La Responsabilidad Del Paciente
La Responsabilidad Del Paciente
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Las reseas que acompaan las publicaciones aqu destacadas fueron extractadas de
las mismas con el fin de brindar un mejor conocimiento del material propuesto y facilitar
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de este nmero.
Tapa y contenido: Letra Viva, Librera y Editorial, 2009.
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a dar(se) cada vez ms respuestas desde el yo, el ello y el supery. Tal el camino trazado
por Freud en La responsabilidad moral del contenido de los sueos y lo esperable de un anlisis. Por qu?
El sujeto del inconsciente mantiene su posicin de ser en falta por no ser amo de su subjetividad, por estar capturado por las leyes del lazo social y del lenguaje, y por estar amenazado por lo real. Sin embargo, esto no lo excluye de la responsabilidad que le cabe por
sus faltas.
Como deca Hipcrates: Si el hombre fuera uno, jams estara enfermo, porque no se puede concebir una causa de enfermedad en lo que es uno uno mismo, agregara.
Esta referencia me permite decir que, el gran descubrimiento freudiano reside, justamente,
en destacar esa divisin que anida en el sujeto del inconsciente y cuyo saldo es, entre otros,
la culpa. Parafraseando a Hipcrates podramos decir: Si el hombre fuera uno, jams tendra culpa, porque no se puede concebir una causa de la culpa en lo que es uno uno mismo. La culpa requiere de la mirada del Otro y del Juicio del Otro, de ese desdoblamiento
del sujeto vinculado a la conciencia moral (tribunal interior: que lo mira y lo juzga), de esa
escisin que hace que el sujeto se juzgue y se sancione. En suma, la culpa inconsciente es
el padecimiento estructural del ser humano que vocifera sobre la duplicidad que nos habita. Sobre esa duplicidad ha de responder un paciente en anlisis.
Por eso Freud considera que el sujeto tiene la responsabilidad de descifrar las formaciones del inconsciente, esto es, de responder por ellas. Pero la responsabilidad va ms all de
las formaciones del inconsciente, toca tambin los pliegues del fantasma y ah estn implicadas las silenciosas pulsiones que, a veces, pueden ser negociadas por los significantes ampliando cada vez ms el marco de la responsabilidad subjetiva.
En las formaciones del inconsciente y en la travesa del fantasma es preciso el asentimiento del sujeto responsable de sus innumeras formas de culpabilidad. Porque el sujeto es capturado por el Otro de la ley y del lenguaje y, a la vez, amenazado por lo real, tiene culpa.
Por eso mismo puede hacer hablar a la culpa y ocuparse responsablemente de su implicacin subjetiva.
Que la culpa inconsciente sea una falta ignorada por el sujeto no va de suyo que ste pueda escapar a la responsabilidad de interrogar sobre esa falta que, aun ignorada, remuerde
en el pentagrama de la subjetividad. Interrogar a ese malestar, con otro y en transferencia,
supone el intento de que esa falta ignorada se torne negociable por el significante. Tal la
responsabilidad como asentimiento subjetivo que le cabe al sujeto del inconsciente freudiano. En este sentido la culpa, para el psicoanlisis, est ligada a la responsabilidad, y el sujeto no puede desprenderse de ella.
A su vez Freud, en El Yo y el Ello, afirma: la culpa inconsciente es prestada. Y, si es
prestada, si no es propia, de dnde proviene? Toda su obra estuvo dedicada a demostrar
que esa herencia deriva de las faltas del padre.
De all que la culpa inconsciente es propia y ajena, familiar y desconocida. Hay una responsabilidad en torno a la culpa prestada. El sujeto queda implicado en ese depsito que
recibe: cmo paga semejante hipoteca?, cmo se apropia de una falta ajena que toma por
asalto a la subjetividad al mismo tiempo que la instaura? Lacan afirmar: es necesario tomar partido por la culpa, por esa falta que aguijonea aunque tambin dona filiacin y genealoga. Es preciso servirse de ella, apropiarse de la culpa responsablemente; caso contrario se condesciende slo a los amargores de la necesidad de castigo. Es siempre ms fcil
castigarse que hacerse responsable.
Pero, cmo apropiarse responsablemente de la culpa? Cmo ser el responsor de una deuda ajena cuando no hubo spondeo (prometo) como seala Varrn? Cmo desimplicarse de
esa parte de la deuda que no es preciso pagar para garantizar la propia vida venidera?
Y es que, si bien la culpa es prestada, tambin la vida es inicialmente prestada. El sujeto
recibe un legado biolgico y simblico. Y ese legado viene en paquete, es, en ltima instancia, un combo que, al estilo de la caja de Pandora hace pagar la esperanza con una
ristra de males. Es interesante la deriva que hace Varrn. En VI, 73 dice: Tambin spes (esperanza) puede derivarse de sponte (por propia voluntad), porque tiene esperanza (sperat),
ya que piensa que puede lograrse lo que desea; pues, si cree que va a suceder lo que no desea, entonces no tiene esperanza, sino temor.
As, el sujeto tiene que pagar por deudas que no contrajo pero que lo encadenan a un linaje. Tiene que pagar por las deudas del padre, por las deudas del Otro, deudas de la estructura lo que no implica que quede hipotecado para siempre. Queda el recurso de hacer el proceso al padre para no cargar con sus mculas. Y slo soportando la inconsistencia de la ley
de los Nombres-del-Padre podr hacerse responsable y garante de la vida venidera, saldo
posible del fin de anlisis. Caso contrario puede pasarse la vida cargando sobre s todas las
culpas y deudas prestadas; en suma, sacrificndose para hacer del Otro un garante pleno. El
fin de anlisis permite ser el sponsor propio, y desde esa posicin tejer
(Cont. en pg. 16)
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Ensayo
Psicosis
Alejandro Dagfal | Paids | 2009 | 577 pg. | $ [Link] psiclogo argentino, cuya orientacin clnica ha sido muy acentuada, es una rara avis,
en la medida en que el
psicoanlisis ha sido para
l una referencia ineluctable durante cinco dcadas. Primero el psicoanlisis de origen ingls y luego el de origen francs
guiaron la formacin y la prctica de estos profesionales singulares. Simultneamente, en ese
dominio, en casi todo el resto del
mundo se constataba el ascenso de las teoras cognitivo-comportamentales norteamericanas
que, no obstante, nunca pudieron echar races en el Ro de la
Plata. En su lugar, encontramos
ms bien una concepcin francesa de la conducta, ligada a la herencia de Pierre Janet y de Daniel
Lagache, que se articul con diferentes definiciones del inconsciente. Aunque la situacin descripta se haya modificado bastante luego del perodo abor-
Psicopedagofa
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al conocimiento, a la produccin
de sentido, al amor.
Para ello, se propone una lectura de fundamentales conceptos de su obra. Luego, en consideracin de los mismos, se desarrollan aportes con la intencin de enriquecer la formacin
profesional, la prctica docente
y las teoras educativas
dad. No obstante, la tensin entre lo clsico y lo nuevo concierne al desafo de seguir los pasos
siempre vivos de la enseanza
de Lacan.
Urgencia
Perspectivas de la clnica
de la urgencia
Ins Sotelo (compiladora) | Grama 2009 | 207 pg. | $ [Link] urgencia se transforma da
a da en un imperativo de la poca. Lejos estaba de imaginarlo
cuando en el ao 1996 dise
un espacio de formacin para
los estudiantes de la facultad de
psicologa, instalado en las guardias de los hospitales (...)
El hospital, las guardias, las
admisiones, las intervenciones
en situaciones complejas me
apasionaban, despertando un
profundo inters.
All muchos analistas orientaron mi prctica y con los aos
se fueron estableciendo, con
muchos de ellos, slidas transferencias.
Luego, en la Escuela de la
Orientacin Lacaniana, reunidos en un banquete y concernidos en las enseanzas de Lacan en la clnica, la poltica y la
episteme, encontr analistas ciudadanos causados por el psicoanlisis puro sostenido en el dispositivo del pase e interrogados
a la vez por las nuevas tcticas
que la poca exige (...)
Estos recorridos fueron dejando su marca y la formacin de
un grupo de trabajo se ha ido
plasmando en el interior de la
ctedra, promoviendo que las
elaboraciones colectivas pre-
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Test
Ensayo
Test de Zulliger
conos de la Ley
Este libro recoge una vasta experiencia de las autoras con los
Tests de las manchas de tinta
desde 1970 a la fecha.
En qu consiste el Zulliger?
Se trata de una tcnica psicolgica diagnstica como el Rorschach pero de tres lminas, semejantes en su carcter proyectivo interpretativo. Surge con el fin de
obtener un Rorschach abreviado.
En un principio se administra en
forma colectiva entre veinte a sesenta personas juntas.
Progresivamente su aplicacin se orienta a la forma individual, siendo solicitado por su
agilidad y confiabilidad en los
mbitos laboral, forense, clnico y orientacin vocacional. Se
combina con la administracin
de una tcnica grfica y con una
entrevista posterior para su validacin y confirmacin de hiptesis.
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Se emplea la codificacin de
Bruno Klopfer. La interpretacin
se enmarca en el anlisis del
discurso, modelo psicoanaltico posfreudiano.
El conocimiento concomitante del Test de Rorschach resulta ineludible. En forma clara y
prctica este libro trata de profundizar y enriquecer no slo al
Zulliger sino tambin al Rorschach, al ofrecer una propuesta
diferente, pudiendo ser extensiva a otras tcnicas psicodiagnsticas proyectivas.
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Libros
Libros
Pabelln Amarillo
Stand 2217
Calles 6 y 31
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Ensayo
Teora psicoanaltica
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deseante. Si el deseo es
siempre de dificultad, las
dificultades suponen un
trabajo que permite atravesar el obstculo.
Hugo Dvoskin nos invita a realizar un viaje junto
a viejos amigos: la Bella
Carnicera, las exigencias
de garanta del obsesivo,
la insatisfaccin histrica y
los sueos como va regia
al inconsciente y al diagnstico; la obediencia, la
compulsin, los amores
perros y el un poco de
satisfaccin que atraviesa como concepto todo el
libro, son algunos de los
nombres que marcan el
derrotero de la praxis clnica para llegar a la pregunta acerca de quines
seran analizables. Dentro
de este bestiario, la clnica con padres, madres y
nios tiene su propio captulo, al igual que novedosos desarrollos acerca del
fantasma y su lgica.
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Ensayo psicoanaltico
Psiquiatra
Juan Eduardo Tesone | Letra Viva | 2009 | $[Link] Eduardo Tesone, como
se advertir, explora las races
del acto bautismal; interroga,
en quin lleva el nombre, la intencin de quienes lo otorgaron; interpela el pasado en el
presente, lo tcito en lo explcito; la incidencia de los fines
que alentaron seres de ayer en
dilemas encarnados en seres de
hoy. En otras palabras: la confluencia, en el nombre propio,
de tensiones intergeneracionales que el autor sabe abordar,
como bien lo evidencian los distintos momentos de esta obra,
tanto desde una perspectiva histrica como religiosa y literaria
adems de psicopatolgica.
Apropiarse del nombre propio es, en consecuencia, tarea
indelegable de cada uno y tarea
primordial. Quien la emprenda
no dejar de reemprenderla una
Hemeroteca
Ensayos y experiencias n 73
Hacia dnde va la neuropsicologa? La perspectiva
histrico-cultural de Vigotsky y la neurofisiologa
Vctor Feld y Jorge Eslava-Cobo (comps.) Vctor Manuel Alcaraz,
Juan Azcoaga, Jorge Eslava-Cobo, Vctor Feld, Lyda Meja de Cobo,
Elvira Pea, Luis Rojas Quintanar, Ricardo Rosas, Yulia Solovieva,
Martn Spinosa [Novedades Educativas, 2009]
La personalidad y los trabajos de Lev Semenovich Vigotsky han tenido enorme trascendencia en las ltimas dcadas.
Sus aportes fueron ampliamente difundidos en los mbitos pedaggicos y profesionales provocando reacciones de extraeza y admiracin. Sus trabajos, definitivamente variados y
amplios en el campo de la psicologa y la educacin, produjeron modificaciones tericas trascendentes. Sin embargo, todava es evidente que la obra de
Vigotsky requiere una revisin
en su aplicacin e interaccin
con otras ciencias. El concepto
de Funciones Psicolgicas Superiores lleva a Vigotsky a interpretar y estudiar la accin de
los procesos culturales en interaccin con los biolgicos. Esta
interaccin da por tierra con la
idea que sustenta a la biologa
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Teora psicoanaltica
Sobre el psicoanlisis
y sobre su fin
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pert en la semiologa clnica, reforz la idea de la prescripcin farmacolgica de la ansiedad con un sentido prctico, en vez de despertar el
escrpulo por una prctica menester.
Pero se ha saltado la valla cuando la
prescripcin farmacolgica es la misma segn se trate de un Trastorno
por pnico, fobia especfica o social, trastorno obsesivo compulsivo, ansiedad generalizada, o estrs pos-traumtico. El concepto de
ansiedad patolgica, que el neo-organicismo
irreflexivo impuso con el objeto de instalar la
idea de la prescripcin farmacolgica de la
misma, empero nada ha aportado a la convergencia de los constructos cerebro-mente,
ms que la ya conocida acrrima enemistad
con el contructivismo. Entonces, no puede resultarnos sorpresivo que a la hora de escoger
aliados, y a fin con el conductismo, hayan colaborado con la destitucin del trmino Neurosis de los nomencladores de las enfermedades mentales, sustituyndolo por el remedo de Trastorno de ansiedad.
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Artculos de Mayo
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EDITORIAL
NOVEDADES
AMORES Y PAREJAS EN EL SIGLO XXI
~ OSCAR DE CRISTFORIS ~
CONSUMOS PROBLEMTICOS
~ [Link]. (Centro Carlos Gardel) ~
LA SOLEDAD. NOVACIONES EN
PSICOANLISIS
~ EDGARDO FEINSILBER ~
EL TRABAJO DEL ANALISTA
~ HUGO DVOSKIN ~
EN LAS HUELLAS DEL
NOMBRE PROPIO
~ JUAN EDUARDO TESONE ~
TRAUMA PSQUICO Y SNTOMA
~ ALFONSO LUIS MASOTTI ~
PARA INTRODUCIR AL
PSICOANLISIS HOY EN DA
~ CHARLES MELMAN ~
HEIDEGGER, LACAN, HEIDEGGER
~ OSVALDO MEIRA ~
EL SUFRIMIENTO DE LOS NIOS
~ PABLO PEUSNER ~
ENTRE LA VENTANA Y EL MURO
~ NOEM COHEN LEVIS / LUIS KOWENSKI ~
EL SUJETO ESCONDIDO EN LA
REALIDAD VIRTUAL
~ DIANA SAHOVALER DE LITVINOFF ~
LA PERSPECTIVA FREUDIANA DEL
FENMENO PSICOSOMTICO
~ ZULMA LPEZ ARRANZ ~
SIGMUND FREUD. EL HOMBRE Y LA
MAGNITUD DE SU OBRA
~ LAURA MARTNES FRONTERA ~
AVATARES DE LA TEORA Y LA CLNICA
~ [Link]. (Colegio de Psiclogos - Quilmes) ~
LA MUERTE COMO CIFRA DEL DESEO
~ MIRTA PIPKIN ~
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LIBRERA
PSICOANALTICA
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David Kreszes
davidkreszes@[Link]
a cuestin del sujeto y de la llamada responsabilidad subjetiva no ha sido an saldada a pesar de todo lo que ha
sido escrito y de la polvareda que la polmica ha levantado. La apuesta mayscula de Lacan en su texto Subversin
del sujeto y dialctica del deseo en el inconciente freudiano
no ha logrado barrer definitivamente con la opacidad que el
trmino sujeto sigue suscitando en nuestro campo. Tal vez este
an no, nuestra dificultad en concluir, arrastre de manera fructfera alguna verdad. El sujeto del psicoanlisis se sustrae cada vez que creemos haberlo capturado en nuestras redes.
Es habitual que la polmica instale dos polos en pugna, cada uno denunciando la desviacin y el error que gua al adversario. Se
instala un combate (ineludible?) por la posesin de la verdad y finalmente en tanto
dicho combate se reduce a una prueba de legitimidad, por la pureza de la continuidad
filiatoria. Se trata de la herencia y de la legitimidad de los discpulos en tanto herederos. Creemos poder apropiarnos de la verdad apelando a la autoridad del maestro, encontrando en la
multiplicidad de citas y si son las del ltimo Lacan mejor todava aquellas que definitivamente nos den la razn y dejen
al adversario rendido a nuestros pies. ste ser reducido a la
categora de post, que en nuestra jerga y tradicin debe ser traducido y sustituido por el prefijo pre prefreudiano, prelacaniano. Lacan, en su retorno a Freud, ha apelado al anatema
como arma eficaz. Cuando se diagnostican desvos y errores
y el anatema no es sino una variante diagnstica frecuentemente se renuncia a interpretar. Desde que los discpulos de
Freud fueran calificados de prefreudianos nos hemos dejado
de preguntar por la deuda que ciertos desarrollos que rpidamente criticamos siguiendo a Lacan, tienen con las propuestas freudianas. Es habitual que cada grupo analtico lacaniano proponga su verdadero Lacan (el llamado ltimo, el Lacan
de la lgica, el Lacan de la topologa, el que nos ha dejado su
testamento en los nudos y las trenzas, etc.), aquel con el que
hace causa comn dejando al resto (por ejemplo al del grafo,
segn la propuesta de J.-A. Miller de un psicoanlisis fuera de
sentido y sin punto de capitn1) en la vereda pre. La creencia
en el progreso enamora y las paradojas del inconsciente son
ledas en trminos de problemas a los que se les deben encontrar las correctas soluciones2.
Es habitual toparnos en la lectura de la obra de Freud con
la insistencia de formulaciones aparentemente problemticas
y contradictorias entre s. Freud nunca intent darle una solucin final a la tensin que emerge en sus textos entre los sintagmas eleccin de neurosis y contraccin de neurosis. Eleccin de
neurosis practica un corte con la psiquiatra de la poca pero al
mismo tiempo corre el riesgo de abonar el campo de la nocin
de individuo, autor y agente. Contraccin de neurosis corre a
contrapelo del ansia de autonoma del yo, pero se sostiene del
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rias sufrir el sujeto; y un tercer tiempo en el que se intentar
restablecer otro equilibrio mediante la produccin de reparaciones e intentos de curacin. En sentido fuerte, el tiempo del
sujeto se ver reducido al del emparche o reparacin del dao
sufrido. La posicin del sujeto, concebido ste como deficitario, quedar arrinconada en el tercer tiempo.
Por otro lado, los psicoanalistas que han tomado partido por
una formalizacin matematizada como andarivel fundamental
de la tramitacin epistmica del saber en psicoanlisis han advertido sobre los riesgos de volver a entender al sujeto del inconsciente en trminos de individuo, persona, locutor, autor o
agente. Desde esta perspectiva critican la promocin del sintagma responsabilidad subjetiva en tanto leen all la presencia casi
indisimulada de ideologas sociales policacas y de empujes superyoicos. En el esfuerzo por volver a separar al sujeto del inconsciente de toda idea de persona, encuentran en Lacan citas
que abonan la idea de un sujeto impersonal, emparentado a la
enunciacin de un verbo cuya caracterstica fundamental es su
exclusiva conjugacin en tercera persona5. Se trata de il pleut
(llueve). En francs el il como tercera persona es un pronombre neutro, no remitiendo a ninguna persona ni objeto. Pero si
bien estos desarrollos permiten aventar la equiparacin entre el
sujeto del inconsciente y el locutor como sujeto unificado que se
sostiene en la primera persona, se corre otro riesgo, el de aplastar al sujeto en una enunciacin il pleut (llueve) que como
acontecimiento discursivo reniega justamente de su valor performativo. La enunciacin llueve, constatativa, se despega de
su valor de enunciacin discursiva la afirmacin de que llueve en tanto parece simplemente remitir a un suceso que se describe. Resulta sugerente que la caracterizacin del sujeto como
impersonal provenga de aquellos psicoanalistas especialmente
preocupados por cuestionar la llamada extraterritorialidad del
psicoanlisis respecto a la ciencia. Las proposiciones cientficas
habitualmente se desentienden de la enunciacin, campo de la
performatividad, para sostenerse de afirmaciones con carcter
constatativo. Posiblemente un sujeto impersonal se lleve de parabienes con las aspiraciones cientficas. No renunciar a reiterar la pregunta por quin habla?, con la que Lacan insiste en
numerosas ocasiones, debiera ayudarnos a evitar las soluciones
apresuradas. La cuestin del sujeto no se dirime slo afirmando su disyuncin con el yo, la persona o el locutor, ni tampoco
con su caracterizacin como impersonal.
Tal vez no convenga acercar demasiado el sujeto del inconsciente ni a la primera ni a la tercera persona de las declinaciones gramaticales. Pero si sujeto nombra aquello que adviene
como respuesta a la cita con lo ltero, a la interpelacin que
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Juan Dobn
jedobon@[Link]
El intervalo Psi-jurdico: derechos/responsabilidad. Este escrito se enmarca en un tiempo donde el concierto de discursos
se encuentra atravesado por el pensamiento formalizado como
discurso capitalista. Todo hecho de discurso, determina prcticas, estableciendo vnculos y lazos sociales. En el campo de
la salud la relacin mdico-paciente se ve afectada por dicha
cuestin. Aqu trataremos en particular otro lazo: el de transferencia que se establece entre analista-analizante y en qu
forma ste difiere del anterior. Centraremos en la cuestin de
la responsabilidad el punto de tensin y dificultad que se desprende de la extensin de la prctica psicoanaltica a los mbitos institucionales.
El concepto responsabilidad del paciente es introducido y legislado bajo la gida de los derechos del hombre, en particular
en el derecho a la salud. Sin embargo su extensin, y los modos de uso resultan a todas luces defensivos, ante la proliferacin indiscriminada y mercantilista de juicios de mala praxis.
No existe hospital universitario, privado o pblico, en Estados
Unidos o en la Unin Europea que no cuente en la actualidad
con un manual o cdice de responsabilidades del paciente. En
los aos 80 este fenmeno se extendi por Amrica Latina a
travs de los estudios en Biotica, especialmente en el acpite
de la Autonoma del Paciente, en donde la responsabilidad se
valora siempre en cada caso particular, de acuerdo a la condicin socioeconmica y cultural. Pero definitivamente este concepto se encuadra en lo que establece el discurso jurdico.
En cuanto al captulo de sus derechos, se plantea en general, que como paciente, usuario o consumidor ntense los
trminos empleados debe recibir un cuidado respetuoso y de
calidad, as como toda la informacin acerca del alcance y las
consecuencias de su enfermedad y tratamiento. A que las decisiones sobre su cuidado mdico se encuentren sujetas a un
marco de privacidad y confidencialidad1.
Se incluye en estos apartados la idea de acatar las normas de
la institucin, hospital, etc., que conciernen a su cuidado; incluyendo la consideracin y respeto por los derechos y la propiedad de otros pacientes.
Como puede leerse en esta somera introduccin este criterio
de responsabilidad propone un paciente conciente, ciudadano
de derecho y siempre responsable a priori. Donde su implicacin como usuario est dada por la comprensin o no, de las
consecuencias de su acto. De este modo se le presuponen capacidades cognitivas, de inteligencia y de juicio siempre como
sujeto conciente de sus acciones2. Dicha valoracin de responsabilidad est centrada en los actos ante s y terceros. Lo que
trasluce la capacidad del sujeto conciente de interpretar y actuar de acuerdo a la ley jurdica.
En este contexto, discursivo y temporal, transcurre nuestra prctica analtica. Abordaremos aqu las diferencias y particularidades del concepto de responsabilidad en su vertiente subjetiva.
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La responsabilidad limitada. La praxis analtica no puede alegar desconocimiento del andamiaje anterior, ni las diferencias
sustanciales entre responsabilidad y culpa.
En nuestro campo la pertinencia y el uso del significante
responsabilidad, a diferencia de la relacin mdico-paciente, no puede pensarse como ajena al lazo analista-analizante, lo que responde a la posicin y al ejercicio de la funcin
de aquel. Cabe aclarar que la senda que sostiene el psicoanlisis es la del Bien decir, soporte de su tica. Advertidos de no
confundir los planos, dado que la alusin a la responsabilidad
del analista refiere al estatuto formativo y al plano de su poltica. En cambio una tica de la responsabilidad pertenecera
a otro paradigma y otras prcticas como la poltica, la economa o an la religin.
Podemos precisar el margen de responsabilidad que implica al analista en dos tiempos determinantes. En los inicios de
una cura a partir de la decisin personal de comenzar a asistir el pathos de otro y las consecuencias de esto. Decisin que
etimolgicamente remite a decidire, de ah una de las razones
de su quehacer, decir-cortar-separar. La triada freudiana da
cuenta de este quehacer, sostenido en su labor con otros analistas, su anlisis personal y espacios de formacin, es decir de
un analizante que deviene en analista. El otro tiempo, donde
este margen alcanza a manifestarse, de algn modo, es justamente en los finales. En el ejercicio de su funcin cuenta con
un motor que vectoriza la cura, el deseo del analista, que anima su provocacin al saber. En los finales se pondr en juego
la destitucin de su propia encarnadura como soporte del sujeto supuesto saber, lejos de toda cuestin de fe. De lograrse,
su funcin habr sido la de enfrentar al sujeto con los trazos
de saber que van delinendose como letra y una posicin diferente ante la verdad. Se trata de un saber caer hasta el final.
Hecho que se ira construyendo a lo largo de la cura en funcin
de su abstinencia. Sin embargo, he aqu el lmite y el alcance
de la responsabilidad.
En tanto soporte del objeto a, causa del deseo de su analizante, el analista es intervenido por esto, in extremis el analista en su funcin(a) y en el acto ya no esta all. En ese punto no
es, ni responde ante otros por ello...
En los desarrollos de la Proposicin del 9 de octubre de 1967.
Sobre el psicoanalista de Escuela acerca de esta cuestin crucial del final, Lacan propone un punto de falta, sin sutura, entre la terminacin y la finalidad misma de la praxis.
Aunque ausente en el acto que de l se espera, tendr que
dar cuenta de esto formalizando su quehacer, lo que define
tambin su poltica.
Esto no debe hacernos olvidar que en nuestro dispositivo esta
en juego solo un Sujeto, el analizante. La presencia de otra subjetividad en el lazo, ser una forma de resistencia del analista
o bien la degradacin a una prctica teraputica intersubjetiva-intersugestiva. Es decir, hablamos de responsabilidad subjetiva, no sugestiva.
Esta dimensin subjetiva pertenece siempre al territorio de la
falta y el deseo; aquel que sita al sujeto en el campo del deseo
(inconsciente) y la culpa estructural. No en vano se retrocede
ante el deseo en nombre de ideales, del bien o de un valor en
la cultura. En ocasiones tales argumentaciones son una coar-
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tada para el neurtico, al servicio de ceder en su deseo y sostener un garante consistente de tal defeccin. Si de algo somos
verdaderamente culpables es de haber cedido en nuestro deseo3, retrocediendo al goce y la repeticin.
Sfocles, en Edipo Rey, da a leer la antigua culpa, del propio goce, por la cual el sujeto pagar con su cuerpo, su linaje, el precio del destino y la repeticin trgica. Su posicin de
analizante podr tomar a cargo ese goce y desprenderse de l.
Aquello que conocemos como rectificacin subjetiva acontece
como una posicin diferente frente a los sentidos que el goce
coagula o fija.
Al plantear esta cuestin, ahora s en funcin del analizante,
podemos recurrir a Freud, cuando escribe en su texto Sobre la
responsabilidad moral del contenido de los sueos, que tales
contenidos no pertenecen a la inspiracin de espritus divinos
sino a una parte del propio ser del soante. No hay cuestin
del ser que resulte ajena al hecho de ser hablantes y habitados
por el lenguaje. En ese sentido, los contenidos actan desde
el interior y no pueden ser negados o suprimidos. Ante toda
pretensin de clasificacin moral de una tendencia, en buena o
mala, el soante deber implicarse en su propia valoracin asumiendo en definitiva que no es posible alegar desconocimiento, inconsciencia o represin por lo soado o, digamos, por lo
deseado. Una disposicin contraria deja al analizante por fuera del campo psicoanaltico.
En funcin de esta perspectiva podemos leer la afirmacin
de Lacan en su escrito de 1966, La ciencia y la verdad cuando seala en forma imperativa que de nuestra posicin de sujeto somos siempre responsables. Su reiteracin en las citas
sobre estos tems, no nos exime de contextuarla y verificar su
validez. Por otra parte, en el mismo prrafo concluye llamen
a eso terrorismo donde quieran, indicando que esto debe ser
llevado hasta el final.
El trmino empleado es posicin de sujeto, y resulta un deslizamiento inconducente considerarlo como punto de vista, enfoque o una categora del sujeto, incurriendo as en el error de
darle entidad y sustancia. En el mismo texto propone que la
cuestin convoca al sujeto en su-posicin, frente a la causa de
su deseo y la verdad. Posicin solo verificable en el lugar de lo
que se enuncia, la distancia entre enunciados y enunciacin en
juego. El analizante dar cuenta en sus asociaciones y no en
otro lugar de tal posicin ante la verdad, como pregunta por
la causa y el malestar. La verdad que aqu suponemos no es filosfica, sino aquella que se afirma en el significante e implica
los lmites del saber y la razn.
El uso de lo que bajo este imperativo surja, en mbitos ajenos a la cura analtica, lo transformara sin ms en un dispositivo confesional, forma directa de coercin; traicionando su
tica y su aplicacin teraputica. Por esto sostenemos una prctica que marcha en la senda tica del bien decir antes que ninguna pretensin de decir el bien. As el silencio extiende el horizonte tico de nuestro campo.
Si coincidimos en que la definicin de Sujeto del inconsciente no es ms que un efecto desustancializado, en la representacin de un significante ante otro, difcilmente a ese efecto de
divisin pueda alegarse responsabilidad. Lo que da lugar a
pensar al Sujeto como inocente. En cambio el analizante sorprendido en su equivocacin, deber apostar a su evocacin,
siendo quien tenga a su cargo las consecuencias de tal efecto
en el decir. A modo de artificio decimos que el Sujeto del deseo inconsciente es inocente (a)rresponsable, en su efecto al
ser dicho antes que dichoso. Lo(a)rresponsable trata tambin
de su divisin por la causa del deseo y por tanto este trmino
empleado da cuenta que no lo proponemos como irresponsa-
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PSICOANALTICA
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Silvia Migdalek
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n nuestra realidad cotidiana, distintos contextos discursivos, invocan a la responsabilidad como atributo deseable
de una conducta, a la que en trminos amplios, se califica de tica. Los distintos discursos que hacen de la responsabilidad un principio inapelable, abrevan, sin embargo, en referencias discursivas diversas que es necesario reconocer para
evitar extrapolaciones que desdibujen la pertinencia de su uso
en un marco conceptual u otro. La responsabilidad es promovida pudiendo tener la forma de una interpelacin, o de una
exigencia moral mediante el incuestionable principio del actuar responsablemente.
En las tres prcticas que Freud nombr como profesiones
imposibles, gobernar, educar, y psicoanalizar, la responsabilidad es una nocin que participa de algn modo de sus respectivas coordenadas conceptuales. Por ello mismo, los usos de este
trmino deben ser referidos a los marcos referenciales precisos donde aparecen, para poder establecer luego, sus articulaciones y sus diferencias. Hecha esta primera peticin de principios, digamos de entrada que los que nos interesar desplegar es la especificad y la pertinencia de su aplicacin o uso en
la prctica del psicoanlisis. Para ello nos serviremos de la posible interseccin con el campo del discurso jurdico.
Antes de adentrarnos en ello, me gustara hacer unas breves
pinceladas de una problemtica de nuestra poca, que merece este atributo de lo epocal, por haber sido denominada as
en nuestro tiempo: el flagelo de la droga. Requiere entonces
la intervencin de polticas de salud que combatan ese flagelo social. Admitido este carcter, el Estado, entonces, debe asumir la responsabilidad de administrar polticas sanitarias, lo
que por supuesto supone algunas ideas acerca de la enfermedad que se debe combatir.
En el tratamiento de las adicciones, por ejemplo, conocemos una teraputica denominada abstencionista. Esta es solidaria de la idea de que la sustancia misma o el txico, son la
causa de la adiccin, por lo tanto para desintoxicar, se postula la abstinencia total y obligatoria de la sustancia. Como efecto de ella, se producen otros estados txicos secundarios, que
son tratados con drogas ms benignas que aquellas que se supone la causa de la adiccin. En cierta contraposicin con esta
teraputica, tributaria de un para todos igual que afortunadamente no pocas veces fracasa ha crecido una idea, que supone otra manera de ubicar la causalidad y por ende la teraputica. Se trata de una oferta de tratamiento, que implica
tambin otra manera de pensar una poltica de salud. Se la
conoce como programa de reduccin de daos, este ltimo, se
asocia con una invocacin a la responsabilidad por la va de la
promocin del consumo responsable. En esto, hay ms que
una mera cuestin terminolgica, hay una invocacin a algn
sujeto de la adiccin, y como sabemos la clnica de las adicciones, al menos en sus formas ms extremas, testimonia de su
desvanecimiento. Hacer lugar, entonces, a la emergencia del
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sometido al sujeto. Un ejemplo, contemporneo: el seor decano Carbonnier es el responsable del doctorado en sociologa jurdica, lo que lo obliga a trabajar gratis. No s por culpa
de qu le damos a l ese ttulo.
Entonces responsabilidad y culpa, hasta aqu, no son nociones
equivalentes tampoco en la historia del derecho. La vinculacin
entre estos dos trminos es relativamente reciente en la historia
del derecho, y surge alrededor del derecho contractual, y muy
especialmente a partir de la ciencia criminolgica, que se ocupa especficamente de los crmenes, nunca se trata de una culpa voluntaria, Edipo es considerado responsable en Edipo Rey,
a pesar de haberse metido en el lecho de su madre Yocasta y de
haber asesinado a Layo ignorando sus identidades.
Este breve recorrido nos muestra cmo el trmino responsabilidad tiene un origen jurdico, que luego fue utilizado hacindose extensivo a otros campos interesados en l, como por
ejemplo la moral, la teologa, la filosofa, la tica, la poltica y
el psicoanlisis, del que nos ocuparemos al final.
La responsabilidad en el campo del psicoanlisis. En el campo del psicoanlisis, la responsabilidad tiene resonancias propias, inherentes al campo de la prctica analtica y a sus coordenadas. Es un trmino, al que podramos calificar de prestigioso, hacerse responsable es quiz uno de los mandatos culturales ms utilizado con propsitos educativos. Sellando el
fin de la infancia, nunca falta la admonicin realmente proferida por la instancia parental ahora ya sos grande, sos responsable!
Me gustara partir de la siguiente cita de Freud: se comprende tambin que los objetos predilectos de los hombres, sus ideales, provengan de las mismas percepciones y vivencias que los
ms aborrecidos por ellos, y en el origen se distingan unos de
otros slo por nfimas modificaciones.2
La responsabilidad, puede ser tambin ideal de responsabilidad, y como tal no supone ninguna eleccin del sujeto, el sujeto
no es responsable, sino ms bien sujetado, y como sigue diciendo Freud, respecto de las representaciones ticas y culturales del
individuo: Nunca entendimos esta condicin en el sentido de
que la persona tuviera un conocimiento meramente intelectual
de la existencia de esas representaciones; supusimos siempre
que las acepta como normativas, se somete a las exigencias que
de ellas derivan. La represin, hemos dicho, parte del yo3.
Qu son esta exigencias a las que el yo se somete sin saber
que lo hace? No es esta acaso, la forma como se presentan muchos analizantes sin saber que su sufrimiento vehiculiza una
oscura satisfaccin, de la que por supuesto, lo menos que puede decirse de ella, es que al inicio de un tratamiento el sujeto
no est en posicin de hacerse responsable de ello.
En el texto La responsabilidad moral por el contenido de los
sueos, texto de 1925, el inconsciente ya es un descubrimiento
que al modo de la revolucin copernicana, ha mostrado que el
yo no es amo en su propia casa. El inconsciente, saber no sabido por definicin, no nos hace por ello menos responsables de
los sueos, an aquellos ms inmorales, que muestran a esos
delincuentes embozados que son, como en el mundo de la
vida de vigilia, incomparablemente ms frecuentes que los declarados y confesos. Debemos asumir la responsabilidad por
el contenido de nuestros sueos? la respuesta de Freud es:
Qu se querra hacer, si no, con ello? Si el contenido del sueo, no es el envo de un espritu extrao, es una parte de mi ser;
si, de acuerdo con criterios sociales, quiero clasificar como buenas o malas las aspiraciones que encuentro en m, debo asumir
la responsabilidad por ambas clases, y si para defenderme digo
que lo desconocido, inconsciente, reprimido que hay en m no
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es mi yo, no me sito en el terreno del psicoanlisis, no he aceptado sus conclusiones Puedo llegar a averiguar que eso desmentido por m no slo est en m, sino en ocasiones tambin
produce efectos desde m.4
El yo que hunde sus races en el ello, el eso es ms fuerte
que yo, eso gobierna, una accin sin sujeto. Freud sorprende al
final del texto con la conclusin: El mdico dejar al jurista la
tarea de instituir una responsabilidad artificialmente limitada al
yo metapsicolgico. Pero si no debemos restringir la responsabilidad al yo metapsicolgico, entonces la intencionalidad no se
restringe a las fronteras del yo, y no alcanzan las intenciones.
Qu quiere decir Lacan cuando afirma que de nuestra posicin como sujeto somos siempre responsables? La responsabilidad que podemos esperar del sujeto en la prctica analtica es frente a la conviccin adquirida de la existencia del inconsciente, por haber aprehendido algo de lo que lo determina como sujeto del inconsciente. Es responsable de sus marcas, pero tambin de lo hace con ellas. Hay pues determinacin inconsciente pero tambin responsabilidad. As, el psicoanlisis nos presenta un sujeto que no puede considerarse amo
y seor de s mismo, de sus discursos y sus actos, pero que tiene que hacerse cargo de aquello que lo determina como algo
que tambin es suyo, le concierne. De nuestra posicin de sujeto somos siempre responsables. Llamen a eso terrorismo donde quieran el error de buena fe es entre todos el ms imperdonable5. En la confusin entre culpa y responsabilidad quiz anida el abuso de la atribucin de responsabilidad por el
goce padeciente de un sujeto. Es menester que la culpa aparezca en la escena analtica, que adquiera sus formas ms obscenas, como sentimiento inconsciente de culpa, necesidad de
castigo y satisfaccin en la enfermedad, cultivo puro de la pulsin de muerte, para que algo de la responsabilidad del sujeto
despunte bajo la forma de una eleccin. Me interesa subrayar
la precedencia lgica necesaria del trabajo por el que se verifica el determinismo inconsciente, pero la estructura del inconsciente contiene tambin lo indecible que abre el margen de libertad que permite escapar a un determinismo si no absoluto. Respecto de cmo cada uno goza de su inconsciente, es esperable una eleccin.
______________
1. Versin traducida disponible en [Link].
2. S. Freud,OC, Ed. Amorrortu, T XIV La represin.
,
3. S. Freud, OC, Ed. Amorrortu, [Link] Introduccin al concepto de Nar,
cisismo.
4. S. Freud, OC, Ed. Amorrortu T. XIX, Algunas notas adicionales a la interpretacin de los sueos en su conjunto, B La responsabilidad moral
por el contenido de los sueos.
5. J. Lacan, Escritos I, La ciencia y la verdad, Siglo XXI.
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Abstinencia y responsabilidad
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Eva Lerner
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la transferencia que no voy a detenerme a revisar. Cmo extractamos las vueltas del objeto con las
que se restaura en el ser hablante, la prdida original por advenir
sexuado? La transferencia es la bisagra fundamental para la posicin
del analista en la cura, desde su castracin ser soporte del objeto a, sin
el cual no hay funcin de partenaire
para el hablante sino eterna repeticin. Esto hace a las diferencias de
la clnica que debemos debatir.
Si ilustramos la prdida original
del humano por advenir hablante y
sexuado con la metfora de la montura del anillo, lugar vaco de la causa deseante en el que, para colmo, se
acumula en forma de joya engarzada y valiosa, la sustancia gozante del
objeto a, visualizamos en esta oportunidad de modo sencillo unos de
los conceptos ms difciles de cernir
en la cura y con el cual el analista se
las ve en figurillas. Por qu?
Todos podemos comprobar que
no va de suyo que la posicin de
abstinencia del analista se sostenga en su falta y as se haga agente de esa transmutacin de goce.
Que de la preciada joya del goce
pueda advenir lo valioso del engarce vaco.
Una cura puede infinitizarse en el
trabajo de lo simblico, puede perpetuarse el supuesto de un accidente en la estructura como se escucha
ltimamente, cuando sabemos que
el accidente es de la estructura, esa
es la razn de la neurosis la que no
se desanuda es la paranoia. Tambin puede suponerse desde la soberbia que el analista en cuestin
hizo las cosas peor de lo que las hara uno. Sin embargo si no somos
necios no deberamos patear la pregunta fuera de la cancha. Si todo
estuviera tan claro habra ms testimonios de fin de anlisis. Es el tiempo de nuestra dificultad.
La experiencia de la transferencia
no es slo repeticin. En anlisis la
repeticin es una oportunidad para
que un analista haga lo ms difcil,
segn Freud el manejo de la transferencia. La transferencia es adems presencia real, es la recepcin
en el cuerpo pulsional del analista del golpe de lo transferido de la
pulsin parcial del analizante, acogido en el vaco de la causa deseante de su deseo de analista.
Si el analista indefinidamente
puede no enterarse que lo que es-
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Colaboracin
l delirante
intento de
construir un
Sergio Zabalza
muro entre dos
sergiozabalza@[Link]
localidades sitas
en la misma repblica ha cosechado un sinfn de rechazos. Muchos de ellos generados en la denuncia del racista prejuicio segn el cual el delito pareciera anidar
slo en las capas ms carenciadas de nuestra sociedad. Si bien
compartimos este argumento queremos aportar otra mirada que
por hacer referencia a la especial constitucin del sujeto humano resulta quizs un tanto ms abarcadora y nodal.
Hace pocos das un joven adolescente me confes su desazn
porque en la Universidad donde se dicta la carrera que ha elegido
emprender, no estn bien vistos los judos. Ms que sorprendido,
hice gala de mi ingenuidad cuando argument que tamaa barbarie constitua un acto de discriminacin intolerable para cualquier institucin de nuestro pas. Con cierto desdn, el joven me
mir y por fin, condescendiente, agreg: No entends, ah nadie me hablara.
La universidad que lleva el nombre de un santo est situada al norte de nuestra ciudad, ms precisamente en una localidad
cuyo onomstico tambin porta el prefijo que distingue a quienes
participan de la naturaleza divina.
Sera fcil concluir con alguna reflexin sobre los bolsones de
antisemitismo que sin duda an perduran en nuestro pas. Sin
embargo, en este caso tal como con la exclusin de los pobres hay otra cuestin ms determinante y radical que intentaremos desarrollar.
Hace ms de dos aos, un rabino exigi cambiar la letra de la
cancin patria. El religioso propuso reemplazar las tres veces que
se repite la palabra libertad por otras tantas del vocablo seguridad. Lo ms curioso y de all nuestra opcin por englobar el antisemitismo y la discriminacin a los pobres en una perspectiva
ms amplia y abarcadora es que otro religioso de la misma comunidad religiosa, critic la propuesta de su colega cuando afirm que ciertos judos intentan ingresar en elites a los cuales jams se les brindar acceso.1
Conclusin: un marginado que margina, alguien que, con la ilusin de estar incluido, se atrinchera para granjearse el favor de los
poderosos sin saber que as, tal como bien adverta Nietszche, se
transforma en aquello contra lo que lucha.
Narcisismo de las pequeas diferencias lo llam Freud: esa pasin por ser de acuerdo a la medida del otro, sea ste un ideal,
una religin, una moda, un ideal esttico, un nivel de consumo,
etc. No en vano, en su crtica a la perspectiva marxiana, Slavoj
iek2 habla de fantasa ideolgica eficiente en la realidad al sostener que lo social est conformado por el discurso que comparten sujetos de deseo.
Pero los tiempos han cambiado y lo que hasta hace un tiempo constitua el narcisismo de las pequeas diferencias ahora es
el empuje propio de la ms brutal segregacin, tal como bien Lacan lo seala en El Reverso del Psicoanlisis. Desde esta perspectiva el muro no es ms que el lamentable testimonio del vaciamiento simblico al que nuestro discurso est sujeto en forma casi permanente.
Que el lenguaje sea el lugar de encuentro con el otro es tarea de
la poltica. Cuidado con los que aborrecen de ella.
______________
Escribe
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En El cuerpo como acontecimiento: superficies, fuerzas e intensidades ubica al arte como aquello que debe desplazar valores, como un
tiempo destructivo, intermedio entre el valorar y el crear Cules
son los valores que el arte en nuestros das viene a desplazar y cules son las expresiones que dan cuenta de ello?
Que el arte lejos de todo ideal de fascinacin deba desplazar
valores, mover absolutos, desligar relaciones cristalizadas, es una
de las ms intensas ideas estticas de Nietzsche. Para la conservacin de lo que hay, es decir, de la mera representacin y reiteracin, tenemos la religin, la moral, la metafsica y todas sus variantes. Despus de la muerte de Dios, el arte es para m y en mi
lectura, un campo privilegiado para el testimonio de esta muerte, siendo el perspectivismo su consecuencia fundamental. Con
la cada del mundo de los absolutos, el arte deviene perspectivista, es decir pluralidad, diferencia, diversidad. Suscribo la idea de
Derrida, respecto a la genealoga del arte como heredera de la
metafsica aristotlica en tanto mmesis.
Artaud en sus Manifiestos sobre el teatro de la crueldad, sustrae
al Dios-Logos de la escena, pero no para proponer un teatro ateo,
que sera una lgica consecuente con la de un teatro teolgico,
sino para liberar al arte de la clausura de la representacin. Por
su parte, Nietzsche no piensa en la esttica como una disciplina,
al modo de Hegel, Kant o el idealismo alemn, la esttica es una
posicin de la existencia, un arma para combatir la pesadez de
los grandes sistemas en los que la vida queda capturada y como
pensaba Deleuze, finalmente, de lo que siempre se trata es de
liberarla de todas las formas de cautiverio. l tambin, bajo la
indudable impronta de Nietzsche, piensa al arte como lnea de
fuga y lo ms propio de este tipo de lnea, es crear devenires
inditos, inexistentes hasta el momento, incalculables, es decir
experimentacin activa. Las grandes vanguardias en sus diferentes
formas, son expresivas de algn modo de fuga y ruptura, de ah
que hayan sido tan resistidas, por ejemplo el cubismo en pintura,
el dodecafonismo en msica, la poesa concreta, el surrealismo,
entre otros. Qu desplazan? Los altares consagrados, y para tomar
un hecho muy cercano y nuestro, recordemos a Len Ferrari en
su muestra de hace unos aos en el Centro Cultural Recoleta.
Inmediatamente las instituciones estn listas para el combate y las
fuerzas reactivas son siempre mquinas muy poderosas. Nuestra
experiencia histrica esta llena de cierres, censuras, clausuras. Y
estos fenmenos prueban claramente que algn valor se descentr,
fue desplazado y algo nuevo era capaz de advenir. Se trata para
m y por mis marcas filosficas, Spinoza, Nietzsche, Deleuze,
Badiou, de la potencia afirmativa del arte, de la fuerza capaz de
remover mojones.
En el texto antes mencionado, en relacin al cuerpo y como una forma
de que no quede atrapado entre el discurso filosfico y el psicoanaltico, propone pensar el plano esttico o del arte como un lugar donde el
cuerpo aparezca como superficie de inscripcin de Fuerza, Potencia,
Ritmo en su dimensin visible o audible. Por qu toma estos vectores y cmo a partir de su planteo se superara esa captura?
La invitacin a participar del Simposio El cuerpo en el cruce
del psicoanlisis y la filosofa en la Facultad de Psicologa de Rosario a fin del ao pasado, me permiti ligar algunas cuestiones
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que daban vuelta desde hacia unos dos aos.
El trabajo El cuerpo como acontecimiento: superficies, fuerzas, intensidades, es una marca en mi propio recorrido en tanto
ligadura del arte con la filosofa. Y esta ligadura, que est en pleno estado de trabajo, se produce en el acoplamiento de los filsofos que me estn posibilitando este camino: Spinoza, Nietzsche
y Deleuze. Una pregunta inicial fue la orientadora: cmo construir el puente que lleve desde la esttica en Nietzsche, hacia la
tica en Spinoza, primera lnea y desde la esttica hacia la estsica, es decir sensacin, segunda lnea? Se trata de un punto y dos
lneas, es decir muy al modo geomtrico.
Yo trataba de pensar cmo ir de la esttica a la tica; era ms
claro, como ir de la esttica a la estsica. Deleuze toma totalmente el significado griego de esta palabra, pero para la primera lnea
tena problemas; y para empezar uno muy claro que era que Spinoza no habl nunca del arte. Este lmite se convirti en un desafo. Es indudable para m, que una tica de la potencia, la alegra
y la inmanencia como es la de Spinoza, habilit la posibilidad de
pensar un posicionamiento esttico como el propuesto por Nietzsche y que el arte en su filiacin ertica, proyecta la idea de Deleuze acerca del arte como trazado de planos en el caos. Lejos de una
continuidad lineal, hay saltos que me llevaron y siguen llevando
hoy, a un trabajo que, siendo del pensamiento es casi artstico:
sostener las discontinuidades y al mismo tiempo crear las ligaduras conceptuales. Para esta intensa tarea, convertida hoy en una
investigacin grupal, incluyo a Artaud, Mallarm, Cheng, Bacon,
entre otros. Superficies, fuerzas e intensidades remiten a conceptos conductores en los tres filsofos, pensar el cuerpo como superficie de afecciones en Spinoza, como campo de fuerzas en Nietzsche y como variaciones intensivas en Deleuze. Una decidida posicin antisustancialista recorre a los tres, y en este sentido se arma
una extraordinaria composicin. Hacer visibles fuerzas que no lo
son, para la pintura y hacerlas audibles para la msica, es mucho
ms fecundo trabajar, como propone Deleuze, sobre la comunidad de las artes que sobre su separacin. Y el elemento comn en
este sentido es la Fuerza, fuerzas sonoras, visibles.
Al proponer un tercer plano, el esttico para liberar al cuerpo
de las capturas del discurso, tanto filosfico como psicoanaltico,
estoy marcando un acento, es decir la potencia junto con la multiplicidad de matices que se logran al proponer una terceridad en
el debate. El recurso al tres ya lo propona hace mucho tiempo
Alain Badiou. l pensaba a la matemtica como el campo tercero
para un dilogo fecundo entre la filosofa y el psicoanlisis. Mucho
ms que una organizacin de disciplinas, de lo que se trata para
m, es de un orden creado en la inmanencia que porta el tres, al
desgarrar los dos campos que difcilmente se componen.
Desde esta perspectiva cmo pensar el goce y su vinculacin al
cuerpo?
Es una pregunta compleja, en tanto habra que ubicar muy bien
los trminos dada la especificidad que tiene para la filosofa y sus
diferencias con el psicoanlisis. Si seguimos la historia del dualismo cuerpo-alma desde su inicio metafsico, luego cristiano y moderno, vemos la continuidad de una lnea para la cual, el cuerpo
es un gran obstculo porque no se compone bien con la verdad.
Spinoza torsiona por primera vez esta idea, proponiendo al cuerpo como modelo y ubicando en vez del dualismo un pensamiento paralelista; no hay hegemona de ninguna serie sobre la otra
y adems, la razn no tiene ningn imperio sobre el cuerpo, sus
afecciones y pasiones. Luego Nietzsche exalta esta dimensin terrenal del cuerpo, habla de la sabidura salvaje y opondr al cuerpo del martirio cristiano, el cuerpo del goce dionisiaco.
Desde esta breve tirada de lneas, es visible de qu modo el
cuerpo fue una cuestin para la filosofa, permanece como problema y toma en el pensamiento contemporneo, una clara dimen-
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sin poltica: cuerpo social, cuerpo colectivo, cuerpo de la comunidad. Cuerpo deseante tenemos con Spinoza, cuerpo inteligente
con Nietzsche, claros esfuerzos por recuperarlo desde el estatuto
al que la tradicin lo haba abandonado. Con el arte en todas sus
manifestaciones, como respond en una pregunta anterior, tenemos esa presencia retornada desde el exilio. Pensemos por ejemplo en Artaud y el teatro de la crueldad, en el cuerpo sin rganos,
como en la pintura de Francis Bacon o en los personajes de Beckett. Muchas veces he tenido la sensacin de que el goce, en el
sentido de exhuberancia, afirmacin y celebracin de la vida, se
desliza para los psicoanalistas, demasiado rpidamente hacia la
pulsin de muerte. En este punto, hay un debate abierto.
En Lacan lector de Marx plantea que el psicoanlisis tendra una
va para pensar la descomposicin social a partir de poner a trabajar
el acoplamiento entre sociedad economicista, su discursividad mercantilista y su modo de subjetivacin consumista. De qu manera
la articulacin entre estos trminos permitira pensar la descomposicin social?
El trabajo Lacan lector de Marx es para m expresivo de un
proceso de produccin de pensamiento que a lo largo del tiempo
se va transformando, cambiando sus acentos y tambin intensificando en sus hiptesis fuertes.
En un primer momento el eje fue Marx inventor del sntoma,
en el que tomaba la nominacin de Lacan y haca una lectura poltica ubicando muy cerca a Freud y a Marx. Esta cercana se apoya fundamentalmente en dos ideas fuertes que respecto de la religin leemos en El malestar y en el Fetichismo de la mercanca.
Formas fantasmagricas, interpuestas entre las relaciones sociales
y nebulosas propias del mundo de la religin, para Marx.
Finalidad y sentido se pliegan luego en la mirada de Freud al
aportar la religin la nica respuesta posible a la pregunta por el
fundamento de la vida. A estas dos perspectivas, Lacan propone
la suya: la nica poltica revolucionaria es la discursiva, en tanto la mercanca est estructuralmente ligada al significante amo
y lo seguir estando, por una lgica inherente al discurso como
lazo social. Es decir, ninguna revolucin tocar este anudamiento, es cuestin de estructura. Desde aqu, nada del orden de un
acontecimiento poltico, en tanto aparicin de algo indito. Queda por pensar si un discurso que en su lugar de agente ubica el
objeto, puede o no constituir un viraje en lo real. Slo el devenir con toda la dimensin de experimentacin activa, podr decir si hubo algo nuevo con una real decodificacin de lo dado,
es decir la aparicin de nuevos flujos, que son siempre incalculables. Si la mercanca nomina desde la modernidad hasta hoy
al nuevo dios, suplente del dios de la religin, vemos que la instauracin de dolos y la idolatra, como deca Nietzsche, es humana, ms que humana. O sea, no ha habido un vaciamiento
del centro como lugar ni del principio valorativo que lleva a instalar ese sitio hegemnico. Me parece que una contribucin del
psicoanlisis, sumada por supuesto a otras, podra ser la de desarmar, restar consistencia y desarticular lo que constituye para
m la experiencia inmanente al capitalismo, esto es, el lazo indisoluble entre la sociedad economicista, la discursividad mercantilista, y la subjetividad consumista. Pensar la descomposicin social no digo psicosis porque me parece complicado extrapolar una estructura clnica a un campo extra clnico desde
este acoplamiento, extiende las perspectivas ausentes en antiguos anlisis freudianos y marxistas. Tomo descomposicin en
el sentido spinoziano, es decir una inconveniente combinacin
de partes, que siempre resta potencia y aumenta padecimiento. Cada sociedad crea sus propias mquinas econmicas, discursivas, subjetivas.
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La versin completa de esta entrevista en [Link].
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Colaboracin
Escribe
Oscar Lamorgia
lamorgia@[Link]
38 | Imago Agenda
II
A + B + C = < 180
A + B + C = > 180
(Geometra no euclidiana)
III
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esto es: sadismo, masoquismo y... narcisismo, va esta ltima
a travs de la cual el sujeto sutura la castracin por la escarpada
ruta consistente en la inflamacin de lo imaginario.
Es precisamente con el objetivo de metaforizar lo que ocurre
en este ltimo caso, que el maestro francs hace uso del recurso torpedeado por Sokal y Bricmont de desarrollar la raz cuadrada de -1.
De hecho en algunas escuelas de psicoanlisis est en tela de
juicio de si tratndose de la perversin estamos en presencia
de una estructura o si se trata de rasgos que se aaden a las otras
dos estructuras que componen el trptico freudiano, a saber, neurosis y psicosis. Con la perversin y con la sublimacin, es donde
ms claro aparece el concepto de posicin existencial.
La sexualidad, por definicin es infantil y es perversa. En el perverso hay formaciones del inconsciente, hay renegacin de la castracin; y adems el fantasma neurtico no reniega de la castracin? No es acaso el fantasma un instrumento, una mquina que est al servicio de renegar la castracin en el Otro? Bajo
qu forma. Pues bajo la forma de anticipar qu quiere el Otro de
m y proceder en consecuencia dndose el sujeto una respuesta tranquilizadora.
Y el delirio, en ltima instancia, un fenmeno elemental en la
psicosis y no lo digo porque sea la psicosis la nica estructura
donde se puede hablar de fenmenos elementales no est al servicio tambin de recusar la castracin en el Otro? No es esto lo
que acontece cuando Schreber se feminiza ante un Dios gozador?
Entonces, la especificidad de la perversin, est dada en forma
exclusiva por recusar la castracin? Tampoco. La aceptacin y la
negacin de la castracin es inherente a la escisin del yo.
Uno podra preguntarse entonces dnde est tal especificidad?
Alguien que no se cuestionaba por haber cohabitado con su to,
por tener un hijo con su propio padre, por haber cado en una carrera delincuencial bastante pesada, drogarse y dems menesteres, se angustia cuando se entera en medio de las entrevistas
de que su hijo tiene HIV se angustia al punto de solicitar venir
,
al consultorio con mayor frecuencia. La angustia de esta mujer
era desbordante, realmente arrolladora. All entra en un dispositivo lindero con el discurso histrico. El pescador va por un pez,
pero cuando lo pesca ya es un pescado. Un pescador nunca puede obtener un pez y ac pasa lo mismo. Se dice que el perverso
est incapacitado para establecer un lazo transferencial, pero resulta que los diagnsticos en psicoanlisis, son bajo transferencia. Es un embrollo.
Cmo acusamos recibo de la perversin? O por datos sociolgicos o por la queja de un neurtico que es partenaire de un
supuesto perverso, pero cuando (un perverso) entra en anlisis
sigue siendo perverso? Es un dato clnico la perversin, o slo
se trata de una conjetura?
Entonces justamente la demostracin ms evidente de lo que es
una posicin existencial lo constituye la perversin, porque en realidad puede ser una posicin frente a la vida, una posicin frente a
los goces que no implica, en modo alguno, que en algn momento
esa actuacin no pueda decaer hallando un lmite cernido por la
angustia, como ocurre con el ms standar de los neurticos.
40 | Imago Agenda
atadura al Gran Otro y por eso existe una distancia entre el acto
toxicmano y la puesta en escena perversa. No porque no haya
toxicmanos perversos, sino para deshabilitar la futilidad con la
que muchas veces detrs del acto toxicmano se vislumbra perversin por defecto. El perverso est pendiente del Gran Otro,
en tanto que el toxicmano deja al Gran Otro abolido mientras
dura la accin farmacoqumica del txico.
El acto creativo del perverso es esta ley transgresiva y en la sublimacin se opera un acto creativo que tendr que ver con la
creacin de un objeto nuevo y que nomina al sujeto, a la vez que
en el pasaje a lo pblico se consolida el lazo social. Es decir que
el sujeto encuentra una nueva nominacin, un pasaje del Nombre del Padre a ser Padre del Nombre a travs de un objeto creado. Sera de esperar que nadie componga una sinfona para escucharla en el stano de su casa para s mismo.
Precisamente hay una escena as en la pelcula Fama. Haba
un muchacho que era un virtuoso de los teclados y la composicin y tocaba lo que compona slo para s, frente a lo cual el
profesor del Studio con brutal sinceridad le dice: eso es masturbacin!
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1. Montaigne, Michel de, Los ensayos, segn la edicin de 1595, Acantilado, Barcelona, 2007, p.380, libro 1, captulo 42.
2. Pascal, Blas, Pensamientos, Fondo Nacional de las Artes, Sudamericana, Buenos Aires, 1971, tomo I, p.2003, fragmento 315 en la edicin
de Brunschvicg. Hans Blumenberg, en el captulo cuarto La metafrica de la verdad desnuda de su Paradigmas para una metaforologa,
Trotta, Madrid, 2003, p.110, considera la polmica.
3. Ob. cit. p.119.
4. Derrida, Jacques, Fuerza de ley; el fundamento mstico de la autoridad;
Tecnos, Madrid, 1997.
En este punto prefiero detenerme y dejar para otras notas el tema tan
candente de la autoridad. Hablamos habitualmente de saber, pero qu
lugar tiene lo que Lacan llama lo dicho primero decreta, legisla, aforiza, es orculo, confiere al otro real su oscura autoridad (Subversin del
sujeto)? Y tambin y en el mismo texto Todo enunciado de autoridad
no tiene all <en el Otro> ms garanta que su enunciacin misma,
cul es el sitio de la autoridad? cul su relacin con el saber?
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Colaboracin
esde que Freud cuestion la certidumbre del sujeto moderno introduciendo la no identidad entre psiquismo y
conciencia, se viene anunciando la muerte del psicoanlisis. No es de extraar que en nuestros tiempos esta costumbre siga estando presente. Desde diferentes sectores del campo de la salud mental, e incluso a veces desde sectores ajenos
a este campo, se critica al psicoanlisis ms o menos amigablemente pero siempre en la misma tonalidad: aquella que insiste en que el psicoanlisis es ineficiente.
No hace falta ir demasiado lejos para darse cuenta de que
detrs del rigor cientfico en el cual pretenden inmunizarse
quienes disparan estas flechas se encuentra en realidad, lo que
Freud advirti ya en 1915:1 los prejuicios estticos y morales,
los prejuicios intelectuales y el desconocimiento absoluto de
la teora psicoanaltica, a lo que habra que agregar, sin excluir
estos factores, otros que no estaban presentes en la poca de
Freud: los intereses econmicos.
Pero el nfasis est puesto en la eficacia, y por esto debemos
responder desde nuestro discurso, pero sin olvidarnos de ella.
Intentaremos hacer un aporte a esta discusin desde nuestra
perspectiva: La de la prctica del psicoanlisis aplicada al tratamiento de las psicosis en el dispositivo de Hospital de Da
Vespertino de un hospital pblico: el Hospital General de Agudos Dr. Teodoro lvarez.
Desde que existe lo humano existe la locura, desde que existe
una forma de concebir el mundo, existen sujetos que no comparten esa construccin. Esto tiene que ver con que lo que nosotros creemos que es el mundo desde nuestra perspectiva neurtica se basa en la suposicin de que este mundo es as para
todos. Por ende este mundo, y la experiencia que tenemos sobre l, son intercambiables. Sobre esta creencia reposa la realidad, en ella se funda. Quienes tcitamente comparten esta
construccin estn invitados a formar parte del mundo, de la
realidad que lo soporta. Pero en nuestra prctica diaria nos encontramos con sujetos que no comparten esta perspectiva, sujetos que habiendo cado en el abismo del fin del mundo2, reemergen de esta experiencia trayendo consigo un nuevo mundo, sostenido ahora en el delirio.
El lugar que se les ha dado a estos sujetos a lo largo de la historia fue variando segn los tiempos y las geografas: mensajeros de los dioses, encarnaciones del demonio, testigos de un
estado anterior, hroes, criminales, objetos de estudio... Y en
proporcin directa con los lugares que se les fueron asignando, se fueron construyendo formas de abordar su padecimiento, formas de tratarlo.
Y en este punto aparece la pregunta. La pregunta fundamental, la que nuestra prctica diaria nos autoriza a hacernos: Existe alguna rama del conocimiento occidental, ya sea cientfico,
ya sea religioso, ya sea del ms comn de los sentidos comunes... existe alguna teora que pueda abordar el tratamiento de
las psicosis de forma ms eficaz que el psicoanlisis?
Por tratamiento entendemos, ni el encierro, ni la medicacin
excesiva, ni la internacin eterna, ni ninguna otra forma de violencia. Un tratamiento es brindar un dispositivo que le permita
a un sujeto, junto con otros, construir un tiempo y un espacio
que sean los cimientos de un mundo, un mundo habitable.
Esto es posible en tanto el dispositivo de Hospital de Da Ves-
42 | Imago Agenda
pertino opera como una matriz sin forma: Algo que se presta
como continente, alojando un contenido y dndole una forma...
pero una forma siempre distinta, una forma que ser producto tanto de la matriz que la contiene como de las caractersticas de su contenido, que influirn tambin sobre la forma final. Un producto que no ser nunca cualquier cosa, pero tampoco ser nunca la misma cosa.
Cuando esto se produce podemos comenzar a advertir los primeros efectos del tratamiento en la aparicin de un sujeto, un
sujeto que no deja de padecer, pero que hace algo distinto con
su padecimiento, un sujeto activo en el trabajo que implica su
tratamiento, un tratamiento que ser el resultado del encuentro del padecimiento en ms propio de la estructura psictica
y la matriz que presta el Hospital de Da Vespertino: una matriz hecha de tiempo y espacio.
Estas dos categoras, tiempo y espacio, son las columnas vertebrales de la realidad. Su ausencia precipita en el delirio, es
por ello que son absolutamente fundamentales a la hora de empezar a construir un mundo lo ms cercanamente posible al
mundo neurtico: un mundo hecho del espacio fsico que presta el hospital, de horarios que cumplir, de compaeros que tolerar y respetar, de diferentes espacios de trabajo, de actividades con una legalidad, del conjunto de profesionales sobre los
cuales se irn desplegando diferentes tipos de transferencias,
de reglas de convivencia, de derechos y obligaciones. Esto es el
Hospital de Da Vespertino entendido como dispositivo.
Y si al final de este recorrido alguien puede casarse y nombrar como testigo a un ex compaero, alguien puede volver a
su casa y no sentirse perseguido, otro puede comenzar a trabajar para no depender de sus padres, otra convivir con sus hijos de una forma ms pacfica... ah podemos hablar de eficacia, eficacia que es producto del encuentro contingente de tres
elementos heterogneos: el psicoanlisis, el hospital de da entendido como dispositivo y el hospital pblico.
La referencia al encuentro contingente de estos tres elementos no es casual: se pueden tratar pacientes psicticos en el consultorio particular, en hospitales de da privados, en centros
de da, en salas de internacin. Sin embargo sostenemos que
ninguna de estas formas de tratamiento, en s misma, es ms
eficaz que la compuesta por el encuentro del psicoanlisis, el
hospital de da y el hospital pblico. El psicoanlisis aportando una tica, el hospital de da una forma de plasmar esta tica en un dispositivo, y el hospital pblico algo que va mucho
ms all de la infraestructura edilicia.
Por qu? Porque en nuestro pas asistimos a la progresiva
transformacin de la salud en una prestacin, olvidando que
en realidad se trata de un derecho.
En cuanto la salud se transforma en prestacin pasa a ser
propiedad de alguien, alguien que puede decidir prestarla o
no, lo que se traduce en que otro quede privado de su salud
Hace falta aclarar que desde esta perspectiva la salud es tratada como una mercanca?
Desde hace dos dcadas en nuestro pas es cada vez mayor
el avance del sub sector privado por sobre el pblico, y el mbito de la salud mental no es ajeno a esta tendencia. En la misma lnea, se empiezan a crear hospitales de da en el mbito
privado3, lo que instala la siguiente pregunta: es trasladable
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el hospital de da, entendido como un dispositivo, del mbito
pblico al privado? Responder afirmativamente no es tan sencillo como parece, por lo menos no lo es si lo que se pretende
es un hospital de da acorde a como lo concebimos.
Al estar regidos por la lgica capitalista, la mayora de los
hospitales de da del sub sector privado admiten pacientes
sin tener en cuenta las diferencias fundamentales de estructura que permiten la formacin de un grupo, y sin la formacin de una lgica grupal el trabajo se vuelve imposible, ya
que uno de los pilares del dispositivo hospital de da es el tratamiento con otros pero dentro de una lgica grupal. Por otro
lado, muchas veces deja de tenerse en cuenta otro de los pilares de este tratamiento: la no cronificacin. En el hospital
de da se espera que un paciente ingrese y se instale en el dispositivo, pero fundamentalmente se espera que salga del dispositivo. Si esto se pierde de vista se atenta contra uno de los
objetivos fundamentales del tratamiento. Otra de las cuestiones que se observan en este tipo de hospitales de da es la
nula importancia que se les da a los talleres que componen el
cronograma, con lo cual se cae en lo ms retrgrado de la laborterapia, entreteniendo a los pacientes, hacindolos hacer algo. Lo que se ignora es que ese algo no es cualquier
cosa, sino que es una construccin sumamente compleja que
aparece en el momento en que alguien puede crear un objeto, que no necesariamente es tangible, a partir del cual puede
nombrarse como sujeto.
Para concluir: la teora psicoanaltica no es ms compleja
que el objeto de estudio que aborda. Su ejercicio en el dispositivo de Hospital de Da Vespertino da cuenta de su vigencia,
pertinencia y eficacia. El hospital pblico como garante de calidad e igualdad en el acceso a la salud es el contexto privile-
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Colaboracin
Un cartel en el hospital
Escribe
Masu Sebastan
masusebastian@[Link]
a particular posicin del analista hace que l, formando parte del inconsciente, constituya la mitad del sntoma como
nico modo de ser abordado por el anlisis, al punto de
conformar, cuando eso es posible, la misma neurosis de transferencia. Esa excepcional posicin hace que l se vuelva sede
pulsional de la experiencia, objeto de un goce ajeno, que vuelve tambin particular su investigacin. Una investigacin que
slo es posible escindida del acto analtico, ya que entre el tiempo del acto y el de leer la produccin de sus efectos, se impone
una mediacin. En esa mediacin, imposible de recubrir, se encuentran emplazados siempre en la nica va, la de la transferencia distintos dispositivos elaborativos del ejercicio de la funcin del analista: el anlisis, el anlisis de control o la supervisin, el trabajo con los textos, la escritura de la clnica. En este
punto preciso, hacemos la insercin de nuestro proyecto de los
Grupos de Trabajo en la institucin hospitalaria. Se trata de un
espacio que tiene lugar cuando junto con otros, un analista se
dispone a dejarse reglar por un dispositivo que oficia de ley, determinando la produccin en un carril diferente del que supone
tomar clases, asistir a seminarios o an, supervisar.
Nos interesa poner a prueba estos Grupos de Trabajo destinados a la elaboracin de una clnica en la que cada uno deje or
su implicacin, cada vez que se encuentre apremiado por las
preguntas en torno a su autorizacin, ante algunos otros. Cuando precisamente por estar bajo ese apremio, el analista quiera disponerse a crear una interlocucin a la espera de poder
escuchar en qu de su posicin l falt, en el intento de poner
en correlacin el acto y su obstculo con la transmisin del deseo. Acaso no es este el camino de la construccin de los conceptos en psicoanlisis?
Es en esta va que enmarcamos un dispositivo desde la perspectiva de la lgica del cartel, ese rgano (rgano de base)
que Lacan concibi como fundamento para su Escuela. Es un
pequeo grupo en el que cada uno de los integrantes empuja sus propias elaboraciones, con el que Lacan pretendi objetar el perjuicio que las identificaciones homogeneizantes, tan
a menudo, ocasionan a la institucin psicoanaltica. En estos
pequeos grupos que llamamos Grupos de Trabajo cuya particularidad es contar con la funcin del lector del obstculo el
inters est puesto en otra dimensin que la de la palabra magistral esencialmente ligada a la consolidacin de lo institucional. Porque que se pueda decir cualquier cosa pero nunca desde cualquier sitio, es la frmula clave que instituye la dimensin
del anlisis, y es tambin clave para la investigacin del analista. La apuesta consiste en abrir un sitio, entonces, isomrfico
al del anlisis, ya que en ese recorrido son muchos los momentos en que el sujeto que investiga es llevado por un saber no
sabido todava, momentos en los que recibe, por la lectura de
otros integrantes del grupo, su propio mensaje. Es por eso que
para una experiencia orientada por un modo de bsqueda tan
paradojal, se vuelve esencial contar con las propias preguntas
que justifiquen entramarse con los dems. Es que de hecho, el
dispositivo obliga a dar cuenta de la posicin, a la vez que nu-
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tre, con la investigacin recorrida, a los que comparten la experiencia renovando las formulaciones del psicoanlisis cuando lo pone a prueba en su propio mtodo.
Este proyecto de constituir Grupos de Trabajo en el seno del
hospital se propone, fundamentalmente, estimular la produccin a nombre propio de cada integrante, propiciar y revalorizar la interlocucin entre analistas a partir de esa produccin
y generar un mbito de discusin que tenga una frecuencia regular. Porque es cierto que una barra cae sobre el intercambio,
pero nos es posible compartir. Por esa misma razn el espacio
quiere nombrarse abierto y al poner en dilogo distintos lugares, pretende evocar el contexto de pelea del que nos habla
Lacan, como una pieza clave en la construccin de los hallazgos en psicoanlisis. Este contexto se produce en otro tiempo que el de la prctica, un tiempo propio de la formalizacin
de esa prctica, de la bsqueda de las razones del acto. Pero no
para tener razn, lo que constituira un camino reducido a la
polmica, sino para poder ejercitar esa bsqueda construyendo un afuera en el adentro espeso de sentido, propio de toda
institucin cuando se cierra sobre s. Un desfiladero por donde dar paso a las producciones singulares, independientemente de las pertenencias que puedan acreditar los que participan
de la experiencia. Se trate de colegas de la misma institucin,
pero insertados en servicios o turnos diferentes, o de colegas
de otras instituciones psicoanalticas u hospitalarias, que se dispongan a compartir la experiencia de leer los propios lmites a
travs de una lectura con otros.
Es convocando a quienes se sientan concernidos que invitamos a inscribir la experiencia en el Ameghino, en el marco de
la extensin del Postgrado de Psicoanlisis. Porque en toda institucin, no slo en las convencionalmente llamadas psicoanalticas, sino tambin en el seno mismo de la institucin hospital, es necesario que se produzcan nuevos efectos discursivos
en un mbito que enriquezca nuestra formacin y, por ende,
tenga consecuencias en la clnica. O es que quedaramos eximidos de esa prctica tica por el slo hecho de que nuestra
institucin presente una modalidad particular no tan fcilmente encasillable? Porque pensamos que no, queremos imprimirle a la experiencia nuestra propia modalidad, en un grupo de
trabajo convocado y conformado con ese fin, en el que nos hemos dado algunas pautas de funcionamiento sujetas, desde el
comienzo, a revisin y rectificacin.
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Comentario de Libros
l nuevo libro de Stella Maris Rivadero titulado Fracasos del amor. Impedimentos del deseo y enclaves de goce, nos permite situar bajo nuevas coordenadas importantes interrogantes psicoanalticos. En el mismo se despliegan perspectivas que surgen de la experiencia clnica enriquecidas con los aportes tericos que el psicoanlisis nos propone y que la autora articula con precision. De esta conjuncin surge su fuerza temtica y su
lucida y tambin generosa transmisin.
Su ilustracin de tapa nos introduce desde el inicio con una bella reproduccin de un cuadro de la pintora norteamericana Giorgia OKeefe, siempre
cercana a temas sobre el amor y la femineidad.
Qu es el amor? Cul es su fuente estructural? Es inevitable e irremediable el fenmeno del amor? Es posible vivir sin amar? Cul es su relacin al goce y al deseo? De qu Otro hablamos cuando hablamos del Otro
del amor? Se trata del amor al padre? al superyo? Al otro primordial? Al
semejante?, al prjimo?
La autora nos responde en la introduccin, Todo amor supone una fuerte restriccin de goce, el amor al cual nos referimos es el del otro parental,
quien en su funcin no se privo de gozar a su hijo ya que no se encontraba
en posicin de privarse de acuerdo a la ley que regula los dones
Esta hiptesis es determinante en relacin a lo que sern los fracasos del
amor, asentada sobre un amor sin castrar, sin pasaje por la falta define el futuro de un sujeto a la hora del conflicto amoroso. La demostracin de esta
hiptesis palmo a palmo, letra a letra es la meta de este libro en la que la experiencia clnica es capital.
Silvia Wainstein nos dice en el prlogo; La clnica de la pulsin nos ensea que la eficacia de su ingreso depende del amor del Otro. En el campo pulsional su manifestacin es libidinal y desde el origen de la estructura del sujeto ese amor es posible si su fundamento proviene de la falta.
Es desde estas facetas que Stella Maris Rivadero nos interroga y a esta
demostracin consagra el texto. Los interrogantes que van desde la relacin
a los padres, el segundo despertar sexual, la adiccin, el desamor y el duelo ocupan su sitio en estas variantes clnicas en las que el amor como punto
instituyente estuvo en dficit.
Es desde la clnica que los fracasos del amor se evidencian y es desde la
clnica y la posicin del analista desde donde el amor se cura. Siguiendo los
pasos freudianos postula una y otra vez que es por va del amor de transferencia que el amor se cura. Deseo del analista mediante, deseo sin ms que
el vaci, sin ms que los operadores lgicos con los que cuenta el sujeto de
la transferencia. Funcin deseo del analista que al sostenerse en el objeto a
en el que reina el semblante permite al sujeto relanzar el deseo, cuyo paso
previo es el trabajo por los enclaves pulsionales.
Pero para el sujeto el encastre amoroso del cuerpo, no est dado desde
el origen sino que pueden presentarse diversos accidentes en el curso de su
necesario eslabonamiento y enlace RSI. Entiendo que lo antedicho es otra
tesis fundamental del libro.
Ahora bien, sobre qu experiencias asienta sus tesis?, Es con pacientes
cuya presentacin clnica excede, o mejor dicho no corresponden puntualmente, a aquellas neurosis en las que el sntoma reina como recurso del significante flico alumbrando la constelacin subjetiva. Stella se nutre de una
clnica en las que el recurso al sntoma est empobrecido o no est como tal.
Anorexias, bulimias, padecimientos narcisisticos, adicciones, violencia, estragos maternos y duelos sin resolucin sintomtica. Casos que Freud hubiera
catalogado como neurosis actuales. No obstante a diferencia de las neurosis
actuales en las que al maestro le costaba situar la transferencia advertidos
que el concepto de transferencia aun no estaba delineado en el tiempo en que
Freud escribi sobre las condiciones de las neurosis actuales, la autora sita
la transferencia como la funcin analtica por excelencia. No duda en situarla como motor y pivote de la cura. Es ms, a ella se entrega buscando cada
una de las herramientas en las que pueda basarse el psicoanlisis.
Tomando los enlaces Real, Simblico e Imaginario de la ltimas enseanzas de Lacan, nos propone seguir el hilo de la cuerda imaginaria para estos
pacientes en los que el sentido del Otro esta fracasado para el sujeto. Construir el sentido, fabricarlo en transferencia para pasar luego al juego signifi-
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Comentario de Libros
1. Alicia Fainblum: Licenciada en Psicologa (UBA). Psicoanalista. Profesora adjunta en la Facultad de Psicologa (UBA) a cargo de la materia
Psicologa de la Discapacidad y Prcticas Profesionales. Dicta materias sobre sta temtica en la Universidad Nacional de Lujn y en la Universidad del Museo Social Argentino. Autora del libro Discapacidad: Una
perspectiva clnica desde el psicoanlisis.
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Comentario de Libros
Duelos en juego
La funcion del juego en el trabajo del duelo en la clinica con bebs y nios
con problemas en el desarrollo
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cierto nivel de dao neurolgico produce una suerte de impermeabilidad biolgica parcial al significante. Para suplir esta dificultad de permeabilidad
la escuela argentina, pionera en ello, con Lydia Coriat a la cabeza, introdujo el concepto de estimulacin temprana. Pero este libro va a salir al cruce de
un potencial problema, crucial para el debate que
en este momento debiramos llevar adelante con las
neurociencias. Una intervencin de ese tipo no debe
ser un adiestramiento, porque si lo fuera, se obtendran nios amaestrados, no sujetos en vas de advenir. Las terapias cognitivo-comportamentales, servidoras del discurso totalizante de la ciencia, utilizan el adiestramiento con logros muy importantes en el orden de obtener
un oso de circo. Por eso, en los equipos interdisciplinarios que
se ocupan de estos casos, es crucial la direccin del psicoanalista. El lector se sorprender al encontrar en las pginas que
lo aguardan una inesperada aparicin del sintagma deseo de
muerte. En efecto, el nio debe constituir en l un deseo de
muerte hacia el adulto. Jugar a la mam, o al doctor, o a la
maestra, es desear matar a cada uno de estos personajes, para
tomar el lugar del grande. Para poder entrar en el juego el
nio tiene que constituir, y el Otro tendra que poder tolerarlo,
un deseo tal. Se trata de una muerte de juguete, y de asesinatos de mentirita. Esto explica por qu eligi, para iniciar el libro, darnos el ejemplo clnico de una niita, Sofa, afectada de
hemiparesia y lesin cerebral en el campo visual. Comenta que
a esta nenita la ve desde los siete aos, con un diagnstico difcil de establecer entre autismo y psicosis. El anlisis pas por
la novedad de que empiece a jugar, que deje de darle el gusto
al disgusto, perdiendo al fin la prdida de la prdida, poniendo en marcha el duelo. Se dar por terminada la cura cuando,
a los quince aos, cuente, al volver de vacaciones, que ha soado que su analista est muerta. Consolidado este deseo de
muerte del Otro la cura alcanza su fin. La autora insiste en la
funcin materna, introducida por Hctor Yankelevich hace dos
dcadas, como pasadora del Nombre del Padre; pasadora por
ende de la que deuda que la madre admite en acto por la funcin paterna. El lector va a encontrar en este libro, formalizadas, todas las variaciones del juego: los nombres del juego,
los juegos de duelo, los juegos de transferencia el juego
como puesta en acto de la lengua al discurso, el discurso del
juguete, el juego como formacin del inconsciente, el juego sinthome, los ritmos del juego. Este ltimo tem es esencial puesto que demarca la posicin del analista en estas curas:
ste es un acentuador del ritmo del juego y no su mero traductor. Este texto importante nace de una tesis de maestra, pero
no creemos que sea por ello que abunda en citas. El pasaje de
discpula a autora de fuste entraa frecuentemente cierto azoro, como si el escriba reclinase sobre otro la autora. Este volumen sobresaliente es testimonio escritural de alguien que ensea algo nuevo a partir de su prctica.
Silvia Amigo
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EL PSICOANALISTA LECTOR
sido convocado como Director de Proyectos Editoriales de Letra Viva. Ahora bien: puede un psicoanalista padecer tanta Spaltung, divisin o esquizofrenia como para ser dos personas diferentes a la hora de leer? Digo: es lo
mismo un editor psicoanalista que un editor que no lo sea? Acaso su experiencia con el psicoanlisis, tanto en el divn como en el silln, no lo condiciona cuando llega a su escritorio y, como hicieron Noem y Luis, escribe;
o, como hice yo, lee algn texto?
Brevemente, quisiera contarles de qu se trata mi tarea en la editorial: soy
el primer lector de los textos que los autores nos acercan con el fin de publicarlos. Debo leerlos e imaginarme cmo quedaran convertidos en un libro
del estilo que deseamos sea el de la editorial. Esto no siempre es una tarea
sencilla. Cuando los textos no se acercan a lo que esperamos no los rechazamos, sino que ah se inicia un trabajo conjunto, donde el autor y su editor
comienzan un intercambio muy especial.
Ahora bien, este ltimo no fue el caso de Entre la ventana y el muro de
Noem y de Luis. Cuando me encontr con el texto, lo le cuidadosamente y
tan solo limit mi tarea a dejarlo entrar al circuito de la editorial (o sea, me
abstuve de intervenir lo que de por s, ya constituye una intervencin).
Pasados unos meses, tengo la impresin de que hoy es el mejor momento para explicar por qu. Mi primera sorpresa fue su ttulo. Un libro de teora
psicoanaltica con un ttulo que no inclua ningn concepto terico, slo una
circunstancia de lugar? Y si esa circunstancia de lugar fuera en s misma
un concepto aunque no presentado de la manera ms clsica?
Yo no s, y tampoco les pregunt a los autores, el porqu del ttulo. Y como
creo en la cooperacin interpretativa entre el autor y el lector de un texto,
este ltimo me fue produciendo las asociaciones necesarias para alcanzar
algn sentido: el que, insisto, no pretendo que valga para nadie ms, es mo
y ni siquiera los autores podran negrmelo un libro escrito es una botella
al mar sobre la que el autor pierde todo control. En cualquier caso, la impronta del ttulo me dio a entender que se trataba de leer algo puesto en el
espacio, y como en mi trabajo como Director de Proyectos Editoriales haba dado un fuerte apoyo a proyectos que sostuvieran la articulacin entre
la topologa y el psicoanlisis (incluso haba traducido una obra de excelencia sobre el tema), esa fue mi primera hiptesis de lectura.
El psicoanlisis ya cumpli ms de cien aos; a lo largo de tanto tiempo creci, se extendi, se introdujo en la lengua popular, se bastarde y fue
atacado desde diversos campos del conocimiento. A intervalos relativamente regulares alguno de los diarios de gran tirada de nuestro pas publica una
nota que declara el fin del psicoanlisis. Pero, entre sus peores enemigos,
est el individualismo moderno que supone la coincidencia del sujeto y el
cuerpo, y del cual se deduce un psicoanlisis particular: aquel que hace del
inconsciente un aparato adentro del cuerpo y que debe recurrir a complejsimas operaciones para hacer pasar determinados componentes desde adentro hacia afuera y viceversa.
Para aflojarnos un poco, les cuento una pequea vieta clnico-editorial:
En cierta ocasin en que un autor me presentaba su proyecto de libro, me
dijo: No vaya usted a pensar que la idea me la rob de algn otro autor....
Yo podra haberle respondido: Yo no dije eso, lo dijo usted. Y si lo dijo
usted, si sali de su boca, eso estaba en usted.
Pero no se lo dije, porque cuando se trata de hablarle a otro no creo en
un adentro y afuera tan visiblemente euclidiano.
Prefer responderle con una pregunta: Y por qu cree usted que iba
yo a pensar eso? Es notable que existe algo que Freud alguna vez trabaj como telepata, y es que todos los humanos participamos y compartimos ciertas cadenas de lenguaje, y que stas nos permiten suponer que
por un momento podemos estar adentro de las ideas del otro, tanto como
el otro puede estar adentro de las nuestras. Para eso, como deca Jacques
Lacan, hace falta tan slo un poco de topologa.
Este modo de pensar el espacio, est presente en el libro que hoy presentamos. Slo una lnea a modo de ejemplo: ... algo del sujeto se constituye primariamente en una exterioridad....
Entre la ventana y el muro no es un libro mstico. Tiene pasajes ms difciles que otros, pero en ninguno de ellos el estilo se torna oscuro o misterioso. Al contrario, segn sus autores en psicoanlisis, se trata de razones
lgicas. Y ellos las ofrecen, generosamente, a lo largo de sus pginas.
Este es uno de los motivos por los que cre que haba que publicar este libro. Porque participa de la idea de la reinvencin del psicoanlisis.
Con frecuencia, los psicoanalistas evitan abordar la topologa lacaniana.
Los motivos son casi siempre los mismos: es difcil, no se entiende, no tenemos predileccin por las cuestiones matemticas, somos hombres de letras, hipnotizados por el lenguaje. No creo en esos argumentos o no creo
en ellos de modo general, para todos los casos. Creo ms bien que el estudio de la topologa exige un trabajo crtico con los conceptos del psicoanlisis, ya que no cualquier definicin de tales conceptos articula con la topologa. Qu nocin de inconsciente es la que puede inscribirse en una
banda de Moebius? Y cmo concebir al sujeto humano hablante para que
su estructura real sea la del toro? Qu realidad se desprende del corte del
cross-cap? Qu nocin del objeto a surge con la costura de las dos bandas de Moebius autoatravesadas que da origen a la botella de Klein? Cmo
concebir a los tres registros para que puedan articularse en el nudo Borromeo? Y qu modo del sntoma funciona como el cuarto redondel que anuda a los tres registros?
Si, como afirman nuestros autores, el sujeto es topolgico, entonces
necesitamos estos libros que no retroceden ante tales preguntas.
Pero no puedo dejar de contarles algo. Supongan que uno encuentra sobre la mesa de una librera un libro cuyo ttulo le resulta interesante. Lo levantamos y leemos... su contratapa! El texto de contratapa tiene que impresionar al lector. Tiene que producirle ganas de leer el libro, debe motivarlo e interesarlo. Por lo general, los autores no pueden escribirlo. Reducir toda su obra a un texto de trescientas palabras les suena inverosmil. No
obstante, es posible.
El texto de contratapa de Entre la ventana y el muro tiene solo doscientas setenta y nueve palabras. E incluye una frase parafraseada del libro en
la que dice que en esta poca capitalista los sujetos pueden dirigirse al psicoanalista para comprar su bienestar, y los analistas pueden entrar a la institucin que los nuclea para comprar su prestigio.
Una afirmacin tal, quizs no sea polticamente correcta, pero es verdadera. He ah otro motivo para publicar el libro y, en mi caso, para escribir la contratapa.
Para concluir, quiero contarles que en esa ventana del ttulo, he encontrado la mirada oculta de El ser y la nada de Sartre a la que se refiere Lacan al
inicio de su enseanza; pero tambin a ese cuadro en la ventana de Magritte (llamado La condicin humana) del que Lacan se sirve para dar cuenta
de la nocin del fantasma.
Y tambin quiero contarles que en el muro hall al muro del lenguaje
(algo que resuena en esa funcin real que aportan los autores para reinventar al psicoanlisis); pero que tambin encontr all al poema de Antoine Tudal que Lacan present en el 53 y retom fuertemente en los aos
70, y que dice...
Entre el hombre y el amor,
Est la mujer.
Entre el hombre y la mujer,
Hay un mundo.
Entre el hombre y el mundo,
Hay un muro.
Qu hay, entonces, entre la ventana y el muro?
Slo puedo decirles que para responder, hay que leer este libro.
Pablo Peusner (pablopeusner@[Link])
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delo de la realidad, y a los objetos en la realidad corresponden los elementos de la figura: la figura misma es un hecho. A su vez, la forma lgica de
un hecho la misma que volvemos a encontrar en la proposicin que lo
representa estar determinada por el tipo de objetos que lo originan, dependiendo de la naturaleza del objeto, es decir, de sus propiedades internas,
cules son los tipos de hechos de los que estar en condiciones de formar
parte4. El hecho de que las cosas tengan una cierta relacin entre s se representa por el hecho de que, en la figura que los simboliza, sus elementos
tienen unos con otros una relacin de correspondencia: En la figura y en
lo figurado segn Wittgenstein debe haber algo idntico para que una
pueda ser figura de lo otro completamente. Lo que la figura debe tener en
comn con la realidad para poder figurarla a su modo o manera justa o
falsamente es su forma de figuracin. Una figura puede corresponder
o no a un determinado hecho, y ser por consiguiente verdadera o falsa. No
obstante, en ambos casos tendr en comn con el hecho la forma lgica, tal
como se ilustra en el Tractatus con el siguiente ejemplo: El disco gramofnico, el pensamiento musical, la notacin musical, las ondas sonoras, estn todos, unos respecto de otros, en aquella ntima relacin figurativa que
se mantiene entre lenguaje y mundo. A todo esto es comn la estructura
lgica. Lo interesante de este ejemplo es que nos permite captar con mucha precisin el modo en que algo se transmite, se comunica, se transfiere,
se desliza a travs de territorios tan heterogneos, sin que esa heterogeneidad afecte en nada la intimidad de su relacin figurativa Acaso hay demasiada distancia entre esta formulacin de Wittgenstein, y el modo en que
Lacan ilustra en su complejidad el circuito de la pulsin?
Retomaremos este interrogante en nuestra prxima entrega, como introduccin al ltimo punto que nos interesa abordar en el Tractatus, que es la
relacin establecida por Wittgenstein entre lenguaje y pensamiento.
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Textos filosficos
Dossier
Martin Heidegger
3ra poca - 58va parte
1997 - 2009
por
Lucas Soares
o primero: una excusa. La hiptesis de lectura que voy a proponer no est cerrada ni del todo profundizada. Pero como
se trata de un seminario, y un seminario es, como crea Deleuze, un laboratorio de investigacin donde se habla acerca de
aquello que uno investiga y no acerca de lo que uno sabe1, creo
que vale la pena arrojar aqu el germen de meditacin al que arrib. Al fin y al cabo un seminario, tal como seala Heidegger, no se
propone ms que eso: Un seminario es, como ya lo indica la palabra, un lugar y una ocasin de arrojar aqu y all una semilla, de
dispersar un germen de meditacin que tal vez algn da se abra
a su manera y fructifique2.
Lo segundo: por qu, como se desprende del ttulo, establecer
un dilogo entre Heidegger y Platn? Por qu insistir con Platn, cuando sabemos, a partir de la destruccin (Destruktion) de
la historia de la ontologa que Heidegger reclama al comienzo de
Ser y tiempo, que toda metafsica habla la lengua de Platn3 y
que el despliegue de su historia no hizo ms que confundir al ser
con un determinado ente o, lo que es lo mismo, pensar al ser desde lo ente (puntualmente, desde la Idea platnica)4? Una posible
respuesta podra ser que en el fundamento mismo de esa historia
de la ontologa que Heidegger se propone destruir (o sea, en Platn), podemos reconocer no slo el olvido del ser, sino tambin
el germen de su propia destruccin como desocultamiento. Hallar
en el ocultamiento de la pregunta por el ser (y de su diferencia
con lo ente), la posibilidad del reconocimiento de ese ocultamiento y, en consecuencia, del despertar desde ese olvido del ser. La posibilidad de atisbar, en el ocultamiento, el desocultamiento mismo5. Porque, como apunta Heidegger, el ser es lo ms olvidado y
al mismo tiempo el recuerdo interiorizante6. Platn en este sentido representa para Heidegger, aun desde la perspectiva limitada
que para l ofrece la ontologa griega, algo ms que el ultracitado
precursor del olvido del ser en favor de ese ente privilegiado que
es la Idea7. Representa tambin, como lo atestigua el epgrafe platnico del Sofista con el que Heidegger abre Ser y tiempo, la posibilidad de retorno a la perplejidad inicial que todava nos asalta
ante el sentido del trmino ser, la necesidad de replanteamiento de la pregunta fundamental que apunte a su esclarecimiento,
a la vez que el sealamiento de que en el seno mismo de esa historia de la ontologa que se apresta a consumar el olvido del ser,
podemos hallar rastros de lo por pensar, o sea, el olvido de la diferencia que da origen a dicha historia8. El dilogo que aqu pro-
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lo que pensemos, pensamos en el campo de la tradicin. (...) Slo
cuando nos volvemos con el pensar hacia lo ya pensado, estamos
al servicio de lo por pensar. (...) Pero lo ya pensado slo es la preparacin de lo todava impensado, que en su sobreabundancia, retorna siempre de nuevo. (...) Para nosotros, el dilogo con la historia del pensar ya no tiene carcter de superacin, sino de paso
atrs14. En la salvaguarda o sostenimiento de este pensar reflexivo reside para Heidegger la esencia del hombre15.
Para adentrarnos entonces por el camino del dilogo HeideggerPlatn y ver hasta dnde nos conduce el paso atrs, lo que quiero
proponer aqu es leer algunos pasajes de Construir, habitar, pensar y La cosa, dos ensayos que tocan el tema de la Cuaternidad,
Cuadratura o Cuarteto (das Geviert), a la luz de la ertica platnica, tal como aparece presentada en el Banquete. Pero antes de poner en marcha el paso atrs a partir del dilogo propuesto, aclaremos, muy sucintamente, cul es el enfoque que Heidegger le imprime a su ensayo Construir, habitar, pensar. Lo primero a tener
en cuenta es que no se trata del construir y del habitar desde el
punto de vista de la arquitectura o de la tcnica, sino que se indaga all sobre la esencia del construir y del habitar. Se trata de meditar en torno a ellos de un modo esencial y, sobre todo, a partir
de sus relaciones esenciales. Como en un juego de espejos (imagen a la que Heidegger apela en La cosa), la clave hermenutica
pasa por pensar el construir desde la esencia del habitar y el habitar desde la esencia del construir. La esencia del construir sera
as el dejar habitar y la del habitar, el dejar construir. Hay algo del
orden de la interpredicabilidad, o mejor, de la cosignificacin entre el construir y el habitar. De aqu que las preguntas que abren
la primera y segunda parte del ensayo sean, respectivamente: en
qu medida el construir pertenece al habitar? y en qu medida
el habitar pertenece al construir?16 No es casual que la respuesta
tentativa a la que arriba Heidegger termine por dar cuenta de esa
cosignificacin que ya anidaba en sendas preguntas. En efecto, el
slo si somos capaces de habitar podemos construir17 se ilumina a partir del slo si somos capaces de construir podemos habitar:
Todo construir es en s un habitar. No habitamos porque hemos
construido [i.e. esquema medio-fin], sino que construimos y hemos construido en la medida en que habitamos, es decir, en cuanto que somos los que habitan18.
Como en el caso del construir y del habitar, hay tambin algo del
orden de la cosignificacin entre los Cuatro que conforman la Cuaternidad: tierra, cielo, divinos y mortales. Sabemos que la Cuaternidad implica para Heidegger la unidad o simplicidad originaria
de los Cuatro: Desde una unidad originaria pertenecen los cuatro
tierra, cielo, los divinos y los mortales a una unidad. () Esta
unidad de ellos la llamamos la Cuaternidad19. Estos Cuatro, en
efecto, se implican mutuamente porque al pensar en uno de ellos,
cosignificamos al mismo tiempo los otros Tres. Esta cosignificacin
puede leerse ms claramente en el ensayo La cosa, puntualmente a la luz de la nocin de juego de espejos del Cuarteto: Tierra y cielo, los divinos y los mortales, formando una unidad desde
s mismos, se pertenecen mutuamente desde la simplicidad de la
cuaternidad unitaria. Cada uno de los cuatro refleja a su modo la
esencia de los restantes. Con ello, cada uno se refleja a s mismo
en lo que es suyo y propio dentro de la simplicidad de los Cuatro.
() La unidad de la Cuaternidad es la constitucin de los Cuatro.
() La constitucin de los Cuatro esencia como el juego de espejos20. De entre los Cuatro, me interesa sobre todo recortar, pensando el dilogo con Platn, la pareja divinos-mortales. Qu nos
dice Heidegger acerca de ellos? Poco y mucho. Los divinos constituyen los mensajeros que nos brindan seales de la divinidad: Es
del prevalecer oculto de esta deidad de donde aparece el dios en
su esencia, que lo sustrae a toda comparacin con lo que es presente21. Del otro lado, se ubican los mortales, llamados as en tanto son capaces de la muerte en tanto muerte. Los mortales seala
Heidegger habitan en la medida en que salvan la tierra, reciben el
cielo como cielo, esperan a los divinos como divinos. Este salvar,
recibir y esperar por parte de los mortales no implica un adue-
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arse o toma de posesin respecto de la tierra, el cielo y los divinos, sino, como veremos, dejar ser a stos en su esencia.
Y ya que de lo que se trata para Heidegger es de pensar la unidad o simplicidad originaria de los Cuatro, antes de enfocarla a la
luz de la ertica platnica, veamos qu es lo que seala all respecto de su condicin de posibilidad. Quiero decir: qu es lo que hace
posible la unidad o simplicidad originaria de la Cuaternidad? Hay
un ejemplo que Heidegger trae a colacin en la segunda parte de
Construir, habitar, pensar, que nos puede servir para nuestro camino. Me refiero al ejemplo del puente. El puente (die Brcke), a
primera vista, es una cosa. Pero no se trata aqu de un mero puente-cosa, sino dice Heidegger del ltimo puente (letzten Brcke)22. La esencia de esta cosa que es el puente (al igual que la jarra
en el ensayo La cosa, o las botas de campesino en el El origen
de la obra de arte) no reside en el hecho de que sea un objeto representado, puesto delante de nosotros. Sabemos que para Heidegger no es se el camino que lleva a la esencia de la cosa. En este
sentido, y parafraseando lo que seala en El origen de la obra de
arte respecto de esta ltima23, si bien el puente es una cosa acabada, dice algo ms que la mera cosa. Adems de ser una cosa, el
puente tiene un carcter aadido o un plus significativo. El puente es un smbolo. Pero mejor escuchemos lo que, de manera potico-filosfica, nos dice Heidegger acerca del puente: Siempre, y
cada vez de un modo distinto, el puente acompaa de un lado para
otro los caminos vacilantes y apresurados de los hombres, para que
lleguen a las otras orillas y finalmente, como mortales, lleguen al
otro lado. El puente, en arcos pequeos o grandes, atraviesa ro y
barranco () para que, siempre ya de camino al ltimo puente,
en el fondo aspiren a superar lo que les es habitual y aciago, y de
este modo se pongan ante la salvacin de lo divino. El puente rene, como el paso que se lanza al otro lado, llevando ante los divinos24. El puente coliga o rene (versammelt) la Cuaternidad, y
tal coligacin (versammlung) implica para Heidegger acercar a los
Cuatro desde sus respectivas lejanas: La cercana acerca lo lejano, y lo acerca en cuanto lejano. La cercana conserva (en su verdad) a la lejana. Guardando a la lejana en su verdad, la cercana
esencia en su acercar25.
Llegados a este punto, preguntmonos: cul sera este habitar
que es capaz de construir o, lo que es lo mismo, este construir que
es capaz de habitar? Cmo es posible el juego de espejos entre
el habitar y el construir? Qu simboliza ese puente que hace posible la unidad o simplicidad originaria de la Cuaternidad? Enfocado a la luz de la ertica platnica, creo que tanto la cosignificacin entre el habitar y el construir como la congregacin de los
Cuatro a travs del puente, se torna posible gracias al ros26. Ya
sea que lo concibamos como un dios o como un damon, tal como
hace Platn tras la mscara de los distintos oradores que protagonizan el Banquete, lo cierto es que en los seis primeros discursos
de este dilogo27, atravesados todos ellos por el eje divinos-mortales, siempre termina por emerger como rasgo distintivo del ros
su rol mediador y congregante respecto de la irremediable brecha
abierta entre divinos y mortales, pareja que, como deca antes, es
la que me interesa recortar de la Cuaternidad en funcin del dilogo propuesto. ros resulta as para Platn un artfice que posibilita el trato (homila) y la amistad (phila) entre divinos y mortales,
el nombre asignado al dios causante de esa integridad o, entendido como damon, al deseo mismo de integridad-inmortalidad28. De
aqu que el ros sea caracterizado en Banquete, segn el discurso
en que nos ubiquemos, como el mejor mdico, gua, caudillo,
piloto, defensor, camarada, colaborador y salvador de la naturaleza humana. Pero veamos cmo juega puntualmente la pareja divinos-mortales en algunos pasajes tomados de tres discursos
del Banquete. Me refiero a los del mdico Erixmaco, el poeta cmico Aristfanes, y el de Scrates-Diotima.
Toda la estrategia argumentativa de Erixmaco apunta a sacar
al ros del radio de accin interpersonal (o entre almas humanas)
para elevar el poder de su influencia divina a nivel csmico: Pero
que no slo existe en las almas de los hombres como impulso ha-
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cia los bellos, sino tambin en los dems objetos como inclinacin
hacia otras muchas cosas, tanto en los cuerpos de todos los seres
vivos como en lo que nace sobre la tierra, y, por decirlo as, en todo
lo que tiene existencia, me parece que lo tengo bien visto por la
medicina, nuestro arte, en el sentido de que es un dios grande y
admirable y a todo extiende su influencia, tanto en las cosas humanas como en las divinas29. En los trminos del Cuarteto, podra decirse que ros extiende su influencia a tierra, cielo, divinos
y mortales. Tomando la ciencia mdica como patrn de medida,
y al mdico como experto en la doble ertica (ordenada y desmesurada) del cuerpo30, Erixmaco afirma que ros logra infundir, de
modo semejante a un mdico, armona, consonancia (symphona)
o acuerdo (homologa) entre las operaciones amorosas contrarias
que componen el micro y macro cosmos. En este sentido ros gobierna todas las artes (tchnai), como, entre otras, la medicina, la
msica, la astronoma y la adivinacin. Sus respectivos expertos
deben conocer cmo juegan las operaciones amorosas contrarias
entre los humores-elementos del cuerpo, en el caso del mdico; entre los ritmos y sonidos en el caso del msico; entre las estaciones
del ao en el caso del astrnomo; y entre divinos y mortales en el
caso de la adivinacin: Ms an: tambin todos los sacrificios y
actos que regula la adivinacin, esto es, la comunicacin entre s
de los dioses y los hombres, no tienen ninguna otra finalidad que
la vigilancia y curacin de ros31. La adivinacin (mantik) representa para Erixmaco un artfice (demiourgs) de la amistad entre los dioses y los hombres gracias a su conocimiento de las operaciones amorosas entre los hombres que conciernen a la ley divina y a la piedad. A causa del poder total (psa dnamis) del ros
ordenado, podemos, en palabras de Erixmaco, tener trato (homilen) y ser amigos tanto unos con otros como con los dioses, que
son superiores a nosotros32. Desde la Cuaternidad, el ros estara
haciendo posible la congregacin de los divinos con los mortales.
As estos ltimos pueden llegar al otro lado y acercarse a la orilla
de los divinos, ponindose ante su salvacin en la medida en que
respetan esa lejana esencial que los acerca: La cercana conserva (en su verdad) a la lejana33.
Para Aristfanes el amor esencia en el deseo de llegar a ser uno
solo de dos, juntndose y fundindose con el amado34. Ello se relaciona, como es sabido, con la separacin, por parte de los dioses,
de nuestra antigua naturaleza humana (ntegra, esfrica y dual) a
causa de su iniquidad o desmesura original. Los mortales llegarn
a ser as plenamente felices slo si llevan el amor a su culminacin,
encontrando cada uno el amado que le pertenece esencialmente, y
reestableciendo as la integridad o unicidad originaria de su antigua naturaleza: Por consiguiente, si celebramos al dios causante
de esto, celebraramos con toda justicia a ros, que en el momento actual nos procura los mayores beneficios por llevarnos a lo que
nos es afn y nos proporciona para el futuro las mayores esperanzas de que, si mostramos piedad con los dioses, nos har dichosos
y plenamente felices, tras restablecernos en nuestra antigua naturaleza y curarnos35. ros representa para Aristfanes la nica va
para recobrar, piedad para con los dioses mediante, la integridad
perdida. A la luz de la Cuaternidad, la nica va para llegar al otro
lado y recobrar la unidad o simplicidad originaria de los Cuatro.
En un pasaje bellsimo, donde pueden orse resonancias del discurso aristofnico, dice Heidegger refirindose a los mortales: Esperando les sostienen lo inesperado yendo al encuentro de ellos;
esperan las seas de su advenimiento y no desconocen los signos
de su ausencia. () En la desgracia esperan an la salvacin que
se les ha quitado36. En la desgracia de su desintegracin-separacin, los mortales escindidos esperan la coligacin-salvacin que
se les ha quitado. Esta coligacin aparece en el discurso aristofnico en el aspecto curador (iatrs) o reunidor (synagoges, el
que rene algo) del ros, de aqu que ste sea definido como el
ms filntropo de los dioses, al ser auxiliar de los hombres y mdico de enfermedades tales que, una vez curadas, habra la mayor
felicidad para el gnero humano37.
Llegamos as al discurso de Scrates-Diotima. Aqu es donde ms
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autntico habitar, que desde la lectura que propongo compromete
al autntico amar. Un ros que deja ser a los Cuatro del Cuarteto
en su esencia, que los acerca en cuanto lejanos o conservando en
su verdad a la lejana. La construccin ertica estara implicando
as una experiencia de la verdad acerca de la diferencia esencial
que nos separa, en tanto mortales, de los otros Tres, pero una experiencia pensada desde el punto de vista unitario de los Cuatro.
En este sentido, frente a la frase de Heidegger la autntica penuria del habitar descansa en el hecho de que los mortales primero
tienen que volver a buscar la esencia del habitar, de que tienen que
aprender primero a habitar47, Platn dira: descansa en el hecho
de que tienen que aprender primero a amar. Incorporando al ros
en la meditacin en torno al habitar y al construir, hacemos nuevamente de l algo digno de ser preguntado-pensado. Hasta este
punto del camino nos hizo arribar el paso atrs que, como seala
Heidegger, no implica otra cosa que la escucha atenta de los mortales: El primer paso hacia esta vigilancia atenta es el paso hacia
atrs, saliendo del pensamiento que slo representa, es decir, explica, y yendo hacia el pensamiento que rememora48. Paso que en
nuestro caso signific la apertura de otro camino para la escucha
atenta de lo no dicho en el pensar de Platn.
Conferencia dictada en el Seminario Central [2008], El Geviert para Jacques Lacan y para
Martin Heidegger, de la Fundacin Centro Psicoanaltico Argentino.
_________________
1. Deleuze, G., Sobre la filosofa, en Conversaciones, Madrid, Editora Nacional, 2002, p. 156.
2. Heidegger, M., La constitucin onto-teo-lgica de la metafsica [1957],
en Identidad y diferencia, Barcelona, Anthropos, 1988, p. 157.
3. Heidegger, M., El final de la filosofa y la tarea del pensar [1966], en Tiempo y ser, Madrid, Tecnos, 1999, p. 87. Cf. en la misma lnea Heidegger, M.,
La doctrina platnica de la verdad [1931-32, 1940], en Hitos, Madrid,
Alianza, 2000, p. 196: La filosofa, que comienza slo a partir de Platn,
tiene desde ese momento el carcter de lo que ms tarde se llamar metafsica. Es el propio Platn el que caracteriza plsticamente la metafsica
en esa historia narrada en el smil de la caverna.
4. Para una visin de conjunto de las estaciones claves de la historia de la ontologa (o historia del concepto de ser), cf. especialmente Heidegger, M.,
La metafsica como historia del ser [1941], en Nietzsche, Barcelona, Destino, 2000, t. II, pp. 325-369.
5. Respecto de esta co-pertenencia de presencia-ausencia en el trmino a-ltheia como, literalmente hablando, no-olvido, cf., entre otros, Heidegger,
M., De la esencia de la verdad [1930], en Hitos, op. cit., p. 170: Y como
al ser le es inherente un cubrir que aclara, el ser se manifiesta inicialmente
a la luz de la sustraccin encubridora. El nombre de este claro es altheia;
La doctrina platnica de la verdad, op. cit., pp. 187-188.
6. Heidegger, M., Conceptos fundamentales, Madrid, Alianza, 1989 [1941], p.
106.
7. Quiz ello pueda explicarnos la carta de 1954 dirigida a Hannah Arendt,
donde Heidegger afirmaba: Que qu hago? Siempre lo mismo. Y me gustara repasar de nuevo mis trabajos sobre Platn, empezando por el Sofista
de 1924-1925, y hacer una lectura nueva de Platn (Arendt, H. / Heidegger, M., Correspondencia 1925-1975, Barcelona, Herder, 2000, p. 139).
8. Como muestra puede leerse, entre otros pasajes, Platn, Sofista 249d-e:
Por el contrario, Teeteto, creo que precisamente ahora empezamos a conocer la dificultad (apora) de su examen. [...] No comprendes, oh bienaventurado!, que si bien nos pareca que decamos algo, estamos ahora en
la ignorancia total acerca del mismo?. Digamos, en trminos generales,
que en este dilogo tardo Platn arriba a la conclusin de que la pregunta
que interroga por el sentido del ser como dir Heidegger ms tarde- no
slo no se ha hecho bien, sino que ha cado en el olvido. En una palabra, que el ser es lo ms comprensible y al mismo tiempo la ocultacin
(Heidegger, M., El ser y el tiempo, Mxico, Fondo de Cultura Econmica,
1951 [1927] p. 32; Conceptos fundamentales, op. cit., p. 97). Para un desarrollo ms exhaustivo de esta cuestin, vase mi Sobre el epgrafe de Ser
y Tiempo, Dossier Martin Heidegger (30 parte), Imago Agenda, n 56, verano 2001/2002, pp. 45-48.
9. Heidegger, M., La doctrina platnica de la verdad, op. cit., p. 173.
10. Heidegger, M., La constitucin onto-teo-lgica de la metafsica, op. cit.,
pp. 111-115. Respecto del otro pensar, cf. especialmente Heidegger, M.,
Carta sobre el Humanismo [1946], en Hitos, op. cit., pp. 266, 281, 297;
y Superacin de la metafsica, en Conferencias y artculos, Barcelona, Del
Serbal, 1994 [1954], IX, p. 71.
11. Heidegger, M., Serenidad, Barcelona, Del Serbal, 1989 [1955], p. 18.
12. Ibd., pp. 28-29; Heidegger, M., Nota preliminar, en Hitos, op. cit., p. 13.
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13. Heidegger, M., Prlogo, en Identidad y diferencia, op. cit., p. 59; Heidegger, M., Serenidad, op. cit., p. 26;
14. Heidegger, M., El principio de identidad [1957], en Identidad y diferencia, op. cit., p. 97; La constitucin onto-teo-lgica de la metafsica, op.
cit., p. 111.
15. Heidegger, M., Serenidad, op. cit., p. 29.
16. Heidegger, M., Construir, habitar, pensar [1951], en Conferencias y artculos, op. cit., pp. 127, 133.
17. Ibd., p. 141.
18. Ibd., p. 130.
19. Ibd., pp. 131-132. Sobre este carcter unitario y simple de la Cuaternidad,
cf. asimismo La cosa, en Conferencias y artculos, op. cit., p. 155.
20. Ibd., pp. 156, 157.
21. Ibd., p. 155. Cf. en la misma lnea Construir, habitar, pensar, op. cit.,
p. 131.
22. Heidegger, M., Construir, habitar, pensar, op. cit., p. 134.
23. Heidegger, M., El origen de la obra de arte [1935-36], en Caminos de
bosque, Madrid, Alianza, 1995, pp. 13-14.
24. Cf. Heidegger, M., Construir, habitar, pensar, op. cit., p. 134.
25. Heidegger, M., La cosa, op. cit., pp. 154-155.
26. La nica mencin del amor en relacin con el tratamiento de la Cuaternidad puede leerse en el ensayo La cosa. En el marco de una resea histrica sobre el significado de la palabra cosa en diferentes lenguas (latina,
alemana, francesa, inglesa y castellana), Heidegger rescata all la figura de
Meister Eckhart para referirse al sentido de cosa en la Edad Media y, ms
puntualmente, a la equivalencia que aqul traza entre res y dinc (trmino
que significa todo aquello que es de alguna manera, algo que es en general): De este modo el Maestro Eckhart utiliza la palabra dinc tanto para
Dios como para el alma. Dios es para l la cosa ms alta y suprema. El
alma es una cosa grande. Con ello este maestro del pensar no quiere decir en absoluto que Dios y el alma sean igual que un bloque de piedra: un
objeto material; dinc es aqu el nombre cauto, prudente y contenido para
algo que es, en general. De este modo, siguiendo unas palabras de Dionisio Areopagita, dice el Maestro Eckhart: diu minne ist der natur, daz sie den
menschen wandelt in die dinc, die er minnet (el amor es de tal naturaleza,
que transforma al hombre en aquella cosa que ste ama) (Heidegger, M.,
La cosa, op. cit., p. 153).
27. Dejo deliberadamente de lado el discurso de Alcibades, cuyo objeto no es
tanto ros sino ms bien Scrates como encarnacin del mismo.
28. Respecto de este ltimo enfoque, Platn establece, tras la mscara de Diotima, que la causa del amor estriba en el deseo de inmortalidad (Banquete
207a), deseo que esencia en la reproduccin a travs de la cual los mortales participan de la inmortalidad en cuerpo y alma: La naturaleza mortal
busca, en la medida de lo posible, existir siempre y ser inmortal. Pero slo
puede serlo de esta manera: por medio de la procreacin, porque siempre
deja otro ser nuevo en lugar del viejo. () De esta manera, en efecto, se
conserva todo lo mortal, no por ser siempre completamente lo mismo, como
lo divino, sino porque lo que se marcha y est ya envejecido deja en su lugar otra cosa nueva semejante a lo que era. Por este procedimiento, Scrates, lo mortal participa de inmortalidad, tanto el cuerpo como todo lo dems; lo inmortal, en cambio, participa de otra manera (Banquete 208a-b,
207d). Cf. en la misma lnea Banquete 212a: () no crees que le es posible hacerse amigo de los dioses y llegar a ser, si algn otro hombre puede
serlo, inmortal tambin l?.
29. Banquete 186a-b.
30. Cf. Banquete 186c-d: Pues la medicina es, para decirlo en una palabra, el
conocimiento de las operaciones amorosas que hay en el cuerpo en cuanto
a replecin y vacuidad y el que distinga en ellas el amor bello y el vergonzoso ser el mdico ms experto.
31. Banquete 188b-c.
32. Banquete 188d-e.
33. Heidegger, M., La cosa, op. cit., pp. 154.
34. Banquete 192e.
35. Banquete 193c-d.
36. Cf. Heidegger, M., Construir, habitar, pensar, op. cit., pp. 131-133. Cf. en
la misma lnea La cosa, op. cit., p. 155.
37. Banquete 189c-d.
38. Banquete 201e.
39. Vase al respecto Hesodo, Trabajos y das 121-126.
40. Banquete 202d-e.
41. Banquete 202e-203a.
42. Heidegger, M., La cosa, op. cit., pp. 154-155.
43. Cf. Heidegger, M., Construir, habitar, pensar, op. cit., p. 134.
44. Ibid, op. cit., p. 132.
45. Ibd., pp. 131, 133.
46. Ibd., p. 142.
47. Ibd., p. 142.
48. Heidegger, M., La cosa, op. cit., p. 158.
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