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Breve Pontificado de Juan Pablo I

Albino Luciani, más tarde conocido como Juan Pablo I, nació en Italia en 1912. Fue ordenado sacerdote en 1935 y ocupó varios cargos eclesiásticos, incluido obispo y patriarca de Venecia. En agosto de 1978 fue elegido Papa tras la muerte de Pablo VI. Gobernó durante solo 33 días antes de morir repentinamente en septiembre de 1978, aunque las circunstancias de su muerte siguen siendo objeto de especulación.
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Breve Pontificado de Juan Pablo I

Albino Luciani, más tarde conocido como Juan Pablo I, nació en Italia en 1912. Fue ordenado sacerdote en 1935 y ocupó varios cargos eclesiásticos, incluido obispo y patriarca de Venecia. En agosto de 1978 fue elegido Papa tras la muerte de Pablo VI. Gobernó durante solo 33 días antes de morir repentinamente en septiembre de 1978, aunque las circunstancias de su muerte siguen siendo objeto de especulación.
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Albino Luciani - Juan Pablo I

(1912/10/17 - 1978/09/28)

Albino Luciani Juan Pablo I

Papa



"Personalmente, cuando hablo solo con Dios y la Virgen, ms que adulto
prefiero sentirme nio"


Naci el 17 de octubre de 1912, en Forno di Canale (hoy Canale d'Agordo),
dicesis de Belluno, Italia. Hijo de Giovanni Luciani y Bortola Tancon, fue el
mayor de cuatro hermanos. Tras el fallecimiento de su madre, su padre
contrajo matrimonio con una mujer de firmes principios catlicos.

En el ao 1923, Albino ingresa en el seminario menor de Feltre, y 1928, en el
seminario de Belluno donde el 7 de julio de 1935 recibi la ordenacin
sacerdotal. Se traslada a Roma donde contina sus estudios teolgicos en la
universidad Gregoriana. En 1937, regresa a su pueblo. Fue capelln en las
parroquias de Forno di Canale y Agordo y dio clases de religin en el Instituto
Tcnico Minero. Es nombrado vicerrector del Seminario Gregoriano de Belluno
donde ensea diversas materias: teologa dogmtica, moral, derecho y arte
sacro. En el ao 1947, consigue el Doctorado en Teologa por la Pontificia
Universidad Gregoriana de Roma, siendo este mismo ao nombrado Pro-
vicario de la dicesis de Belluno. Dos aos ms tarde, organiza el Congreso
Eucarstico de Belluno y publica su libro "Catequesis en migajas". En 1954, es
nombrado Vicario general de la dicesis de Belluno, ejerciendo su ministerio
durante once aos.

En 1958 el Papa Juan XXIII, en Roma, lo consagraba Obispo para la dicesis
de Vittorio Veneto, cerca de Venecia. En el ao 1962, se inicia su participacin
en el Concilio Vaticano II. El 15 de diciembre de 1969 el Papa Pablo VI lo
nombra patriarca de Venecia, y el 5 de marzo de 1973 es
creado cardenal por el mismo Papa. De 1973 a 1976 fue vicepresidente de
la Conferencia Episcopal Italiana. Particip en los Snodos de los Obispos de
1971, 1974 y 1977.

En el ao 1976 se publica su libro "Illustrissimi". El 26 de agosto de 1978, en
un cnclave que dur un da, y fue el ms grande hasta entonces en cuanto al
nmero de cardenales asistentes, fue elegido como 263 sucesor de San
Pedro tomando un nombre doble por primera vez en la historia de los Papas,
Juan y Pablo. El 3 de septiembre empez su ministerio oficial, con una Misa
celebrada en la Plaza de San Pedro. El papa Juan Pablo I apareci muerto en
su cama. Llevaba slo 33 das de pontificado. Segn el comunicado oficial,
muri de un infarto agudo de miocardio. Sin embargo, la forma en que se
encuentra el cadver no responde al cuadro tpico del infarto: no ha habido
lucha con la muerte, tiene unas hojas de papel en las manos, como si an
leyera.
Aunque oficialmente se neg, un benedictino que trabajaba en la Secretara de
Estado dio a conocer a un amigo, el mismo da de la muerte, que hubo
autopsia. Por ella se supo que muri por la ingestin de una dosis fortsima de
un vasodilatador, que en la tarde anterior habra recetado por telfono su
mdico personal de Venecia.


Juan Pablo I falleci en Ciudad del Vaticano el 28 de septiembre de 1978,
treinta y tres das despus de su eleccin.


Papa de la Iglesia catlica
26 de agosto de 1978-28 de septiembre de 1978

Ordenacin
7 de julio de 1935

Consagracin episcopal
15 de diciembre de 1958


EL PROGRAMA DEL NUEVO PAPA
Primer Mensaje a la Iglesia y al mundo Venerables hermanos, queridos hijos e
hijas de todo el orbe catlico: Llamado por la misteriosa y paterna bondad de
Dios a la gravsima responsabilidad del Supremo Pontificado, os damos
nuestro saludo; e inmediatamente lo extendemos a todos los hombres del
mundo, que nos escuchan en este momento, y a los cules, segn las
enseanzas del Evangelio nos place considerar nicamente como amigos y
hermanos. A todos vosotros nuestro saludo, paz, misericordia, amor: La
gracia del Seor Jesucristo y la caridad de Dios y la comunicacin del Espritu
Santo sea con todos vosotros (2 Cor 13,13). En el timn de la nave de Pedro
Tenemos todava el nimo turbado por el pensamiento del tremendo ministerio
para el que hemos sido elegido. Como Pedro, nos parece haber puesto los pies
sobre el agua movediza y, agitado por el viento impetuoso, hemos gritado con
l al Salvador: Seor, slvame (Mt 14, 30). Pero hemos sentido dirigida
tambin a Nos la voz, alentadora y al mismo tiempo amablemente exhortadora
de Cristo: Hombre de poca fe, por qu has dudado? (Mt 14, 31). Si las
fuerzas humanas, por s solas, no pueden sostener tan gran peso, la ayuda
omnipotente de Dios, que gua a su Iglesia a travs de los siglos en media de
tantas contradicciones y adversidades, no nos faltar ciertamente, tampoco a
Nos, humilde y ltimo servus servoum Dei. Teniendo nuestra mano asida a la
de Cristo, apoyndonos en l, hemos tomado tambin Nos el timn de esta
nave, que es la Iglesia, para gobernarla; ella se mantiene estable y segura, aun
en medio de las tempestades, porque en ella est presente el Hijo de Dios
como fuente y origen de consolacin y victoria. Segn las palabras de San
Agustn, que recoge una imagen frecuente en los Padres de la antigedad, la
nave de la Iglesia no debe temer, porque est guiada por Cristo: Pues aun
cuando la nave se tambalee, slo ella lleva a los discpulos y recibe a Cristo.
Ciertamente peligra en el mar; pero sin ella al momento se sucumbe (Sermo
75, 3; PL 38, 475). Slo en ella est la salvacin: sino illa peritur! Apoyados en
esta fe, caminaremos. La ayuda de Dios no nos faltar, segn la promesa
indefectible: Yo estar con vosotros siempre hasta la consumacin del mundo
(Mt 28, 20). Vuestra adhesin unnime y la colaboracin generosa de todos
nos har ms ligero el peso del deber cotidiano. Nos disponemos a asumir
esta tremenda misin consciente de que la Iglesia catlica es insustituible, de
que su inmensa fuerza espiritual es garanta de paz y de orden, como tal est
presente en el mundo, y como tal la reconocen los hombres esparcidos por
todo el orbe. El eco que la vida de la Iglesia levanta cada da es testimonio de
que ella, a pesar de todo, est viva en el corazn de los hombres, incluso de
aquellos que no comporten su doctrina y no aceptan su mensaje. Como dice el
Concilio Vaticano II: La Iglesia, que debe extenderse a todos los pueblos,
entra en la historia humana, pero rebasando a la vez los lmites del tiempo y del
espacio. Y mientras camina a travs de peligros y tribulaciones, es confortada
por la fuerza de la gracia divina que el Seor le prometi, para que a pesar de
la debilidad humana no falte a su fidelidad absoluta, antes bien, se mantenga
esposa digna de su Seor y no cese de renovarse a s misma, bajo la accin
del Espritu Santo, hasta que por la cruz llegue a la luz sin ocaso (Lumen
gentium, 9). Segn el plan de Dios, que congreg a quienes miran con fe a
Jess como autor de la salvacin y principio de la unidad y de la paz , la
Iglesia ha sido fundada por l a fin de que sea para todos y cada uno el
sacramento visible de esta unidad salvadora (ib). Al servicio de la misin
universal de la Iglesia Bajo esta deslumbrante luz, nos ponemos enteramente,
con todas nuestras fuerzas fsicas y espirituales, al servicio de la misin
universal de la Iglesia, lo cual implica la voluntad de servir al mundo entero: en
efecto, pretendemos servir a la verdad, a la justicia, a la paz, a la concordia, a
la cooperacin, tanto en el interior de las naciones, como de los diversos
pueblos entre s. Llamamos ante todo a los hijos de la Iglesia a tomar
conciencia cada vez mayor de su responsabilidad: Vosotros sois la sal de la
tierra, vosotros sois la luz del mundo (Mt 5,13 s.). Superando las tensiones
internas que se han podido crear aqu y all, venciendo las tentaciones de
acomodarse a los gustos y costumbres del mundo, as como a las seducciones
del aplauso fcil, unidos con el nico vnculo del amor que debe informar la
vida ntima de la Iglesia, como tambin las formas externas de su disciplina, los
fieles deben estar dispuestos a dar testimonio de la propia fe ante el mundo:
Estad siempre prontos para dar razn de vuestra esperanza a todo el que os la
pidiere (1 Pe 3,15). La Iglesia, en este esfuerzo comn de responsabilizacin
y de respuesta a los problemas acuciantes del momento, est llamada a dar al
mundo ese suplemento de alma que tantos reclaman y que es el nico capaz
de traer la salvacin. Esta espera hay el mundo: l sabe bien que la perfeccin
sublime a la que ha llegado con sus investigaciones y con sus tcnicas ha
alcanzado una cumbre ms all de la cual aparece ya aterrador el vrtigo del
abismo; la tentacin de sustituirse a Dios con la decisin autnoma que
prescinde de las leyes morales, lleva al hombre moderno al riesgo de reducir la
tierra a un desierto, la persona a un autmata, y la convivencia fraterna a una
colectivizacin planificada, introduciendo no raramente la muerte all donde en
cambio Dios quiere la vida. La Iglesia, llena de admiracin y simpata hacia las
conquistas del ingenio humana, pretende adems salvar al mundo, sediento de
vida y de amor, de los peligros que le acechan. El Evangelio llama a todos sus
hijos a poner las propias fuerzas, y la misma vida, al servicio de los hermanos,
en nombre de la caridad de Cristo: Nadie tiene amor mayor que ste de dar
uno la vida por sus amigos (Jn 15,13). En este momento solemne,
pretendemos consagrar todo lo que somos y podemos a este fin supremo,
hasta el ltimo aliento, consciente del encargo que Cristo mismo nos ha
confiado: Confirma a tus hermanos (Lc 22, 32). Promover el dilogo --
Queremos proseguir con paciencia y firmeza el dilogo sereno y eficaz que el
Sumo Pontfice Pablo VI, nunca bastante llorado, fij como fundamento y estilo
de su accin pastoral, dando las lneas maestras de dicho dilogo en la
Encclica Ecclesiam suam, a saber: Es necesario que los hombres, a nivel
humano, se conozcan mutuamente, aun cuando se trate de los que no
comporten nuestra fe: y es necesario que nosotros estemos siempre
dispuestos a dar testimonio de la fe que poseemos y del encargo que Cristo
nos encomend, para que el mundo crea (Jn 17, 21). Defender e
incrementar la paz --Queremos, finalmente, secundar todas las iniciativas
laudables y buenas encaminadas a tutelar e incrementar la paz en este mundo
turbado; con este fin, pediremos la colaboracin de todos los hombres buenos,
justos, honrados, rectos de corazn, para que, dentro de cada nacin, se
opongan a la violencia ciega que slo destruye sembrando ruina y luto; y, en la
convivencia internacional, guen a los hombres a la comprensin mutua, a la
unin de los esfuerzos que impulson el progreso social, venzan el hambre
corporal y la ignorancia del espritu, fomenten el desarrollo de los pueblos
menos dotados de bienes materiales, pero al mismo tiempo ricos en energas y
aspiraciones.

SALUDOS Y ORIENTACIONES A TODO EL PUEBLO DE DIOS
Hermanos e hijos queridsimos: En esta hora que nos hace temblar, pero en la
que al mismo tiempo nos sentimos confortado por las promesas divinas,
saludamos a todos nuestros hijos; desearamos tenerlos aqu a todos para
mirarles en los ojos y para abrazarlos infundindoles valor y confianza, y
pidindoles comprensin y oracin por nosotros. A todos nuestro saludo.
A los cardenales, obispos y sacerdotes
--A los cardenales del Sacro Colegio, con los que hemos compartido horas
decisivas y en quienes confiamos ahora y confiaremos en el futuro,
agradecindoles sus sabios consejos y la valiosa colaboracin que querrn
seguir ofrecindonos, como prolongacin del consenso amplio que por voluntad
de Dios nos ha trado a esta cumbre del ministerio apostlico. --A todos los
obispos de la Iglesia de Dios, que representan cada uno a su Iglesia, y todos
ellos juntamente con el Papa a la Iglesia universal en el vnculo de la paz, del
amor y de la unidad (Lumen gentium, 23), y cuya colegialidad queremos
consolidar firmemente solicitando su colaboracin en el gobierno de la Iglesia
universal, sea mediante el Snodo, sea a travs de los dicasterios de la Curia,
en los que ellos toman parte segn las normas establecidas. --A todos
nuestros queridos colaboradores, a quienes corresponde ejecutar fiel y
continuamente nuestra voluntad; ellos tienen el honor de realizar una actividad
que les compromete a una vida de santidad, a un espritu de obediencia, a una
dedicacin apostlica y a un amor ferviente a la Iglesia que sirva de ejemplo a
los dems. Los amamos uno a uno, y pidindoles que continen prestndonos
a nosotros, como a nuestros predecesores, su ya probada fidelidad, estamos
seguro de poder contar con su trabajo preciossimo que nos servir de gran
ayuda. --Saludamos a los sacerdotes y fieles de la dicesis de Roma a ellos
nos une la sucesin de Pedro y el ministerio nico y singular de esta Ctedra
Romana que presido en la caridad universal (cf SAN IGNACIO DE
ANTIOQUIA, Epstola a los romanos, Funk I, 252) -Saludamos de modo
especial a los fieles de nuestra dicesis de Belluno, de la cual procedemos; y a
los que en Venecia nos haban sido confiados como hijos afectuosos y
queridos, en los que pensamos ahora con nostalgia sincera, recordando sus
magnficas obras eclesiales y las energas que hemos dedicado juntos a la
buena causa del Evangelio. --Y abrazamos con amor tambin a todos los
sacerdotes, especialmente a los prrocos y a cuantos se dedican a la cura
directa de las almas, en condiciones muchas veces de penuria o de autntica
pobreza, pero sostenidos al mismo tiempo luminosamente por la gracia de la
vocacin y por el seguimiento heroico de Cristo, pastor y guardin de vuestras
almas (1 Pe 2, 25). A los religiosos, a las religiosas y a los laicos --
Saludamos a los religiosos y religiosas de vida contemplativa o activa, que
siguen irradiando en el mundo el encanto de su adhesin intacta a los ideales
evanglicos; y les rogamos que sin cesar se esmeren para que por medio de
ellos, ante los fieles y los infieles, la Iglesia manifieste de veras cada vez mejor
a Cristo (Lumen gentium, 46). --Saludamos a toda la Iglesia misionera,
animando y aplaudiendo con amor a los hombres y mujeres que ocupan un
puesto de vanguardia en la proclamacin del Evangelio: sepan que entre todos
aquellos a quienes amamos, ellos nos son especialmente queridos; nunca los
olvidaremos en nuestras oraciones y en nuestra solicitud, porque tienen un
puesto privilegiado en nuestro corazn. --A las Asociaciones de Accin
Catlica, as como a los Movimientos de denominacin diversa que contribuyen
con energas nuevas a la vivificacin de la sociedad y a la consecratio mundi,
como levadura en la masa (cf. Mt 13, 33), va todo nuestro aliento y nuestro
apoyo, porque estamos convencido de que su actividad, en colaboracin con la
sagrada jerarqua, es hoy indispensable para la Iglesia. A la juventud y a las
familias - -Saludamos a los adolescentes y a los jvenes, esperanza de un
maana ms limpio, ms sano, ms constructivo, advirtindoles que sepan
distinguir entre el bien y el mal, y realicen el bien con las energas frescas que
poseen, procurando aportar su vitalidad a la Iglesia y para el mundo del
maana. --Saludamos a las familias, santuario domstico de la Iglesia
(Apostolicam actuositatem, 11), ms an, verdadera y propia Iglesia
domstica (Lumen gentium, 11), deseando que en ellas florezcan vocaciones
religiosas y decisiones santas, y que preparen el maana del mundo; les
exhortamos a que se opongan a las perniciosas ideologas del llamado
hedonismo que corroe la vida, y a que formen espritus fuertes, dotados de
generosidad, equilibrio y dedicacin al bien comn. A los que sufren --Pero
queremos enviar un saludo particular a cuantos sufren en el momento
presente; a los enfermos, a los prisioneros, a los emigrantes, a los perseguidos,
a cuantos no logran tener un trabajo o carecen de lo necesario en la dura lucha
por la vida; a cuantos sufren por la coaccin a que est reducida su fe catlica,
que no pueden profesar libremente sino a costa de sus derechos primordiales
de hombres libres y de ciudadanos solcitos y leales. Pensamos de modo
particular en la atormentada regin del Lbano, en la situacin de la Tierra de
Jess, en la faja del Sahel, en la India tan probada, y en todos aquellos hijos y
hermanos que sufren dolorosas privaciones, sea por las condiciones sociales y
polticas, sea a consecuencia de desastres naturales. A las clases sociales
humildes y a los responsables de la marcha del mundo Hombres hermanos de
todo el mundo! Todos estamos empeados en la tarea de lograr que el mundo
alcance una justicia mayor, una paz ms estable, una cooperacin mas
sincera; y por eso invitamos y suplicamos a todos, desde las clases sociales
ms humildes que forman la urdimbre de las naciones, hasta los Jefes
responsables de cada uno de los pueblos, a hacerse instrumentos eficaces y
responsables de un orden nuevo, ms justo y ms sincero. Una aurora de
esperanza flota sobre el mundo, si bien una capa espesa de tinieblas con
siniestros relmpagos de odio, de sangre y de guerra, amenaza a veces con
oscurecerla; el humilde Vicario de Cristo que comienza con temblor y confianza
su misin, se pone a disposicin total de la Iglesia y de la sociedad civil, sin
distincin de razas o ideologas, con el deseo de que amanezca para el mundo
un da ms claro y sereno. Solamente Cristo puede hacer brotar la luz que no
se apaga, porque l es el sol de justicia (cf. Mal 4, 2); pero l pide tambin el
esfuerzo de todos; el nuestro no faltar. Invocacin al Seor, a la Virgen y a
los Santos Pedro y Pablo Pedimos a todos nuestros hijos la ayuda de su
oracin, porque slo en sta esperamos; y nos abandonamos confiados a la
ayuda del Seor quien, al igual que nos ha llamado a la tarea de Representante
suyo en la tierra, no permitir que nos falte su gracia omnipotente. Mara
Santsima, Reina de los Apstoles, ser la flgida estrella de nuestro
pontificado. San Pedro, fundamento de la Iglesia (SAN AMBROSIO, Exp.
Ev. Sec. Lucam, IV, 70; CSEL 32, 4, pg. 175), nos asista con su intercesin y
con su ejemplo de fe invicta y de generosidad humana. San Pablo nos gue en
el impulso apostlico dirigido a todos los pueblos de la tierra; nos asistan
nuestros santos Patronos. Y en el nombre del Padre y del Hijo y del Espritu
Santo impartimos al mundo nuestra primera y afectuossima bendicin
apostlica.

2. COMUNION ECLESIAL EN TORNO A LA SEDE DE PEDRO
Discurso al Sacro Colegio Cardenalicio
Venerables hermanos: Con inmensa alegra os vemos reunidos con nosotros
en este encuentro, que hemos deseado vivamente y del cual vuestra cortesa
nos permite ahora gustar el gozo y el consuelo. Los cardenales Sentimos, en
efecto, apremiante la necesidad no slo de renovaros la expresin de nuestra
gratitud por el consenso --que no cesa realmente de sorprendernos y
confundirnos-- reservado por vosotros a nuestra humilde persona; sino tambin
de testimoniaros la confianza que ponemos en vuestra fraterna y asidua
colaboracin. El peso que el Seor, con los inescrutables designios de su
providencia ha querido poner sobre nuestros frgiles hombros, nos resultara
ciertamente demasiado gravoso, si no supiramos que podemos contar con la
omnipotente fuerza de su gracia y adems con la afectuosa comprensin y
operante solidaridad de hermanos tan distinguidos por doctrina y sabidura, tan
experimentados en el gobierno pastoral y tan metidos en las cosas de Dios y
en las de los hombres. La Curia Romana Aprovechamos, por tanto, esta
circunstancia para declarar que contamos ante todo con la ayuda de los
seores cardenales que quedarn junto a nosotros, en esta alma Ciudad, al
frente de los varias dicasterios, de que se compone la Curia Romana. Las
tareas pastorales, a las que sucesivamente la Providencia divina nos ha
llamado en los aos pasados, se han desarrollado siempre lejos de estos
complejos organismos, que ofrecen al Vicario de Cristo la posibilidad concreta
de ejercer el servicio apostlico, del que l es deudor a toda la Iglesia, y
aseguran de tal modo la articulacin orgnica de las legtimas autonomas,
dentro del respeto indispensable de esa unidad esencial de disciplina, adems
de la de la fe, por la que Cristo rez en la inmediata vigilia de su pasin (cf. Jn
17,11. 21-23). No nos cuesta trabajo reconocer nuestra inexperiencia en un
sector tan delicado de la vida eclesial. Nos proponemos, pues, recoger las
sugerencias que nos vengan de tan excelentes colaboradores, entrando, por
as decir, en la escuela de quienes por los mritos adquiridos en un servicio de
tan gran importancia, son muy dignos de nuestra plena confianza y de nuestro
agradecido reconocimiento. El Colegio Episcopal Nuestro pensamiento se
dirige luego, venerados hermanos, a los que os disponis a regresar a vuestras
Sedes episcopales, para continuar el cuidado pastoral de las Iglesias, que el
Espritu os ha confiado (cf. Act. 20, 28), y pregustis ya en el nimo el gozo del
encuentro con tantos hijos vuestros, ya bien conocidos y tiernamente amados.
Es un gozo ste, que a nosotros no nos ser concedido. El Seor conoce la
nostalgia que esta renuncia suscita en nuestro corazn. A pesar de todo l, en
su bondad, sabe atenuar la pena de la separacin con la perspectiva de una
paternidad ms amplia. l nos conforta, de modo particular, con el don
inestimable de vuestra cordial y sincera devocin, en la que nos parece sentir
vibrar la devocin de todos los obispos del mundo, unidos a esta Sede
Apostlica con los vnculos slidos de una comunin que cruza los espacios,
ignora las diversidades de raza, se enriquece de los valores autnticos,
presentes en las varias culturas, hace de pueblos distantes entre s por
ubicacin geogrfica, por lengua y mentalidad, una nica gran familia. Cmo
no sentirse invadidos por una ala de serenante confianza ante el espectculo
maravilloso, que se ofrece a la absorta contemplacin del espritu, estimulado
por vuestra presencia a extenderse en direccin de los cinco continentes, cada
uno de los cuales tiene en vosotros tan significativos y dignos representantes?
La Iglesia universal y las Iglesias particulares Esta vuestra esplndida
asamblea pone ante nuestros ojos una imagen elocuente de la Iglesia de
Cristo, cuya unidad catlica ya conmova al gran Agustn y lo induca a poner
en guardia las pequeas ramas de cada una de las Iglesias particulares a
no separarse ex ipsa magna arbore quae ramorum suorum porrectione tote orle
diffunditur (Ep. 185 ad Bonifacium, nm. 8, 32). Bien sabemos nosotros que
hemos sido constituidos signo e instrumento de esta unidad (cf. Const. Dogm.
Lumen gentium, nm. 22, 2; 23, 1); y es nuestro propsito dedicar todas
nuestras energas a su defensa y a su incremento, animados para ello por la
seguridad de poder contar con la accin iluminada y generosa de cada uno de
vosotros. No pretendemos aqu volver a trazar las grandes lneas de nuestro
programa, que os son ya conocidas. Quisiramos solamente reafirmar en este
momento, junto con todos vosotros, el compromiso de una disponibilidad total a
las mociones del Espritu para el bien de la Iglesia, a la que en el da de la
elevacin a la prpura cardenalicia cada uno de nosotros prometi servir usque
ad sanguinis effusionem (hasta la efusin de la sangre). La tarea de confirmar a
los hermanos Venerables hermanos: Cuando el sbado pasado nos
encontramos ante la peligrosa decisin de un S , que habra de poner sobre
nuestros hombros el formidable peso del ministerio apostlico, alguno de
vosotros nos susurr al odo palabras que invitaban a tener confianza y nimo.
Sanos permitido ahora, convertido ya en Vicario de Aquel que dej a Pedro la
consigna de confirmar a los hermanos (Lc 22, 32), sanos permitido
animaros a vosotros, que os disponis a reanudar vuestras respectivas
actividades eclesiales, a confiar, con firmeza viril, incluso en esta hora tan
difcil, en la ayuda de Cristo que nunca falta; l nos repite tambin a nosotros,
hoy, las palabras pronunciadas cuando las tinieblas de la pasin se cernan ya
densamente sobre l y sobre el primer ncleo de los creyentes: Confiad, yo
he vencido al mundo (Jn 16, 33). En el nombre de Cristo y como prenda de
nuestra paterna benevolencia, os impartimos con efusin de sentimientos a
vosotros, a vuestros colaboradores y a todas las almas confiadas a vuestro
cuidado pastoral, las primicias de nuestra propiciatoria bendicin apostlica.
3. PAZ Y PROGRESO PARA TODOS LOS HOMBRES Y PARA TODOS
LOS PUEBLOS
Discurso al Cuerpo Diplomtico acreditado ante la Santa Sede
Excelencias, seoras, seores: Agradecemos vivamente a vuestro digno
intrprete sus palabras llenas de deferencia, ms an, de benevolencia y de
confianza. Nuestro primer impulso sera el de confesaros nuestra confusin
ante tales expresiones que nos honran y estos sentimientos que nos confortan.
Pero sabemos muy bien que este homenaje y este testimonio de adhesin van
dirigidos, a travs de nuestra persona, a la Santa Sede, a su misin altamente
espiritual y humana, a la Iglesia catlica, cuyos hijos desean sobre todo
edificar, en unin con sus hermanos, un mundo ms justa y ms armonioso.
La misin universal del Papa No habamos tenido an el honor de conoceros.
Nuestro ministerio se haba limitado hasta ahora a las dicesis que nos haban
sido confiadas y a los deberes pastorales que ello comportaba en Vittorio
Veneto y Venecia. Esto era ya, sin embargo, participacin en el servicio de la
Iglesia universal. Pero ahora en esta Sede del Apstol Pedro, nuestra misin
se ha hecho ya efectivamente universal y nos pone en relacin no slo con
todos nuestros hijos catlicos, sino tambin con todos los pueblos, con sus
representantes cualificados y especialmente con los diplomticos de los pases
que han querido establecer relaciones de este orden con la Santa Sede. Bajo
este ttulo, nos sentimos muy feliz de acogeros aqu, de expresaros nuestra
estima y confianza y el aprecio que tenemos de vuestra noble funcin; feliz
tambin de saludar a travs de vuestras personas a cada una de las naciones
que representis y que miramos con respeto y simpata, formulando fervientes
votos de progreso y de paz. Estas naciones irn adquiriendo para Nos un
aspecto an ms concreto a medida que vayamos encontrando no slo a los
obispos y a los fieles, sino tambin a los responsables civiles. Todo el mundo
sabe lo que nuestro venerado predecesor ha llevado a cabo en este campo de
las relaciones diplomticas. Bajo su pontificado, las Misiones de las que
vosotros sois jefes se han multiplicado. Nos deseamos tambin que tales
relaciones sean cada vez ms cordiales y fructuosas, para el bien de vuestros
conciudadanos, para el bien de la Iglesia en vuestros pases, para el bien de la
concordia universal. Por otra parte, las relaciones que podis tener entre
vosotros mismos, cerca de la Santa Sede, tambin favorecen asimismo la
comprensin y la paz. Os ofrecemos nuestra sincera colaboracin, segn
nuestros medios propios. Misin espiritual y pastoral Ciertamente, en la gama
amplia de los puestos diplomticos, vuestra funcin aqu es sui generis, como
lo son la misin y la competencia de la Santa Sede. La Iglesia quiere crear una
civilizacin nueva impregnada de esperanza Evidentemente no tenemos ningn
bien temporal que intercambiar ni ningn inters econmico que discutir, como
los tienen vuestros Estados. Nuestras posibilidades de intervencin diplomtica
son limitadas y peculiares. Esta no se inmiscuye en los asuntos puramente
temporales, tcnicos y polticos, que son competencia de vuestros Gobiernos.
En este sentido, nuestras Representaciones diplomticas ante las ms altos
autoridades civiles, bien lejos de ser una supervivencia del pasado, testimonian
a la vez nuestro respeto hacia el poder temporal legtimo y el inters muy vivo
prestado a las causas humanas que este poder est destinado a promover. De
la misma manera vosotros sois aqu los portavoces de vuestros Gobiernos y los
testigos atentos de la obra espiritual de la Santa Sede. Por ambas partes hay
presencia, respeto, intercambio, colaboracin, sin confusin de competencias.
Al servicio de la comunidad internacional Nuestros servicios, pues, son de dos
rdenes. Se puede dar, si nosotros somos invitados a ello, una participacin de
la Santa Sede como tal, a nivel de vuestros Gobiernos o de las instancias
internacionales, para la bsqueda de las soluciones mejores de los grandes
problemas en los que estn en juego la distensin, el desarme, la paz, la
justicia, las medidas o las ayudas humanitarias, el desarrollo... Nuestros
representantes o delegados intervienen entonces, vosotros lo sabis, con una
palabra libre y desinteresada. Esta es una forma apreciable de asistencia o
ayuda mutua que la Santa Sede tiene la posibilidad de aportar, gracias al
reconocimiento internacional de que goza y a la representacin del conjunto del
mundo catlico que asegura. Nos estamos dispuesto a proseguir en este
campo la actividad diplomtica e internacional ya emprendida, en la medida en
que la participacin de la Santa Sede pueda resultar deseada, fructuosa y
correspondiente a nuestros medios. En la lnea del Concilio y de las
enseanzas de Pablo VI Pero nuestra accin al servicio de la comunidad
internacional se coloca tambin --y Nos diramos, sobre todo-- en otro plano,
que se podra calificar ms especficamente de pastoral y que es propio de la
Iglesia. Se trata de contribuir, a travs de los documentos y esfuerzos de la
Sede Apostlica y de nuestros colaboradores de toda la Iglesia, a iluminar y
formar las conciencias, de los cristianos en primer lugar, pero tambin de los
hombres de buena voluntad --influyendo por medio de ellos en una opinin
pblica ms amplia--, sobre los principios fundamentales que garanticen una
civilizacin autntica y una fraternidad real entre los pueblos: respeto del
prjimo, de su vida, de su dignidad, inters por su desarrollo espiritual y social,
paciencia y voluntad de reconciliacin en la edificacin tan vulnerable de la paz;
en una palabra, todos los derechos y deberes de la vida en sociedad y de la
vida internacional, tal como los expusieron la Constitucin conciliar Gaudium et
spes y tantos mensajes del llorado Papa Pablo VI. Estas actitudes, que los
fieles cristianos adoptan o deberan adoptar para su salvacin segn la lgica
del amor evanglico, contribuyen a transformar progresivamente las relaciones
humanas, el entramado social y las instituciones; y ayudan a los pueblos y a la
comunidad internacional a asegurar mejor las condiciones del bien comn y a
encontrar el sentido ltimo de su marcha hacia adelante. Tienen un impacto
cvico y poltico. Vuestros pases buscan construir una civilizacin moderna,
con unos esfuerzos a menudo geniales y generosos, que cuentan con toda
nuestra simpata y nuestro aliento en cuanto ellos se ajustan a las leyes
morales inscritas por el Creador en el corazn humano. Ahora bien, esta
civilizacin, no tiene necesidad de una energa espiritual nueva, de un amor
sin fronteras, de una esperanza firme? He aqu la contribucin que con toda la
Iglesia y siguiendo a nuestro predecesor, queremos prestar al mundo. Cierto,
somos muy pequeo y muy dbil para ello. Pero tenemos confianza en la
ayuda de Dios. La Santa Sede pondr en esto todos sus esfuerzos. La cosa
merece tambin todo vuestro inters. Desde hoy, nuestros votos ms cordiales
os acompaan en la misin que vais a proseguir ante Nos como lo habis
hecho ante el Papa Pablo VI. Invocamos sobre cada una de vuestras personas,
familias, pases que representis, y sobre todos los pueblos del mundo,
abundantes bendiciones del Altsimo.
4. POR LA COMUNICACION A LA PLENA Y AUTENTICA COMUNION

Discurso a los representantes de la prensa y de los medios audiovisuales
Egregios seores y queridos hijos: Nos alegramos de poder recibir ya en la
primera semana de nuestro pontificado una representacin tan calificada y
numerosa del mundo de las comunicaciones sociales, reunida en Roma con
ocasin de dos acontecimientos, que han tenido un profundo significado para la
Iglesia catlica y para el mundo entero: la muerte de nuestro llorado predecesor
Pablo VI y el reciente Cnclave, en el cual ha sido colocado sobre nuestros
humildes y frgiles hombros el peso formidable del servicio eclesial de Sumo
Pastor. Servicio a la opinin pblica Este grato encuentro nos permite
agradeceros los sacrificios y fatigas que habis afrontado durante el mes de
agosto para servir a la opinin pblica mundial --tambin el vuestro es un
servicio y muy importante--, ofreciendo a vuestros lectores, oyentes y
telespectadores, con la rapidez y prontitud que requiere vuestra responsable y
delicada profesin, la posibilidad de participar en estos histricos
acontecimientos, en su dimensin religiosa y en su profunda conexin con los
valores humanos y las esperanzas de la sociedad de hoy. Queremos
expresaros en particular nuestra gratitud por el empeo que habis puesto
estos das, para dar a conocer mejor a la opinin pblica la figura, las
enseanzas, la obra y el ejemplo de Pablo VI, y por la sensibilidad y esmero
con que habis tratado de captar y dar a conocer en vuestros amplios
comentarios, como tambin en la multitud de imgenes que habis transmitido
desde Roma, la expectacin reinante en esta ciudad, en la Iglesia catlica y en
todo el mundo, de un nuevo Pastor que asegurase la continuidad de la misin
de Pedro. Promesa de colaboracin La sagrada herencia que nos han dejado
el Concilio Vaticano II y nuestros predecesores Juan XXIII y Pablo VI, de
querida y santa memoria, nos exige la promesa de una atencin especial, de
una colaboracin franca, honesta y eficaz con los instrumentos de
comunicacin social, que vosotros representis aqu dignamente. Es una
promesa que os hacemos con mucho gusto, consciente como somos de la
funcin cada vez ms importante que los medios de comunicacin social han
ido asumiendo en la vida del hombre moderno. No nos pasinadvertidos los
riesgos de masificacin y de despersonalizacin, que dichos medios
comportan, con las consiguientes amenazas para la interioridad del individuo,
para su capacidad de reflexin personal y para su objetividad de juicio. Pero
conocemos tambin las posibilidades nuevas y felices que los citados medios
ofrecen al hombre de hoy, para conocer mejor y acercarse a los propios
semejantes, para percibir ms de cerca el ansia de justicia, de paz, de
fraternidad, para instaurar con ellos vnculos ms profundos de participacin,
de comprensin, de solidaridad en orden a un mundo ms justo y humano. En
una palabra, conocemos la meta ideal hacia la que cada uno de vosotros, a
pesar de las dificultades y desilusiones, orienta el propio esfuerzo: la de llegar a
travs de la comunicacin a una ms autntica y plena comunin . Es la
meta hacia la que aspira tambin, como bien podis comprender, el corazn
del Vicario de Aquel, que nos ha enseado a invocar a Dios como Padre nico
y amoroso de todo ser humana. Antes de dar a cada uno de vosotros y a
vuestras familias nuestra bendicin especial, que quisiramos extender a todos
los colaboradores de los rganos de informacin que representis, agencias,
peridicos, radios y televisiones, queremos aseguraros el aprecio que sentimos
hacia vuestra profesin y el cuidado que tendremos de facilitar vuestra noble y
difcil misin en el espritu de las indicaciones del Decreto Conciliar Inter
mirifica y la Instruccin Pastoral Communio et progressio. La Iglesia en los
medios de comunicacin social Con ocasin de acontecimientos de mayor
relieve o de la publicacin de documentos importantes de la Santa Sede,
tendris que presentar frecuentemente a la Iglesia, hablar de la Iglesia, tendris
que comentar, a veces, nuestro humilde ministerio. Estamos seguro de que lo
haris con amor a la verdad y con respeto de la dignidad humana, porque tal es
la finalidad de toda comunicacin social. Os pedimos que tratis de contribuir
tambin vosotros a salvaguardar en la sociedad de hay aquella profunda
estima de las cosas de Dios y de la misteriosa relacin entre Dios y cada uno
de nosotros, que constituye la dimensin sagrada de la realidad humana.
Tratad de comprender las razones profundas por las que el Papa, la Iglesia y
sus Pastores deben pedir a veces, en el ejercicio de su servicio apostlico,
espritu de sacrificio, de generosidad, de renuncia para edificar un mundo de
justicia, de amor y de paz. Con la seguridad de conservar tambin en el futuro
el lazo espiritual iniciado con este encuentro, os concedemos de todo corazn
nuestra bendicin apostlica. 5. SUCESOR DE PEDRO EN LA SEDE DE
ROMA Homila en la Misa del comienzo del ministerio del Supremo Pastor
Venerados hermanos e hijos queridsimos: En esta celebracin sagrada, con la
que damos comienzo solemne al ministerio de Sumo Pastor, que ha sido
puesto sobre nuestros hombros, el primer pensamiento de adoracin y splica
se dirige a Dios, infinito y eterno, el cual, con una decisin suya humanamente
inexplicable y por su benignsima dignacin, nos ha elevado a la Ctedra de
San Pedro. Brotan espontneamente de nuestros labios las palabras de San
Pablo: Oh profundidad de la riqueza, de la sabidura y de la ciencia de Dios!
Cun insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! (Rom 11,
33). Todo el Pueblo de Dios reunido en torno al Papa Nuestro pensamiento va
despus, con paterno y afectuoso saludo, a toda la Iglesia de Cristo; a esta
asamblea que casi la representa en este lugar --cargado de piedad, de religin
y de arte--, que guarda celosamente la tumba del Prncipe de los Apstoles; y
tambin a la Iglesia que nos est viendo y escuchando en estos momentos a
travs de los modernos instrumentos de comunicacin social. Saludamos a
todos los miembros del Pueblo de Dios: a los cardenales, obispos, sacerdotes,
religiosos, religiosas, misioneros, seminaristas, seglares empeados en el
apostolado y en las diversas profesiones; a los hombres de la poltica, de la
cultura, del arte, de la economa; a los padres y madres de familia, a los
obreros, a los emigrantes, a los jvenes de ambos sexos, a los nios, a los
enfermos, a los que sufren, a los pobres. Queremos dirigir asimismo nuestro
saludo respetuoso y cordial a todos los hombres del mundo, a quienes
consideramos y amamos como hermanos, porque son hijos del mismo Padre
celestial y hermanos todos en Cristo Jess (cf. Mt. 23, 8 ss.). Hemos querido
iniciar esta homila en latn, porque --como es bien sabido-- es la lengua oficial
de la Iglesia, cuya universalidad y unidad expresa de manera patente y eficaz.
La misin de Pedro en la Iglesia La Palabra de Dios que acabamos de
escuchar, nos ha presentado como en un crescendo, ante todo a la Iglesia,
prefigurada y entrevista por el profeta Isaas (cf. Is 2, 2-5) como el nuevo
Templo, hacia el que confluyen las gentes desde todas las portes del mundo,
deseosas de conocer la ley de Dios y observarla dcilmente, mientras las
terribles armas de guerra son transformadas en instrumentos de paz. Pero este
nuevo Templo misterioso, polo de atraccin de la nueva humanidad --nos
recuerda San Pedro--, tiene una piedra angular, viva, escogida, preciosa (cf. 1
Pe 2, 4-9), que es Jesucristo, el cual ha fundado su Iglesia sobre los Apstoles
y la ha edificado sobre San Pedro, Cabeza de ellos (Lumen gentium, 19). T
eres Pedro y sobre esta piedra edificar yo mi Iglesia (Mt 16,18): son las
palabras graves, importantes y solemnes que Jess dirige a Simn, el hijo de
Juan, en Cesrea de Filipo, despus de la profesin de fe que no ha sido el
producto de la lgica humana del pescador de Betsaida, o la expresin de una
particular perspicacia suya, o el efecto de una mocin sicolgica; sino el fruto
misterioso y singular de una autntica revelacin del Padre celestial. Y Jess
cambia a Simn su nombre, ponindole el de Pedro, significando con ello la
entrega de una misin especial; le promete edificar sobre l su Iglesia, sobre la
cual no prevalecern las fuerzas del mal o de la muerte; le entrega las llaves
del Reino de Dios, nombrndolo as mximo responsable de su Iglesia, y le da
el poder de interpretar autnticamente la ley divina. Ante estos privilegios, o
mejor dicho, ante estas tareas sobrehumanas confiadas a Pedro, San Agustn
nos advierte: Pedro, por su naturaleza, era simplemente un hombre; por la
gracia, un cristiano; por una gracia todava ms abundante, uno y a la vez el
primero de los Apstoles (SAN AGUSTN, In Ioannis Evang. tract., 124, 5; PL
35, 1973). Con atnita y comprensible emocin, pero tambin con una
confianza inmensa en la gracia omnipotente de Dios y en la oracin ferviente
de la Iglesia, hemos aceptado ser el Sucesor de Pedro en la sede de Roma,
tomando el yugo que Cristo ha querido poner sobre nuestros frgiles
hombros. Y nos parece escuchar como dirigidas a Nos, las palabras que segn
San Efrn, Cristo dirige a Pedro: Simn, mi apstol, yo te he constituido
fundamento de la Santa Iglesia. Yo te he llamado ya desde el principio Pedro
porque t sostendrs todos los edificios; t eres el superintendente de todos los
que edificarn la Iglesia sobre la tierra;... t eres el manantial de la fuente, de la
que mana mi doctrina;... t eres la cabeza de mis apstoles;... yo te he dada las
llaves de mi reino (S. EFRN, Sermones in hebdomadam sanctam, 4, 1;
LAMY T. J., S. Ephraem Syri hymni et sermones, 1,412). Roma, centro de la
unidad y de la caridad Desde el primer momento de nuestra eleccin y en los
das siguientes, nos hemos sentido profundamente impresionado y animado
por las manifestaciones de afecto de nuestros hijos de Roma y tambin de
aquellos que, de todo el mundo, nos hacen llegar el eco de su incontenible
gozo por el hecho de que una vez ms Dios ha dado a la Iglesia su Cabeza
visible. Resuenan de nuevo espontneas en nuestro espritu las conmovedoras
palabras que nuestro gran Predecesor, San Len Magno, diriga a los fieles
romanos: No deja de presidir su sede San Pedro, y est vinculado al
Sacerdote eterno en una unidad que nunca falla... Y por eso todas las
demostraciones de afecto que, por complacencia fraterna o piedad filial, habis
dirigido a Nos, reconoced con mayor devocin y verdad que las habis dirigido
conmigo a aquel cuya sede nos gozamos no tanto en presidir, como en servir
(S. LEN MAGNO, Sermo V, 4-5; PL 54, 155-156). S, nuestra presidencia en
la caridad es un servicio y, al afirmarlo, pensamos no solamente en nuestros
hermanos e hijos catlicos, sino asimismo en todos aquellos que quieren
tambin ser discpulos de Jesucristo, honrar a Dios y trabajar por el bien de la
humanidad. En este sentido, dirigimos un saludo afectuoso y agradecido a las
Delegaciones de las otras Iglesias y comunidades eclesiales, aqu presentes.
Hermanos todava no en plena comunin, dirijmonos juntos hacia Cristo
Salvador, avanzando unos y otros en la santidad que l quiere para nosotros y,
juntos en el recproco amor sin el cual no existe cristianismo, preparando los
caminos de la unidad en la fe, en el respeto de su verdad y del ministerio que l
ha confiado, para su Iglesia, a sus Apstoles y a sus Sucesores. Al servicio de
todos los hombres y de todos los pueblos Debemos dirigir adems un saludo
particular a los Jefes de Estado y a los miembros de las Misiones
extraordinarias. Nos sentimos profundamente conmovido por vuestra
presencia, bien sea que estis al frente de los altos destinos de vuestro pas,
bien que representis a vuestros Gobiernos o a Organizaciones
Internacionales. Lo agradecemos vivamente. Vemos en tal participacin la
estima y la confianza en que vosotros tenis a la Santa Sede y a la Iglesia,
humilde mensajera del Evangelio en todos los pueblos de la tierra para ayudar
a crear un clima de justicia, de fraternidad, de solidaridad y de esperanza, sin el
que no se podra vivir en el mundo. Todos los presentes, grandes y pequeos,
estn seguros de nuestra disponibilidad a servirles segn el espritu del Seor.
El Papa comienza su ministerio apostlico invocando a la Virgen y con la
atencin centrada en Cristo Rodeado de vuestro amor y sostenido por vuestra
oracin, comenzamos nuestro servicio apostlico invocando, cual esplndida
estrella de nuestro camino, a la Madre de Dios, Mara, Salus populi romani y
Mater Ecclesiae, que la liturgia venera de manera particular en este mes de
septiembre. La Virgen, que ha guiado con delicada ternura nuestra vida de
nio, de seminarista, de sacerdote y de obispo, contine iluminando y
dirigiendo nuestros pesos, para que, convertidos en voz de Pedro, con los ojos
y la mente fijos en su Hijo, Jess, proclamemos al mundo con alegre firmeza,
nuestra profesin de fe: T eres el Mesas, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16).
Amn.
6. MISION UNIVERSAL DE LA SANTA SEDE AL SERVICIO DE LA
EVANGELIZACION, DE LA J USTICIA, DEL DESARROLLO Y DE LA PAZ
Discurso a las Misiones especiales presentes en la Misa del comienzo del
ministerio del Supremo Pastor
Excelencias, seoras y seores: En la celebracin de ayer, slo pudimos
dirigiros un breve saludo. Hoy queremos manifestaros la alegra, la emocin y
el honor que nos ha proporcionado vuestra participacin en la inauguracin de
nuestro Pontificado. Os somos deudores de enorme gratitud, a vosotros
personalmente, en primer lugar, y a los pases u Organizaciones
internacionales que representis. Pedro y sus sucesores Este homenaje de
tantas naciones resulta muy hermoso y alentador. No es que nuestra persona
lo haya merecido: ayer ramos nicamente un sacerdote y un obispo de una
provincia de Italia, entregado con todas sus energas y talentos al apostolado
que se le habla confiado. Y he aqu que hoy hemos sido llamado a la Sede del
Apstol Pedro. Somos heredero de su gran misin universal, que l recibi por
pura gracia de manos de Nuestro Seor Jesucristo, quien es, segn la fe
cristiana, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Pensamos con frecuencia en esta
frase del Apstol Pablo: Llevamos este tesoro en vasos de barro, para que la
excelencia del poder sea de Dios y no parezca nuestra (2 Cor 4, 7).
Felizmente tampoco nosotros estamos solo: actuamos en comunin con los
obispos de la Iglesia catlica extendida por todo el mundo. As, pues, nos llena
de gozo el hecho de que vuestro homenaje va ms all de la benevolencia
prestada a nuestra persona, y se convierte ante nuestros ojos en signo del
atractivo continuo y fascinante que ejercen en nuestro universo el Evangelio y
las cosas de Dios; y manifiesta asimismo la estima y confianza de casi todos
los pueblos hacia la Iglesia y la Santa Sede, hacia sus mltiples actividades,
tanto en el campo propiamente espiritual como en el servicio a la justicia, al
desarrollo y a la paz. Hay que aadir que la accin de los ltimos Papas, sobre
todo de nuestro venerado Predecesor Pablo VI, ha contribuido enormemente a
esta irradiacin internacional. Derechos y libertades de los hijos de Dios En
cuanto a nosotros y segn nuestras posibilidades, estamos dispuesto a
proseguir esta obra desinteresada y a apoyar a los colaboradores nuestros que
trabajan en ella. Si bien no conocemos personalmente todos vuestros pases, y
desgraciadamente no podemos hablaros a cada uno en su lengua materna,
nuestro corazn est plenamente abierto a todos los pueblos y a todas las
razas, con el deseo de que cada uno encuentre su puesto en el concierto de
las naciones y desarrolle los dones que Dios le ha dado, en la paz, gracias a la
comprensin y a la solidaridad de los dems. Nada de lo que es
verdaderamente humano nos ser ajeno. Es verdad que no poseemos
soluciones milagrosas para los grandes problemas mundiales. Pero podemos
aportar algo muy preciado: un espritu que ayude a solventar estos problemas y
los site en un enfoque que es esencial, el de la caridad universal y el de la
apertura a los valores trascendentes, es decir, la apertura a Dios.
Procuraremos cumplir este servicio con lenguaje sencillo, claro y confiado.
Queremos contar tambin con vuestra colaboracin benevolente. Deseamos
en primer lugar que las comunidades cristianas gocen siempre, en vuestros
pases, del respeto y de la libertad a que tiene derecho toda conciencia
religiosa, y se d un lugar justo a su colaboracin en la prosecucin del bien
comn. Asimismo estamos seguro de que seguiris acogiendo favorablemente
las iniciativas de la Santa Sede, cuando sta se propone servir a la comunidad
internacional, recordar las exigencias de una vida sana en sociedad, defender
los derechos y la dignidad de todos los hombres, especialmente de los
pequeos y de las minoras. De nuevo, gracias por vuestra visita. De todo
corazn invocamos la ayuda de Dios sobre vosotros, sobre vuestras familias y
sobre todos y cada uno de vuestros pases y de las Organizaciones mundiales
que representis. Que Dios mantenga lcidos nuestros espritus y nuestros
corazones en la paz, en el desempeo de nuestras grandes responsabilidades.
7. MANTENER LA GRAN DISCIPLINA DE LA IGLESIA EN LA VIDA DE LOS
SACERDOTES Y DE LOS FIELES
Discurso al clero de Roma
Agradezco vivamente al cardenal Vicario las felicitaciones que me ha dirigido
en nombre de todos los presentes. S cmo ha ayudado, fiel y eficazmente a
mi inolvidable Predecesor; espero que seguir colaborando tambin conmigo.
Saludo con afecto al arzobispo vice-gerente, a los obispos auxiliares, a cuantos
trabajan en los varias centros y oficinas del Vicariato; a cada uno de los
sacerdotes con cura de almas en el mbito de la dicesis y de su distrito: a los
prrocos, en primer lugar, a sus colaboradores, a los religiosos y, a travs de
ellos, a las familias cristianas y a los fieles. Quiz hayis advertido que ya
cuando habl a los cardenales en la Capilla Sixtina, alud a la gran disciplina
de la Iglesia que deba mantenerse en la vida de los sacerdotes y de los
fieles. Sobre este tema habl con frecuencia mi venerado Predecesor, y sobre
lo mismo me permito hablaros brevsimamente con confianza de hermano en
este primer encuentro. Fomentar el recogimiento interior Hay una disciplina
pequea , que se limita a la observancia puramente externa y formal de
normas jurdicas. Pero yo quisiera hablar de la disciplina grande . Esta
existe slo cuando la observancia externa es fruto de convicciones profundas y
proyeccin libre y gozosa de una vida vivida ntimamente con Dios. Se trata --
escribe el abad Chautard-- de la accin de un alma, que reacciona
continuamente para dominar sus malos inclinaciones y para ir adquiriendo poco
a poco la costumbre de juzgar y de comportase en todas las circunstancias de
la vida, segn las mximas del Evangelio y los ejemplos de Jess. Dominar
las inclinaciones es disciplina. La frase poco a poco indica disciplina, que
requiere esfuerzo constante, prolongado, nada fcil. Incluso los ngeles que vio
Jacob en sueos no volaban, sino que suban los escalones uno a uno;
figurmonos nosotros, que somos pobres hombres sin alas! La gran
disciplina requiere un clima adecuado. Ante todo, el recogimiento. Una vez
sucedi en la estacin de Miln que vi a un maletero durmiendo pacficamente
junta a una columna y apoyada la cabeza en un saco de carbn... los trenes
partan silbando y llegaban chirriando con las ruedas; los altavoces daban sin
cesar avisos que aturdan; la gente iba y vena con ruido y jaleo, pero el
hombre segua durmiendo y pareca decir: Haced lo que os plazca, porque yo
tengo necesidad de quietud . Algo parecido deberamos hacer los sacerdotes:
a nuestro alrededor hay movimiento incesante y las personas, los peridicos,
las radios, las televisiones no paran de hablar. Con mesura y disciplina
sacerdotal debemos decir: Ms all de ciertos lmites, para m, que soy
sacerdote del Seor, vosotros no exists; yo tengo que reservarme un poco de
silencio para mi alma; me alejo de vosotros para unirme a mi Dios . Dialogar
con Dios y dialogar con los hombres Comprobar que su sacerdote est
habitualmente unido a Dios es hoy el deseo de muchos fieles buenos. Estos
razonan como el abogado de Lin, cuando volva de visitar al Cura de Ars.
Qu ha vista usted en Ars? , le preguntaron. Respuesta: He visto a Dios en
un hombre . Anlogos son los razonamientos de San Gregorio Magno. Este
desea que el pastor de almas dialogue con Dios sin olvidar a los hombres, y
dialogue con los hombres sin olvidar a Dios. Y dice: Huya el pastor de la
tentacin de querer ser amado por los fieles en vez de por Dios, o de ser
demasiado dbil por miedo a perder el afecto de los hombres; no sea que corra
el riesgo de que Dios le reprenda as: 'Ay de los que se hacen cintajos para
todas las articulaciones de las manos!' (Ez 13,18). El pastor --termina diciendo--
debe procurare ser amado, claro est, pero a fin de ser escuchado, no
buscando este afecto para provecho propio (cf. Regula pastoralis 1, II, c. VIII).
Ejercer el gobierno pastoral como servicio Los sacerdotes son todos guas y
pastores en un cierto grado; pero tienen todos concepto cabal de lo que
supone ser verdaderamente pastor de una Iglesia particular, es decir, obispo?
Jess, Pastor supremo, dijo de s mismo por una parte: Me ha sido dada todo
poder en el cielo y en la tierra (Mt 28,18), y por otra aadi: He venido a
servir (cf. Mt 20, 28), y lav los pies a sus Apstoles. Por tanto, en l iban
unidos a la vez poder y servicio. Algo parecido se dice de los Apstoles y de los
obispos: Praesumas --deca Agustn--si prossumus (Miscellanea Augustiniana,
Romae 1930, t. I, pg. 565). Nosotros los obispos gobernamos slo si
servimos: nuestro gobierno es cabal si se concreta en servicio o se ejerce con
miras al servicio, con espritu y estilo de servicio. Sin embargo, este servicio
episcopal fallara si el obispo no quisiera ejercer los poderes recibidos. Sigue
diciendo San Agustn: el obispo que no sirve a la gente (predicando, guiando)
es slo un foeneus custos, un espantapjaros colocado en los viedos para
que los pjaros no piquen las uvas (ib. 568). Por ello est escrito en la Lumen
gentium: los obispos gobiernan... con los consejos, las exhortaciones, los
ejemplos, pero tambin con la autoridad y la sacra potestad (Lumen gentium,
27). Cumplir la voluntad de Dios Otro elemento de la disciplina sacerdotal es
el amor al propio puesto. Lo s, no es fcil amar el puesto y seguir en l
cuando las cosas no van bien, cuando se tiene la impresin de no ser
comprendido ni alentado, cuando la inevitable confrontacin con el puesto
asignado a otros nos llevara a sentirnos tristes y desanimados. Pero es que
no trabajamos por el Seor? La asctica nos ensea: no mires a quin
obedeces, sino por Quin obedeces. El reflexionar tambin ayuda. Yo soy
obispo desde hace veinte aos: muchas veces he sufrido por no poder premiar
a alguno, que lo mereca de verdad; pero o no haba puesto-premio, o no saba
cmo sustituir a la persona, o sobrevenan circunstancias adversas. Por otra
porte, San Francisco de Sales ha escrito: No hay ninguna vocacin que no
tenga sus contratiempos, sus amarguras y sus disgustos. Aparte de los que
estn plenamente resignados a la voluntad de Dios, cada uno deseara cambiar
la propia condicin por la de los otros. Los que son obispos no querran serlo;
los que estn casados querran no estarlo, y los que no lo estn desearan
casarse. De dnde nace esta inquietud generalizada de los espritus, sino de
una cierta alergia a lo que es obligacin y de un espritu no bueno que nos lleva
a suponer que los otros estn mejor que nosotros? (SAN FRANCISCO DE
SALES, Oeuvres, edic. Annecy, t. XII, 348-9). He hablado a la llana y os pido
disculpas por ello. Pero os puedo asegurar que desde que he llegado a ser
Obispo vuestro os amo mucho. Y con el corazn lleno de amor os imparto la
bendicin apostlica.

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