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Crítica Literaria Feminista y Género

Este documento resume la evolución del estudio del género en la literatura desde los años 1970. Inicialmente, se enfocó en encontrar rasgos específicos en los textos escritos por mujeres, ya sea a través de su representación de experiencias femeninas o estrategias de escritura. Más adelante, se planteó que el género es una construcción cultural más que biológica, y que no hay una correspondencia natural entre sexo y género. Actualmente se entiende el género como una identidad que se cita o actualiza de

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Crítica Literaria Feminista y Género

Este documento resume la evolución del estudio del género en la literatura desde los años 1970. Inicialmente, se enfocó en encontrar rasgos específicos en los textos escritos por mujeres, ya sea a través de su representación de experiencias femeninas o estrategias de escritura. Más adelante, se planteó que el género es una construcción cultural más que biológica, y que no hay una correspondencia natural entre sexo y género. Actualmente se entiende el género como una identidad que se cita o actualiza de

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GNERO, ESCRITURA Y REESCRITURA

Andrea OSTROV
Universidad de Buenos Aires- Conicet
Alrededor de los aos 70, de la mano de los movimientos feministas, gran parte de los
saberes cientficos -fundamentalmente dentro del marco de las Humanidades y de las Ciencias
Sociales- empiezan a ser cuestionados y revisados tanto en sus fundamentos tericos como en sus
reas prioritarias de inters, en virtud de los debates e investigaciones incorporados a las agendas
acadmicas a travs de la paulatina creacin de Departamentos, Ctedras, Institutos y reas de
Estudios de la Mujer y/o de Gnero en distintas Universidades norteamericanas, latinoamericanas
y europeas. En ese contexto surgen las primeras reflexiones acerca de la escritura femenina, las
que intentan responder de diversos modos a la pregunta sobre si es posible o no encontrar una
especificidad en los textos producidos por mujeres.
En 1979, la terica norteamericana Elaine Showalter acua el trmino ginocrtica para
designar a esa vertiente de la crtica literaria que se propone analizar las sutiles estrategias
utilizadas por las escritoras para contrarrestar o burlar no solo los estereotipos que desde la
Antigedad determinan la construccin de los personajes femeninos en la literatura de Occidente
sino tambin los condicionamientos y restricciones argumentales recomendados tanto por la
tradicin literaria masculina como por el deber ser de la condicin femenina. Desde esta
perspectiva, bajo una aparente obediencia a los cnones literarios en la superficie textual, en los
relatos escritos por mujeres se encontrara una trama oculta -pasible de ser descubierta por una
mirada estrbica- donde anclara el verdadero sentido femenino. Los textos son concebidos
entonces como palimpsestos que debern ser ledos al bies, a contrapelo o a contraluz. La
ginocrtica se ocupar de las historias, los temas, las estructuras y las construcciones literarias
bajo el presupuesto de que las escritoras han volcado all una experiencia de gnero
especficamente femenina (la gestacin, la maternidad, la domesticidad) que marcara la
diferencia con respecto a la literatura masculina. Nancy Miller (1986) denomina aracnologa a
esta prctica de lectura/ escritura que busca en los textos la manifestacin de la subjetividad
sexuada de las autoras.
Si bien es cierto que este abordaje propone una perspectiva novedosa al buscar una
especificidad en los textos escritos por mujeres, el inters por la experiencia como marca
diferencial supone en principio una concepcin meramente representacional de lo literario que
hasta cierto punto deja de lado la dimensin semitica de la escritura y los procedimientos
lingsticos que intervienen en la construccin de sentido.
En un contexto cultural mucho ms influenciado por el pensamiento psicoanaltico, las
tericas del feminismo francs entre las cuales destacan Hlne Cixous, Luce Irigaray, Catherine
Clment, Julia Kristeva y Annie Leclerc, tambin se propusieron encontrar en la literatura escrita
por mujeres las marcas especficas de femineidad. Sin embargo, dichas marcas ya no radicaran
en la particularidad de las experiencias propias de lo femenino sino ms bien en ciertas
estrategias de escritura. En sus textos Le rire de la Mduse (1975a), Sorties (1975b) y La
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venue lcriture (1977) Hlne Cixous elabora el concepto de criture fminine para aludir
precisamente a la especificidad y diferencia de una escritura que resultara de la inscripcin de los
ritmos corporales y de la economa libidinal de las mujeres en los textos escritos por ellas. De
acuerdo con esto, las particularidades de la erogeneidad femenina, reiteradamente teorizada como
mltiple, difusa, abierta o no-toda en trminos lacanianos, se traduciran en elipsis, en silencios
y blancos textuales, en rupturas lgicas y sintcticas, en juegos y proliferaciones significantes, en
pluralidades de sentidos que se leern como marcas de femineidad en los textos. La escritura
constituira entonces un espacio de inscripcin de la corporalidad, un lugar privilegiado donde
finalmente se manifestara algo as como una esencia femenina largamente atesorada e
invisibilizada en el cuerpo, no historizada ni historizable pero potencialmente subversiva.
Si por un lado el inters y la atencin explcita que esta corriente terica presta a la
materialidad de la escritura, a la densidad lingstica y a la palabra como vehculo del
inconsciente son sin duda valiosos, por otro lado resulta evidentemente problemtica la
postulacin de un ser femenino ms all de sobredeterminaciones culturales y sociales,
histricamente proscripto del lenguaje, que se plasmara en la escritura sin mediaciones de
ningn tipo. Pero adems, estas proposiciones revelan su propio lmite en la medida en que la
misma Cixous (1975) reconoce que los rasgos textuales sancionados como femeninos pueden
encontrarse tambin en las producciones de escritores varones tal como ocurre con Jean Genet-.
En La rvolution du langage potique (1974) y en "Le sujet en procs: le langage
potique" (1977), Julia Kristeva postula junto a la funcin simblica del lenguaje indisociable
del predominio de las leyes del sentido y la referencia, garante de la socialidad, lgica y
cronolgicamente vinculada con el advenimiento de la Ley del Padre- una dimensin semitica.
Esta ltima se hallara siempre presente aunque en mayor o menor grado- junto a la simblica,
se manifestara a travs de ecolalias, juegos sonoros y rtmicos y remitira al primer vnculo pre-
edpico del nio con su madre, previo al estadio del espejo, a la constitucin del sujeto y por
consiguiente a toda socialidad. De acuerdo con esto, lo especficamente femenino en los textos
consistira en una suerte de recuperacin de los primeros vnculos con la madre, all donde los
juegos fnicos, las rupturas de la linealidad del significante y la clausura de la referencialidad
hacen desaparecer todo sentido y la pura materialidad del signo cobra mxima densidad y
espesor.
Llamativamente, en la medida en que el componente semitico cuestiona el orden de lo
simblico y el rgimen del sentido, la hiptesis kristeviana parecera ratificar la identificacin
patriarcal de la mujer no solo con la maternidad sino tambin con aquello heterogneo respecto
del lenguaje y la significacin. Y, aunque diferentes en cuanto a la concepcin y abordaje de lo
literario -de acuerdo con el predominio de lo representacional en el primer caso y de la
materialidad de la escritura en el segundo-, las teorizaciones hasta aqu esbozadas comparten la
postulacin de una especificidad de lo femenino directamente vinculado con e indisociable de los
roles sociales o los cuerpos de las mujeres, que se manifestara de modos diversos en los textos
escritos por ellas.
A partir de la dcada de los 80 comienza a instalarse una concepcin del gnero como
construccin fundamentalmente cultural de la identidad. Desde esta perspectiva, los anclajes
biolgicos o corporales del gnero resultan cuestionables y el cuerpo pasa a ser esa entidad
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material que la cultura interpreta y significa diversamente de acuerdo con la diferencia sexual. Es
decir, dada la existencia de cuerpos biolgicamente distintos macho/ hembra-, esa diferencia
sexual anatmica sera interpretada o significada culturalmente en trminos de masculinidad y
femineidad respectivamente. El gnero ser entonces ese conjunto de rasgos psquicos,
conductas, sensibilidades, roles sociales, sexuales y familiares que la cultura atribuye y prescribe
a los cuerpos en funcin de su sexo. Consiguientemente, la vinculacin entre la identidad de
gnero y el sexo biolgico ya no puede postularse como natural sino como naturalizada.
En 1990, la filsofa norteamericana Judith Butler clausura definitivamente el anclaje anatmico
del gnero al proponer que la supuesta correspondencia entre el sexo, el gnero y la prctica
sexual ha sido establecida por la cultura precisamente en funcin de asegurar la diferencia de los
sexos y la heterosexualidad obligatoria. Segn esta autora, el sexo y el gnero constituyen dos
instancias entre las cuales no pueden ni deben postularse vinculaciones naturales y necesarias
sino culturales y contingentes. En virtud de esto, se habilitan tanto relaciones de correspondencia
como de contradiccin entre estos trminos, as como articulaciones y rearticulaciones diversas
que ponen en evidencia la convencionalidad del sistema de dos gneros: Aun si los sexos
permanecen incuestionados en cuanto al binarismo de su morfologa y constitucin [...] no hay
razn para pensar que tambin los gneros tendran que ser dos (BUTLER 1990: 6. (
Butler concibe la identidad de gnero, liberada ya de condicionamientos biolgicos, como cita
o actua(liza)cin de los modelos identitarios femeninos y masculinos socialmente legitimados.
Postula entonces una dimensin del gnero performativa y citacional, ya que ste se constituye,
se reproduce y se ratifica en la medida en que los sujetos lo encarnan o lo representan. La
performatividad constituye, segn esta autora, una prctica citacional y reiterativa de una norma o
de un conjunto de normas que adquiere la apariencia y el status de un acto presente, de manera tal
que oculta o disimula las convenciones que reproduce (BUTLER 1993: 12). En otras palabras, la
performatividad implicara la cita de una norma que se oculta a s misma en tanto cita.
Paralelamente, el concepto de tecnologas del gnero, acuado por Teresa de Lauretis (1987) a
partir de las foucaultianas tecnologas del yo, resulta decisivo a la hora de indagar los modos de
construccin social del gnero en relacin con los diferentes dispositivos tecnolgicos y
discursivos que intervienen tanto en su (re)produccin como en su representacin.
Desde esta perspectiva, la postulacin de una especificidad de la escritura femenina
resulta evidentemente insostenible. La concepcin del gnero como construccin cultural y
normativa de la identidad desestima cualquier resabio esencialista y promueve nuevos abordajes
crticos a los textos de mujeres. No se trata ya de plasmar ni de leer en ellos las marcas de una
femineidad preexistente ya sea vinculada con los roles sociales o con la economa libidinal-. El
inters se concentrar en cambio en poner en evidencia la arbitrariedad de las construcciones
genricas, las coerciones identitarias, la sumisin o el acatamiento de las normas, las sanciones
sociales que castigan los desajustes en relacin con estas, la funcionalidad o disfuncionalidad
de ciertas identidades respecto de las polticas de gnero, la ininteligibilidad o ilegibilidad de los
cuerpos que encarnan algn tipo de incongruencia sexo/ gnero.
En tanto la construccin de gnero vigente en la cultura patriarcal define a las mujeres en
funcin de su capacidad reproductiva y les adscribe como cualidad natural un instinto maternal
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que por extensin se manifiesta en tareas o profesiones recomendables para ellas -madre, reina
del hogar, maestra, enfermera, etc.-, el cuidado de los dems es, sin duda, el rol femenino por
definicin. En el cuento De noche vienes Elena Poniatowska (2006) lleva hasta la irrisin el
mandato social implicado en esta construccin de la femineidad: Esmeralda Loyden, enfermera
profesional, contrae matrimonio con cinco hombres simultneamente y reparte los siete das de la
semana con la mayor equidad posible. Dedica un da de la semana a cada marido, un da del fin
de semana a su padre y reserva el sptimo da para emergencias, imprevistos, cumpleaos y otras
tareas. Mediante el pasaje de enfermera a esposa, los matrimonios que la protagonista contrae
legalizan y al mismo tiempo privatizan -recluyen en lo privado y en lo domstico- las funciones y
tareas de la mujer. Sin embargo, el cumplimiento excesivo -por quintuplicado- del mandato
genrico constituye paradjicamente el peor de los delitos. El cuento se desarrolla bajo la forma
de un interrogatorio judicial, ya que a la esmerada Esmeralda le caben todas las acusaciones y
cargos imaginables y es juzgada en definitiva por su exceso de obediencia a las prescripciones del
gnero. El cuento de Elena Poniatowska refracta la construccin social del gnero al mostrar las
contradicciones entre los mismos mandatos que la sostienen.
Por otro lado, muchos de los cuentos de Silvina Ocampo resultan paradigmticos en
relacin con la puesta en escena de los procesos de construccin de la identidad de gnero. En
Las vestiduras peligrosas (1970); El vestido de terciopelo (1959); Las fotografas (1959);
Los celosos (1988); El sombrero metamrfico (1977) -por mencionar solo algunos- asistimos
a un intenso despliegue de telas, vestidos, modistas, peluqueras, peinados, maquillajes, postizos,
cirugas estticas, todos los cuales constituyen herramientas decisivas para la construccin de un
verdadero sujeto femenino. En Los celosos, por ejemplo, la protagonista encarna en su
propio nombre (se llama Irma Peinate) el imperativo de asumir el ideal de belleza socialmente
legitimado:
nunca se quitaba, para dormir, el colorete de las mejillas ni el rouge de los labios, las pestaas
postizas ni las uas largas. Los lentes de contacto, salvo algn accidente, jams se los quitaba de
los ojos. [Adems] dorma con todos los jopos y postizos que le colocaban en la peluquera. []
Como era muy bajita [...] se mand hacer unos zuecos con plataformas que medan veinte
centmetros de alto (1988: 123-124).
La importancia del artificio en la confeccin de la identidad de gnero queda en
evidencia hacia el final del cuento cuando a raz de una cada Irma pierde todos sus adornos y
postizos: su propio marido no la reconoce. El texto de Silvina Ocampo exhibe en clave pardica
la intervencin de las tecnologas en el proceso de construccin de una identidad femenina acorde
con los mandatos del gnero. Pero adems queda en evidencia que el cuerpo se vuelve
reconocible a condicin de que encarne un correcto proceso de generizacin puesto que no
resulta posible segn sostiene Butler (1990: 16 y 21-22) concebir un cuerpo sin marca de
gnero. En efecto, el cuerpo slo deviene inteligible culturalmente en la medida en que es sexual
y genricamente categorizado y en tanto sexo, gnero y deseo mantienen entre s relaciones de
identidad (de adecuacin) y no de contradiccin.
1


1
La cultura rechaza, sanciona o medicaliza aquellos cuerpos que desorganizan de algn modo la clasificacin
masculino/femenino y no resisten ser categorizados de acuerdo con las identidades de gnero sancionadas como
normales. En la medida en que lo normal (lo comn) ejerce como normatividad, todo aquello que desbarata el
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En "El vestido de terciopelo", la tela es a tal punto constitutiva de la identidad que el vestido y el
cuerpo de la protagonista Cornelia Catalpina se con-funden. El vestido se amolda tan
perfectamente al cuerpo que termina siendo in-corporado. Cornelia ya no puede sacrselo y
muere sofocada. Es una crcel. Cmo salir? (1959: 109) pregunta en voz alta. Es decir que el
vestido -el modelo- se ajusta al cuerpo de la mujer en la misma proporcin en que el cuerpo se
ajusta al modelo de gnero. Cornelia Catalpina sucumbe ahogada por el molde, obedeciendo a
la norma, encarnando -aqu literalmente- las prescripciones de la construccin cultural del
gnero.
En el cuento titulado Las vestiduras peligrosas, Artemia "viva para estar bien vestida y
arreglada. La vida se resuma para ella en vestirse y perfumarse" (1991: 442). Se trata, por cierto,
de una actitud de sumisin, de acatamiento al modelo cultural de mujer bella y deseable que debe
exhibirse como un hermoso objeto. "Para qu tenemos un hermoso cuerpo? No es para
mostrarlo, acaso?" -pregunta (1991: 445). En obediencia a este mandato de gnero, la
protagonista disea vestidos sumamente sugerentes y provocadores con los que se viste para dar
paseos nocturnos por la ciudad. Sin embargo, a pesar de su esmero, Artemia no tiene xito en
despertar ningn deseo masculino. Solo logra un paradjico reconocimiento una vez que decide
salir a la calle vestida de hombre: "una patota de jvenes amorales violaron a la Artemia a las tres
de la maana en una calle oscura y despus la acuchillaron por tramposa" (1991: 447). Es decir
que tambin aqu, del mismo modo que ocurre en el cuento de Elena Poniatowska, el final del
relato pone al desnudo las contradicciones de la norma que rige a lo femenino.
La puesta en escena de la intervencin de las tecnologas en los procesos de construccin
subjetiva as como la acentuacin pardica de la identidad en tanto encarnacin o representacin
de un modelo confieren a los textos femeninos una dimensin eminentemente crtica y
contestataria que apunta a exhibir no solo la convencionalidad de las normativas de gnero sino
principalmente su funcionamiento disciplinario. Una de las marcas ms determinantes de la
construccin dual del gnero en torno a oposiciones diferenciales y asimtricas entre femenino y
masculino radica en la histrica y exclusiva identificacin de hombres y mujeres con el lugar de
sujeto y de objeto de la mirada respectivamente. El funcionamiento sociocultural de la
polarizacin sujeto/objeto de la mirada como especificaciones distintivas de lo masculino y lo
femenino prescribe posicionamientos de gnero claramente dismiles y jerrquicamente opuestos
en el plano de lo escpico. En ltima instancia, lo que cada una de las protagonistas de los
cuentos de Silvina Ocampo hasta aqu analizados se propone de una u otra manera es
precisamente consistir en ese objeto bello digno de ser mirado y apreciado por el sujeto de la
mirada, por definicin siempre masculino.
En este mismo sentido, el cuento Una de Ana Lydia Vega (1987) relata minuciosamente el
despertar de una mujer un sbado por la maana y la larga preparacin y produccin de s misma
que esta lleva a cabo antes de salir de su casa. Este proceso de generizacin ocupa todo el
cuento y solo al final se revela el misterioso y a la vez evidente objetivo de la protagonista: atraer
la mirada masculina.

sistema de clasificaciones vigente travestis, transgneros, transexuales, intersexuales- es sancionado como
excedentario y relegado al dominio de lo abyecto (BUTLER, 1993: 15).

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Deliberadamente lenta y fabulosa, una llega a la esquina donde todo se juega. Los pies quieren
rajarse. Las manos se congelan. [] Pero una pasa, maravilla del control mental, la vista fija en
algn punto lejos, indiferente como una marquesa.
Y una ve sin mirar [] que l est all, parado frente al bar y que hoy tambin, como todos los
sbados a las nueve en punto de la vida, una est a ley de ya para lanzarse en la rbita espacial de
esa mirada. (VEGA, 1987: 56-57).
En la medida en que la concepcin del gnero como construccin cultural supone un corte
definitivo con las postulaciones que establecan correspondencias naturales entre el sexo, el
gnero y el deseo, el trabajo deconstructivo que muchas escritoras llevan a cabo en su literatura
abre el camino para la ciudadana literaria de todas aquellas construcciones identitarias
alternativas que durante siglos tuvieron escasa o nula cabida en la literatura: me refiero a la
irrupcin relativamente reciente al menos en la ficcin latinoamericana- de figuras gays,
lesbianas, bisexuales, travestis, transgnero e intersexuales en autores como Pedro Lemebel,
Mayra Santos Febres, Gabriela Cabezn Cmara, Mario Bellatin, Alfonso Snchez Baute, Pedro
Juan Gutirrez, Luis Zapata.
Si bien el concepto de gnero como construccin cultural que interpreta al sexo anatmico
implica el desmantelamiento de la oposicin binaria masculino/ femenino, esto no supone una
correlativa puesta en cuestin de la naturalidad de la diferencia sexual. Es decir que aunque el
gnero puede ser pensado como construccin, el sexo contina siendo considerado un elemento
perteneciente al plano de lo biolgico, un a priori que la cultura interpreta mediante el gnero.
De este modo, la concepcin del gnero como interpretacin cultural de la diferencia sexual
anatmica tiene anclaje en una correlativa concepcin del sexo como instancia previa a la cultura:
el sexo, considerado un dato biolgico contina instalado en el dominio de lo natural, en el
campo de la Naturaleza, y constituye por consiguiente una entidad precultural, prelingstica.
Sin embargo, durante la dcada de los noventa se publican varios textos que resultarn decisivos
para rescatar al cuerpo del dominio de lo precultural y pensarlo tambin como un efecto
discursivo, una construccin cultural y lingstica: Simians, Cyborgs, and Women: The
Reinvention of Nature de Donna Haraway (1991); Making Sex. Body and Gender from the Greeks
to Freud de Thomas Laqueur (1990) -donde el autor demuestra precisamente que el cuerpo
humano no es una entidad ahistrica y establecida desde siempre sino que por el contrario,
constituye una produccin cultural que ha sufrido transformaciones y reformulaciones a travs
del tiempo- y Bodies that Matter de Judith Butler (1993). En este nuevo libro, Butler argumenta
que la materialidad corporal misma no debe ser pensada como una mera facticidad prediscursiva
sino como resultado de un largo proceso de materializacin desarrollado en el tiempo a travs del
lenguaje. Propone definir la materia no como un lugar o una superficie, sino como un proceso de
materializacin que se estabiliza a travs del tiempo para producir el efecto de lmite, fijeza y
superficie que denominamos materia [...]. De este modo, la pregunta ya no es cmo se constituye
el gnero en tanto interpretacin del sexo? [...] sino ms bien a travs de qu normas
reguladoras el sexo mismo es materializado? (BUTLER, 1993: 9-10).
De acuerdo con Butler, el proceso de materializacin de los cuerpos estara regido por una matriz
heterosexual
2
que determinara la relevancia de algunas diferencias anatmicas en funcin de las

2
El trmino matriz heterosexual designa esa red de inteligibilidad cultural a travs de la cual los cuerpos, los
gneros y los deseos son naturalizados (BUTLER, 1990: 151).
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cuales los cuerpos son agrupados en dos categoras sexuales. El lenguaje en tanto instancia
materializadora y realizadora organiza la materialidad corporal de acuerdo con una matriz
genrica oposicional que regula y carga de significacin a determinadas diferencias anatmicas.
Es decir, la materialidad misma del cuerpo se organizara en funcin de una diferencia genrica
previa, y no a la inversa. En otras palabras, no sera el gnero una construccin identitaria que la
cultura habra acuado a partir de un cuerpo dado sino por el contrario, la organizacin misma
del cuerpo sera el efecto de una diferencia de gnero previa y culturalmente operante. La
diferencia sexual de los cuerpos se establecera entonces como resultado de un proceso de
organizacin significante que releva -vuelve relevantes- superficies, bordes, hundimientos y
relieves de acuerdo con una oposicin genrica congruente con una matriz heterosexual binaria.
Si se acepta que no hay acceso posible a una realidad prediscursiva, resulta claro que la
organizacin de los cuerpos en dos categoras sexuales opuestas y excluyentes, la jerarquizacin
de determinados rganos a los efectos de dicha clasificacin, la relevancia de ciertas zonas en
funcin de la heterosexualizacin del deseo, constituyen la materializacin de un discurso sobre
el cuerpo que postula la diferencia sexual como marca primera y fundante de la identidad. No
tiene sentido definir al gnero como la interpretacin cultural del sexo -dice Butler (1990: 7-8)-
dado que el sexo mismo es una categora generizada. El gnero no debera concebirse
simplemente como la inscripcin de un significado cultural sobre un sexo previamente dado. [...]
Gnero debe designar tambin el aparato mismo de produccin por el cual los sexos son
establecidos. [...] No hay acceso a un cuerpo que no haya sido interpretado por significaciones
culturales; por consiguiente, el sexo no podr calificarse como una facticidad anatmica
prediscursiva. En realidad, el sexo, por definicin, demostrar haber sido siempre gnero. De
este modo, Butler da un giro copernicano en el modo de pensar la vinculacin sexo/gnero al
proponer una inversin de la relacin tradicionalmente aceptada entre ambos trminos. El gnero
ser entonces esa construccin discursiva que marca y clasifica los cuerpos, ese texto que
organiza, materializa, legitima y rige el deber ser de los cuerpos. En definitiva, el gnero puede
ser pensado como la ley que normaliza y normativiza los cuerpos en cuanto a su configuracin,
su materialidad y su organizacin (BUTLER, 1993: 15).
Por consiguiente, la pregunta inicial que gui las primeras investigaciones sobre la especificidad
de la escritura femenina, esto es, cmo la particular economa libidinal de las mujeres se inscribe
en los textos, queda diametralmente invertida en funcin del reconocimiento de la prioridad del
discurso, de la primaca del significante y de sus efectos materializadores. De este modo, ya no
ser el cuerpo el que se imprima en el texto sino por el contrario, es el texto el discurso, el
lenguaje- el que imprime sus marcas sobre el cuerpo. En otras palabras, si en un principio la
bsqueda de la especificidad de la escritura femenina presupona una suerte de sexualizacin del
texto, la concepcin del lenguaje como dispositivo materializador, como instancia no solo
representativa sino fundamentalmente performativa, habilita la inversin de ese planteo para
postular, en cambio, la textualizacin del sexo. As, la interpretacin de determinados rasgos
textuales como marcas de la inscripcin del cuerpo de las mujeres en los textos, aquellas marcas
de femineidad que el concepto de escritura femenina intent rastrear como plasmaciones de la
erogeneidad difusa y de la economa libidinal caracterstica de las mujeres -elipsis, blancos
textuales, aperturas, pluralidades, errancias, etc.- deberan pensarse, inversamente, como los
trazos de un discurso que la cultura ya imprimi, previamente, sobre los cuerpos de las mujeres.
Dicho de otro modo, la postulacin de una economa libidinal femenina caracterizada como
difusa, mltiple, abierta, ya es una construccin discursiva que no tanto representa sino que ms
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bien se impone sobre los cuerpos y performativamente configura en esos trminos la erogeneidad
de las mujeres.
En funcin de esto, las operaciones deconstructivas que se encuentran en los textos de muchas
escritoras ya no apuntarn nicamente a mostrar la dimensin social y cultural del gnero y su
carcter normativo y disciplinario: tambin el cuerpo comenzar a ser deconstruido para mostrar
su organizacin material misma no como dato natural sino como efecto de un proceso de
materializacin a travs del discurso. Es decir que no se tratara ya de buscar las marcas del
cuerpo femenino en los textos escritos por mujeres, sino de entender el cuerpo mismo como lugar
de inscripcin o de escritura, como una materialidad construida y normativizada por el discurso.
La superficie corporal se mostrar como materia escribible sobre la cual el lenguaje y los
distintos discursos culturales construirn un mapa determinado, estableciendo jerarquas,
relevancias, significados, funcionalidades. As, los discursos sociales sobre el cuerpo deben
entenderse no solo en sentido temtico sino tambin espacial: escribir sobre el cuerpo es al
mismo tiempo organizarlo, imprimir trazos, marcas, definiciones, delimitar zonas, prescribir
funciones y conductas, determinar normalidades, diagnosticar anomalas, establecer
clasificaciones. Por consiguiente, los textos mostrarn los procesos de construccin del cuerpo
femenino como encarnaciones o in-corporaciones de un determinado modelo o mapa corporal
discursivamente normativizado y legitimado.
La novela La ltima niebla de la autora chilena Mara Luisa Bombal (1934) narra el penoso
proceso de subjetivacin de la narradora a partir de la construccin de su propia corporalidad de
acuerdo con el mapa o configuracin que el imperativo heterosexual ha impuesto sobre el cuerpo
de las mujeres. Al comienzo del relato, la protagonista annima es asediada por una fuerte
amenaza de dilucin, de borradura, que en la novela se vincula con la accin aniquiladora de la
niebla. Sin embargo, es claro que el sentimiento del personaje responde a las condiciones en que
se desarrolla su existencia: recin casada, no es amada ni deseada por su marido. Recibe de parte
de este y de otros personajes miradas de displicencia, de extraeza, de recelo, de indignacin.
Ante la amenaza de desdibujamiento, de dilucin de la propia existencia, el cuerpo propio surge
como punto de anclaje desde el cual enfrentar la borradura:
Y porque me ataca por vez primera, reacciono violentamente contra el asalto de la niebla.
-Yo existo, yo existo- digo en voz alta- y soy bella y feliz! S, feliz!, la felicidad no es ms que
tener un cuerpo joven y esbelto y gil. (1984: 12)
Al sorprender a su cuada Regina en brazos de su amante sealemos de paso el contraste
evidente entre el nombre de este personaje y el anonimato de la protagonista- esta experimenta el
deseo ertico por primera vez:
Parece que me hubieran vertido fuego dentro de las venas. Salgo al jardn, huyo. Me interno en la
bruma y de pronto un rayo de sol se enciende al travs, prestando una dorada claridad de gruta al
bosque en que me encuentro; hurga la tierra, desprende de ella aromas profundos y mojados. []
Entonces me quito las ropas []. Y as, desnuda y dorada, me sumerjo en el estanque.
No me saba tan blanca y tan hermosa. El agua alarga mis formas, que toman proporciones
irreales. Nunca me atrev antes a mirar mis senos; ahora los miro. Pequeos y redondos, parecen
diminutas corolas suspendidas sobre el agua.
Me voy enterrando hasta la rodilla en una espesa arena de terciopelo. Tibias corrientes me
acarician y penetran. Como con brazos de seda, las plantas acuticas me enlazan el torso con sus
largas races. Me besa la nuca y sube hasta mi frente el aliento fresco del agua. (1984: 14-5)
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La escena es clave en el texto, porque el agua del estanque constituye un espejo en el cual
la mujer empieza a (re)conocerse. El cuerpo amenazado de borradura cede ahora ante una
configuracin corporal diferente, un cuerpo fragmentado y parcializado en diversas zonas
ergenas (senos, rodilla, torso, nuca, frente). Sin embargo, la amenaza de aniquilacin persistir
mientras ninguna mirada de deseo se pose sobre la protagonista. Esta mirada sobrevendr una
noche en un encuentro fortuito con un hombre de ojos claros que sin decir palabra mira a la mujer
y la besa "sin que por entre sus pestaas las pupilas luminosas cesen de mirarme" (1984: 19,
subrayado mo):
Bajo su atenta mirada, echo la cabeza hacia atrs y este ademn me llena de ntimo bienestar.
Anudo mis brazos tras la nuca, trenzo y destrenzo las piernas y cada gesto me trae consigo un
placer intenso y completo, como si, por fin, tuvieran una razn de ser mis brazos y mi cuello y mis
piernas. (1984: 20)
La mirada deseante de este desconocido es el espejo que, finalmente, posibilita a la
narradora culminar su proceso de subjetivacin. Por consiguiente, la opresin de la niebla -
metfora de la borradura- ceder ante la nitidez de esta nueva imagen de su cuerpo que la mirada
del amante le devuelve: "la noche y la neblina pueden aletear en vano contra los vidrios de la
ventana; no conseguirn infiltrar en este cuarto un slo tomo de muerte" (1984: 19).
Congruentemente, a pesar de que el texto est narrado en primera persona, solo recin a partir de
esta escena comienza a proliferar en la novela el pronombre correspondiente en funcin de
sujeto: Toda yo he quedado impregnada de su aroma (1984: 21); Yo tuve una hermosa
aventura, una vez (1984: 22); Yo me he hundido en un mundo misterioso (1984: 25).
3

Algunas crticas feministas han sealado con acierto- que la novela de Bombal ratifica los
discursos hegemnicos sobre el gnero y que la escena ertica entre la protagonista y su amante
no solo reproduce los lugares de actividad /pasividad que prescriben los roles genricos sino
tambin la polarizacin mirar/ ser objeto de la mirada que organiza los cuerpos y el deseo
heterosexual (OYARZN, 1986). Sin embargo, considero mucho ms productivo leer esta
supuesta reproduccin o ratificacin de los cdigos genricos como estrategia deconstructiva. En
este sentido, la minuciosa (re)construccin del cuerpo ertico de la protagonista y su paradjico
advenimiento como sujeto femenino a condicin de constituirse como objeto de la mirada
masculina debera ser entendido en trminos de reescritura, entendiendo por esto una operacin
de re-marca en doble sentido: repeticin, insistencia, reproduccin de ciertos trazos a fin de
iluminarlos, subrayarlos, hacerlos visibles. La estrategia de la reescritura en los textos de mujeres
constituye a mi entender una herramienta deconstructiva fundamental, no tanto como re-
configuracin alternativa del cuerpo y del gnero hegemnicos sino ms bien como re-marca de
los trazos y efectos de la ley del gnero en el cuerpo. La reescritura como re-marca consistir en
volver a escribir, en sobre-escribir una determinada configuracin corporal para iluminar los
trazos de una escritura histricamente invisibilizada y naturalizada sobre el cuerpo.
En la novela corta Pasin de historia de la puertorriquea Ana Lydia Vega (1987), resulta
sumamente significativa la contundente diferencia en cuanto a la caracterizacin de los

3
La discusin sobre el estatuto existencial del amante de la protagonista excede los lmites de este trabajo. De todas
maneras, el hecho de que se trate de un personaje real, imaginado o fantstico no incide ni modifica la funcionalidad
ni la eficacia de su mirada en el relato. Me refiero detalladamente a esta novela en El gnero al bies. Cuerpo, gnero
y escritura en cinco narradoras latinoamericanas. Crdoba: Alcin (2004).
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personajes femeninos o masculinos. Cada una de las protagonistas mujeres es indefectiblemente
presentada en funcin de los atributos fsicos que sin duda forman parte de la construccin
corporal de las mujeres como objeto ertico de acuerdo con las prescripciones del gnero:
Maln me haba agarrado in flagranti desde aquella foto suya junto a la de su asesino en la primera
plana del Vocero: guapsima ella, melena lolaflores, labios ms que carnosos, mirada ojerosa.
(1987: 8).

Maln cambia el disco y se recuesta. Est desnuda y su piel oscura brilla bajo la lamparita azul.
Est toda desnuda y la msica es un rock bien punk [...]. Est desnuda y su piel oscura brilla bajo
la lamparita roja. (1987: 16-7)

Maln: frutas en la cabeza y plumas en las nalgas. (1987:23)

Vilma est recostada contra el ropero, pubis protuberante, suter muy pegado, labios como
camin de bomberos.[...] Jean-Pierre se sienta al borde de la cama. [...] Vilma le quita el
estetoscopio de las manos y se ausculta ella misma, en un despliegue deslumbrante de tetas
tropicales. (1987:26)
Muy por el contrario, los personajes masculinos son presentados con absoluta prescindencia de
sus rasgos fsicos. La narradora se refiere en estos trminos a la foto del asesino de Maln,
aparecida en el peridico junto a la de aquella:
l, guapo tambin, con el ceo fruncido y la expresin satisfecha del que ha cumplido con un
deber horrendo pero deber al fin. (1987:8)
Mientras en la foto de Maln se consignan determinados atributos fsicos -pelo, labios,
ojos- que se destacan como signos de sensualidad, en la descripcin del varn se alude solo a la
expresin de su rostro, sin dar ningn dato concreto de su apariencia fsica ms que el hecho de
ser guapo. De manera que en un mismo prrafo la novela propone dos formas opuestas de
materializacin de los cuerpos en funcin del binarismo genrico- sexual.
Ms adelante, ante la aparicin de nuevos personajes, la narradora dice:
por la noche llegaron los inquilinos del apartamento que alquilan los padres de Paul encima del
garage. El es mdico en Toulouse. Ella es, bien evidentemente, la mujer del doctor. [...] El habla
muy bien el espaol, adivino impurezas cachacas en su rbol genealgico. Encanto considerable
(1987: 23).
En este prrafo, el hombre aparece caracterizado bien evidentemente por su actividad
profesional, por su dominio de otra lengua y por su encanto considerable, que si bien puede
suponer o no- cierto aspecto fsico, este no se incluye en la descripcin ofrecida.
Ahora bien, no resulta nada casual -en relacin con las estrategias que la novela despliega en
cuanto a la representacin de los personajes y la diferencia genrica- el hecho de que la nica
caracterstica fsica masculina que se describe en el texto sean los ojos de Paul. Al narrar un
paseo en auto con sus amigos, la narradora, ubicada en el asiento de atrs, dice:
Paul se puso locuaz. Iba ensendome los sitios de inters, lleno de orgullo regional. Me
interceptaba la mirada en el espejo como quien no quiere la cosa, lo que me hizo notar que tena
los ojos verdes y nada feos, por cierto (1987: 20, subrayado mo).
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Si en el reparto de papeles que prescribe la construccin dual del gnero, la oposicin
masculino/ femenino se juega en el plano escpico en trminos de sujeto/ objeto de la mirada,
resulta evidente que el relato de Ana Lydia Vega re-marca los trazos de un mapa corporal
organizado en funcin de la construccin hegemnica del gnero. Se trata entonces de una
reescritura de los cuerpos que no propone una reconstruccin alternativa del mapa corporal, una
re-organizacin de los cuerpos de acuerdo con otros trazados, sino que apunta ms bien a
remarcar las lneas de una construccin corporal determinada para contribuir a su visibilizacin y
desnaturalizacin. En el espacio de los textos se lleva a cabo entonces un trabajo crtico que
busca por un lado hacer explcita y evidente la dimensin poltica de la identidad, a la vez que
cuestiona la separacin estratgica de lo pblico y lo privado al mostrar la vinculacin entre los
procesos de construccin de la identidad de gnero y sus determinaciones histricas, sociales,
econmicas, nacionales. A tales efectos, la reescritura como re-marca se vuelve entonces una
estrategia de alto valor deconstructivo en la medida en que apunta a des-ocultar las operaciones
ideolgicas mediante las cuales una cartografa corporal, una organizacin particular de los
cuerpos se impone como ahistrica, normal y natural.

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Bibliografa citada
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Pour citer cet article : Ostrov, Andrea, Gnero, escritura y reescritura , Lectures du genre n
9 : Dissidences gnriques et gender dans les Amriques : 112-123.

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