Julio Torri: entre la brevedad y la irona
ARMANDO PEREIRA
Instituto de Investigaciones Filolgicas, UNAM
La obra de Julio Torri emerge a la cultura mexicana inscrita ya, de
antemano, en los presupuestos ideolgicos y estticos del Ateneo de la
Juventud, ese grupo de jvenes iconoclastas, hijos de la Revolucin
Mexicana, que haba venido a romper los rgidos moldes de la educacin positivista porfiriana y abra nuevos horizontes hacia una cultura
humanista y ecumnica que recuperaba toda la historia y el pensamiento de Occidente. Aunque es verdad que la niahera de inscribirse
all es un tanto sui generis, me atrevera a decir perifrica, Torri no fue
nunca una figura central en el Ateneo; tampoco su obra. Frente a la
agitada vida cultural de los atenestas (conferencias, declaraciones, libros, artculos en la prensa), el coahuilense mantiene cierta distancia,
cierto recato. Ms que convertirse en actor de esa convulsa vida cultural, prefiere el papel de observador. Algunos crticos han achacado esta
actitud a su proverbial timidez, a su tartamudeo; creo, nis bien, que
esa eleccin nace de ua disposicin intelectual distinta, de una manera diferente de ver y vivir elmndo. Esto se confirma cuando atendemos a su propia obra literaria. No hay en ella esa voluntad de devorar y
discutir el universo circundante, desde las culturas de otras latitudes
(Europa, Estados Unidos y Amrica Latina principalmente) hasta lo
que est ocurriendo en- el Mxico revolucionario del momento, que era
la voluntad intelectual de la mayor parte de los atenestas (Alfonso
Reyes, Pedro Henrquez Urea, Antonio Caso, Jos Vasconcelos, Martn Luis Guzman, entre otros). La obra de Torri transcurre por territorios muy distintos, mucho ms ntimos y personales; en lugar de buscar respuestas en la exterioridad, se sita como un espejo en el que el
sujeto del texto se contempla a s mismo, dialoga con su propia voz.
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descubre en su forma de vivir conductas y comportamientos que, 'de
alguna manera, nos conciernen a todos. Aunque muy suya, muy personal, su obra, sin embargo, no puede desligarse de la del Ateneo de la
Juventud.
Julio Torri (1889-1970) llega a la ciudad de Mxico a sus diecinueve aos, decidido a emprender la carrera de abogado en la Escuela
Nacional de Jurisprudencia. Su aficin literaria se haba iniciado lya
aos atrs, en Saltillo, donde haba publicado algunos textos en revistas y peridicos del estado. Sin embargo, ser en la ciudad de Mxico
y, en particular, en las aulas universitarias, donde esa aficin terminar
consolidndose. All entra en contacto con algunos fijturos atenestas,
que ya por entonces se reunan en torno a la Sociedad de Conferencias,
concretamente con Mariano Silva y Aceves y Alfonso Reyes. Es este
ltimo, que constituy para Torri una de sus amistades ms intensas
(ah est la vasta correspondencia entre los dos para corroborarlo), el
que nos ha dejado una imagen vivida de su primer encuentro:
|
i
Te conoc escondido bajo una mesa de lectura, en la Biblioteca de la
Escuela de Derecho, cuando curshamos el primer ao y t llegabas
apenas de Torren. Unos cuantos muchachos, todos paisanos tuyos,' te
asediaban y te lanzaban libros a la cabeza, porque acababas de declararles con un valor ms fuerte que t, que Vargas Vila era un escritor
psimo, si es que estas palabras pueden ponerse juntas. En ese momento entr yo. T apelaste a mi testimonio como a un recurso desesperado, y esta oportuna digresin dramtica modific el ambiente de la
disputa, comenz a apaciguar los nimos y te dio medio de escapar. Ya
en la calle, me tomaste del brazo y me hablaste de aquel volumen de la
Rivadeneyra [...]. Desde entonces fuimos amigos (Torri 1980: 17).
Con ese gesto, no slo se sellara una amistad entre los dos que
durara alrededor de cincuenta aos, sino que constituira tambinila
va de ingreso de Torri, siempre de la mano de Reyes, al grupo del
Ateneo y a sus interminables tertulias y parrandas.
Sobre el carcter perifrico de Torri en el Ateneo (Beatriz Espejo lo
califica de "segunda lnea": 13), habra que sealar que, entre sus preocupaciones literarias, nunca figuraron los temas polticos o sociales del
momento. La gesta revolucionaria, por ejemplo, tan incisiva y acuciante para otros miembros de su generacin, no aparece en ninguna de sus
pginas. Incluso el tema de Mxico, que tanto ZatzefF como Espejo
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hacen todo lo posible por recuperar, si acaso est presente en su obra
(quiz en algunas estampas de la poca de la Colonia), lo est de una
manera tan tangencial que resulta francamente prescindible. Al hablar
del "tema de lo mexicano" en Torri, ZaitzefF (Torri 1987 y 1983) se
apoya fundamentalmente en el relato "Las barriadas" (un texto que el
escritor coahuilense dej indito y que Zaitzeff rescata de sus archivos y
publica en El ladrn de atades). Sin embargo, cuando el lector se aboca a
su lectura, no puede ms que confirmar lo que ya haba intuido en otros
textos suyos, que no hay "tema mexicano" en Torri, que los barrios que
aparecen en este relato aunque lleven el nombre de La Merced, Santa
Julia o La Candelaria de los Patos podran pertenecer a cualquier ciudad del mundo (no es casual que las principales referencias que aparecen
en l sean la Edad Media, el romance de Cerineldos o el Arcipreste de
Hita), pues lo que a Torri le interesa no es el color local, sino lo que todo
barrio contiene y comparte con los barrios de otras latitudes. El propio
ZaitzefF, en otra parte, termina tambin reconociendo el carcter insustancial de este tema en la obra de Torri: "En resumidas cuentas, como
hemos podido observar, el tema de Mxico aparece espordicamente en
la obra creadora del coahuilense" (1983: 56).
Todos estos temas lo social, lo poltico, la Revolucin Mexicana,
"lo mexicano" tan acuciantes e incisivos para otros miembros de su
generacin, estn casi por completo ausentes de la obra que Julio Torri
public. Lo que a l le interesaba era algo muy distinto: explorar el universo interior del hombre (en muchos casos a travs de s mismo) para
descubrir conductas y comportamientos que hacen del individuo y de la
sociedad sujetos risibles. Carmen Calindo lo ha sealado explcitamente:
"Defensor del esteticismo resulta extrao en un mundo que ha llegado
(la palabra convertida en ladrillo que descalabra) a la hora de la poltica.
Pero ante los actuales artistas comprometidos, ante estos escritores cuyo
saber atraviesa una y otras ciencias, Torri opone un hallazgo fliera de
moda: el mundo interior, un botn del que, para nuestra desgracia, se han
apoderado los sicoanalistas" (en Zaitzefl^ 1981: 36).
Durante su larga vida (muri un poco antes de cumplir los 81
aos), Julio Torri public slo tres libros de ficcin: Ensayos y poemas
(1917), De fusilamientos (1940) y Tres libros (1964), que incluye a los
dos anteriores y un tercero bajo el ttulo de "Prosas dispersas". Los tres
guardan una unidad temtica y formal impecable. No hay grietas, no
hay resquicios: se trata, en definitiva, de un mismo libro. Torri tuvo
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un cmulo de preocupaciones estticas y literarias, no muy amplio, es
cieno, pero que lleg a convenrsele en una suene de obsesiones a las que
les fue fiel a lo largo de toda su vida: el antihroe, la vocacin pori el
fracaso, el autorretrato, el mal gusto del xito, la otra cara del mito o la
leyenda, la mujer, la relacin entre la vida y el ane. Fueron estos sus
temas centrales, a los que volva una y otra vez, de un libro a otro. Nunca
le interes escribir sobre otra cosa, ni siquiera lo intent. Y la manera de
abordar estos temas fue tambin siempre la misma. El relato breve,
sobrio, conciso, que se niega a contarnos una historia, a construir personajes, a desarrollar circunstancias narrativas. El propio autor coahuilerise
se ha referido a su decidida inclinacin por la brevedad: "El ensayo cono
ahuyenta de nosotros la tentacin de agotar el tema, de decirlo desatentadamente todo de una vez" (1937: 109). Y un poco ms adelante concluye: "El horror por las explicaciones y las amplificaciones me parece la
ms preciosa de las vinudes literarias" (112). Lo que ms bien busca Torri en sus textos es la creacin de una imagen, contemplada desde todas
sus aristas, que nos muestre la cara oculta de una actitud o un compori:amiento, lo que la solemnidad y los buenos modales de la sociedad suelen
negar u ocultar. Y lo hace mediante un recurso literario que pocos escjritores mexicanos han desarrollado tan fina y pulcramente como l: el humor, la irona. Alfonso Reyes, con ocasin de la publicacin de Deisitamientos, lo describe resaltando precisamente estas dos cualidades: "Su
temperamento se expres en una poesa sazonada siempre de hurnorismo... Escribe con brevedad, publica poco, apura con sabidura su
porcin del tiempo [...] Cenero y leve. Caso nico de sobriedad en esta
vegetacin de Amrica y en su ascendencia de fecundos mediterrneos"
(enZatzefFl981: 15).
Brevedad e irona, dos hermanas gemelas que suelen caminar de la
mano por los textos literarios. Es verdad que un texto breve no necesariamente tiene que ser irnico, pero tambin es verdad que el humor o la
irona no soponan largas parrafadas. La irona se expresa siempre en
frases concisas, en frases exactas, en pocas palabras. Su manera de dar en
el blanco se sustenta precisamente en eso: en un golpe verbal. No en' la
perfrasis, no en el frrago de los circunloquios y las explicaciones, sino en
ese instante en el que un juego conceptual rompe de pronto la lgica del
discurso para mostrar lo otro, para iluminar el lado cmico o risible q^ue
la racionalidad del disctu-so esconde. La obra de Julio Torri se sita precisamente en el centro de estas dos coordenadas. Y es del entrecruza-
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miento de sus signos de donde sus relatos adquieren toda su fuerza
expresiva y el sutil efecto de su persuasin.
Pero en el caso de Torri, brevedad e irona no slo son dos tcnicas
literarias, dos formas de estructurar un cuento o un ensayo, sino ms bien
dos maneras de acercarse al mundo y tratar de comprenderlo, dos maneras de intentar explicarse el papel que uno juega en medio de esa realidad
muchas veces hostil y adversa. Y para Torri la mejor va para lanzarse a
esa bsqueda no es el discurso largo y farragoso, provisto de una enorme
cantidad de refiexiones y especulaciones, de alternativas y desarrollos
siempre diversos, de ascensos a momentos climticos sublimes o asfixiantes y derivas o descensos vertiginosos, de finales fnebres o triunfales
siempre exhaustos o agotadores. En lugar de esas infinitas digresiones,
Torri elige la brevedad del instante, la precisa y pulcra elaboracin de una
figura o una imagen (unas cuantas palabras bastan) en la que se resume
todo eso. De ah que, como Horacio Quiroga o Borges, no haya intentado nunca la novela ("El cuento deca Quiroga es una novela depurada de ripios."), que haya privilegiado el poema en prosa, el ensayo
corto o el cuento para decir lo que tena que decir. Como si creyera y
creo que lo crey firmemente que lo que un hombre tiene que decir
puede decirlo en pocas palabras, amn de repetir cacofnicamente lo que
otros ya han dicho hasta el cansancio. Quiz por eso Torri prefiera
escribir el prlogo a una novela que nunca escribir (1987: 33-37) ms
que escribir la novela misma. La novela le cansa, le aburre, le fastidia; lo
ha dicho explcitamente: "En principio nunca leo novelas. Son un gnero
literario que por sus inacabables descripciones de cosas sin importancia
trata de producir la compleja impresin de la realidad exterior, fin que
realizamos plenamente con slo apartar los ojos del libro" (1980: 51).
Esta preferencia por la brevedad contra la abundancia, por la concisin frente a la exuberancia, en definitiva, por el cuento corto antes que
la novela, alcanza su expresin mxima (expresin paradjica e incluso
autofgica) cuando Torri, en otro texto, elogia, muy por encima de todos
los libros escritos, precisamente aquellos que no se escribieron nunca:
Pero hay otras obras, ms numerosas siempre que las que vende el librero, las que se proyectaron y no se ejecutaron; las que nacieron en una
noche de insomnio y murieron al da siguiente con el primer albor...
Tienen para nosotros el prestigio de lo fugaz, el refmado atractivo de
lo que no se realiza, de lo que vive slo en el encantado ambiente
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de nuestro huerto interior. Los escritores que no escriben Rmy de
Gourmont ensalz esta noble casta se llevan a la penumbra de|la
muerte las mejores obras. (1937: 123-125).
Esta breve reflexin, esta sucinta imagen que parecera condensar,
como una gema, el arte de Torri: suma concentracin, sutil iroria
(pues se supone que, si se escribe, se escribe siempre para alguien), no
hace ms que traducir una de las ideas centrales que recorren bueha
parte de su obra: la idea de que todo acto de escritura es, en cierta
forma, excesivo, que ya todo est dicho, que al escritor hoy no le quelda
ms que revolotear, como la polilla alrededor de la luz, en torno a
ciertos motivos, a ciertos asuntos, para encontrar, quiz, alguna arista,
algn filn en el cual detenerse slo un instante. De ah su elogio de la
brevedad, de la contencin verbal, pues prodigarse en lo ya conocido
no slo es intil, sino de mal gusto. El escritor que prefiere Torrij y
que definitivamente l mismo encarna, es el que "se complace en mostrarnos que es ante todo un descubridor defilonesy no msero barretero al servicio de codiciosos accionistas" (1940: 29).
Sin embargo, esta decidida aficin por la brevedad, por el cuidado
minucioso y casi obsesivo de los textos, esa mana suya de revisar una y
otra vez lo escrito hasta encontrar la palabra justa, precisa, insustituible, pero sobre todo el hecho de que a lo largo de su vida slo haya
escrito tres libros de ficcin que, en conjunto, no alcanzan ni las doscientas pginas, le ha valido, por parte de algunos crticos, ciertos comentarios a propsito de una supuesta "pasin por la esterilidad". Sus
amigos se referan a l como "el escritor que no escriba". "Cuentagotas", lo llam Antonio Caso. Cardoza y Aragn se pregunta: "Fue un
escritor que no quiso escribir?" (1989: 12). Vicente Quirarte, a su vez,
describe a Torri como "el escritor que hizo de la exigencia una variante
de la esterilidad" (22). Y Zatzeff seala de manera contundente, aunque tambin matiza: "A nuestro juicio la esterilidad que lo caracteriza
se debe principalmente a sus elevados ideales estticos y a su concepto
de la originalidad" (1983: 29-30) Jos Emilio Pacheco, por su parte,
habla de Torri, explcitamente, como "un hombre [...] que ha hecho
de la esterilidad una pasin". Aunque en seguida se corrige: "Esterilidad? Ms bien dira contencin, desdn o temor por la gloria que
pasa" (en Zatzeflf 1981: 25). Y en realidad no creo que pueda hablarse
de Torri trastocando los trminos: rigor, contencin, sobriedad, auto-
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crtica, no son sinnimos de esterilidad. No veo cmo se hubiera beneficiado su obra si en lugar de tres libros hubiera publicado diecisiete.
Cuntos libros necesitaron Rulfo, Arrela, Josefina Vicens o Ins Arredondo para figurar, con plenos derechos, como protagonistas esenciales
de la literatura mexicana? Cuntos libros necesit Rimbaud para situarse como la figura central de la poesa moderna? La calidad de un
escritor no se mide con criterios cuantitativos. Un escritor escribe (y
publica) lo que tiene que decir y todo lo dems es pura rebaba literaria.
Hay muchas obras completas que se beneficiaran sensiblemente si se
vieran reducidas a la mitad o a una tercera parte. En este sentido,
coincido plenamente con Ramn Xirau cuando, a propsito de Torri,
seala: "Escribir poco es un acto de atencin, un acto de respeto, un
rechazo del pecado capital que consiste en querer sistematizar el universo y encasillar o encastillar la existencia". Y, ah mismo, concluye:
"En otras palabras, el mundo solamente adquiere sentido para quien
sabe verlo incompleto, rico de posibilidades" (en Zatzeff 1981: 22).
En cuanto a los temas, a los que Torri volvi una y otra vez, de un
libro a otro, no voy a referirme aqu a cada uno de ellos. He preferido
elegir tres o cuatro nicamente, pues mi propsito es slo mostrar
cmo todo lo que hemos dicho sobre l, en particular el manejo de la
concisin y el humor, se manifiesta en la factura de sus textos.
EL HROE / LA OTRA CARA DEL MITO O LA LEYENDA
Uno de los relatos ms citados por la crtica, como ejemplo de brevedad, de perfeccin, de elegancia, de uso de las palabras justas, es "Circe". En este relato, el narrador ha decidido emular a Odiseo y enfrentarse a las sirenas. Pero no a la manera del hroe griego, l no busca ser
astuto, no quiere jugarle una mala pasada a las sirenas ni burlarse de
ellas. Ha decidido no amarrarse al mstil del barco, precisamente porque est dispuesto a perderse en el canto de las sirenas, en el corazn de
sus extraos dominios. Para su sorpresa, para su profunda decepcin,
ese da justamente las sirenas decidieron no cantar (1937: 11-12).
O bien, ese otro texto titulado "El hroe", en el que Torri lee de
otra manera, hasta trastocarla, la leyenda de San Jorge y el dragn. Los
personajes del mito ya no son santos o monstruos, sino seres cotidianos de carne y hueso, por completo fastidiados por el destino que les
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depar la leyenda. El dragn, por ejemplo, viva pacficamente y nuiJca
le hizo mal a nadie, pagaba sus contribuciones con puntualidad y votaba, como ciudadano responsable, en las elecciones generales. Recibi,
con ostensibles muestras de amabilidad, al santo y le ofreci hospedaje.
Y ste, en el colmo de la infamia y la villana, le hendi la cabeza cpn
su espada. Despus de ese acto atroz, que todos aplaudieron como si'se
tratara de una egregia hazaa, no tuvo ms remedio que "apechugar
con la hija del rey". La princesa, por su parte, no era esa joven bella y
adorable de los cuentos de hadas o de "las tarjetas postales", sino una
matrona entrada en carnes que, por "haber prolongado su doncellez, se
ha chupado interiormente". Su enfadosa compaa justifica "los horrores de todas las revoluciones". Sus aficiones son groseras: le gusta exhibirse en pblico, hace gala de un amor conyugal que no existe, tiene el
alma vulgar de una actriz de cine. Y, para colmo, en los momentos de
mayor intimidad, se derrama en frases cursis y engoladas: "la sangre del
dragn nos une", "tu heroicidad me ha hecho tuya para siempre". I
pobre hroe concluye su reflexin con el ms puro y franco arrepentimiento de su herosmo: "Qu asco de m mismo por haber comprado
con una villana bienestar y honores! Cunto envidio la sepultura olvidada de los hroes sin nombre!" (1940: 33-34).
Y es que la figura del hroe sus nfulas, su soberbia, su arrogancia,
que lo colocan en los extremos de la vida nunca le ha gustado a Julio
Torri. De ah que constantemente recurra al mito para insertar en l
los comportamientos del hombre gris, sencillo, cotidiano. Lo ha dicho
explcitamente en otra parte, en un texto que no por casualidad va
precedido por un epgrafe de George Bernard Shaw: "I dont consider
human volcanoes respectable". En ese texto ("La oposicin del teniperamento oratorio y el artstico") dice: "Permitidme que d rienda
suelta a la antipata que experimento por las sensibilidades ruidosas,
por las naturalezas comunicativas y plebeyas, por esas gentes que obran
siempre en nombre de causas vanas y altisonantes" (1937: 37).
'
VOCACIN POR EL FRACASO / EL MAL GUSTO DEL XITO
Concluimos el inciso anterior aludiendo a la "antipata" que experimentaba Torri por las "sensibilidades ruidosas"; si leemos con atencin
su obra, nos damos cuenta de que esa antipata se extiende a toda
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personalidad que hace del xito el objetivo central de su vida. No es
casual que elija al maestro frente al artista por considerarlo ms cercano "de nuestra baja humanidad", nunca recluido "en una alta torre de
individualismo y extravagancia" (1937: 17). O bien al artista frente al
orador, por considerar que el primero es mucho menos pretencioso,
ampuloso y vano que el segundo, que ha hecho de su imagen y de su
discurso una manera pedestre de ganar los falsos honores que las multitudes otorgan en la plaza pblica (1937: 37-41).
Y es que para Torri el xito, adems de aburrido, es ciego, torpe,
carece de conciencia de s mismo, es puramente referencial, vive gracias a los otros, slo responde a los aplausos y a los halagos, slo se
reconoce en ellos. "El herosmo verdadero dice Torri en "Prosas
dispersas" es el que no obtiene galardn, ni lo busca, ni lo espera; el
callado, el escondido, el que con frecuencia ni sospechan los dems"
(1964: 117). Es decir, el herosmo del hombre cotidiano, del hombre
que vive da tras da la vida de todos.
Frente al carcter insulso y bobalicn del xito, el escritor coahuilense elabora el elogio a la "prdida irreparable", al "fracaso", como una
condicin esencial de la vida y sin la cual la vida carecera de sentido.
Pues slo a travs del fracaso la vida toma conciencia de s misma. El
fracaso pone en marcha la razn, la reexin, el conocimiento de lo
que somos y lo que hacemos, la conciencia de nosotros mismos y de
nuestro entorno. Su nocin de "prdida" lo abarca todo, desde un libro
o una suma determinada de dinero hasta una mujer o un amigo. "Fracasad en absoluto escribe^; perdedlo todo de una vez; y os sentiris
de modo imprevisto ms fuertes que nunca" (1937: 91). Pues slo a
travs de esa prdida irreparable el hombre entra en contacto consigo
mismo, adquiere un conocimiento de s que el xito le hurta. En el
fracaso, en la prdida, radica para Torri la verdadera recuperacin
de uno mismo. De ah que constantemente apueste por "el gozo irresistible de perderse, de no ser conocido, de huir" (1964: 115).
De ah tambin ese otro texto, "Para aumentar la cifra de accidentes", en el que, recurriendo a la imagen del tren como metfora de la
vida, nos muestra a un hombre, en el andn de la estacin, a punto de
subir a un tren en marcha. Deja pasar el primer vagn, pues no tiene
"bastante resolucin" para saltar a la escalerilla. Deja pasar un segundo
coche, pues tambin ahora carece de la osada necesaria. Y todava, un
instante despus, deja pasar un coche ms, ya que "triunfan (en l)
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el instinto de conservacin, el terror y la prudencia" (1940: 13). cualidades estas que lo distinguen de figuras como Hctor o Aquiles, y lio
asimilan a ese hombre gris de todos los das, a quien fundamentalmente le canta la prosa de Torri.
'
LAS MUJERES / EL MATRIMONIO
Otro de los temas recurrentes en la obra de Julio Torri es la figura de la
mujer, a la que el escritor coahuilense se acerca siempre (no slo en su
literatura, tambin en su vida) con esa extraa mezcla de horror y fescinacin que lo llev a no casarse nunca. En uno de sus textos lo dice
explcitamente: "Si quieres ser dichoso un ao, csate. Si quieres ser feliz
toda la vida, no te cases" (1987: 47). O bien, esta otra afirmacin un
poco ms acida an: "La bobera virginal de toda seorita criolla cuya
nica preocupacin en la vida es atrapar a un desgraciado que la condica vestida de blanco y en un coche de alquiler ante un cura y un fotgrafo" (1987:42).
i
No es una exageracin sealar que no hay una sola vez en toda su
obra en la que Torri se refiera a la mujer sin recurrir al aguijn de la
irona. Uno de sus cuentos, por ejemplo, "Anywhere in the south",
lleva como epgrafe dos versos de Tablada:
i
Mujeres fire-proof a la pasin inertes,
i
Llenas de fortaleza, como las cajas fuertes (1940: 47).
Y en otro texto clasifica a las mujeres de la siguiente manera:
a) Mujeres elefantes: maternales, castsimas, perfectas, inspiran sieihpre un sentimiento esencialmente reverente.
!
b) Mujeres reptiles: de labios fros, ojos zarcos, "nos miran sin curiosidad ni comprensin desde otra especie zoolgica".
c) Mujeres tarntulas: vestidas siempre de negro, de largas y pesadas
pestaas, ojillos de bestezueias candidas. Ante ellas, slo se puede
vivir convulso de atraccin y espanto.
!
d) Mujeres asnas: son la tentacin y la perdicin de los hombres superiores. El diablo a veces adopta su terrible apariencia.
e) Mujeres vacas: de ojos grandes y mugir amenazador, rumian deberes y faenas. Las defme el matrimonio (1940: 37).
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Este pequeo zoolgico femenino, as como sus constantes e incisivas alusiones satcsticas a la mujer, le han valido a Torri, por ms de
un crtico, el epteto de misgino. Beatriz Espejo, que le dedica al tema
de la mujer un largo captulo de su libro, lo dice expresamente: "Vea en
la mujer al animal de ideas cortas y cabellos largos, con quien el dilogo era imposible [...] la entenda como un objeto redondo, precioso y antagnico, capaz de inspirarle temor y atraccin" (63). Y un poco
ms adelante concluye: "Torri demostr, insisto, una misoginia precoz" (64). Torri, cuya fama de cazador de sirvientitas se extendi
por los ms distintos barrios de la ciudad, no hubiera aceptado nunca
ese calificativo. En lugar de misoginia, l prefiere calificar su actitud
ante las mujeres, como una veleidad de "natutalista curioso" (1940:
37).
En fin, no intento agotar cada uno de los temas que ha tratado
Torri en sus libros. Tan slo he querido mostrar cmo trabajaba sus
textos, a travs de algn comentario somero sobre los que fueron sus
temas ms constantes, a los que volva siempre, me atrevera a calificarlas como obsesiones que lo acompaaron a lo largo de toda su vida.
Pero lo que sobre todo me interesa sealar aqu es que tanto en el
plano formal como en el orden temtico, la escritura de Torri no se
abandon nunca a concesiones simplonas, a preciosismos baratos o a
sensibleras, que le hubieran ganado un pblico ms amplio. Eligi la
razn sobre las emociones, la inteligencia sobre el sentimiento, la lucidez y la brevedad sobre el frrago y el embrollo. Y es justamente a un
lector que comparte estas caractersticas al que se dirige y, en definitiva, el que configuran sus textos. En "Dilogo de los murmuradores"
no slo describe a ese lector, sino que, al mismo tiempo, explicita la
esttica que recorre toda su obra:
Si al escribir necesitamos pensar en nuestro pblico, que ste sea el
ms sabio y el ms discreto que podamos imaginar, a fin de que nuestros libros no salgan deliberadamente frivolos como los que para el
vulgo se aderezan. Yo, por ejemplo, cuando escribo, pienso en el club
de fatigados hedonistas de Osear Wilde, y mis pobres enemigos, a
quienes liberalmente regalo asuntos de conversacin con mis vicios y
extravagancias, tildan mi estilo de artificioso, mis pensamientos de paradjicos y mis dilogos de tocados de una amoralidad exquisitamente
peligrosa (1980: 38).
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Construida mediante la razn, la inteligencia, la lucidez, la brevedad y la irona, la obra de Julio Torri y sta es otra de sus caractersticas ms loables nunca se someti a ninguno de los lenguajes al
uso en su poca. Ni a la retrica revolucionaria que ideologizaba buena
parte de nuestra literatura, ni a la estridente y ampulosa retrica modernista que imperaba todava en la mayora de los escritores en todo
el continente. "Amaba entraablemente a la literatura seala Antonio Castro Leal. Pero despojada de sus crinolinas de ceremonia' y
libre de su peluca empolvada" (Zaitzeff 1981: 44) Y ZaitzefF, por su
parte, puntualiza: "De manera ejemplar, durante toda su vida Torri 'se
mantiene independiente, insensible a las modas literarias, y siempre
fiel a s mismo y a su esttica" (Torri 1980: 24).
Ms que en las corrientes ideolgicas o estticas del momento, la
obra de Julio Torri hunde sus races en la ms slida tradicin de la literatura inglesa y francesa del siglo xix. Si hubiera que buscar sus ant:ecedentes, habra que referirse a Wilde, Bernard Shaw, Lamb, Schwob,
Baudelaire, Bertrand, Renard y Heine, entre otros. Aunque tampoco
habra que olvidar sus vastas lecturas de literatura espaola que culminaron en su libro Historia de la literatura espaola, producto de sus
clases en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Escuela de Altos
Estudios de la Universidad de Mxico. Torri ha reconocido ampliamente el valor de estas influencias que marcaron sus gustos literarios y
que quedaron manifiestas, no slo en su obra de creacin, sino tambin en sus artculos de crtica literaria. En su discurso de ingreso en la
Academia Mexicana de la Lengua escribe: "Las influencias artsticas^ y
literarias son inevitables y no contingentes. No pueden escogerse libremente [...] ningn gran escritor, pintor, etc., escapa a este curioso e
inevitable fenmeno" (1954: 22).
Sin embargo, la manera en la que Torri asume esas influencias no es
nunca sumisa, ni reverente, no se rinde, no se subyuga a ellas, no las
obedece. Al incorporarlas a su obra las transmuta, hasta hacerlas desaparecer, en una prosa muy personal, muy suya, cuya originalidad en su
poca abri nuevos cauces a la literatura mexicana. Autores como los
Contemporneos y los Estridentistas, pero sobre todo la literatura que
se escribira en Mxico a partir de los aos cincuenta, con Juan Jos
Arrela a la cabeza, le debe mucho ms de lo que imaginamos a la
prosa concisa, lcida, incisiva, de Julio Torri.
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BIBLIOGRAFA
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