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^ ^
e ^ .
Sobre agricultores
y cam^iesinos
SERVICIO DE PUBUCACIONES AGRARIAS
EDITA: SERVICIO DE PUBLICACIONES AGRARIAS
DISENO: ALBERTO CORA20N
COMPOSICON: GAROUI, S.A.
I. S. B. N.: 84-7479-31.5-7
Depsito Legal: M. 31.050-1984
^MPRIME: ^MPRENTA DEL SERVICIO DE PUBLICACIONES AGRARIAS
Sobre agricultores
y campesinos
Estudios de sociologa rural de Espaa
Coordinador: Eduardo Sevilla Guzmn
Con la colaboracin de: Alfonso Orti Benlloch
Roberto Sancho Hazack
Eduardo Moyano Estrada
A modo de presentacin:
Anotaciones sobre el
pensamiento social agrario
en E spaa
por Eduardo Sevilla Guzmn
Si las ciencias sociales se vieran sometidas a una renovacin
de su acervo terico anloga a la de las ciencias de la naturaleza,
habra que iniciar esta presentacin diciendo que el libro que tie-
ne el lector en sus manos est ya algo obsoleto. Por suerte para
el lector, y por desgracia para la sociologa rural, esto no es as;
aunque hace ya casi cuatro aos que estos papeles fueron relle-
nados, en su versin original, por sus autores, tienen hoy toda
la vigencia que posean cuando fueron escritos.
La historia de este libro es muy simple. A comienzos de 1981
el comit organizador del I Congreso de Sociologa de la Federa-
cin de Asociaciones de Sociologa del Estado Espaol (FASEE:
nica organizacin cientfica reconocida por la Internacional Socio-
logical Association para representar internacionalmente este tipo de
actividad intelectual en cualquiera de los pueblos de Espaa) me
pidi que coordinase el grupo de trabajo de Sociologa Rural en
el mismo. Tres personas, Eduardo Moyano Estrada, Alfonso Ort
y Roberto Sancho Hazack aceptaron mi demanda de coordinar
conjuntamente los dos subgrupos (Estudios rurales aplicados y
Teora social agraria) que me v forzado a establecer, ante la ava-
lancha de trabajos presentados al rea de sociologa rural del con-
greso. Los cuatro seleccionamos, de entre las ponencias presen-
tadas (y que reseamos brevemente en el apartado siguiente) los
trabajos que aparecen en este libro. Con ello queremos presentar
una muestra de la situacin actual de la sociologa rural espao-
la.
9
De entre las ponencias seleccionadas hay una que no apare-
c:e. Su ttulo era Perspectivas actuales en el pensamiento social
agrario espaol y era mi respuesta a la peticin del comit cien-
tfico del Congreso de que elaborara un informe sobre el estado
de la cuestin'. En las pginas siguientes de esta presentacin
a La sociologa rural en el Primer Congreso de la Federacin de Asociacio-
nes de Sociologa del Estado EspaoG^ voy a exponer, en forma harto
esquemtica, las conclusiones a las que llegu en aquel trabajo.
En mi opinin es Joaqun Costa el autor que deposita en el
pensamiento social agrario espaol los primeros elementos teri-
cos que pueden, en rigor, calificarse como una produccin socio-
lgica agraria, en el sentido
que hoy se atribuye a esta disciplina.
Su anlisis de las instituciones colectivas campesinas2 y el mto-
do con que fueron llevadas a cabo en equipo3 son una forma
de hacer claramente inscribible en las ciencias sociales agrarias..
Algo parecido
puede decirse de su crtica al modelo de desarrollo
agrario elegido por el Estado liberal como va al progreso. So-
bre todo si se tiene en cuenta que su anlisis de la estructura agraria
de la Restauracin va enmarcada por la caracterizacin de la forma
de dominacin poltica oligarca y caciquil en que se inserta.
En esta misma lnea ha de situarse la breve pero lcida y den-
sa obra de Juan Daz del Moral. Y ello no solo por su excelente
anlisis de observacin participante sobre la conflictividad cam-
' Un resumen de dicho informe puede verse en Howard Newby y
Eduardo Sevilla Guzmn, Introduccin a la Sociologa Rural (Madrid: Alianza
Universidad, 1984), pp. 167-241 y 260-275.
z Joaqun Costa, El colectivismo agrario en Espaa (Zaragoza: ^uara,
1983. 1 a ed. 1898). En colaboracin con el Instituto de Estudios Agrarios,
Pesqueros y Alimentarios del Ministerio de Agricultura.
3 Joaqun Costa, Derecho Consuetudinario y, Economa popular de Espaa, 1 a
ed. s. f. 2a ed. (Barcelona: Manuel Soler, Editor, 1902). Trabajo colectivo
en el que se presentan, junto al propio trabajo de Costa, los de sus infor-
mantes Santiago Mndez, Miguel Unamuno, Manuel Pedregal, Jos M.
Piernas, Pascual Soriano, Rafael Altamira, Juan A. Lpez de la Usa, Vic-
torino Santamara, Elas Lpez Morn, Gervasio Gonzlez de Linares y Juan
Serrano. Sobre este ltimo ver el excelente trabajo c^e Fermn del Pino <Juan
Serrano Gmez, estudios del Derecho consuetudinario castellano en Prime-
ras,Jornadas de Antropologa Social Castilla-Len. Diputacin Provincial de Avi-
la, Noviembre, 1982.
10
pesina en Ccrdoba durante las primeras dcadas del sigle, sino
tambin, y sobre todo, por la dimensin terica que introduce
al buscar precedentes de las acciones de clase del campesinado
en su enfrentamiento al nuevo orden capitalista entonces emer-
gente en Espaa. En algunas pginas de su Historia de las agitacio-
nes campesinas andaluzas, el notario de Bujalance alcanza a com-
prender -como un relmpago de excepcional lucidez en su clase
social y en su poca- el hecho nuevo de la radical autonoma pol-
tica y revolucionaria del movimiento brero.
Ambos autores, Joaqun Costa4 y Juan Daz del Mora15, han
4 Junto a los trabajos ya reseados tienen gran inters desde una pers-
pectiva sociolgica Oligarqua y Caciquismo, 1 a ed. 1902 (Madrid: Ediciones
de la Revista de Trabajo, 1978). Dos volmenes. En esta publicacin apa-
rece un Estudio Preliminar de Alfonso Ort, al que se hace imprescindible
acudir (a pesar de su difcil lectura) a la hora de analizar la obra de Costa.
Ort inserta sta en el contexto sociopoltico e intelectural de la Restaura-
cin y establece un modelo sociolgico sobre el regeneracionismo, en el
que cobra sentido la produccin terica de los autores de este perodo hist-
rico. Cf. tambin sobre este tema los excelentes trabajos sobre Costa: AI-
fonso Ort, Dictamenes y discursos de [Link] en los Congresos de
Agricultores y Ganaderos de 1880 y 1881. Orgenes de la poltica hidruli-
ca: la polmica del cereal espaol n la crisis agraria de los aos 1980 en
Agriculturay Sociedad n 1, Octubre-Diciembre, 1976; pp. 207-336. Y del mis-
mo autor Oligarqua y pueblo en la interpretacin populista de la historia:
la crtica mitolgica del latifundismo en el liberalismo social en Estudios so-
bre Historia de F,spaa. Homenaje a Tun de Lara (Madrid: Universidad Inter-
nacional Menndez Pelayo, 1981); pp. 315-348.
5 Historza de las agitaciones campesinas andaluzas-Crdoba. Antecedentes para una
refomea agraria (Madrid: Revista de Derecho Privado, 1929). Ediciones re-
cientes en Alianza Universidad. Existe una edicin en esta misma editorial
de 1967 en la que falta el apndice documental. De mucho menor inters
es la otra obra del notario de Bujalance, Las reformas agrarias europeas de la
posguerra 1919-1929 (Madrid: Revista de Derecho Privaclo, 1967), editada
por su hijo Carmelo Daz, tras una recomposicin de materiales inacaba-
dos. Sobre la obra de Daz del Moral Cf. Vctor Prez Daz, Pueblosy clases
sociales en el campn espaol (Madrid: Siglo XXI, 1974), pp. 7-35 y E. Sevilla
Guzmn ^:Noticia sobre un homenaje campesino a Juan Daz del Moral y
aproximacin a su funcin histrica como intelectual en Axerqua: Reaista
de Estudios Cordobeses n 1, Octubre, 1980; pp. 319-325, e Introduccin a la
sociologa rura[... op. cit.; pp. 187-195.
11
de ser considerados, tanto por sti enfoque terico como por su
praxis intelectual, como representantes espaoles de la antigua tra-
dicin de los estudios campesinos y, en cierto sentido, como fundado-
res de la sociologa rural en Espaa.
Varios autores han de ser tambin considerados como pre-
cursores de la sociologa rural actual, aun cuando sus aportacio-
nes al pensamiento social agrario tengan una relevancia menor.
Tal es el caso de Severino Aznarb, dentro del regeneracionismo
conservador. De mayor relieve es la obra de Constancio Bernal-
do de Quirs' , en la periferia del regeneracionismo instituciona-
lista, por sus anlisis de las distintas formas de conflictividad y
protesta campesina. Con una praxis intelectual claramente vin-
culada a los intereses del campesinado han de incluirse, tambin,
los trabajos de Pascual Carrin, Blas Infante, Julio Senador G-
mez y Ramn de Belausteguigoitia, todos ellos dentro de los re-
generacionismos nacionalistas perifricos. Del primero han de re-
saltarse, aparte de su oportunidad, sus esfuerzos por teorizar en
torno al latifundismo y la reforma agrariae; de Infante9 y
6 Su obra clave sobre este tema es Despoblacin y colonizacin (Barcelona:
Labor, 1930), aunque tambin tiene inters La abolicin del Salario, publica-
do inicialmente en el Boletn mensual de Instituciones Econmicas y Socia-
les del Instituto de Agricultura (Roma, 1912).
' Su aportacin a la sociologa rural se centra bsicamente en El espar-
taquismo agrario andaluz, la ed. 1919 (Madrid: Halcn, 1961), as como sus
trabajos recogidos en El espartaquismo agrario y otros ensayos sobre la estructura
econmica y social de Andaluca (Madrid: Ediciones de la Revista de Trabajo,
1973) en el que aparece una documentada biografa de C. Bernaldo de Qui-
rs. Sobre este mismo tema cf. Fermn del Pino Antroplogos en el exilio,
enEl exilio espaol de 1939 (Madrid: Taurus, 1978) Tomo VI: pp. 13-155.
Tambin tiene inters El bandolerzsmo andaluz, 1 a ed. 1933 (Madrid: Turner,
1973).
8 Cf. Pascual Carrin, Los latifundios en Esf^aa. Su importancia, origen, con-
secuencias y solucin (Barcelona: Ariel, 1975, 1 a ed. 1932) publicado inicial-
mente en la Revista de Servicio Social Agraria y de Estadstica Social n
1, 1932; pp. 17-21 y reproducido en la edicin de los latifundios de Madrid:
Grficas Reunidas, 1932); pp. 39-46. Su proyecto de reforma agraria apa-
rece en diversos trabajos, los que presentan una mejor sistematizacin son:
El Sol 27-V, 2-Vy 5-VI, 6-VIII, 10 y 24-VIII de 1919 y 8-VII de 1920;
los artculos publicados en la revista semanal Espaa durante los meses de
,junio, julio y diciembre de 1922 recogido ms tarde en La Reforma agraria,
12
Senador su desesperada denuncia de las agresiones a que se ve
sometido el campesinado como estructura social. Belausteguigoitia
defiende al campesinado propugnando la formacin de una so-
ciedad campesina formada por
baserritarras y libre de ricos na-
kazari usureros con la tenencia indirecta de la tierra10.
No obstante, es necesario matizar que en casi ningn mo-
mento la comn
fierspectiaa regeneracionista
consigue traspasar -en
sus proyectos de reforma- la invisible pero rgida frontera ideo-
lgica pequeo burguesa que separa -en la Espaa anterior a
la guerra civil de 1936- a las fracciones ms progresistas del blo-
que de las clases media^
respecto de unas masas trabajadoras so-
bre explotadas, y polticas y socialmente oprimidas. Barrera social
y epistemolgica que incapacita a la intelligentsia burguesa -en
general-, tanto para comprender las reivindicaciones e ideales
-cada vez ms radicalizados- de las masas trabajadoras, como
problemas fundamentales (Madrid: Estudios Polticos, Sociales y Econmicos,
n 14, 1931) yLa distribucin de la propiedad rstica y sus consecuencias
en Algunos aspectos de la Reforma Agraria, Memoria de la seccin de Cien-
cias Econmicas, del Ateneo, 1934. Trabajos stos recogidos en las recopila-
ciones La Refornta a,graria de la II Repb[ica y la situacin actual de la agricultura
espaola (1919-1971) (Madrid: Ediciones de la Revista de Trabajo, 1974),
donde apare e un documentado estudio preliminar de Jos [Link] Del-
gado (pp. 9-67).
9 Su aportacin a la sociologa rural est enEI Ideal Andaluz (Madrid:
Tucar Ediciones, 1967, la ed. 1915). Posteriormente se public en forma
literal en Los latifundios en Andaluca en Andaluca, Crdoba n' 126 a
132, enero-abril, 1919. Otros trabajos de Blas Infante respecto al problema
de la tierra son recopilados por Manuel Ruz Lagos, quien dice recoger el
pensamiento econmico del autor respecto a la tierra, olvidando inexplica-
blemente el trabajo esencial antes sealado. Cf. Blas Infante. Antologa de textos
(Sevilla: Fundacin Blas Infante, 1983); pp. 179 a 231, destacar Castil[a en
escombras (la ed. 1915; Madrid: Comercial Malvar, 1978) y Los daechos del
hombrey [os del hambre (1 a ed. 1928; Madrid: Comercial Malvar, 1978) y Al
servicio d^ la plebe (Madrid: Javier Morata, editor, 1930).
10 Cf. La cuestin de la tierra en el pa aasco (Bilbao: Viuda e Hijos de Gri-
jelmo, 1918) ReJiarto de Tienay produccin nacional (Bilbao: Espaa Calpe, 1932)
y
La reforma de la pequea propiedad rural y la propiedad urbana en el
pas vasco en Segundo Congreso de Estudios Vascos, 1920; pp. 284-297.
13
la situacin histrica misma y los procesos de cambio estructural
que estn transformando violentamente el pas".
La pobreza terica de la sociologa durante la dominacin des-
ptica
del franquismo solo comienza a romperse en la dcada de
los setenta. Hasta 19741a sociologa rural espaola ha estado re-
presentada en todos los congresos internacionales por funciona-
rios de la administracin pblica o por sacerdotes portadores de
lasociologa pastoral del Consejo Superior de Investigaciones Cien-
tficas. Sus comunicaciones y ponencias no eran sino recopilacio-
nes estadsticas con los resultados oficiales de los logros que en
el campo conseguan los distintos gabinetes ministeriales12. Sus
trabajos tan slo tienen inters para esquematizar el contexto in-
telectual franquista en el que la sociologa rural reaiiza una bur-
da legitimacin pseudo-sociolgica, a travs de la Iglesia y la Ad-
ministracin Pblica, de las diversas formas de explotacin a que
se ve sometido el campesinado como consecuencia de las polti-
cas agrarias del rgimen.
La nica excepcin a esta miseria intelectual se encuentra en
la figura de Julio Caro Baroja13. Su obra constituye una recon-
sideracin fundamental a muchas de las construcciones tericas
hasta hace poco hegemnicas en la sociologa rural. Su automar-
ginacin de las formas institucionalizadas de la vida acadmica
constituye un espacio de libertad que acta como defensa de su
actividad intelectual dotndola de un sentido crtico por enton-
ces inexistente.
La avalancha del empirismo abstracto y cuantificador de la
sociologa acadmica, de corte americano, que inunda la activi-
dad intelectual espaola en los aos sesenta, no alcanza a la so-
ciologa rural. Por el contrario, sta surge de los centros de con-
" Alfonso Ort, Conferencia en el acto de apertura, FASEE, Primer
Congreso de Sociologa. Nueslra Sociologa hoy (Zaragoza: Asociacin Aragonesa
de Sociologa, 1982), pp. 27-57, p. 37.
12 E. Sevilla Guzmn, Prlogo a la edicin castellana en Boguslaw Ga-
leski, Socio[oga del Campesinado (Barcelona: Pennsula, 1977), p. 6.
13 Por razones de espacio no incluimos la extensa literatura de este autor
en la que aparece su aportacin al pensamiento social agrario espaol Cf.
n' 20 a 27 en la bibliografia a la Segunda Parte Sobre el pensamiento so-
cial agrario espaol en H. Newbyy E. Sevilla Guzmn, Introduccin... op. cit.
14
testacin en que se refugiaba la denominada `sociologa crtica' ;
CEISA, en el interior, y Ruedo Ibrico, en el exilio parisiense.
Por la Escuela Crtica de Ciencias Sociales de CEIS^1 pasaran,
utilizandd algunos intersticios antifranquistas de la Administra-
cin,
Mario Gaviria y Vctor Prez Daz. Desde Ruedo Ibrico
surgiran Juan Martnez Alier y Jos Manuel Naredo. Los cua-
tro, cada uno con la huella especfica de su personalidad, abri-
ran el camino para una sociologa rural fuera de los controles
esterilizantes de la Administracin y de la iglesia. Se llega as a
la fase de descomposicin del rgimen franquista, donde se pro-
ducen las aportaciones ms relevantes al pensamiento social agra-
rio.
Los trabajos ms valiosos, desde un punto de vista sociolgi-
co, sobre la agricultura, el campesinado y, en general, la socie-
dad rural, tienen un carcter interdisciplinario. As, desde la his-
toriografa se encuentran: los anlisis de Antonio M. Bernal" so-
bre la configuracin del sistema latifundista; las caracterizacio-
nes de Antonio M. Calero15 sobre el movimiento campesino y las
indagaciones de Juan A. Durnt sobre el anarquismo campesi-
no en Galicia: Desde la economa tienen especial inters los estu-
dios de Jos M. Naredo" sobre la evolucin de la agricultura es-
14
Cf. de Antonio M. Bernal:
La propiedad de la tierra y las luchas agrarias
andaluzas
(Barcelona: Ariel, 1974),
La lucha ^or la tierra
(Madrid: Taurus,
1979), as como sus trabajos en la
Historia de Andaluca
(Barcelona: Planeta,
1981) Tomos VI y VIII, entre otros muchos trabajos de gran relieve paza
la sociologa rural.
Is
Cf. de Antonio M. Calero el prlogo a R. Prez del Alamo,
Dos revo-
lueiones andaluzas
(Madrid: ZYX, 1971);
Movimientos sociales en Andaluca
(1920-1936)
(Madrid: Siglo XXI, 1976) y su trabajo en
Historia de Andaluca
(Barcelona: Planeta, 1981) Tomo VIII; pp. 101-160.
16 Cf. de Juan Antonio Durn,
Historia de caciques e ideologas en la Gali-
cia no urbana
(Madrid: Siglo XXI, 1972), Crn^
as. Agitadares, poetas, caciqrus,
bandolerosy reformadores en Gal^ia
(Madrid: Akal, 1974) yEl problema agra-
rio en Galicia (Otro proceso de cambio por derribo) en
Agr^ultura y sociedad
n 18, enero-marzo, 1981; pp. 101-176.
' ^
Sus trabajos ms relevantes para la sociologa rural son: Superacin
del concepto de latifundio en
Cuadernos para el Dilogo: Espaa Agraria n
ex-
tra XLV, 1975; pp. 8-13;
La evolucin de la agricultura en Espaa
(Bareelona:
15
paola y de Juan Martnez Alier' " sobre las estructuras sociales
del campesinado en diferentes contextos sociopolticos. Y desde
posturas estrictamente sociolgicas, la crtica radical de Mario
Gaviria' `' a las distintas polticas agrarias y el refinamiento te-
rico de los estudios de comunidades de Vctor Prez Daz20.
Con posterioridad, es decir, ya dentro de la transicin polti-
ca, aparecen algunos ncleos institucionalizados donde se llevan
a cabo interesantes investigaciones sociolgicas sobre temas agra-
rios. Estas, ya liberadas del sesgo pastoral y la subordinacin po-
ltica, poseen no solo la dimensin interdisciplinaria, antes apun-
tada, sino que sta se complementa con el trabajo en equipo. Su
intensa actividad en la organizacin de congresos y reuniones de
trabajo sobre los problemas agrarios actuales es indicador de una
vitalidad que ha tratado de reflejar al relatar el contenido de sus
trabajos, pero que por desgracia se halla aun lejos de ofrecer ele-
mentos tericos que puedan ofrecer soluciones al proceso de de-
Estela, 1971); La agricultura en e! desasro[lo capita[ta espao! (1940-1970) (Ma-
drid: Siglo XXI, 1975, en colaboracin); Ideologa y realidad en el campo
de la reforma agraria y La energa en los sistemas agrarios enAgsicultura
y Sociedad nS 7 y 15; Energa y crisis de civilizacin en Cuadernos de Ruedo
Ibrico ns 63-66, 1979; pp. 39-70 yalgunas precisiones sobre la nocin de
latifundio y el devenir-de la agricultura latifundiaria en Afonso de Barros
(ed) A Agricultura Lat^ndaria na Pennsula Ibrica (Oeiras: Gulbenkian, 1980);
pp. 427-43&.
' " De entre sus mltiples aportaciones cabe destacar La estabilidad del la-
tifundmo (Pars: Ruedo Ibrico, 1968). Hay una versin inglesa como La-
bourers and Landowners in Southern Sfiain (Londres: Allen and Unwin, 1971)
y Haciendas Plantations and Collectiae Farms (London: Frank Cass, 1977).
19 Cf. sus trabajos La competencia rural-urbana por el uso de la tie-
rra enAgricultura y Sociedad n 7, Abril Junio, 1978; pp. 245-261; Camfio,
urbe y espacio del ocio (Madrid: Siglo XXI, 1971) y Ecolog^mo y ordenacin del
territorio (Madrid: Edicusa, 1976) entre otros.
20 Cf. Estructura social del campo y xodo rural (Madrid: Tecnos, varias edi-
ciones); Emigraciny Sociedad en Tiena de Camfios (Madrid: Instituto de Desa-
rrollo Econmico, 1969) y la posterior versin como Emigracin y Cambio so-
cial: Procesos migratorios y vida rura[ en Castilla (Barcelona: Ariel, 1971); sus
trabajos enAgricultura y Sociedad n 2, 1977; Etudes Rurales, n 51, 1973 y
en.J.B. Aceves y W.A. Douglas (eds) Thc Changing Faces of Rural Spain (New
York: John Wiley & Sons, 1976) y su reciente ^<Los nuevos agricultores en
Papeles de economa espaola: la nueoa agricultura espaola n 16, 1983; PP. 240-268.
16
sintegracin social a que ha sometido el neocapitalismo agrario
a la sociedad rural espaola.
En las pginas que siguen hemos pretendido ofrecer una pa-
normica amplia de estos trabajos. Con sus defectos y sus virtu-
des reflejan, en nuestra opinin, la situacin actual del pensamiento
social agrario en Espaa.
Tan slo unas rayas finales a modo de agradecimientos. Los
avatares acadmico-poltico-burocrticos que determinaron la tar-
danza en la aparicin de estas lecturas se vinculan al traspaso
de competencias agronmicas en el proceso de las autonomas.
Gracias a Cristbal Gmez Benito se desenred el nudo. Por eso,
y por muchas cosas ms que hacen que un libro no sea solo lo
que aparece en letra impresa, quiero expresar, como pueda, el
agradecimiento a aqullos que hicieron rica la experiencia de su
gestacin. Esta supuso momentos, los ms, agradables, incluso
afectivos; otros, pocos, chungos (como decimos por ac, en An-
daluca). Los mejores de ellos se deben a la persona de mi amigo
Alfonso Ort y mis colegas Eduardo Moyano y Roberto Sancho,
coeditores de este libro. Ellos salvaron del caos al grupo de So-
ciologa Rural del Congreso. La labor de varios meses de inter-
cambio sugiriendo temas, dando informacin y preparando el gru-
po de trabajo no habra servido de nada sin su incorporacin fi-
nal en aquellos tres das apretados.
Despus, un recuerdo lleno de admiracin a mi mejor cole-
ga Jos Luis que estar con Teresa y sus peces en Galicia. Y,
finalmente, suerte a mi amigo Antonio Gmiz, que ahora tiene
la oportunidad de hacer prcticas algunas de las buenas ideas
que desarrollamos cuando trabajamos juntos tiempo ha.
Gracias a Isabel Andrada -quien se ha tragado la correc-
cin de las pruebas ei;tre Crdoba, Madrid y Segovia- este li-
bro a podido publicarse. Y, tambin, gracias a ella (a quien quiro)
mantengo la ilusin por el trabajo sociolgico, en continua lucha
con el pequeo y podrido mundo acadmico de la univerdidad
espaola.
17
Introduccin
Del 24 al 26 de Septiembre de 1981 tuvo lugar en Zaragoza
el primer Congreso de Sociologa de la Federacin de Asociacio-
nes de Sociolga del Estado Espaol (FASEE). Entre las 24 reas
de conocimiento en que se diversific el contenido del Congreo
(que pretenda hacer un balance del estado actual de las distintas
ramas de la Sociologa en Espaa), se encontraba la Sociologa
rural. Los responsables de la organizacin de este rea quisieron
dar a la misma un carcter interdisciplinario que rompiera las
rgidas y arbitrarias fronteras acadmicas de la sociologa rural
institucionalizada. Ello determin que el llamamiento a la parti-
cipacin e la misma se hiciera a cuantos cientficos sociales tra-
bajan en los problemas de la agricultura, el campesinado, y la
sociedad rural en general, prescindiendo de la estrechez del pe-
queo mundo de las titulaciones y las competencias de los cole-
gios profesionales. La gran cantidad de participantes que anun-
ciaron la presentacin de ponencias y comunicaciones a este rea
del congreso oblig a sus coordinadores a organizar las activida-
des en dos grufios de trabajo. Los distintos materiales presentados
fueron ordenados de acuerdo con los siguientes criterios. Por un
lado, aquellos trabajos sobre comunidades rurales y comarcas,
o sobre estrategia de desarrollo rural para stas. Este conjunto ^
de ponencias y comunicaciones se caracterizaban por poseer uni
clara dimension ap[icada; bien por presentar un esquema terico
que se pretendan fundamentar empricamente mediante el an-
lisis de tales comunidades; bien por pretender tratar de resolver
2 1
algn problema especfico de la sociedad rural espaola. A este
conjunto de trabajos se le denomin comogrupo A: Estudios Rura-
les Aplicados.
Por otro lado, se agruparon aquellos trabajos que suponan,
de alguna manera, una reflexin terica sobre algn aspecto de
la estructura social agraria, aun cuando sta en algunos casos se
refiera a especficas nacionalidades o regiones del campo espa-
ol. As se form otro grupo de trabajo que denominamos grupo
B: Teora Social Agraria.
Se formaron as los dos grupos de trabajo sealados -(A) Es-
tudios Rurales Aplicados y(B) Teora Social Agraria-, que de-
sarrollaran paralelamente sus sesiones. No obstante, como el Con-
greso (cuyo tema genrico era Nuestra Sociologa Hoy) pretenda
ofrecer una visin de la situacin actual en Espaa de cada una
de las ramas de la sociologa, aquellas ponencias que se referan
a este tema fueron presentadas en una sesin conjunta, para los dos
grupos de trabajo. Esta sesin se denomin La situacin actual de
la teora social agraria, y el contenido de la misma era definido en
el programa como la presentacin de una panormica de las apor-
taciones ms relevantes de las ciencias sociales agrarias espao-
las que poseen una perspectiva sociolgica relevante para la so-
ciologa rural. Como moderador de esta sesin de apertura ac-
tu, junto a los coordinadores, el profesor Salvador Giner (del
Departamento de Sociologa de la Universidad de Brunel, en Lon-
dres).
Intervino en primer lugar Alejandro Lpez y Lpez (del De-
partamento de Poblacin y Ecologa Humana de la Facultad de
Ciencias Polticas y Sociologa de la^Universidad Complutense
de Madrid) que disert sobre el temaApuntes para la historia de los
Estudios Campesinos en Espaa. Su exposicin se centr en la defi-
nicin de una serie de criterios para la sistematizacin de los es-
tudios campesinos; de acuerdo con la cual, realiz un amplio y
personalizado anlisis de las investigaciones realizadas y en cur-
so en cada una de las reas. Subray tambin el ponente, de mo-
do especial, la importancia creciente que puede llegar a alcanzar
en los prximos aos el enfoque prospectiao en la Sociologa rural,
dado el fenmeno de la creciente urbanizacin del campo espa-
ol.
En segundo lugar intervino Eduardo Sevilla Guzmn (del De-
2 2
partamento de Economa y Sociologa Agrarias de la ETSIA de
la Universidad de Crdoba). Su ponencia tena el ttulo de
Pers-
pectiaas sociolgicas en el pensamiento social agrario espaol y
constaba
de tres partes. La primera de stas se refera alos precursores
espaoles en el pensamiento social agrario en la que, despus
de analizar el contexto histrico y la coyuntura intelectural en los
que aparecieron las obras de Melchor Gaspar de Jovellanos, al-
varo Flrez Estrada, Joaqun Costa y Juan Daz del Moral, pas
a analizar esquemticamente el contenido de sus aportaciones ms
relevantes para finalizar con una consideracin genrica a la obra
de los otros precursores en los que incluy a Bernaldo de Quirs,
Pascual Carrin, Severino Aznar, Blas Infante y Julio Senador
Gmez. En una segunda parte, el ponente hizo una tipologa de
las corrientes actuales de la teora sociolgica agraria, para fina-
lizar, en la tercera parte de su ponencia, ubicando la obra de los
cientficos sociales agrarios espaoles ms relevantes en cada una
de estas perspectivas tericas.
A1 finalizar la sesin conjunta del rea de sociologa rural se
constituyeron los dos grupos de trabajo, en cada uno de los cua-
les se desarrollaron tres sesiones. Veamos en primer lugar aque-
llas que integraron el grupo (A) Estudios Rurales aplicados.
La primera sesin del grupo de trabajo dedicado a los Estu-
dios Rurales aplicados tuvo lugar inmediatamente despus de
la sesin conjunta; se convocaba con la rbrica general siguien-
te: EI sistema urbano-industrial y la agricultura,
en la cual agruparon
aquellas comunicaciones que se orientaban al anlisis de la es-
tructura agraria de los espacios dominados por los sistemas ur-
banos o metropolitanos.
Para comenzar, R. Sancho Hazak, profesor de la Facultad
de Ciencias Polticas y Sociologa, de la Universidad Complutense
de Madrid, present una comunicacin sobre los Agricultores en
la Metrpoli: El caso de Madrid en la que se analiza un caso particu-
lar de la denominada agricultura periurbana: los agricultores cu-
yas explotaciones permanecen dentro del mismo casco urbano de
la ciudad. La investigacin probaba que los anlisis que tradicio-
nalmente se han realizado acerca de los agricultores periurbanos
no son aplicables al caso de los agricultores de la gran ciudad;,
es decir, ni los costes de oportunidad ni la proximidad al merca-
do tienen un peso que justifique su existencia. La existencia de
2 3
las explotaciones dentro del rea urbana tiene simplemente una
funcin de reserva de valor futuro, que hace que se desplace la
explotacin agrcola de los propietarios a los arrendatarios, y que
incluso se acepten rentas negativas en algunos agricultores direc-
tos como pago actual de una expectativa de modificacin futura.
La intervencin del profesor A. Lpez y Lpez, igualmente
profesor de la Facultad de Sociologa de ia Universidad Complu-
tense de Madrid, tena como ttulo
La calidad de aida de las reas
rurales a traas de los equipamientos colectiaos.
Dicha investigacin se
orientaba a la determinacin de un instrumento de anlisis que
permitiese emitir diagnsticos comparables entre los diferentes
tipos de asentamientos (infraestructuras administrativas), hasta
los servicios culturales y asistenciales, que no ha sido compensa-
d por la administracin ni ha sido reclamado como necesidad
sentida por la poblacin.
La profesora Rosa Junyent de la Escuela Tcnica Superior
de Ingenieros de Caminos, Puertos y Canales de la Universidad
Politcnica de Barcelona desarroll una exposicin acerca de
El
impacto sociolgico de una obra de ingeniera civil en la agricultura: el caso
del canal de Urgell.^. La exposicin se centr sobre el proceso de
formacin de un rea de agricultura intensiva. de mercado en la
comarca de los Llanos de Urgell, con nivel de consumo indivi-
dual y desarrollo cultural complejo de un grupo de empresarios
agrarios en trminos de capitalismo eficiente, conocedor de las
tecnologas ms complejas y del mercado internacional surgidos
de un grupo de poblacin inicialmente marginal, que son los pri-
meros ocupantes de las zonas afectadas por el canal. El proceso,
que ocupa un siglo, representa al decir de la autora la sustitucin
de los grupos dominantes en el territorio.
La segunda sesin de este grupo se organiz en torno a las
Cuestiones tericas y prcticas del desarrollo rural y
se inici con la
exposicin del profesor de la Universidad Autnoma de Madrid,
Manuel Garca Ferrando acerca del Desarrollo rural, balance ener-
gtico y estructura agrariw, en la que se present un modelo de con-
traste entre la formulacin del desarrollo agrario del modelo que
l denomina de productividad y eficacia y que califica de hi-
pertecnificado en las formas de produccin agraria, y las frmu-
las surgidas de la crisis energtica que ha puesto en crisis estas
formas hiperenergticas de agricultura. Si la agricultura debe res-
2 4
ponder a los intereses y necesidades de los pueblos, en opinin
del autor debe procederse a formas de agricultura que se diso-
cien de los intereses de la hiper-energa y los sectores de poder
a ellos ligados. Lo que evidentemente es una opcin fundamen-
talmente realizable a travs de la lucha poltica.
Jos de las Heras present una comunicacin acerca de La
extensin cultural en el medio rural, que realiza una reflexin acerca
del alcance mismo del concepto extensin cultural y los aspec-
tos en que se introducen contradicciones entre las forma^ cultu-
rales del campesinado y de la sociedad industrial.
Dentro de esta misma sesin se present la comunicacin del
profesor de la Escuela Tcnica Superior de Ingenieros Agrno-
mos de la Universidad Politcnica de Madrid, Juan Jos Sanz
Jarque, sobre la [Link] Sociolgica de los Roturados de Aragn, que
fue leida por Enedina Martnez, profesora de la citada Escuela
y miembro del equipo investigador. La investigacin en curso fue
presentada como un problema que, procediendo de concesiones
medievales que empiezan en el siglo XIII, alcanza en el momen-
to presente un total estimado de 400.000 Has., de difcil identifi-
cacin en algunos casos y en todos ellos de confusa situacin de
pervivencia de los derechos de uso combinados con los mecanis-
mos apropiatorios que se generaron en el siglo XIX, as como
las nulas ocupaciones realizadas en algunas comunidades por re-
sidentes. En el momento actual los investigadores estn realizan-
do un trabajo de identificacin de las fincas sujetas a ese derecho
de uso, as como de depuracin de las relaciones de propiedad
en las que van siendo identificadas.
La investigadora Isabel de la Torre (del Departamento de So-
ciologa de la Universidad Autnoma de Madrid) avanz los re-
sultados de su investigacin acerca de Nueaas perspectiaas de inte-
gracin de los medios rural y urbano. El uso de la red de caminos ganade-
ros, en la que se presentaron distintos casos de aprovechamiento
comunitario de antiguas vas de uso pecuario que se integran en
formas de uso [Link] situaciones fronterizas de la ley y que pue-
den abrir, al decir de la autora, posibilidades de aprovechamien-
to en municipios rurales en que se planteen problemas de escasez
de terrenos.
El Sr. Snchez Lpez present, como director de la investi-
gacin, un trabajo que titulado ^ferarqua de los ncleosy actiaidades
2 5
dominantes
fue expuesto por un miembro del equipo investiga-
dor. El estudio se centraba sobre la reorganizacin que en las ac-
tividades productivas producir la construccin de un canal de
riego en la comarca de La Armua de Salamanca. El trabajo es-
tableca un modelo de anlisis factorial para la determinacin de
las funciones dominantes de carcter econmico, productivo, o
comercial, que realizara cada localidad del sistema de ncleos
afectados por la transformacin.
Los socilogos Sara Zapatero (del Instituto Nacional de In-
vestigaciones Agrarias de Zaragoza), Cristbal Gmez y Anto-
nio Segu del IRYDA de Huesca, presentaron la comunicacin
titulada
Situacin ocupacional y eaolucin de las explotaciones en un pueblo
de colonizacin,..
La exposicin fue realizada por los dos ltimos.
En dicho trabajo se avanza una metodologa que a travs de la
estructura de las explotaciones y la articulacin del trabajo en las
mismas, desde el pleno al tiempo parcial, permita formular un
modelo de anlisis aplicable a los poblados de colonos presentes
en Aragn. Los autores se interesaron especialmente por la for-
ma en que se absorbe el trabajo en las explotaciones agrarias de
colonos prximas a demandas de trabajo de tipo para-agrcola.
En la tercera y ltima sesin del grupo dedicado al estudio
de comunidades rurales monogrficamente se present el intere-
sante estudio realizado por J. Cuc i Giner, profesora de la Fa-
cultad de Economa de la Universidad de Valencia, titulado
Con-
sumo y ocio: dos factores poco compatibles en la agricultura familiar ac-
tuaG,
en que se realiza un estudio de una localidad del Vall d' Al-
baida dedicada a la agricultura comercial intensiva, con un pro-
ceso de pequea industrializacin generada con capital interno
que ha permitido establecer diferenciaciones entre los tiempos de
produccin y de trabajo, por una parte, y la disposicin de tiem-
po de ocio, por otra. De este modo, los crecimientos de disponi-
bilidad de tiempo no representa sino crecimientos en los tiempos
de trabajo, cuya finalidad bsica es el mantenimiento o el incre-
mento de los estndares de consumo de la comunidad.
El antroplogo Luis G. Flaquer propuso una discusin sobre
una
Eaaluacin crtica de las diferentes metodologas para el estudio de
las familias troncales..,
analizando a travs de ella la viabilidad de
las diferentes metodologas de estudio de las familias preindus-
triales.
Refirindose especficamente al tipo de familia troncal llega
2 6
a establecer que el mtodo que permite la identificacin de las
mismas es el etnogrfico ms que los cuantitativos hasta ahora
utilizados.
La comunicacin que presentaron los miembros del Centro
de Estudios Agrarios de Murcia, Manuel Zapata, Jos Cortina
y Nelida Jimnez, titulado Moratalla: los residuos de una sociedad
agraria tradicionaG., fue defendido por la ltima de los autores cita-
dos. La investigacin se refiere a los efectos que el proceso de de-
sarrollismo de los aos sesenta tuvo sobre una, zona (el noroeste
de Murcia) que puede definirse como bolsa de pobreza, con cul-
tivo extensivo de cereales en grandes explotaciones, y la formu-
lacin de un crculo vicioso de la pobreza derivada, no solo de
las condiciones desfavorables sino, sobre todo del drenaje siste-
mtico que de los factores productivos ha realizado el sistema ca-
pitalista, acelerando la depresin de la zona. La restitucin de
las posibilidades es, sobre todo, la restitucin de las condiciones
de desarrollo en un marco no capitalista.
J. Ma Garayo Uruella present una comunicacin sobre la
Agricultura familiar en el Alto y Medio Nerain.^, que incide sobre el
impacto que la industrializacin en una comarca con agricultura
de la modalidad de casero tuvo sobre las formas de introduccin
de innovaciones, intensificacin de la produccin y aparicin de
las explotaciones a tiempo parcial, y su consecuente reordenacin
de las relaciones de produccin de las explotaciones.
Finalmente, la comunicacin presentada por Xoan Frijol so-
bre Aparcera y conflicto en un pueblo de la Vega Alta del Segura cerra-
ba la lista de comunicaciones y debates del grupo dedicado a Es-
tudios de comunidades rurales.
La investigacin de Frijol analiza, desde una perspectiva an-
tropolgica, el proceso por el cual se formaliz una Agrupacin
Sindical de Aparceros, a partir de una lucha por la modificacin
de las condiciones del contrato de aparcera en la zona y de los
conflictos con los propietarios, hasta que en un pleito entre unos
aparceros y propietarios el juzgado reconoci la personalidad y
por tanto la capacidad de aportar pruebas a la asociacin de apar-
ceros.
El grupo (B) Teora Social Agraria dedic su primera sesin a
las Ideologas y conciencia de clase en la sociedad agraria. El contenido
pretenda, tal como fue definido en el programa, analizar diver-
2 7
sas ideologas y posiciones de clase de distintos grupos sociales
de la estructura social agraria espaola.
La primera intervencin de esta sesin de trabajo se debi a
Alfonso Ort Benlloch (Departamento de Sociologa de la Facul-
tad de Ciencias Econmicas y Empresariales de la Universidd
Autnomas de Madrid). La ponencia versaba sobre la Crisis del
modelo neocapitalista y reproduccin del proletariado rural (Represin, re-
surgimiento y agona final de la conciencia jornalera). A principios de
los aos 70 -en el momento culminante del desarrollismo neo-
capitalista franquista-, la mayora de los estudios y publicacio-
nes econmicas y sociolgicas daban por supuesta o prevean la
rpiday total extincin de la tradicional clasejornalera de la Espa-
a del Sur, vinculada en cuantofuerza de trabajo en alquiler o even-
tual al sistema latifundista. La modernizacin agraria acelerada
estara creando -segn esta perspectiva- un nuevo arquitecto
de obrero ruralfijo y especializado, con mentalidad y aspiraciones si-
milares a las del obrero industrial; en contraste con el bracero eaen-
tual, en trance de desaparicin. Sin embargo, reducido por la ms
o menos forzosa emigracin de gran parte de sus componentes,
el proletariado rural (que tiende a ser en todas partes socialmente
inviable/Howard Newby) ni haba dejado de existir, ni la tradi-
cional conciencia jornalera reivindicativa de la tierra para los que
la trabajan haba sido definitivamente borrada, como una serie
de discusiones de grupos con trabajadores agrcolas, celebradas por
el comunicante en los aos 70, puso de manifiesto. Tras la eufo-
ria triunfalista del desarrollo, la denegada realidad del proletaria-
do rural vuelve a reproducirse (sin duda ya con otras proporcio-
nes y bajo nuevas formas) a caballo de la crisis; mientras que el
discurso jornalero frente a la crisis econmica entraa -ya en 1975-
la toma de conciencia crtica de su propia forma de existencia co-
mo unejrcito de maniobra y reseraa permanente del desarrollo capitalista.
A continuacin intervino Abdon Mateos (de la Facultad de
Filosofa y Letras de la Universidad Complutense de Madrid),
centrando su ponencia en El catolicismo social y la reforma agraria
durante la Segunda Repblica. En ella se lleva a cabo un anlisis de
la actitud de la Confederacin Nacional Catlico-agraria y de la
Liga Nacional de Campesinos ante la Ley de Reforma Agraria
de septiembre de 1932. La estrategia de tales organizaciones res-
pecto a la cuestin agraria, siempre en funcin de neutralizar la
2 8
expansin del socialismo en el campo, es analizada por el ponen-
te centrndose en el perodo 1931-1932, utilizando para ello la
Reaista Social y Agraria. Mediante el anlisis de contenido de esta
revista, se efecta una reflexin sobre la naturaleza del progra-
ma catlico de reforma agraria, planteando el interrogante de si
sta responda realmente a un planteamiento social o por el con-
trario serva los intereses de clase de la gran propiedad. Junto a
estas intervenciones estaban previstas dos ponencias ms de Isi-
doro Moreno (profesor de Antropologa Social de la Universidad
de Sevilla), sobre las
Ideologas en torno al progreso y desarrollo en el
mundo rural,
y de Antonio J. Snchez Lpez (de la Facultad de
Filosofa y Letras de la Universidad de Crdoba), sobre Elemen-
tos para la comprensin de la ideologa de los grandes propietarios. Ambos
ponentes excusaron su asistencia, por lo que no se llev a cabo
la exposicin de tales ponencias.
La segunda sesin del grupo de trabajo,
Teora social agraria,
fue estructurada bajo la denominacin de
Campesinos y sociedades
campesinas espaolas. En ella se pretenda llevar a cabo el anlisis
de las formas de orgaizacin socioeconmica que adopta el cam-
pesinado espaol en distintas sociedades campesinas, y situacio-
nes histricas como consecuencia del desarrollo del capitalismo
en la agricultura. Intervino en primer lugar Andreu Peix Mas-
sip (de la Societat Catalana d' Etudis Rurals), quin analiz la
Crisis de la agricultura campesina. En dicha ponencia se realiz un
anlisis terico del modelo de desarrollo econmico seguido por
la agricultura espaola en los ltimos treinta aos. La utilizacin
intensiva de medios de produccin cada vez ms sofisticados per-
miti a la agricultura espaola unos incrementos de productivi-
dad que en estos momentos, como consecuencia de la crisis ener-
gtica, ha alcanzado una fase de rendimientos decrecientes. Esta
carrera por la productividad ha originado una superproduccin
agraria unida a una estabilizacin del precio de los productos del
campo. Los pases importadores de productos agrarios espaoles
tienden, en el nuevo contexto de la crisis energtica, a producir
los bienes agrcolas que antes importaban. Ello, unido al estan-
camiento del consumo, la disminucin del turismo y el freno del
xodo rural, ha provocado la ruptura del modelo agrario produc-
tivo espaol desencadenando un proceso acelerado de crisis de
la agricultura campesina en Espaa.
2 9
Despus de este anlisis de carcter general se pas al estudio
concreto de diferentes sociedades campesinas espaolas. As, los
profesores Antoni Segura y Jaume Suau, del Centre D'Etudis His-
tries Internacionals de la Facultad de Geografa e Historia de
la Universidad de Barcelona, presentaron una ponencia con el
ttulo de Aproximaci a 1'etudi de la pagesia mallorquina al primer ter
del segle XIX. Su anlisis del campesinado mallorquin se bas en
una investigacin en curso respecto a la estructura agraria de aquel
pas en el primer tercio del siglo XIX; momento ste en el que
se asientan las bases del proceso de absorcin de la agricultura
y el campesinado mallorquines por el capitalismo. La estructura
agraria mallorquina es caracterizada, en aquel perodo, median-
te tres elementos bsicos: a) el predominio socio-econmico de
la nobleza; b) una intensa explotacin del campesinado; y c) la
existencia de un proceso de diferenciacin interna en ste. Las
categoras o tipos rurales mallorquines entonces prevalentes eran:
por un lado, un elevado contigente de jornaleros y de roters,
como grupos sociales ms empobrecidos, generado por la propia
estructura latifundista de Mallorca; y, por otro, la presencia de
grandes arrendatarios campesino, diferenciados social y econ-
micamente del resto del campesinado con tierra por la posesin
de determinados medios de produccin (ganado, utillaje, capital
circulante). Este grupo de grandes arrendatarios residan duran-
te largos espacios de tiempo en las ^fincas nobiliarias arrendadas.
En su exposicin los ponentes hicieron un detallado relato de la
metodologa utilizada para caracterizar la dinmica histrica de
los aspectos agrarios de la formacin social mallorquina. En el
debate se hicieron continuas referencias la situacin actual del
campesinado mallorqu.
Las dos siguientes intervenciones en esta sesin de trabajo se
centraron en el anlisis del campesinado gallego. La primera de
ellas corri a cargo de Emilio Prez Tourio (de la Facultad de
Ciencias Econmicas y Empresariales de la Universidad de San-
tiago), cuya ponencia tena el ttulo de La cuestin campesina en Ga-
licia. Aproximacin crtica a las caracterizaciones predominantes. En su
primera parte el ponente establece un discurso en el que presenta
la interpretacin hegemnica sobre las transformaciones del cam-
pesinado gallego. As, puede decirse que la economa campesina
gallega ha sido prioritariamente asociada con tres ideas funda-
3 0
mentales. En el plano de su estructura se caracteriza como una
economa precapitalista, cerrada o de autosubsistencia, sumamente
estable y resistente al cambio. Desde la perspectiva de sus vincu-
laciones con el sistema econmico-social, la relacin se plantea
como de una dualidad estructural, en la que los lazos son en todo
caso de naturaleza extraeconmica, ms precisamente coactivos.
Y en relacin con la dinmica prevista, se piensa que tal estruc-
tura est llamada a desaparecer con la progresiva expansin de
las relaciones mercantiles. Coherentemente con esta visin, el mun-
do rural gallego aparece como un todo homogneo, sin ningn
tipo de contradiccions internas, opuesto como un todo a la so-
ciedad urbana, y el campesinado como una totalidad social no
diferenciada. Los antagonismos rural-urbano, campesinado-resto
de la sociedad, como elementos cruciales de la vida gallega, ad-
quieren toda su dimensin al estar estos mismos hechos cruzados
por la cuestin nacional: existe una superposicin casi perfecta
entre lo rural y lo urbano y lo gallego y lo no gallego, en tales
concepciones. En una segunda parte, Prez Tourio realiz un
anlisis de las contradicciones principales de estas caracterizacio-
nes, tanto en el plano terico como en su desfase frente a la evo-
lucin de la dinmica social.
La segunda ponencia sobre el campesinado gallego tuvo como
protagonista a Jos Luis Sequeiros (Departamento de Sociologa
de la Facultad de Ciencias Econmicas y Empresariales de la Uni-
versidad de Santiago). Su intervencin(Considesaciones sobre el ca-
ciquismo) consisti en una anlisis terico del caciquismo como es-
tructura de poder inserta en el compesinado gallego. En una pri-
mera parte se hicieron unas consideraciones generales sobre el
concepto de caciquismo o estructura caciquil, para, a continua-
cin, analizar las posibles causas que justificaran el surgimiento
y consolidacin de una estructura de este tipo en Galicia. En n-
tima relacin con estas causas se analizaron las bases en las que
se fundamenta el poder caciquil y que hacen referencia, todas ellas,
a necesidades objetivas sentidas por las sociedades en las que ste
se asienta. A continuacin trat de las caractersticas ms impor-
tantes del poder que detenta el cacique en el microcosmos de la
comunidad aldeana, y que sirven para diferenciarlo con claridad
de los otros tipos de poder. Por ltimo, en una segunda parte,
se estudiaron las contradictoria^influencias que el intenso proce-
3 1
so de modernizacin econmica y social, que se est desarrollan-
do en Galicia desde la dcada de los cincuenta, est produciendo
sobre el entramado caciquil.
La siguiente participacin corri a cargo de Jos Mara Gar-
ca (del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias de Las Pal-
mas de Gran Canaria). Su intervencin llevaba el ttulo de
El fia-
pel de la agricultura a tiempo parcial en el momento de desarrollo socioeco-
nmico canario. En el proceso de realizacin de una investigacin
sobre este fenmeno en Canarias -apoyada sobre una serie de
encuestas-, el ponente expuso tres fases complem^ntarias: a) Una
visin crtica de la nocin misma de agricultura a tiempo parcial, ana-
lizada en cuanto objeto terico, desde un punto de vista metodo-
lgico. b) Una sistematizacin general -desde una perspectiva
ms formalizadora y esttica- del conjunto de categoras que han
guiado y estructurado la investigacin emprica. c) La aproxima-
cin y realizacin parcial de la propia inaestigacin emprica, cen-
trada -por ahora- en la aplicacin de tan slo algunas de estas
categoras. En primer trmino, frente a la extendida realidad in-
ternacional actual del fenmeno de la agricultura a tiempo parcial,
destaca tambin la diversidad de situaciones concretas que se en-
cubren bajo una misma denominacin genrica. Sin duda, el cri-
terio de la doble actividad del agente productivo no es suficiente
metodolgicamente para definir unobjeto terico, ni la cuestin re-
sulta tampoco resoluble a travs de un empirismo formal, basado
en la medicin
de los aspectos cuantificables (trabajo, ingresos, etc.)
de la parcelacin del trabajo en la agricultura (estrategia que
plantea el problema de los valores frontera y conduce casi siempre
a simples ejercicios de cuantificacin). El enfoque alternativo y ms
vlido, frente a la simple cuantificacin, consiste en la elabora-
cin de unmarco terico,
mediante un enfoque interdisciplinario,
en el que el fenmeno de la agricultura a tiem^io parcial se inscribe
dentro del modelo de desarrollo econmico concreto (en este caso, el ca-
nario) en el que se produce. Desde esta perspectiva, el ponente
realiz una tipologa de las explotaciones campesinas, articuladas por
la crisis actual de modelo canario de desarrollo y moldadas -en
realidad- por las peculiaridades de su mtodo de trabajo glo-
bal.
El ltimo ponente de esta sesin (campesinos y sociedades cam-
pesinas espaolas) fue Xavier Costa i Granell, quien present un
3 2
estudio con el ttulo de
Asimilacin y dependencia entre la sociedad
ru-
ral y la sociedad urbana en el Pas Valenciano. En su interven-
cin Xavier Co^
ta analiz el proceso de asimilacin cultural de
la localidad de 1' Horta (Godella) respecto a la ciudad de Valen-
cia.
Godella era, a principios del presente siglo, un gran ncleo
de veraneo para la clase social que sustent al sector conservador
de la Renaixena valenciana. Esta clase social proyect su cultu-
ra e ideologa sobre el campesinado del pueblo, que asimil e in-
terioriz los patrones culturales de los veraneantes hasta el punto
de construir sus nuevos ejes de integracin social en dependencia
de los moldes culturales y estereotipos ideolgicos de la colonia
veraniega.
Una de las conclusiones de esta intervencin fue que es im-
prescindible profundizar en el estudio de la ideologa del sector
conservador de la Renaixena y de su propagacin sobre zonas
prximas a la ciudad de Valencia para poder obtener una expli-
cacin adecuada a la facilidad con que ciertos [Link] extienden
la ideologa anticatalanista. En el debate se produjo una viva po-
lmica en torno al anticatalanismo en el Pas Valenciano y su ins-
trumentalizacin por determinadas fuerzas polticas.
La tercera y ltima sesin de este grupo de trabajo fue deno-
minado como Perspectivas tericas en el pensamiento social agrario, y
en ella se incluyeron aquellas ponencias que analizaban diferen-
tes construcciones tericas con las que se caracteriza en la actua-
lidad a la sociedad rural en formaciones sociales avanzadas, as
como aportaciones concretas referentes a estas visiones tericas.
Igualmente se incluyeron en esta sesin aquellos trabajos sobre
conceptualizaciones y tradiciones intelectuales del pensamiento
social agrario actual. El gran nmero de participantes en esta se-
sin oblig a los coordinadores a suprimir las intervenciones de
aquellos ponentes que ya haban presentado trabajos en algunas
de las sesiones anteriores. Sin embargo, varias de estas ponen-
cias (conocidas por los participantes al haber sido distribuidas a
travs del Servicio de reproducin del Congreso)
fueron consideradas
en los debates y han sido seleccionadas para su publicacin en
las Actas del Congreso. Entre ellas estn
La tradicin sociolgica de
la vida rural: Una larga marcha hacia el funcionalismo, por Jos Luis
Sevilla (del Departamento de Poblacin y Ecologa Humana de
la Facultad de Ciencias Polticas y Sociologa de la Universidad
3 3
Complutense de Madrid) y Eduardo Sevilla Guzmn (del Depar-
tamento de Economa y Sociologa Agrarias de la ETSI Agrno-
mos de la Universidad de Crdoba);
Los lmites de la nocin unita-
ria de economa campesina,
de Emilio Prez Tourio (de la Univer-
sidad de Santiago); y Para una sociologa de la produccin agraria, de
Roberto Sancho Hazak (del Departamento de Poblacin y Eco-
loga Humana de Madrid)
La primera ponencia expuesta en esta sesin llevaba el ttulo
de Corporatismo, estado y poltica agraria: Aproximacin al caso espaol,
cuyos autores son Eduardo Moyano Estrada y Manuel Prez Yrue-
la (del Departamento de Economa y Sociologa Agrarias de la
ETSIA de la Universidad de Crdoba). En esta ponencia, sus auto-
res pretendieron articular una concepcin general del corporatis-
mo con el estudio de la forma en que sus efectos y caractersticas
se presentan en una parte de la sociedad como es la agricultura
y la sociedad rural. La concepcin de la que ellos parten se mue-
ve dentro del debate actual en torno a los procesos organizativos
y de articulacin de los intereses sectoriales con la intervencin
estatal, que vienen siendo norma comn en los pases de capita-
lismo avanzado. No obstante, en este trabajo el enfoque se plan-
te en trminos ms amplios que los del anlisis econmico que
se viene utilizando con preferencia para definir el fenmeno cor-
poratista, introduciendo una dimensin poltica que, segn sus
autores, debe ser crucial para aprehenderlo en su totalidad.
EI estudio de la agricultura como caso concreto para analizar
las caractersticas del corporatismo en ese sector es considerado
de gran inters por los autores, porque la agricultura ha sido y
es un sector en donde el intervencionismo estatal juega un papel
muy importante, pero al que, sin embargo, le han prestado poca
atencin los estudiosos del tema, quienes han centrado, princi-
palmente, sus esfuerzos en el anlisis del sector industrial.
La parte final de la exposicin consisti en un anlisis del pro-
ceso de recorporatizacin de la agricultura en Espaa. En opi-
nin de los ponentes el caso espaol es un laboratorio privilegia-
do para estudiar ciertas cuestiones sociales y polticas y, en con-
creto, lo relacionado con los procesos corporatistas. Estos proce-
sos de articulacin de intereses sectoriales con el intervencionis-
mo estatal pueden observarse en su ciclo casi completo, desde el
inicio hasta la consolidacin ms o menos definitiva, segn los
3 4
casos,
lo que ofrece una perspectiva muy atractiva
para el anli-
sis.
En resumen, en esta intervencin se pretendi compaginar
un triple nivel de anlisis: exposicin de una concepcin general
de corporatismo, anlisis de sus efectos en la agricultura y con-
trastacin con los datos de un caso concreto, el espaol.
Como complemento de esta intervencin se incluy en esta
sesin el trabajo de Jos Mara Arribas (del grupo de Estudios
Campesinos Castellano-Leons de Burgos), con el ttulo de
Refle-
xiones sobse el fiapel del campesinado Castellano-Leons en la transicin
poltica espaola.
En su exposicin, el ponente present las lneas
maestras del conflicto protagonizado por el campesinado espaol
en febrero de 1977, cuando el pas viva das de gran tensin po-
ltica y social como consecuencia de la dinmica de la transicin
poltica espaola. Por entonces, miles de tractores invadieron las
carreteras de todo el pas, especialmente [Link] mitad norte. Con-
siderando el caso de la regin Castellano-Leonesa, Jos Mara
Arribas analiza este movimiento campesino, sus orgenes y evo-
lucin as como su posible repercusin en la dinmica de cambio
poltico en Espaa. El debate conjunto de estas dos ponencias se
centr bsicamente en la forma de articulacin de los intereses
agrarios en Espaa, as como en la evolucin de stos a travs
de las distintas organizaciones campesinas y patronales agrarias,
constatando la tendencia a la bipolarizacin de este tipo de orga-
nizaciones agrarias en dos grandes tendencias: una representan-
te de los grandes propietarios y otra con prevalencia de pequeos
campesinos.
El ttulo de la siguiente comunicacin era
El mito del indiUidua-
lismo de los campesinos y
su autor, el profesor de Antropologa de
la Facultad de Filosofa y Letras de la Universidad de Barcelona,
Jess Contreras. Su exposicin consisti en la descripcin y r-
plica de algunas visiones relativas al individualismo del campesi-
nado que sostienen algunos autores (antroplogos, socilogos, his-
toriadores o ensayistas en general). En opinin de Jess Contre-
ras, estas visiones hacen una indebida abstraccin de la realidad,
toman por causas lo que son efectos, y generalizan para todos los
campesinos y todas las pocas aquello que acostumbran a ser con-
secuencia de unas condiciones precisas en unos momentos preci-
sos.
Despus de presentar diversas pruebas en la direccin de su
3 5
hiptesis, que refutaban varias teoras hegemnicas (visin del
bien limitado, familismo amoral, etc.) concluy proponiendo que
las actitudes de los campesinos, individualistas o cooperativistas,
deben ser contextualizadas en el marco de las condiciones socioe-
conmicas y polticas imperantes en cada perodo histrico y, asi-
mismo, debe tenerse en cuenta la particular percepcin que los
campesinos (o los diferentes tipos de los mismos) tienen respecto
a esas condiciones.
La ltima intervencin de este grupo de trabajo corri a car-
go de Miguel Roiz (de la Facultad de Ciencias de la Informacin
de la Universidad Complutense de Madrid). Su ponencia se de-
nominabaElementos de la identidad social y cultural del camfiesinado es-
paol. Como una primera parte sustantiva de una investigacin
en curso ms amplia, el ponente expuso un estudio sobre el siste-
ma de valores del campesinado castellano -centrado en la zona de Tierra
de Campos (Valladolid, Len y Zamora)- mediante la realiza-
cin de 400 entrevistas a familias campesinas; analizadas desde
el triple enfoque disciplinrio de la antropologa social, la sociologa
y la teora de la comunicacin. El propsito ltimo, a partir de esta
experiencia concreta, es el formular un modelo para el estudio
de la identidad del campesinado espaol en la dcada de [os ochenta -en
un momento histrico-cultural de crisis y depresin social, en el
que las contradicciones bsicas de carcter poltico y econmico
se estan agudizando-. Para ello se ha diferenciado en el anlisis
entre identidad cultural e identidad social -abstrayndose tambin
los componentes de carcter regional y nacional-; intentando ais-
lar y formalizar una estructura coherente y significativa de siste-
ma social-cultural campesino en relacin con el sistema global o na-
cional. Estructurados as en unsistema de representaciones colectivas,
los elementos de esta identidad especfica campesina parecen actuar
tanto como factores superestructurales ideolgicos (en el sentido
marxista), como en cuanto un lenguaje especial, o incluso me-
talenguaje (A. Martinet), que se contrapone al sistema urbano,
dificultando las tendencias integrativas en el mismo.
Como pequea muestra de la enriquecedora experiencia in-
telectual de este Primer Congreso de Sociologa de la FASEE los
coordinadores de los grupos de trabajo del rea de Sociologa ru-
ral hemos realizado una seleccin de ponencias en la que, por ra-
zones de limitacin de espacio, solo aparece una muestra, dema-
3 6
siado pequea de los numerosos textos que mereceran ser, in-
cluidos, y que sin duda aparecern en las revistas especializadas
espaolas y extranjeras durante los prximos meses.
Eduardo Moyano Estrada
Alfonso Ort Benlloch
Roberto Sancho Hazak
Eduardo Sevilla Guzmn
Courdinadores del rea de Sociologa Rural
del I Congreso de Sociologa de la FASEE.
3 7
LA TRADICCION
SOCIOLOGICA DE LA
V IDA RURAL :
UNA LARGA MARCHA
HACIA EL
FUNCIONALISMO
por Eduardo y Jos Luis Sevilla Gman
1. INTRODUCCION: DE LA COYUNTURA
HISTORICA Y EL CONTEXTO INTELECTUAL
Todo anlisis del pensamiento social supone una interpreta-
cin del mismo con los criterios de quien lo efectua. Sus prefe-
rencias intelectuales, emotivas e ideolgicas intervienen en el ar-
gumento en que se insertan las tendencias y corrientes en que se
clasifica el quehacer cientfico de los autores, distando mucho,
por tanto, de ser neutral. Esto es mucho ms patente an si se
utiliza, como en este caso, un marco de referencia liistrico en
el que aparece como variable explicativa el medio intelectual que
surge de la situacin social, econmica y poltica que tiene lugar.
Antes de pasar a considerar la gnesis y desarrollo de lo que
definiremos ms adelante como tradicin terica de la vida rural
es necesario establecer el contexto intelectual y la coyuntura his-
trica en que estos procesos tienen lugar.
La gnesis de las condiciones sociales que dan lugar a esta co-
rriente de pensamiento se encuentra en la poca de las profundas
transformaciones que tienen lugar en Estados Unidos en la se-
gunda mitad del siglo XIX. La reconstruccin econmica que se
Ilev a cabo despus de la contienda civil di lugar a formas de
organizacin en las zonas rurales de muy distinta naturaleza. Sin
embargo, en todas ellas existe el comn denominador de que por
aquellos aos se inicia un violento proceso de acumulacin de ca-
41
pital cuyas repercusiones sobre el sector agrario tendra muy im-
portantes consecuencias para la poblacin rural.
Por un lado, la existencia de comunidades rurales de agricul-
tores independientes en el norte permiti a stas una cierta capa-
cidad de adaptacin y defensa, respecto de la dependencia del
mercado, por lo que las repercusiones en sus formas de orga-
nizacin social se vieron afectadas de una manera ms gradual.
Por otro lado, en el sur al no realizarse una confiscacin y
redistribucin de la tierra, la estructura de la propiedad perma-
neci inalterada. As, la dinmica del proceso de acumulacin ca-
pitalista, hubo de readaptar el antiguo sistema de plantaciones
dando lugar a nuevas formas de explotacin sobre la fuerza de
trabajo agrcola. A1 principio hubo algunos intentos de empleo
de mano de obra asalariada. Estos, sin embargo, fracasaron en
parte porque los negros pretendan cobrar sus salarios durante
todo el ao y no solamente cuando tenan que recoger el algo-
dn. Ello determin que se implantase una forma de aparcera
que permita a los plantadores un fuerte control sobre la mano
de obra, al tiempo que era un sencillo modo de extraer el exce-
dente a los nuevos campesinos, sin necesidad de emplear me-
dios polticos; stos eran simplemente econmicos' . En lneas ge-
nerales puede afirmarse que en el perodo posterior a la Guerra
Civil, la situacin de los agricultores como deudores tendi a ser
peor de lo que haba sido con anterioridad al conflicto blico. El
nmero de agricultores que durante la guerra hipotecaron sus fin-
cas para mecanizar sus explotaciones fue muy grande. Por otro
lado, los agricultores, al terminar la contienda, hubieron de ha-
cer frente a una creciente subida de costos de los artculos indus-
triales, a las fluctuaciones del mercado, a la sequa, y a un mer-
cado desfallecido de productos agrarios.
De 1874 a 1880 el nmero de explotaciones agrarias descen-
di de veinte a cuatro mil. La fuerte emigracin rural consecuencia
de las demadas de la vertiginosa industrializacin a que estaba
sometido el pas y las circunstancias econmicas descritas, obvia-
mente tambin vinculadas a este proceso, determinaron un fuer-
te proceso de desorganizacin social en las comunidades rurales.
' Barrington Moore, "lhe Socia[ Origins of Dictatorshifi and Democracy (Har-
mondsworth: Penguin, 1973); pp. 111-161.
42
El agricultor americano fue al mismo tiempo instrumento y vc-
tima de la aparicin y el rpido crecimiento del capitalismo
americanoz.
Es en este contexto en el que aparecen las primeras seales
de lo que, ms tarde, sera la sociologa rural. Esta nace a impul-
sos de los deseos de un reformismo social que pretende resolver
los problemas en que se halla sumida la aida rural americana. As,
con un sentido de salvacin material y moral aparecen los prime-
ros trabajos escritos por clrigos y educadores. Entre ellos cabe
citar a O.J. Kerh' y W. Anderson' , o a los pioneros de la edu-
cacin rural M. Carney, J. Hart, E. Cubberleyque analizan, ade-
ms, otras parcelas de la vida social. En ninguno de estos traba-
jos aparece an la etiqueta sociologa rural o de la aida ruraL.. Es
en 1913 cuadoJohn Gillette escribe su Constructiae Rural Sociology
considerado como el primer manual de sociologa rurals.
Los estmulos y presiones a que estn sometidos estos precur-
sores de la tradicin sociolgica de la vida rural por su tiempo
histrico son, en gran medida, el determinante de los productos
de su actividad intelectual. Por aquellos aos los estructura so-
cial americana se encuentrabajo el impacto de una violenta acu-
mulacin capitalista que supone la aceptacin de un desarrollo
agrario basado en los siguientes rasgosb:
z Cf. C. Wright Mills, White Co[lar (London: Oxford University Press,
1971: 1 a ed. 1951), pp. 13-29, Don Martindale, American Society (N. York:
D. van Nostrand Co. 1960), Captulo IV, especialmente el apartado <^The
Rural Community in U. States^^.
3 Among Country Schools (New York: Ginn, 1906).
4 The country Town: A Study in Rural eaolution. (New York: Braker & Tay-
lor, 1906).
5 Cf. Boguslaw Galeski, Basic Concepts of Rural Sociolo^ (Manchester Uni-
versity Press, 1972), p. 1. La referencia exacta en cuestin es John Gillette,
Constructiae Rural Sociology (New York, Sturgins and Walton, 1913). Existe
una versin castellana del libro de Galeski, ampliada con sus trabajos sobre
agricultura colectiva, con el ttulo de Sociologa del Campesinado (Barcelona:
Pennsula, 1977).
6 Angel Palerm, Productiaidad agrcola (Mexico: Centro Nacional de Pro-
ductividad, 1968) p. 30 y del mismo autor Cf. ^<Ensayo crtico al desarrollo
regional en Mexico>^ en David Barki (ed.), Los berujrciarios del Desanollo Re-
gional (Mexico: SepSetentas, 1972), pp. 13-62.
43
a)
La abundancia relativa de tierras cultivadas y cultivables;
sobre las cuales un crecimiento dbil de la poblacin total no ejerce
presiones desfavorables.
b)
La existencia de importantes disponibilidades para capi-
^ alizar la agricultura como consecuencia de la abundancia de re-
cursos para invertir, que es tal que no se ven mermadas por la
competencia generada por los atractivos y necesidades de la in-
versin en la industria y los servicios.
c)
Un fuerte trasvase de fuerza de trabajo de la agricultura
a la industria y los servicios, que se ve compensado y provocado
por la mecanizacin agraria.
d)
La existencia de una numerosa poblacin urbana y de una
industria importante que crean una demanda selectiva y especia-
lizada de productos agrarios.
Este complejo de factores genera un tipo de desarrollo agra-
rio en el que el rasgo principal es
una alta productividad de la fuerza
de trabajo frente a unos relativamente bajos rendimientos fsicos por unidad
de su^ierficie
en empresas agrarias de creciente capitalizacin
y fuert
vinculacin al mercado. Ahora bien, la presencia de estos facto-
res no es casual. Por el contrario; es el resultado de unas decisio-
nes econmicas que responden a opciones polticas muy concre-
tas, que no solo ignoran la desorganizacin social y el sufrimien-
to humano de la poblacin rural, sino que crean una estructura
social basada en una forma de dominacin de la ciudad sobre el
campo.
En Estados Unidos, y como consecuencia del conjunto de fac-
tores enumerado, se est produciendo por aquellos aos una fuerte
intensificacin de la agricultura y de produccin en gran escala.
Pocos autores han descrito este proceso como Vladimir I. Lenin
en 1915' , quien al caracterizar el desarrollo del capitalismo ame-
^Nuevos datos sobre las leyes de desarrollo del capitalismo en la agri-
cultura. Fascculo I EI capitalismo y la agricultura en Estados Unidos de Amrica
1 a ed. Petrogrado 1917; edicin castellana utilizada: Lenin,
Obras Comple-
tas,
Tomo XXIII (Madrid: Akal, 1977) pp. 89-183. Un resumen de este
trabajo fue publicado, en USA, en 1930 por PitirimA. Sorokin en su fallido
intento, que analizaremos ms adelante, de introducir la tradicin terica
europea en la sociologa de la vida rural americana. Cf. P.A. Sorokin, C.C.
Zimmermany C.J. Galpin,
A Systematic Source Book in Rural Sociolo,^y. 1 a ed.
1930 (New York: Russel & Russel, 1965) Tomo I pp. 477-488.
44
ricano muestra, junto al carcter generalizado del mismo, las pe-
culiaridades especiales de las distintas zonas. As, analizando los
censos agrarios americanos de 1850 a 1910 Lenin demuestra co-
mo el avance del capitalismo no solo tiene lugar en la regin mo-
delo del centro noroeste donde se producan evidentes aumen-
tos de la superficie cultivada (acompaados, por otra parte, de
incremento en las inversiones de capital) sino en la totalidad del
pas.
En las zonas del norte donde se daba una reduccin de la su-
perficie por explotacin sta iba, sin embargo, ligada a un gran
aumento de los gastos en abonos artificiales, de modo que una
pequea produccin -si por rutina seguimos considerndola pe-
quea por la superficie que ocupa- resulta ser grande por el mon-
to del capital invertido de la tierra teniendo claramente un ca-
rcter ms mercantil que en las zonas extensivas del sur. En es-
tas zonas extensivas se produce otro tipo de `intensificacin' co-
mo consecuencia del paso de los latifundios esclavistas al sistema
de arrendamientos de plantacin. Esta clase de explotacin de la
tierra no puede compararse a los arrendamientos en el sentido
europeo, civilizado, capitalista moderno de la palabra. Predomi-
nan (en ellos) los aparceros semifeudales o, lo que desde el punto
de vista econmico es lo mismo, semiesclavos. As el sistema de
latifundio esclavista se transforma en una organizacin latifun-
dista de aparcera intensiva. Los antiguos dueos de esclavos
se transforman en los latifundistas propietarios de inmensas ha-
ciendas que distribuyen pequeas parcelas entre los negros a cam-
bio de la mitad de la cosecha8.
Lenin despus de estratificar lasfarms. americanas por el valor
del producto obtenido, y analizar as los diferentes tipos de ex-
plotaciones en las distintas zonas, demuestra que el desarrollo del
capitalismo tiene lugar no solo por el crec^miento de grandes fin-
cas en las zonas extensivas, sino tambin a travs de otros meca-
nismos, entre los cuales se encuentra la aparicin, en zonas in-
censivas, de pequeas empresas de produccin en gran escala.
En definitiva, por aquellos aos se desarrollaba con extraor-
dinaria rapidez una intensificacin de la agricultura, su progreso
e V.I. Lenin, El capital^mo y la agricultura... op. cit. pp. 121, 100, 104 y
106.
45
tcnico y el mejoramiento de los mtodos de cultivo. Esta dimen-
sinpoltico-econmica
de la coyuntura histrica tena un claro co-
rrelato en el contexto intelectual. En efecto, en las primeras d-
cadas de este siglo las ciencias sociales agrarias americanas se vean
obligadas a ceirse a unos lmites ideolgicos culturalmente de-
terminados. An cuando ste no era un fenmeno especficamente
americano, en este pas arraig con gran fuerza. Tanto la antro-
pologa como la sociologa rural (entonces Rural Social Life o Farm
Life Studies)
rechazaron la existencia de cualquier esquema teri-
co previo para permanecer libres de prejuicios. As, la Antropo-
loga construy una actividad profesional universitaria basada en
el estudio de las llamadas sociedades primitivas pero sin propo-
nerse investigar seriamente, a pesar de su declarado antirracis-
mo, la posicin y las condiciones de los grupos tnicos de Esta-
dos Unidos. El culturalismo boasiano puede verse, sin demasia-
da severidad, como una suerte de escapismo y de bsqueda de
una independencia cientfica y acadmica ficticia, ya que se ob-
tuvo, y solo precariamente, a costa de fugarse de la realidad so-
cial y poltica contempornea9.
La sociologa rural, por el contrario, permaneci aferrada a
la realidad social y poltica de su tiempo, pero lo hizo de tal for-
ma que las fuerzas culturales ocultas a su contexto intelectual es-
terilizaron su quehacer cientfico. No se trata tan solo de una co-
nexin de servicio a la poltica americana de aquellos aos; con
serlo, el problema va ms all de este tipo de mediatizaciones.
Se encuentra en la naturaleza que se plantea la propia disciplina y
envuelve la problemtica de la
elaboracin terica de la aida rural, su
metodologa y tcnicas de inaestigacin. La sociologa de la vida rural
posee una dimensin economicista y tecnocrtica que surge del
medio intelectual en que nace como consecuencia de los proble-
mas que plantea el medio social e histrico en que se desenvuel-
9 Angel PalermAontrpolga y Marxismo (Mexico: Nueva Imagen, 1980)
p. 23. Un excelente anlisis de esta corriente del pensamiento antropolgico
puede verse en Marvin Harris, El desarrol[o de la teora antropo[g^a (Madrid:
Siglo XXI, 1978) pp. 218-75. Este estimulante libro es una buena exposi-
cin de las corrientes de pensamiento antropolgico hasta la mitad de los
aos setenta, an cuando no alcance en forma convincente el objetivo que
declara en su introduccin (pp. 3 y 4).
46
ve. Los lmites culturalmente prescritos por su propia razn te-
rica son tan estrechos que la ausencia de una actividad crtica e
independiente del modelo .de desarrollo agrario en que surge de-
termina el contenido y alcance de su marco terico.
Los primeros socilogos de la vida rural estaban de alguna
manera vinculados a instituciones del tipo de escuelas o iglesias
y, aunque se esforzaban en proclamar la cientificidad de la socio-
loga rural como una rama de la sociologa general, cuyo objeto
era descubrir las condiciones y tendencias que envuelven a las
comunidades rurales para formular los principios del progreso,
poseen una fuerte vocacin de asistencia social claramente percep-
tible en esta fase de gnesis de la disciplina. De esta forma se con-
sidera a la sociologa rural como el estudio de las fuerzas y con-
diciones de la vida rural como base para una accin constructiva
en el desarrollo y mantenimiento de una eficiente civilizacin cien-
tfica en el campo' o
La institucionalizacin de la sociologa rural en las universi-
dades americanas permite ya hablar de escuelas de pensamiento
dentro de esta disciplina.
2.
LAS ESCUELAS ACADEMICAS EN LOS
ORIGENES DE LA SOCIOLOGIA DE LA
VIDA RURAL
Otis D. Duncan, distingue tres escuelas principales en los or-
genes de la sociologa americana". Una manera de explorar,
desde un punto de vista terico, la consolidacin de lo que aqu
denominamos tradicin terica de la vida rural puede ser la bs-
queda de los contenidos que aparecen en estas distintas escuelas.
Las universidades de
Winsconsin, Cornell y Minnesota-
Harvard son los tres focos fundamentales que comienzan a pro-
yectar determinadas formas del pensamiento social para caracte-
rizar los modos de organizacin social de las comunidades rura-
les.
10 Citas de John Gillete y Paul L. Vogt tomadas de Lowry Nelson Ru-
ral Sociology Its O^igins and Growth in the United States (Minneapolis: University
of Minnesota Press, 1969) pp. 107 y 108.
47
2.1. La Escuela de Wisconsin:_ Galpin y la Administracin
Federal Agraria
La tradicin terica de la escuela de Wisconsin se desarrolla
en torno a la figura de Charles J. Galpin. Primero desde la Uni-
versidad de Wisconsin y ms tarde desde el Departamento de Agri-
cultura como director de la Divisin FarmLife, impuls la in-
vestigacin en sociologa rural y estableci conexiones entre los
movimientos y las asociaciones ciudadanas' ^ y la administracin.
Galpin organiz los estudios en Wisconsin, creando una impor-
tante tradicin que se prolonga hasta nuestros das. El apoyo y
la colaboracin de H.C. Hibbard, por un lado y de E.A. Ross
y John L. Gillin por otro, logr un clima intelectual que propici
la aparicin de esta escuela13. Su actividad en la direccin o pro-
mocin de programas de investigacin en gran escala determin
en buena medida el carcter de la sociologa rural americana. Esta
tuvo como rasgo preeminente una fuerte dimensin emprica, ca-
rente casi en forma total de unos presupuestos tericos rectores.
De igual manera, un elemento integrante de la naturaleza de la
" Otis D. Duncan, Rural Sociology coming of age,
Rural Sociology Vol.
XIX, 1954, pp. 1-12.
12 Entre stas cabe destacar la
American Country L:fe Association,
^que tuvo
como fundador y activo participante en su movimiento de asistencia al mundo
rural a un pionero de la sociologa rural; precisamente el introductor del
enfoque psicolgico en la misma, Ernest R. Groves. Este autor lleg a ser
catedrtico en la University of North Carolina. Entre sus obras se encuen-
tran
Using the Resources of the Country Church
(New York: Association Press,
1917), Rural Probleu of today
(New York: Association Press, 1918) y su ms
importante obra
The Rural Mind and Socia[ Welfare
(Chicago University Press,
1922), donde analiza distintos instintos como motivaciones del xodo rural.
13
Cuando H.C. Taylor, director del Departamento de Economa agra-
ria de la Universidad de Wisconsin fue, en 1919, nombrado Director del
Bureau of Agricultural Economics^^ del Departamento de Agricultura, cre
la
Division of Farm L:fe Studies y
Ilam a Washington a Galpin para que se
pusiera al frente de ella. Daniel D. Vidert,
Socio[oga Rural (Barcelona: Sal-
vat, 1960). Tomo I, p. 240. Para un detallado relato de las actividades de
organizacin y gestin de la sociologa rural de Charles Josiah Galpin cf.
Lowry Nelson,
Rural Sociology. Its Origins and Crowth in the United States
(Min-
neapolis:
Univ. of Minnesota Press, 1969), pp. 34-44.
48
sociologa de la vida rural es su conexin permanente con la Ad-
ministracin Federal del Estado.
La posicin esiratgica de Charles J. Galpin para reclutar in-
vestigadores y financiar estudios que permitieran la acumulacin
de multitud de materiales empricos surgi como consecuencia
de sus trabajos en la
Agricultural Experimental Station
de la Univer-
sidad de Wisconsin14.
Sin duda lo que coloc a Galpin en tal posicin fue la labor
de investigacin en su primera poca. En efecto, uno de los pro-
blemas centrales de los Estados Unidos a comienzos de siglo era
la situacin de las comunidades rurales. Exista la idea generali-
zada de que la comunidad rural, como un completo modo de vi-
da vinculado a la explotacin agrcola del suelo y en muchos as-
pectos en sntesis con l, se encontraba en trance de extincin.
Los estudios de C.J. Galpin sobre la delimitacin espacial de la
comunidad rural y las relaciones entre los centros urbanos y el
campo pusieron de manifiesto el estado de desorganizacin so-
cial en que se encontraban dichas comunidades, as como su r-
pida tendencia de extincin. Galpin acu el trmino de rurban
community' s como forma de asentamiento, resultado de la in-
tegracin de la ciudad y el campo como consecuencia de las pau-
tas de especializacin espacial que introduca en este medio el ti-
po de expansin econmica que la sociedad americana estaba ex-
perimentando. En una obra posterior,
Rural Life16, Galpin reco-
pila una gran cantidad de sus investigaciones previas, analizan-
do las influencias exteriores bajo las cuales se desenvuelve el agri-
cultor; el problema de la incomunicacin vinculado al tipo de tra-
bajo en la agricultura; el papel social de la mujer en la vida rural,
as como los distintos centros sociales de la comunidad rural, clubs,
iglesia, escuela, comercio y dems tipos de organizacin formal
a pequea escala. Por otra parte, los trabajos de Galpin sobre emi-
gracin rural-urbana tuvieron un gran eco y multitud de segui-
dores.
14 Otis D. Duncan,
Rural... op. cit. p. 6.
' s
Charles J. Galpin, The Social Anatomy of an Agriculture Commu-
nity,
Agricultural Exfierimental Station Research Bulletin,
University of Winscon-
sin. Madison, n 34, 1915.
16 Charles J. Galpin, Rura[ L:fe
(New York: Century, 1923).
49
Quiz la figura ms representativa, despus de Galpin, de la
Escuela de Wisconsin sea John Harrison Kolb. Su renombre re-
sult como consecuencia de haber realizado el primer de los lla-
mados Social Ecology Studies utilizando el mtodo de su maestro
(Galpin)" si bien ya era conocida sobre todo por los que reali-
zaban labores de animacin y extensin agraria18. Sin embargo,
fue ms tarde en 1935 cuando apareci su trabajo conjunto con
Edmund de S. Brunner, A Study of Rural Society que, a pesar de
las duras crticas por no tener un marco terico claro y por su
provinciano empirismo, lleg a ser el manual ms utilizado en
las facultades agrarias19.
Es difcil encontrar un conjunto de rasgos caracterizadores,
desde un punto de vista genrico, de esta es^uela con respecto
a las restantes que consideraremos despus. Y esto no solo por
la carencia de un mnimo contenido en cuanto a elaboraciones
tericas de carcter explicativo, sino por la persistencia de los rasgo
comunes bsicos en todas ellas. No obstante, como caractersti-
cas distintivas de la Escuela de Wisconsin desde su creacin (1920)
hasta la dcada de los cuarenta, pueden apuntarse las siguientes:
1) La bsqueda de un concepto de comunidad rural, operati-
vo, que permita delimitar y medir los distintos centros de la mis-
ma, reflejando el fuerte proceso de urbanizacin a que estas co-
munidades rurales estaban sometidas.
2) Sus estudios sobre la emigracin rural-urbana recogiendo
la interesante tradiccin intelectual marcada por E.J. Ravenstein,
'^ Estos trabajos de Kolb fueron secundados por estudios anlogos de
Carle C. Zimmernan, Carl C. Taylor, E.D. Sanderson y Warren S. Thomp-
son, autores todos ellos que consideraremos ms adelante.
18 De 1824 a 1928 J.H. Holb en colaboracin con Arthur F. Wileden,
realiz tres importantes trabajos en este campo: Special Interest Groups
in Rural Society; Rural Community Organization Handbook yMaking
rural Organization Effective todos ellos publicados en Wisconsin Agricultural
Experiment Station Bulletin.
' y J.H. Kolb y E. de S. Brunner, A Study of Rural Society, (Boston:
Houghton Mifflim, 1935). Hay ediciones en Wesport, Connecticut: Green-
wood Press en 1946, 1952 y 1971). La obra ms importante de Kolb apare-
ci, empero, aos despus: J.H. Kolb, Emerging Rural Communities. Group Re-
lations in Rural Society. A Reaiew of Wisconsin Research in Action (Madison: Uni-
versity or Wisconsin Press, 1959).
5 0
George Hansen, Otto Ammon y otros. Tradicin que sera con-
tinuada hasta nuestros das20.
3) La creacin de una metodologa de recogida de datos para
caracterizar las comunidades rurales (Social Ecology Studies) que
tendra una importante repercusin en el resto de las escuelas.
Quiz, de estos tres, el rasgo clave donde se centran los es-
fuerzos de los investigadores de esta Escuela sea el concepto de
comunidad. Esto no es un. mero capricho intelectual; al contra-
rio, responde a toda una concepcin ideolgica que acepta un de-
terminado modelo de desarrollo en el que la concentracin de la
poblacin, consecuencia de la industrializacin urbana, crea unos
inevitables desajustes en el mundo rural que deben ser corregi-
dos rpida y cientficamente. EI estudio de las comunidades ru-
rales es la forma ms adecuada de mitigar los altos costes sociales
inherentes a este tipo de industrializacin.
La tesis de Galpin^sobre el declinar del hombre del azadon
supuso una clara ruptura con el sueo de un utpico campesi-
nado en una era atmica que rompe la idea buclica de clrigos
y educadores sobre una vida rural superior.
La influencia del pensamiento de la cabeza inicial de este gru-
po, el economista agrario H.C. Taylor parece haber sido decisi-
va en algunos aspectos. As su tesis sobre los rasgos que definen
la forma que tiene de trabajar el hombre y la forma que tiene
de producir la tierra respecto a la determinacin a largo plazo
de la identificacin del hombre con la tierra jug un papel muy
importante en esta escuela, especialmente en lo que respecta a
John Harrison Kolb y Willians Edward Garnett21.
El pragmatismo de esta plataforma intelectual toma sentido
en sus anlisis a nivel de comunidades rurales. Como ya hemos
apuntado anteriormente se deben a Galpin los mayores progre-
sos en este sentido; as, al delimitar las reas donde los agriculto-
res mantenan ms frecuentes contactos sociales (iglesias, clubs,
compras de artculos del hogar, operaciones con bancos, escuelas
20 Los trabajos de Glenn V. Fuguitt, A. Eugene Havens, Stephen H.
Tordella y Paul R. Voss son un claro exponente de esta continuidad. Cf.
Department of Rural Sociology, Bibliography 1975 -1979(College of Agricul-
tural and Life Sciences University of Wisconsin-Madison, May 1980).
2' Otis D. Ducan, Rusal Sociology... op. cit. p. 6.
5 1
y todo tipo de servicios) observ que la comunidad fundamental
est integrada de multitud de comunidades con un fuerte carc-
ter de inestabilidad22
El anlisis de las relaciones campo-ciudad a nivel local, bus-
cando detectar los centros de vida comunitaria y su articulacin
y reforzamiento en la organizacin comunal cubre una parte im-
portante de los esfuerzos realizados por este grupo de investiga-
dores de la vida rura123.
Los estudios realizados en este sentido en la Universidad de
Wisconsin aportan una incalculable riqueza de datos sobre los dis-
tintos posibles centros de las comunidades rurales24. Toda esta
acumulacin de materiales empricos no se traduce, empero, en
una formulacin terica que cualitativamente caracterice la co-
munidad rural. La ausencia de pesquisa terica es una trgica
constante no solo en la escuela de Wisconsin sino, como veremos
ms adelante, en la tradicin terica de la vida rural americana.
2.2. La Escuela de Cornell: La Entomologa Sociolgica
An cuando la Escuela de Cornell surge en torno a la figura
de Ezra D. Sanderson, ste recoge el legado terico de varios auto-
res que conviene considerar. Estos actuaron como precedentes,
primero, y, en cierto sentido, inspiradores sin una colaboracin
directa despus, en la conformacin de esta tradicin intelectual.
Entre ellos estn Warren
H. Wilson, John M. Gillette y Newell
L. Sims25.
En las dos ltimas dcadas del pasado siglo aparecen, casi en
22
Charles J. Galpin, The Social Anatomy of an Agriculture Commu-
nity, Agricultural Exfierimenl... op. cil. p. 18.
23
En este sentido merecen citarse los estudios del catedrtico de socio-
loga de la Universidad de Tulane, Augustus W. Hayes, Rural Community
Organization (Chicago University Press, 1921) y su Rural Sociology (New York:
Longmans Green, 1929) donde recoge multitud de trabajos realizados pre-
viamente y publicados en el Tulane Uniaersity Research Bu[letin.
24 En este sentido cf. J.H. Kolb, Rural Primary Groups^^ y<^Service Re-
lations of Town and Country eri Agricultural Experimenta[ Station Research Bu-
I[etin, University or Wisconsin n 51, 1921 y n 58, 1923 respectivamente.
25
Otis D. Duncan, Rural Sociology... op. cit. p. 7.
5 2
forma simultnea, cursos de sociologa rural en varias facultades
de agricultura. Sin embargo, sta no aparece en forma especfica
en los Departamentos de Sociologa. Uno de los primeros soci-
logos que introduce el estudio de la vida rural en sus programas
de investigacin es el profesor Franklin M. Giddings quien des-
de su ctedra de la Faculty of Political Science interesa a sus
estudiantes en el anlisis sociolgico de las comunidades rurales.
El ms aventajado discpulo de Giddings que analiza los pro-
blemas de la vida rural fue Warren H. Wilson, notable clrigo
que, aunque incluyendo en su pesquisa ciertos elementos confe-
sionales, comienza a utilizar las herramientas de la sociologa pa-
ra estudiar las cuestiones rurales. Entre sus trabajos cabe desta-
car Quaker Hill y The Evolution of the Country Community
teidos am-
bos de un fuerte espritu de reformismo socialzb.
Ya nos hemos referido con anterioridad a John M. Gillete por
su carcter precursor. Su influencia sobre la Escuela de Cornell
garece evidente sobre todo en lo que respecta al enfoque cons-
tructivo de la sociologa rural. Quiz el rasgo ms distintivo de
este carcter sea el considerar a la sociologa rural como una cien-
cia aplicada, mientras que la sociologa general era una ciencia
terica^' . Esta diferenciacin se refleja no solo en un empiris-
mo acusado sino en la falta de unos presupuestos tericos que en-
marquen esta dimensin aplicada teida, por otra parte, de una
clara vocacin asistencial.
Todo esto hizo que muchos autores centraran su anlisis en
la bsqueda del objeto aplicado de la Sociologa Rural. Un im-
portante autor, en este sentido, fue Horace B. Hawthorn quien
acua el concepto de socializacin rural28 como objeto de esta
disciplina. Este concepto a pesar de su ambig^edad y posiblemente
por el intento de perativizar uno de sus aspectos medibles en
unidades de contacto personas-hora, tuvo una gran aceptacin
entre diversos autores. De entre ellos debemos destacar a Newel
L. Sims, a quien pasaremos a considerar.
26
El primero de ellos es su Ph.D tesis supervisada por el propio Gid-
dings y el segundo publicado en (Boston: PilgrimPress, 1912).
Z' John M. Gillete, Ru^al Sociology
(New York: Mac Millan, 1923, 2a
ed.) p. 6 citado en Lowry Nelson,
Rural Sociology. Its... ofi. cit. p. 205.
28 Socilogy of Rura[ Life
(New York: Century, 1926) p. 66.
5 3
La socializacin rural consista para Sims en la utilizacin de
los conocimientos cientficos para la reconstruccin de una nue-
va sociedad rural. Tal reconstruccin de la presumible vida rural
decadente se haca sin introducir ningn elemento crtico en la
perspectiva de la pesquisa utilizada y sobre todo sin analizar las
causas de dicha decadencia, vinculadas al proceso de industriali-
zacin. Un claro ejemplo de esta actitud intelectual puede obser-
varse en el enfoque al que Newell L. Sims llam unitario. En l
se trataba de resumir la completa situacin sin ignorar una mul-
tiplicidad de causas y fases. De acuerdo con esta perspectiva el
problema rural surge de la inestabilidad social y su solucin resi-
de en un proceso de estabilizacin29.
Quien propicia la gnesis de la Escuela de Cornell es el agr-
nomo George F. Warren, ya que desde su ctedra de Economa
agraria atrae a Ezra D. Sanderson. Este a la edad de 39 aos y
despus de ser un conocido entomlogo realiz un Ph. D en So-
ciologa en la Universidad de Chicago de 1917 a 1921. As se crea
para l en Cornell la primera ctedra de Sociologa Rural. Ya
antes, y no podemos dejar de referirnos a ello, se haban llevado
a cabo los trabajos iniciales que configuraron el grupo de Cor-
nell. Warren dirigi una investigacin en 1909 sobre el coste de
la vida en Livingston Country en el que se entrevistaron a 106
familias de agricultores: Los resultados de este estudio le movie-
ron a organizar otra investigacin en este mismo rea, eligiendo
a Ellis Lore Kirkpatrick30 como responsable de la misma. Du-
rante 1920-21 se encuestaron a 295 familias con propiedades agr-
colas y a 107 familias arrendatarias31. Estos trabajos tuvieron
una gran repercusin en aquellos aos y jugaron un importante
papel en la formacin de esta Escuela, que qued consolidada me-
29
Newell L. Sims, Elements of Rural Sociology (New York: Crowell, 1928).
Fue este autor quien aos ms tarde introdujo la perspectiva dinmica si-
tuando el concepto de cambio social en el centro de la pesquisa de la sociolo-
ga rura] Cf. N.L. Sims, The Problems of Social Change, (New York: Crowell,
1939).
30 Este investigador, que sera otra de las figuras destacadas de esta Es-
cuela, fue el primer doctorado en Sociologa Rural en la Universidad de
Cornell utilizando para la realizacin de la misma los resultados de aquella
investigacin.
i^ Otis D. Duncan, Rural Sociolo,^y Coming... op. cit. p. 7.
5 4
diante la posterior vinculacin de Sanderson con la Administra-
cin Federal Agraria.
Desde la unidad de investigacin de la Divisin of Research
and Statistics de la Federal Emergency Relief Administration San-
derson organiz una red de equipos dirigidos por especialistas en
sociologa rural que ya en 1934 cubra treinta y cuatro estados.
El apoyo financiero federal creado por el gobierno para proteger
la sociologa rural fue tal que los gastos en sociologa rural en
un ao igualaron la cantidad gastada por todos los
State Agricultu-
ral Colleges
en aquellos ltimos cinco aos, y ms que la
Diaisin
Farm Population and Rural Welfare
haba gastado en sus 15 aos de
existencia 32. Su reconversin a la sociologa desde la entomolo-
ga queda reflejada en su obra que posee una notable originali-
dad33 an cuando, como el resto de la produccin sociolgica ru-
ral de la poca, posea un bajo nivel terico. En efecto, sus cono-
cimientos en el terreno de la biologa le llevaron al intento de aplicar
algunos mtodos de su campo de saber a su nueva disciplina. Su
ms destacado logro en este sentido fue el desarrollo de una clave
para clasificar y describir los grupos humanos, en forma anloga
a la de las claves que se utilizan paza identificar especies de ani-
males y plantas34. Sus trabajos contribuyeron en gran medida
a la creacin de la conocida tradicin sociolgica en la especiali-
dad de sociologa rural en la Cornell University35, que ha lleva-
do a que se la considere como la Escuela de Cornell.
Si hubiera que buscaz unos rasgos caracterizadores de esta co-
32
Ezra D. Sanderson, Status and Prospects for Research in Rural Li-
fe under the New Dial
American,Journal of Sociology
Vol. 41, Septiembre, 1935;
pp. 180-193.
33
Entre otros cabe citar: E.S. Sanderson,
The Rural Community (New
York: Ginn, 1932);
Rural Community Organization
(New York: Wiley, 1939)
con Robert A. Polsony Leadership for Rural L:fe
(New York: Association Press,
1940).
34 Lowry Nelson,
Rural Sociology. Its Origins and Crowth... ofi. cit.
p. 57.
Los trabajos en los que desarrolla estas ideas son Group Description y.A
Preliminary Group Classification Based on Structure^^, ambos en
Social For-
ces,
n 16, Marzo 1938; pp. 309-319 y n 17, Octubre 1938; pp. 196-201,
respectivamente.
3s
De ella salieron por aquellos aos figuras tan brillantes como Warren
Simpson Thompson, Bruce L. Melvin y Walfred Albin Adnderson.
5 5
rriente de la vida rural deberamos citar como ms desta
^ables
los siguientes:
1) El carcter aplicado de la sociologa rural como disciplina des-
tinada a construir una sociedad rural nueva. An cuando esta
caracterstica apareciera tambin en la Escuela de Wisconsin el
rasgo distinto de esta corriente radica en la bsqueda de justifi-
cantes tericas inmersas en el propio objetivo de la disciplina.
2) Una mayor preocupacin por conceptualizary definir los pro-
blemas analizados que, probablemente, viene a significar, el techo
terico del anlisis conceptual de la tradicin terica de la vida
rura136
3) El intento de clasificar y describir los grupos sociales en base
a la elaboracin de tipologas significativas, creando as unos prin-
cipios taxonomtricos que hicieran comprensible la diversidad de
las situaciones sociales de la vida rural.
2.3. La Escuela de Minnesota-Harvard: Sorokin, el fracaso
de una promulgacin terica
Los orgenes de lo que se ha denominado como la Escuela de
Minnesota-Harvard tienen lugar al confluir inicialmente en la Uni-
versidad de Minnesota John Black (profesor de Economa Agra-
ria); F. Stuart Chapin (director del Departamento de Sociologa);
L.L. Bernard (profesor de Sociologa); F.B. Graver (profesor de
Teora Econmica); Alvin H. Hansen (profesor de Problemas La-
borales) y N.S.B. Gras (profesor de Historia Econmica), as co-
mo los recien graduados Charles R. Hoffer y Carle C. Zimmer-
man. Ello hace posible la formacin de un grupo que con carc-
36
Un ejemplo de lo que por entonces se consideraba como una mayor
sofisticacin son las formulaciones de Ezra Dwight Sanderson cuando dice
que una comunidad rural <^consiste en las relaciones recprocas de las perso-
nas y sus instituciones en el rea local en que viven en parcelas dispersas
y en ranchos o aldeas que forman el centro de s s actividades comunes.
E.D. SandersonRural Sociolo,qy and Rural Social Organization (New York:
John Wiley & Sons Inc., 1942), pp. 278-279. En esta misma lnea Cf. D.E.
Sanderson, The Farme^ and His Community (New York: Harcourt, 1922) ana-
lizando este tema Cf. tambin Newell L. Sims, The Rural Community. Ancient
and Modern (New York: Scribner, 1920).
5 6
ter interdisciplinario estudia los problemas de la vida rural. En
este contexto aparece en 1924 PitirimA. Sorokin", quien a pe-
sar de su fugaz paso por las ciencias sociales agrarias dejara, co-
mo veremos ms adelante, una mayor huella que todas las de-
ms figuras de esta Escuela. Debido a ello la Escuela Minnesota-
Harvard es probablemente la ms relevante de la tradicin so-
ciolgica de la vida rural. En efecto, este grupo de investigadores
agrarios lleva a cabo una serie de trabajos que, an cuando en
gran medida se centran en el anlisis de los aspectos econmicos
de la vida rural, tienen un cierto carcter interdisciplinario. As
de 1926 a 1928 John D. Bark y Carle C. Zimmerman publican
diversas monografas sobre la agricultura familiar en varias zo-
nas de Estados Unidos; Charles R. Hoffer38 y Bruce Price reali-
zan un importante estudio sobre las relaciones econmicas y los
centros de mercado en las comunidades rurales y T. Lynn Smith
comienza a mostrar las potencialidades que despus desarrolla-
ra en las Universidades de Louisiana State, Vandesbiet y Florida que
tanta repercusin tendra n la introduccin de la sociologa de
la vida rural en Latinoamrica39. La denominacin de Escuela
Minnesota-Harvard a esta corriente sociolgica de la vida rural
37
Durante la revolucin rusa Pitirim A. Sorokin fue encarcelado y sen-
tenciado a muerte, pena que ms tarde le fue commutada por el exilio. Des-
pus de dos aos en Checoslovaquia se traslad a Estados Unidos, donde
]leg a ser profesor de sociologa de la Universidad de Minnesota; all escri-
bioSocial Mobility (
New York: Harper, 1927)
y Contemporary Sociological Theo-
ries (
New York: Harper, 1928). Esta ltima obra <^es quiz el mejor estudio
sistemtico de teora sociolgica producido en Amrica^^, Don Martindale,
La Teosa Sociolgica (
Madrid: Aguilar, 1968), p. 134. Para una breve pero
analtica exposicin de su obra cf. Nicholas S. Timasheff, La
Teora Sociol-
ga. Su naturaleza y desanallo (Mxico: F.C.E., 1965), pp. 293-301.
38
Este investigador jugara un importante papel en la tradicin socio-
lgica de la vida rural al realizar el primer estudio de difusin de innovacio-
nes (<^Acceptance of Approved Practices Among Farmers of Dutch Desceno^,
1942) que tanta trascendencia tendran en esta corriente intelectual y que
constituiran probablemente su aportacin ms importante al pensamiento
social agrario.
39
Para una biografa de este relevante socilogo de la vida rural
Cf. ^^T.
LynnSmith: Personal Story enStud^s in Sociology/Estudios en Sociologw (Buenos
Aires:
Omeba, 1976) Tomo 3, pp. 382-385.
5 7
se debe a que sobre los aos treinta L.L. Bernard, N.S.B. Gras,
Hohn D. Bark, Pitirim A. Sorokim y Carle C. Zimmerman coin-
cidieron de nuevo como profesores en la Universidad de Harvazd,
manteniendo adems un fuerte intercambio de profesores y alum-
nos con los departamentos sociales-agrarios de la Universidad
de Minnesota, realizando adems varias investigaciones conjun-
tas40.
La cabeza del grupo en Minnesota fue Lowry Nelson,
quien sustituy a Bark en su ctedra.
Sin embazgo, como ya hemos adelantado, la mayor transcen-
dencia de esta escuela se debe a Pitirim A. Soroki. La abundan-
te, pero poco sustanciosa, literatura sociolgica de la vida rural
americana se ve repentinamente enriquecida de 1929 a 1932 por
su trabajo. Este autor con la ayuda de Cazle C. Zimmerman pu-
blica dos obras que vienen a significar un radical viraje en el con-
tenido de la naciente Sociologa Rural. En 1929 aparece
Princi-
ples of
Rural-Urban Sociology
y de 1930 a 1932 los tres. volmenes
de una obra que por su naturaleza, contenido y pretensiones es
considerada todava hoy como una de las ms valiosas aportacio-
nes a la disciplina y, sin duda, el ms completo tratado de los
aspectos sociolgicos de la vida rural; nos estamos refiriendo a
A Systematic Source Book ir Rural Sociology".
En el prefacio de esta extensa recopilacin
-
de ms de 2.000
pginas en sus tres volmenes- se puntaliza que la mayor parte
de las introducciones (
realmente valiosas), seleccioes y sistema-
40 Otis D. Duncan,
Rural Sociology coming... op. cit. p. 7.
4t
Esta obra fue escrita como consecuencia del seminario conjunto que
en 1924 iniciaron en la Universidad de Minnesota el economista agrario Carle
C. Zimmerman y el recin llegado joven socilbgo ruso Pitirim A. Sorokin.
Durante l Zimmerman se convirti a la Sociologa y Sorokim trabaj en
sociologa rural, campo que no volvera a tocar. Sin embargo, tan fugaz to-
que dejara inscrito su nombre en la primera lnea de la tradicin sociolgi-
ca rural. A1 parecer este trabajo fue realizado con anterioridad
al Principles
of Rural-Urban Sociology y
su posterior publicacin se debe al rechazo de Gal-
pin el verano de 1927 a financiar tal trabajo, que aos ms tarde sera pu-
blicado con su firma. Carle C.
Zimmerman, Memoirs; How They Becane
Rural Sociologists, Lowry Nelson,
Rural Sociology. Its Origins and Growth...
op. cit., pp. Galpin, My Drift into Rural Socialogy (Baton Rouge: Louisiana
State University Press, 1938), pp. 51 y ss.
5 8
[Link] material y, en general, la mayor parte del trabajo del
Source Book fue realizado por el
Profesor Pitisim A. Sorokin.^ paza des-
pus especificar las consideraciones que movieron a los autores
a realizar dicho trabajo. Estas motivaciones son, en realidad, un
intento de delimitacin conceptual y reformulacin terica del con-
tenido de la sociologa. Lo que se pretenda con esta obra es equi-
librar la actualidad de la economa agraria como una disciplina
educacional y de gua para la accin pblica en Amrica42. Paza
ello lo que se requiere es dar un mayor nfasis a una slida socio-
loga rural. Es necesario que el contenido de sta, tanto en su ima-
gen popular como acadmica est integrado por hechos de un in-
dudable carcter sociolgico, cosa que hasta entonces estaba muy
lejos de suceder. Se pretende as legitimar la sociologa rural no
proclamando su cientificidad como rama de la sociologa gene-
ral, sino hacindola en realidad parte de sta con el pensamien-
to y la teora de la sociologa rural de Europa y Asia43, ya de
gran nivel cientfico por aquel entonces, especialmente en Rusia,
donde los problemas rurales eran estudiados con un cierto enfo-
que multidisciplinario.
El esfuerzo de Sorokimes la primera gran tentativa de ins-
taurar el principio de la acumulacin cientfica sin prejuicios ideo-
lgicos en las ciencias sociales agrarias en Estados Unidos. Es de
lamentar, empero, que de los excelentes anlisis tericos sobre
la estratificacin social agraria; la evolucin del capitalismo en
el campo; las relaciones interclases a nivel local y la naturaleza
de la economa campesina presentados, entre otros temas^, tan
solo recibiera continuacin el establecimiento de una dicotoma:
la de las diferencias rural-urbanas. Esta dicotoma se formul no
en trminos del establecimiento de una o vazias caractersticas di-
ferenciadoras, sino como una combinacin de varios rasgos in-
42 Pitirim A. Sorokim, Carle C. Zimmerman y Charles J. Galpin, A Syste-
malic Source Book in Rural Sociolo,qy (New Yor: Russell & Russell, 1965, 1 ^
ed. 1930), Tomo I, p. vii.
43
I2d p. V11.
^ De tericos rusos como M.J. Tugan-Baranowsky, N. Lenin, V. Ka-
rraiski y I. Nusinoff o como A.V. Tschaianoff redescubierto cuarenta aos
ms tarde en Estados Unidos, cf. Alexander V. Chayanov. T!u Theory of Pea-
sant Economy. la ed. Mosc, 1925 (Homewood III: The American Econo-
mic Association. Richard D. Ipwin Inc., 1966).
5 9
terconectados en una construccin sociolgica con el nombre del
continuum rural-urbano45 .
El enfoque de esta elaboracin terica consiste en considerar
que la transicin de una comunidad puramente rural a una
urbana... no se realiza en forma abrupta, sino de una mane-
ra gradual, de tal suerte que no hay una lnea fronteriza abso-
luta que mostrara una clara divisin entre una comunidad rural
y una comunidad urbanv>^. Existen, empero, una serie de cons-
tantes que a lo largo de la historia se han caracterizado como las
diferencias ms importantes entre el mundo social rural y el
mundo social urbano y que en forma esquemtica pueden re-
sumirse como sigue47: El mundo social rural puede identificarse
por el trabajo agrario, pequeas comunidades, baja densidad de
poblacin, relativamente baja heterogeneidad y diferenciacin es-
tratificacional, escasa movilidad social tanto vertical como hori-
zontal y por relaciones personales y duraderas basadas en una
interac^
in primaria. El mundo social urbano sera en forma an-
loga recompuesto constituyendo un marco terico con los otros
extremos de las mismas variables' s.
El que nos hayamos detenido a considerar el
continuum rural-
urbano
se debe, como ha sido sealado ms arriba, a que sta es,
prcticamente, la nica construccin analtica de la tradicin so-
ciolgica de la vida rural que recibe una continuidad por otros
45 Cf. PitirimA. Sorokimand Carle C. Zimmerman,
Principles of Rura[-
Urban Sociology (New York: Holt, 1929); pp. 13-15.
461bid., p. 14.
47 Ibid.,
pp. 15-58. Una ms brillante exposicin de estas diferencias
puede verse en PitirimA. Sorokim, Carle C. Zimmerman and Charles J.
Galpin,
A Systematic Source Book in Rural Sociology,
(New York: Russell & Rus-
sell, 1965, la ed. 1930, Tomo I pp. 186-242, donde se presenta un excelen-
te resumen (pp. 239-241) del que tomamos el esquema del texto.
48 Es importante resaltar que estas variables estn interconectadas en
una multicausacin circular, tanto entre ellas junto con otras muchas de ca-
rcter secundario. Adems, las variables principales estan tambin someti-
das a una gradacin causal. As, la primera y principal caracterstica de una
comunidad rural sera la prevalencia ocupacional agraria; de ella, con dife-
rentes nexos causales, surgiran las dems. Cf. PitirimA. Sorokin and Carle
C. Zimmerman,
Principles of Rural-Urban... op. cit. p. 16.
60
autores49. Lo que interesa resaltar a efectos de nuestro estudio es
que la obra de Sorokin y Zimmerman supone una clara ruptura
en la corriente de pensamiento que venimos considerando y esto
no por su especfica aportacin terica; con serlo, dado el carc-
ter descriptivo y dogmtico de la produccin anterior a ellos, lo
es ms por tratar de incluir los estudios sociales europeos en la
investigacin rural. Su esfuerzo aislado y olvidado supone un ex-
celente intento de promulgacin terica y el rasgo sobresaliente
de esta tradicin terica.
Los aspectos ms relevantes que podran fijarse como carac-
terizadores de la Escuela Minnesota-Harvard son los siguientes;
1) El intento, fallido como acabamos de mostrar, de introdu-
cir el pensamiento europeo de estudios agrarios en la sociologa
de la vida rural. Y cuyo fracaso es, bsicamente, atribuible a las
presiones del medio social e histrico en que se desenvuelve el
contexto intelectual americao. Es muy probable que el abando-
no de Sorokin de la sociologa rural se debiera a las dificultades
que le ocasion el presentar al mundo acadmico americano los
trabajos de Lenin, Chayanov y otros autores marxistasso
2) La insercin en la dimensin terica de la vida rural de con-
ceptos y construcciones que recogen el legado de la sociologa de
los clsicos, as como de una mayor preocupacin por las raices
histricas de los problemas rurales.
3) El inicio de los estudios de difusin de innovaciones que,
como ya hemos apuntado, constituyen uno de los aspectos ms
relevantes de la contribucin de esta tradicin sociolgica de la
vida rural al pensamiento social agrario.
' y Los trabajos de Charles R. Hoffer y T. Lynn Smith permiten peri-
bir un dbil poso de la obra de Sorokin y Zimmerman, especialmente de
este ltimo, discpulo de ambos que intenta con gran entusiasmo pero con
menor xito continuar la obra de sus maestros. Cf. Charles R. Hoffer, In-
troduction to Rural Socio[ogy (New York: Richard R. Smith, 1930), T. Lynn
Smith, The Sociology of Rura[ Life (New York: Harper, 1940).
so
Y esto a pesar de su odio al bolchevismo y de la clara dimensin con-
servadora que subyace en toda su obra terica. Lo cual no justifica los des-
proporcionados ataques que Sorokin sufre de determinados autores marxis-
tas cf. por ejemplo Marvin Harris, quien afirma que desde [Link]
antropolgica, la historia tiene la obligacin de tratar con ms dureza a So-
rokin cf. E[ desanollo de la teoria... op. cit. p. 89.
61
El rasgo central de las tres corrientes de la sociologa de la
vida rural es la produccin en gran escala de datos para anali-
zar las cuestiones de que se ocupan, con el poderoso apoyo eco-
nmico federal y bajo su no menos poderosa supervisin. Ya he-
mos indicado como Galpin en Wisconsins' y Sanderson en Cor-
nell realizaron importantes programas para el Departamento de
Agricultura Federal y basaron sus investigaciones en la financia-
cin del Estado. Zimmerman, Hoffer y Smith de Minnesota-
Harvard realizaron igualmente trabajos, tanto en el extranjero
(Tailandia, Brasil y Colombia) como en el interior del pas den-
tro de los programas gubernamentales. Estas tres corrientes reci-
bieron, pues, un fuerte impulso de la administracin agraria ame-
ricana, siendo muchos de sus investigadores funcionarios de la
misma durante varios perodos.
Una figura que, fuertemente vinculada a la burocracia esta-
tal, puede considerarse un punto de unin entre las tres Escuelas
es Carl C. Taylor. El trabaj con investigadores de Wisconsin
y Cornell en varios programas federales agrarios; influy en la
formacin de Zimmerman, a quien se llev a la Universidad de
North Carolina State antes de que se integrase en el grupo de
Minnesota-Harvard y jug, en definitiva, a travs de su obra un
importante papel en el pensamiento terico de las citadas escue-
las.
Este fue sin duda uno de los ms prestigiosos socilogos de
la vida rural. Sus ms destacables actividades se llevaron a cabo
desde cargos pblicos. As organiz, como director de la Secreta-
ra de Agricultura, en 1940 un programa para explorar el nivel
de estabilidad de las comunidades rurales americanas52. El pro-
51
Desde 1925 en que se aprob la Ley Purnell (Purnell Act) la sociolo-
ga rural ha estado fuertemente vinculada a la Administracin Federal, cf.
D. Vidart, Sociolaga Rural... op. cit.,
pp. 240-244. Don Martindale, Ameri-
can Society
(New York: D. Van Nostrand Co., 1960), cap. IV. Wayne C.
Rohrer and Louis H. Douglas,
The Agrarian Transition in America (New York:
The Bobbs-Merrill C. Inc., 1969) pp. 79-104. Lowry Nelson,
Rural Socio-
logy. Its Origins... op. cit., pp. 85-100.
52
Cf.
Olen Leonard y C.P. Loomis, El Cerrito, New Mexico^>; Earl
H. Bell Sublette, Kansas^>; Edward Omoe y Carl C. Taylor Irwin, Iowa>^;
Walter M. Kollmorgen The Old Order Amish of Lancas[er Country, Penn-
62
fesor Taylor, titular de sociologa rural y economa en North Ca-
rolina State, sucedi a Charles J. Galpin en la direccin de la Di-
aisin Farm Population de 1937 a 1953 y desde que se reincorpor
a la Administracin Federal del Estado, cuatro aos antes, se de-
dic incansablemente a fomentar e impulsar la investigacin en
sociologa rural desde las esferas administrativas. La revisin de
su libro Rural Sociology, que inicialmente public en 192653, est
considerado como uno de los mejores manuales del perodo ante-
rior a 1950. Muestra una clara influencia de Sorokin y Zimmer-
nan, tanto al poner ms nfasis en las races histricas de los pro-
blemas que trata como por la utilizacin de gran cantidad de da-
tos del Systematic Source Book in Rural Sociology. Aun cuando Carl
C. Taylor dedic la mayor parte de su carrera profesional a tra-
bajos de tipo administrativo, su actividad en pro de los estudios
de sociologa rural y sus anlisis sobre el movimiento de agricul-
tores en Estados Unidos le situan en un destacado lugar de la so-
ciologa de la vida rural americanas' .
En general todos los autores coinciden en calificar el perodo
de los aos 20 y 30, es decir, en el que se forman las tres escuelas
como aquel en que la sociologa rural aparece como disciplina in-
dependiente y consigue, adems, una rpida expansin55. En l
se da una apasionada defensa de la cientificidad de esta discipli-
na, que trata de legitimarse como ciencia. Sin embargo, ni el de-
seo ni la delimitacin de un rea del conocimiento -en este caso
un tanto confusa an- en el deseo de sus definidores determi-
sylvania; Kenneth Macleish y Kimball Young Landaff, New Hampshire
y Wayne, Harmony, Georgia, publicados por el Unites States Dept. of
Agriculture en la serie Rural L:fe Studies en Novbre. (1941), Spbre. (1942),
Dicbre. (1942), Sepbre. (1942) y Enero (1943) respectivamente.
Ss Carl C. Taylor, Rural Sotiology (New York: Harper, 1933). Otro tra-
bajo en esta lnea recogiendo una gran cantidad de monografas sobre dife-
rentes estados realizados por sus colaboradores es Carl C. Taylor et. al Ru-
ral L:fe in the United States (New Yok: Knopf, 1949).
54 Carl C. Taylor, The Farmer's Moaement 1620-1920 (New York: Ame-
rican Book Co., 1950).
ss
A.K. Constandse y E.W. Hofstee, La sociologa rural en accin. (Roma:
FAO, 1965), p. 6. Boguslaw Galeski, Basic Concepts of Rural Socilo,^ (Man-
chester University Press, 1972), p. 1. T. Lynn Smith y Paul E. Zofp. Jr.,
Printifiks of Inductiae... op. tit. p. 12.
63
nan el contenido y carcter cientfico de una disciplina. Es, por
el contrario, el acervo terico, fruto de la acumulacin terica de
los autores, lo que define el autntico mbito del contenido de
un rea de conocimiento cientfico. En este sentido, no puede en
rigor afirmarse que la sociologa de la vida rural, en este perodo
de gestacin, pueda considerarse dentro de la tradicin sociol-
gica general, aunque as lo predicaran sus defensores. En efecto,
su orientacin era fuertemente descriptiva, en muchos aspectos
identificable a la de la economa agraria y su enfoque se centraba
bsicamente en inventariar los problemas de la vida rural ameri-
cana, tan rpidamente cambiante por entoncessb
El espritu asistencial o, como puede ser definido en trminos
ms formales, el carcter constructivo de la sociologa rural su-
pone la bsqueda de la que Vogt llam civilizacin cientfica para
el campo como ideal deseable a cuya consecucin coopera la so-
ciologa rural. Se trataba de un reformismo humanitario que, en
palabras de Lindstrom, pretende equilibrar la objetividad aca-
dmica con la direccin y ayuda al funcionario y trabajador pro-
fesional. As el conocimiento de los orgenes, desarrollo y mani-
festaciones de los asuntos de la vida rural da al socilogo rural
una base de trabajo que le permite asistir en la interpretacin y
direccin de la sociologa rurals' . No se trataba de analizar los
problemas generados en una sociedad rural tan rpidamente cam-
biante; criticando y cuestionando el proceso de acumulacin de
poder en los centros urbanos. Ni de denunciar la desorganiza-
cin social y el coste humano que tal cambio supone para las co-
munidades rurales. Por el contrario, lo que estaba sucediendo por
sb
Es de destacar que una de las obras maestras de la sociologa y sin
duda el primer gran clsico de la sociologa rural fuese totalmente descono-
cido por los autores de este perodo, a pesar de haber sido publicada en Es-
tados Unidos por aquellds aos. Estamos refirindonos obviamente a Wi-
]liamI. Thomas y Floriari Znaniecki, The Polish Peasant in Eurofie and America
(New York: Octagon Books, 1974). Dos tomos. La primera edicin apare-
ci entre 1919 y 1920.
s' A.W. Hayes, RuraUCummunity Organization (Chicago University Press,
1921) pp. 1-2. Cf. Paul V. Vogt, Introduction to Rura[ Sociolugy (New York:
Appleton, 1917); J. Gillete, Ru^al... op. cit. passim; Carl C. Taylor Rural
Suciulugy (New York: Ha ^per, 1933), David E. LindstromAmerican Rura[ Li-
fe (New York: Roland Press, 1948). p. V.
64
entonces era el inicio de una estrecha colaboracin entre la in-
vestigacin y el gobierno, que tutela y dirige sta, para mitigar
los problemas de desajuste ocasionados por el crecimiento del ca-
pitalismo agrario en la sociedad rural, como consecuencia de las
mutaciones sociales imprescindibles para llevar a cabo el tipo de
desarrollo econmico elegido. El modelo de desarrollo agrario re-
sultante precisaba introducir la ciencia en la agricultura. Por en-
tonces, en los Estados Unidos se cre toda una red de `land grant'
colleges para suministrar los medios necesarios para esta gran trans-
formacin tecnolgica de aplicacin de la ciencia al servicio del
agricultor, a base de realizar investigaciones sobre los tipos de
suelo, y educar a su hijo en las Escuelas de Agricultura de dichos
colleges. Fu en este contexto en el que naci el estudio cientfico
de los problemas del campo en transformacin y ello di a la so-
ciologa rural su carcter distintivo. Su pobreza terica, conse-
cuencia de su provincianismo localista y etnocentrismo ideolgi-
co, fue exportada a partir de los aos cuarenta a varios pases
latinoamericanos. Sin embargo, cuando se ha tratado de aplicar
su tecnologa social agraria del entusiasmo por las agriculturas
intensiva y mecanizada y del populista desarrollo comunitario
-tan americanos como la tarta de cerezas- ha resultado ser sin-
gularmente irrelevante e inadecuada58.
Tanto desde un punto de vista terico como en sus resultados
prcticos la sociologa de la vida rural no se integra a la tradicin
sociolgica hasta los aos cincuenta en que adopta, por un lado,
58 Teodor Shanin y Peter Worsley Editors' Preface^^ en Boguslaw Ga-
leski, Basic Concepts of Rural Saciulagy (Manchester University Press, 1972)
p. V. cf. edicincastellana revisada y aumentada por el autor: Sociologa del
Campesinado (Barcelona: Pennsula, 1977).
T. Lynn Smith, Carl C. Taylor, Olen E. Leonard, Charles P. Loo-
mis, Nathan L. Whetten, Lowry Nelson y George L. Wheten, entre otros,
realizaron importantes investigaciones sociolgicas de carcter gubernamental
en Argentina, Bolivia, Brasil, Costa Rica, Cuba, Guatemala, Mxico, Pa-
nam, Per y Venezuelay sentaron las bases de la sociologa rural en aque-
llos pases creando as numerosos satlites tericos de la tradicin sociolgi-
ca de la vida rural en aquellos pases. Cf. Lowry Nelson, Rural Sociolo,qy Its
Origns... op. cit. pp. 141-149, Olen E. Leonard y Roy A. Clifford, La Sociolo-
ga Rural para los programas de auin (La Habana: Inst. Interamericano de Cien-
cias Agrcolas de la O.E.A., 1960) pp. 15-23.
65
determinados elementos de la antropologa y, por otro, el esque-
ma terico entonces hegemnico en el pensamiento social: el fun-
cionalismo.
3. LA ANTROPOLOGIA Y SU INCURSION
TEORICA EN LA SOCIOLOGIA DE LA VIDA
RURAL
Ya hemos sealado antes que la antropologa y la sociologa
rural en Estados Unidos tienen en su perodo de instauracin aca-
dmica, es decir, en las tres primeras dcadas del siglo dos carac-
tersticas comunes: su desprecio por la teora y su psicosis emp-
rica por la acumulacin de datos. Sin embargo, ambas discipli-
nas aceptaron una ntida divisin acadmica de trabajo: mien-
tras que los socilogos de la vida rural se centraban en el estudio
de las sociedades rurales civilizadas, los antroplogos se hicie-
ron especialistas en las sociedades primitivas. El rbol que plant
Boas en Estados unidos posea una gran potencialidad: las pe-
queas minoras indias reprimidas y casi exterminadas, por un
lado, y las grandes minoras tnicas de negros, mexicanos y otros
emigrantes europeos, por otro, ofrecan un campo de observa-
cin que, con un mnimo contenido crtico, habra permitido ana-
lizar las trgicas condiciones sociales en que se desenvolvan. La
boasiana evitacin programtica de cualquier sntesis terica en
la estrategia bsica de la investigacin del relativismo cultural
cort sin embargo de raz estas potencialidades condenando al cul-
turalismo americano a la irrelevancia social y poltica, primero,
y a la caducidad cientfica despus.
Sin embargo, cuando en los aos treinta llegan a Estados Uni-
dos las corrientes del funcionalismo de la antropologa social bri-
tnica y algo ms tarde se desarrolla la corriente funcionalista psi-
colgica de cultuia y personalidad, varios antroplogos rom-
pen la divisin del trabajo sociolgico-antropolgico59. Ello, co-
5y Cf. Angel Palerm, H^toria de la Etnolo,ga (Mxico: CIS-INAH, 1977)
pp. 11-18. Para una buena exposicin de la corriente de c^ltura y personali-
dad cf. Marvin Harris,
E[ desanollo de la teora antropolgica (Madrid: Siglo
XXI, 1979) pp. 340-401.
66
mo veremos despus, supondra una cierta vigorizacin terica
para la tradicin sociolgica de la vida rural que en sus anlisis
de las sociedades campesinas, latinoamericanas preferentemen-
te, comienza a utilizar en la dcada de los cincuenta los hallazgos
de la antropologa funcionalista americana.
El primer antroplogo que realiza esta incursin terica es Ro-
bert Redfield, quien influido por el esplendor sociolgico de los
estudios de comunidades urbanas de la Universidad de Chicago
(en cuyo departamento de sociologa se form como antroplo-
go) inicia una serie de investigaciones en varias comunidades ru-
rales mexicanas. Siguiendo una sugerencia de su suegro, Ro-
bert E. Park, desarroll un modelo de sociedad rural con el fin
de realizar anlisis ms sistemticos de la transicin de las comu-
nidades rurales a las comunidades urbanasbo
Redfield lleva a cabo un estudio similar al de los antroplo-
gos sociales del funcionalismo clsico britnico pero, en lugar de
analizar culturas no occidentales de sociedades primitivas, se centra
en varias comunidades campesinas mexicanas61, prestando espe-
cial atencin a los cambios producidos en las mismas como con-
secuencia de las interrelaciones entre ellas y la civilizacin indus-
trial urbana. An cuando la mayora de los antroplogos ameri-
canos muestran indiferencia .por sus trabajos, en Chicago llega
a crear una importante escuela de antropologa no psimitiaa que poco
a poco comienza a dejarse sentir en esta disciplina.
Desde un punto de vista terico Robert Redfield, en el De-
partamento de Antropologa de Chicago, dedic sus esfuerzos in-
vestigadores a la construccin de un tipo ideal de sociedad rural,
que ha pasado a la tradicin sociolgica y antropolgica como la
Folk-Society. Esta elaboracin supuso el redescubrimiento del
60 Charles M. Leslie Robert Redfield en Enciclopedia lnternacional de las
Ciencias Sociales (Madrid: Aguilar, 1976) Vol. 9, pp. 144-146; p. 175.
61 Primero, en compaa de su mujer e hijos analiza una poblacin az-
teca prxima a Mxico(Tepoztand, a Mexican Village: A Study of Fulk Life. Uni-
versity Chicago Press, 1930) y despus ayudado por quien ms tarde sera
su discpulo y colega Alfonso Villas Rojas, entonces maestro rural, en cua-
tro comunidades yucatecas (Can Kom: A Maya Village. University of Chica-
go Press, 1962: 1 a ed. 1934 y T!u Falk Cu[tuse of Yucatan. University of Chi-
cago Press, 1941).
67
rural-urban continuum de Sorokin y Zimmerman, ahora re-
modelado bajo la denominacin del folk-urban continuum y su-
perado tericamente en su formulacin analtica.
La folk-society como tipo ideal es una sociedad tal que es pe-
quea, aislada, sin educacin formal, homognea y tiene un fuerte
sentido de solidaridad de grupo. Las formas de vida han adopta-
do un carcter convencional dentro de este sistema coherente que
llamamos `una cultura' . El comportamiento es tradicional, espon-
tneo, acrtico y personal; no existe legislacin o hbito de expe-
rimentacin y reflexin con miras intelectuales. La afinidad y,
ms concretamente, sus relaciones e instituciones son las categoras-
tipo de la experiencia y el grupo familiar es la unidad de accin.
Lo sagrado prevalece sobre lo secular; la economa tiene ms que
ver con el status que con el mercado62. No se trata de caracte-
rizar en forma precisa una determinada sociedad, sino de cons-
truir un modelo creado nicament porque gracias a l espera-
mos poder comprender la realidad. Su funcin estriba en sugerir
aspectos de sociedades reales que merecen ser estudiados, y espe-
cialmente sugerir hiptesis tales como aquello que bajo ciertas con-
diciones definidas pueda, en trminos generales, ser cierto acer-
ca de la sociedad63. Sin embargo el hecho de que la tradicin
sociolgica hubiera aceptado con un inusitado consenso la for-
mulacin del tipo ideal urbano aos antes64 el prestigioso y res-
petado precedente de las diferencias de Sorokin y Zimmerman,
y la clara continuidad que este modelo presentaba en su esencia
con los trabajos de Maine, Tnnies y Durkheimhizo que la aten-
cin sociolgica se centrara en el nuevo tipo de la idea folk-
society.
A1 contrario de lo que hasta entonces haba sucedido respecto
a la conceptualizacin del continuum rural-urbano que, si bien ha-
ba sido criticada, esta crtica no se vea respaldada por una clara
62
R. Redfield The Folk Society, The American Journal of Sociology Vol.
LII, n 4, Enero, 1947; pp. 293-308; p. 293.
63
Ibid., p.
195 Cf. tambin en este sentido R. Redfield
The Natural
History of the Folk Society Social Forces Vol. XXXI n 3, Marzo, 1953;
PP 224-228.
^ Louis Wirth Urbanism as a Way of Life American,Journa[ of Socio-
logy vol. XLIV, n 1, Julio 1938, pp. 8-20.
68
fundamentacin emprica65, el trabajo de Redfield fue replicado
en trminos de empiria por Oscar Lewis, abriendo un debate
cientfico que a la larga se revelara de una gran fertilidad y que
supondra la aparicin de construcciones tericas de nuevas y he-
rramientas de anlisis que replantearon la visin consensual y de
mera desorganizacin social de la sociedad rural; el comienzo de
una nueva orientacin intelectual.
Sigamos en el propio Redfield esta evolucin terica. Conti-
nuando el trabajo del prestigioso y heterodoxo antroplogo boe-
siano Kroeber, Redfield ve a los campesinos como rurales aun-
que vivan en relacin con el mercado de las ciudades; forman un
segmento de clase de una poblacin mayor que normalmente con-
tiene centros urbanos, y a veces, capitales metropolitanas. Cons-
tituyenpart-societies con part-cultures67. Sin embargo, esta part-
society que es el campesinado mantiene una relacin de status
con la lite que se encuentra sobre l. Esta lite puede ser el se-
or en las sociedades feudales, el dspota o sus visires en las so-
ciedades hidrulicas orientales o el latifundista en las sociedades
subdesarrolladas actuales, pero e cualquier caso crea una fuer-
te relacin de dependencia. Esta relacin no toma siempre las for-
mas de gobernador y gobernado o explotador y explotado, tal
como ha sido ejemplarizado ms arriba aunque elementos de este
tipo estn casi siempre presentes, muchas veces toma formas ms
complejas. Lo ms relevante de este autor, en el anlisis de la
sociedad rural, es que considera por primera vez que esta se en-
cuentra dentro de sistemas sociales ms amplios que generan sen-
timientos de superioridad e inferioridad y mantienen relacio-
nes de influencia. La cultura de una comunidad campesina est
en buena medida determinada por el sistema social global del que
6s
Cf. por ejemplo Neal Gros ^<Sociological Variation in Contemporary
Rural Life, Rusa[Sociology Vol. XII, n 13, sepbre., 1948; pp. 256-269. Ir-
ving A. Spaulding <^Sevendipity and the Rural-Urban Continuum, Rural
Sociology, Vol. XVI, n 16, Marzo, 1951; pp. 29-36.
66
Oscar Lewis, Life in a Mexan Village. Tepozland Restudied (Urbans Uni-
versity of Illinois Press, 1963, la ed. 1951).
67 A.L. Krceber, Anthropology (New York: Harcourt, 1948), p. 284. ci-
tado en Robert Redfield, Peasant Society and Cu[ture (The University of Chi-
cago Press, 1956), pp. 29-30.
69
forma parte; es decir, no es autnoma, y por tanto para conocer
el campesinado ha de conocerse tambin la otra part-society68.
A nuestro juicio, la importancia de la figura de Robert Red-
field no radica tan solo en el inters de su aportacin terica, que
hemos pretendido esquematizar en las pginas anteriores, sino
tambin en la situacin estratgica que ocupa dentro del pensa-
miento social agrario. Por un lado, constituye uno de los pione-
ros de la antropologa no primitiva; es decir, que estudia los
problemas sociales de las sociedades complejas y, pr otro, se en-
cuentra en el punto de partida de diversas corrientes tericas.
En efecto, el trabajo de Redfield supone el inicio de la corriente
antropolgica que se integra a otras corrientes que, procedentes
de la economa, la sociologa, la hi^toria y otras disciplinas, con-
figuran la tradicin intelectual que con el nombre de Estudios
Campesinos recupera el legado terico de la rica tradicin euro-
pea de estudios sobre el campesinado .que cubre la mitad del si-
glo XIX y comienzos del XX de los que son buenos ejemplos
Haxthausn y Maurer en Alemania, Maine y Seebohmen Gran
Bretaa, Kovalevsky y Chayanov en Rusia y Costa en
Espaa69. Por otra parte, Redfield incide en cierta forma en la
avalancha de estudios de comunidades rurales que aos ms tar-
de invadira el pluralismo terico de la antropologa social.
As desde el culturalismo psicologista de la Universidad de Co-
lumbia hasta el funcionalismo britnico, pasando por las corrientes
neoevolucionistas han puesto gran at^ncin en el anlisis antro-
polgico de comunidades rurales suponiendo una importante re-
novacin para la sociologa rural70. Las aportaciones de autores
68 Robert Redfield, Peasant Suciety... op. cit., pp. 64-68.
69 Angel Palerm, Anlropologa y marxismo (Mxico: Nueva Imagen, 1980),
p. 140; Cf. en especial el captulo Los estudios campesinos: orgenes y trans-
formaciones pp. 147-168; E. Sevilla Guzmn Prlogo a la edicin caste-
llana^^ de Bogustaw Galeski, Sociologa del camfiesinado (Barcelona: Pennsula,
1977) pp. 5-19 y Salvador Giner y E. Sevilla Guzmn, The Demise of the
Peasant: Some Reflections on Ideological Inroads into Social Theory^^, So-
ciologa Ruralis. Vol. XX, n 1/2, 1980, pp. 11-27.
70 Cf. Colin Bell y Howard Newby Community Studies. An introduction to
the Sociology of the Local Community (London: George Allen and Unwin Ltd,
1971) y el libro de lecturas editado por estos mismos autores The Sociology
of Community (London: Frank Cass, 1975).
^^
como Lopreato, Banfield, Bailey, Foster, Levi y Bailey", entre
otros, han sido tomadas por la tradicin sociolgica de la vida
rural influyendo decisivamente, como veremos despus, en su con-
tenido terico. Este hecho, junto al hallazgo desde la propia dis-
ciplina de unos esquemas tericos explicativos, ha determinado
que la corriente de la vida rural adquiera finalmente una identi-
dad terica: el funcionalismo.
4. EL FUNCIONALISMO COMO CONVERGENCIA
TEORICA
Independientemente de la labor de Robert Redfield, y du-
rante el mismo perodo en el que sus trabajos de campo comien-
zan a imitarse en la antropologa americana, puede percibirse un
nuevo elemento dentro de la pesquisa terica de la tradicin so-
ciolgica de la vida rural.
En efecto, a finales de los aos treinta y a lo largo de los cua-
renta surge una nueva caracterstica que, en esta dcada va to-
mando consistencia hasta llegar a destacar y emerger en forma
completa al final de la misma. Nos referimos a la aparicin de
los conceptos de funcin y estructura como una de las preocupa-
ciones centrales de esta produccin acadmica. As el enfoque do-
minante enfatiza el anlisis de las instituciones como ms o me-
nos reconocidas y establecidas vas para mantener las cosas he-
chas colectivamente en una sociedad. Las instituciones sociales
se refieren al pasado y al presente; estn ancladas en el pasado,
pero deben estar mirando al futuro como una condicin de su-
pervivencia. La funcin de cualquier institucin social en una so-
" Estudios clave en este proceso de acumulacin son George M. Fos-
ter, What is a Folk Culture American Anthropologist. Vol. LV, n 2, Abril-
Junio, 1953; pp. 159-173. Sidney W. Mintz The Folk-Urban Continuum
and the Rural Proletarian Community. Tlu American,%urnal of Sociology. Vol.
LIX, n 2, Sepbre. 1953; pp. 136-143. A ellos se uniran posteriormente
los estudios de David Kaplan, B. Sales, J. Bennett, J.G. Kennedy, Charles
M. Leslie y otros muchos.
^1
ciedad en proceso de cambio es dirigir las tendencias de reajuste para
dominar las fuerzas del cambio72. La visin de un tipo de vida
social que descanse en el consenso, la cooperacin y la solidari-
dad se percibe hasta cuando se consideran los grupos de inters
y las clases rurales. Por ejemplo, Kolb define dichos grupos de
inters como aquellos que surgen de parecidos y diferencias de
edad, sexo, ocupacin, tradicin, experiencia, eleccin, propen-
sin, intencionalidad y otros, pudiendo stos ser considrados
en trminos de lospropsitos o funciones que buscan servir o el tipo
de formas o estructuras que adoptan73.
A1 mismo tiempo proliferan durante estos aos los estudios
de comunidades locales de la Escuela de Chicago, a que antes nos
hemos referido, que ofrecen igualmente una visin integrativa de
la sociedad. Aun cuando las ms destacadas investigaciones de
estos estudios de comunidades son realizados en zonas urbanas,
algunos trabajos dirigen su anlisis o comunidades rurales74 y
son recogidos en los estudios de sociologa de la vida rural75. No
obstante, en lneas generales puede afirmarse que, salvo los tra-
72 John H. Kolb y Edmund de S. Brunner, A Study of Rural Society.
(Westport, Connecticut: Greenwood Press, 1971), p. 281, reimpresin de
la (Boston: Houghton Mifflin, 1946 y 1952) versin. EI subrayado es nues-
tro.
73 Ibid., p. 239. El subrayado es nuestro. Anlogos supuestos tericos,
enraizados en concepciones consensualistas del mundo, se perciben tambin
Paul Landis, Rural Life in Process (New York: McGraw-Hill, 1940), passim,
T. Lynn Smith, The Sociology of Rural Lzfe (New York: Harper, 1940. Hay
edicin castellana en (Buenos Aires: Editorial Bibliogrfica Argentina, 1960)
y LowryNelson Rural Sociology (New York: American Book Co., 1948), que
son, sin duda, los ms destacados trabajos de este perodo.
74 Para un anlisis de estos trabajos en la perspectiva global de dos estu-
dios de comunidades americanas Cf. ColinBell y Howard Newby, Commu-
nity Studies (London: George Allen and Unwin Ltd., 1970) pp. 82-13'.
75 Unode los estudios ms citados es James West, Plainaille, USA. (New
York: Columbia UniversityPress, 1966, 1 a ed. 1945). En discrepancia con
muchos autores, pensamos que este trabajo comete uno de los ms graves
desaguisados tericos imaginables. Cf. John H. Kolby Edmund de S. Brun-
ner, A Study of rural... op. cit. pp. 51-59. WayneJheeler, Sacial Strat^cation
in a Plains Community. (Lebanon, Missouri: Allen G. Everingham, 1949)
para quienes este trabajo es un estudio de obligada referencia.
7 2
bajos de Sorokin y Zimmerman, al comienzo de los aos treinta,
el resto de la literatura sociolgica de la vida rural no presenta
otra innovacin sustantiva en cuanto a su contenido. En efecto,
los rasgos diferenciadores sealados de aproximacin de la socio-
loga rural o la sociologa general, al seguir bajo la asuncin del
exclusivo carcter aplicado de aquella no se ven secundados por
el uso de la razn terica para inferir resultados. Por el contra-
rio, en este perodo es la empiria la que dirige y ordena la inves-
tigacin siempre inmersa, en lneas generales, en un vaco teri-
c o .
Existe, empero, una ntida excepcin en la figura de Charles
P. Loomis. En efecto, en 1950 aparece el estudio Rural Social Sys-
tems76, en el que se pretende disear un sistema terico donde en-
cajen las montaas de datos laboriosamente recopilados por los
pacientes socilogos de la vida rural americana. La obra de Charles
P. Loomis representa un ambicioso intento de ordenar dichar ma-
sas informativas en una teora general. Esta parte del concepto
de Sorokin de interaccin entre dos o ms individuos, como ele-
mento primario sobre el que construir todo el marco conceptual;
por interaccin se entiende todo evento que se manifiesta en un
grado tangible el influjo de una parte sobre las acciones exterio-
res o los estados mentales de la otra". Cuando la interaccin o
actividad recproca es repetitiva y persiste, abarca las relaciones
sociales... La interaccin tiende a desarrollar ciertas uniformida-
des en el tiempo, alguna de las cuales tiende a persistir. A1 existir
un orden y una sistematizacin en ellas pueden ser reconocidas
como sistemas sociales. Puesto que el sistema social est compuesto
76 La referencia completa es Charles P. Loomis y J. Allen Beagle Rural
Social Systems: A Textbook in Rural Sociology and Anthmpology (New York: Prentice-
Hall, 1950). El esquema conceptual bsico fue previamente publicado co-
mo Charles P. Loomis The Nature of Rural Social Systems. A typological
Analysis. Sociometry Vol. 2, n 3, 1948 y ms tarde ampliado en Charles
P. Loomis y J. Allen Beegle, Rural Sociolo,^: The Strategy of C/range (Englew-
wod Cliffe New Jersey: Prentice Hall, 1957). Aos ms tarde aparece la obra
de ms generalidad terica, Charles P. Loomis, Social Systems, (New York:
Van Nostrand, 1960).
" PitirimA. Sorokin, Sociedad, cultura y ptrsonalidad (Madrid, Aguilar,
1966). p. 59 (1 a ed. New York: Harper, 1947).
7 3
de partes identificables e interdependientes se dice que posee una
estructura social78. EI concepto de sistema social as definido es
una herramienta analtica que permite estudiar la realidad social
a distintos niveles, desde un sistema de relacin entre dos perso-
nas hasta una sociedad global. Loomis diferencia nueve elemen-
tos integrantes del sistema social como aspectos de la interac-
cin. Tales son 1) las creencias; 2) sentimientos; 3) fines u obje-
tivos; 4) normas; 5) status-roles (posicin); 6) rango; 7) poder;
8) sancin y 9) facilidad79.
En base al sistema social como herramienta analtica se pue-
de acercar a la realidad social en un intento de explicacin. De
esta forma Loomis y Beegle proponeri como sistemas sociales sie-
te aspectos o partes de la vida rural: la familia y los grupos infor-
males de relacin; las formas de grupo a nivel local; los estratos
sociales; los grupos religiosos; los grupos ocupacionales; y las agen-
cias de servicios rurales80. Se inicia as, a nivel terico, una de-
finitiva aproximacin entre la sociologa de la vida rural y la so-
ciologa general; aquella que ofrece la orientacin terica del fun-
cionalismo.
La mayor parte de los autores que, en las tres ltimas dca-
das, han estudiado la sociedad rural en Estados Unidos se encuen-
tran dentro de la lnea de trabajo trazada por Loomis que, sin
duda, arranca previamente de Sorokin no solo de sus anlisis so-
bre la sociedad rural, sino de sus construcciones globales. La obra
gigantesca de PitirimA. Sorokin es, en muchas de sus elabora-
ciones tericas, edificadora del funcionalismo y el que no haya
sido colocado en este sentido junto a los grandes del funcionalis-
mo americano, como Parsons y Merton, se debe, animosidades
personales aparte, a que Sorokin es demasiado claro y deja de-
masiado a la vista sus conexiones espiritualistas o idealistas de
' a Charles P. Loomis, Social Systems... op. cit. p. 3.
79 Ibid., p. 5.
80 En el trabajo inicial en que se realiza este anlisis aparecen algunos
conceptos tericos que en posteriores trabajos son modificados y perfeccio-
nados. Por ejemplo, entonces los elementos integrantes del sistema social
eran tan solo siete: status, rol, autoridad, derechos, fines y objetivos, nor-
mas y territorialidad. Charles P. Loomis y J. Allan Beegle, Rusal Social Systeu:
A text-book in Rural Sociology and Anthsopology (New York: Prentice-Hall, 1950),
p. 5.
7 4
su versin del estructural-funcionalismo81. En cualquier caso su
aportacin a la configuracin terica de una estructura latente
que presenta el mundo en una orientacin consensual ha queda-
do claramente establecida82. La huella de esta construccin que-
da fuertemente reflejada en la literatura sociolgica de la vida rural.
As las herramientas tericas que generalmente se utilizan en los
estudios de sociologa rural suelen hacer referencia a los concep-
tos de sociedad; role y status; grupos sociales; componentes cul-
turales; instituciones sociales, sistema social; procesos y control
sociales83. Al ser aplicados estos conceptos a la organizacin so-
cial rural sta adquiere tres caractersticas especiales que surgen
de la vinculacin de lo rural con la agricultura. Tales son: (a) La
posesin de la tierra y la posible multiplicidad de formas de ha-
cerlo en lo que respecta a su dimensin social; (b) El agricultor
desarrolla su trabajo en estrecho contacto con la naturaleza pero
aislado de sus congneres, de ello surge su individualismo y su
peculiar filosofa de la vida, y(c) Labaja densidad de poblacin,
lo que determina que el nmero de gente disponible para man-
tener las instituciones sociales como la escuela y la iglesia es limi-
tado... esta asociacin tan estrecha y continua conduce a relacio-
nes de carcter primario en los grupos y se manifiesta en sus pautas
de comunidad y vecindad84. El tratamiento de las desigualdades
sociales se hace en trminos de clase social'subjetiva (es decir, de
autoclasificacin) o de nlisis de rango por reputacinas, cuan-
81 Juan F. Marsal, De la sociologa a la filosofa de la historia. El ex-
trao caso de Sorokin en la sociologa norteamericana. EnPapers, n 4, 1975;
PP 63-87; p. 84.
82 Salvador Giner, Mass Society (London: Martin robertson, 1976; pp.
98-100.
83 Alvin L. Bertrand (ed) Rura[ Sociology (New York: McGraw-Hill,
1958), pp. 11-19. Walter L. Slocus Agricultural Sociology (New York: Har-
per, 1962), versin castellana en (Mxico: UTEHA, 1964) pp. 6-12. Eve-
rett M. Rogers, Social Change in Rura[ Societies. (New York: Appleton-Century-
Crofts, 1960), 2a ed. en colaboracin con Rabel J. Burge en 1972. De esta
ltima cf. pp. 29-123. Orlando Fals Borda, Peasant Society in the Columbia An-
des (University of Florida Press, 1955) Passim.
84 Alvin L. Bertrand (ed) Rura[ Sociology... op. cit. pp. 20-21.
85 James West. Plainuil/e, USA... op. cit. pp. 113-141 cf. nuestra opinin
sobre este trabajo en pie de pgina 75. Harold F. Kaufman, P^estige Classes
7 5
do se trata de comunidades rurales, o bien en base a diferencias
estadsticas con un alto e inaceptable grado de arbitrariedad a la
hora de realizar anlisis macrosociolgicos86. En cualquier caso,
la visin de las desigualdades sociales se hace dentro de un es-
quema consensual que margina o elimina el conflicto. A veces
llega incluso a hablarse de las clases sociales como creadoras de
elementos de motivacin y estmulo. Una distribucin desigual
de recompensas tales como renta, prestigio y poder motiva a las
personas a la movilidad vertical ascendene y, por consiguiente,
cumple una importante funcin revitalizadora en la sociedad. En
general, el pudor intelectual lleva a los defensores de esta posi-
cin terica a reconocer que una considerable porcin de cual-
quier poblacin es evidentemente motivada tan solo en forma-
parcial por las diferencias de status. Las clases bajas tienen unas
limitadas aspiraciones de status y no son tan motivadas a buscar las
recompensas que la sociedad puede ofrecera' .
El carcter hegemnico de esta visin de las desigualdades en
la sociologa de la vida rural americana llega hasta la actualidad;
en general puede afirmarse que el anlisis de las desigualdades
es prcticamente inexistente, desde un punto de vista terico, den-
tro de la tradicin de la sociologa de la vida rural88.
Por el contrario, dic^ disciplina centra sus esfuerzos analti-
cos en temas tales como la comunicacin y la difusin de innova-
ciones, donde la acumulacin cientfica es ciertamente valiosa89
in a New York Rural Community. Cornell AES Memoir 260, citado en Alvin
L. Bertrand (ed) Rural Sociolo,qy. An Analysis... op. cit., p. 129.
86 T. Lynn Smith y Paul E. Zopf, Principles of Inductive Rural Sociology
(Philadelphia: Davis, 1970), pp. 271-278.
87 Everett M. Rogers and Rabel J. Burdge, Social Change in Rural Socie-
ties (New York: Appleton-Century-Crofts, 1972), p. 89.
88 Incluso en los trabajos realizados en Amrica Latina donde la desi-
gualdad social es sangrante, el estudio de la misma se margina y reduce al
anlisis de los grupos sociales agrarios Cf. C.C. Taylor, Rural Life in Argenti-
na. (C. Baton Rouge Lousiana State University Press, 1948); John V.D. San-
ders Man Land Relation in Ecuador enRural Sociology Vol. 26, 1961, pp.
57-61 a los estudios de Thomas R. Ford en Per, J. Daz Rodrguez en Bra-
sil, Loomis en Mxico y Costa Rica y Hill en Venezuela y Honduras.
89 Cf. Herber F. Lionberger, Adoption of New Ideas and Practices (Iowa Sta-
te University Press, 1960); Jose M. Bohlen The Adoption and Diffusion
7 6
al no tropezar con tanta frecuencia con la necesidad de interpre-
tar tericamente problemas relacionados con el conflicto y la de-
sigualdad.
La sociologa de la vida rural americana empez describin-
do la vida social vinculada a la agricultura y pretendiendoaplicar
las ciencias sociales para reformar los desajustes que ocasionaba
la industrializacin. La insatisfaccin de tal enfoque fue claramente
puesta de manifiesto por la obra de Sorokin y Zimmerman. Sin
embargo, tan solo una parte de su contr:bucin intelectual es re-
cogida por el acervo y la acumulacin de los socilogos de la vida
rural; aquella que analiza la naturaleza de las diferencias campo-
ciudad. No se continu tericamente la literatura europea intro-
ducida en el Systematic Source Book in rural Sociology y ello marcara
claramente la orientacin terica de la sociologa de la vida ru-
ral, que quedara linealmente enmarcada en un funcionalismo no
enriquecido con aportaciones propias de cada rea de estudio con-
creto, salvo en lo que respecta a la teora de la comunicacin y
a la difusin de innovaciones, que son una pequea y especfica
parte de la disciplina. Por ello de la sociologa de la vida rural
americana se ha dicho que hoy da esta tradicin est agni-
zando (an cuando)... algunas de sus ms prominentes figuras
han vuelto su atencin a los problemas paralelos de la moderni-
zacin del mundo subdesarrollado, en cuya compresin este tipo
de sociologa rural ha jugado un papel nada despreciable90. No
obstante cuando esta rama extensionista o del desarrollo rural en
que aparecen los estudios de comunicacin y difusin de innova-
ciones se exporta al mundo subdesarrollado aparecen de nuevo
los ms preocupantes sntomas de irrelevancia terica.
of Ideas in Agriculture en James H. Coop (ed) Ous Changing Rural Socitty:
Perspectiue and Trends (Ames, Iowa; Iowa State University Press, 1964); Eve-
rett M. Rogers. Diffusion of Innoaations, (Glencoe III: The Free Press, 1962)
revisado como E.M. Rogers and F. Floyd Shoemaker, Commureication of In-
novations. A Cross-Cultural Approach (New York: The Free Press, 1971). Gwyn
E. Jones, Agricultural innovation and farmer decision making enAgrul-
ture (London: Open University Press, 1968). M. Garca Ferrando, La inno-
vacin tecnolgica y su difusin en la agricultura (Madrid: Ministerio de
Agricultura, 1977).
90 Teodor Shanin and Peter Worsley Op. cit. p. IX.
^^
As el anlisis que la tradicin terica de la vida rural hace
del campesinado en busca de su modernizacin puede resultar
un ejemplo paradigmtico de las orejeras occidentalistas de que
parte su enfoque terico para comprender la realidad. Por ello
en las pginas que siguen nos centraremos, an cuando ello sea
en forma harto esquemtica, en mostrar la utilizacin que de otras
aportaciones tericas realiza lo que podra llamarse la sociologa
de la modernizacin de la vida rural, como rama ms desarrolla-
da de esta tradicin intelectual.
5. DE LA POBREZA TEORICA DE LA
SOCIOLOGIA MODERNIZANTE DE LA VIDA
RURAL: SU ANALISIS DEL CAMPESINADO
Ya hemos sealado anteriormente como la antropologa ejer-
ce una notable influencia, a partir de cierto momento, sobre la
sociologa de la vida rural. An cuando esta irifluencia se inicia-
ra ya en los estudios de comunidades rurales norteamericanas real-
mente comienza a tener repercusiones, como veremos ms ade-
lante, en la dcada de los sesenta cuando la rama extensionista
o de modernizacin de la vida rural empieza a realizar estudios
en gran escala en Latinoamrica.
El iniciador de los estudios de comunidades rurales nortea-
mericanos fu Franklin H. Giddings, quin dirigi varios estu-
dios sociolgicos de este tipo a comienzos de siglo 91.
En realidad los trabajos de esta ndole, que ya hemos consi-
derado con anterioridad de forma marginal, no pasaban de ser
una descripcin de la comunidad estudiada junto al comentario
de una encuesta realizada entre sus habitantes. Encuesta que no
tena un respaldo terico en el que insertar sus resultados y que
por lo general mostraba una total ausencia de anlisis secunda-
rios que completara los datos del sondeo con una perspectiva his-
trica y un contexto ms amplio en el que los datos de la encues-
ta manifestaran su validez.
De hecho, los pocos estudios que tuvieron resonancia en los
91 Cf. J.M. Williams, An Amesican Town. A Sociological Study (New York:
Kempster, 1906).
7 8
crculos acadmicos americanos ajenos a la propia sociologa ru-
ral tenan algn tipo de vinculacin con la antropologa. As el
famosoMiddletown, investigacin que denunciaba la corrupcin
existente en la vida pblica de una localidad americana de India-
na, Ileg a tener una amplia repercusin al mostrar una visin
socioantropolgica del provincialismo de la vida cotidiana de la
clase media9z. Se ha dicho que Middletown es para los socilo-
gos de la comunidad lo que el Suicidio de Durkheimes para la
sociologa en su conjunto93. An cuando tal comparacin sobre-
valora el contenido terico del libro de Robert y Helen Lynd, es
cierto que su enfoque, tcnicas de investigacin y modo de anli-
sis ha sido seguido por la mayor parte de los socilogos de la co-
munidad.
Especial importancia dentro de los estudios de comunidades
noteamricanas tiene la serie de trabajos que se realizaron en torno
a W. Lloyd Warner, conocidos como The Yankee City Series94.
Desde una perspectiva terica estos trabajos introducen en la so-
ciologa rural americana el concepto warneriano de clase social
que tendra una amplia aceptacin en futuros estudios de comu-
nidades de la vida rural. Para Warner el concepto de clase social
no tiene nada que ver con el significado weberiano de categora
92 El prlogo de este trabajo fu escrito por un antroplogo, Klazk Wis-
ler, y aunque los estudios de comunidades rurales norteamericanas estuvie-
ran considerados como algo propio de la vida rural, tenan, por un lado,
un claro componente antropolgico y, por otro, aquellos trabajos de comu-
nidad que sobresalieron lo hicieron, en general, desvinculados de los Land
Grant Universities y las State Agricultural Experiment Stations, nicho eco-
lgico de la Sociologa de la vida rural americana. El estudio del matrimo-
nio Lynd abri una importante va dentro de la sociologa rural. Su referen-
cia exacta es Robert S. Lynd and Helen M. Lynd Middletown: A Study in
Contemporary American Cu[ture (New York: Harcourt Brace, 1929). Para un
excelente anlisis de este trabajo Cf. Colin Bell and Howard Newby (eds)
Community Studies. op. cit. pp. 82-91.
93 Ibid p. 82.
94 A1 trabajo inicial de W. Lloyd Wazner and Paul S. Lunt, T/u Soc^l
L:fi of a Modern Community. Yanke^ City S^sies I (New Haven: Yale University
Press, 1942) siguieron cuatro trabajos ms publicados entre 1942 y 1947.
Existe un volumen que recoge todos estos estudios en New Haven: Yale Uni-
versity Press, 1963).
7 9
econmica, o marxista, de posicin en las relaciones de produc-
cin. Por el contrario la clase social es la situacin en que la autoi-
dentificacin sita a los individuos en una jerarqua de grados
sociales95.
Aunque la mayor parte de los trabajos de Warner no
se centraran en problemas rurales su enfoque terico, del que se
ha dicho que es la ms explcita y cruda visin funcionalista de
la comunidad^, y su metodologa tuvieron mucho que ver tanto
en la acrtica aceptacin de esta corriente terica por parte de la
sociologa de la vida rural97 como en sus tcnicas de anlisis de
la realidad social rral. Finalmente, y desde una perspectiva te-
rica, ls estudios de comunidades norteamericanas, cuya versin
rural ms acabada es Plainville. U.S.A., se caracterizan por ofre-
cer una visin de su unidad de observacin que en cierto sentido
parece reflejar a escala microsociolgica la realidad de toda Nor-
teamrica. Es como si cada comunidad fuera un sistema cerrado
cuyo orden social refleja los problemas clave de la sociedad glo-
bal. Y ello se realiza mediante unos mtodos y tcnicas de inves-
tigacin (encuesta bsicamente) que carecen de un marco terico
de referencia en su elaboracin.
Lo que nos interesa destacar aqu es que este tipo de estudios,
como anteriormente se hiciera con aquellos realizados desde una
perspectiva macrosociolgica98, se exportan al mundo subdesa-
rrollado pretendiendo, mediante la aplicacin de las tcnicas de
95
Para una descripcin detallada de su mtodo y enfoque terico Cf.
W. Lloyd Warner, Marchia Meeker and Kennth Eells,
Social Class in Ame-
rica: A
Manual of Procedure for the Measurement of Social Status
(New York: Har-
per, 1960). Un penetrante anlisis de Yankee City Series as como del tra-
bajo de Warner y sus colegas puede verse en C. Bell and H. Newby
Commu-
nity... op. cit. pp. 101-111.
96
Ibid pp. 102 y 103.
97 Debemos recordar aqu el-ya citado Plainaille. U.S.A. de James West
o el trabajo de H. Powdermaker,
After Freedom. A Culture Study in the Deep
South
(New York: Virking, 1939) que abre una interminable serie de estu-
dios comparando la situacin de los blancos y negros en las comunidades
americanas (C.F. Rural Sociology
desde entonces hasta hoy), as como los tra-
bajos de Walter Goldschmidt donde se critica el enfoque warneriano, como
los ms relevantes trabajos de esta tradicin intelectual.
98
Ver pie de pgina58 donde se indican los pases y autores ms rele-
vantes estudiados y se seala una bibliografa bsica de refrencia.
80
los estudios de comunidades de la vida rural, modernizar a los
campesinos.
De esta forma a partir de los aos sesenta tiene lugar el boom
de los estudios de modernizacin que con el prestigio obtenido a
partir de los resultados prcticos alcanzados al aplicar la teora
de la comunicacin y difusin de innovaciones en la agricultura
de Estados Unidos pretenden trasplantar estas tcnicas al anlisis
global de las sociedades campesinas utilizando como elemento de
adaptacin el mtodo de los estudios de comunidades rurales
americanas^. No vamos a entrar en el trasfondo terico del con-
cepto de modernizacin que subyace a estos trabajos y que se en-
cuentra en el centro de la concepcin funcionalista del
desarrollo10, ya que la mayor parte de las investigaciones sobre
modernizacin de la tradicin sociolgica de la vida rural se ocu-
pan de los aspectos puramente empiricistas y relegan totalmente
el contenido terico de este concepto. Baste con decir que para
este tipo de estudios, la modernizacin consiste en un proceso que
representa al nivel individual lo que el desarrollo al nivel nacio-
^ El iniciador de este enfoque en la sociologa rural fu Everett M. Ro-
gers que desde la Michigan State University llev a cabo diversos progra-
mas relacionados con la Oficina de los Estados Unidos para el Desarrollo
Internacional y varias instituciones estatales de Colombia, India y Kenia
entre 1963 y 1965. Ello le permiti formar un importante equipo de investi-
gadores que son actualmente los ms activos socilogos rurales de la moder-
nizacin. Entre ellos estn WilliamHerzog, Wicky L. Meyen, S. Thomas
Stickey, Joanne Kno, Eduardo Ramos y Joseph Ascroft, entre otros. Junto
a los trabajos de Rogers y su equipo deben citarse como estudios, pioneros
de este enfoque los de S.P. Bose Peasant Values and Innovation in India>^
enAmerican,Journal of Sociology, Vo167, 1962 pp. 552-560; Frederic W. Frey,
The MassMedia and Rural Deaelofiment in Turkey
(Cambridge Mass.: Institute
ofTechnology. CIS. Rural Development Report n 3,.1966); L.K. Sen and
P. Roy, Amareness of Community Deoelopment in Village India
(Hyderabad: Na-
tional Institute of Community Development, 1966); F. Bonilla y J.A. Silva
Michelena, A Stratcgy for Research on Socia[ Policy
(Cambridge, Mass.: MIT
Press, 1967); J.A. Kahl, Tlu Measurement of Modernism (Austin: University
of Texas, 1968) as como los trabajos de D.H. Smith y A. Inkeles sobre la
escala OMpara medir el modernismo individual realizados en varios pa-
ses.
10 Para un penetrante anlisis de esta tendencia terica Cf. Carlota So-
l, Modernizacin: un anl sociolgico (Barcelona: Pennsula, 1976) pp. 81-113.
81
nal y que se entiende por desarrollo el tipo de cambio social
en el que se introducen ideas nuevas en un sistema social para
alcanzar ingresos per cpita ms elevados y niveles de vida mejo-
res a travs de mtodos de produccinms modernos y de una mejor
organizacin social''. Se trata, pues, de una simplificacin inge-
nua del esquema terico que desarrollaran los clsicos del pensa-
miento ^ocial para explicar el paso de la tradicin a la
modernidad.102 Joseph A. Kahl lo expresa con mayor claridad al
decir que se trata del paso de una sociedad tradicional a una so-
ciedad de masas y que la transformacin de la sociedad preten-
de encontrar el espritu emprendedor que describiera Weber co-
mo la tica protestante. As el estudio de los valores modernos que
l realiza es importante para conseguir, por un lado, esta trans-
formacin de la sociedad y, por otro, una mayor moailidad de los
individuos ya que como es sabido ciertos hombres de la clase
trabajadora aprenden de alguna forma, los valores de la clase media
y se comportan de manera que persiguen, ellos o sus hijos, incor-
porarse a la misma' o3
En definitiva, lo^ estudios de modernizacin de la sociologa
de la vida rural carecen totalmente de contenido terico en lo que
respecta a las dos situaciones que constituyen los puntos de par-
tida, por un lado, y de llegada, por otro, ensu proceso de moderni-
zacin^.. La conceptualizacin de ambas situaciones se realiza en
trminos de una necsidad de occidentalizar el mundo y el cami-
no para alcanzar dicha modernidad se corresponde con una es-
trategia elaborada por los que Carlota Sol denomina tericos de
101 Everett M. Rogers, Modernization among Peasants (New York: Holt,
Rinehart and Wiston, Inc., 1969) p. 18. el subrayado es, naturalmente, nues-
tro; no solo para enfatizar que lo definido est en la definicin sino para
indicar aqu la pervivencia del tradicional prejuicio primitivista de la te-
rica social funcionalista.
102 As Maine habla del status frente al contrato; Spencer de lo militar
frente a lo industrial; Tnnies del Gemeinschaft frente al Gesellschaft; Durk-
heim de la solidaridad mecnica frente a la solidaridad orgnica y Weber
de las acciones racionales frente a las tradicionales, entre otros. Para un ex-
celente anlisis de la evolucin del pensamiento social en este aspecto Cf.
S. Giner, El progreso de la conciencia sociolga... op. cit. Passim.
1s Joseph A. Kahl, The Measurement of Modernism. A Study of Values in Bra-
zil and Mxico, (Austin: The University of Texas Press, 1968) pp. 4-8.
82
la comunicacin.
El ncleo central del argumento de la mayora
de (estos autores) consiste en que para que el proceso de moder-
nizacin comience es necesario el desarrollo de las
mass media de
comunicacin. De acuerdo con sus tericos, la comunicacin es
lo que configura la sociedad y es la trama de la sociedad huma-
na. La estructura de un sistema de comunicacin... es... el es-
queleto del cuerpo social que lo envuelve. El contenido de la co-
municacin es naturalmente la propia sustancia de toda interac-
cin humana. Esto supone aceptar que el flujo de comunica-
ciones determina la direccin y la marcha del desarrollo social
dinmico y que es parte integrante de la pauta de cambio so-
cial ms extendida, espectacular y notoria en el mundo de hoy:
el desarrollo econmico y social que nosotros (la cita es de Ler-
ner y Schramm) llamamos modernizacin de una sociedad104.
No queremos referirnos al trasfondo poltico de esta
estrategia105, ni explorar el desarrollo terico de su teora de la
comunicacin en lo que respecta a la difusin de modernidad;
l que nos interesa aqu es mostrar el nivel de conocimientos te-
ricos que el enfoque modernizante de la sociologa de la vida ru-
ral posee sobre la situacin de partida, as como la forma en que
Ileva a cabo el proceso de acumulacin terica cuando la analiza,
es decir cuando pretende estudiar el campesinado.
En su anlisis sobre la modernizacin Rogers y sus seguido-
res elaboran un esquema terico sobre la subcultura campesina
para, a partir de l, -elaborando un sistema de ndices e indica-
104 Carlota Sol Modernizacin... op. cit. p. 91. Los constructores de esta
estrategia son Lucien W. Pye, Lerner y Schramm, entre otros que pueden
encontrarse en forma detallada en este trabajo. EI estudio paradigmtico para
los socilogos rurales de la modernizacin y que es ineludiblemente presen-
tado como artfice de su enfoque es Daniel Lerner,
The Passing of Tradicional
Society (New York: The Free Press, 1958).
^os
Rogers despus de considerar la inestabilidad poltica de los gobier-
nos nacionales de algunos pases subdesarrollados y de resaltar el importan-
te papel de los campesinos en al menos cuatro grandes revoluciones: la me-
xicana de 1910, la rusa de 1917, la de China comunista y la cuba de Fidei
Castro>' > seala que <las actitudes de los campesinos hacia el gobierno deben
cambiar; es que los gobierno de los pases subdesarrollados han de alcanzar
un grado relativo de estabilidad poltica. Everett M. Rogers
Modernization
among... op. cit. p. 23.
83
dores que por su interrelacin con el desarrollo de los mass media,
por un lado, y con el crecimiento econmico social, por otro-,
medir el nivel de modernizacin de los campesinos. Para ello, -y
en ausencia de conceptos tericos aplicables de los estudios de co-
munidades rurales americanas de los que toman los mtodos de
trabajo de campo-, fijan su atencin en los estudios de comuni-
dades rurales que la antropologa les puede proporcionar sobre
pases subdesarrollados. Se producen as nuevos resultados como
consecuencia de la incursin terica de la antropologa en la tra-
dicin sociolgica de la vida rural que ya consideramos anterior-
mente. No obstante su seleccin tiene, por un lado y como con-
secuencia del enfoque prevalente en su pesquisa terica, un mar-
cado carcter funcionalista, y por otro importantes desviaciones
metodolgicas y de interpretacin terica que le llevan a genera-
lizaciones que no dudamos en calificar de ingenuas al perder la
tradicin intelectual, el contexto terico y la coyuntura sociopo-
ltica e histrica en que se realizaron.
As para Rogers los campesinos son desconfiados en las rela-
ciones personales; perceptivos de lo bueno como limitado; hosti-
les a la autoridad gubernamental; familsticos; faltos de espritu
innovador; fatalistas; limitativos en sus aspiraciones; poco ima-
ginativos, o faltos de empata; no ahorradores por carecer de sa-
tisfacciones diferidas y as como por impuntuales y localistas tie-
nen una visin limitada del mundo106. Cada uno de los elemen-
tos enumerados constitutivos de la cultura campesina se encuen-
tran, para Rogers, interrelacionados funcionalmente de tal suer-
te que la separacin de la subcultura... en tales componentes es
realizar una violacin heurstica que solo puede permitirse en un
sentido analtico. El objetivo perseguido es encontrar una
pa-
lanca para impulsar el mbolo del cambio planeado
ya que la interrela-
cin de estos elementos supone que al modificar uno de los valo-
res campesinos se afecte a los dems' o'
' 06
Everett M. Rogers
Modernization among Peasants... op. cit.
pp. 24-36.
107 Ibid
pp. 38 y 39. El problema, en nuestra opinin, radica en quien
planea el ambio y cual es el modelo de sociedad que se busca, que en este
caso no tiene, probablemente, mucho que ver con el deseo de los campesi-
nos, a quienes se les ofrecen los logros materiales sin permitirles que ellos
mismos despus de entenderlos los introduzcan en su propia cultura paula-
84
Esta conceptualizacin de la subcultura campesina goza en
la actualidad de una total aceptacin dentro de los socilogos de
la modernizacin de la vida rural y es utilizada en la mayora de
los departamentos de Sociologa Rural como manual para quienes
van a estudiar las sociedades campesinas.
La mejor manera de analizar una construccin terica es, en
nuestra opinin, rastrear la gnesis de los elementos clave en que
sta se apoya para a travs de la coyuntura sociopoltica, por un
lado, y el contexto intelectual, por otro, en que estos se formaron
percibir la validez de su utilizacin en el nuevo marco en que se
ha introducido. Por ello en las pginas que siguen vamos a anali-
zar las aportaciones ms relevantes, algunas de ellas ciertamente
valiosas, dentro de sus pretensiones tericas, en las que se apo-
yan Rogers y sus colegas para definir la subcultura campesina.
En los diez elementos que elaboran Rogers y sus discpulos,
(en otros casos de esta misma tradicin terica son seis)108 en la
versin ms refinada de subcultura campesina, subyacen dos con-
ceptualizaciones tericas que suponen, en nuestra opinin, por
su aparente coherencia y fertilidad analticas los elementos clave
de su argumentacin. Tales son las teoras del ethos campesino del
familismo amoral, por un lado, y la teora de la imagen campesina del
bien limitado, por otro109. Ambas ocuparon en su da el centro de
amplios debates antropolgicos y sociolgicos que no ha lugar con-
siderar aqu10. No se trata de intentar falsar estas teoras para
tinamente. Por el contrario se trata de <^modernizar cuanto ms rpido me-
jor
^oa S p Bose, Peasant values and... op. cit. pp. 552-560.
109 Junto a estas construcciones tericas consideraremos tambin algu-
nos aspectos de la obra de otros autores como Lewis o Fei que de alguna
manera estn involucrados en ellas o en la cor_ceptualizacin modernizante.
10 Cf. Amer^an Anthropologist a lo largo de 1966; Joseph Lopreato Pea-
sant No More
(San Francisco: Chandler Publishing Company, 1967); J. Gal-
tungMembers of tmo worlds (Columbia, U.P., 1971); A Gilberto Marselli, So-
ciologa Nordoamericani e Societ Italiana: A propsito del libro de Ban-
field^> en SISRArchivio (Milan: Feltrinelli, 1962). Colin Bell y Howard Newby,
Communit^^ Stud^s op. cit.
pp. 150-166. Peter Saunders, H. Newby, C. Bell
y D. Rose Rural Community and Rural Community Power^> en H. Newby
(ed) International Perspectiv^in Rural Sociology (Chichester: John Wiley and
Sons, 1978) pp. 54-85.
85
a travs de ello refutar la validez de la
subcultura campesina de la
modernizacin de la aida rural.
Tan solo pretendemos exponer crti-
camente ambas construcciones tericas para situarlas en su con-
texto intelectual y en su coyuntura sociopoltica e histrica, al ob-
jeto de mostrar como los estudiosos de la vida rural han introdu-
cido determinados elementos de estas conceptualizaciones sin con-
siderar aquellos, continuando as una antigua tradicin de po-
breza terica que, como veremos ms adelante, parece que en
la segunda mitad de los aos setenta comenzar a romperse"' .
Cuando Robert Redfield inicia el estudio de las comunida-
des no primitivas en la antropologa social empieza una etapa
de exportacin cientfica americana tanto por parte de la Socio-
loga rural12 como por parte de la antropologa13. Ya en otro lu-
gar nos hemos referido a la fertilidad del debate antropolgico
abierto por entonces"' , as como a los importantes logros obte-
nidos por determinadas corrientes antropolgicas que se integran
en nuevas perspectivas tericas multidisciplinarias"s
Sin embargo una gran parte de estudios de comunidades cam-
pesinas, tanto desde un punto de vista antropolgico como socio-
lgico, permanecen apegados al enfoque tradicional que consi-
dera la comunidad como un sistema social cerrado cuyo orden
social se explica bsicamente por elementos endgenos. Un buen
"' Para una crtica enfocada desde otra perspectiva Cf. Jos Luis Sevi-
lla, Campesinos, rurales y agricultores en el sistema capitalista
(Madrid: Facultad
de [Link]. y Sociologa, Memora de grado de licenciatura, 1979).
12 Cf. Lowry Nelson,
Rural Sociology. Its Origin and... op. cit. p. 141-154.
' 13
El Instituto de Antropologa Social de la Smithsonian Institution pa-
trocina en los aos cuarenta trabajos de campo en Latinoamerica a Ralph
L. Beals; Donald D. Brand; John P. Gillin y Donal Pierson, entre otros mu-
chos. De igual forma el Instituto Nacional Indio de Estados Unidos y otras
muchas instituciones de carcter estatal financian salidas de investigadores
a todos aquellos pases con intereses norteamericanos.
14 Cf. Eduardo Sevilla Guzmn El Campesinado en Salustiano del
Campo (ed) Tratado de Sociologa (Madrid: Editorial Latina, 1981) y en for-
ma esquemtica el apartado 3 de este mismo trabajo.
"s Cf. Eduardo Sevilla Guzmn El Evolucionismo multilineal en los
estudios campesinos II Congreso espaol de Antropologa. Universidad
Autnoma de Madrid 6-10 abril, 1981 de prxima aparicin en las
Actas del
II Congreso de Antropologa.
86
nmero de los trabajos que vamos a considerar aqu pertenecen
a este grupo. Tal es el caso de Edward C. Banfield que analiza
durante 1954 y 1955 la comunidad rural de Montenegro al sur
de Italia. Como consecuencia de su investigacin aparecen va-
rios trabajos en los que analiza diversos aspectos de la comuni-
dad y, finalmente, un libro en el que elabora una construccin
terica que se conoce como el familismo amoral. Esta conceptua-
lizacin posee una gran ambicin, ya que al examinar los facto-
res que imponen una accin corporativa en una cultura campesi-
na lo hace bajo el supuesto de que sta es en varios aspectos
bastante similar a los mundos mediterrneo y levantino16 para
elaborar una teora del ethos campesino. No vamos a entrar
en la posibilidad de generalizar esta teora (al mundo similar) obte-
nida de la nica comunidad del sur de Italia que estudia para ela-
borar su sofisticado concepto del familismo amoral; nos limitare-
mos tan solo a describirla, an en forma harto esquemtica.
Para Banfield la cultura campesina puede ser explicada en
gran medida (aunque no totalmente) por la inhabilidad de los
miembros de la comunidad para actuar conjuntamente por su co-
mn bienestar o, ciertamente, por algn fin que trascienda el in-
mediato inters material de la familia nuclear. Esta inhabilidad
para concertar la actividad ms all de la familia inmediata sur-
ge de un ethos (en sentido summeriano), el de familismo amo-
ral"' . Para Banfield todo el comportamiento de los campesinos
montenegresi puede explicarse si se tiene en cuenta que actuan ma-
ximizando las ventajas materiales de su familia nuclear a corto
plazo como consecuencia de que se asume que todos los dems
actuan as. El comportamiento familstico amoral sigue la regla
de actuar sin moralidad solo en relacin con una persona fuera
de la familia, respecto a los miembros de la familia aplica crite-
rios de correcto o errneo1e.
Aunque Banfield reconozca que la coincidencia entre sus des-
cripciones y las derivaciones lgicas que se obtienen de su teora
no la aprueban, argumentan que su teora explica y en gran medida
rrc Edwa^d C. Banf:eld, The Moral Bas^of a Backward Society (New York:
The Free Press, 1958) p. 9.
" ^ Ibid p. 10.
" g Ibid P. 83.
87
hace inteligible y firedictible
gran parte del comportamiento de los
campesinos al no ser desmentida por ninguno de los hechos por
l obtenidos. As establece una serie de proposiciones lgicas que
se articulan en una construccin terica que es fundamentada em-
pricamente (a su entender) por la realidad. Realidad que l mis-
mo recrea y en la que se basa para construir su teora en una suerte
de casualidad circular del ms puro y refinado funcionalismo19.
An cuando este autor perciba que su familismo amoral pue-
da existir en otras sociedades y quiz ms en aquellas de tipo ur-
bano del mundo moderno, afirma que el familismo amoral es una
pauta o sndrome y el hecho de que una sociedad muestre algu-
nos de los elementos que lo constituyen no significa su existen-
cia, ya que sta requiere que aparezcan todos juntos. Lo cual pa-
rece que sucede en el mundo campesino mediterrneo y
levantino120.
Esta pauta o sndrome de
desconfianza y mutua sospecha hacia
todo aqul que no sea de la familia y
de familismo es tomada por
la tradicin modernicista de la vida rural asumiendo, en cierto
sentido, que los modernos del mundo urbano industrial se ca-
racterizan por la hospitalidad y la confianza entre sus miembros,
para los cuales el crculo de familiares y amigos es abierto y fuera
de l no existe la competitiaidad, caracterstica que paradgicamente
se atribuye a las sociedades campesinas. Igualmente, la
desconfianza,
mutua sospecha y el familismo entran en clara colisin con el concep-
to de comunidad campesina sobre el cual existe un relevante acu-
mulacin terica que parecen ignorar12' .
19 Ibid pp. 83-101.
120 Algunos autores, no exentos de ingenuidad, han pretendido aplicar
ste modelo terico a otras sociedades campesinas mediterrneas. Para un
ejemplo de los menos ingenuos. Cf. Ignasi Terrades,
Antropologa del Campe-
sinado Cataln. Del modo de produccin feudal al capitalismo. (Barcelona: Redon-
do, 1973) pp. 67-74.
12' Cf. WilliamI. Thomas and Florian Znamiecki. The Polish Peasant in
Europe and American (New York: Octan Books, 1974) 1 a ed. 1918-1920; Vol
I, pp. 140 y ss. as como los valiosos trabajos de Main (Village Communities
in the East and West, 1876); Kovalevsky (Modern G'ustons and ancient Laws of
Russia, 1891); Seebohm(The English Village Community, 1890) dentro de
la antigua tradicin de los estudios campesinos o los trabajos de Shanin
(Pea-
88
Otros estudios, estos mucho ms relevantes que el anterior-
mente comentado, en los que directa o indirectamente se basa
la literatura modernista rural son aquellos que se refieren al com-
portamiento campesino frente al trabajo, el logro y la prosperi-
dad econmica. Probablemente los ms interesantes trabajos en
ste sentido lo constituyen los anlisis de Fei sobre la estructura
social del campesinado chino. En sus trabajos este autor muestra
como una estructura productiva genera con la mediacin de los
sistemas polticos e ideolgicos a una sociedad de clases en la que
la situacin del campesinado chino es recreada en nuevos conte-
xos sociopolticos122. An cuando la relevancia de la aportacin
de Fei radique en su anlisis del papel mediador que la clase te-
rrateniente juega en la mudanza histrica del campesinado chi-
no al realizarse a travs suyo la extraccin del excedente median-
te el sistema de impuestos, su descripcin de la diversificacin
tradicional entre actividades agrarias y no agrarias de la fuerza
de trabajo familiar campesina, as como de las actitudes campe-
sinas hacia el trabajo, ha llevado a que se le considere como teo-
rizador de elementos culturales campesinos. En este sentido la ca-
racterizacin del contexto social agrario chino como determinante
de un conformismo campesino que acepta el bajo nivel de co-
modidad material en que vive, por ausencia de oportunidades
econmicas alternativas y el perjuicio que a los miembros de su
comuna les supondra una competencia econmica en la
escasez123, ha sido interpretado como una actitud econmica ge-
neralizable a otros contextos y atribuible como rasgo universal
campesino124 cuando parece claro que al cambiar las circunstan-
sant and Peasant Societies, 1971); Galeski (Basic Concept of Rural Sociology 1972)
o Wolf (Peasants,
1966) dentro de la nueva tradicin de estudios campesinos
por citar, tan slo una pequea muestra.
122 Hsiu-Tung, Fei Peasant L:fe in China: A Field Study of Country Life
in
the Yangtze I^ally
(London: Kegan Paul, 1939) y sobre todo China ^Gentry (Uni-
versity of Chicago Pres, 1953).
' 23
Hsiao-Tung Fei and Chih-I Chang,
Earthbound China. A Study of Ru-
ral Economic in Yunnan
(University of Chicago Press, 1945) pp. 82-84.
124
George M. Foster, Peasant Society and the image of limited good
inAmerican Anthropologist Vol. 67 n 2, 1965, pp. 293-315 y apoyndose en
Foster la prctica totalidad de los trabajos sobre modernizacin de la vida
rural.
89
cias el campesino chino busc un mayor grado de bienestar para
su unidad econmica mediante nuevas formas de diversificacin
de su fuerza de trabajo familiar125.
Quiz el trabajo que ha alcanzado mayor xito entre los so-
cilogos de la modernizacin de la vida rural sea la muy conoci-
da teora de la imagen del bien limitado que desarrollara Foster. Este,
en un intento de caracterizar la dimensin dominante en la orien-
tacin cognoscitiva de las sociedades campesinas, construy un
n,odelo para explicar el comportamiento campesino126.
Para Foster amplias reas del comportamiento campesino es-
tn modeladas por esta percepcin del universo sociocultural. Tal
percepcin consiste, en sntesis, en una visin a travs de la cual
todo aquello que es deseado y valioso para el campesino (como
la amistad, la riqueza, la salud y cuantas otras cosas son ambi-
cionadas)
existe en su mundo en una cantidad escasa y limitada. Pero
adems, todo bien es finito y no existe manera posible de ser in-
crementado en cantidad disponible por los campesinos. De esta
forma todo incremento en el bienestar de una unidad campesina
supone, de alguna manera, una prdida relativa de ese bienestar
por parte de los dems miembros de la comunidad. Como conse-
cuencia de ello el logro del xito personal es para Foster, algo
ausente de las sociedades campesinas en las cuales las virtudes
anglosajonas del trabajo duro y el ahorro, vistas como determi-
nante del xito econmico no tienen sentido' Z' . A1 ser el univer-
so social de los campesinos percibido desde perspectivas en la que
toda satisfaccin personal se torna en insatisfaccin colectiva, como
resultado de la cantidad limitada y sin posible expansin de los
bienes sociales, el orden social campesino ser consecuentemente
reflejo de tal orientacin cognoscitiaa. As, dentro de una concepcin
funcionalista de la sociedad, Foster concluye que todas las institu-
ciones sociales, el comportamiento social e incluso los valores y
actitudes de los campesinos sern modeladas como funciones de es-
ta orientacin cognoscitiva. Desde el momento en que el logro
' 25 Fei Hsiu-Tung, Peasantry and Gentry
The American fournal of So-
ciology Vol. I-II, 1946. p. 153.
' 26
George M. Foster Peasant Society and the Image of Limited good
enAmerican Anthrapolog^t. Vol. 67, n 2. 1965 pp. 293-315.
127 Ibid. p. 307.
90
personal se realiza a expensas de otro, ello constituye una ame-
naza que es necesario combatir para preservar la posicin relati-
va de cada campesino dentro de su orden social tradicional. La
reaccin de tales amenazas tiene dos expresiones; por un lado la
mxima cooperacin o el comunismo como forma de solucin para
la nivelacin y permanencia de las posiciones sociales, o por otro,
el individualismo extremo en el que el mutuo recelo es la postura
generalizada.
No es este lugar para intentar falsar la validez de dicha teo-
ra, cosa que en buena medida ya ha sido realizada por otros auto-
res127a, pero s de subrayar las orejeras urbanoindustriales de
gran nmero de antroplogos y socilogos que, aun cuando lle-
ven a cabo valiosas aportaciones en otros terrenos127b, se empe-
an en desarrollar a los campesinos introduciendo en ellos la tec-
nologa y sistemas de organizacin agraria propia de los pases
occidentales producciendo una occidentalizacin cultural que, co-
mo algo ajeno a su organizacin social; rechazan. Aun cuando
Foster reconozca que no es posible explicar el comportamiento
campesino sin recurrir a la historia, la estructura y la cultura de
la sociedad nacional al ser tanto lo rural y campesino como lo ur-
bano e industrial partes de la definicin de un tipo sociocultural,
su inters para describir las barreras sociales y psicolgicas al cam-
bio que ofrece el campesinado128, por un lado, y su intento de
127a Cf. John G. Kennedy ^^Peasant Society and the Image of Limited
Good a Critique. American Anth^opologist Vol. 68, 1966, pp. 1212-25; John
Bennett, Further Remarks on Foster' s Image of Limited Good American
Anthropologt Vol 68 pp. 206-210 entre otras.
^2^6
George M. Foster fu uno de los ms relevantes impulsores de la
nueva tradicin de los Estudios campesinos al crticar la dicotoma tipolgi-
ca propuesta por Redfield en la que inclua todas las sociedades no urbanas
dentro de la categora de ^<Folk-Society, que inclua a las tribus primitivas
junto a los campesino de las sociedades avanzadas. El concepto de campesi-
nado como segmento de una sociedad mayor en la cual est estructurada
tanto vertical como horizontalmente y en una continua interaccin espacial
y temporal se debe en gran medida a este relevante autor, Cf. por ejemplo
J.M. Potter, G.M. Foster and M.M. Daz (eds) Peasant Societies: A Reader
(Boston: Little Brown, 1967) as como sus importantes aportaciones a la an-
tropologa mdica.
^28
George M. Foster, Traditional Cu[turs and the Impact of Techno-
91
generalizar actitudes especficas de una comunidad afirmando que
los campesinos se ven en lucha continua y sin tregua con sus com-
paeros como consecuencia de que los bienes sean escasos129
dentro de su pretensin de construir un modelo de orientacin
cognoscitiva que explique el comportamiento campesino (The
Image of Limited good), por otro, distan mucho de seguir sus
premisas metodolgicas iniciales.
Dentro de la aplicacin que los socilogos de la moderniza-
cin de la vida rural hacen de esta teora hay al menos dos face-
tas distintas. Una que se refiere a sus actitudes frente al trabajo
y los conocimientos tecnolgicos y que etiquetan comofatalismo,
falta de aspiraciones, resistencia al cambio, y que estara relacionado
con su posicin social, como consecuencia de la imposibilidad de
obtener mayor cantidad de bienes. Y otra que hace referencia a
su concepcin del mundo localista, de aisin limitada, aemptica.
Respecto a la primera faceta baste con recordar que existe to-
da una teora de la lgica econmica campesina que iniciada por
Alexander V. Chayanov est siendo remodelada por un gran n-
mero de autores dentro de la nueva tradicin de los estudios cam-
pesios. Pero que ya desde sus inicios explica y refuta lafalta de
aspiraciones y resistencia al cambio en los trminos simplistas que los
modernistas rurales los formulan.
En efecto los conceptos de fuerza de trabajo de la unidad fa-
miliar, nivel de autoexplotacin de sta y equilibrio econmi-
co bsico campesino, permiten por s solos explicar, dentro del
esquema chayanoviano, este hecho. Para Chayanov130 los esque-
mas elaborados por la teora econmica tradicional no son apli-
cables al campesinado. Esto se debe a que aquella analiza todos
los fenmenos econmicos desde una perspectiva capitalista. Las
logical Change (New York: Harper & Brothers, 1962. Hay versin castella-
na en (Mxico: FCE, 1964).
129 George M. Foster, Tzintzuntzan Mezican Peasants in a Changing World
(Boston: Little Brown, 1967) p. 134. Hay versin castellana en (Mxico;
FCE, 1972).
' 3o
A.V. Chayanov, The Theory of Peasant Economy. la ed. Mosc. 1925
(Honewood: The American Economic Association. Richard D. Ipwin, Inc.,
1966). Hay una edicin castellana, traducida directamente del ruso, con el
ttulo de La organizacin econmica campesina (Buenos Aires: Nueva Visin,
1974).
92
categoras analticas de renta, capital, precio y otras muchas se
ha elaborado en un marco de referencia en el que el trabajo asa-
lariado, por un lado, y la maximizacin de los beneficios, por otro,
operan como variables presentes en el desenvolvimiento de la ac-
tividad econmica. En este sentido la lgica del campesinado, por
el contrario, se basa en la existencia de una fuerza de trabajo familiar
y en la satisfaccin de las demandas de la unidad econmica fa-
miliar por lo que los mecanismos a travs de lo que opera son
esencialmente diferentes a los de la economa capitalista. El vo-
lumen del trabajo familiar campesino es funcin del producto glo-
bal obtenido y lo que determina el empleo de un nivel de fuerza
de trabajo no es la retribucin a sta, ya que para el campesina-
do no existe el concepto de salario. El campesinado -para
Chayanov- mide subjetiaamente los insumos de su labor. Son las
necesidades que hay que satisfacer las que originan la organiza-
cin de la produccin en esta vida econmica. El grado de autoex-
plotacin de la fuerza de trabajo familiar es percibida por los cam-
pesinos desde una doble perspectiva. Por un lado, desde la de su
significado para el consumo. Y por otro desde la del esfuerzo y fa-
tiga que produce cada incremento del producto. De esta forma
la remuneracin, expresada objetivamente, por unidad de tra-
bajo ser considerada ventajosa o desventajosa por la familia cam-
pesina segn el estado de equilibrio bsico entre la medida de la
satisfaccin de las necesidades de consumo y la fatiga y dureza
del trabajo13' . Para cada incremento del producto este segundo
componente se incrementa de tal forma que decrece la valora-
cin subjetiva del consumo. As pues, en cuanto se alcanza el
punto de equilibrio el continuar trabajando carece de sentido pa-
ra el campesino o el artesano, ya que los gastos en trabajo se ha-
cen ms duros de soportar que las consecuencias de no trabajar.
Pero no vamos aqu a exponer la siempre citada y poco cono-
cida teora de la lgica econmica campesina de Chayanov13z,
13' Alexander V. Chayanov, The Theory of Peasant Economy... op. cit. p.
87. Para una excelente discusin sobre el concepto chayanoviano dr tia-
gostnost traducido como de fatiga y dureza en el trabajo no slo en su di-
mensin fsica de esfuerzo sino tambin en su dimensin mental, como abu-
rrimiento y desgana. Cf. Angel Palerm, Modos de produccin y fomiaciones so-
cioeconmicas (Mxico: Edicol, 1976) p. 144.
132 Una buena seleccin de esta teora micrceconmica del campesina-
93
entre otras razones ms importantes porque adems no es este
sino uno de los muchos autores cuyas construcciones explican el
comportamiento campesino respecto al trabajo y la economa;
autores como Polanyi, Shanin y otros muchos133 han explicado
sobradamente como la concesin al campesinado de ste tipo de
atributos econmicos antimodernizantes es el resultado de la utiliza-
cin de orejeras urbanoindustriales etnocentristas en la pesqui-
sa terica de un investigador.
En lo que se refiere a la segunda faceta que inserta en la cul-
tura campesina un carcter localista, una aisin limitada del mundo
y una falta de imaginacino empata creemos que la seleccin de
autores realizada por los socilogos rurales de la modernizacin,
de acuerdo siempre con su enfoque funcionalista, les lleva a olvi-
dar uno de los rasgos centrales a la hora de definir al campesi-
nado134, cual es la relacin asimtrica pero activa e interactuante
que tal entidad mantiene con el resto de la sociedad. An cuando
el campesinado sea, ciertamente, una parte perifrica y depen-
diente de ese resto de la sociedad, su carcter no aislado de la
misma es bsicamente lo que le diferencia de las mal llamadas
sociedades primitivas. EI alejamiento de los centros de poder
do puede verse en A.V. Chayanov (Tschaianoff) The Socioeconomic Na-
ture of Peasant FarmEconomy^^ en P.A. Sorokin, Carle C. Zimmerman
y C.J. Galpin, A Systematic Source Book in Rural Sociology (New York: Russell
& Russell, 1965) la ed. 1931. Vol. 2; pp. 144-14).
' 33
Cf. Estudios de S. Barraclough, R. Firth, G. Gertz, M. Lipton, S.
Minz y D. Warrier entre otros. Los trabajos ms relevantes de Shanin so-
bre la economa campesina estn en Teodor Shanin, Naturaleza y lgica de
la economa camfiesina (Barcelona: Anagrama, 1976) aparecidos previamente
en The fournal of Peasant Studies n 1 y 2, y en su seleccin, Peasant and Pea-
sants Societies (Harmondsworth: Penguin, 1971). Hay traduccin castellana
en (Mxico: FCE, 1979). Respecto a Karl Polanyi, Cf. The Economy as
instituted process en K. Polanyi y H.W. Pearson (eds) Economics in history
and theory (Glencoe Illinois: The Free Press, 1957). Existe una versin caste-
llana de este trabajo en Maurice Godelier (ed) Antropologay economa (Barce-
lona: Anagrama, 1976), pp. 155-178. Una seleccin de textos en A. Palerm,
Modos de produccin... op. cit.; pp. 171-176 y Karl Polanyi, The Great Transfor-
mation (Boston: Beacon Press, 1957), la ed. 1944; Cf. especialmente para
lo aqu tratado, pp. 47-52.
' 3a
Cf. E. Sevilla Guzmn y M. Prez Yruel, Para una definicin so-
ciolgica del campesinado, Agricultura y Sociedad, n 1.
94
econmico, cultural y poltico no significa aislamiento. Ello so-
bre todo si se introduce, cosa que ignora totalmente esta tradi-
cin intelectual, una dimensin histrica, imprescindible para en-
tender el concepto de campesinado.
No es necesario entrar ahora en la discusin de la validez de
las generalizaciones con carcter universal referentes al campesi-
nado, pero s queremos subrayar que en el mundo actual los cam-
pesinos se han visto sometido a unos procesos de cambio que exi-
gen frmulas de readaptacin respecto a las caractersticas vin-
culadas al pequeo mundo del campesinado. Sin duda el pro-
ceso global que en la actualidad, y como consecuencia de la exis-
tencia de una economa mundo consolidada135, est experimen-
tando el campesinado ha determinado en l unos cambios que,
en un esfuerzo de sntesis, pueden subsumirse en la tendencia ge-
neral de integracin de la agricultura en el sistema econmico glo-
bal. As los procesos de desarrollo econmico, sean de ndole so-
cialista o capitalista, subvierten, aunque sea en formas diferen-
.tes, determinados rasgos atribuibles al campesinado. Entre ellos
el
ms relevante es su carcter aislado y con l todas las caracte-
rsticas de percepcin del mundo que, como consecuencia de ello,
se le imputaban. El campesinado actual ha ampliado su mbito
de percepcin del universo social de su comunidad hasta abarcar
con mayor realismo la complejidad del sistema social en que es-
tn inmersos. Desconocer esto es marginar las ms frtiles corrien-
tes actuales que provinientes de las ms diversas disciplinas con-
fluyen en la nueva tradicin de los Estudios Campesinos136. Den-
tro de ella se encuentra, entre otras tendencias de la propia so-
ciologa rural, el germen de la renovacin terica a que estamos
asistiendo en esta disciplina y que esquemticamente pasamos a
considerar.
135 Inmanuel Wallerstein, The Madern Wosld System (New York: Acade-
mic Press, 1974). Hay traduccinespaola en
(Madrid: Siglo XXI, 1979).
i36
E. Sevilla Guzmn Prlogo a la edicin castellana en Boguslaw Ga-
leski, Sociologa del Cam^esinado (Barcelona: Pennsula, 1977) pp. 5-19.
95
6.
BREVE CONSIDERACION FINAL: BALANCE,
PERSPECTIVAS, CONCLUSIONES
El balance global de lo que hemos denominado
tradicin socio-
lgica de la aida rural
se presenta, pues, en estos momentos de nuestro
discurso como no excesivamente positivo. Quiz puede interpre-
tarse que nuestro anlisis haya sido demasiado duro. Sin embar-
go nos hemos limitado a describir los orgenes y desarrollo de s-
ta tradicin intelectual insertndolos, por un lado, en un esque-
ma interpretativo en el que hemos intentado mostrar los hallaz-
gos ms relevantes que desde una perspectiva terica se han ido
produciendo y, por otro, la coyuntura histrica y cultural en que
dichas aportaciones iban surgiendo. Tan solo en el apartado 5
sobre la rama modernizadora del campesinado hemos pretendi-
do unir a sto una dimensin crtica del contenido terico que
presentbamos, ante la ausencia de anlisis especficos sobre sta
rea concreta.
Sin embargo recientemente se han realizado ex
^elentes anli-
sis sobre la pobreza terica de esta tradicin intelectual, as como
sobre los orgenes de la crisis profunda en que actualmente se en-
cuentra, que suponen una evaluacin global mucho ms radical
que la por nosotros efectuada en este trabajo137. Parece como si
esta crisis de identidad en la sociologa de la vida rural se basara
no slo en la irrelevancia intelectual de su acervo terico, sino
en la propia definicin del objeto de esta disciplina. Ello ha de-
terminado la existencia de una suerte de
anomia acadmica en los
137 Bruno Benvenuti, Benno Galjart and Howard Newby The Current
Status of Rural Sociology Sociologa ruralis Vol. 15 n$ 1/2, 1974, pp. 3-21.
Tiene inters la rplica que a este artculo hace Teodor Shanin (A World
Without Rural Sociology? The Issue of Specificity and the Future of a Dis-
cipline Sociologa Ruralis Vol. XVI, 1976) criticando su pesimismo antropo-
lgico, consecuencia de su estrecha visin de lo que es la sociologa rural,
al obviar la antigua tradicin de los estudios campesinos, por un lado, y las
diferentes corrientes que al margen de la sociologa de la vida rural ameri-
cana, por otro, estn produciendo una renovacin continua en el pensamiento
social agrario. El trabajo ms relevante realizado hasta ahora sobre el con-
tenido terico de la Sociologa rural es Howard Newby. Rura[
Saciology: a
Trend Report Cunent Socio[ogy, Vol. 21, n 1, pp. 1-141. Un excelente resu-
men puede verse enBasis Papers. Workshops 1. V Congreso Mundial de So-
ciologa Rural, Mxico 7-12 Septiembre, 1980. pp. 103-32.
96
socilogos rurales inscritos en la prevalente orientacin terica
que aqu estamos analizando138.
Recientemente uno de los ms prometedores socilogos rura-
les americanos ha hecho un penetrante y esquemtico balance de
un aspecto clave en el contenido terico de la sociologa de la vi-
da rural; esto es, su falta d sentido crtico. Dice Frederick H.
Buttel en este sentido, que la sociologa rural en Estados Unidos
se dedicaba hasta la dcada de los setenta casi totalmente a cues-
tiones tales como la aceptacin y difusin de las tecnologas agra-
rias (sin ningn inters en cmo estas tecnologas afectaban a la
estructura agraria); los valores e idelogas rurales (sin prestar aten-
cin a cmo estos elementos culturales estaban arraigados en la
estructura socioeconmica rural); el desarrollo de la comunidad
(^in reconocer apenas cmo est implicado este proceso en una
estructura centro-periferia y en el proceso de cambio estructural
de la agricultuca) y la estratificacin social del campo (abstrayendo
sus races de la estructura social rural y agraria y expresada des-
de la supuesta similitud de la estructura rural con su imagen
urbana)19.
Por otra parte, y como marco terico en el que insertar cada
una de estas cuestiones, la nica conceptualizacin producida por
esta corriente intelectual hasta ahora es el
continuum rural-urbano
y algunas categoras analticas funcionalistas puntuales referen-
tes a los sistemas sociales rurales que no permiten la construccin
por s solos de un esquema general de referencia. La crnica de-
138 Cf. W.W. Flak and T.K. Pinhet Making Sense of the Concept of
Rural and Doing Rural Sociology: An Interpretative Perspective^> Rusal So-
ciology Vol. 44, n 4, 1978, pp. 547-558; F. Michael Nolan and John F. Ga-
Iliher, Rural sociology Research and Social Policy: Hard Data, Hard ti-
mes Ruial Sociology
Vol. 34, n 4, 1973, pp. 491-499 donde se hace un com-
prensivo anlisis de la situacin criticando el empirismo aplicado y la falta
de contenido terico de esta tradicin intelectual como consecuencia de la
ausencia de formacin humanstica que los socilogos rurales reciben en los
Colleges of Agriculture en USA.
139 Federick H. Buttel, Agricultural Structure and Rural Ecology: To-
wards a Political Economy of Rural Development ponencia presentada al
grupo de trabajo I del XCongreso Europeo de Sociologa rural, Universi-
dad de Crdoba, Abril 5-10, 1979. publicado posteriormente en
Ag^icultura
y Sociedad n 13 Octubre-Diciembre 1979, pp. 257-306; p. 258.
97
bilidad terica de la sociologa de la vida rural persiste: actual-
mente la desacreditada teora del continuumrural-urbao no ha
sido reemplazada por un nuevo aparato conceptual o un ncleo
de problemas tericos que provea a la sociologa rural de nuevo
impulso y camino para sus investigaciones140.
As pues, en el balance final de la larga marcha de la sociolo-
ga de la vida rural hacia el funcionalismo hay que sealar que
aqulla no ha sabido tomar de esta corriente terica, (en muchos
aspectos todava hoy hegemnica en el pensamiento sociolgico),
aquellas herramientas analticas que originaran su promulga-
cin14' .
Tan solo los mtodos y las tcnicas cuantitativas han si-
do incorporados a su bagaje intelectual, lo cual supone un triste
balance.
La sntesis que hemos realizado sobre tres distintas escuelas
que impulsan el desarrollo de la sociologa de la vida rural y que
ha sido utilizado para presentar sta hasta la dcada de los cin-
cuenta es una de las posibles formas de ubicarlas en la coyuntura
histrica y el contexto intelectual en que surgen. No obstante la
evolucin del pensamiento terico de la vida rural supone el paso
de una etapa de reformismo social (aproximadamente hasta 1930)
a otra en que se pretende intilmente, mediante el fugaz paso de
PitirimA. Sorokin por la sociedad rural, introducir el legado te-
rico de la
antigua tradicin europea de los estudios campesinos.
Y, en
la que se origina la teora del continuumrural-urbano como ni-
ca base conceptual explicativa de la realidad social agraria. Bajo
su impulso se llegara a otra etapa que iniciada en 1950 con la
obra de C.P. Loomis constituye un estadio en que se desarrollan
aquellas cuestiones en las que los esquemas funcionalistas permi-
ten, como sistemas parciales, una aportacin ms relevante; caso
de la teora de la comunicacin agraria, la difusin de innovacio-
nes y transmisinn tecnolgica en general. Aparece as una rama
eztensionista o de la comunicacin agraria aplicada al desarrollo rural
que
se
muestra como la ms fructfera de esta tradicin intelectual.
Sin embargo como creemos haber demostrado cuando se preten-
140 Howard Newby, ^^Thz Challenge of Rural Sociology Today in
Ba-
sic Papers... op. cit. III.
14' Salvador Giner, E[ Progreso de la Ciencia Sociotgica (Barcelona: Penn-
sula, 1974) Passim y especialmente pp. 97-150.
98
de aplicar tales herramientas conceptuales a los pases en vas de
desarrollo, aparece de nuevo la crnica irrelevancia intelectual
de la sociologa de la vida rural. Las incursiones tericas que rea-
liza la antropologa por esta corriente del pensamiento social a
lo largo de su evolucin no suponen una renovacin para la mis-
ma, ni en los estudios de comunidades rurales norteamericanas, prime-
ro, ni en los estudios sociolgicos de modernizacin despus.
Se ha dicho que una de las tareas centrales de la sociologa
rural americana es unparroquialismo refirindose a la estrechez
y limitada visin de los problemas, derivada en gran parte del
hecho de que en Estados Unidos la mayor parte de los socilogos
rurales tienden a localizarse en las Land Grant Universities y
en los State Agricultural Experimental Stations. El hecho de que
cada una de estas instituciones reciba una sustancial porcin de
sus fondos del propio estado presenta una decisiva influencia lo-
calizadora y parroquialista sobre la sociologa rural como conse-
cuencia de la fuerte identificacin de las Land Grant Universi-
ties con su propio estado y la percepcin de la necesidad de dar
la mayor prioridad a los problemas especficos de ese estado142.
Sin duda, como ya hemos subrayado a lo largo de ese trabajo,
el mecanismo del control estatal que la sociologa americana de
la vida rural ha sufrido a lo largo de su historia, sin ser cierta-
mente un problema exclusivamente de aquel pas143, est en la
raz de la explicacin de su pobleza terica.
No obstante, an cuando el balance global que acabamos de
ofrecer no es excesivamente optimista, las perspectivas, que pa-
samos a considerar, son radicalmente distintas. En efecto, a lo
largo de los aos setenta comienza a percibirse firmes intentos
de renovacin terica dentro del pensamiento sociolgico agra-
rio. La corriente que irrumpe con mayor fuerza es aquella que,
procedente de la tradicin de los estudins campesinos, utiliza bsi-
camente las herramientas de la sociologa y recoge el legado te-
rico de la antigua tradicin europea de estudios sobre el campesi-
142 Federick H. Buttel and Howard Newby (eds),
The Rural Sociology af
the Advanced Societies. Critica[ Perspectives (Montclair/London: Allanheld Os-
mund/CroomHelm, 1980 p. vii.
143 Cf. E. Sevilla Guzmn, Prlogo a la edicin castellana, Boguslav
Galeski Sociologa de! Campesinado... op. cit.
99
nado. Estasociologa del campesinado centra sus esfuerzos en el an-
lisis de las pautas de desigualdad que todo sistema de clases lleva
consigo como consecuencia de la asimtrica distribucin del po-
der, la propiedad, el estatus y el privilegio, as como en los con-
flictos que inevitablemente se generan por tales relaciones de
desigualdad' *' . Se caracteriza, no solo por el uso de la historia15
como variable central en la construccin de su marco terico, si-
no por la utilizacin de una fuerte perspectiva interdisciplinaria
en sus modos de explotar la realidad, aunque se centre bsica-
mente en el anlisis de los pases del tercer mundo; mantiene igual-
mente una gran preo^upacin por los problemas de los pases ms
desarrollados y por las cuestiones tericas relacionadas con la es-
tructura social agraria en general16
Igualmente, aunque de una manera ms paulatina, van sur-
giendo diversos estudios que se acercan a los asuntos agrarios des-
de la plataforma de laSociologa del Desarrollo, abordando el anli-
sis de los pases subdesarrollados en trminos de una teora pol-
tica del imperialismo y desde un enfoque marxista en el que se
pretende explicar la distribucin del poder a nivel mundial a tra-
vs del proceso de desarrollo capitalista' 47
144
Los trabajos pioneros de esta perspectiva terica provienen bsica-
mente de la sociologa polaca. El manual de Boguslaw Galeski, Basic Con-
cepts of Rura[ Sociology (The University of Manchester Press, 1972) recoge mu-
chas de estas aportaciones. Hay versin castellana con el ttulo ms adecua-
do a su enfoque terico de Sociologa del Cam^esinado (Barcelona: Pennsula,
1977.
' 4s
El estudio pionero en este sentido se debe a Barrington Moore Jr.,
Social Origins of Dictatorship and Democracy (London: Allen Lane, 1966) Teo-
dor Shanin, The Awkward Class (Oxford: Clarendon Press, 1972) Henry A.
Landsberger (ed) Rural Protest: Peasant Moaements and Social Change. (London:
Mac-Millan, 1974).
146 Cf. Juan Martnez Alier, La estabilidad del latifundismo. (Paris: Rue-
do Ibrico, 1968). Hay versin inglesa con el ttulo de Labourers in Southern
Spain (London: George Allen, 1971) entre otras y sobre todo las revistas por-
tadoras de este enfoque The fournal of Peasant Studies, en Inglaterra, y Agricul-
tura y Sociedad, en Espaa
147 El iniciador de esta corriente en sociologa rural es Rodolfo Staven-
hagen (Las clases sociales en las sociedades agrarias Mxico: Siglo XXI, 1969)
an cuando existe una larga lista de prolficos autores como Gerrit Huizer,
100
Sin embargo estas dos corrientes de pensamiento son prcti-
camente ignoradas por la Sociologa Rural establecida que conti-
nua apegada al legado tradicional de la sociologa de la vida
rural148. No sucede lo mismo respecto a los nuevos enfoques te-
ricos que, desde una perspectiva sociolgica, analizan los proble-
mas agrarios y que surgen en el propio mundo anglosajon. Bsi-
camente, stos son dos que, como veremos ms adelante, a fina-
les de los aos setenta se ven sometidos a una profunda interac-
cin que est originando una nica corriente que, como una nueva
sociologa rural crtica, supone una valiosa renovacin n el pen-
samiento social agrario, en general, y en la tradicin terica de
la vida rural, en particular.
En primer lugar aparecen en Inglaterra, en la primera mitad
de los aos setenta, una serie de investigaciones crticas que ana-
lizan globalmente los estudios de comunidades desde una pers-
pectiva sociolgica pero que, al hacer especial nfasis en las co-
munidades rurales norteamericanas, tiene una mplia19 reper-
Ernest Ferder y otros muchos. Los artfices de este esquema terico global
son, entre otros, Andre G. Frank; [Link] Santos, A. Emmanuel y Samir
Amin.
148 Ello no quiere decir, empero, que la sociologa rural no hubiese ex-
perimentado cambio alguno hasta la dcada de los setenta. Por el contrario
en Estados Unidos se produjo un paulatino alejamiento del control guber-
namental, que haba caracterizado a la sociologa de la vida rural, dejando
de ser activa la participacin de los crculos acadmicos en las propuestas
de la poltica agraria. La sociologa rural en Estados Unidos a partir de los
aos sesenta trata escrupulosamente de mantenerse desvinculada de la Ad-
ministracin Federal y se centra, sobre todo, en los anlisis multivariables
con la utilizacin de computadoras a gran escala en un empirismo sublime.
Por otra parte en Europa surgen relevantes aportaciones tericas que
utilizan la tradicin intelectual de la sociolog-a de la vida rural produciendo
una enriquecedora interaccin. Figuras destacadas en este sentido son M.
Cepde, Herbert KStter, Gwyn E. Jones, Placide Rambaud, H. Mendras,
Conrado Barbieris, Benno Galjart y otros investigadores vinculados a la
Universidad agraria de Wageningen. Cf. AK. Constandse y EW. Hofstee,
La Sociologa Rural en accin (Roma: FAO, 1965), as como las aportaciones
de estos autores en Sociologa Ruralis y Etudes Rurales.
149 Colin Bell and Howard Newby, Community Studies... op. cit. y de los
mismos autores The Sociology of Community (London: Frank Cass and Co. Ltd.,
1974) como una seleccin de algunos de los trabajos analizados en el ante-
101
cusin en los crculos oficiales de la sociologa rural americana.
Adems, estos trabajos inscriben estos estudios dentro del pensa-
miento social sobre la comunidad, lo que supone un esfuerzo por
insertar esta rama de la sociologa de la vida rural dentro de la
teora social, iniciando as un intento de ruptura con el tan auto-
sentido parroquialismo rural americano. Esta corriente se con-
solida mediante varias investigaciones en equipo, que recogien-
do el ms puro acervo terico social, aplica sus esquemas al an-
lisis de los problemas de la agricultura inglesa150. Fuera de toda
sospecha provincianista de la tradicin sociolgica de la vida ru-
ral conecta con la sociologa rural americana y pretende incluso
recuperar determinados elementos de aqulla15' en una clara la-
bor de renovacin terica.
En segundo lugar aparece, a mediados de los aos setenta,
en Estados Unidos (y sta es probablemente la corriente que co-
mienza a mostrar una ms fuerte repercusin en la sociologa de
rior libro. El estudio de Robert J. Havighurst and Anton J. Jansen, Commu-
nity Research. Current Sociolo,^ Vol. XV. n 2, 1967, juega tambin un cierto
papel en este proceso.
iso
Cf. entre ofros Howard Newby, Colin Bell, David Rosey y Peter
Saunders, Property, Paternalism and Power (London: Hutchinson & Co. Ltd.,
1978); H. Newby, D. Rose, D. Saunders and C. Bell, Farming for survi-
val: Small Farmers in the Class Structure in F. Bechhofer and B. Ellictt
(eds) The Petit Bourgeoisie in the C[ass Structure (London: Mac Millan, 1979).
Howard Newby, The Diferential Worka (London: Allen Lane, 1977), y del
mismo autor Urbanizacin y estructura de clases rurales: reflexiones en torno
al estudio en su caso, Agricultura y Sociedad, n 14, 1980. As como varios
artculos enfournal of Farrn Management, Comparatiae Studies in Society and His-
tory A Sociological Reaiew.
15' Howard Newby, mximo representante de este grupo surgido en el
Departamento de Sociologa de la Universidad de Essex, percibe en Gal-
pin, una de las figuras centrales de la sociologa de la vida rural como he-
mos visto, una embrinica teora centro-periferia en sus primeras formula-
ciones (Cf. H. NewbyBasic Papers... op. cit. p. 114). Por otro lado este autor
inicia una serie de fructferas colaboraciones cn Frederick Buttel de la Uni-
versidad de Cornell (que como veremos ms adelante juega un relevante
papel en el movimiento de renovacin que surge dentro de Estados Unidos)
y pasa a desempear un puesto importante en uno de los clsicos santuarios
de la sociologa de la vida rural americana: el departamento de Sociologa
Rural de la Universidad de Wisconsin.
102
la vida rural americana) un nuevo enfoque intelectual que desde
la propia sociologa rural americana critica el desarrollo cientfi-
co alcanzado y, sobre todo, se preocupa por una serie de proble-
mas hasta ahora inditos en su pesquisa. Entre stos se encuen-
tran las cuestiones relacionadas con el cambio estructural en la
agricultura y el medio ambiente; la estructura agraria; la comu-
nidad rural y la polarizacin regional; la agricultura y el Estado
y sobre todo, la filosofa de la ciencia social utilizada en el anli-
sis de los hechos agrarios152.
La colaboracin a que antes hemos aludido entre las corrien-
tes renovadoras britnica y americana, se materializa no solo en
el inicio de trabajos comunes entre autores pertenecientes a am-
bos movimientos intelectuales153, sino sobre todo la apertura
de un nuevo debate dentro de la sociologa rural. Este se centra
sobre los diferentes problemas que surgen en la agricultura de las
sociedades avanzadas, por un lado, y la internacionalizacin del
capital junto a la nueva divisin del trabajo que aparece a escala
mundial, por otro.
En sntesis, el panorama actual de la Sociologa Ru>al presen-
ta, en nuestra opinin, las siguientes perspectivas154:
1) Por un lado la sociologa de la aida rural que, como tradicin
intelectual, continua siendo la corriente hegemnica dentro del
' SZ
Cf. Frederick H. Buttel, Estructuras agrarias y ecologa rural: Ha-
cia una poltica econmica del desarrollo rural, Agricultusay Sociedad, n 13,
1979, pp. 257-306, donde se encuentra un detallado relato de esta corriente
intelectual, as como una amplia bibliografa sobre cada uno de los proble-
mas centrales que aborda dentro del contexto intelectual genrico del que
surge cada una de estas ramas. Igualmente, en este nmero aparece un tra-
bajo de Chazles E. Geisler dentro de esta perspectiva crtica de la sociologa
rural americana.
is3
Cf. Frederick H. Buttel and Howard Newby (eds) The Rural Socio-
logy of the Adaanced Societies... op. cit. donde se hace una interesante seleccin
de trabajos en las diferentes reas en cada una de estas corrientes.
' ^ Para un mayor desarrollo de esta tipologa Cf. Eduardo Sevilla Guz-
mn Perspectivas sociolgicas en el pensamiento social agrario espaol I
Congreso Espaol de Sociologa Zaragoza. Septiembre 1981. Donde se hace un
balance de la situacin actual de la Sociologa Rural espaola, tratando de
ubicar sus aportaciones en cada una de las corrientes actuales de la Sociolo-
ga Rural.
103
pensamiento sociolgico agrario. Dentro de ella, aunque con nota-
bles modificaciones provinientes sobre todo de los desarrollos pro-
pios de cada una de estas reas en cada pas -fundamentalmente
en Europa- pueden distinguirse: (i) Los estudios de comunidades ru-
rales, (ii) la sociologa extensionista o de la comunicacin y difusin agra-
rias, y (iii) la sociologa rural de la modernizacin, analizada en el apar-
tado anterior.
2) La sociologa rural del Desarrollo. En la que junto a la rama
ms radical, y sealada, que basa sus esquemas analticos en las
teoras de la Dependencia; del Centro-periferia y del Colo-
nialismo interno' ss aparece otra lnea de pensamiento no mar-
xista que centra sus esfuerzos en el estudio de formas alternati-
vas de desarrollo, tanto para los pases del tercer mundo como
para las sociedades ms avanzadas, cuyas versiones ms recien-
tes utilizan la teora del ecodesarrollo y la nucleacin industrial
en las zonas rurales' sb
3) La sociologa del campesinado. Ya hemos sealado algunas de
las caractersticas tericas de esta corriente que constituyen la pers-
pectiaa sociolgica de los estudios campesinos y que, a pesar de su
naturaleza interdisciplinaria, posee races propiamente sociol-
^ss
Howard Newby, en su anlisis de la sociologa rural elaborado para
Current Sociology (op. cit.), diferencia tres corrientes tericas de acuerdo con
el enfoque prevalente respecto a cada una de estas teoras al presentar los
trabajos tericos en progreso aunque seala que la categorizacin que realiza
no es mutuamente excluyente (Cf. pp. 88-93 de aersin mimeografiada que ama-
blemente nos envi el autor). No obstante, en nuestra opinin, estos tres
enfoques tienen un sustrato terico comn que por otra parte responde al
proceso de acumulacin cientfica de una misma corriente intelectual. Por
otra parte una objecin a los trabajos en progreso de Newby es, como ve-
remos ms adelante, no incluir dentro de la sociologa rural la perspectiva
especficamente sociolgica que, junto a los enfoques econmicos, antropo-
lgico e histrico, constituyen la tradicin terica de los estudios campesi-
nos.
' sb
Cf. Por ejemplo los trabajos de Ignacy Sachs en el Centre Interna-
cional de Recherche Sur I' Environnement et le Developpement (CIRED),
as como los trabajos que en Italia y Francia se estn desarrollando por so-
cilogos rurales desde esta perspectiva. Cf. Ignary Sachs Ecodesarrollo: Con-
cepto, aplicacin, beneficios y riesgos enAgriculturay Sociedad, n 18, Enero-
Marzo, 1981. O los estudios de Benno Galjart y Marc Mormont, entre otros.
104
gicas vinculadas a la sociologa polaca. La consolidacin de esta
perspectiva intelectual ha supuesto un importante foco de reno-
vacin terica a partir de los aos setenta para la Sociologa
Rural157 y ha significado sobre todo la recuperacin para el pen-
samiento social agrario de la antigua tradicin europea de estu-
dios sobre el campesinado158
157 Queremos sealar que an cuando Howard Newby (Cf. International
Perspectiaes in Rural Socio[ogy (Chichester: John Wiley & Sons) parezca situar
los estudios campesinos dentro de la sociologa rural, lo hace dentro de los
anlisis que se desarrollan en el mundo subdesarrollado, lo cual se contradi-
ce con la orientacin que a partir de 1975 toman muchas de las aportaciones
en este campo en The,Journal of Peasant Studies. Cf. en especial el debate entre
Nizos Muzelis y Kostas Vergopoulos sobre la articulacin del campesinado
en Grecia, o los trabajos de Harriet Frieman (Vol. 7, n 1980 pp. 158-184)
de esta revista. _
158 En noviembre de 1975 Teodor Shanin organiz en la Universidad
de Manchester un International Working Party for Peasant Studies para
crear un Instituto Internacional de estudios campesinos con diferentes ra-
mas regionales que permitiera una investigacin sistemtica con este enfo-
que terico que coordinara sus aportaciones. An cuando tal intento, por
razones que no ha lugar exponer aqu, no lleg a cristalizar tiene inters
recoger quienes asistieron, ya que entre ellos estn los autores que han con-
figurado el bagaje terico actual de los estudios campesinos: Hamza Alavi
(Pakistn/Gran Bretaa); Juan Martnez Alier (Espaa); Paresh Chattopadh-
yay (India/G. Bretaa); George Dandler (G. Bretaa); Basil Davison (G.
Bretaa); Francisco Delish (Per); Boguslaw Galeski (Polonia); E. Gellner
(G. Bretaa); Eric Hobsbawm(G. Bretaa); Klans Jaacklein (Alemania Oc-
cidental); Mubeccel Kiray (Turqua); Sidney Mintz (USA); Fetemeh Ete-
mad Moghaden (Irn); Angel Palerm(Mxico); Terry Ranger (G. Breta-
a); Eduardo Sevilla Guzmn (Espaa); Teodor Shanin (G. Bretaa); Bryan
Roberts (G. Bretaa); Arturo Warman (Mxico); E.F. Winter (Austria);
Eric Wolf (USA) y Peter Worsley (G. Bretaa).
is9
Cf. Salvador Giner, M. Prez Yruela y Eduardo Moyano, La agri-
cultura en la sociedad corporativa X Congreso de Sociologa Rural, Crdoba,
Abril 1979, ponencia basada en la aplicacin a la agricultura del esquema
terico elaborado en Salvador Giner y M. Prez Yruela, La Sociedad corpora-
tiaa (Madrid. CIS, 1979) y cuyo enfoque fue interpretado por Howard Newby
y Frederick H. Buttel como perteneciente a esta corriente de pensamiento.
Cf. Howard Newby, Rural Sociology a Trend Report, op. cit. p. 104 (ref. bib.
n 104), Cf. igualmente en este sentido S. Giner y E. Sevilla-Guzmn From
Corporatismto Corporatism: The Spanish case; Paper presentado a reu-
105
4) El nuevo enfoque crtico de la sociologa rural. Incluimos aqu
las corrientes britnica y norteamericana, ya sealadas, a las que
podran incorporarse diversas aportaciones procedentes de algu-
nos pases europeos 159. Ya apuntamos anteriormente los pro-
blemas clave en los que centran sus esfuerzos tericos, as como
el predominio en los mismos de un enfoque conflictivista. En la
actualidad se est produciendo un intenso debate, fundamental-
mente en Estados Unidos, sobre el camino que debe tomar esta
nueva sociologa rural. Para unos, este debera pasar por una eco-
noma poltica marxista en la agricultura que comenzara por des-
mantelar la sociologa rural como un rea especfica de investi-
gacin; para otros, bastara con aceptar el pluralismo terico de
nin organizada por el Social Science Research Council. Saint Catherine
College. University of Oxford Julio, 1981 y S. Giner, M. Prez Yruela y
E. Moyano La Sociedad corporativa y la sociedad rural. XI Congreso Euro-
peo de Sociologa Rural. Helsinki Agosto, 1981. Igualmente, los recientes
trabajos de J. Manuel Naredo, Martnez Alier y Pablo Campos, en Espa-
a, o los estudios de F. Bel, Y. Le Pape, A. Fleury y A. Mollard, en Fran-
cia, sobre las implicaciones sociales, derivados de los problemas energticos
y la agricultura, se encuentran de alguna forma vinculados con los trabajos
de la lnea ambientalista y ecologista de esta corriente de la sociologa rural.
En este sentido Cf. el nmero dedicado a problemas energticos de Agricul-
turay Sociedad, n 15 abril-junio, 1980 y Energa Poltica Infarmacin: Cuadernos
de Ruedo Ibrico n^ 63/66 mayo-diciembre, 1979. En Italia cabe citar los tra-
bajos de Giovanni Mottura, Enrico Pugliese, (Cf. H. Newby y F. Buttle,
The Rural Sotiology... op. cit. y Agrcola, mezzogiorno o mertato de[ Laaoro. Bolog-
na: II Mulino, 1975) de Sebastiano Brusco (Agrola rica e C[assi sotiali. Mila-
no: Fertrinelli, 1979) y F. Martnelly(Societat rurali e structura di classe. Mi-
]lano: F. Angeli, 1977) entre otros que podran, de alguna forma, incluirse
en este grupo. An cuando varios de los autores citados son economistas
creemos deben incluirse aqu, ya que estos estudios estn siendo utilizados
en debates especficos dentro de los crculos de la sociologa rural y, sobre
todo, porque su aportacin terica est clazamente dentro de la pesquisa te-
rica de esta corriente intelectual. No queremos entrar aqu en el problema
de la simbiosis economa agraria-sociologa rural dentro de desarrollo de
estas disciplinas en Europa, sobre todo en los primeros momentos, tal como
lo planteara Bruno Benvenuti (Problemi di Sociologia Rurale en F. Albe-
roni, Questioni di Sociologia, 1966) o H. Mendras (<^Les Etudes de Sociologia
Rurale en Europe enSociologa Ruralis vol. 1, n 1, 1960) ya que, en nues-
tra opinin, su aportacin terica ha sido muy escasa. Cf. pie de pgina 148.
106
esta corriente en el ncleo central de elementos tericos comu-
nes, los que se refieren al enfoque integrador del estudio de la
sociedad rural... partiendo de su desarrollo histrico (como) un
medio de vincular la estructura social y la estructura espacial del
mundo contemporneo, y denominar a este quehacer terico So-
ciologa de la Agricultura como expresin, no nicamente de un
tema de estudio, sino como un estilo de investigacin que se di-
ferencie, de alguna forma de la sociologa rural convencional (la
sociologa de la aida rural, en nuestra terminologa) siendo su crtica
y anttesis160.
Es difcil establecer en un trabajo como este algn tipo de con-
clusiones, cuando de hecho el balance ya realizado y la tipologa
de las nuevas corrientes tericas surgidas forman, de alguna ma-
nera, parte de las mismas. No obstante creemos haber mostrado
a lo largo de nuestra exposicin que el estudio de la evolucin
de la tradicin terica de la aida rural no puede concebirse como un
fenmeno independiente como si su tradicin intelectual fuera una
mera acumulacin de la actividad de quienes lo crearon. An cuan-
do exista un cierto grado de autonoma en el quehacer cientfico,
las interrelaciones entre la ciencia y la sociedad orientan, en ma-
yor o menor grado, el curso del pensamiento social; de igual for-
ma que la ciencia puede ejercer sobre la sociedad, mediante su
accin crtica, una accin transformadora. Nuestro anlisis, pen-
samos que ha sealado algunos aspectos de cmo estas interrela-
ciones han influido en la tradicin sociolgica de la vida rural.
Confiemos en que las perspectivas tericas actuales de la socio-
loga rural aqu expuestas puedan ser un ejemplo del otro tipo
de interrelaciones.
160 Howard Newby The Challenge of Rural Sociology Today en Ba-
sic Paas... op. cit. p. 199.
107
LA TEORIA DE LA
MODERNIZACION Y SU
CONCEPTO DE CULTURA
CAMPESINA: REFLEXIONES
CRITICAS
por Jess CONTRERAS HERNANDEZ
1. INTRODUCCION
En este trabajo se pretende discutir la caracterizacin que hacen
los tericos de la modernizacin de la cultura campesina, por
considerar que se trata de una caracterizacin esencialista, psi-
cologista y ahistrica.
Para esta discusin, se selecciona uno de los rasgos de esa ca-
racterizacin-el individualismo- que, de un modo ms gene-
ral, se atribuye a los campesinos. La discusin de este tpico se
I^leva a cabo a travs de cutro anlisis diferentes entre s, tanto
en contenido como en intencin:
1) El refranero, pues existen refranes (sentencias ideolgicas)
que valoran el individualismo y refranes que valoran la coopera-
cin y la reciprocidad.
2) Anlisis del cooperativismo en Espaa, queriendo sealar
que las actitudes de rechazo a las cooperativas no pueden expli-
carse, exclusivamente, mediante el recurso a la existencia de una
mentalidad individualista por parte de los campesinos, sino con-
textualizando esas actitudes dentro del sistema social global y de
la experiencia histrica de los campesinos.
3) Anlisis de un proceso histrico concreto que nos muestra
el origen de conductas individualistas y deterioro de las institu-
ciones tradicionales de cooperacin, y que incluye como factores
destacados: a) privatizacin de tieras comunales; b) papel circuns-
111
tancial del clero; c) Desaparicin de los municipios democrticos
como resultado de la legislacin franquista posterior a 1939.
4) Anlisis de una situacin aparentemente contradictoria en
la que se observan, simultneamente, conductas de cooperacin
y verbalizaciones individualistas para rechazar un Grupo de Co-
lonizacin. Este caso muestra que existen razones individuales
objetivas y ajenas a la mentalidad individualista para oponerse
al proyecto de un Grupo de Colonizacin.
2. LA CULTURA
CAMPESINA
Desde las ciencias sociales interesadas por las comunidades
rurales se ha intentado una caracterizacin general de la cultura
campesinv>, considerando que los diferentes grupos y tipos de cam-
pesinos del mundo^tienen, a pesar de las diferencias regionales,
unos rasgos culturales comunes. A juzgar por el xito de sus pu-
blicaciones o por la frecuencia con la que son citadas, la caracte-
rizacin que hacen Rogers y Svenning (1973) debe ser una de
las
ms logradas. Por ello lo tomaremos como punto de partida:
Los principales elementos de esta cultura campesina son: 1) la
desconfianza mutua de las relacior,es personales; 2) una percep-
cin de que lo bueno est limitado; 3) dependencia y hostilidad
hacia la autoridad gubernamental; 4) familismo; 5) falta de esp-
ritu innovador; 6) fatalismo; 7) aspiraciones limitadas; 8) ausen^
cia de dilacin de la satisfaccin; 9) visin limitada del mundo;
10) escasa empata (Rogers y Svenning, 1973: 35).
Esta caracterizacin' la apoyan en innumerables trabajos em-
pricos, descripciones de viajeros o funcionarios, o en monogra-
fas de socilogos y antroplogos. Con todo lo cual, pudiera su-
ponerse que dicha caracterizacin de la cultura campesina est
suficientemente constatada y se ajusta a la realidad.
De todos los rasgos contenidos en el inventario de Rogers y
Svenning, podran destacarse, por ser los ms reiterados, los de
'
Eduardo y Jos L. Sevilla ya han presentado en este mismo congreso
un anlisis de los presupuestos tericos de la teora de la modernizacin y
de su especial proyeccin en los estudios rurales, considerando tambin las
profundas limitaciones de la misma (Cf. Sevilla, 1981).
112
la desconfianza, la envidia y el individualismo. Esos rasgos se sin-
tetizan en dos elaboraciones tericas que, a su vez, sirven a Ro-
gers y Svenning para constituir dos elementos ms de su caracte-
rizacin. Me refiero a los conceptos de la Imagen del Bien
Limitado2 y el de Familismo AmoraC', de Foster y Banfield, respec-
tivamente. Ambos conceptos ya han sido ampliamente discuti-
2Por imagen del Bien Limitado quiero expresar que amplias reas del
comportamiento campesino estn modeladas de tal manera que sugieren
que los campesinos perciben su universo social, econmico y natural -es
decir, su medio- como uno en donde todas las cosas deseadas en la vida,
como la tierra, la salud, la riqueza, la amistad, el amor, la virilidad, el ho-
nor, existen en una cantidad finita y limitada y son siempre escasos. No slo stas
y otras tantas, `cosas buenas' existen en cantidades finitas y limitadas, sino
que adems no hay manera posible por fiarte de los campesinos, de incrementar las
cantidades disponibles.
Es como si el hecho de la escasez de tierra en un rea
densamente poblada se aplicara a todas las otras cosas que se desean. Un
`bien' como la tierra est ligada por naturaleza a ser dividido y redividido,
si es necesario, pero no a ser incrementado^^ (Foster, 1974: 64-65).
... el campesino ve su existencia determinada y limitada por los recur-
sos naturales y sociales de su aldea y del rea inmediata. En consecuencia,
hay un primero corolario a la Imagen del Bien Limitado: Si el `Bien' existe
en cantidades limitadas que no pueden ser acrecentadas, y si el sistema es
cerrado, se deduce entonces que
un individuo o una famili slo pueden mejorar
suposicin a expensas de otros.
De aqu que una aparente mejora en la posicin
relativa de cualquiera con respecto a un `Bien' se ver como una amenaza
para toda la comunidad. Se d o no cuenta de ello, alguien est siendo des-
pojado. Y como existe siempre la incertidumbre sobre quin es el que pier-
de (...) cualquier mejora de importancia se percibe no como una amenaza
para un individuo o una familia, sino para todos los individuos y familias
(Foster, 1974: 65).
3 Banfield explica la falta de inters de los campesinos en los asuntos de
la comunidad en trminos de la norma que parece regir el juego de la vida
entre los-campesinos italianos: elevar al mximo las ventajas materiales de
corto plazo para uno mismo, y suponer que todos los dems harn lo mis-
mo. De esta norma bsica se derivan varias consecuencias para el campesi-
no: 1) La pretensin de quienquiera que se diga inspirado por el inters p-
blico debe estimarse fraudulenta; 2) En virtud de que el campesino quiere
evitar que otros progresen ms que l, votar contra las medidas que ayu-
den a la comunidad sin ayudarlo a l, porque an cuando su posicin no
se
modifique en trminos absolutos considerar haber empeorado cuando
mejore la posicin de sus vecinos. Banfield estima que sus encuestados eran
113
dos en la literatura de estudios campesinos4 y slo el hecho de
que numerosos estudiososs sigan aplicndolos en sus investiga-
ciones sobre la Pennsula Ibrica justifica que nos entretengamos.
en algo que ya debiera estar superado.
La importancia atribuida por Foster a una orientacin cog-
noscitiva, la Imagen del Bien Limitado, es tal que, incluso,
deter-
mina
las instituciones sociales, los valores, la personalidad y el com-
portamiento:
Si los campesinos ven su universo como algo donde los bie-
nes se dan en cantidades limitadas y sin posibilidades de expan-
sin, y donde el logro personal se realiza a expensas de otro, de-
bemos suponer entonces que las institu^iones sociales, el compor-
tamiento personal, los valores y la personalidad van a montar pau-
tas que pueden ser vistas comofunciones de esta orientacin cog-
noscitiva. (Foster, 1974: 71; el subrayado es nuestro).
El individualismo de los campesinos es, precisamente, una de
las consecuencias de esa orientacin cognoscitiva o Imagen del
Bien Limitado:
Cualesquiera que sean las razones, los campesinos son indi-
vidualistas, y esto lleva, lgicamente, partiendo de la imagen del
bien limitado, a que cada unidad social mnima (frecuentemente
el ncleo familiar, otras un solo ndividuo) se vea en una perpe-
tua y tenaz lucha con sus compaeros por la posesin o el control
de lo que considera que debe ser su parte de los escasos valores.
Esta postura requiere cuatela y reserva extrema y siempre se est
mal dispuesto a revelar la verdadera fuerza y posicin (Foster,
1974: 72).
prisioneros de su propia tica social. Su incapacidad para actuar de consu-
no para el bien comn constitua un impedimento fundamental para su pro-
greso econmico (Banfield (1958), en Rogers y Svenning, (1973, 36).
4 Vanse, por ejemplo, los trabajos de Acheson (1974), Bennet (1966),
Kennedy (1966) y Ortiz (1974).
5 Vanse los trabajos de Aceves (1973), Barret (1974), Camilleri et al.
(1977), Esteva (1978), Gregory (1978), Hansen (1977), Moore (1978). Pue-
de verse, tambin la recopilacin de artculos de algunos de estos autores
en Douglass y Aceves (1978).
114
Ese individualismo constituye, segn Rogers y Svenning (1973,
36) y otros autores, un obstculo para la constitucin de coope-
rativas, as como para la mayor parte de los programas de desa-
rrollo, que se basan en la nocin de que la gente puede cooperar.
Algunos autoresb llegan a hablar, incluso, de incapacidad con-
gnita para cooperar (Cf. Daz, 1963).
Aunque no las discutiremos en esta comunicacin, vale la pe-
na tener presentes otras consecuencias derivadas de la Imagen
del Bien Limitado (o, en un sentido ms amplio, de los rasgos
de la cultura campesina). Son las siguientes:
6
Aunque no se trate de un cientfico social, vale la pena citar, debido
a su gran e indiscriminada audiencia, la visin que el escritor Josep Pl te-
na de los campesinos catalanes:
Malgrat el seu acusat sentit individualista, s' ha perfectament pogut ob-
servar que els pagesos en els dies que corren, han tingut una certa tendncia
a associarse. Aquesta tendncia ha estat, al meu entendre mes un marxa
general de 1' poca que subratlla els avantatges materials de 1' associaci que
un moviment espontani i natural de la seva mentalitat i manera d' sser.
Per aix no vol pas dir que hagin hagut de fer algun esfor visible i
dificil per a anar a 1' associaci.
Ms aviat ha estat un moviment normal i
corrent. En la seva mentalitat contradictria han pogut perfectment subsis-
tir una i altra tendncia: la individualista i la contrria. Per potser aquesta
coexistncia ha estat ms terica que prctica. Mirant les coses des de fora
estant, nica camp susceptible d' observaci, ha resultat molt confusa i in-
connexa.
En termes generals pot afirmar-se -emsembla= que les associacions
voluntries de pagesos solen acabar en una forma u altra de rosari de 1' aurora
(...).
Per a un pags del nostre pas, egocentrista fins a extrems indecibles,
amb un individualisme que desconeix el sentit del ridcul ms elemental,
el
mn enter no t una justificaci plausible si no s' enmotlla no sols a les
seves necessitats, sin a la seva incria i indiferncia, que sovint es tipica-
ment asitica (...).
Hemde constatar els fets d' una manera clara. Els pagesos senten una
emoci molt vaga, molt petita, davant de les coses de carcter collectiu o
social. Tot el que forma part d' aquesta classe de sentiments, d' aquestes rea-
litats, rellisca sobre la seva pell comla pluja sobre el marbre o el bronze
de les esttues (J. Pl, 1952, 162 y ss).
115
1) en las sociedades campesinas, el crabajo y el ahorro son las
cualidades de menor valor funcional' (Foster, 1974: 79), rigin-
dose estas sociedades por un patrn de gratificacin inmediata
que dificulta su movilidad social (Rogers y Svenning, 973: 44-45);
Y
2) La conducta campesina no est guiada por criterios eco-
nmicos racionales, y, como consecuencia de ello, se frena el pro-
greso econmico nacionale (Cf. Foster, 1974: 83; y Rogers y
Svenning, 1973: 41).
3. EL INDIVIDUALISMO DE LOS
CAMPESINOS ESPAOLES
Veamos, a continuacin, como esta caracterizacin cultura-
lista del comportamiento campesino ha sido proyectada a los es-
tudios de comunidades rurales de la Pennsula Ibrica. Slo ten-
dremos en cuenta, sin embargo, aquellas consideraciones que ha-
cen referencia, especficamente, al individualismo de los campe-
sinos y a su resistencia a la creacin o colaboracin en empresas
cooperativas.
Aceves (1973) seala que, en una comunidad segoviana por
l estudiada, se cumplen las hiptesis de Foster y de Banfield:
Las hiptesis de Foster concuerdan con las de Banfield, y en
algunos aspectos incluso se solapan. La gente de El Pinar acta
efectivamente como si la cantidad de bienes fuese limitada, espe-
cialmente en lo que se refiere al dinero y a la tierra. Siempre que
se intenta llevar a cabo alguna ccin cooperativista, actan de
una forma familista inmoral (Aceves, 1973: 174).
Donde se ha producido la mayor resistencia ha sido en el es-
tablecimiento de cooperativas granjeras, donde los labradores com-
' Como en esta comunicacin me centro casi exclusivamente en los t-
picos del individualismo y de la cooperacin, cito un trabajo reciente (Con-
treras, 1980) en el que, precisamente, analizo la situacin contraria, es de-
cir, la profunda valoracin del trabajo que existe en unas comunidades cam-
pesinas indgenas en el Per.
e Debe precisarse que para todos estos autores que siguen la teora de
modernizacin el progreso econmico nacional es sinnimo de desarrollo
de las relaciones capitalistas en la produccin, distribucin y consumo.
116
partiran la tierra y el esfuerzo para comprar maquinaria sub-
vencionada por el gobierno con la cual podran cultivar y cose-
char de modo ms eficiente sus tierras. A pesar de que algunas
cooperativas de este tipo han empezado a funcionar en algunas
localidades de la comarca, no lo han hecho sin la presencia de
graves discusiones e intentos de desbaratar los grupos por parte
de algunos miembros, que no lograron su propsito gracias a la
intervencin de la ley (Aceves, 1973: 176-177).
Anteriormente ya he puest de manifiesto el gran valor que
se da a la tranquilidad, o sea a la ausencia de problemas. Por ello
gran parte de la resistencia al desarrollo social puede entenderse
como respuesta a situaciones que pueden hacer perder la tran-
quilidad. En una comunidad donde prevalecen los conflictos in-
terfamiliares, y en donde uno puede ganar, nicamente perjudi-
cando a otro, y donde se espera que cada uno procure solamente
por los intereses de su familia, puede verse metido en todas las
dificultades imaginables sin necesidad de salir al exterior a bus-
carlas (Aceves, 1973: 179).
Para Esteva (1978), tambin la desconfianza y el individua-
lismo son las causas que dificultan la creacin de coperativas en
una comunidad campesina de la comarca de Sayago (Zamora);
en este caso, sin embargo, se aade una buena dosis de psicolo-
gismo que constituye un confuso aderezo:
La orientacin individualista y la habilidad como requeri-
miento para ^onducir cualquier negociacin econmica, produ-
cen un sentimiento o actitud de recelo mutuo, con miedo inicial
a ser objeto de engao cuando se plantea la constitucin de una
empresa cooperativa o de gestin colectiva (Esteva, 1978: 83-84).
En sntesis, y en definitiva, los comportamientos econmicos
de los campesinos estudiados por Esteva vienen determinados por
una estructura de personalidad basada en la Imagen del Bien Li-
mitado de Foster, de tal manera que lo que persigue el compor-
tamiento econmico del campesino es la proteccin de su perso-
nalidad:
La parte de su estructura de personalidad arcaizante se ma-
nifiesta de modo aparente en su inhibicin en materia de iniciati-
va conducentes a determinar cambios estructurales que impliquen
riesgos financieros. La idea predominante consiste en reproducir
117
la realidad anterior en la medida en que sta asegura la estabili-
dad productiva conocida. El riesgo econmico es difcilmente in-
troducible entre los muyagueses cuando se tienen presentes sus
escasos recursos y la expectativa de que un fracaso productivo pue-
da tambin implicar un endeudamiento y un fracaso de la afir-
macin de la individualidad econmica de una familia. Desde esta
perspectiva, la garanta de que la personalidad se mantendr pro-
tegida reside en el mismo hecho del mantenimiento de la tradi-
cionalidad del comportamiento de las instituciones y de la estruc-
tura local. Esta es una de las causas del conservadurismo local
en materia de innovaciones, y por aadidura si el riesgo econ-
mico, tecnolgico, institucional o financiero, no se configura co-
mo una opcin habitual, la causa predominante reside en el ca-
rcter mismo de una estructura basada en los recursos escasos y
en la idea del bien limitado (Esteva, 1978: 111).
4. LA CONCEPCION CULTURALISTA DEL
COMPORTAMIENTO CAMPESINO ES
ESTATICA, ESENCIALISTA, FRAGMENTARIA
Y AHISTORICA
Con lo que hemos visto hasta ahora podemos darnos cuenta
de que el comportamiento econmico de los campesinos preten-
de explicarse a partir de la existencia de un cultura campesina
que es universal. Ello supone, implcitamente al menos, que ese
comportamiento econmico, irracional segn se ha dicho y que
reproduce sus propias condiciones de precariedad ysubdesarro-
llo, nicamente puede superarse cambiando esa cultura de los
campesinos, en lugar de transformar los sistemas de propiedad
de la tierra por ejemplo, o las condiciones de inferioridad de los
campesinos ante los mecanismos de mercado o dejando de repri-
mir sus organizaciones horizontales. De esta manera, se evita la
posibilidad de un cambio propiciado por las propias aspiraciones
campesinas y se pretende imponer el particular desarrollo de los
modernizadores. Dice Foster (1974, 83):
Creo firmemente que la tarea primaria para el desarrollo (es)
tratar de cambi^r la visin que tienen los campesinos de su uni-
verso social y econmico, desde la imagen del bien limitado ha-
118
cia la de un sistema abierto donde hayan oportunidades expansi-
vas, para que se sientan a salao cuando manifiesten iniciatiacu^.
Este planteamiento tiene unas limitaciones considerables y
compartimos, en este aspecto, lo que seala S. Ortiz (1974) cuando
afirma que la suposicin de que los campesinos comparten una
cultura, sin tener en cuenta si se la considera diferente o no, y
explicando su comportamiento econmico en funcin de sus ac-
titudes, valores y sistemas cognoscitivos es errnea; pues, si bien
los factores sociales son siempre relevantes y su comprensin ayuda
a dilucidar el comportamiento econmico, no lo explican plena-
mente. En efecto,,
El comportamiento no es una simple funcin de los valores
culturales. Las ideologas guan el comportamiento, pero tambin
pueden ser utilizadas para justificar actos que estn motivados
por otros factores (...) Algunas de las explicaciones puramente
sociolgicas del comportamiento econmico o de la resistencia a
innovar, ilustran la ingenuidad del estudioso frente a algunos de
los problemas econmicos que encaran los campesinos. Mucho
se ganara si los investigadores de campo que se interesan por es-
tos problemas, no slo recogieran informacin acerca de las acti-
tudes, sino que comprobasen sus interpretaciones frente a las ri-
gurosas realidades econmicas (Ortiz, 1974: 103-104).
En realidad, esas explicaciones del comportamiento cam-
pesino estn basadas en caracterizaciones culturalistas aprioris-
tas, estticas, esencialistas, psicologistas y no articuladas, que pres-
cinden de un anlisis dinmico de los intereses de los diversos gru-
pos y tipos de campesinos. Prescinden tambin de considerar las
relaciones especficas que las comunidades campesinas mantie-
nen con la sociedad global o con el sistema poltico-econmico
mundial con el que ms directa o indirectamente se relacionan.
Tampoco tienen en cuenta la relacin que pueda existir entre una
o unas ideologas campesinas, o de algunos de sus valores, con
esa misma sociedad global. No analizan, por ejemplo, hasta qu
punto esas ideologas pueden ser adaptativas o de defensa o
hasta qu punto pueden ser el resultado de una inculcacin o im-
posicin por parte de aquellos grupos sociales interesados en su
explotacin y en dificultar, precisamente, la cohesin y la coope-
racin campesina. En definitiva, se considera siempre esa cul-
tura (suponiendo que exista) o algunos de sus rasgos componentes
119
-el individualismo, por ejemplo- como la causa de los compor-
tamientos de los campesinos y jams son considerados comoefec-
tos posibles de un conjunto complejo de condiciones estructura-
les, tales como las condiciones de la organizacin de la
produccin9, del sistema de propiedad o de la articulacin con
la sociedad global y las estrategias que esta articulacin permite
o impone.
En otro sentido, pudiera decirse que estas explicaciones del
comportamiento campesino son unas explicaciones exclusivamente
emic'0 que, en la mayora de los casos, responden nicamente a
y Teniendo en cuenta que la prctica totalidad de explotaciones campe-
sinas son regidas por grupos domsticos basados en uno u otro tipo de fami-
lia, resulta indispensable para cualquier anlisis sobre las razones de los com-
portamientos de los campesinos tener en cuenta las condiciones que resul
tan de la propia organizacin interna de los grupos domsticos, as como
las condiciones para la reproduccin de los mismos. Chayanov (1974) y Sah-
lins (1977), aunque para tipos de sociedades distintas, presentan un modelo
de anlisis que no puede menospreciarse en ese sentido. Puede verse, tam-
bin, la aplicacin que de este modelo hace Valds (1976) enel anlisis de
una comunidad campesina de Asturias.
10 Utilizo los trminos emic y etic en el sentido que los define Harris
(1968, 491-523):
<^Las proposiciones emic se refieren a sistemas lgico-empricos cuyas dis-
tinciones fenomnicas o`cosas' estn hechas de contrastes y discriminacio-
nes que los actores mismos consideran significativas, con sentido, reales, ver-
daderas o de algn otro modo apropiadas. Una proposicin emic puede ser
falsada si se puede demostrar que contradice el clculo cognitivo por el que
los actores informados juzgan que las cantidades son similares o diferentes,
reales, con sentido, significativas o de alguna otra forma apropiadas o acep-
tables (p. 493-4).
^^Las proposiciones etic dependen de distinciones fenomnicas conside-
radas adecuadas por la comunidad de observadores cientficos. Las proposi-
ciones etic no pueden ser falsadas por no ajustarse a las ideas de los actores
sobre lo que es significativo, real, tiene sentido o resulta apropiado. Las pro-
posiciones etic quedan verificadas cuando varios observadores independientes,
usando operaciones similares, estn de acuerdo en que un acontecimiento
dado ha ocurrido. Una etnografa realizada de acuerdo con principios etic
es, pues, un corpus de predicciones sobre la conducta de clases de personas.
Los fallos predictivos de ese corpus requieren o la reformulacin de las pro-
babilidades o de la descripcin en su conjunto (p. 497).
12 ^
las propias racionalizaciones o verbalizaciones de los campesinos
sobre sus propia situacin y sin que stas sean contrastadas con
los antecedentes histricos o con la estructura econmica, polti-
ca y social que configura o enmarca a los diferentes grupos socia-
les y a sus intereses, posiblemente encontrados, o con las estrate-
gias que, para satisfacer esos intereses, puedan desarrollar cada
uno de los grupos.
Es cierto, por ejemplo, que muchos individuos, campesinos
o no, atribuyen el fracaso de muchas cooperativas y la no consti-
tucin de otras al individualismo de los campesinos. En efecto,
muchos campesinos creen que una cooperativa podra resolver
algunos de los problemas que tienen planteados. Algunos dicen,
por ejemplo, que concentrando todos los animales en un mismo
sitio se rendira y se ahorrara mucho ms y, al mismo tiempo,
podran disfrutar de algunos das de vacaciones durante el ao;
o, tambin, se alude a la necesidad de una concentracin parce-
laria porque el uno tiene un campo aqu y el otro all...: Pero,
a esa conviccin de que una explotacin de tipo comunitario 0
cooperativo podra rendir ms y resolver algunos problemas, opo-
nen ellos mismos una concepcin individualista para explicar por
qu no se lleva a cabo. En algunos casos, esa ideologa puede es-
tar muy interiorizada y a ella responden numerosos tpicos y frases
hechas, que acostumbran a presentarse como argumentos defini-
tivos, irrefutables e indiscutibles contra la cooperacin:
Si nos ayudramos todo ira mejor, pero el campesino cada
uno va a lo suyo y ninguno se fa del otro.
Cada uno procura tirar para su bolsillo.
Uno no puede depender de la maquinaria de otro, porque
el da que la necesitas tambin la necesita l.
Los espaoles hemos nacido para engaarnos los unos a los
otros.
Cuando hay ms de dos ya no puede ser.
Lo que es comn no es de nadie.
[Link] son muy individualistas. Sera muy bonito hacer
una cooperativa grande, pero el que tiene una vaca grande dice
que la del otro no lo es tanto. Entonces se entra en una serie de
detalles y ya no es posible. La gente no est acostumbrada a eso.
Lo cierto es que muchas de estas frases, recogidas directamente
por nosotros, responden a una cierta realidad y que, efectivamente,
12 1
hay muchos casos de insolidaridad entre los campesinos. Tam-
bin es cierto que los campesinos que no se encuentran en ningu-
na cooperativa son los que ms recurren a estos tpicos y los que,
al
mismo tiempo, estn catalogados de ms egoistas e individua-
listas por parte de sus vecinos. En ocasiones, se pretende justifi-
car la negativa a la cooperacin formal diciendo, por ejemplo,
no queremos que nadie nos mande oqueremos independen-
cia.
Realmente, pues, la conducta de muchos campesinos responde
aparentemente a una actitud individualista y tambin es cierto
que la interiorizacin de esa actitud resta posibilidades al coope-
rativismo, adems de contribuir, tambin, a resignar a los cam-
pesinos en su situacin de dependencia y de volverlos escpticos
y desconfiados respectos de sus posibilidades ante problemas ta-
les como la comercializacin, la gestin de los organismos de coo-
peracin o de otro tipo, expropiaciones, reivindicaciones de di-
verso tipo, etc. (Contreras, 1976: 10). Asimismo, los campesinos
son conscientes de que su desunin organizativa (a nivel de orga-
nizacin de la produccin, de la comercializacin y de la repre-
sentacin ante organismos estatales, sobre todo) agrava su situa-
cin y aumenta su indefensin ante, por ejemplo, centrales le-
cheras, intermediarios, o frente a los intereses monopolistas en
la comercializacin de sus producciones o en la adquisicin de
maquinaria, frente a expropiaciones de terrenos para la construc-
cin de autopistas, presas, frente a pretendidos planes de orde-
nacin urbana, etc. Tambin son conscientes de que la falta de
unin y la desorganizacin provocan su dependencia e inferiori-
dad, as como su fcil manipulacin, ante los organismos e insti-
tuciones responsables de la poltica agraria, la poltica municipal
y otras, y que todo ello incide directamente y negativamente so-
bre su propia situacin de inferioridad, consolidndola y, a la vez,
pretendiendo legitimarla. Pero atribuir todo ello al individualis-
mo y a la desconfiaza es exagerado y acientfico, pues se hable
de una orientacin individualista o cooperativista hay que tener
en cuenta, como seala Frigol (1975, 188) que estas orientacio-
nes se refieren o surgen como consecuencia de sistemas sociales
diferentes. No podemos aceptar explicaciones del fracaso o xito
del cooperativismo en funcin de que los campesinos son o no
son individualistas. La explicacin del fracaso de una orientacin
12 2
o de una institucin en funcin de una ideologa determinada es
una explicacin a medias y, por tanto, tiede a falsear la realidad
en cuanto que atribuye las causas del fracaso a las caractersticas
mentales de la gente y no a caractersticas objetivas. Las causas
del fracaso pueden ser mltiples y, por lo tanto, la explicacin
del mismo no puede reducirse a una sola relacin de causa a efecto,
sino a un proceso de interrelaciones en el que la ideologa slo
es uno de los factores que condicionan la adquisicin de una orien-
tacin pero que a la vez est condicionada por otras realidades
tecnolgicas, sociales, econmicas, culturales, etc.
As pues, ese pretendido individualismo del campesino lejos
de explicarnos nada debe l [Link] explicado zPor qu apare-
ce, qu condiciones lo provocan o facilitan su interiorizacin? A
continuacin vamos a intentar dar algunas respuestas, no nece-
sariamente definitivas, a estos interrogantes, intentando al mis-
mo tiempo ser consecuentes con las crticas que hasta el momen-
to hemos efectuado a las explicaciones culturalistas.
5.
TOPICOS CONTRADICTORIOS EN EL
REFRANERO: COOPERATIVISMO E
INDIVIDUALISMO
Los refranes constituyen un compendio ideolgico que, a modo
de sentencias, pueden sintetizar la visin de una determinada si-
tuacin y que, en muchos casos, son utilizados para resumir una
determinada circunstancia o para justificar o explicar una deter-
minada actitud que se ha tomado o se piensa tomar. Podra pen-
sarse, pues, que un anlisis de los refranes que aluden a las acti-
tudes frente a la cooperacin podra permitirnos llegar a una con-
clusin, aunque relativa, sobre si los campesinos son individua-
listas o cooperativistas.
La muestra de refranes de la que disponemos no es ni exahus-
tiva ni representativa y adolece, adems, de que para la mayora
de ellos no se sabe con exactitud su procedencia ni su intenciona-
lidad original. A pesar de ello, esta muestra es ms que suficiente
para demostrar que los campesinos no tienen, por el simple he-
cho de ser campesinos, una mentalidad individualista (ni coope-
rativista). Sirve tambin para rechazar que el recurso a una men-
12 3
talidad determinada pueda constituir una panacea para explicar
no importa qu tipo de comportamientos colectivos. Si decimos
que nuestra muestra de refranes es suficiente es porque en ella
estn presentes los que justifican el individualismo y los que se-
alan la necesidad de la cooperacin, el desinters y la reciproci-
dad. Veamos.
Algunos refranes podran servir para ilustrar el mismo con-
cepto de la imagen del Bien Limitado de Foster, como por ejem-
plo:
El dinero y el culo no se lo ensees a ninguno.
Diners i amor no els pregonis amb tambor.
Otros constituiran la expresin popular del Familismo Amo-
ral de Banfield:
Le clau es la pau.
Qui t parents pobres que no aixequi torres.
Amb el veinat, bona amistat i el portal tencat.
Qui t amics t fatics.
Parientes y trastos viejos, pocos y lejos
Comtinc tan aprop les dents no emrecordo dels parents.
Acabats els bns, acabats els parents.
Abundan los refranes que expresan que la seguridad se en-
cuentra en el esfuerzo individual y en el propio ahorro" y que
debe desconfiarse de los que ofrecen amistad y cooperacin:
Del qui t diners tothomvol sser parent.
El millor amic es el sou.
Qui t diners troba parents.
No hi ha millors parents ni cosins que els florins.
Mes que amics en plaa, valen diners en bossa.
Qui t el cul llogat no seu quan vol.
Qui de jove no guarda son cabdal, quan es vell va a 1' hospi-
tal .
Puestos a ilustrar actitudes individualistas, existen refranes que
introducen el individualismo, incluso, en el seno de las propias
unidades domsticas basadas en la familia, quedndose corto el
" Algunos de esos refranes, sin embargo, ponen de manifiesto que el
ahorro s es un valor apreciado entre los campesinos, a pesar de lo que dice
Foster al respecto (Vase la p. 3 de este artculo).
12 4
concepto de Banfield para reflejar el individualismo y la descon-
fianza de los campesinos:
Mai els fills han engreixat als pares.
No hi ha millors germans que els diners a les mans.
Si dnes tos diners abans de morir, no et faltar sofrir (refrn
disuasorio de hacer efectiva la herencia antes de la muerte).
Fill casat, fill
mig perdut, que oblida el favor rebut.
Si cerrramos aqu nuestra muestra de refranes, no hay duda
de que sta habra constituido una ilustracin, desde la paremio-
loga, de muchos de los rasgos atribuidos a la cultura campesina
segn la caracterizacin de Rogers y Svenning. Hemos insistido,
sin embargo, en aquellos que aluden a la desconfianza y al indi-
vidualismo ms o menos egoista. Pero, lo cierto es que la antte-
sis ideolgica se nos manifiesta, tambin, en el propio refranero.
En efecto, algunos refranes recogen la existencia del despren-
dimiento o del favor desinteresado, si acaso con la nica expecta-
tiva de una potencial e indefinida reciprocidad, bse en cualquier
caso de una deseada seguridad:
Hoy por t, maana por m.
Un da i un t diu que mant.
Otros sealan que el dar es necesario para poder recibir:
Manitas que no dis zqu esperis?
O que el recibir entraa la necesidad de corresponder:
El que recibe a dar se obliga.
Los regalos de bodas son emprstitos que hay que devolver.
El que regala bien vende si el que recibe lo entiende.
La cara opuesta del individualismo ahorrador y egoista se nos
presenta en un refrn que incita a la prodigalidad o al desprendi-
miento:
La riqueza es millor donada que guardada.
A1 escaso inconveniente que representa el hecho de compar-
t i r :
Donde comen tres, comen cuatro
O a la importancia que puede tener la ayuda ms insignifi-
cante;
Un grano no hace granero pero ayuda al compaero.
Asimismo, frente al familismo amoral o frente a la descon-
fianza de todos aquellos que son extraos a la unidad familiar,
12 5
as como a la cerrada seguridad que proporciona o que pueden
o deben proporcionar:
Que t bon amic, t bon abric.
Pariente que no me luce, un rayo lo desmenuce.
Y, finalmente, la necesidad de que la generosidad o la ayuda
sea inmediata y no diferida:
Ms vale un toma que cien te dar.
Evidentemente, esta pequea muestra de refranes no nos per-
mite concluir que los campesinos, al menos los que pudieran uti-
lizar estos refraes, sean individualistas ni cooperativistas. Lo que
s
muestran es una gran diversidad de situaciones que pueden ha-
ber sido percibidas de diferente manera, segn la ocasin, segn
las circunstancias del grupo o segn los resultados, dando lugar
a conclusiones -refranes- distintos e, incluso, antagnicos. Y
lo que tambin nos muestran estos refranes, sobre todo si se tie-
ne en cuenta que unos mismos campesinos pueden utilizar unos
y otros (los individualistas y los cooperativistas, para simplificar),
segn las circunstancias concretas a las que se' enfrentan, aunque
slo sea verbalmente, es hasta qu punto el campesino genera una
ideologa profundamente adaptativa12, aspecto ste esencial si se
tienen en cuenta las condiciones objetivas de la economa y la so-
ciedad campesina.
12
Vase lo que dice Hobsbawm(1976, 26-27) referente a la actividad
poltica de los campesinos y que ilustra, para ese nivel poltico, lo que noso-
tros queremos decir aqu al utilizar el trmino
adaptatiao:
La principal diferencia no radica en las aspiraciones tericas del cam-
pesinado, sino en l coyuntura poltica real en la que operan. Es la que de-
termina lo que va del recelo a la esperanza. Porque la estrategia normal del
campesinado tradicional es la pasividad, y no es ineficaz, pues explota las
principales ventajas del campesinado, su nmero y la imposibilidad de ha-
cerle hacer por la fuerza ciertas cosas durante un tiempo algo prolongado.
Utiliza tambin una situacin tctica favorable, que se apoya en el hecho
de que lo que mejor le va al campesinado tradicional es que no haya cam-
bios. Un campesinado tradicional con organizacin comunal, reforzado por
una lentitud, impermeabilidad y estupidez, aparentes o reales, funcional-
mente tiles constituye una fuerza formidable. La negativa a entender es
una forma de lucha de clases, y tanto los observadores rusos del siglo XIX
como los del Per del siglo XXlo han descrito de modo similar. Estar su-
12 6
.
En cualquier caso, creemos que un anlisis en profundidad
de estas manifestaciones ideolgicas podran permitirnos una ma-
yor comprensin de las ideologas campesinas, as como de sus
orgenes y de sus razones de ser.
6. HAY MUCHOS TIPOS DE COOPERATIVAS
Ya hemos sealado que una de las consecuencias ms visibles
que se atribuyen al individualismo por parte de los autores que
hemos citado es la oposicin a cooperar, a fundar empresas coo-
perativas. Las citas anteriores de Aceves y de Esteva son una mues-
tra precisa de ello. No vamos a poner en duda que lo dicen res-
pecto a las resistencias frente a las cooperativas sea cierto, ni que,
como seala Esteva (1978, 129), cada fracaso econmico de la
cooperativa sea motivo de ostensible satisfaccin para algunos ve-
cinos. Pero lo que no nos paTece en absoluto convincente son las
explicaciones que se dan para estos comportamientos. Los cam-
pesinos se resisten a las cooperativas porque son individualistas
o porque se sienten incmodos en ellas. Dice Aceves (1973, 177):
los cambios que ms rpidamente se aceptan son los que pue-
den producir beneficios inmediatos y directos al individuo y a su
familia. Por el contrario, los que con ms resistencia se encuen-
tran son los que obligan al individuo a contraer compromisos con
sus vecinos a largo plazo, segn las cuestiones de la localidad,
largo significa ms de diez das o dos semanas. Un elevado n-
mero de intentos de organizacin de cooperativas de labradores
han fracasado porque el aldeano se siente incmodo como miem-
bro de una asociacin formal que le une a otros granjeros por me-
dio de un conjunto de reglas y regulaciones bastante complejo
para l (...) Significativamente, no se rehusa ninguno de los ob-
bordinado no es ser impotente (...) Para la mayor parte de los campesinos
atados al suelo, el problema no est en ser normalmente pasivos o activos,
sino en la determinacin del momento de pasar de una posicin a otra. Ello
depende de una evaluacin de la situacin poltica. En trminos generales,
la pasividad es aconsejable cuando la estructura de poder -local o nacional-
es firme, estable ycerrada, y la actividad lo es cuando esa estructura pare-
ce que en algtn sentido est cambiando o es abierta.
12 7
jetivos hacia los cuales se dirigen los esfuerzos de la cooperativa.
Lo que no se acepta es el medio para alcanzarlos. De ese modo,
el beneficio econmico est sujeto a consideraciones sociales.
Estas pseudo explicaciones (^por qu se siente incmodo el
aldeano en las cooperativas?) sobre las actitudes de los campesi-
nos estudiados por estos autores se limitana describir la oposicin
de algunos
campesinos a las cooperativas, pero en absoluto anali-
zan las razones objetivas de esa situacin, ni mucho menos las
explican.
En primer lugar, una cosa que ignoran estos y otros mu-
chos autores es que la cooperacin y las cooperativas y el colecti-
vismo incluso son bastante antiguos en Espaa (y en otros mu-
chos lugares) y que, por ejemplo, a principios de este siglo se ge-
ner un amplio movimiento cooperativista y se crearon numero-
sas cooperativas bajo la inspiracin de distintas ideologas13. Ni
mucho menos, pues, son un invento de la modernizacin al que
se opongan los tradicionales y conservadores campesinos. Por otra
parte, al aceptar como punto de partida, adems incuestionable,
el individualismo campesino, ya no se interesan por analizar qu
clase de cooperativas son aquellas frente a las que hay resistencias,
no ofrecen explicacin alguna respecto a las caractersticas socioe-
conmicas de los que son favorables y de los que se oponen a su
creacin; no ofrecen tampoco explicacin alguna sobre el marco
econmico y poltico en el que esas cooperativas se insertan; se
olvidan gratuitamente de que en Espaa tuvo lugar una guerra
civil con consecuencias dramticas (como todas las consecuencias
de la guerra) para muchos pueblos campesinos. Para esos auto-
res, la historia slo tiene el tiempo que dura su corto trabajo de
campo. En definitiva, se limitan a recoger, simplemente, algu-
nas verbalizaciones de algunos campesinos y las convierten en la
verificacin de lo que ellos ya saban: que los campesinos son in-
dividualistas.
Un primer aspecto que cabe ser tenido en cuenta para enmar-
car adecuadamente el fenmeno cooperativo en Espaa en los l-
timos cuarenta aos (la totalidad de monografas sobre comuni-
13 Para una visin histrica del cooperativismo en Espaa, puede verse
Revents (1960); especficamente para Catalua, Prez-Bar (1974); para
las colectividades campesinas anarquistas, Leval (1972).
12 8
dades campesinas espaolas han sido realizadas durante este pe-
rodo) es el marco legal14.
En 1942, se promulg una nueva Ley de Cooperacin que
anulaba la promulgada por la II Repblica en 1931. Con esta
Ley, las cooperativas perdan su independencia orgnica para pasar
a estar adscritas y tuteladas por la Central Nacional Sindicalista
a travs de la Obra Sindical de Cooperacin. Los sindicatos agr-
colas catlicos anteriores a la guerra civil se convirtieron en Coo-
perativas y Cajas Rurales, y fueron prohibidas otras formas de
cooperacin u organizacin sindical agraria. Esta ley de 1942, y
su Reglamento de 1943, incluyen una serie de normas proteccio-
14 Para las consideraciones que siguen nos basamos en el estudio mo-
nogrfico sobre una cooperativa de Calasparra (Murcia), publicado por J.
Frigol (1975a) y que constituye un modelo de anlisis global y dinmico.
Puede verse, tambin, el caso de la creacin de la cooperativa de Ziga
(Navarra), estudiado por Prez-Daz (1974). En su trabajo, Prez-Daz, ade-
ms de poner de manifiesto que el cooperativismo no es un fenmeno que
aparezca con la modernizacin, sino que es mucho ms antiguo, seala
tambin que, en el caso de Ziga, tuvieron que vencerse muchos recelos
de la administracin del estado para ponerla en marcha. Asimismo, y para
lo que nos interesa en esta comunicacin, afirma que el predominio de lo
colectivo o lo particularista no depende tanto de la idea de la cooperativa
como del contexto real y global:
La cooperativa de Zuiga constituye un Rasgo cultural en parte inno-
vacin, y en parte continuacin de unos movimientos de cooperacin y co-
lectivizacin que pueden conectarse a su vez con unas prcticas colectivistas
tradicionales parcialmente vigentes en los sistemas actuales de aprovecha-
mientos comunes de rastrojos y barbecheras, de bosques y helechales, etc.
Pero rasgo cultural cuya significacin en definitiva va a venir dada por el
contexto en que va a funcionar. Las prcticas de aprovechamiento en co-
mn antes mencionadas, a lo largo de este siglo y medio ltimo, fueron rea-
sumidas en una perspectiva particularista: lo colectivo en ellas qued como
residual e instrumental. Que algo semejante u otra cosa muy distinta ocu-
rra con la cooperativa de produccin (o de explotacin comn) de la tierra
que, a ejemplo de lo ocurrido en Zniga, parece extenderse a lo largo de
ambas Castillas, no ser en ltimo trmino decidido por la estructura for-
mal de la cooperativa, por la idea de la cooperativa sino por el contexto
real en que a las experiencias cooperativas les toca hacerse, y donde se desa-
rrollan algunos importantes conflictos a cuyo desenlace podran contribuir
decisivamente las cooperativas mismas (Prez-Daz, 1974: 60).
12 9
nistas y de vigilancia sobre las cooperativas, confiadas a la Orga-
nizacin Sindical. As, por ejemplo, examinada la composicin
de las juntas rectoras de una cooperativa de Calasparra (Frigol,
1975a), desde su fundacin a 1971, se constata que sus cargos
son ocupados por propietarios. Y en cuanto a la ideologa de s-
tos, todos son adictos al rgimen franquista, algunos Excauti-
vos y otros, militantes falangistas15.
Desde un punto de vista econmico, la Ley de 1942 exiga
la autofinanciacin de las cooperativas, junto con el principio de
exclusividad sin excepciones. De este modo, se situaba a las coo-
perativas en desventaja frente a otras empresas capitalistas. En
efecto, este principio constitua una limitacin muy grave, sobre
todo, para las cooperativas vincolas pues no les permita com-
prar ni uva ni vino ni a personas individuales ni a otras coopera-
tivas. Ello impeda, por ejemplo, compensar una falta ocasional
de vino, fuera por una mala cosecha, enfermedad de las vides o
por cualquier otra causa. Por otra parte, al poder operar slo con
el vino de sus asociados no podan producir ciertos tipos de vino
que requieren para su elaboracin la realizacin de mezclas. Se-
gn decan los campesinos de la comarca del Peneds, la uva de
esta comarca tiene un alto grado de acidez total y poca gradua-
cin, justamente lo contrario que el vino de La Mancha, de tal
modo que la mezcla es ideal, pero las cooperativas no podan lle-
varla a cabo mientras los comerciantes s. De esta forma, la ma-
yor parte de las cooperativas no podan aspirar a otra cosa que
a convertirse en simples almacenes para los comerciantes.
Por otra parte, como seala Del Arco (1972)16, la dimensin
empresarial de las cooperativas ha sido inadecuada las ms de las
veces para la actividad econmica que pretendan afrontar, sien-
do reducido o insuficiente su ndice de capitalizacin:
Nos parece increible que por tantos aos se haya ocultado
15 La siguiente Ley, la de 1974, no modificaba este aspecto y, as, en
su artculo 52, hablaba de la participacin e intervencin permanente de
la Organizacin Sindical.
16 Jos L. Del Arco era notario de la Obra Sindical de cooperacin y
dirigi una investigacin sobre las cooperativas agrcolas espaolas. Su mues-
tra fue de 707 cooperativas, lo que supone uK 10% del total en el momento
de la encuesta.
13 0
esta debilidad estructural de las cooperativas del campo y que se
haya puesto tanto nfasis en crear y airear la creacin de entida-
des fantasmas, anmicas y sin viabilidad como empresas. Igual
de sorprendente es que se seale como instrumento bsico de de-
sarrollo agrario a tantas cooperativas entecas, viciadas desde su
nacimiento, mal tuteladas y que han llevado a gran parte del campo
espaol una triste y caricaturesca imagen del cooperativismo (Del
Arco, 1972: 89-90).
Por todas estas razones no es extrao que algunos campesi-
nos consideraran que la Ley de Cooperacin de 1942 era una ley
represora del movimiento cooperativista".
La estructura socioeconmica del pueblo en el que existen las
cooperativas es otro aspecto no tenido en cuenta por los autores
que ven en el individualismo la causa que explica el comporta-
miento de los campesinos frente a la cooperacin. No tienen en
cuenta, por ejemplo, si todos son propietarios, o si hay propieta-
rios y aparceros, rentistas, diferencias cuantitativas y cualitati-
vas en las explotaciones, si hay o han habido conflictos entre los
diferentes grupos sociales, si hay distintos intereses y estrategias
en torno a una misma herramienta, como pudiera ser una coo-
perativa, por parte de esos diferentes grupos, etc.
" Veamos al respecto la <^Declaracin de la 2a Asamblea de la Uni de
Pagesos:
Creiemque el cooperativisme juga un paper molt important com a mitj
de defensa i com escola de treball com. Hem de encaminar els nostres es-
foros per aconseguir:
- un canvi total de I'actual Llei de Cooperaci, en la lnia, del que exi-
geix el Moviment Cooperatiu Internacional, vetllant especialment perqu
tamb els reglaments de cada cooperativa siguin plenament democrtics.
- una total democrcia de la gesti de les cooperatives que desemmas-
cari els interesos dels cacics, elimini les diverses categories de socis i diferen-
cii les veritables cooperatives de les societats annimes enmascarades.
- 1'eliminaci de les traves que ens posa el govern quan volem comer-
cialitzar directament els nostres productes.
- un augment de les cooperatives de producci, que en alguns casos
es fan insustituibles com s per exemple el d'aquells que tenen bestiar.
- una agilitzaci del funcionament de les Unions de Cooperatives.
Estas reivindicaciones ponen de manifiesto las enormes limitaciones de
la Ley de Cooperacin que comentamos.
13 1
As, por ejemplo, en el caso de la cooperativa de Calasparra,
Frigol (1975) seala que la estrategia de los propietarios respecto
a la cooperativa consista en pretender dar a los aparceros una
alternativa que les compensase de la situacin creada por la emi-
gracin, y que mantuviera la rentabilidad de las tierras a travs
de una mejor comercializacin de los productos, lo que se produ-
cira al eliminar a los intermediarios.
A1 invitar a los aparceros a entrar en la cooperativa y al cen-
trar en este aspecto de la realidad toda la problemtica del cam-
po, pretendan adelantarse y prevenir sus reivindicaciones y, po-
siblemente, acallarlas. Y, en todo caso, consideraban que al so-
lucionar su problema, obtener ms dinero por sus productos y
mantener su posicin de rentistas, solucionaban tambin la si-
tuacin de sus aparceros (Frigol, 1975: 176).
En cualquier caso, la situacin inicial en que apareca la coo-
perativa se caracterizaba por la falta de consenso respecto a los
objetivos de la misma:
Mientras los aparceros sitan en primer plano la modifica-
cin del sistema de aparcera, los propietarios crean la cooperati-
va como solucin a la agricultura de la zona. La falta de consen-
so se origina de una situacin conflictiva y de profunda descon-
fianza entre ambos grupos sociales que se hizo patente durante
la guerra y que luego se renueva a propsito de la emigracin,
que deja sumido al pueblo en un estado de desmoralizacin (Fri-
gol, 1975: 194).
Teniendo en cuenta los diferentes objetivos que pueden atri-,
buirse a las cooperativas segn las estrategias particulares de ca-
da grupo es muy importante tener en cuenta que mientras el mo-
vimiento cooperativista de principio de siglo haba concebido las
cooperativas como un instrumento de oposicin a los caciques o
grandes propietarios, el sindicalismo franquista impuls un coo=
perativismo interclasista:
El sindicalismo, al cual se debe la creacin de la mayor parte
de las cooperativas agrcolas existentes en el pas, ha impulsado
un tipo de cooperacin a largo plazo entre todas las personas vin-
culadas con el campo sin ningn tipo de distincin, incluyendo
incluso a los propietarios rentistas y a aquellos vinculados profe-
sionalmente con otras actividades. El resultado ha sido que el coo-
perativismo espaol es fundamentalmente interclasista, aunque
13 2
esta orientacin puede verse modificada por la estructura social
de cada lugar y las transformaciones que ha sufrido sta durante
el proceso de cambio, cuyo exponente principal ha sido la emi-
gracin. La vinculacin existente, por lo menos en el caso que
presentamos, entre los cuadros sindicales y el grupo dominante
a nivel local, junto con las restricciones y seguridades de tipo po-
ltico exigidas por la ley para desempear los cargos directivos
en la cooperativa han hecho posible que la direccin de stas se
hallase frecuentemente en manos de estos grupos dominantes (Fri-
gol, 1975a: 195).
Aunque las cooperativas sean formal y aparentemente un or-
ganismo democrtico, donde rigen principios como el de a cada
hombre un voto y se practique peridicamente la eleccin de los
cargos directivos, el hecho de que formen parte de la estrategia
del Estado y de los grupos dominantes a nivel local, las convierte
frecuentemente en su actacin prctica en organismos no de-
mocrticos. Creemos que se puede calificar a este cooperativis-
mo de vertical (Frigol, 1975 a: 196).
Y, as, dada la penetracin de los caciques1e en las coopera-
tivas y el control econmico y poltico por parte de los mismos
para el exclusivo servicio de sus intereses (opuestos las ms de
' a
Ya que hablamos de caciques>^ convendra apuntar la relacin entre
el individualismo y el caciquismo, pudindose afirmar que ste es, en oca-
siones, la causa de aqul. El caciquismo se caracteriza por imponer unas
relaciones verticales entre el cacique y el campesino, pretendiendo evitar ls
relaciones y las alianzas horizontales y de clase entre los campesinos. El ca-
ciquismo, adems, se basa siempre en un determinado aparato represivo que
va desde el monopolio de la tierra hasta el recurso a la violencia ms o me-
nos institucionalizada. La aparcera, por ejemplo, ha sido, y es, una de las
instituciones que verticaliza las relaciones de produccin y el conjunto de
las relaciones sociales, al mismo tiempo que consolida la explotacin sobre
el campesino. Efectivamente:
El aparcero se ha vinculado muy estrechamente con el amo siempre que
ha carecido de unas garantas institucionalizadas, o sea, de instituciones es-
tatales que le solucionasen una serie de problemas que actualmente y groso
modo corren a cargo de la seguridad social. Siempre que las institucions
estatales han estado en manos de los propietarios no se ha dado como con-
trapartida la existencia de unas instituciones propias de los aparceros para
su defensa y
seguridad (...) Dadas las circunstancias anteriores y dado que
13 3
las veces a los que los pequeos campesinos, aparceros y arren-
datarios), as como la parcialidad, cuando no corrupcin, en la
gestin, no es de extraar el escepticismo y la desconfianza
-consecuencias y no causas- de muchos campesinos respecto
a las cooperativas existentes. No han sido nada infrecuentes opi-
niones relativas a que los dirigentes de las cooperativas hacen
su agosto a costa de hundir a los socios mediante el endeuda-
miento progresivo, las compras irracionales de maquinaria que
el propietario formaba parte de la misma clase poltica local e, incluso a ve-
ces, extralocal, y que al mismo tiempo le haca de prestamista sin inters
para poder realizar los trabajos que requera cada cultivo, es normal que
el aparcero se hayase cerca del propietario, puesto que esta dependencia o
vnculo constitua su mayor seguridad^> (Frigole, 1973: 104).
Y, tambin, por otra parte:
El aparcero tiene ante s una clase dominante numricamente peque-
a, homognea ideolgicamente y solidaria para la defensa de los mismos
privilegios frente a los otros grupos sociales. Los castigos o escarmientos ms
fuertes se dan, despus de la guerra, contra los miembros de esta clase social
que ya antes y durante la guerra civil se consideraron como disidentes. El
aparcero que quera retraerse de este sistema de lealtades y de dependencia
corra el riesgo de que le `asfixiaran' , de que le `cerrasen todas las puertas' ,
expresiones usadas para denotar que la represin del grupo dominante al-
canza el grado mximo y que al individuo, la nica solucin que le resta
es la de marcharse del pueblo (Ibid, 105).
El patronazgoy la represin no aparece tan slo entre propietarios
y apar-
ceros sino tambin en contextos bien distintos como es entre propietarios
y jornaleros:
Cuando los propietarios se comportan aparentemente como `patriar-
cas' , a veces sus sentimientos corresponden a su conducta -se ven verda-
deramente en el papel del `patrn' en una relacin patrn-cliente- y a ve-
ces no cuando piensan que as, para poder tener trabajo en la poca de pa-
ro, los obreros se quedaran en las de pleno empleo. Los `adictos' se ven
a veces a ellos mismos como `adictos' , como clientes en la relacin de patro-
nazgo; mientras que la gran mayora de obreros `se largan si les dan un du-
ro ms en otro sitio' en las palabras de los propietarios. Pero incluso la esta-
bilidad y la lealtad de algunos de ellos, al deseo de tener ms tarde trabajo
seguro. En pocas de paro los mismos obreros reconocen que hay que bus-
carse un trabajo estable, y para ellos es bueno tener relaciones personales
con encargados y propietarios (...) Lo que acta es ms bien el miedo al
despido, y no las relaciones de patronazgo y dependencia. Un miedo al des-
pido abiertamente reconocido^> (Martnez Alier, 1968: 262).
13 4
les reportan ping^es comisiones, la planificacin de las acciones
atendiendo a los nicos intereses del grupo dominante local y,
finalmente, el abandono de la empresa cuando el barco se hun-
de.
Por todo ello, podramos concluir este apartado sealando que
han sido las conductas insolidarias y corruptas de una clase, faci-
litadas por una Ley de Cooperacin ms preocupada por contro-
lar polticamente y econmicamente a los campesinos que por fa-
cilitar la resolucin de sus problemas, las que han provocado la
desconfianza y el individualismo de los campesinos y no el
individualismo congnito a los mismos lo que provoca el rechazo
a las cooperativas.
La visin negativa que muchos campesinos espaoles tienen
de las cooperativas no es fcil de cambiar. El cooperativismo ver-
tical, que ha sido el observado por la mayor parte de antroplo-
gos y socilogos, no es cooperativismo, siendo coherente que los
campesinos hayan mostrado su rechazo o desconfianza hacia l,
aunque sea con sus racionalizaciones sobre su propio individua-
lismo; individualismo que en muchos casos habr demostrado ser
una respuesta defensiva frente a la amenaza de un endeudamiento
irreversible. Asimismo, es comprensible que una de las preocu-
paciones de las organizaciones sindicales campesinas que surgie-
ron en los aos setenta, como por ejemplo la
Uni de Pagesos, sea
la de refer la imatge del que ha estat i pot tornar a sser (el coo-
perativismo): una potencia social i economica al servei de la pa-
gesia catalana; es important aix, perqu diirant molts anys a casa
nostra ha estat adulterada i ja no s' assembla gaire amb la que
es practicava arreu del mn (Uni de Pagesos, 1977: 15).
7.
EXPLICACIONES HISTORICAS VERSUS
EXPLICACIONES PRESENTISTAS
Ya hemos sealado que una de las limitaciones de las explica-
ciones culturalistas, como las de la Imagen del Bien Limitado 0
la del Familismo Amoral,
o simplemente la de que los campesi-
nos son individualistas, es que se trata de explicaciones esencia-
listas y estticas o presentistas y que
prescinden de los hechos ocu-
13 5
rridos a lo largo de la historia, sobre todo local; historia ms o
menos reciente que contribuye muchas veces a una mejor com-
prensin del presente.
A continuacin presentaremos un estudio de Arguedas (1968),
cuyo inters para lo que estamos discutiendo radica, fundamen-
talmente en 1) explica cmo las conductas individualistas pue-
den aparecer como consecuencia de un conflicto de intereses en-
tre ricos y pobres, poniendo fin, aunque no definitivamente a las
conductas de cooperacin existentes tradicionalmente. Demues-
tra, pues, una vez ms, que el individualismo no es tanto una
actitud mental consustancial a los campesinos como una estrate-
gia ms o menos circunstancial provocada por el sistema social
global. En este caso concreto, demuestra, adems, que el indi-
vidualismo no es un freno a la
modernizacin, sino que, por el con-
trario, es sta -es decir, la penetracin de relaciones capitalistas
en la agricultura- la que provoca las actitudes individualistas
y la prdida de la cooperacin; 2) Este caso es especialmente in-
teresante tambin porque la comarca estudiada por Arguedas (Sa-
yago, Zamora) es la misma que la estudiada por Esteva (1978)
y los trabajos de campo de cada uno de ellos slo estn separados
por cinco aos. Es interesante contrastar la explicacin histrica
y totalizadora de Arguedas con la psicologista y ahistrica de Es-
teva, de la que ya hemos recogido algunos aspectos relativos a
la cooperacin y al individualismo.
Los diferentes pueblos de la comarca de Sayago presentaban
algunas diferencias entre ellos relativas al sistema de propiedad
de las tierras y pastos y a la estratificacin interna de cada uno
de esos pueblos. Esas diferencias, sin embargo, eran recientes por-
que toda la comarca se haba caracterizado hasta 1900 por la pro-
piedad comunal.
El aprovechamiento de las tierras comunales, sin embargo,
era muy desigual entre los aldeanos, pues los pobres no sacaban
provecho de las tierras de pastos porque no tenan ni podan te-
ner ganado; tampoco aprovechaban bien las tierras de arar por-
que, no teniendo vacas, no las podan arar como era debido. Ello
ocasionaba una desproporcin evidente en el aprovechamiento
por parte de los ricos -con ganado- y de los pobres -sin
ganado-. De tal modo que entre un rico y un pobre haba una
diferencia tan grande que, despus, hemos comprendido que de
13 6
veras era una ofensa a Dios (un informante, en Arguedas, (1968,
258).
Este desigual aprovechamiento de las tierras comunales era
causa de tensiones internas crecientes en algunos de los pueblos
de Sayago y, en uno de ellos, estall el conflicto entre los ricos
y los pobres. Este conflicto concluy con la liquidacin de las
tierras comunales mediante su quionizacin.
La historia de esta quionizacin la podemos resumir en las
siguientes secuencias:
1) Durante un Cabildo, un labrador pobre pidi que los ricos
dieran alguna compensacin a los pobres dado el mejor aprove-
chamiento que stos hacan del comn. Los labradores pobres exi-
gieron un acuerdo al respecto. Los ricos se ofuscaron y les in-
sultaron.
2) Los labradores pobres consultaron con un procurador y de-
nunciaron las tierras comunales. El gobierno atendi la solicitud
y envi un juez para que realizara una inspeccin ocular. Los ri-
cos encerraron al juez en una casa y lo asustaron con cencerros
y escndalo. Dos policas armadas que lo acompaaban dispara-
ron al aire y los ricos se pusieron en fuga. As, el juez se llev
una impresin peor de los ricos y el gobierno fall a favor de los
pobres.
3) El trmino fue dividido en ms de 150 quiones, pero No
les vali mucho a los pobres ganar el juicio porque la mayor par-
te de ellos tuvieron que vender sus lotes a los ricos, porque no
teniendo hacienda no podan trabajarlas. Los ricos acumularon
ms tierras y los pobres se quedaron con un pequeo capital.
4) Envalentonados con esta victoria y como no haban saca-
do provecho de esta quionizacin, solicitaron la de la Dehesa
de Sobradillo. Los ricos se opusieron nuevamente, pero perdie-
ron otra vez.
5) Los pobres compraron ovejas, las vendieron y compraron
vacas. Los ricos se vieron obligados a deshacerse de sus ovejas
porque, cerrados los valles de Sobradillu, no tenan donde man-
tenerlas. Todas las tierras, ya propias, recibieron un cuidado es-
perado y aumentaron su productividad.
6) Quedaron nicamente algunos trozos pequeos de tierra
comunal que no fueron quionizados porque se reservaron para
las necesidades del municipio.
13 7
La quionizacin, las razones que la provocaron y las conse-
cuencias que se derivaron de la misma, son un aspecto funda-
mental para comprender la aparicin de conductas individuales
y el deterioro de las formas de cooperacin tradicional. As, por
ejemplo, despus de la quionizacin, las contratas19 de ganado
sufrieron un retroceso importante;
Los vecinos la acataban (la contrata) con desgana y acaba-
ron por abandonar a las vctimas. Prefirieron, llegando el caso,
correr los riesgos y sufrir las prdidas cada quien por su cuenta.
Pero los propietarios de poco ganado no se resignaron a que esta
til y previsora forma de cooperacin se extinguiese por comple-
to, y decidieron asociarse voluntariamente para prestarse auxilio
en el caso de prdidas de ganado por causa de enfermedad o de
accidente (Arguedas, 1968: 281).
Lo descrito por Arguedas pone de manifiesto que individua-
lismo y cooperacin pueden ser dos estrategias distintas en torno
a unos objetivos, distintos o no, y que la una puede ser practica-
da por unos y la otra por otros, los ricos. y los pobres en el
caso que nos ocupa.
Segn Arguedas, al cabo de cincuenta aos de la quioniza-
cin, las formas de cooperacin comunal seguan sobreviviendo,
aunque se extinguan muy lentamente, pues los labradores ms
jaenes parecan estar menos dispuestos a observarlas: La regla que
ms les atraa era la de: Cada quien a lo suyo (Arguedas, 1968:
282).
Una vez ms, es curioso observar la luz que se desprende cuan-
do el investigador no se conforma con las verbalizaciones de sus
informantes. Segn los tericos de la modernizacin, los jaenes
' y Las contratas o contratas
eran asociaciones de vecinos, formalizadas me-
diante un documento y una institucin que tena su presidente, que obliga-
ba a cada miembro a auxiliar a algn otro que haba perdido, por accidente
o enfermedad, uno o ms ejemplares de cualquier clase de ganado. EI aso-
ciado compraba, proporcionalmente, una parte de la carne de la res si esta
haba muerto por accidente y el veterinario lo haba declarado en buen esta-
do; la compraba <^aunque no la coma. Si la muerte era producida por enfer-
medad, el asociado daba en dinero la parte proporcional. Las contratas exis-
tan an en los aos 60, pero el retiro de asociados era cada vez ms nume-
roso (Cf. Arguedas, 1968).
13 8
son los ms dispuestos a adoptar las conductas innovadoras pro-
pias de la modernizacin, y como para estos autores la coopera-
cin es una innovacin necesaria para los planes de desarrollo,
tendran que ser los jvenes los que se mostrasen ms predispuestos
a cooperar. Pero resulta que aqu ocurre lo contrario20. Ocurre
una vez ms, que estos autores identifican modernizacin a capi-
talismo, y el capitalismo no exige cooperacin sino individualis-
mo y competicin.
Pero la quionizacin no es la nica razn que explica la de-
saparicin lenta de determinadas formas de cooperacin. El cle-
ro y su poder de coaccin, moral o no moral, tambin puede ser
una causa de desaparicin de formas de cooperacin cuando irrum-
pe y disrumpe la organizacin comunal. As, por ejemplo, en Sa-
yago, los labradores amigos araban la tierra del pobre los domin-
gos por la maana. A esta forma de cooperacin se la denomina-
baparejero21.
Acudan los labradores con sus vacas y el labrador
pobre, incluso, poda conseguir la bima o segunda arada y, an,
la tercia:
Pero el seor cura haca solo cuatro o seis aos prohibi rigu-
rosamente esta faena por considerarla contraria a los preceptos
de la iglesia que ordena el descanso dominical (...) Los labrado-
res pobres fueron despectivamente arrojados de la casa cural cuan-
do fueron a rogar que el prroco reconsiderada la orden (Ar-
guedas, 1968: 95-96).
La incidencia de la ley franquista relativa a la designacin de
autoridades explica tambin, segn Arguedas, la progresiva in-
20
Lisn, para Galicia, considera que la emigracin rural tambin pone
de manifiesto la oposicin entre la cooperacin y el altruismo de los ancia-
nos y el egoismo e individualismo actual,
moderno:
El dilema planteado por el estancamiento de la economa local y la as-
piracin al nivel consumidor urbano acelera e] proceso de emigracin rural.
Y mientras los mozos marchan sin mirar atrs, los ancianos invierten horas
en la lareira con especulacin protofilosfica sobre la antigua cooperacin
y altruismo y el actual egoismo e individualismo que destruye no slo las
casas, sino la entera comunidad (Lisn, 1974: 92).
21 Adems del par^ero,
existen otras formas de cooperacin instituciona-
lizada como, por ejemplo, las ayudas para la siega y la trilla a viudas y en-
fermos, la ayuda comunal a los pobres que no tienen ganado para el acarreo
de lea, y otras.
13 9
hibicin d los campesinos en la participacin en las faenas co-
munales, sobre todo en aquellos municipios en los que eran ms
fuertes las diferencias socioeconmi^as. El hecho de no elegir di-
rectamente a las autoridades y que stas fueran nombradas de
entre los seoritos, as como la anulacin del cabildo, provoc
un distanciamiento entre las autoridades y los vecinos. Por otra
parte, la constatacin de una aportacin inferior por parte de los
ricos en algunas realizaciones comunales provoc tambin una
cierta resistencia a participar en ellas por parte de los restantes
vecinos:
La escuela era un servicio comn para vecinos y seoritos
y estos ltimos contribuyeron en escala mucho menor que los la-
bradores en las faenas del acarreo de lea y de la construccin
del muro. Una tal demostracin de diferente trato, de verdadera
discriminacin, amn de otras similares de prepotencia, crearon
en el vecino una especie de rebelda para concurrir a las faenas,
an cuando sts eran para trabajos que lo beneficiaban directa-
mente. El mal estado de los servicios comunales era consecuen-
cia de este relajamiento del tradicional entusiasmo del vecino por
las faenas (Arguedas, 1968: 209).
En definitiva, para Arguedas, los cambios que se haban pro-
ducido en estas comunidades de Sayago eran debidos a que su-
fran un tipo de presin para conducirlas a su conversin en pe-
queas sociedades de tipo liberal, en las cuales el enriquecimien-
to individual sea el ideal motriz nico que impulse la actividad
del grupo (...) Las comunidades se debaten as entre la tradicin
que cre vnculos cooperativos entre los vecinos y la presin ex-
terna que trata de desintegrar las bases de tales vnculos para con-
vertirlas en sociedades en que los hombres se enfrenten cada vez
ms agudamente unos a otros, mediante una carrera competiti-
va para acumular bienes materiales (Arguedas, 1968: 345-346).
Este estudio de Arguedas nos muestra que las generalizacio-
nes sobre la mentalidad individualista del campesino ignoran y
contradicen la historia y marginan el anlisis (anlisis necesario)
de los sistemas sociales concretos en los que los campesinos estn
inmersos. Por otra parte, difcilmente puede sostenerse una ge-
neralizacin relativa a que los campesinos son individualistas y
se resisten a la cooperacin, si se tiene en cuenta la existencia de
numerosas instituciones tradicionales de cooperacin entre los cam-
140
pesinos, sean stas formales o informales, circunstanciales o a largo
plazo, basadas en la reciprocidad individual o comunal, y de las
cuales son un ejemplo las contratas o el parejero que acabamos de
ver. En efecto, a lo largo y ancho de toda la Pennsula Ibrica
(as como en el resto de Europa, o Amrica del Sur, o Africa o
Asia) existen numerosas formas de cooperacin y de ayuda rec-
proca institucionalizadas y de las que citamos algunos nombres
para dar cuenta de su existencia y para estimular a su estudio:
ayuda, socorro, roga, axuda, fiadas, espadellas, esfolledas, carreto, auzo-
lan, auzurrikourrena, fer turnos, jornales pa'l comn, ayuda a aecinal, na-
joaa, bediau, salia, conlloga, tornajornal, etc., etc.
8. COMPORTAMIENTO COOPERATIVISTA CON
ACTITUDES INDIVIDUALISTAS
Ya hemos ido viendo algunas razones que pueden explicar el
rechazo de formas organizadas de cooperacin o la aparicin de
actitudes individualistas. Hemos visto, tambin, que en trmi-
nos generales los campesinos admiten que los resultados de la coo-
peracin, bajo sus diversas formas, pueden ser muy positivos pa-
ra ellos tanto en lo que refiere el rendimiento econmico de su
trabajb como en lo referente a otros beneficios sociales que pue-
den derivarse de la cooperacin. Precisamente por eso, se hace
difcil aceptar que una determinada mentalidad pueda ser tan ciega
y tan poco pragmtica para impedir alcanzar esos beneficios. Y
por eso, tambin, se hace necesario buscar razones ms profun-
das y objetivas que las del mito del individualismo para explicar
el rechazo de la cooperacin. Adems del tipo de razones como
las que hemos visto hasta aqu, vamos a ver un ltimo caso. En
l podremos observar que existen unos intereses individuales o
personales en contra de una forma especfica de cooperacin (pe-
ro no de otras) y que, en absoluto, ese rechazo pueda atribuirse
al mito del individualismo. Las razones pueden ser mucho ms
triviales y concretas. Veamos el ejemplo.
La Gurdia es un pequeo pueblo de la comarca del Alt Ur-
gell (Lrida). En 1975, ao de nuestra presencia all, vivan en
l seis familias, que constituan otras tantas explotaciones agrcola-
ganaderas. Tan slo quince aos atrs vivan en l 25 familias.
141
La drstica reduccin da muestra de la rapidez e intensidad de
la emigracin. Como consecuencia de esta emigracin, se posi-
bilit un aumento considerable del tamao de las explotaciones
de los que se quedaron, ya que arrendaron las tierras de los que
se marchaban. En 1975, cada una de las seis familias citadas ex-
plotaban de 60 a 70 hectreas entre las tierras de su propiedad
y las arrendadas. Ello les permita criar de 15 a 20 vacas en cada
explotacin. En estas condiciones, las explotaciones eran consi-
deradas rentables, aunque si viviesen en el pueblo todas las fa-
milias que emigraron no se podra vivir.
Durante esas fechas (abril de 1975), se planteaba en el pueblo
la posibilidad de constituir un Grupo Sindical de Cooperacin.
Este grupo sindical hubiera dispuesto de muchas ventajas credi-
ticias y proteccionistas pues el Ministerio de Agricultura planea-
ba organizar una zona piloto de colonizacin en los pueblos, ve-
cinos, de Taiis y La Gurdia. Decan que se podra construir un
pueblo nuevo y se asfaltaran las carreteras hasta la capital co-
marcal, La Seo d' Urgell.
Por otra parte, y en otro sentido, a partir de la emigracin
masiva de las familias del pueblo, se haba institucionalizado en-
tre las familias restantes una cooperacin espontnea. Se ayuda-
ban unos a otros y los que tenan tractores (3 de las 6 familias)
los ponan a disposicin de todos. Todos coincidan en conside-
rar que as se trabajaba ms rpido, mejor y que el trabajo era
ms alegre. Esta circunstancia fue evaluada como muy favorable
para la constitucin del grupo de colonizacin. Pero lo cierto es
que los hereus22 se resistan a la constitucin del grupo y recurran
con profusin a distintas racionalizaciones contrarias al proyec-
to. Todo ello hasta tal punto que la constitucin del Grupo Sin-
dical de Colonizacin result inviable.
A continuacin exponemos algunos de los inconvenientes que
vean los hereus para la constitucin del grupo: 1) Sus padres no
querran trabajar los domingos: si vosotros lo habis hecho (el
grupo sindical), trabajarlo vosotros. Esto es lo que suponan que
les diran sus padres. Esta alusin tan concreta al trabajo domi-
22
La estructura familiar existente en este pueblo responde a la de la fa-
milia troncal y que, en este caso, supone la existencia de un heredero
o hereu
universal que es el responsable de continuar la casa.
142
nical se explica por el deseo de los
hereus (de 40, 29, 25, 21 y 17
aos) de ir a bailar los domingos, preferentemente a La Seo d' Ur-
gell. 2) Suspicacias en torno a la distribucin del trabajo en caso
de costituirse el grupo. As, por ejemplo, uno de los jvenes de-
ca: El F. llevar el tractor y t irs detras con el rastrillo.
Adems de estas verbalizaciones se argumentaban otras ra-
zones ms objetivas:
1)
Diferencias de propiedad entre las distintas familias;
2) Gran parte de las explotaciones estaban constituidas con
fincas arrendadas y por tanto no de su exclusiv propiedad;
3) Falta de mujeres para casarse, pues las del pueblo haban
emigrado todas y otras chicas no quieren anar a pags (^asarse
con un campesino y trabajar en la explotacin agrcola-ganadera).
Todos estos problemas, sin embargo, se vean superables a
excepcin del ltimo y ste era, precisamente, el que pareca pro-
vocar realmente las argumentaciones y verbalizaciones restantes,
entre ellas, las susceptibilidad individualista. Todos estos
hereus
(los dos ms mayores se vean ya sin posibilidades de matrimo-
nio a sus 40 y 29 aos) manifestaban una gran preocupacin por
encontrar una mujer para casarse y, dado su convencimiento de
que ninguna mujer quiere ir a vivir al pueblo de La Gurdia,
estos jvenes, an en el supuesto de que hubieran aceptado cons-
tituir el grupo sindical de colonizacin, no hubieran querido com-
prometerse por un perodo superior a los diez aos por ejemplo,
pues pasado ese tiempo, pensaban que les sera imposible encon-
trar esposa. Estos hereus comentaban de manera significativa la
situacin del principal entusiasta de la constitucin del grupo de
colonizacin:
El
M. tiene el problema solucionado: ya tiene mujer y los
hijos en la escuela..., As, s.
No slo en La Gurdia, sino tambin en otros pueblos de es-
ta
misma comarca y de comarcas vecinas como las del Pallars,
la oposicin a los grupos de colonizacin vienen por parte de los
jvenes y las razones ltimas apuntan, tambin, a su temor de
no encontrar esposa23.
23 En otro trabajo (Contreras, 1982) hemos tratado con un poco ms de
detalle este problema, aludiendo a las dificultades que tienen los rtereus para
143
El caso que hemos expuesto no es anecdtico. Muestra unas
razones objetivas y unos intereses muy concretos por parte de los
individuos afectados y que, en ese momento, suponen una oposi-
cin o rechazo a una determinada forma de cooperacin. No es
el individualismo, ni un querer mantener la independencia lo
que se opone a la cooperacin; es, simplemente, una estrategia
completamente distinta y situada tambin en un nivel distinto:
la emigracin como nica posibilidad para poder casarse. La cri-
sis generalizada de la institucin del
hereu y de la familia troncal
en Catalua est tambin muy relacionada con circunstancias de
este tipo24.
Evidentemente, lo que acabamos de presentar es slo un ca-
so, posiblemente muy particular, aunque sin duda afecta a mu-
chos otros pueblos del Pirineo cataln, aragons y vasco. Pero
lo que este ejemplo pretenda ilustrar es que si efectivamente existen
manifestaciones individualistas, stas deben ser explicadas ellas
mismas, en lugar de constituir una explicacin. Con ello quere-
mos decir, una vez ms, que para explicar los comportamientos,
actitudes y estrategias de los campesinos, debemos estudiar y co-
nocer sus experiencias anteriores concretas y el complejo conjun-
to de factores que constituyen su realidad ecolgica, econmica,
social, poltica y cultural.
9. NOTA FINAL
Los cuatro tipos de anlisis que acabamos de presentar para
ilustrar nuestra discusin del tpico culturalista del individualis-
mo de los campesinos podran haberse ampliado a otros muchos,
sobre todo, si se hubiera pretendido una discusin de todos los
rasgos que se incluyen en la caracterizacin de cultura campesi-
na que hemos tomado como punto a partida. Por otra parte, si
encontrar esposa. Valga la pena recordar, tan slo a ttulo de ancdota, lo
que recoga la publicacin La terra (1975, N 1, p. 9):
^<Se da el caso de que muchos jvenes, cuando van a bailar, no se atre-
ven a decir que trabajan de agricultores por temor a que la chica les deje
plantados.
24
Tambin hemos tratado este problema en el mismo trabajo que cita-
mos en la nota anterior (Cf. Contreras, 1982).
144
en esos anlisis nos hemos limitado a consideraciones sobre el Es-
tado Espaol, ha sido por la especificidad misma de este I Con-
greso de Sociologa. En cualquier caso, pensamos que lo dicho
es suficiente para el objetivo que nos habamos propuesto. Inclu-
so, alguien podran objetar que Para este viaje no hacan falta
alforjas. Por eso, como conclusin, slo quisiera recoger lo que,
de modo implcito o explcito, ya est dicho y reiterado a lo largo
de esta comunicacin: los anlisis del comportamiento campesi-
no que se limitan a dar una visin emic, meramente descriptiva
no son vlidos, incluso pueden falsear la realidad, sino son com-
plementados o contrastados con anlisis etic, histricos, explicati-
vos. Estos anlisis han de considerar los factores ecolgicos, as
como los hechos y las instituciones econmicos, polticos, religio-
sos, de parentesco, etc., del presente y del pasado ms o menos
reciente, como una totalidad integrada en la que el todo explica
a las partes. Los anlisis basados en que los campesinos son indi-
vidualistas constituyen un ejemplo de lo que no debe ser.
Digamos finalmente, despus de los cuatro anlisis presenta-
dos, que el individualismo nos parece ms bien unefecto que una
causa, pues lejos de constituir algo consustancial a los campesi-
nos, acostumbra a ser una respuesta, ms o menos circunstancial
a lo largo de la historia, a unas condiciones concretas e interrela-
cionadas entre s que refieren a la totalidad del sistema social; sis-
tema social que, en los casos que nos ha ocupado, es el del siste-
ma capitalista que se expande, absorbiendo y dominando las so-
ciedades campesinas tradicionales.
145
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148
LA CRISIS DE LA
AGRICULTURA CAMPESINA
por Andreu PEIX MASSIP
1. INTRODUCCION
No pretendo entrar en detalles acerca del complejo concepto
de clase campesina. Por de pronto, mientras los asalariados de
otros sectores pueden utilizar el trmino de clase, los campesinos
autnomos, al igual que los empresarios autnomos de otros
sectores, nunca la utilizan.
TJso la palabra como traduccin al castellano de la palabra
pags en cataln, mucho ms concreta al no englobar los asala-
riados. Campesino equivaldra, en el sentido que utilizo, a em-
presario autnomo cultivador directo de la tierra, junto a su fa-
milia. Campesinos sern, pues, quienes trabajen en la explotacin
familiar agraria, trmino ms economicista pero muy concreto.
Tratar, pues, de la crisis de este tipo de agricultura desde una
ptica catalana, a partir de nuestra experiencia en concreto, pe-
ro perfectamente generalizable a la de un tipo de campesinos aut-
nomos medios tanto del resto de Espaa como de otros pases euro-
peos. En un reciente encuentro en Perpignan con investigadores
franceses del INRA-IREP {ver bibliografa) coincidamos en las
grandes lneas de la evolucin de la agricultura en ambos pases.
Nuestro modelo se hara, pues, extensible a los cultivadores direc-
tos de la tierra, mayoritarios en los Valles del Duero y Ebro, en
el litoral mediterrneo desde Catalua, Valencia y Murcia hasta
la costa de Almera, Granada y Mlaga, Vega de Granada, Mon-
tilla, zonas de colonizacin...
15 1
Existen muchos tipos de campesinos, al igual que de trabaja-
dores asalariados. Podremos obtener uno de los principales ele-
mentos para definir el campesino a partir de sus rentas, que sue-
len ser por trmino medio inferiores a las de los trabajadores en
los restantes sectores productivos. Por la diversidad de rentas quiere
decir muy poco en este sentido. Sern muy diferentes los proble-
mas de una explotacin familiar agraria media a la de, por ejem-
plo, una explotacin de 150 has, bien mecanizada y llevada entre
padre e hijo, y por lo tanto asimismo familiar. El campesino no
deja de ser un empresario -l lo sabe- y segn la combinacin
de los diferentes elementos de que puede disponer (tierra, agua,
mano de obra familiar o externa, conocimientos, capital, medios
de produccin...) obtendr diferentes remuneraciones. Debe des-
tacarse la gran capacidad del campesino, cultivador directo de
la tierra, de adaptarse a las variaciones en las disponibilidades
de estos elementos (hijo que va al servicio militar, conduccin de
la tierra del pariente emigrado, introduccin de una innovacin,
aumentos de costos de un medio de produccin concreto...).
En un principio existe un factor diferencial de la empresa agra-
ria frente a los dems sectores econmicos, el de la limitacin de
los factores tierra y agua. Respecto a la tierra, el peso de la histo-
ria es fuerte y nos encontramos con suelos muy parcelados y con
precios altos. Asmismo, en amplias zonas del pas, el agua es un
factor decisivo por su escasez, an mayor que la de suelo, siendo
disputada por los dems sectores productivos, con mayor poder
econmico.
En nuestro actual modelo econmico, la agricultura ha teni-
do una funcin especfica como uno de los principales motores
del sistema. La funcin de la agricultura no se ha limitado a la
especfica de la produccin de alimentos, y por lo tanto a la con-
siguiente reduccin en el gasto de divisas. Adems la agricultura
ha tenido que alimentar barato a la poblacin a fin de poder man-
tener bajos los salarios de los trabajadores, funcin que se est.
degradando, por cuanto en la composicin de la cesta de la com-
pra el porcentaje dedicado a la alimentacin cada vez es menor,
y de esta porcin, la correspondiente a los productos agrarios asi-
mismo se va reduciendo en la medida que aumenta la que co-
rresponde a las industrias de transformacin y comercializacin
alimentarias.
15 2
El sector agrario ha actuado tradicionalmente de tampn, como
ejrcito de reserva. Segn la evolucin de las remuneraciones en
los otros sectores, el agrario ha suministrado mano de obra a partir
especialmente de los sectores ms marginales y subocupados. En
cambio el sector sigue siendo un suministrador de capitales a otros
sectores en busca de rentabilidades ms elevadas, en el momento
de la compra de tierra a no-agricultores, en el pago de las legti-
mas a los co-herederos que no continuan en la explotacin... Pe-
ro sobre todo la agricultura constituye cada vez ms un impor-
tante mercado para las empresas fabricantes de medios de pro-
duccin agrarios, habindose llegado incluso a niveles de sobre-
equipamiento, sobre todo en la explotacin familiar agraria. La
agricultura es el primer cliente de la industria qumica y ocupa
un lugar prioritario para la metalurgia. Como funciones adicio-
nales nos encontramos tambn con la conservacin gratuita de
la naturaleza de gran valor estratgico en las zonas despobladas
y, en el sentido opuesto, en las densamente pobladas, como col-
chn preservador de la degradacin del suelo no urbanizable en
las reas urbanas. No menos importante es su docilidad y sumi-
sin en el momento de depositar el voto o en sus relaciones con
las industrias agro-alimentarias, o las suministradoras de medios
de produccin.
2. EL MODELO DESARROLLISTASE ROMPE
Es sobre todo durante los 60 cuando se produce el gran desa-
rrollo de la agricultura. Con la utilizacin de nuevos medios de
produccin, a partir del plan de estabilizacin, se logran grandes
aumentos de productividad. Es la poca de la mecanizacin y
la quimizacin de la agri^ultura. La maquinaria hace empe-
queecer la explotacin familiar agraria. Quien no puede inno-
var debe abandonar y emigrar hacia las zonas industriales, en don-
de se produce entonces una fuerte demanda de mano de obra.
El ndice de precios pagados por los campesinos para la ad-
quisicin de medios de produccin y para el pago de los jornales
de recoleccin aumenta muy por encima del ndice de precios per-
cibidos. No obstante se produce un fuerte aumento de las rentas
agrarias debido a los importantes incrementos de la productivi-
15 3
dad, obtenidos con la aplicacin de nuevas tcnicas y por la dis-
minucin, paralelamente, de la poblacin activa agraria que ha
permitido aumentar el tamao de la explotacin agraria. La pro-
duccin agraria por empleado en el sector ha producido un gran
salto adelante (ver cuadro n I).
Cuadro n 1(expresado en porcentajes) CATALUNA
Poblacin P.A.A. Promedio de Superficie
Aportacin a la
produccin final
Aos actiaa mayor de parcelas por media por agraria:
agraria 45 aos explotacin parcela
total ^ior actiao.
1960 2 09 14 7
( 1962 ) 12 0 69
1965 17 1 7 1 2 2 13
197 0 15 6 83 2 7 17
( 197 2 ) 100 100
197 5 12 2 91 5 7 47
197 6 12 0 98 65 5 4
197 7 111 100 82 7 4
197 8 106 100 98 93
197 9 100 100 100 100
(A partir del Anuario de Estadstica Agraria 1979.
M de Agricultura. Secretara General Tcnica)
Con la emigracin del campo muchas tierras han quedado yer-
mas, especialmente las marginales (por su excesiva parcelacin,
por su accesibilidad, por la calidad del terreno, por su pendien-
te...). En cambio ha significado un importante aumento en el ta-
mao de la explotacin al agrupar en una sola empresa las tie-
rras de los familiares emigrados por el agricultor que se queda.
De todos modos nos quedamos an muy lejos de los ndices euro-
peos.
El gran aumento en los costes de produccin se ha producido
en lo referente a los salarios agrarios de la recoleccin, muy des-
fasados, de todos modos, con respecto a los de los restantes secto-
15 4
res productivos. De ah que los aumentos en los precios percibi-
dos hayan sido mayores en los que incorporan mayor mano de
obra (hortofrutcolas) que en los que permiten una mayor meca-
nizacin (cereales). Evidentemente los ndices ms esclarecedo-
res son los que incorporan el factor salarios entre los costes de
produccin o incluso los salarios de los trabajadores por cuenta
propia. El nivel de las rentas obtenidas siempre se mide en com-
paracin a las rentas de los otros sectores o al aumento del coste
de la vida. No han sido otros que los aumentos de la productivi-
dad quienes han permitido unas rentas mnimas, o simplemente
la explotacin de la mano de obra familiar, caracterstica esen-
cial de la explotacin familiar agraria, en una gran mayora de
casos. (Ver cuadro n II).
El proceso de los aumentos de productividad se producira en
dos fases: los costos de produccin aumentan ms que los precios
pagados, quien puede intensificar a base de invertir en mayores
medios de produecin se salva. Quien no dispone de tamao pa-
ra aprovechar las innovaciones debe abandonar. Se quedarn pues
en mayor proporcin los considerados en tiempos anteriores co-
mo agricultores acomodados (dato a tener en cuenta en el anli-
sis de la mentalidad campesina).
Pero el aumento de las rentas agrarias por el camino de la
intensificacin a partir de una mayor utilizacin de medios de pro-
duccin ha conducido a unas superproducciones crnicas con la
correspondiente cada de precios, lo que ha provocado las famo-
sas guerras de los aos setenta.
Los aumentos de productividad por el camino de la mayor
utilizacin de medios de produccin conducen irremisiblemente
a una fase de rendimientos decrecientes. En este momento la pro-
ductividad no se puede ya buscar por este camino en muchas pro-
ducciones agrarias. Asimismo la sustitucin de mano de obra por
capital topa con los limitados aumentos de los precios de los pro-
ductos agrarios. Adems el encarecimiento de la energa y de las
materias primas ha significado un gran freno a la utilizacin de
dichos medios. La compra de maquinaria se ha reducido, la uti-
lizacin de abonos ha experimentado un importante retroceso.
Por otro lado, los pases tradicionalmente importadores de pro-
ductos agrcolas buscan producrselos ellos mismos a fin de limi-
tar la salida de divisas a que les ha forzado la crisis energtica.
15 5
Cuadro n II ESPAA (%)
A o s
I ^ 1 G e S a / a r i o s P r e c i o s P r e c i o s
c o s t e d e A
r a r i o s P e r c i b i d o s P a ado s
1
2 3
g g
la U2da
1960 15 2 2 2 8
1965 2 2 3 2 2 9
197 0 2 8 18 3 6 3 9 99 13 0
197 5 49 42 60 64 93 110
197 6 5 8 5 2 66 7 0 94 101 110
197 7 7 2 67 83 7 7 107 112 116
197 8 86 85 94 86 109 109 110
197 9 100 100 100 100 100^ 100 100
1
Indi c e de Pr ec i o s Per c i bi do s
Indice de Precios Pagados
2
Indi c e de Pr ec i o s Per c i bi do s
Indice Precios Pagados + Indice Salarios
Indice de Precios Percibidos
3
Indice de Precios Pagados + Indice de Salarios +
+ Indice de salario por cuenta propia
(A partir del Anuario de Estadstica A^araria 1979.
M Agricultura)
Inglaterra ya es autosuficiente en manzana de invierno, que an-
tes importaba. Alemania tradicionalmente deficitaria en produc-
tos lcteos, actualmente es exportadora. Adems la poblacin euro-
pea, muy envejecida, no aumenta y por lo tanto el consumo de
alimentos permanece estable.
15 6
A1 no poder aumentar la produccin ni la productividad, se
rompe el modelo desarrollista seguido hasta el momento y se pro-
duce una fuerte crisis que, aunque con un cierto retraso, ha lle-
gado tambin al campo.
3. LA CRISIS AGRICOLA
Tal como hemos descrito la agricultura durante los ltimos
aos, podramos afirmar tambin que desde que se inici su cam-
bio de la agricultura tradicional a una agricultura moderna, siem-
pre ha estado en crisis. De todos modos esta crisis no se cuestio-
naba al disponer de la salida productivista.
Utilizo la palabra crisis en el sentido de que todos unos pro-
cesos ya iniciados de mucho antes, en un momento dado se ace-
leran y aparecen a la luz pblica. La crisis energtica ha signifi-
cado el detonante de este proceso que se estaba fraguando en nues-
tra economa, al poner en crisis nuestro modelo productor-
consumidor, no-reproductor: consumidor de elementos no re-
producibles como son la energa fosil pero tambin la tierra y el
agua que pueden ser contemplados como tales en amplias zonas
del pas, especialmente en las de mayor escasez, en la cuenca me-
diterrnea. Insistimos en los factores tierra y agua por la limita-
cin que se produce en una sociedad vieja como la nuestra y es-
pecialmente en las reas de clima privilegiado. Aqu se produce
una diferencia respecto a otros pases y los modelos que desde
all se propugnan al no estar limitados en ambos factores de pro-
duccin.
Asimismo, cuando las rentas agrarias son insuficientes, los
aumentos de precios de los productos agrarios no se utilizan para
invertir (la contabilidad de la explotacin se confunde con la fa-
miliar), sino para consumir. Cuando las disponibilidades de ca-
pital son reducidas, se tiende a la inversin a corto plazo (inten-
sificacin por la compra de medios de produccin), ms que en
la inversin en suelo o instalaciones. A1 no haberse invertido en
reforma de estructuras en amplias reas del sector, se ha alcan-
zado ya un techo y al no poder aumentar la productividad no se
invierte (no se invierte si no se espera poder devolver el dinero,
15 7
si la inversin no es rentable o si el reducido tamao de la explo-
tacin no permite tomar el riesgo del posible xito de la nueva
inversin). De este modo, una serie de explotaciones, al salirse
del modelo establecido, irn a situazse hacia niveles de mayor mar-
ginalidad. Continuando con este razonamiento es cuando surge
el trmino explotacin viable tan utilizado en poltica agraria.
Viable sera la explotacin con futuro. Evidentemente la viabili-
dad de una empresa se medir segn un criterio poltico y no cien-
tfico. La viabilidad se podra comparar a una bazrera que unas
explotaciones superan fcilmente, mientras que otras han de ser
ayudadas paza saltarla y unas ltimas no podrn saltar. Sern
los polticos quienes indicarn la altura de la barrera as como
las explotaciones que deben ayudarse. Se debern formular dife-
rentes acepciones de viabilidad que variarn segn cada produc-
cin agraria en concepto y a las caractersticas de cada comarca
especficamente. Incluso el trmino variar a lo largo del tiem-
po: por ejemplo, ante el paro y a fin de frenar el xodo agrazio,
se defendern unas producciones sociales, que absorben mu-
cha mano de obra.
Los suministradores de medios de produccin por ello, se vie-
ron forzados a dar crditos a los campesinos aumentando el en-
deudamiento y los crditos puente para pagar las deudas ante-
riores. De este modo, al haberse modernizado, la agricultura se
ha encontrado con una fuerte dependencia de los medios de pro-
duccin que no obstante se ve forzada a seguir adquiriendo para
mantener sus rendimientos. La utilizacin de medios de produc-
cin alcanza ya una media de140% de la produccin agraria (2/3
para la ganadera industrial, 1/3 para la agricultura en general,
el 40% para la horticultura intensiva...). La reforma de estruc-
turas se ve tambin dificultada por el envejecimiento de la pobla-
cin agraria al haber abandonado la actividad agraria los jve-
nes, con mayores posibilidades de tener xito fuera del sector. Por
ello,
pese a la crisis general, la poblacin agraria an seguir
reducindose a medida que vayan jubilndose los campesinos, sin
hijos que les sucedan.
El sector agrario no ha podido mantenerse aislado por lo que
la crisis se ha transmitido por el sistema econmico general: los
precios internacionales fuerzan a la baja los precios de los pro-
ductos agrarios y en cambio, los costes aumentan. Los producto-
15 8
res de medios de produccin y las industrias agro-alimentarias
procuran transferir al sector su crisis interna y de coherencia. Pa-
ralelamente, a medida que han aumentado las rentas, se han pro-
ducido unos cambios en los regmenes alimenticios con los consi-
guientes problemas de adecuacin de las diferentes producciones
y las correspondientes crisis de adaptacin. Pero fmalmente la crisis
general repercute en la productividad al no poder asimilar los de-
ms sectores, ms hijos de campesinos que debern buscar tra-
bajo en el mismo sector agrario, eliminndose la alternativa pro-
ductivista del xodo.
Queda an una salida, es la aplicacin de nuevas innovacio-
nes que permitan reducir costos. Pero tambin se ha roto el esla-
bn por este lado. Quedan muchas innovaciones utilizadas ya en
otros pases vecinos, sin aplicar en nuestro sector agrario. Pero
a medida que la produccin agraria se va haciendo ms compleja
requiere paralelamente el desarrollo de una investigacin agra-
ria aplicada consistente. La mayor parte de las innovaciones adop-
tadas durante los ltimos tiempos han sido bsicamente las pro-
pulsadas por las empresas privadas suministradoras de medios de
produccin. Adems existe un fuerte desfase entre la investiga-
cin y la difusin de las innovaciones. Tambin la investigacin
agraria requiere una fuerte reforma si se busca superar este pun-
to de inflexin en que se encuentra el sector.
Resumiendo, la crisis de la agricultura ha significado funda-
mentalmente la crisis de un modelo que ha buscado la eficiencia
principalmente por la fuerte utilizacin de medios de produccin
dejando a un segundo nivel la reforma de estructuras tanto de
produccin como de comercializacin, e incluso de la Adminis-
tracin. Es la crisis tambin de un estado que se vuelve liberal
ante su incapacidad para enfrentarse a la crisis. Finalmente la crisis
cumplir su objetivo tradicional: desestructurar para volver a es-
tructurar de nuevo con los que quedan, los ms fuertes. Ello sig-
nificar la segunda fase de la reforma agraria iniciada a finales
de la dcada de los 50; de nuevo ganarn los grandes y se salva-
rn los eficaces. Ms que crear nuevas capacidades de produc-
cin, la crisis significar la racionalizacin de lo existente bus-
cando la creacin de una infraestructura de base, as como la re-
conversin de las producciones, a partir de los gastos energti-
cos.
15 9
4. LA DESESTRUCTURACION OCASIONADA
POR EL HECHO URBANO
Hemos querido aadir un factor a menudo minusvalorado y
protagonista asimismo principal de la crisis del sector agrario. En
toda crisis los no-agricultores buscan en la compra de tierra una
inversin segura, refugio de su capital, con el aumento en conse-
cuencia de su costo. Aparace, pues, de nuevo un factor distorsio-
nador que dificulta la formacin de explotaciones de dimensin
suficiente. Nuestro modelo de sociedad ha producido el que to-
dos llevemos un especulador en potencia en nuestro interior. De
ah la frase utilizada a menudo por los campesinos de que viven
pobres para morir ricos, refirindose al elevado precio de la tie-
rra que trabajan. En la gestin de la explotacin agraria nos ve-
mos forzados con frecuencia a distinguir entre la empresa agra-
ria y la empresa inmobiliaria pues los precios pagados para am-
pliar la explotacin no permiten ninguna rentabilidad agraria aun-
que si fundiaria.
A medida que nuestra sociedad se va urbanizando, amplias
zonas del pas se ven cada vez ms afectadas por el efecto distor-
sionadr que el hecho urbano produce. Ello se agrava especial-
mente en la franja litoral mediterrnea de clima privilegiado. En
estas zonas densamente pobladas peligra incluso la superviven-
cia de la agricultura que, bajo un clima excepcional, se ha espe-
cializado en la produccin de primores con altos rendimientos por
unidad de superficie. Peligra tambin la supervivencia de la agri-
cultura en unas zonas cada vez ms desertizadas, no solamente
de alta montaa, en las que los agricultores dejan el campo ante
la degradacin de unos servicios mnimos imprescindibles (edu-
cacin, sanidad, suministro de medios de produccin, canales de
comercializacin, comunicaciones...). Incluso la disminucin de
la poblacin activa agraria se produce con mayor incidencia en
las zonas mayoritariamente agrarias, ms que en las densamente
pobladas, al disponerse en estas de unos servicios mnimos indis-
pensables. A1 producirse la prdida de peso especfico de la po-
blacin agraria, por debajo de su masa crtica, muchas explota-
ciones plenamente productivas se abandonan. Ello ha comporta-
do una desestructuracin rpida de zonas en las que las explota-
ciones podan ser plenamente rentables, racionales yviables.
En las zonas densamente pobladas, no son ajenas a este proceso
160
las agresiones del medio urbano expropiando agua, ocupando suelo
agrario especialmente para sus comunicaciones (autopistas, ca-
rreteras, lneas frreas, conducciones: oleoductos, gasoductos, eti-
lenoductos, acueductos, desag^es...) que adems acostumbran a
discurrir por los mismos nudos de comunicacin, creando am-
plias fajas de suelo en las que las explotaciones son disgregadas
por las ocupaciones consecutivas.
El modelo actual de urbanizacin espaol prosigue en esta di-
reccin de exagerar an ms el desequilibrio (ver trasvases de
agua, industria y poblacin hacia zonas densificadas). Comarcas
enteras acabaran por desintegrarse en la medida en que los agri-
cultores de edad avanzada vayan abandonando el ejercicio de su
profesin.
5. LOS
PRECIOS AGRARIOS
La crisis de los campesinos se medir bsicamente por la ca-
da de las remuneraciones, a nivel comparativo con los dems sec-
tores productivos. El campesino es un trabajador mal remunera-
do que alcanza su salario por medio de la venta de las produccio-
nes que obtiene. Ha entrado en la carrera de la productividad
por el camino del incremento de utilizacin de medios de pro-
duccin, principalmente. A1 aumentar de precio estos, en un mo-
mento de rendimientos decrecientes, se ha visto incluso obligado
a reducir su consumo y con ello su eficiencia y su remuneracin.
La crisis energtica ha hecho cuestionar este modelo exponiendo
la necesidad de reconducir la carrera de la productividad por el
camino de la reforma de las estructuras.
En este marco podemos reflexionar sobre una de las princi-
pales herramientas de la poltica agraria aunque no la nica. Ade-
ms debemos recordar que poltica agraria no equivale a poltica
social, la cual resultar lgicamente ms barata por otros medios
ms directos. Pero la explotacin familiar agraria presenta unas
ventajas frente a la gran explotacin que justifican la necesidad
de una poltica de precios especfica: la explotacin familiaz agraria
mantiene un mayor nmero de poblacin activa agrcola en el
campo, significa un aumento de la produccin total agraria por
su mayor intensificacin (ambos puntos especialmente interesantes
161
en poca de paro generalizado y de balanza comercial agraria de-
ficitaria), puede especializarse en producciones de alto valor aa-
dido y finalmente puede conseguir la eficiencia buscando la di-
mensin por el cooperativismo de transformacin y de comercia-
lizacin, sobre todo. Incluso se puede hablar de unos costos de
produccin menores que en la gran explotacin, especialmente
en los sectores que requieren una mayor cantidad de mano de
obra, como es el caso de los productos hortofrutcolas. Su flexibi-
lidad y capacidad de adaptacin tambin cuentan entre sus prin-
cipales caractersticas.
Las ayudas a la explotacin familiar agraria a menudo se ba-
san en un pretendido valor tico que conlleva, un a modo de
tercera va, con una fuerte carga de familismo (la familia traba-
jando junta en paz y rmona bajo la direccin del padre. De ah
que en toda poltica de precios se coincida desde diferentes pun-
tos ideolgicos en sacar a relucir como principal objetivo esta de-
fensa de la explotacin familiar.
No obstante cada vez menos se puede reducir la poltica de
remuneraciones exclusivamente a la poltica de precios estricta
sino que debe comportar todo un conjunto de acciones de gran
complejidad, desde un seguro de producciones, unas subvencio-
nes directas para campaas especiales, o un control de los co
^tos
de los medios de produccin, hasta la regulacin de mercados por
almacenamiento, transporte o transformacin adems de las res-
tricciones a la produccin a la destruccin de excedentes.
Fundamentalmente la fijacin de unos precios mnimos de ga-
ranta favorece a quin ms barato produce, las agriculturas ex-
tensivas que buscan ms la cantidad que la calidad, por lo que
una de las salidas de la explotacin familiar agraria ser esta me-
jora de la calidad. La decisin poltica de fijar unos precios igua-
les para todo tipo de agricultores, automticamente no puede te-
ner en cuenta que existen unas explotaciones que producen a costos
superiores a los regulados y que estn condenadas a desaparecer,
mientras que favorece a quienes producen a precios inferiores a
los fijados. De ah que, como ya e^ sabido, los mayores adalides
en la defensa de unos precios que garanticen la subsistencia de
las explotaciones familiares hayan sido siempre los grandes agri-
cultores.
Frente a la disparidad de tamaos de las distintas explotacio-
162
nes, y por lo tanto de costos de produccin, el mecanismo ms
indicado sera el de los precios diferenciales. El gran problema
de los precios garantizados estriba en que por la ley de la oferta
y la demanda quien produce a precios superiores a los fijados pro-
cura cambiarse a otras producciones ms rentables mientras que
quien consigue costos inferiores aumenta su produccin, con los
consiguientes riesgos de excedentes. De ah que en algunos casos
se haya adoptado una poltica de precios diferenciales a fin de que
el agricultor vaya regulando sus producciones segn sus costos
de produccin.
Pero, ^para qu sirve luchar por unos precios mnimos ga-
rantizados, por ejemplo para la carne de cerdo, si luego puede
sobrevenir un ataque de peste porcina africana que se lleve al traste
la explotacin? Si a travs de una negociacin de medidas com-
plementarias se logra el compromiso de llevar adelante un plan
de control de la peste porcina, y a travs de las comisiones de se-
guimiento su verificacin, evidentemente se logra como conse-
cuencia una mayor repercusin en las rentas agrarias de los por-
cicultores que la de un aumento de los precios en uno o dos pun-
tos ms. Todo ello, no slo por el abaratamiento de los costos
de produccin, sino tambin por la mejor regulacin de su pro-
duccin, adems de la posibilidad de llevar adelante su exporta-
cin a partir de una campaa de defensa de la calidad, junto al
establecimiento de unas Denominaciones de Origen, siguiendo
con el ejemplo de la carne de cerdo, para los embutidos caracte-
rsticos de cada zona.
6. UNA AGRICULTURA ADAPTADA
Frente al campesino corporativista se encontrara el que po-
dramos denominar como empresarial que tender a coincidir en
general con el que se dedica a producciones ms especulativas,
del tipo por ejemplo de la hortofrutcultura intensiva. Este no
est tan interesado en unos precios m^nimos como sobre todo,
en una regulacin del mercado. Su salida ante la inflacin y los
aumentos de los costos de produccin, no podr ser intensificar
an ms, lo que significa disminuir el margen por unidad vendi-
da, al buscar la rentabilidad en la produccin de un mayor n-
mero de unidades.
163
El modelo dominante busca la seleccin de los mejores a par-
tir de una agricultura de escala, extensiva, a base de explotacio-
nes de gran tamao muy especializadas, con agricultores bien equi-
pados y de un nivel de conocimientos alto. Frente a estos aparece
la explotacin familiar agraria limitada por un suelo parcelado,
de grandes pendientes y de precio elevado. Para compensar el
riesgo y valorar mejor la mano de obra disponible, a menudo busca
la diversificacin de las producciones en vez del monocultivo. In-
cluso podramos llegar a definir la explotacin agraria familiar
como una agricultura diferente, a veces hasta opuesta al mode-
lo dominante, pero adaptada a sus circunstancias especficas de
suelo, agua, disponibilidad de mano de obra y capital, conoci-
mientos tcnicos, posibilidad de trabajo a tiempo parcial. Las com-
binaciones de dichos elementos para conseguir la viabilidad de
la explotacin sern extremadamente diversas. Esta ser una de
las caractersticas ms relevarites de la explotacin familiar agra-
ria, su capacidad de adaptacin a las diferentes vicisitudes por
las que ha ido atravesando el sector.
Su prcticamente nica salida se encuentra en la intensifica-
cin de la actividad buscando nuevos campos para valorar el propio
trabajo. Esta mejor valoracin de la actividad, la encontrar en
la satisfaccin de las nuevas necesidades alimenticias urbanas a
partir del mantenimiento de unas cualidades, recuperando tam-
bin la funcin transformadora a manos del campesino (como sera
la valoracin del queso artesano, o la produccin del foie-gras
autntico, como estn realizando en el Ampurdn) o diversificn-
dose hacia nuevas producciones (ornamentales, hinojo, kiwi, agua-
cate...) y en general por una especializacin garantizada y con-
trolada (denominacin de origen). Las industrias agro-alimentarias
pueden dominar el mercado pero se est redescubriendo, al igual
que en los otros sectores, un nuevo mercado de productos dife-
rentes que no obstante siempre ha existido. Haciendo el parale-
lismo con otros sectores productivos podramos hablar de un mer-
cado intersticial que se racionaliza utilizndolo como cntra-
modelo del dominante. A medida que las industrias agro-
alimentarias dominan cada vez ms el mercado de productos ela-
borados, semi-transformados, estandarizados, utilizados en los co-
medores de las empresas o en los restaurantes de medioda, se
valoran de nuevo los productos naturales y artesanales dife-
164
rentes. De ah el esfuerzo que se est desarrollando en el sentido
de que toda la agricultura tienda a la denominacin de origen
de modo que a partir de un control de calidad y la regulacin
de la produccin se consiga su mayor valoracin. Los ltimos es-
cndalos del aceite txico y el fraude en los mataderos ilegales
no hacen ms que reforzar dicha orientacin. Cuando no se pue-
den aumentar las rentas por el camino de la productividad, debe
recurrirse a la mejora de la calidad.
Asimismo en las reas prximas a las zonas densamente po-
bladas surge una agricultura peri-urbana especializada que apro-
vecha especialmente su renta de situacin, como ocurre sobre to-
do en las reas metropolitanas de las principales ciudades. Ade-
ms, esta proximidad al consumidor por la venta directa, signifi-
ca tambin la rpida reaccin a los cambios en los gustos alimen-
ticios de la poblacin.
Adems el tiempo parcial permitir una mejor combinacin
de los diferentes elementos: mano de obra y capital principalmente.
La comercializacin directa no deja de significar una especie de
trabajo a tiempo parcial; cuando el campesino hace de no-
campesino es cuando se gana mejor la vida.
7.
LA INTEGRACION VERTICAL EN EL CAMPO
Querra dedicar unas lneas a un sector ms ignorado de la
produccin agraria campesina. Cada vez ms los campesinos con-
tratan sus producciones con las industrias agro-alimentarias. Es-
te es el caso de los remolacheros, los horticultores de produccio-
nes para conserva, los productores de algodn, de tabaco, y so-
bre todo los ganaderos industriales, piscicultores y avicultores prin-
cipalmente.
Existen muchos tipos distintos de contrato, pero en principio
la integracin vertical se caracteriza porque las empresas inte-
gradoras aportan unos factores definidores: capital, organizacin,
informacin, control de mercado... que son caractersticos de las
situaciones de monopolio.
A1 buscar la seguridad, el ganadero reduce el riesgo pero tam-
bin el poder de decisin y el beneficio. Como dicen los campesi-
nos: somos obreros de las grandes ernpresas integradoras (des-
165
tacan los fabricantes de pienso concertados con mataderos a me-
nudo de su propiedad), les pagamos los impuestos de un ganado
que no es nuestro, recibimos unas remuneraciones por hora tra-
bajada bajsima, no tenemos vacaciones, ni seguridad social, ni
seguro de paro y adems la empresa integradora puede echar-
nos a la calle cuando le convenga, como a menudo o^urre en los
momentos de sobreproduccin y cada de precios.
La agricultura integrada ser el mximo exponente de la pr-
dida de peso y poder de la produccin agraria en el sector ali-
mentario. El empresario agrario integrado pierde toda su capa-
cidad de decisin, especialmente en el caso de la ganadera in-
dustrial. El ganadero deber buscar en la negociacin colectiva
peridica de los contratos de integracin, dentro de los lmites
de la nueva ley de contratos de produccin, la defensa de sus con-
diciones de trabajo.
BIBLIOGRAFIA
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INRA-IREP. La crise agricole et ses issues possibles. Ciclostila-
do. Grenoble. Aot 1980.
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Uni de Pagesos. Segn Congrs de la Uni de Pagesos. Maig
1979. La Terra. Artculos varios. aos 1975 a 1981.
166
CRISIS DEL MODELO
NEOCAPITALISTA Y
REPRODUCCION DEL
PROLETARIADO RURAL
(Represin, resurreccin y agona
final de la conciencia jornalera)
por Alfonso ORTI
1. INTRODUCCION.
CRISIS DE LA IDEOLOGIA KEYNESIANA Y
RETORNO DE LA IDEOLOGIA NEOLIBERAL:
EL FIN DEL MITO DEL CRECIMIENTO
ARMONICO E INDEFINIDO
En medio de la euforia, la crisis llega como el ladrn: cuando
nadie la espera. Cabe observar que las crisis van precedidas siem-
pre, precisamente, de un perodo de subida general de los sala-
rios, en que la clase obrera obtiene realmente una mayor partici-
pacin en la parte del producto anual destinada al consumo
-seala Carlos Marx en el Libro II de El Capital (pretendien-
do describir un proceso genrico que, al menos, se ajusta de for-
ma bastante adecuada a la situacin espaola de 1969-1973)-.
En ri^or, segn los caballeros del santo y sencillo (!) sentido co-
mn, estos perodos parece que debieran, por el contrario, alejar
la crisis -prosigue el propio Marx-. Esto quiere decir, pues,
que la produccin capitalista implica condiciones independientes
de la buena o mala voluntad de los hombres, que slo dejan mar-
gen momentneo a aquella prosperidad relativa de la clase obre-
ra, que es siempre, adems, un pjaro agorero de la crisis' . En
la bien guarecida fortaleza del sistema econmico establecido, la
crisis llega tambin por donde menos se la espera: por el centro
' Carlos Marx: ..El Capitalw, edicin de Fondo de Cultura Econmica,
(8a reimp.: 1973), Mxico, Vol. II, p. 366.
169
y motor mismo del modelo de desarrollo capitalista -la gran in-
dustria basada en el despilfarro energtico, el dinamismo del mer-
cado mundial, el consumo insaciable de la gran ciudad, la inner
society
neocapitalista, en fin...-, a cuyo alrededor se ha edifica-
do el futuro, y en cuyo crecimiento indefinido se confa para re-
solver a medio plazo todos los problemas socialesz.
A la euforia y arrogancia de los apologetas del modelo que
algunos de ellos mismos bautizaron como neocapitalista oeco-
1 La expresiny el concepto de inner society (^sociedad internm.: integra-
da) han sido acuados para defender y celebrar la inquebrantable hegemo-
na del centro del sistema industrial capitalista (fundado sobre la alianza corpo-
ratista entre ]as grandes empresas, el Estado y los sindicatos reformistas, re-
presentantes de la aristocracia de la clase obrera) frente a la crisis y tensio-
nes sociales. En su origen, el concepto y la frmula proceden de un informe
tranquilizados del socilogo norteamericano Clark Kerr, Presidente -en
su momento- de la Universidad de California, ante la aguda crisis social
de los U.S.A. a fines d los aos 60 (movimiento de oposicin a la guerra
del Vietnam, contestacin estudiantil del american/iapitalistic way of l:fe, pro-
testas y revueltas de las minoras tnicas discriminadas, etc. ). Kerr ha desa-
rrollado despus este concepto en una curiosa obrita, titulada alusivamente
(frente a la crtica marcusiana): La sociedad multidimensionaL^ (pub. original:
1969, ed. castellana de Guadiana de Pubs., Madrid, 1970). Para Clark Kerr,
los movimientos de protesta (contra el sistema capitalista) no pueden conse-
guir ninguna rufitura social del sistema ms o menos profunda, porque slo
encuentran apoyo en elementos externos (estudiantes, algunos intelectua-
les, givpos marginales...), o en una subclase oresiduo (sic), la de los
rechazados, o sin eufemismos: los parados. Este bloque heterclito de ele-
mentos externos de oposicin (ms o menos desesperada) al sistema esta-
blecido puede causar problemas (revueltas, etc) a la inner society, ^iero nunca
conquistarla (dirigiendo una reaolucin triunfnte). En realidad, Kerr fiarece estar re-
firindose as -ms o menos fireconscientemente- al permarzente estado de subordina-
cin e imfiolencia del ejrcito industrial de resesva marxiano en el dinamismo capita-
lista (una aez integrado, de una u otra forma, el movimiento obrero organiza-
do en la estructura poltica del propio sistema capitalista). Por ltimo, tan
despectiva descripcin del forzado destino de impotente protesta y frusta-
cin del ejrcito de reserva de subempleados y marginales, parece conve-
nir, por desgracia, de forma bastante adecuada -en el caso de Espaa-
al aislamiento y escasas perspectivas, de hecho, del actual movimiento jornale-
ro, ncleo histrico del ejrcito de reserva y maniobra especulativa del ca-
pitalisrna espaol, cuyas reivindicaciones espontneas voy precisamente a
analizar.
17 0
noma social de mercado, etc. -promesa de un imperio de mil
aos de bienestar generalizado y de inconmovible estabilidad-,
sucede ahora el desencanto de los mejor intencionados, el retor-
no triunfalista de los antes solapados partidarios del liberalismo
salvaje, las nuevas divisiones radicales en el campo terico de
los crticos anticapitalistas, y-en el fondo- el desconcierto de
todos3.
3 En un movimiento tctico de repliegue, los polticos e idelogos del lla-
mado capitalismo maduro u organizado, defensores hasta hace poco de
la racionalidad y progresiva armonizacin social del modelo neocapita-
lista oeconoma social de mercado, renuncian ahora a plantear cualquier
explicacin terica de la (al parecer) sorprendente crisis actual. A1 cesar como
Ministra de Comercio de los U.S.A., la economista Juanita Kreps afirma-
ba: No voy a volver a mi ctedra, porque no sabra qu ensear. Creo que
todo lo que he estado enseando en los ltimos aos no sirve para nada
-cita y comenta el economista espaol Miguel A. Fernndez Ordez en
su artculo: Cris^econmica o er^ ecolgicm^, en el diario EI Pa.^, 12.I.1980,
Madrid, p. 34-. La crisis del modelo econmico real se refleja as en la
crisis de los modelos tericos. Proclamando abiertamente la prdida de la
fe en la ciencia econmica, los representantes de los crculos polticos y
econmicos capitalistas ms conservadores concentran, adems, sus crticas
en las teoras keynesianas, que pasan a ser denunciadas como el nefasto
fundamento de las errneas polticas econmicas intervencionistas, rei-
nantes oficiosamente en la dcada de los 60. Tal es, por ejemplo, la actitud
del ex-Subsecretario norteamericano George W. Ball, en un artculo signifi-
cativamente titulado: Ua sobredosis de economistas (en el diario El Pa,
29. IV. 1980, p. 56). Durante el largo perodo de inocencia sostenida de
los 1950 y 1960, nos solazbamos con la conviccin feliz de que la economa
era una ciencia desarrollada -escriba el desengaado alto funcionario
yanqui-. EI profeta venerado, John Maynard Keynes, haba enseado que
podamos, mediante una cuidadosa gerencia de demanda, volver los ciclos
econmicos tan planos como una autopista en el desierto; as que mante-
niendo la fe, podramos anticipar un largo futuro de crecimiento econmico
progresivo. Pero la dura realidad de la crisis de los aos 70 ha obligado
a los hombres de Estado a despertar de este dulce ^^sueo dogmtico. En
este sentido, el discurso antiteoricista y reaccionario de Ball (si bien se per-
mite criticar igualmente a su propio ex-consejero Milton Friedmann) se di-
rige fundamentalmente a desenmascarar la (supuesta) impostura y nocivi-
dad de los economistas keynesianos, adivinos fracasados, habindose pro-
bado adems -apuntilla Ball-, sus curas como mdicos, peores que la en-
fermedad. A pesar de su declarado escepticismo sobre las teoras econmi-
17 1
Sin duda, la presente -y expansiva- oleada de descalifica-
ciones de la teora econmica keynesiana responde -en la
superficie- a que de un modo u otro, se ha llegado a los lmites
estructurales en que sta resultaba operativa como gua para la
poltica econmica, tras el paso de una situacin (keynesiana) de
crisis de demanda a otra, radicalmente inversa -como el eco-
nomista espaol Luis Angel Rojo seala 4-, de crisis de ofer-
ta (postkeynesiana). Asmismo, la progresiva deriva hacia un de-
clarado pragmatismo econmico de los (aparentemente) cada vez
ms enmaraados e impotentes gobernantes de los pases capita-
listas centrales, se encuentra, en parte, determinada por la des-
concertante fluidez de los fenmenos econmicos de todo tipo en
esta poca de incierta transicin histrica, cuando los centros del
capitalismo mundial empiezan a ver amenazadas, en lugares es-
tratgicos (obviamente: yacimientos petroliferos de Prximo Orien-
te, etc.), algunas de las bases de su sistema de dominacin polti-
ca y econmica.
Pero la paulatina constitucin de un amplio frente poltico de
rechazo de intervencionismo keynesiano, al igual que de ciertas
formas de intervencionismo estatal en la economa, no se limita
a ser la expresinterica coherente de un (razonable) desengao
ante su bien comprobada (se afirma) ineficacia actual. De modo
cas (procapitalistas), el antiguo Subsecretario norteamericano concluye rea-
firmando su fe (inconmovible) en la economa estadounidense. Ante las
incertidumbres del presente, la defensa del sistema se refugia as en un des-
nudo empirismo econbmico, que se limita a medidas a corto plazo para su-
perar los agobios de la crisis, en espera de mejores tiempos. No pazece haber
sido otra tampoco la propia poltica econmica espaola frente a la crisis,
si se exceptua el breve perido (segundo semestre del 7^ durante el que En-
rique Fuentes Quintana, como Vicepresidente econmico del Gobierno, in-
tent implantar un programa de conjunto moderadamente reformista que
fue pronto bloqueado con su propio cese.
4 Artculo del economista espaol Luis Angel Rojo: La magnitud de la
crisis, enReaista de OccidenteH, n I, Abril Junio 1980, pp. 9-23. Paza Rojo,
la actual crisis de oferta tiene poco que ver con las depresiones de la de-
manda que centraron la atencin de Keynes; mientras que el problema
bsico (actual) reside en la adaptacin de economas habituadas a una larga
expansin a las bajas tasas de crecimiento impuestas por el encazecimiento
y la escasez de energa (Ibid, p. 11).
17 2
ms profundo, parece reflejar la crispada reaccin defensiva de
aquellos sectores del capital menos capaces de adaptarse a una
reestructuracin productiva del sistema capitalista. En este sen-
tido, la proliferacin de las crticas a toda injerencia ajena a las
leyes del mecado (... que no sea la de los supremos intereses del
capital), invita a abandonar las (ahora peligrosas) ilusiones en las
(ante celebradas) armonas econmicas keynesianas -entre de-
manda y oferta, entre consumo y produccin, entre inversin y
empleo, entre gasto pblico y gasto privado (... y en fin, entre
capital y trabajo)-, para ir preparando el ataque frontal -cada
vez ms abierto y exigente- contra los denominados costes so-
ciales del (despilfarrador) Estado benefactor (seguridad social,
inversiones de carcter comunitario, etc.). Pues segn estas cr-
ticas, tales costes sociales no slo carecan de efectos coyuntu-
rales positivos y reactivadores del ciclo econmico, sino que -por
el contrario- se estaran convirtiendo (se pretende), en un lastre
parasitario insoportable, paralizante e irracional 5.
De aqu que la actual declaracin del estado de crisis tam-
bin en la teora suponga -en definitiva- el reconocimiento por
los propios idelogos del capital del fin de la poca del crecimiento
armnico e indefinido, como mito legitimador frente a las masas del
modelo de desasrollo neocapitalista. Declaracin orientada a poner en
cuestin los contenidos sociales^ o redistributiaos del modelo, para
defender precisamente su estructura dominante bsica: la acumu-
lacin del capital. Por lo que los modelos justificacionistas del de-
sarrollo capitalista como (pretendida) nica va para un bienestar
creciente y progresivamente redistribuido, propagados por los ide-
logos keynesianos y reformistas a fines de los aos 60, vuelven
a ser desplazados por los modelos de optimizacin de la eficien-
cia de los idelogos neoliberales de la llamada nueaa economcu
5 Ataque contra los costes sociales (o de legitimacin>.: O' Connor, etc)
del antes exaltado modelo del Estado benefactor, etc, que constituye el eje
de las declazaciones y documentos de la CEOE (representante de la gran
patronal espaola), a lo largo de los aos 1979-1981; hasta culminaz en el
ANE (Acuerdo Nacional de Empleo) de 1981, que en su aplicacin prctica
-declaraba crticamente no hace mucho el economista Enrique Fuentes
Quintana- tiende a ser aprovechado por las <^fuerzas empresaziales... ms
conservadoras. Cfr. diario E[ Pau, [Link].1981, p. 41. .
17 3
(que es, por supuesto, la vieja, la de siempre), al servicio de una
vasta ofensiva de reestructuracin econcmica y social, que vuel-
va a acelerar el ahora bloqueado dinamismo de la acumulacin
del capital 6.
Sin embargo, esta ofensiva neo-libera] no slo pone en cues-
tin las bases mismas del autocalificado
Estado bene, factor -esenciales
en el proceso de funcin de
legitimacin social
del modelo neocapi-
talista, como ha analizado James O' Connor' -, sino que adems
choca en Espaa con el resurgimiento de viejas cuestiones estruc-
6
De hecho, la paulatina constitucin de un amplio frente poltico de re-
chazo del intervencionismo keynesiano, al igual que de
ciertas formas de in-
tervencionismo estatal en la economa (slo de aquellas que no favorecen
directamente
al empresariado), no se limita a ser la expresin terica coheren-
te de un (razonable) desengao ante su bien comprobada (se afirma) inefi-
cacia actual. De modo ms profundo, se inscribe en una vasta ofensiva ideo-
lgica de los neo-liberales
de todo tipo para el parcial desmantelamiento y pri-
vatizacin del, Estado del bienestar (seguridad social, etc.) -como anali-
zan, por ej., crtica y sistemticamente los economistas y socilogos Grego-
rio R. Cabrero y
Luis Enrique Alonso en su comunica^in: Neoliberalismo
y tecnologa ante la crisis
(presentada en el I Congreso de Sociologa de la FA-
SEE, en septiembre de 1981)-. Distintas alternativas tericas para inten-
tar fundamentar esta
ofensiaa ideolgica neoliberal
se exponen en la obra colec-
tiva:
La nueua economa en Francia y Espaa,
en la coleccin Forum
Universidad-Empresa, madrid, 1980. Recoge este volumen las conferen-
cias en la Cmara de Comercio de Madrid, de 17/18 de enero de 1980, des-
tacando por parte espaola el alegato neoliberal:
.^Teora ecanmica de los de-
rechos de apropiacin.^,
de los conocidos economistas Pedro Schwartz y Alfonso
Carbajo, en la esfera el primero de ellos, en aquel momento, de la CEOE.
^
Corresponde a James O' Connor, un economista y socilogo nortea-
mericano, de orientacin neomarxista, el haber anticipado los riesgos de una
quiebra del
Estado del bienestar.^ -y
de sufuncin legitimadora
del sistema
capitalista-, en que tiende a desembocar la propia crisis econmica, en-
gendrada a su vez por las contradicciones entre lasocializacin de los costes
por
el actual Estado del capitalismo monopolista y la afiropiacin priuada de los be-
neficios. Su pionera obra The Fiscal Crisis of the State
(1973), acaba de ser
traducida por Ediciones Pennsula:
La cris fiscal del Estado, Barcelona, 1981,
con prlogo del socilogo y constitucionalista Francisco Murillo. Los suge-
rentes anlisis de la actual crisis capitalista por O' Connor son prolongados
ms recientemente por el economista y socilogo britnico Ian Gough en:
Economa poltica del Estado del bienestan, H.
Blume Editor, Madrid, 1982,
traduccin y amplia introduccin de Gregorio Rodrguez Cabrero.
17 4
turales, que haban sido declaradas resueltas -de forma algo
apresurado-, pero que la profundidad de la actual crisis econ-
mica replantea, sobrecargando las dificultades y costes de su su-
peracin. Tal parece ser el caso, entre otros, de la tradicional-
mente llamadacuestin jornalera, es decir: la cuestion de la prolon-
gada e irreductible supervivencia de una clase social -ms o me-
nos amplia de trabajadores eaentuales del campo, fuerza de trabajo
en alquiler, a disposicin del sistema de prodticcin [Link]-
ta (Martnez Alier), y situada -adems- casi sistemticamen-
te al borde mismo de la subsistencia 8. Clase social que casi ha-
R El presente artculo sintetiza una comunicacin ms amplia sobre la
conciencia jornalera frente a la crisis econmica, expuesta en el I Congreso de So-
ciologa de la FASEE, en septiembre de 1981. A su vez el ncleo de tal co-
municacin se basa en la reelaboracin sistemtica de una serie de encuestas
(mediante la tcnica de las discusiones de grupo), realizadas a lo largo de los
aos 70 entre obreros agrcolas
-como expongo ms adelante y en particular
en las sucesivas notas 37, 71 y 72-. Estas discusiones de grupo me mostraron
la supervivencia y reproduccicn de una manifiesta -o al menos latente-
conciencia antilatifundista
de los obreros agrcolas; tal y como haba sido pro-
funda y exhaustivamente estudiada ya por el economista y socilogo Juan
Martnez Alier -hacia 1964/65- en su magistral, prohibida y hoy -por
fin- bien conocida investigacin: La estabilidad de[ lat fundismo. (Anlisis de
la interdependencia entre relaciones de produccin y conciencia social en
la agricultura latifundista en la Campia de Crdoba), Ediciones Ruedo
Ibrico, 1968. Por mi parte, he insistido en diversas ocasiones -desde la
pespectiva de la comprensin de la dinmica poltica de la historia de la Es-
paa contempornea- sobre el concepto sociolgico del lalifundio (paradigmti-
camente expuesto por Martnez Alier, y desarrollado por Eduardo Sevilla
y
Manuel Prez Yruela en diversas publicaciones, reseadas en posterior
nota156). Perspectiva sociolgica del latifundismo en contraposicin a su sim-
ple definicineconomicta, que corre el riesgo de ignorar a trivializar en exce-
so las races sociales de las histricas reiaindicaciones antilat:fundistas de las masas
jorna[eras,
estudiadas entre otros -como es bien sabido- por el historiador
Antonio Miguel Bernal en una amplia serie de slidas investigaciones histo-
riogrficas de las que me limito a destacar aqu: a) La propiedad de la tierra
y las [uchas agrarias andaluzas,
Barcelona, Editorial Ariel, 1974: b) La lucha
por la tie^ra en la cn:r del Antiguo Rgimen,^,
Madrid, Taurus Ediciones, 1979-.
Pero tambin, por otra parte, he tenido que revisar (autocrticamente -en
un proceso de depuracin terica todava abierto-) las ambigr^edad^s id^olgi-
cas (y sentimentalcs) del antilat^ndismo pequeoburgus,
procedentes de las origi-
17 5
ba sido declarada por completo extinguida, desde hace algunos
aos -hacia 1970/73- por numerosos economistas y socilogos
espaoles; que parecan confiar en su definitiva liquidacin his-
trica gracias a las fasticas posibilidades del crecimiento neo-
capitalista ilimitado (capaz de reabsorber en el empleo industrial,
en muy poco tiempo -se pensaba- a este ya insignificante
sub-
proletariado).
Pero como otras muchas cuestiones arqueolgicas,
ms o menos enojosas (para los altivos creyentes en la moderni-
zacin capitalista lineal e indefinida), la progresiva profundiza-
cin de la crisis econmica concluye revelando que la
denegada rea-
lidad del proletariado rural
(que en todas partes tiende a ser social-
mente invisible, como Howard Newby, ha analizado para el ca-
so de Gran Bretaa), vuelve a reproducirse bajo nuevas formas9.
Reduciendo cada vez ms el empleo marginal y el no marginal,
la crisis tiende a recluir de nuevo a masas crecientes de jornale-
ros en sus comarcas rurales de origen en la Espaa del Sur (An-
daluca y Extremadura), en el momento mismo en que (tras los
narias y confusas concepciones populistas de los aos 1950. A esta tarea
de necesaria depuracin terico-crtica est dedicado fundamentalmente mi
reciente artculo -complementario del presente-, bajo el ttulo:
O[igarqua
y pueblo en la interpretacin pofiulista dels H
^
toria: La crtica mitolgica del lat:fun-.
dismo en el liberalismo social, publicado en:
Estudios de Historia de Espaa
(Ho-
menaje a Tun de Lara),> editados por la Universidad Internacional, M.
Pelayo,
Madrid, 1981, Tomo I, pp. 315-348-. Entre otras cuestiones, en
este anterior artculo intento contrastar las perspectivas polticas del
antilali-
fundista popul^ta y de la llamada cuestin jornalera, en el que podemos denomi-
nar
liberalismo social espaol (Flrez Estrada, Costa, Carrin, etc.), as como
sus indudables contradicciones ideolgicas internas -por una parte-, frente
al extremo economic^mo -en mi opinin- del concepto de lat^ndio y la apa-
rente trivializacin de la cuestin de la reforma agraria, latentes en la exposicin
por parte del economista Jos Manuel Naredo en su resonante conferencia
sobre
Ideo[oga y realidad en el campo de la reforma agrarim,,
del ao 1978, reco-
gida en pp. 199-221 del nm. 7, de la revista
Agricultura y SociedacL,, Ma-
drid, Servicio de Publicaciones Agrarias del Ministerio de Agricultura,
abril/junio 1978.
9
Escrito el presente trabajo conozco (gracias a la indicacin de Eduar-
do Sevilla) el sugestivo estudio de Howard Newby:
.^The deferential worker.,,
Penguin Books Ltd., Harmondsworth (England), 1979; en el que precisa-
mente Newby subraya a la supervivencia encubierta de una condicin jor-
nalera en la superindustrializada Gran Bretaa.
17 6
Pactos de la Moncloa del 77/78) quizs se est acelerando la me-
canizacin integral de los cultivos sociales y se generaliza el em-
pleo de las tcnicas de la llamada revolucin verde -como ob-
servan los economistas Juan Muro y Jess Regidor10-. Fondo
de reserva -mayor o menor, pero n subsistente- de la fuerza
de trabajo nacional, las tradicionales masas jornaleras
-enmascaradas en los mrgenes del sistema- reaparecen aho-
ra para soportar -una vez ms-, con la mayor dureza, los cos-
tes sociales de la crisis econmica". Y de su mayor o menor -
pero siempre dramtica- reconstitucin social es signo el resur-
gimiento de la conciencia y protesta jornaleras, que se inicia lentamente
a mediados de los 70, y que en un proceso progresivo -paralelo
a la crisis- parece culminar -por el momento- con los encie-
rros y huelgas de hambre jornaleras del verano de 198012.
10 Hiptesis formulada por Juan Muro y Jess Regidor, en su artculo:
Racionalizacin capitalista y rebelin jorna[era en el campo andaluz, en la revista
.^Transicin, de Barcelona, n 10/11, julio-agosto, 1979, pp. 5-9. Trabajo
y enfoque que anticipa la orientacin de la protesta jornalera en el ao 1980,
y analiza quizs con la mayor adecuacin posible las actuales perspectivas
polticas de la cuestin jornalera, como luego he de exponer (en la seccin
final 4).
" Como los propios Muro y Regidor sealan, op. cit. , la solucin eco-
nmica de la crisis se orienta hacia una mayor racionalizacin productiva, que
no slo no va a resolver el llamado paro de retorno -al cerrarse el merca-
do de trabajo industrial europeo y espaol-, sino que en el propio campo
tiende ahora al desarraigo total de los jornaleros como sector de clase.
' Z Estudiada a travs de su representacin en la prensa, la cuestin jorna-
lera reaparece -como tema especfico- con los intentos (simblicos) de ocu-
pacin de algunas fincas en Andaluca por grupos de jornaleros, a fines de
febrero de 1978. Cfr. en este sentido la entrevista ..Edward Malefakis, una con-
ciencia de Andaluca.^, por Mara Ruiprez, en la revista Tiempo de Histo>iaw,
Madrid, nm. 41, Abril 1978, pp. 20-35. Aunque Malefakis, historiador
de la reforma agraria espaola y observador-participante (tambin simbli-
co) de algunos de estos intentos, relativiza su importancia, seala, no obs-
tante, la tendencia hacia una expansin del movimiento jornalero. Dentro
de la progresiva atencin de la prensa nacional a este fenmeno, resulta por
ej. muy significativo uno de los primeros informes amplios aparecidos en
el influyente diario El Pa, de Madrid, en fecha 7 de marzo de 1978, pp.
50-51, realizado por el enviado especial a Andaluca Julio Fernndez y titu-
lado: Gobierno y Oposicin tratan de evitar el estallido del campo (El movimiento
17 7
2.
MODELOS TECNOCRATICOS DE
MODERNIZACION AGRARIA Y FIN DEL
CAMPESINADO: EL MITO DE LA EXTINCION
HISTORICA DE LA CONCIENCIA DE CLASE
JORNALERA
En la renovacin nacional de los estudios econmicos y so-
ciolgicos de los aos 60 -una renovacin cosmopolita y por lo
mismo dependiente y provinciana-, ha existido, sin duda, un
gran ausente:
la conciencia de clase
de las reprimidas masas popula-
res espaolas. Destruidas sus organizaciones polticas, negada su
identidad, dil^
idos todos sus smbolos por la contrarrevolucin
franquista, los un da conscientes y combativos movimientos po-
pulares (el anarquismo jornalero, el socialismo proletario, los na-
campesino est controlado. Cien mil jornleros andaluces en paro). A partir
de la primavera del 78, las informaciones sobre la cuestin crecen hasta al-
canzar probablemente un mximo en el verno de 1980, en torno a los in-
cendios (supuestamente intencionados) en fincas rurales de Sevilla y Cdiz
(junio), la huelga de hambre de los vecinos de Marinaleda (agosto), el in-
tento de huelga general y los incidentes entre jornaleros y Guardia Civil de
Nueva Carteya (agosto/septiembre), etc. Entre las numerosas publicacio-
nes de este momento, puede quizs destacarse el editorial del propio diario
El Pas,
de fecha 21 de junio de 1980, titulado
Fuegos en Andalucm., en
el que la cuestin jornalera
de la Espaa del Sur welve -despus de muchsi-
mos aos de desconocimiento o trivializacin- a ser considerada como un
elemento a tener en cuenta para la definitiva
estabi[izacin democstica del Es-
tado constitucional de 1978. El corte de la marcha hacia Europa, el regreso
de numerosos emigrantes a Espaa, el crecimiento del desempleo en los ser-
vicios y la industria, el desplazamiento de mano de obra por maquinaria
y la expansin de cultivos altamente mecanizados amenazan... -se escribe-
con reproducir las condiciones sociales y econmicas que hicieron en el pa-
sado de Andaluca un peligroso polvorn. Tras el otoo de 1980, a la par
que se extiende el sistema del empleo comunitario y se aumentan sus fon-
dos, el caudal informativo sobre el movimiento jornalero parece decrecer.
De modo tambin significativo, el diario El Pas, de fecha 11 de agosto
de 1981, titula una informacin de su corresponsal en Sevilla Jos Aguilar:
Apasente estabilidad del camfio andaluz al cumplirse un ao de [a huelga de hambse
deMarinaledm..
A un ao de la huelga de hambre de los vecinos de Marina-
leda, la situacin del campo andaluz parece estabilizada -se sintetiza-,
gracias a los acuerdos firmados en abril por el Gobierno y la Junta de Anda-
luca, que garantizan cuatro das a la semana de empleo comunitario para
los trabajadores en paro.
17 8
cionalismos de izquierda, etc.), fueron reducidos -a partir del
36/39- a una fragmentada y silenciada masa popular sobre la
que grabar a sangre y fuego la ideologa dominante. Veinte aos
despus, la inmensa mayora del pueblo espaol se haba conver-
tido en un amorfo conjunto de familias e individuos, colonizados
por los initos ascendentes de la sociedad de consumo, pero en apa-
riencia indiferentes a toda cuestin poltica e ideolgica (lo que
de modo sistemtico se reflejaba en porcentajes mayoritarios de
no sabe/no contesta ante cualquier pregunta comprometida en
las primeras encuestas toleradas). Mientras que la reincorpora-
cin de teoras crticas ms o menos radicales se realizaba de for-
ma elitista
-a travs de revistas minoritarias, pequeos cencu-
los, etc...- en total desconexin con unos inexistentes movimien-
tos de masas organizadas; y con el riesgo -bien calculado por los
censores oficiales- de quedar reducidas a puros modelos idealis-
tas, ajenos a la dura y recreativa prueba de la praxis13.
De aqu el que, a pesar de la relativa expansin de las investi-
gaciones empricas sobre la sociedad espaola -que se inicia a
principios de los aos 60-, el estado de conciencia de las clases do-
minadas, y en particular el mayor o menor radicalismo de su con-
13 Posiblemente esta situacin de aislamiento relativo de ciertas mino-
ras intelectuales, sobre todo acadmicas, en los aos finales del Rgimen
dictatorial del General Franco, ha contribuido a la gran recepcin de Espa-
a -hacia 1970- de las conce^ciones ideal^tas, caractersticas del llamado <^es-
tructuralismo marxista de la escuela del filsofo francs .Louis Althusser.
Sin negar por mi parte, lo mucho que an debemos a la rigurosa disciplina
teortica del conceptismo althusseriano, creo no obstante, que ha supuesto
tambin una excesiva e injusta depreciacin de los enfoques histrico-
concretos y empricos de la realidad, y sobre todo una pretenciosa absoluti-
zacin de los modelas estructurales o tericos frente a la compleja especificidad
de cada situacin histrica concreta. La crtica ms ajustada, desde el cam-
po de la historiogra0a real, de este desaiacionismo ideal^ta sigue siendo -para
m- el ensayo del gran maestro de historiadores francs Pierre Vilar: His-
toria marx^ta, historia ert construccin. (Ensayo de dilogo con Althusser), Edi-
torial Anagrama, Barcelona, 1974. Ms recientemente (1978), otro gran his-
toriador marxista del movimiento obrero, el ingls Edward P. Thompson
ha realizado un ataque frontal al idealismo althusseriano, destacando su ten-
dencia a la divisin elitista entre teora y prctica^^: M^eria de la teora,,, Edi-
torial Crtica, Barcelona, 1981.
17 9
ciencia de clase -cuya destruccin o silenciamiento segua siendo
la funcin principal de los aparatos represivos del Estado
franquista- fuesen por lo general una nebulosa para los propios
investigadores a la hora de definir conclusiones. Re-conceptuali-
zadas mediante la categora estratificadora -piramidal y
desestructurada- de clases bajas, las clases dominadas (los jor-
naleros agrcolas, los obreros industriales, los subalternos de los
servicios, el campesinado pobre...) llegaron incluso a ser repre-
sentadas en numerosas encuestas (fundadas en una abstracta me-
todologa analtico-individualizadora) como el reducto del reac-
cionarismo social14. Sin hacer referencia alguna al aplastamien-
to (no demasiado lejano) de la conciencia radical de clase de las
masas populares, estas encuestas -como una ltima (y sdica)
irona- mostraban el carcter autoritario ymisonesta de las
llamadas clases bajas, en agudo contraste con la mayor ilus-
tracin yprogresismo de los individuos de clase alta, igual-
mente encuestados. Limitndose a z^eflejar literalmente una evidencia
inmediata del material encuestado en presencia (fragmentario con-
junto de datos indiaidualizados), algunas de estas encuestas y estu-
dios corran el riesgo (por lo general, no deseado) de contribuir
al proceso de homogeneizacin ideolgica, inherente a la etapa final
de la modernizacin neocapitalista franquista; pues al difuminar an
ms la memoria historica de la conciencia de clase radical de las
masas populares, la ideologa dominante celebraba -a travs de
ellas- su xito final en la plena re-integracin en el sistema de
las clases dominadas.
En el caso concreto de la conciencia radical jornalera (histrica-
mente estructurada en Espaa en torno a una ambigiia, pero mi-
litante, reiaindicacin jornalera antilatifundista: su reparto ocolec-
tivizacin, etc.), los modelos de modernizacin agraria de fines de los
aos 60 partan del supuesto no slo de su plena disolucin ideo-
lgica, sino incluso de la prctica desintegracin del primitivo pro-
14 Las encuestas de actitudes polticas de los aos 1960 han sido analizadas
sistemticamente, por ej., en la obra de Antonio Lpez Pina y Eduardo L.
Aranguren: .^La cultura poltica de la Espaa de F^anco, Ediciones Taurus, Ma-
drid, 1976. Por mi parte, he sometido a crtica la metodologa de estas en-
cuestas en el artculo: De la sociologa a la historio,qrafi del franquismo^, en la
revista Triunfo, de Madrid, nm. 735, 1977.
180
letariado rural espaol, absorbido ya casi por completo por la emi-
gracin hacia el sector industrial nacional o europeo. Sin que,
por lo general, en la mayor parte de estos modelos se tuviese en
cuenta el hecho histrico (perofundamental) de que la consolida-
cin de la va de desarrollo gran capitalista
en la Espaa del Sur, no
slo constitua un proceso
de mayor o menor racionalizacin econmica
y tecnolgica, sino que pasaba previamente por una fase de la lucha
de clases, como la representada por la represin poltica del movimien-
to jornalero
hacia 1939. Algunos aos despus de la publicacin
de su bsica obra
La evolucin de la agricultura en Espaa^^ (1971),
el economista Jos Manuel Naredo vena ms o menos a recono-
cer -o sealar- implcitamente este precedentepre-economicista,
al referise -de paso- a larepresin jornalera en la Espaa del Sur,
en una conferencia (de 1978), dedicada -paradjicamente- a
combatir la mitologa de la reforma agraria's
No obstante, con anterioridad al 75, estas consideraciones de
carcter poltico no solan realizarse -por obvias razones de
censura-; con lo que la modernizacin agraria, y la consecuente li-
quidacin histrica de la clase jornalera
aparecan en la mayora de los
textos como un efecto necesario -ya casi consumado- del desa-
rrollo capitalista en la agricultura, desde el exclusivo punto de
15 Tras afirmar -en su conferencia: Ideologa y rea[idad en el campo de la
reforma agraria, op. cit., p. 211- que la modernidad y el aumento de la
produccin se encargara de traerlos el mismo capitalismo sin ne^esidad de
hacer la reforma agraria, Naredo no se refiere a ningn proceso estructu-
ral econmico, sino al fenmeno de una represin fundamental y directamen-
tepoltica: Despus de la guerra civil se produjo un conjunto de hechos que
modific drsticamente la situacin de los propietarios (de las grandes fin-
cas de la Espaa del Sur) -observa-. En primer lugar, la supresin de
las organizaciones obreras y la violenta represin muchas veces indiscrimi-
nada que tuvo lugar sobre el proletariado agrcola reforzaron sensiblemente
la autoridad de los propietarios y pusieron fin al clima de agitacin que ha-
ba caracterizado la dcada anterior. Pero precisamente lo que pretendan
los proyectos de reforma agraria del liberalismo socia[(con todas sus induda-
bles contradicciones pequeoburguesas, pero antioligrquicas, de Costa a Pas-
cual Carrin) era evitar el brutal estallido de una lucha de clases en el cam-
po, que no slo amenazaba la estabilidad del Estado liberal-democrtico,
sino que previsiblemente conduca a una dura represin de los movimientos
obreros y populares.
181
vista de su racionalizacin tecnolgica. Hacia 1972-73, en el mo-
mento cumbre -en apariencia- del triunfalismo desarrollista
en Espaa, la cuestin jornalera se subsuma prcticamente -en la
mayora de los textos de economistas y socilogos-, como un caso
particular, y casi irrelevante, dentro de la cuestin (arqueolgi-
ca) del ^final del campesinado, segn el significativo ttulo de una
popular obra de sntesis del economista Enrique Barn16. Para
muchos de estos autores (de orientacin marxista yno marxista),
las diversas clases y capas del campesinado tradicional espaol
constituan ya simples residuos en descomposicin, que el arro-
llador ^iroceso de modernizacin (neocapitalista) concluira por asimi-
lar en breve plazo. O en trminos ms concretos, el desarrollo
del modelo de modernizacin agraria (capitalista) estaba suponiendo
la definitiva supresin del campesinado en cuanto forma de exis-
tencia heterognea (respecto al mundo urbano) y en cuanto rela-
cin de produccin(autnoma o eaentual), diferenciada respecto al
trabajo industrial asalariado. Lo que constituira una fase nece-
saria e inevitable en la plena instauracin de la gran em^iresa agra-
ria eficiente, racional, rentable y adecuada a las nuevas exigen-.
cias del mercado". Desde una perspectiva marxista clsica, los
16 Enrique Barn: El final del campesinado^., Editorial Zero/ZYX, Ma-
drid, 1971.
' ^ Los modelos tericos de referencia de esta visin -sin duda, bsica-
mente correcta- del proceso de modernizacin agraria parecan ser incluso
en algunas ocasiones, los clsicos estudios sobre el desarrollo de[ capitalismo en
la agricultura (hacia 1899) de Lenin y Kautsky, de forma por lo general no
explcita, hasta que fueron poco despus reincorporados al mercado del li-
bro espaol. (V.I. Lenin: El desanollo del capital en Rusia^, publicacin con-
junta por Akal Editor y Editorial Ayuso, Madrid, 1974. Karl Kautsky: La
cuestin agraria, reedicin por Editorial Laia, Barcelona, 1974). Sin embar-
go, al no penetrar en el terreno del anlisis paltico de la cuestin agraria -
hacia el que se orientaban decididamente los estudios de Lenin y Kaustsky-,
la simple superposicin del mode[o marxta de desanollo capitalista en la agricul-
tura sobre la Espaa desarrollista^> de fines de los aos 60, entraaba el ries-
go de su degradacin sociolgica en simples modelos tecnocrticos^>, legiti-
madores de la incuestionable hegemona econmica (... y social) de la gran pro-
piedad latifundista. Por otra parte, estos mismos modelos -en exceso de-
pendientes de la contraposicin sectorial agricultura/industria- al no captaz
o subrayar suficientemente la peculiar relacin entre las migraciones jornaleras
182
economistas Jos Luis Garca Delgado y Santiago Roldn expli-
caban -en este sentido- como la ruina de la pequea explota-
cin agrcola conduca a su progresiva subordinacin y despla-
zamiento por la
gran explotacin capitalista,
en un proceso de mo-
dernizacin productiva que deba concluir -segn la conocida
proposicin de Karl Kautsky en
La cuestin agraria-
con la abo-
licin de la separacin entre la industria y la agricultura, bajo
la hegemona de la gran industria capitalista. Y centrndose en
el caso de Espaa, Garca Delgado y Roldn pensaban -en
1973- que todo parece indicar, pues, que dentro de muy pocos
aos se podr escribir no slo ya sobre el comienzo, el curso 0
la aceleracin de la crisis de la agricultura tradicional espaola,
sino tambin sobre su culminacin...' $.
y la estructura y funciones del ejrcito industrial de reserva espaol repro-
ducan implcitamente el modelo
armonizante del trasvase laboral campo-
ciudad; sometido ms recientemente a una crtica profunda por los socilo-
gos catalanes Jordi Cardels y Angels Pascual en:
.^Movimientos migratorios
y organizacin sociaL^,
Ediciones Pennsula, Barcelona, 1979. La presenta-
cin de la salida de la agricultura como un ascenso o mejora reviste un mar-
cado carcter ideolgico, adecuado a las necesidades de fuerza de trabajo
de la industria, en un proceso de desarrollo industrial -escriben estos so-
cilogos (op. cit., p. 83)- Pero el xodo rural no es el nico factor que
compone el volumen de las migraciones interiores -prosiguen ms adelan-
te en su obra (p. 100)-... Nos hallamos (ahora) ante una caracterstica tpi-
ca de una fase avanzada del desarrollo capitalista: la constitucin de un mer-
cado de asalariados, de fuerza de trabajo, con una movilidad creciente por
el interior del Estado espaol... Esto hace -concluyen- que se imponga
una nueva perspectiva: la migracin no es la salida de un lugar para ir a
otro (del campo a la ciudad, por ejemplo), sino que significa una migracin
en todos los sentidos. Los jornaleros rurales (nmadas o permanentes mi-
grantes) de la Espaa del Sur hace muchos aos que lo saben por propia
experiencia: tengo que salir con la maleta, porque llevo por lo menos de
14 a 16 aos saliendo con la maleta observan amargamente -como luego
expondr- los jornaleros extremeos de Fuentedecantos.
' a
Cfr. el estudio de Jos Luis Garca Delgado y Santiago Roldn:
.^Con-
tribucin al anlisis de la crisis
de la agricultura tradicional en spaa: los cambios
decisivos de la [tima pocw^.
Vol. II. (.^La Economlw^)
de la obra colectiva La
Espaa de [os aieos 70, Editorial Moneday Crdito, 1973, pp. 253-322. Am-
bos se remiten precisamente a Kaustsky:
.^La cuestin agsarim^,
op. cit. (edi-
cin de Pars, 1970). FIay que tener en cuenta que su estudio est probable-
mente escrito en el ao 72, todava en la fase de desarrollo acelerado.
183
Concentradas las explotaciones y absorbidos -de una u otra
forma- los restos del campesinado, gracias a la propia dinmica
del crecimiento industrial acelerado, la agricultura tendera -
finalmente- a homogeneizarse con la industria y el mundo ru-
ral con el urbano. O lo que es lo mismo, para los problemas so-
ciales de las masas de la periferia rural no pareca existir otra solu-
cin ms que la impuesta por las exigencias del desarrollo capita-
lista hegemnico del centro urbano-industrial; siendo el destino ma-
nifiesto de estas masas rurales su rpida (y subordinada) integra-
cin -a travs de la emigracin- en el mundo urbano. En la
medida en que, por ejemplo, el fundamental e influyente Infor-
me sociolgico sobre la situacin social de Es^iaa. 1970. (Fundacin
FOESSA) dirigido por el socilodo independiente Amando de
Mi^uel19 artculaba su enorme riqueza estadstica en un modelo
global unitario, tal modelo no pareca ser otro precisamente ms
que el de la absorcin de la poblacin activa agraria en los secto-
res de produccin no agrarios (industria y servicios), al medi^
el Informe Foessa el desarrollo mediante la definicin operativa
del peso decreciente de la proporcin de activos agrarios en el con-
junto nacional. Lo que desde un punto de vista terico entraa-
ba -apoyndose en las sugerencias de la excelente obra de Gun-
nar Myrdal: .^Asian Drama- la concepcin (entonces dominan-
te) de la que modenizacin econmica de un pas solo podra conse-
guirse (en el contexto, por supuesto, del sistema capitalista mun-
dial establecido), trasvasando el excedente de mano de otra agra-
ria sub-utilizada, embolsada en una agricultura tradicional estan-
cada, a un sector urbano-industrial, en un proceso de expansin
indefinida, fundado en una sostenida elevacin de la productivi-
dad, sin lmites aparentes.
En semejante clima, el Horizonte 1980^ propuesto como desi-
deratum por la Comisara del Plan de Desarrollo -en las conside-
raciones del III Plan ( 1971)-, prevea -como objetivo indicati-
vo u oficioso- una reduccin de la poblacin activa agraria, por
19 Cfr. Fundacin FOESSA: Informe socio[gica sobre la situacin sociat de
Espaa (1970), Editorial Euroamrica, Madrid, 1970. En particular su apar-
tado3.2. Un mtodo para d^finir operatiaamente los niaeles de desarrotto: et peso de
ta poblacin actiua agraria^^, pp. 99-121. La referencia de Gunnar Myrdal a
su edicin: Asian Drama, New York, Pantheon, 1968.
184
ej., del orden de los 900.000 agricultores a lo largo de los aos
70, sobre una poblacin estimada (de modo convencional) en aquel
momento en torno a los 3 millones y medio20. Pero, por su par-
te, el economista Ramn Tamames (entonces en la oposicin an-
tifranquista) superaba como excesivamente morigerados estos ob-
jetivos oficiosos, realizando
-en una resonante conferencia de
197121- una propuesta mucho ms radical: reducir el nmero
absoluto de campesinos en Espaa ia slo 600.000!. Podra de-
cirse que es una utopa pasar de 3.500.000 a 600.000. Pero si efec-
tivamente aplicsemos ndices norteamericanos o ndices de los
mejores koljoses y sovjoses soviticos
-argumentaba Tama-
mes22-, las cifras seran todava mucho ms bajas.
Previsiones y declaraciones desarrollistas de este gnero aso-
ciaban -sin ms matices- la elevacin de la productividad agra-
ria a la supresin constante de explotaciones y puestos de trabajo
en la agricultura; confindose (explcita o implcitamente) en que
los excedentes de poblacin activa agraria as desplazados, conti-
nuaran encontrando nueva y ms productiva (para todos) ocu-
pacin en el sector urbano e industrial (espal... o europeo). To-
das estas visiones de una prxima liquidacin de la
cuestin campe-
sina en todos sus aspectos coincidan -adems- en subrayar el
carcter ^^progresiao del proceso de modernizacin agraria en curso: pues
slo a travs del mismo conseguira la poblacin rural -se daba
a entender- equipararse u homogeneizarse con la poblacin
urbano-industrial (de modo ms o menos automtico; sin lucha
de clases, de ningn tipo por parte del campe^inado); escapando
as de los crculos viciosos del subdesarrollo o estancamiento per-
manente. Por ello mismo, la emigracin rural masiaa poda ser con-
siderada -por ej., por el socilogo Vctor Prez Daz uno de los
ms eminentes renovadores de la sociologa rural espaola de los
20 Cfr. Comisara del Plan de Desarrollo Econmico y^Social:
III Plan
de Desanollo 1972-1975 ^., Imprenta Nacional del Boletn Oficial del Estado,
Madrid, 1971. Vid en particular, pp. 111-116.
21 Conferencia de Ramn Tamames de 5 marzo 1971, sobre ^^Problemas
de la agricultura espaolm^ (Editorial Zero/ZYX); supuestos reproducidos en
el apartado: Un plan de metas toncretas para [a agricultura, pp. 118-120 de su
obra: Introduccin a la economa espao[a^, Alianza Editorial, Madrid, 7a ed.,
1972. E igualmente asumidas en su posterior Horizonte 1985 para Espaa.
22
Tamames, op. cit., p. 119.
185
aos 60- como una fase previa (y necesaria) para el proceso d,e
homogeneizacin...
sobre el modelo urbano-industrial; lo que im-
plicaba una reorganizacin profunda de la agricultura sobre el
modelo de la actividad industrial23. Y a partir de esta reestruc-
turacin, el
campesinado tradicional o histrico se extinguira por com-
pleto, siendo sustituido por un
nueao profesional de la agricultura -
sealaba el economista Enrique Barn-, promocionado o an-
logo en todo al de los (prestigiosos) profesionales industriales. Una
primera conclusin se impone: el fin histrico del campesinado.
La imagen del campesino, eternamente encorvado sobre la tie-
rra que trabaja, sobre la que tanta mitologa han construido poe-
tas, escritores y polticos, desaparece. En su lugar ha de surgir
la profesin de agricultor -escriba Barn, en el ao 197124-
como una actividad profesional, un grado tcnico -[Link] ya
del agricultor de bata blanca- dedicado en funcin de una voca-
cin y con paridad de rentas y condiciones de trabajo.
Por extensin, estapromocin profesional de nuevo agricultor ar-
quetipo, inducida por la modernizacin agraria, creara tambin -
deba estar creando ya en Espaa (se postulaba igualmente a prin-
cipios de los aos
70)- un nueao arquetipo de obrero rural, muy pr-
ximo ya al del obrero industrial, en trance de homogeneizacin
con el mismo, en el marco de la tecnificada y racional nueaa gran
em^iresa agraria,
que reproducira (ahora en el mundo rural) las re-
laciones laborales caractersticas de la empresa industrial avan-
zada. Otra consecuencia de la mecanizacin (de la agricultura)
ha sido el desarrollo de la diferenciacin social entre los agricul-
tores y la paricin de un nuevo tipo de trabajador fijo y especializado
-describa (tericamente), hacia 1971, el economista Jos Ma-
nuel Naredo, en su clsica obra La eaolucin de la agricultura en
Espaa^. (paradigma, sin duda, de la ms rigurosa nueaa economa
agraria espaola)-. Nuevo tipo de trabajador -prosegua
Naredo25- con aspiraciones similares a las del obrero indus-
23
Cfr. Vctor Prez Daz: .^Emigracin y cambio social (Procesos migrato-
rios y vida rural en Castilla), Ediciones Ariel, Barcelona, 1971, p. 39.
z4
Enrique Barn: El final del campesinado, op. cit., p. 204.
25
Cfr. Jos Manuel Naredo: La evolucin de la a,^ricultura en Espaa. (De-
sarrollo capitalista y crisis de las formas de produccin tradicionales), Edi-
torial Estela, Barcelona, 1971, p. 74.
186
trial, al que se aproxima cada vez ms en sus condiciones de tra-
bajo, en contraposicin al bracero eventual que, como hemos visto,
tiende a desaparecer.
En principio, la lgica conexin del proceso de
racionalizacin
(capitalista) de la agricultura -a lo largo de los aos 60 y 70-
con la desaparicin o supresin del un da amplsimo proletaria-
do agrcola espaol estaba siendo, evidentemente, confirmada -a
nivel formal oestadstico- por la acelerada disminucin de la
categora de ^obreros agrcolas
-campesinos sin tierra, que tra-
bajan por cuenta de los propietarios, aparceros o arrendadores,
segn les defina el economista Tamames26-. Desde el punto de
vistacensal,
esta categora de asalariados (en gran parte eventua-
les) experimentaban una rpida y brutal reduccin, en trminos
relativos y absolutos; por ej., disminuan desde los cerca de los
dos millones y medio, en 1950 (esto es, alrededor de 24% de la
poblacin activa nacional), a tan slo poco menos de un milln
de 1974 -segn la
Encuesta de la Poblacin Actiaa I.N.E.
del
7427-, pasando a representar un insignificante 7% de la pobla-
cin activa total. Como es por todos conocido, tal reduccin se
estaba produciendo fundamentalmente por la masiva transferen-
cia de asalariados del campo, a travs del xodo rural, a los otros
sectores
-industria y servicios- de la economa nacional, o ha-
cia los puestos de trabajo ms nfimos y marginales de las econo-
mas europeas.
Minora ahora irrelevante, los
jornaleros residuales, disemina-
dos por las pequeas bolsas de la agricultura tradicional es-
paola an subsistentes, como restos flotantes de un pasado ver-
gozante que ya nunca ms volvera, estaban (o deberan estar
segn los modelos tericos dominantes de la modernizacin neo-
capitalista) en trance de su absoluta y definitiva liquidacin his-
26 Por su parte, Ramn Tamames tras dar una cifra de 1.977.930 obre-
ros agrcolas (casi un 40% de la poblacin activa rural), para 1960, conside-
raba -en 1971- que la cifra era ya muy inferior al milln: Estructura
econmica de Espam^, 6a ed., Edit. Guadiana de Publicaciones, Madrid, 1971,
p. 74. En otra de sus obras de aquella poca, Tamames estima que losjorna-
[eros deban haber quedado reducidos a slo unos 700.000: .^La Repblica. La
Esa de Franco, Alianza Editorial, 1973, p. 391.
27 Cfr. Instituto Nacional de Estadstica: Encuesta de la Poblacin Actioa
de 1974, Madrid, 1975, p. IV.
187
trica (... a la mayor gloria del triunfante neocapitalismo burgus,
precedido y apuntalado, que no obstaculizado, por la dictadura
militar en 1939). Ultimos y casi ignorados testigos de los ncleos
de base del ejemplar y apasionado anarquismo ibrico, que ha-
ba puesto radicalmente en cuestin lapropiedad burguesa en todas
sus formas, los actuales obreros agrcolas -se afirmaba tambin-
haca tiempo que carecan de toda conciencia radical jornalera; es decir,
se haban desentendido -ipor fin!- de la tradicional reiaindica-
cin antilatifundista del reparto o colectiaizacin de las tierras, profunda-
mente arraigada entre las grandes masas de proletariado rural de la
Espaa del Sur (A.M. Bernal, etc.), tras la contrarreforma agra-
ria burguesa del siglo XIX (J. Fontana, F. Toms Valiente,
etc.)28. Con este triunfo ideolgico final, el neocapitalismo burgus
-correspondiente a una sociedad industrial madura- demos-
traba su capacidad de plena integracin social de las histricas
masasjornaleras de rebeldes primitivos (Daz del Moral, Hobs-
bawn, etc.), a la vez que el carcter inquebrantable, racinal
-y por tanto: legtimo, fuese cual fuese su origen- de la gran
propiedad territorial burguesa29. Abandonando todo sueo re-
zs
Con diferencias de planteamiento entre s, los historiadores Antonio
M. Bernal -op. cit. en nota 8-, Josep Fontana y Francisco Toms y Va-
liente puede considerarse que coinciden en una misma visin crtica de la
reaolucin liberal espaola en la agricu[tura (desvinculacin de seoros, desamor-
tizacin, etc) como un proceso de despojo del campesinado (tierras comu-
nales y de los seoros jurisdiccionales, etc), en beneficio de la formacin
de la nueva propiedad burguesa latifundista. Cfr. Josep Fontana: Transfor-
maciones agrarias y crecimiento econmico en la Espaa contempornem^, estudio re-
cogido en pp. 147-196 de su obra Cambio econmico y actitudes polticas en la
Espaa del siglo XIX ^, Editorial Ariel, Barcelona, 1 a ed. , 1973. Cfr. Francis-
co Toms y Valiente El marco paltico de la desamortizacin en Esfiaa^^, Edicio-
nes Ariel, Barcelona, 1971.
29 Probablemente ha sido el historiador Antonio Miguel Bernal quin
con mayor profundidad ha insistido -enLa lucha por la tiena en la crisis del
Antiguo Rgimen.^, op. cit.- con la nocin de usurpacin de la tienm^ (comunal
y seorial) por la burguesa agraria, y de la consecuente ilegitimidad^ del lati-
fundismo burgus, como origen de las agitaciones campesinas andaluzas de
los siglo XIXy XXy del proceso de formacin de una conciencia de clase
entre los jornaleros. En sntesis, podemos concluir que la disolucin del r-
gimen seorial da paso a una progresiva concienciacin obrera sobre el te-
ma de la tierra: primero, los campesinos disputan parte de la tierra seorial
188
gresivo de imaginarias (e imposibles) revoluciones oreformas
agrarias, los escasos y desperdigados ncleos del proletariado rural
deban ahora mirar con plena confianza hacia el futuro del desa-
rrollo del capitalismo industrial, procurando acceder lo ms r-
pidamente posible a los estratos de la ascendente aristocracia obre-
ra, bien instalados en el slido sistema industrial. Hasta hace
que creen usurpada a los (bienes de) propios -perodo de 1802 a 1820-; a
continuacin -escribe Benal (op. cit., p. 4251- la disputa est referida a
la totalidad de la tierra seorial, que consideran que est usurpada -perodo
que culmina en 1837- y dicha lucha se trasluce en la pugna poltica con
apoyo a la burguesa progresista por los campesinos, al tiempo que resisten
el pago de las rentas; concluidos los pleitos seoriales, y abandonados de
la tutela de la burguesa antiseorial, el proletariado agrcola se lanza a la
accin directa de ocupar la tierra.. Por otra parte, la emergente canciencia
jornalera tiende a ser identificada o confundida con la expresin de los idea[es
del anarquismo rural, al menos desde la bsica y clebre obra pionera de Juan
Daz del Moral: H^toria de [as agitaciones campesinas andaluzas.^ (1929) -
reedicin de Alianza Editorial, Madrid, 1967- El estudio del notario de
Bujalance traza para siempre, como es bien sabido, la ms clsica represen-
tacin de las reivindicaciones sociales y del arquetipo moral del proletariado
rural andaluz, a travs sobre todo de una caracterizacin que abre paso a
su interpretacin por Gerald Brennan como una forma de milenarismo -
brillantemente enfatizada en su obra: El laberinto espaieoG^, Editorial Ruedo
Ibrico, 1962, pp. 124-, y ms tarde glosada por el historiador marxista
Eric J. Hobsbawn en sus: ^.Rebeldes primitiaos, Ediciones Ariel, 1968, pp.
102-124-. Pero este desplazamiento o contextualizacin de la conciencia jor-
nalera en el marco terico de las complejas y difciles relaciones entre fen-
menos ideolgicos tales comoanarquismo y.^milenarismo, corre el riesgo de
desviarse del plano del anlisis inmediato de la conciencia jornalera en cuanto
conciencia latente o posible de clase del firoletariado rural en situaciones concretas.
De hecho, plantea nuevos conflictos entre milenar^tas (Juan Aranzadi) y anti-
milenas^tas (Acosta Snchez); sin aportar tampoco necesariamente ms lu-
ces sobre la cuestin -ms concreta- de los orgenes y especificidad de[ anar-
qu^mo espaol, problema que no puede resolverse mediante ningn fcil es-
quematismo como recientemente ha puesto de manifiesto el historiador de
las ideas Jos Alvarez Junco. Cfr. Juan Aranzadi: .^El milenarismo andaluz,
artculo en la revista: El aiejo topo, n 40, enero de 1980; en que polemiza
contra el reduccionismo sociolgico del componente milenar^ta del anarquismo
andaluz por parte de Jos Acosta Snchez en: H^toria y cultura del pueb[o
andaluzw, Editorial Anagrama, 1979. Por su parte, Alvarez Junco realiza una
fundada y cortundente recensin crtica de la obra de Temma Kaplan: Los
189
relativamente pocos aos, la aspiracin de la mayora de los obreros
agrcolas sin tierra de la zona de latifundio era el reparto de las
grandes fincas -escriba en la edicin de 1971, de su clsica Es-
tructura, el economista Ramn Tamames30-. Segn parece^ -
prosegua-, esa actitud mental est experimentando cambios muy
profundos. Hoy los obreros agrcolas piensan en la emigracin,
y los que se aferran al trabajo en el campo quieren mejores sala-
rios, mejores viviendas, seguros sociales y escuelas y un futuro
para sus hijos. Ya no ven en el reparto por la simple parcelacin,
la frmula salvadora, pues saben que en la era de la mecaniza-
cin rural, la explotacin agrcola familiar en las zonas de seca-
no, no puede servir de base a ningn nivel de vida envidiable.
Los obreros agrcolas, aunque no lo expresan siempre explcica-
mente, quieren -conclua Tamames- empresas racionalizadas
-en busca de ellas van al extranjero los que emigran-, sean p-
blicas o privadas, pero que puedan atender a sus justas exigen-
cias. An con todas las reservas expresadas por el mismo Ta-
mames, este largo prrafo resuma -con la caracterstica clari-
dad del autor- el razonable discurso sobre lapreaisible (e inevita-
ble) transformacin final de la conciencia social de los obreros agr-
colas (esto es, de la conciencia jornalera radical) en la mentalidad con-
formista (esto es, desproletarizada), que se pretende define a la
nueva clase obrera industrial, firme y definitivamente vincula-
da a la inner society del centro metropolitano capitalista31. A1 mi-
osigenes socia[es del anarqu^mo en Andaluca... 1868-1903 (Editorial Crtica,
1977), como un intento idealista de reduccin del fenmeno ideolgico anar-
quista a trminos puramente socioeconmicos. Cfr. Jos Alvarez Junco: re-
censin en revista de Estudios de H^toria SociaG^, n 10/11, pp. 275-298.
3o
Cfr. Ramn Tamames: Est^uctura econmica de Esfiacu^, op. cit., p. 71.
En todo cas, es de justicia sealar aqu que el propio Tamames relativiza-
ba esta visin sobre las actitudes actuales del obrero agrcola, sealando
su falta de base emprica enencuestas fo^males, y entrecomillando la expresin
segn parecu..
31 En el clima desarrollista, en que an fueron escritos todos estos tex-
tos de economistas y socilogos, la tesis dominante -implcita o
explcitamente- era, sin duda, la de unadesproletarizaciw (ideolgica o psi-
colgica) de la nueva clase obrera industrial. Tesis que atraviesa prctica-
mente -como es bien sabido- casi todas las corrientes de la sociologa oc-
cidental de los aos 1960 (tanto funcionalistas: Richard Bendix y Seymon
190
to populista y clido de la rebelin j ornalerm^, vena a suceder el
mito tecnocrtico (cosmopolita y_ fro) del trabaj ador bien integra-
do^ en la sociedad industrial de la abundancia.
3. EL DISCURSO JORNALERO FRENTE A LA
CRISIS: REPRODUCCION, UNIDAD Y
AMBIGUEDAD DE LAS REIVINDICACIONES
JORNALERAS
a) Crisis de modelos y retorno de lo reprimido:
la reconstitucin de la condicin jornalera y de la
conciencia utpica antilatifundista.
Sin embargo, para los propios jornaleros, nmadas casi per-
manentes, de empleo marginal en empleo marginal, su integra-
cinsocial e ideolgica -en cuantoclase- en el sistema industrial
neocapitalista parece haber continuado siendo -en todo
momento- un dramtico problema, sin ninguna armnica so-
lucin a medio plazo. Mientras que muy poco tiempo despus
de la aparicin de tantos textos de bienintencionada conmemo-
racin de su (dulce) disolucin final en la sociedad de consu-
mo, el abrupto inicio de la crisis econmica -hacia el 74/75-
amenazaba con reproducir la anacrnica cuestin de jornalera: por-
que en contra de las deducciones idealistas de los modelos tericos tec-
nocrticos dominantes, y de las propias creencias y opiniones ofi-
ciosas de las lites urbanas, la proclamada reconversin final del
jornalero eaentual en obrero industrial fijo -con unstatus estable y
prspero- quizs no haba llegado a consumarse. Desacelerada
o casi detenida ahora la expansin del aparato productivo indus-
trial y de los servicios, a la vez que cerrada la vlvula de escape
del mercado de brazos europeo, la capacidad de absorcin por
el sistema urbano-industrial de los (mayores o menores) restos del
Martn Lipset, etc, como crticas
o frankfurtianas: Marcuse, etc). En el
caso de los propios jornaleros (en Gran Bretaa), l referenciada obra de
Howard Newby: The dcferentiat Workcr (es decir, el obrero deferente y ya
integrado en el sistema burgus) se enfrenta precisamente
de modo crtico
a esta tesis.
191
tradicional -pero an persistente- excedente de fuerza de trabajo
rural. pareca ser -en cambio- cada vez ms reducida (barre-
ras crecientes a los inmigrantes en Europa, estabilizacin y rece-
sin de las plantillas de las empresas industriales espaolas, pa-
ralizacin de la construccin, saturacin de la hostelera tursti-
ca, etc, etc). Pocas voces y textos subrayaron, no obstante, ni ana-
lizaron la previsible incidencia de la crisis sobre la cuestin jornale-
ra, antes del decisivo ao de 1976, en el que se configura, la va
definitiva de la llamada transicin democrtica32. Esta indiferencia
por la realidad y problemas especficos del proletariado jornalero res-
ponda, en parte, a su sistemtica denegacin por el obsesivo aan-
guardismo tecnocrtico dominante. Pero en trminos polticos, el des-
conocimiento o la banalizacin de la resurgente cuestin jornalera
constitua, adems, un efecto ideolgico -entre otros muchos-
del propio proceso de transicin democrtica sin ruptura: proceso ten-
dente a la tcita reconversin de todas las cuestiones sociales mate-
riales o sustantiuas en puras cuestiones formales o institucionales de re-
distribucin del poder entre las lites representativas de las clases
dominantes (el gran capital, los viejos y los nuevos grandes pro-
pietarios, el empresariado, el alto funcionariado y los altos ejecu-
tivos y profesionales, etc), a travs de una renovada alianza o pac-
to ^iroburgus, fundado desde un principio sobre la programada neu-
tralizacin (y desencanto) de todos los movimientos de masas
populares o de base33
32
Como vamos a ver, puede decirse que la cuestin jornalera slo reapa-
rece como un problema especfico en la literatura econmica y sociolgica
espaola, despus de que se declara definitivamente cerrado y en crisis el
modelo (neocapital^ta, subordinado y autoritao) de la expansin econmica de 1961-73,
que en coincidencia con la crtica poltica del antiguo rgimen (franquista), a lo
largo de la transicin democrtica (1976-77), pasa a ser denominado el viejo
modelo. Una obra muy representativa de este cambio de perspectiva hist-
rica es, por ej., la de los economistas Jos Luis Garca Delgado y Julio Se-
gura: Refosmismo y crisis econmica. La herencia de la dictadtera.., Editorial Sal-
ts, Madrid, 1977.
33
por mi parte, he intentado realizar una crtica de la va real (elitista y
firoburguesa) del proceso de transicin democrtica sin ruptura (de 1976-77) en el
artculo: Orgenesy meta de la transicin neodoclrinaria al pos franquismo parlamen-
tario: Del despotismo oligrquico a la democracia representativa limitada, en vas de
publicacin en la ^.Encuesta sobre el s^tema de Cobierno en Espaa (1981), de
192
Especialmente sensibles a todo cambio de coyuntura (en cuanto
sujetos sujetados o sometidos por la frrea dinmica del modelo de
modernizacin agraria neocapitalista en curso), fueron as las mis-
mas minoras ms crticas y conscientes de la circulante clase jor-
nalera, las que probablemente antes comprendieron las dramti-
cas consecuencias de la emergente crisis sobre su propio destino
social. Desde los inicios mismos de la desaceleracin econrica
europea^y espaola, no ms tarde al menos del ao 1975 (como
voy a exponer), resurge o se reproduce con renovada intensidad
la vieja conciencia jornalera radical (anti-latifundistay anti-burguesa),
que toma ahora la forma de undiscurso jornalero frente a la crisis eco-
nmica, a partir de la denuncia de su propia funcin estructural
y modo de ezistencia como un ejrcito de maniobra y reserva perma-
nente del desarrollo capitalista34. Reprimida por la victoria de las
fuerzas contrarreformistas de 1939 -en una guerra civil desen-
cadenada (entre otras causas) en defensa de la gran propiedad
agraria-, laconciencia jornalera reivindicativa, latente siempre en la
dependiente y desigualitaria Espaa del Sur (como la investiga-
cin paradigmtica de Martnez Alier mostraba para los aos 60),
reaparece una vez ms en su escenario social tradicional a me-
diados de los aos 70, nucleada por el viejo mito anti-latifundista
del reparto de tierras, a travs (de modo-ciertamente-ambiguo)
de una revolucin o de una reforma agraria ms o menos radica-
les. Pero por encima de todo, en cuanto discurso auto-expresivo
de la conciencia utpica (literalmente aqu: sin lugar en el sistema),
esta reproduccin o renovacin final del discurso jornalero frente a
la crisis evoca y denuncia todas las contradicciones sociales, sobre
las que ha sido edificada la modernizacin neocapitalista de la
agricultura espaola d los aos 60 y 70; contradicciones encu-
biertas o trivializadas por todo gnero de burdos o elegantes mo-
la Seccin de Ciencias Morales yPolticas del Ateneo de Madrid, promovi-
da y editada por el socilogo poltico y constitucionalista Miguel Martnez
Cuadrado.
34
Este resurgimiento o simple reafirmacin de la conciencia j ornalera pa-
rece producirse no ms tarde del verano del 75 -momento de celebracin
de las discuriones de grupo que aqu voy aanalizar-; es decir, antes por tanto
del fin de Rgimen dictatorial del General Franco. Cfr. sucesivas notas 39
y 71.
193
delos economicistas, oscilantes entre el armonismo tecnocrtico^ y el jus-
tificacionismo seudomarxista y proburgus35. Sin dejar de rei-
vindicar sus derechos histricos frente a la usurpacin originaria de
la tierra por la burguesa latifundista (un sentimiento populista, cuyas
races histricas para la Espaa del Sur ha estudiado profunda
y sugestivamente Antonio Mara Bernal), la resurgent concien-
cia jornalera pretende poner en cuestin todas las abstractas jus-
tificaciones tecnocrticas (cambiantes con la coyuntura) que han
conducido a su progresiva separacin de la tierra36. Pero el actual
discurso jornalero representa probablemente tambin el ltimo mo-
vimiento de defensa -reducido al nivel ideolgico- de una cla-
se social que se sabe condenada -ahora con la mayor
probabilidad- a su extincin histrica. En un ltimo intento de
desesperada supervivencia, la agnica conciencia jornalera expresa
as, en profundidad, los deseos de unos hombres que ya tan slo
aspiran a persistir en su secular y duro oficio, resistindose a la
35
En el caso de la crisis de la agricultura tradicional, el intelectual mar-
xista Sebastiano Timpanaro -en su obra: Praxis, materialismo, estrucuralis-
mo^., Editorial Fontenella, Barcelona, 1973, pp. 115-117- caracteriza co-
mo justificacionismo histrico aquella actitud (propia de un cierto seudo-
marxismo abstracto) que ve en los sufrimientos de las masas campesinas...
el precio necesario para la acumulacin primitiva sin la que habra sido im-
posible el desarrollo capitalista. -De forma ms genrica, las recientes cr-
ticas del historiador E.P. Thompson en su: Misesia de la teora.., op. cit.-
a los modelos idealistas althusserianos, como posible ideologa ascendente de una
nueva tecnocracia, divorciada de las masas e indiferente ante su necesario
destino de alienacin, se orientan en el mismo sentido.
36
Cfr. ops. cits., de Antonio M. Bernal en anterior nota 8. Por mi par-
te, he definido el populismo -de acuerdo con el terico marxista Ernesto
Laclan- comocontraposicin democrtica (y presocialista) del conjunto de las clases
dominadas frente al sistema oligrquico de la clase dominante, pero que dadas las
diferentes circunstancias histricas en que se producen las sucesivas crisis del
Estado burgus, puede igualmente dar lugar a una ruptura anti-oligrquica, o
ser paradjicamente reconducido, mediante su reabsorcin fascista en un (ir-
nico) seudo-populismo de las c[ases dominantes, que a travs precisamente de la
movilizacin de las masas concluye creando nuevos modelos disciplinarios pa-
ra su encuadramiento autoritario. Cfr. A.O.: .^Oligarqua y pueb[o en la inter-
pretacin pofiulista de la historia..., op. cit. Cfr. asimismo, E. Laclan: .^Poltica
e ideologa en la teora marxista. Ca^italismo, fascismo, populismo, siglo XXI Edi-
tores, Madrid, 1978, pp. 201-205.
194
definitiva expropiacin, que empuja a las an no re-absorbidas
bolsas de jornaleros hacia la fosa final del empleo comunitario; de-
nunciado por ellos mismos -desde el primer momento- como
un sistema de paro institucionalizado... en beneficio de tecnol-
gicamente renovado (... pero siempre ilegtimo) latifundio.
Por mi parte, el fenmeno de la sorprendente persistencia o
reproduccin de la conciencia jornalera radical en la Espaa rural (a
pesar de su declarada desaparicin en los textos de algunos de
los ms significativos economistas y socilogos), se me impuso co-
mo una dramtica realidad, con ocasin de una serie de investi-
gaciones sociolgicas empricas en la dcada de los 70 -de 1972
a 1980-, apoyadas sobre sucesivas encuestas entre agricultores
y jornaleros. Proyectadas sobre distintos, pero complementarios
objetivos de investigacin ms o menos incardinados en la situa-
cin social del medio rural (hbitos y estado sanitario, prcticas de
abonado, actitudes ante el trabajo, el empleo y la educacin, con-
cepcin de la desigualdad social, etc.), la peculiaridad de estas
encuestas consista en haber sido realizadas -parcial o
totalmente- mediante la tcnica de investigacin sociolgica cua-
litatiaa, abierta y concreta de las denominadas discusiones de grupo (un
procedimiento de libre discusin de pequeos grupos, representativos
de una clase social de referencia, mediante el que se pretende la pro-
duccin del discurso ideolgico bsico de esa misma clase social)37.
En caso de las discusiones de grupo celebradas contrabajadores agrco-
las por cuenta ajena, su discurso ideolgico bsico no slo reflej o re-
produjo, de forma sistemtica, la conciencia jornalera tradicional si-
no que, adems, rechazando cualquier identificacin con la pos-
37 Se trata en el caso de las reunionu o discusiones de grupo tambin de en-
cuestas -puesto que se dirigen a grupos seleccionados y supuestamente re-
presentativos o inscritos en una determinada situacin social de referencia-;
pero no de encuestas estadstitas repre^entativas por muestreo, por lo que ni preten-
de, ni poseen ciertamente representatioidad estadtm^. En este sentido, los do-
cumentos que producen -una discusin grupal grabada en magnetofn-
poseen la misma representatiaidad significatiaa o estructural de cualquier otrodo-
cumento histrico, es decir: constituyentextos que deben ser analizados e intespre-
lados -en sus reglas y proceso de produccin significativa- en el contezto
de la situacin histrica global, en la que emergen. Para la fundamentacin
y tratamiento metodolgico de este tipo especfico -pero no convencional-
de encuestas, vid. la obra de Jess Ibez, citada en posterior nota 70.
195
tulada figura del obrero fijo y especializado, con aspiraciones
similares a las del obrero industrial (Naredo, etc), los grupos se
autodefinieron, casi obsesivamente, como
jornaleros eaentualesy mi-
grantes,
en perpetua circulacin -en cuanto fondo de reserva de
mano de obra- por muy distintos subsectores y regiones, en fun-
cin del ciclo agrcola y econmico (de la gran finca agrcola cor-
dobesa o extremea a la construccin en Sevilla, de los trabajos
forestales en el Pirineo a la aceituna en Jan, o a la remolacha
en Valladolid, o en fin a la aventurada bsqueda de cualquier
otro trabajo en Europa). Precisar en qu medida el paro crecien-
te
-a mediados de los 70- se nutra en parte de estos trabajado-
res flotantes,
y volva a la vez a recomponer la (supuestamente) ex-
[Link], no era funcin de mis investigaciones de
aquella poca, y sin duda resultaba extremadamente difcil. Por-
que en la definicin censal (o esttica) de los trabajadores agrcolas
^ior cuenta ajena no suele registrarse la mayor o menor unidad (di-
nmica) de ese peculiar conjunto circulante de trabajadores eventuales
migrantes (del campo a la construccin, de las obras pblicas al
peonaje en el extranjero y retorno, etc). Pero las convenientes de-
terminaciones y refinamientos estadsticos dentro del laberinto de
equvocas categorizaciones censales, no haran probablemente
ms que contribuir a poner en evidencia -pensaba por mi parte-
un trgicohecho estructural: si la crisis prosegua y se intensificaba
su infuencia depresiva sobre los ]lamados sectores puente para
las migraciones de la mano de obra rural excedentaria (la cons-
truccin y el turismo), la clase jornalera -si bien minoritaria y en
gran parte desarraigada del sector agrario- no habra llegado
areconvertirse en una parte bien integrada de la
clase obrera in-
dustrial,
sino simplemente a ser subsumida en la gran fosa co-
mn del creciente fondo de parados nacional3R
38 Una observacin clara y bien enfocada sobre el carcter estructuralmente
migratorio de la gran masa ambulante de obreros y obreros agrcolas even-
tuales haba sido ya realizada por el economista exiliado Xavier Flores en
su obra: ..Estructura socioeconmica de la agricultura espaola^^, Editorial Pennsu-
la, Barcelona, 1969, pp. 119-115. -Como vamos a ver, esta perspectiva
necesariamente intersectorzal para comprender la realidad y funciones del ejr-
cito de reserva jornalero circulante- ha sido definitivamente precisada y
analizada por el antroplogo y economista Antonio J. Snchez Lpez, en
su riguroso estudio citado en posterior nvta 47 y ss.
196
Tras exponer la evidente tendencia a la disminucin censal de
la clase jornalera (sealada -como hemos visto- por los econo-
mistas y socilogos ms autorizados, como Tamames y Naredo,
etc) escriba yo, por mi parte, literalmente, en un Informe sobre
actitudes del campesinado ante el empleo (mimeografiado), redactado
enoctubre/noUiembre de 1975 , sobre la base de unanlisis motiuacio-
nal de tres discusiones de grupo entre obreros agrcolas:
Sin embargo, esta drstica [Link] reduccin del vo-
lumen de los obreros agrcolas no supone que hayan perdido defi-
nitiaamente su significado estructural para la composiciny din-
mica de la fuerza de trabajo nacional y para la connotacin so-
cial de la condicin laboral en Espaa. En trminos cuantitati-
vos, no parece claro que se haya absorbido por completo y para
siempre el llamado excedente de mano de obra agraria ^iroletari-
zada, absorcin que constituye una de las exigencias fundamen-
tales para la consumacin del pr^ceso de modernizacin, segn los
propios postulados tericos del modelo39. Parece ai,cra posible
que en cualquier momento una crisis ms profunda en el proceso
cclico de las recesiones industriales pueda llegar a reconstituir,
con el forzado retorno a su situacin de origen de los parados en
el extranjero y en el propio sistema urbano-industrial nacional,
el tradicional excedente de mano de obra agraria. Por otra parte,
la situacin observada a travs de la simple toma de contacto que
supone la celebracin de estas reuniones de grupo en una cuantas
y dispares comarcas rurales espaolas, induce a pensar que en
la reduccin censal del volumen del llamado proletariado agrcola
hay mucho de apariencia estadstica: la clasificacin censal de un
individuo en un momento dado en el sector industrial, o sobre
todo -claro est- en la construccin, no excluye -sino que ms
bien enmascara- su autntica cndicin de trabajador agrcola pro-
letarizado y migrante que -como la mayor parte de los miembros
sy El Informe de referencia sobre Actiludes del campesinado ante el empleo
fue realizado sobre la base de nueve reuniones de ^upo entre mayo/julio de
1975, montadas por el Instituto Alef de estudios sociales, de Madrid, dentro de
un estudio nacional ms amplio -que inclua asmismo una encuesta estads-
ttia con 15.000 entrevistas aprox.-, para el desaparecido Ministerio de Pla-
nificacin Econmica. La teora del Proceso de modernizacin, tomada aqu co-
mo modelo de referencia, era la mantenida por el Informe FOESSA 1970, op.
cit.
197
de nuestros grupos- flucta conyunturalmente entre la construc-
cin y las faenas agrcolas, entre la ciudad y el campo... Condi-
cin laboral -eventual- no slo predominante entre los 947.300
asalariados de la
agricultura -segn la Encuesta de la Poblacin
Activa de 197440-. Sino tambin caracterstica de una parte sus-
tancial por lo menos de los 1.169.000 obreros de la
construccin,
la llamada industria puente o
mejor el canal de comunicacin mi-
gratoria
-en ambos sentidos- entre la ciudad y el campo. Una for-
tsima recesin en la industria y la construccin, acmpaada de
un salto en las actuales cifras oficiales del
paro estimado nacional de
un 2,3%" hasta tan slo un 4% 5% -lo que supondra unos
700.000 trabajadores a la busca de ocupacin, englobados en su
mayor parte en la construccin y en otros subsectores
marginales-, podra reconstituir de una forma inmediata una
masa relativamente extensa de la tradicional fuerza de trabajo -o
mejor, reserva de trabajo- agrcola ms o menos proletarizada....
Escritas las anteriores consideraciones -en 1975-, con toda
la circunspeccin propia de unInforme, sus hipotticas previsio-
nes se cumplieron rpidamente, para ser luego -como sabemos
hoy, en la primavera de 1982- ampliamente desbordadas: el paro
en ininterrumpido crecimiento desde el 75 ha llegado a alcanzar
entre un 13% y un 14% de la poblacin activa nacional, y una
cifra absoluta en torno al 1.750.000 parados, de los que una pro-
porcin sustantiva (casi medio milln) se localiza en la construc-
cin42.
40 Instituto Nacional de Estadstica:
Encuesta de la Poblacin
Activa 1974,
op. cit., p. IV.
41 Comunicacin del Ministro de Trabajo al Consejo de Ministros de
13/IX/1975. (Diario de Madrid, YA: 14/IX).
42
Como es sabido, las estimaciones sobre el paro varan segn las fuen-
tes, criterios y metodologa
adoptados. Segn datos del Instituto Nacio-
nal de Empleo, en 31/I/1982, el paro regist^ado se elevaba a 1.786.583 per-
sonas
-el 13,86%de la poblacin activa-; de ellas, 423.280 en la cons-
truccin y slo 72.875 en la agricultura (Cfr. diario: Et Pas^., 27/II/82).
Otras fuentes, como la
Encuesta de la Poblacin Activa ( 1981), del INE, daban
ya la cifra de 1.988.200 parados, al concluir el ao 81. Lo que queda fuera
de toda duda es la regular y gran progresin del paro
-segn la misma
EPA-
entre 1975 (624.000), 1978 (].083.000), 1980 (1.520.000)
y 1982 (Cfr. dia-
rio: Et Pas^, 17/III/82).
198
Pero en los aos 60 -e incluso en los inicios mismos de la
dcada de los 70-, en un ambiente general de triunfalismo de-
sarrollista, no se profundizaba demasiado en los lmites y con-
tradicciones internas del modelo de desarrollo establecido. Casi
nunca se adverta que la orientacin hacia una
industrializacin de-
pendiente,
determinada por la expectativa de fciles y rpidos be-
nef^
cios a corto plazo, mediante la indiscriminada importacin
de tecnologas acabadas, poda conducir a medio plazo a aumen-
tar el volmen de la poblacin desempleada: porque el modelo
de desarrollo seguido -sealan ya crticamente, hacia 1976, los
economistas Garca Delgado y Segura43- favoreca la progre-
siva sobrecapitalizacin de la estructura productiva espaola y la
disminucin de su capacidad de creacin de puestos de trabajo.
Pues la importacin de tecnologa de los pases ms desarrolla-
dos
no responda a las caractersticas especficas y necesarias peculiares de
la estructura socioeconmica espaola
-denuncia en 1979 el economista
Santiago Roldn, por su parte" -, al tratarse de una tecnologa ahorra-
dora de mano de obra e intensiaa en capital, como corresponde a las necesi-
dades de estos pases, pero poco adaptable a las necesidades de una econo-
ma atrasada como la espaola, que ha contado, en todo momento, con im-
portantes excedentes de mano de obrcu^. En realidad, el modelo neocapitalis-
ta de industrializacin acelerada
de los aos sesenta (el antiguo mo-
delo, como empieza ahora ya a ser calificado), al que se subor-
din implacablemente toda la sociedad espaola (desde la agri-
cultura familiar al urbanismo, etc), nunca lleg a funcionar -a
pesar de las apariencias- como un dispositivo capaz de resolver
el tradicional paro estructural agrario de las regiones latifundis-
tas. El antiguo modelo en lo relativo a la generacin de empleo
podra ser resumido en pocas lneas -concluye crticamente en
1979, el economista Antonio Garca de B1as45-. Los sectores in-
43 Garca Delgado y Segura: Refo^mismoy crisis econmica, op. cit., p.
^ Santiago Roldn: .^Medidas contra el paso en el plano dc la poltica econ-
micaH,
ponencia presentada a las Jornadas sobre L' Artur, Barcelona, febre-
ro 1976, p. 16. Cita y comenta Antonio Garca de Blas en artculo referen-
ciado en prxima nota 45.
45 Antonio Garca de Blas: .^Considtraciones sobre los orgtnes del paro cn Es-
paa.^, artculo en pp. 7-13, del nm. 553 de la revista
Inforn^acin Comercial
Espaola.,
septiembre de 1979, Ministerio de Comercio y Turismo, Madrid;
nmero dedicado monogrficamente al
mercado de trabajo en Espaa.
199
dustrial y de servicios, ni siquiera en los perodos de ms alta ex-
pansin, han sido capaces de generar los puestos de trabajo nece-
sarios para absorber tanto las fuertes salidas de la agricultura co-
mo las nuevas entradas en el mercado de trabajo. Ello se tradu-
ca en un alto flujo de salidas de mano de obra al exterior, y por
lo tanto no se reflejaba en una mayor tasa de paro. La coyuntu-
ra de la economa europea era, en definitiva, la clave reguladora
de los cambios (a veces slo aparentes) de la estructura sectorial
de la poblacin y del mercado de trabajo espaol.
Si en un primer momento, el modelo neocapitalista de desa-
rrollo lleg, no obstante, a absorber transitoriamente a una cier-
ta proporcin de la poblacin activa desempleada -contando siem-
pre con el intenso flujo migratorio hacia el extranjero- se debi,
adems, a la transferencia de una parte de la
fuerza de trabajo jor-
nalera no a las nuevas industrias propiamente dichas, sino sobre
todo al sector puente de la construccin (dinamizado por factores
exgenos, tales como la rpida edificacin de mostruosas ciuda-
des tursticas para recibir a la oleada de las clases medias bajas
europeas, etc). En los aos sesenta, una gran parte del no muy
importante volmen de paro se encontraba en la agricultura, en
particular en las zonas latifundistas de Andaluca y Extremadu-
ra... (De tal modo), los trasvases de poblacin activa de la agri-
cultura... explican la rpida prdida de importancia del paro agra-
rio, al mismo tiempo que amenta el peso del mismo en los res-
tantes sectores, especialmente de la construccin -analizan, ha-
cia 1979, los economistas y demgrafos Alvaro Espina, Carmen
de Miguel y Joaqun Leguina (del equipo G.T.E.)46-. La ca-
racterstica citada, junto con la componente fuertemente eUentual de la
mano de obra del sector, explican que a la construccin corres-
ponde tradicionalmente una tasa de paro ms elevada que a los
restantes sectores, siendo la diferencia de esta tasa superior a la
media en un punto ya a finales de 1974. Como la progresin
de la crisis econmica iba pronto a mostrar, la
eaentualidady el pa-
ro jornaleros,
que se haban presentado insistentemente como un
fenmeno residual, caracterstico y casi exclusivo de las llama-
46 Alvaro Espina, Carmen de Miguel y Joaqun Leguina: La oferta de
fuerza de trabaj o: situacin y perspectiaas, artculo en nm. 553 de la revista In-
fornzacin Comercial Espaolm., op. cit., p. 19.
^00
das comarcas latifundistas, en lugar de ser plenamente absor-
bidos por la dinmica del neocapitalismo industrial, quizs tan
slo haban sido trasladados a otros sectores y espacios del sis-
tema econmico global. En este sentido, la crisis pone definitiva-
mente al descubierto el carcter limitado
-y en parte
mixtificador- de una perspectiva (como la del Informe
F.O.E.S.S.A. 1970, por ej.)
ezclusiaamente sectorial del paro agra-
rio: cuando lo que estaba ocurriendo -desde el Plan de Estabili-
zacin de 1959- constitua una autntica
reestructuracin intersec-
torial del mercado de trabajo jornalero
(o Fuerza de Trabajo simple
eventual) -como vamos a vez que analiza y explica, finalmen-
te, el antroplogo y economista Antonio J. Snchez Lpez"-.
Tal reestructuracin orientada al aprovechamiento coyuntural
ampliado del tradicional
fondo de fuerza de trabajo jornalera eaentual
y disponible, sin cambio alguno en suforma de reproduccin social (ejr-
cito de reserva), articulaba el mercado de trabajo agrario con el de
sectores no agrarios, como el denominadocomplejo de construccin/hos-
telera,
cuyas caractersticas le convierten en demandante igual-
mente de peones eventuales para su utilizacin en trabajos
temporeros4a
Las perspectivas de la dcada de los aos 80 para el conjunto
de la Espaa del Sur son, adems, de una fuerte tendencia al in-
cremento del paro -y por tanto a la
reproduccin de las masasjorna-
leras (dentro y fuera del sector agrario)-
en el marco del actual mode-
lo econmico de desarrollo, que perpeta la dependencia de Anda-
luca y Extremadura respecto de la Espaa del Norte (Madrid,
Catalua y Pas Vasco)49. Resulta, por todo ello, tremendamente
irnico, visto desde 1979, el que se llegase a temer (hacia 1966)
47 Antonio J. Snchez Lpez:
La eaentualidad, rasgo bcsico del trabajo en
una economa subordinada: El caso del campo andaluz^:,
artculo publicado en pp.
97/128 del nmero 3/4 (1980) de la revista
Sociologa del Trabajo^, Queima-
da Ediciones,
Madrid. Fruto de una continuada labor de campo durante
el ltimo lustro, este estudio -como otros del autor- constituye -dentro
de mis conocimientos- la monografa que con mayor rigor y especificidad
afronta el anlisis actual de la cuestin jornalera, desde una perspectiva econ-
mica.y estructural.
48 A.J. Snchez Lpez, op. cit., p. 108.
49 Cfr. el artculo de Santiago Roldn, Juan Muoz y Angel Serrano:
La decadencr'a uonmica andaluuw, en el diario de Madrid: El Pas., 6/IIU1980.
2 01
que la emigracin de jornaleros comprometa el pleno aprovecha-
miento de los recursos agrarios... -advierten crticamente el in-
geniero agrnomo Antonio Gmiz y el ya citado Antonio Sn-
chez Lpez, en un trabajo en colaboracin50-. Lo que termina
ocurriendo es exactamente todo lo contrario. No puede extra-
ar que cuando a partir de 1973 se produce la crisis econmica
internacional, y tras esa fecha aunque con un mayor retraso se
dejan sentir los efectos de la recesin en el conjunto de la econo-
ma espaola, se reduzca drsticamente la demanda de mano de
obra por el sistema -observan los mismos autores51-, y se ori-
gine un paro creciente en Andaluca. De modo ms concreto,
la estimacin aproximada de unos 100.000 jornaleros en paro en
Andaluca (hacia 1979) supone
-precisan nuestros dos
autores5z- tasas de paro superiores incluso a las habidas antes
de la guerra civil. Legitimado por su pretendida funcin social
de proceso de absorcin y reconversin de la mano de obra jor-
nalera (para sus muchos apologetas de fines de los 60), el
modelo
de la industrializacin neocapitalista espaola
resulta que ni siquiera
ha conseguido reducir la proporcin o tasa tradicional de jorna-
leros eventuales en situacin de subempleo o paro crnico. Y
aqu toda perplejidad es justificable, pues el problema surge con
la misma intensidad y fuerza que pudiera tener -concluyen G-
miz y Snchez Lpez53- antes de que se produjera una emigra-
cin tan formidable en cuanta e intensidad como la sufrida por
el
pueblo andaluz entre 1950 y 1970. Para sealar -en
definitiva- el hecho estructural clave de que la poblacin an-
daluza constituye -por todo ello- el ms claro arquetipo del
ejr-
cito industrial de reseraa
para el desarrollo capitalista espaol54. Fe-
nmeno que la crisis del 73/75 no ha creado, sino nicamente
desvelado en toda su profundidad y dramatismo.
5U Antonio Gmiz Lpez y Antonio Snchez Lpez:
P^oblemtica espec-
fica del empleo en la agricultura andaluzm^, artculo en: Reaista de Estudios Agro-
Sociales^.,
Abril Junio, 1979, n 107, Instituto de Relaciones Agrarias, Ma-
drid, p. 74.
5t A. Gmiz y A. Snchez, op. cit., p. 75.
52
A. Gmiz y A. Snchez, op. cit., pp. 73-74.
s3
A. Gmiz y A. Snchez, op. cit., p. 74.
54 A. Gmiz y A. Snchez, op. cit. , p. 75.
2 02
Ya que en ltimo trmino bien sea an dentro de las comar-
cas rurales -en los mrgenes de una agricultura ms o menos
modernizada-, bien sea vagando por la red de ciudades -en
los mrgenes de una construccin y una industria estancadas-,
la actual masa creciente de trabajadores eventuales y/o en paro
reproduce y pone al descubierto la existencia permanente de un
fondo de mano de obra jornalera y barata, disponible para su utiliza-
cin coyuntural por parte del empresariado capitalista (agrario
y/o industrial), antes de la fase expansiva de los aos 60, durante
la misma, y despus de la culminacin y crisis. Por su parte, el
antroplogo y economista Antonio J. Snchez Lpez en su re-
ciente y fundamental artculo sobre La eventualidad, rasgo bsico
del trabajo en una economa subordinada: El caso del campo andaluz^ fru-
to maduro de una ya larga dedicacin a la investigacin empri-
ca rural en la lnea de trabajos abierta por Juan Martnez
Alierss, ha intentado captar de forma sistemtica, y en trminos
estructurales, la unidad y refiroduccin de la cuestin jornalera, en el
marco de relaciones de produccin, configurado por el peculiar
modelo (semidependiente) capitalista espaol. Para Snchez L-
pez, la correcta comprensin de lacuestin jornalera y el paro agrario
exige en la actualidad -como ya anticip- la adopcin de una
^erspectiaa intersectorial del mercado en que se ofrece la Fuerza de
Trabajo rural, superando su visin fragmentaria como un he-
cho exclusivamente agrario ylocal56. Pues la dinmica de las
transformaciones en el mercado de trabajo conduce a la cada vez
ms estrecha interrelacin entre las actividades urbanas no agra-
rias y el ciclo de la produccin agraria; interrelacin reflejada en
la propia movilidad ovaivn de la mano de obra jornalera. Desde
este enfoque, el modelo de' desarrollo neocapitalista no ha condu-
cido en la Espaa del Sur a la supresin de laclase jornalera tradi-
cional, sino ms bien a su reproduccin ampliada -podra decirse-
bajo la forma de unejrcito de reseraa industrial circulante, a disposi-
cin tanto de la gran explotacin agraria (latifundios cada vez ms
mecanizados y con una demanda de fuerza de trabajo jornalera
cada vez ms estacionalizada), como de otros sectores no agrarios
ss
Antonio J. Snchez Lpez: La eaentualidad, rasgo bsico de[ trabaj o en
una economa subordinada: El caso del campo andaluz^^, op. cit. en nota 47.
sb Snchez Lpez, op. cit., pp. 110 y 121.
2 03
emergentes (fundamentalmente: el complejo construccin-hostelera^),
que -observa Snchez Lpez57- concurren en el mercado de
trabajo con demandas similares a las hechas por la agricultura:
FT (Fuerza de Trabajo) simple; FT para ser usada de forma even-
tual (o temporera); FT para ser usada en la medida que sea nece-
sitada. Se trata de unmodelo intersectorial de aproaechamiento conjun-
to por el capital de la disponibilidad de la fuerza de trabajo jornalera que
no slo permite sino que exige -seala el propio Snchez
LpezSe- la subsistencia de una serie de aprovechamientos
agrarios que produzcan fuertes oscilaciones en las cantidades de
FT por ellos empleadas, dado que la FT excedentaria estacional-
mente del campo puede ser usada por los restantes sectores y vi-
ceversa, compartiendo as, entre todos ellos, los costes de mante-
nimiento de una FT que ninguno por separado lograra sostener.
Moldeado sobre las condiciones socialES caractersticas de la Es-
paa del Sur (esto es, sobre la propia abundancia de Fuerza de
Trabajo simple temporera y barata), este complejo capitalista in-
tersectorial, que tiende a integrar en. un mismo mercado de tra-
bajo evntual el tringulo agricultura/[Link]/hostelera, representa,
a su vez, el modo de articulacin especfica, en cuanto economa
subordinada, del capital perifrico de la Espaa del Sur con el
capitalismo central o hegemnico (nucleado por la industriay los
seraicios) de la Espaa del Norte, gran beneficiaria del modelo de
desarrollo de los aos 6059. En el marco de este complejo capi-
talista perifrico y subordinado, la estacionalidad y la eaentualidad
laborales -articuladas ahora por la moailidad espacial- se revelan
definitivamente como el ncleo mismo de la (nunca) extinguida
condicin jornalera, con independencia de su mayor o menor vin-
ulacin originaria con un sector agrrio (latifundista), del que
las masas jornaleras tienden a ser -en efecto- progresivamente
desarraigadas y expulsadas.
Frente a esta situacin -radicalizada, sin duda, por la crisis-,
el moaimiento jornalero ha de plantearse forzosamente una serie de
estrategias alternativas para la supervivencia -considera, en
ultimo lugar, Snchez Lpez60-. Hasta fines de los 70, tales es-
57 Snchez Lpez, op. cit., p. 108.
se Snchez Lpez, op. cit., Ibid.
59 Snchez Lpez, op. cit., p. 109.
6o Snchez Lpez, op. cit., p. 120
2 04
trategias se orientaban prcisamente bien hacia lapresin para una
eleaacin de los salarios de la propia gran explotacin latifundista,
bien (a nivel individual) hacia la ^^bsqueda de otros empleos fijos o
eaentuales fuera de la agricultura, escapando a los lazos de control
de los poderes locales (esto es, el caciquismo latifundista), me-
diante una mayor moailidadG'. Pero con la profundizacin de la cri-
sis econmica general, la movilidad jornalera empieza a verse fre-
nada al reducirse, por todas partes, las demandas coyunturales
de fuerza de trabajo eventual. Y es en es:e momento, cuando el
moaimiento jornalero resurge (dira, por mi parte) concentrndose
en una nueva (y ltima) estrategia de supervivencia: la presin po-
pular directa para conseguir la ayuda del Estado al mantenimiento de la
clase jornalera. Quizs como una expresin del carcter subordi-
nado y dependiente de la economa latifundista de la Espaa del
Sur, en el conjunto del Estado, el hecho ms significativo de la
lucha jornalera en pro de una intervencin y apoyo econmico del
Estado para su propia reproduccin en cuanto fuerza de trabajo eaen-
tual, sea el que adopteformas regresiaas que evocan la asistencia be-
nfica a los pobres en los inicios del desarrollo capitalista -cuya
funcin pro capitalista analiza la economista Suzanne de
Brunhoff 2-. Pues la beneficiencia estatal o los trabajos muni-
cipales protegidos se encuentran en los orgenes mismos de un
ejrcito proletario de reseraa, privado de medios de existencia, pero
que es necesario mantener, para que la fuerza de trabajo est
siempre disponible (habida cuenta del imperativo general de una
mano de obra barata) -observa la Brunhoff^3-, ..: mediante
la intervencin de instituciones no capitalistas, de carcter ms
o menos estatal (o municipal), que aseguran la reproduccin de
la fuerza de trabajo en los lmites del mantenimiento de una in-
seguridad fundamental del empleo y en formas que garanticen
el mantenimiento de la disciplina en el trabajo. En este sentido,
la Administracin Pblica se resiste, en cambio, a la institucio-
nalizacin de un subsidio de desempleo agrario -a pesar de la
actual reproduccin del paro en Andaluca-, similar al estable-
61 Snchez Lpez, op. cit., pp. 120-122.
62 Suzanne de Brunhof: Estado y capitaG^, Editorial Villalar, Madrid,
1978.
63 Suzanne de Brunhof, [Link]., p. 14.
2 05
cido para los otros sectores no agrarios (como reclaman insisten-
temente los propios jornaleros); porque
-subraya Snchez
Lpez64- ello supondra reconocer oficialmente la existencia y
funciones de los jornaleros rurales como ejrcito industrial de re-
serva (del ms primitivo carcter). Por el contrario, la canaliza-
cin de la ayuda estatal para la simple supervivencia fsica de la
clase jornalera,
a travs de los planes coyunturales de Empleo Co-
munitario -denominados oficialmente:
^irogramas de lucha contra
el desempleo agrario estacionalbs-
evita el poner de manifiesto las
relaciones sociales de produccin reales, en que se inscribe la
fuerza
de trabajo de reseraa jornalera,
a la vez que abandona la administra-
cin de los fondos (cuanta, distribucin, etc) a la pura presin
y relacin de fuerzas transitoria en cada rea municipal.
Finalmente, ms o menos relacionada con la emergente lu-
cha del moaimiento jornalero
por la conquista de su propia autono-
ma poltica, la agudizacin de la crisis econmica al final de los
70, seala la reaparicin -reconoce Snchez Lpezbb- del his-
trico mito del reparto de tierras (ncleo simblico de la conciencia
utpica antilatifundista jornalera).
Desde un punto de vista pragm-
tico o realista, Snchez Lpez -cuyos modelos tericos tienden
a inscribirse en la lnea economicista de consideracin de la cuestin
del [Link],
encabezada por el economista Jos Manuel Nare-
do67- relativiza (probablemente con todo fundamento, y con la
autoridad que le confieren sus ya muchos aos de estudios sobre
el propio terreno) la aiabilidad econmica actual de cualquiei,bolti-
ca redistribucionista de las grandes fincas (sin entrar, en cambio,
64 Snchez Lpez, op. cit., p. 122.
bs Snchez Lpez, ibid.
66 Snchez Lpez, op. cit., p. 123.
67 Este alineamiento de Antonio Snchez Lpez con la
concepcin econo-
micista del lat:fundio
de Jos Manuel Naredo, en otro de los magnficos y re-
cientes artculos de Snchez Lpez:
Los modelos de uso de la fuerza de trabajo
agrcola en la campia del Cuada[quivir, revista Socio[oga del Trabajo^., n 1, Ma-
drid, 1979. Sintetizo las concepciones de ambos en mi ya citado artculo:
^.Oligarqua y pueblo en la interpretacin populista de la Historia,
reseado en an-
terior nota8. Subrayando justamente el carcter plenamente
capitalista (y no
feudal^>, ni preburgus^^, etc), el
economicismo de Naredo y Snchez Lpez
entraa el riesgo -pienso por mi parte- de no valorar suficientemente el
contexto poltico del latifundismo.
2 06
en la cuestin de sucolectiaizacin). Desde esta perspectiva estricta-
mente econmica del reparto o rediaisin de las grndes fincas entre fa-
milias jornaleras ni parecen ser viables -dada la dimensin m-
nima de la explotacin agraria actual-, ni tampoco parecen atraer
en profundidad -afirriia- a los propios jornaleros. Pero a pe-
sar de ello, Snchez Lpez realiza una aguda observacin, al ma-
tizar el hecho -ideolgicamente fundamental- de que el tr-
mino reprto, cuando se usa, tiene ms un carcter de definicin
poltica de clase que de alternativa efectiva de poltica de
empleoba. En efecto, la relevancia y sorprendente persistencia
histrica del mito del reprto entre las masas jornaleras -pienso
en este mismo sentido- no parece vincularse tanto (pragmtica-
mente) a propuestas polticas definidas e inmediatas, como re-
presentar (simblicamente) el permanente signo de identidad mis-
mo de la concienci de clse jornalera. Pues a travs de la reiaindica-
cin antiltifundista (pasionada y utpica) del reparto, la conciencia jor-
nalera expresa a la vez su protesta frente a la usurpacin/firiaatiz-
cin originria de l tierr (A.M. Bernal) y su resistencia al proceso
de su definitiva separacin de la tierra, que inicia y perpeta su pr-
letarizado destino como ejrcito de reserva del desarrollo capi-
talista, carente en principio de cualquier status reconocida den-
tro del sistema del propiedad burguesa establecido. Lo que ex-
plica, en definitiva, el radicalismo, pero tambin la ambig^edad po-
^iulistas del mito del reparto en el discurso jornalero spontneo frente
a la crisis.
b) La unidad del discurso ideolgico bsico de los obreros
agrcolas: la eventualidad como signo de
autoidentificacin social
Atrapada por la crisis -a partir de 1975-, en un mercado
intersectorial de mano de obra eventual, la clasejornalera -ejrcito
de reserva del desarrollo capitalista espaol- no ha dejado en
ningn momento de existir. Sin duda, las condiciones de vida de
esta mayor o menor masa de trabajadores eventuales y/o en paro
6s Snchez Lpez: La enrntualidad, rasgo bs^o del tsabaj o..., op. cit., p.
123. -
2 07
en la agricultura y la construccin ya no son sin ms asimilablcs
a las del proletariado rural tradicional de la Espaa del Sur. He-
cho evidente que el propio historiador de la reforma de la II Re-
pblica Edward Malefakis, observador (ms o menos simblico)
en el simulacro de ocupacin de fincas sevillanas de fines de fe-
brero de 197069, reconoca poco despus: el nivel cultural de los
trabajadores agrcolas se ha elevado, sus pautas de vida, sus h-
bitos de consumo, sus expectativas sociales han sido transforma-
das por la misma sociedad de consumo -que ahora amenaza con
rechazarles-, al mismo tiempo que los mtodos del trabajo agr-
cola han sido revolucionados por un sostenido proceso de inten-
siva mecanizacin. La cuestin jornalera.^, que la profundizacin
de la crisis tiende a replantear a medio plazo, con perfiles ms
o menos radicales, constituye, en este sentido, otra cuestin.
Sin embargo, la persistenci de las peculiaridades de la fluc-
tuantefuerza de trabajo jornalera, como un componente o fraccin
especfica en la creciente masa de parados, tampoco debe ser -una
vez ms- ignorada. En el anlisis de la condicin mixta -
urbano/rural- de una parte del reconstituido ejrcito o fondo de^iara-
dos del peonaje no cualificado (circulante entre la agricultura y la cons-
truccin y/o la hostelerta) reaparece -en sus nuevos trminos-
el fundamento clasista e ideolgico bsico de la tradicional cues-
tin jornalera en Espaa: esto es, la reproduccin de unproletariado
marginal (en contraste con la clase obrera ms o menos integrada
de modo estable en el sistema empresarial); proletariado ms o
menos extenso, pero caracterizado precisamente por la concien-
cia radical de su carencia de puestos de trabajo y de derechos so-
ciales frente a su doble exclusin de la propiedad rural y del siste-
ma empresarial urbano. En este sentido, tras su relativo resurgi-
miento y generalizacin a fines de los aos 70, laconciencia jornale-
ra^reivindicativa, -despus de quince aos de neocapitalismo con-
sumista y de uniformizacin ideolgica de las masas- sigue ins-
pirando, de modo invariante, el discurso ideolgico bsico de autoi-
dentificacin social de los obreros agrcolas.
Captado en los mismos inicios de la crisis (a travs de una
pequea serie de discusiones de grupo con obreros agrcolas en 1975),
69 Cfr. entrevista a Edward Malefakis en revista Tiempo de Historim^,
nm. 41, Abril 1978, op. cit. en anterior nota 12.
2 08
el discurso jornalero frente a la crisis
-como muestra su anlisis se-
miolgico y motiaacional-
posee una gran unidad significativa en
cuanto su comn
determinacin social (separacin de la tierra, eventua-
liad); si bien -por su propia ambig^edad- resulta, en cambio,
conciliable con muy distintos
proyectos polticos. Tal anlisis, va a
fundarse en este caso en las
discusiones de grupo producidas, a su
vez, mediante tres reuniones de grupo realizadas conjornaleros eUen-
tuales y obreros agrcolas fijos.
Se trata de 3 Reuniones de Grupo (R.G.) con las siguientes
caractersticas:
RG1. Patma del Ro RG2. Fuentedecantos RG3. I.a Caua
(Valle del Guadalquivir)
(Llanos de Llerena)
(Delta del Ebro)
Obreros agrcolas
Jornaleros del campo
Obreros agrcolas
fijos y eventuales
eventuales
fijos
(26NI/1975)
(27NI/1975)
(12NI/1975)
Aplicada especficamente al estudio de
imgenes, actitudesy mo-
tiaaciones,
la tcnica cualitativa de la
discusin de grupo, en su v-
riante de tcnicasemi-directiaa e
intencionalmente muy abierta, ha
sido
-entre otros- especialmente desarrollada -a partir de
1964/65, sobre todo- por el ncleo, localizado en Madrid, de
colaboradores y discpulos del socilogo Jess Ibez Alonso, que
recientemente ha sistematizado su larga experiencia y aportacio-
nes metodolgicas a esta forma de investigacin emprica, en su
obra:
Ms all de la sociologa. El grupo de discusin: teora y cr-
tica70.
Desde el punto de vista tcnico-descriptivo se trata de una
reu-
nin de pequeosgrupos
(en torno a los 6-10 componentes), que son
orientados mnirnamente -o mejor catalizados- por un lder
experimentado, en unadiscusin abierta
(duracin: de 1 hora a 1%),
sobre un tema perteneciente a su experiencia social. Esta discu-
sin es grabada, mediante magnetofn, y transcrita mecanogr-
ficamente para su posterior anlisis (semiolgico y motivacio-
nal) por el mismo investigador (preferentemente) que ha dirigi-
do la reunin de grupo. Desde el punto de vista
metodolgico, la
70
Cfr. Jess Ibez Alonso: Ms all de la sociologa.
EI grupo de discu-
sin: rcora y crtica.,
Siglo XXI Editores, Madrid, 1979.
2 09
tcnica de la discusin de grupo ha demostrado cumplir, en diver-
sas ocasiones (en trminos, digamos, de coste energtico infor-
macional muy econmicos, en todos los sentidos) con la funcin
de hacer emerger la estructura significativa y motivacional bcsica de
la que (podramos llamar) subjetividad colectiva de lasituacin de cla-
ses, representada por la articulacin significante del proceso de co-
municacin del grupo (por ejemplo, en el caso de las presentes
reuniones entre obreros agrcolas -f:josy eventuales-, la discusin
de los grupos ha resultado estar estructurada -en todos los casos-
por las determinaciones dominantes en la situacin jornalera, con
independencia de la situacin individual de los componentes de
los distintos grupos). Por lo que el habla del grupo -aparentemente
individual en cada uno de sus miembros tiende a reproducir -al
pasar por el desfiladero de la comunicacin con el otro/semejante-
los tpicos o textos fundamentales -la lengua o paradigma social-,
que estructuran el discurso ideolgico-motivacional -ala vez uno, en
sus determinaciones, y diverso en sus proyecciones latentes-, co-
rrespondiente a la situacin de clase estudiada. (Como veremos,
con independencia de su posicin individual, los participantes en
nuestras reuniones de grupo han pretendido, ante todo, representar
e identificarse con la imagen social de referencia deljornalero even-
tual).
El anlisis de esta mnima serie de tres discusiones de grupo pre-
tende contribuir a la comprensin tanto de las motivaciones y
orientacin del relativo resurgimiento de la conciencia proletaria jorna-
lera, y en particular en la temprana reaccin de los obreros agrcolas
frente a la crisis, como de. sus lmites ideolgicos".
En principio, en cuanto reproduccin del discurso de referencia
dominante de los obreros agrcolas -tantofijos, como eventuales- la
estructura significativa y motivacional de estas tres discusiones
de grupo evidencia -como vengo anticipando- la superviven-
" En su aspectosemiatgico (estructura-formal), el anlisis de undiscurso
grupat configura su unidad dominante; pero esta unidad -atravesada por las
tensiones sociales- es a su vez -pienso por mi parte- siempre ambigua
y potencialmente contradictoria (dimensin en que intenta profundizar la in-
terpretacin motivacionan. La unidad (imaginaria) de todo discurso ideolgico co=
tectivo no va ms all de ser unaformacin de compromiso, cambiante con el
conflicto y evolucin de las propias fuerzas sociales.
2 10
cia en el medio rural espaol de la tradicional conciencia reiaindica-
tiaa proletaria de los jornaleros, pero sobre todo el comnrechazo ma-
nifiesto (tanto en la conflictiva Palma del Ro, de la campia cor-
dobesa, como en la aislada La Cava, en el Delta del Ebro) de cual-
quier identificacin con la nueaa mentalidad de obreros asalariados, muy
profesionalizados, y adictos al rgimen empresarial que pretenda atri-
buirles la ideologa de la modernizacin agraria (por ej., como hemos
visto, en anterior seccin 2, Tamames y Naredo, hacia 1971, etc.).
En realidad, la fundamental y extraordinaria investigacin mo-
nogrfica de Juan Martnez Alier -hacia 1964/65-, titulada La
estabilidad del latifundismo, pero mucho ms significativamente sub-
titulada: Anlisis de la interdependencia entre relaciones de produccin
y conciencia social en la agricultura latifundista de la Campia de Crdo-
ba, haba mostrado ya suficientemente, con el rigor y la brillan-
tez de un clsico de la investigacin sociolgica, la supervivencia,
o quizs mejor la continuidad -para el caso de la campia
cordobesa- de una misma concepcin anti-lat^ndista entre los obre-
ros agrcolas. Como es bien conocido, la investigacin de Mart-
nez Alier, basada en un estudio de observacin participante, du-
rante largos meses, con empleo de tcnicas de encuesta comple-
mentarias, realizaba un completo y profundo anlisis de la con-
ciencia jornalera, como un fenmeno ideolgico inherente a la pro-
pia estructura del latifundio y estrechamente vinculado a una rei-
vindicacin antilatifundista, que reclama su reparto o socializa-
cin mediante la aplicacin del trabajo de los hombres sin tierra
a la tierra sin hombres72.
En el caso de nuestras tres reuniones de grupo del 75, la unidad
del discurso de los obreros agrcolas de tres zonas tan heterogneas
tiene su clave y origen en la comn conciencia de clase que surge
de su situacin de marginacin y dependencia: los trabajadores
del campo de los tres grupos se consideran, de forma definida y
explcita, como una clase particular, determinada por la exclusin
de la posesin de la tierra y por el carcter eaentual de su empleo
como fuerza de trabajo por el sistema-econmico. Somos
eventua[es...^.73 -se autodefinen todos los grupos en cuanto
72 Cfr. Juan Martnez Alier, op. cit. reseada en nota 8.
73 (Las citas de las discusionu de ^upo hacen referencia a la RG corres-
pondiente, y a las pginas de su texto mimeografiado) RG2 Fuentedecantos,
p. 3.
2 11
clase-; a la vez que tienden a hacer de la eaentualidad el criterio
de pertenencia a la clase trabajadora: para la clase trabajadora...
para los obreros eventuales74, contraponindose como clase par-
ticular -como trabajador eventual' S- a las restantes: un
obrero de la clase nuestra76. Esta conciencia de constituir una clase
particular, segregada y dominada por las otras, culmina en su dis-
curso con su contraposicin, en cuanto clase para s, a todas las
restantes clases y al sistema econmico global que la estructura
y establece de modo permanente: los obreros agrcolas de nuestras
reuniones siguen autorrepresentndose como unafuerza de trabajo
alienada por su doble exclusin de la tierra -en cuanto
campesinos- y del sistema empresarial -en cuanto obreros, ex-
plotada, despilfarrada y reprimida por un orden econmico y
social, del que ellos son anttesis absoluta; porque su reintegra-
cin en la sociedad supone y exige -piensan- la posibildad de
una organizacin racional, solidaria y justa del trabajo nacio-
nal. Su conciencia de sufrimiento y humillacin, determinada
por su carencia de tierra y trabajo fijo, se eleva a principio de
un nuevo orden social como prueba de la irracionalidad del exi-
tente y de la necesidad del nuevo, que mediante la reinte,gracin
del trabajador con los medios de produccin -la tierra para el que la
trabaja, el empleo fijo y la Seguridad Social igual para todos-,
conseguira el pleno aprovechamiento de las capacidades de la fuer-
za de trabajo nacional y de las posibilidades productivas del te-
rritorio, ahora esterilizadas de modo absurdo -acusan- por el
egosmo de las clases posesoras, que organizan la produccin y
regulan el empleo en funcin de su propio beneficio privado.
Sin duda, lo ms sorprendente de esta comnauto-identificacin
de los tres grupos -relativamente heterogneos en su
composicin- en cuanto pretendidos sujetos de una misma clase
dominada, por todas las otras, y definida precisamente por la eaentua-
lidad laboral, es el hecho de que tan slo uno de los tres grupos
(precisamenteel menos radical en sus planteamientos) estaba cons-
tituido ntegramente por obreros eaentuales o jornaleros, propiamen-
te dichos: el grupoRG2de Fuentedecantos (Extremadura), com-
74 RGI Palma del Ro, p. 20.
75 RC3 La Cava, p. 20.
76 RGI Palma del Ro, p. 9.
2 12
puesto por 8 jornaleros de edad madura (40/50 aos); mientras
que la RGI de Palma del Ro (Crdoba) integraba a la vez obre-
rosfijos y eaentuales (4 fijos/4 eventuales, en torno a los 35 aos);
y por ltimo, en el grupoRG3 de La Cava (Delta del Ebro), todos
los componentes (8 en torn a los 40 aos) eran obreros con un
empleo o trabajo fijo. Pero la eaentualidad y/o el paro constituye
-negativamente- el modelo de referencia que unifica la din-
mir.a de los grupos. De este modo, la conciencia de constituir una
condicin social proletarizada refleja y expresa una triple dife-
renciacinnegatiaa del obrero agrcola dentro de la estructura de
clases nacional. Ya que los asalariados del campo se autodefinen
por exclusin frente a los tres sistemas de integracin social domi-
nantes en el modelo de desarrollo establecido: la ciudad, la pro-
piedad de la tierra y los puestos de trabajo fijos y profesionaliza-
dos:
a) Frente a la ciudad, los obreros agrcolas sienten que com-
parten -con el campesinado en general- una misma situacin
como conjunto dominado, explotado y preterido por el Estado
y el sistema social en general:
-Esta discriminacin que existe entre las industrias y el cam-
po, en materia de Seguridad Social... esto pues es un clamor de
todos los trabajadores del campo, ^que por qu? a la industria
le da derecho... y es que a nosotros los del campo o... no nos dan
el dinero igual que a ellos?... ^es qu acaso no somos todos
espaoles?".
b) Pero en el seno del propio mundo rural, frente a los pequeos
campesinos -propietarios o cultivadores directos-, los asalaria-
dos de la agricultura se contraponen como una clase distinta que
privada de toda forma de posesin de la tierra, queda reducida
a ser pura fuerza de trabajo, a constituir una clase de braceros
sin ms bien social que la oferta de sus brazos:
-Es que el autnomo tiene siempre, ^verdad?, puede te-
ner la finca para su vejez, y Vd. ^qu tiene? para... para su
vejez78.
" RG3 La Cava, p. 10/11.
7e RC3 La Cava, p. 42.
2 13
-El campesino que es desconfiado de por s... no es
el bra-
cero, es el campesino...79.
-Yo no llevo nada de tierra, tengo que valerme de mis
brazos80.
c) Por ltimo, encontraposicin con los obreros de las empresas in-
dustriales, los ^jornaleros^ del campo
se sienten discriminados como
fuerza de trabajo eventual, carente de cualquier estabilidad en el
empleo, de empleo mismo durante la mayor parte del ao, y de
Seguros Sociales equivalentes a lo^de los obreros industriales:
-Cualquier seor que est en una empresa por ejemplo en
Dragados, culquier empresa, y tiene su paga, 5 meses, 6 cobra-
dos, 400 500, lo que sea, la categora que tenga... ^por qu un
hombre como nosotros que estamos dando un fruto a Espaa en-
tera, dando la comida y todo eso, ^eh! si ests malo, o por ejem-
plo no tiene... no encuentras trabajo, ests desamparado de... de todo
el mundo...? ... Durante el ao (en cambio) vendrn a trabajar unos
6 meses la mayora de los agricultores... 581.
La eventualidad resume, as, todo este sistema de exclusiones,
y constituye y simboliza -para ellos- la proletarizada condi-
cin de la inmensa mayora de los trabajadores del campo: zQu
puede haber fijos...? fijos, fijos pues, puede haber... muy pocos
-indican los braceros de Fuentedecantos82-, el 10% fijos y los
dems eventuales- precisan los de Palma del Ro83. Y a travs
de su autodesignacin como eventuales -como braceros o
jornaleros-, los obreros agrcolas se reconocen, en cuanto
cla-
se para s, como la poblacin trabajadora ^.proletaria^., por antonomasia,
sin ningn tipo de ^iropiedad, sin ninguna estabilidad en el empleo, sin
seguros sociales (o con seguros sociales -segn ellos- infradota-
dos), reducida a la desnuda posesin de la pura fuerza de trabajo
de sus brazos. Lo que casi les lleva a contraponerse, de forma
reivindicativa, como nica, autntica y exclusiva clase trabajadora
frente a las restantes clases de espaoles: el que trabaja (el que
79 RGl Palma del Ro, p. 55.
80 RG3 La Cava, p. 25.
$ 1 RG3 La Cava, p. 9.
ez
RG2 Fuentedecantos, p. 2.
83 RGI Palma del Ro, p. 34.
2 14
tiene que trabajar con sus brazos para vivir) pues casi todo se lo
merece... porque es el que rinde, el que produce
-se autoexal-
tan los obreros de Palma del Ro-, pero en fin... repartamos la
cosa con aquel que trabaj a y con
aquel que no trabaj a84.
c) Ambigiiedad
de la conciencia jornalera
y diversidad
ideolgica latenta en el discurso jornalero bsico:
alternativas estratgicas
frente a la crisis
Emergente en una misma situacin bsica de clase
(trabajo eaen-
tual en unsistema latifundista), laconciencia jornalera -si bien tiende
a reivindicar, de un modo u otro la religacin con la tierra- en-
traa, no obstante, en sus manifestaciones espontneas una gran
ambig^
edad ideolgica y poltica. Pues la reaccin de reclama-
cin o protesta de los jornaleros frente a su
separacin de la tierra
(ncleo motivacional estructurante del
discurso jornalero bsico),
pa-
rece orientarse, en un segundo momento, por tres alternativas
o sentidos ideolgicos distintos, con muy diferentes efectos pol-
ticos latentes:
a) La actitud de
sumisin y dependencia serail
de los jornaleros
de las comarcas ms deprimidas y aisladas, que sometidos a un
sistema de cacicato tradicional,
ms o menos frreo, siguen (de for-
ma fatalista) confiando su destino a las
relaciones de clientela
lati-
fundista (esto es, al favor del amo y de sus representantes).
b) La pretensin de acceder al cultivo directo de la tierra, o
incluso a su propiedad, mediante un
reparto parcelario de las tierras,
con el eventual apoyo del Estado; que en el limitado contexto de
la presente investigacin, parece ser caracterstica de los trabaja-
dores agrcolas eventuales de las zonas latifundistas ms desarro-
lladas y abiertas.
c) La reivindicacin de una colectiaizacin de la tierra
-la tie-
rra para los
que la trabajan-; que con distintos planteamientos
tcticos sigue reproducindose por las minoras de vanguardia del
moaimiento jornalero,
en las regiones latifundistas con una mayor
tradicin poltica de lucha colectiva por la tierra.
84 RGl Palma del Ro, p. 69.
2 15
En cualquier caso, la decantacin reivindicativa final de la con-
ciencia jornalera, depende tanto de las condiciones especficas de
la comarca latifundista en que emerge, como sobre todo de su
articulacin poltica por unmoaimiento sindical jornalero, a su vez
condicionado por las contradicciones, bloqueos o rupturas de la
dinmica poltica general de la lucha de clases en todo el Estado.
Pero la autntica significacin histrica de la protesta jornalera
-en el pasado y en el presente-, slo puede empezar a com-
prenderse, si se contrapone al radicalismo de la vanguardia jorna-
lera (tica negacin de toda propiedad burguesa de la tierra), la
fluctuante ambig^edad ideolgica -abierta a todas las seduccio-
nes y presiones del poder-, en que se debaten los ncleos de jor-
naleros, cuando han de enfrentarse por s mismos, indiaidualmen-
te, a todas las adversidades de su dura condicin.
De hecho, la ms o menos afortunada (aleatoria) unidad sig-
nificativa de las tres discusiones de grupo jornaleras del ao 75, aqu
comentadas, procede precisamente de la coincidencia de sus res-
pectivos discursos grupales con las tres orientaciones o alternati-
vas ideolgicas bsicas, en que tiende a desarrollarse -con toda
su ambigiiedad- la conciencia jornalera, tanto frente al orden agrario
latifundista, como frente a las propias consecuencias de la crisis
econmica.
Ya que en el caso de nuestros tres grupos de obreros agrcolas
de referencia, la lucha ideolgica que subtiende y va diferencian-
do, finalmente, la discusin de cada grupo -dinamizada por el
fantasma... y la creciente realidad de la crisis- se debate entre
tres alternativas fundamentales, que de hecho constituyen los vec-
tores estructurantes de la conciencia espontnea de clase (o particu-
lan) de los trabajadores asalariados del campo:
a) elfatalismo y la pasividad (servil) -predominantes en laRG2
de Fuentedecantos-, de los que sintindose condenados a la extin-
cin como clase, ya casi al final de su vida laboral, acentan an
ms su dependencia psicolgica de la gran propiedad agraria;
b) el indiaidualismo (pequeoburgus y promocionista, pero re-
gresivo) de los que siguen soando con el acceso al cultivo direc-
to de la tierra(y que inspira el discurso, muy homogneo y cohe-
rente de la RG3 de La Caaa);
2 16
c) ... y en fin, el radicalismo (proletario, pero ruralista) del n-
cleo hegemnico en la (ms densa y ms diversa y conflictiva)
discusin de grupo de Palma de[ Ro (RGI), que desde una posi-
cin centra] y mediadora (en su sentido dialctico), pretende pro-
seguir, de modo consciente y a la vez voluntarista, el viejo com-
bate (sangrientamente interrumpido) por la colectivizacin de la
tierra.
Semejantes orientaciones bsicas -el servilismo deseperan-
zado, la reivindicacin individualista de la redistribucin de la
propiedad y la utopa revolucionaria de la colectivizacin de la
tierra-, que estructuran (explcita o implcitamente) la discusin -
esto es, la lucha ideolgica interna- de todas y cada una de nuestras
(tres)
discusiones o reuniones de grupo, vienen a ser -en
definitiva- aqullos ncleos diferenciados de la
conciencia j ornale-
ra espontnea,
que mediados por movimientos de masas ms o me-
nos organizados, pueden articularse
con muydistintos -e inclu-
so contrapuestos- proyectos sociales y polticos. Como escriba
en el Inf. 1975 :
Dentro de un contexto global unitario, la diferen-
ciacin entre las actitudes dominantes en los tres distintos grupos
encuestados se produce al nivel de las exigencias explcitas de cam-
bio yde la orientacin de la solucin f^nal. En el extremo inferior
de exigencias, se sita la depresiva e impotente
actitud de la RG2
de Fuentedecantos -representativa de los estratos de obreros agr-
colas, con condiciones de existencia mnimas, sometidos al paro,
con escasa cultura, de las zonas ms estancadas
y pobres-. Los
trabajadores de la RG2, en paro y ya hac^a los 40/50 aos, se li-
mitan a protestar contra el cercamiento y la mecanizacin de las
fincas, y tan slo se atreven a sugerir su reorganizacin producti-
va, de forma regresiva, cara a una pasado premecanizado, re-
construyendo una estructura productiva primitiva, en la que se
supone que ^^haba trabaj o para todos.^.
Pero los rudos, patticos y
desesperados braceros de Fuentedecantos -que siguen confiando
en una fuerza externa que resuelva sus problemas-, comparten
la conviccin de todos los grupos de que una tierra ms distribui-
da producira ms y resolvera los problemas sociales de la co-
marca, aunque no sean siquiera capaces de formalizar cmo de-
bera realizarse esta redistribucin. Por su parte, la
parcelacin de
las explotaciones actuales, mediante su reconversin en regado,
constituye la autntica obsesin del grupo de trabajadores (rela-
2 17
tivamente) fijos de La Cava -representantes de los estratos su-
periores de obreros en mejores condiciones y con mayor cultura,
en una zona abierta y(relativamente) desarrollada-, que ven
en el reparto de tierras
-combinado con frmulas ms o menos coo-
perativas de mutuo apoyo- el origen de un desarrollo agrario
desde y para la agricultura. La multiplicacin de explotaciones,
transformndolas de extensivas -cereales: arroz- en intensivas
-huertas-, absorbera -afirman- el actual excedente de ma-
no de obra agraria en paro o subempleo, poniendo fin a la emi-
gracin y a las relaciones de dependencia respecto a la ciudad,
y constituyendo el punto de partida de una industrializacin pau-
latina y equilibrada del propio mundo rural. (Con lo que los obre-
ros de La Cava -que en algunos casos son cultivadores directos
a tiempo parcial-, tienden a coincidir con las aspiraciones de
los pequeos campesinos a un desarrollo agrario autnomo, ba-
sado en explotaciones de carcter personal, reforzadas por estruc-
turas cooperativas, frente al modelo capitalista de la gran explo-
tacin, defendido o aceptado como nica va de carcter racio-
nal, por la mayora de los economistas y socilogos rurales del
momento, cuyas hiptesis y conclusiones estamos contrastando).
En una posicin central, respecto a las aspiraciones semi-
conscientes al reparto de los jornales de Fuentedecantos, y al pro-
grama de desarrollo agrario pequeo campesino de la reunin de
La Cava, se sita la conciencia dominante entre los trabajadores
-inteligentes, crticos, (relativamente) politizados, herederos de
una tradicin cultural viva- de la RGI de Palma del Ro: para
ellos, el reparto -realizacin del justo y racional principio de la
tierra para el que la trabaja- aparece como un medio de trans-
formacin de la estructura latifundista, que elimina su carcter
improductivo y su explotacin de la fuerza de trabajo, a la vez
que prepara al campesinado para su reagrupamiento progresivo
y voluntario en un futuro .^r,^imen de explotacin colectiva de la tie-
rrco^. De forma simplificada, puede as considerarse que estas (tres)
alternativas o proyectos de transformacin social agraria delimi-
tan -como sus (tres) polos latentes de gravitacin- el
campo ideo-
lgico de manifestacin de la conciencia jornalera espontnea, en toda su
ambig^edad. Cul de ellos imponga finalmente su hegemona de-
pende, por supuesto, de la forma concreta que adopte la lucha de
clases global -y la correspondiente movilizacin poltica de las masas-
2 18
en una situacin histrica determinada por la articulacin de la
estructura de clases del Estado con el sistema econmico mun-
dial.
Pero en el plano ideolgico imaginario (pre-poltico) de la situa-
cin bsica de un micro-grupo (... cuya regla fundamental de cons-
titucin y funcionamiento es [Link] atreaerse a expresarlo
todo, siempre que todo lo que se diga ^rno se acte^, o carezca de conse-
cuencias prcticas inmediatas...),^ nuestros (tres) grupos coinci-
den por completo en su comnident:ficacin especular -como he-
mos visto- con el rquetipo laboral (negativoo contra-idealizado)
del sujeto dominado y explotado, esto es: con la histrica figura
del jornalero eventual. Por ello mismo, su discurso bsico comn re-
produce, en cuanto expresin espontnea e inmediata de la con-
ciencia jornalera, la imagen primitiva -caracterstica de las con-
cepciones ideolgicas ^iopulistasBS de la estructura social o de clases en
cuanto divisin dicotmica de la sociedad en opresores y opri-
midos, que se vincula de forma inmediata -como Stanislaw Os-
sowski ha sealado^- con la nocin de protesta frente a la usur-
pacin de la tierra por una oligarqua dominante^., que funda sobre
la violencia su ilegtima apropiacin del suelo, a todos pertene-
ciente. Orientada de modo directo contra la estructura latifundista,
semejante divisin dicotmica radical de la sociedad tiende a ex-
presarse -en el discurso jornalero bsico de nuestros grupos-
mediante la tajante contraposicin -como ya vimos- entre los
que trabajan (es decir, los propiosjornaleros) y^los que no trabajan
(en primer lugar, los usurpadores latifundistas, y despus, de for-
ma sorda, pero intencionalmente generalizada, todos aquellos bur-
gueses, que no trabajamos con nuestras manos,... y vivimos -
por tanto- probablemente del sobre-producto generado por el ar-
duo y esforzado trabajo jornalero). A partir de esta visin radical-
mente crtica del latifundio como una estructura (burguesa) de
usurpacin/dominacin, los obreros agrcolas de nuestras (tres) dis-
85 Sobre la nocin de la usurpacin oligrqu^a de la tiena, como clave de
la concepcinpoputista de la H^toa, cfr. mi reciente anlisis de un texto de
Joaqun Costa, en A.O.: Oligarqus y pueblo en ta concepcin popul^ta de la His-
tosia^, op. cit.
86 StanislawOssowski: Estnutura de clases y conciencia socialH, Ediciones
Pennsula, 1969, pgs. 28-29 y 42-43.
2 19
cusiones de grupo concluyen as generalizando su concepcin rural
(^iopulista) del orden establecido a la misma sociedad global, repre-
sentada como un sistema de dominacin y conflicto permanen-
tes. Pues es el sistema general de las relaciones sociales estableci-
das (en cuanto relaciones de poder) el que reduce precisamente
al aisladoj ornalero a purafuerza de trabaj o -vienen a pensar, de
forma ms o menos explcita, estos mismos obreros agrcolas-,
sometindole a un cclico y alienante alquiler> o desesperada ofer-
ta de brazos, en exclusivo beneficio de las clases burguesas ru-
rales y urbanas, y en particular de aquellas fracciones del capita-
lismo especulatiao, cuya rentabilidad se obtiene -de forma directa-
mediante la explotacin del sobre-trabaj o jornalero (es decir, gra-
cias a relaciones que, en trminos marxistas, se asimilaran a la
nocin de una detraccin ms o menos forzada de plus-Uala abso-
lutas). En este sentido, el discurso jornalero bsico de nuestros
grupos de obreros agrcolas casi se aproxima a la concepcin es-
tructural marxista de la sociedad como materializacin de un sis-
tema general de relaciones de fuerza, cuya finalidad sera -
segn la conocida definicin de estructura agraria por Michel
Gutelman87- la apropiacin de una fraccin del trabajo social:
aquella que sobrepasa las necesidades propias de los prductores
directos. Lo que explica la insistencia con la que estos trabaj ado-
res rurales (relativamente) migrantes se autorrepresentan e identi-
fican con un ej rcito de reseraa de mano de obra barata a disposicin
permanente de los grandes propietarios/empresarios burgueses
(que son muy egoistas... -denuncia la RGl Palma del Ro-, lo
quieren todo... tener los hombres todo el ao... de huelga, aqu en la
plaza... para una racha... ). Porque las relaciones de propiedad (de los
medios de produccin) parecen seguir concibindose -en el ^ire-
consciente colectiao de nuestros obreros agrcolas: j ornaleros- como un
sistema general de usurpacin (de los medios)/exclusin (de las masas
trabaj adoras), fundado sobre la (violenta) apropiacin originaria
de la tierra por la oligarqua burguesa, y carente de legitimidad.
La funcin de tal sistema sera, adems -segn el mismo discur-
so j ornalero bsico preconsciente-, la de regular las posiciones sociales
-en todos los niveles de la sociedad global-, condenando a los
s^ Michel Gutelman: Structur^s d rformes agrairesu, Franois Maspero
edit., 1974, p. 32.
2 2 0
jornaleros a su forzado destino de arbitraria explotacin en todos
los subsectores marginales de la economa, al excluirles prctica-
mente de una (idealizada) comunid,ad nacionaG^ (... ^es qu acaso no
somos todos espaoles? RG2. La Cava), no reconocindoles ningu-
no de los derechos sociales (contratacin laboral, relativa estabili-
dad en el empleo, seguros, etc.). De aqu que a pesar de la
relativa elevacin del nivel de vida tradicional de los obreros agr-
colas (hecho reflejado por nuestras discusiones de gsupo en una ms
positiva valoracin del nivel de salarios... cuando los hay); el an-
siadotrabajo, condicin para una supervivencia mnima, que hay
que volver a buscar -como en una condena sisfica- una y otra
vez, representa al mismo tiempo, para eljornalero consciente, una
forma de impuesta y alienada dependencia, en la que se agota
por completo -sin ms perspectivas- la propia existencia. Ob-
sesionado por la frrea reduccin a la servidumbre del permanen-
te alquiler de su fuerza de trabajo, al que el sistema social en
su conjunto le somete (sin excluir la propia accin de las fuerzas
del orden policial), el discurso josnalero bsico parece, en definitiva,
evocar constantemente (de modopreconsciente), en todos sus temas
y motiaos, el lugar que tiene el proceso de dominacin en el proce-
so de reproduccin del capital -por decirlo con la ajustada fr-
mula de Pierre Philippe Rey88. Sin embargo, la ambig^edad y
lmites de esta misma conciencia jornalera espontnea se anclan tam-
bin en esta obsesivaf:jacin (primitiva y populista) que denun-
cia, con radical insistencia, el carcter ilegtimo y aiolento de las rela-
ciones de propiedad burguesa, pero sin conseguir elevarse -por s
misma- a una comprensin estratgica de la compleja dinmi-
ca global de las relaciones de produccin del capitalismo indus-
trial contemporneo. Desde este punto de vista, la apasionada pro-
testa antiburguesa y anticapitalista del discurso jornalero bsico -
que vertebrados de nuestras (tres) discusiones de grupo- no parece
sobrepasar la ptica (rural) de unredistribucionismo (populista) de
los medios de produccin entre los firoductores directos. Por lo que
su latente radicalismo populista, slo podra ser polticamente ca-
nalizado, de forma profunda y duradera, ms all de las ambi-
g^edades de el reparto, por un moaimiento josnalero radical, y a su
^ Pierre Philippe Rey:
rtLas atianzas di clasa,
Siglo XXI Editores, Ma-
drid, 1976, p. 109.
2 2 1
vez articulado (hoy ms que nunca) con las fracciones (efectiva-
mente) revolucionarias del moaimiento obrero industrial (... revolu-
cionarismo por el momento poco verosmil), en una alianza ge-
neral de las clases trabajadoras resuelta y simultneamente anti-
latifundista y anticapitalista en los campos y en las ciudades.
d) Fijacin y persistencia de la imagen tradicional del
latifundio: la gran empresa agraria como estructura
oligrquica de dominacin rural.
En su progresivo despliegue, el discurso jornalero bsico surge
de la propia imagen tradicional del latifundio. Ya que desde el pri-
mer momento, los obreros agrcolas de nuestros grupos recono-
cen y explican perfectamente que el carcter coyuntural de su em-
pleo constituye unelemento estructural del latifundismo89. Con cierta
claridad, su discurso diferencia incluso entre el paro y subempleo
estructural condicionados por el ciclo de determinado tipo de cul-
tivos, y el paro y subempleo tambin estructurales en el sistema
latifundista, pero condicionados por la forma institucional de or-
ganizacin de la produccin en funcin de la mxima rentabili-
dad a corto plazo. Con respecto al paro impuesto por laestaciona-
lidad de los cultivos, los obreros agrcolas admiten su condicin
de servidumbre de la agricultura90, y comprenden las dificulta-
des actuales de la economa agraria en su conjunto para mante-
ner la actual masa de trabajadores dl campo: La agricultura
-reflexionan-91 no puede dar hoy el jornal. Pero este recono-
89 En lo que coinciden, por cierto, con la visin crtica del latifundismo
por algunos economistas. Cfr. Jos Luis Garca Delgado y Santiago Rol-
dn: ^.Contribucin al anlisis de la crisis de la agricultura tradicional en Espam^,
artculo citado, p. 263; e igualmente, Juan Anll: .^Estructura y problemas del
campo esaoG^, Edicusa, Madrid, 1966, pp. 90-96.
90 Cfr. Edward Malefakis: Reforma agraria y reao[ucin campesina en la Es-
paa del siglo XIX, Editorial Ariel, Barcelona, 2a ed., 1972, pp. 126-127,
e igualmente, Martnez Alier: Estabilidad del latifundismo, op. cit., p. 252.
Ambos autores coinciden en sealar el carcter inevitable y peculiar de la
agricultura extensiva del latifundismo, que obliga a disponer de una exten-
sa mano de obra, slo para determinadas ocasiones a lo largo del ao.
9 1 RC2 Fuentedecantos, p. 9.
2 2 2
cimiento les sirve precisamente para atacar la estructura latifun-
dista y exigir su cambio: los cultivos extensivos con fuerte esta-
cionalidad y todos aquellos que exigen escasa mno de obra son
-segn ellos- una consecuencia necesaria de la actual concen-
tracin en grandes fincas de las explotaciones en sus zonas res-
pectivas. Tal y como se llevan ahora92 estas fincas, critican, no
tienen ninguna de las supuestas ventajas que atribuyen a la gran
dimensin los economistas partidarios de un desarrollo capitalista
acelerado de la agricultura. Por el contrario, todos los grupos han
insistido en la vieja imagen del rgimen latifundista como una
estructura de bajsima productividad, que esteriliza gran parte
de las posibilidades productivas, sacrificndolas a criterios egos-
tas de rentabilidad a corto plazo de los grandes propietarios o
empresarios93. Imagen que se concreta en la idea de la parcela
abandonada y estril -un parcela que se queda en paro; eso
no sirve para nada94-; y en la acusacin reiterada de la limi-
tacin o destruccin de las cosechas para mantener los precios y
la rentabilidad: porque resulta que cualquier cosecha estn ti-
rndolas por la borda... porque les va a salir lo comido por lo
servido95. Frente a este comportamiento maltusiano del empre-
sario latifundista, los obreros agrcolas -tanto en el Sur como
en el Delta del Ebro- suean con hacer producir mejor a las tie-
rras con su cultivo directo y personalizado^. O por lo menos, los
obreros agrcolas piensan que las actuales grandes fincas cultiva-
das de modo ms intensivo, incluso con mano de obra asalaria-
da, daran un producto total mayor y crearan muchos ms puestos
de trabajo en la propia agricultura: porque aqu hay casa, ^eh?,
que tienen 200 fanegas de tierra y pueden tener 4 5 hombres
empleados.... sin embargo, no tienen ninguno -protestan los de-
92
RC3 La Cava, p. 25, pero igualmente en las otras dos RG.
93 Hay que recordar que se trata de un anlisis del propio discurso ideo-
[gico de los obreros agrcolas (de la coherencia interna de sus creencias e
imgenes de la realidad); y no de su contrastacin terica.
94 RCl Palma del Ro, p. 60.
95 RGl Palma del Ro, pp. 17-18.
96 RG3 La Cava, p. 22. Los obreros del Delta del Ebro -con tradicin
de una agricultura intensiva- insisten particularmente en la mayor produc-
tividad po^ Ha. de las pequeas explotaciones personales (sin valorar el pro-
pio sobreesfuerzo) frente a las grandes explotaciones extensivas.
2 2 3
sesperados jornaleros en paro de Fuentedecantos97-
... por 200
300 fanegas vivamos, zsabe Vd?, que le podran dar de comer
a muchos obreros. Ms radicales, los obreros de Palma del Ro,
acusan directamente, por ltimo, a los propietarios latifundistas
-a los seoritos- de no labrar la tierra, o de no recoger o des-
truir las cosechas, para mantener no slo la rentabilidad, sino tam-
bin su poder sobre los trabajadores de la comarca, ejerciendo
represalias: algunos propietarios son... son labradores... neta-
mente buenos, pero que otros no, ^eh?, otros no labran la fin-
ca... adems tienen el caso del... seor X... que ese dira que mejor
que darle dinero a la gente de Palma, no s por qu... la tirria
que le haba tomado a la gente de Palma, que dejaba la cosecha
tirada... que la dejaba... sabes que Z... hace un ao o dos... me-
ti los trastos por no pagar los jornales, t lo sabrs, ^no?... No,
no era precisamente, porque le exigan ms sueldo y no quiso pa-
gar... (en otro caso) la aceituna se la ech, por no venderla en
los molinos... , se la ech a los cochinos98.
No resulta, pues, extrao que la imagen ideal tpica de la empresa
agraria de los obreros rurales no haya sufrido casi modificaciones,
y siga coincidiendo con la negativa imagen tradicional del lati-
fundismo y de los latifundistas: no hay empresa buena
-podra decirse en el estilo coloquial de los grupos-, y todo em-
presario agrario no pasa de ser un cacique latifundista99. Los
trabajadores de los grupos aparecen firmemente convencidos de
que -con excepcin de algunos casos extraordinarios (de autn-
ticos labradores buenos y patriarcales, no de modernos
empresarios)-, en general, los patronos se oponen a toda re-
forma agraria; mientras que el inters de las empresas est en
mantener a toda costa el carcter eaentual de los asalariados agr-
colas, resistindose a la concesin a los mismos de cierta estabili-
dad en el empleo y de cualquier derecho social. Ahora como an-
tes, con o sin mecanizacin, el empresario agrario se dibuja en
97 RG2 Fuentedecantos, p. 10.
9a
RGl Palma del Ro, pp. 18-20.
99 Martnez Alier -en.^La estabilidad del lat^ndismo, op. cit., pp. 86 +
205-207- seala el hecho de que la negacin de la legitimidad del rgimen
latifundista por los obreros (esto es, su radical negativa a considerar al se-
orito latifundista como un empresario) constituye la clave ideolgica de
la inestabilidad del [atifundismo.
2 2 4
los grupos como un dspota con un derecho absoluto y arbitrario
al despido libre, que procura mantener a los trabajadores en una
situacin de permanente dependencia, excludos de los seguros
sociales y sobreexplotados. Est el caso de que el patrn como
se encuentran con libre contratacin... les despide sin darles...
explicacion a nadie, nada ms que `mira habis terminado' ...
comenta el grupo de Palma10. En el mundo rural no slo sigue
sin extenderse el tipo del trabajadorfijo, estable, bien remunera-
do o integrado, en la empresa, sino que la reaccin de los empre-
sarios es -segn nuestros grupos- la de impedir, por todos los
medios, cualquier forma de estabilidad: Los patronos le temen
a la Seguridad Social... los chavales con 18 20 aos... que van
a cumplir esa edad... estn muchos talleres dejndolos...101.
Esta imagen negativa de la empresa agraria tpica como ex-
plotadora y miserable, opuesta a cualquier integracin del traba-
jador, no la proyectan, adems, los obreros agrcolas, de forma
exclusiva o primaria sobre las explotaciones agrarias de tipo tra-
dicional, anticuadas, irracionales, sin capacidad de adaptacin
a las nuevas exigencias, etc, etc, ... sino sobre todo tipo de empresa
agraria, incluidas las ms modernizadas y potentes. Precisar-^ente
en el Delta del Ebro, la empresa modelo -recomendada por el
P.P.O-, que deba constituir el polo de la modernizacin en
nuestra investigacin, fu duramente criticada por los trabaja-
dores que -a pesar de reconocer su gran desarrollo tecnolgico-
la presentaron, de forma espontnea, como un ejemplo de injus-
ta explotacin y desprecio de los derechos elementales del traba-
jador: esa finca pues tiene lechuga en invierno, alcachofa en in-
vierno..., ha dado tomate... y:.. lo que le da la gana, o sea que
all continuamente estn trabajando, en invierno y en verano... -
reconocen los obreros de La Cava, algunos de los cuales han tra-
bajado o trabajanen la misma, pero pasan a atacarla ferozmente
desde el punto de vista social102...-. Ahora, trabaja mucha gen-
te, a lo mejor trabajan pues cuatro o cinco das y despus... Y
10 RGl Palma del Ro, p. 72.
101 RGI Palma del Ro, p. 30.
102 RG3 La Cava, p. 39. Igual actitud de rechazo social de las empre-
sas agrarias ms rnodernizadas entre los obreros agrcolas de RGI Palma
del Ro, pp. 39-40 + p. 70.
2 2 5
esa empresa es...
es una mala empresa...,
lo dijo aqu uno de los
trabajadores ms honrados del pueblo, y que trabajan para
una
finca
que es la mcs deshonrada del fiueblo...
Esto quiere decir que esta
finca
cuando tiene un trabaj ador que lleaa. .. cierto tiempo trabaj ando all,
los quitan y les dice que... o sea,
que no son fijos..., porque all fi-
jos... pues habr
100 trabaj adoresfijos. Lo que pasa es que n son fijos,
porque la empresa, pues, claro,
existe all un cacique, y este caci-
que, pues, lo que pasa es que un trabajador que trabaje ms o
de 6 meses o un ao ya, en fin, que le pide sus derechos, y l
lo que quiere es... (que) no pueda coger derechos. En definitiva, los
obreros agrcolas de nuestros grupos son muy onscientes de -o
creen, con o sin razn- que la estabilidad en el empleo les es
negada, dentro del sistema econmico actual, porque constitu-
yen una
reseraa de mano de obra disponible
para las empresas agra-
rias
-de todo tipo: tradicionales ymodernas-, arbitraria-
mente sometida a las exigencias de rentabilidad de las mismas;
o lo que es lo mism, que su paro crnico y/o su subempleo son
un elemento institucional
del rgimen latifundista. Su funcin co-
mo elemento del sistema econmico y como clase social concreta
es, pues, as -descubren los jornaleros de Palma'03 la de perma-
necer a disposicin de las conveniencias de los patrones: que son
-dicen- muy egostas... lo quieren todo...
tener los hombre todo
el ao... de huelga aqu en la plazula... para una racha...
para una
racha quieren tenerlo ah, y que no produzcan... no se produzca
para la nacin... -piensan, contraponiendo la produccin po-
tencial desaprovechada a la egoista rentabilidad privada- ... Que
se levante la economa del pas, eso no les interesa a ellos... Eso
no es rentable, eso no es rentable. El mantenimiento del
niael
de rentabilidad
de los empresarios exige, por el contrario, la reduc-
cin de los trabajadores agrcolas a un fondo de reserva: cuando
llegue la poca del trabajo cogerlos, y luego dejarlos all104.
' 03
RGI Palma del Ro, p. 32.
104 RG2 Palma del Ro, p. 35.
2 2 6
e) Ambivalencia de la modernizacin/mecanizacin agraria
en la conciencia jornalera: la virtual racionalidad/
legitimidad de la mecanizacin dependen de una previa
reforma agraria (redistribucionista o colectivizadora).
En el marco de esta situacin econmica. y social concreta,
la mecanizacin de la agricultura en marcha105 no es considera-
da por los obreros como un proceso de racionalizacin de los cul-
tivos y de autntica elevacin de la productividad, sino como un
procedimiento para consolidar las viejas estructuras econmicas
y sociales del latifundismo rural. En cuanto respuesta a la eleva-
cin de los salarios agrarios medios, el objetivo especfico y ex-
clusivo de la mecanizacin es -piensan- el de eliminar la ma-
yor mano de obra posible, esto es, el de desplazarles a ellos del
sistema productivo: aqu, para nosotros -observan106-, las mc-
quinas las traen para pararnos a nosotros. Ya que el proceso de mo-
dernizacin industrial de la agricultura, que implica -tanto en
el campo, como en la propia industria- la mecanizacin de los
cultivos, no constituye -segn su propia experiencia- un pro-
ceso de ampliacin del sisteina productivo, para crear mayor n-
mero de puestos de trabajo fijos, sino una operacin para despla-
zar a la gente del campo, aumentando el ejrcito de parados: pero
puestos de trabajo no (crea el actual desarrollo) -critican107-,
porque la maquinaria viene para desplazar al hombre al paro. Como
en el caso de los pequeos campesinos, tambin la actitud de los
obreros agrcolas frente a la maquinaria es ambiaalente, si bien -
claro est- por diferentes razones: los trabajadores de los tres
grupos reconocen que la maquinaria racionaliza el trabajo, eli-
mina o reduce la fatiga, eleva la productividad...; pero dentro de
la actual estructura empresarial y del actual modelo de desarro-
llo, todas estas funciones las realiza al servicio del capital, dentro
de los lmites impuestos por sus intereses, y de modo mezquino
a costa y en contra de los intereses de los obreros. La maquinaria
ios
El nmero de personas activas por tractor -recordemos- ha pasa-
do de 169 -en 1957- a slo 11 -en 1971-, segn observan Garca Del-
gado y Roldn, artculo citado, pp. 313-314.
106 RGl Palma del Ro, p. 51 +RG2 Fuentedecantos, pp. 1 y 9.
107 RGI Palma del Ro, p. 49.
2 2 7
-desenmascaran y precisan los obreros de Palma108-
no est al
seraicio del trabajador, est al seraicio del patrn...
al servicio del capi-
tal.
Y ha sido introducida -llegan incluso a sugerir- para
aumentar la tasa de plusaala, obtenida del trabajo del obrero: un
hombre... antes con la hoz, ganaba, por ejemplo, diez duros...
ahora un to... gana... con una cosechadora... pero cuntos mi-
les de kilos de trigo saca al da... y le pagan 400 Ptas. Los obre-
ros
-argumentan con gran coherencia- estaran de acuerdo con
la
maquinaria, si sta estuviese puesta al servicio de los trabaja-
dores, y no al servicio del capital, para librarle de los trabajado-
res arrojndolos al paro; o por lo menos, si la mecanizacin de
la agricutura se integrase en un modelo de desarrollo industrial
que -a semejanza de otros pases extranjeros- fuese, de modo
paralelo, creando puestos de trabajo en la industria (mejor, en
un medio rural industrializado), a la vez que reduca el nmero
de puestos de las explotaciones agrarias: La maquinara... yo
estoy... bueno, totalmente de acuerdo con la maquinaria, por-
que, seores, icunto trabajaban aquellos seores que estaban co-
giendo trigo! ... , adems el desarrollo industrial. ..(es necesario). .. ,
(pero) -discuten los de Palma109-
cuando el obrero est empleado en
otro lado...;
el desarrollo de la industria lo considero justo cien por
cien... adems que yo creo que
cuantas ms maquinaria haya mucho
mejor...
-reconocen, concluyendo con la armoniosa escena de una
agricultura totalmente tecnificada, en el marco de un desarrollo
industrial equilibrado-; ... y el tractor arando slo. .. puesto al ser-
aicio del hombre,
pero esos hombres estn en una fbrica, en una
industria....
Aterrados (tal es su actitud) por los avances de la
modernizacin agraria en su pobre comarca -^sabe Vd. ... que
han encercado todas las fincas de alambre?, zsabe Vd. y el ganado
se guarda slo?... han cercado todas las fincas, eso era para que
Vd. lo viera... las fincas para ahorrarse servidumbre. zsabe
Vd.?10, los patticos jornaleros de Fuentedecantos menos cul-
tos y expresivos- llegan, a nivel racional, a la misma conclu-
sin: hombre si la maquinaria, ... y si tuvieras medios por otro
lado, pues no es problema ninguno... estaba (entonces) bien el
ios
RGl Palma del Ro, p. 49.
109 RGl Palma del Ro, pp. 49-51.
10 RG2 Fuentedecantos.
2 2 8
alambrado, estaba bien el alambrado... siempre que t tuaieras un
lugan>" '. Pero todos estn convencidos de que, a travs de la va
de desarrollo establecida, tal lugar para el obrero desplazado no
existe, y de que las perspectivas prximas -dada la gran crisis
econmica mundial en estos momentos- son cada vez
ms som-
bras. En este clima masoquista
de desesperacin final -tan se-
mejante al de los pequeos campesinos, pero ms amargo
todava-, la mquina concluye siendo evocada como un mons-
truo kafkiano que devora a los viejos obreros: Los viejos que es-
tamos aqu... van a tener que traer una mquina de esas de Ma-
drid -inventan con resignado humor masoquista los viejos bra-
ceros extremeos12- y de dos hacerlo uno, para luego as po-
demos..., ^no?, meternos en la mquina y de dos, de dos, que
salga uno.
Con el mantenimiento de la actual estructura institucional de
la empresa agraria, y de todas las estructuras conexas del sistema
latifundista -esto es- sin una reforma agraricu^,
como observa el
grupo de Palma13, la mecanizacin no resuelve los problemas
del desarrollo rural, ni tampoco crea ese (mitificado) modelo -
piensan los obreros agrcolas- de gran empresa racionalizada con
una plantilla de obreros fijos y(relativamente) profesionalizados.
Realizada al servicio del capital y en contr del trabajo, la meca-
nizacin se limita -segn los obreros agrcolas- a orientar la
explotacin hacia aquellos cultivos extensivos y de fcil laboreo
-cereales, arroz, etc.- que necesitan [Link] de mano de
obra asalariada, y resultan de una rentabilidad mxima para los
grandes propietarios"' . Tal orientacin concreta elimina as pre-
cisamente la alternativa de un desarrollo agrario -soado por
los obreros- basado en cultivos intensivos -huerta, remolacha,
etc.-, que exigiran bien la multiplicacin de puestos de trabajo
ms o menos estables, bien la parcelacir_ y redistribucin de las
" ' RG2 Fuentedecantos.
12 RG2 Fuentedecantos, p. 18.
13 RGI
Palma del Ro, p. 49.
14 Los economistas Garca Delgado y Roldn ya observan (hacia
1972/73) como los cultivos poco mecanizables ycon fuerte peso de la mano
de obra -por ej., el olivar- manifestaban una tendencia regresiva, frente
a la expansin de aquellos otros con mayor mecanizacin y menor empleo
de trabajo: cfr. su artculo citado, pp. 297-301.
2 2 9
tierras, bien frmulas complementarias de tipo comunitario, que
sirviesen para el mantenimiento de la actual poblacin rural arrai-
gada en sus comarcas, sin verse forzada a la emigracin15. Los
obreros
son tambin muy conscientes del hecho -que
denuncian- de que la
forma social concreta del actual proceso de
mecanizacin conduce hacia una mayor
concentracin oligrquica de
la propiedad, . la riqueza y el poder enel mundo rural, que consolida
sus tradicionales estructuras caciquiles: aqu habr un momen-
to que entre 4 5 (
de seguir el actual proceso) Ileven... casi todo
el pueblo -denuncian los trabajadores
de La Cava16- estos
son cuatro familias,
y estn utilizando a mil familias, igual que pasa
en este pueblo... en los dems pueblos. Siguiendo esta va, la
imagen de la modernizacin agraria para los obreros agrcolas
entraa -en conclusin- la creencia de que el actual desarrollo
incrementa la dependencia y la explotacin de las masas rurales
por el capitalismo agrario en expansin.
f)
Autoconciencia e identificacin social jornalera de los
obreros agrcolas: un forzado ejrcito de reserva migrante
al servicio del capitalismo especulativo
Por todo ello, lamodernizacin/mecanizacin agraria lejos de esti-
mular a nuestros obreros agrcolas con el espejuelo de un futuro
ms armnico, les hace reaccionar social y emocionalmente de
modo regresivo. En la dinmica motivacional de los tres grupos,
la vieja imagen del bracero.., sometido al azar de la coyuntura y
el rbitrio de los propietarios, yendo a la plaza del pueblo a espe-
rar que contraten sus brazos, sigue siendo an el smbolo emo-
cional (masoquista) ms profundo de la propia condicin, y la
humillacin radical de la que, de forma reactiva, surge el noble
idealismo del obrero rural: Aqu van a la plaza..., sabe Vd., y
vas ah a tu sombra, esperando que llegue un to... -confiesan,
15 El grupo de La Cava insista, de forma casi obsesiva, en un plan de
saneamiento y colonizacin (redestribucionista) del Delta del Ebro, que con
la sustitucin del arroz por las huertas, multiplicara el nmero de puestos
de trabajo agrcolas.
16 RG3 La Cava, pp. 16-17.
2 3 0
con amarga humillacin, los braceros de Fuentedecantos"' -, y
te vienes a las 10 o a las 11 a casa... y te pregunta (la mujer)...
un da y otro, y otro, y otro, y as....
A travs de esta impotente y desesperada conciencia de su for-
zada reduccin a pura fuerza de trabajo en alquiler permanente
-ncleo simblico de su situacin o fantasma de un pasado de-
masiado prximo que en cualquier momento puede volver a
retornar-, el obrero agrcola se siente religado (de forma maso-
quista) a esta misma tierra, que segn los racionales anlisis de eco-
nomistas y socilogos debe desear abandonar para ir en busca de
puestos de trabajo fijos en empresas racionalizadas. La tierra
para l sigue significando emocionalmente la libertad y la inde-
pendencia. Y su conciencia permanece dividida entre el ansia pro-
funda de satisfacer su hambre de tierra, arraigndose definitiva-
mente en la misma, consiguiendo la posesin de una pequea par-
cela, y su clculo racional de encontrar -dnde sea- un puesto
de trabajo permanente, que le libere -por fin- de la angustia
del paro, integrndole finalmente como un obrero ms en la so-
ciedad de consumo. Sin embargo, en su experiencia cotidiana,
la insuficiencia real y permanente de demanda de mano de obra
por el sistema econmico conjunto -agrario e industrial-, pa-
ra el trabajo manual de los peones, transforma a la ocupacin en
un bien escaso, que obliga a competir angustiosamente con una
oferta de mano de obra superabundante. De aqu que, finalmen-
te, en sus momentos ms crticos, los grupos adquieren y expre-
san -sin necesidad de consultar la bibliografia sociolgica exis-
tente hoy en el mercado del libro- la clara conciencia de que
la mayora de los obreros agrcolas jams llegarn a ser fijos en
las racionalizadas -pero insuficientes- empresas: de que -
por el contrario- sufuncin estructural es precisamente la de cons-
tituir unejrcito de reseraa, subempleadoy manipulado segn la co-
yuntura, para la estabilidad del sistema latifundista -en las reas
rurales- y para el propio desarrollo industrial -en las reas
urbanas-. La eventualidad y el paro son as reconocidos como
la condicin fundamental -y necesaria- de su propia existen-
cia.
Para seguir disponiendo de forma permanente de ese ejrcito
" ^ RG2 Fuentedecantos, p. 9.
2 3 1
obrero de reserva tradicional, ayudados ahora por la mecaniza-
cin, y para compensar el alza de los salarios, los patronos -
siguen criticando nuestros grupos- se resisten tanto a la refor-
ma agraria -a la parcelacin o la colectivizacin de la tierra (que
segn los obreros todava seran frmulas capaces de absorber el
excedente de mano de obra agraria)-, como a la industrializa-
cin-alternativa o complementaria- del medio rural. De este
modo, cuando los obreros reflexionan sobre las posibilidades de
industrializacin de su comarca rural -y suean con traer las
fbricas al campo para elaborar a11 mismo la materia prima-,
chocan -prevn- con la resistencia encarnizada del caciquis-
mo de los grandes empresarios agrarios: Me acuerdo precisa-
mente, aqu iban a montar dos fbricas... dos veces intentaron,
^y qu iuuen los patrones? eso... no de^rlo -creen y acusan los obreros
palmeos18-... no dejarlo, ^por qu?, porque si absorben esas
fbricas los trabajadores... en el campo hay que pagarle... en-
tonces no se encuentra el campesino... obrero... entonces hay que
pagarle mejor... se es el problema. Los trabajadores rurales con-
templan al rgimen latifundistas -con fincas peor o mejor ex-
plotadas, de mayores o menores dimensiones, ms o menos
mecanizadas...-, pero siempre como una frrea barrera que les
rodea por todas partes y les enclaustra en el subdesarrollo rural.
A1 intentar romper esta situacin de cerco social asfixiante,
la reflexin de los grupos les conduce, adems, al descubrimien-
to de su definitivo dstino estructural como reseraa de mano de obra
del desarrollo industrial: todo ocurre -intuyen oscuramente- co-
mo si el rgimen latifundista les hubiese mantenido enclaustra-
dos durante ciento cincuenta aos, utilizndoles como jornale-
ros eaentuales, para transferirles ahora a la construccin y a la in-
dustria como una fuerza de trabajo adicional e igualmente even-
tual, a utilizar slo^en las fases expansivas del desarrollo. Con
lo que vienen a coincidir con las observaciones estructurales de
los economistas sobre su funcin en el modelo establecido de de-
sarrollo capitalista: la funcin de la mano de obra agrcola en
un proceso de crecimient capitalista -escriben los economis-
tas Garca Delgado y Roldan19-... es precisamente la de su-
" d RGI Palma del Ro, p. 32.
19 ^arca Delgado y Roldn: ^.Contribucin al anlisis de la ais d^ la agri-
cultura....+, op. cit., pp. 281-82.
2 3 2
ministrar la fuerza de trabajo necesaria para la creacin y desa-
rrollo de los nuevos puestos de trabajo en los sectores industrial
y de servicios. Perspectiva funcional que reduce a la subem-
pleada y mal remunerada masa de asalariados de la agricultura
auna poblacin residual -apunta el economista Naredo120-
que vara, a travs del xodo rural, en funcin de la oferta de
puestos de trabajo no agrario. La nica alternativa cara al futu-
ro de los trabajadores del campo, para su promocin oincluso
para su supervivencia -constatan los economistas y socilogos
rurales12' - se encuentra en la emigracin hacia el mundo
urbano-industrial.
Pero la actitud crtica de los grupos contra el actual modelo
de desarrollo econmico establecido, contrapone a las abstractas
consideraciones de economistasy socilogos sobre las necesarias
condiciones estructurales del proceso de industrializacin en mar-
cha, laforma social
concreta de su realizacin, objetivada en la forma
de existencia de los obreros agrcolas emigrantes. Mientras una
lecturaabstracta y economicista
de los textos de economistas y soci-
logos entraa el riesgo de reducir el problema de la emigracin
rural a una simple transferencia, casi automtica, del trabajador
asalariado de un empleo agrario -mal remunerado, eventual,
lleno de fatigas, etc.- a un empleo industrial -mucho mejor re-
munerado, fijo, de mayor cualificacin, etc-, los obreros de los
grupos consideran que es el proceso mismo de emigracin el que cons-
tituye supropia y definitiaa fornta de existencia.
Pues los obreros even-
tuales de nuestros grupos se autodefinen como una autntica cla-
se de trabajadores nmada
-tengo que salir con la maleta, porque
Ilevo por lo menos de 14 a 16 aos saliendo con la maleta122-,
ambulantes por todo el territorio nacional y parte del extranjero
-como ya advertamos-, en funcin de una coyuntura azaro-
sa, para ser utilizados aqu y all tan slo como una fuerza de tra-
bajo complementaria en los momentos punta de una empresa
y sector, y pasar de nuevo a quedar desamparados -como ellos
mismos dicen-., en busca siempre de un nuevo empleo en la cons-
120 Naredo: La eao[ucin d^ la agricuttwa rn Espaaw, op. cit., p. 97..
1z' Cfr. Vctor Prez Das: xEmigracin y cambio socia/.^, Editorial Ariel.
Barcelona, 1971, p. 79 + pp. 191-192.
' Z2
RG2 Fuentedecantos, p. 14.
2 3 3
truccin, en la industria, en la agricultura, dnde sea. Es posible
que -como sugera el economista Tamames-, los obreros agr-
colas emigren en busca de empresas racionalizadast23, pero
ellos saben bien -o as lo creen- que su autntica funcin es-
tructural es la de
estarla buscando de modo permanente, sin llegar a
encontrar jams -
en la mayora de los casos- ese ansiado y mi-
tificadopuesto -la colocacin-, en una moderna empresa indus-
trial, fijo,
profesionalizado, dotado de seguros sociales, etc., etc.
En realidad, los obreros agrcolas de nuestros grupos no ven
en la emigracin una forma de promocin, sino que -por el
contrario- la consideran un proceso forzado -aqu no hay vida
para el obrero de ninguna clase ms que el campo, y quitan el
campo124-;
una autntica expulsin, que inaugura una nueva
forma de explotacin de su fuerza de trabajo. Por s misma -
afirman-, ellos no quieren em_igrar, ni desarraigarse del medio
rural: la emigracin supone en gran nmero de casos la disolu-
cin de la vida familiar; y tan slo resulta rentable -pues tam-
bin el obrero tiene sus propios criterios de rentabilidad personal-
para encontrar realmente un puesto fijo, altos salarios, o al menos
la posibilidad coyuntural de aprovechar al mximo el desplaza-
miento realizando muchas horas extraordinariasi25. Lo que su-
pone tambin la conciencia de que la emigracin implica un in-
cremento del propio esfuerzo laboral: la movilidad permanente
de estos autnticos trabajadores nmadas slo se mantiene sobre
la base del sacrificio personal y de un impresionante despilfarro
de energas en la bsqueda permanente del trabajo. Sometidos
a estas duras condiciones de existencia, los obreros agrcolas am-
bulantes viven, adems, el drama de su progresiva depreciacin
en el mercado como fuerza de trabajo: saben o temen que su des-
tino final es el de retornar a su condicin originaria de braceros
rurales en paro, yquedar anclados (sic) -terrible y bella me-
tfora masoquista de los propios trabajadores- en las esquinas de
la plazuela rural. Hoyya con 53 aos que tengo, pues lo ms
fcil es que no me quieran en ninguna empresa... Hoy ya no te
quieren en ninguna -reflexionan amargamente los braceros de
123 Tamames: Estructura econmica de Espaa.., op. cit., p. 71.
124 RC2 Fuendecantos, p. 11.
' 25
RGI Palma del Ro, p. 9+ 60.
2 3 4
Fuentedecantos126- zadnde voy yo ya?, pues yo tengo que
aguantar aqu comiendo aunque sea setas de esas y... cuatro es-
prragos... cuando los hay... yte ves t anclado... para estar sen-
tado en las esquinas. Para muchos, la misma desesperacin del
paro
(forma de castracin simblica en la cultura establecida), que
les ha forzado a la cruel aventura de la emigracin, les acompaa
siempre como una tentacin nihilista a la autoliquidacin perso-
nal: Que vengan mquinas y las aren... pero cuando nosotros
estemos colocados en otros sitios, porque yo para estar en mi ca-
sa debajo de la cama... pues me pego un tiro y que me echen
al ro.`27.
Pero mientras sea posible -por las condiciones objetivas de la
situacin econmica y subjetivas de su propia capacidad indivi-
dual declinante-, los obreros agrcolas no tienen ms remedio
-porque quitan el campo- que verse forzados a emigrar, a
moverse permanentemente para encontrar trabajo: los hombres
que se han quedado aqu se ftan quedado parados128. Se van del
campo no -como parecen suponer los economistas129- para
buscar un mayor salario, sino simplemente un salario, una ocupa-
cin remunerada, un puesto de trabajo: vamos buscando tra-
bajo, que no vamos a robar, en definitiva, un puesto de
trabajo130. Y a veces
ni siquiera eso, marchan del medio rural
buscando tan slo no ya un empleo fijo -lo que est por encima
de sus expectativas- sino tan slo el seguro de paro que en la agri-
cultura prcticamente -afirman- se les niega. Luego en las
capitales siquiera te dan el paro..., pero aqu nada... se es el pa-
ro de aqu denuncian los obreros de Fuentedecantos, para con-
fesar que emigran ellos mismos o envan a sus hijos a Sevilla, con
la desesperada esperanza de conseguir empleo por algn tiempo
126 RC2 Fuendecantos, p. 13 + 16-17.
127 RGI
Palma del Ro, p. 52.
128 RGl Palma del Ro, p. 16.
' ^ En este sentido, la distanciada
actitud economicista
frente al xodo ru-
ral de fines de los aos 1960, poda contribuir a la consolidacin
[Link]
del mito desarrollista de la salida de la agricultura como (inequvoco) sig-
no de promocin social; tal y como critican aos despus los socilogos Jor-
di Cardels y Angels Pascual en:
Moaimientos migratorzosy
organizacin sociaG,
op. cit. en anterior nota".
^3o
RGl
Palma del Ro, pp. 68-69.
2 3 5
en la construccin, para tener luego derecho al seguro de
desempleo13' . La misma angustiosa reclamacin de que los pro-
pios hijos al ]legar a la plena edad laboral -a los 18 aos- ad-
quieran al menos el derecho al seguro de desempleo, es la recla-
macin mnima que cara a su porvenir hacen -sin confianza
alguna- los trabajadores de Palma del Ro132. El porvenir de los
hijos se les revela as como el de engrosar las filas de los obreros
eventuales a la busca permanente de trabajo.
En este sentido, los grupos reflejan un callado temor a que
los hijos se conviertan en competidores -como una mano de obra
ms jven y fuerte- de sus propios padres en el mercado de tra-
bajo laboral. Temor que, por supuesto, se expresa de forma ne-
gativa: si no hay trabajo para los padres -ms curtidos y con
mayor experiencia-, ^cmo -piensan- va a haberlo para los
hijos? Un varn solamente, ^y sabe dnde lo tengo?, en Sevilla
trabajando porque aqu no tiene trabajo, porque no tengo traba-
jo yo... la juventud tiene todava menos..., aqu en el campo, que
nosotros -discurren los jornaleros de Fuentedecantos133-; cla-
ro,
no hay trabajo para ellos...
Porque, antes, antiguamente mi pa-
dre coga, uno, dos, tres hijos, ibamos a segar, y al lado de l
aprend a segar, pero hoy, za dnde vas?.
El progreso de la mecani-
zacin
rompe la cadena laboral de padres a hijos y el
modelo pa-
triarcal de aprendizaje,
situando -en realidad- a los hijos en me-
jores condiciones paza ^
ompetir que los padres. El oscuro y amargo
deseo de los padres es as, en profundidad, abandonar a los hi-
jos, enviarlos a trabajar a la ciudad -que segn el puritanismo
campesino los corrompe134-, o llevarlos al bosque, a' los traba-
13' RGI Palma del Ro, p. 6.
' 32
RGI Palma del Ro, p. 67.
i33
RG2 Fuentedecantos, pp. 14-15.
134
Los grupos han subrayado su impotencia al considerar, por una par-
te, a los hijos como un espejo de la propia alienacin, mientras por otra les
son arrebatados por el desarrollismo urbano, contemplado como un corrup-
toproceso de violacin
de la (idealizada) pureza de los propios valores: Se tie-
ne que ir, un chaval con 17 aos... a la Costa Brava... por ah...
a que lo
conomfian
(sic)... estos chavales jvenes sin experiencia... y se tienen que ir
a que hagan [o que quieran con ellos, RGI Palma del Ro, p. 15.
2 3 6
jos forestales, y-como en la antigua leyenda del leador con fa-
milia numerosa135- qu^ no vuelvan mcs.
g) Eplogo en 1975. Crisis del modelo de desarrollo
neocapitalista y resurgimiento de la conciencia jornalera.
Pero el temor de ahora es ms profundo... porque vuelven, los
jvenes y los viejos. El miedo de todos los grupos -en esta oscu-
ra primavera de 1975- es precisamente el de que un masivo cre-
cimiento del paro los deje definitivamente embolsados en una si-
tuacin sin salida -al cortarse la emigracin, se aterran en
Fuentedecantos-, cuando al pro crnico en la agricultura ven-
ga a unirse tambin el paro en las capitales.
La situacin de crisis econmica internacional -observan los
obreros de nuestros grupos- est adems cerrando la posibili-
dad a estas formas de emigracin: el problema laboral por tanto
-concluyen-, tiene que ser resuelto dentro mismo del pas, Los
emigrantes... pues tampoco van al extranjero... ^por qu -reflexionan-
en Palma del Ro136... porque no es rentable... no es rentable,
^cmo van a ir para trabajar all nada ms que al jornal mni-
mo... a las 8 horas... y la idea de ir all es para echar 14 15
horas,... pero ya no puedes ir, porque lo han dejado a... jornal
mnimo, adems te pueden decir que te vengas para ac y nos
encontramos que... si que tenemos ah un tope, tenemos ah una se-
rie de cosas que nos perjudican y tenemos que arreglarlas dentro de
nuestro pas. Bloqueada o dificultada la emigracin, los deseos de
los obreros agrcolas coinciden, finalmente, con los d los peque-
os campesinos: invertir el proceso de desarrollo urbano-industrial
en marcha, en lugar de forzar el xodo de la poblacin rural,
desarrollr al mximo las posibilidades productivas latentes to-
dava -segn ellos- en la agricultura; y de modo compleme-
tario, indu^trializar el medio rural137. Entonces los obreros agr-
' 3s
Tal ha sido el discurso bsico de la relacin con los hijos en la RC2
de Fuendecantos.
' 36
RGI Palma del Ro, p. 60.
137 La reclamacin ruralista de que sean las fbricas, las que vengan al
medio rural, y no los trabajadores del campo los que tengan que emigrar
2 3 7
colas dejan de soar con empresas racionalizadas -si es que
alguna vez soaron con ellas-, y vuelven a soar como siempre
(en la esfera no racional
del deseo) con el reparto de la tierra.
4.
PERSPECTIVAS FINALES. SUBORDINACION
DE LA ESPAA DEL SUR, CONSOLIDACION
DEL NEOCAPITALISMO AGRARIO Y
LIQUIDACION FINAL DE LA CUESTION
JORNALERA
Todo modeloeconmico
de desarrollo comporta y slo es posi-
ble mediante un correlativo modelo
poltico y social de dominacin.
En el caso de los modelos economicistas de desarrollo de los aos
60; la modernizacion de la agricultura espaola se representaba
como un proceso de industrializacin (gran capitalista) racional
e inexorable, que conlleva la inevitable liquidacin total del ex-
cedente de mano de obra jornalera
a travs de la simple transfe-
rencia oabsorcin de sta por el mundo urbano-industrial en
expansin. Sin embargo, estos modelos, por su visin y enfoque
globales, exclusivamente urbanos ycentralistas, han contribuido
-desde un punto de vista ideolgico- a difuminar tanto el he-
cho social mismo de la (relativa)
reproduccin y subsistencia del firole-
tariado sural
-ejrcito de reserva, fluctuante, sometido a condi-
ciones especficas de explotacin-, como la articulacin subor-
dinada de este proceso de modernizacin agraria, en el vasto
firo-
ceso de sometimiento de la periferia^ al centro..,
de las regiones rurales
subdesarrolladas, a las regiones centrales industrializadas, de
la Espaa rural del sur a la Espaa urbana, y de ambas al capita-
lismo industrial europeo, etc13a.
Desde una perspectiva andaluza, al denunciar que el llamado
desarrollo (neocapitalista) no ha conducido ms que a intensifi-
car las desigualdades relativas entre la Espaa del Sur y el trin-
gulo dominante Madrid/Catalua/Pas Vasco, el socilogo Jos
hacia la ciudad, ha sido particularmente insistente en la
RG3 de La Cava,
ms prxima a la mentalidad pequeo-campesina.
' 3a
Cfr. Santiago Roldn, Juan Muoz y Angel Serrano: La decadencia
econmica andaluzau, artculo en el diario: E[ Pa, de Madrid, 6/III/1980,
p. 44.
2 3 8
Cazorla sintetizaba -no hace mucho139- el carcter de modelo
ideolgico -o visin apologtica- de la teora del desarrollo estableci-
do de los aos 60 y 70. Haba terminado el perodo autrquico
para entrar en el que triunfalmente se denominaba del desarrollo
(fuese a costa de quien fuese), y cuyas premisas bsicas
-puntualiza Cazorla- eran los siguientes supuestos: 1) el desa-
rrollo era un proceso continuado, irreversible e imparable; 2) su
carcter principal era econmico, es decir, permita el acceso a
un tipo de consumo hasta entonces desconocido, dejndose para
un futuro indefinido, pero desde luego lejano, la adquisicin de
otros bienes polticos, como la libertad o el ejercicio de la mayora
de ls derechos humanos; 3) el desarrollo terminara -alguna
vez- por alcanzar a todas las regiones y a todas las clases que
por el momento no disfrutaban del mismo. No^es preciso sealar
-concluye140- que ninguna de las tres condiciones se cum-
pli.... En realidad, para el conjunto de la Espaa del Sur, el
modelo de desarrollo neocapitalista no ha constituido ms que la
culminacin -como tambin para el caso andaluz, sealaban
los economistas Santiago Roldn, Juan Muoz y Angel Se-
rranoi41- de un largo proceso de subordinacin y decadencia
e^nmica, respecto de la Espaa del Norte, coincidente con el
proce^o de desarrollo global del capitalismo espaol. A lo largo
de mismo, la Espaa del Sur se ha convertido en una colonia su-
ministradora de materias primas y energa baratas (en parte: la
propia mano de obra jornalera emigrada) para el desarrollo industrial
espaol y europeo; como el estudio monogrfico significativamente
tituladoExtremadura saqueada -dirigido, entre otros, por el eco-
nomista Jos Manuel Naredo y el socilogo Mario Gaviria142-
pone igualmente de relieve.
A1 mismo tiempo, la absorcin masiva -por este desarrollo
139 Cfr. Jos Cazorla: KEmigracin y subdesanollo: EI contexto socio-poltico de
un finmeno actuaL^, artculo en pp. 111-127 de la revista ^Agricultura y socie-
dad., Servicio de Publicaciones Agrarias del Ministerio de Agricultura, Ma-
drid, n 11, Abril Junio 1979.
140 Cazorla, art. cit. p. 116.
' +' Roldn, Muoz, Serrano: artculo citado en anterior nota138.
' 42 Jos
Manuel Naredo y Mario Gaviria, obra wlectiva nExtsemadura sa-
queada, de Ediciones de Ruedo Ibrico.
2 3 9
desigual- de gran parte de la mano de obra de menor precio de
compra-venta, enclaustrada hasta los aos 50/60 en las zonas ru-
rales subdesarrolladas -en las que la renovada dominacin, en
los aos 40, de la gran burguesa propietaria haba frustrado to-
da reforma endgena- constitua unapre-condicin^^ (en el sen-
tido rostowniano) social y econmica del celebrado xito del mode-
lo neocapitalista; y no -como a veces se pretenda- una opera-
cin de racionalizacin econmica (capitalista), que viniese -
finalmente- a resolver un viejo problema social, caracterstico
de estructuras tradicionales143. Minimizando el (invisible) coste so-
cial, del desarraigo de las masas rurales excedentes, el proceso
de xodo inducido estaba orientado -en ltima instancia- a con-
seguir un uso ms intensivo (esto es, una `mayor explotacin' )
de la fuerza de trabajo disponible, para aumentar y acelerar la
acumulacin de capital en las regiones dominantes y con mayor
nivel de desarrollo. La utilizacin creciente de dos inmensas re-
servas de mano de obra (la superabundante poblacin activa agra-
ria subempleada y poblacin femenina no empleada) es el pri-
mer hecho en efecto -reconocen crticamente los economistas Jos
Luis Garca Delgado y Julio Segura' ^- que est detrs iie la
fuerte acumulacin de capital registrada por el sistema en los aos
60. El xodo rural de las masas jornaleras instaur -adems-
un proceso de circulacin migratoria de la fuerza de trabajo (even-
tual o semi-eventual) con efectos econmicos muy positivos (al-
tamente rentables) para el sistema y los respectivos grupos ca-
pitalistas en todos sus momentos: a) en la construccin e indus-
trias ms marginales, proporcionando una mano de obra even-
tual de maniobra, de utilizacin discrecional, en funcin de la
coyuntura; b) en el sistema financiero nacional, aportando desde
el extranjero -en su caso- remesas de divisas; c) en las reas
143 Muy popular en el momento de absoluto predominio de la ideolo-
ga desarrollista, la obra de W.W. Rostow-.^Las etapas del crecimiento econ-
mico. (Un manifiesto na comun^ta)U 1 a ed. espaola, Fondo de Cultura Econ-
mica, Mxico, 1961- se limitaba a considerar como elementos tradiciona-
les (es decir, precapitaltas) a todos los procesos sociales violentos sobre los
que se funda precisamente la acumulacin originaria de capital y la consti-
tucin misma del sistema capitalista.
' ^ Jos Luis Garca Delgado y Julio Segura: Refosmismo y crisis econ-
micm^, op. cit., p. 16.
2 40
de expansinsuburbial
de las grades ciudades, premiando los
emigrantes con una sustantiva proporcin de sus bajos salarios
a los grandes y pequeos especuladores del suelo; d) por ltimo,
en las propias comarcas rurales de origen, al liberar a la gran em-
presa agraria de la presin demogrfica y facilitar su mecaniza-
cin. En cada uno de estos momentos y subsectores productivos
del circuito migratorio, la ms intensa utilizacin de la mano
de obra jornalera estuvo probablemente a cargo de las fracciones
capitalistas ms orientadas hacia el lucro especulativo e innme-
diato.
El desarraigo, los desplazamientos, y la sucesiva explotacin
(especulativa) de la fuerza de trabajo jornalera migrante se pro-
dujo -por supuesto- de modo salvaje, sin plan, ni previsin
mitigadora alguna. Por el contrario, la inhibicin del Estado
-como denuncia el economista Roberto Carballo145- ante el
funcionamiento de los mecanismos automticos del sistema capi-
talista fu total. A la vez que [Link] prcticamente, ante el
forzado destino final de las masas jornaleras, el propio Rgimen
franquista presentaba este modelo =n su etapa final- no slo
como el nico posible (pues sin duda: polticamente, lo era), sino
tambin como la demostracin misma del cumplimiento y con-
sumacin final de su propia misin histrica: salvar a la gran pro-
piedad burguesa, y reconciliar con la misma a las rebeldes ma-
sas ibricas, integrando a ambas (gracias al protectorado del ca-
pitalismo internacional, a partir de 1959) en la dinmica de un
neocapitalismo/neofranquista,
capaz de elevar -definitivamente- el
nivel de vida de todos (fuese dnde fuese... a veces a miles de
Kms.) y de promocionar -a la par- los negocios, rentas y be-
neficios de las distintas fracciones -felizmente ampliadas- de
la gran burguesa ibrica. La emigracin se celebraba pblica-
mente como un derecho de todos los espaoles,
pero los derechos slo
se pueden ejercer cuando hay posibilidad de eleccin. El trabaja-
dor tuvo que emigrar y la permisin del Estado ante la explota-
cin de esta situacin por especuladores y clase capitalista en ge-
neral fu absoluta. La clase trabaj^dora -resume el propio
Carballo' ^- se vi introducida en un sistema de explotacin
15 Roberto Carballo:
capitatismo y agricuttura en rpaa.^,
Ediciones de
la Torre, Madrid, 1977, p. 95.
' ^ Roberto Carballo, op. cit., ibid.
2 41
qu abarcaba de lo econmico a lo poltico de la produccin al
consumo, del trabajo al ocio.
De modo complementario, este proceso de circulacin migra-
toria de la mano de obra eventual jornalera ni la integraba ple-
namente en el sector industrial de las regiones desarrolladas de
la Espaa del Norte, ni favoreca -en realidad- el reequilibrio
de sus regiones de origen de la Espaa del Sur (Andaluca y Ex-
tremadura). Por el contrario, en las regiones
dependientes de la Es-
paa del Sur, la
desagrarizacin
de la poblacin activa llegaba in-
cluso a coincidir con un paralelo proceso de
desindustrializacin re-
gional
relativa. As, entre 1973-1977, slo se crearon 57.300 pues-
tos industriales en Espaa, cifra insignificante frente a las prdi-
das... en agricultura (unos 626.400 puestos); pero el problema
se agudiza en Andaluca -analiza el demgrafo Alfonso Garca
Barbancho147- donde a pesar de que en toda la regin se per-
dieron nada menos que 132.200 puestos agrcolas, en el sector
industrial tambin se registraron en los cinco aos (citados) pr-
didas por valor de 37.800 puestos. O sea, que como contraparti-
da a la desagrarizacin andaluza (medida en trminos humanos
y no en pesetas) no se produce en la regin el proceso de indus-
trializacin, sino todo lo contrario:
tambin Andaluca se est desin-
dustrializando.
Lo mismo puede decirse de Extremadura y de la
Mancha. Lo que ocurre, en definitiva, en el conjunto de la Es-
paa del Sur es que sta pierde puestos de trabajo (tanto agrco-
las, como industriales), tras haber sido movilizada su propia fuerza
de trabajo en beneficio de las necesidades coyunturales de desa-
rrollo de la Espaa del Norte. En trminos comparativos, Extre-
madura parece ser, concretamente, la regin espaola, cuyo ba-
lance final en este proceso adopta caractersticas ms graves, desde
el punto de vista de su actual situacin de desempleo, como ana-
liza y precisa -en trminos estadsticos- el economista Anto-
nio Garca de Blas, en su reciente estudio sobre
^La distribucin
espacial del aro en Espam.148.
A1 igual que en Andaluca, a pesar
147 Alfonso Garca Barbancho:
Las prdidas de empleo agrcola en las regio-
nes espaolar., artculo pp. 55-72 de la
Revista de Estudios Agro-Sociales.., Insti-
tuto de Relaciones Agrarias, Madrid, n 107. Abril Junio 1979, pp. 69-70.
' ^ Antonio Garca de Blas:
La distsibrecin espacial de[ paro en Esfiaau, ar-
tculo en pp. 196-213. del n 4 de
Papeles de Economa Espaola.^,
Fundacin
de Investigaciones Econmicas y Sociales (C.E.C.A.), 1980.
2 42
de la intensa emigracin de las grandes masas de obreros agrco-
las extremeos hacia el resto de Espaa y Europa, el desempleo
extremeo representa, una vez ms, la mxima proporcin rela-.
tiva dentro del conjunto nacional, siendo al mismo tiempo el me-
nos protegido de todos. Ya que Extremadura no slo tiene la
ms elevada tasa de paro del pas (el 16, 7% sobre su poblacin
activa) y la tasa de ocupacin ms baja (el 35,5%), sino que el
nmero de parados que reciben el seguro de desempleo es el ms
bajo en trminos relativos, pues no llega al
38%del total de pa-
rados..., en comparacin con el 5 8% que es la media nacio-
nal149.
O lo que es lo mismo, Extremadura comparte con An-
daluca la funcin de regin de fondo de reserva
de la circulante le-
gin jornalera de mano de obra barata, a disposicin de las es-
trategias de desarrollo capitalista de los centros urbanos y regio-
nales dominantes, con ms alta industrializacin y mayor con-
trol financiero y poltico de los recursos nacionales.
Cara a un prximo futuro, esta situacin de
subordinacin y de-
pendencia de la Espaa del Sur respecto de la del Norte
no parece que
vaya a modificarse, y puede Ilegar a alcanzar -por desgracia-
aspectos dramticos a medio,plazo con la intensificacin del paro.
Para el economista Maldonado Velasco, el volumen de desem-
pleo en Andaluca previsible a medio plazo -hacia 1985- se si-
ta en la cota de 650.000 parados, con un ritmo anual de
setenta
mil nuevos parados cada ao,
oscilando las tasas de paro, segn las
distintas alternativas consideradas, entre un
25 %y un29%, pa-
ra el mismo ao 85' so De propiciarse, adems, una
poltica de
mayor racionalizacin de la agricultura andaluza,
impuesta por las exi-
gencias de un eventual ingreso en el Mercado Comn (donde la
poblacin activa agraria se sita en bajos niveles, entre un 4%
y un 10% de la activa total, frente al aproximado 25% que an
149
Antonio Garca de Blas, en amplia resea de su citado artculo:
La
distribucin espacial del pa^o en Espaa.^,
en el diario El PaH, de Madrid, 26.
XI, 1980, p. 59.
^so
Comunicacin sobre los estudios y previsiones de su tesis doctoral:
.^Dependencia y masginacin de la uonoma anda[uza. Repacusiones sobse el emplem^,
del economista Maldonado Velasco (pmfesor de la Facultad de Ciencias Eco-
nmicas de Mlaga), incluida por Antonio Ramos Espejo en el artculo:
An-
daluca. ^Quin quema 1a.s cosechas?N,
en la revista nTriunfou, 28-VI-1980, nm.
909, PP. 22-23.
2 43
sigue representando en Andaluca), el desempleo global andaluz
-observa el mismo Maldonado- tender a aumentar an ms,
con las cohortes de nuevos obreros agrcolas desplazados fuera
del sector agrario15' .
La ruptura y superacin de este modelo de subordinacin y
dependencia de la Espaa del Sur -en proceso de acelerada de-
sagracin, sin una industrializacin compensatoria- pare-
ce ser, incluso a nivel terico, un problema excesivamente com-
plejo para que hoy por hoy cristalicen modelos y programas ope-
rativos, que representen una salida a la vez progresiva y realista.
Desde el punto de vista del
movimiento jornalero, uno de los elementos
de su conciencia utpica
reproduce una vez ms las perspectivas y
reivindicacin de una
colonizacin mcs intensiva (con una fuerte re-
lacin de trabajo humano por hectrea... ^an posible!) de las
comarcas latifundistas. Comienza (tambin) a volver a insistir-
se en la conveniencia de una salida por la va de la
agricultura cam-
pesincu^
-comenta por su parte, con cierta dosis de escepticismo
Antonio J. Snchez Lpez, a modo de conclusin, en su bsico
estudio, ya reseado152-. Se enviara as a los mrgenes del
modelo de produccin capitalista -prosigue- a parte de ese ejr-
cito de reserva industrial, con el consiguiente alivio de la tensin
social. Supondra una redistribucin de las rentas agrarias me-
diante la extensin de la pobreza. Pero la alternativa realmente
adoptada por el sistema empresarial agrario parece orientarse pre-
cisamente por la va contraria, es decir: la de
sustituir el trabjo
o capital variable por mquinas o capital constante
-sealan los eco-
nomistas Juan Muro y Jess Regidor153-, con consecuencia del
lanzamiento de un proceso acelerado de modernizacin agraria,
que se concreta en la mecanizacin integral de los cultivos socia-
les y en la generalizacin del empleo de las tcnicas de la llamada
15'
Maldonado Velasco, segn su comunicacin en el citado artculo de
Triunfo, 28-VI-80.
' S2
Antonio J. Snchez Lpez:
.^La eaentualidad rasgo brico det trabajo.....
(artculo reseado en anterior nota 7 p. 126).
' s3
Artculo nRaciouatizacin capital^ta y rebetin jornatera en el campo anda-
luz.., reseado en
anterior nota 10, en que los economistas Juan Muro y Je-
ss Regidor analizan la crustinjornalera desde una perspectiva a la vez cstruc-
tural y poltica,
que puede considerarse complementaria de la de Antonio J.
Snchez Lpez, ms restringida a la esfera econmica.
2 44
reaolucin aerde; estrategia de un revigorizado neocapitalismo agra-
rio que -para estos mismos autores- se plantea a partir de fina-
les de 1977, esto es, como ocasin de los llamados
Pactos de la Mon-
cloa. Como el economista Maldonado Velasco -hemos visto-
que teme, semejante estrategia no slo no permite paliar el paro
de retorno, que empuja de nuevo a una parte de las masas jor-
naleras hacia el campo, como un efecto secundario de la recesin
industrial, sino que aumenta el volumen de desempleo global su-
primiendo tambinempleos agrarios.
En tan dramticas condiciones para los obreros agrcolas de
la Espaa del Sur, resultaban tambin fcilmente previsibles la
reaparicin histrica y progresiva radicalizacin de las
moailiza-
ciones jornaleras,
que han tenido lugar a lo largo de los aos 1979
y 1980; y que podemos concretar -en particular- en aconteci-
mientos tales como la huelga de hambre pacfica del pueblo de
Marinaleda -con su Alcalde a la cabeza- y los incidentes de
Nueva Carteya154, ambos en el conflictivo verano andaluz de
1980. Como era de esperar, en estas movilizaciones se replantea
la vieja reivindicacin de unareforma agraria, bajo la nueva forma
de una utilizacin social de las tierras ya
cultivadas (Muro/Regi-
dor). Reforma agraria
que tras su prolongado eclipse histrico (e
incluso la crtica ycongelacin a que ha sido sometida por te-
ricos radicales como Naredo, pero desde perspectivas
economicis-
tas), vuelve a convertirse en
una cuestin polticalss, sino decisiva
para el futurosocial
de la Espaa del Sur, s por lo menos tan re-
levante como las cuestiones mismas de la modernizacin agraria
y del desarrollo industrial, que haban conducido a su absoluta
trivializacin terica. Oponindose a considerar a la reform.a graria
como una cuestin histricamente obsoleta, en defensa precisa-
mente de la urgente necesidad de un
reequilibrio social de Andaluca,
algunos tericos, como los socilogos (e ingenieros agrnomos)
Manuel Prez Yruela y Eduardo Sevilla, se atreven a pronun-
ciarse recientemente sobre la
Vigencia de una refosma agraria para
154 Entre las abundantes noticias de Prensa sobre estos acontecimientos,
puede verse -por ej.- el n 129 de la revista:
La CalH, de Madrid, de
9-15 septiembre 1980.
iss
p^.a una exposicin de la confrontacin entre concepciones economi-
cistas (y apolt^as) del latifundismo y de la reforma agraria y concepciones
sociolg^as (polticas), vid. citas anterior nota 8.
2 45
Andaluccu^15 6. De modo muy concreto, Eduardo Sevilla se pern-,i-
te poner en cuestin -en uno de sus ms recientes textos- la
superioridad econmica de la gran empresa agraria frente a la
agricultura familiar -tradicionalmente aceptada, tanto por la
economa liberal, como por la marxista-, al exigir la gran em-
presa agraria una aportacin de energa y recursos no renova-
bles externos a los propios sistemas agrarios, siendo su rentabi-
lidad, desde el punto de vista de su balance energtico -en la
actual situacin de crisis y encarecimiento mundial de la energa-
sensiblemente inferior a la de una agricultura familiar moder-
na157. Lo que supone un nuevo enfoque para cuestionar la fun-
cionalidad del sistema latifundista andaluz, haciendo que el re-
parto de la tierra en Andaluca -escribe Eduardo Sevilla158-, en
unidades de explotacin viables, con utilizacin de fuerza de tra-
bajo familiar, vuelva a tener sentido, y ahora no slo desde plan-
teamientos sociales, que siempre lo tuvo, sino tambin desde plan-
teamientos puramente econmicos.
Por su parte, los economistas Muro y Regidor, sin poner en
duda la viabilidad terica de una reforma agraria de orientacin so-
cial en la Espaa del Sur, insisten -no obstante- en la arrolla-
dora imposicin (ante la ausencia de un contra-poder poltico sufi-
ciente) del proceso de racionalizacin capitalista entronizado por
los Pactos de la Moncloa159. Este proceso -analizan paso a
paso160- aumentar la composicin orgnica del capital, sus-
tituyendo mano de obra por mquinas..., concentrar an ms
la propiedad de la tierra, a la vez que har aumentar conside-
rablemente la dependencia de los grandes empresarios agrarios
respecto al capital financiero..., y-en fin- supondr la eli-
' sb Se trata de dos recientes textos: (a) Manuel Prez Yruela y Eduar-
do Sevilla: La dimensin poltica de la reforma agraria: reflexiones en torno al caso
andaluz, artculo en pp. 195-228, de la revista Axerquim^, Crdoba, n 1,
octubre 1980. (b) Eduardo Sevilla Guzmn: La cuestin agraria andaluzm., dos
sucesivos artculos en el diario El Pas, de Madrid, de fechas: 11-VIII-1981
y 13-VIII-1981.
157 Sevilla, artculo citado en El Pas, 13-VIII-81.
lid.
159 J. Muro y J. Regidor: Racionalizacin capitalista y rebelin jornalera...^^,
art. cit., pp. 5-6.
160 J. Muro y J. Regidor, art. cit., p. 6.
2 46
minacin como sector de clase del jornalero eventual y la desapa-
ricin como empresario y pequeo propietario agrario de un buen
nmero de titulares de explotaciones no viables. La contrapar-
tidasociaL. de este modelo de modernizacin agraria estar prc-
ticamente representada por la ampliaciri de los fondos del deno-
minado empleo comunitario, reforzando el papel del Estado cen-
tral, que habr de crear, consolidar y defender toda una serie de
mecanismos legitimadores del sistema social ( en el sentido de
O' Connor), a la espera de que un hipottico relanzamiento de
las economas occidentales permita una disminucin del grado
creciente de tensin social existente en los pueblos andaluces.
De este modo, la contradiccin bsica del campo andaluz entre
el gran propietario y el jornalero dar paso -vienen a concluir
Juan Muro y Jess Regidor16`- a la del Estado frente al traba-
jador en paro. Las relaciones de clase ya no se van a producir
ahora directamente, de modo interno, dentro de la propia e^truc-
tura del latifundio, enfrentando a losjornaleros con los terratenientes
(apoyados externamente por la fuerza coactiva del Estado, en los
casos necesarios); sino que tienden a desplazarse hacia el exterior
del latifundio, encarando directamente a losjornaleros en paro con
los distintos escalones representativos del poder del Estado -
Ayuntamientos, gobernadores civiles, Gobierno central-, admi-
nistradores de losfondos de empleo comunitario162. Pero desarraiga-
da del sistema de poder y de produccin latifundista, tras haber
sido su sostn secular, y mantenida por una forma casi primitiva
de beneficiencia pblica (como parecen ser los fondos comuni-
tarios); la clase jornalera sobrevivir, a un nivel mnimo de sub-
sistencia (social), como una ltima reliquia del pasado latifundis-
ta de la Espaa del Sur, embolsada en sus comarcas rurales,
al haberse cerrado los canales del trasvase emigratorio hacia el
bloqueado sector industrial -como prevean nuestros rudos jor-
naleros de las discusiones de gru^o de 1975-, ... hasta que, en una
ms o menos lenta y convulsa agona sobrevenga su total extin-
cin fsica.
Por el momento, la dinmica de las actuales moailizaciones jor-
naleras (adems de luchar a corto plazo por el mantenimiento del
1 6 ` Ib i d.
`6z J.
Muro y J. Regidor, art. cit., pp. 7-9.
2 47
nivel de salarios y/o por la obtencin de unos ingresos mnimos
de subsistencia) no parece poder ir -polticamente- ms all
de laprotesta y de la resistencia -casi solitarias- frente a la calcu-
lada estrategia del neocapitalismo agrario, que -siguiendo el mo-
delo expuesto por Muro y Regidor- estara buscando desvincu-
lar para siempre a los jornaleros de la tierra. Segn las declara-
ciones, de algunos de los propios lderes del movimiento jornale-
ro andaluz, de lo que se trata es de luchar para que el jornalero
no sea expulsado de la tierra, concertndose con la patronal de
cada trmino municipal para que los jornaleros se repartan, se-
gn el nmero de hectreas y el tipo de cultivo que tengan los
propietarios, con la idea de que el paro no es slo una cuestin
del Estado, as, en general, sino tambin de quienes tienen los
medios de produccin163. En un ltimo intento de desesperada
supervivencia, en ocasiones, el movimiento jornalero parece con-
centrarse, ante todo, en la urgente defensa de la propia figura
-mayoritaria no hace mucho entre la poblacin rural- del jor-
nalero agrcola: lo que est sucediendo en Andaluca -lleg a ex-
presar el alcalde de Marinaleda en Agosto de 1980164- es que
el jornalero est perdiendo su oficio y nosotros lo que queremos es que lo
recu^iere .
Pero de hecho, la estructura global del sistema burgus capi-
talista espaol -cada vez ms dependiente, por su parte, del sis-
tema ^capitalista internacional- parece ir aguantando, mal que
bien, los efectos de la crisis econmica, sin nuevas concesiones
polticas a las masas populares, ni mucho menos con un avance,
ni profundizacin de ningn tipo de reformas sociales. Mientras
que en el plano global de todo el Estado, una cierta insolidaridad
ycorporativismo de clase parecen agarrotar al movimiento obre-
ro, sometido conjuntamente a los llamados efectos disciplinarios
de la crisis (as como a la latente amenaza de una involucin po-
ltica generalizada). Lo que hace prever una situacin de relativo
aislamiento, por ahora, del moaimiento jornalero en su lucha tanto
' 63
Declaraciones de Diamantino Garca, realizadas a A. Ramos Espe-
jo, para la revista Triunfo, de Madrid, n 906, 7-VII-1980, pp. 28-29.
' ^ Declaraciones orales a los informativos de la Cadena S.E.R., del al-
calde de Marinaleda, Jos Manuel Snchez Gordillo, en su visita a Madrid
de Agosto de 1980.
2 48
por su, programa m,.rimo -reforma agraria ms o menos utpica
y ms o menos ambigiia-, como por sus urgentes reiaindicaciones
mnimas -que hoy como ayer se fundan, observa Snchez L-
pez, en la negociacin del empleo como tema clave en su estrate-
gia, orientada por los sindicatos de trabajadores al control del
mercado de trabajo' bs-. Debilidad relativa del moaimiento jorna-
lero que tiende a aplazar -para otra futura etapa histrica- la
plenasocializacin del suelo, a la vez que amenaza con la definitiva
liquidacin histrica de la vieja cuestin jornalera en cuanto una cues-
tin especficamente agraria. Pues de una u otra forma, en la vas-
ta y profunda reestructuracin del sistema econmico e institu-
cional capitalista que puede tener lugar a lo largo de este ltimo
e inciert tramo del siglo XX (con o sin un nuevo ciclo de gue-
rras imperialistas), la^istrica clase de losjornaleros agrcolas pue-
de llegar a ser por completo separada de la tierra, a la que an
sigue aferrndose, para ser subsumida finalmente como un estra-
to ms de una inmensa y heterclita masa flotante de parados y
subempleados crnicos, componentes de un ejrcito de reserva,
sostenido por el propio Estado mediante instituciones asistencia-
les generalizadas para todos los trabajadores (seguro de desem-
pleo, etc.). Es decir, la resolucin de los restos de la vieja cuestin
jornalera, suprimida la profunda divisin campo-ciudad que ha do-
minado la conflictiva historia de la Espaa contempornea, cons-
tituir un caso ms a integrar -por ejemplo- en la formacin
de un nuevo sistema de gestin global capitalista de la fuerza
de trabajo. Supuesto un nuevo impulso a la generalizacin y uni-
ficacin abstracta de todo tipo de trabajo asalariado, tal sistema
podra ser el de una renta mnima garantizada aplicable a cualquier
situacin social -como el economista de la Escuela de Greno-
ble, Michel Aglietta sugiere, l disear (hacia 1976, en su influ-
yente obra: Regulacin y risis del capitalismo) las lneas generales
de un nuevo (y sombro) modo de regulacin neofordista del desarrollo
capitalista' ^-. Siempre que se tenga en cuenta, adems, que tal
' 6s
Antonio J. Snchez Lpez: La eaentualidad rasgo bsito del trabajo...H,
art. cit.
' ^ Michel Aglietta: Regu[acin y cn:sis de1 tapita[ismo. (La experiencia de los
Estados Unidos^+, Siglo XXI Editores, Madrid, 1979. Vid especialmente pp.
finales 337-344.
249
renta mnima nunca podr estar plenamente garantizada -como el
economista y socilogo Luis Enrique Alonso ha subrayado en un
reciente trabajo167-, por ser una cierta inseguridad en la subsis-
tencia uno de los requisitos bsicos de todo ejrcito industrial de re-
seraa (disponibilidad permanente de mano de obra dispuesta a em-
plearse); as como -aadira por mi parte- si se considera tam-
bin que la forma institucional y la cuanta de esta renta mnima
dependern coyunturalmente del estado general de la lucha de
clases.
Mientras tanto, la nueva ofensiva estratgica del neocapita-
lismo agrario, vinculada a la intensificacin de la racionalizacin
productiaa, sin resolver los problemas sociales del propio campo de
la Espaa del Sur, contribuir a profundizar an ms sus rela-
ciones de dependencia respecto a la Espaa urbano-industrial del
Norte. Ya que posiblmente propiciar y consagrar -como una
ltima maldicin latifundista abatida sobre la Espaa del Sur-
un modelo de crecimiento econmico basado en la progresiva
(y anrquica) despoblacin del campo -escriben Prez Yruela
y Eduardo Sevilla' bs-; confirmando la posicin perifrica de
Andaluca en el sistema econmico espaol. Con lo que queda-
rn cerradas a la vez, la cuestin jornalera y el proceso de la reaolu-
cin burguesa espaola, que un catlico conservador como Marceli-
no Menndez y Pelayo asociaba aese inmenso latrocinio... que
se llama desamortizacin (del suelo) y el infame vnculo de soli-
daridad que ella establece, creando, por fin, con los participantes
(burgueses) del saqueo, clases conservadoras y elementos de
orden169.
167 Luis Enrique Alonso: ^.Organizacin del trabajo y desanollo capitalta: El
fordismo^., tesis de licienciatura de la Facultad de Ciencias Econmicas de
la Universidad Autnoma de Madrid, septiembre 1980 (ejemplar mimeo-
grafiado).
' ^ Manuel Prez Yruela y Eduardo Sevilla: La dimensin poltica de la
reforma agraria....^, art. cit., p. 225.
169 Marcelino Menndez y Pelayo: .^Histaria de los heterodozos espaoles,
edicin de la Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1956, II volmen,
PP 958-959.
2 5 0
EVALUACION CRITICA DE
LAS DISTINTAS
METODOLOGIAS PARA EL
ESTUDIO DE LAS FAMILIAS
TRONCALES CAMPESINAS
por Llus G. Flaquer
1. INTItODUCCION
De un tiempo a esta parte la historia de la familia est de mo-
da. Si la historia econmica y social supuso una gran ruptura con
respecto a la historia poltica y diplomtica que se practicaba an-
tao, ruptura que acarre una revolucin metodolgica y en el
uso de fuentes sin precedentes, la irrupcin del estudio de la fa-
milia en el campo de los estudios histricos ha venido a comple-
tar esta evolucin y ha representado la culminacin de la investi-
gacin de lo cotidiano y de lo privado como asunto digno del in-
ters de los historiadores. Si un autor ha saludado el advenimiento
de la historia de la familia en la medida en que constituye el mis-
sing link entre la historia cultural e intelectual, por una parte, y
la historia poltico-econmica, por otra; entre el estudio de la cul-
tura y el estudio de la estructura social, de la producciny el
poder' y otro autor ha podido hablar de la historia de la fa-
milia como un campo interdisciplinario 2, no faltan las opinio-
' Lasc h ( 197 5 ) , p. 3 3 .
Z Hareven (1973), p. 211.
2 5 3
nes de quienes abrigan serias dudas sobre ello y hablan acerca
de la ilusin interdisciplinaria^.
En los ltimos diez aos graves debates han presidido la for-
macin de esta nueva disciplina. Tal vez el investigador que ha
protagonizado en mayor medida estas controversias ha sido el in-
gls Peter Laslett, quien a lo largo de su ya dilatada obra se ha
enfrentado sucesivamente al historiador francs Philippe Aris y
al historiador americano Lutz K. Berkner4. No nos interesa en
el marco de este trabajo reproducir los argumentos esgrimidos
en tales polmicas sino en la medida en que pueden afectar al m-
bito de nuestro estudio: la familia troncal campesina. En efecto,
los mtodos utilizados principalmente por Peter Laslett y sus se-
guidores, por una parte, y sus detractores, por otra, pueden ser
de suma utilidad para la identificacin de familias troncales en
una regin determinada a travs del anlisis de los datos de cen-
sos y padrones, y su posterior medida y cuantificacin.
El estudio de la estructura familiar llamada troncal, que ms
adelante trataremos de definir con precisin, reviste inters bajo
diversos puntos de vista. En primer lugar, algunos historiadores
y refirindose sobre todo al caso de Catalua, han propuesto la
hiptesis de que uno de los factores que ha podido contribuir a
la temprana industrializacin de dicho pas ha sido el peculiar sis-
tema sucesorio que rige en l, ntimamente asociado a la familia
troncals. En otra de las regiones de Espaa donde predomina la
familia troncal en las zonas campesinas tambin se di el proceso
industrializador mucho antes que en otras partes de la Pennsu-
la. Me refiero naturalmente al Pas Vasco. El estudio de la fami-
lia troncal y la indagacin de los mecanismos que presiden su fun-
cionamiento debiera de ser provechoso a la hora de investigar la
industrializacin diferencial de las regiones espaolas y las razo-
nes del atraso y falta de dinamismo modernizador de buena par-
te de Espaa hasta las dcadas ms recientes.
En segundo lugar, la familia troncal tanto en Catalua como
en el Pas Vasco y precisamente como consecuencia del proceso
3 Bestard (1980), p. 154.
4 Laslett (1965), (1972), (1977); Laslett & Wall (1972); Aris (1962);
Berkner (1972), (1975, (1976).
5 Vicens Vives (1954), p. 43; Vicens Vives i Llorens (1958), p. 123.
2 5 4
de modernizacin de los ltimos aos est pasando a mejor vida
o est quedando relegada a enclaves campesinos con un peso es-
pecfico muy reducido en la economa de dichas nacionalidades.
Otra de las razones que podemos aducir a favor de su estudio es,
pues, que su anlisis puede desvelar al^unos de los procesos de
transicin hacia la familia nulear y puede arrojar luz sobre las
relaciones existentes entre industrializacin, cambio social y es-
tructura familiar.
Pero vamos a dejar de lado todas estas interesantes cuestio-
nes tericas ya que este trabajo tiene pretensiones mucho ms mo-
destas. Dos son bsicamente las tcnicas para detectar la presen-
cia de troncalidad en una regin determinada. Ya que la existen-
cia de testimonios literarios o de disposiciones jurdicas, sean s-
tas escritas o consuetudinarias, poco nos dicen sobre la prctica
real en lo tocante a la organizacin familiar de una comunidad
determinada ni tampoco nos indican su distribucin e incidencia
segn las distintas categoras socioeconmicas, podemos ora tras-
ladarnos fsicamente sobre el terreno y comprobar mediante la
observacin directa la presencia de estructuras familiares tronca-
les, ora hacer un anlisis de los datos proporcionados por censos
y padrones para llegar al mismo resultado sin movernos de casa.
Dicho de otra forma, por una parte hay quienes preconizan el
mtodo etnogrfico como el nico legtimo para la deteccin y
el estudio de la familia troncal, mientras que por otra existen par-
tidarios acrrimos del uso del mtodo cuantitativo-estadstico para
el anlisis de la organizacin familiar. No es nada extrao que
algunos historiadores, como por ejemplo Peter Laslett y su es-
cuela, se siten claramente en la segunda categora mencionada.
Despus de todo, al historiador le resulta imposible observar un
pasado que ya no existe, a diferencia del socilogo y antroplo-
go, y por lo tanto tiene que basarse exclusivamente en testimo-
nios escritos, ya sean censos o listas de familias, ya sean diarios,
memorias y otros restos del acontecer cotidiano. Como es muy
fcil criticar las fuentes histricas literarias por su falta de re-
presentatividad y elitismo, es comprensible que un historiador po-
sitivista como Laslett se inclinara por el estudio de las listas enu-
merativas de hogares como medio privilegiado de acceder al co-
nocimiento del pasado de la familia. Pero a su vez Laslett cae en
un grave error al tratar de reducir el complejo fenmeno familiar
2 5 5
a la supuesta corresidencia de su^miembros. Sin embargo, par-
tiendo como Laslett parte de la validez de las tcnicas cuantitati-
vas para la investigacin de la organizacin familiar, su eleccin
es desde luego consecuente.
Pese a las crticas de que Laslett ha sido objeto, hay que po-
ner en su haber varios aciertos. En primer lugar, el haber elabo-
rado una metodologa para el estudio de los grupos de residencia
a travs de las listas censales, o mejor dicho precensales, as un
tipologa de las distintas formas que pueden adoptar los hogares
domsticos segn su composicin, formas que se pueden repre-
sentar diagramticamente utilizando sus tcnicas. En segundo lu-
gar, los estudios de Laslett ha desatado una sana polmica sobre
las limitaciones de su metodologa, sobre todo, en lo que respec-
ta a la identificacin de familias troncales.
Este trabajo quiere constituir, a la par que un homenaje a los
estudios pioneros de Laslett, con el cual el autor discrepa sin
embargo profundamente, un intnto de pasar revista a una serie
de mtodos, la mayora de los cuales surgieron como respuesta
o como reaccin ante las propuestas de Laslett para la investiga-
cin de los grupos de residencia a travs del anlisis de los censos
y padrones. Para ello, empezar tratando de definir lo que a mi
juicio es una familia troncal para luego hacer una evaluacin cr-
tica de esas metodologas, lo cual nos conducir a hacer una dis-
tincin entre lo que llamo el genotipo y el fenotipo de la familia
troncal. Para concluir, propugnar el mtodo etnogrfico como
el nico que permite la deteccin de la existencia de las familias
troncales, mtodo que no obstante puede ser complementado on
provecho mediante el examen de listas de hogares.
2. EL CONCEPTO DE FAMILIA TRONCAL
Hay que reconocer que buena parte de las controversias ha-
bidas sobre la familia troncal deriva del hecho de que no lray acuer-
do sobre lo que se quiere dar a entender cuando se utiliza esa ex-
presin. Esta circunstancia, no es privativa de la familia troncal
en s, sino que se extiende al mismo trmino de la familia cuyo
concepto ha recibido y est recibiendo numerosas interpretacio-
nes. Si, como dice Goody, el trmino familia es un vocablo po-
2 5 6
lismico usado para denominar la pareja conyugal y sus vstagos
(fundar,una familia), los miembros de un hogar (uno de la fa-
milia), una serie de parientes bilaterales (unos parientes) o grupo
patronmico, generalmente asociado con un ttulo (la familia
Churchill)6, no es raro que se produzcan confusiones cuando
nos referimos a la familia sin ms. Para obviar este tipo de dificul-
tades los antroplogos han ideado una serie de trminos tales co-
mo grupo domstico, grupo de residencia, hogar, familia nuclear
y extensa, las distintas reglas de filiacin y de residencia, etc. pa-
ra tratar de describir y precisar aspectos diferentes del fenmeno
familiar. Si bien esos trminos propuestos no carecen de ambi-
giiedades, hay que reconocer que su acuacin e implantacin
ha contribuido a esclarecer un tanto este embrollo.
En el caso de la expresin familia troncal, adems de la an-
fibologa propia del trmino familia, hay que aadir las conno-
taciones ideolgicas que le imprimi su origen y su encuadramiento
dentro de una teora evolutiva de la familia.
Fue el ingeniero francs Fredric Le Play (1806-1882), quien
emple primero el nombre defamille soucke para desigriar un tipo
especial de familia que l contrapona a la familia patriarcal o ex-
tensa, tpica sta de las zonas rurales desde tiempos inmemoria-
les pero entonces prcticamente extinta, y a la familia inestable,
nombre despectivo que daba a la familia nuclear, tpica de las
grandes ciudades industriales' . Lafamille souche o familia troncal
no slo tena la virtud de preservar los valores de la antigua fa-
milia patriarcal y de representar una garanta de estabilidad con-
tra la familia inestable urbana, sino que adems predominaba en
gran parte de la Francia rural, donde subsista a duras penas al
tener que hacer frente a la nueva legislacin de particin igual
de la herencia emanada del Gdigo Napolen. As, pues Le Play
no solamente afirmaba la realidad de la familia troncal al descri-
bir su estructura y funcionamiento, sino que prescriba su im-
plantacin como ideal para luchar contra los males acarreados
por la industrializacin. La mezcla de los niveles positivos y nor-
mativo que se daba en el reformador social que era Frderic Le
6 Goody (1972), p. 103.
' Le Play (1871).
2 5 7
Play, doblado de cientfico social, constituye la fuente de muchas
de las confusiones que han quejado al concepto de familia tron-
cal con posterioridad.
Asimismo, Le Play, hombre del siglo XIX, suscriba, aun-
que fuera implcitamente, un evolucionismo unilineal que ha
sido recogido por la mayor parte de los socilogos de la familia
del siglo XX. Puesto que la familia troncal era sucesora de la hi-
pottica familiar patriarcal y, por otra parte, en las ciudades de-
sapareca para dar paso a la familia nuclear, caba esperar que
con los avances de la industrializacin y la urbanizacin se pro-
dujera paralelamente un proceso de nuclearizacin. As, pues, la
familia troncal, era un tipo familiar de transicin entre la familia
patriarcal y la familia nuclear y, por tanto, no slo estaba desti-
nada a desaparecer y a convertirse en familia nuclear bajo el in-
flujo de la modernizacin, sino que asimismo se daba por senta-
do que histricamente haba sido un precedente de la familia nu-
clear. Estas [Link] son hoy muy discutidas y han dado lugar
a numerosas polmicas. Por una parte, si bien es cierto la mo-
dernizacin ha ido acompaada por la nuclearizacin en muchos
pases, las relaciones existentes entre sociedad industrial y fami-
lia nuclear son harto complejas y no han sido esclarecidas an
del todo. Por otra, pretender que la familia nuclear es siempre
el resultado de la disgregacin de estructuras familiares exten-
sas es en exceso simplista.
Le Play define a la familia troncal diciendo que es aquella en
que uno -y uno solo- de los hijos -varn o hembra- se casa
y reside con su cnyuge y sus hijos menores en el hogar paterno,
mientras que sus hermanos tienen que abandonarlo si quieren ca-
sarse, aunque pueden seguir residiendo en l con la condicin de
permanecer solteros. As, en cada generacin, slo puede residir
en el hogar una sola pareja de casados. El hijo que se casa y sigue
residiendo en el hogar paterno -generalmente el primognito-
hereda la mayor parte del patrimonio familiar en tierras, mien-
tras que los hijos restantes reciben una proporcin menor del mis-
mo en dinero, en forma de educacin o especie. De esta forma,
la heredad familiar no sufre menoscabo y se transmite ntegra de
generacin en generacin.
Veamos as que en el caso de la familia troncal existe una aso-
ciacin muy estrecha con el sistema sucesorio indivisible, por una-
2 5 8
parte, y con el modo de produccin domstico, por otra. Ms ade-
lante ya consideraremos hasta qu punto tiene que ser necesaria-
mente as.
Como seala acertadamente Laslett8, el concepto de familia
troncal, adems de las connotaciones ideolgicas y evolutivas que
posee, contiene un importante elemento de incertidumbre en su
definicin. Segn este autor, la familia troncal puede ser tanto
un grupo domstico como una patrilne, esto es una sucesin
de cabezas de familia varones que descienden unos de otros. Laslett
est dispuesto a aceptar la familia troncal como grupo domsti-
co, aunque confiesa haber hallado una evidencia muy parca de
su existencia y, por otra parte, no niega que pueda darse en for-
ma de un conjunto de expectativas de una lnea familiar, actitu-
des familiares una vez ms, en lugar de en una serie de formas
concretas de los grupos domsticos9. La metodologa excluyen-
te de Laslett le ciega, pues, ante la posibilidad de la existencia
de una familia troncal que no tenga traduccin a travs de los
censos de poblacin, por lo que concluye desechando la utilidad
del concepto. De todos modos, de esta forma no hemos resuelto
el problema, pues el hecho de que Laslett no encuentre una evi-
dencia abundante de familias troncales como grupos domsticos
en el material y regiones estudiados por l no significa que el fe-
nmeno desaparezca por parte de magia y no valga la pena se-
guir adelante con su investigacin.
La posicin terica de Laslett sobre la familia troncal parte
de una premisa metodolgica, a saber, que para l slo se puede
hacer historia comparativa de la familia en un sentido particu-
lar, la familia como grupo de personas que viven juntas, un ho-
gar, que llamaremos un grupo domstico de corresidencia y no
como una red de parentesco10, premisa que arranca del anlisis
cuantitativo de las listas de hogares como mtodo privilegiado para
acceder al conocimiento de la estructura familiar. As, estructura
familiar y talla y composicin de los grupos domsticos de resi-
dencia quedan prcticamente equiparados. Por otra parte, Las-
8 Laslett (1972), pp. 16-23.
9 Laslett (1972), p. 23.
10 Laslett (1972), p. 1.
2 5 9
lett, pese a ser consciente de la importancia del ciclo evolutivo
de los grupos domsticos, impedido y limitado por su propia me-
todologa, presta muy poca atencin a su incidencia en la com-
posicin de los miembros de los hogares. En ste uno de los car-
gos ms graves que le imputa Berkner, quien demuestra que el
olvido de este importante concepto en el simple recuento de los
distintos tipos de hogares puede minimizar en gran medida la pre-
sencia de familias troncales en una comunidad determinada. Ya
volveremos sobre este problema con mayor detalle al emprender
la revisin de las distintas tcnicas de identificacin y medida de
las familias troncales en un rea determinada.
Volviendo a la cuestin de la definicin de la familia troncal,
para Verdon", el debate entre Laslett y Berkner deriva de un
problema conceptual, a saber, la irreconciliabilidad de la estruc-
tura y el proceso. La definicin procesual de Berkner de la fami-
lia troncal en trminos de secuencia, es decir, el proceso por el
cual una familia nuclear se transforma en una familia troncal y
pierde parte de sus miembros para convertirse de nuevo en nu-
clear, suena como la teora aristotlica de la potencialidad y nos
podemos preguntar si tiene valor cientfico alguno. Si el concep-
to de familia troncal se refiere a la secencia entera, no puede
tener un contenido estructural y viceversa. Estructura y proceso
no pueden ser asimilados12. En un intento de obviar algunos de
los defectos de los modelos de Laslett y Berkner, Verdon propo-
ne la nocin de la familia troncal como lmite de crecimiento. Un
grupo residencial cambia su composicin a lo largo del tiempo,
pero, en una perspectiva comparativa, la composicin raras veces
supera un cierto nivel13. As, la familia troncal (como grupo re-
sidencial) representa un lmite de crecimiento cuando, en una so-
ciedad dada o subgrupo de una sociedad, los grupos residencia-
les normalmente contienen slo dos familias unidas a travs de
la filiacin en su extensin estructural mxima: una familia pa-
rental y la familia de uno y uno solo de sus hijos en corresidencia
permanente. Otras familias e individuos pueden estar vincula-
dos temporalmente a ellos y algunos individuos, en la medida en
" Verdon (1979).
12 Verdon (1979), p. 89.
13 Verdon (1979), p. 91.
2 60
que no forman familias, pueden llegar incluso a estar vinculados
permanentemente a ellos sin por ello alterar la definicin. Lo im-
portante es la presencia de familias y el modo de vinculacin con
el mismo grupo residencial14.
La contribucin de Verdon, quien en otras publicaciones ha
intentado dar lo que l llama definiciones operativas de los con-
trovertidos conceptos de familia, parentesco, matrimonio, grupo
de residencia y filiacin15, constituye sin duda una innovacin
importante. Sin embargo, quisiera yo considerar el asunto desde
un ngulo distinto para aportar una mayor precisin a la defini-
cin de la familia troncal. Antes de entrar en materia, sera con-
veniente -creo yo- hacer una serie de distinciones previas que,
a mi juicio, pueden despegar muchas de las confusiones que tal
tema trae consigo.
En primer lugar se puede hacer una definicin de la familia
troncal a dos niveles distintos: el nivel substantivo o material y
el nivel formal.
Mientras que la definicin formal de la familia
troncal se refiere a las reglas o principios de residencia y de filia-
cin que los miembros de dicha familia tienen que satisfacer para
que sea digna de este nombre, el concepto material o substantivo
apunta hacia la base econmica y jurdica que le da sustento y
sin la cual no podra existir. Por ejemplo, la definicin de Ver-
don de la familia troncal como lmite de crecimiento es una defi-
nicin exclusivamente formal, mientras que la definicin de Le
Play incluye asimismo elementos materiales como el sistema su-
cesorio. Si bien hay que reconocer que la familia troncal va nor-
malmente unida a determinadas condiciones econmicas (modo
de produccin domstico), ecolgicas (poblamiento disperso), agr-
colas (agricultura mixta) que constituyen, por decirlo as, la in-
fraestructura o razn de ser de la familia troncal, es tambin cierto
que esas mismas condiciones pueden dar origen a distintos tipos
de organizacin familiar y que por tanto resulta un tanto forzado
incluirlas en su definicin. Ello no obsta para que, partiendo de
una definicin de tipo formal, se desplieguen todos los esfuerzos
necesarios para averiguar cules son las relaciones entre los prin-
14 Verdon (1979), p. 91.
15 Verdon ( 1980a),
(1980b), ( 1981).
2 61
cipios formales que rigen la estructura y el funcionamiento de la
familia troncal, por una parte, y cada una de las condiciones ci-
tadas anteriormente que normalmente acompaan su presencia.
Una segunda precisin que debemos hacer es la distincin entre
hogares simples y complejos. Hablamos de hogar en el sentido
de un grupo de residencia que queda reflejado en un censo de
poblacin. Cuando un hogar corresponde a lo que normalmente
se entiende por familia nuclear -una pareja con sus hijos meno-
res no casados- decimos que se trata de un hogar simple. Cuan-
do, por el contrario, adems de una familia nuclear, figuran en
el hogar otros elementos tales como parientes e incluso un segun-
do ncleo hablamos de hogares complejos. Como ya hemos anun-
ciado anteriormente, el tema de esta ponencia es esclarecer si existe
una relacin entre troncalidad y complejidad de los hogares, qu
tipo de relacin se da y, por ltimo, si es posible hacer una tra-
duccin de la complejidad de los hogares a la troncalidad o, di-
cho de otro modo, decidir si podemos afirmar la presencia de fa-
milias troncales en un rea determinada a partir del examen de
censos de poblacin donde se refleje un grado determinado de com-
plejidad.
A este respecto, sera til hacer una ltima distincion entre
el genotipo y el fenotipo de la familia troncal. Para los bilogos
el genotipo de un organismo es el conjunto del cdigo gentico
de dicho organismo, que contrasta con el fenotipo a las caracte-
rsticas manifiestas del mismo. As el fenotipo de un organismo
es el conjunto de caracteres visibles que ste presenta como re-
sultado de la interaccin entre su genotipo y el medio ambiente.
Puede haber diferencias fenotpicas entre organismos con el mis-
mo genotipo y semejanzas fenotpicas entre individuos con dife-
rente genotipo. Si aplicamos estos dos conceptos biolgicos al es-
tudio de la familia troncal, aunque sea a ttulo analgico, podre-
mos aclarar muchos equvocos y podremos hacer avanzar un tanto
el tema del estado de punto muerto en que se halla.
El genotipo de la familia troncal se refiere a aquellas reglas
o principios, a su cdigo gentico, por decirlo as, que determi-
nan la reproduccin de su estructura de generacin en genera-
cin. Se trata, evidentemente, de los principios a que hemos he-
cho referencia en la definicin formal, pero sin desechar tampo-
co los aspectos substantivos que constituyen el substrato sobre el
2 62
que se asientan esos principios del cual no son ms que meros
reflejos. Por tanto, si queremos llegar al corazn de la cuestin
de la razn por la cual subsiste la familia troncal, a veces en me-
dio de condiciones adversas, habr que para mientes en esos prin-
cipios generadores o matrices que hacen que esta forma de orga-
nizacin familiar se reproduzca en el tiempo.
Por otra parte, el fenotipo alude a las manifestaciones exter-
nas de los principios genticos del genotipo. En el caso de las fa-
milias troncales hablamos del fenotipo para referirnos a las dis-
tintas formas que pueden stas adoptar a lo largo de su ciclo de
desarrollo, formas externas que quedan reflejadas en los padro-
ns y censos de poblacin. A1 igual que en biologa el genotipo
de una familia (troncal en este caso) puede aparecer bajo fenoti-
pos muy diversos que dependern de factores tales como el ciclo
evolutivo pero tambin demogrficos como la esperanza de vida
de una poblacin y la edad media del matrimonio (sobre todo de
la mujer) y econmicos como las disponibilidades de trabajo y
la posibilidad de emigrar. Por otra parte, no siempre el mismo
fenotipo corresponde al mismo genotipo, dicho de otra forma, los
hogares complejos que a veces aparecen en los padrones y que
tienen el mismo aspecto que ciertas fases de las familias troncales
no tienen por qu denotar necesariamente la presencia de fami-
lias troncales. As, pues, vemos que la distincin hecha anterior-
mente entre hogares simples y complejos se refiere nicamente
al mbito del fenotipo y pertenece a u orden de discurso dife-
rente del genotipo. Antes de seguir adelante tal vez sera necesa-
rio resumir cuanto llevamos dicho en el siguiente esquema:
Nivel formal
Familia troncal
Genotipo Nivel material o substantivo
Hogares simples
Fenotipo
Hogares completos
Hechas, pues, estas precisiones previas podemos continuar con
nuestro intento de captar la esencia de la familia troncal. Esta
tentativa se sita plenamente dentro del mbito del genotipo y
2 63
ser una definicin en trminos formales. Se tratar de hallar cul
es la lgica interna de la familia troncal, o sea cules son las
reglas que rigen su reproduccin en el tiempo. Para ello, sera
til detenernos brevemente en los mismos principios genotpicos
de la familia nuclear, con la cual estamos todos familiarizados.
La regla que rige la estructura de la familia nuclear es bsica-
mente la regla de la neolocalidad, que al propio tiempo que de-
termina su formacin la destina a su extincin una vez concluido
su ciclo. A1 basarse toda familia nuclear en la regla que todo nue-
vo matrironio funde un hogar y establezca su residencia en un
domicilio distinto del de los padres de los cnyuges, este tipo de
familia iniciar su disolucin primero con el matrimonio y la mar-
cha de cada uno de los hijos y por ltim con la muerte de los
dos cnyuges. Es evidente que nos estamos refiriendo al tipo ideal
de familia nuclear y que en la prctica caben muchas variantes.
Sin embargo, en el ^
aso de la familia nuclear su genotipo y su
fenotipo tienden a coincidir.
Los principios genticos que acabamos de esforzar impiden
la continuidad de la familia nucler, que est destinada pues a
su extincin con la desaparicin fsica de los miembros de la pa-
reja fundadora. As, podemos hablar en este caso de ciclo cerra-
do. Por el contrario, la familia troncal constituye una patrilnea
con un ciclo abierto de pauta recurrente. La recurrencia del ciclo
se refleja en la continuidad, que tanto puede ser genealgica (con-
tinuidad de la lnea) como residencial (continuidad en el lugar
de residencia). Es por ello que Verdon considera con acierto la
vinculacin^iermanente de dos familias nucleares unidas por filia-
cin como el sello caracterstico de la familia troncal. Es esta resi-
dencia permanente, sin solucin de continuidad, de dos parejas
pertenecientes a dos generaciones lo que distingue la familia troncal
de otros tipos de organizacin familiar. En efecto, hay casos en
que puede darse la corresidencia de dos familias nucleares de dos
generaciones debido a la escasez de vivienda o a circunstancias
econmicas pero no podemos decir que se trate de una familia
troncal si el arreglo es transitorio o provisional. Asimismo puede
darse la circunstancia de que una pareja joven acoja en su resi-
dencia al padre o la madre viudos de uno de sus miembros, en
cuyo caso tampoco tenemos ninguna familia troncal por haberse
interrumpido la continuidad de residencia de las dos parejas. Por
2 64
ltimo, a veces sucede que una pareja de casados ocupa la vivienda
de los padres o parientes de uno de sus miembros, al haber que-
dado desocupada aqulla debido al fallecimiento reciente de s-
tos. En todos estos casos mencionados no se da ninguna familia
troncal al haber solucin de continuidad en la residencia de las
dos parejas vinculadas por la filiacin de uno de los miembros
de la segunda respecto de la primera. Naturalmente lo que acae-
ce en todos esos casos es que se da la discontinuidad precisamen-
te porque no existe ningn factor substantivo o material que de
vida a la troncalidad y represente su base de sustentacin.
Si en el caso de la familia nuclear veamos que el principio
que determinaba su estructura y su ciclo era la regla de residen-
cia de la neolocalidad, la regla de residencia tpica de la familia
troncal es la virilocalidad -o, excepcionalmente, la usorilocali-
dad en el caso de la pubolla catalana-, dicho de otra forma, la
residencia que escoge la pareja formada por el nico hijo que se
desposa y su cnyuge es la de los padres de aqul.
La familia troncal puede extenderse vertical y colateralmen-
te. La extensin de que slo puede haber una pareja en cada ge-
neracin, puede en principio siguiento las reglas citadas anterior-
mente ser ad infinitum, con las solas limitaciones que impone la
demografa y la esperanza de vida, con lo cual es muy raro que
en un grupo de residencia troncal existan ms de tres generacio-
nes (dos parejas y la formada por hijos menores). La extensin
puede, aunque no necesariamente, ser tambin colateral, pero los
elementos as incorporados, que pueden ser hermanos o parien-
tes de cualquiera de los miembros de los ncleos generacionales
-generalmente hermanos o hemanas de los varones-, tienen
que permanecer solteros, sin formar familias propias y, por tan-
to, sin tener sucesin. De otro modo, entraramos en la dinmi-
ca de la familia extensa, pues se produciran diversas prolifera-
ciones verticales. De esta menra, no se presenta nunca como en
este ltimo tipo de familias el problema de la escisin, que es ine-
vitable llegando a un cierto estadio de su ciclo de desarrollo.
Los principios formales que acabamos de esbozar son suscep-
tibles de ampliacin -por ejemplo, no hemos mencionado la po-
sibilidad de proliferacin vertical por adopcin- y de precisin,
pero constituye, a mi entender, las reglas bsicas en que se basa
el genotipo de la familia troncal.
2 65
Acto seguido, vamos a pasar revista a las distintas metodolo-
gas de que los investigadores -sobre todo historiadores- han
hecho uso para la deteccin y el recuento de las familias troncales
a partir del anlisis de los censos de poblacin.
3. FAMILIA TRONCAL Y CENSOS DE
POBLACION
Anteriormente ya nos hemos hecho eco de la polmica que
ha enfrentado a Laslett con Berkner. Uno de los puntos de disen-
cin entre esos dos investigadores era, adems del nfasis excesi-
vamente positivista de Laslett, el menguado uso que ste haca
de la nocin de ciclo de desarrollo de los grupos domsticos, con
lo cual era incapaz de hallar familias troncales en su material.
Lo nico que estudia Laslett en sus listas enumerativas de hoga-
res es la talla media de stos y su composicin sin atender para
nada a la fase del ciclo evolutivo en que se encuentran.
Un poco antes de la aparicin de la obra capital de Laslett16,
Berkner publica un artculo en el que rebate los principales argu-
mentos de aqul en lo que toca a la familia troncal". Este art-
culo s refiere al anlisis de un censo sobre 36 aldeas mandado
hacer en 1763 por el seor de Heidenreichstein en el Waldviertel
(Austria) en el que Berkner muestra que, aunque slo el 25% de
los hogares campesinos contenan algn pariente y podan consi-
derarse si se tomaba en cuenta el ciclo de desarrollo a base de
controlar la edad de cabeza de familia, el nmero de hogares com-
plejos se incrementaba considerablemente. En los hogares cuyo
cabeza de familia es de edad comprendida entre los 18 y los 27
aos, el 60% de las familias son extensas, en los hogares cuyo
cabeza de familia tiene una edad comprendida entre los 28 y los
37 aos, slo lo son el 45%. Luego el porcentaje de familias con
padres retirados o hermanos clibes desciende acusadamente y
el porcentaje de familias con hijos casados empieza a subir, lle-
gando a alcanzar e 12% en la categora de edad final1e. Por otra
16 Laslett & Wall (1972).
' ^
Berkner (1972). Debemos precisar que tanto Laslett como Berkner en
esas dos publicaciones estn al corriente de sus obras respectivas.
18 Berkner (1972), p. 406.
2 66
parte, la proporcin de hogares con apariencia nuclear tiende a
aumentar a medida que aumenta asimismo la edad del cabeza de
familia. En investigaciones posteriores, Berkner ha usado la edad
del hijo primognito como variable de control del ciclo de desa-
rrollo con resultados semejantes19.
Otros autores han hecho crticas a la escuela de Laslett siguien-
do argumentaciones muy semejantes a las de Berkner por su ol-
vido del concepto de ciclo de desarrollo. Fine-Souriac (1977), si-
guiendo las huellas de Berkner, ha documentado el predominio
de la familia troncal en los Pirineos franceses, a lo largo de la se-
gunda mitad del siglo XIX (censos de 1846, 1851, 1856, 1861,
1866 y 1872).
Wheaton (1975) sostiene que la clasificacin y cuantificacin
introducen una rigidez y una distintividad artificial en el estudio
de la organizacin de los hogares; que la clasificacin en los siste-
mas de hogar nuclear, troncal y extenso abarca las variaciones
conocidas en la estructura familiar europea; y que, adems, el
porcentaje de hogares de cualquier categora dada, revelado por
los censos de poblacin, puede distorsionar su importancia real
en el sistema de parentesco total 20.
Paris & Schwartz (1972) usan un mtodo diferente para eva-
luar la complejidad de los hogares en un estudio sobre el cambio
familiar en la Francia del siglo XIX. Una de las contribuciones
ms importantes de su artculo es la introduccin de nuevas me-
didas de complejidad de los hogares. La primera de ellas es el
nmero medio de adultos en cada hogar (APH) o A/H, en que
A es la poblacin adulta total de ms de 20 aos inclusive y H
es el nmero de hogares. El segudo ndice de complejidad es el
nmero de unidades maritales existente en cada hogar (MUH)
o(Mm+ Wm+ Wf)/H, en que Mmes el nmero de varones
casados, Wmel nmero de varones ciudos o divorciados, Vf el
nmero de mujeres viudas o di^orciadas y, por ltimo, H el n-
mero de hogares.
Todas estas tcnicas nos proveen de instrumentos muy valio-
sos para poder valorar la complejidad -o la simplicidad- de los
19 Berkner (1976).
20 Wheaton (1975), p. 603.
2 67
hogares en una regin determinada a partir del estudio de los cen-
sos de poblacin. Hay que reconocer que algunas de las tcnicas
-como las de Berkner o de Fine-Souriac- son mucho ms pre-
cisas que otras a la hora de proporcionarnos indicaciones sobre
la posible norma de troncalidad de una regin. El estudio de los
censos de poblacin nos muestran el fenotipo de las familias tron-
cales y nos pueden dar una medida de la complejidad de los ho-
gares, pero nunca pueden hacer acceder al genotipo de las fami-
lias de las cuales el censo no constituye ms que un plido refle-
jo, en muchas ocasiones distorsionado. Abundando en la opinin
de Wheaton, reproducida anteriormente, Verdon seala: ..., no
podemos aceptar ninguna evidencia de la familia troncal como
lmite de crecimiento basada en los censos, que no hacen ms que
revelar grupos residenciales de tres generaciones. Hay numero-
sas formas en que pueden formarse grupos residenciales de tres
generaciones sin Ilegar a alcanzar nunca el nivel de la familia tron-
cal. En este sentido rechazo por incompletas la mayor parte de
las pruebas histricas aducidas a favor de la familia troncal 21.
El juicio de Verdon parece desalentador. zSignifica que haya
que tirar por la borda la gran cantidad de investigaciones reali-
zadas por los historiadores sobre la familia troncal a travs del
estudio de censos y que haya que renunciar por completo al rico
material que nos proporcionan los padrones y censos actuales a
la hora de hacer pesquisas sobre la familia troncal? Mi respuesta
ser matizada. En el caso de los estudios histricos el anlisis es-
tadstico de las listas enumerativas de hogares es a todas luces in-
suficiente, aunque puede darnos indicaciones vlidas sobre las re-
giones donde han existido familias troncales, indicaciones que slo
podrn ser valoradas cabalmente despus de analizar los textos
legales, costumbres, tradiciones, valores e ideales de los habitan-
tes de dichas regiones. En lo que respecta al estudio de la familia
troncal actual propongo como nico mtodo vlido el etnogrfi-
co, que podr asimismo ser complementado por el anlisis de pa-
drones.
El trabajo de campo constituye, pues, a mi juicio, la nica
herramienta que nos permite acceder al genotipo de las familias
troncales, tanto en su aspecto formal como material. De igual for-
21 Verdon (1979), p. 92.
2 68
ma, la observacin participante nos puede ayudar a comprender
las relaciones existentes entre los aspectos formal y material del
genotipo, ya que los censos nos dicen an menos sobre este lti-
mo. La comprensin cabal de las conexiones entre ambos aspec-
tos genotpicos constituye adems un paso indispensable para la
formulacin de una verdadera teora de la familia troncal. El tra-
bajo de campo es, adems, el nico que puede dar sentido a los
datos fenotpicos de los censos y que puede documentar la tradi-
cin existente en una comunidad determinada en cuanto a orga-
nizacin troncal se refiere.
Hecha esta aclaracin previa y habiendo dejado sentado cla-
ramente el papel principal que juega el mtodo etnogrfico en la
investigacin de la familia troncal, nos queda an por saber si es
anlisis cuantitativo en general y el examen de censos en particu-
lar pueden resultarnos de alguna utilidad en esta empresa. A mi
entender, la investigacin de los censos de poblacin, como ins-
trumento complementario del trabajo de campo, nos puede ser-
vir de varias formas para el estudio de la familia troncal.
En primer lugar, las tcnicas estadsticas cuantitativas apli-
cadas a censos y padrones nos permite obtener una serie de me-
didas sobre la complejidad de los hogares de una regin determi-
nada, que a su vez nos indica cules son las reas geogrficas donde
nos es dado -o, mejor dicho, probable- encontrar familias tron-
cales. Adems, la correlacin de estos ndices de complejidad con
diversas variables socioeconmicas puede contribuir a la formu-
lacin de hiptesis sobre las causas por las cuales existen o sub-
sisten las familias troncales.
En segundo lugar, el anlisis diacrnico -examen de series
dilatadas de censos- nos puede permitir teneren cuenta el ciclo
de desarrollo de las familias troncales y as aproximarnos muy
de cerca a su genotipo. Asimismo, el estudio de posibles familias
troncales en fase de transicin hacia la nuclearizacin (hogares
en apariencia nucleares que se encuentran en la primera fase de
su ciclo de desarrollo y su cabeza de familia trabajan por cuenta
ajena) puede prestarnos valiosas indicaciones sobre dicha fase de
transicin.
Pero sobre todo el acceso a los padrones nos puede ser de gran
ayuda para la deteccin de familias interesantes, potencialmente
troncales o aparentemente en fase de transicin, que luego pue-
2 69
den ser convenientemente investigadas mediante entrevistas a fon-
do. Adems, los padrones nos pueden ser de utilidad para com-
pletar datos que faltan en la entrevista por omisin u olvido de
los encuestados o incluso para corregir posibles fallos de memo-
ria de los mismos.
As, pues, abogamos por una sntesis entre el anlisis cuanti-
tativo y
el uso de los censos de poblacin de una parte
y el mto-
do etnogrfico, de otra, pero siempre teniendo en cuenta que el
primero debe completar al seguro y no al revs.
4. CONCLUSION:
En este trabajo, consagrado a una evaluacin crtica de los
distintos mtodos utilizables para el estudio de las familias tron-
cales a partir de los materiales disponibles, tras haber tratado de
hacer algunas aportaciones el concepto de familia troncal, hemos
Ilegado a la conclusin que el nico instrumento vlido para su
estudio era el mtodo etnogrfico. Despus de hacer la impor-
tante distincin entre el genotipo y el fenotipo de la familia tron-
cal, hemos visto que tbdos los mtodos basados en el estudio de
censos slo pueden proporcionarnos informacin sobre su fenoti-
po, pero en modo alguno son capaces de hacernos acceder a su
genotipo, ya que ello requiere un salto de orden cualitativo que
los mtodos cuantitativos son incapaces de dar. Por lo tanto, es
razonable pensar que el trabajo de campo es la nica heramienta
que nos permite llegar al conocimiento cabal de la familia tro.n-
cal, aunque sin duda ste pueda ser complementado y ayudado
por las tcnicas cuantitativas que pueden suministrar pistas e in-
dicios muy tiles.
2 7 0
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2 7 2
LA CUESTION CAMPESINA
EN GALICIA
por Emilio PEREZ TOURIO
1. INTRODUCCION. LOS ANTECEDENTES
Puede decirse, con todos los riesgos que las delimitaciones tem-
porales conllevan, que no es hasta 1977, cuando se empieza a pro-
ducir un nmero, hoy relativamente considerable, de aportacio-
nes al estudio del mundo rural gallego' , en particular respecto
a su economa, que, de uno u otro modo, tienen en comn el im-
plicar una ruptura con las visiones tradicionalmente dominantes
en el mbito cultural de Galicia.
El presente panorama cientfico, relativamente exiguo en el
terreno de la sociologa rural y en el conocimiento de nuestra his-
toria reciente, y necesariamente raqutico en la irremplazable y
urgente confluencia interdisciplinaria, ofrece entre otras muchas
una doble laguna singularmente importante. De un lado, no se
ha alcanzado un modelo interpretativo capaz de sustituir al que
recogiendo una buena parte de la herencia de galleguismo hist-
^
Suele asociarse esta ruptura con la publicacin
en 1977, de Emilio P-
rez Tourio,
<^Dominacin do capital monopolista e cmbeos na economia
agraria galega, Materiales, n 5, 1977 y Jos Colino, El proceso de mer-
cantilizacin de la agricultura gallega^>, Zona Abierta, n
14-15, 1978. Poste-
riormente en Reaista galega de estudios agrarios,
constituda en 1979, vienen pu-
blicndose trabajos que desde diversas pticas disciplinarias tienen por ob-
jetivo el estudio del medio rural, lo que permite ser moderadamente opti-
mista respecto al panorama cientfico en este terreno en Galicia.
2 7 5
rico, da a la luz X.M. Beiras en el ao 67 con la publicacin de
El problema del desarrollo en la Galicia Rural.
Por otra parte, tampo-
co se ha hecho una reflexin crtica sistemtica de tales elabora-
ciones.
Respecto al primer aspecto cabe pensar que no es el momen-
to de los modelos acabados, y que para llegar a una visin globa-
lizadora satisfactoria falta un largo trecho de estudios parciales,
de aproximacin desde muy distintos campos de las ciencias so-
ciales, an por recorrer. Las notas que aqu presentamos estn
en relacin con el segundo vaco sealado, cuya cobertura nos
parece ms perentoria, en cuanto que difcilmente se puede su-
perar una caracterizacin y una metodologa y sobre todo asen-
tar bases tericas alternativas, sin una reflexin sobre las prece-
dentes, que nos aporte la determinacin de sus lmites fundamen-
tales y puntos de partida de los anlisis futuros.
Nuestro objetivo no es, en modo alguno, realizar un bosque-
jo del pensamiento econmico gallego contemporneo, ni trazar
una historia, por sinttica que fuese, del mismo, o contribuir a
una recopilacin bibliogrfica. Sino que, en definitiva, lo que se
pretende es comenzar una aproximacin al estudio de los ejes b-
sicos de aquellos trabajos que, referidos al estudio de la econo-
ma campesina gallega, han alcanzado una mayor relevancia en-
tre las fuerzas sociales gallegas y en los medios intelectuales y pro-
fesionales en general.
En este intento dejamos conscientemente al margen aquellos
estudios2, que por sus perspectivas de enfoque y presupuestos
metodolgicos, si bien en la mayora de los casos aportan una in-
formacin y una descripcin de la realidad ms ajustada, en oca-
siones, que la de anlisis ms globales e interpretativos, no pre-
tenden, o no pueden, ofrecernos el estudio de la organizacin socio-
econmico, sino que responde a la clsica divisin en sectores del
aparato productivo.
2 Nos referimos a trabajos como:
- Servicio de Estudios Caja Rural Provincial de Orense, La agricultura
gallega en 1976, Orense, aos 1976 a 80.
- C.E.C.A., Situacin actual y perspectivas de desanollo de Calicia.
- Servicio de Estudios del Banco de Bilbao, Galicia: su realidad socio-
econmica, Bilbao, 1970.
2 7 6
El supuesto de universalidad en el tiempo y el espacio de las
pautas y factores explicativos del comportamiento humano, la ge-
neralizacin del objeto de la ciencia econmica a una problem-
tica de eleccin entre alternativas restringidas por la escasez, con-
duce a mutilar extraordinariamente las posibilidades explicativas
acerca de la gnesis y evolucin de una sociedad y del sistema
de relciones sociales entre los hombres. En la medida en que se
vaca a lo econmico del anlisis de las relaciones sociales, se uni-
versaliza y se vuelve modelo un supuesto comportamiento racio-
nal basado en la maximizacin de beneficios en el marco de la
libre competencia mercantil. Las categoras conceptuales propias
a la sociedad capitalista adquieren valor absoluto, ms all de los
lmites de un tiempo histrico y de una forma de organizacin
social precisa, excluyndose, por definicin, existencias sociales
alternativas.
El anlisis de la organizacin social de la produccin de la ra-
ma agraria, la ubicacin histrica de la pequea produccin cam-
pesina en Galicia, no es as abordado en este tipo de anlisis, pa-
ra los que la agricultura se contempla no como la actividad fun-
damental de una comunidad, sino como un sector ms de la eco-
noma, con factores de retraso respecto al modelo general de com-
portamiento econmico y a los dems sectores que ejemplizan la
racionalidad de un sistema. Lgicamente, ha sido desde otras
posiciones y presupuestos que se ha producido un cuerpo de es-
tudios campesinos, y a l nos vamos a referir.
La visin que de la estructura socio-econmica de Galicia, y
de su mundo rural en concreto, nos han dejado los principales
formuladores y lderes del nacionalismo gallego, en el perodo his-
trico que abarca desde 1916, fecha de la constitucin de las Ir-
mandades de Fala, hasta 1939, hasta el silencio, responde en sus
lneas maestras al tpico de sociedades campesinas tal y como,
por ejemplo, es definido por D. Thorner' , y desde el punto de
vista de la organizacin de la produccin y el cambio, a la snte-
sis definitoria de economa campesina realizado por Shanin4.
3 D. Thorner, Peasant Economy as a Category in Economic History,
en Th. Shanin, Ed. Peasants and Peasant Societies. Penguin 1975, p. 202.
4 Th Shanin, Naturaleza y[gica de la economa campesina. Ed. Anagrama,
Barcelona 1976.
2 7 7
En efecto, la Galicia de la primera mitad del presente siglo,
se describe como un pas fundamentalmente rural, con un peso
determinante de la actividad agrcola, en el que la divisin social
bsica viene configurada por la polarizacin campo-ciudad, y en
la que el Estado, extrao a la sociedad gallega, es el primer ele-
mento de dominacin del campesinado. Sinttica, pero revela-
dora, es la conocida descripcin de Castelao: Galicia es un pas
precapitalista, poblado por trabajadores que viven de un msero
jornal, que ellos mismos sacan de la tierra o del mar... Los cam-
pesinos no son obreros ni patronos. Les llaman propietarios; pe-
ro su propiedad no pasa de ser una simple herramienta de traba-
jo. As caen mejor en las manos del fisco y de la usura. Los cam-
pesinos ven al Estado en figura de recaudador de contribucio-
nes5.
De igual manera, el quizs mximo terico del nacionalismo
gallego dede 1918 al 36, V. Risco, seala, Galicia es un pueblo
de labradores. He aqu nuestra realidad social. Galicia es un pas
de poblacin rural y de economa agraria. Galicia es campesina
por la distribucin del hbitat y por los medios de vida... Los la-
bradores, (incluyendo naturalmente, como hemos visto, a los ma-
rineros), los paisanos, son aqu, puede decirse la nica clase pro-
ductora... En resumen: la clase labradora gallega es una clase pro-
letaria, en una clase explotadora. Lo que sucede es que la clase
labradora gallega no tiene sobre s, gravitando sobre un esfuerzo
y sobre su trabajo, una clase capitalista opulenta y poderosa. Pas
de economa rural y familiar, Galicia no ha llegado an -para
hablar segn el tecnicismo de la escuela de Marx- al estadio
capitalista6.
Si Galicia como totalidad tiene uno de sus elementos caracte-
rsticos bsicos en el peso abrumador de lo rural, que impregna
el conjunto de su vida social, la estructura social del mundo cam-
pesino se define por su igualitarismo y un importante grado de
cohesin social. La sociedad gallega en su componente fundamen-
5 A. Castelao, Sempre en Galiza. Edicis Galiza. Buenos Aires, 1975, pp.
47 y 48. La primera edicin del Sempre en Galiza data de 1944, y el texto
concreto que citamos fue escrito en 1937.
6 V. Risco, EI problema poltico de Galicia, en V. Risco, Obra Comple-
ta. Teora Nacionalista, Ed. Akal. Madrid 1981, pp. 148, 149 y 150.
2 7 8
tal, es una sociedad de labradores, democrtica, no capitalista, so-
cialmente [Link], dadas las caractersticas y entraa comuni-
taria de sus unidades sociales bsicas y el reparto de la tierra en
pequeas propiedades. A partir de un pasado feudal, las lneas
de evolucin de la sociedad rural gallega apuntan hacia la conso-
lidacin de una democracia agraria, si se consigue alcanzar la
plena liberacin de las distintas trabas que an impiden el acceso
del campesinado a la propiedad de la tierra y se instrumenta un
sistema cooperativo, a partir de las bases comunitarias ya exis-
tentes,
como rasgo inherente del ser social del campesino
gallego'.
No queremos, sin embargo, plantear que exista en los princi-
[Link] formuladores de la especificidad gallega una idealizacin de
las condiciones de existencia del campesinado. Lo que ocurre, es
que las contradicciones esenciales se perciben como derivadas de
un sistema de dominio y explotacin que se visualiza fundamen-
talmente como un enfrentamiento urbano/rural, campo/ciudada,
en el que los elementos urbanos se ven como ajenos a la sociedad
gallega, intermediarios de una poltica estatal, verdaderamente
causante del estado de postracin y atraso de la nica clase tra-
bajadora. Una yotra vez en los textos de los distintos tratadistas,
se recogen las reivindicaciones del movimiento agrarista anterior,
y as junto con la temtica de la propiedad sobre la tierra
(reden-
cin foral, arrendamientos, ...) es la poltica arancelaria protec-
cionista, la poltica impositiva, red ferroviaria, los puntos bsi-
cos de los males de la agricultura gallega.
El cacique, y el caciquismo como sistema de dominacin, se
entienden precisamente como la resultante del desajuste entre la
estructura e instituciones de la comunidad campesina y un apa-
rato administrativo impuesto y desacorde, que provoca la fun-
' V. Risco, Teora do Nacionalismo Galego, en
Obra Comp[eta... Op.
cit., pp. 60 a 64. An cuando nos apoyemos en las citas en Risco y Caste-
lao, por su relevancia, por su carcter de mximos exponentes, puede decir-
se que esta caracterizacin es compartida muy ampliamente en el conjunto
del pensamiento nacionalista de la poca.
8
Esta cuestin est presente en todos los autores, est en el fundador
das Irmandades da Fala, Villar Ponte, y es recogida ya del pensamiento
regionalista de Murgua.
2 7 9
cin intermediaria del cacique etre estos dos mundos hostiles y
antagonizados9, en el que uno de ellos est excluido del poder.
Por otra parte, si nos fijamos ms en las caractersticas de la
produccin y cambio, puede decirse que el conjunto de las cua-
tro notas utilizadas por Shanin para definir su modelo de econo-
ma campesina, se adapta perfectamente a la descripcin que de
la economa agraria gallega nos aportan los ms distintos textos
y autores del nacionalismo gallego.
La casa labriega es una y otra vez descrita como una unidad
de produccin y d consumo, entidad familiar y patrimonial, ba-
se de la vida econmica a la par que de un cmulo de relaciones
sociales, cristalizadas en instituciones legales propias, como la
compaa familiar gallega, y en la que el ideal econmico orien-
tador de su actividad es la satisfaccin de las necesidades: la fa-
milia campesina trabaja para que su hogar sea el centro de un
pequeo mundo econmico. El ideal campesino consiste en vivir
con holgura y vende lo que sobra10.
Si la casa campesina aparece, pues, como la unidad bsica plu-
ridimensional, existe un marco social de relaciones interfamilia-
res en el que se condena todo un mundo relacional caracterizado
por su entraa comunitaria y cooperativa, la parroquia, agrupa-
miento de los vecinos de lugares prximos, que reivindicada co-
mo la nica entidad natural de asentamiento y de organizacin
social del campesinado, a la que es imprescindible dotar de per-
sonalidad jurdica propia, con gobierno y hacienda propias, frente
a la imposicin del municipio como frmula inadecuada a la es-
pecificidad campesina".
El carcter cerrado, autrquico de la economa campesina ga-
llega, el papel y funcionalidad de las ferias como lugar principal
de un intercambio restringido y residual, complementario, que
cubre adems funciones ms amplias que las estricamente eco-
nmicas, de relacin-informacin en un mbito comarcal, es as-
10 A. Castelao, Sempre en... Op. cit., pp. 113-114.
10 Ibid., P. 117.
" El tema de las unidades sociales bsicas de la organizacin de la so-
ciedad rural gallega, puede verse tratada muy detenidamente por V. Risco
en <^EtnograCa. Cultura espiritual en Otero Pedrayo director H^toa de Ga-
Lia,
Ed. n' , 1962, V. I, y tambin, mucho ms sintticamente est en Cas-
telao, Sempre... Op. cit., pp. 116 a 119.
2 0
mismo comn en todas las elaboraciones. Nos referimos funda-
mentalmente a las aportaciones de tres hombres claves, en el es-
tudio y elaboracin de propuesta en torno a la temtica agraria,
a lo largo de todo este amplio perodo como son Luis Pea Novo,
Rof Codina y Cruz Gallstegui12. Reseamos, pues como ya di-
jimos cae fuera de nuestras pretensiones hacer propiamente his-
toria del pensamiento, el que de trabajos de hombres de mayor
especializacin y conocimiento de los temas agrarios, y con un
menor carcter de idelogos, y tambin del examen de las reivin-
dicaciones del movimiento agrarista, se puede colegir una ima-
gen del campo gallego, en la que esta caracterizacin modlica
realizada por los principales exponentes del pensamiento galle-
go, aparecera sumamente matizada, tanto respecto a la cohesin
e igualitarismo campesino, como en relacin con la autarqua del
mundo rural12.
No creemos caer en una generalizacin y simplificacin exce-
siva, si intentamos resumir tres puntos bsicos e interrelaciona-
dos que, a nuestro entender, est presentes en el conjunto de la
obra de los principales formuladores de la especificidad gallega
y, de algn modo, iban a permanecer en los anlisis posteriores,
y sobre todo en el pensamiento del autor contemporneo de ma-
yor nivel de elaboracin e influencia.
En primer lugar destacamos la caracterizacin de la sociedad
campesina de la poca, en tanto que forma de organizacin so-
cial de la que estn ausentes, endgenamente, factores de inesta-
bilidad social, tensiones y conflictos, como no sean aquellos deri-
vados de una agresin exterior. Decamos anteriormente que no
era nuestra intencin entrar en un anlisis histrico, y por ello
no profundizaremos en los desajutes que consideramos importantes
en tal visin. No podemos, sin embargo, dejar de explicitar, la
discordancia entre tales globalizaciones y la propia realidad his-
trica de un perodo, como es el de finales del XIX y primer ter-
cio del presente siglo, en el que asistimos a muy importantes mo-
vilizaciones campesinas, y en donde renta y propiedad de la tie-
' Z Nos referimos fundamentalmente a las aportaciones de tres hombres
claves, en el estudio y elaboracin de propuestas en torno a la temtica agraria,
a lo largo de todo este amplio perodo como son Luis pea Novo, Rof Codi-
na y Cruz Gallstegui.
2 81
rra, son ejes principales de las mismas, y en torno a los cuales
gira un conjunto de clases sociales en una dinmica que atae
unitariamente a toda la sociedad gallega, pero tambin cruza el
propio mundo rural, dando lugar a complejas luchas y alianzas
de clase. Vale la pena en este sentido recoger directamente las
palabras de Durn, uno de los poco autores que ha intentado es-
tudiar la conflictividad campesina en este perdo: esta era la gran
verdad, siempre encubierta: la propiedad rstica estaba en Gali-
cia, en su inmensa mayora, en manos de propietarios absentis-
tas que explotaban la tierra y al campesinado por va de renta.
Cosa que tampoco desmiente la otra cara del mismo cuadro: que-
daba un resto (de una cuarta a una tercera parte) a repartir entre
las grandes mayoras, campesinas stas, tocndole a mnimos de
fraccin... Y es as como llegamos a esta nueva conclusin del
modelo, la decisiva para comprender el paisaje agrario de Gali-
cia: la tierra gallega, en verdad, estaba muy dividida, pero psi-
mamente repartida13.
Digamos, en suma, que si los clsicos del nacionalismo tie-
nen el gran mrito de brindarnos una importante reflexin sobre
lo diferencial del medio rural gallego, y dan fe de alguna mane-
ra, del proceso de consolidacin de la pequea produccin cam-
pesina en la agricultura gallega (esencialmente el acceso del cam-
pesino a la libre propiedad de la tierra) que tiene lugar en ese
perodo histrico, como la frmula o va preponderante de evo-
lucin de la misma en el contexto del desarrollo del capitalismo
espaol, cuestin que Durn no parece valorar suficientemente,
su anlisis se queda inmerso en un nivel de generalizacin tal,
que olvida los elementos contradictorios que este proceso conlle-
va, dndonos la falsa apariencia de una Galicia campesina, ho-
mognea e igualitaria, y sobre todo, y esto nos enlaza con el se-
gundo punto que concluimos, sin entender ni captar, el sentido
de este proceso y las clases sociales que lo dirigen.
Ello ocurre en la medida en que se desv-incula totalmente la
economa campesina, de la dinmica global de la sociedad galle-
ga y espaola, sin interrogarse en ningn momento sobre la na-
turaleza de clase de ese Estado agresor, sobre el contenido eco-
13 J.A. Durn, Agrarismo y moailizacin campesina en el pas gallego
(1875 -1912), Ed. S. XXI, Madrid 1977, p. 17.
2 82
nmico de ese proceso de dominio de cuya existencia dan cuenta
y sobre los mecanismos a travs de los cuales se ejerce; cerrando
en definitiva las puertas a poder explicar el significado y las pro-
pias transformaciones del mundo rural gallego, en la medida en
que se autonomiza este mundo que, a una altura determinada
del desarrollo social, ya no puede encerrar en s mismo las claves
de la dinmica de una sociedad, que es un todo complejo y es-
tructurado en torno a unas leyes muy concretas y determinadas.
Coherentemente, tercer aspecto de nuestro resumen, con es-
ta idealizacin exacerbada llega a plantearse, a propugnarse co-
mo viable, como el proceso hacia el que efectivamente se est avan-
zando, que la sociedad campesina gallega evoluciona y debe ca-
minar hacia una democracia agraria cooperativista segn
Risco", o en las ms conocidas palabras de Castelao nuestra
tierra precapitalista sr una comunidad cooperativista, a par-
tir de la extensin de la democracia aldeana patriarcal por agre-
gacin para el conjunto social.
Para nosotros esta concepcin, que a pesar de todas las dife-
rencias obvias y elementales existentes entre ambas situaciones
no puede dejar de recordarnos a la de los populistas rusos de la
polmica con Lenin a fines del XIX, guarda estrecha relacin,
no tanto con la procedericia de clases de sus formuladores, como
a veces se entiende por algunos autores, sino con otros dos facto-
res. El primero de ellos lo entendemos ligado a la presin que
necesariamente ejerce el marco del propio proyecto poltico e ideo-
lgico de los autores, la necesaria bsqueda y afirmacin de lo
diferencial como elemento clave de su edificio nacionalista, que
puede llevar con gran facilidad a mistificaciones en el anlisis de
la realidad social. El segundo factor es la carencia de una base
analtica, de concepcin de la sociedad, que permita entender su
gnesis y evolucin, a partir del desarrollo de sus contradicciones
fundamentales, y el desconocimiento de sus leyes y mecanismos
esenciales.
En este sentido no deja de ser sintomtico y revelador, aun-
que somos conscientes de que el conservadurismo de Risco vuel-
ve, a este respecto, un tanto sesgada la muestra, el planteamien-
to de nacionalismo como un antdoto contra la lucha de clases que
" V. Risco, Teora del nacionalismo en Obra... Op. cit., p. 64.
2 83
existe en este autor, que opone al principio de las contradiccio-
nes sociales, el de la cooperacin y cohesin social, que le parece
son los rasgos propios del mundo rural gallego, de la idiosincra-
sia y naturaleza del pueblo gallego.
2. LAS FORMULACIONES CONTEMPORANEAS
En el pensamiento econmico gallego contemporneo, que
realmente se puede considerar que no se reinicia hasta bien en-
trada la dcada de los 50, de 1957 data la fundacin de la hoy
desaparecida revist de Economa de Galicia que juega un papel
absolutamente clave en este perspectiva, caben destacar dos apor-
taciones de especial relieve y singularidad. Se trata del conjunto
de la obra de X.M. Beiras, y el libro de Garca Fernndez, Orga-
nizacin del espacio y economa rural en la Espaa Atlntica15 .
Realizadas desde distintas perspectivas tericas, sus conclu-
siones en los puntos centrales son bastante prximas, en cuanto
a la caracterizacin de la economa agraria gallega como una agri-
cultura de subsistencia y cuasiautrquica. El anlisis de G. Fer-
nndez, desde la ptica de la geografa econmica, es el estudio
ms acabado, a nuestro entender, de la organizacin interna de
la economa rural gallega y su trabajo resulta particulrmente in-
teresante respecto a la conformacin del policultivo de subsisten-
cia. La obra de Beiras, es el primer intento desde la teora de los
sistemas econmicos de definicin de las estructuras productivas
de la agricultura gallega. Su ambicin globalizadora, el ofrecer
un modelo interpretativo de las causas del subdesarrollo gallego,
su entronque con el pensamiento nacionalista y la propia riqueza
de su anlisis, constituyen factores que han convertido su apor-
tacin en la de mayor influjo y atractivo, y por tanto en obligado
punto de referencia de cualquier anlisis sobre el tema. En esa
' S Una obra sumamente prolfica y rica, de la que destacamos en rela-
cin con nuestra temtica, dos libros: X. M. Beiras, El problema del desarrollo
en la Galicia rural, Ed. Galaxia, Vigo 1967 y 0 atraso econmico de Galicia Ed.
Galaxia, Vigo, 1972.
J. Garca Fernndez, Organ^acin del espacio y ecm:oma rural en la Espaa
Atlntica, Ed. S. XXI, Madrid 1975.
2 84
misma medida, su obra ser nuestro objeto de estudio preferen-
temente.
Sintetizaremos brevemente el anlisis de Beiras, estructurn-
dolo en torno a tres aspectos esenciales: caractersticas estructu-
rales del agro gallego, su insercin en el sistema, y las lneas evo-
lutivas del mismo. Respecto al primer tema nos suministra una
interpretacin que apenas difiere de la de los clsicos del nacio-
nalismo gallego, y su tesis central es la de la inmutabilidad de las
estructuras productivas de la agricultura gallega respecto a la fa-
se anterior. La agricultura gallega se define como una economa
de subsistencia, cerrada o cuasiautrquica, orientada a la satis-
faccin de necesidades, y en la que los intercambios son
marginales16. La tcnica, tanto procedimental como intrumental
es muy atrasada, de carcter artesanal; y la organizacin social
se estructura en torno a tres ncleos esenciales, casa, parroquia
y comarca, caracterizados por esencia comunitaria". En snte-
sis, un sistema econmico entre feudal y artesanal, que rene la
caracterstica comn y esencial de ambos: su carcter pre-
cpitalista18, y por tanto el ser una economa estacionaria.
Una caracterizacin coincidente con la de G. Fernndez, quien
tambin llega a la conclusin de que la economa rural sigue man-
teniendo el carcter tradicional de una economa autrquica, de
subsistencia; en la que tan slo han aparecido algunos aspectos
comerciales19; aunque este ltimo autor tan slo desenvuelva su
estudio en el plano de la organizacin tecno-econmica de la vi-
da campesina, y no aborde los diferentes aspectos de la sociedad
campesina tomada como un sistema socio-econmico.
En el ao 67, Beiras ya deja vislumbrar en la introduccin
de su libro, cul es su interpretacin de la integracin de la eco-
noma rural gallega, su funcionalidad y mecanismos, as como
las tendencias evolutivas, al escribii: Forma parte, geogrfica
y antropolgicamente, de una misma entidad colectiva, Galicia.
Pero esta entidad se muestra despejada en imagen de sociedad
dual. El desarrollo tiene lugar tan slo en un coto reducido, que
16 X.M. Beiras, EI prob[ema... Op. cit. pp. 32 y 33.
'^ Ibid., p. 41.
'a Ibid., p. 29.
19 J. Garca Fernndez, La organizacin..., Op. cit. p. 192.
2 85
resulta un cuerpo extrao para el pas en que se incrusta en lugar
de vigorizarlo sector a sector... Se observa solamente una coexis-
tencia casi incomunicada y sensiblemente hostil, y una prdida
constante de terreno de una sociedad ante otra. No hay transfor-
macin, sino conflicto y demolicin de la sociedad campesina 20.
Sin embargo, su trabajo despus de e^ta declaracin introduc-
toria se caracteriza precisamente por el aislamiento metodolgi-
co a que somete el objeto de anlisis. Es decir, llega a la caracte-
rizacin terica de la economa campesina, al margen de su g-
nesis histrica y de sus relaciones presentes con el sistema econ-
mico del que forma parte. Tan slo cuando enumera paralela-
ntente los aspectos negativos que en ella concurren, en orden a
un proceso de desarrollo subraya, como aspecto central, su ca-
rcter de economa bloqueada o colonial.
Va a ser en 1972, en el Atraso Econmico, en donde estos lti-
mos aspectos se amplien y desarrollen en un esquema interpreta-
tivo completo. Si bien sigue manteniendo intacta la caracteriza-
cin estructural de la agricultura gallega, profundiza en sus rela-
ciones y dinmica. Plantea la sociedad gallega como caracteriza-
da esencialmente por ser una sociedad dual, en la que el sector
industrial se entiende como un ncleo capitalista enquistado, cu-
yas relaciones con el medio rural y su economa agrcola son b-
sicamente extramercantiles, siendo un efecto de las mismas la des-
truccin o demolicin de la economa campesina. La secuencia
pasa bsicamente, por la instrumentacin por parte del capitalis-
mo de una serie de mecanismos, que acoge bajo el trmino de
colonialismo interior, carcterizados todos ellos porque suponen
la aniquilacin de la econma campesina a travs de su monetri-
zacin forzosa y la destruccin de sus mecanismos autoreproduc-
tores, en un proceso conflictivo cuya ltima fase, empieza a pro-
ducirse en la penetracin directa del capital en el campo21.
En resumen, lo ms novedoso de O Atraso, es la tesis central
de la incapacidad del capitalismo para provocar una reestructu-
racin de la agricultura campesina, y la necesaria liquidacin de
la misma en el proceso de expansin del capital, que ineludible-
mente conlleva a la instauracin de relaciones de produccin tra-
2 X.M. Beiras, El problema..., Op. cit. p. 19.
21 X.M. Beiras, O Atsaso..., Op. cit., p. 176.
2 86
bajo asalariadolcapital en el seno de la propia agricultura. Dua-
lismo y colonialismo ^interior son los instrumentos conceptuales
que dan cuenta de los mecanismos y relaciones fundamentales.
Desde nuestra perspectiva, las limitaciones del anlisis de Beiras
son sumamente importantes. En efecto, su estudio bsico se de-
senvuelve en un doble plano, por un lado realiza un anlisis acr-
nico aplicando la tipologa historicista de los sistemas econmi-
cos a la Galicia rura122, tratando de encuadrar a la misma en uno
de los sistemas modelo definidos en dicha tipologa. Por otra parte,
de forma paralela, ofrece un annlisis de la evolucin del sector
agrario desde 1929, a travs del estudio de serie de superficies,
producciones y rendimientos.
Un anlisis con esta apoyatura metodolgica conduce inelu-
diblemente a la simple taxonoma y al formalismo, al encasilla-
miento de la realidad en el marco de un modelo que no aparta
elementos para entender la gnesis de una determinada realidad
socio-ecanmica, ni las variables determinantes de su conforma-
cin estructural y contradicciones principales.
La caracterizacin de un sistema econmico por la simple yux-
taposicin de los rasgos de tres tipos de estructuras, entre las cuales
no existen jerarquas de determinaciones, ni se plantean las no-
ciones de compatibilidad y lmites estructurales, vuelven el an-
lisis algo meramente descriptivo y esttico. Reducir la historia
a una clasificatoria o enumeracin de sistemas tipos, sin situar
tericamente los n^ecanismos de transformacin de los mismos,
el trnsito de unos a otros, tiene como consecuencia, que la tipo-
loga historicista, sea paradgicamente esencialmente ahistrica.
De otro lado el propio diseo de la investigacin realizada por
Beiras adolece de serios defectos. Si en la parte dedicada a la ca-
racterizacin estructural, se basa casi exclusivamente en los textos
de los clsicos del nacionalismo gallego, y muy especialmente en
22
Tipologa historicista, bsicamente
debida a W. Sombart, quien co-
mo se sabe define
un sistema por la combinacin de tres estructuras, espritu
o mviles mentales, sustancia o estadium tcnico,
y forma o marco institu-
cional. Sobre cuya base A. Marchal,
configura cinco tipos de sistemas eco-
nmicos (
capitalismo y socialismo, feudalismo
y sistema artesanal y corpora-
tivismo^.
2 87
la etnografa de Risco, presuponiendo la validez en los aos 60
de tales concepciones, su intento de aproximacin la validez en
los aos 60 de tales concepciones, su intento de aproximacin es-
tadstica a la evolucin de la agricultura gallega est sumamente
limitado. En primer lugar, y tal como el mismo autor argumen-
ta, por la propia debilidad de las fuentes y del material estadsti-
co que puede manejar, en segundo, porque es precisa y exacta-
mente, el subsector clave en la evolucin de la agricultura galle-
ga contempornea, el ganadero, el nico dejado de estudiar so-
bre la base de la existencia de grandes lagunas estadsticas, lo que
obviamente trastoca totalmente las conclusiones. En tercero, por-
que Beiras se deja condicionar excesivamente por el perodo his-
trico analizado, que abarca, la fase posterior a la depresin del
29, la guerra civil y sus secuelas inmediatas, y el perodo autr-
quico de la economa espaola, que realmente no es alterado sus-
tancialmente hasta 1957-59. Tan slo sobre estas bases analti-
cas, se puede argumentar la inmutabilidad de la agricultura ga-
llega, an en 1972.
Pero esta serie de limitaciones consideramos qe estn en es-
trecha relacin con el problema de fondo, que pensamos consiste
bsicamente en desarrollar un anlisis en que el mundo rural, es
contemplado, no tan slo en su gnesis histrica, sino en su con-
formacin actual, al margen de las caractersticas estructurales
y de la, propia dinmica del capitalismo en Espaa, y de la polti-
ca econmica desarrollada en los diversos perodos.
As, la adopcin de los esquemas dualistas y del colonialismo
interior de 0 Atraso econmico, no van a hacer sino incrementar
la carga sugestiva de su interpretacin, a costa de mantener errores
importantes en el diagnstico de la realidad gallega. Seccionar
Galicia en dos mundos socio-econmicos, yuxtaponindolos co-
mo si fuesen resultantes de procesos histricos que no tuviesen
relacin, supone seguir afirmando, aunque sea sobre nuevas ba-
ses, la tesis clsica del nacionalismo gallego, de una dialctica
campo-ciudad, en la que las perspectivas de las distintas clases
no determina, ni tampoco se afronta el estudio de las relaciones
sociales que entretejen a stas en la produccin y la distribucin
de bienes y servicios, autoimpidindose en suma el producir una
explicacin del status del campesinado y de la agricultura cam-
pesina en el sistema econmico, en beneficio de la utilizacin de
2 88
una categora meramente descriptiva como es la del colonialismo
interior.
La influencia de la obra de Beiras en la mayor parte de los
anlisis realizadores sobre el medio rural, desde las ms distintas
disciplinas, es realmente considerable, y de hecho su caracteriza-
cin puede decirse que es bsicamente asumida hasta 1977 en sus
tres tesis centrales: el carcter precapitalista y de agricultura de
subsistencia, la incapacidad del capitalismo para su reestructu-
racin y por el contrario, la aseveracin de que estamos ante un
proceso de rpida liquidacin de la misma en beneficio de la im-
plantacin de capitalismo agrario, y el carcter extramercantil de
las relaciones que la vinculan con el sistema econmico.
Las importantes mutuaciones, que a nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas y organizacin del proceso de trabajo, as como
de las relaciones sociales de produccin, sufre la agricultura ga-
llega, paulatinamente, desde 1959. La reestructuracin profun-
da que el capital induce en el medio rural gallego, y en su sector
econmico bsico, integrndolo, en un proceso de especializacin
que rompe el policultivo de subsistencia y hace depender cada
vez ms a la agricultura de insumos procedentes de otros secto-
res. La permanencia de una agricultura de base familiar y el im-
portante papel jugado por la misma en la reproduccin ampliada
del capital; la posicin de clase del campesinado en el sistema so-
cial, los mecanismos fundamentalmente mercantiles, de su explo-
tacin y la diversidad de respuestas de la economa campesina
en este proceso, que introduce un importantsimo grado de hete-
rogeneidad.
Son todos ellos aspectos de una situacin relativamente nue-
va, que se salen del marco analtico, en gran parte, del estudio
de G. Fernndez, y que no encajan y contradicen el modelo in-
terpretativo y el diagnstico propuesto por Beiras23.
Resulta por esto sumamente sorprendente, que ya bien avan-
zados los aos 70, se sigan planteando interpretaciones, que en
13 Sobre este proceso y los cambios bsicos que se han dado en la agri-
cultura gallega, aparte de los artculos ya citados (nota 1), existe ya un am-
plio conjunto de aportaciones, que se encuentran a lo largo de los cinco n-
meros de la Revista Galega de Estudios Agrarios.
2 89
ningn modo dan cuenta de tales transformaciones, prisioneros
de uno u otro modo de esquematismos ideolgicos.
Nos referiremos, aunque sea brevemente, a dos aportaciones
que reflejan posicionamientos muy dispares, aunque ambas se re-
clamen como marxistas, teniendo la primera de ellas una influencia
relativamente importante.
La primera es la de R. Lpez-Suevos, quien en su anlisis
del subdesarrollo gallego en trminos de capitalismo colonial, an
abandonando la tesis dualista y situando en primer plano el pro-
blema de la utilizacin del excedente, mantiene sin embargo una
visin de la cuestin campesina increblemente fijada en el pasa-
do, ofrecindonos un anlisis sumamente confuso y contradicto-
rio, que oscila entre el populismo ideolgico y una concepcin
sobre la economa campesina propia al marxismo ortodoxo.
En primer lugar conviene tener claro que si, en Suevos, no
existe en ningn momento una reflexin o elaboracin terica acer-
ca del status de la pequea produccin campesina en el sistema
capitalista, y no se encuentran en su obra referencias a ninguna
suerte de aportaciones de lo que hoy se ha dado en llamar estu-
dios campesinos, de todas formas es claro que su posicionamiento
se identifica con aquellos para quienes la produccin campesina
es un resto del pasado: la existencia de pequeos productores
propietarios no encaja en la lgica del sistema capitalista consi-
derado en abstracto. En la realidad, este fenmeno aparece co-
mo un vestigio de modos de produccin precapitalistas 24.
As, en el plano concreto de la caracterizacin de la agricul-
tura gallega, su visin encaja con la de la ortodoxia marxista de
la agricultura campesina como reliquia del pasado. En efecto, para
el autor no merece la ms mnima duda su definicin como so-
ciedad rural precapitalista 25, y la descripcin que nos ofrece de
la misma en 1975, la toma de Beiras sin el menor asomo de
revisin26. Resulta ilustrativo, clarificador, como se pueden re-
14 R. Lpez-Suevos, Cara unha a^in crtica da economa galega, Ed. do
Rueiro, Santiago, 1975, p. 85.
25
Ibid., p. 49, y tambin est en R. Lpez-suevos, EI papel del exce-
dente agrcola en la economa gallega, en G. Sabell y otros, La Galicia rural
en la encruc^ada, Ed. Galaxia, 1975, p. 150.
26
R. Lpez suevos, EI papel..:, Art. cit., pp. 156-157.
2 90
petir esquemas, sin el menor apoyo analtico y justificacin esta-
dstica: por lo que se refiere a la tcnica utilizada en las tareas
agrcolas es cierto que, como tiene demostrado Beiras en su tra-
bajo sobre la Galicia rural, tanto la tcnica instrumental como
la procedimental utilizadas [Link] labores agrcolas dejan much-
simo que desear; los datos del reciente Censo Agrario no hacen
ms que ratificar la validez de esta proposicin 27. Si se tratase
de un mejo juicio de valor, sobre el estado tcnico deseable pra
la agricultura gallega, todos lo podramos compartir, el proble-
ma surge cuando con ello se pretende seguir dando como vlido
el diagnstico de una agricultura entre feudal y artesanal, y los
datos del Censo Agrario del 72 sobre los que se sustenta tal ase-
veracin no aparecen por ningn lado. Tan slo cabe pensar que
o se conocen, o que el apriorismo y el tradicionalismo ideolgico
impiden su lectura.
Si por algo se caracterizan los datos que se pueden manejar
en 1975, es porque permiten con no demasiadas dificultades,
advertir cmo la agricultura gallega se ve conducida hacia un mo-
delo evolutivo en el que la dependencia de insumos energticos,
de piensos compuestos, de elementos mecnicos, y en suma de
todo el complejo agro-industrial, es realmente espectacular y cons-
tituye uno de sus principales problemas en la actualidad, dadas
las estructuras productivas de partida, y las condiciones concre-
tas que asume esta dependencia, que en definitiva provocan que
tan slo una franja reducida de las explotaciones agrcolas la pue-
dan afrontar.
Digamos aunque tan slo sea a modo de informacin grfica,
que si la Produccin Final Agraria gallega, se distribua en 1955
en un 44,4% Agrcola, un 43,9 Ganadera, y un 11,6 Forestal,
en 1967 la situacin era de un 30,8%, 62,4% y 6,7% respectiva-
mente y en 1975, ao en que escribe el autor, 24,6%, 66,1 y 9,22.
A1 tiempo que conviene tener presente que la produccin lctea
gallega en este ltimo ao citado supone el 20,8% de la espao-
la, y la de carne de vacuno el 21 %28. Situacin incompatible os-
tensiblemente con una agricultura de subsistencia y autrquica;
27 R. Lpez Suevos, ^<El papel... Art. cit. pp. 148-149.
28 Datos obtenidos de La Renta y su dtribucin provincial. Banco de Bil-
bao, aos 55, 67 y 75.
2 91
y especializacin productiva a la que no se ha llegado sino me-
diante un profundo proceso de integracin en el mercado de las
industrias de suministros: si en 1962 existan en Galicia censa-
dos, tan slo 872 tractores de ruedas, en 1972 haba ya 15.398
y en el 76 estbamos en los 30.000 tractores29. Los Gastos y
Amortizaciones que en 1955 tan slo suponan el 14,6% de la
P.F.A. gallega, en el 75 representan el 36,8% de la misma, en
gran medida debido a la vertiginosa subida en el consumo de pien-
sos que suponen el 75% de dicho gasto. Integracin mercantil,
en suma, que no se realiza sin alterar aunque sea muy lentamen-
te la base dimensional de las explotaciones y sin que se constitu-
ya una franja de la misma con una base fsica y de ganado por
explotacin claramente superior a los umbrales de una agricultu-
ra de subsistencia. Digamos que segn el Censo Agrario del 72,
si el 64% de las explotaciones de la ganadera de vacuno eran
menores de 5 Ha., un 45,6%, es decir, la totalidad de las restan-
tes, tpicamente familiares en su mayora, se situaban entre las
5 y las 50 Has. y representaban el 56,5% del total del ganado
vacuno.
La ausencia de una elaboracin terica acerca del lugar y fun-
ciones de la agricultura en el capitalismo, y el vaco paralelo a
nivel del anlisis concreto de la economa campesina gallega, con-
vierten en meros slogans ideolgicos el recurso a la utilizacin for-
mal de conceptos como los de acumulacin primitiv e intercam-
bio desigual.
En estas condiciones mantener que el proceso de integracin-
dominacin de la agricultura campesina gallega por el capitalis-
mo monopolista, debe entenderse como un proceso tpico de acu-
mulacin primitiva, de naturaleza coactiva y extraeconmica: los
mecanismos del proceso de acumulacin primitiva son extraeco-
nmicos o cuando menos no poseen el fetichismo que esconden
las modalidades de apropiacin del excedente o el modo de pro-
duccin capitalista30, provoca una completa tergiversa^in del lu-
gar del campesinado en las contradicciones de clase, y de la propia
naturaleza de los mecanismos de explotacin a que primordial-
mente se ve sometido, impidiendo situar los elementos de su su-
29 Censo de Maquinaria Agrcola de 1976. Ministerio de Agricultura.
3o
R. Lpez-Suevos, El papel... Art. cit. p. 167.
2 92
peracin. Y cuando se predica que estos mecanismos desembo-
can en la desposesin del campesino de sus medios de produc-
cin y en la proletarizacin forzosa dentro o fuera del pas, a tiempo
completo oin situ tomando la forma de una simbiosis 31 y que
la existencia de campesinos tan slo puede ser explicada por la im-
portancia del autoconsumo, las remesas de los emigrantes y el tra-
bajo por cuenta ajena32, a nuestro entender recae en importan-
tes errores, adems de una simple negativa a observar y analizar
la realidad social. De una parte no se valoran ni analizan los fac-
tores de resistencia que la economa campesina como forma de
organizacin social, el campesinado como clase y la competitivi-
dad de la pequea produccin campesina en determinado nivel
tecnolgico, oponen a la penetracin del capital en la agricultu-
ra; entrada que encuentra fuertes barreras, tanto en la apropia-
cin por el campesinado de la tierra y en el precio de la tierra,
como en la imposibilidad de implantar la divisin industrial del
trabajo en los procesos productivos agrarios33. Adems se igno-
ra el papel y funciones que una agricultura familiar puede de-
sempear en el desarrollo del capitalismo. Y en el caso concreto
de la economa espaola, como los cambios producidos desde 1959
en la dieta y demanda alimenticia, repercuten en los precios, pro-
piciando una coyuntura favorable a la especializacin producti-
va de una parte del campesinado gallego.
En definitiva la tesis del dernimbamiento como nica oferta
que el capitalismo puede dar a la agricultura gallega es un aprio-
rismo ideolgico, que sirve perfectamente para ocultar las con-
tradicciones reales y la problemtica en que desde hace largo tiem-
po se ve inmerso el campesinado gallego.
Las conclusiones de este tipo de posicionamiento no pueden
[Link] evidenciar un deconocimiento profundo de los procesos
que realmente acontecen, y el moverse en plena contradiccin.
Nos resulta francamente alarmante, que cuando una franja del
campesinado gallego, (aquella que no ha tenido que emigrar o
3' Ibid., p. 155 y 156.
32lbid., p. 160.
33
Aspectos magnificamente analizados por Cl. Servolin, <,L' absortion de
1' agriculture dans le mode de productioncapitaliste en Tavernier, Gervais
y Servolin, L'urtrvas por,ciqzu du paysan.t, Ed. A. Colin, Paris 1972.
2 93
para la que la actividad agrcola hoy no es ms que un comple-
mento de su salario) ha dado un salto brutal en los niveles de me-
canizacin, ha cambiado el ganado autctono, por la frisona de
especializacin lctea, y produce sobre la base de una dependen-
cia exacerbada de la alimentacin va piensos compuestos, y to-
do ello es precisamente indicativo de quin controla y dirige este
proceso, se pueda llegar a la conclusin que, frente a los que sos-
tienen el carcter progresista de la disolucin de nuestra agricul-
tura... se puede argumentar que el logro de una agricultura prs-
pera no tiene forzosamente que pasar por la destruccin de la so-
ciedad rural. Cabe llegar a los mismos resultados a traas de una trans-
formacin en el marco general d.e un rgimen social alternatiao que dina-
mice nuestras estructuras agrarias. As, la mecanizacin del campo
hace superfluo el ganado de trabajo y permite su reconversin
en ganado de renta, la estabulacin con mtodos adecuados evita
la necesidad del tojo y permite dedicar el terreno asignado a tojal
a usos alternativos; los abonos minerales y los piensos compues-
tos posibilitan un cambio cara a la constitucin de estructuras agra-
rias ms sanas34.
Si el anlisis de Suevos es por una parte fiel a la concepcin
de clsicos del marxismo como Engels o Kautsky, para quienes
agricultura y campesinado son anacronismos econmicos, en la
poca del maquinismo y del desarrollo industrial, el populismo
ideolgico del autor le conduce a convertir en mecanismo central
de la sumisin de la agricultura al capital en el caso gallego, el
del trabajo simbitico, la combinacin de la actividad agrcola
precapitalista con el trabajo en el sector capitalista, y por esta va
poder salvar el potencial de cambio del campesinado, el campe-
sino es un semiproletario que posee los esquemas mentales co-
rrespondientes a esta figura sociolgica35, lo que le permite ma-
tizar la vieja consideracin unilateral de los campesinos como
propietarios36, lo que en su concesin exclua al campesinado de
la posibilidad de ser un factor de cambio social.
De este modo la pirueta final se puede presentar: nuestra eco-
34 R. Lpez-Suevos, El papel... art. cit. pp. 165-166. el subrayado es
nuestro.
3s
R. Lpez-Suevos, EI papel... Art, cit., p. 167.
36
R. Lpez-Suevos, Cara a unha aision... Op. cit., p. 80.
2 94
noma agraria est en condiciones adecuadas para un cambio de
sistema y esto es fcil de hacrselo comprender a los campesinos.
Abonan este punto de vista los rasgos superestructurales del pre-
capitalismo gallego y la subsistencia de instituciones comunita-
rias en nuestro campo 37.
Y si nos parece un salto en el vaco, es porque cuando se par-
te de una premisa equivocada, como es la de definir de un modo
homogneo al campesinado gallego como de subsistencia y la agri-
cultura de precapitalista, y al tiempo se pretenden salvaguardar
los principios ideolgicos, la mistificacin de la realidad se impo-
ne, yla posicin de clase de buena parte del campesinado y la
problemtica de la agricultura gallega, se confunde y las vas de
superacin de una situacin se desvanecen.
Que la cuestin campesina en Galicia, ha conseguido tambin
suscitar las respuestas analticas ms dispares, quedar relativa-
mente claro, si al final de nuestro periplo crtico consideramos
ese intento de revisin radical del pensamiento nacionalista, res-
pecto a la economa de Galicia, que aparece en 1979, bajo el ttu-
lo de Aoutra economa galega38.
Respecto a la agricultura, esta obra es un trasplante sin nin-
gn tipo de variacin ni matizacin de la tesis leninista clsica,
ms exactamente del Lenin anterior a 1905, sobre el des^rrollo
del capitalismo en la agricultura mediante la generalizacin de
la produccin mercantil y el avance de la divisin del trabajo, fac-
tores que ineludiblemente conducen a la descomposicin del cam-
pesinado en burguesa y proletariado agrcolas. En otro trabajo
hemos analizado en profundidad, los errores de tal planteamien-
to, y por eso ahora no insistimos en ello3; recordemos tan slo
cmo la evolucin de la agricultura en la mayor parte de los pa-
ses europeos, la propia experiencia de los pases del Este europeo
y los movimientos de liberacin nacional en el mundo subdesa-
rrollado, han conducido adems de otros factores, a una profun-
da revisin crtica de las posiciones de los clsicos del marxismo
ante la cuestin campesina.
37 R. Lpez-Suevos, EI papel... Art. cit. pp. 167 y 168.
38 Albino Prado y Abel Lpez, A outra economa galega, La Corua, 1979.
39
Emilio Prez Tourio. Agricultura y capitali,rmo. Ancl^^de la pequea pro-
duccin campesina, Tes^doctoral indita, Santiago, 1981. Captulo 1.
2 95
Pero si cabe las condiciones especficas de desarrollo del capi-
talismo en Galicia y de la propia agricultura, an hacen ms in-
viable el predicar las conclusiones leninistas y las tesis de Kautsky.
Por mucho que la fe mueva montaas, mantener axiomticamente
que en el campo gallego existe una honda diferenciacin social
que va encaminada en el sentido de sentar las bases objetivas pa-
ra la formacin de un proletariado agrcola40, cuando en el pro-
pio apndice estadstico proporcionado por los autores, se recoge
el dato de que en el ao 1962, la poblacin asalariada en la agri-
cultura gallega era 4,37% de la poblacin activa agrcola, y 11
aos ms tarde an es ms reducida, un 3,01 %, es muy difcil
de entender, biblias aparte.
Para conseguir explicarlo es necesario tener en cuenta, que
el
mtodo seguido es el de convertir en burguesa agraria al sec-
tor del campesinado que supera el umbral de las 5 Has., an cuan-
do no emplee mano de obra asalariada y a duras penas pueda
reproducir el patrimonio familiar dadas las condiciones de explo-
tacin a que se ve sometido. Y sobre todo, confundir los deseos
(sus deseos) con la realidad, es progresivo que se transforme en
proletariado, porque as, ocupa un lugar ms claro y decidido en
el proceso de produccin41.
3.
CAPITALISMO Y PEQUEA PRODUCCION
CAMPESINA
Para avanzar en la clarificacin y comprensin de las formas,
mecanismos y caractersticas especficas del desarrollo del capi-
talismo en Galicia, y del campo en concreto, dsde nuestro pun-
to de vista, es necesario realizar un giro analtico importante, res-
pecto. a las concepciones tradicionalmente predominantes. Ni la
economa agraria puede estudiarse desvinculndola de las inte-
rrelaciones determinantes que la definen en el seno de un siste-
ma econmico-social, ni Galicia puede entenderse seccionada en
mundos coexistentes, relacionados extramercantilmente.
El concepto de sistema econmico-social, como totalidad so-
cial concreta, definida por leyes de composicin y movimiento que
40 Albino Prada y Abel Lpez,
A outra..., Op. cit., p. 73.
41 Ibid., p. 77.
2 96
le dotan de unidad, pero que a la par se caracteriza, no por la
pureza o coherencia del abstracto real modo de produccin, sino
por la pluralidad de relaciones sociales, al nivel de la propia pro-
duccin, la existencia de otras clases sociales adems de proleta-
riado y burguesa, por el desarrollo desigual, es un concepto, que
necesariamente debe pasar a primer plano para aproximarnos al
estudio de la cuestin campesina en Galicia.
Finales del XIX, primer tercio del XX, es el perodo histri-
co de consolidacin en la Galicia rural de una forma particular
de organizacin social, de un modo de produccin, bsicamente
caracterizado en el terreno econmico por la doble condicin de
la unidad productor-medios de produccin, tanto a nivel de la
posesin, como al nivel de las relaciones sociales de apropiacin,
expresadas esencialmente en la propiedad real, plena y libre de
los productores directos sobre la tierra, medio productivo funda-
mental. Esta doble unidad, fruto de un determinado proceso his-
trico de lucha de clases, que toma la forma de movimiento agra-
rista, redencionismo foral, etc. sintetiza y expresa una particular
estructura de fuerzas productivas y relaciones sociales de produc-
cin, que diferencia y especiiica a la pequea produccin campe-
sina, respecto al propio modo de produccin capitalista caracte-
rizado por la separacin del trabajador respecto a los medios de
produccin a los dos niveles.
Pero, y hacia ah queremos insistir especialmente, el nivel de
desarrollo de las fuerzas productivas y de la divisin social del
trabajo que se corresponden con la pequea produccin campe-
sina contempornea es tal que le aleja de las distintas formas
de comunidades de autosubsistencia o de economa natural, y por
otra parte, su gnesis histrica. y evolucin posterior, van indiso-
lublemente unidas con el propio desarrollo de las relaciones capi-
talistas a la par qe la conformacin de estos difcilmente puede
entenderse sin tener en cuenta el papel jugado por el pequeo
productor campesino.
Hablar de aislamiento de la economa campesina gallega en
el siglo XIX, y en el perodo particular que nos interesa, que es
el de la consolidacin de la pequea produccin campesina, a fi-
nales del XIX y alcanza su punto visible con las medidas aboli-
cionistas de los foros de Primo de Rivera, pretendiendo afirmar
para la misma un proceso evolutivo al margen de la dinmica ca-
2 97
pitalista de la sociedad espaola, supone, en primer lugar, igno-
rar los lazos mercantiles que ligaban nuestra agricultura al
exterior42 [Link] importancia de los mismos para nuestra economa,
que sin embargo aparece reflejada en los textos e informes de la
poca: En lo referente a la importancia econmica y comercial
es reconocido que la vida del pas estriba casi exclusivamente en
esta riqueza; tiene tal transcendencia la mayor actividad en este
comercio, que su paralizacin es causa de que la emigracin
aumente, se dificulte el pago de impuestos
y rents y la miseria
cunda43. Lazos mercantiles que son complementarios del poli-
cultivo de subsistencia, y que es necesario entenderlos, junto ^on
la orientacin de subsistencia, como la respuesta de un todo es-
tructurado, a una muy determinada dinmica capitalista: se con-
firma la adopcin por parte de la agricultura gallega de un mo-
delo de crecimiento basado en la acumulacin de trabajo huma-
no y en el incremento del plusproducto absoluto. La gran canti-
dad de trabajo empleado en las prcticas agrarias es subrayada
por los propios textos de la poca... Tcnicas tradicionales con-
sumidoras de trabajo en abundancia no implican, sin embargo,
un total estancamiento tecnolgico... Y la estructura productiva
ofreci un cierto dinamismo cuando tuvo que responder a la in-
sercin de la economa en una formacin social capitalista y a las
transformaciones que se sucedan a nivel peninsular y europeo.
Se trat, en lneas generales de una respuesta doble, plenamente
compatible: por una parte, la consolidacin del cultivo de subsis-
42
An cuando no exista un estudio sistemtico de tales vinculaciones
mercantiles, hoy tenemos ya una serie de trabajos en los que se pone de
manifiesto las mismas, y sobre todo, se interpreta su relacin con los cam-
bios en la estructura productiva tradicional: Ver: X. Garca-Lombardero,
Evidencias dunha crise agraria en Galicia: Precios e exportacin de gando
e remates do sculos XIX, Reota. Galega de estudios agrarios, n 1, 1979; Ma
Xos Rodrguez Galdo y Fausto Dopico,
Crisis agrarias y crecimiento econmico
en Galicia en el siglo XIX, Ed. Do Castro, Corua 1981.
43
La ganadera en Esfiaa. Aaance sobre la riqueza pecuaria en 1981 formado
por la funla Consultiaa Agronmica conforme a las memorias reglamentarias que en
el citado ao han redactado los ingenieros del Seroicio Agronmico. Madrid 1982. 5
Volmenes. Citado por Fausto Dopico, en Productividades, rendementos
e tecnoloxa na agricultura galega de fins do sculo XIX. En prensa, San-
tiago 1981.
2 98
tencia; por la otra, el desarrollo de su capacidad ganadera, en
el seno de las explotaciones tradicionales, cara a la comercializa-
cin del vacuno como forma de hacer frente a las mayores nece-
sidades monetarias44.
Pero las caracterizaciones predominantes implican adems
dar la espalda a dos cuestiones cruciales. La primera, la interre-
lacin existente entre el proceso de derrumbamiento, del sistema
foral, es decir de las relaciones feudales transformadas vigentes
[Link] campo gallego, que culmina entre fines del Siglo XX, y los
cambios de carcter inequvocamente capitalista, operados en la
sociedad espaola a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX
(desamortizacin, etc.) que suponen la disolucin del entramado
jurdico-poltico del Antiguo Rgimen45 y crean las condiciones
institucionales imprescindibles para el desarrollo del capitalismo
espaol. La segunda nos refiere a una conexin transcendental
de la economa campesina gallega con el sistema econmico inter-
nacional: los importantsimos flujos migratorios del campesina-
do gallego a lo largo de todo este perodo46. Respecto a este l-
44 Fausto Dopico, Productividade, rendementos e... Art. cit. p. 10.
45 La literatura a este respecto es sumamente abundante. Pero sobre la
interrelacin entre disolucin del entramado jurdico-poltico del Antiguo
Rgimen y alumbramiento de formas de propiedad burguesas en el campti,
nos parece especialmente interesante, la interpretacin ofrecida en J. Malu-
quer de Motes enEl Socialismo en Espaa, 1833-1868, Ed. Crtica, Barcelona
1977, Captulo 1, y en el mismo sentido, J. Fontana, La reaolucin libera[ Po-
ltica y hacienda en 1833-1845 , Instituto de Estudios Fiscales, Madrid 1977.
Respecto a la especifidad de tal proceso en Galicia, puede verse en: B. Cla-
veros, Foros y rabassas. Los censos agrarios ante la revolucin espaola,
Ag^icu[tusay Sociedad, n 16, 1980 y X. Carmona Badia y X. Cordero Intro-
duccin ao anlise da redencin foral de 1Viendizbal en Galicia, Revista Galega
de Estudios agrarios, n 3, 1980.
46 Ver X. M. Beiras, Estnutura y problemas de la poblacin gallega,
Grfi-
cas del Noroeste, Corua 1970; X. A. Lpez Taboada,
Economa e poblacin
en Ga[icia,
Corua 1979; las vinculaciones emigracin-desarticulacin siste-
ma productivo, estn especialmente recogidas en M.X. Rodrguez Galdo
Fausto Dopico Desarticulacin de la economa tradicional y emigracin.
La empresa de emigracin de colonos gallegos de Urbano Feijoo, en M.
Xos Rodrguez y F. Dopico, Crisis ag^arias... Op. cit. pp. 67 a 76 especial-
mente.
2 99
timo aspecto no estamos en condiciones, por la ausencia de an-
lisis histricos que nos permitan contrastar la hiptesis, de ir ms
all de la rnera sugerencia razonable, de las posibles conexiones
existentes entre los flujos emigratorios y la obtencin de recursos
financieros, por parte del campesinado gallego, para el acceso a
la propiedad de la tierra y sobre todo, la mejora en la infraes-
tructura de las explotaciones, de la casa campesina".
El acceso del campesinado a la libre propiedad de la tierra
como fenmeno socialmente predominante no puede entender-
se al margen de la liquidacin de todo el complejo entramado feu-
dal, y muy particularmente exige, como condicin inherente a
la propia constitucin de la pequea produccin campesina, la
desvinculacin de la tierra, su conversin en una mercanca sus-
ceptible de circulaci,n y apropiacin. La forma especfica que este
proceso tome en cada caso hi^trico depende de una serie de fac-
tores que lo pueden hacer definir sustancialmente, a pesar de que
en general podamos hablar de una misma va de desarrollo del
capitalismo en la agricultura: la pequea produccin campesina.
En efecto, la constitucin de la misma puede realizarse como va
preferente y en pocas ya bastante anteriores, como sucede en
buena parte de las formaciones sociales europeas, sobre la base
de un capitalismo capaz de erear empleos alternativos para la mano
de obra liberada, y con notorios incrementos de productividad
en la propia agricultura campesina. Agricultura que es as una
pieza fundamental, tanto como suministrador de bienes alimen-
ticios, como en su funcin de mercado interno para su desarrollo
capitalista autocentrado, y que responde a un proceso histrico
de alianzas de clases48 y de lucha frente a la nobleza terratenien-
te, en el que juega un papel transcendental el campesinado fami-
liar.
La consolidacin de la pequea produccin campesina en Ga-
". Insistimos en la carencia de estudios, hasta la fecha, que permitan
concluir ms all de la hiptesis, una estrecha relacin entre fondos de la
emigraciri y redencin foral y mejora de la explotacin. En esta direccin
parece apuntar los trabajos de R. Villares, y especialmente su tesis docto-
ral, an sin publicar.
48
EI anlisis del papel desempeado por el campesinado en la revolu-
cin francesa, puede encontrarse, muy bien desarrollado en Lefebvre, Etu-
des sur la Reaolution Franaise, Ed. PUF Paris 1963.
3 00
licia se realiza en condiciones bien diferentes: con unas condicio-
nes de partida, a nivel de la estructura productiva y un impor-
tante retraso, respecto a las agriculturas europeas y otros espa-
cios de la propia ecnoma espaola que supondrn un hndicap
considerable49, y sobre todo, como una va marginal desde la
perspectiva de los intereses dominantes en la sociedad espaola,
y en el marco de un proceso de industrializacin muy particular,
como es el del capitalismo espaol a mitad del XIX.
En efecto el proceso de liquidacin del complejo entramado
sustentador, a nivel jurdico-poltico, de la economa del Anti-
guo Rgimen, al que anteriormente nos referimos (desamortiza-
cin, abolicin de la Mesta y de los seoros, instauracin de la
libertad industrial, nueva fiscalidad y regulacin de las socieda-
des annimas, etc...) que transcurre a lo largo del XIX, es la re-
sultante de un complejo sistema de fuerzas sociales que buscan
dar luz a un nuevo orden que garantice nuevas condiciones de
reproduccin de la economa espaola, despus del grave impac-
to de la prdida de los mercados coloniales. Pero lo importante
y especfico, lo que nos interesa resear es como este proceso: que
no est exento de contradicciones y retrasos, en la medida que,
an estando impulsado en sus comienzos por las inclinaciones re-
formistas de una incipiente burguesa industrial, es capitaliza-
do einstrumentalizado en sus principales resultados en favor
del desarrollo agrario y en detrimento de otras posibilidades que
resultaron subordinadas y postergadas por aquellas fracciones de
clase ligadas a los intereses agrarios que detectan posiciones he-
gemnicas y articular el poder del Estado50.
49 En la obra de J. Garca Fernndez, Osganizacin del espacio..., Op. cit.,
se estudian las caractersticas especficas, que concurren en la agricultura
gallega, frente a otros espacios rurales de la Espaa atlntica, y que supo-
nen para su desarrollo futuro, un handicap decisivo.
50 J. Moz, S. Roldn y A. Serrano, La va nacionalista del capita-
lismo espaol. La involucin nacionalista y la vertebracin del capitalismo
espaol. Cuadesnos econmicos de Inforn^acin Comercial Espaola, n 5, 1978,
pp. 14 y 15. Un anlisis de mayor amplitud, sobre las caractersticas esen-
ciales del desarrollo del capitalismo espaol est en S. Roldn y Garca Del-
gado, colaboracin de J. Muz,
La fornwcin de la sociedad capitalista en Espa-
a (1914-1920). Ed. Fondo para la Investigacin Econmica y Social de la
CECA, Madrid 1973. Especialmente, a nuestros efectos, V.I.
3 01
La conformacin de la pequea produccin campesina en Ga-
licia se va, por tanto, a realizar en el contexto histrico de una
dinmica, la del inicio del desarrollo del capitalismo espaol a
lo largo del S. XIX, que supone, desde esta perspectiva, en pri-
mer lugar, la hegemona de la nobleza terrateniente y burguesa
agraria, resultantes del proceso desamortizador, en la estructu-
racin del mismo. La cuestin agraria en Espaa va a tomar, pues,
de modo determinante el camino de la llamada va prusiana, de
desarrollo capitalista en la agriculturas' , si cabe particularmen-
te acentuada en sus aspectos ms retardatarios para el crecimien-
to econmico. De otro lado, significa lgicamente el relegamien-
to a una posicin subordinada de los intereses de capital indus-
trial, lo que conlleva a la inexistencia de las condiciones necesa-
rias, para una capitalizacin de la agricultura campesina y libe-
racin de mano de obra en la misma. En efecto, toda explica-
cin de este proceso debe completarse con una referencia a las
preferencias de la aristocracia y burguesa terrateniente surgida
del proceso desamortizador; preferencias que, dada la va adop-
tada, se concretan por una parte, en la exclusin del citado pro-
ceso de la burguesa industrial; y por otra, en una creciente par-
ticipacin de aqulla en los negocios financieros ligados al desa-
rrollo de las sociedades de crdito y la construccin y esplotacin
de la red ferroviaria, que pone en marcha el capital extranjero,
y a travs de la cual unos y otros pretendern -con distintos
resultados- articular una economa exportadora de materias pri-
mas y productos agrarios. Se comprende as que los intereses de
la aristocracia y burguesa terrateniente se imbriquen con las exi-
gencias del capital extranjero, al tiempo que trata de marginarse
por un plazo dilatado a la burguesa industrial, la nica capaz
51
Para la definicin clsica de lo que se entiende por va prusiana, ver
Lenin,
La cuestin agraria: El firograma agrario...,
Op. cit., pp. 27 a 32. En
el caso de la economa espaola, un anlisis de esta va, en gran parte apo-
yado en la teorizacin de la evolucin de la agricultura de Kautsky, de gran
inters, es el ya clsico de J.M. Naredo,
La eaolucin de la agricultura en Espa- ^
a.
Ed. Laia, Barcelona 1974; y aspectos bsicos de la contribucin econ-
mica de la agricultura latifundista, al desarrollo capitalista espaol desde 1940
a 1970, en Leal, Leguina, Naredo
y Tarrafeta,
La agricultura en el desarrol[o
capitalista espaol 1940-1970,
Ed. S. XX, Madrid 1975.
3 02
de afrontar, como en otros pases, el desarrollo de un proceso de
industrializacin autctono... En definitiva, el desarrollo capi-
talista espaol est, en sus inicios, desequilibrado en favor de un
capitalismo agrario, que dadas las opciones seguidas, era, hasta
cierto punto, incompatible con un proceso de industrializacin
autosostenido y autnomo... Proceso que no es en definitiva aje-
no a la frustacin -o al fracaso, por emplear la terminologa
de J. Nadal- dela industrializacin espaola de los siglos XIX
y XX, ni a la explicacin de otros muchos aspectos de la historia
espaola ms reciente, como el raquitismo del sistema poltico
instrumentado con la Restauracin o la posterior articulacin de
una va nacionalista del capitalismo espaolsz.
Consideramos, por tanto, necesario no confundir, como es
usual, la ausencia de aquellas condiciones, que en gran parte de
los pases europeos permitieron y exigieron una consolidacin
de la produccin campesina, el acceso del campesinado a la libre
propiedad de la tierra, realizado al calor de las medidas inequ-
vocamente capitalistas del siglo XIX espaol, no puede explicar-
se al margen de tales caractersticas concretas. As, frente a una
dinmica capitalista, a un proceso, que no ha pasado en su gesta-
cin por la alianza con el campesinado, que no permite la crea-
cin de los empleos alternativos necesarios para la absorcin de
la mano de obra que se liberara con un proceso de tecnificacin,
de intensificacin en capital en la agricultura campesina, y tam-
poco necesita de la misma como oferente de productos alimenti-
cios para un raqutico mercado interno, perfectamente abasteci-
do por la va de un capitalismo agrario coherentemente adapta-
do en su produccin a una dieta alimenticia tradicionals3, y
que adems no est en condiciones, dada su dbil capacidad in-
sZ J.
Muoz, S. Roldn y A. Serrano, La va nacionalista... Art. cit.
pp. 17, 18 y 19.
s3
Un excelente anlisis, de los mecanismos de funcionamiento y repro-
duccin de la agricultura tradicional, de base fundamentalmente latifun-
dista, y en concreto del papel jugado por el equilibrio existente hasta los aos
60, entre oferta y demanda de productos alimenticios, en el mantenimiento
de tal sistema agrario, se encuentra en J.L. Garca Delgado y S. Roldn,
Contribucin al anlisis de la crisis de la agricultura tradicional: los cambios
decisivos de la ltima dcada, enLa Espaa de [os aos 70, V. II La Econo-
ma, dirigido por J. Velarde, E. Moneda y Crdito, Madrid 1973.
3 03
dustrial, de suministrar el abanico de instrumentos de trabajo,
de medios productivos que tal proceso de intensificacin deman-
dara, la estructuracin de la agricultura gallega, pasa necesaria-
mente por una intensificacin en la utilizacin de la fuerza de
trabajo, de la que dispone abundamente, acompaada de presin
sobre la tierra y con la vlvula de e^cape migratoria, y por una
orientacin productiva basada en el policultivo de subsistencia,
complementado con la comercializacin del vacuno, como ya he-
mos visto. Una respuesta en definitiva, acorde con los presupuestos
de la pequea produccin campesina, que en ltima instancia,
sobre la base de la autoexplotacin campesina analizada por
Kautsky y Chayanov, es la nica garanta, para la mayor parte
del campesinado de su reproduccin y supervivencia como pro-
ductores indpendientes en tales condiciones.
El tercer factor al que hacamos referencia es el de los flujos
emigratorios de la fuerza de trabajo campesina. La posible co-
rrelacin existente entre los movimientos emigratorios y la ob-
tencin de fondos posteriormente destinados a financiar el acce-
so a la propiedad de la tierra y mejora de la explotacin, lo situ-
bamos como un mero enunciado hipottico. Conviene decir, de
todas formas, que el papel jugado por el precio de la tierra omo
mecanismo de dominacin capitalista sobre el campesinado, central
histricamente para su insercin subordinada en el mercado ca-
pitalista, en otras situaciones histricas debe completarse con su-
ma cautela en el caso gallego. Y ello, porque estamos, tal y como
acabamos de analizar en el contexto de un proceso que no favore-
ce la fluidez e importancia del mercado de tierras, por ausencia
en suma de las presiones propias a un capitalismo autocentrado,
y adems porque pueden existir otros mecanismos coyunturales,
nada desdeables en este perodo, como son las posibilidades de
obtencin de ingresos monetarios va el impulso comercial aso-
ciado con la primera conflagracin mundial en 1914, y la reani-
macin econmica vinculada a las obras pblicas emprendidas
en la dictadura de Primo de Rivera; factores coincidentes ade-
ms con el impulso que toma la lucha de clases en el campo ga-
llego, en forma de movimientos agraristas centrados en la reden-
cin de los focos y el acceso a la propiedad de la tierra, que ya
actan en el contexto favorable de un decaimiento de la renta de
la tierra.
3 04
Pero al margen de la existencia de esta correlacin, acerca de
la que no estamos en condiciones de comprobar su alcance, ni
tampoco lo necesitamos establecer para nuestra argumentacin,
la existencia de una importante corriente emigratoria, que pro-
cede del abandono del medio rural, nos reenva a tres rdenes
de problemas de inters, de^de nuestra perspectiva. En primer
lugar, avalan la inviabilidad de planterse un anlisis aislado de
la economa campesina en este caso la gallega, y de postular ca-
racterizaciones de la misma en trminos duales, porque a la pos-
tre esto significa, si se lleva a sus ltimas consecuencias, cerrar
el camino a explicar un hecho central para la economa gallega
en todo este perodo histrico, y una de las principales funciones
que la pequea produccin campesina puede realizar en orden
a la reproduccin ampliada del capital, en determinadas situa-
ciones.
De otro lado, nos lleva a plantear la necesidad de ligar la ex-
plicacin de los procesos emigratorios, con el anlisis de las inte-
rrelaciones que se dan en el marco de los sistemas econmicos
entre distintas estructuras de fuerzas productivas y relaciones de
produccin. Es decir, que si intentamos buscar una lgica explica-
tiva de la expulsion de mano de obra del medio rural, en el que
existe un modo de produccin que no es capitalista, ms all de
las insuficiencias de las pseudoteoras de corte funcionalista, que
ligan los fenmenos migratorios, bien con propensiones emigra-
torias, bien simplemente con demandas de fuerza de trabajo por
parte de los medios urbanos capitalistas, se vuelve obligado preci-
sar previamente cuales son los mecanismos de reproduccin de
la fuerza de trabajo en el seno de la propia sociedad rural, de la
pequea produccin campesina, porque ser la alteracin de ta-
les mecanismos reproductores, la que nos pueda suministrar las
bases de explotacin de tales flujos emigratorios.
Por ltimo, nos refuerza en la idea de la necesidad de situar
el anlisis en un nivel distinto al del modo de produccin, es de-
cir, a partir de ste, llegar al plano de los sistemas socioeconmi-
cos, en la medida en que la emigracin nos indica, como una
caracterstica crucial del pequeo productor campesino, su repro-
duccin como productor independiente, le une indisolublemente
a un marco ms global, cual es el del sistema econmico capita-
lista.
3 05
En resumen, respecto a esta breve referencia histrica cree-
mos poder concluir, que su especfica insercin en el
^eno del sis-
tema econmico, generadora de una situacin de subdesarrollo,
bien distante a la que caracteriza a los pases del capitalismo
centra154, no contradice, sino que refuerza, nuestra argumenta-
cin bsica acerca de la unidad del proceso histrico que ha ge-
nerado el sistema capitalista y que, en determinados casos, inclu-
ye a la pequea produccin campesina, como un elemento cons-
titutivo del mismo.
Sin que nos sea posible en el marco de este trabajo desarro-
llar
ms la argumentacin necesariass, digamos finalmente y de
modo sinttico, que tanto por el papel, que en la configuracin
de las caractersticas estructurales que definen a la pequea pro-
duccin campesina han desempeado el desarrollo del capitalis-
mo, como por las funciones cumplidas por la misma en la repro-
duccin ampliada del capital a lo largo del presente siglo, carece
de rigor plantearse la agricultura gallega como una forma preca-
pitalista y situarle como exterior al sistema.
Por otra parte, la intensificacin del trabajo, los incrementos
de la productividad, el recurso cada vez mayor a la produccin
para el mercado va especializacin productiva, en definitiva el
conjunto de mutuaciones y cambios estructurales que desde co-
mienzos de los aos 60 ha conocido la agricultura gallega, de-
ben entenderse como la nica respuesta posible del pequeo pro-
ductor campesino en su lgica de reproduccin como productor
independiente, a la expropiacin de su trabajo excedente, no por
ningn capitalista agrario, sino por el conjunto de la clase capi-
talista.
54 A este respecto, nos parece sumamente interesante y especialmente
acertada, la crtica de Mouzelis a Vergopoulos, por no situar correctamente
las
diferencias cualitativas que existen en la articulacin produccin
campesina-modo de produccin capitalista segn la formacin social que ana-
licemos, y concretamente el carcter subordinado del capitalismo. Ver N.
Mouzelis, Capitalismand the development of agriculture,
fourna[ of Pea-
sant Studies, V. III, n 4, 1976.
ss
En Emilio Prez Tourio, Agricultura y capital mo. Anlisis dt..., Op.
cit.,
hemos desarrollado ampliamente estas ideas a nivel terico.
3 06
Proceso que es sumamente contradictorio y que conduce ne-
cesariamente a la proletarizacin de una importante fraccin del
campesinado fuera de la actividad agrcola, a la par que al man-
tenimiento del resto del mismo sobre estas nuevas condiciones que
son la expresibn ms manifiesta de la especificidad del campesi-
nado como clase y de la pequea produccin como forma de or-
ganizacin social. Movimiento contradictorio que refuerza cada
vez ms la funcin del Estado como pieza fundamental para la
reproduccin del sistema agrcola, y en la compatibilizacin de
la misma con el proceso de acumulacin capitalista globalmente
considerado.
3 07
APROXIMACION AL
ESTUDIO DEL
CAMPESINADO
MALLORQUIN EN EL
PRIMER TERCIO DEL
SIGLO XIX
por Antoni SEGURA y Jaume SUAU
1. INTRODUCCION
Una forma de enfocar desde una perspectiva interdisciplina-
ria los estudios campesinos pasa, a nuestro modo de ver, fun-
damentalmente por:
a) EI estudio de marcos socio-econmicos concretos.
b) El conocimiento de los aspectos esenciales determinantes
del proceso histrico que dan lugar a cada uno de estos marcos' .
En este sentido, creemos necesario caracterizar el contenido
del trmino campesinado mediante la elaboracin de tipologas
campesinas especficas para cada una de las situaciones analiza-
das. Se trata, en definitiva, de abandonar el uso de categoras so-
ciales, pretendidamente universales, para pasar al estudio de ti-
pos y comunidades campesinas concretas. Este planteamiento no
implica negar la existencia de elementos comunes entre situacio-
nes socio-histricas prximas o lejanas en el tiempo y/o en el es-
pacio (elementos que son los que posibilitan, en ltima instan-
cia, el enunciado de generalizaciones sobre las que descansa cual-
quier formulacin cientfica)z.
' De acuerdo con el planteamiento de, entre otros, S. Mintz, A Note
On the Definition of Peasantries, The Journal of Peasant Studies, 1973, vol.
1, n a, octubre, pp. 91-107; R. Hilton, Medieval Peasants: Any Leas-
sons?, The,Journal of Peasant Studies, 1974, vol. 1, n. 2, enero, pp. 207-220;
The Peasantry as a Class, en The English Peasantry in tiu Later Midd[e Ages,
Oxford, 1975, pp. 3-19.
2 A este respecto, es interesante el debate mantenido en la revista Cu-
rrentAntrhofiolo,^, por A. Dalton (pp. 385-407) y E. Wolf (pp. 410-411), n-
mero 13 (3-4), del ao 1972.
3 11
Este estudio no es el resultado de un trabajo acabado, sino
que pretende, simplemente, sugerir algunas consideraciones so-
bre aspectos parciales de un proyecto ms amplio que se encuen-
tra en vas de realizacin.
Este, a grandes rasgos, sera el siguiente: el anlisis de los as-
pectos fundamentales de la estructura agraria mallorquina ante-
riores a las transformaciones socio-econmicas de mediados de
s. XIX que alteraron substancialmente la vida socio-econmica
y el paisaje agrario de la isla (fuerte crecimiento demogrfico; ac-
ceso a la pequea y mediana propiedad de un sector considera-
ble del campesinado como consecuencia de la parcelacin de al-
gunos latifundios; inicio de las corrientes migratorias; cambios
en los ^istemas y distribucin de cultivos; aparicin de nuevos pro-
ductos de exportacin que substituirn, progresivamente, a la tra-
dicional exportacin de aceite)3.
Este anlisis ha de servir de base para una investigacin pos-
terior sobre las relaciones existentes entre la agricultura y el cam-
pesinado mallorquines con el capitalismo. Relaciones que crista-
lizaran en el sistema caciquil imperante en la isla durante la se-
gunda mitad del siglo XIX. Es evidente que para conocer la na-
turaleza de estas relciones es necesario fijar previamente los ele-
mentos que configuraban la estructura agraria mallorquina en el
perodo cronolgico inmediatamente anterior. Este es el propsi-
to que nos hemos fijado en el presente trabajo, que recoge apor-
taciones anteriores4 y sistematiza la informacin contenida en
tres fuentes esenciales:
3 J. Suau, La pagesia mallorquina al segle XVIII i primera meitat del
segle XIX, Memoria de Doctorado presentada en el Departamento de His-
toria Contempornea de la Facultad de Geografa e Historia de la Universi-
dad de Barcelona, septiembre de 1979, 3 vols., indita; DemograBa rural
mallorquina del segle XVIII, Mayusga, 1976, n. 16, julio-diciembre, pp.
137-181; I. Moll; J. Suau, Senyors i pagesos a Mallorca,
Estudis d'Histria
Agsria, 1979, n. 2, pp. 95-170; V. Ma. Rossell, Introduccin geogrfi-
ca, dentro de Baleares, Madrid, 1974; J. Bisson, La terre et 1' home aux
fles Balares, Aix-en-Provence, 1977, etc. etc.
4
B. Barcel, La vida econmica de Mallorca en el siglo XIX Palma
de Mallorca,
Boletn de la Cmasa Ofuial de Comercio, Industria y Navegacin,
3 12
-Informe sobre poblacin, agricultura, instruccin pblica,
comercio y fbricas, emitidos por los Ayuntamientos de las Vi-
]las en 1800 (Archivo Municipal de Palma de Mallorca, L.P.
677 bis).
- La estructura de la propiedad de los pueblos de la isla a
travs de los datos que suministra el Apeo de Garay de 1818.
-Estadstica de poblacin y riqueza agrcola confecciona-
da en 1834 (Archivo Histrico de Mallorca, D. 830)5.
Por ltimo, el criterio que ha presidido la eleccin de algunas
de las variables escogidasb, es tributario, en parte, del plantea-
miento metodolgico de Eric L. Almquist' . sin embargo, consi-
deramos necesario matizar dos cuestiones: primera, contrariamen-
te a lo que Almquist pretende, el suyo es un caso claro de indus-
tria domstica orural, pero que difcilmente puede ser acep-
1961, n. 632, julio-septiembre, pp. 168-181; J. Bisson, op. cit., 1877; G.
Daviu, I. Moll; J. Suau, Estructura agraria mallorquina del siglo XVIII:
intento de aproximacin,
Madrid, 1978, pp. 219-226; I. Moll; J. Suau,
op. cit., 1979; V. Ma. Rossell, Mallorca, el Sur y Sudeste, Palma de
Mallorca, 1964. ^
5
No disponemos de espacio suficiente para el comentario de estas fuen-
tes.
Una crtica de las mismas puede encontrarse en la revista Fontes
Rerum
Balearium, artculo de prxima aparicin.
Los pueblos que figuran en las tres fuentes son: Art, Bunyola, Montui-
ri, Puigpunyent, Santa Maria, muestra que consideramos suficientemente
representativa de las diferentes zonas o comarcas de la isla. La nica laguna
importante es Palma, la capital.
6
La eleccin de las variables la hemos realizado, tambin, en funcin
de la informacin contenida en las fuentes, muchas veces imparcial, incom-
pleta, lo cual nos ha obligado a limitarnos a la ms completa por lo que se
refiere al nmero de pueblos representados.. Las variables son:
-% colonos sobre el total de poblacin.
-% jornales sobre el total de poblacin.
- salario mximo agrcola.
- salario mnimo agrcola.
- relacin habitantes/nmero de telares.
- relacin habitantes/nmero de talleres artesanos.
- extensin media de la propiedad.
' Pre-Famine Ireland and the Theory of European Proto-
Industrialization: Evidence fromthe 1841 Census,
T/u fournal of Economic
History,
1979, sep., n. 3, vol. XXXIX, pp. 699-718.
3 13
tado como un ejemplo tpico de proto-industrializacin8; segun-
da, no parece que en el caso de Mallorca, la industria domsti-
ca jugara un papel relevante como frmula alternativa a las la-
bores agrcolas, si exceptuamos casos muy concretos, y, en cierta
medida atpicos dentro del contexto insular.
Como resultado de la sistematizacin y el anlisis de las fuen-
tes utilizadas, podemos enunciar las siguientes consideraciones
provisionales.
2. RESPECTO A LA ESTRUCTURA AGRARIA
La estructura agraria mallorquina durante el siglo XVIII y
los primeros aos del XIX, vendra caracterizada por tres ele-
mentos fundamentales:
- el predominio socio-econmico de la nobleza
- la intensa explotacin a que se vea sometido el campesi-
nado
- la existencia de un proceso de diferenciacin (que viene
de atrs) en el campesinado.
La informacin que proporcionan las encuestas y el Apeo en-
caja perfectamente en estas coordenadas.
8 Es evidente, para muchos autores, las diferencias existentes entre in-
dustria domstica y<^protoindustrializacin no quedan bien delimitada-
das. Algunos autores afirman que sta conduce, directamente, a la revolu-
cin industrial, mientras que otros sostienen que aquella no proveca, nece-
sariamente, un proceso de industrializacin. Nosotros creemos que la dife-
rencia fundamental entre ambos conceptos radica en la especializacin com-
plementaria (agricultura-industria) y en la superacin del mercado regional
que lleva implcito un proceso protoindustrializador, tal como indicaba E.L.
Jones en Los orgenes agrcolas de la industria , en Agricultura y desarro-
llo del capitalismo, Madrid, 1974, pp. 303-341. No creemos, por otra par-
te, que la protoindustrializacin sea el elemento previo, imprescindible, que
origine la revolucin industrial, y, todava menos, como parece apuntar al-
gn autor, que a partir de la protoindustrializacin -y mucho menos de
la industria domstica- pueda ]legarse a la formulacin de un modelo de
transicin del feudalismo al capitalismo. Puede encontrarse un buen estado
de la cuestin sobre esta problemtica en M. Garca Bonaf; R. Aracil, La
Protoindustrializacin: un nou concepte en la histria econmica, L'Aoenc,
n. 32, noviembre, 1980, pp. 64-69.
3 14
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3 15
1) En primer lugar, encontramos continuas referencias a una
situacin de polarizacin social entre unos cuantos, pocos, que
tienen o controlan practicamente todo, y la inmensa mayora, ab-
solutamente dependiente de los primeros. Esta situacin se ma-
nifiesta a partir de la estructura de la propiedad9.
Esta concentracin de las tierras en unas pocas manos, junto
cor la existencia de fideocomisos, vnculos, etc..., es denunciada
por algunos pueblos como uno de los obstculos ms importan-
tes para el desarrollo de la agricultura' .
La preeminencia econmica de los terratenientes impregna
toda la vida de los pueblos y no tiene nada de extrao que mu-
chas respuestas hagan referencia a ella y aludan, por ejemplo, al
hecho de que;
- los poderosos son los nicos que pueden facilitar limosnas
a los pobres", porque, normalmente, las autoridades municipa-
les no disponen de medios para socorrerlos.
- solamente los poderosos disponen de caudales suficientes,
tanto para arreglar el mal estado -general- de los caminos:
Los arbitrios para esta nueva construccin parece que no han
de ser de cuenta de la Villa, por ser todos sus Vezinos pobres,
y ninguno de ellos tiene instrumentos de ruedas y como casi todo
el trmino que comprende esta Villa es hacienda de caballeros
para su propia utilidad, y conveniencia debera ser de cuenta de
los mismos12 como para hacer progresar la agricultura; algunos
9 De acuerdo con los Apeos de Garay, 1818. el de Algaida puede en-
contrarse en J. Mulet, Algaida y su trmino municipal. Aportacin al es-
tudio de la estructura agraria, Boletn de la Cmara Oficial de Comercio, Indus-
tria y Naaegacin, de Palma de Mallorca, 1967, n. 657, p. 184. Queremos
agradecer a B. Pastor su amabilidad en poder a nuestra disposicin los da-
tos de los diferentes Apeos de Garay que le hemos solicitado.
10 Encuesta de 1800. Cuestin n. 14 de la seccin De la Agricultura,
que reza as: Me comunicarn sobre cada uno de los antecedentes artculos
que hayan reparado, estorvar su progreso, perfeccin y general adelanta-
miento; y quales los medios que entiendan ms conducentes a mejorar los
objetos que comprenden.
" Respuesta^a la cuestin n. 2 del apartado De la Poblacin, encuesta
de 1800: ^Quales los medios de subsistir para los pobres, quando sanos,
y quales para cuando enfermos?
' Z Respuesta de Puigpunyent a la cuestin n. 4 del apartado Del co-
mercio o trfico, que se plante as: En que estado estn los caminos, y
3 16
pueblos apuntan explcitamente a que, si este sector de la econo-
ma no prospera, esto se debe tan solo a la falta de inters de los
grandes propietarios.
En una estructura agraria en la que la nobleza detentaba el
predominio socio-econmico, en un contexto en el que el latifun-
dio era el elemento determinante, no es extrao que los jornale-
ros -ya veremos que se trata del grupo campesino ms
numeroso- y los pobres se vieran abocados a una exasperada
competencia por el uso de la tierra y que, en consecuencia, los
terratenientes pudieran imponer sobre este grupo campesino una
renta autnticamente usuaria; as hay que entender el sistema de
rotes y la existencia de los roters13, de quienes encontramos refe-
rencias en las encuestas.
Finalmente, se pueden constatar alusiones a otras formas de
extorsin que gravaban a la poblacin -censos, censales, tribu-
tacin, etc...- y que, juntamente con lo que acabamos de apun-
tar, determinaban una situacin de intensa explotacin para la
mayora del campesinado mallorqun".
II) Consecuencia de esta situacin era la pobreza que pade-
ca un considerable sector de la poblacin rural mallorquina, y
que se traduca, entre otras muchas cosas, en la escasa capacidad
de consumo de productos que no fuesen estrictamente necesarios
para la supervivencia, es decir, en la dbil demanda interna de
productos manufacturados y en la inexistencia de un mercado in-
terno desarrollado.
quales los arbitrios menos gravosos que podran tomarse en la Villa, con
el fin de costear una porcin de !o que se necesitaria, as para recomponer-
lo, como para construirlos de nuevo, de modo que todo el carruage pudiese
executarse, con carros. Las respuestas de Alar y Sller se expresan en idn-
ticos trminos
t3 . La ^^rota era un pedazo de tierra marginal, perteneciente por lo ge-
neral a las grandes posesiones nobiliarias, que cultivaba el ^^roten^ -aportando
la simiente y el utillaje necesarios- a cambio de la entrada al propietario
de una cantidad convenida en especie; la duracin del contraro -oral- so-
la ser de un ao. Los <^roters constituan la clase campesina ms sobreex-
plotada de la isla, y solamente puede explicarse su existencia a partir de la
estructura latifundista imperante en Mallorca.
14 Valga como ejemplo la respuesta de Petra a la cuestin n. 14 de la
seccin <^De la Agricultura>.. Vase la nota 10.
3 17
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3 18
III) Los datos de las encuestas tambin permiten extraer al-
gunas precisiones sobre determinadas categras o tipos rurales.
Ahora bien, primero hay que intentar puntualizar el significado
de los trminos que aparecen en la estadstica de 1834: descono-
cemos los criterios seguidos para clasificar a los vecinos de cada
municipio, razn por la cual es difcil determinar el contenido exac-
to de palabras como: propietarios, colonos, jornaleros, pas-
tores, obreros asalariados, etc..., y todava ms llegar a fijar
una tipologa rural que se ajuste a la realidad histrica. Con to-
do, y sin olvidar que estos tipo5 rurales son slo comprensibles
en el contexto de la estructura latifundista predominante en la
isla, creemos que se pueden apuntar los siguientes aspectos: (Ver
cuadro II)
Los jornaleros eran el grupo campesino ms numeroso: el
20,15% de la poblacin segn el promedio de los municipios que
figuran en las encuestas. A grands rasgos, podemos distinguir
dos tipos de jornaleros:
- El que forman aquellos que se encuentran totalmente des-
provistos de tierra y que, lgicamente, dependan completamen-
te para subsistir del mercado de trabajo. Se trataba de un grupo
considerable segn la informacin contenida en los Apeos de
Garay15.
Este era, adems, el sector de la poblacin ms pobre. Todos
los pueblos contestan a la pregunta n. 2 de poblacin de la en-
cuesta de 1800 (ver nota 11) de manera que, prcticamente, los
indigentes son equiparados a los jornaleros ya que estos ltimos
se ven obligados a vivir de las limosnas cuandQ. no hay trabajo
en el campo y arrastran una miserable existen^ia. Su situacin
se ve agravada por el hecho de que son muy pocos los pueblos
-Campos, Felanitx y Manacor- que disponen de hospitales o
de instituciones para socorrerlos. No es dificil imaginarse lo que
supona para esta gente el no encontrar quien les facilitase el jor-
t5 Los datos relativos a esta cuestin se encuentran en J. Suau, op. cit.,
1979, vol. I, pp. 270-271. Evidentemente, no pretendemos que todos los que
aparecen como desprovistos de tierra fuesen jornaleros. Lo que afirmamos
es que una parte de ellos s lo eran. Es probable que las diferencias de por-
centajes respondan, en parte, a criterios desiguales a la hora de contabilizar
los jornaleros de cada pueblo (incluso o no de mujeres, nios, etc.).
3 19
CUADROnIII
Municipio
Vecinos que
apasecen en el
Vecinos sin tierra
Apeo n %
Alar 668 3 18 47 ,60
Binissalen 588 102 17,35
Calvi 464 103 22,20
Capdeper a 2 67 41 15 ,3 6
Consell 156 13 8,33
Estellencs 112 39 34,82
Montuir 729 21 2,88
nal, el no poder trabajar, circunstancia frecuente en el mundo
mallorqun articulado alrededor del predominio aplastante de una
actividad: la agraria. Cuando en los momentos de caresta, mo-
tivados por los efectos combinados del clima y la especulacin,
los terratenientes y los arrendatarios no contrataban gente en las
plazas de los pueblos para ir a trabajar a las posesiones, enton-
ces, los que precisaban del jornal diario para subsistir se vean
abocados a situaciones de autntica hambre, agravadas por el al-
za que experimentaban los productos alimenticios en estos mo-
mentos. Las secuelas -de todo orden- que se derivaban han
djado su huella en el pasado de la isla16.
- El que forman aquellos que, a pesar de ir a jornal, dispo-
nan de un pedazo de tierra aunque sta les era insuficiente para
conseguir la subsistencia familiar. Este era seguramente el grupo
jornalero de ms peso en la estructura agraria mallorquina.
De la observacin del cuadro n I se puede deducir que la
mayora de los pequeos propietarios -los que no llegaban a una
hectrea, con toda seguridad, algunos de los que tenan entre una
y cinco- necesitaban acudir, junto con algunos miembros de la
familia, al mercado de trabajo. La rriayor o menor dependencia
del mercado de trabajo de estos pequeos propietarios estaba en
16 Vase J. Suau, op. cit., 1979, vol. II, pp. 321-405, y op. cit., 1976,
pp. 137-181.
3 2 0
funcin de la calidad de la tierra de ^us parcelas y del nmero
de individuos que integraban la unidad familiar.
De todo lo expuesto hasta aqu se desprende que el trmino
jornalero inclua a los dos tipos citados, y a pesar de que el ras-
go especfico de los jornaleros fuera el de depender -total o
parcialmente- de un salario para su reproduccin, es evidente
que conviene distinguir entre los que cultivaban (en arriendo 0
en propiedad) alguna parcela de tierra, aunque esta les fuera in-
suficiente para subsistir, de los que no lo hacia as. Tambin es
igualmente evidente que la lnea divisoria entre los dos grupos
de jornaleros no pasaba exclusivamente por la cantidad de tie-
rra que posean, sino que adems intervenan otros factores: las
diferentes cargas que gravaban a las tierras y a las personas (cen-
sos, censales, usura, impuestos,...); el nmero de miembros de
cada familia y la mayor o menor disponibilidad de fuerza de tra-
bajo familiar; etc...".
La informacin que facilitan las fuentes nos ayudan a detec-
tar, por uria parte, la existencia de colonos, categora que en-
globa a los grandes arrendatarios y aparceros, y, por otra parte,
el tipo de contrato agrario predominante.
- La encuesta de 180018 permite establecer al respecto:
1) que la inmensa mayora de posesiones se arrendaban
2) que la duracin del contrato era de 4, 6 0 9 aos
3) que las condiciones en trminos generales eran:
- el predominio de la renta en metlico, y, en segundo lu-
gar, la renta mixta (metlico y cereales)
' ^ En cuanto a las siguientes cuestiones, fundamentales, relacionadas con
este grupo campesino:
- la naturaleza de las relaciones sociales que de la existencia de trabajo
asalariado podran derivarse para la estructura agraria mallorquina.
- las secuelas de la estructura latifundista, que determinaban, en gran
parte, la vida del jornalero mallorqun.
- la funcin de ste, es decir, la importancia que revestia para los lati-
fundistas y para los arrendatarios campesinos; vase la bibliograPa citada
en la nota tres.
18 Cuestin n. 13 de la seccin De la Agricultura: Quantos son los
Predios arrendados, como se hacen ordinariamente los arrendamientos,
que precio y condiciones, y porqu trmino?.
3 2 1
- la satisfaccin de determinadas reservas, as como de di-
versas obligaciones al seor
- y por ltimo, cultivar la tierra aus i costum de buen cul-
tivador.
4) que no haban sensibles diferencias entre los contratos de
arrendamiento de la zona de montaa y el resto de la isla, si bien,
como es natural, en la primera, cuando la renta era mixta, lo que
se deba entregar en especie era aceite19, y en el resto cereales.
La presencia de grandes arrendatarios campesinos
-
campesinos que arrendaban una o varias posesiones, que se ha-
ban diferenciado social y econmicamente del resto del campe-
sinado, que posean medios de produccin propios (ganado, ani-
males de tiro, utillaje, etc...) y que permanecan durante largos
espacios de tiempo en las posesiones mobiliarias- est bien do-
cumentada durante casi todo el siglo XVIII y la primera mitad
del XIX. Parece que hacia finales del siglo XVIII ya haban al-
canzado una posicin privilegiada en el entramado social mallor-
qun, posicin que debi consolidarse durante la segunda mitad
del siglo XIX. Gracias al trabajo de,J. Moll y J. Suau20 se ha po-
dido establecer y delimitar;
- primero, la evolucin de familias de arrendatarios que se
sucedan en una o ms posesiones
- que haba pueblos donde, con toda seguridad, unas cuan-
tas familias de grandes arrendatarios controlaban las posesiones
ms importantes y que, a menudo, se encontraban emparenta-
das entre ellas
- que en los pueblos donde haban grandes explotaciones y
la
mayor parte de la tierra se encontraba en manos de la nobleza,
aparecen siempre grandes arrendatarios que controlan la explo-
tacin de aquellas
- que existan zonas de influencia de unos pueblos sobre otros
por lo que respecta a los arrendatarios de posesiones21.
19 En I. Moll; J. Suau, op. cit., 1979, puede encontrarse un estudio del
contrato de arrendamiento en Mallorca.
^o Op. c it., 1979.
21 As, por ejemplo, Palma ejerca su influencia sobre Alar, Binissalem,
Marratx y Calvi; Llucmajor sobre Campos y Algaida; Art sobre Santa
Margalida; Manacor sobre Petra y Art.
3 2 2
De todo esto resulta, en primer lugar, que entre 1800-1834,
perodo analizado, nos encontramos con grandes arrendatarios
campesinos que mantenan una determinada relacin con los se-
ores de la tierra, por una parte, y con el resto del campesinado,
por otra. En segundo lugar, que hay que distinguir a estos gran-
des arrendatarios campesinos de los pequeos arrendatarios, o
pequeos aparceros, que no disponan de fuerza suficiente para
controlar la renta de la tierra y que vivan constantemente ame-
nazados por las malas cosechas, por los aos de caresta, que po-
dan suponer la imposibilidad de satisfacer la unnua merc y el pe-
ligro, en consecuencia, de verse relegados al grupo de jornaleros
pobres. Ls grandes arrendatarios, por el contrario, podan ha-
cer frente ms favorablemente a las crisis agrarias -que para ellos
suponan los perodos de precios bajos- y a las alzas de la renta
-poder de los seores- gracias a los medios de produccin de
que disponan y al control que ejercan sobre las posesiones. Este
poder relativo de que disfrutaban se traducan de diversas for-
mas que no es ahora momento de especificar.
- Para concluir con este tipo campesino, queremos sealar
tres cuestions;
a) la primera, la presencia de los arrendatarios de posesiones
en la relacin de personas que merecen el calificativo de comer-
ciantes en las respuestas de los pueblos en el apartado Riqueza
Mercantil, de la estadstica de 1834:
Los comerciantes de este Pueblo son los arrendatarios y los
taberneros, y los artculos de trfico de los primeros consiste con
el producto que dan los arrendamientos con sus frutos y anima-
les; y los segundos con los efectos de su tienda que son vino, aguar-
diente y algunos comestibles (Marratx), hecho que pone en evi-
dencia lo que apuntbamos antes respecto a este grupo campesi-
no: su diferenciacin respecto al resto del campesinado -que vi-
va en los lmites de la estricta subsistencia-, en funcin de la
comercializacin de la produccin agraria y de la posesin de ca-
pital (metlico y medios de produccin).
b) la segunda, que la estrechez y la mediocricidad del merca-
do insular (punto sobre el que volveremos) actuaban negativa-
mente sobre el desarrollo de este grupo campesino; efectivamen-
te, los mismos elementos que haban hecho posible el surgimien-
to y consolidacin de los grandes arrendatarios campesinos (po-
3 2 3
sesin de capital, convivencia con los terratenientes para llevar
a cabo la explotacin de la masa disponible de trabajadores asa-
lariados, etc.) constituan unos obstculos considerables para su
ulterior desarrollo, pues la sobreexplotacin del campesinado que
reflejan las encuestas era consecuencia de la confluencia de inte-
reses entre terratenientes y grandes arrendatarios, pero a su vez
ocasionaba el empobrecimiento de este campesinado y lo mante-
na al nivel de la subsistencia; en definitiva, esta situacin
junto
con la inexistencia de actividades industriales de la isla- condu-
ca a la ausencia de un mercado suficientemente estimulante y
a la debilidad de estos arrendatarios acomodados para intentar
una posible transformacin de la estructura agraria.
c) Por ltimo, tal como han sealado,J.
Moll i J. Suau22, con-
viene recordar que lo que posibilitaba que los arrendatarios estu-
vieran en condiciones de explotar las posesiones y de desembol-
sar rentas elevadas era, indiscutiblemente, la disponibilidad de
medios, capital circulante y canales de comercializacin de los que
se encontraban desprovistos los otros grupos campesinos. Los gran-
des arrendatarios, por su parte, podan sacar un buen rdito de
la utilizacin de su capital en las posesiones arrendadas, sobre
la base de la explotacin de los trabajadores asalariados y de los
pequeos campesinos (pequeos propietarios y aparceros, roters,
etc.); estos, a causa del empobrecimiento a que se vean someti-
dos por el sistema de relaciones de explotacin, haban de acudir
al
mercado de trabajo y se convertan, de esta manera, en la base
de la acumulacin de los arrendatarios. Por lo tanto, la alianza
objetiva existente entre los seores y los grandes arrendatarios
se asentaba, en definitiva, sobre la expoliacin de los jornaleros
y de los pequeos campesinos. Creemos que esta alianza -por
todas sus connotaciones sociales y polticas (caciquismo)- cons-
tituye una pieza clave de la historia contempornea mallorqui-
na.
IV) Los aspectos de la estructura agraria hasta aqu tratados,
as como el .anlisis y las precisiones llevadas a cabo a partir de
las fuentes utilizadas se han de tener presentes para la compre-
sin de las consideraciones que siguen:
22 I. Moll; J. Suau, op. cit., 1979, p. 160.
3 2 4
CUADRO n IV
Relacin colojos/jornaleros
(ordenados segn el porcentaje de colonos23
Municipio %
Co lo no s
%
, J o r nale r o s
E sc o r c a
10,2 6 8,5 5
Felanitx
6,04 32,06
Puigpunyent
3,22 23,42
Orient
3,21 14,86
Sta. Margalida 2,68
24,24
Art 2,16 13,33
Capdepera 2,09 16, 74
Maria 2,05 25,86
Calvi
1,96 24,18
Bunyola
1,88 17,06
Morratx
1,74 28,05
Pollena
1,60 14,19
Villafranca
1,58 12,77
Estellencs
1,48 16,11
Montuir
1,34 15,95
Llucmajor
0,90 4, 50
Porresres
0,68 50,05
Son Servera
0,60 23,16
Sencelles
0,54 21,10
Sa Po bla
0,5 1 9,7 7
Galilea
0,46 2,54
Binisali
0,00 7,06
Costitx
0,00 11,65
23 Faltan los datos de los jornaleros de Santa
Maria y Santa Eugnie.
Estadstica de 1834. Para el ^lculo de los coeficientes de correlacin hemos
utilizado la frmula utilizada corrientemente, es decir:
NEXY - = EX) (EY)
[rNiX2 - (EX)2] [NEY2 - (EY)2]
3 2 5
Estas consideraciones no pretenden ser otra cosa que hipte-
sis, sugerencias, cuya verosimilitud hay qu;e matizar debido al ca-
rcter parcial de los datos y de la informacin que hasta el pre-
sente hemos podido reunir.
No existe ningn tipo de relacin entre los porcentajes de co-
lonos y los porcentajes de jornaleros, ya que el coeficiente de co-
rrelacin entre las dos variables es, prcticamente, nulo (r = 0,047.
en consecuencia, la significacin del grupo de colonos y jornale-
ros en cada municipio deber explicarse por la incidencia de otras
variables (estructura de la propiedad; contratacin agraria; mi-
graciones temporales de trabajadores asalariados entre los dife-
rentes pueblos, etc.), aparte, tal como ya hemos sealado, de las
deficiencias imputables a las mismas fuentes. En espera de otras
investigaciones que lo confirmen, esta no relacin ha de enten-
derse en el sentido de que la presencia de colonos -campesinos
acomodados- no implica ningn tipo de proletarizacin del cam-
pesinado, y que, por lo tanto, no significa ninguna ruptura de
la organizacin agraria tradicional, es decir, tal como haba per-
manecido bajo la hegemona de los seores de la tierra desde, por
lo menos, la segunda mitad del siglo XVI.
No existe tampoco ninguna relacin entre el nmero de jor-
naleros (expresados en porcentaje respecto a la poblacin total)
y al salario mximo que estos perciben. El salario mximo, por
lo tanto, no depende de la abundancia o escasez de trabajadores
asalariados en un municipio. La necesidad de jornaleros poda
subsanarse, por ejemplo, mediante la migracin temporal o dia-
ria de campesinos de pueblos vecinos donde sobraban brazos.
En cambio, parece existir algn tipo de relacin -inversa-,
aunque ciertamente muy dbil (r =-0,49), entre el porcentaje
de colonos y el salario mximo alcanzado por los jornaleros. A
pesar de que somos conscientes de que una correlaCin tan dbil
impone fuertes limitaciones y de que tenemos presente lo que in-
dicbamos antes respecto a la iriexistencia de relacin entre el n-
mero de colonos y de jornaleros, creemos que, en lneas genera-
les -y esta hiptesis habra de matizarse para cada municipio
en funcin del peso y de la significacin del grupo de colonos y
del de jornaleros-, la presencia de colonos, que, en cierta medi-
da, implica un mayor control del proceso de trabajo, contribuye
-aunque no substancialmente- a limitar el nivel del salario m-
3 2 6
CUADRO n V
Porcentaje de jornaleros y salario mximo (en dineros)
de los jornaleros agrcolas
(cuadro ordenado segn el porcentaje de jornaleros)24
%
Salario
Municifiio
Jornaleros mximo
Porreres
5 0,05
66
Felanitx
32,06 7 2
Mar r at x
2 8,05 7 2
Maria
2 5 ,86 66
Sta. Margalida
24,24 7 2
Calvi
2 4,18 7 2
Puigpunyent
2 3 ,42 48
Son Cervers
23,16
84
Sencelles
2 1,10 108
Bunyola
17 ,06 3 6
C apdeper a
16,7 4
84
Estellencs
16,11 48
Montuiri
15,95 7 2
Orient
14,86
3 6
Pollena
14,19 7 2
Art
13,33 84
Vilafranca
12 ,7 7 2 4
Costitx
11,65 108
Sa Pobla
9,7 7
12 0
esc o r c a
8,5 5
3 6
Biniali
7,06 108
Llucmajor
4,50
84
Galilea
2,54
48
r = -0,05
C.D. = 0,0025
24 Faltan los datos de los jornaleros de Santa Maria y Santa Eugnia.
Estadsticas de 1834. Por lo que se refiere a los jornaleros, hay que tener
presente: 1) se trata de jornales diarios: 2) la diferencia entre un jornal eixut^>
(sin ir acompaado de comida) y uno de mantingut (con ella) era de un
sou. Para todo lo relativo a estas cuestiones, puede consultarse J. Suau,
op. cit., 1979, vol. I, p. 295, nota 38.
3 2 7
CUADRO n VI
Porcentaje de colonos y salario mcximo (en dineros)
de los jornaleros agrcolas (cuadro ordenado
segn el fiorcentaje de colonos)
Municipio
% colonos s/
total poblacin
Salario
mximo
E sc o r c a 10,2 6 3 6
Felanitx 6,04 72
Puigpunyent 3,22 48
Orient 3,21 36
Sta. Margalida 2,68 72
Art 2,16 84
Capdepera 2,09
84
Maria . 2,05 66
Calvi 1,96 72
Bunyola 1,88 36
Mo r r at x 1,7 4 7 2
Pollena 1,60 72
V illafranca 1, 58 24
Estellencs . 1,48 48
Montuir 1,34 72
Llucmajor 0,90 84
S. Eugnia 0,73 120
Po r r esr es 0,68 66
So n Ser ver a 0,60 84
Sencelles 0, 54 108
Sa Pobla 0,51 120
Galilea 0,46 48
St a. Mar i a 0,45 12 0
Binisali 0,00 108
Costitx 0,00 108
r=-0,49
C.D. = 24,01 %
3 2 8
ximo de los jornaleros. Sin embargo es preciso subrayar, nueva-
mente, la debilidad de la correlacin.
- La comparacin de los salarios (en dineros) mnimos y m-
ximos de los jornaleros agrcolas por zonas permite obtener una
serie de conclusiones.
La ordenacin de las diferentes zonas segn la medida arit-
mtica de las diferencias entre los salarios mximos y mnimos,
quedara as.` (ver cuadro VII).
Es evidente que una media aritmtica de las diferencias entre
salarios mximos y mnimos ms elevada refleja la existencia de
una mayor diversidad de actividades agrarias o no agrarias, y cul-
tivos -en la zona de Muntanya, que es la que presenta menores
oscilaciones de salarios, refleja el monocultivo olivarero-, y, ^on
toda seguridad, una estructura de propiedad menos concentra-
da. Creemos que este cuadro se ajusta perfectamente a la reali-
dad histrica del momento estudiado, y, en este sentido, son su-
ficientemente ilustrativas las diferencias entre el llano y la mon-
taa.
En Llevant, la coincidencia entre los salarios mximos, por
una parte, y los mnimos, por otra, es total. Lo mismo se obser-
va en el Raiguer (si exceptuamos el salario mximo de Marratx
que es sensiblemente ms bajo que los de Santa Maria y Santa
Eugnia). En Muntuanya, excepcin hecha de Pollena que pre-
senta el salario mximo ms alto y el salario mnimo ms bajo,
todos los municipios tienen el mismo salario mnimo (3 sueldos),
mientras que los salarios mximos no presentan variacin respecto
al mnimo en el caso de Bunyola, Escorca y Orient, y esta varia-
cin es de un sueldo en Galilea, Estellencs y Puigpunyent. En
el Pla no se constata ninguna coincidencia entre los salarios m-
ximos y mnimos de los diferentes municipios.
Es interesante el comportamiento de Pollena que, a pesar de
ser un municipio de Muntanya, se separa ntidamente del resto
de pueblos de esta zona para aproximadamente mucho ms en
su comportamiento a los del Pla y sobre todo a los de Llevant.
Aunque con mucha cautela, se puede sealar que este municipio
da un elevado nmero relativo de telares y que, como despus
veremos, la informacin obtenida permite deducir un cieto peso
de las actividades no agrarias en Pollena.
3 2 9
CUADRO n VII
Zona
Salario
[Link]
Salario
mnimo
Raiguer
Santa Maria 120 48
Sta. Eugnia 120 48
Mar r at x 7 2 48
Pla
Sa Pobla 120 66
Biniali 108 42
Costitx 108 42
Sencelles 108 42
Llucmajor 84 48
Montuir 72 42
Sta. Margalida 72 36
Po r r er es 66 48
Maria 66 36
Vilafranca 24 24
Lleaant
Art 84 36
Capdeper a 84 3 6
So n Ser ver a 84 3 6
Migjorn
Felanitx 72 48
Muntanya
Pollena 72 30
Estellencs 48 36
Galilea 48 36
Puigpunyent 48 36
Bunyola 36 36
E sc o r c a 3 6 3 6
Orient 36 36
3 3 0
CUADRO n VIII
Zona o comarca
X de las diferencias entre el
salario mximo y mnimo
(en dineros)
Sa Pobla, Sencelles, Costitx y
Biniali (Pla)
63
Raiguer
56
Llevant
48
Pollena
42
Pla (sin Sa Pobla, Sencelles,
Costitx, Biniali y Vilafranca)
30
Muntanya (sin Pollena) 6
Los salarios mcximos mcs eleaados se dan al Raiguer, Pla (muni-
cipios de So Pobla, Sencelles, Biniali, Costitx y Llucmajor), Lle-
vant, Migjorn, Pla (Santa Margalida, Montuiri, Porreres y Ma-
ria), Pollena y Muntanya, por este orden. Los salarios [Link]
mcs bajos se presentan en Muntanya y en Vilafranca. Los salarios
mnimos ms altos son los del Raiguer, Mi^orn y la mayora de
los municipios del Pla. Los salarios mnimos ms bajos los encontra-
mos en Muntanya, Llevant y algunos municipios del Pla.
Agricultura: actiaidad econmica predominante. El dbil peso de las
actiaidades no agrarias.
La agricultura era -tal como se desprende de las fuentes-
la actividad econmica predominante y todas las dems activida-
des le estaban, por lo tanto, subordinadas.
La incidencia de la agricultura sobre la vida social y econ-
mica de la isla era agobiante, tanto en el sentido de que la pro-
duccin de alimentos -la bsqueda de la subsistencia trabajan-
do la tierra- era la actividad primordial de la mayora de la po-
blacin, como porque el excedente extrado por la clase dominante
provena, directamente (renta de la tierra) o indirectamente (cen-
sos; censales) del sector agrario. No se puede, pues, dudar en afir-
mar que, de esta manera u otra, todo el mundo dependa de la
3 3 1
agricultura25. Por lo tanto, dado su carcter hegemnico en la is-
la, la agricultura condicionaba el ritmo de toda la vida mallor-
quina: repercuta sobe la evolucin y el ritmo demogrfico (me-
diante las crisis de subsistencias, las carestas), sobre la fiscalidad
pblica y privada, etc. No es, pues, extrao que la encuesta de
1800 y la estadstica de 1834 suministren sobradas indicaciones
al respecto.
1) En 1800, el total de vecinos dedicados a actividades no agr-
colas era como sigue: (ver cuadro IX).
As, el promedio de las personas que no dependen estricta-
mente de la actividad agrcola asciende slo a un 2,29% (vecinos
respecto al total de la poblacin), o a un 9,26% (vecinos respecto
al total de vecinos).
2) Cuando los pueblos detallan -respondiendo a la pregun-
ta n 2 del apartado de poblacin que peda Qnales los medios
de subsistir para los pobres, quando sanos, y quales para cuando
enfermos- cules son las ocupaciones a que se pueden dedicar
los pobres, si no estn enfermos, siempre aluden a las tareas agr-
colas.
3) La escasa importancia de las actividades no agrcolas tam-
bin se refleja en las respuestas de los pueblos a la pregunta n
4 de la seccin De la Poblacin de la misma encuesta, En que
puede y suele emplearse el Pueblo para ganar su vida los das llu-
viosos, y de escasez de trabajo en el campo?. La mayora de pue-
blos responden que, incluso cuando no hay trabajo en el campo,
la poblacin continua ligada a las actividades agrcolas: trabajando
en los montes; limpiando los establos; cavando alrededor de los
olivares; ocupndose en el cuidado de las almazaras; etc...
Algunos pueblos sealan que nunca falta trabajo o jornal en
el campo y que, adems, hace falta gente para trabajar en el cam-
po; en consecuencia se hace difcil pen^ar que quedara un mar-
gen de tiempo para otras actividades.
25
Por otra parte, cabe tener presente, y valorar en su autntica trans-
cendencia, que la tierra, medio de produccin fundamental, era, precisa-
mente por ello, el eje central de las relaciones sociales: su propiedad -emi-
nente y/o til- conceda al grupo social que la detentaba un poder casi om-
nmodo sobre los otros grupos sociales sometidos.
3 3 2
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Muchos pueblos afirman que no disponen de ningn tipo de
industria; otros que lo nico que pueden hacer los que no tienen
trabajo es pedir trabajo o descansar (sic.). Es difcil imaginar una
sociedad que reflejara una ausencia ms significativa de activi-
dades no agrarias.
Las actividades no estrictamente agricolas que aparecen cons-
tatadas no parecen revetir una entidad suficiente como para con-
vertirse en sucedaneas de las agrcolas: labores domsticas; hacer
calceta; hacer cuerdas; remendar zapatos; hilar (las mujeres).
4) A continuacin reproducimos, sintetizadas al mximo, la
informacin que suministran los pueblos a travs de sus respues-
tas a la pregunta n 3 del apartado De las fbricas y artefactos:
Donde encuentran su despacho o consumo todos los gneros ma-
nufacturados en la Villa, con una anotacin de los estorbos que
ms se opongan a su multiplicacin y adelantamientos.
La mayora de los pueblos declaran que no se fabrican gene-
ros en la Villa, pero, caso de producirse alguna cantidad vemos
como sta se destina al propio consumo del pueblo. Slo Art,
y, en menor medida Binissalem, Llucmajor, Sller y Sencelles,
distribuyen tejidos a otros pueblos, y, sobre todo, a Palma. Es
interesante detenerse en los obstculos que, de acuerdo con el cri-
terio de los pueblos, obstruan el desarrollo de este sector, obst-
culos que tienen relacin con algunos elementos que hemos apun-
tado reiteradamente: la falta de poder de consumo de la pobla-
cin, la falta de poder de los fabricantes, y, el encontrar ms ven-
tajoso dedicarse a la agricultura y es el caso (Art) de uno de los
municipios que cuenta con ms presencia de actividades no agra-
rias:>. En definitiva: predominio de la actividad agrcola; carc-
ter marginal de las otras actividades; estrechez del mercado in-
terno; preponderancia del nivel de estricta subsistencia en el cam-
pesinado; etc...
5) El carcter marginal de las actividades no agrarias lo vol-
vemos a encontrar en la supeditacin de estas actividades al rit-
mo que marca la agricultura. Valga como ejemplo la respuesta
de Campanet27 cuando seala que cuenta con diecisiete maestros
27 Cuestin n. 1 del apartado De las fbricas y artefactos: en que con-
sisten los de la Villa y su territorio; que especies de oficios mecnicos, y que
nmero de Oficinas y oficinas de cada una^^.
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3 3 6
tejedores y once aprendices; ahora bien ... unos y otros, con in-
tervalos, por aplicarse algunas temporadas, a, otras cosas.
Puntualizacin que no desmerece la de Art: y creo que con-
siste el poco fomento de estas ltimas -se refiere a las fbricas-
en que pocos se dedican a fabricarlas, por preferir y considerar
ms til la labranza....
6) Finalmente, podemos observar como ciertas actividades,
derivadas directamente de la produccin agraria, que suminis-
tran determinados cultivos (olivo; vinya), pueden llegar a tener
una considerable importancia que sobrepasa, con mucho, las de
las actividades no agrarias. Es el caso de Felanitx, Llucmajor y
Porrres por lo que respecta al vino, y el de determinados pue-
blos de montaa por lo que se refiere al aceite. En estos lugares
la elaboracin de estos productos trae consigo la existencia de un
elevado nmero de almazaras y del alambiques.
En 1834 encontramos a la poblacin clasificada de acuerdo
con las categoras propietarios; colonos; simples jornaleros;
pastores^ fabricantes; pescadores; obreros asalariados y
comerciantes. El promedio de los porcentajes de fabricantes
yobreros asalariados de los pueblos que constan en la estadsti-
ca son los siguientes:
CUADRO n XI
% s o b r e
Total poblacin
de los municipios
Total de aecinos
de los municipios
Fabricante
1,94
7,36
Obreros asalariados 0,71
2,96
2 ,65
10,3 2
En cambio, los vecinos ligados directamente con la agricultu-
ra representan en promedio ms del 40% de la poblacin y casi
el 75% de los vecinos de los distintos municipios.
3 3 7
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La informacin que facilita esta estadstica encaja, perfecta-
mente, con la proporcionada por la encuesta de 1800 que antes
hemos analizado. La poca entidad de las actividades no agrarias
vendra verificada por: (ver Cuadro XII).
1) La relacin del nmero de obreros por telar pone de relie-
ve que la mayora de veces los fabricantes no son ms que arte-
sanos o campesinos que trabajan en su propio telar, pero que,
por regla general, no disponen ms que de un solo telar. Las ac-
tividades no agrarias no aglutinan, pues, un nmero relevante
de trabajadores asalariados. Es significativa, sobre este punto, la
respuesta del pueblo de Calvi:
Trabajan los mismos dueos por cuenta propia.
Los mismos dueos trabajan en ellos diariamente y todava
ms las de Puigpunyent, Estellencs y Galilea, cuando subrayan
que los que trabajan en los telares lo hacen espordicamente.
2) La elevada relacin existe entre el nmero de telares y el
de habitantes. Es el mejor de los casos (Biniali) encontramos un
telar por cada 53,13 habitantes. Slo en el 20,83% de los muni-
cipios considerados hay un telar por menos de 100 habitantes;
en el 29,17% encontramos un telar por cada 100 a 200 habitan-
tes; en el 20,83% tan slo hay un telar por cada 200 a 500 habi-
tantes; en el 16,67% la relacin es de un telar por ms de 500
habitantes; por ltimo, en un 12,50% de los municipios no cons-
ta ningn telar.
3) De todas maneras, la conclusin a que hemos llegado de
que las actividades no agrarias son poco relevantes, aunque cier-
ta en trminos generales, distorsiona la realidad insular en el pe-
rodo estudiado, sobre todo a nivel local. El anlisis por separado
de cada comarca pone de relieve que la presencia de telares en mu-
cho ms significativa en el Pla, despus de Llevant y en el Mig-
jorn; ms diluida en el Raiguer y prcticamente inexistente en
la zona de Muntanya. As, parece que se puede avanzar la tesis
-sugerida por el cuadro n XIII, elaborado a partir de la infor-
macin suministrada por el Apeo de Garay y los datos sobre tela-
res de la estadstica de 1834- de que exista alguna relacin en-
tre menor concentracin de la propiedad, caso del Pla, y mayor
nmero de telares.
Efectivamente, tal como avanzbamos, las zonas de Muntanya
con predominio de la gran propiedad son las que dan la relacin
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ms alta de habitantes por telar. Es la zona donde se comprueba
la prcticamente inexistencia de telares y los efectos que acom-
paaban a esta ausencia -bajos salarios mximos, pero tambin
bajos salarios mnimos- (ver cuadros n' VII y XII). Aqu, la
excepcin es, nuevamente, Pollena: presencia de telares, sala-
rio mximo ms alto que en el resto de la zona y, sorprendente-
mente (^o no!), es un municipio donde predomina la pequea pro-
piedad. El Llevant parece aproximarse a un ptimo: mediana pro-
piedad, considerable presencia de telares y el tercer salario mxi-
mo ms alto de los recogidos en el cuadro n VII. En el caso de
Art y Capdepera, pero tambin el de Son Servera donde predo-
mina la pequea propiedad. Los municipios del Raiguer, y el nico
municipio del Pla sobre el que disponemos de informacin res-
pecto a la estructura de la propiedad, presentan caractersticas
comunes: pequea propiedad, importante presencia de telares,
y un salario mximo que es el ms alto de todos en el caso del
Raiguer (Santa Maria y Santa Eugnia) y que presenta un nivel
intermedio en el caso del Pla (Montuiri). Desgraciadamente nos
falta la informacin del Apeo de Garay para municipios impor-
tantes por lo que se refiere a la presencia de telares y/o de altos
salarios mximos, motivo por el que debemos insistir una vez ms
en el carcter provisional de la hiptesis que avanzbamos sobre
este punto.
4) Finalmente, la po^a trascendencia de las actividades que
nos ocupan se refleja tambin en determinados aspectos de or-
den secundario que recoge la estadstica:
- en la mayora de pueblos no aparece mquinas de ningn
tipo
- los artculos de comercio, de importacin y de exportacin,
que encontramos detallados son en su inmensa mayora produc-
tos alimenticios bsicos.
3.
ANALISIS DE LAS ACTIVIDADES NO
AGRARIAS
Estas, como ya hemos tenido ocasin de sealar, no tenan
la menor trascendencia dentro de la economa y la sociedad ma-
llorquina. ahora bien, an sin constituir una actividad suscepti-
ble de llegar a ser substitutiva de la agrcola dentro del mundo
3 41
rural, es incuestionable que dentro de este se desarrollaban acti-
vidades no estrictamente agrcolas. Las encuestas proporcionan
suficientes indicaciones al respecto y algunas de ellas ya han sido
objeto de comentarios en otros apartados de este trabajo.
A efectos de anlisis, hemos dividido las actividades rurales
no agrcolas en dos sec^iones:
1 a) las relacionadas con los talleres menestrales.
2a) las que tienen que ver con los telares.
I) El carcter tpicamente rural -en el sentido de ser pecu-
liares de cualquier comunidad rural- de los quehaceres menes-
trales en los diferentes municipios, se pone de relieve a travs de
la inexistencia de correlacin entre el porcentaje de menestrales
y el salario mximo de los jornaleros.
La interpretacin que puede hacerse de estos datos consiste
en afirmar que las actividades menestrales no suponen una fuen-
te de ingresos para el campesino. En otros trminos, que no cons-
tituyen un foco de atraccin de los trabajadores del campo. Las
actividades menestrales se reducen, portanto, a las imprescindi-
CUADRO n XIV19 Salario mximo. Menestrales
Municipios
%
menestrales Salario mcximo
Mar r at x
0,40
7 2
Sta. Maria y sufragneos
0,53 120
Felanitx
0,53
72
Sencellers y sufragneso 0,54
108
Puigpunyent y sufragneos
0,63 48
Art y sufragneos ' 0,74 84
Sta. Margalida y sufragneos
0,76
66
Montuir
0,93
72
Bunyola y sufragneos
1,14
36
Llucmajor
2,19 84
r = -0,14
29
Cuestin n. 4 del mismo apartado y encuesta.
3 42
bles dentro de toda comunidad rural, y, en ningn momento, ac-
tuarn como elemento disolvente de esta, sino que, por el con-
trario, servirn de completo lgico a su funcionamiento cotidia-
no. Precisamente por ello, los talleres artesanos no guardan nin-
gn tipo de relacin30 con la existencia o inexistencia de telares
en los municipios, tal como queda patente en el cuadro que sigue
a continuacin: '
CUADRO n XV" Talleres y talleres artesanos
Municipios
Relacin
habitantes/
telares
Relacin
habitantes/
talleres artesanos
Mar r at x
1.490 64,7 8
Bunyola
797 318,80
Puigpungyent
777 86,33
Estellencs
540 180
Maria
464 92,80
Galilea
433 86,60
Santa Eugnia
275,50
34,44
Porreres
243, 73 146,24
Felanitx
216,18
151, 70
C apdepera
199,17
149, 38
Calvi
178,50
119,00
Sa Pobla
138,90
72,93
Son Servera
128,85
186,11
Montuir
121,50 92,57
Santa Maria
119,47 40,73
Sencelles
116,26
56,64
Art
85,27
134
Llucmajor
84,40 87,53
Santa Margalida
79,04
104
Costitx
68,69 99,91
Binisali
53,13 60,71
r=0,17
3o La informacin relativa a menestrales procede de la encuesta de 1800,
de aqu que los pueblos sufragneos aparezcan incluidos en el pueblo ma-
3 43
II) El lino, el camo y la lana fueron las nicas fibras tejidas
durante muchos siglos, como en tantos otros lugares. El hilado
y el tejido de camo eran las que ms menudeaban, como indi-
ca V. Ma Rossell32, en la industria domstica, cosa que no
suceda con tanta frecuencia para el lino y la lana. La produc-
cin ms corriente era un pao muy basto denominadoburell,
de uso corriente entre los campesinos.
La sistematizacin de los datos contenidos en el Informe
(1800) y en la Estadstica (1834) permite formular dos hipte-
sis:
la primera, que la existencia de telares, de la misma manera
que la produccin y comercializacin de los tejidos, no parecen
responder, en la mayora de los casos, a iniciativas internas de
los municipios
la segunda, que la presencia de telares, aunque de significacin
marginal, supone un cierto poder de atraccin para la mano de
obra asalariada agrcola.
1 a) El primer supuesto se fundamenta sobre evidencias disper-
sas, pero, creemos, suficientemente slidas. As, encontramos re-
ferencias a comerciantes que entregan telares y materia prima
-especialmente lana- a los tejedores (pelaires y/o campesinos)
y se encargan, despus, de comercializar el producto terminado.
De la informacin se deduce que no son los tejedores, o campesi-
nos, los que llevan el producto al mercado, incluso en aquellos
casos en que no dependen --ni por el telar; ni por la materia
prima- del comerciante. Este estado de cosas se evidencia tam-
bin en el cuadro XII. El nmero de fabricantes se sita por de-
bajo del de telares en Art, Capdepera, Sa Pobla, Montuiri, Po-
rreres, Santa Maria y Maratx, pueblos en que no aparecen obreros
triz. Cabe sealar la escasa fiabilidad de una correlacin establecida a par-
tir, solamente, de diez observaciones.
31 Queremos sealar la dificultad que supone el precisar el autntico
contenido del trmino artesano -y lo mismo cabe apuntar respecto del
de menestral- ya que, en muchos casos, seguramente se trata de ocupa-
^iones que no representan ms que la simple y lgica prolongacin de las
labores del campo: campesino-herrero, carpintero-campesino, etc. No apa-
rece informacin en la documentacin sobre talleres artesanos por lo que
hace a Orient, Escorca, Pollena y Vilafranca.
32
V. Ma. Rossell, op. cit., 1964: p. 442.
3 44
que trabajen un segundo telar, que pertenece a un fabricante del
mismo lugar. En muy pocas ocasiones aparece la posibilidad de
que un fabricante pueda ser propietario de ms de un telar: Son
Servera, Biniali y Costitx.
2a) El segundo viene avalado por el hecho de que la existencia
de telares contribuye a provocar la subida del salario mximo:
CUADRO n XVI
Municipio
N de
telares
Relacin
telares/
habitantes
Salario Salario
mzimo mnimo
Vilafranca O O 24 34
E sc o r c a 0 0 3 6 3 6
Orient 0 0 36 36
Mar at x
1 0,0007 7 2 48
Bunyola 2 0,0013 36 36
Pui gpunyent
1 0,0013 48 3 6
Estellencs
1 0,0019 48 36
Maria 2 0,0022 66 36
Galilea
1 0,0023 48 36
Santa Eugnia 2 0,0036 120 48
Porreres 15 0,0041 66 48
Felanitx 40 0,0046 72 48
Capdepera
6 0,0050 84 36
Pollena
34 0,0060 72 30
San Po bla 2 1 0,007 2 12 0 66
So n Ser ver a 13 0,007 8 84 3 6
Montuir
16 0,0082 72 42
Santa Maria 19 0,0084 120 48
Sencelles
19 0,0086 108 42
Art
44 0,0117 84 36
Llucmajor
84 0,0118 84 36
Santa Margalida 25 0,0127 72 36
Costitx
16 0,0146 108 42
Biniali
8 0,0188 108 42
Telares y salario mximo r= 0,6714
Telares y salario mnimo r= 0,2401
Salario
mximo y salario mnimo r= 0,65
3 45
En el cuadro traspunta la existencia de algn tipo de relacin
entre los telares-habitantes y el salario mximo de los jornaleros
agrcolas (r = 0,6714), por una parte, y por otra, el salario mni-
mo -poca de poco trabajo en el campo- no se ve afectado por
la actividad que de los telares se puede derivar (r = 0,2401). De
manera indirecta, ello tambin vendra corroborado por la co-
rrelacin que aparece entre el salario mximo y el salario mni-
mo de los jornaleros agrcolas (r = 0,65). Si la fijacin de las dos
categoras de salarios se viese afectada por las mismas variables,
la correlacin tendera a ser mxima (r = 1); si, por contra, una
de las dos categoras de salarios dependiese de una vaziable que
no repercutiese sobre la otra categora de salario, entonces la co-
rrelacin propendra a ser mnima (r = 0). Sin embazgo, nos en-
contramos con una situacin intermedia (r = 0,65) que, cree-
mos, se ajusta bastante a la situacin real: las zonas de salarios
mnimos ms altos presentan, lgicamente, los salarios mximos
ms elevados (ver el cuadro n VIII). ahora bien, los salarios m-
ximos tiran hacia una alza acentuada en aquellos municipios donde
pueden detectarse telares (Santa Maria; Sa Pobla; Sencelles, Cos-
titx; Llucmajor; Biniali, y, tambin Art, Capdepera, Son Ser-
vera y Pollena, que muestran unos salarios mximos, por los m-
nimos que tienen). De todas maneras, la debilidad de estas co-
rrelaciones, y, por eso mismo, la necesidad de matizarlas, queda
suficientemente de manifiesto si se comparan el nmero de colo-
nos y el de jornaleros con el nmero de telares, y se sitan dentro
de este contexto los niveles alcanzados por el salario mximo y
mnimo: (ver Cuadro n XVII).
4. MERCADO INTERNO
Si algo aparece con claridad despus de analizar las encues-
tas, es el escaso desarrollo del mercdo de la isla. Encontramos di-
versos indicios al respecto:
1) Del cuadro n X entraremos la conclusin de que la ma-
yora de pueblos producan primordialmente en funcin de las
necesidades del propio pueblo, o, en el mejor de los casos, de los
pueblos cercanos.
3 46
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3 47
2) A la pregunta n 2 del apartado .^Del comescio o tsfico, de
la encuesta d 1800 -Si hay ferias o mercados, quales los das
de la semana, mes y ao, sealados a ste efecto; quales asimis-
mo los principales objetos que se venden y compran en aquellos
das, y si es mucho o poco el concurso de compradores y
vendedores- los pueblos responden, simplemente, afirmando
que no hay ferias ni mercados.
3) A la cuestin n 3 del mismo apartado y encuesta -
Expresarn con confianza, quales son los obstculos que hayan
apercibido estorbar su libertad, y especialmente si se exercen o
no algunos monopolios- sencillamente no contestan.
4) Altamente significativo del carcter desmedrado del mer-
cado interno es lo que se apunta respecto de los caminos. Todas
las villas denuncian, insistentemente, su psimo estado, aadiendo,
adems, en la mayora de los casos, que no disponen de medios
para aderezarlos34.
5) La escasa importancia que se concede a los comercian-
tes 35deriva, consecuentemente, de la limitada penetracin de las
relaciones mercantiles en este mundo. Solamente Alcdia, Sller
y Santa Margalida mencionan alguno, puntualizando a continua-
cin su carcter singular. El resto, la mayora, niega su existen-
33
La ordenacin dentro de cada zona o comarca se ha ajustado a la su-
ma total de jornaleros y de colonos. Faltan los datos correspondientes a los
jornaleros de Santa Eugnia y de Santa Maria. Cabe sealar el problema
que suponen los porcentajes sobre la poblacin total. En la mayora de ca-
sos, no se incluye a las mujeres; este no parece ser el caso de Felanitx y Po-
rreres. Hemos dejado de contabilizar aqu los propietarios ya que es dificil
conocer exactamente si se trata de campesinos, campesinos y terratenientes
o simplemente terratenientes.
La masiva presencia de jornaleros podra ayudar a explicar la aparente
contradiccin de Felanitx que, an contando con un nmero elevado de te-
lares, no parece que el salario macimo obtenido en estos se viese afectado
por este hecho.
Finalmente, no hay seguridad, debido a la informacin facilitada por las
fuentes, de que todos los telares diesen ocupacin solamente a campesinos.
34 Cuestin n. 4 del apartado De la fbricas y artefactos, encuesta de 1800:
En que estado estn los caminos, y quales los arbitrios menos gravosos que
podran tomarse en la Villa, con el fin de costear una porcin de lo que se
necesitara, as para recomponerlos, como para construirlos de nuevo, de
modo que todo el carruage pudiese executarse con carros^^.
3 48
cia.
Manacor, incluso, precisa que en su caso no puede hablarse,
propiamente, de comerciantes, ya que las personas que se de-
dican a mercadear no disponen de caudales considerables. En los
casos en que se identifica a alguna de estas personas que animan
el comercio -realizado al detalle, no al por mayor- se la carac-
teriza como chueta, tabernero, tendero, traficante, buhonero,
etc., y los artculos con que mercadea, se apuntan, consisten en:
quincalla, alimentos, vino, aguardiente, ganado, carbn, ropas
y especias.
6) Cuando se indican los obstculos que frenan el desarrollo
de las manufacturas36, muchos pueblos (Algaida; Bunyola; Po-
rreres; Sller) ponen especial nfasis en el exiguo poder de con-
sumo que padecen sus respectivos moradores. Por ello, los obje-
tos que consideran gozaran de una demanda asegurada seran
los de estricta subsistencia, los alimentos, y no otra clase de art-
culos.
No se plantearn, en ningn caso, la posibilidad de una
demanda interna de productos manufacturados, de productos pro-
venientes de una hipottica industria mallorquina.
Esta ltima consideracin nos conduce a la que, segn nues-
tro entender, constituye uno de los elementos esenciales de la es-
tructura agraria mallorquina: La pobreza y miseria de gran par-
te de la poblacin mallorquina -consecuencia de la explotacin
a que se vea sometida- haca que la isla no dispusiese de un
mercado interno suficientemente estimulante. Siendo esto as, es
lgico que las actividades no agrarias fuesen marginales, por-
que no poda ser de otra manera ya que, ^quin se encontraba
en condiciones de consumir sus posibles productos? Es necesario
tener presente que tampoco exista un mercado urbano bastante
desarrollado como para estar en condiciones de subsanar estas
carencias.
Ahora bien, la ausencia de mercado interno desarrollado
-especialmente de artculos manufacturados- no implica la ine-
xistencia de una cierta integracin del mercado de productos agra-
rios.
3s
Pregunta n. 1 del mencionado apartado y encuesta.
36
Encuesta de 1800, cuestin n. 3 de la seccin
De las fbsicas y artefac-
tos.
3 49 ^
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En 1834, la informacin que suministran los pueblos permite
entrever que los artculos de trfico interior eran, bsicamente,
ls alimenticios y que los de extraccin e importacin eran, tam-
bin, productos alimenticios, junto con ganado, vino, aguardiente,
camo y jabn. Si nos fijamos en el cuadro que viene a conti-
nuacibn: (ver Cuadro n XVIII).
Vemos como se da una cierta integracin del mercado en el
caso de dos productos agrarios esenciales -cereales y habas-
dado que los coeficientes de variacin de sus precios son muy ba-
jos: 12,58% y 10,03% respectivamente. Si tomamos en conside-
racin otros precios de producciones agrarias de menor transcen-
dencia dentro del mundo rural mallorqun -lana, vino, y, en
menor medida, el queso- los coeficientes de variacin respecti-
vos se elevan: 27,27%; 24,29%; 14,61%. Es decir, en este se-
gundo caso, la integracin del mercado es menor.
3 5 1
CONSUMO Y OCIO:
DOS FACTORES POCO
COMPATIBLES EN LA
AGRICULTURA FAMILIAR
por Josepa CUCO I GINER
,
^
1. INTRODUCCION
Aunque restringido al mbito de una pequea comunidad del
Pas Valenciano, la meta del presente estudio' es poner de relie-
ve algunos de los rasgos que caracterizan la progresiva adapta-
cin e integracin de la sociedad rural a las formas de vida de
la sociedad industrial y urbana. Tomando como punto dc parti-
da la elevacin del consumo comunitario, el anlisis pretende mos-
trar cmo los mismos factores que posibilitan un aumento gene-
ralizado del nivel de vida y del consumo de bienes, obstaculizan
la adopcin de otro elemento ligado a la expansin del modelo
cultural urbano. La hiptesis que, en concreto, se plantea es que
la intensificacin-diversificacin del trabajo de la familia campe-
sina, al tiempo que se revela como factor clave en el gradual pro-
ceso de asimilacin del consumo urbano, incide negativamente
en el disfrute de una mayor disponibilidad de tiempo de ocio. Por
otra parte, la expansin en la [Link] nuevas actividades
no agrarias, que permiten una mayor dedicacin al esparcimien-
to y disfrute personal, sern elementos que originn nuevas dife-
rencias en su interior.
En aras de una mejor compresin del planteamiento y ulte-
rior desarrollo de esta investigacin, es necesario realizar un bre-
^ El trabajo que aqu se presenta es una versin parcial y modificada de
una obra ms amplia publicada en 1982: La tiasa como motioo. Propi^tarios
y jornalaos en dos pueblos aalencianos. Publicaciones del Institut Alfons el Mag-
nanim, Diputacin Provincial de Valencia.
3 5 5
ve bosquejo de las caractersticas que, en la actualidad, confor-
man la comunidad objeto de estudio. La Pobla del Duc se en-
cuentra situada en una comarca del secano consistente valen-
ciano (la Vall d' Albaida); su poblacin se ha mantenido relativa-
mente estable a lo largo del presente siglo, y hoy en da cuenta
con unos dos mil seiscientos habitantes. La actividad econmica
prdominante es una agricultura comercial e intensiva, altamen-
te modernizada y tecnificada, centrada casi con exclusividad en
el cultivo de la vid para la produccin de uva de mesa. El impac-
to del proceso econmico general -unido a la especificidad de
sus condicionamientos fsicos, demogrficos y econmicos-, ha
supuesto que su particular desarrollo siguiera un modelo o va
de transformacin que puede considerarse atpico en el conjunto
del Pas Valenciano. Mientras que en las comunidades rurales
valencianas la agricultura a tiempo parcial supone la solucin ms
generalizada al deterioro del nivel de rentas agrarias y al estmu-
lo continuado de aumentar sus niveles de consumo2, el ca^o de
la Pobla representa una salida casi excepcional, por cuanto su es-
casa extensin en el resto del Pas y su total difusin en el interior
de la comunidad: la del reforzamiento de la agricultura familiar,
aquella que salvo contingencias especiales no utiliza mano de obra
asalariada y que slo ocasional y espordicamente vende su fuer-
za de trabajo a otros propietarios agrcolas.
2. NIVEL DE VIDA Y CONSUMO COMUNITARIO
Sobre la base de las nuevas condiciones econmicas, tiene lu-
gar en la comunidad una relativa igualacin de las rentas fami-
liares, un aumento generalizado del nivel de vida y un incremen-
to considerable del consumo, el cual se revela -tal y como vere-
mos a continuacin- equiparable al existente en las zonas urba-
nas. Este hecho se refleja en la encuesta realizada3, que recoge
z Fenmeno a cuyo conocimiento ha contribuido recientemente E. Ar-
nalte con su estudioAgricultura a tiempo parcial en el Pa Yalenciano. Naturaleza
y efectos del fenmeno en el rcgado litoral, Servicio de Publicaciones Agrarias del
Ministerio de Agricultura, Madrid, 1980.
3 La recogida de datos mediante encuestas tuvo lugar en un slo da (Fe-
brero del 79) gracias a la colaboracin de ocho estudiantes de Sociologa de
3 5 6
una opinin casi unnime sobre la notable mejora de las condi-
ciones locales de vida' y la sensible disminucin -o incluso
desaparicin- de las diferencias socioeconmicas existentes en
pocas anteriores entre las distintas familias del pueblos. Esta ac-
titud positiva frente a los cambios ocurridos, se acompaa de una
clara conciencia de que, en la base de tales mejoras, se encuentra
el enorme e incesante esfuerzo realizado por la mayor parte de
familias que integran la comunidad6.
la Fac. de Fil. y Ciencias de la Educacin (Univ. de Valencia). Los encues-
tadores, distribuidos previamente por las distintas calles del pueblo, entre-
vistaron mediante el sistema casa por casa a todos aquellos que accedieron
a contestar, que fueron la mayora. Tras una jornada apretada de trabajo
se alcanz la meta propuesta: obtener una muestra aproximada de un 25%
del total de familias y un 10% del total de individuos mayores de 15 aos,
sobre un universo respectivo de 711 familias y 1.834 indivduos. Se sumi-
nistr una sola encuesta por familia, y el individuo representante de esta
fue seleccionado conforme a la muestra-tipo elaborada con anterioridad. El
cuestionario consta de 62 preguntas, todas ellas cerradas excepto dos, ade-
ms de otras cuatro que se refieren a la edad, sexo, estado civil y tamao
de la explotacin familiar del encuestado. Las preguntas se agrupan en dos
categoras: a) aquellas cuyo objetivo es la adquisicin de informacin gene-
^ ral sobre la familia del entrevistado, y b) aquellas cuyo objetivo es la adqui-
sicin de informacin sobre actitudes, opiniones o mentalidad del encuesta-
do. Los principales temas que aborda el cuestionario son: identificacin del
entrevistado, status econmico, consumo, tiempo libre y opiniones sobre as-
pectos diversos de la realidad comunitaria.
' Un 89,72% de los entrevistados opina que la gente del pueblo vive
ahora mejor que antes, mientras que slo un 1,47% piensa que su situacin
actual es peor que en pocas anteriores. EI porcentaje restante se distribuye
entre los que opinan que su situacin no ha cambiado (un 8,08%) y los que
no contestan (un 0,74%).
5 Las respuestas a la pregunta <.las diferencias entre las familias del pue-
blo -nivel de vida, etc- fueron las siguientes:
- han disminuido pero an quedan . . . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 47,07%
- han desapazecido . . . . . . . . . . . . . . . . . .. .. . . . . . . . . . . .. . . . . 38,24%
- continan igual ... .... .... . . . .... ..... .. ...... . . .. . . . 10,29%
- otras respuestas . .. ........ .. .... ...... .... ........ ... 1,47%
- no sabe, no contesta .. . . . . . . . . . . . . . . . .. .. . . .. .. . . . . . . . 2,94%
6 Las respuestas a la pregunta n^por qu la gente vive ahora mejor?^. fue-
ron:
3 5 7
Cuando se habla de consumo, uno de los primeros requisitos
es analizar el nivel alcanzando por las rentas familiares. Pero su
clculo resulta ms que difcil en una comunidad como la estu-
diada, donde la base econmica es predominantemente agrcola
y se practica una agricultura de tipo familiar, donde gastos e in-
gresos se incluyen en un mismo fondo comn, provengan o no
de la explotacin, de la que slo excepcionalmente se lleva algn
tipo de contabilidad. Aunque el monto total de las rentas nos sea
desconocido, conocemos en cambio el presupuesto anual fami-
liar que, en un 75% de los casos, supera las 300.000 ptas.' , os-
cilando el presupuesto medio mensual en torno a las 30.000 ptas.
Presupuesto que no incluye ni los gastos de la explotacin fami-
liar, ni el consumo de bienes duraderos, tales como electrodoms-
ticos, automviles u otros vehculos, adquisicin y transforma-
cin de viviendas, etc, etc.
Como muestra de la estructura interna del consumo familiar,
presentamos -por una parte- la distribucin de los presupues-
tos de tres familias, cuyas caractersticas especficas y diferencia-
les las hacen representativas de la mayora de la comunidad por
cuanto que: a) todas ellas tienen una explotacin de tamao in-
termedio, cuya superficie oscila entre 60 y 100 hanegadas (4,83
y 8,33 Ha.), que es el ms generalizados; b) el trabajo en la ex-
- porque ha podido comprar tierra y la propiedad
est ms repartida . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .. . . . 24,26%
- porque los jornales han subido ......................... 5,15%
- porque la gente trabaja mucho . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 56,64%
- porque la cosecha se paga ............................. 8,82 %
- no sabe, no contesta .................................. 5,15 %
' Cuando se pregunt <cunto dinero piensa Vd. que su familia nece-
sita para pasar el ao?, las respuestas fueron:
- unas 200.000 pts . .................................... 7,35 %
- unas 300.000 pts . .................................... 30,17%
- unas 400.000 pts .. ...... . .... . ..... .. .. .. ... . . . .... ... 22,05%
- unas 500.000 pts . .................................... 12,97 %
- otras respuestas ........ . .... .. ... . .... . . .. ... . ...... . 8,08%
- no sabe, no contesta . .. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 18,38%
s Segn el Censo Agrario del 72, este tipo de explotaciones supone un
62,2% del total. Datos corroborados por aquellos procedentes de la Coope-
rativa Vitivincola de la localidad (ao 1979).
3 5 8
plotacin ocupa a pleno tiempo a los tres cabezas de familia, lo
mismo que al 56,45% del total de los hombres casados; c) como
una buena parte de las mujeres casadas, un 58,83% del total, las
tres esposas trabajan, ya sea en la explotacin o en el negocio fa-
miliar, ya compaginando el trabajo en la primera con el realiza-
do en un almacn de confeccin y manipulacin de frutos9: d)
en dos casos se comercializa familiarmente el producto, al igual
que en e180% del total de las familias, mientras que en el tercero
se vende la produccin al comercio privado; f) el autoconsumo,
pese a ser relativamente bajo y hallarse centrado en la cra de al-
gunos animales domsticos -gallinas y conejos-10, persiste en
las familias en que los padres son de mediana edad (casos A y
C), mientras que es inexistente en las generaciones ms jvenes
(caso B).
Distribucin del presupuesto anual en tses familias. 1978
A B C
Concepto
Pts. % Pts. % Pts. %
Alimentacin 112.000 40,55 229.588 50,85 161.203 53,47
Li mpi eza 7 .5 00 2 ,7 1 2 6.000 5 ,7 6 16.690 5 ,89
Gt o s. gen.' 2 4.7 00 8,94 3 9.92 0 8,84 3 7 ,640 13 ,3 0
Vestido 25.000 9,05 58.000 12,85 35.000 12,37
S.S. y sani d. 3 3 .000 11,94 7 3 .160 16,12 17 .400 6,14
Var i o sz 7 4.000 2 6,81 2 5 .000 5 ,5 4 2 5 .000 8,83
TOTAL 2 7 6.2 00 100 45 1.080 100 2 82 .93 3 100
' Contribucin urbana, agua, luz, butano, telfono
2 En la familia no se incluyen las 1.000 pts. semanales de ^<paga>. al hijo.
Fuente: Elaboracin propia a partir de infornwciones direttas.
9 Un 50% de los jvenes solteros trabajan plena -un 23%- o parcial-
mente -un 27%- en la explotacin familiaz, mientras que un 52b de las
jvenes solteras realizan trabajos asalaziados.
' o Un 50,82% de las familias cran conejos y/o gallinas para el consu-
mo domstico, mientras que un 30,14% cultiva algn producto para el con-
sumo de la familia.
3 5 9
Tal y como se desprende del cuadro precedente, tanto los pre-
supuestos de estas familias, como su distribucin interna, no pa-
recen mostrar grandes diferencias con los que caracterizan a una
familia urbana, al menos a nivel de obrero industrial o trabaja-
dor de la construccin. As, la alimentacin supone la partida ms
importante de los gastos habituales, seguida de lejos y en propor-
ciones diversas por la sanidad y seguridad social, el vestido y los
gastos generales, en los que se incluye la contribucin urbana,
la energa domstica, el agua, el telfono, etc.
Pero este panorama del consumo interno de la comunidad sera
parcial o incompleto si no viramos en qu medida participan las
distintas familias en el proceso de diversificacin y expansin del
consumo, para lo que se hace necesario recurrir al grado de po-
sesin de determinados bienes. Ante la imposibilidad prctica de
considerar uno por uno toda la serie de bienes ligados a las nece-
sidades bsicas y a los bienes superfluos, se han seleccionado unos
cuantos, que fueron incluidos en la encuesta realizada. La infor-
macin obtenida al respecto fue la siguiente:
a) Posesin de electrodomsticos (cada uno de estos porcen-
tajes hace referencia al total de encuestas realizadas):
frigorfico ..................................... 99,27%
cocina con horno .. .... ........ ... . .. . ... .... .. 84,56%
lavadora automtica ......... ...... .... .... .. . .. 69,13%
lavadora no automtica . . . . . . . . . . . . . .. . . . . . . .. .. 9,55%
friegaplatos .................................... 0,00%
batidora ...................................... 34,55%
ducha con agua caliente ........................ 89,71%
magnetofn ................................... 52,21 %
transistor ..................................... 72,42%
b) Sobre la propiedad de la vivienda:
es propia ... .. .... ............ .. . ... . ... .. .. .. 63,98%
es de los padres ....... ..... ... .. . ... .... .. .. .. 25,73%
es alquilada ....... .. ............ . ... .. ...... .. 8,82%
otras respuestas ................................ 1,47%
c) Estado de la vivienda (si ha sufrido transformaciones en
los ltimos diez aos):
transformados bao y/o cocina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17,64%
casa nueva o totalmente renovada . . . . . . . . . . . . . . . . 42,06%
3 60
otras reformas .. ........ .... ...... ...... . . . ... . 21,30%
ninguna reforma
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 19,00%
d) Los vehculos no agrcolas que posee la familia:
uno o ms coches
.............................. 36, 02 %
una o ms motos .: . .... ...... ... . .. .. . . ... .. . . 11, 76%
coche y
mo t o ........................
......... 35, 31 %
ninguno ...................................... 16, 91 %
Si se comparan los datos presentados con los que proporcio-
na la Sntesis actualizada
del III Informe FOESA. 1978" ,
se observa
como los vecinos de la Pobla gozan de un nivel de consumo que
podramos calificar de [Link] con respecto a una buena parte
de los consumidores rurales del Estado Espaol. El que el presu-
puesto ordinario familiar oscile en torno a las 30.000 ptas. men-
suales es indicador de una renta relativamente elevada y, sobre
todo, saneada, en especial si se recuerda que de l no forman parte
los gastos en bienes duraderos. Adems, los productos ms gene-
ralizados no son solo aquellos
cuyoconsumo ha dejado de depen-
der de la renta (frigorfico, radio o transistor, televisin o piso
propio), sino que algunos de ellos son bienes cuyo consumo de-
pende esencialmente de esta (
lavadora automtica, magnetofn
y coche).
Solamente no existen o estn poco generalizados, aquellos
que nicamente se consumen a partir de los niveles ms altos (la-
vaplatos automtico, tocadiscos, etc.)12.
A1 tiempo que los modelos urbanos de vivienda, equipamiento
domstico y consumo de bienes se convierten en dominantes, se
aprecia en la comunidad una apertura casi total al consumo en
el exterior: los vestidos y adornos personales, el mobiliario e in-
cluso parte de los productos alimenticios se adquieren preferen-
temente en los centros urbanos ms o menos prximos -Xtiva,
Gandia, y Valencia
por orden de preferencia-, los cuales se con-
vierten a su vez en polos de atraccin para el disfrute del tiempo
libre (discotecas, pubs, restaurantes, etc.).
Los rasgos caractersticos que presenta el consumo comuni-
tario demuestran, en definitiva, que ya no es posible establecer
" Fundacin
FOESSA, Sntes^actualizada de1777lnfornu FOESSA-1978,
Ed. Euramrica, Madrid, 1978,
pp. 526 y ss.
12
Tales son los indicadores que establece el Informe
FOESSA, op. cit.,
pp. 531-532.
3 61
una diferenciacin entre dos tipos de consumo, el rural y el urba-
no, pues ambos se conforman a un mismo modelo, el que dicta
la sociedad global, inmersa en un proceso acelerado de industria-
lizacin. En todo caso, lo que posiblemente podremos encontar
son distintos grados y niveles de integracin a ese modelo, cuya
implantacin progresiva implica siempre una reduccin de las con-
diciones especficas de la vida rural. El efecto demostracin de
los nuevos hbitos y necesidades tiene tales efectos sobre la socie-
dad rural, ejemplificada en este caso por una pequea comuni-
dad, que quiebra su tradicional inhibicin frente al consumo, pro-
duciendo en ella una creciente orientacin hacia el exterior y una
adhesin generalizada hacia las formas de vida de la sociedad ur-
bana e industrial.
3.
LA INTENSIFICACION DEL TRABAJO DE LA
UNIDAD FAMILIAR: UN FACTOR CLAVE EN
EL PROCESO DE ASIMILACION DEL
MODELO DE CONSUMO URBANO
Que el consumo en una pequea comunidad rural se adecue
a las pautas urbanas no es ni mucho menos excepcional; antes
bien, es un ejemplo ms que confirma la inexorable expansin
del modelo cultural urbano. Lo peculiar es que la comunidad ha-
ya podido alcanzar un nivel de consumo relativamente elevado
sin alterar la orientacin de su base econmica13 y sin expulsar
de su seno a una cantidad significativa de poblacin14. ^Cmo es
posible compaginar estas realidades con el tantas veces repetido
deterioro progresivo de las rentas agrarias?
13 El sector agrario contina siendo dominante y ocupa a ms del 60%
de la poblacin laboral; sin embargo, su importancia ha disminuido en be-
neficio del sector secundario y, en menor proporcin, del terciario, que ocu-
pan respectivamente al 21,8% y al 15,1% del total de activos (segn Pa-
drn Municipal de 1975).
14 A partir del segundo tercio del presente siglo, la evolucin demogr-
fica de la Pobla del Duc se caracteriza por su marcada estabilidad. Durante
ese amplio lapso de tiempo, la poblacin censal slo disminuye fuertemente
en un ao, 1940, a causa de las secuelas que se derivaron de la contienda
civil. Concretamente, el saldo migratorio del perodo 1940-1976 es ligersi-
mamente positivo y asciende a 19 habitantes.
3 62
Para explicar en parte dicho fenmeno, hay que tener en cuenta
la relacin existente entre el desarrollo que supone la moderniza-
cin de la agricultura del pueblo y el creciente proceso de indus-
trializacin que, a partir de los aos cincuenta, est teniendo lu-
gar en el Pas Valenciano. La primera, si bien implica una mejo-
ra del nivel de vida y de las expectativas de futuro, supone tam-
bin una reduccin de la necesidad de mano de obra agrcola.
De sobra es conocido por todos el impacto que tiene el segurcdo
en las comunidades rurales, especialmente en las capas ms jve-
nes de poblacin. Sin embargo, lo que de negativo pudieran te-
ner los dos factores reseados, se ha visto neutralizado por dos
hechos localmente significativos: por una parte, por la expasin
de la agricultura familiar, la cual no solo ha asumido toda la fase
de produccin, sino que desde hace unos aos ha absorbido tam-
bin la comercializacin del producto. Por la otra, a causa de la
reciente instalacin de varias pequeas industrias, las cuales han
generado nuevos puestos de trabajo. Comercializacin familiar
e industria local que permiten un sustancial incremento de las ren-
tas familiares, absorben el excedente de mano de obra agrcola
e impiden un generalizado xodo rural.
Esta explicacin resultara incompleta si no tuvieramos en
cuenta un elemento clave que subyace en todo el proceso. Lo que
en concreto se plantea es que tanto los cambios producidos en
la estructura productiva15, como las sensibles mejoras del nivel
de vida, han sido posibles gracias al carcter especfico del traba-
jo de la familia campesina. Dicho de otro modo, segn sean las
necesidades concretas de la unidad de produccin-consumo y las
circunstancias generales en que se encuentra inmersa, la mano
de obra familiar se dedicar integramente a la explotacin o bin
compaginar el trabajo en sta con el asalariado en el exterior,
aumentando o disminuyendo la intensidad de su trabajo en los
distintos sectores productivos segn las condiciones sean o no fa-
vorables y sus necesidades ms o menos imperativas.
15 Los cambios en la estructura productiva agrcola han implicado un
acceso generalizado a la propiedad de la tierra, un proceso de concentracin
de sta ltima -que ha supuesto que las explotaciones de tamao medio
se convierten en dominantes-, la mecanizacin y tecnificacin, la especia-
lizacin acelerada de los cultivos, etc.
3 63
Ya en la dcada de los sesenta, se constataba en el Pas Va-
lenciano un envilecimiento de los precios percibidos por el agri-
cultor en relacin a los que ste haba de pagar por la mano de
obra o las materias primas empleadas en su cultivo16. Tal envi-
lecimiento es debido, en primer lugar, a que el aumento de pre-
cios de los productos agrcolas est por debajo de los incrementos
habidos en los salarios o en las materias primas y, en segundo
lugar, a la notable oscilacin en los precios de la mayora de los
productos agrcolas, especialmente en los hortofrutcolas, lo cual
-a efectos orientadores- es perjudicial para el agricultor. En
los ltimos aos, los gastos de cultivo han continuado la misma
tnica ascendente. Segn datos procedentes de la Cooperativa lo-
cal, entre 1975 y 1978, los gastos de cultivo de 1 Ha. de via de
uva de masa en plena produccin evolucionazon de la siguiente
forma:
Eaolucin en nmeros fndices de los gastos de cultiao de 1 Ha.
de uaa de mesa en plena produccin, para 1975 -78
C o n c ept o 1 975 1 977 1 978
COSTES FIJOS TOTAL ...... 100 116 147
COSTES VARIABLES TOTAL 100 120 153
- ma no de obra . ............ 100 129 154
- util. maquinazia ... ... ... .. 100 116 193
- trat. abonos .. . ... .. .. ... .. 100 108 126
TOTAL GASTOS . . . . . . . . . . . . 100 118 151
- Costes fijos: incluyen tanto la contribucin rstica, guardera, caminos
y S.S., como aquellos que se derivan de la maquinaria agrcola (combusti-
ble, lubricantes, aceite, reparaciones, seguros, chapas, circulacin y depre-
ciacin anual).
- Costes variables: incluyen abonos, insecticidas y pesticidas, coste de mano
de obra asalariada y alquiler de maquinaria agrcola (conductor incluido).
Fuente: Elabosacin psopia a pastir de los datos obtenidos en la Cooperativa Vitivinco-
la de la Pobla del Duc. Marzo 1979.
16 J Sorn Maes, Algunas consideraciones en torno a la crisis de la
agricultura en la regin valenciana^^, enRevta de Estudios Agro-Sociales, n
94, Madrid, 1976, p. 11.
3 64
Tal y como refleja este cuadro, el aumento de los distintos
componentes de los gastos de la explotacin es generalizado. En
slo cuatro aos, el precio de las materias primas necesarias para
el cultivo de la uva de mesa ha experimentado un crecimiento
de un 26%", siendo mucho mayor el aumento habido en la ma-
no de obra y la utilizacin de maquinaria agrcola. As, en 1975,
el jornal agrcola masculino se pagaba a 650 pts. y el femenino
a 600 pts., mientras que el precio pagado por alquilar un tractor
era de 300 pts./hora; en 1978, estos haban aumentado respecti-
vamente a 1.200 ptas., 1.000 ptas. y 450 pts./hora.
Sin embargo, a la hora de evaluar globalmente los costes de
produccin, es necesario tener en cuenta dos factores: 1, salvo
escasas excepciones, toda la mano de obra necesaria en la explo-
tacin es aportada por la propia familia1e; 2 la mayor parte de
las explotaciones disponen de toda la maquinaria agrcola que
necesitan19. Estos factores tienen una enorme importancia, pues-
to que al i^ual que el trabajo domstico, el trabajo agrcola pro-
pio no se reputa como dispendio, suponindose que no cuesta nada.
Todo lo que proporciona al hogar el cultivo de la tierra es consi-
derado como beneficio neto 20. El trabajo familiar no tiene equi-
valencia ni en tiempo ni en dinero; de ah que a la hora de eva-
luar los beneficios obtenidos de la explotacin familiar, el agri-
cultor slo tenga en cuenta el dinero que realmente ha salido al
exterior. As pues, del captulo de gastos habr que deducir la
utilizacin de la maquinaria y la mano de obra familiar, la renta
de la tierra, la amortizacin del viedo y de la maquinaria, y el
inters del capital. Vistas as las cosas, el panorama cambia por
completo y la agricultura aparece como un sector rentable, al me-
nos a los ojos de quienes trabajan la tierra de forma familiar.
' ^ En 1975, un kg. de abono vala 10 pts. y en 1978 12,25 pts./Kg.; el
sulfato pasa de I10 pts./kg. a 125 pts./kg., y el azufre de 12,20 pts./kg. a
15,24.
18 Un 74,26% de las explotaciones no utilizan nunca mano de obra asa-
lariada, un 4,41% slo lo hacen excepcionalmente, y un 17,65% la utiliza
nicamente en las pocas de ms trabajo.
19 Como muestra de la elevada mecanizacin diremos que un 50,74%
de las explotaciones disponen de motocultor y pulverizador autnomo, y un
18,38% dispone, adems, de un tractor.
20 K. Kautsky, La cuestin agsa^ia, Ed. Laia, Barcelona, 1974, p. 60
3 65
Mientras de su propiedad o de su explotacin -en caso de
que tenga tierras de aparcera- el agricultor obtenga un salario
equivalente o superior al que se paga en el mercado agrcola, se
dar por satisfecho, siempre y cuando ste le permita satisfacer
sus necesidades o expectativas de consumo. A pesar de que han
transcurrido casi cien aos desde que Kautsky escribiera su fa-
mosa obra, contina siendo perfectamente vlida su definicin
del campesino, aquel que vende sus productos y no emplea, o em-
plea escaso nmero, de jornaleros: es un trabajador, no vive del
producto de su propiedad sino del producto de un trabajo, su modo
de vida es el de un asalariado. Si necesita tierra no es para ex-
traer renta de ella, sino para ganarse la vida con ella 21.
El estudio -a travs de las libretas de contabilidad de tres
aos consecutivos- de una explotacin agrcola de tamao me-
dio, nos permite evaluar en toda su amplitud el carcter especfi-
co de la mano de obra de la familia campesina:
Estudio de una ezplotacin agrcola familiar.
La Pobla del Duc. Aos 1976, 1977 y 1978
Superficie y parcelacin:
Superficie total (en hanegadas) . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75'
N de parcelas .................................... 15
Maquinaria y aperos (Valor en pts. segn ao compra):
To t al valo r ................................. 1.15 1.000z
Mano de o b r a ( ho r as/ pt s.) :
a) f ami li ar :
197 6 197 7 197 8
Horas 4.041,5 2 .3 7 3 4.7 18
Pts. 328.505 338.860 993 .000
b) asalariada:
197 6 197 7 197 8'
Horas 15 - 5 7 4
Pts. 4.900 - 45.920
21 Opus. cit. p. 179.
366
Gastos (en pts.).
197 6 197 7 197 8
F i jo s 7 1.2 67 84.800 89.000
Variables 137.269 150.039 419.355
To t al 2 08.5 3 6 2 3 4.83 9 5 08.3 5 5
Ingresos por aenta del producto (en pts.):
197 6 197 7 197 8
Pr o d. t o t al br ut o 863 .063 2 7 9.882 2 .680.03 0
Beneficios (en pts.):
197 6 197 7 197 8
B contable4 340.822 - 108.631 1.148.675
B real famil.s 718.077 - 278.979 2.190.426
,fornales familiares por cuenta aj ena (en pts.):
197 6 197 7 197 8
To t al 14.800 185.186
^ En 1978, toma en aparcera, adems de las 35 hanegadas que ya lle-
vaba, otras 36 ms y compra 15. En 1979, compra una parcela de 50 hane-
gadas ( 1 Ha. = 12 hanegadas).
2 Incluye furgoneta, motocultor, pulverizador autnomo y tractor de 30
CV.
3 En su totalidad se trata de mano de obra asalariada para la comercia-
lizacin familiar de uva.
4 B ^.contablu.: producto total bruto + jornales familiares por cuenta aje-
na (gastos + mano de obra familiar en la explotacin).
5
B reaL^ familiar: (producto total bruto + jornales familiares por cuen-
ta ajena + amortizacin maquinazia + mano de obra familiaz) -gastos.
Como ampliacin de la informacin presentada en este cua-
dro podemos decir que, en 1976, tanto el volumen de la cosecha,
como el precio alcanzado por el producto pued,en considerarse co-
mo normales; durante ese ao, el jefe de la explotacin y las
ayudas familiares se dedican casi exclusivamente al trabajo en sus
3 67
tierras, al tiempo que se ocupan en la comercializacin familiar
del producto, siendo prcticamente inexistente el empleo de ma-
no de obra asalariada. En contraposicin, al ao siguiente, una
fuerte helada va a esquilmar considerablemente la cosecha; para
paliar la disminucin de los ingresos procedentes de la explota-
cin, los diversos miembros de la familia van a intensificar y di-
versificar su trabajo: por una parte, van a emplearse como jor-
naleros agrcolas (padre e hijo), en un comercio local (esposa) o
realizando trabajos a domicilio (hija); por la otra, continan tra-
bajando en la explotacin y comercializacin familiarmente la es-
casa produccin. En 1978, tanto el volumen de la produccin,
como los precios para ella obtenidos pueden calificarse de extraor-
dinarios; la mano de obra familiar deja de vender su fuerza de
trabajo y concentra sus esfuerzos en la explotacin, que se am-
pla con tierras tomadas en aparcera y con otras compradas. El
sensible incremento de la produccin obliga a emplear mano de
obra asalariada en el proceso de comercializacin familiar. El
aumento de los beneficios permite la adquisicin y el pago de los
primeros plazos, de 50 hanegadas (4,16 Ha.) de tierra.
La descripcin de la contabilidad de esta explotacin, nos per-
mite mostrar una primera ventaja de la agricultura familiar: su
relatiaa inmunidad al alza de los salarios. Si a los ingresos por la ven-
ta del producto se le deducen nicamente los gastos que suponen
un desembolso monetario, una salida de dinero de la caja fami-
liar, se entiende cmo tal beneficio posibilita mantener un nivel
de vida medio -siendo el consumo familiar de unas 350.000 ptas.
anuales-, sustentar y realizar considerables mejoras en la explo-
tacin. Si no es a travs de este tipo de clculos, resulta imposi-
ble comprender como se mejoran y amplan las explotaciones, se
renueva constantemente la maquinaria agrcola y se adquiere un
nivel d vida aceptable. Cierto es que se recurre con frecuencia
a toda clase de prstamos, pero tampoco es menos cierto que, sin
una relativa solvencia, dichos prstamos son inalcazables. Es la
utilizacin intensiva de la fuerza de trabajo familiar -en el tra-
bajo asalariado por cuenta ajena, la comercializacin familiar del
producto, las tierras de aparcera y las parcelas propias-, la que
hace posible tal capitalizacin y tales inversiones. En slo siete
aos, la familia cuya explotacin ha sido tomada como ejemplo,
invierte en sta ms de seis millones de pesetas, entre compra de
3 68
maquinaria y compra de nuevas parcelas; adems, ampla y re-
nueva su vivienda, mejora su equipamiento domstico, constru-
ye un amplio almacn para la maquinaria y aperos agrcolas, etc,
etc.
Pero adems, el caso presentado revela que la agricultura fa-
miliar presenta una segunda ventaja: en caso de disminucin del ex-
cedente agscola, el agricultor puede obtener unos ingresos suplementarios
sin alterar la marcha de la explotacin ni reducis el niael de consumo fami-
lias.
Como lo nico que realmente controla es su propia mano
de obra y la de su familia, a ellas apelar en circunstancias ad-
versas.
La actitud comunitaria tras la helada de la primavera del 77,
proporciona un magnfico ejemplo a la afirmacin que acabamos
de hacer. En general, las ayudas familiares incrementaron masi-
vamente el trabajo realizado fuera de la explotacin: las mujeres
hicieron todas las horas que les era factible en los almacenes loca-
les de confecciny manipulacin de frutos y productos hortcolas
-los cuales trabajan mayoritariamente con productos trados de
otros municipios ms o menos cercanos-, los jvenes marcha-
ron a trabajar all donde se les ofreca un empleo temporal. Por
su parte, los jefes de explotacin, que slo ocasionalmente ven-
dan su fuerza de trabajo, se convirtieron durante parte del ao
en agricultores a tiempo parcial, emplendose como obreros agr-
colas (con o sin maquinaria) o albailes. Adems, todas y cada
una de las unidades productivas comercializaron familiarmente
la escasa uva que creci tras la helada. Sin embargo -y esto es
lo ms significativo-, no se produjo una reduccin del consumo
familiar. A1 reflexionar ante sta inusitada reaccin, los prime-
ros sorprendidos fueron los propios habitantes del pueblo: Mira,
creamos que los bares iban a cerrar; creamos que las mujeres
no iran a comprar a las tiendas, que pasaramos con las cuatro
patatas que hubiramos recogido, las cuatro cebollas y los cuatro
melones. Creamos... ^qu te dir yo?, que las tiendas de ropa
no venderan, que muchas cosas no se compraran, que no se ha-
ran obras (de construccin). Los albailes estaban angustiados
porque no tendran faena, Bueno, y tu me dirs... nosotros saca-
mos no s si 6.000 duros en total, y como nosotros, imaginate
los dems. Los primeros das -yo hablo por m misma- me so-
foqu. Pensaba incluso en reducir los gastos que no fueran preci-
3 69
sos. Pero, a los cuatro das v que era una tontera oprimirse...
No se not nada en las tiendas ni en ningn otro sitio. A1 revs,
oye, exactamente igual o peor. Yo no s porqu, si es que te acos-
tumbras a esa clase de vida y no puedes ir recortando, la cues-
tin es que las tiendas estaban llenas, los casinos estaban llenos,
los albailes no daban abasto. Exactamente igual, igual, igual 22.
Esta reaccin de los agricultores de la Pobla de, frente a un
mal ao, intensificar el trabajo familiar pero no reducir el consu-
mo, contrasta fuertemente con la idea preconizada por algunos
de los grandes estudiosos del tema campesino. El mismo Chaya-
nov afirmaba que en los malos aos la renovacin del capital
decae, se reduce el ^iresupueslo pessonal y se eleva la autoexplota^in
del trabajo de la familia23. En un sentido ms amplio, tambin
Malassis afirmaba que, en las explotaciones familiares, existe un
conflicto permanente entre las necesidades de la explotacin y las
de la familia, y no necesariamente es la familia la que gana24.
A este respecto, la reaccin de las familias ante tal catstrofe cli-
matolgica, aporta un elemento de reflexin y anlisis muy inte-
resante por su novedad: cierto que, frente a un mal ao, se in-
tensifica el trabajo familiar; pero no necesariamente disminuye
22 Mira, es pensaven que els bars anaven a tancar; es pensaven que les
dones no anaven a comprar a los tendes, que haguerem passat en les quatre
credilles que hagurem agarrat, les quatre cabes i els quatre melons. Es pen-
savem..., qu et dir jo?, que les tendes de roba no vendrien, que moltes
coses no es comprarien, que no obrarien. Els obrers estaven sofocants per-
qu no tindrin faena. Bueno i tu em dirs... que nosaltres varem traure no
s si en gros 6.000 duros, i com nosaltres, imagina't els atres. Els primers
dies -jo parle per mi mateixa-, em vaig sofocar. Pensava incls llevar gas-
tos que no foren precisos. Per als quatre dies vaig vore que era un
tontera
oprimir-se... Ni vares notar res en les tendes, ni res. A1 revs, escolta, exac-
tament igual o pitjor. Jo no s perqu, si es perqu t'acostumes a eixa classe
de vida i no pots ja anar tallant, le qiiesti s que les tendes estaven plenes,
els casinos estaven plens, els obrers no podien donar abasto. Exactement igual,
igual, B.B., 30 aos, 15 de Marzo de 1979.
z3
A.V. Chayanov, La organizacin de la unidad econmica campesina; Nue-
va Visin, Buenos Aires, 1974, p. 264.
24 L. Malassis, Economie des exploitations agricoles: Essai sur les stsuctures et
les rsultats des ezploitations agricoles de grande et petite supe^cie, A. Colin, Pars,
1958, p. 272.
3 7 0
su nivel de consumo. Antes bien, este tiende a asegurarse o man-
tenerse. La intensificacin del trabajo familiar y el cambio tem-
poral del sector ocupacional servirn de comodn ante tales cir-
cunstancias.
Lo novedoso del caso consiste no solo en la generalizacin d
este tipo de reaccin en el interior de la comunidad, sino en las
circunstancias que los hacen posible. Dicho de otra forma, a me-
dida que avanza y se consolida el proceso de industrializacin-
urbanizacin, se acelera la secular comunicacin existente entre
la ciudad y el campo, el cual se adapta cada vez ms a las formas
de vida urbanas. La incorporacin de la comunidad rural a la
sociedad de consumo es tal que, una vez conseguido un determi-
nado nivel de consumo, difcilmente ste se puede reducir. En
suma, estos datos son indicadores de que el consumo que actual-
mente caracteriza a la comunidad ha llegado a un punto de no
retorno, y que su diminucin, siquiera sea pasajera o circunstan-
cial, aparece ya como quasi imposible. Pero -como veremos a
continuacin-, la intensificacin del trabajo familiar, a la vez
que permite la plena incorporacin de la unidad campesina al con-
sumo generalizado de bienes, hace imposible un amplio disfrute
del ocio, puesto que incide de forma negativa en la disponibili-
dad de tiempo libre.
4. NIVEL DE VIDA Y OCIO
Si como indicador del nivel de vida se toma nicamente el
consumo alcanzado, es fcil concluir que ste es elevado y equi-
parable al de las zonas urbanas. Pero si en l incluimos el ocio,
elemento caracterstico de la sociedad de consumo, tal conclusin
aparece menos ntida. Aunque las actividades en las que la co-
munidad suele centrar su tiempo libre no se diferencian mucho
de las de una zona urbana25, si en la comparacin incluimos las
vacaciones, viajes de placer y tenencia de viviendas secundarias,
el panorama cambia por completo. Segn el informe FOESSA
y para el ao 1973, en el Estado Espaol disfrutaban de vacacio-
nes un 49% de la poblacin. En contraste, en la Pobla (ao 1979),
nicamente el 6,61 % de los encuestados confes gozar todos los
25 Informe FOESSA, op. cit.
3 7 1
aos de un perodo relativamente amplio .y estable de vacacio-
nes, mientras que un 75% no las tena nunca y un 17,64%, slo
disfrutaba de ellas alguna vez. Este significativo dato se comple-
menta con el escaso nmero de individuos que afirmaron haber
hecho viajes de placer (un 27,94%) y por las todava ms escasas
familias que disfrutaban de viviendas secundarias -slo un 4,41%
tienen chalet o apartamento-.
Tales datos son indicativos de que, en la Pobla, el aumento
del nivel de vida no se ha visto acompaado de un incremento
del tiempo de ocio. Las actividades que ocupan los das festivos
y las ratos libres de los miembros de la ^omunidad son las nor-
males en nuestra sociedad: discoteca, cine, relaciones sociales, te-
levi^in, etc. Pero cuando el tiempo de esparcimiento se ampla
a perodos ms largos, la ruralidad omenor modernidad se
hacen patentes. Es un lugar comn el que, la cultura urbana, va-
lora el cultivo del ocio de forma ms acusada que la rural. Sin
embargo, sta afirmacin general es excesivamente simplista. En
el caso concreto de la Pobla -tal y como veremos ms adelante-,
se valoran muy positivamente las otras formas de vida ligadas
a modelos urbanos, caracterizadas especialmente por un mayor
consumo de tiempo libr. Si el cultivo del ocio recibe en el pue-
blo una valoracin positiva, ^cmo es que no se ha producido un
efecto demostracin generalizado? Posiblemente, la existencia de
ciertos valores comunitarios ha contribuido a neutralizar su in-
fluencia; en concreto nos referimos a la alta estima del trabajo
y del esfuerzo personal. Sin embargo, las familias campesinas con-
sideran las vacaciones, los viajes e incluso los week-end como un
lujo inasequible. Pero no siempre es a causa de una falta de dine-
ro, sino que ellos mismos lo achacan a las caractersticas de la
produccin agrcola. A este respecto, es elocuente el comentario
de una mujer de la comunidad cuya posicin econmica puede
considerarse de bastante acomodada: (Entre los labradores)...
hay quin los tiene, tiene apartamentos, pero los tiene cerrados,
porque no tiene tiempo para ir. Pero..., si nosotros tenemos una
heredad para ir a pasar quince das y no hemos ido nunca. zqu
quieres ms? 26.
26 N' hi ha qui els t, t apartaments, per els t tancats, perqu no t
temps per anar. Per... xel si nosaltres tenimuna heretat ah per a poder
3 7 2
El decalage existente entre el consumo de bienes y el ocio no
se debe nicamente, al menos en el caso que nos ocupa, a la opo-
sicin entre valores urbanos/valores rurales, ni a una inferiori-
dad de las rentas particulares. La explicacn debe atribuirse, en
parte, a una de las caractersticas especficas de la agricultura:
la diferencia entre tiempo de trabajo y tiempo de produccin.
Como bien dicen Mann y Dickinson27, una cosa es el tiempo de
trabajo invertido en producir un bien y otra, el tiempo de pro-
duccin consumido en la produccin de dicho bien. Habra todo
un perodo en el que el bien inacabado es abandonado al pro-
ceso natural. Lo que con ello se quiere expresar, es que el agri-
cultor no controla, o controla solo parcialmente, ese proceso na-
tural.
Debe, por tanto, vigilarlo atentamente, lo que le impide
variar y/o aumentar su tiempo de ocio.
Pero, por otra parte, y esto es lo que nos interesa poner de
relieve, si bien la intensificacin del trabajo familiar es la que ha
permitido la mejora del nivel de vida comunitario -lase aumento
de su capacidad de consumo-, tambin ha incidido negativa-
mente en la mayor disponibilidad de tiempo libre. En primer lu-
gar, la profunda remodelacin sufrida por la agricultura desde
los aos sesenta ha supuesto, entre otras cosas, una acelerada es-
pecializacin de los cultivos, que ha desembocado en el mono-
cultivo de la uva de mesa, y un proceso de concentracin de la
tierra. La conjuncin de ambos fenmenos, junto a la prctica
inexistencia de obreros agrcolas, ha implicado un aumento con-
siderable de la cantidad de trabajo necesario para llevar adelante
la explotacin familiar. Cierto es que la progresiva adopcin de
innovaciones tecnolgicas libera una cierta cantidad de mano de
obra en la agricultura; pero esta, en el caso de la Pobla, se ha
reempleado otra vez en el mismo sector, dada la asuncin del pro-
anar a passar 15 das i no hemanat mai. Vols ms lluny?, A.R., 44 aos,
27 de Julio de 1978. Nota aclaratoria: heredad, gran finca de una sla ho-
ja que, tradicionalmente, se dedicaba al policultivo y donde se levantaban
tanto viviendas para el amo y el casero, como toda una serie de ronstruccio-
nes anejas (bodega, almacn de granos y otras cosechas, etc.).
2' A. Mann Dickison, Obstacles to the development of a capitalist agri-
eul[ure,,Journal af Peasant Studies, Agosto, 1978, pp. 471-472.
28 Para mayor informacin informacin consultar J. Cuc i Giner, op.
cit., cap. III, Parte I.
3 7 3
ceso de comercializacin de la uva por la familia campesina. En
segundo lugar, a causa de la creciente dependencia de los
inputs
industriales, del efecto demostracin del consumo urbano y del
estancamiento relativo de los precios agrcolas, los mrgenes de
beneficio de la explotacin familiar han tendido a reducirse pau-
latinamente. Consecuentemente, la bsqueda de fuentes de in-
gresos complementarias a la explotacin se ha generalizado y, hoy
en da, son las ayudas familiares -mujeres y jvenes- los que
han asumido mayoritariamente aquellos ingresos que permiten
ampliar sus expectativas de consumo.
Si la intensificacin y diversificacin del trabajo familiar es
un hecho incontestable, si durante ms de seis meses al ao (Mayo-
Octubre) el trabajo de cada miembro de la familia campesina su-
pera con creces las ocho horas diarias, si durante el resto del ao
el cabeza de familia trabaja plena y preferentemente en la explo-
tacin -no desdeando otros trabajos asalariados que eventual-
mente pudieran surgirle, mientras las ayudas familiares trabajan
adems fuera de ella tanto como les es posible-, zqu tiempo
real les queda para el ocio? En ese sentido, es significativo el co-
mentario de un informante referente al hecho de que ahora, a
los habitantes del pueblo, les resulta ms caro ver una corrida
de toros por la televisin que comprar una entrada de barrera.
El tiempo es enormemente valioso, puesto que una hora perdi-
da en el disfrute personal es un tiempo precioso que roba a un
trabajo del que se obtienen sustanciosas y seguras ganancias, las
cuales permiten llevar una vida ms cmoda, acorde con los nuevos
tiempos. EI simple hecho de hacer la colada a mano es ya un re-
cuerdo del pasado, pues la mayora de las mujeres tienen lavado-
ra. Pero como nos deca una de ellas, esa comodidad la pagan
bien cara, en horas de esfuerzo y de trabajo intensivo, haciendo
ms horas que un despertador.
En definitiva, con el reforzamiento de la comunicacin campo-
ciudad, la sociedad rural adopta y hace suyos los modelos de con-
sumo urbano. Pero, para poderlos llevar a la prctica, debe aumen-
tar sensiblemente su tiempo de trabajo, lo que a su vez impide
el disfrute de uno de los elementos que, la cultura urbana, preco-
niza y hace deseable: la ampliacin del tiempo de ocio. De ah,
que la satisfaccin que proporciona la incorporacin a la socie-
dad de consumo vaya acompaada de la insatisfaccin que pro-
3 7 4
duce su carcter parcial e incompleto. Si la creciente asimilacin
de los modelos urbanos homogeneiza la vida rural y urbana, la
llamada cultura del ocio establece nuevas diferencias entre am-
bas. Pero tambin, esa cultura del ocio genera nuevas diferen-
cias en el interior de la comunidad pues, a la par que la agricul-
tura sufra una profunda remodelacin, surgan en el pueblo nue-
vas fuentes de riqueza ligadas a actividades no agrarias, las cua-
les permiten gozar de otras formas de vida ms acordes con los
modelos imperantes, en las que s tiene cabida un mayor disfrute
del tiempo libre.
5.
EL DISFRUTE DEL OCIO:
UN NUEVO
ELEMENTO DE DIFERENCIACION INTERNA
Aunque la agricultura es una actividad comn a la inmensa
mayora de los habitantes del pueblo, no es ni mucho menos fuen-
te nica de ingresos y de trabajo. Adems de una fbrica textil29,
existen otras industrias locales: una dedicada a la confeccin de
ropa y otra de fundas de guitarra, bolsas y accesorios de
deporte30; una fbrica de cajas y envases de madera, otra de vi-
drioy
una tercera de ladrillos y terrazo; dos bodegas de elabora-
cin de vinos y licores -una particular y otra cooperativa-; hay
tambin dos grandes almacenes de comercio de frutos y, por lo
menos, otros tres ms pequeos, y ms de cincuenta estableci-
mientos abiertos al pblico. Aadiendo los especialistas no agr-
colas (electricistas, fontanero, etc.), la poblacin activa de los sec-
tores industria y servicios supone e136% del total (segn Padrn
Municipal de 1975). Este bloque se halla estrechamente imbrica-
do con la estratificacin original de base agraria puesto que, sal-
vo contadas excepciones, la mayor parte de las familias ligadas
29
Dicha fbrica, que funciona hace 4 5 aos, pertenece a un indus-
trial de Alcoy, y en
ella, trabajan un total de 60 hombres en dos, e incluso
tres turnos diarios, hombres que en su inmensa mayora tienen menos de
25 aos de edad.
3o
La primera ocupa a 9 mujeres y tambin pertenece a un industrial
alcoyano, mientras que la segunda es de un vecino del pueblo y da trabajo
a unas 50 personas, la mayor parte de las cuales son mujeres jvenes que
realizan la faena en su propio domicilio.
3 7 5
a tales actividades poseen tierras, las cuales explotan personal-
mente, excepcin hecha de los empresarios locales, que utilizan
mano de obra asalariada.
Presentada de forma muy esquemtica, la estratificacin so-
cial comunitaria se caracteriza, por una parte, por un amplio blo-
que de poblacin compuesto fundamentalmente de agricultores
a tiempo parcial (xicotets llauradors), medianos propietarios que re-
dondean su explotacin con tierras en aparcera y eventualmente
hacen algn jornal para otros
(llauradors mi jans), especialistas no
agrcolas y pequeos comerciantes, todos ellos en compleja y es-
trecha imbricacin. En su interior, si bien se pueden presentar
diferencias relativamente marcadas en cuanto a ingresos econ-
micos, estas no se traducen ni en un distinto nivel de consumo
ni en amplias diferencias de status y poder. Quedan fuera de l
los empresarios locales y los relativamente grandes propietarios
agrcolas (llauradors forts), cuyo capital e ingresos, status y presti-
gio parecen ser en principio ms elevados. Y decimos en princi-
pio, porque no necesariamente el mayor volumen de capital e in-
gresos se halla superpuesto a los indicadores de un superior
status
social y de prestigio.
En la comunidad, el trabajo es considerado como la base del
xito y sta es una de las bases sobre las que se asienta el presti-
gio social. Gracias al incesante trabajo, unas cuantas familias han
adquirido una ptima posicin: han adquirido grandes fincas,
puesto en marcha industrias y comercios locales, comprado co-
ches, maquinaria agrcola, electrodomsticos, etc, etc. Son pre-
cisamente sus tierras, fbricas y grandes almacenes los factores
objetivos que hacen, que a todos ellos, se les califiquen de
rics.
Pero, en la realidad, Ilauradors forts y empresarios locales no son
considerados igualmente rics. O dicho de otra manera, no gozan
del mismo prestigioy status social. Porque hay trabajos socialmente
ms rentables que otros, ya que permiten vivir de determinada
forma, ms en consonancia con los esquemas urbanos.
Hoy en da, al menos a nivel local, y a diferencia de otras po-
cas, una propiedad relativamente extensa de tierra no conlleva
de forma automtica un tipo de vida diferente al comn de las
gentes. Antes bien, dada la generalizacin de la agricultura fa-
miliar y la prctica inexistencia de asalariados agrcolas en la lo-
calidad, cuanto ms amplia es una propiedad, ms intensa y con-
3 7 6
tinuada debe ser la dedicacin que se le otorgue. Por esa razn,
no se considera ric al que ms tierras posee, ya que vive cualitati-
vamente peor que otros con menor propiedad: Mujer, los ricos
del pueblo, son, materialmente, aquellos que tienen ms fincas.
Estos hombres son ms ricos porque tienen ms propiedad. Pero
no pueden vivir mejor que otro que es menos rico, porque son
esclavos del trabajo. Son ms ricos materialmente, pero en la si-
tuacin actual no pueden emplear mano de obra asalariada; al-
quilan cuatro jornales, pero no pueden alquilar (ms), sino se co-
men la finca y no tienen nada que hacer. Lo nico que hacen
es mecanizarse al mximo, zcomprendes? Pero as y todo, se han
de obligar a trabajar ms que aquel que tiene menos finca. En-
tonces resulta que por ser ms rico no vive mejor, no, vive casti-
gado, porque le obliga la faena31.
Como vemos, se define al ric como aquel que posee ms tie-
rras, es decir, al llaurador fort. Pero la mayor extensin de la pro-
piedad no le confiere una calidad de vida superior. A1 contrario,
la escasez de mano de obra, unida a los elevados salarios, le im-
piden emplear habitualmente jornaleros. Su nica alternativa es
mecanizarse al mximo. Pero an as, si quiere mantener su pro-
piedad, debe obligarse a trabajar infatigablemente, convirtin-
dose en un esclavo del *r^hajo. Justamente en este aspecto el que
hace que, pese a ser materialmente ric, no se le considere como
tal: ^T consideras rica a una persona que tenga que trabajar
y que no pueda descansar porque tiene que trabajar? zT consi-
deras rica a una persona as? Yo no. La considero ms pobre que
otra. Porque uno que un domingo puede tener fiesta, ese es ms
rico que otro. Y esas personas (las que tienen ms fincas), lo mis-
mo los hombres que las mujeres, tienen que irse a medianoche
3' Dona, els rics del poble sn, materialment, aquells que tenen ms
finca. Estos homens sn ms rics perqu tenen ms propietat. Per no po-
den viure millor que 1' ale que s menos ric, perqu sn ms esclaus de la fae-
na. Ells sbn ms rics materialment, per no poden llogar en la situaci de
vui; llogaran 4 jornals, per no poden llogar ms, si no es mengen la finca
i no tenen res que fer. L' unic que fan s mecanitzar-se al mxim, comprens?
Per aixina i tot, ells s' han d' obligar a treballar ms que aquell que t nunos
fmca. Entonces resulta que per ser ms ric no viu millor, no perqu viu ms
castigat, perqu 1' obliga la faena. C.N., 29 aos, 5 de septiembre de 1978.
3 7 7
a trabajar y volver a las tantas de la noche. Porque si emplearan
(asalariados)... se comeran todo lo que sacan de la tierra o... la
tendra yerma. Por eso digo yo que no hay ricos. Hay trabajado-
res ricos 32. En pocas palabras, la vida que llevan los agriculto-
res prsperos de la comunidad -y val^a la redundancia- no es
vida. Siempre trabajando, de day de noche, domingos y fiestas.
Eso s, tienen buenas viviendas en las que existen todo tipo de
comodidades, y extensas fincas, pero no disponen de tiempo pa-
ra disfrutar de todo ello, ni siquiera se pueden permitir el tomar-
se unos cuantos das de descanso anuales. Por eso, sin excepcin,
a pesar de que podran adquirirla, ningn Ilaurador fort tiene vi-
vienda secundaria. zPara qu comprarla si no la van a poder dis-
frutar? De ah que no se les considere rics. Lo son, pero menos.
Sonrics en propiedades, pero pobres en calidad de vida, o dicho
de otra forma, son treballadors rics.
Si el status social y de prestigio de los llauradorsforts es inferior,
lo tiene que ser -al menos en principio- respecto a otros con
una posicin econmica semejante, los empresarios locales. Co-
mo bien puntualizaba un joven informante: ah debera hacerse
(la distincin entre) dos clases de rics. Los rics de... muchas tie-
rras, que viven mucho peor que sta gente (los empresarios), por-
que tienen que trabajar ms y todo el rollo, y los rics tipo padre
de..., Rigo... (todos ellos empresarios locales). Ellos disfrutan,
no trabajan (al menos como lo hacen los primeros, puesto que
todos llevan personalmente la gerencia de sus respectivas empre-
sas). Ellos se van en coche, se van a la discoteca, se van de comi-
lona, se gastan tanto y cuanto. Ah ya hay un nivel de vida, y
por ah ha empezado lo de los apartamentos (en la playa), lo de
32 Tu consideres ric a una persona que tinga que treballar i no puga
descansar perqu t que treballar? tu consideres rics a una persona aixina?
Jo no la conside. Jo la considerems pobre que una atre, Perqu uno que
un diumenge puga tindre festa, aixe s ms ric que 1'aire. I eixes persones
(els que tenen ms terra), igual les dones que els hmens, els costa anar-se'n
a mitja nit a treballar, i vindre a quines hores de la nit. Perqu si llogaren...
s mengen tot el que trau de la terra o... ho tindrien erm. Pero aix dic
jo que no n'hi han de rics. N' hi han de treballadors rics>^, C.V., 24 de Abril
de 1979.
3 7 8
las vacaciones, (todo) lo que aqu nunca se haba podido ni
soar33
Los empresarios locales gozan de un nivel y, sobre todo, de
una calidad de vida impensable para el comn de los agriculto-
res, inclusive los ms acaudalados. Estos se hallan atados a la tie-
rra. Tienen un enorme capital invertido en tierras y unos ingre-
sos brutos elevados. Pero si quieren continuar manteniendo su
posicin econmica, deben mejorar sus fincas constantemente y
ampliarlas. Para ello, no slo deben invertir una parte conside-
rable de los beneficios -lo que les impide gastar com rics en co-
sas que se salgan de las simples necesidades cotidianas (joyas, co-
ches lujosos, etc.)-, sino faenar ms que el resto de los agricul-
tores sin permitirse un momento de reposo, lo que a su vez las
imposibilita aiure com a rics. Aquellos, en cambio, entran y salen
cuando quieren del pueblo, se van de juerga y de parrandafuera
del pueblo, tienen vacaciones y compran apartamentos para dis-
frutarlos con su familia. En otras palabras, el empresario local
gasta y vive como un senyoret, es decir, invierte tiempo y dinero
en su esparcimiento y disfrute personal. Goza, en definitiva, del
ocio.
Ambos parten de una misma base: de un xito en la tarea em-
prendida, cuya clave -o al menos una de ellas- es la capacidad
de adaptacin e iniciativa y el esfuerzo personal, xito que se tra-
duce materialmente en sus respectivas fincas y empresas. pero el
status social y el prestigio que les confieren stas son muy diferen-
tes. Y en esa situacin desigual, es el Ilaurador fort el que se en-
cuentra en posicin inferior, pues no puede disfrutar del produc-
to de sus bienes conforme marcan las pautas urbanas.
Si se tiene en cuenta dicho factor, el descenso de prestigio y
de nivel de status no solo afecta a los llauradors forts, sino a los agri-
33 ^ ja havia de e(la distinci entre) dos classes de rics. Els rics de...
molts bancals, que viuen molt ms pitjor que esta gent, perqu tenen que
treballar ms i tot el rollo i els rics tipo pare de..., <^Rigo..., (tots ells empre-
saris locals). ells disfruten, ells no treballen. Ja ells se' n van en un cotxe,
se' n van a la discoteca, se' n van de soparot, es gasten tant i quant. Ah n' hi
ha un nivell de vida, i per ah ha escomenat lo dels apartaments, lo de les
vacances, que ac en la vida, ni ensomiar-ho, C.V., 20 aos, 23 de Julio
de 1978.
3 7 9
cultores en general. Y ello con respecto a todos aquellos que se
dedican a actividades no agrarias. Son estos los que, aparte de
gastar ms en objetos no cotidianos; tienen ms tiempo libre,
disfrutan del ocio e invierten en l dinero y tiempo. El salir fre-
cuentemente fuera del pueblo a comer, a cenar, a pasar el fin de
semana, el realizar con cierta regularidad algn viaje de placer,
comprar un apartamento en la playa o construirse un chalet en
los alrededores del pueblo, es un lujo al que slo algunos de
los que tienen tales actividades se pueden permitir. Lujos^ que se
han convertido en criterios fundamentales de definicin y ads-
cripcin de status, los cuales determinan a su vez situaciones de
prestigio. La creciente importancia de los factores procedentes del
sistema exerior y urbano, ha supuesto el descenso de otros liga-
dos al sistema tradicional, en especial la propiedad de la tierra.
6. A MODO DE CONCLUSION
La expansin industrial ha intensificado y reforzado la secu-
lar comunicacin existente entre la ciudad y el campo, donde se
produce una paulatina pero creciente orientacin hacia el exte-
rior y una adhesin generalizada hacia las formas de vida de la
sociedad urbana e industrial. La apertura al consumo en el exte-
rior se hace casi total y los modelos urbanos de vivenda y equipa-
miento domstico, de consumo de bienes y de disfrute del ocio
se conviertan en dominantes. El efecto demostracin de los nue-
vos hbitos y necesidades que estn siendo creadas continuamente
por la sociedad global, tiene efectos tan amplios y tan profundos
sobre la sociedad rural que no solo quiebra su tradicional inhibi-
cin frente al consumo, sino que llega a impedir una reduccin
de ste cuando circunstancias adversas producen una dra-
mtica disminucin de los ingresos procedentes de la explotacin
familiar.
A medida que se asumen las pautas y modelos urbanos, se
hacen ms patentes los lmites que, a su total asimilacin, impo-
nen las caractersticas especficas de la produccin agrcola. El
aumento de los in^resos familiares, del que dependen la mejora
del nivel de vida y de consumo, slo puede alcanzarse mediante
una diversificacin e intensificacin del trabajo que la familia cam-
3 80
pesina realiza. Pero tales respuestas pueden incidir negativa-
mente en el disfrute de otro elemento que la sociedad industrial
y urbana hace deseable: la mayor disponibilidad de tiempo libre
para el ocio. De esta manera, se pone de manifiesto lo insatisfac-
torio que, en trminos genricos, tienen las condiciones de vida
de los agricultores, respecto a las de aquellos que se dedican a
las nuevas actividades no grarias.
Paralelamente, los signos externos [Link] el nuevo
modo de vida son valorados positivamente, y, hoy en da, la ex-
tensin de la propiedad, el volumen de gastos e ingresos, etc, s-
lo se convierten en ndices de status o de pertenencia a un grupo
superior si se remiten colectivamente a un estilo de vida, que se
resume en la fase viure com a ric. Es decir, ya no es suficiente ser
rico -lo que tradicionalmente implicaba tener muchas tierras-,
sino que hay que vivir como tal: disfrutar de la vida, vivir bien,
invertir tiempo y dinero en distraerse y divertirse, y gozar de to-
da clase de comodidades. Precisamente, los que no pueden per-
mitirse ese nuevo modo de vida, de la que el cultivo del ocio es
parte fundamental, son los agricultores que trabajan directamente
sus tierras y practican una agricultura de tipo familiar. La tierra
esclaviza al campesino, sea cual fuere el tamao de su explota-
cin, ocupa todo su tiempo libre y acapara una parte considera-
ble de sus ahorros.
Josepa Cuc i Giner
El Mareny, Agosto de 1981
3 81
LOS AGRICULTORES EN
LA METROPOLI:
EL CASODE MADRID
por Roberto SANCHO HAZAK
1. INTRODUCCION
Desde una perspectiva geogrfica se ha definido, hace tiem-
po, el espacio confuso en el que no se puede determinar clara-
mente la preminencia de lo construido (molde o matriz de lo
urbano) ni, de otra parte, la dominancin de lo agrario en los
espacios libres, descubiertos o vacios. Ese territorio confuso, am-
bigiio, quiz biunivoco es el espacio del entorno de los agregados
urbanos o metroplitanos y se conoce con algunos de los nombres
siguientes: hinterland; espacio periurbano, franja rural-urbana,
cinturn urbano; banlieu y otros tantos de menor cuanta' .
Todos estos conceptos se refieren a los fenmenos que se de-
rivan de la interseccin entre lo rural, en cualquiera de las defi-
niciones convencionales y lo urbano; interseccin que puede ser
nula, esto es que ambos territorios se ignoran y nicamente se
puede reconocer una cortadura precisa entre ambos, una forma
de transicin brutal entre ambas formas de organizar el espacio.
S, la interseccin se acompaa de interacin se puede identificar
una zona transicional en que se localizan fenmenos particulares
de expansin urbana o de invasin ecolgica, el proceso podr
reconocerse como proceso de urbanizacin difusa con un hinter-
' Hinterland referido al espacio que se relaciona o depende de la ciu-
dad yno forma parte de la misma, parece ser el concepto ms utilizado por
la literatura inglesa; los autores norteamericanos se centran en el concepto
de margen, franja o cinturn urbano y la literatura francesa utiliza los de
banlieu y periurbano.
3 85
land que crecer continuamente a meida que crece el suburbio2
dando lugar a cambios en la ocupacin del suelo y en las formas
agrarias marginales, o recreativas, tal como son las formas de agri-
cultura del ocio que se denominan hobby-farming e,p Gran
Bretaa3.
Tambin se puede contemplar el proceso en la perspectiva de
aquel agricultor que ve Ilegar la invasin y la resiste, y mantiene
su explotacin agraria, sea totalmente, sea parcialmente. Se tra-
tar en este caso de considerar el proceso de la agricultura pe-
riurbana, de las explotaciones agrarias en la banlieu de la gran
ciudad como casos de adaptacin al medio.
Evidentemente ambas perspectivas absolutamente conexas, ha-
cen referencia a una nica realidad, que es todo menos hialina.
Las explotaciones agrarias se intercalan entre las estructuras que
el proceso de expansin va instalando; las explotaciones agrarias
sobrevivientes se adaptan a las exigencias del encarecimiento ge-
neralizado del factor trabajo y de la tierra, practicando una agri-
cultura tan intensiva como sea posible o por el contrario se deci-
de a la divisin del tiempo, compartiendolo entre el desplazamiento
a la ciudad a trabajar y la atencin a su propiedad agraria a la
que regresa diariamente4. Este grupo denominado agricultores
a tiempo parcial, conmutadores, agricultores alternantes o de ida
y vuelta, representan el caso ms destacado de colectivo de per-
sonas afectadas por la modificacin de las relaciones de depen-
dencia entre la ciudad y el campos. El caso lmite de este grupo
de nuevas relaciones se constituye por los propietarios especula-
dores, en espera de la expansin de la ciudad y de los especula-
dores de la ciudad que adquieren tierras.
z
El fenmeno se puede apreciar claramente tanto en la proliferacin de
urbanizaciones de clase media al norte-noroeste de la ciudad como en la con-
centracin de poblacin en el sur, sureste en una corona de aproximada-
mente 15 a 20 km. Vid. D. Thorns,
Suburbio McCibbon, 1972.
3
Vase Mignon La Agriculture a temps partiel dans le Dt. de Puy-de
Dme Eco y societe, 1971 y R. Glasson Some economic caracteristic of
part-Time farming in Britain. JAE 1967.
4 Vid: H.G. Clous Geografa Rural. Oikos Tau, 1972
5
Desde el punto de vista de la produccin se pueden denominar
^<obreros-campesinos y como tales la cuestin a estudiar es su conciencia
de clase y su posicin de clase.
3 86
Conexo con estas nuevas categoras agrarias es la discusin
de la accesibilidad de la poblacin rural, tanto respecto a las co-
municaciones disponibles, como a los medios existentes, publi-
cos y privados y los equipamientos sociales de la periferiab que
plantean una importante revisin de la concepcin de lo rural.
Desde una perspectiva sociolgica el concepto pierde gran parte
de su significacin, es decir confunde ms que aclara' puesto
que no puede asumir con facilidad las situaciones caractersticas
del agricultor alternador, ni las relaciones de dominacin ni las
formas de articulacin de la estructura de la produccin agraria
y la estructura de la ciudad ybanlieu. Desde otra perspectiva,
se ha podido determinar que la correlacin entre la distancia al
centro y el grado de ruralizacin (agrarizacin) es muy baja8 y
no significativa, y eso, pese a que se comprueba simultneamen-
te que la densidad de agricultores alteradores decrece con la dis-
tancia. Todo esto debe relacionarse con la pauta de organizacin
que se conoce como corredor9 de desarrollo o de urbanizacin,
cuya pauta de expansin sigue los ejes fluviales, de ferrocarriles
o de carreteras hacia adelante y hacia los lados de forma que di-
funde el proceso de urbanizacin y la agricultura periurbana.
En definitiva el conjunto de procesos de transformacin de
la agricultura implica la aparicin de procesos de dispersin que
exigen diferentes formas de conmutacin de las actividades de la
poblacin. Especficamente cabe referirse adems de la conmu-
tacin o alternancia en el trabajo, ya vista, a las formas de con-
mutacin en la enseanza y en la socializacint0.
6 Vase Malcon J. Moseley Accesibility: The rural chalenge, Methum
Co. Londres, 1979, pp. 21 y ss.
' Pahl Patters of urban life Lougmans, Londres, 1970, p. 299. Tam-
bin H. Newb The Change of Rural Sociology today Mimeo. Doc. ppal
del V Congreso Mundial de Sociologa Rural. Mxico 1980. En este traba-
jo al autor insistente en la idea de actualmente lo rural puede ser reconocido
como categora emprica y como expresin geogrfica pero no como con-
cepto sociolgico.
Masser y Straud,The Metropolitan Village. Toum Planning Revi. 36,
1965; cit. Clout.
9 Vid. Josefina Gmez Mndoza, Agricu[tusa y Expansin Urbana, AU.
1977, PP. 17-29.
10 Hoyois Sociologe Rural, Univ. Bruselas 1969 y utiliza esencialmente
3 87
Las formas de conmutacin del trabajo, hacen aparecer cate-
goras de poblacin diferenciadas que han sido objeto de debate
e investigacin; tanto por lo que respecta a su reproduccin, co-
mo por lo que se refiere a las formas de integracin o asimilacin
por la estructura de clases convencional.
Por lo que hace referencia a la primera cuestin, esto es, s
los agricultores a tiempo parcial o conmutadores constituyen una
categora estable o, por el contrario, son tan solo un momento
del famoso proceso de descomposicin de la pequea agricultura
parcelaria, la opinin dominante parece aceptar el carcter tran-
sitorio del fenmeno; la evolucin de los titulares de explotacin
que participan en otros sectores son un fenmeno transitorio,
porque no se transmitir de una a otra generacin", lo que im-
plica la negativa a la calificacin de estrato en la pirmide social
de este agregado temporal de poblacin.
En todo caso Arnalte, desde una perspectiva global, eviden-
cia empricamente la estrecha relacin que se puede deducir en-
tre la prevalencia del fenmeno de la extensin de la agricultura
a tiempo parcial y la velocidad con que se despueblan las explo-
taciones respecto a la velocidad con que se concentran estas
ltimas12. Considerado globalmente, el fenmeno de los agricul-
tores que complementan ingresos con trabajos de otro sectores
es esencialmente un fenmeno transitorio del proceso de proleta-
rizacin de los agricultores parcelarios.
Si el colectivo de los alternantes o commutadores no tiene me-
canismo de reproduccin y el proceso final, a lo ms que puede
llegar es al reemplazo de las explotaciones testigo, la composi-
cin de la agricultura de tiempo parcial se caracterizar por el
estancamiento.
De las diferentes investi,^aciones realizadas acerca de los obreros
el concepto de agricultor de ida y vuelta lanzadera y se refiere a la sociali-
zacin de los nios en la escuela rural.
" Guy Quaden A^fari Sociali Internazionali, citado por Eladio Arnalte
Agricultura a tiempo parcial en el pas valenciano Publicaciones de Estu-
dios de M.A. 1980, p. 73, nota.
12 Arnalte, cit. p. 74 la correlacin obtenida desde p. 795, que resulta
sugerente aunque no puedan hacerse observaciones de validez. En su exce-
lente anlisis de la agricultura a tiempo parcial, este autor parece inclinarse,
con ciertas restricciones por la tesis de la temporalidad.
3 88
-campesinos, destacaremos algunos de los datos derivados del
estudio de K. Cihakova13 sobre los casos de tiempo parcial de un
estudio de los alternantes checoslovacos de los cuales, tan slo una
fraccin de un cuarto (26,2% del total investigado) mantenan
en produccin el huerto familiar asignado por la cooperativa a
la que pertenecan, el resto de las familias de campesinos obreros
o han abandonado totalmente la agricultura (y son simplemente
obreros-obreros) con residencia rural o trabajan en el sector agra-
rio, en las cooperativas, proporciones de tiempo decrecientes, por
debajo de los niveles de participacin que corresponde a los dere-
chos y obligaciones de los cooperativistas. Ello muestra tanto la
tendencia a la transitoriedad de la situacin de obrero-campesino
(el fenmeno de abandono se produce igualmente en las explota-
ciones individuales del pas, no cooperativizadas) as como el ca-
rcter utilitario que dicha prctica tiene para la poblacin: sirve
para complementar ingrsos y permite discriminarse de los agri-
cultores individuales o cooperativos, cuyos niveles de equipamiento
domiciliario son inferiores y lo que se crea en los pueblos una
psicosis malsana... Se habla de despilfarro de suelo entre los agri-
cultores a pleno tiempo.
Las tensiones entre los agricultores a pleno tiempo y los par-
ciales, la diferenciacin en los consumos y rentas, podra plan-
tear la cuestin de su adscripcin a uno de los trminos de su per-
sonal ecuacin. Sin embargo no se confirma en el carcter obre-
ro de esta poblacin. Si consideramos algunas de las investiga-
ciones realizadas acerca de las relaciones de los agricultores que
se desplazan a la ciudad a trabajar como de los obreros que tra-
bajan en el medio rural, nos encontraremos con una doble desi-
dentificacin. Rondeau14 estudi las relaciones entre los obreros
13 Caracteristiques socio-economiques des paysans-ouvriers et des me-
nages de paysans-ouvriers en Tchcoslovaquie en Economie Rurale 81-82 jul
dec 1969 pp. 18 a 29. EI autor sugiere la introduccin de estmulos para
que esta poblacin atienda la agricultura en concepto de explotacin priva-
da. Habra que preguntarse s el caso particular de los huertos familiares aten-
didos por los campesinos kolkhozianos en la URSS, cuya cifra ha crecido
entre 1965 y 1975, constituyen otro caso particular de alternate que las re-
cientes disposiciones de comercializacin empiezan a incentivar.
14 J.L. Rondeau Ouvriers d' usine et development rural. Etudes Rura-
les n 61, jan-mars, 1976.
3 89
industriales de procedencia campesina y urbana detectando con-
ciencia clara de diferenciacin (y superioridad, adicionalmente)
entre los obreros industriales de ms de cuarenta aos cuya com-
paracin se realiza respecto a los agricultores que alternan su ocu-
pacin con la ocupacin en industria; estos ltimos se someten,
ms fcilmente que el obrero (al inters del patrono) lo que esta-
blece relaciones de conflicto y desconfianza percibidas por
ambos15. El agricultor que practica la alternancia est comple-
mentando ingresos agrarios. En la misma condicin obrera y en
el
mismo medio, la percepcin de la diferencia es comn y acep-
tada por ambos grupos. Sin embargo los campesinos que se inte-
gran en el sistema industrial, jvenes an, siendo ayudas fami-
liares en la explotacin, practican un esquema de comportamiento
que se desvincula rpidamente del individualismo tradicienal de
los
mayores16 lo que no hace sino confirmar la diferente evolu-
cin que tiene la explotacin a tiempo parcial cuando se produce
el relevo generacional. Ayudado por su familia, el padre lleva
adelante la explotacin y un trabajo exerno; su hijo escoger li-
quidai la propiedad o la pondr en arrendamiento".
La expansin de los lazos entre las actividades no agrcolas
y las agrcolas pueden alcanzar proporciones por encima del ter-
cio de los activos totales (34%) como evidenci la investigacin
realizada en 80 comunas rurales del Midi-Pyrnees; la aporta-
cin de rentas no agrcolas a las explotaciones se convertir en
el pretexto para elmantenimiento de pequeos huertos de carc-
ter ms bien recreativo, confirmando la separacin que la activi-
dad agraria y la industrial tienden a manifestar. Incluso aparece-
rn formas de hostilidad entre los agricultores a pleno tiempo y
parcialmente debidas a la concepcin de la doble actividad como
un freno a la reestructuracin de las dimensiones de explotacin.
15
En Espaa, en 1969 y en Segovia, dicha percepcin poda ser emplea-
da como base para convencer a industriales para que instalasen fbricas en
reas rurales, por parte de los representantes de los sindicatos oficiales. El
obrero rural, es tambin un patrn y no quiere los los que provocan los
obreros de ciudad>..
16
Rondeau, p. 76 detecta una mayor percepcin de conciencia de clase
y una mayor identidad entre los jvenes obreros de las dos procedencias.
' ^
Michel Cohou, La population non agricola au viltage etudes rurales,
jul-sep. 1977, n 67, p. 54.
3 90
Unicamente si se establece un programa de concentracin parce-
laria puede suponerse una situacin de armona entre los agri-
cultores profesionales y los alternantes de primera generacin.
Finalmente, la percepcin del trabajo a tiempo parcial como
doble trabajo representa, en el estudio que Rambaud realiz1e,
la contradiccin entre la adicin de ingresos para la explotacin
y la inhumanidad del esfuerzo; los casos de industrias en el me-
dio rural se justifican sin consolidar la agricultura puesto que
la sociedad rural considera al obrero-campesino como un rural
ante todo y slo ser ste quien iniciar el proceso de desindenti-
ficacin con lo rural a medida que se inserte en la industria y al
margen de lo que ocurre entre sus mayores. Lo que importa pa-
ra Rambaud es el proceso por el cual el rural sigue siendo rural,
en la medida en que no participa de la pauta de tiempo regular
de la industria y su trabajo no es slo su ganancia; quiz por esto
Fuguitt considera que siendo la familia campesina la verdadera
unidad del tiempo parcial19 el estudio de la misma deber cen-
trarse en lo que denomina la Historia de la carrera local (Work
Carrer), carrera cuyo desarrollo podra aproximarse a la idea que
del tiempo parcial tenia Kautsky20.
En el intercambio de poblaciones activas se puede incluir junto
con la evidencia de la insuficiencia de las mediciones que compa-
ran las tasas de poblacin dedicadas a la agricultura para dife-
renciar los espacios rurales y los espacios urbanos, la misma evi-
dencia de que el criterio ms importante de diferenciacin terri-
torial es la existencia de un espacio no urbanizado, ampliamente
dominante que puede o no tener funciones agrcolas pero que debe
corresponder a una presencia crecientemente alta de poblacin
de origen urbano (difluencia urbana) y a actividades no agra-
rias21, con lo que se pueden intentar gradientes de coexistencia
1e Placide Rambaud, Societe Rurale et Urbanization Seuil, 1969, pp.
77-78.
19 A.M. Fuller y J.A. Mage, Part Time Farming. Problems or resour-
ces in Rural Development. Univ. Guelp. Canada. Se trata de un simposio
sobre los casos canadiense y norteamericano. El concepto de Fuguit career
work ha sido traducido como carrera laboral o carrera campesina.
20 La cuestin agraria Laia. Barcelona, 1979, pp. 123-124.
21 G. Baver y J.M. Rovx La Rururbanization ou la ville eparpille.
Seuil Paris 1976, pp. 17 y ss.
3 91
de las formas de urbanizacin del medio rural y de los procesos
conexos con el mismo.
Esta forma de anlisis de la expansin urbana replantea la idea
del continuo rural-urbano, es decir del proceso de cambio social
como un avance hacia la sociedad urbana desde la organizacin
pre-moderna. En realidad la idea evolucionista que se incluye en
los planteamientos de Redfield recogia la diferenciacin de los mo-
delos ideales que introdujo Tennies y que ha tenido verdadero
xito en la sociologa del desarrollo22 en que definitivamente los
conceptos de tradicional, aldeano, comunitario y no occidental
se hacen sinnimos, y por supuesto su contrario.
Desde la formulacin primera de lo folk23 hasta las ltimas
formulaciones Redfield situaba el motor del cambio social en las
ciudades de tal modo que los escalones del proceso del cambio
son simultneamente los escalones del sistema urbano, incluyen-
do simultneamente una teora de la evolucin social y una des-
cripcin de los diferentes formas de incorporacin a la vida cam-
pesina de instituciones creadas en el curso de avance cultural de
la ciudad 24 lo que realmente ha suscitado polmicas que en mo-
do alguno puede aceptarse que hayan sido reconsideradas en la
actualidad, en especial por lo que implica de evolucin inelucta-
ble desde lo rural (lo campesino, lo folk) integrado y comunitario
a lo urbano secularizado e individualista.
En definitiva la idea de que los campesinos son creacin de
la ciudad es lo que recoge esencialmente la idea de la urbaniza-
cin actual pero no referido a los procesos agrcolas -que inclu-
22
La idea de Comunidad y Sociedad como tipos ideales fue publicada
por primera vez en 1887 y desde entonces se consider como clave para la
interpretacin de la vida de aldea y de ciudad. La tradicin pasa por Red-
field, Becker y otros hasta ]legar a las formulaciones funcionalistas de Par-
sons y Shils con el modelo de Variables Patrn presentadas en 1951 y las
investigaciones sobre la modernizacin a partir de D. Lerner, en 1958 ^on
su Passing of Traditional Society.
23
El concepto de folk fue introducido en 1930, en su estudio de Tepoz-
tlan, sistematizado en The folk culture of Yucatan en 1941, en que se for-
maliza su teora del cambio social y se presenta como teora general en Pri-
mitive
World and his transformations (1953) y en Peasant society and cul-
ture. Publicada en 1956.
24 Vid E mundo primitivo y sus transformaciones, 1973, FCE, p. 48.
3 92
so referido a los nuevos tipos de labranza, nacen en las
ciudades 25- sino a la misma composicin social de las comu-
nidades rurales, con las diferencias que sea necesario reconocer,
en funcin de la distancia a los centros urbanos o metropolita-
nos.
2. LOS TIPOS DE URBANIZACION
La discursin sobre los procesos de urbanizacin del medio
rural hacen referencia a las reas donde se produce algn fen-
meno urbano, entendiendo por tal la presencia de poblacin no
agrcola, esto es poblacin que trabaja en sectores diferentes del
agrario o con criterio ms interesante la presencia de no agricul-
tores en los consejos municipales26. Con estos criterios se pueden
diferenciar las reas rurales tradicionales de las urbanizadas, uti-
lizando el concepto urbanizada como sinnimo de afectada por
la economa de mercado oafectada por la revolucin cientfico
tcnica. Salvo excepciones atpicas, encontraremos, efectivamen-
te, que la diversificacin de la poblacin activa, como la diversi-
ficacin de la participacin poltica, se acentua a medida que se
establecen lneas de proximidad a algn centro metropolitano. Lo
mismo cabe decir si consideramos las intensidades con que se pre-
sentan en los hogares, o en las localidades, algunos objetos que
calificamos de urbanos o industriales: telfonos, vehculos, con-
sumo energtico, bienes de consumo alimenticio sometidos a trans-
formacin, etc. en definitiva objetos que miden, con su presen-
cia la presencia de poblacin urbanizada o, ms radicalmente,
aplicaremos el criterio de que las personas de procedencia urba-
25
Vid. J. Jacobs La economa de las ciudades Pennsula, Barcelona
1971, p. 19. Es de destacar que para esta autora, la componente intima-
mente rousoniana del anlisis de Redfield, se transforma; el campesino que
se contempla en esta obra es esencialmente brutal, casi semoviente, puesto
que lo bueno que puede hacer no se debe a su conciencia sino a la imagina-
cin de las ciudades, las revoluciones agrarias son revoluciones urbanas, la
productivad agraria es productividad urbana y donde no se produce la cre-
cin urbana se produce el estancamiento.
26 La formulacin de la presencia representativa de no agrarios fu for-
mulada por Isabelle Hugot en una interesante investigacin de 1969. Vid
Nic. Mathieu, cit. p. 72.
3 93
na, urbanizan27 el ambiente; lo que constituye un mecanismo de
contagio que recoge la tradicin catlica ms antigua: el mero
contacto con el pecado, contamina, la visin de la carne, erotiza.
A1 margen de otras discusiones posibles, sobre la determina-
cin de lo rural y lo urbano se puede considerar el conjunto de
relaciones ciudad campo como la expansin de la ltima sobre
la primera cuando se producen cambios culturales semejantes a
los mencionados por Rambaud28 respecto al cambio en la per-
cepcin del trabajo agrcola, cambios en las pautas de trabajo/des-
canso entre los rurales, aumento de la tecnificacin de la agricul-
tura y, por tanto de la diversificacin profesional. Aunque es di-
fcil aceptar la idea del proceso unificador de lo urbano, si se puede
reconocer una serie de situaciones ms o menos estabilizadas en
torno a las reas periurbanas, se midan como se midan.
Las reas que se pueden identificar pueden ser:
A) Area de la agricultura como equipamiento social, sta
puede, a su vez, ser desagregada en varias zonas segn las dife-
rentes dominancias. La corona ms prxima al casco antiguo de
la ciudad sera aquella en que se presentan zonas de agricultura
superviviente, en un contexto de lo que se puede denominar su-
burbios, viviendas de baja calidad, edificaciones de acumulacin
de poblacin de emigracin temprana29 y dominancia de la ac-
tividad no agraria en las posibles tenencias de alcaldas o conce-
jos.
Seguira a esta primera lnea un frente de territorio periurba-
no en el que se concentra la tendencia a la dispersin de la vi-
vienda la que forma una zona de dominancia no agraria, con po-
blacin de nivel econmico elevado, de carcter residencial don-
de las formas agrarias sobrevivientes son de tipo recreativo30.
2' Nicole Mathiey, Propos critiques sur 1'urbanization des campagnes.
Espaces et societes, n 12, 1974, pp. 71-89.
28 Societe rurales et urbanization, cit, pp. 74 y ss.
29 Mathieu cit, seala certeramente y de acuerdo con el punto de vista
de Castells que las clasificaciones tienden a enmascarar las diferencias de
clases y se pregunta si una periferia de bidonvilles puede ser clasificada co-
mo fenmeno de urbanizacin de campo, as como una barriada de anti-
guos emigrantes o una zona de residencias de lujo, en la periferia.
3o
Andre, Micol y J. Nizey, Nouvelles Funtions resitielles de 1'espace ru-
ral. Crodmar, 1977. Pars. Comprueban que los nuevos residentes tienen
3 94
B) Area de hinterland externo en que la agricultura mantie-
ne importancia econmica y produce la aparicin de agricultores
conmutadores, o lo que es lo mismo agricultura a tiempo parcial
junto con la aparicin de nuevas poblaciones obreras residiendo
en localidades rurales. Se construyen viviendas ad hoc, dando lugar
a las formas convencionales de calificacin de la urbanizacin"
que no puede sino vivir en rgimen de paz armada con la pobla-
cin agrcola, sea a pleno tiempo o a tiempo parcial.
C) Finalmente segn el esquema de jerarquizacin que tra-
duce en la actualidad la teora del contnuo, se podra contem-
plar la existencia de unas zonas zorias de agricultura moderna,
esto es afetada por el mercado y la prctica productivista y fi-
nalmente las zonas marginales donde ni siquiera existen campe-
sinos, sea por el modo de calificarlos de Redfield, sea porque cons-
tituyen las bases de emigracin hacia los centros ms urbaniza-
dos.
En lo que sigue nos vamos a ocupar de analizar el espacio agr-
cola que se deriva de la zona ms prxima al casco urbano, el
primer cinturon de agricultura de barriada cuya estructura es
completamente diferente de la agricultura que corresponde a las
reas de tiempo parcial, agricultura periurbana o de la agricul-
tura del hinterland, orientada a la comercializacin de los pro-
ductos hacia el importante mercado accesible.
En lo que respecta a la agricultura periurbana, ligada a las
formas de tiempo parcial, pero con entidad econmica determi-
nable, se pueden considerar las caractersticas siguientes:
Las explotaciones agrarias periurbanas se organizan en fun-
una percepcin recreativa o de ocio de los agricultores, a esta categora Bar-
bieris la califica de agricultura <^accesoria, es decir no registrada. ni econ-
micamente registrable. V.D. Fugit. 1' Agricultura a temps partiel dans les
zones lufrufielles de llobre. Por Roume n 81-82, 1979, p. 3-15.
31 Vid ACear, Amenagement rural et urbanization difuse, abril 1975,
Pars, p. 66 estudia un caso de construccin en ncleos rurales que ha pro-
ducido el efecto de distorsin de los equipamientos de la localidad y de reo-
rientacin de los presupuestos municipales. Igualmente la investigacin rea-
lizada en una serie de localidades periurbanas muestra la persistencia de la
identidad ciudadana entre los residentes trabajadores, que lo contemplan
como parque o como jardn. Vid. Ideologia de la Nature dans les periur-
bans. U Sciences Sociales, Grenoble 1977
3 95
cin del abastecimiento del mercado urbano, en especial para los
productos frescos, perecederos y aquellos otros de comercializa-
cin evolucionada, como flores, viveros, etc.
En segundo lugar, estas explotaciones se vern obligadas a
practicar la agricultura crecientemente intensiva, dado que la pre-
sin sobre la calificacin rstica del suelo se mantiene constante-
mente con lo que se hace necesario maximizar el factor capital
(inversiones) y slo la intensidad de explotacin puede hacer po-
sible que no se desvie la mano de obra hacia ocupaciones urba-
nas, siempre accesibles.
La intensidad de las explotaciones, en funcin del aprovecha-
miento del suelo se traduce por una corona de agricultura en que
la concentracin de la tierra se acompaa de prcticas continuas
de mejora y bonificacin de los suelos, de mecanizacin e incluso
de sobremecanizacin que incluso puede favorecer una tenden-
cia a la liberacin de los condicionantes naturales en este tipo de
tierras en las que la funcin de proximidad al mercado facilita
la concentracin de la actividad.
Finalmente se puede considerar una situacin de relaciones
de produccin complejas dado que se podrn dar simultnea o
sucesivamente o mejor simultnea y sucesivamente procesos de
prdida de poblacin, junto con introduccin de capitales ciuda-
danos y baldios especulativos, con lo que la conservacin de la
tierra agrcola puede ser la conservacin de expectativas de ga-
nancia futura32.
EI esquema de muchas de las formas tradicionales de valorar
la agricultura periurbana se encuentra con la dificultad quee los
nuevos elementos productivos provocn al alterar la teora de los
margenes intensivo-extensivo que von Thunen consideraba esen-
cial para la formulacin del lmite de la agricultura intensiva y
que puede considerarse corregido por los anlisis de Bventer33
para las reas metropolitanas.
Si las caractersticas de la agricultura periurbana pueden ser
ms o menos aceptadas para las situaciones de agricultura de tiem-
32
Vid Josefina Gmez Mendoza, cit. pp. 17 y ss.
33
Edwin von B&venter La teora de la Organizacin espacial como fun-
damento de la planificacin regional, en B. Secchi^>. Anlisis de las estruc-
turas territoriales^>. G. Gili, Barcelona, 1968, pp. 100 y ss.
396
po completo o parcial fuera del suburbio, no cabe duda que en
el rea suburbial predomina un rgimen diferente. Rgimen que
podra ser denominado de necrosis agraria, en la que ni la inten-
sificacin, ni la accesibilidad son reales ni mucho menos la pro-
d^ictividad creciente de las explotaciones. En definitiva el factor
tierra vuelve a ser determinante puesto que las expectativas de
valores futuros pueden incluso mantener la explotacin con ren-
tas negativas.
3.
LA AGRICULTURA DE MADRID
Evidentemente decir Madrid implica simultneamente men-
cionar un agregado de poblacin rodeado de un hinterland que,
considerado de modo simplificado podr dividirse en una zona
de banlieu o agricultura suburvial o de arrabal de la que nos ocu-
paremos dado que se considera como la ms injustificativa del
conjunto de las compelidas por la urbanizacin en su fase final.
El segundo nivel de la agricultura metropolitana se constitui-
r por la agricultura periurbana, correspondiente a lo que se co-
noce como el rea metropolitana de Madrid, en ella se producen
los fenmenos de agricultura a tiempo parcial, de concentrados
de poblacin obrera que trabajan fuera de lugar de residencia.
Finalmente se podra considerar como zona de hinterland ex-
terno de Madrid la zona de campia y vegas en las que se pre-
sentan formas agrcolas a tiempo completo de regado y concen-
tracin de tecnologa agraria, esto es de urbanizacin difusa en
el sentido que fu manejado antes.
Finalmente se puede establecer un rgimen de agricultura fuera
del hinterland que correspondera a la zona donde la expansin
urbana no ha alcanzado (al menos por ahora) ni la industrializa-
cin agraria tampoco. Concretamente esto hace referencia a la
denominada zona de Lozoya Somosierra o Sierra pobre de Ma-
drid.
La caracterizacin de reas agrarias que hemos realizado se
apoya en la tipificacin de comarcas agrarias homogneas que rea-
liz el
Ministerio de agricultura en 1978 (ver el grfico).
Esta comarcalizacin, de carcter estrictamente agrario, de-
termina para la provincia un total de seis comarcas de las cuales
la tercera, denominada Area Metropolitana y en ella queda in-
cluida el Municipio de Madrid como su unidad ms importante
3 97
(35% de la superficie de la Comarca corresponde al Municipio
de Madrid), cuyos datos generales son los siguientes:
CUADRO n 1
Caractersticas de la Comarca Area Metropolitancu^
A.
Metropolitana
(Has.)
Nmero de principios efectuados
% A.M.
respecto a la
proaincia
Superficie Total 17 3 .5 7 7 2 1,7
Superficie Agro til 109.13 9 18
Superficie Secano 26.372 24, 7
Superficie Barbecho 2 6.95 3 16,4
Superficie Regado 6.192 22,9
Superficie Prados y Pastizales 19.63 8 13 ,3
Superficie Terreno forestal 2 9.984 18,4
A.
Metropolitana
% A.M.
respecto a la
proaincia
Censo Ganadero' Bovino
13 .141 16,9
Ovino 68.612 28,1
Caprino 2 .5 3 4 8,1
Porcino 11.431 8,8
N Tractores
900 19,3
N Explotaciones Agrarias
2 .5 80 10,2
N Parcelas
2 2 .7 7 9 8,7
Superficie de uso no agrario
64.438 30, 9
' N Cabezas de ganado de toda edad
Fuente: S. G. Tcnica
La comparacin entre la distribucin provincial y las distri-
buciones del A. Metropolitana y de Madrid (municipio) en 1980
arroja los siguientes resultados.
3 98
CUADRO n 2
Comparacin en distribuciones de superficies (en %)
Madrid A.
Provincia
1980 Metropolitana
1979
(municipio) 1978
T. Cultivo 19,1 34,2 34,7
Prado y
Pastizales 2,6 11,3 18,5
Forestal 33,1 17,3 20,7
Otras superficies 45,2 37,2 26,1
(N de Has.) 100 (60.709) 100 (173.577) 100 (799.459)
Fuente S.G. Tcnica y elabaracin propia
El epgrafe Otras Superficies recoge los conceptos siguien-
tes: Eriales, pastos, Superficies irnproductivas y no agrarias que,
tienen una tendencia creciente a nivel de toda la provincia, es decir
las superficies, que salen del uso agrario tienden a crecer a un
ritmo de tres mil quinientas diez y ocho hectreas anuales, si se
comparan los datos de 1972 y de 1979.
Si comparamos algunos indicadores agrarios se podr confir-
mar esta tendencia general a la prdida de peso agrario por mor,
evidentemente, del proceso urbanizador.
CUADRO n 3
Comparacin de algunos indicadores agrarios en Madrid (provincia)
1 975 1 978 1 979
SAU/ST. 76,1 74,1 73,9
STCR/STC. 10 11, 5 11,1
STC/SAU.
49,1 ' 47,6 47
E[aboracin propia a partir de los Anuarios dt los aos correspondientes
3 99
Para estos tres indicadores, obtendremos las informaciones si-
guientes: por lo que respecta al Area Metropolitana:
1)
La relacin entre la Superficie Agraria Util (SAU) y la Su-
perficie Total (ST) tienden a decrecer continuamente tanto en el
mbito provincial como metropolitano.
2) Sin embargo, la relacin entre la superficie de terreno en
regado (STCR) respecto al total de tierras cultivadas tiende a
crecer, parte por un efectivo aumento de la superficie irrigada
y parte por la reduc^in del denominador, esto es por la prdida
de tierras de cultivo.
3)
Hay igualmente una disminucin de la importancia de las
tierras de cultivo respecto a la superficie agraria til, es decir, la
velocidad de disminucin de las tierras cultivadas es superior a
la de las tierras agrarias no cultivadas.
Una vez establecida este marco de referencia, nos ocupare-
mos del espacio agrario correspondiente al municipio de Madrid.
Concretamente interesar realizar las siguientes evaluaciones: a)
los suelos agrarios; b) las explotaciones y c) los activos agrarios.
4.
EL SUELO AGRARIO DEL MUNICIPIO DE
MADRID
El municipio de Madrid abarca un total de 607,1 kilmetros
cuadrados, repartidos del modo que indica el cuadro siguientes:
CUADRO n 4
Distribucin general de tierras del tsmino de Madrid
en aarios aos
1 972 1 979 1 980
Tierras de cultivo 12.909 11.565 11.562
Prados y Pastizales 1.598 1.601
Tierras Forestales
21.442
20.080 20.080
Otras superficies 26.358 27.466 27.466
60.709 60.709 60.709
400
La evolucin que denota la distribucin de superficies impli-
ca una cierta tendencia, por dems lgica a incrementarse la su-
perficie dedicada a usos no agrarios y una irregular tendencia,
a reducirse la superficie de cultivo. La inseguridad deriva de que
nicamente a partir de 1973 se registran diferenciadamente los
conceptos Pastizal, Forestal y otras superficies razn por la
que se han dado agrupaciones en 1972.
Utilizando los mismos indicadores sirvieron para la provin-
cia de Madrid, tendremos que la proporcin de superficie rega-
da y labrada respecto al total de tierras de cultivo es de 6,4% que
se sita doblemente por debajo, tanto del conjunto de la superfi-
cie comarcal afectada (vase cuadro 1) como del peso que el re-
gado tiene en la provincia. Del mismo modo la superficie culti-
vada, sea en secano o en regado, solamente representa un 34,8%
del total de la superficie til del municipio, proporcin que resul-
ta considerablemente baja respecto al conjunto provincia y que
se explica por el extraordinario peso que la presencia del Monte
del Pardo representa en las perturbaciones de las proporciones.
El barbecho representa el 46% del total labrado.
La superficie total del municipio de Madrid, que hemos utili-
zado hasta ahora, es la que ha sido utilizada por los Censos Agra-
rios sta corresponde a la suma del casco antiguo de Madrid y
los municipios que en el perodo de 1951 a 19601e fue incorpora-
dos como barrios o distritos del trmino municpal.
No obstante, siempre que sea posible, se analizar separada-
mente la situacin agraria de cada uno de los antiguos munici-
pios.
Como veremos ms adelante, la consideracin de cada uno
de los antiguos municipios como unidades diferenciadas est per-
fectamente justificada, ya que es de esos distritos de los que de-
pende la agricultura y adems, es prctica oficial mantener las
instituciones agrarias que existian antes de su absorcin: as, ca-
da uno de esos distritos tiene la Cmara Agraria que debera te-
ner si fuese municipio independiente, aunque su calificacin le-
gal, lgicamente, haya cambiado.
La distribucin es la que muestra el cuadro siguiente:
401
CUADRO n 5
Distribucin de las superficies por antiguos municipios
(1980) (en Has. )
Localidad
Tierra
^
cultiao
prados
p^tizales
Terreno
Forestal
Otras
Superficies
Total
Ar avac a 3 2 8 - - 7 99 1.12 7
Barajas 1.672 467 48 3.404 5.591
Carabancheles 485 47 - 3.202 3.734
F uenc ar r al' 2 .3 69 3 .85 7 16.2 5 0 2 .602 2 4.97 8
Hortaleza2 986 - 12 1.544 2.542
Vallecas 3.542 - - 3.694 7.236
Viclvaro 2.060 - - 2.326 4.386
Villaverde 617 27 27 2.276 2.920
Madr i d 12 .05 9 4.3 98 16.3 3 7 19.847 5 2 .5 41
do.
' Incluye El Pardo: corresponde 5.339 a Fuencarral y 19.639 a El Par-
2 Incluye Canillas
Fuente.^ Cmara Agraria de Madsid, elaboracin psopia.
La cuestin importante que se deriva del uso de los datos de
las Cmaras agrarias de los distintos exmunicipios es que la dis-
tribucin de sus superficies no coinciden con la distribucin de
distritos que realiz el Ayuntamiento de Madrid a lo largo de los
aos en que se produjo la absorcin de estas localidades, de mo-
do que se hace preciso cohonestar las diferencias siguientes:
a) Como ya viene indicado en el cuadro n 4, obtenido a partir
del censo agrario y de los registros de superficies de cultivo de
la Secretaria General Tcnica del Ministerio de Agricultura, la
superficie de cultivo no coincide con la indicada por las cmaras,
aunque la diferencia es pequea y bsicamente atribuible, a la
inclusin en las diferentes explotacines, de superficies correspon-
dientes a otros municipios colindantes en el seguimiento indivi-
dualizado que hicimos de algunas explotaciones.
402
b) Igualmente el total de superficie no coincide, lo que tiene
la obvis explicacin de que la distribucin de las Cmaras no tie-
ne encuentra la existencia de los cascos urbanos de Madrid.
c)
Como ya se ha indicado, el Distrito de Fuencarral incluye
la^ diecinueve mil has. del Monte EI Pardo.
d) El Distrito de Moncloa incluye las 1.127 has. de Aravaca.
e) Los distritos de Carabanchel y Villaverde afectan algunas
superficies de la Latina y Medioda respectivamente.
f) Viclvaro forma parte del distrito de Moratalaz por com-
pleto.
g) El antiguo municipio de Vallecas ha sido repartido entre
dos distritos, el del mismo nombre que abarca tan solo caso ur-
bano y el de Medioda que recoge toda la superficie de cultivo
que denomina Vallecas la Cmara agraria.
CUADRO n 6
Distribucin de los usos del suelo por Distritos en
%
Distritos
municipales
Tiena
cultivo
Prados y
Pastizales
Forestales
Otras
superficies
Total (N)
1 a 7 Zo na Cent r o - - -
100 100 ( 4.166,62 )
8 Fuencarral
(1 Pardo)
9,5 15,4 65,1 10 = 100 (23.452)
9 Mo nc lo aa
6,5 - -
9,3 5 = 100 ( 5 .62 9)
10 Lat i na - - -
100 = 100 ( 2 5 6,13 )
11 Car abanc hel
3 4,9 3 ,4 -
5 1,6 = 100 ( 1.3 87 ,96)
12 Vi llaver de 3 5 ,2 1,5 1,5 61,8 = 100 ( 1.7 5 1,64)
13-14 Medioda-
Vallec as 46,4 - -
5 3 ,6 = 100 ( 7 ,62 8,2 9)
15 Mo r at alaz 46,4
5 3 ,6 = 100 ( 4.43 2 ,06)
16 Ci udad Li neas - - -
100 = 100 ( 1.189,7 5 )
17 San Blas - - -
100 = 100 ( 2 .12 7 ,7 5 )
18 Ho r t aleza`
3 8,2 6,7 0,7
5 4,4 = 100 ( 6.95 9,95 )
To t al .......... 19,8 7 ,2 2 6,9 46,1 = ]00 ( 60.7 09)
aIncluye Aravaca
bIncluye Viclvaro
`Incluye Barajas y Canillas
Elaboracin propia
403
h) El pueblo de Barajas con sus 5.591 has. ha sido incorpora-
do al distrito de Hortaleza, salvo una pequea superficie que ha
sido cedida a otro municipio.
Finalmente con todas estas consideraciones se pudo distribuir
la superficie del Municipio de Madrid como indica el cuadro si-
guiente en el que se distribuye el suelo y sus usos segn las super-
ficies actuales de los Distritos municipales.
La distribucin de las superficies agrcolas, o de uso agrario
del cuadro anterior facilita la comprensin de la calificacin de
agricultura de arrabal o banlieu que le dimos antes a la corona
de los antiguos municipios, en todos los cuales se da la domina-
cin de lo construido sobre la superficie libre con las nicas ex-
cepciones de Fuencarral (distrito 8) en el que la presencia del Mon-
te de El Pardo hace que la presencia de lo construido o no agra-
rio sea casi la cifra menos importante, de un modo claramente
irregular. Igualmente la superficie del Distrito de Moncloa en lo
que respecta a lo construido es bastante inferior a lo que indica
el cuadro ya que se ha contado como superficie de nulo uso agra-
rio la Casa de Campo, como es natural, ahora bien eso no lo cali-
fica de construido sino de jardn.
CUADRO n 7
Distribucin de la tierra por formas de tenencia en el Municipio de Madrid
(en Has)
1 96 2 1 972 1 981
Superficie en Propiedad 32.487 28.006 4.206
Superficie en Arrendamiento 6.203 5.622 6.348
Superficie en Aparcera 730 625 992
Superficie en Otras formas 864 98 -
Total superficie . . . . . . . . . . 40.284 34.351 11.544
Total superficie geogrfica 60.705 60.709 60.709
Diferencia .. ............ 20.425 26.358 49.165
Fuentes: 1962 y 1972. Los Censos Agrarios correspondientes. 19 81 elaboracin profiia.
404
5. LAS EXPLOTACIONES AGRARIAS
En esta seccin se contemplar la tenencia de la tierra para
pasar inmediatamente a estudiar el tamao de la explotacin y
la estructura de los mismos.
El cuadro n 7 detalla la distribucin de las formas de tenen-
cia en tres fechas diferentes.
Algunos elementos deben ser destacados inmediatamente. En
primer lugar se debe percibir la extraordinaria velocidad de cre-
cimiento de la superficie de terreno excluda del censo de tierras
agrarias. As el Censo Agrario de 1962 censaba, como tierras sus-
ceptibles de calificacin agraria, idea implcita en la definicin
del rgimen de tenencia: Forma jurdica bajo la cual acta el
empresario en la explotacin agraria4 es decir que la condicin
necesaria para censar un terreno (que est sujeto al control de
un titular de explotacin agraria) se cumpla en los dos tercios
de la superficie total del municipio.
En 1972 el mismo concepto de tierras censadas afectaba a al-
go ms del 50% la de superficie total del trmino municipal y
finalmente en la investigacin q^e hemos efectuado directamen-
te sobre las fichas del antiguo cupo del gas-oil y del censo de ex-
plotaciones de las Cmaras Agrarias hemos identificado -
censado- 11.544 Has. estrictamente del trmino municipal de
Madrid (es decir se han excludo las superficies includas en una
explotacin y situadas en los trminos municipales colindantes)
lo que representa tan slo un sexto de la superficie geogrfica del
trmino.
Consideramos que, en realidad, no es especialmente extraor-
dinario este proceso de crecimiento de la superficie excluda del
conjunto del terreno agrario del 146% en veinte aos, inferior
al crecimiento de terreno excludo de conjunto en algunas pobla-
ciones catalanas (concretamente significa un crecimiento de1214%
en el perodo 1956-1980 de Sabadell)3s
No obstante no se ha tenido en cuenta, por lo que respecta
a la cifra de 1981, la finca conocida como El Pardo, dado que
34
Censo Agrrio, ^ 1974. Definiciones precios.
3s
Estudio de la agricultura en Sabadell. Mecanofrafiado
Servicio Tc-
nico, 1981. .
405
su clasificacin como tierra en propiedad distorsionaria extraor-
dinariamente la distribucin de las formas de tenencia. Si por el
contrario consideramos dentro de la superficie censada o inves^i-
gada la superficie que corresponde a El Pardo, nos encontrare-
mos con que la forma de tenecia en propiedad alcanza una pro-
porcin semejante a las de los censos anteriores y en nuestra opi-
nin incorrecta dado que enmascara la veradera distribucin las
superficies culivables del municipio. Contando la presencia de este
monte pblico se mantiene una lnea de tendencia de prdida de
terrenos de 330 has. anuales acumulativas entre el ltimo censo
y nuestro clculo, dado que la superficie en propiedad alcanza
el 77%. Si por el contrario la ignoramos tendremos la distribu-
cin de las tierras cultivo del municipio con la composicin que
muestra el cuadro n 8.
CUADRO n 8
Distribucin porcentual de las formas de tenencia
1 96 2 1 972 1 981 1
Propieda d
80, 6 81, 5 36, 4
Arrendamiento
15,4 16,4 55,0
Aparcera
1,8 1,8
8,6
Otras formas 2,4
0,3 -
100 100 100
^ Solo tierras de cultivo
Si comparamos la distribucin porcentual de cada una de las
formas de tenencia nos encontraremos con los siguientes cambios:
a) En primer lugar desaparece el concepto otras formas de
tenencia, es decir, se confirma el acelerado proceso de extincin
que ya se destacaba en el censo de 1972.
b) En general todas las investigaciones realizadas entre los dos
censos agrarios destacaban la tendencia a la desaparicin de las
406
familias aparceras, como anacrnicos; no obstante como se pue-
de ver en el cuadro hay un crecimiento de la aparcera, junto con
el enorme crecimiento del arrendamiento.
b) Una parte importante de los propietarios de la tierra en
1972 han cedido esta en arrendamiento con el previsible objetivo
de tener en valor las tierras en tanto la expansin de la ciudad
y con ella la revalorizacin y la especulacin de los suelos los al-
canza.
d) En este sentido no puede perderse de vista que entre los
titulares de explotaciones, se ha detectado una urbanizadora que
tiene puesta en produccin aproximadamente el 20% de la su-
perficie y declarada improductiva el resto.
En relacin la variacin de la forma de tenencia dominante
recoge una de las caractersticas esenciales de la nueva situacin
de la agricultura ex-periurbana, se trata de la forma de manteni-
miento de la dominacin del suelo dentro del marco agrario, del
modo ms legtimo posible, s posteriormente se produce la posi-
bilidad de la recalificacin del suelo, pues miel sobre la miel. As,
los casos especficamente de empresas urbanizadoras, con pro-
piedad, rstica, son, de cualquier forma que se los quiera consi-
derar agricultores persona jurdica, legtimamente constituidos,
que obtienen las necesarias subvenciones del antiguo cupo, que
entregan al servicio de cereales las producciones que hayan de-
clarado, que cumplimentan, por tanto su ficha de agricultor. La
diferencia estriba en que razonablemente la organizacin de la
agricultura, desde el punto de vista administrativo, presume que
cuando el agricultor declara como tiles una fraccin del terre-
no, el no declarado no sirve. En reas latifundistas la sospecha
se traduce en la aplicacin de la ley de fincas manifiestamente
mejorables, pero, evidentemente ese no es el caso de una ciudad
metropolitana. Por la misma razn veremos ms adelante como
el distrito con una proporcin ms abundante de agricultores es
precisamente el central, cosa que recoge la tendencia de la perso-
na, perceptora de rents a declararse, en los Padrones municipa-
les como agricultor, residente en Serrano, de cuya antigua caba-
lleriza, hoy garaje sale todas las maanas, calle abajo con un tractor
para cultivar amorosamente las tierras que le legaron sus mayo-
res. Idilico pero falso, la tierra mantenida en explotacin por otra
persona residente en un barrio ms adecuado se mantiene en
407
explotacin como fondo de valor e incluso se mantendra incluso
si la tierra proporcionase rentas negativas.
6.
ESTRUCTURA DE LAS EXPLOTACIONES:
TAMAO
A continuacin se tratar de analizar la estructura de las ex-
plotaciones, es decir del combinado productivo de tierras en r-
gimen de propiedad o de arrendamiento bajo la direccin de un
responsable de la explotacin: el empresario. En consecuencia se
clasificarn las explotaciones por su tamao con el resultado
siguiente:
CUADRO n 9
Eaolucin de las explotaciones en el perodo 1962 a 1981
Tamao
Censo 1962 Censo 1 972 Censo 1 981
de la
explotacin N exp Sup. Na Supb N Sup.
0 - 5 3 99 684 2 2 4 409,7 3 8 12 5 ,2
5 ,1- 10 93 63 5 7 0 5 2 1,5 2 5 169,5
10,1- 2 0 92 1.2 5 2 49 7 02 ,5 15 2 43 ,1
20,1- 40 12 354,9
40,1- 60
12 9 5 .7 95 89 7 .811,3
13 67 9,7
60,1- 80 16 1,17 2 ,2
80,1-100 8 709,7
100,1- 15 0 2 2 2 .62 8 2 5 3 .12 5 17 2 .062 ,9
15 0,1- 2 00 11 1.862 15 2 .62 5 16 2 .846,7
2 00,1- 5 00 10 2 .409 13 3 .5 5 0 12 3 .180
550,1 yms 7 25.019 2 15.600 - -
TOTALES 763 40.284 487 34.351 172 11.544
a Excluidas las explotaciones sin tierra,
b Estimada Fuentes: 1962 y 1972. Los censos agrarios respectivo; 1981
elaboracin propia.
408
Una rpida comparacin entre las tres distribuciones mues-
tra el fenmeno que se reconoce en la generalidad de la agricul-
tura espaola: la disminuciri acelerada, tanto del nmero como
de la superficie dedicada a las pequeas explotaciones, al tiempo
que las superficies y explotaciones de dimensiones ms grandes
se han mantenido o han crecido hasta ciertos lmites. Es decir,
que las grandes macroexplotaciones han presentado, a nivel de
todo el pas una cierta tendencia a fraccionarse, al tiempo que
la dispersin de las pequeas explotaciones presiona sobre el con-
junto de las explotaciones mayores.
La comparacin permite comprobar como se ha producido
una reduccin en el nmero de explotaciones que, al margen de
los cambios en las definiciones afecta a167 % del total de explota-
ciones censadas en 1962 y que, segn este mismo criterio volver
a sufrir una reduccin semejante en 1981, segn nuestros datos
dicha reduccin ser del 60%.
El cuadro siguiente (n 10) detalla la distribucin de las ex-
plotaciones en funcin de las antiguas localidades.
Las diferencias de distribucin en cada una de las localidades
incluidas en Madrid, muestra el diferente tipo de predominio agr-
cola, as la zona sur-este que con la nor-este determina el centro
de la agricultura del Municipio parece dividirse en dos grandes
grupos.
En el grupo que puede denominarse de las explotaciones ma-
yores (considerando como tales aquellas que reunen ms de 150
has) se destacan las localidades de Vallecas y Viclvaro que cu-
bren ms de la mitad de la superficie agraria til respectiva con
explotaciones de esta categora. Concretamente Vallecas tiene el
63% de la superficie con estas explotaciones y Viclvaro alcanza
el 68%. Las dimensiones medias de explotacin son, por tanto,
muy superiores a las que corresponden al resto de las localidades
del municipio. Dentro de este grupo de localidades ignoramos cons-
cientemente el caso de Canillas en el que aparece una gran ex-
plotacin que esta ligada a operaciones directamente especulati-
vas ms que al fenmeno agrario.
en el otro extremo de la distribucin se encuentran las locali-
dades o zonas de Barajas-Carabanchel y Villaverde, en las que
predominan las pequeas explotaciones; efectivamente las explo-
taciones de menos de 10 Has. representan el 35%, el 51% y el
409
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76% del total respectivo de explotaciones registrada^. Resulta l-
gico que sean estas zonas las nicas en las que existen reas rega-
das dignas de ser mencionadas.
7. ESTRUCTURA DE LAS EXPLOTACIONES:
COMPOSICION
Todos los empresarios, titulares de explotacin, pueden serlo
por una o varias formas de tenencia. Una revisin de las explota-
ciones fu hecha con el propsito de diferenciar los titulares de
explotaciones que lo eran vinculando su condicin a la de pro-
pietarios de la tierra de aquellos que no lo eran. Por ello se utili-
z la clasificacin elaborada por Sevilla y Gmiz36 que conside-
raba las formas de explotacin y tenencia combinando el criterio
de titularidad y de complejidad. Segn la titularidad son directas
las explotaciones en que el empresario es a la vez el propietario.
CUADRO n 11
Tamao de
Directa Indir^ cta
x^ilotacin
(Has. ) Simple Mixta Simple Mi xta
Hasta 5 2 3
5 16 3 3
5 a 10 2 5
14 10 18
10 a 20 9 2 3
4 7
20 a 40 9 12 4
40 a 60 7 9 8 7
60 a 80 7 9 8 7
80 a 100 5 14 6
100 a 150 2 18 16 7
150 a 200 9 14 8 5
200 a 500
5 8 9
Ms de 500
100 (42) 100 (22) 100 (50) 100 (58)
36
Vid. estructura espacial de las formas de tenencia en Espaa. R.
Agrosociales, 74, 1971.
411
Segn la complejidad son simples aquellas que son de una sola
forma de tenencia y mixtas las que reunen ms de una forma de
tenencia. El resultado de este mtodo se muestra en el cuadro
siguiente.
La mayor parte de las explotaciones simples directas corres-
ponden a las localidades de Barajas (33%) y Carabanchel (26%)
en tanto que las formas simples indirectas, es decir la organiza-
cin de explotaciones a partir de un solo arrendamiento domina
en Vallecas (28%) y la mixta indirecta se presenta como caso par-
ticular de la zona en la que pequeos agricultores con explota-
cin en regado de pequea dimensin arriendan algn terreno
en secano a los propietarios de la tierra (el 38% del total de ex-
plotaciones mixtas e indirectas censadas pertenecen a la locali-
dad de Villaverde).
CUADRO n 12
Distribucin de las superficies regadas fior localidad en 1981
(% sobre total cultiaado)
Localidades
% Sup.
regada
% Sup.
barbecho
N explotaciones
con regado
Ar avac a - 5 2 ,7 -
Barajas 14,4 37,9 32
Carabanchel 15,8 36,1 8
Fuencarral' 2,4 63,3 4
Hortaleza 0,5 53,4 1
Vallecas ' 51,8 1
Viclvaro 6,7 52,3 10
Villaverde 31, 7 37, 7 30
7 ,4 49,9 86
Fuente: Elaboracin propia
^ Proporciones por debajo de 0,5
' Incluye el Pardo
412
8. ESTRUCTURA DE LAS EXPLOTACIONES
EL REGADIO
La superficie dedicada a cultivos de regado tienen una esta-
bilidad considerable, ya que en los tres ltimos aos de los que
se recogido informacin nicamente aparece una ligera variacin
del 0, 22 puntos porcentuales de la superficie dedicada a riego.
Adems de la distribucin segn localidades de las superfi-
cies regadas con presencias considerables en Barajas y Villaver-
de por el nmero de explotaciones y una proporcin tambin digna
de inters perteneciente a Carabanchel, aunque en menor cuen-
ta por el volumen de explotaciones, hemos unido la distribucin
de las superficies en barbecho como indicador de modernizacin
de las diferentes reas del municipio, efectivamente la correla-
cin entre la superficie regada y la superficie dedicada a barbe-
chos en la localidad es de -0, 7916, esto es que mientras menor
sea la superficie de regado, peores tierras corresponderan a ma-
yores superficies de barbecho. En consecuencia nicamente en
las localidades en que la proporcin de riego tiene entidad [Link]-
senta una superficie de alrededor de un tercio de terrenos en bar-
becho. La media del conjunto es de la mitad de la superficie de
barbecho.
Por ltimo la columna que recoge el nmero de explotacio-
nes de regado, no indica que los anotados sean explotaciones
nicamente de regado sino que son las explotaciones que tienen
o no superficies de secano, a ms de los indicados en regado. Sig-
nifica esto que la mitad de las explotaciones del municipio tienen
alguna parcela de regado, aunque en realidad el 72% del con-
junto de las explotaciones con alguna superficie de riego se sita
entre Barajas y Villaverde y asems 18 de las explotaciones de
Villaverde son exclusivamente explotaciones de regado, sin nin-
gn cultivo en superficies de secano.
Finalizaremos esta seccin dedicada a la evolucin de la es-
tructura de la explotacin haciendo referencia a la mecanizacin
de estas explotaciones para comprobar nuevamente que el argu-
mento de la competitividad y capitalizacin intensiva no se cum-
ple. Efectivamente el cuadro nmero 13 muestra como el censo
de tractores de la localidad corresponde a una fase anterior en
que posiblemente s se produciran los fenmenos de capitaliza-
cin de la agricultura periurbana puesto que la potencia presente
413
es razonablemente alta, dada la proporcin de superficie regada
existente y la cifra baja de ganado existente, por otra parte al mar-
gen de explotacin intensiva salvo en tres casos concretos uno de
los cuales correspondiente al Ejercito espaol. Este parque sufi-
ciente en cuento al nmero y a la potencia aplicada presenta lo
que podra ser denominado como un curriculumamplio, razn-
por la que nos referimos a pocas anteriores y lo consideramos
como una prueba aproximada de la hipotesis que estamos mane-
jando. La agricultura periurbana evoluciona hacia su denegacin
al tiempo que la ciudad crece y absorbe esos territorios dentro
del permetro de la ciudad. La agricultura metropolitana es mues-
tra del agricultor, aparicin del explotador circunstancial hasta
la desaparicin de la explotacin.
CUADRO n 13
Situacin de los tractores y motocultores en Madrid (a 31-XII-1980)
TRACTORES
I MOTOCULTORES
Potencia
Loca[idad N
Antg.
X
(CI^
Potencia
X
Aos
N
Antg.
X
(CI^
X
Aos
Aravaca 5 65,8 7 - - -
Ba ra ja s 35 47, 7 6, 1 3 12, 6 3
E1 Pa rdo 6 53, 1 6, 6 1 10 7
Fuenca rra l 16 54, 8 4, 5 - - -
Horta leza 8 64, 4 9, 3 3 5, 1 4
Ca ra ba ncheles 13 64, 4 9, 3 3 5, 1 4
Va lleca s 38 61, 9 4, 9 2 5 7
Viclvaro 28 55 6,7 1 15 5
Villaverde 34 45,2 7,9 17 6,6 4,1
MADRID 183 56, 6 6, 8 30 6, 8 4, 8
Fuentes: Elaboracin propia
414
9. LOS CULTIVOS Y LAS PRODUCCIONES
Las tierras de cultivo presentan una ligera tendencia decre-
ciente, en los tres aos que estamos considerando y puede apre-
ciarse que su tendencia decreciente no corresponde a un desequi-
librio local sino que se distribuye entre todas las localidades (ni-
camente Carabanchel eleva en 2 has. la superficie cultivada de
herbceos de cualquier clase y lo mismo se aprecia en el regado,
en el que la nica salvedad se debe hacer en Fuencarral-El Pardo
con un incremento de tres has. Los cultivos leosos, por sus pro-
pias caractersticas se mantienen bsicamente igual, salvo el ca-
so, constantemente especial que representa la importante pertur-
bacin que se deriva de la presencia de El Pardo.
Una vez establecidas las superficies que se dedican a tierras
de cultivo, que representan el centro de nuestra atencin, proce-
der a determinar cual es la estructura de cultivos o plantaciones
que se encierran en el concepto de tierra de cultivo y las proposi-
ciones, mencionadas anteriormente, de superficie de terreno de-
dicada al barbecho e cada campaa, que evoluciona en los tres
aos desde el 48% de la superficie labrada (cultivos herbceos
tan solo) el 51 % de la misma base, lo que representa un proceso
de desintensificacin de las explotaciones cerealistas, cuyo deta-
lle se puede ver en el anejo.
A partir de esta distribucin se podra analizar algunos de los
productos ms significativos.
9.1. Cereales grano
Ocupan, con diferencia sobre cualquier otro cultivo, la ma-
yor superficie del trmino municipal dedicada a tierra de cultivo
e incluso tiene una cierta tendencia a crecer dado que en 1979
representaba el 80,75% de la superficie dedicada a cultivos her-
bceos, sea en secano o en regado y esa proposicin y para su
misma base se eleva hasta el 84,13 % en 1980.
El trigo se siembre en cantidades dominantes en las localida-
des de Aravaca, Barajas y Carabanchel. En cambio Vallecas y
Viclvaro que representan la superficie agraria principal (en cuanto
415
a volmen) se concentran considerablemente ms en la cebada
que proporcionan rendimiento por ha. superior a los trigos.
9.2. Cultivos forrajeros
El cultivo principal, el que de la alfalfa, despus del evidente
uso de combinaciones de veza forrajera o las alfalfas como culti-
vo ms que anual.
Hay una cierta expansin de la superficie sembrada de alfalfa
que, por otra parte compensa, en su volmen de produccin, la
considerable reduccin del cultivo de veza forrajera (veza en 1979
su siembra 97 has. y en 1980 slo 33).
Otros cultivos forrajeros se refieren a cereales de invierno
para forrajes, maz y sorgo forrajero y alternativamente algunas
superficies sembradas de remolacha forrajera o zanahoria forra-
jera (su superficie rebasa, en total las 30 has.).
9.3. Cultivos hortcolas
Como ya se ha indicado las dos zonas ms importantes para
los cultivos hortcolas son las correspondientes a Barajas (zona
de la vega del Jarama) y a Villaverde (zona del Manzanares y
del arroyo Butarque que se extiende hacia Legans y Getafe).
Se destinan esencialmente al consumo de la ciudad y se co-
mercializan de este modo. Concretamente los principales culti-
vos son los de hoja o tallo (fundamentalmente coles, repollos, le-
chugas y acelgas, cubren 118 has. en1979 y 103 has. en 1980).
Se puede hablar de un cierto grado de tecnificacin de los cul-
tivos hortcolas regulares, es decir controlados y no marginados
que se expresa por la presencia de motocultores con un grado de
antig^edad muy inferior al parque de tractores, que se puede con-
siderar muy envejecido.
Puesto que la mayor parte de la produccin corresponde a lo
que se comercializa a travs de precio fijo por el SENPA nica-
mente cabe hablar de procesos de comercializacin por lo que res-
pecta a los cultivos hortcolas, que por otra parte corresponde a
la nica actividad agraria donde se aprecia algn elemento de mo-
dernizacin o de intensificacin.
416
Refirindonos a los productos hortcolas se han detectado dos
grupos definidos de salida al mercado, sea este el mercado como
tal o los mercados de barriada. As no ha sido posible precisar
la cantidad de productos que se comercialicen en los seis merca-
dos de Barriada, semi-institucionales en las que se presentan pro-
ductos horcolas por medios personales, o furgonetas en algunos
casos.
Slo una parte pequea parece dirigirse al mercado institu-
cional, sea por va directa de acuerdo con vendedores en la ciu-
dad o en mercado (lo primero especialmente para algunos fruta-
les locales) o a travs de venta en mercado con puestos estableci-
dos, de los que se detectaron algunos casos de agricultura formal-
mente periurbana.
En cualquier caso parece plantearse la dificultad de concebir
a la oferta local como ms ventajosa que la ofeta de otra^regio-
nes llegadas a Madrid a travs de camiones frigorficos y con con-
troles ms seguros que los que corresponden a Madrid, locali-
dad. Consecuentemente se pudo apreciar una desviacin, clara
en el caso de Barajas hacia los mercados marginales o locales sensu
stricto. Simultneamente algunos de los huertos de Barajas se reo-
rientaban a la produccin forrajera y las viviendas adquieren ca-
racteres de segunda residencia, lo que parece adelantar una ten-
dencia potencial a reconvertir la zona de huertos que, en otros
tiempos provea a Madrid realmente de las hortalizas necesarias
en una zona de hobby farming que reintroducira la idea presen-
tada antes de que la agricultura dentro de la metrpoli es la ex-
tincin de la agricultura. Tanto ms se puede decir de la ganade-
ra importante todava en 1960 y hoy reducida a unidades mar-
ginales no econmicas con un volmen de produccin dedicada
al reempleo.
10. LOS ACTIVOS AGRARIOS
La poblacin activa agraria del municipio ha sufrido una re-
duccin equivalente a la observada del nmero de explotaciones,
segn los datos que hemos podido investigar a travs de las fi-
chas de explotacin de la Delegacin de Agricultura que fueron
contejadas con los datos de la Cmara Agraria de Madrid y de
417
la Delegacin provincial del Servicio Nacional de Productos Agra-
rios (cartillas de agricultor).
CUADRO n 14
Distribucin de los Actiaos Agrarios en Madrid
Empresarios agrarios ^ Obreros agrcolas
Total
Con
asalariados
Sin
asalariados
Fijos Eaentuales
Aravaca 3 12 2 4 3 9
Bajaras 18 3 1 64 113
C arabanchel 5 8 12 2 5
Fuencarral' 3 5 1 7 G 13 2
Hortaleza2 6 7 15 28
Vallecas 45 18 7 2 13 5
Viclvaro 2 5 15 3 0 7 0
Villaverde 2 0 3 5 5 0 6 111
MADRID 15 7 147 3 43 6 65 3
^ Incluye El Pardo
2 Incluye Canillas
Fuente: Etaboracin propia a pastir de Inforntacin Cmara Agraria.
Caso de que se quisiera tomar una referencia se tendra que
el Censo Agrario de 1972, indicaba la existencia de un 53% de
los empresarios agrarios, personas fsicas, que dedicaban menos
de la mitad de su tiempo a la agricultura. Segn este mismo cri-
terio se puede constatar que la cifra vendra a representar, segn
datos actuales, el 49% del total de empresarios agrarios, perso-
nas fisicas se dedican a ocupaciones alternativas o al menos no
dedican ms del 50% de su tiempo a sus explotaciones. Ni falta
que les hace.
Seguramente que el crecimiento de las superficies arrendadas
se relacionan con estas expectativas de multiocupacin del tiem-
po de trabajo que se ha desarrollado con la crisis econmica.
418
Un nuevo problema se presenta si consideramos de exigua cifra
de 6 obreros eventuales en la agricultura. La Cmara Agraria re-
gistra tan solo seis eventuales inscritos en la localidad donde es
dominante la pequea explotacin de regado y como dato es per-
fectamente verosmil y vlido, dado que es factible que nicamente
existan estas personas registradas como obreros eventuales en la
agricultura y que cuando haya [Link] trabajo, ste se ofrezca
a personas que administrativamente pertenezcan a otros secto-
res. Lo que es seguro es que las necesidades de mano de obra
eventual son bastante ms altas que las que puedan absorber los
seis inscritos de Barajas (si todos los jornales contabilizados al ao
los realizasen estas seis personas, estaran ocupados a pleno tiernpo
658 das por ao 0 18 horas de trabajo al da durante el ao, ^i-
ptesis, ambas absurdos, lo que hace ignorando el [Link] de ac-
tivos eventuales inscribamos el nmero de jornadas de trabajo
eventual registrado en cada localidad.
CUADRO n 15
Distributin de las jornadas de trabajo eaentual
por localidades y subsectores
N de jornales en N Potencial
d
Localidad
e
Agricultura Ganadera obreros
Ar avac a
Bar aj as 5 2 0 7 1 1,97
C arabanchel 7 40 45 2,61
Fuencarral 15 9 0,53
Hortaleza
Vallecas 2 5 1 C,83
V iclvaro 3 00
1
Vi llaver de 1.864
6,21
MADRID 3.634 116 13 ,15
Faentt: Elaboracin propia a pastir dt informaciones de la Dtlegatin dt Agricul^ura.
419
Finalmente podremos concluir que deben existir por lo me-
nos 13 obreros eventuales efectivos, si estuviesen trabajando 300
jornadas, es decir como fijos. Teniendo en cuenta que el trabajo
eventual esta fuertemente ligado con la estacionalidad del traba-
jo agrario, se puede suponer una cifra de aproximadamente el
doble, es decir, cuatro veces la cifra inscrita en la Cmara Agra-
ria.
Por lo que respecta a los autnomos, cabe observar que la ci-
fra de empresarios es estable si se comprenden los datos de las
fichas de agricultores, las fichas de explotacin y los mismos da-
tos de la Cmara Agraria de Madrid, en tanto que los autno-
mos, que no corresponden a titulares estar sobrevalorados por du-
plicacin es aproximadamente 70 de ellos, con lo que la cifra real
de verdaderos autnomos se refiera a algo menos de la mitad de
lo sealado en el cuadro anterior.
Finalizaremos recusando por completo, los datos que se pue-
den obtener al Padrn del Municipio de Madrid, cuya pregunta
n 12 ha sido tratada con el propsito de obtener la situacin pro-
fesional de la poblacin. Dicha pregunta Actividad de la Em-
presa en que trabaja ha arrojado la desorbitada cifra de 4.975
personas ocupadas directamente en empresas correspondientes al
sector Agricultura y Ganadera cifra que representa un despro-
psito que prueba una vez ms lo que es una seguridad para to-
do estadgrafo o en general para todo investigador: la actividad
no se puede conocer va censal sin graves distorsiones por la auto-
calificacin. Esta es, en definitiva, la razn esencial para conocer
la situacin y composicin de la poblacin activa, con ms segu-
ridad a pesar de investigarse trimestralmente. Unicamente cita-
mos como prueba el que la distribucin de la poblacin de Ma-
drid, distrito a distrito, arroja nada menos que el 12,6% del total
de los agricultores y ganaderos, es, 630 personas, residen en el
distrito de Salamanca, lo que presume que una importante can-
tidad de personas, que se declaran agricultores lo que efectiva-
mente son propietarios de tierras, seguramente arrendadores.
A propsito de la ubicacin fsica de los agricultores en el mu-
nicipio, hemos realizado el pequeo esfuerzo de identificar, siempre
que haya sido posible, el distrito de residencia de los agricultores
registrados como cultivadores directos (lo que como es sabido no
implica trabajo personal en el terruo).
42 0
CUADRO n 16
Distribucin de los empresarios agrarios segn su lugar de residencia
Lo c ali dad
(A)
% r e s i di e ndo
e n l a
lo c ali dad
(B)
%r e s i d i e nd o e n
o t r o
d i s t r i t r o
(C)
% que reside
en el
Centro (1-7)
Ar avac a 100 - -
Barajas 55,8 44,12 -
Carabanchel 84 15 (50% de B)
Fuencarral 87 13 -
Hortaleza 80 20
(100% de B)
Vallecas 62 38 (25% de B)
Viclvaro 43 57 (37% de B)
Vi llaver de 44 5 6 ( 3 2 % de B)
Fuente: Elaboracin propia
En definitiva tan slo el 10% de los empresarios, varones, mu-
jeres o sociedades se encuentran residenciadas en la llamada zo-
na centro de la ciudad, es decir, en la pia que forman los siete
primeros distritos. Este grupo que es propietario de la tierra y
lo explota, se encuentra bastante ms desvinculado que el 90%
restante que o residen en la localidad o en una localidad contigua
y en todos los ^asos que se han identificado se domicilian en vi-.
viendas que tienen fcil salida al campo. Dicho de otro modo,
en la zona sur de Madrid y hasta el Nor-este hay una amplia co-
rona de agricultores cuya actividad se desarrolla perfectamente
articulada en el esquema normal de la produccin agraria: uso
de maquinaria, trabajos alquilados de mquinas o alquiler de los
mismos y compra de insumos necesarios de explotacin. Parti-
cularidades de la produccin agraria en madrid: No hay silo al-
guno para recoger el grano, que tiene que ser llevado fuera de
la localidad.
42 1
11. ^TN AVANCE DE CONCI..LTSION
La agr. icultura peri-urbana, de intensa utilizacin de capita-
les de acceso, al mercado en productos de mrito o de consumo
perecedero es, en io que respecta no al hinterland sino al inland
o [Link], si se permite la boutade, al innland, no tiene regla
alguna en la que apoyarse. El mecanismo dominante en las for-
mas agrarias de la ciudad es de pura situacin de espera de la
expansin de las edificaciones. Ello implica que los agricultores
efectivos practican una simple agricultura de subsistencia nica-
mente rota por algunas explotaciones efectivamente de primor:
viveros y flores ocupan cuatro has. de Madrid desde hace cuatro
aos, generando unos altos ingresos que no se corresponden con
el resto en el que domina la explotacin arrendada con mecani-
zacin que fue intensa y ahora es sobre todo antigua, cuando no
defectuosa. En definitiva, los rendimientos de las explotaciones
no son importantes, para el que cultiva porque se sujeta al inte-
rs del precio fijo del SEl\TPA como base de modus vivendi, para
el dueo porque las rentas a percibir no tienen la importancia
que las expectativas de valor que acompaa a las tierras rodea-
das de edificaciones, al mercado futuro que puede ser el valor del
suelo.
En consecuencia las agriculturas que quedan dentro del per-
metro tieden a desplazarse del iempo parcial al tiempo margi-
nal, sea por su carcter de agricultura recreativa, sea por su ca-
rcter de agricultura de cuasi subsistencia, lo que nos da infor-
macin de lo que sucede en las reas de regado dentro del muni-
cipio.
Finalmente el empresario agrario no es sustituido por socie-
dades de capital salvo si la formulacin de la actividad se orienta,
ms o menos claramente a la transformacin del suelo. Ser agri-
cultor en la Metropoli no ser por tanto el desideratumde la con-
ducta innovadora. y comercial sino testigo de la agona de una
actividad que nicamente refleja formas de marginalidad salvo
que sean formalmente defendidas pur el sistema social.
De otro modo, la condicin de agricultor en Madrid no es si-
no ]a condicin de agricultor en cualquier rea con dificultades
de acceso al mercado o con mercados limitados.
42 2
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42 3
INDICE
A modo de presentacin: Anotaciones sobre el fiensamiento social
agrario en Espaa, por Eduardo Sevilla Gzman ... 7
Int r o duc c i n .................................. 19
La tradiccin sociolgica de la aida rural: una larga marcha ha-
cia el Funcionalismo, por Eduardo y Jos Luis Servilla
Guzmn ................................... 39
La teora de la modernizacin y su concepto de cultura campe-
sina: Reflexiones crticas, por Jess Contreras Hernn-
dez ........................................ 109
La crisis de la agricultura camfiesina, por A. Peix Massip 149
Crisis del modelo neocapitalista y reproduccin del proletariado
rural, por Alfonso Ort . . . .. . . . . . . . . .. . . . . . . . . 167
Eaaluacin cstica de las distintas metodologas para el estudio
de las familias troncales campesinas, por Lluis G. Flaquer 251
La cuestin campesina en Galicia, por E. Prez Tourio 273
Aproximacin al estudio del campesinado mallorqun en el pri-
mer tercio del siglo XIX, por A. Segura y J. Suau .. 309
Consumo y ocio: dos factores poco compatibles en la agricultura
familiar, por Josepa Cuc i Giner . . . . . . . . . . . . . . 353
Los agricultores en la metrpoli: el caso de Madrid, por R. San-
c ho Hazak .................................. 3 83
42 5
OTROS TITULOS PUBLICADOS
SERIE ESTUDIOS
La innovacin tecnolgica y su difusin en la agricultura, por Ma-
nuel Garca Ferrando.
La explotacin agraria familiar. Varios autores.
La sucesin en el Dereco Agrario, por Jos Luis de los Mozos.
El latifundio. Propiedady [Link], SS. XVIII-XX, por Miguel
Artola y otros.
La formacin de la Agroindustria en Espaa (1960-1970), por Ra-
fael Juan i Fenollar.
Antropologa de la ferocidad cotidiana: Superviaencia y traba^o en una
comunidad cntabra, por Javier Lpez Linage.
La conflictiaidad campesina en la proaincia de Crdoba (1931-1935 ),
por Manuel Prez Yruela. ,
El sector olecola y el oliaar: Oligopolio y coste de recoleccin, por Agustn
Lpez Ontiveros.
Propietarios muy ^iobres. Sobre la subordinacin ^oltica del pequeo
campesino (La Confederacin Nacional Catlico-Agraria, 1917-1942),
por Juan Jos Castillo.
La eaolucin del campesinado: La agricultura en el desarrolle cafiitalis-
ta, por Miren Etxezarreta.
42 7
La agricultura esfiaola a mediados del siglo XIX (185 0-1870). Re-
sultados de una encuesta agraria de la peca, por Joaqundel Moral
Ruiz.
Crisis econmica y empleo en Andaluca, por Antonio Titos More-
no y,Jos Javier Rodrguez Alcaide.
Aprovechamiento en comn de pastos y leas, por Manuel Cuadra-
do Iglesias.
Prensa a8raria en la Espaa de la Ilustracin. El Semanario de Agri-
cultura y Artes dirigido a los prrocos (1797-1808), Por Fernando
Dez Rodrguez.
Agricultura a tiempo parcial en el Pas Valenciano. Naturaleza y efec-
tos del fenmeno en el regado litoral, por Eladio Arnalte Alegre.
Las agriculturas andaluzas, por Grupo ERA (Estudios Rurales
Andaluces).
El problema a,^rario en Catalua. La cuestin Rabassaire (1890-1936),
por Albert Balcells.
Expansin vincola y atraso agrario (1870-1900), por Teresa Car-
nero i Arbat.
Propiedad y uso de la tiena en la Baj a Andaluca. Carmona, siglos
XVIII-XX, ^ior fosefina Cruz Villaln.
Tierra y parentesco en el cam^io sevillano: la revolucin agrcola del si-
glo XIX, por Franois Heran.
Energa y produccin de alimentos, por Gerald Leach.
Investigacin Agraria y organizacin social. Estudio sociolgico del INIA,
por Manuel Garca Ferrando y Pedro Gonzlez Blasco.
El rgimen comunal agrario de los Concej os de Castilla, por Jos M.
Mangas Navas.
Campos y campesinos de la Andaluca meditesrnea, por Christian
Mignon.
La poltica de aceites comestibles en la Es^iaa del siglo XX, por Car-
los Ti.
42 8
La aenta de tierras baldas. El
comunitarismo agrario
y la Corona de
Castilla durante el siglo XVI,
por David E. Vassberg.

Agricultura y capitalismo. Anlisis de la pequea produccin camfiesi-


na,
por Emilio Prez Tourio.
El boicot de la derecha
a las reformas de la Segunda
Repblica, por
Alejandro Lpez Lpez.
Corporatismoy agricultura. Asociaciones profesionalesy articulacin de
intereses en la agricultura espaola,
por Eduardo Moyano Estra-
da.

Propiedad y Sociedad
Rural en la Es^iaa Mediterrnea.
Los casos aa-
lenciano y castellano en los siglos XIX y XX,
por Juan Romero Gon-
zlez.

La propiedad de la tierra en Es^iaa. Los Patrimonios Pblicos,


por
Jos M. Mangas Navas.

Estructura de la produccin porcina en Aragn,


por Javier Gros.
Riqueza y propiedad
en la Castilla del Antiguo Rgimen. (La proain-
cia de Taledo en el siglo XVIII), por Javier M. a Donzar.

La integracin de la agricultura gallera en


el capitalismo. El horizonte
^ de la C. E. E.,
por Jos Colino Sueiras.
Economay energa de la dehesa extremea, por Pablo Campos Pa-
lacin.
SERIE RECURSOS NATURALES
Ecologa de los hayedos meridionales ibricos: el macizo de Aylln, por
J.E. Hernndez Bermejo y M. Sainz Ollero.
SERIE LEGISLACION
Recopilacin de normas. Nm. 1. Ganadera.
Recopilacin de normas. Pesca Martima.
42 9
SERIE TECNICA
La energa solar, el hombrey la agricultura,
por Jos J. Garca-Badell.
La tcnica y la tecnologa del riego por aspersin,
por Pedro Grnez
Pompa.
Fruticultura. Fisiologa, ecologa del rbol
frutaly tecnologa aplicada,
por Jess Vozmediano.
43 0
P.V.P.: 1.025 Ptas.
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