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Ficciones de El Quijote: Kafka y Borges

Los textos analizan tres ficciones (de Kafka, Borges y Arreola) que simulan ser verdades sobre Don Quijote. Kafka invierte los papeles de Sancho y Don Quijote. Borges propone hipótesis sobre un manuscrito que encuentra sobre la muerte de un hombre a manos de Don Quijote.

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Ficciones de El Quijote: Kafka y Borges

Los textos analizan tres ficciones (de Kafka, Borges y Arreola) que simulan ser verdades sobre Don Quijote. Kafka invierte los papeles de Sancho y Don Quijote. Borges propone hipótesis sobre un manuscrito que encuentra sobre la muerte de un hombre a manos de Don Quijote.

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Revista de estudios Cervantinos N 9 / octubre noviembre 2008 / [Link].

org

Tres ficciones que simulan ser verdades

Sal Yurkievich

Voy a referirme a tres ficciones que simulan ser verdades, tres versiones o tres visiones de El
Quijote. Son tres prosas breves que corresponden a: Franz Kafka, Jorge Luis Borges y Juan Jos
Arreola. En todos estos textos, los tratamientos son sutilmente irnico-humorsticos.
El humor de Kafka, como todo humor, provoca con respecto a Sancho Panza y a don
Quijote, una inversin de papeles. Revierte no slo la condicin de ambos personajes, sino
tambin la de Miguel de Cervantes. Don Quijote en esa prosa breve, que con burlona prevencin
Kafka titula La verdad sobre Sancho Panza, deja de ser la proyeccin fantasiosa de Cervantes
para convertirse en endemoniada obsesin de Sancho. (Se puede decir que Kafka elimina a
Cervantes y crea una especie de circuito cerrado entre Sancho y el Quijote).
El zafio y bonachn escudero se troca en empeoso escritor que, con el correr de los
aos, consigue componer una cantidad considerable de novelas, algunas de caballera otras de
pcaros o truhanes y, a la par, este Sancho est acosado por el loco fantasma del Quijote; es decir,
el Quijote que es un engendro, que es una proyeccin fantasmtica, en el magn de Sancho se
desmide y desboca a tal extremo que Sancho quiere desembarazarse de l, no puede convertirlo
en personaje porque este Quijote no acata los designios de ese novelista prudente que es Sancho;
este Quijote, con sus extravagancias, se extralimita, sobrepasa los marcos propios del gnero de
aventuras tal cual como se practicaba en la poca. Quijote, como personaje, no resulta manejable
por Sancho escritor que, como sabemos, encarna el quicio de lo consabido; aqu es una especie
de novelista prudente, remanido. Sancho representa una imaginacin atinada, una prudencia
pica; el Quijote es un demonio que desbarata a tal punto la conveniencia novelesca que Sancho
se esfuerza por sacrselo de encima. Y por fin lo consigue; es decir, se lo saca de su fuero ntimo,
lo aparta, s, y el Quijote, liberado de esa estrechez que es la mente de Sancho que lo retiene, se
lanza a cabalgar en pos de sus quimricas hazaas. Sancho Panza, con la calma que lo
caracteriza, decide seguirlo y, entonces aqu, el texto de Kafka se bifurca en dos conjeturas: o
Sancho sigue al Quijote porque Sancho se siente responsable de haber concebido esa criatura tan
descabezada, o conjetura Kafka lo sigue por curiosidad.
Segn Kafka, el Quijote resulta un loco inofensivo es muy importante esta diferencia
, es un loco inocente que no est en sus cabales y que acta por despropsito, pero sin
premeditacin; no tiene un plan, no tiene objetivo final. Esto asegura Kafka, quien predice las
burocracias totalitarias que sobrevendrn poco despus. El Quijote es lo contrario de, por
ejemplo, Torquemada inquisidor, de Hitler o de Stalin.
Segn Kafka, Sancho acompaando a don Quijote encuentra un esparcimiento til y
jocoso. Halla algo as como un entretenimiento aleccionador. Sancho es aqu el autor, una
especie de Cervantes disminuido. El Quijote es, aqu, fantasma autnomo que acta fuera de la
mente de Sancho, y tambin fuera de la letra. El Quijote es un mito que se pone a vivir por s
mismo, a pervivir en la imaginacin colectiva.

Sancho, como Cervantes Cervantes disminuido, es aquel que lo sigue y testifica de


sus divertidas andanzas. Sancho segn Kafka es el que saca provecho moral o humano de
ese loco que es el Quijote; Sancho es el encargado de la moraleja, o sea de reflexionar y de
aleccionarnos.
En La verdad sobre Sancho Panza, Kafka suele servirse del gran acervo de cuentos y
leyendas (el patrimonio mtico de la humanidad) con distancia irnica y echa mano de los
recursos proverbiales o paradigmticos del humor; por un lado, como en este caso, la reversin
axiolgica; por otra parte, la irrisin, la puesta en ridculo, la sorpresa, el descendimiento o la
visin desde abajo. Lo cierto es que pocas veces el tierno Kafka recurre al humor negro; esto es,
a la suspensin del juicio moral o afectivo, pocas veces recurre al humor perverso. El papel que
en tanto humorista se adjudica consiste, como vemos con su versin de El Quijote, en restablecer
una supuesta verdad que contradice la versin cannica. Del mismo modo procede Kafka en otro
texto que se titula El callar de las sirenas. En esta parbola, Ulises logra salvarse del hechizo de
las sirenas mediante recursos pueriles como taparse los odos con cera y hacerse amarrar al
mstil de su embarcacin. Ulises obra con entera confianza en su ardid, que las sirenas no
cantan, las sirenas callan. La felicidad que su rostro refleja, la soberbia victoriosa que en sus ojos
las sirenas ven, las hace callar. Ulises no oye a las sirenas porque ellas no cantan, porque quedan
atnitas y slo procuran apresar el fulgor de los grandes ojos de Ulises, gozar de esa dicha. El
subterfugio de Ulises desarma a las sirenas, no por lo astuto sino por su candorosa soberbia.
La paradoja de Kafka prueba que, con medios insuficientes, alguien puede salvarse de la
aniquilacin, no por la eficacia del recurso, sino por la falla del aniquilador.
Con respecto a Prometeo, encadenado al Cucaso por haber traicionado a los dioses,
Kafka hace cuatro conjeturas y se queda con la cuarta: transcurridos los milenios, a partir del
castigo, todo se borra por cansancio, desaparece la clera divina, desaparecen las guilas que
devoran el hgado, desaparece la herida y desaparece el herido, slo queda la montaa, queda
nada ms lo inexplicable, la roca del Cucaso. La leyenda intenta explicar a su modo lo
prodigioso o sobrenatural. La leyenda por momentos vuelve a asentarse en una base verdica,
como para hacer pie, pero cuando la leyenda hace pie en la verdad entra en una especie de
somnolencia, en una somnolencia veraz. La verdad es para la leyenda un momento de
letargo, la leyenda pronto debe volver a su condicin connatural, es la extraa maravilla.
Del mismo modo que Kafka, su modelo ms moderno, procede Borges en una prosa
breve titulada Un problema, cabal ejemplo de literatura conjetural. En Borges, literarias son
las fuentes, literario el planteamiento y literaria la resolucin. Como Kafka en Prometeo,
ramifica las hiptesis que esta legendaria suposicin motiva. Son tres hiptesis relacionadas
con el mundo de Cervantes, que es el de Alonso Quijano, autor de El Quijote y, por ende, el
del Quijote, su alucinada proyeccin. Pero Borges nos propone una cuarta conjetura, que es
una manera de dilatar a la vez y de anular las otras; es una conjetura remota, transcultural y
transgeogrfica que nos transporta a un mbito remoto, el cual nos pone en accin o en
ficcin un infinito negativo que torna ilusorios a los personajes, las acciones, los medios y el
universo que los involucra.
Sigo a Borges. Se descubre en Toledo un manuscrito de Cide Hamete Benengeli de
quien Cervantes deriv el Don Quijote. Segn este texto hallado, don Quijote da muerte a un
hombre. Borges supone tres presumibles reacciones: segn la primera, nada sucede porque en
el alucinado mundo del Quijote la muerte es tan comn como la magia; matar a un hombre
no inmuta a quien se bate con engendros de hechicera. Segn la segunda conjetura, la
situacin se vuelve pattica; ver al muerto, comprender que es vctima de un sueo cainita, le

hace al Quijote despertar de su locura y asumir definitivamente esa culpa que es la culpa del
homicida. La tercera es la ms verosmil, pero no la ms seductora. Consiste, por supuesto,
en el efecto de lo real: la realidad del muerto requiere como compensacin la realidad de la
causa y entonces don Quijote no sale de su locura sino que se instala definitivamente en ella.
La cuarta, la ms borgiana, es aquella que equipara al Quijote con un rey de los ciclos
indostnicos para quien engendrar y matar trascienden la condicin humana, tocan o caben al
inexorable orden de los dioses.
Don Quijote, ante el cadver de su contendiente: sabe que el muerto es ilusorio como
lo son la espada sangrienta que le pesa en la mano y l mismo y toda su vida pretrita y los
vastos dioses y el universo. Si el parangn se sita a escala csmica, toda existencia y todo
acto humano se minimizan, cuentan como un grano de arena en la infinitud del desierto.
Tambin a modo de parbola, gusta bordar Borges la historia de Cervantes y su Quijote para
reivindicar el perenne y fabuloso poder del mito, el triunfo absoluto de la literatura, esa
fbrica de quimeras y de pesadillas, sobre la realidad. En la Parbola de Cervantes y el
Quijote el viejo soldado, el mutilado de guerra, harto de campaas y combates, hastiado de la
pedestre estrechez de su tierra, busca refugio placentero en las fabulaciones del Ariosto,
como sa de Astolfo sobre la luna (Orlando furioso, Canto XXXIV) donde dice:
En los blancos valles de la luna se encuentra la fama que no resiste al tiempo, las plegarias
hechas de mala fe, las lgrimas y suspiros de los amantes, el tiempo perdido de los jugadores
y, en ampollas selladas, la razn de los dementes.

Tal lectura de maravillas, segn Borges, induce a Cervantes a imaginar a otro lector
harto crdulo que pretende emularlas all en su terruo, en La Mancha donde para nada
tienen lugar; las transplanta a un lugar tan modesto como ignoto, el Toboso, que es lo
antagnico de las portentosas geografas del Orlando furioso. Borges dice:
A las vastas y vagas geografas del Amads, Cervantes opone los polvorientos caminos y los
srdidos mesones de Castilla.

Don Quijote muere vencido por la Espaa sanchesca del XVII, ya confundido con
Cervantes, su creador, que poco lo sobrevive. Con el tiempo, soador y soado se vuelven
anverso y reverso de una misma medalla, avatares, ambos, de una misma ilusin literaria. As,
en Borges, la oposicin entre libros de caballera, entre pasado fabulado por la leyenda que lo
transfigura en mito y mundo comn el mundo del Toboso asolado por la guerra, la miseria
y la frustracin, esta diferencia, tambin se borra.
Con el tiempo la Mancha y el Quijote, realzados por el poder potico de un libro
legendario, se vuelven tan fabulosos como el Oriente de Simbad, porque en el principio de la
literatura est la metfora y el mito y al final tambin. Al principio y al final, igualmente, est
el sueo, el incierto sueo de alfanjes y hechiceros que dar lugar al sueo del hidalgo que se
suea don Quijote. Alonso Quijano cumple minuciosamente el destino que para l so un
rabe, cuyo libro adquiri un soldado en la Alcan de Toledo. El libro fue quemado por un
cura y un barbero, pero el Quijote seguir cumpliendo siempre con su predestinada biografa
porque su aventura ya no pertenece a nadie o pertenece a todos. Por eso, un simbolista de
Nmes, devoto de Poe, Pierre Menard dedica su vida no a componer un remedo o parodia de El
Quijote, sino el mismo Quijote. A partir de, como dice Borges, la imprecisa imagen anterior
de un libro no escrito, es decir, a partir de las condiciones imaginarias que generaron el

primer Quijote su admirable ambicin era producir unas pginas que coincidan palabra por
palabra y lnea por lnea con las de Miguel de Cervantes. Ya sabemos por el arte de la
lectura, o por el arte de la recepcin, que est condicionado por el horizonte de conciencia cada
poca; sabemos que las mismas palabras del Quijote que Menard reconstituye con su sofstica
operacin dicen ms y sa es la paradoja que las originales, connotan un mundo ms rico
y ms sutil, o sea, el mundo nuestro.
El juego conjetural de Borges, afecto a los desdoblamientos, interpolaciones,
anacronismos y reflejos de reflejos, todo lo multiplica, desdibuja y confunde, todo lo abstrae,
relativiza y anula, equiparando al soador Cervantes con el soado Quijote en una infinita
concatenacin de ficciones presentes y remotas, de inclusiones que todo afantasman, que nos
afantasman.
Juan Jos Arreola, mulo de Borges y de Kafka, pero menos especulativo que ambos y
mucho ms lascivo, va a infundir su vehemente sensualidad al mito quijotesco.
Empedernido amador que alternativamente execra e idolatra a la mujer, porque sabe
inevitable ese libidinoso cautiverio, Arreola convierte al Quijote en un san Antonio o san
Jernimo, anacoretas en vano tentados por erticos delirios.
En Teora de Dulcinea, de Cantos de mal dolor, el caballero alucinado por sus
lecturas es, sin advertirlo l, asediado por la mujer concreta, una corpulenta, una carnosa, una
pulposa, una fogosa campesina que huele a sudor y a oveja que a cada rato entra en el aposento
del hidalgo demente mientras l fbula la inalcanzable dama de sus ensueos, vago fantasma
femenino hecho de virtudes y de faldas superpuestas. Como dice Arreola, para merecerla, el
paladn debe llenar cuatrocientas pginas de patraas caballerescas y embusteras proezas. En
lugar de gozar a la campesina de carne y hueso inmediatamente ofrecida al apetito viril, el
caballero se echa a trotar mundo, combatiendo con corderos y molinos en pos de un pomposo
engendro de fantasa. Furibundo y maltrecho, vuelve a su casa a dictar un escueto, un
cavernoso testamento. Pero ante su tumba es la desdeada, la concupiscible pastora, la nica
que derrama, por amor insatisfecho, lgrimas verdaderas.
Aqu, con Arreola, la literatura tiene el mal papel, representa la engaifa de la evasin
evanescente que hace olvidar al cuerpo y sus reclamos sensuales; ella, la literatura, nos aparta
del mundo inmediato, del mundo al alcance de cada rgano con que materialmente querremos
gozarlo.
Kafka y Borges descarnan, especulan con lo incorpreo, con los incorporales
abstractos; Arreola carnaliza o carnavaliza, tira para abajo, tira de la cintura para abajo,
restablece la vigencia visceral o instintiva, restablece por escrito, mediante signos sensibles y a
la vez alegricos, el rudo, el rstico imperio del vigor sexual.
Sal Yurkievich (Argentina, 1931-2005), creador y crtico literario. Fue catedrtico en la Universidad de Pars y en
otras universidades europeas y americanas. Desde 1966 vivi en Francia. En 1984 gan uno de los Pushcart Prizes,
otorgados a las mejores publicaciones en el rubro de revistas literarias. En 1987 obtuvo una beca de la Fundacin
Guggenheim; en 1992 y 1996, fue jurado del Premio Internacional Juan Rulfo. Entre sus obras de creacin literaria
destacamos: Volanda linde lumbre, Fricciones, Acaso acoso, Vaivn y El sentimiento del sentido; y entre sus
trabajos de crtica: Fundadores de la nueva poesa latinoamericana, Celebracin del modernismo, A travs de la
trama, Julio Cortzar: mundos y modos, El cristal y la llama y Suma crtica. Particip como ponente en el X
Coloquio Cervantino Internacional (1998) en la ciudad de Guanajuato.

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