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Rama - Autonomía Literaria Americana

Este documento describe el proceso de autonomía literaria en América Latina después de las independencias políticas de los países en el siglo XIX. Existieron dos corrientes principales: los idealistas que maximizaron la aplicación de programas europeos, y los realistas que relativizaron esa posibilidad debido a la heterogénea composición de las nuevas naciones. Andrés Bello fue pionero en establecer la autonomía literaria americana a través de sus poemas "Alocución a la Poesía" y "La agricultura de la zona tór
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Rama - Autonomía Literaria Americana

Este documento describe el proceso de autonomía literaria en América Latina después de las independencias políticas de los países en el siglo XIX. Existieron dos corrientes principales: los idealistas que maximizaron la aplicación de programas europeos, y los realistas que relativizaron esa posibilidad debido a la heterogénea composición de las nuevas naciones. Andrés Bello fue pionero en establecer la autonomía literaria americana a través de sus poemas "Alocución a la Poesía" y "La agricultura de la zona tór
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AUTONOMA LITERARIA AMERICANA

1. EL MANIFIESTO FUNDACIONAL
La independencia poltica de la Amrica espaola, que se fragua entre 1810
y 1824, abri la va al debate sobre la independencia literaria, asunto que
se constituir en la norma doctrinal de todo el siglo XIX a travs de sus
sucesivas escuelas estilsticas -neoclsico, romanticismo, realismo- pues todas
ellas justificarn sus respectivos recursos artsticos en su pregonada capacidad
para expresar las peculiaridades diferenciales de la Amrica hispana, olvidando
astutamente la ptocedencia extranjera de esas poticas para poner en cambio
el acento sobre su eficacia reveladora de la singularidad nacional o regional.
Similar actitud se encontrar en el siglo xx tanto en el regionalismo como
en el vanguardismo, ambos visiblemente nacionalistas, por lo cual es compren-
sible que el distingo bsico con que abre Alberto Zum Felde su anlisis de
la ensaystica hispanoamericana sea la oposicin entre el universalismo de la
vida europea y una vida hispanoamericana que se produce y desenvuelve
en un clima social predominantemente condicionado -y limitado- por los
factores histrico-geogrficos propios, a veces regionales, lo que restringe en
mucho, casi siempre, su significacin y su inters, al mbito mismo continen-
tal; o slo al nacional, aveces. Esta restriccin a lo comarcal haba sido
percibida hacia fines del XIX por Jos Mart como un verdadero dolor del
escritor hispanoamericano y contra ella se ha producido una generalizada
insurreccin en los escritores contemporneos de la segunda mitad del siglo
xx. Pero lo que actualmente se ha percibido como una mutilacin de la
capacidad universalizadora de la literarura hispanoamericana -ndice claro
de su adquirida robustez- fue en cambio, desde los albores de la Independen-
cia, un obligado cometido de los intelectuales, a quienes corresponda desen-
traar la especificidad de sus patrias libres y fundar la autonoma literaria
del continente hispnico, separndolo y distinguindolo de la fuente europea.
Tal posicin no puede considerarse exclusiva de esta regin cultural del
mundo (la que habr de denominarse posteriormente Amrica Latina) pues
ya se la haba observado en las letras norteamericanas a partir de 1776: de
Noah Webster a Emerson, desarrollaron un coherente proyecto de Declara-
cin de Independencia intelectual que tuvo su exposicin sistemtica en
1. Alberto Zum Felde, ndice critico de la literatura hispanoamericana. Los ensayistas. Editorial
Guarania. Mxico, 1954, p. 8.
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The American Scholar (1837). Las mismas preocupaciones volvieron a aparecer
en los pases africanos surgidos de la descolonizacin posterior.a la II Guerra
Mundial. Se trata, por lo tanto, del problema fundacional de la literatura a
partir de la constitucin de nuevos pases, por lo cual puede reconocerse que,
en esas condiciones operativas, la literatura se formula inicialmente como I,illa
parte, pequea. aunque ciistinguida. de la consttuccin de la nacionalidad. Esta
ser la tarea fundamental que deber acometer una colectividad, lo que en
el caso de los pases hispanoamericanos independizados a comienzos del XIX,
se vio favorecido y aun sistematizado por el auge del espritu nacional que
en Europa sigui y se opuso a la Revolucin francesa. Edificar, a partir del
mpetu localista que haba dibujado un pas nuevo sobre el mapa, la conciencia
nacional de sus habitantes fue el empeo prioritario de los equipos intelectua-
les responsables del momento. Todos, sin distincin, apelaron a las doctrinas
que estaban entonces en boga en Europa o a las escuelas literarias que se
haban impuesto en el momento, manejando sus proposiciones interpretativas
o sus poticas; todos utilizaron esas herramientas para desentraar las caracte-
rsticas peculiares de sus regiones nativas y para constituir con ellas esa cosa
nueva que habra de ser llamada la nacionalidad. Pero dentro de esa
unanimidad de vistas hubo desde el comienzo una ntida separacin entre
dos corrientes: la de quienes maximizaron la posibilidad renovadora y por
lo tanto confiaron en la aplicacin de programas europeos tal como se haban
formulado en las metrpolis y la de quienes relativizaron o minimizaron
esa posibilidad en atencin a la heterognea composicin de la ciudadana
y a sus diversos niveles de educacin. Los primeros fueron idealistas y utpicos,
reclutndose preferentemente entre los jvenes romnticos de las ciudades
ms nuevas, es decir, con menos carga de pasado colonial, y ellos apostaron,
en la que puede reconocerse como la primera operacin vanguardista de los
nuevos pases, a un futuro en que habran de realizarse sus
renovadores. Los segundos, ms cautos y equilibrados, tendieron a ser realistas
y se aplicaron a una evolucin lenta que recoga las imposiciones recibidas
de la Colonia y procuraba modificarlas gradualmente; se los encontr tanto
entre los neoclsicos de la primera hora independiente como ms tarde entre
los realistas que comenzaron a hacer suyo el programa positivista de orden
y progreso. La polmica romntica de 1842 en Santiago de Chile, ms
que dos estticas, opuso estos dos comportamientos culturales definidos en
torno a dos fuertes personalidades, Andrs Bello y Domingo Faustino Sar-
miento, e incluso definidos en torno a dos incipientes culturas nacionales,
la chilena y la argentina. Cuando treinta aos despus Eugenio de Hostos
conoci ambos pases, pudo definir a Chile merced a tres paradojas (<<debe
su progreso general a la lentitud de su desarrollo social, debe su riqueza
a su pobreza y debe su libertad a su espritu conservador) y a la Argentina
por dos fuerzas conjugadas (la de Buenos Aires, una protesta contra la vida
muerta del sistema colonial y la inmigracin que promovi el constante
desarrollo de la riqueza socia!).'
2. Eugenio M. de Hostos, Ttes presidentes y tres repblicas (Nueva York, 1874), en Obras
completas, vol. VII, Temas sudamericanos, Cultural, S.A., La Habana, 1939. .
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Mucho antes de que en el Discurso de la instalacin de la Universidad
de Chile (1843) Andrs Bello argumentara en favor de la autonoma cultural
amt;ricana, dentro de su percepcin eclctica, le haba cabido ser el primero
en fijar la pauta de la autonoma literaria. Tal como ha escrito Henrquez
Urea, el deseo de independencia intelectual se hace explcito por vez
primera en la Alocucin a la Poesa de Andrs Bello, la primera de sus dos
Silvas americanas.) El deseo se formula en el poema-manifiesto con que
Bello inaugura la primera de las dos revistas que editara en Londres con
Garca del Ro (Biblioteca Americana, 1823, y Repertorio Americano, 1825-
1827) destinndolas a la educacin de los ciudadanos de las nueve repblicas
del continente. En 1823, cuando publica la Alocucin a la Poesa, la libertad
an no estaba asegurada en tierras americanas, pero ya en 1826, cuando
publica La agricultura de la zona trrida, la batalla de Ayacucho ha consolida-
do la dominacin de los patriotas, concluyendo la colonizacin espaola en
toda la Amrica del Sur. Si en la primera silva haba invitado a la Poesa
a abandonar Europa por Amrica, proponindole los tres grandes asuntos
que ella ejercitara a lo largo del siglo XIX -la naturaleza, la tradicin interna
desde los indios, el herosmo patritico-, en la segunda ya puede desarrollar
el principio educativo que iba implcito en la Alocucin, para proponer el
trabajo esforzado sobre la naturaleza para construir la grandeza americana.
Bien vio Anderson Imbert que el poema est dirigido a la agricultura,
actividad prctica, no a la naturaleza como paisaje: a pesar de que por lo
comn se lo vea como una exaltacin suntuosa de los frutos tropicales.
Como buen intelectual neoclsico, en cualquiera de sus producciones se
encontrar esa atencin a la utilidad pblica, respondiendo a una equilibrada
evaluacin de las demandas concretas de un medio en una determinada
poca cultural, las que sofrenan el idealismo desbocado o el utopismo irreal.
A eso se debe que siempre pueda detectarse, en su variado cultivo de las
humanidades, la presencia del educador. Pedro Grases ha hablado de la
inmensa tarea que se ech sobre sus hombros en favor de la edu-cacin de
sus hermanos del Continente' apuntando a que no slo actu con la mira
en su Venezuela natal o en su Chile adoptivo, sino que pens la educacin
desde una perspectiva hispanoamericana continental y aun podra decirse
que abarcando las dos Espaas. Punto de partida evidente como se vio
es su preocupacin por la lengua que, en el Discurso de la instalacin de
la Universidad de Chile, le llev a combatir la antojadiza libertad de los
neologismos debido a que entonces diez pueblos perdern uno de sus
vnculos ms poderosos de fraternidad, uno de sus ms preciados instrumentos
de correspondencia y comercio. Esa tarea de educador continental implic
para l tres componentes distintos que deban ser armonizados en la labor
concreta: una vieja tradicin de origen hispano con profundas races, buenas
3. Pedro Henriquez Urea, Las corrientes literarias en la Amrica Hispana, Fondo de Cultura
Econmica, Mxico, 1949, p. 103.
4. Enrique Anderson Imbert, Historia de la literatura 'hispanoamericana, Fondo de Cultura
Econmica (6.' reimp.). Mxico, 1974. Tomo 1, p. 206.
5. Pedro Grases, prlogo a Andrs Bello, Obra literaria, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1979,
p. IX.
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y malas, en el solar americano; una modernizacin que conduca Europa
pero que convena atender en sus diferentes focos, tanto vale decir no slo
el francs, sino el ingls que supo apreciar y otros, como el alemn o el
italiano, que conoci eficazmente; por ltimo un atento conocimiento de la
realidad social americana para adaptar gradualmente a ella el progresivo
trabajo educativo. .
En este ltimo componente, Bello testimonia una preocupacin (una
inquietud) ante los excesos mimticos, como ya la haba demostrado Simn
Bolvar, la que al finalizar el siglo vuelve a resonar en la prosa inflamada
de Jos Mart: formar constituciones polticas ms o menos plausibles,
equilibrar ingeniosamente los poderes, proclamar garantas, y hacer ostentacio-
nes de principios liberales, son cosas bastante fciles en el estado de adelanta-
miento a que ha llegado en nuestro tiempo la ciencia social. Pero conocer
a fondo la ndole y las necesidades de los pueblos, a quienes debe aplicarse
la legislacin, desconfiar de las seducciones de brillantes teoras, escuchar
con atencin e imparcialidad la voz de la experiencia, sacrificar al bien
pblico opiniones queridas, no es lo ms comn en la infancia de las naciones
y en crisis en que una gran transicin poltica, como la nuestra, inflama
todos los espritus. 6 Este texto de Bello resume cabalmente su filosofi '\
americanista, que es la que poticamente ya inspiraba sus iniciales silvas.
En trminos ms modernos, diramos que en ellas trat de estar a la altura
de las circunstancias y que fueron stas las que rigieron su conducta cultural.
Como Goethe, pudo haber dicho que todo poema es un poema de circunstan-
Clas.
La circunstancia de su tiempo fue fundamental. Se trataba de insertar
las humanidades, y dentro de ellas supremamente la poesa, en el cauce
principal de la nueva cultura independiente de Hispanoamrica, confirindole
una funcin que respondiera a las necesidades de la colectividad y permitiera
modelar a sta de un punto de vista educativo. Bello fue siempre consciente
de la funcin rectora de las lites pero tambin de que ellas trabajaban con
relacin a una determinada sociedad, a la que deban comprender y orientar.
El despotismo ilustrado del neoclsico es atemperado por la necesidad de
persuadir, pero sigue funcionando en los ambientes institucionales o cultos:
su centro operativo es la Universidad o los poderes estatales que disponen
la realizacin de cdigos o sancionan leyes o las revistas para el sector
culto de los pocos alfabetizados. Bello conoci bien las insuficiencias de la
poca. En su famosa carta a Fray Servando Teresa de Mier le reprocha
haber enviado a Buenos Aires 750 ejemplares de su libro, pues 50 ejemplares
hubiera sido un exceso y estoy seguro de que no se habrn vendido 20.
La tarea educativa se cumpla, por lo tanto, entre la reducida lite -universita-
ria, poltica, profesional-, a la que se deba formar escrupulosamente para
que conservara los altos valores culturales y a su vez los expandiera en
nuevas y ms amplias ondas contaminantes.
6. Andrs Bello, Repblicas hispanoamericanas (1836), en Obra! completa!, Santiago de
Chile, 1884, tomo VII, p. 471.
69
2. LA IMAGINACIN SUEA EL MUNDO
Otra sera la actitud de los romnticos, para los cuales se dira que haban
sido creados el periodismo y los gneros oratorios pblicos. Aunque es
todava muy reducida la audiencia hispanoamericana, ellos aspirarn a pbli-
cos mucho ms vastos que los que conforman las lites cultas. Pretendern
alcanzar a ese mltiple monstruo que es el pueblo (el pblico) adecuando
a ese propsito los recursos estilsticos, los asuntos emocionantes, terribles,
lacrimosos o grotescos, y hasta la lengua que comienza a perder su rigorismo.
El populismo romntico disea sus operaciones abarcadoras, pone color
local, intriga novelesca, simplistas oposiciones del bien y del mal, situaciones
terribles de aIra dramaticidad, salpica de trminos locales un texto, emociona
aunque no d prueba cierta, persuade con encendida imaginacin sin pararse
en la esctupulosa atencin para el dato real. Sobre todo, ya no se reduce a
hablar a los pares que lo juzgaran con cuidadosos metros, sino que se dirige
a una multitud inculta a la que debe encantar y seducir.
A quien se reconoce como primer introductor del romanticismo francs
en Amrica, el argentino Esteban Echeverra (1805-1851), corresponder la
fijacin del modelo utpico que har suyo la primera generacin de jvenes
romnticos y que diluir la segunda que asciende a la conduccin del pas
a,bandonando por lo tanto el drstico discurso opositor de sus comienzos.
El, mejor que ningn otro, define el espritu del Saln Literario (1837) y
la Asociacin de Mayo (1838) que agrupa a la Joven Argentina culta, liberal
y antirrosista, en un Buenos Aires que muy pronto debern todos abandonar
constituyndose en los proscriptos (hoy diramos los exiliados) que se reparten
por las capitales vecinas (Montevideo, Santiago de Chile, La Paz, Ro de
] aneiro) para poder seguir siendo fieles a sus ideas aunque por ellas pierdan
temporariamente su tierra natal. Es sta una definitoria operacin vanguardis-
ta que, como las que posteriormente aflorarn en el continente, parte de un
enraizamiento franco y decidido en la cultura europea, cuyos valores pretenden
trasladar a Amrica, lo que conduce a una alianza que en su momento se
present como antiamericana. Sarmiento no slo lo reconoci sino que lo
pregon como mrito de su generacin: Pero en honor de la verdad histrica
y de la justicia, debo declarar, ya que la ocasin se presenta, que los
verdadetos unitarios, los hombres que figuraron hasta 1829, no son responsa-
bles de aquella alianza; los que cometieron aquel delito de leso americanismo;
los que se echaron en brazos de la Francia para salvar la civilizacin europea,
sus instituciones, hbitos e ideas en las orillas del Plata, fueton los jvenes;
en una palabra: fuimos nosotros! y de inmediato agrega: Los unitarios
ms eminentes, como los americanos, como Rosas y sus satlites, estaban
demasiado preocupados de esa idea de la nacionalidad, que es patrimonio
del hombre desde la tribu salvaje y que le hace mirar, con horror, al
extranjero.
En los pueblos castellanos, este sentimiento ha ido hasta convertirse en
una pasin brutal, capaz de los mayores y ms culpables excesos, capaz del
suicidio. La juventud de Buenos Aires llevaba consigo esta idea fecunda de
la fraternidad de intereses con la Francia y la Inglaterra; llevaba el amor a
70
.- ....
los pueblos europeos, asociado al amor a la civilizacin, a las instituciones
y a las letras que la Europa nos haba legado.'
En tres gneros -de las letras dijo Echeverra coherentemente su visin
idealizadora y utpica nacida en los cinco aos que viviera en Pars (de
1825 a 1830) pero que sin embargo -y aqu est la inflexin fatalmente
americanista- se refiere nica y exclusivamente a su patria, ni siquiera a la
regin hispanoamericana en que pensaba Bello, sino estrictamente a la
Argentina donde haba nacido, a laque haba regresado desde Europa, a
la que fatalmente siempre estuvo ligado por races afectivas, tanto o ms
fuertes que aquellas que lo ligaron al mundo moderno de las ideas europeas.
Esos tres textos fueron: en poesa La Cautiva (1837), en el ensayo program-
tico el Dogma socialista (primera versin, 1839) y en la prosa de ficcin El
matadero (entre 1837 y 1840), fundando con este ltimo texto, casi sin
buscarlo, la narrativa romntica que habra de dominar el siglo XIX y a la
que cabran triunfos que la poesa no pudo alcanzar, con la serie de heronas
que su nombre a diversos libros del continente: Amalia, Maria, Cle-
mencia.
Cuando al publicar el tomo V de las Obras completas de Echeverra, el
fraterno Jos Mara Gutirrez edit el manuscrito desconocido de El matadero,
se precavi con unas pginas prologales donde lo defina como croquis o
bosquejo y explicaba: Estas pginas no fueron escritas para darse a la
prensa tal cual salieron de la pluma que las traz, como lo prueban la
precipitacin y el desnudo realismo con que estn redactadas. Fueron trazadas
con tal prisa que no debieron exigirle al autor ms tiempo que el que
emplea un taqugrafo para estampar la palabra que escucha: nos parece verle
en una situacin semejante a la del pintor que abre su lbum para consignar
en l con rasgos rpidos y generales, las escenas que le presenta una calle
pblica para componer ms tarde un cuadro de costumbres en el reposo
del taller.8 Si efectivamente as fue, esa rapidez y la posterior inhibicin
para retocar el croquis en un sentido artstico convencional nos permiti
conocer una pequea obra maestra, ms viva, ms intensa y ms moderna
que la restante produccin literaria de Echeverra.
Todo el texto est regido por una idealizacin romntica que procura
estatuir la oposicin ms violenta entre dos tipos humanos, dos comporta-
mientos, dos formas culturales, segn un patrn aprendido en la novela de
Victor Hugo: por un lado el Juez del Matadero, sus esbirros, las negras que
pelean por las achuras y los muchachos que viven y mueren en ese barrizal
suburbano y por otro lado la estampita acicalada del unitario bien vestido,
culto y de buena familia que atraviesa descuidadamente por los lodos que
conforman la infraestructura de su propia sociedad. La potente veracidad
artstica de estos lodos hace del joven unitario, de su comportamiento y de
sus palabras, un personaje de teatro que recita un texto convencional, tal
como ya se haba visto en los dilogos de amor de La Cautiva. Ms que
explicar esta discordancia por el luckacsiano triunfo del realismo, puede
7. Domingo Faustino Sarmiento, Facundo, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1977, p. 229.
8. Esteban Echeverra, Obras completas, t. V, Buenos Aires, 1874.
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atriburselo a la concentraclOn de la mirada sobre la otredad, ms an
cuando sta se transforma en un peligro que puede hacer zozobrar la vida
ntegra, los valores y las expectativas futuras del escritor. Mucho ms que
un boceto del natural, como pensaba Gutirrez, es un preciso registro de
una reiterada pesadilla onrica, con la emocional impregnacin de stas y el
libre campo que otorgan a potencias del inconsciente, incluidas las de la sexuali-
dad, las cuales son sofrenadas por la escritura consciente del romntico. La
bivalente actitud de Sarmiento respecto al gaucho (llmese Facundo o Rosas)
anima igualmente el cuento de Echeverra y se expresa con an mayor
libertad porque hemos sido transportados a la que Mannoni llama la otra
escena en que se juegan, sin resguardo, las tendencias del imaginario. N o
otra cosa volveremos a encontrar en algunos cuentos de Jorge Luis Borges
(<<El sun).
Es por este desviado camino que los proslitos del principio europeo
opuesto al principio americano en que coincidan tanto rosistas como
antirrosistas, han de contribuir fatalmente a la autonoma americana de la
literatura. No lo hacen ya mediante el discurso racionalizado que haban
urilizado los neoclsicos para predicar, con un sistema europeo, acerca de la
realidad americana. Lo que pretenden es insertar un discurso europeo dentro
de la realidad americana, cosa que efectivamente llevarn adelante con un
impresionante conjunto de cdigos, constituciones, leyes, sistemas educativos,
pero en la medida en que la nueva potica romntica les confiere el derecho
a la imaginacin libre, se abandonarn a sus incitaciones, permitirn que
impregne oscuramente sus obras, por debajo de las racionalizaciones intelec-
tuales y las proposiciones tericas con que imitan a Europa, y hable en una
lengua existencial, fuertemente emotiva y connotada artsticamente, aCerca
de esa cruda realidad que quisieran borrar bajo el enmascaramiento culto
europeizado. Su proyecto estatuye una contradiccin, pues el frac que
pesquisaba Sarmiento en las pequeas ciudades brbaras de su pas, habr
de revestir cuerpos que seguirn expresndose nudamente bajo el disfraz y
de un modo ms intenso, ms ardido y verdadero que lo que podan hacer
dentro del rgido discurso neoclsico. La literatura testimoniar esa contradic-
cin, aunque tbdava con simplistas rdenes dicotmicos: la realidad condena-
da, paradjicamente ser capaz de hablar con mayor fuerza y verdad artstica
que el modelo culto que le es propuesto yeso se lo debern a la potica
romntica, en lo que sta contribuye a liberar la imaginacin. N o otra cosa
le ocurrir cien aos despus a Aim Csaire, el poeta martinicano de lengua
francesa, cuando reconozca que su asuncin de la esttica surrealista bretoniana
le abri las puertas para encontrar las oscuras fuerzas culturales que componan
la vida de los negros antillanos. El encuentro, tanto romntico como surrealis-
ta, con las fuentes vivas de una cultura, se alcanzar mediante una intensifica-
da subjetivacin: ms que esa realidad encontrada de manera oscura y
relampagueante, ser la vivencia de ella en la conciencia torturada lo que
expresar eJ artista, unificando as sujeto y objeto dentro de una ostensible
ideologa. Esta abraza por igual Europa y Amrica, la integra en la experiencia
existencial y de este modo marca el derrotero especfico que caracterizar a
la autonoma Eteraria americana que comienza a trazarse en el continente:
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ser reconocidamente una parte de la civilizacin occidental, sin que pueda
avizorarse ninguna otra eventualidad, pero percibida desde una intrahistoria
que suma los ms variados tiempos, los ms diversos componentes tnico-
culturales y, curiosamente, la alimentar una energa que viene desde el
fondo crudo de la sociedad americana y por lo tanto hispnica, una energa
que opera a lo valiente y agita sucesivamente las distintas comparsas enmasca-
radas que recibe desde el mundo exterior.
3. CONQUISTA DE LAS CULTURAS INTERNAS
La polmica neoclsicos-romnticos fue, como he dicho ms de una vez,
una tpica discusin de familia, i. e., un debate dentro de una clase social
que era la exclusiva propietaria de las letras y la educacin: los hijos discrepa-
ron de los padres en una primera demostracin de la ruptura generacional
que la civilizacin burguesa haba aportado al mundo occidental como un
mecanismo identificado con su dinmica y su progreso. En la Amrica
hispana de la primera mitad del XIX se trataba de una familia minoritaria,
casi un cogollito que viva en el centro de las ciudades letradas que le
haban legado los conquistadores espaoles que haban impuesto el centralis-
mo aristocrtico de los cultos. Fuera de ese recinto privilegiado transcurra
el mundo mayoritario de vastas poblaciones, en su mayora iletradas, que
conducan culturas orales poco o nada apreciadas. Ellas existan y, a pesar
de su conservadurismo, no cesaban de producir nuevas invenciones, trabajan-
do sobre el acumulado capital de un acervo ibrico fuertemente transculturado
bajo la accin de corrientes autctonas (indgenas) o incorporadas a los
estratos bajos de la sociedad (culturas negras).
La autonoma literaria americana haba sido propuesta inicialmente (neo-
clsicos) como un proyecto de la lite culta para los cuadros intelectuales y
administrativos y haba sido ampliada posteriormente (los romnticos) como
un proyecto de la lite europeizada para remodelar poblaciones enteras. La
palabra pueblo estaba en todas las bocas pero en esas bocas no era el
pueblo el que hablaba y nada lo prueba mejor que la escassima difusin
de los productos literarios de ambas lites. El robustecimiento de tal autono-
ma literaria slo poda pasar por la ampliacin de su base, es decir, por
la participacin de vastas masas en la emisin y recepcin de mensajes
literarios. De hecho eso vena ocurriendo en los circuitos literarios orales de
las poblaciones rurales o suburbanas, pero en esas que Alberdi llamara zonas
mediterrneas de Amrica, la productividad se haba acortado y replegado
en beneficio de la simple transmisin de los componentes tradicionales, es
decir, se haba folklorizado, con lo que esto presupone de reduccin de una
produccin sobre la historia contempornea, viva, sobre los problemas propios
de esas sociedades internas. La historizacin contempornea de esos circuitos de
comunicacin literaria la haban emprendido, en las jornadas gloriosas de la
independencia y de las subsiguientes luchas fratricidas, los escritores
de la llamada literatura gauchesca, tras el iniciador Bartolom Hidalgo
(1788-1822). l, con Luis Prez, Manuel de Araucho y tantos otros annimos,
73
haba descubierto la va para introducir en las comunidades grafas la
problemtica histrica presente: la utilizacin del dialecto del espaol que
esas comunidades empleaban y las formas poticas que manejaban para su
sociabilidad recreativa. A partir de tales instrumentos se poda establecer
una comunicacin eficiente para transmitir informaciones, para educar en
doctrinas nuevas y aun para ordenar comportamientos. La ventaja, segn
percibi Gutirrez, radicaba en que contribua a convertir los espritus de
la gran mayora del pas a los dogmas de la revolucin; frase que patentiza
otra vez ese principio indesarraigable de transmisin en una sola direccin,
desde las lites, ms o menos cultas, a los receptores ms o menos incultos.
La inversin franca de este rgimen de comunicacin que segua remedan-
do al despotismo ilustrado se alcanz con la aparicin de El gaucho Martin
Fierro, en 1872, porque en este Caso el escritor, Jos Hernndez (1834-1886),
confesaba en su Carta aclaratoria que su principal preocupacin haba
sido la de imitar, tanto costumbres, trabajos, hbitos de vida, ndole, vicios
y virtudes del hombre del campo, como su estilo abundante en metforas.
De este modo, vicariamente se incorporaban a la literatura los hombres del
campo, para dar testimonio de su situacin y sus demandas. Lo que entonces
se oy fue un clamor, de sufrimiento y de protesta: era una inmensa sociedad
marginada, golpeada y olvidada, la que presentaba sus reclamaciones. El
mismo Hernndez habra de sealar, en otra oportunidad, que el lPero de
Mxico, el llanero de Venezuela, el montuvio del Ecuador, el cholo del Per,
el coya de Bolivia y el gaucho argentino, no han saboreado todava los
beneficios de la independencia, no han participado de las ventajas del
progreso, ni cosechado ninguno de los favores de la libertad y de la civiliza-
cin.1O Si todas esas comunidades internas de Amrica hubieran dispuesto
de escritores que imitaran sus vidas y reclamaciones, habramos dispuesto
de igual cantidad de personajes como Martn Fierro que irrumpen en el
canto voceando: Ninguno me hable de penas / porque yo penando vivo.
Si El gaucho Martn Fierro nace de la incitacin que provoca en Jos
Hernndez la lectura de Los tres gauchos orientales de Antonio Lussich
(1872), la segunda parte, mucho ms extensa, La vuelta de Martn Fierro,
procede de la demanda popular, tal como lo acredita el prlogo que precede
la primera edicin de 1879: Entrego a la benevolencia pblica, con el ttulo
La vuelta de Martin Fierro, la segunda parte de una obra que ha tenido
una acogida tan generosa que en seis aos se han repetido once ediciones
con un total de cuarenta y ocho mil ejemplares. Nunca se haba visto nada
semejante en Amrica Latina: ese pblico que con tanto tesn buscaron los
romnticos argentinos sin encontrarlo, debiendo conformarse con el cautivo
que les ofreca los peridicos o revistas, irrumpe repentinamente con la
desconcertante comprobacin de que procede de esas comunidades rurales
y suburbanas donde nadie pensaba encontrar un lector o un auditor. Incluso
el nmero de ejemplares vendidos da escasa idea del nmero de lectores
9. Juan Mara Gutirrez, La literatura de Mayo, en Los poetaJ de la revolucin, Academia
Argentina de Letras, Buenos Aires, 1941, p. 11.
10. Antonio Pags Larraya (ed.), PrOJaJ de! Martfn Fierro, Raigal, Buenos Aires, 1952.
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(la costumbre que se instaura de leer el Martin Fierro en pblico para los
analfabetos) y los muchos ms que lo aprenden de memoria hasta hacer de
l, en sustitucin de las remanencias folklricas, el breviario de la sabidura
popular, una suerte de coleccin de mximas en verso que se pueden utilizar
en los ms variados momentos de la vida cotidiana, con certeza de expresar
correctamente el sentir de la mayora nacional.
El proyecto de auronoma literaria americana haba encontrado uno de
sus firmes apoyos al ampliar su base receptora con la incorporacin de las
colectividades desamparadas que venan siendo golpeadas por el proyecto
liberal de transformacin de la economa y la sociedad. La literatura ya no
era slo el vehculo de sus lites dirigentes, sino que tambin acuda a
registrar las demandas populares en un momento histrico particularmente
infausto para ellas. Pero adems, por la lengua que usaba, por las matrices
mtricas, por los sistemas comparativos, se estableca una religacin del
litoral y el interior mediterrneo que, aunque ya implicaba la creciente
dominacin del primero sobre el segundo, no hubiera podido llevarse a cabo
con el solo principio europeo que haba movido la esttica de los romnticos
argentinos. Aqu haba, ms bien, mutua fecundacin entre culturas internas
que quedaban histricamente rezagadas y las concepciones intelectuales que
se haban venido desarrollando en la capital bajo el influjo de las metrpolis
extranjeras modernizadoras. Lo que se estaba produciendo era una integracin
cultural nacional.
Ha sido discutida la ubicacin del poema en las escuelas estilsticas,
pero no hay duda de que presenciamos un trnsito del romanticismo al
realismo cuando ambas estticas concurren a la creacin de una obra que
se rehsa a una etiquetacin somera. Tambin se ha discutido si estamos
ante un poema pico, un poema lrico-narrativo o incluso una novela. Esos
debates acadmicos trasuntan bien la peculiar originalidad del producto,
puesto en un riesgoso cruce de culturas con diferentes grados de acrioUamien-
to, que dice a las claras que presenciamos una conformacin propia, sin
duda sincrtica, alcanzada dentro de la Amrica Latina y, por lo tanto,
inasimilable a los patrones estrictos manejados por las literaturas europeas
de la hora. Con respecto a la medida contempornea en la poesa francesa
o inglesa, es visiblemente un arcasmo, dado que las dos partes del poema
son estrictamente coetneas de la renovacin artstica de Rimbaud. Por lo
mismo no es esa medida la que rige esta obra, sino una que slo tiene
aplicacin interna y corresponde a los tiempos, los estilos, las pautas culturales
que conforman la nacionalidad argentina. Que obviamente tal ubicacin en
nada restringe la produccin de una alta obra de arte queda demostrado en
la posicin del poema en el conjunto de la poesa argentina del XIX. Hay
prcticamente unanimidad crtica para reconocerle, de Lugones a Borges, de
Rojas a Tiscornia, la preeminencia entre la poesa de ese siglo.
La inicial proposicin bellista de autonoma literaria ha encontrado su
resolucin en el marco de la nacionalizacin, principio que pasa a ser el
santo y sea de la crtica en la segunda mitad del siglo XIX,. tal como
testimonia la prdica militante que desde 1868 desarrolla el mexlcanoJgnaclO
Altamirano. Esa autonoma siempre fue visualizada mediante una temtica
75
nacional o globalmente regional, sin reparar en que podra haber contradiccin
entre la aplicacin de temas locales mediante instrumentos artsticos pertene-
cientes a las sucesivas estticas fraguadas en Europa, nacidos por lo tanto
de circunstancias especficas de la cultura europea. El problema no poda
existir para Bello y los neoclsicos que se dirigan a la lite intelectual de
los pares, quienes reproducan, en diversos grados, segn las ciudades donde
actuaban, los mismos niveles de sus congneres europeos, aunque todos ellos
asumieron una actitud educativa que transitaba por el aparato administrativo
y educacional para ampliar su base. Se present agudamente a los romnticos
que aspiraron a comunicarse con e! comn: la confusa polmica sobre la
lengua que entablaron contra los neoclsicos responda a la distancia que
registraban entre los sistemas lingsticos de! pueblo y los que pertenecan
a la esfera culta en que ellos estaban situados, por un lado, y a la distancia
que tambin registraban entre la lengua de los aburguesados escritores
espaoles y la que ellos, americanos, practicaban, por el otro. En los escritos
juveniles de Juan Mara Gutirrez aparece por primera vez esa proposicin,
que reaparecer una y otra vez a lo largo de la historia cultural americana,
de una lengua nacional.
Es obvio que la nacionalizacin de la literatura exiga obligadamente e!
uso de la lengua de la comunidad a la que perteneca el escritor y que ello
habra de producirse. La discusin se refera ms bien al grado de ese uso,
a la permisividad que hara suya e! escritor, si recogera francamente las
formas dialectales o se limitara a modificar el lxico con introduccin de
trminos locales. Esta ltima fue la solucin intermedia de los romnticos,
quienes no dejaron de resguardar e! sistema lingstico del espaol y, gracias
a l, la comunicacin con la regin latinoamericana, concediendo al mismo
tiempo un espacio a los regionalismos, estigmatizados por el uso de la bastar-
dilla o por la nota al calce que los explicaba. Este avance tmido tuvo su equi-
valencia en las formas literarias mediante la adopcin de la potica romntica
y sus recursos estilsticos, sometindola a una libre adaptacin, cuyo mejor
testimonio es e! Facundo de Sarmiento, o, sobre todo, aprovechando los
resquicios que abra a una imaginacin fuertemente subjetivada mediante
ambientaciones o smbolos: en El Matadero es la equiparacin establecida
entre e! toro victimado y e! joven unitario, con la discusin sobre su calidad
de macho.
El paso decidido en e! camino de la nacionalizacin lo proporciona e!
Mart{n Fierro, que no se distingue de La Cautiva por los temas, en los dos
casos argentinos, sino por la lengua. Esta, como ya observ Unamuno, no
es un dialecto autnomo de! espaol, sino que es la vieja lengua castellana
en una de sus mltiples inflexiones regionales, manejada con la libertad
propia del habla espontnea. Es la lengua interior de Amrica que era y es
profundamente espaola, en muchos casos ms vieja que la que sigui
desarrollndose en la pennsula, testimonio al fin de la entraable mode!acin
de Amrica que oper Espaa a lo largo de los siglos de la Colonia. Se
trata, por lo tanto, de un retorno a la tradicin interior, de un repliegue
respecto a la tendencia vanguardista y europeizante de las lites urbanas y
su equivalencia en el campo de las formas literarias est patentizada por la
76
recuperaclOn del octoslabo potico y el uso de estrofas plasmadas sobre la
mtrica hispnica.
Al ampliar el pblico con la incorporacin de fuertes contingentes rurales,
el escritor de 1872 se ve forzado a utilizar la poesa dentro de sus coordenadas
tradicionales, lo que para la fecha es sin duda un arcasmo, dado que en
ese momento la cultura popular en Europa, como progresivamente en la
misma Amrica, comienza a reconocer como gnero propio la novela. Contem-
porneamente a Jos Hernndez, en la misma Argentina, Eduardo Gutirrez
escribe la serie de sus folletines truculentos cuyo ms exitoso ttulo sera
tambin la historia de un gaucho desgraciado, Juan Moreira (1879). An
antes, en 1868, en sus Revistas literarias de Mxico, Ignacio Altamirano
haba defendido la novela popular como el gnero adecuado a la poca, til
para la educacin del pueblo en el sentimiento nacionalista y haba usado
casi las mismas palabras que Gutirrez para legitimar a la poesa gauchesca
como instrumento de adoctrinamiento de las masas analfabetas: He aqu
que hemos llegado al tiempo en que la novela, dejando sus antiguos lmites,
ha invadido todos los terrenos y ha dado su forma a todas las ideas y a
todos los asuntos, hacindose el mejor vehculo de propaganda; no pueden
disputarse a este gnero literario su inmensa utilidad y sus efectos benficos
en la instruccin de las masas. 11
El Altamirano puesto a una campaa nacionalista y aun opuesta a la
invasin creciente de literatura extranjera (particularmente francesa), no parece
tener conciencia de que l es ya un producto intelectual urbano y que ha
hecho suyos los instrumentos literarios de la cultuta europea construida bajo
el impulso burgus. Afirma que la novela es el libro de las masas, en lo
que parece responder al modelo proporcionado por Eugenio Su en Los
misterios de Pars que alaba, y la equipara al periodismo, al teatro, al
adelanto fabril e industrial, a los caminos de hierro, al telgrafo, al vapor,
es decir las vas notorias de la modernizacin; ms an, la ve como el
instrumento de la igualacin social: Quiz la novela no es ms que la
iniciacin del pueblo en los misterios de la civilizacin moderna, y la
instruccin gradual que se le da para el sacerdocio del porvenir." La
correccin que establece sobre esta adaptacin del nuevo gnero es tambin
de grado como viramos en la solucin intermedia romntica: es necesario
adaptar ese gnero a los niveles del pblico lector mexicano. Los consejos
que presta al joven narrador Jos Mara Ramrez que ve demasiado influido
por Alphonse Karr, as lo expresan: Nosotros que querramos que toda
novela fuese leyenda popular porque medimos su utilidad por su trascendencia
en la instruccin de las masas, deseamos que nuestros jvenes narradores no
pierdan de vista que escriben para un pueblo que comienza a ilustrarse;
adoptemos para la leyenda romanesca la manera de decir elegante, pero
sencilla, potica, .deslumbradora, si se necesita; pero fcil de comprenderse
por todos, y particularmente por el bello sexo, que es el que ms lee y al
que debe dirigirse con especialidad, porque es su gnero. II
11. Ignacio M. AJtamirano, La literatura nacional, Editorial Porra (ed. de Jos Luis
Martnez), Mxico, 1949, t. l, pp. 28-29.
12. Idem, p. 39.
13. Idem, p. 68 ..
77
La plyade de narradores realistas que surgen en toda Amrica por la
poca (Jos Lpez Portillo, Emilio Rabasa, Blest Gana, Galvn, Eduardo
Acevedo Daz, Miguel Can, Eugenio Cambaceres, y el mayor de todos, el
brasileo Machado de Assis) testimonian que el largo combate entre ciudad
y campo se ha resuelto a favor de la primera y que es ella la que rige y
orienta su hinterland, con lo cual se restaura el signo urbano que tuvo la
cultura colonial pero ya no en la forma aislada, prcticamente sitiada, que
fue la caracterstica de la ciudad letrada hispnica, sino como cabeza que
se impone a su contorno, lo dirige y marca sus formas expresivas, aunque
reconociendo la materia prima de la cultura rural pacientemente elaborada
al descampado de toda gua educativa durante siglos.
4. UNIFICACIN NACIONAL
Los problemas prioritarios que los ms lcidos pensadores proponen, desde
mediados del siglo, han de ser la poblacin y la conquista efectiva del
territorio nacional. No haba ninguna posibilidad de progreso econmico
sin un aumento vertiginoso de la poblacin que permitiera colonizar ese
desierto de hombres que eran la mayora de los pases, hacindolo producir.
Quienes no queran esperar el siglo que durara la recuperacin de la curva
demogrfica y presenciaban al tiempo el avance impetuoso de Estados Unidos,
propusieron drsticamente la inmigracin masiva: las Bases de Alberdi, en
1852 sentaron el principio inconmovible de que gobernar es poblar y sa
fue la consigna en todas partes, como lo dice el brsileo Tavares Bastos en
su Memria sobre immigrafo (1867), o el colombiano Jos Mara Samper
en su Ensayo sobre las revoluciones politicas (1861) o el puertorriqueo Hos-
tos en la visin suramericana de sus Tres presidentes y tres repblicas (1874).
Esta poblacin que se reclamaba urgentemente a Europa, aunque sobre ella
se tuviera visible recelo, era indispensable para realizar la colonizacin de
cada pas, no slo ocupando las tierras vacas, sino tambin religando los
centros poblados separados entre s por largas extensiones o difciles accesos.
La colonizacin era parte del proyecto mayor: la integracin de la nacionalidad.
En pocos puntos de Amrica este problema era tan visible como en la
Nueva Granada, que pronto adoptara el nombre de Colombia, porque las
caractersticas del suelo con su multiplicida9- de pisos trmicos en la zona
de la cordillera y la dificultosa vinculacin entre los centros poblados que
se haban desarrollado durante la Colonia y la Repblica como entidades
casi independientes, pona en peligro la unidad nacional. Hasta el da de
hoy la riqueza intelectual de Colombia est asentada sobre la multiplicidad
de culturas peculiares que evolucionaron autnomamente en distintas regiones
en una suerte de aislamiento protector como en el paradigma de la alta
Edad Media, pero tambin hasta el da de hoy ha habido notoria dificultad
para integrarlas en un proyecto nacional que no naciera de la imposicin de
una sobre otra, sino de un consenso democrtico. De ah la regionalizacin
de su literatura, similar a la brasilea, que permite identificar an hoy
modulaciones especficas de la expresin artstica segn las zonas de las que
ha surgido.
78
Cuando un crtico del rigor de Baldomero Sann Cano tiene que explicar
la obra narrativa de Toms Carrasquilla (1858-1940) comienza por reconocer
la autonoma cultural de su Antioquia natal a la que encuentra responsable
de una peculiaridad literaria que surgi oponindose a normas que ya estaban
rigiendo a las letras capitalinas: El departamento de Antioquia, por haber
subsistido casi aislado del resto de la Repblica, durante unos ochenta aos,
a causa de lo montaoso de su suelo y de lo rudimentario de sus caminos,
tuvo, puede afirmarse, una literatura propia que sin pretensiones de regionalis-
mo se diferenciaba en lo exterior de las formas literarias predominantes en
otras regiones del pas y agrega: De modo que hubo una tradicin literaria
en aquella comarca que puede definirse con los caracteres del amor al suelo,
a la lengua del pueblo, y a las tradiciones de igualdad entre todos y respeto
mutuo. 14
Esta manera de percibir la variedad literaria (cultural) de Colombia ya
haba sido establecida por Jos Mara Samper, cuando registraba que toda
Amrica Latina (para la cual l propona entonces el nombre de Colombia)
haba venido generando una civilizacin mestiza que juzgaba sorprendente,
difcil en su elaboracin, tumultuosa y ruda al comenzar, contradictoria en
apariencia, pero destinada a regenerar al mundo mediante la prctica del
principio fundamental del cristianismo: el de la fraternidad. L5 Examinando
sus variaciones dentro de las fronteras neogranadinas, que l conoca mejor,
reconoca siete tipos humanos, segn los lugares de instalacin y los compo-
nentes tnicos de la mestizacin, entre los cuales ocupaba un lugar distinguido
el antioqueo: Espaoles, israelitas y criollos se cruzaron libremente y produje-
ron la ms hermosa y enrgica raza mestiza-europea que se conoce en
Hispano-Colombia. Conclua su descripcin fsica y espiritual con esta
sntesis que han compartido muchos de sus compatriotas: en todo tiempo
le hallaris negociante hbil, muy aficionado al porcientaje, capaz de ir al
fin del mundo por ganar un patacn, conocido en toda la Confederacin
por la energa de su tipo y por el cosmopolitismo de sus negocios, burln
y epigramtico en el decir, positivista en todo, poco amigo de innovaciones
y reformas y muy apegado a los hbitos de la vida patriarcal.l.
La publicacin de la primera novela de Carrasquilla, Frutos de mi tierra,
es de 1896, es decir, el ao de la muerte de Jos Asuncin Silva, por lo
tanto del ya establecido esplendor del modernismo literario, que habr de
ser el enemigo que combata acerbamente el escritor antioqueo, aunque
siempre salvando respetuosamente la obra de Silva. Su ltima gran novela,
La marquesa de Yo!omb, es de 1926, por lo tanto estrictamente contempor-
nea de Don Segundo Sombra de Ricardo Giraldes. Se podra decir que su
carrera literaria completa es un anacronismo, si no fuera que hay dudas
fundadas sobre el manejo peyorativo de este trmino y hay certezas sobre
su inadecuacin para medir la literatura hispanoamericana. En un memorable
14. Jos Mara Samper, Ensayo sobre las revoluciones polticas y la condicin social de las
Repblicas colombianaJ (Hispano-americanas), Imprenta de E. Thunot y Ca., Par!s, 1861, p. 79.
15. Id,m, p. 85.
16. Idem, p. 86.
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artculo] orge Luis Borges se burl de la acusacin de arcasmo que Amrico
Castro dirigi a la lengua que manejaban los argentinos. Pero adems, los
cultores de la historia lineal de la 'literatura han fracasado en sus discursos
interpretativos porque no quisieron ver la superposicin de tiempos, de
culturas, de estratos, que caracterizan a la Amrica Latina y que imponen
el manejo de otros instrumentos para organizarla en un discurso crtico.
17
El
costumbrismo, el realismo, el criollismo, el regionalismo, no son anteriores
o posteriores al modernismo, sino contemporneos y traducen la variedad
cultural del continente en un mismo perodo. Esta pluralidad de culturas
simultneas, como no han dejado de subrayar los antroplogos, jams puede
medirse por su ubicaCin ideal en una nica lnea de desarrollo, mediante
una encadenacin lgico-temporal que hace de un estadio cultural el antece-
dente de otro, sino por su interior especificidad. Su legitimidad deriva de
su propia coherencia.
La rica produccin de obras (Kriollistas (como han sido designadas por
la crtica de Venezuela, que es uno de los pases con mayor aportacin del
gnero) invade todo el fin del siglo, religa por un lado con la tradicin
costumbrista romntica y por el otro inspira las robustas obras del regionalis-
mo narrativo (Gallegos, Rivera, Azuela) que son contemporneas del vanguar-
dismo de las ciudades, Su mejor representante es Toms Carrasquilla, tanto
por su obra narrativa como por la empecinada polmica con la cual sustent
su esttica. Sin duda representa un momento privilegiado de este impulso
hacia la autonoma literaria americana que, como hemos visto, se inserta
en la fundamentacin intelectual del nacionalismo. Un crtico moderno llega
a afirmar que dentro de la literatura colombiana es el primer y gran escritor
autnticamente nacionalista.!8 Por nuestra parte diramos que es el primero
que aspira, prctica y tericamente, a integrar la nacionalidad colombiana,
insertando dentro de ella una literatura marginada que, sin embargo, expresa
con eficacia una regin cultural de esa nacin. Aunque su autor haya afirmado
que Frutos de mi tierra fue tomada directamente del natural, sin idealizar
en nada la realidad de la vida es evidente que la novela trasunta una visin
en dos niveles, visto el manejo alternativo de la lengua popular por parte
de los personajes y de una lengua culta por parte del narrador. Ambas estn
emparentadas por la procedencia hispnica y por la tradicional distincin
culto/popular, del mismo modo que las formas literarias, en un perodo de
abusivo predominio francs, siguen resguardando los grandes modelos narrati-
vos espaoles (Pereda y Emilia Pardo Bazn, cita Sann Cano) revelando
otra vez la rica pervivencia de la marca espaola en el interior del continente.
El aumento de la poblacin y el progresivo restablecimiento de las
comunicaciones internas de los pases hispanoamericanos, asegurando por
ambas vas el lento predominio de las capitales sobre el territorio, depara
en la literatura una nueva ampliacin de su base con incorporacin de las
diversas culturas separadas y por lo tanto un reforzamiento del proyecto
17. He tratado el tema en mi ensayo Sistema literario y sistema social en Hispanoamrica,
en el volumen colectivo Literatura y praxiJ en Amrica Latina, Monte Avila, Caracas, 1975,
18. Eduardo Camacho, La literatura colombiana entre 1820 y 1900, en Manual de hiJtoria
de Colombia, vol. n. Instituto Colombiano de Cultura, Bogot, 1979, p. 663,
80
nacionalista.
19
Curiosamente, cuando ste llega a esa apertura maXlma que
parece abrazar por entero cada uno de los pases (separadamente) en sus
diversos estratos sociales y sus diversas regiones, cuando parecera que ya
estn consolidadas las literaturas nacionales (y efectivamente esas postrimeras
del siglo presencian las primeras historias nacionales sistemticas de la literatu-
ra), se ptoduce una nueva y poderosa irrupcin extranjera que reclama la
internacionalizacin de la literatura como de otros mltiples aspectos de la
vida (de la economa al arte) generando una nueva tensin y una brusca
ruptura de la evolucin literaria. Es lo que llamamos el modernismo que
en su momento algunos vieron como una catsttofe. Y sin embargo, desde
la perspectiva actual, fue una palingenesia, una verdadera resurreccin artstica
con recuperacin de fuentes que se produjo conjuntamente con la acelerada
modernizacin. El acierto de esta solucin positiva no puede atribuirse
solamente al talento de los escritores de ese perodo finisecular, sino tambin
a la lenta consolidacin que haba producido la autonoma literaria del
continente. Sin ella no hubiera habido dilogo, ni plataforma para disear
una nueva esttica, ni establecido sistemas de comunicacin, ni un esbozo
de nacionalidad con su particular rgimen de asuntos, pensamientos, sabores,
hbitos, complicidades. Ms an: la nueva esttica, del modernismo, se
propone la continentalizacin, por encima de las fronteras nacionales, respon-
diendo al universalismo de la hora. Tampoco lo hubiera podido encarar si
ya no se hubiera alcanzado esa autonoma propuesta en 1823 por Bello.
([Link] de Clsicos Hispanoamericanos, Volumen 1. Siglo XIX. Barcelona,
Crculo de Lectores, 1983)
19. "Como todo regionalismo, el de Carrasquilla es impensable sin el centralismo cultural
de la andina capital cachaca, sin sus pretensiones de ser el centro del universo dice Rafael
Gutirrez Girardot en La literatura colombiana en el siglo xx (Manual de Historia de Colombia,
Instituto Colombiano de Cultura, Bogot, 1980), t. IIl, p. 470-471.
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