Vermeer y Proust, por el ojo de la cerradura
Por Blas Matamoro
El Museo del Prado presenta algunas obras de Vermeer. En este texto, Blas Matamoro,
uno de los mximos expertos en Espaa sobre En busca del tiempo perdido,rastrea los
vasos comunicantes que existen entre el universo de Marcel Proust y la obra del genial
pintor holands.
Abril 2003 | Tags:
Pintura
Artes y Medios
literatura
Ensayo literario
Una llamativa relacin vincula a los personajes de En busca del tiempo perdido que se
dedican a escribir y la obra de Vermeer. Me refiero, en primer lugar y como parece
obvio, a Bergotte, el escritor por excelencia del texto. Si se prefiere: el escritor
profesional y alegrico de las Letras, as como Vinteuil lo es de la Msica y Elstir de la
Pintura. No son los pintores quienes hablan de Vermeer, sino los escritores. Hay dos
ms, aficionados que intentan hacer un texto: Swann, que se pasa la vida redactando un
estudio sobre Vermeer del que nada sabemos ni sabremos, y el propio Narrador, que va
aprendiendo a narrar a medida que explaya su texto, porque la Recherche, entre tantas
otras cosas, es tambin la novela de formacin del escritor. Aparte de ellos, Vermeer es
mencionado de modo no ms que incidental por la esnob Madame de Cambremer, que
habla de sus cuadros como si fueran el apellido de una familia distinguida, y el duque de
Guermantes, viajero no especialmente atento a los museos de artes visuales. "Si estaba a
la vista, lo he visto", comenta con desatenta concisin.
Por mi cuenta anoto que Vermeer se presta a la identificacin proustiana del artista,
ese sujeto que acaba siendo lo que hace y no lo que es ni lo que ha sido, capaz de
sustituir su historia por su obra. En efecto, de Vermeer se sabe poco y nada, tanto que la
novela lo define como "pintor desconocido". Me permito traducir: un desconocido que
ha pintado. Tenemos unos datos curriculares del artista holands pero ninguno ntimo, ni
siquiera de su intimidad tcnica. Es un nombre que aparece en los archivos de cofradas
y registros matrimoniales y natalicios. Y una obra escueta, decidida, ejemplar. En cierto
modo, es lo que acontece con el Narrador de Proust. De l tenemos, por el contrario, una
multitud de noticias menudas y reservadas, pero nos faltan algunos elementos esenciales
de su identidad: no sabemos sus apellidos y su nombre de pila slo es pronunciado, y
menos que escasamente, por su amante Albertine, quien lo llama Marcel, como si este
nombre fuera privativo de su intimidad, un seudnimo. Concita la atencin el hecho de
que, en un libro donde abundan hasta la frondosidad los abolengos, las filiaciones, los
nombres de familia, estn borrados los que ataen al Narrador. De alguna manera, quien
carece de nombre es Nadie, con lo que el citado Narrador se aproxima a ese glorioso
Nadie que es Vermeer. As es el arte: borra las huellas personales para trazar en su lugar
las otras huellas, las de esa Ms-Que-Persona a la que llamamos artista.
El ms notorio vermeeriano de la Recherche es Swann. Empieza su estudio sobre
Vermeer, lo abandona, lo retoma, nunca parece darle fin. Paralelamente, est la historia
de amor con Odette de Crcy. Swann es uno de los paradigmas del Narrador, tanto que
el mundo se organiza, desde su imaginario infantil, dividido en dos senderos. Uno es el
de Swann. Es asimismo su paradigma en materia amorosa, porque la novela dentro de la
novela que es Un amor de Swann sirve de espejo a las otras historias de amor que
aparecen en ella: Charlus y Morel, el Narrador y Albertine. l se est ocupando ya de
Vermeer cuando conoce a Odette, quien lo inquiere sobre si el pintor am a alguna
mujer que fue importante para su obra. Odette, lo sabemos, es, al tiempo, la encarnacin
de un cuadro, la Cfora de Botticelli. De alguna manera, lo que Swann siente por ella es
una msica, la sonata de Vinteuil. Toda su relacin est impregnada de arte, lo que de
ella puede explicarse es lo que est en un cuadro o una partitura. Odette interrumpe
porque irrumpe el trabajo de Swann sobre Vermeer o lo incita a reanudarlo cuando l
lo abandona por imposible. Tal es la frecuencia con que Vermeer aparece en sus vidas
que para Odette se torna tan familiar como el nombre de su modista. Buena parte de los
viajes que emprende Swann es a las ciudades que atesoran los cuadros del maestro.
Swann es, en otro orden esencial para el Narrador, el vnculo entre una familia de la
pequea burguesa con nfulas de distincin la del Narrador sin apellidos ni apenas
nombre de pila y el gran mundo del dinero y las ejecutorias de nobleza. Todo esto
hace al trmite del libro. Pero enfatizo otro aspecto de Swann: es un escritor aficionado
que intenta dar cuenta de la obra de un pintor que es Vermeer.
En el otro extremo de la institucin literaria est Bergotte. l s tiene una obra
numerosa, un nombre famoso en los medios letrados, un sitio de honor en los salones.
El Narrador admira sus libros, aunque nada sabemos ni sabremos de ellos, lo mismo que
del estudio de Swann sobre Vermeer. En el orden profesional, son lo opuesto. Sin
embargo, algo esencial los une y es, precisamente, Vermeer.
Swann intenta dar cuenta de la obra de un pintor y no lo consigue. Bergotte, a punto
de morir, en el clebre pasaje deLa prisionera donde concurre a una exposicin de
pintura para observar la vermeeriana Vista de Delft, se queda absorto ante un minsculo
detalle del cuadro, le petit pan de mur jaune, un trocito de pared amarilla con un
sobrado, y hace su confesin de impotencia: "As habra yo debido escribir [...]
superponer diversas capas de color, volver mis frases, preciosas en s mismas, como ese
pedacito de pared amarilla."
En sus ltimos instantes, Bergotte tiene la visin de una balanza celestial en uno de
cuyos platillos est toda su vida y, en el otro, el fragmento de muro amarillo. Siente que,
por imprudencia, ha dado la una por el otro. Tal vez sus palabras finales sean la
repeticin de esa frmula que describe aquello que debi hacer con su escritura y no
hizo. Como Swann con su estudio sobre Vermeer.
Por qu Vermeer? De cualquier pintura podra decirse que su presencia es imposible
de reducir a palabras, pero Vermeer, como define ese crtico annimo que incita a
Bergotte, no obstante su malestar mortal, a visitar la exposicin, ha pintado "una
preciosa obra de arte chino, que se basta a s misma." Es la utopa de todo lenguaje
verbal: bastarse a s mismo. A la inversa: todo texto muestra que no se basta a s mismo,
que le hacen falta unas palabras que requieren ms palabras y as hasta el infinito. La
escritura es porosa, tiene huecos incolmables, en tanto el trocito de pared amarilla es
perfecta y absolutamente compacto, nada le falta.
Tras estos dos maestros, Swann y Bergotte, el Narrador tambin se ve comprometido
a definir su deuda con Vermeer. En plan anecdtico, si se quiere, puede recordarse que
Proust consideraba la Vista de Delft como "el ms bello cuadro del mundo" (carta a
Jean-Louis Vaudoyer, 2 de mayo de 1921), pero ms decisiva me parece la consulta que
sobre Vermeer hace el Narrador a Swann.
La conclusin es que todos los cuadros de Vermeer, a pesar o a favor de su tamao
relativamente pequeo y su exuberancia de detalles nfimos, configuran un mismo
mundo, como pasa con las novelas de Dostoievski. Y esto podra decirse de la obra de
Proust, a la que apunto otro carcter decisivo: como Vermeer, el conjunto es anterior al
detalle, por ms que estemos ante dos artistas de proceder aparentemente microscpico.
Ya Ortega seal, muy temprano, que Proust no trabajaba con un microscopio sino con
telescopio invertido. Hay que establecer la precedencia del conjunto porque el detalle es
divisible hasta el infinito y conduce a la disolucin, incompatible con la forma que toda
obra de arte exige. Dira que la panormica de Delft es idealmente anterior a todos los
pequeos rincones que Vermeer prodiga en sus cuadros, lo mismo que la arquitectura de
la Recherche los caminos de Swann y de Guermantes se unen en el saln Verdurin
es anterior al interminable catlogo de sus circunstancias. Porque lo mismo que el
estudio de Swann sobre Vermeer y la revisin de la obra de Bergotte para convertirla en
un fragmento de pared amarilla, la Recherche est inconclusa, es un inmenso fragmento,
si se quiere, de esa inacabada muralla china que es la literatura.
En esta conciliacin de la minucia y la grandeza se halla una clave mayor de las dos
obras, las de Vermeer y Proust. Hay ms: los dos artistas son relativamente escasos,
lentos y morosos en su tarea. De hecho, Proust ha escrito un solo libro, y Vermeer, 42
cuadros, de los cuales slo 35 son indudablemente autnticos. Este inventario nada
significa en s mismo, pero seala cierta seorial seguridad en el trabajo. En efecto, hay
que estar muy seguro del conjunto para encerrarse durante casi catorce aos a redactar
una quiz novela de dos mil pginas.
Y hay ms. Proust le dijo alguna vez a Elisabeth de Gramont que lo suyo (de los dos)
era mirar por el ojo de la cerradura, es decir interesarse por un recorte de vida privada
como si el observado no se enterase de que lo estn observando. Los cuadros de
Vermeer, si se admite la propuesta, tambin parecen estar pintados a partir del trou de la
serrure. El pintor est fisgando desde una antecmara, tras una puerta entornada, entre
los pliegues de una cortina. Las escenas captadas son privadsimas, ntimas, a veces
secretas. En ocasiones, algn personaje se da cuenta de que lo pispan y se vuelve hacia
el pintor, cuyo lugar ocupamos, ahora, los contempladores. Esta mirada nos incluye,
barrocamente, en el cuadro, como ocurre siempre en Velzquez. En otro lugar
convendra acercar a estas dos Vmaysculas del barroco, la holandesa y la sevillana: no
son el mismo pintor pero hacen la misma pintura. Tambin Proust, en incontables
ocasiones, deja de narrar y nos interpela, reflexionando con nosotros acerca de lo divino
y humano.
Una de sus meditaciones insistentes es, como tanto en l, platnica. Venimos a este
mundo desde otro mundo, para nacer en esta tierra. Tenemos reminiscencia del
abandonado origen, de la eternidad, desde el tiempo, que vamos perdiendo
irremediablemente. El arte es tal reminiscente ejercicio, el tiempo recobrado. Por eso, el
arte multiplica nuestro mundo y lo hace plural. El artista ve en las palabras y en las
cosas la "otra cosa" que las multiplica. Paga en metal de eternidad lo que se pierde en el
tiempo, es decir en la muerte. Por eso, aun en la exacerbacin del detalle y la copia fiel
de la cosa referida, siempre el arte sita un exceso de ser y el objeto diario que pasa,
desatento, por el trmite del tiempo, cobra una extraeza que lo aureola de otredad.
Proust, como Bergotte, envidia en Vermeer lo que Swann en la msica de Vinteuil: la
opulencia de lo presente lo visto, lo odo en relacin con la pobreza de las palabras,
carcomidas de ausencia aunque capaces de categorizar, conceptuar y definir. La pintura
y, con otra contextura, la msica, tienen presencia total, tanta que se torna misteriosa.
Ms precisamente, la presencia de objetos perfectamente identificables con referencias
"reales", en Vermeer como en Velzquez, se vuelve irreal al inmovilizarse en el silencio.
Todo est all, al alcance de la mano y, sin embargo, resulta inalcanzable porque el
enigma lo atraviesa con sus preguntas sin respuesta.
Qu mira el astrnomo por la ventana, distrayndose de su trabajo? Qu dicen las
cartas, amorosas o no, que leen las damas en sus gabinetes privados? De qu conversan
los vecinos de Delft a la orilla del agua? Qu cuadro pinta el artista mientras contempla
a su modelo y da la espalda al espectador? Qu msica tocan las seoras en sus
espinetas? Qu cantan sus compaeros de tertulia? Qu piensan la bordadora, la
encajera, la lavandera? Y la pesadora de perlas? Y la lechera? Qu susurran los
galanes a las mujeres que cortejan? Un detalle ms aadido al conjunto lo volvera
trivial, como se trivializa cualquier persona lejana que habla con otra si podemos or sus
dilogos.
Lo cotidiano es lo desconocido, la desatencin lo vuelve opaco al conocimiento,
sugiere Hegel. Estos pintores la lista se agrandara con tantos colegas holandeses de
Vermeer y podra llegar hasta Antonio Lpez y Edward Hopper son capaces de
comentar al filsofo: lo inmediato es misterioso. Proust, a su vez, tan apocado ante la
omnipotencia de la msica y la pintura frente a la menesterosa palabra, puede
proponernos una compensacin. La palabra y su obra maestra, la literatura, resultan
hbiles para ir ms all del misterio de lo inmediato porque, justamente, lo suyo es lo
mediato, lo que est siempre ms all, inalcanzable pero dinmico. Un cuadro o una
partitura pueden aspirar a la completud, en tanto un texto estar siempre incompleto. La
forma detenida o el sonido que llega al silencio se confrontan con el discurrir verbal que
no cesa, aunque a veces tome aliento y se quede en blanco. Nunca oiremos la msica de
Vinteuil ni veremos los cuadros de Elstir como vemos los de Vermeer. En cambio, nos
harn hablar infinitamente, a lo largo del tiempo, perdindolo en camino hacia la
eternidad. ~