Comunicacion Preverbal
Comunicacion Preverbal
LA
COMUNICACION
PREVERBAL
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EDICIONES AVESTA S.A.
que reencarna, como los mitos clsicos, el impulso perenne que fuerza al hombre a trascenderse para alcanzar un mejor conocimiento de s. Adolfo Perinat Autnoma de Barcelona Depto. Psicologa Evolutiva y Educacional
PRESENTACION
LA COMUNICACION PREVERBAL (COMUNICACION ENTRE MADRE E HIJO) EN LA INVESTIGACION PSICOLOGICA CONTEMPORANEA
Al iniciarse la dcada de 1970, los estudios sobre la adquisicin del lenguaje parecan haber encontrado su cauce en el estructuralismo chomskyano. Sin embargo, los aos siguientes han sido testigos de un cambio de rumbo espectacular. Se constat, poco a poco, que la pretensin de acceder al lenguaje del nio a travs de la sintaxis (o sea, el sistematizar, ajustndolo a una gramtica, el corpus de enunciados que produce) conduca a un callejn sin salida. Por las mismas fechas acaece lo que algunos han llamado la revolucin semntica: los investigadores se persuaden de que es necesario tener en cuenta, a propsito de las primeras manifestaciones del lenguaje, el significado de los enunciados infantiles. Pero adems aflora, a la manera de una resurgencia, la vieja idea de que el lenguaje hablado es, en fin de cuentas, una forma de comunicacin. Redescubrir que la intencin comunicativa impregna el habla no constituye, en s, un avance espectacular; s lo es, en cambio, explorar cmo emerge esa intencin comunicativa antes del habla. Todo esto llev a investigar cules podan ser las dimensiones tpicas de la comunicacin preverbal y cmo podan incidir en la aparicin del lenguaje propiamente dicho. En dos vertientes se ha emprendido esa bsqueda. Primero, remontndonos a la filogenia y especulando cules pudieron ser los requerimientos de la situacin comunicati-
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va primordial que forzaron a surgir al lenguaje articulado. Sentado un marco socio-cultural plausible, se pueden luego inferir algunas de las etapas que hubieron de superar los prehomnidos en la prolongada ruta hacia el lenguaje propiamente dicho. Por ejemplo, hubieron de emerger procedimientos para ponerse de acuerdo sobre el nexo -arbitrario- entre significante y significado. La capacidad de compartir significados fue una conquista social de trascenqencia incalculable. Otro aspecto tambin a destacar es el predominio de la intencionalidad inherente a todo acto de comunicacin social, intencionalidad que, por las razones que luego expondremos, no puede adjudicarse sin ms a la comunicacin entre animales. Una segunda lnea de investigacin ha ido por el lado de la comunicacin prelingstica de la criatura humana. La ontogenia de la comunicacin humana no recapitula su filogenia ya que el nio , en flagrante contrapunto a la situacin que alumbr el habla primordial , nace a la comunicacin y al lenguaje en un medio social que comunica a un nivel sumamente evolucionado. Pero s que se pueden establecer paralelos sugerentes que guen la indagacin. Por ejemplo, entre la criatura humana y la madre tambin se negocian o se convienen ciertos signos comunicativos. De ah, poco a poco, va a tomar cuerpo entre las partes en presencia una forma de intersubjetividad, elemento esencial en toda comunicacin interpersonal. Pero la aportacin ms importante del estudio de la ontogenia de la comunicacin humana al fenmeno de la adquisicin del lenguaj e no es fruto de sugerencias o paralelismos filogenticos sino de las exigencias intrnsecas al tema . Estas han urgido a ahondar sus aspectos tericos , incluso filosficos; se han plasmado en diseos de observacin sumamente reveladores; han suscitado mtodos de anlisis e interpretacin creativos. Todo ello, en definitiva, ha conducido a que este centro de inters cobrase un impulso extraordinario convirtindose en un caso paradigmtico de proceso ontogentico. Todos estos aspectos sern objeto de comentario en las pginas que siguen . 12
No es tampoco un azar que el estudio de las primeras formas de comunicacin infantil haya visto la luz y haya progresado tan velozmente en estos ltimos diez aos. Son varias las circunstancias que han contribuido a configurar este nuevo ncleo de investigacin. En primer lugar sealaremos que est tomando cuerpo, cada vez con ms fuerza, la idea de que no hay solucin de continuidad en las primeras fases del desarrollo entre lo biolgico y lo psquico . La actividad, las reacciones del nio, admiten niveles de anlisis diferentes, el biolgico o el psicolgico por caso; pero ello no justifica que otorguemos a tales manifestaciones un estatuto de realidad biolgico o psicolgico. Pero an hay ms. Dentro de la tradicional dicotoma naturaleza/crianza , se contraponen los fenmenos endgenos de maduracin a los exgenos que tejen los intercambios primordiales entre madre e hijo. Estos ltimos no son adscritos a la naturaleza; no admitiran un anlisis biolgico, por as decirlo; lo cual es muy discutible. En efecto, la prematuridad neurolgica con que nace la criatura humana ha quedado compensada por la alimentacin, termorregulacin, proteccin y cuidados que le procura la madre. La presencia de sta (del adulto, en general) es su nica garanta de supervivencia. Es la naturaleza, la historia evolutiva de la especie, la que provee al binomio madre-criatura de unos mecanismos de ajuste mutuo extremadamente eficaces y delicados. Esta relacin primordial hace patente la ambigedad de status (biolgico o psicolgico?) de los fenmenos de la primera parte del desarrollo. Lo cual, hasta cierto punto, justifica la irrupcin del psiclogo en este campo y facilita su labor. Puesto que no hay una raya fronteriza que demarque el territorio, el psiclogo va a comenzar por el principio y, concretamente en el fenmeno de la comunicacin humana, va a lanzarse a descubrir sus manifestaciones ms elementales, las que sin ser todava comunicacin constituyen sus albores, las que se prolongan en comportamientos analizables a otro nivel que el puramente biolgico. Es lo que se ha venido en llamar los prerrequisitos de. la comunicacin. En una perspectiva darwiniana podemos considerarlos como autnticas
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preadaptaciones, esto es, funciones biolgicas que, a precio de transformaciones asumibles por el organismo, han diversificado (y enriquecido) el intercambio adaptativo que ste realiza con su entorno. En esta misma lnea se ha dado otro cambio de mira tambin transcendental. A partir sobre todo de los estudios de Piaget, el paradigma del desarrollo est dejando de lado los modelos de causalidad lineal para inspirarse en modelos cibernticos; aqu se acenta particularmente el aspecto de regulacin del comportamiento. Este ya no se analiza como producto de estmulos sino en trminos de proceso, en el que son esenciales los bucles de retroaccin. Los anlisis de la interaccin entre la criatura y el adulto parten a la bsqueda de esas primeras formas de regulacin mutua y aqu es donde han cobrado toda su importancia e inters la alternancia de segmentos conductuales entre las partes en presencia as como el flujo secuencial y temporal que pauta los intercambios. Por ltimo, hay tambin novedades de ndole metodolgica que tienen su parte no desdeable en nuestro conocimiento de las primeras formas de comunicacin. Nos referimos a las mejoras en las tcnicas de registro y reproduccin de datos de observacin (pelculas , vdeo). El estudio de las primeras interacciones entre la madre y la criatura se realiza en la actualidad con equipos de grabacin que captan escenas y situaciones desde mltiples ngulos simultneamente, que las reproducen a velocidades de cmara arbitrarias, que las sincronizan, las superponen, las fragmentan en instantes o intervalos discretos. En una palabra , permiten al investigador pasar del microanlisis al macroanlisis y viceversa obteniendo as una informacin cualitativamente ms rica(*).
(*) Vase en Schaffer (1977) una descripcin de dichos mtodos. Vase tambin el artculo de J. Newson en esta recopilacin.
Si el estudio acerca de cmo el nio se abre a la comunicacin comienza -como venimos diciendo- en la fase neonatal y si la tarea del psiclogo investigador es sorprender sus manifestaciones prstinas y seguir su evolucin, parece evidente que hay que poseer algn criterio para decidir qu formas de intercambio observables en el nio son comunicacin humana. Dicho sin ambages: la comunicacin humana posee caractersticas sui generis y las conductas que el observador pretende hacer entrar en esta categora han de satisfacerlas , antes o despus, a lo largo del primer desarrollo. Cules son estas caractersticas? Qu es la comunicacin humana? No vamos a entrar aqu a fondo en un tema que tiene un gran trasfondo filosfico y que ha sido tratado extensamente desde mltiples puntos de vista . Aparte de que nos desviara de nuestro objetivo y alargara este prembulo , a medida que progresemos en nuestra exposicin aclararemos oportunamente aspectos del tema. Nos limitaremos aqu a contraponer el enfoque que a la comunicacin dan los etlogos (de marcado signo positivista) con la nocin de comunicacin que, va la fenomenologa y el interaccionismo simblico, se adopta hoy cuando se trata de definir la comunicacin genuinamente humana . Stuart Altmann, en su libro Social Communication among Primates (1967), luego de recoger una serie de definiciones sobre comunicacin social, concluye diciendo que puede caracterizarse como un proceso por el cual el comportamiento de un individuo afecta al comportamiento de otros (p. 326). Asimismo E. O. Wilson en su Sociobiology (1975) inicia as su discurso sobre la comunicacin: Permitidme que corte el nudo gordiano de la discusin filosfica que rodea a esta palabra y que la defina en biologa con una sencilla frase: comunicacin biolgica es la accin por parte de un organismo que altera la probabilidad de que aparezca una cierta manifestacin conductual en otro organismo en una forma adaptativa a uno y/u otro de ambos participantes (p. 176). Ninguna de estas definiciones es estrictamente falsa apli15
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cadas a la comunicacin humana; pero ambas son inadecuadas, pues omiten elementos esenciales de la misma, como vamos a ver en seguida. Por ahora me limitar a contrastarlas con la que da Martn Richards a propsito precisamente del despliegue en el arte de comunicar de que hace gala el nio chiquito: Para m -dice- comunicacin es algo que va ms all de la simple interaccin. No es una mera modificacin del comportamiento de una parte y de otra de las que entran en contacto; no es tampoco responder a las seales emitidas sino que es algo que adems implica la idea de mutualidad, reciprocidad e intersubjetividad (Richards , 1974, p. 91). Es clara la diferencia entre ambas aproximaciones, la del etlogo y la del psiclogo. En el mundo animal hay infinidad de seales a las que son aplicables las definiciones de Altmann y Wilson: desde las danzas de las abejas a los displays agresivos, pasando por los cortejos nupciales, marcajes de territorio, etc. Cada una . de estas.seales lleva incorporado un objetivo concreto que identificamos como el efecto que consigue (una modificacin en el comportamiento del otro). Ahora bien, en ninguna manera podemos asegurar que el efecto de la seal sea buscado directamente, como tal, por el individuo que la produce. Dicho en otros trminos, el objetivo de la seal no est en la mente del individuo que la produce y, por tanto, la seal no es emitida para conseguirlo. (Al menos esta es la regla general que admite excepciones sobre todo tratndose de animales superiores a los que no podemos negar intencionalidad y previsin.) Los efectos propios de la seal, automticos o contingentes, estn incorporados a la recepcin de la misma. En tanto cuanto regulan las reacciones del congnere, tales seales son, con toda seguridad, informativas. Slo cuando los efectos que produce la seal hayan sido previstos por el animal que la emite y tengamos suficientes garantas de que la seal ha sido producida con el fin de conseguirlos, hablaremos de comunicacin en sentido estricto. Esta distincin entre carcter comunicativo e informativo de una seal , propuesto por Marshall (1970; vase tambin Lyons, 1973) es sumamente esclarecedora. En 16
la prctica apenas se tiene en cuenta y, por eso, la nocin de comunicacin se ha hecho tan vaga y tan general que su utilidad est en entredicho. En la evolucin, la aparicin de la intencionalidad sealizadora es un formidable enigma; en todo caso es un salto cualitativo transcendental ya que aqu est, in nuce, la capacidad de simbolizar. En efecto, desde el momento que el objetivo que comporta la seal se desgaja de sta y pasa a aposentarse en la mente del organismo que la produce , surge la posibilidad de crear seales en funcin de nuevos objetivos. As se llegar imperceptiblemente a la seal arbitraria e intencional que es el smbolo. Para que ste funcione>> en un sistema de comunicacin ha debido mediar un contrato social que fije su significacin. Ello remite a una historia de la relacin mutua (interpersonal o social) y por aqu desembocamos en la reciprocidad e intersubjetividad a que alude Richards . Simplificando mucho las cosas, diremos, pues, que un anlisis del desarrollo de la comunicacin entre la criatura humana y el adulto (cuya forma cannica es la de la madre y su pequeo) consistir en mostrar cmo lo que comienza siendo una mera presencia entre dos personajes y un afectarse recprocamente el comportamiento, se convierte en un tejido de seales que se impregnan pausadamente de intersubjetividad hasta llegar a un autntico compartir significados. Todo ello a comps del desarrollo psicolgico del nio, quien deviene as un interlocutor cada vez ms competente.
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les, auditivos, olfativos de que ella es origen ( ... ) A medida que la cra se desarrolla, el cuerpo de la madre es su primer juguete y, durante muchos de los ratos que est despierto, el monito se dedica a explorarlo. La cra, al nacer, posee caractersticas que reclaman la atencin de la madre; pero tambin sta posee caractersticas que captan la atencin de la cra. Esta es fuente de un contacto estimulante al cual la madre es muy sensible ... Aqu adivinamos cmo se estn sentando, desde los albores de la vida extrauterina, la mutualidad y la reciprocidad que luego impregnar la comunicacin humana. Pero todo ello, pese a la nitidez de la descripcin etolgica, est repleto de enigmas. Uno de e llos es el que rodea el comportamiento de la madre. En efecto, la atraccin que ejerce la cra sobre la madre no es algo paralelo (es ms bien antiparalelo) a la que ejerce la madre sobre la cra. Ya han pasado a la historia explicaciones como las que apelaban al instinto maternal. Parece obvio que la cra se aferre a lamadre: le va en ello la vida; no lo es tanto que la madre se vuelque sobre la criatura. Mary Bateson, en sus reflexiones sobre la epignesis de la comunicacin materno-filial (vase su artculo en esta recopilacin) , y en las que su propia experiencia de madre ocupa un plano destacado, dice que no tuvo que ser tan urgente -biolgicamente hablando- ensear al nio a reconocer a la madre cuanto la recproca: ensear a la madre a vincularse , gratificar y cuidar de su criatura. Porque es la madre quien le hace sitio en su propia existencia, es ella quien se abre a las necesidades de su hijo; su vida queda trastocada por las labores de crianza. Pero, por la misma razn , se convierte en el entorno primordial de la criatura. Este es el escenario natural de la estimulacin precoz. Lo que quiero , pues, destacar desde el frontispicio del estudio de la comunicacin preverbal es que sta (as como ulteriormente el lenguaje) emerge de un tejido de funciones bsicas que configuran, todas ellas, el escenario de la crianza. Esta instaura unos encuentros regulares entre dos siste19
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mas abiertos - la madre y el nio- que poco a poco sincronizan mutuamente. Tanto la criatura como el adulto poseen rasgos de conducta peculiares. Los que el pequeo trae en su equipaje son escasos y poco evolucionados (susceptibles s de un espectacular despliegue; en ello consiste el desarrollo). Los de la madre estn mucho ms organizados. La crianza viene a ser el engranaje de estos dos sistemas de comportamiento. La interaccin , a l progresar, derivar naturalmente hacia lo que el psiclogo denomina comunicacin. Es imposible encontrar su punto de origen: fluye espontneamente de las funciones bsicas que aseguran la supervivencia de la criatura en el entorno material. Es una de las mismas. Pasaremos ahora a detallar las funciones prerrequisito de la comunicacin . Las agrupamos en tres grandes epgrafes: sensibilidad cenestsica , capacidades perceptivas y expresivas, ritmos y pautado temporal. Implcitamente damos un protagonismo a la criatura. No es ms que un artificio de exposicin ya que no perderemos de vista que, si bien partimos de estructuras que tienen su asiento en el recin nacido , las funciones de las mismas se despliegan en un encuadre que le depara el adulto. La sensibilidad cenestsica. Spitz y Wallon, entre otros, han analizado primorosamente esta forma de recepcin primeriza que acusa el nio del contacto con su madre. Una sensacin amasada de ritmos, presiones, equilibrio , tono muscular, temperatura corporal de contacto. Es una sensibilidad difusa, global, que luego dar paso a sensaciones ya localizadas y a percepciones discriminativas. La sensibilidad cenestsica afecta al S.N. autnomo; su manifestacin es lo que podramos llamar el tono afectivo . Spitz la contrapone a la percepcin diacrtica con asiento en el crtex y cuyas manifestaciones son de ndole cognitiva. La criatura, a medida que se desarrolla, ir sustituyendo aquellas seales primeras (seales que interpretaba a su manera y a las cuales respon-
da , por ejemplo, reaccionando con un incremento de tensin al pasar de los brazos de su madre a los de otra persona) por los signos perceptivos que procesar diacrticamente. Reiteradamente el mismo autor insiste en el gran papel que juega el afecto -el clima afectivo- en la emergencia de esta comunicacin: Consciente o inconscientemente, cada uno de los protagonistas de la pareja madre-hijo percibe el afecto del otro y responde con su afecto. Estos intercambios son de naturaleza muy distinta de los que observamos a veces en los adultos, por ejemplo, en nuestros pacientes. Los procesos afectivos de estos primeros momentos de la vida del nio no estn conta minados por los elementos que se derivan del modo de percepcin diacrtica. Tampoco han sufrido elaboraciones secundarias a consecuencia de procesos cognitivos. En una palabra, aqu estamos contemplando los procesos afectivos in statu nascendi.. (Spitz, 1965.) Donde Spitz dice procesos afectivos podemos sustituir (o aadir) procesos comunicativos; con ello el sentido del prrafo no ha sido desvirtuado; simplemente ha sido vertido al lenguaje de la psicologa del sentido comn, es decir, la de la madre que, interrogada si comunica con su beb en brazos, nos contestar rotundamente con la afirmativa. La comunicacin humana (que luego alcanza otros niveles y modalidades) hunde sus races en una matriz emptica. Su expresin primordial es el con-tacto corporal (el de lamadre con su recin nacido, e l de los amantes o amigos que se abrazan, el del que busca refugio en el otro ... ). No es quiz comunicacin en el estricto sentido de la palabra sino sintona emocional: los individuos en contacto intuyen que comparten un mismo tono emocional, que sus sentimientos fluyen del uno al otro, que sus ritmos nerviosos estn en resonancia(*).
() La resonancia es un fen meno fsico que se da cuando dos procesos de naturaleza ondulatoria (rtmicos) se superponen en ciertas condiciones de frecuencia producindose una mutua ampli fR.:acin.
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Surgen espontneas manifestaciones corporales (expresiones) que refuerzan el nivel de intensidad emptica. Ms tarde, el adulto ser capaz de comunicar a travs de cdigos simblicos elaborados (uno de ellos, el lenguaje) al margen de toda implicacin emocional. Por ejemplo, solicitar/dar una informacin en la va pblica. Todas las teoras formales de la informacin y de la comunicacin presuponen implcitamente esta disgregacin. Por desgracia, muchos psiclogos siguen la misma corriente y, as, el clima afectivo que a menudo surge en el dilogo nterpersonal (y que lo est rigiendo a un nivel profundo) es slo un convidado de piedra en el tejemaneje de factores y variables a que recurre en sus estudios experimentales. Margaret Bullowa ha aludido a este problema cuando , muy agudamente, dice que en la comunicacin hemos dado mucha importancia al cdigo, a los detalles de la trasmisin y recepcin; pero que no se nos haba pasado por las mientes que en la comunicacin hay otras cosas que hacen referencia a sus propiedades globales y que la hacen posible. Estas ltimas ataen ms al estar en comunicacin que el qu)) y cmo)) comunicar. (Bullowa, 1979, p. 16.)
biolgicamente en formas muy complejas; y esta complejidad de organizacin no es menos llamativa en el dominio del comportamiento que en el del crecimiento anatmico del cerebro y en el del desarrollo en general. Se equivocan quienes sostienen que el comportamiento del nio chiquito es irregular o se presenta como una secuencia de movimiento al azar. Al revs, lo que ms choca es que est perfectamente articulado a fin de servir funcionalmente a objetivos biolgicos adecuados.)) (Newson, 1979, p. 208.) Hace ya casi veinte aos que W. Kessen describa en el . lactante dos formas de comportamiento congnitamente organizadas)): el succionar y el mirar. De ellas deca expresivamente este gran psiclogo americano que son la manera como tiene el nio de asir el mundo)) (Kessen, 1967). Desde entonces hasta hoy, los investigadores han descubierto en el nio una panoplia de capacidades impresionante. A ello ha contribuido no slo el disponer de medios de observacin y registro experimental ms finos sino, sobre todo, el dejarse guiar por la concepcin (darwiniana) de una adaptacin que no est restringida al dominio orgnico (el funcionamiento corporal) sino que lo desborda y se extiende al dominio psquico y social. Esta brecha en los prejuicios epistemolgicos (el nio es un organismo puro))) ha sido fecundo para la investigacin. El nio es un ser dotado de psique)), es decir, de una organizacin incipiente de su comportamiento y capaz de regular sus transacciones con el entorno, incluso el social.
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Aunque parece obligado abrir el catlogo de las capacidades perceptivas infantiles con las que ataen a la visin (no slo porque somos unos organismos predominantemente visuales))sino tambin por lo notable que es la precoz atencin del beb al rostro humano) , vamos primeramente a describir sus capacidades auditivas, qui23
z menos celebradas, pero no menos sorprendentes. Los nios reaccionan imperceptible pero inequvocamente, ya desde los primeros das de vida, cuando oyen sonidos que caen dentro del intervalo de frecuencias de la voz humana (Hutt et al. , 1968). Condon y Sander (1974) han demostrado que el hablar cerca de los recin nacidos provoca en ellos leves movimientos que son sincrnicos con el sonido de la voz humana. Estos autores dicen que, segn todos los indicios, ya desde el momento de nacer desplegamos la capacidad de captar de forma regular detalles muy sutiles del lenguaje hablado y lo hacemos casi con la misma habilidad que el adulto. Somos adems particularmente sensibles a los aspectos rtmicos del habla. De Casper y Fifer (1980) han podido comprobar, a base de un ingenioso dispositivo experimental, que los recin nacidos prefieren la voz de su madre (ttulo que han dado a su comunicacin cientfica en la revista Science). Conectaron al chupete de las criaturas un magnetfono que, a travs de auriculares, les haca llegar una voz humana grabada. Esta poda ser, alternativamente, la voz de la propia madre o la de otra mujer. En las pausas del chupeteo quedaba conectada la voz; al reemprender la succin, cesaba. D e Casper y Fifer han visto que , si la voz materna era reproducida durante pausas de determinada duracin , los nios aprendan bastante rpidamente a ajustar el ritmo de succin o de pausa a modo de escucharla con mayor frecuencia que las otras voces. Las madres , ya desde muy pronto, acostumbran a dirigir en muchos momentos la palabra a sus pequeines. La manera que tienen de hablarles rene unas caractersticas tan especiales que han atrado la curiosidad de los investigadores (Snow, 1977). Es un hablar de modulaciones ricas y exageradas, profundamente impregnado de afecto. No parece que los detalles peculiares que lo adornan o su estructura sintctica sean conducentes a que los nios aprendan a hablar antes o mejor. Se especula ms bien que posee una funcin predominantemente expresiva: sirve de vehculo de sentimientos y del estado emocional 24
que en la madre despierta la vista y el contacto visual con su criatura. Esta tiene as, incluso antes de ser capaz de un mnimo control del flujo comunicativo, la vivencia de estar en comunicacin. No estar de ms recordar que el odo es la via sensorial privilegiada para la regulacin del tono emocional. Los amantes de la msica tienen buena experiencia de ello.
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En cuanto a la sensibilidad perceptivo-visual que el nio deja traslucir delante del rostro humano, las experiencias de Fantz (1967) y de Spitz (1965) y otros investigadores no dejan lugar a dudas de que aquel posee un poderoso atractivo para la criatura humana. Es interesante constatar que las primeras experiencias de laboratorio sobre la capacidad visual de los nios tenan por finalidad descubrir y describir las dimensiones fsico-fisiolgicas del aparato visual (agudeza , sensacin cromtica, discriminacin de contornos, etc). Luego se orientaron hacia aspectos de la visin ms psicolgicos: coordinacin de cabeza y ojos, objetos que atraen la mirada del beb, movimientos expresivos que acompaan algunas percepciones, ... Es aqu donde, sorprendidos, los investigadores constataron que uno de los mejores reclamos de la atencin del pequen era el rostro humano. En un cuidadoso diseo experimental con nios de edad comprendida entre tres y trece meses , Michael Lewis (1969) ha comprobado una vez ms este inters tan peculiar que despierta la faz humana. Todo parece indicar, concluye, que la criatura posee un esquema innato de lo que es el rostro humano, un esquema que se desarrolla a lo largo del primer ao de vida y que Se alimenta -como dira Piaget- de la contemplacin y discriminacin de los muchos rostros que le rodean. En el primer mome nto ese esquema es seguramente muy rudimentario. Bower (1974) ha comprobado que , a las seis semanas, el nio sonre a una configuracin en la que simplemente aparecen dos puntos negros en posicin anloga a
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la de los ojos. Luego ir procesando los distintos detalles que integran el rostro humano; pero no es este desarrollo perceptivo lo que ms nos concierne ahora. Es enigmtico y hasta cierto punto inesperado que el nio est ms predispuesto por la naturaleza a captar una configuracin tan compleja como la de la faz humana que otras ms sencillas, como pueden serlo figuras geomtricas regulares. Nuestro pensamiento tan racionalista, educado a proceder de lo sencillo a lo complejo , es reacio a aceptar que quiz la sencillez de la biologa es de otro orden que el de las formas puras que nos legaron los gemetras del mundo griego. La urgencia adaptativa tiene designios caprichosos -por aadidura, quiz costosos-, pero pocos son estrictamente intiles o gratuitos. Es cierto, as, que se nos dota de una predisposicin a fijarnos en la configuracin facial de los congneres. Desde el ngulo neurofisiolgico, ello implicaba dotar al organismo de una red neuronal ad hoc (una configuracin morfolgicamente estable) que permitiese al nio procesar esa gestalt desde los primeros das de su vida. La significacin adaptativa de todo esto es indiscutible (aunque no es ms que un argumento de plausibilidad a posteriori). El rostro humano es la gran fuente de manifestaciones expresivas que apoyan la comunicacin y la regulan. Para un ser cuya pervivencia biolgica est tan fuertemente ligada a la relacin vinculante con los congneres le era mucho ms transcendental asegurar un punto de anclaje bien firme a esa interaccin que poner a punto otras diversas capacidades de discriminacin visual ms sencillas desde el punto de vista de la forma.
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El nio de escasos das o semanas no es tan slo un organismo que responde a estmulos auditivos o visuales , dotado al efecto de unos mecanismos nerviosos presintonizados. Es un pequeo ser activo y abierto al entorno, capaz de movimientos relativamente organizados, unos ms que otros , que traslucen la capacidad de autorregulacin que
tiene de sus estados internos. En el tema de la comunicacin, que aqu nos atae, son sobre todo sus movimientos faciales los que acaparan nuestra curiosidad cientfica. Muy precozmente, el rostro infantil adopta configuraciones reconocibles que los adultos interpretamos como el reflejo de sus sentimientos. Oster y Ekman (1977) , que las han analizado minuciosamente, concluyen que, pese a que estas expresiones dejan traslucir una experiencia muy confusa, la riqueza y complejidad tanto afectiva corno cognitiva que las impregna es mucho mayor de lo que pudiramos imaginar. De hecho, las madres, que escrutan la faz de sus pequeos y reaccionan tan emotivamente ante ella, tienen la certidumbre de que sus nios son capaces de expresar sentimientos plenamente humanos. No es una cuestin meramente retrica preguntarse la razn de por qu las madres (o los adultos , en general) son tan proclives a leer en el rostro de los pequeines las huellas de las emociones. Ya es en s sorprendente que sus caritas se presten a esta lectura. El psiclogo evolucionista ha de pasar de la constatacin de este hecho, trivial en apariencia, a la bsqueda de una explicacin funcional. Colwyn Trevarthen, en sendos artculos de excelente factura (1982, 1984; vase el primero en esta recopilacin) ha abordado este tema con una gran imaginacin cientfica. Trevarthen opina que la expresin de las emociones (por utilizar una frase acuada por Charles Darwin) no es un mero trasparentar estados fisiolgicos de dolor o placer. Al menos no es ni exclusiva ni principalmente esto. Las teoras del desarrollo de las emociones y del afecto parten de aquella premsa y suponen que, a medida que el nio adquiere una cierta experiencia cognitiva, va elaborando y diferenciando sus estados internos y las expresiones externas que los acompaan; pero siempre , detrs de las emociones, existira un desequilibrio homeosttico . A esta teora convencional Trevarthen opone la de que las emociones estn profundamente ligadas a los motivos para actuar en el mundo externo y para entrar en relacin con nuestros semejantes. (No slo porque estos ltimos for27
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man parte del mundo externo sino porque, para actuar sobre los objetos, muchas veces necesitamos tambin de ellos.) En cierta manera, las emociones son los mensajeros de esos motivos intrnsecos y una de sus funciones bsicas sera la de regular los contactos con las personas, regulacin que es imprescindible dentro de un modo de existencia naturalmente social: El comportamiento humano est, segn todas las apariencias, gobernado por un estrecho haz de motivaciones no necesariamente conscientes. Vivimos en una sociedad fuertemente condicionada por la cultura y cultura son las mquinas y tcnica cuyo disfrute exige que la actividad de cada individuo est abierta a la cooperacin con sus semejantes o a complementar las actividades que ellos emprenden. El mundo que la humanidad ha creado en un esfuerzo conjunto que se extiende a muchas generaciones, y el que seguimos creando, exige intercambio de informacin acerca del conocimiento de las intenciones, razones, significados y sobre la vida en general. Estos intercambios son factibles gracias, sobre todo, a que entre las personas se establecen relaciones estables, relaciones que son reguladas por las emociones (subrayado aadido). (Trevarthen, 1984a p. 136.) Las expresiones del rostro son configuraciones de msculos perifricos que se derivan de procesos autorregulatorios internos. Son estructuras morfogenticamente estables (expresin que tomo de Ren Thom) y que se constituyen obedeciendo a patrones nerviosos de la misma ndole que los que rigen las diversas configuraciones posturales o de movimiento. Trevarthen las asimila a las estructuras biodinmicas del fisilogo ruso Bernstein (Trevarthen, 1984); esto equivale a que son susceptibles de desarrollarse y de enriquecer sus perfiles , aunque el ncleo de las mismas es innato. La evolucin, en un proceso anlogo al de la ritualizacin de los movimientos animales, las ha convertido en seales que informan acerca de los procesos psquicos nter-
nos. Constituyen as una especie de cdigo universal a cuyo significado tenemos acceso sin necesidad de un aprendizaje ad hoc. Su funcin social, como antes apuntbamos, es ser vehculo de informacin entre organismos (humanos) dotados de sistemas nerviosos que estn preparados simultneamente para emitir-recibir este tipo de mensajes y potenciar as la cooperacin. Si hay algn beneficiario primordial de esta predisposicin cooperativa es justamente la criatura humana. El comportamiento de la madre ha de ajustarse delicadamente al de su pequeo, que es un sistema frgil y vulnerable. Con sus caritas expresivas, su sonrisa casi al punto de nacer, los nios, inermes, provocan y mantienen la cooperacin maternal. A los dos meses, ms o menos, el beb empieza ya a fijarse en el rostro humano que tiene delante. Todo pasa como si estuviera ansioso de leer all. Colwyn Trevarthen y sus colaboradores han demostrado experimentalmente que, si en el decurso de una secuencia de manifestaciones expresivas la madre (artificialmente y a requerimiento del experimentador) muda su rostro exhibiendo una faz seria e inexpresiva , los pequeos dan muestras inequvocas de desazn y acaban llorando. Esto sera la prueba de que , ya a esta edad , los nios poseen ciertas expectativas rudimentarias acerca de lo que es un rostro amigo y de lo que ste anticipa sobre el modo en que se llevar la interaccin subsiguiente. Significa, en ltimo anlisis, que la interaccin est siendo regulada a cada instante de su curso por las seales que cada una de las partes en presencia va emitiendo segn su estado de nimo y su disposicin (o capacidad) para proseguir la interaccin. Aqu estriba la diferencia radical entre este tipo de interaccin y las que estn reguladas por las seales que desencadenan lo que los etlogos llaman patrones fijos de accin (fixed action patterns); en este ltimo caso , la seal desencadena automticamente la secuencia de comportamiento desde el principio al fin y no hay lugar para alteracin o modulacin de los segmentos que la integran. Las configuraciones expresivas del rostro humano han evo-
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lucionado hacia una gran flexibilidad, lo cual paralelamente consigue una mayor finura en la regulacin de las relaciones cara a cara. Es obvio que en los escalones superiores de la progresin filogentica -concretamente en los primates, cuyos rostros tienen una gran riqueza de msculos y pueden, por tanto, servir a efectos de trasmisin de estados psquicos internos- se da ya esta regulacin ms flexible de las interacciones gracias a las expresiones del rostro. Ello guarda relacin con la avanzada sociabilidad que reina entre los primates y antropoides. resumen , las expresiones afectivas del rostro con que las madres animan los intercambios que prodigan con sus hijos ya desde el mismo momento de nacer y las expresiones que los pequeos van exhibiendo y luego ofreciendo en correspondencia son antecedentes necesarios de todo el despliegue de capacidades comunicativas que desembocarn en el lenguaje hablado. A travs de ellas se inicia un mutuo control de los procesos intencionales y cognitivos inherentes al modo de existencia comunitario propio de los humanos.
El nio viene al mundo dotado de ritmos innatos, muy individualizados por cuanto son los que le impone su propio sistema nervioso que an no se ha estrenado frente a las estimulaciones medio-ambientales. El recin nacido es.muy sensible a estas ltimas: uno de los captulos ms transcendentales del desarrollo (que merece ms atenci(m de la que ordinariamente se le presta) es el paulatino acoplamiento de los ritmos vitales innatos (alimentacin, sueo/vigilia, defecacin, etc.) a las pautas de crianza y educacin que pugnan por ajustarlos a ritmos de naturaleza social (las horas de comida y descanso , la jornada escolar, entre otros). Los primeros das de la vida suponen al recin nacido una reorganizacin de los ritmos fetales, puramente biolgicos, al efecto de situarse en su nuevo y definitivo medio-ambiente extrauterino. Hay una fase de desequilibrio, al principio , que se traduce en lloros, desazn, y que reclama la intervencin frecuente de la madre. Poco a poco debe emerger una reorganizacin que incorpora elementos del medio ambiente (no se olvide que una de las funciones bsicas de todo organismo bien montado es la de autorregularse) y el nio empieza a asentar sus ritmos, es decir, ostenta una conducta relativamente previsible. Entre las conductas rtmicas ms notables del recin nacido hay una que va a retener un momento nuestra atencin: la succin alimenticia. Es especialmente digna de mencin porque ilustra muy bien cmo un fenmeno que, en sus comienzos, obedece a un principio de regulacin intrnseco (pautado temporal de naturaleza puramente nerviosa) se presta a ser suavemente moldeado desde fuera por la accin de la madre sin que ello acarree perturbacin funcional alguna. Ms an, nos demuestra cmo sobre un proceso de interaccin netamente biolgico (mamar) se inserta otro de naturaleza psicolgica susceptible de irradiar en el dominio de la comunicacin interpersonal. El nio , al succionar (del pecho o del bibern) , efecta una serie de chupeteos seguidos y los interrumpe con una breve pausa. Kenneth Kaye (1982), al estudiar este fenmeno - trivial en apariencia- ha constatado, lo primero de 31
todo, que esta alternancia entre succiones y pausas no se da en otros mamferos: slo se encuentra en los humanos. Era obligado (y K. Kaye lo ha hecho) indagar si la pausa obedece a razones fisiolgicas de respirar, descansar, facilitar la deglucin o quiz tambin de dar tiempo a que las glndulas mamarias se repongan de lquido. Ninguna-de estas alternativas explica concluyentemente el porqu de este patrn succin/pausa. Una segunda constatacin , tan trivial como la primera, es que en e l momento que el nio efecta su pausa, muchas madres (no todas, ni siempre) intervienen: cambian al nio de posicin o lo acomodan mejor; a veces, incluso, lo ponen derecho y le hacen bailotear un instante o agitan el bibern. Un fino anlisis de la duracin de la pausa en relacin con lo que la madre hace para llenarla ha llevado a K. Kaye a descubrir que el me ro hecho de que la madre haga algo (hablar al nio , acomodarle mejor, agitar el bibern , ... ) alarga la pausa; pero si la madre , aun actuando, acorta su intervenci n, el nio est ms predispuesto a reempre nder antes la succin. D e hecho, K. Kaye comprueba que las madres, al cabo de pocos das, se las arreglan para que la pausa se alargue el tiempo ptimo de ma nera que el nio prosiga su comida (preocupacin, esta ltima, que suele ser muy comn entre ellas). En otras palabras, la madre aprende a modular su intervenci11 cancelando el efecto de las interrupciones na turales en el ritmo de alimentacin. Cabe preguntarse aqu si la naturaleza no procede un tanto retorcidamente: en los humanos nos impone una pausa, innecesaria aparentemente a efectos alimenticios, y, en contrapartida, obliga a la madre a un aprendizaje que reduce al mnimo los efectos inherentes a la interrupcin del ritmo de chupeteo. Cul es, pues, la funcin de la pausa, si es que tiene alguna? Kaye opina que es nica y exclusivamente la de dar pie a la intervencin de la madre. Es proporcionarle una o portunidad para colarse de rondn en una actividad del nio que , al poseer un patrn rtmico, se desplegara de por s sin solucin de continuidad. La situacin que acabamos de describir es un ejemplo de
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lo que se ha venido en llamar turnos de intervencin (turn-taking) . El nio succiona y hace una pausa; la madre interviene de determinada forma y obtiene que el peque o reemprenda la succi n. Y as, sucesivamente. Es un esbozo muy rudimentario de la estructura que adoptar luego el dilogo interpersonal, que fundamentalmente consiste e n intervenciones alternadas. Los formatos de intervencin en a lternancia se van a ir multiplicando y diversificando a lo largo de la primera infancia. Ya a partir de los dos meses, como he mos insinuado y seguidamente explayaremos, los nios son capaces de atender con inters peculiar al rostro y a las expresiones maternas; asimismo responden a ellas con movimientos tambin expresivos que sincronizan ms o menos torpemente con los de la madre. Las intervenciones expresivas adoptan la forma de turnos; la accin de la madre y la del nio se coordinan. Trevarthen (1979) asegura que hay en esas deliciosas escenas de comunicacin una integracin muy ntima del ritmo de la madre y del pequeo. Este es capaz de detenerse como aguardando la interve ncin de la madre; inmediatamente reemprende la suya; replica a los gestos de ella con sonidos o agitndose; la madre llena las pausas del pequeo con palabras amorosas, con movimientos de cabeza o cubrindole de besos. Meses ms tarde sern los juegos a do los que adoptarn esta estructura a lternante: el juego del cuc (el adulto que esconde su cara detrs de algo y la descubre repentinamente provocando la sorpresa y la risa del nio), e l del toma y daca y, en general, todas aquellas formas de actividad a do con juguetes u objetos en que el esperar y ver del nio va seguido de sus torpes imitaciones o de sustentativas por completar la accin iniciada por e l otro. E l que la relacin cara a cara y los juegos del nio con el adulto adopten este pautado tem poral es de gran transcendencia para la comunicacin y para el correcto uso social del lenguaje. Martin Richards lo ha subrayado con palabras muy certeras:
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Para establecer la comunicacin se necesitan no slo unos canales y unos modos convenidos; deben existir asimismo reglas acerca del uso temporal de los mismos (quin y cundo ocupa el canal y lo usa). Las observaciones ms recientes de los nios nos dicen que su comportamiento est estructurado segn un patrn temporal y que son muy sensibles al timing, a las alternancias y reciprocidad entre interlocutores. Ya en las primeras semanas, el pequen empieza a alimentar expectativas sobre ciertas respuestas que tienen que llegar en un preciso instante de una secuencia de interaccin; si ello no ocurre, la secuencia queda truncada. Capacidades de esa ndole son, por supuesto, esenciales antes de que el habla se desarrolle como un modo de comunicacin peculiar y una vez ms poseemos suficientes indicios como para suponer que existe una estructura psicolgica subyacente que la hace posible. (Richards, 1978). A ttulo de contraste significativo, comentar que en los interesantes (y penosos) experimentos de Premarck , Terrace, Rumbaugh y otros, enseando el lenguaje humano a los chimpancs, ha resultado poco menos que imposible que estos animales utilizaran sus signos lingsticos siguiendo la regla ms elemental de la conversacin , a saber, intervenir en el debido momento. Los chimpancs en cuestin interrumpen extemporneamente al interlocutor humano, no le dejan hueco para que replique o les d indicaciones, le dejan con la palabra colgada, etc. No se puede decir que sean estos detalles desdeables, en comparacin con otros en apariencia ms importantes, dentro de la tarea de aprender a hablar. De una vez por siempre ha de quedar claro que el lenguaje no es meramente cuestin de estructura sintctica (contra las pretensiones implcitas de muchos lingistas quiz deslumbrados por el xito de las teoras de Chomsky). La comunicacin humana (a cuyo servicio est el lenguaje, aunque en ste coexisten hoy otras funciones cognitivas) y tambin la que se da en el seno de otras especies, es algo ms que dominar un cdigo de transmisin de signifi34
cados: es sobre todo usarlo segn unas determinadas reglas sociales. La criatura humana, antes de hablar, quiz necesita durante meses aprender mucho ms acerca de las reglas de uso que del cdigo lingstico propiamente dicho . Puede incluso que hacer brecha en ese cdigo requiera previamente tener idea de cmo se usa el lenguaje. Es este quiz un ardid de la evolucin para dar impulso a la motivacin para hablar, una vez que el nio alcanza el nivel de maduracin requerido. No es disparatado suponer que si para entonces ya domina las reglas fundamentales de la interaccin comunicativa con gestos o sonidos sui generis , el aprendizaje de los sonidos articulados que constituyen el lenguaje propiamente dicho quedar enormemente facilitado. Esto, por supuesto , no es una razn ni necesaria ni suficiente para que el nio rompa a hablar. Una vez ms se trata de llamar la atencin sobre el hecho de que el lenguaje conlleva muchos aspectos y un orden de prioridades que es lo que nuestras investigaciones tratan de dilucidar.
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nos sera dado entender plenamente la comunicacin de las abejas o de los pjaros o de los chimpancs -pongamos por caso-, si pudiramos entrar en la mente y en la vida social de estos animales. En trminos ms filosficos, estamos ontolgicamente incapacitados para evaluar cualquiera otra forma de comunicacin que no sea la nuestra. Cuando nos lanzamos a ello pertrechados de nuestras propias categoras, contaminamos el sistema en estudio (y obviamente lo declaramos imperfecto; lo que ignoramos es si las abejas, los pjaros o los chimpancs hacen lo mismo con respecto a nosotros ... ). Cules son las cualidades que singularizan la comunicacin humana situndola en otro plano que la comunicacin animal? Son dos bsicamente: la intersubjetividad que se establece entre los comunicantes y el poseer una referencia (o el referirse a). Ambas estn inextricablemente fundidas y una vez ms hemos de justificar el que las separemos y las tratemos como aspectos distintos en aras de una lnea expositiva ms clara.
La intersubjetividad.
El tema de la intersubjetividad tiene hondas races filosficas. Planteado someramente es como sigue: cmo es posible que dos interlocutores, o sea, dos mentes que tienen una aprehensin singular(*) del mundo que les rodea, pongan en comn sus experiencias del mismo? Ms concretamente, cmo es posible que podamos comunicar acerca de lo que existe o de lo que pasa si no poseemos previamente un conjunto de categoras comunes que nos permitan denominar o describir inequvocamente los objetos de conocimiento? La paradoja que aqu inmediatamente surge es que
(*) Hace unos aos hubiera aadido el adjetivo drstica para calificar esta diferencia entre la comunicacin humana y la animal. Como quiera que actualmente hay un acre debate sobre las fronteras entre la comunicacin animal y la humana y particularmente sobre el famoso lenguaje de los chimpancs, he preferido omitir adjetivos. De todos modos, tengo para m que la diferencia es drstica.
(*) Singular>>es aqu un adjetivo numeral; significa de uno solo. No puede recibir aqu la acepcin de distinto, pues para que dos experiencias singulares sean calificadas de iguales/distintas tienen que ser comunicadas.
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cualesquiera categoras que nos permiten comunicar han de haberse establecido comunicando ... a no ser que sean a priori. Pero dejemos a los filsofos la incmoda tarea de romper este nudo gordiano; demos por sentado que existe la intersubjetividad (sin la cual este escrito no tendra sentido) y que sta es compartir significados. El problema de cmo llega a establecerse en un grupo humano lo que Habermas (1970, 1979; vase el artculo de J. Ryan en esta recopilacin) llama estructura de intersubjetividad, tiene un ngulo de enfoque distinto si se trata de su emergencia prstina (imaginemos a los voluntariosos trabajadores de Babel decididos a llevar adelante su proyecto frustrado o imaginemos un grupo de protohomnidos ... ) o si se trata de introducir a un advenedizo en un sistema de significados ya compartidos por los miembros del grupo. Este es el caso concreto de un nio. La tarea que nos concierne ahora es descubrir de dnde arranca y por dnde discurre para l la va de acceso al conjunto de significados que rigen en el grupo social, condicin sine qua non para comunicar. Es ocioso aadir que el nio no aprende un elenco de significados a la manera de elementos discretos (un vocabulario). Eso es una ingenua pretensin asociacionista. El nio deviene un sujeto competente en el arte de extraer y compartir significados a tenor de las exigencias de cada situacin comunicativa. Hasta aqu por lo que toca a los prolegmenos filosficos del tema, los cuales, dicho sea de paso, apenas han sido rozados. En el empeo de descubrir cmo el nio conquista la intersubjetividad una vez ms hemos de sensibilizarnos en la observacin de las situaciones que remedan y anticipan la comunicacin plenamente intersubjetiva de los adultos. Ya hemos comentado que el nio se ve muy solicitado a la interaccin con los suyos, particularmente con su madre. Lo que nos aseguran los investigadores de estas primeras situaciones comunicativas (y una excelente representacin de los mismos figura en estas
pginas) es que el nio tiene una gran predisposicin a sintonizar con las personas que le dedican su atencin. Este es el leit motiv que ha ido vertebrando la primera parte de esta exposicin. No estar d"e ms aadir algn otro detalle, ahondando en ese nuevo frente. Mary Bateson (vase su contribucin en esta recopilacin) califica de proto-conversaciones las mutuas miradas, la alternancia de los gargareas del nio con los parloteos de la madre: de todo ello dice que son situaciones en que poco a poco las vocalizaciones devienen ms y ms significativas. Asimismo Trevarthen escribe:
-..
En muchas de nuestras filmaciones en que se refleja la comunicacin espontnea se percibe claramente que el nio est ajustndose a lo que la madre hace y no tan slo acechando su rostro o detectando su voz sino modificando sus reacciones de acuerdo con el detalle particular que ella ha ejecutado. El nio mira a la madre concentrando su vista en ella y con una expresin muy atenta (Trevarthen, 1980). Y en otro lugar: La conducta de la madre, su tono emocional sutilmente regulado, lo que hace y los gestos con que toca las manos del nio o su cara, demuestran que est a la expectativa de interpretar los movimientos que hace como dirigidos a ella. Los gestos del pequeo iinitando a la madre eventualmente o sus vocalizaciones en sincrona con las manifestaciones expresivas maternas confirman que el nio tiene capacidades de acomodacin aptas para lograr una coincidencia de motivos. La imitacin que, a su vez, la madre hace del nio facilita un exacto contrapunto. La rapidez con que , en intervalos de un segundo , se intercambian expresiones y gestos y la forma sistemtica con que se engranan los comportamientos, demuestra la existencia de un impulso abierto, de un po39
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der generador de compromiso emocional. Cada interlocutor busca el mejor momento para colocar su expresin en la trama de lo que el otro est haciendo (1985) . Observaciones de esta ndole, hechas con nios de dos meses, llevan a Trevarthen a concluir que desde esa temprana edad existe una forma prstina de regulacin mutua de la interaccin entre madre e hijo. Las intervenciones surgen espontneamente por ambas partes, pero no se producen de manera catica o puramente al azar; tampoco esa proto-conversacin depende exclusivamente de la iniciativa y la habilidad de la madre para hacer un hueco a las manifestaciones expresivas de la criatura. Las cuidadosas observaciones de Trevarthen (fcilmente reproducibles) dan pie para sostener que hay un ensamblaje de las expresiones e intervenciones. En alguna manera el nio es capaz de elaborar una forma o representacin del alter (de la madre) como alguien con quien es posible establecer una relacin a travs de movimientos expresivos; hay en la criatura, pues , un atisbo de conciencia de que Jos gestos y las expresiones de la madre y las suyas propias tienen un valor comunicativo. A todas estas demostraciones que hace el nio de estar motivado para comunicar con sus semejantes, de mantener mnimamente el inters por el otro en las situaciones cara a cara, de responder a las incitaciones cariosas y de interpretar el rostro de la madre como una fuente de seales afectivas que, al mismo tiempo, contribuyen a regular la interaccin , Trevarthen las llama intersubjetividad primaria. Existen en el nio intenciones comunicativas ya desde esos primeros momentos? Es un tema que se presta a controversia, pues, evidentemente, no se puede equiparar la intencin de comunicar que anima a la madre con la que el nio puede eventualmente albergar, si es que alberga alguna. Sin embargo, Trevarthen sostiene que, desde el momento que el nio es capaz de entrar en ese vaivn de intercambios y de alimentar un mnimo de expectativas acerca
de cmo ha de discurrir la proto-conversacin, podemos asegurar que hay en l autntica intencin de comunicar, aunque en estado embrionario. Una ingeniosa experiencia de feedback comunicativo ilustra este razonamiento y le sirve de base. Los sujetos de la misma son una madre y su hijo de dos meses comunicando, no frente a frente sino a travs de un circuito cerrado de televisin (Murray y Trevarthen, 1985). El nio tiene enfrente de s la pantalla con la imagen de la madre dirigindose a l y recprocamente, sta. Despus de un ratito de correspondencia entre ambos y aprovechando una pausa , Se propone al nio entrar de nuevo en coloquio con lamadre a travs de la pantalla; pero Jo que realmente se hace es pasar de nuevo la escena que acaba de transcurrir y que se ha tenido la precaucin de grabar. El nio contempla de nuevo a la madre que le dirige gestos cariosos (los mismos de antes) y l se lanzar a emitir los suyos. Pero, ahora , el ritmo de las expresiones maternas no se ajusta a las del nio; la interaccin resulta imposible de regular. A la postre, el nio da visibles seales de desconcierto. Esta reaccin del pequeo nos dice varias cosas, todas ellas dignas de consideracin: que posee un esbozo o esquema innato de lo que es una feliz interaccin, que ese esquema o principio ' de accin alimenta expectativas e intereses y, por ah, deja entrever la existencia de un ncleo intencional. Hay autores, como Kenneth Kaye , que, aun simpatizan-.- NfJ do globalmente con la posicin de Trevarthen, consideran infundado que se pueda atribuir una brizna de intersubjetividad al nio en una fase tan temprana e inmadura del desarrollo. (Robert Hinde, el gran etlogo ingls, en conversacin personal el verano de 1985 , me confesaba igualmente sus reparos, prefiriendo denominar a todo esto protointersubjetividad.) La crtica de Kaye arranca de un concepto de intersubjetividad plena, la que se da en el adulto. Si desde aqu preguntamos qu significados puede compartir el nio a ese nivel del desarrollo , qu intenciones de significar algo podemos atribuirle, parece que la conclusin es que nada nos da pie a asegurar que, cuando la madre dedica a su
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pequeo sus mejores repertorios expresivos, aquellas actuaciones alumbren en la mente del nio los mismos significados que tienen en la suya. Tienen razn Kaye y los dems psiclogos si lo que postulamos es que la criatura sea capaz de reconstruir en su mente toda la estructura significante que tiene la madre en la suya y que lo haga, adems, a partir de los elementos verbales en combinacin con los gestos. Pero no es absurdo suponer que la gestalt de todo ese despliegue expresivo le es accesible. En su actuacin ante el pequeo, la madre est presuponiendo que ste le entiende, lo cual (Kaye y Newson tienen razn) es mucho suponer. Pero es que verdaderamente el pequeo no entiende, de otra manera y a su nivel, que su madre le quiere? No comparte un significado aun cuando muchos de los significantes de la secuencia no sean descodificables? En la medida que la madre y el nio comparten un estado motivacional que les lleva a regular mutuamente sus acciones y que, concretamente, induce al nio a coordinar sus expresiones faciales y vocalizaciones con la representacin auditivo-visual de la madre (que est delante), existe una intersubjetividad primordial. Es la que lleva a reconocer en el alter una mente en sintona receptiva. Este es el prtico que da acceso a compartir ulteriormente significados concretos. Las madres, por su parte, tienen la certidumbre de que las reacciones del nio o nia se dirigenJt ellas y pretenden adems que estas reacciones expresivas son mensajes concretos. Si aceptamos que las configuraciones morfolgicamente estables del rostro (gestos expresivos) traducen estados motivacionales e intenciones ntimas, no tendremos dificultad en convenir que la intuicin de las madres es globalmente certera. Ahora bien, no hay significados concretos ni menos an existe en el nio intencin perfilada de producirlos. En este sentido, John Newson (vase su artculo en esta recopilacin) dir que los Significados slo existen en la mente de la madre y que no hay base objetiva que permita llegar a una concrecin de los mismos. Pero hay algo ms en todo esto y es John Shotter quien
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nos pone en la pista, al sealar que la manera como interpretamos la conducta del nio pequeo depende de si lo consideramos un puro organismo, como es costumbre en psicologa acadmica, o si lo consideramos una persona, que es lo que hacen las madres. Precisamente es esta tambin la posicin de Trevarthen. El ha escrito lo siguiente: Lo que los nios de 2-3 meses hacen cuando estn en interaccin cara a cara con las madres demuestra que el pequeo n_ a ce predispuesto a reconocer a los humanos. Nos hace pensar que el fenmeno de la comunicacin materno-filial no puede reducirse a descripciones fsicas o fisiolgicas, es decir, descripciones no humanas. ( ... ) Queda abierta la va para concluir que aquella dotacin que posibilita que el nio aprenda a comportarse viendo como los dems se comportan debe incluir, desde el comienzo, algo de ser humano o ser persona. (1980; subrayado aadido.) La conclusin que de aqu saca Shotter, con la que plenamente coinciden los psiclogos como Bruner, Trevarthen, Newson, Kaye y dems, es que esta manera de proceder de la madre , alimentada por una ilusin, pone en marcha ciertas formas emergentes de comportamiento comunicativo en el nio. Impulsa la motivacin profunda de que est posedo por abrirse a la interaccin y cooperacin humanas, traducindola en intenciones de comunicar con ella (vase el articulo de Trevarthen en esta recopilacin). La madre teje para el nio una especie de caamazo en que las manifestaciones infantiles quedan bien colocadas, genera una trama espacio-temporal que las combina con las suyas propias. Nunca se ponderar suficientemente la fecundidad que entraa esta actitud materna de considerar a su hijo o hija como personas. Cualquier segmento del desarrollo de nuestra especie humana -sepmoslo o no- se contempla en una perspectiva de futuro. Es lo que Margaret Boden ha denominado la referencia prospectiva, lo cual significa que el comportamiento ordinario puede comprenderse slo en relacin a su curso ulterior (Boden , 43
1972). En este sentido la intersubjetividad primaria es mucho ms que una ilusin: es un anticipo funcional en cuanto que configura la interaccin y la reviste de expectativas, todo lo cual prepara la va a una comunicacin ms plena y eficiente. All donde los humanos se han dedicado a criar antropoides (chimpancs, gorilas, orangutanes) a quienes , incluso, se destina a aprender con penas y trabajos el lenguaje, esa referencia prospectiva est ausente. Considero muy dudoso que pueda un experimentador concienzudo auto-persuadirse de que, adoptndola, cambiar decisivamente el destino de su discpulo .. .
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A lo largo de cuatro, cinco o seis meses, hasta que el pequeo se acerca a los nueve, el despliegue de sus capacidades comunicativas sigue un curso regular y bien estudiado (vase una minuciosa descripcin en Trevarthen, 1978). El nio o la nia perfilan sus habilidades expresivas, prodigan su sonrisa, su atencin gana en consistencia; a la vez, se abren al mundo de los objetos materiales que perciben en tomo suyo. Es la poca de las reacciones circulares secundarias y los primeros juegos motores que las prolongan , tan excelentemente descritos por Piaget. Lo ms notable es que, de ahora en adelante y durante un corto perodo de tiempo, la atencin del nio hacia el recin descubierto entorno de objetos va a estar segregada de la atencin hacia las personas y de los conatos por relacionarse con ellas. Es como si se tratase de dos centros de inters inconciliables que se disputan los favores de la atencin del nio. Para Colwyn Trevarthen, que ha descrito detalladamente esta situacin, tal incompatibilidad nace de que la motivacin del nio por el contacto personal y la que le impulsa hacia los objetos materiales (que culmina con las reacciones circulares terciarias o experiencias para ver qu pasa) poseen races diferentes y discurren por cauces separados en los primeros meses de vida. Trevarthen marca aqu claramente sus distancias con Piaget. Para este ltimo , el abrirse el nio al mundo social se deriva de su inters pri44
mordial por el mundo de los objetos; Trevarthen opina, en cambio, que antes de que el aparato cognitivo infantil se disponga a asimilar el mundo material en sus detalles, ya est en marcha un intrincado mecanismo al servicio del entendimiento interpersonal (Trevarthen, 1980). La actividad social del nio sigue en crescendo. Se manifiesta particularmente en las reacciones ms elaboradas a los juegos que las madres ingeniosamente montan para delicia de los pequeos. Juegos de componentes rtmicas, envueltos en canciones; juegos en los que se introduce un factor de sorpresa y que provocan la risa espontnea; rituales que acompaan los momentos de cambiarle de ropa, debaarlos, de darles de comer, etc. En todas estas escenas banales concurre un factor comn, justamente subrayado por Bruner y otros autores: las actividades se decantan en formatos , es decir, cada una adopta un perfil relativamente invariable y susceptible de descomponerse en cierto nmero de subactividades, siempre las mismas y ejecutadas en el mismo orden. Los formatos funcionan a la manera de pequeos rituales. Un ejemplo es el bao. El juego del cuc o cualquier otro que Se monta un padre con el pequen revisten ese carcter. El inters enorme de estos rituales ldicos o de las rutinas del cuidado del beb (cuando van orquestadas por esas manifestaciones cariosas y espontneas de las madres) es que vienen a constituirse en unos primeros esquemas de interaccin social cuyo significado empieza a ser familiar a la mente infantil, as como le son previsibles los detalles de su ejecucin. En la medida que el nio se presta a ellos, entra en las intenciones del adulto; el que no se preste sule interpretarse por stos como que ya sabe de qu va (y por eso se resiste). En ambas alternativas se acredita al nio con un mnimo de idea de cules son las intenciones de los que les manipulan. Es un escaln ms que le da acceso a la intersubjetividad. A los nueve meses, poco ms o menos, se produce un cambio notable. Los objetos, en alguna manera , empiezan a ser incorporados en los intercambios sociales de la criatura con los adultos y, recprocamente, en la atencin que de45
dica a los objetos el pequeo hace un lugar a la persona que est con l. Al principio puede que sea aceptar un objeto que el adulto le tiende, pero acompandolo de una mirada hacia el donante; luego ser tender el objeto a alguien que se lo requiere en medio de la conversacin. Finalmente se pasar de la mera transferencia -como oportunamente la califica Roger Clark (vase su excelente descripcin y teorizacin en esta recopilacin)- a una verdadera estructura de comunicacin. El logro ms importante es que, en lo vo, objeto y persona son susceptibles de fundirse en un esquema nico: persona-como-agente-que-ayuda-a-conseguir-un-objeto. As es como lo denomina Susan Sugarman (citada en el artculo de Bruner en esta recopilacin). En el perodo subsiguiente, la madre se va a comportar como un maestro con su pequeo: compartir con l los objetos, le ensear delicadamente su uso convencional o los recursos que puede obtener de ella; le ayudar a ello interpretando sus intenciones y llevndolas a efecto, si encuentra dificultades. Todos estos formatos de actividad conjunta revisten gran trascendencia ya que, como ha escrito Martn Richards, gracias a esas interpretaciones y a la accin materna que hace progresar la actividad torpe del nio, ste empieza a atisbar que lo que l hace tiene consecuencias y de ah llegar a desarrollar una estructura intencional que rija su actividad independiente (Richards, 1978). A todo este perodo que arranca en la frontera de los nueen la capacidad que estrena el nio de ve meses o , ms bien,_ fundir sus intereses de siempre hacia las personas con su curiosidad nueva por el mundo de objetos a su alcance, Trevarthen lo denomina el de la intersubjetividad secundaria. Probablemente, dice, se da un fenmeno de reorganizacin en las estructuras nerviosas que gobiernan los motivos y el nio percibe a la madre de manera diferente: ya no es solamente quien cuida, protege, alimenta, consuela, juega ... ; ahora el adulto - la madre- es alguien de quien se quiere aprender algo sobre los objetos que pueblan el entorno. Trevarthen insiste en que no es la madre la que provoca ese salto cualitativo; ella no hace sino acoplarse, alimentar de
mil maneras esa resurgencia de intereses y motivos que ha brotado de no se sabe dnde en la pequea personita que tiene delante (Trevartheh, 1980). Tambin Kenneth Kaye considera crucial el paso por la T meta volante de la intersubjetividad secundaria (que para f'; l es la autnticamente primaria) en cuanto que, a partir de este momento, madre e hijo empiezan a constituir un sistema social. No lo eran hasta ahora en que la madre anticipaba, completaba, enderezaba las acciones de su hijo. Ahora, cuando la coordinacin y los ensayos de ajuste por parte del nio son claramente intencionados, surge el sistema social y la intersubjetividad se despliega en todo su esplendor. Porque, dice: La intersubjetividad implica el ser capaz de asumir (correctamente) que el sentido que un objeto o suceso tiene para una de las partes en presencia es el mismo que tiene para la otra. Sus formas rudimentarias se dan cuando cada una efecta una inferencia correcta sobre el comportamiento de la otra: si la madre interpreta correctamente la intencin del nio o supone que ste recuerda la funcin o significado que tena un objeto en una interaccin previa, entonces se da un compartir significados; si el pequeo categoriza los objetos usndolos a semejanza de los adultos , se da tambin este primitivo compartir significados. Y slo cuando los significados se comparten , pueden compartirse las intenciones. Pero la recproca es tambin cierta: el significado de un signo individual deviene comprensible si aparece en el contexto de un objetivo comn. As, pues, el desarrollo del nivel de intersubjetividad simblica -donde el uso de los signos es recproco- pasa por que se hayan establecido previamente rutinas de interaccin regulares (Kaye, 1982) . La referencia Es de todo punto trivial la conducta del pequeo que, pasados los nueve meses, seala con el dedo un objeto al tiem47
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po que profiere algn sonido y vuelve los ojos hacia su madre o hacia el adulto que le acompaa . La conducta de este ltimo puede que se limite a un comentario que glosa el acto sealizador; otras veces se acercar a coger lo que el nio seala para entregrselo. Esta escena tan trivial es, sin embargo , peculiar de la especie humana. Los psiclogos con experiencia en criar primates han constatado, sorprendidos quiz, que los pequeos chimpancs y gorilas jams apuntan espontneamente hacia algo con el dedo en las mismas situaciones en que el nio acostumbra a hacerlo. Este dato , aunque no resta banalidad (humana) a una conducta tan atpica dentro del reino animal, nos lleva a preguntarnos hasta qu punto comporta consigo una nueva dimensin en la comunicacin humana, dimensin que est ausente en el chimpanc y en el gorila (y, a fortiori , en las especies inferiores). Qu busca el nio cuando seala algo acompaando su gesto de vocalizaciones y miradas al interlocutor? Inferimos que quiere llamar la atencin sobre aquello, objeto o suceso. Puede que sea meramente un llamar la atencin; pero puede que pretenda que le alcancemos el objeto. Elisabeth Bates (1979) denomina a estos dos gestos proto-declarativo y proto-imperativo respectivamente. No siempre es fcil decidir quin es quin entre ambos. El contexto y las reacciones escalonadas del nio ante lo que el adulto hace interpretndole, pueden dar buenas pistas (Bruner, en el texto que figura en esta recopilacin, trae ejemplos) . En cualquier caso , en la conducta que hemos descrito queda claramente plasmado lo que entendemos por referencia. Subrayemos ya desde el comienzo que la referencia es un fenmeno psicolgico ms complejo de lo que a primera vista parece dar a sospechar la desconcertante facilidad con que el nio se hace con ella. En primer lugar, entra en juego una intersubjetividad rudimentaria: el nio que seala algo acompaando su movimiento de un rostro expresivo y miradas al interlocutor , presupone , en alguna manera, que su pantomima es comprensible. Acta como si Jo que tiene en su mente es transferible a la mente del otro. Est rea-
lizando, pues, un acto comunicativo al menos en ciernes. Pero hasta aqu tambin llegan los antropoides: cuando un pequeo gorila quiere alejarse de donde est y que sumadre, perezosamente tumbada, vaya con l, tira de ella o la empuja, orquestando su representacin anticipada del desplazamiento que intenta provocar con expresivas miradas. En segundo lugar , llamar la atencin de un congnere acerca de algo que hay en el entorno sin que este algo tenga que ver con la satisfaccin de las necesidades elementales (esto es, un peligro a evitar, una fuente de alimento , etc.) es una situacin que slo se da en la especie humana. Presupone que , dentro del haz de motivaciones que guan Jos intercambios de las especies animales con su entorno , ha surgido otro nuevo y transcendental que va a derivar poco a poco hacia el pensamiento y el lenguaje. En contraposicin a lo que se ha observado en pequeos primates cautivos y en la naturaleza, la fascinacin del nio por el entorno est totalmente desvinculada de la calidad que ste tiene de ser fuente de aprovisionamiento; slo guarda lejanas reminiscencias de su condicin de ocultar peligros (miedo al extrao). No cabe duda de que ello ocurre porque entre el medio ambiente propiamente dicho y la criatura humana se interpone de manera abrumadora un entorno de naturaleza social: la familia. Pero, detrs de ella, persiste ese entorno material (Jos objetos elaborados que amueblan , adornan , entretienen, etc.) y el hecho de que el nio se vuelca hacia ellos con un inters inusitado. Hay razones que dan pie a pensar que la especie humana se fue configurando gracias a una expansin sbita en su comercio con el medio natural , lo cual tiene su punto de arranque en el recurso a los tiles. Primero fue el aprovechamiento eventual de formas (mdulos lticos) , luego su fabricacin intencionada. A partir - de ese momento , la percepcin del entorno adquiere una nueva dimensin , tan ecolgica para la especie que se apropia de ella como lo eran la percepcin del alimento y del lugar de cobijo para las especies parientes: es la percepcin de formas> >aptas para devenir instrumentos. E l objeto, el til artificial, genera un nuevo haz de motivaciones cuyas mani-
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festaciones primerizas e indiferenciadas son la atencin que presta la criatura humana a los objetos de su entorno y la potencialidad que estos poseen para entretenerla y dar pbulo a su actividad incipiente. Esta es la teora de por qu los objetos son naturalmente atractivos para los nios y no lo son (o lo son en un grado incomparablemente inferior) para los antropoides. Esta nueva lnea de motivacin es la que alimenta la actividad manipulativa del nio (reacciones circulares) gracias a la cual conoce (asimila) las cosas estableciendo distinciones entre los mltiples objetos que entran en su panorama sensorial. Bruner (vase su artculo en esta recopilacin) hace revertir estas ideas hacia la cuestin de la referencia cuando asegura: El problema de la referencia tiene que ver directamente con la manera como el nio se las arregla para hacer una clasificacin dentro del conjunto de cosas de que se sirve en su traficar (sic) con los adultos (p. 229) Enseguida, aade la precisin siguiente: El objetivo de la referencia primeriza es indicar al otro, por algn medio efectivo, cul de los objetos de_un conjunto o qu estado o qu accin es destacable dentro del abanico de actividades que el nio est llevando a cabo en aquel momento. La referencia se alumbra, por tanto, en un marco de actividades compartidas en que los objetos materiales tienen un protagonismo que no se da en ninguna otra especie animal. Con esto no hay que concluir que la referencia -en sus formas rudimentarias o no tan rudimentarias- no se d en otros animales, particularmente en primates superiores y que el acceso a la misma les est vedado por cuanto en ellos no entra a travs de los objetos. Kummer describe la siguiente situacin de que fue testigo en un grupo de babuinos( *) : una joven hembra perseguida y hostigada por un macho fogoso corre a situarse aliado del macho dominante
(*) La misma escena la he observado en el parque zoolgico de Barcelona, durante una visita de prcticas con estudiantes de la U.A.B. e n diciembre de 1985, cuando este texto estaba ya en impresin.
adoptando una posicin oblicua entre ambos, empieza a mover el rostro del uno al otro haciendo muecas como si indicase al viejo que el macho joven la fastidiaba Es un ejemplo impresionante de la capacidad referencial que puede alumbrar un sistema social complejo. Lo que estamos afirmando no es, por tanto, que la capacidad de referirse a sea nica de la especie humana; nuestro postulado es que esta capacidad ha encontrado su cauce para instalarse en la especie humana desde muy pronto y con virtualidades infinitamente ms amplias gracias a la comunicacin preverbal que involucra la presencia y uso de objetos. Bruner dedica una parte considerable del artculo que hemos reproducido en esta recopilacin al tema de la referencia. Su exposicin est repleta de detalles y sera ms que pretencioso usurparle la palabra. Me limitar a sugerir lneas de lectura resaltando algunos puntos. El primero es que la referencia no surge de repente; tiene sus precursores y su curso de desarrollo aunque su punto de origen sea totalmente impreciso. Bruner nos hace ver que las primicias de la referencia aparecen cuando las miradas de la madre y del nio convergen en algn objeto o persona que se encuentra cercano. Collis y Schaffer (1975; ver tambin Collis, 1977) han hecho una descripcin detallada de cmo la madre est al acecho de hacia dnde se orienta la mirada del nio para inferir qu retiene su atencin, qu le interesa. Lo sorprendente es que no slo es el adulto el capaz de sincronizar el barrido de su mirada con la del nio sino que ste tambin , desde los cinco o seis meses, puede hacer converger la suya all donde el adulto la tiene fijada. Posar juntos la mirada sobre algo externo, ms o menos alejado a los que estn en contacto interpersonal, est a un paso de convertir aquello en un centro de inters compartido; es, en cierta manera, acercar aquello (persona u objeto) e incorporarlo a la situacin que viven juntos. Un poco ms tarde va a surgir el gesto de sealar.con el dedo. La madre inaugura el gesto de apuntar cuando se per51
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cata de que el pequeo posee ya la capacidad de fundir en un mismo ademn expresivo su motivacin afectiva por ella y el inters curioso por los objetos. Esto ocurre, como ya hemos comentado, hacia los nueve meses. Por estas fechas los nios an no sealan: justo empieza a abrirse paso en su mente el significado del movimiento de la mano materna que arrastra su mirada. Es muy posible que las madres , que prodigan este gesto en sus ratos de solaz con el pequeo, tengan la sensacin de que se les ha abierto una nueva va de acceso a la mente del nio. En todo caso, el acto de apuntar hacia algo es un movimiento ritualizado ms sobrio que el desplazar los objetos hacia el nio y presentrselos delante . Para Bruner este gesto tiene la virtud de aposentar la atencin del nio en el lugar en que la madre asienta la suya propia (p. 232). El pequeo poco a poco adquirir este gesto. Su mano, al principio , se extiende en un ademn ambiguo con el ndice a medio desplegar; pero sin apuntar a nada. Poco a poco esta forma se ir modelando por una imitacin en la cual no slo se acomoda un movimiento al modelo adulto sino que, sobre todo, se asimila su significado socialmente convenido. Una tercera va de acceso a la referencia es la de los juegos a dos que se montan madre e hijo, haciendo intervenir los objetos. Los formatos de accin conjunta (joint activities en expresin de Bruner) , cuyo ejemplo ms sencillo es el ritual del toma y daca, aparecen ms tarde que el gesto de sealar. Una vez ms la madre es quien ha tomado la iniciativa: aprovechando el inters del pequeo en un objeto, se lo acerca con intencin de que le deje manipularlo a la vez que l. El da que lo logra por primera vez puede decirse que se inaugura un nuevo perodo sumamente fecundo para el desarrollo psicolgico de la criatura humana. No es raro que la madre, al acercar el objeto al nio , efecte un pequeo ritual de presentacin : lo agita o lo hace sonar, se lo muestra por distintas caras, hace ademn de drselo y se lo r..etira repentinamente, etc. A los ojos del investigador, la madre est buscando que el objeto adquiera protagonismo, pero lo hace envolvindolo en su propia accin; es, por 52
tanto, un objeto ligado a una actividad. La madre modela las posibles acciones del nio en estas circunstancias: insina qu se puede hacer con los juguetes de madera o las piezas de plstico infantiles; otras veces hace una demostracin completa: monta una torre, ensambla dos trozos, etc. El nio imita o completa la accin esbozada; tambin la cambia, bien porque es incapaz de reproducir el movimiento adecuado, bien porque, a fuer de experimentador incorregible, busca l mismo producir nuevos efectos. Vemos, en todo caso , aflorar aqu -en el contexto de la referencialos formatos de accin conjunta que nos dieron pie a comentarios a propsito de la intersubjetividad. No estar de ms observar que, casi invariablemente, en todas estas situaciones comunicativas que se tejen en torno a los objetos, la madre no slo acta sino que habla. A ratos, su palabra apuntala la accin del pequeo para que inicie, corrija o reitere manipulaciones muy sencillas; otras veces, hace preguntas expresivas acerca de sus intenciones, celebra sus aciertos, subraya con comentarios los segmentos de la acci n que se suceden entre ensayos y titubeos. Pone as de relieve aspectos de la tarea y lo hace, como observa J. Newson, en el momento justo y ms oportuno, en aquel que puede ser mejor registrado por el nio. Quede de todos modos patente que la comunicacin del nio a estas alturas, por ms que sea deliciosamente expresiva y que se vaya haciendo entender mejor, no est plenamente investida de intersubjetividad ni existe en ella una referen'cia en el pleno sentido de la palabra. Ambas -intersubjetividad y referencia- se desplegarn en toda su plenitud al advenimiento de la comunicacin lingstica. En la fase preverbal aparecen como promesas en flor. En embriologa es bien conocido el fenmeno de que hay rganos que estn ya a punto de funcionar antes de que el contexto ambiental del organismo se lo exija; la psicologa traspone analgicamente este fenmeno a su dominio y considera que ciertas capacidades empiezan a ser funcionales con anterioridad a las situaciones que justifican su razn de ser. Pero no todo acaba aqu. Es un principio del desarrollo, tanto em53
briolgico como psicolgico, que esta funcinalidad anticipada contribuye decisivamente al acabado de la estructura orgnica y su plena madurez funcional. Todo esto es aplicable a los aspectos de l intersubjetividad y de la referencia que hemos venido exponiendo hasta aqu. Bruner, inspirndose en Piaget, insiste en que en la fase preverbal se dan unos anticipos funcionales del lenguaje como son los formatos de accin conjunta, el sealar los juegos en que se alternan los papeles , etc. Sin embargo, reconoce que, hoy por hoy, estamos lejos de comprender cul es el hilo directo que lleva de aquellos prerrequisitos a la performance lingstica: Mi premisa fundamental es que el lenguaje es una extensin enormemente especializada y, a la vez, totalmente convencional de la accin cooperativa. Un modo fructfero de abordar su adquisicin es contemplarla como una transformacin paulatina de otros modos de asegurar la cooperacin en la etapa anterior al lenguaje y esto tanto filogentica como ontogenticamente (1975, p. 2). Estas palabras son un eco del famoso postulado de continuidad funciona l tan bsico en el pensamiento piagetiano. Lo que Bruner nos dice en definitiva es que, antes de que la conversacin lingstica institucionalice la referencia propiamente dicha , los intercambios proto-conversacionales entre el nio y el adulto en la fase preverbal tienen muchos detalles que la anticipan: son los objetos que intercambian, los que se manipulan conjuntamente , los que se sealan , los que se solicitan. Particularmente, los formatos de accin conjunta parecen ser un paso obligado en la va de acceso al lenguaje. Es significativo , aunque no concluyente, que aquellos no se den entre animales ni entre humanos y animales en interaccin; lo ms parecido a los mismos es el juego activo. Bruner ha argumentado, adems, brillantemente en favor de un estrecho parentesco entre el lenguaje y la ac cin (idea que posee resonancias vygotskianas). En todo caso, lo que hay que recalcar es que los progresos en la referencia (y en la intersubjetividad) van a la paf con un distanciamiento o desplazamiento entre el acto de referirse a y el suceso o accin referenciados. Cuando, superadas las 54
etapas iniciales del lenguaje, el nio denomina cosas, recuerda objetos o situaciones distantes en el tiempo y en el espacio en el curso de sus conversaciones, la referencia estar plenamente establecida. Cmo se pasa de las primeras fases a las que toman cuerpo en e l habla es, hoy por hoy, un misterio.
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cada estadio del desarrollo cognitivo es perfectamente aplicable al trnsito de la comunicacin al lenguaje , sobre todo si se acepta -como arriba he insinuado siguiendo a Brunerla continuidad funcional. Lo que se nos escapa del lenguaje es su dimensin psicolgica. Quiz pudo haber nacido una lingstica preocupada desde el primer instante por los procesos que rigen la produccin del habla en el sujeto locutor, adems de interesarse por la morfologa del producto. Al redescubrir la dimensin comunicativa del lenguaje, la lingstica no ha sido capaz de integrarla en sus esquemas estructuralistas. Sin embargo, la sintaxis es un punto de referencia obligado en el estudio de la adquisicin del lenguaje. Surge as una tensin que no s si tiene mucho de esencial (parafraseando a Kuhn); a mi me parece simplemente dramtica y frustrante. En <;ualquier caso, este es el ncleo del problema: en los orgenes del lenguaje son fenmenos psicolgicos los que iluminan su adquisicin; estos fenmenos ha n de dar razn de la capacidad comunicativa del nio y de sus manifestaciones progresivas hasta que sobreviene el lenguaje elaborado. En esta exposicin y en los textos que la prolongan se han esbozado los rasgos de la comunicacin infantil y su evolucin . Hemos seguido al nio hasta las fronteras del lenguaje. Constituye este mosaico de ideas una explicacin adecuada de cmo o por qu surge aqul? Mucho me temo que, si contestamos afirmativamente, estemos incurriendo en uno de los sofismas clsicos , aquel que nuestro libro debachillerato tipificaba de hoc post hoc, ergo propter hoc; o sea, si el lenguaje viene despus de formas de comunicacin preverbales, estas son la causa (eficiente) de aqul. He puesto entre parntesis el adjetivo eficiente porque quiz podemos sustituirlo por otro menos fuerte; pero el hecho mismo de poder jugar con las palabras nos hace ver el terreno movedizo en que nos deslizamos si entramos a discutir el paso de la comunicacin al lenguaje en trminos de causacin. El vocablo prerrequisitos es menos comprometido , pero, a la hora de la verdad , constatar que en la comunica57
cin preverbal hay estructuras alternantes (conversacionales) o que hay gestos que implican referencia e intencin o que apunta una intersubjetividad rudimentaria y que todo esto existe luego a otro nivel de comunicacin mucho ms elaborado, no pasa de ser un sugerente paralelismo. No puedo resistir la tentacin de citar una vez ms a Bruner por cuanto es l quien ms fuertemente ha apostado por la posibilidad de salvar el foso que separa los meros recursos comunicativos del nio en fase preverbal de los del nio que se expresa mediante sentencias bien construidas: La anticipacin de la relacin medio-fin, la sistematizacin de las tareas, la comunicabilidad y la transaccin son, por as decirlo, los cimientos sobre los que descansa la adquisicin del lenguaje del nio. Ninguno de ellos engendra el lenguaje por cuanto ste comporta una serie de reglas fonolgicas, sintcticas, semnticas e ilocucionarias que , en un sentido profundo, son autnomas. Todas ellas brotan de un conjunto de hiptesis lingsticas (por utilizar una frase de John Dore) acerca de los procedimientos para emitir sonidos, de constituir ristras bien configuradas, de referirse a y de satisfacer las condiciones de un discurso bien logrado. Solamente insistira en que estas hiptesis lingsticas o comunicativas que conducen a la adquisicin del lenguaje descansan sobre el dominio previo de aquellos aspectos que he mencionado. El lenguaje no brota as como as de sus races proto-fonolgicas, proto-sintcticas, proto-semnticas o proto-gramaticales. Requiere sensibilidad al sistema de sonidos articulados, a los condicionantes estructurales , a las exigencias referenciales y a los objetivos comunicativos. Pero esta sensibilidad mltiple se desarrolla en vistas a satisfacer ciertas funciones: predecir las contingencias exteriores, realizar transacciones en actividades conjuntas, lograr objetivos en cooperacin con los dems. Estas funciones, en un primer momento, se llevan a cabo mediante procedimientos de comunicacin prelingstica, los cuales -insistir una vez ms- deben alean58
zar un nivel de desarrollo adecuado antes de que cualquier dispositivo de adquisicin del lenguaje (language acquisition device), innato o adquirido, comience a ser operativo o comience a generar las hiptesis lingsticas (Bruner, 1978). Estas rotundas afirmaciones de Bruner constituyen una glosa de lo que anteriormente l mismo haba sugerido y que vale la pena resumir en esta coda final. Lo que se postula es una competencia muy general: que existe un modo de organizacin psquica (unas estructuras psicolgicas bsicas) subyacente a todos los fenmenos que recubre la comunicacin en sus dos vertientes, la que se lleva a cabo por procedimientos no lingsticos y la que se articula sobre el uso de la palabra. Esta hiptesis genrica tiene un escolio: el lenguaje es una forma de comunicacin sumamente evolucionada y que funciona a otro nivel de estructura psquica al servicio de los mismos fines que las formas de comunicacin que le preceden ontogenticamente. Un segundo escolio es que las estructuras psquicas que hacen posible el lenguaje son una derivacin de las estructuras ms generales de ndole cognitiva. Esta hiptesis que ya estableci Piaget con relacin a la capacidad simblica, Bruner la extiende a los fenmenos de atencin y de organizacin de la accin. En concreto, postula que existe un doble isomorfismo: entre los procesos de atencin y la predicacin lingstica, el primero; entre la organizacin de la accin y la estructura bsica de la sentencia, el segundo (1975, pgs. 4 y sigs.). El problema con que se enfrenta el psiclogo evolucionista es demostrar que existe una transformacin que, en la ontogenia (y filogenia) de/lenguaje, lleva de los primeros a los segundos. Si despojamos a esta ltima frase de su retrica e inquirimos acerca de la naturaleza de las estructuras psicolgicas de partida (de la atencin y la accin) y de las estructuras lingsticas de llegada (predicacin, casos gramaticales) para ver cmo puede realizarse la aplicacin (en sentido matemtico) que va de las primeras a las segundas, constataremos lo arduo de la cuestin. 59
Finalmente, en los procesos de extensin del campo psicolgico que se llevan a cabo en la filo genia -uno de los cuales es el paso de la comunicacin gestual al lenguaje articulado- concurren fenmenos moleculares (transformaciones a nivel de sistema nervioso que se estabilizan gracias a mutaciones genticas) y fenmenos molares , como son formas de relacin social que sientan el marco idneo para aquellas ampliaciones de un cierto dominio psicolgico. En definitiva, toda gnesis en el campo de la psique se articula sobre una gnesis biolgica (gentica, nerviosa, anatmica) y en otra gnesis social (nuevos modos de relacin). Es indiscutible que en la aparicin del lenguaje articulado han concurrido procesos a estos tres niveles. La filogenia los ha estabilizado. Puede la ontogenia descubrir su natura.leza y sus mutuas implicaciones? Es factible un modelo que los integre arrojando de paso alguna luz sobre su historia evolutiva (filogenia del lenguaje) ? Este es el reto que afronta hoy da la psicolingstica infantil evolutiva. Estas son las lneas de suprograma de trabajo. Intil es aadir que este esfuerzo colosal no est nicamente urgido por la curiosidad (cientfica) o por la satisfaccin (esttica) de conseguir un paradigma coherente que explique los procesos de adquisicin del lenguaje. Esperamos que un conocimiento a fondo de los mismos (quiz nunca definitivo) nos depare tambin valiosos tiles de trabajo en el campo de las patologas del lenguaje y de la comunicacin infantil. La comunicacin y el habla han creado nuestra peculiar sociedad humana. Comprenderlas mejor, ayudar a nuestros hijos a comunicar y hablar mejor es, en definitiva, mejorar su condicin de humanos. Edinburgh, verano 1985 Adolfo Perinat
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