PACTANDO CON EL ENEMIGO: LA DOBLE
FRONTERA DE BUENOS AIRES CON LAS TRIBUS
HOSTILES EN EL PERODO COLONIAL
1
Eduardo A. Crivelli Montero
CONICET y Departamento de Ciencias Antropolgicas, FFyL, UBA
Fecha de presentacin: 10 de julio de 2013
RESUMEN
Con el objeto de evitar que los indgenas incursionaran en las estancias que
rodeaban a la ciudad de Buenos Aires, el gobierno colonial intent varias estrate-
gias: mantener una tierra de nadie, o zona de amortiguacin, entre el ro Salado
y las sierras del Tandil; concentrar a los aborgenes en reducciones; hacer alianzas
con ciertos caciques o confederaciones tribales, que bien podan elegir libremente
su localizacin o deban formar una barrera a lo largo de las sierras del Tandil; y
materializar con fuertes una lnea militar a lo largo del ro Salado. En tanto esta
ltima solucin persisti durante muchos aos, las anteriores fueron meramente
oportunistas y no la expresin de planes a largo plazo. Se discuten varios obstcu-
los que se oponan a la ocupacin hispano-criolla de las pampas, un proceso que
tom ms de tres siglos.
Palabras clave: Pampas, Araucana, frontera, diplomacia, guerra.
ABSTRACT
In order to prevent Indian raiding into the estancias (ranches) surrounding
Buenos Aires, the Colonial government tried several strategies: maintaining a no
mans land, or buffer zone, between the Salado river and the Tandil range;
concentrating the aborigines in reductions; closing alliances with certain chiefs or
tribal confederations, which either would choose freely their location or were
1
Este artculo fue publicado originalmente en el libro Los mundos de abajo y los mundos
de arriba. Individuo y sociedad en las tierras bajas, en los Andes y ms all. Tomo de
homenaje a Gerhard Baer en su 70 cumpleaos, editado por Mara Susana Cipolletti, pp.
313-356, Editorial Abya-Yala, Quito, 2004.
2
expected to form a barrier along the Tandil range; and materializing with forts a
military line bordering the Salado river. While the last solution lasted for many
years, the former ones were just opportunistic. Some considerations are made
concerning the functioning of both the Indian and the military frontier.
Key words: Pampas, Araucania, frontier, diplomacy, war
I. INTRODUCCIN
Aunque la exposicin de este trabajo es narrativa, no se propone ser una
crnica, gnero que, en cuanto relato impersonal de lo acontecido, tengo por
inexistente: los criterios ordenadores inevitablemente implican juicios de valor
sobre cules son los hechos centrales y cules los accidentales. La narracin es un
itinerario, crtico pero no nico, a travs de una masa de datos, y el resultado es
una construccin. Del asunto de este trabajo pueden intentarse, como de cual-
quier otro, distintos enfoques; el adoptado atiende especialmente a formas
distintas del ejercicio del poder en una situacin colonial intertnica.
En las citas documentales se han modernizado ortografa y sintaxis. Al igual
que en los documentos que utilizamos, "cristianos" y "espaoles" son sinnimos
que comprenden a los criollos. El mapa (Fig. 1) seala las localidades referidas en
el texto.
(Fig. 1)
3
II. LOS HECHOS
II.1. Las formas de exclusin en los siglos XVI y XVII
La breve existencia de la primera Buenos Aires, establecida en 1536 por Pe-
dro de Mendoza, aument de manera incalculable la riqueza animal de las
pampas. Cuando, al cabo de un lustro de existencia, fue abandonada por orden de
Domingo Martnez de Irala, algunos yeguarizos quedaron olvidados o perdidos.
Dueos de una estepa herbcea con pocos depredadores y menos competidores,
se multiplicaron vertiginosamente.
2
En adelante, la frontera bonaerense sera el
confn entre dos sistemas culturales, econmicos, sociales y polticos distintos que
competan por un mismo recurso, renovable y exportable: los ganados, cimarro-
nes o domsticos. Los colonos que acompaaron a Juan de Garay en 1580 en la
repoblacin de Buenos Aires procuraron que la libre apropiacin de estos animales
cimarrones no les fuese disputada, a cuyo efecto se declararon "gente que de sus
padres lo[s] heredaron [...]", esto es, hijos de los primeros fundadores. En el Ro
de la Plata no haba ganado mostrenco.
3
Esta ficcin prueba que el inters de
monopolio estimulaba en estas personas ordinariamente tan concretas la capaci-
dad de abstraccin.
Este argumento fue esgrimido contra posibles pretensiones de espaoles de
otros distritos; con los autctonos, la cuestin no se dirima jurdicamente: los
hombres de Garay haban venido con sus armas y sus caballos a repoblar Buenos
Aires "[] y a conquistar los indios rebelados que estn en la dicha tierra donde
estn los dichos caballos [cimarrones], y cada da tienen guerra con dichos indios
[...]".
4
2
Garay 1915, Relacin de J. de Rivadeneyra, c. 1581, Documentos histricos y
geogrficos relativos a la conquista y colonizacin rioplatense (en adelante Doc. hist.
geogr. conq. coloniz. riop.), I, # 12; Carta de H. de Montalvo, 23/8/1587, Doc. hist.
geogr. conq. coloniz. riop., I, # 21, Cabrera 1945:321-5.
3
Cabildo de Buenos Aires, acta del 16 de octubre de 1589, Acuerdos del extinguido
Cabildo de Buenos Aires (en adelante Acuerdos), serie I, tomo I, pg. 51, Buenos Aires,
1907. Tambin, carta de H. de Montalvo, cit. en nota 1.
4
Id. nota 2.
4
Los choques con los aborgenes, sin embargo, parecen haber sido algo me-
nos que cotidianos.
5
Es que las llanuras que rodeaban a Buenos Aires, en un radio
de unos 300 - 400 km, estaban muy poco pobladas. Al cabo de ms de un siglo de
investigaciones arqueolgicas -por inorgnicas que muchas hayan sido-, entre el
Ro de la Plata y las sierras de Tandilia no se han publicado sitios acermicos y los
datos ms antiguos apenas preceden al comienzo de la era cristiana.
6
Cabra s, al
menos, esperar un fugaz trnsito de poca paleoindia.
7
Los datos de poca
histrica son congruentes con esta parvedad: el cronista de la primera fundacin
de Buenos Aires estim los indgenas de la zona en "unos tres mil hombres, con
sus mujeres e hijos",
8
y an es posible que, como tantos otros soldados, exagera-
ra el nmero de sus enemigos. Los naturales reducidos en las proximidades de la
ciudad, en el siglo XVII, nunca alcanzaron al millar y en una redada hecha en 1677
entre "la sierra" y Melincu se apresaron 233 indgenas.
9
Eran amplios espacios
recorridos por poca gente.
Esta baja densidad demogrfica condicion la colonizacin. Las matanzas de
Garay, que pusieron en peligro la disponibilidad de indgenas para servidumbre, se
cuentan entre los primeros actos tendientes a despejar la tierra de posibles
competidores. A la guerra se sumaron, para despoblar la regin, la desnaturaliza-
5
Los indios pampas "[] nunca han hecho guerra declarada ni cogido las armas
unindose contra los moradores de esta provincia [...]", testimoni el obispo de Buenos
Aires en 1678. Doc. hist. geogr. conq. coloniz. riop., I, #59:316). Sin embargo, haban
enfrentado a Mendoza y a Garay (Schmidl 1938; Garay 1915).
6
Crivelli 1999, Politis 2000:90-93.
7
Eugenio 1983, Flegenheimer 1986, Mazzanti 1996-1998, Mazzanti y Quintana 1997.
8
Schmidl 1938:44, 46, 53.
9
Copia del padrn [] que se hizo de los indios que se trujeron de las pampas [...]
[que son] de diferentes parcialidades [...], Buenos Aires, 6/12/1677. Doc. hist. geogr.
conq. col. riop., I, #58. El total excluye a los indios de la jurisdiccin de Crdoba, cuya
relativa abundancia sugiere que buscaban refugio en campos en los que la mano
espaola se haca sentir menos. Salvo Nusanach, que se present espontneamente
huyendo de la represalia de otra parcialidad, los indios censados fueron capturados en
una redada ordenada por el gobernador, de manera que no se trata de un cmputo
exhaustivo de la poblacin bonaerense. Algunos de los empadronados mencionaron la
ausencia de miembros de sus respectivas parcialidades.
5
cin de aborgenes
10
o su concentracin en reducciones, la viruela y el rigor de los
amos,
11
con lo que los colonos pudieron ampliar sus explotaciones sin grandes
dificultades ni otras limitaciones que la escasez de inversin, de mercado local y,
ocasionalmente, de mano de obra.
Hasta mediados del siglo XVII, los indgenas fueron para Buenos Aires un
desvelo menor; la documentacin sobre tierra adentro es, consiguientemente,
escassima, ya que no haba otras razones para ocuparse de la vida autctona que
las de reduccin o exterminio. Pero los vnculos entre los indios de las pampas y
los del otro lado de la Cordillera, conocidos desde 1581, se haban hecho regula-
res: en trueque por vacunos y, sobre todo, por caballos para resistir al espaol, los
indios de las pampas obtenan armas de acero, alhajas, ponchos y esclavos.
12
Es
sintomtico que ya en 1659 se hiciera expreso el carcter fronterizo del ro
Salado.
13
Atrados por los caballos que haban vuelto al estado de naturaleza
(baguales, en el habla regional), desde la primera mitad del siglo XVII los
indgenas ecuestres de los territorios circundantes y de la Araucanaconvergieron
en las pampas, donde permanecieron breve, larga o definitivamente, desafiando la
10
En 1688, el Cabildo solicit al gobernador el traslado de varios grupos familiares de
indios serranos a la reduccin de Santo Domingo Soriano, en la otra banda del Ro de la
Plata. All -se alegaba- haran mejor vida, con abundancia de lea y de vacas, doctrina
cristiana y, por supuesto, deberan cultivar el suelo. Sesin del 28/4/1686, Acuerdos,
serie I, tomo XVI:303-4, Buenos Aires, 1921.
11
Sobre mortandad por guerras, epidemias y el rigor de los amos, Garay 1915:158,
Guevara 1882:312, el padrn de 1677 y dos cartas de obispos rioplatenses, Buenos
Aires, 15/7/1599 y 9/1/1683, estas tres ltimas fuentes en Doc. hist. geog. conq.
coloniz. riop I, #58, pg. 301;I, #24, pg. 164 y I, #63, p. 327, respectivamente.
12
Garay 1915:158; Acuerdos, sesin del 10/5/1672 (Serie I, tomo XIII, p. 441, Buenos
Aires 1914); Carta del cura G. Surez Cordero, Buenos Aires, 1/9/1673, Doc. hist.
geogr. conq. coloniz. riop., I, #56:288; carta del mismo, Buenos Aires, 18/4/1678, Doc.
hist. geogr. conq. coloniz. riop., I, #57:291; carta del obispo Antonio, Buenos Aires,
8/8/1678, Doc. hist. geogr. conq. coloniz. riop., I, # 59:316; carta de J. Cabrera y
Velasco (26/5/1680) y testimonios de J. Bazn de Pedraza y de F. Daz Gmez, en
Grenon 1927:27-32; Canals Frau 1941; Casamiquela 1965:85-6.
13
En sesin del 6/2/1659, el Cabildo de Buenos Aires acord se ordenase a los indios
serranos retirarse a sus tierras y no pasar a la banda del norte del ro Salado. Acuerdos
XI, pg. 104, Buenos Aires, 1914.
6
pretensin de los colonos de monopolizar el ganado cimarrn y de mantener en
torno de Buenos Aires el cuasi-vaco que databa de los tiempos de la primera
fundacin.
14
ste es el escenario de las dos fronteras que nos han de ocupar.
II.2. Las primeras alianzas
El trabar algunas alianzas para reducir el riesgo de explotacin de los terri-
torios ocupados o facilitar la penetracin en los que permanecen mal conocidos es
una solucin de bajo costo caracterstica de las empresas coloniales, especialmen-
te en los territorios de los confines.
El primer intento formal de proteger los intereses de los colonos trabando
alianza con un jefe indio local tuvo lugar, que sepamos, en 1717: el cacique
Gregorio [?] Mayu Pilqui-Ya o Mayupilquian fue designado "guardia mayor [...]
para la defensa y custodia de esta campaa", responsabilidad por la que recibira
una gratificacin.
15
Cuando, aos despus, Mayu Pilqui-Ya fue obligado a alejarse
de la frontera, sus paisanos, que lo tenan por traidor, pronto dieron cuenta de l e
invadieron Areco y Arrecifes. El contraataque espaol, caractersticamente, se
descarg sobre una parcialidad ajena a los hechos pero ms a mano, lo que
provoc malones de represalia en distintos puntos. El ms importante fue el que
ejecutaron en 1740 los tehuelches septentrionales del cacique principal Cacapol,
natural del valle del Limay, y sus aliados aucs (araucanos, muy probablemente),
pehuenches y pampas. Como consecuencia, las estancias se fueron despoblando.
16
14
Crivelli Montero 1994a:13-14.
15
Acuerdos, serie II, t. III, p. 407 y Falkner 1957:133. Segn este ltimo, Mayu Pilqui-
Ya era taluhet, es decir, de la fraccin septentrional de los pampas autctonos. Pese a
que la obra de Falkner es a veces confusa -tal vez porque nos ha llegado a travs de la
edicin de un tercero-, es la de un testigo y como tal la valoramos.
16
Falkner 1957:133-5; Archivo General de la Nacin, Buenos Aires, Sala IX, legajo 19-2-
2, (en adelante, se abrevia AGN, IX, 19-2-2. Cuando el legajo est foliado, lo que no
siempre sucede, se indican los folios luego de una barra); C. Cabral de Melo al Cabildo de
Buenos Aires, 28 de febrero de 1744, AGN, IX, 19-2-2. Segn el comandante de la
guardia del Zanjn, sta fue la primera invasin que hicieron los tehuelches a la
Magdalena, un testimonio de inters para la cuestin de la poca de la expansin de
grupos patagnicos hacia las pampas (J. de Mier al gobernador, Zanjn, 15/10/1770,
7
II.3. Soluciones alternativas hacia 1740
La crtica situacin de la frontera habra de ser enfrentada mediante dos
propuestas independientes y bien diferentes: las misiones jesuticas y nuevas
alianzas.
II.3.1. El ensayo jesutico
En el siglo XVII se haban hecho varios (y desganados) intentos de crear
reducciones en las cercanas de Buenos Aires, pero la economa apropiadora y no
productora de alimentos de los indgenas y el consiguiente patrn disperso
impidi tanto reunirlos en buen nmero como transformarlos en mano de obra
servil. Las reducciones nunca sumaron ms de 1000 almas y todas fracasaron.
17
El proyecto misional que la Compaa inici en las pampas en 1740 era tan
hegemnico como el de los refundadores de Buenos Aires, pero iba mucho ms
all de cuerear vacas alzadas. Para asegurar la penetracin europea en el mundo
aborigen, los jesuitas aprendan las lenguas, estudiaban las culturas y trataban de
captar los sistemas de valores.
18
Para minimizar la influencia de la sociedad civil
sobre los catecmenos, las tres reducciones que crearon se estableci eron al sur
del ro Salado. Pronto, los jesuitas quedaron sumidos en las enmaraadas
relaciones entre las tribus y las de stas con la ciudad.
19
El gobierno mantuvo la
poltica represora, que los Padres consideraban terrorista.
20
Los vecinos tenan a
las pampas por tierras realengas que haba que limpiar de enemigos y afirmaban
que los indios simulaban reducirse para espiar la frontera y facilitar las invasiones.
AGN, IX,1-5-3/226-8).
17
Ver, p. ej., Archivo General de Indias (en adelante AGI), copia en Museo Etnogrfico
de la Universidad de Buenos Aires (en adelante ME), G34, del 2/9/1687 y Furlong
1938:12-17.
18
Sobre las misiones jesuticas bonaerenses, Falkner 1957, Snchez Labrador 1936 y
Furlong 1938. Tngase en cuenta que todas estas fuentes emanan de la Compaa.
19
El Cabildo de Buenos Aires expone en su informe las razones para que se mude la
Reduccin de los indios pampas a cargo de los Jesuitas, a otro paraje. 15/10/1752. AGI,
copia en ME, J16. Buenos Aires. Tambin Furlong 1938, passim y especialmente p. 197.
20
. Falkner 1957:133; ver AGN, IX, 19-2-2, documento sin fecha (c. 1745).
8
Los comerciantes alegaban perjuicios porque los misioneros procuraban apartar a
los catecmenos de las bebidas alcohlicas y de otras tentaciones del mundo. Tal
vez se temiera, adems, que la Compaa adquiriera en las pampas propiedades y
poder comparables a los que tena en la provincia jesutica del Paraguay. Los
aborgenes se mantuvieron refractarios al sistema de vida que se les propona, con
jerarquas inamovibles, asctico y parcialmente labrador. Concluyeron, nietzs-
cheanamente, que "ser cristiano era ser esclavo".
21
Los resultados de las misiones
fueron, consiguientemente, muy modestos. La ltima de ellas se abandon en
enero de 1753, entre la hostilidad aborigen y la indiferencia de la ciudad.
22
Sobre las causas de este fracaso -sin duda mltiples- hay varias opiniones y
lugar para una ms: en las tensiones intertnicas, los religiosos cumplieron un
papel mediador (claro que no imparcial) entre el estado colonial y las sociedades
autctonas. Pero a mediados del siglo XVIII, las tribus ecuestres eran prsperas y
estaban en expansin, de manera que veran un estorbo en cualquier entidad
intercesora.
II.3.2. Las paces de 1741
En noviembre de 1741, el maestre de campo Cristbal Cabral de Melo se in-
tern hasta el norte de la Patagonia, acord paces con jefes de las diversas etnias
que frecuentaban las pampas y los situ [...] a distancias moderadas, donde
sirven de frontera y resguardo a esta jurisdiccin," con lo que las estancias se
restablecieron y an se extendieron "[] mucho campo afuera [...] Para mantener
esta amistad con los dichos indios es preciso (segn su estilo de ellos) elhaberlos
de regalar cada vez que vienen a visitarle (porque en este punto son celossimos)
[...]".
23
Este estado de cosas, tan favorablemente presentado por el mediador,
termin bruscamente con la invasin de 1744 a Lujn, atribuida a pampas y
21
Versin recogida en 1746 por el jesuita Cardiel en la sierra de Vulcan (Balcarce)
(Cardiel 1933:27). Aunque el jesuita califica la ecuacin de disparate, hubo de
reconocer, en otro informe, que el destino de los indios que vivan entre los espaoles
era miserable (Cardiel 1956:156).
22
Snchez Labrador (1936) dej una crnica bastante detallada de las misiones, que su
editor Furlong (1938) utiliz extensamente y complement.
23
. C. Cabral de Melo al Cabildo de Buenos Aires, 28/2/1744, AGN, IX, 19-2-2.
9
pehuenches coligados.
24
La poltica de alianzas se mostraba insuficiente, por lo
que, aunque no se abandonara, en el ao siguiente se estableci una lnea de
defensa militar a lo largo del ro Salado.
25
II.4. La hegemona de Cangapol
Merced a intrincados parentescos y alianzas, el cacique Cangapol o Bravo,
hijo de Cacapol, se haba constituido en cabeza de una confederacin,
26
dentro de
la que no toleraba disensos. En acuerdo informal con Buenos Aires, hacia 1750
vigilaba la frontera sur, asegurndose al mismo tiempo la propia tranquilidad en
las caceras.
27
El linaje de los Yahat (probablemente de las pampas del sudoeste)
lo enfrent, pero en el corto plazo no tuvo xito: en enero de 1753 Felipe Yahat y
varios de los suyos fueron muertos por la gente del Bravo,
28
y poco despus su
hermano Jos, cacique y corregidor de la reduccin jesutica del Pilar, fue elimina-
do junto con otros siete indios por el maestre de campo,
29
en cumplimiento de una
orden del gobernador que procuraba mantener la tierra de nadie: pasar a cuchillo
"a todos los indios que vinieren de la Sierra."
30
Cangapol qued dueo del campo y
slo con l hubo de pactar el espaol, aunque no duraderamente: en 1755, el
gobernador orden se lo expulsase de la jurisdiccin,
31
lo que seguramente no era
fcil de llevar a cabo. Se sospechaba que su conducta, como la de otros jefes
aliados, era dual, porque estaba vinculado con el sistema que provea de ganado
bonaerense, manso o cimarrn, a los mercados chilenos. Muerto Cangapol dos
aos despus, el bastn de mando que simbolizaba el reconocimiento de su
autoridad por los espaoles qued en disputa entre su hermano Hualqun
24
AGN, IX, 19-2-2; Snchez Labrador 1936:95; Falkner 1957:133.
25
Marfany 1933:324.
26
Crivelli Montero 1994b.
27
. Acuerdos, S. III, T. I:298, 326-7 y 368, Buenos Aires 1926; Falkner 1957:132-3;
Relacin que ha hecho el indio paraguay ... 1969.
28
Snchez Labrador 1936:158.
29
AGI, copia en ME, J19, 22/11/1753; Snchez Labrador 1936:153.
30
Sobre esta orden de 1752 del gobernador Andonaegui ver Priegue 1982-83:28.
31
Acuerdos, S. III, T. I, BsAs 1926, p. 537.
10
(Gerquen) y su hijo Huibar (Quibar).
32
El consiguiente debilitamiento de esta rama
neuquina favoreci al linaje rival:
33
entre 1757 y 1770, el cacique pampa serrano
Rafael Yahat fue hombre de confianza de Buenos Aires; aunque parece haber sido
un poder ms entre varios que se iban afirmando en las pampas.
II.5. Relaciones inestables entre 1759 y 1768
Tal vez por esta razn, las autoridades de Buenos Aires insistieron en la po-
ltica de mantener despobladas las llanuras que se extendan hasta las sierras del
Tandil. En 1759, no se permiti a ocho indios aucs entrar a Buenos Aires.
Debieron malvender sus ponchos en la frontera y volverse.
34
En el ao siguiente, y
aunque se estaba en paz con las tribus, se consider riesgosa la existencia de
potreadores (cazadores indios) a ms de 150 km de la frontera.
35
El incumplimien-
to de la orden de alejarlos parece haber motivado la remocin del oficial responsa-
ble.
36
Se instruy que slo los indios que eran bien conocidos y tenan concedidas
paces podan entrar a la capital para comerciar; deban hacerlo exclusivamente
por la guardia del Zanjn (cerca de Samborombn), dejando las armas y no
apartndose del camino. Consiguientemente, en el fuerte de la Matanza les fue
negado el paso a unos "serranos de tierra adentro" que traan ponchos para
32
P. Silba a A. de la Vega, Zanjn, 22/2/1757, AGN, IX, 1-5-3/31; J.I. de Zavala al
gobernador, Zanjn, 18/10/1759, AGN, IX, 1-5-3/557.
33
En 1757, la parcialidad de Sausumiyn, hermano de Cangapol, fue exterminada por
un grupo de aucs (chilenos?) aliados de Rafael Yahat (B.Gago al gobernador, Zanjn,
20/8/1757, AGN, IX, 1-5-3/44). En represalia, gente del Bravo buscaba atacar a los de
Rafael Yahat (J. A. Lpez al gobenador, [Matanza] 12/9/1757, AGN, IX, 1-4-5/288); al
parecer, lo consiguieron el 24 de octubre del ao siguiente, encabezados por Hualqun,
otro hermano del Bravo (El gobernador a Lpez, AGN, IX, 1-4-5/476). En 1761, Rafael
trataba de malquistar a los cristianos con Hualqun (Lpez al gobernador, Buenos Aires,
13/3/1761, AGN, IX, 1-4-5/318).
34
A.de la Vega a B. Gutirrez de Paz, Buenos Aires, 18/12/1759, AGN, IX, 1-5-2/40.
35
B. Gutirrez de Paz al gobernador, Salto del Arrecife, 1/7/1760 y respuesta, Buenos
Aires, 2/7/1760, AGN, IX, 1-5-2/ 48; J. A. Lpez al Cnel. F. Maguna, Fuerte Matanza,
13/9/1760, AGN, IX, 1-4-5.
36
AGN, IX, 1-5-2/62, del 19 de enero de 1761.
11
vender.
37
El 4 de noviembre de 1760, el gobernador advirti al comandante de la
frontera que "[...] por pretexto alguno conviene que los indios estn tan
inmediatos como se experimenta al presente", y le enrostra que tal situacin
"[] dimana de la tolerancia que con ellos se ha tenido, pues de antes por
maravilla encontraban alguno las partidas que salan a correr el campo".
38
An
las guerras intertribales deban hacerse "en la Sierra", segn se le hizo saber por
esos das a una confederacin constituida por los pampas serranos de Rafael
Yahat y de aucs, que se aprestaba a enfrentar a la parcialidad de Hualqun.
39
Cuando se conoci la derrota de Yahat -y recin entonces- se temi un ataque a
la frontera,
40
por lo que revivi el sistema de exclusin total, disponindose "[...]
no permitir que los indios, aunque sean de paz, se acerquen a esta frontera ni
que vengan a sus tratos [comerciales] a estos partidos [...]".
41
Debilitado, Yahat
haba dejado de ser til. Por otra parte, este endurecimiento debi ser difcil de
mantener, porque privar a los indgenas del comercio con los cristianos fue
siempre un casus belli.
42
Para esta poca se perfilan dos coaliciones principales, la del cacique mayor
Lepin Nahuel, cuyos confederados eran de nombre mapuche,
43
y la del jefe pampa
serrano Flamenco, a veces unido a tehuelches que no se identifican. Es posible
que los primeros fuesen grupos chilenos;
44
pero es inseguro, ya que haba
nombres mapuches asimismo entre los pampas serranos (como Milla Nahuel y
Antuco), y para el capitn Hernndez, la confederacin de Lepin -a la que conoci
37
J. A. Lpez, Buenos Aires, 20/10/1760, AGN, IX, 1-4-5/308 y A. de la Vega a P.
Ribero, Buenos Aires, 27/12/1760, AGN, IX, 1-4-1/22.
38
AGN, IX, 1-6-1/40.
39
El gobernador a Lpez, Buenos Aires, 12/11/1760, y respuesta, Fuerte de Matanza,
22/11/1760, AGN, IX, 1-4-5/479 y 311.
40
J. A. Lpez al Teniente del Rey, Buenos Aires, 21/1 y 13/3/1761, AGN, IX, 1-4-5/313
y 318.
41
El gobernador al capitn J. C. Conti, Buenos Aires, 26/2/1761, AGN, IX, 1-5-2/70.
Destacado de EACM.
42
AGN, VII, 10-4-14, p. ej.; Crivelli Montero 1997a.
43
Ver la lista que hizo Hernndez (1969:108) en 1770.
44
Tal la opinin de Grau 1943.
12
muy bien- estaba formada por pampas y aucas.
45
Con todas estas reservas, y
pese a la fugacidad de las relaciones intertribales, parece haber habido cierta
polarizacin entre los autctonos y quienes haban trado o adoptado nombres
mapuches. De hecho, los segundos acusaron reiteradamente a los primeros de
planear invasiones.
46
Estas tensiones no dejaran de ser explotadas por el espaol.
Dispongo de muy poca informacin para el lapso 1762-64. En 1765, las re-
laciones intertnicas se haban deteriorado, aunque con los aucs de Lepin eran
aceptables.
47
En agosto, este jefe denunci al cacique autctono Calelin como
un peligro para la frontera y advirti de la posibilidad de un maln,
48
aviso este
ltimo que reiter en el mes siguiente, sealando esta vez a los tehuelches. Y en
efecto, Caada de la Paja y Magdalena sufrieron una invasin cuyas circunstan-
cias desconozco. Fueron responsabilizados, entre otros caciques, el propio Lepin
(pese a que, segn la versin de los espaoles, no haba recibido agravio alguno)
y el pampa serrano Flamenco. Este ltimo, tenido por el insigne baqueano
[conocedor] de estos campos y de la Sierra, gui la expedicin punitiva
espaola, pero al regreso [] el pago que se le dio -recuerda en tono de
reproche el comandante del Zanjn- fue llevarle la familia que haba dejado en
esta Guardia, por cuyo motivo se fue y en de pique de este agravio slo vino a
llevarse las caballadas de las invernadas de Samborombn.
49
En noviembre de 1766, el gobernador prohibi que un grupo de indios que
venan a comerciar entraran a la ciudad, por haber incumplido la promesa de
reintegrar el botn cobrado por los tehuelches en un asalto reciente. Previsible-
mente, se fueron disgustados
50
. Adoptando una sugerencia de Jos Vague, capitn
45
Hernndez 1969:140.
46
P. ej., J. A. Lpez a F. Maguna, Fuerte de Matanza, 13/9/1760, AGN, IX, 1-4-5/306.
47
F. A. Espinoza a C. Lpez, Matanza, 19/8/1765, AGN, IX, 1-4-5/327; J. A. Lpez al
gobernador, Matanza, 21/8/1765, AGN, IX, 1-4-5/329; C. Lpez al gobernador,
Samborombn, 28/8/1765, AGN, IX, 1-5-2/546-7.
48
En el habla de Buenos Aires, invasin de saqueo seguida de rpido repliegue.
49
J. de Mier al gobernador, Zanjn, 15/10/1770, AGN, IX, 1-5-3/226-8; F. Balcarce a
Loreto, Lujn, 11/6/1784, AGN, IX, 1-6-2/703-4).
50
M. Pineda a Bucareli, Salto, 17/11/1766; respuesta, Buenos Aires, 19/11/1766;
Pineda a Bucareli, Salto, 26/11/1766. AGN, IX, 1-5-2/121-124.
13
de la guardia de Lujn (actual Mercedes) y partidario de la lnea dura
51
, el
gobernador dio un nuevo paso, haciendo advertir a los indios, en febrero de 1767,
que se retirasen "a la sierra", pues en las pampas no se les dara cuartel,
52
es
decir, que no se hara prisioneros. El siguiente 5 de julio, el cacique Antepan
solicit autorizacin en la guardia de Lujn para pasar a Buenos Aires "a vender
sus trastes [trastos, mercancas]". Aunque era hermano de Lepin, qued detenido
junto con su comitiva, a la espera de la resolucin del gobernador.
53
Esta situacin
se prolong por ms de un mes, tal vez porque se sospechaba que Antepan
formaba parte de una alianza que planeaba un asalto.
54
Los indios hallaron
insoportable la inmovilizacin, se levantaron en dos ocasiones y una noche de
tormenta algunos de ellos, el cacique incluido, huyeron. Muerto Antepan por la
partida perseguidora, Lepin present una airada protesta, que fue poco atendida.
55
El gobernador Bucareli ratific la exclusin de los indios an de las cercanas de la
frontera, prohibi que se tratase con ellos bajo motivo alguno y orden a Vague
que los que fueran encontrados en las recorridas o se presentasen "[] con el
pretexto de solicitar mi proteccin o vivir en paz los haga V.M. pasar a cuchillo,
dndome aviso despus de haberlo practicado."
56
Poco antes, el hacendado y
sargento mayor Lpez Osornio, que deba salir a recoger ganado, haba pedido y
obtenido autorizacin para degollar "[] a todos los indios infieles o sospechosos,
reservando slo a los nios [...]".
57
Estas medidas deben haber alejado por algn tiempo a los aborgenes, por-
51
Vague se declaraba "opuestsimo a ese gento" (es decir, a los indgenas). Vague a J.
de la Barreda, Frontera [de Lujn], 17/10/1778, AGN, IX, 1-6-1/813.
52
Vague a Bucareli, Fuerte de San Joseph 24/2/1767, AGN, IX, 1-5-2/857-8, documento
sin firma, plausiblemente de Bucareli, Buenos Aires, 27/2/1767, AGN, IX, 1-6-1/165;
Bucareli, s. l., 2/2/1767, AGN, IX, 1-6-1/157).
53
R. Velzquez al gobernador, Guardia de la Matanza, 5/7/1767 y 4/8/1767, AGN, 1-4-
5/341-2.
54
Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 28/7/1767, AGN, 1-6-1/208.
55
Velzquez al gobernador, Matanza, 8/8/1767, AGN, IX, 1-4-5/343; Bucareli a
Velzquez, Buenos Aires, 6/8/1767, d./344.
56
Bucareli a Vague, Buenos Aires, 1/8/1767, AGN, IX, 1-6-1/212.
57
Lpez al gobernador, Zanjn, 18/7/1767, y respuesta del gobernador, Buenos Aires,
19/7/1767, AGN, 1-5-3/140-141.
14
que la partida de Lpez no hall ninguno
58
y la noticia, al parecer sorprendente,
"sobre haber indios en estas pampas", fue desmentida en Pergamino el 7 de
agosto de 1767.
59
Pero la economa de las tolderas era fuertemente dependiente y
no poda prescindir de Buenos Aires:
60
a poco, los aborgenes estaban de nuevo a
la vista de la frontera, boleando (en las zonas peligrosas, poco frecuentadas por
indgenas y colonos, la caza era muy abundante),
61
arreando los animales mansos
que la sequa impulsaba tierra adentro o tratando de comerciar. Dos indios
avistados cerca de la Matanza resistieron el apresamiento y fueron muertos. Se
temi, entonces, una represalia, por lo que se pidieron refuerzos y maderas para
construir un fuerte.
62
Lepin insisti con algunos gestos de buena voluntad: rescat a un cautivo
cristiano y convoc a varios jefes aucs para acordar una oferta de paz, que otro
cautivo puso por escrito y varios emisarios, incluido Antuco, hijo de Flamenco,
presentaron al sargento mayor Lpez Osornio. El destinatario los ech sin darles
"ni un pedacito de tabaco" (grave omisin protocolar), asegurndoles que "[] los
haban de matar, porque los espaoles estaban muy malos".
63
En efecto, en
noviembre de ese ao de 1767 se intern una fuerza con expresas instrucciones
de pasar a cuchillo a los indgenas que encontrase.
64
No parece haber trado otro
resultado que la unin de las tribus en pos de un contragolpe: un cautivo testimo-
ni que aucs y tehuelches declaraban querer la paz y que de no obtenerla
"asolarn las estancias [...] y [...] si es posible hasta la misma ciudad [de Buenos
Aires], con el fin de acabar a toda la gente o que a ellos los acaben". En los
hechos, el plan era ms realista: aliarse para atacar a las tropas espaolas en las
58
Lpez al gobernador, Zanjn, 3/8/1767, AGN, IX, 1-5-3/142.
59
A. Bobadilla a Bucareli, AGN, IX, 1-5-6/11.
60
Ver, p. ej., las expresiones del cacique Avoun en Garca y Reyes 1969:545. Sobre el
pastoreo nmade como una actividad especializada dentro de un sistema econmico
mayor, que supone la existencia de agricultores sedentarios, ver Barth 1976 y Maisels
1993:71-2.
61
Ver, p. ej., Ebelot 1961:24.
62
Velzquez al gobernador, 30/8/1767, AGN, IX, 1-4-5/344b.
63
Declaracin del ex cautivo J. L. Ferreira, Zanjn, 19/12/1767, AGN, IX, 1-5-3/162.
64
J. I. de San Martn a Bucareli, Pergamino, 26/11/1767, AGN, IX, 1-5-6/25.
15
Salinas Grandes.
65
Separadamente, el agraviado Flamenco haba formado en la
sierra de la Tinta (Olavarra) una alianza con aucs que no respondan a Lepin y
con tehuelches. No pedan paz con Buenos Aires ni la queran y -como referimos-
fortalecieron sus caballadas asaltando dos invernadas;
66
pero de momento
Flamenco se limit a reclamar "los muchachos que le han quitado".
67
En marzo de 1768, la Matanza sufri un nuevo ataque,
68
despus del cual
las tolderas se retiraron a Sierra de la Ventana y luego hacia el ro Colorado, de
manera que cuando las fuerzas de Buenos Aires reconocieron desde la sierra de la
Tinta hasta el ro Quequn y la costa del mar hasta el Rincn del Tuy, no hallaron
"ni an rastro de que hubiese habido indios en mucho tiempo."
69
Simtricamente,
ante los reiterados malones, los vecinos de Magdalena iban abandonando sus
haciendas.
70
La tierra de nadie se ampliaba.
La situacin no era mejor en la frontera oeste, donde los ranqueles haban
derrotado por completo a una fuerza de 200 cristianos. Muchos se haban salvado
huyendo por diversos rumbos, sin monturas ni armas; pero varios capitanes y los
hombres de ms valor haban muerto.
71
II.6. El plan de Vague
La empresa de segregar a los indios se haca gravosa, arriesgada e intermi-
nable, y la poltica de castigo que el gobernador Bucareli hubiese querido llevar
65
Declaracin de Josef L. Ferreira, Zanjn, 19/12/1767; una relacin similar consta a
nombre de Josef Santellan en Zanjn, 12/12/1767; es posible que se trate de una
misma persona. AGN, IX, 1-5-3/158 y 162.
66
B. Pereda a Bucareli, Samborombn, 22/12/1767, AGN, IX, 1-5-2/587-91.
67
Declaracin del ex cautivo M. Segovia, Zanjn, 20/12/1767, AGN, IX, 1-5-3/165;
declaracin de S. de Cuenca, Zanjn, sin fecha, d./168; Mier al gobernador, Zanjn,
15/10/1770, AGN, IX, 1-5-3/229.
68
P. Morales a Bucareli, Matanza, 6/3/1768, AGN, IX, 1-4-5/345.
69
Pinazo a Bucareli, Isla del Vecino, 1/5/1768, AGN, IX, 1-5-3.
70
El gobernador a los jefes de la frontera, Buenos Aires, 12/1[?]/1768, AGN, IX, 1-4-
5/487b.
71
J.de Linares al gobernador, Salto, 9/11/1768 y 8/2/1769, AGN, IX, 1-5-2/182-83, 188-
90 y 195.
16
resultaba impracticable, a causa de "la desunin sin obediencia" de la gente de la
campaa
72
(ya por entonces, la pasividad civil era en el Ro de la Plata una forma
de resistencia a la autoridad). Bucareli, que haba podido con los jesuitas, no pudo
con las tribus, y de mala gana, les propuso paces.
73
Su consejero, el capitn
Vague, que contaba ms de una dcada de experiencia en la frontera,
74
concibi
ese tratado como una operacin estratgica, que deba:
a. Dar a los indios expectativas de un acuerdo, para mantenerlos apaci-
guados durante la cosecha de 1768/69, cuando -como cada ao- se licenciara a
las milicias y la frontera quedara desguarnecida;
75
b. Enemistar entre s a las distintas parcialidades, que ante la poltica hostil
de la capital haban unido fuerzas.
76
Segn su percepcin, stas eran tres: aucs,
serranos y "pehuelchus", ya que los ranqueles quedaban al margen de las
conversaciones.
77
Este esquema nos acerca un poco a una observacin participan-
te. No es un producto codificado de la etnologa acadmica, sino que est destina-
do a objetivos prcticos y revela los planos de menor resistencia de la poblacin
indgena. Trataremos de complementarlo valindonos de otros documentos,
principalmente de la segunda mitad del siglo XVIII:
1. En la primera mitad del siglo XVIII, los araucanos y pehuenches que in-
cursionaban en las pampas eran llamados aucs, aucas o aucaces, trmino que
ya en la segunda mitad se aplicaba de manera general a los indgenas que
hablaban mapuche, lo que no excluye elementos autctonos. La referida expresin
"pampas y aucas"
78
demuestra que la amalgama entre estos componentes no era
72
Bucareli a Vague, Buenos Aires, 23/11/1768, AGN, IX, 1-6-1/264.
73
Bucareli a Vague, Buenos Aires, 23/11/1768, AGN, IX, 1-6-1/264.
74
Vague haba llegado a estas tierras en 1754 como cadete de Dragones (AGN, IX, 1-5-
2/840, del 24/9/1759, y 1-6-2/551, del 6/11/1783). Se lo design alfrez de la
Compaa de Blandengues de Lujn en 1757 o 1759 y capitn de la misma en 1766,
aunque los documentos continan aludindolo como alfrez (AGN, IX, 1-5-2/840, del
24/9/1759; Vague al virrey, Buenos Aires, 6/11/1783, AGN, IX, 1-6-2/551).
75
F. Viales a Loreto, frontera de Lujn, 14/1/1789, AGN, IX, 1-7-5/13.
76
Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 11/11/ y 27/11/1768. AGN, IX, 1-6-1/260 y 262.
77
Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 11/11 y 27/11/1768. AGN, IX, 1-6-1/260 y 262.
78
Hernndez 1969:140; declaraciones de los ex cautivos N. Romero (Guardia del Monte,
15/2/1781, AGN, IX, 1-4-6/184-5) y P. Zamora (Buenos Aires, 22/2/1781, AGN, IX, 1-
17
perfecta. Se asentaban al sudoeste de las sierras del sistema de Tandilia, princi-
palmente a la vista de Sierra de la Ventana, en Guamin, Carhu y Salinas
Grandes. Sumaban tal vez unos 2000 - 3000 hombres de armas. Tan grandes
eran sus caballadas, que cuando bajaban a beber cubran las orillas de los
arroyos;
79
tenan vacunos, en mucho menor nmero, a veces unas pocas ovejas y
hasta algunas gallinas.
80
Lepin Nahuel era cacique principal desde por lo menos
1760; ya en 1765, Guaiquitripay y Currel eran sus pares y antagonistas.
81
Consta
la amistad de Guaiquitripay con "caciques aucas de las tierras de Penco", esto es,
con araucanos de la zona de Concepcin, Chile.
82
En el siglo XIX, estos grupos fueron generalmente llamados "pampas", ca-
tegora que, por otra parte, nunca fue tnicamente precisa.
2. En Buenos Aires, se conocan como serranos a los naturales de "los
principios del Ro del Sauce, cerca de la cordillera de Chile", es decir, de las
cabeceras del sistema del ro Negro, incluyendo a la alguna vez hegemnica
parcialidad de Cangapol.
83
Formaban parte de la muy laxa categora de los
tehuelches. Pero Cardiel (un testigo de primera mano) tambin deja sentado que
en realidad "los serranos son otros".
84
El trmino es, por lo tanto, ambiguo. Ahora
7-4/309-11).
79
Declaracin del ex cautivo M. Funes, 28/10/1780, AGN, IX, 1-7-4
80
Declaracin del ex cautivo M. Funes, 28/10/1780, AGN, IX, 1-7-4; Zizur 1973,
passim; Viedma 1938:536; Relacin del cabo de blandengues M. Consuegra [...], en
Snchez Zinny 1939:377-79.
81
J. A. Lpez al gobernador, Matanza, 21/8/1765, AGN, IX, 1-4-5/329.
82
Relacin dada por un ex cautivo en Zanjn, junio de 1767, AGN, IX, 1-5-3/137.
83
Cardiel 1933:27; en el mismo sentido, Cardiel 1956:161; Declaracin del Sargento
Mayor del fuerte y pago de la Magdalena, Buenos Aires, 2/10/1758, AGN, IX, 1-4-5/470-
71; Falkner 1957:109, 140 y mapa fuera de texto. A juzgar por este mapa, del que no
cabe esperar grandes precisiones, el paraje Huichin, cuartel general de Cangapol, estaba
junto al ro Limay, inmediatamente aguas abajo de la desembocadura del actual arroyo
Pichileuf, pero sobre la margen neuquina, tal vez cerca del vado conocido como Paso
Flores. La zona fue, algo ms de un siglo despus, el emplazamiento regular de jefes
pehuenches meridionales, o manzaneros, como Paillacn, su hijo Foyel, y Saihueque.
Hacia el oeste, hay buenos pasos hacia Chile.
84
Cardiel 1956:61.
18
bien, los oficiales de la frontera identifican a Flamenco, Milla Nahuel, Quidihuan-
chu, Alequet (posibles variantes: Gueleguete, Gueleguel) y los Yahat como
"pampas serranos,
85
y Falkner incluye a un Yahat entre sus dihuihet,
86
es decir,
entre los autctonos de las pampas del sudoeste.
87
Estimamos, entonces, que los
serranos de Vague son "pampas serranos", naturales del sur bonaerense, y muy
probablemente los del grupo de Rafael Yahat. Su lengua, segn sabemos por otra
fuente,
88
era o haba sido la gnna ijech, aunque estaba siendo desplazada por
el mapuche, segn lo testimonian tanto los jesuitas
89
como algunos de los
nombres propios que acabamos de transcribir. Era una parcialidad poco numero-
sa.
90
3. Los pehuelchus de los documentos del siglo XVIII son indudablemente
tehuelches, no pehuenches. Aunque la mayor parte de sus campamentos estaban
en la Patagonia, por la costa atlntica alcanzaban hasta la desembocadura del
arroyo Claromec.
91
Los habitantes de Buenos Aires apenas conocan a estos
cazadores nmades que vestan mantos de pieles, los tenan por el ms consuma-
do ejemplo de barbarie que podan ofrecer las llanuras y mesetas y raramente
anotaron los nombres de sus caciques. Los documentos subrayan la "poca
legalidad" de este "enemigo tan traicionero".
92
Esta concepcin etnocntrica
85
J. de Mier al gobernador, Zanjn, AGN, IX, 1-5-3/226-28; C. Lpez Osornio al
gobernador, Zanjn, 8/8/1765, AGN, IX, 1-5-3-/97; Pinazo a Bucareli, caada de Escobar,
1/2/1767, AGN, IX, 1-4-4.
86
Falkner 1957:129.
87
Falkner 1957:129.
88
Crivelli Montero en Cabrera 2000.
89
Falkner 1957:159, Snchez Labrador 1936:87.
90
Sobre los pampas serranos: J. A. Lpez a A. de la Vega, Fuerte de la Matanza,
14/4/1757, AGN, IX, 1-4-5/278; J. B. Gago a Alonso de la Vega, Zanjn, 20/8/1757,
AGN, IX, 1-5-3/44; J. A. Lpez a A. de la Vega, 29/8/1758, AGN, IX, 1-4-5/303; B.
Gutirrez de Paz al gobernador, Salto, 2/9/1760, AGN, IX, 1-5-2/54; J. Vague (?) a J. A.
Lpez, Frontera de Lujn, 12/11/1760, AGN, IX, 1-5-4/479; C. Lpez al gobernador,
AGN, IX, 1-5-3/246; J. Viamonte a Vrtiz, 1-5-2/643-4; AGN, IX, 1-4-3/253 y 300.
91
Declaracin del baqueano P. J. Funes, Buenos Aires, 3/10/1780, AGN, IX, 1-4-6/540-
2; para la primera mitad del siglo XIX, AGN, VII, 10-4-14; Garca y Reyes 1969:537.
92
Respectivamente, Pinazo, s. l., 13/4/1774, AGN, IX, 1-6-1/598-9 y C. Lpez al
19
conflua con el deseo de eliminar competidores por las tropillas, y de ella participa-
ban los aucs, que reiteradamente denunciaron ante los cristianos los avances
tehuelches,
93
y an haban acordado en parlamento exterminarlos luego de
ofrecerles engaosamente la paz, y as "[] quedar bien con el espaol, que por
causa de ellos los quieren mal".
94
4. Los ranquelcheles o ranqueles tenan sus asentamientos en el ambiente
de dunas, lagunas y bosques xerfilos que se extienden al oeste de la pampa
bonaerense.
95
En 1768 haban invadido la India Muerta y la frontera de los
Arroyos, no queran acuerdo alguno con los cristianos y estaban en guerra con
aucs, serranos y tehuelches.
5. Adems de los precedentes, actuaban en las pampas los pehuenches,
grupos araucanizados situados en ambas estribaciones de los Andes, desde el sur
de Mendoza hasta el sur del Neuqun, y los araucanos o mapuches, procedentes
del centro-sur de Chile.
II.6.1. La divisin
La buscada ruptura entre Flamenco y los aucs se produjo a media-
dos de 1769. Los segundos sospechaban -no s si con fundamento- que Flamenco
haba instigado una expedicin punitiva espaola, y planeaban represalias.
Flamenco hizo con los suyos una huida nocturna -una de sus especialidades-,
llevndose adems las cautivas tehuelches que tena Lepin,
96
e intent un
acercamiento a los cristianos, ofreciendo instalarse a 30 o 40 leguas de la guardia
del Zanjn y ser "atalaya contra los enemigos". Simultneamente, el cacique
Currel peda autorizacin para cazar yeguas cerca de la frontera. Pero en materia
de paces, las autoridades de Buenos Aires ya se haban inclinado por la parcialidad
gobernador, Magdalena, 20/8/1774, AGN, IX, 1-4-5.
93
J. A. Lpez a F. Maguna, Fuerte Matanza, 13/9/1760, AGN, IX, 1-4-5/306; Lpez al
gobernador, Matanza, 1-4-5/329; J. I. de San Martn al gobernador, Zanjn, 14/9/1765,
AGN, IX, 1-5-3/100; Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 19/6/1769, 1-6-1/293.
94
Declaracin del ex cautivo J. L. Ferreira, Zanjn, 19/12/1767, AGN, IX, 1-5-3/162.
95
Una sntesis reciente en Fernndez C. 1998.
96
Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 19/6/1769, AGN, IX, 1-6-1/293.
20
de Lepin, tenida por la ms confiable,
97
y tanto Currel como Flamenco fueron
conminados a retirarse sus tolderas.
98
II.6.2. El bastn de la discordia
Los indios de Lepin colaboraron en la cosecha de 1769/70, indicio de bue-
nas relaciones; su trabajo no fue intil, pero s muy desidioso,
99
como corresponde
a dignos jinetes. Por entonces, Vague tena un motivo ms para dividir al enemi-
go: haba sabido de recientes levantamientos indgenas en Chile
100
y tema un
eventual accionar conjunto de las tribus. Propici y obtuvo se le entregase a Lepin,
en febrero de 1770, un bastn de mando, para convertirlo en un primus inter
pares y provocar el encono de los jefes postergados.
101
Es posible que tuviese
presente los choques -referidos ms arriba- entre el hermano y el hijo de Canga-
pol por la herencia del bastn de mando. Estas disputas no eran triviales: los
caciques deban expresar la individualidad, la susceptibilidad y la autoestima de los
grupos que representaban y competir enrgicamente por fuentes y smbolos de
poder, tal como lo hace un estado moderno ante sus pares, en el plano internacio-
nal, donde, en los hechos, "[] slo es valioso lo que procure bienes a una
sociedad determinada".
102
Y an se dara una vuelta ms de tuerca para desunir a las tribus.
II.6.3. El tratado de la laguna de los Huesos
Tres meses despus, en mayo de 1770, se acord en la laguna de los Hue-
sos un tratado formal entre el gobierno y los indgenas aucs que respondan a
97
Bucareli 1880:293.
98
Mier al gobernador, Guardia del Zanjn, 18/6/1769, y respuesta, Buenos Aires,
20/6/1769, AGN, IX, 1-5-3/204-5.
99
Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 12/2/1770, AGN, IX, 1-6-1/312-4.
100
El proyecto de reducir a los araucanos a pueblos motiv levantamientos desde
noviembre de 1769; recin cuando el parlamento de Negrete (febrero de 1771) dej sin
efecto la orden, volvi la tranquilidad a la frontera (Mndez Beltrn 1984:191; Casanova
Guarda 1989:47-50).
101
Vague a Bucareli, Frontera de Lujn, 12/2/1770, AGN, IX, 1-6-1/312-4.
102
Gobbi 1991.
21
Lepin. Los segundos conservaban territorios y localizaciones, pero de acercarse a
la frontera deban hacerlo por el camino de Salinas Grandes y entrar por la guardia
de Lujn.
103
Por lo tanto, el rgimen de la tierra de nadie, ya imposible de
mantener, quedaba expresamente derogado. Las tribus aliadas deban proteger
los intereses de Buenos Aires matando a los indios de otras naciones que se
llevasen el ganado que sala a pastar ms all del ro Salado.
Este pacto fue una verdadera manzana de la discordia. Adherir hubiera sig-
nificado consentir la precedencia de Lepin, y por esto no concurrieron los aucs
Guaiquitripay y Currel, los pampas serranos Rafael Yahat y Flamenco ni los
tehuelches. Sin embargo, quedar fuera del sistema elevaba los riesgos de un
ataque (expresamente, el acuerdo estipulaba que los aliados deban atraer a los
disidentes o llevar las respectivas cabezas a la guardia de Lujn) y empobreca.
Guaiquitripay aleg, por medio de emisarios, que l era un jefe tan importante
como Lepin y que no haba sido convocado
104
(aunque seguramente estaba al
tanto, porque las informaciones circulaban con rapidez a favor del caballo y de los
parentescos entre los grupos). Al mismo tiempo, Currel y Miguel Yahat -ste,
sucesor de Rafael, quien al parecer haba muerto por esos das- se presentaron en
la Matanza y adhirieron a la paz.
105
Flamenco y los tehuelches tomaron otro partido: unidos, atacaron la tolde-
ra de Lincon Nahuel -uno de los jefes de la coalicin de Lepin- en las mrgenes
del arroyo Sauce Corto, cerca de Sierra de la Ventana. Los indios confederados
denunciaron esta hostilidad a sus aliados los cristianos. Con celeridad y reserva, el
maestre de campo Manuel de Pinazo dispuso una fuerza que, unida a las que
respondan a Lepin, hizo una matanza de tehuelches que estaban reuniendo
baguales en la sierra de Vulcan y de aucs de la parcialidad de Guaiquitripay, el
cacique incluido. Para reforzar la unidad de la confederacin, los jefes indios
eliminaron a uno de sus pares, Cadu Pangui (Catque Pan), sospechoso de haber
pasado a los tehuelches (entre los que tena parientes) aviso de la expedicin.
103
AGN, IX, 1-7-4; Bucareli 1880:294-5.
104
J. de Mier al gobernador, Zanjn, 20/6/1770, AGN, IX, 1-5-3/209.
105
Informe annimo a Pinazo, s. l., 20/6/1770 y Pinazo a Bucareli, Caada de Escobar,
22/6/1770, AGN, IX, 1-4-4/371-373.
22
Tambin fueron muertos sus tres hijos, de manera que no hubiese venganzas.
106
Separadamente, Flamenco fue desterrado, primero a Montevideo y luego a
las islas Malvinas; slo fue trado, ya achacoso, cuando hizo falta un baqueano
para la expedicin lanzada en marzo de 1784 contra las tolderas.
107
Al regreso, el
comandante de la frontera pidi se dejase al viejo cacique terminar sus das en las
pampas.
108
El tratado era la admisin oficial de que las tropillas de cimarrones habran
de ser compartidas. La tierra de nadie -un territorio de caza de 100 a 200 km de
ancho- quedaba derogada, aunque recuperara su antiguo carcter cada vez que
se reavivaran los conflictos.
II.7. Vicisitudes de la alianza
Acciones de exterminio, destierros y tratados de paz no trajeron, sin em-
bargo, la esperada concentracin del poder indgena en unas pocas cabezas ms o
menos elegidas por el gobierno. Entre las causas posibles sealamos: a) la
desaparicin de Lepin Nahuel; b) la poltica de Buenos Aires; c) la recuperacin de
los grupos derrotados en 1770 y d) la incorporacin de nuevas figuras a las
pampas, que eran tierras de inmigracin.
a. Lepin, por quien los cristianos haban apostado fuertemente, muri de vi-
ruela en vsperas de la expedicin contra los tehuelches, y ningn jefe hered el
alto cargo.
109
106
Pinazo a Vrtiz, Palanteln, 19/9/1770, AGN, IX, 1-5-1/89-90 y s. l., s. f., AGN, IX,
1-5-1; Hernndez 1969. As se ha evitado universalmente la venganza de sangre:
"Insensato el que, luego de matar al padre, deja vivir a los hijos" (Estasino, Cantos
cipracos).
107
AGN, IX, 1-7-4 (documento del 2/1/1771); Jaime Viamonte a Vrtiz, Samborombn,
12/3/1771, AGN, IX, 1-5-2/643-4; Francisco Balcarce a Loreto, Lujn, 11/6/1784, AGN,
IX, 1-6-2/703-4.
108
Balcarce a Loreto, Lujn, 11/6/1784, AGN, IX 1-6-2/703-4.
109
La muerte de Lepin resulta de Hernndez 1969, aunque algo confusamente, y de la
desaparicin de su nombre en la documentacin ulterior. Aunque en el tratado de la
Laguna de los Huesos se afirma que Lepin no tena hijos (Bucareli 1880:294-295), una
dcada despus el piloto Zizur conoci a un "Caciquillo, hijo del difunto cacique Lepim
23
b. Entre 1770 y 1780, el comandante de milicias, maestre de campo y es-
tanciero Manuel de Pinazo fue hombre de consulta y de accin. Era partidario de
extender la frontera, de una vez y por la fuerza, hasta Salinas Grandes,
110
donde
se obtena la sal para las industrias del cuero y de la carne. Continu la poltica de
trabar alianzas con algunas parcialidades (como las antagnicas de Lincon y su
hijo Nahuel Pan y la de Toms Yahat,) para exterminar a otras. As lo hizo en
1774 (contra Toroam, que actuaba de buena fe)
111
y en 1777 (contra Inacayal,
sucesor de Guaiquitripay).
112
Sus sencillas dicotomas inquietaban an a sus
contemporneos. En 1774 mand que [] cuanto indio se encuentre de esta
parte del norte del camino que va a Salinas, se tengan por enemigos y se pasen a
cuchillo, siempre que se encuentren por mis partidas [...]. Como el itinerario en
cuestin excede los 500 km, el comandante del Salto pidi confirmacin al
gobernador, que moder la orden un tanto vagamente, indicando atender a la
conducta de los implicados.
113
En resumen, la poltica divisionista mantuvo a los
indios en estado de beligerancia entre s, pero tambin con la frontera, y no
favoreci la consolidacin de un poder estable con el cual pactar duraderamente.
c. El grupo que haba estado a cargo de Guaiquitripay mantuvo su identi-
dad. Lo encabez primero Inacayal y, muerto ste en 1777 (al parecer, por
instigacin de Pinazo), su hermano Lorenzo Callfilqui (Calpisqui, Calpisquis,
Callfuquir, tal vez Callfuquirqu).
114
Tampoco los tehuelches, excluidos del tratado
[...]" (Zizur 1973:95); es decir, a un capitanejo. Lo que est claro es que la muerte de
Lepin dej cierto vaco de poder.
110
Su proyecto data de 1772: Pinazo a Vrtiz, Buenos Aires, 5/7/1777, AGN, IX, 1-6-
1/700 y Pinazo 1969:176.
111
Pinazo a Vrtiz, s.l., 13/4/1774 y Caada de Escobar, 26/8/1774, AGN, IX, 1-6-
1/598-9 y 1-4-4/410-1; oficio a Vague, s.l., 27/8/1774, AGN, IX, 1-6-1/619.
112
D. de Salas a Vrtiz, con copia "de lo que el Maestre de Campo relaciona", Buenos
Aires, 2/3/1777, AGN, IX, 28-9-5; Vague al virrey, frontera de Lujn, 11/12/1777 y
18/12/1777, AGN, IX, 1-6-1/730 y 732.
113
Hernndez a Vrtiz, Salto, 3/10/1774 y respuesta del 6/10/1774, AGN, IX, 1-5-2/278-
9.
114
Inacayal sucesor de Guaiquitripay: J. de Mier al gobernador, Zanjn, 3/4/1774, AGN,
IX, 1-5-3/260. Callfilqui heredero de Inacayal: Vague a Vrtiz, frontera de Lujn,
18/12/1777, AGN, IX, 1-6-1/732. Algunos detalles en Crivelli Montero 1997a:182.
24
de la Laguna de los Huesos, haban renunciado a la pampa bonaerense: en 1775,
unidos a los ranqueles, se impusieron en la frontera de La Matanza a las parciali-
dades aliadas de los cristianos, que eran las de Miguel Yahat, de su suegro
Alequet,
115
de Challuamantu (uno de los jefes que adhiri al tratado de la Laguna
de los Huesos y que a la sazn responda a Yahat) y de Callfinguer (mal llamado
Zorro Negro por los cristianos). Al estimar que este resultado expona 100 leguas
de frontera a los ataques de las tribus enemigas,
116
Vague admita que la sola
lnea militar espaola era defensa insuficiente.
d. En 1774 haba llegado a las pampas el cacique Catrun (Catruel, Cazuel)
para reunirse con algunos parientes instalados aqu: Nahuel Pan, Toroam y
Caniupayn (Caniupaigun, Caniup, Caniopeyn). Proceda de "tierra adentro"
(Chile?), tena unos 23 aos de edad y una posicin bien definida sobre cul deba
ser la poltica con Buenos Aires.
117
II.8. Vidas paralelas
En el forcejeo por el poder, hacia 1778 la hegemona qued fuera de la an-
tigua coalicin de Lepin y se dividi entre Callfilqui y Catrun, cada uno de los
cuales nucleaba una constelacin de caciques. Los contrastes en las respectivas
polticas de estos dos jefes contemporneos introduce un elemento idiosincrsico
en esta historia.
Callfilqui era el que tena races ms largas en las pampas. Su poltica de
abierto enfrentamiento con los porteos se haba hecho notar desde 1778;
118
en
1780 y 1783 encabez malones de disuasin, que reabrieron el comercio entre las
tribus y la ciudad, y slo en 1784 lleg a un modus vivendi con los cristianos; pero
siempre recel de ellos y nunca les fue incondicional.
119
Si hemos de creer en la
115
Sobre el parentesco entre Yahat y Alequet: Pinazo a Vrtiz, Caada de Escobar,
4/8/1774, AGN, IX, 1-4-4/407-8.
116
Vague a Vrtiz, Frontera de Lujn, 22/11/1775, AGN, IX, 1-6-1/678. Que
Challuamantu dependa por entonces de Yahat resulta del oficio de B. de Lalinde a
Vrtiz, Juncal, 16 [?]/1/1775, AGN, IX, 1-4-5.
117
Hernndez a Vrtiz, Salto, 21/6/1774, AGN, IX, 1-5-2/245; Zizur 1973:97.
118
Pinazo a Vrtiz, laguna Cabeza del Buey, 28/11/1778, AGN, IX, 13-8-17.
119
Crivelli Montero 1997a.
25
infidencia de un indio lenguaraz, en 1787 habra acordado con algunos tehuelches
una invasin al Zanjn, en el partido de Magdalena, en la esperanza de que el
gobierno responsabilizase a Catrun.
120
En 1790, Callfilqui y sus confederados acordaron con Buenos Aires un trata-
do de paz que exiga que las partidas de cazadores indios no superaran la docena
de hombres ni se reuniesen para formar cuerpos mayores; las armas deban
limitarse a lazo y bolas, quedando implcitamente vedada la lanza. Para formalizar
la primera barrera que escudara las estancias y regulara el aprovechamiento que
otros indios hicieran de la antigua tierra de nadie, estipulaba que las tolderas se
instalaran a lo largo de las sierras de Vulcan, Tandil, Cuello (Azul), Cair (Olava-
rra), arroyo de Tapelchn (Tapalqun) y laguna de Tenemiche (Blanca Grande),
esto es, a lo largo del sistema de Tandilia.
121
Reapareci as la idea de relocalizar
los asentamientos indgenas, que supona, implcita y errneamente, que en la
homogeneidad de las pampas daba igual estar en un lugar u otro.
Este papel de gendarmes no slo gener desconfianza entre los caciques
distanciados del gobierno,
122
sino que sentaba mal a Callfilqui y sus parciales. Aos
despus, el comandante de la frontera se quejara de que "en un todo han faltado
a observar los tratados";
123
pero hay alguna exageracin en la denuncia, porque
los imputados se haban limitado a mantener hacia la capital una razonable
desconfianza y a regresar a sus territorios habituales, los excelentes campos de
invernada de Guamin, junto a los caminos que llevaban a Chile soslayando el
obstculo de Sierra de la Ventana.
Aunque ocasionalmente aliado de su cuado Callfilqui a la hora de guerrear
para obtener la liberacin de prisioneros,
124
Catrun construy su propia coalicin
(localizada en los montes occidentales y por lo tanto incluida a veces en la nacin
ranquelina) y acord con Buenos Aires una poltica de paz comercial y de alianza
"contra los indios enemigos". Los espaoles apreciaron su oratoria concisa,
120
Pinazo a Loreto, sobre la base de informes del indio lenguaraz Juancho Matanza,
campo inmediato a la Cabeza del Buey, 23/11/1787, AGN, IX, 1-5-3/683-4)
121
Tratado acordado con Callfilqui, Buenos Aires, 5/9/1790, AGN, IX, 13-8-17.
122
Declaracin de B. Pedrosa, Buenos Aires, 8/12/1786, AGN, IX, 1-5-3/665.
123
N. de la Quintana al virrey Melo, Frontera de Lujn, 8/1/1796, AGN, IX, 1-6-5/519-
20).
124
Zizur 1973:96; Crivelli Montero 1997a:182.
26
circunscripta a los puntos en discusin, y -cosa infrecuente- la recogieron en
algunos documentos.
125
Hasta su muerte en la epidemia de viruela de 1789,
126
Catrun cumpli plenamente la funcin de escudo que los cristianos esperaban de
los indios aliados: era el temor a sus hombres lo que contena los malones.
127
II.9. De palos y astillas
Catrun y Callfilqui lograron que sus respectivas polticas los sobrevivieran,
encarnadas en los parientes que los sucedieron, lo que sugiere que la socializacin
ha sido un factor importante tambin en la historia indgena y que la sucesin
hereditaria en el poder favoreca las continuidades.
128
Como el hijo que dejaba
Catrun era menor de edad, la jefatura pas -en acuerdo de caciques- a su
hermano Quentrep,
129
que mantuvo los acuerdos de paz y de comercio con
Buenos Aires hasta su muerte, ocurrida hacia 1805. Una investigacin reservada
realizada ese ao indic que su parcialidad no posea, casi, ganado con marca de
las estancias de la frontera.
130
Parece haber sido sucedido por Turuamcu
125
El 4 de diciembre de 1781, mientras parlamentaba con los principales jefes indios en
campos del actual partido de Laprida, anot Zizur en su diario: "[...] el alfrez [F. Piera]
y yo hemos quedado prendados de l" (Zizur 1973:96-7). Adems: Hernndez a Vrtiz,
Salto, 21/6/1774, AGN, IX, 1-5-2/245; diario de la expedicin a Salinas Grandes
comandada por M. de Pinazo, frontera de Lujn, 14/12/1787, jornada del 20 de
noviembre. AGN, IX, 1-5-3/709.
126
Balcarce a Loreto, frontera de Lujn, 22/5/1789, AGN, IX, 1-6-3/601.
127
Declaracin del negro chileno J. Mariano, 6/4/1789, AGN, IX, 1-4-3/234-40; Balcarce
a Loreto, Frontera de Lujn, 22/5/1789, AGN, IX, 1-6-3/601.
128
Dicho sea de paso, ste puede ser uno de los factores conducentes a la herencia del
status del padre al hijo, una prctica asociada, en muchas culturas, a la
institucionalizacin del poder y a la jerarquizacin de la sociedad (p. ej., Service
1984:91-93). Ya que estamos ante las races histricas del nepotismo y de la
monarqua, sealemos que en las pampas coexistan, en la segunda mitad del siglo
XVIII, sucesin hereditaria y frecuente fisin social (Hernndez 1969:144), lo que no
apoya la hiptesis de Gilman 1981.
129
Balcarce a Arredondo, Frontera de Lujn, 21/1/1790, AGN, IX, 1-6-4/31 y 34.
130
M. Martnez a Sobremonte, Rojas, 20/5/1805, AGN, IX, 1-5-1/274-5.
27
(Toroam), hijo de Catrun,
131
uno de los jefes que ofreci apoyo a Buenos Aires
ante el desembarco ingls de 1806.
132
Tambin Callfilqui (muerto en 1796)
133
prolong su bien diferente estilo. Al
menos tres de sus hijos llegaron al cacicato: Quillapil, Petrei y Mayc (variantes:
Quilap, Quillap; Petei, Potey, Pet, Piter, Pite Poot, Pootei; Mahic, Maic).
Aunque no alcanzaron el predicamento del padre, fueron protagonistas de la crisis
desatada en 1820 entre el mundo indgena y Buenos Aires. Quillapil mantena
hacia los cristianos, ya en 1810, una actitud desafiante.
134
Mayc resista cualquier
trato con los cristianos, no enviaba chasques a la fortaleza de Baha Blanca,
cercana a sus toldos, ni sus indios comerciaban con ella, algo inslito por cuanto
los establecimientos fronterizos, aunque detestados, eran los mercados ms
cercanos para el comercio de las tribus. Resentidos por los ataques del gobernador
Martn Rodrguez y por la instalacin del fuerte Independencia en Tandil, los
hermanos se aliaron a los grupos chilenos hostiles a Buenos Aires (la hueste de
voroganos y pincheirinos, primero; los pehuenches, despus).
135
III. CARCTER DE LA FRONTERA INDGENA
III.1. Las reglas del juego
La frontera indgena era muy permeable. Las parcialidades aliadas a la capi-
tal no podan obstaculizar, sin entrar en conflicto, el paso de un grupo indgena
131
A. de Olavarra al virrey Del Pino, frontera de Lujn, 18/12/1801, AGN, IX, 1-6-
6/613.
132
Episodio citado, entre otros, por Muiz 1929:94-95. Un decenio ms tarde consta an
como cacique amigo (R. R. Fernndez al Secretario del Departamento de Guerra,
27/2/1816, AGN, X, 9-3-3).
133
Hernndez al virrey Melo, frontera de Lujn, 2/4/1796, AGN, IX, 1-6-5/570.
134
Garca 1974:66 y 104.
135
M. Lacarra a la superioridad, Patagones, 27/10/1824; diario de M. Dupin, Patagones,
12/4/1825, y memoria de J. A. Gelly, Baha Blanca, 21/6/1826; B. Vzquez al Inspector
General, Fuerte Independencia, 15/8/ 1826; el Inspector General al Ministro de Guerra,
28/10/1826; parte de Rauch, Fuerte Independencia, 12/11/1826; diario de la Fortaleza
Protectora Argentina, asiento del 2/9/1830; todos en AGN, VII, 10-4-14. Tambin,
Parchappe en d'Orbigny 1945, II:617 y 620.
28
que cumpliese con los requisitos de dar a conocer sus propsitos pacficos
enviando chasques y pagando al jefe local el derecho de cacicazgo,
136
que las
fuentes califican generalmente de regalos.
137
Si los forasteros robaban en las
estancias, comprometan los intereses y la seguridad de las tribus locales, que
podan reaccionar cortndoles el paso y librndolos a la represalia de las tropas de
los fuertes. Este caso parece haber sido infrecuente. Cuando los indios comarcanos
no se sentan capaces de enfrentar a los incursores, consideraban cumplido su
deber dando parte de los planes hostiles en algn fuerte. As, cuando el cacique
Millanas (sic, por Millanao?) supo que mapuches y salineros reunidos, que eran
"muchos como pajas", planeaban robar haciendas, les mand chasque para que
desistieran. La respuesta fue que "haban de venir a morir a caballo", de lo que dio
personalmente parte al comandante de Melincu, no sin escrpulos: "Tambin
encarga [Millanas] [...] que si vienen indios a tratar que no se le[s] diga que [fue]
l [quien ha] avisado."
138
Establecidas las paces en 1784, los caciques de la frontera indgena de Bue-
nos Aires se mostraron activos propagandistas del nuevo orden: de los esfuerzos
de Callfilqui, de Toro (Torr) y de Catrun por persuadir a sus pares de sumarse al
acuerdo han quedado testimonios coincidentes;
139
Caniupayn y Quentrep se
empearon por Carripulun, que tard en dejarse convencer.
140
Estos desvelos por
136
Es el trmino utilizado en el diario de M. Dupin, Carmen de Patagones, 12/4/1825.
AGN, VII, 10-4-14. Ver asimismo Furlong 1943:80-81.
137
Sobre la territorialidad indgena hacia esta poca, Furlong 1943:80-81; Zizur
1973:89; Cruz 1969:103, 214, 229, 247 y 299-300; Garca 1974:62 y 74-75; Garca y
Reyes 1969:576; diario de M. Dupin, Patagones, 12/4/1825, AGN, VII, 10-4-14.
138
G. Gonzlez a M. Martnez Fontez, Melincu, 25/8/1809, AGN, IX, 1-4-5/761.
139
Declaracin de P. Pedrosa, Buenos Aires, 8/12/1786, AGN, IX, 1-5-3/668; M.
Fernndez a Loreto, que transmite expresiones de la india ladina Catalina, Chascoms,
19/3/1788, AGN, IX, 1-4-3/219.
140
Nota de Caniupayn al virrey Arredondo, s.l., s.f. [hacia junio/julio de 1792], AGN,
IX, 1-6-5/283; Arredondo a Balcarce, Buenos Aires, 22/5/1793, AGN, IX, 1-7-5/418.
Para los interesados por el desarrollo de las jefaturas en situaciones de contacto
dejamos apuntado que Caniupayn tena como lenguaraz al "indio valdiviano" M.
Figueroa, que haba servido doce aos en su ciudad natal y luego desertado por sentirse
agraviado. Tal vez oficiara tambin de secretario, ya que el cacique diriga cartas y
29
ganar almas para la paz enrazan por lo menos en dos motivos:
a) En la frontera, las relaciones estaban regidas por un principio implcito de
solidaridad tnica: una accin espaola agraviante se responda con un maln
contra alguna poblacin descuidada, tal vez ajena a los hechos. Simtricamente,
las hostilidades hechas por alguna parcialidad traeran represalias contra cualquier
otra que estuviese a mano, y las que integraban la frontera indgena eran las ms
expuestas.
b) El comercio del ganado con Chile era un sistema muy complejo, tendido
a lo largo de ms de 1200 km; la araucanizacin haba unificado la lengua y, en
alguna medida, la concepcin del mundo, pero no haba cancelado la territorialidad
ni suprimido la diversidad tribal. Necesariamente, la organizacin de este comercio
era, en trminos econmicos, "horizontal": la apropiacin, el transporte y la venta
lo hacan tribus diferentes. Para que el todo funcionase, los distintos elementos
deban actuar armnicamente.
Por su posicin estratgica, las tribus aliadas a Buenos Aires se enriquecie-
ron. Perciban los derechos de paso, rehacan fcilmente sus caballadas cazando
baguales, tenan franco el comercio con la capital y con Carmen de Patagones,
contaban en la Araucana con mercados seguros (aunque mediatizados por otras
naciones indgenas) y no dejaban de arrear animales mansos cuando la ocasin se
prestaba.
141
En contraste, allende la Cordillera se viva en la pobreza, alegaban los
araucanos que se iban incorporando a los grupos bonaerenses (en los que, en
muchos casos, ya residan parientes).
142
Pero si est claro que las tribus de las pampas se beneficiaban del paso de
otros grupos con fines comerciales
143
y de la ocasional incorporacin de individuos
solicitaba se le respondiese por escrito (AGN, IX, 1-6-5/283, junio o julio de 1792).
141
El hacendado y sargento mayor B. A. de Lalinde extremaba al afirmar que las paces
indias eran "[] una lima sorda, con la cual roban y matan ms a su salvo que cuando
dan un asalto [...]". Testimonio del expediente ... sobre haberse denegado las paces a
los indios aucases, Matanza, 28/5/1779. AGI, copia en ME, J 25 anexo.
142
P. ej., AGN, IX, 1-7-5/521-2, Buenos Aires, 31/3/1796.
143
P. ej., los "indios de paz" tranquilizaron a los oficiales de la frontera sobre las
intenciones de indios "huilliches" (probablemente valdivianos) que haban llegado a
Mamuilmapu (los montes de la Pampa Seca), muchos a comerciar y algunos, al parecer,
a residir. Loreto al Comandante de Fronteras, s.l., 28/9/1789. AGN, IX, 1-6-3/694.
30
que, buscando mejorar su suerte, tambin las fortalecan, cabe preguntarse cul
era su actitud ante la creciente instalacin, sobre todo en los montes de la Pampa
Seca, de grupos enteros venidos de Chile. Hay indicios de tensiones:
a. Los desacuerdos en torno de la explotacin de las Salinas Grandes y, so-
bre todo, del avance de la frontera de Buenos Aires
144
b. El terror de los pehuenches ante la mera visin de un indio "empelleja-
do", es decir, vestido del quillango o manto de pieles habitual en Pampa y
Patagonia,
145
y
c. Ciertas versiones sobre un ataque perpetrado por los pehuenches, en
1808, contra "los caciques nuestros amigos de las Pampas".
146
Sin embargo, la documentacin de la frontera no registra enfrentamientos
en gran escala por razones territoriales y/o tnicas. El clima era de paz mercantil,
una de las razones que hizo posible la sucesin de viajes destinados a reconocer la
ruta indgena entre la Araucana y Buenos Aires: los de Justo Molina Vasconcelos y
de Santiago de Cerro y Zamudio en 1804,
147
y el de Luis de la Cruz en 1806.
148
III.2. Breve resea de la disolucin
Este orden de cosas cay junto con el ancien rgime en la dcada de 1810.
Sintetizamos apretadamente el proceso.
Para el gobierno que acababa de emanciparse de Espaa, la expansin de
los ganaderos hacia el sur fue objetivo ms importante que la paz. Despus de los
acuerdos de fines del siglo XVIII, el gobierno virreinal haba desistido de contener
144
Garca 1974; el Comandante General de la Frontera al Director Supremo, Lujn,
26/10/1814; Direccin de Estudios Histricos, I, 1, 1973, Cap. XIX; Crivelli Montero
1994a.
145
Cruz 1969:115-6.
146
J. A. de Mosquera al Capitn General, guardia de Lujn, 30/5/1808, AGN, IX, 1-7-
1/739.
147
L. de Alava al virrey de Buenos Aires, Concepcin, 27/3/1804; el virrey de Buenos
Aires al intendente de Penco, Buenos Aires, 18/2/1805; Diario que form J. Molina
Vasconcelos ..., AGN, IX, 24-4-4; oficio al comandante de la frontera de Rojas, s.l.,
22/9/1804, AGN, IX, 1-5-1/271; N. de la Quintana a Sobremonte, Palanteln
12/10/1804, AGN, IX. 1-5-1/135 y 137.
148
Cruz 1969.
31
por la fuerza los hurtos a las estancias, para evitar que los indios "[] hicieran
completamente las arreadas de ganado, dejando enteramente sin ellos tales
estancias."
149
El Estado nacional dej de tolerarlos y se restableci el estado de
beligerancia. La turbulencia aument con la inevitable extensin de guerra civil de
Chile a las pampas, que ya por entonces eran de hecho una parte de la Araucana.
Un maln al Salto, ejecutado en diciembre de 1820 con la participacin del caudillo
chileno Jos Miguel Carrera y de sus aliados araucanos y ranqueles, fue respondi-
do con tres expediciones punitivas contra grupos de la frontera indgena mayor-
mente ajenos al hecho.
150
Aunque desmaadas, estas campaas cumplieron con lo
que acaso era su objetivo principal: ampliar el horizonte estanciero. Durante esta
dcada, los indgenas bonaerenses perdieron buena parte de lo que haba sido su
pas: mientras el gobierno extenda su territorio, "[] que es insuficiente ya para
los capitales que corren a los campos",
151
voroganos (araucanos de Vorohu),
pincheirinos (una hueste de realistas chilenos aliados con indgenas) y pehuenches
batallaban por lograr una localizacin ptima en el sistema del comercio del
ganado. Varias parcialidades locales, como las de Juan Catriel, Juan Manuel
Cachul, Niquiil, Tetruel, Llampilc y su hijo Chanil, fueron estrechadas, desalo-
jadas o destruidas.
152
Tal vez por esta razn, haban prestado odos a las propues-
tas que en nombre del gobierno de Buenos Aires les haba trado en 1822 el
coronel Pedro Andrs Garca, en parlamentos mantenidos en campos del actual
149
Oficio al comandante de la frontera, Buenos Aires, 6/9/1811, AGN, X, 3-4-4. En el
mismo sentido, respuesta del Estado Mayor a J. Surez, Buenos Aires, 29/9/1813, AGN,
X, 7-2-2. En 1806 (tiempos de paz, sin malones), Cruz (1969:331) not que casi todos
los caballos de los ranqueles eran marcados.
150
Direccin de Estudios Histricos, II, 1, 1974, Primera Parte, Cap. V y Segunda Parte,
Cps. I - VI.
151
Borrador sin firma, Buenos Aires, 4/10/1827, AGN, X, 14-6-1.
152
Ataques a Cachul ejecutados por las fuerzas de J. de Dios Montero y de V. Coihuepan
(o Couepan), R. Estomba al Ministro de Guerra y Marina, Ft. Independencia,
18/9/1827, AGN, IX, 14-6-1; ataques de los indios aliados a los Pincheira contra las
tribus cercanas al Tandil, Ft. Independencia, partes de Estomba del 10, 13 y
30/11/1827, AGN, IX, 14-6-1; Parchappe en d'Orbigny 1945, II:597; ataque de los
Pincheira y aliados a las tribus de la zona de Baha Blanca, diario de la Fortaleza
Protectora Argentina, agosto-diciembre de 1830, AGN, VII, 10-4-14.
32
partido de Laprida y al pie de Sierra de la Ventana,
153
y haban colaborado en las
campaas del coronel Rauch en 1826-27,
154
para colocarse finalmente al amparo
del estanciero y gobernador Juan Manuel de Rosas, de quien se haran devotos.
Estas tribus, las "ms dciles",
155
constituyeron en adelante una suerte de fuerza
auxiliar, irregular pero permanente, que escudaba a las estancias. Carentes de la
independencia de las parcialidades que en el siglo anterior haban pactado con
Buenos Aires, recuerdan ms bien a los cuerpos auxiliares nativos que en distintas
partes del mundo han reclutado los gobiernos coloniales. Rosas hizo trasladar
coercitivamente a varias de ellas desde sus asentamientos tradicionales, cerca de
Sierra de la Ventana, a puntos juzgados estratgicos (que poco diferan de los
sealados por el tratado de 1790), donde reciban raciones.
156
Toc a los oficiales de Rosas enfrentar a los hijos de Callfilqui: Quillapil (o a
un homnimo) fue muerto en combate por el coronel Manuel Delgado en 1832
157
;
Mayca y Petrei fueron derrotados por Delgado y Narciso del Valle y, para recuperar
sus familias apresadas, se avinieron a acordar la paz.
158
La verdadera frontera indgena, corporizada por tribus autnomas aliadas a
la capital pero no incondicionales, estaba, desde aproximadamente 1836, contro-
lada por Callfucur. Pero sta es otra historia.
IV. EL PORQU DE UNA FRONTERA INDGENA
Regresemos a la poca colonial. Cabe preguntarse por qu Espaa debi re-
signarse a un rgimen de pactos defensivos con grupos cuyos intereses eran
patentemente contrapuestos. Las sociedades indgenas de las pampas, aunque ya
en el siglo XVIII eran jerrquicas y tenan jefaturas hereditarias,
159
carecan de la
153
Garca y Reyes 1969.
154
AGN, X, 14-6-1.
155
Carta de Rosas a Estanislao Lpez, 12/9/1832, en Direccin de Estudios Histricos II,
3, 1975:21.
156
Rosas a E. Lpez, s.l., 19/6/1831, AGN, VII, 10-4-14.
157
M. Delgado a Rosas, Fuerte Argentino, 13/8/1832, AGN, VII, 10-4-14.
158
N. del Valle a la superioridad, guardia Independencia, 3/5/1832, AGN, VII, 10-4-14;
Cornell 1980:116-7.
159
Los cacicatos hereditarios existan por lo menos desde fines del siglo XVII: el padrn
33
cohesin que a priori se estimara necesaria para resistir eficazmente a un estado
imperial con proyectos expansivos. La respuesta requiere una breve incursin por
las caractersticas de las pampas en la segunda mitad del siglo XVIII y por los
medios puestos entonces en accin por Buenos Aires.
En una perspectiva moderna, la Pampa Hmeda rene "insuperables condi-
ciones de penetrabilidad y circulacin".
160
Esto, probablemente, era algo menos
cierto dos siglos atrs, bsicamente por la presencia de las tribus ecuestres, pero
adems por las peculiaridades topogrficas e hidrogrficas del terreno. Como estos
puntos resumen los mayores impedimentos para la apropiacin de las tierras
indgenas, los consideraremos brevemente, situndonos en la segunda mitad del
siglo XVIII aunque incursionando ocasionalmente ms ac o ms all en el tiempo.
IV.1. Los indios y el caballo
Como vimos ms arriba (en I.4.), los primeros colonos de Buenos Aires pu-
dieron disfrutar de un amplio hinterland con poco esfuerzo y no encontraron
razones para ocupar efectivamente ms que unos 100 km hacia el sur y el oeste;
ms all, el aprovechamiento se limitaba a la apropiacin -mediante vaqueras y
entradas para recoger ganado cimarrn- de la produccin espontnea de las
pampas. Cuando el crecimiento de la capital y la magnitud de sus exportaciones
llev a pensar en la ocupacin de las llanuras al sur del ro Salado (como el
proyecto de traslacin de la frontera de 1779, que Vrtiz desech),
161
haca ya un
siglo y medio que las tribus all instaladas eran ecuestres y podan desafiar el
poder espaol mucho ms eficazmente que los querandes de a pie que conocieron
Mendoza y Garay. De hecho, los colonos fueron mantenidos a raya hasta 1876.
162
de 1677 registra a un cacique Manuel Flaco, de 16 aos de edad, soltero y sin hijos, hijo
del difunto cacique Juan Flaco. Se trata, sin duda, de status adscripto y no adquirido.
160
Difrieri 1958:428.
161
Cabodi 1952.
162
Sobre la poltica de los indgenas hacia Buenos Aires en la segunda mitad del siglo
XVIII, Crivelli Montero 1997a.
34
IV.2. La topografa
La uniformidad del paisaje bonaerense haca una hazaa de la orientacin
sin instrumentos. No extraa que el primer itinerario trazado a brjula en esos
campos le haya sido confiado, en 1781, al piloto Pablo Zizur, un hombre ejercitado
en la monotona del mar.
163
Las profundas entradas de Pinazo y de Rosas,
respectivamente en 1770 y 1833, fueron guiadas por baqueanos indios; la de
Martn Rodrguez de 1824, que no los tuvo, padeci por falta de agua y de lea y
top inesperadamente con la sierra Pillahuinc. Cada carreta debi ser portada a
pulso por 150 hombres. El fro, la sed y el agotamiento diezmaron a la fuerza
expedicionaria.
164
Fortificar una lnea en esos campos abiertos, sin pasos
obligados, vados insoslayables o desfiladeros de a uno en fondo, slo poda
desembocar en un mal compromiso o una muralla china; se intent lo primero
hasta que en 1876-77 el ministro de guerra Adolfo Alsina remed la segunda con
una zanja que haba de circunscribir las estancias y que, previsiblemente, qued
inconclusa.
Hacia 1779, los fortines distaban un promedio de 11 leguas (60 km) uno de
otro,
165
por lo que los indios podan entrar sin ser sentidos, como sucedi el 23 de
febrero de 1781, entre Rojas y Melincu,
166
cuando las tribus estaban en guerra
abierta con Buenos Aires. La tctica militar recomienda concentrar las fuerzas; la
topografa bonaerense obligaba a dispersarlas en pequeos ncleos fciles de
soslayar y an de batir.
IV.3. El agua
En gran parte de la llanura bonaerense no hay declive suficiente para el es-
currimiento superficial. Faltan cursos de agua navegables que permitan una rpida
penetracin tierra adentro. La potencial eficacia de una va fluvial, para los medios
disponibles en la poca colonial, queda a la vista si se recuerda la profunda
exploracin de 800 km que pudo hacer Villarino en 1782-83, a lo largo del ro
163
Zizur 1973.
164
Pueyrredn 1929:205; Cornell 1980:108-9.
165
AGN, IX, 1-7-4.
166
AGN, IX, 1-6-2/269-70 y Cabodi 1950:136.
35
Negro, desde Carmen de Patagones hasta el Pas de las Manzanas.
167
La mayor
parte del agua superficial se encuentra en lagunas que se secan con el descenso
del nivel fretico, lo que ocurre cclicamente en el verano y ocasionalmente en las
sequas. Adems, no siendo lneas sino puntos, la intercepcin resulta mucho ms
difcil. Hasta los baqueanos de Cipriano Catriel llevaron una carga a una depresin
que confundieron con la estratgica laguna de Paragil.
168
En cuanto a las precipitaciones, los valores medios (500 a 1000 mm) encu-
bren valores extremos.
169
Encontramos referencias a escasez de lluvias en el
16,5% de los meses transcurridos entre enero de 1757 y diciembre de 1799.
Durante estos episodios de difcil penetracin en las pampas, la falta de pastos y
las quemazones estragaban el ganado, cuyos huesos formaban ttricos amonto-
namientos en las aguadas secas.
170
IV.4. Naturaleza de la frontera militar cristiana
Mucha de la historiografa sobre la lnea de frontera es militar, incurre en
propaganda institucional y ha sido escrita en clave heroica.
171
Algunas referencias
episdicas servirn para estimar las distancias entre aquellos ideales y la realidad
de las cosas.
172
El Cuerpo de Blandengues
Se trataba de un cuerpo profesional de caballera creado en 1752 para la
vigilancia de la frontera.
173
Contaba entre 30 y 600 hombres,
174
que se repartan
en los 500 km de la lnea; para comparacin, tngase en cuenta que un cacique
167
Villarino 1972; Sosa Miatello 1985.
168
Barros 1872:192-5. Los hechos ocurrieron en febrero de 1867.
169
Ardissone 1937 y datos propios.
170
Pavn 1969:153; Darwin 1972:125-7.
171
P. ej., Raone 1969, Walther 1980, Direccin de Estudios Histricos, I, 1,1973,
primera parte, Caps. IV a VIII inclusive. Ver tambin Marfany 1933.
172
Otros datos en Marfany 1933.
173
Marfany 1933:337.
174
Marfany 1933.
36
mayor poda convocar de 500 a 1000 hombres de armas,
175
y que las tribus
confederadas podan concentrar en cualquier punto de la frontera entre 1500 y,
quizs, 3000 hombres.
176
Aunque en 1806, a la vista de la infantera inglesa, los
blandengues se retiraron sin combatir,
177
parece justo evaluarlos en otro tipo de
guerra: los indios evitaban presentar batalla y no esperaban a los espaoles cara a
cara. No tenan armas de fuego ni saban usarlas. En las invasiones, slo confiaban
en la velocidad de sus caballos y, si eran sentidos, huan.
178
La deprimente
contemplacin del fuerte de Pergamino y de su guardia hizo comprender a un
jesuita que "[] los indios [...] no combaten con regularidad, sino que buscan
matar al enemigo cuando, donde y como pueden [...]".
179
El profesionalismo de los blandengues era un tanto relativo: el atraso en los
pagos sola contarse por aos,
180
los endeudaba con los pulperos (almaceneros) y
no deba estimular sacrificios desmesurados. Para compensar, solan vender o
apostar el uniforme.
181
Al asumir como virrey, Vrtiz los encontr "en el mayor
desgreo", insubordinados y mal armados.
182
175
. AGN, IX, 1-7-7/516-7; aunque este clculo procede de uno de sus parciales, no est
contradicho por Zizur 1973:78. En la misma poca, el cacique Guchulef (Guchulep,
Guchulepe), de Salinas Grandes, tena ms gente que Callfilqui (Viedma 1938:515).
176
Declaracin de un ex cautivo, Zanjn, junio 1767, AGN, IX, 1-5-3/137; Sarde a
Vrtiz, Buenos Aires, 13/9/1780, AGI, copia en ME, J 26; declaracin de los ex cautivos
D. Nez (frontera de Lujn, 24/9/1783, AGN, IX, 1-6-2/485-6) y B. Pedrosa, Buenos
Aires, 8/12/1786, AGN, IX, 1-5-3/665 y 668.
177
Mitre 1947, I:181; Groussac 1943:79.
178
Representacin del regidor Juan de Egua al Cabildo de Buenos Aires, Buenos Aires,
26/9/1744, AGN, IX, 19-2-2.
179
Citado por Frlong 1932-35:221.
180
Vanse los reiterados reclamos de Vague en favor de su compaa; p. ej., [frontera
de] Lujn, 2/6/1775, AGN, IX, 1-6-1/675-6: la tropa estaba "enteramente desnuda".
Tambin Marfany 1933.
181
Olavarra le hace notar al virrey Cisneros "la facilidad con que juegan las prendas".
14/9/1809, AGN, IX, 1-7-6/688.
182
Vrtiz 1945:145.
37
Las milicias
Los cuerpos formados mediante el reclutamiento temporario de la poblacin
civil son generalmente poco eficaces. Un militar de carrera describa a los paga-
dos (milicianos) como "[] una clase de hombres puramente el campo, concha-
bados al inters de los diez pesos mensuales, sin la menor instruccin, ni acaso
haber disparado jams un fusil [...].
183
En los documentos, las quejas contra los milicianos se suceden como una
letana. Cuando el maestre de campo acudi a tratar la paz a Sierra de la Ventana,
en 1742, debi lidiar con su gente (400 vecinos) como con una maldicin bblica:
por siete veces trataron de volverse, juzgando a los indios "soberbios, arrogantes
y an invencibles".
184
El comandante del Zanjn encontraba a la milicia no slo
indisciplinada, sino tambin inasible: "[] esta gente abomina ser dominada de los
europeos. Si puedo coger algunos los remitir para que V. Ex. les d el castigo que
merecen."
185
La desercin era altsima: "[] son gente sin subordinacin ni
obediencia, pues al punto que se les ria un poco, abandonan el todo."
186
Ante la
noticia de haberse avistado cinco indios, en 1782 las milicias del Salto y de Areco
se amotinaron y desertaron.
187
Poco despus, el subcomandante de la frontera
opinaba negativamente respecto de una expedicin contra los toldos, afirmando
que no exista jefe capaz de manejar a un millar de milicianos, que eran abando-
nados y desidiosos; acusaba a los baqueanos de robar a los indios para beneficio
propio y desertar de los combates; agregaba que los batidores que divisaban
enemigos no daban parte, para no enfrentar nuevos riesgos.
188
Otro oficial renov
el cargo de indisciplina;
189
pero subrayando que lo que provocaba la mayor
resistencia era el tedio de la vida fortinera: "[] les es ms sensible y repugnante
estar quince das en la frontera que dos meses en el campo en expedicin".
190
El
virrey Loreto tena a los milicianos por incapaces de defender hasta sus propios
183
El coronel J. A. de Mosquera a la superioridad, AGN, IX, 1-7-6/511-210/12/1807.
184
C. Cabral de Melo al Cabildo, Buenos Aires, 28/2/1744.
185
Mier a Ceballos, Magdalena, 19/4/1766, AGN, IX, 1-4-5/482.
186
Documento annimo, c. 1775, AGN, IX, 1-6-1/680-1.
187
Sarde a Vrtiz, Salto, 16/12/1782, AGN, IX, 1-5-2/424-5.
188
Quintana a Vrtiz, frontera de Lujn, 7/9/1783, AGN, IX, 1-6-2/463-4.
189
Loreto a Balcarce, 28/5/1784, AGN, IX, 1-6-2; Quesada 1903:96-7.
190
Balcarece a Vrtiz, Rojas, 4/1/1783, AGN, IX, 1-5-1/202.
38
hogares.
191
En tiempos coloniales, los desertores fueron tratados con resignada
lenidad; la poca republicana les trajo simultneamente las proclamas igualitarias
y el pelotn de fusilamiento.
Una inspeccin demostr que los milicianos tenan mano larga para el ga-
nado: los 50 del Pergamino carneaban tres vacas diarias para su consumo,
alegando que las marcas eran de otros partidos. Una sola hubiera sobrado. "No
hay en la Crimea trtaros con quien comparar stos -escribe el denunciante,
prefigurando a Sarmiento-, pues ellos ni respetan [a] sus oficiales (que son lo
mismo que ellos) ni menos obedecen a los cabos ni sargentos [...]"
192
Adems, "a
nada posponen su inters particular": algunos jefes son tambin pulperos
(almaceneros), que se benefician del cuero y del sebo de los animales carnea-
dos.
193
El virrey Vrtiz notaba "[] poco o ningn discernimiento [...] en los oficia-
les del campo [...]".
194
Ante una amenaza de invasin, el sargento mayor y
hacendado Clemente Lpez Osornio se limit a apartar su ganado y a recomendar
se estuviese con cuidado. Ocurrido el asalto, Lpez fue requerido pero no acudi.
La partida de 30 hombres destacada para perseguir a los indios volvi caras al
divisar grandes polvaredas, pero eran las caballadas las que las levantaban; los
invasores eran tan pocos que en su campamento slo dejaron dos yeguas
carneadas y tres fogones.
195
Un siglo despus, an se recurra a las milicias: el coronel Martn de Gainza
aseguraba a su par Ignacio Rivas, en 1863: "[i]nter no dejemos a los gauchos en
191
Loreto a Glvez, Buenos Aires, 21/3/1785, AGN, IX, 8-1-16, carta N 238.
192
J. Estefani de Banfi a Vrtiz, Pergamino, 9 y 18/7/1771, AGN, IX, 1-5-6/83 y 87. Ver
tambin su oficio de Pergamino, 8/9/1771, AGN, IX, 1-5-6/114-5.
193
Vanse las denuncias de E. de Banfi contra el teniente de milicias D. Trillo y el
comandante de la guardia del Salto, J. Linares, Pergamino, 8 y 9/9/1771, AGN, IX, 1-5-
6/114-115 y 131.
194
Vrtiz 1945:147.
195
B. Pereda al gobernador, invernada de J. Blanco, 15/11/1767, AGN, IX, 1-5-2/580-1.
En una circunstancia comparable, las fuerzas de Rosas estimaron unos diez indios
(voroganos, en el caso) por fogn (parte del coronel I. Quesada, cantn de Las Mulitas,
12/6/1840, e informe de Corvaln al comandante de La Barrancosa, 22/7/1840, AGN,
VII, 10-4-14).
39
sus casas y hagamos ejrcito de lnea, no habr frontera bien guarnecida, y todo
ser como hasta aqu: un caos".
196
Armamento de las tropas y estado de los fuertes
197
Los espaoles se valan comnmente de chuzas (lanzas). El uso de las ar-
mas de fuego se circunscriba, y con limitaciones, a las tropas profesionales
(blandengues, dragones), porque los milicianos no saban manejarlas y las
inutilizaban;
198
y porque, en cualquier caso, eran insuficientes. La situacin poda
ser peor: en el fuerte de Navarro, en 1779, slo cuatro de los veinticinco fusiles
estaban en condiciones, y de los hombres que haban salido a reconocer el campo,
"[] la mitad han ido slo con el cuchillo, pues ni chuzas tienen."
199
. En estas
condiciones, no alarmaban a los indios, que "[] las lanzas no temen, y slo s los
caones y escopetas".
200
Despus del gran maln de agosto de 1780, se contem-
pl repartir algunas armas de fuego entre las milicias, ya que la lanza que se les
daba no era "[] temida por los indios, por usarla ellos con ms destreza", lo que
el comandante de la frontera atribua a que no tenan otra cosa que hacer en el
mundo que ejercitarse en su manejo.
201
La peridica decadencia de los fuertes es otro tema recurrente. Comence-
mos con la cabecera de la lnea: hacia 1775, la guardia de Lujn no era ms que
"[] un cerco de palos de treinta varas de dimetro, sin defensa alguna, y si por
casualidad viniesen los indios de noche, se llevaran los caballos que hubiese
atados, porque no hay capacidad donde ponerlos adentro [...]"; como los cuarteles
estaban en ruinas, slo un ranchito albergaba a los soldados. De las armas de
fuego,
196
M. de Gainza a I. Rivas, Buenos Aires, 8/1/1863, cit. por Lagos 1969.
197
Para generalidades sobre este punto, aunque en un espaol atroz, vase Ricoy en
Direccin de Estudios Histricos I, 1,1973, primera parte, Cap. IV, que incluye
bibliografa.
198
F. de Azal al Director del Estado, frontera de Lujn, 16/7/1815, AGN, X, 8-8-4.
199
J. Estefani de Banfi a Vrtiz, Navarro, 4/1/1779, AGN, IX, 1-5-1/5.
200
Relacin de un ex cautivo, Zanjn, comienzos de junio de 1767, AGN, IX, 1-5-3/137.
201
Sarde a Vrtiz, Testimonio del expediente ... sobre haberse denegado las paces a los
indios aucases, fs. 1-9, AGI, copia en ME, J 26.
40
"[] no hay dos en estado de servir [] porque en veinte aos no se han reempla-
zado [...] para los de chupa se necesitan pistolas, pues ya no las hay [...] slo exis-
ten cuatro pares muy infames [...] Municiones no las hay [...] No tenemos baquea-
no [...] Los caones que hay en el fuerte son tres, estn de ningn uso, desfogona-
dos y clavados como postes, con una bala sola. Sera muy conveniente hubiese uno
para que sirviese de aviso".
202
Ntese que del can slo se esperaba que diera alarma de invasin. No
vala la pena instalar bateras de buen calibre, [] ni an para hacer seal de
alarma, porque siendo los baluartes de adobe (como lo son), es factible que a los
pocos tiros se desplomen [...].
203
El fuerte de Carmen de Patagones se haba
erigido para defender a la Patagonia de las pretensiones inglesas; pero los
caones haban permanecido varios aos "[] a la intemperie, sin pintar, ni darles
alquitrn" por lo que "[] nada vale, ni menos su cureaje [...] slo sirve en
apariencia para amedrentar a los indios que no tienen conocimiento de su
inutilidad".
204
En 1758, el fuerte del Zanjn estaba en ruinas, por lo que la
guarnicin se amparaba en ocho toldos indios que haba en el contorno. Haba en
ellos [] muchas chinas que creo que sern muy perniciosas a esta guardia [...]
pues he sabido que los soldados no salen de dichos toldos [...].
205
Al ao
siguiente fue reconstruido.
206
Sin embargo, sabemos que veinte aos despus
careca de foso, de rastrillo y de puerta; humanitariamente, el cepo no tena
candado.
207
Tampoco haba puerta en la guardia del Monte la Nochebuena de
202
Informe sin fecha (c. 1766?), firma ni lugar, tal vez de Jos Vague, AGN, IX, 1-6-
1/680-1.
203
N. de la Quintana al virrey Del Pino, 10/1/1804. AGN, IX, 1-7-6.
204
El comandante Aragn a la Superioridad, 30/12/1808 y 1/7/1809. AGN, IX, 16-5-9.
205
J. I. de Zavala al gobernador, Zanjn, 7/10/1758 y 13/10/1758, AGN, IX, 1-5-3/55 y
61.
206
Zavala al gobernador, Fuerte de San Martn [Zanjn], 18/2/1759, AGN, IX, 1-5-3/550.
207
Escribano a Vrtiz, Zanjn, 3/2/1777, AGN, IX, 1-5-3/344.
41
1778, cuando los indios entraron y aniquilaron al destacamento.
208
La pacificacin de las pampas en la segunda mitad de 1784 y las invasiones
inglesas agravaron el descuido de los cantones fronterizos, que en 1807 estaban
en estado deplorable, particularmente los de Lujn (sin armas ni caballos), Areco,
Navarro y Lobos.
209
Los comandantes se declaraban faltos de hombres y de
medios, y, por consiguiente, incapaces de impedir que a su regreso a los toldos los
indios hurtaran animales, especialmente en las estancias que haban transgredido
la frontera.
210
La opcin por los toldos: renegados, pasados y refugiados
El cesarismo cristiano fue uno de los aciertos de la conquista de Amrica,
pues dio a los hispanocriollos un marco de referencia simple y congruente, que les
fijaba un lugar en este mundo y en el otro y los constitua en la nica humanidad
legtima, guiada por dos majestades, Dios y el Rey. Los indios infieles, contumaces
en su paganismo, carecan de un lugar en la creacin y podan ser pasados a
cuchillo sin ms. En la ocupacin europea de las pampas, la ideologa jug el gran
papel de dar expresin a concepciones irreconciliables sobre la produccin, el ocio,
el mrito, la legitimidad, la pertenencia, la apreciacin de los recursos y, en
general, sobre el mundo y los valores de la existencia.
Pero en los hechos, la vida rural era una y la misma. La explotacin de tro-
pillas cimarronas y el pastoreo extensivo de ganado mayor explican la convergen-
cia de indios y criollos en formas similares de existencia. El coronel Garca haca
notar, en 1810, que las costumbres del campo no distaban mucho de las de los
208
B. A. de Lalinde, sargento mayor de La Matanza, a Vrtiz, Matanza, 2/1/1779, AGN,
IX, 1-4-5/393.
209
J. A. de Mosquera al Capitn General Presidente, guardia de Lujn, 15/12/1807, AGN,
IX, 1-5-2; J. P. Brito a Liniers, Frontera de Lujn, 24/6/1807, AGN, IX, 1-7-1/431. Sobre
la situacin en 1811, ver Garca 1974.
210
Copia del oficio del comandante del fuerte de Rojas al comandante de la frontera, J.
A. de Mosquera, Rojas, 13/10/1807, enviada a Liniers el 17/10/1807, AGN, IX, 1-5-
1/288; J. Romn a Mosquera, Lobos, 15/1/1808, AGN, IX, 1-7-1/548; oficio al
comandante de la frontera, Buenos Aires, 6/9/1811, AGN, X, 3-4-4/71.
42
indios.
211
La memoria del virrey Vrtiz resulta particularmente reveladora, porque
imputa a los habitantes de la campaa lo que a los indgenas: descuido, abando-
no, ocio, incontinencia, robo de mujeres y de caballos e indiferencia hacia la
liturgia cristiana; unos y otros tenan trato regular entre s y los criollos solan
servir de baqueanos a los malones.
212
[...] los nuestros son peores que los
enemigos, [por]que les comunican a los infieles todo lo que saben [...].
213
En
1819, un empresario ingls, malhumorado y nada indigenista, encontraba
inexplicable la buena conciencia de los criollos.
"La suciedad, incuria y haraganera de esta gente est por encima de toda suposi-
cin [...][P]refieren esta existencia despreocupada, ociosa, vagabunda, mantenin-
dose con carne medio cruda y llevando una vida de indios salvajes. Sin embargo,
son cristianos, y los buenos criollos se consideran redimidos y miran a los indios
como a una raza condenada [...]".
214
Carnear o arrear ganado ajeno de las vagamente delimitadas estancias bo-
naerenses no era slo cosa de indios, sino prctica universal, propia tambin "de
criollos entendidos".
215
"[...] En el da los hacendados que no comen y cuerean lo
ajeno son muy contados [...]", aseguraba Rosas -hacendado tambin l- en
1833.
216
Los extranjeros, y slo ellos, se sorprendan y lo dejaban escrito, tal vez
para que sus compatriotas supiesen que no eran los indios el nico obstculo para
europeizar las pampas: "[...] vacas y terneros abundan y lejos de la vista de los
dueos; as es que fcil es carnearlos sin que se aperciban y sta es la prctica
general";
217
"[] 'agarrar carne' para don Cirilo significaba carnear alguna res
211
Garca 1974:34.
212
Vrtiz 1945:149.
213
AGN, IX, 16-4-4.
214
Miers 1968:170-1.
215
Hernndez 1945, El gaucho Martn Fierro, XIII, 2290. En el mismo sentido, oficio del
Virrey a N. de la Quintana, 9 de junio de 1804. AGN, IX, 1-7-6/183.
216
Carta al Gral. Guido, junio 1833. Direccin de Estudios Histricos, II, 3, 1975, p. 427.
217
Falkner 1957:69.
43
bien gorda [...], con tal que no fuera de su marca";
218
la verdadera caza de los
boleadores criollos son los caballos y las vacas del prjimo".
219
La religin estatal tena el importante papel de separar en las ideas lo que
poco difera en las cosas, y lo cumpli en buena medida. Pero con el Estado como
enemigo universal y la tierra casi inaccesible, el riesgo del servicio forzado o el de
captura debilitaban los argumentos que oponan el indio al cristiano y volcaban a
muchsimos criollos de la campaa al mundo alternativo de los toldos. All, la
autoridad paternalista de los jefes se ejerca por persuasin y no por mando, haba
pocas diferencias en el acceso a los recursos (para los hombres libres), mucha
circulacin de la riqueza y un camino abierto al prestigio para cualquier individuo
que supiera valerse por s mismo. Entre los indios "se viva mejor y sin trabajo
alguno", y no faltaba nada.
220
Las tolderas de Callfilqui estaban particularmente
bien nutridas de blancos.
221
Destaca
"[] un cristiano [...] de edad de veintiocho aos, de buen cuerpo, bien parecido y
rubio, el que est actualmente bombeando y bicheando [espiando] en todos los pa-
gos de las fronteras de Buenos Aires dnde tienen ms ganado, dnde hay ms
descuido y buenas mozas [...] es el nico confidente y baqueano que tienen los in-
dios para su entrada y robos, sin el cual no pueden hacer nada con acierto [...] tie-
ne los mejores caballos, [...] los indios lo quieren en extremo y no hacen nada sin
l."
222
En resumen, la experiencia de Martn Fierro entre los indgenas es un episo-
dio literario,
223
no necesariamente un ejemplo histrico.
218
Daireaux 1966:22.
219
belot 1961:26.
220
Expresiones del Pampa Miguel, de la jurisdiccin de Crdoba, en 1784 (Grenon
1927:153).
221
Carta de F. de Viedma a Vrtiz, [Patagones], 24/9/1783, AGN, IX, 16-3-12.
222
Viedma 1938:521-2, sobre la base de informes dados en 1781 a uno de sus espas
por las cautivas.
223
Hernndez 1945, La vuelta de Martn Fierro, 2-9.
44
Tambin los negros huan a las tolderas, y por excelentes razones. En el
Ro de la Plata, tanto en la poca colonial como en la independiente, los que no
eran esclavos solan ser incorporados compulsivamente al ejrcito. Cuando un
liberto que peonaba en las chacras de Navarro supo que se estaba haciendo una
leva, se sinti desamparado y opt por pasarse a los indios de Catrun. Mientras
boleaba con algunos de ellos, fue apresado por una partida de blandengues y
remitido a Montevideo, porque se daba por seguro que volvera a los toldos en
cuanto pudiese.
224
Aunque tambin los aborgenes tenan en menos a los negros, y
si eran cautivos los trataban con especial dureza,
225
daban asilo a los esclavos
huidos.
226
Y el acordeonista que en 1870 atormentaba con serenatas al coronel
Lucio V. Mansilla en los toldos ranquelinos pareca encontrarse a gusto.
227
El desconocimiento de la tierra
La carencia de mapas confiables ya fue subrayada por Vrtiz;
228
los obst-
culos eran, adems de la sempiterna exigidad del erario, la escasez de individuos
idneos en el levantamiento de planos y la firme oposicin de los indios a que se
utilizasen instrumentos de topografa en sus territorios. Veamos brevemente los
dos ltimos puntos.
Los conocimientos del veterano capitn Hernndez acerca de la ruta por tie-
rra hasta el ro Negro no haban aumentado en la dcada comprendida entre la
expedicin de 1770, de la que haba participado, y la fundacin del fuerte de
Patagones. Consultado al respecto por las autoridades, slo pudo recomendar se
rehiciese el itinerario efectuado en 1770 bajo la gua de los indios y se llevase a
224
Balcarce a Arredondo, frontera de Lujn, 14/12/1789, AGN, IX, 1-6-3/802 bis-803-
803 bis.
225
Garca y Reyes 1969:603n; Pueyrredn (1929:321) relata que los araucanos
quemaron, en Chile, a catorce negros prisioneros de guerra, creyendo que con ellos
hacan los cristianos la plvora.
226
J. A. Lpez al gobernador, Matanza, 10/12/1758, y respuesta, Buenos Aires,
13/12/1758, AGN, IX, 1-4-5/304-5.
227
Mansilla 1905.
228
Vrtiz 1945:144-145.
45
alguno de los baqueanos que entonces haban sido de la partida.
229
Ms precisio-
nes logr Zizur en 1781, valindose de una brjula; en compensacin, la adminis-
tracin portea extravi su mapa algunos aos despus.
230
En todo caso, cuando
en 1822 el coronel Garca hubo de recorrer un trayecto parcialmente coincidente
no parece haber dispuesto de l, aunque s del diario de Zizur.
231
El nico camino a tierras de indios regularmente transitado por los cristia-
nos, el de Salinas Grandes, era una suerte de andarivel tendido sobre campos
desconocidos, al punto que el baqueano que en 1787 dio con una aguada a una
legua fue premiado por el gobierno.
232
Otro indicio de la vaguedad de las ideas que
se tenan acerca de estos terrenos es la frecuente alusin a "la Sierra" como
topnimo abarcador de los sistemas de Tandilia y de Ventania, una imprecisin del
orden de los 50.000 km. La confusin gan an la mejor cartografa de la poca:
el mapa de compilacin de Custodio de Sa y Fara de c. 1786, basado parcial-
mente en el de Zizur, aline los dos sistemas serranos en uno solo (Fig. 2).
233
La
hidrografa no era mejor conocida: el "Ro de los Sauces" de los documentos del
siglo XVIII puede ser el Negro, el Colorado, el Sauce Grande o el Sauce Corto, por
lo menos; otros tantos candidatos podran satisfacer la condicin de "Arroyo de los
Sauces". An el mapa compilado por el coronel lvaro Barros en 1872 se bas, en
buena medida, en los informes del coronel Eugenio del Busto (o Bustos), un
baqueano y ex cautivo, que debe haberlos expresado en das de marcha y en
direcciones aproximadas.
234
Sintetizando: hasta los relevamientos militares de Melchert y de Wysocki
(1875-77), no se tuvo de las pampas del sur otro conocimiento que el de los
229
Hernndez al virrey, Rojas, 15/7/1779, AGN, IX, 1-5-1/164-6.
230
Martnez Sierra 1975, I:226.
231
Zizur 1973; Martnez Sierra 1975, I:267; Garca y Reyes 1969, especialmente pg.
505.
232
Pinazo a Loreto, Palanteln, 11/12/1787, y Pinazo, Diario de la expedicin a Salinas,
frontera de Lujn, 14/2/1787, AGN, IX, 1-5-3/693 y 704-10.
233
Torre Revello 1938, lm. XXXI.
234
El mapa de Melchert se public en Napp 1876, y ha sido recientemente reproducido
en Alsina 1977. Wysocki traz los Planos de la nueva lnea de fronteras ... (1877). El
mapa compilado por Alvaro Barros se incluye, fuera de texto, en Barros 1872 y en sus
reediciones. Ver adems Martnez Sierra 1975.
46
baqueanos, subjetivo, emprico, personal, no acumulativo ... y literalmente
huidizo, segn testimonio citado ms arriba.
El uso de instrumentos de topografa se complicaba por la oposicin de los
indios, que les atribuan una eficacia mgica, negativa para ellos. No se trataba de
puro misticismo: perciban claramente el vnculo causal entre los relevamientos y
el avance de las poblaciones cristianas.
235
Tanto Zizur, en 1781, como Jos Mara
de los Reyes, en 1822, tuvieron que valerse del disimulo o renunciar a los
instrumentos.
236
V. DISCUSIN Y CONCLUSIONES
V.1. Generalidades
Recapitulando, las medidas de seguridad de Buenos Aires en la frontera sur
fueron, bsicamente, cuatro: 1) Despoblar de indgenas los campos. El esfuerzo
ms persistente en esta lnea fue mantener despejada la tierra de nadie
comprendida entre el Salado y las primeras sierras. La eficacia de esta poltica fue
resintindose a partir de c. 1660, en coincidencia con la creciente presin indge-
na. 2) Concentrar a los naturales en reducciones o misiones. Esta opcin fue
abandonada en 1753. 3) Hacer alianzas con ciertos caciques o confederaciones
(siempre sospechosos de complicidad en los robos de animales). En general, se
localizaban segn sus preferencias. Aunque en 1742 y en 1790 se trat de
disponerlos formando una lnea protectora, esta alternativa slo pudo concretarse
en los tiempos de Rosas. 4) Una frontera militar materializada con fuertes o
guardias.
Las tres primeras soluciones (y sus distintas variantes interiores) se suce-
dieron o superpusieron sin mayor orden, lo que sugiere que la coyuntura pudo
ms que la planificacin.
Hacia fines del siglo ms precisamente, desde la segunda mitad de 1784-,
235
As, p. ej., el cacique Marinecul se opuso a las mensuras que se hacan cerca del
arroyo Napaleof, alegando que los cristianos le iban robando sus campos. Informe del
jefe del Fuerte Independencia, F. Pereyra, 29/3/1832. AGN, VII, 10-4-14.
236
Zizur 1973, Garca y Reyes 1969.
47
y por iniciativa india, las tensiones haban generado una resultante tolerable para
ambas partes: una paz comercial que permita a las tribus proveerse de bienes (en
primer lugar, estimulantes, objetos de prestigio y herramientas); a cambio,
debieron resignar territorios de caza a favor de los colonos. stos, a su vez,
hubieron de convivir con los frecuentes hurtos de ganado, que en muchos casos
las autoridades prefirieron pasar por alto con tal de no poner en riesgo la paz.
237
V.2. La extorsin recproca
Las fronteras tnicas son, siempre, zonas de friccin. A su vez, las situa-
ciones coloniales, asimtricas y de extorsin, exacerban el conflicto, al poner
sbitamente en contacto sistemas econmicos, intereses y sistemas de valores
incompatibles. El grupo intrusivo suele traer una ideologa de conquista respal-
dada con argumentos sobrenaturales.
Comnmente, las relaciones coloniales han hecho retroceder territorial y
demogrficamente a las sociedades autctonas. En el Ro de la Plata, sin embargo,
los indgenas (locales, patagnicos, pehuenches y araucanos) se expandieron
hasta lograr cierto control de la "tierra de nadie", consiguiendo que las relaciones
de predacin fueran recprocas. Es comprensible que los colonos lo encontrasen
imperdonable; es anacrnico que la historiografa coincida con ellos.
238
Pero los indios no buscaban la guerra total, tanto porque no hubieran
podido sostenerla como porque el comercio con Buenos Aires les resultaba
imprescindible. La extorsin adopt otra forma: el robo de ganado, subrepticio o
en maln, para surtir los mercados de Chile. Los indios consiguieron insertarse en
las nuevas condiciones intermediando de manera forzosa entre dos extremos del
sistema colonial: la produccin de las estancias de Buenos Aires y el consumo de
ultracordillera. El Estado imperial no pudo controlar un proceso que tericamente
ocurra en el mbito de una misma soberana y que tena por vctimas y
beneficiarios a sus propios sbditos.
237
P. ej., M. Martnez Fontez a N. de la Quintana, Rojas, 29/9/1809. AGN, IX, 1-7-6/475;
13/10/1809; A. de Olavarra al virrey Cisneros, AGN, IX, 1-7-6/684-90; el mismo a la
superioridad, 7/12/1809, AGN, IX, 1-7-6/714.
238
Ver, p. ej., Walther 1980 y Direccin de Estudios Histricos 1973-75.
48
V.3. Acuerdos efmeros
Caractersticamente, los pactos fueron guardados por ambas partes slo en
la medida en que no chocaban con los intereses del momento. Examinemos
algunas de las razones.
a. Las alianzas entre grupos soberanos son principalmente de dos tipos:
matrimoniales y comerciales.
239
Entablada en el Ro de la Plata una relacin
colonial, la primera va qued legal o socialmente cerrada y la segunda fue tan
obstaculizada como result posible. Aborgenes y colonos permanecieron, as,
recprocamente ajenos, como humanidades distintas, sin parentesco, intereses
comunes ni vnculos de solidaridad. Buena parte de la historiografa nacional
encuentra inexplicable la guerra india, salvo como una expresin de barbarie; pero
por dos siglos signific independencia, afirmacin cultural y resistencia al progra-
ma colonial (cuyas opciones eran servidumbre, humillacin, minoridad perpetua o
exterminio). Basta un vistazo al resto de Amrica, ms all de las Pampas y de la
Araucana, para conocer el tratamiento de los sumisos. El odio unnime al espaol,
denunciado en muchsimos documentos,
240
no es un resentimiento ciego sino la
expresin resumida de una estrategia elemental de supervivencia tnica. Para
llevarla adelante, era tan importante hacerse fuerte como debilitar al enemigo.
b. Las autoridades de Buenos Aires no se comprometieron abiertamente con
la estabilidad de los cacicatos a los que se haba aliado; p. ej., slo en pocos casos
(como en 1770) los apoyaron en los conflictos con otros grupos indgenas.
c. La ganadera indgena parece haber sido bastante ineficiente hasta, di-
gamos, mediados del siglo XVIII, y la apropiacin era la manera ms sencilla de
hacerse de animales para uso, consumo o comercio.
241
Recordemos que por
239
Service 1984:80.
240
Un ejemplo antiguo en la carta del obispo Antonio al rey, Buenos Aires, 8/8/1678.
Doc. hist. geogr. conq. coloniz. riop., I, #59:317.
241
Los vacunos que los indios bonaerenses vendan a los pehuenches o araucanos hacia
1740 eran robados de las estancias "por no tener ellos cra" (declaracin del maestre de
campo C. Cabral al cabildo de Buenos Aires, segn el informe del procurador general de
la ciudad, L. Escobar, Buenos Aires, c. agosto 1745, AGN, IX, 19-2-2. En el mismo
sentido, el documento annimo de c. 1760 publicado por Outes 1899:76.
49
entonces, las principales reservas de alimentos de la economa india consistan en
ganado en pie y no garantizaban mucha autonoma. La penuria se sumaba a la
presin de la demanda chilena para inducir al asalto a las estancias.
d. La guerra era, tambin, la forma ms econmica de cobrar cautivos, ver-
daderos esclavos cuya importancia abarcaba varios renglones:
- Se les asignaba el cuidado de las tropillas.
242
Tratndose de anima-
les no aquerenciados (a causa de los frecuentes cambios de asentamiento) ni
marcados (pero de propiedad individual), la vigilancia deba ser bastante estrecha.
- Siendo esclavos, tenan valor de venta. Algunos caciques ranqueles
razonaban que los espaoles eran buenos o miedosos, porque compraban las
cautivas, "y que as les tena ms cuenta tener guerra que paz".
243
- Las cautivas eran cnyuges baratas, en tanto que una esposa, di-
gamos, de buena familia deba comprarse a precio muy alto.
244
- La poliginia impulsaba a la importacin de mujeres.
- Como expresin de lo anterior, el prestigio de un hombre dependa,
entre otras cosas, del nmero de sus esclavos, y se resenta si volva del combate
sin ellos.
245
e. Carentes de un aparato gubernativo que centralizara las decisiones, nor-
malmente las sociedades indgenas se mantenan atomizadas en grupos familiares
que daban respuestas ajustadas en sus intereses particulares.
246
Los caciques
aseguraban una y otra vez que los robos menores eran acciones que no haban
autorizado.
f. Los cristianos mataban a los aborgenes cuando podan, tanto en la cam-
paa como en la misma ciudad, para robarlos, por represalia o por gusto; el
Estado era impotente para controlarlos, y tampoco vea en el tema asunto
242
La fuente ms detallada, aunque no la ms confiable, es Guinnard 1979.
243
V. Echeverra al gobernador A. Arriaga, Presidio del Sauce, 30/10/1777, sobre la base
de informes de una cautiva, en Grenon 1927:127.
244
Baigorria 1977:125-6 refiere su intermediacin en un conflicto generado por el alto
precio fijado a una novia.
245
As le fue explicado a J. M. Carrera por sus aliados araucanos y ranqueles (Yates
1941:96).
246
Ver, p. ej., Service 1984:79.
50
principal. Como las expediciones de castigo no hacan distingo de grupos (sta fue
reiteradamente la queja de Cangapol, p. ej.),
247
propagaban y agravaban la deuda
de sangre, un principio jurdico caracterstico de las sociedades organizadas sobre
la base del parentesco.
g. Como hemos hecho notar, las paces iban seguidas por la expansin de
las estancias, es decir, en detrimento de los territorios indios.
V.4. Falta de inversin
El intento de constituir una frontera con tribus aliadas no fue una apuesta
a la resignacin indgena (ya que se perciba que sus intereses eran contrapues-
tos) sino el resultado de la falta de alternativas: en el Ro de la Plata, ni la
metrpoli ni los colonos hicieron inversiones importantes. La primera evitaba
incurrir en gastos coloniales: la guerra contra los araucanos de Chile fue costeada,
desde comienzos del siglo XVII, por el Real Situado, una partida presupuestaria
especfica con cargo al tesoro del Per;
248
las escaramuzas recurrentes y desma-
adas de la frontera de las pampas, que no tenan inters econmico ni poltico
equiparable, quedaron en gran medida en manos de los vecinos. El que un
caudillo se hiciese de un latifundio con una hueste de "peones a caballo" no
llamaba la atencin en Espaa, donde algo as se haba visto durante la recon-
quista de los terrenos ocupados por los musulmanes. Como resultado de esta
escasa profesionalidad, las tcnicas de guerra puestas en juego por la ciudad
fueron elementales y poco reflejaron la superioridad del armamento europeo.
V.5. Circularidad
Entre 1750 y 1820, aproximadamente, las relaciones entre las tribus y Bue-
nos Aires pasan cclicamente por las mismas etapas:
a. Durante un perodo de conflicto se priva a los indios del acceso
al mercado colonial, los malones talan las estancias, hay expediciones espaolas
247
Furlong 1938:185.
248
Casanova Guarda 1989:22-3.
51
de represalia y muertes por ambas partes. Los resultados son indecisos.
b. El desgaste sufrido por ambas partes allana el camino a un
acuerdo de paz (como los de 1742, 1770, 1782 y 1784).
c. Durante el armisticio, cambian los motivos de tensin. Las estan-
cias se extienden en detrimento de los territorios indios de caza. Restablecido el
comercio, los indgenas alegan malos tratos, precios desventajosos y engaos;
249
por su parte, regatean sin fin, exigen regalos y se embriagan ruidosamente;
adems -y esto era lo ms grave para los estancieros-, a su regreso hacen hurtos
menores de ganado.
d. Un acto mayor de represalia (una expedicin punitiva cristiana o
un maln lanzado por una confederacin de tribus) lleva las cosas al punto de
partida. Son ejemplos el ataque a la toldera de Toroam (1774) y las expedicio-
nes de 1820-24, as como los malones de 1774 y 1783.
250
Esta circularidad, ms la prologada existencia de un limes en el ro Salado,
sugieren que estamos ante sociedades bastante parejas en sus gestos de poder.
AGRADECIMIENTOS
A la Dra. Mara Susana Cipolletti, por haberme dado la oportunidad de par-
ticipar de este homenaje al Dr. Gerhard Baer. Al Sr. Jos Farina, presidente del
Museo y Archivo Histrico de Laprida y al desaparecido Prof. Juan Carlos Pacn,
que fuera Secretario de Cultura de General La Madrid, por el apoyo brindado a los
trabajos arqueolgicos realizados en esos partidos.
BIBLIOGRAFA
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de la Nacin, Buenos Aires
ALSINA, Adolfo 1977 [1877] La nueva lnea de fronteras. Memoria especial del
Ministerio de Guerra y Marina. Ao 1877. Buenos Aires, Eudeba.
249
Garca a Alvear, Buenos Aires, 10/3/1814, AGN, X, 7-2-2; Garca y Reyes 1969:550.
250
Las fuentes sobre los hechos mencionados en los puntos b. y d. constan en el
presente trabajo o en Crivelli Montero 1997a.
52
ARDISSONE, Romualdo 1937 Datos histricos acerca de las precipitaciones
pluviales en la zona de Buenos Aires, desde el siglo XVI hasta 1821. GA,
5:115-211.
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Francisco de Bucarelli y Ursa, a su sucesor D. Juan Jos de Vrtiz. Revista de
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