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Cleopatra: Historia de La Última Faraona de Egipto.

Este capítulo presenta la situación política en Alejandría después de que Ptolomeo Auletes huyera a Roma. Su hija mayor Berenice asumió el trono, pero su posición se debilitó al casarse con un hombre no real. Esto permitió que Cleopatra, la hija menor de Ptolomeo, se convirtiera en su rival. Mientras tanto, Ptolomeo gastó su fortuna en Roma para obtener apoyo militar para recuperar el trono. Finalmente, el procónsul Aulo Gabino accedió a invadir Egipto a camb

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Cleopatra: Historia de La Última Faraona de Egipto.

Este capítulo presenta la situación política en Alejandría después de que Ptolomeo Auletes huyera a Roma. Su hija mayor Berenice asumió el trono, pero su posición se debilitó al casarse con un hombre no real. Esto permitió que Cleopatra, la hija menor de Ptolomeo, se convirtiera en su rival. Mientras tanto, Ptolomeo gastó su fortuna en Roma para obtener apoyo militar para recuperar el trono. Finalmente, el procónsul Aulo Gabino accedió a invadir Egipto a camb

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PRIMER CAPITULO

ALEJANDRIA

Un magnifico conglomerado de mármol se yergue en la punta del mar de


Alejandría, las olas rompen bajo su poderosa estructura, del otro lado descansa la
capital del mundo heleno. Durante el día la estructura parecía tocar el cielo, y el
gran espejo que coronaba la torre brillaba cual sí fuese una estrella que hubiese
quedado perdida. Durante la noche, esta pequeña estrella, se convertía en una
ardiente hoguera que alumbraba y atraía a los navegantes a aparcar sus naves
para entrar en la ciudad, este era, el faro de Alejandría.

Alejandría fue creada por el gran conquistador Alejandro Magno, el cual


quiso fundar en esta ciudad la capital del mundo griego; sus calles estaban
perfectamente delineadas, la ciudad se encontraba sembrada de templos de
dioses griegos y egipcios, donde se les rendía culto para que los dioses
conservaran esta belleza que la caracterizaba. En el centro de ella estaba el
palacio donde habitaba el faraón que reinaba la ciudad. El edificio contaba con un
gran numero de habitaciones, comedores, salas y demás estancias adornadas de
oro, seda y diamantes, únicos en su especie, pues eran manipulados en un taller
que se encontraba junto al palacio. En este taller cientos de artesanos
confeccionaban desde la vestimenta de los faraones, hasta los adornos de
preciosas piedras, maderas y metales con los que estaban decorados tanto el
palacio, como los templos, y las tumbas de los faraones. Esta civilización se
mantuvo algo lejos de la historia del mundo antiguo, pero Alejandro al conocerla
se dió cuenta de su maravilla y deseo quedarse a vivir eternamente en ella. Aquí
descansan sus restos.

Del palacio sale corriendo una pequeña niña hacia el mar, ve venir un gran
barco y sabe que dentro de el vendrán libros y pinturas de Roma, de aquel imperio
que gobernaba el mundo entero, allá vivían los grandes filósofos, los poetas, los

1
guerreros... todos. Fascinada esperaba cuanto viniese de esta tierra, pues su
mayor diversión y entretenimiento era conocer lo que pasaba del otro lado del mar,
que algún día ella cruzaría... El Sol empieza a caer por el horizonte mientras ve
como van descargando el barco, el faro enciende su gran llama cual sí fuese el sol
de la noche egipcia, y los ojos de la niña brillan al igual que el, esperando conocer
la tierra de la que tanto leía.

Esta niña es Cleopatra, hija del faraón Ptolomeo Auletes, quien gobernaba
Egipto en el siglo I a.C. Este hombre quien debiera dedicar su tiempo al gobierno,
al culto a los dioses, o a la lectura, pasaba la vida entregado a la bebida y en
grandes fiestas gastaba el dinero que recababa a través de altos impuestos; la
otra parte del dinero la mandaba a Roma como tributo. Era conocido como “el rey
flautista”, pues en las fiestas ya cuando estaba encendido por el alcohol, tocaba la
flauta; siendo este detalle el que lo caracterizaba. En una de esas fiestas cuando
empezaba a amanecer, uno de sus sirvientes interrumpe su concierto y le avisa
que el pueblo se esta organizando con el ejercito a fin de derrocarlo. El faraón al
oír la noticia sin pensarlo dos veces huye a Roma.

El pueblo organiza la rebelión y toma el palacio en busca del faraón, al


darse cuenta de su huida deciden subir al poder a la hija mayor de este, pues el
trono sólo podía ser ocupado por alguien que viniese de la familia real. Así es
como Berenice, hija de Tolomeo Auletes y hermana de Cleopatra, llega al poder.

Esa mañana Cleopatra despierta por el ruido que hay en el palacio, la niña
de doce años va en busca de su padre y encuentra a su hermana lanzando
maldiciones contra su progenitor, y diciendo que ella se encargaría de asesinar al
cobarde rey que ha huido. Cleopatra regresa a su cuarto espantada y cierra la
puerta tras de sí, se da cuenta de que el caos había tomado el palacio. Ella se
convertía ahora en la única rival de su hermana, pues sus demás hermanos eran
demasiado pequeños, y ella sólo tenia seis años menos que ella. No sabia donde
se encontraba su padre, ni cuando regresaría... no existía nadie quien cuidara de

2
ella; se siente desprotegida, y el miedo trae a su mente todas las historias que ha
oído acerca de su familia, pues su dinastía esta compuesta por asesinatos, se han
dado muerte entre familia: las madres han matado a sus hijos con tal de conseguir
el poder, los faraones a sus esposas a fin de tener nuevas amantes, igualmente
los hermanos se han envenado con tal de ser los herederos. No existía nadie
quien cuidara de ella en ese momento. Su hermana podía envenenarla o
asesinarla al instante. No podía hacer nada en contra de ella, mas que cuidarse
como pudiese y esperar el regreso de su padre.

Mientras tanto en Roma, Tolomeo Auletes encolerizado por lo sucedido


decide gastarse la fortuna del reino con tal de regresar al poder; al oír que su hija
ha tomado el trono crece su furia y decide utilizar todo lo que tiene al alcance de
su mano (que era el tesoro egipcio), con tal de conseguir su objetivo. Lo primero
que se le ocurre es ir al Senado, pues era de este lugar de donde salían las
decisiones del Estado. Piensa que con los tributos que ha pagado a Roma, estos
no tendrían inconveniente en ayudarlo.

Al llegar al Senado a exponer su caso; los senadores le informan que su


asunto requiere someterse a discusión y votación, que tendría que esperar un
tiempo en lo que se llegaba a un acuerdo. Pasaron los días y el faraón entregado
a su vicio esperaba que le llegase la resolución, pero pasaron los meses y no
obtenía nada, pues le decían eran muchos los asuntos del Estado.

Los hombres no lo habían ayudado; entonces resuelve ir a Efeso 1 a clamar


a los dioses intercedieran por él para regresarle su trono. Ya en esta ciudad, se
dirige al templo de Júpiter (el más grande de los dioses romanos) y con lágrimas
en los ojos al pie del Dios, le ruega hiciera algo para que el Senado o cualquier
otro hombre le diese un ejercito con el cual pudiera destronar a su hija. Mientras
se retiraba del lugar, el cielo empezó a llenarse de nubes, y se desató la tormenta,
1
Efeso: capital de los dioses romanos

3
los truenos caían por todo el lugar. El faraón creyó haber causado la furia del
Dios, y huyó a velocidad cual sí fuese perseguido; uno de estos rayos cayó sobre
la estatua de Júpiter y esta quedó destrozada; el faraón espantado regresa a
Roma.

En Roma el suceso no paso desapercibido. Los senadores determinaron


consultar los libros sibilinos2, esperando encontrar la respuesta indicada para
aplacar la ira de los dioses que acababa de manifestarse. Tolomeo, esperaba
angustiado la decisión, pues temía vieran que él fue el causante de la ira de
Júpiter. Al consultarse los libros se encontró la leyenda indicada al caso: “Si un
dictador egipcio viniese a pedir auxilio, ayudadle, pero no empleéis la violencia”. Al
oír esto, el faraón quedo contento, pero no acababa de comprender como podía
recibir ayuda sin un ejercito. Entonces le dijeron, otra vez, esperase a que el
Senado tomara alguna resolución.

Tolomeo estaba desesperado, llevaba mucho tiempo en Roma sin obtener


alguna respuesta satisfactoria, entonces decide ofrecer su fortuna a quien fuese
con tal de que lo restituyeran al poder. Rápidamente la ambición atrajo al
procónsul romano en Siria: Aulo Gabino; quien decidió ayudarlo por una gran
suma; para justificar la invasión argumentó ante el Senado que debía invadir
Egipto, pues Berenice había mandado construir naves que se rumoraba
planeaban un ataque contra el Imperio.

Durante este tiempo el miedo de Cleopatra crecía día a día, pues su


hermana empezaba a adquirir gran poder; sumado a esto, se había hecho
informar de las acciones de su padre, y veía cada vez más lejana su llegada...
parecía ser él único que podría detener a su hermana. Su situación empeoró aun
más cuando su hermana se casó, pues contrajo matrimonio con un hombre que no
pertenecía a la familia real; la unión causó gran desaprobación del pueblo, pues

2
Las sibilas eran mujeres proféticas que vivían junto a los ríos. Sus oráculos fueron reunidos en los “libros
sibilinos”

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este hombre no era ni faraón, ni egipcio, entonces el matrimonio significaba una
ofensa tanto para los dioses como para los hombres. Los ofendidos quisieron subir
a Cleopatra al poder, con esto ella se convertía formalmente en la rival de su
hermana.

Cleopatra siente la muerte cerca; se la pasa escondida en el palacio sin ser


vista por nadie. A cada paso sentía una daga aparecer cerca de sí, y no probaba
bocado de lo que se le ofrecía. Tenia que matar a su hermana antes de que ella lo
hiciera, pero no tenia ningún poder, ni armas, ni ejercito; entonces pide a su más
fiel eunuco, Apolodoro, le de un eficaz veneno para deshacerse de su hermana.
Cleopatra toma entre sus pequeñas manos el frasco y alzándolo ve en la
sustancia la salida a todos sus problemas. Su hermana se retorcería el día de
mañana al probar el primer alimento.

El pueblo de Alejandría ve en la distancia un poderoso ejercito que


se enfila hacia la ciudad. La gente corre hacia sus casas y empiezan a caer las
torres y el ejercito egipcio a sucumbir ante la fortaleza de los romanos, las
espadas y las lanzas empiezan a cimbrar su terrorífico poder por la tierra
alejandrina. Cleopatra siente alivio pues era eminente el derrocamiento de su
hermana, y rie en la soledad al ver el final de su miedo.

Después de la nube de destrucción que dejaba el ejercito a su paso,


venia Aulo Gabino junto con el “Rey Flautista”. El pueblo miró con odio a aquel
cobarde que huyó a Roma y regresaba con un ejercito que ellos pagarían con sus
impuestos para reinstalar a este cobarde en el poder. Aun Cleopatra siente
desprecio al ver a su padre aunque le estaba salvando la vida; pues entiende la
deshonra que era para un faraón huir primero de su tierra, y regresar después a
destruir su ciudad con un ejercito extranjero.

Los conspiradores son buscados, el ejercito va de casa en casa


asesinándolos a todos; por su lado el faraón se interna en el palacio y sale al poco

5
tiempo arrastrando de los cabellos a Berenice, la jovencita pide clemencia y este
como respuesta desenfunda su espada y de un tajo hace rodar por el suelo la
cabeza de su propia hija como lección para los conspiradores. Acto seguido entra
al palacio a tomar el trono secundado del ejercito romano.

Cleopatra guarda el asco que siente por su padre pues al asesinar a


su hermana exterminó de raiz la causa de sus temores, así mismo queda
asombrada por los cascos, las lanzas y la fuerza de aquellos grandiosos seres
narrados en tantos libros y de los que tanto se hablaba, aquellos que eran la
fuerza del más grande imperio del mundo: El ejercito romano. Igualmente queda
deslumbrada ante la presencia de un joven y corpulento hombre que venia al lado
de su padre: Marco Antonio.

El rey Flautista murió tres años después; pero no sin antes redactar su
testamento donde declaraba que su hija Cleopatra VII debía tomar el poder y ser
casada con su hermano Ptolomeo X (que sólo tenia trece años).

A los diecisiete años Cleopatra VII gobernaba ella sola todo Egipto.

6
SEGUNDO CAPITULO
“NACE EL SUEÑO”

Roma estaba enfrascada en una contienda entre César y Pompeyo


quienes pugnaban por el poder. Pasado el tiempo, Cleopatra volvió a ver
incursionar un navío romano en su tierra; ésta vez en son de paz y siendo ella la
encargada de recibir a quienes se acercaban hoy a su tierra. La tropa venia
capitaneada por el hijo de Pompeyo; Cleopatra los recibió afectuosamente pues
su admiración nunca se detuvo desde que los vio entrar hace tiempo en su ciudad.
El joven le informa que necesitaba al ejercito que dejó “Aulo Gabino” en
Egipto, pues su padre se acercaba a la batalla final, de obtener la victoria, su
padre seria el único emperador romano. Cleopatra se da cuenta en este momento
de que tiene la oportunidad de conquistar la gracia de aquel famoso emperador;
mientras alista las tropas se entera de que el regimiento de Pompeyo era el
favorito; entonces no sólo le manda su ejercito bien alineado, sino que a este
suma cincuenta barcos tripulados por egipcios como regalo. Al partir siente ha
iniciado ella sus relaciones con Roma, pronto vendría el agradecimiento y
reconocimiento de ellos.
Ptolomeo X, quien era esposo de Cleopatra, fue creciendo y poco a poco
deseaba tomar partido dentro del poder, pues su hermana disponía de todo sin
consultarle; además, empezaba a ser seducido por la belleza de la pequeña
monarca quien se negaba a compartir el lecho con él. La forma en la que se
mostró con el hijo de Pompeyo despertó no sólo sus celos, sino que fue la excusa
perfecta para que sus maestros lo llevaran en contra de su hermana, a fin obtener
ellos el poder a través de la imagen del joven príncipe.
El pueblo egipcio vio con desagrado la forma de proceder de la reina con el
hijo de Pompeyo, pues estaba aun presente la memoria de su padre y ella actuaba
igual que él. Primero al recibir con agrado a los romanos que destruyeron su
ciudad y después por el presente que les hizo. Así el jovencito de 18 años

7
Ptolomeo X influenciado por su eunuco Potino, un filosofo Teodoto y el general del
ejercito Aquilas, pone al pueblo en contra de la reina. Al enterarse Cleopatra de la
rebelión se percata de su debilidad; ahora no sólo su hermano pensaba en
derrocarla, sino que ahora hasta el pueblo deseaba su destitución.
La joven de veintiún años se ve en la misma posición que su padre años
antes. Piensa en acudir directamente a Roma, pero la imagen de su padre
destruyendo la ciudad con un ejercito extranjero y el asco que sintió en ese
momento ante su figura la hacen recapacitar y buscar ella otro camino, llama a sus
más fieles servidores y logra salir de la ciudad en la noche sin ser vista. Cleopatra
toma un camello y se interna en el desierto con la intención de buscar ayuda para
regresar en contra de su hermano. En medio del desierto siente en si la soledad y
debe de asumir un papel dentro de ella. No puede doblegarse, ni confiar
ciegamente en sus soldados, tiene que crear un plan y tomar por ella misma el
poder de la tierra que gobernaba. Durante su infancia aprendió varias idiomas, que
ahora le servirían para granjearse la amistad y el apoyo de algún ejercito,
igualmente como todos los de su linaje, debía de echar mano del gran tesoro
egipcio para que fuese apoyada. Se encuentra algo lejos de su tierra pero la llama
del faro se presenta ante ella como el emblema del coraje que debía de tener de
aquí en adelante. ¡Nadie podría apagarla!
Al poco tiempo contacta con algunos pueblos árabes cercanos. Deja en
este momento la túnica de seda y se convierte en una guerrera, empieza a formar
y dirigir su ejercito; los lujos del palacio quedan atrás, y cambia sus rutinas por las
de una amazona. Grita en medio de los hombres animándolos a la guerra, prepara
una táctica para entrar en la ciudad, toma la espada y les enseña a los árabes las
formas de ataque de su pueblo para que pudieran dominarlos fácilmente. De
ahora en adelante el pueblo egipcio sabría que nadie puede ponerse en contra de
ella.
Mientras esta pequeña contienda se preparaba a las afueras de Egipto, en
Farsalia caía el general Pompeyo, al cual le habían rendido cuentas tanto
Ptolomeo Auletes como sus antecesores durante mucho tiempo. La noticia poco a

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poco se fue expandiendo por el Mediterráneo, hasta llegar a los oídos de los dos
hermanos.

Los dos frentes se encontraban apunto de iniciar la lucha: Ptolomeo tenia al


general Aquilas y al ejercito egipcio; por su parte, Cleopatra, había tomado ya el
camino de regreso para empezar la guerra, tenia una táctica bien estudiada y su
ejercito estaba animado por la ambición de grandes riquezas. La guerra
comenzaría en cualquier momento. Parecía los hermanos se vieran a los ojos aun
cuando estaban lejos uno de otro y esperaban el momento en el que alguno de
ellos empezara el ataque. Ella tenia detrás un ejercito creado por sí misma, tras el
pequeño Ptolomeo X estaban aquellos tres codiciosos ávidos de tomar Egipto a
través del pequeño. A unas horas de empezar las espadas y los escudos a
enfrentarse, llega un mensaje de César a la ciudad: “César reclama la presencia
de ambos hermanos en el palacio, a fin de poner orden en Alejandría”. Los dos
quedaron fríos ante la noticia.
Esa noche Cleopatra quedó consternada ante el llamado. Ella oyó a su
padre hablar mucho de Pompeyo, pero de César no sabia nada; entonces manda
a llamar a algunos soldados a su tienda a fin de que ellos le digan quien era este
hombre:
Todos le hablan maravillas de él pues acababa de derrotar al gran general
Pompeyo cuyo ejercito era del doble que el de César. Así mismo le relatan que en
Alesia3 ganó dos guerras al mismo tiempo con muy pocos hombres; mientras
sitiaba una ciudad, por el otro lado contenía otro ataque... Uno más le cuenta una
leyenda de su niñez; la cual decía que a sus siete años cabalgaba briosos
caballos con las manos atadas a la espalda sin caer; y que el día de hoy mientras
paseaba a caballo iba dictando cartas y elocuentes discursos dando quehacer a
dos escribientes a un mismo tiempo... también la hablan sobre su humildad: no
quería nada para sí mismo, pues él estaba sólo al servicio del Imperio Romano.

3
Alesia: antigua ciudad de la Galia, hoy Francia.

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Mientras Cleopatra escuchaba los relatos de las batallas que ganó este
hombre y del poder que tenía; desapareció por completo de su mente la guerra
que estaba planeando, y su atención se concentró en César.

Este hombre contenía en su persona todo lo que ella había leído y soñado,
era un valeroso caballero, culto y dueño del Imperio Romano. Al momento olvidó
por completo los planes que tenia contra Ptolomeo y quedó fascinada por los
relatos de aquel honorable guerrero. ¿Cómo podía llegar a él? Tenia que
conocerlo inmediatamente, y no podía despedir al ejercito que formó, además la
ciudad se encontraba en su contra y frente a ella tenía una batalla por librarse al
otro día. César nos llama –pensó la reina- ¿Vendrá a apoderarse de Egipto? Pero
no viene en plan bélico... de lo contrario no nos hubiera mandado llamar... Tengo
que conquistar a César.

Esa misma noche Cleopatra llamó a su más fiel sirviente: Apolodoro.

—Tienes que llevarme esta misma noche al palacio —ordenó con severidad
a su eunuco.
—¿Cómo mi señora?... la ciudad está sitiada por su hermano y los
romanos... además está aquí todo su ejercito.
—Tengo que conocer primero a César... debe de haber alguna forma de
entrar ¿hay alguien atrás del palacio?
—No que yo sepa
—Toma esta alfombra y ¡ vámonos !

La reina y su súbdito salieron de la tienda sin ser vistos hacia el río; ahí
tomaron una pequeña barquilla... La reina iba acostada en el piso de la barca
observando las estrellas y reflexionaba lo que los árabes le habían dicho del
emperador. Por una parte tenia miedo de su recibimiento pero confiaba en que
con su belleza lo podía atraer, no tenia otro remedio ¡César debía de ser su
hombre!

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Llegaron al palacio en poco tiempo. La princesa indicó a Apolodoro que ella
se escondería en la alfombra; y él tendría que llevarla en sus hombros hasta la
habitación de César sin que nadie sospechara.
Cleopatra ahora se encontraba oculta en la alfombra sin poder ver
absolutamente nada. Oía en la oscuridad los pasos del esclavo y el ruido de las
personas que se encontraban despiertas en la ciudad. En un momento Apolodoro
se detuvo ante varios soldados romanos que resguardaban la entrada:

—¿A dónde vas? —preguntaron desconfiados.

Apolodoro subió los hombros moviendo el bulto que llevaba en la


espalda. Cleopatra hacia lo posible por no mover un sólo músculo.

—Traigo este presente al César.

El esclavo entró en el palacio preguntando por los aposentos donde se


encontraba el emperador. Cleopatra sentía una mezcla de atracción y miedo ante
lo que a sus ojos iba a aparecer; no sabia como iba a reaccionar. Llegó ante Julio
César, el cual deambulaba por la habitación.
Sin decir nada... puso la alfombra en el piso... la desató, y de ella se irguió
como una serpiente hermosa rebozando sensualidad y juventud la faraona
egipcia. César, sorprendido ante lo que sucedía ante sus ojos, vio por primera vez
la belleza de la que le habló con anterioridad su general Marco Antonio. Quedó
impresionado por el acto en sí, pues sabia que de haberla encontrado su
hermano, Aquilas, o el eunuco la habrían asesinado
Ella separó aquellos enigmáticos labios a los que tanta belleza se ha
atribuido, y se presentó. César estaba mudo ante la perfección de la pequeña gran
reina que tenia frente a sí; alargó el brazo y acarició un poco sus cabellos que
habían quedado desalineados por el camino.

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—Estaba a punto de entrar a la ciudad con mi ejercito antes de que tu
llegaras. Nunca pensé en ir contra Roma, esa es la razón de que me presente
ante ti esta noche.

César quedó asombrado al oír lo que había hecho la jovencita, igualmente


al ver la resolución con la que se presentaba y pasaba por alto los elogios a los
que él estaba acostumbrado.

—Debes estar cansada, toma asiento.


—Ahora tú me ordenas sentarme en mi alcoba. —Respondió algo molesta.

César sonrió ante la determinación de la pequeña, hace mucho tiempo que


nadie le cuestionaba ni sus acciones, ni sus palabras.

—Tuve que dejar a mi ejercito para poder venir, nadie sabe aun donde me
encuentro, y estoy aquí, respondiendo a tu llamado.
—Nunca pensé que fueras tan bella; Marco Antonio me había hablado de ti,
pero él te describía como una niña.
—Soy la faraona de Egipto.
Con la sonrisa en los labios Cesar contestó a la pequeña
—Claro Cleopatra, yo he venido ha restituirte lo que es tuyo, pues el
testamento de tu padre, es muy claro.
—Y que hay de mi hermano.
—Me he enterado bien de la situación, y tu hermano no es el peligro, sino
algunos de sus allegados.

Cleopatra descansó al oír los deseos de César, ella estaría otra vez en el
poder, se sintió protegida por aquel valeroso guerrero fuerte, alto y robusto. El que
fuera mucho más grande que ella le daba confianza.

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César se acercó poco a poco hacia ella hasta tenerla entre los brazos, al
tenerla cerca, cierra los ojos y la siente como la encarnación de Afrodita, diosa del
amor; sus senos se aprietan contra el manto que lleva en su pecho y ella levanta
la vista hacia él, sus ojos delatan sumisión. Toda la fuerza que ella quería estaba
contenida en la figura de este ilustre guerrero; los más extensos sueños que
pudiese su mente imaginar estaban ahora ante sí. El era el señor del mundo.
Aunque no era tan bello como ella lo imaginaba; y la edad parecía la de su difunto
padre, se dejó abrazar por aquella única institución que englobaba su figura.
Cuando la boca de César tocó los labios de Cleopatra esta no supo que
hacer, sentía no podía ir en contra de los deseos de aquel gran hombre,
igualmente sintió desaparecer de manera definitiva sus temores, de ser suya
nunca más vendría ese temor a la muerte con el que desde pequeña había
crecido. Nadie podría ponerse ahora en su contra.
La lascivia de Cesar se encendió y prontamente ya la tenia en la cama.
Poco a poco fue desnudando a la pequeña hasta hacerla suya por completo. Ella
no podía hacer nada y sentía ahora tenia sobre sí la más grande representación
de lo que ella sabía acerca de Roma. Los dos seres más ambiciosos de la tierra
se unían, en su sexo sintió el destino entrar con inconmensurable potencia todas
las campañas de este gran soldado, su arrojo, su pasión, su fuerza; eran ahora
armonizados por la pequeña.
Por la mañana Potino acude tranquilo a entrevistarse con César, al entrar a
la habitación queda anonadado al ver a Cleopatra junto a César; este la
imaginaba todavía lejos. Cleopatra, orgullosa de su actos, lo mira con una gran
sonrisa sin decirle absolutamente nada, haciéndole entender con la mirada lo que
había pasado la noche anterior. Aquel quedó consternado. Rápidamente el
romano le ordena traiga a Ptolomeo para concluir de una vez por todas el
conflicto entre los hermanos.
Ptolomeo X ve a la que deseaba como esposa tendida en la cama
con César, en ese momento el rostro del pequeño de catorce años queda
congelado. Había sido derrotado por el sexo de su hermana y contra ello no tenia

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ninguna defensa. El pequeño prorrumpió en llanto; grita ante la imagen, arranca la
corona de su cabeza y la estrella contra el suelo.
El rumor del encuentro entre César y Cleopatra se extendió rápidamente
por la ciudad; desde su lecho pueden oír los gritos de indignación de los
ciudadanos agitados. El emperador se levanta de su cama, se hace armar, y al
aparecer en la ventana las voces se apagan ante tan imponente figura.

—El día de mañana todo ciudadano egipcio debe de ir al foro donde será
leído el testamento del fallecido faraón Ptolomeo Auletes. –Ordena al pueblo

Cleopatra al oír el dominio de su voz y el control instantáneo que tiene


sobre las personas, se siente protegida y feliz; acababa de deleitarse por primera
vez con las delicias del amor y con el hombre más ilustre de su tiempo, y por si
fuera poco, lo tenia como su protector. Tranquila vuelve a la cama y retorna a los
brazos de su hombre. Pronto seria proclamada la única reina de Egipto ante el
pueblo. Ahora nadie podría ir en su contra pues la orden viene del único
emperador de Roma. ¡Lo había conseguido!

La reacción de Potino, el eunuco, y Aquilas, el jefe de la armada


alejandrina, no se hizo esperar. Al poco tiempo llega César al comedor, y se
encuentra frente a sí con un plato de madera, en el cual había pequeños trozos
de comida en estado de descomposición; al mismo tiempo recibe del ejercito la
queja de que los alimentos que les daban se encontraban en un deplorable
estado. Frente al plato César se da cuenta de que en poco tiempo vendría una
rebelión. Su ejercito no estaba preparado para luchar contra el ejercito egipcio
pues este era cinco veces mayor que el suyo, sin decir nada se retira y en secreto
manda a un emisario a pedir ayuda.
Potino ve la posibilidad de matar dos aves de un mismo tiro, pues si
derrotaba al emperador podía deshacerse de una vez por todas del yugo romano,
así como destronar y asesinar a Cleopatra, de esta manera hace planes para
envenenar al emperador, y encarga a Aquilas el exterminio del ejercito Romano.

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César siguió con su vida normal, como si no se hubiese dado cuenta de la guerra
que sabia prontamente iba a estallar; así llega con un barbero a fin de alinear sus
cabellos y este le confía en secreto que había visto a Potino pidiendo un raro elixir
con el fin de envenenarlo. César discreto sin hacer alarde de lo escuchado, manda
a traer a Potino y le da muerte clavándole una espada en el pecho.
Al poco tiempo ya estaba sitiado el palacio. El peligro enciende en ese
momento el animo de César y Cleopatra ve por primera vez en acción al guerrero
del que tanto oyó hablar. Logra salir por la parte trasera del Palacio donde se
encontraban noventa naves egipcias; decide incendiar algunas que contenían
granos, y poco a poco el incendio empieza a correr por la flota llegando hasta la
famosa biblioteca: cuatrocientas mil obras, historia y orgullo del pueblo egipcio son
destruidas al momento. Pero no es cualquier bárbaro el que esta a la cabeza de
esta batalla, es el gran emperador romano: Julio César.
En un momento ya está dirigiendo la batalla en un barco mientras anima a
su ejercito contra el enemigo; el navío es alcanzado por los egipcios y los romanos
corren a los botes. El emperador se lanza al agua llevando en la mano derecha
un rollo de pergaminos que deseaba salvar a toda costa, nada en medio de la
batalla hundiendo la cabeza intermitentemente para evadir las flechas del
enemigo que iban tras de él; en la boca lleva el manto purpúreo. Decide dejar el
manto antes que los pergaminos y logra alcanzar un bote para huir. En pocos
instantes el brioso guerrero deterioró a sus atacantes y regresaba ileso después
de la ardua batalla al palacio de donde salió.
En la noche Arsinoe, la otra hermana de Cleopatra se fuga del palacio en la
noche junto con Ganímedes, su profesor, quien la convenció de que ellos podrían
gobernar Egipto. Ambos se internan en el campamento contrario y dan muerte a
Aquilas. Ahora ellos junto con Ptolomeo son quienes dirigen al ejercito; el cual
libraba una batalla más allá de la ciudad contra los romanos que venían en ayuda
de César.
Ptolomeo, armado de valor, dirige la contienda del lado egipcio que
prontamente es derrotada por los romanos. El pequeño héroe queda brillando
ahogado en el Nilo por el peso de su dorada armadura.

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Arsinoe es atrapada más adelante por el ejercito romano y regresa al
palacio no ilesa como César, sino encadenada y no con la victoria, sino con la
imagen de Ganímedes y todos sus consejeros asesinados cruelmente.
César quedó maravillado durante la batalla por los conocimientos de su
pequeña gran amante, pues pegando su cabeza al suelo podía saber la distancia
y el numero del ejercito que venia en su contra. Sabia todo acerca de los navíos,
la forma de sus amarras, y las ventajas de cada una de ellas. Igualmente
distinguía antes que nadie a un ejercito o a un soldado en la distancia. Aparte de
hermosa, la mujer era una ferviente guerrera, en la cual César podía confiar y
pedir consejo en cualquier momento. Habilidades nunca antes vistas por él en una
mujer. Así se consolidó el amor y el poder de esta pareja, sellaron sus besos y
robustecieron su amor con la sangre y el peligro de esta cruenta batalla por el
poder de Egipto.
Al termino de la guerra, la princesa tomó enseguida el control del estado;
volvió a poner en orden a su pueblo y esclavos sin ninguna cavilación; manejaba
los asuntos del estado con la decisión que sólo una faraona podía tener. César,
dada su edad y poder poseyó a cientos de mujeres, pero en ninguna como en esta
se conjuntaban tantos atributos; pues aparte de ser hermosa, era inteligente;
gobernaba con tranquilidad, y en la noche se convertía en una fogosa y juvenil
amante a su disposición. César empezaba a quedar enamorado de esta princesa.
Después de un tiempo los dioses inflamaron el vientre de Cleopatra con la
simiente del poderoso guerrero. Se unía ahora por medio de una vida el espíritu
de estos ambiciosos semidioses, Oriente y Occidente se fusionaban en una
criatura gestada en medio de la guerra. Cleopatra al darse cuenta de esta
maravilla sonríe, pues los dioses la habían puesto en esta condición para que ella
estuviera unida eternamente al emperador romano.
César, ya tranquilo, vio en Alejandría todo lo que su fundador Alejandro
Magno planeó para esa ciudad, recordó cuando en su juventud le informaron de lo
que había hecho aquel gran guerrero. Fue el único momento en que las lagrimas
asomaron al rostro de César, pues se dio cuenta de lo insignificantes que eran sus
victorias en comparación con las de este.

16
Caía el sol por Oriente y la ciudad empezaba a disponerse para la noche.
Ya era el único dirigente en Roma y ahora Egipto y su princesa se tendían ante él,
como el sueño que Alejandro no pudo concluir, pero se encontraba ya cansado de
tanta batalla, empezaba a rebasar los cincuenta años y todavía no tenia ningún
heredero; sólo luchaba por el bien de Roma pero a su muerte su sangre quedaría
olvidada... sólo quedaría un nombre más en la historia...
Terminaron todas sus cavilaciones, el sol se ocultaba en la tierra,
lanzó un suspiro algo desconsolado, y regresó al palacio donde lo esperaba su
bella amante para darle la fastuosa noticia.

Cleopatra estaba en su habitación, alisando con un cepillo de oro sus


cabellos, el día terminaba y el ocaso sumía a la ciudad en un dorado resplandor;
pronto vendría el momento de decirle a César lo que los dioses acababan de
preparar para ambos; en su vientre se encontraba la simiente del mejor romano
hasta su tiempo. Compara la magnificencia de César con la de Osiris 4; el cual
contaba el mito fue despedazado y en cada lugar donde quedó un pedazo se le
construyó un templo. Este romano, igual que Osiris tenia a lo largo del mundo un
sin fin de pueblos que le rendían tributo. Nacería el hombre esperado por la tierra
para ser su único jerarca. Ella sería la consorte del emperador, aunque él
estuviese casado, sabía que su esposa no podía darle ningún hijo, en cambio ella,
tenía hoy en sus entrañas la solución para que el nombre de César no se perdiese
en la historia. Alejandría sería la capital romana, como lo soñó Alejandro Magno
con Grecia. Roma gobernaría junto con Egipto, pues a Roma le hacia falta tanto el
tesoro de Egipto, como el orden y suntuosidad con la que había sido delineada
esta ciudad.

4
Osiris: Uno de los primeros y más importantes dioses egipcios. Dios de los muerto y el reino oscuro,
hermano y esposo de Isis.

17
Mientras contemplaba su rostro en el espejo vio tras su figura como
empezaba a obscurecerse el cielo, acto seguido se encendió la llama del faro...
pronto cruzaría aquel mar con su hijo en los brazos y seria la primera monarca en
Roma, ya César no tenia ningún contrincante. “Estaré en el trono al lado del gran
emperador Romano. Isis5 me ha mandado este regalo para extender la grandeza
de su reino y Egipto será uno junto con Roma. Yo seré la madre del jerarca de
todo este imperio”.

Estaba excitada, sabia que este hombre adulto podía tener a la mujer que el
quisiera bajo sus pies, ¿que debía de hacer ella para poder enamorarlo?.

Había visto la admiración que le provocaba al Romano el verla administrar


su pueblo y como el emperador la observaba con una apacible sonrisa cuando ella
tomaba alguna decisión o reprendía a alguien. Cleopatra era joven y pensó
ninguna romana podía competir contra ella, pues las romanas no participaban en
los asuntos del Estado, ni en la guerra, aparte ninguna de ellas tenia bajo su
mandato a tantos artistas que se preocupasen por su belleza, ni se encontraban
rodeadas del lujo que ella ostentaba. Se sentía algo segura. Encargó en ese
momento a sus súbditos le mostrasen las más majestuosas piedras, perfumes y
telas, pues debía renovar su indumentaria para día a día atraer al romano cada
vez más. Esta oportunidad nunca se le presentaría otra vez en su vida.
César regresó al palacio y se dirigió hacia la habitación de su pequeña
amada. Creía era el momento de partir, aunque su cuerpo ya le reclamaba algo de
reposo. Desde pequeño nunca se detuvo, sentía como si el corcel brioso en el que
se subió con las manos atadas no hubiese dejado nunca de correr hasta el día de
hoy, el día en el que ya no tenia ningún contrincante en Roma.
Al llegar César observa a Cleopatra; allí estaba la jovencita esperándolo,
tendida en la cama ataviada con una ligera túnica de seda por la cual podía
transparentarse la delicada sensualidad de su hermoso cuerpo, su ojos y boca se
encontraban radiantes, adornados sutilmente por sobrios colores; en la frente una

5
Isis: Diosa madre de los dioses egipcios. Esposa de Osiris.

18
serpiente dorada se convertía en una diadema que sostenía su lacio y oscuro
cabello que descendía por sus hombros. Su juvenil piel brillaba por el baño de
leche que no permitía que ninguna imperfección hiciera mella en su rostro; sus
senos se translucían por la seda y su cuerpo se extendía a través del lecho. A su
lado, dos grandes eunucos negros, con enormes abanicos esparcían el incienso a
su alrededor llenando la habitación de un místico sueño que su figuraba iba a
romper.
Cleopatra golpea con las manos y los esclavos salen cerrando la puerta tras
de sí. César, cansado y con la preocupación de su regreso, ve en ella un sueño
mucho más grande del que él había podido tener. Era demasiado hermosa, pero
debía de regresar a tomar su poder en Roma. Se acercó en silencio y besó a la
princesa. Cleopatra toma su rostro entre sus pequeñas manos:

—César, los dioses han hecho una labor en mí, y el fruto de todas tus
proezas descansa en éste momento en mi vientre, — la princesa toma la mano del
cansado guerrero y la conduce hacia su plexo solar.

César enmudece, y al momento intentan dos lágrimas asomarse a sus ojos.


Incrédulo del destino, cierra los párpados y da gracias a los dioses. Sentía volver a
nacer, no ya como César, sino como la continuación del gran Alejandro. “Venia en
camino aquel que continuaría cuanto el comenzó, y su madre era la conjunción
perfecta de poder, sabiduría y belleza”. Pensó no podría ser cierta tanta gracia,
entonces con un nudo en la garganta preguntó temeroso:

—¿Y si es mujer?. Cleopatra nunca se detuvo a pensar en la


posibilidad de que la criatura fuese mujer. No podía dejar que se apartase de ella.
Y con el gran arrojo que la llevo hasta él, dijo:

—La Pitonisa de Isis me ha venido a ver en la tarde y me ha dicho


que es así. Entiendes lo que es esto César, los dioses han decidido perpetuar tu

19
poder en mi vientre, tus obras él las seguirá y el mundo vivirá en paz bajo su
mandato.

El viejo abrazó con todas sus fuerzas a la pequeña. Júpiter lo


premiaba con una maravillosa criatura. En Cleopatra se encendió el miedo sobre
el sexo del que venia en camino. Esa noche César la tomó con todo el amor que
sintió en su vida, pues creía ésta era la verdadera victoria. Todas las penurias que
pasó en los campos de batalla se veían recompensadas con un sucesor.
Cleopatra recibe a su amante agradecida, aunque con algo de miedo observa el
techo de la habitación rogando a los dioses fuera un niño lo que en su vientre se
gestaba.

Por la mañana Cleopatra recurre al Templo de Isis a ofrecer su plegaria a


los Dioses y pregunta a sus sacerdotisas sobre el sexo del fruto venidero. Los
inciensos y el fuego fueron alimentados. Las videntes entraron en trance y
emitieron su designio:

—Cleopatra, faraona de Egipto, debes ahora más que nunca encomendar


tu alma y acciones a la diosa Isis, pues recuerda que ella es tu madre, así como la
de nuestro pueblo. En tu vientre descansa aquel que devolverá la grandeza a
Egipto. Toma junto con César una barca y cruza en ella el Nilo ofreciendo
libaciones al dios Hapi6, para que cuide de tu criatura, recuerda que él es quien
fertiliza nuestra tierra y él se encargara de hacer que tu hijo goce de entera salud
—Cleopatra sumida en el trance parecía oír a los mismos dioses hablar a través
de las sacerdotisas, veía la figura del Dios Hapi emerger de en medio del Nilo y
ella a sus pies viajando en una gran barca; el agua del Nilo se desbordaba
inundando los campos a su lado.

6
Dios del Nilo

20
—Debes también encomendarte a Hator7 para que ella sepa instruirte como
amante de aquel poderoso hombre que los dioses han puesto en tu camino.
Recuerda que ella es madre, hija y señora de Amón-Ra 8. Tu eres la madre de
todo tu pueblo, debes de ser al mismo tiempo la señora de este Romano, y
humildemente mostrarte como la hija de los dioses que han fundado a lo largo del
tiempo tu dinastía.
Cleopatra levanta la cabeza después de oídas las palabras, observa las
llamas del fuego que inundaban la habitación, cierra los ojos y reuniendo toda su
fuerza agradece a los dioses el haberle dado esta noticia.
Al salir del templo una gran sonrisa iluminó su rostro, los dioses estaban
con ella, Ra coronaba el cielo en este atardecer. Tenia que retener a César con
ella hasta el nacimiento de su hijo para que viera por sí mismo el lazo que el
destino le tendió con Egipto. Cleopatra sabia que su juventud y su belleza eran su
más poderosa arma contra César, pero al poco tiempo sufriría las deslucida figura
del embarazo. Tenia que hacer ese viaje con él y al mismo tiempo fascinarlo de la
grandeza de esta tierra para que reconociera en el pequeño éste fecundo
territorio.
Esa misma noche todo el palacio se encontraba trabajando para la
preparación del viaje.

El Nilo era la fuente de todas las bondades de este pueblo; el estrecho


pero largo río se inunda anualmente y permite en los campos el nacimiento del
trigo y la cebada; los cuales llegaban a Roma y eran la fuente principal de
alimento del pueblo egipcio; a lo largo de el río se concentraban una gran
cantidad de animales y pescados que alimentaban y embellecían esta larga
corriente de agua.

Al tiempo la embarcación estaba lista, había sido concebida como un


palacio flotante. Fue creado con las maderas más preciosas del reino; tenia varias
habitaciones con incrustaciones y pinturas de dioses y hombres romanos para el
7
Hator, patrona de las mujeres, del amor y del placer. Madre, esposa e hija de Cha (dios del Sol)
8
Amón—Ra. Rey de los dioses egipcios.

21
gusto del general; era tal su ostentosidad que tenia zonas ajardinadas, diversos
comedores y salones. César no podía dejar de admirarse del refinado gusto de la
reina, así como de su solemnidad; pues durante el día podría oír recitar a los
grandes poetas romanos mientras sigilosa la barca se trasladaba por este
apacible río.

Un séquito de treinta barcas seguía a la embarcación real, en una de ellas


trajo a los mejores cocineros del reino para que pudiesen deleitar el paladar del
romano. Diariamente se servia un platillo distinto con animales y especias
desconocidos para César; el vino y la cerveza abundaban, la sobremesa se iba en
espectáculos donde la reina dejaba a su hombre maravillarse con las bailarinas
que entre flautas, tambores e inciensos alegraban la tarde hasta la noche.
El guerrero sentado en este palacio por fin obtenía un descanso a la altura
de sus victorias. Veinte años luchó sin detenerse por el Imperio y en Roma nunca
oyó, ni vio aquello que él estaba viviendo ahora; su único temor era la criatura. Si
Cleopatra perdía la vida como su hermana al parir, todo se vendría abajo; lo
mismo si nacía una niña, de suceder esto abría perdido mucho tiempo y
regresaría a Roma sólo con una ilusión destrozada. Sentía era su última
oportunidad pues su esposa romana, Calpurnia, era estéril y aunque muchas
veces pidió a los dioses un hijo, nunca consiguió embarazarla.
Cleopatra ya tenia seis meses de embarazo y sentía el miedo del rey pero
siempre echaba mano de su encanto y elocuencia. A lo largo del Nilo veía a
César mirar asombrado la fauna que vivía alrededor y Cleopatra siempre tenia una
leyenda sagrada para la ocasión. Quedó maravillado al saber de Cocodrilópolis
donde se adoraba a los cocodrilos y se les daba una vida igual a la de los
faraones, eran alimentados con los mismos guisos que el mismo degustaba,
igualmente se vertían en su boca los mejores vinos y por si fuera poco eran
adornados con aretes y sortijas de oro y diamantes. Esto se debía a que ellos
intercederían por el alma del difunto ante Osiris. Muchos de estos animales eran
momificados y reposaban junto a los faraones en su tumba.

22
Por su parte César animaba a Cleopatra con la historia de las batallas que
había ganado; le hablaba sobre los campamentos y las decisiones que debía de
tomar... de como siempre estuvo lidiando con la muerte y sólo su decisión, y la
fuerza de su espada resolvieron cualquier situación. Esto referente al guerrero,
pero igualmente era un senador y le platicaba de cómo se organizaba el estado
romano, así ofrecía a la pequeña madre sabios discursos que sólo el aire del Nilo
guarda para la posteridad.
Ella era la única mujer que podía discutir con el acerca de los manuscritos
de los grandes pensadores griegos y latinos. En Roma las mujeres sólo servían
para el cuidado de los hijos, por lo cual quedaba maravillado ante su sabiduría.
Así, se dejaba introducir en el sueño en el que Cleopatra lo conducía a través de
una cosmogonía distinta a la suya; no creía posible el paraíso que el Nilo ofrecía
ante sus ojos, nunca había visto tantas plantas y animales viviendo en tal
armonía; siempre sus caminos fueron rodeados de batallones, armas, ruido y
sangre. Era el primer viaje en el cual no se sentía preocupado por su vida o por su
ejercito, no tenia que dormir junto a su espada o empuñarla para verter la sangre
del enemigo, sino sólo tenia que contemplar lo que estaba frente a sus ojos y
esperar el designio del destino sobre su hijo.
Alcanzaba la más alta de sus victorias, empezaba a entrar en la vejez y
había conquistado su existencia coronándola con Cleopatra a su lado; ella tenia
dentro de sí al heredero. Seria educado por los sabios filósofos romanos,
heredaría de ambos la habilidad de gobernar, y lucharía junto con él y el ejercito
animando a sus huestes a pelear por el imperio. ¡Alejandría seria la capital de
este reino y la belleza de esta ciudad sería el símbolo del poderío y elevado gusto
del mundo romano!

A la ausencia de la reina el pueblo entendió por completo sus planes. Se


dieron cuenta que la reina al tener dentro de sí al hijo de César firmaba el mejor
tratado de paz y prosperidad que pudo pensarse en la historia. Éste suceso

23
acabaría con el yugo romano sobre su pueblo, pues siempre habían visto partir
naves de sus puertos llenas del fruto de su trabajo hacia Roma. A la llegada de la
nave, el pueblo planeó una gran fiesta para su coronación. Debían de ser unidos
ante los dioses esta pareja que encarnaba a las divinidades.

Amon-Ra era el Gran Dios Sol de pueblo egipcio y era representado con la
forma de un hombre con cabeza de halcón, el pueblo egipcio decía ver la mirada
de este animal en aquel gran conquistador; al igual Ra era representado como el
sol alado, el cual cegaba con su fuerza a todos los que con él se enfrentaban; así
el emperador detuvo la rebelión de Aquilas a su llegada, durante la batalla nadie
supo con certeza donde se encontraba: si incendiando a las naves, alentando a
sus huestes en un barco, o dirigiendo la acción desde el palacio. Igual que el sol
vino desde el Oriente. No quedo ninguna duda. César era la encarnación de este
dios.

El culto de Amón Ra se extendía por todo Egipto, al ser la encarnación de


éste sumaba a sus conquistas un gran territorio. César aceptó con agrado pues
fuese cual fuese el sexo de su criatura regresaría a Roma ostentando la
dominación total del pueblo Egipcio. Su ascenso a Dios lo unía con la Diosa Isis
de la que Cleopatra era encarnación. Ahora quedaban ambos unidos en el trono,
la pareja faraónica estaba completa. Isis junto a Amón Ra y pronto nacería el fruto
de esta unión. La ceremonia se vio interrumpida por que la reina empezaba a
tener las primeras contracciones.
César al poco tiempo recibió la noticia. ¡Era hombre! Reunió en un suspiro
todo el aire que el tiempo había podido conjuntar en sus pulmones y lo exhaló con
alivio. La espera llegaba a su fin. Su sueño era realidad, y la realidad lo llamaba a
continuar sus empresas como líder romano.
Cleopatra y César, Isis y Amón—Ra se encontraban en este momento
unidos y de su unión nació el pequeño Césarión. Su destino seria el de gobernar
al mundo entero. Occidente y Oriente se fusionaban en la figura de este pequeño.

24
César, deja Egipto después de casi un año de habitar con la reina. Salió
de Roma con la idea de ser el único cónsul romano y regresaba en la popa del
barco con la tranquilidad de un hombre maduro que ha resuelto su existencia.
Creía los dioses lo habían planeado todo y sentía cumplirse su destino.

Cleopatra ve la barca y el ejercito de César partir para Roma. Egipto podría


por fin ser liberado del yugo romano y gobernar junto con él y Alejandría ser la
capital del imperio. Nadie podía ahora arrebatarle el poder; su hermana iba
encadenada entre los romanos y seria humillada y asesinada en las calles latinas.
Su mirada cruza el mar Mediterráneo pues dentro de un año llegaría a la capital
del mundo como la prometida del único cónsul de esta tierra. En sus brazos esta
el pequeño Cesarión, éste era el emblema de su grandeza, aquí se fundía la
historia egipcia y romana.

César, rejuvenecido por el viaje y el niño siente vuelve a nacer; está


impaciente por llegar a Roma y preparar todo para la llegada de Césarión y su
reina. Su pecho vuelve a llenarse del coraje con el que derrotó a todos los
ejércitos que se habían pronunciado contra él.

Cleopatra ve las barcas fundirse con el Sol en el horizonte, empieza a caer


la noche y el faro extiende su luz hacia el mar Mediterráneo.

25
TERCER CAPITULO
UN DIA EN TRES AÑOS.

El año se había cumplido. El pequeño ya daba sus primeros pasos al lado


de la faraona en Egipto. Ahora iría por primera vez a Roma. Era el momento de
tomar el sitio que el destino le había puesto. La llamada había llegado en un
pergamino que Cleopatra hizo leer mientras estaba rodeada de importantes
personalidades de Egipto.

El pergamino reclamaba la presencia de la familia real en Roma, para la


celebración de los triunfos que había logrado Cesar. Algunos recibieron la noticia
con agrado y otros con miedo ¿Qué esperaba a Egipto sí su faraona iba a Roma?
Podría significar la total conquista del pueblo o la unión final con Roma... El miedo
creció cuando la princesa empezó a dirigir la comitiva para el viaje. Las arcas del
incalculable tesoro Ptolomeico se abrían otra vez hacia Roma.

Durante el año la pequeña madre había planeado este viaje, era el


momento de conquistar con sus encantos al pueblo romano. Ya estaban listos los
navíos repletos de bellos atavíos y joyas, otros llenos de presentes que
simbolizaban la magnificencia del reino. En su cabeza llevaba la corona que la
identificaba como faraona; dos grandes y blanquecinos cuernos de marfil
sostenían un brillante disco al centro. Isis llegaba a Roma en su persona
dispuesta a fundirse con Cesar hijo de Venus.

Al mismo tiempo Cesar en Roma preparaba una magna celebración con


motivo de sus últimas victorias, al separarse de Cleopatra continuó su carrera
militar y conquisto la Galia y el África entre otras tierras. Cesar seguía
aumentando el poderío romano y presentaba ante su pueblo el fruto de todas sus
victorias. El emperador se encontraba impecable, sin ningún rasguño que

26
maculara sus proezas. Hoy tomaba el trono que con tanta sangre y fuerza se
había ganado, por fin se encontraba bajo él: el senado, las casas, los templos, la
prole. Todo estaba bajo su mandato y protección. El era el conquistador que
sostuvo y acrecentó como ninguno la grandeza de este Imperio. Sólo faltaba
Cleopatra a su lado, y junto a ellos el pequeño sucesor que Júpiter le confirió para
perpetrar en la historia de Roma su estirpe.

Del otro lado de la ciudad, una estatua del Dios Hapi irrumpe en el suelo
latino. La reina había llegado. Venia dispuesta a conquistar con su suntuosidad y
belleza a toda Roma. Tras el dios, una gran columna blanca de marfil con una
hoguera en la punta, representando el faro de Alejandría, era empujada por
grandes esclavos ataviados con extravagantes pieles. El pueblo romano
enmudecía a cada paso de la procesión. Los dioses egipcios venían a fundirse
con los romanos: El gran disco alado de Amon—Ra cegaba los ojos de los
asistentes por el brillo del sol que reflejaba, aquel fue el emblema con el que se
elevó a Dios a Cesar declarándolo señor de Egipto. Después de ellos venía un
pequeño jardín rodante con grandes sicomoros, acacias y tamariscos, árboles
nunca antes vistos en Roma, en medio de ellos estaba una gran figura de Osiris,
el señor de los muertos y el mundo subterráneo, a los pies de la estatua
hermosas bailarinas con grandes incensarios entre las manos esparcían el humo
a su alrededor.
La procesión parecía interminable, no cesaban de salir esclavos del barco
durante más de una hora. Después de los dioses egipcios, venia aquel a quien
venían a rendirle tributo: Una gran pintura mostraba la ciudad de Alejandría
ardiendo en una campal batalla, al centro estaba Cesar nadando y esquivando las
flechas con la túnica purpúrea entre los dientes, y un pergamino en la otra mano;
el lienzo maravilló a los espectadores que habían oído hablar de la batalla que
libró el general romano en Egipto. Tras de la pintura venia el carro principal. Era
una pirámide de más de tres metros de altura, sobre la cual se encontraba
Cleopatra, sentada en un trono dorado personificando a Isis, y el pequeño
Cesarión a su lado tomado del brazo del trono. Ningún romano podía alcanzarla

27
con la mirada, ella lo había planeado así; deseaba mostrarse muy por encima del
pueblo latino, y sólo descendería hasta llegar a los pies de su hombre.

Poco a poco Cesar ve acercarse el desfile. Nunca en su vida esperó con


tanto ahínco la llegada de nada, ni de nadie. Su mirada se pierde entre la larga fila
buscando a sus queridos, pero igualmente sonríe al ver la magnificencia de la
cohorte en la cual venia enmarcada a su princesa, volvió a maravillarse del
elevado gusto y suntuosidad que amaba en ella, igualmente se sintió contento
pues con esta entrada asombraba al pueblo romano, y lo hacia sentirse orgulloso
de haber elegido a aquella princesa, como madre de su sucesor.
Cleopatra vio una ciudad no tan maravillosa como creía; no contaba con el
buen trazo, ni la majestuosidad de Alejandría. No veía a aquellos ilustres hombres
de los cuales tanto leyó. En cambio encontraba ante sí un pueblo extasiado por su
presencia, no reconocía la temple, ni el coraje que a Cesar caracterizaban. Su
miedo era contenido por una sonrisa con la que se mostraba al pueblo; sintió la
impresión que causó su presencia y pronto ellos tendrían que aceptarla como la
esposa de Cesar. Al lado de ella su pequeño era observado inquisidoramente por
el pueblo.
Cesar lleno de gozo ve el carro donde se alza la reina, el tiempo y las
penurias pasadas en batalla eran recompensadas con la presencia de estos dos
seres... Por fin llegaban, su mirada vacila entre los dos. Reprime sus deseos de
correr a abrazarla. La reina mira a Cesar con felicidad y lentamente desciende de
la pirámide para unirse a su hombre, le hace un gesto indicándole no se mueva y
se inclina en una majestuosa reverencia quedando a sus pies; el pueblo y los
esclavos aplauden ante el encuentro. El mundo egipcio se arrodillaba ante el
romano en la encarnación de su diosa.

Amón—Ra e Isis eran reconocidos por el pueblo romano como la última


faraona de Egipto y el dictador Julio Cesar. El destino del pequeño Cesarión
oscilaba entre las dos tierras. El pueblo aclamaba la victoria de Cesar y Cleopatra
sintió el inicio de la concretación de su sueño... Había llegado a Roma.

28
Tenia en su poder lo más preciado que existía en el mundo para este
conquistador. Tras de sí estaba la mirada del Senado, así como de las mujeres
romanas entre las que estaba Calpurnia, esposa del gran Cesar; Cleopatra sabe
que su poder, sabiduría y encantos la llevarían a estar sentada algún día junto a
él, y entonces volvería la cara a ellos mostrándose como lo que seria: la reina más
poderosa del mundo antiguo.

Bruto, Cicerón y Octavio caminaban por una avenida que conducía a las
afueras de la ciudad donde se encontraba Cesar con Cleopatra:

—Ha sido una gran fiesta la que ha dado Cesar al pueblo —dijo Bruto.
—Claro, Bruto. Cesar tiene que justificar su ausencia y hacer que el pueblo
olvide a Pompeyo y la sangre romana derramada en estas guerras intestinas.
Recuerda “Panem et cirquenses” (pan y circo). La fiesta nubló el presunto
matrimonio de este con aquella egipcia —respondió Cicerón.
—Es cierto —dijo Octavio— tampoco hay que olvidar a la pequeña criatura
que venia con ella, se presume es hijo de Cesar.
—¿Y donde están ellos? —preguntó Bruto
—Cesar los instaló en el palacio que est a orillas del Tiber, al cual vamos.

Bruto no podía dejar pasar la oportunidad de sondear la opinión que estos


tenían de Cesar, pues ellos dos eran especialmente importantes en Roma;
aprovechando el momento preguntó:

—¿Qué se traerá entre manos Cesar con esa egipcia?


—Lo que sea no puede llegar a ser mucho Bruto –contestó Cicerón— pues
ni el matrimonio, ni el pequeño son reconocidos por Roma. El se encontraba en
campaña y fuera de la ciudad; al no acontecer con el consentimiento del Senado,
ninguna de las dos acciones tiene ningún valor.

29
—Esperemos así sea y Cesar tenga esto en cuenta. —Añadió Bruto con
malicia.
—Nosotros y toda Roma estamos para recordárselo. —Concluyó Octavio.

Bruto empezaba a sentirse confiado, pues veía que sus interlocutores


tampoco estaban contentos con la actitud de Cesar. Cicerón siempre caminando
con el paso firme y la mirada en el horizonte continuó:
—Cesar es hombre demasiado valeroso en la lucha y astuto en el Senado,
así como gran orador; pero al parecer la belleza de esta jovencita y su edad
empiezan a empañar sus virtudes.
—¿Crees que Cesar desee en verdad legitimar su relación con la pequeña
egipcia? –preguntó Bruto.
—La ambición y el amor son los dos grandes enemigos de un líder —
sentenció Cicerón.
—¿Crees ésto es lo que mueve a Cesar? —dijo Octavio continuando la
plática.
—Cesar ha terminado con los dos triunviros, queda sólo él, y recordemos
que Calpurnia no le ha podido dar ningún hijo. –Los dos interlocutores asintieron
con la cabeza; Cicerón continuó— A nuestra edad ya se piensa con frecuencia en
la muerte, pues nuestros pasos cada día nos acercan su llegada y no es raro que
tenga el deseo de tener un descendiente que siga su historia.

—¿Y si Cesar decide pronunciarse rey de Roma? –dijo Octavio.


—Roma dista mucho de querer un monarca. La grandeza del Imperio reside
y residirá en el Senado. No en Cesar.
—Bueno, pero si sucede, ¿qué haremos? —insistió Bruto, había llegado la
platica al momento que él esperaba.
—Le daremos otro título, lo nombraremos Cónsul vitalicio y con esto
alimentaremos su ego e incinerando sus pretensiones; es para lo cual les he
pedido me acompañen.

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—Piensas en todo. –dijo Bruto, no muy satisfecho con la solución dada por
Cicerón.

Al llegar a la Casa vieron desde lejos al gran conquistador elevando en


brazos al pequeño. Cleopatra sentada junto a él, miraba a Cesar, sintió la mirada
de estos tres hombres y enseguida alertó a su señor. Éste dejo al niño en el piso y
lanzó un afable saludo a los tres caminantes pidiéndoles se acercaran.

—A que debo el motivo de tal comitiva.


Los tres miraron a la reina e hicieron una pequeña reverencia.
—Cleopatra, estos son tres grandes hombres y amigos; el primero es
Bruto, quien es como un hijo para mi, su madre ha sido desde hace mucho tiempo
gran amiga mía. El que le sigue es Cicerón, el gran orador del cual seguramente
haz oído hablar, y este último es mi único sobrino, Octavio. Este joven ha sido
instruido por los mejores poetas y pensadores de nuestra ciudad; será un gran
romano.

La reina de inmediato sintió el desprecio de estos “queridos del Cesar”,


pues enseguida comenzaron a hablar con él sin dirigir hacia ella ninguna palabra.
Intermitentemente sentía la mirada inquisidora de ellos por lo cual instintivamente
tomo al pequeño entre sus brazos; no le inspiraban nada de confianza estos
hombres y podía vislumbrar la falsedad de ellos en sus adulaciones.

Era la primera vez que veía a algún senador; no comprendía su función.


Siempre estuvo acostumbrada a gobernar sin ningún consejo. Tenia que investigar
lo que pasaba en Roma pues ella se encontraba fuera de la ciudad. Ya había
previsto esta situación fue por lo cual trajo con ella una gran cantidad de bellas
mujeres y esclavos, para que prontamente se mezclaran con el pueblo y la
mantuviesen informada.

Los tres hombres partieron rápidamente y Cesar regresó con Cleopatra.

31
—Otro título para mi colección. Ahora seré cónsul vitalicio.
—¿Eso qué significa?
—Que tendré un curul en el senado de por vida.
—No me inspiran confianza esos hombres Cesar.
—No tienes que temer. Soy el hombre más fuerte de Roma, de ser yo
atacado dejarían huérfano al Imperio.
—¿Y el senado?
—No te preocupes, ellos están a mi disposición, poco a poco sin que se den
cuenta iré ascendiendo hasta pronunciarme por la monarquía.
—No estés tan seguro Cesar. Los enemigos siempre se albergan a nuestro
lado a fin de asestar la primera puñalada en el momento en que menos lo esperas.
—Si hubiese sido de esa forma Cleopatra, ya tendría tiempo de haber
muerto.
—Pero antes estabas en la batalla. Del miedo nace la unión de los
hombres, y del poder nace la intriga y la envidia.
—No te preocupes, yo se el modo de actuar de los romanos. Iré preparando
todo para cuanto antes legitimar nuestra unión y a nuestro hijo.
—No te precipites.
—Seré cauteloso y sabré el momento de asestar el golpe; por lo pronto
tengo que engrandecer mi figura ante el pueblo y el senado.

Cleopatra se lanzó a los brazos de Cesar y lo apretó con fuerza contra sí...
deseaba creerle. Entre sus brazos pensó que necesitaría ahora de todos sus
espías para saber lo que el pueblo y el senado preparaban para él.

Tras un año en Roma la idea de la conquista de Persia empezaba a rondar


por la mente del Cesar, esta península podía significar el triunfo sobre el oriente y
con ello implantarlo en la historia como el más grande conquistador de la historia,
pues sus antecesores Sila y Pompeyo fracasaron en el intento. Creía que por

32
medio de Persia podía fundar la dinastía pues sólo elevando aun más sus victorias
podría pronunciarse en el senado como monarca. Caminaba por Roma como el
señor de esta tierra y pensaba cuando Cesarión lo acompañara oyendo sus
discursos.

Marco Antonio, su mejor amigo, y el más leal de sus generales, era el único
en que Cesar depositaba su confianza, y sabía sus deseos. Juntos se dirigían a
las fiestas lupercales7: al llegar a la celebración Cesar tomó su silla dorada y
contempló al pueblo en su fiesta. Marco Antonio se unió a la multitud.

La celebración consistía en golpearse unos a otros con una especie de


látigo. Se creía las mujeres que fuesen azotadas serian fertilizadas al poco tiempo,
así mismo el rito de fertilidad era para que la tierra nunca dejase de producir
alimentos. La fiesta continuaba y el vino encendió a Marco Antonio quien al haber
escuchado de las intenciones de Cesar quiso ayudarle, entonces se acerca a el e
intenta coronarlo con una diadema lo cual era una invitación a convertirlo en el rey
de la fiesta.

Cesar ve la corona ante sí, esto era lo que deseaba, poder ceñir su persona
con esta investidura y convertirse así en el rey de la provincia romana. Los
hombres que se encontraban a su lado le gritaban aceptase la corona, pero el
pueblo ante los gritos volteó a ver a Cesar y quedó enmudecido al verlo con una
corona frente a él. Aquí estaba la oportunidad, pero el silencio logró intimidarlo y
rechazó la corona.

El pueblo en general aplaudió y celebró el acto de Cesar, entonces se dio


cuenta de que no era el momento adecuado. Tenia que acrecentar su poder.
Siguieron las fiestas y Antonio (que sabía la voluntad de Cesar) volvió a ofrecerle
la corona. El pueblo aplaudía y sus manos se extendieron hacia aquel símbolo que

7
Rito anual de fertilidad.

33
convertiría sus sueños y los de Cleopatra en realidad, sólo tenia que tomarla,
ponerla en su cabeza y después...

El silencio reinó otra vez, se sintió tentado a tomarla y alzarse después con
su espada, pero la presión de la gente fue mayor que él. Rechazó de un golpe la
corona y volvieron a ovacionarlo. Sonrió cínicamente para el pueblo, ya era
demasiada la tensión que tenia en su cabeza, había llegado el momento de poner
en marcha su plan; en las calles la gente lo hostigaba llamándole rey, a lo cual
repetía una y otra vez “No soy rey, soy cesar” Tenia que salir de Roma, la
situación cada vez era más agobiante. “Si la guerra lo llevo hasta este sitio, esta
misma lo llevaría a cumplir su objetivo”

Bruto veía con miedo la situación, pues el no tenia ningún lazo sanguíneo
con Cesar y si éste fundaba la dinastía su carrera política terminaba. Ese mismo
día al terminar las fiestas se acercó a Cicerón.

—Viste la cara de Cesar al tener la corona frente a sí


—El hombre apenas pudo contenerse. Es listo, sabe que de haberla
tomado en ese momento el pueblo se hubiera puesto en su contra.
—¿Cuánto tiempo faltará para que haga publico su objetivo?
—No lo sé. Recuerda que estas hablando de un gran estratega, el sabrá el
momento en el que el pueblo podrá aceptarlo.
—Será ese el motivo de su pronuncia contra Persia.
—Puede serlo Bruto, pero no permitiremos esto en Roma, su grandeza se
ha sostenido en el Senado, el designar a un monarca detendría este progreso.
—¿Y si organiza una guerra contra quien se oponga?
—Cesar es poderoso fuera de Roma junto a su ejercito. Su escuadra esta
diseminada por la ciudad y confía tanto en si que cada vez disminuye más su
guardia, no te haz fijado que ya asiste solo al senado. Es un gran hombre y su
temple no podría verse obscurecido con un aberrante acto de esa naturaleza.

34
—Tienes razón.
—El momento decisivo será cundo vaya contra Persia. Si resulta vencedor
tendrá el poder necesario para hacerlo.
—¡Caiga Roma, el senado y todo el pueblo antes de que esto suceda!—
concluyó Bruto encolerizado.

Cicerón miró con desconcierto a Bruto, ya eran demasiado frecuentes sus


increpaciones en contra de Cesar.

Cleopatra aun fuera de la ciudad se mantenía informada de cuanto sucedía


en el pueblo y el Senado a través de sus infiltrados. Al enterarse de lo sucedido en
las fiestas gritó con enojo pues veía cada vez más lejana y difícil la monarquía en
Roma. Ella ya habría mandado matar a los que estuviesen en su contra y hubiera
implantado el poder por la fuerza. No entendía la forma de actuar de los romanos,
ni esas largas conversaciones que mantenían en el Senado; para ella, Cesar era
el general que luchaba para que los romanos tuviesen riqueza y poder, ellos sólo
se la pasaban discutiendo sin llevar acabo ninguna acción. Empezaba a hastiarse.
Su ira aumentó cuando se enteró de que un sector del Senado veía con
desagrado las acciones de Cesar, pues sabían al conquistar Persia tendría el
apoyo necesario para regresar a cumplir su voluntad... Cada vez eran más
frecuentes las insinuaciones del pueblo a fin de provocarlo y que dijese a plena
voz sus planes. Al hacerlo público el Senado se pondría en su contra y lo
destituirían de su embestidura. Cleopatra queda consternada ante las noticias.
Conocía bien este modo de obrar pues su familia era experta en crear
conspiraciones para lograr sus objetivos. Pero ésta era una forma no conocida por
ella, pues eran solo rumores que no ofrecían ninguna figura contra quien ir. Ella no
podía hacer nada, debía incitar a Cesar a tomar parte en el asunto. Veía peligrar
su futuro pero el problema era que no sabia a quien asesinar.

Al llegar Cesar a visitarla, esta le informa de que se rumora de una


conspiración en su contra:

35
—Cesar, ¡debes de tomar una decisión!
—Iré contra Persia, ya he informado al senado
—Tu vida peligra Cesar, cada vez son mayores las pruebas e insinuaciones
para que pongas al descubierto nuestros deseos de perpetuar nuestra estirpe en
el Imperio.
—Ahora no es el momento. Espera vaya a Persia y me convierta en el
Señor del Mediterráneo, del África y del Oriente, después de esto nadie en el
mundo podrá oponerse a mi voluntad.
—Cesar, anda con cuidado. Estudia bien a los que se dicen tus amigos, las
ansias de poder derriban cualquier moral.
—No te preocupes Cleopatra. “Mi vida es más importante para Roma que
para mi mismo”.

Aquella certeza y confianza en sí mismo que llevaron a Cesar a ser el


conquistador que era, en este momento lo cegaban. No deseaba oír ninguna
opinión que fuese en contra de sus planes.

Un año después, el 15 de marzo del 45 AC Cesar estaba preparado para ir


a la guerra, sabia que era el momento preciso y la única forma de resolver su
situación y la de Cleopatra. Esta campaña elevaría su nombre sobre todos los
antiguos guerreros griegos y romanos.

El nombre del gran Alejandro Magno quedaría a sus pies, el mundo entero
hasta entonces conocido estaría bajo la dirección romana, y él seria el Rey. Era la
última campaña de su vida; la vejez ya empezaba a alcanzarlo,

—Esta todo preparado Cesar. Partimos en el momento en el que tu lo


indiques —dijo Marco Antonio.

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—El día de mañana nuestros briosos jinetes y nuestras espadas volverán a
cimbrar la tierra, Antonio. Iré a despedirme de Cleopatra.

Camino a casa de Cleopatra los sentimientos del Cesar estaban exaltados,


después de tres años de convivir con ella en Roma, volvía a partir, debía de cuidar
su vida más que nunca, pues antes sólo luchaba por Roma, pero hoy también
estaba en su espada el futuro de Cesarion, y el de dar un vuelco en la historia que
lo llevase al mismo rango que el famoso Alejandro, quien durante su vida lo había
seguido como una sombra que aplastaba su figura. Igualmente siente por primera
vez algo de temor, pues durante la noche anterior un fuerte viento abrió de golpe
las ventanas de su habitación, abrió los ojos y vio caer de su pedestal la armadura
ceremonial de Marte con las que tantas batallas libró; el estertor con el que se
desplomó despertó a Calpurnia, quien se levantó dando espantosos gritos y
temblando abrazó a Cesar con lágrimas en los ojos... después de cierto tiempo en
el que pudo dominarse le dijo: “Cesar, he soñado tu muerte”

Al llegar con Cleopatra esta lo recibió algo intranquila pues sus infiltrados le
dieron la certeza de que la rebelión en su contra era ya un hecho.

—Cesar, que bueno que llegas. Se dice que varios hombres se están
aliando en tu contra y planean derrocarte
Cesar que llevaba tiempo sumido en estas reflexiones, y deseaba ya de una
vez por todas resolver la situación, contestó con languidez:
—Creo llevo ya demasiado tiempo en Roma, es momento de volver a la
batalla y con esta detener las habladurías del pueblo y el senado.
—Tienes que hacer algo antes de partir, yo y tu hijo peligramos en tu
ausencia.
—No te preocupes, dejaré aquí una guardia con algunos de mis hombres
más leales para tu cuidado y el de Cesarión.
—¿Crees es el momento Cesar?

37
—“Ya he vivido demasiado; es mejor morir de una vez que quedarse
siempre esperando”.

Bruto pasó la noche entera pensando y preparando la forma de detener al


Romano, sus sentimientos eran influidos por los celos y la envidia. César debia
haber sido su padre. Ese pensamiento lo había perseguido durante su vida, pues
desde pequeño percibió el amor con él que este trataba a su madre. De haber sido
su hijo hubiera tenido los mejores maestros y hubiera luchado junto a él en las
batallas, o lo hubiese suplido en el Senado mientras este se encontraba fuera.
Cesar ahora se presumía tenía un hijo y la furia, la envidia y el resentimiento lo
atacaban en todo momento

Cesar ya se iba, si este dejaba la ciudad regresaría con el poder necesario


para ser rey y fácilmente se olvidaría de él pues ya tiene un hijo que continuaría
sus acciones. El plan ya estaba hecho, tenia que apresurarse pues este era el día
decisivo. Había pasado muchas noches junto con otros senadores buscando
razones para asesinar al dictador, partía. Era el momento indicado

La cabeza y el corazón de Bruto estaban a punto de estallar. Comprendía


que su acción tendría un efecto adverso para Roma, pero al mismo tiempo se
justificaba diciéndose que era el encargado de salvar la república. Cesar siempre
fue bueno con él, y gracias a el pudo ser senador y contribuir en las decisiones del
Estado, pero su existencia giraba siempre en torno al rumor de la relación ilícita de
Cesar con su madre, y esta difamación aun reverberaba en sus oídos.

Aunque Pompeyo mató a su padre, se unió a sus filas para ir en contra de


Cesar y cuando se vieron derrotados, lo perdonó y lo aceptó como un hijo rebelde.
Ahogado en estos pensamientos, creció en el un odio exacerbado en contra de su
padrastro ¿por qué nunca lo reconoció como hijo, o le dio el mismo trato que daba
a Octavio, su sobrino?.

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En ese momento tocaron a la puerta, era Casio.

—Bruto. Cesar ya esta preparado para marcharse. Debemos de actuar.

Cleopatra contemplaba a su hijo y a su hombre jugando en el patio. Se


encontraba angustiada por los adversos presagios que llegaron a sus oídos a
través de los adivinos y los infiltrados; se decía que por la noche vetustos pájaros
emitían coléricas tonadas en el foro. Igualmente varios animales inmolados en
sacrificio a los dioses habían espantado a los sacerdotes al abrir su cuerpo y ver
que carecían de corazón. Y ella misma en sus sueños vio a Osiris tomar la mano
de Cesar; más no encontraba como advertirle a su hombre, pues él partía hoy a
materializar sus sueños. Apareció por primera vez en su pecho una extraña
emoción, ese hombre que se encontraba con su hijo, era el genio que empezó a
hacer sus sueños realidad, recordó todos los momentos en Alejandría y cuando a
través del Nilo, embarazada, escuchaba los relatos del conquistador, también
recordó cuando la defendió de su hermano y de su pueblo; igualmente apareció en
su cabeza la imagen de la primera noche que pasó con él, ya llevaba bastante
tiempo con Cesar y empezaba a quererlo.

El le salvo la vida, y la llevó hasta este punto de su vida. No podía negarlo


estaba agradecida con él y sentía en su pecho la confusión entre un padre y un
amante. Durante este tiempo reconocía en Marco Antonio a un hermano, éste
aparte de ser la mano derecha de Cesar, era más joven que él y también cuidaba
de ella. Sabia que Marco Antonio era el único en el que podía confiar, pero no se
encontraba ahora con ellos. Los guardias anunciaron la llegada de Bruto:

—Querido Cesar, el Senado te solicita.

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Cesar percibió el miedo en Cleopatra, sumado a esto el sueño de Calpurnia
trastocaba su cabeza. Debía de tener cuidado y salir de Roma lo antes posible, ya
eran demasiadas las insinuaciones y los presagios, pero ¿cómo decirle a Bruto los
miedos que hostigaban su integridad?

—Ya he dicho lo que tenia que decir, el día de mañana parto para Persia,
qué resuelvan ellos lo que haya pendiente
—Pero es necesario que vengas.
—¿Por qué?
Bruto repasó en su cabeza el plan, pues no pensó que este se negara. Al
estar sumido tanto tiempo en fraguar la consipiración en su contra, no preparó una
argumento para atraerlo. Era el momento decisivo; no sabia como responder.
Al ver a Bruto nervioso volvió a preguntarle.

—¿Por qué es necesaria mi presencia, Bruto?


—No quería decírtelo Cesar, pero el Senado desea nombrarte rey fuera de
Italia antes de que partas.

Cesar intercambio miradas con Cleopatra. Este era el principio, si era


nombrado rey fuera de Italia a su regreso podía coronarse. Cesar fue tocado en su
secreta intención, y decidió ir a la reunión.

Se despidió de Cleopatra con un largo beso, los dos sentían brillar el futuro.
como lo soñaron durante tanto tiempo. Había valido la pena la espera. Sin poder
contener la alegría y las ansias de tomar el cargo dejó a su amante diciendo
regresaría después de la sesión.

Cleopatra vio salir al hombre y suspiró contenta. Al quedarse sola el miedo


volvió a apoderarse de ella, se acercó a uno de los adivinos romanos, al cual
conoció durante este tiempo y le preguntó: ¿ Sabe usted algo sobre el futuro de
Cesar ? El oráculo respondió:

40
—Ayer por la noche un ave de encantador plumaje con una rama de laurel
en el pico fue vista volando por el templo de Pompeyo. El ave majestuosa alzaba
alegre el vuelo por el recinto y otras aves venían tras de ella; siendo agradable a la
vista el juego. Pero al poco tiempo, mientras el pajarillo se distanciaba de la
multitud, la bandada enfurecida se lanzó sobre ella hasta causarle la muerte, su
cuerpo y el laurel quedaron en el piso.

Cesar iba hacia el senado pensando en la victoria, y en la gracia que los


dioses le concedieron al hacer reales sus súplicas. Durante el camino se acercó
un esclavo y le dio un pergamino, indicándole a gritos que lo leyera lo antes
posible. Cesar lo tomó entre sus manos y decidió leerlo después.

El Senado ya se encontraba reunido, el nerviosismo reinaba en la sala.


Murmullos y pequeños grupos se encuentran diseminados por el recinto. Al oír de
la llegada de Cesar todos toman sus asientos. En la entrada uno de los
senadores lo detiene en la puerta y habla con él largamente en voz baja; durante
la plática muchos de los conspiradores creyeron que el plan estaba descubierto;
pero al ver que al terminada la charla Cesar sigue su dirección hacia su silla y
comienza la reunión sin ningún preámbulo, les regresa la supuesta tranquilidad.

Marco Antonio al llegar a la sala es detenido por un senador, el cual lo lleva


a un recinto contiguo a fin de mantenerlo alejado, pues sabían este defendería a
Cesar.

La reunión comenzó de forma ordinaria, los reunidos hacen los honores al


dictador, y al poco tiempo empiezan a dejar sus sillas para rodear a Cesar
pidiéndole favores. El primero es Cimber, el cual dramáticamente le pidió que
regresara del exilio a su hermano, arrodillado, deposita su mano en el manto
purpúreo de César; símbolo que representaba su cargo, en ese momento jala el
manto y queda al descubierto su pecho. Era la señal.

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—¡Esto es fuerza! —grita Cesar— ¿Qué significa este ultraje? – y da un
salto intentando apartarse de la multitud.

Casca salta hacia él con un cuchillo que pasa por su garganta y clava en su
pecho. Cesar con su incontenible fuerza empieza a luchar en contra de ellos, y
arranca el manto purpúreo a Cimber. Se acerca Casio y lo hiere en la cara, la
multitud se concentra a su alrededor; Cesar intenta defenderse como puede, pero
al ver venir a Bruto con un cuchillo quedo abatido totalmente su corazón:
—“¡Tu también hijo mío!” —fue lo último que exclamó.
Desistió de la lucha y cubrió su cabeza con el manto purpúreo para no ver a
sus agresores. Toda la infame conspiración se lanzó contra él asestando tantas
puñaladas que unos hieren a otros en medio de la turba

Al ver el cuerpo de Cesar ensangrentado y apuñaleado en el piso se dan


cuenta del aberrante acto cometido y el pánico se apodera de ellos. La
congregación se desintegra en pocos segundos corriendo todos fuera del senado.

En la habitación queda sólo el cuerpo del insigne dictador y el pergamino


que le dio el esclavo en el cual se encontraban los nombres de los conspiradores.
Un charco de sangre se extendía a su alrededor. La marmórea figura de
Pompeyo, su difunto enemigo, era el único que ahora lo miraba.

Al poco tiempo dos de sus esclavos levantaron su cadáver y lo llevaron a su


casa. Fueron contadas veintitrés puñaladas en el cuerpo de Cesar.

La noticia corrió por Roma rápidamente. Al oírla Cleopatra manda a gritos


traer a Cesarión. El miedo es la primera emoción que pasa dentro de ella. “El
pueblo puede pensar que yo fui la causante de que Cesar quisiera volverse
monarca absoluto, entonces la rebelión tal vez viene en mí contra. Necesito
protección.”

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Llama a Apolodoro, el fiel esclavo en quien podía depositar su confianza.

—Apolodoro. ¿Sabes que mataron a Cesar? —preguntó colérica la faraona.


—No se habla de otra cosa en Roma.
—Y los conspiradores. ¿Dónde están?
—No se. Toda la ciudad siente miedo, las calles se encuentran vacías.
Nadie sabe que va a suceder.
—Y la guardia que dejó Cesar ¿Qué dice?
—Se encuentra abatida por la noticia; los que se encuentran rodeando la
casa son miembros del ejercito del difunto.
—Necesito granjearme su amistad y confianza. Te haz dado cuenta de que
estamos solos en una tierra extranjera donde mi poder no es reconocido, y yo sólo
soy una amante de Cesar.
—Tiene usted razón. No tema, haré traer a los que se encuentran en la
ciudad de vuelta.
—Puede ser bueno, pero necesito primeramente ganarme a los romanos.
Debemos de aprovechar a los que estuvieron con nosotros en Egipto y que saben
que Cesarión es su hijo; sólo ellos podrán cuidarnos.
—No se que va a suceder. Debemos de huir de aquí.
—Pero no podemos, debemos de ver la forma de que mi hijo sea
reconocido, y esperar el testamento de Cesar, tal vez en el hay algo sobre mí o su
hijo.
—Tiene razón. Pero ¿quién, aparte de mí, podrá garantizar su seguridad,
reina mía ?
—Debemos de ser fuertes y astutos. Primero hay que llamar a toda la
guardia y después les ofreceremos dinero y joyas. Necesitan verme vulnerable
para que decidan cuidarme.
—No es bueno que se exponga a ellos

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—Claro Apolodoro, por lo pronto di entre todos que la tristeza ha invadido
mi ser y que nada puede consolarme, que estoy llorando amarrada a Cesarión y
que no deseo ver a nadie. Ofrece lo previsto a la guardia romana.
—Como usted diga.
—Espera, no te vayas. Necesitamos saber que es lo que esta pasando,
infórmate con quien puedas, y no te alejes de la casa. Te necesito lo más cerca
posible.
—No lo haré, como nunca lo he hecho reina mía.

Sentía algo de tristeza, pero la ira se adueñaba de su ser, pensaba: Estos


malditos han matado a quien les ha dado cuanto tienen, son unos traicioneros...
Sabia que no podía confiar en ellos. Cesar debió haberlos aniquilado. Dicen que
se encontró un pergamino en el cual venían varios nombres que se presume son
de los conspiradores... ¿Quién lo tendrá? La figura de Marco Antonio apareció en
su cabeza... Claro; el es mi única salvación, el quería a Cesar tanto como yo y ha
de estar indignado por su muerte. Necesito verlo. Cesarión es mi única
esperanza... Ha muerto Cesar... No representaba nada para ella esta palabra,
muerto, muerto... siempre estuvo rodeada de asesinatos; ambiguamente lo único
que le preocupaba en este momento era no morir.

De momento no puedo hacer nada. Debo de intentar legitimar a Cesarión


como hijo de Cesar y ya; es lo único que puedo hacer y salir corriendo de esta
maldita tierra. ¡Necesito ver a Antonio!

Marco Antonio tenia el pergamino en las manos y leía los nombres de los
conspiradores, ahí estaba Bruto, Casio, Casca, eran alrededor de 60 los
conspiradores. “Voy a asesinar uno por uno a todos ellos. No quedará ninguno de
estos sin castigo. Roma lo recordará como nada en su historia”. La rabia se
encendió en su interior.

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Cesar era al mismo tiempo su padre y hermano. Hoy había sido asesinado
por las personas en las que él tanto confiaba, en especial Bruto, al que Cesar
protegió desde pequeño, así pagaba el perdón y los favores que Cesar le otorgó .
Bruto será el primero que caerá ante esta espada.

Las calles de la ciudad estaban vacías, pero existía una especie de


murmullo en ella, pues se sabía pronto vendría la reacción. Algunos de los
conspiradores se encontraban diseminados, otros encerrados en sus casas sin
saber que hacer, otros habían huido. Ellos pensaron resonaría la palabra
“Libertad” más el sentimiento imperante era el de “Traición”.

Marco Antonio decide salir en ese momento a asesinar a Bruto. Levantó la


espada gritando:
—¡Van a conocer el alma de Cesar estúpidos traidores.!
Al salir de su casa fue detenido por uno de sus soldados.
—Detente Marco Antonio. No es el momento. Espera un poco a que el
orden vuelva a establecerse, y saber quien esta con quien.
—Primero debo de asesinar a esos infelices.
—No puedes Antonio, muchas han salido ya de Roma y de otros se rumora
se han suicidado.
—¡Suicidado! Ni esa dicha me es permitida. ¡Quitarse la vida! He aquí la
acción más ruin y cobarde de cualquier hombre. En vez de enfrentar su realidad,
se quitan la vida; Malditos. —después de una pausa continuó— Cesar, ahí tienes
a los que te han dado la muerte. Su cobardía es reflejada hasta en su forma de
morir.

Con estos gritos cayó de rodillas con la espada junto a él y con lagrimas en
el rostro juró a los dioses el seria el encargado de asesinar a cada uno de ellos
con sus propias manos.

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—Yo sabré vengar tu muerte Cesar, y con mi existencia honraré tu
memoria. El día de mañana haré frente del Senado una gran pira donde los
verdaderos romanos que como yo te amaron. Honraremos tu existencia.

—Marco Antonio. No quiero interrumpir tu lamento, pero ha venido un


emisario de Cleopatra, la cual dice te necesita lo más pronto posible.

Cleopatra, es cierto, ahora ella ha quedado sola... si estos truhanes han


tenido la cobarde osadía de asesinar al hombre más ilustre de Roma ¿Qué le
depara a su descendencia? Nadie ha reconocido a Cesarión, no existe nada que
los acredite; tal vez Cesar en su testamento dejó escrito algo al respecto.
Preparen mi carruaje —ordenó— Primero iré a casa de Calpurnia a recoger el
testamento, y después, a casa de Cleopatra.

El silencio del luto romano se ve interrumpido por los corceles de Marco


Antonio que cimbran las calles de la ciudad. Su emoción oscila entre el odio y la
tristeza. Las imágenes de aquel gran hombre que luchó junto con el pasan por su
mente. Ninguno en lucha lo hubiera derrotado, sólo un grupo de miserables
traidores pudo hacerlo.

Antonio hubiese dado la vida por este hombre; muchas veces cuando la
muerte se acercaba a ellos, uno blandía la espada por el otro. Recuerda una vez
cuando en medio de una batalla se vieron acorralados, y espalda con espalda,
sonaban los metales y caían los cuerpos a su alrededor.

Sin pausa alguna reclama el testamento a fin de leerlo antes que nadie y
sigue su camino hasta llegar con Cleopatra.

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Antonio y Cleopatra eran los dos seres que habían estuvieron junto con
Cesar los últimos días. Una había sido su ardiente amante, y el otro su ferviente
amigo. La muerte de este los unía ahora. Ambos compartían con el sus últimos
planes y su futuro dependió siempre de Cesar.

Marco Antonio llegó a la casa de Cleopatra y la mandó llamar. Ella, al verlo,


siente otra vez ser la niña que Cesar recogió. Otra vez huérfana, siente como
antaño temor por su vida, se refugia en sus brazos y llora en su pecho

—¿Cómo pudieron estos ingratos?


—Yo me encargaré de que cada uno reciba su castigo, ninguno quedara
vivo. Cesar perdonó a muchos de los que se levantaron contra el y mira como le
han pagado.
—Se lo dije, Antonio... debía de haber asesinado a aquellos que se
presumiese estuvieran en su contra.
—Es momento de primero rendirle los honores que su persona amerita;
después vengaremos su muerte.
—¿Y que será de Cesarión?
—No te preocupes, he traído el testamento de Cesar.

Antonio necesitaba de Cesarión para poder gobernar en su nombre


mientras el pequeño cumplía la edad necesaria para tomar su cargo. Cleopatra
necesitaba de Antonio pues su única esperanza de legitimar a Cesarión estaba en
él. Antonio era el único que podía hacerlo.

El testamento marcaba a sus tres sobrinos como herederos de su fortuna,


de estos Octavio el mayor hereda las tres cuartas partes; de morir alguno de ellos
antes que él, Bruto recibiría su parte. Si un hijo le nacía antes de que muriese,
nombraba a varios de sus amigos (todos los cuales estaban en el pergamino que
contenía la lista de la conspiración). Las propiedades de Cesar las hereda el al

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pueblo romano y lo que quedaba de su tesoro debía ser repartido entre la
población. Octavio seria el hijo del Estado.

Los dos alzan la mirada y quedan azorados ante el descubrimiento: No se


mencionaba nada acerca de ellos, ni de Cesarión, en cambio el jovencito de
diecisiete años Octavio era designado como su sucesor.

Al otro día el cuerpo de Cesar se encuentra frente al foro, la gente empieza


a reunirse alrededor del féretro y muchos lloran al ver el cuerpo inmóvil. El luto y el
silencio imperan en Roma: ha caído muerto a manos de su pueblo el mayor
emperador que ha tenido.

Poco a poco se van postrando junto a él. La multitud llena la plaza. Marco
Antonio, con lágrimas en los ojos, se dirige al pueblo:

—Estamos reunidos para sepultar al mejor hombre que Roma ha tenido. Se


ha dicho que el emperador fue asesinado a causa de su ambición. Sí, en verdad
Cesar era un hombre ambicioso, pues todo el bienestar y los tesoros que tenemos
se los debemos a él. Más no olviden que él hace poco tiempo rechazó dos veces
la corona. La envidia llenó el corazón de los hombres, pero claro, no de los que lo
vimos batirse innumerables días por Roma, sino de aquellos cobardes que en el
Senado iban destruyendo lo que el gran guerrero obtenía para nuestro beneficio.

Aquí esta el manto purpúreo de Cesar, aquí están la muestra del ultraje que
cometieron en su contra; por aquí penetraron el cuerpo de Cesar las dagas de
Casio, Bruto, Casca y todos aquellos que en manada se lanzaron sobre él.

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Este es su testamento, aquí Cesar plasmó sus últimos deseos para con
ustedes. También tengo en mis manos los nombres de aquellos que conspiraron
contra él. (Al decir esto el silencio se apoderó por completo del pueblo)

Sepan todas las propiedades, paseos, palacios y campos que tenia Cesar
los ha heredado al pueblo, para que se conviertan en parques públicos, para que
ustedes y sus sucesores puedan divertirse en ellos. Así mismo ha dejado una
pequeña parte de su fortuna para cada uno de ustedes.

El pueblo en absoluto quedo conmovido ante el discurso y al momento


Marco Antonio encendió la pira donde estaba el féretro de Cesar; las mujeres
empezaron a rasgar sus ropas para alimentar las llamas que empezaba a crecer,
los hombres fueron a sus casas y trajeron algunos de sus más preciados muebles
y los echaron a la hoguera para alimentar con sus finas posesiones su partida.

Cleopatra, algo lejos de la plaza contemplaba el acto. ¿Como se atrevían a


incinerar a aquel hombre? En su tierra los grandes hombres son embalsamados y
descansan junto a sus seres queridos y animales protectores, los cuales
descenderán con ellos al reino de Osiris. Estos romanos incineraban su cuerpo
ensuciando el divino fuego con lo que podían; entre ellos seguramente se
encontraban algunos de los que lo asesinaron.

Suspira, pues entiende ya nunca volverá a ver a su hombre, amante,


protector y padre de su hijo. En esa hoguera se consumían sus ilusiones, el humo
volaba y se dispersaba en el cielo, al igual que todos sus sueños. “No tengo nada
que hacer en esta tierra. Estos seres son viles, traicioneros y cobardes. Regresaré
a Egipto”. Por la tarde ya estaba preparada su partida.

—Cleopatra. No puedes irte —grita Marco Antonio al ver subir a la faraona


en el barco.

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—No soporto ni un segundo más en esta tu fétida tierra; perdóname
Antonio, pero estos hombres han asesinado vilmente al hombre que amaba y si
así tratan al hombre que entregó su vida por ellos ¿Qué podemos esperar yo y mi
hijo?
—Recuerda el testamento. Si logramos que Octavio no ascienda al poder y
tu hijo sea reconocido...
—Calla Antonio. Si Cesar con su poder no lo pudo hacer, mucho menos
nosotros. Regresaré a mi tierra.
—No te culpo Cleopatra, yo haré cuanto este en mi poder para ver por
Cesarión.

Los dos quedan unidos en un largo abrazo.

—Confía en mi Cleopatra, te mantendré al tanto de lo que pase.


—Adiós, Antonio

Aunque Antonio era digno de su confianza, ella no podía seguir en Roma,


peligraba su vida y la de su hijo. Era tiempo de partir. Cleopatra y toda su guardia
y esclavos se embarcaron con destino a Egipto.

Al morir Cesar. Venus recogió su alma del cuerpo ensangrentado que


quedó en el foro, y la llevó volando más allá de la luna, donde lo convirtió en una
estrella, para que desde allá vigilara por siempre el Capitolio, el foro y la noche
romana,

El sol va cayendo del otro lado del cielo. Lo único con lo que regresa
Cleopatra a Egipto es la desdicha y el fracaso; al irse alejando de aquella ciudad
siente de golpe la ausencia de Cesar, empieza a llenársele el semblante de
lagrimas, una leve lluvia se posa sobre el Mediterráneo.

50
CAPITULO CUARTO
REGRESO

Después de tres años de ausencia, la reina ve desde el barco una fría


columna de mármol. Había llegado a su tierra. No traía nada de lo que soñó.
Regresaba a su pueblo con las manos vacías; partió con la intención de traer
en sus brazos al heredero de Roma y ser ella la mujer más poderosa del
mundo antiguo. Nada de esto había sucedido.

El pueblo la recibió con los honores acostumbrados y ella tomó su


papel dentro de las ceremonias; pero después de haber soñado con tal
poder… el suyo le parecía muy poco. Al entrar al palacio, la soledad de las
habitaciones se une a la de su alma; no quedaba nadie de su familia, no
estaba ya ni el rey flautista, ni su hermana, ni Aquilas, ni su hermano...
Nadie. Se acerca a la ventana y al observar el puerto sumido en sus
labores recuerda a Cesar cuando dirigió la guerra, cuando todo fue
movimiento, lucha, acción... Ahora Cesar también estaba muerto.

El pueblo al poco tiempo le pregunta acerca de su viaje, todos sabían


lo que había pasado, pero ella ponía en entredicho los informes y

51
argumentaba que Marco Antonio castigaría a los complotados y después
tomaría la dirección de Roma, y que ya en el poder legitimaría al pequeño.

En el fondo ella conservaba esta esperanza, pero los informes que


llegaban de Roma fueron poco a poco disipando este sueño. Con el tiempo
la situación en Roma quedó convertida en un triunvirato: formado
primeramente por Octavio, el cual fue nombrado por Cesar en su testamento
como su sucesor y a través de fiestas y juegos conquistó el corazón del
pueblo romano. Por el otro lado estaba Marco Antonio, quien asumió una
posición de gran militar y estratega, así como vengador de Cesar. A fin de
mediar las continuas pugnas de estos se nombró a un tercero: Lépido. Este
era jefe de la caballería romana y también fue amigo de Cesar.

Cleopatra, sentada frente a la ventana, se ve a si misma cuando era


apenas una niña y corría emocionada por la llegada de un barco romano. Ya
conocía aquel lugar, y a su gente, y ellos asesinaron todos los sueños y
esperanzas que había tenido en su vida.

Dos años después de cumplir diariamente con las tareas dignas de su


cargo, siente todo esta perdido. Egipto viviría siempre bajo el yugo romano,
Cesarión seria su hijo, sólo eso; el padre y su fama habían sido incinerados
en una hoguera hacia ya tiempo. Ella seria la faraona de Egipto, y gobernaría
hasta que su hijo tuviera la edad de secundarla. Todo había sido un sueño
en el que se meció durante años; nada de lo que creyó se convirtió en
realidad. Lo único que conservaba era su reino, aunque era demasiado poco
para ella, tenia que conformarse, ya mucho tiempo estuvo jugando con
querer ser la reina más poderosa del mundo antiguo...

Sólo tenia Egipto, debía confiarse otra vez a sus dioses y no al poder y
la guerra. En su reino animales y hombres viven en una armoniosa calma
donde el paraíso es vivir eternamente en el Nilo, con tristeza asume su papel,

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y toma entre sus brazos al pequeño Cesarión, ve en el puerto partir los
barcos cargados hacia Roma. Regresarían ellos con parte del oro que Cesar
llevó.

Todo se había derrumbado. Cleopatra cansada cierra los ojos frente a


la ventana mientras el sol desciende y sepulta en la tierra todos sus sueños.

CAPITULO 6

-Cleopatra: Han pasado tres años desde la última vez que nos vimos,
me encuentro hoy como dictador del Oriente, como ya te habrás enterado;
He limpiado las calles de Roma, he terminado con todos los que tuvieron
que ver con la muerte de Cesar; algunos cayeron por mi espada, otros se
dieron ellos solos la muerte. Como sabrás existe hoy un Triunvirato, y he
decidido rescatar y continuar los sueños de Cesar; el cometa que fue su
existencia no se detendrá. Seguiré la estela que su dirección trazó: me
preparo para conquistar Persia por lo cual necesito de tu ayuda.. Cesar dejó
en el mundo al pequeño Cesarión, la sangre de Cesar debe de reinar Roma, y

53
yo como su fiel amigo y general siento el deseo ajustarme a la dirección que
él marcó.

MARCO ANTONIO.

Cleopatra tomó la misiva entre sus manos, al terminarla quedó


desconcertada. Marco Antonio deseaba volver a encender la hoguera que
nació con Cesar... Había pasado mucho tiempo desde entonces... Cesarión
tenia cuatro años, y ella empezaba a alcanzar la madurez. Al volver a
controlar Egipto sentía haber tomado el sitio que los dioses le pusieron.

Antes de conocer a Cesar ella sólo deseaba tener el poder de su tierra,


pero él vino a hacerla sentir la madre del futuro jerarca del mundo. Después
de esto, nunca Egipto fue para ella él mismo, sentía en el palacio y en el
pueblo una desolación infinita. Ella era la única faraona con vida, su familia
entera había muerto en sus manos. Cesarión estaba aun muy pequeño, su
vida estaba enteramente dedicada al gobierno de Egipto.

Esa noche al llegar a su cama pensó en la carta de Marco Antonio,


“deseaba continuar la dirección de Cesar”, sólo él en el mundo compartió
con ambos sus ilusiones en Roma, nadie más vio a Cesar enseñarle a su
pequeño hijo como sentarse ante el pueblo o en el senado. Aparte él fue el
único que acudió a ella cuando Cesar murió, tal vez la segunda en la lista era
ella, y gracias a Marco Antonio no había muerto en Roma.

Al acurrucarse entre sus sabanas se dio cuenta de la soledad en la


que vivía, y de que toda su familia, amigos y enemigos descansaban bajo
tierra... Desde Alejandro Magno su estirpe se encontraba sepultada en la
ciudad, buscaba en su mente algo que la uniera con la vida o con sus
antepasados, sólo encontraba templos, dioses, cultos, pitonisas, asesinatos,
envenenamientos... no tenia ya ni enemigos a quienes arrancarles la vida

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para sentirse viva. Su destino se le mostraba a sí misma como la de sus
antepasados, a quienes despreciaba por nunca haber hecho nada por
engrandecer a Egipto... a excepción de Ramses, todos habían sido una
horda de mediocres que se entregaban a los vicios y a los placeres que su
cargo y riqueza les concedía. Al final de su vida, que quedaría... Cesarión. En
ese momento recuerda lo que la pitonisa de Isis le dijo cuando le preguntó
acerca del hijo de Cesar... “En tu vientre descansa aquel que devolverá la
grandeza a Egipto”. Recordó en ese momento la gracia absoluta que sintió al
tener dentro de sí al hijo del hombre más ilustre hasta su tiempo. Este
pequeño simbolizaba el único momento de su existencia en el que sentía
había triunfado, pues encarnaba a Hator como madre de toda la tierra
egipcia, señora del dios solar e hija de todos los dioses; el fruto de esta
conjunción era Cesarión. Aparte, él llevaba también la gracia de los dioses
romanos que se hicieron uno para crearlo... Las palabras de Marco Antonio
regresaron a su mente, este se encontraba en el punto exacto en el que
Cesar iba a triunfar... Marco Antonio deseaba lo mismo que Cesar...
entonces descubrió que ella estaba en sus planes, pues la gran motivación
de Cesar era ella... sintió dentro de sí otra vez a los dioses elevarla para ser
ella la faraona que cambiaria la historia de Egipto... Me llama desde Persia,
tengo que tomar otra vez una gran barca y dirigirme a él como la
encarnación de la Diosa que soy... Conquistar a Marco Antonio me será más
fácil que Cesar... Marco Antonio vive entregado a los placeres terrenales y
soy dueña del tesoro más grande que existe... Si pude dominar las acciones
y deseos del gran emperador, ¿cómo no lo haré con su más fiel vasallo? Al
recordar a Marco Antonio siente otra vez nacer el deseo dentro de ella,
igualmente era la solución a la soledad que sentía, debía de ir por él a Tarso,
él era el único de todo el pasado que quedaba vivo... Antonio deseaba
continuar los sueños de Cesar, que eran los mios... Mañana me reuniré con
todos los artistas de la ciudad para planear la más grande recepción que
cualquiera pudiese imaginar, superaré esta vez todas las anteriores... Marco
Antonio quedará rendido a mis pies... El sueño se apoderó de Cleopatra y

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en él vio a la diosa Isis quien posándose frente a ella abrió por primera vez
sus brazos dejando al descubierto sus alas; quedó deslumbrada por el
destello de las doradas plumas que salían de sus brazos, bajó la cabeza, y la
diosa al momento la rodeó con ellas. Al despertar se dirigió al taller y se
encerró el día completo con todas sus arquitectos, bailarinas, joyeros y
artistas a fin de preparar el viaje.

A raíz del triunvirato Marco Antonio fue declarado dictador en el


Oriente, teniendo Tarso como capital. Durante su estancia le llegaban
noticias de la fama que adquiría el joven Octavio en Roma y la sombra de
Cesar cada vez crecía más en su mente, cerca tenia Persia, la cual se le
mostraba como la campaña que hubiese llevado a Cesar a alcanzar el
reinado; pero su ejercito cada vez era menor, muchos al igual que él se
entregaron a los excesos. Marco Antonio identificaba su deidad no en
Júpiter, padre de los dioses, ni en Marte, dios de la guerra, sino en Dionisios
dios del vino y la fertilidad.

Necesitaba armas y dinero para restablecer un ejercito y entrar otra


vez en el juego por el dominio de Roma, es por esto que mandó la carta a
Cleopatra, pues sabia bien que el tesoro de Alejandría era incalculable, al
haber muerto Cesar, los dos quedaron unidos por su ausencia. Recordaba la
belleza de Cleopatra que conoció años antes que Cesar, sintió una
incontenible deseo por ella, su sensualidad, elegancia y riqueza la hacían
única en la tierra.

Semanas después de haber mandado la carta, no obtenía respuesta;


hasta que una mañana mientras se encontraba en el palacio, oyó un gran
alboroto en la ciudad. Gritos y ovaciones se escuchaban en el puerto, al
asomarse a la ventana vio una gran barca acercarse a la costa, las velas de
la embarcación eran de color púrpura, y en su centro se encontraba un gran
nicho con sedosas cortinas blancas: la embarcación era toda dorada, de ella

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salían decenas de remos que parecían de plata y acariciaban las olas cual si
fuesen flotando por encima de ellas. Una música de flautas y tambores salía
de la misma. Era Cleopatra, no había duda, el dictador se hizo armar lo más
rápido que pudo para salir al puerto a recibirla. No contenía la emoción de
verla llegar de esa forma; él no pertenecía a ninguna familia real, sino sólo
era un guerrero acostumbrado a la batalla, llevaba poco tiempo disfrutando
de los placeres de un emperador y hoy la princesa más rica del mund venia
en un fastuoso palacio flotante a visitarlo... No lo podía creer.

Queriendo aparecer solemne por su cargo, no corrió


despavoridamente al puerto, sino que se hizo seguir de sus generales, y con
orgulloso paso caminó hacia la costa. La embarcación brillaba cual sí el sol
hubiese caído en el puerto, encima de ella un grupo de bailarinas cubiertas
sólo por ligeros velos agitaban su cuerpo al ritmo de las flautas, al mismo
tiempo, una cohorte de elegantes mujeres ataviadas de deidades aventaban
ramos de flores al mar creando al lado de la embarcación una alfombra. Al
llegar Antonio al barco, el gran nicho se abre y en medio de este aparece
Cleopatra en su trono, tras de ella la gran Isis representada con las alas
desplegadas deslumbra a Antonio, en el regazo de la deidad está sentada la
hermosa faraona, su belleza es tal que al momento la identifica con la diosa
Afrodita; a su lado pequeños mancebos esparcen con grandes abanicos de
exóticas plumas el ligero humo de inciensos que perfumaba el ambiente.
Marco Antonio queda atónito al ver lo que tiene ante si, nunca había visto
una recepción tan magnifica; al acercarse e inundarse del delicioso aroma
floral de la embarcación, llega ante la reina y después de hacer una
reverencia ante ella. La faraona abre los labios:

-Marco Antonio, toma como obsequio todo lo que tus ojos pueden ver.

Al ver la expectación del general. Cleopatra sonrió, lo había logrado,


volvía a sentirse completa y veía en Marco Antonio a un apuesto guerrero

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que no sabia como reaccionar ante la maravilla que Alejandría podía crear.
Pero esto apenas era el comienzo...

-Han pasado tres años Cleopatra –fue lo único que pudo articular
Marco Antonio.
-No he medido el tiempo, parece fue ayer cuando salí de Roma y me
dijiste te proclamarías como el vengador de Cesar y verías por el futuro de
Cesarión.
-Las cosas no salieron como yo esperaba, pero necesitamos hablar.
-Por lo pronto he venido ante ti como pago por haberme salvado la
vida en Roma, y en agradecimiento por aniquilar a los asesinos de Cesar. –
dijo Cleopatra orgullosa y dominante- He preparado esta noche para ti y tus
soldados un gran banquete
-Pero, que ha pasado en ti todo este tiempo. Desembarca, y ven a mi
palacio para que podamos platicar,,,-dijo Marco Antonio con el deseo de
seguir junto a ella, estaba deslumbrado por su belleza.
-Hasta la noche Cesar… perdón. Antonio.

Cleopatra antes de venir repasó su estancia en Roma, y se dio cuenta


de que su gran error había sido el estar entre romanos. Cualquier hombre
conquistado por la elegancia Alejandrina quedaba sometido a su poder, así
lo había hecho con Cesar; en tierras romanas no podía mostrarse con la
majestuosidad con la que lo hizo el día de hoy. Decidió no dejar el barco por
un instante, y de esta manera llevarse a Antonio a Alejandría, al quedar este
tocado por sus encantos no podría apartarse nunca más de ella. Su plan era
tenderle a Antonio un camino de gozo y placer que lo fuese llevando hasta
Egipto, y ya en él… a base de sus encantos y los de su tierra, lo conquistaría
hasta que estuviese listo para ir por Roma.

-Esto va a ser más fácil de lo que pensé Apolodoro. Antonio ha


quedado flechado –dijo a su fiel sirviente la reina.

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-Todos pudimos verlo su majestad.
-Preparen todo para la noche, ya lanzamos el anzuelo, sólo hay que
subir a la presa a bordo y partir con ella. -Concluyó la faraona con una
sonrisa.

Antonio bajó de la nave realmente sumido en éxtasis por la belleza de


la reina y la forma en la que se presento. “toma como obsequio todo lo que
tienes ante tus ojos” la voz de la reina no cesaban de repetirse una y otra vez
en su cabeza, era más de lo que él pudiese haber soñado nunca. Ahora
comprendo donde estaba el corazón de Cesar -piensa Marco Antonio- Tal
vez ella es lo que necesito para poder emular a Cesar, ella tiene la fortuna
necesaria para reunir un gran ejercito, además sabe controlar y dirigir bien
su poder. La felicidad y el deseo que sentía Marco Antonio eran exorbitantes.
Toda la tarde estuvo intranquilo, no podía dejar de pensar en Cleopatra, y
constantemente se acercaba a la ventana y veía las trece embarcaciones en
las que venia la faraona. ¡Esto es demasiado como me podré negar a ella!
Ella quiere ver en mí a Cesar, pero él era inigualable, yo siempre seguí sus
ordenes más no existe en mi un orador que me dicte las palabras con las
que Cesar podía conquistar o dominar a quien fuese, ni tengo el ingenio para
crear los ataques que el creaba, yo sólo seguí sus ordenes... Ella me desea
como monarca y conmigo realizar el sueño que vivió con Cesar; tal vez con
ella pueda lograrlo, hoy no tengo un gran ejercito, ni el poder necesario para
ir contra Octavio, mientras yo estoy aquí; él esta ganando el corazón de los
romanos, lo único que puedo hacer es seguir los pasos de Cesar a través de
la guerra, sólo con el poder de Cleopatra puedo realizarlo.

Cayó el sol y las embarcaciones se vieron alumbradas por linternas y


antorchas, el apacible murmullo del mar fue aderezado por la música de
flautas y tambores que llamaban a Marco Antonio al banquete.

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Al llegar Marco Antonio a la embarcación quedó maravillado otra vez.
Fue conducido él y sus generales por un pequeño camino de antorchas
hacia un gran salón dentro de otro barco. De las paredes colgaban
purpúreas sedas bordadas con hilo de oro, había alrededor de Cleopatra un
séquito de hermosas mujeres que recibieron cordialmente a todos los
guerreros incluyendo a Marco Antonio; quien tomo asiento al lado de la
faraona. Cada uno de los demás concurrentes fue conducido hacia un
triclinio, y frente a ellos grandes copas y vajillas de plata con incrustaciones
de piedras preciosas brillaban frente a sus ojos. Al tomar todos su
respectivo asiento. Cleopatra dio la bienvenida a los comensales.

-Queridos romanos, he venido a agradecerles su lealtad y fiereza al


haber dado muerte a todos aquellos que asesinaron a Cesar -Los
concurrentes hicieron reverencias a la faraona y tomaron su asiento- espero
disfruten de la pequeña parte de Alejandría que he traído para ustedes -acto
seguido dio un aplauso y con este salieron de la cocina una innumerable
cortejo de esclavos con extravagantes platillos, los cuales fueron puestos
ante cada uno de los invitados.

Marco Antonio junto a Cleopatra se encontraba confundido. Era


excesivo lo que la reina traía para ellos, él sólo le pidió su presencia y esta
sin anunciarse vino a conquistar lo que quedaba de su ejercito. Ni en Roma,
ni en Tarso, ni en Alejandría había visto tal despliegue de placer y belleza. Al
notar la confusión de su invitado principal Cleopatra comenzó la plática.

-Te encuentras satisfecho Marco Antonio.


-Esto es demasiado Cleopatra -respondió tenso el triunviro.
-Te parece- dijo la reina, y alzó la copa entre las manos diciendo a los
concurrentes – Queridos romanos quiero otorgarles todo lo que tienen frente
a ustedes, la vajilla, el triclinio el que están sentados, las copas y las jarras
que adornan su mesa, todas son suyas -los guerreros gritaron felices, y del

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fondo salieron alegres bailarinas que con sus danzas alegraron aun más la
reunión.

-No puedo más Cleopatra, necesito hablar contigo -la reina lo observó
con una gran sonrisa, sabia estaba yendo muy por encima de lo que Marco
Antonio hubiera esperado o conocido.
-Bebe un poco Marco Antonio, pues sólo esta noche permaneceré en
este lugar. El día de mañana regreso a Egipto –esta era la última sorpresa
que tenia para Marco Antonio.
-¿Qué?, pero ¿necesitamos hablar? Mis esclavos están organizando
un banquete para ti, la ciudad se encuentra extasiada y desea conocerte.
-No cometeré el mismo error Antonio, nunca más volveré a pisar suelo
romano.
-Pero Cesarion, es mitad romano, mitad egipcio, y Cesar quería que el
gobernará Roma...
-Tu lo has dicho Antonio, Cesar; el ha muerto. –Marco Antonio sin
darse cuenta era conducido por Cleopatra, hasta el punto que ella deseaba.
-Desde que murió todos mis pasos han seguido sus deseos... – a lo
cual la reina con una picara sonrisa contestó
-Y Cesarión esta en tus deseos -hizo una pausa mirándolo a los ojos-
o. Yo.

Marco Antonio se levantó de golpe y contempló frente a sí aquel


recinto; todos sus generales se encontraban en el baile disfrutando de los
deleites del banquete. Cada uno había tomado a una o dos bailarinas y en la
efervescencia del bullicio, se acercó a Cleopatra y le dijo:

-Vamos a otro lugar donde no haya tanto ruido. –La reina sin decir
nada se levantó y condujo a Marco Antonio a una habitación contigua donde
quedó sumido en el delicioso aroma de los inciensos que llenaban los
aposentos de la reina.

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Al estar solos, Marco Antonio tomo de la cintura a Cleopatra
atrayéndola hacia sí.
-¿Qué haces Marco Antonio?
-Ahora mismo me vas a decir lo que quieres de mí, no has venido por
Marco Antonio, tu quieres reavivar el sueño de Cesarión conmigo.
-Tu eres el que se la ha pasado todo este tiempo contemplando la
posibilidad. Yo no me acerque a ti. Tu me mandaste llamar -La voz de
Cleopatra empezaba a quebrarse, Marco Antonio la apretó con más fuerza,
hacia mucho tiempo no estaba en brazos de un hombre y Antonio era
apuesto, musculoso y empezaba la reina a conocer al Dionisios que había
dentro de él.
-Desde que te vi en Alejandría cuando eras apenas una niña supe
reconocer a la mujer que ahora tengo entre mis brazos. Antes de que Cesar
fuera a Egipto yo le hablé mucho de ti y tu belleza; nunca pude olvidarte. Al
verte con Cesar sentí era lo indicado, pues yo era sólo un general a su cargo,
pero hoy tengo un tercio del Imperio Romano y Cesar ha muerto -la reina
quedó sorprendida no había percibido nada de esto mientras estuvo en
Roma, igualmente sentía atracción ante el varonil acento de su voz y la
fuerza de sus músculos.

Marco Antonio acercó sus labios a la princesa, esta no pudo


contenerse y dejó al romano seguir cerrando los ojos. –siempre te he
deseado Cleopatra, tu y yo podemos fundir nuestros nombres en la historia
de Roma- Las bocas de ambos quedaron unidas por un beso; Cleopatra
sintió sus caricias muy diferentes a las de Cesar, las manos que ahora
recorrían su cuerpo la estrujaban de una forma desconocida para ella. Sabia
de la lascivia de Antonio pero no conocía de su poder, y fue dejándose
seducir por él deleite que sentía.

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En el salón, los romanos tomaban de las egipcias y de lo que la reina
trajo para ellos. Bajo el sonido de las flautas Egipto y Roma se unían en una
bacanal sin precedentes en la historia. Dionisios tomaba hoy de Afrodita, y
entre ruido, vino y caricias, el sexo de ambos imperios se fusionaba. La luna
ardió en la costa hasta convertirse en el Sol, y los amantes después del
furor, reflexionaban en el silencio matutino lo sucedido.
Marco Antonio vio a junto a él a Cleopatra, era hermosa y era la mujer
más rica y poderosa en el mundo, sabia ella lo que quería era tener a Cesar
en él. La faraona contaba con todo lo necesario para poder igualar a Cesar.
Si iba con ella a Alejandría podría tener acceso a su gran riqueza, y planear
con ella una estrategia en contra de Octavio. Al pensar en Roma recordó
entonces a Fulvia, su esposa, ella no aceptaría el verse denigrada por una
egipcia, ni por nadie, y sabría se encendería su furia, pero ¿qué podía hacer
ella en contra de la reina?, estaba muy lejos y si él decidía irse con Cleopatra
tardaría en enterarse… después podría arreglar las cosas en Roma. No tenia
nada que perder, y la vida que le ofrecía Alejandría no tenia comparación con
ningún placer al que el tuviese acceso.

Cleopatra sentía dentro de ella un deseo incontenible por Antonio, nunca


imaginó que los placeres del amor fueran tan exquisitos, aparte sentía otra
vez estaba protegida y acompañada. Tenía a uno de los tres que gobernaban
Roma. Sabia que muy difícilmente este podría igualar a Cesar, pero ahora la
situación era distinta. Ella podría manejar a Antonio y este era un buen
guerrero, ahora tenia que hacer que Antonio fuera en contra de Roma, pero
esto requería tiempo.

No puedo dejar que se vaya, no regresaré a Egipto con las manos


vacías, llevo ya tres años allá y ya no deseo estar sola en el palacio- pensaba
la faraona hasta ser interrumpida por su amante..

-Cleopatra… ahora que sigue.

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-Me lo preguntas tú. Yo acudí a ti, pues decías deseabas cumplir la
voluntad de Cesar –dijo la faraona recargando el rostro en el pecho de
Antonio, y continuó sonriendo- pero no pensé que fuera esta.
-las cosas han cambiado –respondió Antonio sonriendo- esa carta fue
un pretexto para volver a verte. Aparte como dijiste: Cesar ha muerto, y
ahora estamos tu y yo unidos. Enterremos a Cesar de una vez por todas;
hagamos juntos nuestra propia historia –concluyo el triunviro con fuerte voz
-Ven conmigo a Alejandría, necesitamos tiempo para pensar lo que
haremos. Viene el invierno, y durante esta época no hay nada que podamos
hacer.
-Claro que si Cleopatra.-la reina lo miró con desconcierto- podemos
estar juntos –dijo sonriendo el viril mancebo. Tomó el rostro de la princesa
entre sus manos, y la besó. Horas después zarpaban rumbo a Alejandría.

Cleopatra regresaba reanimada completamente por el viaje y la presa


que consiguió; por fin volvía a tener un hombre en el palacio, y el sueño de
Cesarión y Roma comenzaba otra vez a alimentarse dentro de sí, cual la
llama del faro que veía otra vez volver a arder. Tenía que hacer todo lo
necesario para retener a Marco Antonio en su tierra, y al igual que a Cesar,
enamorarlo de su poderío y riqueza. Pero este era muy diferente… con él no
sentía la necesidad de mostrarse a su altura, ni debía cuidar sus palabras o
actitudes, podía mostrarse tal cual era y Marco Antonio quedaba
apantallado.

Marco Antonio empezaba a sentirse cual Cesar, pues veía como la


faraona se esmeraba en darle gusto en todo lo que él desease. Su
experiencia con las mujeres le hizo percatarse rápidamente del amor que
Cleopatra sentía por él, igualmente se daba cuenta de que estaba viviendo la
mejor época de su vida; estaba enamorado. Veía en ella todas las virtudes
que Cesar tenía; ella gobernaba su pueblo con tranquilidad y nadie

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cuestionaba sus decisiones; además tenía el refinado y selecto gusto del
que él carecía. Juntos podrían llegar a ser el mismo Cesar.

Marco Antonio se fue a Alejandría sólo con una pequeña parte de su


ejercito, dejó la armadura y caminaba sólo con túnica y sandalias en el
pueblo. Descansaba toda la mañana mientras Cleopatra se dedicaba a sus
tareas de faraona. La cocina del palacio funcionaba las veinticuatro horas al
día, pues tenia que tener varios platillos para satisfacer el hambre y la sed de
este hedonista en el momento en el que desease, y no sólo de él, sino tenia
que tener preparadas las viandas necesarias para satisfacer toda una fiesta,
dado el caso de que el señor deseara iniciar un banquete en el momento.

Cleopatra constantemente estaba al cuidado de su hombre. Si este decidía ir


a pescar, mandaba sin que él lo supiera, a un grupo de buzos que ponían en
sus anzuelos grandes peces para que él no estuviese insatisfecho, y siempre
consiguiera lo que deseaba. El pueblo se burlaba al ver a Antonio contento
de coger grandes pescados ahumados en el mar. También acudía al Museo y
se hacia rodear de los filósofos de Alejandría y exponía sus grandes
problemas con una copa de vino en la mano; al ver su sencillez e ignorancia,
los sabios egipcios seguían sus relatos riéndose junto con él.

El pueblo de Alejandría se sentía cómodo con la presencia de Antonio,


pues todos podían convivir con el romano y carcajearse con el de su
ignorancia y pesados modales, así mismo se maravillaban de la cantidad de
pueblos que conquistó al lado de Cesar. Algunas veces Antonio se hacia
pasar por un egipcio más, vistiéndose como ellos, y en la noche gastaba
pesadas bromas a los habitantes, estos sabían que era él, pero le seguían la
corriente y corrían a azotarlo. Todos seguían el juego de este infantil
guerrero y adoptaban entre ellos a este nuevo amante de la reina.

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Cleopatra, siempre al pendiente de su hombre, sabia en todo momento
el lugar en el que se encontraba y estaba dispuesta a la hora que fuera para
comer con él, pasear a caballo, o organizar una fiesta; vivía por completo a
su disposición y aprovechaba los ratos en que este dormía o descansaba
para cumplir sus tareas. Toda la fuerza que antes utilizaba para dirigir al
pueblo o crear planes en contra de algún enemigo, ahora eran para Antonio.
Por primera vez en su vida se sentía enamorada y deseaba servir a un
hombre el resto de su vida. Nunca se había dado tiempo para divertirse,
dado su papel de faraóna, pero la fiesta inacabable y el Dionisios que Marco
Antonio llevaba en el alma, hicieron que por primera vez ella se diera tiempo
de disfrutar los goces de este tipo de vida.

La fiesta llegó a tal grado que Cleopatra fundó “el club de los
inimitables”, la cual era una asociación compuesta por los personajes más
ricos e importantes de Alejandría, quienes diariamente tenían que ofrecer la
celebración más grande y ostentosa que pudieran… Cleopatra estaba
contenta de agradar a Marco Antonio, más a diferencia de su hombre ella
nunca se emborrachaba; corría la leyenda de que esto era causado por la
magia de un anillo de amatista que nunca se quitaba, pero la realidad era que
nunca la vieron fuera de sus cabales.

Cierto día Marco Antonio quiso impresionar a los egipcios, y retó a Cleopatra
a hacer la fiesta más suntuosa de la historia. Marco Antonio fue el primero
en la apuesta y para su fiesta mandó traer de Tarso mucho dinero y vinos
para mostrarle a ella y a los egipcios la riqueza del Imperio Romano. Al otro
día tocó a la reina, al terminar la reunión hicieron las cuentas. Al ver que no
había una gran diferencia, Cleopatra desprendió de sus orejas, uno de sus
aretes, y lo tiró en una copa, dada la pureza de las perlas que lo formaban se
disolvió al instante en la bebida. Después le dijo a Marco Antonio tomara la
copa. El valor de esta joya elevó por mucho la cuenta y dijo a su amante:

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-Nadie en la tierra supera la riqueza del tesoro de Alejandría.-sentenció
sonriendo la faraona. Marco Antonio quedo maravillado.

El pueblo egipcio se encontraba contento por la dionisiaca gracia del amante


de la reina. Todo parecía ajustarse a su sitio. Los dioses volvieron a inflamar
el vientre de la faraona. Al enterarse Antonio no tubo la misma reacción que
Cesar; sino sólo recibió con gusto la noticia e inició otra gran fiesta. La reina
entendió la postura de Marco Antonio, pero empezó a dudar de él, y la
incertidumbre comenzó a introducirse en su alegría volviendo a sentir la
angustia que tanta fiesta y amor habían menguado, ¿Qué pasaría si Antonio
la dejaba?

Roma rápidamente le mandó la respuesta. Mientras Antonio se


encontraba en Egipto, Fulvia, su esposa, tomó su sitio, como si ella fuera la
dictadora de Oriente, y comenzó una pequeña guerra en contra de Octavio.
La acción tenia dos fines, el primero era sacar de Egipto a su hombre y la
segunda preparar el terreno para que el viniese a derrocar a Octavio. La
ausencia de Antonio también se hizo sentir en el Oriente, pues los partos
avanzaron por Siria y dieron muerte al gobernador recientemente puesto por
Antonio. El mundo empezaba a sentir su falta. Al poco tiempo su hermano,
Lucio, quien luchaba junto con Fulvia en contra de Octavio, fue vencido, y
Fulvia corrió a refugiarse en el Oriente. Antonio debía de despertar del
hedonístico sueño en el que se encontraba sumergido en Alejandria.
Aunque le dolía dejar esta placentera vida, tenia que hacerlo, pues podría
perderlo todo:

-Tengo que regresar a Roma. Octavio esta a punto de destruirme- dijo


Antonio a la reina quien esperaba oír una promesa que tuviera que ver con
ella o la criatura que venia en camino.
-El momento ha llegado Marco Antonio, es el momento en que asumas
el papel de Cesar que haz querido seguir.

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-No Cleopatra, Cesar, nunca más –sentenció Antonio con fuerza-.
Ahora yo tomó por completo mi posición. Iré a terminar con Octavio.

La reina calló. No podía decirle nada a Antonio, ya sentía dentro de sí


otra vez la soledad que padeció desde que Cesar murió. Ahora el sueño
había terminado otra vez, tendría que tomar sola la dirección de Egipto y ver
lo que Roma hacia con Antonio. En esa tierra nunca las cosas salían como
ella deseaba.

-Sólo dime... ¿regresarás?


-Gracias a ti tengo el valor necesario para ir en contra de Octavio y
dominar Roma, sólo necesito resolver las cosas allá y regresare por ti. Te
amo Cleopatra, en mi vida olvidaré este tiempo, nunca he sido más feliz;
volveré por ti y por la felicidad que en esta tierra encontré.

La gran fiesta en la que Egipto pasó el invierno llegaba a su fin, al


igual la felicidad de Cleopatra. Volvía a ver a su hombre perderse otra vez en
el mar con dirección a Roma. Marco Antonio no esperó como Cesar ver a su
hijo, es más, parecía no importarle. Igualmente Cesar le había prometido
Roma y el trono para Cesarión. Marco Antonio, nada. Todo lo que había
traído Marco Antonio, sus locuras, gritos y algarabía se transformaban en
un silencio absoluto que le recordaba la soledad de la cual escapó. El
palacio volvía a la calma que la impulsó a ir por Marco Antonio, pero el vacío
con el que partió para Tarso no era el mismo... era mucho más hondo.
Amaba a Marco Antonio, nunca en el pasado fue tan feliz, ni se sintió tan
bien como mujer, ni como faraona, otra vez su cama estaría sola, tendría que
esperar sin ninguna compañía el nacimiento de lo que se gestaba en su
vientre.

Al otro día al despertar y tomar su trono, sintió la falta de Antonio, ya


no tenia por quien preocuparse, ni a quien satisfacer. Al acabar sus labores

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tendría que volver a la soledad. El pueblo se encontraba sumido otra vez en
su calma habitual; ya no había por quien hacer fiestas. Tenia que esperar y
ver lo que el destino y Antonio resolvían. Ella no podía hacer nada.

Antonio se reunió con Fulvia en Atenas; ambos reclamaron uno al


otro sus acciones: Antonio le reprochó el haber iniciado la guerra contra
Octavio sin su consentimiento, y Fulvia a su vez, su estancia en Egipto y sus
amoríos con Cleopatra. Los dos eran culpables. Octavio ganó la batalla y
dirigía el Senado sin que nadie se interpusiese en sus decisiones. Marco
Antonio tenía que seguir la guerra contra Octavio, pero mientras este se
disponía a ir a la guerra, Fulvia murió. Antonio se aprovechó de la situación
pues vio lo débil que su ejercito era en comparación con el de Octavio,
entonces culpó a Fulvia de todo lo sucedido, y argumentó que él sólo
deseaba la paz en Roma.

El pueblo romano ya estaba harto cansado de estas guerras intestinas


que creyeron terminar con la batalla entre Cesar y Pompeyo; entonces se dio
la reconciliación. Los romanos que estaban con Antonio regresaron con sus
familias, Roma se unió en el abrazo de paz y armonía que tanto tiempo
esperó. A fin de sellar este pacto, Octavio ofreció a su sobrina Octavia a
Antonio, quien aceptó, pues no podía rechazar el tratado.

En Alejandría dos gemelos veían por primera vez la luza: Alejandro


Helios o el Dios Sol y Cleopatra Selene o la pequeña Diosa Luna, la reina
escogió los nombres en conmemoración de la primera noche que pasó con
Antonio hasta el amanecer. Al enterarse de la unión de Octavia y Antonio
pidió se fueran todos del palacio y ordenó que nadie regresara hasta que ella
lo indicara. Salieron todos espantados y la reina al verse completamente
sola grito desgarradoramente el nombre de Antonio; la tristeza y la ira se
hicieron una en su ser y entonces empezó a destrozar la habitación que
había compartido con su amado.

69
Antonio la había engañado como nadie antes lo hizo. Nunca había
sentido nada tan fuerte como el amor que sentía por Marco Antonio, y todo
esto sucedía una semana después de haber visto consumado el fruto de su
amor en dos pequeños. Volvía a estar más sola que nunca y pronto Egipto
sería una provincia romana más. Perdía su poder, su amor, y como pago
tenia ahora a dos pequeños. –Soy una imbécil- se decía a sí misma mientras
destrozaba la cama, los jarrones, y se arrancaba mechones de pelo de la
cólera que sentía. Sus lágrimas parecieron arder como lava que quemaba su
rostro, dentro de sí un torrente de fuego incendiaba su alma y destrozaba
cuanto tenia a la mano. Este hermoso y fuerte idiota terminaba con todo lo
que ella tenía. Ya nada podría darle alivio...

CAPITULO 7

En el año 39 a C Cleopatra tenia treinta y dos años, ya habían pasado


cuatro años desde que Marco Antonio partió, y su vida la dedicó
enteramente a los asuntos de Egipto, así como en preparar a Cesarión para
cuando este tomara el mando de su tierra. El pequeño de diez años asistía
diariamente con su madre a las audiencias que daba al pueblo. Ahí poco a
poco se familiarizaba con las tareas de las que pronto tendría que hacerse
cargo. Cleopatra al verlo junto a ella sentía mayor seguridad, su parecido
con Cesar le daba confianza, como si Cesar la protegiese en la figura de su
hijo. Diariamente llegaban decenas de hombres a pedir consejo a la reina
sobre todos los asuntos de Egipto; se iniciaba por las cuestiones de orden
divino, lo primero eran los dioses, preguntaba a sus sacerdotes sobre el
estado de las adivinas, los templos y los toros sagrados; después repasaba
el inventario de los tesoros con los que contaba cada santuario, la cantidad

70
de incienso que gastaba, los ornamentos que mandaba hacer al museo, etc.
Nada podía hacerse sin observación de la faraona. Después de los dioses
venia la tierra, entonces le informaban sobre el nivel del Nilo y los campos
que necesitaban irrigación. Mandaba construir un canal aquí, ampliar otro, y
echaba mano de todos los recursos necesarios para mantener a su mayor
provecho los campos que daban la riqueza a este reino. También le
mostraban la producción de cada parte del imperio, los ingresos obtenidos
por vegetales, papiro, trigo, aceite, sal, maderas preciosas, etc... Cada cierto
tiempo venia un cónsul de otro imperio a pedir audiencia con la faraona. Los
extranjeros quedaban impresionados al oír a la faraona hablarles en su
mismo idioma. Cesarión debía de aprender los lenguajes de los países
cercanos y poco a poco también debía aprender la forma de negociar de la
faraona. Ningún gesto cruzaba su rostro mientras le proponían cualquier
asunto o negocio, hacia sus demandas rápidas y concisas siempre elevando
un numero o imponiendo una condición más, y ante su férrea decisión
acababan cediendo a sus ordenes todos los que a ella se acercaban. Pasado
todo esto la reina dejaba el trono, caminaba por la ciudad queriendo
encontrar algún detalle que hubiese pasado desapercibido en el informe
diario; igualmente veía que sus ordenes fueran llevadas acabo. Si había
ordenado la prohibición de algún producto en el reino, este momento era el
momento de percatarse de si su orden era llevada acabo o no, lo mismo si
mandaba asesinar a algún sospechoso, lo buscaba con la vista y no se
sentía satisfecha hasta no verlo por ningún lado.

Todas sus tareas quedaban suspendidas de dos a seis de la tarde;


momento en el cual la reina se encerraba en una habitación de su palacio y
se dedicaba a la lectura, o discutía asuntos artísticos o políticos con los
filósofos de su tierra. También este era el momento en que acudían todos
sus informantes de Roma y otras partes a rendirle cuentas. Este aspecto era
uno de los más interesantes de la reina, y en los que residía su poder, pues
secretamente tenía una red de investigación en todo el mundo antiguo, con

71
lo cual prevenía cualquier situación, antes de que sucediera. Por medio de
ellos iba siguiendo los pasos de Antonio y Octavio. Durante este tiempo la
reina se dedicó solamente a consolidar su poder, pues nada distraía su
atención de su tierra y seguía robusteciendo su más grande poder que era la
riqueza, sabia pronto Roma necesitaría de ella para lanzarse a la conquista
de Persia, pues el triunvirato volvió a celebrarse por cinco años más, por
medio de un tratado Marco Antonio cedía 130 naves a Octavio para que
fuese en contra de Sexto Pompeyo, a su vez Antonio recibió a cambio veinte
mil legionarios para ir en contra de Persia. La reina rabiaba de coraje al oír
noticias de Octavia, o de cómo Antonio en Atenas inmortalizó su figura en la
de Dionisios, o de las orgías que realizaba en la ciudad. La reina sabía que
Antonio pronto vendría a pedirle ayuda, pues sin su riqueza no podía llevar
acabo tal campaña.

El momento decisivo fue cuando estaba apunto de iniciar la lucha con


los persas. Durante el camino, regresó a Octavia a Atenas, pues ya planeaba
su próxima entrevista con Cleopatra; como siempre sus tropas se
encontraban inconformes por sus sueldos y a esta inconformidad se
sumaba el temor de que en los territorios que iban a conquistar no se
encontraran grandes tesoros. Necesitaba del dinero de la reina para poder
realizar la guerra y regresar a Roma después contra Octavio; fue por lo cual
mandó a uno de sus generales llamado Fonteyo Capito a Egipto, con el fin
de pedir a la reina fuese a Antioquía a entrevistarse con él.

La reina durante todo este tiempo predijo la entrevista. Ahora debía


asumir el papel que el destino y la historia le confirieron. No construiría
como antes un gran palacio flotante para ir al encuentro del general, sino
acudiría a él vestida de amazona, como protectora de su tierra y madre de
tres hijos mitad romanos, mitad egipcios, y si este deseaba algún auxilio,
tendría que someterse a los mandatos de ella. Sabia que sin su ayuda Marco
Antonio fracasaría en la campaña, pues su ingenio distaba mucho de ser

72
como el de Cesar, ambos lo sabían. Necesitaba de la riqueza de Alejandría
para lograr la victoria.

Antonio soñaba con volver a ver a la faraona entrar como lo hizo la vez
pasada, la veía en un gran barco llena de joyas y diamantes dispuestos hacia
él, fue por lo cual decidió preparar una recepción a la altura, planeó un gran
banquete para celebrar el reencuentro con su princesa, e intentaba igualar el
exceso de las grandes bacanales romanas. Mientras estaba en los
preparativos llegó la reina montada en un caballo hasta él, lucia radiante
pero no seductora, llevaba un sobrio vestido que cubría casi todo su cuerpo,
tras de si no estaba un sequito de bailarinas, sino a una brillante guardia y
junto a ella estaba el joven Cesarión vestido con el alto sombrero blanco que
utilizaban los faraones. Antonio quedó congelado ante la imagen, nunca
esperó verla entrar de esta manera. Rápidamente la reina mandó a Antonio
dispusiera de un lugar en el que pudiesen hablar. Antonio sin saber que
hacer, la llevo al palacio, y en una habitación de esta se realizó el
reencuentro de los dos amantes:

Al estar solos, Marco Antonio se acercó a Cleopatra intentando revivir


el amor que años antes habían tenido. La reina dominando la situación rió
del intento de Antonio, y habló:

-Se que necesitas dinero y hombres para tu campaña, es por lo cual he


venido.
-Espera Cleopatra, ¿Qué te ha sucedido?
-Nada Antonio. Te repito he venido a crear un concilio entre tu reino, y
el mío, nada más.
-No he dejado de pensar en ti Cleopatra, tuve que casarme con Octavia
pues de lo contrario estallaría una revuelta en mi contra y en ese momento
no tenia lo necesario para ir en contra de Octavio -dijo Antonio intentando
justificar sus acciones, mientras la reina lo miraba con una irónica sonrisa

73
-Si es así; estas dispuesto a divorciarte de Octavia ante Roma –
preguntó Cleopatra inamovible.
-Es muy precipitado, necesito primero engrandecer mi fama y después
podré hacer lo que tu desees.
-No Marco Antonio, tus tiempos de decisión han pasado. Si deseas
algo de Egipto sólo lo podrás obtener casándote con su faraona.-concluyó la
reina.
-Pero Roma no lo aceptará.
-Para ser rey de Egipto no necesitas aprobación de Roma.
Conquistaras Persia y después iras en contra de Octavio, pero yo seré desde
este momento tu emperatriz.
-Si es así. Acepto –dijo Octavio quien al ver la petición se le hizo muy
fácil aceptar, pues no contaba con lo que le pediría la reina
-Para que puedas ser rey de Egipto y tener acceso a su riqueza y sus
hombres debes de devolverle a Egipto los territorios que tenia en su
fundación.-la reina desplegó un mapa que tenia entre las manos sobre la
mesa- El imperio tolemaico en sus inicios se componía de todos estos
territorios –continuó la reina señalando con una pluma una gran parte del
mapa- las cuales debes de anexionar a Egipto, pues tu al ser dueño de la
mitad del Imperio Romano, tienes estas tierras bajo tu protección

Marco Antonio contempló el mapa y vio las tierras que la princesa le


pedía; eran Chipre, las costas de Palestina y Fenicia, el Sinai, parte de Siria,
Arabia. Judea, el Libano y Creta.

-Pero son demasiadas, como voy a justificar eso ante Roma.


-Estas tierras están bajo tu poder, y al ser tu rey de Egipto, acabas de
ganar para Roma –dijo altiva la faraona- el imperio más rico del mundo.
-Bueno, aceptó Cleopatra, pero no puedo casarme ahora, no puedo
dejar Antioquia, debo de prepararme durante este invierno para comenzar la
guerra en primavera.

74
-No te preocupes, he traído conmigo a los sacerdotes que pueden
realizar aquí la unión. –Antonio enmudecido se sometía a todas las
indicaciones de la reina-. Algo más, debes de reconocer a Cesarion como
heredero legítimo del Imperio, y tus propios hijos recibirán reinos menores.-
con esto cerró por completo lo que en Roma seria llamado el Tratado de
Antioquia
-¿Dónde están ellos?
-En Alejandría –la reina dejó intencionalmente a los pequeños, para
obligarlo a ir a su reino, y de la misma forma, al ver sólo a Cesarión tenia que
empezar a adoptarlo.
-Tu ganas Cleopatra, se hará todo como tu dices. –Cocluyó Antonio un
poco adusto por la entrevista y pensó que al aceptar podría entonces
obtener a la princesa.
-De ser así, el día de mañana se celebrará nuestra unión. Hasta
mañana Marco Antonio. –Salió la reina de la habitación con una amplia
sonrisa en los labios que el futuro rey de Egipto no pudo ver.

Al quedarse solo, Antonio contempló el mapa en el que se


encontraban las tierras que pedía la reina; el tomo una pluma de ganso y
circuló las tierras que se encontraban bajo su dominio, después de terminar
con la parte Oriente continuó sus trazos por Egipto. Por primera vez vio la
magnificencia del imperio que estaba bajo su mandato, a esto sumo Persia, y
se dio cuenta de que su poderío empezaba a alcanzar la mitad del mundo,
después de esto sólo tenia que ir contra Octavio, y lograría el poder que
Cesar deseaba. Lo espantó un poco la idea, pero sintió confianza al tener el
apoyo de la reina. Esa noche mientras cavilaba en el poder que alcanzaría
pensó en el nombre de “Autocrator” para sí, el cual significaba gobernante
absoluto. Tomo la copa y la elevo en el nombre de Cesar;
—He descubierto la llave que me podrá llevar a igualarte Cesar, aquí
tengo los planos de la batalla que tu deseabas efectuar. Juntos yo y
Cleopatra realizaremos el sueño que tu alguna vez tuviste. Juntos seremos

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los monarcas del mundo entero. –Llevo la copa hasta sus labios la tomó de
golpe y se sintió tan grande como nunca antes lo había sentido. Llegaba el
momento de iniciar el su historia dentro del mundo. Ya no más Cesar, ahora
Roma y la historia clamaría “Salve Antonio”, y junto a él tendría a su
disposición a la mujer más sabia, maravillosa y hermosa en el mundo. Su
fama elevaría el lugar de “Alejandro” y sus restos serian honrados en un
palacio más grande, desde este momento seria Marco Antonio el
Autocrator... y Cleopata su princesa.
La reina vio en Marco Antonio al hercúleo general que llevaría acabo
sus planes; ella no contaba con un ejercito tan grande y sólo podía
conservar su poder bajo la figura Antonio, de no aliarse con este hubiera
puesto a Roma en su contra y rápidamente Egipto seria una provincia
romana. Con este tratado logró satisfacer sus deseos y los de su pueblo.
Nunca más debía dejar a Antonio solo, pues ahora más que nunca los
romanos podían cambiar su fortuna. Todas sus posibilidades y ambiciones
se encontraban fijas en este tratado, debía de tener suma cautela y dirigir al
romano como lo hizo, pues estaba todo en juego. Por otro lado su corazón
volvía a ganar la batalla en contra de Roma, nunca más le quitarían a su
hombre y prontamente el quedaría redimido ante sus encantos.

El encanto de Alejandría volvió a cubrir a Antonio y a su ejercito. La


reina tenia todo planeado, y como era su costumbre revistió Antioquia del
lujo que sólo ella dominaba en el mundo. Los artesanos traídos por
Cleopatra inmortalizaron el rostro de ambos en una moneda conmemorando
la boda que unía a Cleopatra con el “Autocrator” Marco Antonio. Egipto
volvía a ser importante en el mundo, no sólo ya por su reina, sino por su
imperio. Los ejércitos se conocían por primera vez uniéndose en una gran
bacanal, en la que más de seis idiomas distintos se hermanaban dispuestos
a luchar hombro a hombro contra los persas. Las espadas golpeaban los
escudos sonoramente mientras los consortes caminaban a través de las
legiones. De esta manera las aspiraciones de ambos tomaban cuerpo y

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descendían a la realidad, los dioses eran ellos, y tenían a su disposición a
este gran ejercito que lucharía bajo su mando.

Por la tarde se encontraban en una habitación Cleopatra, Cesarión y el


Autocrator, frente a ellos se extendía el mapa y algunos de sus más fieles
guerreros observaban silenciosos como ambos ideaban la campaña.
Cesarión en este momento sentía fluir su sangre romana como nunca antes,
la planeación de esta conquista la había hecho su padre, y ahora él junto con
el rey de Egipto se lanzaría a cumplirla. Cleopatra dejaba que Antonio se
explayase impresionando al joven, pero este ya había aprendido bien de su
madre la combinación perfecta de inteligencia y arrogancia con la que debía
dirigirse, entonces cuestionaba a Antonio acerca de su decisiones cuando
iban en contra del plan de Cesar. La tensión era fuerte pues todos sabían
que lo que estaba en juego era no sólo la conquista de Persia, sino la
dominación de Roma, pero los aquí reunidos frente al mundo entero creían
tener la fuerza necesaria para asumir su mando, y con ese dominio creaban
su proyecto.

El invierno se consumió en el furor báquico que caracterizaba al


autocrator, gracias a la unión con Cleopatra, las tropas se encontraban bien
armadas y alineadas; la ostentosidad de la reina levantaba aun más la
seguridad de un buen tesoro a su regreso. La reina tardó varias noches
antes de volver a compartir el lecho con Antonio, contenía en si cualquier
atisbo de la locura amorosa en la que cayó durante el invierno alejandrino.
Ya no acompañaba a su hombre a las celebraciones a menos que fuera
indispensable; ella deseaba más que nadie el resultado favorable de esta
batalla, y sabia debía estar bien alerta de cuanto pasaba en el ejercito o en
Roma a través de su red de espías e infiltrados. Su tiempo estaba
rigurosamente determinado a fin de detectar cualquier necesidad del
ejercito; repasaba una y otra vez el plan de Antonio y el de Cesar, discutía
con los generales los pormenores de la batalla, y se mantenía en estrecho

77
contacto con los sacerdotes y los templos de Alejandría para que se rindiera
a los dioses el culto necesario, a fin de que el gran Amón-Ra se posara sobre
las huestes y deslumbrara a quien levantase la espada en su contra.

Sesenta mil romanos a pie armados con escudo y espada gritaban con
furor impacientes por ir a derramar la sangre de los persas; diez mil jinetes
españoles y galos alzaban sus lanzas y contenían en sus riendas el furor de
los caballos ávidos de correr a la conquista. Por ultimo, treinta mil infantes
artilleros y jinetes de diferentes parte del mundo formaban el ejercito por
medio del cual se cumplirían los sueños de Antonio y Cleopatra. El sol de
primavera retozaba en el cielo, cuando el clamor de Antonio movilizó a estos
110,000 soldados que librarían la batalla que ningún otro general en la
historia había podido ganar.

El camino hasta Persia era largo, al llegar a Zeugma en el Rio Eufrates


el ejercito se detuvo con motivo de una gran celebración, los reyes de Egipto
tendrían otro sucesor. Cleopatra había quedado otra vez embarazada.
Antonio se convirtió otra vez en el dionisios dentro de la fiesta, Cleopatra lo
miraba triste pues no confiaba en que pudiera el solo lograr la victoria.
Cleopatra creia en la fuerza de Antonio, pero sabia que sus decisiones y
temperamento distaban mucho de ser como los de Cesar; ella debía estar a
su lado para contenerlo y ponerlo a reflexionar antes de tomar la espada,
pues Antonio fácilmente era arrastrado por la pasión y el instinto.

-Ten cuidado mi fiel amante y soldado. No te precipites en la campaña,


anda con paso tranquilo y seguro, tienes el tiempo y las armas necesarias
para lograrlo –dijo la reina a Antonio la última noche antes de irse.

-No te preocupes, seré yo quien regrese a Roma y a Egipto lo que


nunca han tenido... y después entraremos triunfantes a la capital . Nadie se
podrá poner en nuestra contra –al oír sus palabras la reina bajo la cabeza,

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era lo mismo que Cesar le había dicho tantas veces tiempo atrás, pero al
subir la mirada y ver la sonrisa de Antonio sintió temor; avistaba el fracaso.

Cleopatra abrazo a Antonio, no reconocía en él aquella ardiente


hoguera inextiguible que alimentaba los ojos de Cesar, tenia miedo de
dejarlo solo y que fracasara, fue por lo cual de último momento decidió
llevarse con ella a Cesarión. Antonio por el contrario se sentía confiado de ir
a la batalla, pues la organización y cuidado que ponía Cleopatra en las
tropas le parecía excesivo. Al verla zarpar Antonio alzó los brazos ante su
ejercito, era el momento de ir contra todos aquellos que detenían la grandeza
de Roma.

Primeramente llego a Armenia y logró aliarse con su rey, el cual le


ofreció armas y hombres para lograr su conquista; pues el también era
enemigo de los persas y de los medos, los dos imperios que dominaban
aquella región. El rey le dio consejos sobre la forma de ataque de estos dos
ejércitos; y lo advirtió sobre su dominio con el arco y la flecha, y la agilidad
de sus jinetes.

Antonio debió de preparar a sus huestes y esperar a que llegase el invierno


para que sus tropas se adecuaran al lugar, y él pudiese examinar con
detenimiento la zona; pero su temperamento instintivo lo llevo a lanzarse al
momento a la guerra. Rápidamente decidió ir contra Phraaspa donde se
encontraba el rey de Media; dividió a su ejercito en dos; por un lado iban las
maquinas de guerra y por el otro, los legionarios. El avance de las máquinas
era lento, y pronto quedaron atrás, los persas que conocían bien el territorio
lograron ver cuan aisladas se encontraban las partes del ejercito. El ejercito
persa se dio cuenta de la separación y fueron en contra de los artilleros, con
sus flechas lograron terminar con ellos en poco tiempo, pues los persas
aunque eran pocos hombres sabían tomar buenas posiciones en la montaña
y se hacían invisibles dentro de ella. Las armas que tenia esta parte del

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ejercito no servían para contener este tipo de ataque, pues toda la artillera
estaba diseñada para el sitio de ciudades, no para la lucha a campo abierto.
La otra parte del ejercito se allanó a las afueras de la ciudad pero necesitaba
de las máquinas para poder tomarla; la angustia de Antonio los lanzó contra
la ciudad y fueron rápidamente detenidos, pues los medos y persas se
encontraban en su fortaleza y ellos si contaban con la artillería necesaria
para derrotarlos.

Cesar había preparado durante tres años esta batalla, tenia estudiada
la región, y el sabia que el avance debía de ser poco a poco, mas el animo
irreflexivo de Antonio lo llevó a correr hacia las espadas del enemigo; la
sangre romana pronto circundó la ciudad de Media, y Antonio seguía
empeñado en conquistarla. Los arménios avistaron pronto la inevitable
muerte que los esperaba y regresaron a Armenia. Antonio aferrado a su
propósito, intentó dialogar con el rey de Media pidiéndole las águilas
romanas que quitó a Craso, pues de obtenerlas hubiera valido la pena su
campaña ante Roma. La respuesta fue inmediata y las huestes de Antonio
recibieron en vez de las águilas un ariete de veinticinco metros que paso
sobre todo su ejercito. La campaña había fracasado, pero no solo eso sino
que se encontraban solos y lejos de cualquier territorio romano, igualmente
el invierno empezaba a hacer sentir su poder y durante la retirada fueron
continuamente atacados por pequeñas bandadas; el frío y las pestes
asolaban al ejercito, muchos de ellos cayeron enfermos pues aparte de las
condiciones climáticas, el hambre era cada vez mayor; algunos soldados
tomaron durante el camino algunas plantas que encontraron en el lugar,
pero estas eran venenosas, les dieron vino para curarlos, más el vino
prontamente se terminó.

Después de veintisiete días lograron llegar al mar; Antonio y su


ejercito eran ahogados por la sed y el hambre. Por primera vez el dolor del
fracaso se impostó en el corazón de Antonio, y por primera vez callaba y el

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alcohol no rescataba a aquel festivo sátiro insaciable, estaba completamente
aturdido por la derrota, rodeado de la mitad de su ejercito moribundo en un
lugar conocido como el Pueblo Blanco, arriba de Sidon. Durante la guerra se
había podido dominar, pero al llegar a este lugar la desesperación era
insufrible, ya ni el vino mitigaba sus penas. Mando llamar a Cleopatra
informándole de los sucedido.

La faraona al enterarse del fracaso de su hombre, cerró los ojos; su


sueño de Roma era otra vez destruido, ya no podía dolerse como antaño;
ella lo predijo desde que se despidió de él, sólo esperaba la noticia para
confirmar su hipótesis, ahora la noticia le llegaba: Antonio estaba derrotado
pidiéndole ayuda

. Al regresar ella a Egipto sintió otra vez el miedo de antaño, cuando


después del invierno alejandrino, la dejó, y no lo volvió a ver hasta que iba
en contra de Persia. Si Antonio ganaba; que le impediría ir a Roma a festejar
sus triunfos y sentirse el Cesar que siempre quiso ser. Era una oportunidad
más grande la que tenia ante sus ojos, pues Antonio le pedía auxilio a ella,
no a Roma. Por fin logró que Antonio le rogara su ayuda. Esta era la
venganza por el tiempo que la dejó esperando en Egipto; Iría por su hombre,
y como la madre que era, protegería a su pequeño gladiador y este
agradecido, ya nunca podría separarse de ella, con lo cual, de una vez por
todas vería mitigada su soledad y tendría a un fuerte guerrero a su
disposición. La reina esbozó una gran sonrisa al abrir los ojos y ver la
situación en la que se encontraba. ¡Tenia que rescatar a su rey que nunca
más se alejaría de ella!

Antonio sentado en una mesa frente al mar, esperaba a su princesa,


abatido por el alcohol y la derrota, hablaba a su fiel sirviente Eros.

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-Nadie puede contra ese imperio, hemos sido destrozados, poco a poco.
Roma y el Senado han de estarse burlando de mí –sollozaba el Autocrator
con la copa entre las manos, las lagrimas y el vino se convertían en su único
alimento- Estúpido Cesar, he intentado seguir tus pasos, y mira el fruto de
mis acciones, he perdido mas de treinta mil hombres, y no hay ya a donde ir
-Eros le traía noticias de Roma.
-Antonio tengo que decírtelo; Roma esta de fiesta, Octavio acaba de
regresar a Roma. Venció a Pompeyo liberando las líneas de suministro de
Italia, y por si fuera poco después venció a Lepido. Ahora ya solo quedas tu.
¿Qué vamos a hacer?
-Me tiene sin cuidado ya que lo que pase, caigase Roma, Octavio y su
imperio.
-Pero Antonio.
-¡Callate! –gritó enfurecido Antonio con el rostro desencarnado- no me
interesa nada del mundo, ni guerras, ni hombres, ni espadas, ni nada. –
maldecía Antonio tirando todo lo que estaba en la mesa.
Intento levantarse de la mesa tambaleando por los efluvios del alcohol.
Miró el mar y gritó
-¿De Cleopatra, que has sabido?
-Nada, no hay noticias.
-Tu ojos lo verán Eros, pronto ella vendrá con lo necesario para el
ejercito; recuerdas cuando llego con aquel palacio. Ella está con nosotros.
Roma puede quedarse con su Octavio... ya estoy cansado. No debe tardar.
-Mas vale que así sea Antonio, cada vez son más numerosos los
enfermos, y los tributos que te deben los países bajo tu dominio no han
llegado.
-¿Qué? ... Vamos a tener que matar a uno que otro rey si no llega ¡No
quiero que nadie se entere de esto! –grito Antonio deseando borrar la triste
realidad.
-Como tu mandes Antonio, de mi boca no saldrá nada, pero es
evidente lo que esta pasando, todos se quejan, no les haz pagado nada

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-Déjame solo, diles que Cleopatra no tarda en llegar, y que se preparen
por que volveremos contra Persia, y también mataremos a los malditos
traidores de Armenia. Ella vendrá con dinero, mujeres, armas y vino para -ya
eran inentendibles las palabras de Antonio. Eros estaba espantado, nunca lo
vio así, desde que llegaron a la ciudad se encontraba en ese estado,
desapareció por completo el valor y la sonrisa que lo caracterizaban aun en
la retirada. Parecía querer morir. Su fiel soldado lo dejó solo y vio como
quedaba el incansable guerrero pegado a la mesa balbuceando palabras sin
sentido, observando el mar en espera de Cleopatra.

La reina esperaba encontrar a Antonio derrotado pero no en ese


estado, estaba totalmente descuidado, y su mirada no podía fijarse en nada:
-¿Qué te haz hecho Antonio? –Dijo Cleopatra sin creer lo que tenia
ante sus ojos.
-Tu también... Ya era hora de que llegaras... ¿dónde esta el palacio?
-Callate Antonio. Tenemos mucho por hacer, he venido con ropa,
armas y dinero para tus tropas, pero me temo que no alcanzará.

Cleopatra contemplaba con tristeza como su hombre salió de su


palacio a reunirse junto con su ejercito vanangloriandola, iba de una tienda
en otra diciéndoles maravillas acerca de su reina. La faraona no entendía
como podía haber llegado a ese estado, la situación era más grave de lo que
pensó, pues oía sus gritos en los cuales decía iría otra vez contra Persia; ella
ya estaba harta de esa batalla, esta le quitó a Cesar y le regresaba a Antonio
en esta deprimente condición. Por el momento no podía hacer nada, dejó a
su hombre hiciera lo que quisiese hasta que estuviese un poco mejor, no
podía dejarlo en esta tierra y menos dejarlo ir a la batalla pues moriría
rápidamente; la única solución era llevarlo a Alejandría, allá podría restituirle
la dignidad, y a través de los placeres de su tierra revivir al Antonio que dejó.
Primero debía de arreglar las cosas con su ejercito, para tenerlo listo en

83
caso de cualquier imprevisto, y después llevárselo consigo a pasar una
temporada en Alejandria.

Cuando Antonio estaba un poco más en si, lo hizo imponer altos


impuestos a los reinos que le rendían tributo, a fin de completar el dinero
necesario para pagar a su ejercito. El Autocrator mandó a varios de sus
comandantes a cada reino pidiendo los tributos bajo la amenaza de
desaparecerlos en caso de que se rehusaran, todo esto eran ideas de
Cleopatra que Antonio seguía al pie de la letra; él ya no deseaba decidir
nada, se encontraba demasiado abatido para pensar u oponerse a lo que su
salvadora le ordenaba. Al poco tiempo llegó el dinero necesario y el ejercito
se encontraba otra vez bien alineado, con armas y agradecido con la reina de
Egipto que les había pagado. Cleopatra tomó las riendas de la parte del
imperio que tenia Antonio bajo su poder y lo administraba con la misma
minuciosidad con la que gobernaba a Egipto.

Roma se encontraba feliz con Octavio, pues las victorias trajeron al


pueblo la estabilidad económica a la que estaba acostumbrada.. Aparte de
esto, el gobierno de Octavio contaba con el apoyó a poetas, filósofos y
artistas que retrataban su imperio de manera esplendorosa. Las fiestas con
las que celebró su victoria unieron y elevaron aun más su nombre. El joven
de veintisiete años empezaba a figurar en la historia como artista y buen
guerrero, aunque la victoria se la debiera a Agripa, su devoto comandante, él
era quien gozaba de la fama y el amor de todo su pueblo. Ahora sólo
quedaba Antonio, no podía lanzarse en ese momento contra él, pues el
pueblo romano todavía lo quería por haber asesinado a los conspiradores de
Cesar. No mancharía el respeto del que gozaba lanzándose contra Antonio,
no era tiempo; pero tampoco podía pasar desapercibida la oportunidad de
enfrentarlo ahora que se encontraba diezmado. Al igual que Cleopatra,
contaba con una gran red de espías que le informaban de cuanto Antonio y
Cleopatra hacían en Oriente, sabia que ahora la dirección la tenia la faraona,

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entonces Octavio intentó descubrir a Antonio frente a su pueblo, para lo cual
mandó una expedición con armas, dinero y soldados para apoyarlo.

El resentimiento de Antonio en contra de Armenia creció en ese


tiempo, mientras Cleopatra se dedicaba a los asuntos del estado; él
planeaba otra vez la campaña perdida, diariamente por la noche Antonio
llegaba algo encendido por el furor de verse otra vez en la guerra. La faraona
ponía sumo cuidado en todo lo que a él se refería, y a través de sus soldados
le hacia llegar imágenes de ella sufriendo por que éste deseaba ir a Persia;
en vez de ir con ella a Egipto. Deseaba hacer desistir a Antonio de su
irreflexiva venganza, pues por un lado no confiaba en que lo lograse, y por
otro, deseaba llevarse a su hombre a ocupar el sitio que debía en Egipto.
Octavio apresuró la decisión. Mandó a Octavia a Atenas y a Níger –uno de
sus soldados- a entrevistarse con Antonio:

-Antonio he venido en nombre de toda Roma y en especial de Octavio,


que se condolece de lo sufrido por ti y tu ejercito en Persia. –Antonio rió al
oír aquel sarcasmo, pues tenia presente a su rival y sabia distaba mucho de
tener aquellos sentimientos.
-Claro, ya imaginó al senado condoleciendose de lo sucedido. Octavio
ha de haber terminado con lo que quedaba de mí en Roma.
-Por el contrario Antonio, ha dicho en el Senado que el invierno fue
quien te venció, y confía en que tu puedes lograr la victoria, es por lo cual te
ha mandado tropas, vestido y comida que aguardan en Atenas esperando
sólo tu orden para venir hasta aquí.
-Ahhh –dijo incrédulo Antonio, y con el ceño fruncido exclamó- y que
pide a cambio.
-Nada, y por si fuera poco ha traído a tu esposa Octavia y a tus hijos a
fin de que tengas otra vez la calidez de tu pueblo.-La sonrisa volvió a
aparecer en los labios de Antonio. Octavio mandaba a su hermana para que
el tuviera que decidirse por una de las dos, si aceptaba a Octavia, Cleopatra

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lo dejaría y nunca más podría gozar de las bondades de esta reina; por el
otro lado Octavia le ofrecía el calor de su hogar romano, en ella estaba su
vida en Atenas como Dionisos, sus hijos, y lo necesario para realizar la
batalla que perdió. Octavia representaba para él: Roma, el senado, los
partidos, el furor de su pueblo, y un matrimonio tranquilo con una mujer
educada, refinada, moldeada a mano por las tradiciones romanas. Del otro
lado estaba Cleopatra; la amazona que acababa de venir a salvarlo cuando
mas lo necesitaba, que tomaba las riendas del gobierno sin mayor problema
y contaba con una riqueza inacabable... el palacio de Alejandría, las joyas y
un trono en la maravillosa tierra de Egipto, donde el podía disfrutar de todo
cuanto quisiese con sólo externar su deseo a la faraona.
-Agradezco a Octavio el regalo que me manda, y sí como dijiste, el
ejercito está sólo esperando mi orden para venir; la orden ya esta dada.
-No dilatará Antonio, iré corriendo a Atenas a dar la noticia a Octavia.
-Espera, no he acabado. Esta tierra no es buena para la salud de
Octavia y mis hijos... aparte pronto saldré para Persia, dales a ellos un gran
abrazo de mi parte y diles que regresen a Roma; después de la batalla iré a
su encuentro.
-Pero Antonio...
-Nada Níger, he dicho; igualmente dale las gracias a Octavio por las
tropas, pues de todos modos él me las debía desde hace tiempo. Tomaré la
ropa y las armas como parte de la Roma que dirijo.-Niger se quedó inmóvil
ante la resolución de Antonio, nunca lo había visto tan dueño de sí, tal vez
era verdad aquello que se decía sobre cierto embrujo de la farona con el cual
dominaba a sus amantes- Hasta luego Níger –concluyó Marco Antonio
retirándose de la entrevista.

Lo que ocurría era que la reina se encontraba en la sala contigua


escuchando la conversación, no podía defraudarla después de lo que había
hecho por él, y menos cuando estaba junto a ella. Parecía Roma estaría
tranquila por un tiempo, pues de lo contrario Octavio hubiera venido en

86
persona a hablar con él, pero el mensaje que mandaba a Roma era más
grande, pues con este acto rechazaba al mundo latino y a su imperio, lo que
seguía le esperaba en Egipto. Así fue como Antonio quedó a manos de
Cleopatra. La reina entró a la habitación donde estaba Antonio:

-Haz tomado la decisión correcta amor mio; el trono y tu pueblo te


espera para recibirte como el faraón que eres.-Dijo Cleopatra a Antonio en el
papel de la amante enloquecida que ahora sentía y representaba ante su
hombre.
-Pero Cleopatra, espera, tengo que vengarme de la traición de los
armenios, esto no puede quedarse así.
-Se aproxima el invierno Antonio, recuerda lo que acabas de pasar...-
decía Cleopatra con lágrimas en los ojos- Vamos a Egipto, debes descansar
y planear bien tu estrategia. Podemos pasar otro tiempo como antaño-Sabia
bien tocaba la vena más delicada del Autocrator, pues en ningún lugar había
podido revivir la alegría, suntuosidad y amor que vivió en Alejandría, sentía
un deseo incontrolable por Cleopatra, pues aparecía como su salvadora, y a
la vez era la fogosa amante que satisfacía cualquier deseo que él tuviera.
Sus sirvientes le hacian ver que ella fue su amante antes de ser su esposa,
igualmente Cleopatra hacia lo suyo para reafirmar este papel, pues lloraba
cuando este le decía que se iría, y se mostraba sumisa ante las decisiones
de su amante
-Tienes razón Cleopatra -contestó abrazándola- necesito tiempo, así
como darme un descanso, igual mis tropas... Ya ha sido mucho lo que ha
pasado en este año. -Cleopatra secó sus lagrimas y sintió encenderse dentro
de sí aunados el amor y la ambición que siempre yacieron en su corazón.

Antonio esperó a que llegaran las legiones y se fue con su reina a


tomar el trono que ganó sin ninguna batalla. Igual Cleopatra se fue con el
hombre que devolvió a Egipto su grandeza, al cual también conquistó sin

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sangre, sino con el tesoro que sus ancestros recolectaron durante tanto
tiempo y con la mayor arma que el destino le dió; el ser mujer.

En Egipto prontamente resurgió la alegría que lo caracterizaba, el


pueblo al oír de su llegada recordó el “club de los inimitables” y la fiesta que
este romano traía a su pueblo; también junto con él veían la alegría de la
faraona que parecía no existir sin el romano. Ahora los dos tomaban una
posición dentro del reino, mientras Cleopatra dirigía en su trono los asuntos
de Egipto, indicaba por la tarde al romano que hacer con sus provincias. y
después lo dejaba con sus generales planear la campaña en contra de
Armenia y Persia. Cesarión volvía a discutir con él sobre los planes. La reina
estaba feliz, el palacio volvía a tener la animación de antaño y su poderío y
fama volvían a ser importantes en el mundo entero. Los generales que
fueron con Marco Antonio recibieron diferentes puestos en el estado, poco a
poco Egipto y su reina absorbían al romano fusionándolo con su patria.

En la primavera del 34 a.C. La reina dejó a su marido partir en contra


de Armenia, sabia que ese país era pequeño, y débil, por lo cual era muy fácil
su conquista. La reina secretamente planeaba, al igual que el episodio de los
pescados, todas las acciones de su hombre. Pues lo dejo ir a la campaña
hasta que se enteró de que los medos tenían problemas con los persas,
pues de estar aliados; corría el peligro de que se repitiera el fracaso de su
hombre. La batalla era sencilla, y como lo planeó la faraona, Armenia cayo
rápidamente; los soldados que estaban con Marco Antonio saquearon la
ciudad; las esculturas de los dioses y reyes medos cayeron por las sogas de
los romanos... y fueron despedazadas. Los soldados cual aves de rapiña se
apoderaron del oro y las joyas de las que estaban hechas. Cuando Antonio
se disponía a ir contra los medos; Cleopatra le indicó intentase unir a la hija
del rey de Media con su hijo Alejandro Helios. El rey aceptó, entonces en
poco tiempo Marco Antonio había conquistado dos provincias sin grandes
perdidas.

88
Después de ganadas las batallas Eros se acercó a Antonio:
-Lo hemos logrado, por fin dominamos la mitad de esta región que
tanta muerte y problemas nos trajo.
-Recuerdas cuanto tiempo estuvimos ante esta ciudad viendo como
morían nuestros soldados, y el hambre y la sed que pasamos.
-No lo olvido Antonio... lo hemos logrado; creo es hora de regresar a
Roma y celebrar tus triunfos –dijo el fiel romano a Antonio recordándole el
puesto que tenia en Roma.
-No será así –contestó con aire resuelto - desde el momento en que
mandé de regreso a Octavia, no puedo regresar a Roma más que en contra
de Octavio; estas victorias se las debemos a Egipto, y a él serán entregadas.
-Pero Antonio –dijo incrédulo Eros ante lo que oía- de hacer esto te
granjearas el odio de los romanos y Octavio tendrá los argumentos
necesarios para venir en tu contra.
-No lo creo, aunque no lo celebraré en Roma haré llegar al Senado el
reconocimiento de las tierras que he ganado como Autocrator y emperador
de Oriente. Con lo cual obscureceré por un tiempo la fama de Octavio
-Pero Roma no te lo perdonará.
-Ya es hora de que el mundo empiece a moverse como lo han querido
los dos grandes hombres que han gobernado Roma –sentenció Antonio con
la mirada fija en el horizonte- Cesar y Alejandro deseaban que Alejandria
fuese la capital del mundo romano, sólo esta ciudad tiene la belleza y riqueza
necesaria para ser la capital del Imperio.
-¿Qué estas diciendo Antonio?
-Lo que oíste, celebraremos la victoria, en la capital de mi Imperio –
dijo Antonio golpeándose el pecho- no en él de Octavio.
-Pero ¿qué harás con Roma?
-Dejaremos que ellos mismos decidan su suerte, por lo pronto yo ya
he tomado mi decisión, de regresar a Roma temo correr la misma suerte de
Cesar. No he hecho todo esto para morir en una traición, sino por el

89
contrario fundaré la dinastía que Cesar, Alejandro y los dioses quisieron
para Roma.
-Espero estés en lo correcto Antonio, pero no puedes decir esto; ni a
los romanos, ni a tu ejercito, ¿no creo ellos estén preparados?
-Sabré seducir bien a Octavio hasta el momento en que esté listo, por
lo pronto, manda decir a Roma que he unido Armenia y Media al Imperio
Romano de Oriente.
-Pero los romanos te esperaran para darte el triunfo.
-¿Deseas ir a morir a Roma?
-No Antonio, he estado contigo desde el inicio, y nada podrá ponerme
en tu contra.
-Ya te he dicho lo que tienes que hacer, y lo que tienes que callar –
concluyó Antonio.

Alejandria, por primera vez, celebraba una fiesta de esta naturaleza. La


reina en el trono observaba el desfile que traía Antonio a Egipto,
primeramente, venían soldados romanos con grandes escudos en los cuales
se encontraba grabada una gran letra “C”, que para algunos significó Cesar,
para otros, Cleopatra. Los gladiadores romanos iniciaban el desfile que
celebraba la victoria de Antonio sobre Armenia; tras ellos venían los
monarcas de este reino esposados con cadenas de oro, y tras de ellos, un
exuberante carruaje dorado con incrustaciones de piedras preciosas era
conducido por Marco Antonio, quien sostenía en sus riendas cuatro blancos
caballos.

La imagen arrancó la ovación del pueblo alejandrino. Más atrás venían los
soldados armenios convertidos en esclavos arrastrando sus cadenas; al
final de la procesión estaba el ejercito alejandrino con su blanquecinos y
brillantes atavíos levantando sus curvas espadas. Al llegar frente a la
faraona, el rey de Armenia, Artavasdes, no se arrodilló y llamó a la faraona
por su nombre. Antonio y Cleopatra quedaron conmovidos ante la escena,

90
pues sabían este rey era filosofo y poeta, lo cual los llevó a perdonarle la
vida y darle asilo en Alejandria.

Antonio rompió con la costumbre romana de ofrecer un sacrificio a Júpiter


por el triunfo obtenido, pues la victoria fue brindada a Amón, lo cual
simbolizaba que Antonio rendía tributo a este Dios Egipcio, y a él agradecía
la victoria. Este detalle significaba para la reina la aceptación de Antonio
como faraón egipcio. La tarde entera la ciudad vivió una fiesta como nunca
antes se había hecho otra en todo el Oriente. Durante la noche Cleopatra y
Antonio en el palacio sellaron con sus sexos la gloria de su triunfo.
Dionisios e Isis retozaban juntos en el lecho fundiendo la cosmogonía
egipcia, con la romana.

Al otro día, cuando el Sol se encontraba en el cenit; tuvo lugar el


momento cúspide de la historia de Cleopatra. Junto a la tumba de Antonio se
elevaron dos grandes tronos de oro, y alrededor de ellos, cuatro menores de
plata. El pueblo en su totalidad se reunió a su entorno. Antonio como
Dionisios con una túnica purpúrea, bordada con hilos de oro, tomó uno de
los tronos mayores; junto a él, yacía inmóvil cual las pinturas de la Diosa
Isis: Cleopatra, la cual se adecuaba a su sitio por encima de los hombres.
Frente a la pareja reinante, el joven Cesarión de catorce años ostentaba la
corona que todos los faraones sucesores de Alejandro habían portado, de su
cinturón colgaba la espada corta romana; Cleopatra era nombrada la
Séptima reina de Egipto, Siria y Chipre; Cesarión a su vez era reconocido
como hijo legitimo de Cesar, y además “Rey de Reyes”, el cual era el título
más grande conocido en el Oriente. Después los gemelos recibieron cada
uno su reinado. El primero, Alejandro Helios, vestido con un pantalón y una
túnica corta, al modo árabe, fue nombrado Rey de Armenia y Media. A su
lado, la gemela Selene, ataviada con botas y gorro macedonio, recibía el
gobierno de Libia; y por último, el menor de todos, el pequeño que fue

91
creado camino a la guerra de Persia: Tolomeo Filadelfo, era proclamado rey
de Fenicia y Cilicia.

Esta celebración fue la cúspide del sueño de Cleopatra; Cesarión por fin fue
reconocido como hijo legítimo de Cesar por el emperador romano de
Oriente. Todos sus hijos recibían una parte del mundo que tenia Antonio
bajo su poder. La dinastía era entronizada en Alejandría, lo cual significaba
que esta era la capital del Imperio de Oriente; gobernada ante Roma por el
Autocrator Marco Antonio.

La coronación fue inmortalizada con una nueva moneda; en la cual yacía de


un lado el rostro de Cleopatra, y bajo ella la inscripción, “reina de reyes”; del
otro lado estaba la cabeza de Antonio con la leyenda, “Armenia esta
conquistada”, y por si esto fuera poco, se consagraba a este suceso como el
inicio de una nueva forma de medir el tiempo, el cual seria recordado en
todas las monedas que se acuñaran a partir de esta fecha, como el año cero.

La imagen quedó grabada en todos los habitantes de Egipto como el


día más grandioso de su historia. Cleopatra no se movió durante la
celebración conteniendo la felicidad que sentía de llegar hasta este
momento, sólo por esto había valido la pena toda su existencia, por fin
lograba inmortalizar su nombre en la historia no sólo de Egipto, sino del
mundo entero... el primero de sus hijos Cesarión aparecía como el mismo
Cesar, siendo reconocido en él a su padre; tenía junto de ella al único
hombre que había amado en su existencia y la reconocía como su reina. El
dolor y las penurias que le causó el embarazo de cada uno de sus hijos, eran
recompensados al verlos consagrados reyes de una parte del Imperio
Romano. Sintió como la Diosa Isis estaba presente ahora más que nunca,
pero no tras ella, ni la acogía en medio de sus alas, sino que sintió como
entraba dentro de su alma y desplegaba sus alas a través de su figura
protegiendo a todo el pueblo egipcio que se encontraba bajo ella.

92
CAPITULO OCTAVO

Pronto llegaron las noticias a Roma de el triunfo que celebró Antonio


en Alejandría, el pueblo se encontraba cansado de guerras entre romanos
por el poder, Octavio lo sabia. Aparte, los romanos querían a Antonio pues el
representaba la venganza a la traición de Cesar, y el fiel soldado amigo del
pueblo romano que siempre se encontraba dispuesto a la lucha. Octavio veía
venir el momento decisivo, debía enfrentar a aquella pareja reinante en
Oriente que deseaba su poder. El que Antonio hubiera reconocido a
Cesarión como legítimo hijo de Cesar era una amenaza para su poder, pues
el testamento claramente decía, que Octavio recibiría el trono sólo “en caso
de no tener un sucesor”...

Cleopatra más que Antonio sabia el significado de la coronación


hecha en Alejandría, sabia que este acto detonaría las ánimos de Octavio y
lo pondría en su contra. Ahora, lo que seguía, era preparar la lucha, después
de la coronación encargó la construcción de una gran flota naval a fin de

93
preservar el orden en su tierra, ya que ahora se encontraban en ella los reyes
de los principales pueblos de Oriente. Antonio se marchó a Grecia, pues el
incipiente temor de una guerra lo llevó a acercarse un poco más a Italia, a fin
de poder recibir a cualquier romano que huyese de Octavio.

Nunca en la historia el pueblo de Efeso vio un ejercito tan grande allegarse a


su tierra. El ejercito desordenado no sabía hacia donde iria su campaña, y
como era costumbre con el Autocrator, esperaban la decisión en medio de
grandes fiestas. Mientras tanto, Cleopatra, aguardaba ansiosa las naves,
ejercito y armas para desatar la guerra que con tanto ahínco esperaba. Ya
tenia bajo sus influjos la mitad del Oriente... ahora sólo quedaba el
Occidente; pero no iría otra vez a Roma hasta entrar y sentarse junto a
Antonio en el Capitolio, en lo que el hijo de Cesar tomaba lo que por derecho
era para sí.

Octavio imponía altos impuestos a Roma y a todos los países que


estaban bajo su mandato, pues el también debía prepararse para la guerra y
no contaba con la riqueza de su contrincante. Redobló su guardia personal y
la parte del Senado que estaba con él, asistía con una daga en el cinto, lo
cual intimidó a los partidarios de Antonio quienes en una gran comitiva
acudieron a Efeso. Primero para salvar su vida, y segundo, para informar al
Autocrator de lo que se preparaba en su contra.

Cuando llegaron a Efeso sus ojos observaron con extrañeza lo que


sucedía en el lugar; pues la ciudad madre de la cultura griega, se convirtió
en un gran festival donde las diversas nacionalidades de Oriente se
mezclaban formando una exuberante multitud. Los romanos acostumbrados
al orden latino, no podían dejar de sentirse extranjeros entre sirios,
arménios, egipcios, judíos, sirios y medos; su impresión llegó al limite al
ser recibidos por Marco Antonio, quien era ya una fusión de todo Oriente,
pues vestía la toga romana al mismo tiempo que el gorro macedonio, y junto

94
a el, tenía a su princesa egipcia. Cleopatra; quien esperaba con una gran
flota el momento decisivo...

-Antonio, quien siempre ha recibido el amor de su patria, y acabó con


todos los asesinos de Cesar, quien luchó junto con él en decenas de batallas
que convirtieron a Roma en el Imperio que es hoy; se encuentra embrujado
por una prostituta egipcia que con su riqueza y malas mañas ha deshecho
su juicio, como antes lo hiciera con Cesar -Gritó Octavio al senado que ya
esperaba este momento, pero ni el pueblo, ni gran parte del senado deseaba
poner a Roma otra vez en guerra, por lo cual callaban pues aunque era cierto
lo que Octavio decía, no veían razón alguna para ir en su contra, pues como
señor del Oriente podía hacer lo que quisiera, al igual que Octavio lo hacia
con Occidente- Antonio ha mandado una carta en la que pide su divorcio de
Octavia, con esto que nos esta queriendo decir a nosotros los romanos.
Roma ya le ha perdonado las “donaciones” que ha hecho a esta arpía, pero
con esto desea divorciarse de todos nosotros.

Enobardo se puso de pie y contestó a Octavio con la misma fuerza con la


que este lanzaba su discirso.

-Sus donaciones él las ha hecho Octavio, no Roma. Es una argucia


política lo que esta haciendo Antonio, no lo ves; ha ganado el Oriente con
poca sangre y no dudo que pronto lo traerá a Roma, pues aquí yace su
corazón. –el senado prestaba oidos al discurso aprobá[Link]
sabemos de su vida libertina; no te das cuenta de que está aprovechándose
de la reina... tu llevas la misma vida licenciosa que Octavio. No puedes
condenarlo por ello, y menos llevarnos por esto a la guerra. –Octavio
escuchaba sonriendo lo que le decía el defensor de Antonio.

-Después de conquistar Armenia y Media. No vino a Roma a


presentarle al Imperio sus triunfos, y por si esto fuera poco, ofreció

95
sacrificios a Amon, no a Júpiter quien es el Dios quien ha intercedido por él
en todas las batallas. ¡Hoy se encuentra en Atenas con su puta egipcia ¿no
será momento de que el regrese a su tierra?! –el senado callaba ante los
gritos, esperando el momento en que diera la resolución para ponerse en su
contra, pero Octavio, tenia bajo su túnica el arma que acabaría con el
corazón de los romanos- No. No vendrá a Roma, ¿saben por que?, aquí esta
redactada la ultima voluntad de Antonio. –el silencio cada vez era mayor-

-Como te atreviste a usurpar el Templo de Vesta, nunca en la historia


de Roma alguien había maculado sus secretos.-Dijo Enobardo reprobando la
acción. El senado hizo lo mismo en un creciente murmullo, y Octavio levantó
la voz sobre todos ellos.

-¡No lo hubiera hecho mas que para salvaguardar a Roma! ¡Oigan los
deseos de aquel hombre en el que confían y todos ustedes han perdonado;
aquí –levantó el testamento entre sus manos- está el pago al amor y la
fidelidad que le han confiado a este romano. En caso de morir Antonio, oigan
cual es su ultima voluntad, no es estar en Roma sino dice aquí: “después de
ser paseado solemnemente por el foro, deseo ser embarcado con destino a
Alejandría para que mi reina Cleopatra, me de sepultura en aquella ciudad” -
el Senado quedó sorprendido en un gran silencio - ¡Van a ustedes dejar que
esta maldita egipcia siga envenenando la razón de Marco Antonio! o ¿Qué
vamos a hacer?

El Senado en su totalidad se levantó de sus asientos y en un mismo


grito alzaron todos el brazo derecho y la palabra “Guerra” cimbró las
paredes del recinto, Octavio tomo la lanza y seguido de todos los senadores
salió del Capitolio, la lanza cruza el cielo hacia Egipto, el corazón y la furia
del pueblo secunda los gritos de los senadores. La contienda se llevaría
acabo en Actio. Grecia.

96
Las naves y los hombres de Octavio lentamente se acercaron al lugar,
mientras tanto, Antonio y su ejercito, comenzaban a debilitarse durante el
invierno, tuvieron que esperar en el sitio acordado a su enemigo durante
mucho tiempo, las pestes y el hambre empezaron a menguar la fuerza con la
que la declaración de guerra fue hecha en un principio. Pasaban los meses
y la tropa se debilitaba cada vez mas, frente a lo cual, Antonio recurrió al
reclutamiento de una gran cantidad de campesinos y cegadores, a los cuales
embarcó y cambio la hoz por el remo y la espada.

Por el contrario, la estrategia y las victorias conseguidas con anterioridad


por Octavio, daban confianza a los romanos que se movían con lentitud y
seguridad. Por medio de sus espías conoció las líneas de suministro del
ejercito, y prontamente saqueó las provisiones de Antonio con lo cual
contribuyó a la debilidad de su enemigo; “Vístanme lento, que llevo prisa”
decía Octavio cada vez que lo apresuraban a iniciar la guerra, pues el no
tenia el más nimio conocimiento sobre batallas y esperaba que Agripa le
diera la orden. El general animaba y ejercitaba a sus soldados esperando
que sus naves se encontraran en óptimas condiciones. Por el contrario, en
los pantanos de Accio, las grandes y pesadas naves de Antonio sufrían las
inclemencias del tiempo, ya que al estar tanto tiempo varadas, empezaron a
llenarse de caracoles, y la madera a desgastarse.

Canido y Enobardo, generales y amigos de Antonio al observar el declinar de


sus fuerzas decidieron hablar con él:

-Debes de mandar a Cleopatra a su tierra, ella no tiene nada que hacer aquí –
dijo Canidio resuelto a Antonio.
-Gracias a ella es que tenemos este ejercito, y su sabiduría y estrategia nos
han dado el apoyo que necesitamos para igualar a Octavio. –contestó
Antonio, quien desde hacía tiempo se le veía un poco apagado, ya tenia
cincuenta años y aunque seguía siendo el hercúleo guerrero que imponía

97
con su grande y poderoso cuerpo; el exceso practicado durante toda su vida
empezaba a mostrar sus consecuencias.
-Malas noticias Antonio,. Octavio ha tomado otra vez las embarcaciones que
venían con nuestras provisiones. –Informó Enobardo a Antonio-. Esto no
puede seguir así Antonio, tenemos que hacer algo, vamos a su encuentro.
-Tenemos todas estas naves –dijo señalando hacia la escuadra que se
componia por más de 200 barcos- esperaremos a su llegada y lo atacaremos,
después iremos con las tropas.
-Te haz vuelto loco Antonio. Tu y tu ejercito ha ganado siempre en tierra, no
saben luchar en el mar.
-Claro que lo se, es por lo cual una gran cantidad de legionarios irán en las
naves, será fácil tomarlas...
-Esto es inaudito –dijo Enobardo enojado- Esa decisión no puede ser tuya;
de seguro esa egipcia es quien ha tejido ese plan, esto no puede seguir así,
manda a tu egipcia de regreso; tanto Roma como tu ejercito esta cansado de
ver a esa mujer detrás de todas tus acciones.
-Cleopatra se quedará aquí hasta que la guerra termine y juntos iremos a
Roma. Nuestra fuerza no depende de la tierra o el mar. Canido. Tu te
quedaras con las tropas en tierra, y tu Enobardo iras conmigo a luchar en el
agua para que con tus propios ojos veas la caída de la flota romana. –
concluyo Antonio y salió dejando solos a sus generales.

Antonio sentía cada vez mas la ausencia de Cesar, con el podría revivir la lucha
como en Farsalia, donde derrocó a Pompeyo, pues el siempre tenia el plan
indicado y el sólo sabia obedecer ordenes... deseaba luchar o disfrutar de su
reina; este estado le resultaba desesperante. Empezaba a sentirse algo cansado
y deseaba estar con Cleopatra, necesitaba se iniciase la guerra lo más pronto
pósible... por un lado tenia a la reina sobre si hostigándolo con la batalla por mar, y
por el otro a su ejercito pidiéndole dejara la felicidad que había encontrado, y
reviviera al romano que tenia dentro de sí.

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La experiencia le había hecho ver a Cleopatra que no podía dejar solo a su
hombre, y menos en este momento que los romanos se acercaban, ya mucho
esperó y sufrió en Alejandría cuando aquel se casó con Octavia. Este era el
momento decisivo y debía de tomar su papel. Octavio y ella sabían que esta era
su guerra; Antonio era el juguete de la voluntad de ambos. La reina pasaba el día
con un sequito de sacerdotisas con las cuales debatía sus decisiones, estas
estaban al tanto de todo lo que sucedía en los templos romanos y se encontraban
en un ferviente contacto con las pitonisas y oráculos de Egipto.

-Ha llegado el momento Cleopatra y aquellos dioses que consolidaran la fundación


de Alejandria hoy se encuentran en disputa. Recuerda que los dioses griegos son
los fundadores de tu dinastía. El día de ayer cayó una tromba sobre la ciudad de
Atenas y el templo de Dionisios se daño, en especial aquella parte que representa
la batalla de los gigantes.
-Los dioses se muestran adversos a la lucha –pregunto Cleopatra.
-La lluvia no sólo causó esto Cleopatra sino que dos estatuas que llevaban el
nombre de Antonio fueron arrancadas por el viento. Las dos colosales estatuas
fueron destrozadas por el impacto.

Cleopatra bajo la cabeza al oír estos sucesos. No podía hacer nada ya en este
momento, recordó lo que el oráculo le dijo antes de que Cesar fuera al Capitolio, la
misma sensación tomaba su ser, la misma impotencia... pero ahora tenia ella a
Antonio en su poder, igual sentía la ausencia de Cesar, pero recordó la batalla en
Alejandría, aunque el tiempo había pasado, sentía dentro de sí el mismo animo y
disposición que en ese momento, mas faltaba el ingenio y la protección del
romano.

-¿Qué puedo hacer? –preguntó Cleopatra confundida.


-Ya haz oido la voluntad de los dioses griegos. En Egipto nada se ha presentado.
En ti esta la decisión, tu eres la mezcla de ambas cosmogonías.

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Estaba todo claro para ella. Los dioses egipcios no mostraban ningún
descontento. Los romanos se veían atacados. Debía ella tomar las riendas de la
situación, sobrepasar la voluntad de Antonio, y dirigir ella la guerra. La ambición y
el dominio asaltaron su mente de forma renovada. Ahora ella estaba al mando.
DIALOGO CELO Y ANTO
Frente a frente los dos enemigos esperaban alguno tomase la resolución, el mar
se encontraba en medio de ellos. Octavio se encontraba esperando la resolución
del enemigo, sabia tenia tiempo y Antonio se vería forzado a atacar pues sus
provisiones cada vez eran menores y la única forma que tenían de conseguirlas,
era a través de largas caravanas por tierra. La misma presión ejerció Antonio a
Octavio rodeando la entrada a la zona. El campo se encontraba listo. La batalla
por el dominio del mundo antiguo debía de librarse, ambos se encontraban
sitiados uno por otro. Ambos se encontraban indecisos de tomar la resolución, y
del resultado...

Antonio se encontraba abatido por la impaciencia, y el desanimo de sus tropas,


pues a partir de la debilidad que le causó la larga espera algunas de sus legiones
se unieron a las de Octavio. Lo que más le dolió fue la deserción de su amigo
Enobardo, quien dijo daría un paseo por la zona y por la tarde se enteró de su
traición, de ahí en adelante todos aquellos que deseaban abandonarlo fueron
sacrificados. No estaba contento con lo que sucedía, tenia desconfianza hasta de
Cleopatra, llegando a tal grado que no quería comer nada que viniese de la
faraona. Un día antes de la batalla durante la celebración, la reina quitó una
guirnalda de su pelo, y la puso en la copa que tenia Antonio, cuando este se la iba
a llevar a la boca, lo detuvo.

-En caso de que quisiera aniquilarte ya lo hubiera hecho querido. No tomes de esa
copa. ¡Observa! –trajo a un condenado a muerte y lo hizo beber de la copa, antes
de que la terminara cayó muerto.

100
Antonio vio con ira a Cleopatra. No solo le habia mostrado su superioridad; sino
que lo hizo enfrente de sus generales, quienes ya se encontraban descontentos al
ver en manos de quien estaban, empeorando con esto la situación.

El viento del mediodia se mostro propicio para las embarcaciones de Antonio,


decidió incinerar las barcas que se encontraban algo afectadas y llenó las que
quedaban con muchos hombres. Antonio volvió a encontrarse en su elemento, la
guerra. Las legiones esperarían en tierra con Cleopatra. Las pesadas trirremes
avanzaban al encuentro. Antonio no había luchado en el mar, el siempre batiose
con la espada en medio del polvo. Esperaba acercase a los buques romanos, y
bajar y tomarlos como si estuviesen en tierra. Más la situación fue muy diferente.

Las naves romanos eran ligeras, y podían moverse con facilidad en este lugar, por
el contrario las egipcias eran lentas y pesadas. Y por si esto fuera poco el viento
cambió de dirección deteniendo el avance. Los legionarios nada acostumbrados al
mar se encontraban mareados y no tenian forma de defenderse de la innumerable
cantidad de flechas y proyectiles que lanzaban en su contra, empezando a
llenarse la cubierta de sangre, por el contrario las naves egipcias intentaban
repeler el ataque con grandes catapultas que raramente acertaban en el blanco.
La derrota se empezaba a determinar a las pocas horas de empezada la batalla,
mas Antonio no podia hacer nada mas que seguir intentando tomar las barcas
romanas.

Cleopatra desde tierra distinguió el inminente fracaso de su decisión, volteó al


cielo, y vió en el mástil de su barco como un nido de gaviotas era destrozado por
extrañas aves, veía como el viento cambiaba de dirección en las velas, recordo
entonces el designio que le dieron sus sacerdotisas, recordó también el oráculo
que predijo la muerte de Cesar. Habia perdido. La reina estaba preparada para
esto y pronto se montó en sus barco almirante con dirección a Egipto. Todos los
guerreros asombrados vieron como la fastuosa embarcación los abandonaba. La

101
decepción tomo sus ánimos, mas se encontraban en plena lucha, no tenian otra
opcion mas que la de continuar con la guerra.

Cuando Antonio vio como su reina se alejaba, sintió dentro de sí el momento de


tomar la decisión definitiva, podía continuar con su lucha que veía fracasar o
reunirse con su amada y esperar otro momento para enfrentarse con Octavio. La
desesperación que lo caracterizaba lo hizo tomar una barca de las que seguían a
la principal y abandonó a su ejercito. Sus soldados azorados al verlo partir le
gritaban maldiciones mientras contenían el ataque, en el agua algunos caídos en
medio del mar le pedían auxilio. Su ejercito y sus naves se incendiaban mientras
el desertaba siguiendo a su reina. Octavio sonreía al ver como se alejaba la barca
egipcia. Había sido demasiado fácil.

Al llegar Antonio al barco almirante, se sentó en la proa, puso las manos en su


rostro, y el silencio se apodero de sí; había fracasado, pero también había huido,
la imagen de sus legiones destrozadas no se borraría en mucho tiempo de su
cabeza. Si la situación antes de la guerra le era adversa, hoy sabia nunca podría
regresar a Roma, ya nada tenia sentido. De poder ser el hombre mas poderoso
del mundo paso a ser un triste cobarde que desertó en medio de la lucha
abandonando a su ejercito. El remordimiento era tanto que ni las lagrimas
asomaban a sus ojos, el vino tampoco podría hacerlo olvidar lo hecho.

Allá quedó toda su fuerza y convicción. Al dejar la batalla dejo con ella el destino
que durante tanto tiempo forjó, y ahora se encontraba en una nave egipcia con
rumbo a Alejandría. La reina no fue a su encuentro lo dejo ahí en la proa, y sólo
mando un esclavo a que le recogiera la espada pues temía pudiese hacerse daño.

La gran nave alejandrina guardaba en sus entrañas a Cleopatra, quien se


encontraba sentada en su trono con la vista perdida, sin poder articular ninguna
palabra, el odio relampagueaba en su interior, pidió como antes estar sola, todos
los sirvientes se encontraban temerosos de la acción de cualquiera de los dos. No

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deseaba ver a Antonio, los dos habían fracasado y el orgullo ponía una barrera en
medio de los dos. La ambición de Cesar era el corazón de este amor, pero él no
estaba, ni juntos pudieron ni siquiera acercarse a su gloria. La guerra secó el
sentimiento de ambos, aquel amor que los unía se hundió junto con las trirremes
en Accio. El silencio se cirnió sobre el mar.

La flota de Cleopatra inmaculada se allegaba al faro; las barcas se encontraban


adornadas con florones y brillantes banderas de seda que hondeaban al viento. El
pueblo esperaba a sus dioses que hace un año partieron con el fin de llevar su
poderio hasta Roma. La reina se encontraba en la proa con el rostro inmóvil y una
pequeña sonrisa (que intentaba contener la furia que sentia ante la derrota) se
dibujaba en su rostro. Al frente de todo el pueblo estaba el recuerdo del destino
que ella quiso cumplir. El joven Cesarión, aquella criatura que hace 16 años vino a

103
cambiar tanto su historia como la de Egipto, cada vez su rostro se semejaba más
al de su padre. Todavía tenia un reino, el suyo, y debia de prepararse para el
ataque que prontamente vendría de Roma. La reina durante el regreso volvió a
tomar el valor que sólo su tierra podía darle. Al llegar al puerto, saludó
rápidamente a su pueblo e inmediatamente llego a su trono dentro del palacio.
Tomo los dos báculos que simbolizaban el poderiío del alto y del bajo egipto, los
cruzo frente a ella, asi se sentia realmente segura; entonces empezó la caravana
de sus servidores a preguntarle acerca de la campaña. Ella no respondió nada,
sino por el contrario empezó a pedir le rindieran cuentas. Durante su ausencia el
joven Cesar administró bien todos los asuntos, y pudo sentirse contenta cuando
vio como todos le rendían honores a su hijo, y este habia aprendido bien la forma
de dirigirse.

Accio significó una gran perdida economica para Egipto, la construcción de la


flota, el pago de los soldados, la compra de armas, viveres, y demás recursos
indispensables para la guerra, habian logrado disminuir las arcas del tesoro, y
ahora necesitaba prepararse pues tenia que fortificar la ciudad, antes de que
llegase Octavio contra ella. El terror comenzóa apoderarse de los egipcios, pues
cualquiera del que se presumiese estaba involucrado de cualquier forma con los
romanos, era perseguido y asesinado al instante. Para recaudar fondos para la
fortificación de Alejandria, inventó cargos contra algunos de los hombres más
poderosos de su tierra, y los asesino quedándose con sus pertenencias. La sangre
ptolomeica volvia a fluir por sus venas, y los egipcios volvían a ver a la faraona
como la temible sucesora de sus antepasados.
Era el final del año 31 a.C tenia solo el invierno para preparar todo cuanto pudiese
antes de la llegada de los romanos. Ella sola no podría sobrellevar esta guerra, asi
con todo lo recaudado se dio a la tarea de intentar conquistar por medio de su
fortuna cuantos países y ejércitos pudiese. Lo primero que se le ocurrió fue
granjearse la amistad de el rey de media Artavasdes: el haber perdonado a aquel
rey poeta de Armenia ahora le serviría para su propósito, entonces le corta la
cabeza y la manda como regalo al meda primero con el fin de atraerlo y segundo

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evitar que este se uniese a Octavio. En medio de la desesperación mandó
construir una flota cerca del Oriente, a fin de que el rey de meda y los persas
vieran otra vez su poderio, y deseasen ayudarle para la construcción de un nuevo
imperio en el Oriente, después mandaria a Cesarion, y otra vez el sueño fracasado
trastocaba sus pensamientos, pensando en el dia en el que el joven regresara con
todo el Oriente tras de si, a cumplir el sueño que ella y Julio Cesar habían forjado.

Una fraccion de arabia que mantenia hostiles relaciones con Egipto, adivinó los
pensamientos de Cleopatra y les desagrado mucho la idea de ver cerca naves
egipcias, entonces se lanzaron a los astilleros donde se construian estas naves, y
fueron prendiendo fuego una a una a toda la flota de la reina, al recibir la noticia la
faraona; descargó el aire de su pecho, bajó por primera vez del trono como si ya
no le importara regresar a el, salio de su palacio, y vio la ciudad brillando al
atardecer, se dio cuenta de que no podia hacer nada en contra del destino que
venia por ella; el humo de las naves incendiándose en el puerto le recordó aquella
gran pira en la que ardió Cesar, desde ese momento todo se habia terminado,
pero no podia culparse, hizo todo cuanto tuvo en las manos para elevar a Egipto al
nivel del Imperio. La muerte se acercaba, lidio con ella desde los 13 años, pero
sabia que de esta vez salvarse era imposible. Apareció otra vez la imagen a la que
más le había temido durante su vida; el ir encadenada a Roma y cruzar las calles
azotada por el pueblo latino, lanzándole pedradas e imprecaciones hasta el
momento en que fuese asesinada. No podía ser de esta manera, el último plan
que podía hacer en su vida, era el prepararse una muerte digna, contempló la gran
efigie que durante sus cuarenta años se construyó para guardar sus restos, y se
dijo pronto iria a ella. Tenia que descansar en Egipto, la tierra por la cual hizo todo
durante su vida. Asi buscó a Olimpo, uno de sus mas fieles servidores, y le mandó
le buscase las serpientes más letales que se arrastraran por todo el imperio.
Olimpo siguió la orden sin saber el fin que tenia este mandato. Entonces la reina
trajo a varias condenados, y fue viendo uno a uno como morían delante de si por
las picaduras de las diferentes víboras: unos sufrían ataques durante un tiempo y
después fallecían, otros duraban horas emitiendo largos quejidos de sufrimiento,

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hasta que por fin encontró una serpiente que se adecuaba a sus necesidades, la
cual provocaba una muerte instantánea y no hacia mella en su rostro, ni dio
señales de ningun padecimiento. La reina pidió a Olimpo guardase con esmero a
esa serpiente hasta que ella le indicase. Al ver cerca su muerte recapituló su vida,
y sintió dentro de su corazón, un pequeño lugar de alivio, de cuando fue feliz
durante su vida, entonces reconoció que amaba a Antonio, y suspiro viendo el
fuego del faro encenderse.

Mientras Cleopatra realizo este último intento, Antonio no pudo superar el


remordimiento que le causaba la derrota en Accio, ni la reina, ni nadie podia
devolverle la sonrisa, o revivir al Dionisios que tenia dentro de si, desde la llegada
a Egipto se recluyó en una casa lejos de todo el pueblo Alejandrino, no deseaba
observar a nadie, ni ver nada que le recordase su pasado. El palacio en el que se
recluyó era conocido como el Timoneo, en añoranza de Timón, el enemigo de los
hombres, como el mismo se hacia llamar; Timon fue un misántropo que vivió en
Atenas, alejado de toda la humanidad y sólo se presentaba para demostrar su
desprecio por cuanto le rodeaba. Se dice que una vez se presentó ante el Senado,
y les comunicó que iba a cortar una higuera donde varios hombres se habían
suicidado, pues ahí deseaba construir su vivienda, en el suelo donde tantos
hombres se dieron muerte y que si alguien deseaba suicidarse se apurara a
hacerlo, por que el día de mañana cortaría tal higuera. Su epitiafio redactado por
el. versaba de la siguiente manera: “Aquí esta Timon, quien detesta a los
hombres. Lanza tus injurias si deseas, pero, ¡LARGATE!”

Dedico el tiempo de su reclusión a leer a los antiguos filósofos griegos a los


que solo había prestado atención en su niñez. Sentía un odio tremendo por su
historia, y esto fue lo que lo llevó a mostrarse este papel de misántropo. Los
alejandrinos quien lo vieron durante mucho tiempo con la copa en las manos
llevando la dirección de la fiesta, hoy solo podían contemplarlo a través de una
ventana donde se veía la triste silueta del hombre fracasado contemplando aquella
ciudad donde vivió la mayor de sus alegrias. No deseaba enterarse de nada y en

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el exilio crecía su resentimiento ante los romanos, Cleopatra, los egipcios, ya ni en
el vino podia ahogar su dolor. Hasta que un día, como siempre desde que conoció
a la reina, acudió ella a rescatarlo.

Al verlo comprendió al hombre abatido que ella habia llevado a la gloria, y a


la ruina. El hombre de más de cincuenta años apareció ante ella con la barba
crecida, y con la mirada caida de tanto pesar. La reina se acerco hasta él, tomo su
rostro entre sus manos, y dijo:

-Antonio, si ya todo se ha terminado. Sólo tu y yo quedamos, sólo los dos


sabemos que hicimos cuanto pudimos por nosotros, por Egipto y nuestros hijos.
Deja ya esta reclusión, y vivamos como antes el tiempo que nos quede.
-Pero ¿por que huiste en Accio?
-Sabiamos los dos que moriríamos, tu, como ilustre romano peleando por
Roma, pero yo seria encadenada y llevada a Roma, a ser injuriada por todo el
pueblo. Eso no lo podía soportar.
-Tienes razón. Sólo que yo en verdad crei que lo lograríamos, pero si lo
hubiesemos hecho...-Cleopatra puso sus labios en los de Antonio, susurrándole en
los labios-
-Todo eso ya termino.-Antonio la miro a los ojos queriendo hacerla participe
de todo su dolor, se sentía confortado, solo ellos entendían mejor que nadie lo que
habia pasado, el sueño de Cesar los unio, pero quedaron huérfanos ellos dos,
pero en este recorrido nacio el amor-
-Cleopatra... –sus labios se acoplaron en un largo beso, y sus cuerpos
maduros por la edad se hicieron uno como antaño. Que otra salida podía darles el
destino, mas que unirse los hundidos en el amor que durante tanto tiempo habian
sentido.

La reina como siempre lo habia previsto todo, en Alejandria se volvió a


reunir el “Club de los Inimitables” solo que ahora bajo el nombre de “el Club de los
que mueren juntos”. El derroche fue igual que antaño, pero ahora la fiesta tenia el

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luctuoso tinte del futuro que les esperaba. Cleopatra esperaba que con estas
fiestas podría recuperar a Antonio para la batalla final que pronto vendría por ellos.

Pronto el amor de ambos empezo a renovarse, la prueba llego cuando


Herodes quien temía a Octavio, se presentó ante Antonio, después de comentarle
que Octavio se encontraba en Rodas para venir a atacarlo, le propuso:
-Estas vencido Antonio, pero tienes una última esperanza.-aseguró a
Antonio quien ya un poco recompuesto sonriendo pregunto-
-¿Cuál?
-En este momento puedes recobrar tu honor en Roma, y volver a establecer
el triunvirato. Solo tienes que matar a Cleopatra, y asi tomaras Egipto para ti, y con
esto –Antonio lo interrumpió antes de que terminara-
-¿Quién crees tu que eres? Maldito judio que vienes a proponerme tal
estupidez –deseinvano su espada- Esta es mi respuesta si se te ocurre volver a
abrir los labios. ¡Largate! –concluyo lleno de furia-
Herodes salio esa misma tarde de la ciudad en busca de Octavio, le ofrecio
costosos regalos y le comentó del apego de Marco Antonio a la reina. En
agradecimiento el romano le dejó conservar su reino.

Al oir Antonio que se acercaba el momento, deseo ahora el hacerse fuerte,


entonces tomo parte del tesoro de la reina, y se dirigió a Siria en busca de las
legiones que quedaron de la batalla de Accio. Estas se encontraban dispuestas a
luchar por quien pudiese pagarles, entonces el oro de Egipto volvia a surtir efecto.
Despues mandó a llamar a dos mil gladiadores que ejercitó durante la marcha
triunfal en Egipto. Las tropas avanzaron rumbo a Alejandría pero al enterarse de
que Octavio ya venia en camino desistieron de la empresa.

El ultimo acto político de Cleopatra se llevo acabo iniciando la primavera


del 30 a.C. se reunio a todo el pueblo, a fin de celebrar la mayoria de edad de
Cesarión, igualmente a Antilo, el hijo mayor de Antonio y Octavio, asumieron los
dos en ese momento la toga virilis, esto significaba que Egipto ya no sólo estaba

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gobernado por la faraona, sino que el joven Cesar Ptolomeo asumía el poder, y
estaba preparado para poder tomar la herencia que Cesar le dejaba. Este acto
significó el acta de defunción del joven, pues desde ahora Octavio tenia que
terminar con el para asegurar por siempre su poder en Roma. Acto seguido la
reina hablo con el joven:
-Cesar. Octavio esta ya muy cerca de la ciudad. Debes irte.
-Ni lo pienses madre. Este momento es el decisivo, debo de enfrentarme
con Roma, por ti, por Egipto, por Cesar.-Cleopatra miro con ternura la pretendida
fuerza del muchacho.-
-No es este momento el que los dioses tienen para ti, mi pequeño Cesar.
-Entonces a donde iremos.
-Yo me debo de quedar aquí a afrontar el destino –dijo Cleopatra con un
tono melancolico pues sabia que nunca más volveria a ver a su hijo, el cual fue
durante su vida el símbolo de todos sus sueños- Las pitonisas me han dicho
debes de ir a la India, alla poco a poco crearas un nuevo imperio de Oriente, que
algun dia regresará a terminar con Roma. Vengaras después toda la historia
egipcia, y el trono que te fue arrebatado por Octavio. Tienes un gran futuro hijo
mio, Cesar es el astro que corona la noche, y el junto con los dioses egipcios y
romanos saben que tu eres el elegido.
-Si esa es la voluntad de los dioses, no ire yo en su contra. Adios madre.
La faraona abrazó por ultimo vez a su muchacho y contempló con
tranquilidad y gran tristeza como la caravana que acompañaba a su hijo se fundía
en el desierto. Cerró los ojos y rogó a Isis depositara su gracia sobre el hijo de
Cesar, secó unas cuantas lagrimas que brotaron de sus ojos y dio la vuelta hacia
el palacio dispuesta a afrontar lo que el destino dispuso para ella.

En el palacio la esperaba un enviado de Octavio. Tirso.


-Faraona de Egipto, he venido en nombre de Octavio, el cual desea
mandarle a sus soldados primeramente, despues hacerle saber que lleva tiempo
enamorado de usted y desea reconocer su envestidura y la de sus hijos. Lo único
que le pide a cambio es la cabeza de Antonio y todo terminara en paz –la reina

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contuvo el desprecio que sintió ante la oferta pues vió la oportunidad de encender
a Antonio, causandole celos de aquel mensajero-
-¿Quién te manda?
-Le he dicho que Octavio, el unico emperador romano. –la reina en un tono
de extrañeza, replicó-
-Antonio, no ha muerto.
-Faraona de Egipto, usted sabe que las fuerzas de Octavio, no tardan en
llegar, solo la muerte de Antonio es el unico tratado de paz que puede usted firmar
con Roma.
-Lo pensare por la noche, después te dare una respuesta. Apolodoro –el
esclavo se acerca a ellos-
-Dale una habitación a este hombre, ¿quiero que sea acogido con toda la
hospitalidad que caracteriza a Alejandria?
-Gracias. –Tirso sonrio pensando que habia logrado su propósito-.
Al momento Antonio acude al saber que un enviado de Octavio se
encontraba con la reina, se encienden los celos que sentía por su reina, pues
ahora siente es la única persona que tiene en el mundo. Toma del romano y lo
estampa contra el suelo de un solo golpe. Cleopatra no dice nada, admira como
su hombre ha retomado la fuerza, sus ojos se inyectan de colera, sus brazos
parecen tomar otra vez la hercúlea fuerza que lo caracterizaba.
-Dile aquel que te manda. ¿Qué deseo batirme con el uno a uno, romano
contra romano, como en la antigua Troya?.-El emisario se levanta dispuesto a salir
y la reina ve el momento preciso para mostrarle su fidelidad a Antonio,
invadiéndolo de su confianza-.
-Espera. No te vayas, sólo dile a Octavio mi respuesta ¿qué si desea la
cabeza de Antonio, venga él mismo por ella?
Antonio voltea asombrado de lo que escuchó. Cleopatra le comenta de la
proposición hecha por Octavio, a su vez, el ve el momento preciso para contarle a
su vez la propuesta de Herodes. Los dos se abrazan con confianza, solo la muerte
podría separarlos.

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Cleopatra se prepara para el combate que ya no tardaría, hace llevar todas
su oro, joyas, piedras preciosas, y demas objetos valiosos al templo de Isis. Sus
dos esclavas Iras y Carmiana la acompañan-
-¿Por qué haz llevado tu tesoro al templo su majestad?
-Iras, Carmiana,-dice la reina elevando su voz en un tono profetico- ustedes
dos son las encargadas de acompañarme en mi descenso al mundo de Osiris.
-¿Cómo? Pero si Antonio esta dispuesto a luchar.
-Lo se hijas mias, pero si no pudimos hacerlo en Accio, ¿crees que ahora lo
lograremos?-las dos la miran algo asustadas, la reina cierra los ojos y se confiesa
ante su sequito-
-He visto a Isis durante la noche... siento ya sus alas cerrarse cerca de mí.
He decidido incinerar aquí mi cuerpo, junto con mi tesoro, para que sólo obtengan
cenizas aquellos que vienen por Egipto y por mi.
-Creo es lo más digno mi princesa.
-Ya Cesarión se encuentra lejos, los demas no corren tanto riesgo, He
asumido el papel que el destino me ha puesto, y la única forma de terminar mi vida
como la hija de Isis es así

Mientras Cleopatra se preparaba para su muerte. Antonio en una fiesta


rodeado de su generales, y demás egipcios que esa noche lo acompañaban:
-Antonio. Octavio, ha llegado, se encuentra en las afueras de la ciudad, ha
empezado a sitiarla,. Todo parece indicar que mañana atacara.-avisa Eros a
Antonio-
-Es cierto, este va a ser el final.

Esa noche se cuenta se oyo una corte de espiritus salir desde el recinto
hasta el final de la noche. Los hados abandonaban a Antonio

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La mañana del 1 de Agosto del 30 a.C. el Sol encendió las aguas
tornándolas a una tonalidad rojiza propia del amanecer, cual si el agua se hubiera
entintado en espera de la sangre que pronto correría. La ciudad, completamente
silenciosa, toda en calma: los mercaderes no salieron puerto, las barcas se
encontraban amarradas a la costa, las puertas de las casas, todas, estaban
selladas, menos una; la del palacio, donde estaba Marco Antonio preparado a
cumplir su destino. Venía la hora del ataque; decidió hacer un ataque múltiple por
tierra y por mar al mismo tiempo, saldría a dar la mejor batalla que Roma y Egipto
hubiesen visto; sus huestes se encontraban quietas en espera de la lucha. Era el
momento decisivo y la llama del faro que vio hace veintitrés años arder, se apaga
para dar paso a la guerra. El sol avanza antes que los ejércitos. Las pesadas
trirremes egipcias se encuentran frente a frente con aquellos ligeros barcos
romanos de los que huyeron en Accio, los soldados de espadas curvas ven a su
vez al enorme ejercito latino perfectamente ordenado. Octavio y Antonio, llegaban
al momento final de su añejada contienda por el poder del imperio.

En otra habitación del palacio Cleopatra observa la escena. No puede dejar


de recordar la victoria de Cesar y cuando aquel destrozó a un ejercito cinco veces
mayor al suyo. Hoy la escena se repetía, más el miedo y la ira se enredan en su
garganta, las lagrimas se abultan apunto de brotar de sus ojos. Otra vez los
romanos... venia el destino a cobrarle cuentas y a despertarla por última vez de su
sueño de ser la gran monarca de aquel pueblo donde nació su ambición así como
su odio. Había dedicado su vida por completo a unir a Egipto con esta poderosa

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tierra, como algún día lo quiso el gran Alejandro, después el fiero Cesar, y por
último su querido Marco Antonio. Mientras observa el puerto sitiado se pregunta
“¿Qué mas puedo hacer?” puso fuera de riesgo a su hijos mandándolos lejos de la
batalla, pero ella, ¿Qué haría? Le aterraba la idea de caminar por Roma y que el
pueblo del que quiso ser la soberana la ofendiera mientras ella recorriera
encadenada el camino a su muerte. No, no seria así.

La reina llamó a sus más fieles súbditas: Iras y Carmión, quienes la


ayudarían a darse la digna muerte que como faraona merecía. El llamado de
Osiris tomaba desde este momento su alma. Durante su vida dirigió la
construcción de su tumba y ya era tiempo de ir a su eterna morada, era hora de
dejar el palacio por última vez, y dirigirse hacia el reino de los muertos. La lágrima
contenida broto de sus ojos sumidos en un amanecer dispuesto al final; bajó
entonces la cabeza y con una reverencia se desprendió de esta tierra que cuidó
con todo lo que tuvo. No podía despedirse de Marco Antonio, pues sabia que el
necesitaba del animo de la lucha que ella ya había perdido. Sus últimas fuerzas
serian dedicadas a preparar su juicio ante Osiris, donde su alma sería puesta en
una balanza para decidir su eterno futuro. Se levantó y observó la ciudad
intentando aprehenderla pues sentía era la ultima vez que su ojos la
contemplarían.
-Hijas mias, ha llegado el final, el momento de unirnos con las divinidades
de las cuales provenimos... ya se prepara nuestra llegada... puedo sentirlo. El
fuego elevará nuestras almas, arderemos junto con todo el tesoro que de esta
dinastía ha quedado. ¡Nada ni nadie de Egipto partirá para Roma! –sentencio con
fuerza la reina.

Marco Antonio como una vorágine violenta salió del palacio, el eco de sus
pasos retumbaban por los corredores, estaba dispuesto a luchar por última vez
con toda su fuerza, si no ganaba podría encontrar por lo menos una muerte digna
en el campo de batalla, deseaba vengarse a si mismo de su huida en Accio. Los
soldados caminaron junto con el, esta sería la ultima batalla. El sol en el cenit arde

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en espera de la lucha. Las espadas empezaron prontamente a chocar contra los
escudos, la sangre volvería a lubricar su espada, buscaría la muerte a cada
movimiento. Dio la orden a las trirremes de lanzarse y estas levantaron sus remos
y se acercaron a las de Octavio en son de paz. Ambos ejércitos se unieron y las
embarcaciones empezaron a fusionarse vitoreando el triunfo de Roma y de
Octavio, poco después sus legionarios hicieron lo mismo dejando las armas en el
suelo y corrieron a unirse al ejercito enemigo.

-Traición —grito Marco Antonio conmocionado por lo que pasaba ante sus
ojos, poco a poco se fue quedando solo; entonces emprendió una larga carrera
hacia el palacio en busca de su reina. Los legionários lo dejaron huir mientras ellos
se unificaban en fraternos abrazos, y los gritos de Salve Roma colapsaban por
primera vez la tierra alejandrina.

Al entrar al palacio corrió por los pasillos invocando el nombre de su amada.


Solo encontró a su esclavo Eros, quien le había sido fiel durante todo el tiempo.
-¿Dónde esta Cleopatra?
-Cleopatra a muerto mi señor.
La ultima puñalada fue asestada a su sufriente corazón, el rostro se le
constriño en un gesto de horror, sus tropas lo abandonaban, su reina habia
muerto... ¿Qué podía hacer el que se sentía el único vivo de toda esta historia?...
Nada. Morir.
-Recuerdas Eros lo que te pedí en Abraxas , cuando sentí iba a perecer.
-Nunca lo he olvidado señor mío.
-Debes darme muerte ahora, antes de que aquella horda de frenéticos
romanos vengan por mí.
Eros con tristeza desenfundó su espada como si fuese a obedecer, la
levantó en el aire, mientras Antonio cerró los ojos diciendo:
-No me arrepiento de nada de lo sucedido, por lo contrario muero tranquilo
pues pronto me uniré eternamente contigo, Cleopatra, estaremos juntos en un

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reino mucho mas bello del que nuestros ojos han contemplado, y nada podrá
separarnos.
Esperaba la espada con el rostro tembloroso. Un gemido ahogado lo hizo
abrir los párpados: Eros se había clavado la espada en el pecho y su cuerpo se
contrajo hasta quedar muerto a sus pies.
-Haz hecho lo correcto Eros, -su voz quebrada era el único sonido en todo
el palacio- yo tengo que cumplir mi destino. Sacó su larga espada, atrajo a su
mente el rostro de Cleopatra, era la última imagen que quería llevarse antes de
cruzar el umbral de la muerte, se clavó la espada, y con ella enterrada se sentó
lánguidamente en un diván.

Octavio pisaba la tierra egipcia por primera vez en su vida, contemplaba


contento a su ejercito sumido en los festejos. Los gritos de “Salve Roma, Salve
Octavio” colmaban el aire y las aguas. ¡Lo había logrado! Solamente era cuestión
de esperar encontrar el cuerpo de Antonio en algún lugar de esta tierra... ¿y la
reina?... aquella princesilla estaría escondida por ahí, al encontrarla le exigiría por
completo su tesoro. Por fin regresaría a Roma con la riqueza necesaria para pagar
a sus tropas y hacer la gran celebración que lo coronara como señor único del
Imperio. Por fin llevaría a su enemiga a desfilar por la vía latina... ¿y Cesarión?...
el era el único que podía cuestionar su investidura, lo mandó buscar y pronto sería
asesinado. Sonreía satisfecho como ningún otro romano pudo. Oriente y
Occidente se encontraban bajo su dominio. Octavio seria el único dueño y señor
del Imperio más grande del mundo.

-Antonio. Antonio. ¡Despierta!


-¿Quién eres tu?
-La reina Cleopatra desea vayas junto con ella.
Sintió Marco Antonio un gran dolor cual si le arrancaran algo del cuerpo; era
la espada. Fue montado en una litera, y fuertes esclavos lo llevaban a velocidad
fuera del palacio, el sol empezaba a declinar. Antonio observaba lánguidamente
cuanto esta a su paso sin poder comprender cuanto pasaba. Tal vez era lo que

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había escuchado de Osiris por Cleopatra. Ahora vendría el juicio. Reconoció la
última morada de Cleopatra y oyó su voz.

Cleopatra aun no había encendido la hoguera con la que comenzaría el


incendio que volvería cenizas tanto su tesoro como su cuerpo. Deseaba tener
junto a ella a Marco Antonio. Solamente ayudada por sus dos esclavas, las únicas
que se encontraban en el palacio, pudieron por medio de unas sogas subir el
cuerpo de Antonio hasta una ventana, la única del templo. La sangre de Marco
Antonio escurría por sus ropas manchando la fachada del templo donde lo
esperaba la mujer por la que había hecho todo esto.

Cleopatra tomó entres sus brazos el cuerpo ensangrentado del hombre que
la amo tanto como el a ella, el era el padre de tres de sus hijos, el era quien hizo
todo cuanto pudo para llevarla al trono junto con Ptolomeo Cesarion. Ahora los
dos juntos podrían huir hacia Osiris de una forma digna, más el destino los
llamaba en la voz de Proculeyo, un guardia de Octavio, que desde afuera del
templo clamaba a Cleopatra.
-No hagas nada Cleopatra. Octavio solo quiere a Marco Antonio, entrégalo
y conservaras tu reino.
Marco Antonio sentía irse la vida mas se encontraba feliz de ver por última
vez a su querida farona, reunió entonces las pocas fuerzas que le quedaban en su
interior y exclamó:
-Se feliz conmigo recordando los hermosos tiempos que vivimos- la sangre
empezaba a invadir su garganta- Muero como uno de los hombres más poderosos
de la tierra, y hoy como todo gran romano, viene otro a asesinarme.
Cleopatra vio entrar a Proculeyo quien había entrado por el mismo lugar
que su amado; el alma de Antonio dejaba su cuerpo... delicadamente lo acomodó
en el suelo y manteniéndose a distancia de Proculeyo escuchaba lo que este le
decía:
-Calma Cleopatra. Antonio ya ha muerto, es lo único que Roma te ha
pedido. Tu conservaras tu reino.

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La reina consternada vio su última oportunidad para darse muerte, al
instante cayó la pesada puerta del templo y entraron corriendo tres mercenarios,
era el momento, sacó de su túnica un puñal dispuesta a clavarlo en su pecho, mas
antes de que lo logrará; la mano de uno de estos detuvo su intento. Los demás se
acercaron a ella y seis manos macularon el cuerpo de la faraona en busca de un
cuchillo o cualquier otro objeto con el que pudiese quitarse la vida. Cleopatra
había caído.

La reina es encerrada dentro de su propio palacio y oye desde su


habitación el gran desfile que hace Octavio anunciando su victoria. No tiene el
valor para observarlo, pero el ruido trae a su mente imágenes en las que recuerda
que esa misma avenida fue la que cruzó con Cesarión en el vientre y con Cesar a
su lado; la misma avenida por la que el pueblo vio venir a Antonio vencedor. Los
tronos dorados donde su familia se convirtió en la dinastía reinante del Imperio de
Oriente pronto serian fundidos en monedas romanas. El pueblo también recordaba
aquellas celebraciones y hoy bajan la cabeza y se arrodillaban frente a los carros
triunfantes de Octavio, quien lucia la túnica y el manto purpúreo que tanto
recordaban los alejandrinos.

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Amante de las artes, Octavio quedó admirado al conocer la belleza y
suntuosidad con la que estaba creada la ciudad, por lo cual pese a las
instigaciones de sus soldados, no destruyó nada; en cambio, decidió adentrarse y
visitar la tumba del Gran Alejandro, al llegar a ella intentó acariciar el rostro de
aquel romano con quien podía equiparar la grandeza de su reino, después de este
acto ceremonial iría a tomar todo lo que ya era suyo: el palacio, el tesoro… y la
reina.

Al llegar al palacio Octavio recibe de uno de sus guardias un extenso papiro


que era el inventario de cuanto había en la ciudad, palacios, tierras y templos.
Rápidamente le echa una ojeada y le pide prepare una comision que compruebe
con su vista todo cuanto hay escrito. No deseaba perder absolutamente nada, y
con este afán se dirige por el último de sus trofeos.

La reina pensó en ganar un poco de tiempo para no morir a manos del


romano, y por primera vez descuido su rostro y vestimenta. La faraona lucía
completamente desalineada, sus ojos hinchados por el llanto y el insomnio se
encontraron finalmente con los de Octavio, quien deseaba tener de cerca de la
gran faraona que desde hace mucho tiempo vio en el trono; al llegar a la
habitación y ver aquella triste mujer desconsolada y que agonizando se tira sus
pies prorrumpiendo gritos de clemencia, cae por completo la atracción que antes
sintió. Los gritos de la mujer lo sacan de quicio, en ese momento llega uno de sus
sirvientes y acusa a Cleopatra de guardar una parte del trono.

-Nada he querido guardar para mí Octavio –dijo la reina- he guardado esa


parte del tesoro para que tu hermana Octavia y tu esposa Livia, sean un poco
indulgentes cuando vayamos a Roma.

Octavio escucho con agrado la respuesta, pues pensó la reina sabía bien
su destino; y lo aceptaba.

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Al salir Octavio. La faraona se recompone, ahora venia el momento final,
dispone de su ultimo baño y llama a Iras y Carmión, quienes sabían bien lo que
ahora sucedería. Las dos sirvientes entraron con el cofre de joyas que la reina
según había apartado para las romanas, con tristeza, lentamente van colocando
cada una de las joyas en su rostro. Primero Iras engarza su frente con aquella
diadema de oro que mostraba la cabeza de una serpiente, mientras Carmión a su
vez alisa su cabello. Cleopatra ve su rostro en aquel espejo donde tantas veces se
soñó subiendo al trono con Cesar, siente a cada paso del cepillo en su cabeza van
cayendo y deshaciéndose uno a uno los sueños, fracasos y logros que
confluyeron en su vida.

Sus párpados que contemplaron siempre por encima a egipcios y romanos


son adornados con aquella exóticam4ezcla de tierras que sólo existían en su
reino. Sus oídos siempre alertas a espías, enemigos e informantes son prendidos
por aquellas purísimas perlas con las que gano a Marco Antonio en una de sus
báquicas celebraciones. Los labios se encuentran sellados, aquella su más
poderosa arma que condujo ejércitos, hombres y dioses… callan. Nada más hay
que decir. Aspira la más deliciosa fragancia que pudo contener en un perfume, el
mismo que inundaba a el palacio flotante con el que fue a la conquista de Antonio.
En su cuello un collar de preciosas piedras era el marcon con el que enjoyaba su
rostro. Sus senos que amamantaron cinco pequeños descansan sueltos bajo la
seda de una túnica que envuelve absoluta su figura.

Olimpo con una cesta con higos logra cruzar la guardia que rodeaba a la
última faraona de Egipto. Al llegar a la habitación, observa como colocan a la
reina, el ultimo de sus atavíos. La corona ptolomeica, los dos grandes puntas de
marfil lucen purísimas como ella, en medio de ambos el disco dorado de Amon
refleja el ocaso.

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La reina solo bajó la cabeza. Olimpo destapa la cesta frente a ella, la
serpiente que pareciese saber su labor repta sigilosamente hacia Cleopatra.
Cesarión ya se encontraría en la India, sus demás hijos a esta hora estarían a
salvo. Observa por última vez el puerto. El murmullo del mar le transmite la
serenidad necesaria para dejarse seducir por la serpiente. La gran columna de
mármol poderosa e impenetrable, no se encenderá esta noche. Se dirige a su
lecho de oro y la serpiente clava su veneno en el brazo de la faraona. Cleopatra
solo lanza un pequeño gemido y lentamente su cuerpo se desvanece sobre el
lecho dorado.

Octavio recibe al tiempo una carta donde la reina le pide descansar


eternamente junto a Antonio en su tumba. Sus dientes se aprietan con ira y corre
hacia el Mausoleo pues adivina lo sucedido, pero su orgullo y dignidad lo detienen.
Manda entonces a sus servidores a ver la última escena.

El romano encuentra a la faraona tendida en aquel lecho de oro; Iras se


encuentra a su lado muerta y Carmión moribunda intenta acomodar la diadema a
su reina.

-Es hermoso lo que haces –dijo el romano conmovido por la imagen.


-Desde luego, sólo lo mas hermoso para la ultima faraona de Egipto, pues
ella es hija de muchos reyes y dioses –al concluir la esclava se desploma al lado
de su reina.

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EPILOGO

La última voluntad de Cleopatra fue cumplida; ahora descansa junto a su


hombre Marco Antonio. Al morir, el pueblo egipcio se dio cuenta de lo que había
perdido. Nunca más Egipto volvería al tener el tesoro, ni el poderío que la reina
había traído.

Cesarión fue encontrado en Berenice antes de partir a la India. Un oficial de


Octavio lo engañó diciéndole que Octavio deseaba entrevistarse con el a fin de
reconocerlo como rey. Pero al poner el primer pie en su tierra, una espada hace
volar su cabeza de un solo tajo, quedando el cuerpo en el puerto donde fue
concebido.

Los demás hijos de Cleopatra fueron llevados a Roma y Octavia cuidó de


los pequeños.

Octavio reinó Roma hasta el 14 d.C.

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