Cleopatra: Historia de La Última Faraona de Egipto.
Cleopatra: Historia de La Última Faraona de Egipto.
ALEJANDRIA
Del palacio sale corriendo una pequeña niña hacia el mar, ve venir un gran
barco y sabe que dentro de el vendrán libros y pinturas de Roma, de aquel imperio
que gobernaba el mundo entero, allá vivían los grandes filósofos, los poetas, los
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guerreros... todos. Fascinada esperaba cuanto viniese de esta tierra, pues su
mayor diversión y entretenimiento era conocer lo que pasaba del otro lado del mar,
que algún día ella cruzaría... El Sol empieza a caer por el horizonte mientras ve
como van descargando el barco, el faro enciende su gran llama cual sí fuese el sol
de la noche egipcia, y los ojos de la niña brillan al igual que el, esperando conocer
la tierra de la que tanto leía.
Esta niña es Cleopatra, hija del faraón Ptolomeo Auletes, quien gobernaba
Egipto en el siglo I a.C. Este hombre quien debiera dedicar su tiempo al gobierno,
al culto a los dioses, o a la lectura, pasaba la vida entregado a la bebida y en
grandes fiestas gastaba el dinero que recababa a través de altos impuestos; la
otra parte del dinero la mandaba a Roma como tributo. Era conocido como “el rey
flautista”, pues en las fiestas ya cuando estaba encendido por el alcohol, tocaba la
flauta; siendo este detalle el que lo caracterizaba. En una de esas fiestas cuando
empezaba a amanecer, uno de sus sirvientes interrumpe su concierto y le avisa
que el pueblo se esta organizando con el ejercito a fin de derrocarlo. El faraón al
oír la noticia sin pensarlo dos veces huye a Roma.
Esa mañana Cleopatra despierta por el ruido que hay en el palacio, la niña
de doce años va en busca de su padre y encuentra a su hermana lanzando
maldiciones contra su progenitor, y diciendo que ella se encargaría de asesinar al
cobarde rey que ha huido. Cleopatra regresa a su cuarto espantada y cierra la
puerta tras de sí, se da cuenta de que el caos había tomado el palacio. Ella se
convertía ahora en la única rival de su hermana, pues sus demás hermanos eran
demasiado pequeños, y ella sólo tenia seis años menos que ella. No sabia donde
se encontraba su padre, ni cuando regresaría... no existía nadie quien cuidara de
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ella; se siente desprotegida, y el miedo trae a su mente todas las historias que ha
oído acerca de su familia, pues su dinastía esta compuesta por asesinatos, se han
dado muerte entre familia: las madres han matado a sus hijos con tal de conseguir
el poder, los faraones a sus esposas a fin de tener nuevas amantes, igualmente
los hermanos se han envenado con tal de ser los herederos. No existía nadie
quien cuidara de ella en ese momento. Su hermana podía envenenarla o
asesinarla al instante. No podía hacer nada en contra de ella, mas que cuidarse
como pudiese y esperar el regreso de su padre.
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los truenos caían por todo el lugar. El faraón creyó haber causado la furia del
Dios, y huyó a velocidad cual sí fuese perseguido; uno de estos rayos cayó sobre
la estatua de Júpiter y esta quedó destrozada; el faraón espantado regresa a
Roma.
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Las sibilas eran mujeres proféticas que vivían junto a los ríos. Sus oráculos fueron reunidos en los “libros
sibilinos”
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este hombre no era ni faraón, ni egipcio, entonces el matrimonio significaba una
ofensa tanto para los dioses como para los hombres. Los ofendidos quisieron subir
a Cleopatra al poder, con esto ella se convertía formalmente en la rival de su
hermana.
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tiempo arrastrando de los cabellos a Berenice, la jovencita pide clemencia y este
como respuesta desenfunda su espada y de un tajo hace rodar por el suelo la
cabeza de su propia hija como lección para los conspiradores. Acto seguido entra
al palacio a tomar el trono secundado del ejercito romano.
El rey Flautista murió tres años después; pero no sin antes redactar su
testamento donde declaraba que su hija Cleopatra VII debía tomar el poder y ser
casada con su hermano Ptolomeo X (que sólo tenia trece años).
A los diecisiete años Cleopatra VII gobernaba ella sola todo Egipto.
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SEGUNDO CAPITULO
“NACE EL SUEÑO”
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Ptolomeo X influenciado por su eunuco Potino, un filosofo Teodoto y el general del
ejercito Aquilas, pone al pueblo en contra de la reina. Al enterarse Cleopatra de la
rebelión se percata de su debilidad; ahora no sólo su hermano pensaba en
derrocarla, sino que ahora hasta el pueblo deseaba su destitución.
La joven de veintiún años se ve en la misma posición que su padre años
antes. Piensa en acudir directamente a Roma, pero la imagen de su padre
destruyendo la ciudad con un ejercito extranjero y el asco que sintió en ese
momento ante su figura la hacen recapacitar y buscar ella otro camino, llama a sus
más fieles servidores y logra salir de la ciudad en la noche sin ser vista. Cleopatra
toma un camello y se interna en el desierto con la intención de buscar ayuda para
regresar en contra de su hermano. En medio del desierto siente en si la soledad y
debe de asumir un papel dentro de ella. No puede doblegarse, ni confiar
ciegamente en sus soldados, tiene que crear un plan y tomar por ella misma el
poder de la tierra que gobernaba. Durante su infancia aprendió varias idiomas, que
ahora le servirían para granjearse la amistad y el apoyo de algún ejercito,
igualmente como todos los de su linaje, debía de echar mano del gran tesoro
egipcio para que fuese apoyada. Se encuentra algo lejos de su tierra pero la llama
del faro se presenta ante ella como el emblema del coraje que debía de tener de
aquí en adelante. ¡Nadie podría apagarla!
Al poco tiempo contacta con algunos pueblos árabes cercanos. Deja en
este momento la túnica de seda y se convierte en una guerrera, empieza a formar
y dirigir su ejercito; los lujos del palacio quedan atrás, y cambia sus rutinas por las
de una amazona. Grita en medio de los hombres animándolos a la guerra, prepara
una táctica para entrar en la ciudad, toma la espada y les enseña a los árabes las
formas de ataque de su pueblo para que pudieran dominarlos fácilmente. De
ahora en adelante el pueblo egipcio sabría que nadie puede ponerse en contra de
ella.
Mientras esta pequeña contienda se preparaba a las afueras de Egipto, en
Farsalia caía el general Pompeyo, al cual le habían rendido cuentas tanto
Ptolomeo Auletes como sus antecesores durante mucho tiempo. La noticia poco a
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poco se fue expandiendo por el Mediterráneo, hasta llegar a los oídos de los dos
hermanos.
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Alesia: antigua ciudad de la Galia, hoy Francia.
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Mientras Cleopatra escuchaba los relatos de las batallas que ganó este
hombre y del poder que tenía; desapareció por completo de su mente la guerra
que estaba planeando, y su atención se concentró en César.
Este hombre contenía en su persona todo lo que ella había leído y soñado,
era un valeroso caballero, culto y dueño del Imperio Romano. Al momento olvidó
por completo los planes que tenia contra Ptolomeo y quedó fascinada por los
relatos de aquel honorable guerrero. ¿Cómo podía llegar a él? Tenia que
conocerlo inmediatamente, y no podía despedir al ejercito que formó, además la
ciudad se encontraba en su contra y frente a ella tenía una batalla por librarse al
otro día. César nos llama –pensó la reina- ¿Vendrá a apoderarse de Egipto? Pero
no viene en plan bélico... de lo contrario no nos hubiera mandado llamar... Tengo
que conquistar a César.
—Tienes que llevarme esta misma noche al palacio —ordenó con severidad
a su eunuco.
—¿Cómo mi señora?... la ciudad está sitiada por su hermano y los
romanos... además está aquí todo su ejercito.
—Tengo que conocer primero a César... debe de haber alguna forma de
entrar ¿hay alguien atrás del palacio?
—No que yo sepa
—Toma esta alfombra y ¡ vámonos !
La reina y su súbdito salieron de la tienda sin ser vistos hacia el río; ahí
tomaron una pequeña barquilla... La reina iba acostada en el piso de la barca
observando las estrellas y reflexionaba lo que los árabes le habían dicho del
emperador. Por una parte tenia miedo de su recibimiento pero confiaba en que
con su belleza lo podía atraer, no tenia otro remedio ¡César debía de ser su
hombre!
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Llegaron al palacio en poco tiempo. La princesa indicó a Apolodoro que ella
se escondería en la alfombra; y él tendría que llevarla en sus hombros hasta la
habitación de César sin que nadie sospechara.
Cleopatra ahora se encontraba oculta en la alfombra sin poder ver
absolutamente nada. Oía en la oscuridad los pasos del esclavo y el ruido de las
personas que se encontraban despiertas en la ciudad. En un momento Apolodoro
se detuvo ante varios soldados romanos que resguardaban la entrada:
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—Estaba a punto de entrar a la ciudad con mi ejercito antes de que tu
llegaras. Nunca pensé en ir contra Roma, esa es la razón de que me presente
ante ti esta noche.
—Tuve que dejar a mi ejercito para poder venir, nadie sabe aun donde me
encuentro, y estoy aquí, respondiendo a tu llamado.
—Nunca pensé que fueras tan bella; Marco Antonio me había hablado de ti,
pero él te describía como una niña.
—Soy la faraona de Egipto.
Con la sonrisa en los labios Cesar contestó a la pequeña
—Claro Cleopatra, yo he venido ha restituirte lo que es tuyo, pues el
testamento de tu padre, es muy claro.
—Y que hay de mi hermano.
—Me he enterado bien de la situación, y tu hermano no es el peligro, sino
algunos de sus allegados.
Cleopatra descansó al oír los deseos de César, ella estaría otra vez en el
poder, se sintió protegida por aquel valeroso guerrero fuerte, alto y robusto. El que
fuera mucho más grande que ella le daba confianza.
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César se acercó poco a poco hacia ella hasta tenerla entre los brazos, al
tenerla cerca, cierra los ojos y la siente como la encarnación de Afrodita, diosa del
amor; sus senos se aprietan contra el manto que lleva en su pecho y ella levanta
la vista hacia él, sus ojos delatan sumisión. Toda la fuerza que ella quería estaba
contenida en la figura de este ilustre guerrero; los más extensos sueños que
pudiese su mente imaginar estaban ahora ante sí. El era el señor del mundo.
Aunque no era tan bello como ella lo imaginaba; y la edad parecía la de su difunto
padre, se dejó abrazar por aquella única institución que englobaba su figura.
Cuando la boca de César tocó los labios de Cleopatra esta no supo que
hacer, sentía no podía ir en contra de los deseos de aquel gran hombre,
igualmente sintió desaparecer de manera definitiva sus temores, de ser suya
nunca más vendría ese temor a la muerte con el que desde pequeña había
crecido. Nadie podría ponerse ahora en su contra.
La lascivia de Cesar se encendió y prontamente ya la tenia en la cama.
Poco a poco fue desnudando a la pequeña hasta hacerla suya por completo. Ella
no podía hacer nada y sentía ahora tenia sobre sí la más grande representación
de lo que ella sabía acerca de Roma. Los dos seres más ambiciosos de la tierra
se unían, en su sexo sintió el destino entrar con inconmensurable potencia todas
las campañas de este gran soldado, su arrojo, su pasión, su fuerza; eran ahora
armonizados por la pequeña.
Por la mañana Potino acude tranquilo a entrevistarse con César, al entrar a
la habitación queda anonadado al ver a Cleopatra junto a César; este la
imaginaba todavía lejos. Cleopatra, orgullosa de su actos, lo mira con una gran
sonrisa sin decirle absolutamente nada, haciéndole entender con la mirada lo que
había pasado la noche anterior. Aquel quedó consternado. Rápidamente el
romano le ordena traiga a Ptolomeo para concluir de una vez por todas el
conflicto entre los hermanos.
Ptolomeo X ve a la que deseaba como esposa tendida en la cama
con César, en ese momento el rostro del pequeño de catorce años queda
congelado. Había sido derrotado por el sexo de su hermana y contra ello no tenia
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ninguna defensa. El pequeño prorrumpió en llanto; grita ante la imagen, arranca la
corona de su cabeza y la estrella contra el suelo.
El rumor del encuentro entre César y Cleopatra se extendió rápidamente
por la ciudad; desde su lecho pueden oír los gritos de indignación de los
ciudadanos agitados. El emperador se levanta de su cama, se hace armar, y al
aparecer en la ventana las voces se apagan ante tan imponente figura.
—El día de mañana todo ciudadano egipcio debe de ir al foro donde será
leído el testamento del fallecido faraón Ptolomeo Auletes. –Ordena al pueblo
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César siguió con su vida normal, como si no se hubiese dado cuenta de la guerra
que sabia prontamente iba a estallar; así llega con un barbero a fin de alinear sus
cabellos y este le confía en secreto que había visto a Potino pidiendo un raro elixir
con el fin de envenenarlo. César discreto sin hacer alarde de lo escuchado, manda
a traer a Potino y le da muerte clavándole una espada en el pecho.
Al poco tiempo ya estaba sitiado el palacio. El peligro enciende en ese
momento el animo de César y Cleopatra ve por primera vez en acción al guerrero
del que tanto oyó hablar. Logra salir por la parte trasera del Palacio donde se
encontraban noventa naves egipcias; decide incendiar algunas que contenían
granos, y poco a poco el incendio empieza a correr por la flota llegando hasta la
famosa biblioteca: cuatrocientas mil obras, historia y orgullo del pueblo egipcio son
destruidas al momento. Pero no es cualquier bárbaro el que esta a la cabeza de
esta batalla, es el gran emperador romano: Julio César.
En un momento ya está dirigiendo la batalla en un barco mientras anima a
su ejercito contra el enemigo; el navío es alcanzado por los egipcios y los romanos
corren a los botes. El emperador se lanza al agua llevando en la mano derecha
un rollo de pergaminos que deseaba salvar a toda costa, nada en medio de la
batalla hundiendo la cabeza intermitentemente para evadir las flechas del
enemigo que iban tras de él; en la boca lleva el manto purpúreo. Decide dejar el
manto antes que los pergaminos y logra alcanzar un bote para huir. En pocos
instantes el brioso guerrero deterioró a sus atacantes y regresaba ileso después
de la ardua batalla al palacio de donde salió.
En la noche Arsinoe, la otra hermana de Cleopatra se fuga del palacio en la
noche junto con Ganímedes, su profesor, quien la convenció de que ellos podrían
gobernar Egipto. Ambos se internan en el campamento contrario y dan muerte a
Aquilas. Ahora ellos junto con Ptolomeo son quienes dirigen al ejercito; el cual
libraba una batalla más allá de la ciudad contra los romanos que venían en ayuda
de César.
Ptolomeo, armado de valor, dirige la contienda del lado egipcio que
prontamente es derrotada por los romanos. El pequeño héroe queda brillando
ahogado en el Nilo por el peso de su dorada armadura.
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Arsinoe es atrapada más adelante por el ejercito romano y regresa al
palacio no ilesa como César, sino encadenada y no con la victoria, sino con la
imagen de Ganímedes y todos sus consejeros asesinados cruelmente.
César quedó maravillado durante la batalla por los conocimientos de su
pequeña gran amante, pues pegando su cabeza al suelo podía saber la distancia
y el numero del ejercito que venia en su contra. Sabia todo acerca de los navíos,
la forma de sus amarras, y las ventajas de cada una de ellas. Igualmente
distinguía antes que nadie a un ejercito o a un soldado en la distancia. Aparte de
hermosa, la mujer era una ferviente guerrera, en la cual César podía confiar y
pedir consejo en cualquier momento. Habilidades nunca antes vistas por él en una
mujer. Así se consolidó el amor y el poder de esta pareja, sellaron sus besos y
robustecieron su amor con la sangre y el peligro de esta cruenta batalla por el
poder de Egipto.
Al termino de la guerra, la princesa tomó enseguida el control del estado;
volvió a poner en orden a su pueblo y esclavos sin ninguna cavilación; manejaba
los asuntos del estado con la decisión que sólo una faraona podía tener. César,
dada su edad y poder poseyó a cientos de mujeres, pero en ninguna como en esta
se conjuntaban tantos atributos; pues aparte de ser hermosa, era inteligente;
gobernaba con tranquilidad, y en la noche se convertía en una fogosa y juvenil
amante a su disposición. César empezaba a quedar enamorado de esta princesa.
Después de un tiempo los dioses inflamaron el vientre de Cleopatra con la
simiente del poderoso guerrero. Se unía ahora por medio de una vida el espíritu
de estos ambiciosos semidioses, Oriente y Occidente se fusionaban en una
criatura gestada en medio de la guerra. Cleopatra al darse cuenta de esta
maravilla sonríe, pues los dioses la habían puesto en esta condición para que ella
estuviera unida eternamente al emperador romano.
César, ya tranquilo, vio en Alejandría todo lo que su fundador Alejandro
Magno planeó para esa ciudad, recordó cuando en su juventud le informaron de lo
que había hecho aquel gran guerrero. Fue el único momento en que las lagrimas
asomaron al rostro de César, pues se dio cuenta de lo insignificantes que eran sus
victorias en comparación con las de este.
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Caía el sol por Oriente y la ciudad empezaba a disponerse para la noche.
Ya era el único dirigente en Roma y ahora Egipto y su princesa se tendían ante él,
como el sueño que Alejandro no pudo concluir, pero se encontraba ya cansado de
tanta batalla, empezaba a rebasar los cincuenta años y todavía no tenia ningún
heredero; sólo luchaba por el bien de Roma pero a su muerte su sangre quedaría
olvidada... sólo quedaría un nombre más en la historia...
Terminaron todas sus cavilaciones, el sol se ocultaba en la tierra,
lanzó un suspiro algo desconsolado, y regresó al palacio donde lo esperaba su
bella amante para darle la fastuosa noticia.
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Osiris: Uno de los primeros y más importantes dioses egipcios. Dios de los muerto y el reino oscuro,
hermano y esposo de Isis.
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Mientras contemplaba su rostro en el espejo vio tras su figura como
empezaba a obscurecerse el cielo, acto seguido se encendió la llama del faro...
pronto cruzaría aquel mar con su hijo en los brazos y seria la primera monarca en
Roma, ya César no tenia ningún contrincante. “Estaré en el trono al lado del gran
emperador Romano. Isis5 me ha mandado este regalo para extender la grandeza
de su reino y Egipto será uno junto con Roma. Yo seré la madre del jerarca de
todo este imperio”.
Estaba excitada, sabia que este hombre adulto podía tener a la mujer que el
quisiera bajo sus pies, ¿que debía de hacer ella para poder enamorarlo?.
5
Isis: Diosa madre de los dioses egipcios. Esposa de Osiris.
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serpiente dorada se convertía en una diadema que sostenía su lacio y oscuro
cabello que descendía por sus hombros. Su juvenil piel brillaba por el baño de
leche que no permitía que ninguna imperfección hiciera mella en su rostro; sus
senos se translucían por la seda y su cuerpo se extendía a través del lecho. A su
lado, dos grandes eunucos negros, con enormes abanicos esparcían el incienso a
su alrededor llenando la habitación de un místico sueño que su figuraba iba a
romper.
Cleopatra golpea con las manos y los esclavos salen cerrando la puerta tras
de sí. César, cansado y con la preocupación de su regreso, ve en ella un sueño
mucho más grande del que él había podido tener. Era demasiado hermosa, pero
debía de regresar a tomar su poder en Roma. Se acercó en silencio y besó a la
princesa. Cleopatra toma su rostro entre sus pequeñas manos:
—César, los dioses han hecho una labor en mí, y el fruto de todas tus
proezas descansa en éste momento en mi vientre, — la princesa toma la mano del
cansado guerrero y la conduce hacia su plexo solar.
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poder en mi vientre, tus obras él las seguirá y el mundo vivirá en paz bajo su
mandato.
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Dios del Nilo
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—Debes también encomendarte a Hator7 para que ella sepa instruirte como
amante de aquel poderoso hombre que los dioses han puesto en tu camino.
Recuerda que ella es madre, hija y señora de Amón-Ra 8. Tu eres la madre de
todo tu pueblo, debes de ser al mismo tiempo la señora de este Romano, y
humildemente mostrarte como la hija de los dioses que han fundado a lo largo del
tiempo tu dinastía.
Cleopatra levanta la cabeza después de oídas las palabras, observa las
llamas del fuego que inundaban la habitación, cierra los ojos y reuniendo toda su
fuerza agradece a los dioses el haberle dado esta noticia.
Al salir del templo una gran sonrisa iluminó su rostro, los dioses estaban
con ella, Ra coronaba el cielo en este atardecer. Tenia que retener a César con
ella hasta el nacimiento de su hijo para que viera por sí mismo el lazo que el
destino le tendió con Egipto. Cleopatra sabia que su juventud y su belleza eran su
más poderosa arma contra César, pero al poco tiempo sufriría las deslucida figura
del embarazo. Tenia que hacer ese viaje con él y al mismo tiempo fascinarlo de la
grandeza de esta tierra para que reconociera en el pequeño éste fecundo
territorio.
Esa misma noche todo el palacio se encontraba trabajando para la
preparación del viaje.
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gusto del general; era tal su ostentosidad que tenia zonas ajardinadas, diversos
comedores y salones. César no podía dejar de admirarse del refinado gusto de la
reina, así como de su solemnidad; pues durante el día podría oír recitar a los
grandes poetas romanos mientras sigilosa la barca se trasladaba por este
apacible río.
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Por su parte César animaba a Cleopatra con la historia de las batallas que
había ganado; le hablaba sobre los campamentos y las decisiones que debía de
tomar... de como siempre estuvo lidiando con la muerte y sólo su decisión, y la
fuerza de su espada resolvieron cualquier situación. Esto referente al guerrero,
pero igualmente era un senador y le platicaba de cómo se organizaba el estado
romano, así ofrecía a la pequeña madre sabios discursos que sólo el aire del Nilo
guarda para la posteridad.
Ella era la única mujer que podía discutir con el acerca de los manuscritos
de los grandes pensadores griegos y latinos. En Roma las mujeres sólo servían
para el cuidado de los hijos, por lo cual quedaba maravillado ante su sabiduría.
Así, se dejaba introducir en el sueño en el que Cleopatra lo conducía a través de
una cosmogonía distinta a la suya; no creía posible el paraíso que el Nilo ofrecía
ante sus ojos, nunca había visto tantas plantas y animales viviendo en tal
armonía; siempre sus caminos fueron rodeados de batallones, armas, ruido y
sangre. Era el primer viaje en el cual no se sentía preocupado por su vida o por su
ejercito, no tenia que dormir junto a su espada o empuñarla para verter la sangre
del enemigo, sino sólo tenia que contemplar lo que estaba frente a sus ojos y
esperar el designio del destino sobre su hijo.
Alcanzaba la más alta de sus victorias, empezaba a entrar en la vejez y
había conquistado su existencia coronándola con Cleopatra a su lado; ella tenia
dentro de sí al heredero. Seria educado por los sabios filósofos romanos,
heredaría de ambos la habilidad de gobernar, y lucharía junto con él y el ejercito
animando a sus huestes a pelear por el imperio. ¡Alejandría seria la capital de
este reino y la belleza de esta ciudad sería el símbolo del poderío y elevado gusto
del mundo romano!
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acabaría con el yugo romano sobre su pueblo, pues siempre habían visto partir
naves de sus puertos llenas del fruto de su trabajo hacia Roma. A la llegada de la
nave, el pueblo planeó una gran fiesta para su coronación. Debían de ser unidos
ante los dioses esta pareja que encarnaba a las divinidades.
Amon-Ra era el Gran Dios Sol de pueblo egipcio y era representado con la
forma de un hombre con cabeza de halcón, el pueblo egipcio decía ver la mirada
de este animal en aquel gran conquistador; al igual Ra era representado como el
sol alado, el cual cegaba con su fuerza a todos los que con él se enfrentaban; así
el emperador detuvo la rebelión de Aquilas a su llegada, durante la batalla nadie
supo con certeza donde se encontraba: si incendiando a las naves, alentando a
sus huestes en un barco, o dirigiendo la acción desde el palacio. Igual que el sol
vino desde el Oriente. No quedo ninguna duda. César era la encarnación de este
dios.
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César, deja Egipto después de casi un año de habitar con la reina. Salió
de Roma con la idea de ser el único cónsul romano y regresaba en la popa del
barco con la tranquilidad de un hombre maduro que ha resuelto su existencia.
Creía los dioses lo habían planeado todo y sentía cumplirse su destino.
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TERCER CAPITULO
UN DIA EN TRES AÑOS.
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maculara sus proezas. Hoy tomaba el trono que con tanta sangre y fuerza se
había ganado, por fin se encontraba bajo él: el senado, las casas, los templos, la
prole. Todo estaba bajo su mandato y protección. El era el conquistador que
sostuvo y acrecentó como ninguno la grandeza de este Imperio. Sólo faltaba
Cleopatra a su lado, y junto a ellos el pequeño sucesor que Júpiter le confirió para
perpetrar en la historia de Roma su estirpe.
Del otro lado de la ciudad, una estatua del Dios Hapi irrumpe en el suelo
latino. La reina había llegado. Venia dispuesta a conquistar con su suntuosidad y
belleza a toda Roma. Tras el dios, una gran columna blanca de marfil con una
hoguera en la punta, representando el faro de Alejandría, era empujada por
grandes esclavos ataviados con extravagantes pieles. El pueblo romano
enmudecía a cada paso de la procesión. Los dioses egipcios venían a fundirse
con los romanos: El gran disco alado de Amon—Ra cegaba los ojos de los
asistentes por el brillo del sol que reflejaba, aquel fue el emblema con el que se
elevó a Dios a Cesar declarándolo señor de Egipto. Después de ellos venía un
pequeño jardín rodante con grandes sicomoros, acacias y tamariscos, árboles
nunca antes vistos en Roma, en medio de ellos estaba una gran figura de Osiris,
el señor de los muertos y el mundo subterráneo, a los pies de la estatua
hermosas bailarinas con grandes incensarios entre las manos esparcían el humo
a su alrededor.
La procesión parecía interminable, no cesaban de salir esclavos del barco
durante más de una hora. Después de los dioses egipcios, venia aquel a quien
venían a rendirle tributo: Una gran pintura mostraba la ciudad de Alejandría
ardiendo en una campal batalla, al centro estaba Cesar nadando y esquivando las
flechas con la túnica purpúrea entre los dientes, y un pergamino en la otra mano;
el lienzo maravilló a los espectadores que habían oído hablar de la batalla que
libró el general romano en Egipto. Tras de la pintura venia el carro principal. Era
una pirámide de más de tres metros de altura, sobre la cual se encontraba
Cleopatra, sentada en un trono dorado personificando a Isis, y el pequeño
Cesarión a su lado tomado del brazo del trono. Ningún romano podía alcanzarla
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con la mirada, ella lo había planeado así; deseaba mostrarse muy por encima del
pueblo latino, y sólo descendería hasta llegar a los pies de su hombre.
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Tenia en su poder lo más preciado que existía en el mundo para este
conquistador. Tras de sí estaba la mirada del Senado, así como de las mujeres
romanas entre las que estaba Calpurnia, esposa del gran Cesar; Cleopatra sabe
que su poder, sabiduría y encantos la llevarían a estar sentada algún día junto a
él, y entonces volvería la cara a ellos mostrándose como lo que seria: la reina más
poderosa del mundo antiguo.
Bruto, Cicerón y Octavio caminaban por una avenida que conducía a las
afueras de la ciudad donde se encontraba Cesar con Cleopatra:
—Ha sido una gran fiesta la que ha dado Cesar al pueblo —dijo Bruto.
—Claro, Bruto. Cesar tiene que justificar su ausencia y hacer que el pueblo
olvide a Pompeyo y la sangre romana derramada en estas guerras intestinas.
Recuerda “Panem et cirquenses” (pan y circo). La fiesta nubló el presunto
matrimonio de este con aquella egipcia —respondió Cicerón.
—Es cierto —dijo Octavio— tampoco hay que olvidar a la pequeña criatura
que venia con ella, se presume es hijo de Cesar.
—¿Y donde están ellos? —preguntó Bruto
—Cesar los instaló en el palacio que est a orillas del Tiber, al cual vamos.
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—Esperemos así sea y Cesar tenga esto en cuenta. —Añadió Bruto con
malicia.
—Nosotros y toda Roma estamos para recordárselo. —Concluyó Octavio.
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—Piensas en todo. –dijo Bruto, no muy satisfecho con la solución dada por
Cicerón.
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—Otro título para mi colección. Ahora seré cónsul vitalicio.
—¿Eso qué significa?
—Que tendré un curul en el senado de por vida.
—No me inspiran confianza esos hombres Cesar.
—No tienes que temer. Soy el hombre más fuerte de Roma, de ser yo
atacado dejarían huérfano al Imperio.
—¿Y el senado?
—No te preocupes, ellos están a mi disposición, poco a poco sin que se den
cuenta iré ascendiendo hasta pronunciarme por la monarquía.
—No estés tan seguro Cesar. Los enemigos siempre se albergan a nuestro
lado a fin de asestar la primera puñalada en el momento en que menos lo esperas.
—Si hubiese sido de esa forma Cleopatra, ya tendría tiempo de haber
muerto.
—Pero antes estabas en la batalla. Del miedo nace la unión de los
hombres, y del poder nace la intriga y la envidia.
—No te preocupes, yo se el modo de actuar de los romanos. Iré preparando
todo para cuanto antes legitimar nuestra unión y a nuestro hijo.
—No te precipites.
—Seré cauteloso y sabré el momento de asestar el golpe; por lo pronto
tengo que engrandecer mi figura ante el pueblo y el senado.
Cleopatra se lanzó a los brazos de Cesar y lo apretó con fuerza contra sí...
deseaba creerle. Entre sus brazos pensó que necesitaría ahora de todos sus
espías para saber lo que el pueblo y el senado preparaban para él.
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medio de Persia podía fundar la dinastía pues sólo elevando aun más sus victorias
podría pronunciarse en el senado como monarca. Caminaba por Roma como el
señor de esta tierra y pensaba cuando Cesarión lo acompañara oyendo sus
discursos.
Marco Antonio, su mejor amigo, y el más leal de sus generales, era el único
en que Cesar depositaba su confianza, y sabía sus deseos. Juntos se dirigían a
las fiestas lupercales7: al llegar a la celebración Cesar tomó su silla dorada y
contempló al pueblo en su fiesta. Marco Antonio se unió a la multitud.
Cesar ve la corona ante sí, esto era lo que deseaba, poder ceñir su persona
con esta investidura y convertirse así en el rey de la provincia romana. Los
hombres que se encontraban a su lado le gritaban aceptase la corona, pero el
pueblo ante los gritos volteó a ver a Cesar y quedó enmudecido al verlo con una
corona frente a él. Aquí estaba la oportunidad, pero el silencio logró intimidarlo y
rechazó la corona.
7
Rito anual de fertilidad.
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convertiría sus sueños y los de Cleopatra en realidad, sólo tenia que tomarla,
ponerla en su cabeza y después...
El silencio reinó otra vez, se sintió tentado a tomarla y alzarse después con
su espada, pero la presión de la gente fue mayor que él. Rechazó de un golpe la
corona y volvieron a ovacionarlo. Sonrió cínicamente para el pueblo, ya era
demasiada la tensión que tenia en su cabeza, había llegado el momento de poner
en marcha su plan; en las calles la gente lo hostigaba llamándole rey, a lo cual
repetía una y otra vez “No soy rey, soy cesar” Tenia que salir de Roma, la
situación cada vez era más agobiante. “Si la guerra lo llevo hasta este sitio, esta
misma lo llevaría a cumplir su objetivo”
Bruto veía con miedo la situación, pues el no tenia ningún lazo sanguíneo
con Cesar y si éste fundaba la dinastía su carrera política terminaba. Ese mismo
día al terminar las fiestas se acercó a Cicerón.
34
—Tienes razón.
—El momento decisivo será cundo vaya contra Persia. Si resulta vencedor
tendrá el poder necesario para hacerlo.
—¡Caiga Roma, el senado y todo el pueblo antes de que esto suceda!—
concluyó Bruto encolerizado.
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—Cesar, ¡debes de tomar una decisión!
—Iré contra Persia, ya he informado al senado
—Tu vida peligra Cesar, cada vez son mayores las pruebas e insinuaciones
para que pongas al descubierto nuestros deseos de perpetuar nuestra estirpe en
el Imperio.
—Ahora no es el momento. Espera vaya a Persia y me convierta en el
Señor del Mediterráneo, del África y del Oriente, después de esto nadie en el
mundo podrá oponerse a mi voluntad.
—Cesar, anda con cuidado. Estudia bien a los que se dicen tus amigos, las
ansias de poder derriban cualquier moral.
—No te preocupes Cleopatra. “Mi vida es más importante para Roma que
para mi mismo”.
El nombre del gran Alejandro Magno quedaría a sus pies, el mundo entero
hasta entonces conocido estaría bajo la dirección romana, y él seria el Rey. Era la
última campaña de su vida; la vejez ya empezaba a alcanzarlo,
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—El día de mañana nuestros briosos jinetes y nuestras espadas volverán a
cimbrar la tierra, Antonio. Iré a despedirme de Cleopatra.
Al llegar con Cleopatra esta lo recibió algo intranquila pues sus infiltrados le
dieron la certeza de que la rebelión en su contra era ya un hecho.
—Cesar, que bueno que llegas. Se dice que varios hombres se están
aliando en tu contra y planean derrocarte
Cesar que llevaba tiempo sumido en estas reflexiones, y deseaba ya de una
vez por todas resolver la situación, contestó con languidez:
—Creo llevo ya demasiado tiempo en Roma, es momento de volver a la
batalla y con esta detener las habladurías del pueblo y el senado.
—Tienes que hacer algo antes de partir, yo y tu hijo peligramos en tu
ausencia.
—No te preocupes, dejaré aquí una guardia con algunos de mis hombres
más leales para tu cuidado y el de Cesarión.
—¿Crees es el momento Cesar?
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—“Ya he vivido demasiado; es mejor morir de una vez que quedarse
siempre esperando”.
38
En ese momento tocaron a la puerta, era Casio.
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Cesar percibió el miedo en Cleopatra, sumado a esto el sueño de Calpurnia
trastocaba su cabeza. Debía de tener cuidado y salir de Roma lo antes posible, ya
eran demasiadas las insinuaciones y los presagios, pero ¿cómo decirle a Bruto los
miedos que hostigaban su integridad?
—Ya he dicho lo que tenia que decir, el día de mañana parto para Persia,
qué resuelvan ellos lo que haya pendiente
—Pero es necesario que vengas.
—¿Por qué?
Bruto repasó en su cabeza el plan, pues no pensó que este se negara. Al
estar sumido tanto tiempo en fraguar la consipiración en su contra, no preparó una
argumento para atraerlo. Era el momento decisivo; no sabia como responder.
Al ver a Bruto nervioso volvió a preguntarle.
Se despidió de Cleopatra con un largo beso, los dos sentían brillar el futuro.
como lo soñaron durante tanto tiempo. Había valido la pena la espera. Sin poder
contener la alegría y las ansias de tomar el cargo dejó a su amante diciendo
regresaría después de la sesión.
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—Ayer por la noche un ave de encantador plumaje con una rama de laurel
en el pico fue vista volando por el templo de Pompeyo. El ave majestuosa alzaba
alegre el vuelo por el recinto y otras aves venían tras de ella; siendo agradable a la
vista el juego. Pero al poco tiempo, mientras el pajarillo se distanciaba de la
multitud, la bandada enfurecida se lanzó sobre ella hasta causarle la muerte, su
cuerpo y el laurel quedaron en el piso.
41
—¡Esto es fuerza! —grita Cesar— ¿Qué significa este ultraje? – y da un
salto intentando apartarse de la multitud.
Casca salta hacia él con un cuchillo que pasa por su garganta y clava en su
pecho. Cesar con su incontenible fuerza empieza a luchar en contra de ellos, y
arranca el manto purpúreo a Cimber. Se acerca Casio y lo hiere en la cara, la
multitud se concentra a su alrededor; Cesar intenta defenderse como puede, pero
al ver venir a Bruto con un cuchillo quedo abatido totalmente su corazón:
—“¡Tu también hijo mío!” —fue lo último que exclamó.
Desistió de la lucha y cubrió su cabeza con el manto purpúreo para no ver a
sus agresores. Toda la infame conspiración se lanzó contra él asestando tantas
puñaladas que unos hieren a otros en medio de la turba
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Llama a Apolodoro, el fiel esclavo en quien podía depositar su confianza.
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—Claro Apolodoro, por lo pronto di entre todos que la tristeza ha invadido
mi ser y que nada puede consolarme, que estoy llorando amarrada a Cesarión y
que no deseo ver a nadie. Ofrece lo previsto a la guardia romana.
—Como usted diga.
—Espera, no te vayas. Necesitamos saber que es lo que esta pasando,
infórmate con quien puedas, y no te alejes de la casa. Te necesito lo más cerca
posible.
—No lo haré, como nunca lo he hecho reina mía.
Marco Antonio tenia el pergamino en las manos y leía los nombres de los
conspiradores, ahí estaba Bruto, Casio, Casca, eran alrededor de 60 los
conspiradores. “Voy a asesinar uno por uno a todos ellos. No quedará ninguno de
estos sin castigo. Roma lo recordará como nada en su historia”. La rabia se
encendió en su interior.
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Cesar era al mismo tiempo su padre y hermano. Hoy había sido asesinado
por las personas en las que él tanto confiaba, en especial Bruto, al que Cesar
protegió desde pequeño, así pagaba el perdón y los favores que Cesar le otorgó .
Bruto será el primero que caerá ante esta espada.
Con estos gritos cayó de rodillas con la espada junto a él y con lagrimas en
el rostro juró a los dioses el seria el encargado de asesinar a cada uno de ellos
con sus propias manos.
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—Yo sabré vengar tu muerte Cesar, y con mi existencia honraré tu
memoria. El día de mañana haré frente del Senado una gran pira donde los
verdaderos romanos que como yo te amaron. Honraremos tu existencia.
Antonio hubiese dado la vida por este hombre; muchas veces cuando la
muerte se acercaba a ellos, uno blandía la espada por el otro. Recuerda una vez
cuando en medio de una batalla se vieron acorralados, y espalda con espalda,
sonaban los metales y caían los cuerpos a su alrededor.
Sin pausa alguna reclama el testamento a fin de leerlo antes que nadie y
sigue su camino hasta llegar con Cleopatra.
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Antonio y Cleopatra eran los dos seres que habían estuvieron junto con
Cesar los últimos días. Una había sido su ardiente amante, y el otro su ferviente
amigo. La muerte de este los unía ahora. Ambos compartían con el sus últimos
planes y su futuro dependió siempre de Cesar.
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pueblo romano y lo que quedaba de su tesoro debía ser repartido entre la
población. Octavio seria el hijo del Estado.
Poco a poco se van postrando junto a él. La multitud llena la plaza. Marco
Antonio, con lágrimas en los ojos, se dirige al pueblo:
Aquí esta el manto purpúreo de Cesar, aquí están la muestra del ultraje que
cometieron en su contra; por aquí penetraron el cuerpo de Cesar las dagas de
Casio, Bruto, Casca y todos aquellos que en manada se lanzaron sobre él.
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Este es su testamento, aquí Cesar plasmó sus últimos deseos para con
ustedes. También tengo en mis manos los nombres de aquellos que conspiraron
contra él. (Al decir esto el silencio se apoderó por completo del pueblo)
Sepan todas las propiedades, paseos, palacios y campos que tenia Cesar
los ha heredado al pueblo, para que se conviertan en parques públicos, para que
ustedes y sus sucesores puedan divertirse en ellos. Así mismo ha dejado una
pequeña parte de su fortuna para cada uno de ustedes.
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—No soporto ni un segundo más en esta tu fétida tierra; perdóname
Antonio, pero estos hombres han asesinado vilmente al hombre que amaba y si
así tratan al hombre que entregó su vida por ellos ¿Qué podemos esperar yo y mi
hijo?
—Recuerda el testamento. Si logramos que Octavio no ascienda al poder y
tu hijo sea reconocido...
—Calla Antonio. Si Cesar con su poder no lo pudo hacer, mucho menos
nosotros. Regresaré a mi tierra.
—No te culpo Cleopatra, yo haré cuanto este en mi poder para ver por
Cesarión.
El sol va cayendo del otro lado del cielo. Lo único con lo que regresa
Cleopatra a Egipto es la desdicha y el fracaso; al irse alejando de aquella ciudad
siente de golpe la ausencia de Cesar, empieza a llenársele el semblante de
lagrimas, una leve lluvia se posa sobre el Mediterráneo.
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CAPITULO CUARTO
REGRESO
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argumentaba que Marco Antonio castigaría a los complotados y después
tomaría la dirección de Roma, y que ya en el poder legitimaría al pequeño.
Sólo tenia Egipto, debía confiarse otra vez a sus dioses y no al poder y
la guerra. En su reino animales y hombres viven en una armoniosa calma
donde el paraíso es vivir eternamente en el Nilo, con tristeza asume su papel,
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y toma entre sus brazos al pequeño Cesarión, ve en el puerto partir los
barcos cargados hacia Roma. Regresarían ellos con parte del oro que Cesar
llevó.
CAPITULO 6
-Cleopatra: Han pasado tres años desde la última vez que nos vimos,
me encuentro hoy como dictador del Oriente, como ya te habrás enterado;
He limpiado las calles de Roma, he terminado con todos los que tuvieron
que ver con la muerte de Cesar; algunos cayeron por mi espada, otros se
dieron ellos solos la muerte. Como sabrás existe hoy un Triunvirato, y he
decidido rescatar y continuar los sueños de Cesar; el cometa que fue su
existencia no se detendrá. Seguiré la estela que su dirección trazó: me
preparo para conquistar Persia por lo cual necesito de tu ayuda.. Cesar dejó
en el mundo al pequeño Cesarión, la sangre de Cesar debe de reinar Roma, y
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yo como su fiel amigo y general siento el deseo ajustarme a la dirección que
él marcó.
MARCO ANTONIO.
54
para sentirse viva. Su destino se le mostraba a sí misma como la de sus
antepasados, a quienes despreciaba por nunca haber hecho nada por
engrandecer a Egipto... a excepción de Ramses, todos habían sido una
horda de mediocres que se entregaban a los vicios y a los placeres que su
cargo y riqueza les concedía. Al final de su vida, que quedaría... Cesarión. En
ese momento recuerda lo que la pitonisa de Isis le dijo cuando le preguntó
acerca del hijo de Cesar... “En tu vientre descansa aquel que devolverá la
grandeza a Egipto”. Recordó en ese momento la gracia absoluta que sintió al
tener dentro de sí al hijo del hombre más ilustre hasta su tiempo. Este
pequeño simbolizaba el único momento de su existencia en el que sentía
había triunfado, pues encarnaba a Hator como madre de toda la tierra
egipcia, señora del dios solar e hija de todos los dioses; el fruto de esta
conjunción era Cesarión. Aparte, él llevaba también la gracia de los dioses
romanos que se hicieron uno para crearlo... Las palabras de Marco Antonio
regresaron a su mente, este se encontraba en el punto exacto en el que
Cesar iba a triunfar... Marco Antonio deseaba lo mismo que Cesar...
entonces descubrió que ella estaba en sus planes, pues la gran motivación
de Cesar era ella... sintió dentro de sí otra vez a los dioses elevarla para ser
ella la faraona que cambiaria la historia de Egipto... Me llama desde Persia,
tengo que tomar otra vez una gran barca y dirigirme a él como la
encarnación de la Diosa que soy... Conquistar a Marco Antonio me será más
fácil que Cesar... Marco Antonio vive entregado a los placeres terrenales y
soy dueña del tesoro más grande que existe... Si pude dominar las acciones
y deseos del gran emperador, ¿cómo no lo haré con su más fiel vasallo? Al
recordar a Marco Antonio siente otra vez nacer el deseo dentro de ella,
igualmente era la solución a la soledad que sentía, debía de ir por él a Tarso,
él era el único de todo el pasado que quedaba vivo... Antonio deseaba
continuar los sueños de Cesar, que eran los mios... Mañana me reuniré con
todos los artistas de la ciudad para planear la más grande recepción que
cualquiera pudiese imaginar, superaré esta vez todas las anteriores... Marco
Antonio quedará rendido a mis pies... El sueño se apoderó de Cleopatra y
55
en él vio a la diosa Isis quien posándose frente a ella abrió por primera vez
sus brazos dejando al descubierto sus alas; quedó deslumbrada por el
destello de las doradas plumas que salían de sus brazos, bajó la cabeza, y la
diosa al momento la rodeó con ellas. Al despertar se dirigió al taller y se
encerró el día completo con todas sus arquitectos, bailarinas, joyeros y
artistas a fin de preparar el viaje.
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salían decenas de remos que parecían de plata y acariciaban las olas cual si
fuesen flotando por encima de ellas. Una música de flautas y tambores salía
de la misma. Era Cleopatra, no había duda, el dictador se hizo armar lo más
rápido que pudo para salir al puerto a recibirla. No contenía la emoción de
verla llegar de esa forma; él no pertenecía a ninguna familia real, sino sólo
era un guerrero acostumbrado a la batalla, llevaba poco tiempo disfrutando
de los placeres de un emperador y hoy la princesa más rica del mund venia
en un fastuoso palacio flotante a visitarlo... No lo podía creer.
-Marco Antonio, toma como obsequio todo lo que tus ojos pueden ver.
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que no sabia como reaccionar ante la maravilla que Alejandría podía crear.
Pero esto apenas era el comienzo...
-Han pasado tres años Cleopatra –fue lo único que pudo articular
Marco Antonio.
-No he medido el tiempo, parece fue ayer cuando salí de Roma y me
dijiste te proclamarías como el vengador de Cesar y verías por el futuro de
Cesarión.
-Las cosas no salieron como yo esperaba, pero necesitamos hablar.
-Por lo pronto he venido ante ti como pago por haberme salvado la
vida en Roma, y en agradecimiento por aniquilar a los asesinos de Cesar. –
dijo Cleopatra orgullosa y dominante- He preparado esta noche para ti y tus
soldados un gran banquete
-Pero, que ha pasado en ti todo este tiempo. Desembarca, y ven a mi
palacio para que podamos platicar,,,-dijo Marco Antonio con el deseo de
seguir junto a ella, estaba deslumbrado por su belleza.
-Hasta la noche Cesar… perdón. Antonio.
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-Todos pudimos verlo su majestad.
-Preparen todo para la noche, ya lanzamos el anzuelo, sólo hay que
subir a la presa a bordo y partir con ella. -Concluyó la faraona con una
sonrisa.
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Al llegar Marco Antonio a la embarcación quedó maravillado otra vez.
Fue conducido él y sus generales por un pequeño camino de antorchas
hacia un gran salón dentro de otro barco. De las paredes colgaban
purpúreas sedas bordadas con hilo de oro, había alrededor de Cleopatra un
séquito de hermosas mujeres que recibieron cordialmente a todos los
guerreros incluyendo a Marco Antonio; quien tomo asiento al lado de la
faraona. Cada uno de los demás concurrentes fue conducido hacia un
triclinio, y frente a ellos grandes copas y vajillas de plata con incrustaciones
de piedras preciosas brillaban frente a sus ojos. Al tomar todos su
respectivo asiento. Cleopatra dio la bienvenida a los comensales.
60
fondo salieron alegres bailarinas que con sus danzas alegraron aun más la
reunión.
-No puedo más Cleopatra, necesito hablar contigo -la reina lo observó
con una gran sonrisa, sabia estaba yendo muy por encima de lo que Marco
Antonio hubiera esperado o conocido.
-Bebe un poco Marco Antonio, pues sólo esta noche permaneceré en
este lugar. El día de mañana regreso a Egipto –esta era la última sorpresa
que tenia para Marco Antonio.
-¿Qué?, pero ¿necesitamos hablar? Mis esclavos están organizando
un banquete para ti, la ciudad se encuentra extasiada y desea conocerte.
-No cometeré el mismo error Antonio, nunca más volveré a pisar suelo
romano.
-Pero Cesarion, es mitad romano, mitad egipcio, y Cesar quería que el
gobernará Roma...
-Tu lo has dicho Antonio, Cesar; el ha muerto. –Marco Antonio sin
darse cuenta era conducido por Cleopatra, hasta el punto que ella deseaba.
-Desde que murió todos mis pasos han seguido sus deseos... – a lo
cual la reina con una picara sonrisa contestó
-Y Cesarión esta en tus deseos -hizo una pausa mirándolo a los ojos-
o. Yo.
-Vamos a otro lugar donde no haya tanto ruido. –La reina sin decir
nada se levantó y condujo a Marco Antonio a una habitación contigua donde
quedó sumido en el delicioso aroma de los inciensos que llenaban los
aposentos de la reina.
61
Al estar solos, Marco Antonio tomo de la cintura a Cleopatra
atrayéndola hacia sí.
-¿Qué haces Marco Antonio?
-Ahora mismo me vas a decir lo que quieres de mí, no has venido por
Marco Antonio, tu quieres reavivar el sueño de Cesarión conmigo.
-Tu eres el que se la ha pasado todo este tiempo contemplando la
posibilidad. Yo no me acerque a ti. Tu me mandaste llamar -La voz de
Cleopatra empezaba a quebrarse, Marco Antonio la apretó con más fuerza,
hacia mucho tiempo no estaba en brazos de un hombre y Antonio era
apuesto, musculoso y empezaba la reina a conocer al Dionisios que había
dentro de él.
-Desde que te vi en Alejandría cuando eras apenas una niña supe
reconocer a la mujer que ahora tengo entre mis brazos. Antes de que Cesar
fuera a Egipto yo le hablé mucho de ti y tu belleza; nunca pude olvidarte. Al
verte con Cesar sentí era lo indicado, pues yo era sólo un general a su cargo,
pero hoy tengo un tercio del Imperio Romano y Cesar ha muerto -la reina
quedó sorprendida no había percibido nada de esto mientras estuvo en
Roma, igualmente sentía atracción ante el varonil acento de su voz y la
fuerza de sus músculos.
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En el salón, los romanos tomaban de las egipcias y de lo que la reina
trajo para ellos. Bajo el sonido de las flautas Egipto y Roma se unían en una
bacanal sin precedentes en la historia. Dionisios tomaba hoy de Afrodita, y
entre ruido, vino y caricias, el sexo de ambos imperios se fusionaba. La luna
ardió en la costa hasta convertirse en el Sol, y los amantes después del
furor, reflexionaban en el silencio matutino lo sucedido.
Marco Antonio vio a junto a él a Cleopatra, era hermosa y era la mujer
más rica y poderosa en el mundo, sabia ella lo que quería era tener a Cesar
en él. La faraona contaba con todo lo necesario para poder igualar a Cesar.
Si iba con ella a Alejandría podría tener acceso a su gran riqueza, y planear
con ella una estrategia en contra de Octavio. Al pensar en Roma recordó
entonces a Fulvia, su esposa, ella no aceptaría el verse denigrada por una
egipcia, ni por nadie, y sabría se encendería su furia, pero ¿qué podía hacer
ella en contra de la reina?, estaba muy lejos y si él decidía irse con Cleopatra
tardaría en enterarse… después podría arreglar las cosas en Roma. No tenia
nada que perder, y la vida que le ofrecía Alejandría no tenia comparación con
ningún placer al que el tuviese acceso.
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-Me lo preguntas tú. Yo acudí a ti, pues decías deseabas cumplir la
voluntad de Cesar –dijo la faraona recargando el rostro en el pecho de
Antonio, y continuó sonriendo- pero no pensé que fuera esta.
-las cosas han cambiado –respondió Antonio sonriendo- esa carta fue
un pretexto para volver a verte. Aparte como dijiste: Cesar ha muerto, y
ahora estamos tu y yo unidos. Enterremos a Cesar de una vez por todas;
hagamos juntos nuestra propia historia –concluyo el triunviro con fuerte voz
-Ven conmigo a Alejandría, necesitamos tiempo para pensar lo que
haremos. Viene el invierno, y durante esta época no hay nada que podamos
hacer.
-Claro que si Cleopatra.-la reina lo miró con desconcierto- podemos
estar juntos –dijo sonriendo el viril mancebo. Tomó el rostro de la princesa
entre sus manos, y la besó. Horas después zarpaban rumbo a Alejandría.
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cuestionaba sus decisiones; además tenía el refinado y selecto gusto del
que él carecía. Juntos podrían llegar a ser el mismo Cesar.
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Cleopatra, siempre al pendiente de su hombre, sabia en todo momento
el lugar en el que se encontraba y estaba dispuesta a la hora que fuera para
comer con él, pasear a caballo, o organizar una fiesta; vivía por completo a
su disposición y aprovechaba los ratos en que este dormía o descansaba
para cumplir sus tareas. Toda la fuerza que antes utilizaba para dirigir al
pueblo o crear planes en contra de algún enemigo, ahora eran para Antonio.
Por primera vez en su vida se sentía enamorada y deseaba servir a un
hombre el resto de su vida. Nunca se había dado tiempo para divertirse,
dado su papel de faraóna, pero la fiesta inacabable y el Dionisios que Marco
Antonio llevaba en el alma, hicieron que por primera vez ella se diera tiempo
de disfrutar los goces de este tipo de vida.
La fiesta llegó a tal grado que Cleopatra fundó “el club de los
inimitables”, la cual era una asociación compuesta por los personajes más
ricos e importantes de Alejandría, quienes diariamente tenían que ofrecer la
celebración más grande y ostentosa que pudieran… Cleopatra estaba
contenta de agradar a Marco Antonio, más a diferencia de su hombre ella
nunca se emborrachaba; corría la leyenda de que esto era causado por la
magia de un anillo de amatista que nunca se quitaba, pero la realidad era que
nunca la vieron fuera de sus cabales.
Cierto día Marco Antonio quiso impresionar a los egipcios, y retó a Cleopatra
a hacer la fiesta más suntuosa de la historia. Marco Antonio fue el primero
en la apuesta y para su fiesta mandó traer de Tarso mucho dinero y vinos
para mostrarle a ella y a los egipcios la riqueza del Imperio Romano. Al otro
día tocó a la reina, al terminar la reunión hicieron las cuentas. Al ver que no
había una gran diferencia, Cleopatra desprendió de sus orejas, uno de sus
aretes, y lo tiró en una copa, dada la pureza de las perlas que lo formaban se
disolvió al instante en la bebida. Después le dijo a Marco Antonio tomara la
copa. El valor de esta joya elevó por mucho la cuenta y dijo a su amante:
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-Nadie en la tierra supera la riqueza del tesoro de Alejandría.-sentenció
sonriendo la faraona. Marco Antonio quedo maravillado.
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-No Cleopatra, Cesar, nunca más –sentenció Antonio con fuerza-.
Ahora yo tomó por completo mi posición. Iré a terminar con Octavio.
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tendría que volver a la soledad. El pueblo se encontraba sumido otra vez en
su calma habitual; ya no había por quien hacer fiestas. Tenia que esperar y
ver lo que el destino y Antonio resolvían. Ella no podía hacer nada.
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Antonio la había engañado como nadie antes lo hizo. Nunca había
sentido nada tan fuerte como el amor que sentía por Marco Antonio, y todo
esto sucedía una semana después de haber visto consumado el fruto de su
amor en dos pequeños. Volvía a estar más sola que nunca y pronto Egipto
sería una provincia romana más. Perdía su poder, su amor, y como pago
tenia ahora a dos pequeños. –Soy una imbécil- se decía a sí misma mientras
destrozaba la cama, los jarrones, y se arrancaba mechones de pelo de la
cólera que sentía. Sus lágrimas parecieron arder como lava que quemaba su
rostro, dentro de sí un torrente de fuego incendiaba su alma y destrozaba
cuanto tenia a la mano. Este hermoso y fuerte idiota terminaba con todo lo
que ella tenía. Ya nada podría darle alivio...
CAPITULO 7
70
de incienso que gastaba, los ornamentos que mandaba hacer al museo, etc.
Nada podía hacerse sin observación de la faraona. Después de los dioses
venia la tierra, entonces le informaban sobre el nivel del Nilo y los campos
que necesitaban irrigación. Mandaba construir un canal aquí, ampliar otro, y
echaba mano de todos los recursos necesarios para mantener a su mayor
provecho los campos que daban la riqueza a este reino. También le
mostraban la producción de cada parte del imperio, los ingresos obtenidos
por vegetales, papiro, trigo, aceite, sal, maderas preciosas, etc... Cada cierto
tiempo venia un cónsul de otro imperio a pedir audiencia con la faraona. Los
extranjeros quedaban impresionados al oír a la faraona hablarles en su
mismo idioma. Cesarión debía de aprender los lenguajes de los países
cercanos y poco a poco también debía aprender la forma de negociar de la
faraona. Ningún gesto cruzaba su rostro mientras le proponían cualquier
asunto o negocio, hacia sus demandas rápidas y concisas siempre elevando
un numero o imponiendo una condición más, y ante su férrea decisión
acababan cediendo a sus ordenes todos los que a ella se acercaban. Pasado
todo esto la reina dejaba el trono, caminaba por la ciudad queriendo
encontrar algún detalle que hubiese pasado desapercibido en el informe
diario; igualmente veía que sus ordenes fueran llevadas acabo. Si había
ordenado la prohibición de algún producto en el reino, este momento era el
momento de percatarse de si su orden era llevada acabo o no, lo mismo si
mandaba asesinar a algún sospechoso, lo buscaba con la vista y no se
sentía satisfecha hasta no verlo por ningún lado.
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lo cual prevenía cualquier situación, antes de que sucediera. Por medio de
ellos iba siguiendo los pasos de Antonio y Octavio. Durante este tiempo la
reina se dedicó solamente a consolidar su poder, pues nada distraía su
atención de su tierra y seguía robusteciendo su más grande poder que era la
riqueza, sabia pronto Roma necesitaría de ella para lanzarse a la conquista
de Persia, pues el triunvirato volvió a celebrarse por cinco años más, por
medio de un tratado Marco Antonio cedía 130 naves a Octavio para que
fuese en contra de Sexto Pompeyo, a su vez Antonio recibió a cambio veinte
mil legionarios para ir en contra de Persia. La reina rabiaba de coraje al oír
noticias de Octavia, o de cómo Antonio en Atenas inmortalizó su figura en la
de Dionisios, o de las orgías que realizaba en la ciudad. La reina sabía que
Antonio pronto vendría a pedirle ayuda, pues sin su riqueza no podía llevar
acabo tal campaña.
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como el de Cesar, ambos lo sabían. Necesitaba de la riqueza de Alejandría
para lograr la victoria.
Antonio soñaba con volver a ver a la faraona entrar como lo hizo la vez
pasada, la veía en un gran barco llena de joyas y diamantes dispuestos hacia
él, fue por lo cual decidió preparar una recepción a la altura, planeó un gran
banquete para celebrar el reencuentro con su princesa, e intentaba igualar el
exceso de las grandes bacanales romanas. Mientras estaba en los
preparativos llegó la reina montada en un caballo hasta él, lucia radiante
pero no seductora, llevaba un sobrio vestido que cubría casi todo su cuerpo,
tras de si no estaba un sequito de bailarinas, sino a una brillante guardia y
junto a ella estaba el joven Cesarión vestido con el alto sombrero blanco que
utilizaban los faraones. Antonio quedó congelado ante la imagen, nunca
esperó verla entrar de esta manera. Rápidamente la reina mandó a Antonio
dispusiera de un lugar en el que pudiesen hablar. Antonio sin saber que
hacer, la llevo al palacio, y en una habitación de esta se realizó el
reencuentro de los dos amantes:
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-Si es así; estas dispuesto a divorciarte de Octavia ante Roma –
preguntó Cleopatra inamovible.
-Es muy precipitado, necesito primero engrandecer mi fama y después
podré hacer lo que tu desees.
-No Marco Antonio, tus tiempos de decisión han pasado. Si deseas
algo de Egipto sólo lo podrás obtener casándote con su faraona.-concluyó la
reina.
-Pero Roma no lo aceptará.
-Para ser rey de Egipto no necesitas aprobación de Roma.
Conquistaras Persia y después iras en contra de Octavio, pero yo seré desde
este momento tu emperatriz.
-Si es así. Acepto –dijo Octavio quien al ver la petición se le hizo muy
fácil aceptar, pues no contaba con lo que le pediría la reina
-Para que puedas ser rey de Egipto y tener acceso a su riqueza y sus
hombres debes de devolverle a Egipto los territorios que tenia en su
fundación.-la reina desplegó un mapa que tenia entre las manos sobre la
mesa- El imperio tolemaico en sus inicios se componía de todos estos
territorios –continuó la reina señalando con una pluma una gran parte del
mapa- las cuales debes de anexionar a Egipto, pues tu al ser dueño de la
mitad del Imperio Romano, tienes estas tierras bajo tu protección
74
-No te preocupes, he traído conmigo a los sacerdotes que pueden
realizar aquí la unión. –Antonio enmudecido se sometía a todas las
indicaciones de la reina-. Algo más, debes de reconocer a Cesarion como
heredero legítimo del Imperio, y tus propios hijos recibirán reinos menores.-
con esto cerró por completo lo que en Roma seria llamado el Tratado de
Antioquia
-¿Dónde están ellos?
-En Alejandría –la reina dejó intencionalmente a los pequeños, para
obligarlo a ir a su reino, y de la misma forma, al ver sólo a Cesarión tenia que
empezar a adoptarlo.
-Tu ganas Cleopatra, se hará todo como tu dices. –Cocluyó Antonio un
poco adusto por la entrevista y pensó que al aceptar podría entonces
obtener a la princesa.
-De ser así, el día de mañana se celebrará nuestra unión. Hasta
mañana Marco Antonio. –Salió la reina de la habitación con una amplia
sonrisa en los labios que el futuro rey de Egipto no pudo ver.
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los monarcas del mundo entero. –Llevo la copa hasta sus labios la tomó de
golpe y se sintió tan grande como nunca antes lo había sentido. Llegaba el
momento de iniciar el su historia dentro del mundo. Ya no más Cesar, ahora
Roma y la historia clamaría “Salve Antonio”, y junto a él tendría a su
disposición a la mujer más sabia, maravillosa y hermosa en el mundo. Su
fama elevaría el lugar de “Alejandro” y sus restos serian honrados en un
palacio más grande, desde este momento seria Marco Antonio el
Autocrator... y Cleopata su princesa.
La reina vio en Marco Antonio al hercúleo general que llevaría acabo
sus planes; ella no contaba con un ejercito tan grande y sólo podía
conservar su poder bajo la figura Antonio, de no aliarse con este hubiera
puesto a Roma en su contra y rápidamente Egipto seria una provincia
romana. Con este tratado logró satisfacer sus deseos y los de su pueblo.
Nunca más debía dejar a Antonio solo, pues ahora más que nunca los
romanos podían cambiar su fortuna. Todas sus posibilidades y ambiciones
se encontraban fijas en este tratado, debía de tener suma cautela y dirigir al
romano como lo hizo, pues estaba todo en juego. Por otro lado su corazón
volvía a ganar la batalla en contra de Roma, nunca más le quitarían a su
hombre y prontamente el quedaría redimido ante sus encantos.
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descendían a la realidad, los dioses eran ellos, y tenían a su disposición a
este gran ejercito que lucharía bajo su mando.
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contacto con los sacerdotes y los templos de Alejandría para que se rindiera
a los dioses el culto necesario, a fin de que el gran Amón-Ra se posara sobre
las huestes y deslumbrara a quien levantase la espada en su contra.
Sesenta mil romanos a pie armados con escudo y espada gritaban con
furor impacientes por ir a derramar la sangre de los persas; diez mil jinetes
españoles y galos alzaban sus lanzas y contenían en sus riendas el furor de
los caballos ávidos de correr a la conquista. Por ultimo, treinta mil infantes
artilleros y jinetes de diferentes parte del mundo formaban el ejercito por
medio del cual se cumplirían los sueños de Antonio y Cleopatra. El sol de
primavera retozaba en el cielo, cuando el clamor de Antonio movilizó a estos
110,000 soldados que librarían la batalla que ningún otro general en la
historia había podido ganar.
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era lo mismo que Cesar le había dicho tantas veces tiempo atrás, pero al
subir la mirada y ver la sonrisa de Antonio sintió temor; avistaba el fracaso.
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ejercito no servían para contener este tipo de ataque, pues toda la artillera
estaba diseñada para el sitio de ciudades, no para la lucha a campo abierto.
La otra parte del ejercito se allanó a las afueras de la ciudad pero necesitaba
de las máquinas para poder tomarla; la angustia de Antonio los lanzó contra
la ciudad y fueron rápidamente detenidos, pues los medos y persas se
encontraban en su fortaleza y ellos si contaban con la artillería necesaria
para derrotarlos.
Cesar había preparado durante tres años esta batalla, tenia estudiada
la región, y el sabia que el avance debía de ser poco a poco, mas el animo
irreflexivo de Antonio lo llevó a correr hacia las espadas del enemigo; la
sangre romana pronto circundó la ciudad de Media, y Antonio seguía
empeñado en conquistarla. Los arménios avistaron pronto la inevitable
muerte que los esperaba y regresaron a Armenia. Antonio aferrado a su
propósito, intentó dialogar con el rey de Media pidiéndole las águilas
romanas que quitó a Craso, pues de obtenerlas hubiera valido la pena su
campaña ante Roma. La respuesta fue inmediata y las huestes de Antonio
recibieron en vez de las águilas un ariete de veinticinco metros que paso
sobre todo su ejercito. La campaña había fracasado, pero no solo eso sino
que se encontraban solos y lejos de cualquier territorio romano, igualmente
el invierno empezaba a hacer sentir su poder y durante la retirada fueron
continuamente atacados por pequeñas bandadas; el frío y las pestes
asolaban al ejercito, muchos de ellos cayeron enfermos pues aparte de las
condiciones climáticas, el hambre era cada vez mayor; algunos soldados
tomaron durante el camino algunas plantas que encontraron en el lugar,
pero estas eran venenosas, les dieron vino para curarlos, más el vino
prontamente se terminó.
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alcohol no rescataba a aquel festivo sátiro insaciable, estaba completamente
aturdido por la derrota, rodeado de la mitad de su ejercito moribundo en un
lugar conocido como el Pueblo Blanco, arriba de Sidon. Durante la guerra se
había podido dominar, pero al llegar a este lugar la desesperación era
insufrible, ya ni el vino mitigaba sus penas. Mando llamar a Cleopatra
informándole de los sucedido.
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-Nadie puede contra ese imperio, hemos sido destrozados, poco a poco.
Roma y el Senado han de estarse burlando de mí –sollozaba el Autocrator
con la copa entre las manos, las lagrimas y el vino se convertían en su único
alimento- Estúpido Cesar, he intentado seguir tus pasos, y mira el fruto de
mis acciones, he perdido mas de treinta mil hombres, y no hay ya a donde ir
-Eros le traía noticias de Roma.
-Antonio tengo que decírtelo; Roma esta de fiesta, Octavio acaba de
regresar a Roma. Venció a Pompeyo liberando las líneas de suministro de
Italia, y por si fuera poco después venció a Lepido. Ahora ya solo quedas tu.
¿Qué vamos a hacer?
-Me tiene sin cuidado ya que lo que pase, caigase Roma, Octavio y su
imperio.
-Pero Antonio.
-¡Callate! –gritó enfurecido Antonio con el rostro desencarnado- no me
interesa nada del mundo, ni guerras, ni hombres, ni espadas, ni nada. –
maldecía Antonio tirando todo lo que estaba en la mesa.
Intento levantarse de la mesa tambaleando por los efluvios del alcohol.
Miró el mar y gritó
-¿De Cleopatra, que has sabido?
-Nada, no hay noticias.
-Tu ojos lo verán Eros, pronto ella vendrá con lo necesario para el
ejercito; recuerdas cuando llego con aquel palacio. Ella está con nosotros.
Roma puede quedarse con su Octavio... ya estoy cansado. No debe tardar.
-Mas vale que así sea Antonio, cada vez son más numerosos los
enfermos, y los tributos que te deben los países bajo tu dominio no han
llegado.
-¿Qué? ... Vamos a tener que matar a uno que otro rey si no llega ¡No
quiero que nadie se entere de esto! –grito Antonio deseando borrar la triste
realidad.
-Como tu mandes Antonio, de mi boca no saldrá nada, pero es
evidente lo que esta pasando, todos se quejan, no les haz pagado nada
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-Déjame solo, diles que Cleopatra no tarda en llegar, y que se preparen
por que volveremos contra Persia, y también mataremos a los malditos
traidores de Armenia. Ella vendrá con dinero, mujeres, armas y vino para -ya
eran inentendibles las palabras de Antonio. Eros estaba espantado, nunca lo
vio así, desde que llegaron a la ciudad se encontraba en ese estado,
desapareció por completo el valor y la sonrisa que lo caracterizaban aun en
la retirada. Parecía querer morir. Su fiel soldado lo dejó solo y vio como
quedaba el incansable guerrero pegado a la mesa balbuceando palabras sin
sentido, observando el mar en espera de Cleopatra.
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caso de cualquier imprevisto, y después llevárselo consigo a pasar una
temporada en Alejandria.
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entonces Octavio intentó descubrir a Antonio frente a su pueblo, para lo cual
mandó una expedición con armas, dinero y soldados para apoyarlo.
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lo dejaría y nunca más podría gozar de las bondades de esta reina; por el
otro lado Octavia le ofrecía el calor de su hogar romano, en ella estaba su
vida en Atenas como Dionisos, sus hijos, y lo necesario para realizar la
batalla que perdió. Octavia representaba para él: Roma, el senado, los
partidos, el furor de su pueblo, y un matrimonio tranquilo con una mujer
educada, refinada, moldeada a mano por las tradiciones romanas. Del otro
lado estaba Cleopatra; la amazona que acababa de venir a salvarlo cuando
mas lo necesitaba, que tomaba las riendas del gobierno sin mayor problema
y contaba con una riqueza inacabable... el palacio de Alejandría, las joyas y
un trono en la maravillosa tierra de Egipto, donde el podía disfrutar de todo
cuanto quisiese con sólo externar su deseo a la faraona.
-Agradezco a Octavio el regalo que me manda, y sí como dijiste, el
ejercito está sólo esperando mi orden para venir; la orden ya esta dada.
-No dilatará Antonio, iré corriendo a Atenas a dar la noticia a Octavia.
-Espera, no he acabado. Esta tierra no es buena para la salud de
Octavia y mis hijos... aparte pronto saldré para Persia, dales a ellos un gran
abrazo de mi parte y diles que regresen a Roma; después de la batalla iré a
su encuentro.
-Pero Antonio...
-Nada Níger, he dicho; igualmente dale las gracias a Octavio por las
tropas, pues de todos modos él me las debía desde hace tiempo. Tomaré la
ropa y las armas como parte de la Roma que dirijo.-Niger se quedó inmóvil
ante la resolución de Antonio, nunca lo había visto tan dueño de sí, tal vez
era verdad aquello que se decía sobre cierto embrujo de la farona con el cual
dominaba a sus amantes- Hasta luego Níger –concluyó Marco Antonio
retirándose de la entrevista.
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persona a hablar con él, pero el mensaje que mandaba a Roma era más
grande, pues con este acto rechazaba al mundo latino y a su imperio, lo que
seguía le esperaba en Egipto. Así fue como Antonio quedó a manos de
Cleopatra. La reina entró a la habitación donde estaba Antonio:
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sangre, sino con el tesoro que sus ancestros recolectaron durante tanto
tiempo y con la mayor arma que el destino le dió; el ser mujer.
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Después de ganadas las batallas Eros se acercó a Antonio:
-Lo hemos logrado, por fin dominamos la mitad de esta región que
tanta muerte y problemas nos trajo.
-Recuerdas cuanto tiempo estuvimos ante esta ciudad viendo como
morían nuestros soldados, y el hambre y la sed que pasamos.
-No lo olvido Antonio... lo hemos logrado; creo es hora de regresar a
Roma y celebrar tus triunfos –dijo el fiel romano a Antonio recordándole el
puesto que tenia en Roma.
-No será así –contestó con aire resuelto - desde el momento en que
mandé de regreso a Octavia, no puedo regresar a Roma más que en contra
de Octavio; estas victorias se las debemos a Egipto, y a él serán entregadas.
-Pero Antonio –dijo incrédulo Eros ante lo que oía- de hacer esto te
granjearas el odio de los romanos y Octavio tendrá los argumentos
necesarios para venir en tu contra.
-No lo creo, aunque no lo celebraré en Roma haré llegar al Senado el
reconocimiento de las tierras que he ganado como Autocrator y emperador
de Oriente. Con lo cual obscureceré por un tiempo la fama de Octavio
-Pero Roma no te lo perdonará.
-Ya es hora de que el mundo empiece a moverse como lo han querido
los dos grandes hombres que han gobernado Roma –sentenció Antonio con
la mirada fija en el horizonte- Cesar y Alejandro deseaban que Alejandria
fuese la capital del mundo romano, sólo esta ciudad tiene la belleza y riqueza
necesaria para ser la capital del Imperio.
-¿Qué estas diciendo Antonio?
-Lo que oíste, celebraremos la victoria, en la capital de mi Imperio –
dijo Antonio golpeándose el pecho- no en él de Octavio.
-Pero ¿qué harás con Roma?
-Dejaremos que ellos mismos decidan su suerte, por lo pronto yo ya
he tomado mi decisión, de regresar a Roma temo correr la misma suerte de
Cesar. No he hecho todo esto para morir en una traición, sino por el
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contrario fundaré la dinastía que Cesar, Alejandro y los dioses quisieron
para Roma.
-Espero estés en lo correcto Antonio, pero no puedes decir esto; ni a
los romanos, ni a tu ejercito, ¿no creo ellos estén preparados?
-Sabré seducir bien a Octavio hasta el momento en que esté listo, por
lo pronto, manda decir a Roma que he unido Armenia y Media al Imperio
Romano de Oriente.
-Pero los romanos te esperaran para darte el triunfo.
-¿Deseas ir a morir a Roma?
-No Antonio, he estado contigo desde el inicio, y nada podrá ponerme
en tu contra.
-Ya te he dicho lo que tienes que hacer, y lo que tienes que callar –
concluyó Antonio.
La imagen arrancó la ovación del pueblo alejandrino. Más atrás venían los
soldados armenios convertidos en esclavos arrastrando sus cadenas; al
final de la procesión estaba el ejercito alejandrino con su blanquecinos y
brillantes atavíos levantando sus curvas espadas. Al llegar frente a la
faraona, el rey de Armenia, Artavasdes, no se arrodilló y llamó a la faraona
por su nombre. Antonio y Cleopatra quedaron conmovidos ante la escena,
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pues sabían este rey era filosofo y poeta, lo cual los llevó a perdonarle la
vida y darle asilo en Alejandria.
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creado camino a la guerra de Persia: Tolomeo Filadelfo, era proclamado rey
de Fenicia y Cilicia.
Esta celebración fue la cúspide del sueño de Cleopatra; Cesarión por fin fue
reconocido como hijo legítimo de Cesar por el emperador romano de
Oriente. Todos sus hijos recibían una parte del mundo que tenia Antonio
bajo su poder. La dinastía era entronizada en Alejandría, lo cual significaba
que esta era la capital del Imperio de Oriente; gobernada ante Roma por el
Autocrator Marco Antonio.
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CAPITULO OCTAVO
93
preservar el orden en su tierra, ya que ahora se encontraban en ella los reyes
de los principales pueblos de Oriente. Antonio se marchó a Grecia, pues el
incipiente temor de una guerra lo llevó a acercarse un poco más a Italia, a fin
de poder recibir a cualquier romano que huyese de Octavio.
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a el, tenía a su princesa egipcia. Cleopatra; quien esperaba con una gran
flota el momento decisivo...
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sacrificios a Amon, no a Júpiter quien es el Dios quien ha intercedido por él
en todas las batallas. ¡Hoy se encuentra en Atenas con su puta egipcia ¿no
será momento de que el regrese a su tierra?! –el senado callaba ante los
gritos, esperando el momento en que diera la resolución para ponerse en su
contra, pero Octavio, tenia bajo su túnica el arma que acabaría con el
corazón de los romanos- No. No vendrá a Roma, ¿saben por que?, aquí esta
redactada la ultima voluntad de Antonio. –el silencio cada vez era mayor-
-¡No lo hubiera hecho mas que para salvaguardar a Roma! ¡Oigan los
deseos de aquel hombre en el que confían y todos ustedes han perdonado;
aquí –levantó el testamento entre sus manos- está el pago al amor y la
fidelidad que le han confiado a este romano. En caso de morir Antonio, oigan
cual es su ultima voluntad, no es estar en Roma sino dice aquí: “después de
ser paseado solemnemente por el foro, deseo ser embarcado con destino a
Alejandría para que mi reina Cleopatra, me de sepultura en aquella ciudad” -
el Senado quedó sorprendido en un gran silencio - ¡Van a ustedes dejar que
esta maldita egipcia siga envenenando la razón de Marco Antonio! o ¿Qué
vamos a hacer?
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Las naves y los hombres de Octavio lentamente se acercaron al lugar,
mientras tanto, Antonio y su ejercito, comenzaban a debilitarse durante el
invierno, tuvieron que esperar en el sitio acordado a su enemigo durante
mucho tiempo, las pestes y el hambre empezaron a menguar la fuerza con la
que la declaración de guerra fue hecha en un principio. Pasaban los meses
y la tropa se debilitaba cada vez mas, frente a lo cual, Antonio recurrió al
reclutamiento de una gran cantidad de campesinos y cegadores, a los cuales
embarcó y cambio la hoz por el remo y la espada.
-Debes de mandar a Cleopatra a su tierra, ella no tiene nada que hacer aquí –
dijo Canidio resuelto a Antonio.
-Gracias a ella es que tenemos este ejercito, y su sabiduría y estrategia nos
han dado el apoyo que necesitamos para igualar a Octavio. –contestó
Antonio, quien desde hacía tiempo se le veía un poco apagado, ya tenia
cincuenta años y aunque seguía siendo el hercúleo guerrero que imponía
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con su grande y poderoso cuerpo; el exceso practicado durante toda su vida
empezaba a mostrar sus consecuencias.
-Malas noticias Antonio,. Octavio ha tomado otra vez las embarcaciones que
venían con nuestras provisiones. –Informó Enobardo a Antonio-. Esto no
puede seguir así Antonio, tenemos que hacer algo, vamos a su encuentro.
-Tenemos todas estas naves –dijo señalando hacia la escuadra que se
componia por más de 200 barcos- esperaremos a su llegada y lo atacaremos,
después iremos con las tropas.
-Te haz vuelto loco Antonio. Tu y tu ejercito ha ganado siempre en tierra, no
saben luchar en el mar.
-Claro que lo se, es por lo cual una gran cantidad de legionarios irán en las
naves, será fácil tomarlas...
-Esto es inaudito –dijo Enobardo enojado- Esa decisión no puede ser tuya;
de seguro esa egipcia es quien ha tejido ese plan, esto no puede seguir así,
manda a tu egipcia de regreso; tanto Roma como tu ejercito esta cansado de
ver a esa mujer detrás de todas tus acciones.
-Cleopatra se quedará aquí hasta que la guerra termine y juntos iremos a
Roma. Nuestra fuerza no depende de la tierra o el mar. Canido. Tu te
quedaras con las tropas en tierra, y tu Enobardo iras conmigo a luchar en el
agua para que con tus propios ojos veas la caída de la flota romana. –
concluyo Antonio y salió dejando solos a sus generales.
Antonio sentía cada vez mas la ausencia de Cesar, con el podría revivir la lucha
como en Farsalia, donde derrocó a Pompeyo, pues el siempre tenia el plan
indicado y el sólo sabia obedecer ordenes... deseaba luchar o disfrutar de su
reina; este estado le resultaba desesperante. Empezaba a sentirse algo cansado
y deseaba estar con Cleopatra, necesitaba se iniciase la guerra lo más pronto
pósible... por un lado tenia a la reina sobre si hostigándolo con la batalla por mar, y
por el otro a su ejercito pidiéndole dejara la felicidad que había encontrado, y
reviviera al romano que tenia dentro de sí.
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La experiencia le había hecho ver a Cleopatra que no podía dejar solo a su
hombre, y menos en este momento que los romanos se acercaban, ya mucho
esperó y sufrió en Alejandría cuando aquel se casó con Octavia. Este era el
momento decisivo y debía de tomar su papel. Octavio y ella sabían que esta era
su guerra; Antonio era el juguete de la voluntad de ambos. La reina pasaba el día
con un sequito de sacerdotisas con las cuales debatía sus decisiones, estas
estaban al tanto de todo lo que sucedía en los templos romanos y se encontraban
en un ferviente contacto con las pitonisas y oráculos de Egipto.
Cleopatra bajo la cabeza al oír estos sucesos. No podía hacer nada ya en este
momento, recordó lo que el oráculo le dijo antes de que Cesar fuera al Capitolio, la
misma sensación tomaba su ser, la misma impotencia... pero ahora tenia ella a
Antonio en su poder, igual sentía la ausencia de Cesar, pero recordó la batalla en
Alejandría, aunque el tiempo había pasado, sentía dentro de sí el mismo animo y
disposición que en ese momento, mas faltaba el ingenio y la protección del
romano.
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Estaba todo claro para ella. Los dioses egipcios no mostraban ningún
descontento. Los romanos se veían atacados. Debía ella tomar las riendas de la
situación, sobrepasar la voluntad de Antonio, y dirigir ella la guerra. La ambición y
el dominio asaltaron su mente de forma renovada. Ahora ella estaba al mando.
DIALOGO CELO Y ANTO
Frente a frente los dos enemigos esperaban alguno tomase la resolución, el mar
se encontraba en medio de ellos. Octavio se encontraba esperando la resolución
del enemigo, sabia tenia tiempo y Antonio se vería forzado a atacar pues sus
provisiones cada vez eran menores y la única forma que tenían de conseguirlas,
era a través de largas caravanas por tierra. La misma presión ejerció Antonio a
Octavio rodeando la entrada a la zona. El campo se encontraba listo. La batalla
por el dominio del mundo antiguo debía de librarse, ambos se encontraban
sitiados uno por otro. Ambos se encontraban indecisos de tomar la resolución, y
del resultado...
-En caso de que quisiera aniquilarte ya lo hubiera hecho querido. No tomes de esa
copa. ¡Observa! –trajo a un condenado a muerte y lo hizo beber de la copa, antes
de que la terminara cayó muerto.
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Antonio vio con ira a Cleopatra. No solo le habia mostrado su superioridad; sino
que lo hizo enfrente de sus generales, quienes ya se encontraban descontentos al
ver en manos de quien estaban, empeorando con esto la situación.
Las naves romanos eran ligeras, y podían moverse con facilidad en este lugar, por
el contrario las egipcias eran lentas y pesadas. Y por si esto fuera poco el viento
cambió de dirección deteniendo el avance. Los legionarios nada acostumbrados al
mar se encontraban mareados y no tenian forma de defenderse de la innumerable
cantidad de flechas y proyectiles que lanzaban en su contra, empezando a
llenarse la cubierta de sangre, por el contrario las naves egipcias intentaban
repeler el ataque con grandes catapultas que raramente acertaban en el blanco.
La derrota se empezaba a determinar a las pocas horas de empezada la batalla,
mas Antonio no podia hacer nada mas que seguir intentando tomar las barcas
romanas.
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decepción tomo sus ánimos, mas se encontraban en plena lucha, no tenian otra
opcion mas que la de continuar con la guerra.
Allá quedó toda su fuerza y convicción. Al dejar la batalla dejo con ella el destino
que durante tanto tiempo forjó, y ahora se encontraba en una nave egipcia con
rumbo a Alejandría. La reina no fue a su encuentro lo dejo ahí en la proa, y sólo
mando un esclavo a que le recogiera la espada pues temía pudiese hacerse daño.
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deseaba ver a Antonio, los dos habían fracasado y el orgullo ponía una barrera en
medio de los dos. La ambición de Cesar era el corazón de este amor, pero él no
estaba, ni juntos pudieron ni siquiera acercarse a su gloria. La guerra secó el
sentimiento de ambos, aquel amor que los unía se hundió junto con las trirremes
en Accio. El silencio se cirnió sobre el mar.
103
cambiar tanto su historia como la de Egipto, cada vez su rostro se semejaba más
al de su padre. Todavía tenia un reino, el suyo, y debia de prepararse para el
ataque que prontamente vendría de Roma. La reina durante el regreso volvió a
tomar el valor que sólo su tierra podía darle. Al llegar al puerto, saludó
rápidamente a su pueblo e inmediatamente llego a su trono dentro del palacio.
Tomo los dos báculos que simbolizaban el poderiío del alto y del bajo egipto, los
cruzo frente a ella, asi se sentia realmente segura; entonces empezó la caravana
de sus servidores a preguntarle acerca de la campaña. Ella no respondió nada,
sino por el contrario empezó a pedir le rindieran cuentas. Durante su ausencia el
joven Cesar administró bien todos los asuntos, y pudo sentirse contenta cuando
vio como todos le rendían honores a su hijo, y este habia aprendido bien la forma
de dirigirse.
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evitar que este se uniese a Octavio. En medio de la desesperación mandó
construir una flota cerca del Oriente, a fin de que el rey de meda y los persas
vieran otra vez su poderio, y deseasen ayudarle para la construcción de un nuevo
imperio en el Oriente, después mandaria a Cesarion, y otra vez el sueño fracasado
trastocaba sus pensamientos, pensando en el dia en el que el joven regresara con
todo el Oriente tras de si, a cumplir el sueño que ella y Julio Cesar habían forjado.
Una fraccion de arabia que mantenia hostiles relaciones con Egipto, adivinó los
pensamientos de Cleopatra y les desagrado mucho la idea de ver cerca naves
egipcias, entonces se lanzaron a los astilleros donde se construian estas naves, y
fueron prendiendo fuego una a una a toda la flota de la reina, al recibir la noticia la
faraona; descargó el aire de su pecho, bajó por primera vez del trono como si ya
no le importara regresar a el, salio de su palacio, y vio la ciudad brillando al
atardecer, se dio cuenta de que no podia hacer nada en contra del destino que
venia por ella; el humo de las naves incendiándose en el puerto le recordó aquella
gran pira en la que ardió Cesar, desde ese momento todo se habia terminado,
pero no podia culparse, hizo todo cuanto tuvo en las manos para elevar a Egipto al
nivel del Imperio. La muerte se acercaba, lidio con ella desde los 13 años, pero
sabia que de esta vez salvarse era imposible. Apareció otra vez la imagen a la que
más le había temido durante su vida; el ir encadenada a Roma y cruzar las calles
azotada por el pueblo latino, lanzándole pedradas e imprecaciones hasta el
momento en que fuese asesinada. No podía ser de esta manera, el último plan
que podía hacer en su vida, era el prepararse una muerte digna, contempló la gran
efigie que durante sus cuarenta años se construyó para guardar sus restos, y se
dijo pronto iria a ella. Tenia que descansar en Egipto, la tierra por la cual hizo todo
durante su vida. Asi buscó a Olimpo, uno de sus mas fieles servidores, y le mandó
le buscase las serpientes más letales que se arrastraran por todo el imperio.
Olimpo siguió la orden sin saber el fin que tenia este mandato. Entonces la reina
trajo a varias condenados, y fue viendo uno a uno como morían delante de si por
las picaduras de las diferentes víboras: unos sufrían ataques durante un tiempo y
después fallecían, otros duraban horas emitiendo largos quejidos de sufrimiento,
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hasta que por fin encontró una serpiente que se adecuaba a sus necesidades, la
cual provocaba una muerte instantánea y no hacia mella en su rostro, ni dio
señales de ningun padecimiento. La reina pidió a Olimpo guardase con esmero a
esa serpiente hasta que ella le indicase. Al ver cerca su muerte recapituló su vida,
y sintió dentro de su corazón, un pequeño lugar de alivio, de cuando fue feliz
durante su vida, entonces reconoció que amaba a Antonio, y suspiro viendo el
fuego del faro encenderse.
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el exilio crecía su resentimiento ante los romanos, Cleopatra, los egipcios, ya ni en
el vino podia ahogar su dolor. Hasta que un día, como siempre desde que conoció
a la reina, acudió ella a rescatarlo.
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luctuoso tinte del futuro que les esperaba. Cleopatra esperaba que con estas
fiestas podría recuperar a Antonio para la batalla final que pronto vendría por ellos.
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gobernado por la faraona, sino que el joven Cesar Ptolomeo asumía el poder, y
estaba preparado para poder tomar la herencia que Cesar le dejaba. Este acto
significó el acta de defunción del joven, pues desde ahora Octavio tenia que
terminar con el para asegurar por siempre su poder en Roma. Acto seguido la
reina hablo con el joven:
-Cesar. Octavio esta ya muy cerca de la ciudad. Debes irte.
-Ni lo pienses madre. Este momento es el decisivo, debo de enfrentarme
con Roma, por ti, por Egipto, por Cesar.-Cleopatra miro con ternura la pretendida
fuerza del muchacho.-
-No es este momento el que los dioses tienen para ti, mi pequeño Cesar.
-Entonces a donde iremos.
-Yo me debo de quedar aquí a afrontar el destino –dijo Cleopatra con un
tono melancolico pues sabia que nunca más volveria a ver a su hijo, el cual fue
durante su vida el símbolo de todos sus sueños- Las pitonisas me han dicho
debes de ir a la India, alla poco a poco crearas un nuevo imperio de Oriente, que
algun dia regresará a terminar con Roma. Vengaras después toda la historia
egipcia, y el trono que te fue arrebatado por Octavio. Tienes un gran futuro hijo
mio, Cesar es el astro que corona la noche, y el junto con los dioses egipcios y
romanos saben que tu eres el elegido.
-Si esa es la voluntad de los dioses, no ire yo en su contra. Adios madre.
La faraona abrazó por ultimo vez a su muchacho y contempló con
tranquilidad y gran tristeza como la caravana que acompañaba a su hijo se fundía
en el desierto. Cerró los ojos y rogó a Isis depositara su gracia sobre el hijo de
Cesar, secó unas cuantas lagrimas que brotaron de sus ojos y dio la vuelta hacia
el palacio dispuesta a afrontar lo que el destino dispuso para ella.
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contuvo el desprecio que sintió ante la oferta pues vió la oportunidad de encender
a Antonio, causandole celos de aquel mensajero-
-¿Quién te manda?
-Le he dicho que Octavio, el unico emperador romano. –la reina en un tono
de extrañeza, replicó-
-Antonio, no ha muerto.
-Faraona de Egipto, usted sabe que las fuerzas de Octavio, no tardan en
llegar, solo la muerte de Antonio es el unico tratado de paz que puede usted firmar
con Roma.
-Lo pensare por la noche, después te dare una respuesta. Apolodoro –el
esclavo se acerca a ellos-
-Dale una habitación a este hombre, ¿quiero que sea acogido con toda la
hospitalidad que caracteriza a Alejandria?
-Gracias. –Tirso sonrio pensando que habia logrado su propósito-.
Al momento Antonio acude al saber que un enviado de Octavio se
encontraba con la reina, se encienden los celos que sentía por su reina, pues
ahora siente es la única persona que tiene en el mundo. Toma del romano y lo
estampa contra el suelo de un solo golpe. Cleopatra no dice nada, admira como
su hombre ha retomado la fuerza, sus ojos se inyectan de colera, sus brazos
parecen tomar otra vez la hercúlea fuerza que lo caracterizaba.
-Dile aquel que te manda. ¿Qué deseo batirme con el uno a uno, romano
contra romano, como en la antigua Troya?.-El emisario se levanta dispuesto a salir
y la reina ve el momento preciso para mostrarle su fidelidad a Antonio,
invadiéndolo de su confianza-.
-Espera. No te vayas, sólo dile a Octavio mi respuesta ¿qué si desea la
cabeza de Antonio, venga él mismo por ella?
Antonio voltea asombrado de lo que escuchó. Cleopatra le comenta de la
proposición hecha por Octavio, a su vez, el ve el momento preciso para contarle a
su vez la propuesta de Herodes. Los dos se abrazan con confianza, solo la muerte
podría separarlos.
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Cleopatra se prepara para el combate que ya no tardaría, hace llevar todas
su oro, joyas, piedras preciosas, y demas objetos valiosos al templo de Isis. Sus
dos esclavas Iras y Carmiana la acompañan-
-¿Por qué haz llevado tu tesoro al templo su majestad?
-Iras, Carmiana,-dice la reina elevando su voz en un tono profetico- ustedes
dos son las encargadas de acompañarme en mi descenso al mundo de Osiris.
-¿Cómo? Pero si Antonio esta dispuesto a luchar.
-Lo se hijas mias, pero si no pudimos hacerlo en Accio, ¿crees que ahora lo
lograremos?-las dos la miran algo asustadas, la reina cierra los ojos y se confiesa
ante su sequito-
-He visto a Isis durante la noche... siento ya sus alas cerrarse cerca de mí.
He decidido incinerar aquí mi cuerpo, junto con mi tesoro, para que sólo obtengan
cenizas aquellos que vienen por Egipto y por mi.
-Creo es lo más digno mi princesa.
-Ya Cesarión se encuentra lejos, los demas no corren tanto riesgo, He
asumido el papel que el destino me ha puesto, y la única forma de terminar mi vida
como la hija de Isis es así
Esa noche se cuenta se oyo una corte de espiritus salir desde el recinto
hasta el final de la noche. Los hados abandonaban a Antonio
111
La mañana del 1 de Agosto del 30 a.C. el Sol encendió las aguas
tornándolas a una tonalidad rojiza propia del amanecer, cual si el agua se hubiera
entintado en espera de la sangre que pronto correría. La ciudad, completamente
silenciosa, toda en calma: los mercaderes no salieron puerto, las barcas se
encontraban amarradas a la costa, las puertas de las casas, todas, estaban
selladas, menos una; la del palacio, donde estaba Marco Antonio preparado a
cumplir su destino. Venía la hora del ataque; decidió hacer un ataque múltiple por
tierra y por mar al mismo tiempo, saldría a dar la mejor batalla que Roma y Egipto
hubiesen visto; sus huestes se encontraban quietas en espera de la lucha. Era el
momento decisivo y la llama del faro que vio hace veintitrés años arder, se apaga
para dar paso a la guerra. El sol avanza antes que los ejércitos. Las pesadas
trirremes egipcias se encuentran frente a frente con aquellos ligeros barcos
romanos de los que huyeron en Accio, los soldados de espadas curvas ven a su
vez al enorme ejercito latino perfectamente ordenado. Octavio y Antonio, llegaban
al momento final de su añejada contienda por el poder del imperio.
112
tierra, como algún día lo quiso el gran Alejandro, después el fiero Cesar, y por
último su querido Marco Antonio. Mientras observa el puerto sitiado se pregunta
“¿Qué mas puedo hacer?” puso fuera de riesgo a su hijos mandándolos lejos de la
batalla, pero ella, ¿Qué haría? Le aterraba la idea de caminar por Roma y que el
pueblo del que quiso ser la soberana la ofendiera mientras ella recorriera
encadenada el camino a su muerte. No, no seria así.
Marco Antonio como una vorágine violenta salió del palacio, el eco de sus
pasos retumbaban por los corredores, estaba dispuesto a luchar por última vez
con toda su fuerza, si no ganaba podría encontrar por lo menos una muerte digna
en el campo de batalla, deseaba vengarse a si mismo de su huida en Accio. Los
soldados caminaron junto con el, esta sería la ultima batalla. El sol en el cenit arde
113
en espera de la lucha. Las espadas empezaron prontamente a chocar contra los
escudos, la sangre volvería a lubricar su espada, buscaría la muerte a cada
movimiento. Dio la orden a las trirremes de lanzarse y estas levantaron sus remos
y se acercaron a las de Octavio en son de paz. Ambos ejércitos se unieron y las
embarcaciones empezaron a fusionarse vitoreando el triunfo de Roma y de
Octavio, poco después sus legionarios hicieron lo mismo dejando las armas en el
suelo y corrieron a unirse al ejercito enemigo.
-Traición —grito Marco Antonio conmocionado por lo que pasaba ante sus
ojos, poco a poco se fue quedando solo; entonces emprendió una larga carrera
hacia el palacio en busca de su reina. Los legionários lo dejaron huir mientras ellos
se unificaban en fraternos abrazos, y los gritos de Salve Roma colapsaban por
primera vez la tierra alejandrina.
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reino mucho mas bello del que nuestros ojos han contemplado, y nada podrá
separarnos.
Esperaba la espada con el rostro tembloroso. Un gemido ahogado lo hizo
abrir los párpados: Eros se había clavado la espada en el pecho y su cuerpo se
contrajo hasta quedar muerto a sus pies.
-Haz hecho lo correcto Eros, -su voz quebrada era el único sonido en todo
el palacio- yo tengo que cumplir mi destino. Sacó su larga espada, atrajo a su
mente el rostro de Cleopatra, era la última imagen que quería llevarse antes de
cruzar el umbral de la muerte, se clavó la espada, y con ella enterrada se sentó
lánguidamente en un diván.
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había escuchado de Osiris por Cleopatra. Ahora vendría el juicio. Reconoció la
última morada de Cleopatra y oyó su voz.
Cleopatra tomó entres sus brazos el cuerpo ensangrentado del hombre que
la amo tanto como el a ella, el era el padre de tres de sus hijos, el era quien hizo
todo cuanto pudo para llevarla al trono junto con Ptolomeo Cesarion. Ahora los
dos juntos podrían huir hacia Osiris de una forma digna, más el destino los
llamaba en la voz de Proculeyo, un guardia de Octavio, que desde afuera del
templo clamaba a Cleopatra.
-No hagas nada Cleopatra. Octavio solo quiere a Marco Antonio, entrégalo
y conservaras tu reino.
Marco Antonio sentía irse la vida mas se encontraba feliz de ver por última
vez a su querida farona, reunió entonces las pocas fuerzas que le quedaban en su
interior y exclamó:
-Se feliz conmigo recordando los hermosos tiempos que vivimos- la sangre
empezaba a invadir su garganta- Muero como uno de los hombres más poderosos
de la tierra, y hoy como todo gran romano, viene otro a asesinarme.
Cleopatra vio entrar a Proculeyo quien había entrado por el mismo lugar
que su amado; el alma de Antonio dejaba su cuerpo... delicadamente lo acomodó
en el suelo y manteniéndose a distancia de Proculeyo escuchaba lo que este le
decía:
-Calma Cleopatra. Antonio ya ha muerto, es lo único que Roma te ha
pedido. Tu conservaras tu reino.
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La reina consternada vio su última oportunidad para darse muerte, al
instante cayó la pesada puerta del templo y entraron corriendo tres mercenarios,
era el momento, sacó de su túnica un puñal dispuesta a clavarlo en su pecho, mas
antes de que lo logrará; la mano de uno de estos detuvo su intento. Los demás se
acercaron a ella y seis manos macularon el cuerpo de la faraona en busca de un
cuchillo o cualquier otro objeto con el que pudiese quitarse la vida. Cleopatra
había caído.
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Amante de las artes, Octavio quedó admirado al conocer la belleza y
suntuosidad con la que estaba creada la ciudad, por lo cual pese a las
instigaciones de sus soldados, no destruyó nada; en cambio, decidió adentrarse y
visitar la tumba del Gran Alejandro, al llegar a ella intentó acariciar el rostro de
aquel romano con quien podía equiparar la grandeza de su reino, después de este
acto ceremonial iría a tomar todo lo que ya era suyo: el palacio, el tesoro… y la
reina.
Octavio escucho con agrado la respuesta, pues pensó la reina sabía bien
su destino; y lo aceptaba.
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Al salir Octavio. La faraona se recompone, ahora venia el momento final,
dispone de su ultimo baño y llama a Iras y Carmión, quienes sabían bien lo que
ahora sucedería. Las dos sirvientes entraron con el cofre de joyas que la reina
según había apartado para las romanas, con tristeza, lentamente van colocando
cada una de las joyas en su rostro. Primero Iras engarza su frente con aquella
diadema de oro que mostraba la cabeza de una serpiente, mientras Carmión a su
vez alisa su cabello. Cleopatra ve su rostro en aquel espejo donde tantas veces se
soñó subiendo al trono con Cesar, siente a cada paso del cepillo en su cabeza van
cayendo y deshaciéndose uno a uno los sueños, fracasos y logros que
confluyeron en su vida.
Olimpo con una cesta con higos logra cruzar la guardia que rodeaba a la
última faraona de Egipto. Al llegar a la habitación, observa como colocan a la
reina, el ultimo de sus atavíos. La corona ptolomeica, los dos grandes puntas de
marfil lucen purísimas como ella, en medio de ambos el disco dorado de Amon
refleja el ocaso.
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La reina solo bajó la cabeza. Olimpo destapa la cesta frente a ella, la
serpiente que pareciese saber su labor repta sigilosamente hacia Cleopatra.
Cesarión ya se encontraría en la India, sus demás hijos a esta hora estarían a
salvo. Observa por última vez el puerto. El murmullo del mar le transmite la
serenidad necesaria para dejarse seducir por la serpiente. La gran columna de
mármol poderosa e impenetrable, no se encenderá esta noche. Se dirige a su
lecho de oro y la serpiente clava su veneno en el brazo de la faraona. Cleopatra
solo lanza un pequeño gemido y lentamente su cuerpo se desvanece sobre el
lecho dorado.
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EPILOGO
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