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Revista de la Universidad Bolivariana Volumen 1 Nmero 3 2002
Droga y Violencia: Fantasmas de la Nueva Metrpoli Latinoamricana
Martn Hopenhayn
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Dos fantasmas recorren la mtropoli latinoamericana: la droga y la violencia. Razones no
faltan, dado que Amrica Latina es la regin con mayor ritmo de expansin urbana en el mundo, y
con dinmicas que fcilmente se asocian al incremento tanto del abuso de drogas como del uso de la
violencia: la peor distribucin del ingreso del planeta que no parece remontarse ni siquiera con los
aos de reactivacin econmica durante la dcada de los 90; una poblacin joven que en su mayora
se siente excluida de la poltica y el empleo, y para quien los canales de movilidad social son hoy
ms inciertos que nunca; la brecha creciente entre mayor consumo de imgenes y menor consumo
de bienes palpables, vale decir, cada vez ms manos vacas con ojos colmados de productos
publicitados; y un creciente desarraigo existencial, compuesto por cambios de valores y
territorios, y por la precariedad del empleo, todo lo cual lleva a vivir con menos piso y menos
futuro.
Uno podra estar tentado de ver en los elementos recin consignados la combinacin letal
para pronosticar una epidemia de la droga y de la violencia. La primera, porque la droga puede
parecer un sucedneo a la mano para olvidarse de la exclusin, vivir la ilusin en que lo simblico
se confunde con lo material, compensar la falta de movilidad social o real con mucha movilidad
dentro de la propia cabeza, convertir el desarraigo existencial en ligereza para viajar va porro o
bazuco. La segunda, porque la violencia se nutre de la marginalidad urbana, de brechas viscosas
entre estratos sociales, de frustracin por no acceder a bienes y servicios que se promocionan en
todas las pantallas y escaparates, y de unacorrupcin poltica y econmica que difunde en el tejido
social la idea que de que todos roban y por tanto el que no llora no mama y el que no afana es un
gil.
La gran ciudad se va colmando de oferta de drogas y los ndices de violencia cotidiana
parecen aumentar. Hay ciudades donde la violencia es de larga data, como Bogot, Medellin,
Caracas o Ro. Ellas vieron aumentar ms la violencia en los 80, coincidiendo con la crisis
econmica y su consiguiente costo social, con la acumulacin de problemas urbanos no resueltos o
con otras variables difciles de ponderar. En el Cono Sur apareci la violencia e inseguridad urbana
como una novedad sin precedentes, sobre todo en Buenos Aires en los 90, y en menor medida en
Santiago. En ciudades como Caracas o Ciudad de Mxico, la violencia pareci multiplicarse tras la
debacle econmica y los grandes golpes de estado econmicos: el Caracazo en el 89, el Tequilazo
algunos aos ms tarde. Y cuando la violencia se multiplica, viene para quedarse.
Por otra parte, ante la ausencia del fantasma del comunismo o de la revolucin, los miedos
de la gente encarnan en los nuevos elementos que minan la sensacin de seguridad y control: la
droga remite al desborde y la descontencin, y la violencia a la agresin y el descontrol. No es
*
Filsofo chileno, funcionario de CEPAL. Miembro del Comit Editorial Ampliado de Polis
2
casual que en las encuestas de percepcin el problema de la droga es percibido muy por encima de
la magnitud real del problema de consumo de drogas. Y no es casual que los jvenes populares
estn tan estigmatizados por los medios de comunicacin, la polica y la opinin pblica: ellos, los
que padecen mayor desajuste entre capital educativo y oportunidades de empleo, los nmades en la
metrpoli, los ms frustrados sen us aspiraciones de consumo. Cunto, entonces, de fantasma y
cunto de epidemia hay en el consumo de drogas y el ejercicio de la violencia en la metrpoli
latinoamericana? Podemos descomponer ese fantasma en su genealoga, sus representaciones y
sus mecanismos?
Las drogas
Porqu la droga figura hoy entre los problemas de mayor preocupacin ciudadana en
muchos pases de Amrica Latina? Qu hace, por ejemplo, que la gente manifieste mayor
preocupacin, ansiedad y temor por el consumo de drogas de los jvenes que por sistemas
colapsados de seguridad social o de atencin en los hospitales pblicos, falta de infraestructura en
las viviendas y en los vecindarios, segmentacin en la calidad de la educacin o problemas
asociados a enfermedades catastrficas?
Una encuesta realizada hace casi cinco aos en ocho pases de la regin mostr que en tres de
ellos (Brasil, Chile y Per) el problema de la droga era considerado por la gente ms prioritario que
la delincuencia, la corrupcin o la violencia poltica.
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Por otra parte, la misma encuesta revela, para
los casos de ocho pases de Amrica Latina, que en todos ellos salvo Per- ms del 75% de la
poblacin considera que la drogadiccin ha aumentado mucho en los ltimos aos. Venezuela y
Chile son los pases con ms altos porcentajes (91 y 89% respectivamente), seguidos por Uruguay
(85%), Paraguay (84%) y Argentina (82%).
2
Resulta sugerente esta percepcin tan generalizada
respecto de un eventual aumento brusco de la drogadiccin. Responde esta percepcin a un
proceso efectivo? Es tal el aumento de la drogadiccin como para explicar este juicio categrico
de la ciudadana?
Como veremos en los Cuadros 1, 2 y 3, el consumo de drogas ilcitas en Amrica Latina es
muy inferior al del alcohol y el tabaco, aunque estos ltimos no son tema de debate generalizado, ni
de recursos para las arcas del Estado ni de capitalizacin poltica.
CUADRO 1
AMRICA LATINA (8 PASES) POBLACIN MAYOR DE 12 AOS QUE CONSUME
BEBIDAS ALCOHLICAS, ALREDEDOR DE 1996 (PORCENTAJES)
Pas Ao Alguna vez ltimo ao ltimo mes
Bolivia 1992 68,7 58,9 42,1
Chile 1996 83,7 70,3 46,7
Colombia 1996 59,8 35,2
Costa Rica 1995 62,3 40,3 24,8
Mxico 1993 74,6 51,6 42,9
Paraguay 1991 36,5 31,6 25,8
Per 1997 84,6 74,2 40,7
Venezuela 1996 80,5 66,0 28,8
Fuente: O.P.S. Las condiciones de salud en las Amricas, Vol. I y II, 1998.
* Niveles de consumo en pases determinados segn diversas encuestas.
1
Ver Latinobarmetro1995: opiniones y actitudes de los ciudadanos sobre la realidad econmica y
social, CEPAL, LC/R. 1750, Santiago, 1997.
2
Ibd., pp. 27-28.
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CUADRO 2
AMRICA LATINA (8 PASES) POBLACIN MAYOR DE 12 AOS QUE CONSUME
TABACO, ALREDEDOR DE 1996 (PORCENTAJES)
Pas Ao Alguna vez ltimo ao ltimo mes
Bolivia 1992 46,8 34,1 24,9
Chile 1996 70,2 47,5 40,4
Colombia 1996 38,8 25,9 22,2
Costa Rica 1995 35,2 18,3 17,5
Mxico 1993 45,4 25,1
Paraguay 1991 24,3
Per 1997 62,1 42,0 31,7
Venezuela 1996 31,8 25,7 24,4
Fuente: O.P.S., 1998.
* Informes provenientes de los pases.
CUADRO 3
AMRICA LATINA (8 PASES) PREVALENCIA DEL CONSUMO DE SUSTANCIAS
ILCITAS EN LA POBLACIN MAYOR DE 12 AOS, ALREDEDOR DE 1996
(PORCENTAJES)
Alguna vez Ultimo ao ltimo mes Pas Ao
Marihuana Cocana Marihuana Cocana Marihuana Cocana
Bolivia 1994 2,5 1,2 0,6 0,2 (0,3) 0,2 0,1 (0,2)
Chile 1996 16,7 2,6 4,0 0,8 (0,6) 1,2 (0,2) 0,3
Colombia 1996 5,4 1,6 (1,5) 1,1 0,4 (0,3)
Costa Rica 1995 3,9 0,9 0,5 0,2 0,3 0,1
Mxico 1993 3,3 0,5 0,5 0,2 0,2 0,1
Paraguay 1991 1,4 0,1 1,4
Per 1997 6,4 1,9 (3,1) 1,0 0,2 (0,7) 0,6 0,1 (0,5)
Venezuela 1996 3,2 1,5 (0,7) 1,7 0,7 (0,4) 1,0 0,5 (0,3)
Fuente: O.P.S., 1998.
Las cifras entre parntesis indican el consumo de crack o pasta de coca (base libre de
cocana)
Como puede observarse, el consumo potencialmente problemtico de drogas ilcitas en ningn
pas considerado alcanza al 1% de la poblacin, en contraste con el 25 a 46% para el caso de
bebidas alcohlicas. La proporcin de personas que consumen drogas ilcitas dentro del ltimo mes
en relacin al total de personas que consumieron alguna vez en la vida, tambin es bajsima,
contrariamente al prejuicio difundido de que la droga basta probarla para engancharse. Por el
contrario, la tasa de persistencia es muchsimo mayor en el alcohol y el tabaco. Slo se explica
esto porque su acceso es ms fcil, son drogas legales y socialmente tolerables? Difcil saberlo,
pero por cierto la diferencia en intensidad de uso es sorprendente. Llama la atencin, pues, que para
la poblacin general el consumo de drogas constituye una amenaza mucho mayor a la del alcohol y
el tabaco.
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Cabe hacerse aqu porqu esta aprehensin de la gente frente al consumo de drogas en las
ciudades latinoamericanas. En Chile, por ejemplo, el problema de las drogas est entre los que ms
preocupan a la gente. Diez de cada cien personas entrevistadas en la encuesta Latinobarmetro de
1995 colocaron el problema de la droga en el pas como el ms importante, por encima de otros ms
estructurales y masivos como la educacin, la vivienda y las oportunidades para los jvenes, y casi
al mismo nivel de la salud y muy por encima de los problemas polticos.
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Y qu nos dicen las
encuestas respecto del consumo de drogas en el pas? .
CUADRO 4
CONSUMO DE DROGAS EN CHILE.POBLACIN QUE HA HECHO USO, DE VIDA
EVENTUAL, ACTUAL, FRECUENTE Y ABANDONO. AO 1998
Prevalencia Prevalencia Prevalencia Prevalencia Ex
USOS Vida: Ao Mes: Tres por mes: Consumo:
Uso de vida Uso
eventual
Uso actual Uso frecuente Abandono
Sustancias
Ilcitas
Marihuana 1'163.960 328.296 135.344 40.103 832.887
base cocana 157.555 56.220 25.681 5.349 101.335
HCL cocana 279.017 91.618 28.457 4.493 186.011
Controladas
Tranquilizant
es
2'116.922 868.979 478.216 82.397 1'179.924*
*
Anfetaminas 377.576 76.348 29.151 6.941 300.533*
No
controlada
Alcohol 5'805.224 4'916.811 3'613.343 2'655.084 930.057**
Tabaco 4'868.920 3'268.388 2'840.146 1'811.161 1'679.656*
*
*Para 1996 **Estimaciones
Fuentes: CONACE. Tercer Estudio Nacional de Consumo de Drogas en Chile 1998. Santiago, abril
1999.
MINISTERIO DE EDUCACION Y OTROS. Primer Informe de Consumo de Alcohol, Tabaco y
Drogas en Escolares del Pas en 1995, Santiago, enero 1996.
El cuadro 4 revela que el uso frecuente de drogas duras como la pasta base y el cloridrato
de cocana, alcanza a una poblacin que no llega a los 10.000 habitantes, menos del 0.07% de la
poblacin total. De estos, no sabemos qu porcentaje es consumidor problemtico o compulsivo,
con riesgos y daos para su salud, su productividad y su entorno afectivo. En el caso de la
marihuana, menos del 0.3% de la poblacin reconoce un uso frecuente, y dadas las caractersticas
del consumo de marihuana (principalmente festiva y recreacional), lo ms probable es que un
porcentaje muy bajo de esos 40.103 tengan problemas o costos personales derivados del uso de la
droga.
3
Ibd., p. 18. En Brasil el tema de las drogas aparece con el mismo peso en la opinin pblica que el
desempleo, los bajos salarios, la pobreza y la educacin.
5
Se contra-argumenta que, ms importante que la prevalencia-vida o prevalencia-mes del
consumo de drogas, es su evolucin en el tiempo y su aumento sostenido. Pero all tambin, si se
compara para el caso chileno la encuesta longitudinal, hecha con muestra y metodologa parecida
por parte del CONACE, encontramos que para 1994, 1996 y 1998 los datos no varan
sensiblemente. Aumenta la prevalencia de vida, lo que es slo un dato demogrfico (un rango
etario cada vez ms amplio ha probado alguna droga alguna vez en su vida). Pero la evolucin
desmiente cualquier tesis de epidemia o escalada en el consumo de drogas.
Se puede, todava, objetar que existe un sesgo inevitable en las encuestas dado el estigma y
la penalizacin de las drogas: la gente tiene resistencia a reconocer que consume drogas ilcitas. Sin
embargo estas encuestas son bastante annimas en su procedimiento, y aun incorporando un
margen de sesgo, el total de consumidores frecuentes aumentara en un margen que no llega a
constituir un grupo poblacional de mayor incidencia.
Al contrastar las encuestas de opinin sobre problemas percibidos por la sociedad, con el
uso frecuente y potencialmente de drogas en la poblacin, puede verse un claro desajuste entre la
percepcin de un problema y la magnitud del mismo. Este es el punto en el que cabe introducir
una primera nocin de fantasma.
4
Entenderemos por tal una brecha entre percepcin social y
magnitud social de un problema.
Sin embargo enfrentamos un problema interpretativo: cmo determinar la magnitud social
de un problema a fin de ponderar el fantasma, vale decir, la magnitud de la brecha aludida? Una
cosa el el problema de la droga medido por encuestas de consumo y ponderandonla poblacin
eventualmente problemtica en relacin a la poblacin total; o contrastando la poblacin de uso
frecuente vs. la prevalencia de vida. Pero acaso estos ejercicios dan cuenta del problema en su
magnitud real?
Aqu cabe incorporar una correccin en el planteo. La droga es un fantasma en la
medida que su incidencia estadstica no guarda proporcin con su resonancia simblica. Hay
algo de signo, de seal y de sntoma en la droga, o ms bien en la proyeccin significante que la
sociedad hace sobre la sustancia-droga, que hace que su impacto desborde ampliamente su efecto o
su dao medible. Importa, entonces, deconstruir el fantasma, vale decir, desmontar el prejuicio
comn respecto del dao efectivo de la droga en la sociedad (dao estadsticamente acordado por la
tasa de prevalencia de consumo/mes) y reconstruir, desde all, las zonas de transferencia que
explican el fantasma. Definir aqu tales zonas de transferencia como los desplazamientos
imaginarios desde un mbito de problemas a otro mbito, en el entendido que la sobrecarga
simblica de la droga viene dada por la proyeccin desde otros problemas sociales, ms o menos
difusos, hacia esta sustancia que concentra temores y aprehensiones que tienen otro origen.
Dicho de otro modo, lo propio del fantasma, en este caso, es su condicin de punta de
iceberg y de caballo de Troya . Lo primero, porque la aprehensin frente al consumo de drogas
revela temores y vulnerabilidades respecto de dinmicas societales que trascienden largamente la
droga misma, pero que a la vez se condensan imaginariamente en el uso de drogas. Lo segundo el
caballo de Troya- porque la lucha contra el consumo de drogas enmascara un cmulo de agresiones,
ms o menos indefinidas en sus motivaciones y objetos reales, y que se escudan tras la cruzada por
una sociedad libre de drogas. Vamos, pues, a la punta de iceberg y al caballo de Troya.
4
Quiero advertir que si bien las nociones de fantasmas aqu planteadas se nutren de la psicologa, no son
rigurosas ni construyen sobre el concepto tal como ha sido desarrollado por la tradicin psicoanaltica y
especficamente lacaniana. Me interesa aqu operar inductivamente, construyendo nociones de fantasma a
partir de los problemas tratados.
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Respecto a la punta de iceberg
Existe hoy una clara tendencia de las personas a remitir cada vez ms sus fuentes de
autoregulacin a elementos exgenos. Se trata de la ratio misma de la sociedad de consumo y
tambin del espritu propio de la vida en la gran ciudad: colocar fuera del sujeto la mayor cantidad
posible de fuentes requeridas para su bienestar, su satisfaccin y su felicidad. Es nuestro "modo
aleoptico", cosmopolita y adquisitivo de ser en el mundo, combinados para reforzarse. Adems,
en las grandes ciudades el estrs laboral, la sensacin de vulnerabilidad frente a los dems, las
expectativas de consumo, la ansiedad y falta de espacios de tregua, llevan cada vez a depender de
frmacos u otros satisfactores para re-inducirnos en aquello que ya no podemos generar con
nuestras propias facultades: el entusiasmo festivo, la introspeccin, la euforia, la distensin, la
inspiracin, la expresividad, la capacidad comunicativa, y otros. Este sndrome de des-
habilitacin anmica encuentra su mejor metfora en la droga. Desplazamos el vaco interior en un
elemento que lo metaforiza, y expurgamos ese vaco depositando toda la carga en ese elemento: la
droga. Es en ella donde se da con mayor elocuencia la dependencia exgena para nuestro nimo.
En ella reconocemos la prdida de nuestra autonoma espiritual, de nuestra capacidad espontnea
para relajarnos, entusiasmarnos u olvidarnos.
Algo parecido ocurre con el culto a la obtencin inmediata de placer en las sociedades de
consumo y muy especialmente en la vida metropolitana. No quiero con esto impugnar el placer.
Me refiero ms bien a un tipo especfico de valoracin del placer, que tiende a imponerse en la
sensibilidad publicitaria, en los mensajes de los medios de comunicacin, en los escaparates de los
malls, en las conversaciones entre profesionales exitosos, en el mundo del espectculo y tambin en
los jvenes privados de insercin productiva. Esta valoracin especfica del placer nos propone la
imagen seductora de una vida poblada por una secuencia de sensaciones placenteras, una vida
donde el placer debe ir en aumento, donde el presente debe intensificar su vibracin cada vez ms,
donde la sensoriedad debe acceder a una excitabilidad progresiva. Una vida en que la misma
hiperkinesia que opera en el mundo del trabajo y del dinero debe darse en la esfera del ocio, el
descanso y la recreacin. Pero al mismo tiempo nos impone la ansiedad que anticipa la frustracin,
la sensacin de vaco ante las pausas en que baja la adrenalina o la excitacin, la confusin respecto
del sentido de la vida en medio de este pastiche de colores vistosos y efectos especiales. Aqu
tambin las drogas son una metfora de la excitabilidad progresiva, la ansiedad anticipatoria, la
depresin post-efectos, en fin, la tensin por mantener la tensin. Qu mejor metfora para el
principio de obsolescencia acelerada de la sociedad de consumo, que el aumento en el umbral de
tolerancia de las drogas psicoactivas (vale decir, a mayor frecuencia en el uso, necesidad de
mayores dosis para obtener el mismo nivel de placer)?
Encontramos hoy grandes contingentes de jvenes que viven situaciones de fuerte
desmotivacin, padecen los altos niveles de desempleo, ya no se sienten movilizados por utopas
polticas o adscripciones sociales, se perciben como ciudadanos de tercera o cuarta categora, y slo
les queda la opcin de gratificaciones de carcter cada vez ms efmeras y menos ligadas a un
proyecto de vida. No hay grandes causas ideolgicas para redimir el tedio de la cotidaneidad en un
futuro masivamente liberador; son cada vez ms difciles los accesos a empleos que permiten altas
tasas de retorno a la educacin previamente adquirida en la educacin pblica; es cada vez mayor la
precariedad o provisoriedad de los lazos sociales y las identificaciones simblicas. En este tiempo y
este tempo, las drogas metaforizan lo que est en el aire: gratificacin espasmdica, prdida de
proyeccin, falta de insercin social y poltica, debilitamiento valrico. Condensan en el imaginario
colectivo este signo de los tiempos en la urbe latinoamericana donde campea la incertidumbre
respecto del futuro y el recurso a plenitudes intensivas pero a la vez efmeras, con nuevas
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generaciones de jvenes que circulan por la gran ciudad, hurfanos de relato y carentes de empleo.
Qu mejor metfora que la droga para condensar estas fracturas y recomposiciones anmicas?
El consumo de drogas tambin se asocia a la merma o prdida de rituales de comunin y
de pasaje en una sociedad secularizada. Pensemos en los efectos de las drogas: la comunin con
los pares (complicidad en el consumo), y las metamorfosis subjetivas que sugieren formas fugaces
de pasaje existencial. La cohesin interna del grupo, al mismo tiempo que la diferenciacin hacia
afuera, metaforiza la falta de mecanismos institucionalizados de pertenencia y de comunidad. La
secularizacin de las relaciones humanas, unida a un patrn de modernizacin con altos grados de
exclusin y fragmentacin social, borra las huellas de la comunidad, desdibuja las instancias de
comunin, infantiliza a los jvenes que no logran hacerse or ni abrirse un espacio, posterga cada
vez ms el ingreso a la vida adulta. Fenmenos propios de la modernizacin intensiva como son el
descentramiento del espacio, la prdida de identidad citadina, la orfandad respecto del barrio y la
falta de los canales clsicos de reconocimiento social, no necesariamente llevan al consumo de
drogas: pero en dicho consumo la poblacin general proyecta, como un fantasma difuso, esta
desestructuracin. La droga aparece como metfora de la disolucin de vnculos comunitarios. El
problema se desplaza hacia su solucin espuria o sucednea: all, en el consumo de drogas, hay
la ilusin de la comunin, del pasaje, del reconocimiento y de la inclusin. Como ilusin, acua en
su reverso todas las carencias que la metfora compensa.
Respecto del caballo de Troya
El caballo de Troya ocurre a escala global y a escala nacional en el campo de la poltica.
En el terreno internacional, la droga ha pasado a ser el mbito problemtico desde el cual Estados
Unidos incrementa su vigilancia satelital hacia el resto del mundo, condiciona el intercambio
comercial y la cooperacin tcnica, exporta inteligencia militar y tropas de carne y hueso, sanciona
a gobiernos de otros pases en foros internacionales y en los medios de comunicacin, y difunde una
mentalidad moralizante donde puede. Ya no est el comunismo como caballo de Troya. Y lo
mismo ocurre en la mayora de los pases de Amrica Latina, donde la poltica se va trasladando al
campo dialogado de la democracia (en unos pases ms que en otros), y por tanto los gobiernos ya
no acostumbran a dictaminar discrecionalmente estados de excepcin, o excepcionalidades al
Estado de Derecho invocando el fantasma de la guerrilla o del enemigo poltico.
5
Sintomticamente, en la legislacin sobre control del trfico y consumo de drogas donde estas
excepcionalidades vuelven a introducirse por la ventana.
Por qu esta obsesin con las drogas, esta adiccin a combatirla con tantos recursos mal
invertidos, tantos contra-efectos sociales, conflictos y restricciones? Por qu la droga es aqu un
fantasma, vale decir, despierta polticas y actitudes desproporcionadas ? Al respecto deseo plantear
la siguiente conjetura. Si como punta de iceberg la droga metaforiza las fracturas que la
modernidad/modernizacin provoca, como caballo de Troya metaforiza lo que pueda constituir una
amenaza a la modernidad, no ya como consecuencia de ella, sino como el sabotaje cultural a la
modernidad: la sombra que la acecha, la pulsin que se interpone en su camino.
Hoy la droga es la bestia negra que para muchos detona lo que el sujeto racionalizado y
disciplinado del Occidente moderno no puede tolerar, y que le es disfuncional a su proyecto de
productividad progresiva: desborde anmico, excesiva expansividad imaginante, desorden de la
razn, resblandecimiento de las categoras analticas, merma de la voluntad productiva. La droga
encarna el aguafiestas del modelo ideal del sujeto productivo, analtico, de rutinas que no son
5
Exceptuando Colombia, claro est.
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quebradas ni por las dudas existenciales, ni por el desfallecimiento anmico ni la debilidad de las
convicciones. Rompe las bases filosficas de la modernidad por los efectos que provoca:
difuminacin de las ideas claras y distintas del sujeto cartesiano mediante la irrupcin de
asociaciones interserialesen la conciencia, y de formas de desplazamiento y condensacin de
ideas en la vigilia; distorsin de las categoras del conocimiento y los juicios sintticos del sujeto
kantiano, sobre todo por los cambios en la percepcin de la temporalidad y la apertura a otras
formas de espacialidad bajo el efecto de psicotrpicos; sabotaje al sujeto maximizador mediante la
dilapidacin de energas productivas en el sujeto econmico moderno; y deconstruccin del sujeto
de control y clculo, mediante experiencias de embriaguez que mueven a la fusin sujeto-objeto, y a
la prdida de individualidad separada del mundo. Por donde se mire la droga mina las bases de la
subjetividad moderna. No es casualidad que la prohibicin se instituya en el mundo en los tiempos
que se instituye el taylorismo en las fbricas de Detroit, cuando ms se define la subjetividad por
una relacin tiempo-movimiento que debe maximizarse.
La droga queda as estigmatizada como el aguafiestas del progreso y de la modernidad. La
estigmatizacin genera en la prensa, en la poltica internacional e interna, y finalmente en la
conciencia social una desproporcin entre la magnitud real del problema y la magnitud que aparece
en el discurso de masas y de la poltica. Esto afecta la capacidad de los sujetos para discriminar a
ciencia cierta o manejar mayor criterio en sus juicios respecto del problema. Pero afecta tambin el
cimiento democrtico de nuestras sociedades, sobre todo cuando se acepta, en esta materia, la
hegemona de los Estados Unidos.
Aqu radica el mayor problema, a saber, el uso del caballo de Troya del combate a las
drogas para eproducir un estilo autoritario de gobierno o de control social. La regresin de la
condicin de ciudadana democrtica, provocada por estados de excepcin, legislaciones
internacionales que ponen entre parntesis la soberana nacional, y legislaciones nacionales que
corroen la libertad personal, muestran la relacin contradictoria entre poltica de drogas y
ciudadana democrtica. Los medios de comunicacin poco favorecen a revertir esta tendencia: la
forma en que los emisores de mensajes, muchas veces haciendo uso del tema droga como parte de
la competencia poltica o del catastrofismo que vende, imprimen tonos apocalpticos al tema,
refuerzan la tendencia a inmolar derechos ciudadanos en el altar incuestionable de la guerra a las
drogas. La capitalizacin poltica del tema, sea en la poltica interna o en la lucha por la
hegemona poltica a escala hemisfrica o global, ha provocado tal ruido comunicacional para
retrotraer el tema a su esfera especfica de prevencin del consumo indebido y del control de la
oferta, que enfrentamos hoy un "supervit simblico" que oscurece el intercambio transparente de
informacin veraz.
Vemos de donde se nutre el estigma y el fantasma de la droga. Por un lado, los
psicoactivos son representados imaginariamente como amenaza a las bases mismas del sujeto
moderno. Y por otro lado, desde la analoga entre droga e ideologa enemiga: las drogas, como el
comunismo, vienen de afuera hacia adentro y por tanto son un problema de seguridad nacional;
corroen el alma y el espritu del pueblo y por lo tanto su lucha debe hacerse incluso sacrificando
mrgenes de libertad y autonoma personal.
Finalmente, el caballo de Troya se disemina en el tejido social y el discurso de la droga se
utiliza como desplazamiento de la agresin entre distintos grupos. Esto se da con especial fuerza en
los conflictos etarios, y sobre todo la descalificacin de los jvenes por parte de las poblaciones
adultas. Con sorprendente facilidad se tilda a la poblacin joven de drogadicta y, desde all, la
proximidad discursiva engloba a la juventud bajo la marca vaga y genrica de lo disruptivo y no
confiable.
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Estos juicios y apreciaciones respecto a la incidencia de la droga en los jvenes resultan
desproporcionados al examinar los datos disponibles. En Chile, por ejemplo, aunque 176.000
adolescentes de la educacin media han usado drogas alguna vez en su vida, solamente 1.600
consumen cocana o pasta bsica y unos 10.000 fuman marihuana de manera frecuente. Entre los
jvenes que estudian en las universidades o estn iniciando su vida laboral en diversas actividades
hay unos 530.000 que han utilizado drogas alguna vez en su vida, pero 324.000 no lo han vuelto a
hacer (el 61%), mientras actualmente unos 3.300 estn consumiendo base y clorhidrato de cocana y
17.000 marihuana. (ver cuadro 5).
CUADRO 5
CONSUMO DE DROGAS EN CHILE
USO FRECUENTE (US TRES O MS VECES POR MES)
POR EDADES AO 1998 - PERSONAS
Grupos etareos 12-18 19-25 26-34 35-44 45-64
Poblacion 1.241.842 1.171.790 1.394.931 1.438.862 1.693.302
Modos de uso uso frecuente uso frecuente Uso frecuente uso frecuente uso frecuente
Sustancias
Ilicitas
Marihuana 10.303 16.943 8.928 3.326 502
Base 1.035 1.757 1.569 659 247
HCL cocana 569 1.591 1.586 568 160
Controladas
Tranquilizantes 4.428 7.593 14.439 19.171 36.985
No controladas
Alcohol 284.063 519.891 586.912 597.178 666.912
Tabaco 205.346 392.232 420.133 441.002 352.561
Fuentes: MINISTERIO DE EDUCACION Y OTROS: Primer Informe de Consumo de Alcohol,
Tabaco y Drogas en Escolares del Pas en 1995. Santiago, enero 1996.
CONACE. Tercer Estudio Nacional de Consumo de Drogas en Chile 1998. Santiago, abril 1999.
Por qu, entonces, el papel central de la droga en la descalificacin de los jvenes?
Aqu la droga opera como fantasma en doble sentido: como punta de iceberg y caballo de
Troya. Los jvenes son objeto de estas generalizaciones porque en ellos se concentra la mayor
incertidumbre respecto del futuro, las mutaciones ms fuertes respecto de valores y normas, y la
mayor exposicin a los cambios en estilos de vida. La asociacin subliminal con la droga resulta
fcil tras estas consideraciones: la droga sera la punta del iceberg para expresar condiciones
generales de tipo etario. Pero adems los jvenes son la gran amenaza para los adultos: amenaza a
sus visiones de mundo, a su estabilidad laboral porque compiten con mayor formacin educativa, y
a la autoridad basada en la edad. La punta del iceberg se convierte en caballo de Troya: se utiliza la
cruzada contra las drogas para desposeer de autoridad e interlocucin a un grupo etario con q uien
los conflictos tienen su fuente real en otros campos.
La violencia
El problema de la violencia es muy distinto al del consumo de drogas, aunque en algunos
pases de la regin tiene estrecha relacin con el narcotrfico. En estos ltimos puede observarse,
entre mediados de los 80 y de los 90, una importante relacin entre el aumento de la mortalidad
10
por efecto de la violencia delictiva, y la expansin del narcotrfico. Tales son los casos de
Colombia, Brasil, Mxico y Per (Ver Cuadro 6).
CUADRO 6
AREA ANDINA, BRASIL Y MXICO: TASAS DE HOMICIDIO
POR CADA 100 MIL HABITANTES, 1984 Y 1994
1984 1994
Regiones Total Hombres Mujeres Total Hombres Mujere
s
rea Andina
b
25.2 46.6 4.0 51.9 96.6 7.7
Cono Sur
d
5.4 9.3 1.8 6.2 10.5 1.9
Brasil 23.2 42.4 4.0 30.1 54.8 5.2
Mxico 18.2 33.3 3.1 19.5 34.8 3.8
Fuente: OPS, 1998.
Esta relacin entre violencia y narcotrfico es clara. Pero lo que importa preguntarse aqu
es por las correlaciones generales entre el incremento o la persistencia de la violencia urbana en
muchas metrpolis de la regin, y distintas variables sociodemogrficas y socioeconmicas que
contribuyan a aclarar la caja negra de la violencia. En segundo lugar, me interesa examinar si hay
correlacin entre el muy fuerte incremento de sensacin de inseguridad en la poblacin urbana de
Amrica Latina, y un aumento proporcional en hechos delictivos y de violencia. En tercer lugar, y
considerando los anteriores, quisiera considerar el fantasma de la violencia.
Variables sociodemogrficas y socioeconmicas en relacin a la violencia
Una revisin de algunos datos sociodemogrficos y socioeconmicos actualizados para
Amrica Latina, permite afirmar que:
6
- No hay correlacin necesaria entre porcentaje de poblacin urbana sobre poblacin total y
violencia. Ejemplo: Argentina tiene un 90% de poblacin urbana y Chile 86% vs. 74% en
Colombia u 80% en Brasil, y sus tasas de homicidios son muy inferiores.
- No hay correlacin necesaria entre el aumento en porcentaje de la poblacin urbana y el
aumento de la criminalidad. Bolivia increment su poblacin urbana de 36 a 60% del total
nacional entre 1970 y 1995 y Paraguay del 37 al 52%, mientras Colombia lo hizo del 58 al
72% en el mismo perodo, y Venezuela del 72 al 86%; y la violencia urbana en Bolivia y
Paraguay ha permanecido relativamente estable mientras en Colombia y Venezuela ha
aumentado sostenidamente durante ese lapso de tiempo.
- S pueden existir correlaciones entre aumento de la violencia y del desempleo. As, por
ejemplo, Buenos Aires ha padecido un incremento significativo de la violencia en los 90,
mientras la tasa de desempleo en el pas aument de 7.4 en 1990 a 17.5 en 1995 y 17.2 en
1996. En Colombia, la tasa de desempleo se ha mantenido casi todo el perodo 1970-1997
6
Basado en las estadsticas del Anuario Estadstico de la CEPAL correspondientes a 1999.
11
en los dos dgitos, y coincide con el aumento de la violencia urbana. En Venezuela ocurre
lo mismo. Pero tambin hay casos donde las fluctuaciones en el desempleo no generan
mayor violencia, como son los casos de Uruguay y Bolivia. Por otra parte, y esto es quizs
ms importante, cuando el desempleo aumenta sostenidamente y luego desciende, este
descenso no va acompaado de una baja en la violencia urbana.
- En cuanto a los cambios en la distribucin del ingreso, es muy probable pero no
inexorable la relacin entre un deterioro distributivo y un aumento en la violencia. Por un
lado vemos que Argentina, Brasil y Venezuela, pases donde s se ha incrementado la
violencia urbana, ha empeorado la distribucin del ingreso. Mientras en Argentina el primer
decil (ms pobre) baj su participacin en los ingresos del 2.8 al 2.1% entre 1980 y 1997, el
ms rico subi de 30.9 a 35.8% en el mismo lapso. En ese perodo de tiempo, los cuatro
primeros quintiles bajaron su participacin, y slo el quinto quintil subi fuertemente. Vale
decir, hubo una clara concentracin de los ingresos. En Brasil, el pas de peor distribucin
del ingreso en la regin, el primer decil baj de 1.3 a 1.1% su participacin en los ingresos
entre 1979 y 1996, mientras el decil ms rico subi de 39.1 a 44.3% en el mismo lapso, y
fue el nico decil que subi su participacin en los ingresos. Coincide esto cn unperodo de
aumento en la violencia urbana. En Venezuela, otro pas de fuerte incremento en las tasas
de homicidios durante las ltimas dos dcadas, el decil ms pobre baj su participacin en
los ingresos de 2.5% a 1.8% entre 1981 y 1997, y el ms rico subi escandalosamentedel
21.8 al 32.8% en el mismo lapso, y slo el quintil ms rico subi su participacin en los
ingresos mientras el resto baj fuertemente. Pero en Colombia, por ejemplo, el primer decil
aument su participacin de 0.9 a 1.4 entre 1980 y 1997, mientras el decil ms alto baj de
41.3 a 39.5% en el mismo lapso. Chile, con una mala distribucin del ingreso, no alter
dicha estructura, y es un pas con un nivel relativo de baja violencia urbana, aunque con
incrementos entrre mediados de los ochenta y de los noventa. Uruguay, tal vez el pas
menos violento de la regin, mejor sensiblemente su estructura distributiva: el decil ms
pobre subi de 2.7 a 3.7 entre 1981 y 1997, y el ms rico baj de 31.2 a 25.8% en el mismo
lapso. Panam, que padeci tambin un incremento en la violencia urbana, vio concentrada
la participacin del decil superior de un 29.1 a un 37.3% entre 1979 y 1997. Bolivia, otro
pas con muy baja tasa de violencia relativa en la regin, vio mejorar su distribucin de
ingresos: el decil ms pobre subi de 0.7 a 1.6% entre 1989 y 1997, y en el mismo perodo
el decil ms rico baj su participacin de 38.2 a 37.0%.
- Respecto del porcentaje de hogares pobres y su evolucin, no incide en el grado de
violencia, pero s puede incidir el aumento de ste a lo largo del tiempo. As, por ejemplo,
en Buenos Aires dicho porcentaje aument de 5 a 13% entre 1980 y 1997, perodo en que
hubo claramente un incremento en la violencia metropolitana. En Santiago de Chile, en
cambio, el porcentaje disminuy de 33 a 12 entre 1987 y 1996, mientras que la violencia no
decreci y posiblemente se increment. En Caracas se increment de 12 a 21% entre 1981
y 1994, perodo en que tambin aument de manera importante la violencia delictiva.
Los datos que he trado aqu a modo de ejemplo son sugerentes aunque no concluyentes, y
permiten inducir que hay mayor relacin entre variables socioeconmicas y violencia que entre sta
y las variables sociodemogrficas: mientras la concentracin urbana no parece incidir en el nivel de
violencia, variables como el deterioro en la distribucin del ingreso, el aumento del desempleo y de
la pobreza urbana, s pueden influir, no tanto la estructura, como la dinmica en estas tres variables.
Con todo, un dato importane es la combinacin que se da en Amrica Latina entre una alta
tasa de aumento de la poblacin de las metrpolis, y a la vez una pirmide de edades con muy alta
concentracin de jvenes. Esto es relevante porque la violencia delilncuencial en la regin se
concentra (tanto en vctimas como victimarios) en la poblacin joven, masculina de las grandes
ciudades. No debe olvidarse que "la ciudad latinoamericana es joven y de gran crecimiento, por lo
12
cual enfrenta mutaciones constantes en la cultura, el sistema poltico administrativo y la
organizacin socioterritorial", lo que lleva a [que existan] ciudades "altamente fragmentadas por los
abismos econmicos, distancias culturales y desigualdades sociales"
7
.
Pero ms relevante para entender el problema de la violencia y la inseguridad ciudadana,
me parece la brecha entre expectativas y opciones de consumo de la poblacin. Esta brecha de
expectativas viene dada en gran medida por el abismo que se produce entre consumo simblico y
consumo material.
El discurso del desarrollo y la modernizacin en Amrica Latina, hasta la dcada de los 70,
asociaba estrechamente la integracin simblica y la material. El acceso a vivienda, empleo
moderno con ingresos crecientes, servicios de salud e infraestrucura urbana, se asociaba a mayor
movilizacin social, participacin poltica, desarrollo cultural y educacin formal. La sociedad de
masas moderna vena anunciada con la sincrona entre ampliacin del consumo a toda la poblacin,
y sociabilizacin de todos en la lectoescritura, la informacin actualizada y el uso "opinante" de
espacios pblicos.
Este vnculo no es claro hoy da. Porque mientras el acceso a recursos materiales encuentra
obstculos en una distribucin del ingreso que no mejora, y se agrava en perodos de recesin o
ajuste con incremento del desempleo en los grupos de menores ingresos, por otra parte se expande a
un ritmo ms sostenido e intensivo el acceso a bienes simblicos como la educacin formal, la
televisin y la informacin actualizada.
Hoy hay ms pobres que a comienzos de los ochenta en la regin; la distribucin del
ingreso no ha mejorado, y en algunos pases se ha deteriorado claramente; la informalidad laboral,
hecha a base de ingresos bajos y baja capitalizacin, crece y se constituye en el sector que ms
absorbe a las masas de trabajadores que van quedando al margen de la modernizacin productiva, o
a la mayora de jvenes de baja capacitacin que ingresan al mercado del trabajo; y el premio a la
educacin alta condena cada vez ms a grandes sectores con educacin bsica o secundaria a
empleos de baja calidad, aumentando las brechas de ingreso y prestigio.
Esta brecha entre consumo simblico y consumo material es relevante. En la medida que la
segmentacin social coexiste con la apertura comunicacional, se alteran expectativas y patrones de
comportamiento. Una parte importante de la poblacin incorpora, como parte de su escenario
cotidiano, la disociacin entre mayores opciones de consumo simblico y un acceso ms restringido
al progreso material. En este sentido, es ms difcil la reconciliacin entre integracin material (va
redistribucin de los beneficios del crecimiento), e integracin simblica (por va de la poltica, la
educacin y los medios de comunicacin de masas). En el caso de los excluidos, la caricatura del
da coloca las manos vacas junto a ojos colmados con imgenes del mundo.
Veamos algunos datos duros. De acuerdo a las estadsticas de la CEPAL entre 1980 y 1990
el consumo privado por habitante en Amrica Latina baj en un 1.7%. En el mismo perodo de
tiempo, para la regin de Amrica Latina y el Caribe, segn cifras de la UNESCO, el nmero de
televisores por cada mil habitantes aument de 98 a 162. Adems, en ese perodo se reflejaron
logros educativos acumulados en dcadas precedentes, lo que implic un aumento sustancial del
nivel educativo medio de la poblacin joven. Vale decir: mientras el acceso a conocimientos,
imgenes y smbolos aument fuertemente, el consumo de bienes reales se redujo durante el
mismo lapso. Pases como Mxico, Venezuela, Colombia y Brasil, de alto nivel de criminalidad en
7
Fernando Carrin, Violencia urbana y juventud, indito, 1995.
13
sus grandes ciudades, tuvieron durante dicho lapso un aumento muy fuerte en industria meditica
8
y
en cobertura y logros escolares, y una evolucin muy distinta en reduccin de la pobreza urbana o
mejoramiento en la calidad de vida de los habitantes de la metrpolis. Y sintomticamente, la
dcada de los 80 y los comienzos de los 90 marcan un salto significativo en los niveles de violencia
de las ciudades latinoamericanas, y un aumento muy fuerte en la percepcin de inseguridad por
parte de la ciudadana (precisamente, con pases como Mxico, Venezuela, Colombia y Brasil a la
cabeza).
Si consideramos el perodo que va de 1970 a 1997, tenemos que el nmero de televisores
por cada mil habitantes en la regin aument de 57 a 205, las horas de programacin televisiva
aumentaron geomtricamente de lustro en lustro (y el promedio de horas de consumo televisivo de
la poblacin), el nivel educativo medio de la poblacin joven de la regin aument al menos en
cuatro aos de educacin formal, pero el ndice de pobreza la regin est hoy al mismo nivel que a
comienzos de los 80, y los ingresos reales de la poblacin urbana han aumentado modestamente en
algunos pases y han disminuido en otros (como es el caso de Venezuela). As, el acceso al
conocimiento, la informacin, la publicidad, tuvo un ritmo totalmente asimtrico en relacin al
acceso a mayores ingresos, mayor bienestar y mayor consumo Alguna posible relacin entre esta
proliferacin del crimen y la mayor brecha entre consumo simblico y consumo material?
Cunta violencia tenemos
9
El indicador ms general de la violencia, que expresa tasas de homicidio por cien mil
habitantes, muestra que entre los aos ochenta y hasta mediados de los noventa hubo un aumento
de la violencia en la regin. Comparaciones internacionales realizadas a inicios de los noventa
ubican a la regin de Amrica Latina y el Caribe como una de las ms violentas del mundo, con
tasas promedio cercanas a 20 homicidios por cien mil habitantes.
10
Ms recientemente en 1995, un
estudio de caso para seis pases de la regin (Brasil, Colombia, El Salvador, Mxico, Per y
Venezuela) calcula una tasa de 30 por cien mil habitantes.
11
Las tasas de homicidios en el perodo
comprendido entre 1984 y 1995 han aumentado en la mayora de los pases de la regin. (Ver
Cuadro 7). En algunos pases, como puede verse, el aumento ha sido muy intensivo: Colombia
triplic y Venezuela duplic su tasa en dicho lapso. El caso de El Salvador es atpico por el
contexto de guerra interna y sus consecuencias sobre la violencia.
8
Pinsese nada ms en empresas del tamao de Televisa en Mxico u OGlobo en Brasil, o la fortuna de
Cisneros en Venezuela.
9
Para los datos que figuran en este punto me he basado en: Irma Arriagada y Lorena Godoy, Seguridad
ciudadana y violencia en Amrica Latina: diagnstico y polticas en los aos noventa, CEPAL, Serie
Polticas Sociales No. 32, 1999.
10
Rodrigo Guerrero, Violencia en las amricas, una amenaza a la integracin social, CEPAL, LC/R.
1795, marzo 1998.
11
J.L. Londoo, Epidemiologa econmica de la violencia urbana, citado por Irma Arriagada y Lorena
Godoy, op. Cit.
14
CUADRO 7
AMRICA LATINA (13 PASES) 1980, 1990 Y 1995: TASAS DE
HOMICIDIO POR CADA 100 MIL HABITANTES
Pases
Fines del 70
Principios del 80
Fines del 80
Principios del 90
Ultima cifra disponible
Alrededor de 1995
El Salvador 138.2 117.0
Colombia 20.5 89.5 65.0
Honduras 40.0
Brasil 11.5 19.7 30.1
Mxico 18.2 17.8 19.5
Venezuela 11.7 15.2 22.0
Per 2.4 11.5 10.3
Panam 2.1 10.9
Ecuador 6.4 10.3
Argentina 3.9 4.8
Costa Rica 5.7 4.1
Uruguay 2.6 4.4
Paraguay 5.1 4.0
Chile 2.6 3.0 1.8
Fuentes: Ayres (1998), OPS (1998), Per Instituto INEI (1998), Paz Ciudadana (1998),
BID (1998).
El fantasma de la violencia
La violencia e inseguridad ciudadana es hoy da uno de los problemas que ms preocupa y
alarma a las sociedades latinoamericanas. En algunos pases de la regin la gente privilegia el tema
de la seguridad frente a otros como la educacin y la salud. En Chile y Argentina, pases donde
hasta pocos aos el problema de la inseguridad en las ciudades ni siguiera figuraba en las encuestas,
hoy constituye un ncleo fundamental de preocupacin ciudadana, al punto que ha sido incorporado
con mucha fuerza en la competencia poltica entre partidos y candidatos.
12
De acuerdo a los datos observados, el aumento en la preocupacin por la violencia va de la
mano con un aumento real de ella en nuestras grandes ciudades. No siempre esta correlacin es
consistente, pero sin duda guarda mayor proporcin que en el caso ya visto del consumo de drogas.
Si no encontramos aqu la brecha entre percepcin y magnitud del problema en qu sentido,
entonces, la violencia es un fantasma que recorre la metrpolis en Amrica Latina? Intentar
algunas conjeturas al respecto, a partir de la idea de que el fantasma es aquello intangible que rebasa
el fenmeno, se proyecta desde la especificidad del mismo, y a la vez incide en percepciones y
acciones que lo contornean.
En primer lugar el fantasma de la violencia est asociado a los cambios en estilos de vida
que se dan en la metrpolis por efecto de la expansin de la violencia. As, por ejemplo, el
sentimiento difundido de inseguridad lleva a que las personas restrinjan su circulacin en espacios
pblicos, eviten salir de noche o visitar ciertos barrios, se recluyan puertas adentro y busquen el
esparcimiento en espacios privados. Se reduce as la interaccin con otros de diferente origen social
12
En Chile, las ltimas elecciones presidenciales tuvieron al candidato de la derecha Joaqun Lavn al
borde de una inesperada victoria. Una de las razones es que en su gestin como alcalde de la comuna de
Las Condes fue reconocido por su eficacia en la lucha contra la delincuencia. Algo parecido ocurri en el
perodo previo a los comicios presidenciales en Venezuela con la Alcaldesa del Chacao en Caracas.
15
y se desalienta la sociabilidad espontnea que surge de los encuentros en lugares pblicos. Los
grupos y clases sociales se aslan con sus propios pares y se generaliza un sentimiento de sospecha
hacia los dems o los distintos. Cambia el diseo urbano al proliferar los enrejados y los
condominios y a medida que muchos optan por vivr en departamentos y ya no en casas. Aumenta el
gasto en seguros contra robos, pago a agencias de vigilancia o adquisicin de artculos de
proteccin fsica. Las actividades comerciales tienden a concentrarse en grandes centros (malls"),
entre otras cosas prque all estn a resguardo de asaltos y accidentes. Todo esto va tambin
acompaado de la sensacin de inseguridad frente a los pobres e indigentes, sobre todo varones
jvenes, percibidos por el resto de la sociedad y por la polica como potenciales delincuentes.
La violencia irradia as un cambio en diseo, vida cotidiana, percepcin del otro y valoracin
de la seguridad. Por lo mismo, su presencia-ausencia circula por aquellos espacios que han debido
reconstruirse ascpticamente para conjurar la amenaza del otro. Condominios, malls, puertas
reforzadas y segregacin de la ciudad concurren en esta esttica epidemiolgica que privilegia la
seguridad por sobre el contacto, el desborde y el placer cosmopolita de la errancia en la gran ciudad.
En cada opcin que nos coloca dentro de este formato de seguridad familiar acecha el fantasma de
la violencia, su rictus silente o su risa sarcstica. Cuanto ms crecen las rejas de proteccin, ms
patente el fantasma que emerge tras el conjuro a la amenaza.
En segundo lugar, el fantasma de la violencia opera generalizando la segregacin y
estigmatizacin social. El joven, varn y de bajos ingresos encarna la posibilidad de una agresin o
un robo. Padece el contagio de un fenmeno en el que est pasivamente involucrado por
coincidencias socioeconmias, etarias y de gnero. El fantasma se revierte contra l en un juego de
espejos donde su imagen individual se ve reproyectada como prototipo general. Si transgrede las
fronteras invisibles del territorio de pertenencia, podr ser requerido por la polica, impedido de
ingresar en locales comerciales, o cuando menos electrizado por miradas que lo desnudan para ver
tras su facha un cuerpo al acecho de una vctima (pero quin es aqu la vctima?). El fantasma
generaliza, construye un arquetipo universal, no discrimina cuando discrimina.
En tercer lugar, el fantasma de la violencia, como el de la droga, opera como relevo
temtico del conflicto social. No es casual que en tiempos post-ideolgicos, donde el conflicto
entre clases sociales se lava y lima para pavimentar el camino de la nueva oleada modernizadora, el
tema de la justicia social se hace cada vez ms inaudible y en su lugar crece, con ntida sonoridad, el
de la justicia penal. Por cierto, la percepcin de la ciudadana respecto de los vacos de la justicia
son plenamente fundamentados: hoy da disponemos de informacin para verificar la corrupcin
pblica, la impunidad en el narcotrfico y en el robo institucionalizado, y los abusos de la polica.
Pero tambin vale la pena preguntarse en qu medida la crtica y condena a la falta de justicia penal
acalla ese otro reclamo histrico, nunca resuelto, respecto de las grandes injusticias sociales que
recorren las aventuras de la modernidad latinoamericana.
Sin duda el reclamo por mayor justicia penal y transparencia pblica debe constituir una
bandera en la lucha por extender la democracia. Pero su legitimidad no contradice el riesgo de que
tras l opere tambin la sublimacin de ese otro reclamo, tanto o ms urgente, de justicia social.
Hoy los contrastes en ingresos y niveles de vida son ms agudas que antes, y sin embargo la
bandera de la justicia social slo flamea en invocaciones trasnochadas e idelogos anacrnicos. Del
mismo modo, la violencia ha dejado de ser un tema poltico para ser anclarse en uno de carcter
policial-penal, dado que es cada vez ms marginal el uso de la violencia en la resolucin de
conflictos polticos. Por lo mismo, fantasmas surgidos de la represin y de la violencia poltica se
desplazan hoy hacia el fantasma de la violencia delictiva en las ciudades. Entretanto, esta violencia
delictiva va ocupando un lugar central en la demanda por mayor justicia penal, se entremezcla con
la indignacin por la impunidad y la corrupcin pblicas, revierte proyectos emancipatorios en
obsesiones de seguridad ciudadana, lica las utopas de cambio social en el mar sin olas de la
16
ciudad protegida. Y no pretendo con esto defender la violencia, sino slo interrogar sobre los
efectos de su fantasma como relevo de otros fantasmas.
En cuarto lugar, el fantasma de la violencia concurre con el de la droga en cristalizar los
temores y las fobias que despierta la modernizacin vigente en Amrica Latina. Temores que
emanan de la fragmentacin del espacio, del debilitamiento de la cohesin social y de las fracturas
de la moral pblica y privada, rpidamente se desplazan hacia los objetos de mayor densidad
especular y resonancia metafrica: la violencia urbana y el reguero de la droga. Cuestionar el
espacio fragmentado, la falta de integracin o la incoherencia entre moral pblica y privada, es
cuestionar la base del sistema y del modo de vida en la gran ciudad latinoamericana. No as
impugnar la violencia y el uso de drogas, elementos que si bien pueden nutrirse de ese mar de fondo
y aparecer como punta de iceberg, tienen la ventaja que se combaten sin necesidad de poner en tela
de juicio el resto del iceberg.
13
El fantasma opera aqu como desplazamiento pero tambin como aislamiento y conjuro.
La droga y la violencia conjuran el desasosiego que despiertan otros temas pendientes, estructurales
y de fondo. Desplazan el desasosiego hacia los problemas de violencia y droga, y luego estos
problemas son redefinidos en el discurso predominante (de los polticos, los medios de
comunicacin y finalmente la opinin pblica), de modo tal que quedan aislados del todo social en
su carcter de epidemia o tumor que es preciso extirpar para conservar la buena salud del cuerpo
colectivo.
En quinto lugar, es natural que el aumento de la violencia despierte en la sociedad y en las
personas una autopercepcin de mayor vulnerabilidad y fragilidad, ms todava cuando se constata
que la justicia penal-procesal est regada de vacos y excepcionalidades. Nada alimenta ms el
fantasma de la vulnerabilidad que la anticipacin imaginaria de un otro que nos agrede y frente al
cual nunca sabemos cun daados podemos acabar. La posibilidad de que la agresin ocurra en
cualquier parte y a cualquier hora, la incertidumbre respecto de la eficacia de nuestras defensas y de
la magnitud de la violencia en los otros, en fin, la sombra de nuestra propia muerte o mutilacin
como extremo contra el cual se dibuja cualquier escena de violencia: todo ello hace que por
definicin la violencia se replique exponencialmente como fantasma.
En este marco, la violencia reaviva en las personas su propio guin de vulnerabilidad;
activa el eco de las heridas infligidas en el pasado, posiblemente por otros que son parte del propio
grupo: padres, hermanos, parientes, amigos, vecinos o compaeros de colegio. Cuanto ms cerca
percibimos la eventualidad de una agresin violenta, ms reflota en nosotros la vulnerabilidad
construida en nuestra socializacin temprana. El miedo al prjimo que es parte de dicha
socializacin se desplaza hacia otro que ya no es prjimo sino extrao, brbaro, radicalmente
distinto por factores de raza, territorio, cultura o nivel de ingresos. Y tambin al revs: nuestra
propia agresin retenida hacia nuestros prjimos permite ahora hacerse clara y visible porque se
desplaza hacia el otro-extrao, con quien nuestra agresin puede ejercerse sin los sentimientos de
culpa que obligaban a reprimirla en nuestro vnculo con nuestro propio entorno afectivo.
Y por ltimo cabe mencionar el tan mentado espectro/espectculo de la violencia: su uso
en los medios y en la competencia poltica, siempre en un doble juego. Por una parte, para activar
en la poblacin una valoracin tal de la seguridad que garantice la eficacia y legitimidad del control
social, las barreras territoriales y el disciplinamiento familiar. En esto los medios de comunicacin
13
Es el caso de la poltica de tolerancia cero en el combate a la violencia y de la guerra a las drogas en
el combate a las drogas: no hay all cuestionamiento del orden social, sino la construccin del problema-
violencia y el problema-drogas como epidemias que se difunden exteriormente respecto del conjunto de la
sociedad, y que se pueden combatir en esa misma lgica.
17
aportan lo suyo: espectacularizan la violencia, la convierten en el centro de la noticia y la proyectan
hacia los receptores con una falsa proximidad que no deja de activar los fantasmas de cada cual
respecto de la agresin y la vulnerabilidad. En el campo de la poltica, y ahora de la competencia
electoral, el espectro de la violencia permite consensuar medidas de excepcin propias de la
tolerancia cero. El fantasma de la violencia se construye como sostn simblico del
disciplinamiento de la sociedad.
Para terminar
En las pginas precedentes he intentado deconstruir dos fantasmas que recorren las
ciudades latinoamericanas, el de la droga y de la violencia. De all surgen, si no con evidencia
contundente al menos como conjeturas fuertes, varias ideas que quisiera resumir a modo de
conclusin.
Primero, el fantasma marca una brecha entre la percepcin de un problema y la magnitud
del mismo en los hechos. Brecha difcil de medir, por cuanto la percepcin es cualitativa y la
magnitud se expresa cuantiativamente.
Segundo, el fantasma tiene un uso poltico con fines de control social y tambin de
hegemona global. Tal es el caso de la poltica norteamericana en materia de drogas y las polticas
internas de buena parte de los pases de la regin. La guerra a las drogas opera all como Caballo de
Troya. En el caso del combate a la violencia el fantasma tambin puede cumplir la misma funcin.
Sintomticamente, son las derechas las que tienden hoy a abogar por polticas ms fuertes de
control social para garantizar mayor seguridad ciudadana. Los contrapesos entre libertad y
seguridad reaparecen no ya como expresin de un modelo econmico sino de uno penal y policial.
Tercero, el fantasma opera como desplazamiento de la inseguridad y como construccin de
un depositario de la misma: el consumidor de drogas y el delincuente acuan la carga de fobias y
temores que provocan la precariedad laboral, la incertidumbre respecto de la proteccin de la salud
pblica y la seguridad social, las exclusiones que ahora genera el trabajo inteligente, y la
competencia de los jvenes frente a los mayores en esferas productivas, valricas y estticas. El
fantasma permite decontextualizar los temores, y reposicionarlos frente a problemas que luego el
discurso del orden asla para interpretar y para combatir.
Cuarto, el fantasma opera como relevo: de la guerra fra a la guerra a las drogas, de la lucha
por la justicia social a la lucha por la justicia penal, de la guerra a las ideas a la guerra a los
desbordes. El fantasma hace el relevo, pero tambin el olvido. Eslabona para discontinuar.
Finalmente, el fantasma opera estigmatizando grupos de poblacin, extendiendo el radio de
los victimarios a un perfil racial, etario, territorial y socioeconmico. El potencial delincuente o
consumidor problemtico de drogas es el otro: negro, joven, pobre, marginal urbano, en fin, ese otro
que permite canalizar temores cuyo origen puede ser muy distinto por ejemplo, frente a un
semejante que compite en el trabajo o asfixia en el hogar-.
Ciudades que crecen, cambian, se desestructuran y milagrosamente sobreviven a la
exclusin, la entropa y las mltiples temporalidades que las habitan. Se expanden a un ritmo que el
mundo industrializado no conoce, absorbiendo y excluyendo al mismo tiempo. Premodernas,
modernas y posmodernas, las recorren los temores de todos los tiempos. Atvicas y tambin
cosmopolitas, a mitad de camino del desarrollo y de la modernidad, pobladas por fantasmas que
eslabonan la historia y a la vez la separan en fragmentos truncos. Fantasmas como la droga y la
violencia, que callan su propio mar de fondo para expiarlo, pero no redimirlo.