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Mercedes Halfon - Presentación de Hija Boba y Otras Obras

Texto leído por Mercedes Halfon el viernes 3 de octubre de 2014 en la presentación del libro Hija boba y otras obras, de Maruja Bustamante (Blatt & Ríos, 2014)

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Mercedes Halfon - Presentación de Hija Boba y Otras Obras

Texto leído por Mercedes Halfon el viernes 3 de octubre de 2014 en la presentación del libro Hija boba y otras obras, de Maruja Bustamante (Blatt & Ríos, 2014)

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Texto leído por Mercedes Halfon el viernes 3 de octubre de 2014 en la

presentación del libro Hija boba y otras obras, de Maruja Bustamante (Blatt &
Ríos, 2014)

Lo primero que vi cuando recibí el libro de maruja fue una dedicatoria que me había
hecho con marcador violeta, trazo grueso, que me emocionó, pero lo que me llamó la
atención fue que cuando pasé a la hoja siguiente, esas frases que ella había escrito a
puño y letra, se habían traspasado y habían dejado unos puntitos en la otra página: eso
escrito tan brillante –tenía además la palabra brillante– había atravesado la página y
dejado un espectro, una impronta. Era una especie de cielo, tenue, un mensaje ya no
tan claro, ya no firme, sino más bien como destellos, Como cuando queda algo pegado
a los ojos después de haber estado mirando otra cosa muy luminosa, una persistencia
retiniana. Algo así, sin querer, había escrito Maruja.

Todo esto, claro, me hace pensar en su escritura. Porque de hecho lo es. Son efectos de
su escritura. Y eso lo pensaba porque leer textos dramáticos, para alguien que vio las
puestas en escena, es algo parecido a una persistencia retiniana. Son huellas luminosas
de algo que pasó, del recuerdo de esa puesta, uno ve a los personajes con las caras de
los actores que vio, Adela es Monina, no hay forma de que sea diferente. Los textos
son huellas de la puesta para el que la lee y las vio, por más que hayan sido escritas
con anterioridad. Quiero decir, ¿cuál es el orden? ¿Hay un orden de factores hoy? ¿En
los que escriben hoy? Son preguntas.

Pero lo que importa, lo único que importa, es lo que sucede en la lectura. Por más que
esto haya sido otra cosa, cuerpos, arpas paraguayas, una pileta de pelotitas, una
escopeta, postres con naranjas, hoy es un libro, una palabra atrás de la otra, por ende,
algo para leer.

Una vez escribí sobre Maruja: Hay algo hiperbólico en su forma de trabajar en el
teatro. Cada uno de los proyectos tiene una historia única que se va hilando con los
demás como cuentas muy diversas, algunas de plástico flúo, otras tan discretas que
parecen de barro y otras que son piedras de mucho valor. Preciosas.

Sigo pensando lo mismo.


Y el libro me hizo dar cuenta de que Maruja además de una puestista de mucho
carácter, que construye cada obra con un lenguaje personal y acabado –recordemos la
imagen postnuclear autóctona y femme de Paraná Porá, una imagen magnética,
poderosa, nueva–, es una escritora.

Una poeta con un léxico propio pero que debe mutar por el camaleonismo propio de la
escritura escénica. Se trasviste: a veces se pone lírica y luego se baja de un hondazo, a
veces es más litoraleña guasa, a veces recatada y discreta –y en esto tan litoraleño
entiendo el primer interés de Damián, o la cercanía poética de un editor que no lo veo
mucho yendo al teatro pero que escribió un libro que se llama Entrerianos. Maruja
cuida cada palabra escrita en su obra, cada una posee una tensión, una intensión
particular que la pulsa. La suya es una Escritura en los diálogos vibrantes, en las
didascalias irónicas como comentarios dichos en voz baja, en las onomatopeyas que
están ahí para que el actor complete pero que también se completa en la mente del que
lee (“arggghh”, ahhhh”, “uuuuh”) ¿Qué son? Onomatoeyas que quieren decir más,
rasgar la mentada cárcel de la lengua. Puede poner una línea así “Yo amaba
profundamente a tu padre “ y completar con la didascalia rascándose el cachete, y
dejar la cosa ahí, que el sentido no se cierre, se contradiga, en todos esos destinatarios
implícitos que tiene el texto dramático: un director, un actor o un lector a secas.

¿Qué sentimos al leerla? Nos sentimos invitados a sonreír pero también a ponernos
sombríos, extraños, a pensar en cosas que tal vez no hubiéramos pensado nunca u otras
que sí, que pensamos muchas veces a escondidas, que tienen que ver con ciertos
costados menos transitados, por lo menos por la literatura dramática, de los que nos
sentimos menos orgullosos. “Lo que es no ser acomplejado”, dice un personaje de su
última obra y cuenta el curioso caso del espectador alto tipo basquetbolista que se
sienta impertérrito en la primera fila de los teatros independientes. Y por supuesto, que
funciona como la némesis absoluta del personaje relator, tan acomplejado que se
sienta en la última fila o en la primera de los autos, para no molestar a nadie, porque
Todos sabemos que es lo mejor.

Sus textos dramáticos son completos. Hermosos, burdos, poéticos, pavos, graciosos,
llenos de acción, llenos de amor, llenar de cosas que dan vergüenza o perplejidad
pensar y decir.
Tengo la sensación que en las últimas obras Maruja esta escribiendo mucho más cerca
de su persona. Sabemos que ella hace una obra atrás de la otra, que es una artista
entregada a su trabajo y en esa cantidad intentamos ver un arco: de obras que
construían universos amplios como el de Adela está cazando Patos que cruzaban
Hamlet con el nuevo cine argentino y con Otra Cosa Medio Pop, que volvía todo un
poco berreta; ahora Maruja escribe una obra como Hija boba donde la protagonista es
una chica que vuelve a la casa de sus padres, porque no sabe cómo conseguir plata y es
directora de teatro; O Dios tenía algo guardado para nosotros, donde la protagonista
es una chica que se enamora de un amigo, o tiene una relación de amistad con el chico
que le gusta, o es la historia de dos chicos que no definen el carácter de su admiración
mutua; pero en todo caso, ahí también la ficción parece volverse mínima, atenuarse.
Cristal, Mateo y la Poeta Floriana Rossi, a la que cita con tirria, podrían ser distintas
voces de ese mismo personaje. En su fase maníaca, en su fase optimista, en su fase
artista.

Creo que en estas obras –Maruja enamorada también, pero bueno, ahí hay una autoría
compartida– estamos en un registro intimista, donde el mundo se atenúa para que la
voz se haga más fuerte y despliegue una interioridad. Es casi como poesía, o
autobiografía novelada.
Pareciera, pareciera... que se está yendo cada vez más hacia adentro. Despojándose.

Maruja escribe en esa obra que empieza ahora a las 21; “Cuando yo extraño a alguien
como si estuviese al lado mío, que no es muchas veces, ese sentimiento me marea, me
hace desear salir con bufanda, ojotas y una pistola a buscar a la persona”.

No se me ocurre ninguna otra definición posible para el amor y la ausencia. Así, con
esas palabras, esa acción, ese humor. Ahí está todo.

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