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SOMBRAS DE ROMA

RON BURNS

RON BURNS. Nacido en Michigan (Estados Unidos), estudi relaciones internacionales e historia de Europa en la Universidad de Georgetown. Ha trabajado en la agencia de noticias United Press International y como redactor columnista. Asimismo fue premiado por sus reportajes sobre el crimen organizado para The Los Angeles Herald. Actualmente reside en Santa Mnica, California. En esta nueva entrega tras Noches de Roma la exitosa primera novela que hemos publicado de este autor Ron Burns se confirma como un maestro del thriller histrico.

Ao 43 a.C. El asesinato de Julio Csar propicia el fin de la Repblica y sume a Roma en un bao de sangre causado por las venganzas de las diversas facciones que se disputan el poder. En este hervidero de intrigas y conspiraciones, marcado por el enfrentamiento entre Augusto y Marco Antonio, el ilustre Cicern encarga al joven senador Cayo Livinio Severo que debut como detective en Noches de Roma la investigacin de una serie de asesinatos brutales que caracterizan el paso del caos republicano a la carnicera autocrtica. La intriga es tan enmaraada que ni el propio Livinio est seguro de comprenderla por entero hasta aos ms tarde cuando el emperador Augusto exige saber todo lo que conoca Cicern.

De nuevo, para M. J. E

Introduccin Transcurre el mes de diciembre del ao 707 segn la antigua cuenta de Roma, 43 a. de C. en nuestro calendario. Julio Csar lleva nueve meses muerto. Su sobrino nieto, Augusto, y su antiguo ayudante, Marco Antonio, maniobran e intrigan por el poder y la posicin. Roma est agitada. Un ciudadano romano, Cayo Livinio Severo, est en disposicin de explicar este declive hacia el caos desde la perspectiva nica de un autntico observador interno, gracias a un papel que empez a desempear de forma bastante inocente ms de nueve aos atrs: el papel de detective. Y su actitud lo ha situado ahora justo en el medio de unos acontecimientos que se han convertido, textualmente, en asunto de vida o muerte para l, para su familia e incluso para la propia Roma.

I Espero ser asesinado antes de una hora. Espero que lo haga el propio Augusto. Llevo esperando que suceda al menos, esperndolo a medias desde el amanecer, cuando lleg la guardia para llevarme de mi casa. Pero la certidumbre es mayor desde hace un momento, cuando dos hombres, supongo que

secretarios de alguna clase, han pasado a mi lado, me han mirado de soslayo y se han puesto a cuchichear entre risas. Y he odo claramente cmo uno de ellos deca: Es se. Otro que se va. Estar muerto antes de una hora. Creo que estaris de acuerdo conmigo en que ha sido un testimonio convincente. Cuando se presentaron a mi puerta, los guardias fueron muy correctos. Tras preguntar por puro formulismo si estaban hablando con Cayo Livinio Severo como as era, por supuesto, uno de ellos anunci con el tono de voz ms corts posible: Augusto quiere verte. No me pusieron la mano encima y yo no hice el menor ademn de resistirme. De poco me habra servido intentarlo. Al fin y al cabo, los guardias que me rodeaban de pronto en el atrio de mi casa eran cuatro, todos muy recios. Tuve un instante de vacilacin. Al mirar alrededor de m, ms all de la gran explanada de mrmol que conduca al apacible patio del fondo, vi con sorpresa a mi esposa, Fulvia, detenerse a decir algo al criado. ste sonri, hizo una reverencia y respondi algo, y ella sonri tambin y emiti una de sus risas guturales y sonoras. Mi esposa... dije a los guardias, al tiempo que la sealaba con un gesto. No tardar en enterarse, seor respondi el guardia corts en tono casi comprensivo, sacudiendo la cabeza. Es mejor que lo dejes correr, seor aadi uno de sus compaeros con el mismo tono amable. Ya sabes cmo son las mujeres; siempre arman alboroto. No tena argumentos contra esto. Por supuesto, Fulvia montara toda una escena, de modo que tal vez seria mejor marcharse discretamente. Mejor para m, sin duda, recordarla de aquel modo, con aquella abierta sonrisa, que en un estado de pnico. A decir verdad, las escasas horas que llevo apartado de ella, esa sonrisa suya ha hecho mucho para impedir que mi nimo decaiga. Una vez en la calle, los guardias se mantuvieron cerca pero no me ataron ni me esposaron y avanzamos discretamente, sin que apenas se notase que se trataba de una escuadra de la guardia conduciendo a un prisionero. A pesar de ello, el trayecto no estuvo desprovisto de incidentes. A menos de media milla de mi casa, encontramos una pequea multitud congregada en un lado de la calle, a la entrada de un callejn. Cuando nos acercamos, los reunidos se hicieron a un lado (sin duda en deferencia a mi imponente escolta) y alcanc a ver una toga manchada de sangre en el suelo. Un ladrn, sin duda coment uno de los mirones. S; le han quitado el dinero apunt otro mientras palpaba vigorosamente las ropas del difunto. Como la multitud, cada vez ms numerosa, ocupaba toda la estrecha calle, nos vimos obligados a aminorar el paso y, durante unos breves instantes, me encontr apenas a unos palmos del cuerpo, lo bastante cerca como para distinguir con claridad el rostro del muerto. Y, con terrible sorpresa, descubr que lo conoca: era mi primo, Claudio Barnabs. Horrorizado, me detuve all mismo. Continuemos, seor. Por favor, no nos metamos en losapunt uno de los guardias. Es un primo mo solt bruscamente, incapaz de apartar la vista del cadver. Al parecer, mis palabras desconcertaron a los escoltas, que me concedieron unos instantes. Me acerqu un paso ms y estudi la escena. Una mancha de sangre del tamao de un puo haba empapado la toga externa en el costado izquierdo del pecho. Al no observar ms heridas, me dije que aquello era obra de un hombre experimentado y de gran fuerza. Mi primo Claudio y yo habamos estado muy unidos y permanec all un minuto ms, contemplando su rostro. Su atacante lo haba dejado intacto y no me cost mucho esfuerzo imaginarlo con vida, lleno de su energa y su astucia de costumbre. Qu gran prdida pens, y not los ojos llorosos y un par de lgrimas resbalaron por mis mejillas. Claudio era tan joven... Apenas treinta aos, slo uno ms que yo. Y por supuesto, con los guardias de Augusto alrededor de m y dispuestos a llevarme, no poda evitar preguntarme si pronto me enfrentara al mismo final terrible. De pronto, uno de los guardias me agarr con aspereza. Debemos continuar indic en el tono de hosca impaciencia ms propio de tales hombres. Asent y reemprendimos la marcha sin ms interrupciones. Augusto quiere verte, me haba dicho el guardia corts como si supiera, como todo el mundo, que bastaba con mencionar el nombre. En efecto, aunque no ha transcurrido un ao todava de la muerte de su to abuelo, Julio Csar, el nombre de Augusto ha cobrado una perceptible aureola. Porque hoy Augusto gobierna en Roma, junto a Marco Antonio, en un bao de sangre nada despreciable desde el famoso asesinato de Csar. Y esos dos hombres todava tienen una lista. Y la lista sigue creciendo. Y nadie puede sentirse seguro de que su nombre no aparezca en la lista cualquier da.

Estaba convencido de conocer la razn de que Augusto quisiera yerme y, en efecto, no llevaba all un minuto cuando irrumpi en la sala y se acerc a m. No, no, no, esto no sirve en absoluto exclam. Seal vagamente hacia m con una larga daga que, a continuacin, emple de puntero para indicar diversos pasajes de un rollo de papiro. Era uno de los documentos que le haba enviado haca unos das, con el informe que me haba pedido acerca de un episodio acaecido unos aos atrs. Yo haba modificado los hechos para ofrecerle lo que crea que l quera or. Al fin y al cabo, si Augusto ignoraba lo sucedido de verdad, mucho mejor para todos. Y silo conoca, seguro que no querra que apareciera en el registro oficial. Puedes hacerlo mejor, Cayo aadi. Ya sabes lo que quiero: la verdad. Al menos, la verdad segn t la conoces. Quiero el informe como lo escribiste para Cicern. Augusto y yo quedamos frente a frente y lo estudi de nuevo. Apenas tiene diecinueve aos y, creedme, no posee lo que se dice un porte romano imponente. Es de constitucin delgada y de estatura nada destacada: yo mismo mido tres dedos ms que l, como mnimo. Y, como deca, el recuento de sus actividades en el ltimo ao no resulta demasiado delicado. Sin embargo, a pesar de su tierna edad y de tan dudosa disposicin, se ha convertido en cnsul de Roma y ahora se encuentra, con Antonio, en el pinculo del poder sobre gran parte del orbe. Pens al orle que era evidente que haba cometido un error de clculo con l. Lo haba considerado un aventurero insensible y una especie de rapaz malcriado y por ello, en el informe retocado, haba expuesto lo que la gente as desea normalmente; es decir, algo razonable, algo no demasiado desagradable, algo que vuelva a hacer encajar todas las piezas con suavidad. Pero all estaba el gobernante adolescente, proclamando de repente tal inters por la verdad. Su protesta me desconcert y lo estudi unos momentos, mirn dolo fijamente a los ojos. Me pregunt si haba algo ms en ellos. Cierta profundidad, tal vez, O alguna traza de entereza. Rpidamente, mand traer el informe de verdad, el que me haba encargado ni ms ni menos que el propio Cicern en persona. Ah, Cicern! Pens. He ah a un estadista. Hablando de Cicern, nos hallbamos en la antigua casa de ste, no lejos del Foro; la casa de la que se haba apropiado Marco Antonio y que, en aquel momento, era la base de operaciones provisional de Augusto. En el pequeo jardn trasero de la vivienda, all mismo, yo y muchos otros nos habamos sentado en ocasiones a los pies de Cicern como discpulos, para disfrutar de sus palabras de sabidura... Cicern! Augusto casi escupi el nombre. Vaya un estpido! Estpido? Cmo te atreves a llamarlo as!, Hubiera querido responder. Pero, por supuesto, me contuve. Cuando el cronometrador entr en la sala, Augusto alz la vista bruscamente; despus, observ con inters poco comn cmo el viejo y su ayudante levantaban el gran reloj de arena situado en mitad de la estancia y le daban la vuelta con movimientos expertos. La hora segunda, mis seores anunci el anciano antes de retirarse. Cuando los esclavos llamados de mi casa volvieron a ella, localizaron por fin los documentos pertinentes y regresaron a nuestra presencia, ya era medioda. Desde entonces, segn me han dicho, Augusto se ha dedicado a leerlos de cabo a rabo mientras yo, con los guardias apostados a la puerta, espero y pienso en si seguir con vida dentro de una hora, en el asesinato de mi pobre primo, en la risa de mi esposa. Y tambin pienso en mi informe, el autntico, el que lo cuenta todo sobre una serie de hechos que empezaron a desarrollarse hace casi nueve aos y en una persona en particular que hizo que sucedieran tantos de ellos. Mi primer encuentro con Cayo Escribonio Curio fue en el teatro, una noche. Representaban a Plauto; ms en concreto, una obra suya titulada Anfitrin, que a mis padres y a sus amigos les resultaba incmoda pero que la mayora de los jvenes encontrbamos rotundamente hilarante. Fue muy al principio de la obra. De hecho, fue apenas a mitad del prlogo, antes incluso del primer acto y el verdadero arranque. Como de costumbre, la mayora del pblico ya estaba de buen humor. Os recuerdo las primeras palabras de la obra, que el actor dirige abiertamente a los espectadores: Deseis que sea magnnimo y que me ocupe de que todas vuestras transacciones comerciales, vuestras compras y ventas, produzcan dinero? Queris que facilite vuestras especulaciones en los negocios y los haga producir pinges y sostenidos beneficios? Bien, yo soy Mercurio, mi padre es Jpiter y los dioses me han asignado a m la responsabilidad de repartir todos los mensajes y beneficios. As pues, si queris que os ayude y desve a vuestros bolsillos un flujo permanente de dinero, hacedme un favor, todos vosotros. S, he recibido rdenes de pediros un favor.

Solamente con aquello, muchos de los espectadores yo entre ellos se retorcieron de risa ante tan osada irreverencia. El actor continu: Es un favor sencillo y perfectamente digno. Estoy aqu como una persona digna para hacer una propuesta digna a gente digna. Al fin y al cabo, no es digno pedir cosas indignas a gente digna, y es estpido pedir cosas dignas a gente indigna, a un grupo de criminales que no sabe lo que es digno y que no se rige por ello. Y he aqu el favor que Jpiter me ha ordenado pediros: desea detectives... Ante la mera mencin de tal palabra, emit un gruido terrible, sonoro y apurado y observ que el tal Cayo Escribonio Curio, que ocupaba una localidad en la fila inmediatamente anterior y un asiento a mi izquierda por pura casualidad, hay que decirlo, se volva en redondo y me miraba de arriba abajo. Estoy seguro de que me sonroj profundamente pues, en esos tiempos, me ruborizaba con una frecuencia humillante; ni siquiera hoy da he aprendido a dominar por completo esa reaccin. M padre deca el actor, quiere detectives que vigilen cada asiento y cada fila del teatro. Si descubren una claque que trabaja para algn actor, deben arrancarle la capa a cada uno de tales villanos, arrancrsela aqu mismo, en el teatro, y quedrsela como multa. Y he aqu otra orden que he recibido: que se asignen detectives a los actores, tambin. Cualquier actor que amae una claque para que lo aplauda, o que maniobre para acallar el aplauso a otro actor, ha de probar el ltigo hasta que le haga saltar la piel a tiras junto con la ropa. Mientras el actor declamaba todo esto, Curio continu observndome con una sonrisa ancha y divertida mientras mi son rojo, estoy seguro, se haca ms y ms intenso. Entretanto, las risas del pblico se hicieron ms sonoras. No ser usted detective, verdad? Pregunt por ltimo con una amplia sonrisa cautivadora y sin el menor asomo de seriedad en su tono de voz. No, no, nada de eso respond, con un gesto de cabeza. Por supuesto, hasta el instante en que el actor lo haba mencionado, jams me haba considerado practicante de una actividad tan vil. En fin, supongo que lo soy, pens de inmediato; luego, apenas un momento despus, me haba encontrado bajo la penetrante mirada de Curio. Es slo que... Dej que mi voz se perdiera a media frase y complet el comentario con un gesto haca al escenario. S, es muy divertido asinti Curio, sin dejar de sonrerme con su aire encantador. Y de pronto, tras unos instantes de embarazoso silencio, supe que bamos a ser grandes amigos, aunque no estaba nada seguro de que fuera una buena idea. Tal vez quieras que te presente a ese tal Escribonio Curio haba dicho Cicern. A quin? Inquir vagamente, pues aquel da mi mente era incapaz de concentrarse en nada. Nos hallbamos en el jardn de la casa romana de Cicern, en una bella maana de primavera, y aspir los aromas mezclados de las higueras y los olivos y un penetrante toque de menta. Para ser ms preciso, hacia apenas unos das que haba conocido a la hermosa Fulvia y no poda apartarla de mis pensamientos. (De hecho, nos prometimos en matrimonio unas semanas ms tarde y nos casamos al cabo de apenas unos meses y creo que, en cierto grado, todava tengo ese problema.) A Cayo Escribonio Curio respondi Cicern con un soplido de exasperacin, pronunciando a regaadientes cada slaba del nombre. Ya te he hablado de l en alguna ocasin, Livinio. Slo te lleva unos pocos aos y acaba de volver de Asia, donde ha pasado dos. All desempeaba el cargo de cuestor e hizo un trabajo sobresaliente en la gestin del tesoro de la provincia. Ya te coment en cierta ocasin que te resulta ra un compaero til e interesante. Asent mientras segua tratando de poner orden en mis pensamientos. Hazme saber qu opinas de l continu Cicern. S, hum... De quin? De Curio? Presta atencin, Livinio! Exigi Cicern con un sbito estallido de energa. A continuacin, me agarr con aspereza por la mueca, acerc el rostro al mo y espet con exagerada lentitud: Hazme saber qu opinas de l, Livinio! Y con la sbita fuerza de un martillazo, ca por fin en la cuenta de que mi viejo amigo y tutor me estaba encargando una tarea importante. Si, maestro, lo har respond con un gesto enrgico de asentimiento y sostuve su mirada con firmeza para darle a entender que comprenda la importancia y el sentido de la peticin. Bruscamente, se ech hacia atrs, se relaj de nuevo y casi advert una llamarada en su mirada.

He odo que esa Fulvia es muy hermosa... murmur con una ancha sonrisa. Se inclin hacia m, sin perder la sonrisa, y aadi en un susurro: Y si me perdonas una irona de viejo, tambin he odo que es muy rica. Y enseguida, como de costumbre, mi rostro se encendi con una oleada de ardiente turbacin. Debera haber imaginado que ya estabas al corriente murmur, tratando de reprimir una risa. Me gusta estar informado de los asuntos de importancia dijo l. Deberas saberlo! Por lo menos, ahora empezars a darte cuenta de ello! Comprend la relacin que mi anciano maestro estaba estableciendo y. por alguna razn, esto slo contribuy a incrementar mi incomodidad. En realidad, en aquel momento, notaba como si la cabeza fuera a estallarme en cualquier instante, a causa del sofoco. Cicern emiti una risita, intent contenerse y, por ltimo, rompi en una sonora carcajada. Disclpame, joven Livinio, pero a un hombre anciano como yo le produce un gran placer ver a alguien que se ruboriza como t. Le trae recuerdos de la inocencia perdida de la juventud y todo eso. S, maestro. Baj los ojos y (qu sino?) Me sonroj. Bien, entra en casa dijo l. Tomemos un poco de vino, almorcemos un poco y quiz podamos recuperarnos lo suficiente como para hablar de asuntos ms serios. Tras esto, se puso en pie y lo segu al interior de la casa. (Por supuesto, entonces no saba que aqulla sera la ltima vez que lo visitara en su casa. An ms inimaginable es la circunstancia que me ha trado de vuelta aqu, nueve aos despus.) Curiosamente, mi encuentro casual con Curio se produjo la tarde del da siguiente. La obra se representaba en el nuevo teatro recin construido por Pompeyo y ofreca una innovacin que los escengrafos haban probado slo en contadas ocasiones hasta entonces: actuaciones despus del crepsculo, a la luz de las teas. Curio y yo nos presentamos formalmente durante el intermedio y respondimos con idnticas exclamaciones de reconocimiento. Cicern mencion... dijimos ambos al unsono y a ello sigui otra exclamacin de regocijo. Entonces, t eres el que estaba en Asia apunt. Tengo entendido que eras el tesorero provincial. S, el cuestor. Y antes de eso fuiste alumno de Cicern? Cierto respondi. Qu tiempos tan maravillosos. S, es un hombre maravilloso afirm y Curio asinti con la cabeza. Hay gente que enseguida se siente cmoda en mutua compaa y, aunque en realidad aquel hombre, segn result, me llevaba doce aos de edad, eso fue lo que sucedi entre Curio y yo. Quedamos citados para vernos en el circo al da siguiente; despus, aquella misma semana, para ir al teatro y, pocos das ms tarde, para cenar. Bebimos hasta avanzada la noche y le habl de Fulvia con entusiasmo y una devocin en la voz ligeramente excesivos para lo que se considera correcto en una conversacin entre hombres. De modo que ests enamorado, eh? Dijo Curio con una sonrisa afable. Eso significa, supongo, que no te interesan las fiestas a las que yo acudo. Esta noche hay una en casa de Hirtio Pansa. Acudir Dolabela. Y Marco Antonio. Todo el mundo... Marco Antonio, eh? Intervine. Tengo entendido que es un hombre dado a escndalos. Esas habladuras... Curio sacudi la cabeza con burlona satisfaccin. Qu tiene eso de terrible, me refiero? Es decir, si dejamos aparte lo de ser un borracho y un manaco sexual. Y con esto, prorrumpi en un estallido de risotadas. Oh, vaya! Murmur y me ech a rer con l. O lo intent. Se produjo un momento embarazoso entre ambos hasta que, por ltimo, dije: Otra noche, quiz; ya es demasiado tarde. Por supuesto respondi l. A su voz le faltaba conviccin, de modo que aad: Confo en que no te habr ofendido, Curio. No, no. Como dices, otra noche quiz. Y a continuacin, tras las breves formalidades de la despedida, me encamin a casa. II De pronto, Cicern desapareci. Desterrado. Fue enviado a un exilio ignominioso. Sucedi pocas semanas despus de que Curio y yo nos conociramos. Nuestro amado mentor y maestro desapareci de nuestro entorno. Permitidme que haga un breve resumen de los hechos que condujeron a esta infamia: Dos aos antes, un tipejo de una categora de ciudadano romano de especial vileza que responda al

nombre de Clodio (Odio Clodio, lo sola llamar yo) se enamor de Pompeya, la esposa de Julio Csar. Clodio la persigui durante meses hasta que una noche, con ocasin de una de esas misteriosas ceremonias para mujeres que no se permite presenciar a los hombres, Clodio se visti con ropas femeninas y se introdujo en la casa de Csar para ver a Pompeya... en un momento, como deca, en que no haba presente ningn otro hombre. Pues bien, el muy idiota se perdi por los pasadizos y se vio obligado a pedir que lo orientaran. Naturalmente, la primera mujer que oy su voz sali a escape mientras gritaba que haba un hombre en la casa. Las mujeres cerraron todas las puertas y, finalmente, localizaron al desafortunado Clodio escondido en un armario. El escndalo fue monumental, por supuesto. Csar se divorci de Pompeya y llev a Clodio a los tribunales por sacrilegio. En el juicio, Clodio insisti en que ni siquiera estaba en Roma la noche de autos; en que, en realidad, se hallaba en casa de unos parientes, muy al sur. Aqu entr en escena Cicern. Con su cabal honradez e impulsado en esta ocasin por el acoso insistente de su esposa Terencia (hoy, ex esposa), se present a declarar que el da de los hechos, horas antes de stos, Clodio haba acudido a su casa en Roma para consultarle sobre una serie de asuntos. Su declaracin era absolutamente cierta pero, incluso as, Clodio mont en clera. En el juicio, amenaz y soborn a la mayora de los jurados y obtuvo la absolucin por un estrecho margen. Ms tarde, cuando coment que el jurado no haba credo la declaracin de Cicern, ste le replic en plena cara: Observars que veinticinco de ellos han confiado en mi palabra, puesto que han votado contra ti, y que los otros treinta no se han fiado de la tuya, ya que no han votado tu inocencia hasta que han tenido en las manos el dinero que les habas prometido. Los comentarios mordaces de este tipo no eran infrecuentes en Cicern y lo ayudaban a ganarse muchos enemigos en Roma, entre ellos algunos ricos y poderosos que eran buenos amigos de Clodio. As pues, ste urdi su venganza. Y lo que ide no fue un ardid sencillo; como deca, le llev dos aos ejecutarlo. El objetivo de Clodio era convertirse en tribuno. Su nica razn para ello era conseguir la prerrogativa que tienen stos de ordenar el destierro de un ciudadano; en su caso, el de uno en concreto. Pero Clodio era patricio y los tribunos eran, y siguen siendo, miembros de la clase inferior, la plebeya. Qu hacer, pues? Clodio dio pronto con la solucin. Emparent por matrimonio con una rica familia plebeya, acept su degradacin de clase y consigui el cargo que pretenda. Una vez logrado esto, no perdi el tiempo. En menos de una semana, el nuevo tribuno, Clodio, se present en la escalinata del Foro y ley el decreto: Por los poderes de que he sido investido, ordeno por la presente el destierro a una distancia no inferior a quinientas millas de la ciudad de Roma al senador y procnsul Marco Tulio Cicern. La noticia se difundi por toda la ciudad. En el momento en que se lea la proclama, los guardias ya derribaban a patadas la puerta de Cicern. Antes de que nadie pudiera reaccionar, el senador haba sido escoltado fuera de la ciudad y obligado a desaparecer. El suceso me produjo vergenza, como a media ciudad. Sin embargo, tras haber maniobrado tanto tiempo y con tanto esfuerzo para alcanzarla y, como digo, con la ayuda de sus amigos ricos, Clodio pudo gozar de su venganza: Cicern huy al sur, hasta Brindisium, y de all pas a Grecia. Es un acontecimiento terrible, terrible me lament una y otra vez durante los das posteriores al hecho. Es una verdadera pena asinti Curio con calma. Cicern es un gran hombre repeta yo, con lgrimas en el rostro. Si que lo es murmuraba Curio sin alterarse. Pero a ti no parece importarte mucho insist, cuando ya llevaba varios das lamentndome. Mi interlocutor me mir con irritacin durante unos instantes y sacudi la cabeza: Escucha, joven Livinio dijo a continuacin, Cicern me preocupa tanto como a ti, pero no le veo utilidad a lamentarse de algo cuando no puedes hacer nada por evitarlo. Tras una breve reflexin, decid que no haba ningn argumento slido que oponer a sus palabras, de modo que ces en mis lamentaciones. O tal vez slo cambi la forma de expresarlas, puesto que, a partir de entonces, dej que Curio me llevara con l en sus noches de juerga y que me mostrara una cara de Roma en la que nunca haba soado. Al fin y al cabo, me dije, era un modo tan bueno como otro de acallar mi pena. As pues, Cicern haba desaparecido y las fiestas eran desenfrenadas y, durante un tiempo, supongo que perd la perspectiva de las cosas. En cierto modo, la mayor sorpresa fue observar cuntas casas de las familias ms notables y nobles de Roma acogan tales jaranas; a decir verdad, eran tantas que costaba de creer que hubiese permanecido tan ignorante de su existencia. La finca del joven senador Celio en la cima de la colina, la mansin ajardinada del inmensamente rico Trebacio, la encantadora casita urbana del refinado y bien relacionado Dolabela... Estas y otras muchas ms acogan reuniones en las que corra el vino y abundaban las mujeres hermosas. Recostados en los divanes,

pasbamos la noche bebiendo y armando juerga. Nos reamos, nos divertamos con las mujeres y, en pocas palabras, nos comportbamos impropiamente. Era magnifico. En realidad, lo ms nuevo para m era el vino, al menos en aquellas cantidades. Jams haba imaginado que podra alcanzar tal estado de euforia y de estupidez tras unos pequeos excesos. Pero cuando, tras varios das de jolgorio casi permanente, me sent desesperadamente enfermo durante un da y una noche enteros, aprend enseguida a moderar aquella costumbre. En cuanto a las mujeres... Bien, se era otro tema. En el cual, lo confieso, no era ningn nio. No es por fanfarronear pero, la verdad sea dicha, llevaba mucho tiempo siendo objeto de sus constantes atenciones. Y, como era de esperar, en cada nueva fiesta haba dos o tres que me decan: Qu atractivo eres, o Eres muy guapo, o encantador o, lo peor de todo, adorable. No es que me queje, entendedme, pues no puedo negar que he gozado de sus favores al menos, en ocasiones e incluso he aprendido algunos trucos nuevos gracias a ello. Entre todas ellas destaca especialmente una mujer de unos treinta aos, de pechos enormes y algo rolliza, aunque de piernas largusimas, que me dio un meneo que me dej ms seco que... En fin, ya os hacis una idea. Como deca, no era nada nuevo para m. Qu guapo eres, amo Cayo, me haba dicho la doncella personal de mi madre una buena tarde, pocos das despus de mi catorce aniversario. Y lo que sucedi a continuacin... En fin, una vez ms, son innecesarios los detalles salvo para precisar que, a esa tierna edad, result toda una experiencia. A partir de entonces, se me presentaron situaciones parecidas cada vez con ms frecuencia hasta que, a hurtadillas, empec a estudiar el reflejo de mi imagen en el bronce y la plata bruidos de nuestro servicio de mesa, e incluso a colarme en el tocador privado de mi madre para echarme un vistazo en su reluciente espejo de plata. Pero cuando echaba esos rpidos vistazos a mi imagen, no poda dejar de preguntarme a qu venia todo aquel alboroto. Tena la piel clara, es cierto, pero quiz un poco ms plida que la de la mayora de mis amigos. Mi dentadura estaba bien alineada y mi sonrisa era bastante agradable. Bien, entonces, qu...? A no ser... Algo relacionado con los ojos, tal vez? Bueno, quiz no con los ojos, exactamente, sino con... Aj, eso es! Con las pestaas. Ah estaba el misterio! Unas pestaas oscuras y largas y... en fin, a decir verdad, unas pestaas bastante femeninas, no? En cualquier caso, no es necesario que insista mucho en estas tonteras, aunque tengo buenas razones que conoceris muy pronto para contaros todo esto. De momento, slo pretendo explicar que no era en absoluto inexperto en esos temas cuando me embarqu con Curio en esas rondas por la noche romana. Gracias a los dioses, no lleg a odos de mi amada Fulvia la menor noticia de lo que suceda. En cambio, su padre, el formidable Victorino Avidio, no tard en enterarse. De hecho, una maana fui despertado en mi dormitorio por la presencia, ante mis ojos hinchados, de un mensajero que me anunciaba con suma insistencia la invitacin de Avidio para que almorzara con l aquel mismo da. No s cmo, pero consegu despejarme y acudir a la cita. Avidio, un hombre ms rico que Craso, como solemos decir los romanos, resida en la que deba de ser la casa ms grande de Roma (o, por lo menos, la segunda). La casa estaba un par de curvas ms arriba que la de mi familia, en la va que ascenda la ladera del Quirinal, en el exclusivo barrio norte de la ciudad y, una vez cruzada la verja de entrada a la finca, a mis porteadores an les qued un buen trecho antes de llegar por fin a la vivienda. Cuando me ape de la silla, fui acompaado rpidamente a un comedor del piso superior, una estancia muy ntima con frescos de vegetacin campestre y una esplndida vista del centro de la ciudad. Avidio me recibi con bastante afecto y no tardamos en sentarnos a la mesa, bien provista. Era un hombre desproporcionado, con una cabeza enorme que remataba un cuerpo bastante enclenque. De pie, cualquiera le sacaba la cabeza y pareca capaz de avasallarlo. Pero sentado a la mesa, mientras escuchaba su voz profunda y poderosa y contemplaba su rostro de facciones grandes y expresivas (dominado, aadir, por unas cejas gruesas y encanecidas que se elevaban en la frente en momentos de agitacin), uno olvidaba rpidamente su estatura y tena la impresin de dirigirse a un hombre corpulento e intimidador. Dnde est Fulvia? Pregunt, aunque en realidad me habra sorprendido encontrarla all. Espero que no se encuentre mal... Fulvia est perfectamente respondi Avidio con suavidad. Quiz venga despus aadi y continu hablando de nimiedades hasta bien entrada la comida, cuando dijo de improviso: As pues, t quieres a mi hija, no? Es decir, sers un buen esposo y un buen padre, verdad que si, joven Cayo? Acabbamos de comentar algo acerca de algn tema completamente absurdo, algo acerca de que qu equipo, el azul o el verde, tena ms posibilidades de ganar en los juegos circenses del siguiente fin de semana. De hecho, en aquel preciso instante, acababa de llevarme a la boca una buena cucharada de huevo y pedazos de carne de cerdo; estoy seguro de que Avidio esper deliberadamente a que surgiera aquella oportunidad. La pregunta me lleg tan de improviso que, como es lgico, tard un largo instante en asimilara y ofrecer una respuesta. Con todo mi corazn, seora dije, mientras terminaba de masticar. Despus, con la boca libre por fin, aad: Fulvia lo es todo para m.

Y para m tambin respondi l sin abandonar su tono de voz y sus modales ms agradables. Es slo... Bien, Cayo, planteemos as las cosas: hay romanos y romanos. Y, triste es decirlo, en pocas como la actual las diferencias entre ellos se hacen ms pronunciadas da a da. As, es ms importante que nunca que un joven comprenda estas diferencias y tome las decisiones acertadas. Hizo una breve pausa, con aquellas gruesas cejas en calma y los ojos, me pareci, llenos nicamente de afecto. Recuerda aadi con un leve gesto admonitorio del ndice, las compaas que frecuentas, esas cosas... Dej la frase a medias y me mir un momento ms; despus, volvi con sedosa suavidad a su anterior ademn relajado y a la conversacin intrascendente. Pero yo haba prestado mucha atencin y comprend a qu se refera. Aun as, slo despus de un episodio sucedido una noche, unas tres semanas ms tarde, me vi obligado por fin a modificar mi conducta. Estbamos en la casa de un tal Rufo Trebeleno; Curio, yo y los dems. No haba comido nada desde haca mucho rato y, adems, en lugar de seguir la costumbre de rebajar el vino con agua, nuestros anfitriones lo servan con toda su fuerza. As, antes incluso de apurar el segundo vaso, estaba completamente ebrio. Sucedi que en esta ocasin particular Marco Antonio decidi unirse a nosotros. Ya lo haba visto otras veces ltimamente e incluso haba intercambiado breves saludos con l en dos ocasiones, por lo menos. Pero esta vez tom asiento con nuestro grupo y al cabo de unos minutos me encontr, no s cmo, sentado en un divn a su lado. Mi seor Cayo Livinio dijo Antonio a modo de introduccin, mientras cruzbamos un vigoroso apretn de manos. Y bien, mi joven amigo, cmo encuentras nuestra vida nocturna romana? Ah!, Muy fcilmente respond y not un coro de risas alrededor ante mis palabras. Oh!, Os refers... empec a decir y not el sonrojo de costumbre. Es decir, es muy agradable, realmente, aunque un poco agotadora en ocasiones. Esto provoc nuevas risas y Marco Antonio, en concreto, prorrumpi en sonoras carcajadas con las mejillas al rojo. Muy gracioso murmur, todava entre risas. Al cabo de un rato, la mayora de los dems se dispers por otras partes de la casa; slo qued Curio, que haba tomado asiento en el divn a la izquierda de Antonio. Nuestro joven amigo est prometido en matrimonio, sabis? Dijo Curio al tiempo que me sealaba, aunque no haba asomo de burla en su voz. Ah!, Esplndido respondi Antonio. Y quin es la afortunada? Tras apurar un sorbo ms del fuerte vino, le habl extensamente de Fulvia y de su familia. Bien, es una buena casa romana que viene de antiguoapunt Marco Antonio. Despus, con una de sus sonrisas clidas y maravillosas, me estudi con sus ojos grandes y expresivos y me inst a continuar, como si todo lo que pudiera decir tuviese una inmensa importancia. Correspond a ello hablando sin reparos de mis planes y esperanzas para el futuro: matrimonio, nios, carrera. De modo que te propones estudiar leyes, eh? Coment, y esto me dio pie para lanzarme a un nuevo tema de conversacin hasta que, envuelto prcticamente por la dulce bruma del vino y por el donaire y el encanto legendarios de Marco Antonio, me sent todo lo estimado y apreciado que puede hacerlo un joven. Curio haba desaparecido hacia rato. Pasamos un rato ms de charla hasta que Antonio dijo: La casa en la que estamos tambin es un maravilloso lugar antiguo, sabes? Y con esto salimos a dar una vuelta. Me temo que buena parte de lo que sucedi despus se me escap, pero si recuerdo con claridad que, en un momento dado, me encontr a solas con Antonio en lo que deba de ser la alcoba principal. Era una estancia impresionante, por decir poco: un mosaico de mrmol de la fundacin de Roma por Rmulo ocupaba el suelo y varios frescos coloristas de la vida en la ciudad y en el campo adornaban las paredes. En una de ellas, al otro lado de la cama cubierta por un hermoso dosel, haba una ventana inusualmente grande abierta al norte, hacia los barrios residenciales de Roma. Recuerdo que me detuve ante la ventana a admirar la vista de las colinas cubiertas de rboles, negras bajo la plida luz de la luna. Aspir un poco del aire nocturno y escuch el susurro de la brisa estival que mova las hojas a travs de la oscuridad vaca. Y, en aquel momento, Antonio estaba a mi lado, con el brazo derecho en torno a mis hombros mientras con la mano izquierda me ofreca un vaso de vino ms. Hermoso, verdad? Asent, apur la bebida y not cmo su mano diestra se cerraba con firme afecto en torno a mi hombro y se deslizaba luego con un movimiento acariciante hasta la nuca y descenda... Y eso, lo juro, es todo lo que recuerdo de ese episodio. A la maana siguiente, despert al alba. Estaba tendido, con la toga torcida, en un duro banco de madera. Al principio no tena idea de dnde estaba, pero pronto cal en la cuenta: aquello era el patio trasero de la casa de la

noche anterior. Me incorpor despacio hasta quedar sentado. La cabeza me lata como el interior de una forja de hierro y tena la boca seca y rasposa como una manta de lana. Todo esto era de esperar, naturalmente, pero slo era el principio. Ya haba notado ciertos dolores inusuales, pero slo comprend su grado cuando intent ponerme en pie. Incluso hoy me resulta doloroso pensar en ello; doloroso, en el sentido de humillante. Slo dir que me dola una parte del cuerpo que no tena por qu dolerme; o, al menos, ninguna razn que yo pudiera recordar y, desde luego, ninguna que yo aprobara. En cualquier caso, me dola incluso estar sentado en aquel duro banco. Ponerme en pie y dar un paso resultaba casi una tortura. Que estuviramos en julio y ya hiciera un calor incmodo para hora tan temprana no contribua a mejorar las cosas pero consegu, pese a todo, recorrer la milla que me separaba de la casa de mis padres en la colina, a travs de las calles desiertas. Afortunadamente, fue mi madre, Cornelia, la primera en yerme junto a la puerta de mi alcoba. Dnde has estado? Pregunt, acercndose por detrs. Cuando me volv para mirarla a la cara, solt una exclamacin ante mi estado desaliado. Oh! Qu ha sucedido, hijo? Entramos en mi habitacin y a duras penas consegu dar los ltimos pasos antes de derrumbarme sobre el lecho. Mi madre vio una jofaina de agua y un pao limpio en las inmediaciones y empez a lavarme la cara con ternura. Pobrecito mo continu, tu padre est muy irritado contigo. Y en aquel mismo instante omos a mi padre, Livinio Decio Severo en persona, lanzar unos speros gritos en el jardn. Su voz sonaba cada vez ms prxima. Con gesto brusco, me sent muy erguido junto a mi madre y apart sus manos, rechazndola con suavidad pues, de pronto, me senta absolutamente indigno del privilegio de recibir su contacto. Oh, madre! Gem y romp a llorar. Oh, madre, qu error tan terrible he cometido! Ya estoy harto de todo esto! O gritar a mi padre. Y apenas un instante despus, la puerta de la alcoba se abri de golpe y lo vi entrar a la carga. Todas las noches, toda la noche! Qu demonios crees que ests haciendo, muchacho? Avidio me ha enviado una nota... Decio intervino mi madre con un siseo que le hizo callar en seco. Ahora no, Decio! Y mi padre, que siempre sabia reconocer su inoportunidad (a aquellas alturas de su vida la haba demostrado en numerosas ocasiones) carraspe secamente, dio media vuelta y abandon la estancia sin decir una palabra ms. Cayo, por favor, cuntame qu ha sucedido insisti mi madre tras una pausa reconfortante, pero me limit a mover la cabeza sin saber qu decir. No ser Fulvia, verdad? Pregunt, visiblemente temerosa de la respuesta. No, no respond y la mir con los ojos baados en lgrimas. Fulvia est perfectamente. Mi madre moj el pao y continu asendome. Entonces, qu puede ser tan terrible, eh? Inquiri, ms animada. Esper un instante mientras disfrutaba del contacto del pao hmedo y fro con mi frente. Algunas de las personas que frecuento respond al fin, mientras sorba unas lgrimas. Tras una nueva pausa, aad: Anoche conoc a Marco Antonio. Al or aquello, mi madre se qued paralizada en pleno gesto y, durante unos largos instantes, ninguno de los dos se movi ni dijo nada. Por ltimo, en un susurro cansado, aadi: Ese hombre terrible... Otra pausa y, a continuacin: Marco Antonio, eh? Ven, hijo, deja que te eche un vistazo. Volv la cabeza, pero ella alarg su mano derecha hasta mi rostro, cerr los dedos con fuerza en torno a la mandbula, obligndome a mirarla de frente, y me estudi detenidamente. Al moverse, desplaz su peso de tal modo que la sbana del lecho me apret con ms firmeza todava aquella dolorida parte baja de mi cuerpo. Ay! Exclam. Qu sucede? Pregunt ella, e insisti al comprobar que no responda de inmediato: Dime! Me duele, madre respond finalmente y romp a llorar otra vez. Advert un destello de comprensin en sus ojos; despus, encaj las mandbulas para dominar el temblor de sus labios y permaneci sentada donde estaba durante varios minutos ms, resistindose a acompaarme en mi llanto. Al final, gan su particular batalla y, aunque sus ojos parecan estar algo nublados, no derramaron lgrima alguna. He odo suficientes cosas sobre Antonio como para imaginar qu ha sucedidomurmur con voz temblorosa. Pero tambin s suficiente de ti como para estar convencida de que no hay ningn riesgo de que vuelva a pasarte. Se inclin sobre m y me bes en la mejilla con ternura. As pues, te has llevado un buen escarmiento, no es eso? Puedo, pues, asegurarle a tu padre que, en adelante, volvers a casa temprano? Puedo decirle que ha recuperado a su hijo? S, madre respond al instante.

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Le dir que has aprendido la leccin aadi ella. Le asegurar que no tiene ninguna razn para preocuparse. III Aquel mismo da, tuve el honor de recibir una breve carta de Cicern, que ya llevaba dos meses exiliado: Apreciadsimo Cayo Livinio Severo: En verdad, no es prudente por mi parte escribir esta carta. Y enviarla, mucho menos. En realidad, probablemente corres un riesgo al recibirla y al leerla. Con todo, debo arriesgarme a agradecerte la esplndida devocin y lealtad que s que me has demostrado duran te estos tiempos peligrosos. Tambin debo recordarte algunos consejos: s reservado, mantn las compaas convenientes y correctas, s cauteloso con quienes te rodean y contina haciendo lo que te ped en nuestro ltimo encuentro en Roma. Si los dioses lo quieren, estos das terribles quedarn atrs y volveremos a estar juntos. Como siempre, con mis mejores deseos y todo mi afecto, Cicern Rele la carta de cabo a rabo una decena de veces o ms, llorando incluso encima del escrito hasta que, de hecho, gran parte de la pgina qued emborronada de tinta. Despus, al recordar lo que el propio Cicern haba escrito acerca de los peligros de una misiva semejante, arroj al fuego lo que quedaba de ella. Con todo, se me qued grabada una frase en concreto: ... contina haciendo lo que te ped en nuestro ltimo encuentro.... Y qu era lo que me haba pedido? En realidad, nada en absoluto. Si acaso, se haba limitado a sugerirme que me pusiera en contacto con Escribonio Curio, pero yo sabia qu insinuaba con ello: Cicern quera que vigilara los movimientos de Curio y luego le escribiera para contarle lo que vea, aadiendo tal vez un par de lneas con mis propias opiniones. Pues bien, inesperadamente, Cicern haba sido enviado al exilio por el odioso Clodio y, no s muy bien cmo, yo me haba visto arrastrado por los acontecimientos: las poderosas personalidades de Curio y de algunos otros, los escenarios exticos, la conducta indulgente... Todo aquello, sencillamente, me haba picado la curiosidad. As pues, haba fracasado en la pequea tarea que me haba encomendado. No slo no haba permanecido atento, sino que haba participado en los hechos de una manera y en un grado que, sin duda, habra dejado asombrado a Cicern. Unos das ms tarde, cuando estuve recuperado por completo, tom una decisin: adoptar el papel de detective y completar la misin de Cicern. Pero tambin llegu a la conclusin de que necesitaba un ayudante, alguien que me vigilara a m (al menos, que estuviera atento a m) mientras yo vigilaba a Escribonio Curio. Fui a visitar a mi primo, Lucio Flavio. Ah, Livinio! Mi primo me recibi con una gran sonrisa cuando llegu al jardn de su casa, a poca distancia de la ma calle arriba. Y la encantadora Fulvia? Confo en que se encuentre bien. S, estupendamente respond. Le devolv su amistosa bienvenida, le estrech las manos con especial energa en una demostracin tanto de afecto como de alivio, al comprobar (por lo menos, hasta donde poda discernir) que el relato de mis recientes aventuras no haba llegado a sus odos. Tras unos minutos de charla sobre asuntos de familia, coment: Recientemente he conocido a ese tal Escribonio Curio. Cicern, antes de su forzada partida, me sugiri que me pusiera en contacto con l. Pareca especialmente interesado en que lo hiciera. Al or aquello, mi primo, que slo estaba concentrado a medias en mis palabras, abri los ojos de improviso y me mir fijamente. Oh, de veras? Le devolv la mirada, asent y me permit una pequea sonrisa, pues sabia que Lucio Flavio me haba comprendido a la primera. Con slo dieciocho aos por aquel entonces, dos aos ms joven que yo, mi despierto primo era inusualmente experto en aquellos asuntos. A decir verdad, Lucio era el ms destacable de todos mis parientes jvenes y, con frecuencia, me produca la impresin de ser mucho mayor que yo. Por supuesto, en lo que se refera a las mujeres... en fin, todos los jvenes de la familia me destacaban a m, en ese tema. Aquel da, un rato ms tarde, Lucio y yo visitamos a Curio en su casita cerca del centro de Roma. Desde luego, me produca inquietud volver a verlo. No estaba seguro de que me fuera a recibir siquiera, despus de la otra noche: si lo haca, seguro que me tratara de otra manera, con cierto distanciamiento, posiblemente, o incluso con mofa. Cuando emergi de las estancias interiores de la casa, me abraz calurosamente y, sin darme ocasin a abrir la boca, exclam:

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Cayo Livinio! Me tenias preocupado, amigo mo. Si no hubieras venido, maana mismo habra pasado por tu casa o, al menos, habra enviado un mensajero. Despus de la otra noche... en fin, comprendo cmo debas sentirte y he preferido esperar unos das, pero no ms. Pero, bien, aqu ests por fin y me alegro de ello. Hizo una pausa y sonri. Luego aadi: Debo confesar que comet un error contigo. ltimamente he cometido muchos. Ese tipo de vida juerguista no es para ti. Y tampoco para m. Ya no. Y algunos de esos tipos... bien, supongo que convendrs conmigo en que no es preciso entrar en detalles o mencionar nombres. En cualquier caso, ahora mismo estn sucediendo en Roma demasiadas cosas, hechos que requieren hombres serios dispuestos a prestar la atencin que merecen. Hay mucho trabajo que hacer y a eso voy a dedicarme en adelante. Y, si te parece bien, quiero contar contigo en todo lo posible. Todo aquel discurso, completamente contrario a lo que esperaba, lleg a una velocidad vertiginosa.., y all mismo, en mitad del atrio, entre el ir y venir de criados y esclavos y con mi primo, boquiabierto, por testigo. ste es mi primo, Lucio Flavio dije cuando, por fin, pude meter baza. Primo, te presento a... Cayo Escribonio Curio le interrumpi ste, al tiempo que estrechaba la mano de un Lucio todava pasmado. Y aqu tambin hay un lugar para tu primo.., si es su deseo quedarse. Un rato ms tarde, cuando nos marchbamos, Curio me llev aparte para tener unas palabras en privado. Debo confesarte, Livinio, que la otra noche... en fin, que saba lo que se preparaba. Es decir, debera haberlo sabido. Es slo que... en fin, tu aspecto y tu porte, la manera como te tratan las mujeres, lo que dicen de ti... Todos lo hemos visto y... Bueno, siendo Antonio quien es, se haba fijado en ti; se haba interesado por ti. Yo pens que ya eras mayorcito, que sabras tomar tus propias decisiones. Pero despus me di cuenta de que t... En fin, no debera haber permitido que las cosas llegaran tan lejos, debera haber intervenido. Slo quera decirte que lamento que no lo hiciera. Yo me haba quedado all plantado, con la mirada en el suelo, arrastrando los pies como un idiota y con la sensacin de que tena el rostro encendido y caliente como una masa de lava fundida. Est bien dije por fin en un ronco susurro. Curio me estrech la mano, abandon la casa con mi primo y el tema no volvi a ser mencionado jamas. Curio fue fiel a su palabra. Con Lucio y conmigo como ayudantes, se dedic a escribir y pronunciar discursos, a hacer copiar y distribuir panfletos y a reunirse a altas horas de la noche con generales, senadores y otros dignatarios. Este Csar es un peligro creciente para la Repblica nos comentaba en privado, y la Repblica debe ser preservada. En pblico se mostraba un poco ms cauto aunque, de todas formas, era bastante atrevido. Nuestra democracia es el distintivo de Roma repeta una y otra vez. Debemos preservar el gobierno del pueblo. Debemos evitar a toda costa la dictadura. De hecho, el trabajo aument tanto que, a sugerencia ma, Curio llam a otro de mis primos, un tal Junio Barnabs. Junio tena dos aos ms que yo y, para ser sincero, era un tipo un poco pretencioso. Con todo, era un tipo inteligente y recto que, por cierto, me tena un gran respeto por un consejo que le haba dado en cierta ocasin sobre... en fin, sobre un asunto que tena que ver con el tema en el que se me consideraba un experto. sta que me ofreces es una oportunidad de lo ms destacada y efectiva y ahora, Livinio, estoy todava ms profunda y sinceramente en deuda contigo declar Junio Barnabs. Lucio y yo intercambiamos una mirada de perplejidad, pero conseguimos reprimir una carcajada. As pues, mi tarea de vigilar a Curio me coloc en el centro de la poltica romana... y en un puesto perfecto para observar tambin todo lo dems. Y Curio tena razn, desde luego, eran tiempos tumultuosos. Csar y Pompeyo, eternos archirrivales, haban acordado ejercer el consulado conjuntamente durante varios aos seguidos (mucho ms all del tiempo lmite constitucional). Y aquel ao competan sin tregua por el poder. El en otro tiempo ilustre Senado romano pareca limitarse cada vez ms a inclinarse ante ellos. Los senadores estaban agriamente divididos entre uno y otro cnsul, aunque algunos optaban por una tercera va: la de los aristcratas de ms abolengo, encabezados por el puntilloso Catn. Cada vez ms, los Comitia Curiata, la asamblea ms prxima a representar la voz del hombre corriente, provocaban en cada sesin un caos impresentable. Oigo los truenos! Gritaba un senador, invocando el viejo temor a tan mal presagio incluso el da ms soleado y provocando la paralizacin de la sesin (como exiga la antigua costumbre) slo porque al senador (o a sus clientes!) No les gustaba el rumbo que segua un debate determinado.

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Y aquel verano, en particular, la ciudad fue como nunca presa de desrdenes o alborotos conducidos por violentas bandas callejeras. S, bandas callejeras compuestas por hombres no mejores que el ms vil asesino, pero organizados, o pagados, por algunos de los hombres ms poderosos de Roma. Debemos mantener nuestra constitucin y la Repblicamanifest Curio al Senado, pero sus palabras no tuvieron ningn efecto apreciable. Clodio en persona diriga la peor de estas bandas, con la que haba expulsado a Cicern, por supuesto, y a cuyos matones apostaba con frecuencia a las puertas del propio edificio del Senado. All, nadie tena nada que decir. Una vez Clodio hablaba, o simplemente hacia saber su opinin, todo el mundo sabia en qu sentido dirigir su voto. Por lo que me cuentan, la Repblica ha muerto escribi Cicern a su amigo tico por esa poca. Y tengo entendido que slo un hombre abre la boca para defenderla y se es el joven Curio.' As pues, Cicern tena otras fuentes de informacin, pens divertido cuando tico me mostr la nota, pues yo an no le haba enviado mi primera carta. En cualquier caso, mand llamar a otro ms de mis primos, Claudio Barnabs, hermano de Junio, para ayudar en el trabajo con Curio. ste y el recin llegado eran la noche y el da. S, fue lo nico que dijo Claudio cuando le habl del empleo. Gracias, se limit a mascullar cuando le present a Curio para confirmar el compromiso. Una vez ms, con gran esfuerzo, Lucio y yo guardamos silencio. Poco despus escrib: Dilectsimo Cicern: Mis primos, Lucio Flavio, Junio Barnabs y su hermano Claudio, y yo hemos conocido a un antiguo alumno tuyo, el distinguido joven poltico Cayo Escribonio Curio. Este hombre habla de ti con gran respeto y es un firme defensor de la Repblica. De hecho, en sus escritos y discursos no deja de defender con fervor nuestro sistema democrtico y de condenar la mera posibilidad de un gobierno dictatorial. Es un hombre recto y honrado de sentimientos profundos y sinceros y, en estos momentos, Lucio, Junio, Claudio y yo somos sus secretarios de confianza: lo ayudamos en sus escritos y, en general, nos ocupamos de sus compromisos. Consideramos que trabajamos por una buena causa. Cicern, mi amado maestro, s que tu ausencia obligada debe de causarte un gran dolor, pero tengo la certeza de que estos tiempos terribles pasarn muy pronto y espero con impaciencia poder visitarte en el prximo futuro. Te ruego me comuniques cmo ests. Tu afectsimo amigo, Cayo Livinio Severo El verano dio paso al otoo, y el hedor que haca casi insoportable la vida en Roma con el calor dio paso a unas brisas fuertes y refrescantes. Los ciudadanos respiraban con ms facilidad; el abarrotado Foro volva a ser soportable. Pero el alivio era slo superficial. En realidad, con la proximidad de unas nuevas elecciones, Clodio y sus matones exigan con ms descaro que nunca la promesa de votos, tanto de ciudadanos normales como de los propios senadores. No obstante, por estas fechas, surgi otra poderosa banda dirigida por el formidable Annio Milo, la cual, segn los rumores, operaba a sueldo de los senadores de la vieja guardia, supuestamente honestos. El choque inevitable no tard en producirse. Sucedi una fra tarde de octubre; el cielo se mostraba magnifico, de color cerleo; el aire ola a vino dulce y a aceituna madura; los estandartes y hasta las togas de los hombres se agitaban al viento. Todo tuvo lugar apenas a un par de calles del propio Foro. Los dos grupos se encontraron cara a cara, sesenta o setenta hombres por bando, todos fuertemente armados. La violencia brot de inmediato: un gran choque de metal contra metal, dagas, espadas y unas cuantas lanzas largas... Uno de los hombre llevaba incluso una gran red de gladiador. La noticia de lo que suceda se extendi rpidamente y mis primos y yo corrimos a la escena del choque, pero llegamos demasiado tarde como para distinguir nada. En la calleja donde tena lugar la pelea, apenas se poda dar un paso sin topar con un cuerpo. El pavimento estaba cubierto de sangre y las paredes de los edificios a ambos lados tambin estaban salpicadas de ella. Y all, despus de fijarnos un poco, descubrimos al propio Clodio con la garganta abierta de oreja a oreja. Al parecer, haba sido uno de los primeros en caer; al menos, esto nos contaron ms tarde algunos testigos. Poco despus de estos sucesos, el clamor popular redujo en gran medida la influencia de las bandas; despus de aquel bao de sangre, supongo que podra decirse que era una buena noticia. Asimismo, el destierro de Cicern no tard en ser revocado y mi maestro fue llamado de nuevo a Roma. Escribonio Curio haba colaborado en conducir la campaa, tanto contra las bandas como en favor de Cicern. Curio, mis primos y yo celebramos nuestras victorias a lo grande. Como mis padres estaban en su casa de campo cerca de Tvoli, los invit a todos a mi casa y les ofrec la mejor mesa y comimos y bebimos hasta el amanecer. La Repblica vive grit en ms de una ocasin durante la prolongada velada. Slo hemos extirpado un pequeo fornculo apunt Lucio Flavio. Pero aunque sus palabras eran solemnes e incluso tenan un ligero tono de reproche, su voz era tranquila y amable e incluso sonri mientras hablaba. No tan pequeo repliqu, al tiempo que me pona en pie y me acercaba a l con paso vacilante. Un fornculo grande. Grande y bulboso y cargado de pus y...

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Bah, calla! Ests borracho! Intervino Lucio con una risotada. S respond y me dej caer en el sof ms cercano. Borracho, pero feliz aad con una risita. Esta noche, todos nos sentimos felices declar Curio. Y t has sido el hombre que lo ha conseguido, maldita sea! Proclam. T, quien ha extirpado ese fornculo terrible y ha salvado a Roma! Recuerdo vagamente que quise brindar por l pero me encontr agitando la mano derecha vaca. Dnde diablos tena mi copa?. Larga vida a ti, seor! Continu a pesar de todo. Larga vida a Cayo Escribonio Curio, el hombre que ha salvado la Repblica. Y os aliviar saber que a continuacin la noche, ya confusa ms all de cualquier asomo de buen juicio, se hizo para m, de improviso, definitivamente negra. IV Y ahora espero, sentado en el pequeo atrio de la que fue la casa de Cicern en Roma, a que Augusto termine de leer mi informe. Mientras aguardo, un criado se presenta con una fuente de higos y me ofrece uno, pero lo rechazo. En un rincn, otro esclavo saca brillo a la plata mientras un tercero friega el suelo. Una casa romana normal, me digo, en un da laborable normal. El espejismo, sin embargo, dura poco, pues de repente se produce una terrible conmocin de gritos y empujones que procede, advierto, de una antesala cercana. Desde mi asiento en el duro banco, veo fugazmente a Augusto a travs de una puerta abierta. Su rostro refleja la furia salvaje de un animal y percibo el destello de su daga bajo la luz. Despus, veo borbotones de sangre roja que lo salpican todo. Los gritos se convierten en alaridos y veo otro rostro, o una pequea porcin del mismo. Y ese rostro es el de... Oh, dioses!, Ese rostro me resulta familiar... Y, entonces, todo mi cuerpo empieza a temblar y por un instante soy casi incapaz de respirar. No s cmo, consigo levantarme y, cuando me doy cuenta, me encuentro en el umbral de la puerta abierta contemplando la cmara de los horrores de la antesala. Y observo que el hombre que emite los gritos agnicos y suplica piedad, arrodillado en el suelo, es mi primo, el pretencioso Junio Barnabs. Mi primo ya se desangra por varias heridas, pero ahora veo a Augusto rajarle el vientre de una pualada larga y curva que ser la herida fatal aunque, naturalmente, Junio tardar bastante rato en morir. A continuacin pues lo anterior es evidente que no le basta, Augusto alarga la mano que empua la daga baada en sangre y, uno tras otro, le saca los ojos. A estas alturas, he perdido cualquier dominio de m mismo y no estoy seguro de qu har a continuacin. Pero en ese preciso instante aparece uno de los guardias, me escolta de nuevo hasta mi banquito y me obliga a sentarme, aunque desde all an alcanzo a ver lo que sucede en la estancia contigua y a or los gemidos. Al cabo de un rato, Augusto asoma por la puerta y avanza hacia m. Todava empua la daga desenvainada y hay sangre por todas partes: en el cuchillo, por supuesto, y en la tnica; incluso lleva salpicaduras en las mejillas y en la frente. Cuando habla, me doy cuenta de que la sangre embadurna incluso sus labios, produciendo la clara impresin de haber estado bebiendo el rojo fluido vital. Me encanta tu informe afirma. Se echa a rer (a cacarear, en realidad) y mueve la daga al azar. Muy bien escrito y muy interesante contina. Y ese Marco Antonio! Es un tipo realmente odioso, verdad? Augusto me observa unos instantes, sonriente, y alcanzo a ver varias manchitas de sangre en sus incisivos. Por fin, aade: Bueno, debo volver al asunto. An queda mucho por hacer. Y con eso, el adolescente cubierto de sangre que gobierna Roma se aleja de mi y me quedo sentado en el banco, presa de un temblor incontrolable, y me pregunto si un perro apaleado se puede sentir ms derrotado o ms asustado. Clodio haba muerto y las bandas callejeras haban desaparecido prcticamente pero, como haba apuntado mi primo, Lucio Flavio, los problemas de Roma estaban lejos de haber cesado. De hecho, Csar y Pompeyo an mantenan una fuerte rivalidad y su enfrentamiento no haba hecho sino trasladarse de las calles a los pasillos del Foro y del edificio del Senado. La amenaza al gobierno constitucional segua siendo muy real; sencillamente, haba pasado a un estadio mucho ms complejo y, en ltimo trmino, mucho ms peligroso tambin. Escribonio Curio, que se haba comportado con tanto aplomo en los meses recientes, fue designado como mediador de confianza por todos los bandos. Incansable, iba y vena constantemente del Senado a Pompeyo y a Csar (o, las ms de las veces, a los emisarios de ste) y viceversa. El Senado gobierna Roma escribi Curio en un nuevo panfleto; el Senado y el pueblo. No se puede pensar en otra cosa.

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Tres semanas despus de la muerte de Clodio, otro escndalo estremeci la ciudad: el cuerpo de un joven noble llamado Fabio Vibulano fue encontrado en un callejn de la falda del Cespio, una colina de casas humildes no lejos del centro de la ciudad. Los relatos de los testigos del hallazgo (no apareci nadie que hubiera presenciado la comisin del hecho) decan que el cadver tena marcas de moratones en el cuello y que la muerte se haba producido, casi con certeza, por estrangulamiento, aunque tambin se le hubiera encontrado una pualada que le atravesaba el corazn. Adems de todo ello y aqu era donde surga el escndalo, el cuerpo presentaba lo que los doctores, delicadamente, denominaron una inflamacin significativa en torno a la abertura de las nalgas. Creo que lo conoca superficialmente coment a mi primo Lucio mientras volvamos a mi casa dando un paseo desde la de Curio, a ltima hora de la tarde. S, por supuesto; lo vimos en varias fiestas se apresur a responder Lucio. Seguro que lo recuerdas: un tipo bien parecido, un poco ms bajo que t. O que, despus de que rompieras con ella, lo haban visto un par de veces con esa chica... sa alta de ojos azules... Cmo se llamaba? Lo mir un instante mientras trataba de recordar; luego, despacio, pronunci su nombre. Avidia Crispina. Y, en efecto, recuerdo a Fabio. Un tipo agradable. As que ambos lo conocamos... Por todos los dioses! Tras esto, permanecimos un rato en silencio hasta que, de improviso, reanud la conversacin: Y, por cierto, no fui yo quien rompi. Fue ella. Slo pretenda ser amable, primo replic Lucio. Y la ruptura tampoco fue cosa de ella, sino de su madre. Sacud la cabeza e incluso ensay una sonrisa pese al horror del momento. Vaya cosas de hablar murmur, con ese pobre hombre recin muerto. Lo dije con la debida solemnidad y muy en serio. Y debo decir que Lucio asinti con aire culpable. Lo siento respondi y, por una vez, hicimos el resto del paseo hasta la casa sin cambiar una palabra ms. All habra terminado el asunto, por lo que a mi se refera, de no ser por lo que sucedi a la maana siguiente. Curio, mis primos y yo estbamos dedicados a nuestras tareas habituales cuando, inopinadamente, el portero franque el paso a una mujer joven vestida de negro de pies a cabeza. La mujer avanz directamente hacia m, se despoj del chal y del velo y me mir con ojos compungidos y suplicantes. Tard un momento, pero la reconoc bastante pronto: era Avidia Crispina, la joven amiga del hombre asesinado. Oh, Livinio! Exclam y se dej caer en mis brazos entre sollozos. Lucio se acerc rpidamente a nosotros mientras Curio abandonaba discretamente la estancia. Los dos hermanos Barnabs permanecieron sentados en sus escritorios, boquiabiertos y perplejos. Lo lamento mucho repet varias veces. Si hay algo que... Lo hay dijo ella de inmediato. De pronto, sus ojos azules se iluminaron con un destello de determinacin; con la mano izquierda, ech hacia atrs su larga cabellera rubia. Eso que dicen de Fabio no puede ser cierto. Si t pudieras... Rompi a llorar y pas un buen rato hasta que estuvo en condiciones de continuar. Si pudieras interesarte en el caso, investigar lo sucedido, descubrir quin lo ha matado y por qu, estoy segura de que eso demostrara que... que... Comprensiblemente, Avidia Crispina dej que el resto de la peticin flotara en el aire pero yo, por supuesto, sabia qu quera decir: que el mundo deba convencerse de que el desdichado Fabio Vibulano no haba participado voluntariamente en tan especiales prcticas sexuales. Me gustara colaborar respond, pero no s cmo... Claro que colaboraremos! Intervino Lucio con insistencia. Me volv para mirarlo con una expresin de asombro... y de irritacin!, Pero l hizo caso omiso y continu: Tienes razn, mujer! Es imposible que Fabio participara en algo parecido; as pues, descubriremos qu hay detrs de todo esto y rehabilitaremos su nombre. Oh!, Lo haris? Musit Avidia con un gemido, al tiempo que nos miraba a ambos, de nuevo con aquella expresin desesperada y suplicante. S declar Lucio. Est decidido. Bien... si dije yo en voz baja, asintiendo con la cabeza.

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Y cmo lo haremos, Lucio? Pregunt, momentos despus de que la mujer se hubiera marchado. Qu vamos a hacer? Ya hablaremos ms tarde respondi mi primo con una sonrisa tranquilizadora. Pero cuando mencion el tema al terminar el trabajo por aquella jornada, se limit a decir que podamos investigar ciertas cosas y desech mis restantes preguntas con un gesto seco y un movimiento de cabeza. Durante los das siguientes, lo observ merodear misteriosamente y, en tres o cuatro ocasiones, llegu a perderle el rastro por completo. Puedo ayudarte? le pregunt ms de una vez. T espera se limit a responder con calma. Ya llegar el momento. Esper con impaciencia el retorno de Cicern durante todo el mes de noviembre pero, en el ltimo momento, lo impidi una orden del Senado que lo nombraba gobernador provincial de la Cilicia, en Asia Menor, durante el periodo de un ano. As pues, cuando me enter, ya en diciembre y en plenas fiestas saturnales, de que su regreso an se retrasara, dispuse lo necesario para ir a visitarlo, en compaa de Lucio Flavio. As, viajamos rpidamente a caballo hacia el sur hasta llegar a Brindisium, fletamos la embarcacin ms rpida disponible y zarpamos hacia las costas de Macedonia, donde haba vivido Cicern durante su destierro. La verdad es que Cicern estaba a punto de marcharse hacia su nuevo puesto de mando, a muchos cientos de kilmetros al este, pero haba retrasado la partida en deferencia a nosotros. Mis dos jvenes y estupendos amigos! Cicern nos recibi a la puerta de su casa, en la ladera de una colina, y nos abraz con una ternura y un afecto que slo son posibles en un hombre que siente autntica aoranza. Tenis que contrmelo todo aadi, y cruzamos el atrio y el patio principal hasta la parte de atrs de la casa, donde haba preparado un refrigerio al borde de un pequeo viedo, bajo las ramas de un abedul aejo y desparramado. Absolutamente todo repiti. Y nosotros accedimos gustosos. Permanecimos all dos semanas, y vaya das tan magnficos! Nunca hasta entonces haba tenido el privilegio de gozar de tanta atencin por parte de Cicern, ni de escuchar sus sabias palabras con tanta frecuencia. Lucio Flavio, que tambin haba sido alumno suyo, era un compaero ideal. Rara vez vacilaba a la hora de entender las palabras de Cicern y expresaba sus propias ideas sin pomposidad ni pretensiones; sus preguntas eran, indefectiblemente, sensatas y oportunas. En cierto modo, Cicern mostraba un estado de nimo inusual. Como en otras pocas, nuestras discusiones se centraban en el bien y el mal, un tema nada sencillo. Pero, por una vez, en lugar de hablar en abstracto, pareca interesado en aplicar sus ideas a alguna clase de sistema prctico para la vida cotidiana. La obligacin de tender al bien declar no afecta slo al hombre sabio, el cual, naturalmente, comprende el concepto en el sentido ms completo e ideal de la palabra. Todos nosotros, todos los hombres corrientes, estamos obligados moralmente a tender al bien y observarlo segn cada uno, con sus limitaciones, lo entienda, pues ste es el nico modo en que podemos mantener los progresos que hayamos hecho en el camino de alcanzar la bondad. Todo aquel que propugne otra cosa estar subvirtiendo los cimientos de la comunidad humana y esto conlleva el aniquilamiento de toda benevolencia, generosidad, bondad y justicia. As pues continu el maestro, todo el mundo debera compartir el mismo objetivo: identificar el inters de cada uno con el inters del conjunto. Cuando los hombres slo se ocupen de si mismos, la sociedad humana se derrumbar por completo. Pero, maestro fue lo primero que dijo mi primo a la maana siguiente, tan pronto despert, cmo se puede...? Distinguir el bien del mal? Bien, joven, es todo un rompecabezas, en efecto. Es la gran cuestin. Pero ya hemos discutido esto antes y siempre acabamos por perdernos en sutilezas esotricas. Cicern, todava no despierto del todo, se detuvo junto a la jofaina ms prxima y se lav la cara con agua fra. Reconozco aadi, que estoy tratando de elaborar un enfoque distinto a todo ello, de hacerlo actuar de un modo que nos ayude a todos. As pues, si perdonis a un viejo... en fin, tal vez podamos lograr algn avance en la cuestin. Ante esto, Lucio Flavio se sonroj profundamente. Era la primera vez que lo vea ruborizarse (casi haba empezado a pensar que era una enfermedad leve que me afectaba slo a m). Debe de ser cosa de familia murmur Cicern al tiempo que sacuda la cabeza. Despus, se encamin al jardn donde le esperaba el desayuno. Veris, amigos mos, el problema es que, en algn momento, todos nos convencemos de que hay actos buenos y correctos y otros que son ventajosos. Pero si uno piensa en ello detenidamente y con una perspectiva ms amplia, es fcil observar que, en realidad, ambas cosas son la misma; no existe ninguna diferencia. Por ejemplo, si la naturaleza prescribe (como creo que lo hace) que todos los seres humanos deben ayudar a sus semejantes, por esa misma autoridad todos los hombres tienen idnticos intereses. Y si esto es as, dnde est la ventaja de perseguir

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nuestros propios intereses a expensas de los dems? En el fondo, uno se est perjudicando a s mismo, no tengo razn? Ya s, ya s; estaris pensando que eso es ms fcil de decir que de hacer. Bien, es difcil discutir tal opinin. En realidad, la grandeza de corazn, el herosmo, la cortesa, la justicia y la generosidad son conceptos que estn mucho ms en conformidad con la naturaleza que la autocomplacencia, la riqueza o incluso que la propia vida. Pero despreciar esta ltima categora de cosas, no concederle importancia ninguna... en fin, eso requiere realmente un corazn heroico y eminente. Cicern hizo una pausa, se puso en pie, anduvo unos pasos hasta un rbol prximo y arranc de l varios higos maduros. Regres hasta nosotros mientras daba cuenta de uno y dej los dems en la mesa para que los probramos. Hasta mi pariente, Gratidiano continu, tras otro breve instante de reflexin, actu en cierta ocasin como no debe hacerlo un hombre de bien. Siendo pretor, los tribunos del pueblo invitaron a una reunin al consejo de pretores para decidir conjuntamente una norma para la moneda pues, en aquella poca, el valor del dinero era tan inestable que nadie sabia cuanto tena en realidad. As pues, redactaron una declaracin conjunta y acordaron reunirse de nuevo aquel mismo da en el estrado oficial. Gratidiano, sin embargo, se encamin directamente de los bancos de los tribunos al estrado oficial e hizo pblica la declaracin redactada conjuntamente como si fuera el nico responsable. Y debo aadir que su accin lo convirti en un hombre muy famoso! Le erigieron estatuas en todas las calles... nadie ha sido nunca ms popular. ste es uno de esos casos, que a veces pueden resultar desconcertantes, en los que el desliz en la integridad no parece excesivamente grave, al tiempo que las consecuencias favorables de la accin resultan muy significativas, pues el robo de popularidad de Gratidiano no le pareci a ste un asunto tan terrible; al contrario, se le antoj un impulso muy favorable para su candidatura al consulado, cargo al que aspiraba. Pero todo eso era un mero espejismo, pues no hay excepciones a nuestra regla. Resolved el problema! Examinad vuestras conclusiones. Mentir un hombre bueno en su propio beneficio, calumniar, estafar, se apropiar de las cosas en su provecho? No, no har nada de eso, pues lo que parece ventajoso slo puede serlo si no implica ninguna accin incorrecta. La maana del quinto da, Cicern cambi de tema brevemente para tratar un asunto mucho ms concreto. Livinio, he ledo tus cartas e informes sobre Cayo Escribonio Curio me dijo. Yo no haba querido arriesgarme a enviar demasiados escritos a travs de mensajeros y haba conservado la mayora de ellos; tan pronto habamos llega do, le haba hecho entrega de un gran fajo de informes y misivas. Un trabajo impresionante, muchacho, y puedo aadir que tambin resulta muy alentador saber que est haciendo tan buen trabajo. Se recost en el divn y advert un ligero pestaeo malicioso en sus ojos. Volv la vista a Lucio, pero mi primo pareca tan perplejo como yo por el sbito silencio. Finalmente, Cicern insisti: Y bien, Livinio? Maestro? Hace un buen trabajo, nuestro amigo? Abr la boca y la cerr de nuevo. S, maestro respond. Rotundamente, s. Con una sonrisa, aad: Desde luego, eso espero, porque Lucio y yo hemos puesto mucho empeo en ayudarlo. Es sincero? S. Y capaz, por supuesto... Rotundamente, s. Pero, de todos modos, t sigues... en fin, sigues sin perder de vista las cosas. Lo mir, perplejo y hasta un poco molesto. Quera decirle: Te refieres a si sigo vigilando a Curio, verdad? Bien, no te preocupes, tu pequeo detective an contina en accin. Tambin podra haber preguntado, al menos, qu era lo que se supona que deba buscar pues, por lo que a mi incumba, haba visto todo lo que haba que ver y le haba contado todo lo que tena que contar: que Cayo Escribonio Curio era un verdadero amigo y un republicano sincero. Pero, naturalmente, no tena ninguna intencin de ser tan franco y poco diestro con el anciano Cicern, de modo que me guard todo aquello. Oh! Claro que si, maestro fue lo nico que dije en realidad. Incluso entonces, dio la impresin de que segua flotando una extraa sensacin de duda y, en efecto, Cicern se volvi finalmente a mi primo e inquiri: Qu piensas t? Oh!, estoy absolutamente de acuerdo con Livinio declar Lucio sin el menor asomo de duda. Hizo una pausa, me mir un instante y continu: Bueno, espero que no lo tomes a mal, maestro, pero he visto todas las cartas, los informes, y los ratifico.

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Bien dijo Cicern y, por fin, se relaj un poco. Me alegro de orlo. No dijo nada ms. De hecho, no volvi a sacar el tema a colacin. Y cundo has ledo todos esos escritos mos? Pregunt a Lucio ms adelante, aquella misma noche, cuando Cicern se hubo retirado a su alcoba. Bueno, no todos, exactamente contest. Una parte, entonces? S, la mayora. Y qu opinas? Ests de acuerdo? S, por completo. Bien murmur, ms para mi mismo que para l. Nos hallbamos en el jardn, charlando tranquilamente mientras saborebamos un poco de vino. Era la primera vez en bastante tiempo que tena un momento de calma con mi astuto primo y no tena intencin de desperdiciar la oportunidad. Entonces, Lucio dije con una gran sonrisa, cundo vas a hablarme de nuestra investigacin'? Eh? Ya sabes. El asesinato de Fabio Vibulano; Avidia Crispina nos pidi ayuda, no? Lucio me devolvi la sonrisa. No hay mucho que decir, primo dijo con un encogimiento de hombros. Oh, Lucio, vamos! Exclam; despus call y dej que mi protesta medio expresada flotara en el aire vespertino. Aguard, pero Lucio Flavio no dijo nada. Es...? Me detuve ah, sin saber si me atrevera a hacer la pregunta que me rondaba la cabeza. Es la chica? Dije por fin en una voz que era apenas un susurro. Lucio se volvi despacio, muy despacio, y me mir a los ojos. Ah, primo! Murmur con una sonrisa triste y los ojos un poco nublados. As pues, era la chica, pens; al menos, se era el mensaje que pretenda transmitir. Sin una palabra ms, apur el vino, dej a mi primo en el jardn de Cicern y me retir a la cama. Poco rato despus, l me sigui al piso superior. Escuch sus pasos a lo largo del corredor y esper a ver si se detena, aunque slo fuera a desearme buenas noches, pero aunque avanz despacio e incluso dio la impresin de vacilar al llegar a la altura de mi puerta, sus pisadas se alejaron con cierta rapidez y, por ltimo, oi el dbil sonido de su puerta al cerrarse. Se sucedieron aquellos magnficos das con Cicern, en los que mi primo y yo, finalmente, hacamos poco ms que escuchar, casi extasiados con las palabras de nuestro maestro. Permitidme que cite unos cuantos ejemplos breves: Es contrario a la naturaleza que un hombre se aproveche de la ignorancia de otro. De hecho, las maas disfrazadas de inteligencia son la peor plaga de la vida y la causa de incontables espejismos de conflicto entre el provecho y la actitud recta, pues son sumamente pocos los que se abstienen de llevar a cabo una accin incorrecta si tienen la seguridad de que no ser descubierta ni castigada. Las triquiuelas de todas clases deben desaparecer, igual que todas las artimaas que se enmascaran como muestras de inteligencia. La funcin de la inteligencia es distinguir el bien del mal, mientras que el embuste toma partido entre ellos y se decanta por lo que es malo e incorrecto. Quitarle algo a alguien, aprovecharse con perjuicio de otro, es menos natural que la muerte, que la indigencia, que el dolor o que cualquier otra penalidad fsica o externa. Existe un ideal de bondad humana que la propia naturaleza ha almacenado y guardado en nuestra mente. Descubrid ese ideal e identificaris de inmediato al hombre de bien en la persona que ayuda a todo el que puede y que no hace dao a nadie, a menos que lo provoquen sin razn. As pues, cuando al cabo de dos semanas Lucio y yo regresamos a Roma, lo hicimos en un estado fuera de lo comn. Un poco demasiado solemnes, tal vez, pero totalmente exaltados, vivificados y sinceros. Ahora, sentado en la antesala de la que fuese la casa de Cicern en Roma, escucho la voz de Augusto a unas habitaciones de distancia, le oigo gritar rdenes, furioso con alguien por quin sabe qu. Pienso en la locura que he visto el da de hoy: el gobernante de medio mundo cubierto con la sangre de mi primo. Recuerdo al pobre Junio Barnabs, el segundo de mis primos (y, puedo aadir, ltimo de su estirpe) que muere violentamente en unas pocas horas. Y entonces recuerdo el apacible jardn del retiro de Cicern y sus famosas palabras. Espero que me sirvan de consuelo, pero no hacen ms que empeorar las cosas y me pongo a llorar. Dnde est Cicern ahora? En algn lugar del sur, supongo. Oculto. Fugitivo. Los malhechores del mundo ejercen el poder y no queda lugar para l, ni para quienes son como l. Un estpido, eh? Pienso estas palabras y luego las grito: Un estpido, eh?. Pero tengo la voz tan sofocada por las lgrimas que surgen de mi boca como

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un galimatas amortiguado. El guardia ms prximo cree haber odo algo, se acerca y me observa. Tengo el rostro empapado y se da cuenta. Me mira como si se preguntara si me sucede algo pero, tras observarme otro momento, se limita a sacudir la cabeza y se aleja. Y yo me siento a esperar a que Augusto termine.

Tres semanas y cuatro das despus de mi regreso a Roma, Fulvia y yo nos casamos. Sus padres organizaron una boda magnfica. El atrio de su mansin en la cima de la colina, un recinto de mrmol fino a la ltima moda de Roma en estilos de decoracin que ya resultaba imponente de por si, estaba engalanado para la ceremonia con guirnaldas de flores, largas cintas de lana de brillantes colores y varios tapices bellamente trabajados, colgados ex profeso para la ocasin. De hecho, segn me haba contado mi nuevo suegro, los tapices formaban parte de la considerable dote de Fulvia. Mi prometida no poda estar ms esplndida. Siguiendo la antigua costumbre, llevaba el cabello recogido en seis moos prendidos con lazos de color rosa; la tnica, blanca y lisa, iba ceida en la cintura por una banda de lana atada con el antiguo nudo de Hrcules (un nudo que, una vez hecho, slo yo poda deshacer). Por ltimo, un velo de subido color anaranjado, el color de las llamas, cubra su rostro y sus hombros. La matrona oficial del casamiento, una hermana de la madre de Fulvia, nos reuni y junt nuestras manos. Despus, con una voz tan suave y aniada que me llen los ojos de lgrimas y nos cautiv a todos, Fulvia pronunci las antiguas palabras de consentimiento: All donde ests y all donde vayas, Cayo, yo estar e ir tambin. Ante el altar de los dioses, Fulvia y yo ocupamos dos pequeos taburetes tapizados con la piel de un cordero ofrecido en sacrificio. El gran sacerdote y el sacerdote de Jpiter realizaron entonces una ofrenda incruenta en forma de un pastel elaborado con una clase de harina importada especial, finamente molida. Fulvia y yo tomamos sendos bocados del dulce mientras los sacerdotes recitaban antiguas plegarias a Juno. Cuando la ceremonia hubo terminado, los reunidos prorrumpieron en alegres vtores y aplausos. Felicitaciones grit Avidio, hacindose or en el estruendo. Todos los dems se sumaron a coro a su deseo, repitiendo la palabra que se utilizaba casi exclusivamente en el da de la boda para cumplimentar a los contrayentes. Mi madre se apresur a besar a la novia; afortunadamente, se abstuvo de intentarlo conmigo. Pero entonces, un instante despus, fue la madre de Fulvia, Lucila, quien se arroj sobre nosotros y nos bes a los dos. De pronto, el atrio se llen de criados que repartan grandes copas de vino y, a continuacin, el centenar de asistentes nos dirigimos hacia el comedor principal para celebrar el gape nupcial. Fue un banquete suntuoso: una cabeza de jabal, con ojos incluidos, ocupaba el centro de la mesa y, en torno a ella, un fastuoso surtido de carne de cabra y cerdo, ostras, pajaritos asados, mejillones, erizos de mar crudos, medusa, jamn, pato silvestre, liebre y pollo asado; adems de huevos, anchoas, aceitunas, nueces saladas, embutidos... En fin, la lista segua y segua; el banquete, junto con la abundancia de vino, nos retuvo en la mesa hasta avanzada la tarde, cuando lleg por fin el momento del ritual ms importante de la jornada: el desfile por las calles hasta nuestro nuevo hogar. Cuando iniciamos la marcha se haba congregado una muchedumbre a la puerta de la finca de Avidio, entre la cual haba muchos de considerable rango. All estaba Curio, que me salud agitando la mano y con una sonrisa, adems de una decena de senadores, varios pretores y un par de tribunos. El hecho de que tantos hombres distinguidos, no habiendo sido invitados a la celebracin, aguardaran en la calle para ver a la novia aunque slo fuera un instante y tambin para presentar sus respetos al padre de la desposada era un contundente recordatorio de la gran influencia de Avidio. Cuando todos estuvimos congregados ante la puerta, un coro enton uno de los antiguos himnos de boda. Acto seguido, con la acostumbrada demostracin de fuerza, arranqu a Fulvia de los brazos de su madre entre otra salva de aplausos. Fulvia se incorpor entonces a su lugar en la comitiva, justo detrs de los flautistas que abran la marcha, y echamos a andar. Tres jvenes de la familia escoltaban a mi esposa; dos de ellos le sostenan las manos mientras el tercero, que portaba la antorcha nupcial, avanzaba justo delante de ella. Yo, naturalmente, ocupaba mi debido lugar unos pasos ms atrs. Durante toda la marcha observ cmo Fulvia se sonrojaba de apuro mientras la multitud entonaba las canciones habituales, muchas de ellas bastante atrevidas y, tambin como de costumbre, salpicadas de comentarios picantes decididamente personales. Mientras tanto, siguiendo la tradicin, la recin casada llevaba en la mano tres monedas, una de las cuales dej caer por el camino como ofrenda a los dioses de las encrucijadas. Ms tarde, me entregara otra a m como smbolo de la dote y la tercera la ofrecera a los dioses de la casa de mi padre. A lo largo del desfile, repart nueces y pastelillos entre la multitud y muchos de los espectadores me dieron palmaditas en la espalda con unas maliciosas miradas de soslayo.

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Esta noche te lo pasars en grande, verdad, Cayo?Decan entre risas, y yo no poda hacer otra cosa que ensayar una mueca y soportar lo mejor posible aquella tradicin de vulgaridad. Nos abrimos paso por las calles durante casi media hora hasta llegar ante la puerta de nuestra nueva casa. Fulvia at cintas de lana en torno a las jambas de la puerta, en smbolo del trabajo que le esperaba como ama de la casa, mientras yo untaba de aceite y sebo la hoja de la puerta para simbolizar que aqulla era y seguira siendo una casa de abundancia. Terminado el acto, lleg el momento de tomar suavemente en brazos a Fulvia y cruzar con ella el umbral. Eres ligera como una pluma le susurr mientras lo hacia y all me qued un largo momento con ella en brazos pues, naturalmente, no quera depositarla en el suelo otra vez. Ests ruborizndote susurr ella con una sonrisa, como de costumbre. T tambin repliqu. A continuacin, cuando la multitud guard silencio, Fulvia repiti las palabras de la frmula de compromiso; yo la dej en el suelo y, por ltimo, la puerta de la casa qued cerrada a todos salvo a una veintena de parientes prximos. Avanzamos hasta el atrio, donde ofrec a Fulvia el fuego y el agua que, como sabis, son smbolos de nuestra futura vida en comn. Pero entonces, en el preciso instante en que pona fin al rito, se escucharon unos gritos colricos y el ruido de una refriega a muy corta distancia. Por ltimo, o con nitidez una exclamacin: No es culpa ma, maldita sea! Reconoc la voz de mi padre. Haba estado todo el da muy tranquilo, sonriente y amable, sin abrir la boca ms que para murmurar algn comentario de cortesa. Pero a aquellas alturas de la fiesta, como en otras ocasiones, haban bastado unos tragos de vino de ms para que se saltara bruscamente su comedimiento. Siempre le haba sucedido lo mismo con la bebida: en un momento dado se le vea sereno y calmado y, un instante despus, estaba como una cuba. Pero desde que haba empezado a tener problemas, haca un ao aproximadamente, su tendencia a la bebida haba aumentado apreciablemente. Hago todo lo que puedo deca, refirindose como de costumbre a sus recientes fracasos. No tengo la culpa sino puedo permitirme nada mejor. Porque, veris: en realidad, despus de nuestro largo desfile de bodas, no habamos ido a ninguna parte. Habamos rondado y zigzagueado por las calles del barrio para, finalmente, llegar a una puerta que no era sino la entrada trasera de la casa de Avidio. Aquel arreglo un tanto inusual haba sido idea suya, surgida en un principio de su profundo deseo de mantener a su hija cerca de casa. Sin embargo, Fulvia y yo estbamos ms que complacidos con ello; al fin y al cabo, el interior haba sido remodelado en lujosos apartamentos mediante una carsima reforma. A pesar de todo, era ineludible el hecho de que mi esposa y yo bamos a vivir en la parte de atrs de la casa de su padre. Y en aquel momento el mo, que no estaba en situacin de ofrecer algo mejor debido a sus incapacidades financieras, senta obviamente el escozor de aquella no pequea humillacin. No. Cllate t le soltaba en aquel momento a mi madre. Ella lo mir con furia unos instantes; despus, con un chasquido de los dedos, llam a un esclavo, un hombre tan imponente y musculoso que todos los presentes se quedaron inmviles y lanzaron una exclamacin al verlo aparecer. En realidad, yo haba odo el rumor de que haba pedido prestado al tipo en dos o tres ocasiones recientes (fiestas, cenas de sociedad y dems) a un primo suyo, con el propsito de conseguir aquel efecto. Esta vez, para mi asombro, el gigantn apareci de un rincn en sombras de la estancia, se aproxim a mi padre por detrs, lo levant del suelo (sin el menor esfuerzo, me pareci) y se lo llev. Sus instrucciones habituales, segn entend, eran devolverlo a su casa y acostarlo. Muy bien, hijos, continuad con lo vuestro intervino mi madre en el tono ms festivo posible. Si, por favor, sigamos la celebracin asent y mostr una sonrisa decidida, pues no tena intencin de permitir que aquel episodio echara a perder el da. En realidad, me irritaba profundamente que, incluso en una ocasin tan solemne como la boda de su nico hijo superviviente, mi padre fuera ya, al parecer, incapaz de dominarse. Ya que hablamos de mi esposa, no voy a extenderme en los detalles. Baste con decir que la noche de bodas fue todo lo que un joven poda esperar. Fulvia era delicada y suave y tena unas proporciones soberbias que, lo reconozco, me haba atrevido a dar por sentado a la vista de sus facciones: los ojos brillantes y vivarachos (como los de su padre, se dira, aunque inexplicablemente azules), la piel suave y clara, la boca expresiva, los pmulos regios... Por ello, poco poda sorprenderme el resto: la cintura de avispa, la amplia curva de su espalda, los pechos perfectos, tersos y lozanos, de tamao y textura verdaderamente elegantes. Aun as, teniendo presente todo lo anterior, lo mejor de Fulvia era su carcter, pues esa noche acudi a m, a sus tiernos diecisiete aos, con la relajada confianza de una mujer hecha y derecha. No observ en ella el menor

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asomo de temor ni, desde luego, de comportamiento infantil, hechos ambos que no me habran sorprendido en absoluto. En lugar de ello, not solamente un ligero y seductor parpadeo nervioso. As, hasta donde yo poda apreciar, Fulvia haba pasado de su vida protegida de jovencita al papel de novia y esposa sin la menor muestra de inquietud o de incomodidad. De hecho, esa noche fue Fulvia la primera en acostarse. A continuacin, cuando yo vacil y me dediqu a rondar torpemente durante un rato, pues no deseaba apresurarla o asustarla, abri las sbanas de mi lado y murmur: Por favor, ven a la cama conmigo enseguida, hermoso mo. Era la primera vez que la oa hablarme con tanta franqueza y, sobresaltado, me qued absolutamente inmvil durante unos momentos. Despus, por supuesto, me apresur a acostarme junto a ella. Una autntica sorpresa maravillosa de la velada fue su risa, la cual, advert, no haba odo hasta aquel momento. Aquella risa tena un tono gutural aunque, naturalmente, en absoluto estentreo o spero; era slo una vibracin cautivadora y exquisita que transmita profundidad y tal vez un leve asomo de arrogancia. De hecho, esa risa es la nica manifestacin externa de ser una mujer joven de gran riqueza y posicin que ha ofrecido nunca. Era una risa que encontr encantadora desde el primer momento y, hasta hoy, no he encontrado ninguna razn para cambiar de opinin. Dos semanas despus de la boda, fui promovido al Senado romano. Como era de esperar, mi valedor fue mi suegro, el temible Victorino Avidio. Un joven de gran talento, buena voluntad, mente veloz y corazn honrado, alumno nada menos que del propio Cicern... En este punto, los senadores prorrumpieron en una ovacin cerrada y prolongada, pues a Cicern le quedaban todava varios meses en su puesto en Cilicia, no haba vuelto por Roma desde haca dieciocho meses, y todo el mundo lo echaba de menos terriblemente. S, si, muy bien, eso est muy bien continu Avidio. Y un alumno destacado, puedo aadir. Me seal y, entre una nueva salva de vtores, anunci: Os entrego a mi estimado yerno, Cayo Livinio Severo. Cuando se hubo apagado otra ronda de aplausos, pronunci mi parlamento, un pequeo discurso de agradecimiento que no me molestar en repetir aqu. A pesar de todo, hubo nuevos vtores y despus, esa noche, ms banquetes en mi honor; y las celebraciones se prolongaron durante varias noches ms... para gran consternacin ma, pues apenas me haba recuperado de una semana de tales comilonas despus de la boda. Me siento gordo le dije a Fulvia despus del ltimo, pero ella se limit a rer y sacudir la cabeza. No volver a comer nunca ms insist con una fingida seriedad que, por alguna razn, le provoc un ataque fulminante de risitas. Despus, me arrastr junto a ella sobre la cama e hicimos el amor de la manera apasionada que los piadosos dioses reservan a aquellos que se encuentran en esa situacin especial, que se produce una vez en la vida: ramos recin casados, naturalmente! VI Y bien, por qu no le habl a Cicern del asesinato de Fabio Vibulano? O, ya que estamos en eso, de la peticin de Avidia Crispina para que mi primo y yo investigramos su muerte? Bien, por qu habra de hacerlo?, Os preguntaris. Al fin y al cabo, qu inters poda tener el asunto para l? Y qu posible relacin poda tener con las otras cuestiones, ms importantes, que estbamos tratando? Sin duda, yo no estaba vigilando a Curio por cuenta del ilustre Cicern para transmitirle meras insinuaciones, verdad? Pero de eso se trataba, precisamente; si estaba tan claro que no exista relacin, qu era aquella vaga inquietud en el fondo de mi mente que me prevena de abordar el tema de manera informal? Bien, fuera lo que fuese, no coment el asunto en absoluto con Cicern ni con nadie ms, ni siquiera con mi primo. Y si mi primo senta alguna inquietud, tampoco nos lo dej entrever a Cicern o a m. Con todo, mi actitud cambi, casi a pesar de m mismo. Pas a utilizar mi amistad con Curio; la convert en una especie de mscara, en un instrumento.., Y se hizo mucho menos real. Y una vez que la larga interrupcin causada por el viaje, la boda, las ceremonias en el Senado y dems empezaba a tocar a su fin, me dediqu por primera vez a vigilarlo de verdad y, casi de inmediato, me descubr consternado y complacido a la vez. Sucedi una maana, pocos das despus de mi regreso al trabajo. Deseando empezar pronto, llegu a casa de Curio al despuntar el alba. Cundo entr por la puerta de servicio (sola hacerlo porque era la que conduca ms directamente al estudio), con quin diris que tropec literalmente cuando se dispona a salir, sino con nada menos que Marco Antonio? Hola dije.

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Era la primera vez que lo vea, como no fuera de lejos, desde mi episodio con l, hacia varios meses. Lo mir fijamente a los ojos, pero l slo me dedic una brevsima mirada de soslayo y continu su marcha apresurada con un movimiento de cabeza, como si no pudiera imaginar siquiera con quin se haba cruzado. Le volv la espalda y reemprend la marcha hacia el estudio. All encontr a Curio arrellanado de forma indolente bajo la luz mortecina del amanecer que entraba por el hueco de la puerta. Su aspecto era alarmante, desaliado: tena las ropas revueltas, el rostro encendido y su piel mostraba bastante ms que trazas de sudor. Me detuve un momento a contemplarlo, pero pareca tan abstrado, tan ajeno a mi presencia, que no dije nada. Me limit a pasar ante la puerta y seguir mi camino; luego, tom asiento en mi lugar de costumbre y empec a trabajar. Ms tarde, cuando apareci en el estudio con sus ropas inmaculadas y su porte vigoroso de costumbre, fue como si no hubiera sucedido nada. Y durante todo el da, quin sabe por qu razn, no pude apartar de mis pensamientos al pobre Fabio Vibulano, asesinado de forma tan horrible, y a Avidia Crispina, que haba insistido tanto en conseguir nuestra ayuda. Y qu estaba haciendo mi primo al respecto? No era tiempo ya de actuar ms a fondo? Una noche, a poco de caer el crepsculo, das despus de mi presentacin en el Senado, Lucio Flavio y yo bamos camino de casa desde el trabajo cuando un hombre apareci de improviso ante nosotros desde un callejn y nos cerr el paso. Ser mejor que no os metis en el asunto de Fabio Vibulano nos advirti. Cmo es eso? Replic de inmediato Lucio en un tono de voz glido. Porque... porque yo lo digo declar el desconocido con una voz menos convincente con cada palabra que pronunciaba. Porque... Y quin eres t para decirnos en qu asuntos debemos meternos y en cules no? Intervine entonces. Nos acercamos ms al individuo y, bajo la mortecina media luz, observamos que se trataba de un hombre joven, no mayor que yo, y de una planta nada impresionante (menos incluso que la de Lucio). Yo... era amigo de Fabio explic. Y todava lo soy de Avidia. Entonces, deberas agradecer nuestra ayuda apunt Lucio. Seguro que querrs que el asesinato sea resuelto y vengado, no? Vosotros... no sabis contra qu os enfrentis insisti el joven. Saldris malparados. Avidia saldr malparada. Dio un paso hacia un lado para quedar mejor iluminado y retir la capucha que haba ocultado su rostro hasta entonces. Me llamo Flaco Valerio dijo. S algunas cosas, demasiadas. Ser mejor que salgis de aqu mientras podis. Preguntadle a Avidia acerca de m; preguntadle por Flaco Valerio. Ella os dir cunto s. Ella os dir que sigis mi consejo y os marchis. Entonces, de pronto, el joven dio media vuelta, sali calle abajo a plena carrera y nos dej a mi primo y a m contemplando en silencio la penumbra vaca. Y bien? Coment a Lucio. Tienes algo que decirme? Pero mi primo se limit a sacudir la cabeza y anduvo el resto del camino hasta casa en un terco silencio. Intent en ms de una ocasin sonsacarle algo, pero result intil. Adems, como sucediera antes, haba otras distracciones que dificultaban concentrarse en tales asuntos; al menos, esto era lo que me deca a m mismo. Por supuesto, algo haba de cierto en ello, ya que vigilar a Curio nos colocaba como nunca a mis primos y a m en el mismo meollo de las cosas; permitidme, pues, que retroceda brevemente y os ponga al corriente de ellas. El difunto Clodio tena un nmero considerable de admiradores entre ciertos segmentos de la poblacin y, tras su muerte, muchos de ellos se dedicaron a espordicos disturbios que se prolongaron cierto tiempo. Finalmente, el Senado otorg poderes especiales a Pompeyo para reclutar un ejrcito, limpiar las calles y mantener el orden. Cuando celebr la boda, el trabajo haba concluido prcticamente. Roma estaba tranquila de nuevo, pero el sutil movimiento hacia la dictadura se haba hecho un poco ms perceptible. No se trataba de nada nuevo, por supuesto. Durante varios dios, la mayor parte del verdadero poder en Roma haba esta do en manos de un triunvirato informal constituido por Pompeyo, Julio Csar y un tal Marco Licio Craso, que tena fama de ser el hombre ms rico de Roma. (Se deca que Craso haba hecho la mayor parte de su dinero comprando propiedades a bajo precio justo despus de que se quemaran; se rumoreaba que el propio Craso haba causado muchos de males incendios.) Entonces, en rpida sucesin, se produjeron dos acontecimientos que haban de tener un impacto enorme. Primero, Craso muri en batalla luchando contra los partos, en el este. Y un Craso u otro tercero que estableciera un equilibrio entre Cesar y Pompeyo, a la mayora nos pareca inevitable que los dos terminaran enfrentndose. El segundo acontecimiento fue la muerte de Julia, la joven esposa de Pompeyo. Naturalmente, el matrimonio haba sido de mera conveniencia poltica, pues Julia era hija de Csar.

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Con todo, debo aadir que a pesar de la enorme diferencia de edades, Pompeyo pareca haberse ocupado bien de ella y la joven lo adoraba. En cualquier caso, la muerte de Julia rompi un poderoso vinculo que haba mantenido a los dos rivales en una paz turbulenta. As, como una terrible nube de tormenta, la posibilidad de que el gobierno quedara en manos de un hombre solo se cerna sobre Roma, mayor que nunca. Y, como deca, fue precisamente en ese momento cuando mis primos y yo preparamos nuestro trabajo en serio para Cayo Escribonio Curio No comprendo. Significa eso que Pompeyo cree que nos conduca cuando, en realidad, somos nosotros quienes llevamos la voz cantante gracias a...? Gracias a qu, a algo sobre Cesar? Estbamos en la casa de Catn, en una reunin privada de alrededor de una decena de senadores influyentes, todos ellos miembros de la vieja aristocracia que intentaban evitar la dictadura de cualquiera de los dos adversarios. Quien haba pronunciado las palabras anteriores era Lucio Domicio Ahenobarbo, uno de los hombres ms poderosos de Roma y tambin, triste es decirlo, uno de los ms estpidos. Si, viejo amigo, eso es, algo sobre Csar respondi Catn. Detrs de m, o la leve exclamacin de mofa de un viejo procnsul. Ahenobarbo hizo chasquear la lengua y mir a Catn como si estuviera a la vez desconcertado e impaciente (una combinacin bastante absurda, si uno piensa en ello). Y bien, qu es eso acerca de Csar? Pregunt por ltimo. Oh! Presta atencin, viejo, y te lo volver a contar! La rplica proceda de otra voz distinta: una voz glida y condescendiente pero, innegablemente, cultivada. Recorr la estancia con la mirada. Por supuesto! Se trataba de Apio Claudio Pulquer. Alto, aguileo, elegante y reptiliano, Pulquer se mova en su divn bien tapizado con una gracia natural. Era el ltimo descendiente de dos de las familias ms antiguas de Roma, la Metela y la Serviliana, cada una de las cuales haba ostentado decenas y decenas de consulados a lo largo de varios siglos. Por eso, quin sino Pulquer poda inspirar tal aire de superioridad mediante la simple enunciacin de unas cuantas palabras... y tal vez el arqueo casi imperceptible de una ceja? Escuchad deca, nuestro amigo Pompeyo se dedica a un doble juego. Sigue mostrndose sociable con Csar pero, al propio tiempo, urde en secreto utilizarnos para destruirle... Pero cmo...? Calla y escucha, maldita sea interrumpi Pulquer. Esperad intervino Catn, con la mano derecha levantada en un gesto tranquilizador. Pulquer call y Catn expuso el asunto a su manera: Segn deduzco, Pompeyo espera manipulamos para que utilicemos la constitucin contra Csar, lo destituyamos de su cargo y lo apartemos de su provincia. Sin duda, considera que esto le despejara el camino Para alcanzar el poder aunque, por la razn que sea, no parece darse cuenta de que estamos al tanto de su maniobra. Naturalmente, ste es su punto dbil. Hasta ahora, en nuestras conversaciones, he fingido simpatizar con su causa. Y cul es? Pregunt de nuevo Ahenobarbo y, de hecho, se le ruborizaron un poco las orejas cuando la sala estall en un coro de risas. Cul es la causa de Pompeyo? Pregunt Apio Pulquer con una sonrisa sedosa. La libertad, naturalmente! Hizo una pausa y sacudi la cabeza. La misma que enarbola Csar, sabes? Y la que defendemos nosotros, tambin. Para entonces, en la estancia resonaban abiertamente las carcajadas y el leve rubor de las orejas adquiri un intenso color rojo y se extendi por todo el rostro inexpresivo de Lucio Domicio Ahenobarbo. Pero todo eso no tiene que ver con... empez a decir Catn. Curio se atrevi a intervenir de improviso: Ah, no? Replic. Dispersos por la sala, se oyeron unos murmullos de insatisfaccin. Presta atencin a esto, joven... apunt una voz, pero Catn se apresur a levantar de nuevo la mano derecha. Ya basta, senadores... Hizo una breve pausa, como si pusiera en orden sus pensamientos y, a continuacin, tom una aceituna de una fuente de bronce bruido que le ofreca un anciano esclavo. La mastic y continu, en el tono ms cordial: Joven Curio, creo que no he sabido expresarme demasiado bien. A lo que quera referirme era a que, por lo que concierne a la conversacin que tenemos esta noche, la causa de Pompeyo, si quieres llamarla as, no tiene nada que ver con la libertad ni con ninguna alta aspiracin parecida. En realidad, su nica causa es, simple y llanamente, su deseo de convertirse en dictador de Roma. Aclarar aqu que sta es la causa con la que he fingido simpatizar. Es decir, no exactamente con eso, por supuesto, sino con la preocupacin que dice producirle la direccin que ha tomado ltimamente nuestro gobierno.

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Ahora bien, Pompeyo afirma que la causa que lo impulsa es la libertad y lo mismo dice Csar. Pero cmo puede ninguno de los dos convertirse en dictador y liberarnos, ambas cosas a la vez, es algo que mis colegas y yo encontramos absolutamente incongruente. En el fondo, naturalmente, tienes razn: desde luego, tiene que ver; de hecho, la cuestin de la libertad y cmo preservarla es algo que nos preocupa a todos profundamente. Slo me refera a que carece de importancia para lo que estamos tratando en este preciso momento. Por cierto, slo para terminar de responder a lo que preguntaba nuestro colega, Ahenobarbo, explicar que le he asegurado a Pompeyo que estoy de acuerdo con l, que Csar es el mal encarnado, que Roma necesita de su fuerza para librarse de Csar y que el Senado comparte en gran medida su preocupacin. Estoy convencido de que me cree. Tambin estoy seguro de que tener tal conocimiento de sus pensamientos y deseos nos permitir anticiparnos a l y situarnos en una posicin de clara ventaja cuando llegue el momento. Catn se volvi hacia Ahenobarbo como si fuera a preguntarle si haba entendido. Despus, dio la impresin de que se lo pensaba mejor temeroso, supongo, de que su colega hiciera otra de sus tontas preguntas y se limit a carraspear y sonrer. En aquel instante, el anciano esclavo que haba recorrido la estancia con paso lentsimo lleg por fin hasta m y me ofreci la fuente de aceitunas. Me dispona a coger una cuando advert que los pelos de su larga barba rozaban la fuente y todo cuanto haba en ella. No, gracias susurr y el hombre se alej lnguidamente. Y qu hay del Senado? Insisti Curio de pronto. Tambin es la libertad la causa fundamental que defiende? Es ms que suficiente, joven! De nuevo, era la voz sedosa del anciano aristcrata, Apio Pulquer. No es el Senado quien fomenta la revolucin y la guerra civil. No es el Senado el que intenta consolidar todo el poder en las manos de un par de hombres. Entre el grupo hubo una breve salva de aplausos y de gritos de s seor, eso es. Slo deseamos el retorno a un gobierno estrictamente constitucional apunt Catn, bajo el control del Senado y de los dems cuerpos legislativos y judiciales debidamente autorizados: la asamblea popular, el cuerpo de tribunos y las rdenes ecuestres. Catn pase la vista por la sala, despacio, como si estudiara a cada uno de los presentes. Por fin, detuvo la mirada en Curio. S, nuestra causa es la libertad, en efecto declar Catn de forma rotunda. Y somos los nicos con derecho legtimo a apelar a ella. Tan pronto como dej la casa de Catn, se me ocurri que haba algo extrao en aquella reunin, algo que no encajaba. Naturalmente, lo ms raro de todo era, de entrada, que Curio hubiera sido invitado a ella. Me pregunt si todo habra sido una representacin en su honor. Eso mismo me dije yo apunt Lucio Flavio cuando plante la cuestin a primera hora de la maana, recin llegado al estudio de Curio para continuar el trabajo. En cuanto a mis otros primos, Junio Barnabs estaba haciendo un recado en el Foro y su hermano, Claudio, estaba en casa con un resfriado. Las respuestas de Catn estaban tan preparadas... comentaba Lucio. Y Ahenobarbo... es posible que sea tan obtuso? Quiero decir... todo eso ya se lo habrn explicado de una manera u otra, pero l insiste en que se lo cuenten otra vez... Bueeeno... respond, alargando mucho la palabra. Sobre ese Ahenobarbo, dicen que hace lo mismo en el Senado, repetir sus preguntas una y otra vez. Yo todava no he tenido ocasin de verlo, pero he odo comentarios de Avidio al respecto. Incluso mi padre se ha dado cuenta. Lucio me mir con frialdad y not que me sonrojaba ligeramente. Siempre eres tan severo con tu padre... dijo sin alzar la voz. Mi nica respuesta fue bajar los ojos con cierta vergenza. Quiz Ahenobarbo slo finge ser tan estpido aadi con una sonrisa. Quiz asent. De todos modos, estoy de acuerdo respecto a Catn. Era como si estuviese interpretando. Y ese Apio Pulquer... era como si l tambin hubiera estado ensayando. Muy raro. Un poco de sangre nueva, eso es lo que necesita la familia de Pulquer apunt Lucio con una carcajada. Despus, bruscamente, guard silencio durante unos instantes y se rasc la cabeza mientras yo haca tamborilear los dedos en la mesa prxima. Y qu significa todo eso? Pregunt mi primo por ltimo. Mov la cabeza en gesto de negativa y me volv hacia Curio, que estaba sentado tras su mesa de trabajo, a mi espalda. El suyo era, sin duda, el rincn ms colmado de una estancia ya rebosante de objetos, repleta de rollos de panfletos sin utilizar, cosas descartadas y dems. Insisto en que me gustara saber por qu fuiste invitado, para empezar repet, pues sabia que Lucio y yo slo habamos estado presentes porque Curio nos haba llevado con l. Qu me dices, Curio?

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Mientras mi primo y yo charlbamos, l no haba dejado de escribir, sin decir una palabra. Esta vez, alz la vista con un profundo suspiro y una mirada pensativa. En primer lugar, a juzgar por todo lo que he visto u odo, el pobre Ahenobarbo es, decididamente, tan lerdo como parece declar. En cuanto a Catn y Pulquer, se es su modo de ser natural: son gente experimentada y mundana, como actores que han estado demasiado tiempo en el centro del escenario. De algn modo, todo lo que digan, no importa lo que sea, suena tan manido que resulta... en fin, que resulta increble. Es como si el empresario del teatro los tomara por una parte del utillaje. Por ejemplo, si el viejo Catn se acercara a ti y dijera: Acabo de forzar a tu hermana, seguro que te echaras a rer de su confesin. Bueno, si fueras t quien me dijera eso... apunt Lucio, mirndome con la ms encantadora de sus sonrisas. Le devolva mirada con mi sonrojo habitual. En ese caso, sospecho que llamaras a las legiones, no es cierto, Lucio? Intervino Curio con un cloqueo de complacencia. Mir alternativamente al uno y al otro y sacud la cabeza. Qu divertidos estis los dos esta maana fue mi nico comentario. Un rato despus, cuando Curio se ausent de la estancia, mi primo se inclin lentamente hacia delante y se disculp. Quera decrselo a l, de verdad, pero en el ltimo momento no he tenido valor murmuro. Oh! Fue mi nica respuesta. Despus, intent no rerme demasiado rato o demasiado fuerte. Pero an no hemos terminado nuestra conversacin me quej ms tarde, mientras dbamos cuenta de un aperitivo de ostras y aceitunas en el pequeo patio de la casa de Curio. Era un da inslitamente esplndido: lucia un sol de principios de primavera con una intensidad perfecta, un viento suave mova las hojas de los rboles y el aroma dulzn de los higos perfumaba el aire. Todava no me has respondido insist. Por qu estuvimos all? Qu se propona Catn? Catn es un zopenco replic Curio de forma sorprendentemente rotunda. Carece de la sutileza necesaria para representar una escena como esa reunin de anoche, a pesar de la analoga que antes he hecho entre l y un actor. Dio un par de bocados, pareci reflexionar un momento y luego, mientras masticaba unas hojas de espinaca, dijo casi como sin querer: Y en cuanto a su compromiso con la libertad, todava est por ver. De hecho, me atrevera a decir que nuestros amigos del Senado se estn poniendo ms imposibles cada da que transcurre. Sabrs, por supuesto que han votado en contra la ltima partida de gastos para la reparacin de caminos. Me apresur a asentir, pues haba estado presente en la votacin. Nada menos que negar el dinero para reparar las vas de comunicacin! Es increble! Y sabes de qu hablan ahora? De no efectuar el intercalado (ya sabes, la introduccin del mes suplementario para mantener sincronizado el calendario) el ao prximo! Y sabes por qu? Simplemente, para asegurarse de que Csar es apartado del mando lo antes posible! Puedes concebir algo semejante? Si las cosas siguen as, acabaremos por celebrar las Saturnales en pleno verano, con tal de librarnos de Csar unas cuantas semanas antes del plazo. Lo mir con perplejidad no tenia la menor noticia del asunto del mes suplementario que acababa de mencionar y me fascin en cierto modo lo absurdo de todo aquello. No obstante, tambin estaba decidido a no dejarle cambiar de tema. Le di un momento para que engullera otro par de ostras y volv sobre la cuestin. Pero por qu, Curio? Por qu te invitaron a ti, precisamente? Curio dej el cuchillo, se limpi los labios y me mir largamente. Por ltimo, con un gesto de cabeza cargado de malos presagios, respondi: Porque ahora los muy zopencos creen que me he pasado a Pompeyo. Mira en el cajn de en medio del aparador, pues! Gritaba Curio desde la sala contigua. No sabamos cmo, una parte clave de un discurso al Senado en el que estaba trabajando se haba colado por las rendijas y todos estbamos en plena alarma, tratando de encontrarlo. Muy bien! Respond. Abr el cajn hasta casi desencajarlo y empec a rebuscar en l. Por todos los dioses! Murmur mientras me abra paso con creciente exasperacin entre los montones de papeles descartados o sin valor. Un buen lo, verdad, primo? Coment Lucio y se acerc a ayudar. No puede estar aqu refunfu. Y en aquel preciso instante vi una pgina escrita con la caligrafa peculiar de Curio. La cog, pero result slo un fragmento. De hecho, haba tan pocas palabras en l que no pude evitar leerlas de un golpe de vista, aunque de abajo arriba. Primero, la firma de Curio; luego, la nota, que deca: Gracias por su excelente trabajo con el panfleto

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del otro da. Estaba a punto de dejarla a un lado cuando vi la lnea superior, que me revel a quin iba dirigida. Deca: Mi querido Fabio Vibulano. Lo has encontrado? Pregunt Lucio al advertir que me haba quedado paralizado con la nota en la mano. Se la mostr, pero se limit a mirarme con una expresin de perplejidad. Entonces, seal el nombre del encabeza miento y mi primo cay por fin en la cuenta con una exclamacin. Dioses! Musit. De modo que Fabio Vibulano trabajaba para Curio? Insisti Lucio aquella tarde, mientras caminbamos de vuelta a casa. Necesito beber algo dije yo. Y qu significa eso? Quiso saber. Para entonces ya estbamos en el saln de la segunda planta de m casa, apurando la segunda jarra, y desde all poda or a Fulvia en el corredor, donde charlaba animadamente con las doncellas y tarareaba sin estridencias. Que qu significa? Repliqu con una abatida sacudida de cabeza. T eres el listo, primo; t eres quien lleva la investigacin de esa muerte; dmelo t. Lucio cerr los ojos y se recost en el divn. Es demasiado horrible como para imaginarlo murmur. Condenadamente horrible! asent con un tono de voz Un poco demasiado alto, ya que el lugar no era el ms adecuado, precisamente, para una conversacin como la nuestra. De hecho, hasta aquel momento, el dilogo se caracterizaba sobre todo por lo que no se haba dicho, en especial por mi parte. Por ejemplo, Lucio an no me haba contado si haba descubierto algo (y de qu se trataba) en su investigacin y yo todava no le haba comentado que, aquella maana, haba visto a Marco Antonio en casa de Curio. No se lo haba dicho porque dudaba de que mi primo le diera mucha importancia al asunto; al menos, eso era lo que me deca a mi mismo. En cualquier caso, no tenia la menor intencin de explicarle por qu tenia un significado y una importancia especiales para mi; por lo menos, mientras estuviramos al fondo del pasillo que llevaba a la alcoba de mi esposa. Y, como era de esperar, Fulvia hizo acto de presencia en la sala poco despus. Qu hacis aqu? Dijo alegremente; despus, se acerc hasta colocarse detrs de mi y me frot suavemente la nuca. Lo siento, querida, estbamos de celebracin ment. Aqu, Lucio ha recibido grandes aplausos por un fragmento de un discurso que ha escrito. Ah, qu esplndido! Exclam ella con aquel tono suyo inimitable, aquella leve ronquera que daba a sus palabras. Tras otro momento de silencio, rode la silla, se sent en mis muslos y pregunt: Puedo unirme a la fiesta? Hermosa Fulvia, puedes unirte a nosotros siempre que gustes y de la forma que quieras farfull Lucio, por una vez ms bebido que yo. Al orlo solt una carcajada. Hum! Dijo Fulvia, veo que estis realmente de celebracin. Pero aunque su comentario era algo reprobador, su tono de voz se mantuvo suave y sonri divertida. No es preciso decir que no tard en enviarme a la cama... aunque no sin antes, siempre atenta, disponer que una litera transportara al pobre Lucio sano y salvo a su casa a travs de la noche romana, con todas nuestras preguntas a salvo, sin responder. A la maana siguiente, encontraron el cuerpo de Flaco Valerio. Me apresur a acudir a la escena del suceso y slo descubr all a Lucio, que llegaba unos pasos antes que yo, pues el cadver se encontraba casi exactamente a medio camino de nuestras respectivas casas, oculto entre unos arbustos en la cuneta de la calle que sigue el risco superior del Quirinal. De nuevo, el cuerpo presentaba unas contusiones en el cuello y una mancha de sangre del tamao de un puo en la toga, sobre el corazn. Y, una vez ms, la inflamacin entre los glteos. Por los dioses, Lucio, debes decirme qu sucede aquinsist. Hincamos la rodilla junto al cuerpo y observ a Lucio, que contemplaba el rostro aniado del difunto sorprendido, supongo, de lo joven que era ste, de lo fcilmente que la vctima podra haber sido uno de nosotros. Nos dijo que olvidramos el asunto murmur mi primo, ms para si mismo que para mi, al parecer. Lucio, por favor! Murmure. Pronto, primo fue su respuesta. Muy pronto. Pero, por alguna razn, sent que slo estaba desembarazndose de mi otra vez. VII

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Cuatro das ms tarde, los acontecimientos nos sobrecogieron una vez ms, pues el Senado rechaz una ley para adjudicar parcelas de tierra a los legionarios veteranos de las campaas de Pompeyo contra los partos. Como en anteriores ocasiones, las calles de la ciudad estallaron de clera; lo mismo hizo Cayo Escribonio Curio. Esos imbciles, esos zopencos! Farfullaba. He ah la versin de la libertad que tiene vuestro Senado. El voto contra la adjudicacin se obtuvo por mayora abrumadora, pero slo despus de dos jornadas de speros debates. Como miembro muy novel de la asamblea, habra estado fuera de lugar que me levantara a hablar, pero no haba nada capaz de contener a Cuo: No podis negar a esos valientes su justa recompensainsisti. Hacerlo seria ponernos una daga en nuestro propio cuello. Mejor dicho, un millar de dagas. Incluso mi suegro, el elegante Victorino Avidio, expres sus dudas con palabras muy cautelosas: Otorgar estas concesiones de tierras no me parece nada extraordinario. Existen abundantes precedentes que se remontan a varios siglos atrs. De hecho, las apoya incluso la antigua Ley de las Doce Tablas. Las Doce Tablas tambin imponen la pena de muerte por escribir una cancin inadecuada! Exclam Junio Silano, un Senador muy anciano que babia estado presente en la reunin en casa de Catn. El comentario provoc gritos broncos y risas por toda la cmara del Senado. Pero, en realidad, fue el propio Catn quien condujo el asalto: A qu viene esta efusiva admiracin por esos a los que llamis soldados? Pregunt. A quin han derrotado con sus cacareadas victorias? A las fieras legiones de los reyes partos? Llegado a este punto, Catn cambi el peso de su cuerpo, lo apoy en la pierna izquierda, apoy la mano zurda en la cadera, extendi la diestra al frente y la dej colgar flccidamente por la mueca. Al instante, se inici un coro de risas, como si algunos de los presentes hubieran cado rpidamente en la cuenta de lo que se preparaba. Este continu Catn, contonendose en su imitacin del movimiento de un afeminado es vuestro feroz guerrero parto. Y vaya lucha la suya, cada maana: decidir el color del cabello, y qu clase de maquillaje aplicarse en tomo a los ojos y si llevar los labios brillantes o mates... Todo esto lo dijo en un tono de voz melindroso y femenino. A decir verdad, la mitad de las veces es imposible saber si esas criaturas son hombres o mujeres... al menos, hasta haberlas examinado de cerca aadi, con una cada de ojos y un golpe de cadera. Demasiado de cerca, quiz. Naturalmente, para entonces las risas eran ensordecedoras y hubo de transcurrir un cuarto de hora o ms para que se restableciera el orden. De hecho, algunos de los senado res de ms edad estaban tan rojos y sofocados que tem por su salud aunque, al final, todos se recuperaron. Naturalmente, Catn concluy sus palabras con una nota ms seria: No veo ninguna justificacin, basndose nicamente en sus mritos, para conceder tierras a estos veteranos; unas tierras de las que, querra subrayar, ya hay escasez. Pero fue mediante el humor (por grotesco e inapropiado que fuese, debo apuntar) cmo Catn y sus amigos impusieron sus tesis. Como he dicho, una vez ms se produjeron disturbios y, naturalmente, pronto surgi una cuestin: a quin se poda recurrir para detenerlos? A Pompeyo, naturalmente musit Curio al cabo de tres das de violencia. Nos encontrbamos todos en su estudio: Lucio Flavio, los hermanos Barnabs y yo, dedicados a darle vueltas, a nuestro inimitable modo romano, a cada detalle de lo sucedido. A qu juegan? Pregunt mi primo, Junio Barnabs, con alentadora brevedad. Yo tampoco lo entiendo convino Lucio. Primero, reprimen bruscamente a Pompeyo, o eso parece. Despus, los veteranos se alborotan, como poda prever cualquier dbil mental... Gracias, Lucio lo cort Curio con sequedad. Lucio se detuvo en el acto y, tras una risa, se disculp. Bueno, ya entendis a qu me refiero. En cualquier caso, ahora se disponen a pedir a Pompeyo, a quien tratan tan miserablemente, que utilice su influencia... Y tropas, si es necesario apunt Claudio Barnabs. S, s; y tropas, si es necesario continu Lucio, para poner orden en la confusin que han creado. Curio, sentado con el codo en el escritorio y la barbilla apoyada en la mano derecha, se encogi de hombros y sacudi la cabeza. Entonces, son muy estpidos, o muy listos? Pregunt finalmente a quien quisiera responder. Precisamente! Exclam Lucio, para mi sorpresa y mi ligera confusin. Aqulla era una de las mximas palabras de aprecio que conceda mi primo y confieso que no me haba percatado de haber aadido algo que tuviera alguna trascendencia. Sospecho que existe una red grande y delicada, brillantemente tejida, dispuesta a atrapar al primero que d un paso en falso explic Lucio. Por otra parte, de qu diablos se trata? O sea, si es tan brillante, no deberamos encontrarle algn sentido, a estas alturas? O acaso la poltica romana se ha hecho tan oscura y crptica que ya

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nadie, ni los propios que han urdido el plan, es capaz de imaginar nada? Curio se ri con autntico regocijo y, de pronto, sus ojos parpadearon con ms animacin de la que habamos visto en ellos desde haca varios das. Probablemente, no andas muy equivocado coment. Despus, tras otro instante de vacilacin, carraspe y continu: Catn y los dems se aferran a esas viejas tretas que tanto aprecian, como si con alguna de sus minucias pudieran inclinar el mundo en una direccin u otra. En efecto, eso es exactamente lo que hacen: tejer redes y urdir planes que no llevan a ninguna parte. Lo nico que pretenden, por supuesto, es demostrar que siguen siendo los amos aqu y para ello intentan desequilibrar a todos los dems; en especial, claro est, a Pompeyo y a Csar. Adems, no son capaces de determinar a cul de ellos odian ms. Finalmente, lo ms seguro es que se decidan por Csar, porque saben que no pueden controlarlo. A Pompeyo, an creen poder hacerlo y tal vez tengan razn, pues Pompeyo sigue vacilando; la figura de Csar lo alarma, pero todava no est totalmente decidido a deshacerse de l... como comprobaris durante los prximos das. Pero recordad esto: a veces, estas maniobras complicadas y confusas del Senado slo son una cortina de humo para ocultar lo que sucede de verdad. En este caso, la ley de adjudicacin de tierras no fue rechazada como una bofetada a Pompeyo; de hecho, esto cont muy poco en la decisin, probablemente. El propio Catn lo insina al hablar de escasez de tierras. Quedan ya muy pocas de propiedad estatal, as que de dnde habran de salir las parcelas para los veteranos? Desde luego, no de los pequeos propietarios, porque eso slo llevara a cambiar un grupo de descontentos por otro. Por lo tanto, tendran que proceder de los grandes terratenientes, de los propietarios de las fincas y granjas ms extensas; en otras palabras, de todos los amigos ricos de Catn y dems miembros de las viejas familias. Y, segn parece, tal cosa no va a suceder. De hecho, me atrevera a decir que todos hemos recibido un claro mensaje: que los ricos terratenientes de Italia no estn dispuestos a desprenderse de nada. Al da siguiente, Avidio me cit en su casa; es decir, en su parte de la casa en la que vivamos Fulvia y yo. Cuando me condujeron a su estudio, una estancia antes lgubre y tenebrosa, solt una exclamacin al ver la nueva pared de esplndido mrmol blanco. Te gusta? Me pregunt. Espera. Dentro de veinte aos, se habr acabado todo ese armazn desvencijado de ladrillos y madera vieja. Toda Roma resplandecer. La ciudad entera ser de mrmol refulgente. Es bellsimo asent. Tom asiento a su lado en un gran divn azul y aguard un momento a que terminara de masticar un higo. Despus lo vi sonrer, o intentarlo al menos, pero advert una vibracin nerviosa en sus grandes cejas. Sucede algo malo, seor? Pregunt. Desde luego, incluso preguntarle aquello era tomarse ciertas libertades pero, al fin y al cabo, ahora era su yerno, me dije. Adems, aquella maana tena mucho trabajo y no poda perder una hora esperando a que me anunciara alguna sorpresa espectacular. Complacientemente, y casi al momento, Avidio dijo: Qu sabes realmente de ese Escribonio Curio? Bueno... Visiblemente desconcertado al conocer la causa de su inters, titube; en efecto, qu era lo que pensaba de Curio en aquellos momentos? ltimamente, no estaba tan seguro como antes... aunque, desde luego, eso no tena que ver necesariamente con lo que fuera a responder a mi suegro. Es un hombre muy aplicado y muy inteligente dije despus de la pausa, ya sin asomo de incertidumbre en la voz. Y se preocupa mucho por mantener nuestra libertad; le repugna incluso la perspectiva de un gobierno dictatorial. Ya veo asinti Avidio con gesto reflexivo. Es slo que... en fin, corren tiempos revueltos, Livinio. Tiempos peligrosos. La gente tomar partido y el bando que uno escoja puede tener mucha importancia. De nuevo, me dirigi una dbil sonrisa. Incluso puede significar la vida o la muerte. Sacudi la cabeza y permaneci callado un instante interminable, como si reflexionara sobre alguna nueva posibilidad siniestra. De qu se trata, Avidio? Me atrev a alargar la mano y tocarle el hombro afectuosamente. Para mi asombro, me devolvi el gesto: levant la diestra y la cerr en torno a la ma. Slo quiero que te andes con cuidado, eso es todo. Estoy preocupado por... bueno, por ti y... y por Fulvia. Naturalmente, seor. Mi suegro asinti, con los labios apretados y los ojos algo nublados. Despus, bruscamente, se puso en pie y ech a andar en pequeos crculos. Por cierto, cmo conociste a ese Curio? Quiso saber. Levant la vista hacia l y parpade, como para cercionarme de que haba odo bien. Vaya, seor, crea que lo sabias! Nos present Cicern. Aaah! Dijo l. Ya veo. Bien, bien... Dio unas cuantas vueltas ms con las manos a la espalda, sin dejar de mover las cejas. Pero... crees en l? Seor? Quiero decir si crees que Curio es un amigo fiel de la Repblica.

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Oh, s, seor! y pens para m que aquello se estaba poniendo ms difcil a cada momento que pasaba. No has odo nada que sugiera lo contrario? Bien... Estuve a punto de decir: Slo lo que el propio Curio ha mencionado, que Catn y algunos otros crean que se haba pasado a Pompeyo. Pero, por un lado, todos habamos descartado tal cosa con una carcajada cuando l la coment, pues resultaba absurda, y por otro lado, traer a colacin el asunto en aquella ocasin me habra obligado, muy probablemente, a referirme a la reunin en la casa de Catn, una cita a la que habamos asistido en estricto secreto. Desvelar secretos no era algo que yo hiciese a la ligera, ni siquiera a mi propio suegro. No, seor respond por fin. Nada en absoluto. Avidio sonri complacido. Pareca haber dado crdito a mis palabras. Luego, tras unos minutos de charla intrascendente y formalidades, terminamos el encuentro bastante amistosamente y volv a mis asuntos. VIII Al da siguiente, el Senado emiti de nuevo la llamada formal a Pompeyo para que devolviera el orden a las calles de Roma. Unas horas despus, nuevas tropas entraron en la ciudad. Pero esta vez no se disponan a aplicar las medidas, relativamente suaves, del invierno anterior; en esta ocasin, la operacin se llevara a cabo con despiadada eficacia. De hecho, tuve la desgracia de presenciar parte de ella con mis propios ojos: vi a los soldados abatir a sus oponentes all donde los encontraban; los vi hundir crneos y, a continuacin, trinchar los cuerpos como otros tantos corderos llevados al sacrificio. En un caso, vi a dos soldados inmovilizar a un viejo veterano y sujetarlo con los brazos a la espalda mientras un tercero le abra el vientre de lado a lado y le sacaba las tripas. Despus, los soldados se limitaron a dejar caer sobre la calle al desgraciado para que muriera tras una larga agona. No es de extraar que, al caer la noche, hubiera ya montones de cuerpos apilados en cada esquina; pequeos riachuelos de sangre fluan por las cunetas hasta las alcantarillas. Uno por uno, los soldados decapitaron ms de un centenar de cadveres, juntaron las cabezas, las ataron y las colgaron de la entrada principal del Foro como una guirnalda espantosa. Roma se estremeci ante un hecho tan terrible pero, como una vieja demasiado agotada como para gritar, mantuvo su voz de protesta al nivel de un suave murmullo y sigui ocupndose de sus cosas. En el plazo de cuarenta y ocho horas, los alborotadores fueron aplastados. Ya s, ya s dijo Curio con un raro tono de comprensin en su voz cuando, aquel da, entr en la sala de trabajo y nos encontr a Lucio y a m baados en lgrimas. Ese Pompeyo se ha convertido en todo un viejo luntico continu. Pareca como si reprimiera a medias una carcajada pero, cuando Lucio y yo levantamos la cara, vimos que a l tambin le corran las lgrimas por las mejillas; a continuacin, se acerc y nos dio un largo abrazo reconfortante a cada uno. Y yo pens: Quin sino un buen amigo y un romano cabal actuara como lo estaba haciendo Curio? Los acontecimientos se sucedieron con rapidez. Una semana ms tarde, mientras Roma se hallaba todava en un estado de entumecimiento a causa de los disturbios, se inici por fin el gran debate acerca del mando de Julio Csar. Primero, dejadme que os recuerde brevemente la situacin: Csar se hallaba a menos de trescientas millas de Roma, en su cuartel general de la provincia de la Galia Cisalpina, de la que era gobernador desde hacia casi diez aos. Ms tiempo an llevaba como comandante militar de sus diez legiones. Al mismo tiempo, haba cumplido varias legislaturas como cnsul, gran parte de ellas en ausencia; en dos ocasiones, incluso haba delegado el juramento del cargo ante su imposibilidad de acudir a recibirlo. Cualquiera de estas cosas por s sola habra sido considerada una acumulacin de poder extraordinaria e inconstitucional. Todas juntas significaban una seria amenaza a la Repblica. Era la extrema duracin de su permanencia en el cargo de gobernador, en particular, lo que despertaba mayor inquietud. Por ello, el Senado estudiaba una propuesta para poner fin al desempeo del cargo por parte de Csar y para retirarle el mando militar. Acaso Csar aspira a la dictadura? Pregunt Calpurnio Bibulo con su voz ligeramente chillona. Exigimos su presencia en Roma y no acude. Le sugerimos que es hora de que entregue sus poderes, o algunos de ellos, y se resiste. Qu otra cosa podemos imaginar, sino que desea aduearse del Estado? Su postura es arrogante y sus acciones, contumacesapunt Quinto Metelo Escipin, una de las voces ms serenas del Senado y uno de los pocos hombres de Roma que gozaba de una reputacin verdaderamente intachable (y otro de los que haban asistido a la reunin secreta). De hecho, la inslita aspereza de sus palabras

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provoc un inusual murmullo en la cmara. Lo lamento, pero no encuentro otra manera de expresarlo prosigui Escipin. Csar se ha hecho demasiado fuerte y el Estado, demasiado dbil. Tiene que producirse un cambio o todo lo que amamos, todo lo que valoramos, incluso la propia Roma, se extinguir. Denuncimoslo! propuso la voz severa y familiar de Catn. Acusmoslo de traicin! Mir alrededor de m y vi a Curio entornar los ojos y sacudir la cabeza. Una vez ms, Catn llevaba el argumento hasta los lmites de la elegancia retrica, me dije. Sus campaas en el norte han sido innecesariamente brutales continu l. Ha cortado las manos a los cautivos, ha hecho prisioneros a caudillos locales cuando estaban de visita en su campamento bajo una bandera de tregua, ha causado matanzas entre las tribus sin respetar a mujeres ni a nios y ha quemado cosechas y casas. Quiz podramos entre garlo a los brbaros, como castigo. Catn hizo una pausa, buscando un efecto teatral, y su comentario fue coreado por unas risas. Pero no! Exclam a continuacin. Dada la suma de crmenes contra el Estado que acumula, debemos encargarnos de l. Es preciso que lo relevemos del cargo y lo pongamos bajo custodia. Debe rendir sus armas. Tenemos que obligarle a responder de la enormidad de sus crmenes y hacerle pagar el castigo correspondiente. S! Exclamaron varias voces al unsono. Hubo una salva de aplausos, pero tambin varios gritos en contra pues, a lo largo de los aos, Csar haba colocado en los escaos del Senado a una buena cantidad de sus leales seguidores, aunque una parte considerable de ellos presentaba mritos y personalidades claramente objetables. Por qu no lo arrestas t mismo, entonces, viejo papanatas? Replic la voz de uno de ellos, un tal Livio Mecenas, antiguo esclavo y fracasado especulador de grano. Su intervencin fue acogida con un gran estallido de risas y comentarios irnicos pero, a pesar de estar un poco ebrio (o tal vez a causa de ello), Mecenas permaneci en pie y aadi: Lo digo en serio, viejo miserable; Csar no vendr a responder de tus falsas acusaciones, de modo que tendrs que ir a buscarlo y traerlo t mismo, si puedes... O, debera decir, si te atreves! A aquellas alturas, la sala era un tumulto. Despreciable borracho! O que alguien le gritaba a Mecenas. Cuando algunos senadores intentaron abalanzarse sobre l, se produjeron empujones y amenazas y el orden slo pudo restaurarse despus de que algunos simpatizantes escoltaran a Mecenas fuera de la cmara. Esa es la chusma con la que tenemos que enfrentarnos..., gracias al eminente Julio Csar! Oh, Dios! O gemir a Curio a unas filas de distancia. En torno a l, algunos de los presentes no pudieron contener del todo un par de risitas disimuladas, pues el nuevo orador no era otro que Apio Claudio Pulquer. Gente vil, escoria, borrachos, quin sabe qu... continu Pulquer. Su tono melifluo, acompaado del movimiento, considerablemente elegante, de sus manos largas y refinadas, cautiv en gran medida a la sala a pesar de la estpida pretenciosidad de las palabras en s. Dejaremos a este Csar y a sus secuaces a la cabeza de la propia Roma? Yo digo que no. Digo que tal eventualidad slo se producir por encima de mi cadver. Eso puede arreglarse! Grit otro de los seguidores de Csar. Por los dioses! Fue la indignada respuesta de Pulquer. Tras esto, el caos se impuso en la cmara, entre los gritos y empellones de los senadores. Al cabo de casi una hora, o por encima del estruendo la voz de Catn que, perdida la esperanza de restaurar el orden, anunciaba el aplazamiento de la sesin para el da siguiente y los senadores fueron desalojando la sala lentamente. Me ha sorprendido que hoy no intervinieras coment. Estaba a solas con Curio en la pequea taberna calle arriba de su casa, cansado pero demasiado lleno de energa como para acostarme. El hijo del propietario trajo una jarra de vino barato y la deposit sobre la mesa con un golpe. Tuvimos que beber directamente de ella, sin vasos y sin nada con qu diluirlo. De veras? Respondi Curio y dio un gran trago. Bien... Era mejor tener la boca cerrada continu. Hoy no tena nada de qu hablar. No les habra gustado nada de lo que hubiera podido decir. Tomamos otro largo trago cada uno. Y qu era eso? Escucha, el objetivo es encontrar soluciones, no crear ms problemas repuso Curio. Catn hablaba de procesarlo y detenerlo. Crees que Csar aceptar venir a Roma para eso? Claro que no. Nadie en su sano juicio lo hara. Sobre todo si, como Csar, tiene la alternativa de permanecer en el refugio seguro de su campamento legionario. Entonces, supongo... Supones bien, joven Cayo. Csar no se entregar y la crisis empeorar minuto a minuto.

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Al da siguiente, el debate no llevaba ms de media hora abierto cuando los gritos e insultos volvieron a generalizarse. Creo que durante la hora que sigui o el epteto viejo estpido ms veces que en toda mi vida anterior. Naturalmente, los insultos crecieron de tono con rapidez hasta que, por ltimo, el Senado de Roma no fue ms que una turba, irritada al principio y, despus, muerta de risa ante la escena de dos miembros veteranos, canosos y bien entrados en la cincuentena, que rodaban por el suelo de la cmara en una ridcula simulacin de pelea. Pronto, la tensa atmsfera adquiri un tono ms serio cuando, tras un puetazo aqu y otro all, se desencaden una ria tumultuaria. Yo permanec sentado en mi escao y sacud la cabeza, demasiado anonadado por el espectculo, supongo, como para sentir algo ms, siquiera indignacin. Volv la cabeza y advert que Curio me diriga una significativa mirada. Asent; un par de minutos despus, abandon el edificio y lo segu con calma hasta su casa de la ciudad, a pocas calles de distancia. Comprendes ahora que haba otra razn para que no hablara en el debate? Pregunt Curio mientras ocupbamos nuestros lugares de costumbre en su estudio. S. Porque, de todos modos, nadie te habra odo entre ese alboroto absurdo. Bueno... Eso, tambin dijo l con una sonrisa. Pero, de veras, qu poda decir? En resumen, lo mismo que te deca ayer: que buscramos soluciones y compromisos, que dejramos de defender posturas y encontrsemos caminos de verdad para preservar la Repblica. Pero todo eso no habra hecho ms que reforzar los sentimientos que ya existen respecto a m. Lo mir un instante con perplejidad mientras hacia tamborilear los dedos en la mesilla prxima. Te refieres a que creen que... te has pasado de bando? Que me he pasado a Pompeyo, s. Sentado tras el escritorio, apoy el codo izquierdo en ste y la barbilla en la mano. Sabes?, mi suegro... Avidio? El otro da me pregunt si haba odo algn comentario acerca de ti, algo acerca de si te habas pasado de bando o no. Curio empez a decir algo, pero se detuvo en seco al ver que un viejo esclavo sin un solo pelo (al menos, desde el cuello hacia arriba), entraba en la estancia arrastrando los pies y cargado con una gran fuente de higos, depositaba sta ante nosotros y se retiraba. Curio se llev un par de frutos a la boca y me ofreci el resto. Tom uno y lo mastiqu despacio. Decas...? Hum? Ah!, Respecto a Avidio. Me pregunt... Ah, s! Te pregunt si me haba pasado de bando. Y qu le respondiste... si no te importa que te haga una pregunta tan impertinente? En absoluto le asegur. Dije que no haba odo nada semejante, lo cual es cierto, salvo lo que t mismo comentaste hace ms o menos una semana. Curio asinti, mastic unos cuantos higos ms, se encogi de hombros y movi la cabeza en seal de negativa. Mientras tanto, le di vueltas a algo en la cabeza y, finalmente, decid que quiz era el momento para un toque de indiscrecin. Esper un instante ms a que Curio tuviera la boca especialmente llena. Y bien, lo has hecho? Pregunt. El qu? Pasarte de bando. Termin de tragar con cuidado, se sec los labios y carraspe. Seguro que te das cuenta de lo absurdo que resulta esofue su respuesta. Si, creo que s. Ya lo creo. Precisamente t, que has estado tanto tiempo conmigo, que me has ayudado en el trabajo y con los discursos... T deberas saberlo. Y bien? Necesitas ormelo decir? Est bien: no me he pasado a Pompeyo. Tienes mi palabra de ello, Livinio. Siempre he sido, lo soy ahora y lo ser mientras viva, un patriota romano y un partidario fiel y constante de la Repblica. Los acontecimientos de horas ms tarde, aquel mismo da, se produjeron con la rapidez de una centella y, yo aadira, con la fuerza de un rayo. Estbamos echando una cabezada, yo en un banco del patio y Curio en su dormitorio del piso superior, cuando un correo se present ruidosamente en la casa. Sesin especial del Senado dentro de una hora anunci en tono muy oficial y, de inmediato, se retir con el mismo estruendo, sin darme tiempo siquiera a despertar y sacudirme de encima la bruma del sueo. Curio! Exclam, con la esperanza de despertarlo. Despierta! Sesin especial! Luego, casi antes de darme cuenta de lo que hacia, me mud de ropa y me puse otra limpia. Curio! Grit de nuevo.

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Al cabo de un instante, lo vi asomarse al balcn. Ve t delante me indic a gritos. Te seguir enseguida. Para aquella sesin extraordinaria, haba soldados apostados ante la entrada a la cmara del Senado. Yo me alegr vagamente de ello hasta que vi a algunos de mis colegas palidecer de temor cuando cruzaban la plaza abierta y observaban por primera vez a los hombres armados. Naturalmente, aquel sentimiento resultaba contagioso, en parte. Me pregunt para qu estaran all. Dentro no haba soldados, pero bastaba con saber que podan ser llamados rpidamente. Como deca, todo sucedi muy deprisa. Los senadores estaban entrando todava, y muchos no haban ocupado su escao an, cuando de pronto escuchamos aquella voz familiar: Padres del Senado de Roma enton Catn desde el umbral mismo de la entrada principal, permitid que os presente al estimado procnsul romano, general conquistador de las afamadas hordas partas de Oriente y legendario comandante militar de Roma, Pompeyo el Grande. Y en efecto, a su lado, inesperadamente, haba hecho acto de aparicin el propio Pompeyo, que le estrech la mano a Catn e hizo ademn de disponerse a hablar. Pero... un momento. Quin es se que asoma detrs de l, ese hombre mucho ms joven? Pompeyo se vuelve e incluso le estrecha la mano mientras yo contemplo la escena con muda incredulidad, pues se trata ni ms ni menos que de Cayo Escribonio Curio. Por todos los dioses!, Pens. Primero era Catn, que haca poqusimo ridiculizaba a los guerreros partos tachndolos de afeminados y ahora ensalzaba como heroicas las victorias de Pompeyo. Y a continuacin era Curio quien pareca haberse pasado a Pompeyo, despus de todo. Era posible tal cosa? Y... Un momento; Curio saba con das de antelacin que iba a producirse una declaracin... Qu era? Ah, s! Que Pompeyo todava no estaba dispuesto a romper abiertamente con Csar. Se tratara de eso, significara lo que significase? Padres senadores se oy la voz de Pompeyo, inconfundiblemente aguda y desentonada. Todos lo miramos directamente e, incluso desde una considerable distancia, advert las profundas arrugas que cruzaban su rostro y observ el cansancio en sus ojos. Unos ojos gastados me dije, ojos de viejo. Padres senadores, me gustara dejar las cosas como estn, de momento anunci Pompeyo. Un ao ms, quiz... Dej la frase en suspenso y, mientras las palabras flotaban en la cmara, pens: Sin duda, tiene algo ms que decirnos; sin duda, esto merece un poco ms de su tiempo, unas cuantas palabras ms. Pero aquello fue todo. Pestae, confuso, pero todos los dems daban la impresin de saber perfectamente a qu se refera, pues prorrumpieron en un ruidoso aplauso. Y a continuacin, tras permanecer durante apenas un instante ms a la puerta de la cmara del Senado de Roma, Pompeyo el Grande dio media vuelta, ech a andar y desapareci de la vista. IX Y as termin o, al menos, qued aplazado un ao, el tan esperado debate sobre el mando de Csar. Este haba sido el mensaje de Pompeyo y el Senado se dobleg a ello con la ansiosa obediencia de un perro faldero. Bien, si, haba estado en contacto en privado con los hombres de Pompeyo desde un par de semanas antes reconoci Curio ms tarde. Lamento haberte mantenido al margen, Livinio, pero ha sido por tu propio bien, creme. No sabia cmo reaccionara la gente si corra la voz de que me relacionaba con Pompeyo. Y corri, por supuesto; al fin y al cabo, cada vez que recibe a alguien lo sabe una decena de sus consejeros. Y entonces se difunde la noticia. A decir verdad, Catn se enter casi de inmediato. Sencillamente, no poda poneros en peligro a ti y a tu familia, y quiz habrais corrido un riesgo considerable si te hubieras visto complicado directamente en este asunto en particular. Hizo una pausa y sonri en un claro intento de suavizar las cosas. De acuerdo? Asent malhumorado, pues haban vuelto a asaltarme mis viejas dudas acerca de aquel hombre. Pero qu le dijiste? Pregunt. Bien, ah est. Sencillamente, le propuse algunas soluciones prcticas. Y puedo decirte con toda sinceridad que nada de cuanto dije fue muy bien recibido. Hasta que el Senado se sumi en el caos. Una vez ms, los propios senadores se lo buscaron. Cuando Pompeyo se enter de sus estpidas peleas a empellones, se puso furioso. Y cuando se ha decidido a actuar, ha tenido la gentileza de atribuirme una Pequea parte del mrito. O tal vez... En fin, quin sabe? Hizo una pausa y se ri en voz alta. Quiz ha sido lo bastante astuto como para desviar un poco de la culpa. Al fin y al cabo, en asuntos de este tipo uno nunca est demasiado seguro de por dnde pueden ir las cosas al final.

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Aquel verano, tras el aplazamiento del gran debate, Roma me pareci insulsa y deslucida, como un hombre al que un golpe hubiera cortado la respiracin. Por ello, me alegr mucho al recibir, en el mes de junio, la noticia de una ocasin perfecta para dejar la ciudad durante una temporada. Al parecer, el mandato de Cicern como gobernador de Cilicia haba terminado y mi primo Lucio y yo bamos a participar en el gran recibimiento que se le preparaba. Segn las instrucciones, acudiramos a su encuentro en el puerto de Brindisium y, desde all, lo acompaaramos por tierra hasta Roma. Cicern escribi a su amigo tico que sera un retorno triunfal a la capital. Yo respond al instante que estara encantado de ir y la primera semana de julio, acompaado de Lucio Flavio, part a caballo hacia Brindisium, en la Italia meridional. Emprendimos la marcha con tiempo de sobra, de modo que nuestras familias insistieron en cargarnos con una caravana completa: varios esclavos, media docena de mulas e incluso una carreta de suministros. Por supuesto, tambin incluyeron parte de nuestras ropas ms finas, entre ellas una toga de seda azul reluciente que me haba regalado Fulvia. Como deca, con todo ese equipo detrs, nuestro avance result muy lento: tardamos dos das en alcanzar Capua y desde all nos dirigimos al este, hacia la va Minucia, para adentramos en las montaas. Ah hay un buen lugar apunt Lucio mientras emergamos de una pequea caada al trmino de nuestro tercer da completo de viaje. Seal una zona llana y despejada al lado del camino, que a su vez se asomaba a un precipicio de tres mil palmos o ms y a una inmensa extensin de cielo. A nuestra espalda, el sol no haba desaparecido del todo y el firmamento, aunque se oscureca por momentos, mostraba todava un intenso tono azul. A pesar de ello, decenas de estrellas titilaban ya y una finsima raja de luna creciente asomaba por el horizonte. De hecho, con un crepsculo tan hermoso, aquel lugar era perfecto para acampar y pasar la noche. No est mal admit con una sonrisa. Desmontamos y, mientras los esclavos atendan los caballos y montaban las tiendas, Lucio y yo escalamos un poco por la ladera hasta quedar a unos metros por encima del camino, abrimos un odre de vino y masticamos un poco de carne seca y unos huevos en salmuera. Supongo que has visto paisajes mejores, no, primo?Coment Lucio mientras abarcaba la panormica con un amplio gesto de su brazo derecho. No. De verdad que no respond. Tienes mucha razn Lucio. Es un paraje muy hermoso. Tomamos sendos largos tragos y mi primo se tumb en el suelo a mi lado, sonriendo de oreja a oreja. Lo mir con perplejidad. Qu...? Empec a decir, pero l se limit a rodar sobre el vientre, me devolvi la mirada y mantuvo aquella sonrisa ligeramente desquiciada. Hacia mucho tiempo que, para m, esa sonrisa era su rasgo ms cautivador; salvo esto, el aspecto de mi primo no tena nada de extraordinario. Lucio se ajustaba mucho ms que yo al patrn tpico de un romano, con la nariz prominente, la piel morena y los ojos aceitunados. Las mujeres no lo calificaran nunca de guapo, pense. Sin embargo, yo haba sido testigo de cmo las chicas se derretan ante aquella sonrisa estpida y ante aquellos ojos astutos y cautivadores, llenos de inteligencia, que irradiaban malicia, vivacidad y simpata, todo a la vez. Lo cierto era que mi hbil primo Lucio tena bastante xito. Dio otro enorme trago al odre y mantuvo su sonrisa bobalicona. Ya ests borracho? Inquir con fingida irritacin. S, primo. Borracho. Dame ese vino de una vez. No te quiero bebido s... Voy a casarme anunci l. Me detuve, pestae y sacud la cabeza. Hijo de...! Exclam y, con una carcajada, me inclin hacia el para abrazarlo. Felicidades le dije ms de una vez. Es maravilloso insist entre trago y trago. Y quin es la afortunada? La conozco? Si, claro que la conozco. Es... Ser mejor que no la conozcas, primo. Oh, Lucio, cierra el pico! No me refiero a conocerla en ese sentido. Slo hablo de haberla visto. Ya sabes, de haber coincidido con ella. Ja! Ahora, eres t quien est bebido apunt Lucio, y los dos nos partimos de risa ante lo en aquellos momentos pareca absolutamente hilarante. Bien, recuerdas el ltimo otoo, la fiesta en casa de Hirtio Pansa? Fue all donde nos conocimos. Recuerdas a una chica menuda, muy guapa, de cabellos oscuros? Entonces, no se trata de Avidia Crispina? Estuve a punto de preguntar, pero tragu saliva y contuve la lengua. Y yo estuve en esa fiesta? Fue lo que dije finalmente. Ah, no? Pues yo crea... En fin, no importa. Cmo...? Se llama Matidia se apresur a responder. Matidia Grata.

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Busqu el nombre en mi archivo mental pero no logr localizarlo. Por los dioses, no creo que la conozca. No, yo tampoco lo creo... Oh, espera...! El ltimo verano, dices. Pero eso no fue una fiesta! Fue una salida familiar que prepararon todas las madres! Tienes razn, all conoc a la chica. Guapsima. Una sonrisa preciosa. Lucio me mir con la expresin ms triste y suspicaz que haba visto nunca en l. Lucio, por favor! En esa fiesta haba ms de cien personas; slo la vi un momento. Tal vez intercambiamos cuatro palabras, no ms. Mi primo asinti pero se mantuvo visiblemente alicado. Lucio, t eres mi primo favorito, el que ms aprecio. No te mentira sobre una cosa as. Te lo dir de otra manera: si hubiese habido algo ms, te habra mentido; habra negado incluso haberla conocido. Lucio se incorpor, despacio, y empez a sonrer de verdad otra vez. Tras una breve carcajada, murmur: S, seguro que sera eso lo que haras. Desde luego asent y me sonroj ligeramente, permitindole aquella pequea victoria aunque, para ser sincero, no estaba muy seguro de qu quera insinuar con sus palabras. T tambin ests de buen humor dijo Lucio. Para entonces, ya era noche cerrada. El aire de la montaa se haba vuelto helado y los dos estbamos en nuestra tienda, acurrucados bajo varias mantas cada uno. Ser magnfico ver otra vez a Cicern coment. S, maravilloso. Y es estupendo haber salido de Roma aad. Lucio me mir con inslita atencin, como si me estudiara con sus ojos grandes y perspicaces. De pronto, adopt una expresin de gran tristeza; tambin de repente, yo sent por segunda vez aquella velada como si mi primo tuviera algo especialmente importante que decirme. Qu, all nada es lo que parece, verdad? Coment con la intencin de picarlo un poco. Oh, primo! Musit l con una sacudida de cabeza como si, de improviso, estuviera al borde de las lgrimas.

X Cuando Cicern descendi del barco en Brindisium, la multitud se lanz a vitorear y aplaudir con tanta fuerza y durante tanto tiempo que, por un momento, experiment una especie de pnico de que no cesaran nunca y que nos quedramos all eternamente, o, al menos, hasta que nos fallara la voz y hasta que tuviramos las manos ensangrentadas y encallecidas. Amigos mos dijo Cicern cuando, por fin, se produjo un momento de silencio. Pero, en aquel instante, se le entrecort la voz y se le nublaron los ojos. Entonces, se reanudaron los vtores hasta que, por fin, el anciano tuvo que ser ayudado a retirarse del estrado. Cicern fue conducido a la casa de un viejo magistrado, donde se vio colmado de agasajos por hordas de aduladores de la ciudad. Todas las fuerzas vivas deseaban una audiencia con el gran hombre. Lucio y yo tardamos casi una hora en llegar hasta l tras abrirnos paso entre las filas de miembros serviles de la burocracia local. Ah, hijos mos! Nos recibi con lgrimas en los ojos cuando al fin nos presentarnos ante l en sus aposentos. Eres muy popular, maestro dijo Lucio secamente. Cicern se encogi de hombros y emiti una sonora carcajada. Hace dos aos, cuando pas por aqu, nadie quiso acercarse a m. Fui conducido a los muelles a toda prisa y embarcado en una nave que zarp con la marea aquella misma tarde. Deambul en crculos nerviosos y sacudi la cabeza. Oh, vamos...! Dej la frase a medias y concluy con un gesto de las manos, volviendo las palmas hacia arriba, que pareca querer decir que encontraba todo aquello muy desconcertante... aunque, desde luego, no iba a resistirse a tal efusin de afecto. Bien, por lo menos apunt, hoy da les caes bien, por comparacin, a todos los que participan de la vida pblica. De eso no cabe duda! Exclam Cicern. Acaso esperabas otra cosa? Apret los labios y entrecerr los ojos. Todos tendrn que aprender, verdad? Habr que recordar les una vez ms quin los salv de la destruccin y cunto me debe Roma. Bien..., es decir..., si, maestro balbuc, pues aquella no era en modo alguno la reaccin que prevea. Supongo que esperaba un toque de irona. Incluso el sarcasmo habra valido. Pero en lugar de ello haba algo cercano a la

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amargura en su rememoracin del pasado (en particular, de los acontecimientos sucedidos durante su consulado, hacia doce aos, cuando haba desbaratado una conspiracin para derrocar al gobierno urdida por un hombre llamado Catilina). Es cierto. De pronto, su voz se haba hecho temblorosa y apagada. Mientras hablaba, un par de lgrimas rodaron por sus mejillas. El salvador del Estado, enviado al exilio... Claro que es cierto se oy una voz tranquilizadora desde el otro extremo de la estancia. Era un viejo amigo de Cicern, el erudito tico, el cual se acerc y abraz a su colega mientras yo me quedaba totalmente quieto, paralizado por la sorpresa. Dirig una mirada a hurtadillas a Lucio, el cual, por una vez, pareca absolutamente desconcertado. Todo est en orden murmuraba tico. Ests en casa, ests a salvo, tus amigos estn aqu... En aquel preciso instante entraron en la estancia el hermano de Cicern, Quinto, y su hijo, Marco, los cuales lo haban acompaado en la ltima etapa de su travesa por mar desde Macedonia. Una breve mirada les bast, al parecer, para hacerse cargo del problema. Despus, se acercaron y ayudaron al viejo maestro a acomodarse en el divn ms prximo. Duerme un poco o decir a su hermano. Atico le dio unas palmaditas en la mano y luego fue su hijo quien se inclin sobre l y lo bes en la frente. Ahora, descansar murmur tico. Y, en efecto, dio la impresin de quedarse dormido al instante. Pero mientras los dems dejaban la sala, yo aguard un punto, preguntndome qu clase de sueo tendra. Pues al observar su rostro, sus ojos cerrados con fuerza, su cuerpo palpitante comprend de pronto cunto haba sufrido y no pude evitar llorar un poco por l. A la maana siguiente, Cicern haba recobrado su aplomo habitual, o eso pareca. Incluso se disculp con Lucio y conmigo. Demasiado poco descanso y demasiado trabajo para un viejo dijo. A pesar de sus palabras, desde aquel instante y durante el resto del trayecto de regreso, fue un torbellino. Despus de reunirse de nuevo con cada funcionario de Brindisium, pronunci tres discursos en la ciudad aquel mismo da: uno en los muelles, otro en la asamblea local y el tercero a una audiencia de los ms ricos, en casa del hombre ms acaudalado de la ciudad, un tal Ampio Balbo. Sabis cunto me debe Roma? Insisti alegremente Cicern ante la multitud de fervorosos trabajadores portuarios. Solamente su vida, eso es todo. Slo su propia existencia. Recordis todos al malvado Catilina? Pregunt Cicern a la asamblea de funcionarios de la ciudad. Crey que podra destruir al Senado de Roma, que podra desmantelar el propio Estado. Ah!, Tuvo mala suerte de que vuestro servidor, Cicern, fuera cnsul entonces. Y Catilina fue aplastado y devorado sin ms esfuerzo que el que le cuesta a una rana atrapar una mosca. Cicern ha vuelto! Anunci a los potentados reunidos en el enorme atrio de Balbo. Vuestro salvador est dispuesto a salvaros otra vez. Y as continu durante todo el viaje, desde la ciudad costera de Bari y la poblacin de Canusium, al pie de las montaas, hasta la pequea Forum Novum y tambin Beneventuin, construida entre las fragosas laderas de los Apeninos. En cada lugar, grandes multitudes salan alegres al encuentro del afamado maestro, estadista, procnsul y filsofo. En cada ocasin, cuando Cicern suba al estrado, la multitud gritaba y chillaba de jbilo. Pero Lucio y yo no pudimos seguir negando durante mucho tiempo que un fenmeno curioso estaba arruinando el viaje: si bien las multitudes arrancaban con entusiasmo frentico, al trmino de su discurso los aplausos slo brotaban espordicamente y los admiradores se marchaban, nos daba la impresin, reflejando en sus rostros ms confusin que inspiracin. Era como si pensaran: se es el gran Cicern? Si es tan grande, por qu tiene que repetir continuamente que lo es? Por qu habla slo de s mismo? En Capua, donde permanecimos varios das, Lucio y yo nos descubrimos encogindonos de vergenza mientras le oamos repetir las mismas proclamas y autoalabanzas: Yo soy el hombre que ms necesita Roma). Yo os proteger de bandidos y usurpadores. Yo borrar del mundo a posibles dictadores. Yo salvar la Repblica. Otra vez!. Sorprendentemente, en privado, segua siendo el mismo viejo Cicern de siempre: sabio, brillante, afable. De hecho, al trmino de cada etapa del recorrido, nos reservaba a mi primo y a m una hora entera, por lo menos, durante la cual se extenda prolijamente y con considerable insistencia en lo favorable que poda encontrarse en cada experiencia.

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Debi de ser terrible para ti, maestro, estar alejado tanto tiempo apunt la primera noche tras la salida de Brindisium. Supongo que si, en ciertos aspectos respondi l con un encogimiento de hombros. Pero recordad esto: una de las facultades que distinguen al hombre es su deseo de investigar. As, estamos ansiosos por ver, or y aprender cosas nuevas, nuevas ideas. De hecho, no nos sentimos completamente felices a menos que estudiemos los misterios y las maravillas del universo. De ah nuestra fortaleza, nuestra indiferencia incluso, ante los accidentes de la fortuna. Qu crees que suceder ahora entre Pompeyo y Csar, maestro? Y qu ser de la Repblica? Pregunt Lucio un par de noches despus. Pero, a diferencia de lo que hacia en pblico, Cicern evitaba (por lo menos, con nosotros) cualquier pronstico concreto y slo nos hablaba en trminos vagos y abstractos. Os he hablado del instinto humano de la curiosidad; pues bien, aliado con l est el deseo de independencia. Un carcter bien formado no acatar otra autoridad que la de un gobernante justo y legtimo que vele por el bien pblico. Y as responda siempre. Unas cuantas noches despus, cuando surgi otra cuestin de poltica, Cicern contest de manera casi irritable: La autntica ley es la razn... directa y natural! Sacudi la cabeza como diciendo: No es evidente?, Y aadi enseguida: Por supuesto, su validez es universal; es inmutable, eterna. Cualquier intento de suplantar o repeler alguna parte de ella es pecaminoso; anularla por completo es imposible. Cicern se ech hacia atrs en el divn y su mirada se perdi en el vaco unos instantes; luego, con tono ms reflexivo, prosigui: Sabis?, El hombre es el nico ser vivo que tiene un sentido del orden, as como del decoro y de la moderacin, en sus palabras y en sus actos. De hecho, creo que puede afirmarse con certeza que ninguna otra criatura est revestida de la belleza, la gracia y la simetra de los objetos visibles. Y la mente humana, al trasladar estos conceptos des de lo que podra llamarse el mundo material a lo que cabra concebir como el mundo moral, reconoce que esa belleza, esa armona y ese orden deben ser mantenidos en una medida an mayor en la esfera de la accin directa y encaminada a un fin determinado. Hizo otra breve pausa y son ri suavemente. La razn rehuye todo lo indigno y lo poco caballeroso, todo lo que es perverso, sea un acto o un mero pensamiento. Durante nuestra primera noche en Capua, a solas con Lucio, no pude por menos que comentar: Cmo puede ser tan brillante en privado y, en cambio, tan.., tan...? Tan estpido en pblico? Me ayud mi primo con una sonrisa. Bueno, siempre he credo posible que la gente, la mayo ria de las personas, sea varias cosas a la vez: buena y mala, lista y estpida, educada e ignorante. Incluso sabia y estpida. Bien, pues nuestro viejo amigo te est dando la razn, desde luego apunt. Mi primo sacudi la cabeza y me observ, pensativo. Excepto en tu caso, primo dijo por ltimo. T eres la excepcin a la regla. Qu? Es slo que con mucha frecuencia, Livinio, suceden cosas que t no ves. Durante mucho tiempo he credo que eras t quien tomaba la decisin de no hacerles caso. Pero ahora, por fin, me doy cuenta de que, simple y llanamente, no te dabas cuenta de ellas. S, me daba perfecta cuenta de las cosas, pens; aunque no las comentara con l, necesariamente. Sin embargo, me limit a decir: Y qu significa eso? He de suponer que soy un estpido, entonces? En absoluto; estpido, no insisti Lucio. Slo... En fin, que eres muy bueno. Demasiado bueno; casi el colmo de la bondad. Por eso te dejas confundir por el aspecto de la gente. Tienes que adquirir algunas malas cualidades, primo, de modo que deja de hacer eso. No creo que sea tan bueno como dices. Oh, s!, has tenido tus escapadas, pero incluso stas han sido menos por propia iniciativa que como consecuencia de..., en fin... Lucio dej la frase ah y se sonroj repentinamente. De qu? Quise saber de oportunidades inevitables. Oh! Exclam y not que yo tambin me ruborizaba. Estudi a mi primo durante unos instantes y me frot las manos con aire pensativo. No era la primera vez que, ltimamente, Lucio haca vagas referencias a asuntos sobre los que se negaba a hablar en trminos ms concretos. En fin me dije, an me quedaba tiempo, aunque en aquel momento probablemente ya poda sonsacarle algo. Vas a contarme alguna vez a qu te referas la otra noche?Le pregunt. Qu...? Yo deca que en Roma nada es lo que parece y t respondiste... Ah, otra vez eso! Ya te dije, Livnio, que no era nada. Lo juro.

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Y qu hay de nuestra presunta investigacin? Insist. Yo crea que era Avidia quien te empujaba a interesarte en el asunto, pero ahora s que no era eso, ya que te vas a casar con otra. Lucio me dirigi una mirada colrica, con los ojos encendidos y el labio inferior fruncido en una mueca de frustracin y desconsuelo. Podra haber sucedido murmur en voz muy baja. Con ella, me refiero. Entrecerr los prpados, con los ojos vueltos hacia l, y decid no hacer caso de su demostracin de sentimientos heridos. Entonces, Lucio, cules son los resultados? Inquir con una brusquedad rara en mi. Sabes quin mat a Fabio Vibulano? Y a Flaco Valerio? Sin embargo, mi primo se limit a mover la cabeza en gesto de negativa y no dijo nada. Dej que transcurrieran unos instantes y entonces me permit una sonrisa burlona. Sabes, primo? Podra obligarte a decirlo suger en un tonillo provocativo. De improviso, me incorpor y me qued sentado al borde del divn como si estuviera a punto de saltar del asiento y cruzar la estancia hasta donde estaba Lucio; de hecho, mi primo lleg a encogerse con gesto alarmado, tal como yo esperaba que reaccionara. El asunto era que, aunque ramos muy similares en talla y en peso, yo siempre lo haba derrotado sin paliativos en la lucha (y, ya que estamos en ello, en cualquier otro deporte). No servira de nada porque no tengo nada que contar respondi con un ligero gimoteo que me hizo sonrer. Me encog de hombros y me recost de nuevo en el respaldo del divn. Como t digas, primo asent. Adems, por joven que seas, ya eres demasiado mayor como para que te tenga media hora con la cara aplastada contra el suelo y el brazo derecho inmovilizado a la espalda. Podra resultar bastante incmodo, sobre todo si se entera Matidia. Y, de todos modos, estoy cansado aad con un bostezo. Tras esto, me di la vuelta y ca dormido, aunque no de inmediato (gracias, una vez ms, a una conversacin muy especial con mi astuto primo Lucio). En nuestro tercer da de estancia en Capua, se present all Cayo Escribonio Curio, rodeado, debo aadir, de un boato considerable. Ataviado con esplndidas sedas y acompaado de varias decenas de esclavos, traa regalos y saludos para Cicern de la mitad de los grandes hombres de Roma: de Csar, un esplndido punzn de plata para escribir; de Pompeyo, una docena de medallones de bronce bruido, cada uno de los cuales llevaba grabada una frase o cita famosa del propio Cicern; del Senado, quiz el mejor de todos: la concesin, libre de gravmenes, de una nueva casa digna de l, ya que la antigua haba sido saqueada haca mucho tiempo por los matones de Clodio. Amigo y maestro... murmur Curio mientras abrazaba al anciano. Cicern estaba visiblemente abrumado: le corran las lgrimas por el rostro y tard varios minutos en poder responder. De modo que mi alumno, eh? Dijo por fin con una breve risa y seal a Curio con un ademn claramente exagerado para conseguir un efecto cmico. Lo ense bien, eh? Sabe de quin ocuparse en su vejez. Sus palabras causaron el regocijo de la pequea multitud que se haba congregado, pero unos minutos despus le o susurrar, con su rostro muy prximo al de Curio: Habr que devolver la mayora de esos regalos. Si, s, nada de protestas. Todo esto es demasiado. Desde luego, hay algunos que no me atrevo a rechazar aadi con una risita al tiempo que levantaba las cejas. Y la casa del Senado... en fin, me temo que tendr que aceptarla por pura necesidad. Pero la mayor parte de lo dems... en fin, es mucho ms de lo que puede aceptar un hombre de tica. Toma nota de ello, muchacho; sabes acaso qu terminara debiendo, finalmente, si aceptara todos esos presentes? Dej la pregunta sin responder y se volvi con una sonrisa hacia otro de los presentes (quin sabe qu aprovechado!) Que reclamaba su atencin. Y qu tal estis vosotros dos, eh? Nos pregunt Curio a Lucio y a m aquella tarde, un rato despus, cuando el clamor se hubo apagado por fin. El viejo Cicern tiene un aspecto bastante bueno. Oh, bien...! Si me apresur a responder. Est en plena forma. Decididamente. Mmm... murmur Curio. Tras esto, se produjo un extrao silencio mientras Curio pareca meditar qu ms decir, aunque result no tratarse de qu sino de cmo hacerlo. Bueno, colegas, ya sabis que siempre ha sido un vanidoso sigui diciendo por fin. Hizo otra breve pausa como para permitir que sus palabras penetraran en nuestras mentes y prosigui: He odo hablar de los discursos que ha pronunciado en este viaje y... En fin, ha hecho exactamente lo mismo que en otra ocasin, acto seguido del asunto de Catilina. Entonces recorri toda Italia proclamando su propia vala y denominndose salvador de Roma... Curio movi la cabeza en gesto de negativa. Casi lo hundi polticamente. Por eso su carrera... En fin, ya habis visto algunas de las consecuencias. Pero no dejis que eso os per turbe. Sigue siendo un gran hombre, el ms

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grande, probablemente, de cuantos existen hoy. Slo sucede que a veces hace alguna tontera..., como cualquiera de nosotros, ni ms ni menos. Ms tarde, me llev aparte discretamente para comentar algo en privado. Espero que me habrs perdonado, Livinio. Por el asunto de Pompeyo. Mov la cabeza y murmur un s casi inaudible. Ojal sea verdad aadi entonces Curio, porque te necesito, Livinio. Preciso que ests conmigo, a mi lado. Cuando volvamos a Roma... Bien, vers; entonces te necesitar ms que nunca. Te encuentras bien, Lucio? Pregunt, al tiempo que lo sacuda suavemente para que despertara. Estbamos en la habitacin oscura que mi primo y yo compartamos en la casa de un hombre rico de Capua. Quedaban horas para el amanecer y para el inicio de la ltima etapa de nuestro viaje de vuelta a casa, pero Lucio llevaba un buen rato dando vueltas en la cama, agitado, e incluso murmurando en voz alta palabras sueltas (aunque nada que tuviera sentido). Qu...? Qu...? Musit, como si tratara de despertar. Luego, al cabo de un momento, sali bruscamente de su delirio onrico. Livinio? Pregunt, al tiempo que se incorporaba con un respingo hasta quedar sentado en la cama con la respiracin acelerada. Una pesadilla, verdad? Dije yo. Si contest. Se dej caer de nuevo en el lecho y su respiracin se tranquiliz un poco. Una pesadilla. Puedo hacer algo? Lucio hizo una profunda inspiracin y se encogi de hombros. Tal vez dijo. De veras? Bien, no pienso divorciarme de Fulvia y casarme con tu chica. Lo siento, pero eso es cosa tuya. Basta, Cayo. Hablo en serio; ven, sintate un momento aqu, a mi lado. Eh, Lucio, ya te lo he dicho: yo no hago esa clase de cosas! No estoy de broma, Cayo refunfu mientras yo tomaba asiento junto a l en el borde de la cama. Quiero que me prometas una cosa. Quiero que me lo prometas por la salud de tu esposa, de tu familia y de tus hijos an por nacer. Call e intervine: Dime, primo. Lucio permaneci en silencio, se frot los ojos y carraspe. Quiero que sigas vivo dijo por fin. Frunc el entrecejo ante lo extrao de su peticin pero, tras otro momento de silencio, respond: Eso es todo? Lo digo muy en serio, primo. Quiero tu promesa de que, no importa qu suceda, tendrs una vida larga, largusima. All sentado en la oscuridad, me apart de l y visualic el lienzo en blanco que era mi vida futura. Qu sabia yo del futuro? Qu sabia de sobrevivir de un da para el siguiente, y mucho menos toda una vida? Bien dije finalmente. Bien, bien... Promtelo insisti l; su voz haba adquirido de pronto un tono agrio, imperioso. Por favor. Mov la cabeza y me frot tambin los ojos con cansancio. Est bien, lo prometo. Por la salud de... S, s. Por la salud de toda mi familia. Lo prometo. Lo juro: vivir eternamente, si puedo, slo porque me lo pides t, primo Lucio. l exhal un gran suspiro de alivio. Bien dijo. Excelente. Ahora, ven a darle un abrazo a tu primo. Slo un abrazo repliqu. Nada ms. Nada de labios, ni de... Entendido? Y por fin, Lucio, a quien realmente quera muchsimo, estall en una carcajada, aparentemente a pesar de s mismo. Entonces, me inclin hacia l y lo abrac. Por los dioses, tienes la cara empapada en sudor!, Estuve a punto de exclamar, pero me contuve a tiempo. Pues, en el ltimo momento, cuando lo rodeaba con mis brazos, supe que lo que le baaba la cara no era sudor, sino una verdadera cascada de lgrimas. De hecho, seguan cayendo como una tormenta torrencial cuando, instantes despus, lo dej a solas en su cama y le dese buenas noches.

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XI Bien, quedaban ms ciudades por visitar en nuestra gran gira: primero, hacia el norte, Casilinum; despus, Casinum, seguida de Coirfinium y Alba Faucens. Un da y una noche en cada ciudad, el mismo discurso, la misma audiencia y la misma reaccin: vtores al principio y, despus, un entusiasmo mucho ms titubeante. Por ltimo, casi tres meses despus de que Cicern desembarcara en Brindisium, nos hallbamos a treinta millas de Roma y calculbamos llegar a ella a la puesta del sol cuan do, bruscamente, nos desviamos varias millas hacia el este. Por un instante, un pnico especial, un temor a algo siniestro y desconocido, impregn la atmsfera. Pero entonces vi sonrer a Curio y, de pronto, rein de nuevo un aire festivo cuando todo el mundo, salvo el propio Cicern, supo a qu se deba el imprevisto. La comitiva se diriga hacia la finca de Pompeyo el Grande, en el refinado lugar de veraneo de Tvoli, para ser recibida en audiencia. Llegamos al casco urbano de Tvoli a media tarde y mientras cruzbamos la verja de la propiedad y recorramos las tres millas de camino hasta la vivienda principal, el sol del crepsculo baaba la escena de un delicado resplandor rosado. Querido Cicern! Exclam Pompeyo cuando lo recibi en persona a la puerta de la casa. Y el pobre Cicern se derrumb prcticamente en sus brazos, ms abrumado de emocin de lo que lo haba visto durante aquel largo viaje de regreso a casa. Queridsimo Pompeyo! Contest con voz entrecortada. Una vez ms, las lgrimas resbalaron por sus mejillas. Al cabo de un momento, cuando Pompeyo se dispona a hablar, Cicern intent interrumpirlo. No, no. Yo soy Pompeyo; yo hablar primero declar el anfitrin con una sonrisa forzada que no poda ocultar del todo la irritacin. A pesar de ello, la gente se ech a rer; Cicern guard silencio y Pompeyo continu, satisfecho: Cicern, eres el hombre ms sabio de Roma proclam y en razn de ello te ofrezco esta declaracin formal del Senado en la que se te proclama como tal, ahora y para siempre. Pompeyo entreg a Cicern el pergamino oficial, lacrado con el propio sello del Senado, y el viejo se qued all plantado con una cautivadora expresin infantil, llorando y riendo a la vez. Sfue lo nico que dijo, finalmente, y la multitud le dedic unos afectuosos aplausos. La escena resultaba encantadora; el encuentro tena todo el aliciente que podan esperar quienes lo presenciaban y la multitud se senta conmovida y acompaaba al anciano, llorando y riendo con l. Sin embargo, resultaba extrao, me dije, que nadie pareciera haberse fijado en que Pompeyo acababa de presentar personalmente aquella declaracin del Senado, lo cual representaba una transgresin jurisdiccional extraordinaria. Y deca que le haban encargado tal misin? Entonces, quin era el que daba las rdenes, realmente? Ms an, cunto haba cambiado Roma en las escasas semanas que habamos estado ausentes de ella? La plebe llen las calles para verlo y los gritos y vtores lo acompaaron todo el camino desde la Puerta Salaria, en el extremo norte de la ciudad, hasta la escalinata del Foro. El propio Catn encabez una delegacin de senadores que escoltaron a Cicern desde la calle hasta la cmara del Senado. Mientras se preparaba para las ceremonias, las lgrimas desaparecieron de sus ojos por una vez y su voz son clara y firme cuando inici su trascendental discurso, el primero que diriga al Senado en ms de dos aos: Padres senadores proclam Marco Tulio Cicern, contis con mi gratitud perpetua por la gran acogida que me habis dispensado tras mi larga ausencia. Aprecio vuestro profundo afecto y vuestra lealtad inquebrantable y, creedme, resultan verdaderamente estimulantes para los nimos de un viejo. Es magnfico estar de nuevo en casa. Con todo, habr quienes digan (de hecho, hay quienes dicen) que regresar en un momento tan delicado como el actual tiene grandes desventajas. stos preferiran retorcerse las manos, gimotear y acurrucarse en un rincn del tocador de sus esposas. Preferiran pasar el cerrojo de las puertas y ocultar su rostro de la propia luz del sol. Incluso yo podra sentir la tentacin, aunque slo muy ligeramente, os lo aseguro, de volver a algn lugar remoto y tranquilo de una provincia lejana hasta que todos nuestros problemas se hayan resuelto. Porque, en efecto, estamos acosados por las dificultades, por unos problemas que no sern fciles de resolver. Pero qu debe hacer uno si es un hombre integro, un hombre tico? Debe un hombre escapar, esconderse y hacer caso omiso de los sucesos turbulentos del momento? O al contrario, en una poca as, debe quedarse en su sitio, dedicar todos sus esfuerzos a corregir la situacin y sumarse a la lucha por mantener el equilibrio del Estado? Naturalmente, la decisin no ofrece ninguna duda; sobre todo, para un hombre autnticamente virtuoso y honorable.

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As pues, padres senadores, en este tiempo en que hay problemas que resolver, disputas que arreglar, amistades que renovar, temperamentos que aplacar y heridas que curar; ahora, de hecho, en que parece que todo en la casa se desmorona alrededor de nosotros y no queda otra esperanza que expoliara o abandonarla, os dir con satisfaccin que una poca as es, de hecho, el momento ms oportuno para volver a casa. As pues, como ya he dicho, me alegro de estar aqu. De hecho, ms incluso: estoy emocionado y orgulloso de encontrarme aqu. Y as, padres senadores, pongamos manos a la obra por fin. Ser un trabajo grandioso, un trabajo de restauracin. Sabemos que saldremos triunfantes por la sencillisima razn de que no tenemos eleccin. La vida, la dignidad y el honor se basan en el xito, slo en el xito. El fracaso, padres senadores, es el suicidio. Una vez ms, nobles senadores de Roma, os expreso mi humilde agradecimiento y ruego a los dioses que sea merecedor de la gran confianza y el afecto que me demostris. El Senado, todos y cada uno de los miembros presentes, haba permanecido sentado en silencio, fascinado, durante los escasos minutos que dur el discurso. A su trmino, se puso en pie y le dedic un aplauso continuado que se prolong casi un cuarto de hora. De este modo, al tiempo que llegaban a la capital los rumores irnicos sobre los parlamentos estpidos y llenos de vanidad que haba realizado durante el viaje, Cicern los aplastaba radicalmente con aque llos breves minutos de elocuencia. Con ello, su reputacin quedaba restituida. Con la cercana del final del verano, Roma recobraba su pulso y nuestro trabajo con Curio alcanz nuevas cotas. Curio rehua las preguntas que le hacamos mis primos y yo respecto a lo que pareca ser su nueva proximidad a Pompeyo, insistiendo enrgicamente en que a la larga, no tiene ninguna importancia. Adems, nos confi, tena todo un nuevo plan de accin preparado, segn l, con la aprobacin (en trminos generales) del propio Cicern. La pieza central de la nueva campaa seria un panfleto que, finalmente, dara lugar a la presentacin de una importante propuesta innovadora en el Senado. Las investigaciones a realizar y la cantidad de documentos a escribir con vistas a dicho plan eran suficientes, nos asegur, como para tenernos ocupados durante algn tiempo a m y a mis tres primos. Curio reconoci que el tema que trataba el panfleto el compromiso era antiguo. Sin embargo el enfoque era nuevo e inclua lo que denominaba una reforma profunda de las fuerzas que se enfrentan en el actual momento de confusin, dirigida a la eliminacin de la grave amenaza que suponen para la existencia de la propia Roma. Dividi la tarea entre nosotros de la siguiente manera: a los hermanos Barnabs, Junio y Claudio, les encomend la parte ms dura de la investigacin, que abarcaba la tediosa tarea de revisar los textos antiguos de las Doce Tablas, la ley escrita ms antigua de Roma. Lucio y yo nos encargaramos de redactar la mayor parte del escrito, aunque tambin nos encomendaba el encargo de investigar otros hechos mucho ms recientes: las aventuras de Mario y la dictadura militar de Sila, as como el intento de revuelta de Catilina y otros casos que, naturalmente, haran necesario el estudio de muchas de las obras del propio Cicern. Las Doce Tablas apunt Junio Barnabs al cabo de unos das apenas se refieren a grandes temas de Estado, milita res o dems. De hecho, como bien sabis, este antiguo estatuto se refiere en su mayor parte a resoluciones de disputas sobre propiedades, robos, perjurios, sobornos, derechos de herencia y dems. Qu buscamos, entonces? Pregunt a Curio. Qu objeto tiene todo esto? Por supuesto que apenas tocan esos temas. Por supuesto! Respondi Curio enrgicamente. Buscad algo sobre abusos de poder. Sobre excesos o carencias en su ejercicio. Algo que nos permita decir: Incluso las Doce Tablas proclaman tal y tal cosa.... Eso es lo que buscamos. Por supuesto, los asuntos de Mario y de Sila resultaron un campo ms fructfero. Un da, Lucio encontr un prrafo que le llam la atencin y me lo mostr: El final del soldado ciudadano y la aparicin del aventurero profesional, ms interesado en el botn que en los principios y ms leal a un hombre que al Estado.... El militar profesional, claro dije con una sonrisa. Buen trabajo, primo. Gracias, primo respondi Lucio. As pues, nos afanamos da tras da, a veces hasta avanzada la noche, hasta que el aire vigorizante del otoo se nos ech encima, desnudando de hojas las ramas de los rboles. Una maana ms fresca de lo habitual, en que el viento agitaba las contraventanas y se colaba ululante por las rendijas de la casa, despert ante la presencia de un mensajero junto a mi cama. La oscuridad nocturna apenas haba empezado a desvanecerse y la leve luminosidad griscea que anunciaba el alba penetraba en la estancia como una gran nube sutil. No es preciso decir que me llev un susto tremendo. Qu...? Exclam, mientras ordenaba con torpeza la ropa de cama para asegurarme de que Fulvia estaba bien tapada. Maldita sea, mi esposa est aqu! Bien, dime lo que sea y mrchate!

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Se... seor, por... por favor tartamude el emisario al tiempo que me ofreca un papiro sellado. Lo cog mientras an trataba de aclararme la vista. Finalmente, apreci que llevaba estampado el sello de mi primo, Lucio Flavio, y lo abr a toda prisa. Por favor, ven enseguida, deca el breve mensaje escrito de su puo y letra, y me apresur a incorporarme y a sacar los pies de la cama. Muy bien dije en un tono ms corts al mensajero, que no se haba movido de su sitio. Dile a tu amo que voy para all. Pero el emisario continu donde estaba (cmo un idiota, si queris mi opinin!) Hasta que, con un nuevo grito, le orden: Vamos, vete a decrselo! Ve ahora mismo! Por fin, el hombre sali de la alcoba y descendi con un trote ruidoso las escaleras que daban al patio. El honorable Cayo Livinio Severo pide ver al amo Lucio anunci el portero, Telefo, un tipo alto, fuerte y musculoso con voz de bajo, cabeza completamente calva y un especial aprecio por la etiqueta y por la ceremoniosidad. En realidad, eran los padres de Lucio quienes exigan que se mantuvieran aquellos modales en su antigua casa, en la que mi primo viva todava. Y, hablando de ellos, mientras atravesaba el atrio, la ta Hortensia, una mujer rechoncha y morena de voz chillona y manos nerviosas que no paraban quietas, apareci por una puerta y me vio. Livinio! Exclam. Cuntos siglos! La mujer se acerc a toda prisa y me dio un beso. Como siempre, las inflexiones de su voz y las gesticulaciones de sus manos actuaban al unsono con asombrosa precisin. Un poco temprano para una visita, no? De pronto, la alegra de mi ta haba dado paso a la suspicacia. Lucio me ha mandado llamar respond. Anda por aqu? Imagino que todava est en su habitacin. Se volvi bruscamente y me gui por un pasillo hasta un tramo de escaleras interiores en penumbra, por el cual ascendimos. Lucio llam a ste cuando nos acercamos a la puerta de su dormitorio. Lucio! Insisti. Lucio! Intervine yo, al tiempo que llamaba a la puerta con sonoros golpes. No puede estar durmiendo todava. Me acaba de enviar una nota dije a mi ta mientras mova la cabeza en gesto de desconcierto. Ests segura de que no est desayunando abajo, o algo as? Golpe la puerta varias veces ms y volv a gritar el nombre: Lucio! Puedo...? Me dispona a preguntar si poda entrar sin permiso cuando advert que mi ta me observaba con una expresin de considerable aprensin y, sin darme tiempo a aadir una palabra ms, ella misma procedi a abrir la puerta y entrar apresuradamente en la habitacin. Aunque el sol haba salido ya, apenas unos pocos rayos de luz se filtraban en la estancia a travs de las escasas y estrechas rendijas de las contraventanas. En la habitacin reinaba, sobre todo, una bruma nebulosa que todava conservaba la atmsfera nocturna. Dej atrs a mi ta y me acerqu al lecho; all, a pesar de la penumbra, distingu con bastante facilidad a mi primo. A continuacin, observ la inconfundible mancha de sangre en mitad de su pecho. Qu... qu es eso? Dijo la madre con una voz tan suave y frgil, tan dulce, que daba a entender que saba que eso, fuera lo que fuese, tena que ser algo terrible. Ve a buscar al to Cornelio le indiqu con suavidad, pero ella slo permaneci donde estaba un momento ms; luego, avanz hasta la cama, vio el cuerpo de su hijo muerto y se derrumb en el lecho junto a l, deshecha en el llanto ms sentido que se pueda imaginar. A continuacin, fui yo quien se puso a llorar. Luego, un criado apareci en la estancia y enseguida, antes de que yo supiera qu estaba sucediendo, toda la casa fue presa de una agitacin terrible y espantosa. Escucho de nuevo a Augusto venir hacia aqu y empiezo a temblar otra vez. No puedo evitarlo. No puedo quitarme de la cabeza el asesinato de mi primo. Augusto lee mientras camina y mastica una fruta, una pera, creo, y lleva la daga entre el pulgar y el ndice de la mano zurda. Acaba la fruta, arroja los restos al suelo, pasa la daga a la diestra y sigue leyendo el rollo que sostiene con la izquierda. Cuando llega hasta m, se sienta justo a mi derecha en el banco del saloncito de recibir de la antigua casa de Cicern. Sigue estudiando las palabras con detenimiento y utiliza la daga para sealar. Lleva la misma toga de antes, todava con las manchas de sangre en los pliegues exteriores. Sabes una cosa...? Empieza a decir pero, cuando aparece en la estancia el cronometrador para dar la vuelta al reloj de arena, se detiene y observa con atencin, igual que ha hecho por la maana.

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La hora sptima anuncia el criado, pues ya es media tarde; despus, con la colaboracin de su ayudante, da la vuelta al reloj con gestos experimentados y se retira. Augusto los sigue con la mirada hasta que los dos hombres desaparecen, espera un rato y, por fin, saca de algn pliegue interior de la toga otra pieza de fruta, en esta ocasin una manzana. Mientras empieza a dar cuenta de ella, contina lo que estaba diciendo. Sabes una cosa? Esta versin del informe es mucho mejor. Hace una pausa, da otro bocado y luego, con la daga, pone a la vista las ltimas lneas del manuscrito enrollado. S, s, un material interesante, Livinio; queda mucho por hacer, todava, pero hasta aqu est muy bien. Y por cierto, entiendes a qu me refiero, respecto a Cicern? Te das cuenta de lo estpido que puede ser? Aunque todava estoy conmocionado y aterrorizado, me vuelvo completamente hacia mi derecha y me atrevo a mirar directamente al adolescente gobernante. No, no lo entiendo declaro con voz seca. Y aado: T has matado a mi primo. Al principio, no hay reaccin. Despus, al cabo de un momento, Augusto levanta la vista y sonre; es casi una mueca de disculpa, como la que uno esbozara para lamentar, por ejemplo, haber llegado media hora tarde a una cena. Despus, sin dejar de sonrer, ladea la cabeza y vuelve los ojos como si sealara algo de inters en el centro de la estancia. El reloj de arena! Vuelvo la cabeza en direccin a ste; despus, dirijo de nuevo la vista a Augusto y, de pronto, una oleada de miedo me entumece todo el cuerpo. Dentro de una hora estar muerto, recuerdo haber odo cuchichear al secretario no hace tanto rato. Te preocupas demasiado, Livinio Augusto me da unas palmaditas en el hombro mientras yo intento no rehuir el contacto. Despus, sacude la cabeza (es una mueca de perplejidad realmente, lo que aprecio en su rostro?), Se pone en pe me vuelve la espalda y se aleja por el pasillo hacia otra parte de la casa. Y de pronto me pregunto por qu ha matado a Junio Barnabs. Y, puesto a pensar en ello, qu hay del asesinato de Claudio, el hermano de Junio? Haba sido, realmente, obra de un mero ladrn al amparo de la noche? XII Ahora soy un detective. sta fue mi reaccin instantnea. Un autntico, real y verdadero detective. As pues, investigara, buscara, indagara. Descubrira la verdad. Encontrara al asesino. El padre de Lucio, mi to Cornelio Flavio, entr en la habitacin sin aliento. A continuacin apareci Camila, la hermana pequea del muerto, unas chiquilla de nueve aos, seguida de una esclava que se apresur a llevrsela de all. Despus entr el mayordomo y el presunto guardaespaldas de Cornelio, un antiguo miembro de su vieja legin Ibera. Luego, el ama de llaves y una ta poltica de Cornelio. Y as continu el desfile y todo el mundo lloraba y se lamentaba a gritos. Todos queran tanto a Lucio, la joya de la casa, el joven brillante de prometedor futuro. El adorable adolescente. Y, creedme, nadie lo quera tanto como yo y nadie lo llor ms. Pero aquel da aprend otra forma de llorar. Fue algo que mi inteligente primo me haba enseado una extraa noche en Capua, no hacia tanto tiempo. A uno se le nublan los ojos, desde luego, y le caen las lgrimas, pero de algn modo consigue hablar y su tono de voz es natural, no est afectado por los sollozos que llenan su cabeza y su corazn. Dnde est el mensajero? Pregunt con una voz tan clara y tan fra que me sobresalt ms a m que a cualquier otro. El qu...? El mensajero, to. Lucio me mand llamar. Por eso estoy aqu. Saqu la nota y se la mostr. Dioses! Exclam Cornelio, balancendose peligrosamente de un lado a otro. Lo agarr y lo sostuve hasta que aparecieron dos criados que lo ayudaron a sentarse en una silla. Mi to se hundi Mi pobre hijo... murmur. Todos lo identificaron como Laertes, el bobalicn; era el chico de los recados habitual de Lucio y tena serrn por cerebro, segn la aguda descripcin de un joven sirviente.

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Buscadlo indiqu, y la mitad de los esclavos de la estancia se dispers por la casa para cumplir la orden. Lucio sabia que estaba en peligro, me dije. Casi lo coment en voz alta, pero ech un vistazo a la doliente familia y me lo pens mejor. De modo que Lucio saba que estaba en peligro, no, Livinio? Dijo de pronto mi to. No poda esperar otra cosa del hermano de mi padre, me dije. Y, naturalmente, tras su estpida pregunta, mi ta no necesit ms. Qu? Exclam con un chillido y se sumi en un llanto tan desesperado y desquiciado que el mayordomo hubo de volver para administrarle una pcima. Despus, tres de las mujeres jvenes ms fuertes se la llevaron a su habitacin y la acostaron. Y, de pronto, yo me pregunt de dnde habra sacado la poca inteligencia que tena; y el pobre Lucio, de dnde haba salido la suya? Estuve a punto de comentarlo en voz alta. Tuve unos deseos terribles de hacerlo. Pero uno no siempre tiene que rebajarse al nivel de sus mayores, verdad? Pas casi media hora ms hasta que lleg el mdico. Para entonces, en la habitacin del difunto slo quedbamos mi to y yo. Una herida punzante, enrgica y profunda, directa al corazn inform el mdico en la seguridad, supongo, de que poda hablar con franqueza ante dos ciudadanos romanos como nosotros. Una pualada muy poderosa, yo dira continu mientras examinaba el cuerpo, de espaldas a nosotros; en cierto modo, hablaba ms para si mismo que para cualquiera de nosotros. De hecho, no se percat en absoluto de que el rostro de Cornelio adquira una palidez mortal ni del siseo horrible que escapaba de su boca, tan espantoso que por un momento tem que fuera a expirar de la angustia que le produca todo aquello. Doctor... exclam y ste se volvi por fin. Oh, vaya! Musit. Debo reconocer que se dio cuenta del problema al momento. Se desplaz con paso gil hasta llegar junto a mi to, que estaba hundido en su asiento, y le dio unos cachetes en las mejillas, le observ los ojos y le tom el pulso. Est bien, seor dijo a continuacin. Slo necesitis un poco de descanso. Un hecho como el sucedido... en fin, le pasa factura a cualquiera. Me qued de pie, sorprendido y hasta un poco impresionado de cmo los modales secos del mdico daban paso con tal rapidez a aquella suavidad untuosa. El hombre abri la bolsa y rebusc en ella. Por aqu tengo algo... murmuraba. Ah, si, es precisamente lo que necesitis! Extrajo un frasquito, quit el tapn y se lo ofreci a mi to. Bebed esto, mi seor dijo y, para mi sorpresa, Cornelio acept y engull el contenido de un trago. Al cabo de unos momentos, el color haba vuelto a su rostro y pareca considerablemente recuperado. Ajo y tomillo, con una pizca de carne de cobra indic el mdico con una sonrisa. Es infalible. Una hora ms tarde, tras haber mandado recado a los sacerdotes para que prepararan el cuerpo, Cornelio y yo nos trasladamos a su estudio en el ala opuesta de la casa. Mi to le haba dicho al mdico que examinara tambin a su esposa antes de marcharse y, cuando ya se iba, el hombre haba hecho un alto para vernos a nosotros tambin. Ah, joven Cayo, estis aqu! dijo, al tiempo que me haca una indicacin de que me acercara. Podis ahorrarme un viaje si administris esta nueva medicacin a vuestra madre. Es para los nervios y esas cosas; vuestra madre est en un estado de agitacin que... Para mi madre? S, s. Salid un momento, por favor, y os lo ensear continu balbuciendo mientras me indicaba que saliera al pasillo. As lo hice. De qu ests hablando? Se trata de vuestro primo, seor se apresur a interrumpirme sin alterar la voz. No quera decir esto delante de vuestro to pero... En fin, el pobre Lucio Flavio... Veris... S? Mostraba una zona irritada, seor. Una hinchazn, un enrojecimiento. Estaba muy inflamada y... Pero qu...? En la zona posterior, seor. Las nalgas... Me temo que han abusado de l. Que lo han violentado. El doctor tena la mirada fija en el suelo y el rostro completamente azorado. Oh! fue lo nico que dije tras un largo silencio. Y luego: Entonces, piensas que...? S, mi seor. Me temo que s. Yo... Bien, le he aplicado un ungento para aliviar su estado. Para qu, por todos los dioses? Por los sacerdotes, seor. Luego, habra comentarios, sabis? Ah! De nuevo, fui incapaz de articular nada ms. Slo pude musitar: Gracias.

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Despus, tras un instante de embarazoso silencio, el mdico recuper su tono de voz habitual, ms distante, y se march apresuradamente tras desearme lo mejor. Si le deca a mi to, imagino que Lucio saba que haba algn peligro en ciernes. Por fin estbamos a solas en su estudio, tomando vino y comiendo manzanas sin que nadie nos molestara. Pero qu clase de peligro, Livinio? Y quin lo amenazaba? Las ventanas y las contras de la habitacin estaban cerradas con pestillo, de modo que quien haba cometido el crimen haba entrado y salido por la puerta. Conoca Lucio a esa persona? O lo haba asaltado por sorpresa? Pero cmo poda haberlo sorprendido, si Lucio me haba enviado aquel aviso urgente al despuntar el alba? No lo s, to, pero me propongo descubrirlo. Tuve un instante de duda, pero decid que sera mejor seguir adelante con la siguiente pregunta lgica: Sabes si Lucio tuvo algn invitado, anoche? Alguien que hubiera venido a verlo y al que Lucio tal vez alojara en alguna habitacin libre? No, nadie respondi con un gesto sombro de cabeza. En aquel preciso instante omos un grito, dbil debido a la distancia pero lo bastante claro como para transmitir todo el terror de la voz que lo emita. Dioses musit. Qu ms, ahora? Tron Cornelio. Sal al pasillo a tiempo de or las exclamaciones de uno de los esclavos de la cocina mientras suba la escalera y se acercaba corriendo por la galera interior. Oooh, amo, ven enseguida! Es... es...! Qu es, maldita sea? Para entonces, se me haba agotado por completo la paciencia. Lo han encontrado, seor dijo el esclavo, jadeante tras su loca carrera. Estaba baado en grasa y sudor y cada vez que abra la boca surga de ella un denso y penetrante olor a cebollas y ajo. A quin? Inquir sin alzar la voz, en un esfuerzo por mantener la calma. A Laertes, seor. El mensajero del amo Lucio. Ah! Exclam, y asent. Muy bien, estupendo. Hacedlo subir, pues. Subir, seor? No creo que pueda. El hombre me sacaba de quicio y renunci a las palabras. Me limit a levantar las cejas en una muda pregunta: Por qu no? Bueno..., es que... Qu, muchacho? Sultalo de una vez. Laertes est muerto, seor. Ya no llevar ms mensajes. El cuerpo yaca entre unas pilas de desperdicios en un rincn oscuro de la despensa inferior, no lejos de un cordero recin destripado y de un enorme costillar de cerdo curado. Al examinar los restos, observ que en aquel caso el cuello no slo mostraba contusiones, sino que estaba roto; tambin, una vez ms, apareca la herida de arma blanca, poderosa y profunda, que le atravesaba el corazn. Mand llamar al mdico, lo cual despert algunos comentarios de asombro entre el personal de cocina; en condiciones normales, desde luego, a nadie se le habra ocurrido hacer perder el tiempo a un mdico en examinar el cuerpo de un vulgar correo (o, ya puestos, de cualquier esclavo). Pero, naturalmente, aqul era un caso especial. De hecho, permanec arrodillado al lado del cuerpo largo rato, observndolo pensativo con la esperanza de que se me revelara algn mensaje, alguna clave. Ms tarde, el mdico tuvo poco que aadir a lo que yo haba visto ya. Algo en el... ya sabe, el...? Seor? Pregunt el hombre al tiempo que mova la cabeza. La zona posterior. l... las nalgas. Ah! No, seor. Esta vez no hay nada de eso. Si me peds la opinin, esto se ha hecho mucho ms apresuradamente. El cuerpo, dejado de manera tan descuidada... Y la herida; el arma fue clavada con mucha ms fuerza, produjo ms daos... pero con prisas, comprendis a qu me refiero? Las contusiones son muy visibles. El autor tiene que haber sido un hombre muy corpulento y fuerte, seor, y no estoy seguro de que quisiera llegar tan lejos... me refiero a si realmente se propona romperle el cuello. Un hombre de su fuerza podra haberlo hecho por accidente, debido a las prisas. Dese hacerlo callar, por el amor de los dioses, pero me limit a mirarlo con los ojos muy abiertos y a darle las gracias de nuevo. Y, por segunda vez aquella maana, el mdico abandon la casa de mi to. Quin ha encontrado al muchacho? Pregunt a la decena de esclavos congregada junto a la puerta de la despensa. Quin? Repet, al ver que no haba respuesta.

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Yo, seor. Del grupo emergi una voz suave, perteneciente a una muchacha plida, de constitucin menuda, con la ropa y el cuerpo profusamente manchados. Me llamo Tespia, seor. Bien, Tespia... asent con un carraspeo mientras ordenaba mis pensamientos. Dime, muchacha, trabajas en el jardn, tal vez? La joven movi la cabeza en un rotundo gesto de negativa y sonri. No, seor. Soy matarife de corderos explic. Hizo una pausa y, durante un instante, apreci en sus ojos un sorprendente destello de sagacidad. Esto no es mugre, seor; es sangre continu, al tiempo que sealaba las manchas oscuras de sus brazos y de su rostro. Sangre de cordero seca. Ahhh! Fue mi respuesta. Soy pequea, pero fuerte afirm ella. Y tambin tienes un buen vozarrn, para tu tamao. Por menos, lo tienes cuando quieres. Ese grito... Oh, no, seor! sa ha sido mi madre explic ella con una breve risa. Ha entrado en la despensa un paso detrs de m y ha visto al pobre Laertes en el mismo instante en que lo hacia yo. Ha soltado ese grito, que pareca capaz de echar abajo las paredes, y se ha desmayado. Algunos de los presentes prorrumpieron en una risita inquieta y yo mismo apenas pude contener una sonrisa. Y tu madre? Se ha recuperado? Est..., hum..., aqu? Abarqu a los congregados en un vago gesto de las manos, pero no vi adelantarse a nadie. Me parece que est... Si, seor, est ah fuera indic la muchacha. No se acercar ms, seor; por lo menos, no lo har mientras... en fin, mientras el cuerpo siga aqu. Sal al corredor y vi all a una mujer baja y rechoncha, temblorosa, dispuesta a echarse a llorar ante la mera mencin del espanto del interior. Mujer, has visto...? Horrible, mi seor respondi ella y, de pronto, se tambale acusadamente. Est bien me apresur a decir, tras llegar a la conclusin de que no tena objeto interrogar a la mujer, al menos, de momento. Tespia, acuesta a tu madre y que pase todo el da en cama. Despus, haz el favor de volver aqu. Tespia me dirigi una sonrisa de gratitud y su madre tambin me dio las gracias profusamente mientras se la llevaba, desendome toda suerte de bendiciones y los mejores deseos de una vida larga y feliz. Y bien. Alguien vio o tiene noticia de algn invitado que el amo Lucio pudiera recibir anoche o a primera hora de la maana de hoy? Pregunt. Y otra cosa: quin ha sido el ltimo en ver a Laertes? Haba reunido a los doscientos esclavos de la casa en la cocina principal, salvo los que no caban y ocupaban el patio contiguo. Nadie? Insist. Oh, vamos, alguno de vosotros tiene que haber observado algo! Quin ha visto salir a Laertes cuando ha venido a mi casa a traerme un mensaje? Y quin lo ha visto regresar? Disculpe, seor intervino una voz de hombre, pero Laertes dorma en un catre justo al lado de la alcoba del amo Lucio. Y como era tan temprano cuando ha salido... Quin habla? Pregunt. Un hombre de elegante uniforme levant la mano. Soy Calpio, mayordomo principal, seor. Deca que la partida de Laertes se produjo a una hora muy temprana y, en cualquier caso, al recibir el mensaje se dirigira directamente a la puerta y, al regresar, acudira en primer lugar al amo Lucio. Por lo tanto, dada la hora, es perfectamente posible que nadie lo viera. Nadie, salvo... Hizo una pausa y dej la frase sin terminar. Salvo quin? Bien, seor, salvo Telefo, el portero. Es un hombre perspicaz y madrugador. Y se es su trabajo, seor: vigilar la puerta principal. Estupendo, entonces. Y bien, Telefo? Habla, hombre. Viste a Laertes? Igual que todos los dems, busqu la calva inconfundible del portero entre los congregados; al cabo de un momento, un murmullo de inquietud se extendi entre la multitud. Estaba muy claro que Telefo no se encontraba presente. Haba dicho todo el mundo, verdad? Refunfu, al tiempo que manoseaba con impaciencia los pliegues de la toga. T, mayordomo. Ve a buscar a Telefo y trelo aqu inmediatamente. Seor! Asinti Calpio con un enrgico saludo y se march en direccin a los aposentos de los esclavos, en la parte de atrs de la casa. Esper con los dems, arrastrando los pies mientras permaneca plantado junto al enorme fregadero de la cocina, con creciente irritacin. Finalmente, cuando haban transcurrido unos pocos minutos, tuve la absoluta certeza de saber qu dira el mayordomo.

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En efecto, instantes despus, el hombre reapareci a la carrera, jadeante y sonrojado y con aspecto algo asustado, tambin. Para que el asunto quedara an ms claro, vino directamente hacia m y me habl en voz baja: Mi seor, tengo el deber de informarte de que Telefo... No est en su habitacin termin la frase. Y sus ropas...Han desaparecido, seor. Ha dejado algo? El mayordomo movi la cabeza con abatimiento. Nada, seor. Ha desaparecido todo. Est bien. Has hecho un buen trabajo dije. El hombre inclin la cabeza, sonri con evidente alivio y se retir. Y all, en casa de mi to, tres horas despus de haber encontrado el cuerpo de mi primo, empec a sospechar por primera vez la enormidad de a lo que me enfrentaba en mi intencin de resolver el asesinato y de llevar ante la justicia a su autor. De entrada, en lugar de uno, ahora eran dos, por lo menos, los asesinatos que deba resolver, pues era bastante evidente que sin el uno no se habra producido el otro. XIII El cuerpo de mi primo qued expuesto durante tres das en el atrio de la casa de mi to. Yaca en un divn de seda y piel de cordero, rodeado por cien ramos de flores de todos los colores que poda proveer la naturaleza; el incienso arda para proporcionar a su alma la vida eterna. Durante tres das, desfilaron por la casa tal vez un millar de amigos y parientes que dejaban flores, enjugaban lgrimas y rezaban una plegaria por la vida futura del difunto. Su madre, mi ta Hortensia, y su prometida, la hermosa Matidia Grata, no se apartaban de su lado un solo instante. Durante tres das, las plaideras pblicas recorrieron la ciudad entonando el antiguo anuncio: Ollus quiris Lucius Flcwius leto datas. Exse quas, quibus est commodum, ire ham tempues est. OUus ex aedibus efe rtur. (El ciudadano Lucio Flavio ha sido entregado a la muerte. A quienes interese, es hora de asistir al funeral. El traslado se efectuar desde su casa.) Entonces tuvo lugar la procesin funeraria. En cabeza iba una pequea banda de msica que taa liras y arpas, seguida de un coro que entonaba los cnticos fnebres tradicionales. Despus, en cumplimiento de la antigua costumbre que tan bien conocis, venan los payasos y bufones para alegrar los nimos de los espectadores. A continuacin desfil un grupo de casi un centenar de actores con las mscaras de cera tradicionales que representaban a todos los antepasados de mi primo (y muchos de ellos, claro est, tambin mos), que se remontaban, segn los relatos legendarios, hasta el mismsimo dios Jpiter. Detrs de todo este despliegue vena el cuerpo de Lucio, transportado en una litera especial a hombros de una docena de esclavos. Por ltimo, estaban todos los parientes y luego, justo a continuacin, una gran multitud de amigos de mi difunto primo. Desde la casa de mi to hasta el emplazamiento del panten familiar haba siete millas de trayecto, cuatro hasta la puerta Apia, en la esquina sudeste de la ciudad, y luego tres ms a lo largo de esa va. Mi ta viaj en litera desde el principio y mi to Cornelio la imit poco trecho despus. Incluso yo utilic la ma desde poco despus de dejar atrs las puertas de la ciudad. La tumba se encontraba a unos metros de la cuneta de la va Apia, en un elegante edificio de mrmol al que se acceda por un arco de bella factura. Al sepulcro, en el cual haban sido enterrados los muertos de la familia desde haca un siglo o ms, se acceda por un corto tramo de escaleras. Abajo slo haba espacio para una treintena de parientes. En el suelo haba un fresco deslumbrante, encargado por mi to, en el que apareca ste, mi ta, Lucio y los tres hijos menores reunidos felizmente en torno a la mesa del saln de banquetes de su casa en Roma. A un lado de la cmara, sobre un estrado, ya estaba dispuesto un sarcfago de mrmol y bronce. De nuevo, los sacerdotes recitaron las antiguas oraciones para consagrar el atad. Despus, el cuerpo fue introducido en l y, por ltimo, lleg el momento de la elega fnebre. Yo fui el orador principal. Amada familia empec, al modo tradicional, hemos venido a este lugar santificado a despedir a nuestro estimado amigo, querido primo, afectuoso hijo y amante futuro esposo, Lucio Decio Flavio Severo. No hay palabras para expresar cunto lo echaremos de menos. Su encanto, su buen humor, su trato respetuoso, su lealtad, su inteligencia, su mente brillante... Todas ellas son cualidades que posea en abundancia y que darn forma concreta a nuestro recuerdo de l en el futuro. Naturalmente, una por una, son meras abstracciones. Cada uno de nosotros tendr unas cuantas ancdotas o episodios favoritos, pequeos por s solos, que conformarn nuestros recuerdos: una broma juvenil, un tema bien aprendido, un debate bien llevado, una jarra de vino corf partida, un

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beso a la luz de la luna, un compromiso de matrimonio. Con suerte, no resultar demasiado doloroso recordarlos; con suerte, nos traern a cada cual una pequea dosis de alegra. Por tanto, roguemos para que nuestro amado pariente y amigo encuentre en la otra vida la paz que tan cruelmente se le ha negado en sta. Pero comprometmonos tambin nosotros a no tener paz hasta que encontremos a quienes han destruido la suya. He aqu mi promesa: os aseguro que descubrir a los autores de este crimen miserable; no les conceder tregua hasta que los haya llevado ante la justicia... y os aseguro que los presentar ante el juez, o morir en el empeo. Casi de inmediato, empec a or un coro de murmullos agitados y un carraspeo general entre los reunidos. Por supuesto, se deba en parte al carcter inslito de mi elega, pues declaraciones tan atrevidas se reservaban normalmente para ms tarde y no se formulaban en el propio funeral. Sin embargo, la razn principal de la agitacin era que los presentes se sentan sinceramente temerosos de las consecuencias espantosas que mi osada poda tener, no slo para m, sino para todos ellos, tambin. Naturalmente, consider que mi intervencin haba sido muy valiente, pero tambin acept su posible insensatez. A decir verdad, como iba a descubrir muy pronto, en mi familia haba quien la consideraba suicida. Sin embargo, era mi elega y decid ceirme a ella y hacer caso omiso de todo lo dems. Pero, hoy continu, pues, concentremos nuestros pensamientos en nuestro amado Lucio. Tengo tantos recuerdos de l: un gesto amistoso, un comentario agudo, una idea expresada con precisin, un relato divertido. Que cunto he querido a mi primo? Las palabras no pueden describirlo. Y ahora, roguemos todos por e] alma del difunto. Conclu el pequeo discurso al modo habitual. Tras un breve silencio, mi to Cornelio pronunci las breves palabras de rigor (inslitamente breves, me pareci), los sacerdotes arrojaron un puado de tierra sobre el cuerpo y, tras nuevas oraciones y cnticos fnebres, el sarcfago fue cerrado y sellado. Encontr a Cicern sentado en el pequeo jardn de su nueva casa. Tom asiento a su lado y se lo cont todo. Ah, pobre muchacho! Dijo cuando hube terminado. Su mirada se perdi en el vaco y en sus ojos asomaron unas lgrimas. Qu opinas, maestro? Qu debo hacer? Hum... Volvi la vista hacia m con una vaga sonrisa. Siempre consigues que tus preguntas parezcan fciles de contestar. Tu primo tambin lo hacia. Movi la cabeza y apart la mirada otra vez. Y, naturalmente, no lo son. Se puso en pie, anduvo diez pasos hasta un peral, cogi una fruta y la mordi. Creo que corres peligro declar. Encaj sus palabras con una mueca. Opino que, en adelante, tendrs que estar prevenido. No confes en nadie. Duerme con la daga al lado. Y, por el amor de los dioses, ten mucho cuidado con lo que comes. Tambin con lo que bebo? Si, tambin dijo l. Adelante, brlate si quieres... No me burlo. Ya s que me tomas por un viejo melodramtico... Nada de eso... Pero hazme caso. Hablo completamente en serio. Y t tambin deberas tomrtelo en serio.., Es decir, si quieres seguir con vida un tiempo ms. Cerr la boca y me observ unos instantes. Siempre he esperado que serias uno de los pocos buenos ciudadanos de Roma que lo hara, que seguira con vida, que tendra una larga existencia. De pronto, record la curiosa promesa que me haba exigido Lucio no haca tanto tiempo y torc el gesto. Si Cicern se percat de mi reaccin, la dej pasar sin un comentario; se limit a dar cuenta del resto de la pera, arrojar el rabo y volver al banco. Entonces, a quin piensas interrogar a continuacin? pregunt con una sonrisa mientras se frotaba las manos. Bieeen... arrastr la voz y dej que se desvaneciera. Bien, no estoy seguro de que deba decrtelo aad con un tonillo irnico. Al fin y al cabo, t mismo has dicho... Que no confes en nadie. Eso es! Exclam, y bati palmas en gesto de triunfo. Mov la cabeza, sonre y not que me ruborizaba. En realidad le confes, ahora mismo no estoy seguro. Lo s dijo Cicern sin pestaear. Pero has superado tu primera prueba; ya entiendes (al menos, empiezas a entender) qu quiere decir estar alerta a todo lo que te rodea. Si respond. Y cuanto ms prxima a ti sea la persona, cuanto ms cercana, ms normal y lgica sea su presencia, ms alerta, ms prevenido y ms en guardia debes estar.

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XIV Telefo, el portero, no apareca por ninguna parte. Interrogu a Calpio, el mayordomo de mi to, a Tespia, la matarife de corderos, y a otros sirvientes de los que llevaban ms tiempo con la familia, pero no consegu la menor pista sobre su paradero. Nadie le conoca familia alguna: ni esposa, ni querida... Hablando del tema, el ausente Telefo no pareca tener vida sentimental de ninguna clase. Nunca haba recibido cartas ni las haba escrito y nunca hablaba de nadie. En otras palabras, no consegu nada que pudiera conducirme a l en otra parte de la ciudad o de la Repblica entera. A pesar de ello, como habris imaginado, yo tena mis ideas sobre dnde buscar. Segua dndole vueltas a cmo haban matado a Lucio y al estado de su cuerpo, tan parecido al del joven Fabio Vibulano y al de Flaco Valerio, asesinado el ao anterior. Y al recordar mi propia experiencia grotesca, me pregunt si podra interrogar alguna vez a aquel hombre acerca de ello. Pero de poco servira, me dije, pues me mentira de todos modos. Y hacer un registro de su casa? Me habra encantado pero, Cmo? Desde luego, poda colarme a escondidas, sin orden ni autorizacin. El problema era que siempre haba unos cuantos aprovechados y gorrones rondando por sus estancias. Y si me disfrazaba y me mezclaba con aquella escoria? Era factible, pero arriesgado. De pronto, record a Clodio con Sus ropas de mujer y pens: No, nada de disfraces. La idea era demasiado absurda. Por otra parte, poda acusarlo pblicamente; con ello, en teora, despejara el camino para un registro autorizado, pero tal cosa tambin pareca irrealizable. De hecho, formular una acusacin de tal magnitud contra una persona tan poderosa poda conducir fcilmente a que fuera yo el condenado por un juez, y no l. Desde luego, tena que descubrir cul haba sido el motivo para que cometiera tales crmenes. A menos que estuviera loco, naturalmente. Era un hombre tosco, depravado, holgazn e incluso un poco estpido, a veces. Pero estaba bastante cuerdo. De eso me senta razonablemente seguro. Pero, maldicin, dnde estaba Telefo? Y quin lo haba metido en todo aquello? Con quin estara hablando en aquel momento? Qu era lo que sabia? Bastantes cosas, daba la impresin. Y entonces pens: Quiz demasiadas para su propio bien. Tras el funeral de mi primo, mis tos observaron con todo rigor los nueve das de duelo tradicionales, durante los cuales no abandonaron la casa, ofrecieron banquetes solemnes y vistieron de negro. Al trmino del periodo de luto, todava no estaban preparados para volver al mundo; en lugar de ello, se aferraron a su pena como haran unos nios asustados a los pechos de su madre. Prolongaron los ritos funerarios da tras da hasta que, al cumplirse el decimonoveno sin ningn final a la vista, incluso yo termin por hartarme y reemprend mis trabajos para Escribonio Curio. En cierto modo, escog un momento oportuno. Tras un breve periodo de calma poltica, Roma estaba iniciando la campaa electoral ms corrupta de su historia. Y para mi absoluta perplejidad, los senadores de las familias antiguas parecan encontrarse otra vez en el bando que no deban, pues ellos, ms que ningn otro hombre o grupo en Roma, llevaron la corrupcin a extremos inauditos e impensados. Como siempre, los cargos que despertaban ms inters eran los dos consulados. Los dos hombres que los consiguieran tendran un poder enorme; de hecho, gobernaran Roma (junto con el Senado, por supuesto) durante el siguiente ao. Catn, con el respaldo de su grupo de senadores, decidi al parecer que un hombre de su eleccin ocupara uno de los puestos, no importaba cul, y escogi como candidato a un tal Calpurnio Bibulo, un poltico honrado pero tosco. Despus, reparti entre los votantes una lluvia de sobornos tal que, de haber sido agua, habra hecho rebosar los cauces de los ros y habra inundado las orillas. De modo que Catn ha bajado de las nubes... coment Curio con una sonrisa. Bibulo obtuvo el cargo, por supuesto, pero Catn se olvid de vigilar su flanco. As, el propio Csar optaba al otro consulado y, no es preciso decirlo, lo obtuvo con facilidad. No consiguen hacer nada bien, verdad? Dijo Curio con una risilla. Me sorprende opin mi pretencioso primo, Junio Barnabs que hombres de tan supuesta inteligencia, declarada integridad y aparente devocin a los ideales de la Repblica puedan recurrir a tcticas tan rastreras, a gastar tan enorme cantidad de dinero y aun as... Bien, aun as... Quiero decir, y a pesar de todo... Echar a perder el plan le ayud mi lacnico primo, Claudio Barnabs, el hermano menor de Junio. Desde luego! Asent, un poco forzado. En realidad, estaba tratando con cierta torpeza de hacer perder los estribos a Curio, quien siempre se mantena absoluta y muy irritantemente inexpresivo durante los peculiares dilogos de los hermanos. Como de costumbre, Curio no pic y yo me encontr preguntndome si era el nico que se daba cuenta de las excentricidades de mis dos primos.

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Por cierto apunt, no me habas dicho que conocas a Fabio Vibulano. Me hallaba charlando con mi amigo y mentor, Cayo Escribonio Curio. Estaba sentado frente a l, al otro lado de una mesa en un tranquilo rincn del pequeo jardn de una casa en la ladera del Celio, no lejos del centro de Roma. La casa perteneca a Marco Antonio. Se celebraba el aniversario de Hirtio Pansa, un hombre deliciosamente decadente de cuarenta y pocos aos, poseedor de una risa contagiosa, de un fsico agradablemente corpulento que se estremeca con la risa y un gusto inocuo por los placeres de la vida. Todos los placeres. Y..., Ah, s!, Otro detalle ms: era una fiesta de disfraces. En realidad, todos los presentes llevbamos mscara, y ya me haba llevado varias sorpresas al tratar de adivinar quines se ocultaban tras ellas. En particular, mis propios primos, los hermanos Barnabs, me haban engaado por completo con su disfraz de prostitutas melindrosas y sobradas de peso. Quin? Respondi Curio. Saba que era l porque los dos habamos acudido juntos a la fiesta desde su casa. Lo habamos preparado as porque sabamos con antelacin que el da sera largo y agitado. As, habamos escogido los disfraces juntos y, ms tarde, nos habamos vestido apresuradamente en su dormitorio principal. Curio iba ataviado de actor, una personalidad que le cuadraba bastante, y llevaba la mscara de la comedia. Dado que yo, como deca, no soy muy ducho en disfraces, de todos modos, me conform con representar a la compaera inseparable de la anterior. Yo era la tragedia. Fabio insist. Fabio Vibulano. El muchacho que fue asesinado el ao pasado. En un da tan agitado como aqul, no ayudaba mucho el hecho de que Curio llevara la mayor parte del mismo borracho y de un nimo extrao. Finalmente, a ltima hora de la tarde, sucumb y empec a concederme un par de tragos de vino. Mientras nos vestamos, el comportamiento de Curio se hizo an ms extrao, pero no capt la causa concreta hasta que, por ltimo, me toc en un sitio que no deba. Todo fue bastante en broma, o as trat de hacer que pareciera, pero el trasfondo serio result inconfundible. Aun as, me limit a sonrer, mover la cabeza y apuntarle con el dedo, agitando ste como si le dijera: Eh, no, no sigas por ah!. Fabio Vibulano repet el nombre slaba a slaba. Un chico bien parecido. Cuando lo encontraron, tenia una inflamacin. Veris, en realidad estaba muy acostumbrado a esquivar tales situaciones pues, a decir verdad, la de Marco Antonio no haba sido mi primera ocasin. Bueno, si que lo era, en el sentido de que nadie haba llegado tan lejos conmigo; nada parecido, ni con mucho. Pero, como ya debis de saber a estas alturas, soy consciente de mi apariencia..., de mi encanto especial, digmoslo as, en este aspecto. Y reconozco que en el pasado, siendo un muchacho con un gusto nada inusual por experimentar (y quiz con un toque de crueldad, tambin), particip en algn que otro coqueteo... o, para ser ms precisos me insinu ms de una vez, sin que la cosa pasara de ah. Haba abandonado todo aquello antes incluso del episodio de Antonio y, por supuesto, lo haba evitado de forma an ms decidida desde la boda. Pero ahora apareca Curio con aquella reaccin inslita... Se me ocurri que quiz me servira de algo concederle un poco de margen. Fabio trabaj para ti una vez, verdad? Le pregunt. Creo que una vez encontr una nota... una nota que t le escribiste. No es que Curio necesitara el estmulo de nadie, comprended. Apenas cinco minutos despus de su atrevimiento, cuando todava estbamos con el torso desnudo y sin ms ropa que las calzas, Curio adopt de pronto una pose lnguida, se acerc furtivamente y me dio un abrazo afectuoso. Apret con suavidad su mejilla contra la ma y dej pasar el gesto (tal vez incluso respond un poco a la presin). l deposit un leve beso en mi hombro y eso no me import. Por un Instante, pens endevolverle el beso, pero tem que los resultados fueran impredecibles, por decir poco. Y naturalmente, incluso sin tal incitacin, Curio se atrevi instantes despus a besarme los labios y yo me apart, aunque lo hice despacio, casi con suavidad. Incluso sonre. Incluso le toqu suavemente la mejilla. Y med este contacto, en especial, para que resultara exquisitamente ambiguo. Una expresin de afecto, quiz? O ms bien de recriminacin? Fuera lo que fuese, cuando llegamos a la fiesta, Curio estaba borracho como una cuba y se colgaba de m como una prostituta de barrio bajo en las Saturnales. Al principio, fuimos cada cual por su lado y nos mezclamos con los dems invitados, pero no tard en encontrarme de nuevo y, con una jarra de vino y dos vasos en la mano, me arrastr tras l. Creo que esperaba llevarme adentro, a alguna habitacin privada, pero en el ltimo momento consegu desviarlo hacia la mesa del jardn, que al menos estaba a plena vista y resultaba bastante segura. S, s, ahora me viene a la memoria dijo. S, seor; Fabio. Un muchacho agradable. Buen trabajador. En resumen, podr decirse que Fabio era... fabuloso. Se ri como un idiota de su propio chiste. Lo has cogido, Cayo? Fabio... fabuloso!

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S respond. Lo he cogido. Por supuesto, l estaba ms... Bueno, ms dispuesto que t a ciertas cosas. Al menos, hasta el momento. Volvi a rerse. Pero tal vez esta noche cambien las cosas, no? Tal vez respond con una sonrisa, tratando de mantener todava el coqueteo. No obstante, para entonces ya empezaba a perder inters por el asunto y Curio estaba tan empapado de alcohol que tales sutilezas, sin duda, se le escapaban. De hecho, no creo que a aquellas alturas importara mucho lo que le dijera. Estaba previsto que, a medianoche, tuviera lugar el gran desenmascaramiento de todos los invitados, pero a la vista de que tantos de ellos, igual que Curio, haban quedado inconscientes, las celebraciones fueron, sencillamente, olvidadas. De hecho, la casa estaba a oscuras y en calma cuando entr y sub la escalera en direccin al estudio de Antonio, contiguo a su alcoba principal. Mientras avanzaba por el corredor, fui apagando todas las teas hasta que, ya en el estudio, la nica luz proceda de la vela que portaba en mi diestra. No tena la menor idea de qu buscaba, lo cual no era de sorprender. Algo, algn documento con el nombre de Fabio escrito en l, supongo. Era lo nico que se me ocurra. Rebusqu entre los papiros y rollos de un gran bufete de la estancia. Haba muchos escritos de Csar; al parecer, un borrador de una nueva historia que andaba escribiendo, pero yo haba odo ya hablar de ello. Todos estbamos al corriente. El siguiente estante del aparador estaba lleno de facturas, en gran nmero: del vinatero, del vidriero, del embaldosador, del albail... Por Jpiter, incluso le deba quinientos al panadero del barrio y otros mil al carnicero. Paga, Antonio, perro!, tuve ganas de gritar. Pero, naturalmente, segu movindome con el sigilo de un gato..., o eso intent. Inspeccion los otros rollos y dems que tena sobre el escritorio y, a continuacin, los de otro bufete ms pequeo situado al otro lado del estudio. Incluso haba una caja de madera hbilmente tallada que daba la impresin de poder contener un par de secretos; dentro, sin embargo, no haba nada ms que un olor a rancio y lo juro! los restos mohosos y hechos migajas de un pedazo de queso amarillo. Al otro lado de la estancia haba una bella puerta de doble hoja que, supuse, conduca a la propia alcoba. Me pregunt si me atrevera. Por qu no? Qu poda perder? (Mucho, en realidad, me habra dicho si me hubiera detenido un momento a pensarlo, cosa que no hice.) Mantuve la vela fuera de la vista con la mano izquierda mientras, con la diestra, abra la puerta muy despacio. La otra habitacin tambin estaba a oscuras y tranquila; al parecer, tambin estaba vaca, de modo que coloqu la vela delante de m y me col en el interior. El primer gran sobresalto me lo produjo la cama o, mejor, las ropas que la cubran: eran de seda y de un color rojo intenso y no pude evitar una exclamacin demasiado estentrea para mi propio bien. La siguiente sorpresa fue que Marco Antonio estaba en la cama o, debera decir, encima de ella; encima de las mantas y completamente desnudo, roncando a pierna suelta. Me detuve en seco y me que d todo lo quieto que puede quedarse un hombre. Pero mir alrededor de m. Desde donde estaba, alcanzaba a ver otro pequeo mueble de aspecto prometedor. Por desgracia, estaba al otro lado de la alcoba e inconvenientemente prximo a la cama. Tambin haba, afortunadamente, una gran ventana con las cortinas abiertas que dejaba entrar la luz de la luna llena. Apagu la vela de un soplido y avanc despacio y con cautela hacia el mueble. Haba llegado hasta l y me dispona a abrirlo cuando Antonio se movi en la cama, volvi la cabeza y abri los ojos. Las Doce Tablas prorrumpi decretan la pena de muerte para los ladrones que actan al amparo de la noche, sabes? Mi reaccin fue instantnea: Oh, no soy ningn ladrn, seor! Eh? De un salto, Antonio se levant de la cama y prcticamente vol hasta m. El suyo fue un movimiento bastante gil; al fin y al cabo, era un atleta famoso y un hombre muy fuerte... mucho ms que yo. Pero an no haba despertado del todo y todava estaba, como poco, algo borracho. Y, en cualquier caso, yo fui ms rpido. Porque yo ya haba previsto qu hacer en caso de un problema como aqul. Y eso es siempre lo ms importante, porque as uno est preparado mentalmente para hacer lo que debe. Por supuesto, haba decidido no permitir que se acercara lo suficiente como para volver a ponerme la mano encima nunca ms. Porque, como he dicho, Antonio era mucho ms fuerte. Y tambin por esa otra razn que, sin duda, estaris imaginando. Como buen luchador que era, me limit a esquivarlo; estaba seguro de poder hacerlo y, en efecto, Antonio fall ampliamente el blanco. Sin embargo, se control con habilidad y apenas se golpe contra el mueble que yo tena detrs. A pesar de ello, cuando termin de darse la vuelta, yo haba rodeado la cama y estaba a unos pasos de la puerta del pasillo, en buena situacin para escapar. Bien, bien... murmur con una sonrisa, supongo que por yerme todava en la habitacin. Entonces, si no eres un ladrn, quin...? He venido a veros a vos, Marco Antonio. Soy un gran admirador vuestro y he pensado que podramos... en fin, ya sabis...

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Oh! De veras? El tono de su voz, tenso y afectado, estaba en la frontera entre la irritacin y la amabilidad. Dime, quin eres t? Me da la impresin de que te conozco... Un admirador secreto, mi seor. Antonio se acercaba y comprend que volvera a lanzarse a por m en cualquier momento. Deja que te vea mejor... deca. De pronto, lanz su acometida y alarg la mano hacia mi mscara al tiempo que se lanzaba hacia m. Esta vez, sin embargo, se qued an ms sorprendido y frustrado, porque dudo de que esperara que volviese a esquivarlo. Pero lo hice, y Antonio perdi el equilibrio por completo. En su cada hacia delante, se golpe de lleno la cabeza contra la esquina de la cmoda que haba tras l y, a continuacin, qued tendido en el suelo. Casi inconsciente, emiti un gemido y me detuve con cierta preocupacin. Al fin y al cabo, no quera que Antonio muriese (por lo menos, todava no, y menos cuando yo me encontrara cerca de l). Hinqu la rodilla a su lado; not el chichn que le sala en la frente, pero su respiracin pareca normal. Estaba tendido boca abajo, con los brazos extendidos en el suelo por encima de la cabeza. Mis ojos siguieron la direccin que sealaban y all, casi bajo la cmoda, justo fuera del alcance de sus dedos, yaca una brillante pieza de satn de color plateado que, por su color y su dibujo, pareca un poco fuera de lugar entre la ropa deslumbrante de Antonio. Cog el pedazo de satn y lo inspeccion: sin duda, era parte de un cinto, de uno de esos ceidores que llevara un sirviente de uniforme de gala. Me incorpor y guard el retal en un pliegue interior de la toga del disfraz. Antonio trataba de ponerse en pie pero todava estaba demasiado aturdido como para comprender lo sucedido, y yo no tena la menor intencin de quedarme a esperar a que lo hiciera. Sin una palabra ms, di media vuelta y abandon la habitacin y la casa. XV Cunto he visto desde el asesinato de mi primo? Cunto he envejecido? Cunto ms puedo soportar? El da despus de la fiesta en casa de Marco Antonio, Escribonio Curio, con los ojos encarnados y una jaqueca cegadora, se disculp por su conducta. Fue una disculpa abyecta, adornada con un par de lgrimas y una promesa de reforma. No ms vino en una temporada me asegur. Yo esperaba algo parecido, naturalmente. La respuesta me sali bordada: una refinada postura entre el malhumor y la alegra, entre la simple satisfaccin y la sinceridad obsequiosa. Tena que ser as, me dije, pues en ese momento, ms que nunca, quera la confianza ilimitada de Curio. En su mente no deba haber la menor sombra de duda respecto a mi posicin. Tena que estar seguro de mi absoluta lealtad y amistad. De hecho, estaba convencido de que tena que ser as si quera llegar hasta el fondo de aquellas muertes. Por supuesto, lo entiendo. No hay ms que hablar dije con el tono justo de arrogancia en mis palabras. Y pens para m que me estaba volviendo un experto en aquello. Y ca en la cuenta con cierta sorpresa de lo minuciosamente calculador que me haba vuelto en un cortsimo tiempo. De hecho, me senta envejecer con cada bocanada de aire que inspiraba y, con cada aliento que espiraba, notaba que el muchacho que llevaba dentro desapareca en el polvo interminable del gran ms all. Has perdido la razn, muchacho? Te has vuelto completamente loco? Era mi padre (cmo no!) Quien gritaba desaforadamente al tiempo que descargaba el puo sobre la mesa del comedor. Su rostro se puso al rojo vivo, unos hilillos de saliva asomaron en las comisuras de sus labios y una hebra de tocino prendida provisionalmente entre sus dientes superiores sali despedida tambin, finalmente. No esboces esa sonrisa cuando te digo algo. Vamos, adelante, brlate de m. Ya no eres mi hijo, entonces. No, ya no lo eres. Ebrio ya (no es preciso decirlo!), Dio un enorme trago de aquel vino barato del norte que tomaba en los ltimos tiempos; supongo que, en esa poca, era lo mejor que poda permitirse. No hay ninguna excusa para tu comportamiento, maldita sea! Decio, por favor... empez a decir mi madre. No, no; t, calla replic l. Cierra la boca ahora mismo. Por un instante, dio la impresin de que iba a abalanzarse sobre ella, que llegara a golpearla. No era un secreto que a veces lo hacia, aunque nunca haba sucedido en mi presencia. Not que mi cuerpo se pona alerta, casi sin querer, y estoy seguro de que en mi rostro se dibuj una expresin espantosa. Pese a su estado, mi padre dio muestras de captar mi cambio de actitud y se

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contuvo rpidamente, pues estaba muy claro que yo no iba a permitir que le pusiera la mano encima; por lo menos, mientras siguiera all y pudiese impedirlo. En realidad, en aquel caso concreto estoy seguro de que mi madre pensaba como l; ya lo haba insinuado anteriormente. Yo llevaba algn tiempo evitando el encuentro con mi padre y en aquel momento, con considerable retraso, le ofreca la oportunidad de expresar sus quejas por mi controvertida elega fnebre. Desde entonces, mi padre tambin haba odo muchos comentarios sobre mi trabajo de detective, de modo que aprovechaba la ocasin para dar rienda suelta a toda su clera a la vez. Eres un...! Eres idiota! Mascull. Cmo te atreves a poner en un peligro tan evidente a tu familia? Que lo hagas conmigo ya es bastante malo, pero a tu pobre madre... Hacerle correr tal riesgo! Y a tu pobre esposa... Tu conducta es estpida, irreflexiva y absolutamente imperdonable! Volvi a ocupar su asiento y tom otro gran trago. Aguard su siguiente retahla de insultos, pero se limit a murmurar por lo bajo, como si por fin se hubiera quedado sin aliento..., aunque slo fuera de momento. Padre... Oh, cllate! Si quieres matarte, adelante. Pero no arrastres contigo a la mitad de tu familia! Mov la cabeza en gesto de negativa y esper, pero slo por un instante ya que, como deca, estaba prevenido contra l y slo me haba decidido finalmente a presentarme all aquella velada el hecho de que Fulvia se hubiera sentido indispuesta de repente. Esto me proporcionaba la excusa perfecta para dejarla en casa y evitar someterla a la explosin que se preparaba. As, tras una breve pausa, tom la palabra otra vez: Escucha, padre, comprendo que ests preocupado y lamento que mi elega por Lucio te molestara, pero lo hice deliberadamente. Fue un riesgo calculado. Quiero que quien est detrs de este asunto sepa que hablo en serio. Quiero que todo el mundo lo sepa. As, si me sucede algo... En fin, ser mucho ms difcil dejar de lado las... las dificultades que pueda encontrar. En cualquier caso, cuatro personas al menos han sido asesinadas hasta el momento... Cuatro? S, padre. Tres, adems de Lucio. Pero estoy seguro de que existe una conexin entre los cuatro. Y me propongo resolver el misterio de esas muertes, cueste lo que cueste. Mi primo, por si solo, merece que lo intente. Mira, padre, Lucio era mi mejor amigo y no permitir que su asesino quede sin castigo. Pero piensa en nosotros, piensa en... Estoy decidido, padre. Si no quieres ayudarme, me parece bien. Pero ya me has expresado tus protestas y no hay ms que hablar. No volveremos a hablar del tema... ni ahora, ni nunca ms. Tras dirigirme una mirada colrica, mi padre se puso en pie, cogi la jarra de vino y abandon la estancia. Lo reconoces? Pregunt a Calpio, el mayordomo de la casa de mi to, tras mostrarle el retal de tela plateada que haba encontrado en el dormitorio de Antonio unas noches antes. Calpio lo inspeccion, sonri y asinti con energa. A ti tambin debe resultarte familiar, seor respondi. Quiz s. Entrecerr los ojos en una mueca con la que le di a entender que sus palabras me haban parecido un poco impertinentes. Bueno, podra ser parte de la vestimenta de Telefo se apresur a decir. Podra pertenecer a su cinto plateado. Eso es. Ms tarde se lo ense a mi to, pero ste se mostr mucho ms vago, lo cual no era de extraar. Estaba seguro de que mi ta Hortensia habra sido ms concreta al respecto, pero tema demasiado perturbara, de modo que reserv el retal de tela para otra ocasin posterior. Al fin y al cabo, decid, tampoco se trataba de un asunto tan urgente, pues lo nico que significaba era que Telefo, probablemente, haba estado en el dormitorio de Antonio. Y qu significaba eso? En realidad, nada, me dije. Acaso no haba pasado por all todo el mundo?, Pens con una sonrisa perversa. Lo principal era saber adnde conduca la investigacin. A quin poda interrogar? Qu pruebas poda acumular para convertir las pesquisas en acusaciones slidas y resolver los crmenes? Iba a ser un asunto difcil, me dije. Pero no me haba dado perfecta cuenta de lo peliagudo que iba a resultar hasta que el portero de la finca de los Grato anunci mi presencia: Su seora, Cayo Livinio Severo, solicita ver a la ama Matidia. Y mientras aguardaba all, en el atrio de la casa del padre de la muchacha, pens que, al fin y al cabo, no estaba tan seguro de poder hacerlo. Pero al cabo de otro momento, mientras me conducan escaleras arriba hacia un saloncito de estar de una dama, me pareci que no tena ninguna baza ms en el asunto. A decir verdad, la estancia era ms para una chiquilla que

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para una mujer adulta, con los estantes repletos de muecas, chucheras colgadas de las paredes y sedas extravagantes y chillonas prendidas sobre un pequeo aparador. Oh, Cayo! Dijo Matidia Grata con su vocecilla infantil, y me abraz. Por su gesto me di cuenta de que haba tomado mi presencia por una nueva visita de cortesa. Qu vamos a hacer sin l? Exclam con los ojos llenos de lgrimas. Y entonces tuve la certeza de que mi tarea era imposible. Ella escanci vino en unos vasitos de plata y tom asiento a mi lado, en un banco, junto a una ventana que se abra sobre el jardn trasero de la casa. Lo echo tanto de menos dijo. Igual que yo asent y not que los ojos se me nublaban. Y bien, seor detective, qu ms, ahora? Me dije. Me decido y le pregunto directamente'?: Qu sabes t, Matidia, del asesinato de tu prometido, mi primo Lucio Flavio?. Esta era la pregunta clave, por supuesto, pero no era probable que obtuviera respuesta, verdad? Sonre para m y pens: No me extraa que la gente que se dedica a este tipo de trabajos est considerada entre la de peor calaa. Ningn general plantado en mitad de un campo de batalla empapado de sangre sera capaz de llevar a cabo un acto de crueldad tan intimo, tan personal como aqul. Sin embargo, tena que hacer la pregunta. Tomara un trago ms de vino, me dije, y se la formulara. Y bien? Se me adelant ella. Qu has descubierto sobre el asesinato de mi prometido? Oh, dioses misericordiosos, dejar que Matidia planteara la cuestin! Por decirlo suavemente, me pill desprevenido. Contempl a la muchacha boquiabierto, estoy seguro, de sorpresa y vi brillar en sus ojos oscuros una determinacin inesperada. Bueno, yo... Deberas haber venido a yerme antes, sabes, Livinio? Lucio me dej unos documentos que, segn l, eran de vital Importancia. Supongo que l querra que los tuvieras t. Con una sonrisa, se levant, anduvo unos pasos hasta el estante de las muecas, cogi la ms grande, le quit la cabeza y hurg en el interior del cuerpo. Al instante, se le hel la sonrisa y el color desapareci casi por completo de sus mejillas. Introdujo la mano ms hondo, la sac, puso la mueca boca abajo y la golpe con fuerza contra el aparador. La vi tambalearse un poco y la ayud a volver al divn. Han desaparecido! Exclam y prorrumpi en unos sollozos tan sentidos como los del da del funeral. Qu extraordinaria serie de acontecimientos, me dije mientras caminaba ladera arriba hacia la casa de Avidia Crispina, a la maana siguiente. La poco delicada tarea que me esperaba esta vez era, de nuevo, el interrogatorio de la prometida de otro asesinado, en este caso Fabio Vibulano. Pero mi cabeza estaba todava en la entrevista con Matidia del da anterior. Un breve instante de expectacin por unos documentos, de cuya existencia no haba tenido noticia hasta entonces, se haba desvanecido tan de improviso como los propios documentos. No, Matidia no recordaba que nadie hubiera entrado en la estancia, salvo ella y Lucio (aparte de los criados, por supuesto). Si, estaba segura de que no se equivocaba de mueca. A pesar de ello, decapitamos a todas las dems y buscamos tambin en los dems estantes y cajones. No es preciso decir que no encontramos nada. Cuanto ms profundizaba en el asunto, pens, ms desconcertante se volva. De hecho, cuando dobl la esquina y entr en la calle donde estaba la casa de Avidia Crispina estaba tan abstrado que casi haba llegado a la puerta cuando, por fin, not un frenes de actividad en el lugar, y la presencia de una decena de guardias que mantenan una estrecha vigilancia en la verja de la entrada principal. Detrs de ellos, justo al otro lado del umbral, un hombre y una mujer visiblemente recin levantados sollozaban abrazados. Me resultaron vagamente conocidos y estuve bastante seguro de que eran los padres de Avidia. A unos pasos de la puerta, uno de los guardias se adelant hacia m con aire agresivo. Qu te trae aqu, seor? Su seora, Cayo Livinio Severo, quiere ver a Avidia Crispina respond con un tono pomposo en la voz. Tras estas palabras, la mujer del umbral solt un gemidos Oh, no!, y rompi en sonoros sollozos hasta que se acerc una esclava y la ayud a retirarse de nuevo al interior de la casa. Qu? Quin habis dicho que sois? Pregunt el hombre con aspereza, al tiempo que se acercaba a m. Livinio Severo repet. Deseo ver a Avidia, seor. Avidia Crispina. Es vuestra hija, verdad? El hombre abri la boca y la cerr sin decir nada. Me mir un largo momento y luego, en voz muy baja y cargada de tristeza, musit: Si, lo es. Tras otra larga pausa, continu: Mi hija ha muerto, seor. Asesinada. Yace muerta en la cama, con su hermoso cuello roto...

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Con estas palabras, l tambin se entreg a unos terribles sollozos y yo not que me fallaban las rodillas ante la sorpresa. Muerta... murmure. As pues consigui articular el hombre entre espasmos de llanto, tendris la amabilidad de dejarnos solos... Por favor! Aadi en tono muy insistente al ver que no me mova de donde estaba. Pero necesito ver el cuerpo, quise decirle, pero qu torpe y terrible habra sido hacerlo. Mis condolencias, seor, en este da de duelo fue lo nico que logre balbucir, finalmente. El apesadumbrado padre asinti y se alej y yo me qued solo en la entrada de la casa, bajo la mirada ceuda de los guardias y con el corazn demasiado lleno de pesar como para pensar, hablar o moverme. Era como si se levantara una pared delante de m: testigos asesinados, documentos desaparecidos... Con cada medio paso adelante, pareca deslizarme cinco ms hacia atrs. Adnde ms poda acudir ahora? Ssifo empujando su roca montaa arriba no se habra sentido ms frustrado que yo. Bastante oportunamente, volv a encontrarme aturdido por el trabajo, slo que esta vez casi me volqu en l. Y, desde luego, fue un buen momento para hacerlo (por lo menos, eso me dije). Porque mientras yo volva a juntarme con mis primos en el estudio de Escribonio Curio a jornada completa, la poltica romana volvi a primer plano ruidosamente. Nueve das despus de la fiesta de aniversario de Hirtio Pansa, a una semana de que tomaran posesin del cargo dos nuevos cnsules, Julio Csar y Calpurnio Bibulo, Roma se hallaba en puertas de nuevos tumultos. Pero aunque a primera vista la situacin resultaba muy parecida al Caos de antao, en realidad era una maniobra planificada con minuciosidad y astucia. Esta vez, tras la agitacin se hallaba la mano ducha de Csar. De nuevo, el tema era la reforma agraria. De nuevo, los senadores de la aristocracia ms aeja se oponan. Csar era favorable a la aprobacin de la ley. O, para decirlo con ms precisin, exiga tal aprobacin. Como de costumbre, la posicin de Pompeyo no estaba clara. Para entonces, Escribonio Curio haba adquirido suficiente renombre como para que el Senado aguardara sus opiniones con considerable inters. Y, a decir verdad, ahora eran un secreto bien guardado. Ni siquiera yo las conoca, y tampoco mis primos pues, como llegu a comprender cuando la partida ya estaba avanzada, nos haba mantenido a todos tan aislados en nuestros respectivos trabajos, tan ocupados en nuestros proyectos e investigaciones individuales, que ninguno de nosotros saba realmente lo que estbamos haciendo en conjunto. Por supuesto, muchos pensaban que, una vez oyeran a Curio, conoceran tambin la opinin de Pompeyo. Un idea muy razonable, a la vista de las experiencias pasadas. As, cuando Curio se levant con su porte firme y seguro de s mismo para dar inicio a su gran discurso, un cuchicheo inslitamente respetuoso recorri el Senado de Roma. Padres senadores empez, afrontamos hoy el tema de la reforma agraria. Es una cuestin que nos preocupa desde hace ya algunos aos y que ha causado un descontento considerable por toda Italia; de hecho, ha provocado disturbios y derramamiento de sangre en las propias calles de Roma. Ahora, el tema se plantea otra vez. De nuevo, debemos decidir qu constituye un servicio valioso al Estado y, asimismo, determinar cul es la recompensa justa para tal ser vicio. Tambin debemos decidir si la tierra de Italia debe permanecer ahora y para siempre en manos de las antiguas familias, los ms ricos, o si la tierra, en cierto sentido, pertenece al conjunto de la Repblica y, por tanto, a todos sus ciudadanos.., Muy especialmente a los que han arrostrado los peligros del campo de batalla en su defensa. No es ste el asunto que afrontamos hoy? Llegado a este punto, Curio hizo un alto y dirigi una mirada a la cmara como si realmente esperara una respuesta. No lo es acaso, padres senadores? S. S que lo es respondieron algunas voces aisladas. No parecis muy seguros continu Curio. Hizo una nueva pausa y mir alrededor de l, pero no hubo ms respuestas. Resulta lgico que no lo estis dijo entonces, porque lo que se discute realmente en este debate tiene tanto que ver con la reforma agraria como la marina romana con las cosechas de los campos. No; tras este tema hay otros asuntos, ocultos a la vista. Temas de poltica y cuestiones de poder; cuestiones de ambicin y de codicia. Cuestiones, de hecho, que afectan al corazn mismo de Roma. La reforma agraria, ay!, Es slo la mscara. Permitid que os explique en pocas palabras cmo estn las cosas. Hizo un nuevo alto, sonri y se escuch una risa contenida en la sala pues, por supuesto, nadie haba pedido ninguna explicacin. S, por favor, explcalo exclam de pronto una voz de buena fe desde un extremo de la cmara. Naturalmente, no era otro que aquel atontado, el senador Lucio Domicio Ahenobarbo. Bien, pens, era como si no hubiera hablado nadie.

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Una faccin continu Curio insiste en que hace mucho tiempo que se ha abusado de la paciencia y de la benevolencia del Estado, que stas se han agotado y que no se puede conceder nada ms a los pcaros y simuladores de la plebe. Los ricos poseen la tierra porque... en fin, porque son ricos, dicen ellos, y no estn dispuestos a ceder a las amenazas e intimidaciones de la chusma ni de aquellos que dicen representar la, pero que, en realidad, slo la utilizan para llevar a cabo sus propios planes ambiciosos. Debe mantenerse la estricta observancia de las leyes, dicen; las libertades de la Repblica deben ser preservadas. Otra faccin afirma que todo eso es un embuste, que los charlatanes en este caso son esos aristcratas ricos. Poseen la tierra, dicen sus detractores, porque son codiciosos. Y, por serlo, quieren conservarla toda para ellos. Pero la tierra es nuestro recurso ms fundamental, aaden esos hombres; no puede ser poseda en forma tan exclusiva. De vez en cuando, debe ser redistribuida en beneficio de todos los ciudadanos que lo merezcan. Esta faccin declara, de hecho, que no ceder ante el poder intimidador y atrincherado de las antiguas familias. Al fin y al cabo, insisten esos hombres, debe mantenerse la estricta observancia de las leyes; las libertades de la Repblica deben ser preservadas. Y hay an otra faccin que oscila en algn lugar a medio camino entre las otras dos. S, dicen, apoyamos la reforma agraria. Pero Roma se halla en una situacin precaria; la tierra escasea; el tesoro pblico est prcticamente agotado. De modo que sta no es la ocasin propicia. Intentmoslo en un ao o dos; pero no, entonces tampoco; quiz dentro de cuatro o cinco aos sera el mejor momento. Adems, insisten, no podemos mantener a todos los bribones y gamberros que pueblan las calles; no podemos someternos a la violencia o a exigencias improcedentes, no importa lo justa que sea la causa. Y por supuesto, afirma esta faccin, no vamos a doblegarnos ante los ricos. Despus de todo, dicen, debe mantenerse la estricta observancia de las leyes; las libertades de la Repblica deben ser preservadas. Curio se detuvo de nuevo y sonri artificiosamente, con el toque justo de amargo regocijo en los ojos y en los labios. De nuevo, se produjo un coro de risas en la cmara, pero nada ms; ni gritos vulgares ni interrupciones. Se apreciaba que el orador haba captado la atencin de sus colegas, realmente. E incluso empezaban a entender su razonamiento. Estas facciones y sus planteamientos recogen los que, al parecer, son los verdaderos temas que se plantean hoy prosigui. Son esos temas ocultos a que antes me he referido, los temas del poder, el control y el destino de la propia Roma. Pero tengo una sorpresa para vosotros, padres senadores. En mi opinin, esas facciones y sus presuntos verdaderos temas del poder y el control son las autnticas distracciones y, padres senadores, os imploro que las apartis de vosotros para concentraros en el nico asunto real que estamos tratando. Y ese asunto es la reforma agraria. Os insto, colegas, a tomar en consideracin este tema y slo ste, y a que lo juzguis exclusivamente por sus merecimientos. Debe proporcionarse unas modestas parcelas de tierra a los legionarios veteranos y a otros meritorios ciudadanos de Roma? Planteada as la cuestin, sin otras intrigas, la respuesta es clara, patente e incontrovertible. De hecho, esa respuesta correcta puede debilitar nuestras facciones enfrentadas y proporcionar unos cimientos firmes sobre los cuales reconstruir nuestra agitada Repblica. Nobles padres, en la cuestin de la ley de reforma agraria que se presenta al Senado de Roma, mi voto ser un rotundo, radical e inmutable... s. Y os insto a que me imitis. Al trmino del discurso, tenia los ojos llenos de lgrimas y expres mi aprobacin con un rugido tan estentreo y tan prolongado que la ronquera me dur esa noche y todo el da siguiente. Aquella velada, en su casa de la ciudad, Curio trajo una jarra de vino y celebr el xito con mis primos y conmigo. Sentados en el patio, bebimos y nos regocijamos hasta altas hora de la noche. Por el nico estadista de verdad: Cayo Escribonio Curio! brind en ms de una ocasin. Y cada vez que lo hice, me encontr sollozando un poco. Eran sollozos de culpabilidad, supongo. No dejaba de preguntarme cmo haba podido dudar de l. Cmo poda haberlo considerado responsable de ningn acto de infamia? Qu equivocado haba estado al con vencerme, casi, de lo contrario! Curio tal vez tena sus pequeos defectos pero, quin no? Que le gustaba Marco Antonio? Haba muchos en Roma que compartan tal atraccin, tanto mujeres como hombres. Ahora bien, respecto a Marco Antonio... En fin, sa era otra historia. Ese era el individuo al que deba vigilar en todo aquel asunto, decid. Un discurso maravilloso afirm, y levant el vaso una vez ms. Un discurso noble. Ha sido, con sinceridad, la mejor pieza de oratoria de su clase que he odo nunca: los argumentos estaban bien escogidos, la exposicin era econmica, y la expresin, modera da y modesta declar mi primo pretencioso, Junio Barnabs. Excelente se limit a decir su opuesto, mi primo Claudio Barnabs. Al orlos, me ech a rer con unas carcajadas francas y estentreas que se prolongaron largo rato; de hecho, hasta que las estrellas se ocultaron y el cielo previo al alba mostr una negrura insondable y ominosa.

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Oh, primos! Recuerdo que dije finalmente. Oh, primos! Cunto echo de menos a mi primo! Y, de nuevo, los ojos se me llenaron de lgrimas, pero esta vez era evidente que ya no me rea. Aquel da, todos los senadores haban aplaudido el discurso de Curio pero, naturalmente, en el Senado de Roma tal reaccin puede resultar engaosa. Lo que alababan eran los argumentos bien formados de la intervencin la retrica y, en algunos casos, los sentimientos nobles que traslucan. Pero ello no tena nada que ver con que estuvieran de acuerdo con una sola palabra de lo dicho o con la accin que fueran a tomar ms adelante. De hecho, la buena sensacin producida por el discurso dur poco; al mismsimo da siguiente, el respetado Senado de Roma degener una vez ms en un espectculo vulgar de burlas, insultos y rias. Aprobaris esa ley, o las consecuencias sern terribles!Declar Julio Csar al Senado. Muchos de mis colegas parecieron tomar nota de sus palabras sin inmutarse, pero yo me qued asombrado. Qu era aquello? Me dije, un aviso, o una orden? Por su tono y sus palabras, poda ser cualquiera de las dos cosas. O ambas a la vez. No amenaces al Senado de Roma replic Catn a gritos. Aqu no mandas t, sino el Senado intervino tambin Calpurnio Bibulo. Entonces, Marco Antonio cruz la estancia con paso rpido, lleg hasta Bibulo y le o ntidamente cuando dijo a ste: Pero no por mucho tiempo ms. No es preciso que os diga que esas palabras me produjeron un escalofro que me subi por el espinazo. Y as continu la trifulca; los insultos se hicieron ms ofensivos, y las amenazas, menos veladas. Csar y Catn, en particular, pasaron la tarde lanzndose pullas. En cierto momento, Csar imit la pose severa de Catn, y ste, fingiendo una melindrosa contradanza, murmur (aunque, probablemente, en voz lo bastante baja como para que su interlocutor no la oyera): De quin eres la mujercita esta semana, Csar? Un poco ms tarde, Csar apunt que Catn comprende ra la necesidad de la reforma agraria si aprendiera a rerse un poco y que alguien debera ayudarlo a quitarse de espalda la vara que lo haca tan estirado. Yo dira que t sabes mucho ms que yo sobre varas que penetran a uno por detrs, Csar replic Catn, y dio rienda suelta a una carcajada estentrea. Ante ello, Csar decidi, al parecer, que ya tena bastante. Hizo un ademn con mano derecha y, al cabo de un instante, dos tipos con aspecto de rufianes entraron en la cmara, agarraron a Catn, lo levantaron del suelo y se lo llevaron en volandas. Por supuesto, la escena me dej horrorizado y, por un instante, dio la impresin de que el Senado entero iba a estallar en una pelea generalizada y escandalosa. Sin embargo, como de costumbre, las pocas peleas que llegaron a surgir actuaron como vlvula de escape que detuvo las dems, y los senadores se limitaron a las burlas, las risas y los gruidos. Y poco a poco, en un plazo de media hora tal vez, todos fueron abandonando la cmara hasta que, por fin, la sala de reuniones del Senado de Roma alcanz la tediosa soledad que mereca. A la maana siguiente, Catn estaba de vuelta, por supuesto. Csar era demasiado astuto como para arriesgarse a un movimiento tan impetuoso como el encarcelamiento del senador ms respetado de Roma e incluso ofreci una breve disculpa que Catn acept de buen grado. Pero pronto volvieron a las andadas. Bobalicn, borracho, golfo, ladrn, pederasta... stos fueron algunos de los insultos ms sabrosos que escuch durante el debate. Por ltimo, seis das ms tarde, viendo que el Senado se Inclinaba en favor de Csar y de su ley, el otro cnsul de Roma, Calpurnio Bibulo, declar: Oigo un trueno. En realidad, hacia una tarde clara y soleada y el trueno que haba retumbado de pronto no proceda de los cielos, naturalmente, sino del propio Csar. Jpiter te maldiga! Prorrumpi ste desde el otro extremo de la cmara en un arranque de clera autnticamente inslito en l. Lrgate de aqu, viejo tonto! Continu exclamando mientras avanzaba a toda prisa hacia Bibulo. Es intolerable que interrumpas a toda Roma con esa estupidez. Por un momento, dio la impresin de que iba a golpear a Bibulo con sus propios puos pero, en el ltimo instante, llam de nuevo a sus secuaces; esta vez, cuatro matones enormes entraron a paso ligero, derribaron a Bibulo y se lo llevaron a rastras. El cnsul baj los peldaos de la grada rebotando sobre las posaderas y fue arrastrado por el suelo hasta el exterior de la cmara. Desde mi escao alcanc a ver llegar al grupito a la puerta exterior. Los matones ayudaron a ponerse en pie a Bibulo con gestos speros pero, de inmediato, otro hombre se adelant y le ech por la cabeza al cnsul el contenido de un cubo de estircol. Cuando vi que ste le resbalaba por el rostro y la toga, esboc una mueca de asco. Como he dicho, no alcanzaba a verlo absolutamente todo y di por sentado que el hombre que haba arrojado el cubo de estircol era otro de los secuaces de Csar pero, para mi sorpresa, una decena de testigos me asegur ms tarde que no haba sido otro que el propio Marco Antonio.

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ste era, pues, el estado de cosas en la capital de la Repblica Romana. Al mismsimo da siguiente, el Senado aprobaba la ley de reforma agraria apoyada por Julio Csar. En cuanto a Calpurnio Bibulo, decidi encerrarse en su casa durante el resto de su mandato es decir, pasar casi un ao entero recluido y dedicarse a contemplar los cielos a la espera de que el trueno se acallara... Y a que se reanudaran los lcitos y genuinos asuntos de Roma. XVI Por supuesto, felicitamos a Curio por la aprobacin de la ley. Pero fue un acto protocolario: todos nosotros, incluso el propio Curio, estuvimos de acuerdo en que no era momento para celebraciones. As, al da siguiente, me encontr con mis primos en un establecimiento de la colina, no lejos del Foro, no tanto para celebrar el triunfo como para lamentarnos de la situacin. La reforma agraria es maravillosa apunt, pero conseguirla de este modo... Dej la frase a medias, mov la cabeza y alc las manos en un gesto de impotencia. En efecto, parece que las fuerzas de la oscuridad se unen para aplastar el bien, para poner fin a nuestras libertades y reemplazar nuestra gloriosa Repblica por una dictadura intervino Junio Barnabs. Se avecinan problemas dijo su hermano, Claudio. Ech el cuerpo hacia delante, me llev las manos a los ojos e intent reprimir la risa. Consegu que slo se me escapara un leve carraspeo, pero no pude ocultar una sonrisa. Lo hacis deliberadamente? Quise saber. Hacer qu? Dijeron ambos. Los mir y vi que sonrean de oreja a oreja. Hacer qu! Repet. No sabis a qu me refiero? Tal vez a que uno de nosotros siempre emplea cinco veces ms palabras de las necesarias para expresar algo y el otro siempre lo resume todo en un par de monoslabos? Sugiri Claudio. S, a eso me refiero respond. S. S, qu? Si, lo hacemos deliberadamente declar Junio. Lucio siempre lo supo. Creamos que t tambin. Lucio siempre lo supo! Logr articular con esfuerzo. Apoy la espalda en el respaldo del duro banco de la tabernucha y solt mi primera carcajada de verdad en mucho tiempo; muy probablemente, era la primera desde la muerte de Lucio. Tom un largo trago de vino y estudi a mis dos primos, que an mostraban sendas sonrisas idiotas en sus labios. Una barba cerrada cubra en aquella poca las facciones morenas y carnosas de Junio; los rasgos angulosos, aguileos, de Claudio, eran realzados por una nariz tpicamente romana y unos ojos tan penetrantes que a veces parecan emitir una misteriosa luz propia. No estaba seguro de s el hecho de que el comportamiento de los hermanos estuviera tan calculado los haca an ms excntricos de lo que haba credo hasta entonces. Probablemente, s, aunque tambin ms inteligentes. O, al menos, ms perspicaces, me dije. Alguna vez cambiis de papel? Pregunt con una sonrisa. Ya sabis, cambiar de personalidad; un da, el presuntuoso es uno, y el siguiente, el otro. Antes lo hacamos asinti Claudio, pero lo cierto es que Junio se ha hecho un consumado actor en el papel del hombre locuaz hasta la extenuacin. Su facilidad en la expresin de sus pensamientos y su sentido de la oportunidad han adquirido tal maestra que hace tiempo que hemos decidido no volver a cambiar de personaje. Exacto corrobor su hermano. Los contempl a ambos con una sonrisa. Lo acabis de hacer dije. Acabis de intercambiar los papeles. Mmm... hum... murmuraron los dos. Muy astutos! Aad y, por fin, los dos estallaron en una carcajada. Entonces ca en la cuenta de que, risillas corteses aparte, era la primera vez que los oa regocijarse de aquel modo. Echas de menos a Lucio, verdad? Deca Junio. Era tarde y estaba algo bebido, pero segua sin fiarme del todo de mis extraos primos. No era que esperase que me tancia entre ellos y yo. En parte, porque parecan tan amurallados, tan preservados en su pequeo mundo. Pero acaso tambin, me dije, porque nunca me haba tomado la molestia de escalar aquella muralla. Al fin y al cabo, est bastante claro que hay gente a la que resulta ms difcil conocer que a otra. Nosotros, tambin declar Claudio sin esperar mi respuesta. Aj asent con un ligero gesto de cabeza. Los dos hermanos se movieron en sus asientos y manosearon los vasos con aire intranquilo.

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Espero que no te moleste la pregunta apunt Junio Barnabs, pero... en fin, nos preguntbamos cmo va tu investigacin. La de la muerte de Lucio precis Claudio. Mov la cabeza a un lado y a otro al tiempo que me morda el labio. Estaba decidido a no derramar otra lgrima. De momento, casi nada musit. Podemos... empez a decir Claudio, pero dej la frase medias. Ayudar? La termin Junio. Lo siento, no os sigo... Que si podemos ayudarte de algn modo en la investigacin se extendi Junio. Los mir otra vez; yo ni siquiera les haba contado que llevaba a cabo una investigacin aunque, desde luego, a aquellas alturas ya podan haberse enterado por cierto nmero de personas. Gracias respond con tranquilidad. Por el ofrecimiento, me refiero. Sera magnifico, desde luego. Advert que me estaba mordiendo el labio otra vez aunque, por alguna razn, saba que esta vez no servira de mucho. Pero no s continu a trompicones. En este momento estoy en una especie de callejn sin salida... Y entonces se escuch un sollozo, breve y desagradable, que surga de lo ms profundo de mis entraas aunque, al orlo, fue como si procediera de otra persona o de otra parte; de hecho, de cualquier lugar o persona que no fuera yo, sentado en el pequeo establecimiento. Tenemos que participar declar Claudio rpidamente. Debemos hacerlo le secund Junio. Los hermanos se levantaron de la mesa al momento, aunque con calma, sin prisas torpes que pudieran atraer una atencin que no desebamos; despus, me ofrecieron los brazos y se aseguraron de que me sostena en pie como era debido. Por fin, con una paciencia nada despreciable, mis dos primos me ayudaron a salir del local y me condujeron a casa. Result bastante extrao que, a pesar de mi estado, o quiz debido a l, cuando llegamos a la puerta y me desped de mis primos tras darles las gracias ya empezaba a fraguar en mi mente un nuevo plan. Fulvia me esperaba despierta, acostada sobre la cama y vestida slo con un camisn de dormir adecuadamente escandaloso. Hola me recibi con una gran sonrisa, tan alegre y hermosa como siempre. O eso pretenda. Cuando me fij mejor, advert con un sobresalto que tena los ojos tristes, cansados y enrojecidos. Has estado llorando? Pregunt al momento. Y t? Replic ella. Yo he preguntado antes. Fulvia suspir, sonri e incluso se ri ligeramente. Es slo que ltimamente me tienes un poco preocupadadijo. De veras? Me col en la cama, a su lado. Lamento haberte causado inquietud, pero ya sabes lo cargado de trabajo que estoy y, adems, tengo muchas cosas en la cabeza. Mmm... Fulvia me estudi detenidamente. Luego, insisti: Bien, y t? Tras un instante de duda, comprend a qu se refera. Pues si, has acertado reconoc. Fulvia se acurruc contra m, me dio un beso y se volvi hasta quedar de espaldas a m; entonces, gui mis brazos en torno a ella y, al cabo de un momento, coloc mis manos sobre sus pechos. Te quiero mucho, Livinio murmuro. Notaba su respiracin y perciba el latir de su corazn. Tom aire en una profunda inspiracin y luego lo expuls en un gran suspiro. Fue, supongo, el aliento embriagador que slo es posible en un hombre que es todava, al menos en espritu, un recin casado. Serenidad, pens; eso era lo que Fulvia me proporcionaba. Eso y paciencia, adems de todas las otras cosas que las mujeres dan a los hombres, segn los poetas. Dira que el sentimiento es mutuo respond. No seas frvolo me recrimin. Nuestro amor es sagrado. S que lo es dije entonces. Estoy de acuerdo. Permanecimos unos momentos en aquella posicin, en complacido silencio, hasta que ella se volvi de nuevo y me miro a la cara. Entonces..., en fin..., todo va bien? Quiero decir..., espero que no te moleste la pregunta, pero cmo va tu investigacin?

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Me pregunt por qu todo el mundo se mostraba tan considerado conmigo, aquella tarde. Tan espinoso era el asunto?, Me pregunt, o era yo quien pareca tan delicado? Claro que no me molesta la pregunta, Fulvia. Si no te lo he contado ya es porque temo que cualquier cosa que te diga al respecto no haga sino ponerte en peligro. Ella asinti con gesto comprensivo, aguard un momento y, por fin, dijo: Y? Y? Ah! Y la investigacin no se desarrolla demasiado bien en este momento, pero he... Es esa...? En fin, no quiero entrometerme, pero es por eso por lo que has estado llorando? Bien respond, azorado, en cierto modo, s. Sobre todo era por... Por Lucio. Por supuesto! Yo tambin lo echo de menos, Livinio. Lo quera mucho. S, todo el mundo lo quera. Pero he... Bien, yo tambin quiero ver resuelto su asesinato declar con ardor. Luego, se detuvo un momento como si reflexionara profundamente. Livinio, crees que... que mi padre Podra ser de alguna ayuda? Al orla, me incorpor y, apoyado en el codo, le dirig una sonrisa un poco presuntuosa, supongo. Mi querida esposa declar, desde hace diez minutos estoy intentando decirte que tengo un nuevo plan. Y, en efecto, una parte muy importante del mismo exige la colaboracin de tu padre. Victorino Avidio me recibi a la mismsima maana siguiente. Estaba en su biblioteca, rodeado de una verdadera montaa de rollos por leer y de un grupo de pesados consejeros. Estaba muy ocupado, no es preciso decirlo, pero se apresur a hacer salir a todos aquellos hombres y pude ir derecho al grano. Como debes de saber, Avidio, he llevado a cabo una investigacin sobre el asesinato de mi primo, Lucio Flavio. Si, muchacho, y si no te molesta la pregunta, cmo te ha...? No me ha ido demasiado bien, Avidio me apresur a decir, pues no quera or una vez ms aquella pregunta. Y precisamente por eso he acudido a verte. Estoy aqu. Estoy decidido a llevar ante la justicia al asesino y, a mi pesar, debo pedirte ayuda. Hice una pausa para dejar que mis palabras penetraran en su mente, y l me lanz una mirada con su acostumbrada seguridad en si mismo y con su elegante aplomo. Sus ojos eran receptivos y vidos, pero atemperados como siempre por sus formidables cejas oscuras; su boca, evasiva y neutra, pero tambin firme y quieta, sin el menor temblor perceptible en los labios o en la mandbula. En conjunto, el suyo era un rostro relajado, incluso sereno; un rostro que pareca anunciar que estaba en paz consigo mismo y con el mundo (o, al menos, con la parte del mundo que contaba). Bien, Livinio, no me niego a ello dijo Avidio, aunque no termino de entender cmo... Esper a que continuara, pero sus ojos me dijeron que haba terminado y que, en realidad, estaba aguardando mi peticin. Y lo que dije fue: Seor, deseo una cuestura. Avidio sacudi ligeramente la cabeza, dirigi una mirada alrededor y me contempl con rostro inexpresivo; despus abri la boca y volvi a cerrarla sin haber emitido el menor sonido. Por un instante, pareci sumido en reflexiones hasta que, con un gesto lento de asentimiento y arrastrando las palabras, murmur: Aj, ya entiendo! Por lo menos, creo que entiendo. Te refieres al cargo en su forma antigua. Si dije con una sonrisa. Eso es. Su momentnea confusin era perfectamente comprensible pues, en nuestra poca, los cuestores son tesoreros y gerentes financieros del gobierno. (Slo para recordar el dato, ste era el empleo que haba desempeado Curio durante su servicio en la provincia de Asia.) En cambio, hace mucho tiempo cuatro siglos, para ser exactos; la poca en que las Doce Tablas haban sido grabadas por primera vez en las antiguas tablillas de bronce, un cuestor era un investigador, sobre todo de casos de asesinato. Quaestor parric Idi era el nombre exacto que reciban. Y lo que yo deseaba era aquel empleo, aquel ttulo que, estaba convencido, me proporcionara el poder que necesitaba para llevar a cabo una investigacin como era debido. Era un movimiento temerario, incluso impertinente, pero tambin atrevido e innovador. Y el sabor antiguo del titulo no hara sino potenciar mi prestigio. En mi opinin, era el mejor plan que poda disear; de hecho, haba decidido que era el nico camino coherente para resolver el asesinato de mi primo. Interesante coment Avidio mientras segua dndole vueltas al asunto. Pero los cuestores, naturalmente, son elegidos para sus cargos mediante votacin. Y no se podra conseguir un nombramiento especial? suger. Un nombramiento de urgencia. Creo que existen precedentes. S respondi l tras unos instantes. Creo que los hay. Me contempl, pensativo, con una ligera sonrisa en los labios y un leve brillo en los ojos. Eres un joven listo y valiente, Livinio proclam. Se detuvo, dio unos golpecitos en la mesa con la yema del ndice de su zurda y aadi: Ya sabes lo peligroso que puede ser este asunto.

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S. Y no slo para ti. S. De pronto, mi voz era apenas un susurro. Bruscamente, Avidio se inclin hacia delante con una expresin extraa: seria, pero con un claro asomo de malicia en la mirada. Sus cejas efectuaron la misteriosa seal que venia a significar que se avecinaban problemas. Despus, sin otra indicacin de advertencia, mi suegro levant el brazo derecho y barri con l la superficie de la mesa que tena delante, enviando al suelo rollos, tablillas de cera, sellos, una contundente caja de punzones, antiguas... En otras palabras, todo lo que haba a la vista. Basura proclam, mientras sealaba con un gesto de cabeza el montn desordenado que acababa de crear. Todo ello, basura. Al escuchar el estrpito, uno de sus secretarios se apresur a entrar y se detuvo en seco tras cruzar el umbral, boquiabierto, contemplando el desorden. Estoy seguro de que yo tambin tena los ojos como platos de pura sorpresa. A decir verdad, jams haba imaginado que mi suegro tuviera tal debilidad por los golpes de efecto. Pisn, he limpiado la mesa dijo a su perplejo ayudante. Livinio, me ocupar de eso enseguida. Me llevar algn tiempo resolverlo pero, creme, si es posible (es decir, s existe la ms remota posibilidad de conseguirlo, por los medios que sean), tendrs lo que deseas. XVII Avidio llev el asunto a la perfeccin. Dos das despus descubri un puesto vacante en el departamento adecuado y, cinco das ms tarde, en el pequeo despacho de un oscuro funcionario de tercera clase, me tomaron juramento como cuestor provisional de la ciudad de Roma. Oficialmente, qued adscrito al ministerio del Tesoro, pero mis poderes eran muy claros y definidos: era un investigador en acto de servicio, con autoridad para interrogar y detener a cualquier ciudadano en el interior de las murallas de la urbe. Me fueron entregadas unas fasces, el antiguo smbolo de la autoridad confeccionado con un hacha atada a un puado de varas de abedul mediante unas correas de cuero rojas, especialmente elaboradas para la ocasin. Tambin se me permiti nombrar a dos ayudantes especiales, o lictores; sin pensarlo un instante, nombr a mis primos, Junio y Claudio Barnabs. Estamos contigo me dijo Junio tan pronto lo supo. Por entero aadi Claudio. Todo sucedi tan deprisa que nadie tuvo ocasin de quejarse o de plantear objeciones. As era como deban ser las cosas, pens: tener el poder sin la publicidad, si uno quiere. Un da despus, me encontr ante la puerta principal de la casa de los padres de Avidia Crispina. S, aqulla era la casa a la que me haba acercado una semana atrs, ms o menos, poco rato despus de que fuera encontrado el cuerpo de la desafortunada muchacha y donde el padre, en particular, se haba mostrado tan reacio a hablar. Su seora Cayo Livinio Severo desea ver a Rufo Crispino Ignatio y a su esposa, Octavia me di a conocer. Expn el asunto que te trae aqu, Cayo Livinio refunfu el portero. De inmediato, apareci en la escena Junio, cargado con las fasces, y Claudio pegado a sus talones. No es de tu incumbencia, portero respond. Debo ver al amo de la casa y a su esposa. No es preciso decir que sus modales altivos dieron paso rpidamente a otro tono mucho ms obsequioso. Oh! Desde luego, seor. Ya comprendo murmur, y nos franque el paso al instante. Pasaba media hora del medioda, y Rufo Crispino y su esposa an tenan los ojos algo hinchados tras la mesa del saln comedor de la planta superior, donde acababan de tomar asiento. A pesar de ello, y para mi sorpresa, nos invitaron a sentarnos con ellos. Lamento nuestra intromisin y os expreso mi ms sentido psame por la muerte de vuestra hija. Y nosotros pedimos disculpas por nuestro comportamiento el otro da, seor respondi Rufo. Estbamos tan trastornados... Espero que lo comprendas. Por supuesto asent. Lo deca en serio. Esper lo justo para darles tiempo a tomar otro bocado de comida. Despus, continu: No quiero causaros ms dolor que el que ya habis padecido dije, pero debo haceros unas preguntas sobre ciertas circunstancias de la vida de vuestra hija. Veris, creo que su muerte est relacionada con la de Fabio Vibulano. Y creo que ambas muertes tienen tambin alguna relacin con el asesinato de mi primo, Lucio Flavio.

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Como era de esperar, los dos dejaron de comer al instante y me miraron con una extraa mezcla de curiosidad y temor. A qu te refieres? Quiso saber Octavia. Si, adelante mascull su marido. Inmediatamente despus del asesinato de Fabio Vibulano, vuestra hija vino a vernos a mi primo y a m. Pidi nuestra ayuda para descubrir al asesino de Fabio y llevarlo ante la justicia. Mi primo investig el asunto con cierto ahnco, pero no llegu a saber qu haba descubierto. Se dispona a contrmelo, pero lo mataron antes de que pudiera hablar con l. Por tanto, antes de nada ms, permitidme el atrevimiento: es cierto que vuestra hija estaba prometida a Fabio Vibulano cuando ste muri? Rufo y su esposa se miraron, volvieron los ojos hacia m y finalmente, su mirada se perdi en el vaco. No sabamos... empez a decir Octavia, sofocada, pero no pas de all. Bien... Es decir, nosotros... no tenamos idea de que fueran amigos ntimos, siquiera refunfu Rufo. Sabamos que se haban visto espordicamente, pero eso era todo. Desde luego, no haba nada de compromisos formales. De pronto, volv a sentir que me acercaba a la revelacin de algn asunto turbio. Cerr los ojos un instante y pens cuntas cosas irrelevantes para el caso descubrira en el curso de la investigacin. Cundo terminara sta, cuantisimo ms de lo que necesitaba, o de lo que deseaba, habra conocido? Y algo an ms importante, tal vez: cuntas veces sobresaltara al inocente con hechos que ste ignoraba, con hechos que mejor habra sido no revelar? Pero tambin me dije que no poda permitir que tal cosa me influyera. La verdad superior es ms importante que la minucia irrelevante, por dolorosa que resulte. No es as? Comprendo vuestra sorpresa continu, pero fue ella quien vino a nosotros con su peticin. Por lo tanto, permitid que os pregunte esto: sabais que Fabio Vibulano haba trabajado en el pasado para Cayo Escribonio Curio? Para Curio? Solt Octavia; enseguida, su rostro enrojeci de forma alarmante. Rufo dio la impresin de vacilar durante un brevsimo instante, pero enseguida dijo: Ya te lo hemos dicho: apenas conocamos a ese tal Fabio. Desde luego, no tenamos idea de sus creencias polticas ni de los empleos que haba ejercido con anterioridad. Sin embargo, creo que conocis a Curio, me equivoco? Era mi primo Junio quien, de improviso, haba intervenido con aquel comentario. Intent no parecer demasiado sorprendido, me di la vuelta y lo mir. Sin duda, l tambin haba advertido la reaccin de la dama a la mera mencin del nombre de Curio, de modo que la pregunta era muy oportuna. De hecho, me alegr de que la hubiera formulado, pues yo no habra tenido el coraje necesario para hacerla. Me pregunt si sta era la otra cara del trabajo de detective: los trucos baratos, las migajas despreciables de la excitacin y del poder... Qu insinas, seor? Reclam el marido, puesto en pie. Junio, que haba bajado las fasces en deferencia a aquella casa, volvi a levantarlas al instante. Permite que te advierta, seor me apresur a intervenir, que sta es una investigacin oficial de un asesinato y que tengo plena autoridad para realizar las pesquisas que estime pertinentes. Boquiabierto de asombro y de no poco temor, Rufo Crispino volvi a sentarse. Y bien? Pregunt Junio, con la mirada fija en Octavia. Si, conozco un poco a Curio respondi la mujer. Junio y Claudio me miraron a la vez como si dijeran: Si no te encargas t de esto, lo haremos nosotros. Y en esta..., ejem..., en esta relacin con Curio prosegu, l no mencion nunca el nombre de Fabio Vibulano? Bueno... tal vez... Tal vez? Repet. No fuiste t, seora, quien recomend a Fabio ante Curio?Apunt Claudio. No, no, no insisti ella. Ya basta! Exclam el amo de la casa. No voy a...! Fabio ya estaba all le interrumpi Octavia. Curio slo me pregunt si lo conoca y qu opinaba de l. Eso fue todo. No tena idea de que llevara a... a todo esto. La mujer movi las manos como si fuera presa de una agitada confusin y, de pronto, se derrumb y rompi a llorar. Su esposo la mir, impotente y sofocado, desde el otro lado de la mesa. Acababa de desmoronarse alguna apariencia bien guardada y lo nico que podamos hacer era formulamos la lgica pregunta respecto a qu, exactamente, haba ocultado tras ella.

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Al cabo de unos incmodos instantes, pedimos permiso a Rufo Crispino para registrar la habitacin de su hija, y el hombre nos lo concedi. Como esperbamos, era evidente que no se haba tocado ni ordenado en absoluto; al fin y al cabo, a aquellas alturas seguro que no haba prisas por cambiar la decoracin. Buscamos en todos los cajones y muebles, palpamos las paredes y el suelo en busca de compartimentos secretos y hurgamos entre sus ropas y su ajuar de cama, pero all no haba nada y, al cabo de una hora ms, abandonamos la casa con la esperanza de que fuera para siempre. Lo que digo es que no hay nadie inocente de verdad opin mi primo Claudio mientras dbamos cuenta de un frugal almuerzo en una taberna prxima. Eso ya lo s, primo repliqu con un gruido. De lo que se trata es de que... De lo que se trata es de que todos tienen sus pequeos secretos culpables intervino Junio. La mayor parte de ellos no tendr importancia, pero otros, s. Y terminaremos sabiendo mucho ms de lo que necesitamos saber aad con un suspiro. O de lo que queremos saber apunt Claudio. Si, estoy de acuerdo. Pero tenemos un asesinato que resolver. Cinco, para ser exactos. Cinco, contando al esclavo Laertes asent. Y tambin estaba Telefo, el portero, al que pareca haberse tragado la tierra. Tienes razn continu. Tengo que hacerme insensible. En realidad, no replic Claudio. Se inclin hacia m y me dijo, con toda seriedad: No se trata de hacerse duro o insensible; no es eso lo que interesa. Es ms una cuestin de mantener la perspectiva de las cosas. Y de volverse ciego intervino Junio. O, al menos, de hacer borrosa la visin; de mirar para otro lado, pero slo cuando necesites hacerlo. Y slo mientras ests ocupado en este caso aadi Claudio. Nada permanente, entiendes? Slo una minusvala provisional que luego puede corregirse. S, s cuando sea el momento adecuado dijo Junio, asintiendo con una sonrisa. Ya lo vers; todo saldr perfectamente, al final. Me desped de mis primos por aquel da y, a solas, hice una Visita a Matidia Grata. Despus de todo, poco necesitaba la panoplia intimidadora de mi nuevo cargo para hablar con la mujer que se habra casado con mi primo. As pues, tcnicamente, la visita no era oficial, aunque le di a entender con suavidad que no me costara mucho convertirla en tal. Una cuestura? No sabia que fueras tan ducho con las matemticas o con el dinero coment ella. No, no me re. Soy un investigador especial. Ah! Exclam. Al parecer, lo haba comprendido. Investigo la muerte de Lucio aad. Tengo dos lictores y unas fasces y toda la autoridad que necesito. Bien, bien, eso es maravilloso musit Matidia, con voz pausada, y me mir, visiblemente impresionada. Felicidades. Y buena suerte aadi con una nueva sonrisa, al tiempo que depositaba un beso en mi frente. Y si hay algo que pueda hacer... Mantn los ojos abiertos le recomend. Y los odos. Desde luego. Esper un instante. Has visto algo? Sabes de algo que pudiera ayudarme? Ella movi la cabeza en gesto de negativa. Ni rastro de los documentos desaparecidos, supongo... No. Alguna idea de quin puede haberlos cogido? Alguien de la casa? Los esclavos, quiz? No se me ocurre nadie que... Aunque, sabes, Livinio?, El otro da me vino a la cabeza que Lucio si mencion, hace mucho tiempo, algo acerca de un compartimento secreto que tena en algn rincn del dormitorio. Asent, despacio. Es muy posible, en efecto dije, pero no... es decir, Lucio puso esos documentos en tus manos. Pero quiz se los volvi a llevar replic ella. Tal vez decidi que, definitivamente, haba alguien en la casa en quien no poda confiar, o quiz no quiso hacerme correr el menor peligro y se volvi atrs. Interesante murmur y asent con la cabeza, despacio. Pero dijo algo en concreto que te haya dado tal idea? Bueno, de eso se trata; por un lado, me parece que lo hizo contest Matidia, pero la verdad es que no consigo recordar qu, exactamente. Y Lucio no te dara, por casualidad, alguna pista sobre dnde puede estar, exactamente, ese compartimento secreto? Insist. Pero, una vez ms, ella dijo que no con la cabeza, enrgicamente.

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Tras esto, intercambiamos chismes y rumores; por fin, nos abrazamos con afecto. Mantendr los ojos abiertos como dices, Livinio declar ella. S, estupendo. Pero, sobre todo, ten mucho cuidado en cmo lo haces. A la maana siguiente, mi nueva autoridad fue puesta a prueba por vez primera. No haba amanecido todava cuando llam con unos enrgicos golpes de detective a la puerta principal de una ostentosa mansin de la ciudad, propiedad del ms ostentoso de todos los romanos: Marco Antonio. Al cabo de unos minutos, la puerta se abri de pronto con gesto irritado. Qu diablos...? Refunfu el portero, apenas despierto y bastante desaliado. Nos inspeccion a los tres, ataviados con nuestras charreteras oficiales y, por supuesto, se fij en las fasces que sostena Junio detrs de m. Y bien? Continu con un encogimiento de hombros que quera dar a entender que no estaba impresionado. Asuntos oficiales anunci. Cayo Livinio Severo pide ser recibido por Marco Antonio. Debemos verlo enseguida. El portero no se movi de donde estaba y, finalmente, empezamos a colarnos hacia la casa, pero l nos cerr el paso. No podis entrar, seor. Tengo rdenes estrictas. Mov la cabeza y solt un suspiro de exasperacin. Mir a mis primos, que se mostraron tan impacientes como yo. No comprendes el significado de este smbolo, verdad? Le dije en un tono que, esperaba, resultara serio y amenazador, al tiempo que sealaba las fasces. Pues bien, es una insignia de gran poder y estoy aqu por un asunto de gran urgencia; as pues, escltanos hasta tu amo, o hazlo salir aqu. De lo contrario, entrar en la casa de todos modos, lo encontrar y lo pondr bajo arresto. El hombre me mir fijamente, con los ojos desorbitados de asombro. Era evidente que nadie haba hablado nunca con tanta brusquedad al portero de Marco Antonio. Est bien, seor respondi por fin, dando a sus palabras un tonillo sarcstico y melindroso. Tras esto, volvi al interior de la casa con paso lento y ademn hosco. Como podis imaginar, pasaron unos minutos ms pero, por fin, apareci Antonio en persona, tambin apenas despierto y un poco encogido, pero, con todo, innegablemente imponente. Qu significa todo esto, eh? Pregunt, tratando de borrar la clera de su voz. Debo haceros varias preguntas, seor, acerca de... Preguntas, a m? Podemos pasar adentro, seor? Empec de nuevo. No llevar mucho rato. No, no podis. No pisaris mi casa... Se trata de una serie de asesinatos, seor. Volv la cabeza, sobresaltado. Era mi primo Junio otra vez; en esta ocasin, hablaba demasiado alto. De hecho, la pequea multitud de transentes que se agolpaba junto a la verja de la casa poda or sin problemas hasta la ltima palabra. En todos los casos, seor continu Junio con voz an ms estentrea, los cuerpos mostraban una curiosa inflamacin en cierta zona... Dej la frase en aquel punto, pero fue suficiente para arrancar algunas exclamaciones y un par de risillas. Pasad adentro mascull Marco Antonio, y nos apresuramos a seguirle al atrio. De qu queris hablar conmigo? Mi seor dije, tengo que formularos algunas preguntas y estoy autorizado a hacroslas. As pues, si no os importa... Esto es un ultraje; no voy a... Dnde est Telefo? Indagu, sin alterarme. Quin? Respondi con convincente desinters. Sin embargo, a juzgar por su expresin, pareca haber recibido un golpe en fro. Telefo, seor; el portero de la casa de mi to. Ha desaparecido. No conozco a nadie con ese... Ha estado en vuestra casa, seor; en vuestra alcoba. Eso es absurdo! Y, de todos modos, cmo podras saber...? Lo s, seor respond con una leve sonrisa, pese a mis esfuerzos por reprimirla. Te repito que no conozco a nadie con ese nombre insisti Marco Antonio. El portero de tu to, nada menos! Aguard un instante e hice una inspiracin profunda y relajante. Ya os lo hemos dicho, seor: sta es una investigacin de asesinato. Permitidme aadir que Telefo desapareci inmediatamente despus de uno de los asesinatos, el de mi primo Lucio Flavio. Ahora tengo pruebas de que Telefo ha estado en esta casa e incluso, como digo, en vuestros aposentos privados. Decidme pues, Marco Antonio, por favor: por qu estuvo aqu Telefo y dnde se encuentra ahora?

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Mientras hablaba, no dej de mirarlo detenidamente y... Vaya, vaya! Qu tena all? Era posible tal cosa? El gran y afamado Marco Antonio, con un asomo de sonrojo en las orejas? Yo... conozco a tanta gente. Ese nombre... no lo recuerdo. Puede que estuviera aqu, como dices. No lo s. Habis odo eso? Dije, con la cabeza vuelta hacia mis primos. S, seor; Marco Antonio acepta tal posibilidad respondi Claudio con irritable eficiencia. Luego, mir a su hermano y aadi: Hay algn reloj de arena por aqu? Si ves alguno, anota la hora. En aquel momento me cost esfuerzo, un gran esfuerzo, contener la sonrisa y me pregunt si no estaran pasndose un poco en su actuacin. Sin embargo, si deba guiarme por la expresin de su rostro, Marco Antonio estaba tomndose todo aquello muy en serio y me pregunt si yo sera el nico que apreciaba la manifiesta teatralidad de la escena que representaban mis primos. Marco Antonio, me dispongo a registrar vuestra casaanunci. Qu? Ya me habis odo, seor. No puedes hacerlo... Puedo y quiero, seor. En aquel punto, Antonio dej de replicar. Daba la impresin de que, por primera vez, me tomaba lo bastante en serio como para detenerse un momento a ordenar sus pensamientos. Bien, joven Livinio Severo, ya que insistes... murmuro despacio, mientras segua dndole vueltas a algo en su mente. Al cabo de otro momento, dijo: Pero en este caso yo debo insistir tambin en aplicar las leyes antiguas. De pronto, comprend perfectamente adnde pretenda ir a parar con su comentario y puse los ojos en blanco. Cmo decan las Doce Tablas? Continu Antonio.... con una bandeja y en taparrabos... Se refera, naturalmente, al antiguo decreto sobre el registro de la casa de un sospechoso de robo. El ciudadano que formulaba la acusacin slo poda llevar a cabo el registro despus de desnudarse hasta quedar en paos menores, para evitar que pudiera traer ocultos los objetos presuntamente robados, dejarlos en la casa y, a continuacin, levantar falsas acusaciones contra el acusado. Si lo deseaba, el expoliado tambin poda llevar con l una bandeja para recoger los objetos de su propiedad que pudiera encontrar all. Si insists... Por m, adelante respond. Aunque dudo que su seora, el cuestor, lleve a Telefo oculto en su toga intervino Junio de improviso. Pero si eso satisface a Marco Antonio... Es suficiente, Junio dije con un gruido. Por supuesto, seor asinti mi primo. Slo iba a decir que si a Marco Antonio le complace humillarte de esta manera... sea! Si, Junio, sea! En realidad, no tena ningn reparo especial a desnudarme en tal circunstancia, aunque saba perfectamente qu intentaba hacer Antonio: conseguir que me negara y renunciara al registro para no pasar por tal apuro o, si aceptaba y hacia lo que me deca, difundir la historia, con pequeas modificaciones, con la esperanza de causarme la humillacin pblica. Por eso comprend que, cuanto antes lo hiciera y cuanta ms despreocupacin mostrara, ms difcil le resultara obtener alguna ventaja de ello. As pues, me despoj all mismo de mi toga externa, de la tnica y de las sandalias, hasta que qued cubierto solamente con el taparrabos. A aquellas alturas, buen nmero de criados estaban ya levantados y en marcha; entre ellos, varias mujeres que fregaban los suelos y unos cuantos pinches de la cocina que, casualmente, se acercaban en aquel momento a la entrada de la casa. Me di cuenta de que muchos de estos criados se quedaban mirando ms rato del que deberan y observ que se sonrojaban ligeramente. Despus, fueron mis primos quienes entornaron los ojos y sonrieron. Incluso sorprend a Antonio mirndome con expresin extraa y, para ser sincero, casi esperaba orle algn comentario del estilo: Ah, ahora si que me acuerdo de ti!. Pero incluso l se abstuvo de tal torpeza. Eso, o tal vez era ms estpido de lo que yo crea y no se acordaba, realmente. En cualquier caso, cuando me encamin hacia la escalera para subir a los aposentos del piso superior y Antonio se dispuso a seguirme, le dije que no lo hiciera. Olvidis lo que dice la ley que habis invocado, seor advert. Si el testigo lo acompaa, el investigador permanecer vestido normalmente. Como ya me he despojado de la ropa, ahora es privilegio mo llevar a cabo la pesquisa yo solo, absolutamente en privado. Antonio titube un instante y abri la boca como si buscara una rplica adecuada. Sin embargo, debi de comprender que yo tena razn pues no tard en retirarse, sin una palabra, y yo sub los peldaos sin compaa.

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Pas casi tres horas registrando el estudio y el dormitorio de Marco Antonio. Inspeccion todo lo que haba revisado en mi furtiva visita anterior, pero esta vez con mucho ms detenimiento. Examin hasta el ltimo rincn y el ms pequeo resquicio de los dos bufetes del estudio; el contenido no estaba ms ordenado que la vez anterior y no pareca haberse pagado una sola de las facturas. Lo saqu todo, hasta los propios cajones, y palp el interior del mueble en busca de falsos fondos. Tambin palp las paredes y el suelo lo mejor que pude (sin ponerlo todo completamente patas arriba) para localizar algn posible compartimento secreto. Tambin inspeccion el dormitorio, por supuesto. Sobre todo, la cmoda prxima a la cama que estaba examinando la vez anterior, cuando Antonio me haba sorprendido. Incluso encontr un compartimento oculto en la pared, cerca de la ventana, pero estaba vaco; no haba ni una mota de polvo, lo cual resultaba, en si, bastante extrao. En un lugar donde un fresco de una batalla, bastante vulgar, se estaba desprendiendo de la pared, introduje la mano detrs de l y palp el muro, pero tampoco encontr nada en absoluto. Por ltimo, mientras inspeccionaba el guardarropa del dormitorio, advert un pequeo armario semioculto en la pared del fondo. Abr la puerta y lo vi al instante. Con un gesto de frustracin, pens que slo era ms de lo mismo. En efecto, se trataba de otro retal, mucho ms pequeo, de la misma tela satinada y plateada que haba encontrado en la anterior visita a la casa. Dediqu unos momentos a comprobar si perteneca a alguna prenda de Antonio pero, naturalmente, entre sus ropas no haba nada de un tejido parecido. Era casi seguro, pues, que el retal haba formado parte de un ceidor, de una banda o de alguna otra prenda del desaparecido Telefo. Pas unos minutos ms deambulando por las dos estancias y, mientras observaba y meditaba, se me ocurri pensar si se me habra pasado por alto algn punto crucial. Sin embargo, no me vino ninguna idea a la cabeza y, finalmente, sal al pasillo que dominaba la vista de un pequeo patio trasero. Me pregunt qu revelaran las dems estancias de la casa. Poca cosa, pens, aunque nadie poda saberlo con seguridad. De todos modos, gracias a ir tan escaso de ropa, me senta cubierto de pies a cabeza por una gruesa capa de polvo; adems, estaba helado hasta los huesos por culpa de las corrientes de aire de la casa. Regres al atrio de la planta baja y all encontr esperando a buen nmero de los gorrones habituales de Marco Antonio, entre ellos un hombre con los labios pintados de carmn y unas rayas oscuras en torno a los ojos que me gui un ojo y sonri. No vi a Junio ni a Claudio por ninguna parte. Tus lictores se han retirado a la calle, donde deben estar anunci Antonio. El grupito de aprovechados y aduladores empez a murmurar y a rer entre dientes. Tus ropas tambin estn fuera, con ellos; puedes vestirte all. Estall una ronca salva de carcajadas. Pero si el arma iba a ser el humor ms rudo y basto, no seria fcil derrotarme. Por lo que he odo, Marco Antonio, acostumbris a vestiros en la calle, de modo que si a vos no os importa, a m tampoco. El grupo prorrumpi en estruendosas risotadas, pero slo durante breves instantes, como si lo hicieran de mala gana y me atrev a burlarme de ellos con un contoneo de caderas y simulando una forma de hablar melindrosa. Y tu amigo Telefo estuvo aqu, sin duda continu, al tiempo que le mostraba el retal de satn. Est bien, muchachos, no os pongis celosos dije al grupo. No se qued mucho tiempo. En una demostracin bastante impresionante, Antonio mantuvo todo el aplomo y la tranquilidad e incluso esboz una leve sonrisa. Despus, avanz hasta casi tocarme y mascull entre dientes, en un susurro: Mrchate de aqu! Me apresur a obedecerle. Si Antonio hubiera dicho una sola palabra ms, le habra respondido con alguna agudeza acerca de las facturas impagadas que acumulaba. Sin embargo, no volvi a abrir la boca, de modo que me abstuve de hacerlo y reserv el asunto para otra ocasin. En el exterior de la casa, mis primos esperaban preparados. Cuando llegu hasta ellos, me enfundaron la tnica y me envolvieron en la toga con tal destreza y rapidez que, a los ojos de cualquier hombre razonable, pude escapar (aunque por poco) a la vergenza de ser visto casi desnudo en mitad de una calle pblica. Vmonos a casa propuse con una sonrisa. Despus, me calc las sandalias y nos alejamos de la casa de Marco Antonio con toda la rapidez y toda la discrecin posibles.

XVIII

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Cicern se mostr horrorizado. Mi nombramiento como cuestor le daba miedo, el registro de la casa de Marco Antonio lo llen de consternacin y mi enfrentamiento con l lo llen de espanto. Ese hombre carece de sentido del humor me previno Cicern, como si yo no me hubiera percatado ya de ello. Tarde o temprano, har cuanto le sea posible para vengarse. Si, maestro respond y tom otro trago de vino. Estbamos a solas en su jardn, l y yo, con una jarra de vino y dos vasos. A decir verdad, era la segunda jarra y los dos estbamos un poco entonados, por lo menos. Yo, desde luego, estaba algo mareado y Cicern pareca ms que eso, incluso. En realidad, estaba mucho ms ebrio de lo que yo lo haba visto nunca. En cualquier caso, por lo que se refiere a lo dems, la suerte est echada. La Repblica vive sus ltimas etapas anunci. Lo que te estoy diciendo es que Marco Antonio puede convertirse pronto en un hombre muy poderoso. Y muy peligroso. Es un hombre terrible que prosperar en los tiempos terribles que se avecinan. Los dos tomamos otro trago y llenamos los vasos otra vez. De nuevo, tuve ganas de llorar aunque no saba bien el motivo. He vigilado a Curio, seor, como me pediste. Ya lo s respondi Cicern con una sonrisa nostlgica. E hiciste un buen trabajo, tambin... T y tu primo Lucio. Est lleno de defectos coment, pero en el fondo es un hombre bueno con buenas intenciones. Me parece que tienes razn asinti l. Creo que Curio aprendi bien las lecciones. Una sbita rfaga de viento de finales de invierno barri el jardn y levant el polvo. El viejo Cicern se estremeci bajo la toga. Deberamos ir adentro, maestro le propuse. All estaremos ms calientes. Cicern movi la cabeza en gesto de negativa, sonri y tom otro sorbo. ltimamente, todo el mundo me viene con esa cantinela protest. Qudate dentro, donde se est caliente, cmodo y a gusto, me dicen. No hagas demasiado ni hables en exceso, me dicen. Ya eres viejo. Ya has hecho tu parte. Deja que se pongan en peligro cabezas ms jvenes. Es intil de todas maneras, eso es lo que dicen todos. Cicern se recost en el respaldo del asiento, suspir profundamente y, de pronto, le corrieron unas lgrimas por el rostro. Yo lo haba visto emocionado y confuso en otras ocasiones, sobre todo durante el magno viaje de regreso de unos meses antes, pero jams en un estado parecido. Todava baado en lgrimas, al anciano se inclin hacia delante, apoy la cabeza entre las manos y rompi en sollozos. Ten cuidado, hijo mo murmur. Despus, se limit a mover la cabeza otra vez y lo ayud a entrar en la casa y a acostarse. Ese Cicern es un gran hombre, verdad, Cayo? Dice Augusto, sentado a mi lado en el saloncito de la vieja casa de Cicern en la ciudad. Cae la noche. Las lmparas de aceite estn encendidas y apenas un par de vetas grises iluminan todava, brevemente, un retazo del cielo oscuro de diciembre. Augusto lee todava; Sostiene el rollo en la mano izquierda mientras la diestra, corno antes, empua la daga. Lo observo detenidamente, pero no tiemblo. Hace tiempo ya que dej de hacerlo; de hecho, sostengo con firmeza la mirada del gobernante adolescente pero, a decir verdad, ste parece ya ms calmado: sus ojos estn apaciguados y un poco cansados; su voz es suave, incluso sedante. Antes habis dicho que Cicern era un estpido le recuerdo. Eso, tambin murmura Augusto con un gesto de asentimiento, y casi no puedo crermelo: un velo cubre sus ojos y una lgrima se derrama de sus prpados. Se aleja y exhalo un suspiro de asombro; despus, ni siquiera trato de disimular mi reaccin; de hecho, no puedo hacer nada por evitarlo: mientras Augusto abandona la estancia, me echo a rer a carcajadas. As pues, dicen que Pompeyo se levanta por fin anunci mi primo, Claudio Barnabs. Estbamos los cuatro Claudio, Junio, Curio y yo en el taller de Curio, atendiendo a una serie de asuntos rutinarios. Si, su prolongado periodo de sopor, marcado, debo decir lo, por un grado desconcertante de indolencia e indecisin, puede haber terminado finalmente para dar paso a un poco de trabajo duro y de accin importante y resuelta se extendi Junio Barnabs. Por una vez, incluso Curio reaccion; alz la cabeza con los ojos entrecerrados y la sombra de una sonrisa, nos mir y movi la cabeza como para preguntar si haba odo bien. El hecho concreto era que Pompeyo haba dado

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pasos para consolidar sus vnculos polticos, reforzar su mando militar y situar sus legiones en Italia en un estado de extrema alerta. Al parecer, Pompeyo haba abandonado por fin la esperanza de alcanzar un compromiso con Csar. Todava le tiene miedo apunt Curio, pero finalmente ha llegado a la conclusin de que Csar siente el mismo temor hacia l... si est preparado. Y lo est? Quise saber. Si, ya lo est respondi Curio. O le falta muy poco. Entonces, Csar ha regresado junto a sus legiones?intervino Claudio. S. Est en Rvena le inform Curio, al otro lado del Rubicn. Todos permanecimos unos instantes en silencio, reflexionando sobre lo que aquello significaba. Y bien? Qu suceder ahora? Pregunt. Un gran enfrentamiento entre los dos? Y al instante pens que haba sido una pregunta idiota. Haba pretendido hacerme el gracioso y slo haba conseguido quedar como un bobo, incluso como un pelmazo. En efecto, todos me miraron con cara de pena, aunque sin clera; en lugar de ello, en sus ojos se apreciaba un asomo de condescendencia, incluso de ternura. Y por una vez rein el silencio en la estancia. Y el mutismo no se deba solamente a que no haba necesidad de corregir o clarificar mi absurda declaracin. Se deba tambin a que ninguno de ellos deseaba pronunciar las terribles palabras, a que ninguno se atreva a ello. Porque todos sabamos que si Csar y Pompeyo chocaban en serio algn da, sera mucho ms que un simple enfrentamiento. Slo habra un trmino que pudiera describirlo: la guerra civil. Y una guerra civil cuya furia estremecera al mundo. El hecho de que Marco Antonio estuviera de pronto al mando no me preocupaba especialmente. Al fin y al cabo, slo era el cnsul adjunto interino, que supla a Csar a peticin de ste, dotado de poderes especficos y de tareas concretas a realizar. En otras palabras, todava no estbamos en una dictadura y Antonio no poda gobernar a capricho como dictador. En realidad, en su calidad de cnsul, un cargo tan expuesto al escrutinio pblico, tenia que moderar algunos de sus comportamientos ms escandalosos. As pues, segn resultaron las cosas, Antonio era ahora, en cierto modo, menos peligroso que antes. Pero Cicern no se equivocaba: Antonio no era hombre que olvidara y perdonara y deba andarme con cuidado. Adems, si las obligaciones del cargo lo hacan menos peligroso para m, la proteccin de que gozaba como cnsul me hacia menos peligroso para l. Sin duda, el asesino es Antonio deca Claudio. l, Junio y yo estbamos en mi estudio y, por una vez, conversbamos sobre aquel sombro asunto sin la ayuda del vino. Yo tambin lo creo aadi Junio, aunque con un ligero tono de vacilacin en la voz. S, creo que est complicado en las muertes asent lentamente. Pero hay algo que... No s. Quiero decir, qu motivo podra tener? Tendra que estar loco. En realidad, no replic Claudio. Frunci el entrecejo e hizo tamborilear los dedos sobre la mesilla contigua. Digamos que mata a Fabio en una pelea de amantes y, a continuacin, a Flaco Valerio por saber demasiado. Luego, Lucio y Avidia empiezan a descubrir la verdad, de modo que acaba con ambos. Laertes, sencillamente, aparece donde no debe en el momento ms inoportuno y por ello se suma a la lista de eliminados. Desde luego, en cierto modo es una locura. Pero no en el sentido que vosotros decs; no es obra de un chiflado, de alguien que ha perdido el juicio. Hum! Me restregu los ojos con las manos. Pero qu hay de esos documentos? Por qu los esconda Lucio? Y dnde estn ahora? A eso me refiero: tiene que haber algo ms, en este asunto. Tal vez asinti Claudio con parsimonia. Hum! Exclam de nuevo. Pero incluso mientras expresaba en voz alta los interrogantes que me inquietaban, en mi mente haba pocas dudas de que el asesino era Marco Antonio. De que lo haba hecho l en persona, o haba dado las rdenes. Mis nicas dudas e interrogantes tenan que ver con la manera de llevarlo ante la justicia. Necesitamos vino apunt Junio y todos sonremos. Yo, no. De momento dije. Los dos hermanos me miraron y aad: Ya os he contado por qu. Ah, s! Dijo Claudio. 0h! Se trata de tu esposa, no? Intervino Junio. No deberas permitirle que te diga si puedes beber o no. No, no. No se trata de eso le replic Claudio. Los dos hermanos se miraron. Recuerdas lo que dijo el mdico?

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Ah, es cierto! Junio cay en la cuenta por fin. Me contempl durante unos instantes, rojo de vergenza, y se disculp profusamente. Asent con una sonrisa, nos estrechamos las manos y dejamos all el asunto. Es cierto que haba registrado la habitacin de Lucio el da del asesinato, pero apenas haba sido un vistazo rpido en comparacin con lo que se necesitaba realmente. Sabia que la habitacin haba quedado clausurada desde entonces y, cuando por fin me vi con nimos para hacerlo, decid inspeccionara de nuevo. Acud a la casa en solitario, con la esperanza de que mi presencia no llamara mucho la atencin o incluso, tal vez, de poder entrar y salir sin que nadie lo advirtiera, pero cuando sub la escalera hasta el piso superior, en el rellano esperaba ta Hortensia, casi como si hubiera sabido de mi visita con antelacin. Slo quiero revisar unas cosas dije, con la mayor naturalidad de que fui capaz e incluso con una pequea sonrisa. Ella asinti sin decir palabra, pero me sigui con una mirada extraa mientras me alejaba pasillo adelante. De hecho, cuando retir la pesada barra y abr la puerta, volv la cabeza y all estaba todava, esperando y observando. La atmsfera de la habitacin, como era de esperar, era clida y rancia. Abr las contraventanas pero la luz slo ilumin la nube de polvo y el olor a rancio se mantuvo, persistente, a pesar de la brisa fresca. Decid empezar por lo peor. Llen los pulmones con una profunda inspiracin y retir la colcha de la cama. Como era lgico, todo haba sido limpiado meticulosamente pero aun as, advert casi al instante dos pequeas manchas de sangre en la tela. Por un momento, sent que se me iba la cabeza, pero me sacud de encima la sensacin e incluso hurgu en el colchn y levant las almohadas. Fue en vano: no haba ms que ver. El escritorio estaba absolutamente intacto. All estaba su hermosa caja de punzones, que formaba parte del juego de escritorio de plata que le haba regalado por su aniversario, haca unos aos, precisamente en aquel mismo lugar. En el aparador, colocados en perfecto orden, estaban sus rollos ms preciados, con textos de Platn, Aristteles, Zenn, Sfocles, Plauto, Cicern y muchos otros. Con gran extraeza, advert por primera vez que encima del escritorio, justo al lado de la caja de punzones, haba una tablilla de cera cerrada. Cmo era que no la haba visto hasta entonces? Bien, desde luego, la ocasin anterior que haba estado all ni siquiera haba llegado a abrir las contras, de modo que pudo pasarme inadvertida en la penumbra. Pero esta vez, cmo era posible que no me hubiera llamado la atencin desde el primer momento? Bien, supongo que era porque pareca tan... en fin, tan natural, como si Lucio an estuviera vivo y ocupado. Como si, sencillamente, hubiera salido un momento y fuera a volver enseguida. Tuve que hacer otra profunda inspiracin antes de abrir la tablilla y observar la cera: estaba vaca, salvo tres letras en la esquina superior izquierda. Y esas letras eran LIV. De nuevo, me sent algo mareado y en esta ocasin no pude fiarme de mis piernas. Tom asiento en el duro taburete de madera colocado junto a la mesa no soportaba la idea de hacerlo en la propia cama y segu contemplando las marcas impresas en la cera. Qu ltimo mensaje haba tratado de enviarme mi primo? Por qu no lo haba completado? Era lo ltimo que haba intentado hacer? Lo haban asesinado, acaso, mientras trataba de escribirlo? Me cost un gran esfuerzo, pero me obligu a terminar la bsqueda. Inspeccion el aparador y el guardarropa (all segua toda su indumentaria, llena de polvo pero, por lo dems, impecablemente ordenada, como siempre). Despus, inici la tediosa bsqueda de compartimentos secretos en las paredes o en el suelo. Al cabo de un par de horas, localic uno por fin en el suelo, en el rincn entre la cama y la ventana. Con cuidado, retir la baldosa, introduje la mano y palp el interior, pero no contena nada. Otro agujero vaco me dije. Otro callejn sin salida. Contempl de nuevo la tablilla. La habra visto alguien ms? No me result fcil, pero cog el punzn y utilic la cara ancha y plana para alisar la cera; en un instante, las letras LIV desaparecieron para siempre. Mientras recorra la larga galera tras abandonar la habitacin de mi primo, advert por un breve instante la presencia de mi ta. Me produjo la impresin de que haba estado esperando tras la puerta mientras duraba mi registro y ahora no quera que la viese en las inmediaciones. No me cost mucho decidir qu hacer: avanc por la galera hacia la parte delantera de la casa y cruc el jardn hasta los aposentos que compartan ella y mi to en un ala de la casa. Llam a la puerta dos veces y, al no tener respuesta, me decid a entrar. Mi ta estaba en el extremo opuesto de la estancia, de espaldas a m, asomada al gran ventanal desde el cual se divisaban las colinas de la ciudad y el centro, bullicioso y desvencijado. Era una panormica impresionante de

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Roma, lo bastante distante como para hacerle sentir a uno un poco por encima de todo lo que contena, pero lo suficientemente cercana como para ver y oler la capa de mugre que se elevaba de ella los das de viento en calma e incluso para percibir una parte de su energa, de su solidez y de su grandeza. Yo conoca muy bien aquella vista de los tiempos en que Lucio y yo ramos dos chiquillos que descubran los secretos de aquel viejo casern de construccin irregular. Ay!, Cuntas veces habamos jugado mi primo y yo en aquellas habitaciones... Ta Hortensia dije a modo de saludo, pero ella no se volvi a mirarme; hasta donde alcanc a observar, no se movi en absoluto. Avanc hasta colocarme detrs de ella y ligeramente a un lado, lo suficiente para ver su rostro, que miraba por la ventana con una expresin muy sombra, triste y seria. Tita? En realidad, no haba querido decir aquello, pero all estaba, salido de mis labios, aquel apelativo que no haba vuelto a emplear desde mis aos de infancia. Fueran cuales fuesen mis intenciones, produjeron una visible reaccin por su parte. Tras unos instantes de vacilacin, me dirigi una mirada colrica. As que por fin has venido a yerme? Dijo. Sabia que lo haras, tarde o temprano. Se apart de la ventana, anduvo unos pasos hasta un divn y se acomod en l. La estudi con detenimiento: las arrugas en torno a los ojos eran ms marcadas que antes y su frente mostraba profundos surcos de preocupacin. De pronto, ta Hortensia pareca muy vieja y cansada. Te lo cont un criado, supongo continu ella, moviendo las manos como de costumbre al ritmo de sus palabras y segn el tono de su voz. Lo mantuvimos en secreto durante un tiempo; al menos, yo lo hice. Pero supongo que l se fue de la lengua; los hombres siempre lo hacis. Durante un instante, cre que iba a llorar, hasta que me di cuenta de que no haba estado cerca de hacerlo en ningn momento y que, de hecho, era muy probable que no hubiera derramado una lgrima desde hacia muchos aos. Haba llorado en el funeral de Lucio? Intent recordarlo, pero lo sucedido aquel da estaba tan confuso en mi mente que, la verdad sea dicha, no tena la menor idea. Qu ms puedo decirte? Continu. Probablemente, t sabes ms del asunto, excepto... Bueno, hay una pequea novedad: ayer lo vi con mis propios ojos y dice que quiere verte, que tiene una cosa para ti. Vaya un tipejo, eh? Exclam con una risa de infelicidad. El muy hijo de perra... Para entonces, yo no pensaba en otra cosa que en cmo afrontar aquello. No tena idea de qu me estaba contando, pero deba decrselo? No, pens; tena que empezar a ir al fondo del asunto, no importaba lo que fuera. As pues, deba ser calculador. Me sent junto a ella al borde del divn y tom su mano izquierda en la ma. Quiero escucharlo todo de ti le dije. Desde el principio. Ella apart el rostro, retir la mano y murmur: Es demasiado doloroso, Livinio. Me puse en pie y deambul por la estancia con aire melodramtico. Soy tu sobrino, ta Hortensia! Hice que mi voz se quebrara de emocin en el punto exacto. Y el amigo ms ntimo de tu hijo predilecto. Me detuve para efectuar una profunda inspiracin; luego, insist: Tienes que hacerlo. Ella se encogi de hombros y casi sonri. Me pregunt si sera por mi causa, pero enseguida respondi con otro suspiro profundo y dramtico. Supongo que si musit. Bien, en realidad no hay mucho que decir. Yo no lo quera, por supuesto, pero ya llevaba durando casi tres aos, as que, de algn modo, deba de necesitarlo. A su modo, era muy viril. Quiero decir... En fin, fjate en tu to Cornelio, por el amor de los dioses. No es tan desastre como tu padre, pero aun as... En fin, sea como sea, representaba un desahogo, un cambio. Y no haba ms, hasta que se produjo este hecho terrible. Primero, el pobre Lucio. Y, a continuacin, l desaparece, el muy hijo de perra, y an no s por qu. Todava no lo s, te lo aseguro. Quiero decir, existe alguna relacin, Livinio? Y por fin, como digo, anoche se presenta y dice que tiene esos documentos que te pueden interesar y... En fin, eso es todo. Por lo menos, todo lo que yo conozco. Hice cuanto pude por reprimir un temblor; mejor dicho, estaba temblando pero consegua disimularlo. Con toda la calma de la que fui capaz, pregunt: Y dnde est Telefo ahora, ta Hortensia? Era la primera vez que se mencionaba el nombre, pero no dio muestras de advertirlo. De hecho, respondi al instante que el desaparecido criado estaba en la parte sur de la ciudad (la peor zona de la ciudad, algn espantoso barrio bajo, por supuesto). Y, en efecto, me dara el nombre de la calle y me explicara cmo dar con la casa. No es preciso decir que casi no poda crermelo; tampoco es preciso insistir en que aquel da la cabeza me daba vueltas. De hecho, apenas escuch sus ltimas palabras. S, ta, s le dije, o eso es lo que recuerdo.

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Luego, no s cmo, encontr un papiro, una pluma y un tintero y proced a anotar el nombre de la calle. Tras ello, sinceramente convencido de que terminara por estrangulara si no me marchaba pronto, abandon la casa lo ms deprisa que pude. XIX El asunto era cmo acercarse a Telefo. Debamos acudir los tres con toda la pompa y con las fasces, por supuesto y atraer as una atencin que no queramos? O era mejor que lo hiciera yo solo, vestido con sencillez para evitar que me reconocieran pero ponindome en peligro, muy probablemente? Al final, Junio y Claudio insistieron con obstinacin en acompaarme y yo repliqu, con la misma terquedad, que si hacamos notar de forma pblica y oficial nuestra presencia, slo conseguiramos asustarlo y ponerlo en fuga. Con recibir un aviso momentos antes, tendra suficiente para escabullirse por una puerta trasera o por alguna ventana afirm. As pues, llegamos a un compromiso: iramos todos, pero de incgnito, vestidos con ropas sencillas y sin emblemas de poder. Adems, a sugerencia de Junio, aadimos al grupo una cuarta persona. Se trataba de otro ms de nuestros primos, aunque ste era unos cuantos aos mayor. Se llamaba Avito Loliano Fino y era un legionario veterano de las campaas germanas, duro como el acero, bajo y rechoncho y de constitucin muy robusta, con una cabeza de roca para la pelea y con el corazn de un len en cuanto a valenta. De hecho, aunque expeditivo e impaciente a veces y, desde luego, de pocas luces, nuestro primo Loliano lo compensaba perfectamente con una dosis considerable de sentido comn. Tambin era, por cierto, un tipo muy divertido con el que compartir una jarra de vino. En resumen, era uno de mis primos favoritos y la persona ideal para la tarea que nos aguardaba. Cuando salimos hacia all, la tarde ya estaba avanzada. El sol despeda un suave resplandor rosado en aquel crepsculo de finales de primavera. Una ligera brisa que soplaba desde el ro impulsaba una bruma refrescante y nos trajo un fragante aroma de flores e incluso un toque de menta. Descendimos en litera las cuestas del Quirinal y todo el camino hasta el Foro del centro de la urbe. Nos apeamos tras una esquina de una calle tranquila, despedimos a los esclavos y continuamos a pie. Como siempre, al adentrarse al sur de aquel punto en las tierras bajas de la ciudad, los olores se hacan mucho menos agradables: aguas fecales, orina, aceite de oliva, ricino, basura en putrefaccin, polvo de los hornos de ladrillos. El barrio se extenda ms all de los bloques de pisos en los que se apiaba la gente. Gracias a los dioses, a aquella hora la mayora de los vecinos estaba ya en casa, o bien ocupada en sus quehaceres. Demasiado ocupada como para prestamos atencin: subiendo agua y comida cuatro, cinco o seis pisos, comiendo su cerdo y sus gachas, bebiendo sus vinos baratos de sabor amargo. All abajo, pens, los olores eran muy distintos y lo mismo suceda con los sonidos: aquel predecible coro borracho de acusaciones y quejas a voz en grito. Por qu era as?, Me pregunt. Al fin y al cabo, los ricos tambin discutan y se peleaban, y pegaban a las mujeres y a los nios y tenan terribles problemas ntimos. Tal vez era slo que en aquel barrio haba mucho ms de todo ello, mucha ms gente comprimida, rebosando por las puertas y ventanas abiertas, que contaba sus problemas a todo el mundo, quisiera o no. Las cosas eran muy distintas en el delicado verdor del Quirinal y de las dems colinas septentrionales, donde un hombre, imaginaba, poda torturar y matar hasta al ltimo miembro de la familia sin que nadie lo descubriera hasta la maana siguiente. Atravesamos los barrios bajos en direccin a la zona de industrias: forjas de hierro, orfebres, fbricas de timoneras y carretas, panaderas, alfareras y Jpiter saba qu ms. Para mi sorpresa, la zona an bulla de actividad. En muchas factoras, los esclavos trabajaban hasta avanzada la noche mientras, en los apartamentos situados detrs o en las inmediaciones, los propietarios o gerentes de las factoras iban a reunirse con sus familias para compartir vino y cena. Bruscamente, salimos de todo aquel ambiente a una callejuela prxima a la va Ostiense. Era un pasaje estrecho y humilde que conduca directamente a las orillas del Tber y en el que se apiaban los cafs de peor categora y grupitos de hombres manifiestamente poco recomendables, desdentados, desaseados, borrachos e inconscientes en las cunetas. Hombres que discutan por dinero, por mujeres o por nada en absoluto y que se amenazaban unos a otros con navajas.., y todo ello, y an ms, en los escasos instantes que estuvimos all. Ech a andar por la callejuela, pero Claudio me asi por el brazo y seal un enorme edificio en ruinas justo en mitad del pasaje. Aquel era el bloque de pisos en el que se supona que me esperaba Telefo. Habamos llegado a nuestro destino.

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A pesar del ambiente cargado de la calle, decidimos seguir nuestro plan original. Todos trataramos de comportarnos con la mayor naturalidad posible, pero sin bajar la guardia en ningn momento; Junio y Claudio avanzaran ocho o diez metros delante de m mientras Loliano protegera la retaguardia a una distancia parecida. Cruzamos la calle y nos dirigimos a la fachada del edificio. Entonces, en el preciso instante en que Junio se dispona a cruzar la entrada, uno de los vagabundos surgi de pronto de algn rincn en sombras, mascull algo que no acab de entender (ms tarde, Junio explicara que el hombre haba dicho: Te has equivocado de barrio, mi seor) y blandi un pual. Claudio, que se haba detenido unos pasos ms adelante, volvi sobre ellos a tiempo de agarrar la mano del hombre. Corr a ayudarlo, pero Loliano me dej atrs a una velocidad extraordinaria, alcanz al hombre antes de que lo hiciera yo y lo derrib de un golpe. Despus, lo arrastr fuera de la vista y escuch un par de gemidos sofocados. Un momento despus, Loliano reapareci de las sombras, jadeante y sudoroso. No volver a molestarnos, primos declar sin alterarse. Pese a mis esfuerzos, no pude evitar quedarme boquiabierto; despus, con la misma rapidez, olvid el asunto, lo borr de mi cabeza. Y los cuatro primos, todos juntos esta vez, subimos las escaleras en busca de las habitaciones de Telefo. Seguimos las indicaciones de mi ta al pie de la letra: desde el rellano del tercer piso tomamos a la izquierda y seguimos el pasillo hasta la cuarta puerta a la derecha. No me molest en llamar. Entr sin ms, con mis primos pisndome los talones. Como era de esperar, la habitacin estaba en penumbra, vaca y llena de polvo; la escasa pintura que quedaba estaba desconchada y, debajo de ella, las propias paredes estaban descantilladas y se desmoronaban. Haba pocos signos de que all viviera alguien, salvo unas cuantas piezas de ropa inclasificables y sobre el camastro, increblemente, el delator cinto de satn de Telefo, o lo que quedaba de l. De pronto, todos volvimos la mirada cuando la figura maciza y compacta de un hombre de gran tamao llen el umbral a nuestra espalda. Os esperaba, seores dijo al instante, y su voz de bajo me bast para saber que, por fin, tena ante m a Telefo. A continuacin, el recin aparecido entr en la estancia y en el crculo de luz dbil y parpadeante que proporcionaba la nica lamparilla de aceite de la sala. Y yo te andaba buscando respond. El esclavo desaparecido avanz y tom asiento al borde de la cama. La plida luz se reflejaba en su inconfundible coronilla calva. Al cabo de un momento, Junio y Claudio se sentaron en el suelo mientras yo ocupaba un escabel, que era el nico asiento disponible. Loliano no tuvo ningn reparo en permanecer en pie. Lo siento, seores, pero no hay vino dijo en tono desolado. Lo lamento, pero aqu no hay nada; en realidad. Slo es un lugar para dormir. Nos mir uno tras otro con el rostro inexpresivo. Despus se encogi de hombros y mir al suelo. Por qu escapaste? Pregunt. Bueno... dijo con un profundo suspiro, pero no continu. S? Insist. Sigue! Le orden Junio. Vers, seor dijo entonces, mirndome a los ojos, tu primo Lucio Flavio, me entreg estos rollos. Me dijo que te los entregara pero, cuando iba a salir hacia tu casa, te presentaste en casa de tu ta y, con ella presente y ya que te disponas a ver a tu primo de todos modos, no vi la necesidad de organizar una escena para entregrtelos all en aquel momento. Poco despus, toda la casa era un torbellino y, cuando o que el amo Lucio haba muerto, tuve miedo... Supongo que me venci el pnico, de modo que escape... Y? Loliano se sum con esto al interrogatorio. Con los brazos cruzados sobre el pecho, avanz hasta las inmediaciones del camastro y lanz una mirada amenazadora a Telefo. No podras haber vuelto? Telefo movi la cabeza en un gesto abatido de negativa. Aquel da, supongo que s respondi, pero pas otro da, por lo menos, hasta que fui capaz de pensar con lgica y para entonces... Bien, seor, para entonces ya era slo otro esclavo fugitivo. Dejarme ver habra sido una invitacin a mi propia ejecucin. Tuve que reconocerlo: tena razn, naturalmente. De hecho, lo ms probable era que le hubieran dado muerte en el acto, antes incluso de que yo pudiera llegar a la finca para interrogarlo. En realidad, en aquel mismo momento, mientras hablbamos, el esclavo corra un peligro mortal a causa de su delito. Bien, dame esos documentos, pues le dije. Los msculos del cuello se le tensaron y alz la vista hacia m, visiblemente sorprendido. Pero yo no los tengo, seor! Balbuce.

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De inmediato, sin la menor vacilacin, Loliano lo agarr por el cuello, lo levant del suelo y lo lanz con enorme fuerza contra la pared, ms all de la cama. Fue una demostracin de fuerza impresionante, porque Loliano era muy inferior al esclavo en tamao. Le dijiste a mi ta que los tenias insist, y si no los tienes, por qu estamos aqu y qu significa todo esto? Y, adems de eso, qu diablos contienen? Telefo nos mir de nuevo uno por uno. Haba recibido un buen golpe en la cabeza y pareca aturdido y un poco asustado. Loliano se cerna sobre l con las manos levantadas, dispuesto a apretarle el cuello otra vez. Por favor, seores, ya basta gimi el fugitivo. Obedeciendo a unos golpecitos en el hombro por mi parte, Loliano retrocedi un poco y Junio y Claudio relajaron sus expresiones enfadadas. Telefo movi la cabeza y continu con sus gimoteos incoherentes. No lo s, no lo s chill. Al menos, eso fue lo que con segu entender. Me qued all tranquilamente, sin decir una palabra, esperando, hasta que Telefo se rehizo por fin lo suficiente como para continuar: Yo no le dije a tu ta que los tena, seor, lo juro. No fui a verla por nada de eso; fui para... en fin, para disculparme por... por haber desaparecido como lo hice. Y, bueno, ella mencion por casualidad que buscabas esos documentos. A m me pareci... me pareci un poco extrao, seor, y lo nico que dije fue que, si te interesaban, debas venir a verme. Se detuvo otra vez y sacudi la cabeza como s de verdad no tuviera nada ms que contar. S? Insist de nuevo, pero l se limit a devolverme la mirada con una expresin de desconcierto tan irritante que estuve a punto de lanzarme a su cuello yo mismo. Contina, maldita sea!. Exclam. Qu quieres que diga? Quiero que me digas, idiota, dnde estn esos documentos! Telefo me mir, busc aire entrecortadamente y me pareci advertir por primera vez autntico temor en sus ojos. Qu te sucede, hombre? Pregunt Claudio. Vamos, habla! Mascull Loliano. Al esclavo le temblaban los labios; de nuevo, se volvi directamente a m. Oh, mi seor! Sacudi la cabeza, solt otro jadeo y, por fin, lo escupi: Cuando escap, mi nico pensamiento era qu hacer con los documentos, de modo que los puse a tu nombre y los llev a tu casa. Se los entregu al hombre que me recibi. Y quin... quin era? Pregunt aunque, de repente, estuve absolutamente seguro de la respuesta. Era tu padre, seor. l se qued los documentos. Me pareci que la tierra temblaba bajo mis pies; me sent como si se me tragara un agujero en la tierra; sent que quera morirme. Mientes! Exclam Loliano y empez a sacudirlo otra vez. Tuvo tiempo de hacerlo sangrar por la nariz antes de que los otros tres interviniramos y logrramos contenerlo. Era, supongo, un reconocimiento tcito por mi parte de que en las explicaciones del esclavo fugitivo haba cierta dosis de verdad. A pesar de todo, ante la insistencia de Loliano registramos la estancia. Tambin a instancias de nuestro primo legionario, desnudamos a Telefo y registramos sus ropas y su persona, pero los documentos no aparecieron por ninguna parte. Miente insisti Loliano. Pueden estar en cualquier parte. Este hombre arriesga su vida al hacernos venir aqu y luego resulta que ni siquiera tiene lo que buscamos. A qu viene todo esto? Qu se propone? Asent y me volv hacia Telefo con una sonrisilla perversa: Por qu me dejaste recado de que acudiera a verte, Telefo? Yo... pensaba pedirte dinero, seor. Pero cuando habis aparecido los cuatro... en fin, yo... Lo que te proponas era robar a mi primo, si venia solo afirm Loliano, asqueado. Sin duda, tena razn, pens, pero me limit a suspirar y a mover la cabeza con gesto cansado. Ya basta dije. Un momento despus, cuando por fin abandonamos el lugar, Loliano se volvi hacia el esclavo y lo amenaz: Mrchate de Roma, Telefo! Si te vuelvo a ver, te mato! Al or a mi primo, me detuve, me volv tambin hacia el esclavo y coment: Buena idea. Abandona Roma esta misma noche, Telefo. Y cuida de no volver a aparecer ante mi vista! XX Dos das ms tarde, mi suegra, mi ta Hortensia y Fulvia, mi esposa, partieron para su estancia anual de tres semanas en Aquileia, en el norte de Italia, donde acudan a tomar las aguas. Al da siguiente de su marcha,

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aprovech la oportunidad para invitar a mi padre a cenar en el comedor privado de mi casa, situada a buena altura en las verdes laderas de la colina del Quirinal. Padre dije cuando sali a mi encuentro y lo estrech con un abrazo afectuoso. Me alegro de verte, muchacho contest a mi saludo. Iba a ser una cena sencilla de asado de ternera, pescado, cerdo, pan, coliflor y ostras y, tan pronto hubo llegado, desped a los criados y los envi a la cama. Nos serviramos nosotros mismos, en privado. Qu pocas veces hacemos algo as, ltimamente! Coment (como si hubiramos cenado juntos con mucha frecuencia, en el pasado!), Al tiempo que me propinaba una palmada jovial en la espalda. Padre e hijo, juntos y contentos. Y sin mujeres alrededor. Perfecto! Como de costumbre, mi padre ya haba alcanzado ese placentero estado entre la sobriedad y el mareo que todo autntico bebedor conoce tan bien y ansa con tanto ardor. Tena los ojos clidos y la sonrisa serena y resplandeca de felicidad (o de lo que l tomaba por tal). Sin embargo, yo tena preparado mucho ms para l, naturalmente, y le escanci un vaso antes incluso de que tomara asiento. S, padre, estoy de acuerdo; deberamos hacer esto ms a menudo respond con la mejor de mis sonrisas. No es preciso decir que mi ligero toque de irona le pas completamente inadvertido. Recuerdas aquella ocasin en que estuvimos en Tvoli? Tu madre estaba furiosa conmigo porque pensaba que me haba liado con la casera o con alguna sirvienta. Apur el resto de otro vaso ms (el sexto, creo, aunque quin los contaba?) y solt una carcajada estentrea. Una idea ridcula, desde luego. Para entonces, mi padre ya estaba completamente bebido a pesar de la abundante cena que se haba metido entre pecho y espalda. Me dio una nueva palmada en la espalda, seguida de un amistoso apretn en el hombro. Un vino magnfico, hijo farfull y se llen el vaso una vez ms. Y luego... En fin, he tenido bastantes broncas con tu madre. Como cuando crey que me acostaba con esa gorda, la mujer del senador, en Capua. O en esa ocasin en que me importun tanto que termin demasiado borracho como para asistir al banquete de... Quin lo ofreca? Ah, s! El Gremio de Juristas! Hizo una pausa, casi sin respiracin a causa de las carcajadas, y se enjug unas lgrimas de regocijo que brotaban de sus ojos. Mujeres! Continu. Siempre dispuestas a hacer una montaa de cualquier nimiedad. Un par de copas de ms, una sonrisa inocente a una chica guapa... y enseguida se desencadena el fin del mundo sobre uno: acusaciones, recriminaciones, escndalo, divorcio. Hizo un alto, sacudi la cabeza y exhal un suspiro de exasperacin: Todo ello tan innecesario que no s por qu lo consentimos... Pero es cierto que jodiste con esa mujer de Tvoli lo interrump. Y, como es lgico, l se detuvo en el acto. Me mir con la expresin de sorpresa e indignacin que era de esperar (sino por otra razn, por mi vocabulario grosero, al menos) y, acto seguido, pronunci las manidas palabras que ya esperaba: Cmo... cmo puedes decir tal cosa, Livinio? Yo nunca... Te vi, padre le revel. Esta vez, el temblor que advert en su mentn era de autntica sorpresa. Tena once aos y estaba explorando la casa. Me asom a la habitacin que no deba y all estabas... Y quin diablos te mandaba meter las narices all? Por un instante, casi cre que iba a estallar; despus, se domin y me fulmin con una mirada farisaica. Y yo hice todo lo posible para reprimir el impulso de agarrarlo por el cuello y apretar. Te vi repet sin alzar la voz y, al cabo de un momento, a pesar de su densa niebla alcohlica, hundi la cabeza sin replicar; incluso l haba comprendido por fin. Pero no se dio por vencido todava; no, nada de eso. Al cabo de un momento se recuper, levant los ojos, derram un par de lgrimas y murmur: De modo que para esto me has hecho venir, para humillar a tu propio padre, no? Bien, slo se me ocurre una cosa que decir: bonito trance, s seor, que el propio hijo se vuelva contra uno! Lo mir con un atisbo de sonrisa, pero no haba nada que replicar. Bien, haba unas cuantas cosas que habra podido mencionar, por supuesto, pero ninguna de ellas tena que ver con el asunto, en definitiva. Ninguna de ella tena que ver con la razn de que lo hubiera invitado a cenar a mi casa. Tienes algo que me pertenece, padre anunci. Vi que entrecerraba los ojos, los volva hacia m y mova la cabeza despacio en un gesto de negativa. No s a qu te refieres... A unos documentos que alguien te entreg hace unos tres meses. Mi padre abri la boca y volvi a cerrarla; luego, como siempre, se recompuso e insisti: Vaya! Primero empiezas a lanzar acusaciones sin fundamento sobre si hace diez aos jod, por emplear tu lenguaje, con una

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prostituta en Tvoli; ahora, me sales con que te he robado unos documentos... Bien, no pienso quedarme aqu para soportar insultos toda la noche. Se levant del asiento y dio media vuelta con la intencin de encaminarse a la puerta, pero lo agarr por la toga antes de que diera el primer paso y, con un enrgico tirn, lo obligu a sentarse en el divn a mi lado. Qudate sentado, padre le dije con una voz que estaba justo por encima del susurro; a decir verdad, esperaba conseguir un tono de serena amenaza que produjera resultados sin necesidad de gritos. Pero no funcion. Qutame las manos de encima, pedazo de... Se debati por desasirse, pero cerr mi mano zurda en torno a su mueca derecha y alcanc a colocar la otra sobre su cuello. Que te sientes! Exclam a pleno pulmn. Slo entonces, por fin, dej de resistirse. Por supuesto, tener que recurrir a la fuerza fsica de aquella manera fue algo terrible para m. Es cierto que hacia mucho tiempo que no senta ningn respeto por mi padre y que ni siquiera me caa medianamente bien pero, a pesar de ello, segua existiendo un profundo vinculo entre nosotros. S que los tienes t insist, an a gritos, pero es preciso que los tenga yo. Me pertenecen y... Pero ya te he dicho que no los tengo. Quin te ha contado tal cosa? Padre, por favor... sacud la cabeza con gesto de hasto. El hombre que te los entreg: Telefo, el portero de la casa de to Cornelio. Ah! Exclam, y no aadi nada ms. Sin embargo, de improviso, baj la vista al suelo y observ que los msculos del cuello le latan con callada tensin. Hum...! Murmur al cabo de una largusima pausa. Puedo tomar otro vaso, Cayo? Oh! Por supuesto, padre respond con voz pausada y dulzona. Vamos, no seas sarcstico conmigo, muchacho... Cllate! Lo interrump y, con gran sorpresa y satisfaccin por mi parte, obedeci al instante. Y de todos modos, Telefo no me los entreg, el muy bribn segua diciendo mi padre. Me los vendi. Mil sestercios..., eso fue lo que tuve que pagar. Le estaba sirviendo vino sin limite, mimando su sed e incitndole a continuar sus comentarios deslavazados. Te imaginas? Un portero, un esclavo...! Cree tener algo de valor y, al momento, pide dinero por ello. Bien, te aseguro que le cant cuatro verdades. Otro buen trago. El vaso, lleno de nuevo. Por supuesto, al final le pagu. Tuve que hacerlo, sabes? Pero no el precio que me haba pedido. Regate y regate hasta que me suplic piedad. No ha nacido el miserable esclavo capaz de estafar al viejo Livinio Decio Severo, verdad, muchacho? No venia en absoluto a cuento, pero no pude resistir la tentacin de preguntar: Y cunto te peda al principio? Oh...! Bien, no recuerdo exactamente... Carraspe repetidas veces, se agit en el asiento y, por ltimo, respondi: Mil trescientos o mil cuatrocientos, creo. Y yo me dije: Y fuiste capaz de rebajar nada menos que cuatrocientos, padre? Pues menudo as del regateo ests hecho!. Eso es. Rebaj el precio hasta lo que consider justo. Le dije: Estos documentos pertenecen a mi hijo, Livinio, y ser mejor que los entregues si no quieres verte en graves apuros. Y el hombre se avino a razones. Me dirigi una vaga sonrisa y dio unos sorbos ms hasta apurar de nuevo el vaso. Sabes qu hay en los documentos? Pregunt en un tono de voz ms sedante que un brisa estival. Mi padre me mir con extraeza y le escanci otro vaso. Ah, Livinio! Dijo al tiempo que sacuda la cabeza. Por quin me tomas? Claro que no los he ledo! Jams hara una cosa as. Por lo tanto, queda claro que no s qu dicen. Esper un rato. A decir verdad, me estaba gustando aquella forma de interrogatorio que, al parecer, consista sobre todo en mantener la boca cerrada mientras el otro hablaba. Tambin me ayudaba a pasar por alto los aspectos patticos y a concentrarme en los divertidos, de los cuales haba en cantidad considerable (estoy seguro de que ya os habris dado cuenta de ello). Sabia que eran tuyos y supuse que eran importantescontinu. Por lo que a m concierne, era lo nico que contaba. S, padre, claro que si, pens. Pero me limit a responder: Necesito verlos, padre. Tengo que verlos ahora mismo, esta noche. Hum... murmur al tiempo que asa la jarra de vino que tena ms cerca. Esper de nuevo y empez a tararear una tonada. Segu esperando y, al cabo de un rato, se puso a tararear otra cosa. Padre, me gustara empezar a concluir este asunto. S que es tarde, pero llamar un carruaje y nos acercaremos a la vieja casa...

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Me mir con una expresin de borracho y un asomo de sonrisa burlona. Para qu? Pregunt, encogindose de hombros. Cmo...! Para cogerlos! Respond. Para recoger los documentos. Hum... S, sera estupendo... Como podis imaginar, me cost un gran esfuerzo mantener la actitud de calma que haba exhibido durante toda la velada (o, al menos, desde mi temprana y ya lejana explosin inicial). Se trata de un asunto muy importante, padre. Te aseguro que debo conseguir esos documentos cuanto antes. Ahora mismo, si es posible. Est bien, Livinio, est bien refunfu y me lanz una mirada ceuda con implacable irritacin paternal. No sigas interrumpiendo nuestra velada juntos. Los documentos, los documentos, es lo nico que he odo durante toda la noche. Si, son importantes, lo s. Y estoy de acuerdo en que debes conseguirlos pero, por el amor de Jpiter, no puedo ayudarte. Ya no los tengo. Continu sirvindole vino hasta que perdi el sentido; despus, orden a dos esclavos que lo trasladaran a una peque a habitacin de invitados al fondo del pasillo y que no abandonaran su lado por ningn motivo. Tambin di instrucciones de que me despertaran al amanecer. Tan pronto estuve en pie, envi mensajeros a mis lictores, Junio y Claudio Barnabs, y a m otro primo, Avito Loliano Fino. Cuando termin de darme un bao y de vestirme, ya haban llegado a mis aposentos; entonces despertamos a mi padre, lo sacamos de la cama y, con toda la autoridad oficial de que estaba investido, lo condujimos como virtual prisionero por la ladera de la colina la media milla que nos separaba de nuestra antigua casa, la de mi infancia. Mi padre continu balbuciendo protestas hasta que, casi agotada mi paciencia, cerr el puo y lo golpe en la frente con fuerza. Eso bast para que callara al instante. Despus con Junio como portador de las fasces, entramos en la casa e iniciamos el registro. Colocamos a mi padre en un taburete de dura madera, humillado y taciturno. Despus, hicimos trizas las estancias, literalmente: el dormitorio y el estudio de mi padre, la alcoba de mi madre, la sala de estar... Arrancamos cajones, forzamos cmodas, destrozamos frescos, desmontamos azulejos y hurgamos el suelo en busca de agujeros secretos. Incluso destrip cojines de divn y abr boquetes en las paredes del cuarto de aseo. Mientras tanto, mi padre permaneci sentado, silencioso y abatido. Finalmente, no conseguimos descubrir nada. Agotado, me detuve un momento a recobrar el aliento, pero ello no me sirvi para tranquilizarme. Al contrario, me notaba a punto de hervir de rabia. Como era de esperar, mi padre escogi aquel preciso momento para levantar la cabeza. Cunto ms voy a tener que aguantar? Pregunt de improviso. Un hijo que arrastra a su padre por las calles, que registra la casa de su progenitor... Ah, qu vergenza, qu terrible...! Y en aquel preciso instante, no pude soportarlo ms. Por horrible que fuera mi accin, en un momento de furia ciega, me lanc sobre l, lo derrib del taburete, lo inmovilic contra el suelo y cerr ambas manos con fuerza en torno a su cuello. Dnde estn, hijo de perra? Chill y golpe su cabeza contra el suelo de duras baldosas al ritmo con que pronunciaba tales palabras. Ajjj...! fue lo nico que acert a decir y, a continuacin, not que mis primos me separaban de l. Por los dioses, to Decio, dinos dnde estn esos documentos! Insisti Claudio mientras l y los dems me inmovilizaban. Locos... jade mi padre, buscando aire. Luego, recobr fuerzas lentamente y se debati por levantarse del suelo. Estis todos... locos repiti, apoyado en el aparador que tena tras l. Mientras Loliano me mantena inmovilizado, Junio y Claudio tomaron a mi padre por las axilas con suavidad, lo condujeron al otro extremo de la sala y lo sentaron en el borde del divn. Por favor, to Decio intervino Junio con un tono suplicante que no haba odo nunca en su voz. Estudi unos instantes a mi primo, el pretencioso, y pens que tal vez era slo el aspecto que ofreca esos das lo que hacia que su tono de voz pareciera ms normal: la barba cerrada, oscura y poblada y aquellas cejas gruesas y desordenadas que, de pronto, parecan tan cautivadoras. De hecho, toda aquella pelambrera contribua a dulcificar el perfil de la mandbula, un poco duro, incluso ampuloso, por el cual era famoso. En esa ocasin, a decir verdad, su rasgo dominante eran los ojos, que brillaban ardientes entre tanto pelo. Si, me dije, era un rostro velludo, pero tambin amistoso. A decir verdad, incluso mi padre pareca encontrarlo simptico. Contempl a Junio, en especial aquellos ojos, como si fuera a encontrar la redencin en ellos, mientras el resto de nosotros, que sabamos que no sera as, nos limitbamos a aguardar a que hablara por fin. Los he vendido dijo.

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Qu? Exclam. Pero lo haba entendido perfectamente; todos lo habamos odo, por supuesto. Era slo que, normalmente, unas palabras de tal trascendencia, pronunciadas de un modo tan simple y tan suave despus de tan larga espera, necesitan ser dichas ms de una vez. Se los he vuelto a vender al mismo tipo, a ese Telefo explic mi padre. Se inclin un poco hacia delante, con el rostro entre las manos, y pens que, de haber sido cualquier otro y no mi padre, ya se habra echado a llorar. Pero yo saba muy bien que mi padre hacia mucho tiempo que haba olvidado qu era derramar una lgrima.., Salvo cuando estaba muy bebido y an era capaz de soltar un par de lloreras alcohlicas. Cundo? Pregunt Junio. Anteayer. S, a primera hora de la maana. Telefo se present y dijo que por fin haba... Enmudeci en seco y bajo la vista con la manifiesta esperanza de que nadie hubiera notado el desliz. Por fin haba qu? Pregunt desde el otro extremo de la estancia. Despus, me acerqu lentamente y me coloqu ante l. Por fin haba encontrado un comprador? Es eso? Por supuesto! Has estado intentando venderlos desde el principio. Naturalmente, en ningn momento has tenido la intencin de drmelos. Unos documentos de tu propio sobrino dirigidos a tu nico hijo! Me dispuse a aadir algo ms pero, por alguna razn, no pude. Lo intent otra vez, pero seguan sin salirme las palabras. Y, por ltimo, me di cuenta de que tena el rostro baado en lgrimas y la voz sofocada y me march de all a toda prisa. Por supuesto, Telefo ya no estaba en su refugio del edificio de pisos. Llegu hasta el lugar a pie, tras salir en solitario de la casa de mi padre... aunque no tard en advertir que mis primos me seguan los pasos a corta distancia. Llamamos a su puerta; despus, la abrimos a puntapis y entramos, pero las habitaciones estaban vacas, desnudas incluso de las escasas pertenencias que habamos visto all en la ocasin anterior. Recorrimos el pasillo, furiosos, y llamamos a todas las puertas. Los vecinos se asomaron, irritados y desafiantes al principio, pero muy pronto sumisos y asustados al percatarse de la presencia de las fasces. Se ha marchado, mis seores dijo la anciana que ocupaba la vivienda contigua. Ni idea contest cuando le pregunt si sabia adnde. Todo el mundo nos dio las mismas respuestas: apenas conocan a Telefo, quien slo llevaba unas semanas all. De hecho, no tenan idea de quin era o de dnde proceda y mucho menos de las razones de su marcha, tan apresurada, ni de su nuevo paradero. Aqu, la gente viene y va apunt la anciana con una sonrisa torva, y algunos de los presentes corearon el comentario con una risilla nerviosa. Nos desplegamos por el edificio. Loliano se encarg del piso inferior y Claudio del superior, mientras Junio y yo nos repartimos la planta en la que estbamos, y llamamos a cada una de las puertas de la larga serie de ellas que se abra al otro lado del hueco de la escalera. Junio y yo nos volvimos a encontrar unos minutos ms tarde, frustrados ante la falta de resultados. Cruzamos el estrecho pasillo que llevaba desde la escalera al ala del edificio donde Telefo tena su refugio y seguimos el pasillo hasta la puerta en cuestin. Y all, a unos pasos de ella, advert con asombro la presencia de una decena de hombres fuertemente armados y vestidos con perfecto uniforme de batalla. Con ellos y al mando de la escuadra, ataviado hasta con la banda marrn de tribuno cruzndole el pecho, se hallaba el propio Marco Antonio. Mientras avanzbamos hacia ellos, vi que Junio se ergua y comprobaba las fasces para cerciorarse que quedaban visiblemente destacadas. En aquel preciso instante, una vez terminadas sus pesquisas, Loliano se reincorpor al grupo y se coloc a mi altura. Saludos, mi seor Livinio Severo dijo Antonio con exagerada formalidad. Si respond con un lento gesto de asentimiento, en busca de un efecto teatral. Saludos. Tengo entendido continu Antonio que has estado interrogando a la gente de mi distrito..., a esa gente... y, al decir esto, movi la mano en un gesto amplio que quera abarcar al puado de inquilinos que en aquel momento nos contemplaba con ojos curiosos y saltones, acerca del paradero de un tal... Telefo? Es se el nombre? Exactamente asent. Telefo. Habamos continuado nuestro avance hacia la puerta y, en aquellos momentos, estbamos apenas a unos palmos de Antonio y sus matones. Te acuerdas de l, verdad? Dije. El hombre del cinto plateado, se que te gustaba tanto. Al menos, te gust en el dormitorio... Sin duda, Livinio continu Antonio con aire congraciador, haciendo caso omiso de mi pequea pulla, sabrs que es ilegal interrogar a un plebeyo sin consultar primero con el tribuno de su distrito.

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Telefo no es ningn plebeyo respond. Los plebeyos son hombres libres y ciudadanos respetables de Roma. Telefo es un esclavo fugitivo, y la ley que has mencionado no es de aplicacin en su caso. Antonio asinti y movi la mandbula con evidente irritacin; luego, para mi sorpresa, descarg el puo contra la pared ms cercana con gran fuerza. Mi seor Livinio, ahrrate los tecnicismos; tu investigacin ha terminado. Antonio... empez a decir Loliano. Se adelant a mi posicin y, al verlo, supe al instante qu iba a decirle. Mi primo habra sido muy capaz de retar a Marco Antonio a una pelea a puo limpio. (Slo nosotros dos, imagin que iba a decirle, y el propio Loliano me confes ms adelante que, en efecto, haba estado a punto de hacerlo.) Observ que los hombres que rodeaban a Antonio se aprestaban a la pelea; incluso vi las sonrisas presuntuosas en sus rostros, de modo que me apresur a posar una mano tranquilizadora en el hombro de mi primo y, gracias a los dioses, Loliano se contuvo y dio medio paso atrs. Antonio y yo nos miramos en silencio un instante. A continuacin, le dije: No puedes impedir esta investigacin, Antonio. Eso crees? Se ech a rer y sus hombres le corearon. Tu cargo no te ofrece una inmunidad absoluta continu. Hay cosas tan terribles que incluso un tribuno puede ser llevado ante la justicia por ellas. Te refieres a m? Pregunt Antonio con una nueva risotada. En aquel preciso instante, lleg Claudio a la carrera, se inclin hacia m y me cuchiche entre jadeos: Acabo de sobornar a alguien y me ha dicho adnde ha ido Telefo. Y bien? Pregunt. Claudio me susurr la respuesta. A Rvena? Exclam y levant la vista a tiempo de ver cmo Marco Antonio enrojeca amenazadoramente. Ah es donde... Pero Claudio, prudentemente, me pellizc en el hombro como advertencia para que guardara silencio y me detuve antes de proclamar a gritos aquello, tambin. Pues, naturalmente, en Rvena era donde esperaba Csar con sus legiones. Cuando los cuatro llegamos a mi casa, podra decirse con justicia que ya haba empezado a derrumbarme un poco. En realidad, bastante ms que un poco. En realidad, estaba maldiciendo a gritos el hecho de que nada resultara bien jams. Cmo iba a vengar a mi primo, ahora? Y, adems, por qu diablos Telefo haba escogido Rvena, precisamente, para refugiarse? Mis primos me ayudaron a acostarme pero continu divagando y, por ltimo, insistieron en que, para empezar, abandonara de inmediato la recomendacin del mdico. Ese mdico est loco, te lo aseguro insisti Junio. Creme, nadie ha hecho un hijo a su esposa a base de no beber. Si acaso, es al contrario. Por Jpiter que tomars un vaso de vino! Le secund Claudio. Un minuto ms tarde, Loliano me ofreca un vaso lleno hasta el borde y, con l, mi experimento con la abstinencia lleg a un brusco y definitivo final. Ignoro cunto beb esa noche, pero s que fue mucho. Tambin s que no sirvi de gran cosa; en lugar de tranquilizarme, me limit a devenir menos coherente y la mayor parte del tiempo continu notando lgrimas en los ojos. Qu desfachatez la de Antonio balbuce por ensima vez. Y ese intil de Telefo... Me enfurec con ellos y me lament amargamente por la falta de progresos en el caso, pero ni una sola vez mencion a mi padre o su intervencin, que era, casi con seguridad, lo que me haba sacado de mis cabales. Necesitas a Fulvia dijo Claudio de repente. Mandaremos un correo y la haremos volver enseguida. No! Exclam en mi ebriedad, aunque era lo ms coherente que haba dicho en bastante rato. Al fin y al cabo, no le quedaba mucho tiempo de estancia en Aquileia y enviar un mensaje mediante un correo no hara sino adelantar la marcha apenas unos das. Adems, una llamada urgente la asustara y todos, Fulvia, mi madre y los dems, volveran corriendo para afrontar una situacin que, en cualquier caso, no podan hacer nada por aliviar. No repet con ms aplomo. Despus, me volv boca abajo y trat de calmarme lo suficiente como para conciliar el sueo con visiones de Fulvia, a la que, desde luego, necesitaba en aquel momento ms que a nadie en el mundo. Hola, hijo mo dijo una voz dulce e inconfundible. Por un instante, cre estar soando. Despus, mir alrededor de m y all estaba, sentado al borde de la cama: Cicern, en carne y hueso y esbozando una sonrisa. Alabados sean los dioses murmur. Despus, me sent en el lecho junto a l y apoy la cabeza en su hombro mientras me estrechaba entre sus brazos. Amado maestro solloc.

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Comprendo lo difcil que ha sido repiti l en varias ocasiones. Mi propio padre... continu entre hipidos. Si dijo Cicern. Me lo han contado. Continuamos largo rato sentados como estbamos, los dos a solas (puesto que mis primos se haban retirado discretamente), hasta que por fin me tranquilic y los sollozos remitieron. Ya basta dijo entonces Cicern, apartndome con suavidad a la distancia del brazo. Es hora de que te endurezcas frente al mundo. Al or aquello, pens: Y lo dices precisamente t, Cicern, que eres tan delicado y sensible al menor soplo de brisa!. Y lo digo precisamente yo aadi, que soy tan delicado y sensible al menor cambio alrededor de m. Hay algo que no sepas? Pregunt con asombro. Y, acto seguido, los dos sonremos e incluso soltamos una breve risilla. Has olvidado tu misin dijo con tono provocativo. Qu misin? Respond y le devolv la sonrisa. Empec a sentirme casi recuperado. Hace mucho tiempo te dije de quin debas estar pendiente declar Cicern con absurda formalidad. Y, a pesar de todo, estall en una carcajada. Te refieres a Curio? Por Jpiter, pero si ya hace casi tres aos! Y te lo aseguro aad, no es un hombre tan interesante... Oh? Cicern me hizo un gesto de advertencia con el ndice. Pero, maestro dije entonces, en un tono bruscamente serio, debo descubrir al asesino de mi primo, Lucio Flavio. Y ahora prosegu estoy ms seguro que nunca de que fue Marco Antonio. Cicern se frot la barbilla y asinti despacio. Podra ser murmur. Desde luego, Antonio... en fin, no es un hombre agradable. Su mirada se perdi en el vaco mientras, aparentemente, meditaba alguna idea. Qu hay de ese Telefo? Ha huido a Rvena, no es eso? S. Bien, quin sabe? Quiz eso sea de alguna utilidad. Tras esto, con el aire inconfundible de un hombre agotado y resignado, movi la cabeza en gesto de negativa y junt las manos. Fjate, Livinio; ambos campos estn armados hasta los dientes: Pompeyo, a un lado, Csar al otro. Y Roma, la Repblica, atrapada en medio. Hizo una pausa y se pas las yemas de los dedos de la mano diestra por la frente. Y, por supuesto, est esa investigacin tuya. No creas que me la tomo a la ligera; s que queras mucho a tu primo y que ha habido varios asesinatos ms, pero presiento que... Dej la frase a medias, me mir, se llev las manos a los ojos y, por primera vez en lo que iba de velada, tuve ocasin de estudiarlo durante unos momentos. La verdad sea dicha, tena un aspecto terrible: viejo, cansado y enfermo, con las mejillas hundidas, ojeras muy marcadas y arrugas por todas partes. En cierto modo, no era una sorpresa; como todo el mundo en Roma, yo tambin saba que nuestro descenso hacia la tirana estaba sorbiendo la propia esencia vital de su ser. Presiento que existe alguna... en fin, no me atrevo a utilizar una palabra tan fuerte como conexin, pero tengo la sensacin... Y no s por qu, de modo que no me lo preguntes, pero una vez ms te insto a que sigas pendiente de Cayo Escribonio Curio. Sacud la cabeza y reflexion. Curio... murmur. Lo he observado muy de cerca durante mucho tiempo. Ese hombre, maestro, no es tan puro e inocente como una vez te dije. Pero una implicacin en todo esto? Una conexin? Con toda franqueza, tal idea me parece absurda. Cicern sonri una gran sonrisa, ancha y sincera, surgida del fondo de su corazn y me abraz otra vez. Por supuesto asinti. Absurdo. Ya soy un viejo y ahora slo sugiero, slo indico. rdenes, instrucciones o incluso recomendaciones estn ms all de mi dbil jurisdiccin. Pero puedo hacerte memoria, y eso hago. La Repblica est en peligro y t tambin lo ests. Y Curio, como siempre, es tu mejor y ms fcil acceso al meollo de todo el asunto. Me contempl detenidamente a travs de sus ojos turbios. Despus, en otra muestra ms de afecto paternal, me estrech entre sus brazos. Te quiero mucho declar. A continuacin me solt, se puso en pie y sali pausadamente. XXI

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Desde luego, Cicern acertaba en una cosa: el punto de ruptura estaba prximo. Pompeyo tena en todas partes agentes que intentaban, por todos los medios posibles, incrementar el nmero de efectivos bajo su mando; ms an, tena entre sus tropas dos legiones que Csar le haba prestado el ao anterior y ahora se negaba desdeosamente a devolvrselas. En cuanto a Csar, sus agentes insistan en su afirmacin de que esperaba en Rvena con apenas una msera legin, pero informes recientes, casi del momento, decan que otras dos marchaban hacia all desde las Galias y se uniran a l en breve. Dnde dejaba todo esto a nuestra exhausta Repblica? Qu sera de las elecciones y de la libertad de expresin? Qu, del juego limpio y de la igualdad ante la ley? Y, ah, s!, Lo ms importante en mis reflexiones: qu destino aguardaba a la legendaria piedra angular de Roma, el rpido e implacable dictamen de la justicia? Dorm profundamente y, al despertar, me sent recuperado por completo. Casi salt de la cama, con un hambre de oso, y encontr a mis primos holgazaneando en el comedor ante unos huevos, unas ostras y unas galletas recin hechas. Pareces descansado dijo Claudio Barnabs con un guio burln. S, muchsimo contest. Se miraron entre ellos y volvieron a contemplarme entre sonrisas irnicas. No me extraa coment Junio . Ya es medioda. Abr la boca y volv a cerrarla. Not que me sonrojaba. No dorma hasta tan tarde desde haca aos. Bueno..., ya sabis..., los beneficios del descanso y todo eso. No lo creas intervino Claudio. Nada como un poco de agotamiento para poner al descubierto tu alma ms profunda, no? Oh, cllate! Exclam con la boca llena, y todos se echa ron a rer. Adems, ya tengo suficiente de conversaciones significativas y de pensamientos profundos para bastante tiempo. En adelante, ser estrictamente superficial. Trivial de pies a cabeza, no, Cayo? Apunt Junio, y nos echamos a rer de nuevo. Todos, menos Loliano Fino; ste, de pronto, adopt una expresin de seriedad mortal. No me lo creo. No te creo capaz de ello, Cayo afirmo. Por los dioses, este hombre me encanta por su sinceridad!, Pens. Yo tampoco lo creo, primo respond al instante y lo mir directamente a los ojos, pues nunca haba tonteado con Loliano en asuntos como aqul. Por una parte, mi primo legionario no entenda demasiado bien aquellos juegos o, por lo menos, no le gustaban; por otra, su franqueza era un don demasiado raro y demasiado valioso como para hacerlo objeto de bromas. Y, por si todo ello no fuera suficiente, recordad esto: mi absurda idea de pasar la hoja y empezar de nuevo era, por supuesto, absolutamente inviable. Como podis suponer, los hermanos Barnabs no eran nunca igual de perspicaces cuando se trataba de reconocer el momento de dejar de bromear y, en aquel momento, sus ojos brillaban con la perspectiva de una nueva broma ingeniosa. Bien, basta de tonteras me apresur a soltar antes de que pudieran aadir una palabra ms y llevaran las cosas demasiado lejos. Los dos hermanos captaron la insinuacin y guardaron silencio mientras yo daba cuenta del desayuno. Durante toda aquella semana, Escribonio Curio haba insistido varas veces en que volviramos a trabajar para l. Crisis inminente, os necesito ahora, haba escrito en un mensaje urgente. Gran discurso nuevo en preparacin; necesito vuestra ayuda, deca otro. Y haba varios ms en parecidos trminos. Bien, mientras yo termino aqu, por qu no os llegis hasta su casa y comprobis si todava nos necesita? Suger con una sonrisa a los hermanos Barnabs. Junio y Claudio obedecieron con diligencia, pero estaban de vuelta antes de que hubiera pasado una hora. La casa est cerrada inform Junio. El hombre de la puerta dice que Curio se ha marchado a Tvoli, se supone que para tomarse un descanso. Pero, como es lgico, probablemente ha acudido all para consultar de nuevo a Pompeyo aadi Claudio. Por supuesto asent. Acababa de darme un bao y estaba tendido sobre una larga mesa de masajes cubierta de toallas calientes. Mientras hablbamos, dos esclavos me secaron y me embadurnaron de aceite.

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Tenemos que irnos, Livinio dijo Claudio. Ya has odo lo que dice Cicern: que Curio... Si lo interrump. Ya lo he odo. Y no quiero que se entere todo el mundo. Claudio se ruboriz ligeramente y Junio le dio un enrgico codazo en las costillas. Ay! Exclam Claudio. Qu diablos...? Aadi y respondi con un puetazo al estmago de su hermano. Me volv a tiempo de ver a Junio doblarse de dolor y a Loliano Fino contemplarlos a ambos con una expresin entre divertida e incrdula y pens que Junio y Claudio eran, ciertamente, bastante inteligentes, extraordinariamente leales a mi y, adems, dos personas encantadoras. Sin embargo, tambin qued absolutamente convencido de que, por mucho que lo intentara, jams podra negar el hecho de que eran dos de los tipos ms extravagantes que haba conocido. Primos! Exclam con voz un poco demasiado alta, y los dos olvidaron su bufonada y me miraron, sonrojados . Ya es suficiente, primos continu con ms calma. Esper un instante a que se tranquilizaran antes de seguir: Como os comentaba, s lo que dijo Cicern y tengo un respeto inmenso por sus opiniones y por sus anlisis. Por lo tanto, iremos a Tvoli para ver a Curio. Al menos, alguno de nosotros har el viaje. Los tres me miraron entonces, mientras yo haca otra pausa para meditar el plan. En realidad, no tena el menor inters en ir tras los pasos de Curio pero, de pronto, me di cuenta de que su marcha me ofreca la ocasin perfecta para que, por fin, pudiese ocuparme de un asunto menor de mi incumbencia. Quiero que vayis los dos indiqu a Junio y Claudio. Por supuesto, tenis que concertar un encuentro con l lo antes posible y debis averiguar todo lo que podis sobre sus intenciones y sus movimientos... Pero, naturalmente, no hace falta que os hable de todo eso. Ahora viene la parte peliaguda: cuando lleguis ante Curio, decidle... Veamos... Si, decid le esto: que en el ltimo momento he recibido la noticia de que mi esposa est enferma y que he partido apresuradamente hacia Aquileia para estar a su lado. S, es perfecto; decidle eso. Que Fulvia est enferma y que he salido hacia el norte para verla. Continuaron mirndome con aire inexpresivo hasta que, por fin, Junio pregunt: Pero no est enferma, verdad? No, claro que no. Bien, pero entonces, adnde te propones...? A Rvena, por supuesto! All es a donde me dirijo. Y entonces, en un instante, todo qued muy claro ante sus ojos. Junio y Claudio partieron para Tvoli aquella tarde mientras, a peticin ma, mi primo Loliano Fino se quedaba para acompaarme en el trayecto hacia el norte. Partimos al da siguiente al amanecer y, pese a cabalgar da y noche en las monturas ms rpidas que pudimos encontrar, tardamos cinco das y medio en llegar a las afueras de la poblacin. Encontramos un lugar aislado con una corriente de agua prxima en la que poder baarnos y acampamos all a pasar la noche. A primera hora de la maana siguiente, ya limpios y refrescados, cruzamos las puertas de la ciudad. Uno de los centinelas nos pidi nuestros documentos. Le dej ver por un instante un retazo de mi banda verde de senador mientras Loliano sealaba sus charreteras de legionario y el guardia se apresur a franquearnos el paso con abundantes disculpas. Dejamos los caballos en la parada de postas situada junto a la puerta, dentro de las murallas, y continuamos a pie. Rvena bulla de actividad, en efecto, pero no se detectaba un ambiente preblico, lo cual me sorprendi pues esperaba encontrar la ciudad convertida en un autntico campamento, llena de soldados, de armamento, de caravanas de suministros y de controles en todas las calles. En lugar de ello, slo observ en ellas la presencia de algn que otro grupo de soldados; y ello en un da de mercado, cuando uno hubiera esperado que los legionarios llenaran la ciudad. Lo que haba en abundancia era vendedores; estaban en todas partes y ofrecan, aadir, un surtido de productos muy considerable. Haba literas [con sus correspondientes esclavos porteadores, por supuesto) en alquiler, por horas o por das. Tambin haba una enorme cantidad de comestibles, la mayor parte de ellos de una calidad sorprendente: aceitunas de la lejana Iberia, higos de Sicilia y varias piezas de ternera que seran la envidia de cualquier carnicero de Roma. Haba alhajas de plata procedentes de un lugar remoto llamado Britania, sedas y carmines de labios llegados del misterioso Oriente. Incluso vimos tenderetes de especuladores locales que ofrecan terrenos a la venta o casas en alquiler. Un hombre un agente inmobiliario, estoy seguro me mir abiertamente con el aire del experto en reconocer forasteros y exclam: Rvena, ciudad del futuro! Y en aquellos precisos instantes, tal afirmacin resultaba difcil de rebatir. Tras unas discretas indagaciones, supimos que el campamento quedaba a una milla de la ciudad y que Csar haba establecido un ingenioso sistema de pases gracias al cual no haba en ningn momento, dentro de la ciudad, ms all de un centenar de sus soldados. As pues, segn pudimos comprobar, Rvena disfrutaba de la mejor de las situaciones posibles: una prosperidad propia de tiempos de guerra, pero sin hostilidades declaradas... y sin tan siquiera el inconveniente de tener que

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soportar en sus calles un nmero excesivo de soldados alborotadores. Segn nos contaron, las cosas se haban mantenido as desde haca un ao o ms; por lo tanto, me pareca comprensible que todos los habitantes de la ciudad hubieran llegado a la misma conclusin: que aquel ritmo de vida, manifiestamente pasajero, se haba convertido de algn modo en permanente. O, al menos, era esa impresin de permanencia lo que parecan estar vendiendo a los visitantes confiados. Una vez terminadas nuestras pesquisas iniciales, adoptamos una actitud an ms discreta, pues no queramos en modo alguno alertar de nuestra presencia a Telefo (ni a l ni a nadie ms, para ser preciso). Por supuesto, contbamos con una ventaja: nosotros estbamos a la expectativa mientras que l, lo ms probable, se senta suficientemente a salvo y no estara tan prevenido. Loliano y yo cruzamos el mercado; ms all, cuando las tiendas se hicieron ms escasas, recorrimos las calles ojo avizor. Al acercarnos a la periferia del centro de la ciudad, descubrimos una pequea zona de tabernas y posadas de aspecto poco recomendable y decid que poda ser el sitio adecuado donde buscar. Mientras yo me mantena discretamente donde no pudiera ser visto (sin resultar ridculamente sospechoso, por otra parte), Loliano patrull la zona y se asom a los locales que juzg oportuno hasta que, casi una hora despus, apareci de nuevo y me encontr, aburrido, junto a la entrada de servicio de un hotelucho especialmente cochambroso. Lo he visto, primo; esa cabezota pelada es inconfundibleanunci con una sonrisa de alivio. Estaba en esa taberna... Seal una puerta pintada de amarillo chilln, calle abajo y en la acera opuesta, que era la entrada a la planta baja de una posada. S, sa, Livinio. Estaba ah con un grupo, pero no he reconocido a nadie. Telefo estaba bebiendo, por supuesto, y le he odo concertar una cita para esta noche en un lugar fuera de la ciudad, en las inmediaciones del campamento de Csar, al que acuden todos los soldados. Despus, ha salido del local y ha vuelto a su habitacin. Pareca borracho y cansado, como si hubiera estado despierto toda la noche. Imagino que ahora dormir un rato, para salir ms tarde en direccin al campamento. Asent despacio, me frot la barbilla y le devolv la sonrisa. Ya veo murmure. Bien, un trabajo excelente, primo aad, pues sabia cunto apreciaba Loliano una palabra de encomio cuando la mereca. Y as suceda esta vez, pues haba efectuado una tarea de espionaje que ni yo ni mis otros dos primos habramos podido llevar a cabo. Y todo aquello se haba conseguido, cabra aadir, sin necesidad siquiera de mencionar el nombre de Telefo (algo que podra habernos puesto en grave peligro a todos). Tambin me felicit a mi mismo, pues su actuacin confirmaba mi opinin de que Loliano era la persona ms indicada que poda haber llevado conmigo en aquella parte de la investigacin. Me da la impresin de que no crees que debamos interrogar a Telefo en este momento coment. Consideras quiz que es mejor seguirlo ms tarde y observar qu hace? Eso es, Livinio. Exacto asegur efusivamente. Una vez ms, asent con parsimonia y sonre, pues ya no me quedaba la menor duda. Al fin y al cabo, haba captado en su voz un tono de autoridad que mi primo reservaba generalmente para el cuartel y me dije que, si tan seguro se mostraba acerca de Telefo, yo tambin deba estarlo. Con esto, el asunto qued decidido. La cantina instalada en las inmediaciones del campamento de Csar era lo que esperbamos encontrar: un local grande y ruidoso, lleno de soldados pendencieros y borrachos. El establecimiento heda a vino agriado, a vmitos y a orina, y muchos de los soldados apestaban igual. Oooh! Exclam un legionario en el preciso momento en que hacamos nuestra entrada; a continuacin, el hombre se derrumb de cara sobre una gran mesa redonda situada en mitad del local. La cantina estall en risotadas y comentarios burlones, lo cual result sumamente oportuno, ya que capt la atencin de todo el mundo en el momento crucial en que penetrbamos en el local. Loliano se acerc a la barra a pedir una jarra de tinto barato mientras yo echaba un vistazo. Cuando lleg con el vino, ya haba descubierto a Telefo con otros tres hombres en un gran divn junto a una mesa de comer. Y ahora, qu? Murmur Loliano. Me encog de hombros y pregunt a mi primo si conoca a alguno de los acompaantes del esclavo fugitivo, pero Loliano se limit a mover la cabeza en silencio. Buscamos dos asientos lo bastante prximos como para observarlo y dimos cuenta del vino a tragos nerviosos. Al cabo de unos minutos, cuando an no habamos decidido qu hacer a continuacin, Telefo inici una aparatosa despedida de sus compaeros, se levant de la mesa poco a poco y, por ltimo, abandon la cantina sin compaa. Lo seguimos a prudente distancia. Al salir, tom a la izquierda; despus, dobl de nuevo a la izquierda y tom un sendero que conduca hacia el campamento, distante unos cientos de pasos. La noche era negra como el betn,

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sin luna ni estrellas, lo cual nos ayudaba a ocultarnos pero tambin nos dificultaba mantener a la vista a Telefo. La falta de luz tambin ralentizaba el avance, pues debamos poner mucha atencin para evitar tropezar en las roderas y baches del camino. Pronto quedaron a la vista las luces de las antorchas del campamento y en un instante nos encontramos all, tras los pasos de Telefo entre las escuadras de legionarios, algunos dormidos ya al aire libre y otros congregados todava en torno a las fogatas. El esclavo fugitivo se abri paso entre los soldados rasos hasta las pequeas tiendas de los suboficiales y, despus, hasta los alojamientos de campaa, ms amplios y equipados, de los oficiales superiores. Finalmente, se encamin al ms lujoso de todos, una gran tienda engalanada con estandartes y gallardetes de aspecto regio que no alcanc a distinguir en la oscuridad. Tras hacer un gesto con la cabeza al centinela que dormitaba a la entrada, penetr en la tienda mientras Loliano y yo nos detenamos a corta distancia de ella. Una vez ms, no estbamos seguros de qu sucedera a continuacin. Al cabo de un momento, indiqu por seas a Loliano que me siguiera y nos aproximamos con mucha cautela a la parte de atrs de la tienda. Tardamos un poco pero, por fin, encontr una abertura en la lona, un resquicio por el que apenas podamos pasar. Nos colamos en el interior, primero yo y luego l, muy despacio y sin hacer ruido. Nos encontramos en una alcoba pequea y a oscuras, separada del resto de la tienda por una cortina corrida, y omos unas voces muy prximas. Loliano seal un pequeo haz de luz que se colaba por debajo de la cortina y los dos nos tumbamos en el suelo con suma cautela; despus, alzamos el borde de la cortina apenas lo suficiente como para echar un vistazo al otro lado. All estaba Telefo, en efecto, hablando con un hombre que nos daba la espalda y al que no acababa de distinguir bien. Excelente! O decir al desconocido cuando Telefo hubo acabado. A continuacin, el hombre se puso en pie, se acerc a un aparador y se sirvi un poco de vino. Cuando se dio la vuelta para regresar al asiento tuve por fin, durante unos instantes, una visin perfecta de su rostro. Era Cayo Escribonio Curio. XXII All en la tienda, tumbado en el suelo, inmvil y sin aliento en la oscuridad, not de pronto la mano de mi primo apoyada en mi hombro. Naturalmente, con su gesto pretenda reconfortarme, indicarme que sabia cmo me senta y animarme a afrontar la situacin con valenta. Y yo se lo agradec. Pero, fuera su intencin o no, aquel gesto de nimo tambin me revel la perplejidad de Loliano, incluso su temor, ante la inesperada presencia de mi viejo mentor en aquel lugar. Qu acababa de decirle Telefo a Curio? Para ser ms preciso: qu valiosos documentos acababa de entregarle? Aguc el odo cuanto pude, pero slo alcanc a captar algunas frases intermitentes y, por lo que pude deducir, la conversacin ya haba derivado hacia asuntos insustanciales, hacia los chismes ms intrascendentes. O mencionar el nombre de Marco Antonio en dos o tres ocasiones, seguido en una de ellas de una estentrea risotada. Incluso o citar mi propio nombre una vez, acompaado de un par de risillas. Pero eso fue todo. Aquello no nos llevaba a ninguna parte, pens, y quedarse all resultaba ms peligroso cada minuto que pasaba. Me dispuse a indicar a Loliano que era hora de marcharnos cuando, en aquel preciso instante, se produjo un sbito revuelo de actividad. Escuch las fuertes pisadas acompasadas de unas recias botas, como si acabara de presentarse una formacin de soldados; a continuacin, el comandante de la escuadra entr en la tienda, ech un vistazo al interior y retir la cortina de la entrada para abrir paso a alguien. Y al cabo de un instante ms, recorriendo la tienda con la mirada y cambiando saludos a diestro y siniestro, hizo su entrada ni ms ni menos que el propio Julio Csar. Loliano se qued sin aliento y esta vez me toc a m el turno de tranquilizarlo y darle nimos, pues mi primo haba servido a las rdenes de Csar en las campaas de Germania y, segn lo que haba llegado a mis odos, haba sido uno de los favoritos de su comandante entre los oficiales jvenes ms prometedores. Mi primo, por su parte, senta casi veneracin por Csar, aunque no es preciso decir que lo hacia sin tomar en consideracin los aspectos polticos. Loliano lo adoraba por sus hazaas militares aunque, tanto si era consciente de ello como si no, estaba influenciado sin duda, como tantos otros, por la destacada personalidad de Csar. De hecho, ahora que tena ocasin de observarlo (irnicamente, ms de cerca de lo que haba podido hacerlo nunca), empec a apreciar por qu. Por ejemplo, estaba el aspecto que ofreca: con su figura de porte erguido, casi envarado, que destacaba media cabeza por encima de cualquier otro, su apariencia poda catalogarse de formidable. Sin embargo, todo ello quedaba suficientemente suavizado por una sonrisa amplia y amistosa y por

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unos ojos difanos y despiertos, ms pacientes que inquisitivos, ms envolventes que intimidadores. Tambin estaba su modo de andar su manera de entrar en la tienda casi como si se deslizara y de comportarse: su modo relajado y caballeroso de dirigirse a todos los hombres que lo acompaaban, incluso al condenado Telefo, el fugitivo. Supongo que no es preciso decir que ni mi primo ni yo podamos apartar la vista de la escena que se desarrollaba ante nosotros. Curio y Telefo se pusieron en pie de sendos brincos tan pronto Csar hizo su entrada. El recin llegado abraz a Curio como a un amigo al que no vea desde haca mucho tiempo y tuvo la considerable cortesa de dirigir un saludo a Telefo, quien a continuacin fue conducido fuera de la tienda de forma rpida y expeditiva. Mi viejo amigo... dijo Csar a Curio cuando estuvieron a solas y volvi a abrazarlo. Mi dueo y seor... respondi Curio. Y al orlo experiment una punzada de algo que slo puedo llamar dolor; un dolor real y tangible que me recorra la frente y una extraa opresin en el pecho. Quise gritar; a decir verdad, quise morirme. Y no mucho despus me di cuenta de que aquella noche haba muerto algo dentro de m, algn ltimo vestigio de confianza juvenil, supongo. Y decid que nunca ms me permitira sufrir una derrota completa ante nadie. Despus del saludo, sus voces descendieron de tono nuevamente y se redujeron a suave murmullo, inaudible salvo algunas palabras sueltas: discurso, muy importante, demasiado generoso, viejo tonto, Pompeyo y otras. Quin poda saber qu significaban? Continuamos all tendidos, sin atrevemos a movernos y casi sin respirar, durante varias horas ms. De hecho, Csar y Curio dormitaban en sus divanes cuando se produjo un nuevo acceso de actividad y otro personaje de cierta importancia fue conducido rpidamente al interior de la tienda y atraves la zona principal hasta un pequeo reservado situado a un lado, directamente enfrente de donde estbamos nosotros. Un asistente despert a Csar con suavidad y lo acompa al compartimento contiguo, desde donde me llegaron las voces dbiles y amortiguadas de Csar y del recin llegado, primero intercambiando saludos y luego en animada conversacin. Mientras Curio segua durmiendo, aprovech el momento para presionar ligeramente el brazo de mi primo y ste hizo un ligero movimiento para demostrarme que segua despierto. Entretanto, la conversacin de Csar con el otro hombre pareca eternizarse y not que el fro habitual previo al amanecer me calaba hasta los huesos. Me recorri un escalofro, no slo por efecto de la temperatura sino tambin porque me di cuenta de que debamos escapar pronto de all, so riesgo de ser descubiertos a plena luz del da. Por fin, capt unos murmullos que sonaban a intercambio de adioses y Csar no tard en encaminarse a la salida de la tienda, pero se detuvo al llegar a la abertura entre las dos zonas en que estaba dividida sta. Tras un rato interminable, se apart a un lado y permiti a su interlocutor asomarse a la abertura. Por fin, pude ver de quin se trataba y me llev otra tremenda sorpresa; en cierto modo, supongo que fue la ms terrible de todas. Se trataba de mi suegro, Victorino Avidio. Cundo ser, Curio? Dentro de una semana, a contar desde maana? Pregunt Avidio con voz atronadora. S, seor respondi Curio al instante. Bien, que tengas xito, joven. Si resulta, cambiar el mundo. Ya lo s, seor respondi Curio y todos se echaron a rer Lo siento, seor; quiero decir que soy consciente de lo importante que es. No te preocupes; te prometo que ser el mejor discurso que haya pronunciado. Dimos tiempo a Avidio a abandonar el campamento. Despus, cuando Csar y Curio ya dorman profundamente, nos escabullimos de all. Despus de dar un largo rodeo por el permetro exterior del campamento, conseguimos encontrar el camino y regresamos a Rvena. Amaneca cuando llegamos al centro de la ciudad. Localizamos una posada de aspecto respetable, llamamos a la puerta hasta que nos abri el patrn y le pagamos con gusto el doble de lo estipulado por sus mejores habitaciones. Momentos despus, estbamos acostados y dormamos como troncos. Despertamos a media tarde, nos hicimos llevar una cena oppara y llenamos el estmago; despus, no tardamos en caer dormidos otra vez y no despertamos hasta el amanecer del da siguiente. Adems de responder a la razn ms obvia, que era nuestro estado de agotamiento, aquel descanso formaba parte de mi plan de tomarnos cierto tiempo antes de abandonar la ciudad. Con ello esperaba evitar un encuentro accidental con Curio o con Avidio en la carretera, pero estar de vuelta en Roma a tiempo. Este era mi plan y funcion bastante bien, aunque en ocasiones por los pelos. Loliano y yo bamos a caballo, sin insignias y con ropas muy discretas. Nos hallbamos en una estacin de postas a unas cien millas de Roma cuando apareci Curio entre un considerable despliegue de carruajes lujosos y una columna de esclavos y suministros. Otro cortejo de parecidas caractersticas esperaba ya ante la estacin de postas y result el de mi suegro. Cuando

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sali de la humilde posada para reanudar el viaje, Curio incluso lo salud gritando su nombre. Avidio le dirigi una rpida mirada con aire sombro y continu lo que estaba haciendo, sin responderle. Con considerable asombro y regocijo por mi parte, Curio no pudo hacer otra cosa que soportarlo con el aire de quien acaba de cometer un paso en falso, ha mordido el polvo como consecuencia de ello y no le ha gustado. Mientras tanto, mi primo y yo, sentados en las inmediaciones con nuestras capas oscuras en torno al cuerpo, pasamos completamente inadvertidos. Hasta aquel momento, haba evitado voluntariamente abrumar mi mente con las preguntas obvias pero, al observar aquel pequeo cruce de gestos, no pude contenerme un minuto ms. Qu juego se traa Curio? Y cul era el de Avidio? Qu haba detrs de aquel encuentro increble en Rvena? Por supuesto, no dediqu demasiado tiempo a buscar respuestas. Al fin y al cabo, poco sentido tena hacerlo; sobre todo, estando Roma tan cerca. Porque en esta ocasin tena la absoluta certeza de que, por una vez, Roma tena todas las respuestas. Llegamos a las puertas de la ciudad a medioda de la jornada del gran discurso y fuimos derechos al edificio del Senado, en el extremo sur del Foro. Loliano dijo que me esperarla fuera y continu hacia la entrada a tiempo de sumarme a mis estimados colegas senadores, que cruzaban la entrada con un extrao aire de urgencia. Vi a Junio y a Claudio, que tambin aguardaban en la plaza, y los salud con una sonrisa y un gesto de la mano. La primera novedad que lleg a mis odos cuando entr en la cmara fue que ya haban sido rechazadas dos importantes propuestas de ley. Una, que exiga a Csar que entregara las armas, haba sido aprobada por el Senado pero Marco Antonio la haba vetado. Otra, que conminaba a Pompeyo a hacer lo mismo, haba sido rechazada por el propio Senado. Ahora, Curio se dispona a expresar su opinin sobre el asunto. Y fue precisamente l con quien tropec momentos despus. Confo en que tu esposa ya se encuentre bien me dijo. He sabido que estaba enferma. S, est mucho mejor. Intent que mi voz no revelara mi turbacin o mi sorpresa aunque senta ambas cosas, naturalmente. Veamos, me dije: Curio ya deba de llevar un da entero en la ciudad, de modo que... Claro, eso es! Ha tenido tiempo suficiente para hablar con mis primos, o con alguien que haya hablado con ellos en Tvoli. Me alegro. Bien, se avecinan tiempos agitados anunci. El de hoy va a ser el discurso ms importante que haya pronunciado. Eso es magnifico! Coment con una sonrisa. A continuacin, ocupamos nuestros respectivos escaos y enseguida rein el orden en el Senado. Poco despus, Curio fue llamado a hablar; por fin haba llegado el momento de que nos revelara a todos cul era su verdadera posicin. Al menos, eso pareca. Muy respetados padres senadores inici su intervencin Cayo Escribonio Curio, hablo hoy en mitad de la mayor crisis que ha afligido a Roma en muchos siglos. Todas nuestras libertades, todas nuestras grandes instituciones corren peligro de ser barridas por la creciente marea de rivalidades entre nuestros hombres ms poderosos y por el uso y abuso flagrantes que hacen tales hombres de la violencia y de la fuerza ilegtima. Esta ha tomado muchas formas: bandas de matones, centinelas armados, llamamientos a ms y ms legiones y a los legionarios veteranos para que se alisten en un bando o en otro. Y ahora incluso los pretores y otros funcionarios de ms alto rango han sido vistos por las calles de la ciudad vistiendo la capa militar, en desafo a la Constitucin, a las Doce Tablas y a toda costumbre ancestral que se conozca. Digo rivalidades entre nuestros hombres ms poderosos, pero debo disculparme ante mis estimados colegas senadores, ante Catn y tantos otros que estn presentes hoy aqu, pues en realidad slo son dos los hombres a quienes me voy a referir; slo dos son los que cuentan. Por un lado tenemos a Pompeyo, el veterano de nuestros triunfos en el este, acampado en las afueras de Roma con una fuerza militar que no deja de crecer. Y qu pretende Pompeyo? Bien, segn l, desea el gobierno del Senado y del pueblo. Sin embargo, da a da, sus palabras y las de tantos de nuestros senadores se van pareciendo tanto que cada vez resulta ms difcil saber dnde termina su dictado y dnde empieza el del Senado. Pompeyo declara que quiere ser justo con su rival, pero se niega a devolverle dos legiones que le pidi prestadas hace ms de un ao. Y cada da hace pblicas nuevas llamadas a ese rival suyo para que disuelva sus ejrcitos y regrese a Roma como ciudadano privado. Pompeyo dice que no es ambicioso, que no aspira al poder, que no desea asumir el papel de dictador o de rey. Sin embargo, da a da enrola ms soldados para abultar las filas de sus legiones y cada da emite un nuevo decreto, legal o no, para ampliar los limites de sus poderes discrecionales a expensas de las prerrogativas del Senado. Esto en cuanto a Pompeyo.

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Por la otra parte, tenemos a Csar, rival de Pompeyo y veterano de nuestros triunfos en el norte, acampado en Rvena, en su provincia de la Galia Cisalpina, a trescientas millas al norte de Roma y rodeado tambin de una escolta militar cada vez ms numerosa. Y qu pretende Csar? Por supuesto, l tambin desea el gobierno del Senado y del pueblo de Roma. Como Pompeyo, rechaza tener ambiciones o aspirar a ser rey y, naturalmente, tambin dicta las intervenciones de algunos senadores, de vez en cuando. Y tambin tiene ms tropas propias en camino, que se dirigen a Rvena para unirse a l. Pero, en todo este asunto, qu ha pedido Csar? Bien, se ha argumentado que, aunque no plantee peticiones, su actitud es de innegable desafo. Desafa la orden del Senado... O es de...? En fin, desoye la orden de quien sea de regresar a Roma sin escolta, insignias ni cargo oficial de ninguna clase. Esa accin en concreto, esa falta de accin, para ser ms exactos, es ilegal, sin duda. Pero como cuestin prctica, resulta fcil imaginarlo temeroso de la remota posibilidad de tener que afrontar acciones ilegales de otro tipo si accede a lo que se le pide. Desde luego, no ha exigido la presencia de ninguno de nosotros en Rvena... y menos an como ciudadanos privados. Desde luego, si l nos planteara tal exigencia, ninguno de nosotros querra ir. Si alguno de nosotros dijera lo contrario, los tribunales lo declararan loco, sin duda, y lo encerraran con grilletes por su propia proteccin. As pues, volviendo a mi pregunta, qu ha pedido Csar? Pues bien..., nada! Por lo menos, hasta ahora. Tras este ltimo comentario, Curio hizo una pausa premeditada y efectista, y los senadores, que ya le prestaban mucha atencin, se encontraron completamente cautivados por sus palabras. S, s. Lo s de buena tinta. Y ahora planteo la propuesta, que es as de sencilla: que Pompeyo deje de alistar nuevos soldados y que Csar enve sus legiones de vuelta a las fronteras del norte, donde deben estar. En otras palabras, senadores: ambos bandos deben desmovilizar sus ejrcitos a la vez. Padres senadores, es as de sencillo y es nuestra nica esperanza. Es el nico modo en que pueden preservarse nuestras libertades y el nico medio de que el Senado y el pueblo puedan mantener el control de sus propios asuntos y de su destino. Por eso os insto a aprobar esta resolucin a la mxima brevedad. La reaccin de los senadores empez antes incluso de que Curio pudiera terminar sus ltimas palabras. Al principio se oyeron unos gruidos de protesta, pero pronto quedaron apagados por una salva de aplausos y, despus, por una verdadera erupcin de vtores y de gritos de aprobacin. Me sum al vocero, batiendo palmas como el que ms, aunque incluso entre aquel tumulto alcanc a or a Catn, que bramaba en solitario: Cmo puedes prometer tal cosa? Es un fraude, os lo aseguro! Es un engao, una impostura! A pesar de ello, al cabo de unos minutos, el Senado haba aprobado la resolucin por abrumadora mayora y efectuaba el llamamiento a ambos bandos para que disolvieran sus fuerzas o las trasladaran a territorios donde no resultaran tan amenazadoras. Roma est salvada! Continuaron gritando muchos senadores ya fuera del edificio, mientras se dispersaban por el Foro y las calles cercanas. Y yo pens: Por qu no? Por qu no poda suceder? Por que no poda hacerse realidad? Cuando el Senado levant la sesin, el Foro ya estaba abarrotado de una multitud de alegres ciudadanos procedentes de todos los barrios de la ciudad. Busqu a mis primos, pero no los pude localizar enseguida, de modo que me limit a marcharme a casa sin ellos. Recorr sin incidencias los barrios del norte de la ciudad y no tard en encontrarme, jadeante, en las ltimas rampas de la colina del Quirinal. Dej atrs la verja exterior y el jardn delantero de mi casa y abr la puerta principal sin esperar al mayordomo. Pero en el mismo instante en que cruc el umbral, advert con un sobresalto que all haba algo diferente, algo fuera de lugar. Mir alrededor de m: el equipaje esparcido por el vestbulo, las ropas de mujer... Y entonces, un instante despus, sin darme tiempo siquiera a comprender del todo qu suceda, all estaba Fulvia, atravesando el atrio en direccin a m. Te he echado tanto de menos... Y yo a ti... Ah, mi guapsima, mi preciosa...! Y t, querido mo, guapsimo...! All nos quedamos, delante de una decena de esclavos, enredados en los brazos del otro y colmndonos de besos y caricias. Ah, la sonrisa de su rostro! Ah, el brillo de sus ojos! Ah, la suavidad mgica de su piel! Apreci el tacto de sus mejillas con las yemas de los dedos ah, que sedoso era su cutis! y escuch el timbre musical de su voz. Ah pens, la sensacin gloriosa, completa y magnfica de su cuerpo de formas perfectas, suave y flexible, fundido con el mo...! No volveremos a separarnos nunca mas... No, nunca ms, mi amor...

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Te quiero ms de lo que puedo expresar... S, querido mo, querido hombre mo... Medio enlazados, anduvimos con paso lnguido hasta la alcoba principal. Di ordenes de cerrar la casa a cualquier visita durante el resto del da; de hecho, orden que no se nos molestara por ningn concepto. Hice preparar un bao y una fuente con higos y otros frutos para ms tarde. Despus, corr el pestillo de la puerta y me encontr, por fin, a solas con mi esposa en el dormitorio. Por los dioses, ests maravillosa! Prorrump. Tom su rostro y lo sostuve con suavidad entre mis manos; despus, la bes con ternura: primero en la frente, luego en la punta de la nariz, despus en ambas mejillas un beso en cada una y, por fin, en los labios. En aquellos labios plidos, temblorosos y voluptuosos. Pas la yema del ndice de la mano derecha por encima de ellos y, tras ello, los bes otra vez. Y otra. Para entonces, Fulvia ya estaba medio desnuda y supe que si alcanzaba a echar una mirada a aquellos... Espera... Espera, por favor... Estoy tan sucio, Fulvia... Djame tomar un bao y... Imposible replic ella con una risilla, al tiempo que se despojaba de sus ltimas ropas y se tenda boca abajo encima de m. Y all estaban aquellos pechos suyos, firmes y delicados y perfectamente proporcionados. Apoy con suavidad los labios en uno de ellos, luego en el otro, bes sus pezones, los lam... Un momento despus, rod con cuidado hacia mi derecha de modo que quedamos casi de costado. Entonces, como tantas veces antes, nos acoplamos con tal facilidad y naturalidad de movimientos que era como si los dioses nos hubieran trado al mundo para amarnos de aquella manera eternamente. Como siempre, tuvimos un gran final; como siempre, me dije que una decena de legiones de Csar no era capaz de hacer estremecerse al mundo como Fulvia me haca estremecer a m. Nos quedamos all, mirndonos a los ojos entre risillas propias de nios. Ahora, si dijo ella por fin, con una exhibicin de su famosa risa. Tomemos ese bao. Tomemos? Pregunt yo. Bien me dije; una sorpresa ms en una semana llena de ellas. Y adems, para variar, sta era de las mejores. El agua caliente nos envolvi como terciopelo mientras nos sumergamos juntos en la baera, muy despacio. Sentados frente a frente, nos rodeamos el uno al otro con las piernas y jugamos, nos besamos, chapoteamos y !Ah, s!, Incluso nos lavamos mutuamente. Al cabo de un rato, Fulvia me dio la espalda y se apret suavemente contra m. Rode su cintura con mis brazos, coloqu las piernas en torno a las suyas y permanecimos recostados en el agua con una intensa sensacin de limpieza, de descanso y de confort. Me encantan estos largos brazos dijo ella, acaricindome las muecas y los antebrazos. Y me encanta tu pecho plido y atractivo continu. Volvi la cabeza un instante y pas la lengua por mi pezn derecho. Y tu cintura estrecha y tus bellas piernas, largas y musculosas. Pero, sobre todo, me encanta tu enorme... Y con esto, Fulvia se volvi gilmente, se desliz a lo largo de mi cuerpo y pos la boca en mi parte ms ntima. Y antes de que yo mismo me diera cuenta, ya estaba dura, gorda y muy, muy larga. (Si, no os engao; ste es un activo en mi cuenta que os haba ocultado hasta ahora, por recato.) Y enseguida lleg el resultado inevitable. E incluso mientras suceda, Fulvia mantuvo la boca donde la tena mucho ms rato del que yo habra esperado. Claro que, una vez ms (como segua demostrndose una y otra vez durante aquellos ltimos das), qu era la vida sin sorpresas? Por Jpiter, Fulvia... dije cuando al fin fui capaz de articular palabra. Oh? Te sorprendo, marido? Mov la cabeza y sonre: Bueno, supongo que s, pero agradablemente. Muy agradablemente. S. Es lo que pensaba. Aadimos ms jabn y nos frotamos de nuevo hasta que, por ltimo, salimos de la baera, nos secamos y nos metimos en la cama, limpios, desnudos y deliciosamente agotados. A pesar de ello, hicimos el amor otra vez, pero seguamos sin poder dormir y fue entonces cuando decid contarle todo lo que me haba reservado durante tanto tiempo. Le habl de los asesinatos, de mi investigacin, de quin estaba o poda estar complicado. Salvo el embarazoso encuentro con Marco Antonio, no me dej nada; se lo cont todo sobre Lucio y lo que haba hecho, sobre Telefo y mi ta, sobre Fabio Vibulano y Avidia Crispina y Flaco Valerio... Mencion haber visto a Csar y a Curio juntos durante el viaje a Rvena y haberme inventado que estaba enferma como excusa para abandonar Roma. Espero que no haya llegado a odos de mi padre, por casualidad. De lo contrario, estar muy inquieto respondi y yo torc el gesto, pues en ningn momento se me haba ocurrido tal posibilidad. De pronto, me sent

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completamente seguro de que, a aquellas alturas, l y Curio ya habran tratado el asunto. Adems... En fin, como estoy seguro de que habris adivinado, aqul era el nico otro detalle que no mencion a Fulvia: que en Rvena, junto a los dems, haba visto a su padre. Deberamos enviarle una nota enseguida; sobre todo, porque he regresado antes de lo previsto insisti Fulvia, pero consegu disuadira. Yo... yo se lo contar dije con un balbuceo. Voy a verlo muy pronto. Maana mismo, estoy seguro. Le dir que no ha sido nada, una falsa alarma. Oh? Fulvia me estudi unos instantes. No vas a explicarle todo lo que me has contado? Bien, si..., ms adelante, pero no... no es preciso que sepa que he estado en Rvena. Por lo menos, de momento. Ahora me lleg a m el turno de estudiarla y, al observar su mirada inexpresiva, pregunt: Te parece bien as? Me dejars llevar este asunto a mi modo, verdad? De improviso, Fulvia pareci concentrar de nuevo su atencin y me lanz una mirada radiante. S, por supuesto respondi. Como a ti te parezca mejor. Bien asent con una sonrisa. Un momento despus, me asalt un pensamiento. Por cierto, cmo es que has vuelto tan pronto? Le pregunt. Pensaba que te quedaras en Aquileia unos das ms, como poco. No dejbamos de or rumores de agitacin contest ella sin alterarse. No queramos vernos inmovilizadas all, sin poder volver a Roma. Adems, ya tena suficiente de aguas curativas por este ao. Me mir y se ri. Un bao contigo, marido, se es el nico remedio que necesito! XXIII Qu es esto? Insisti Fulvia. Habamos dormido un rato y, al despertar, decidimos probar unos higos frescos y unos melocotones. Callados, dimos cuenta de dos o tres piezas; despus, hambrientos todava, acercamos el frutero entero, lo colocamos entre los dos y continuamos comiendo a grandes y lentos bocados. Cuando el frutero qued vaco, Fulvia se levant y lo devolvi a la mesa; despus, volvi a la cama enseguida y, de pronto, empez a retorcerse. Qu diablos...? Alarg la mano e hizo ademn de buscar algo detrs de ella. Es como un... Qu? Como un bulto. Y es crujiente. Por ltimo, volvi a levantarse. Yo alargu una mano y la pas por la superficie del colchn. Hum! Murmur. Aqu hay algo... Palp su lado de la cama, retir las ropas y all, justo debajo de la tapicera, not el bulto que haba mencionado Fulvia. Inspeccion la zona con detenimiento y observ un corte limpio en la tela, que haba sido zurcida rpidamente y con grandes puntadas, empleando un hilo que no haca juego con el tapizado. Introduje los dedos entre las puntadas, agarr bien y tir hasta romper el hilo. Despus, met la mano en el interior del colchn. En efecto, all dentro haba un papiro; al tacto, pareca un rollo muy voluminoso, demasiado como para que pasara por el corte abierto en la tela del colchn sin desgarrar el documento. Me levant, anduve hasta el gabinete, tom de su interior una daga y volv a la cama. All, con cuidado, raj la tapicera hasta obtener una abertura bastante mayor que la anterior, introduje la mano otra vez y, por fin, extraje el papiro. En realidad, haba varios. El primero era muy breve: un vistazo me bast para saber quin los haba puesto all. Es de Lucio dije. Fulvia dio un respingo. Por todos los dioses! Murmur. En mi propia cama!, Pens. A aquel idiota no se le haba ocurrido otro lugar para esconderlo! Sin embargo, me limit a mover la cabeza e incluso sonre un poco. A mi amado primo, Cayo Livinio Severo, empezaba el primer rollo, pero en aquel preciso instante fui interrumpido por una repentina conmocin en el pasillo. Empu la daga y me coloqu entre Fulvia y la puerta. Del otro lado de sta llegaba un gran estrpito de golpes y forcejeos; momentos despus, el grupo de alborotadores hizo saltar el pestillo e irrumpi en la alcoba. Tard unos instantes pero finalmente, con considerable apuro, reconoc a los dos que entraron primero. Eran Junio y Claudio Barnabs. Pisando los talones de mis primos, entr el mayordomo con aire ultrajado y, un momento despus, aparecieron en la puerta cuatro robustos esclavos a medio vestir que derribaron a mis primos y los inmovilizaron en el suelo. Junio y Claudio gritaban como posesos, los criados jadeaban como era de esperar y, en un abrir y cerrar de ojos, mi pacfica alcoba se convirti en una casa de locos. Ya est bien! Grit, pero tuve que hacerlo dos veces ms para hacerme or entre el tumulto, pues los esclavos estaban a punto de estrangular a mis primos. Uno de ellos incluso blanda un hacha.

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Eso me resulta familiar coment, con la mirada puesta en el arma que empuaba. No es...? Esos hombres han intentado matarnos, seor insisti un joven esclavo, tambin con la vista vuelta hacia el hacha. Les hemos dicho que no se te poda molestar y ellos nos han arrojado eso. Ha sido cosa de las fasces replic Junio entre jadeos, pues estaba completamente falto de aliento y, muy posiblemente, tambin un poco asustado. Por lo menos, yo esperaba que as fuera. Las varas de abedul no estaban bien sujetas continu. Hemos bajado la insignia y el hacha ha salido volando. Ella sola? Repliqu. Ha salido volando ella sola? Apliqu los dientes superiores sobre el labio inferior y mord con cierta fuerza para intentar contener una carcajada. Volv la cabeza y observ que Fulvia hacia el mismo gesto; cuando ella lo vio en m, no pudo resistir ms y huy al cuarto de aseo. All, me dije, podra tranquilizarse y dominarse o echarse a rer a sus anchas. Que las varas de abedul no estaban bien sujetas? Insist con un gesto de cabeza. Es eso lo que nos ests diciendo, primo Junio? Mi seor, creo que estos hombres merecen un castigo dijo otro de los esclavos con un gruido. Ah, por todos los dioses, Livinio, ordnales que me suelten! Gimi Claudio. Exhal un suspiro profundo y exasperado y entorn los ojos. Est bien murmur. No vamos a matarlos... Por lo menos, no ahora. No esta noche. Con considerable satisfaccin, comprob que los esclavos captaban la sutil irona de mi comentario y prorrumpan en estentreas carcajadas. Eres un hijo de perra! Exclam Junio. Silencio, primo le orden. Y l obedeci y se qued callado, lo cual, creedme, era lo nico que poda hacer en aquel momento. Finalmente, llegu a la conclusin de que no servira de mucho prolongar la situacin por ms tiempo. Est bien, soltadlos decid. Despus de esto, seguro que se portan bien. Los esclavos se retiraron despus de que les felicitara efusivamente por haber cumplido bien con su trabajo. Tambin les entregu un talento de oro a cada uno y les promet doble racin de vino durante el resto de la semana. Los hombres alegraron la cara y abandonaron la alcoba deprisa y en silencio, entre reverencias. De modo que intentabais matar a mis esclavos con unas fasces defectuosas, eh? Bram, tan pronto como la puerta se cerr tras ellos. Idiotas! Volv a gritar. Luego, por fin, me permit el placer de prorrumpir en una sonora carcajada. Por favor, Livinio empez a decir Claudio, esto es... Oh, s, ms os vale! Lo interrump. Ms os vale que sea algo importante de verdad! Para entonces, Fulvia haba reaparecido en la alcoba, cubierta con un elegante camisn. Mis primos, aquel par de zopencos, se incorporaron con esfuerzo y, mientras se adecentaban y se ajustaban la ropa lo mejor que saban, son rieron y la saludaron con servil amabilidad. Ella les devolvi la sonrisa, aunque no me pas inadvertido cunto le costaba mantener la cortesa y no echarse a rer. Entretanto, yo me haba sentado de nuevo en la cama y sostena en la mano derecha los rollos de Lucio, con la mente ausente y la vista fija en el primero de ellos. Y bien, a qu viene todo esto? Insist y, al comprobar que ninguno de los dos responda, les dirig una mirada colrica. Y bien? Registramos la casa de Curio explic Junio, finalmente. Anteanoche precis Claudio. Mir los papiros que tena en la mano y luego alc la vista hacia mis primos. De repente, me senta terriblemente cansado. Y? Lo encontramos dijo Claudio. Un gran cofre lleno de plata. Y? Repet. A ojo de buen cubero expuso Junio, haba plata por valor de diez millones de sestercios, por lo menos. Oh! Exclam. Luego, pens: Slo diez millones? Una cantidad ridcula. Con los precios de la poca, diez millones no le alcanzaban a uno para comprar mucho ms que, pon gamos, las veinte mayores mansiones de Roma. O tal vez pertrechar una legin. No obstante, de qu servira tal cosa? Quiero decir, de qu servia una legin solitaria, en aquellos tiempos? Segu sentado en la cama y mov la cabeza, demasiado cansado como para asimilar la asombrosa informacin que mis dos estpidos primos acababan de traerme con tanto alboroto. Me limit a retomar lo que haba empezado a hacer antes de la brusca interrupcin. Reinici la lectura de los rollos de Lucio desde el encabezamiento, aunque esta vez lo hice en voz alta:

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A mi querido primo Cayo Livinio Severo En el caso de que me suceda algo, espero que no tengas muchos problemas para encontrar estos papiros, que contienen lo que, a mi entender, es una exposicin completa y detallada de quin asesin a Fabio Vibulano. Y resulta tratarse de alguien tan importante, por lo menos, como quien todos nosotros podamos imaginar; probablemente, incluso ms. Ni siquiera yo he podido prever todos los enredos que iba a desencadenar la denuncia del autor del crimen, de modo que aprovecho estas lneas para decirte que disculpo todos los deslices que puedas haber cometido. Me asalt el recuerdo de Lucio y not un nudo en la garganta. Hice una pausa y me estremec cuando, poco a poco, fue calando en mi mente la idea de que el papiro que tena entre mis manos era lo ms parecido a estar con l, a sentirle vivo todava, que volvera a experimentar el resto de mis das. Qu extrao resultaba, me dije, estar leyendo aquellas cosas y pensar en cunto quera a la persona que las haba escrito (quererla hasta el punto de que no me importara aquella demostracin escrita de su trivial vanidad. Aunque, por supuesto, cmo iba a importarme si era verdad? Lucio haba sido ms inteligente, ms listo, que el resto de nosotros a la vez?. Creo que este informe continu leyendo responder a todas tus preguntas; sobre el propio crimen, por supuesto, pero tambin respecto a por qu no te tuve mejor informado de lo que hacia y de lo que iba descubriendo. Mantenerte en la ignorancia de todo ello ha resultado absolutamente intil, como apreciars con bastante claridad cuando termines de leer, y es una decisin que siempre he lamentado mucho. En cualquier caso, confo en que no sea necesario que leas esto sin m. Es ms, espero que antes de que acabe el da estemos trabajando juntos en el asunto. Con los mejores deseos de tu primo que te quiere, Lucio Flavio Severo As conclua el breve rollo introductorio, lo cual fue una suerte porque ya tena los ojos un poco empaados y necesitaba un descanso. Adems, los primos estaban inquietos en sus asientos, con visibles ganas de anunciar algn nuevo chisme. Hay otra cosa... empez a decir Claudio. Oh, est bien! lo interrump con un suspiro. Qu es lo que os ha llevado a registrar la casa de Curio? Corran rumores apunt Claudio. Si, llevbamos oyndolos toda la semana aadi Junio. Rumores? De que Curio haba aceptado un soborno puntualiz Junio. As que decidimos investigar por nuestra cuenta aadi Claudio. Un soborno de quin? Quise saber. Los hermanos Barnabs se miraron el uno al otro y se volvieron hacia m. Cmo, Livinio? De Csar, por supuesto! respondi Claudio como si fuera un hecho del dominio pblico. Luego, bruscamente, baj los ojos y suaviz el tono de voz. Incluso dio la impresin de estar un poco avergonzado. Como si hasta aquel momento no hubiera cado en la cuenta de la enormidad de lo que me estaba diciendo. De modo que entrasteis ah..., en la casa de Curio? S respondieron los dos. Y encontramos la caja aadi Junio detrs de un falso tabique de su dormitorio. Ms plata de la que he visto nunca precis Claudio. Durante unos instantes, los dos hermanos permanecieron sentados en silencio, un hecho inslito en ellos. Y me di cuenta de que, muy posiblemente, era la primera vez en sus vidas que se sentan afectados de verdad por la importancia de algo que tena lugar ms all de su pequeo mundo particular. Bien, habis sido muy valientes y os pido disculpas por el trato que os he dado hace un rato. Habis hecho bien en venir. Hice un alto y me pas las yemas de los dedos por la frente, tratando de concentrarme. Has dicho que haba algo ms, Claudio... dije por ltimo. Mi primo me mir con desconcierto durante un instante; luego, de pronto, record: Ah, s! Bien..., como he dicho, corra ese rumor acerca del soborno. As, tomando la propuesta de desarme de Curio por una estratagema para conseguir ventajas para Csar, Catn y sus dos cnsules, Lentulo y Marcelo, han encabezado una delegacin de las antiguas familias que ha acudido a entrevistarse con Pompeyo. Catn y los suyos le han concedido un mandato especial y todo el tesoro de Roma, si lo necesita, para alistar todas las tropas que pueda reunir por toda Italia. Por todos los dioses! Musit. Pero eso es...

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Totalmente ilegal e inconstitucional me ayud Claudio. S, lo sabemos. De nuevo, rein por un momento un terrible silencio. Entonces, est decidido dije con un encogimiento de hombros, en gesto de derrota. As pues, pens, todas nuestras posibilidades se haban agotado. Si murmur Junio. Es la guerra con Csar. Es la guerra civil le correg. Y romp a llorar. El informe de Lucio estaba contenido en varios rollos voluminosos. Fulvia y yo los lemos uno por uno y, al terminar, los pasamos a los hermanos Barnabs. La lectura de los papiros nos ocup hasta el amanecer. Y ste, escrito por mi primo Lucio de su puo y letra, era su contenido: Desde el momento en que Avidia Crispina acudi a nosotros para investigar el asesinato de su amigo, Fabio Vibulano, consider que era un asunto del que deba ocuparme sin ti. Lamento tener que decirte esto, sabes?, Pero ya me haba enterado de tu desafortunado encuentro con Marco Antonio. Incluso tengo noticias peores para ti, en cierto modo, porque fue tu padre (quin, sino?) El que me lo dijo estaba borracho, naturalmente, y (tambin me duele tener que informarte de ello) haba varias personas ms presentes. Tu madre era una de ellas y tambin estaba la ma. Con ellas se encontraba mi amiga (ms adelante, mi prometida), Matidia Grata, junto con nuestro primo Avito Loliano Fino y una amiga de ste. Por fortuna, mi padre no estaba (aunque haba dicho que acudira); de lo contrario, el episodio habra sido la comidilla de toda Roma. As pues, no haba entre los presentes ningn autntico chismoso y todos se comprometieron sinceramente a guardar silencio sobre el asunto. Tu madre, no es preciso decirlo, se senta humillada con la revelacin; la ma suele ser bastante discreta, Matidia lo es por completo y Loliano me parece una persona bsicamente reservada (que, por cierto, te tiene en un altsimo concepto) y no es probable que se le escape nada fuera de lugar. No s nada de la mujer que lo acompaaba; de hecho, ni siquiera recuerdo su nombre, pero Loliano me asegur que no seria problema y, hasta donde s, ha mantenido su palabra. Pero dejemos todo eso a un lado. Como digo, consider que tu encuentro con Antonio poda representar un problema para ti en la investigacin del asesinato por varias razones. En primer lugar, cre que poda resultarte difcil ser objetivo; de hecho, pens que podas mostrar propensin a formarte prejuicios apresurados e infortunados contra una persona o un grupo en particular. En segundo lugar, cre que tu participacin en las pesquisas poda colocarte en una posicin incmoda o incluso escandalosa, sobre todo si, de pronto (y, como siempre, inexplicablemente), corra por la ciudad la noticia de tu encuentro. Y la tercera razn es, simplemente, que pens que la experiencia poda resultarte demasiado dolorosa como para ocuparte de un asunto de este cariz con eficacia y escrupulosidad. Por eso me he ocupado yo solo y no me importa decir que te he echado mucho en falta. Aoraba tu ingenio, tu franqueza y, sobre todo, tu sentido comn, esa capacidad para penetrar hasta el meollo del asunto. Un comentario ms: aunque probablemente no sea necesario mencionarlo, permite que te asegure que nunca hubo la menor relacin romntica entre Avidia y yo. y te pido disculpas si te induje a pensar lo contraro. Evidentemente, era una excusa perfecta para mantenerte al margen del asunto. Pasemos ahora al crimen en s. El relato de lo sucedido se basa sobre todo en las declaraciones de Avidia Crispina pero, ante mi insistencia, entrevistamos a numerosas personas que podan corroborar lo que deca. De todas estas personas, slo una, una amiga de la infancia de Avidia llamada Annia Regila, era de origen patricio y result, por tanto, fcil de encontrar. Todos los dems testigos eran libertos desacreditados, criados despedidos, esclavos fugitivos y gente por el estilo, cuya bsqueda nos ocup mucho tiempo y nos llev a relacionarnos con cierta gente de lo menos recomendable en algunos de los barrios ms miserables de la ciudad. En resumen, todos ellos la tal Annia Regila, los ex esclavos y todos los dems eran gente que, simplemente, haba odo de pasada alguna frase o buena parte de las conversaciones de Fabio con Avidia y que, por tanto, podan certificar lo que me haba contado. En cuanto a la propia Avidia, aunque deseaba ver resuelto el crimen, tuve que arrancarle las respuestas poco a poco, slo despus de largos y delicados interrogatorios. Eso es tan personal y me resulta tan doloroso..., deca a cada pregunta y, a continuacin, frunca los labios en una mueca enfurruada y se pona a jugar con su larga melena rubia. Es una chica muy bonita y me gusta, lo reconozco, pero repito que no en el sentido que t imaginabas. En cualquier caso, no consegua ir ms all de respuestas como: por favor, Lucio, no me obligues a hablar de esa poca. Pero insist y la persuad y la engatus hasta que, finalmente, consegu que me lo contara. Todo empez poco despus de que Fabio conociera a ese Cayo Escribonio Curio fueron sus palabras. De pronto, apenas lo vea en semanas. Sala hasta muy tarde todas las noches y pasaba casi todo el da durmiendo. Cuando se levantaba, tena resaca y mostraba poco inters por m. De vez en cuando me contaba alguna cosa,

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hablaba de las grandes mansiones a las que acuda y de la gente famosa que conoca. Deca que el ms famoso de todos era Marco Antonio. Esto se prolong varios meses continu contndome Avidia, hasta que una noche lleg a casa con un aspecto especialmente desastrado. Le pregunt qu haba sucedido y se ech a llorar, lo cual me alarm mucho porque Fabio era un hombre muy fro y comedido (era una de las cualidades que me gustaban de l) y, como tan tos hombres en Roma, no era muy dado a mostrar sus emociones. Me mostr muy tierna con l y, finalmente, me lo cont. Y, ay, Lucio, es tan terrible...! De veras necesitas saberlo? Si respond, muy serio, es preciso. Bien... Parece que esa noche se haba emborrachado ms de lo habitual y... En fin, que se fue a la cama con Marco Antonio. Fabio no terminaba de creerse que lo hubiera hecho. Estaba tan avergonzado... Desde luego, no podra volver a mirar a Curio a la cara, de eso no caba duda. Al menos, en eso insisti en aquellos momentos. Fuera como fuese, Fabio sobrevivi a la vergenza. Los dos lo hicimos. Y. al cabo de dos o tres semanas, una maana se present de improviso un mensajero con una llamada urgente..., precisamente de Curio. As pues, tras hablar de ello conmigo y de darle vueltas durante casi todo el da, Fabio acudi finalmente a verlo. Curio le ofreci mil disculpas por haberlo puesto en contacto con Antonio y le dijo que necesitaba a un joven brillante como l para que le ayudara en su trabajo. Le rog que aceptara la oferta y le asegur que, por descontado, no habra ms de aquellas fiestas desenfrenadas. As pues, la siguiente noticia que tuve de Fabio fue que estaba trabajando para Curio, ayudndole en sus discursos, sus panfletos y dems. Segn Fabio, el trabajo era estimulante y Curio era un hombre de bien y un republicano convencido. Las cosas continuaron as, bastante tranquilas, durante tres o cuatro meses. Entonces, una tarde, volvi a casa blanco como la luna llena en invierno. Naturalmente, haba vuelto a suceder algo. Y esta vez si que era algo terrible de verdad. Avidia, he odo sin querer una conversacin que... me dijo mientras apuraba un vaso de vino con mano temblorosa. De una forma que pareca totalmente casual, haba escuchado una conversacin entre Curio y Marco Antonio en la habitacin contigua. Segn Fabio, Curio deca en aquel momento: Bien, Fabio es el ltimo; no te enviar ninguno ms. Oh, vamos! Fue la respuesta de Antonio, segn Fabio. Le digo en serio! Insisti Curio. Es demasiado embarazoso. Demasiado riesgo de escndalo. Adems, despus de lo que sucedi con ese chico, Silio... Me refiero a que una cosa es la pederastia... Ja! La exclamacin de Antonio lleg a odos de Fabio. T debes de saberlo, desde luego. Si, bien, dejemos eso. Una cosa es la pederastia, y otra muy distinta, el asesinato. Asesinato! Bram Antonio. Sabes perfectamente que fue un accidente! Escucha, amigo mo contest Curio, el chico tena quince aos. Lo encontraron con un fragmento de cristal metido en el... Est bien, ya basta! Estaba borracho y las cosas se me fueron de las manos. Adems, slo era el sobrino de un ex esclavo. Si, lo s muy bien; gracias a ello pudimos silenciar el asunto con tanta facilidad me asegur Fabio que haba odo responder a Curio. Pero no volver a arriesgarme. Las cosas se estn poniendo demasiado... demasiado crticas. Demasiado tensas. Un asunto como este podra arruinar la reputacin del propio Csar. Podra echar a perder todo aquello por lo que hemos trabajado. Hum! Conque Csar, eh? Replic Antonio, burln. De pronto, te preocupas por Csar. Por lo menos, yo no necesito grandes sobornos para vender mi lealtad. Oh, vamos, Marco! Csar lleva aos pagando tus deudas de juego! Esas.. y todas las dems! Pero si slo tu cuenta con el carnicero es mayor que cualquier presunto soborno que y haya visto jams! No me hables de sobornos, precisamente t! Avidia continu su narracin: Segn Fabio, en aquel momento not que las voces se oan de pronto mucho ms fuertes y, acto seguido, sin darle tiempo a reaccionar, Curio y Antonio entraron en el taller, donde l haba permanecido todo el rato. Fabio me cont que los dos se detuvieron y lo miraron con una expresin de asombro. Crea que ya te habas marchado le dijo Curio. Slo me quedaban unas cosillas pendientes... Ya me iba me cont Fabio que haba conseguido farfullar. Despus, sali de all lo ms deprisa que pudo y no volvi ms. Unas semanas despus, era asesinado de esa forma terrible. Y esto, mi querido primo Livinio, es lo fundamental de la historia. Como digo, la he confirmado con una docena de personas ms, encajando sus testimonios ya que ninguna de ellas lo haba odo todo completo, como Avidia.

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Tambin revis los archivos y descubr un asesinato por resolver cometido un par de aos antes, al parecer con antelacin a que Curio partiera hacia Asia. La vctima haba sido un muchacho llamado Slio, hijo de un liberto. Y fue encontrado con las mismas seales: una pualada en el pecho y la inflamacin de marras. Livinio, he dedicado mucho tiempo y esfuerzo a buscar testigos del asesinato de Fabio o de lo que sucedi a continuacin, es decir a alguien que pudiera haber presenciado cmo abandonaban el cuerpo en el callejn, o cmo lo arrastraban hasta all. A alguien que hubiera visto algo, lo que fuera. Incluso intent encontrar un testigo de la muerte de ese Silio, a pesar del tiempo transcurrido, pero no localic ninguno pese a llevar a cabo una bsqueda muy meticulosa y tenaz. Y respecto a Flaco Valerio, lo nico que supe de l fue lo que me cont Avidia: que era un amigo de Fabio que deba de haber hablado demasiado en algn lugar o situacin inconveniente, y el desliz le haba costado la vida. Por lo tanto, primo, una cosa es lo que podamos demostrar en el tribunal y otra muy distinta lo que podamos suponer. Por supuesto, tenemos el testimonio, aunque indirecto, del propio Antonio sobre la muerte de ese Silio; sus protestas de que fue un accidente son falsas, estoy seguro. Y Avidia est dispuesta a ofrecer su propia versin. Respecto al asesinato de Fabio, como digo, slo podemos hacer conjeturas, aunque cualquier hombre razonable estara de acuerdo en que Antonio es el principal sospechoso. Y, s olvidamos por un momento las rgidas garantas legales de los tribunales, cualquier hombre sensato lo declarara culpable sin pensrselo dos veces. En cualquier caso, sa era la conclusin a la que haba llegado: que el asesino de Fabio Vibulano era Marco Antonio. Naturalmente, espero tratar todo esto contigo cara a cara muy pronto; dentro de un par de das, como mucho. Mientras tanto, me propongo seguir investigando un par de cabos sueltos, de modo que he escondido estos rollos en tu cama para que estn a salvo. Los he tenido durante un tiempo en la habitacin de Matidia, pero el otro da me decid a trasladarlos. Cuando pueda recibirte por fin para hablar de estos asuntos, es probable que te enve, por si acaso, otro juego de manuscritos mediante un mensajero, que probablemente ser m ayudante, Laertes, o el portero de mi padre, el calvo Telefo. As pues, hasta pronto. Y te pido disculpas otra vez por haberte mantenido en la ignorancia durante tanto tiempo: estoy seguro de que lo comprenders y confo en que reconozcas que me ha guiado la mejor de las intenciones. Con todo el cario y afecto de tu primo, Luci Flavio Severo Agotado, me dej caer de espaldas en la cama, con Fulvia a mi lado, y hubo un largo momento en el que cre que no podra volver a moverme nunca ms; de hecho, cuando abr los ojos y mir al techo, la estancia dio vueltas y not un martilleo sordo en la cabeza que no era muy distinto del batir de un tambor. Qu terrible! Murmur Fulvia y se enjug una lgrima. Ah, por Jpiter! Me o exclamar y, al momento, not que a m tambin se me enturbiaba la vista otra vez. Lo siguiente que vi fue a Junio y a Claudio de pie, inclinados sobre m, y que cada uno me tomaba por un brazo y me incorporaba con cuidado. Te necesitamos, Livinio dijo Junio. Si le secund su hermano. Sabemos que a veces resultamos algo chiflados continu Junio, pero queremos ayudar como mejor podamos. Y para eso necesitamos tu fuerza dijo Claudio. Y tu claridad de visin aadi el otro Barnabs. Est bien, est bien asent y me incorpor sin la ayuda de nadie hasta quedar sentado. Dejaos ya de tantas lisonjas empalagosas. Los dos hermanos me miraron boquiabiertos. Entonces, prorrump en una carcajada y ellos me imitaron. En aquel preciso momento se produjo otro alboroto en el pasillo, aunque en absoluto tan escandaloso como el anterior. Esta vez, de puro cansancio, me senta incapaz de empuar un arma o de intervenir de alguna manera, de modo que permanec sentado donde estaba. Por supuesto, mis primos se limitaron a seguir mi ejemplo y tambin se quedaron sentados conmigo. Al cabo de un momento, entr en la habitacin un criado que, aunque un poco alterado, anunci con su tono ms solemne: Mi seor, tu primo, el honorable Avito Loliano Fino. Est bien asent, al tiempo que Loliano entraba en la estancia tras el criado, seguido a su vez de otros dos de mis hombres. No hay de qu alarmarse. Es otro primo mo. Los criados, tranquilizados, se retiraron. Loliano! Exclam, al tiempo que me incorporaba para recibirlo. l se acerc y me abraz. He venido a despedirme anunci y lleg a besarme ligeramente en la mejilla izquierda. Qu? Vuelvo con Csar para reincorporarme a sus filas, Livinio.

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Pos las manos en sus hombros y lo mantuve a distancia para estudiar su rostro y sus ojos. Loliano sonri, pero en su expresin no haba amargura ni advert el menor asomo de burla. La suya era, simplemente, la sonrisa de un hombre feliz de anunciar que est haciendo lo que le hace feliz; que hace lo que considera mejor. Pero no puedes...! Empez a decir Junio, pero la mano de Claudio sobre la boca de su hermano sofoc el resto de la frase. Los dos se debatieron; Claudio intentaba mantener amordazado a su hermano y arrastrarlo hasta el otro extremo de la estancia, fuera del alcance del odo de Loliano, pero Junio consigui liberarse durante unos instantes y todos le omos exclamar: Es una traicin! De repente, todas nuestras miradas se concentraron en l y vi a Claudio mover la cabeza con consternacin. Cllate, idiota! Exclam al momento. Traicin? Loliano se volvi rpidamente y clav la mirada en el locuaz Junio Barnabs. No le hagas caso dije al tiempo que agarraba a Loliano por detrs para contenerlo, pues pareca dispuesto a estrangular al acusador. Luego, en tono ms calmado, aad: Ya conoces a Junio. Pero ste continu debatindose y lanzando gritos. Los asesinatos... le omos decir, pero para entonces Claudio haba conseguido agarrarlo bien y lo arrastraba a travs de la estancia con la intencin de encerrarlo en el retrete. Asesinatos? Repiti Loliano. Desvi la vista hacia Fulvia, que yaca enroscada en el lecho con los ojos llorosos. Loliano le dirigi una mirada y volvi a fijarla en m. Mientras yo segua buscando las palabras adecuadas, l se sent junto a Fulvia, le cogi una mano y, sostenindola entre las suyas, la bes. M querida Fulvia, a qu viene esto? Encontramos los.., los documentos y... Murmur ella, articulando cada palabra entre terribles sollozos. Qu? Los documentos de Lucio intervine por ltimo. A juzgar por lo que dicen, queda claro que Marco Antonio mat a Fabio Vibulano y, por lo tanto, es casi seguro que asesin tambin a nuestro primo Lucio Flavio, as como a Avidia Crispina, a Flaco Valerio y al esclavo Laertes, por la sencilla razn de que saban demasiado sobre el primer asesinato. Al menos, eso era lo que crea Marco Antonio. Adems, nuestro viejo mentor, Escribonio Curio, ha aceptado de Csar un soborno de diez millones de sestercios continu. Claudio y Junio vieron el dinero con sus propios ojos. Segn parece, Curio ha sido agente de Csar desde el principio. Y su discurso apelando al desarme de ambos bandos no fue ms que una provocacin..., en la que Catn y los dems cayeron de cuatro patas. Diez millones! Loliano lanz un silbido. Despus, se puso en pie y me mir de la manera ms extraa durante un largusimo instante. Te creo dijo por ltimo, aunque en un susurro que apenas nos result audible a Fulvia y a m; despus, aadi: Pero quiero a Csar. Nos quedamos como estbamos, mirndonos a los ojos, paralizados por la terrible agitacin del momento; esa clase de agitacin que, supongo, slo se produce en el inicio de una guerra civil: padre contra hijo, hermano contra hermano, primo contra primo. Una agitacin que parece sumirlo todo y a todos en un estado de confusin tan angustioso que resulta casi imposible de describir. De pronto, con sus poderosas manos, Loliano me agarr de la cabeza, la baj hacia la suya y me bes en la boca, con fuerza y con gran cario. Antonio y los otros tribunos ya han huido de la ciudad susurr. Pero si te das prisa, creo que todava puedes coger a Curio. A continuacin, sonri y aadi: T eres de mi familia, Livinio. Nunca har nada que te perjudique. Y, tras esto, Loliano abandon mi alcoba a toda prisa. Me qued all plantado, sin saber qu hacer. Escuch (todos lo hicimos, supongo) el ruido de sus botas al descender los peldaos de la escalera. Momentos despus, o cerrarse tras l la puerta principal de la casa. XXIV Llegamos a casa de Curio al despuntar el da y, debo aadir, con un considerable revuelo: a caballo y a pleno galope, lo cual no era habitual en las calles de la urbe. Junio y Claudio permanecieron montados mientras yo saltaba de la silla, tomaba las fasces (recin reparadas y atadas como era debido) y utilizaba todo su peso para aporrear la puerta de Curio. Por fin, se asom un sirviente de cara adormilada e insist en que llamara a su amo enseguida. Mientras esperbamos, nos mantuvimos atentos y vigilantes. Claudio trot nervioso de una esquina a otra del patio mientras Junio prestaba atencin a la callejuela, pero no haba el menor rastro de nada fuera de lo normal.

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Incluso en un da tan importante como aqul, Curio dorma hasta tarde. Al cabo de unos diez minutos, se present por fin con sus ropas de dormir desordenadas y de un humor de perros. Qu es esto, Livinio? Exclam. Sin darle tiempo a alcanzar la puerta, penetr en la casa y le cort el paso. Junio y Claudio desmontaron y me siguieron de inmediato. Sin llegar a ponerle la mano encima, lo obligamos a retroceder hasta una estancia interior de la casa; la dependencia result nuestra antigua sala de trabajo. Te he preguntado qu significa esto, Livinio! Repiti Curio, aunque su tono fue esta vez mucho menos enrgico y su mirada se centr sobre todo en mis dos primos, situados detrs de m. Entonces pareci advertir por primera vez las fasces que sostena en mi diestra. Oh, Cayo, no seas ridculo! Exclam. Y todo esto se ha terminado; tu cuestura ha expirado y, con ella, tu autoridad..., toda la que tuviste, que nunca fue mucha, creme! Por extrao que parezca, casi esperaba aquellas crticas y no me produjeron el menor efecto. Hoy me tomo la autoridad por mi mano respond sin alterarme. Tal vez te detenga; tal vez te juzgue, te sentencie y te ejecute... Slo yo y mis primos: alguaciles, jueces, jurados y ejecutores. Hice una pausa, cerr brevemente los ojos y sonre con maliciosa satisfaccin. Ya... ya entiendo murmur Curio con un suspiro largo y profundo. Bien, seguro que tienes una razn para estar aqu, Livinio. Dime cul es y quiz podra... Dej la frase en el aire y volvi las palmas de las manos hacia arriba en un gesto melindroso que me provoc el deseo de abofetearle. Al ver que no continuaba, le dirig una mirada ceuda. Qu? Inquir. Qu es lo que quiz podras? Dmelo. Bueno, tal vez querras... S? Es decir, podra conseguirte... Sacud la cabeza con cautela. Qu, maldita sea? Dinero? Se trata de eso? Bien, s. En el caso de que sea eso lo que... Una parte de los diez millones? Curio se qued plido, retrocedi un paso y empez a rebuscar bajo un puado de papeles apilados en la mesa ms prxima. Aparta de ah! Exclam Claudio. Los tres nos echamos sobre Curio y, como era de esperar, descubrimos una larga daga de plata que tena oculta al alcance de la mano. Entonces, habis venido a robar, no es eso? Musit Curio. Y a matar, tambin? Volv la cabeza hacia mis primos y los tres pusimos los ojos en blanco con una sonrisa. Supongo que no puedes explicarme por qu, verdad?Coment. Se produjo un largo silencio mientras Curio nos contemplaba con una expresin no exactamente retadora, no exactamente condescendiente, pero que tampoco transmita el apuro y la vergenza que yo haba esperado ver en ella. Sus ojos no revelaban el menor asomo de incomodidad ni traza alguna de nerviosismo. Por qu qu? Dijo finalmente. Para empezar, dime por qu lo has hecho respond. Y por qu nos mentiste, especialmente a nosotros. Y explcame por qu, considerando lo ennoblecido que me sent mientras trabajaba para ti, ahora me siento tan sucio y agotado cuando recuerdo ese tiempo. Curio tom asiento en uno de los taburetes del taller, se frot los ojos con la palma de las manos y realiz una profunda inspiracin. Lamento que te sientas as, Livinio, aunque comprendo tu decepcin, desde luego. Y t deberas comprender que, para llevar a cabo lo que estaba haciendo, mi labor deba ser secreta. Si se hubiera sabido que yo era un hombre de Csar desde el primer momento, no habra podido realizar mi trabajo. Segn se ha visto, la maniobra ha resultado perfecta. La mayora de los senadores no tena idea de mi verdadera posicin y, por tanto, poda contar con su apoyo casi unnime a mi propuesta de desarme. Pero Catn estaba al corriente; tambin Pompeyo, as como algunos de sus amigos aristcratas. Y, una vez ms, su reaccin, apelando a las razones ms nobles, estuvo tambin cargada de torpeza. Hicieron juramento de fidelidad a Roma y a la Repblica pero, para preservar sta, cayeron en mi provocacin y concedieron a Pompeyo ese amplio encargo de formar un ejrcito, un acto anticonstitucional e ilegal que los coloc en una situacin censurable. Pompeyo y los suyos hicieron precisamente lo que habamos previsto: picaron el cebo. Y con ello han llevado a Roma al borde de la guerra civil. Y supongo que el dinero no ha tenido nada que ver... apunt. No he dicho eso replic Curio. Y repito que si quieres una parte... Tenemos dinero suficiente declar Claudio con un timbre aristocrtico perfectamente afinado. Un tono ofensivo y odioso, pero muy adecuado para el momento. No pude evitar una sonrisa.

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Entonces, eso es todo? Para eso habis venido a mi casa? Pregunt Curio. Para preguntarme por qu? Exhal un profundo suspiro y cerr los ojos un momento. No s qu hago aqu confes. Levant la vista y lo mir fijamente. Ojal fuera Marco Antonio quien estuviera ah sentado, en lugar de ti. Con l si que me gustara tener unas palabras... Ms que palabras! Refunfu Junio. Antonio mat a nuestro primo, Lucio Flavio dije y ha cometido otros asesinatos, entre ellos el de Fabio Vibulano, que tambin trabaj para ti. Me frot las manos con gesto nervioso, las levant hasta la cabeza y me pas los dedos entre los cabellos. Maldita sea, debera haberlo arrestado cuando tuve la ocasin de hacerlo! Hum..., s murmur Curio con calma. Recuerdo a Fabio. Un buen tipo; buen trabajador. Bien, qu puedo decir? Antonio... es Antonio. En aquel instante, tuve que hacer un esfuerzo extraordinario para contenerme y no lanzarme violentamente sobre l. Me pregunt cul era la causa desencadenante de tal impulso. La expresin trivial de su mirada? O tal vez la insolencia de su tono de voz y de sus palabras? De modo que apenas guardaba un vago recuerdo de Fabio, no era eso? (Excepto, al parecer, cuando estaba bebido). De modo que un buen tipo y un buen trabajador. De modo que Antonio... es Antonio. Vaya con el rastro de sangre, me dije, que ese hombre haba dejado tras l. Por lo menos, en la mente de Curio. Y tengo pocas dudas de que cuanto dices sea cierto continu ste. Pero ahora, naturalmente, Antonio est fuera de tu alcance. O eso parece. Curio me mir y casi esboz una sonrisa. Te propones denunciarlo de todos modos? Movi la cabeza en gesto de negativa y solt una risilla, esta vez sin disimulo. No s, Livinio. Podra resultar arriesgado. All tena a Curio en su faceta ms seductora, me dije. Pero por qu se molestaba en poner en accin sus artes en aquel momento? Qu se propona? Y de pronto me vino a la cabeza que tal vez prefera que Antonio desapareciese de en medio. Al fin y al cabo, eliminado ste, Curio se convertira muy probablemente en el consejero y confidente ms importante de Csar, posicin que Antonio desempeaba en aquellos momentos con aparente invulnerabilidad. As pues, pens, era posible que Curio estuviese tratando de incitarme a actuar contra su rival, ms popular que l? Sin embargo, denunciar a Marco Antonio en aquel momento sera muy imprudente; sera suicida, incluso, si el bando de Csar ganaba la guerra. Si resultaba derrotado, era muy probable que Antonio perdiera la vida en el intento y, si por casualidad no era as, siempre podra presentar mi denuncia mas adelante. Bien, quin sabe dije con una amplia sonrisa. Por supuesto que no lo hars continu Curio con absoluta confianza en s mismo. Es demasiado arriesgado. Aunque podras perseguirlo directamente. De inmediato, pens que sera una gran idiotez acosar a Antonio y enviarlo directamente a los brazos protectores de Csar en el campamento de ste. Con todo, me limit a sonrer y respond: No creo que eso fuera sensato. Por supuesto asinti Curio. Sonri afablemente, aguard un instante y aadi: Entonces..., lo hars? Hacer? Qu? Denunciarlo. Le devolv la sonrisa (con aire misterioso, esperaba) y me encog de hombros. Imagino que no tardars en abandonar Roma apunt y Curio vacil con visible desconcierto ante mi inesperado cambio de tema. Era la primera vez que apreciaba en l la menor demostracin de perplejidad. S, muy pronto. Ya asent, aparentando una actitud meditabunda. Bueno, a mi modo de ver es una sabia decisin. Me volv a mis primos. No os parece muy razonable? Apresurarse a abandonar Roma? S, muy sabia respondi Claudio en un tono de voz que rebosaba sarcasmo. S, s, buena idea intervino Junio. Con todo ese dinero en casa... apunt. En estos tiempos, Roma no es segura para un hombre como t. Hay ladrones por todas partes insisti Junio. Ladrones y asesinos. Partir maana, al amanecer anunci Curio. Hazlo antes respondimos al unsono mis primos y yo. Consegu mantener una expresin seria pero, naturalmente, Claudio y Junio no lograron contener una risilla. Ir a preparar el equipaje.

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Envi a Junio a casa con los caballos mientras Claudio y yo nos quedbamos en las inmediaciones para vigilar. Escogimos un lugar a menos de cien pasos calle arriba, tras una gran mata de arbustos y, como era de esperar, casi de inmediato se produjo una explosin de actividad en la casa de Curio. En primer lugar, un grupo de correos sali a la carrera ladera abajo hacia el centro de la ciudad y regres al poco rato con una docena de matones y tipos con aspecto de gladiador. Probablemente, eran tipos a los que Marco Antonio haba excluido de sus filas y haba dejado atrs. Mientras los recin llegados ocupaban sus puestos de guardia, vimos y omos cmo se cargaban los carros, cmo se apilaban los suministros, se aprestaban los caballos y se entablaban las ventanas de la casa; toda la actividad que, normalmente, es preludio de la partida. No fue una escena agradable de contemplar. Visiblemente agitado (y debo decir que de forma muy inslita en l!), Curio corra de un lugar a otro dando rdenes a gritos. En cierto momento, abofete en el rostro a un esclavo con gran violencia; en otro, grit tan fuerte que nos lleg el sonido de su voz, Imbcil!, al tiempo que agarraba a otro esclavo y lo arrojaba de lo alto de uno de los carromatos. El tipo cay de cabeza y aterriz contra una roca; a pesar de la distancia, vimos la sangre. Y no vimos que el hombre volviera a incorporarse. Por fin, a media maana, cuando hacia ms o menos cuatro horas de la salida del sol, toda la comitiva, encabezada por Curio, cobr vida entre gemidos y chirridos y abandon la casa con un ruido atronador, calle abajo por la pequea colina. Bien... dijo Claudio. Hum... fue mi respuesta. Y no volvimos a pronunciar palabra, ni en aquel instante ni durante nuestro largo camino de regreso a casa. XXV Durante ms de cinco siglos, desde que el pueblo se alzara y destronara a los antiguos reyes, la Repblica romana haba dado gloria a la ciudad y al mundo. Roma promova la democracia, defenda la libertad de expresin, extenda el imperio de la ley y protega los derechos de todos sus ciudadanos. Y precisamente dos semanas despus del da en que mi primo, Claudio Barnabs, y yo observamos a Curio abandonar su casa en la ciudad, Roma, la Repblica, dej de existir. Tres semanas ms tarde, recib de mi primo, Avito Loliano Fino, un relato de primera mano sobre aquel momento preciso de exterminio, junto a la descripcin de lo que haba sucedido inmediatamente antes y despus del mismo. Es innecesario decir que no comparto el entusiasmo que mi corresponsal pudiera sentir por el hecho pero, aparte algn espordico error gramatical de poca importancia, creo que se trata de una crnica clara, fiel y, en cierto modo, muy conmovedora de lo que pas. Aqu os la ofrezco, tal como la recib: Mi buen amigo y primo, Cayo Livinio Severo: Ojal estuvieras aqu, Livinio, y tambin Lucio, si an viviera. El y t tendrais las palabras adecuadas para describir lo que est sucediendo. Yo soy un mal sustituto, lo s, pero lo har lo mejor que pueda. No puedo explicar por qu, pero es Csar y slo Csar quien, de algn modo, da cohesin a todo esto. Muchos de los hombres no estn satisfechos con la perspectiva de una guerra civil, y debo reconocer que yo mismo he tenido lgubres pensamientos desde la ltima vez que nos vimos. El problema es que no tengo cabeza para la poltica y que no me haba parado nunca a pensar en esas cosas; slo saba que Csar era mi general y que mi obligacin era seguirlo. Pero ahora, al llegar a Rvena y escuchar lo que se comenta entre los soldados... Sienten dudas, y lo encuentro razonable: resulta terrible pensar en romanos que matan a otros romanos. Sin embargo, tambin est Csar con su presencia imponente, su facilidad de palabra y su destreza y valor como atleta y como soldado. Todos los hombres quieren ser como l; todos quieren ser amigos suyos, conocerlo, compartir una jarra con l. Y hasta el ltimo hombre desea seguirlo en la batalla e imitar sus heroicidades. Desea vivir y morir por l. Cmo te explicas la existencia de un hombre como l? Yo no puedo. Y t? Yo he combatido a su lado y eso ayuda. Puedo decirte que es muy valiente; por lo que a m respecta, nadie ha inventado las palabras que describan su valenta. Lo he visto lanzarse entre una multitud de enemigos, abatir a la mitad de ellos sin ayuda y emerger del choque sin un rasguo; lo he visto lanzarse a un ro turbulento desde sesenta codos de altura para escapar a una emboscada; lo he visto cargar colina arriba a la cabeza de una columna de soldados y conducirlos a una victoria imposible, donde otros comandantes habran cambiado de idea a media ascensin y habran optado por una retirada en desbandada, o habran continuado hasta ser aniquilados. Por supuesto, la mayora de los comandantes se habran abstenido de intentarlo desde el primer momento. Y, con todo, no es un hombre brutal; al menos, no lo es en tiempos de paz y con sus conciudadanos romanos. Es un hombre imponente, pero no temible; sonre sin lisonjas y habla con rara inteligencia pero con llaneza, como si conversara sencillamente con uno, en lugar de soltar peroratas sin reparar en quien tiene delante. En otras palabras, es a la vez cautivador y alentador. Cuando llegaron Antonio, primero, y luego Curio con la noticia de las acciones del Senado, los hombres refunfuaron pero Csar los tranquiliz con un discurso sencillo y directo.

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Han seducido a Pompeyo y lo han llevado por el mal camino nos dijo Csar. El decreto que insta a los magistrados a actuar para salvar de peligro al Estado, un decreto mediante el cual el Senado llama al pueblo romano a las armas, no se haba proclamado hasta hoy salvo en el caso de una legislacin prfida o de una revuelta popular. Pero en el presente caso no se ha producido, ni remotamente, ninguna de estas circunstancias; no se ha propuesto ninguna ley inaceptable ni ha habido ningn intento de agitar al pueblo o de amotinarlo. He sido vuestro comandante durante nueve aos; bajo mi mando, vuestros esfuerzos en pro de Roma han sido coronados por la buena fortuna; habis vencido incontables batallas y habis pacificado todas las Galias y la Germania. Ahora os pido que defendis m reputacin y resistis conmigo los asaltos de mis enemigos. Los hombres respondieron bastante bien, me pareci. Muchos lanzaron vtores y hasta los ms reacios aplaudieron. Una vez ms, Csar haba salvado el da. As pues, como deca, es Csar quien nos mantiene el nimo. Y ahora ha llegado el momento... o llegar esta noche. Reemprender la carta maana, si puedo (pero no ms all de unos pocos das, como mucho) para contrtelo todo. En aquel punto haba trazada una gruesa lnea de lado a lado del rollo. Inmediatamente debajo, la carta segua: No vas a creerlo, Livinio. Han sido los sucesos ms emocionantes y espeluznantes que he presenciado nunca. Escribo al mismo da siguiente, aunque bastante tarde y, si me vence el cansancio, tal vez eche una cabezada. Si es as, me limitar a continuar cuando despierte; no volver a interrumpir la historia. Csar me tuvo a su lado toda la jornada de ayer. En parte, segn dijo, porque le gusta mi compaa y en parte porque confa en m como soldado, pero tambin, segn su expresin, como guardaespaldas. Pero lo ms importante de m tarea, me confi Csar (y, de nuevo, es esa franqueza lo que lo hace tan estimado por todos nosotros), es mantener desprevenidos a los agentes enemigos. As, el da tena que parecer hasta donde fuera posible uno ms, un da normal que Csar haba decidido pasar de nuevo en compaa de su joven ayudante, Loliano Fino, un miembro prometedor pero muy novato de la oficialidad de Csar. A primera hora de la maana, Csar puso sus tropas al mando de Hortensio. Despus, seguido slo por m y otros dos oficiales jvenes, pas gran parte de la jornada deambulando ociosamente por las calles y mercados bulliciosos de Rvena. Tras un almuerzo ligero y una copita de vino en la casa de un magistrado local, ech una siesta. Avanzada la tarde, nos deleitamos en las termas de la ciudad, modestas pero bien atendidas. Por la noche, Csar me permiti acompaarlo en su habitual cena de campamento con una decena de dignatarios locales. Entre los asistentes estaba el banquero Galo, bajo, rechoncho y albino, con su esposa taciturna de ojos oscuros; tambin haba una delegacin comercial de tres hombres de Ariminum que aspiraban a un contrato para fabricar puntas de lanza para las legiones de Csar, y estaba presente el cuestor ayudante de la provincia, un tal Marco Norbano, un joven nervioso de vivaces ojos pardos que no dejaba de lanzar guios a Csar y de hacer chistes malos y referencias intimas, como para exhibir en pblico su proximidad al gran hombre (cuando, en realidad, Csar apenas lo conoce). Por ltimo, tambin los acompaaba a la mesa el magistrado jefe, Cornelio Galo, un caballero canoso de modales tan corteses y conversacin tan refinada y agradable que su presencia casi haca soportable la cena. Recuerda que digo casi. Al cabo de una hora, aproximadamente, Csar se excus con una sonrisa y prometi volver enseguida. Pero era un truco; toda la jornada haba sido una maniobra de distraccin. Fuera esperaba un carruaje alquilado y en l nos fuimos, mientras Antonio, Curio y otros comandantes se desplazaban por otras rutas en otros tantos vehculos. Nuestro destino en realidad, sera ms exacto decir el punto de encuentro estaba a unas pocas millas al norte de Ariminum, pero al principio nos dirigimos casi en la direccin contraria. Dimos un rodeo en torno a Rvena y, por ltimo, tomamos la ruta verdadera..., para perdernos poco despus, cuando una fuerte ventolera apag nuestras luces. Casi amaneca ya cuando localizamos el lugar, un ligero recodo de ese riachuelo fangoso llamado Rubicn, que es el lmite entre la provincia de la Galia Cisalpina, que gobierna Csar, y la Italia central que, como bien sabis, es territorio vedado a las tropas legionarias de cualquier general. A menos de una milla del lugar, Csar orden bruscamente que el carruaje se detuviera en la cuneta. All permaneci meda hora, por lo menos, sostenindose la cabeza entre las manos mientras le resbalaba un par de lgrimas por las mejillas. No s... susurr en una ocasin. Y eso fue todo lo que le o decir. Finalmente, orden que el carruaje reemprendiera la marcha, despacio. Despus, ya a la vista del lugar del encuentro, hicimos otro alto. Csar estaba plido y desfallecido y tena los ojos muy abiertos e inflamados, como si lo poseyera algn demonio. Ms tarde, me cont: He tenido una visin de nuestra patria angustiada, con el rostro contrado de pesar, las canas despeinadas, las ropas rasgadas y los brazos llenos de araazos, que hablaba con palabras entrecortadas por los sollozos. Y esta visin me ha dicho: Adnde vais, guerreros, y por qu portis mis estandartes? Si vens como ciudadanos respetuosos de la ley, debis deteneros aqu. Csar tambin me dijo (y me da miedo escribirlo, aunque s que mantendrs el secreto) que la noche anterior haba tenido un sueo terrible en el que cometa incesto con su propia madre. Tras el alto, dio orden al cochero de seguir hasta el campamento, se ape, se qued un minuto al borde del ro y dijo por fin: Oh, dios del trueno que vigila sobre las murallas de la gran urbe! Oh, Roma, nombre sagrado como ninguno, mustrate favorable con mi empresa! No te ataco presa de un frenes militar. Mrame, aqu estoy:

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Csar, conquistador por tierra y por mar y en todas partes tu campen, como lo seria ahora tambin, s fuese posible. l, l se refera a Pompeyo, supongo tiene la culpa; l me ha convertido en tu enemigo. Finalmente, Csar avanz a pie entre las tropas. Curio y Antonio ya estaban presentes, y el primero, tras estudiar a Csar detenidamente con esa astuta mirada suya, pareci percibir su titubeo, se levant y habl: Csar, la ley ha sido silenciada por la coaccin de la guerra y hemos sido expulsados de nuestra patria. Padecemos exilio voluntario porque tu victoria nos convertir de nuevo en ciudadanos. Apresrate mientras tus enemigos estn sumidos en la confusin y antes de que hayan reunido fuerzas; el retraso es siempre fatal para quien est preparado. El esfuerzo y el peligro no son mayores que antes, pero el premio es ms alto. Gana un par o tres de batallas y ser para ti para quien Roma haya sometido al mundo. Y recuerda: no puedes tener la mitad del mundo, pero el orbe entero est al alcance de tu mano. Con esto, un grupo de trompeteros rompi filas, se agrup aparte y emiti una majestuosa llamada a las armas. (Csar me dijo ms adelante que la figura de su visin haba asido una trompeta y haba emitido una fanfarria atronadora.) Entonces, Csar se levant y dijo: Aceptemos esto como una seal de los dioses y avancemos hacia donde nos guan, para vengarnos de nuestros prfidos enemigos. La suerte est echada. Y con esto mont su caballo, orden que una escuadra de caballera se situara en el curso de agua para contener las corrientes (El ro bajaba inusualmente crecido e impetuoso debido a las fuertes nevadas del invierno) y nos condujo a Italia cruzando el Rubicn. En este punto dejo atrs la paz y una legalidad que ya ha sido burlada exclam al alcanzar la orilla italiana. En adelante, me pongo en manos de la fortuna. En adelante, no quiero escuchar ms propuestas de acuerdo. He dejado de confiar en ellos hace bastante tiempo; ahora, debo buscar el arbitrio de la guerra. As pues, proseguimos nuestro avance y ya hemos capturado Ariminum sin derramar apenas una gota de sangre. Los hombres estn cansados, pero con la moral alta. Por lo que a m respecta, creo que sta ser la mayor campaa de Csar hasta la fecha y te confieso, Livinio, que espero fervientemente que as sea. Hace mucho que la Repblica me parece un sistema anticuado para nuestra tarea de gobernar el mundo. Pero sta es slo mi opinin, el parecer de un militar... Y ste, por Jpiter, no siempre es el mejor juicio por el que guiarse. Asimismo, y esto debera alegrarte el nimo, estoy vigilando a ese amigo tuyo que se te escabull en Roma y al que tanto inters tenias en encontrar. Todava no estoy seguro de qu har al respecto... si es que hago algo. Y puedo aadir que hacer cualquier cosa ser bastante difcil por ciertas razones que sin duda imaginars. De todos modos, nunca lo tengo demasiado lejos y lo vigilo mientras sopeso la situacin. Por ahora, querido primo, esto es todo. Mis mejores deseos, decidas lo que decidas. No es preciso decir que tu presencia aqu sera muy bien recibida y que no tardara en encontrarse un buen puesto para un hombre de tu categora e inteligencia. Pero, naturalmente, no espero que aceptes semejante ofrecimiento. As piles, hasta que nos volvamos a ver, se despide tu devoto primo, Avito Loliano Fino. Y, ah, s!, Haz el favor de decirle a Junio que lamento haber perdido la compostura y que no le guardo rencor. Y ste es el informe del paso del Rubicn, el acontecimiento ms importante de toda la historia, de mi buen amigo y primo Loliano. XXVI Ah, Cicern! Querido amigo. Maestro inspirador. Cunto te he querido. Qu devoto he sido. Qu respetuoso, obediente y leal. Pero, ah, Cicern!, t no eres soldado. Y ste es un tiempo de guerra y yo soy joven, impaciente y temerario. Y sin duda he estado contigo demasiado tiempo, pues muchas cosas han sucedido. Semanas despus del famoso paso del ro, Csar y sus legiones haban avanzado hacia el sur a travs de toda Italia y poco despus recib otra carta de m marcial primo. El despacho era mucho ms corto; deca simplemente: He sido asignado a un puesto bajo las rdenes de Escribonio Curio con la advertencia de Csar de mantener bajo observacin a mi comandante pues, segn Csar, es de temer lo que l denomina impetuosidad natural de Curio cuando se vuelca en el campo de batalla. Segn lo que he visto hasta este momento, Csar tiene razn: tu viejo mentor no es ningn genio militar. Slo puedo esperar que la fortuna nos acompae mientras cruzamos el mar hacia terrenos mucho ms peligrosos. Asimismo, ruego a los dioses que todo te vaya bien, primo, y te aseguro que pronto te escribir un relato ms detallado. Por cierto, estoy seguro de que habrs cado en la cuenta de que no volver a estar cerca de tu amigo durante una temporada y de que, por tanto, no podr seguir vigilndolo ni emprender accin alguna contra l. Puedo aadir que, cuanto ms lo vigilo, ms seguro estoy de que merece una

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estrecha atencin y de que est justificada una accin enrgica. Pero ya habr tiempo para eso en das posteriores. De momento, queda de ti tu buen amigo y leal primo, Avito Loliano Fino Ah, Loliano! Ah, mi amigo del alma y devoto primo! Cunto te he querido! Cunto te he apreciado! Te he querido y te he apreciado, si, pero me temo que no lo suficiente. Porque eras un soldado! Y todo el mundo sabe que los soldados son tipos toscos que carecen de refinamiento en el trato social, quiz un poco demasiado speros y torpes para lo que exige el buen gusto e incluso (que los dioses me fulminen por haber dado el menor crdito a ello) algo simples en sus pensamientos. Y ahora, como no te he querido lo suficiente, como no he sabido apreciarte como era debido, no hay nada que pueda aliviar el dolor de m corazn cada vez que pienso en tu persona, en tu presencia jovial, desenfrenada, ligeramente tosca y profundamente leal. Dos meses despus de recibir la breve carta de Loliano, por otras fuentes, tuve noticia de los progresos de la campaa militar emprendida por Cayo Escribonio Curio. Se deca que, desde el primer momento, Curio apenas prest consideracin a las fuerzas pompeyanas que se le opondran, al mando de Atio Varo. As, al efectuar el paso de Sicilia a frica, ste llev consigo slo dos de sus cuatro legiones y apenas quinientos jinetes. La campaa empez bien: la flota contrara emprendi la retirada al ver la imponente fuerza que encabezaba Curio y varias embarcaciones enemigas fueron capturadas. En una primera escaramuza, la caballera de Varo fue puesta en fuga y ciento veinte de sus hombres perdieron la vida en el campo. Las tropas de Curio aclamaron a ste con el ttulo de emperador. El da siguiente a este primer enfrentamiento, un centinela de caballera del nuevo campamento observ que avanzaba hacia ellos una numerosa columna de refuerzos. Curio aprest rpidamente a la batalla el grueso de su ejrcito al tiempo que, en un acto de osada, despachaba una pequea tropa de caballera contra la fuerza enemiga, muy superior en nmero. Como era casi de prever, la maniobra tom por sorpresa a las tropas enemigas, que fueron derrotadas y puestas en fuga. Pero todos estos choques menores slo eran escaramuzas de poca importancia. Dnde estaba la gran batalla decisiva que deseaban todos los hombres? El problema era que el campamento de Varo estaba protegido por las murallas de Utica, en uno de los flancos, y por la enorme estructura de un teatro, en el otro; as pues, slo resultaba accesible a travs de un paso angosto y traicionero. De este modo, continuaron las pequeas escaramuzas, el tedio se adue progresivamente del campamento y no sorprendi a nadie que ste pronto se llenara de sombras murmuraciones y de quejas. Segn un persistente rumor, muchos hombres estaban descontentos; quiz el ejrcito entero. Otra queja muy extendida era que el resto del ejrcito deba haberlos acompaado; segn estaban las cosas, con menos de la mitad de sus fuerzas disponibles, no tenan ninguna posibilidad de alcanzar una victoria definitiva contra un poderoso enemigo. Y, por ltimo, en cualquier caso, no estaba bien que los romanos se mataran entre ellos. Librar una guerra civil era mal visto por las tropas. As, Curio celebr una reunin con sus oficiales y comprob que estaban divididos. Unos achacaban el malhumor de las tropas a la inactividad y propugnaban un nuevo ataque rpido. Otros insistan en retirarse a territorio ms seguro para dar ocasin a los hombres de volver a sus cabales. Curio, segn los testigos, se limit a mover la cabeza con consternacin ante tales propuestas. Ya sabis lo bien fortificado que est el campamentodeclar y no soy tan imprudente como para decidirme a un ataque sin garantas, pero sugerir que cedamos y nos retiremos a una posicin segura y alejada... En fin, soy demasiado joven para ser tan tmido. As pues, reuni en asamblea a todas sus tropas y defendi su postura: Habis olvidado las grandes victorias que acabis de con seguir en Italia? Tenis noticia de los triunfos aplastantes que ha logrado Csar en Hispania? Soy yo, entonces, la causa de vuestra insatisfaccin? Es eso? Os recuerdo que os he trado hasta aqu sanos y salvos, sin que hayamos perdido una sola embarcacin. He dispersado a la flota enemiga en nuestro primer encuentro, he expulsado del puerto ms de doscientos buques mercantes para privar de ellos y de los suministros al enemigo y he ganado dos combates de caballera en dos das. Y me habis vitoreado y proclamado imperaton Acaso he cometido algn agravio contra vosotros desde entonces? Habis cambiado de opinin? Si es as, os devuelvo el regalo y vosotros podis retirarme el ttulo. Segn los testigos, los soldados quedaron profundamente conmovidos por el discurso y lo interrumpieron en numerosas ocasiones para expresar a gritos su indignacin. Cmo has podido pensar que te seramos desleales?Exclam uno de los hombres. Un centenar de voces core la pregunta.

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Entonces, repito mi promesa de conduciros, tan pronto sea el momento oportuno, a la gran batalla que esperis con tanta impaciencia. Los soldados prorrumpieron en grandes vtores y, al da siguiente, Curio los condujo a la batalla. El primer choque fue un triunfo para las fuerzas de Curio, que se enfrentaron a su enemigo en un valle estrecho entre dos laderas escarpadas y traicioneras. Quienes lo presenciaron dicen que las tropas de ambos bandos retrasaron el ataque lo mximo posible para mantener las evidentes ventajas del terreno elevado. Finalmente, Atio Varo efectu el primer movimiento y mand al llano a una fuerza mixta de caballera e infantera ligera. Curio respondi con la caballera y dos cohortes. Los jinetes de Varo, segn mis fuentes, no pudieron resistir el asalto y huyeron. Desprotegida, la infantera enemiga fue rodeada por las tropas de Curio y aniquilada. Tras esto, Curio se apresur a ordenar una carga en masa contra las lneas de Varo y me han llegado informaciones fiables de que, tras haber presenciado la retirada y la matanza que acababa de producirse, el ejrcito entero de Varo haba dado media vuelta y haba escapado de nuevo hacia el campamento. En realidad, los informes dicen que las fuerzas en retirada fueron presa de tal pnico que murieron ms soldados en la aglomeracin de hombres ante las puertas del campamento que en la propia batalla. Entre las tropas de Varo haba habido unos seiscientos muertos y un millar de heridos, mientras que el ejrcito de Curio no haba sufrido nada ms que una baja. Al da siguiente, Curio inici el asedio de Utica. He sabido que en la ciudad se habl de rendicin, pero los rumores de que estaban en camino refuerzos enviados por el rey Juba de Numidia, el aliado de Pompeyo, reavivaron sus nimos y les hicieron abandonar la idea. Curio, dicen, escuch tambin el anuncio de los refuerzos pero, al principio, no les dio crdito. Cuando por fin tuvo la confirmacin fiable de que Juba estaba apenas a veinticinco millas de distancia, se retir a Castra Cornelia, a unas millas al oeste, y mand llamar de Sicilia a sus dos legiones restantes al tiempo que empezaba a hacer acopio de vveres y otros suministros. Poco despus, sin embargo, Curio tuvo noticia por algunos desertores de que Juba haba recibido aviso de regresar a su tierra debido a una guerra fronteriza y a otros problemas y haba dado media vuelta. Mis informantes dicen que Curio acept esta informacin sin dudar de su veracidad, cambi sus planes y decidi presentar batalla de inmediato. Un pequeo grupo de caballera, en una incursin nocturna, lanz un rpido ataque contra una fuerza muy superior de soldados nmidas mientras dorman en su campamento y los puso en desordenada fuga. Poco tiempo ms tarde, en el preciso instante en que Curio sala del campamento con casi todas sus tropas, se present de regreso el triunfal grupo de jinetes; cuando escuch las buenas noticias que le traan, apresur la marcha con ms determinacin que nunca, a pesar de que muchos de sus hombres, en especial la caballera, estaban agotados. Pero le aguardaba el desastre. Curio haba sido engaado: la historia de la retirada de Juba haba sido una treta. El rey nmida estaba, en realidad, apenas a seis millas y, al tener noticia de la incursin nocturna, envi a su guardia personal de dos mil jinetes hispanos y galos, junto a lo ms selecto de su infantera regular, para reforzar a las tropas en retirada. Suponiendo acertadamente que los jinetes no constituan ms que un pequeo destacamento de vanguardia, Juba indic a sus hombres que se prepararan para la aparicin de Curio con el resto de su ejrcito y les dio rdenes de fingirse asustados, ceder un poco de terreno y retirarse poco a poco. As pues, Curio y sus hombres anduvieron diecisis millas detrs de sus enemigos y, cuando por fin entablaron combate, estaban demasiado cansados para luchar en buenas condiciones. En un primer momento, al chocar con el enemigo, se impusieron claramente, pero no les quedaron fuerzas para perseguirlo. La caballera, cuyas agotadas monturas no podan seguir el paso, result especialmente ineficaz. Curio, dicen, estuvo a la altura de las circunstancias. Exhort a sus hombres y les infundi coraje. Les inst a que cada cual confiara en su propia pericia y en su valor. Pero, poco a poco, las tropas enemigas empezaron a envolverlo por los flancos y a atacarlo por la retaguardia. En cierto momento, Curio intent desplazar todas sus fuerzas en bloque haca una colina cercana, pero la caballera del rey nmida les impidi el paso. Fue una carnicera. Las dos legiones, casi al completo, fueron rodeadas y aniquiladas. Los propios oficiales de Curio le instaron a huir a la seguridad del campamento, pero el comandante se neg. Despus de perder el ejrcito que Csar me confiara, no podra volver a mirarlo a la cara declar y, con esto, muri luchando. Combatiendo a su lado hasta el ltimo instante estuvo, segn me han contado, cierto oficial novato, procedente del squito personal de Csar y recin promovido al rango de capitn legionario: mi primo, Avito Loliano Fino, muerto en las playas de la costa africana por la causa en la que crea con tanto fervor.

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Y bien, Cicern, viejo amigo, han transcurrido ya diez meses ms en los que he trabajado sin descanso al servicio de tu causa y ahora nos llega la noticia de que el propio Pompeyo ha resultado muerto..., no lejos, en realidad, del lugar donde Escribonio Curio y Loliano Fino libraron su postrer combate. Y todo este tiempo he estado contigo aqu, en esta casa de campo no lejos de Roma, trabajando en pro de lo que t defiendes. Qu era eso que repetas tantas veces? Compromiso. S, eso es. Todo esto puede resolverse, decas. Restauraremos la Repblica y evitaremos la sangre y el horror de la guerra civil, decas. Y aquella maana esplndida, mientras permaneca sentado en el pequeo huerto de frutales de la casa de campo de Cicern bajo un agradable sol italiano, reflexionando sobre todo aquello y empezando a asimilarlo, not el contacto de su mano en mi hombro. Qu ests escribiendo? Pregunt. Y, aunque su rostro estaba plido de clera, ni una sola vez alz la voz durante la reprimenda que me dedic. As que es una despedida, no? Insisti. De modo que vas a decirme adis por escrito cuando estamos el da entero a menos de una docena de pasos? Es que no eres capaz de mirarme a la cara y decirme lo que sientes? Hasta ese punto ha decado el respeto que te inspiraba? Hasta ese grado de rechazo se ha transformado el amor que me tenias? Pero si yo nunca te pedira que continuaras adelante en una causa en la que ya no crees! Pero si me abstuviese de hacerlo tanto como de retenerte mediante la coaccin o por la fuerza de las armas! Es que acaso no lo sabes? De qu servira, por todos los dioses? Si ahora crees que ha llegado el momento de combatir por tus ideas, ve a hacerlo con todo mi amor y respeto; pero si te quedas aqu y reprimes tus impulsos slo por mi, eres mucho menos inteligente de lo que haba imaginado. Sonrojado de vergenza y casi lloroso, lo nico que consegu articular fue un Oh, maestro!, Aunque la verdad es que llevaba bastante tiempo insinundole que me gustara un cambio de actividad y haba intentado persuadirlo de que me dijera qu opinaba de ello. Esta vez, por fin, le pregunt directamente: Pero cul es vuestro parecer, maestro? Qu crees que debo hacer? En estos momentos, me preocupa sobre todo lo que yo debo hacer respondi con un movimiento de cabeza. Y, ay!, Creo que tienes razn: yo no soy soldado. Con todo, sigo convencido de que alguien debera continuar esforzndose, por dbiles que sean sus energas, en intentar evitar la dictadura que todo el mundo considera ineludible desde hace tanto tiempo. As que eso es lo que har: Continuar en esa lnea. Por lo que a ti respecta, continu Cicern, ya te lo he dicho: haz lo que consideres mejor. Los cielos saben que has hecho cuanto has podido por m. Escribonio Curio ha muerto y, con seguridad, no queda nada pendiente en ese tema. En cuanto a mi empresa actual, mi terca bsqueda de la paz, no hay duda de que hasta ahora los acontecimientos han demostrado mi equivocacin, de modo que mal puedo recriminarte si decides que ya tienes suficiente, que es hora de dedicarte a algn otro empeo. Lo estudi un instante, con los ojos todava algo llorosos pero con una sensacin de excepcional claridad mental. Bien, mi querido Cicern, tengo preparado el equipaje declar con feroz brusquedad, al tiempo que me pona en pe para abrazarlo. Lo s respondi. Y dnde vas a...? Junto a Catn... si quiere acogerme. Oh, claro que s! Estar encantado. Es un poco zopenco, desde luego, pero en el fondo es un buen hombre. Y capaz de algunos juicios sorprendentemente sensatos. Seguro que estar encantado con la compaa de alguien de tus excelentes cualidades. Te aceptar sin vacilar, creme. Yo no estoy tan seguro respond con una sonrisa. Despus de Curio... Eso no contar. Incluso te dar una carta que lo explique todo... Hum... Me rasqu la cabeza. Una carta tuya... Me parece bien, desde luego, pero no pongas nada de... en fin, nada acerca de Curio y todo eso. Ya se lo explicar yo mismo, si es necesario. De acuerdo? Como t digas, muchacho. Nos abrazamos de nuevo; despus, lo dej all, en el pequeo huerto de su casa de campo alquilada, triste pero sonriente, encorvado pero entero, derrotado pero ms decidido que nunca a continuar su lucha. En fin, era una causa perdida desde el primer momento. Ahora resulta obvio, naturalmente, pero creo que yo me di cuenta de ello ya entonces. Si as fue, saberlo no hizo nada para disuadirme; si acaso, en cierto modo, quiz tuvo incluso el extrao efecto de animarme ms. A la muerte de Pompeyo, su hijo, Sexto Pompeyo, continu librando escaramuzas dispersas por Hispania, mientras Catn se pona al frente de lo que quedaba de las fuerzas republicanas en el norte de Africa. Y fue all donde por fin lo alcanc: en la ciudad de Cirene, donde acababan de ofrecerle la bienvenida oficial. De modo que quieres unirte a los restos precarios de nuestras fuerzas, no es eso? Me dijo, tras salir a recibirme a la puerta de la casa de algn potentado local, convertida en su cuartel general. Me condujo a una salita vaca que

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haba transformado en despacho, me ofreci asiento en un duro banco de madera y me observ con un manifiesto desdn. No eras amigo de Curio? Alc la vista hacia l, pues Catn se haba quedado de pie, y mov la cabeza en gesto de negativa. Fui engaado, seor. Como tantos otros. Hum... Tras un murmullo, asinti y, finalmente, se sent a mi lado. S, todos lo fuimos. Al menos, durante un tiempo. Su mirada se perdi en el vaco unos instantes, como si estuviera abstrado en sus pensamientos7. Bien, conozco a tu familia, naturalmente, y tambin s que Cicern habla bien de ti. Es ah donde has estado todo este tiempo? Con l? Asent en silencio. Bien, los cielos saben que no encontramos mucha gente nueva, ltimamente. Se permiti una breve elevacin de las comisuras de los labios en lo que quera ser una sonrisa en su adusto semblante, se puso en pe y dio meda vuelta. Se alej y, cuando ya casi haba llegado a la puerta, volvi la cabeza, me mir y aadi: Est bien. Con esto, Catn dio por aceptada mi solicitud para sumarme a sus acosadas tropas. Ya s, ya s deca Catn. T me consideras un zopenco, un presuntuoso y quin sabe qu ms. S que sa es la opinin que Cicern tiene de m. l y otros. Supongo que soy eso que dicen, en ciertos momentos y en ciertas cosas. Soy consciente de todos los errores que comet durante esos aos en Roma; he visto cmo me los echaban en cara con bastante frecuencia. Pero me gustara hacerte un par de preguntas: Qu alternativa tena? Qu otra cosa podra haber hecho? Se detuvo, como si realmente esperase una respuesta, pero al ver que yo no deca nada continu: Mi problema era que no tena ninguna ambicin. Bien, no debera decir ninguna. A una cosa s aspiraba, y era a salvar la Repblica. Pero esta clase de ambiciones no tiene la menor oportunidad frente a las ansias de quienes slo buscan acrecentar su propio poder. Csar, por ejemplo apunt mientras se envolva en la recia capa para protegerse del molesto viento. Es un hombre despreciable. As me pareca antes, y as sigo vindolo hoy. Catn sacudi la cabeza y efectu una profunda inspiracin. Hablbamos mientras la columna avanzaba (a paso de marcha, para ser exactos) camino de Utica para sumarse a las fuerzas del rey Juba, de Atio Varo (gobernador provincial en aquellos momentos) y de Cornelio Escipin, el suegro de Pompeyo, recientemente unificadas contra Csar. Tardamos siete jornadas en llegar hasta ellas y Catn march en todo momento a la cabeza de las tropas. Y siempre a pie; en ningn momento utiliz un carruaje, un palanqun, un caballo o cualquier otro animal para aliviar su carga. Y en muchos momentos, como en ste, yo avanc a su lado, hombro con hombro. Pero Pompeyo no era mejor declar de pronto. Lo mir con perplejidad. l me observ de reojo, se encogi de hombros y aadi: Ya s, ya s. Me un a l de buen principio y ahora lo lloro e incluso marcho al frente de las tropas en su nombre, pero la verdad es que Pompeyo inici su carrera mediante el fraude y la violencia y, en el fondo, no cambi nunca. De hecho, se mostr mucho menos severo que nuestros antepasados a la hora de marcar los lmites de lo que es legtimo. Hace unos aos, quiz no lo recuerdes, respald la candidatura de ese despreciable Lepido para el consulado. Y cuando Lepido mostr su autntico rostro, su aspiracin de subvertir el Estado (que Pompeyo, sin duda, conoca desde el primer momento), el mentor delat a su pupilo y dio gran publicidad a su intervencin como salvador de Roma. Y esa hambruna que estuvimos a punto de sufrir hace unos aos? Tambin fue obra de Pompeyo. Que Jpiter me fulmine si ese viejo cerdo no intentaba acaparar el mercado de grano... para su beneficio personal, naturalmente. Y... Qu ms? Ah, s! Tambin apoy a Clodio frente a Cicern, sabas eso? Bien, todo qued en rumores, pero te juro que es la verdad. Razones? Bueno, al parecer no haba perdonado nunca a Cicern por haber logrado desbaratar la conspiracin de Catilina. Pompeyo habra querido ser l quien lo hiciera. Slo l mereca el ttulo de salvador de la Repblica. Por eso dio su apoyo tcito a ese Clodio para enviar al exilio a Cicern. Despus, un ao ms tarde aproximadamente, cambio de mscara una vez ms e hizo gran ostentacin de apoyar el regreso de Cicern. Te digo que era un hombre terrible... y, no es preciso decirlo, no tena nada de republicano. Pero el asunto es, en una poca en que la personalidad y el poder desnudo son las fuerzas ms poderosas, adnde puede volverse un republicano? Quin queda que merezca gobernar un Estado dedicado al imperio de la ley? O, al menos, supuestamente dedicado a l. Y se fue mi objetivo: intentar salvar la Repblica y el imperio de la ley. Al principio cre que Pompeyo podra ser engatusado y controlado. Ya s, ya s; el asunto fue llevado con torpeza y, en cualquier caso, siempre fue una apuesta arriesgada. Pero no haba la menor posibilidad de manipular a Csar de esa forma. Eso lo sabia todo el mundo. Entonces, qu salida quedaba? Rechazarlos a ambos y contemplar cmo el Senado se converta en una caricatura impotente? O intentar entrar en el juego, escoger un bando con poder..., intentar elegir, ya que no a un hombre bueno, como mnimo el menor de dos males? Como dije en una ocasin, el hombre capaz de provocar grandes males es quiz quien mejor puede remediarlos. Y Pompeyo era,

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ciertamente, un hombre valioso. As lo destaqu en su funeral: La fe sincera en la libertad de Roma muri hace mucho. Ahora, con la muerte de Pompeyo, desaparece incluso la fe fingida. Pero... Ya s. Ests pensando: Pero aqu estamos nosotros, marchando a travs de las speras llanuras del norte de Africa en nombre de Pompeyo. Catn me mir, movi la cabeza y casi sonri. Yo tampoco estoy seguro de entenderlo murmur. Las campaas militares de Escipin y de Varo tuvieron tan mal resultado aquel invierno que, al llegar la primavera, los dos le suplicaron a Catn que tomara el mando de las operaciones, a lo cual se neg con terquedad. Inexplicablemente, insisti en que lo hiciera Escipin, el cual fue nombrado entonces comandante general. Escipin estaba molesto con Utica por sus cambios de bando durante la guerra, y su primera orden fue que se pasara a cuchillo a todos sus habitantes y se arrasara hasta que no quedase piedra sobre piedra. Qu atrocidad! Imposible! Es una locura! Replic Catn e insisti en que no participara en semejante acto. Finalmente, Escipin cedi, pero slo a condicin de que el propio Catn se encargara personalmente del orden y gobierno de la ciudad. Catn accedi. Utica era un objetivo importante para ambos bandos en guerra, y Catn jur mantener su posesin. Mejor y reforz de forma considerable las ya extensas fortificaciones de la ciudad, repar muros, levant torres, excav zanjas y construy empalizadas en torno a la poblacin. Tambin almacen enormes cantidades de grano y de otros suministros, as como gran nmero de armas y proyectiles, hasta convertir Utica en un enorme depsito de intendencia para el ejrcito pompeyano. Pese a ello, dio rdenes estrictas de que los romanos trataran a los ciudadanos de Utica con toda cortesa y respeto. Catn y Escipin empezaron muy pronto a tener otras discrepancias importantes. Catn recomend prudencia pero Escipin, un asno jactancioso que careca de todo talento ms all de su inagotable torrente de amenazas y pavoneos, lo acus de cobarde e insisti en llevar la lucha hasta Csar. Como era de prever, la campaa termin muy pronto en un desastre. En una gran batalla en Thapsus, el ejrcito entero sucumbi ante las tropas de Csar. Escipin y Juba escaparon con vida por muy poco, junto a un puado de ayudantes y otros oficiales. Cuando lleg la noticia, le correspondi a Catn apaciguar la ciudad, sumida en la histeria. Corra el rumor de que el ejrcito de Csar se haba puesto en marcha en direccin a ella, y la gente era presa de una agitacin frentica, pero Catn, sin guardaespaldas o tan siquiera un arma encima, se mezcl entre la multitud y, de algn modo, la tranquiliz. Sin duda, los informes exageran; las primeras noticias siempre lo hacen repiti una y otra vez a lo largo y ancho de la ciudad. Lo ms probable es que las cosas no vayan tan mal. Tras esto, convoc para la maana siguiente un consejo de guerra con todos los patricios romanos de la ciudad, los llamados trescientos. Entre ellos haba varios senadores y sus hijos, muchos comerciantes y el grupo de consejeros del propio Catn, que inclua a su propio hijo y a varios maestros y filsofos. Una vez reunidos, les asegur que respetara la decisin que adoptaran, fuera cual fuese: enfrentarse a Csar, rendirse o huir a tierra segura, probablemente a Italia. Al da siguiente, Catn se hallaba en otra de sus reuniones cuando lleg la noticia de que la unidad de caballera romana de guarnicin en la ciudad acababa de huir por la puerta principal. Cabalgu con Catn en persecucin de los jinetes. Cuando les dimos alcance, les suplic entre sollozos que regresaran, aunque slo fuera por un da ms, para proporcionar una escolta de proteccin a los senadores romanos que se hallaban en la ciudad. Para considerable sorpresa ma, los soldados accedieron finalmente a la propuesta. Si, a lo largo de su vida, Catn haba resultado con frecuencia pedante y gazmoo, carente de humor y de imaginacin, en el momento de prepararse para la muerte se mostr absolutamente esplendoroso. Porque resultaba bastante evidente para todo el mundo que, aquellos ltimos das, el hombre haba tomado la decisin de quitarse la vida una vez hubiera resuelto los asuntos de la ciudad. As, quedaba bastante claro que sus infatigables esfuerzos carecan de motivos secretos y no se deban a ninguna intriga: con ellos slo intentaba ahorrar a otros cualquier dolor o indignidad. Nosotros no podemos ser como t, Catn, y te pedimos disculpas por nuestra debilidad declar un viejo banquero en una reunin posterior de los trescientos. El hombre se refera a un proyecto presentado por los comerciantes para enviar emisarios a Csar con una peticin de perdn y el ruego de que les respetara la vida. Vuestras intenciones son buenas dijo Catn, de modo que no hay nada que disculpar. De hecho, os recomiendo que actuis cuanto antes en pro de vuestra seguridad. Pero, hagis lo que hagis, no pidis nada en mi nombre. Suplicad por quienes han sido vencidos; rogad el perdn para quienes han hecho mal. En cuanto a m, no reconozco ninguna derrota en toda mi vida. A decir verdad, considero que es Csar quien ha sido vencido, pues ahora es claramente culpable de estos movimientos subversivos contra su pas que ha promovido desde hace

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tanto tiempo y que ha negado con tanta asiduidad. Precisamente a la salida de la reunin, Catn fue informado de que Csar y todo su ejrcito se hallaban no lejos de all. Ah! Espera encontrar frente a l a hombres valerosos le o decir. Entonces, los acontecimientos empezaron a sucederse a velocidad de vrtigo: Catn, abatido, se dedic a preparar la partida de todos los senadores; orden cerrar todas las puertas de la ciudad menos la que daba al mar, dispuso las naves que los transportaran y proporcion dinero y provisiones a todo el que los necesitaba. Yo fui el nico senador que se qued. Aquel da, horas ms tarde, corri la noticia de que un comandante pompeyano, Marco Octavio, estaba acampado cerca de la ciudad con dos legiones y que quera parlamentar acerca del mando supremo de Utica; en otras palabras, pretenda tomar posesin de la ciudad y convertirse en comandante de la plaza. Catn movi la cabeza, sonri y me dijo: Acaso puede sorprendernos que todo nos haya salido tan mal, cuando nuestro amor por los cargos ms altos sobrevive incluso a nuestra propia ruina? En cierto sentido tena razn, pero se me ocurri pensar que el inters del comandante Octavio se centraba, principalmente, en hacerse con todo el botn que pudiera antes de que llegara Csar y se lo quedara l. Como es lgico, a Catn genio y figura la idea no se le pasara por la cabeza jams, probablemente. Despus corri la voz de que, mientras procedan a abandonar por fin la ciudad, los equites estaban robando sus posesiones a los residentes. Catn fue al encuentro de las tropas, se abalanz sobre el hombre ms cercano, le arrebat de las manos los objetos que pudo y los arroj al suelo. S que lo que sucedi a continuacin resultar increble (yo tampoco le dara crdito, si no lo hubiera presenciado con mis propios ojos), pero los dems jinetes soltaron exclamaciones de humillacin y arrojaron tambin todo lo que haban robado. Entonces, Catn regres al puerto y mont en clera al darse cuenta de que yo me haba quedado en la ciudad, pero se tranquiliz enseguida y se volvi hacia Apolnides, el filsofo estoico, que estaba all con nosotros. A ti te corresponde, seor dijo a Apolnides enfriar la fiebre del espritu de este joven y hacerle saber lo que le conviene. Mantuve mi negativa a marcharme y Catn se dio por vencido finalmente, aunque dedic gran parte de la tarde y de la noche a visitar a todos sus dems amigos para matarlos a partir. La mayora lo hizo, pero un puado permanecimos a su lado. Esa noche disfrutamos de una cena magnfica. ramos unos doce, entre ellos Catn, su hijo Marco, el estoico Apolnides, el famoso peripattico Demetrio y algunos otros viejos amigos de Catn, junto con los magistrados de la ciudad. Todos yo tambin, por supuesto bebimos mucho vino y pronto la conversacin se centr en diversas cuestiones filosficas, con especial atencin al dogma estoico de las paradojas. Slo el hombre bueno es libre argumentaba Apolnides; todos los hombres malvados son esclavos. Demetrio, como es lgico, estaba en desacuerdo y los dos discutieron el tema y otros muchos conceptos esotricos. Pero cuando surgi la cuestin del suicidio, Catn defendi el punto de vista estoico que lo plantea como una opcin cuando menos aceptable, si no preferible, cuando uno considera claramente que ya no puede seguir llevando una vida razonable y moral con tal elocuencia y tal pasin que result evidente que proyectaba quitarse la vida y liberarse. Nadie es libre si est muerto declar yo, un poco ebrio y con excesiva brusquedad. Todos se volvieron haca mi con expresin horrorizada, pero Catn se limit a sonrer y cambi de tema. Slo espero que nuestros amigos que acaban de partir alcancen su destino sanos y salvos, sea por mar o por tierra coment con extrema calma. Despus, alz su vaso para brindar por ello. Que todos consigamos ponernos a salvo, de una manera u otra dije yo, mientras todos se unan al brindis. As ser declar Catn. Estoy seguro de ello. Despus de la cena, como tena por costumbre, Catn dio un paseo con su hijo y algunos de sus amigos, yo entre ellos. El paseo termin justo a la puerta de sus aposentos privados; all, dio las rdenes precisas a los oficiales de la guardia. Dentro, nos abraz uno por uno con un calor y un afecto que poda considerarse inusual. Despus, cuando ya nos marchbamos, se recost en un divn, tom uno de los dilogos de Platn relativo al alma (el del Fedn, creo) y empez a leer con parsimonia. Los sirvientes dijeron ms tarde que, al cabo de un rato, Catn ech en falta su espada y pregunt a un esclavo quin la haba cogido. Continu leyendo un poco ms y luego, al no obtener respuesta, reuni a la servidumbre y exigi con irritacin que le devolviesen el arma. Cuando comprob que seguan sin obedecer, acus a los criados y a su hijo de traicionarme y entregarme desnudo al enemigo. Pues, en efecto, como bien sabamos la mayora de nosotros, su hijo haba cogido la espada durante la cena y la haba escondido. Entonces, seguido de un puado de nosotros, el hijo acudi corriendo a la estancia y cay a los pies de su padre, sollozando y rogndole que no se hiciera dao.

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Cundo y cmo replic Catn con un gruido me he trastornado y he perdido el juicio? Acaso debo ser desarmado y privado de utilizar mi propia razn? Y t, muchacho continu, mirando directamente a su hijo, por qu no le atas las manos a la espalda a tu padre para que, cuando llegue Csar, sea incapaz de defenderse? Todos, salvo el filsofo Apolnides, abandonamos la habitacin lentamente, apenados. Y t dijo Catn con severidad al estoico (al menos, eso nos cont ste, ms adelante), tambin te confabulas para obligar por la fuerza a un hombre de mi edad a seguir vivo? O acaso conoces alguna buena razn por la que sera completamente ruin e indigno por mi parte querer ponerme a salvo de Csar, mi enemigo, cuando es evidente que no tengo alternativa? Veo que guardas silencio; no tienes ninguna, entonces. Bien, en ese caso me permitirs seguir la doctrina que claramente ensea tu propia filosofa. Y dile a mi hijo que no debe obligar a su padre a hacer por la fuerza lo que no puede convencerle a hacer mediante razones. Los dos hombres se separaron entre lgrimas y, poco despus, un esclavo acudi por fin a la estancia con la espada. Ms tarde, el esclavo cont que Catn la desenvain de inmediato, la contempl detenidamente y, tras comprobar el filo, declar: Ahora soy dueo de m mismo. Esa noche no hubo ms ruidos procedentes de la estancia. Por la maana, lo encontramos en el bao, con las muecas y los antebrazos abiertos y el agua teida de rojo por la sangre. Me han contado que Csar, al enterarse de su muerte, coment: Catn, envidio tu muerte y que no me hayas permitido conservarte la vida. A decir verdad, ms adelante todos estuvieron de acuerdo en que Csar era sincero en su comentario, pues ya haba demostrado una clemencia inusual para con sus adversarios, siempre que fueran ciudadanos romanos. Los motivos de Catn tambin parecen bastante evidentes, pues si le hubieran respetado la vida y continuara con ella gracias a Csar, su fama no habra sufrido una gran merma, pero la de Csar se habra acrecentado, sin duda, en gran medida. Csar entr en la ciudad unos das ms tarde y esa misma noche me cit a cenar en su cuartel general. Cayo Livinio Severo dijo framente; de hecho, no se levant ni me estrech la mano ni me dirigi ninguna otra forma de saludo. No estars pensando en el suicidio t tambin, verdad? No, Csar respond. Estbamos sentados frente a frente; tom una gran pieza de cerdo y empec a arrancar la carne a grandes mordiscos. Si hubiera querido hacerlo continu diciendo mientras masticaba ofensivamente un buen pedazo de carne, habra tenido muchas oportunidades para ello durante los ltimos das. Hum...! Murmur Csar mientras me estudiaba con desagrado. Asegrate de seguir as. Eres un joven que va a sobrevivir a esto, no importa lo que suceda. Tras esto, detuve mi sonoro masticar y estudi un momento a mi acompaante. Naturalmente, no tena objeto intentar averiguar a qu se haba referido con aquello, pues Csar era famoso por su rostro implacable, por sus facciones inexpresivas. Apuramos el resto de la cena en silencio y dej la mesa tan pronto hubimos terminado. Unas cuantas semanas despus, Csar me envi de vuelta a Roma y me encontr otra vez en mi casa, con Fulvia y sus padres y todo el resto de la familia sin novedad, salvo Lucio Flavio y Avito Loliano, por supuesto. Haban transcurrido tres aos desde que Csar cruzara el Rubicn y, todava, buena parte de Roma continuaba revuelta. Sin embargo, al menos de momento, la vida en la capital era tan parecida a la de siempre que resultaba fcil hacerle dudar a uno de que all hubiera sucedido nada de importancia. XXVII Ah, Cicern! Tan callado durante tanto tiempo; ciertamente, nunca has sido un soldado. La idea misma de la violencia te produca escalofros de miedo y durante todo este tiempo has permanecido escondido en tu casa de la ciudad y te has concentrado en la enseanza... si puede llamarse enseanza a dar lecciones a los hijos, estpidos y malcriados, de las familias ricas. Pero ya han transcurrido dos aos ms, el propio Csar ha sido asesinado y por fin, mi viejo amigo, pareces haber despertado de tu sopor. Las Filpicas! Un titulo maravilloso, que hace referencia (irnica?) A los ataques de Demstenes contra el rey Filipo de Macedonia, hace unos cuatro siglos. En realidad, en tu primera denuncia empleabas un tono suave, muy conciliador. Pero por alguna razn el objeto de tu moderacin respondi con inesperada aspereza y ahora le has respondido con tu Segunda Filpica. Y qu gran tnico para mi espritu han resultado tus palabras! He ledo la transcripcin una docena de veces, hasta que el papiro ha empezado a romperse de puro desgaste. Y, ah, Cicern, viejo amigo y maestro!, Aunque no tengo la menor idea de si tu alegato contribuir a aflojar la presin de la tirana sobre nuestra cansada patria pues si la muerte de Csar no lo consigui, no puedo imaginar qu lo lograra, me ha levantado el nimo leer ese ataque

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tuyo contra mi enemigo ms acrrimo, ese puerco y asesino de los de mi sangre. Tengo muy presentes tus palabras: Marco Antonio, has dilapidado enormes cantidades de fondos pblicos en mantener en tu casa un trfico degradante, una interminable sucesin de indecencias y de borracheras, y has puesto a la venta absolutamente todo lo que tenias a tu alcance. Y ahora, precisamente en este gran templo en el cual los ms nobles senadores han tratado en tantas ocasiones los asuntos del mundo, tu principal contribucin ha sido desplegar a tus sanguinarios secuaces en la mismsima sala de sesiones del Senado. Acaso nos puede sorprender tal cosa, colegas? Acaso tiene lmites su osada? Es evidente, Marco Antonio, que has perdido el juicio; qu muestra ms palpable de locura que tu recurso a las armas de un modo tan destructivo para el Estado? Y tu ltima jugada, por risible que pueda resultar, consiste ahora en acusarme de haber instigado el asesinato de Clodio, hace ya tanto tiempo. Pues bien, Antonio, te recuerdo que una vez t mismo perseguiste a ese hombre por el Foro, con la espada desenvainada y a la vista de media Roma, y que probablemente habras acabado con l si el desgraciado no se hubiera hecho fuerte bajo la escalera de una librera. Me lleva eso a deducir que fuiste t el instigador de su muerte? Claro que no. Entonces, qu diablos te impulsa a creer que fui yo? Acaso el hecho de que celebr la muerte de Clodio? En eso se basa esta absurda acusacin? Y qu silo hice? Es que yo y slo yo debera haber mostrado pesar por lo sucedido cuando toda Roma se felicitaba? Me acusas de distanciar a Csar de Pompeyo y provocar con ello la guerra civil. Qu estupidez! Csar no necesitaba de mi ayuda para eso. Cuando se sinti lo bastante fuerte, cuando Pompeyo dej de serle necesario o til, se limit a poner fin a su alianza. A m no me gustaba esa amistad, pero ya que exista... En fin, Antonio, incluso t debes de haber odo mi famosa frase: Ah, Pompeyo, ese pacto tuyo con Csar...! Preferira que no se hubiera producido nunca pero, ya que habais cerrado un acuerdo, ojal no se hubiera roto. Negndote a aceptarlo habras demostrado la firmeza de tus principios; negndote a romperlo, tu sentido comn. Este fue siempre mi consejo a Pompeyo pues, una vez formalizado el pacto, romperlo slo poda conducir al desastre. Y est muy claro que acert de pleno en mi prediccin. Y ahora surge de tus labios la acusacin ultrajante de que tambin instigu el asesinato de Csar. La verdad es que mi nombre no ha sido mencionado jams en relacin con el hecho, por glorioso que fuera, y se sabe de alguien que tuviera participacin en la conjura y haya tratado de ocultarlo? No! Muy al contrario, ha habido quienes se han vanagloriado de haber tomado parte a pesar de no haber lo hecho. Pero lo que resulta ms irritante es tu estupidez al hacer tal acusacin aunque, cmo podra esperar otra cosa de ti si no tienes ms inteligencia que cualquier animal del bosque? Ahora os pido, mis colegas senadores, que recordis las palabras exactas con las que este astuto colega me ha acusado. Cuando Csar hubo expirado segn la versin de Antonio, Bruto, cuyo nombre menciono con todo respeto, se apresur a blandir en alto la daga goteante, llam a Cicern por su nombre y lo inst a celebrar con ellos la restauracin de la libertad. Bien, y qu? Sin embargo, slo por esa razn, apuntas que debe deducirse que Cicern estaba al corriente de la conjura, lo cual es una conclusin absurda ante tan escasa prueba. Aun as, padres senadores, observad que me tilda de vil criminal slo porque sospecha que yo sospechaba algo. Pero el hombre que empuaba la daga, Bruto, es mencionado con todo respeto. Un consejo, Marco Antonio: ve a dormir la borrachera, deja que desaparezcan los vapores etlicos y, aunque slo sea por una vez, intenta seguir un razonamiento sobrio. O acaso debe uno traer antorchas llameantes para despertar a este hombre que responde a tal pregunta con ronquidos? Pero permteme tambin una advertencia: presta atencin a la cuestin de siempre: a quin beneficia el crimen?, y ten cuidado de no verte implicado t mismo en la muerte de Csar. Pues no fuiste t, acaso, quien inmediatamente despus del hecho declar que era un gran beneficio para todos aquellos que no queran ser esclavos? Ahora, en cambio, eres t quien est ms cerca de convertirse en tirano que en esclavo. Para ti, la muerte de Csar ha sido especialmente favorable pues, de qu otro modo habras podido aliviar tu pobreza y pagar tus cuantiosas deudas? En efecto, has liquidado la mayor parte de los objetos de valor de su casa y la has convertido en una fbrica de firmas y documentos falsificados y en un mercado donde se compran y venden de forma escandalosa ciudades enteras, territorios y exenciones de tasas y de tributos. Y ahora que he respondido a las estpidas acusaciones que has urdido en tus desvaros, repasemos algunos aspectos de tu vida pasada. Apenas salido de la adolescencia, apenas cumplida la edad mnima, y la toga de adulto pronto se transform en tus hombros en la de cierta clase de mujer. Al principio eras una prostituta pblica.., Y muy cara, por cierto. Pero muy pronto intervino Cayo Escribonio Curio, te retir de las calles y te ascendi, por as decirlo, a la categora de esposa: te convirti en una mujer casada. Ninguna esclava comprada para satisfacer la lujuria ha estado nunca tan sometida al poder de su amo como t lo estabas a Curio. Cuntas veces su padre te ech de su casa? Cuntas veces apost centinelas para impedirte la entrada? Y, a pesar de ello, impulsado por la

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pasin y vido de dinero, t no dejabas de arrastrarte de noche sobre los tejados... hasta que, finalmente, la familia no pudo seguir soportando el escndalo. El joven Curio declar que te amaba con tal pasin que te seguira al exilio, porque no soportaba la idea de vivir separado de ti. Curio acudi a m y, arrojndose a mis pies, suplic mi intervencin y mi proteccin; as, para rescatar al joven de tan brillante promesa consegu impulsar una solucin pacfica del asunto y, con ello, ahorr a la familia de Curio un escndalo nauseabundo y degradante. Pero dejemos a un lado los delitos sexuales de Antonio; no voy a profundizar en ese tema porque hay cosas que un hombre educado no puede mencionar. As pues, en esto tienes una ventaja sobre m, pues tus faltas son tan horribles que ningn oponente que se respete puede hablar de ellas. Pero qu nos dices de tu papel en el fomento de la guerra civil? Abusaste descaradamente de tus poderes como tribuno utilizando tu veto para bloquear la peticin unnime del Senado de que Csar depusiera las armas; un veto que, no es preciso decirlo, haba sido comprado y pagado. Padres senadores, lloramos hoy la prdida de tres ejrcitos romanos, aniquilados en la guerra. Todos ellos han perecido por causa de Marco Antonio. Lloramos la prdida de nuestros conciudadanos ms ilustres, que nos han sido arrebatados por Marco Antonio. La autoridad de esta misma asamblea se ha visto entorpecida y ha sido Marco Antonio quien ha puesto las trabas. Si reflexionamos como es debido, descubriremos que todo lo que hemos visto en este tiempo (y qu calamidad no hemos presenciado?) Se lo debemos en parte a Marco Antonio. En pocas palabras, Antonio, t has sido nuestra Helena de Troya: has trado a nuestra patria la guerra, la peste y la aniquilacin. Combatiste en la guerra y all bebiste en abundancia la sangre de otros romanos mucho ms honorables. Sea; no voy a extenderme en ello. Regresaste, pero slo para viajar por Italia con las galas, atrozmente escandalosas, de una alcahueta real. Te desplazabas en un carruaje de mujer mientras cierta actriz era transportada delante de si sobre una litera atendida por decenas de sirvientes. En cada ciudad, los vecinos que salan a recibirte se encontraban con este espectculo aterrador. Y all donde ibas, alojabas por la fuerza a tus soldados donde te pareca conveniente, expulsando de sus legtimos hogares a incontables ciudadanos. Devuelta en Roma, con Csar an en Alejandra e ignorante de tus actos, te confiri el mando absoluto de la caballera, lo que te convirti en su mano ejecutora en lo referente a los asuntos pblicos. Y, en calidad de tal, cuntos decretos promulgaste otorgndote el expolio de herencias o desplazando a los propios herederos? Pobre Antonio, qu desesperado estabas! Todava no habas recibido los enormes propiedades que supuestamente te haban legado Ruino y Turselio. Todava no te habas estrenado en tu inesperado papel de heredero de Pompeyo. No tenias nada, salvo lo que pudieras robar; estabas obligado a vivir como un bandido. A continuacin, sigue un episodio que algunos considerarn frvolo, al menos en comparacin con lo dems. Habas acudido a una boda en la que habas bebido tanto que, al da siguiente y en presencia de la plebe, no pudiste contener el vmito. Qu repugnante exhibicin, tan repulsiva de presenciar como de describir! Si hubiera sucedido en la mesa, entre tus bestiales brebajes, ya habra resultado suficientemente vergonzoso. Pero en este caso se trataba de una reunin del pueblo y t eras la mano ejecutora del propio Csar en los asuntos pblicos, de quien un hipido ya se habra considerado casi escandaloso. Y all estabas, Marco Antonio, mandams de la caballera, completamente enfermo y manchndote las ropas (en realidad, salpicando todo el estrado) de restos de comida que apestaban a vino. Entonces vuelve Csar y poco despus se celebra una subasta pblica en la que los bienes y propiedades de Pompeyo (me he quedado, ay!, Sin lgrimas, pero el recuerdo no dejar nunca de ser doloroso), los bienes, deca, de Pompeyo el Grande son anunciados y vendidos por la voz fra y desapasionada del subastador. Y durante aquel nico momento, Roma olvid sus ataduras y gru una pro testa. Y aunque todas las mentes estaban esclavizadas por un miedo visceral al gobierno del nuevo dictador, el pueblo romano an fue libre.., Para refunfuar. Y mientras todos esperaban y se preguntaban quin sera tan loco, tan irreverente y tan odioso como para atreverse a participar como comprador en aquella confiscacin y venta abominables, la nica voz que puj fue la de Marco Antonio. Y ello aunque el lugar estaba lleno de hombres lo bastante audaces como para atreverse a cualquier cosa, salvo a aquello. Slo Antonio demostr la falta de escrpulos necesaria para lanzarse a algo ante lo cual todos los dems se echaban atrs, horrorizados. No tuviste en cuenta el odio que tu accin provocara entre el pueblo de Roma, verdad? As pues, tus manos codiciosas se cerraron con insolencia sobre las posesiones de ese gran hombre y. a continuacin, te pavoneaste satisfecho como un personaje de una mala comedia, en la miseria un da y rico como Craso al siguiente. Pero, como escribi una vez el poeta Nevio, las ganancias mal obtenidas se dilapidan con rapidez. Y resulta verdaderamente increble escuchar con qu rapidez gastaste esas enormes riquezas. En la subasta adquiriste una provisin inmensa de vinos, una gran cantidad de piezas de la mejor loza, tapices valiosos y numerosas piezas de mobiliario, bellas y esplndidamente trabajadas, de todo lo cual no qued nada en

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apenas unos das! Ni el propio ocano habra engullido con ms rapidez una cantidad tal de propiedades... que, adems, estaban repartidas entre diversos locales distantes unos de otros. De lo que qued, nada fue sellado o puesto a buen recaudo, ni se efectu inventario. Las bodegas fueron abandonadas a las incursiones de los delincuentes ms viles; actores y actrices saqueaban la casa, las habitaciones estaban atestadas de jugadores y de borrachos, las juergas se prolongaban varios das seguidos... Perdiste gran parte de ello en el juego. Colegas senadores, tal vez os hayis fijado en las camas de los aposentos de los esclavos, cubiertas con ricas telas prpura de Pompeyo. En verdad, tan inicuos excesos bien podran haber engullido ciudades y reinos enteros. Y, acto seguido, cometiste el ms brutal de todos los insultos, Marco Antonio: entonces te apropiaste de la casa y de los jardines de Pompeyo. Y te atreviste a cruzar siquiera el umbral de ese lugar hechizado? Te atreviste a mostrar tus facciones teidas de lujuria ante los dioses de ese hogar y de esa casa? Pues claro que lo hiciste, hombre perverso! Tal vez, cuando viste en el jardn delantero los monumentos en recuerdo de las victorias navales de Pompeyo, imaginaste que estabas entrando en tu propia casa. Pero aguarda. No; eso es imposible. Porque, por lerdo y falto de sentimientos que seas, seguro que tienes cierta idea de quin eres, de cual es tu casa y cul tu familia. De modo que la casa, que jams haba presenciado nada que no fuera recatado, piadoso y elevado, vio cmo los dormitorios se con vertan en habitaciones de burdel y las dependencias, en tabernas. Refirmonos ahora brevemente a tus relaciones con Csar. Como es bien sabido, libraste muchas valientes batallas a su lado; entonces, por qu no lo acompaaste a Africa? Y cuando regres, qu rango te otorg? Cuando Csar era gobernador, t habas sido su cuestor. Cuando dictador, t estabas al mando de la caballera. T habas sido la primera causa de la guerra, el instigador de sus barbaridades y quien haba compartido su botn. Segn tus propias palabras, l te hizo su hijo adoptivo por propia decisin. Pero cul fue la reaccin de Csar en esta ocasin? Yo te lo dir: urgirte el pago del dinero que an debas por la casa, los jardines y la mayor parte de las propiedades confiscadas que habas adquirido! Tu reaccin temperamental result cmica: Pensar que Csar me reclama el pago! Por qu habra de pagarle yo a l, y no al contrario? Acaso consigui sus victorias sin m? No. Adems, yo le proporcion el pretexto para la guerra. Por qu no habran de compartir el botn quienes han compartido el resto de la aventura?. Pero Csar hizo odos sordos a tus estpidas reclamaciones y envi soldados a cobrar la deuda. Y entonces, de pronto, t publicaste ese maravilloso catlogo. Vaya ridculo provoc! Una lista tan extensa, con tantos objetos y propiedades, de los cuales no haba absolutamente ninguno que pudieras llamar tuyo. Y cuando se celebr la subasta, qu espectculo tan lamentable. Unos cuantos tapices rados, cuatro copas de plata abolladas, un puado de esclavos andrajosos... hasta que lamentamos que no quedara nada ms de Pompeyo por contemplar. Marco Antonio, sabandija, estabas en un apuro y no sabias a qu recurrir! Y entonces fue detenido en la casa de Csar un asesino enviado por ti, a quien se le encontr un pual, y Csar lo denunci ante el Senado y lanz un abierto ataque en tu contra. Luego, pas el tiempo y de algn modo (no quiero ni pensar cmo!) Conseguiste congraciarte de nuevo con Csar. Y eso nos lleva a una de tus hazaas ms asombrosas. Csar estaba sentado en la tribuna, envuelto en una toga prpura y sentado en un trono de oro, con una corona de laurel en las sienes. Entonces subiste a la tribuna, te acercaste al trono y mostraste una corona regia. El pueblo gru. Intentaste colocar la corona sobre la cabeza de Csar, pero l la rechaz e insisti en ello entre sonoros aplausos. Entonces te arrojaste a los pies de Csar, rogaste y suplicaste, exhortaste y trataste de persuadir a la multitud. Y todo ello (podra haber algo ms bochornoso, por todos los dioses?), Sin ropa alguna que te cubriera! S, villano repulsivo, estabas desnudo y de rodillas ante Csar y ante todo el pueblo en pleno Foro de Roma! Bien, ahora Csar est muerto y, tras su asesinato, algunos creyeron fugazmente que se haba restaurado el gobierno constitucional; yo no compart tal opinin pues, contigo al timn, tema cualquier suerte de desastre. Me equivoqu, acaso? Toda Roma ha visto tus anuncios y pasquines con listas de exenciones y prerrogativas a la venta no slo a individuos, sino a comunidades enteras. As, padres senadores, toda la soberana del pueblo de Roma ha sido dilapidada en transacciones comerciales en casa de Marco Antonio. Dnde estn los setecientos millones de sestercios, la suma total de las arcas del Templo de la Abundancia? Si no han sido entregados a sus legtimos propietarios, por lo menos deberan habernos eximido del pago del impuesto de propiedades. Y los cuarenta millones de sestercios que debas en los idus de marzo?, Cmo es que el primero de abril ya los habas saldado? Hace poco publicaste el anuncio de que las ciudades ms ricas de Creta quedaban eximidas del pago de impuestos y de que, en breve, Creta dejar de ser provincia romana. Ests en tu sano juicio? Cmo se te puede dejar actuar sin restricciones? Con la venta de este decreto, has perdido una provincia entera! Sabis de algn caso en que, ante un comprador deseoso de adquirir algo, Marco Antonio no se haya mostrado dispuesto a vender? Has establecido ilegalmente nuevas colonias en Italia y, en una de ellas, tu mdico ha obtenido una extensa finca. Qu

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habra conseguido, me pregunto, si te hubiera curado? Y a tu maestro de retrica se le ha otorgado otra propiedad similar y tambin me pregunto cul habra sido su gratificacin si hubiese logrado convertirte en un orador competente. Ms recientemente, te has trasladado a la casa de Varrn. Ah, colegas!, Recordis las palabras, los pensamientos y las actividades literarias por las que esa casa fue tan famosa un da? En cambio, mientras fuiste t el inquilino, Marco Antonio, en todos los rincones de la casa resonaba el eco de los alaridos de los borrachos y los suelos y las paredes estaban baados en vino. Muchachos de noble cuna se mezclaban con hombres de vida infame, y prostitutas vulgares se confundan con mujeres de la nobleza. Y as llegamos al momento presente y vuelvo a preguntarte, Marco Antonio: por qu has trado al Foro a esos hombres armados, a esos arqueros de Iturea, la tierra menos civilizada del mundo? Dices que es por tu seguridad personal, pero no es mejor morir mil veces que necesitar la proteccin de hombres armados para seguir vivo en la propia patria de uno? Y vivir en continuo temor a sus propios amigos, da y noche, qu clase de existencia es sa para un hombre? Csar quiz tena guardaespaldas alrededor de l, pero disimulados y, en cualquier caso, no muy numerosos. Pero tu despotismo... qu ajeno al espritu romano resulta todo eso! Tus mercenarios te siguen en estricto orden, y no pasan inadvertidas a nadie esas parihuelas que transportan, cargadas de escudos. Y no se trata de nada nuevo, padres senadores; la frecuencia con que somos testigos de tal hecho ya nos ha insensibilizado al espectculo. Escucha bien. Marco Antonio: lo que debes hacer es granjearte el afecto y la amistad de tus conciudadanos y no atrincherarte detrs de tus hombres armados. A la larga. no pueden protegerte. El pueblo de Roma terminar por arrebatarte las armas. Y que sobrevivamos para verlo! S algo hemos aprendido de Csar es cunto se puede confiar en cada cual, de quin fiarse y de quin recelar. Todava no lo has comprendido, Marco Antonio? No entiendes que a los hombres valientes les basta con una vez para aprender la leccin de lo fundamentalmente noble y merecedor de gratitud que resulta el acto del tiranicidio? Ahora slo tengo dos deseos: que mis ojos moribundos puedan ver al pueblo de Roma disfrutando todava de su libertad y que cada hombre reciba lo que se merece segn su conducta para con su patria. Ah, Cicern! Qu msica para mis odos, tus palabras. Y con todo..., es Marco Antonio quien gobierna aqu ahora, junto con Augusto. Y es tu vida la que puede estar en peligro. Me estremezco al pensar en ello: Marco Antonio, cabeza del Estado. Un borracho y ladrn. Y tambin un asesino. l dio muerte a Lucio Flavio Severo, el mejor de mi familia, y a todos los dems. Pero por qu? Eso es lo que siempre me he preguntado. Y tras leer tus palabras, por fin lo s: a causa de su locura y de su despreciable lascivia. Slo por eso. Porque ahora estoy convencido de que est loco, aunque la suya es una locura nacida, sobre todo, de la estupidez. Es un hombre estpido. Y un estpido cree que los dems son tan tontos como l, de modo que cree fcil salir bien librado de... en fin, cree que puede cometer un crimen y quedar impune. Y en cierto sentido, no es se el razonamiento de un loco? Pero, ah, Cicern!, Por brillantes y mordaces y sinceras que fuesen tus palabras, tambin fueron frgiles..., tan frgiles como t y como tantos de los dems, supongo. Tan frgil, eso seguro, como result serlo Roma, delicada como una flor e igual de quebradiza. Pues es Marco Antonio quien gobierna hoy y yo me siento impotente para vengar la muerte de mi primo. Y mientras escriba esas quejas, sentado en el jardn de la casa de Cicern, not su mano posarse en mi hombro. Oh, maestro! Dije y me volv a saludarlo. l intent hablar, pero no le salieron las palabras. Y luego lo mir a la cara y vi las lgrimas que resbalaban de sus ojos. Unos ojos llenos de arrugas, ojos de viejo, que recordaban algo los de Pompeyo cuando los observara en el Senado, hacia tantos aos. Record aquellos tiempos y a aquellos hombres gloriosos: Pompeyo, Catn, Csar, Lucio Flavio, Loliano Fino... Y sent la prdida de todos ellos como un gran dolor que me desgarraba el corazn. Me pregunt si Cicern seria el siguiente. Y me pregunt tambin cunto tiempo ms podra Roma, o cualquier otra nacin, soportar aquello.., Aquel gobierno de un malhechor. Y tom entre las mas la mano extendida de Cicern, me la llev al rostro y me ech a llorar. XXVIII

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Ha cado la noche y estoy encogido en un duro banco de mrmol en la ventosa antesala de la que fuera casa de Cicern en Roma, a la espera de que Augusto termine de leer mi informe. Fuera, el are es fresco y estimulante, una noche fresca y estimulante de diciembre y a travs de un ventanuco situado justo encima de m alcanzo a ver un par de estrellas que brillan en el negro cielo romano. Me estremezco a causa del fro nocturno y me arrebujo bajo la toga. De repente, al otro lado del marco de entrada a la salita, oigo voces y el roce de unas botas metlicas sobre el suave suelo de losas de arcilla. Hay algo en ese ruido que transmite una curiosa importancia por s mismo. Me digo que, seguramente, sera una buena idea incorporarme y echar un vistazo pero, despus de tantas horas de espera, estoy demasiado fro y cansado para moverme con rapidez. Las voces, en ningn momento suaves, se hacen ms audibles y denotan cierta irritacin; finalmente, siento la suficiente curiosidad como para levantarme y averiguar qu sucede, pero no tengo necesidad de hacerlo porque, de pronto, alcanzo a ver a los hombres enfadados desde mi posicin en el banco. Y veo que uno de ellos es Augusto y el otro... Bueno, que me aspen si el otro no es Marco Antonio. Vienen discutiendo, eso es evidente, pero no puedo distinguir sobre qu. Cierra el pico, Antonio! Masculla Augusto, y casi no doy crdito a lo que oigo. Despus, empiezan a empujarse el uno al otro aunque, por supuesto, no hay competencia posible: Marco Antonio es mucho ms alto y pesado que Augusto y mucho ms corpulento. Pero en ese momento se presentan unos guardias de Augusto y separan a esos dos hombres sudorosos, con el rostro enrojecido, que ahora se ocupan de pilotar esta en otro tiempo esplndida nave del Estado y que discuten por quin sabe qu minucia. Espera aqu, Antonio dice Augusto con cansada exasperacin. Luego, da media vuelta y avanza despacio hacia m. Sin embargo, mientras lo hace, observo por un instante la aparicin de otro hombre justo al lado de Marco Antonio. Y esta vez hay algo en l que atrae mi atencin. Algo sobre el modo en que la luz parpadeante de una lmpara se refleja en su cabeza. Me incorporo hasta quedar sentado y me inclino hacia mi derecha hasta que, por un instante, consigo verlo mejor: es el portero de mi to, Telefo, desaparecido hace tanto tiempo, cuya gran bveda calva brilla bajo la plida luz amarilla. Lo reconoces, verdad? Dice Augusto con una sonrisa. Se sienta a m lado y me da golpecitos en el hombro izquierdo con el ltimo rollo de mi informe, que sostiene en su diestra. Un trabajo sobresaliente, Livinio afirma. S, excelente trabajo. Y parece increble, pero casi has acertado. Lo mir un momento, no muy seguro de haber odo correctamente. Casi? Repet en un susurro, al tiempo que abra los ojos con irritacin e incredulidad. Augusto asiente con un suspiro, introduce la mano en un pliegue interior de la toga, saca un pergamino y me lo ofrece. El papiro es viejo y gastado y el sello est roto, aunque casi intacto en ambos lados de la fisura. Junto las dos partes y, de inmediato, advierto que es el sello que una vez utilizara m primo, Avito Loliano Fino. Miro de nuevo a Augusto, esta vez con lo que pretendo que sea una combinacin de asombro y de clera. Abro el escrito y, al instante, compruebo que va dirigido a m. Lo siguiente que advierto es la fecha en el encabezamiento: es de hace casi seis aos. Un poco tarde para entregarlo, no? Comento. Limtate a leer me indica el muchacho gobernante sin alzar la voz, y abandona la estancia indolentemente. Con una dosis no despreciable de temor, abro el rollo y leo: Mi buen y fiel amigo y primo, Cayo Livinio Severo: Qu historia tengo que contarte! De hecho, ser mejor que te sientes para leer esto, no vayan a fallarte las piernas. Te escribo desde allende los mares... No quiero revelarte desde dnde, precisamente, por evidentes razones militares, aunque puedo anunciarte que muy pronto partir al combate. Como ya te he contado, he sido asignado al servicio de Escribonio Curio, con rdenes de proporcionar una cierta gua al que Csar considera, con preocupacin, su impetuoso comandante. Pues bien, Curio y yo nos hemos entendido muy bien y parece confiar en mi por completo. Advertirs, Livinio, que no digo que seamos amigos. Si me hubiera contado cualquier otra cosa, salvo lo que me dispongo a revelarte, habra llegado a creer que lo era y as lo habra descrito: como un buen amigo y no como a alguien a quien simplemente conozco. En cualquier caso, mientras esperamos a iniciar el primer ataque importante y con la mayora de nuestros suministros ya adquiridos y cargados, ltimamente hemos tenido bastante tiempo libre y he advertido que Curio no es ajeno a la vida de taberna y no desprecia una jarra de vino de vez en cuando. En realidad, durante la ltima semana ha estado visitndolas todas las noches. Y hace algunas, ya bastante bebido, hizo una referencia no muy halagadora a los que denomin esos estpidos que trabajan para m en Roma, o algo parecido. Enseguida comprend que deba de referirse a ti y a los hermanos Barnabs y, tal vez, incluso a Lucio. Estaba a punto de hacerle algn comentario, pero ca en la cuenta de que probablemente ni siquiera saba que soy

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primo tuyo y pens: Cmo actuaran Livinio y Lucio en esta situacin?. As, por una vez, mantuve cerrada la boca y, la noche siguiente, saqu de nuevo el tema y le insist para que me contara ms. Me cost tres o cuatro noches de invitaciones a beber y una cantidad de vino absolutamente enorme pero, finalmente, consegu sonsacrselo todo. Har cuanto pueda por reconstruir sus explicaciones y dejar a un lado casi todo lo que yo aport a la conversacin y que consisti, sobre todo, en preguntas bastante tontas, aunque he introducido breves fragmentos descriptivos aqu y all, cuando he considerado que podan ser de utilidad. Tambin he eliminado todas las pequeas interrupciones de costumbre y he combinado todas esas noches en una nica conversacin extensa, pues as resulta ms fcil seguir la narracin. As pues, aqu te presento este sorprendente relato, en palabras del propio Curio: Permite que te explique a qu me refera con lo de que Roma est llena de estpidos, Loliano, mediante una pregunta retrica: Estoy convencido de que Csar saldr triunfante? Desde luego que s! Y tengo muchas razones para creerlo. De hecho, todos los das, cuando despierto, me las repito mentalmente..., las razones por las cuales estoy seguro de que nuestro bando conseguir la victoria. Pero tambin debo reconocer que cada noche, cuando se apagan las lmparas y en ese preciso instante en que me cubro con la sbana y me dispongo a pasar por fin de la vigilia al sueo, las dudas me invaden y me envuelven como la propia oscuridad. Y si el pueblo se alza contra nosotros? Y si nuestro ejrcito deserta? Y si Pompeyo resulta el mejor general? Y entonces, la mayora de las noches, sucede algo bastante extrao. Al cabo de un instante apenas en una mala noche, algo ms, me descubro sonriendo y dicindome: Qu estupidez preocuparme por tamaa tontera! Por supuesto que saldremos triunfantes!. Y ya no vuelvo a saber nada ms hasta por la maana, cuando despierto descansado y lleno de renovada confianza. Lo que intento explicarte, Loliano, es que la mayora de la gente da crdito a lo que desea creer. Y sorprende lo difcil que resulta, cuando uno tiene una idea en la cabeza, convencerlo para que la cambie si no es mediante una prueba muy palpable de que est en un error. Creo que siempre he sabido eso, Loliano; creo que nac con este conocimiento. Lo que es seguro es que he hecho uso de esta idea con considerable xito. Por ejemplo, esos tipos a los que me he referido, esos por los que te interesas; hace un ao, ms o menos, estuvieron trabajando para m. Eran unos jvenes ricos y de buenas familias que se cuentan entre los ms brillantes de Roma. Uno de ellos ya est incluso en el Senado, donde ocupa un escao desde hace algn tiempo. Pues bien, como digo, esos jvenes eran muy inteligentes y activos y buenos trabajadores. Y daban crdito a todo lo que les deca. Estuvieron en estrecho contacto conmigo todos los das durante un ao o ms; se encargaron de mis compromisos e incluso me ayudaron a redactar los discursos y los panfletos. Y esos estpidos nunca sospecharon lo que estaba tramando. Ni una sola vez me interrogaron en serio. Y, desde luego, nunca imaginaron que yo trabajaba para Csar desde el primer momento. Esos jvenes queran creer en m, Loliano. En realidad, la gente puede ser convencida de cualquier cosa..., siempre que lo haga por si misma. S uno comprende esto en los dems que debe dejar que el otro se convenza l mismo de lo que uno quiere inducirle a creer, es muy probable que pueda persuadirlos de casi cualquier cosa, de acuerdo? Por ejemplo, esos jvenes que trabajaban para m. Como deca, en ningn momento se dieron cuenta de que yo estaba del bando de Csar desde el primer instante. Y cmo empez eso es toda una historia en si mismo. Todo se remonta a hace casi diez aos, cuando yo era, supuestamente, el fogoso joven representante del pueblo. Desempe este papel durante bastante tiempo y eso debera haberme convertido en un aliado natural de Csar pero, cuando intent establecer una verdadera asociacin con l. se limit a desairarme con una arrogancia brutal. Me vi rechazado, tratado con desprecio, y eso me condujo a los brazos del partido senatorial y a una alianza con los viejos aristcratas. Al menos, sta fue la idea que se propag. Y todo el mundo, salvo un par de excepciones, se lo trag. Ms tarde, me distanci sutilmente de los viejos representantes de la aristocracia y me constru una fama conveniente y til de poltico romano recto, honrado e independiente que contaba con la confianza de todos los bandos. Pero la verdad era que toda la jugada desde el rechazo insultante de Csar, que haba sido completamente ficticio era un ingenioso engao. Lo cierto es que, a partir de ese momento, he sido un agente fiel y devoto de Csar entre los crculos polticos y sociales ms elevados de Roma y he utilizado mis dotes de observacin y de anlisis, nada despreciables, para mantener impecablemente informado a mi seor. Y durante todo este tiempo no he dejado de contribuir todos lo hemos hecho, aunque algunos sin saberlo, ja, ja! A nuestro objetivo final. Era todo un plan, Loliano. Llev mucho tiempo ponerlo en marcha y, si me permites decirlo, exigi una paciencia y una disciplina enormes por mi parte. Lo ms difcil fue la espera, aguardar el da en que podra despojarme del velo de mentiras y proclamar a todos m verdadera condicin de partidario de Csar. As pues, cuando por fin puse la trampa, todos cayeron en ella como una piara de jabales en estampida. Djame ver... Ms vino, Loliano? Por Jpiter que esta noche se me ha subido a la cabeza! Pues bien... Ah, s! Yo llevaba muy poco tiempo en el cargo cuando, como tal vez recuerdes, el Senado rechaz la propuesta de ley de

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Csar que habra otorgado tierras a los veteranos de Pompeyo. Ese fue un momento muy delicado, amigo mo; delicado y difcil porque, mientras en pblico me mostraba ferviente defensor de la propuesta, entre bastidores trabajaba con empeo en asegurar su rechazo. Y a esos idiotas conservadores les encant que lo hiciera porque, como es lgico, estaban en contra de la ley. No se dieron cuenta de que, naturalmente, con ello no hacia otra cosa que avivar el fuego contra ellos. Ms adelante, defend la aprobacin de una ley para la reparacin de una carretera, pero nadie quiso asumir el coste y por ello el Senado, como era de esperar, deneg la propuesta. Ello me proporcion la primera buena excusa para mostrarme verdaderamente irritado con aquellos aristcratas, estpidos y seniles. Porque, veamos, quin vota contra una ley para la reparacin de una carretera? A continuacin, present la ley de intercalacin habitual, la que se aprobaba cada dos aos para introducir un mes extra en el calendario. Y, de repente, me encontr con que todos aquellos vejestorios conservadores replicaban a coro: Oh, no! No puedes hacerlo; eso slo retrasara el trmino del mandato de Csar. Por supuesto que lo retrasara, tambin, pero oponerse a la ley colocara a aquellas antiguallas en una situacin censurable... y en una posicin sumamente impopular. Pues bien, esos viejos estpidos la rechazaron! Te lo imaginas? Todo el calendario queda desordenado porque a ellos les preocupa que Csar pueda ostentar su poder unas cuantas semanas ms. Despus de este incidente empec a insinuar en algunas conversaciones que ya estaba realmente harto, y fue entonces cuando Catn y un puado de senadores, los ms astutos, empezaron a sospechar alguna maniobra. Aaaj...!. En aquel punto, Livinio, Curio interrumpi su relato, eruct, volvi la cabeza a un lado y vomit en el suelo. Despus, me mir de nuevo, coloc su rostro (con el hedor a vmito incluido) muy cerca del mo y continu hablando atropelladamente: Eres un joven atractivo y encantador, Loliano, lo sabas? Eres aplicado, sensato... Seguro que prosperars. Un joven atractivo y encantador como t... Haba otro, uno de esos que trabajaban para m..., un joven muy guapo..., un muchacho perfecto. Ah, cunto lo deseaba! Habra sido tan delicioso..., pero nunca consegu seducirlo. Marco Antonio, en cambio, s. Esa sabandija siempre se sale con la suya, tarde o temprano! En fin... Por dnde iba? ;Ah, s! Catn se oli alguna trampa, pero incluso eso fue perfecto, porque el plan dependa de que unos cuantos de ellos empezaran a caer en la cuenta. Mientras tanto, yo continuaba emitiendo seales contradictorias, alimentando su confusin mientras proclamaba en pblico estar firmemente dedicado al mantenimiento de un equilibrio perfecto entre Csar y Pompeyo. Y no import que las elecciones especiales de aquel vera no fueran contrarias a Csar y que los dos consulados fueran ocupados por dos conservadores de la lnea dura, Lentulo y Marcelo. Finalmente, todo qued reducido a la cuestin de quin conservaba sus ejrcitos y quin disolva los suyos..., como en algn condenado juego de saln, no te parece, Loliano? Por supuesto, el Senado quera que Csar renunciara a sus tropas, pues era a l a quien tema. Y entonces alguien, slo por hacerse notar, propuso que fuera Pompeyo quien disolviera sus ejrcitos. Naturalmente, ambas propuestas fracasaron y entonces se produjo mi golpe de genio: me levant y plante juntarlas en una sola. Ordenemos que lo hagan los dos, dije. Y, por supuesto, la proposicin result irresistible. El Senado tena que aprobarla, o las turbas habran prendido fuego a media ciudad. Y as sucedi, por trescientos setenta votos a favor y slo veintids en contra. Fue entonces cuando Lentulo pronunci las famosas palabras Disfrutad de vuestra victoria y tened por amo a Csar!, Tras lo cual abandon a toda prisa la cmara del Senado y, junto con Marcelo, Catn y algunos otros, corri a casa de Pompeyo y le confiri todo un nuevo mando, con poderes para reclutar ejrcitos por todo el territorio de Italia. Fue un acto absoluta y totalmente ilegal e inconstitucional, sin la aprobacin del Senado ni el respaldo del pueblo! Como deca, cayeron en la trampa como ganado en estampida. Ante tal situacin, por qu no iba Csar a cruzar a Italia? Efectivamente, as lo hizo. Y ahora todo est saliendo perfectamente!. En este punto debo advertirte, Livinio, que todava no estoy seguro de alegrarme de que Curio me contara el resto. Pero una cosa s s, querido primo: si yo pude soportar orlo directamente de sus labios, seguro que t puedes soportar leerlo. Por lo tanto, contina adelante.., Hasta el amargo final de la historia. Tan perfectamente, Loliano, que si te quedas conmigo no te arrepentirs. Vers; cuando termine la guerra, voy a convertirme en el lugarteniente de Csar. No me crees? Fjate bien en lo que te digo: yo soy el aspirante al cargo favorito en el ejrcito de ese hombre. Que qu hay de... de quin? De Marco Antonio? Antonio est acabado, ya no cuenta, es un muerto ambulante. Ahora mismo, Csar ya est harto de l, y con lo que se va a saber ms adelante... En fin, espera y vers. Que de qu se trata? Bueno, es un asunto muy escandaloso, eso puedo asegurrtelo, Loliano. Y por los dioses que acabar de una vez por todas con ese sinvergenza. Y cunto voy a celebrarlo! Mientras lo deca, Curio descarg con fuerza el puo diestro sobre la palma abierta de la otra mano. Marco Antonio! Siempre el ms valiente, el ms rpido, el ms fuerte, el ms astuto. Pero si es un idiota, maldita sea! Y hace falta algo ms que unos hombros anchos, un pecho recio y un buen paquete para gobernar Roma, te lo aseguro. Yo me ocupar de que as sea; ya me he ocupado, de hecho. Cmo? Ah, bien...! Qu es eso? Ms vino? Acaso quieres emborracharme, Loliano? Si, s, lo s: ya estoy borracho. Y apesto. Bien..., veo que eres un tipo de mi calaa, Loliano, pero contndote el resto de la historia pongo mi vida en tus manos. En fin, vers, cuando termine la guerra, Marco Antonio ser acusado de asesinato. De cinco asesinatos, para ser exacto. Cinco muertes a cul ms escandalosa: tres de ellas, las de Fabio Vibulano, Flaco Valerio y Lucio Flavio Severo, incluyeron actos de

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sodoma y las otras dos, la de la novia de Fabio, Avidia Crispina, y la de un esclavo llamado Laertes, fueron ms o menos consecuencia de las tres primeras. En cualquier caso, el escndalo acabar con l... y todo gracias a tu seguro servidor, a tu astuto comandante, Cayo Escribonio Curio. Qu suceder? Marco Antonio ser condenado a muerte? Eso lo dudo. Al fin y al cabo, salvo un pedazo de ceidor plateado de un portero y un montn de circunstancias que con frecuencia resultan intrigantes y en ocasiones incluso convincentes, la verdad es que existen muy pocas pruebas contra l. Pero cmo iba a haberlas, Loliano, si no fue Marco Antonio quien cometi esos crmenes? Fui yo. O, para ser ms preciso, yo los planifiqu y orden llevarlos a cabo pues, naturalmente, no toqu un arma ni comet ningn acto de violencia con mis propias manos. Me limit a contratar a un hombre que lo hiciera y debo reconocer que realiz su trabajo con gran pericia. Unas pualadas rpidas y profundas, unos cuellos rotos con destreza, un toque de... Cmo lo describan los mdicos? Ah, s!: inflamacin en torno a la abertura de las nalgas. Curiosa manera de decirlo, no? Y lo ms sorprendente es que ese asesino no era ms que un esclavo, un ex portero llamado Telefo. Todo un personaje, realmente, ese hijo de perra grandulln, calvo y repulsivo. Pero, como deca, hizo un trabajo excelente. Quieres saber por qu lo hice, Loliano? Porque es preciso eliminar a Marco Antonio. Porque Roma no puede permitirse a tales degenerados en los puestos ms altos del poder. Adems, Antonio es estpido y yo soy brillante, de modo que soy el mejor. Curio se ech hacia atrs en su asiento con la mirada sin brillo, sumido durante un rato en sus pensamientos. Por fin, volvi a descargar el puo sobre la palma de la mano. Y, adems de todo eso, le dije a ese estpido bastardo que no se acercara a ese atractivo muchacho, a ese Livinio Severo. Le advert que era mo, que se alejara de l. Pero, por supuesto, no me hizo caso. Tena que tenerlo l, no? Muy bien, ahora ver qu le sucede a la gente que hace caso omiso de los deseos de Cayo Escribonio Curio. Apur otro vaso de vino lleno hasta el borde, se inclin sobre la mesa hasta apoyar la cabeza sobre la mano izquierda y se ech a llorar. Ah, siempre te recordar, Livinio! Por qu tuviste que irte?. Bien, querido primo, no es preciso decir que sus palabras me dejaron mudo de desconcierto, pero te alegrar saber que guard la compostura durante toda su explicacin. Por fortuna, esto es prcticamente todo lo que tu viejo mentor tena que decir y sin duda estars de acuerdo conmigo en que es ms que suficiente. De todos modos, le hice una ltima pregunta, con toda la astucia de que fui capaz: Y qu fue de ese esclavo, ese... Cmo has dicho que se llamaba? Telefo?. Pero Curio se limit a mover la cabeza con una sonrisa ebria. Tampoco es preciso mencionar lo siguiente, pero lo har de todos modos: ahora me he hecho intimsimo amigo de ese hombre y muy pronto voy a emprender la adecuada accin contra l. Pero me propongo meditar un poco ms sobre ello, porque quiero que reciba un castigo ejemplar. Quiz lo engae respecto a alguna batalla o quiz altere algn informe de nuestros espas..., aunque s hago esto ltimo cabe siempre la posibilidad de que termine acompandole camino del cadalso. Pero si es necesario hacerlo, sea, porque mi pequea existencia es un precio razonable por librar al mundo de gente como Curio. Por ahora, Livinio, te deseo como siempre buena suerte en todo lo que emprendas y quedo de ti tu fiel amigo y querido primo, Avito Loliano Fino Dejo la carta a un lado y advierto que una vez ms, en este da largo y terrible, tengo la cara baada en lgrimas. Ah, Loliano! Me digo Ah, Lucio Flavio! De nuevo, escucho unos ruidos speros en el exterior de la pequea antesala. Esta vez me levanto y me acerco a la puerta. Marco Antonio vuelve a estar en plena rabieta, pero Augusto, de algn modo, se impone en la discusin tiene que hacerse... oigo decir a Antonio. Ni la menor posibilidad... responde Augusto. Todava de pie junto a ellos est ese hombre, Telefo, con el rostro inexpresivo y su calva cabeza reluciente como siempre bajo la luz vacilante de la lmpara. Lo observo los observo a todos con una extraa sensacin de entumecimiento en mi interior, como silos pocos pasos que hay entre ellos y yo fueran todo un mundo de distancia, y me noto impotente para hacer nada contra ninguno de ellos. Es, pues, a raz de esta sensacin o de la falta de ella, que veo por primera vez la que podra ser la solucin clara y sencilla a mi problema. Al principio la advierto sin pensar. La veo y desvo la mirada, luego la vuelvo a fijar y, de pronto, no puedo apartar los ojos. La contemplo unos cuantos minutos hasta comprender por fin que, definitivamente, es una solucin y entonces reflexiono durante la ms breve fraccin de tiempo imaginable, durante el instante ms fugaz. A continuacin, me pongo en accin. La cosa, el objeto que he estado observando, se encuentra en la mano zurda de Augusto, quien la sostiene muy descuidadamente, colgando entre sus dedos junto al costado, donde cualquiera puede alcanzarla. Es la daga de Augusto. Calculo rpidamente que puedo cubrir la distancia que me separa de Augusto en unas cinco zancadas. Entonces, lo hago; efecto mi movimiento: me abalanzo sobre l, agarro el arma, la levanto y me permito una brevsima mirada a los ojos de Telefo, aturdidos y empaados. Y entonces hundo la hoja en su estmago con toda la fuerza

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de que soy capaz. Muevo la daga y abro una gran raja a lo ancho de su cintura. Despus, extraigo la hoja de un tirn. La piel se abre y las entraas de Telefo rebosan por la abertura mientras el hombre cae al suelo. No deja de lanzar alaridos y ya est casi muerto; sin duda, no alcanza a entenderme, pero no puedo resistir el impulso. Me inclino junto a l y le grito: T asesinaste a mi primo. Luego, para completar el asunto, le rebano la garganta. Me incorporo y dejo caer la daga. Hay sangre por todas partes, mucha de ella encima de m. Antonio y Augusto me contemplan con expresiones de asombro en sus rostros. Entonces veo, lo juro, cmo Antonio dirige una breve mirada a hurtadillas hacia Augusto y, sin ms palabras o gestos, da meda vuelta sobre sus talones y abandona la casa. Lo siguiente que recuerdo es haber despertado en una alcoba extraa, pero me siento vagamente tranquilizado por la luz del amanecer y el canto de los pjaros. Despus, incluso me siento seguro cuando me asomo a la ventana y me doy cuenta de que todava estoy en la antigua casa de Cicern. Y entonces recuerdo la noche anterior y todo el da que la precedi y, de pronto, noto un temblor terrible en el estmago y me asomo por la ventana y devuelvo. Me siento algo mejor, pero no puedo quedarme sentado porque, tan pronto lo hago, me pongo a temblar y a vomitar otra vez. Salgo al pasillo y, naturalmente, hay un centinela apostado junto a la entrada. Buenos das, seor; espero que se sienta mejor dice. Es uno de esos guardias corpulentos que me escoltaron hasta esta casa ayer por la maana, y me produce la impresin de que su amistoso saludo resulta casi cmico. Oh! Bien, s, yo... Muy bien, seor, excelente. Entonces, s todo va bien, seor..., es decir, si se siente con nimos, Augusto querra verlo ahora. Hay tantas cosas que podra responder a eso me digo. Tantas expresiones faciales que podra adoptar. Pero, a estas alturas, qu objeto tendra, despus de todo? As pues, asiento en silencio y el centinela me conduce escaleras abajo; cruzamos el patio y me dirige a una salita trasera que Augusto ha habilitado como despacho provisional. El guardia me anuncia, pero el adolescente gobernante, sentado en un taburete alto junto a la mesa de trabajo y de espaldas a la puerta, est enfrascado en revolver papeles y no se molesta en levantar la vista. Se limita a gruir y mueve la mano, ante lo cual el centinela se retira de la sala en silencio. Me quedo all esperando, pero slo unos instantes. Por alguna razn, vuelvo a experimentar esa extraa sensacin de seguridad y proteccin. En realidad, esta vez va ms all: me siento decididamente valiente. A qu se debe? Es porque anoche mat a un hombre y esta maana an sigo vivo? O acaso me he resignado a ser otra vctima de estos terribles nuevos reyes de Roma? No estar, sencillamente, demasiado cansado como para preocuparme de lo que me pueda suceder.., A m o a nadie? Sea cual sea la razn, echo una ojeada a la estancia, distingo el mullido sof de aspecto comodsimo y, sin esperar siguiera la menor seal de reconocimiento por parte del atareado Augusto, me acerco al mueble, me recuesto en l y efecto una pequea exhibicin de estiramientos con toda despreocupacin. Sois un hombre terrible, Augusto le digo y, dada mi escasa visin de su semblante, apenas alcanzo a apreciar un breve asomo de sonrisa en la comisura izquierda de sus labios. Oh, vamos! Exclamo. Acaso no merece un poco de cortesa, cierto trato privilegiado, el hombre al que vais a matar? Dejad esos papeles un momento y pongamos fin a este asunto. Augusto deja de escribir y de revolver y levanta la cabeza lentamente. Matarte, Livnio? Pregunta, todava de espaldas a m. Despus, por fin, se vuelve muy despacio hasta mirarme cara a cara. De dnde diablos has sacado esa idea? Nadie va a matarte, si yo tengo algo que decir en ello. De hecho, si tengo algo que decir al respecto (y espero tener muchas cosas que decir acerca de casi todo, a partir de ahora), vas a vivir muchsimos aos. De pronto, me entran ganas de vomitar otra vez pero decido que, muy probablemente, no es una buena idea, de modo que me contengo. Intento mirar directamente al joven gobernante, pero en este momento en concreto me resulta sumamente difcil hacerlo. Cuando le dirijo la palabra, olvido el tratamiento: Por favor, Augusto, creo que ya he pasado suficientes penalidades, as que hazme el favor de ahorrarme esta estpida conversacin! Exclamo. Despus, tras un gesto de exasperacin con la cabeza, contino hablando en un tono mucho ms calmado: T diste muerte a mi primo, Junio Barnabs, en mi propia presencia. Y despus le arrancaste los ojos de las rbitas. Y, ahora que lo pienso, probablemente ordenaste tambin el asesinato de m otro primo, Claudio Barnabs, me equivoco? No, no te equivocas. Entonces, qu debo pensar? Por qu debo creer que tienes otros planes menos terribles para m? As pues, Augusto, concdeme un favor: permteme tener un ltimo momento con mi esposa, promteme que ella no sufrir ningn dao, e incluso te ahorrar algunos problemas y me clavar la daga yo mismo. Pero no sigas jugando conmigo; de veras que no lo soporto!

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Augusto se reclina en su asiento, sonre y de sus labios escapa una risotada. No lo har, Livinio, te lo prometo. No voy a matarte ni a enviar a nadie para que lo haga. Tampoco permitir que nadie acabe contigo aunque lo desee, y te informo de que hay alguien que arde en deseos de hacerlo. Se trata de Marco Antonio; est impaciente por borrarte de la existencia. Al menos, lo estaba hasta anoche. Pero ahora... En fin, ahora parece haber cambiado de idea. Augusto se incorpora, se dirige a un pequeo aparador situado en el otro extremo de la sala y saca una jarra de vino y dos vasos. Despus se acerca de nuevo, toma asiento a m lado en el borde del divn y me ofrece un sorbo. No, gracias... empiezo a decir con un gesto de cabeza pero, de repente, cambio de idea. Bien, por qu no? Rectifico y me digo a m mismo que, si todo lo dems se ha desquiciado, por qu rechazar un trago antes del desayuno? El joven gobernante vierte el lquido en las copas hasta llenarlas por la mitad y toma un pequeo sorbo; yo lo imito al principio pero, al cabo de un momento, cambio de idea otra vez y engullo de un trago casi todo lo que queda en la ma. Mira, Livinio, s que has visto algunas cosas terribles aqu. S que has sufrido. S que te parezco... te parezco... ...un monstruo termino la frase por l. Un jodido monstruo. De repente, m voz suena tan estentrea que dos centinelas entran apresuradamente, pero Augusto los despide con un gesto. No sucede nada les dice, pero los dos hombres siguen observndome agresivamente y echan una minuciosa ojeada a la estancia antes de abandonarla con paso lento. Si, un verdadero monstruo murmura Augusto con un hondo suspiro. Ya lo s. Se detiene, hace una profunda inspiracin y apura su copa. Despus, vuelve a llenar las dos, esta vez hasta el borde. S, s que produzco esa impresin contina. S que ests pensando en... en lo terribles que son las cosas... Hace una nueva pausa y su mirada se pierde en el vaco. Pero, t mismo lo has dicho, parezco eso. Y es verdad, lo reconozco: parezco un monstruo. Pero no lo soy, te lo prometo; en realidad, no lo soy. Hace otro alto, mueve la cabeza y sonre. Dioses!, Todo esto resulta pattico, no? Y suelta una abierta carcajada. Escucha... Corta la risotada, carraspea y prosigue: Mira, s que han sucedido muchas cosas terribles y, a decir ver dad, me temo que habr muchas ms. Pero..., finalmente, las cosas mejorarn. Te lo prometo. Y t..., bueno, t estars aqu para verlo. S que estars porque trabajars para m. Y trabajars para m porque voy a necesitarte, Livinio; a ti y a otros como t. Al fin y al cabo, no podemos acabar con todos los hombres probos y esperar cumplir el trabajo que nos han adjudicado los dioses. La tarea de dirigir el mundo. Necesitar... Roma necesitar hombres de tu inteligencia, valor, integridad y nimo. Necesitaremos hombres capaces de desafiar, de innovar y de realizar mejoras y que, adems, estn dispuestos a perfeccionar esas mejoras y sean capaces de hacerlo. Desde luego, como deca, no ser ahora mismo y... En fin, probablemente tendrs que permanecer en un segundo plano durante una temporada... Qu? Oh!, Hay varias alternativas. Si te apetece, tengo una villa bastante agradable en Capri. Puedo conseguirte cuanto necesites: una muchacha distinta para cada hora del da, si as lo quieres. O muchachos, si tienes esas preferencias; en eso soy liberal. No seas ridculo. Yo nunca... Est bien, no es necesario que te enfurezcas. Llvate a tu esposa, si quieres. A m me da igual. Slo te estoy presentando las opciones. Y entonces, transcurrido un ao ms o menos, te hago volver discretamente y te nombro para un puesto secundario en la tesorera o en la construccin de carreteras. Todo puede arreglarse. Todo es tan flexible y tan... emocionante. Ante nosotros se abren todas las posibilidades, Livinio. Todo un nuevo mundo que construir y dirigir, un mundo gobernado por una Roma justa y poderosa, un mundo en el que..., bien, en el que no haya lugar para episodios como los que ltimamente has podido... hemos podido todos presenciar en terrible exceso. Augusto se detiene por fin y me observa, y yo lo miro con un sentimiento de perplejidad: ese carnicero, ese muchacho cruel y vido de poder, habla de pronto de un magnfico mundo nuevo de justicia y equidad. Un mundo en el que yo trabajo para l. Todo esto es, creo, demasiado absurdo como para contar con alguna posibilidad seria de xito. O tal vez no? Estudio a m interlocutor: observo sus ojos pardos, grandes y penetrantes, su mandbula encajada, todo su rostro encendido de... de qu? Determinacin? Sinceridad? Es posible que hable en serio? Me extraa pero, poco a poco, me doy cuenta de que muy en el fondo de mi mente deseo creerlo. Y entonces advierto con un sobresalto que empiezo a hacerlo, porque las cosas que dice y su manera de decirlas me empujan a desear creerlas. Bien, Augusto, lo que dices suena muy bien, pero todo lo que ha sucedido aqu... Y ahora me dices que tengo que partir al exilio durante un ao? Hay algo que haya entendido mal? Hay algo ms que an no me hayas

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contado? Augusto emite un leve gruido, escancia ms vino para los dos, se pone en pe y deambula en pequeos crculos por la estancia. Todo es... parte del precio, Livnio declara, mirndome a los ojos. Apura otra copa de un solo trago y se apoya en su banco de trabajo. El precio? S, Livnio. Por conservar la vida. Sonre, aunque sin muestras de placer, y mueve la cabeza cansinamente. Marco Antonio quera matarte, sabes? En realidad, quera matar a todo el que tena algo que ver con ese informe tuyo o conoca su existencia. Entre ellos, por supuesto, los hermanos Barnabs. Y t mismo, claro. Pero a ti no se te poda matar. Por qu no? Espera un poco responde y levanta la mano en gesto apaciguador. De modo que el precio no hacia ms que subir. Haz que traigan aqu a Livinio, insisti Antonio y yo acced. Bien, haz que maten a su primo, Claudio Barnabs, y que dejen el cuerpo en mitad de la calle para que Livinio lo vea mientras viene hacia aqu, indica entonces Antonio y se re mientras lo dice. Yo accedo a lo que propone y acto seguido, l aade: Augusto, tienes que matar a Junio Barnabs t mismo, con tus propias manos, y tienes que hacerlo delante de l, refirindose a ti. Como puedes imaginar, me resist a ello durante un tiempo, pero este tipo de maniobras no es nuevo para m, Livinio, y no fingir lo contrario; estoy seguro de que habrs odo lo que se cuenta por ah. As pues, termin por acceder. Entonces, l me dice: Y qu hay de Telefo? l tambin debe de conocer la existencia del informe. Adems, fue la mano ejecutora de todas esas muertes y, en cualquier caso, slo es un ex esclavo. Yo casi no poda dar crdito a lo que oa, pues haba sido Telefo quien le haba ayudado a salvar el cuello al volver a comprar el ejemplar de ese otro informe, el de tu primo Lucio, que tenia tu padre. Adems, dudo de que el pobre Telefo supiera siquiera lo que haba en el informe, en ninguno de ellos, o de que se hubiera dado cuenta de que las muertes que estaba cometiendo por encargo de Curio fueran a ser utilizadas contra Antonio. En cualquier caso, acced tambin a lo de Telefo; pero entonces a Antonio se le ocurri esta absurda escena teatral que anoche representaste tan esplndidamente para su disfrute. Parpadeo con desconcierto y luego, mientras lo miro fijamente, comprendo a qu se refiere. Empuabas la daga de esa manera deliberadamente! Queras que te la arrebatara! Inclina la cabeza hacia delante en un gesto de asentimiento y yo sacudo la ma, aturdido. Qu raro aado. Los dos parecais tan... sorprendidos. Bien, no creo que uno llegue a acostumbrarse nunca a ver matar a alguien de esa manera. Adems, supongo que estaba asombrado de que un plan tan idiota diera resultado; no pensaba que mordieras el cebo. Respecto a Antonio, creo que por un momento tuvo miedo de que volvieras la daga contra l. Tan pronto como la dejaste caer, dio la jornada por concluida y se limit a marcharse a dondequiera que vaya a celebrar sus juergas. Vuelvo a mover la cabeza y consigo esbozar una sonrisa. Por Jpiter, sois los dos tan repugnantes! Mascull. Tengo que consentir, tengo que hacer todas estas cosas, es cierto! Exclama. Es la primera vez que consigo provocarle un poco de autntica clera. Y la situacin an se har peor antes de que empiece a mejorar prosigue. Pero te juro que lo har. Y la vida ser mejor de lo que has soado jams, mejor que cualquier cosa que la vieja Repblica hubiese podido imaginar. As que la Repblica no volver... murmuro. Augusto baja la mirada un momento, pero vuelve a levantarla enseguida. Exacto dice en voz muy baja. El viejo rgimen ha cado definitivamente. Hum... Esta vez, soy yo quien aparta la mirada. Pero todava no me has dicho... Por qu no se te poda matar? Ya... En realidad, es muy sencillo. Es una promesa que mi to abuelo, Julio Csar, le hizo a tu suegro... A Avidio? Exclamo y, de pronto, recuerdo esa noche larga y oscura de hace tantos aos, cuando Loliano y yo nos escondimos en la tienda de Csar ante las puertas de Rvena. S, Victorino Avidio. A tu suegro le alarmaba el caso de asesinato que investigabas, pues saba lo engaoso que poda resultar Curio y no quera que te vieras.., Enredado. As pues, proporcion a mi to abuelo cen millones de sestercios, y el soborno a Curio se pag directamente de esa suma. Y, por cierto, no eran diez millones, sino sesenta. Por todos los dioses! Exclamo otra vez. A cambio, Julio Csar le dio su solemne palabra de que no os sucedera nada a ti y a tu familia inmediata. Incluso aadi un codicilo al respecto en el testamento que me leg y me propongo mantener esa promesa, sobre todo porque estoy legalmente obligado a ello. Y, por cierto, Csar dej muy claro a quin abarcaba la inmunidad: a ti, a tu esposa, a tus padres y a los hijos que puedas tener. Tus primos, lamento decirlo, no estaban protegidos.

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Aparto la mirada, pensativo y abatido. Augusto, me parece advertir, hace otro tanto. Al cabo de un rato, se hace servir un desayuno de huevos escalfados, espinacas y ostras troceadas. Yo pido lo mismo. Mientras comemos, volvemos con calma sobre algunas de las cuestiones tratadas. Le pregunto s est seguro de que eran sesenta millones. Rotundamente afirma. Pero, para qu necesitara Curio tal cantidad? Insisto. Qu hizo con el dinero? Bien explica Augusto con tono paciente, una parte considerable la dedic a saldar deudas del esplndido funeral que ofreci a su padre hace algunos aos. Pero tambin estaba su ritmo de vida. Esa existencia refinada y muelle que le gustaba llevar cuesta mucho de mantener, sabes? Terminamos de comer y salimos al patio. El cielo est cubierto; es una tpica maana de diciembre y sopla una brisa penetrante que me hace tiritar. Pero el viento no afecta a Augusto, que parece muy a gusto mientras paseamos ociosamente por el pequeo recinto hasta que, unos momentos ms tarde, el viejo cronometrador y su ayudante hacen acto de presencia y se dirigen hacia el reloj de arena. De improviso, Augusto se detiene y contempla al viejo y yo lo veo estremecerse de fro. La tercera hora, mis seores anuncia el cronometrador. Un momento despus, aparece un portero en el otro extremo del patio y se acerca a nosotros a la carrera. Jadeante, anuncia la llegada de unos despachos urgentes; de hecho, el correo, sin esperar a ser conducido y anunciado, asoma tras el portero casi pisndole los talones. Y aprecio que no es un correo normal: su rostro est surcado de profundas arrugas y su mirada es fra, metlica y llena de ceuda determinacin. Es muy alto y musculoso y lleva unas botas de combate con puntera de hierro que rascan ruidosamente al pisar sobre las baldosas; asimismo, est armado con una espada de soldado que cuelga a su costado con un tintineo imponente. Se acerca a Augusto, saluda con marcialidad y le presenta un rollo de papiro. Augusto devuelve el saludo, despide al emisario y el soldado correo da media vuelta y desaparece a paso ligero. Augusto espera un momento, con los ojos cerrados, como si intentara resolver un rompecabezas. Por fin, se encoge de hombros, rasga el sello del mensaje, lee el contenido y, al momento, rompe a llorar. Y las suyas no son lgrimas ligeras, de alegra; son sollozos profundos y sentidos que parecen salir de lo ms hondo de su ser. Luego, para m sorpresa, me tiende la misiva. Desenrollo el papiro y leo. Slo hay tres palabras, escritas en grandes maysculas, que dicen: CICERN HA MUERTO. Por los dioses! Murmuro y, con esto, los sollozos de Augusto se hacen todava ms audibles. El reloj, Livinio, no fue nunca para ti consigue articular. Despus, da media vuelta y entra de nuevo en la casa. Las lgrimas no brotan de mis ojos en esta ocasin y me doy cuenta de que estoy ms irritado que apenado. Y entonces se me ocurre que slo estoy irritado con Augusto. No tiene ningn derecho a llorarle me digo. l no lo conoci de verdad, ni siquiera le caa demasiado bien; probablemente, incluso ha contribuido a provocar su muerte. Contemplo el papiro de nuevo. Al pie del rollo, en letra mucho ms pequea, hay algo escrito: El procnsul de Roma, Marco Tulio Cicern, ha fallecido de muerte violenta en la segunda hora del sptimo da de diciembre de este ao 707 de la fundacin de Roma. Cuando leo esto, a solas en el jardn de la casa que fue de Cicern en la ciudad, la clera se disipa rpidamente y muy pronto tengo el rostro baado en lgrimas. Dnde sucedi? Pregunto. Es casi medioda y volvemos a estar en el pequeo despacho de Augusto, donde damos cuenta de otra ronda ms. Cerca de Brindisium, creo. Se detiene y sacude la cabeza con frustracin. Qu tonto ha sido. Su muerte era tan innecesaria... Yo tena agentes alrededor de l..., aunque l lo ignoraba, por supuesto. Y esos agentes no dejaban de repetirle: Embrcate y escapa a Africa o a Hispania, abandona Italia. Pero l desoy los consejos y lo fue retrasando hasta que, finalmente, lo han acorralado y le han dado muerte. Hace una pausa y la mirada empieza a nublrsele otra vez. Maldicin! Exclama, al tiempo que descarga el puo sobre la mesa contigua. Supongo que esto habr sido idea de Marco Antonio apunto. Esto..., vers..., yo lo he aprobado. No puedo eludir el sentimiento de culpabilidad, ni la vergenza, pero... Bueno, s, por supuesto que ha sido idea de Antonio! A causa del informe? Del informe, de las Filpicas, de todo: de la vida entera de Cicern. Comprndelo, Livinio; es como esa vez en que Curio le dijo a tu primo, Loliano, que Antonio tena que desaparecer. La idea es la misma. A Cicern se le haba acabado la cuerda; por lo menos, en opinin de los poderes fcticos. Ya no poda seguir vivo; no en la Roma de Marco Antonio y de su estimable compadre, tu seguro servidor.

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Por primera vez, tengo la impresin de estar viendo fugazmente una muestra de la notable personalidad de Augusto, una personalidad de tal complejidad, profundidad y astucia que resulta casi insondable. No s por qu, de repente vuelvo a pensar en el rollo, en el mensaje en letra menuda que anunciaba la hora de la muerte de Cicern. Entonces me asalta la idea: el bito se produjo el da anterior por la maana, precisamente a la hora en que me fijaba, por primera vez, en el inters con el que Augusto observaba al viejo cronometrador mientras ste daba la vuelta al reloj. De modo que conocas con esa precisin el momento de la muerte de Cicern! Me digo . Y ahora, en cambio, viertes lgrimas de conmocin y de pesar. Cundo decas la verdad? Ayer, cuando pronunciabas el nombre de Cicern casi como si escupieras, o ahora, cuando lo citas entre sollozos, lleno de indignacin? Y entonces me doy cuenta de que no lo s y, de hecho, nunca lo sabr con certeza. Nadie ni ahora, ni nunca podr discernir con seguridad lo que siente de verdad este joven desconcertante, aunque, desde luego, habr en el futuro muchos momentos como ste. Ahora mismo, por ejemplo, que sea capaz de hablar y de llorar con tan genuino sentimiento por un hombre al que, al menos indirectamente, ha colaborado a asesinar... Y, sobre todo, reconocer esta complicidad.., y poder seguir viviendo consigo mismo. Que sea capaz de actuar as escapa a mi comprensin, os lo aseguro! Pero luego me digo de nuevo a m mismo que tal vez las cosas son ms sencillas de lo que pienso. Quiz slo suceda que Augusto posee la personalidad del perfecto poltico. O acaso no se precisa ni siquiera la astucia de un poltico para que uno le d la vuelta a un hecho en la cabeza de manera tan completa? Acaso es algo de lo que casi todo el mundo puede ser capaz bajo determinadas circunstancias? Por ejemplo, una situacin en la que uno puede llegar a encontrarse charlando amigablemente con el mismo hombre que un da antes ha dado muerte a tu primo ante tus propios ojos. En cualquier caso me digo, Augusto ha mencionado un tema en el que me gustara profundizar. Hablando de Loliano, no me has dicho cmo te hiciste con su carta. No lo s responde Augusto, casi ausente. Cmo dices? Mi tono es severo, exigente, y consigo de inmediato su atencin. Disculpa, Livinio, tena la cabeza en otra parte. Me refiero a que encontr la carta entre los papeles privados de m to, pero no tengo la menor idea de cmo lleg ah. Evidentemente, fue interceptada de alguna manera, pero no tengo idea de cundo, cmo o por quin. Entre los papeles de tu to. Te refieres a los documentos privados de Julio Csar? Exactamente. Y no crees que, con anterioridad, estuviera en poder de Marco Antonio, verdad? Pregunto. Es decir, crees que es autntico, no? Pues ca...! Es decir, a qu te refieres? Que Antonio podra haberla falsificado para salir bien librado de sus crmenes? Por Jpiter, no lo haba pensado! Pero t crees que es autntica, no, Livinio? Bueno.., Supongo que s respondo. A estas alturas, no puedo evitar una leve sonrisa pero contino: El estilo parece el de mi primo y est escrita de su puo y letra, pero... Me encojo de hombros y dejo la frase en el aire. Vuelvo la cabeza y veo que Augusto me observa, aunque l tambin muestra una sonrisilla. Ah! Ya veo. Tratas de jugar un poco conmigo murmura con una corta carcajada burlona que suena extraamente forzada. Bien. Muy bien! Eso demuestra que vas aprendiendo, Livinio. Si, Augusto asiento a sus palabras. Voy aprendiendo. Siempre he aprendido deprisa, cuando descubro que tengo ante m algo nuevo que merece el esfuerzo. Es media tarde cuando nos despedimos. Hemos deambulado por la casa y en este momento estamos junto a la entrada del atrio, en el umbral mismo de la puerta principal de la casa. Me he tomado la libertad de hacer traer a tu esposa me dice Augusto con una sonrisa. Est fuera, esperndote. Ah, Fulvia, qu magnifico que se haya acordado de ella! Y qu agradable sorpresa que est aqu. Recuerda contina Augusto, partes hacia Capri pasado maana. Y no te preocupes tanto, Livinio. Confa en m. Al final, todo saldr bien. Vuelvo las palmas de las manos hacia arriba en un gesto de resignacin, como si dijera: Ocurra lo que ocurra, estoy preparado para afrontarlo. Despus, salgo a la luz brumosa de esta tarde romana del mes de diciembre y me acomodo en la litera en la que mi esposa me espera, ya preparada, con un beso y una lgrima y una hermosa sonrisa.

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Eplogo Han transcurrido ms de cuarenta aos desde el da en que dej a Augusto a la puerta de la antigua casa romana de Cicern. Y, aunque no puedo decir que acertara por completo en todos sus pronsticos, la mayora de ellos se ha cumplido casi al pie de la letra. Y sera difcil sealar una sola cosa en la que se haya equivocado de medio a medio. Fulvia y yo permanecimos en Capri casi dos aos hasta que Augusto cumpli la primera parte de su promesa y nos trajo de vuelta a Roma. Incluso entonces, languidecimos en las sombras durante varios aos ms, hasta que las disensiones entre Augusto y Marco Antonio se hicieron ms y ms profundas y, finalmente, salieron a la luz. Fue entonces cuando mi estrella empez a brillar de verdad. Augusto me coloc a su lado en los puestos de mando ms destacados hasta que, por ltimo, particip con l en la batalla de Actium, donde barrimos de los mares a Marco Antonio y Cleopatra. Luego, los perseguimos hasta Alejandra pero, como todo el mundo sabe, llegamos unas horas demasiado tarde: los amantes se haban suicidado antes de que pudiramos tener el placer de ayudarlos en su plan de darse muerte. Cuando esto sucedi, ya hacia doce aos de la muerte de Julio Csar. Todo este tiempo haba necesitado su astuto sobrinonieto para consolidar su dominio sobre el mundo romano y durante este periodo se haba cometido, por decirlo con suavidad, un nmero considerable de atrocidades por parte de todos los implicados. Esta haba sido otra promesa ms que Augusto haba mantenido. Pero entonces cumpli tambin otra. Una vez hubo conseguido el mando nico, todos los horrores terminaron. El muchacho cogobernante, vengativo y hosco, que haba aterrorizado al mundo con sus crueldades durante tanto tiempo, daba paso ahora al joven admirable que un da, haca tanto tiempo, yo haba tenido el privilegio de ver fugazmente en el jardn de Cicern. De hecho, cinco aos ms tarde, el muchacho ya era conocido a lo largo y ancho de Roma como Augusto el Grande y el Bueno. No s si Cicern habra aprobado tal ttulo. Dudo que le hubiera calificado jams de bueno, al menos en el autntico sentido en que empleaban la palabra los estoicos, pues Augusto segua siendo, en el fondo, un poltico hbil, engaoso y, en ltimo trmino, tirnico. Pero sus impulsos eran buenos. Augusto saba sobrevivir y comprendi con asombrosa claridad que, para lograrlo y evitar el final sangriento de la mayora de los dspotas, Roma tena no slo que sobrevivir, sino tambin que prosperar. Y para que Roma prosperara necesitaba contar con un Gobierno duradero y estable. Y esto ha sido lo que le ha proporcionado Augusto; en esto ha trabajado todo este tiempo: en la elaboracin de todo un nuevo sistema legal y constitucional. Otra de las promesas que ha mantenido es que la Repblica no sera restaurada. Roma, segn l, poda pasarse sin ella. Y debo confesar que as parece ser, hasta este momento. En cuanto a m, igual que mantuve mi promesa a Lucio Flavio, Augusto cumpli la que me hizo a m: he vivido mucho tiempo y, ms an, he dedicado todos estos aos al servicio del Estado.., y, me guste o no, esto ha significado estar al servicio de Augusto. Quin lo habra credo posible, a la vista de todo lo sucedido? Sin embargo, he aprendido que la supervivencia exige, con frecuencia, una profunda aceptacin de lo increble. En fin, no es preciso que subraye que ahora soy un anciano. Fulvia ha seguido siendo mi dedicada esposa y compaera todos estos aos y todava me cuida con una ternura especial que me deja sin palabras, mudo de amor y de gratitud. Nunca ms he vuelto a emborracharme (gracias a los dioses). Sin embargo (o tal vez a causa de ello), hemos tenido un total de siete hijos, tres de los cuales un varn y dos mujeres han sobrevivido hasta la edad adulta, loados sean los dioses. De hecho, hoy tenemos varios nietos alborotando por la casa, aunque reconozco que a veces me olvido de cuntos son. S, si, las cosas se me empiezan a ir de la cabeza y sta es la razn de que, hace ms o menos un ao, me retirara de la vida pblica (aunque todava guardo en reserva un par de jugadas y un par de historias que contar). Como la de cierto famoso poeta enviado al exilio por saber demasiado. Pero, naturalmente, todo esto queda para otra ocasin. Qu ms? Dejadme ver... Finalmente, me reconcili con mi padre, que pas sus ltimos das en una bruma, relativamente pacfica, de vino y de aguamiel tibia. Una vez concluidas todas las disputas por el poder, mi admirable suegro vivi todava otros veinte aos, hasta alcanzar la venerable edad de setenta y siete aos. Durante todo este tiempo, l y yo no mencionamos jams aquel extraordinario pago de proteccin a Julio Csar que me haba salvado la vida. Qu ha sido de Augusto? Naturalmente, ya empieza a estar entrado en aos, aunque no tanto como yo. En realidad, sigue gobernando y an domina todas las riendas del poder y, segn me han comentado, no da la menor muestra de aflojarlas en lo ms mnimo. En cuanto a Cayo Escribonio Curio, an lo recuerdo perfectamente y todava pienso en l de vez en cuando. Me pregunto adnde habra llegado, de haber vivido. Al fin y al cabo, Curio era tan brillante y prometedor como el que ms entre los jvenes romanos de su poca y ahora, al volver la vista atrs a travs de los aos, hoy puedo decir que los horrores que cometi no fueron peores que los llevados a cabo por tantos otros.

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Pero cul habra sido su papel ltimo en Roma, de haber vivido? Habra sido otro Antonio, cruel y degenerado y carente de un autntico proyecto .de gobierno? O habra sido ms parecido a Augusto, en cuyo interior haba lo suficiente de autntico hombre de Estado como para saber dominar sus impulsos menos nobles? En cualquier caso, no resulta ftil toda comparacin de esa clase? No debera Curio ser juzgado por sus propios mritos? Y si as fuera, cabria preguntar: y si prefera no fiarse nunca en exceso de la pura inteligencia, por su propio bien? Y acaso no se habra pasado de listo, tarde o temprano, en algn otro tema o en algn otro campo de batalla, militar o no (con o sin la ayuda de mi primo), y se habra encontrado atrapado sin remedio por su propio esplendor letal? Si as fuera, mejor le ha ido a Roma sin su presencia, pues habra podido muy bien conducirnos a todos al abismo. Si eso no sucedi fue, sencillamente, porque no poda suceder. Porque esto es Roma y, al igual que los hombres que la levantaron, Roma fue proyectada para sobrevivir, por encima de todo.

Ultlogo Aproximadamente cuarenta aos despus de donde termina nuestro relato (unos treinta despus de la muerte de Augusto), el poeta romano Lucano publicaba su Historia de las guerras civiles romanas. En ella elogiaba el encanto personal, la visible brillantez y la indudable valenta en el campo de batalla que mostraba un tal Cayo Escribonio Curio. Con todo, a la conclusin de su semblanza, Lucano no pudo pasar por alto la abrumadora presencia dominante de sus terribles defectos: Roma nunca tuvo en su seno a un ciudadano ms prometedor y a quien ms debiera la Constitucin que Curio, mientras se mantuvo en el recto camino. Pero lleg el momento en que la corrupcin de la poca demostr ser fatal para el Estado, en que el apego al cargo, a la pompa y al poder de la riqueza, siempre de temer, anegaron la mente vacilante de Curio como una inundacin. Y fue este cambio en Curio, instigado por los saqueos y el oro de Csar, lo que modific el curso de la historia. Aunque el poderoso Sila, el feroz Mario y toda la estirpe de Csar, salpicada de sangre, se arrogaron el poder para utilizar la espada contra nuestras gargantas a ninguno les fue concedido tan alto privilegio. Pues todos ellos compraron su patria; Curio vendi al Estado! NOTA DEL AUTOR Los principales acontecimientos polticos descritos en Sombras de Roma se atienen a los hechos histricos, aunque en un par de ocasiones he manipulado la cronologa o he comprimido la duracin de los mismos con el propsito de imprimir mayor fuerza dramtica al relato. El narrador de la novela, Cayo Livinio Severo, y los miembros de su familia son personajes de ficcin, pero todos los dems personajes importantes, sus actos y las situaciones polticas que los rodean estn basados en testimonios documentados. Csar, Augusto, Marco Antonio, Catn y Cicern son, por supuesto, figuras del pasado que tuvieron existencia real. La brutalidad inicial y la transformacin posterior de Augusto, los excesos de Marco Antonio, la espordica prdida de lucidez de Cicern, junto con sus frecuentes muestras de sabidura... Todo est documentado. Todos los comentarios filosficos de Cicern, as como su diatriba o filpica contra Antonio, estn adaptados de sus propios escritos. Cicern, en efecto, fue enviado al exilio en una maniobra de Clodio (el cual muri aproximadamente un ao ms tarde en una guerra de bandas en las calles de Roma) y el anciano filsofo tuvo realmente una muerte violenta, asesinado brutalmente como parte de las proscripciones en masa que tuvieron lugar en esos primeros das de mandato de Antonio y Augusto. Por lo que respecta a Cayo Escribonio Curio, aunque he embellecido su personaje (pues, con excepcin del famoso discurso en el que exhortara a Csar a cruzar el Rubicn, nos han llegado muy pocos de sus escritos y de sus piezas de oratoria), creo que lo he hecho dentro de los mrgenes de su personalidad extravagante, Baste decir que, ms de dos mil aos despus, la aceptacin del enorme soborno de Csar y su connivencia en la trama para derrocar la Repblica romana siguen constituyendo uno de los grandes escndalos de la historia humana.

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UNA NOTA ACERCA DEL NOMBRE Augusto El Augusto real se llamaba, al nacer, Cayo Octavio, y no empez a utilizar el nombre de Augusto hasta un ao despus de su victoria final sobre Marco Antonio. Sin embargo, ya haba dejado de emplear el de Octavio poco despus de la muerte de Julio Csar, para empezar a usar el de su to abuelo. No obstante, prcticamente todos los historiadores han escogido pasar por alto tal hecho y, para referirse a Augusto durante estos aos que van de la muerte de Csar a la derrota de Antonio en Actium, han preferido emplear su nombre de la infancia, Octavio, para evitar confusiones con su difunto pariente. Dado que es mucho ms conocido el nombre de Augusto, en esta obra me he limitado a invertir la solucin tradicional de los historiadores y extenderlo al primer periodo de su vida, en lugar de alargar el uso del otro hasta tal momento. As pues, a lo largo de toda la obra me he referido a l por el nombre que escogi para s de adulto.

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