Narciso, la rana y cmo la opulencia privada degenera en miseria pblica
i creemos en la sinceridad de la gente cuando, al hablar de la felicidad, seala la importancia que tiene la familia, la salud, la pertenencia a una comunidad, el disfrute del medio natural y el sentido de la vida, y analizamos a continuacin las razones por las que se consagra en la sociedad actual una parte importante de la vida al consumo, tendramos que concluir que nos encontramos ante una paradoja, porque lo segundo compromete seriamente la consecucin de lo primero. Se podra expresar de otro modo: parece que tenemos una idea bastante clara de lo que representa la felicidad, pero andamos con cierta confusin respecto a cmo alcanzarla. Por otro lado, resulta cada da ms evidente que el logro de la satisfaccin de las necesidades de toda la poblacin mundial sin menoscabo del planeta del que depende nuestra existencia, exige, sobre todo en las sociedades opulentas, controlar el consumo para que no sea l quien nos devore a nosotros. Paradoja y evidencias que reclaman dedicar algo de atencin a esta cuestin.
Cambios en el significado del consumo
La transformacin que ha experimentado el consumo en las ltimas dcadas ha sido profunda. De ser una prctica con conexiones an visibles con la satisfaccin de necesidades bsicas y el logro de ciertas comodidades, ha pasado a convertirse en una va, tal vez la principal, de expresin individualizada de una identidad social. El consumo se asimila a un acto de auto-representacin y auto-afirmacin mediante el cual los individuos buscan diferenciarse de determinados grupos al tiempo que ansan identificarse con otros. Aunque los deseos de emulacin y diferenciacin en la persecucin de un estatus han estado siempre presentes en el consumo, la presencia generalizada de estas pasiones en la sociedad opulenta de Occidente slo surgi en las ltimas fases de su desarrollo.
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INTRODUCCIN
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Introduccin
La reestructuracin que acometi el capitalismo en respuesta a la crisis de los aos setenta del siglo pasado provoc en el consumo una serie de cambios en este sentido, destinados en su mayora a restaurar la dinmica de la acumulacin. Son muchos los factores que explicaran el punto de inflexin que supuso la crisis de los setenta en la historia del capitalismo contemporneo, pero ms all de los aspectos netamente econmicos relativos a cmo evolucionaban por entonces los niveles de productividad y las tasas de ganancia, aquellos aos, que van desde finales de los sesenta hasta la conquista del poder del Estado por los neoliberales, fueron tambin tiempos en los que los trabajadores empezaron a rechazar la disciplina fabril taylorista, reivindicar jornadas laborales ms cortas, salarios ms altos y derechos ciudadanos, y los consumidores a renegar de los productos de consumo estandarizado. Las necesidades bsicas haban quedado en buena medida cubiertas y el confort se haba generalizado como arquetipo de la vida moderna. Estas circunstancias pusieron de manifiesto la saturacin de los mercados. El ritmo con el que se demandan los bienes de consumo duradero es distinto en el momento de equipar un hogar que cuando son sustituidos a medida que envejecen, por lo que los sectores productivos tpicos de la era fordista (la industria automovilstica, la de los electrodomsticos, etc.) emprendieron la bsqueda desesperada de nuevas frmulas que permitieran superar los problemas que se perciban en el mbito de la produccin, como el escaso dinamismo que manifestaban los consumidores al adquirir nuevos productos y renovar los ya adquiridos. La reaccin del capital al estancamiento de los mercados de bienes de consumo estandarizados provoc una oleada de profundas reestructuraciones mediante la incorporacin de nuevas tecnologas capaces de acortar los ciclos productivos y flexibilizar los equipos y la mano de obra, diversificando con ello la produccin en lneas y gamas de productos ajustados a una demanda diferenciada. Cuanto ms se avanzaba en esta direccin, ms dispuestos parecan los consumidores a pagar por la aparente singularidad de los artculos y, por supuesto, a trabajar, no slo ms tiempo sino tambin de forma ms disciplinada, y a endeudarse para adquirir la capacidad de compra suficiente con la que incorporarse de pleno a la nueva era de los mercados opulentos. La fase del consumo en masa de productos estandarizados que haba caracterizado la larga transicin del modo de vida rural al urbano e industrial, fue sustituida por la nueva era de la opulencia en la que la bsqueda de un estatus elevado se converta en uno de los bienes terrenales ms preciados y la personalizacin de los consumos se presentaba como la fuente de la que emanaba la identidad como sujeto.
El ansia por el estatus
La bsqueda del estatus trajo consigo tambin ansiedad, una preocupacin tan intensa que es capaz de arruinar periodos amplios de la vida de las personas hasta hacerles perder la
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dignidad y el respeto. El ansia por el estatus puede incitarnos a hacer justicia a nuestro talento, fomentar la excelencia y hacer que los miembros de una sociedad converjan en un sistema de valores comn. Ahora bien, a esta aspiracin le ocurre lo que a cualquier otra emocin. Abandonadas a su libre albedro, tienen tantas posibilidades de movilizarnos como de destruirnos. Como lo caracterstico de esas emociones parece ser o bien quedarse corto o bien pasarse de la raya, los filsofos nos han aconsejado que utilicemos nuestras capacidades de raciocinio para orientarlas hacia un fin adecuado, preguntndonos si lo que queremos es realmente lo que necesitamos.1 Sin embargo, como no corran buenos aires para los filsofos, y haca tiempo que los mercaderes haban ocupado el templo, no caba albergar muchas esperanzas. La moderacin que aconsejaban los filsofos a la hora de sustituir la identidad comn de ciudadanos por la individual de consumidores brill por su ausencia en el camino que nos condujo del disfrute de unos bienes pblicos, sociales y privados uniformes a unas mercancas ms acordes con las preferencias individuales.
El consumo personalizado como elemento de identidad
El consumidor desatado comenz a eclipsar al ciudadano. Aun as, y a pesar de la ansiedad generada, se pensaba que la cosa merecera la pena. Por primera vez se ofreca la oportunidad de fraguar una identidad menos restrictiva y de vnculos ms lbiles que las que emanaban de las comunidades tradicionales (la familia, la nacin, la clase social, la ideologa o la religin). La personalizacin que otorgaba el consumo frente al ciudadano uniformado por el canon de la sociedad de consumo de masas fue saludada como un signo de liberacin individual, haciendo aceptables las altas dosis de individualismo y privatizacin que su implantacin requera. Como en el mito de Narciso, el hedonismo triunfante en la salida de la crisis frente a los viejos, y ahora aburridos valores de la solidaridad de lo social y de lo colectivo se vuelve hacia el objeto y ste le devuelve la imagen omnipresente y omnipotente de lo personal y de la personalizacin.2 Pero el narcisismo en el consumo tiene sus riesgos.
El da en que Narciso se encuentra en el estanque con la rana de Monterroso
Un atardecer en el que Narciso se hallaba contemplando su bello rostro reflejado en el estanque, se le acerc una rana que le cont una historia popular entre los anfibios:
1 Alain de Botton, Ansiedad por el estatus, Taurus, Madrid, 2004, p. 131. 2 L. E. Alonso, Las transformaciones del modo de consumo: La vida material entre el fordismo y el postfordismo, en J. A. Gimeno (coord.), El consumo en Espaa: un panorama general, Fundacin Argentaria/ Visor, Madrid, 2000, p. 52.
Introduccin
Introduccin
Haba una vez una rana que quera ser una rana autntica, y todos los das se esforzaba en ello. Al principio se compr un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces pareca encontrarla y otras no, segn el humor de ese da o de la hora, hasta que se cans de esto y guard el espejo en un bal. Por fin pens que la nica forma de conocer su propio valor estaba en la opinin de la gente, y comenz a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los dems la aprobaban y reconocan que era una rana autntica. Un da observ que lo que ms admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedic a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y senta que todos la aplaudan. Y as segua haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una rana autntica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las coman, y ella todava alcanzaba a or con amargura cuando decan que qu buena rana, que pareca pollo.3
Conocemos el trgico final. El joven Narciso, enamorado de su propia imagen, muere ahogado en el estanque de los mercados opulentos tratando de fraguar ante los dems la identidad que desea de s mismo. Aunque no comprendiera la moraleja, no se puede decir que nadie le advirtiera. El consumidor medio se debate en la actualidad entre dos aguas. De un lado, la economa del crdito le ahoga con el endeudamiento; de otro, el consumo low cost, aunque pone a su disposicin gran variedad de productos baratos de escasa calidad elaborados en condiciones laborales y ambientales lamentables, le devuelve como un boomerang el riesgo de nuevas rebajas salariales y el deterioro continuado de sus condiciones laborales, cuando no sobresaltos debidos a noticias tremendas procedentes de otras partes del planeta como la reciente tragedia de la fbrica textil de Bangladesh donde a otras personas les toca pagar el precio que l, como consumidor final, no est obligado a abonar.
Opulencia privada, miseria pblica
Al consumidor de nuestros das la bsqueda de la identidad a travs del consumo no slo le ha salido rana, empantanado como est entre deudas y low cost, sino que al replegarse sobre ella olvidando su condicin de ciudadano est contribuyendo tambin a desmoronar la base que legitima el Estado de bienestar.
3 Texto completo de la fbula La rana que quera ser una rana autntica del libro de Augusto Monterroso, La oveja negra y dems fbulas, 1969.
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No es algo nuevo. De ello dio cuenta Galbraith en 1958 cuando public la Sociedad opulenta.4 El argumento central del libro era que en los pases ricos, especialmente en EEUU, la abundancia en la provisin de bienes y servicios de produccin privada para el uso y el consumo traa como consecuencia penuria en la provisin pblica de bienes de naturaleza colectiva. En el tiempo transcurrido desde entonces, esta brecha entre servicios pblicos necesarios y consumo particular opulento se ha hecho mucho mayor. La mercantilizacin progresiva de la vida social ha roto cualquier posible equilibrio entre los canales privado y pblico de abastecimiento. Por varias razones. La principal ha sido ya mencionada: la identidad asociada a la nocin de ciudadana se resiente con el auge del consumidor individualista. Pero hay una segunda no menos importante. Los bienes generados por la esfera pblica son en su mayora bienes pblicos y bienes sociales preferentes. Por la naturaleza de los primeros no cabe esperar que se suministren de manera personalizada. En el caso de los bienes de consumo preferentes (sanidad y educacin pblica) lo habitual ha sido disearlos con una pretensin de uniformidad al entenderse que por esa va se garantiza la universalidad de los mismos en condiciones de igualdad. En todo caso, la estandarizacin de los bienes y servicios procedentes de la esfera pblica resulta un rasgo que la hace poco atractiva en comparacin con las tendencias a la individualizacin y personalizacin que se encuentran presentes en la dinmica del consumo privado.5 Al final, por mucho que se insista, el consumo no es algo privado que slo nos incumbe como individuos. Definir su papel en la sociedad, preservando la comunidad y la salud del planeta, interpela una faceta que tenemos algo descuidada: la de construir una ciudadana a la altura de los tiempos. Santiago lvarez Cantalapiedra
4 J. K. Galbraith, La sociedad opulenta, Ariel, Barcelona, 1960. 5 Lo enfatiza Wolfgang Streeck, que seala adems que las estrategias que adoptaron los gobiernos para adecuar la provisin de esos bienes a las nuevas exigencias han basculado entre la privatizacin de las funciones estatales y la gestin privada en la provisin de los servicios pblicos, y que ambas slo pueden servir a su propsito en una variedad limitada de actividades pblicas, mientras que en otras su aplicacin sera contraproducente, no slo porque hay bienes sociales que son indivisibles, sino porque adems deben ser sometidos en su definicin y suministro a la deliberacin poltica de quienes se benefician de ellos, es decir, la colectividad. W. Streeck, Los ciudadanos como clientes, New Left Review, n 76, septiembre/ octubre, 2012, pp. 23-41.
Introduccin