
restricciones. Defendi esta poltica ante sus propios barones algunos de los cuales
recordaban incursiones esclavistas en la comarca central, cerca de Ortelga, quince o veinte
aos antes en parte como la necesidad obliga y, en parte, sealando que el pas no
quedaba abierto a un comercio totalmente sin frenos. Un nmero fijo de traficantes obtena
permisos cada ao para tomar nada ms que la cuota permitida de mujeres y nios en
determinados distritos de provincia. Una cuota de hombres capaces fsicamente era
concedida a cualquier traficante particular, pero la quinta parte deba entregarse al ejrcito.
Naturalmente no se dispona de tropas suficientes y estos acuerdos se estiraban al ponerlos
en prctica, tarea que quedaba en manos de los gobernadores provinciales. A todos los que
se quejaban de lo que haba hecho, Kelderek contestaba lo mismo:
Restringiremos otra vez el trfico de esclavos cuando termine la guerra;
ayudadnos, pues, a ganarla.
Muchos de los que son tomados como esclavos son vagabundos y criminales que
los traficantes compran en las crceles aseguraba a los barones e incluso en el caso de
los nios, hay muchos que, de todos modos, siempre seran abandonados y maltratados por
madres que no los quieren. Por otra parte, un esclavo siempre tiene posibilidad de prosperar
si tiene suerte y es capaz.
Jan-Glat, un ex esclavo de Dios saba dnde, que estaba ahora a cargo de las tropas
pioneras y de construccin del ejrcito, haba dado un poderoso apoyo a Kelderek,
manifestando que cualquier esclavo bajo su mando tena tanta posibilidad de promocin
como un hombre libre.
El beneficio del trfico era grande, especialmente cuando se supo que en Bekla
haba de nuevo un mercado de esclavos protegido por el Estado, con amplio surtido de
mercadera, y los agentes de otros pases descubrieron que vala la pena viajar hasta all,
pagar los precios del mercado y gastar su dinero. Pese a los argumentos en favor de lo que
haba hecho, el mejor argumento eran las cuentas pblicas. Kelderek descu-bri que
no slo esquivaba el mercado, sino tambin las calles por donde pasaban las consignaciones
de esclavos. Se despreciaba a s mismo por esto; sin embargo, dejando a un lado la
involuntaria piedad que saba que era debilidad en un dirigente, tena tambin el incmodo
sentimiento de que poda haber en su poltica alguna falla que l se esforzaba por no
advertir. La clase de expediente deletreo y miope que uno puede esperar de un hombre
comn y un brbaro haba escrito el antiguo gobernador Jeldril en una carta en que
27
El Consejo de Zelda
Kelderek mir.
Algn noble un desconocido. Debe ser algn delegado de provincia.
Un sureo por el aspecto demasiado elegante para ser de alguna provincia
nortea u occidental. Me pregunto por qu anda caminando por aqu solo.
Supongo que es libre de ir a donde se le d la gana. A muchos de los que visitan la
ciudad les gusta decir que han recorrido todos los muros de la ciudad.
El desconocido se acerc, se inclin graciosamente, con un movimiento algo
afectado de su capa de piel, y pas de largo.
Lo conoces? pregunt Zelda.
Es Elleroth, Ban de Sardik un hombre de quien he averiguado muchas cosas.
Por qu? No es caso seguro?
Posiblemente s posiblemente no. Es raro que haya venido l mismo como
delegado. Estuvo con Erketlis en las Guerras de los Esclavos lo cierto es que era un
notable jeldro en su poca. No hay motivo para que haya cambiado de ideas, pero de todos
modos, se me aconsej dejarlo en paz y se me dijo que esto era ms seguro que intentar
librarme de l. Tiene mucha influencia y situacin entre su gente y, dentro de lo que s,
nunca ha hecho ningn dao.
Pero nos ha ayudado?
Se ha luchado tanto por Lapn que es difcil decirlo. Si un dirigente local se las
arregla para estar bien con ambas partes, quin se lo puede reprochar? No hay nada contra
l, como no sea el informe de lo que era antes de nuestra llegada.
Bueno, ya veremos lo que nos ofrece en el Consejo.
Zelda pareca no decidirse a hablar de lo que quera decir a Kelderek y, despus de
un rato, Kelderek retom la conversacin.
Ya que hablamos de los delegados, debo mencionarte otro el hombre
recientemente nombrado como gobernador de Kabin.
Mollo? Qu hay con l? A propsito, ese hombre nos ha clavado la mirada, me
pregunto por qu.
No es raro que los desconocidos me miren contest Kelderek con dbil sonrisa
. Ya estoy acostumbrado.
As debe ser, sin duda. Bueno, qu pasa con Mollo? Smarr Torrun del Pie de las
Colinas lo recomend dice que hace aos que lo conoce. Parece un hombre excelente.
Me he enterado que, hasta hace poco tiempo, era gobernador provincial en
Deelguy.
En Deelguy? Y por qu se fue?
Exactamente Fue acaso para tomar el patrimonio de una pequea propiedad en
Kabin? Me parece dudoso. Nuestras relaciones actuales con Deelguy son tensas y
difciles No sabemos qu pueden estar planeando. Me pregunto si debemos arriesgar ese
nombramiento tuyo podemos caer en una trampa. Un cuchillo en la espalda desde Kabin
sera bastante malo en este momento.
Creo que tienes razn, Kelderek. No saba nada de esto. Hablar yo mismo con
Mollo, maana. No podemos correr ningn riesgo en Kabin. Le dir que, despus de todo,
hemos decidido que necesitamos un hombre con conocimiento especial de la represa.
Volvi a guardar silencio. Kelderek torci un poco colina abajo, a la izquierda,
pensando que, al sugerir de esta manera el regreso, se soltara la lengua del barn.
Qu piensas ahora de la guerra? pregunt Zelda bruscamente.
Pregunta a los milanos y a los cuervos, ellos saben replico Kelderek, citando un
proverbio de los soldados.
En serio, Kelderek y enteramente entre nosotros.
Kelderek se encogi de hombros.
Te refieres a las perspectivas? T las conoces mejor que yo.
Has dicho que el Seor Shardik parece inquieto persisti Zelda.
No todos los estados de nimo ni las enfermedades del Seor Shardik son
portentos de la guerra. Si as fuera, un nio vera los presagios.
Puedes creer, Kelderek, que no discuto tu intuicin como sacerdote de Shardik
ni tu mis condiciones de general, espero.
Por qu dices eso?
Zelda se detuvo y mir alrededor la pradera desaliada ante ellos. Despus se sent
en el suelo. Tras unos momentos de vacilacin, Kelderek se uni a l.
Sentarnos aqu puede no ser muy apropiado para nuestra dignidad dijo Zelda
pero prefiero hablar donde nadie nos oiga Y te prevengo, Kelderek, que en caso de
necesidad negar haber hablado.
Kelderek no contest.
Hace ms de cinco aos que tomamos esta ciudad; y no hay nadie que haya
participado en la campaa que no sepa que lo hicimos por voluntad de Shardik. Pero cul
es ahora su voluntad? Me pregunto si soy el nico que est perplejo sobre el punto.
Me atrevera a decir que no lo eres.
Sabes qu cantaban mis hombres despus de la toma de Bekla? El Seor
Shardik gan la batalla, con las chicas nos acostaremos al sol. Ya no lo cantan. Cuatro
aos de marchas, yendo y viniendo por las provincias sureas, les han quitado todo el
nimo.
Cul fue la voluntad de Shardik al traernos a Bekla? Fue lo que los hombres
suponan es decir, que furamos prsperos y fuertes por el resto de nuestras vidas? Si es
as: por qu sigue Erketlis en campaa contra nosotros? Qu hemos hecho para
desagradar al Seor Shardik?
Que yo sepa, nada.
Shardik mat a Guel-Ethlin l mismo dio el golpe y, despus de tomar Bekla,
t y yo y todos cremos que su voluntad era que derrotramos a Erketlis y tomramos Ikat.
Entonces iba a haber paz. Pero eso no ha ocurrido.
Ocurrir.
Kelderek, si no fueras rey de Bekla y sacerdote de Shardik, si fueras un
gobernador de provincia o un comandante subordinado que me promete algo, yo dira:
Entonces es mejor que suceda cuanto antes. As, directamente. Hace varios aos que mis
hombres luchan y mueren. Estn dispuestos a seguir as otro verano, pero no tienen buen
nimo. La verdad, dejando de lado la voluntad de Shardik y hablando puramente como
general, es que no veo motivos militares para que ganemos jams esta guerra.
Alguien desde abajo pareci llamar al hombre de la torre. El hombre se inclin sobre
el parapeto, mir unos momentos hacia abajo y continu esperando.
Fue el Seor Shardik quien nos dio la victoria sobre Guel-Ethlin prosigui
Zelda. De no haber sido por lo que l hizo, nunca habramos derrotado al ejrcito
beklano con una fuerza irregular como era la nuestra.
Nadie ha dicho lo contrario. Ta-Kominion lo saba antes de la batalla. Pero
ganamos y tomamos Bekla.
marcha hacia su patria y que haga en el camino todo el dao que pueda. Supongamos que
se encarguen ellos mismos de destruir la represa de Kabin.
Y no puedes detenerlos?
No lo s, pero lo que propongo, Kelderek y lo que nunca volver a proponer si
lo recibes de mala gana, es uno de dos caminos. El primero es que negociemos ya la paz
con Erketlis. Nuestras condiciones sern que conservamos Bekla, con las provincias del
Norte y toda la tierra que podamos conseguir al Sur. Esto, naturalmente, significa ceder
Yelda, Belishba y probablemente Lapn, con Sarkid. Pero tendremos la paz.
Y el segundo camino?
Por primera vez Zelda se volvi y mir de frente a Kelderek, mientras sus ojos
oscuros y su barba quedaban enmarcados en el cuello rojo de la capa. Lentamente extrajo
su cuchillo, lo sostuvo un momento entre el ndice y el pulgar y despus lo dej caer, con el
mango hacia arriba: el cuchillo se clav y tembl en el suelo. Torciendo la nariz y
olfateando, como si hubiera olido algo quemado, recogi el cuchillo y lo volvi a la vaina.
La alusin no pas por alto a Kelderek.
Supe desde el principio s, aquella misma noche que en cierto modo tenas en
tus manos el destino de Ortelga. Antes que t y Bel-ka-Trazet partieran para Quiso, tuve la
certeza de que habas venido para traemos suerte y poder. Despus, cuando los primeros
rumores llegaron a Ortelga, cre en el regreso de Shardik, porque te haba visto enfrentar la
ira de Bel-ka-Trazet y comprend que slo la verdad poda permitirte hacer eso. Fui yo
quien aconsej a Ta-Kominion que arriesgara la vida en el cruce del Cerco Muerto por la
noche, para buscarte; y fui el primer barn que se uni a l al da siguiente, cuando baj a
tierra detrs del Seor Shardik. En la batalla del Pie de las Colinas, antes que Ta-Kominion
llegara al campo, dirig el primer ataque contra el ejrcito de Guel-Ethlin. Nunca dud del
Seor Shardik, y tampoco dudo ahora de l.
Y entonces, qu?
Suelta al Seor Shardik! Sultalo y espera lo que sea. Tal vez su voluntad es que
no sigamos la guerra. Tal vez tenga otro propsito, enteramente distinto. Debemos estar
listos para confiar en l, incluso para reconocer que hemos interpretado mal su voluntad. Si
lo soltamos, tal vez nos revele algo desconocido. Ests seguro, Kelderek, de que, despus
de todo, no negamos su propsito mantenindolo en Bekla? He llegado a creer que ese
propsito no puede ser la continuacin de la guerra, porque, si as fuera, tendramos que
tener ahora el fin a la vista. En algn punto hemos perdido el hilo de nuestro destino.
Sultalo y ruega para que, en esta oscuridad en que vagamos, vuelva a poner las cosas en
nuestras manos.
Soltar a Shardik? dijo Kelderek. No imaginaba nada menos favorable para la
continuacin de su reinado o para el secreto divino que todava tena que descubrir. A toda
costa deba apartar a Zelda de aquella apresurada, supersticiosa idea, cuyas consecuencias
28
Elleroth muestra la mano
es un cliente rudo, desagradable, y he tenido que ir muy lejos para convencerlo que prefiero
su lado al otro. Durante aos lo he mantenido creyendo que al fin de cuentas, y debido a mi
influencia local y a mis conocimientos, es mejor mantenerme que reemplazarme. Apenas
est enterado que mi amor a las travesuras infantiles me lleva a moverle el piso de vez en
cuando.
Comprendo. Y deb haberlo adivinado.
Lo que sigue es el teatro de toda una vida. Tu pulso palpitar con mil
pulsaciones bueno, digamos, quinientas. Hace cosa de un mes Santil me hizo otra visita
nocturna, casualmente disfrazado de comerciante de vinos. Y me dijo que esta primavera,
por primera vez, est bastante fuerte como para atacar con fuerza el Norte. Lo cierto es que
tal vez en este momento ya haya iniciado una marcha que lo llevar al Norte de Bekla en
menos tiempo del que se supone.
Pero no a Bekla?
Depende del apoyo que encuentre. En el primer momento probablemente no
intentar atacar Bekla, sino que marchar hacia el Norte a ver si algunas provincias se
levantan a su favor. Lgicamente, tal vez encuentre la ocasin de derrotar algn ejrcito
ortelgano y, si es as, no es hombre de perder la ocasin.
Y qu papel desempeas t? Porque obviamente desempeas uno.
Bueno, lo cierto es que soy esa criatura despreciable que se llama un agente
secreto.
Sal de ah!
Espero salir, a su debido tiempo. Se te ha ocurrido que, si algo de veras
desagradable pasara en Bekla cuando Santil inicie el ataque, esos individuos tan
supersticiosos quedaran muy trastornados? De todos modos, se le ocurri a Santil. Por eso
he venido al Consejo como delegado.
Pero qu es lo que intentas hacer? Y cundo?
Algo audaz, supongo, sera lo ms apropiado. Se me haba ocurrido la posibilidad
de sacar de su cargo al rey o alguno de los generales, pero no creo que pueda hacerse. Perd
una ocasin bastante buena ayer por la tarde, por no estar armado, y no creo que se presente
otra. Pero he estado pensando. La destruccin de la Casa del Rey y la muerte del oso eso
producira un efecto calamitoso. La verdad es que la cosa podra desbordar, cuando las
noticias lleguen al ejrcito.
Pero no es posible, Elleroth. No podramos triunfar con una cosa as.
Con tu ayuda, creo que es posible. Mi intencin es incendiar el techo de la Casa
del Rey.
Pero el palacio es de piedra!
Los techos, mi querido Mollo? Los techos se hacen de madera. No se puede
cubrir con piedra un recinto de ese tamao. Debe haber vigas y travesaos que sostienen las
tejas. Mira t mismo incluso hay pajas en el extremo se puede ver desde aqu. El fuego
marchar bien si le dejan tiempo.
Lo vern en seguida de todos modos el lugar est custodiado. Cmo es posible
trepar al techo con una antorcha o lo que necesites? No podras acercarte sin que te
detuvieran.
Ah, aqu es donde me servirs incalculablemente! Escucha. Esta noche es el
festival del fuego de la primavera. Lo has visto alguna vez? A la cada de la noche apagan
todas las llamas de la ciudad, hasta la oscuridad total. Despus encienden el nuevo fuego y
cada dueo de casa viene a encender en l una antorcha. Luego todos se enloquecen. Habr
un brasero o alguna antorcha ardiendo en cada techo de la ciudad. Habr una procesin de
barcas en el Barb, llenas de luces, con el aspecto de dragones feroces el agua las refleja,
sabes? Es muy bonito. Habr un desfile de antorchas cualquier cantidad de humo en las
narices de la gente y tendrn los ojos deslumbrados. Esta noche o nunca un fuego en el
techo de la Casa del Rey slo ser notado cuando sea demasiado tarde.
Pero nunca dejan al oso sin guardias.
Claro que no. Pero podremos encargarnos de ellos si ests tan enojado y lleno de
deseos de venganza como dices. Ya he sealado un lugar por el que creo que podr trepar al
techo; y, para estar seguro, he comprado una soga y un ancla. Cuando oscurezca, t y yo
encenderemos unas antorchas y nos dirigiremos al festival armados bajo las capas,
lgicamente, y ms bien tarde. Iremos hacia la Casa del Rey y all, en silencio,
liquidaremos a los centinelas que encontremos. Despus subiremos al techo y lo
incendiaremos. Es casi seguro que habr una sacerdotisa en el recinto para cuidar del oso
tal vez ms de una. Si no las silenciamos, vern el fuego desde abajo. As que tendrs que
entrar y atacar a quien quiera que encuentres en el recinto.
No sera mejor matar directamente al oso?
Has visto alguna vez a ese oso? Es estupendamente grande increble. Habra
que matarlo con muchas flechas pesadas. No tenemos un arco y no podemos llamar la
atencin comprando uno.
Cuando el fuego arrecie, creo que el oso, simplemente, se meter en el Pozo de
Roca.
Si ya ha anochecido, dejan caer la puerta entre el recinto y el pozo. All est en
este momento.
No me gusta la idea de atacar a una mujer con una espada aunque sea una
sacerdotisa ortelgana.
Tampoco a m me gusta; pero estamos en guerra, mi querido Mollo. No es
necesario que la mates, pero tendrs que impedir que d la alarma.
Bueno, supongamos que lo consiga. El techo arder y estar a punto de caer sobre
el oso y t habrs bajado y te me habrs unido. Qu hacemos entonces?
Desaparecer como fantasmas cuando canta el gallo.
Dnde? El nico acceso a la ciudad baja es por el Portn del Pavo Real. No hay
nada que hacer.
Creo que tenemos una buena posibilidad. Santil me aconsej que examinara la
cosa y lo hice, ayer por la tarde. Como sabes, los muros de la ciudad corren hacia el Sur y
rodean totalmente Crndor; pero arriba, cerca del rincn Sudeste, hay un postigo sin uso en
la pared. Santil me dijo que fue hecho hace tiempo por un rey, sin duda con algn propsito
inconfesable que tena. Ayer por la tarde fui hasta all, como haba sugerido Santil, y lo
examin. Estaba cubierto de matas y caas, pero cerrado slo por dentro. No creo que nadie
lo haya tocado desde hace aos. Aceit los cerrojos y me cercior de que puede abrirse. Si
alguien ha ido despus all y vio lo que hice, mala suerte, pero dudo que as sea. Tuve un
momento desagradable al volver, cuando tropec con el llamado rey y el general Zelda, que
marchaban en esa direccin, pero se dieron vuelta poco despus de cruzarse conmigo. De
todos modos, es nuestra mejor ocasin y debemos tomarla. Si podemos llegar a los
barrancos ms altos, ms all del Barb, sin ser atrapados, podremos muy bien pasar por esa
puerta y unirnos al ejrcito de Santil en dos o tres das. Ningn perseguidor correr ms que
yo, te lo aseguro.
Creo que tenemos pocas posibilidades. El asunto es ms que riesgoso. Y, si nos
atrapan
Bueno, si prefieres no participar, mi querido Mollo, dilo en seguida. Pero dijiste
que arriesgaras cualquier cosa para hacerles dao. En lo que a m se refiere, no he
guardado mi piel a salvo durante cinco aos para venir aqu y no arriesgar nada. Santil
desea un desastre resonante y procurar que lo obtenga.
Supongamos que, despus de todo, yo mate a la mujer no es mejor meterse
entre la multitud y fingir ignorancia? Nadie podr identificamos, y el fuego puede ser
accidental chispas que ha trado el viento.
Claro que puedes intentar eso si lo prefieres, pero seguramente descubrirn que el
fuego no fue casual tendr que desgarrar el techo para que se incendie como es debido.
Sospecharn de m y crees que no sospecharn tambin de ti, despus del motivo que
hoy t han dado? Puedes confiar en resistir la sospecha y la investigacin
convincentemente por das interminables? Adems, si el oso muere, los ortelganos estarn
fuera de s. Son capaces de torturar a todos los delegados de la ciudad para obtener una
confesin. No, pensndolo, creo que prefiero mi postigo.
Tal vez tengas razn. Bueno, si tenemos xito y logramos unirnos a Erketlis.
Sin duda no va a ser desagradecido, como te dars cuenta. Te ir mucho, mucho
mejor que como gobernador de Kabin.
De veras lo creo. Bueno, si no me entra el susto o tengo otro tropiezo antes de la
noche, cuenta conmigo. Pero, por suerte, no tenemos que esperar mucho
29
El festival del fuego
Al caer la tarde sobre las terrazas de los Montes del Leopardo, con un cielo verdoso,
rayado de amarillo, en el Oeste y un aletear de murcilagos contra la ltima luz, la luna
nueva, visible toda la tarde, empez a lucir ms brillante y pareca, al avanzar hacia su
temprana puesta, frgil y tenue hasta ser casi insustancial. Todo abajo yaca en silencio, en
una oscuridad iluminada por las estrellas, la ciudad ms quieta que la medianoche, todos los
fuegos apagados, todas las voces en silencio, no brillaba ni una luz, ninguna muchacha
cantaba, no arda ninguna llama, ningn mendigo pordioseaba. Era la hora del Apagn. Las
calles estaban desiertas, las arenosas plazas, rastrilladas al terminar el da, estaban vacas,
rayadas y desamparadas como estanques helados por el viento.
Arriba en la Torre de la Serpiente, Sheldra, envuelta en una capa que la abrigaba del
aire nocturno, miraba hacia occidente, esperando que el cuerno inferior de la luna
declinante se pusiera a la par del pinculo de la torre de Bramba, en la esquina opuesta.
Cuando se puso, el vasto silencio de los campos se quebr con el grito ululante de
Shardik, el fuego del Seor Shardik!. Un instante despus una lengua de llama oscura y
dividida trep por los diez metros de altura del tronco de pino embreado del techo del
palacio, y apareci ante la ciudad de abajo como una columna de fuego en el cielo del Sur.
A lo largo de las paredes que dividan la ciudad alta de la ciudad baja, el esperado llamado
de la sacerdotisa fue contestado y repetido, mientras cinco llamaradas similares, aunque
menores, se elevaron, una tras otra, desde los techos de los torreones equidistantes. Cada
llamarada se irgui en la noche con la velocidad de un gimnasta que trepa por una cuerda, y
los postes ardieron en oleadas largas y ardientes, pues el fuego brotaba de sus lados como
agua. Por un momento estuvieron solos, sealando el ancho y el largo de la ciudad que
yaca en la llanura como una gran balsa anclada en la pendiente del Crndor. Y mientras
ardan slo sus crepitaciones rompan el silencio que haba vuelto tras el cese de los gritos
de las torres, las calles empezaron a llenarse de un nmero creciente de gente que sala de
las puertas: algunos simplemente se mantenan de pie como centinelas en la oscuridad,
otros se abran paso a tientas pero deliberadamente hacia el Mercado de Caravanas. Pronto
muchos se reunieron all; todos sin hablar, todos esperando con paciencia en la luz de la
luna que se pona, en una penumbra rodeada de llamas, una luz como de lechuzas, que
apenas dejaba reconocer al vecino.
Entonces, a lo lejos, sobre los Montes del Leopardo, apareci la llama de una nica
antorcha. Se movi rpidamente, inclinndose, descendiendo, corriendo por las terrazas
hacia la Pa, por los jardines hacia el Portn del Pavo Real, abierto esperando al corredor
que haba de entrar por la calle de los Armadores y llegar al Mercado ante la reverente
multitud que lo aguardaba. Cuntos haba all reunidos? Centenares, miles. Muchos
hombres y mujeres, cada uno jefe de una casa; jueces y funcionarios civiles, comerciantes
extranjeros, contadores, constructores y carpinteros, la viuda respetable al lado de las
Junto a la Pa en la ciudad alta, por encima del Portn del Pavo Real, otro mensajero
ms grave haba llegado con su antorcha, nada menos que el general Zelda y su armadura
completa reflejaba apagadamente la luz humeante mientras marchaba hacia las ditas que
laman la costa. Aqu tambin esperaban suplicantes, pero menos y no tan fervientes, ya que
las emociones estaban modificadas por ese desprendimiento y contencin llena de autoconciencia que caracteriza a los aristcratas, ricos o poderosos cuando participan en las
expansiones populares. La invocacin de Zelda, Bendito sea el fuego, fue dicha, es
cierto, en voz muy alta, pero con tono formal y moderado, en tanto que la respuesta de
Bendito sea el Seor Shardik, aunque dicha con sinceridad, careca de la integridad
calurosa de las voces de las muchachas floristas o de los portadores del mercado de la
ciudad baja, que quebraban dos horas de oscuridad y silencio con las palabras sealadas
para comenzar una de las grandes festividades del ao.
Kelderek, vestido de azafrn y escarlata y asistido pollas sacerdotisas de Shardik,
esperaba en la terraza ms alta de los Montes del Leopardo, contemplando la ciudad a sus
pies. Alrededor de l ardan las sales, ungentos y aceites preparados para el festival del
fuego, misteriosos y esplndidos en combustin azul de Martn Pescador, cinabrio,
violeta, limn y verde berilo cada fuego transparente, como una gasa, en su bol de
bronce, llevado entre varas sobre los hombros de dos mujeres. Resonaban las campanas,
como gongs, de las torres del palacio, y su armona estremecedora vibraba sobre la ciudad,
se apagaba y volva como olas en una ribera. Mientras miraba el trozo de luna nueva se
hundi al fin en el horizonte del Oeste y sobre el lago apareci la forma resbaladiza de un
gran dragn, un monstruo que mostraba sus dientes de fuego, de ojos verdes y con garras,
mientras de sus mandbulas sala una pluma de humo blanco que iba quedando detrs a
medida que avanzaba. Gritos de admiracin y excitacin estallaron: los gritos de batalla de
los hombres jvenes y los estilizados llamados de la cacera. Despus cuando el dragn
lleg al centro de la Pa, surgi a la vida desde la otra ribera una forma feroz, erguida sobre
las patas traseras, de diez metros de alto, orejas redondeadas, largo hocico mostrando los
dientes y levantando una pata con garras. Cuando los gritos de Shardik, el fuego del
Seor Shardik! arreciaron e hicieron eco en los muros que rodeaban el jardn, la figura de
un hombre desnudo, llevando una antorcha en cada mano, apareci entre las mandbulas del
oso. Por un momento se detuvo en la elevada y (brillante plataforma; despus salt sobre el
agua. Sujeta a sus hombros y desenvolvindose, haba una larga cinta de lona embreada
que, al arder, daba la sensacin de que el oso escupa fuego. El hombre, al zambullirse en el
agua, se libr de sus arneses y empez a nadar hacia la costa. Fue seguido por otro y ahora
que la forma de una flecha gnea lo que cay al agua desde la boca del oso. Ms y ms
velozmente llegaban los zambullidores, de manera que las formas flamgeras de espadas,
lanzas y hachas brotaban de entre los dientes del oso para apagarse en el lago. Finalmente,
cuando el dragn vomitando humo se desliz bajo la imponente imagen de Shardik, un
dogal ardiente cay para rodear la proa que formaba su garganta. Las luces de los ojos
calientes se apagaron y en medio de gritos de triunfo su aliento humeante fue muriendo,
mientras flotaba, cautivo ante las resplandecientes patas de rescoldos.
Entretanto Kelderek y su squito haban ya empezado a bajar las terrazas en lenta
procesin. El canto de las sacerdotisas se elevaba alrededor de l, con un sonido que le
oprima el corazn, porque era la misma antfona que haba odo por primera vez en los
bosques occidentales de Ortelga. Entonces las voces de Rantzay y de la Tuguinda haban
formado parte de un muro de sonido que rodeaba una cspide sublime y espiritual, por
encima del mundo del miedo y de la ignorancia. Pero su cara grave y enjuta no mostr
signos exteriores de este recuerdo.
Shardik rog senandril, Seor Shardik. Acepta mi vida Redime al mundo y
empieza por m.
Y ahora estaba ya en el jardn, donde los seores y las damas retrocedan ante l y
los barones levantaban las espadas saludando el poder otorgado por Dios al rey-sacerdote.
El canto de las sacerdotisas mora a lo lejos, las campanas de cobre guardaban silencio, el
feroz oso y el dragn haban terminado su lucha y haban sido consumidos por el fuego sin
que nadie mirara. La gente a lo largo de la ribera acall sus gritos, sus salutaciones, y el
distante ruido de la ciudad baja se elev desde el pie de los muros. El rey-sacerdote avanz
solo, ante los ojos de los barones armados y los enviados de las provincias vasallas, hacia el
borde del profundo estanque interno, el Estanque de la Luz. All, sin ayuda de hombre o
mujer, deba despojarse de las pesadas vestiduras y de la corona y permanecer desnudo, en
el penetrante aire de la noche, y meter los pies en sandalias de plomo puestas para l en el
borde. Debajo, en lo profundo del estanque, arda entre la oscuridad y el agua una nica luz,
una luz encerrada en una esfera de cristal hueca afirmada a la roca, alimentada por aire y
que emita su calor y humo por respiraderos escondidos. Este era el fuego de Fleitil, ideado
haca mucho tiempo para la adoracin de Cran, pero que ahora formaba parte del festival
de, Shardik. Por los peldaos que descendan hacia el agua deba marchar el rey, con los
pies pesados que iban a llevarlo al suelo de] estanque, y despus iba a soltarse y saldra del
agua, trayendo el milagroso globo de luz. Ya se haba adelantado, tanteando cada escaln de
piedra con pies cuidadosos y bajando lentamente, en un silencio quebrado slo por el agua
que le golpeaba las rodillas, los riones, el pescuezo.
Pero oh! Qu tremebundo mido es ese que quiebra el reverente murmullo de los
guerreros ortelganos y de los seores de Bekla, que corta como una espada el jardn repleto
y el lago vaco? Las cabezas se vuelven, las voces se oyen. Un momento de silencio y
volvi a repetirse; el rugido de un gran animal enfurecido, lleno de terror y de dolor; tan
fuerte, tan feroz y salvaje que las mujeres se aferraron a los brazos de los hombres, como
ante el ruido del trueno o de la lucha, y los muchachos fingieron despreocupacin, no
logrando ocultar el miedo involuntario. La dama Sheldra, que asista al rey junto a los
peldaos, se dio vuelta y qued tensa, levantando una mano para proteger los ojos de la luz
de las teas, mientras procuraba ver del otro lado del jardn la oscura silueta de la Casa del
Rey. Cesaron los rugidos y fueron seguidos por golpes pesados, que vibraban, como si
algn objeto blando pero macizo golpeara contra las paredes de aquel lugar cavernoso y
lleno de ecos.
Kelderek, que ya haba cobrado aliento para sumergirse y dejarse caer desde el
ltimo peldao hasta el lecho del estanque, lanz un grito inarticulado y trat de librarse de
las pesadas sandalias. En el instante siguiente sali del agua y qued goteando en el borde
del pavimento. Los murmullos alrededor de l aumentaron, inamistosos y alarmados.
Qu ha pasado? Qu est haciendo? Interrumpir as la ceremonia trae mala
30
Elleroth es condenado
Con una oleada de alivio como la que siente un nio cuando traen luz al cuarto
oscuro en donde ha estado aterrado, Kelderek comprendi que haba estado soando. El
nio deja de asustarse a s mismo con la fantasa de que el armario de roble puede ser un
animal agazapado, y acepta que la cara grotesca que lo miraba desde arriba es slo el
diseo de rayas entre las vigas del techo.
En la mente de Kelderek, que despertaba, la nebulosa topografa del pensamiento
pareca girar sobre un pivote; el sueo y la realidad ocupaban los lugares correspondientes
y conoca el verdadero aspecto y los rasgos de su situacin. Comprendi que no haba sido
convocado a presentarse ante Bel-ka-Trazet esto era un sueo y, por lo tanto, a Dios
gracias, no necesitaba inventar la mejor manera de defenderse. El dolor de su cuerpo era
real de veras, pero no provena de golpes recibidos de manos de los hombres del Gran
Barn, sino de su lucha con el intruso del recinto Despus de todo no corra peligro de
muerte, pero en cambio volvi a l el recuerdo de todo lo que haba olvidado en sueos: la
herida de Shardik, el recinto incendiado, Zilth tirada sobre las piedras y sus propias
heridas. Cunto tiempo haba dormido? Sbitamente, como un muro que se desmorona en
el punto ms vulnerable, el progreso adormilado e indiscriminado del despertar fue
quebrado al darse cuenta que no saba qu haba sido de Shardik. En seguida grit:
Shardik!, abri los ojos e intent incorporarse Era de da y estaba echado en su propia
cama. Por la ventana del Sur, con vista sobre la Pa, brillaba un plido sol. Pareca una o
dos horas despus del alba. Su mano izquierda estaba vendada tambin el hombro, segn
pudo sentir, y el muslo opuesto. Mordindose los labios de dolor se incorpor y puso los
pies en el suelo. Cuando lo hizo, Sheldra entr en el cuarto.
Monseor
Shardik qu ha sido del Seor Shardik?
Monseor, el general Zelda ha venido a hablar contigo. Tiene prisa. Dice que es
importante.
Sali veloz, mientras l gritaba dbilmente:
Shardik, Shardik
Sheldra volvi con Zelda, que estaba con botas y envuelto en una capa, como para
emprender un viaje.
Shardik! exclam l, e intent ponerse de pie, pero volvi a caer sobre la cama
El techo del recinto, le dijeron, aunque en estado precario y aunque no poda ser
reparado hasta que se trajeran pesadas vigas de madera para reparar el andamiaje central,
no ofreca, de todos modos, peligro para la asamblea.
Segn vemos la cosa, monseor dijo Baltis, volvindose a medias en busca de
la corroboracin del maestro constructor de Bekla, que estaba a su lado el techo es
bastante seguro, a menos que se produjera una violencia real revueltas, luchas o algo por
el estilo. El techo est sostenido por las paredes, sabes?, pero las vigas, quiero decir, los
soportes transversales, estn tan quemados que no resistiran unos sacudones fuertes.
Acaso gritar puede ser peligroso? pregunt Kelderek. O un hombre que
lucha?
Oh, no, monseor, se necesita mucho ms paraqu se desplome como el buey
de la vieja. Aunque no se repararan las vigas, es probable que resistan meses; con todo la
lluvia caer naturalmente por los agujeros.
Bien replic Kelderek. Podis iros despus, volvindose hacia el
gobernador, dijo: La ejecucin tendr lugar maana por la maana, en el gran recinto de
la Casa del Rey. Te encargars de que no menos de ciento cincuenta ortelganos y seores
beklanos y ciudadanos estn presentes ms, si es posible. Ninguno debe traer armas, y
los delegados provinciales deben ser separados y dispersados por el recinto no ms de
dos delegados podrn estar sentados juntos. El resto lo dejo en tus manos. La dama Sheldra,
de todos modos, se ocupar del Seor Shardik y tienes que verla maana temprano y tomar
en cuenta sus deseos. Cuando todo est arreglado a tu entera satisfaccin dile que venga
aqu a buscarme.
31
El ascua ardiente
La noche se puso fra, a punto de helar, y poco despus de la medianoche una niebla
blanca empez a invadir la ciudad baja, subi lentamente, cubri las tranquilas aguas del
Barb y se espes en torno al Palacio y la ciudad alta, hasta que ya no fue posible ver de uno
a otro edificio. Ahogaba las toses de los centinelas y el pataleo de sus pies para calentarse
o acaso era, pens Kelderek, que estaba de pie envuelto en una capa frente a la rfaga
fra que entraba por la ventana de su cuarto, que se dan palmadas y patean el suelo para
quebrar el silencio cercano y solitario? La niebla entr en el cuarto y volvi ms densa su
respiracin; las mangas, la barba estaban fras y hmedas al tacto. En un momento oy
sobre su cabeza un rumor de alas de cisnes que volaban sobre la niebla, con un sonido
rtmico, no turbado que le record el lejano Telthearna. Se perdi en la distancia,
conmovedor como el silbido de un pastorcito para los odos de un hombre en la celda de
una crcel. Pens en Elleroth, sin duda tambin despierto, y se pregunt si los dos habran
odo a los cisnes. Quines eran sus guardias? Le habran permitido enviar algn mensaje
a Shardik para arreglar sus asuntos, elegir algn amigo para que actuara en su nombre? No
le corresponda a l averiguar estas cosas hablar con Elleroth? Se acerc a la puerta y
grit:
Sheldra!
No hubo respuesta y Kelderek sali al corredor y volvi a llamar.
Monseor contest la muchacha adormilada y, poco despus fue hacia l con
una lmpara: la cara soolienta asomaba por la capucha de la capa.
Escucha dijo l ir a ver a Elleroth. T tienes que
Vio la mirada atnita de ella cuando el sueo desapareci de su mente. Sheldra
retrocedi un paso, levant ms alta la lmpara. En su cara l ley la imposibilidad de lo
que haba dicho, las cabezas que se meneaban a sus espaldas, los clculos de los soldados,
las preguntas finales de Zelda y Gued-la-Dan; la glacial indiferencia del mismo Elleroth
ante la solicitud fuera de lugar del curandero ortelgano; y como creca y se expanda entre
la gente del pueblo algn relato deformado.
No dijo no importa. He dicho algo que no pensaba el resto de un sueo.
Vine a preguntarte si has visto al Seor Shardik desde el anochecer.
Yo no, monseor, pero dos mujeres estn con l. Quieres que baje?
No dijo l de nuevo. Vuelvo a la cama. No es nada. La niebla me ha
Est impaciente por ver a su enemigo dijo otra. Tuvo una rpida risita y se
call, mordindose los labios, cuando Kelderek volvi la cabeza y la mir framente.
l dio una orden y ellas lo siguieron lentamente por el corredor, precedidos por el
retumbar del gong. Al mirar hacia abajo, cuando lleg a lo alto de la escalera, Kelderek vio
la niebla que se infiltraba por el zagun abierto y el joven soldado que estaba a la entrada y
que levant la mirada hacia ellos. Una de las muchachas tropez y se sostuvo con una mano
que resbal sobre el muro. Apareci un oficial, mir a Sheldra, asinti y sali por la puerta
Sheldra volvi la cabeza y murmur:
Ha ido a traer al prisionero, monseor.
Entraron al recinto. Apenas pudo reconocerlo, porque pareca mucho ms cerrado y
pequeo. Este no era el gran espacio lleno de ecos y de llamas que surgan en la penumbra,
donde haba pasado tantas noches en soledad. Aunque las ropas de los espectadores eran de
todos los tonos algunos chillones y brbaros como de nmades o de salteadores de
caminos en la hmeda tiniebla todo el brillo y la variedad se apagaban, como los colores
de las hojas mojadas en otoo.
Haban cubierto el suelo con una mezcla de arena y viruta, de manera que ningn
sonido provena de sus pasos o de los pasos de las mujeres que lo precedan. En el centro
del recinto se haba dejado un espacio abierto frente a los barrotes y aqu, en una tentativa
de aclarar y calentar el aire, se haba instalado un brasero de carbn El leve humo y el vaho
iban de aqu para all. Los hombres tosan y partes del combustible amontonado
resplandecan cuando una rfaga les daba ms fuerza. Cerca del brasero haba un grueso
banco, donde los tres soldados encargados de la ejecucin haban depositado su equipo: una
larga espada de mango doble, una bolsa de afrecho para absorber la sangre y tres capas,
cuidadosamente dobladas, para cubrir la cabeza y el cuerpo en cuanto se diera el golpe.
En el centro del espacio un disco de bronce haba sido colocado en el suelo y sobre
ste Kelderek, flanqueado por las mujeres a ambos lados, ocup su sitio, enfrentando el
banco y los soldados que esperaban. Por un instante le entrechocaron los dientes. Los
apret, levant la cabeza y se encontr mirando a Shardik a los ojos.
El oso pareca insustancial, monstruoso, sombro en la penumbra humeante y
nebulosa, como algn espectro que hubiera emergido del fuego y que meditara oscuramente
all, en la media luz. Se haba acercado a los barrotes y, parado sobre las patas traseras,
miraba hacia abajo, con las manos apoyadas en las barras transversales de hierro. Visto
entre el calor y el vaho del brasero su silueta temblaba, espectral e indistinta. Al mirarlo
Kelderek qued pasmado un instante, vencido por ese estado onrico que se tiene a veces en
la fiebre, cuando la mente se engaa sobre el tamao y la distancia de los objetos. A travs
de una gran distancia Shardik, a la vez oso y cumbre de montaa, inclinaba su divina
cabeza para percibir a su sacerdote, diminuto en la llanura de abajo. En aquellos lejanos y
gigantescos ojos Kelderek y aparentemente slo l, porque nadie se movi o habl
poda percibir inquietud, peligro, un desastre inminente, torvo y amenazador como el tronar
de un volcn que ha estado largo tiempo en silencio.
Elleroth se acerc al banquillo y se detuvo, mirando lo que all haba. Los que
estaban cerca vieron que trato de dominar un rpido temblor. Despus, inclinndose, palp
con el dedo el borde del tajo. Al erguirse, sus ojos encontraron los del verdugo y, con una
sonrisa tensa, forzada, habl por primera vez.
Sin duda sabes cmo usar este utensilio, porque de lo contrario no estaras aqu.
Te dar poco trabajo y espero que hagas lo mismo por m.
El hombre se inclin torpemente, evidentemente sin saber qu deba contestar. Pero,
cuando Elleroth le tendi una bolsita de cuero, diciendo:
Que esto quede entre nosotros el hombre tir de los cordones, mir dentro de la
bolsa y, con los ojos muy abiertos, empez a tartamudear las gracias en palabras tan banales
y fuera de lugar que parecieron a la vez vergonzosas y macabras. Elleroth lo hizo callar con
un gesto, se adelant para enfrentar a Kelderek e inclin la cabeza en la fra sugerencia de
un saludo formal.
Kelderek haba dado orden al gobernador para que un heraldo describiera el crimen
cometido por Elleroth y Mollo y terminara anunciando la sentencia de muerte. No hubo
interrupciones cuando se hizo esto, y los nicos sonidos que se oan fuera de la voz del
heraldo era el gruido intermitente del oso y sus movimientos espasmdicos sobre la paja
seca. Todava est afiebrado, pens Kelderek. Este trajn y la muchedumbre lo han
inquietado y se demorar su curacin. Cada vez que levantaba la vista encontraba la fra y
despreciativa mirada del hombre condenado, una parte de su cara en sombras debido a la
luz que provena del brasero. Indiferente o real, no poda mirar de frente aquella
indiferencia; y finalmente inclin la cabeza, fingiendo estar abstrado, mientras el heraldo
describa el techo ardiendo, la herida de Shardik y la manera enloquecida con que l haba
matado a Mollo en el recinto. Murmullos de presentimientos parecan rodearlo,
intermitentes e impalpables como la rfaga helada del pasadizo y las leves cintas de niebla
que se arrastraban como telaraas por las paredes.
El heraldo ces al fin y se hizo el silencio. Sheldra le toc la mano y,
recomponindose, empez a mascullar para Elleroth, en imperfecto beklano, las palabras
que haba preparado.
Elleroth, antiguo Ban de Sarkid, has odo el relato de tu crimen y la sentencia que
se ha dado. Esta sentencia, que deber llevarse a cabo ahora, es misericordiosa, como
corresponde al poder de Bekla y a la divina majestad del Seor Shardik. Pero, como nueva
muestra de esa misericordia y del poder del Seor Shardik, que no tiene por qu temer a sus
enemigos, te concedo ahora el derecho de hablar si lo deseas: tras lo cual te deseamos una
muerte valerosa, digna y sin dolor, y llamamos a todos para que vean que la crueldad no
forma parte de nuestra justicia.
Elleroth permaneci tanto tiempo en silencio que por fin Kelderek mir, pero slo
encontr una vez ms su mirada fija y comprendi que el condenado deba haber esperado
que l hiciera esto. Pero no poda sentir ira, ni siquiera cuando baj nuevamente los ojos y
puede que en alguna parte, de alguna manera, alguno de vosotros tenga la ocasin de
ayudarme cuando ya est muerto, y remediar la desgracia ms amarga que nunca haya
ensombrecido el corazn de un padre y llevado el duelo a una casa antigua y honorable.
Muchos de vosotros habis odo el lamento conocido como lgrimas de Sarkid. Escuchad
pues, si no se derramarn por m, como se derramaron antao por el seor Deparioth.
Cuando Elleroth empez a hablar en yeldashay, Kelderek se pregunt cuntos entre
los presentes entenderan sus palabras. Haba sido un error permitirle hablar. Pero este
privilegio siempre haba sido acordado en Bekla a cualquier noble condenado a morir, y
quitrselo hubiera estropeado bastante el efecto de haberlo concedido una muerte
misericordiosa. Por lo tanto, haba aceptado la cosa, pens con amargura, pero un hombre
como Elleroth, con el dominio que tena de s mismo y su aplomo aristocrtico, tena
forzosamente que anotarse un tanto y contribuir a mostrar a los ortelganos como toscos e
incivilizados.
Bruscamente su atencin fue solicitada por una alteracin en el tono de la voz.
Kelderek qued atnito al ver el cambio que se haba producido en la orgullosa y
demacrada figura que tena ante l. Elleroth, con ojos de splica intensa, se inclinaba hacia
adelante y hablaba con apasionada intensidad, mirando a unos y otros en el recinto.
Kelderek, sorprendido, vio que tena lgrimas en los ojos. El Ban de Sarkid lloraba; pero
era evidente que no lloraba por su propia desventura, pues por aqu y all, detrs de l,
Kelderek pudo or murmullos de simpata y de aliento, Frunci el ceo en un esfuerzo por
reavivar sus conocimientos de yeldashay y entender lo que Elleroth deca.
una miseria no distinta de la que sufren muchos hombres del vulgo pudo
entender, pero perdi el hilo y no capt las palabras siguientes. Despus: crueldad a
los inocentes y desamparados larga bsqueda que no lleva a nada despus de un rato
entendi: el heredero de una gran casa y despus, en medio de un sollozo: el
vil y vergonzoso comercio de esclavos de Ortelga
A la derecha Kelderek vio a Maltrit, el capitn de la guardia, que llevaba la mano a
la empuadura de la espada y miraba rpidamente alrededor, mientras los murmullos
crecan en el recinto. Le hizo una sea con la cabeza e indic dos veces con la mano, la
palma hacia arriba. Maltrit tom una lanza, clav la punta en el suelo y grit:
Silencio, silencio! y una vez ms Kelderek se forz a mirar a Elleroth en los
ojos.
Ya debes haber terminado, seor dijo. Hemos sido generosos contigo. Te
pido que nos pagues con contencin y valor.
Elleroth hizo una pausa, como recobrndose tras sus palabras apasionadas, y
Kelderek vio que a su cara gris volva la expresin de alguien que lucha por dominar el
miedo. Despus, en un tono en que se casaban curiosamente la histeria dominada con un
punzante desprecio, dijo en beklano:
Slo Shardik Shardik y otro ser se movieron con seguridad, sin vacilar. Desde
la paja que arda, sobre los barrotes rotos, emergi el oso, araando el hierro con un ruido
como el que hace una brecha que se abre. Shardik, en la ferocidad del miedo, se abri paso
destrozando y trepando sobre los barrotes quebrados.
Y, del mismo modo que los que estn al pie de una represa y viven o trabajan en el
camino del agua, perciben con terror que un desastre que nadie ha previsto ha cado sobre
ellos, inflexible y sin dejar otra salida que la inmediata huida enloquecida del mismo
modo los que estaban en el recinto comprendieron que Shardik se haba soltado y estaba
entre ellos.
Y como los que estn ms lejos de la represa al or, estn donde estn, el rumor del
muro_ que se desmorona, el rugido del agua y el tumulto inesperado, permanecen quietos,
mirndose entre s con los ojos muy abiertos, y reconocen los ruidos del desastre, pero
todava ignoran que lo que han odo significa nada menos que el trabajo de varios aos
estropeado, la destruccin de su prosperidad y el descrdito de su nombre del mismo
modo los que estaban en la ciudad alta, fuera del recinto, los centinelas que espiaban desde
los muros, los jardineros y los pastores que tosan y temblaban trabajando en las riberas de
la Pa, los criados de los delegados que haraganeaban en las puertas de sus amos, los
jvenes que abandonaban esa maana las prcticas de arquera, las damas de la corte,
arrebujadas contra el fro y mirando hacia el Sur desde el techo del Palacio de los Barones,
esperando que el sol iluminara la ladera del Crndor y dispersara la niebla todos
oyeron la cada de la viga, el crujir de los barrotes y el tumulto que sigui. Cada uno a su
manera comprendi que deba haber acaecido alguna calamidad y temerosos pero sin
sospechar la verdad, empezaron a marchar hacia la Casa del Rey, interrogando a los que
encontraban en el camino.
Cuando Shardik subi sobre la pila del naufragio, fragmentos de hierro y madera se
desparramaron, se movieron y se hundieron bajo su peso. Por un momento se encaram
sobre la viga y qued acurrucado, mirando hacia el recinto, como un gato en un travesao
que mira a los ratones que huyen chillando. Despus, cuando la viga empez a balancearse
bajo su peso, salt torpemente y aterriz en las piedras, entre el brasero y el banquillo de
los ajusticiados. Alrededor de l los hombres clamaban y empujaban, golpendose y
lastimndose en sus esfuerzos por escapar. Pero, en el primer momento, el oso no sigui
avanzando, sino que permaneci amenazando de uno a otro lado, un movimiento
aterradoramente expresivo de furia y de violencia a punto de estallar. Despus se irgui
sobre las patas traseras y mir, sobre las cabezas de los fugitivos, en busca de una salida.
Fue en aquel momento tremendo, cuando slo unos pocos haban logrado abrirse
paso a travs de las puertas, y mientras Shardik permaneca an amenazador sobre la
multitud como un ogro atrida, que Elleroth se puso de pie. Apoderndose de la espada del
verdugo, que tena delante, corri por el espacio desierto y vaco que rodeaba al oso,
pasando muy junto a l. Una docena de hombres, apretujados y peleando, cerraban la
entrada del Norte hacia el pasadizo, y por aqu se abri paso, tajeando y empujando.
Kelderek, todava echado donde haba saltado para evitar la cada de la viga, vio el brazo
armado golpear y la mano izquierda contrada que colgaba a un lado. Despus Elleroth
Libro IV
Urtah y Kabin
32
El portillo
Cuentan ah, se cuentan muchas cosas del paso de Shardik por Bekla, y de la
manera en que inici su oscuro viaje hacia la imprevisible meta sealada por Dios.
Muchas cosas? Por cunto tiempo anduvo suelto dentro de los muros de Bekla, bajo la
cumbre del Crndor? Quizs por el tiempo que tarda una nube, ante los ojos del que
observa, en pasar por el cielo. Una nube cruza el cielo y uno ve un dragn, otro un len,
otro una ciudadela con torreones o un promontorio azul con rboles. Algunos dicen lo que
han visto y otros dicen lo que les han dicho muchas cosas. Se dice que el sol se
oscureci cuando parti el seor Shardik, que las paredes de Bekla se separaron para
dejarlo pasar, que las trepsis, antes blancas, han dado pimpollos rojos desde el da en que la
huella de sus patas ensangrent las flores al pasar. Se dice que Shardik derram lgrimas,
que un soldado levantando de entre los muertos se acerc a l con la espada desenvainada,
que se volvi invisible para todos, salvo para el rey. Se contaron muchas cosas, y
maravillosas. Pero qu valor tiene el grano de arena en el corazn de una perla?
Shardik, avanzando en la niebla y espantando al ganado aterrado que, de paso hacia
el mar, turba a los peces menores al cruzar un estanque, dej la ribera Sur del lago y
empez a ascender la cuesta del spero pastizal. Kelderek lo sigui, mientras oa tras de s
el tumulto y los clamores que se extendan por la ciudad. A la derecha el Palacio de los
Barones se levantaba indistinto e irregular, como una isla de rocas altas a la cada de la
noche; y al detenerse, vacilante acerca de la direccin que haba tomado Shardik, una nica
campana empez a repicar, ligera y rpida, desde una de las torres. Siguiendo las huellas
del oso hasta un pedazo de terreno blando, se sorprendi al ver sangre fresca junto a ellas,
ya que las huellas mismas no eran sangrientas. Unos momentos despus, en un claro casual
entre la niebla, volvi a ver nuevamente a Shardik, casi a tiro de flecha sobre el declive, y
divis entre sus omplatos el tajo rojo de la herida reabierta.
Este era un toque de mala suerte que volva ms dificultosa su tarea, y medit en la
cosa mientras avanzaba con cautela. Volver a capturar a Shardik era slo cuestin de
tiempo, porque la Puerta del Pavo Real y la, Puerta Roja de la ciudadela eran las nicas
salidas de la ciudad alta. Elleroth, igualmente, estuviera donde estuviere, no iba a poder
trepar los muros, ya que slo poda usar una mano. Sera mejor ahora, si lo encontraban,
matarlo en el lugar, sin capturarlo de nuevo. Su culpa haba sido demostrada al mximo.
Acaso no haba hablado l mismo de una accin de guerra deliberada? Como fugitivo
dentro de los muros era imposible que continuara mucho tiempo suelto. Sin duda Maltrit,
aquel competente oficial de toda confianza, ya haba salido en su bsqueda. Kelderek mir
alrededor para ver si haba alguien a quien poder llamar. La primera persona a mano poda
ser enviada a Maltrit con un mensaje: cuando encontraran a Elleroth tenan que matarlo en
el acto. Pero qu pasara si los que lo buscaban tropezaban con Shardik en medio de la
niebla? En aquel estado ofuscado y asustado, enfurecido adems por el dolor de la herida
que le haba infligido Mollo, el oso iba a ser mortalmente peligroso demasiado peligroso
para que se pudiera intentar capturarlo por el momento. La nica treta consista en retirar
todo el ganado de la ciudad alta, junto con todo lo que pudiera ser alimento, y dejar el Pozo
de Roca abierto y con una trampa, esperando que el hambre obligara a Shardik a volver.
Pero no se poda dejar que el Poder de Dios vagara solo, sin vigilancia ni atencin, mientras
todo su pueblo se protega de l. Haba que mostrar que el rey-sacerdote dominaba la
situacin. Adems, era probable que Shardik empeorara antes de volver al foso. En aquel
fro desa-costumbrado, herido y sin alimentos, poda morir incluso en las solitarias alturas
orientales de Crndor, hacia donde pareca dirigirse. Haba que vigilarlo tanto de noche
como de da una tarea que no se poda confiar a ninguno de los que haban quedado en la
ciudad. Si haba que realizarla de veras, el rey deba dar el ejemplo.
Y el conocimiento que l tena de Shardik, de su astucia y ferocidad, del fluir y
refluir de la marea de su furor salvaje, le hizo abarcar la extensin del peligro.
Casi a trescientos metros sobre Bekla, una estribacin corra hacia el Este desde la
cumbre de Crndor. La lnea del muro de la ciudad, aprovechando las rajaduras y los puntos
abruptos en el flanco de la montaa, trepaba por el declive oriental de esta cresta y se volva
hacia el Oeste a la altura de la Puerta Roja de la ciudadela. Era un lugar salvaje, lleno de
matorrales, que revelaba poco a los ojos de alguien que llegara desde abajo, y Kelderek,
sudando en el aire fro y echando hacia atrs la pesada tnica que lo estorbaba, se detuvo
bajo la cresta, escuchando y observando el bosquecito donde haba visto a Shardik
desaparecer entre los rboles. Un poco a la izquierda corra el muro, de unos seis metros de
alto, y el cielo nublado mostraba aqu y all su blancura por las estrechas troneras que
daban sobre el declive exterior. A la derecha un arroyuelo saltaba por una barranca rocosa,
desde la espesura. Era el ltimo lugar por el cual un hombre en su sano juicio poda seguir a
un oso herido.
No oa nada, fuera de los ruidos naturales de la ladera de la montaa. Un buitre, que
vol sobre sil cabeza, lanz su grito spero y plaidero y desapareci. Una brisa agit los
rboles y se esfum. El rumor incesante y cercano del agua se convirti al fin en el sonido
del silencio eso y el ruido todava perceptible de la ciudad abajo. Dnde estaba Shardik?
No poda estar lejos, limitado como estaba por la curva del muro. O bien estaba ya del otro
lado de la cresta y marchaba al Oeste, hacia la Puerta Roja, o lo que pareca ms probable,
se haba refugiado entre los rboles. Si ahora estaba all no poda moverse sin ser odo. No
quedaba ms remedio que esperar. Tarde o temprano uno de los soldados, buscando, se iba
a acercar y l podra mandarlo con un mensaje.
Bruscamente, desde los rboles de arriba, lleg ruido de madera que se astillaba y el
rechinar y golpear de piedras que caan. Kelderek se sobresalt. Mientras escuchaba, lleg
el mismo grito que le haba llegado desde los jardines de cipreses por la noche: un violento
rugido de dolor, que nadie poda emitir fuera de Shardik. Ante esto, temblando de terror y
movindose como en un trance, se abri paso al tanteo por el sendero que ya haba roto el
oso entre los matorrales y las enredaderas y espi en la media luz, entre los rboles.
El bosquecillo estaba vaco. En el extremo oriental, donde los rboles y matas se
apretaban contra el abrupto muro, haba una abertura dentada e irregular, brillante a la luz
del da. Al acercarse, con cautela, vio atnito que era un zagun abierto. Varias piedras
apiladas a los lados haban sido forzadas fuera de sus jambas y yacan esparcidas. La
pesada puerta de madera, que se abra hacia afuera, deba haber sido dejada abierta por
alguien que haba pasado por all, porque no haba picaporte y los cerrojos estaban bajos. El
gozne superior haba sido removido de su sitio en la jamba y la puerta astillada estaba
vencida, con el extremo de abajo metido entre la tierra. El arco de piedra, aunque daado,
estaba, todava en su sitio, pero arriba, la sagita central estaba totalmente cubierta de
sangre, como un arma arrancada de una herida.
En el lado interno del zagun, donde un hombre deba detenerse para poner los
cerrojos, Kelderek vio algo que brillaba a medias pisoteado en el suelo. Se inclin y lo
recogi. Era el emblema, de oro con el ciervo de Santil-ke-Erketlis, el pendiente todava
sujeto a la fina cadena arrancada.
Atraves el zagun. Debajo de l se levantaba la niebla desde la gran expansin de
la llanura Beklana. Shardik, con el lomo y los hombros cubiertos de sangre, con la herida
desgarrada de nuevo por la sagita del marco de la puerta, descenda la montaa unos setenta
metros ms abajo.
Al seguir de nuevo, abrindose camino y sujetndose con las manos en las peas,
Kelderek empez a darse cuenta que no estaba en condiciones de realizar una empresa larga
o ardua. Mollo, antes de morir, lo haba tajeado o desgarrado en una media docena de
lugares y estas heridas curadas a medias, bastante soportables cuando estaba en su cuarto,
empezaban ahora a palpitar y a lanzar punzadas de dolor a travs de sus msculos. Una o
dos veces trastabill y casi perdi el equilibrio. Sin embargo, ni siquiera cuando sus pies
inseguros hicieron rodar piedras ruidosas y sueltas por el declive, Shardik, que estaba all
abajo, se dio vuelta para mirar o prestar la menor atencin y, al llegar al pie oriental del
Crndor, continu en la misma direccin. Por miedo a los salteadores, las matas a ambos
lados del camino de las caravanas haban sido cortadas a una profundidad de un tiro de
flecha. El oso cruz el espacio abierto sin vacilar y entr en los terrenos salvajes de la
llanura misma.
Kelderek, al acercarse al camino, se detuvo y mir la cara oriental a medida que
descenda Le sorprendi que, aunque tantos viajaban por ese camino, nunca haba odo
hablar de la portezuela en la cresta oriental. El muro, segn vea ahora, no segua en modo
alguno una lnea recta, y estaba oculto por peascos para quien mirara desde abajo. La
portezuela deba quedar y ya no dudaba que haba sido puesta all de manera deliberada
en algn ngulo oblicuo de la pared, porque no poda verla ya, aunque saba dnde
buscarla. Al volverse para seguir, preguntndose para qu dudoso propsito haba sido
hecha y maldiciendo la mala suerte a la que habra servido, vio un hombre que se acercaba
por el camino desde el Sur. Esper: el hombre se acerc y Kelderek vio que estaba armado
y llevaba el bastn rojo de los correos del ejrcito. Aqu, por lo menos, haba una
oportunidad para mandar noticias a la ciudad.
Reconoci luego al hombre como a un ortelgano bastante mayor que l, un antiguo
33
La aldea
Todo aquel da, con el sol avanzando en el cielo a sus espaldas, Kelderek sigui a
Shardik, que prosegua. El paso del oso variaba poco. A veces iniciaba un pesado trote, pero
despus de hacer una corta distancia vacilaba y mova la cabeza repetidas veces, como para
librarse de un dolor irritante. Aunque la herida entre los omplatos ya no sangraba, era
claro, por su paso inquieto y a tropezones, un aire general de incomodidad que no lo dejaba
en paz. A menudo se ergua sobre las patas traseras y miraba la llanura en tomo y Kelderek,
asustado y sin proteccin en aquel espacio abierto, se quedaba quieto o se dejaba caer de
rodillas y se acurrucaba. Pero al menos era fcil no perderlo de vista a la distancia; y por
muchas horas, a la distancia de un tiro de flecha o ms, Kelderek avanzaba serenamente
sobre la hierba o las matas, listo para huir si el oso se volva y corra hacia l. Pero Shardik
pareca no haberse dado cuenta de que lo seguan. Una vez, al llegar a un manantial, se
detuvo para beber y chapotear en el agua; y otra vez descans en un bosquecillo de mirtos,
plantado como seal en tomo a uno de los manantiales usados, en tiempo inmemorial, por
los pastores vagabundos. Pero ambas detenciones terminaron bruscamente; el oso pareca
impacientarse de tanta demora y volva a emprender la marcha por la llanura.
Dos o tres veces avistaron ganado que pastaba. A pesar de lo lejos que estaban,
Kelderek percibi que las bestias se volvan y levantaban todas la cabeza, inquietas y
desconfiadas ante la criatura desconocida que se acercaba. Kelderek esper tener la suerte
de poder llamar a algn muchacho pastor para enviarlo con un mensaje, pero siempre
Shardik pas bastante alejado de los rebaos y Kelderek, antes que dejarlo, prefiri esperar
otra oportunidad.
Al caer la tarde dedujo por el sol que Shardik ya no se mova hacia el Noreste sino
hacia el Norte. Haban penetrado profundamente en la llanura todava no saba qu
distancia tal vez quince kilmetros al Este del camino que corra desde Bekla hasta las
colinas de Guelt. El oso no daba seales de detenerse o de retroceder. Kelderek, que haba
esperado que vagara hasta encontrar comida y que durmiera despus, no haba previsto
aquel viaje continuo, sin pausa para descansar o comer, de una criatura recientemente
herida y tanto tiempo encerrada. Comprendi ahora que Shardik deba estar movido por una
abrumadora determinacin de escapar de Bekla, de no detenerse ante nada hasta haberla
dejado muy atrs, y evitar en su trayecto todos los lugares en los que se refugiaba el
hombre. El instinto lo llevaba hacia las montaas y poda llegar a ellas, si esa era su
intencin, en dos o tres das. Una vez en ese terreno iba a ser difcil capturarlo, la ltima
vez haba costado vidas y quemar parte de un sendero de una comarca en parte habitada.
Pero, si podan reunirse ahora hombres suficientes, se lo podra hacer dar vuelta y, pese a lo
peligroso que era, llevarlo con antorchas y ruido hasta algn cercado o algn otro lugar
seguro. En verdad iba a ser un asunto desesperado, pero, fuere cual fuere el resultado, lo
ms necesario era interrumpir su huida. Haba que enviar un mensaje y tenan que mandarle
ayuda.
Cuando el sol empez a hundirse Kelderek estaba muy cansado y molesto por el
dolor de la pualada de la cadera. Concentrado en permanecer alerta ante Shardik, fue
consciente slo gradualmente, como un hombre que despierta, de distantes voces humanas
y del mugir del ganado. Al mirar alrededor vio en una hondonada, lejos, a la izquierda, una
aldea: cabaas, rboles y la mancha gris brillante de un estanque. Con facilidad poda
haberla dejado de lado, porque las construcciones bajas y poco notables, irregulares de
lnea y casuales como las rocas o los rboles, parecan, en su mezcla de barro, gris y
terracota, casi parte natural del paisaje. Todo lo que penetr en su visin y odo fatigados
fue un poco de humo, el movimiento del ganado y los gritos lejanos de los muchachos que
llevaban de vuelta los rebaos.
En este momento Shardik, que marchaba unos cuatrocientos metros por delante, se
detuvo y se ech sobre sus huellas, como demasiado fatigado para seguir. Kelderek esper,
contemplando la dbil sombra de una brizna de hierba junto a un guijarro. La sombra
alcanz y cruz el guijarro, pero Shardik no se levant. Finalmente Kelderek se dirigi a la
aldea, mirando continuamente hacia atrs para estar seguro del camino recorrido.
Pronto lleg a un sendero, y ste lo llev a los rediles del ganado en las afueras de la
aldea. All haba una batahola y los pastores charlaban excitados, recriminndose, lanzando
gritos, golpendose, empujndose y corriendo de aqu para all, como si nunca hubiera sido
guardado el ganado en unos corrales desde que empez el mundo. Las flacas bestias ponan
los ojos en blanco, se babeaban, topaban, bajaban y tendan las cabezas sobre los lomos
mientras se amontonaban en los rediles. Hubo coletazos, olor a estircol fresco y una nube
de polvo flot brillante en la luz del crepsculo. Nadie not a Kelderek, que se qued
quieto unos momentos, reconfortado y alentado por la escena familiar y antiqusima.
De repente, uno de los muchachos lo vio, lanz un grito, seal, estall en llanto y
empez a tartamudear con una voz descompuesta por el miedo. Los otros, siguiendo su
mirada, contemplaron con los ojos muy abiertos, dos o tres retrocedieron, con los nudillos
apretados sobre la boca abierta. El ganado, abandonado a s mismo, sigui entrando en los
rediles por su propia cuenta. Kelderek sonri y se adelant, tendiendo ambas manos.
No temis dijo al chico que estaba ms cerca, soy un viajero y yo
El muchacho se dio vuelta y sali corriendo; y en seguida todo el grupo huy,
precipitndose entre los cobertizos, hasta que ninguno qued a la vista. Kelderek, atnito,
camin hasta que estuvo entre las polvorientas casas. An no se vea a nadie. Se detuvo y
grit:
Soy un viajero de Bekla. Necesito ver al alcalde. Dnde queda su casa? Pero
nadie contest y, yendo a la puerta ms cercana, golpe en las maderas con el dorso de la
mano. Un hombre con el ceo fruncido, que llevaba un grueso palo, abri la puerta.
Soy ortelgano y capitn en Bekla dijo rpidamente Kelderek. Si me haces
34
Los senderos de Urtah
Shardik lleg sobre l como una carreta con bueyes sobre un perro dormido en el
camino. Una garra lo toc: sinti las garras y las oy tabletear. Sinti la humedad del
aliento del oso sobre su cuello y sus hombros. Una vez ms sinti la antigua exaltacin y el
terror, un transporte que lo mareaba, como alguien que se balancea sobre un precipicio en la
cumbre de una montaa. Aquel era el misterio del rey-sacerdote. Ni Zelda, ni Gued-la-Dan,
ni Elleroth, Ban de Sarkid, podan echarse as y poner sus vidas en el poder del Seor
Shardik. Pero ahora no haba nadie que lo viera y nadie iba a saberlo. Aquel era un acto de
devocin ms sincero entre l y Shardik que cualquiera de los que haba realizado en
Ortelga o en la Casa del Rey en Bekla. Acepta mi vida, Seor Shardik rog en silencio
acepta mi vida, porque es tuya. Despus, de pronto, se le ocurri la idea: Y si llegara
ahora la gran revelacin que he buscado tanto tiempo en Bekla, la gran verdad sin velos de
Shardik?. No poda ser este el momento, cuando l y Shardik estaban solos como no
haban vuelto a estarlo desde el da en que haba yacido indefenso ante el leopardo?
Pero cmo reconocer el secreto y qu deba esperar? Cmo iba a ser impartido?
Cmo una inspiracin en lo profundo de su mente o por alguna seal exterior? E iba
entonces a morir o sera salvado para trasmitir el secreto a la humanidad? Si el precio era su
vida, pens, que as fuera.
La enorme cabeza se inclin muy abajo, olfate a su lado, la brisa qued cortada y el
aire inmvil como bajo el alero de una casa. Hazme morir si es necesario, rog. Hazme
morir el dolor no es nada pasar a lodo el conocimiento, a toda la verdad.
Entonces Shardik se alej. Desesperado, rog una vez ms:
Una seal, Seor Shardik oh, Seor, dame al menos una seal, algn indicio
sobre la naturaleza de la verdad sagrada.
El sonido del aliento bajo y rugiente del oso se volvi inaudible antes que su paso
dejara de hacer temblar el suelo.
Despus, como alguien que vuelve a recoger un pesado fardo, empez a seguir a
Shardik por la noche, atravesando la llanura.
El oso sigui avanzando hacia el Norte y un poco hacia el Oeste, segn poda ver
por las estrellas. Se movieron toda la noche atravesando el cielo, y nada fuera de las
estrellas se movi o cambi en aquella soledad. Haba slo un viento leve y continuo, el
srip, srip de los pastos secos en tomo a sus tobillos y de tanto en tanto, algn charco que
brillaba suavemente, ante el que pudo arrodillarse para beber. Al llegar la primera luz, que
subi por el cielo tan gradual y seguramente como una enfermedad que se va apoderando
del cuerpo, estaba cansado hasta el agotamiento. Al pasar un arroyuelo de corriente lenta
sus pies descansaron sobre piedras tersas y parejas, pero el sentido de esto no atraves en el
primer momento la nube de la fatiga. Se detuvo y mir en tomo. Las piedras chatas se
extendan a lo lejos, a la derecha y a la izquierda. Acababa de vadear el canal que corra
desde la represa de Kabin hasta Bekla y estaba ahora en el camino pavimentado que llevaba
a las colinas de Guelt.
A pesar de ser tan temprano mir a la distancia, en la dbil esperanza de ver algn
viajero, pero no vio a nadie; ni siquiera pudo divisar una choza o el humo distante de algn
campamento de caminantes. Saba que buena parte del camino corra por una comarca poco
frecuentada; pero tal vez estuviera cerca de algunas de las estaciones donde acampaban los
ganaderos y las caravanas, donde hubiera algunas cabaas, un manantial y un refugio
desmoronado para el ganado. Pero no vea nada de esto. Era mala suerte haber llegado al
camino a aquella hora y haber cado en un tramo, tan solitario. Mala suerte o haba sido
acaso la astucia de Shardik que lo haba hecho mantenerse alejado del camino hasta que
sinti que poda cruzar sin ser visto? El oso ya estaba a alguna distancia y trepaba por la
ladera opuesta. Pero Kelderek se demor an, tambaleante y mirando a uno y otro lado en
medio de la desilusin y la frustracin. Poco despus comprendi que, aun en el caso de
que alguien hubiera aparecido a la distancia, no hubiera podido hablar con esa persona y
recobrar las huellas del oso, pero sigui en el camino, como si con una parte de la mente
supiera muy bien que nunca ms iba a posar sus ojos en aquella gran construccin del
imperio que haba conquistado y dominado. Al fin, con un largo suspiro que fue como un
rugido, como alguien que, tras haber esperado ayuda en vano, ignora qu va a ocurrir ahora,
se lanz hacia el punto en que Shardik haba desaparecido sobre la cumbre.
Una hora ms tarde, despus de subir dolorosamente hasta lo alto de otra meseta,
casi dos millas al Noroeste, se encontr de pronto mirando una tierra sorprendentemente
distinta. Ya no era una llanura solitaria de hierbas esparcidas, sino un gran recinto natural,
cuidado y frecuentado. A lo lejos sierras redondeadas marcaban el lmite lejano y entre l y
este lmite yaca un frtil valle verde, que se extenda por varias millas. Se dio menta que
aquella era una nica y enorme pradera de pastoreo, en la cual, separados, pastaban ya tres
o cuatro rebaos en el amanecer. Pudo ver dos aldeas, y en el horizonte unas huellas de
humo sugeran otras, que obtenan alimento del verde lugar.
No lejos de l, en una hondonada profunda, el terreno estaba quebrado dentado en
verdad de la manera ms curiosa, y Kelderek lo contempl maravillado. Era como si, en
pocas idas un gigante hubiera marcado y araado la superficie de la llanura con una
horquilla puntiaguda. Aquellos tajos o aberturas, rudamente paralelos y de casi igual
longitud, se tendan uno junto al otro por espacio de casi un kilmetro. Tan abruptas y
estrechas eran aquellas extraas gargantas que, en cada una, las ramas de los rboles que se
tendan de una a otra pendiente, casi se tocaban y cerraban la abertura. Cubierta de este
modo, la profundidad de los caones no poda verse. El sol, que brillaba detrs de la meseta
en donde Kelderek estaba de pie, intensificaba las sombras que, segn supuso, deban ser
perpetuas dentro de aquellos bosques casi subterrneos. Un los bordes la hierba creca alta
y ningn sendero pareca llegar all desde punto alguno. Mientras contemplaba la brisa se
detuvo un momento, la sombra de las nubes en la llanura ondul en largas olas y en las
hondonadas las hojas de las ramas ms altas, que apenas se elevaban entre la hierba que las
rodeaba, se sacudieron todas a la vez y quedaron quietas.
Ante esto Kelderek sinti un rpido estremecimiento de terror, el atisbo de una
amenaza que no poda definir. Era como si algo algn espritu que habitara esos lunares
se hubiera despertado, lo hubiera observado y se hubiera apresurado ante lo que
perciba. Pero no poda ver nada, como no fuera, es verdad, el arqueado Imito de Shardik
abrindose camino hacia la ms cercana de las tres aberturas. Lentamente pisote la alta
hierba y se detuvo en el borde, volviendo la cabeza a uno y otro lado y mirando hacia abajo.
Despus, tan suavemente como una nutria que se escabulle en el banco de un ro,
desapareci en el escondite del despeadero.
Ahora iba a dormir, pens Kelderek; haba pasado un da y una noche desde su fuga,
y ni siquiera Shardik poda vagar desde Bekla hasta las montaas de Guelt sin descansar.
No caba duda que, si la llanura hubiera ofrecido alguna cubierta o refugio, se hubiera
detenido antes. Para Shardik, criatura de colinas y bosques, la llanura deba ser en verdad
un lugar maligno, y su nueva libertad tan incmoda como el cautiverio del que haba
escapado. Las hondonadas estaban sin duda desiertas, incluso deban ser evitadas por los
pastores, porque sin duda eran un peligro para el ganado y muy probablemente su misma
rareza las converta en objeto de temor supersticioso. La enmaraada penumbra, que no ola
ni a bestia ni a hombre, deba parecer a Shardik un escondrijo oportuno. Lo cierto es que tal
vez no tuviera ganas de salir de all, a menos que se viera forzado a buscar comida.
Cuanto ms pensaba Kelderek ms le pareca que la hondonada ofreca una
excelente oportunidad de capturar a Shardik antes de que llegara a las montaas. Su
abrumado nimo se fue levantando mientras planeaba lo que convena hacer. Esta vez deba
convencer a toda costa a la gente local de su buena fe. Iba a prometerles sabrosas
recompensas cualquier cosa que pidieran, de hecho: liberarlos de las tarifas del mercado,
de la cuota de esclavos, del servicio militar siempre que mantuvieran a Shardik en la
hondonada hasta que volvieran a capturarlo. Tal vez no fuera tan difcil. Unas pocas cabras,
algunas vacas all ya deba haber agua. Un mensajero poda llegar a Bekla antes del
anochecer y la gente para ayudarlo podra estar aqu antes del atardecer del da siguiente.
Haba que decir a Sheldra que trajera consigo las drogas necesarias.
Si por lo menos no estuviera tan agotado! Tambin l tema que dormir, si no quera
desplomarse. Poda acaso echarse aqu confiando en que Shardik siguiera en la hondonada
cuando despertara? Pero antes de dormir deba enviar el mensaje a Bekla. Tena que llegar a
una de las aldeas; pero antes haba que encontrar algunos pastores y convencerlos de que
custodiaran la hondonada hasta que l volviera.
De repente, oy voces un poco alejadas y se volvi con rapidez. Dos hombres, que
sin duda haban subido por el declive antes de que l los oyera caminaban lentamente,
alejndose por la meseta. Pareca raro que no lo hubieran visto o, en caso de haberlo visto,
que no le hubieran hablado. Llam y corri hacia ellos. Uno era un joven de unos diecisiete
aos, el otro un hombre viejo y alto, de aire solemne y autoritario, envuelto en un manto
azul, que llevaba un bculo tan alto como l. Realmente no pareca campesino y Kelderek,
al detenerse ante l, pens que al fin se le haba dado vuelta la suerte y que tena ante s a
alguien capaz de entender lo que necesitaba y de tratar de procurrselo.
Seor dijo Kelderek te ruego que no me juzgues por las apariencias. La
verdad es que estoy agotado tras vagar un da y una noche en la llanura y necesito mucho tu
ayuda. Quieres sentarte conmigo, porque creo que ya no puedo tenerme en pie y dejar
que te diga por qu estoy aqu?
un hombre puede llegar a Bekla a la cada de la tarde, aunque te aseguro que mucho antes
tropezar con algunos de mis soldados en el camino.
Sin decir ms el viejo hizo una sea al joven, que se puso de pie, abri su morral y
lo puso en las manos de Kelderek. All haba pan negro, queso de cabra y media docena de
tendrionas secas, sin duda lo ltimo que quedaba del almacenamiento de invierno.
Kelderek, decidido a mantener la dignidad, dio las gracias con un movimiento de cabeza y
puso el morral en el suelo, a su lado.
El mensaje empez de nuevo.
Pero el viejo segua sin decir nada y por encima del hombro el joven dijo:
Yo llevar tu mensaje, seor. Ir en seguida.
Mientras Kelderek le haca repetir dos o tres veces el mensaje y las instrucciones, el
viejo sigui apoyado en d bculo, mirando el suelo. Su aire no era precisamente abstrado
sino paciente y contenido, como el que podra tener algn seor o barn que, durante un
viaje, espera que su criado vaya a preguntar cul es el camino a seguir o a interrogar al
posadero. Cuando Kelderek pag al joven, recalcando que iba a recibir mucho ms, primero
al trasmitir el mensaje y luego cuando regresara con los soldados, el muchacho no mir el
dinero, dio las liradas con una inclinacin y parti sin ms. Kelderek, desconfiado, lo sigui
hasta perderlo de vista. Despus se volvi hacia el viejo, que no se haba movido.
Gracias por tu ayuda, seor dijo te aseguro que no lo olvidar. Como dices,
necesito dormir, pero no debo alejarme del Seor Shardik, porque, si por casualidad vuelve
a vagar, mi deber sagrado es seguirlo. Puedes disponer de un hombre que vigile junto a m
y me despierte si es necesario?
Iremos a esa hondonada oriental contest el viejo. Ah encontrars un lugar a la
sombra y yo enviar a alguien a que vigile mientras duermes.
Apretndose con la mano los ojos doloridos, Kelderek hizo una ltima tentativa de
quebrar la grave reserva del otro.
Mis soldados grandes recompensas tu gente te bendecir confo en ti,
seor perdi el hilo de sus pensamientos y tartamude en ortelgano es una suerte
haber venido aqu
Dios te ha enviado. A nosotros nos toca cumplir Su voluntad replic el viejo.
Aquello, pens Kelderek, deba ser la frase hecha para agradecer a un husped o un viajero.
Recogi el morral y se apoy en el brazo que le ofreca su compaero. En silencio bajaron
el declive, entre las pequeas cpulas de los hormigueros, los matorrales pastosos y las
conejeras, hasta que llegaron a la hierba alta que rodeaba las hondonadas. Aqu, sin una
palabra, el viejo se detuvo, se inclin y ya se alejaba cuando Kelderek comprendi que se
iba.
hojas, golpe una rama y desapareci. No hubo otro ruido. Tierra blanda hojas secas?
Arroj otra piedra, apuntando bien al centro de la pantalla cncava de hojas. Ningn ruido
indic el instante en que haba tocado tierra.
Y Shardik dnde estaba? Kelderek, con su sudor en la palma de las manos, la
planta de los pies cosquilleada por el miedo al abismo sobre el que se asomaba, espi en las
tinieblas buscando por lo menos algn reborde. No lo haba.
De repente, a medias rogando, a medias desesperado, grit con fuerza:
Shardik, Seor Shardik!
Y entonces fue como si todos los espectros malignos y los fantasmas que caminan
por la noche, contenidos en aquella negrura, hubieran sido liberados y corrieran hacia l.
Sus gritos abominables ya no eran ecos, no deban nada a su propia voz. Eran las voces de
la fiebre, de la locura, del infierno. A la vez profundas e insoportablemente agudas, lejanas
y deslizndose entre los nervios de sus odos, pinchando sus ojos y metindose en sus
pulmones como un polvo inmundo que lo sofocaba, le hablaron con maligno deleite de una
eternidad de condenacin, en la cual el mero espectculo de ellos en las tinieblas era un
tormento intolerable. Sollozando, escondiendo la cabeza entre los brazos, Kelderek se
arrastr hacia atrs, acurrucndose y tapndose los odos. Poco a poco los sonidos se
desvanecieron, su percepcin normal volvi, y, al calmarse, cay en un sueo profundo.
Durmi largas horas, sin sentir el sol de la primavera ni las moscas que se posaban
en sus miembros. Cuando al fin despert, fue primero consciente de la luz del da la luz
del fin de la tarde y despus de un confuso resonar de voces humanas que se parecan un
poco a las terribles voces de la maana. Pero, ya fuera porque no estaba junto al abismo o
porque no era l quien gritaba, estas voces no inspiraban el terror de las otras. Supo que
aquellas eran voces de hombres vivos, junto con ecos naturales. Se incorpor con cuidado y
mir alrededor. A la izquierda, en el lado Sur de la grieta, donde Shardik haba desaparecido
aquella maana, tres o cuatro hombres trepaban y corran. Eran unos hombrecitos
desarrapados y llevaban lanzas, uno arroj la suya al huir y era evidente que estaban
aterrados. Mientras miraba, otro tropez, cay y se incorpor sobre las rodillas. Despus las
matas del borde se abrieron y apareci Shardik y permaneci un momento mostrando los
dientes, antes de caer sobre el hombre arrodillado y matarlo en el segundo en que ste iba a
gritar. Despus se volvi y empez a abrirse paso por el borde hacia el lugar donde estaba
tendido Kelderek. Kelderek estaba postrado sobre la hierba alta, conteniendo el aliento, y el
oso cruz a cinco pasos. Pudo or su respiracin: un sonido lquido y ahogado, como el que
hace un hombre herido a quien le falta el aire. En cuanto se atrevi, Kelderek mir. Shardik
se alejaba. En su pescuezo haba una nueva y profunda herida, un agujero rasgado que
sangraba.
Kelderek corri por el borde de la grieta hasta los hombres, que se haban reunido
alrededor del cuerpo de su compaero. Cuando Kelderek se acerc, los hombres recogieron
las lanzas y lo enfrentaron, cambiando rpidamente unas palabras en un tupido dialecto
beklano.
Pero al cabo de unos kilmetros solt al miserable y abyecto rehn, que pareca
tenerle miedo como a un espectro salido de entre los muertos; y una vez ms sigui solo,
cautelosamente, la forma distante de Shardik, que avanzaba por el valle hacia el Norte.
35
El prisionero de Shardik
emprendieron la fuga dejando sus tijeras de podar y sus martillos donde estaban entre las
vallas.
Aquella noche Shardik enderez a una aldea y por ella pas Kelderek, sin ser visto
ni provocado por nadie, como si hubiera sido un fantasma o un espritu maldito de leyenda,
condenado a vagar invisible para los ojos terrenos. En las afueras Shardik mat dos cabras,
pero los pobres animalitos hicieron poco ruido y no se dio alarma. Cuando termin de
comer, el oso se alej cojeando y Kelderek comi tambin, acurrucado en la oscuridad, y
desgarrando la carne fresca y caliente con los dedos y los dientes. Ms tarde durmi,
demasiado cansado para preguntarse si Shardik se habra ido cuando despertara.
El canto de los pjaros lleg a sus odos antes de que abriera los ojos y, en el primer
momento, aquello pareci natural y esperado, el ruido familiar del amanecer, hasta que
record, con un instantneo sobresalto del corazn, que ya no era un muchacho de Ortelga
sino un miserable hombre solo, echado en la llanura de Bekla. Pero en la llanura, como l
saba, apenas haba rboles y, por lo tanto, tampoco pjaros, como no fueran buitres y
alondras. En aquel momento oy hablar muy cerca a unos hombres y, sin moverse, abri a
medias los ojos.
Estaba echado cerca del sendero por el que haba seguido a Shardik en la noche. A
su lado, las moscas se apiaban ya en la pata de cabra que l haba descoyuntado y traa
consigo. La comarca ya no era del todo una llanura, sino un terreno arbolado cortado por
campitos y huertos frutales. A poca distancia, la baranda de madera de un puente mostraba
el punto donde el sendero cruzaba el ro, y, ms all, haba una selva tupida y enmaraada.
Cuatro o cinco hombres estaban a unos veinte pasos de l; hablaban en voz baja y
hacan muecas en direccin a Kelderek. Uno llevaba un mazo y los otros toscos machetes
en forma de hoz, el nico instrumento de labranza de los campesinos. Sus expresiones
airadas tenan tambin algo de incierto y, cuando Kelderek comprendi que probablemente
eran el dueo de las cabras y sus vecinos, tambin, se dio cuenta que deba haberse
convertido en una imagen de terror; armado, esculido, harapiento y sucio, con la cara y las
manos manchadas de sangre seca y un cuarto de carne cruda al lado. Se puso de pie de un
salto: los hombres se sobresaltaron y retrocedieron. Pero, aunque eran campesinos, tena
que tomarlos en cuenta. Tras una breve vacilacin los hombres avanzaron hacia l y se
detuvieron slo cuando Kelderek desenvain la espada de Kavass, apoy la espalda contra
un rbol y los amenaz en ortelgano, sin preocuparse de que le entendieran, cobrando
nimo ante el sonido de su propia voz.
Deja esa espada y ven con nosotros gru uno de los hombres.
Ortelgano de Bekla! grit Kelderek, sealndose.
Un ladrn, eso es lo que eres! dijo otro, un viejo. En cuanto a Bekla, queda
muy lejos y no van a ayudarte, porque tienen ya bastantes dificultades, segn he odo. Pero
has cometido un delito, seas quien seas. Ven con nosotros.
Emprendi la marcha hacia el Sur, decidido a seguir por un tiempo el arroyo y tomar
hacia el Este slo cuando estuviera lejos de la aldea. Pronto su paso se volvi ms lento,
ms vacilante. Haba marchado casi dos kilmetros cuando se detuvo frunciendo el ceo y
golpeando los matorrales de pura perplejidad. Ahora que realmente haba dejado a Shardik,
empez a ver su situacin a una luz distinta, deprimente. Las consecuencias del regreso
eran incalculables. Su monarqua y poder en Bekla eran inseparables de Shardik. Si l haba
llevado a Shardik a la batalla del Pie de las Colinas, era Shardik que lo haba llevado al
trono de Bekla y lo haba mantenido all. Ms an: la fortuna y el poder de los ortelganos se
apoyaban en Shardik y en la continuidad de su propio y extrao poder de plantarse ante l
desarmado. Poda regresar tranquilamente a Bekla con la noticia de que haba abandonado
al herido Shardik y ya no saba dnde estaba, ni siquiera si estaba vivo o muerto? Con la
guerra en la situacin actual, qu efecto tendra esto sobre su pueblo? Y qu iban a
hacerle a l?
Despus de una hora de dejar el puente, Kelderek volvi all y sigui corriente arriba
hacia el extremo Norte del bosque. Aqu no haba huellas: se escondi y esper. Fue slo
por la tarde cuando apareci Shardik otra vez y continu su lento viaje alentado quizs
ahora por el olor de las colinas en el viento del Noroeste.
36
Shardik desaparece
rboles aument. No era el susurro de las hojas, no eran las ramas lo que se mova.
Hombres se movan entre los rboles. S, sus voces seguramente ya se haban ido
no, volvan otra vez las voces que haba odo sin duda posible eran voces humanas!
Eran voces de ortelganos incluso pescaba aqu y all alguna palabra ortelganos que se
acercaban!
Tras tantos peligros y sufrimientos un increble golpe de buena suerte! Qu haba
pasado y dnde estaba ubicado el lugar al que haba llegado? Era posible que, de manera
inexplicable, hubiera tropezado con soldados del ejrcito de Zelda y Gued-la-Dan que
podan, despus de todo, haber marchado por todas partes en los ltimos siete das, o ms
probablemente, hombres de su propia guardia en Bekla, que lo buscaban a l y a Shardik,
como se haba ordenado? Lgrimas de alivio llegaron a sus ojos y su sangre ardi, como
para un encuentro de amantes. Mientras esperaba, vio que la luz aumentaba. La luna estaba
casi al borde de las nubes. Las voces estaban ahora ms cerca, descendan la colina entre
los rboles: Con un grito se precipit por la cuesta hacia ellos, gritando:
Soy Crendrik, soy Crendrik!
Era un camino, un sendero hecho de pisadas, que descenda hacia el bosque. Era
evidente que los soldados, que marchaban en la noche, estaban tambin en este camino. En
un momento vera sus luces, porque seguramente llevaban luces. Tropez y cay, pero
luch por ponerse de pie y se apresur, siempre gritando. Lleg al pie de la cuesta y se
detuvo, mirando a uno y otro lado, entre los rboles.
Haba silencio: ni voces ni luces. Contuvo el aliento y escuch, pero no lleg ningn
sonido desde el camino de arriba. Grit con toda la voz:
No os vayis! Esperad, esperad! y los ecos se desvanecieron y murieron.
Por el declive abierto detrs de l llegaron gritos de furor y miedo. Parecan
extraamente lejanos, fluctuaban, moran y volvan, como las voces de los hombres
enfermos cuando procuran hablar de cosas pasadas hace tiempo. En el mismo momento el
ltimo velo de nubes dej a la luna, el suelo ante l qued envuelto en una luz nebulosa y
reconoci el lugar en que estaba.
En una pesadilla un hombre puede sentir que lo tocan en el hombro, volverse y
encontrar la mirada vidriosa y llena de odio de su enemigo mortal, que sabe est muerto;
puede abrir la puerta de un cuarto que le es familiar y caer en un pozo lleno de gusanos;
puede contemplar como se marchita la sonriente cara de su amada, como cae y se pudre
ante sus ojos, hasta que los dientes que rean quedan rodeados por la desnuda y amarilla
calavera. Y qu pasara si esas cosas tan imposibles de ocurrir, tan horrendas que
parecen entrevistas por una ventana que se abre sobre el infierno no fueran sueos sino
que, destruyendo de golpe todo fragmento vivo de certidumbre, llevaran a la mente, como
el cocodrilo a su presa, al fondo, a un plano ms bajo e increble de realidad, donde la razn
y el juicio, tratando de aferrarse enloquecidos, descubrieran que todos los soportes ceden en
la oscuridad? All, a la luz de la luna, corra el camino desde Guelt: en la desnuda, ondulada
meseta, entre peascos y arbustos, hasta la cspide sobre la que se vislumbraban las rocas
de la garganta de ms all. A la derecha, en la sombra, estaba la lnea de la hondonada que
haba protegido el flanco de Guel-Ethlin, y detrs de l se levantaban los bosques donde,
cinco aos atrs, Shardik haba emergido como un demonio sobre los jefes beklanos.
El declive estaba salpicado por montculos, y un poco ms lejos apareca la masa
oscura de tmulos mayores, sobre los que crecan dos o tres rboles nuevos. Junto al
camino haba una piedra chata y cuadrada, toscamente tallada, con el emblema de un
halcn y algunos smbolos de escritura. Uno de estos, inscripcin corriente en las calles y
plazas de Bekla, significaba: En este lugar. Alrededor, sin que se viera un hombre,
dbiles sonidos de batalla crecan y disminuan, como olas, tan semejantes a los ruidos del
da y de la vida, como un alba neblinosa se parece a un claro medioda. Gritos y furor y
muerte, rdenes desesperadas, sollozos, splicas de misericordia, el ruido de las armas, el
golpear de los pies, todos leves y apenas sentidos, como las patas filamentosas de un
enjambre de inmundos insectos sobre la cara de un hombre herido, que yace indefenso en
un charco de sangre. Kelderek, cubrindose la cabeza con los brazos, se balance, gritando
con los tartamudeos de un idiota, un habla que bastaba para conversar con los malignos
muertos, palabras suficientes para articular la locura y la desesperacin. Como una hoja
que, tras haber vivido todo el verano en la rama, es arrancada en otoo y barrida por los
aires turbulentos y rugientes hacia la empapada oscuridad de abajo, igualmente separado,
arrastrado, agotado y descartado se senta.
Cay al suelo tartamudeando y sinti una caja torcica sin enterrar que ceda bajo su
peso. Se bambole en la luz blanca, entre tumbas, sobre armas herrumbradas y rotas, sobre
una rueda que cubra los restos de un desdichado que, aos antes, se haba metido debajo de
ella buscando una vana proteccin. La brea que le llenaba la boca se convirti en gusanos,
la arena en sus ojos fue el pestilente polvo de la corrupcin. Su capacidad de sufrimiento se
hizo infinita mientras, pudrindose con los cados, se disolva en innumerables granos
suspendidos sobre las oleadas de voces, que eran tragadas y avanzaban para quebrarse una
y otra vez en la ribera de aquel desolado campo de batalla donde, sobre l ms atrozmente
que sobre cualquier otro que all estuviera perdido, sin que nada lo previniera, los muertos
asesinados descargaban su miseria desenterrada y su malignidad.
Quin puede describir el camino hasta el fin del sufrimiento, cuando ya nada puede
soportarse? Quin puede expresar la visin insoportable de un mundo creado slo para el
horror y el tormento, la lucha del escarabajo semiaplastado y pegado al suelo por sus
propias entraas; el pez quebrado que se agita, picoteado por las gaviotas sobre la arena; el
mono moribundo lleno de gusanos; el joven soldado sin vsceras, que chilla entre los brazos
de sus camaradas; el nio que llora solo, herido para toda la vida por el abandono de
aquellos que han seguido sus propios egosmos? Slvanos, oh Dios, colcanos donde
podamos ver el sol y comer un poco de pan hasta el momento de la muerte, y no pediremos
nada ms. Y cuando la serpiente devore al pichn cado ante nuestros ojos, entonces nuestra
indiferencia es Tu misericordia.
En la primera luz del alba Kelderek se puso de pie, ya un hombre nuevo nacido del
pesar, con la memoria perdida, sin propsito, incapaz de distinguir la noche del da o al
amigo del enemigo. Ante l, a lo largo de la cresta, translcido como un arco iris, estaba el
campo de batalla beklano, la espada, el escudo y el hacha, el estandarte con el halcn, las
largas lanzas de Yelda, los chillones adornos de Deelgy; y les sonri, como un niito que re
y chilla y despierta para ver alrededor de su lecho rebeldes y amotinados, que vienen para
sumar su asesinato al de los dems. Pero, mientras miraba, se desvanecieron como
imgenes en el fuego, las armas se convirtieron en el primer resplandor de la maana sobre
las rocas y arbustos. Y sigui vagando en busca de ellos, de los soldados, recogiendo en la
marcha flores de colores que le llamaban la atencin, comiendo hojas y hierbas, y secando
con un jirn arrancado de sus ropas harapientas, un largo tajo que tena en el antebrazo.
Sigui el camino hacia la llanura, sin saber dnde estaba, y descansando con frecuencia
porque, aunque el dolor y la fatiga le parecan ahora la condicin normal del hombre,
procuraba aliviarlos. Un grupo de caminantes que lo alcanzaron le tiraron un pan viejo, al
ver que era inofensivo, y este pan, al probarlo; le record que era bueno para comer. Cort
un bastn y con l cuando marchaba, golpeaba y haca sonar las piedras, porque el fro de la
sorpresa suprema lo acompa todo el da. El sueo que obtena era interrumpido, porque
soaba continuamente con cosas que no poda recordar del todo: de fuego y un gran ro, de
nios esclavizados que gritaban y de un animal lanudo con garras, informe y alto como un
rbol.
Cunto tiempo vag y quines le dieron refugio y lo ayudaron? La lstima que
inspira la desgracia se siente ms fcilmente cuando es claro que quien sufre no debe ser
temido, e incluso segua armado, nadie poda temer a un hombre que cojeaba apoyado en
un bastn, mirando alrededor y sonrindole al sol Algunos, por las ropas, crean que era un
soldado que haba desertado, pero otros decan: No, debe ser un vagabundo un poco
imbcil, que ha robado el atuendo de un soldado o, quizs, por necesidad, ha despojado a
algn muerto. Iba hacia el Este, como antes, pero cada da avanzaba slo unos escasos
kilmetros porque se sentaba ratos largos al sol en lugares solitarios y, generalmente, iba
por comarcas poco frecuentadas al pie de las, colinas; l senta que aqu, entre todos los
lugares, quizs volvera a toparse con aquella poderosa criatura que recordaba a medias y a
la cual, segn le pareca haba perdido, y con cuya vida su vida estaba de alguna manera
sombra pero fundamental, ligada. Tena mucho miedo al ruido de voces distantes y raras
veces se acercaba a una aldea, aunque una vez dej que un pastor borracho lo llevara a su
casa, le diera de comer y le quitara, ya fuera como robo o en pago, la espada.
Tal vez vag cinco o seis das. No poda haber pasado ms tiempo cuando un
anochecer, al avanzar lentamente por el reborde de las colinas bajas, vio all abajo los
techos de Kabin Kabin de las Aguas aquella agradable ciudad enmurallada con sus
vergeles al Sudeste y, ms cerca, al Norte, la sinuosa longitud de una represa que corra
entre dos canales verdes; la superficie, ondulada y deslizndose en el viento, sugera algn
flexible animal enjaulado detrs del dique, con su complejo de rejas y compuertas. La gente
estaba all muy atareada; pudo ver mucho movimiento dentro y fuera de los muros; y
mientras esperaba en la ladera, mirando un montn de chozas y el humo que llenaba las
praderas de afuera de la ciudad, se dio cuenta que haba un grupo de soldados ocho o
nueve que se acercaba entre los rboles.
Kelderek se puso de pie de un salto y corri hacia ellos, levantando una mano a
hijos de puta o tal vez se haya enloquecido con toda esta marcha hacia el Norte, para
encontramos.
Pobre diablo, parece que est listo dijo un hombre moreno, con un ancho
cinturn de cuero repujado de Sarkid que llevaba el emblema de las espigas de trigo.
Debe haber caminado hasta caer exhausto. Despus de todo, nosotros no podramos estar
mucho ms al Norte si lo intentramos, verdad?
Bueno dijo el trizat sea lo que se quiera, es mejor que lo llevemos con
nosotros. Tenemos que hacer un informe al caer la tarde, y el capitn podr encargarse de l
entonces. Oye dijo, levantando la voz y hablando muy lentamente, para tener la certeza
de que el desconocido, que estaba parado a dos pies de distancia, poda entender un idioma
que no conoca: T venir con nosotros. T dar mensaje al capitn
sabes?
Mensaje replic Kelderek en seguida, repitiendo la palabra Yeldashay.
Mensaje Shardik se interrumpi y estall en un ataque de tos, apoyndose en su
cayado.
Bueno, no te preocupes ya dijo el trizat tranquilizador, mientras se ajustaba el
cinturn, que haba aflojado para hablar. Nosotros seal haciendo mmica con las
manos llevarte ciudad capitn entiendes? Es mejor que lo ayudis aadi
volvindose hacia dos hombres que estaban al lado. De lo contrario, tardaramos toda la
noche en llegar.
Kelderek con los brazos sobre los hombros de los soldados como apoyo, descendi
la colina. Estaba contento de recibir aquella ayuda, que le daban bastante respetuosamente,
porque saban qu rango ocupaba aquel hombre. l, por su parte, apenas entenda alguna
palabra de su conversacin, y de todos modos estaba preocupado tratando de recordar cul
era el mensaje que deba enviar, ahora que al fin haba encontrado los soldados que se
haban desvanecido tan misteriosamente en el amanecer. Tal vez, pens, les haba sobrado
algo de comida.
La mayor parte del ejrcito acampaba en las praderas junto a los muros de Kabin,
porque la ciudad y sus habitantes eran tratados con clemencia, y en los edificios que se
haban incautado o slo haba sitio para los oficiales importantes, sus ayudantes y criados y
los especialistas, como exploradores y pioneros, que estaban bajo el mando directo del
comandante en jefe. El trizat y sus hombres, que pertenecan a estos grupos, franquearon
las puertas de la ciudad en el momento en que iban a cerrarlas por la llegada de la noche y
desatendiendo las preguntas de camaradas y curiosos, llevaron a Kelderek a una casa bajo
la muralla del Sur. Aqu un joven oficial que llevaba las estrellas de Ikat lo interrog,
primero en yeldashay y luego, al ver que apenas entenda, en beklano. Al or esto, Kelderek
dijo que traa un mensaje. Apremiado, repiti:
Bekla pero no pudo decir ms; y el joven oficial, que no deseaba intimidarlo y
estaba apiadado de su aspecto hambriento y lleno de mugre, dio rdenes para que lo dejaran
De pronto el otro soldado lanz un silbido, jur conteniendo el aliento y, sin una
palabra, tendi al oficial la palma de la mano con un objeto pequeo y brillante, que
relumbraba al sol. Era el emblema del ciervo de Santil-ke-Erketlis.
37
El seor sin Mano
Nadie sabe la clase de gente rara que puede estar en contacto con el general Erketlis o que
ha llevado mensajes en los ltimos meses. Supongamos, por ejemplo, que el seor Elleroth
haya utilizado a este hombre cuando estaba en Bekla. Tienes idea de cundo se espera el
regreso del general Erketlis?
No lo esperan hasta pasado maana, seor. Se ha enterado que hay una gran
columna de esclavos en marcha al Oeste de Thettit-Tonilda, en direccin a Bekla;
alcanzarla a tiempo significa una marcha bastante dificultosa, de modo que el general ha
tomado unos cien hombres del regimiento de Falaron y ha dicho que l mismo se encargar
de la tarea.
Es muy de l! Slo temo que intente este tipo de cosas con demasiada frecuencia.
Bueno, en tal caso supongo que debemos guardar este hombre hasta que l vuelva.
Sugiero que preguntemos al Seor Sin Mano al seor Elleroth si quiere
verlo. Si lo reconoce, como creo que supones, al menos sabremos dnde estamos, aunque el
hombre no se recobre lo bastante para decirnos nada.
Tras algunas nuevas preguntas infructuosas a Kelderek, Tan-Rion, con dos soldados,
lo llev fuera de la casa, hacia las murallas de la ciudad. Aqu, caminando bajo el sol
primaveral, vean por un lado la ciudad y, por el otro, las chozas y vivaques del
campamento en las praderas exteriores. El humo de las fogatas era llevado por la brisa y en
la plaza del mercado haba una multitud que se congregaba obedeciendo a los estilizados
llamados de un pregonero con una capa roja.
Descendieron de la muralla por unos peldaos cerca de la puerta por la que Kelderek
haba entrado en la ciudad la noche antes y, atravesando una plaza, llegaron a una gran casa
de piedra donde haba un centinela a la puerta. Kelderek y su escolta fueron llevados a un
cuarto que haba pertenecido antes al mayordomo de la casa, mientras Tan-Rion, tras unas
palabras con el capitn de la guardia, acompa al oficial por las dependencias, hasta llegar
al jardn.
El jardn, verde y formal, estaba a la sombra de unos rboles de adorno y unos
matorrales de lexis, cresset prpura y la planella de penetrante aroma, que abra ya sus
florecitas salpicadas de tila en el temprano sol. En el medio, murmurando en el lecho de
guijarros, corra un arroyuelo canalizado desde la represa. En el borde conversaba Elleroth
con un oficial yeldashay, un barn de Deelguy y el gobernador de la ciudad. Estaba flaco y
plido, la cara consumida por el dolor y las recientes privaciones. La mano izquierda, que
llevaba en cabestrillo, estaba metida hasta la mueca en un gran guante acolchado de
corteza de abeto, que cubra y protega las vendas de abajo. Su tnica color azul cielo,
regalo del guardarropas de Santil-ke-Erketlis (porque haba llegado en harapos al ejrcito)
estaba bordada en el pecho con las espigas de trigo de Sarkid, y la hebilla de plata de su
cinturn llevaba el emblema del ciervo. Caminaba apoyado en un bastn y los que lo
acompaaban adecuaban cuidadosamente su paso al de l. Salud cortsmente con la
cabeza a Tan-Rion y al comandante de la guardia, que se mantenan apartados, con
deferencia, esperando que se les permitiera hablar.
38
Las calles de Kabin
Sigui sentado tan tenso y quieto que finalmente los guardias dejaron de prestarle
atencin y ya no lo vigilaron, y Kelderek miraba la pared, como si viera all un vaco
enorme e incomprensible, que se extenda de polo a polo.
El hijo de Elleroth su heredero haba cado acaso en manos de un traficante de
esclavos sin licencia? l saba quin mejor? cun posible era la cosa. Haba odo
hablar de aquellos hombres, haba recibido muchas quejas de sus actividades en los lugares
remotos de las provincias beklanas. Saba que, dentro de los dominios ortelganos, los
esclavos eran capturados ilegalmente y nunca llegaban al mercado de Bekla, sino que los
llevaban al Norte atravesando Tonilda y Kabin, o al Oeste, por Paltesh, para ser vendidos en
Katria o Terekenalt. Aunque las penalidades legales eran pesadas, mientras durara la guerra
las probabilidades que tena un traficante sin licencia de ser capturado eran remotas.
Y aquel hombre Guenshed, fuera quien fuere, se haba apoderado del hijo y
heredero del Ban de Sarkid! Sin duda iba a pedir un rescate, si lograba llevarlo a salvo hasta
Terekenalt. Pero por qu motivo inconcebible, con tal pesar en el corazn y una tal
desgracia causada por el odiado rey-sacerdote de Bekla, Elleroth haba insistido en salvarle
la vida? Por un rato medit sobre este acertijo, pero no encontr la respuesta. Sus
pensamientos volvieron a Shardik, y finalmente casi ces de pensar, y dormit donde
estaba, sin dejar de or, ms penetrante que el ruido de la multitud, el gotear de un alero en
la saliente de la ventana. El comandante de la guardia regres y con l un robusto oficial de
barba negra, armado y con yelmo, que mir fijamente a Kelderek, golpeando la pierna
impacientemente con la vaina.
Es este el hombre?
El comandante de la guardia asinti.
Entonces vamos, por Dios, mientras todava podamos contenerlos! Yo quiero
vivir, si a ti no te importa. Toma este paquete hay calzado y comida para dos das son
rdenes del Ban. Despus te cambiars el calzado.
Kelderek lo sigui por el corredor y el patio en direccin a la vivienda del portero.
Bajo el arco, detrs del portal cerrado, unos veinte soldados formaban dos filas. El oficial
hizo que Kelderek se ubicara en el centro y despus, tomando posicin detrs de l, lo
agarr del hombro y le habl en el odo.
Debes hacer lo que yo te diga, si no quieres arrepentirte. Vas a atravesar esta
maldita ciudad hasta la puerta Este, porque, si no lo haces yo no lo hago, y es adnde vas.
Ahora estn tranquilos, porque les han dicho que es el deseo personal del Ban, pero si algo
los provoca, podemos damos por muertos. No les gustan los traficantes de esclavos y los
carniceros de nios, sabes? No digas una palabra, no muevas esos brazos malditos, no
hagas nada; y, sobre todo, sigue marchando, entiendes? Adelante! grit el trizat que
estaba al frente. En marcha y que Dios nos ayude!
Se abri el portal, los soldados avanzaron y Kelderek se vio de pronto en medio de
Libro V
Zeray
39
A travs del Vrako
olvido que no era sueo, sino ms bien el agotamiento de una mente incapaz ya de aferrarse
al pensamiento, que resbalaba y patinaba como ruedas en el barro de las lluvias.
Cuando finalmente levant la cabeza, vio inmediatamente entre las matas un objeto
tan familiar que, aunque haba sido escondido con cuidado, se sorprendi de no haberlo
percibido antes. Era una trampa, una trampa de madera, como las que l mismo haba
tendido en pocas pasadas. Tena como anzuelo un pedazo de carne podrida y fruta seca,
pero no haban sido tocadas y el palo sujetaba todava la piedra que deba caer.
Faltaban unas dos horas para la cada de la noche, y, como l bien saba, los que
dejan sin visitar las trampas por la noche suelen encontrarse al da siguiente con que
animales carroeros han llegado primero. Rasp con una rama las huellas de sus pasos,
trep a un rbol y esper.
En menos de una hora oy que se acercaba alguien. El hombre que apareci era
moreno, robusto y de pelo revuelto, vestido en parte con pieles y, en parte, con ropas viejas
y harapientas. Un cuchillo y dos o tres flechas estaban metidos en su cinturn, y llevaba un
arco. Se inclin, examin la trampa bajo las matas y ya se volva cuando Kelderek lo llamo.
El hombre se sobresalt, sac de golpe el cuchillo y se meti en la espesura. Kelderek
comprendi que, si no quera perderlo del todo, deba arriesgarse. Se dej caer al suelo
gritando:
Por favor no te vayas! Necesito ayuda!
Qu quieres, entonces? contest el hombre, invisible entre los rboles.
Un techo y un consejo. Soy un fugitivo, un desterrado lo que quieras. Estoy
en dificultades.
Quin no las tiene? Ests de este lado del Vrako, no?
Estoy desarmado. Puedes ver por ti mismo tendi el bolso, levant los brazos y
se volvi hacia una y otra parte.
Desarmado? Entonces ests loco el hombre sali ele entre las matas y se
acerc. Era, en verdad, un rufin de aspecto amenazador, moreno y con el ceo fruncido,
una mucosidad amarillenta que le manaba de los ojos y una cicatriz desde la boca hasta el
cuello que le record la de Bel-ka-Trazet.
No estoy en situacin de hacer alguna treta o discutir un acuerdo dijo Kelderek
. Esta bolsa est llena de comida y nada ms. Tmala y dame refugio por esta noche.
El hombre recogi el bolso, lo abri y mir, volvi a arrojarlo a Kelderek y asinti.
Despus, volvindose, se puso en marcha en la direccin por la que haba venido. Despus
de un rato dijo:
Nadie te sigue?
No desde que cruc el Vrako.
Siguieron en silencio. Kelderek estaba sorprendido por la total ausencia de
curiosidad amistosa que generalmente se da en los encuentros entre desconocidos. Si el
hombre se preguntaba quin era l, de dnde vena y por qu, era evidente que no pensaba
preguntarlo; y haba en l algo que hizo que Kelderek dedujera que, por su parte, era mejor
que no hiciera preguntes. Comprendi que aquel deba ser el tipo normal de trato en este
pas con vergenza del pasado y desesperanza sobre el futuro, la cortesa de las prisiones y
los manicomios. De todos modos, tal vez fuera permitido algn tipo de pregunta, porque
despus de un rato el hombre le espet:
Has pensado lo que vas a hacer?
Todava no morir, creo.
El hombre le lanz una mirada penetrante y Kelderek se dio cuenta que haba
hablado de ms. Aqu los hombres eran como bestias a la defensiva, desafiantes hasta que
los hacan pedazos. Toda la comarca, como la cueva de un salteador de caminos, se divida
en matones y vctimas, el ltimo lugar para hablar de la muerte, ya fuera en broma o
aceptacin. Confundido y demasiado agotado para disimular, dijo:
Bromeaba. Tengo una idea, aunque es probable que te parezca raro. Busco un oso
que se supone anda por estos sitios. Si pudiera encontrarlo
Se interrumpi porque el hombre, con la boca y la mandbula tendida haca adelante,
le clavaba la mirada de sus ojos supurantes con una mezcla de miedo y rabia, la rabia de
quien ataca todo lo que no entiende. Pero no dijo nada y, despus de un momento, Kelderek
tartamude.
Es la verdad. No quiero tomarte de tonto
Mejor que no lo hagas contest el hombre. Entonces no ests solo?
Nunca he estado ms solo en mi vida.
El hombre sac el cuchillo, agarr a Kelderek por la mueca y lo oblig a ponerse
de rodillas. Kelderek mir la cara violenta, contrada.
Qu es eso del oso, entonces? En qu andas qu sabes de la otra la mujer,
eh?
Qu otra? Por el amor de Dios, no s a qu te refieres.
No lo sabes?
Sin aliento, Kelderek mene la cabeza y tras unos instantes el hombre lo solt.
Mejor que vengas y veas, mejor venir y ver. Pero cuidado, nada de trampas.
Siguieron marchando, el hombre siempre aferrado a su cuchillo y Kelderek con
ciertas ganas de huir entre los bosques. Slo su agotamiento lo retena, porque
probablemente el hombre lo iba a perseguir, lo iba a alcanzar y lo iba a matar. Cruzaron una
cresta y descendieron una barranca hasta un arroyo estancado y triste. Haba humo entre los
rboles. Un pedazo de terreno sobre la ribera, en cierto modo despejado, estaba lleno de
huesos, plumas y otras basuras. A uno de los lados, cerca del agua, haba una choza torcida,
sin chimenea, hecha de ramas, palos y barro. Haba enjambres de moscas, tres o cuatro
pieles tendidas a secar y algunos pjaros negros grajos o cuervos metidos en una jaula
de madera sobre el terreno pantanoso. El lugar, como una cancin fuera de tono, pareca
una ofensa al mundo, para la cual el nico remedio posible era el olvido total.
El hombre nuevamente asi de la mueca a Kelderek y lo condujo y en parte lo
arrastr hacia la cabaa. Una cortina de pieles polvorientas colgaba de la entrada. El
hombre sacudi la cabeza e hizo seas con el cuchillo, pero Kelderek, estupidizado por la
fatiga, el miedo y el asco, no entendi que deba entrar primero. El hombre, agarrndolo del
hombro, lo empuj, de modo que cay contra la cortina. La hizo a un lado, baj la cabeza y
entr.
Las paredes rodeaban un nico espacio maloliente y en un extremo arda un fuego.
Haba poca luz porque, fuera de la puerta encortinada y de un agujero en el techo, por el
cual escalaba un poco del humo, no haba aberturas; en un rincn, sin embargo, distingui
una forma humana, envuelta en una capa y sentada dndole la espalda, en un tosco banco
junto al fuego. Mientras trataba de ver, inclinndose y evitando el cuchillo que lo pinchaba
por detrs, la figura se levant, se dio vuelta y lo mir. Era la Tuguinda.
40
Rvit
A veces nos vemos enfrentados por un hecho vergonzoso del pasado, un hecho
acabado pero no borrado, como las ruinas de la casa de un hombre pobre que un seor
egosta mand destruir porque as le convena, o el cuerpo de un nio no deseado, que el ro
arroja sobre una orilla; as, tropezamos inesperadamente con una acusacin que ninguna
bravuconada puede desafiar y ninguna lengua gil dejar de lado, una acusacin que no se
hace en voz alta, ante los odos del mundo, sino tranquilamente, cara a cara, sin rabia, tal
vez incluso sin palabras, a alguien que no est preparado para enfrentar su propia
confusin, culpa y remordimiento. Los que han sido profundamente heridos, como los
espectros, no necesitan hablar a sus opresores y acusarlos ante la multitud. Mucho ms
terrible, de lejos, es su inesperada y silenciosa reaparicin en algn lugar retirado, a una
hora inesperada.
La Tuguinda estaba de pie junto al banco, con los ojos entornados por el humo. Por
un rato no lo reconoci. Despus se sobresalt y ech hacia atrs la cabeza. En el mismo
instante Kelderek, con un sollozo brusco y penetrante se meti la mano entre los dientes, se
volvi y ya estaba casi en la entrada cuando fue empujado violentamente hacia atrs y cay
al suelo. El hombre, cuchillo en mano, lo observaba, mordindose los labios y resoplando
con una excitacin de fiera. Este individuo, comprendi Kelderek en aquel instante atroz,
era alguien para quien el asesinato era trabajo y deporte de todos los das. En su mente
ofuscada la violencia cuelga siempre, precariamente, como una espada de un hilo; el miedo
o la fuga del otro excita tan poderosamente como se excita un gato al ver escurrirse a un
ratn. Este era un bandido que haba sobrevivido y tena la cabeza a precio, algn asesino a
sueldo que ya no era til a sus empleadores y haba atravesado el Vrako antes de que algn
espa lo denunciara. Cuntos vagabundos solitarios habra matado en este lugar?
El hombre, inclinado sobre l, respiraba con un jadeo bajo y rtmico. Kelderek,
apoyado en el codo, procur en vano devolver la mirada insana con una expresin de
autoridad. Cuando sus ojos se cerraron, la Tuguinda habl desde atrs.
Clmate, Rvit! Conozco a este hombre es inofensivo. No debes herirlo.
Estaba escondido en el bosque y habl del oso. Trampas, pens, trampas. Hazlo
marchar, no le digas nada, as es. Averigua lo que busca, averigua y.
No te har nada, Rvit. Ven a reanimar el fuego y despus de la cena volver a
lavarte los ojos. Deja ese cuchillo.
Llev al hombre gentilmente hasta el fuego, hablndole como a un nio, y Kelderek
los sigui, no sabiendo qu hacer. Al or la voz de la Tuguinda se le llenaron de lgrimas los
ojos, y las sec sin una palabra. El hombre ya no le prest atencin y Kelderek se sent en
un taburete desvencijado, observando a la Tuguinda, que se arrodill para abanicar el fuego,
puso una marmita y movi las brasas con un tizn roto. Una vez lo mir, pero l baj la
vista; y cuando volvi a mirarla, ella estaba ocupada con una lmpara de arcilla, que
prepar y despus encendi con una rama. La plida y nica llama lanzaba sombras por el
suelo y, cuando lleg la oscuridad, pareci iluminar menos la destartalada cabaa que
servir, mientras goteaba y se agitaba con las rfagas que penetraban por las paredes mal
construidas, como recuerdo de cun indefensos estaban todos aquellos que, como Kelderek,
tenan la desdicha de ser como ella, visibles y solitarios en esta triste comarca.
La Tuguinda haba envejecido, pens, y tena la expresin de alguien que ha sufrido
prdidas y desilusiones. Sin embargo era inextinguible; un fuego que queda en los
rescoldos, un rbol despojado por el huracn invernal. En aquel horrible lugar, sin ayuda y
sin seguridad, sola con un hombre que la haba traicionado y otro medio loco y
probablemente asesino, su autoridad se afirmaba con tranquilidad y firmeza; en parte una
autoridad tan mundana como la de algn granjero honrado y astuto que charla y convence
que es mejor no intentar engaarlo. Pero detrs de aquel fondo abierto del espritu perciba,
como lo haba percibido haca tiempo y comprendi que incluso el desposedo y asesino
Rvit deba sentirlo, del mismo modo que un perro percibe la alegra o el pesar en una casa
la comarca ms profunda y misteriosa de la fuerza de ella. Posea no slo la inmunidad
de la sacerdotisa, del peregrino y del mdico, sino tambin la que le confera el misterio al
cual serva, el poder que haba sentido aun antes de conocerla, cuando haba estado
acurrucado en la canoa que se deslizaba hacia Quiso en la oscuridad: No era de extraar,
pens, que Ta-Kominion hubiera muerto. No era sorprendente que la terca y feroz ambicin
que lo haba cegado a la fuerza de la Tuguinda, lo hubiera envenenado sin remedio.
Se puso a considerar la forma de su propia muerte. Algunos, o as le haban dicho,
haban arrastrado sus vidas ms all del Vrako, hasta que los precios que haban puesto
sobre sus cabezas, e incluso la naturaleza de sus crmenes, quedaron olvidados, y slo la
propia desesperacin y las mentes confundidas les impidieron volver a las ciudades donde
ya no haba nadie que pudiera recordar lo que haban hecho. Esta supervivencia no era para
l. Shardik si tan slo pudiera encontrarlo! por lo menos le iba a tomar la vida que
tantas veces l le haba ofrecido; iba a tomar su vida antes de que el despreciable deseo de
sobrevivir en cualquier forma lo transformara en una criatura como Rvit.
Perdido en estos pensamientos oy poco o nada de lo que estaba pasando entre Rvit
y la Tuguinda cuando esta terminaba de preparar la comida. Vagamente estaba consciente
de que, si bien Rvit se haba quedado tranquilo, tena siempre miedo de la oscuridad que
llegaba, y que la Tuguinda lo estaba animando. Se pregunt cunto tiempo habra vivido
aqu el hombre, enfrentando solo la noche, qu habra ocurrido para que esta vida una
vida dura, sin duda, incluso para un fugitivo que haba pasado el Vrako fuera la nica que
se atreva a vivir.
Despus de un tiempo la Tuguinda le trajo comida y, al pasrsela, pos un instante la
mano en su hombro. l no dijo nada, y slo agach la cabeza con aire abatido, incapaz de
encontrarle la mirada. Pero una vez que hubo comido, como suele ocurrir, algunos jirones
hay que mirar atrs al Vrako, porque te vuelve loco. Yo estaba por matar un pjaro. Algunos
le retuercen el pescuezo: yo siempre les corto la cabeza. Mir por encima del hombro
hacia la puerta que tena detrs y murmur: Sabes una cosa? Esa mujer es una
sacerdotisa; es lo que es. Si puede volver, va a tener que poner una palabrita a mi favor,
aunque ayer quera verte muerto. Pero no es as. Ah! Pon una palabrita por m, me dice.
Es la verdad. Crees que es la verdad? O no?
Es la verdad contest Kelderek. Podra conseguirte un indulto en cualquier
ciudad, desde Ikat hasta Dellguy. Es para ra que no lo puede conseguir.
Tienes que hacerte olvidar aqu, muchacho, hacerte olvidar, esa es la cosa. Cinco
aos, diez aos, hazte amigo de las pulgas por diez aos, como se dice.
Mat el pjaro, lo desplum y lo destrip, dejando las vsceras sobre el suelo.
Volvieron juntos a la cueva. Dos horas ms tarde Kelderek, despus de haber dado a Rvit
lo que quedaba de la comida que haba trado de Kabin, se puso en marcha con la Tuguinda
bordeando la orilla de la baha.
41
La leyenda de los Senderos
obligada a seguir al Seor Shardik mientras eso sea posible Es decir, mientras el Poder
de Dios no est sometido al poder de los hombres.
l guard silencio, lleno de vergenza; pero ms tarde, cuando ella marchaba
adelante, monte abajo, l pregunt:
Y tus mujeres? Las otras sacerdotisas? Te fuiste sola de Quiso?
No: me llegaron noticias tambin a m del avance hacia el Norte de Santil-keErketlis. Yo ya saba que l tena intenciones de movilizarse en la primavera y que contaba
con tomar a Kabin. Neelith y otras tres muchachas salieron para Kabin conmigo bamos
con la intencin de buscar al Seor Shardik desde all.
Hablaste con Erketlis?
Habl con Elleroth de Sarkid, quien me cont cmo haba escapado de Bekla.
Estaba bien dispuesto hacia m, porque hace cierto tiempo cur al marido de su hermana un
brazo emponzoado. Tambin me dijo que el Seor Shardik haba atravesado el Vrako por
las estribaciones que estn al Norte de Kabin, dos das antes.
Dices que Elleroth te trat como amigo? Y, sin embargo, cmo te dej partir
sola, sin escolta, a travs del Vrako?
l no sabe que yo he atravesado el Vrako. Elleroth se mostr amistoso conmigo,
pero hubo una cosa en que no pudo hacer nada. No quiso darme ayuda para encontrar al
Seor Shardik o salvar su vida. Para l y para sus soldados no es nada ms que el dios de
sus enemigos y de todas las cosas contra las que ellos luchan hubo una pausa y luego,
con un temblor momentneo en la voz aadi: dijo que era el dios de los traficantes de
esclavos.
Kelderek no saba que se poda sufrir tan amargamente.
Me habl de su hijo sigui diciendo 19 Tuguinda y despus de eso ya no le
pregunt nada ms de l. Tambin me dijo que algunos de sus soldados se haban
encontrado con el Seor Shardik en las colinas y estaban seguros de que estaba murindose.
Le pregunt por qu no lo haban matado y me contest que haban tenido miedo de
intentarlo. As es que yo misma no creo que el Seor Shardik est muriendo. En ese instante
l iba a hablar, pero ella continu:
Haba confiado en que Elleroth me iba a dar algunos soldados para que nos
acompaaran a travs del Vrako. Pero cuando me di cuenta que era intil pedir, le dej creer
que tenamos intenciones de volver a Quiso, pues sin duda habra tratado de impedir que yo
cruzara sola el Vrako.
No poda alguna de las muchachas ir contigo, Siyet?
Crees que las traera a este pas la cocina de los ladrones de este mundo? Me
suplicaron que las dejara venir. Yo les dije que volvieran a Quiso. Y como estn obligadas
por juramento a obedecerme, as lo hicieron. Despus soborn a los guardias del vado y una
vez que atraves el ro me dirig hacia el Norte, como t.
Siyet, adnde intentas ir ahora?
Creo que Shardik est tratando de volver a su propio pas. Marcha en direccin al
Telthearna y lo va a cruzar si puede. Por lo tanto, yo me voy a Zeray, a esperarlo a lo largo
de la costa Oeste. Y si ya ha cruzado a nado el Telthearna, podemos or algo de esto en
Zeray.
Tal vez Elleroth tena razn. Shardik puede estar muriendo, porque despus de
salir de Bekla lo hirieron cruelmente.
Se detuvo, se dio vuelta y lo mir fijamente.
Elleroth te dijo eso?
l mene la cabeza.
Ella se sent pero no dijo nada ms y continu mirndolo con ojos llenos de
incertidumbre e interrogacin. l, buscando nuevas palabras, tuvo finalmente una salida:
Siyet, los Senderos de Urtah Qu misterio tienen? Qu sentido tienen?
Al or esto, ella dej escapar una bocanada de aire, como de miedo y consternacin;
luego, recobrndose, contest:
Sera mejor que me dijeras lo que t mismo sabes.
l le dijo cmo haba seguido a Shardik fuera de Bekla y como haban atravesado la
llanura. Ella escuchaba en silencio hasta que l lleg a la aventura en Urtah, pero cuando se
refiri a su despertar y a Shardik herido, trepando desde el Sendero para espantar a sus
atacantes, se ech a llorar amargamente, con sollozos sonoros, como las mujeres cuando
lloran a los muertos. Asustado por este intenso dolor en alguien en quien l siempre haba
pensado como un ser con el cetro extendido sobre todas las calamidades que acechan al
corazn del hombre, esper con paciencia desesperanzada, ptrea, sin intentar inmiscuirse
en el dolor de ella, pues senta que ste manaba de algn amargo conocimiento que tambin
l iba a poseer muy pronto.
Finalmente, tranquilizndose un poco, ella empez a hablar; tena la voz de una
mujer que, despus de enterarse de alguna prdida irreparable, entiende que a partir de ese
punto su vida no ha de ser nada ms que una espera de la muerte.
Me has preguntado, Kelderek, por los Senderos de Urtah. Te dir lo que s,
aunque es muy poco, porque el culto es un secreto guardado y que hereda cada generacin
y que tanto temor suscita que nunca o hablar de nadie que se haya atrevido a tratar de
penetrar en estos misterios. De todos modos, aunque yo, gracias a Dios, nunca he visto los
Senderos, s un poco de ellos lo poco que se me dijo por ser la Tuguinda de Quiso. Nadie
conoce la profundidad de los Senderos, porque nunca nadie ha descendido hasta sus profundidades y ha vuelto. Algunos dicen que son las bocas del infierno y que las almas de los
malvados entran all de noche. Dicen tambin que basta mirar hacia abajo y gritar hacia
ellos para suscitar un tormento capaz de enloquecer a un hombre.
Kelderek, con los ojos fijos en la cara de ella, asinti.
Es verdad.
Nadie conoce la antigedad de este culto ni sabe en qu consiste. Pero puedo
decirte esto. Siempre, durante centenares de aos el misterio de ellos en Urtah ha sido la
retribucin de los malvados Es decir, de aquellos cuya retribucin fue ordenada por Dios.
Muchos son malvados, como t lo sabes, pero no todos los malvados encuentran el camino
hasta los Senderos. Este es lo que siempre he entendido, es el modo de este asunto
aterrador. El hacedor de mal es alguien cuyo crimen clama al cielo, ms all de toda
restitucin o perdn, uno cuya vida, al continuar, mancilla la tierra misma. Y es siempre
gracias a algn accidente que l llega, al parecer, a Urtah: l ignora la naturaleza del lugar
adonde su viaje lo ha llevado. Puede estar solo o acompaado, pero l siempre cree que es
por casualidad o por algn asunto propio que ha ido a parar a Urtah por su propia voluntad.
Pero los que all observan, los que lo ven llegar ellos lo reconocen como lo que es y
saben qu tienen que hacer. Le hablan amablemente y lo tratan con cortesa, pues por muy
atroz que sea su crimen el deber de ellos no es odiarlo, como el rayo no odia al rbol. Son
tan slo los agentes de Dios. Y tampoco le tendern trampas. Hay que mostrarle el lugar y
preguntarle si conoce su nombre. Slo cuando l contesta No, ellos deben persuadirlo de
que vaya a los Senderos. Aun entonces tiene que
Se detuvo de golpe y mir a Kelderek.
Entraste al Sendero?
No, Siyet. Como te deca, yo
Ya se lo que me dijiste. Te estoy preguntando, ests seguro de que no entraste en
el Sendero?
l la mir fijamente, frunciendo el ceo; despus asinti con la cabeza.
Estoy seguro, Siyet.
l tiene que entrar al Sendero por cuenta propia. Una vez que lo ha hecho, nada
puede salvarlo. La tarea de ellos consiste en matarlo y arrojar el cuerpo a las profundidades
del Sendero. Algunos de los que han muerto all han sido hombres de rango y de poder,
pero todos han sido culpables de algn hecho cuya vileza y crueldad se apodera de las
mentes de quienes oyen mencionar la cosa. Habrs odo hablar de Hypsas: l provena de
Ortelga.
Kelderek cerr los ojos, golpendose la rodilla con una mano.
Me acuerdo. Dios quisiera que no.
Sabes que muri en los Senderos? Intent escapar a Bekla o tal vez a Paltesh,
pero finalmente llego a Urtah.
No lo saba. Slo dicen que desapareci.
Muy pocos saben lo que te he contado. Y son sacerdotes y gobernantes en su
mayora. El rey Manvarizn, de Terekenalt, el abuelo del rey Karnat el Alto. Ese quem
viva a la mujer de su hermano muerto, junto con el hijo de ella, su sobrino, el rey por
derecho, cuya vida y trono haba jurado defender. Cinco aos despus estaba en la llanura
de Bekla a la cabeza de su ejrcito y lleg a Urtah con unos cuantos de sus hombres y el
propsito, segn crea l, de espiar la regin para sus fines. Se acerc corriendo al Sendero,
huyendo tan slo de un pastorcito que estaba apacentando ovejas, o de algn otro
muchachito que nadie poda ver. Vieron que desenvainaba la espada, pero la tir al suelo
mientras corra, y sin duda sigue all donde cay, porque ninguna posesin de la vctima es
recogida nunca, enterrada o destruida.
Dices que todos los que entran a los Senderos deben morir?
S, a partir de ese momento su muerte es segura. Puede haber algn aplazo, pero
es raro, casi desconocido. Una vez en cien aos, tal vez, ocurre que la vctima sale viva del
Sendero: en ese caso nadie la tocar, pues ese es un signo de que Dios la ha santificado e
intenta utilizar su muerte para algn propsito misterioso y sagrado que l conoce. Hace
mucho, mucho tiempo hubo una mujer que huy con su amante atravesando la llanura de
Bekla. Sus dos hermanos, hombres duros y crueles, la siguieron, pues tenan intenciones de
matar a los dos, y ella not que su amante tena miedo. Estaba decidida a salvarlo. Se
escap de noche y fue hasta donde estaban durmiendo sus hermanos, por amor a l, pero no
se atrevi a matarlos sino que los ceg en medio del sueo. Ms tarde, en qu forma no lo
s, lleg sola a Urtah, y all fue apualada y su cadver se tir al Sendero. Pero esa noche
sali de all viva, aunque herida casi de muerte. La dejaron salir y muri al dar a luz un
nio. Ese nio fue el hroe U-Deparioth, el liberador de Yelda y el primer Ban de Sarkid.
Es por eso que Elleroth conoce lo que me has contado?
Sabe eso y ms, porque la Casa de Sarkid ha sido honrada por los sacerdotes de
Urtah desde esos das hasta ahora. Sm duda debe haber tenido noticias de lo que ocurri al
Seor Shardik y a ti en Urtah.
Cmo es posible que yo nunca haya odo hablar de los Senderos en Bekla? Saba
muchas cosas, pues haba hombres a sueldo que deban contarme todo. Pero nunca o hablar
de esto.
Pocos lo saben, y de esos ninguno te lo dira.
T me lo has dicho!
Ella se ech a llorar una vez ms.
Ahora creo lo que Elleroth me dijo en Kabin. Ahora s por qu sus hombres no
hirieron al Seor Shardik y por qu te perdonaron la vida. Sin duda a l no le dijeron que tu
no habas entrado en el Sendero. Tena que insistir en que se perdonara tu vida, pues en
cuanto supo que el Seor Shardik, y t, como supuso, habais salido vivos de los Senderos,
entonces debe haber sabido que nadie debe ser tocado so pena de sacrilegio. La muerte de
Shardik ha sido sealada por Dios y es segura segura!
Pareca abrumada por el dolor.
Kelderek le tom la mano.
Pero Siyet! El Seor Shardik no es culpable de nada malo!
Ella levant la cabeza, mirando los ttricos bosques.
Shardik no ha cometido nada malo se volvi y lo mir francamente a los ojos
. Shardik no Shardik no ha hecho nada malo!
42
El camino de Zeray
sealado de Shardik, el conocimiento interior de que si ella fracasaba no haba ningn otro.
Haba sido ella y no l quien por ms de cinco aos haba soportado un peso espiritual que
se haba vuelto doblemente pesado por el mal comportamiento que l haba tenido con
Shardik.
Si ella haba de morir ahora, de modo que nada quedara entre l y la verdad de Dios,
entonces l, por carecer de la sabidura y la humildad necesarias, no habra de ser capaz de
ponerse en su lugar. Haba sido descubierto en sus pretensiones y la ltima accin del reysacerdote fraudulento deba ser no buscar la muerte a manos de Shardik, porque de eso era
indigno, sino ms bien arrastrarse como una cucaracha que huye de la luz hasta algn
rincn de este pas de perdicin a esperar cualquier muerte que pudiera sobrevenirle por
enfermedad o por violencia. Mientras tanto el destino de Shardik seguira siendo
desconocido: desaparecera sin ser visto por nadie, sin ser atendido, como un gran peasco
que se desprende desde una ladera y va rompiendo su camino hacia abajo, descansando
finalmente en las selvas sin caminos de ms abajo.
Despus de todo aquello que haba tenido lugar ese da, l slo recordaba un
incidente. Pocos kilmetros ms all de la aldea se encontraron con un grupo de hombres y
mujeres que trabajaban en un campo. A cierta distancia de los otros haba dos mujeres
descansando. Una tena un nio que amainan taba y las dos, mientras rean y charlaban,
coman de una canasta de mimbre. A una distancia de ochocientos metros l convenci a la
Tuguinda que deban echarse a descansar, le dijo que volvera pronto y march velozmente
hacia el campo. Se acerc a las dos mujeres sin ser visto, se present sbitamente, rob la
canasta y ech a correr. Ellas gritaron pero, como l haba calculado, sus amigos se tomaron
tiempo en alcanzarlas y no hubo persecucin. Ya se haba perdido de vista, haba devorado
la mitad de la comida, se haba librado de la canasta y se haba reunido con la Tuguinda
casi antes de que ellas decidieran que unos pocos bocados de pan y fruta seca no valan la
prdida de trabajo de una muchacha tonta. Al proseguir la marcha con su taln lastimado,
forzando a la Tuguinda a tragar los restos de pan y las pasas de uva que haba trado, pens
que el hambre y la miseria haban encontrado en l un alumno competente. El mismo Rvit
no podra haberlo hecho mejor, a no ser que hubiera hecho callar a las mujeres con su
cuchillo.
Ya llegaba la noche cuando comprendi que deban estar cerca de Zeray. Haban
visto poca gente en todo el da, y nadie les haba hablado o molestado, sin duda en razn de
su pobreza, que los proclamaba indignos de ser robados, en parte, y tambin a causa de la
evidente enfermedad de la Tuguinda. No haban tenido que atravesar ms zonas boscosas, y
Kelderek haba seguido la direccin Sudeste en direccin al sol, a travs de un yermo,
interrumpido por aqu y por all por lastimosos campos de pastoreo y pedazos de tierra
arada. Por ltimo llegaron hasta los juncos y las juncias, hasta la orilla de una baha que l
adivin que deba ser ua entrada del mismo Telthearna. Lo bordearon tierra adentro cierto
tiempo, siguieron la desembocadura y llegaron a la ribera meridional; marcharon al lado y,
cuando se ensanch, l pudo ver, ms all de la_ boca de la baha, al Telthearna mismo, que
era aqu ms angosto que en Ortelga y tena una corriente muy fuerte: la ribera oriental
pareca rocosa a la distancia, por encima del agua. Pese a su desesperacin, una especie de
eco sordo e involuntario de placer lo invadi, una iluminacin sofocada del espritu, dbil
como el nimbo de la luna detrs de unas nubes blancas. Esa agua haba mojado las juncias
de Ortelga. Haba acariciado el derruido pasaje de Ortelga. Trat de indicrselo a la
Tuguinda, pero ella se limit a menear la cabeza con aire cansado, casi, incapaz de seguir la
direccin del brazo de l. Si ella mora en Zeray, pens l, su ltimo deber consistira en
asegurarse que las noticias fueran llevadas a Quiso. A pesar de lo que ella haba dicho, no
haba muchas esperanzas de encontrar ayuda en una colonia remota y miserable, poblada
casi totalmente (era lo que l siempre haba entendido) por fugitivos de la justicia
provenientes de media docena de pases. Poda ver ahora los alrededores, bastante
parecidos a los de Ortelga: cabaas y humo de lea, pjaros que trazaban crculos y en el
aire del atardecer, donde la luz del sol empezaba a desvanecerse, el fulgor del Telthearna.
En dnde estamos, Kelderek? murmur la Tuguinda. Se apoyaba casi con todo
su peso en el brazo de l y tena la cara gris y cubierta por el sudor. l la ayud a beber de
un manantial claro y luego la acompa hasta un montculo herboso que estaba cercano.
Estamos en Zeray, Siyet, supongo.
Y ste este lugar?
l mir en derredor. Estaban en lo que pareca ser una especie de jardn salvaje,
descuidado, en el que crecan flores primaverales y rboles relucientes. Por todas partes
haba riberas bajas y montculos, como el montculo en que estaban sentados; l advirti
que varios de ellos estaban marcados groseramente con piedras o pedazos de madera
clavados en el suelo. Algunos parecan nuevos, otros viejos y gastados. A cierta distancia
haba cuatro o cinco montculos de tierra recin removida, sin hierba y cubiertos con unas
pocas flores y unas cuentas negras.
Este es un cementerio, Siyet. Debe ser el camposanto de Zeray.
Ella asinti con la cabeza.
A veces en estos lugares hay un cuidador que espanta de noche a los animales. Tal
vez Se interrumpi y tosi, pero luego prosigui, haciendo un esfuerzo:
Tal vez pueda decirnos algo de Zeray.
Descansa aqu, Siyet. Ir a ver.
Avanz entre las tumbas y apenas haba dado unos pasos cuando vio a corta
distancia, la figura de una mujer de pie que oraba. Le daba la espalda y tanto ella como el
tmulo que tena a su lado se perfilaban contra el cielo. A los lados de la tumba haba tablas
labradas y pintadas, que le daban el aspecto de un gran ropero decorado, en contraste con
los descuidados montculos de alrededor, posea una especie de grandeza. En un extremo
haban plantado un palo muy erguido con un pendn, pero la tela colgaba floja, y l no
pudo distinguir la divisa. La mujer, vestida de, negro y descubierta, como de duelo, pareca
joven. l se pregunt si esa tumba que estaba visitando sola sera la de su marido, y si
la Tuguinda con la mirada de una nia que es hallada inesperadamente por una madre que
la busca y que an no sabe si habr de mostrarse solcita o enojada. De repente, en una
pasin de llanto, se arroj al suelo, agarr los talones de la Tuguinda y le bes los pies.
Siyet grit, en medio de sus lgrimas oh, perdname! Perdname, Siyet,
y podr morir en paz!
Levant la cabeza y los mir, con la cara descompuesta, angustiada por el llanto. Y
entonces Kelderek la reconoci y supo en dnde haba visto antes esa mirada de miedo. Era
Melathys que estaba echada ante ellos, asida de los pies de la Tuguinda.
Una rfaga de viento que vena del ro sopl entre los rboles, agitando y abriendo el
pendn, como si algn transente lo hubiera desplegado indolentemente con la mano y lo
hubiera dejado caer de nuevo. Por un instante el emblema, una serpiente de oro, se vio
claramente, caracoleando como viva; luego cay y desapareci una vez ms entre los
pliegues del pendn oscuro.
43
El relato de la sacerdotisa
Cuando l lleg dijo Melathys cuando l lleg junto con Ankray, haca ya
bastante tiempo que yo estaba aqu, el suficiente para saber que tarde o temprano iba a
morir en una u otra forma. Durante el viaje por el ro, antes de llegar a Zeray, supe ya lo
que poda esperar de los hombres cuando me haca falta comida o albergue. Pero el viaje
fue en un comienzo fcil, aunque yo no lo saba, todava estaba alerta y confiada. Tena un
cuchillo, saba usarlo y siempre estaba all el ro que me poda llevar ms all. Dej de
hablar, mirando rpidamente a Kelderek que, entorpecido por la primera comida plena que
haba hecho desde que haba salido de Kabin, estaba sentado junto al fuego, baando sus
pies lacerados en una tina con agua caliente y hierbas.
Ha llamado?
No, Siyet dijo Ankray, voluminoso a la luz de la lmpara. Haba entrado al
cuarto mientras ella hablaba.
La Tuguinda est ahora durmiendo. A menos que te haga falta algo, ir ahora a
velar junto a ella.
S, vela por una hora. Despus ir yo mismo a dormir en su cuarto. Dejo a tu
cargo las necesidades del seor Kelderek. Y recuerda, Ankray, que cualquier cosa que haya
ocurrido al Gran Barn en Ortelga, el seor Kelderek est en Zeray. Este viaje lo arregla
todo.
Ya sabes lo que dicen, Siyet. En Zeray la memoria tiene un aguijn agudo y el
sabio la evita.
As, me han dicho. Ve, pues.
El hombre sali, agachndose bajo el dintel, y Melathys, antes de seguir hablando,
llen el jarro de madera con un spero vino que estaba en una botija de piel de cabra que
colgaba de la pared.
Pero no se sigue a partir de Zeray. Todos los viajes terminan aqu. Muchos,
cuando llegan por primera vez, creen que podrn cruzar el Telthearna, pero ninguno, dentro
de lo que yo s, lo ha hecho. La corriente de la mitad del ro es horriblemente fuerte y dos
kilmetros ms abajo est la Garganta de Beril, de la cual nadie puede salir vivo en medio
de las cadas y las rocas despedazadas.
Nadie toma el camino de tierra?
aterrorizadas porque estaban demasiado enteradas de algn crimen atroz. Llegu aqu como
sacerdotisa virgen de Quiso, cuando todava no haba cumplido veinte aos. Guard un
instante de silencio y luego dijo: Antiguamente en Quiso, cuando pescbamos el bramba,
usbamos carnadas vivas. Dios me perdone; nunca podra volver a hacer eso. Una vez trate
de quemarme la cara en el fuego, pero no tuve bastante valor, como no lo tuve para
enfrentar al Seor Shardik. Una noche estaba con un hombre llamado Glabrn, un natural
de Tonilda de quien tenan miedo incluso en Zeray. Cuando un hombre es bastante temido
aqu, se forma una banda en torno a l, que se dedica a matar y a robar, a meter comida en
sus estmagos y mantenerse vivos por un rato. Estas bandas logran asustar a otros en los
lugares de pesca, acechan a los recin llegados o les tienden trampas y cosas por el estilo. A
veces se ponen a hacer incursiones por las aldeas que estn ms all de Zeray, aunque por
lo general es muy poco lo que obtienen por sus afanes. Hay poca cosa que encontrar aqu.
Los hombres pelean y roban por mantenerse vivos y nada ms. Un hombre que no sabe
pelear o robar puede contar con vivir tal vez tres meses. Tres aos es un buen trmino de
vida para los hombres ms fuertes en Zeray. Hay una especie de taberna cerca de la orilla
en este extremo del pueblo. Le llaman El Soto verde, por algn lugar que est en Ikat,
creo, o es en Bekla?
En Bekla.
Ikat o Bekla, nunca o que la bebida que all sirven pudiera volver ciegos a los
hombres, ni que el tabernero vendiera ratas y lagartos como comida. Glabrn consigui una
magra manutencin a cambio de no destruir el lugar y protegerlo de otro como l. Era
vanidoso s, en Zeray era vanidoso y senta el placer de ser envidiado por otros: que lo
vieran comer cuando estaban hambrientos o insultarlos cuando estaban asustados. Oh, s, y
tambin atormentaba la lujuria de ellos mostrndoles lo que tena para s. Me llevas all
demasiado seguido, le dije. Por amor de Dios, no es bastante que yo sea tu propiedad y
que el cuerpo de Keriol est flotando en el Telthearna? Qu diversin encuentras en agitar
un hueso ante perros hambrientos?. Glabrn nunca discuta con nadie, y conmigo menos
que con nadie. Yo no estaba all para hablar y l tenia tanta facilidad con las palabras como
un cerdo. Esa noche haban tenido un golpe de suerte. Unos das antes un cuerpo haba sido
arrojado a la costa con un poco de dinero encima, y dos de los hombres de Glabrn haban
ido tierra adentro y haban vuelto con una oveja. Ellos mismos se comieron la mayor parte
de la carne, pero cambiaron el resto por bebidas. Glabrn se emborrach tanto que yo
estaba ms asustada que nunca. En Zeray la vida de un hombre nunca est en tanto peligro
como cuando est borracho. Yo conoca a sus enemigos y esperaba ver llegar a uno u otro
en cualquier momento. Estaba bastante oscuro en la habitacin y la luz de una lmpara es
un raro lujo aqu. Pero de repente not que dos forasteros haban entrado. Uno tena la cara
casi escondida bajo el borde de una gran capa de piel y otro; un hombre corpulento, me
miraba y le murmuraba algo a su compaero. Eran slo dos frente a los seis o siete de
Glabrn, pero supe lo que iba a ocurrir all y estaba loca de deseos de disparar.
Glabrn estaba cantando una cancin obscena, o crea que estaba cantando. Yo le
tir de la manga y lo interrump. Mir alrededor un instante y luego me dio un revs en la
cara con el dorso de la mano. Haba vuelto a cantar cuando el extranjero embozado se
acerc a la mesa. La capa siempre le cubra la cara, y slo uno de los ojos apareca sobre el
borde. Dio una patada a la mesa y la hizo trastabillar, de modo que todos lo miraron.
No me gusta tu cancin le dijo a Glabrn en beklano. No me gusta la forma
en que tratas a esta mujer. Y tampoco me gustas t.
En cuanto habl, supe quin era. Pens: No lo puedo aguantar. Quera advertirle,
pero no logr decir una palabra. Glabrn no contest nada durante unos segundos, no por
haber quedado especialmente desconcertado, sino porque tena la costumbre de proceder
con lentitud y calma cuando mataba a un hombre. Le gustaba producir un efecto, era parte
del miedo que inspiraba, y hacer que la gente viera que l mataba con deliberacin, no en
un ataque de rabia.
Ah! As que no te gusta? dijo finalmente, cuando se cercior que todo el
cuarto estaba escuchando. Me pregunto con quin tengo el honor de hablar. Puedes
decrmelo?
Soy el diablo dijo el otro hombre. Vengo a buscar tu alma, y no estoy ni un
minuto adelantado. Al decir esto dej caer el brazo. Naturalmente, nunca lo haban visto
antes, y, en aquella luz mortecina, la cara que mostr no era la de un ser humano. Todos
eran hombres supersticiosos, ignorantes, con malas conciencias, sin religin, y con mucho
miedo a lo desconocido. Se apartaron a saltos de l, maldiciendo y atropellndose unos a
otros. El Barn ya haba desenvainado la espada y en el mismo momento le cort a Glabrn
el pescuezo, me asi del brazo, taje a otro hombre en el camino y sali a lo oscuro
conmigo y con Ankray, antes de que nadie tuviera tiempo de sacar un cuchillo.
No te contar el resto de la historia esta noche. Ms adelante tendremos tiempo.
Pero supongo que puedes creer que nadie parecido a Bel-ka-Trazet ha sido visto aqu antes.
Durante tres meses l y yo y Ankrav nunca dormimos a la vez. En seis meses se convirti
en seor de Zeray, con hombres a sus espaldas en quienes poda confiar para que hicieran lo
que l ordenaba.
l y yo vivimos en esta casa, y la gente me sola llamar su reina, parte en broma y
parte en serio. Nadie se atreva a mostrarse irrespetuoso conmigo. Creo que no habran
podido creer la verdad: Bel-ka-Trazet nunca me toc. Dudo que te hayas formado una
buena opinin de los hombres, me, dijo una vez, y en cuanto a m, es muy poco lo que
me queda en lo que se refiere a propia estima. Por lo menos mientras est vivo puedo
honrar a una sacerdotisa de Quiso, y eso ser lo mejor para los dos. Slo Ankray conoce
ese secreto. El resto de Zeray debe haber credo que nuestro destino era la esterilidad, o tal
vez que sus heridas
Y aunque nunca estuve enamorada de l, sent agradecimiento por su compostura,
y de todos modos lo respetaba y admiraba, y habra consentido en ser su consorte si ese
hubiera sido su deseo. La mayor parte del tiempo estaba cabizbajo y malhumorado. Los
placeres aqu son bastante escasos, pero l nunca tena ganas de nada, como si se estuviera
castigando por la prdida de Ortelga. Tena una lengua mordaz, hiriente, y no albergaba
ilusiones.
Recuerdo.
No me pidis que salga con vosotros, dijo una vez a sus hombres. Algn oso
podra correrme corriente abajo. Ellos entendieron la referencia a l, porque si bien nunca
les haba contado la historia, a Zeray haban llegado noticias de la batalla al pie de los
montes y de la cada de Bekla en poder de los ortelganos. Cuando alguna cosa sala mal, l
tena la costumbre de decir conseguos un oso. As las cosas saldrn mejor. Pero, aunque
lo teman, confiaban en l, lo respetaban y lo seguan sin vacilaciones. Como ya dije, no
haba nadie aqu que pudiera ponerse ni de lejos frente a l. Vala demasiado para Zeray.
Supongo que cualquier otro Barn, forzado a huir como l, habra cruzado hasta Deelguy o
se habra dirigido a Ikat, o incluso a Terekenalt, pero l l odiaba la compasin, como un
gato odia al agua. Haba sido su orgullo, su amarga naturaleza, lo que lo haba llevado a
Zeray como un asesino que huye. En realidad gozaba sumindose en la miseria y los
peligros del lugar. Aqu se podra hacer mucho, me dijo un atardecer, cuando estbamos
pescando en la orilla. Hay terrenos pasables en la llanura que rodea a Zeray y bastante
madera en los bosques. Nunca podra ser una provincia rica, pero podra lograr una
situacin bastante buena si los campesinos no estuvieran muertos de miedo y hubiera
caminos hasta Kabin y Linsho. Ley, orden y un poco de comercio: es todo lo que hace falta.
Si no me equivoco, es aqu que el Telthearna est ms cerca de Bekla. Antes de morirnos
tendremos dos sogas bien gruesas tendidas entre esos estrechos y una balsa que va a correr
entre ellos. No en balde soy ortelgano: s lo que se puede hacer con una soga; tambin s
fabricarlas. Es ms fcil que circundar el Cerco Muerto, te lo aseguro. Piensa lo que sera
abrir una ruta de comercio en el Este: Bekla pagara cualquier cosa por usarla.
Podran venir y anexar la provincia dije.
Podran intentarlo me contest pero est ms defendida que lo que nunca
estuvo Ortelga. Hay sesenta kilmetros desde el Vrako a Zeray y treinta son de selva espesa
y montes, difciles de atravesar mientras a alguien no se le ocurra abrir un camino, que
podramos deshacer cuando se nos antojara. Te digo, muchacha: todava nos vamos a rer
ltimos del oso.
Lo cierto es que ni siquiera Bel-ka-Trazet hubiera podido traer la prosperidad a un
lugar como Zeray, porque no contaba ni con barones ni con hombres de calidad y no poda
estar en todas partes. Lo que pudo hacerse, l lo hizo. Castig los robos, los asesinatos, y
puso fin a los saqueos del interior. Convenci o soborn a unos cuantos campesinos para
que trajeran madera y lana y trataran de ensear carpintera y cermica a los habitante de tal
modo que la ciudad pudiera trocar lo que fabricara. Hacamos trueque de pescado seco y de
juncias para techos y esteras, todo lo que podamos. Pero, comparado incluso con Ortelga,
el comercio era muy escaso, un asunto endeble, sencillamente a causa de los hombres que
haban venido aqu, como sabes, los criminales no pueden trabajar y ni siquiera tenamos un
camino. Bel-ka-Trazet lo comprendi y hace ahora menos de un ao ide un nuevo
proyecto.
Nosotros sabamos lo que haba estado ocurriendo en Ikat y en Bekla, aqu llegaron
fugitivos de las dos ciudades. Bel-ka-Trazet haba quedado impresionado con lo que haba
lleg o no a Ikat.
Un mes despus de esto el Barn cay enfermo. Muchos se enferman en Zeray. No
es raro: la suciedad del lugar, las ratas, los piojos, las infecciones, la tensin y el miedo
continuos, el peso de la culpa y la prdida de la esperanza. El Barn haba tenido una vida
dura y, a pesar suyo, estaba declinando. Puedes imaginar la forma en que lo cuidbamos
Ankray y yo. ramos como hombres en tierra de animales feroces, que encienden un fuego
de noche y rezan para que llegue el amanecer. Pero el fuego se apag se apag.
Las lgrimas se agolparon en sus ojos y ella los enjug bruscamente, escondi por
un instante la cara entre las manos y luego, exhalando un hondo suspiro, continu:
Una vez habl de ti. Ese muchacho Kelderek, dijo, yo lo habra matado si la
Tuguinda no nos hubiera mandado buscar esa noche. Ya no le deseo ningn mal, pero por el
bien de Ortelga espero que pueda terminar lo que inici. Unos pocos das despus habl a
nuestros hombres lo mejor que pudo, para ese entonces ya estaba muy dbil. Les
recomend que no ahorraran esfuerzos para obtener noticias de las intenciones de Santil, y
que si haba la ms mnima esperanza, a cualquier costo mantuvieran el orden en Zeray
hasta que l llegara. De otro modo, vais a estar todos muertos en menos de un ao, dijo.
Y el lugar va a estar peor de lo que nunca estuvo antes de que hubiramos empezado.
Despus de esto, slo Ankray y yo estuvimos con l hasta que muri. Fue una muerte
ardua. Era algo que poda esperarse verdad? Lo ltimo que dijo fue: El oso decidles
que el oso. Me inclin sobre l y le pregunt: Qu hay con el oso, seor?, pero el ya
no habl ms. Contempl su rostro, ese terrible rostro que se deshaca como la cera de una
vela gastada. Cuando desapareci, hicimos lo que haba que hacer. Cubr sus ojos con un
pedazo de lienzo mojado, y recuerdo cmo, cuando estbamos enderezando los brazos, el
pao rebals, de modo que los ojos muertos se abrieron y yo los vi mirndome, clavndose
en los mos.
Ya has visto su tumba. Hubo corazones acongojados y corazones asustados en el
momento en que ocurri. Ha pasado ya ms de un mes y a partir de ese da Zeray se ha
hundido cada vez un poco ms, se nos ha ido escapando siempre un poco ms de las manos.
Todava no la hemos perdido, pero te dir cmo son las cosas. La mitad de los hombres de
Zeray se preguntan si habrn de atreverse a desafiamos. A partir de ahora algunos lo van a
intentar. Conozco a nuestros hombres, los hombres del Barn. Sin l no se podrn mantener
unidos. Es slo una cuestin de tiempo.
Todas las tardes voy a su tumba y rezo pidiendo ayuda y liberacin. A veces
Ankray viene conmigo, o tal vez algn otro, pero por lo general voy sola. En Zeray no hay
modestia y yo ya estoy ms all del miedo. Mientras nadie intente insultarme, yo lo
interpreto como un signo de que seguimos teniendo algn poder en el lugar, y no est de
ms comportarse como si uno creyera que lo tiene. A veces he rezado para que viniera el
ejrcito de Santil, pero la mayor parte del tiempo no empleo palabras y simplemente le
ofrezco a Dios mis esperanzas y mis anhelos, y mi presencia en la tumba del hombre que
me honr y me respet.
En Quiso la Tuguinda sola decirnos que la verdadera confianza en Dios era toda la
vida de una sacerdotisa. Dios puede permitirse esperar, sola decirme. Dios puede
permitirse esperar, ya sea para convertir a los incrdulos, para recompensar a los justos o
para castigar a los malvados. Con l todo llega al fin. Nuestro trabajo no slo consiste en
creer eso, sino en mostrar que lo creemos en todo lo que decimos y hacemos.
Melathys se ech a llorar amargamente, y sigui llorando mientras hablaba.
Ya no tena en mi mente recuerdos de la forma en que llegu a Zeray y de los
motivos que tuve. Mi traicin, mi cobarda, mi sacrilegio, acaso pens que mis sufrimientos
haban borrado todo eso, haban cavado una zanja entre m y la sacerdotisa que haba roto
sus votos, que haba traicionado al Seor Shardik y haba faltado a la Tuguinda. Esta noche,
cuando me di vuelta y vi quin estaba detrs de m sabes que pens? Pens: Ha venido
a Zeray a buscarme, a renunciar a la cosa o a perdonarme, a condenarme o a llevarme de
vuelta a Quiso. Como si no hubiera sido mancillada cuarenta veces. Me ech a sus pies e
implor su perdn, le dije que yo no vala bastante para que ella hiciera por m lo que yo
crea que ella haba hecho, le rogu tan slo que me perdonara y me dejara morir. Ahora s
que es cierto lo que dijo. Dios Y dejando caer la cabeza entre los brazos, que tena
cruzados sobre la mesa, solloz amargamente: Dios puede esperar, Dios puede permitirse
el esperar.
Kelderek le puso una mano en el hombro.
Vamos dijo, no hablaremos ms esta noche. Apartemos estos pensamientos y
pensemos tan slo en las tareas que tenemos por delante. A menudo, en momentos de
perplejidad, eso es lo mejor. Es un gran consuelo en la adversidad. Ve a buscar a la
Tuguinda. Duerme al lado de ella y maana nos reuniremos.
Tan pronto como Ankray le tendi la cama, Kelderek se ech en ella y durmi como
no haba dormido desde los das de Bekla.
44
El descubrimiento del corazn
Mota tras mota, la luz del sol del medioda avanzaba por la pared y desde la
distancia se oa el Chong Chong lento de un hacha en el bosque. La Tuguinda, con los
ojos cerrados, haba fruncido el ceo como alguien a quien atormenta el ruido y se mova a
uno y otro lado, incapaz al parecer de encontrar un instante libre de molestia. Kelderek le
enjugaba el sudor de la frente con un pao que mojaba en una jarra que estaba junto a la
cama. Desde la maana temprano ella haba estado entre el sueo y la vigilia, no reconoca
ni a Melathys ni a l y de cuando en cuando pronunciaba unas cuantas palabras inconexas o
sorba un poco de vino con agua de un vaso que le acercaban a los labios. Una hora antes
del medioda Melathys, ayudada por Ankray, haba partido para conversar con los antiguos
seguidores del Barn e informarlos de las noticias, y haba dejado a Kelderek a que
atendiera la puerta y vigilara solo hasta la vuelta de ella.
Los hachazos cesaron y Kelderek se sent en medio del silencio, tomando a veces la
mano de la Tuguinda entre las suyas, y hablndole con la esperanza de que, despertando,
pudiera tranquilizarse. Senta el pulso de ella acelerado por sus dudas, y el brazo, como
pudo ver ahora, estaba hinchado e inflamado con araazos recientes que l reconoci como
hechos con espinas de trazada. No dijo nada de estos, ni de un corte profundo en el pie, que
Melathys haba descubierto y curado la noche anterior.
Lenta como la luz del sol, su mente repasaba todo lo sucedido. Los das que haban
pasado desde su partida de Bekla eran en s mismos como un abismo de tiempo al cual
hubiera descendido paso a paso, y del cual emerga ahora por un breve tiempo antes de la
muerte. Despus de todo, l no tena necesidad de expiar su blasfemia buscando esa muerte,
pues esta ltima pareca inevitable, por mucho que pudieran cambiar los acontecimientos.
Si Erketlis venca y no enviaba tropas al Este del Vrako, ya fuera por no haber
recibido nunca el mensaje de Bel-ka-Trazet o porque no haba encontrado favor con l,
tarde o temprano l iba a morir de manera violenta o de enfermedad en Zeray o en el
intento de huir de ella. Pero si las tropas de Erketlis atravesaban el Vrako, lo alcanzaban en
Seray o en otra parte y era bastante probable que tuvieran los ojos abiertos en relacin a l,
l saba, porque Elleroth le haba dado su palabra al respecto, que lo iban a matar. Si
Erketlis era vencido, Zelda y Gued-la-Dan, probablemente al llegar a Kabin, iban a mandar
soldados a travs del Vrako en busca de Shardik. Y en cuanto se supiera que Shardik estaba
muerto, ya no se iban a molestar por su antiguo rey-sacerdote. Y si el desacreditado reysacerdote intentaba volver de Zeray, ya fuera a Bekla o a Ortelga, no se le iba a tolerar que
siguiera vivo.
Ya nunca ms habra l de representar e imitar como un mono la parte de mediador
de Shardik ante el pueblo. Nunca ms sera ya el visionario de corazn ntegro que, sin
Cmo?
A vosotros corresponde el decirlo. Yo tengo una muerte segura si caigo por
segunda vez en manos del ejrcito Yeldashay. De modo que si Santil acepta el ofrecimiento
de Bel-ka-Trazet y enva tropas a Zeray, es probable que la cosa se presente mal para m, a
menos que vosotros podis convencerlos de que me den un salvoconducto para salir de
aqu. Es el trato que aspiro a realizar con vosotros.
Farrass, con la barbilla en la mano, contemplaba el suelo, frunciendo el ceo y
meditando. Por una vez ms, fue Thrild quien habl.
No debes hacerte ilusiones sobre nosotros. El Barn tena cierta autoridad cuando
estaba vivo, pero sin l tenemos cada vez menos. Estamos seguros por el momento en lo
que a nosotros mismos se refiere. Y eso es todo lo que se puede decir. Muy poca atencin
van a prestar los Yeldashay a cualquier pedido que nosotros les hagamos.
Ya nos has hecho un favor dijo Farrass, por haber trado noticias de que
Santil estaba en Kabin. No sabes si alguna vez recibi el mensaje del Barn?
No. Pero si l cree que hay traficantes de esclavos fugitivos de este lado del
Vrako, es muy posible que las tropas de Yeldashay ya lo hayan cruzado. Sea as o no, creo
que deberas enviarle sin ms otro mensajero y tratar por todos los medios de sostener aqu
la situacin hasta obtener una respuesta.
Si est en Kabin contest Farrass, lo mejor que podemos esperar, aunque tal
vez no sea esta tu opinin, es ir nosotros mismos con Melathys y pedirle que nos deje
seguir hasta Ikat.
Farrass aqu nunca crey realmente en el proyecto de Santil de tomar Zeray
dijo Thrild. Ahora que el Barn ha muerto, estoy de acuerdo con l. El Barn hubiera
estado dispuesto a ofrecer el lugar nosotros, no. Lo mejor que podemos hacer nosotros es
ir y encontrarnos con la gente de Ikat en Kabin. Tienes que entender nuestra posicin.
Nosotros no intentamos mantener la ley y el orden. Cualquier tipo en Zeray tiene libertad
de asesinar y robar, mientras no se vuelva tan peligroso que resulte ms conveniente para
nosotros matarlo en vez de dejarlo tranquilo. Slo muy pocos de los hombres que viven
aqu han cometido algn crimen serio. Si se enteraran que hemos invitado a los soldados de
Ikat a venir y ocupar la ciudad, se lanzaran detrs de nosotros como ratas acorraladas. A
nosotros no nos conviene tratar de llevar a cabo el proyecto del Barn.
Pero en Zeray no hay riquezas. Por qu matan y roban aqu?
Thrild levant las manos.
Por qu? Para comer. Por qu otra cosa va a ser? En Zeray la gente tiene
hambre. El Barn colg una vez a dos deelguys porque haban matado un nio y se lo
haban comido. En Zeray la gente come gusanos de canasto escarban el fondo del ro
45
En Zeray
El general Erketlis puede venir aqu todava, si tenemos suerte. Pero Farrass y los
dems prefieren irse y buscarlo dondequiera que est. Ests en libertad para irte con ellos, y
probablemente sea esto lo ms prudente.
Si me permites que te lo diga, Siyet, lo dudo. Dudo de mi seguridad entre esos
hombres. Prefiero quedarme aqu, entre la gente de Ortelga, si me entiendes. El Barn
siempre sola decir que el general Santil iba a llegar. De modo que supongo que vendr.
Como quieras, Ankray dijo Kelderek. Pero si no llega, este lugar se va a
volver an ms peligroso para todos nosotros.
A m me parece, seor, as lo veo yo, que si eso ocurre, tendremos que irnos a
Kabin por nuestra propia cuenta. Pero el Barn no querra que yo dejara a Sacerdotisas de
Ortelga que se las arreglaran solas, incluso contigo al lado. No tienes miedo de
quedarte, entonces?
No, seor contest Ankray. El Barn y yo nunca tuvimos miedo de nadie en
Zeray. En cuanto al Barn, l siempre sola decir Ankray, recuerda que t tienes una buena
conciencia y ellos no la tienen. Por lo general, l
Est bien dijo Kelderek. Me alegro que veas as las cosas. Pero crees
pregunt volvindose a Melathys que pueden intentar obligarnos a que nos unamos con
ellos?
Ella lo mir con ojos muy abiertos, solemnemente, de modo que l volvi a ver la
mujer que haba desenvainado la espada de Bel-ka-Trazet y le haba preguntado qu era.
Pueden intentar persuadirme, si ese es el gusto de ellos, pero dudo que lo hagan.
No olvides que me he pescado la fiebre de la Tuguinda y que es una fiebre contagiosa. Eso
es lo que se les dir, si vienen.
Ruego a Dios que no la hayas pescado en serio dijo Kelderek. Y comprendi en
una llamarada de apasionada admiracin que, a pesar de todo lo que ella saba de Zeray, su
decisin de quedarse, tomada con placer ms que con decisin, no le inspiraba miedo sino
una alegra exaltada por recobrar la propia estima. Para ella la aparicin de la Tuguinda en
el cementerio haba sido primero un milagro y luego un acto de increble amor y
generosidad; y aunque conoca ahora el relato verdadero del viaje de la Tuguinda, segua
atribuyndolo de todos modos a Dios. Pese a lo que Kelderek haba visto en la tumba del
Barn no haba credo hasta ahora que todo lo que ella haba sufrido en Zeray le haba
producido menos afliccin que el recuerdo de su huida de Ortelga.
La Tuguinda no pareca estar mejor: segua atormentada por una inquietud continua.
Al caer la tarde Ankray se qued con ella, mientras Melathys y Kelderek utilizaron lo que
quedaba de la luz del da para cerciorarse del estado de las cerraduras y las barras y
examinar los alimentos y las armas. El Barn, explic Melathys, haba contado con ciertas
fuentes de suministros que l haba mantenido en secreto, que no haba revelado ni siquiera
a sus prximos, pues l y Ankray iban de cuando en cuando de noche y volvan con media
cabra o media oveja desde la aldea que estaba ro arriba. La casa estaba bastante bien
abastecida de carne. Tambin haba sal en abundancia y cierta cantidad del vino spero.
Pagaba? pregunt Kelderek, contemplando con satisfaccin las rotundeces de
las tinas de salmuera y pensando qu nunca crey que iba a llegar a tener gratitud a Bel-kaTrazet.
La principal forma de pago era una garanta a los aldeanos de que no iban a tener
molestias con Zeray. Pero l era muy hbil para encontrar o hacer cosas que se podan
vender. Construamos flechas, por ejemplo, y agujas de hueso. Yo tambin tengo ciertas
habilidades. Todos los habitantes de Quiso tienen que labrar sus propios anillos, pero yo
puedo labrar la madera mejor an, creme. Te acuerdas de esto? Le empiezo a tomar el
gusto.
Era el cuchillo de Bel-ka-Trazet. Kelderek lo reconoci en seguida. Lo extrajo de la
vaina, y acerc la punta a sus ojos. Ella lo contemplaba, sorprendida, y l ri.
Tengo mejores razones para acordarme de l que cualquier otro hombre de
Ortelga, supongo. Vi a este cuchillo y al Seor Shardik por primera vez el mismo da. Ese
da en que tambin te vi a ti por primera vez. Te contar la historia a la hora de la cena. l
no tena una espada?
Aqu la tienes. Y un arco. Yo todava tengo mi propio arco. Lo escond en cuanto
llegamos a Zeray, pero lo recobr cuando me un al Barn. Mi cuchillo de sacerdotisa me lo
robaron, naturalmente, pero el Barn me dio otro, el de un hombre que haba muerto,
supongo, aunque nunca me lo dijo. Es un trabajo grosero, pero la hoja es buena. Ven aqu,
djame que te lo muestre
La Tuguinda segua sumida en su rido sueo, un sueo tan poco reparador como un
fuego sofocado y humeante, del cual pareca ms vctima que beneficiaria. Tena la cara
inerte y chupada como Kelderek nunca la haba visto, la carne en los brazos y la garganta se
vea floja y gastada. Ankray cocin una sopa de carne salada y la puso a enfriar, pero slo
pudieron mojarle los labios: tragar era imposible. Cuando Kelderek sugiri ir a buscar un
poco de leche, Ankray se limit a menear la cabeza sin levantar la mirada del suelo.
No hay leche en Zeray dijo Melthys, ni queso, ni manteca. No los he visto en
cinco aos. Pero tienes razn: habra que darle alimentos frescos. Carne salada y fruta seca
no son cura para una fiebre. Esta noche no podemos hacer nada. Duerme t primero,
Kelderek. Yo te despertar despus.
Pero no lo despert, contenta evidentemente de velar y de dormir un poquito, tal
vez, junto a la Tuguinda hasta la maana. Fue Ankray, que volva de una temprana
expedicin, hecha por cuenta propia, quien lo despert con la noticia de que Farrass y sus
compaeros se haban ido de Zeray en la noche.
Sin ninguna duda? pregunt Kelderek, mientras se echaba agua fra sobre la
cara y los hombros, palmotendose.
Supongo que no, seor.
Kelderek no haba esperado que se fueran sin hacer algn intento de forzar a
Melathys a ir con ellos, pero cuando l le transmiti las noticias, ella se mostr menos
sorprendida.
Supongo que cada uno debe haber tenido la intencin de convertirme en su
propiedad dijo ella. Pero tenerme con ellos en esa zona que se extiende entre este lugar
y Kabin, entorpecindoles la marcha y provocando peleas No me sorprende que Farrass
haya decidido dejarme. Probablemente esper que en cuanto yo me enterara por ti de las
intenciones de ellos, iba a correr a suplicarles que me llevaran. Como no lo hice, pens que
as me iba a mostrar la poca importancia que tengo para ellos. Estaban resentidos sabes?,
porque suponan, naturalmente, que el Barn era mi amante, pero lo teman y lo
necesitaban demasiado para mostrarlo. De todos modos, me pregunt ayer si no intentaran
forzarme a ir con ellos. Por eso es que te encomend que les dijeras que Santil estaba en
Kabin. Quera estar fuera cuando ellos lo supieran.
Por qu no me advertiste que deba ocultrselo a ellos? Podran haber venido a
buscarte.
Si se enteraron por algn otro y uno nunca sabe qu noticias habrn de llegar a
Zeray, deben haber tenido fuertes sospechas de que se las habamos ocultado.
Probablemente se hubieran vuelto contra nosotros entonces, y eso habra sido muy
desagradable.
Hizo una pausa, arrodillndose ante el fuego, y dijo:
Tal vez yo quera que se fueran.
El peligro para ti es mayor ahora que se han ido.
Ella sonri y sigui contemplando el fuego. Finalmente contest:
Tal vez y tal vez no. Recuerda lo que me contaste que haba dicho Farrass:
Alguien tiene que intentar la cosa pronto. De todos modos, s donde preferira estar en
cambio. Todo ha cambiado mucho para m sabes?
Ms tarde, l la convenci que deba quedarse en la casa, de modo que la gente, al
no verla ya, pudiera suponer que se haba ido con Farrass y Thrild. Ankray, cuando se le
cont la cosa, asinti con aire aprobatorio.
Es seguro que va a haber los, seor dijo. Esto se va a tomar un da o dos
antes de explotar, pero cuando un lobo se va fuera, un lobo viene dentro, como dicen.
la ayuda de Ankray, l iba a poder proveerlos bastante bien. En cuanto a su propia vida, si
llegaban las tropas de Erketlis sus posibilidades de escapar, aun en el caso de que hubieran
puesto un precio a su cabeza, iban a ser mejores que si se pona a esperarlos en Zeray.
Decidi que habra de exponerle la idea a Melathys esa noche, dobl cuidadosamente el
hilo de la caa, atraves sus peces en un palo y emprendi la marcha de vuelta.
Ya anocheca cuando atraves la cala, pero, escudriando en direccin a Zeray por
entre la niebla que ya haba cubierto la orilla y pareca avanzar tierra adentro, no vio ni una
sola lmpara iluminada. Lleno de un miedo repentino y ms inmediato que el que nunca
haba sentido ante esta caterva de pillos redomados, cort la rama de un rbol antes de
continuar su viaje. No haba estado solo a descubierto y despus del ano-checer, desde la
noche en el campo de batalla. Y ahora, cuando se acentuaba el poniente, se senta cada vez
ms inquieto y nervioso. Sin nimos para enfrentar el cementerio, volvi rpidamente hacia
la derecha y empez a marchar a tumbos entre charcos de barro y parcelas de hierba
salvaje, tan alta como su cabeza. Cuando lleg finalmente a los alrededores de Zeray, no
pudo decir en qu direccin estaba la casa del Barn. Las casas y las covachas estaban
diseminadas como hormigueros en un campo. No haba calles o caminos definibles, como
en una ciudad de verdad: ni paseantes ni transentes, y aunque ahora poda ver, por aqu y
por all dbiles rajas de luz en las ranuras de las puertas y los postigos, saba que no era
prudente llamar. Durante una hora o menos de una hora, tal vez, o ms vag a tientas
en lo oscuro, sobresaltndose a cada ruido y apresurndose a pegar la espalda contra la
pared ms cercana; a medida que avanzaba, esperaba a cada instante un golpe en la nuca.
De repente, en un momento en que se puso a mirar las popas estrellas visibles a travs de la
bruma, y en que trat, de darse cuenta qu direccin estaba siguiendo, comprendi que el
techo que se perfilaba tenuamente contra el cielo era el de la casa del Barn. Avanz
rpidamente hacia ella y tropez con un bulto blando, cayendo de bruces en el barro.
Inmediatamente se abri una puerta cercana y aparecieron dos hombres: uno de ellos
llevaba una luz. Apenas tuvo tiempo de ponerse de pie antes de que ellos lo alcanzaran.
Te llevaste la cuerda por delante, eh? dijo el hombre de la luz, que tena un
hacha en la mano. Hablaba en beklano y, al ver que Kelderek lo entenda, continu: Para
eso est la cuerda, claro. Qu ests fisgoneando por aqu, eh?
Yo no Volva a casa dijo Kelderek, mirndolos atentamente.
A casa? El hombre tuvo una rpida risa. Es la primera vez que alguien la
llama as en Zeray.
Buenas noches. Lamento haber molestado.
No tanta prisa dijo el otro hombre, dando un paso a un lado.
Conque pescador, eh? De repente tuvo un sobresalto, levant la antorcha y le
ech una ojeada a Kelderek. Diablos! dijo. Te conozco. T eres el rey ortelgano de
Bekla!
de Zeray por toda la provincia. Como tantos de nuestros proyectos, nunca fue muy lejos por
falta de material; por lo menos se logr algo: nos permiti tener una despensa particular.
Bel-ka-Trazet nunca pidi nada a Lak, pero nosotros hicimos trueques, como te dije, y los
ancianos creyeron prudente enviarle regalos de cuando en cuando. Sin embargo, a partir del
momento en que l muri, ellos deben haber estado esperando los acontecimientos, porque
no hemos tenido mensajes, y cuando estaba sola me daba miedo enviar tan lejos a Ankray.
Ahora que t ests aqu, l podr ir y tantear suerte. Tengo un poco de dinero que le puedo
dar. En Lak lo conocen, por supuesto, y tal vez nos den algunos alimentos frescos en
agradecimiento por los tiempos idos.
No estaramos ms seguros all nosotros cuatro?
Claro que s si nos aceptan. Si Ankray tiene maana oportunidad, le va a contar
al jefe la huida de Farrass y de Thrild y le hablar de la Tuguinda y de ti. Pero t sabes,
Kelderek, lo que son las mentes de los ancianos de aldea: mitad bueyes, mitad zorros, como
se dice. El antiguo miedo a Zeray debe haberles vuelto, y si les mostramos que tenemos
apuro por irnos te preguntarn por qu y tendrn ms miedo. Si pudiramos refugiamos en
Lak, tal vez podramos encontrar un modo de salir de la trampa, pero todo depende de no
mostrar apuro. Por otra parte, no podemos irnos hasta que la Tuguinda est bien. Lo ms
que podr hacer Ankray maana es ver cmo est el lugar. Has terminado con tus
pescados? Muy bien. Cocinar tres y guardar los otros dos. Esta noche nos vamos a dar
una fiesta, porque para decirte la verdad y baj la voz, fingiendo secreto, se inclin hacia
l sonriendo y hablando detrs de la mano. Ni Ankray ni el Barn fueron nunca capaces
de pescar!
Una vez que comieron y que Ankray, despus de beber el vino agrio en homenaje a
la habilidad del pescador, se fue a hacer guardia junto a la Tuguinda, mientras entreteja
nuevo hilo de pescar con hebras extradas de una vieja capa y un mechn de cabellos de
Melathys, Kelderek, sentado cerca de la muchacha, de modo de poder hablar en voz baja, le
cont todo lo que haba ocurrido desde el da, en Bekla, cuando Zelda le haba dicho por
primera vez que no crea en la derrota de Erketlis. Las cosas que ms lo haban
avergonzado las cont sin ocultar nada, mirando al fuego y como si estuviera solo, pero ni
por un instante perda la sensacin de la simpata de su oyente, para quien las vejaciones,
las penas y las vergenzas eran tan familiares como haban llegado a serlo para l. Cuando
habl de la explicacin de la Tuguinda de lo que haba ocurrido en los Estreles, y de la
muerte ordenada y ahora inevitable de Shardik, sinti que la mano de Melathys se apoyaba
delicadamente en su brazo. l la cubri con la suya, y fue entonces como si el deseo que
tena de ella se apoderara de l y apagara el fluir de su historia. Se qued callado y
finalmente ella dijo:
Y el Seor Shardik? Dnde est ahora?
Nadie lo sabe. Cruz el Vrako, pero yo creo que debe estar muerto ya. He querido
muchas veces estar yo muerto, pero ahora
Entonces, por qu viniste a Zeray?
Por qu realmente? Por la misma razn que tendra otro criminal. Para la gente
de Yeldashay yo soy un traficante de esclavos a quien han puesto fuera de la ley. Me
echaron al otro lado del Vrako, y una vez all, adnde puede ir un hombre, fuera de Zeray?
Por otra parte, como sabes, me encontr con la Tuguinda. Aunque hay otra razn. O, por lo
menos, es lo que creo. Yo he mancillado y pervertido el poder divino de Shardik, de tal
modo que lo nico que queda ahora para Dios es su muerte. Esa desgracia y esa muerte
sern requeridas de m, y dnde las he de esperar, sino en Zeray?
Sin embargo, hablaste de salvar nuestras vidas yendo a Lak
S, y si es posible, lo har. Un hombre en la tierra no es nada ms que un animal,
y qu animal no trata de salvar su vida cuando queda alguna posibilidad de hacerlo?
Ella retir la mano.
Oye entonces la sabidura de una mujer cobarde, la hembra de un asesino, una
sacerdotisa mancillada de Quiso. Si tratas de salvar tu vida, la perders. Puedes aceptar la
verdad de lo que me dijiste y esperar humilde y pacientemente el resultado, o tambin
puedes correr a uno y otro lado de esta tierra, de esta jaula de ratas, como cualquier otro
fugitivo, sin admitir nunca lo que ha ocurrido y utilizando nuevos dolos para ganar un poco
de tiempo, hasta que ya no queden ni dolos ni tiempo.
El resultado?
Un resultado tiene que haber. Desde que me di vuelta y vi a la Tuguinda de pie
junto a la tumba del Barn, he llegado a entender muchas cosas Ms de las que puedo
poner en palabras. Pero es por eso que estoy aqu contigo y no con Farrass y Thrild. A los
ojos de Dios hay slo un tiempo y una historia, y de ellos todos los das d la tierra y todos
los acontecimientos humanos son partes. Pero eso slo puede ser descubierto: no se lo
puede ensear.
Asombrado y subyugado por las palabras de ella, se sinti sin embargo reconfortado
de que ella lo considerara digno de su solicitud, pese a que entendi o crey entender
que ella le estaba aconsejando que se resignara a la muerte. Muy pronto, para prolongar el
tiempo de estar sentado cerca de ella, l pregunt:
Si vienen los yeldashay puede ser que ayuden a la Tuguinda a volver a Quiso.
Volveras entonces con ella?
Soy lo que sabes. Nunca podr volver a poner los pies en Quiso. Sera
sacrilegio.
Qu vas a hacer?
Te lo he dicho: esperar el resultado. Kelderek, tienes que tener fe en la vida. Yo he
recobrado mi fe en la vida. Oh, si lo entendieran! La tarea de los deshonrados y los
culpables no es la lucha por redimirse, sino sencillamente la tarea de esperar, de nunca dejar
de esperar, con esperanzas de redencin. Muchos yerran al perder la creencia de que
todava son hijos e hijas.
l mene la cabeza, contemplando el rostro sonriente, coloreado por el vino, de ella,
con tal expresin de asombro que ella lanz una carcajada y luego, inclinndose para avivar
el fuego, a medias murmur, a medias canturre el estribillo de una cancin de cuna de
Ortelga que l haca mucho tiempo que haba olvidado.
Adnde va la luna detrs de la laguna?
Deja tranquila esa cabeza: la pobre est muy vieja.
No sabas que yo la conoca verdad?
Ests contenta dijo l con envidia.
Y t tambin lo estars contest ella, tomndole las manos entre las suyas.
S, incluso si tenemos que morir. Bueno, basta ya de enigmas para una noche. Es hora de
dormir. Pero te dir algo ms fcil, algo que t puedes entender y creer. l la mir con aire
expectante y ella dijo enfticamente:
Es el mejor pescado que he comido en Zeray! Sigue pescando!
46
El Kynat
Al abrir los ojos a la maana siguiente, Kelderek supo sin ms que haba sido
despertado por un ruido desacostumbrado. Con incertidumbre, se qued quieto, como al
acecho de un animal. De repente el rado se oy de nuevo, tan cercano que tuvo un
sobresalto. Era la llamada del Kynat: dos notas tersas aflautadas, la segunda ms alta que la
primera, seguidas de un trino que se interrumpa de golpe. Y en ese instante mismo estuvo
de vuelta en Ortelga, vio el fulgor del Telthearna reflejado en el interior del techo de la
cabaa, sinti el olor de la lea verde y oy a su padre que silbaba mientras afilaba el
cuchillo en una piedra. El hermoso pjaro, purpreo y dorado, llegaba al Telthearna en la
primavera, pero raras veces se quedaba y continuaba viaje hacia el Norte. A pesar del
maravilloso plumaje, matarlo traa mala suerte, pues con l vena el verano y distribua
bendiciones, anunciando las buenas nuevas a todos Kynat, Kynat! Cherrrr-ak! (Kynat,
Kynat, dir). Hroe bienvenido y propicio de muchas canciones y sagas, se lo oa y se lo
bendeca durante un mes, y despus se iba dejando detrs, como un regalo, la mejor
estacin del ao. Al acecho y mordindose el labio inferior, Kelderek se acerc a la
ventana, levant sigilosamente el grueso barrote, abri una hendija en el postigo y mir
hacia afuera.
El Kynat, a menos de unos diez metros de distancia, estaba parado en el caballete
del techo, del otro lado del patiecito. El vivo prpura del pecho y de la espalda brillaba en
la primera luz del sol, ms esplndido que un estandarte de emperador. La cresta, de
prpura y oro, estaba erecta, y el amplio despliegue de la cola, con plumas bordeadas de
oro, se abra sobre el declive gris de las tejas, refulgentes como una mariposa posada en una
piedra. Visto de tan cerca el pjaro era increblemente hermoso, con un esplendor que
estaba ms all de todo lo que l haba visto. El crepsculo sobre el ro, la orqudea
colgante en la sombra mohosa, las llamas translcidas y coloreadas del incienso y las
resinas de los templos, ondulando en sus cuencos de cobre nada poda sobrepasar a este
pjaro, desplegado en el silencio matinal como un testamento, un ejemplar visible de la
belleza y la humildad de Dios. Mientras Kelderek lo contemplaba, abri repentinamente las
alas, dejando ver el plumn azafranado de debajo de las alas, abri el pico y llam de
nuevo: Kynat, Kynat, dir!. Despus se fue en direccin Este, hacia el ro.
Kelderek abri el postigo y qued deslumbrado bajo el sol que acababa de iluminar
la pared. En ese mismo instante otro postigo se abri y Melathys, en camisn, con los
brazos desnudos y el largo pelo suelto, se asom a la ventana, como tratando de seguir con
la mirada el vuelo del Kynat. Ella, al ver a Kelderek, se sobresalt un segundo y luego,
sonriendo, seal en silencio al pjaro, como un nio a quien los gestos le son ms
naturales que las palabras. Kelderek asinti y levant la mano, haciendo la seal utilizada
por los mensajeros de Ortelga y los cazadores que vuelven para indicar buenas nuevas.
Comprendi que ella, como l, haba sentido el accidente de ser vista semidesnuda como
algo que se aceptaba sencillamente entre ellos; no que no tuviera importancia, como no la
habra tenido en medio de la conmocin de un incendio o algn otro desastre, sino que su
significado quedaba alterado, como si la ocasin fuera festiva y cambiara el impudor en
feliz extravagancia, adecuada a la ocasin. Para decirlo sencillamente, l pens que el
Kynat la haba sacado de s misma porque ella no era esa clase de mujer. Y cuando este
pensamiento le pas por la cabeza, tambin comprendi que l ya no pensaba en ella como
la mujer que una vez haba sido sacerdotisa de Quiso o esposa de Bel-ka-Trazet. La forma
en que l entenda haba sobrepasado estas imgenes, que ahora se abran como puertas y lo
hacan entrar en una realidad interior ms clida e indivisa. A partir de ahora, en su mente,
Melathys habra de ser una mujer que l conoca y, cualquiera fuera el frente que ella
presentara al mundo, l como ella, lo iba a ver desde el interior, consciente de mucho, sino
todo, que quedaba oculto a los dems. Not que estaba temblando. Ri y se sent en la
cama.
Lo que haba ocurrido l lo saba encerraba una contradiccin. Despus de todo
lo que haba sufrido, ella sin duda senta impaciencia ante las ideas convencionales de
pudor. En cualquier caso, su conducta era motivada por sensibilidad y no por inmodestia.
Llevada por su admiracin al Kynat, haba sabido muy bien que l iba a entender que esto
no era una invitacin, en el sentido que Thrild o Rvit lo habran entendido. Ella haba
estado segura de que l iba a aceptar lo que haba visto como parte del placer en comn que
haban tenido en ese instante. Ella no se habra comportado de esta manera delante de otro
hombre De tal modo que en realidad haba habido una invitacin en un nivel ms profundo
de confianza, en el cual la formalidad e incluso la correccin podan ser usadas o apartadas
enteramente segn sintieran ellos que favoreca o perjudicaba el mutuo entendimiento.
Dentro de este marco, el deseo poda esperar para encontrar su lugar sealado.
Hasta este punto, aunque era nuevo para l y fuera de cualquier experiencia que l
hubiera tenido de los tratos entre hombres y mujeres, Kelderek entenda. Su excitacin se
intensific. Tena sed de Melathys, de su voz, de su compaa, de su mera presencia, con
exclusin de todo lo dems. Tom la decisin de salvar la vida de ella y la suya propia,
sacarla de Zeray, dejar para siempre detrs las guerras de Ikat y de Bekla, la agria vocacin
que le haba cado encima sin buscarla y la esperanza estril que haba albergado una vez de
descubrir el gran secreto que habra de ser impartido por medio de Shardik. Llegar a Lak y
desde all, de algn modo, escapar con la mujer que le haba devuelto el deseo de vivir. Si
la cosa poda hacerse, l la iba a hacer. Si a ella le era posible amar a un hombre, l habra
de ganarla con un fervor y una constancia que no tendran igual. Se puso de pie, extendi
las manos y empez a rezar con apasionada gravedad.
Se oy un leve bastonazo en el embaldosado del patio. Kelderek se volvi,
sobresaltado, y vio a Ankray que estaba de pie junto a la ventana, con capa y encapuchado,
con una bolsa sobre el hombro, una espada en el cinto y una especie de jabalina o de daga.
Se llev un dedo a los labios y Kelderek fue hacia l.
Te vas a Lak? pregunt.
S, seor. La sacerdotisa me ha dado un poco de dinero, que yo voy a hacer durar.
Tendrs que trancar la puerta detrs de m. Se me ocurri que te lo poda decir sin que la
sacerdotisa lo supiera: en el camino hay un hombre muerto, un forastero, me parece, tal vez
un recin llegado, son los primeros a quienes les ocurre la cosa, en general. Tendrs que ser
muy cuidadoso cuando yo no est. Si yo estuviera en tu lugar, seor, no dejara solas a las
mujeres. No se sabe qu puede ocurrir ahora en esta ciudad.
Pero no eres t acaso quien tiene que tener cuidados? contest Kelderek.
Crees que debes ir?
Ankray ri.
Oh, esos a m no me agarran, seor dijo. El Barn siempre deca, Ankray,
deca el Barn, les vas a dar una y yo los voy a recoger. Bueno, despus de todo, no es
necesario que los levantes, seor, verdad? De modo que si yo voy y me tiro unos cuantos
ser lo mismo, seor, verdad?
Aparentemente muy satisfecho con esta muestra de irrebatible lgica, Ankray se
recost cmodamente contra la pared.
S, seor dijo el Barn siempre deca: Ankray, t los vas a tirar.
Te acompaar hasta el portn dijo Kelderek, dejando la ventana. Abri los
candados del portn del patio y fue el primero en salir a la calle vaca. El muerto estaba
boca arriba, a unos treinta metros de distancia, con ojos abiertos y brazos extendidos. La
carne de la cara y de las manos tenan una tonalidad plida, como de cera. Su postura
despatarrada, indecorosa, junto a los pocos jirones de ropa que le quedaban en el cuerpo,
hacan que ms que un cadver pareciera un montn de basura, algo roto y desechado. Un
dedo haba sido cortado, sin duda para robar un anillo, y el mun mostraba un crculo rojo
en la plida mano.
Bueno, ya ves como es dijo Ankray. Me voy yendo, pues. Si quieres hacerme
caso, seor, djalo ah: otros se ocuparn de l. De eso puedes estar seguro. Si por cualquier
motivo no vuelvo antes de que oscurezca, tal vez podras tener la bondad de esperar en el
patio, como yo esper anoche. Pero no voy a papar moscas.
Bamboleo la bolsa y se alej, lanzando miradas muy despiertas en derredor.
Kelderek tranc la puerta y volvi a la casa. Ankray haba puesto en orden y barrido
la cocina, pero no haba encendido el fuego, de modo que Kelderek se estaba lavando con
agua fra cuando entr Melathys, trayendo un traje de color rojo oscuro y otros atavos.
Kelderek, con la cabeza inclinada sobre el balde, le sonri, sacudindose el agua de los ojos
y las orejas.
Esto era del Barn dijo ella pero esa no es razn para que est ah doblado y
guardado. Te va a caer mucho mejor que tu ropa de soldado y es mucho ms cmoda.
buenos; me mimaron, me fue bien. Era inteligente, crec y llegu a creer que era un don de
Dios para Quiso. Esa es la razn por la cual, cuando lleg el momento, no estaba preparada
para un sacrificio verdadero como la pobre Rantzay. Guard un momento de silencio y
luego dijo: Desde entonces he aprendido.
Te entristece la idea de no volver nunca a Quiso?
No ahora: te lo he dicho. Ahora veo claramente que
l la interrumpi.
No es demasiado tarde?
Oh s! Contest ella siempre es demasiado tarde. Se levant y, pasando
junto a l para ir al cuarto de la Tuguinda, se inclin, de tal modo que con los labios le roz
la oreja. No, nunca es demasiado tarde. Unos momentos despus ella le pidi que
entrara y ayudara a la Tuguinda a ocupar una silla junto al fuego, mientras ella preparaba la
cama y barra el cuarto.
En la ltima parte de la tarde el sol se volvi ms fresco y el patio se ensombreci.
Se sentaron fuera, cerca de la higuera junto a la pared, Melathys en un banco, bajo la
ventana abierta de la Tuguinda, y Kelderek en el borde del aljibe. Al cabo de un rato,
perturbado por el recuerdo que le traa el leve chapoteo y los susurros que provenan del
fondo del aljibe, se levant y empez a juntar la ropa que ella haba tendido esa maana.
Hay una parte que no se ha secado, Melathys.
Ella se estir perezosamente, arqueando la espalda y levantando la cara hacia el
cielo.
Se va a secar.
No esta noche.
Bah, bah! Uf
La puedo tender en la azotea, si quieres. All todava hay sol.
No hay manera de subir.
En Bekla todas las casas tienen escalones hasta el techo.
En la ciudad de Bekla vuelan los cerdos y el vino hace glu-glu en los ros
l miro los cinco metros de pared, eligi un lugar y trep por la spera mampostera,
se aferr con ambas manos al parapeto y se iz. Por el lado de adentro haba una cada de
treinta centmetros hasta el chato techo de piedra. Lo tante cautelosamente, pero era
bastante slido y baj. Las piedras estaban calentadas por el sol.
Trame la ropa y la tiendo!
Debe estar sucio.
Dame una escoba, entonces. No podras?
Se interrumpi, mirando hacia el ro.
Qu pasa? grit Melathys con una nota de ansiedad en la voz.
Kelderek no contest y ella hizo de nuevo la pregunta, con ms urgencia.
Hay hombres del otro lado del ro.
Qu? Lo mir incrdulamente. Es una orilla desierta; no hay una aldea en
sesenta kilmetros, es lo que me han dicho. Nunca he visto all un hombre desde que estoy
aqu.
Bueno: ahora puedes.
Qu estn haciendo?
No puedo darme cuenta. Parecen soldados. La gente de este lado parece estar tan
sorprendida como t.
Aydame a subir, Kelderek.
Despus de algunos intentos, ella logr trepar bastante alto para que l asiera sus
muecas y la levantara. Al llegar al techo se arrodill inmediatamente detrs del parapeto y
le hizo seas a l para que la imitara.
Hace un mes habramos podido estar de pie tranquilamente en un techo de Zeray.
Creo que no lo hara ahora.
Los dos miraron hacia el Este. A lo largo del desembarcadero de Zeray, los curiosos
se haban juntado en grupos y hablaban entre ellos, sealando hacia el ro. En la otra ribera,
a casi ochocientos metros de donde estaban ellos arrodillados en el techo, una banda de
unos cincuenta hombres estaba dedicada a alguna actividad entre las rocas.
Ese hombre de la izquierda est dando rdenes. Ves?
Pero qu es lo que lleva?
Estacas. Mira, esa que est ms cerca. Debe tener el largo de un palo mayor en
una cabaa ortelgana. Supongo que levantarn una choza. Pero para qu?
Vaya uno a saber! Una cosa es segura: no puede tener nada que ver con Zeray.
Nunca nadie ha cruzado este estrecho: la corriente es demasiado fuerte.
Son soldados, no?
Creo que s O tal vez alguna expedicin de caza.
En un desierto? Mira: han empezado a cavar. Y all tienen dos grandes mazos.
De tal modo que cuando hayan hundido bastante esas estacas para poder golpear en lascabezas, las van a meter an mas.
Para hacer una choza?
Bueno Habr que esperar para ver. Probablemente
l se interrumpi cuando ella le puso una mano en el hombro y lo apart del
parapeto.
Qu pasa?
Ella bajo la voz.
Posiblemente nada. Pero haba ah un hombre que nos miraba desde abajo, uno de
tus amigos de anoche, supongo. Sera mejor bajar ahora, en caso de que se le haya ocurrido
entrar en la casa. De todos modos, cuanto menos atencin atraigamos, tanto mejor, y ojos
que no ven, mente que no piensa. Es una buena mxima en este lugar.
Despus de ayudarla a bajar, l cerr y asegur los postigos de las pocas ventanas de
la pared de afuera, llev la pesada lanza de Ankray al patio y se puso a escuchar un rato;
Sin embargo, todo estaba tranquilo y finalmente volvi al interior de la casa. La Tuguinda
estaba despierta, y l se sent cerca del pie de la cama contento de orlas mientras ella y
Melathys hablaban de antiguos das en Quiso.
Iba a anochecer muy pronto. Siempre sumido en sus pensamientos, dej a las
mujeres juntas y sali al patio a esperar a Ankray. Estaba recostado contra el portn
trancado, atento a cualquier ruido de gente que llegara, y se preguntaba si no sera mejor
volver a subir al techo cuando, al levantar la mirada, vio a Melathys que estaba en el
corredor de entrada. La luz llameante del atardecer la envolva de la cabeza a los pies y
mostraba la cada larga de sus cabellos como una sombra tersa y suave, como el ribete
encrespado de una ola. Como un hombre que se da vuelta una vez ms para contemplar
embelesado el arco iris, por su maravillosa belleza, como si nunca lo hubiera visto antes, as
fue conmovido Kelderek al ver a Melathys. Detenido por la mirada fija de l y captando,
por as decirlo, el eco de s misma en sus ojos, la muchacha se qued quieta, sonriendo un
poco, como si quisiera decirle que estaba muy contenta de darle placer, hasta que l
decidiera relevarla de su mirada.
No te muevas dijo l, a la vez suplicante e insistente, y ella no demostr
confusin ni embarazo, sino una dignidad gozosa, espontnea y natural como la de una
bailarina. De repente, presa de una ilusin como la que haba tenido en el vestbulo de la
Casa del Rey en Bekla, cuando esperaba que los soldados trajeran a Elleroth, y cuando vio
a Shardik a la vez como un oso y como una lejana cumbre de montaas, l crey ver en ella
el alto rbol zon en la orilla de Ortelga, rodeado de una glorieta de ramas de helecho junto
al borde del agua. Sin apartar los ojos de ella, Kelderek atraves el patio.
Qu ves? pregunt Melathys, mirndolo con una ligera explosin de risa; y
Kelderek, recordando el poder de las sacerdotisas d Quiso, se pregunt si tal vez ella no
habra suscitado la imagen del zon en su mente.
Un rbol muy alto junto al ro contest l. Un mojn para quien vuelve a
casa.
Y, tomando las manos de ella en las suyas, las llev a sus labios. Al hacerlo se oy
en la puerta del patio un golpeteo rpido y perentorio, seguido inmediatamente por un
desagradable ruido, como de befa, y la voz de Ankray que se elevaba:
Vamos, vamos! Idos de una vez, y mucho cuidado!
47
Las noticias de Ankray
Kelderek se lanz tras su espada, corri y levant los cerrojos; Ankray, con la espada
desenvainada en la mano, agach la cabeza y entr de espaldas en el patio, dejando caer su
bolsa del hombro cuando Kelderek cerr el portn.
Espero que todo ande bien, seor, para ti y las sacerdotisas dijo, extrayendo la
daga de su cinturn y sentndose en el borde del aljibe para quitarse sus perniles
embarrados. Hice lo que pude por volver lo ms pronto posible, pero hay mucho que
andar en este torcido pas.
Kelderek, al no encontrar nada que decir, se limit a asentir con la cabeza; luego,
deseando no parecer distante a este buen hombre que haba arriesgado su vida por ellos, le
puso una mano en el hombro y sonri.
No, aqu no ha pasado nada dijo. Es mejor que entres, te laves y bebas algo.
Djame que te recoja la bolsa Eso es Caramba!
Qu pesada! Entonces no te ha ido demasiado mal?
Bueno s y no contest Ankray, agachndose para entrar al pasillo. Pude
recoger unas pocas cosas, por cierto. Tengo un poco de carne fresca, en caso de que la
sacerdotisa quiera comer algo esta noche.
Yo la cocinare dijo Melathys, trayendo un recipiente de agua caliente, con
hierbas maceradas, que puso en el suelo, ya has hecho bastante por un da. No, no seas
tonto, Ankray: te voy a lavar los pies y basta. Quiero echarles un vistazo. Para empezar, hay
un tajo. Qudate quieto.
Hay tres botijos de vino llenos en esta bolsa dijo Kelderek, mirando dentro y
tambin hay carne, dos quesos y unos panes. Aqu hay aceite y qu es esto? Tocino? Y
un poco de cuero. Tienes que ser fuerte como cinco bueyes para arrastrar todo esto por
quince kilmetros.
Cuidado con los anzuelos y las hojas de los cuchillos, seor dijo Ankray.
Estn flojos, pero yo s dnde los pongo.
Bueno, sean cuales fueren tus noticias, comamos primero dijo Kelderek. Si
este es el S, lo mejor es que le saquemos el mejor provecho posible antes de que empieces
por el No. Vamos, bebe un poco de este vino que has trado. A tu salud!
Ortelga despus de la lucha. Todo aquello tuvo que ver con brujeras y un oso, o por lo
menos es lo que yo siempre entend. El Barn sola decirme: Ankray, me deca, me
habra ido mejor si hubiera sido un oso. Me gustara haberlo sido: es la mejor manera de
hacer un reino con nada, creme. Por supuesto, yo crea que estaba bromeando, pero
ahora Bueno, Siyet, si hay un hombre que vuelve a aparecer en forma de oso, ese
hombre tiene que ser el Barn, no te parece? Los que lo vieron dicen que estaba
horriblemente lastimado y herido, desfigurado y todo machucado en el pescuezo y los
hombros creo que esto es la prueba. Ahora en Lak no hay nadie que se anime a alejarse
mucho; tienen el ganado acorralado y mantienen hogueras encendidas toda la noche. No
hay ninguno que se anime a salir a cazar al oso. Hasta corre un extrao rumor que dice que
ha salido vivo del infierno.
La Tuguinda habl.
Gracias, Ankray. Hiciste muy bien y entendemos perfectamente por qu no
pudiste hablar con el jefe. Te has merecido un buen sueo. No hagas nada ms esta noche.
Estamos?
Est bien, Siyet. Ninguna molestia, por cierto. Buenas noches, Siyet. Buenas
noches, seor.
Se fue, llevando la lmpara que Melathys le pas en silencio. El ruido de sus pasos
se fue desvaneciendo pero, Kelderek segua inmvil, mirando el piso como un hombre que,
en una posada o en una tienda, espera que, escondiendo la cara, no habr de reconocerlo
algn acreedor o enemigo que ha entrado inesperadamente. En la otra habitacin un leo
cay al fuego y, a travs de los postigos, lleg el ruido cristalino y repetido del croar de las
ranas. Kelderek segua sentado y nadie hablaba. Cuando Melathys cruz la habitacin y se
sent en el banco que estaba junto a la cama, Kelderek se dio cuenta que su actitud se haba
vuelto poco natural, y forzada, como la de un perro que, por miedo a un rival, se mantiene
rgido contra la pared. Y, sin mirar directamente a las mujeres, se puso de pie, tom la
segunda lmpara del estante que tena a un lado y se acerc a la puerta.
Voy voy a volver Hay algo dentro de poco
Haba puesto la mano en el picaporte, y, por un instante, con una mirada
involuntaria, vio el rostro de la Tuguinda sobre la pared en sombras. Los ojos de ella
encontraron los suyos: l los apart. Sali, cruz la otra habitacin y, fue al cuarto en que
dorma y una vez aqu apag la lmpara y se qued parado como una vaca en un campo.
Qu ascendiente, qu poder retena Shardik sobre l? Haba sido en verdad por
propia voluntad o por la de Shardik que l haba dormido junto al oso en la selva, se haba
zambullido de cabeza en las profundidades del Telthearna y finalmente se haba alejado de
Bekla y de su reino, a travs de terrores y humillaciones que nadie poda imaginar, hasta
Zeray? l haba credo que Shardik estaba muerto; y si no muerto ya, murindose en algn
lugar remoto. Pero no estaba muerto y no estaba lejos; y noticias de Shardik haban llegado
ahora era por su voluntad que haban llegado? al hombre a quien Dios haba elegido
desde el principio para ser despedazado, justamente como haba predicho la Tuguinda. A l
le haban hablado de sacerdotes de otras tierras que eran prisioneros de sus dioses y sus
pueblos, que permanecan aislados en sus templos y palacios hasta el da ritual de su
muerte-sacrificio. l, pese a ser sacerdote, no haba conocido estas crceles. Pero haba
sido engaado al imaginar que estaba en libertad de renunciar a Shardik, de huir para salvar
su vida, de tratar de vivir entera y nicamente para la mujer que amaba?
Se sobresalt al or unos pasos y en el instante siguiente Melathys entr al cuarto,
que estaba en penumbra. Sin decir una palabra l la tom en sus brazos y la bes una y otra
vez sus labios, sus cabellos, sus prpados como si quisiera esconderse entre los besos,
como un animal perseguido entre las hojas verdes. Ella se aferraba a l, no deca nada,
responda con su simple docilidad, como alguien que se baa en un manantial y elige para
su placer permanecer bajo la cascada que sobre l se precipita, sin dejarlo respirar.
Finalmente l se tranquiliz y, acaricindole el rostro con las manos sinti en sus dedos las
lgrimas que la luz de la lmpara no haban revelado.
Amor mo murmur, princesa ma, hermosa joya ma, no llores! Te sacar
de Zeray. Pase lo que pase, nunca, nunca te dejar. Nos iremos y llegaremos a algn lugar
seguro, para los dos. Pero creme! l sonri. No tengo nada en el mundo y todo lo
sacrificar por ti.
Kelderek ella lo bes ahora suavemente, tres o cuatro veces, y luego apoy la
cabeza en el hombro de l. Querido mo. Mi corazn es tuyo hasta que el sol se apague.
Oh, ha habido alguna vez un lugar ms ttrico, una hora ms espantosa para declarar el
amor?
Cmo podra ser de otro modo? contest l. Cmo dos seres como
nosotros podramos haber descubierto que somos amantes, salvo encontrndonos en el fin
del mundo, donde todo el orgullo se ha perdido y todos los rangos y posiciones se dejan de
lado?
Me adiestrare para tener esperanza dijo ella. Rezar por ti todos los das
cuando no ests. Pero envame noticias en cuanto puedas.
Irme? contest l. Adnde?
A Lak! Con el Seor Shardik! A qu otro lugar?
Querida dijo l tranquiliza tu espritu. He prometido que nunca te dejar. He
terminado con Shardik.
Al or esto ella se puso de pie y, extendiendo hacia atrs los dos brazos, con las
palmas apoyadas en la pared, lo mir incrdulamente.
Pero pero t oste lo que dijo Ankray todos lo omos! El Seor Shardik est
en la selva cerca de Lak herido, tal vez murindose! No crees que es el Seor Shardik?
Una vez, ay!, no hace mucho, quise buscar la muerte a manos de Shardik por el
dao que le haba hecho a l y a la Tuguinda. Ahora quiero vivir por ti, si me aceptas. Oye,
querida. El da de Shardik ha terminado para siempre. Y, por todo lo que s, los das de
Bekla y de Ortelga tambin. Estas cosas no tienen por qu preocupamos ahora. Nuestra
tarea es conservar nuestras vidas las vidas de esta casa hasta que vayamos a Lak, y
entonces ayudar a la Tuguinda a volver a Quiso. Despus de esto seremos libres, t y yo!
Iremos a Deelguy o a Terekenalt ms lejos si quieres. A cualquier parte en donde
podamos vivir una vida tranquila y humilde, vivir como la gente sencilla que nacimos para
ser. Tal vez Ankray vendr con nosotros. Si tenemos resolucin, tal vez tendremos
oportunidad de ser felices finalmente, lejos de estas cargas que el espritu de los hombres
no ha sido hecho para soportar, de estos misterios que no estn hechos para que uno hurgue
en ellos.
Ella mene lentamente la cabeza, mientras las lgrimas caan de sus ojos.
No murmur no. Debes ir a Lak maana a la madrugada y yo debo quedarme
aqu con la Tuguinda.
Pero qu debo hacer?
Eso se te mostrar. Pero ante todo debes mantener un corazn humilde y receptivo
y la voluntad de escuchar y obedecer.
No es nada ms que supersticin y locura exclam l. Cmo puedo yo,
justamente yo, seguir siendo un siervo de Shardik, yo, que lo he perjudicado y maltratado
ms que ningn hombre ms que el mismo Ta-Kominion? Piensa tan slo en el peligro
que hay para ti y la Tuguinda en permanecer aqu con nadie ms que Ankray. Este lugar
est ahora lleno de peligros. En cualquier momento va a ser como si cincuenta Glabrones se
hubieran levantado de la tumba
Al or esto ella grit y se dej caer al suelo, sollozando amargamente y cubrindose
la cara con los brazos, como si quisiera tapar estas palabras intolerables. Afligido, l se
arrodill a su lado, le acarici los hombros, le habl como se habla a un nio y trat de
levantarla. Finalmente ella se incorpor, cabece con una especie de cansada desesperanza,
como si ya aceptara lo que l haba dicho de Glabrn.
Ya s dijo ella. Estoy loca de miedo ante la idea de Zeray. Nunca podra
sobrevivir eso de nuevo no ahora. Pero de todas maneras debes irte. De repente,
pareci que tomaba valor, como si realizara un acto forzado por propia voluntad. No vas
a estar mucho tiempo solo. La Tuguinda se recuperar y entonces iremos a Lak y te
encontraremos. Lo creo! Lo creo! Oh, querido, como lo deseo como rezo para que esto
sea as! Ser la voluntad de Dios.
Melathys: te digo que no voy. Te quiero. No te voy a dejar en este lugar.
Uno u otro de nosotros le fallamos al Seor Shardik alguna vez contest ella.
Pero no lo haremos de nuevo no ahora. l nos ofrece a los dos redencin y, por los
Arrecifes!, lo haremos, aunque esto signifique la muerte! Tendindole las manos, ella lo
mir con la autoridad de Quiso en la cara, pese a que la llama de la plida lmpara dejaba
ver huellas de lgrimas en sus mejillas.
Vamos, mi querido y nico amado, volveremos ahora con la Tuguinda y le
diremos que t irs a Lak.
Por un instante l vacil. Luego se encogi de hombros.
Est bien. Pero te advierto que voy a decir lo que pienso.
Ella recogi la lmpara y l la sigui. El fuego haba disminuido mucho, y, cuando
pasaron junto al cerco, l pudo or el chasquido diminuto, evanescente, agudo, de las
piedras que se enfriaban y los rescoldos que se apagaban. Melathys dio unos golpes en la
puerta del cuarto de la Tuguinda; esper unos instantes y luego entr. Kelderek la sigui. El
cuarto estaba vaco.
Melathys, apartndolo a un lado en medio de su apresuramiento corri hasta el
portn del patio. l grit:
Espera! No hay necesidad de Pero ella ya haba levantado las trabas y,
cuando l lleg al portn, vio la llama de la lmpara de ella del otro lado del patio, tranquila
en el aire sereno. La oy llamar y corri. El cerrojo de la puerta exterior estaba en su lugar,
pero la tranca haba sido levantada. Sobre la madera, dibujado a la disparada, al parecer,
con un palo chamuscado, se vea un signo en forma de estrella.
Qu es? pregunt l.
Es el signo grabado en la piedra Tereth murmur ella, abstrada. Invoca el
Poder de Dios y su proteccin. Slo la Tuguinda puede trazarlo sin sacrilegio. Oh, Dios!
No pudo trancar los cerrojos, pero pudo hacemos esto antes de irse.
Pronto! grit Kelderek. No puede estar lejos! Atraves corriendo el patio
y golpe en los postigos, gritando:
Ankray, Ankray!
La luna daba bastante luz y no tuvieron que ir lejos. La Tuguinda estaba en el lugar
en donde haba cado, a la sombra de una pared de barro a medio camino de la costa.
Cuando ellos se acercaban, dos hombres que estaban inclinados sobre ella se alejaron,
sigilosos como gatos. Tena un moretn extenso en la nuca y estaba sangrando por la boca y
la nariz. La capa que se haba echado sobre sus ropas, sumariamente puestas, estaba en el
barro, a unos pies de distancia, donde los hombres la haban tirado.
Ankray la recogi como si hubiera sido una nia y juntos volvieron todos: Kelderek
con el cuchillo en la mano se daba vuelta todo el tiempo para cerciorarse que no los seguan
pero nadie los molest y Melathys estaba esperando para abrir el portn del patio. Una vez
que Ankray dej a la Tuguinda sobre la cama, la muchacha la desnud y no encontr
ninguna lastimadura grave, salvo el golpe en la base del crneo. Melathys vel a la
cabecera toda la noche, pero al amanecer la Tuguinda no haba recobrado la conciencia.
Una hora ms tarde Kelderek, armado y provisto de dinero, de alimentos y del anillo
sellado de Bel-ka-Trazet, parti hacia Lak.
Libro VI
Guenshed
48
Ms all de Lak
la encamacin del Poder de Dios y le haba rezado para que aceptara su vida? Lak, adonde
l haba llegado al medioda del da anterior y dnde haba pasado la noche, estaba llena de
odio por Shardik, como un fuego est lleno de calor. All solo se hablaba de la maldad, la
astucia, y la ferocidad del oso. Era ms peligroso que la inundacin, ms imprevisible que
la peste, una maldicin como ninguna aldea haba conocido nunca. Haba destruido no solo
animales sino que, perversamente, haba roto la labor paciente de meses: empalizadas,
cercos, cobertizos, jaulas, estanques de pesca. La mayora crea que era un diablo y le tema
en consecuencia. Dos hombres, cazadores experimentados, que se haban arriesgado a
internarse en la selva con la esperanza de atraparlo o de matarlo, haban sido hallados sin
vida: era claro que l los haba tomado de sorpresa. Los pescadores que lo haban visto en
la orilla estaban todos de acuerdo en que haban sentido algo maligno en su presencia,
como la de una serpiente o una araa venenosa.
Kelderek, mostrando el sello de Bel-ka-Trazet pero diciendo tan slo que haba, sido
enviado desde Zeray a buscar ayuda para proyectar un viaje al Norte de los sobrevivientes
de la casa dpi Barn, haba hablado con el notable principal del pueblo, un hombre de edad
que evidentemente saba poco o nada de Bekla, de la religin de Ortelga o de su guerra con
la lejana Yeldashay. A Kelderek, como hombre de Bel-ka-Trazet, le haba mostrado una
cortesa cautelosa, y le haba hecho preguntas, tan acuciosas como crey poder hacerlas,
sobre el estado de las cosas en Zeray y lo que posiblemente iba a ocurrir en ese lugar. Era
claro que pensaba que, muerto el Barn, haba muy poco que ganar al ayudar a la mujer del
Barn.
En cuanto a ese viaje al Norte dijo gesticulando, mientras se rascaba entre los
hombros y haciendo una serial a un sirviente para que le sirviera a Kelderek un vino acre y
turbio no hay razn para intentarlo mientras nosotros estemos en esta penosa situacin.
Los hombres no querrn internarse en la selva o hacer incursiones por la orilla. Se podra
hacer si el animal se alejara, o si muriera Se qued callado, contemplando el suelo y
meneando la cabeza. Despus de un rato continu:
He pensado que en pleno verano durante los calores podramos tal vez
incendiar la selva, pero eso sera demasiado peligroso. El viento suele soplar hacia el
Norte. Se interrumpi de nuevo y despus aadi:
Linsho, no quieres ir a Linsho? La gente que ellos dejan pasar por Linsho son los
que pueden pagar. Es as como subsisten los que all viven. En su voz haba una nota de
envidia.
Y si cruzramos el ro? pregunt Kelderek, pero el jefe se limit a menear la
cabeza una vez ms. Un lugar desierto Te roban y te matan. De repente levant la
mirada: sus ojos eran claros como la luna cuando emerge detrs de unas nubes. Si
empezramos a llevar hombres a travs del ro, la cosa llegara a ser sabida en Zeray. Y
arroj la borra de su vino sobre el suelo mugriento.
Fue mientras estaba echado y despierto antes del amanecer (y rascndose tan
gilmente como el notable) que el proyecto desesperado y secreto entr en su mente. Si
Melathys iba a ser alguna vez suya sola, entonces Shardik tena que morir. Si l se pona a
esperar que Shardik muriera, iba a ser muy posible que Melathys muriera antes. Deba
saberse que Shardik estaba muerto las noticias iban a llegar a Zeray pero no deba
saberse que haba muerto de muerte violenta. Slo el jefe deba ser informado de esto antes
de que la cosa se llevara a cabo. La condicin para l deba ser el secreto, y el precio de
Kelderek, pagable ante la presentacin de las pruebas del xito, una escolta hasta Linsho
para l, las dos mujeres y su sirviente, junto con cualquier otra cosa que fuera necesaria
para pagar el paso a travs de la Quebrada.
Una hora ms tarde, mientras segua reflexionando en su plan sin decir nada del
lugar adonde iba, tom el camino del Norte a lo largo de la orilla. Si Shardik haba dejado
algunas huellas, haba que encontrarlas sin gua. Matarlo, en el caso de que fuera posible,
iba a ser la ms difcil y peligrosa de las tareas, una tarea que no se poda emprender sin
previo conocimiento de los alrededores de la selva y los lugares que frecuentaba el oso en
sus idas y venidas en tomo a Lak. Al llegar a la primera de las calas, entre las lomas que
parecan islas, Kelderek inici una cuidadosa bsqueda de huellas, excrementos y algunos
otros indicios de la presencia de Shardik.
El poder de Shardik se estaba debilitando, se hunda, se desvaneca. Su muerte
estaba decretada, era requerida por Dios. Por qu, entonces, su sacerdote no habra de
acelerar lo inevitable? Y, sin embargo, al aproximarse a l como enemigo con intencin
de matarlo pens en quienes lo haban hecho, en Bel-ka-Trazet, en Guel-Ethlin, en Mol
o, en los que guardaban los Estreles de Urtah. Tambin pens en Gued-la-Dan que haba
intentado, temerariamente, imponer su voluntad sobre Quiso. Y entonces, en el mismo
momento de darse vuelta, de abandonar su resolucin, volvi a ver el rostro manchado de
lgrimas de Melathys, que se levantaba hacia el suyo a la luz de la lmpara, y sinti su
cuerpo apretado contra el suyo, ese cuerpo vulnerable que permaneca en Zeray como una
oveja abandonada por pastores en una colina olvidada. Ningn peligro, natural o
sobrenatural, era demasiado grande para ser enfrentado si con ello l lograba llegar a
tiempo para salvar la vida de ella y convencerla de que nada era ms importante que el
amor que ella senta por l. Luchando contra su cre-ciente sensacin de molestia, continu
pacientemente la bsqueda.
Un poco antes de medioda, al llegar al extremo de uno de los promontorios
parecidos a islas, vio debajo un estanque en la boca de una ra. Se acerc a la ribera, se
arrodill a beber entre las piedras y, al levantar la cabeza, vio inmediatamente ante l, a la
distancia de unos metros, sobre la orilla barrosa de la ra, unas huellas de oso, claras como
un sello sobre cera. Mirando en derredor, qued casi convencido de que ste era el lugar del
que haban hablado los pescadores. Era evidentemente un bebedero habitual, marcado tan
claramente por el oso que incluso un nio habra notado los signos; y sin duda haba sido
visitado por el animal el da anterior.
El haber visto las huellas antes de que sus propios pies hubieran marcado el barro
fue un golpe de suerte que iba a convertir en un simple juego de paciencia el ver al oso
mismo. Lo que le haca falta era un lugar seguro en donde esconderse y observar.
Chapaleando en las aguas playas, avanz hasta la ra siguiente, a una distancia de una
pedrada del estanque en donde se haba arrodillado a beber. Desde aqu volvi a trepar al
promontorio hasta el rbol de ollaconda y, cerciorndose de que poda observar la orilla de
la ra, se ech entre las races a esperar. El viento, como haba dicho el notable, vena del
Norte, la selva a su izquierda era tan densa que nadie poda acercarse sin ser odo y, en
ltimo trmino, siempre poda tomar hacia el ro. Aqu estaba tan protegido como se poda
estarlo, dentro de lo razonable.
A medida que pasaba lentamente el tiempo, con el movimiento de las nubes, el
zumbido del viento y los gritos roncos y repentinos de las aves sobre el ro, Kelderek se
puso a pensar en la forma en que podra matar a Shardik. Si no se haba equivocado y ste
era un lugar adonde el oso vena regularmente a beber, la oportunidad que se le ofreca era
buena. Nunca haba tomado parte en una cacera de osos, y tampoco haba odo hablar de
ninguna, salvo el noble beklano de quien le haba hablado Bel-ka-Trazet, y que lo haba
intentado. Por cierto, un arco solitario pareca demasiado peligroso e inseguro. El beklano
pudo haber pensado muchas cosas treinta aos antes, pero l no crea que fuera posible
matar a un oso con este nico medio. El veneno tal vez fuera apropiado, pero no lo tena.
Tratar de fabricar alguna clase de trampa era completamente absurdo. Cuanto ms pensaba
en las dificultades, ms forzado se vea a la conclusin de que el asunto era imposible a
menos que la vitalidad y la fuerza del oso estuvieran tan debilitadas que l pudiera retenerlo
con una cuerda bastante larga y traspasarlo con flechas. Pero cmo se ata a un oso? Otras
ideas extravagantes le pasaron por la mente: capturar serpientes venenosas y, de algn
modo, hacerlas caer desde arriba en bolsas, mientras el oso beba; colgar una lanza pesada
y Se interrumpi, lleno de impaciencia. Todo lo que poda hacer por el momento era
esperar al oso, observar el estado en que estaba, su comportamiento, y ver si se presentaba
alguna idea en el momento.
Fue tal vez tres horas ms tarde, cuando l ya haba abandonado un poco su
vigilancia, apoyaba la frente sudorosa en un brazo y se preguntaba, al cerrar los ojos para
defenderlos del resplandor del ro, cmo se las arreglara Ankray para conseguir ms
comida cuando se consumiera la que haba en casa, que oy ruidos como de un animal que
se acercara entre los matorrales ms all de la cala. En el momento siguiente tan
tranquila y tan rpidamente pueden materializarse los acontecimientos ms fatdicos y ms
largamente esperados Shardik estaba delante de l, sentado en el borde del estanque.
El mugriento, desgreado animal, estaba demacrado, como hambriento. Su piel
pareca una lona sostenida torpemente sobre la estructura de sus huesos. Los movimientos
tenan un cansancio vacilante, trmulo, como los de un viejo mendigo, gastado por los
rechazos y la enfermedad. La herida de la espalda, a medias curada, estaba cubierta con una
costra lvida, rajada, que se abra y cerraba a cada movimiento de la cabeza. La herida
abierta y supurante de la nuca estaba inflamada y como rasguada por las uas del animal.
Los ojos inyectados en sangre miraban ferozmente a todos lados, como buscando alguien
sobre quien vengar su miseria; pero al poco tiempo la cabeza, en el acto mismo de beber,
cay hacia adelante en las aguas playas como si mantenerla erguida fuera un trabajo
demasiado penoso.
Por ltimo el oso se levant, y, mirando hacia uno y otro lado, clav la mirada en la
maraa de races entre las que se haba escondido Kelderek. Pero no vio nada, al parecer, y,
mientras Kelderek lo segua contemplando a travs de una angosta abertura, se dio cuenta
que al animal le interesaba menos lo que poda ver que lo que poda or y oler en el aire.
Aunque no lo haba percibido en su escondite, algo lo estaba intranquilizando al parecer,
algo en la selva y que no estaba lejos. Si esto era as, era evidente que, de todos modos, no
estaba tan perturbado, ya que no se iba. Por cierto tiempo permaneci en el agua playa,
dejando caer ms de una vez la cabeza como antes, con el objeto segn entendi
Kelderek de lavar y refrescar la herida que tena en la nuca. Luego, ante su gran sorpresa,
el animal empez a vadear desde el estanque hasta las aguas ms profundas. Kelderek lo
contempl, asombrado, avanzar hacia una roca que estaba ms entrada sobre el ro. El
pecho del animal, ancho como una puerta, se sumergi, luego sus hombros y finalmente,
aunque con dificultades, nad hasta la roca y emergi apoyndose en el borde. Aqu se
sent y se puso frente a la lejana orilla oriental. Despus de un rato pareci que iba a
zambullirse en la corriente, pero por dos veces se detuvo. Luego una especie de desgano
pareci apoderarse de l. Se rasc distradamente y se ech sobre la roca, como podra
hacerlo un perro viejo, casi ciego, en el polvo, cubrindose la cara con las patas delanteras.
Kelderek record que la Tuguinda haba dicho: Est tratando de volver a su pas. Quiere
llegar al Telthearna y lo cruzar si puede. Y si una criatura como esta es capaz de llorar,
entonces Shardik estaba llorando.
Ver el fracaso de la fuerza, la ferocidad que se vuelve indefensa, el poder y el
dominio marchitados por el dolor como las plantas por la sequa no slo suscita piedad sino
tambin y tan naturalmente aversin y desprecio.
Ante la vista interior de Kelderek surgi una vez ms la figura de Melathys, de pie,
en la luz del poniente, Melathys la que haba sido inalcanzable, la que dos das antes haba
tenido l en sus brazos y que le haba dicho, con lgrimas, que lo amaba; ella, que con
alegre valor haba asumido tan levemente los peligros y el mal en que l se haba visto
obligado a dejarla; ella, que en s misma compensaba, y con mucho, su perdido reino y su
fortuna desaparecida. Nuevamente naci en l odio contra la bestia sarnosa y decrpita que
estaba sobre las rocas, fuente e imagen de la supersticin que haba convertido a Melathys
en un puta de bandoleros y a Bel-ka-Trazet en un fugitivo, que haba llevado a la Tuguinda
a los umbrales de la muerte y ahora se levantaba entre l y su amor. Y esta maldita criatura
todava tena poder para frustrarlo y arrastrarlo a los abismos con l! Y cuando pens en
todo lo que haba perdido y en todo lo que an poda perder que probablemente iba a
perder, cerr los ojos y se mordisque la mueca, presa de colrica frustracin.
Maldito seas!, grit en el silencio de su corazn. Maldito seas, Shardik, y tu
supuesto Poder de Dios! Por qu no nos salvas de Zeray a nosotros, que hemos perdido
todo lo que poseamos por ti, a nosotros, a quienes has arruinado y engaado? No: no
puedes salvamos. Ni siquiera puedes salvar a las mujeres que te han servido con sus
propias vidas! Por qu no te mueres y dejas libre el camino? Muere, muere, Shardik,
muere!.
De repente lleg a sus odos algo parecido a tenues sonidos de palabras humanas,
proveniente del interior de la selva. Sinti miedo, pues desde la noche en el campo de
batalla haba quedado en l un horror a las voces distantes de personas invisibles. Eran
extraos ruidos, misteriosos y no fciles de explicar, parecidos no tanto a voces de hombres
como a voces de nios, de nios que lloraran, doloridos o angustiados. Se puso de pie de
golpe y, al hacerlo, oy, ms alto que las voces, el ruido de un cuerpo que golpeaba contra
el agua, muy cercano. Mir hacia atrs y retrocedi horrorizado al ver que el oso estaba
subiendo la ribera del ro. El animal lo miraba con ojos brillantes. Se sacudi el agua de la
piel y le mostraba ferozmente los dientes. Presa de pnico, se volvi y trat de abrirse
camino entre los matorrales, rompiendo las enredaderas y la maleza que encontraba por
delante. No poda saber si el oso lo estaba persiguiendo. No se atreva a mirar atrs, pero
prosegua siempre hacia arriba; y apenas senta los araazos y las heridas que cubran sus
miembros. De repente despus de abrirse paso en una maraa de ramas entrecruzadas, se
encontr con que le faltaba el suelo bajo los pies. Se agarr a una rama que se parti bajo su
peso, perdi el equilibrio y cay hacia adelante por la empinada pendiente de la cala, que
cerraba el promontorio por su lado de tierra. Golpe con la frente la raz de un rbol y rod
inconsciente sobre el suelo, boca abajo y a medias inmerso en el barro y las aguas playas.
49
El traficante de esclavos
Dolor, sed, un resplandor verde de luz y un murmullo recurrente. Kelderek dej que
sus ojos semiabiertos se cerraran y, frunciendo el ceo al hacerlo, sinti algo apretado y
duro que le rodeaba la cabeza. Levant una mano y con los dedos empez a frotar una
banda de tela tosca, que le rodeaba una sien y segua por encima de la rbita. Apret y el
dolor surgi como una llamarada bajo los globos de los ojos. Gimi y dej caer la mano.
Ahora record al oso, pero ya no le tena miedo. Algo qu? le haba dicho que
el oso se haba ido. La luz del da apenas la poda tolerar bajo sus prpados estaba ms
avanzada: deba haber pasado bastante tiempo desde que l haba cado, pero no era esto lo
que lo haba tranquilizado. Su mente empez a aclararse y, a medida que lo haca, se volvi
consciente una vez ms de la aspereza del lienzo que le rodeaba la frente. Y, como un ruido
ominoso, que primero se oye dbilmente a la distancia y luego ms fuerte a medida que se
acerca, y que en el momento de la repeticin impone su inquietante sentido al hombre que
empez oyndolo con indiferencia, del mismo modo que los sentidos de Kelderek se
despabilaban, el significado del lienzo se le iba imponiendo.
Gir la cabeza, se tap los ojos con una mano y los abri. Yaca en la orilla de la
cala, cerca de la playa barrosa en donde haba cado. Las huellas de su cuerpo todava se
podan ver en el barro y tambin los surcos que haban hecho sus pies cuando lo haban
arrastrado hasta el punto en donde ahora estaba. Del lado de la costa haba un hombre
sentado, que lo estaba mirando. Cuando los ojos de Kelderek vieron a este hombre, ninguno
de los dos habl ni cambi la direccin de la mirada. El hombre estaba sucio y harapiento,
tena cabellos pajizos, hirsutos, y una barba algo ms oscura, prpados pesados y una
cicatriz blanca a un lado de la barbilla. La boca permaneca un poco abierta y le daba un
aire abstrado, tristn; los dientes que se vean estaban descoloridos. En una mano tena un
cuchillo y con la punta se acariciaba y retocaba los dedos de la otra mano.
Kelderek sonri y, pese al agudo dolor detrs de los ojos se incorpor sobre los
codos. Escupiendo barro y hablando con cierta dificultad, dijo en beklano:
Si eres t quien me sac de all y me puso esta venda en la cabeza, gracias. Creo
que me salvaste la vida.
El otro asinti levemente dos veces con la cabeza, pero no dio ms seales de haber
odo. Aunque los ojos seguan fijos en Kelderek, la atencin pareca concentrada en
limpiarse rtmicamente, con la punta del cuchillo, la ua de cada dedo.
Entonces, el oso se fue dijo Kelderek. Qu te trajo aqu? Ests cazando o
ests de viaje?
El hombre tampoco contest y Kelderek, recordando que estaba ms all del Vrako,
se maldijo por haber cometido la tontera de hacer preguntas. Segua sintindose dbil y
mareado, pero probablemente eso iba a pasar en cuanto se pusiera de pie. Lo mejor que
poda hacer ahora era volver a Lak antes de anochecer y ver qu se podra hacer despus de
comer y dormir. Levant una mano y dijo:
Me ayudas a levantarme?
Al cabo de un rato el hombre, sin moverse, dijo en un ortelgano defectuoso pero
inteligible:
Estas muy lejos de tu isla, no?
Cmo sabes que soy ortelgano? pregunt Kelderek.
Lejos repiti el hombre.
A Kelderek se le ocurri tantear buscando el bolsillo en que haba trado el dinero
con el que haba venido de Zeray. No estaba. Y tampoco estaban ni su comida ni su
cuchillo. Esto no lo sorprendi, pero algunas otras cosas s lo sorprendieron. Puesto que el
hombre le haba robado, por qu lo haba arrastrado hasta aqu y por qu le haba vendado
la cabeza? Por qu se haba quedado vigilndolo y por qu, dado que evidentemente no era
ortelgano, le haba hablado en ortelgano? Y dijo una vez ms, en ortelgano ahora:
Me ayudas a levantarme?
S, levntate dijo el hombre en beklano, como contestando a otra pregunta. Su
inters a medias tomado pareci volverse ms directo al inclinarse hacia l con aire alerta.
Kelderek, apoyndose en una mano, y empezando a usar su pierna izquierda, sinti
un repentino tirn en el taln derecho. Mir hacia abajo. Los dos talone estaban
maniatados y entre ellos haba una cadena liviana, del largo de su antebrazo.
Qu es esto? pregunt con una sbita explosin de alarma.
Levntate repiti el hombre. Por su parte, l se levant y dio tres pasos hacia
Kelderek con el cuchillo en la mano.
Kelderek se arrodill y luego se puso de pie, pero se habra cado si el hombre no lo
hubiera sostenido del brazo. Era ms bajo que Kelderek. Le lanz una mirada penetrante:
tena piernas combadas y el cuchillo estaba pronto. Al cabo de unos instantes, sin mover los
ojos, ech la cabeza a un lado.
Por ah dijo en ortelgano.
Espera dijo Kelderek espera un momento. Dime mientras l hablaba el
hombre le agarr la mano izquierda, se la puso delante y con la punta del cuchillo le dio un
pinchazo bajo una ua. Kelderek grit y retir la mano.
Por ah dijo el hombre, haciendo de nuevo un movimiento de cabeza y agitando
el cuchillo delante de la cara de Kelderek, de modo que tuvo que apartarla a uno y otro
lado.
Kelderek se volvi y, con la mano del hombre en el brazo, empez a tambalearse
sobre el barro. A cada paso la cadena, corta entre sus talones, le frenaba el largo natural del
paso. Varias veces tropez y, finalmente, se puso a andar a pasitos breves, escudriando el
suelo en busca de cualquier irregularidad que pudiera hacerlo tropezar. El hombre, que
marchaba a su lado, silbaba desentonadamente entre dientes, y este sonido, intensificado a
veces de repente, lo haca sobresaltarse a Kelderek, anticipando algn nuevo ataque. Lo
cierto es que, de no haber sido por el hombre, habra cado al suelo de pura debilidad y por
la nusea que le provocaba la herida de debajo de la ua.
Qu clase de hombre era ste? Por su ropa y la facilidad con que hablaba en
ortelgano, no era probable que fuera un soldado de Yeldashay. Cul poda ser la
explicacin de que se hubiera tomado la molestia de salvar, en una regin salvaje y
pantanosa, a un extranjero desposedo, a quin ya haba robado? Kelderek, que se chupaba
el dedo, segua perdiendo sangre por debajo de la ua herida. Si el hombre era un
trastornado por qu no, ms all del Vrako?, qu otra cosa haba sido Rvit? todo lo
que l poda hacer era mantenerse alerta y esperar cualquier oportunidad que pudiera
presentarse. Pero la cadena iba a ser un serio inconveniente, y el hombre mismo, a pesar de
su corta estatura, era sin duda un adversario muy inquietante.
Levant la mirada al or un repentino rumor de voces. No haban caminado mucho,
tal vez no ms de un tiro de arco desde la ra. El terreno era todava pantanoso y la selva
espesa. Por delante haba una pradera, entre rboles por aqu y por all, y pudo divisar
gente que iba de un lado a otro, aunque no vio fogata ni ninguna de las cosas que se ven en
los campamentos. El hombre dio un solo grito, sin palabras, una especie de ladrido, pero no
esper contestacin y sigui guindolo hacia adelante, como antes. Ya haban llegado a la
pradera cuando la cadena lo hizo tropezar de nuevo y Kelderek cav al suelo. El hombre,
dejndolo donde haba cado, sigui caminando.
Sin aliento y cubierto de barro, Kelderek rod y mir a un lado. El lugar se dio
cuenta inmediatamente estaba lleno de una considerable cantidad de gente, y con el
temor de haber cado finalmente en manos de los yeldashay, se incorpor y mir
rpidamente en derredor.
Salvo por el hombre mismo, sentado ahora a cierta distancia, que estaba hurgando
en una bolsa de cuero, todos los que estaban en la pradera eran nios. No haba nadie que
pudiera tener ms de trece o catorce aos. Un muchacho que estaba cerca, con labio
leporino y llagas en la barbilla, lo miraba a Kelderek con una fijeza vaca, soolienta, como
si acabara de despertarse. Ms lejos, un nio que tena un tic continuo en la cabeza lo
miraba con ojos muy abiertos, con la quijada colgante, en una especie de rictus de alarma
sorprendida. Al mirar en esta direccin Kelderek se dio cuenta que muchos de los nios
eran defectuosos y tenan un aire desganado y enfermizo, como gatos hambrientos en un
albaal. Casi todos, como l, tenan cadenas en los talones; de los dos que poda ver y que
no estaban encadenados, haba uno con una pierna atrofiada, y el otro tena por encima de
los talones unas llagas abiertas producidas por los grillos. Los nios estaban sentados o
echados en silencio, en el suelo. Alguno dorma, otro defecaba en cuclillas, otro temblaba
continuamente, otro buscaba insectos entre la hierba y los coma. Las criaturas conferan
una calidad fantasmal a la luz verde del lugar, como si ste fuera un estanque y ellos peces
en un mundo de silencio, cada cual ocupado enteramente en su propia conservacin y sin
prestar ninguna atencin a los dems.
El hombre, en consecuencia, deba ser un traficante de esclavos que se especializaba
en nios. El nmero de los que tenan permiso de trabajo en el imperio beklano estaba
fijado: cada uno haba sido autorizado por Kelderek despus de realizarse investigaciones
en las gobernaciones de provincia, de acuerdo a cuotas especificadas y precios aprobados
en el lugar; una segunda cuota no se poda reclutar en el mismo lugar hasta despus de
haber pasado cierto tiempo establecido. Los traficantes trabajaban por intermedio de los
gobernadores de provincia y bajo proteccin de stos: tenan obligacin de no pasar la
cuota y pagaban precios aprobados; en cambio obtenan cuando era necesario, escoltas
armadas para sus viajes a los mercados de Bekla, Dari-Paltesh, o Thettit-Tonilda. Era
probable que este hombre, al viajar con un grupo de nios esclavos hacia Bekla, hubiera
sido cortado por el avance yeldashay y, en vista del valor de la mercadera, hubiera
decidido, en vez de abandonarla, huir con ella del otro lado del Vrako. Pero cul de los
traficantes era ste? No se haban emitido muchos permisos y Kelderek que, interesado en
averiguar todo lo posible sobre ganancias y porcentajes exigibles haba hablado con la
mayora de los traficantes en una u otra ocasin, trat de recordar ahora las caras de cada
uno de ellos. Entre las que poda recordar, ninguna corresponda a la de este hombre. En
ningn momento se haban validado ms de diecisiete autorizaciones en el imperio, y de
stas casi ninguna, ya obtenida, haba sido trasferida a un segundo poseedor: y quin, una
vez que le haba echado la mano encima, poda abandonar una ocupacin tan lucrativa? En
veinte nombres, Kelderek no poda recordar el de este hombre y, sin embargo, deba ser uno
de ellos. O sera y aqu Kelderek sinti un sobresalto repentino de descon-fianza un
traficante no autorizado, uno de esos de quienes le haban hablado y que estaba supeditado
a las mayores penalidades, uno de esos que obtena esclavos en cualquier forma, a veces
raptndolos, a veces asustando y aterrorizando aldeas remotas, o tambin comprando nios
idiotas, deformes o con deficiencias que los volvan indeseables a quienes deseaban
venderlos? Y lo hacan secretamente, a traficantes autorizados, o a cualquiera dispuesto a
comprar. l saba que estos hombres operaban en el imperio, y tambin conoca su
reputacin de dureza y crueldad, de tratos deshonestos y de costumbre de echar mano
encima de todo lo que podan encontrar. Todos los traficantes de esclavos son traficantes
de la desgracia, le haba dicho un oficial yeldashay en una ocasin, cuando lo
interrogaban, pero hay algunos esos de los que t pretendes no saber nada que se
arrastran por la regin como ratas inmundas, rascando los restos mismos de la miseria para
lograr beneficios, y de stos te considero responsable, porque el que construye un granero
sabe que las ratas van a venir. Kelderek lo haba dejado hablar y ms adelante, cuando
estaba an ms indignado, el oficial haba dado una buena cantidad de informacin til.
otros nios en direccin al bosque. El ritmo de marcha era tan lento que Kelderek tena
tiempo de agacharse y desenredar su cadena cuando sta se enganchaba. Despus de un
rato, el muchacho le dijo de nuevo en voz baja:
Te resultar ms fcil si caminas exactamente detrs del muchacho que va al
frente y pones cada pie justo delante del otro: de tal modo la cadena no tiene que enredarse.
Quin es ese hombre? susurr Kelderek.
Por Dios! No lo sabes? pregunt el muchacho. Guenshed Nunca oste
hablar de l?
Una vez, en Kabin, o ese nombre: pero de dnde es? No es un traficante de
esclavos beklano
Es es el peor de todos. O hablar de l mucho antes de soar en verlo, mucho
menos de soar que iba a caer en sus manos. Viste cmo me amenaz con la trampa de
moscas ahora mismo, cuando estaba tratando de hablarle por Shara?
El caza-moscas? pregunt Kelderek. Qu es eso?
Es ese objeto que lleva en el cinturn. Te fuerza a tener la boca abierta, tan
abierta y no la puedes cerrar. Ya s No parece tan terrible, verdad? As pensaba yo
antes. Mi padre se avergonzara de m, supongo, pero no podra volver a soportarlo, no
podra soportar dos horas de eso.
Pero
Cuidado. No dejes que Shauter te oiga.
Guardaron silencio cuando el joven de la cara torcida pas junto a ellos para
desenredar la cadena de un nio que haba tropezado y que, al parecer; era demasiado dbil
para arreglrselas solo. Un poco ms tarde, cuando empezaron a marchar de nuevo,
Kelderek dijo:
Dime algo ms sobre este hombre y dime cmo fue que caste en sus manos. T
eres un yeldashay, verdad?
Mi nombre es Radu, heredero de Elleroth, ban de Sarkid.
Kelderek comprendi que, desde un principio, se haba dado cuenta de quin era el
muchacho. No contest y, al cabo de un rato, el muchacho dijo:
No me crees?
S, te creo. Te pareces mucho a tu padre.
Cmo? Lo conoces?
S. Es decir, lo he visto.
Dnde? En Sarkid?
En Kabin.
Kabin de las Aguas? Cmo? Cundo estuvo ah?
No hace mucho. Lo cierto es que todava puede estar ah.
Con el ejrcito? Quieres decir que el general Santil est en Kabin?
All estaba hace poco tiempo.
Si mi padre estuviera aqu, matara a este cerdo en un instante.
Cuidado! dijo Kelderek, pues la voz del muchacho se haba elevado
histricamente. Deja que cargue a esa nia. Ya la has llevado bastante tiempo.
Est acostumbrada a m. Puede llorar.
Pero Shara, a medias dormida, sigui tan quieta sobre el hombro de Kelderek como
lo haba estado sobre el de Radu. Kelderek sinti sus huesos: era muy liviana. Por vigsima
vez se detuvieron, esperando que continuaran los nios del frente.
Me dijeron en Kabin dijo Kelderek que habas cado en manos de este
hombre. Cmo ocurri eso?
Mi padre haba salido a hacer una visita secreta al general Santil Ni siquiera yo
saba adonde haba ido. Uno de nuestros arrendatarios nos dijo que Guenshed estaba en la
provincia. Yo me estaba preguntando qu habra querido mi padre que yo hiciera, qu
habra querido or que yo haba hecho, cuando estuviera de vuelta. Decid no decirle nada a
mi madre en relacin a Guenshed: ella me habra dicho que no deba alborotar el ambiente.
Me pareci que lo mejor sera ir a hablar con mi to Sildan, el marido de la hermana de mi
padre. Siempre nos habamos, llevado bien. Supuse que iba a saber qu haba qu hacer.
Llev conmigo a mi propio sirviente y emprend la marcha.
Hizo una pausa.
Y te topaste con el traficante de esclavos? pregunto Kelderek.
Actu como un nio: ahora me doy cuenta. Toroc y yo estbamos descansando en
un bosque y habamos dejado de lado toda vigilancia. Guenshed dispar contra Toroc una
flecha que le atraves la garganta: sabe usar el arco. Yo todava estaba arrodillado junto a
Se mat.
Cmo?
Una noche, cuando estaba con Bled. Se las arregl para sacarle el cuchillo del
cinturn. l estaba demasiado atareado para notarlo y ella se clav el cuchillo.
Es una pena que no lo haya apualado a l y no se haya echado a correr.
A Reva nunca se le hubiera ocurrido eso. Era un ser indefenso y estaba fuera de s.
En dnde cruzaste el Vrako? pregunt Kelderek. Cmo lo hiciste?
Nos encontramos con otro traficante de esclavos en el Lapn oriental, un hombre
llamado Nigon que tena un permiso de trabajo dado por las autoridades de Ortelga. O a
Nigon cuando le advirti a Guenshed que el ejrcito de Santil marchaba hacia el Norte, a
buen ritmo, y que lo mejor era apartarse si era posible. El mismo Nigon tena intenciones de
volver a Bekla.
Pero no lo hizo. Fue tomado prisionero por los yeldashay.
De veras? Me alegro. Bueno, no haba ningn sentido en que Guenshed tratara
de ir a Bekla. All no tena permiso de trabajo. De tal modo que fue al nico lugar adonde
poda ir a Tonilda. Anduvimos como fuego en la selva, pero cada vez que nos detenamos
se nos deca que los yeldashay nos estaban pisando los talones.
Cmo ha podido sobrevivir esa nia?
Tendra que haber muerto hace unos das, pero yo la llevo en brazos casi todo el
tiempo. Yo y otro muchacho al que llamamos la Liebre. Tengo con ella una obligacin
jurada. Es la hija de uno de nuestros arrendatarios. Mi padre dara por supuesto que yo me
tengo que ocupar de ella en todas formas: y me ocupo.
El joven Bled se puso a marchar junto a ellos y por un rato avanzaron en silencio.
Kelderek poda ver a los nios que iban al frente, tropezando y arrastrndose con cabezas
bajas, silenciosas y apticas como bestias de carga. Cuando Bled se adelantaba un poco en
la cola, haciendo silbar su bastn en el aire, nadie se atreva a levantar la mirada.
Cuando nos acercbamos a Thettit-Tonilda, Guenshed se enter que los yeldashay
estaban va al Oeste de nosotros y seguan marchando hacia el Norte. Prcticamente nos
iban a cortar el camino entre Guelt y Kabin. En Thettil l vendi a todas las chicas, salvo a
Shara. Saba que no iban a poder sobrevivir al viaje que pensaba hacer.
Shara se movi y gimote en el hombro de Kelderek. Radu se inclin, la acarici y
le murmur al odo, acaso una broma entre ellos, pues la nia chasque la lengua, y
tratando de repetir lo que l le haba dicho, volvi a sumirse en su sueo liviano.
todo estuvo listo, tir una flecha sobre el ro con uno de los extremos de la soga embreada
sujeta a ella. Luego at la soga a la cuerda y Shuter se encarg de que estuviera tirante.
Era todo lo que pudo hacer, a causa de la corriente. Envolvieron la soga en estacas, a cada
lado, y las clavaron en el suelo, pero con la corriente y el peso de la soga no qued muy
tirante que digamos pero fue as que tuvimos que atravesar el Vrako.
Kelderek no dijo nada, imaginando el ruido ensordecedor del torrente y los nios
exhaustos y aterrados, bambolendose sobre las aguas.
Hubo siete ahogados. La Liebre se ahog perdi el punto de apoyo y se hundi
como una piedra. No lo volv a ver. Yo, cuando estaba en la mitad del cruce, estaba seguro
de que no iba a poder seguir.
Shara?
Ese era el problema. Le at las muecas alrededor de mi pescuezo. Fabriqu una
especie de tubo con una corteza enroscada de rbol y se lo puse en la boca, para darle
oportunidad de respirar en caso de que la cabeza quedara bajo el agua. Pero naturalmente se
asust y empez a debatirse y casi nos ahogamos los dos. Dmela de vuelta ahora.
Kelderek le dio la nia y Radu la tom en sus brazos, canturreando suavemente,
poniendo la boca cerca de la oreja de ella. Despus de un rato continu:
Lo que he aprendido es que un hombre malvado se vuelve muy fuerte. Guenshed
es fuerte porque es malvado. El mal lo protege, de tal modo que puede hacer su trabajo.
Dentro de pocos das podrs ver lo que quiero decir. Se qued callado un instante y luego
con seriedad aadi:
Pero Guenshed no es el nico que tiene la culpa de nuestra desgracia.
Cmo? Quin fuera de l?
El enemigo: los ortelganos que reanudaron el trfico de esclavos.
No le dieron permiso de trabajo a Guenshed.
No, pero qu creyeron que iba a pasar? Si dejas entrar a los perros, entran las
moscas.
Kelderek no contest y, por un largo rato, continuaron su marcha de caracol detrs
de los nios, agachndose de tanto en tanto para desenredarse las cadenas. Finalmente Radu
dijo:
Ests seguro que el ejrcito del general Santil est en Kabin?
S; vengo de all.
hacia atrs. Le abrieron los brazos a ambos lados del cuerpo y grit cuando Guenshed y
Bled le apoyaron las rodillas sobre sus muslos. Inclinndose sobre l, el traficante dijo:
Abre la boca o te hago saltar todos los dientes!
Kelderek obedeci, jadeando, y al hacerlo tuvo la visin de Shuter, aferrado a sus
talones y sonrindole a Guenshed. El traficante meti su hato de harapos en la boca de
Kelderek y arranc la venda que ste tena alrededor de la cabeza.
Est bien, adelante, sigue dijo a Bled. Turcele la cabeza para este lado.
Bled torci la cabeza de Kelderek hacia la izquierda, y ste sinti en seguida que le
pinchaban y le atravesaban el lbulo de la oreja derecha. Un estremecimiento de
intenssimo dolor le cruz el pescuezo y el hombro. Tuvo una convulsin en todo el cuerpo
que casi lo libr de los dos muchachos. Cuando volvi en s los tres lo haban dejado y ya
se alejaban.
Kelderek se arranc los harapos de la boca y se llev la mano a la oreja. Los dedos
se llenaron de sangre; tambin manaba sangre del hombro. El lbulo estaba totalmente
atravesado. Inclin la cabeza, respirando profundamente, y la intensidad del dolor empez a
disminuir. Levantando la mirada, vio a Radu a su lado. El nio le ech a un lado sus
cabellos largos y apelmazados y le mostr su oreja, tambin agujereada.
No te lo advert dijo Radu. Como no eres un nio, no estaba seguro de que te
lo fuera a hacer.
Kelderek, mordindose la mano, se recuper lo bastante para hablar.
Qu es? Una marca de esclavitud?
Es para dor para dor para dormir murmur un nio parpadeando, de cara
blanca, que estaba cerca. S, s, s para dormir.
Ri con aire estpido, cerr los ojos y apoy la cabeza en las manos juntas, haciendo
una pantomima tonta.
Voy pronto a a a casa dijo de repente, abriendo de nuevo los ojos y
volvindose hacia Radu.
Sin parar replic Radu, con el tono de quien repite una frase hecha.
Bajo tierra concluy el muchacho. T hambre? Radu asinti con la
cabeza y el muchacho volvi a su silencio embotado.
Por la noche nos pasan a todos una cadena por las orejas dijo Radu. Shuter
me dijo una vez que todo nio que pas alguna vez por las manos de Guenshed tiene una
oreja agujereada.
Se levant y fue a buscar a Shara, que haba ido a esconderse entre los matorrales al
ver que llegaba Guenshed.
Poco despus Shuter y Bled distribuyeron a los nios un poco de carne salada y un
puado de fruta seca. Algunos se acercaron al ro a beber agua, pero la mayora se content
con beber de las charcas sucias y de los pozos que estaban a mano.
Cuando Kelderek y Radu, junto a Shara, se dirigan al ro, Shuter fue al encuentro
de ellos con el bastn en la mano.
Tengo que vigilarlos dijo a Kelderek con una especie de maliciosa amabilidad
. Conque te ests aclimatando, eh? Qu tal lo pasamos? Me alegro, me alegro
Kelderek ya haba notado que, si bien todos los nios tenan terror a Bled, que
estaba evidentemente trastornado, que era casi un demente, algunos parecan tener una
especie de incierta relacin con Shuter que, de cuando en cuando, estuviera o no
practicando alguna crueldad, asuma una cierta manera jocosa que no es rara en los tiranos.
Me puedes decir por qu estoy aqu? pregunt. De qu le puedo servir a
Guenshed?
Shauter dej escapar un risita.
Ests aqu para ser vendido, compaero dijo, una vez que te corten las bolas,
supongo.
Qu le pas al veedor a quien sustituiste? pregunt Kelderek. Supongo que
lo conocas
Si lo conoca? Lo mat contest Shuter.
Ah!
Cuando volvimos a Terekenalt el tipo estaba hecho trizas dijo Shuter. Un
da una muchacha de Dari le ara la cara y se la dej hecha un desastre. l ni siquiera
pudo pararla. Esa noche, cuando Guenshed estaba borracho, dijo que si alguien quera
pelearlo y matarlo, le regalaba el empleo. Yo lo mat, sin ms lo estrangul en el medio
del patio, mientras unos cincuenta chicos nos miraban. El bueno de Guenshed no poda ms
de risa. Esa es la forma en que yo me cuido las bolas, compaero. Te das cuenta?
Llegaron a la ribera del ro y Kelderek, metindose en el agua hasta las rodillas,
bebi y se lav. Sin embargo, el cuerpo segua transido de dolor. Al pensar en su propia
situacin y en la de Melathys y la Tuguinda, fue presa de desesperacin y, en el camino de
vuelta, no encontr nimos para realizar un nuevo intento de hablar con Shuter. Tambin
el muchacho pareca estar pensativo, pues no dijo nada ms, y se limit a dar rdenes a
Radu de recoger a Shara y llevarla en brazos.
A la media luz y en medio de la bruma que se estaba levantando, Guenshed empez
a chasquear los dedos, convocando a un nio tras otro. Cada uno de ellos se acercaba y se
paraba frente a l, el traficante le examinaba los ojos, las orejas, las manos, los pies, y los
grillos, as como las heridas y lastimaduras que hallaba. Aunque muchos de los nios
estaban lacerados y dos o tres parecan a punto de derrumbarse, ninguno era atendido, y
Kelderek lleg a la conclusin de que Guenshed se limitaba a revisar su material y quera
cerciorarse de la capacidad que tenan de continuar la marcha. Los nios estaban inmviles,
con las cabezas agachadas y las manos a los lados, ansiosos por verse libres de la
inspeccin lo ms pronto posible. Un muchacho que temblaba sin parar, dando un salto a
cada movimiento de Guenshed, fue dejado de pie all, mientras el traficante segua
examinando a los otros. Otro nio, que no poda mantenerse quieto, y que murmuraba y se
frotaba las llagas de la cara y de los hombros, fue silenciado con la trampa de moscas, hasta
que Guenshed termin con l.
Shuter y Bled, que reciban a los nios cuando estos dejaban al traficante, los
juntaban en grupos de tres y cuatro, unidos por cadenitas que pasaban por los lbulos de las
orejas. Cada cadena estaba sujetada en uno de los extremos por una barra corta de metal y
el otro extremo se enganchaba en el cinturn o la mueca de un veedor. Cuando los
arreglos estuvieron hechos, todos se echaron a dormir en donde estaban, sobre el suelo
pantanoso.
Kelderek, encadenado como el resto, haba sido separado de Radu y, puesto entre
dos nios menores, esperaba a cada instante que un movimiento del uno o el otro raspara su
lbulo herido como con los dientes de un serrucho. Sin embargo, se dio cuenta que estos
compaeros, ms prcticos que l en atenuar las penurias, iban a molestarlo menos a l que
l a ellos. Apenas se movan y haban aprendido la manera de mover las cabezas sin
tironear de la cadena. Al cabo de un rato descubri que los dos se haban acercado a l, cada
cual por su lado.
No ests acostumbrado a esto, verdad? murmur uno de los nios en un tosco
dialecto paltesh que l apenas pudo entender.
Te compr hoy, no?
No me compr. Me encontr en la selva. S; fue hoy.
As me pareci. Tienes olor a carne fresca los nuevos, muchas veces tienen
Pero no les dura. Se interrumpi tosiendo. Escupi sobre el suelo, entre ellos, y luego
dijo: Hay que tratar de dormir muy juntos. Da ms calor y la cadena queda floja, ves?
Y as no tira cuando alguien se mueve.
Los dos nios estaban llenos de pulgas y rascaban continuamente los inmundos
harapos que cubran sus cuerpecitos flacos. Muy pronto, sin embargo, Kelderek no fue ms
consciente del hedor, sino tan solo del barro en donde estaba acostado y la palpitacin de su
dedo herido. Para distraer sus pensamientos le dijo a uno de los nios en voz baja:
Cunto hace que ests con este hombre?
Imagino que cerca de dos meses, ahora. Me compr en Dari.
Te compr? A quin?
A mi padrastro. Mi padre muri cuando estaba con el ejrcito del general GuelEthlin. Entonces yo era muy chico. Mi madre se puso a vivir con este hombre el invierno
pasado y l no me quera. Soy sucio, como ves. Vinieron los traficantes y l me vendi.
Y tu madre no trat de impedirlo?
No contest el muchacho con voz indiferente. Supongo que t tenas comida,
no? l te la quit?
Shuter dijo que no haba ni mierda que comer murmur el nio. Dijo que tal
vez iban a comprar un poco antes de esto, pero no hay donde comprar nada.
No sabes por qu Guenshed vino a este bosque? pregunt Kelderek.
Hay soldados dijo Shuter.
Qu soldados?
N o s. A l no le gustan los soldados. Por eso puso la cuerda sobre el ro. Para
alejarse de los soldados. Tienes hambre, verdad?
S.
Trat de dormir, pero no haba paz. Los nios geman, hablaban en sueos, gritaban
en medio de pesadillas. Las cadenas resonaban, algo se mova entre los rboles, Bled se
pona de repente de pie de un salto, temblando como un mono y haciendo retumbar las
cadenas que estaban fijadas en l. Levantando la cabeza, Kelderek pudo ver la figura
agachada del traficante a cierta distancia, con los brazos enlazados sobre sus rodillas. No
tena el aire de un hombre que trata de dormir. Acaso, como el mismo Kelderek, estaba
consciente del peligro de los animales salvajes o era posible tal vez que no necesitara
dormir, que nunca durmiera?
Por ltimo se sumi en una especie de somnolencia y, cuando despert no hubiera
podido decir cunto tiempo haba pasado.
Un hombre puede ser obligado a salir en medio de un fro intenso, pero en el
momento de hacerlo es consciente que el futuro es desesperado y sus posibilidades de
sobrevivir son escasas. Pero esta misma reflexin, que se presenta en ese momento no
bastar a doblegar su espritu o a llenar su espritu de desesperacin. Es como si siguiera
llevando, envuelto en el centro de su valor, un residuo de fe protectora y de calor, que
primero debe ser penetrado y disuelto, poco a poco, hora tras hora, tal vez da tras da, por
la soledad y el fro, hasta que los ltimos residuos se dispersan y la tremenda verdad que
en un comienzo slo percibi en su mente la siente ahora en el cuerpo y la tiene en su
corazn. As fue en el caso de Kelderek. Ahora, en la noche, con los ruidos agudos y feos
de la desdicha a su alrededor, y el dolor que le trepaba al cuerpo como cucarachas en una
casa oscura, le pareci que bajaba a revisar su situacin desde un nivel an ms bajo, para
sentir ms hondamente y percibir ms claramente su naturaleza, desprovista de toda
esperanza real. Ahora crea en la perspectiva que tena por delante el pasaje de Linsho y
el largo viaje por el Telthearna, pasando Quiso y Ortelga hasta Terekenalt; y despus la
esclavitud, antecedida tal vez por la abyecta mutilacin de la que Shuter le haba hablado.
Lo peor de todo era la prdida de Melathys, y el pensamiento de que ninguno de los dos iba
a saber nunca ms lo que haba sido del otro.
Era Shardik quien lo haba trado a esto; Shardik que lo haba perseguido con
malevolencia sobrenatural, vengndose de todo lo que el rey-sacerdote haba hecho para
abusar de l y explotarlo. Haba recibido justamente la maldicin de Shardik y en su castigo
haba arrastrado no slo a Melathys sino a la Tuguinda misma; a ella que haba hecho todo
lo posible, a pesar de todos los obstculos que surgieron en su camino, para mantener la
adoracin de Shardik libre de traicin. Con esta amarga reflexin se qued de nuevo
dormido.
50
Radu
Lo que l ofrece es la alegra del mal, no simplemente dinero o seguridad, o algo que t y
yo podamos entender. Es capaz de hacer que algunas personas quieran dedicar sus vidas al
mal. Es lo que le hizo a Bled, slo que Bled no es nada ms que un pobre muchacho
abandonado, a quien los suyos vendieron. No se trata del mucho o poco tiempo que va a
durar con Guenshed o de lo que habr de obtener. Lo admira quiere darle todo lo que
tiene. No piensa en recompensas. Quiere vivir su vida golpeando, hiriendo y aterrando.
Sabe que no es bastante capaz para esto, pero de todos modos espera mejorar.
Todo esto que dices es pura fantasa, sabes? dije. La cabeza te vuela por
culpa del hambre y las privaciones.
Mi cabeza vuela: eso es muy cierto contest Radu. Y cabece en direccin a
Shara. Es por ella que no me ha dejado ir. Guenshed quera que fuera veedor en lugar de
Bled. Bled se le ha convertido en un problema: no se puede confiar en que no va a dejar a
los nios invlidos o a matarlos. Ya mat tres nios a partir de Lapn.
Y si fueras veedor, eso no te dara la posibilidad de escapar?
Tal vez De escapar de cualquiera, pero no de Guenshed.
Pero trat de convencerte slo con palabras? No te amenazo? Me dijiste que en
una ocasin us contigo la trampa de moscas.
Eso fue porque yo lo golpe a Shuter para que no se metiera con Shara.
Guenshed nunca amenazara a un muchacho con la idea de convertirlo en veedor. Un
muchacho que va a ser veedor tiene que querer serlo. Tiene que admirar a Guenshed por
cuenta propia y tratar de vivir a su nivel. Naturalmente, Guenshed quiere cobrar el dinero
de rescate por m, pero si logra convencerme d ser veedor, eso va a significar para l aun
ms, creo. l quiere sentir que contribuy a convertir al hijo de un noble en alguien tan
maligno como l.
Pero mientras no te amenace, no tendrs por qu cederle, supongo
Radu guard silencio, como vacilando antes de confiar en Kelderek. Luego dijo
deliberadamente:
Dios ha cedido. Es eso o l no tiene poder sobre Guenshed. Te dir algo que
nunca olvidar: antes de Thettit haba aqu un muchacho grandote, torpe, llamado Bellin.
Nunca hubiera podido cruzar el Vrako: era demasiado pesado y un poco tonto. Guenshed lo
puso a la venta junto con las nias. El hombre que lo compr le dijo a Guenshed que quera
convertirlo en un mendigo profesional que trabajara para l. Dijo que l maneja-ba varios y
viva de lo que ellos le traan. Quera que mutilaran a Bellin, para suscitar piedad en su
trabajo. Guenshed le cort a Bellin las manos y hundi las muecas en brea hirviente para
parar el derrame de sangre. Le cobr al hombre cuarenta y tres meld. Dijo que ese era su
precio por esa determinada tarea.
51
La Quebrada de Linsho
recogi su bolsa, meti los brazos en las correas y se las subi a los hombros. Dos o tres de
los nios cuchichearon vagamente. Uno le tir un palo a Kelderek. Guenshed, siempre con
aire distrado, chasque los dedos y, cuando los nios empezaron a tironearse unos a otros y
Shuter se puso en funciones, Guenshed march a la parte delantera de la columna e hizo
seas al primer muchacho para que le tomara el cinturn.
Kelderek abri los ojos y se encontr con que Shara lo estaba mirando.
Te lastim, verdad? dijo, hablando en una especie, de dialecto yeldashay.
l asinti con la cabeza y se incorpor pesadamente.
Nos lastima a todos dijo ella. Un da se va a ir. Radu me dijo.
El miedo y la ira se agitaron en l, como se agitan las nubes de barro en un estanque.
Shuter se acerc, asi la mano de Kelderek y la puso sobre el hombro de Radu, que
iba delante de l.
Una hora ms tarde haban llegado a la orilla y acamparon por la noche. Kelderek
descubri que no tena una idea clara de la distancia que haban avanzado durante el da.
Quince kilmetros a lo sumo, supuso. Guenshed tena intenciones de atravesar la Quebrada
de Linsho al da siguiente. Habra comida? Podran descansar? Sin duda Guenshed tena
que darse cuenta que haba que descansar. El hambre interfera en su mente como la lluvia
que empaa un paisaje sobre una llanura. Sus pensamientos, resbalando como dedos
mojados, no podan abarcar nada. Habra comida en Linsho? No habra algn momento
en que dejaran de marchar en fila, en que no hubiera que agacharse para aflojar la cadena?
Tal vez Guenshed no le pegara en Linsho, tal vez el dolor que tena en el dedo iba a
disminuir. Estas eran las cosas que uno poda esperar: pero l deba tratar de mirar ms all,
considerar, deba considerar qu era lo mejor que poda hacerse
En qu estas pensando? pregunt Radu.
Kelderek trat de rer y se golpe la cabeza.
En el lugar en donde nac hay un refrn: golpea la madera, si quieres, pero se
irn los bichos?.
Dnde es eso?
l vacil.
Ortelga, pero ahora no importa.
Despus de un silencio, Radu dijo:
S murmur Shuter.
La punta del cuchillo le roz los prpados cerrados y trat de echar la cabeza hacia
atrs, pero el dolor de la oreja se lo estorb.
Ves bien, Shuter, verdad?
S.
Seguro que ves bien?
S, s!
Te das cuenta de lo que quiero decir, no?
S!
Slo que yo voy por todos lados No es as, Shuter? Si yo anduviera por all,
t tambin estaras, no es cierto?
S.
Haces bien tu trabajo, Shuter, verdad?
Verdad, s, verdad.
Qu raro! Pens que tal vez no era as, que eras como Kevennat.
No, no. Los trato peor que Bled! Todos me tienen miedo!
Qudate tranquilo, Shuter. Te voy a hacer un favor. Voy a limpiarte las uas con
la punta de mi cuchillo. Pero no querra que la mano se me fuera
El sudor corra por la cara de Shuter, por el labio superior, por el labio inferior,
mordido entre los dientes, por la barbilla babosa. Cuando finalmente Guenshed lo solt y se
alej, envainando el cuchillo en su cinturn, avanz hacia las aguas playas, pero volvi en
un instante. En silencio se lav, volvi a poner la cadena en la oreja de Kelderek, la ajust a
su cinturn y se ech en el suelo.
Media hora ms tarde el mismo Guenshed hizo la distribucin de la ltima racin de
comida que quedaba: migajas y fragmentos rascados del fondo de la bolsa.
La comida que viene est en Linsho, entendido? dijo Shuter a Radu. Trata
que todos entiendan eso. O llegamos hoy a Linsho de algn modo, o tenemos que empezar
a comemos los unos a los otros.
Kelderek peinaba con sus dedos el pelo de Shara, y buscaba las pulgas. Aunque
haba comido lo que le haban dado, se senta tan dbil y tan atormentado por el hambre que
ya no era capaz de recapacitar. Shara se sinti molesta y se alej hacia la orilla.
Alguien le rob sus piedritas de colores despus que nos soltaron esta maana
dijo Radu.
Kelderek no contest, pues de repente haba hecho un importante descubrimiento: es
ftil gastar energa en palabras. El lenguaje se daba cuenta ahora implicaba un gran
esfuerzo estril. Mantenerse derecho, caminar, desenredar la cadena, recordar que haba que
evitar la mirada de Bled: todas estas eran cosas para las que haba que tener energa
almacenada.
Estaban de nuevo en marcha, sin duda, porque su cadena tintineaba sobre las
piedras. Pero la marcha ya no era la misma. En qu era diferente? En qu haban
cambiado todos? Con los ojos de su mente tena la impresin de mirarlos desde arriba
cuando doblaban el camino, siguiendo la costa. Iban de un lado para otro, como hormigas
sobre una piedra, pero mucho ms lentamente; como torpes escarabajos en el otoo, que
realizan sus idas y venidas lerdas por las largas millas de los tallos de la hierba. Y ahora
entenda claramente, aunque sin interesarse, lo que haba ocurrido. Haban pasado a formar
parte del mundo de los insectos, en el cual todo es simple; y a partir de ahora se iba a vivir
sencillamente, sin preocuparse por la volicin consciente. Sus cortas vidas iban a terminar
pronto, presas del invierno, presas de criaturas ms grandes, presas las unas de las otras;
pero esto era realmente algo que no interesaba a nadie.
Fascinado an y preocupado por esta nueva intuicin, se encontr con que estaba
tratando de evitar un obstculo que casi lo haba hecho tropezar. Algo bastante suave y
pesado, aunque ceda, algo que tena ramas dentro: un hato de harapos con palos metidos.
La cadena se haba enredado en esto, y ahora ya estaba suelta, s, por supuesto, el obstculo
era un cuerpo humano esta era la cabeza ahora le haba pasado por encima, lo haba
dejado atrs y las piedras volvan a ser como antes. Cerr los ojos ante el resplandor del ro
y se fij empecinadamente la tarea de mantenerse derecho y dar un paso tras otro: un paso,
otro, otro.
De repente se oy un grito detrs de l.
Detente! Detente!
Como una burbuja que revienta fuera del barro negro su mente se elev lentamente
hasta el antiguo mundo en donde se oa, se vea y se entenda. Se dio vuelta y vio a Radu,
que tena a Shara a su lado, arrodillado sobre un cuerpo que yaca sobre las piedras. Varios
de los nios, sorprendidos como l por el grito, se haban parado y avanzaban con aire
incierto hacia ellos. Desde algn punto, adelante, Shuter aullaba:
Qu mierda est pasando?
Las nubes ocultaban a medias el pico que estaba ms al Este, que se elevaba como
una torre por encima del Telthearna, con una ladera empinadsima, que caa casi a pico
sobre el ro. Entre el agua y los peascos arbolados al pie de la montaa se extenda una
angosta franja de tierra llana a una distancia algo mayor que un tiro de flecha: la Quebrada
de Linsho. Pudo divisar casuchas y volutas de humo que ascendan hacia los campos de
Deelguy en la otra ribera. Un sendero llevaba fuera de la Quebrada, corra un poco junto a
la corriente y despus se internaba y ascenda por la ladera, cruzaba frente a ellos a menos
de media milla y desapareca en el Suroeste, ms all del extremo del bosque que estaba a
su izquierda. Algunas cabras estaban bajo cobertizos y una manada de vacas pastaba, una
tena una campanilla de tintineo sordo, que le colgaba del cuello, vigiladas por un
muchachito que estaba sentado y tocaba una flauta de madera; un buey viejo, a la distancia
de toda la cuerda que lo sujetaba, estaba comiendo la hierba ms verde que poda alcanzar.
Pero no era a la luz dorada, al ganado o al nio que tocaba la flauta que Guenshed
estaba mirando con una cara que pareca la de un diablo enfermo por la frustracin de la
prdida. Junto al sendero haba un terreno que estaba cercado con una empalizada de
madera y se vea un fuego que arda en una trinchera angosta. Un soldado con un casco de
cuero estaba sentado en cuclillas, fregando cacerolas, mientras otro carpa lea con una
pica. Junto a la empalizada haban levantado un mstil y en l flotaba una bandera: tres
espigas de trigo sobre fondo azul. Cerca, otros dos soldados estaban frente a la selva: uno,
sentado sobre la hierba, estaba comiendo; el otro estaba de pie, apoyado en una alabarda La
situacin era clara. La Quebrada haba sido ocupada por un destacamento de Sarkid que
perteneca al ejrcito de Santil-ke-Erketlis.
Maldito sea Dios! exclam Guenshed contemplando el sosiego pastoral y
resplandeciente de la ladera. Shuter, que llego de atrs, contuvo el aliento y qued
enmudecido, mirando como un hombre puede mirar las ruinas humeantes de su propia casa.
Los nios guardaban silencio: algunos, por su debilidad, por su estado enfermizo, no
comprendan; otros presentan con miedo la rabia y la desesperacin de Guenshed, que all
estaba de pie, contrayendo y aflojando las manos sin decir palabra.
De repente Radu se lanz hacia adelante. Los harapos flotaron en tomo a l cuando
levant ambos brazos sobre la cabeza, haciendo ademanes como un nio idiota que tiene un
ataque.
Ah, ah! grit Radu con voz enronquecida. Sar! trastabill, cay y se
levant por partes, como una vaca. Sharkid! murmur tendiendo las manos, y luego,
con voz apenas ms alta:
Sharkid, Sharkid!
Con gestos deliberados, Guenshed recogi su arco, que estaba al lado de su mochila,
y puso una flecha en la cuerda. Luego, recostndose contra un rbol, esper a que Radu,
nuevamente, tomara aliento. El grito del muchacho, cuando lleg, fue como el de un nio
enfermo, dbil y destemplado. Una vez ms grit, como un pjaro, y luego cay sobre las
rodillas, sollozando y retorcindose las manos entre la maleza. Guenshed, empujando a
Shuter hacia atrs por el hombro, esper como un hombre puede esperar a que un amigo
acabe de hablar con un transente en la calle.
Oh, Dios! exclam Radu llorando. Aydanos, Dios! Por favor, Dios mo,
aydanos!
Shara se despert a medias sobre la espalda de Kelderek y murmur:
Leg-bai-l! Se fue a Leg-bai-l! y se qued de nuevo dormida.
Como un hombre que van a juzgar puede, de todos modos, detenerse en el camino a
escuchar la cancin que una mujer est cantando; como el ojo de alguien a quien acaban de
informar que tiene una enfermedad mortal puede distraerse fuera de la ventana y demorarse
un instante a contemplar el fulgor de algn pjaro de brillantes colores entre los rboles;
como algn reo despreocupado podra beber un trago y bailar una briosa danza sobre el
patbulo, as, al parecer, no slo la inclinacin de Guenshed sino tambin su autoestima lo
llevaban ahora, como a su propio desastre, a detenerse unos momentos para gozar de la
nica y singular desgracia de Radu. Mir a los nios, como invitando a quien deseara
hacerlo a que ensayara su voz llamando a los soldados. Observndolo, Kelderek fue presa
de un horror mortal, como el de un nio que contempla la excitacin crispada y fra de un
violador, sinti que los dientes se le entrechocaban y que los esfnteres se le abran. Se
sent en el suelo, apenas bastante dueo de s mismo para dejar resbalar a la nia a su
espalda y ponerla a su lado en el suelo.
En ese instante se oy una voz spera que surga de unos matorrales cercanos.
Guensh, digo! Guensh!
Guenshed se dio vuelta bruscamente, tratando de escudriar con sus ojos
deslumbrados por el sol la sombra floresta que tena detrs. No haba nada que ver, por un
instante despus la voz se oy de nuevo.
Guensh! No vayas all, Guensh! Por amor de Dios, danos una mano!
Un tenue rizo de humo se elevaba de un pedazo de terreno en medio de la maleza,
pero el resto estaba tan tranquilo como la pendiente herbosa de al lado. Guensh hizo una
sea con la cabeza a Shuter y el muchacho se acerc lenta y de mala gana, con todo el
valor que pudo juntar. Desapareci entre los matorrales y un momento despus se le oy
gritar:
Porquera de mierda!
Guenshed segua sin decir nada, y se limit a hacer una seal a Bled para que se
uniera a Shuter. Por su parte, sigui con la atencin puesta en Radu y Kelderek. Al cabo de
un rato los dos muchachos salieron de los matorrales junto con un hombre carnoso, de
labios gruesos y ojos pequeos, que gesticulaba de dolor y se bamboleaba entre ellos,
arrastrando un morral por el suelo. La pierna izquierda de sus bombachas, que alguna vez
haban sido blancas, estaba empapada en sangre, y la mano que tenda a Guenshed estaba
roja y pegajosa.
Guensh! dijo. Guensh! T me conoces! No es cierto? No me dejes aqu.
Verdad que me sacas de aqu? No vayas all, Guensh, te agarrarn lo mismo que a m. No
podemos quedamos aqu ni t ni yo Van a venir, Guensh, van a venir!
Kelderek, observando desde el lugar donde estaba, pudo recordar de repente al
hombre. Este despojo manchado de sangre no era nada menos que el opulento traficante de
esclavos de Deelguy, Lalloc; gordo, insinuante, emperifollado, con las maneras demasiado
familiares y obsecuentes a la vez de un sirviente que hace carrera. Suntuosamente vestido y
sonriendo entre sus desdichadas y cuidadas mercaderas, haba tenido la costumbre de
publicitarse a s mismo en Bekla como el traficante de esclavos de alta categora, el
proveedor de la aristocracia. Necesidades especiales sern discretamente consideradas.
Kelderek tambin record cmo haba empezado a llamarse a s mismo U-Lalloc, hasta
que Gued-la-Dan le orden que terminara con su impertinencia y se pusiera en su lugar.
Poco haba ahora en l del fatuo de un mundo equvoco cuando se arrastraba a los pies de
Guenshed, escupiendo miedo y cansancio, con su tnica amarilla, mugrienta y con la propia
sangre coagulada sobre sus gordas nalgas. La correa del morral le rodeaba la mueca y en
una mano sostena un braserillo de barro, como los que llevan algunos viajeros en viajes
largos y que alimentan con ramaje y hojarasca. Era de este que provena el humo.
Por un instante los ojos de Lalloc, cuando recorrieron el grupo de los nios, se
detuvieron en Kelderek: pero esta sorpresa momentnea Kelderek pudo percibirlo se
debi nada ms que a la presencia de un adulto entre los esclavos. Lalloc no lo reconoci:
cmo hubiera reconocido al antiguo rey-sacerdote de Bekla? Guenshed siempre
permaneca en silencio, mirando enfurruado a Lalloc, cubierto de sangre, como si
estuviera tratando de averiguar y sin duda de esto se trataba en qu forma podra
convertir este encuentro ines-perado en una ventaja. Finalmente dijo:
Van tan bien las cosas, Lalloc? Has estado en alguna historia, al parecer?
El otro extendi sus manos ensangrentadas, encogi los hombros, levant las cejas y
agit la cabeza a uno y otro lado.
Yo estaba en Kabin, Guensh, cuando los sikats llegaron al Norte. Pens que tena
bastante tiempo para volver a Bekla, pero me fui demasiado tarde sabas que los
soldados corren de ese modo, Guensh? Lo sabas? Me cortaron y no pude volver a Bekla
(con una mano hizo un gesto hacia abajo, como de cortar). No haba gobernador en
Kabin El nuevo gobernador, un tipo llamado Mollo, haba sido ultimado en Bekla,
decan El rey lo habra matado con sus propias manos. Nadie quera recibir dinero para
protegerme. As que atraves el Vrako. Yo pensaba: Me quedar aqu hasta que la cosa
pase. Yo con mis lindos chicos, los que compr. As que camos en una aldea asquerosa, y
tuve que pagar pagar nada ms que para que no me asesinaran. Un da me encuentro con
que los soldados de Ikat atraviesan el Vrako y buscan por todas partes a los traficantes de
esclavos. Me voy al Norte ay que horrible!, con idea de comprar tal vez el trnsito por
Linsho. Pero no atravieso el bosque, tomo por el sendero y me encuentro de repente con los
soldados. Cmo voy a saber que los sikats van a llegar antes all? Ladrones asquerosos:
me toman los chicos y todas las cosas por las que haba pagado. Dejo todo y corro a la
selva. All una flecha me atraviesa el muslo. Dios mo, qu dolor! Se ponen a buscarme, no
mucho tiempo No, no tienen mucho que buscar, los muy canallas. Saben que aqu no hay
comida, no hay refugio, no hay donde ir. Santo Dios, Guensh! Qu vamos a hacer ahora?
Si atraviesas estos rboles te agarran nos estn esperando alguien me dijo que mataron
a Nigon, que mataron a Nindulla
Nigon ha muerto dijo Guenshed.
S, s. Me puedes ayudar, Guensh? Cruzamos el Telthearna y llegamos a
Deelguy? Acurdate de todos los chicos y las chicas que te compr, Guensh, que siempre te
compraba y no digo que
De repente Shuter dio un silbido y tir de la manga a Guenshed.
Mira esos hijos de puta! sealando con el dedo. A unos ochocientos metros de
distancia, sobre el declive iluminado por el sol donde estaba la casilla del guarda, veinte o
treinta soldados se acercaban por la selva, arrastrando sus largas picas detrs de ellos, sobre
la hierba. A una seal del oficial, extendieron la lnea, abrindose a derecha e izquierda a
medida que se acercaban a los aledaos.
A ninguno de los nios, y tampoco a Radu o a Kelderek, se les ocurri que podan ni
siquiera ahora, gritar o tratar de llegar hasta los soldados. Acaso Guenshed no les haba
permitido probarse a s mismos que no podan hacerlo?
Su dominio, esa fuerza maligna de la que ya haba hablado Radu los envolva,
helada, inalcanzable, visible tan slo en sus efectos, se inmiscua en sus espritus con un
poder religioso de enfriar y de subyugar. Era algo que estaba dentro de ellos, en sus cuerpos
hambrientos, en sus corazones, en sus mentes congeladas. Ni Dios mismo hubiera podido
derretir este fro o contrariar en lo ms mnimo la voluntad de Guenshed. Kelderek,
esperando que Bled mirara a otra parte y no viera su lenta y torpe lucha, levant una vez
ms a Shara en sus brazos, tom al dcil Radu de la mano y sigui al traficante de esclavos
que se internaba, en la selva.
Subieron a los terrenos altos, a lo largo de la cresta de la baja cordillera que haban
recorrido ms temprano esa tarde; Lalloc se tambaleaba junto a Guenshed y continuamente
suplicaba que no lo dejaran atrs. Mientras tanto mascullaba, aunque entre susurros y frases
desconectadas por la falta de aliento, pero Guenshed no responda. Sin embargo, aunque
podra haber parecido desatento a los nios o al gordo proveedor de nios bonitos, a
Kelderek le pareci que, de todos modos, estaba muy alerta dentro de s mismo; como un
gran pez que se esconde bajo un arrecife, al acecho de la ms leve oportunidad para
lanzarse entre las piernas de los hombres que han tendido la red y esperando, inmvil, que
su quietud pueda hacerles creer que ya se ha ido.
52
La aldea en ruinas
Y ahora empez, entre los nios esa desintegracin final que tan slo el miedo a
Guenshed haba logrado detener tanto tiempo. A pesar de la niebla de ignorancia y terror
que los envolva, hubo una cosa clara para todos. Los planes de Guenshed haban
fracasado. Tanto l como sus veedores estaban asustados y no saban qu iban a hacer
ahora. Bled caminaba ensimismado, agobiado y murmurando, con los ojos fijos en el suelo.
Shuter se mordisqueaba continuamente una mano y todo el tiempo su cabeza, con la boca
abierta y los ojos cerrados, caa hacia delante, como la de un oso que no puede sostener su
peso. De los tres emanaba la desesperacin, como murcilagos que llegan revoloteando
desde una cueva, ms y ms a medida que decrece la luz. Los nios empezaron a rezagarse.
Varios que haban cado o se haban echado al suelo seguan en el mismo lugar, porque
Guenshed y sus flageladores compartiendo ahora el mismo terrible destino de sus vctimas,
no tenan ni voluntad ni nimo para hacerlos poner de pie a latigazos.
Era claro que a Guenshed ya no le importaba que los nios estuvieran vivos o
muertos. No les prestaba atencin, pero apresuraba su propio paso, preocupado tan slo por
distanciarse de los soldados. Slo mantena una constante vigilancia sobre Kelderek y Radu
y les ordenaba, cuchillo en mano, que marcharan delante de l y no se detuvieran por nada.
Del mismo modo que, cuando dos animales han peleado, el vencido parece achicarse
en el momento en que se aleja, Radu haba sufrido una regresin: de adolescente, haba
vuelto a ser nio. El orgullo con que haba llevado sus harapos y sus llagas, como si
hubieran sido insignias honorficas de la casa de Sharkid haba sido reemplazado por un
abatimiento fatigado, como el que tiene el sobreviviente de una catstrofe. Iba con aire
incierto de un lado al otro, como incapaz de elegir por s mismo la direccin, y una vez,
cubrindose el rostro con las manos, tuvo un acceso de llanto que slo se par cuando le
falt el aliento. Al levantar la cabeza sus ojos que se encontraron con los de Kelderek,
tenan una expresin de desesperacin y de pnico, como los de un animal que mira desde
una trampa.
Tengo miedo de morir murmur.
Kelderek no encontr respuesta a esto.
No quiero morir repiti Radu con desesperacin.
Vamos! dijo Guenshed speramente, desde atrs.
Eran los soldados de mi padre!
dejaban ver el hueco ennegrecido de las chimeneas. Cerca se elevaba una eminencia rocosa,
que sin duda en un tiempo haba sido utilizada para estas construcciones; al pie de ella
corra un hilo de agua que formaba un estanque superficial, y el caudal de ste, que se iba
perdiendo por una abertura entre las piedras que lo cercaban, bajaba hacia el Telthearna
lejano. Del otro lado del estanque el cerco de piedra estaba cubierto a medias por ramas de
la via trepsis, y unas pocas flores escarlatas ya haban florecido.
En dnde estamos? pregunt Kelderek. Shuter, en dnde estamos?
Cmo diablos quieres que sepa? contest Shuter. Una aldea abandonada o
algo por el estilo, no? Aqu no ha habido nadie en una mierda de aos Pero qu pasa?
sigui diciendo el muchacho, con una violencia sofocada. Esto es lo mismo que estar
muertos ya.
Es un lugar que sirve para morir lo mismo que cualquier otro, no? Para m, es
para m dijo Kelderek. Se parece a otro lugar haba un estanque y trepsis.
Est ido dijo Radu. Ve a tomar agua, Shara querida Yo ir dentro de un
momento.
Llegamos pronto a casa?, pregunt la nia. Dijiste que bamos a casa, no?
Tengo hambre, Radu.
Pronto vamos a casa, querida dijo Radu. No esta noche, pero pronto. No
llores. Mira, los nios grandes no lloran. Yo te cuidar.
Los soldados van a llegar susurr los soldados de Sarkid nos llevarn a casa.
Pero este es un secreto entre t y yo.
Me siento mal dijo ella estoy enferma. Quiero agua.
Le bes el brazo con labios secos y tambale hasta el estanque.
Tengo que cuidarla dijo Radu. Se pas la mano por la frente y cerr los ojos.
Su padre es uno de nuestros arrendatarios, sabes? Oh, ya te lo dije! Tambin yo estoy
enfermo. Crees que esto es una peste?
Radu dijo Kelderek. Me voy a morir. Estoy seguro. El estanque y la
enredadera trepsis me han sido enviados como una seal. Aunque lleguen los soldados, me
voy a morir, porque entonces ellos me matarn.
Guenshed dijo Radu. Guenshed quiere estar seguro de matamos. O el diablo,
que ahora utiliza su cuerpo: tiene intencin de matarnos.
La cabeza te flota, Radu. Escchame. Hay algo que necesito pedirte.
No: lo del diablo es verdad. Es porque la cabeza me flota que lo puedo ver. Si a un
hombre le gusta el infierno, y hace obra de infierno, entonces los diablos se apoderan de su
cuerpo antes que muera. Es lo que el viejo guarda del portn me dijo una vez en Sarkid:
entonces yo no lo entend, pero ahora lo entiendo. Guenshed se ha convertido en un diablo.
Me inspira miedo de muerte su simple vista. Creo que podra matarme de miedo si la
cosa se le ocurriera.
Kelderek tante, buscando el brazo de Radu, como un ciego.
Radu, escchame. Quiero pedirte perdn, y pedir perdn a tu padre tambin, antes
de morir.
Mi padre? T no conoces a mi padre. La cabeza te flota, como a m.
Entonces te corresponde a ti perdonarme en nombre de tu padre y en nombre de
Sarkid. He sido el ms grande enemigo de tu padre. Nunca me preguntaste mi nombre. Mi
nombre es Kelderek de Ortelga. Pero te enteraste de mi existencia como Crendrik.
Crendrik? El rey-sacerdote de Bekla?
S: yo fui una vez el rey de Bekla. No importa cmo vine a parar aqu. Esa es la
justicia de Dios, porque fui yo quien introdujo el trfico de esclavos aqu en Bekla y di
licencia a los traficantes en pago por el dinero que me daban para pagar la guerra con
Santil-ke-Erketlis. Si es cierto que la muerte salda todas las deudas y los males, entonces te
ruego que me perdones. Ya no soy ms el hombre que cometi esos hechos.
Realmente vas a morir? Ests seguro? No se puede hacer nada?
Era un nio sorprendido y asustado el que miraba a Kelderek en la ltima luz.
Me ha llegado la hora de morir. Es lo que s ahora. Los soldados de Ikat me
habran matado en Kabin, pero tu padre lo impidi. Cuando me envi a travs del Vrako,
me dijo que si me encontraban de nuevo, me iban a matar. De modo que morir, a manos de
los soldados o a manos de Guenshed.
Si mi padre pudo perdonarte entonces, Crendrik, yo te perdono ahora. Oh, qu
importa? Esa nia va a morir! Guenshed la matar: lo s! grit el muchacho.
Antes de que Kelderek pudiera contestar, Guenshed ya estaba encima de ellos,
silencioso en la oscuridad. Hizo sonar sus dedos y los dos se pusieron lentamente de pie,
temblando y encogindose como animales que temen a un amo cruel. Ya iba a hablar
cuando Lalloc se acerc y Guenshed se volvi hacia l, dejndolos en donde estaban.
No vas a sacar mucho de ellos, Guensh dijo Lalloc. No te ocupes de ellos.
No, no, ni siquiera yo te podra pagar mucho por ellos. Es muy poco lo que pierdes,
realmente muy poco.
solo en la oscuridad, Kelderek se dej caer al suelo; pero ms tarde no hubiera podido
decir cunto tiempo despus se arrastr en cuatro patas hasta la cabaa ms cercana y en
ella se qued dormido.
53
Conversacin en la noche
Le haban dado un grupo de nios esclavos que deba llevar al Palacio de los
Barones, pero los nios eran tan posados que l no los pudo cargar y debi arrastrarlos
detrs de l paso a paso. El camino pasaba por una montuna y d segua al Seor Shardik a
travs de florestas empinadas y siniestras, llenas de los espritus de soldados muertos, que
soplaban y cuchicheaban entre las ramas. Finalmente el camino se volvi tan empinado y el
peso era tan grande que tena que ponerse a gatear, y de este modo llegaba por ltimo a la
cumbre. El palacio de los varones estaba en la cumbre misma, pero al irse acercando
comprendi que no era nada ms que madera chata pintada en un marco y mientras la
miraba, se hizo trizas y rod montaa abajo.
Al despertar se arrastr hasta la puerta y trat de echar una ojeada a las estrellas.
Haba hojas o nubes que las tapaban. Lo mejor que poda hacer era intentarlo, pens. Si,
ahora era demasiado tarde la mitad de la noche o ms tarde tanto Guenshed como
Lalloc podan estar durmiendo: si estaban durmiendo, tal vez l pudiera libertar a Radu y a
Shara tal vez incluso podra matar a Guenshed con su propio cuchillo.
La noche era intensamente oscura, pero haba una direccin en la que pudo divisar
un distante parpadeo luminoso, en parte tapado, o as pareca, por una especie de teln. Dio
unos pocos pasos hacia esta luz y descubri que se haba equivocado en cuanto a la
distancia, pues estaba cerca, muy cerca. Una capa haba sido echada sobre el marco sin
puerta, por el que Guenshed haba hecho pasar a Radu al anochecer. Lleg hasta all, se
arrodill y acerc un ojo a una de las rendijas, a travs de las cuales pasaba la luz.
Paredes de piedra y un piso de guijarros nada ms y un fuego dbil en la
chimenea del otro lado. En el rincn ms apartado, Radu y Shara dorman sobre las piedras
desnudas. Radu estaba tirado, inmvil, pero Shara gimoteaba sin parar, nerviosa y
evidentemente enferma.
Guenshed, con un largo bastn en una mano, estaba sentado sobre su mochila,
contemplando las llamas y espantando malhumoradamente un enjambre de insectos que se
haban trepado a la punta de un leo que arda. Kelderek tuvo de nuevo la fantasa de que
este hombre nunca dorma o que, como un insecto, slo dorma en ciertas estaciones. Del
lado opuesto, Lalloc estaba sentado torpemente en un leo, apoyando su pierna herida en la
sana. Contra la mochila de Guenshed haba una botija de vino y, despus de unos instantes,
el traficante la recogi, bebi y se la pas a Lalloc. Kelderek, viendo que la idea del rescate
era impracticable, ya se iba a retirar cuando Lalloc habl. Movido por la curiosidad, pese a
que la mente le flotaba y a que estaba comido por los insectos, escuch.
No siempre estuviste en esta clase de trabajo, verdad? pregunt Lalloc,
frotndose la pierna. Cunto tiempo hace que te conozco, Guensh tres aos?
No siempre contest Guenshed.
Qu eras? Soldado, tal vez?
Guenshed se inclin y tir un escarabajo a las llamas.
Era ayudante del verdugo en Terekenalt.
Es buen trabajo? Se hace plata?
Uno vive dijo Guenshed.
Hubo un silencio.
Lalloc ech otra rama al fuego y empin la bota de vino. En el rincn Shara se
retorci sobre el suelo, balbuce unas palabras y se moj los labios resecos, sin despertar.
Los ortelganos te dieron una oportunidad? No?
No me quisieron dar la licencia hijos de puta. Eso ya lo sabes.
Por qu no quisieron?
Dicen que demasiados nios quedan estropeados. Lo ms probable es que yo no
haya tenido la plata para sobornar a alguien y conseguir la licencia.
Lalloc chasque la lengua, pero se interrumpi cuando Guenshed le lanz una
mirada severa.
Bueno, no me ro. No, no. Pero hace falta estilo, Guensh, hace falta estilo para ser
traficante de esclavos. Por qu no tienes buenos veedores? Veedores que no dejen morir a
los nios, que no les peguen en los lugares en donde las marcas se ven Me entiendes?
Que se las arreglan para que tengan buen aspecto, que les ensean a mostrar una buena
facha a los compradores.
Guenshed se dio un puetazo en la palma de la mano.
Muy bien para ti, eh? S, pero yo tengo que trabajar con elementos baratos. Para
los chicos no hacen falta veedores. Basta con elegir otro par de chicos Y uno se libra de
ellos en cuanto se da cuenta de que ya saben ms de lo que uno quiere que sepan. T t
slo compras a otros traficantes. Verdad? No tienes capital con qu trabajar? Yo tengo
que salir y conseguirlos baratos. Tengo que darme todo el trabajo, correr todos los
riesgos No tengo licencia. Entonces vienes t, me los compras y los vendes ms caros.
No es as?
arcadas de ladrillo de la Casa del Rey en Bekla: el olor rancio y ftido del oso.
Por un largo momento le pareci a Kelderek que ya deba estar muerto. El estanque
y la trepsis los haba aceptado como una premonicin de su muerte. Que Guenshed supiera
quien era l, que lo hubiera sabido desde un principio y tuviera la intencin, si so
presentaba la oportunidad, de sacar ganancia do l entregndolo a la muerte, esto lo haba
golpeado plenamente, con el sentido de desolacin que siempre acompaa al
descubrimiento de lo que creamos estaba oculto y, en realidad, era conocido todo el tiempo
por nuestro enemigo. Ahora, en medio do esto, en su ltimo extremo, invisible, inaudible,
Shardik, haba surgido de las extensiones de la selva, Shardik, al que l haba visto muy
lejos en el Sur tres das antes. A Kelderek no se le ocurri preguntarse si haba llegado para
vengarse o por compasin. Sencillamente el terror do lo increble inund su mente
deshecha.
Nuevamente el bulto oscuro so movi contra el cielo, y ahora un gruido sordo
mostr que estaba cerca, ms cerca que lo que haba parecido, a unos pasos de distancia.
Kelderek, apretndose contra la pared del refugio de los traficantes de esclavos se cubri la
cara con las manos, gimoteando de terror.
Al hacerlo, un horrendo aullido se oy dentro. Fue seguido por otro y otro, por
maldiciones, golpes, el ruido de algn objeto pesado sacudido contra el suelo, de luchas
convulsivas y, finalmente, un jadeo largo y sofocado. La capa que cubra la abertura fue
tirada a un lado y se pudo ver la luz del fuego, que ilumin por un instante dos ojos rojos y
brillantes en lo oscuro y una forma negra, grande, que gir y se tambale alejndose,
desapareciendo entre las paredes desmoronadas. Luego volvi el silencio, interrumpido tan
slo por un sonido arrastrado, brusco, que finalmente ces, y el jadeo penoso de alguien
que termina su tarea ajustando la capa al hueco de la puerta. La luz del fuego qued tapada
y Kelderek, consciente tan slo de que Shardik se haba ido y que l estaba vivo, se arrastr
hasta el primer surco que encontr y all se ech, no sabiendo si estaba dormido o despierto.
54
La roca hendida
Por debajo de la primera luz que se insinuaba por el cielo, el ro resplandeca con un
gris turbio y mate: la superficie era tersa y el fluir imperceptible desde las alturas de donde
vuelan los gansos migratorios en su viaje hacia el Norte. Al Sur de la quebrada de Linsho la
selva estaba inmvil, cubriendo como una piel lanuda el cuerpo de la tierra de la que naca.
El vuelo sbito de algn pjaro no turbaba an el sosiego. Ni una brisa se mova, ni un
reflejo de luz se vea en los rboles. Las alas de las grandes mariposas estaban
apretadamente plegadas.
El cuerpo de Lalloc yaca fuera del zagun en donde haba trastabillado, con el
cuchillo de Guenshed clavado en la espalda. Los pies haban tropezado en el escaln y las
rodillas, al caer, se haban hundido en la tierra blanda por el peso del voluminoso cuerpo.
Los brazos estaban extendidos hacia adelante, uno sobre el suelo, con la palma hacia abajo
y los dedos metidos en la tierra, como cavndola, el otro estaba tendido como un brazo de
nadador, aunque rgido por la muerte. La cabeza estaba ladeada y la boca abierta. Dos tajos
profundos haban arrancado casi la mejilla izquierda, que caa debajo del mentn como un
colgajo sangriento, dejando ver los dientes astillados y apretados. La ropa estaba tan
empapada en sangre, tanto vieja como reciente, que apenas retena otro color. Guenshed
estaba arrodillado junto al estanque, lavndose los brazos en el agua y limpindose las uas
con la punta de su cuchillo. Su morral yaca abierto sobre el suelo, detrs de l, y haba
puesto fuera dos o tres grilletes de taln. Otras diversas piezas de metal estaban apartadas, a
un lado, con la evidente intencin de abandonarlas. Despus de cerrar el morral aligerado y
echrselo a la espalda, ajust la cuerda al arco, se meti cinco o seis flechas en el cinturn y
reanim el fuego que arda bajo la marmita, todava rampante, agregando hojarasca y ramas
verdes.
Sus movimientos eran silenciosos y, de cuando en cuando, se detena con aire
incierto y se pona a escuchar a la media luz los rumores de la selva que despertaba.
Cuando oy un dbil rumor de pasos en la maleza que estaba ms all del estanque, se puso
inmediatamente a un lado y, con una flecha ya lista en el arco, acech. En ese momento
Shuter emergi de entre los rboles.
Guenshed baj el arco y camin hacia donde estaba el muchacho, que se haba
puesto a mirar el cuerpo muerto sobre el suelo. Shuter se dio vuelta, sobresaltado, y
retrocedi, llevndose una mano a la boca.
Conque trataste de hacer una caminata por la noche, Shuter? No? dijo
Guenshed, casi en un susurro. Viste algunos soldados?
Era claro que Shuter estaba a medias atontado, tal vez de miedo, tal vez de hambre,
tal vez de falta de sueo, tal vez de las tres cosas. Aunque intent contestar, por unos
instantes no logr articular nada inteligible. Finalmente dijo:
Bien, bien; pero volv o no? Quiero esta mierda de vida! O no?
De modo que es por eso que volviste? dijo Guenshed, mirndolo con una
especie de curiosidad reticente.
Claro que he vuelto grit Shuter. En la selva all Se call haciendo
una seal hacia la espesura. Eso no es un ser vivo exclam. Vino por ti lo han
mandado para ti se incorpor sobre las rodillas. No fui yo quien mat a Kevennat!
Fuiste t!
Ya no fue capaz de contenerse y mir rpidamente por encima del hombro.
Esa cosa, ese ser si es un ser y no un diablo Era ms grande que esa roca, te
digo. Cuando marchaba, mova el suelo, casi tropec con l en lo oscuro. Si habr corrido!
Es por eso que volviste? repiti Guenshed, despus de una pausa. Shuter
asinti. Luego, volviendo a ponerse lentamente de pie, mir de nuevo el cuerpo y dijo con
indiferencia:
T lo mataste, no?
No nos serva de nada, verdad? dijo Guenshed. Si nos encontraban en
compaa de l, todo estaba terminado. Pero le saqu la plata. Vamos. Ponlos en marcha.
Los llevas a ellos? pregunt Shuter sorprendido. Por amor de Dios! Por qu
no nos echamos a correr? A cualquier parte!
Levntalos dijo Guenshed. Ponles a todos la cadena, mueca a mueca, y
mantenlos en orden mientras lo haces.
Su dominio llen el lugar como el agua en una inundacin desarraigando y
ahogando todas las otras voluntades. Aquellos nios que, mareados por el hambre y las
privaciones, haban pasado la noche entre las ruinas, ahora, incapaces de pensar en huir o
en esconderse, obedecieron a Shuter como lo haban obedecido desde haca ya tanto
tiempo, sintiendo que emanaba de Guenshed, mientras avanzaban a tumbos por el campo
abierto, un poder ms maligno que el que nunca haba mostrado. Ahora, cuando su suerte se
haba derrumbado, cuando su crueldad haba quedado ya libre de las restricciones que haba
impuesto hasta ahora la esperanza del lucro, march entre ellos lleno de una excitacin
intensa, con los ojos brillantes, y ellos, horrorizados, se estremecieron. Kelderek, saliendo a
gatas del surco en donde se haba tirado, sinti que este mismo poder lo haca ponerse de
pie y luego, con pasos tambaleantes, lo haca acercarse hasta el borde del estanque, donde
Guenshed estaba de pie esperndolo. Enterado de la voluntad de Guenshed, permaneci en
silencio hasta que Shuter lo encaden, engrillndolo por la mueca a un nio de pelo liso,
cuyos ojos se movan sin cesar. Este nio, a su vez, estaba encadenado a otro y as
sucesivamente, hasta que todos quedaron eslabonados. Kelderek no se sorprendi ni de que
Shuter hubiera vuelto ni de que Lalloc hubiera encontrado su fin. Estas cosas, comprenda
ahora, no necesitaban explicacin. Ellos y todo el resto el hambre, la enfermedad, el
dolor y las penurias ocurran porque la voluntad de Guenshed era esa.
Shuter levant la mirada despus de afirmar el ltimo grillo, asinti con la cabeza y
retrocedi. Guenshed tanteando la punta de su cuchillo, sonrea en la luz del da, que se
intensificaba.
Bueno dijo por ltimo Shuter nos ponemos en marcha?
Trae a Radu contest Guenshed, sealando con el dedo.
En tomo a ellos los rumores de la selva aumentaban: chillidos de pjaros y zumbidos
de insectos. Uno de los nios vacil sobre sus pies, se aferr al compaero que tena al lado
y luego cay, arrastrando a otros dos ms don l. Guenshed no los tom en cuenta y los
nios siguieron en el suelo.
Radu estaba de pie junto a Kelderek. Mirando de reojo, Kelderek vio que la postura
del jovencito expresaba el miedo del que haba hablado el da anterior. Los hombros
estaban agachados, las manos se aferraban al cuerpo y los labios estaban muy apretados.
Buenos das, Radu dijo Guenshed cortsmente.
El verdugo vulgar, a quien le ha sido entregado alguien que fue en un tiempo un
refinado caballero, ahora plido de terror, quebrado y condenado, no puede excluir de su
trabajo cierto deleite personal y una inclinacin natural a tomar las cosas a chacota.
Ten la bondad de acompaar a Shuter, Radu dijo Guenshed. Te ruego, pon
ese cadver donde nadie lo vea.
Qu mierda! Hasta cundo? grit Shuter, pero encontr la mirada de
Guenshed y se call. Kelderek, dando vuelta la cabeza con el permiso tcito de Guenshed,
observ a los dos muchachos que se esforzaron por levantar el cadver corpulento,
manchado de sangre y que lo llevaron (y en parte arrastraron) a travs del umbral en el que
haba cado Lalloc antes de morir.
Cuando volvieron, Guenshed dio un paso hacia adelante y tom suavemente a Radu
de los hombros.
Radu dijo con una especie de alegra serena, ve y trae a Shara aqu. No te
demores!
Radu lo mir a travs de los dedos de sus manos.
No puede moverse! Est enferma! Quiz est muriendo! hizo una pausa y
luego grit: T lo sabes muy bien!
Tranquilo, tranquilo dijo Guenshed. Ve y trela, Radu.
Ve a traerla, Radu repiti Guenshed, muy sereno.
Kelderek oy el llanto de Shara antes de ver a Radu, que la traa en brazos. Shara se
debata y el muchacho apenas la poda sostener. Su voz, mientras trataba de tranquilizarla y
consolarla, apenas se oa por encima del llanto asustado y casi delirante de ella.
Radu, Radu, djame, Radu! No quiero ir a Leg-bai-l!
Tranquila, querida, tranquila deca Radu, agarrndola torpemente en el
momento en que trataba de serenarla. Volvemos a casa. Te acuerdas que te lo promet?
Me duele dijo la nia llorando. Vete, Radu; me duele.
Mir a Guenshed sin reconocerlo: su propia mugre la cubra como cubren los
cascotes las calles de una ciudad derrumbada. Saliva sucia le bajaba por el mentn y se
escarbaba con gesto dbil los mocos secos pegados a los hoyos de la nariz. De repente grit
de nuevo, sin duda dolorida, y un chorro delgado de orina, empaada y blancuzca como
leche, moj los brazos del muchacho.
Vamos, vamos; dmela, Radu dijo Guenshed, tendiendo las manos.
Kelderek levant la mirada y vio los ojos de Guenshed, brillantes y voraces como
los de una gigantesca anguila, a cada lado de su boca abierta.
Hace demasiado ruido dijo Guenshed en voz baja, lamindose los labios.
Dmela, Radu.
En el instante en que Kelderek intent dar un paso adelante, comprendi que Radu
se haba negado a obedecer a Guenshed. Sinti el brusco tirn de la cadena en la mueca y
oy la palabrota que dijo el nio a quien estaba atado. Simultneamente, Radu se dio vuelta
y, con la cabeza de Shara apoyada blandamente en su hombro, empez a alejarse.
No, no, Radu dijo Guenshed, con la misma voz tranquila. Ven aqu.
Radu no le hizo caso y sigui avanzando, con la cabeza inclinada sobre su caiga.
Guenshed emiti un gruido, extrajo su cuchillo y lo lanz contra el muchacho. No
dio en el blanco y Guenshed se precipit sobre l, le arranc a la nia de los brazos y le dio
un golpe que lo tir al suelo. Por un instante permaneci inmvil, sosteniendo a Shara entre
las manos. Luego le clav los dientes en un brazo y, antes de que pudiera gritar, la tir
dentro del estanque. Shuter que corri hacia ellos, fue puesto de lado, y Guenshed salt
carne al descubierto estaba lacerada por cinco tajos paralelos, separados y profundos.
Aun en el caso de haber estado ms afiebrado, ms dbil, Kelderek no habra dejado
de reconocer las huellas que estaban junto al cadver. Eran tenues, porque el suelo estaba
cubierto de musgo y enredaderas, pero aun en el caso de haber sido ms tenues, l no habra
dejado de reconocerlas. La muerte del muchacho deba ser reciente: a lo sumo dos horas, y
consciente de esto hizo una seal a los nios para que guardaran silencio y se puso a
escuchar atentamente.
Sin embargo, no pudo acallar a Shuter, que se tir al suelo, presa de supersticioso
terror. Guenshed, que se acerc con Radu, que tena la cintura atada con una cadena, apenas
logr hacerlo poner de pie.
Mierda, mierda deca el adolescente, debatindose. Te lo dije. No te lo dije?
Es el diablo, Guenshed. Ha venido a buscamos a todos! Te digo que lo vi, los vi en lo
oscuro
Guenshed lo abofete y Shuter cay encima de Radu, que estaba quieto como un
poste y miraba sin ver delante de l mientras Shuter mascullaba aleo, babendose y
tratando de asirse de sus manos. Kelderek, a quien le pareca muy posible que Shardik
estuviera bastante cerca para or, observ a Guenshed con la intencin de averiguar si
prestaba atencin a las huellas o las reconoca por lo que eran. Tena la esperanza de que no
se diera cuenta y las primeras palabras de Guenshed le demostraron que efectivamente
estaba en lo cierto.
Parece que lo agarr algn animal dijo Guenshed. Es lo que se merece por
esconderse y tratar de huir en lo oscuro. Bueno, reanmate, Shuter; te voy a dar una
oportunidad. Voy a ser bueno contigo, Shuter. Aqu no hay ningn diablo, no eres nada
mas que un tonto, es de los ikats que tienes que cuidarte. Ahora tenemos que actuar sin
demora. Entiendes? T ve ahora a la izquierda, tan lejos como puedas, es de ese lado que
van a venir. Si husmeas alguna llegada, ve a esa roca que est sobre la orilla, esa que tiene
una hendidura, ves? All estar yo. Si tienes intenciones de entregarte a los ikats, es mejor
que no lo hagas. Te van a ahorcar de un rbol antes de que puedas chillar. Entendido?
Shuter hizo una seal de asentimiento y, ante otro gesto de Guenshed, tom la
direccin de la izquierda, siguiendo una lnea paralela a la orilla del Telthearna, que ahora
era visible debajo, con sus aguas verdes que reflejaban las copas de los rboles.
Monte abajo; cada palpitacin del pulso era una punzada dolorosa detrs de los
globos de los ojos, apretaba una mano contra un ojo, el gozne de la cadena le cortaba las
muecas y la visin era nublada por el mismo esfuerzo que haca por ver. Monte abajo; y
un susurro de llanto, como el llanto de una nia; deba ser una ilusin. No llores, Melathys,
querida ma, no llores por mi muerte. Adnde habrs de ir ahora? Qu ser de ti?
Llegaron alguna vez los soldados a Zeray? Un mensaje pero l nunca me entregar a los
soldados, antes me va a matar con sus propias manos. El Seor Shardik Despus de todo,
morir antes que el Seor Shardik Nunca conocer el gran propsito por el que Dios
Guenshed.
No! grit. Kelderek!
Como despertado por el grito, Kelderek se puso lentamente de pie. Tema la
mandbula colgante y puso su mano, con la ua partida de un dedo, cubierta con una costra
mugrienta e hinchada, por delante en un dbil gesto de defensa. Despus de un instante,
mirando a Guenshed pero hablando con incertidumbre como dirigindose a otro, dijo:
Ser como Dios lo quiere, seor. El asunto es ms importante que tu cuchillo.
Guenshed le quit el cuchillo a Radu y le dio una cuchillada que le abri una larga
herida en el brazo. Radu qued en silencio y quieto donde estaba.
Oh, Crendrik! dijo Guenshed, asindolo de la mueca y levantando
nuevamente el cuchillo.
Crendrik de Bekla!
Mi nombre no es Crendrik: es Kelderek Juega-con-los-Nios. Deja en paz a ese
nio.
Guenshed golpeo por segunda vez. La punta del cuchillo entr entre los huesos
pequeos del codo y lo hizo caer una vez ms de rodillas, mientras intentaba intilmente
golpear a Guenshed. En el mismo instante Shuter, profiriendo un grito, hizo una seal,
indicando el borde de la selva.
A mitad de la distancia entre los nios amarrados a la piedra y el punto ms alto,
donde estaba de pie Guenshed, sobre el centro de la ra, la maleza se abri y una rama
voluminosa cay sobre el camino, rod y resbal lentamente hasta el agua. Un momento
despus la abertura se hizo ms grande an y dej ver el cuerpo de un ser enorme y lanudo.
Shardik estaba de pie en el barranco; mirando a los cuatro seres humanos que estaban ms
arriba.
Ah, Seor Shardik: supremo, divino, enviado por Dios desde el fuego y el agua.
Seor Shardik de los Arrecifes! T, que despertaste entre las trepsis de los bosques de
Ortelga, y caste prisionero de la avidez y la maldad del corazn del Hombre! Shardik el
victorioso, el prisionero de Bekla, seor de las heridas sangrientas! T, que atravesaste el
llano, que retornaste vivo de los Estreles, Seor Shardik de la selva y la montaa, Shardik
del Telthearna! Tambin t has sufrido hasta la muerte como un nio indefenso en manos
de hombres crueles, cuando la muerte no quiere venir? Seor Shardik: slvanos! Por tus
heridas que queman como fuego y se pudren, por haber cruzado a nado el profundo ro, por
el trance hipntico y por tu salvaje victoria, por la larga prisin y el largo y vano viaje, por
tu pasin, tu dolor, tu desvalimiento y la amargura de tu sagrada muerte: salva a tus hijos,
que te temen y no te conocen! Entre los helechos y las rocas y el ro, por la belleza del
Kynat y la sabidura de los Arrecifes, escchanos, mancillados y perdidos, que hemos
apurado tu vida y que te llamamos! Muramos, Seor Shardik, muramos contigo, pero salva
a tus nios de este hombre malvado!
Era evidente que el oso estaba cerca de la muerte. Su enorme cuerpo, deformado y
enflaquecido por las privaciones, no era nada ms que huesos y piel sarnosa. Una garra
colgaba, rota y hendida, y esto formaba parte sin duda de una herida ms grave en la pata,
que manejaba torpemente y levantaba al marchar. El hocico reseco y los labios estaban
partidos y la cara deformada sugera una especi de fusin o desintegracin de los rasgos.
El cuerpo gigantesco, que la vida ya estaba abandonando, era como una pajarera en ruinas
de la que han huido los pjaros vistosos, y en la que los pocos que quedan slo sirven para
intensificar la sensacin de prdida y tristeza en el corazn de quienes la ven.
El oso haba sido sorprendido, al parecer, por alguna alarma en la selva que dejaba
detrs, pues despus de dar vuelta la cabeza a uno y otro lado, coje junto al borde del
estanque, como si quisiera continuar huyendo de algo. Cuando se acerc a los nios, estos
retrocedieron chillando de terror y l en ese instante se detuvo, se dio vuelta, pas junto al
lugar de donde haba emergido y dio unos pasos vacilantes por el barranco. Shuter,
enloquecido de terror, se puso a romper las enredaderas espesas y las plantas pinchudas que
estaban al lado, pero no logr abrirse paso y cay al suelo.
Maldicin! dijo Guenshed entre dientes. Ya est medio muerto. Vamos!
grit como agitando los brazos como arriando ganado. Vamos! Salgamos de aqu!
Dio un paso hacia adelante, pero en ese momento el oso recogi el labio,
mostrndole los dientes, y se levant, tambaleante, sobre sus patas traseras. Guenshed
retrocedi.
Por qu no corremos? gimote Shuter. Salgamos de aqu, Guenshed, por
amor de Dios!
Cmo? Por eso? dijo Guenshed. Dejar la canoa y todas las salidas que
tenemos? Caeramos de cabeza entre los ikats. Esta maldita bestia no nos va a asustar, no a
esta hora del da. Te lo digo, ya est medio muerto. Slo tenemos que matarlo, eso es todo.
Su arco segua tirado donde lo haba dejado despus de disparar contra el Kynat y,
recogindolo, sac una flecha de su cinturn. Kelderek, todava de rodillas, desangrndose
por un brazo, lo asi por el taln.
No! jade. Nos va a atacar! Nos har pedazos, creme!
Guenshed le dio un golpe en la cara y Kelderek cay de lado. En ese instante se
oyeron voces lejanas en la selva: un hombre daba una orden y otro le contestaba.
No temas dijo Guenshed, no te preocupes, hijo mo. Le meter tres flechas
dentro antes de que pueda pensar en venrseme al humo. Te dir; conozco una o dos cosas.
No se va a abalanzar contra m.
Sin sacarle al oso los ojos de encima, tante hacia atrs, arranc una tira larga de los
harapos de Radu y la at rpidamente al asta de la flecha, un poco encima de la cabeza,
dejando las dos puntas colgando, como una guirnalda o una cinta en los cabellos de una
nia.
Al or el rumor de voces, el oso se haba puesto en cuatro patas. Por unos instantes
se balance a uno y otro lado, pero luego, como si se sintiera dbil, se par y una vez ms
enfrent al traficante en el camino.
Shuter dijo Guenshed sopla ese brasero!
Shuter, comprendiendo lo que Guenshed intentaba hacer, sopl el brasero hasta
avivar el fuego y lo sostuvo con manos temblorosas.
Tenlo quieto susurr Guenshed.
La flecha ya estaba puesta en la cuerda y Guenshed baj el arco para que uno de los
extremos del trapo cayera dentro del brasero. El trapo ardi y, cuando la llama tom cuerpo,
Guenshed dobl el arco y tir. La llama corri hacia atrs y todo el eje, al parecer, ardi en
el aire.
La flecha, se incrust profundamente debajo del ojo izquierdo del oso, dejando
pegado a la cara el harapo encendido. Con un aullido atroz, el animal retrocedi, llevndose
las patas a su mscara de fuego. La piel seca prendi fuego y empez a quemarse: primero
las orejas, despus una pata, luego el pecho, donde se haban incrustado fragmentos, del
harapo incendiado. El animal golpeaba las llamas, gimoteando como un perro. Al
retroceder unos pasos, Guenshed tir de nuevo, y la segunda flecha entr en el hombro
derecho, cerca del cuello.
Como fuera de s, Kelderek volvi a ponerse de pie. Una vez ms, tuvo la impresin
de estar en la batalla al pie de los montes, rodeado por el gritero de los soldados, el pisoteo
de los que huan, el olor del suelo removido. Lo cierto es que pudo ver ahora claramente
delante de l a los soldados de Bekla, y en sus odos sonaron los rugidos de Shardik en el
instante de salir de entre los rboles. Shardik era una antorcha encendida que los iba a
consumir a todos, una carga de fuego de la cual no haba escape. La ira de Shardik llenaba
la tierra y el cielo, la venganza de Shardik iba a quemar al enemigo y lo iba a hacer polvo.
Vio que Guenshed se daba vuelta y corra por el camino y se meta con trabajo en la
hendidura de la roca. Vio a Shuter arrojado a un lado y a Radu que caa encima de l. Dio
un salto y grit:
Shardik! Shardik, el poder de Dios!
Shardik, con la flecha clavada en la cara, se acerc a la roca en que Guenshed se
haba metido. Sin agacharse, meti una pata ennegrecida en la hendidura. Guenshed la
apual y el oso, rugiendo, la retir. Luego golpe de nuevo y parti la roca en dos.
La parte de arriba de la roca se raj como una cscara de nuez y luego, cuando
Shardik la golpe de nuevo, se rompi en tres pedazos enormes, que se bambolearon y
cayeron a las aguas de abajo. Una vez ms golpe, un golpe mortal: sus garras desgarraron
la cabeza y los hombros del enemigo. Luego trastabill y se aferr a la roca, temblando y
lentamente se desplom sobre la base hecha pedazos.
Kelderek y Radu, que contemplaban la escena, vieron una figura que sala gateando
de la base de la hendidura. Radu grit y, por un instante, la figura se volvi hacia l, como
si pudiera or. Tal vez poda, pero no tena ojos ni cara, slo una gran herida, una masa de
carne sanguinolenta, salpicada con dientes y huesos rotos, en la cual no se podan distinguir
rasgos humanos. De esta pulpa sanguinolenta salan tenues gemidos, como los de un gato,
pero sin palabras, pues no tena boca, no haba labios. Tropez con un rbol y grit
atrozmente; al retroceder se vieron fragmentos de corteza y ramitas metidas en su mscara
blanda y roja. Ciegamente levant las manos ante el rbol, como si quisiera evitar los
golpes de algn cruel torturador, pero no haba nadie cerca. Luego dio tres pasos trabados,
tropez, y, sin emitir sonido alguno, cay sobre el borde. El chasquido de la cada lleg
desde abajo. Radu gate hacia adelante y mir sobre el borde, pero nada se elev hasta la
superficie. La vaina del cuchillo flotaba en medio de sangre en el agua, y la trampa de
moscas estaba deshecha junto a los pedazos de roca: esto fue todo lo que qued del
malvado y cruel traficante de esclavos, del hombre que se haba vanagloriado de poder
enloquecer a un nio de miedo, de un miedo peor que los golpes.
Kelderek se arrastr hasta la roca y se arrodill al lado, llorando y golpeando la
piedra. Una enorme pata, gruesa como un travesao, colgaba junto a su cara. La tom entre
sus manos y grit:
Oh, Shardik, Shardik, Seor mo, perdname!
Deb haber entrado a los Estreles por ti! Ojal hubiera muerto por ti! Oh, Seor
Shardik: no te mueras, no te mueras!
Levantando la mirada vio los dientes como tablillas, la boca con el labio recogido en
un gesto inmvil, las moscas que ya se paseaban por la lengua que sala, la pelambre
ennegrecida y chamuscada hasta la carne, la flecha que estaba clavada en la cara. El hocico
puntiagudo sealaba hacia el cielo, resaltaba como una cua. Kelderek golpe la roca con
las manos, sollozando de desesperacin. Una mano lo asi por el hombro y lo sacudi
rudamente, despertndolo. Al levantar la cabeza reconoci que el hombre que estaba a su
lado era un oficial del ejrcito yeldashay; las espigas de trigo de Sarkid estaban bordadas en
un hombro. Detrs de l estaba su tryzat, joven y fogueado, con la espada a mano por
cualquier emergencia y una expresin de sorpresa y desdn en la fiera mirada que
contemplaba, sin comprender, el cadver aplastado contra la roca y los tres vagabundos
sucios que se arrastraban al pie.
Quin eres? dijo el oficial. Vamos, contstame, hombre! Qu ests
haciendo aqu y por qu estn estos nios encadenados a esa piedra? Qu ibas a hacer?
Siguindole la mirada, Kelderek vio unos soldados que estaban junto a los nios en
la ribera, y, un poco ms lejos, entre los rboles, un grupo de aldeanos de pie,
cuchicheando.
El oficial tena olor a carnicera limpia: el olor que tiene el comedor de carne para el
que no la come. Los soldados se paraban con tan poco esfuerzo como los rboles en
primavera. Sus correas estaban aceitadas, sus arneses brillaban, sus ojos se movan
velozmente a uno y otro lado, sus voces dominantes los unan como dioses que se
comunican tersamente entre ellos. Kelderek mir al oficial a la cara.
Mi nombre es Kelderek-Juega-con-los-Nios dijo tartamudeando, y mi
vida y mi vida Para los yeldashay, no tengo derecho a la vida. Estoy dispuesto a morir
y slo pido que se me permita enviar un ltimo mensaje a Zeray.
Qu quieres decir? dijo el oficial. Por qu dices que no tienes derecho a la
vida? Eres el traficante de esclavos que cometi esos horrendos crmenes? Esos nios que
encontramos en la selva enfermos, hambrientos murindose, por lo que pude ver
Eso es obra tuya?
No dijo Kelderek. No. Yo no soy el traficante de esclavos. Ha muerto, por el
Poder de Dios.
Quin eres, entonces?
Yo? Soy soy el gobernador de Bekla.
Crendrik? El rey de Bekla? El sacerdote del oso?
Kelderek asinti con la cabeza y puso una mano sobre la inmensa piel que se
levantaba como una pared por encima de l.
El mismo. Pero el oso el oso ya no os molestar ms. Lo cierto es que l nunca
os molest. La molestia provino de hombres mal orientados y pecaminosos, y yo fui el peor
de ellos. Di a tus soldados que no se burlen del que ha muerto. Era el Poder de Dios, que
vino a los hombres, y los hombres hicieron befa de l. Y a Dios ha vuelto.
El oficial, desdeoso y sorprendido, consider que era mejor evitar la conversacin
con este pajarraco ensangrentado y mal oliente que hablaba de Dios y de sus ganas de
morirse. Se volvi hacia su trizat, pero al hacerlo otra figura lo tom del brazo: un nio con
el pelo apelmazado, el cuerpo enflaquecido, con las uas negras y rotas y una cadena en sus
talones. El nio lo mir con autoridad y dijo expresndose en perfecto yeldashay:
No debes hacer dao a ese hombre, capitn. Enva, por favor, un mensajero a mi
padre, dondequiera que est, con la noticia de que nos han encontrado. Nosotros
Se interrumpi y habra cado al suelo si el oficial, en el colmo de la perplejidad
Libro VII
El poder de Dios
55
Tissarn
La mujer contest:
Gente del ro, como nosotros y seal corriente arriba, segn el supuso.
Procur hablar de nuevo, pero la mujer mene la cabeza, puso una mano suave y arrugada
sobre su frente unos instantes y despus se fue. l qued adormilado Guenshed
Shardik muerto cunto tiempo haca? Y despus de un rato la mujer volvi con un bol
de caldo hecho de pescado y alguna legumbre que l no conoca. Comi dbilmente, como
pudo, y ella pinch los trozos de pescado con un palillo puntiagudo y se los dio,
sostenindole la mano y chasqueando la lengua ante el dedo herido. Otra vez l pidi ms,
pero la mujer dijo:
Ms tarde, ms tarde no hay que comer mucho al principio duerme ahora.
Te quedars aqu? pregunt l, como un nio, y ella asinti. Despus l seal
hacia la puerta y dijo: Soldados?
Ella asinti nuevamente y entonces l record a los nios. Pero, cuando intent
preguntar por ellos, ella volvi a repetir:
Duerme ahora y en verdad, con la sed apagada y la comida caliente en el
estmago, le result fcil obedecerla, y se sumergi en las profundidades como una trucha
entrevista que se aleja de los ojos del pescador.
Una vez despert en la oscuridad y la vio sentada a la luz de una lamparita
humeante, cuya llama brillaba verdosa a travs de __ una pantalla de caas delgadas.
Nuevamente lo ayud a beber y despus a hacer sus necesidades, haciendo a un lado la
vacilacin y la vergenza, de l.
Por qu no duermes ahora? murmur l.
Y ella contest sonriendo:
Vamos, todava no dars a luz por lo que l coligi que la mujer deba ser la
partera de la aldea. La broma le record nuevamente a los nios.
Y los nios? suplic. Los nios esclavos? pero ella volvi a apretar su
mano suave y arrugada contra la frente de l.
Sabes? Antes me llamaban Kelderek-Juega-con-los-Nios dijo l. Despus su
cabeza gir acaso lo haba narcotizado? Y volvi a quedar dormido.
Cuando despert comprendi que era de tarde. Tena la cabeza ms clara y se sinti
ms liviano, limpio, y algo menos dolorido. Iba a gritar llamando a la vieja cuando
comprendi que haba ya alguien sentado junto a la cama. Volvi la cabeza. Era Melathys.
Le clav la mirada incrdulo, y ella sonri con la expresin de alguien que ha trado
56
La muerte de Shardik
del Telthearna a la distante ribera de Deelguy. Todo estaba tan tranquilo que, despus de un
rato, su odo percibi el sonido de una respiracin. Se volvi y, mirando hacia el cuarto
contiguo, vio a Melathys dormida sobre una cama baja y tosca como la suya. No era menos
hermosa al dormir, con los labios cerrados, la suave frente, sus anchos y curvados prpados,
pens, como olas que golpeaban sus mejillas con las oscuras crestas de las pestaas. Esta
era la muchacha, que, por su causa, haba dormido muy poco la noche anterior, y nada
antenoche. l haba sido devuelto a ella gracias a Shardik, a quien una vez haba maldecido,
haba querido matar.
Se volvi otra vez hacia el ro y por largo tiempo permaneci apoyado en la baranda,
contemplando las lentas nubes y sus imgenes reflejadas.
Se incorpor para orar, pero no pudo levantar el brazo herido y tras un corto rato,
vencido por la debilidad, tuvo que apoyarse de nuevo en el pretil. Por largo tiempo sus
pensamientos no formaron palabras, se demoraron slo en su pasada ignorancia y voluntad
de poder. Pero, extraamente, aquellos pensamientos le hacan bien, no provocaban
vergenza ni inquietud, se convirtieron finalmente en un fluir de humildad y gratitud. El
misterioso don de la muerte de Shardik, ahora lo saba, trascenda toda la vergenza y la
culpa personal, deba ser aceptado sin demorarse en su propia indignidad, del mismo modo
que un prncipe que llora la muerte de su padre debe contener su pesar y ser fuerte para
asumir, como un legado sagrado, las responsabilidades y cuidados del estado, que han
recado en l. Pese a la humanidad y a toda la locura, Shardik haba completado su tarea y
haba vuelto a Dios. Para su antiguo sacerdote, sumergirse en su propio dolor y penitencia,
hubiera sido traicionarlo de nuevo, ya que la naturaleza de la sagrada verdad inmanente a
esa tarea era un misterio que deba ser alcanzado por medio de la plegaria y la meditacin.
Y despus?, pens. Despus qu?
Debajo de l, las piedras yacan limpias en la ribera vaca. El mundo, pens, era muy
antiguo. Haz conmigo lo que quieras hacer, murmur. Estoy esperando, al fin.
Oy que se acercaban los soldados, en el primer momento no reconoci el ruido.
Despus, a medida que se acercaban, lo que haba sido un nico ruido, se convirti en
muchos. Ruido de pasos, tintineo de armas, voces, una tos, una orden gritada, la spera
reprimenda de un trizat. Deba haber muchos soldados, ms de cien, adivin; y, por los
ruidos, estaban armados y equipados. Melathys sigui durmiendo mientras ellos pasaban,
sin ser vistos por l, por el lado que daba a tierra de la cabaa.
Cuando las pisadas ya se perdan, oy de pronto voces en yeldashay que hablaban
abajo. Despus golpearon la puerta: Dirion abri y se dirigieron algunas palabras, pero en
voz demasiado baja para que l pudiera entenderlas. Al cabo de un rato, Dirion subi por la
escalerilla del extremo de la galera. Cuando estaba ya en la mitad del cuarto lo vio de
pronto, se sobresalt y empez a reprenderlo y a empujarlo hacia la cama. Sonriendo.
Kelderek pregunt:
Qu hay? Qu pasa?
Kelderek vacil.
En cierto modo s, creo que s.
Y el oso salv al hijo del seor Elleroth.
Kelderek, dolorido, sinti una leve impaciencia.
Estuve all sintindose dbil, se apoy contra la pared del cuarto de abajo, al
que haba llegado. Podras quizs tus hombres puedan encontrarme ropas
decentes?, cualquier cosa limpia y decente servir.
Tan-Rion se volvi hacia los soldados que esperaban junto a la puerta, hablando en
su idioma. Uno le contest, frunciendo el ceo y evidentemente perplejo. l volvi a
hablar, con ms rudeza y ambos se alejaron de prisa.
Kelderek logr salir tambaleando de la cabaa y se dirigi a la costa, se quit la
camisa tosca, como una bolsa, que haba usado en la cama y se arrodill para lavarse con
una sola mano, en el agua playa. El agua fra lo hizo recobrarse y qued sentado, con la
cabeza bastante clara, en un banco, mientras Tan-Rion lo secaba con la camisa a falta de
algo mejor. Los soldados volvieron: uno traa un bulto envuelto en una capa.
Tan-Rion hizo una seal de asentimiento y se volvi hacia l.
Te han trado sus propias ropas. Sugieren que te las pongas y lleves la capa de los
centinelas nocturnos encima. Creo que no se puede hacer ms en tan poco tiempo. No
estar mal.
Lo agradezco dijo Kelderek. Pueden ellos podr alguien sostenerme?
Estoy ms dbil de lo que crea, sabes?
Uno de los soldados, al notar su torpeza y el evidente miedo a lastimarse el brazo
izquierdo, pesadamente vendado, se haba ya adelantado y lo haba ayudado con aquellas
ropas desconocidas. Era el uniforme regular de un soldado de infantera yeldashay. El
hombre le at la capa al cuello y despus puso el brazo sano de Kelderek sobre sus
hombros. En aquel momento Melathys baj la escalerilla, se inclin con gravedad ante TanRion, toc un instante la mano de Kelderek y despus encabez la marcha por la calle de la
aldea.
Fuera, entre las chozas, una doble fila de soldados sarkid, con toda la panoplia,
esperaban. Todos llevaban las espigas de trigo en el hombro izquierdo. Eran lanceros y, al
acercarse la sacerdotisa de Quiso, seguida por su propio oficial y el plido sacerdote-reyortelgano, que cojeaba, y que haba sufrido junto al hijo del Ban, saludaron golpeando los
extremos de bronce de las lanzas sucesivamente, con un sonido apagado y envolvente,
sobre la tierra pisoteada. Melathys se inclin ante el trizat y ocup su lugar al frente, entre
las dos filas. Kelderek, siempre apoyado en el hombro del soldado, se situ a unos pasos
cuenta, se adelant un muchachito que mir gravemente a Kelderek, dej un ramo a sus
pies y volvi en seguida junto a su madre.
Con un extraordinario sentimiento de dicha grave y solemne, como nunca haba
conocido, Kelderek se esforz en avanzar hacia la ribera. Pero an no vea el ro, porque,
entre l y Melathys, un tercer grupo lo enfrentaba: una nica fila, paralela al borde del agua
que se extenda entre los aldeanos y los soldados. En el centro estaba Radu, plido y
consumido, vestido como Melathys con las ropas de un aldeano, la cara desfigurada por
machucones y con un brazo en cabestrillo. A cada lado lo acompaaban cinco o seis nios
esclavos; aparentemente todos los que haban tenido fuerzas para ponerse de pie y andar.
De pronto se sobresalt, reconociendo en un extremo de la fila a Shuter, que enfrent su
mirada un segundo y despus apart con rapidez los ojos.
Cuando Melathys se detuvo, los soldados retiraron los bancos, los nios se apartaron
y, por primera vez, Kelderek vio el borde del agua y el ro ms all.
Una hoguera arda sobre las piedras, un poco al extremo de la ribera del lado de la
fila de soldados. El da era brillante y claro, slo se vea una leve huella de humo, y el aire
por encima temblaba, deformando el paisaje distante. Pero l apenas not esto y qued de
pie, como un nio, con una mano apretada contra la boca abierta, contemplando lo que vea
inmediatamente ante l.
En el agua playa estaba amarrada una pesada balsa, ms grande que el suelo de una
cabaa-vivienda, hecha de troncos atados con enredaderas. Estaba cubierta con paja
apilada, leos y ramas secas, sobre los que haban echado flores y ramas verdes. Encima de
este gran lecho, oprimindolo, como una fortaleza se asienta sobre el terreno en que se
levanta, yaca el cuerpo de Shardik. Estaba echado de lado, tan naturalmente como si
durmiera, con una pata delantera extendida y las garras rozando casi el agua. Los ojos
estaban cerrados los prpados cosidos quizs, pens Kelderek, notando los cuidados y
sacrificios que los aldeanos y los soldados se haban impuesto en la tarea de preparar para
su funeral al Poder de Dios pero el largo hocico, si alguna vez estuvo atado, haba
reventado ahora los lazos, de manera que los labios mostraban amenazadoramente los
dientes puntiagudos. La pobre cara herida haba sido limpiada, pero, pese a todo lo que los
soldados haban hecho, no se borraban las heridas y los sufrimientos de Shardik. Ni
tampoco el pelo, larga y cuidadosamente peinado, la falta de briznas y espinas, el lustre con
aceite, poda disfrazar la hambrienta desolacin del cuerpo. No era posible que Shardik
pareciera pequeo, pero s menos colosal; como si se hubiera contrado con el apretn de la
muerte. Haba un leve olor a cadver y Kelderek se dio cuenta que Melathys desde el
momento en que supo las noticias, haba comprendido la necesidad de apresurarse,
sabiendo que apenas iba a tener tiempo de cumplir con todo lo que deseaba la Tuguinda.
Haba hecho bien, pens, y ms que bien. Entonces, al dar unos pocos y penosos pasos
hacia adelante, su lnea de visin se hizo directa y percibi lo que haba estado oculto hasta
entonces.
Entre las patas delanteras de Shardik yaca el cuerpo de Shara. Una pata tendida
tapaba los pies de la nia, y la cabeza levantada de ella yaca sobre la otra. Estaba con la
cabeza descubierta, vesta una camisola blanca y las manos cruzadas sobre un ramo de
trepsis escarlatas, su pelo rubio haba sido peinado cayendo sobre los hombros y alrededor
del cuello le haban puesto un hilo de piedras de colores. Aunque tena los ojos cerrados, no
pareca estar dormida. Su dbil cuerpo y su cara eran los de un nio muerto, agotado y
ceroso: tambin ms limpio, ms quieto, y ms tranquilo de lo que Kelderek lo haba visto
nunca en vida. Apoyando la cabeza en el hombro del soldado, Kelderek solloz sin frenos,
como si la ribera estuviera desierta.
Kelderek se apoy en el brazo que lo sujetaba y mir una vez ms la balsa en el
momento en que Melathys pasaba ante l y se diriga a hablar con Tan-Rion. Pese a la
deuda que tenan con los yeldashay, habl como era debido, con la autoridad que le haba
sido conferida y no como alguien que pide un favor.
Capitn dijo segn el antiguo rito de Quiso no debe haber armas en un lugar
consagrado al Seor Shardik. Te lo digo, pero dejo a tu cargo hacer lo que consideres mejor.
Tan-Rion tom muy bien la cosa. Vacil slo un momento, asinti, despus se
dirigi a sus soldados y los hizo marchar una breve distancia a lo largo de la ribera. All
todos los hombres clavaron sus lanzas y dejaron al lado su cinturn, el espadn y el
cuchillo. Cuando volvieron, se detuvieron y formaron. Melathys avanz por el agua playa y
permaneci inmvil ante la balsa, con los brazos tendidos hacia Shardik y la nia muerta.
Habl en ortelgano, idioma bastante desconocido para los yeldashay, aunque
bastante bien entendido por los aldeanos de Tissarn. Primero pronunci la invocacin
tradicional de Quiso al Seor Shardik, seguida por una secuencia de plegarias cuyos
perodos, arcaicos y hermosos, brotaban sin vacilacin de sus labios. Despus, volvindose
a enfrentar a los oyentes y pasando a un equilibrado tono narrativo, habl de cmo haban
encontrado a Shardik en Ortelga y cmo su vida haba sido salvada por las sacerdotisas de
Quiso; de cmo haba salido vivo del Estrel; de su sufrimiento ordenado y de su muerte
sagrada salvando al heredero de Sarkid y a los nios esclavos del poder del mal. Kelderek,
al escuchar se sorprendi menos del dominio que ella tena, que de la autoridad y humildad
presentes a la vez en su voz y en su actitud. Era como si la muchacha que haba conocido se
hubiera vaciado para convertirse en un vaso que desborda palabras antiguas, suaves y
universales como piedras, y como si permitiera con esto que el pesar y la piedad ante la
muerte, comn a todas las criaturas, manara no desde, sino a travs de ella. Por su boca,
pareca, los muertos hablaban a los que no haban nacido, como arena que cae grano a
grano por la cintura de un reloj de vidrio. La arena termin al fin de pasar y la muchacha
permaneci inmvil, con la cabeza inclinada, los ojos cerrados, las manos apretadas contra
el cuerpo.
El silencio fue quebrado por la voz del joven oficial abanderado que como maestro
de coro, inici el hermoso lamento yeldashay llamado a veces El Dolor de Deparioh,
pero ms vulgarmente conocido como Las Lgrimas de Sarkid. El lamento, que narraba
el sagrado nacimiento y la juventud de U-Deparioh, liberador de Yelda y fundador de la
casa de Sarkid, se canta an hoy, aunque quizs haya cambiado a travs de los siglos; del
mismo modo que, como dicen, las formas de las constelaciones sufren cambios que ningn
hombre vive lo bastante para percibir. Los soldados retomaron el lamento, el solemne canto
se hizo ms fuerte y reson como un eco por la ribera de Deelguy.
Entre las espigas yaca la muchacha,
en amargo dolor yaca,
herida y sola por la maldicin del Estrel,
dio a luz el hroe Deparioh, en Yelda encadenada.
El soldado que estaba junto a Kelderek cantaba con los dems, y las palabras, que
salan sin pensar de su boca, expresaban para l el sentimiento de formar parte de cosas ms
grandes que s mismo, su pueblo, su patria, y esos recuerdos, de l y no de otros hombres,
que eran su participacin en la vida humana.
No conoci padre ni madre
entre extranjeros como esclavo trabaj,
desterrado, lejos de su patria,
el Seor Deparioh, la espada de Dios.
en el agua encendida. Porque ahora todo el lado de la balsa que daba contra la costa estaba
ardiendo, consumindose en un muro de llamas clidas y translcidas, verdes, rojas y
anaranjadas, bordeadas de negro. El fuego corra hacia el centro de la pira, revelando su
profundidad como la luz del sol muestra la distancia entre los rboles de la selva; y al arder
ms alto, hacia las ramas verdes y las flores sobre las que yaca Shardik, empez a surgir un
humo blanco y espeso, que avanzo hacia la costa, cegando casi a Kelderek y a los que
estaban detrs de l.
Le falt el aire y resopl buscando aliento. Los ojos le ardan, le lloraban, pero
sigui donde estaba. Que as sea, pens. Esto es mejor, porque no podra ver quemar los
cuerpos. Despus cuando estaba a punto de desmayarse de sofocacin, la pesada balsa
empez a girar ms rpidamente, de manera que los cuerpos y todo el costado por el que se
haba encendido el fuego enfilaron en la corriente. Cuatro o cinco jvenes pescadores
haban atado la amarra del lado de la corriente a una canoa, y arrastraban la balsa hacia el
centro del ro.
A medida que cobraba mpetu, un torrente de llamas corra hacia atrs desde la pira.
El ruido crujiente se convirti en un rugido caliente y ventoso y las chispas y las cenizas
empezaron a saltar hacia arriba, agitndose y esquivndose como pjaros que huyen. Los
troncos empezaron a moverse y a caer; aqu y all un fragmento ardiente caa silbando en el
agua. Y entonces, horadando el rumor de la disolucin, como un pesado arado que se hunde
en la tierra, se elev nuevamente el sonido de los cantos. Los aldeanos en la ribera
alentaban y urgan a los jvenes que paleteaban y que ahora se esforzaban a medida que
eran arrastrados ms lejos y empezaban a ser llevados corriente abajo por la balsa.
Al alba llegamos a la costa, soltamos los botes.
Acompaados por la suerte, comeremos esta noche.
Quin tiene la red, quin maneja la lanza?
Los pobres deben vivir como puedan.
Aplaudan y zapateaban al cantar, al ritmo de las paletas, y, sin embargo, el ruido era
grave y apropiado; de cadencia menor, hogareo y cazurro, era la simple msica del pueblo,
cuya solemnidad es el ingenio dado vuelta para servir a la ocasin y el espritu del da. La
balsa estaba ahora lejos en medio de la corriente, de manera que podan verse las paletas
distantes que golpeaban al comps de la cancin. Los jvenes haban enfilado la proa a
medias en direccin a la corriente, de manera que la balsa qued tras ellos y el lado en que
estaban los cuerpos se volvi otra vez hacia la costa. Kelderek, al mirar, no percibi nada
en medio de la pira ardiente. Se haba hundido en el centro: las dos ardientes mitades se
abran a los lados como las alas de una gran mariposa. Shardik ya no era ms.
Por dos veces grit, te segu al Telthearna, Seor Shardik. Ahora ya no puedo
seguirte.
Al volver de tarde vemos fuegos en la costa.
Si uno es tuyo, eres hombre dichoso.
Nadie debe quedar solo en la oscuridad.
Si mueres, hermano, tus hijos compartirn mi fuego.
dispersarse, dos mujeres matronales llevaron consigo a Radu y a los otros nios. Pero
varios, antes de partir, se adelantaron algunos un poco vacilantes, porque tenan un
temeroso respeto a Kelderek para besarle las manos y pedirle la bendicin. Cualquier
hombre sagrado puede tener el poder de conferir la buena suerte y no debe perder la
ocasin. l permaneci agobiado y silencioso como un hern, pero los salud con la cabeza
y mir de frente a todos los que pasaron ante l: un viejo con un brazo seco, un joven alto
que se llev la palma de la mano a la frente, una chica que sonri tmidamente a la
sacerdotisa que estaba all cerca, entregndole las flores que llevaba. Finalmente pas una
vieja harapienta, con un nio dormido en los brazos. Kelderek se sobresalt y casi retrocedi, pero ella, sin mostrar vacilacin ni sorpresa, le tom la mano, la bes, dijo algunas
palabras sonriendo y se fue, bambolendose sobre las piedras.
Qu dijo? pregunt Melathys. No pude entenderla.
Dijo: Bendceme, joven seor, y acepta mi bendicin en cambio.
Yaca en cama en el cuarto de arriba y vea cmo se ampliaban los elsticos reflejos,
mezclndose y cerrndose entre los postes del techo. Melathys estaba al lado, sosteniendo
entre sus manos la mano sana de Kelderek. Estaba cansado y nuevamente afiebrado,
estremecido y lleno de fro. Nada notable quedaba en el mundo. Todo estaba helado y vaco
hasta el horizonte bajo el cielo despojado.
Espero que nuestro canto no te haya parecido fuera de lugar, seor dijo TanRion. La sacerdotisa dijo que sera mucho mejor si logrbamos cantar algo, y haba que
pensar en algo que los muchachos pudieran cantar, y, claro, todos saban Las Lgrimas.
Kelderek encontr algunas palabras de agradecimiento y elogio, y al cabo de un rato
el oficial, al ver que estaba exhausto, se despidi. Poco despus lleg Radu, envuelto en
una capa desde el cuello hasta los tobillos, y se sent un rato frente a Melathys.
Dicen que mi padre est en camino dijo. Me hubiera gustado que viniera
antes. En caso de haberse enterado, le hubiera gustado estar en la ribera esta tarde.
Kelderek sonri y asinti como un viejo, atendiendo slo en parte lo que le decan.
Pero la verdad es que Radu dijo muy poco, estuvo sentado en silencio un rato largo y, en
una ocasin, se mordi la mano para que no le castaetearan los dientes. Kelderek se qued
adormilado y despert al or que Radu contestaba a Melathys:
pero estarn muy bien, creo y luego, tras una pausa: Shuter est enfermo,
sabes? Parece que bastante mal.
Shuter? pregunt Melathys, sorprendida.
Est enfermo? dijo Kelderek. Cre verlo en la ribera.
S, creo que pens que era mejor estar all a toda costa no es que eso haga
alguna diferencia pero no est bien esta noche. Creo que sobre todo tiene miedo. Est
aterrado: en parte teme a los otros chicos; en parte a los aldeanos. Saben quin es l o
quin fue y no quieren ayudarlo en nada. Est echado solo en un cobertizo, y creo que
huira si pudiera.
Quin es Shuter? volvi a preguntar Melathys.
Lo matarn? dijo Kelderek. Radu no contest en seguida y l insisti:
Qu queris hacer con l?
Nadie ha dicho nada, en verdad: pero de qu servira matarlo?
De veras es eso lo que sientes despus de todo lo que has sufrido?
Es lo que siento que debo sentir guard silencio por algn tiempo y luego
dijo:
Nadie te matar a ti. Me lo dijo Tan-Rion.
Yo ir a hablar con Shuter dijo Kelderek, intentando incorporarse.
Dnde queda el cobertizo?
Descansa, amor dijo Melathys. Yo ir. Ya que nadie me dice nada, tendr que
averiguar sola quin es Shuter o escucharlo.
57
El festn de Elleroth
No.
Para m es ms fcil compadecerlo yo no estuve presente. Pero era esclavo,
como los dems, verdad? Supongo que no tiene a nadie
Creo que hay muchos en las mismas circunstancias. Son los no amados y los
abandonados los que son vendidos como esclavos, sabes?
Debera saberlo.
Tambin yo. Que Dios me perdone! Oh, Dios, perdname!
Al da siguiente sus heridas volvieron a inflamarse y a dolerle. Estaba febril y se
qued en cama, pero a la maana siguiente se sinti bastante bien como para sentarse a
mirar el ro a la luz del sol, con el brazo metido en agua caliente con hierbas. El aroma de
las hierbas se mezclaba al de los leos del fuego de Dirion, algunos nios jugaban abajo y
rean mientras tendan unas redes a secar en la ribera. Melathys acababa de vendarle el
brazo y preparaba un cabestrillo cuando de pronto oy unas aclamaciones a la distancia, en
el linde de la aldea.
Se miraron. Melathys se dirigi a la escalerilla y llam a Dirion. Las aclamaciones
se extendan por la aldea y oyeron ruidos de pies que corran y voces de hombres que
gritaban excitados, en yeldashay. Melathys baj y Kelderek la oy llamar a alguien. El
ruido y la excitacin se propagaban por la casa como una hoguera, y ya casi estaba decidido
a bajar tambin, cuando ella volvi, subiendo la escalerilla con la rapidez de una ardilla. Le
tom la mano sana y, arrodillada en el suelo, lo mir a los ojos.
Elleroth est aqu dijo y la noticia es que ha terminado la guerra; pero s
tanto como t lo que eso significa.
Kelderek la bes y esperaron en silencio. Melathys apoy la cabeza en la rodilla de
l y l le acarici el pelo, sorprendido de sentir tanta indiferencia por su propio destino.
Pensaba en Guenshed, en los nios esclavos, en Shara y en sus piedras de colores, en la
muerte de Shardik y en la balsa ardiente. Pareca importar poco lo que poda suceder, fuera
del hecho de que, pasara lo que pasara, no dejara a Melathys. Al fin dijo:
Viste esta maana a Shuter?
S. Por lo menos no ha empeorado. Ayer pagu a una mujer para que lo atendiera.
Parece honrada.
Un rato despus oyeron a unos hombres que entraban abajo y la voz de Tan-Rion,
hablando tan rpidamente que no pudieron entenderle. Unos momentos despus apareci en
lo alto de la escalerilla, seguido por Radu. Ambos esperaron, mirando a alguien que los
segua. Hubo una pausa y luego Elleroth subi torpemente al cuarto, tendiendo la mano
derecha desenguantada para que lo ayudaran antes de dejar los travesaos.
Todava me quedar aqu unos das contest Elleroth y sin duda nos veremos
de nuevo, porque tengo una o dos ideas en la cabeza, ideas del momento, pero a lo mejor
sale de ellas algo
Poco tiempo despus Elleroth se retir y Kelderek, sintindose cansado por la
entrevista, incierto y perturbado, durmi varias horas y no se despert hasta el fin de la
tarde.
Al cabo de unos das se sinti ms fuerte y su brazo herido empez a dolerle menos.
Haba tomado la costumbre de hacer caminatas por la orilla y la aldea: a veces iba casi un
kilmetro hacia el Norte, hasta el campo abierto que rodeaba la Quebrada. No haba
advertido hasta entonces hasta qu punto era pobre la aldea treinta o cuarenta casuchas y
veinte botes amontonados en un pedazo de terreno insalubre, sombro, sobre la orilla, bajo
una cresta arbolada esa misma cresta por la que haba bajado la maana de la muerte de
Shardik.
El contingente de Sarkid tambin permaneci en el lugar: parte de los soldados se
aloj en Tissarn y parte en donde l los haba visto por primera vez, en las zonas de acceso
a la Quebrada de Linsho. Tan-Rion, a quien se le pregunt la razn de esto, explic que los
yeldashay seguan patrullando la provincia en busca de traficantes de esclavos fugitivos,
desde la confluencia del Vrako y el Telthearna hasta la Quebrada misma, y que las tropas de
Sarkid formaban el taln de la red. La noche siguiente dos nuevos traficantes de esclavos
fueron apresados, el uno y el otro en los ltimos extremos del cansancio y necesidad, que
haban huido al Norte desde haca das ante el avance de los soldados. A la maana
siguiente las patrullas mismas llegaron a Linsho y la cacera termin.
Unos pocos das despus Kelderek volva de pescar con Melathys slo una hora:
no poda permitirse ms cuando se toparon con Elleroth y Tan-Rion no lejos de donde
haba estado la balsa funeraria de Shardik. A pesar de lo que Elleroth haba dicho en el
ltimo encuentro, ni l ni Kelderek haban vuelto a hablarse desde entonces. Sin embargo a
Kelderek no se le haba ocurrido pensar que esto era culpa de Elleroth. El Ban de Sarkid
haba estado ausente durante varios das, visitando sus varios puestos y campamentos, pero
en todo caso Kelderek saba muy bien que l no estaba en situacin de poder esperar
cordialidad de Elleroth o una repeticin de la escrupulosa cortesa que le haba mostrado la
maana de su llegada. Haba sido una casualidad que el ex-rey de Bekla hubiera
compartido padecimientos con el hijo de Elleroth y hubiera contribuido a salvarle la vida.
Esto le haba salvado la suya propia, pero l no tena ninguna utilidad ahora para el Ban de
Sarkid, que ya haba hecho todo lo que de l podra esperarse.
Elleroth lo salud con su acostumbrada urbanidad, se inform del estado de su salud
y expres el deseo de que Melathys no pensara que la vida en la aldea era dura e incmoda.
Luego dijo:
La mayora de mis hombres y yo tambin partirn a Zeray pasado maana.
No queris venir los dos? Personalmente, yo viajo por el ro y puedo haceros un lugar.
que estaban de mejor humor que lo que l esperaba: incluso empez a tener cierto placer en
su compaa, que le recordaba ahora un poco los viejos tiempos de Ortelga. Uno de los
nios, un muchachito moreno, de rpidos movimientos, de unos diez aos, les enseaba a
sus compaeros una cancin de Paltesh. Esto llev a otras canciones, hasta que por fin
Kelderek, despus que insistieron y lo desafiaron a que hiciera una contribucin, les ense
la primera cancin ortelgana que le vino a la memoria:
El gato pesca un pez entre la espuma; el gato pesca un pez y se lo lleva a casa.
Que corra el gato, que corra entre la brea!
Mientras raspaba el sedal de la caa con un palo y preparaba una rama verde para
los peces, sinti una vez ms, como haca aos no senta, la exaltacin de esa
espontaneidad, concentracin y simplicidad que lo haba llevado una vez a decir que los
nios eran las llamas de Dios.
Dselo a esa nia, sentada junto al fuego!
Y as prosigui, tambaleando y avanzando muy lentamente, porque, como le haba
dicho a Elleroth, an estaba lejos de haberse curado; pero en su corazn se senta como en
aquellos das en que haba sido un joven tonto a quien le gustaba ms jugar con los nios
que beber con los hombres.
Kelderek, olvidando su caa de pescar y su carnada, dej a los muchachos y
enderez hacia la casa de Dirion. Melathys lo estaba esperando en la puerta, vestida con su
metln yeldashay con el emblema de las espigas de trigo.
Elleroth acaba de irse dijo ella; el mismo Ban en persona. Nos ha invitado a
cenar con l esta noche y dice que espera que t no ests demasiado cansado. No habr
nadie ms y tiene mucho inters en verte, lo cual en l equivale a una invitacin urgente,
dira yo.
Al cabo de unos instantes aadi:
Se demor aqu, por si t volvas Y yo me tom la libertad de contarle cmo
andaban las cosas entre t y yo. Supongo que ya lo saba, pero tuvo la amabilidad de fingir
que no estaba enterado. Le cont como vine a dar a Zeray y le habl de Bel-ka-Trazet. Me
pregunt qu intentbamos hacer ahora y yo le expliqu o trat de explicarle lo que la
muerte del Seor Shardik haba significado para nosotros. Le dije que t estabas totalmente
decidido a no volver nunca a Bekla.
Me alegro que se lo hayas dicho dijo Kelderek. T tienes ms facilidad para
hablar con l y la gente como l que yo. l me recuerda a Ta-Kominion, y Ta-Kominion era
demasiado para m. Supongo que Elleroth puede ayudarnos, pero no tengo intenciones de
pedrselo. Le debo mi vida, pero de todos modos no puedo rebajarme a dar a uno de estos
yeldashay la oportunidad de que me diga que tengo la suerte de estar vivo. Pero pero
aristocrtica, tena un corazn magnnimo y sincero que haba sido probado ampliamente
y la misma vida de Kelderek era una prueba de ello y l no era tan envidioso o tan
mezquino como para suponer que la riqueza o el estilo denotaban necesariamente
indiferencia por los senti-mientos de los hombres ms pobres. Si Elleroth era un aristcrata,
tambin senta las obligaciones de los aris-tcratas, y con mucha ms cordialidad que TaKominion o Gued-la-Dan. Sus soldados lo hubieran seguido hasta los Estreles de Urtah. Y
sin embargo Kelderek, pese a te autntica gratitud que senta por este hombre que haba
dejado de lado su antigua enemistad y lo trataba como amigo e invitado, segua sintindose
en desacuerdo con el suave autodominio de Elleroth, con el tono parejo y controlado de su
voz, con su capacidad de convertir el estilo ms bien anecdtico de conversacin de
Kelderek en su propio estilo: impersonal y desprendido. Se haba mostrado sumamente
corts y considerado, pero para Kelderek su conversacin y su manera encerraban una
sugerencia del embajador que recibe a extranjeros a medias civilizados porque as tiene que
hacerlo. Habra tal vez algn propsito no revelado detrs de su invitacin? Pero qu
propsito poda haber, ya que todo estaba resuelto y arreglado? Radu estaba vivo y Shardik
muerto; Ikat y Bekla estaban en paz y Melathys y l estaban en libertad de irse cuando
quisieran. En la misma situacin estaban Shuter y los nios esclavos libres como moscas,
libres como las hojas del otoo o las cenizas que arrastra el viento. No; ya no haba ms
nudos que desatar.
Elleroth estaba hablando del equilibrio de poder entre Ikat y Bekla, de las
perspectivas de paz y de la necesidad de sobreponerse a todos los residuos de enemistad
que an quedaban entre los dos pueblos. La prosperidad, deca, era un blsamo para los
corazones y los hogares, y a Kelderek le pareci que no haba peligro en aprobar esta
evidente verdad. Luego, despus de una pausa Elleroth mir hacia abajo, como si estuviera
reflexionando, hizo girar los restos de vino en su copa pero apart a un soldado atento que,
no entendiendo el gesto, se haba acercado a llenarla; y unos instantes despus le dio
permiso para irse. Cuando el hombre se retir, Elleroth levant la mirada, sonriendo, y dijo:
Bueno, Crendrik, o Kelderek Zenzuata, como dice Melathys que debo llamarte,
me has dado mucho que pensar: o, en todo caso, yo he estado pensando y t tienes mucho
que ver en la cosa.
Kelderek, un poco confundido a pesar de sentirse fortalecido por el vino de Ikat, no
contest. Pero pudo por lo menos devolver la mirada de su anfitrin con una expresin de
espera corts y cierto dominio de s mismo.
Uno de nuestros problemas y no es el menor habr de ser en primer trmino
establecer un dominio apropiado de Zeray, y luego desarrollar a esta provincia de modo
total. Si en algo has tenido razn, Kelderek, es cuando hablaste de la necesidad del
comercio para la prosperidad de la gente comn. Zeray habr de convertirse en una
importante ruta comercial, tanto para Bekla como para Ikat. No podramos monopolizarla
aunque lo quisiramos, pues el comercio tendr que llegar a travs de Kabin, tambin, y la
gente de Kabin no quiere ser independiente de Bekla. De tal modo que vamos a necesitar a
alguien que se ocupe de Zeray, preferentemente alguien que no sea extranjero del todo,
alguien que no favorezca ni a Bekla ni a Ikat, alguien que se interese en el comercio y
parecis exhaustos. Y nosotros tenemos que ponernos en marcha maana, varias horas antes
del medioda, si es posible.
58
Siristru
ya que este es el comienzo del tercer da en que viajamos hacia el Oeste desde la
frontera occidental del reino de Su Majestad, a travs de algunas de las comarcas ms
inhospitalarias que nunca he visto. Al principio mientras nos mantuvimos cerca de la orilla
del ro Varin, (al que nuestro gua llama, en su lengua, Tiltharna) haba selva y maleza
salpicada de rocas, a continuacin, a decir verdad, de la zona que se extiende por la frontera
occidental de Su Majestad, pero ms salvaje y, por lo que hemos visto, deshabitada. No hay,
por supuesto, caminos y, por nuestra parte, no hemos encontrado ni un solo sendero. Por un
tiempo bastante largo tuvimos que desmontar y llevar a pie los caballos con las mulas de
carga: hasta tal punto es pedregoso y traicionero el suelo. Tampoco vimos embarcaciones
en el ro, pero esto no nos sorprendi, porque, como sabe Su Majestad, nadie ha llegado a
Zakaln, por la parte de arriba. El gua nos dice que ms abajo de esta regin hay un
despeadero, (que l llama Berel), lleno de cascadas y rocas semisumergidas, de modo que
no es posible ir desde all hasta nuestras regiones por el ro. Que este hombre y sus
seguidores se hayan visto forzados a hacer este viaje a pie y que su nacin sea totalmente
ignorante del uso de los caballos demuestra en parte, creo, que este pas desconocido, al que
nos dirigimos, genera una humanidad recia y resuelta y tambin que sus habitantes o
algunos de ellos deben tener mucho inters en desarrollar vnculos de comercio con
nosotros.
Vadeamos dos afluentes del Varin, tanto el uno como el otro ya que nos
encontramos con ellos cerca de la confluencia con ciertas dificultades. Lo cierto es que,
en el segundo cruce perdimos una mua y una de nuestras carpas. Esto ocurri anteayer, y
poco despus abandonamos la selva y entramos en el desierto que ahora estamos
atravesando. Esta regin tiene plantas pinchudas, una arena fina, que el viento levanta (lo
cual es malo tanto para los caballos como para las muas) y rocas negras que tienen un
aspecto siniestro.
Nuestro gua dice que esta regin forma la extremidad meridional de un pas
llamado Deelguy; dentro de lo que puedo entender, un reino semibrbaro de bandidos
belicosos y ladrones de ganado, que viven entre bosques y laderas de montaa. Los
deelguy, sin embargo, habitan a unos veinticinco kilmetros hacia el Norte. La verdad
parece ser que a este desierto, una tierra que nadie quiere, se le permite seguir siendo en
parte territorio del rey de Deelguy, un reino cuyas fronteras (y autoridad) son en todo caso
bastante vagas.
Su Majestad recordar que cuando el hombre Tan-Rion, ahora nuestro gua, logr
comunicar en una audiencia que l provena de un pas que estaba ms all del Varin,
dotado de recursos comerciales, a los consejeros de Su Majestad (incluyndome, lo
reconozco) les result difcil creer que semejante pas pudiera existir sin nuestro
conocimiento previo. Sin embargo, la dificultad de este viaje, junto con la circunstancia de
que los habitantes slo han logrado en el ao pasado establecer un cruce seguro del Varin
en un punto que est al alcance de Zakaln, vuelve esto ms creble para m; y en una
palabra, estoy convencido ahora que, como Su misma Majestad ha dicho, sta puede ser
una tierra con recursos que merezcan nuestra atencin. Tan-Rion describi (si lo entend
bien) unas minas de hierro y de varias clases de piedras preciosas; tambin se refiri a
maderas y piedras trabajadas aunque no s de qu modo. Tambin habl de trigo, vino y
ganado. Buen parte del comercio posible, creo, tendr que esperar la construccin de un
camino o, por lo menos, el establecimiento de una ruta fluvial. (No me ha pasado
inadvertido que tal vez sea posible ms adelante llevar mercaderas a travs del Vardin y
embarcarlas de nuevo en algn punto apropiado de la costa, ms abajo de los rpidos). En
lo que a trueque se refiere, slo tengo que recordar a Su Majestad que aparentemente la
totalidad del pas ignora todo lo que se refiere a caballos y que ninguno de estos hombres
ha visto nunca el mar.
En cuanto al idioma, tengo el placer de declarar que, al parecer, hago algunos
progresos. Lo cierto es que, uno tiene la impresin de que hay dos idiomas de uso general
ms all del Varin; el primero, llamado beklano, est ms difundido en la zona del Norte,
mientras que el segundo, el yeldashay, se habla por lo general en el Sur. Tienen semejanzas,
pero yo me estoy especializando en el beklano, con el que puedo ms o menos
arreglrmelas de cierto modo. Usan muy poco la escritura, que parece fascinar a mi
instructor soldado cuando yo escribo el sonido de lo que l me dice. Segn l, han pasado
tres aos desde el fin de la guerra civil algo que tuvo que ver con la invasin de Bekla
por una tribu extranjera que aparentemente traficaba esclavos confieso que no me pude
dar cuenta clara de lo que era la cosa. Pero ahora estn en paz y, desde que las relaciones
entre el Norte y el Sur han mejorado, las perspectivas de nuestra embajada parecen bastante
buenas.
Hoy cruzamos si no me han engaado el Varin hasta una ciudad desde la cual
podremos viajar tierra adentro hasta Bekla. Naturalmente mantendr informada a Su
Majestad de.
Siristru, hijo de Balko, hijo de Mereth de los Dos Lagos, alto consejero de Su
Majestad Ascendiente, el rey Lun de Zakaln, ech una mirada a la carta inconclusa, se la
entreg a su servidor para que la guardara con el resto del equipaje y se dirigi a la tienda
en donde esperaban los caballos entre la brea. Slo Dios saba cmo y cundo se podra
entregar aquella carta. De todos modos, iba a producir buena impresin el mantener una
informacin bastante continuada, demostrando que el rey y los intereses del rey estaban
presentes todo el tiempo en su mente. Se haba permitido hacer una mencin de la
execrable agua de beber, aunque no haba dicho nada de su estmago trastornado y de la
diarrea que, diariamente, tema que se transformara en disentera. Una sugerencia discreta
de ciertas dificultades poda ser ms elocuente que muchos detalles. Tampoco haba,
mencionado sus ampollas: y mucho menos la ansiedad nerviosa que se apoderaba de l a
medida que avanzaba desde Zakaln por la regin desconocida del otro lado del ro. Como
conoca las esperanzas del rey, se haba tomado el trabajo de manifestar confianza en las
perspectivas comerciales. Lo cierto es que stas parecan razonables y, aun en el caso de
que no lo fueran, no haba nada malo en dejar ver una esperanza inicial de tiempos mejores.
En su corazn, sin embargo, hubiera querido que el rey no lo hubiera elegido para esta
expedicin. l no era un hombre de accin. Le haba sorprendido el nombramiento y,
disimulando su inquietud bajo una capa de modestia, haba preguntado la razn de l.
Oh, necesitamos un hombre prudente y ecunime, Siristru!, haba dicho el rey
ponindole una mano en el hombro y caminando con l a lo largo de la galera que daba
sobre la Terraza de las Abejas. Yo no quiero de ningn modo enviar algn soldado
pendenciero o un aventurero joven y vido por medrar, que no harn nada ms que
alborotar a esta gente, tratando de echar mano a todo lo que puedan. Eso equivaldra a
empezar con el pie izquierdo. Yo quiero enviar a un hombre de experiencia, sin apetitos
personales, alguien que sea capaz de hacerse una composicin de lugar y que pueda volver
con la verdad. Haz eso y te aseguro que conmigo quedars cumplido. Esta gente, sea la que
fuere, tiene que ser tratada de modo que pueda tener confianza en nosotros y respetarnos.
Por el Ciato!, ya la cosa ha ido demasiado lejos! Yo no quiero que esta gente sea
explotada sin ms.
Y as fue, oyendo el murmullo de las abejas, que revoloteaban en torno a la varita de
oro, Siristru haba aceptado el nombramiento.
Bueno, despus de todo, era bastante justo y, si de hacerle justicia se trataba, Lun
era un hombre de juicio ponderado y ecunime Si se quiere, un buen rey. El
inconveniente consista, como siempre, en llevar a la prctica sus excelentes ideas. Cuando
se llegaba a este punto, los soldados pendencieros y los aventureros jvenes y vidos
resultaban ms capaces de atravesar desiertos y selvas y tenan menos miedo que un
consejero prudente y ponderado de cuarenta y ocho aos, un hombre de letras con aficin a
la metafsica y al estudio de la tica. Muy poco iba a haber de esto en el lugar adonde iba.
Las maneras y las costumbres de los pueblos semi-civilizados tienen cierto inters, por
supuesto, pero este era un terreno de investigacin en el que haba trabajado
suficientemente en su juventud. En la actualidad, Siristru era bsicamente un maestro, un
estudioso de los escritos de los sabios, un hombre que tal vez se preparaba a ser l mismo
un sabio, si sobreviva.
No me importa tanto que los brbaros me descuarticen dijo en voz alta, dando
un latigazo a unas ortigas pero s me importa que me aburran (latigazo), me fastidien
(latigazo), me condenen al tedio (latigazo)
Seor? pregunt su criado, saliendo de las filas. Me llamaste?
No, no dijo Siristru apresuradamente, sintindose turbado, como siempre que lo
sorprendan hablando solo. No, no. Vena a ver si ya estabas listo, Thyval. Se supone que
llegaremos hoy al cruce, como creo que te dije. No conozco la distancia justa, pero
preferira llegar al otro lado con luz del da, de modo que podamos hacernos una idea del
lugar antes de que se ponga oscuro.
S, seor, me parece una buena idea. Los muchachos estn preparando ahora sus
cosas. Qu hago con la yegua, seor? La pongo junto con las muas?
Tendrs que hacerlo, si sigue cojeando contest Siristru. Ven a avisarme en
cuanto estis listos.
Llegaron a la ribera oriental un poco antes de medioda, despus de slo cinco horas
de marcha.
En estas regiones la primavera todava no se haba convertido en verano, pero de
todos modos el da se calentaba pronto y el viento se mova lo bastante para levantar arena
de manera molesta. Siristru, que marchaba pesadamente detrs de su yegua coja, iba
cabizbajo, con los ojos entornados y, cuando la arena se le meta entre los dientes, trataba
de pensar en sus alumnos de metafsica en Zakaln. Hay que contar con las cosas buenas
que uno tiene: por lo menos no faltaba el agua tibia para quitarse la arena. Tan-Rion estaba
de excelente humor ante la perspectiva de la vuelta y conduca a sus hombres hacindoles
cantar canciones de Yeldashay. Las canciones eran ruidosas, simpticas, pero no la clase de
msica que a Siristru le gustaba.
De repente se volvi consciente y se sinti halagado de ser el primero en notarlo,
pues sus ojos ya no eran los que haban sido de unas figuras distantes sobre la arena. Se
detuvo y trat de ver a la distancia. La regin, aunque desierta como siempre, ya no era
chata. Haba lomas y dunas largas y abruptas, salpicadas por las sombras de piedras blancas
encima, enormes y eternas bajo el sol, como slo se pueden ver en las colinas del desierto.
En un punto sobre la izquierda haba un montn de casuchas, una especie de toldero,
primario y nuevo a la vez: era aqu que se vean las figuras en movimiento. Ms all el
terreno descenda de manera invisible y pareca haber una especie de fulgor reflejado en el
aire. Sobre la bruma ms distante aun sobre el horizonte y, aunque se restreg los ojos,
no logr ver mejor se cerna un verdor que poda ser la selva.
Una hora despus se detuvieron en la orilla izquierda del ro y contemplaron la
ciudad, que estaba sobre la margen Oeste y que Tan-Rion llamaba Zeray. Alrededor de ellos
se junt una multitud de soldados asombrados y de campesinos de Deelguy habitantes del
casero y trabajadores de la balsa. Todos comprendieron, evidentemente, que estos
extranjeros llegaban de un pas distante y desconocido, trados por Tan-Rion, a quien
haban visto partir tres meses antes. La algaraba se intensific as como los apretujones, las
indicaciones con las manos y las exclamaciones cuando se dieron cuenta que estos animales
de nariz larga usaban atavos hechos por el hombre y obedecan al hombre como bueyes.
Siristru, decidido a no mostrar nerviosidad en medio de los apretujones y la
algaraba, de la cual no poda entender ni una palabra, se mantuvo silencioso junto a la
cabeza de su caballo, apartado, hasta que Tan-Rion, acercndose, le pidi que lo siguiera y
empez a abrirse paso entre la multitud con el lomo de su vaina. La gente se apartaba
riendo y chacoteando como nios, con un miedo que era a medias imitado y a medias real;
despus volvan a cerrar filas detrs de los recin llegados bailando y cantando, cuando
Tan-Rion avanz hasta una cabaa ms grande que serva de cuartel general a los oficiales
de Deelguy. Tan-Rion dio un solo golpe en la puerta y entr. Siristru le oy gritar un
distribuirlo? Y hay que decir a algunos de los hombres de Tan-Rion que se queden con los
nuestros. No podemos dejar a nuestra gente aqu sola con estos bandoleros Y habr que
buscar un establo para los animales No voy a tolerar majaderas. Tan-Rion, un momento,
por favor
Metafsico o no, Siristru no careca de decisin y capacidad prctica y sus hombres
confiaban en l. Hay mucha diferencia entre ser incapaz de hacer algo y sentir desagrado en
hacerlo. El rey Lun siempre haba sido un buen conocedor de los hombres, aunque los
eligiera de manera poco ortodoxa. En media hora el equipaje estaba distribuido, Tan-Rion
haba accedido a solicitar tres yeldashay de confianza uno de los cuales hablaba el
idioma deelguy para que permanecieran con los hombres y los caballos de Siristru; a los
oficiales de Deelguy se les dijo que deban ofrecer en lo que a alojamiento se refiere, y los
que tenan que hacer la travesa ya estaban embarcados.
Adems de los viajeros haba un grupo de seis labradores de Deelguy, cuya tarea
consista en mantenerse hombro a hombro y tirar de la soga. Se pusieron a esta tarea,
cantando rtmicamente detrs de su jefe, y la balsa, ladendose casi directamente corriente
abajo, se fue colocando poco a poco en la corriente central.
El cruce fue para Siristru una experiencia agotadora. Aparte de la soga y los postes
de las argollas, junto a los cuales no haba lugar nada ms que para la tripulacin, no haba
de dnde agarrarse y la pesada balsa, con la corriente casi totalmente de frente, bailaba
como la tapa de una caldera con agua hirviente. Se puso en cuclillas sobre el equipaje,
apretando las rodillas y tratando de dar un ejemplo de serenidad a sus hombres, que estaban
sin duda aterrados. Tan-Rion estaba de pie a su lado, con las piernas abiertas; buscando el
equilibrio, cuando la balsa se ladeaba y giraba. El agua corra sobre la entabladura, como si
estuvieran baldeando. Junto con las canciones, que proseguan sin descanso, y el continuo
chapaleo del ro bajo los maderos, slo se poda hablar intermitentemente y a gritos.
Cuando se internaron un poco, un viento fro empez a echarles espuma encima.
Qu estn cantando? grit Siristru a Tan-Rion.
Oh, el capataz lo inventa en el momento cualquier cosa para mantenerlos
animados. Creo que he odo antes esta cancin.
Shardik a moldra konvay gau canturreaba el jefe cuando la tripulacin se
inclinaba hacia adelante y se dispona a dar un tirn.
Shardik! Shardik! responda la tripulacin, entre dos respiros.
Shardik a lomda, Shardik a pronta!
Shardik! Shardik!
Qu quiere decir eso? pregunt Siristru, escuchando atentamente las slabas
reiteradas.
Bueno Veamos Quiere decir: Shardik dio su vida por los nios, Shardik los
encontr, Shardik los salv Ya te das cuenta, seor Cualquier cosa que siga el ritmo.
Shardik? Quin es?
Hubo un tremendo tumbo. Tan-Rion ri, levantando las dos manos en un gesto de
impotencia, encogindose de hombros. Unos instantes despus grit:
Casi, casi!
Poco a poco llegaron a aguas ms tranquilas. En los cien ltimos metros los hombres
dejaron de cantar y tiraron de la soga con cierta facilidad. Les arrojaron un cable enroscado
desde el embarcadero y unos minutos despus llegaban. Siristru se aferr a una mano que
se ofreca y, por primera vez en su vida, pis la margen derecha del Varin.
La balsa fue llevada a una especie de muelle levantado sobre unas robustas estacas
metidas en las aguas playas. Era la vista de estos desde la orilla opuesta lo que lo haba
dejado perplejo aquella maana temprano. Cuando los labradores de Deelguy bajaron a
tierra, seis o siete nios, el mayor de los cuales no tendra trece aos, subieron a la balsa,
cargaron el equipaje y luego, despus de abrir las argollas, retiraron la soga y arrastraron la
balsa por el muelle hasta otra soga similar que estaba en un extremo. Siristru, dndose,
vuelta, vio a Tan-Rion que lo estaba sealando a l y a su grupo. Tan-Rion estaba de pie, un
poco alejado, hablando con un joven de pelo negro que pareca tener cierta autoridad en el
muelle de desembarco, pues de repente interrumpi a Tan-Rion y grit una orden a los
nios que estaban en la balsa. Se empez a formar un coro. Los que trabajaban en las
construcciones cercanas, con aspecto de depsitos, haban dejado al parecer sus
herramientas y se acercaban a mirar. Siristru devolva las miradas con cierta perplejidad,
pues la mayora de ellos eran nios. Sin embargo, no tuvo mucho tiempo de cavilar, ya que
Tan-Rion se acerc a l acompaado del joven de pelo negro que le hizo una inclinacin
ms bien formal y le tendi la mano. Era feo, incluso repelente, con un ojo desviado y una
marca en la cara, pero su manera, despus de decir unas palabras de bienvenida, era corts
y bastante benevolente. Llevaba una especie de insignia o emblema: una cabeza de oso
entre dos espigas de trigo y Siristru, que no poda entender el beklano que hablaba (y que
no pareca de nativo), sonrea, asenta con la cabeza y toc el emblema con un dedo, a guisa
de gesto amistoso.
Este joven tiene a su cargo los nios del puerto dijo Tan-Rion.
Su nombre es Kominion, pero la mayor parte de nosotros le llamamos
simplemente Shuter. He enviado un hombre a que informe al gobernador de tu llegada y
pida una casa que habr de ponerse a tu disposicin. En cuanto sepamos en dnde es,
Shuter recoger tu equipaje. Puedes entregrselo con toda confianza. Esto llevar un poco
de tiempo, por supuesto, y temo que nuestras instalaciones te parezcan un poco primitivas:
lo cierto es que esta es una ciudad de frontera. Pero por lo menos puedo asegurarte que
tendrs comida y un fuego mientras tengas que esperar. Tambin hay una taberna bastante
decente aqu, donde podrs estar cmodo y aislarte; un lugar que se llama El soto verde.
palabra beklana para decir adelante, produjo un sonido que esper trasuntaba un
consentimiento amable. Una de las nias de servicio abri la puerta, se llev la palma de la
mano a la frente y se puso a un lado para dar paso a un hombre grande que Siristru nunca
haba visto. Su blusa de cuero, que llevaba el emblema del oso y las espigas, pareca
cruzarle todo el ancho del pecho, y los pantalones de cuero al parecer hechos para un
hombre de tamao normal le llegaban hasta la mitad de la pantorrilla. Sobre el hombro
llevaba con soltura una gran bolsa, que pareca muy llena. El hombre sonri cordialmente a
Siristru, se llev la palma de la mano a la frente y dijo:
Crendro.
Esta palabra no era conocida por Siristru, pero como evidentemente era un saludo,
contest Crendro y esper. La siguiente frase de su visita, sin embargo, lo confundi del
todo, y debi llegar a la conclusin de que el hombre estaba hablando en alguna lengua o
dialecto extraos.
Sabes hablar en beklano? pregunt tartamudeando. Yo entiendo el beklano
un poco.
Yo tambin, seor contest el gigante en un beklano chueco pero comprensible
y acompaado de una sonrisa amable.
As que t eres un prncipe extranjero, eh? Y has llegado en la balsa? Vas a
hacer la fortuna de todos nosotros, supongo o eso es lo que me dicen. Todos mis respetos,
seor.
Al llegar aqu Siristru ya se haba dado cuenta que su visitante era, evidentemente,
algn criado y, por su estilo, un criado privilegiado; pero tambin era alguien a quien haba
que mantener a distancia para que no se propasara y charlara ms de la cuenta. Por lo tanto,
sin sonrer y secamente dijo:
Tienes un mensaje para m?
As es, seor, as es contest el hombre. Mi nombre es Ankray. Yo atiendo al
gobernador y su seora. El gobernador volvi de Lak una o dos horas despus de medioda
y supo que t habas llegado; as que me dijo, Ankray, si vas a la zona del puerto no
olvides de traerme de vuelta una de esas bolsas con tocos gordos que usan all, esos que
llegaron de Tonilda el otro da, y de vuelta a tu casa puedes pasar a ver a ese prncipe
extranjero, ese caballero, y decirle que tendr mucho gusto en verlo cuando quiera venir.
De modo que si te parece conveniente, seor, puedes venir conmigo ahora, ya que no
conoces la direccin: yo te puedo llevar all.
Esprame e ir contigo directamente.
No era la clase de invitacin a la casa del gobernador que l haba esperado, pero no
tena importancia: era una pequea ciudad, no haba nada que or o hacer aqu, la verdadera
diplomacia se presentara despus, en las ciudades que estaban al Oeste. Sin embargo, haba
que ser corts con este gobernador, que por otra parte tal vez fuera el hombre responsable
de haber proyectado y construido la balsa.
Suspir, dobl y guard en el bolsillo su carta inconclusa al rey y llam a Thyval
para pedirle su mejor capa y decirle que lo esperara en la casa del gobernador.
El gigante iba adelante mostrando el camino y conversando cmodamente en su
atroz beklano, sin preocuparse lo ms mnimo al parecer de que Siristru lo entendiera o no,
con su bolsa repleta que bamboleaba como si fuera una liviana red de pescador.
En este momento notaron a una banda de ocho o nueve nios que corra detrs de
ellos y les gritaba para llamarles la atencin. Dos llevaban unas espesas coronas de flores.
Siristru se detuvo, asombrado, y los nios lo alcanzaron, jadeantes.
U-Ankray dijo una nia de pelo oscuro, de unos doce aos, poniendo la mano
en la del gigante es ste el husped extranjero, el prncipe que iba a llegar por el ro?
Bueno, s, es l contest Ankray y qu hay con esto? Ahora va a ver al
gobernador, as que t no debes molestarlo ahora, querida.
La nia se volvi hacia Siristru, levant la palma de la mano hasta la frente y le
habl en beklano, con una especie de alegra confiada que lo dej estupefacto y lo inquiet.
Seor dijo cuando omos que estabas aqu, tejimos unas coronas para darte la
bienvenida a ti y a tus sirvientes. Las llevamos a tu casa, pero Lirrit nos dijo que habas
salido para ver al gobernador. Corred, nos dijo, y lo alcanzaris. As que hemos venido
corriendo para darte las guirnaldas y decirte: Bienvenido, seor, a Zeray.
Qu dicen, seor? pregunt Thyval, que haba estado contemplando los nios
con cierto asombro. Estn tratando de vendernos las flores?
No: es un regalo, o as me parece contest Siristru. Aunque los nios le
gustaban, la situacin estaba fuera de su experiencia y no saba qu decir. Se volvi hacia la
nia de pelo oscuro.
Gracias dijo. Eres muy amable.
Se le ocurri que hubiera sido mejor tratar de averiguar algo ms. Tal vez un mayor
reconocimiento de esta encantadora cortesa sera del agrado de quien estaba detrs de ella.
Dime, quin te dijo que trajeras las guirnaldas? Fue el gobernador?
Oh, no, seor! Nosotros recogimos las flores: nadie nos ha mandado.
Y sigui dando una explicacin liviana y feliz que l no pudo seguir, mientras dos de
sus compaeros se ponan en puntas de pie para colgar las guirnaldas en los pescuezos de l
y de Thyval. La mayor parte de las flores eran de la misma clase, pequeas, de color lila,
con un perfume suave pero penetrante.
Cmo les llaman a estas flores? pregunt, sonriendo y tocndolas.
Planella contest ella, y le bes la mano, las llamamos planella. Y estas otras,
las rojas, son trepsis.
Cantemos para ellos grit un nio de piel oscura, cojo, que estaba hacia el
fondo del grupo. Vamos, cantemos para ellos!
Y en el mismo instante se puso a cantar y los otros lo acompaaron, un poco sin
aliento, en distintos registros. Thyvel se rasc la cabeza.
Qu estn cantando, seor? Puedes darte cuenta?
Apenas contest Siristru. Cantan en otro idioma, un idioma que no es el
beklano, aunque hay alguna que otra palabra, por aqu y por all, que parecen ser las
mismas. Hay algo o alguien que saca un pez (creo) del ro. Oh, bueno, ya sabes, la
clase de canciones que cantan los nios en todas partes.
Supongo que dentro de poco querrn dinero dijo Thyval.
Te las has arreglado para conseguir un poco de dinero del pas?
No, seor.
Pero la cancin termin y los nios, tomndose unos a otros de la mano, corrieron,
riendo y saludando con la mano y llevndose con ellos al nio cojo.
Curiosa manera de irse murmur Thyval, tratando de quitarse la guirnalda.
No te la quites dijo Siristru rpidamente. No debemos hacer nada que pueda
ofender a esta gente.
Thyval encogi sus perfumados hombros y prosiguieron la marcha. Ankray seal
hacia un barranco donde haba una casa de piedra en la cumbre. Aunque recin edificada,
no era ni grande ni imponente, pens Siristru, mirando el piso alto que sobresala de la
pared circundante. Tal vez, el gobernador, si no era l mismo el proyectista de la balsa,
deba ser algn viejo soldado, un hombre prctico designado para llevar adelante la ruda
tarea de construir un puerto de trabajo. Quienquiera que fuera, lo cierto es que tena muy
poca idea del estilo.
El portn de construccin pesada, con tablas entrecruzadas de las que sobresalan
las anchas cabezas de los clavos de hierro estaba entreabierto y Siristru, siguiendo a
Ankray, que entr sin ms ceremonias, se encontr en una especie de corral que pareca en
parte de una granja, en parte de un taller de artesano. Por todo el lugar se vean materiales
de una y otra clase. En la parte Norte del patio o corral, contra la pared que daba al Sur de
la casa, se vea un banco de carpintero y all estaba un hombre de pelo gris, con aire de
viejo soldado, que sostena una flecha en una mano mientras con la otra colocaba
cuidadosamente un can de pluma ya tratado debajo de la muesca. Un hombre ms joven
y un grupito de muchachos de aspecto bastante rotoso estaba a su alrededor, y era evidente
que les estaba enseando a fabricar flechas, dado que hablaba y ejemplificaba lo que deca
agitando la flecha que tena en la mano para demostrar los efectos de su determinado estilo
de fijar el vuelo.
Al entrar Siristru en el corral, a la zaga de Ankray y sintindose excepcionalmente
incmodo con la gran guirnalda de flores que le haca cosquillas en los lbulos de las
orejas, todos se dieron vuelta a mirarlo, e inmediatamente el hombre ms joven se apart
del grupito y march hacia l, sacudindose la viruta de las manos y gritando por encima
del hombro:
Esta bien, Kavass, sigue, sigue no ms! Cuando termines, echa una mirada a esos
gruesos bloques que trajo Ankray, me haces el favor?
Como Ankray no dio seales de disponerse a anunciar la llegada de los forasteros,
Siristru ech mano de sus precarios conocimientos de beklano y dijo:
He venido a ver al gobernador.
Yo soy el gobernador contest el hombre, sonriendo. Inclin la cabeza, se llev
la mano a la frente y luego, como si estuviera un poco nervioso, la sec en la manga antes
de tenderla a Siristru, que la asi instintivamente, aunque un poco asombrado. Acaso la
palabra que us para gobernador no era la justa?
Hizo un nuevo intento.
El el dirigente, el dirigente de la ciudad.
S; yo soy el dirigente de la ciudad. No es as Ankray?
S, seor. Traje los bloques y tambin al prncipe extranjero, como t me dijiste. Y
ese muchacho Shuter me dice que te diga
Bueno, me lo dirs despus. Quieres decirle a la Siyet que el prncipe ha llegado
y a Zilth que lleve unas nueces y vino a la sala de recepcin? Trata de que todo est como;
debe estar, y llvate al criado del prncipe y ocpate de l.
Muy bien, seor.
Siristru sigui al hombre, que march hacia la casa, murmurando:
voy a lavar y a cambiar de ropa. Tengo que hacer honores a tu visita dijo, volvindose a
Siristru. Tu llegada a Zeray tiene suma importancia para todos nosotros, para todo el
pas, en realidad. Ya he despachado un mensajero a Kabin con las noticias. Me disculpas si
desaparezco por unos instantes? Como puedes ver y extendi las manos, no estoy en
condi-ciones de recibirte. Pero mi mujer se ocupar de ti hasta que yo vuelva. Vendr aqu
en seguida.
Sali del cuarto y Zilth se volvi para avivar el fuego y limpiar la chimenea.
Siristru se par en la luz del sol aspirando todava la fragancia penetrante de la planella en
la guirnalda y escuchando, en la distancia, el canto muy asombroso de un pjaro
desconocido. Levant la mirada rpidamente al ver entrar a la habitacin una segunda
mujer joven.
Hombre de cierta edad o no, Siristru tena buen ojo para las mujeres, y sta le llam
mucho la atencin. Cuando ella entr l slo fue consciente de una notable gracia de
movimiento: un modo de andar suave, casi ceremonioso, que expresaba calma y dominio
de s. Luego, cuando ella se acerc, vio que, aunque ya no estaba en la primera juventud,
era notablemente bella, con grandes ojos oscuros y una cabellera negra, recogida en una
trenza floja que le caa sobre un hombro. Su vestido era rojo vivo, ceido, como una vaina,
tena bordada en la parte frontal, desde los hombros hasta los talones, la figura rampante de
un oso en hilo de plata y oro sobre un fondo pintoresco de rboles y aguas, minuciosamente
tejido. Violento, de estilo casi brbaro, el diseo, el colorido, y el bordado mismo eran tan
impresionantes que, por un instante Siristru estuvo en peligro de olvidar la espada por la
vaina, como se dice. Un trabajo como ste, en Zakaln, iba a encontrar sin duda un
mercado fcil. Mientras tanto, cules seran las convenciones de este pas en relacin a las
mujeres de rango? Bastante libres, sin duda, puesto que el gobernador haba enviado a su
esposa sola a que lo entretuviera y, por lo tanto, esperaba que l conversara con ella. Bueno,
no se quejaba. Acaso haba juzgado mal al pas, aunque por lo poco que haba visto en
Zeray, iba a ser raro que hubiera aqu una mujer culta.
La mujer lo salud con gracia y dignidad, aunque su beklano pareca un poco
inseguro y l adivin que, lo mismo que el gigante servidor, no hablaban en su idioma
nativo. Desde el alfizar donde estaba parado l poda ver los cobertizos y el muelle debajo,
a un cuarto de milla, frente al agua ondulante del estrecho. Ella le pregunt, sonriendo, si
haba tenido miedo durante la travesa. Siristru contest que s, sin ninguna duda.
Yo soy muy cobarde dijo ella, sirvindole una segunda copa y sirvindose
tambin ella. Por mucho tiempo que viva aqu, nunca lograrn hacerme cruzar al otro
lado.
S que este lado se llama Zeray dijo Siristru. El lugar de la otra orilla tiene
nombre o es demasiado nuevo para tenerlo?
Apenas existe todava, como has visto contest ella, echando hacia atrs sus
largos cabellos. No s como lo llaman los deelguy Yos Bos o algo que suena as,
supongo. Nosotros lo llamamos Bel-ka-Trazet.
Entiendo. Pero Shardik es la segunda vez que oigo ese nombre. Shardik dio su
vida por los nios, Shardik los salv.
Siristru siempre haba tenido una excelente memoria fontica.
Ella palmoteo asombrada.
Cmo? Ests hablando el idioma de Deelguy! En dnde oste eso?
Los hombres de la balsa cantaban eso esta maana.
De Dellguy? En serio?
S. Pero quin es Shardik?
Ella retrocedi, lo mir fijamente a los ojos y abri los brazos.
Este es Shardik.
Siristru, sintindose un poco turbado, mir detenidamente el vestido. Sin duda el
trabajo era fuera de lo comn. El enorme oso, con ojos rojos y llameantes, estaba parado y
amenazaba a un hombre armado con un arco, mientras que detrs un grupo de nios
harapientos se agazapaba en lo que pareca ser una ribera arbolada. Sin duda era una escena
salvaje, pero no haba clave de su significado. Adoracin animal? Sacrificios humanos,
tal vez?
Espero llegar a saber ms sobre l dijo finalmente. Ese vestido es realmente
esplndido un hermoso trabajo. Fue hecho en Bekla o en algn lugar cerca de aqu?
Ella ri de nuevo.
Muy cerca de aqu sin duda. La tela vino de Yelda, pero mis mujeres y yo lo
bordamos encesta casa. Nos llev medio ao.
Un trabajo maravilloso maravilloso. Es sagrado?
No, no es sagrado, pero yo lo uso bueno, en ocasiones importantes. Me lo he
puesto para ti, como puedes ver.
Es un honor para m Y el vestido es digno de la dama. Qu me dices? Y en un
idioma que slo he empezado a aprender hace dos meses!
Siristru se estaba divirtiendo.
Ella no contest nada y se limit a lanzarle una mirada aguda, brillante y
humorstica, como la de un estornino. l sinti un sbito estremecimiento. Con el brazo
No, viene por agua. En esta ciudad tenemos la suerte de contar con un ro como
medio de comunicacin con el Norte. Una parte de la provincia es todava muy salvaje,
aunque no tan salvaje como era. Estamos estableciendo nuevas colonias por aqu y por all,
aunque nunca corremos riesgos con los nios en las zonas ms remotas. Pero hay una aldea
de nios en el camino a Kabin: pasars por ella cuando vayas a Bekla. Todava no es muy
grande hay diez soldados veteranos y sus mujeres, que cuidan a un centenar de nios
pero tenemos intenciones de agrandar el lugar en cuanto la tierra est en condiciones de
mantener a ms personas. Est en un lugar seguro.
Estoy sorprendido por los nios dijo Siristru por lo poco que he visto de
ellos. Tu ciudad parece llena de nios: los vi trabajar en los muelles y en tus nuevos
depsitos. Al parecer, dos tercios de los habitantes son nios.
Dos tercios: el clculo es justo.
Entonces, no todos son nios de la gente de aqu, no?
Oh, nadie te habl de los nios? dijo el gobernador. No claro, apenas ha
habido tiempo. Vienen de distintos lugares: Bekla, Ikat, Thettit, Dari, Ortelga incluso hay
unos pocos de Terekenalt. Son todos nios que han perdido a sus padres o a sus familias por
una u otra razn. Muchos de ellos han sido abandonados, me temo. Ellos no estn obligados
a venir aqu, aunque pasa muchos eso es mejor que nada, supongo. De todos modos, es una
vida dura, pero al menos pueden sentir que los necesitamos y los valoramos. Nada ms que
eso es una gran ayuda.
Quin los trae?
Bueno, yo estoy en contacto con toda clase de gente gente que ha trabajado
para m y que me daba noticias en los das en que yo bueno viva en Bekla: y el Ban
de Sarkid nos ha ayudado mucho.
Siristru no pudo evitar un cierto desagrado. Aparentemente este joven gobernador,
en su entusiasmo por el comercio, estaba desarrollando su provincia y construyendo el
puerto de Zeray gracias a la labor de nios desvalidos.
Cunto tiempo estn obligados a quedarse? pregunto.
No estn obligados, estn en libertad de irse si quieren. Pero la mayora de ellos
no tiene donde ir.
Entonces, no diras que son esclavos?
Son esclavos cuando vienen aqu. Esclavos del descuido, del abandono, a veces
de la crueldad misma. Nosotros tratamos de liberarlos, y muchas veces no es nada fcil.
Siristru empez a ver un nexo entre esto y algunas cosas que la mujer joven le haba
falta.
Har que te lo manden. Ser ms cmodo para ti quedarte en este cuarto, creo. En
los otros est haciendo fro.
Me dijiste que tienes nios, seora?
Dos. Todava son muy chiquitos. El mayor no tiene tres aos.
No quieres mostrrmelos mientras mi hombre llega?
he tenido la agradable sorpresa de descubrir que el joven gobernador de la
ciudad est muy enterado de nuestras posibilidades de comercio. l me asegura que los
centros principales del pas podrn ofrecernos diversos productos: metales, sin duda hierro,
y tal vez un poco de oro, si lo entend correctamente, adems del vino que hacen, que es
excelente, aunque no s si aguantar el viaje y, supongo, algunas joyas, aunque no s con
precisin si son preciosas o semipreciosas. A cambio de esto, en mi opinin, les
ofreceremos caballos. No tengo ninguna duda que los van a pagar bien, puesto que no
tienen ni uno solo y no saben absolutamente nada de ellos. Lo cierto es que va a ser
necesario tomar medidas para establecer normalmente este trueque, que forzosamente habr
de provocar un profundo cambio en el modo de vida de ellos y que, en el futuro previsible
se basar en una demanda ilimitada.
En cuanto al pueblo mismo, por lo poco que he podido ver, me cae ms bien en
gracia. Por lo general es gente semibrbara, ignorante y analfabeta. Pero sus artes, por lo
menos en ciertas formas, me parecen logradas y notables. Me dicen que en Bekla hay
algunos buenos edificios, y estoy dispuesto a creerlo. Algunos de sus artilugios por
ejemplo los bordados que he podido ver tendran mucha aceptacin si se pusieran a la
venta en Zakaln.
Su Majestad est enterada del inters que me inspiran los asuntos religiosos y
metafsicos y, por lo tanto, habr de entenderme si le digo que no me ha sorprendido poco
el haberme topado con un culto extravagante que ha tenido una profunda influencia, no slo
en la vida de esta provincia, sino tambin, dentro de lo que puedo comprobar, en la vida de
las zonas metropolitanas del Oeste. Podra describrselo como una mezcla de supersticin y
humanitarismo visionario, que yo para nada tendra en cuenta si no fuera por los resultados
que parece haber obtenido. Esta gente, si he entendido correctamente al gobernador, adora
el recuerdo de un oso gigantesco, al que considera de naturaleza divina. Por supuesto, no
hay nada extrao en el culto brbaro de cualquier animal grande y salvaje, sea oso,
serpiente, toro u otra criatura, ni tampoco en el concepto de beneficio que proviene de una
muerte divina. Sin embargo, la creencia de ellos es que la muerte de este oso obtuvo de
algn modo no he podido enterarme cmo la libertad de unos nios esclavos, y en
razn de esto consideran que la felicidad y la seguridad de todos los nios es importante
para el oso y que el bienestar de ellos es un deber sagrado. Podra decirse que consideran a
los nios como una cosecha que madura y que no debe ser ni malgastada ni perdida. En
relacin a los padres, por ejemplo, se considera que daar a un nio con una separacin que
tendi las manos hacia el calor y, del mismo modo que, cuando nio, miraba el corazn del
fuego, se puso a buscar formas y cuadros, una isla, un cuchillo llameante, una jaula, los
rasgos de una vieja, un despeadero profundo, un oso lanudo. El fuego llameaba y
calentaba con un dulce murmullo y un nudo de la madera estall bruscamente. Los leos se
movieron, la ceniza tembl y cay, los cuadros se desvanecieron.
Melathys entr con aire atareado. Traa un cuarto de cerdo en una parrilla y haba
cambiado su hermoso vestido por un delantal de cocina, largo y gris. Cuando ella se acerc,
l se puso de pie y sonri.
Puedo dar una mano? pregunt.
Ms tarde, tal vez Alguna otra noche, cuando ya seas un viejo amigo, como sin
duda llegars a serlo. Como ves, tu visita nos brinda una ocasin esplndida para festejar.
U-Siristru: no tienes fro? Quieres que ponga unos leos ms?
No, por favor, no te molestes contest Siristru. Es un hermoso fuego.
Notas
[1]
Para que nadie suponga que utilizo mi ingenio de escritor para inventar las
crueldades de Genshed, digo aqu que todas caen dentro de mi conocimiento y algunas
ojal no fuera as dentro de mi experiencia. <<