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Revista de Derecho
Ao I, N 1
Foro Jurdico
Revista de Derecho
(Publicacin editada por Foro Acadmico)
Ao I, N 1
Consejo Directivo
Jorge Orlando greda Aliaga
Presidente
M. Abraham Garca Chvarri
Director de Publicaciones
Antonio Santander Rengifo
Director de Relaciones Pblicas
Nicols Efran Carbajal Torres
Director de Economa
Joel C. Daz Cceda
Director de Investigaciones
Miguel ngel Carrillo Bautista
Director de Actividades
Asociados
Renzo Elio Andrade Chirinos
Eric Castro Posadas
Hernn Jordn Manrique
Ral Fernando Meneses Bendez
Christian Ojeda Zaga
Marco Antonio Palomino Aranbar
Asociados
Hugo Manuel Alonzo Navarro
Ricardo J. Castellanos Habich
Jorge Luis Gutierrez Torres
Lilia Ramrez Varela
Manuel A. Romero Ramrez
Cruz Lisset Silva del Carpio
Foro Jurdico
Asociacin Civil
Asociacin de Estudiantes de Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per
NDICE
Editorial
Presentacin
Homenaje
- Domingo Garca Belaunde. Homenaje a Carlos Fernndez Sessarego.
Ctedra
- Csar Delgado-Gembes. Colapso poltico y transicin democrtica.
- Eloy Espinosa-Saldaa Barrera. Algunas consideraciones sobre el Amparo contra leyes a
propsito de su tratamiento en la propuesta de reforma constitucional hoy en trmite.
- Jos Julio Fernndez Rodrguez. En torno al concepto de inconstitucionalidad por
omisin.
- Abraham Siles Vallejos. Juicio emblemtico a Montesinos y la corrupcin en el Per:
publicidad, visibilidad, control democrtico.
- Christian Donayre Montesinos. Un breve anlisis de las condiciones del juez militar
actual frente a los presupuestos de independencia judicial y algunos alcances sobre la
cuestionada autonoma de la justicia castrense: una mirada a las propuestas de reforma
constitucional sobre el particular.
- Christian Guzmn Napur. Las teoras existentes sobre el servicio pblico.
- Carmen del Pilar Robles Moreno y Mary Ann Gamarra Bellido. La sujecin pasiva en
la relacin jurdica tributaria y la capacidad de pago.
- Calogero Pizzolo. El desarrollo de algunas garantas que hacen al debido proceso en la
jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).
- Pierino Stucchi Lpez Raygada. Comunidad Andina hacia un mercado comn.
Institucionalidad y ordenamiento jurdico.
- Juan Espinoza Espinoza. Una vedette, un reportero y un viejo cuento (A propsito de
los modelos jurdicos circulantes en materia de pruebas biolgicas a efectos de declarar
la filiacin extramatrimonial en la experiencia jurdica nacional).
- Benjamn Aguilar Llanos. Patrimonio familiar.
- Carlos Andaluz Westreicher. Derecho Ambiental: el principio precautorio.
- Flix F. Morales Luna. Principios jurdicos y sistemas normativos.
- Antonio Pea Jumpa. Un anlisis socio-antropolgico del Derecho para el Per.
Perspectivas
- Vilma C. Balmaceda Vargas. Per: Post 11 de setiembre. De qu modo nos afecta la
nueva agenda antiterrorista norteamericana?
Folios
- Germn J. Bidart Campos. Palabras en la clausura del VII Congreso Iberoamericano de
Derecho Constitucional (Mxico, 15 de febrero de 2002).
Patio de letras
- Fernando de Trazegnies Granda. Umberto Eco y la controversia franciscana sobre la
propiedad.
- Eduardo Hernando Nieto. Teologa Poltica o Filosofa Poltica?: La amistosa
conversacin entre Carl Schmitt y Leo Strauss.
EDITORIAL
N
osotros, FORO ACADMICO, asociacin civil integrada por estudiantes de la Facultad de
Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, asumimos el compromiso de gene-
rar un nuevo espacio para la mayor difusin y discusin crtica del Derecho, en todas sus
ramas y relaciones con las otras disciplinas del conocimiento. sa es nuestra fnalidad y hacia ello
encausaremos nuestros esfuerzos siempre.
Casi dos aos despus de iniciar esta empresa comn -y de trabajar por ella-, este primer nmero
de FORO JURDICO viene a concretar el anhelado sueo conjunto, a la vez que se torna en el ntido
refejo de nuestros objetivos como institucin estudiantil y acadmica.
El Derecho, necesariamente complejo; estudiado en todas su variantes, aspectos y facetas; exami-
nado en sus causas ltimas o primeras; analizado desde las ms diversas y sugestivas perspectivas;
padecido como una cvica obsesin que busca mejorar las condiciones en las que nos desenvolvemos
como individuos y colectividades; el Derecho, convocado y reunido por la generosidad de nuestros
valiosos colaboradores, es lo que presentamos en esta primera edicin de nuestra revista.
Nuestros objetivos no hubieran sido cumplidos siquiera mnimamente sin el importante concurso de
las personas e instituciones que mencionaremos a continuacin. As, vaya nuestra primera muestra
de gratitud a la Pontifcia Universidad Catlica del Per y a sus autoridades, por hacer de ella el
idneo espacio vital para el debate acadmico y el compromiso intelectual.
De igual modo, deseamos publicar nuestro profundo agradecimiento al doctor Armando Zolezzi
Mller, Decano de la Facultad de Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, por acoger
con agrado nuestra iniciativa acadmica y acceder siempre, con la generosidad que le es caracters-
tica, a nuestras peticiones.
As mismo, dejamos expresa nuestra mayor gratitud al doctor Rogelio Llerena Quevedo, Director de
la Direccin Acadmica de Proyeccin Social y Extensin Universitaria de la Pontifcia Universidad
Catlica del Per, por interesarse en nuestro entonces proyecto y brindarnos su inapreciable apoyo
para volver realidad la presente edicin de nuestra revista. Agradecemos tambin al seor Luis Be-
cerra Chvez por su mejor disposicin y paciencia para con nosotros.
Igualmente, hacemos pblica nuestro singular reconocimiento al doctor Marcial Ojeda Snchez, No-
tario de Junn, por su desinteresado y constante auxilio en todas las acciones que tuvieron como
desenlace nuestra constitucin como asociacin civil.
Damos gracias al doctor Luis Jaime Cisneros por escuchar con paciencia y gentil inters nuestras
dudas sobre los posibles nombres de nuestra revista, para brindarnos despus sus amables consejos
y sugerencias.
En igual sentido, queremos expresar nuestra particular gratitud al doctor Domingo Garca Belaunde
por su generosa disposicin para colaborar con nosotros en ms de una oportunidad, as como por
su gentil intermediacin para poder publicar un texto del doctor Germn Bidart Campos. Tambin
nuestra especial deferencia al doctor Javier Neves Mujica por confar en nuestro proyecto y brindar-
nos siempre su importante concurso. De la misma manera, expresamos nuestra mayor consideracin
al doctor Eloy Espinosa-Saldaa Barrera por colaborar con nosotros desde los orgenes de nuestra
iniciativa acadmica, as como tambin por sus valiosos comentarios y sugerencias.
Adicionalmente, deseamos dejar escrito nuestro agradecimiento al doctor Csar DelgadoGuembes
por confar en nuestro propsito desde un inicio al brindarnos la primera colaboracin para esta
publicacin. Reconoceremos siempre ese detalle y por l reciba nuestra gratitud.
Del mismo modo, damos gracias a los doctores Juan Espinoza Espinoza, Benjamn Aguilar Llanos,
Antonio Pea Jumpa, Fernando de Trazegnies Granda, Flix Morales Luna, Carmen Robles Moreno,
Christian Guzmn Napur, Carlos Andaluz Westreicher y Eduardo Hernando Nieto por no dudar en
apoyar esta empresa y por su paciente espera en la publicacin de sus valiosas contribuciones. As
tambin, agradecemos a los doctores Calogero Pizzolo y Jos Julio Fernndez Rodrguez por confar
en este inicial quehacer. As mismo, vaya nuestra gratitud a los doctores Abraham Siles Vallejos y Vil-
ma Balmaceda Vargas por sus generosas colaboraciones. Finalmente no queremos dejar de agradecer
a los doctores Carlos Cornejo, Ral Saco Barrios y Renato Meja Madrid por brindar su generosa
contribucin hacia nuestro proyecto.
Los editores
PRESENTACIN
N
uestro primer constitucionalista, Domingo Garca Belaunde, inicia esta edicin con un ho-
menaje a quien es otra fgura eminente del Derecho peruano, el profesor Carlos Fernn-
dez Sessarego. Abogado de xito, poltico de hondas convicciones democrticas, incansable
maestro universitario, adems de creativo e innovador jurista; son algunas de las facetas que Garca
Belaunde resalta en la obra de Fernndez Sessarego.
Qu debe cambiar para que se d en efecto un cambio hacia la democracia, y no solamente para que acabe
un rgimen autoritario, al que podrn suceder muchos ms antes de que nuestra sociedad y nuestra cultura
poltica sean ms democrticas? El exhaustivo trabajo de Csar Delgado-Guembes, experto en derecho
parlamentario, detalla el perfl de la crisis poltica del Per durante el ao 2000 y responde con pre-
cisin a esta importante pregunta.
A continuacin, otro importante constitucionalista, Eloy Espinosa-Saldaa Barrera, desarrolla el
tema del Amparo contra leyes. Si bien, desde una concepcin que se puede denominar clsica, el
proceso de Amparo se ha venido entendiendo como el mecanismo destinado especfcamente a la protec-
cin de los diferentes Derechos Fundamentales frente a actos efectuados en principio por los poderes pblicos,
y eventualmente por los particulares; el valioso trabajo del profesor Espinosa-Saldaa, a propsito de la
reforma constitucional hoy en trmite, analiza las diferentes teoras existentes en el Derecho Compa-
rado sobre la posibilidad de plantear este proceso constitucional de modo directo contra una norma
legal por considerarla violatoria de los Derechos Fundamentales.
Igualmente estimable, la investigacin de Jos Julio Fernndez Rodrguez (profesor de Derecho
Constitucional de la Universidad de Santiago de Compostela, Espaa) desarrolla el concepto de
inconstitucionalidad por omisin. Iniciando su estudio con la precisin terminolgica de esta institu-
cin, y presentando despus las diversas propuestas de la doctrina, el autor detallar el instituto de
la inconstitucionalidad por omisin de forma positiva, es decir, indicando el contenido y la extensin
que ella encierra.
Por su parte, el proceso contra Vladimiro Montesinos y la revisin del principio de publicidad proce-
sal desde los pronunciamientos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre esta materia
constituyen la preocupacin que motiva el trabajo del profesor Abraham Siles Vallejos.
Concluimos los artculos que integran la seccin de Derecho Constitucional con el trabajo del joven
estudiante Christian Donayre Montesinos. As, desde la exposicin y el anlisis de las diferentes
propuestas de reforma constitucional sobre la imparticin de justicia en el mbito castrense, este
interesante trabajo tiene por fnalidad enmarcar la justicia militar dentro de los parmetros propios
de un Estado Social y Democrtico de Derecho.
En el terreno del Derecho Administrativo, y desde la sugerente perspectiva del anlisis econmico
del Derecho, el trabajo del especialista Christian Guzmn Napur desarrolla las teoras existentes
sobre el servicio pblico. El autor presenta los alcances y las limitaciones de las teoras subjetiva y
objetiva del servicio pblico, y rescata, en su inters por la defensa de los Derechos Fundamentales,
la teora funcional del servicio pblico como la ms adecuada en trminos jurdicos y econmicos.
Dentro del campo del Derecho Tributario, el anlisis del sujeto pasivo en la relacin jurdico- tribu-
taria (visto principalmente desde su papel como contribuyente o responsable), as como una aproxi-
macin crtica a las capacidades jurdico-tributaria y contributiva de aqul, son los temas a tratar en
la investigacin conjunta de la doctora Carmen Robles Moreno y de Mary Ann Gamarra.
Son dos los trabajos que integran nuestra seccin de Derecho Internacional: el primero pertenece al
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doctor Calogero Pizzolo (profesor de Derecho Constitucional y Derechos Humanos de la Universi-
dad de Buenos Aires, Argentina); mientras que el segundo, al joven abogado Pierino Stucchi Lpez
Raygada.
Teniendo como base los pronunciamientos de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la
valiosa investigacin del profesor Pizzolo desarrolla con minuciosidad el contenido de las llamadas
garantas procesales o rituales, es decir, de aqullas que operan una vez instaurado el proceso judicial
y forman una especie de escudo para las partes contra las posibles arbitrariedades que se cometan en aqul,
dando lugar a lo que la doctrina denomina debido proceso.
Por otro lado, los retos que presenta la integracin como alternativa al desarrollo de nuestros pases,
as como el estudio detallado de la Comunidad Andina -analizada tanto en los rganos e institucio-
nes que la componen cuanto en el ordenamiento jurdico y el sistema de solucin de controversias
que le es propio- constituyen las principales inquietudes que se pueden apreciar en el artculo de
Pierino Stucchi.
Los importantes aportes de los profesores Juan Espinoza Espinoza y Benjamn Aguilar Llanos cons-
tituyen el rea de Derecho Civil de nuestra revista. As, hasta qu punto la negativa del presunto padre
a someterse a la prueba hemato-biolgica puede ser entendida por el juez como una aceptacin tcita de su pa-
ternidad? El muy interesante trabajo de Juan Espinoza, experto en Derecho de las Personas, responde
a esta interrogante desde el prolio anlisis de un famoso caso jurisprudencial, donde nos indica el
autor- se aprecia la inevitable tensin propia del quehacer jurisdiccional, que oscila entre la cmoda
literalidad de la norma y las exigencias de una sociedad en constante transformacin.
En segundo lugar, y recogida por primera vez en nuestro Cdigo Civil de 1936 con el nombre de
hogar de familia, la labor del profesor de Derecho de Familia Benjamn Aguilar es exhaustiva en
el tratamiento del concepto, fundamentos y antecedentes, ventajes e inconvenientes y rgimen legal
de la importante institucin del patrimonio familiar.
Ante el riesgo de dao al medio ambiente, comprobado cientfcamente, el Estado debe adoptar las
acciones necesarias para enfrentarlo. Esto es lo que se conoce, dentro del Derecho del Medio Am-
biente, como el principio de prevencin, y que es adems motivo de un interesante estudio por parte
de una autoridad en la materia como es Carlos Andaluz Westreicher. En el presente trabajo, el autor
nos detalla los antecedentes normativos del principio precautorio, su carcter discutido por cierta
parte de la doctrina- de principio del Derecho y los elementos y requisitos para su aplicacin; todo
ello sin perder de vista su confguracin en el caso peruano.
En el rea de la Teora General del Derecho, Principios jurdicos y sistemas normativos es el ttulo
del artculo del profesor Flix Morales Luna. La defnicin y tipologa de los principios jurdicos,
sus funciones en los diferentes sistemas normativos y la necesidad de su planteamiento en el orde-
namiento normativo peruano donde se hace ineludible la actividad creativa del Derecho en la fgura
del juez en ejercicio de su labor de interpretacin jurdica- son los puntos que desarrolla el autor en esta
valiosa colaboracin.
La perspectiva general y amplia de la Sociologa y la tendencia ms bien especfca y particular de
la Antropologa, sumadas a una revisin de la escuela histrica del Derecho y a la identifcacin del
teorema fundamental del pluralismo jurdico, constituyen los instrumentos metodolgicos de los
que se vale el muy entendido profesor Antonio Pea Jumpa para presentarnos su inquietud sobre
la urgencia de asumir un anlisis socio-antropolgico del Derecho para una realidad sociocultural
plural como la peruana.
Una actitud vigilante y constructiva de los distintos sectores de la sociedad civil frente a los posibles
riesgos de la nueva agenda antiterrorista norteamericana es lo que apunta Vilma Balmaceda Vargas,
profesora de Derechos Humanos, en nuestra seccin Perspectivas..
Incluimos en el apartado Folios las palabras del doctor Germn J. Bidart Campos -primera fgura del
Derecho Constitucional Argentino y constitucionalista de renombre internacional- con ocasin de la
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clausura del VII Congreso Iberoamericano de Derecho Constitucional, ocurrido en Mxico el 15 de
febrero de este ao.
Patio de letras contiene los trabajos de los doctores Fernando de Trazegnies Granda y Eduardo Her-
nando Nieto. As, los franciscanos deben aceptar la propiedad de sus iglesias y conventos, pues
tienen su uso estable y garantizado; o mas bien, ellos (igual que los apstoles) slo se limitan a usar
sin tener poder de hacerlo, sin ttulo para el goce? A propsito de El nombre de la rosa, la clebre
novela de Umberto Eco, el bello escrito del doctor Fernando de Trazegnies nos introduce en la Euro-
pa del siglo XIII, dentro de la controversia franciscana en torno de la institucin de la propiedad.
Por su parte, Carl Schmit y Leo Strauss, flsofos polticos de innegable trascendencia, y autores
en apariencia divergentes, comparten lo demostrar el autor-, adems de una visin metapoltica
comn, equivalentes oposiciones y reparos contra la poltica y el liberalismo modernos. La Teologa
Poltica de Schmit o la Filosofa Poltica de Strauss?, entermonos de la amistosa relacin entre am-
bos en el interesante ensayo del doctor Eduardo Hernando Nieto.
Sea esta arbitraria presentacin slo el pretexto para invitarles, amables lectores, al disfrute de cada
una de las pginas que componen esta primera entrega de Foro Jurdico, mrito exclusivo de la ge-
nerosa colaboracin de todos sus destacados autores.
Los editores
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Homenaje a Carlos Fernndez Sessarego
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Domingo Garca Belaunde
Seor Decano del Colegio de Abogados de Lima,
Autoridades, homenajeados y familiares,
Colegas y amigos todos:
1 Discurso ledo en el homenaje brindado por el Colegio de Abogados de Lima, el 2 de abril de 2002, con motivo de la entrega de
la condecoracin de la Orden Francisco Garca Caldern.
Inmensa satisfaccin me produce intervenir
el da de hoy en un acto tan signifcativo. Nos
reunimos en un triple homenaje a colegas muy
queridos, en una fecha en la cual recordamos a
Francisco Garca Caldern, prototipo y paradig-
ma del foro peruano.
Y ms aun, cuando se me pide que haga un ho-
menaje a Carlos Fernndez Sessarego, compro-
miso que he asumido con ntima complacencia.
Ya que se trata de un homenaje que se hace a
nuestro dilecto amigo y colega, cuando se en-
cuentra en la plenitud de sus facultades y en me-
dio de una actividad que podra califcar como
dinmica, y en cierto sentido, abrumadora.
Por eso es que no puedo, en tan corto espacio,
hacer un anlisis completo sobre la personalidad
de nuestro homenajeado, sino tan slo poner las
bases para tal anlisis, una especie de esbozo o
bosquejo. Y nada mejor que sealar las diversas
facetas de Carlos Fernndez Sessarego.
La primera es la de abogado. Y abogado de xito,
que no es fcil, ni antes ni ahora. Esto puede lla-
mar la atencin a quienes me escuchan, porque
los colegas que actualmente ejercen, no saben de
estudio o despacho alguno que lleve su nombre
o que lo cuente entre sus colaboradores ms cer-
canos. Pero eso lo fue desde siempre, y dira yo
que hasta 1977, en forma diaria y batalladora,
como lo demuestran los numerosos casos en los
cuales particip, tanto en la defensa y apoyo del
sector pblico, como en las del sector privado.
Trabaj en varios estudios profesionales, empe-
zando con el de su recordado maestro Jos Len
Barandiarn, y para terminar fundando el suyo
propio, primero con colegas cercanos y luego
con abogados ms jvenes. Y fue tambin el pri-
mero de los abogados que se traslad a San Isi-
dro, cuando los ms vivan entonces seducidos
o anclados en el centro histrico de nuestra vieja
ciudad capital.
Hay que recordar que los grandes juristas, sobre
todo los pertenecientes a los pases latinos, han
ejercido siempre la profesin de abogado, como
se ve en los juristas latinoamericanos, espaoles,
franceses y por cierto italianos. Y esto por cuan-
to la verdadera prctica, el razonamiento jurdi-
co se da, en puridad de rigor, en la experiencia
forense. Abogado, pues, a tiempo completo, y
de xito. Supo as dar prueba de su sentido prc-
tico y tambin de una fna sensibilidad terica.
La segunda faceta en la que queremos llamar la
atencin es la del poltico. Y poltico de hondas
convicciones democrticas, que lo llevaron a la
crcel por algunos das, en las pocas negras de
la dictadura odrista, cuando se hallaba en su tra-
mo fnal. Esta misma conviccin democrtica lo
ha llevado no slo a mantenerse independiente
de muchas fuerzas polticas, sino al margen de
las acechanzas de los gobiernos de turno. Por eso
no dud en renunciar a la Comisin Consultiva
de la Cancillera con motivo del golpe de Estado
del 5 de abril de 1992. Y al igual que muchos,
mantuvo su temple democrtico cuando no eran
pocos, incluso abogados de nota, que celebraban
el golpe y luego colaboraron activamente con la
dictadura, si bien ahora se encuentran agazapa-
dos por temor a lo que vendr. No fue, pues,
Fernndez Sessarego un acomodaticio, como hay
tantos en este pas de inconstantes, denunciados
en su tiempo por la prosa lacerada de Gonzlez
Prada, que habra que releer para entender lo
que hoy pasa en nuestro medio.
Desde muy joven estuvo Fernndez Sessarego
vinculado a la poltica, y en especial al Parti-
do Demcrata Cristiano, en donde permaneci
hasta el momento en que el ambiente se le hizo
irrespirable. Y dentro de este periplo suyo, hay
que destacar su muy notoria presencia, en 1965,
como Ministro de Justicia, momento en el cual
no slo renov las polticas carcelarias y de re-
lacin con la Iglesia peruana, sino emprendi la
modernizacin de nuestro vetusto aparato le-
gislativo. Y de manera especial, puso en marcha
la reforma del venerable Cdigo Civil de 1936,
creando una comisin que luego de un largo pe-
riodo casi veinte aos- nos dio el actual Cdigo
Civil de 1984.
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La tercera fase que debe resaltarse en la persona-
lidad de nuestro homenajeado es la de maestro,
en el mejor sentido del vocablo. Este magisterio,
iniciado en colegios, pero prolongado largamen-
te en diversos centros universitarios (Universi-
dad de San Marcos, Universidad Catlica, Uni-
versidad de Lima, Universidad San Martn de
Porres), es lo que nunca ha abandonado, ni aun
en las peores y ms complicadas situaciones de
su vida. Para permanecer en la docencia tantos
aos, se necesitan varias condiciones. En primer
lugar, tener un verdadero amor por la ensean-
za, pues ella en s misma trae muy pocas com-
pensaciones. Luego, tener un sincero afecto por
los estudiantes, a los cuales se quiere ayudar a
superarse. Y por ltimo, tener un amor al estu-
dio serio y desinteresado, pues sin este requisito,
no funcionan los dos anteriores.
La enseanza es as hermosa y terrible. Por eso,
Manuel Garca Morente, eximio flsofo que fue
Decano de la Facultad de Filosofa y Letras de la
Universidad Complutense de Madrid, deca, en
ancdota que recuerda su discpulo Julin Ma-
ras, que de la enseanza no se vive, pero sin la
enseanza, no se puede vivir.
En la docencia, Fernndez Sessarego ha hecho
varias cosas. En primer lugar, ha divulgado los
mejores adelantos que en su disciplina se daba
en otras partes del mundo, y de preferencia en
el orbe europeo. En segundo lugar, lo que se ha
hecho y se ha estudiado en el Per. Y fnalmente,
cules eran sus propias concepciones de lo que
l pensaba sobre su materia. Alta tarea de divul-
gacin, necesarsima en un pas de gente que no
lee o que no sabe o no tiene la posibilidad de ha-
cerlo. Y adems, sus ideas propias, contribucio-
nes de primer orden en el mundo del Derecho, y
sobre todo en el campo en el cual decidi espe-
cializarse.
La cuarta faceta que debo recordar es la del ju-
rista, que es la ms creativa y la ms trascenden-
te de todas las mencionadas. En ella se dan los
mejores frutos de la capacidad creadora de nues-
tro homenajeado. Y se da fundamentalmente en
dos campos: la Filosofa del Derecho y el Dere-
cho Civil: este ltimo centrado, sobre todo, en el
Derecho de las Personas.
Fernndez Sessarego empez su andadura inte-
lectual en el mundo de las letras. Sus primeros
ensayos rondan temas de literatura, historia y
sociologa. Y por cierto, tambin de la flosofa.
Fue este su basamento y lo que le permiti, sien-
do estudiante, presentar una tesis, en 1950, so-
bre la determinacin ontolgica del concepto del
Derecho, que fue un verdadero petardo en los
claustros sanmarquinos, adormecidos entonces
por la prdica jusnaturalista o positivista, de la
cual la ms notoria, era entonces la de Kelsen. En
esa tesis, que slo a mi insistencia ha publicado
casi cuarenta aos ms tarde, apartndose de los
maestros de entonces que optaban por un solo
elemento en la confguracin del concepto de De-
recho, seal como una especie de tringulo, la
presencia de tres elementos, barruntando de esta
manera lo que luego sera conocido, sobre todo
merced a los extraordinarios estudios de Reale,
como la Teora Tridimensional del Derecho.
Este gran esfuerzo demuestra como ya para esa
poca, la comunidad jurdica peruana estaba
dando muestras de su capacidad y de su origi-
nalidad, pues todo lo que se haba hecho antes
de l, por muy meritorio que fuese, haba sido
sobre todo calco, copia o alta divulgacin me
refero a la materia flosfco-jurdica-. Si nos re-
montamos al siglo XIX, esto lo podemos compro-
bar claramente en un pensador seero como Bar-
tolom Herrera, de califcada actuacin poltica
y gran forjador de juventudes, pero cuya pro-
duccin se enrola en la manualstica. El mismo
Manuel Vicente Villarn, ense durante casi
quince aos el curso de Filosofa del Derecho en
la Universidad de San Marcos, pero sus copias
y folletos, por l impresos, fueron desterrados y
olvidados por l mismo cuando, aos ms tarde,
y ya en sus aos de glorioso retiro, confeccion
su bio-bibliografa. Y lo mismo puede decirse del
meritsimo trabajo de Juan Bautista de Lavalle y
sus muy encomiables traducciones, que tuvieron
amplia difusin, dentro y fuera del Per. Pero
es a Fernndez Sessarego a quien corresponde
este primer aporte jusflosfco que hace nuestra
comunidad jurdica. Despus de l han venido
otros, entre los que hay que mencionar, sobre
todo, a Francisco Mir Quesada Cantuarias, fl-
sofo de renombre universal, que es considerado
uno de los creadores de la lgica jurdica moder-
na.
Lamentablemente, esta veta flosfca fue aban-
donada por Fernndez Sessarego cuando a prin-
cipios de la dcada de los sesenta, incursion en
el Derecho Civil, y desde entonces, no ha hecho
otra cosa que adentrarse en l, renovndolo de
raz, como en efecto ha sucedido, y remozando
todos sus conceptos, si bien privilegiando los as-
pectos vinculados a la persona. Pero lo ms im-
portante es que este enfoque civilista no ha aho-
gado al flsofo, pues su formacin flosfca le
ha permitido creo yo- avizorar nuevos horizon-
tes y hacer nuevos y novedosos planteamientos.
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HOMENAJE A CARLOS FERNNDEZ SESSAREGO
Como civilista ha hecho aportes medulares,
muchos de ellos condensados en libros de largo
aliento, como son los dedicados al abuso del de-
recho, el derecho a la identidad personal, el dao
a la persona y al proyecto de vida, entre tantos
otros. Y este esfuerzo suyo ha sido reconocido
en el extranjero, como lo confrman las invitacio-
nes y homenajes de que ha sido objeto, y el haber
impartido cursillos y seminarios en universida-
des italianas y espaolas, as como argentinas.
Tambin ha llegado su infuencia a las sentencias
de tribunales supremos de otros pases y rga-
nos jurisdiccionales supranacionales como lo
ha precisado Oscar Fappiano, ex presidente de
la Comisin Interamericana de Derechos Huma-
nos-. Y las tesis universitarias que dentro y fuera
del pas, se dedican a analizar su pensamiento y
sus contribuciones al mbito del Derecho Civil
(una de ellas, en el prestigiado doctorado de la
Universidad de Pisa, en Italia).
Ahora bien, cmo as se han unido, en sntesis
armoniosa, tantas y tan diferentes facetas en un
solo personaje?. Si esto hubiese sucedido en el si-
glo XIX o a principios del siglo XX, hubiera sido
muy explicable por la poca. Pero haberlo hecho
a partir de los aos sesenta del siglo XX, es algo
ms complicado.
No hay una sola manera de explicarlo, sino va-
rias. En primer lugar, una gran vocacin por
todas esas facetas, pues sin ella nada se puede
hacer. Vocacin que no slo es llamado, sino
aceptacin gustosa del llamado. En segundo lu-
gar, una disciplina constante y sin desmayo para
hacer cosas. Finalmente, hacerlas en espacios
distintos y en perodos no necesariamente coin-
cidentes.
Y esto, aun as, no es tan fcil llevarlo a cabo. Ni
entonces, ni ahora. Por eso creo que un home-
naje como este es justiciero, y dicho esto sin eu-
femismos. Lo que he querido hacer esta noche,
en un da tan nuestro como el que hoy celebra-
mos, es dejar testimonio de mi homenaje y de mi
gratitud a quien adems de gran jurista y amigo,
es sobre todo una persona de muy alta calidad
humana.
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DOMINGO GARCA BELAUNDE
Introduccin
La cada del rgimen de Fujimori abre una
inmensa cantidad de interrogantes. Qu cabe
decir desde el punto de vista institucional sobre
la ruptura y cada polticas de un rgimen que se
autolimita en su periodo de gobierno reduciendo
el plazo del mandato popular? Qu cabe decir a
partir de la concepcin de la democracia y del
Estado que reclama y exige el Staatsrectit, el rule
of Iaw, cuando debe recurrirse a una salida extra
constitucional para salir de la democradura
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de un
rgimen autoritario que domina la escena pol-
tica mediante la manipulacin del principio de
mayora y la tcnica legislativa para legalizar su
dominio? Es que basta con describir los logros
del rgimen para olvidar que se trat de una va
que neg la democracia y el Estado de derecho?
De otro lado, es que slo debe afrmarse el dao
causado en el desarrollo de la cultura democr-
tica del pas y negarse los avances obtenidos?
Se trata de, solamente, la segunda dcada perdi-
da? Igualmente, ser ms democrtica la cultu-
ra poltica del Per despus de Fujimori, y sern
menos intolerantes o autoritarios los dirigentes y
representantes de la clase poltica en el gobierno
y en el parlamento despus de Fujimori? Qu
debe cambiar, en suma, para que se d en efecto
un cambio hacia la democracia, y no solamen-
te para que acabe un rgimen autoritario, al que
podrn suceder muchos ms antes que nuestra
sociedad y nuestra cultura poltica sean ms de-
mocrticas?
Para quienes hemos vivido el rgimen y
nos toca dejar testimonios de su modo de enten-
der la poltica y el derecho, las preguntas anterio-
res nos dejan la sensacin de que una perspectiva
meramente institucional o jurdica dejara vacos
e insatisfechos los contornos de una realidad que
hoy delata el uso innegablemente instrumental
que tuvo el andamiaje legal e institucional que
edifc. Cmo, en efecto, reducir el anlisis de
la cada de un rgimen a los signos que slo sir-
vieron para ocultar sentidos ocultos e impercep-
tibles durante los aproximadamente diez aos
que dur? Aunque se trate probablemente de-
masiadas preguntas para un ensayo prematuro
de interpretacin, son este tipo de interrogantes
las que motivan el atrevimiento por aclararnos
el perfl de la crisis poltica del Per durante el
ao 2000, que acaba con el rgimen Fujimori y da
inicio a una transicin todava inconclusa en una
nueva primavera hacia la democratizacin.
En los a veces espinosos senderos que co-
munican la ciudad de la poltica y el edifcio del
derecho, las transiciones de la hegemona auto-
ritaria a la pluralidad de la democracia opacan
las normalidades de la dogmtica constitucional
con ambigedades impredecibles por la racio-
nalidad formal de la normatividad. Esta expe-
riencia deja la lgica del derecho y de la insti-
tucionalidad sin contestacin. La crisis del 14 de
setiembre del 2000 llev al presidente Fujimori a
anunciar, dos das despus, el adelanto y acele-
racin de la agenda de fortalecimiento institucio-
Colapso poltico y transicin democrtica
Csar Delgado-Gembes
Profesor de Derecho Constitucional de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
Cuando Fujimori caiga, qu clase de rgimen seguir?
John Crabtree Neopopulismo y el fenmeno Fujimori
Si aadimos a estos posibles errores la presencia actual de
un inmenso poder tutelar, sobre el que la gente no tiene apenas
control y acta sin responder por sus actos ante nadie, entonces
se genera una opresin asfxiante contra la que debemos
reaccionar. Es inaceptable la presencia de tal poder, y menos
an su continuidad, aunque se le pueda querer justifcar en nombre
de una llamada efcacia. Este fenmeno est en la raz de muchos
problemas de nuestra situacin actual y merece una decisin frme y clara.
Homila del Arzobispo de Lima, Monseor Juan Luis Cipriani.
Te Deum del 28 de julio del 2000 en la Catedral de Lima
Sumario: Introduccin 1.- La crisis y quiebre del rgimen de Fujimori 1.1.- La premisa autoritaria 1.2.- Los
puntos de quiebre del rgimen 1.2.1.- La interpretacin autntica 1.2.2.- Un cholo en el Mar Muerto 1.2.3.-
El agua sucia de los medios 1.2.4.- Enfrentamiento y exorcismos en la calle 1.2.5.- Fisuras en las relaciones
internacionales 2.- El colapso como sntoma 2.1.- Sntoma de corrupcin en la camarilla 2.2.- Sntoma de
ilegitimidad parlamentaria 2.3.- Lmites de higiene poltica: la comunidad internacional 3.- Refexiones
fnales.
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nal y democrtico, y con ello a romper una vez
ms la regularidad constitucional prevista en el
documento de 1993.
Era la segunda vez que lo hacia, aunque
en esta oportunidad en un sentido inverso. Para
apartarse prematuramente, y para ceder su lu-
gar a un nuevo mandatario y gobierno, antes del
vencimiento del periodo de cinco aos de fresco
estreno. En 1992 haba gobernado poco menos
de dos aos y supo generar las condiciones para
la aprobacin de la colectividad, luego de crear
condiciones de ingobernabilidad, merced segu-
ramente a una estrategia sicosocial efcientemen-
te diseada y ejecutada que present al congreso
opositor como la fuente del desorden y la causa
del desgobierno.
En septiembre del 2000, a menos de dos
meses de haber iniciado su tercer periodo presi-
dencial, consciente de la creciente desaprobacin
popular y con una percepcin clara del sentido
de la falta de respaldo de la comunidad inter-
nacional, opt por abdicar de su pretensin de
gobernar por el periodo completo. La situacin
haba explotado y la explosin empez a regar-
se y expandirse en multiplicidad de focos en tal
grado que la ingobernabilidad interna escap de
su capacidad de control: descomposicin del r-
gimen poltico, actos manifestos de insubordi-
nacin en las fuerzas armadas, incapacidad del
congreso de superar y corregir la ilegitimidad,
rechazo generalizado del autoritarismo en la co-
lectividad nacional, riesgo de golpe de estado y
presin y exigencia internacional e interna de
sincerar la liberalizacin del rgimen y la sucesi-
va democratizacin.
Era una nueva ruptura en la legalidad e
institucionalidad formal. Una nueva situacin de
excepcionalidad poltica. Excepcionalidad, sin
embargo, que en setiembre estaba an lejos de
conocerse en su apropiada dimensin. El juego
estaba todava lejos de haber terminado enton-
ces, haba an mucha ilusin de poder mante-
nerse y subsistir y llegar al fnal de la transicin
con su conduccin. Como lo seala con acierto
Romeo Grompone, es recin en la ltima etapa de
noviembre del 2000 y por la evidencia de la impre-
sionante maquinaria de corrupcin de Montesinos y
las responsabilidades inocultables de Fujimori, que la
oposicin toma por primera vez la iniciativa con ca-
pacidad de imponerse
2
. Slo en noviembre es que
el rgimen se desploma y pierde toda capacidad
de seguir. La transicin cambi de conductor. El
reto qued en manos de la oposicin, y el juicio
sobre el reequilibrio democrtico debe asumir
por lo tanto su crtica.
Para ODonnell y Schmiter la transicin
es el intervalo entre un rgimen poltico y otro,
que tiene como limites el despegue del proceso
de disolucin de un rgimen autoritario, de un
lado, y del otro la instalacin de alguna forma de
democracia, el retorno de otra forma de gobierno
autoritario o an la emergencia de una alternati-
va revolucionaria
3
. Esto es, la transicin supone
un proceso de un rgimen autoritario a otro que,
en el plano ideal, debiera ser democrtico. La
dinmica de desarrollos polticos excepcionales
y extraordinarios como los de fnes del invierno
del 2000, requiere se distingan los momentos o
etapas en su evolucin. Pueden ser parte de un
proceso ms o menos largo y lento, o pueden ser
ellos mismos un evento sbito y repentino En la
cada de los regmenes autoritarios se produce,
en primer lugar, un contexto de apertura, cons-
tituido por episodios de descomposicin que
caracterizan y relevan la fsura. Es un suceso
ms o menos dramtico que deja expuestas las
contradicciones de un proceso de hegemoniza-
cin poltica en desintegracin, deterioro o en
descomposicin, que puede tener un perodo de
incubacin incierto, pero que siempre resulta de
una acumulacin de antagonismos que llegan a
un punto de no sutura intolerable por los princi-
pales sujetos de la coyuntura en el pas.
En el caso de la crisis del 2000, el primer
momento del quiebre pudiera fjarse probable-
mente antes de la fecha de las elecciones del 9 de
abril, y probablemente antes tambin de febre-
ro, cuando el electorado concentra masivamente
sus preferencias y se convierte en seguidor de un
candidato de oposicin para enfrentarlo a la can-
didatura de Fujimori. La opcin por Toledo, lue-
go del prematuro y deliberado exitoso complot
contra Alberto Andrade y Castaeda Lossio, es
una fsura clara en el rgimen.
Pero el antecedente ms visible del quie-
bre parece ser, sin embargo, la constatacin del
proyecto de permanencia de Fujimori, al que
Grompone le ha llamado el proyecto inconcluso.
Ese punto preciso parece ser el momento en el
que fnalmente se confrma la sospecha y Fuji-
mori anuncia que la ley de interpretacin au-
tntica tiene un contenido especifco: su propia
postulacin a la segunda reeleccin. Sin ley ni
postulacin el rgimen no caa. Sencillamente
habra regido el principio de alternabilidad de-
mocrtica y Fujimori habra dejado que la co-
munidad decida sobre el destino de su proyecto,
ms all de su propia persona. Qued declarada
la voluntad oculta de Fujimori y de la camarilla
que lo acompaaba desde 1990. De entonces en
adelante toda justifcacin para su permanencia
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no solamente resultaba de dudosa calidad legal,
sino que exhiba signos manifestos de engao y
de fraudulencia.
Posteriormente el smbolo en que se con-
virti el fujimorismo como imagen de una poca
se desdibuj en la misma medida en que creca
la adhesin a Toledo. Se hizo manifesta su dis-
continuidad. Empez a fortalecerse el espritu de
la oposicin a nivel social. El sucesivo reprocesa-
miento de la realidad a travs de los smbolos,
discursos y mensajes mediticos lleg al pice de
la cresta, y empez a decaer. La multiplicidad de
una realidad ms amplia que lleg a desbordar
la maquinaria efcaz del control mesinico llev
el proyecto, fnalmente, al estancamiento.
Al anuncio de la descomposicin que se
inicia con la postulacin a la segunda reeleccin,
al ascenso de Toledo, y a la recomposicin del
espacio pblico en el que se regenera la protes-
ta poltica, se aade la cada vez mayor falta de
apoyo de la comunidad internacional ante la
metodologa fraudulenta para la apropiacin del
poder por tercera vez consecutiva. Pero el colap-
so mismo tiene como sntomas ms claros la ga-
fe de Fujimori y Montesinos sobre la denuncia
del trfco de armas a favor de las FARC colom-
bianas, as como la exhibicin del video Kouri-
Montesinos y la revelacin que el gobierno suizo
transmite sobre los 48 millones de dlares depo-
sitados en distintas cuentas del sistema bancario
de dicho pas, con lo que queda en evidencia la
naturaleza oculta y corrupta del rgimen. Era la
redencin epifnica de una legalidad insosteni-
ble moral, social ni polticamente.
Afrman ODonnell y Schmiter igualmen-
te que durante la transicin las reglas y procedi-
mientos tienden a permanecer en las manos del
gobierno autoritario, y que el signo tpico de que
la transicin ha comenzado es que el gobierno
autoritario comienza a modifcar sus propias re-
glas en un sentido que procure mayor seguridad
de las garantas para los derechos de individuos
y grupos
4
. El compromiso con el cambio de reglas
que nace en Windsor y en la Mesa de Dilogo de
la OEA pareca solamente una simulacin detrs
de la cual se encubra y retardaba el encuentro
fnal del rgimen con el fondo de la garrafa.
ODonnell y Schmiter llaman liberaliza-
cin al proceso durante la transicin en el que
se redefnen y extiende el mbito de reconoci-
miento y aplicacin efectiva de ciertos derechos
que protegen tanto a individuos como a grupos
sociales de actos arbitrarios o ilegales cometidos
por el Estado o por terceros
5
. Aaden, adems,
que una caracterstica de esta etapa temprana
en la transicin es su precaria dependencia del
poder del gobierno, el cual sigue siendo arbitra-
rio y caprichoso
6
. Es en virtud de esta defnicin
que cabra entender que la fase de liberalizacin
pudo comenzar con la instalacin de la Mesa de
Dilogo, que es cuando se inicia propiamente el
debate formal sobre los cambios de reglas
7
. De
otro lado, sin embargo, slo es en la primera
quincena de noviembre del 2000, con la desin-
tegracin por desmoronamiento y colapso del
rgimen, es que empieza un proceso franco de
modifcacin de reglas y hbitos de conducta po-
ltica. En lo anterior no debiera advertirse sino la
adaptacin del rgimen a las negociaciones a que
se llegaba en la Mesa de Dilogo de la OEA, a las
que no se llegaba tampoco de buen grado
8
.
Al descenso fnal del quiebre o ruptura del
rgimen sigue la crisis de transicin, que es el
perodo incierto ms agudo, a partir del cual se
observa tanto la descomposicin del equilibrio
hegemnico del rgimen, como la recomposicin
de los escenarios, el rediseo de los discursos,
van perdiendo efecto las articulaciones previas
en proceso claro de agotamiento y descompo-
sicin y, fnalmente, la alteracin efectiva de las
reglas que conduzcan al reequilibrio democrti-
co. La crisis de transicin es el momento de la
emergencia de nuevas reglas, sujetos, posiciones
y discursos. Las diferencias son reprocesadas y
se fjan nuevos ejes de equivalencia. No hay un
ncleo hegemnico claro, sino por el contrario
luchas por encontrar alianzas y articulaciones
que defnan una nueva correlacin y fuerza he-
gemnica en un escenario por venir.
El perodo de la crisis es un momento su-
mamente inasible e indeterminable. Como tanta
otra experiencia moderna, en la frase del libro de
Marshall Berman que toma de Marx, lo slido
se desvanece en el aire de la topografa polti-
ca. Pero en medio de la volatilidad y fugacidad
de su duracin, la crisis es tambin el momen-
to en el que se deben fjar algunos acuerdos o
tomar algunas decisiones centrales. Entre esos
acuerdos, por ejemplo, que forman hitos en el
marco de la crisis propiamente dicha, se cuentan
la conduccin de la transicin por la oposicin a
partir de la recomposicin de la Mesa Directiva
del Congreso, la asuncin de la presidencia de
la repblica por el presidente del congreso, y la
posterior reestructuracin del consejo de minis-
tros con un gabinete plural
El trnsito es la etapa de direccionalidad
tendencial al reequilibrio institucional, y com-
prende el desenvolvimiento de los actores a par-
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
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tir de los acuerdos bsicos adoptados. En la tran-
sicin deben llevarse a efecto los acuerdos y las
decisiones en las que concluye la crisis, a la vez
que se producen los actos preparativos y consti-
tutivos de los competidores en la fundacin de la
nueva normalidad y legitimidad. Es el proceso
de cura y de regeneracin propiamente dicho,
cuando el deseo de democracia y de institucio-
nalidad es preparado para su reinauguracin. El
cuerpo poltico no est sano pero s en proceso
de restablecimiento.
Luego de ms de un ao del desgracia-
miento generalizado de Fujimori y de haberse
producido el colapso defnitivo de su rgimen,
cuando se desconoce y es impredecible la culmi-
nacin de la transicin, en este trabajo se enfoca
algunos de los elementos presentes en el mo-
mento o perodo de la crisis y transicin, que es
a la vez que el momento tensional ms alto y en
el que la indecidibilidad es mucho ms intensa;
tambin un momento emergente probablemente
ms rico en diagnsticos, alternativas, imagina-
rios y proyectos, e igualmente una etapa en la
que tienden a consolidarse convicciones y con-
sensos mnimos muy fuertes y determinantes.
Este trabajo es slo el avance provisional
de un ensayo de comprensin de un proceso
de transicin todava inconcluso, a partir de la
recopilacin de algunos de los hitos ms signi-
fcativos de su desarrollo, en el que se presentan
algunos criterios y elementos de juicio para eva-
luar y criticar los hechos y los aspectos de coyun-
tura que aparecieron en mayor o menor grado
vinculados al colapso del rgimen Fujimori as
como al inicio, clmax y sucesiva remisin de la
crisis (hasta niveles relativamente ms maneja-
bles), a la que se espera que posteriormente su-
ceda el retorno a la normalidad constitucional, la
legitimidad poltica y, fnalmente, el reequilibrio
y la consolidacin democrticos. La pregunta a
la que procuraremos responder es, fnalmente,
cmo salir de la ruptura, del colapso, del rgi-
men, y cmo llegar al reequilibrio democrtico
durante la transicin.
Para la recuperacin de la legitimidad po-
ltica en el Per debe tenerse en cuenta varios
aspectos clave, ms all de la conclusin prema-
tura del perodo constitucional. Entre ellos es
necesario tener presente a los actores principales
con responsabilidad sobre el proceso de retorno
a la normalidad; los foros o espacios en los que
se deba discutir el proceso de normalizacin;
las reglas para salir de la transicin; y, las condi-
ciones y oportunidad en las que se establecera
la fundacin de la nueva normalidad. Este tra-
bajo toma en cuenta estos aspectos de carcter
estructural como un referente, pero el propsito
central es la caracterizacin del proceso mismo
a parir de las etapas que llevaron al colapso, y la
evaluacin de las alternativas institucionales en
la transicin relativas a la conduccin del mis-
mo.
1.- La crisis y quiebre del rgimen de Fujimori
El colapso del rgimen de Fujimori, mar-
ca, acaso, el posible fn de una contraola auto-
ritaria?
9
El autogolpe que ese postul como un
signo de ruptura democrtica que debiera tener
breve duracin, result ser el hito de un rgimen
que nunca dej de acusar rasgos autoritarios. La
ola democrtica que se inici en 1980 fue un con-
tinuo proceso de democratizacin que no lleg a
consolidarse
10
, y la transicin de la liberalizacin
a la democratizacin que se inici en 1993 acab
prematuramente en 1996, cuando se advirti el
proyecto de perpetuacin que qued defnido
con la aprobacin de la llamada ley de interpre-
tacin autntica que permita la segunda reelec-
cin de Fujimori. A fnes de diciembre del 2000,
en pleno proceso de transicin, y en medio de las
incertidumbres propias de este tipo de situacio-
nes, an no puede determinarse si la transicin
culminar efectivamente en rgimen democrti-
co o liberal, o si se transformar en otra forma de
democracia aparente y engaosa con el sello in-
terior del autoritarismo o, peor, del despotismo
o de la tirana
11
.
Sea cual fuese el siguiente hito en nuestra
historia republicana, es importante desde el ini-
cio observar la advertencia que formul Flores
Galindo respecto del supuesto carcter pendular
de gobiernos en los que se suceden civiles y mili-
tares, como sinnimos de democracia y de auto-
ritarismo, respectivamente
12
. Flores Galindo re-
cordaba que, en particular a partir del proceso de
lucha contra el terrorismo, ya no solamente era
cuestin de una tradicin autoritaria en nuestra
sociedad y en nuestra vida poltica, sino que el
otrora militarismo se convirti en militarizacin
de la sociedad civil, con lo cual la imagen del pn-
dulo se desdibuja, as como se aproximan en la prcti-
ca, civiles y militares
13
.
No es asunto de asumir por principio una
actitud pura y simplemente escptica o de des-
creimiento, sino de atender a una lectura lcida
de nuestra historia. La revisin de la historia en
esa dimensin corta o inmediata de la que ha-
blaba Braudel, puede con facilidad apresurar el
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juicio del investigador y, por lo tanto, inducirlo
a error. A menudo la ignorancia del pasado en
sus dimensiones de mediano y largo plazo nos
hace olvidar nuestra propia naturaleza. Hablar,
por eso, de una transicin o una nueva ola demo-
crtica luego del fn del rgimen de Fujimori, no
debe ser tomado sin benefcio de inventario.
Descuidar en nuestro anlisis desapasio-
nado de la realidad poltica esa dimensin, pers-
pectiva y visin de largo plazo nos conduce a la
ingenuidad histrica, en primer Jugar, pero, lo
que es ms grave, nos lleva tambin a perder de
vista los sntomas y rasgos incipientes de formas
presentes y futuras de despotismos y de reg-
menes autoritarios que se van larvando en los
ropajes y discursos de una democracia detrs
de cuya mscara se esconden las semillas delos
tiranos del porvenir
14
. Baste para fjar la idea la
referencia que hace Humberto Maturana, tam-
bin dentro de una perspectiva estructuralmente
ms compleja y larga, a la condicin patriarcal
de las sociedades, en las que se resalta la rela-
cin de dominio y de jerarqua; el deseo de con-
trol y de certeza; la urgencia e impaciencia por
la accin inmediata mediante la imposicin casi
a cualquier costo; prcticas destructivas contra
quien niega la propia cultura; y todo en un mar-
co de conversaciones basadas en argumentos de
desconfanza que destruyen el espacio pblico
necesario para que se desarrolle la democracia,
a la vez que crean el contexto favorable para el
autoritarismo
15
. De otra parte, parece decisivo
asumir el reto de la democratizacin como una
empresa basada, segn lo advierte Maturana, en
el emocionar. Este emocionar releva y demanda
la cooperacin, el compartir y la participacin
como modo de interaccin, sentimientos que
se asientan en una cultura matrstica y prescin-
de del sentimiento de apropiacin que favorece
las relaciones de enemistad y la destruccin del
sentido de comunidad, de respeto mutuo, de au-
toestima como ocurre en las sociedades patriar-
cales
16
.
De manera que, con la salvedad metodo-
lgica anunciada sobre el valor relativo del su-
puesto carcter pendular de nuestros regmenes
polticos, as como con la referencia anotada so-
bre la esencia de la cultura poltica peruana (a
la que debe incluirse por cierto como una cultu-
ra patriarcal aunque con elementos de una base
matrstica importante), que no favorece ni supo-
ne una autntica base democrtica en la sociedad
civil
17
, en el desarrollo de este trabajo se pretende
una presentacin elemental del quebrantamien-
to del rgimen autoritario de Fujimori, as como
los hitos principales en el proceso de transicin
hasta diciembre del 2000.
El objetivo concreto de este trabajo no ser,
sin embargo, incidir en la etiologa de la cada, ni
enfatizar en la cronologa del desgaste y colapso
del rgimen de Fujimori, sino presentar, prime-
ro, los prdromos de la transicin, y en segundo
lugar revisar las opciones fundamentalmente de
carcter institucional que se abran a partir de la
crisis y del colapso para la recuperacin de nive-
les aceptables de normalidad. La transicin, en
consecuencia, ser revisada a partir del juego y
evaluacin de las opciones poltica y constitucio-
nalmente disponibles. La fnalidad perseguida
es exponer el abanico normativo e institucional
consumibles, con el propsito de procurar ele-
mentos de juicio que permitan evaluar mejor as
opciones efectivamente escogidas de acuerdo a
las metas y objetivos que los actores del proceso
de transicin tenan que enfrentar.
1.1.- La premisa autoritaria
Probablemente una de las primeras di-
fcultades en el anlisis de la crisis del perio-
do fujimorista, sea la califcacin del rgimen
como tal
18
. Un concepto formal de democracia
permitira afrmar que el suyo fue un rgimen
democrtico, aun cuando con elementos que lo
tipifcaran como un rgimen presidencialista
19
,
esto es, un rgimen en el que la institucin de la
presidencia de la repblica tiene un peso notable
en los nodos crticos de los procesos de toma de
decisin poltica nacional. El presidencialismo
puede, en este contexto, resultar que es perfec-
tamente compatible con alguna defnicin de
democracia, aunque la intensidad del mismo,
como lo ilustr Cardoso, puede ocultar detrs de
la autoridad formal del presidente el control efectivo
que ejerce la institucin militar sobre los que estn en
el gobierno
20
. Otros, con una defnicin ms com-
prensiva y polticamente ms exigente, postula-
rn que el fujimorismo no poda ser un rgimen
democrtico. Los ms benvolos dirn que es
una democracia con adjetivos; otros ms que
pas de una dictadura a una dictablanda, para con-
vertirse en una democradura
21
; y los ms exigentes
afrmarn que fue un rgimen dictatorial o au-
toritario, e incluso en una forma de dominacin
parecida a la que rige al sultanismo
22
.
Como el objetivo de este anlisis escapa a
la defnicin formal de los fenmenos polticos,
optaremos por asumir como premisa metodo-
lgica que el fujimorismo no cumpli con una
caracterstica mnima para califcar como una
democracia: el rasgo populista
23
y la concentra-
cin de poder alrededor de una persona
24
, cuyo
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COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
proyecto central consiste en el copamiento del
poder poltico, el populismo como una forma de
relacin con la sociedad
25
y la cooptacin en el
poder militar
26
a la que en niveles ms mayores
que pequeos se subordina una decisiva propor-
cin de instituciones y funcionarios estatales,
y con la que colaboran de manera signifcativa
(con distinto grado de conviccin) sectores im-
portantes de la sociedad civil, particularmente el
sector empresarial
27
al que se suma la poltica de
secreto estatal, coaccin, cooptacin y de desin-
formacin de los medios de comunicacin
28
.
El montaje del aparato autoritario fue un
proceso fnamente elaborado. Ya acabado el rgi-
men, se confrm que el montaje no fue un pro-
ceso limpio, sino que recurri a maniobras ticas
reprobables y a prcticas vetadas, que consistan
desde el chuponeo telefnico o la persecucin
por la polica fscal, hasta la extorsin, y la com-
pra de voluntades y lealtades. No fue un aspecto
casual que la democracia de Fujimori fuera cons-
truida por l mismo, luego del autogolpe del 5
de abril de 1992
29
, y hoy tampoco parece casual
que generara su permanencia mediante una red
de corrupcin, a la que se ha llamado gangsteril
y mafosa, basada en el sistema oculto de domi-
nio
30
, de mimetismo en la democracia, y de im-
posicin sobre las conciencias
31
. En ese mismo
proceso quedaron diseadas hasta las condicio-
nes en las que poda funcionar la oposicin.
Por esta misma razn, en el desmontaje
deban intervenir factores tanto interiores como
exteriores al rgimen, que requeran la participa-
cin de quienes actuaran deslealmente desde el
centro del mismo (como miembros del SIN); la
de una oposicin ms articulada tanto al interior
del parlamento como en la generalidad de la so-
ciedad civil (como en la votacin de censura a la
Presidenta del Congreso, la eleccin de Valentn
Paniagua como su sucesor, la declaratoria de la
vacancia de la presidencia de la repblica por
permanente incapacidad moral de su titular, o la
devolucin de sus cargos a los miembros del Tri-
bunal Constitucional); as como el oportuno res-
paldo de la comunidad internacional (que fue no
precisamente despreciable, en particular a partir
de la labor de la Mesa de Dilogo de la OEA, que
fue una respuesta, fnalmente, al cuestionamien-
to de los Estados Unidos, Costa Rica y Canad
en la asamblea de Windsor, en Canad, en junio
del 200Q).
La voluntad de permanencia y perpetua-
cin en el poder abusando del poder legal, que
avalaba la maquinaria parlamentaria construida
en el Congreso, y respaldaban las fuerzas arma-
das y la polica nacional, atentaron gravemente
contra la voluntad de pluralidad y alternabilidad
democrtica. Un factor clave en el quebranta-
miento del rgimen Fujimori y en su confgura-
cin como un rgimen antidemocrtico, por eso,
fueron los artifcios electorales que facilitaron la
segunda reeleccin, pensados precisamente para
permitirle un tercer e inconstitucional perodo
32
.
1.2.- Los puntos de quiebre del rgimen
1.2.1.- La interpretacin autntica
A la luz del sntoma del colapso y de su
lectura retrospectiva cabe examinar la historia y
su signifcacin. Un primer eslabn del quiebre
es el que une el 22 de Agosto de 1996, fecha en
que se aprueba la Ley N
0
26657, llamada ley de
interpretacin autntica del Artculo 112 de la
Constitucin
33
, con la fecha en la que Fujimori
anuncia su postulacin por tercera vez: el 28 de
diciembre de 1999.
Entre quienes en 1993 redactaban la Cons-
titucin del mismo ao unos crean, con una bue-
na fe que hoy da se sabe que careca de justifca-
cin, en la declarada inexistencia de voluntad de
permanencia de Fujimori
34
. Pero otros, a quienes
la historia termin dndoles la razn, anticipa-
ban una voluntad oculta ms all de la aparen-
temente irritada voz de quienes protestaban por
la malicia de una oposicin que denunciaba el
proyecto de perpetuacin, dentro del cual el gol-
pe haba sido apenas un aviso y la Constitucin
ese monumento al cinismo y edifcio de noctur-
nidad, redactado como el registro vaco de reglas
que deban servir para adaptar y mimetizar las
sinuosidades del poder que, fnalmente, result
ser el poder de dos hombres: Fujimori y Mon-
tesinos.
Por eso el anuncio de la candidatura de
Fujimori que los medios de comunicacin hacen
pblico el 28 de diciembre, fue como el despertar
defnitivo de una broma por el da de los San-
tos Inocentes. El golpe de 1992 se dio teniendo
en mente tambin la candidatura del 2000. No
se lleg a ella de casualidad ni por sacrifcada
condescendencia con el clamor popular. Inclu-
so el clamor popular fue preparado, diseado y
construido a travs del apoyo meditico y el uso
populista de los programas de asistencia social.
Que ello haya ocurrido de este modo exige, una
vez ms, relecturas que la desprejuiciada visin
del rgimen no permitieron desmentir sino hasta
la emergencia del sntoma.
El eslabn que se cierra el 28 de diciembre
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de 1999 es un hito importante a partir del cual
se concentra y empieza la consolidacin de los
esfuerzos de la oposicin. Crece y aumenta el
disenso de la comunidad, y crecen las oportuni-
dades de las distintas facciones de la oposicin
en el diseo de sus tcticas para jaquear la con-
fanza del rgimen. Es el punto de bsqueda de
la transicin. Es la apertura hacia una formacin
discursiva antagnica. El inicio de un imaginario
que se concreta en actos de oposicin que pro-
gresiva y crecientemente se extienden y genera-
lizan
1.2.2 Un cholo en el Mar Muerto
De ah que el otro eslabn en el quiebre sea
la aparicin y reconocimiento de otra opcin y
lder visible del antagonismo. La opcin y lder
a los cuales se adjudica la posibilidad y capaci-
dad de reemplazar el orden ilegtimo advertido,
de conducir la diversidad ms o menos inconexa
de fuerzas de la oposicin, de fundar un orden
institucional en el que haya mayor transparen-
cia, mayor equivalencia entre lo expresado y lo
realmente querido, y menor ocultamiento del
proyecto pblico.
El da 6 de enero del 2000, cuando qued
claro que no habra una candidatura nica para
enfrentar a Fujimori en la presidencia de la re-
pblica
35
, refrindose a La situacin polarizada
del gobierno y la oposicin en que se presentaba
la candidatura de Alejandro Toledo, Javier Valle
Riestra dio que la decisin de Toledo constituye una
consecuencia del divisionismo opositor de las vanida-
des egoltricas de gente que no tiene ninguna signif-
cacin caudillesca en el Per y que, en consecuencia,
no atrae a las masas porque no tiene un inventario
de obras sino de crticas y quejas. En relacin a la
anunciada decisin de Carlos Ferrero de aceptar
la candidatura a la primera vicepresidencia en la
lista de Per Posible, el grupo de Toledo, Valle
Riestra aada que entre el Atlntico del gobierno
y el Pacfco de la oposicin, el congresista Ferrero
Costa ha escogido navegar en el Mar Muerto. Ferrero
es un hombre muy inteligente, pero navega entre los
ocanos del gobierno y los de la oposicin. As que no
llama la atencin que haya entrado en el Mar Muerto
de la poltica
36
.
De acuerdo con las encuestas sobre la in-
tencin de voto, Alejandro Toledo empieza a ha-
cerse notar alrededor de febrero de 1999, con un
frugal 4%. Este nivel conserva hasta setiembre de
1999 en que empieza una leve tendencia a cre-
cer hasta enero de 1999, cuando aparece con 7%.
Febrero, sin embargo, es el mes en el que se ad-
verta que se afrmaba su candidatura, habiendo
casi conseguido alcanzar a Andrade y a Castae-
da. En Marzo caen las candidaturas de Andra-
de y Castaeda y Toledo pasa al segundo lugar
como favorito, registrando 22% al 19 de marzo y
27% al 24 de marzo
37
.
Comparativamente, la curva de intencin
de voto para Fujimori presentaba una periodif-
cacin diversa, no precisamente ascendente ade-
ms. De setiembre de 1998 hasta junio de 1999
Fujimori no pasaba de 29%; en julio pasa a 31% y
para noviembre avanz hasta 36%. En diciembre
de 1999 y enero del 2000 llega a sus picos ms
altos, coincidiendo con el anuncio de su candida-
tura a la segunda reeleccin, con 46% y 45%. En
febrero baja a 39%, al 19 de marzo sube un poco
hasta 40%, y al 24 de marzo desciende a 37%
38
.
La percepcin de Valle Riestra refejaba,
por eso, una lectura sesgada de la posicin que
ocupara fnalmente Toledo en la escena poltica
del 2000. La alusin a las defciencias de Toledo
como conductor dejan ver no solamente una cr-
tica al lder de Per Posible, porque tena simila-
res crticas contra Andrade y contra Castaeda.
Su referente eran los lderes de talla internacio-
nal que ha tenido el Per con Haya de la Torre, o
con Belaunde. No pareca concebible que un per-
sonaje con las difcultades oratorias que exhibe
Toledo en su relacin con la masa congregada en
plazas pblicas tuviera la capacidad de inspirar
y congregar, deslumbrar y enardecer. Desprovis-
to adems de caractersticas temperamentales
como cierta reserva y algn grado de circuns-
peccin mnimo, la deslucida sobreactuacin de
Toledo ante escenarios pblicos delataba esas
vanidades egoltricas que sobredimensionaban ca-
ricaturescamente al candidato a lder.
Sin embargo, la visin de Valle Riestra,
que revelaba efectivamente defciencias notables
e inocultables en Toledo, no perciban el pblico
al que apelaba Toledo. Se trata de dos criterios
diferentes de conceptualizacin del nfora. Como
recuerda Degregori, Toledo adopt el perfl del
cholo triunfador y sus votantes son mestizos y
cholos, jvenes, educados, informados y hados del cen-
tralismo, el desempleo y ms recientemente del auto-
ritarismo (...) Toledo pega ms entre los jvenes que
nunca tuvieron vergenza de ser cholos o los adultos
que la perdieron
39
. La visin de Valle Riestra exi-
ge la toma de posicin de una fgura que est en
capacidad de aglutinar y trascender las diferen-
cias tnicas entre chino y cholo, entre blanco y
mestizo, entre serrano y costeo, a partir de una
posicin que, en la idealidad de la nacionalidad,
resulta ciertamente defciente e inalcanzable. No
existe an fgura poltica alguna contempornea
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en el Per que est en capacidad de unir y sumar
a todas las sangres bajo una sola visin y destino
colectivo.
Para Valle Riestra, en consecuencia, Toledo
tena ms bien caractersticas que lo haran in-
deseable como candidato nico de la oposicin,
precisamente porque no se allan ni someti a
otro liderazgo. Esta lectura permite advertir y
distinguir dos aspectos: primero, la presunta
voluntad de liderazgo no declarada del propio
Valle Riestra; y segundo, que de haberse resigna-
do Toledo a convenir en una fgura distinta de l
mismo, en vista de las tendencias en la intencio-
nalidad de voto de las encuestas, probablemente
habra abdicado de su propio liderazgo en nom-
bre de una fgura menos relevante que l mis-
mo. Habra resultado suicida luego de advertir
la precipitacin de Andrade y Castaeda en las
encuestas luego de la campaa exitosa de sabo-
taje en su contra por el aparato y maquinaria de
Fujimori
40
.
Vistas las cosas con las ventajas que el de-
sarrollo de los acontecimientos y la distancia del
tiempo favorece, pareciera acertado afrmar que
si las elecciones del 2000 hubieran sido limpias,
si ambos candidatos hubieran tenido efectiva-
mente igualdad de condiciones para apelar ante
la poblacin a travs de los medios de comunica-
cin, el sentido comn dictara que Toledo pudo
haber vencido a Fujimori en primera vuelta. Sin
embargo, la razn por la que no vence es preci-
samente porque el rgimen se mantena en un
estado de diurnidad todava efcazmente encu-
bierto.
Una pregunta se agita en este escenario.
Por qu el gobierno no se deshizo de Toledo?
Por qu se cubri de Andrade y de Castaeda,
pero descuid el frente de Toledo, cuando el suyo
fue un fenmeno muy similar al que se observ
con el surgimiento del propio Fujimori en 1990?
Aparentemente la razn sera que efectivamente
se lo menospreci como un desafo para la pri-
mera vuelta. Para el caso de la segunda vuelta,
sin embargo, la artillera s tendra preparada
alguna sorpresa relativa a la divulgacin de su
vida privada.
Toledo, por eso, es parcialmente un re-
sultado fortuito
41
. El camino para Andrade y
para Castaeda haba quedado minado
42
, pero
el de Toledo no pudo ser afectado en los nive-
les mortales de los otros dos
43
. Toledo capitaliz
el atascamiento y desencantamiento que da a
Andrade y a Castaeda y el gobierno no logr
neutralizarlo a pesar de los ataques lanzados en
su contra a propsito, fundamentalmente, de sus
descuidos paternales con una hia y de las de-
claraciones que hizo en contra de los programas
de comedores populares y el vaso de leche
44
. El
azar lo dej en liberad para hacer todo el dao
de que era capaz. El resto fue solamente el apro-
vechamiento que hizo la sociedad descontenta,
adjudicndole sus preferencias y elevndolo a la
categora de lder opositor en igualdad de con-
diciones que al incumbente. Coincidi la necesi-
dad de una imagen de oposicin presidenciable,
con la sobrevivencia de un candidato insufcien-
temente desprestigiado por el gobierno
45
.
El quiebre de timn que hizo entre la pri-
mera y segunda vuelta al anunciar que aban-
donaba la competencia para no cohonestar la
ilegitimidad del rgimen
46
, fue una decisin de
buena factura que dej en una situacin precaria
a Fujimori ante la poblacin y ante la comuni-
dad internacional. Esta variante en el tablero lo
puso adelante en el liderazgo de la calle y en los
foros internacionales: qued identifcada la co-
munidad con su lder. Su fgura trascendi ms
all de las diferencias que resaltaban antes de la
primera vuelta. A partir de entonces haba que
capitalizar el nimo sublevadizo de la poblacin
descontenta e iracunda en favor del quiebre del
rgimen. El eje de la accin poltica vir de los
medios de comunicacin a las calles.
1.2.3.- El agua sucia de los medios
El inicio de la campaa electoral fue frus-
trante para los candidatos. Salvo medios escritos
como El Comercio, La Repblica, Liberacin, y Ca-
retas, y exclusivamente Canal N entre los medios
televisivos, ninguno otro daba cobertura a la
campaa electoral
47
. Toda la televisin de seal
abierta capturada. La campaa electoral, que es
un tpico acto pblico, qued excluida de uno
de los espacios pblicos ms indiscutidos en la
sociedad contempornea. Dos ejemplos lo ilus-
tran.
Cuando el da 28 de noviembre de 1999 Al-
berto Andrade dirigi un mensaje al pas, en su
calidad de candidato a la presidencia de la rep-
blica, para informar y hacer conocer los objetivos
del gobierno de Somos Per, en caso ganaran las
elecciones, solamente Canal N transmiti dicho
mensaje. Ningn canal de seal abierta cubri la
noticia
48
. De igual modo, no bien fnaliz el plazo
para la inscripcin de los candidatos presiden-
ciales, una medida lgica en la campaa era la
contratacin de espacios televisivos.
Sin embargo, una vez ms, el control que
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haba logrado el gobierno en la casi integridad
de los medios era asombrosamente exitosa
49
.
Tanto as que incluso se negaron a contratar pu-
blicidad poltica, como ocurri con los Canales
2 (Frecuencia Latina), 4 (Amrica Televisin), 5
(Panamericana), 7 (Televisin Nacional), 9 (An-
dina de Televisin) y 13 (Global Televisin), que
negaron el acceso en su espacio a la agrupacin
Avancemos o, posteriormente, fjaron tarifas pro-
hibitivas como en el caso de Canal 4, segn lo
denunci Rafael Rey en los diarios El Comercio
y Cambio el 26 de enero del 2000
50
. Es ms, de
acuerdo a la informacin que proporcionaron
Rafael Rey y Jos Barba, los canales rehusaron
pasar ninguna publicidad poltica a pesar de ha-
brseles ofrecido los pagos respectivos por ade-
lantado
51
.
La situacin fue caracterizada como una
fgura de secuestro informativo. Esto es, las agru-
paciones polticas fueron aisladas informativa-
mente de la sociedad, impidiendo el ejercicio
democrtico de difusin de la informacin y
propuestas de las colectividades polticas a la
poblacin. De esta manera slo el gobierno ten-
dra la exclusividad en la informacin a travs
del candidato-presidente. Tal situacin represen-
ta una competencia desigual e inequitativa que
favorece ostensiblemente al gobierno
52
. Por eso
lo ocurrido a Alberto Andrade el 28 de noviem-
bre de 1999, as como la denuncia de Rafael Rey,
fueron un clarinazo que anunci el porvenir.
Defnitivamente los medios haban sido
capturados, sometidos, y no habra modo de al-
terar el acuerdo tcito entre el gobierno y ellos.
El silenciamiento autoimpuesto de la prensa,
en complicidad con el rgimen de Fujimori fue
una agresin intolerable contra el buen juicio y
las normas civilizadas de hacer poltica. Fue por
eso, tambin, un eslabn ms en a cadena de des-
perezamiento y de levantamiento contra el rgi-
men. Contribuy a la decisin de abandonar la
resignacin y de sustituirla por la activacin de
la protesta
53
.
El absurdo y despropsito del discurso
hegemnico del rgimen de Fujimori fue tal en
materia meditica que el propio da de las elec-
ciones, el 9 de Abril del 2000, como recuerda sa-
gazmente Degregori, mientras se realizaba el conteo
de votos ms controvertido de nuestra historia con-
tempornea, el canal del Estado transmita una pe-
lcula de Cantinfas; Amrica TV nos entretena con
una repeticin ms de El Chavo del 8; y Frecuencia
Latina con el escalofriante largometraje Chucky, el
mueco diablico
54
.
La voluntad de abolicin del espacio elec-
toral, su minimizacin a extremos, intensifcaba y
encenda ms todava el espritu de la poblacin
para protestar. Quedaba en evidencia que haba
voluntad de esconder, de ocultar, de impedir la
libre difusin e informacin de las actividades
polticas del pas. La subestima de la capacidad
de reaccin trajo como resultado la confrmacin
del espritu de protesta callejera. Es a lo que De-
gregori le llama la rebelin [medtica] contra los
medios y que consista en que los protagonistas de
las manifestaciones saban que sus acciones seran di-
fundidas o tenan la esperanza de que lo seran, si no
en el pas, en el extranjero, y actuaban teniendo en
cuenta ese escenario virtual, probando que es impo-
sible mantener una hacienda informativa en la aldea
global
55
.
1.2.4.- Enfrentamiento y exorcismos en la calle
Las repetidas manifestaciones colectivas
son otro eslabn engarzado al quiebre del rgi-
men. ODonnell y Schmiter dicen que la aper-
tura, descongelamiento, descompresin, o como
se le llame, de las reglas autoritarias, produce usual-
mente un aumento agudo y rpido en la politizacin
general y la actividad popular
56
. La mayor concen-
tracin y centralizacin del poder en perjuicio
de la colectividad tiene su propia nmesis. Nada
rebela ms que el abuso.
Salvo protestas aisladas, o pintas calleje-
ras, en contra del gobierno, probablemente las
primeras manifestaciones generalizadas son las
que se realizan luego de la destitucin de los ma-
gistrados del Tribunal Constitucional en 1997;
las que las suceden en 1998, luego que la mayora
parlamentaria votara en contra de la realizacin
del referndum para declarar inconstitucional la
ley de interpretacin autntica sobre la segunda
reeleccin; as como el Paro Cvico Nacional del
28 de abril de 1999
57
. Uno de los slogans ms re-
petidos entonces fue el miedo se acab.
Eran los primeros anticipos de que la vida
colectiva no estaba totalmente adormecida, ni
sometida. La sociedad meditica no controlaba
toda la esfera pblica. El rgimen no poda su-
turar las fsuras de la poblacin insatisfecha. La
sociedad no estaba controlada. Si la sociedad se
sustenta en sus creencias, defnitivamente haba
evidencia de que las de quienes respondan de
esta manera contra actos del gobierno no crean
en el discurso con el que se quera ofrecer una
versin ordenada de la vida social.
En un distinto plano, la actividad poltica
de la poblacin conoci otro tipo de organiza-
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cin y expresiones, entre las cuales las ms no-
tables, luego de realizada la primera vuelta para
las elecciones generales, fueron el atad en el
que se vel y enterr simblicamente a la Ofci-
na Nacional de Procesos Electorales
58
; el lavado
de la bandera, del que Degregori ha dicho que
constituye un ritual democrtico de purifcacin e
inversin
59
; el muro de la vergenza, una especie
dadzibao a la peruana, en el cual se exhibe una galera
de trnsfugas y corruptos, que pueden ser escupidos
o pintarrajeados por los transentes, que pueden asi-
mismo realizar inscripciones sobre el mural porttil
60
;
la campaa pon la basura en la basura, una
suerte de guerrilla urbana que consista en arrojar
bolsas negras de plstico llenas simblicamente
de papel, en las que aparecan los retratos de Fu-
jimori y de Montesinos, en palacio de gobierno
o en las casas de personajes destacados del rgi-
men como Carlos Boloa o Martha Chvez
61
; la
procesin de los monigotes de Fujimori y Mon-
tesinos enjaulados
62
; la fumigacin del Palacio de
Justicia y de Palacio de Gobierno
63
; los planto-
nes delante del Palacio de Justicia
64
; el minu-
to de la resistencia
65
; y diversidad de marchas
cvicas peridicas
66
.
Luego de las dos grandes protestas pbli-
cas en 1997 y 1998
67
el punto ms alto de las ma-
nifestaciones colectivas contra el rgimen fue, sin
duda, la marcha de los cuatro suyos, de los das
26, 27, y 28 de julio, que tuvo como uno de sus
momentos simblicamente ms signifcativos el
triple juramento por la democracia que tom a to-
dos los asistentes una nia de 12 aos de edad
68
.
De la marcha de los cuatro suyos Degregori dice
que su convocatoria despus de la segunda ronda
electoral salv la dignidad y canaliz la indignacin
de los sectores ms movilizados de la oposicin, esta-
bleciendo un vnculo con los movimientos regionales
y con los sectores populares ms pobres hoy llamados
D y E, donde su imagen y su mensaje haba logrado
penetrar
69
. Naturalmente, por otro lado, sta era
una oportunidad que no podra desperdiciar el
rgimen para sembrar semillas de confusin que
lesionen severamente a su organizador, Alejan-
dro Toledo.
La marcha de los cuatro suyos fue suf-
cientemente planeada y anticipada como para
que la maquinaria estatal no reaccione. Era una
oportunidad demasiado tentadora para quedar
desaprovechada. La adjudicacin a Toledo y a
la oposicin de la muerte de los seis vigilantes
particulares y de los millones de dlares de pr-
didas por los daos materiales al Banco de la Na-
cin seran un trofeo difcil de desperdiciar. La
marcha de los cuatro suyos fue utilizada por el
rgimen como un boomerang para presentar a To-
ledo como el equivalente del retorno al pasado,
al terrorismo, a la muerte.
En el otro extremo, Toledo sostena que la
marcha haba sido saboteada desde adentro por
agentes de inteligencia del gobierno, y que haban
sido victimas de una emboscada. Razonamiento
ste perfectamente congruente con la nocturni-
dad, el cinismo y la obscenidad tenebrosa en la
que opera la coalicin en el poder
70
. El objetivo
parece tener sentido: incentivar la desmoviliza-
cin de la sociedad, tanto por los riesgos adicio-
nales que las manifestaciones traeran en la salud
o integridad fsica de las personas, como por la
asociacin que aqullas crean con el presunto re-
torno al pasado del terrorismo. No era inefcaz
el modo de lesionar la fgura del adversario, y
haba que hacerlo de una manera contundente y
fulminante. Intimidar a la poblacin, horrorizar-
la, reducirla al miedo, arrinconarla, poda ser un
medio apropiado para incentivar su desmovili-
zacin. Llevarla nuevamente a la desidia
71
.
Sobre el papel de la colectividad en el pro-
ceso de democratizacin, la observacin de De-
gregori sintetiza apropiadamente el estado de la
cuestin: las multitudes que en las calles hirieron de
muerte al rgimen entre marzo y setiembre, si bien no
olvidan reclamos por empleo y descentralizacin, tie-
nen un indito contenido ciudadano: exigen el respeto
al voto, la independencia de poderes, el fortalecimien-
to de instituciones, la re fundacin de un sistema de
partidos y sobre todo tica, honestidad en los gober-
nantes
72
.
1.2.5.- Fisuras en las relaciones internacionales
La creciente ideologizacin de un mundo
globalizado alrededor de las ideas y los proce-
dimientos democrticos haca ms vulnerable al
rgimen de Fujimori. La tica democrtica como
norma de correccin poltica era un estndar que
no cumpla el autoritarismo. Adicionalmente, su
concepcin anrquica de las relaciones interna-
cionales, basada en la preeminencia del Estado
como sujeto de las mismas, y la determinacin
de los derechos humanos en funcin de la so-
berana del Estado en vez de un ideal abstracto
de carcter universal, actu como cerrojo ideo-
lgico, a punto tal que lejos de sensibilizar a los
conductores de la poltica internacional sobre las
reacciones de la mayora de la comunidad inter-
nacional, sirvi por el contrario para negar por
desacertada la opinin general.
Esa opinin general en la comunidad in-
ternacional desde inicios del 2000, luego que
Fujimori confrmara su postulacin a los comi-
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cios, era que el de Fujimori no era propiamente
un rgimen democrtico, que recurra a medios
anormales si no oscuros para gobernar el pas,
que su prioridad consista en su voluntad de
permanencia, y que a ella pretenda llegar a tra-
vs tanto de la maquinaria normativa y perso-
nal preparada para el fraude electoral, como del
miento a la oposicin, para lo cual contaba con el
soporte operacional, ejecutivo y organizacional
de las fuerzas armadas y mediante las acciones
de planeamiento.
En febrero del 2000 el embajador de los
Estados Unidos haba fjado la posicin de los
Estados Unidos de una manera incontrovertible,
sealando que el gobierno debe garantizar que los
recursos y personal del Estado no sean utilizados para
promover agendas polticas partidarias, as como
que es de suma importancia que los candidatos de
oposicin reciban cobertura equitativa y gocen de un
acceso razonable a la publicidad de los medios de co-
municacin
73
. Tan tempranamente como en febre-
ro era posible advertir que el proceso de abril del
2000 no sera uno limpio ni transparente y, por lo
tanto, tampoco justo.
Esas haban sido las percepciones origi-
nales de los integrantes de los observadores del
Centro Carter, y del Instituto Democrtico Na-
cional para los Asuntos Internacionales (National
Democratic lnstitute for International Afairs-NDI),
que llegaron a Lima en noviembre de 1999
74
. De
igual manera la ilegitimidad del rgimen fue an-
ticipada por el frente externo. La revista Caretas
refera que el Departamento de Estado, la Comuni-
dad Europea y pases amigos le estn haciendo saber a
nuestros embaladores y funcionarios internacionales
el malestar que provocan sus veleidades reeleccionis-
tas
75
.
Cuando llega a Lima el ex canciller guate-
malteco Eduardo Stein para observar el proceso
electoral, se inicia una dinmica de tensiones que
incomodaron notablemente al rgimen de Fuji-
mori
76
. La misin tuvo como objetivo examinar el
desarrollo del proceso electoral, con la fnalidad
de detectar su transparencia y limpieza. Como
consecuencia de su observacin Stein elabora
un informe que present directamente a Csar
Gaviria, Secretario General de la OEA, el que lo
remite para su debate al Consejo Permanente.
La exposicin de Stein ante el Consejo
Permanente dej ver que haban irregularida-
des logsticas e informticas en el proceso y en
el sistema de cmputo, que no haban sido sa-
tisfactoriamente corregidas ni explicadas por los
responsables. A raz del informe, el embajador
estadounidense ante la OEA, Luis Lauredo, pi-
di la convocatoria a una reunin ad hoc de can-
cilleres con el fn de revisar la aplicacin de la
Resolucin 1080 (XXI-0/91). Su propuesta fue
apoyada por Costa Rica y Canad, pero se opu-
sieron a ella Mxico, Brasil, Chile, Argentina y
Uruguay. El tema de las sanciones a propsito de
la Resolucin 1080 no fue acordado, pero pas a
la Asamblea General
77
.
En la trigsima Asamblea General de la
OEA, en Windsor, del 4 al 7 de junio, se debati
y acord el proyecto de resolucin de la delega-
cin del Canad, por la cual se resuelve enviar al
Per de inmediato una misin integrada por el Presi-
dente de la Asamblea General y el Secretario General
de la OEA con el fn de explorar, con el gobierno del
Per y otros sectores de la comunidad poltica opcio-
nes y recomendaciones dirigidas a un mayor fortale-
cimiento de la democracia en ese pas, en panicular
medidas para reformar el proceso electoral, incluidos
la reforma de los tribunales judiciales y constituciona-
les y el fortalecimiento de la libertad de prensa
78
. Esta
misin fue objeto de mucha expectativa, particu-
larmente por el reconocimiento a Lloyd Axwor-
thy, como un hombre honorable y celoso de los
principios democrticos
79
.
Como consecuencia de las entrevistas que
realiza la delegacin de la OEA a fnes de junio
con representantes del gobierno y la oposicin
surge una propuesta de 29 puntos sobre reformas
institucionales en materia de administracin de
justicia; fortalecimiento del Estado de Derecho;
restitucin de los magistrados separados en el
Tribunal Constitucional; equilibrio derechos hu-
manos y seguridad; reconocimiento de la compe-
tencia contenciosa de la Corte Interamericana de
Derechos Humanos; solucin satisfactoria para
el caso de los canales 2 y 13; unifcacin de los
rganos electorales; establecimiento del distrito
electoral mltiple para la eleccin del Congre-
so; y la fscalizacin del servicio de inteligencia
nacional, entre otros temas
80
. Esta propuesta es
respondida por la oposicin con cuatro puntos:
la implementacin inmediata de las recomenda-
ciones de la Corte Interamericana de Derechos
Humanos sobre devolucin a sus propietarios de
los canales 2 y 13; restitucin inmediata de los
magistrados del Tribunal Constitucional; retor-
no inmediato a la competencia contenciosa de
la Corte Interamericana de Derechos Humanos;
y la salida de Vladimiro Montesinos del gobier-
no
81
.
A fn de favorecer e impulsar la apertu-
ra del rgimen, otra consecuencia del informe
Axworthy-Gaviria fue la designacin de la Se-
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cretara Permanente, que tendra a su cargo
propiciar el dilogo y monitorear el proceso de
democratizacin
82
, para lo cual se design al
canciller de RepbIica Dominicana Eduardo La-
torre, quien vino al Per el 18 de julio del 2000
83
.
Esta Secretara Permanente, a la que se integra-
ron el embajador de Canad en el Per, Graham
Clark, y el representante de la OEA en el Per,
Patricio Chellew, fue a la que se conoci como la
Mesa de Dilogo de la OEA, que se integr con
representantes del gobierno
84
, la oposicin
85
y la
sociedad civil
86
.
La Mesa de Dilogo de la OEA, ms all
de los lmites en el papel que cumpli, resulta
ser un signo de ruptura formal en las relaciones
del rgimen con la comunidad internacional. Se
constituye como un espacio concebido como en-
tre facilitador, de monitoreo o mediador. Lo cen-
tral es que era que su existencia apareca como
una ruptura, y signifcaba el reconocimiento
de una brecha de ilegitimidad ante los ojos de
la comunidad internacional, que deba ser sub-
sanada. Su presencia declaraba la irregularidad
manifestamente no democrtica de la situacin
poltica del Per. Se haba consolidado la tesis de
la oposicin sobre el fraude electoral. Tesis que
resultaba ser slo un corolario y un indicio de
la grave anormalidad en las interioridades del
rgimen.
El da de la instalacin de la Mesa de Di-
logo, el 4 de setiembre del 2000, se fj el plazo de
dos semanas para que cuatro grupos de trabajo
propusieran el cronograma de trabajo
87
. El n-
cleo de las posiciones del gobierno y de la opo-
sicin, sin embargo, tuvo como eje del debate la
propuesta y pedido de la oposicin por la reali-
zacin de un nuevo proceso electoral. Este plan-
teamiento era inaceptable por el gobierno. Tanto
que el ministro Bustamante Belaunde anunci
que el dilogo no poda conducir a nuevas elec-
ciones
88
. Pocos das antes de la difusin del vdeo
Kouri-Montesinos, la Mesa de Dilogo pareca
condenada a su exterminio por voluntad de en-
mienda insufciente del gobierno. Las posiciones
eran cada vez ms encontradas. Su mejor papel
sera cumplido luego como mediadora para la
superacin de la crisis, hasta que se declara la
permanente incapacidad moral de Fujimori y la
asuncin de la presidencia por el presidente del
congreso, Valentn Paniagua.
Paralelamente a la reaccin de la OEA y
la Mesa de Dilogo, deben destacarse las posi-
ciones y los pronunciamientos de los diversos
gobiernos americanos
89
y europeos respecto a
las irregularidades antes y durante las primera
y la segunda vuelta
90
. En vista de no haber con-
seguido xito en el pedido ejecutar de la Resolu-
cin 1080, la actitud de los Estados Unidos fue
estudiar la aplicacin de sanciones de naturaleza
unilateral, como la Resolucin 43 del Congreso
91
,
lo cual implicara, paralelamente, la realizacin
de acciones hemisfricas de presin contra la
permanencia de Fujimori.
La reaccin ms seria y fuerte de los Esta-
dos Unidos vendra, sin embargo, cuando Mon-
tesinos juega la ms dramtica de sus cartas en
una partida de alto riesgo, que consisti en los
supuestos descubrimientos sobre una operacin
de venta de armas acreditable al SIN
92
, las mis-
mas que tendran como destino la repblica de
Colombia
93
. La gota que colm toda paciencia
fue el doble discurso sobre la venta de armas
a las FARC colombianas
94
, en el que Fujimori y
Montesinos pretendieron presentar al Per como
moralizador y pacifcador de la regin
95
, a la vez
que como vctima potencial en caso de un even-
tual xito de las FARC que pudiera favorecer el
resurgimiento del terrorismo. Lejos de tener xi-
to en la cortina de humo que pretenda crear para
minimizar el frente creado en la poltica doms-
tica con los avances de la oposicin en la Mesa
de Dilogo
96
, y lejos tambin, mucho menos, de
jaquear a los lderes de la opinin internacional
en contra del rgimen, el petardo le revent en la
cara a Montesinos y al propio Fujimori
97
.
La consecuencia fue la exposicin abierta
del fraude que no alcanz a convencer a nadie
98
;
el recrudecimiento y mayor acritud en la posi-
cin de los Estados Unidos; la posicin contraria
en que forzara a tener a una Colombia sorpren-
dida por la deslealtad y cinismo con que actua-
ron adrede las propias autoridades involucradas
en el trfco
99
; el descrdito y mayor exposicin
del gobierno ante la OEA y la sociedad; y, por
supuesto, la precipitacin de la cada de Mon-
tesinos y el propio Fujimori
100
.
En el plano de la Unin Europea fueron
importantes las gestiones realizadas por Toledo
en su viaje a Espaa, que le sirvi para presentar
la situacin as como para gestionar y compro-
meter la voluntad espaola, la que tiene un peso
considerable ante la Unin Europea en asuntos
relativos a Amrica Latina
101
.
En cuanto a los organismos no guberna-
mentales internacionales, la capacidad de accin
con que contaron fue escasa, fundamentalmente
por la nula acogida que recibieron del gobierno,
lo cual, naturalmente, no hacia sino agravar el
concepto internacional sobre la legitimidad del
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rgimen
102
.
Fernando Rospigliosi refera que ningn
gobierno peruano en las ltimas dcadas haba logra-
do aislarse tan plenamente en el mbito internacional
como el de Alberto Fujimori
103
. Si Alan Garca se
apart de la comunidad internacional al decidir
unilateralmente la suspensin de los pagos de la
deuda externa, Fujimori se aisl por el menos-
precio del impacto que poda tener en la polti-
ca domstica la conviccin dominante sobre los
estndares polticos y la ideologa democrtica
como rgimen de gobierno y hbito de conducta
en el poder.
El mal manejo de la cosa pblica interna
fue observado y cuestionado por la comunidad
internacional. La soberana no le fue sufciente
para proteger el rol y discurso hegemnico de
dominio sobre la sociedad. Y las consecuencias
del talante autoritario del rgimen, de su impe-
ricia democrtica, de su desatencin de la co-
rreccin poltica dominante, equivalieron a una
fsura de dimensiones importantes que min no-
tablemente la gobernabilidad del pas. La fsura
revel la inefcacia del gobierno para asimilar las
demandas polticas crecientes de la poblacin
que se levant contra los abusos, as como la pre-
cariedad de la institucionalidad sobre la que edi-
fc su hegemona.
Desde el punto de vista del vnculo del r-
gimen con la comunidad internacional el contex-
to no era precisamente acogedor ni auspicioso.
La presencia de una misin internacional, con
misin de monitoreo, facilitadora, o mediadora
no es precisamente un sntoma de salud poltica,
ni de higiene democrtica. Por el contrario, es el
indicador de una ofensiva diplomtica interna-
cional en el mbito de competencias tpicamente
domsticas. Indicador tambin de problemas de
gobernabilidad. El pas cuyo rgimen es objeto
de observacin padece de una situacin institu-
cionalmente anmala. En el caso del Per la pre-
sencia de la OEA era resultado de un desborde
de poder, cuyo efecto recproco fue igualmente
el descontento interno y la disconformidad inter-
nacional.
La reaccin internacional dej ver cmo
la soberana interna debi ceder bajo la presin
tanto de la oposicin como de la aplicacin de
estndares polticos supranacionales. El rgimen
jurdico no prevea la constitucin de un rbitro
entre el gobierno, la oposicin y la sociedad ci-
vil. Claro sometimiento del Estado a una regla
no adoptada por los canales normativos regula-
res. El Estado de derecho suspendi la legalidad
formal y se adapt a una norma y procedimien-
tos materiales distintos a los de la ley de la rep-
blica. Se trataba, en consecuencia, de un arreglo
excepcional al que debi consentir el rgimen.
Consentir equivali a reconocer la falta y, por lo
tanto, la vulneracin. Se exhiba pblicamente
una situacin deduelo. Herido el rgimen, deba
abrirse a la concesin de posiciones. Se iniciaba
una nueva etapa discursiva y se escriba el libre-
to de una nueva formacin hegemnica.
2.- El colapso como sntoma
Si el 14 de setiembre aparece el sntoma de
la cada y desmoronamiento, el fn del rgimen
propiamente puede fjarse el da en que Fujimo-
ri anuncia su no retorno al pas. El anuncio de
Fujimori desde Tokio, el 19 de noviembre del
2000 fue el gatillazo de gracia. Su defnitiva e
irrecuperable descompensacin. Ese da la histo-
ria redact el certifcado de defuncin por des-
moronamiento y colapso biolgico generalizado
del rgimen de Fujimori. La lealtad de sus ciegos
seguidores, con la probable y patolgica excep-
cin de la congresista Martha Chvez, se quebr
defnitivamente.
La normalidad y regularidad aparente se
desvanecen y la realidad de un rgimen paralelo
y oculto emerge en el horizonte. Su aparicin de-
linea un contorno diferente del de identidad
104
.
Se confrman anuncios e hiptesis largamente
anticipados que, en su momento, carecan de
evidencia y hasta tenan algn viso de invero-
similitud. El vdeo apareci como una protube-
rancia innegable en la pista argumentativa del
gobierno. La protuberancia que desenmascar y
delat la base para reinterpretar y desmontar la
arqueologa del aparato y de la institucionalidad
establecidas desde el propio inicio, incluso, del
rgimen. Es un sntoma del doble juego al descu-
bierto y expuesto. Lo que se postul y defendi
como bueno, como deseable, se desvanece y pier-
de credibilidad. Se ilegitima. Queda en evidencia
que el umbral del consentimiento poltico y de la
aceptacin social han sido transgredidos. Que la
confanza poltica fue abusada.
Por eso es que el vdeo del 14 de setiem-
bre es el referente obligado para la formulacin
de hiptesis, as como el indicio de sospechas
adelantadas desde aos atrs sobre, entre tantas
otras cosas, el poder efectivo de los altos mandos
de las fuerzas armadas sobre el presidente de la
repblica
105
, as como el sustento nocturno del
rgimen
106
. Es a travs del sntoma, por eso, que
cabe realizar una lectura retroactiva de la historia
presente con una luz y a partir de una perspec-
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tiva imposibles de imaginar durante la vigencia
del rgimen hasta el 14 de setiembre del 2000.
El sntoma contiene la clave de La fantasa
fujimorista, de su deseo de plenitud, ya la vez es
tambin la condicin de dolor, de vergenza y
de duelo evitada. El sntoma revela las articula-
ciones discursivas en los dos mundos, as como
La bisagra que los enlaza
107
. La clave que articula
y llena los vacos y las carencias del rgimen. Por
lo mismo es igualmente la condicin de las futu-
ras fantasas y legitimaciones en la poltica de la
transicin. La base de afrmacin de demandas
para la fundacin de un horizonte con una hege-
mona discursiva diferente: la del antagonismo
de la oposicin
108
.
2.1.- Sntoma de corrupcin en la camarilla
109
En su edicin del 20 de setiembre del 2000
el Walt Street Journal deca que el futuro econmico
del Per est atado a los militares. Esta declaracin
parte de reconocer la trascendencia poltica de
las fuerzas armadas, pero tambin de la impor-
tancia que debe tener la fuerza moral de sus je-
fes. El diagnstico era exacto. De la claridad de
objetivos y de la visin de los ms altos ofciales
de las fuerzas armadas dependa el destino eco-
nmico, pero no slo econmico, del Per
110
.
La crisis que atraves el Per tuvo origen
eminentemente militar. El problema fue la hege-
mona de las fuerzas armadas en el proceso po-
ltico, como agente de intermediacin y de solu-
cin de los antagonismos de la sociedad civil. El
poder de las fuerzas armadas se origin en dos
frentes: la confanza que tuvo en ella el presiden-
te de la repblica, a travs de la capacidad de di-
reccin que le reconoci a la cabeza efectiva de
las mismas en que se constituy Vladimiro Mon-
tesinos, de una parte y, de la otra parte, a travs
de la ausencia de control que se le reconoci al
congreso sobre ella. La organizacin poltica es-
tuvo vertebrada en gran parte por el servicio de
inteligencia, como parachoque y defensa frente
a los peligros y como agente activo de genera-
cin del respaldo popular. Lo primero mediante
el aparato de espionaje de las personas que po-
tencialmente podran signifcar o ser fuente de
iniciativas riesgosas para el rgimen. Lo segundo
a travs de los proyectos, programas, actividades
y tareas monitoreadas por el servicio de operati-
vos sicosociales.
El servicio de inteligencia se constituy,
en efecto, en el agente de fabricacin de articu-
laciones favorables para consolidar la posicin
del rgimen conducido por el presidente de la
repblica. A la vez que se defni como su misin
el fortalecimiento de la posicin del presidente
de la repblica en el sistema poltico, el servicio
de inteligencia qued mimetizado y confundido
en la esfera de poder, convirtindose en inescin-
dible el mbito propio de su papel legal y el que
se le adjudic como garante del rgimen del in-
geniero Fujimori.
Si bien los detalles del entramado y del
copamiento del poder por las fuerzas armadas
es en s mismo un tema que merece un anlisis
especial, lo relevante del tema para las ideas que
desarrollamos en este trabajo es presentar la evi-
dencia del carcter privilegiado de su posicin en
el rgimen poltico. Y la manera ms grfca de
observar tal carcter es constatar el poder efecti-
vo e inconmovible que tuvo durante la crisis.
Desconocer la gravitacin e impacto de las
posiciones sostenidas por los ms altos mandos
militares equivale, durante la crisis de Setiembre
del 2000, a ignorar qu es posible y qu no lo es
en materia poltica. El ejemplo menos cuestio-
nable es la referencia y presencia invisible pero
tangible de las fuerzas armadas en los discursos
acerca de la salidas posibles en la transicin.
Para un observador que ignorara el papel
poltico privilegiado de la organizacin militar
detrs del rgimen de Fujimori parecera suf-
ciente con pedir la destitucin del asesor presi-
dencial Vladimiro Montesinos y de quienes estu-
vieran vinculados a l, para solucionar la crisis.
Tal apreciacin no podra explicar cmo un acto
aparentemente imputable slo a esta persona,
podra haber motivado al propio presidente de
la repblica a decidir apartarse de la presiden-
cia a solamente dos meses de su tercer mandato,
ni podra explicar cmo el Secretario General de
la OEA, cuatro presidentes latinoamericanos, y
el presidente del consejo de ministros del Per
intercedieron ante el gobierno de Panam para
coordinar las acciones que favoreceran su salida
del pas y su ingreso a dicho pas bajo la condi-
cin de asilado.
Por qu habra de ser necesario que el pre-
sidente Fujimori opte por anunciar su prematuro
alejamiento de la presidencia de la repblica, de
no ser porque l mismo se concibe manchado por
la prctica abyecta de Montesinos? Si slo fuera
la conducta poltica y moralmente repulsiva de
su asesor personal, bastara removerlo para eli-
minar el escollo. Pero el presidente de la repbli-
ca no pudo removerlo a su sola voluntad
111
.
Tan no pudo removerlo que debi recono-
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cer un poder paralelo al suyo que no acataba la
remocin. Reconocer su falta de autoridad cons-
tituye a la vez la admisin de su ilegitimidad
poltica por no estar en capacidad de ser efcaz.
Si el superior no consigue que el subordinado lo
obedezca, y por el contrario genera su rebelda,
ello implica que el superior no es ms tal. Cuan-
do el subordinado desconoce al superior surge
una fuente paralela de legitimidad, sustentada
en la capacidad de enfrentarse. Es concebible
que quien manda no sea obedecido, a menos
que el subordinado se rebele como su par? Tanto
Montesinos como los ms altos mandos militares
se enfrentaron al presidente de la repblica. El
punto disputado era el reconocimiento y fdeli-
dad que prestaba la cpula militar a Montesinos
como su jefe autntico. La lealtad era no al poder
civil del presidente de la repblica, sino al hbri-
do que servia de bisagra entre el poder civil y el
poder militar.
Una situacin tal revela, a todas luces, una
situacin de desgobierno. Revela a un presidente
de la repblica impotente para afrmar su auto-
ridad, aunque igualmente a un poder marginal
que no sale a la luz para evitar ser identifcado
como un poder paralelo. Tanto mayor poder
tiene ese poder marginal cuanto menor sea la
posibilidad de que se lo identifque o reconoz-
ca como tal. Ese es probablemente el golpe ms
grande recibido por el servicio de inteligencia: el
haber quedado expuesta la magnitud excepcio-
nal y devastadora de su infuencia y dominio de
la vida nacional.
Pero la pregunta central es, cmo explicar
la insubordinacin del asesor frente al jefe de es-
tado, y cmo explicar que el presidente se some-
ta a la insubordinacin?. Caben dos hiptesis. O
la cobarda, o la complicidad. Si se trata de que
Fujimori es un cobarde entonces cabe la explica-
cin porque huye de quien le inspira miedo. La
mascarada es siempre la prudencia como virtud
de tica, o la conveniencia como valor prctico.
El cobarde es cobarde porque carece de la valen-
ta para admitirla.
No es fcil adjudicar una califcacin a la
conducta de Fujimori. Hay rasgos de cobarda, si
se pasa por alto el pragmatismo como ideologa
y actitud principal en su modo de conducir po-
lticamente el pas que distingui a su rgimen.
Fue la ms repetida acusacin que la oposicin
le hizo luego que el premier Salas anunci su no
retorno al pas el da 19 de Noviembre del 2000.
Son tantas las expectativas que un lder crea en su
ambicin, deca la psicoanalista Mara Paz de la
Puente, que le es difcil, despus, asumir el duelo de
la prdida o del fracaso. El cobarde o el dbil de ma-
nera inconsciente ansa la proteccin idealizada de un
padre y al no encontrarla prefere huir, no enfrentar
el peligro
112
.
Califcar de cobarde el no retorno del pre-
sidente Fujimori, sin embargo, no puede hacer-
se con facilidad y requiere alguna elaboracin.
Ocurre as precisamente por el pragmatismo de
Fujimori. Para el pragmatismo las consideracio-
nes basadas en el herosmo carecen de valor. El
herosmo tiene sentido solamente si es un me-
dio para alcanzar un bien til. El herosmo por si
mismo, como fnalidad de una accin, es estril
y no conduce a nada. La cobarda es el vicio de
quien carece de la virtud del herosmo. Si Fuji-
mori no puede ser hroe, y no conduce su con-
ducta segn tal virtud, cmo habra de esperar
que l retorne al Per para vencer o para enfren-
tar su propio duelo?
Fujimori se queda en el Japn para evitar
una desventaja personal: la de ser procesado y
acusado. Regresar no le reportaba benefcios, y
alejarse del Per le signifcaba ventajas o, por lo
menos, menores inconvenientes para su defensa.
Su lgica es la de su propia sobrevivencia. Por
qu regresar cuando la oposicin no podra ga-
rantizarle una defensa que respetara el principio
de inocencia ante la ley penal?
Es ms, reprocharle cobarda se convier-
te en un arma que usarn sus leales seguidores
para criticar la impertinencia de la acusacin.
La defensa consistir en el sealamiento del es-
cenario parcializado por el encono contra quien
fue presidente durante ms de 10 aos. De este
modo resulta en su perspectiva justifcado per-
manecer en un lugar neutral desde donde se evi-
te una injusticia. Enfrentar las acusaciones por
los excesos del propio rgimen desde el territorio
nacional importa exponerse innecesariamente a
la vendeta de una oposicin de nimos no preci-
samente templados.
Es difcil pensar, adems, que se trate de
un cobarde, porque se le reconoce un coraje y
osada que han lindado a veces en la temeridad.
Aunque, ciertamente, el coraje, la osada y la te-
meridad han estado tambin vinculadas al clcu-
lo escrupuloso de la factibilidad de xito de sus
planes, ms que al arrojo y al enfrentamiento al
destino. El coraje o la temeridad son caractersti-
cas del espritu en las que se desconoce la posi-
bilidad de triunfo. La temeridad de Fujimori se
ha basado en el planeamiento riguroso de una
estrategia y lneas de accin con los que la adver-
sidad haba sido minimizada hasta su ms pe-
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quea expresin. De manera que, una vez ms,
cabra confrmar que no es aplicable la categora
de cobarde a Fujimori, porque se habra consta-
tada su actitud calculadora, pragmtica, utilita-
ria, que excluye el herosmo propio de quien se
arroja al destino con no otra cosa que el valor y
la audacia. No con el clculo de quien ha con-
trolado y hasta dominado confortablemente las
incertidumbres.
Un aspecto vinculado a la cobarda es el de
la traicin. El psicoanalista Jorge Kantor se ref-
ri a ella en relacin con la soledad de Fujimori.
Se dice que la persona en el poder est generalmente
sola, dice Kantor, y en el caso de lderes como el ex
presidente Fujimori, quien, se comentaba, mantena
siempre en secreto sus planes, el solitario exilio pa-
reca ser su salida ms evidente. Aqu hay una fgu-
ra adicional la traicin a sus seguidores
113
. Por eso,
puede hablarse de traicin?. El abandono y la
huida pudieran no afectar el mbito que, a partir
de la valenta, se califca de cobarde a Fujimori.
Pero, eliminar la cobarda lo libera de la acusa-
cin de traicin a sus seguidores?
Esta actitud es muy similar, por ejemplo, a
la reaccin que expres Luz Salgado al conocer
el no retorno de Fujimori. Es el desconcierto, la
desazn, el abandono. Ella esperaba que el pre-
sidente viniera a enfrentar su destino. Ms all
de las consecuencias previsibles de una situacin
polticamente distinta y adversa. Su esperan-
za era que regresara y condujera su defensa en
unin de quienes fundaron con l el movimiento
que denunci un modo La suya es la lgica de la
valenta, del arrojo, del coraje. Sin embargo, la
posicin de la que parte Luz Salgado es opuesta
a la perspectiva de Fujimori. Fujimori no com-
bate si no tiene posibilidad de xito. La suya no
es la lgica de la valenta y del enfrentamiento
heroico al destino. Ambas son visiones y posicio-
nes incompatibles. Lamentable que la congresis-
ta Salgado quede decepcionada, pero lamenta-
ble igualmente que luego de tanto tiempo haya
conocido tan poco a su lder. La lealtad l no la
practica. Su relacin es de una sola va: la espera
pero no la practica.
La hiptesis alternativa es la complici-
dad
114
. Segn este supuesto la ascensin del
poder militar result del entendimiento entre
Montesinos y Fujimori, y se deba al chantaje que
Montesinos le hizo a Fujimori (y por ende a todos
los personajes protagnicos de la escena poltica
peruana) que Fujimori no solamente no lo despi-
di, sino que adems le entreg una resolucin
suprema dndole las gracias por los importan-
tes servicios brindados al pas, dispuso que se le
apoye para abandonar el pas y gestion que sus
ministros, otros presidentes del hemisferio y el
propio Secretario General de la OEA apoyen en
la gestin de su recepcin, en calidad de asilado,
en Panam.
Pero, cmplice? Esto querra decir que
Fujimori habra estado al tanto de cuanta irregu-
laridad e ilicitud ha cometido Montesinos y la ha
condonado callndola, tolerndola, aceptndo-
la. Y todo en nombre de la gobernabilidad del
Per.
Concedamos que Fujimori no estuvo al
tanto de todo lo que hizo Montesinos. Parece ha-
ber hecho tanto que slo quien viviera en su con-
ciencia conocera cunto verdaderamente lleg a
hacer. Pero lo que si parece improbable es que
no conociera por lo menos algo de lo que si hizo
de malo. Lo contrario equivaldra a imaginar a
un Fujimori completamente ingenuo, confado
o crdulo, caractersticas que tampoco tiene. Por
el contrario. Encaja mejor con su modo de ser el
pragmatismo. Ideologa sta que puede llevar a
su practicante a justifcar lo que al principista le
parecera moralmente aberrante, y que le per-
mitira a la misma vez callar lo incorrecto indul-
gentemente a cambio de las ventajas y utilidad
prestada por el agente de la incorreccin. Fuji-
mori es un hombre de ideas y objetivos claros.
Sabe que la perfeccin es inalcanzable. Pero sabe
tambin que hay objetivos colectivos superiores
que requieren valerse de recursos torcidos para
obtenerlos. Estos recursos son los hombres ines-
crupulosos que hacen el trabajo sucio. Siempre y
cuando no sean demasiado sucios. Y siempre y
cuando la suciedad no salpique ms de la cuen-
ta.
Lo peor que podra existir en la mente
pragmtica del presidente es la falta de goberna-
bilidad. La democracia no debe ser un bien ilimi-
tado. Su oferta debe restringirse. El Estado debe
ser efcaz. Para conseguirlo es menester equili-
brar la oferta a todo cuanto no impida la gober-
nabilidad. Para ello deba reforzarse el control
del pas, aunque el costo supusiera la invasin o
dao a ciertos bienes privados. El principal juez
del bien nacional, y de los bienes privados pere-
cibles o descartables result ser el jefe del espio-
naje y el superpoder del servicio de inteligencia.
Convertido en el facttum del poder a la
sombra, el poder militar qued controlado y
subordinado. Pero subordinado no a Fujimori,
sino a Montesinos. Qued establecido un nexo
y articulacin en el sistema de poder a partir de
dos elementos claves: la presidencia de la rep-
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blica y la burocracia de las fuerzas armadas. La
pieza clave fue el jefe del espionaje nacional a
quien desde el servicio de inteligencia nacional
se atribuy la potestad de defnir lneas de man-
do a partir de no otro criterio que la discrecin y
confanza por necesidades del servicio, en vez
de la lnea de carrera y mritos de la profesin
militar.
A fnales del rgimen de Fujimori-Mon-
tesinos haba conseguido ubicar a gente de su
ms estricta confanza en los puestos ms impor-
tantes, as como a destituir a los crticos o confic-
tivos
115
. El poder militar estaba consolidado. Y en
la misma proporcin el poder civil haba queda-
do sometido a la hegemona militar: un presiden-
te civil a la cabeza de todo el sistema poltico, un
parlamento mayoritario a su disposicin, un po-
der judicial y Contralora sometidos al igual que
la mayora de instituciones y organismos claves
en la organizacin y rol fscalizador del Estado,
y un aparato de chantaje y de manipulacin de
la opinin pblica efcientemente montado para
neutralizar a los enemigos incmodos en los mo-
mentos difciles. Sean de la esfera privada, como,
en particular, de la esfera pblica.
Descubierta la trama con el hilo conductor
del soborno al congresista Kouri por un grupo
de congresistas inmune a la presin y chantajes
como eran Olivera, lberico e Higushi, qued de-
velada la ilegitimidad del poder del presidente
de la repblica, as como el titular efectivo del
poder en el Per. Fujimori deba jugar sus cartas
y encontrar una fuente de respaldo de su accionar
ms all de la cpula. Tarea nada fcil, dado que
marcar distancias con Montesinos cre un vaco
de poder innegablemente complicado de llenar.
La presidencia qued desarticulada de su fuen-
te de efcacia y el montaje de legitimidad legal
de la mayora parlamentaria qued diezmada e
igualmente desmontada con los desbordes de los
trnsfugas espantados, de los arrepentidos y de
los leales al liderazgo efectivo de Montesinos.
Este es el contexto que en el plano militar
muestra el desmembramiento del momento he-
gemnico de Fujimori y de Montesinos, y a la vez
la urgencia de un nuevo piso para un rgimen
poltico fatalmente fsurado. La salida ms efcaz
era la pronta convocatoria a elecciones previa la
adopcin de medidas legislativas que allanen el
camino a la normalidad y superen la ausencia de
fundamento poltico.
2.2.- Sntoma de ilegitimidad parlamentaria
El hecho inconcuso es que un congresista
haya sido comprado, para fabricar la mayora
parlamentaria de que careca el gobierno en el
congreso, trajo consigo la sospecha inminente de
ilegitimidad de la mayora parlamentaria, y con
ella la de la presidencia del congreso y sus comi-
siones, as como la propia ilegitimidad del gabi-
nete Salas Guevara Schutz. El caso del congresis-
ta Alberto Kouri Bumachar afect la estabilidad
del parlamento de Fujimori y determin su ilegi-
timidad. Ilegitimidad a tal grado que el congreso
result intil como foro de conciliacin de posi-
ciones. El congreso, por el contrario, no obstante
subsistir como reserva de algn contingente de
legitimidad, se haba convertido en un foco de
exacerbacin de antagonismos y polarizaciones
que llevaban al pas por una pendiente incierta
y turbulenta, y no apareca como el rgano que
contaba con la capacidad ni la destreza indispen-
sables para remontar exitosamente la crisis que
la historia le puso delante.
La supuesta compra de un equipo de feda-
yines para el rgimen de Fujimori sera sin duda
un acto fraudulento y defraudatorio que afecta el
sentido de la voluntad popular. Un acto de legiti-
macin que corresponde a la misma especie que
la aprobacin de la llamada ley de interpretacin
autntica N
0
26657, o al de la falsifcacin de las
frmas que permiti la inscripcin de Per 2000
a comienzos del 2000 ante la Ofcina de Procesos
Electorales, de cuya investigacin se excluy a
otro importante funcionario pblico, como era el
congresista Oscar Medelius, a quien se responsa-
bilizaba de la organizacin de la falsifcacin
116
, a
la vez que de servir de nexo entre Montesinos y
los denominados congresistas montesinistas
117
.
En el pasado se conocieron casos graves
de ilegitimidad parlamentaria basados en proce-
dimientos ilcitos. Uno de los ms clebres fue
la eleccin viciada del seor Becerra de la Flor
como presidente del Senado en julio de 1966,
como consecuencia de la falta de conformidad
entre el nmero de cdulas y el nmero de se-
nadores votantes, en razn de lo cual el senador
Luis Alberto Snchez declar viciada la eleccin
de Becerra de la Flor y procedi a una segunda
votacin en ausencia de la oposicin parlamen-
taria integrada por la alianza Accin Popular y
Partido Demcrata Cristiano que abandon el
saln de sesiones. En la segunda eleccin gana el
candidato de la coalicin APRA-UNO, Julio de
la Piedra. La leccin de este caso es que la crisis
de ilegitimidad se resolvi mediante la renuncia
de de la Piedra a la presidencia del Senado, y la
posterior eleccin a mediados de agosto de 1966
de David Aguilar Cornejo.
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No carece por eso de razn, an ms, es
totalmente razonable y coherente con los princi-
pios y la lgica de los hechos, que se gestionara
el reemplazo de la Mesa Directiva por una elegi-
da con representacin de las distintas minoras
en el Congreso. Solamente la taita de lucidez y
apego al poder poda aconsejar a la congresista
Martha Hildebrandt reacciones como la de que
ella no sucumbira a la oposicin ni a pedidos
de renuncia, porque ella no abdicaba de su au-
toridad. La ceguera moral y poltica en la seu-
domayora del congreso revelaba que no estaba
a la altura de las exigencias que el pas tena en
circunstancias tan difciles. Una crisis es todo lo
contrario a un momento en el que uno puede re-
accionar con las normalidades confrontacionales
y los antagonismos exasperantes. La falsedad del
ttulo parlamentario en la presidencia del con-
greso no puede dar autoridad para exigir lealtad
de nadie. Peor an. Pretenderla socava ms toda-
va la ilegitimidad de toda la institucin, cuando
el propsito central es encontrar puntos slidos
para reconstruir la institucionalidad diluida.
La salida obvia habra sido la disponibili-
dad de la Mesa Directiva de desprenderse de sus
cargos y convocar a nuevas elecciones. As un
punto de discrepancia podra quedar resuelto, a
la vez que se daba muestras de que el congre-
so poda ser considerado como algo ms que un
simple lugar de trmite para acuerdos a los que
se llegaba en un foro paralelo, como era la Mesa
de Dilogo presidida por el embajador domini-
cano Eduardo Latorre. El congreso tena que re-
cuperar el protagonismo y vitalidad dejados de
lado por la intransigencia obcecada del autorita-
rismo de la seudomayora parlamentaria.
La conclusin incuestionable para la po-
blacin luego de constatado el agenciamiento de
lealtades parlamentarias era que el congreso no
lo representaba legtimamente. Este mismo con-
greso, sin embargo, era el puente entre el colapso
y el nuevo rgimen, con toda su falta y mancha
de origen. El enlace entre el orden deteriorado
y el orden por fundar. El ltimo eslabn de un
proyecto autoritario, a la vez que el primero de
un nuevo intento democrtico.
En medio de una crisis de proporciones in-
slitas, uno de los pasos hacia la regeneracin de
la vida parlamentaria deba ser, por eso, el cam-
bio de mando en la direccin del congreso. Y si
la distraccin poltica, la tozudez de carcter, la
ceguera espiritual o la soberbia emocional de la
mesa directiva le impeda percibir las urgencias
y exigencias de la hora, si los retrasos de su sen-
sibilidad y visin alejaban al Per de un destino
ms libre y democrtico, el nico camino deba
ser su remocin, destitucin y censura.
Fueron dos los intentos de censurar a la
Presidenta del Congreso. Nunca tuvo xito en la
historia poltica del pas que un presidente del
congreso haya podido ser censurado. El inten-
to de octubre del 2000 confrm los preceden-
tes. Sin embargo, el 13 de noviembre la oposi-
cin consigui su objetivo y, adems, marc un
hito histrico en la vida parlamentaria del Per.
Martha Hildebrandt, elegida con los votos de la
mayora el 26 de julio del 2000, fue censurada.
De esta manera se subsan la ilegitimidad de la
mayora hechiza de Per 2000 y se recompuso la
dinmica parlamentada. noviembre del 2000 tra-
jo consigo ventarrones de renovacin y el dao
qued hecho. El desmantelamiento de la trama
que ocultaba y confunda la verdad con la men-
tira, el engao con la rectitud, sacudi las con-
ciencias de los dudosos y los convirti en una
nueva fuerza poltica ms all de los linderos de
las adhesiones con que originalmente quedaron
comprometidos al conceder sus votos a la prime-
ra Mesa Directiva ntegramente compuesta por
mujeres.
Censurada Martha Hildebrandt, y elegido
en su reemplazo el congresista Valentn Pania-
gua con votos de la oposicin adems de algunos
otros de la anterior mayora parlamentaria, el ca-
mino para el cambio de mando en la conduccin
de la transicin tambin qued allanado. Qued
claro que la oposicin haba ganado adhesiones
de octubre para noviembre. El desenlace de la
cada defnitiva se acercaba. Las revelaciones so-
bre las cuentas bancarias de Montesinos en Sui-
za, as como las comisiones por la compraventa
de armas y otras formas proscritas de ganancia
de dinero precipitaron aceleradamente el colap-
so, y abrieron la va para que la posta sea asumi-
da por la oposicin. Haber logrado la censura de
la presidenta del congreso fue una demostracin
clara de la recomposicin de fuerzas en el parla-
mento, a la vez que un aviso del siguiente paso:
el reemplazo de Fujimori como presidente de la
repblica y, tambin, como conductor de la tran-
sicin. El congreso haba cumplido y la higiene
que el pas demandaba de sus representantes
qued satisfecha y saneada con el cambio.
2.3.- Lmites de higiene poltica: la comunidad
internacional
Los anlisis de coyuntura por lo regular
tienden a enfocar el papel que cumplen los acto-
res nacionales solamente en el desenvolvimiento
de los hechos normales o extraordinarios. Pero
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en la crisis del 14 de Setiembre la situacin esta-
ba ya entroncada con una red de relaciones in-
ternacionales que hace imposible eludir el reco-
nocimiento de la comunidad internacional como
uno de los nodos alrededor de los cuales se des-
envuelven y desatan los confictos que anud la
ilegitimidad militar en el poder.
La legitimidad de la mayora del congre-
so haba quedado defnitivamente cuestionada.
El cuestionamiento se dio por la desintegracin
del bloque de 64 congresistas luego del desban-
de de trnsfugas y retrnsfugas, pero especial-
mente por la incapacidad de los miembros de la
mayora para concebir la naturaleza de la crisis
y la diferente posicin que le corresponda en el
momento emergente
118
.
Cuestionada la legitimidad de la mayora
qued igualmente cuestionada la del gobierno,
que recibe la investidura del congreso. Deba
recurrirse a un foro ajeno al del congreso, en el
cual cupiera un espacio de discusin imparcial.
El foro central para la solucin de la crisis, por
lo tanto, dej de ser el congreso, y pas a ser la
Mesa de Dilogo coordinada por representantes
de la OEA.
A diferencia de lo ocurrido en anteriores
ocasiones en el Per, excepcin hecha proba-
blemente del papel que cumpli la OEA en su
Asamblea de las Bermudas con ocasin del au-
togolpe del 5 de abril de 1992 y la frmula para
el retorno a la constitucionalidad, la crisis des-
atada en el Per a partir del 14 de setiembre es
un ejemplo por antonomasia de la participacin
de actores internacionales en los hechos polticos
internos
119
.
La OEA fue, como ya se ha visto, uno de
los protagonistas tanto en el proceso de recono-
cimiento del mandato electoral a favor del pre-
sidente Fujimori, donde la iniciativa de Mxico
y Brasil neutraliz el pedido de Estados Unidos,
Costa Rica y Canad para desconocer la elec-
cin fraudulenta de Fujimori y aplicar sanciones
internacionales a menos que se restableciera la
normalidad democrtica, como igualmente cum-
pli un papel activo en el proceso de transicin
y retorno a la normalidad con la crisis del 14 de
setiembre
120
.
En este caso la labor de la OEA consista en
promover el dilogo entre los diferentes sectores
de la sociedad peruana y supervisar el progre-
so de la implementacin de las reformas
121
que
se acord llevar a efecto en la Asamblea General
de la OEA llevada a cabo los primeros das de
junio del 2000 en Windsor, Canad, como conse-
cuencia del informe de la Misin de Observacin
Electoral de la OEA en el Per y de la opinin
expresada por el presidente de la Asamblea Ge-
neral de la OEA, Lloyd Axworthy y su Secretario
General Csar Gaviria luego de la visita que rea-
lizaron en el Per del 27 al 30 de junio.
Al recibir a Montesinos, Panam accedi a
los requerimientos del hemisferio para facilitar el
proceso de democratizacin en el Per. No obe-
deci a la sola gestin del interesado, ni a la de
los representantes del gobierno peruano. Fueron
los pedidos concurrentes de los presidentes de
varios pases, entre ellos probablemente el ms
importante el del presidente Cardoso del Brasil,
a la vez que la formalizacin y canalizacin for-
mal del mismo a travs de la OEA mediante C-
sar Gaviria, los que dieron la salida temporal a la
expatriacin del jefe del espionaje nacional.
***
El papel de la OEA tuvo un carcter emi-
nentemente poltico y pragmtico, circunstancia
que llev a desazn a quienes esperaban de sus
representantes una posicin ms centrada en lo
que podra llamarse una cultura democrtica y
constitucional de carcter continental. Por el con-
trario, su posicin estuvo inspirada en el recono-
cimiento de situaciones de hecho y de equilibrio
interno de fuerzas, antes que en un papel pro-
activo a favor de la articulacin de la resistencia
contra el poder paralelo, carente de legitimidad
representativa y menos an popular.
Si a alguna ideologa cabra apelar para ti-
pifcar el papel de la OEA sa seria la del recono-
cimiento de la cultura militar como sustento del
poder poltico en los pases latinoamericanos. A
pesar de que la OEA pudo recurrir a los Pactos
que rigen el desarrollo continental de las Am-
ricas, opt por concordar voluntades en dos pla-
nos. En el primero se movi el propio Secretario
General de la OEA, que apoy y articul salidas
que no eliminaban la ilegitimidad y, por lo mis-
mo, aval la ilegitimidad con su complicidad as
como con la complicidad de los presidentes de
otros pases que promovieron una transicin que
no erradicaba la impunidad y que, peor an, la
favoreca y facilitaba su metamorfosis y trans-
formacin. Y en el segundo, que fue cumplido
por Latorre como cabeza de la Misin Especial
encargado de la Mesa de Dilogo, facilit el di-
logo plural con diversas fuerzas sociales del pas,
como eran las diversas tendencias de la oposi-
cin, gremios empresariales, organismos no gu-
bernamentales, y la iglesia y, del otro lado, con
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algunos miembros del gabinete que actuaban
como interlocutores en nombre del gobierno.
De igual forma otro argumento utilizado
respecto del factor internacional fue el comuni-
cado de prensa redactado por el Secretario Ge-
neral de la OEA, en el que se adverta que su
continuidad como Jefe de Estado puede signif-
car incertidumbres y representar un obstculo
para el normal desarrollo del proceso democr-
tico
122
. De esta manera se interpret que la OEA
tomaba una posicin marcadamente frontal ante
el rgimen de Fujimori, respecto al que haba ac-
tuado contemplativamente cuando los Estados
Unidos, Costa Rica y Uruguay adoptaron una
posicin comn en Windsor, Canad, en contra
del procedimiento electoral que le reconoci la
victoria electoral. La posicin de la OEA refej la
posicin de Brasil, Mxico y Argentina, que ape-
lando al principio de no intervencin afrm que
los principios de democracia continental sean
supeditados al primero.
De manera parecida, el papel de la OEA
fue igualmente capital cuando el propio Gaviria
intercede ante el gobierno de la presidenta Mi-
reya Moscoso, de Panam, para que reconsidere
positivamente el pedido de asilo para Vladimiro
Montesinos, papel en el que concurrieron igual-
mente los presidentes Cardoso, De la Rua, Lagos
y Zedillo, de Brasil, Argentina, Chile y Mxico.
***
El doble discurso es una herramienta pe-
ligrosa en el desarrollo de la poltica, ms an
cuando se accede a promover la concertacin y
conciliacin en situaciones antagnicas. Este he-
cho expone a la institucin a la falta de credibili-
dad cuando llega a tomar partido por uno de los
actores en la relacin, pero el descrdito es toda-
va mayor cuando lo hace al amparo de la realpo-
litik en vez de las normas que su carta y pactos
constitutivos respaldan. La actuacin de la OEA
llev a reconocer la raz corrupta del poder de
facto del gobierno y la lgica y procedimientos
ilegtimos de los actores que lo amparaban, y
neg el discurso universal y de integracin que
la justifcaba.
El xito de su papel, sin embargo, es que
ayud en el proceso de desfogue o desahogo de
las tensiones, permitiendo el entroncamiento de
enlaces con otros pases de la regin que colabo-
raron entre si para crear alternativas viables, as
como constituyendo el foro de deliberacin que
se requera para articular a actores que carecan
de espacio apropiado para resolver plural y con-
sensuadamente los extremos en discordia.
***
Se afrm que Fujimori tom la decisin
del sbado 16 de setiembre de anunciar el ade-
lantamiento de las elecciones, porque sufri pre-
siones de los Estados Unidos. La especulacin
sobre dicha presin surgi por el rumor de que
la Secretaria de Estado de los Estados Unidos,
Madeleine Albright, le habra anunciado en su
encuentro en Nueva York alrededor de una se-
mana antes de la crisis que los Estados Unidos
adoptara sanciones contra el Per a menos que
se adoptaran acciones claras sobre la situacin
poltica nacional en materia del proceso demo-
crtico. Otra fuente es la presencia del embaja-
dor americano en el Palacio de Gobierno a algu-
nas horas despus de conocerse el vdeo por la
televisin.
La presin internacional es un factor que
impide o, por lo menos, restringe, ciertos cursos
de accin. Las posibilidades, por ejemplo, de que
las Fuerzas Armadas optaran por la va del gol-
pe de estado como una salida de la crisis tienen
en la reaccin de la comunidad internacional un
desincentivo a sus iniciativas. Minimizar o ig-
norar este factor traera reacciones econmicas
y polticas que lesionaran en principio a la co-
munidad nacional pero igualmente, y en mayor
grado, su propia posicin como institucin.
Pero ms all del incentivo negativo sobre
los actores de la crisis, la comunidad interna-
cional representa igualmente un incentivo po-
sitivo como agente cohesionador de consensos.
Este papel tiene asidero en la imparcialidad que
acompaa a quienes como observadores ms o
menos desinteresados pueden facilitar el logro
de consensos entre pretensiones en mayor o
menor grado maximalistas. Los agentes de or-
ganismos internacionales presentes en los foros
y mesas de discusin actan como las aletas de
refrigeracin en los motores
3.- Refexiones fnales
Cul era la mejor salida de la crisis? Era
necesario que Fujimori anuncie su abandono de
la presidencia? Pudo haber decidido el adelan-
tamiento de su apartamiento del cargo sin anun-
ciarlo cuando lo hizo? Y haber dejado de anun-
ciarlo ante la opinin pblica no habra precipi-
tado la iniciativa de la cpula militar para dar un
golpe contra el propio Fujimori? Fue la presin
interna lo que lo motiv a facilitar el camino a
la desantagonizacin, fue su decisin resultado
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de la presin externa, o se debi simplemente a
la solicitud y urgencias que le hizo su hia Keiko
Sofa? Debi dirigir Fujimori la crisis?
Una primera revisin de la crisis, a tres
meses de haberse producido el sntoma de su co-
lapso, deja ver que la lgica y contradicciones se
reprodujeron de modo simtrico en los diversos
foros. La metstasis de la crisis dej ver, igual-
mente, que el mal era el mismo: el cncer de la
corrupcin al interior de las fuerzas armadas. Por
eso es que la solucin a la crisis lleg a un punto
en el que se concibi que lo central para desatar
el nudo del antagonismo era que la sociedad ci-
vil respalde de modo unnime a su presidente,
de manera que las fuerzas armadas abdiquen de
su condicin hegemnica en la coyuntura. Tal
medida consista en priorizar los niveles de ile-
gitimidad, ubicando en el ms alto la usurpacin
del poder por los altos mandos militares que
esgriman posiciones de dominio y establecan
condiciones de respaldo al presidente.
Una vez consolidado el poder presidencial
como conductor de la transicin y establecida
la lnea de mando legtima de orden poltico, el
primer obstculo en la crisis habra quedado re-
suelto. Sin embargo, tal respaldo tendra senti-
do exclusivamente si se cumplen las siguientes
condiciones: primero, que el presidente, su gabi-
nete y su mayora reconocan abierta y transpa-
rentemente la inminencia efectiva de la amenaza
militar, hecho ste que supona igualmente la
entrega y confanza del presidente a quienes le
ofrecan su respaldo; la factibilidad que un gru-
po al interior de las fuerzas armadas tuviera la
conviccin de que era necesario desconocer a la
cpula militar formal y regularmente establecida
asumiendo una actitud de antagonismo contra la
autoridad; y tercero, que la unidad de la socie-
dad civil fuera efectivamente una posibilidad y
por lo tanto que la pluralidad encontrara puntos
de convergencia
A fnes de setiembre del 2000, cuando se
entibiaba en Lima la atmsfera de primavera, el
proceso y voluntad poltica para el trnsito a la
democratizacin pareca abrirse camino. El de-
cado liderazgo de un Fujimori, ablandado por
los maretazos de un ocano poco pacifco, retena
todava el hlito de la lealtad en sus seguidores.
Las aguas embravecidas de dos semanas poco
santas permitan divisar un ncleo de consensos
mnimos. La conclusin ms dolorosa para mu-
chos fue el haber tenido que depender de la su-
pervisin internacional para corregir la obcecada
y lamentable testarudez de un lder autoritario.
La leccin mas importante: mantener la separa-
cin entre poder poltico y aparato militar. A eso
obedeci probablemente que Pablo Macera afr-
mara que era mejor que Montesinos se encuentre
fuera del pas que adentro
123
.
El copamiento del Estado y los costos que
trajo a la sociedad fueron tremendos. El inten-
to de desmontaje probablemente acabar con la
epidermis pero los efectos y el dao habrn sido
igualmente grandes. No se olvide que, indepen-
dientemente de los errores propios de los lderes
de los partidos polticos, fue el aparato militar el
que construy las campaas sicosociales, que re-
produjo indulgentemente la prensa, en contra de
este importante medio de intermediacin de la
voluntad poltica. Acabado el proyecto Fujimori
est pendiente la restauracin de las asociacio-
nes cvicas y partidarias. Una nueva ideologa de
participacin, y tambin de asociacin poltica,
queda por construir en la primera primavera del
siglo XXI.
Participacin, reglas electorales y cultura
poltica
Conforme avanza el lento proceso hacia
el reequilibrio institucional y democrtico, al-
gunas dudas y preguntas van abrindose paso.
En realidad resulta que ms son las dudas que
las explicaciones, y ms son las preguntas que
los ensayos satisfactorios de respuesta. Entre las
preguntas que van apareciendo, algunas son,
por ejemplo, cules son las incrustaciones o en-
claves autoritarios que todava han quedado sin
desmontar?, qu limites ha impuesto el rgimen
al interior incluso de la oposicin, que impiden
cambios polticos e institucionales ms francos
en el congreso, el poder judicial, las fuerzas ar-
madas y la polica nacional?, qu cambios no
resultan posibles exclusivamente por la cultura
de la composicin poltica del congreso, como
eje del todava pendiente proceso de transicin
hacia la democracia plena?
La experiencia de estos diez ltimos aos
de vida poltica sugiere que es necesario mejo-
rar los mecanismos, reglas y mtodos de parti-
cipacin y control poltico de la poblacin, de
modo que la deliberacin que usualmente queda
restringida al mbito de los crculos estatales se
expanda y sea posible consumir cada vez ms
la opinin, intereses y posiciones de los distin-
tos grupos de la sociedad. Los procedimientos
hasta ahora utilizados son restrictivos. Revelan
una actitud desconfada frente a la opinin de la
comunidad. En cuando reservan la opinin pol-
tica al circulo de los representantes elegidos a la
vez que desperdician valiosos insumos de salud
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poltica y social confguran un modelo elitario
de decisin poltica que es conveniente revisar.
El gran aporte de la democracia deliberativa es
la preocupacin por la difusin y multiplicacin
de foros, a la vez que la aproximacin al diseo
de los procedimientos para incorporar las opi-
niones particulares sobre problemas propios de
la esfera pblica, con el menor riesgo posible de
paralizar ni desestabilizar la marcha del Estado.
Esta es una lnea de desarrollo de los procesos
polticos pendiente de explorar.
El aporte de la democracia radical, ins-
pirada en las refexiones de Laclau y Moufe es
igualmente oportuno tenerlo presente. Concebir
la democracia como un punto de llegada, en vez
de un punto de partida o un punto de trnsito,
ha llevado a concentrar el anlisis sobre el xi-
to de la democracia a las instituciones estatales,
descuidando la cultura de la poblacin a la cual
representan las instituciones y los lderes elegi-
dos. Probablemente la mejor manera de hacer de
nuestras instituciones democrticas es incorpo-
rar la pluralidad y las diferencias en los procesos
polticos, de tal modo que la evaluacin de los lo-
gros no se realice exclusivamente en trminos del
rendimiento o la efcacia. Es importante incorpo-
rar como un criterio de evaluacin la valoracin
de niveles cada vez ms amplios de inclusin de
la diversidad en los procesos polticos. La teora
de la democracia radical tiene como principio el
carcter relativo del rgimen democrtico y, por
lo tanto, asume que parte del mismo es la impo-
sibilidad de lograr resultados que satisfagan ab-
solutamente a toda la diversidad y pluralidad de
individuos o tendencias en cualquier sociedad.
Todo proyecto democrtico es, fnalmente, un
proyecto hegemnico en el que algunos discur-
sos tienen mayor capacidad de dominio sobre
otros. El rgimen es democrtico en la medida
en que sea ms difusa la posibilidad de articular
proyectos diversos de hegemona.
La democracia deliberativa y la democra-
cia radical apuntan por tanto a un rgimen en
el que se robustezca e incentive la participacin.
Este objetivo puede alcanzarse naturalmente con
las propuestas de uno y otro modelos, pero es
igualmente valioso revisar el aporte de la teora
de la democracia republicana, que afrma la de-
mocracia como un rgimen de vida en comuni-
dad antes que como un sistema puramente insti-
tucional. La democracia republicana enfatiza en
la condicin objetiva y universal de los valores
de la comunidad, y en la dependencia que el Es-
tado debe tener de la comunidad. Precisamente
la propuesta inversa a la generalmente obser-
vada en los anlisis que enfatizan en el anlisis
institucional. Si el Estado es un subproducto de
la comunidad, su dominio no puede ser en per-
juicio de sta. Al contrario, la comunidad retiene
el control axiolgico ltimo de los logros del Es-
tado. La comunidad no admite su reduccin a la
agregacin de preferencias individuales. Por el
contrario, ms all de la suma de individualida-
des existe una colectividad distinta de las partes,
la misma en la que comparten una misma cultu-
ra, racionalidad y proyecto de vida. Esta comu-
nidad no delega al Estado ni a sus representantes
su soberana. En el contexto actual, este mismo
cuerpo de ideas recupera la identidad del cuerpo
soberano y, por ello, exige mecanismos y proce-
dimientos efectivos de participacin y de control
poltico de manera que el leviatn no se desbor-
de.
Entre los aspectos pendientes en materia
de participacin de la diversidad y de la plura-
lidad de la comunidad en los procedimientos
deliberativos y de control poltico y social, los
que estn pendientes de revisar son los relativos
a la expresin de la voluntad poltica colectiva.
Uno de los ms saltantes es la injerencia del con-
greso en los procesos de consulta popular como
el referndum. Otros dentro del mismo mbito
incluyen los diseos electorales que favorezcan
un mejor ndice de representacin de la plura-
lidad de colectividades en el pas, que tiene que
pasar por la revisin de las actuales cuotas de
representatividad ante el congreso, de modo tal
que sea posible el enlace apropiado entre el re-
presentante y unidades orgnicas de la comuni-
dad para hacer posible el control y una mayor
correspondencia e identidad entre comunidad y
Estado.
Un aspecto que debe advertirse al prepa-
rar la optimizacin de la relacin entre la comu-
nidad y el Estado, es que el sistema electoral no
debiera incentivar la proliferacin de alternati-
vas alrededor de personas sino de propuestas
o programas integrales. La opcin debe ser por
la idea y por los smbolos culturales que encar-
nan las agrupaciones, antes que por la atomiza-
cin alrededor de individuos y el ideario de sus
propios y particulares intereses. Existe una ten-
dencia fuerte a apoyar el voto preferencial, bajo
el argumento de que facilita la preferencia del
elector. Ello es ms una ilusin y una apariencia
que una realidad. El elector no conoce a los can-
didatos lo sufciente para poder elegir apropia-
damente entre unos u otros. El voto preferencial,
adems, es til como mecanismo de compensa-
cin ante los poderes excesivos que pueden lle-
gar a tener las cpulas partidarias en el proceso
de seleccin de sus lderes y de los candidatos
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que presentan a puestos pblicos en nombre de
cada agrupacin. Si el rgimen de participacin
partidaria es virtualmente inexistente poco sen-
tido tiene neutralizar o suavizar la voluntad de
las cpulas. Todo lo contrario: de lo que se trata
es de fortalecer la organizacin de las agrupacio-
nes de manera que estn en mejores condiciones
de actuar como entes de propuesta que puedan
asumir plenamente la responsabilidad de dirigir.
Esto no es posible con el voto preferencial que
tiende a diluir y hasta a eliminar la capacidad de
ofrecer planes o propuestas coherentes con un
equipo y un personal elegido y comprometido
para llevarlo a cabo, sacrifcando si fuera necesa-
rio sus opciones personales.
La democracia es cuestin, ciertamente,
de reglas que se respetan. Pero es fundamental-
mente cuestin de reglas que se viven y encar-
nan en una cultura de pluralidad, de tolerancia,
de libertad y de democracia. La participacin y
el inters en hacernos cargo de los asuntos que
trascienden las fronteras de nuestra individuali-
dad es parte de una cultura compartida. En tanto
no cambie la visin que tenemos de la vida como
un fundo que parcela el mbito de nuestro inte-
rs exclusivamente individual ser muy poca la
mejora en la calidad de vida de nuestra comuni-
dad poltica.
La democracia es, en fn, un supuesto ti-
co y una manera de vivir. Es una conducta. No
slo reglas, estructuras, instituciones o normas.
El resultado de los procesos polticos depende
de la virtud de quienes viven la vida poltica en
la comunidad. Las reglas sern tanto ms tiles
y buenas cuanto mejores sean quienes deben
darles uso y ponerlas en prctica. La transicin
democrtica, por eso, es parte de un horizonte a
largo plazo que pasa antes por el reconocimiento
de la importancia de la educacin de la emocin
democrtica de los ciudadanos no menos que la
transformacin de actitudes y comportamientos
de los gobernantes y representantes de la colec-
tividad para poder vivir y crear las condiciones
en las que se afrme una cultura de la diferencia
y de la pluralidad.
El cimiento y techo de la democracia es, en
ltima instancia, la cultura de la gente y de los
actores en los procesos sociales, as como en los
procesos polticos de los rganos del Estado. La
estructura normativa e institucional son los n-
gulos, los lados y los vrtices del edifcio, pero
las personas son la materia que resiste, soporta y
ahorma esa estructura. Para que la contraola au-
toritaria sea fnalmente exorcizada es ms impor-
tante la metanoia de los espritus que los cambios
normativos. Si las gentes no cambian, los trajes
nuevos de la democracia sern slo remedo y ca-
ricatura de un orden inexistente. La democracia
supone un cambio profundo desde el ser, desde
la emocin y desde la vida. La legislacin ni las
sanciones hacen democrticos a los pueblos. El
cuerpo de la democracia es el afecto y la devo-
cin cotidiana y diaria de sus protagonistas. No
lo son las declaraciones de fligrana, solemnes y
untuosas, con las que suelen adornarse los go-
bernantes o los representantes del pueblo.
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Probablemente la mejor caracterizacin de la democradura fujimorista la ha hecho Sinesio Lpez. Ellas son que (1) se basa en un pluralismo
limitado con tendencia al protagonismo nico, en el que la oposicin democrtica es tolerada dentro de lmites estrictamente formales; (2) se
apoya en la desconfanza hacia los partidos polticos, estimula la despolitizacin de la poblacin a la vez que la participacin plebiscitaria; (3)
su propsito es durar y por eso desarrolla algunas polticas populistas, pero desconfa de toda ideologa y su accin es eminentemente prag-
mtica; (4) an cuando presenta un rostro civil en el gobierno y el congreso, el presidente es socio de la organizacin militar que lo sustenta,
con una presencia decisiva del servicio de inteligencia nacional, y con la neutralizacin de la funcin fscalizadora y de control de los rganos
constitucionales; y(5) no es transparente en sus decisiones, no acepta a rendicin institucional de cuentas y propicia la inseguridad jurdica
mediante la modifcacin de las reglas de juego segn los intereses del gobierno y de sus aliados. Cfr. Mediaciones polticas, democracia e
inters pblico en el Per de los 90, en Fracturas en la gobernabilidad, editado por Ral Urzua y Felipe Agero, Centro de Anlisis de Polticas
Pblicas y Universidad de Chile, 1998, pp. 487-488.
2
Al da siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformacin poltica y social, en El fujimorismo. Ascenso y cada de un
rgimen autoritario, Lima, IEP, 2000, p. 158.
3
ODonnell, Guillermo, y Schmiter, Philippe O., Transitions from Authoritarian Rule. Tentative conclusions about uncertain democracies; The Woo-
drow Wilson International Center for Scholars, The John Hopkins University Press, 1986, p. 6.
4
Loc. cit.
5
Ibid., p. 7.
6
Loc. cit.
7
Aunque por cierto no se llegaba al debate con la voluntad clara de alcanzar el xito. Recurdese por ejemplo que la oposicin dej de asistir al
congreso; que el ministro Bustamante Belaunde condicion la reforma constitucional de recorte del mandato a la aprobacin de una ley que
disponga la impunidad por actos cometidos por funcionarios pblicos en la lucha tanto vinculada al terrorismo como al narcotrfco; y que el
propio congreso prorrog su primera legislatura, que originalmente deba concluir a mediados de octubre hasta fnes del mismo mes.
8
Es interesante proyectar el tipo de transicin al que se habra arribado, segn que sta hubiera sido conducida plenamente por el gobierno, la
Mesa de Dilogo a travs de las negociaciones entre gobierno, oposicin y sociedad civil, o un rgimen provisional especfcamente designado
por la oposicin para conducirla. En el primero, el resultado habra equivalido a lo mismo de lo mismo, o a ms de lo mismo. En el segundo,
algo distinto con algo de lo mismo. Y en el tercero a mucho menos de o mismo y a algo mucho ms distinto. En cualquiera de los tres tipos
cabra hablar de transicin, aunque en los des primeros casos ms pareciera ser una transicin encubierta para mantener las races del mismo
rgimen. En sentido estricto debiera reservarse el concepto de transicin para referirla a las que suponen un proceso franco y no simulado de
liberalizacin del rgimen autoritario con fnes de democratizacin.
9
A propsito de la metfora de las olas y de las contraolas, es indispensable recordar las advertencias de Huntington, para quien la carac-
terstica elemental de la alternancia entre partidos propia de democracias estables es sustituida por un modelo cclico de alternancia entre
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democracia y autoritarismo. De pases como el Per dice Huntington que esos pases tienden a oscilar entre gobiernos democrticos populistas y
regmenes militares conservadores. Bajo un rgimen democrtico, las posturas radicales, la corrupcin y el desorden alcanzan niveles inaceptables, y las
fuerzas armadas los derrocan, con un considerable acatamiento popular. A continuacin, sin embargo, se deteriora la coalicin que sostiene el rgimen mili-
tar, ste no logra resolver efcazmente los problemas econmicos, los ofciales profesionales se asustan ante la politizacin de las tuerzas armadas, y, de nuevo
con gran acatamiento popular los militares renuncian o son derrocados. En esos pases, el cambio de rgimen logra as la misma funcin que la alternancia
de partidos en un sistema democrtico estable. El pas no alterna entre sistemas polticos autoritarios y democrticos; la alternancia entre democracia y
autoritarismo es el sistema poltico del pas. Ver La Tercera Ola. La democratizacin a fnales del siglo XX. Barcelona, Paids, 1991, p. 50. El rgimen
de Fujimori sera, en este esquema, una variante de un rgimen militar conservador, en el que se recurri a polticas neopopulistas con los
sectores econmicamente ms desfavorecidos y al uso turbio de los medios de comunicacin para crear el respaldo popular cuya fnalidad
sera la mayor perdurabilidad del gobierno y de la coalicin civil-militar en el poder.
10
De esta manera se cumple la advertencia de Schmiter. Efectivamente nada fuerza a las dictaduras a liberalizarse, ni a las dictablandas a democrati-
zarse (...) Eso pertenece a las zonas grises de la vida poltica que Machiavelli denomin virt y fortuna. Cfr. La transicin del gobierno autoritario a la
democracia en sociedades en proceso de modernizacin: puede invertirse la proposicin (y el pesimismo) de Gino Germani?, en Los lmites
de la democracia Buenos Aires, CLACSO, p. 167.
11
En 1990 Alberto Adrianzn propona el replanteamiento de las relaciones entre Estado y sociedad, de modo que se incluyera en ellas el papel
del mercado en un ordenamiento democrtico y participativo, y postulaba que de no efectuarse tal replanteamiento el Per continuara pri-
sionero del dilema populismo o liberalismo seorial o, lo que es peor: que vivamos eternamente una situacin aparentemente transicional, expresin
de una sociedad bloqueada, siempre al borde del abismo e incapaz de construir un nuevo orden, ms justo y democrtico, sobre la base de la sociedad, la
reforma del Estado y lo mejor de las tradiciones democrticas socialistas y lilberales (Cfr. Estado y sociedad: seores, masas y ciudadanos, en Estado
y sociedad: relaciones peligrosas, Lima, DESCO, 1990, p. 42).
12
La tradicin autoritaria, Lima, Ed. Sur y Asociacin Pro Derechos Humanos-Aprodeh, 1999, p. 28.
13
Ob. cit., p. 39
14
Bobbio, explicando a Montesquieu, dice que el defecto del despotismo, de cualquier forma que adopte, es la concentracin del poder en la persona de uno
solo; y la concentracin del poder siempre es mala (Cfr. La teora de las formas de gobierno en la historia del pensamiento poltico, Mxico, FCE, 1992, p.
145). El tirano, dspota o caudillo son resultado de una caracterstica cultural en el Per, que tiene que ver con la confanza en el individuo antes
que en la ideologa, la bsqueda del dirigente providencial y el desdn por los planes de gobierno. Flores Galindo recuerda que el caudillismo asent sus
races antes que en una ideologa, en una mentalidad colectiva: la espera de un mesas, de un salvador, de un hombre providencial () El caudillismo es
jerrquico() Es una apuesta ciega en un individuo y en sus designios. Ob. cit., p. 33.
15
Una cultura, dice Maturana, es constitutivamente un sistema homeosttico para la red de conversaciones que la defne, y el cambio cultural, en general no
es fcil y sobre lodo, no lo es en nuestra cultura patriarcal que es constitutivamente un dominio de conversaciones que genera y justifca en forma explcita
acciones destructivas contra aquellos que directa o indirectamente la niegan con su conducta. Cfr. Conversaciones Matrsticas y Patriarcales, en Amor
y juego. Fundamentos olvidados de lo humano desde el patriarcado a la democracia, editado por Humberto Maturana Romesin y Gerda Verden-Zller,
Instituto de Terapia Cognitiva, Santiago de Chile, 1995, p. 53.
16
Dice este autor que la democracia no es un producto de la razn humana; la democracia es una obra de arte, es un producto de nuestro emocionar, una
manera de vivir de acuerdo a un deseo neomatrstico por una coexistencia dignifcada en la esttica del respeto mutuo. Lo que hace difcil el vivir en demo-
cracia en el medio de una cultura patriarcal que continuamente la niega, es el que las gentes que quieren vivir en democracia son en su origen patriarcales.
Y es precisamente porque ellas tambin son patriarcales en su origen, que ellas no entienden que la democracia no tiene justifcacin trascendental, y que es
de hecho artifcial, un producto de la coinspiracin, y creen que una vez que la democracia ha llegado a ser estabilizada, puede ser defendida racionalmente
a travs del uso de nociones tales como derechos humanos como si stos tuviesen validez universal trascendente, sin darse cuenta de que estos son tambin
arbitrarias obras de arte (...) La defensa de la democracia, y de hecho, la defensa de cualquier sistema poltico, necesariamente conduce a la tirana. Cfr. ob.
cit., p. 62.
17
Es una constante en nuestra historia, despus de todo, que la democratizacin de la sociedad civil ha marchado a contracorriente de la tendencia secular
que conduce al autoritarismo estatal y al ejercicio desptico del poder. Ibid., p. 61.
18
Uso la defnicin de rgimen de Cardoso, para quien el rgimen comprende las normas formales que vinculan a las principales instituciones pol-
ticas (al legislativo con el ejecutivo, al ejecutivo con la judicatura, y al sistema de partidos con todos ellos), adems de a la cuestin de la naturaleza poltica
de los vnculos entre los ciudadanos y los gobernantes (democrtica, oligrquica, totalitaria o la que sea). En Sobre la caracterizacin de los regmenes
autoritarios en Amrica Latina, en El nuevo autoritarismo en Amrica Latina, editado por David Collier, Mexico, FCE, 1085, p. 44.
19
Regularmente los anlisis constitucionales del rgimen poltico tienden a referirse solamente al aspecto del diseo institucional, y de ello se
desprenden defniciones poco precisas en relacin con el ejercicio efectivo del diseo de tales instituciones. Valentn Paniagua combina el
aspecto prctico del rgimen con el de su diseo, y califca al rgimen que norma la Constitucin de 1993 corno uno de presidencialismo abso-
lutista. Para Paniagua, el presidencialismo peruano es absolutista por el carcter personal que la Constitucin le atribuye al Poder Ejecutivo;
por el carcter precario de la descentralizacin del poder estatal; por la infuencia efectiva y liderazgo que el presidente de la repblica puede
tener sobre la mayora parlamentaria; as como por la gravitacin decisiva que tiene sobre el poder judicial y sobre las diversas instituciones
constitucionales autnomas. Adems, dice Paniagua, favorecen el absolutismo presidencial peruano factores como la eleccin popular directa
del presidente; la estructura unipersonal del Poder Ejecutivo que asegura el monopolio del poder del presidente, cuya opinin prevalece;
la representatividad del presidente, que le adjudica la personifcacin mstica de la nacin; y la irresponsabilidad poltica y administrativa
del presidente, que lo hace inimputable por la comisin de delitos de funcin. Cfr. Las relaciones legislativo-ejecutivo, en la revista lus et
Praxis, enero-diciembre 1992, N
0
19-20, pp. 70-77; y La Constitucin peruana de 1993 en Dereito. Revista Xuridica da Universidade de Santiago
de Compostela, Volurne lV, N
0
2,1995, pp. 9-52.
20
Cardoso, Fernando Henrique; Ob. cit., p. 48. Anbal Quiano indica que hoy, el control del poder poltico es, en lo inmediato, ejercido por una coalicin
entre: a) la faccin dominante de las Fuerzas Armadas, del Ejrcito en primer lugar; b) una reducida nueva tecnocracia poltica que encabeza el ingeniero
Alberto Fujimori (...); c) el Servicio de Inteligencia Nacional (SIN), formado por profesionales civiles y militares de inteligencia, como el principal ins-
trumento de gobierno (actualmente bajo la direccin de Vladimiro Montesinos, abogado acusado de vinculaciones con el narcotrfco, ex militar expulsado
del Ejrcito por cargos de espionaje por cuenta de la CIA. l tampoco tiene cargo formal y no tiene as responsabilidad ofcial). El diagnstico de Quiano
incluye en el rgimen a actores ajenos a la esfera estatal, y caracteriza al rgimen afrmando que 1) el pas est bajo el cogobiemo Fuerza Armada-
Fujimori con el patrocinio del FMI, y el respaldo de la gran empresa; 2) tiene la ms precaria institucionalidad desde la Segunda Guerra Mundial; 3) el poder
del Estado se ejerce de modo coercitivo, manipulatorio y arbitrario; 4) en benefcio de una franja minoritaria de la poblacin; 5) con la ventaja de no tener
en contra ninguna fuerza social o poltica organizada; 6) en consecuencia, sin tener que enfrentar ningn discurso social o poltico alternativo o siquiera
efcazmente crtico, mucho menos los respectivos movimientos sociales organizados, como ocurra en cambio desde los 20 hasta mediados de los 80. Cfr. El
Fujimorismo y el Per, Lima, SEDES-Seminario de Estudios y Debates Socialistas, 1995, pp. 11 y 14. En similar sentido ve el caso Sinesio Lpez,
quien seala que el golpe es promovido por el presidente de la Repblica y apoyado por los militares o un sector importante de ellos, dando origen a una
dictadura civil-militar El crculo se cierra con el respaldo de los empresarios y los tecncratas fondomonetaristas que pasan a formar parte del bloque en el
poder. La peculiaridad de esta dictadura es que la cabeza poltica es un civil, pero el soporte efectivo son los poderes reales: las fuerzas armadas y los empre-
sarios. Cfr. Per: una pista de doble va. La transicin entre el autoritarismo y la democratizacin (1992-1995), Documento IDS, suplemento
a Cuestin de Estado N 8-9, 1995, p. 10.
21
Como recordaba Alberto Flores Galindo, la paternidad del concepto de dictablanda le corresponde a Martin Adn (La tradicin autoritaria, Ed.
Sur y Asociacin Pro Derechos Humanos-Aprodeh, 1999, p. 30). Sin embargo, sobre el desarrollo conceptual de los conceptos mencionados
ver en particular el anlisis de Sinesio Lpez, Per: golpe, democradura y democracia, en Cuestin de Estado N 4-5, setiembre-octubre, Lima,
IDS, 1993; as como su Mediaciones polticas, democracia e inters pblico en el Per de los 90, en ob. cit. pp. 467-504.
22
De este parecer es Gonzalo Portocarrero, quien cree que en el Per la autoridad estara ms cerca del sultanismo, para emplear un trmino weberiano,
que del autoritarismo, porque en el autoritarismo hasta el jefe se pone al servicio de una misin o de un orden impersonal, mientras que en el sultanismo,
como dice Weber, el sultn puede cambiar la ley si es que esa ley no le agrada en un momento determinado. Lo que fundamenta el orden en el sultanismo es el
capricho del dominante, que es un poco lo que vemos en el Per, donde no hay un sentido ni una disciplina que trascienda y ordene a todos (en la entrevista
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Modernidad popular, utopa del progreso y democracia, aparecida en la revista Cuestin de Estado, Ao 1, N 6, noviembre-diciembre 1993,
p. 48).
23
Dice John Crabtree que el gobierno de Fujimori utiliz muchas de las tradicionales prcticas populistas en la esfera poltica. Se reafrm una tradicin
autoritaria, basada en un estilo de gobierno personalista que huy de las instituciones representativas y los sistemas formales de fscalizacin (accountabi-
lity). Se forj una relacin nueva con el Ejrcito, mientras que los partidos polticos fueron relegados aun ms a los mrgenes del sistema poltico. Debido a
las nuevas polticas econmicas y al impacto que tuvieron en la distribucin y la desigualdad, se estableci un nuevo sistema de control poltico basado no en
la inclusin y participacin sino en nuevas formas de patrocinio y clientelismo. Cfr. Neopopulismo y el fenmeno Fujimori, en El Per de Fujimori
1990-1998, editado por John Crabtree y Jim Thomas, U. del Pacfco - IEP, 1999, pp. 68-69.
24
Cynthia Mcclintock seala que la clasifcacin apropiada para el Per (1995 al presente)es de autoritaria y no de una democracia delegativa, una pseu-
dodemocracia o una democracia con cualquier tipo de adjetivo. Un criterio fundamental para nuestra estimacin es la evaluacin de los propios peruanos de
que el terreno electoral para las elecciones presidenciales del ao 2000 est sesgado y que muy probablemente las elecciones sern fraudulentas. Los peruanos
basan sus evaluaciones en sus percepciones de la voluntad poltica del presidente Fujimori y no en cualquier precedente especifco. Ver Es autoritario el
gobierno de Fujimori?, en El juego poltico. Fujimori, la oposicin y las reglas, editado por Fernando Tuesta Soldevilla, Lima, ed. Friedrich Ebert
Stifung, 1999, p. 92.
25
Es importante recordar que el populismo nace, segn lo seala Alberto Adrianzn, junto con el Estado moderno, bajo la repblica aristocr-
tica, como la cara plebeya del rgimen oligrquico (cfr. Estado y sociedad: seores, masas y ciudadanos, en Estado y sociedad: relaciones peligrosas.
Lima, DESCO, 1990, p. 15). Sinesio Lpez afrmaba en 1990 que los peruanos estamos asistiendo a los estertores de la poca populista y modernizante
de nuestra historia contempornea() El cierre de la poca populista agota el diagnstico antioligrquico del Per, la industrializacin sustitutiva de impor-
taciones como modelo de desarrollo y las estrategias estatizantes propias del populismo latinoamericano (cfr. El Per de los 80: sociedad y Estado en el
fn de una poca, en Estado y sociedad: relaciones peligrosas, DESCO, 1990, pp. 202-203). Al parecer fue prematura la partida de defuncin que
extenda Sinesio Lpez, porque ste fue reeditado y remozado bajo la poca de Fujimori, al que los tericos han llamado neopopulisrno. El
neopopulismo al que recurre el rgimen de Fujimori se basa en la amplia dependencia de un segmento importante de la poblacin de la ayuda
social del Estado. Nelson Manrique recuerda que segn datos de INEI, en 1998, ms de 9 millones de peruanos dependan de la ayuda alimentaria
del Estado (ver La corrupcin como sistema en la revista Debate Vol. XXII, N
0
112, diciembre 2000-enero 2001, p. 28). En sentido semejante
Cynthia Sanborn y Aldo Panfchi sealan que el poder ha continuado concentrado en un Presidente fuerte, quien acta en nombre de los ciudadanos (o
ms bien del pueblo), pero quien no rinde cuentas ni a ellos ni a otros poderes. Su legitimidad no est basada en principios de ciudadana ni respeto a las
instituciones democrticas, sino en logros de sus polticas econmicas que prueban su efcacia. Esto puede generar un proceso circular: cuanto ms xito
tenga el lder mayores sern sus exigencias autoritarias, pero tambin las expectativas de la poblacin sern ms grandes. Con el tiempo, este circulo vir-
tuoso se convierte en un circulo vicioso, y termina devorando al propio lder. Fujimori y las races del neopopulismo, editado por Fernando Tuesta
Soldevilla en Los enigmas del poder. Fujimori 1990-1998, Lima, Fundacin Friedrich Ebert, p. 62.
26
Enrique Obando dice que durante el gobierno de Alan Garca, pero mucho ms aun bajo el gobierno de Alberto Fujimori, se abandonaron los antiguos y
respetados mtodos de distribucin del poder dentro de las Fuerzas Armadas en favor de un sistema de cooptacin. La consecuencia de ello fue el estableci-
miento de una sola argolla casi permanente dentro de las Fuerzas Armadas (...) Puesto que esta nueva estructura no estuvo acompaada por la creacin de
una estructura paralela que limitara el poder de las Fuerzas Armadas, esto signifc que los generales cooptados por el gobierno alcanzaran una considerable
autonoma en sus relaciones con el Presidente. Cfr. Fujimori y las Fuerzas Armadas, en El Per de Fujimori 1990-1998 editado por John Crabtree
y Jim Thomas, U. del Pacfco - IEP, 1999, p. 377.
27
Cfr. por ejemplo, el trabajo de Francisco Durand, La democracia, los empresarios y Fujimori , en El juego poltico. Fujimori, la oposicin y las
reglas, editado por Fernando Tuesta Soldevilla, Lima, ed. Friedrich Ebert Stifung, 1999. Dice Durand que el periodo que inicia Fujimori y por
lo menos hasta 1998, se caracteriza por la predictibilidad de sus decisiones (a pesar de concentrar poderes) y la inclusin de los empresarios en la alianza
de gobierno. Esta alianza se forja desde 1990 y luego se cimienta en el golpe de 1992 (...). La alianza se mantiene, dando los empresarios repetidas muestras
de apoyo al rgimen. P. 199.
28
Cfr. el artculo de Catherine Conaghan, Entre las amenazas y la complicidad. El Estado yla prensa en el Per de Fujimori, en El juego poltico.
Fujimori, la oposicin y las reglas, editado por Fernando Tuesta Soldevilla, Lima, ed. Friedrich Ebert Stifung, 1999. Seala Conaghan que a pesar
del respeto formal a la libertad de prensa, las autoridades gubernamentales participaron en una amplia gama de prcticas destinadas a debilitar la autonoma
de la prensa y sus capacidades fscalizadoras (...) En vez de buscar infuir sobre la cobertura de la prensa por medio de la provisin de informacin, las autori-
dades peruanas siguieron el camino opuesto, negando el derecho a la informacin de la opinin pblica (...) La negacin y el secreto se hicieron, efectivamente,
una poltica pblica permanente. Esta poltica fue sancionada por el Presidente y puesta en prctica por los aparatos de inteligencia militar la mayora del
Congreso y el Poder Judicial (...) En el Per, los intentos del gobierno de contener la bsqueda de informacin y explicaciones por parte de la prensa se
inscribieron dentro de un patrn de conducta ms amplo, que tena como objetivo impedir que hubiera obstculos para el proyecto poltico fujimorista (...) el
Per proporciona ejemplos mltiples de cmo la conducta real de las autoridades puede vaciar de contenido el ordenamiento formal, y cmo algunos actores
sociales (como la prensa chicha) pueden colaborar con el enrarecimiento del clima democrtico. Pp. 270-271.
29
McClintock afrma que no ha habido un lder latinoamericano que haya sido responsable por la ruptura democrtica de un pas que se convierta luego en
el Presidente de un primer gobierno en su prxima ola democrtica. Ob. cit., pp. 92-93.
30
Una de las ms notables referencias al poder oculto en el rgimen de Fujimori fue La del Arzobispo de Lima, monseor Cipriani, quien habl
de l en el Te Deum, del 28 de julio del 2000, a inicios del tercer perodo. Carlos Reyna deca sobre la naturaleza nocturna del poder de Fujimori
que el poder oculto de verdad resultaba de una alianza bsica entre mandos militares, grupos empresariales locales y transnacionales, bancos internacionales
y ciertos organismos del Estado norteamericano. Todos los que pasaban por esa sala de flmaciones del Servicio de Inteligencia Nacional han sido emisarios o
asociados menores de alguna de esas redes. Todas ellas no solamente eran conocedoras privilegiadas del encumbramiento clandestino de Montesinos tras la
pantalla del presidente Fujimori, sino que lo aceptaban y transaban con l. En eso consista el fujmorismo (ver Poder oculto y democracia voyeurista
en la revista Quehacer, N
0
127, noviembre-diciembre 2000).
31
Para Nelson Manrique el rgimen de Fujimori pasar a la historia no tanto por la magnitud -de por s mayscula- de la corrupcin imperante, sino por
haberla constituido en un sistema de gobierno. Ver La corrupcin como sistema en la revista Debate, Vol. XXII, N
0
112, diciembre 2000-enero 2001,
p. 28. De modo semejante, Norberto Bobbio, al comparar la democracia con la mafa, sealaba que nada es ms contrario a la democracia que el
poder oculto. Nada es, por el contrario, ms acorde con la naturaleza del poder mafoso que el obrar en secreto y con la mscara cubrindole el rostro ()
Donde impera el poder mafoso, la vida de cada uno de nosotros deja de estar asegurada y los intereses generales son continuamente defraudados. El inters
del grupo violento y sin escrpulos prevalece sobre el de la pacfca sociedad de ciudadanos que depositan su confanza en el Estado, en el poder pblico,
para tener orden y justicia (...) El abrazo de la mafa a la democracia es un abrazo mortal (...) El mafoso es el enemigo solapado, fraudulento, que busca la
alianza y la proteccin de los poderes del Estado (...) La alianza del mafoso con el Estado no slo es posible sino deseada, en La democracia asediada por
la mafa que consigna la revista Quehacer N
0
127, noviembre-diciembre 2000, pp. 7-8.
32
La regla mnima para la defnicin de un rgimen como democrtico, es que las elecciones se lleven a cabo de una manera limpia, justa y libre.
En 1999 adelantaba Cynthia McClintock que es posible, por muchas razones, que Fujimori sea reelegido en el ao 2000, pero s las evaluaciones de los
peruanos en cuanto al terreno electoral y a las instituciones electorales perduran, un gobierno de Fujimori post-2000 no sera considerado democrtico o
legtimo por la mayora de la ciudadana. Este es un escenario potencialmente explosivo. Ob. cit., p. 93. En Un rgimen carcomido por dentro deca
Carlos Ivn Degregori que dos puntos de infexin maman el decenio de Fujimori y Montesinos: el autogolpe de abril de 1992 y la ley de interpretacin
autntica de agosto de 1996. Paradjicamente, a travs de la ruptura del orden institucional se logr, en ambos casos, una aparente consolidacin del rgi-
men. Sin embargo, en el mediano plazo ambos hechos lo debilitaron porque hicieron trizas la institucionalidad del pas y exacerbaron la personalizacin del
poder alrededor de la fgura presidencial (en la revista Debate, Vol. XXII, N
0
112, diciembre 2000-enero 2001, p. 27).
33
Como recuerda Cotler, el fracaso del ofcialismo en las elecciones municipales de 1996, cuando Fujimori se encontraba en la cspide de su
popularidad, llev a su entorno a reconocer que los votos a Fujimori no eran endosables a otro candidato, en razn del elevado grado de personalizacin
del poder, por lo que l era indispensable para mantener la continuidad indefnida del rgimen autoritario. De ah que el problema de la sucesin, tpico de
los regmenes autoritarios, pasara a constituir el eje de las preocupaciones y de las decisiones gubernamentales: cmo lograr mantener a Fujimori en el poder
durante los prximos veinte aos. Cfr. El Fujimorismo. Ascenso y cada de un rgimen autoritario, de Julio Cotler y Romeo Grompone, Lima, IEP,
2000, p. 41. La lectura de Cotler, al parecer, enfatiza en la percepcin de los sectores desvinculados del Plan Verde, para quienes el designio
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del pas estaba asociado con la conduccin luminosa de las fuerzas armadas. Se trata, efectivamente, de una percepcin coincidente con la
visin a largo plazo del Plan Verde. Debe examinarse, sin embargo, cunto de las percepciones y convicciones de esos sectores relativamente
marginales del ncleo duro del poder era resultado del designio previsto en el propio Plan Verde. De otro lado, no debe dejarse de lado que
la ley de interpretacin autntica no es sino un episodio en la trama legislativa que deba canalizar la segunda reeleccin. Otros peldaos de
la misma narrativa incluyen, por ejemplo, la ley 26898, que permita la capacidad de sufragio de magistrados provisionales para la designa-
cin de la presidencia y vicepresidencia del Jurado Nacional de Elecciones; o la ley 26954, que modifca el qurum que fja a ley orgnica de
elecciones para los casos de denegatoria de inscripcin, de impugnaciones y de tachas, creando la presuncin de denegacin y de declaracin
de infundadas para os petitorios interpuestos.
34
Parece justo indicar en honor a la verdad que la congresista Martha Chvez de Ocampo fue mucho ms honesta y transparente que quienes
se encontraban en el ojo del poder (aunque debe decirse de ella tambin que es ingenua, y hasta indebidamente leal). Era prcticamente la
nica que sostena que el texto constitucional deba contener sin dobleces la reelegibilidad indefnida. Esta propuesta abra probablemente
creado aristas especifcas en el debate constitucional, pero habra igualmente disminuido la cuota de falsedad e inautenticidad tica del
rgimen. Ahora se ve que tal alternativa habra sido un lujo moral absolutamente inmerecido. La voluntad de oscurecimiento, de secreto y
de ocultamiento era el axioma tctico de la inteUgencia militar y del fujimorismo. De ah que la propuesta de Martha Chvez fuera no slo
inconveniente y oportuna sino hasta desestabilizante y peligrosa. Hacia obvia la intencin del rgimen. Situaba en juego en un plano indesea-
ble. Desenmascaraba el proyecto. En lugar de retardar aceleraba el momento en que la verdad poda ser percibida. La perfeccin del modelo
consista en la dualidad del discurso y Martha Chvez lo sinceraba prematuramente. La personalidad taimada de los lderes no podan aplau-
dir ni congraciar una declaracin abierta de propsitos. Necesitaban la mscara de las incertidumbres y de las ambigedades.
35
Carlos Franco adverta que la oposicin presenta una imagen de desacuerdos e indecisiones para la eleccin del candidato de consenso y la elaboracin de
una lista parlamentaria. A una dictadura no se la enfrenta de este modo. Debido a la postura de la oposicin, ahora pagarn un precio alto porque tienen que
hacer frente a un candidato con todas las condiciones a su favor. El comentario de Alberto Adrianzn entonces fue a lo que consider la causa de la
falta de acuerdo: el entorno de las fguras presidenciables impide la eleccin de la candidatura unitaria porque existen muchos intereses en la conformacin
de las listas parlamentarias. Pero es una presin equivocada porque creen que las listas parlamentarias son ms importantes que la unidad opositora. Cfr. ar-
tculo Coinciden analistas polticos. Oposicin dividida no puede enfrentar a Fujimori, en diario La Repblica, edicin del jueves 6 de enero
del 2000, p. 6. Los intentos de unin concluyeron fnalmente con la Declaracin conjunta que suscribieron Andrade y Castaeda el 5 de enero
del 2000, en la que comunicaban que luego de las conversaciones sostenidas y del anlisis realizado se haba concluido que el pueblo del Per
tiene derecho a escoger entre una u otra alternativa, uno u otro programa, uno u otro candidato. Por lo tanto, hemos resuelto presentar nuestras frmulas
presidenciales y ofertas electorales por separado, comprometindonos a respaldar luego -como debe suceder en una sociedad democrtica- a aquella que haya
obtenido la mayor cantidad de votos Ver, por ejemplo, La Repblica, en su edicin del 6 de enero del 2000, p. 3.
36
Ver la columna Periscopio Poltico, del diario Gestin, en su edicin del jueves 6 de Enero del 2000, p. 5.
37
Informacin recogida de los faxes de opinin emitidos por Apoyo Opinin y Mercado SA. y sus Resmenes mensuales de las encuestas a la
opinin pblica.
38
Ibd.
39
En La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, pp. 367-368.
40
El punto ms alto en la curva de intencin de voto para Andrade fue a fnes de 1998 y enero de 1999, cuando alcanzaba 36%. En mayo de 1999
se inicia un claro descenso con 25%, que no remonta ms. Por el contrario, para diciembre de 1999 concluye el ao con 13%. En enero del 2000
levanta hasta 19% para terminar a fnes de marzo con 7%. En el caso de Castaeda la fgura es similar. Entre setiembre de 1998 y mayo de 1999
oscila entre 14% y 19%. De junio de 1999 hasta noviembre de 1999 sube en la intencionalidad de voto a entre 21% y 26% (mximo que logra en
setiembre de 1999). A partir de entonces el camino es cuesta abajo, con 17% para enero y 6% para marzo del 2000. Ver Resmenes Mensuales
de las encuestas a la opinin pblica, de Apoyo Opinin y Mercado.
41
La fortuna se presenta como el aprovechamiento de los resultados de terceros. Los errores de Andrade y Castaeda, a los que se suma la cam-
paa en contra de estos candidatos por el rgimen. Sin embargo, existe un componente no fortuito, que consiste en el planeamiento deliberado
de una campaa sobre la base de metas y objetivos apropiados para ser ofrecidos a una poblacin electoral de caractersticas a partir de las
cuales se apela con un mensaje adecuado y convincente. Sobre este aspecto dice Degregori que, cuando comenz a ascender en las encuestas, la
organizacin de Toledo era casi tan feble como la de Castaeda, pero cometi menos errores en su campaa y, sobre todo, proyect una imagen que logr abrir
una grieta signifcativa en los sectores populares y provincianos, donde hasta ese momento Fujimori corra en solitario. Ver La dcada de la antipoltica.
Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 179.
42
El minado de uno y otro candidato haba supuesto actos de hostigamiento de carcter tributario, como en el caso de Andrade, o psicolgico,
como en el caso del asedio y las amenazas contra la esposa de Castaeda. Ambos, adems, fueron afectados por hostilizacin en la realizacin
de las manifestaciones de sus campaas, hostilzacin que, obviamente, se llevaba a cabo por agentes infltrados del gobierno, o a travs de
maniobras cuidadosamente planeadas como cuando se impeda el trnsito por alguna calle o avenida, o se interrumpa el fuido elctrico.
43
Recuerda Degregori que contra Andrade se desarroll un clsico enfrentamiento clasista, aprovechando los problemas de la alcalda en su poltica respecto
al Centro Histrico, para construirle una imagen de pituco prepotente y enemigo de los pobres. Y sobre Castaeda seala que sin equipo ni programa,
su candidatura result ms deleznable. Surgi tarde, avanz haciendo el muertito mientras el candidato no se pronunciaba y cay pronto. Para marzo los
ataques contra Castaeda prcticamente haban cesado, mientras continuaban contra Andrade y se iniciaban fulminantes contra Toledo. Loc. cit., p. 177.
44
Es importante no perder de vista que Toledo no es un fenmeno objetivo que se comporta como una variable dependiente de la poblacin,
del mismo modo que la poblacin tampoco resulta comportarse como una variable dependiente de la campaa de sabotaje y de desprestigio
del gobierno. Es dable, s, asumir que exista una asociacin o relacin de algn tipo. Esta asociacin, sin embargo, no es unilineal ni causal.
Es la propia poblacin la que opta por un umbral bajo o alto de exigencia respecto de la informacin que recibe en los medios. Es de su con-
ciencia que depende si acoge y prefere o no la intencionalidad oscura con la que se le suministra informacin, o si coincide con el aspecto
propiamente informativo que resalta el rgimen para distorsionar y ridiculizar a sus enemigos. El pueblo no es tonto, es una frase que se
repite hoy con mayor frecuencia que antes para reconocer la capacidad refexiva y analtica del elector. Esta misma referencia es la que debe
recordarse cuando se afrma que el pueblo es manipulado por el manejo de medios por el servicio de inteligencia del gobierno. El pueblo s
es capaz de escoger y de acoger o no la propaganda y las campaas de sabotaje y amedrentamiento del rgimen. Cabe afrmar, por tanto, que
la cada de Andrade y de Castaeda no es solamente resultado de la campaa de sabotaje del gobierno. La poblacin decide apropiarse de
esa informacin y opta por negarle su opcin de voto. No es el rgimen el que hace caer a Andrade y a Castaeda. Es que ellos caen porque
el pueblo acepta la creencia, o la fantasa, de que los comportamientos que denuncia el rgimen tienen merecimiento sufciente para restarles
preferencia.
45
A mi modo de ver el caso, la afrmacin de Sinesio Lpez y de Carlos Ivn Degregori de que Toledo es una hechura de los ciudadanos, o de que
los electores volvieron a fabricar su propio candidato, es un exceso retrico. Degregori afrma que hasta febrero del 2000, aqu no pasaba nada.
A partir de entonces se confgur de manera aluvional un heterogneo movimiento opositor y, por segunda vez en una dcada, los votantes construyeron
de la nada su propio candidato (Cfr. La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladirniro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 269).
Segn alcanzo a comprender el caso, Toledo tuvo un libreto propio que desempear. El gobierno no pudo, o no quiso, evitar lo sufciente que
lo ejecute. De este modo, su sobrevivencia lo llev a apelar al electorado sin mediatizacin y de modo directo, con el asentimiento, inclusive,
de los otros candidatos que hicieron causa comn con la esperanza de la oposicin. Querra decir que la sola condicin de sobreviviente
vuelve a Toledo una hechura de la ciudadana?. Creo que seria una injusticia afrmarlo. La poblacin, ms bien, se qued con lo que sobr
en el proceso de descuartizamiento de los presidenciables que haba emprendido el gobierno. El electorado no cre a Toledo. Se trat de una
alianza entre un candidato y una mayora plural descontenta. Nunca hubo mmesis entre uno y otro. Toledo no poda sintetizar la diversidad
de corrientes y opciones de la oposicin, salvo la voluntad de impedir el acceso o continuidad de Fujimori. Y la colectividad tena conciencia
que Toledo no era su criatura, sino su circunstancial acompaante. Uno y otro se complacan estratgicamente. Pero no hay otra identidad
que la de la protesta y la de la emocin de la liberacin del rgimen. No es que los votantes construyeron de la nada su propio candidato.
Parece ms bien que no haba nada sino algo, y que los votantes se apropiaron de ese algo. No lo construyeron. Toledo no fue lo mismo que
Salas. Haba opcin para escoger. El pueblo no hizo a Toledo sino que se qued con el mejor de los sobrevivientes, O con el menos malo. De la
misma manera, me parece que la percepcin de Javier Valle Riestra es igualmente devaluatoria del mrito de Toledo, que articul su discurso
alrededor de un nfora distinta de aqulla en la cual pensaba Valle Riestra.
46
Per Posible solicit la postergacin de la fecha de la segunda vuelta por un mes, con el fn de que se corrian las irregularidades que impedan
que el proceso electoral se lleve a cabo de manera justa, limpia y transparente. Este pedido fue denegado con la Resolucin N
0
668-2000- JNE.
del I8 de mayo. Luego comunica al Jurado Nacional de Elecciones su determinacin de no participar en la segunda vuelta en la fecha fjada,
sin que ello importe una renuncia a participar en la segunda vuelta, en razn de que no existan condiciones para que el acto del sufragio y
los escrutinios sean refejo exacto y oportuno de la voluntad del electorado. El Jurado Nacional de Elecciones declar improcedente la comu-
nicacin mediante su Resolucin N 732-2000-JNE. Y fnalmente, el da 26 de mayo del 2000 Per Posible solicita que se excluya el nombre de
su agrupacin y la identifcacin de su candidato presidencial de la cdula de sufragio y dems material electoral, en vista de su decisin de
no participar en la segunda vuelta electoral del 28 de mayo. El Jurado Nacional de Elecciones dict la Resolucin N 734-2000-JNE, con la que
declar improcedente esta solicitud, argumentando que el material electoral ya estaba confeccionado y distribuido, y que ste era un pedido
reiterativo del resuelto previamente. Sobre estas incidencias puede consultarse el texto Elecciones 2000. Supervisin de la Defensora del Pueblo,
Lima, Defensora del Pueblo, 2000, pp. 135-141.
47
Estos medios, as como los diarios especializados en materia econmica, Gestin y Sntesis, son ledos o vistos por los sectores A y B.
48
[Link] titulo Seal cerrada, en la columna Mar de Fondo, en la revista Caretas, edicin 1596, del 2 de diciembre de 1999.
49
Sobre la estrategia seguida por el gobierno para el control de los medios vase el exhaustivo trabajo de Degregori y Sandoval, En el pas de
las maravillas. Poltica y medios de comunicacin, en La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos, Lima,
IEP, 2000, pp. 101-219. En este trabajo se resalta el recurso a la prensa chicha como medio de aglutinacin y adormecimiento de la voluntad
poltica mediante la trivializacin o el achoramiento de la vida cotidiana, y la farandulizacin de la poltica, y tambin se destaca informacin
sobre la coaccin de la prensa mediante la polica tributaria y otros medios de extorsin igualmente repulsivos. Entre estos ltimos, por
ejemplo, deben citarse la expropiacin de Canal 2 para los hermanos Winter en 1997; el embargo de Radio Il60 pocas horas antes del inicio del
programa que deba conducir en esa emisora Csar Hildebrandt; la denuncia que hizo el propio Csar Hildebrandt en Enlace Global, el 19 de
noviembre de 1998, de la conversacin entre Montesinos y Jos Francisco Crousillat en la que aparece que Montesinos le dicta contenidos para
un noticiero que deba aparecer en canal 4; el control de los diarios Referndum y Expreso (este medio tena deudas ascendentes a $13 millones,
de los cuales ms de $3 millones correspondan a la SUNAT, que tena embargadas sus cuentas desde 1997), y el canal de seal cerrada Cable
Canal de Noticias (p. 114).
50
Ver la denuncia que recogen El Comercio y Cambio, en sus ediciones del 26 de enero. Segn Rafael Rey los representantes de todos los medios
con los que se comunic le manifestaron que no estaban en condiciones de pasar publicidad de los partidos polticos por decisin del direc-
torio (pginas A-I, y A-4 de El Comercio, y pgina 6 de Cambio).
51
El Comercio, 26 de enero del 2000, p. A-l.
52
Cambio, 26 de enero del 2000, p. 6.
53
Esta situacin cambi ligeramente poco antes de la primera vuelta, a travs del reconocimiento voluntario de las denominadas franjas elec-
torales a favor de los diversos grupos polticos. Este benefcio no se reiter durante la etapa correspondiente a la segunda vuelta. Los datos
que recoge Supervisora de Medios y Publicidad, consignados en el documento Elecciones 2000. Supervisin de la Defensora del Pueblo, permiten
apreciar que, de acuerdo al monto segn tarifa impresa, Per 2000 gasta en publicidad televisiva 3 millones 987mil 769 dlares con 39 cnti-
mos, mientras que Per Posible gast, segn el mismo criterio, 680 mil 474 dlares con 30 cntimos. Esto es, Per 2000 gast casi 6 veces ms
dinero en propaganda que Per Posible (ver la publicacin citada, pp. 119-424).
54
En La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 272.
55
Loc. cit.
56
Transitions from Authoritarian Rule. Tentative conclusions about uncertain democracies, Baltimore, The John Hopkins University Press, 1986, p. 26.
57
El diario La Repblica daba cuenta que este paro, organizado por la Confederacin General de Trabajadores del Per - CGTP, y el Sindicato
nico de Trabajadores de a Educacin Peruana -SUTEP, entre otros, la paralizacin alcanz al 90% de la poblacin a nivel nacional, y que
haban participado, adems de los trabajadores, y profesionales como los mdicos, las organizaciones populares vinculadas a los comedores
populares y autogestionarios, comits del vaso de leche, clubes de madres, casas de refugio, movimientos diversos de mujeres, y estudiantes
universitarios y de institutos superiores. De igual modo se daba cuenta tambin que, de acuerdo con el vocero ofcial de la coordinadora de
Pymes, David Waisman, paralizaron sus actividades ms del 50% de las Pymes. Verlos artculos Juan Jos Gorriti cuestiona maniobras del
gobierno para frustrar protesta pacfca. 90% acat el llamado Paro Cvico, y Afrma dirigente David Waisman. Paralizaron ms del 50% de
las Pymes, en La Repblica, edicin del 29 de abril de 1999, p. 10. Sobre este paro la te!evisora estadounidense CNN y otras agencias interna-
cionales dieron que fue la ms contundente accin de protesta en los 9 aos de gobierno de Fujimori.
58
Degregori, Carlos Ivn; La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima, IEP, 2000, p. 261.
59
Ibd., p. 262. El lavado de la bandera fue una actividad creada por la agrupacin Colectivo Sociedad Civil, que nace luego de la primera vuelta,
y fue dirigida por Emilio Santistevan. Empez en Lima como una actuacin que se llevaba a cabo en la Plaza de Armas una vez a la semana,
de 1 a 3 de la tarde. Posteriormente se extendi a la mayora de distritos de Lima, y a otras capitales de departamento. Sirvi igualmente como
ejemplo para ceremonias similares en otras ciudades en el extranjero, como en Tokio, Paris, Madrid, Santiago de Chile, Nueva York, Miami,
etc.
60
Ibd., p. 264. La creacin del muro de la vergenza corresponde a la agrupacin La Resistencia, liderada por Vctor Delfn. Fue una idea inge-
niosa, que se bas bsicamente en paneles de tela y en papelgrafos.
61
Loc. cit. Pon la basura en la basura fue otra creacin de Colectivo Sociedad Civil.
62
Loc. cit. La procesin fue creacin de La Resistencia. Las fguras de Fujimori y Montesinos estaban representadas por dos personas vestidas con
traje de presidiario de rayas blancas y negras.
63
Loc. cit. La fumigacin del palacio de justicia fue creacin del grupo Mujeres por la Democracia, la que organiz y protagoniz igualmente una
marcha de alrededor de 300 mujeres con ocasin del arribo de Lloyd Axworthy y Csar Gaviria, el 26 de junio, delante del Swiss Hotel, en San
Isidro, donde se hospedaban los miembros de la misin. La fumigacin del palacio de gobierno lo fue de Mujeres por la Dignidad, movimiento
femenino de Somos Per.
64
La organizacin de los plantones semanales fue del Movimiento Amplio de Mujeres. Se realizaban los jueves de 5 a 7 de la tarde. Parte del plan-
tn comprenda actos musicales a favor de la democratizacin del pas.
65
Esta iniciativa correspondi a La Resistencia. Era una manifestacin que se llevaba a cabo en el parque central de Mirafores, los das viernes a
las 6 de la tarde, en la que se procuraba llamar la atencin del pblico en una zona no precisamente popular, mediante pancartas, matracas,
silbatos y bocinas.
66
Las marchas en general tuvieron diversos organizadores. En unos casos eran movimientos laborales, en otros bsicamente cvicos (como De-
mocracia ya) o juveniles (por ejemplo, la coordinadora Jvenes contra la dictadura, que nace el 5 de enero del 2000 como un movimiento
que enfrenta el continuismo fujimorista y defende la Constitucin -ver la edicin del 6 de enero del 2000 de La Repblica, p. 5), o femeninos.
Probablemente la mayor novedad en los movimientos fue el protagonismo destacado que le correspondi a las organizaciones de mujeres,
que han tenido una presencia visible y efcaz en la reactivacin de la sociedad civil. Entre dichas organizaciones algunas de las ms reconoci-
das aparte de las ya referidas son el Frente Democrtico de Mujeres, y Mujeres de Per Posible. Para mejores referencias sobre el papel de la
mujer ver, por ejemplo, el boletn Las Capullanas, ao V, N
0
52, del 30 de Noviembre del 2000.
67
A estas dos manifestaciones debe aadirse las que se realizaron luego de conocidos los anticipos de los resultados electorales del 9 de abril y
del 28 de mayo, que congregaron a una masa prcticamente incontenible de gente bastante expresiva y convencida. Dos casos de una reaccin
multitudinaria y espontnea de rechazo generalizado contra el rgimen.
68
La nia era Luca Wiener, segn la edicin 1630 de la revista Caretas, del 3 de agosto del 2000. Ver artculo Todo marchaba bien.
69
Ob. cit., p. 266.
70
En el programa matinal del noticiero 24 Horas, de Canal 5, del 27 de diciembre del 2000 declar el congresista Robinson Rivadeneyra que
luego de ms de 100 das de investigaciones hemos logrado demostrar la existencia de un plan criminal de operaciones Escorpin, elaborado por el SIN y
F
O
R
O
J
U
R
D
I
C
O
1
41
COLAPSO POLTICO Y TRANSICIN DEMOCRTICA
aprobado por el ex presidente Alberto Fujimori. El plan fue una infltracin da grupos de agentes de la polica, que ingres al banco y coloc fsforo, elemento
qumico que en contacto con el agua libera hidrgeno, lo cual eleva la capacidad de combustin de un promedio de 50 a 100 veces. Por ello los vigilantes no
pudieron escapar () En el esquema, cuando se aprueba el plan Escorpin, es Vladimiro Montesinos quien delega a Roberto Huamn. Lamentablemente
este plan lo conocan el general Dianderas, el general Saucedo... y la orden de repliegue la recibe el general Humberto Fernandini Marav y se repliegan para
poder garantizar y permitir que el equipo que trabaj adentro, que es el equipo de dos agentes de inteligencia, contara en su repliegue con la proteccin de los
agentes de inteligencia del ejrcito, que en el plan Escorpin est determinado como el Grupo 400.
71
Romeo Grompone afrma que el proyecto autoritario fujimorista lleg a estar ms cerca de lograr sus propsitos cuando consigui que predominara un
ambiente de desidia. Es especialmente aguda su conceptuatizacin de este factor en la confguracin del rgimen de Fujimori. Dice que una
irona de estos tiempos que le toc vivir al pas es que cuanto ms atado estaba el individuo a condiciones que no controlaba, mayores eran los discursos que
exaltaban la autonoma personal y ms extendida la indiferencia hacia los otros, aun cuando se notara la perplejidad acerca de lo que le poda ocurrir a cada
uno en el autocentramiento asumido. Cfr. El fujimorismo. Ascenso y caida de un rgimen autoritario. Lima, IEP, 2000, p. 113.
72
Ob. cit., p. 353
73
Ver la edicin de La Repblica, del 5 de febrero del 2000.
74
Esta misin estuvo integrada por Guillermo Mrquez Amado (ex presidente del Tribunal Electoral de Panam), Charles Costello, Jennifer
McCoy, Gerardo LeChevalier (NDI), Patrick Merloe (ex presidente del Tribunal Electoral de Panam).
75
Ver el artculo Sin sustento legal, de Pedro Tenorio, en la edicin 1598 de Caretas, del 16 de diciembre de 1999.
76
Durante su actividad de observacin Stein hizo declaraciones pblicas crticas del proceso. Esta decisin le gener reproches de funcionarios
del gobierno, que esperaban que la suya fuera una misin de observacin convencional sin adoptar posicin sobre aspectos de desarrollo
interno del proceso. Estos mismos reproches fueron reiterados en la sesin del Consejo Permanente por Beatriz Ramaccioti, quien aludi al no
respeto del principio de neutralidad y objetividad, as como lament que tal conducta haya servido para polarizar posiciones en la poblacin.
Ver el artculo de Guillermo Gonzales Anca, Espada de Damocles, en la edicin 1621 de Caretas, del 2 de junio del 2000.
77
En vista de la oposicin surgida, Lauredo retira su pedido y propone que el tema de las elecciones peruanas sea analizado en el dilogo infor-
mal de cancilleres que se llevara a cabo antes de la Asamblea General a llevarse a cabo en Windsor del 4 al 6 de junio. Sobre el desarrollo de
la sesin del Consejo Permanente ver igualmente e! artculo de Guillermo Gonzales Arica, Espada de Damocles antes mencionado.
78
En la aprobacin de la resolucin, a pesar incluso de que el tema electoral en el Per no era propia ni tcnicamente materia de la agenda, tu-
vieron una decisiva participacin Argentina, Canad, Costa Rica y, por supuesto, Estados Unidos. Brasil se qued solo. Sobre el alineamiento
de los distintos pases en Windsor, ver el artculo Se qued solo, en la edicin 1622 de la revista Caretas, del 8 de junio del 2000. En cuanto
al Per se refere, parte del xito en la resolucin de Windsor tiene que hacer con el papel que cumplieron Lourdes Flores, Anel Townsend,
Diego Garca Sayn, y Henry Pease, por el congreso, Rafael Roncagliolo por Transparencia, y Sofa Macher de la coordinadora de derechos
humanos.
79
Como resultado de la reaccin notada en Windsor el gobierno crea, paralelamente, la Comisin Presidencial para el Fortalecimiento de las Ins-
tituciones Democrticas, que integraron los ministros Bustamante Belaunde, Mosqueira, y Trazegnies Granda, adems de Francisco Tudela, la
cual tuvo como Secretaria Ejecutiva a Maria Mndez Gastelumendi. Antes de la llegada de la misin exploratoria de Axworthy y Gaviria, que
permaneci del 27 al 30 de junio, se envi a una misin tcnica presidida por el embajador canadiense ante la OEA, Peter Boehm e integrada
igualmente por Elizabeth Spehar, de la Unidad para la Promocin de la Democracia de la OEA; Fernando Jaramillo, secretario ejecutivo del
gabinete de Csar Gaviria; Renata Wielgosz y Etiene Savoie, representantes del gobierno de Canad; y Jean Michel, jefe de la Ofcina de Ase-
sora Legal de la OEA.. Ver sobre estos desarrollos el articulo Misin Imposible, de Guillermo Gonzales Arica, en la edicin N
0
1623, de la
revista Caretas, del 15 de junio del 2000.
80
Las tres ms grandes defciencias advertidas en la propuesta de la misin Axworthy son la ausencia del aspecto electoral, que ocasion las
deliberaciones en el Consejo Permanente y en la XXX Asamblea General de la OEA, y que debi determinarla a proponer la realizacin de
nuevas elecciones generales corno nica manera de superar el fraude: la segunda es el carcter genrico de las medidas, que impide medir
apropiadamente la intencin de cumplimiento del gobierno peruano; y la tercera es la ausencia de plazos especfcos en las acciones de refor-
ma programadas, que dejaban al gobierno en libertad para fjar cundo preferira cumplirlas (se sealaba que Csar Gaviria haba establecido
plazos mximos de entre 18 meses y dos aos para el cumplimiento de las metas, pero esta alternativa alejaba la posibilidad de las reformas
inmediatas y urgentes). Sobre estos alcances, que llevaban al escepticismo sobre la voluntad efectiva de la OEA de apoyar el proceso de demo-
cratizacin en el Per, puede verse el artculo Lo que se juega la OEA, en la edicin N
0
1626, de la revista Caretas, del 6 de julio del 2000. Es
este escepticismo el que motiv las propuestas de la oposicin para realizar acciones a plazo inmediato. Desde una perspectiva menos crtica
ver el articulo Presin adicional, en la columna Controversias de Fernando Rospigliosi, aparecido igualmente en la edicin N
0
1626, de la
revista Caretas, del 6 de julio del 2000.
81
Ver el artculo La misin de la mecedora, en la edicin N
0
1625 de la revista Caretas, del 30 de junio del 2000.
82
Siguiendo a ODonnell y Schmiter, sera tcnicamente ms apropiado hablar de liberalizacin antes que de democratizacin.
83
A su llegada del embajador Eduardo Latorre seal que la misin que le corresponda cumplir sera como facilitadores para defnir propuestas y
objetivos. A pesar de llegar en julio, sin embargo, no pudo iniciar de inmediato su labor porque continuaba desempeando el cargo de canciller
de la Repblica Dominicana. Luego de cesar en dicho puesto el 17 de agosto, regres al Per el 20 del mismo mes. Ver el artculo Latorre,
en la edicin 1643 de la revista Caretas, del 31 de agosto del 2000.
84
El gobierno tuvo siete representantes entre ministros, parlamentarios y otros funcionarios. Ellos fueron Alberto Bustamante Belaunde, Edgar-
do Mosqueira, Martha Chvez, Luz Salgado, Absaln Vsquez, Beatriz Alva Hart y Maria Mndez Gastelumendi. Originalmente la integraron
Samuel Matsuda y Rafael Urrelo, quienes fueron relevados.
85
La oposicin estuvo representada por Diego Garca Sayn (Per Posible), Aurelio Loret de Mola (Somos Per), Jorge del Castillo (Partido
Aprista), Fernando Olivera (Frente Independiente Moralizador), Henry Pease (Unin por el Per), Valentn Paniagua (Accin Popular), Rafael
Rey o Jos Barba (Avancemos), y Rodin Cavero (Solidaridad Nacional).
86
Como miembros de las instituciones de asesora externa participaron Monseor Bambarn, presidente de la Conferencia Episcopal Peruana,
y Jorge Santistevan de Noriega, Defensor del Pueblo. Los representantes de la sociedad civil fueron Sofa Macher de Coordinadora Nacio-
nal de los Derechos Humanos, Francisco Diez Canseco Tvara, del Consejo Nacional por la Paz, Jos Luis Risco, de la Conferencia General
de Trabajadores del Per, y Roque Benavides, de la CONFIEP. Los dos primeros haban reaccionado con escepticismo cuando la misin de
avanzada presidida por Peter Boehm los sugiri (ver los artculos Adelantados frente al toro, en la edicin 1624, y En sus marcas, en la
edicin 1635, de la revista Caretas).
87
Eduardo Latorre refri que el gobierno le haba entregado su propuesta de cronograma el 7 de agosto; que la oposicin le entreg dos, uno el
20 de julio y otro el 21 de agosto; y que la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos le entreg uno ms. Dio tambin que si tomamos la
va de la facilitacin, los dos cronogramas, el del 21 de agosto de la oposicin y el del 8 de agosto del Gobierno, y los ponemos en trminos de duracin con
relacin a los 29 puntos planteados, se ver que 11 tienen menos de cien das de diferencia, 9 tienen de dos a cuatro meses de diferencia, 2 3 son los que
tienen aos de diferencia, respecto a cuando deben terminarse. Aqu la facilitacin sera permitir que en ese dilogo, primero, se den cuenta que las diferencias
en la mayora de los casos no son tan grandes en trminos de tiempo; y segundo, buscar un modo de que encuentren lo que seria razonable para resolver. No
es un problema solamente de transaccin en trminos de tiempo, pero tiene que haber algo de eso, as como algo de realismo objetivo: de cunto tiempo va a
tomar hacer cada cosa. Cfr. la entrevista que aparece en el artculo Latorre, en la edicin 1634 de la revista Caretas, del 31 de agosto del 2000.
Las cuatro Comisiones fueron la del Caso de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (integrada por Sofa Macher, Jorge del Castillo,
Fernando Olivera, Alberto Bustamante y Edgardo Mosqueira); el Caso lvcher y Canales 2 y 13 (integrada por Francisco Diez Canseco, Aurelio
Loret de Mola, Rodin Cavero, Fernando de Trazegnies y Alberto Bustamante); la del Caso del Servicio de Inteligencia Nacional (integrada
por Jos Luis Risco, Jos Barba, Luis Solari, Mara Mndez y Beatriz Alva); y el Caso del Tribunal Constitucional (integrada por Roque Bena-
vides, Valentn Paniagua, Henry Pease, Samuel Matsuda, y Rafael Urrelo). Cfr. el artculo En sus marcas, en la edicin 1635, de la revista
Caretas, del 7 de setiembre del 2000.
88
Cuando slo se haban realizado tres reuniones, el congresista Henry Pease declaraba que el dilogo se haba convertido en una opcin margi-
nal para la democratizacin del pas y que deba recurrirse a las protestas y manifestaciones en la calle, a efecto de conseguir nuevas elecciones
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para superar el fraude. El ministro Bustamante dio en declaraciones a Radio Programas del Per que deba esperarse una ruptura o fractura en
el proceso democratizador si se pretende que el dilogo conduzca al acortamiento del perodo del gobierno, desconociendo los resultados de
la segunda vuelta electoral que fue boicoteada por la oposicin. Ver la edicin del diario Liberacin, del 10 de setiembre del 2000, pp. 2 y 3.
89
Brasil y Mxico retrocedieron respecto del aval inicial que le dieron al rgimen de Fujimori. Brasil a propsito del desengao que constat
cuando Fujimori declar en Washington D.C. el 12 de agosto que el dilogo a iniciar con la faciltacin de la OEA no necesariamente se tra-
ducira en reformas institucionales. Y Mxico de un modo claro a partir de la eleccin de Vicente Fox, como alternativa al PRI. Ver el artculo
Cumbre clave, en la edicin 1633 de la revista Caretas, del 24 de agosto del 2000.
90
Parte del mrito en este caso le corresponde a Alejandro Toledo, que tuvo una agenda bastante adiva en entrevistas con lderes y gobernantes
de diversos pases en Amrica y en Europa. Entre las reuniones sostenidas por Toledo vale contar las que tiene con el presidente del gobierno
espaol, Jos Mara Aznar el 5 de junio. Previamente se reuni con los embajadores de Ecuador y de Francia el da 3l de mayo. Ver el artculo
Y despus qu?, en la edicin 1621 de la revista Caretas, del 2 de junio del 2000.
91
De acuerdo con la informacin que suministr Coleta Youngers, de la Washington Ofce on Latin America (WOLA), en el congreso estadouni-
dense se examinaban seis alternativas de aplicacin de la Resolucin 43: el voto en contra de Estados Unidos en el FMI, el Banco Mundial y el
BID sobre todas las solicitudes de prstamos del Per; la suspensin de los benefcios de intercambio por lucha contra las droga; reorientacin
de la lucha contra las drogas del frente militar al policial; disminucin de ayuda; suspensin de proyectos e intercambio de personal militar;
y la coordinacin con pases aliados de los Estados Unidos en la regin y en otros continentes para adoptar acciones conjuntas. Cfr. el artculo
de Guillermo Gonzales Arica, Respuesta en marcha, de la edicin 1624 de la revista Caretas, del 22 de junio del 2000. Entre las primeras
medidas efectivas adoptadas por los Estados Unidos se destaca la suspensin de una partida por el monto de $42 millones en el programa de
ayuda antidrogas. Posteriormente, antes de la reunin llamada Cumbre del Milenio en la que estuvieron presentes los jefes de Estado y de
gobierno de alrededor de 180 pases en la sede de la ONU en Nueva York, Fujimori se entrevist con la Secretaria de Estado de los Estados
Unidos, Madelaine Albright, como resultado de lo cual trascendi que no solamente le comunic que seria deseable que se percibieran re-
sultados concretos en materia de reformas del poder judicial, del servicio de inteligencia y de los medios de comunicacin, de acuerdo con la
agenda establecida con participacin de la OEA, sino que de no tomarse sobrevendran sanciones que su pas estara considerando imponer.
Sobre este ltimo aspecto ver el artculo La cumbre del desprestigio, en la edicin 1636 de la revista Caretas, del 14 de setiembre del 2000.
92
Este no es un dato fdedigno, toda vez que se cont con el testimonio del agregado militar de la embajada de Colombia en el Per, que en
setiembre de 1999 le conf al director de inteligencia de la FAP sobre la llegada a Lima de un avin ruso con material no identifcado, as
como la referencia de que el coronel del ejrcito colombiano Amador Zubira le habra dado informacin al coronel FAP Dante Arvalo de
que militares colombianos haban detectado el desplazamiento de otro avin con carga sospechosa procedente de Amman, Jordania. Ver el
artculo A este no lo conoce?, en la edicin 1634 de la revista Caretas, del 31 de agosto del 2000.
93
Las revelaciones habran sido consecuencia del denominado Plan Siberia, en el que estaran involucrados los hermanos Jos Luis (ex teniente
del ejrcito) y Luis Frank Aybar Cancho. El trfco habra supuesto que los fusiles serian lanzados en paracadas a territorio de la selva colom-
biana bajo control de las FARC desde un avin, para luego aterrizar en Iquitos. De acuerdo con investigaciones periodsticas, sin embargo, se
especulaba que Jordania slo seria un punto intermedio de operaciones de una mafa rusa, que opera transportando armas desde Zagreb, en
Yugoslavia, en el que estaran involucrados ciudadanos peruanos as como militares de baja graduacin del ejrcito peruano. Estos hechos de-
jan en duda la afrmacin de que el supuesto descubrimiento del trfco de armas habra sido resultado de la diligente labor del SIN. Ver sobre
este ltimo punto el articulo El cuento de los kalashnikov voladores, en la edicin 1633 de la revista Caretas, del 24 de agosto del 2000.
94
Se trataba de 10 mil fusiles kalashnikov que, segn los conocedores, no representa en realidad una cantidad extraordinaria para las dimen-
siones que tiene la FARC en Colombia.
95
El caso de la triangulacin en el trfco de armas con Jordania fue denunciado por Fujimori y Montesinos el 21 de agosto del 2000. Revelacio-
nes de funcionarios jordanos dejaron claro, sin embargo, que la venta se realiz a militares peruanos debidamente acreditados. Ello dejaba en
claro que el Per no era un simple punto de contacto utilizado por trafcantes de armas, sino que el trfco lo realizaban los propios peruanos
bajo las rdenes, precisamente, de quienes denunciaban al mundo la perversa operacin.
96
Dice acertadamente Fernando Rospigliosi que los propsitos de la denuncia fueron cuatro: lavar la imagen de Montesinos; reclamar un lugar
en el mundo y justifcar la posicin aislada del Per; justifcar la permanencia de Montesinos; y ocultar la responsabilidad de Montesinos y de
los militares peruanos en el trfco de armas y de drogas. Ver el artculo El gran golpe en su columna Controversias, en la edicin 1633
de la revista Caretas, del 24 de agosto del 2000.
97
En particular, a partir de los desmentidos de los diversos funcionarios de Jordania, que aseveraron que la transaccin era perfectamente legal,
que se haba realizado en 1998 con funcionarios del gobierno peruano debidamente acreditados, y con presencia de representantes de los
Estados Unidos presentes en tal acuerdo.
98
Una compraventa internacional supone diversidad de documentos relativos a su adquisicin y transporte, cuya existencia el gobierno perua-
no no pudo aclarar ni presentar para descartar la intervencin directa de militares peruanos de alta graduacin involucrados en la transaccin.
Entre dicho documentos, por ejemplo, la carta de crdito con la que se daba fe de la transaccin en la que el comprador era ofcial del ejrcito
peruano; o el certifcado de destino. Todo indicara que, efectivamente, se tratara de una venta de gobierno a gobierno, segn la versin
jordana.
99
Pocos das despus la prensa daba cuenta que el jefe del Departamento Administrativo de Seguridad de Colombia inform sobre la incauta-
cin de 10,000 municiones, y morteros procedentes del Per, con destino a las FARC. Ver la edicin del 1 de Octubre de los diarios Liberacin
(p. 19), y El Comercio (p. A-9).
100
Tanto Lloyd Axworthy como Csar Gaviria haban solicitado la remocin de Montesinos en su entrevista con Fujimori el 28 de junio del 2000.
En el afn de limpiar a Montesinos resaltando su posicin en el rgimen, el da del destape se mont una escena en la que quedaban deslu-
cidamente expuestos los ministros de Defensa Carlos Bergamino y del Interior Walter Chacn, as como el jefe del SIN, Almirante Humberto
Rozas, quienes tenan la posicin y responsabilidad institucional sobre la materia, pero aparecieron como funcionarios de segundo nivel al
lado de Fujimori y de Montesinos. Grompone dice sobre los prolegmenos de la cada, que el desenlace se precipit en trminos de una tragedia
para el gobierno en que como en Macbeth ocurri una muerte espantosa antes que un espanto sin fn. Montesinos interviniendo en triangulaciones en el
trfco de armas jug fuerte quiso sacar benefcios y probablemente cumplir una misin histrica a su medida en el intricado laberinto en el que se encuen-
tran los pases andinos. Rebas as los umbrales de tolerancia de Washington que hasta entonces, visto en perspectiva, haban sido extremadamente altos en
relacin a su antiguo agente de inteligencia. Cfr. su trabajo Al da siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformacin poltica
y social, en El fujimorismo. Ascenso y cada de un rgimen autoritario, Lima, IEP, 2000, p. 153.
101
El viaje de Toledo a Espaa le sirvi para contactar a Jos Mara Aznar (a travs de los buenos ofcios de Mario Vargas Llosa), Felipe Gonzlez,
representantes del empresariado espaol (entre los cuales se encontraban los presidentes de YPF-Repsol, Endesa, Redes Elctricas, Banco
Santander, y el coordinador general de Telefnica para Amrica Latina). En su viaje a Bruselas, sede de la Unin Europea entabl conversa-
cin con Javier Solana, Alto Representante de la Unin Europea para Poltica Exterior y Seguridad Comn, quien le ofreci interceder con el
presidente de la Unin Europea para promover la discusin del asunto de la situacin poltica del Per y le ofreci la posibilidad del apoyo
europeo. Ver el artculo Faena a la toledana, en la edicin 1622 de la revista Caretas, del 8 de junio del 2000.
102
Luego de la participacin que tuvieron antes del proceso electoral del 2000, la experiencia y el dao causado debieron marcar al gobierno, a
grado tal que cuando regresan la Misin Postelectoral del Centro Carter, y del Instituto Nacional Demcrata (NDl) de los Estados Unidos, en
julio del 2000, no fueron recibidos por autoridad ofcial alguna. Ms an, los ministros de relaciones exteriores, y de promocin de la mujer y
de los derechos humanos tuvieron declaraciones antagnicas. Ver al respecto en la edicin 1627de la revista Caretas, del 13 de julio del 2000,
los artculos Len en Lima, y Al choque en la columna Controversias, de Fernando Rospigiosi.
103
Ver su artculo Solos contra el mundo en su columna Controversias, de la revista Caretas, edicin del 18 de mayo del 2000. Aada en
su artculo que aunque no todos los gobiernos han sido tan explcitos como el norteamericano, europeos y latinoamericanos no han dejado de manifestar
de las ms diversas formas, su desagrado con el rgimen actual. Indicaba, por ejemplo, que el Per fguraba, junto con Cuba, como los dos pases
latinoamericanos con menor libertad de prensa, y que polticos conservadores como Jesse Helms, en los Estados Unidos, o Jacques Chirac,
expresaban su desacuerdo con la voluntad de perpetuacin de Fujimori.
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La identidad, dicen Laclau y Moufe, es relacional. Se articula como la construccin de un conjunto de puntos nodales que fjan parcialmente el signif-
cado, y el carcter parcial de la fjacin viene de la apertura de lo social que es un resultado, a su turno, del fujo constante de cada discurso en la infnitud
del campo de la discursividad. Ob. cit., p. 130.
105
Confrma por ejemplo la veracidad del denominado Plan Verde para el golpe de estado que, de acuerdo con la informacin que un pajarillo
verde de alta graduacin alcanz a la revista Oiga y que sta public en sus nmeros 647 y 646 del 12 y del 19 de julio de 1993, se elabor a fnes
de 1989 y se expuso a Fujimori antes de su asuncin del mando en 1990, y revela asimismo la captura de Fujimori por la organizacin militar,
en particular, por el aparato de inteligencia que la diriga y por Montesinos como su jefe efectivo. Un par de aos despus, en 1995, escriba en
Caretas, Luis Psara, que desde el 5 de abril de 1992 el gobierno de Alberto Fujimori es rehn de las cpulas militares El triunfo electoral de 1995 abri el
camino para que el fujimorismo abonara otra cuota de esa deuda enorme que los militares vienen cobrndole puntualmente. A esta ltima cuota corresponde
el grado total de impunidad otorgado por la amnista a quienes hubieren cometido uno o ms delitos de cualquier naturaleza, con ocasin o como consecuen-
cia de la lucha contra el terrorismo durante los ltimos quince aos. Cfr. la edicin del 22 de junio de 1995, N
0
1368, p. 35.
106
La nocturnidad se expresa en la corrupcin que permaneci en el lado oculto del rgimen, y que ha permitido establecer existencia de medios
ilcitos en el ejercicio del gobierno, as como en el benefcio individual de Fujimori y de Montesinos, por lo menos, con negociaciones prove-
nientes de las relaciones estatales, en las que, obviamente, ha participado una legin de personajes pblicos, profesionales, empresarios, as
como comerciantes de armas y hasta narcotrafcantes.
107
Dice Degregori que una de las peculiaridades de nuestra mafa es que la fgura del mafoso benefactor aparece escindida. Pablo Escobar comandaba sicarios
que sembraban la muerte en Medelln y al mismo tiempo hacia obras de bien en su pueblo natal Aqu Montesinos era el seor del mundo de abajo, de los
escuadrones de la muerte: reales, virtuales y morales. Por su parte, en el mundo de arriba, Fujimori recorriendo incansable el pas era el patrn recolectando
clientes que consciente o inadvertidamente se convertan en sus cmplices Los personajes ms (ser)viles conectaban los dos mundos, encargados del trabajo
sucio: Blanca Nlida Coln, Rodrguez Medrano, los sicarios mediticos, Crousillat, Wolfenson, Winter. El beeper o el celular reemplazaron la marca de los
antiguos esclavos. Porque hoy no slo es claro que los dos mundos en los cuales apareca escindida la mafa estaban conectados, sino que el de las sombras
era el que detentaba una cuota abrumadora del poder Cfr. La dcada de la antipoltica. Auge y huida de Alberto Fujimori y de Vladimiro Montesinos. Lima,
IEP, 2000, p. 348.
108
Es sugerente la distincin que hacen Ernesto Laclau y Chantal Moufe en su Hegemona y estrategia socialista. Hacia una radicalizacin de la demo-
cracia (Mxico, Siglo Veintiuno, 1987). cuando afrman que la oposicin real es una relacin objetiva -es decir precisable, defnible-; la contradiccin es
una relacin igualmente defnible entre conceptos; el antagonismo constituye los limites de toda objetividad -que se revela como objetivacin parcial y preca-
ria. Si la lengua es un sistema de diferencias, el antagonismo es el fracaso de la diferencia y, en tal sentido, se ubica en los limites del lenguaje y slo puede
existir como disrupcin del mismo -es decir, como metfora-(...) El antagonismo escapa a la posibilidad de ser aprehendido por el lenguaje, en la medida en
que el lenguaje slo existe como intento de fjar aquello que el antagonismo subvierte (...) El antagonismo como negacin de un cierto orden es, simplemente,
el limite de dicho orden y no el momento de una totalidad ms amplia (1..). Pp. 145-146.
109
Comparto el criterio de Romeo Grompone sobre la idea de que el rgimen de Fujimori puede ser califcado como un rgimen de camarilla. El
concepto de camarilla es ms extenso que el de cpula, que est referido al grupo de ms alto nivel que dirige y torna decisiones. La camarilla
integra las relaciones que sostienen a la cpula por alcanzarles ventajas o benefcios con el sostenimiento del rgimen. Dice Grompone que
la camarilla se plasma, entonces, en un grupo limitado de personas que establecen vnculos de lealtad basados en intereses compartidos que se defnen en
el momento mismo de su surgimiento, que exige manejos de poder de origen extrainstitucional y compromisos que se sostienen en lealtades restringidas
asociadas a lo que cada uno sabe del otro en temas como la corrupcin o las violaciones de los derechos humanos. La mayora de las decisiones tienen rango
de secreto de Estado. Quienes participan en ellas estn obligados y condenados a estar juntos. Esta camarilla se afrma desde adentro recurriendo a la ame-
naza y al chantaje, y desde afuera porque la salida de ella supone la exposicin a delitos de los que no puede eximirse porque ya no tienen una retaguardia
de proteccin. Se trata en consecuencia de un concepto que entiende que la base misma del poder es ilegtima o, como l fnalmente prefere,
conspirativa. Ver su Al da siguiente: el fujimorismo como proyecto inconcluso de transformacin poltica y social, en El fujimorismo. Ascenso
y cada de un rgimen autoritario. Lima, IEP, 2000, pp. 107-113.
110
Seis aos antes, en 1994, en pleno proceso de elecciones no se tuvo an una nocin apropiada del grado en el que las fuerzas armadas estaban
involucradas en el proyecto poltico de Fujimori. El escndalo que se denuncia sobre la participacin de personal efectivo del ejrcito y de la
polica nacional en la campaa electoral fue tomado como un atrevimiento luego de haber sido presentado como una falsedad que daaba
el prestigio de los institutos armados. Poco poda decirse en contra, sin embargo, del testimonio fotogrfco que exhibi el semanario Oiga,
que mostraba al presidente Fujimori acompaado de un ofcial y un tcnico de la polica nacional repartiendo sus fotografas, o la del general
Howard Rodrguez Mlaga repartiendo almanaques con la foto del presidente Fujimori. En ese entonces la irregularidad qued sin investiga-
cin por la declinacin de competencia del Jurado Nacional de Elecciones. Ver la edicin del 19 de diciembre de 1994, pp. 27-29.
111
Trascendi que el presidente le habra pedido a Montesinos que renunciara, y que ste lejos de acatar el pedido presidencial se reuni con
el Comando Militar en la sede del servicio de inteligencia, en Las Palmas, y que desde all se opuso y negoci su salida a Panam mediante
el helicptero que lo traslad al aeropuerto Jorge Chvez, y de ah con alrededor de una decena de acompaantes (unos militares como el
General Rubn Wong, encargado del departamento de operaciones sicosociales, o como el capitn Carlos Uribe Livelli, y otras personas de su
entorno afectivo, entre las que no se inclua precisamente a su esposa ni hios) hacia Panam.
112
Cfr. el artculo Clebres y cobardes, en el suplemento El Dominical del diario El Comercio, 3 de diciembre del 2000, pp. 4-5.
113
Loc. cit.
114
Es la tesis que desarroll el Washington Post, cuya traduccin fue recogida en la edicin del 25 de setiembre del 2000 de Liberacin, p. 17. Mon-
tesinos es presentado, de este modo, como un hombre topo y como el alter ego oscuro del presidente.
115
Puede verse sobre el particular los artculos Montesinos manejaba la cpula militar, aparecido en la edicin del 17 de setiembre en el diario
El Comercio, p. A-5; y, Cpula militar montesinista busca control de las [Link]. como mnimo hasta el 2OO4 que se public en la edicin del 24 de
setiembre en el diario Liberacin, p. 13.
116
La denuncia de la falsifcacin de las frmas sale a la luz a fnes de Febrero del 2000, cuando se consigue el testimonio de los hermanos Carlos
y Marita Rodrguez, quienes participaron en dicho acto (ver el diario El Comercio de esas fechas). En cuanto a la participacin del congresista
Medelius, la principal persona responsable de su exculpacin, a nivel de la justicia ordinaria fue la fscal Trabucco, a quien se hizo referencia
previamente, en relacin a su participacin respecto a la denuncia contra los congresistas Elas Avalos y Flores Chipoco. Medelius pidi
ser excluido de la lista de candidatos de Per 2000 a poco tiempo de conocerse pblicamente el caso. El archivamiento del caso judicial, sin
embargo, no se llev a cabo sino hasta inicios de octubre del 2000 (ver La Repblica, 7 de octubre, p. 8, que menciona que la Sala Superior de
Delitos Tributarios y Aduaneros orden archivar la investigacin que realizaba la jueza Mara Mere, amparando la excepcin de naturaleza de
accin promovida). Al propio ex congresista Medelius se le mencion como el enlace entre Vladimiro Montesinos y el bloque de congresistas
a los que se habra encomendado crear las condiciones para crear el desorden conceptual y poltico en el congreso con criticas a Fujimori, de
manera que las condiciones de ingobernabilidad parlamentaria fueran tales que se propiciara el clima para el golpe de estado y el retorno de
Montesinos al Per. Cfr. al respecto por ejemplo Liberacin, en su edicin del 30 de setiembre, p. 3. Sobre el enlace de Medelius con el Jurado
Nacional de Elecciones puede verse igualmente Liberacin, del 7 de octubre del 2000, p. 2, donde se indica que coordinaba con el presidente
interino y con el secretario general del JNE, Jos Carlos Bringas y Jess Trujillano, respectivamente.
117
De acuerdo con el diario Liberacin, en su edicin del 30 de setiembre, ante su forzada huida haca Panam y en su desesperacin por seguir man-
teniendo vigente su poder el siniestro Vladimiro Montesinos ha puesto al frente de toda su maquinaria operativa a dos de sus ms serviles colaboradores:
Oscar Medelius y el coronel del Ejrcito Roberto Husmn. Y aada que Oscar Medelius -segn fuentes confables- es el enlace entre los renunciantes
congresistas de Per 2000: Moiss Wolfenson, Fernn Altuve, Joaqun Ormeo, Jorge Polack, Mario Gonzales Inga, Gregorio Ticona y Eduardo Farah,
(p. 3). El coronel EP Roberto Huamn Azcurra, de otra parte, era el Jefe de Comunicaciones del Servicio de Inteligencia, encargado directo de la
interceptacin telefnica a polticos, periodistas y personajes vinculados a la vida poltica (loc. cit.).
118
Me refero de modo particular al problema de actitudes de la mayora. Si bien congresistas como Martha Chvez o Luz Salgado mostraban
cierta permeabilidad, otras como Miriam Schenone, Martha Hildebrandt o Luis Delgado Aparicio parecan pasar por alto la realidad de los
sucesos haciendo tabla rasa de la nueva ubicacin que les corresponda en el damero poltico. La congresista Schenone pretenda minimizar
con su charm personal la severidad de la debacle del rgimen y su ilegitimidad, mientras que la congresista Hildebrandt, probablemente equi-
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vocadamente asesorada por el Ofcial Mayor Jos Cevasco que era parte de la red de Montesinos en el congreso, no aprendi a manejar con
mayor tacto, tolerancia y fexibilidad el escenario parlamentario en su condicin de presidenta del congreso. El congresista Delgado Aparicio
a su turno, perdido en el narcisismo de artilugios legales, pretenda oscurecer con el derecho comparado la prueba irrefutable de la corrupcin
y del soborno alegando que el vdeo remitido al Frente Independiente Moralizador haba sido ilegalmente obtenido, y por ello se careca de
pruebas para condenar a Kouri y a Montesinos.
119
Como en el caso peruano, la OEA cumpli un papel similar respecto de la crisis electoral surgida en mayo del 2000 en Hait, a consecuencia
del pedido expreso del gobierno de dicho pas y de la Resolucin que para este efecto aprob el Consejo Permanente.
120
El papel activo de la OEA en el territorio nacional, en esta segunda etapa, se inicia el 21 de agosto del 2000, cuando se instala la llamada
Mesa de Dilogo, presidida por ex canciller de la Repblica Dominicana, Eduardo Latorre, en su condicin de Secretario de la Misin Espe-
cial de la OEA en el Per, a quien la OEA le encomend la tarea de supervisar el proceso de reformas que deba implementar el gobierno de
Fujimori. A partir de dicha fecha se constituyeron 5 grupos de trabajo con la fnalidad de debatir sobre 29 propuestas. ver htp://[Link].
org/OAS%20News/sp/Sept-Oct2000/Main/Dialogo%sobre%20r.
121
Entre los principales aspectos de las reformas se incluan las referidas a la administracin de justicia, el fortalecimiento del estado de derecho
y a asegurar la separacin de poderes; las debidas garantas para la libertad de expresin y de prensa: la aprobacin de leyes de reforma
electoral; el fortalecimiento de las funciones de control y supervisin del Congreso; y asegurar el control civil sobre las instituciones de inte-
ligencia y de las fuerzas armadas. Ibd.
122
Citado en el diario Liberacin, edicin del 25 de setiembre del 2000, p. 15.
123
Debe ser una cuestin que no debe ser examinada como se hace en el Congreso con las leyes y sus costos y sus benefcios En esta coyuntura tambin pienso
que hay un factor costo, pero mejor es que esta persona est afuera a que est adentro. Ver la edicin del diario Liberacin, del 30 de setiembre del
2000, p. 5. Coincidentemente con esta idea era la hia del presidente Fujimori, cuando apareci en la entrevista que le hizo Mnica Delta en el
programa Panorama, del Canal 5 de televisin, el domingo 1 de octubre del 2000.
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Estudio Guzmn Benavides
A b o g a d o s
Tomas Edilberto Guzmn Benavides
E. Jaime Guzmn Belz
Cristian E. Guzmn Belz
Renzo E. Guzmn Belz
Las Amapolas 386, San Eugenio, Lince - Lima 14
Telefax: (511) 421-0286 440-6167 e-mail: eguzmanb@[Link]
I.- Algunas consideraciones a modo de intro-
duccin
Si el fn ltimo del constitucionalismo
contemporneo es el de asegurar las condiciones
que sean necesarias para permitir la plena vigen-
cia de los Derechos Fundamentales de todos los
ciudadanos, un elemento central dentro de todo
debate constitucional debiera ser el destinado a
consagrar un marco sufcientemente garantista
para la debida proteccin de dichos derechos.
Por ello, el tratamiento proporcionado al
proceso de Amparo en el ltimo texto de la pro-
puesta de reforma constitucional, documento
puesto en conocimiento de la opinin pblica el
once de julio de este ao, resulta para nosotros
un tema central a analizar, mxime si en la pro-
puesta a la cual hemos mencionado no se consig-
na lo que en nuestra opinin es uno de los apor-
tes ms signifcativos que se le ha incorporado al
Amparo dentro del redimensionamiento al cual
ha sido sometido en estos ltimos aos en el De-
recho Comparado. Pasemos entonces a desarro-
llar nuestro punto de vista sobre el particular.
II.- La posibilidad de interponer Amparos con-
tra leyes como uno de los escenarios ms im-
portantes del redimensionamiento de este pro-
ceso constitucional. Las posturas actualmente
existentes al respecto
Sin entrar aqu a discutir la naturaleza ju-
rdica dada al Amparo en los diferentes ordena-
mientos jurdicos en los cuales se reconoce su
existencia
1
, hemos de resaltar como hoy en da
el Amparo tiende a convertirse en el medio pro-
cesal especfco
2
ms frecuentemente utilizado
para la defensa de los Derechos Fundamentales
reconocidos por los diversos ordenamientos jur-
dicos nacionales. Ello en la mayora de los casos
ha ido de la mano de un progresivo redimensio-
namiento de algunos de los alcances dentro de
los cuales habitualmente haba sido comprendi-
da esta institucin procesal, reformulacin en la
cual han tenido y tienen signifcativa relevancia
los cambios de perspectiva actualmente vigentes
en el mbito de la legitimacin procesal (activa o
pasiva) considerada vlida para su ejercicio
3
, as
como la discusin existente sobre la pertinencia
de cuestionar a travs del Amparo las omisiones
de las diferentes Administraciones, e incluso,
aquellas en las cuales hayan incurrido los diver-
sos Parlamentos
4
.
Sin embargo, existe tambin otro aspecto
en el cual el redimensionamiento de los alcan-
ces habitualmente reconocidos al Amparo puede
acarrear insospechadas consecuencias en la futu-
ra comprensin y utilizacin de esta importante
institucin de Derecho Procesal Constitucional.
Este aspecto es sin duda el de la inclusin o no
inclusin de las leyes dentro de los supuestos
que pueden justifcar la interposicin de un Am-
paro.
Generalmente se haba venido concibiendo
al Amparo como un mecanismo destinado espe-
cfcamente a la proteccin de los diferentes De-
rechos Fundamentales frente a actos efectuados
en principio por los poderes pblicos, y eventual-
mente por los particulares, reservndose la eva-
luacin de la constitucionalidad de una ley (o de
los perjuicios que dicha ley producira al pleno
ejercicio de cualquiera de nuestros diversos De-
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Algunas consideraciones sobre el Amparo
contra leyes a propsito de su tratamiento
en la propuesta de reforma constitucional
hoy en trmite
Eloy Espinosa-Saldaa Barrera
Catedrtico de Derecho Constitucional de las Universidades
Pontificia Catlica del Per, Nacional Mayor de San Marcos
e Inca Garcilaso de la Vega. Profesor Principal
de la Academia de la Magistratura
Sumario: I.- Algunas consideraciones a modo de introduccin II.- La posibilidad de interponer Amparos
contra leyes como uno de los escenarios ms importantes del redimensionamiento de este proceso
constitucional. Las posturas actualmente existentes al respecto: A) Las posturas denegatorias o de rechazo
al Amparo contra leyes B) Las tesis admisorias radicales C) Las posiciones admisorias moderadas D) La
objetivacin del Amparo como elemento a evaluar en el tratamiento de este tema III.- El Amparo contra leyes
en el Per: entre la incertidumbre y las inconvenientes restricciones introducidas a nivel normativo.
rechos Fundamentales) a alguna de las mltiples
instituciones procesales previstas para ejercer
un control directo y con efectos erga omnes de
la constitucionalidad de las leyes y otras normas
con similar rango dentro del ordenamiento jur-
dico de cada pas
5
. Actualmente en cambio, son
muchos los que, sin entrar a discutir si es el Am-
paro el espacio ms idneo para declarar la in-
constitucionalidad de una ley
6
, opinan que cabe
la posibilidad de plantear uno de estos procesos
directamente contra una ley reputada lesiva a la
plena vigencia de los Derechos Fundamentales
de algunos ciudadanos.
Ahora bien, justo es sealar que aqu no
nos encontramos antes una materia cuyo trata-
miento sea pacfco en el Derecho Comparado.
Un breve repaso de las posturas asumidas
a nivel mundial sobre el particular nos permi-
ten entonces apreciar hasta tres grandes lneas
de pensamiento al respecto, a las cuales tenta-
tivamente podemos califcar como posiciones
de rechazo o denegatorias, posturas admisorias
radicales y posturas admisorias moderadas
7
.
Procederemos pues a explicar con cierto detalle
los alcances de estas posturas, para luego pasar
a anotar cual es nuestra posicin en este tema,
y sobre la base de ello, evaluar muy crticamen-
te lo que se est planteando en la propuesta de
Reforma Constitucional del once de julio en lo
referente a eventuales Amparos contra leyes.
A) Las posturas denegatorias o de rechazo al
Amparo contra leyes
Iniciando entonces la relacin aqu enun-
ciada, en primer lugar nos encontramos con
aquellos casos en los cuales el mismo ordena-
miento jurdico de un pas descarta la posibili-
dad de admitir el uso del Amparo contra leyes,
rechazo que en algunos casos est explcitamen-
te planteado en el texto constitucional
8
, pero que
en la mayora de supuestos es consecuencia de lo
prescrito por alguna ley o lo deducido como una
postura constante de la jurisprudencia y/o de la
doctrina especializada en estas materias
9
.
Los argumentos en los cuales se sustentan
estas posiciones denegatorias son bastante co-
nocidos, aunque ello no obsta para anotar aqu
aquellos que se nos presentan como los ms re-
levantes al respecto, lo cual posteriormente nos
permitir efectuar un comentario sobre la perti-
nencia de los mismos. As pues, se alega que el
buscar la declaracin de inconstitucionalidad de
una ley mediante un Amparo no solamente im-
plicara el habilitar el desborde de competencias
judiciales en perjuicio de las atribuciones propias
del Congreso, sino que tambin -y esto es tal vez
lo ms relevante- originara una distorsin en el
sentido del Amparo, medio procesal por el cual
nicamente se impugnara al hecho, acto u omi-
sin que lesiona un derecho constitucional.
Queda claro pues que para los defensores
de esta postura la sola existencia de un texto le-
gal no servira para acreditar la existencia de un
acto lesivo, sino, en el mejor de los casos, cabra
sealar la aparicin de un riesgo futuro e incier-
to (y por ende, de efectividad discutible) de vul-
neracin de un derecho fundamental
10
, lo cual,
como veremos posteriormente, ni siquiera encaja
dentro de los supuestos de amenaza susceptibles
de ser impugnados y revertidos mediante Am-
paro
11
. La posibilidad de cuestionar lo que toda-
va es en abstracto un peligro para la vigencia
de algn o algunos Derechos Fundamentales de-
bera entonces ms bien canalizarse a travs de
otras vas procesales.
Descritas las lneas generales de los postu-
lados de esta posicin, y sin negar la indudable
relevancia de las opiniones que acabamos de
describir, creemos que aqu se hace necesario
efectuar una serie de precisiones, las cuales nos
llevan fnalmente a relativizar la validez de las
posturas de carcter denegatorio. Y es que, en
primer lugar, los trminos de la relacin entre
los jueces y la Constitucin son actualmente bas-
tante diferentes de aquellos a travs de los cuales
pareceran stas esbozarse desde las propuestas
de algunos defensores de las tesis denegatorias: y
es que hoy en da son pocos los que discuten que,
incluso en los pases con sistemas de control de
constitucionalidad de tipo concentrado, el juez
siempre efecta una interpretacin y aplicacin
directa del texto constitucional, sin que con ello
invada competencias otrora asignadas exclusiva-
mente a otros poderes del Estado
12
.
La nica diferencia aqu existente es que
mientras en los pases con control concentrado
no es el juez quien proceder a la inaplicacin
de la ley que repute como inconstitucional (al
juzgador le corresponder ms bien dejar esta
decisin en manos del Tribunal Constitucional,
quien actuar a travs de las denominadas cues-
tiones de inconstitucionalidad), en los pases con
un modelo de control difuso o en algunos de
tipo mixto
13
ese mismo juez ser quien inaplique
la norma reputada inconstitucional al caso que
viene siendo de su conocimiento. En uno u otro
caso, aunque no sin pocos cuestionamientos doc-
trinarios, progresivamente va consolidndose la
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postura de que esta actuacin de los juzgadores
bajo ningn concepto constituye una intromi-
sin abusiva de stos en las labores propias de la
funcin parlamentaria. Alegar entonces en este
contexto que el juez invade competencias par-
lamentarias al evaluar la constitucionalidad de
una ley resulta entonces poco sostenible, salvo
mejor parecer.
Por otro lado, quienes plantean que la
aceptacin del uso del Amparo contra leyes im-
plica una supuesta distorsin del sentido de este
mecanismo procesal parecen ignorar que, como
en el caso latinoamericano bien anota Germn
Bidart Campos
14
, hay leyes que con su sola pro-
mulgacin adquieren operatividad inmediata,
y por ende, causan una lesin en el ejercicio de
algn o algunos derechos fundamentales. No
estamos aqu frente a un acontecimiento remo-
to, y por ello, de efcacia discutible, sino frente a
un hecho cierto y con repercusiones inmediatas,
lo cual a todas luces encaja por lo menos den-
tro de los supuestos de amenaza a un derecho
fundamental, supuestos tambin susceptibles de
impugnacin mediante Amparo. En estos casos,
los de las leyes de carcter autoaplicativo, la per-
tinencia del uso del Amparo se nos presenta en-
tonces como algo incuestionable.
B) Las tesis admisorias radicales
Es pues en mrito a stas como a otras con-
sideraciones que algn otro sector doctrinario
aboga por el reconocimiento de la posibilidad
de discutir en el Amparo la constitucionalidad
de todas las leyes. As por ejemplo, en el caso
latinoamericano, son dignas de resaltar opinio-
nes como las del mejicano Emilio Rabasa
15
, para
quien la ley puede ser equiparada al acto lesivo
que motivar la posterior interposicin de un
Amparo.
Rabasa aade adems que si la judicatu-
ra ordinaria (o el Tribunal Constitucional en su
caso, completaramos nosotros) inaplica una
ley mediante Amparo, no la est derogando ni
invadiendo competencias de otras instancias
estatales, sino simplemente se encuentra hacien-
do prevalecer a la Constitucin frente a una ley
inconstitucional. Alega por ltimo en apoyo de
su postura la existencia de razones de economa
procesal, pues considera ms simple, expeditivo
y tuitivo de los derechos fundamentales el im-
pugnar directamente una ley que se reputa lesi-
va de uno de estos derechos sin esperar a la exis-
tencia de perjuicios concretos ocasionados por
actos de ejecucin de la ley en cuestin.
Ahora bien, no solamente es Rabasa quien
sustenta esta postura. Y es que, como consecuen-
cia de la aplicacin del principio de supremaca
constitucional, llegan a conclusiones similares a
las que acabamos de exponer juristas tan desta-
cados como los argentinos Snchez Viamonte
16
o Bielsa
17
. Es ms, lo expuesto por algn autor
espaol, aun cuando sobre la base de otro tipo
de argumentaciones frente a las leyes y dems
normas, tambin parece abogar por un irrestric-
to uso del Amparo ante esta clase de normas
18
.
El planteamiento aqu esbozado es su-
gerente, y sin duda resulta de gran utilidad en
aquellos pases en los cuales el Amparo incluye
(o por lo menos, inclua) dentro de sus mbitos
de accin la posibilidad de declarar la inconsti-
tucionalidad de las leyes
19
. Asimismo, es innega-
ble que esta argumentacin puede resultar muy
funcional para aquellos estados cuyo ordena-
miento jurdico carezca de un proceso constitu-
cional similar al que en Espaa se ha preferido
denominar recurso de inconstitucionalidad. Sin
embargo, consideramos necesario anotar como
a nuestro modesto parecer la misma generara
peligrosas y no deseadas distorsiones, las cuales
pueden incluso poner en riesgo la seguridad ju-
rdica de cualquier pas.
Explicitemos entonces las consideraciones
que nos llevan a efectuar una aseveracin tan
radical como la que acabamos de realizar. Y es
que, en primer lugar, no toda ley aprobada y
promulgada siguiendo los cnones normativa-
mente previstos es susceptible de afectar direc-
ta o inminentemente la vigencia de un derecho
fundamental: son muchas las leyes de tipo no
autoaplicativo -y sobre todo, aquellas cuyo cum-
plimiento solamente es discrecional para el r-
gano al cual se le ha encomendado su reglamen-
tacin o ejecucin
20
- que en el mejor de los casos
nicamente perflaran actos con una posibilidad
de riesgo ms bien remota, y por ende, no id-
neos para viabilizar la posterior interposicin de
un Amparo, interposicin para la cual se exige
ms bien la existencia de un peligro inminente
o prximo
21
. El canal procesal pertinente para
enfrentar estos casos es pues, sin lugar a duda,
el del proceso constitucional que algunos deno-
minan Recurso de Inconstitucionalidad
22
y otros
Accin de Inconstitucionalidad
23
.
Por otro lado, la relativa facilidad existen-
te para obtener la legitimacin procesal activa
considerada necesaria en un Amparo, unida a la
mayor disposicin de la judicatura (ordinaria o
especializada) para conceder medidas cautelares
(y sobre todo, medidas cautelares de no innovar)
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en este tipo de procesos, podran ocasionar que,
puestas en mano de un juez excesivamente con-
cesivo, prcticamente todas las leyes que compo-
nen el ordenamiento jurdico de un pas puedan
correr el riesgo de encontrar suspendidos sus
efectos en casos especfcos (aquellos en donde se
ha planteado un Amparo y se ha concedido una
medida cautelar) ms no en otros, lo cual podra
llevar a una situacin de total inseguridad jur-
dica que probablemente a nada bueno conduci-
ra
24
. Por ello, actualmente el grueso de la ms
califcada doctrina sobre esta materia tambin
marca distancias frente a las tesis admisorias de
corte radical, y se adscribe a posturas admisorias
ms moderadas, posturas cuyos alcances de in-
mediato pasaremos a explicitar.
C) Las posiciones admisorias moderadas
Las posturas normativas, doctrinarias y
jurisprudenciales a las cuales empezaremos a
hacer referencia tienen como elemento comn
el admitir la interposicin del Amparo contra
leyes solamente en algunos supuestos. En l-
neas generales, ello implica reservar el uso del
Amparo nicamente contra las leyes de carcter
autoaplicativo (aquellas que como bien sabemos
no requieren de disposiciones reglamentarias ni
actos de ejecucin alguno para empezar a surtir
efectos jurdicos concretos y afectar a situaciones
jurdicas ya existentes), aunque es justo recono-
cer la existencia de algunos autores que admiti-
ran la interposicin de Amparo incluso frente
a determinados casos de leyes que poco o nada
tienen de autoaplicativo
25
.
La pertinencia de admitir la posibilidad de
interponer Amparos directamente contra aque-
llas leyes de carcter autoaplicativo se sustenta
entonces en razones que en principio parecen
bastante atendibles. Y es que si reconocemos que
con la sola existencia de una de estas leyes ya
puede verse comprometido el pleno ejercicio de
alguno o algunos de nuestros Derechos Funda-
mentales, se nos presenta como poco respetuo-
so del carcter tuitivo del Amparo el tener que
esperar a la realizacin concreta de actos de eje-
cucin de una ley cuya inconstitucionalidad se
encontrara ya fuera de toda discusin.
Nadie puede negar adems que la existen-
cia de una ley debidamente aprobada y promul-
gada es ya un hecho cierto; y si a ello le aadimos
que alguna de esas leyes puede surtir efectos
desde el mismo momento en que entra en vigor,
hemos de reconocer que estamos tambin frente
a un hecho con efectos inminentes y no remotos.
Se cumplen as los dos requisitos (certeza e in-
minencia) pacfcamente aceptados por la doc-
trina como confguradores de una amenaza a la
vigencia de un derecho fundamental susceptible
de ser despejada a travs de la interposicin del
proceso constitucional de Amparo.
Es en mrito a consideraciones como las
aqu expuestas que sta es actualmente la pos-
tura que va imponindose a nivel doctrinario y
jurisprudencial en esta materia. Sin embargo, a
todas estas consideraciones convendra aadir-
le una ms, vinculada al reconocimiento de una
doble dimensin (objetiva y subjetiva) no sola-
mente de los derechos fundamentales, sino de la
misma institucin procesal del Amparo.
Y es que en la opinin de muchos destaca-
dos especialistas, la admisin de Amparos con-
tra leyes deviene en un elemento clave para una
mayor objetivacin de esta institucin procesal,
alternativa que algunos recusan abiertamente y
otros buscan promover. Estamos entonces frente
a un tema que, adems de estar muy relaciona-
do con la materia que hemos venido analizando,
tiene una signifcativa relevancia en la determi-
nacin de cul ser el rol que le corresponda al
Amparo dentro de los diferentes ordenamientos
jurdicos en los cuales ste es acogido, y por ello,
vamos siquiera a dedicarle un apartado dentro
del presente trabajo.
D) La objetivacin del Amparo como elemento a
evaluar en el tratamiento de este tema
Como bien sabemos, una de las discusio-
nes con mayor relevancia en los ltimos aos con
respecto al Amparo es la de cul es rol y los al-
cances que debe reconocrsele a esta institucin
procesal. Esta discusin adquiere especial rele-
vancia en los pases como el Per, donde coexis-
ten labores tuitivas a cargo de la judicatura ordi-
naria con otros quehaceres protectores confados
ms bien a nuestro Tribunal Constitucional.
Es en este contexto en el que se han confgu-
rado dos posiciones o tendencias sobre las cuales
se considera deberan canalizarse los futuros de-
rroteros del Amparo. Una de estas posturas tien-
de a la objetivacin de este proceso constitucio-
nal, pues, tal como seala uno de sus principales
promotores en Espaa [...] En la medida en que
el sistema constitucional se afanza y la defensa
de los Derechos Fundamentales atribuida a los
jueces y tribunales se consolida, debe prevalecer
la dimensin objetiva del Amparo (la garanta
objetiva de los Derechos Fundamentales, y con
ellos, de la Constitucin en su conjunto) frente a
la subjetiva (los intereses concretos subjetivos de
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los justiciables)
26
.
Lo expuesto se traducira entonces en la
necesidad de privilegiar la tutela objetiva de de-
rechos mediante la delimitacin de contenidos
y fjacin de lneas jurisprudenciales
27
, as como
a travs del reforzamiento de las condiciones y
requisitos exigidos para que un Amparo pueda
ser conocido por un Tribunal Constitucional. Se
le permite as a dicho Tribunal un mayor mar-
gen de apreciacin, el cual le permite no slo
descartar pretensiones manifestamente carentes
de contenido constitucional, sino que incluso -lo
cual pudiera resultar harto discutible- le da la
posibilidad de dejar de pronunciarse en aquellos
casos en los que a pesar de producirse una lesin
a un derecho fundamental, dicha lesin tiene una
poca o prcticamente nula relevancia material
28
.
Segn los defensores de esta propuesta, la
cual nos llevara a un escenario muy similar al
que se ha apuntalado en el caso alemn luego de
la reforma efectuada en agosto de 1993 a la ley
que regula las actividades de su Tribunal Cons-
titucional Federal
29
, una posible no admisin a
trmite de una demanda de Amparo ante el Tri-
bunal Constitucional no confgurara una situa-
cin de denegacin de tutela judicial, salvo en
los supuestos (realmente excepcionales) en los
cuales dicho Tribunal se pronuncia sin necesidad
de que exista una resolucin judicial previa
30
. La
asuncin de esta postura tendra adems como
ventaja adicional el obligar a un necesario redi-
mensionamiento de la labor (y de los mecanis-
mos previstos para poder ejercer dicha labor)
tuitiva de los Derechos Fundamentales a cargo
de la judicatura ordinaria, tericamente la llama-
da a asumir el quehacer ms cotidiano y frecuen-
te en el desarrollo de esta tarea
31
.
Siendo este el objetivo a apuntalar dentro
del Amparo para los defensores de la postura
que acabamos de resear, no cabe duda como en
este contexto la admisin de algunos supuestos
de Amparo directo contra leyes sera un elemen-
to llamado a colaborar signifcativamente en el
fortalecimiento de este tipo de perspectivas, ante
las ventajas que pueden proporcionar pronun-
ciamientos en procesos de Amparo contra algu-
na ley en la mejor delimitacin de contenidos
y fjacin de lneas jurisprudenciales a seguirse
posteriormente
32
.
Ahora bien, es justo sealar cmo esta po-
sible reconduccin del Amparo (la cual progre-
sivamente ha venido difundindose en muchos
pases que reconocen la existencia de este meca-
nismo procesal en un escenario dentro del cual la
judicatura ordinaria y un Tribunal Constitucio-
nal comparten la responsabilidad de desempe-
ar labores tuitivas de los derechos fundamenta-
les) es fuertemente cuestionada por otro impor-
tante sector doctrinario, para el cual el Amparo
ms bien debe ser el cauce a travs del que un
Tribunal Constitucional puede convertirse en
el centro de unifcacin y clave de fscalizacin
si se produce una interpretacin conforme a la
Constitucin de todo el conjunto del proceso de
creacin-aplicacin del Derecho
33
.
Sobre el particular, y siendo muy respe-
tuoso de las interesantes argumentaciones que
sostienen una postura contraria a la de un apun-
talamiento de la dimensin objetiva del Amparo,
consideramos que es justo reconocer que la lla-
mada objetivacin del Amparo constitucional
o ante el Tribunal Constitucional (razonamiento
que en los pases en donde no exista un Tribunal
de estas condiciones sera aplicable a aquellos
Amparos que pudieran ser conocidos por los
Tribunales Supremos de dichos estados luego de
existir un pronunciamiento de otras instancias de
la judicatura ordinaria al respecto) parece con-
vertirse en una alternativa sustentada en slidas
consideraciones de carcter terico y prctico,
razones vinculadas a una necesaria unifcacin
de la jurisprudencia sobre Derechos Fundamen-
tales en funcin a grandes lneas y criterios cla-
ramente establecidos, sin que el conseguir dicho
objetivo acarree los inconvenientes funcionales
propios de convertir a un Tribunal Supremo o a
un Tribunal Constitucional en una ltima instan-
cia para todos los casos referidos a la tutela de
los Derechos Fundamentales
34
.
Existen pues una serie de interesantes y
atendibles razones que permiten sustentar el
conceder una prudente cobertura al Amparo di-
recto contra leyes. Ello, lejos de constituir una
posibilidad poco funcional al modelo de control
de constitucionalidad recogido por un determi-
nado ordenamiento jurdico, puede ms bien
resultar de suma utilidad para consolidar una
situacin ms tuitiva de los diferentes Derechos
Fundamentales.
Sin embargo, el tratamiento dado al pre-
sente tema en el caso peruano no ha respondido
precisamente a estos parmetros, ponindonos
en una situacin que, por decir lo menos, apare-
ce como poco favorable para aquello que, como
ya aqu mismo hemos reseado, es el fn ltimo
de todo Estado Constitucional que se precie de
serlo. Pasemos entonces a comentar lo sucedido
en el Per sobre el particular para luego esbozar
nuestra perspectiva al respecto.
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III.- El Amparo contra leyes en el Per: entre la
incertidumbre y las inconvenientes restric-
ciones introducidas a nivel normativo
Es de conocimiento general que, aun cuan-
do podemos encontrar algunos antecedentes en
anterior normativa, el proceso de Amparo se in-
corpora en rigor al ordenamiento jurdico perua-
no con la Constitucin de 1979, teniendo inclu-
so que esperarse hasta la dacin de la ley 23506
para empezar a apreciar con mayor detalle sus
alcances.
Una rpida revisin de la ley 23506, as
como de su norma complementaria, la ley 25398,
y de las dems disposiciones dictadas en aquella
poca sobre el particular, no incluye anotacin
alguna acerca de la procedencia del Amparo
contra leyes. Sin embargo, pronto se dieron dos
perspectivas radicalmente opuestas al respecto:
la de la doctrina nacional ms califcada, pro-
clive a admitir el Amparo contra leyes de tipo
autoaplicativo; y la de la judicatura ordinaria
peruana, en lneas generales opuesta a cualquier
posibilidad de conceder Amparo en situaciones
como las aqu descritas
35
.
Curiosamente cuando el discurso doctrina-
rio favorable a recoger este tipo de pretensiones
comenzaba a imponerse, el texto de 1993, en el
segundo inciso de su artculo 200, prohbe expre-
samente la procedencia del Amparo contra nor-
mas legales, denominacin de por s poco clara,
por decir lo menos. La intencin que esconda
este precepto era para algunos la de difcultar
el cuestionamiento a leyes inconstitucionales,
problema agravado con la indebida e injustifca-
da destitucin de tres magistrados del Tribunal
Constitucional y la consiguiente desactivacin
de toda posibilidad de interponer procesos de
inconstitucionalidad desde 1997.
Ahora bien, justo es reconocer como, a
pesar de no tener las mejores condiciones para
su funcionamiento, el Tribunal Constitucional
Peruano emiti una serie de fallos en los cua-
les, muy a despecho de la literalidad del texto
de 1993, acert en nuestra opinin al admitir la
eventual procedencia de Amparos contra nor-
mas que reputa como autoaplicativas. En este
sentido va, por ejemplo, lo sealado en la senten-
cia (STC) emitida frente al expediente 11-52-97-
AA/TC, por solamente citar uno de los casos ms
notorios. En esa interesante resolucin se llega
a decir que [] de tratarse de normas jurdicas
autoaplicativas, esto es, normas cuya efcacia no
se encuentra condicionada a la realizacin de al-
gn tipo de actos, el Amparo Constitucional, de
ser el caso, puede prosperar vlidamente, desde
que de optarse por una interpretacin rgida del
referido precepto contenido en el inciso dos del
artculo 200 de la Constitucin, ello supondra
que la violacin de un derecho constitucional
por normas de esta naturaleza, quedara en to-
tal indefensin, encontrndose ello en absoluta
contradiccin con la flosofa personalista con la
que se encuentra impregnado todo nuestro orde-
namiento constitucional, y en el que se legitima
fundamentalmente la propia existencia de este
tipo especial de procesos de la libertad (funda-
mento 2 b) del presente fallo)
36
.
Es por ello un tema que nos causa enorme
preocupacin el que la propuesta de reforma
constitucional del once de julio insiste en mante-
ner una expresa improcedencia del Amparo con-
tra normas legales. En un contexto social y pol-
tico como el actual, el cual busca afanzarse como
algo distinto de la autocracia fujimorista, la op-
cin asumida en la propuesta que aqu venimos
analizando no parece contar con un sustento ra-
zonable y aparentemente no nos proporcionara
mayores aportes a la consolidacin de un clima
de plena vigencia y tutela de los derechos funda-
mentales. Ojal entonces el debate constitucio-
nal aun en desarrollo permita la rectifcacin de
este evidente y peligroso error, potenciando ms
bien la continuidad de una lnea de pensamiento
apuntalada por una alentadora jurisprudencia.
Este es pues en nuestra modesta opinin el ca-
mino que debera seguirse en esta importante y
delicada materia, salvo mejor parecer.
1
Solamente para citar un ejemplo al respecto, anotaremos cmo en el tradicionalmente denominado juicio de Amparo mexicano (el cual,
como bien indica la ms moderna doctrina de dicho pas, en rigor es ms bien un proceso) podemos descubrir, siguiendo a Hctor Fix
Zamudio, hasta cinco grandes funciones diferentes entre si, las cuales son a saber:
- El Amparo-Hbeas Corpus, para la proteccin de los derechos a la vida y la libertad personal;
- El Amparo-Casacin, o Amparo contra resoluciones judiciales, el cual a su vez admite cuatro facetas o subdivisiones en funcin a si la
materia en l abordada es de carcter penal, civil-mercantil, administrativo o laboral;
- El Amparo social-agrario, a travs del cual se busca dar una proteccin especial a los campesinos sujetos a la reforma agraria;
- El Amparo contencioso-administrativo (o como contencioso-administrativo), Amparo cuyo mbito de accin es hoy bastante restringido
ante la creacin de tribunales de lo Contencioso-Administrativo en varios estados mejicanos;
- El Amparo contra leyes, Amparo previsto para la impugnacin de leyes inconstitucionales.
Este ltimo Amparo, el denominado Amparo contra leyes, tendra hoy una doble confguracin, pues podra ser entendido como
accin de inconstitucionalidad o cuestionamiento directo no solamente a las leyes, sino tambin a las disposiciones reglamentarias y
tratados internacionales aprobados por el Senado federal; pero tambin podra asumrsele como recurso de inconstitucionalidad, en los
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casos en los cuales lo que se combate directamente es la legalidad de una resolucin ordinaria, para a travs de ello apreciar en primer lugar
si las leyes aplicadas por el Tribunal que emiti esa resolucin son o no constitucionales.
Una completa explicacin sobre esta caracterizacin del Amparo mexicano la encontramos en diversas obras del ya antes mencionado
Hctor Fix Zamudio, siendo tal vez el texto que mejor sintetiza su actual postura al respecto el de su trabajo La Justicia Constitucional, texto
incluido en AAVV. Estudios jurdicos en torno a la Constitucin Mexicana de 1917 en su 75 Aniversario. Mxico, Instituto de Investigaciones
Jurdicas de la UNAM, 1992, pp. 107 y ss. (especialmente entre las pginas 140 y 151).
Por otro lado, una siquiera rpida mirada de lo previsto en el Derecho Comparado sobre el particular nos permite apreciar como en
muchos pases el Amparo es considerado como un recurso y en otros se le denomina accin, cuando en rigor es un proceso con alguna
pretensin particular, un proceso constitucional.
Espaa es uno de los lugares en donde se tiende a considerar al Amparo como un recurso. Ello en nuestra modesta opinin tiene,
cuando abordamos el tema del Amparo en Espaa, sin duda uno de los temas que ms controversia genera es el de la determinacin de
la naturaleza jurdica de esta institucin, controversia que en nuestra modesta opinin tiene mucho de su sustento en la ausencia de un
necesario deslinde (o en la insufciencia del deslinde hasta ahora efectuado) entre las competencias propias del Tribunal Constitucional
(en donde existe) y la judicatura ordinaria (aun cuando la necesidad de deslinde podra tambin darse entre el Tribunal Constitucional y la
institucin parlamentaria, a tenor de lo ocurrido en Espaa en casos que motivaron la dacin de la STC 206/92 y del ATC 42/1997).
Por ello, frente a la disyuntiva existente en Espaa de comprender al Amparo como un proceso autnomo o como un tipo especial de
recurso de casacin, puede entenderse la existencia incluso de posturas hbridas o mixtas sobre cul es la naturaleza jurdica del Amparo
constitucional recogido en el artculo 53.2 CE (el cual, segn los defensores de esta tesis intermedia, sera en algunos supuestos un proceso
autnomo, y en otros, una casacin especial para derechos fundamentales). Sin embargo, a nuestro modesto parecer existen muchos ms
elementos que incluso en casos como el espaol nos llevan a pensar que antes de estar frente a un recurso nos encontramos frente a un
verdadero proceso constitucional.
Explicitemos entonces nuestro razonamiento al respecto. Y es que si bien la tradicin histrica espaola, aunada a otros factores como
el del carcter de ltimo remedio del Amparo constitucional proporcionara elementos que ayudaran a concebir al Amparo constitucional
de ese pas como un recurso, existen al respecto otros aspectos a tomar en cuenta, los cuales, siguiendo lo expuesto por Joan Oliver (ver al
respecto Oliver Araujo, Joan. El recurso de Amparo. Palma de Mallorca, Facultad de Derecho de la Universidad de Palma de Mallorca, 1986,
p. 43), son los siguientes:
- En primer lugar, un recurso implica un replanteamiento de la cuestin litigiosa ante un rgano judicial superior del mismo orden que
aquel que pronunci la resolucin recurrida, o incluso ante el mismo rgano que dict dicha resolucin. Ninguno de estos dos supuestos
es aplicable a lo que ocurre con el Amparo constitucional o Amparo ante el Tribunal Constitucional.
- En segundo trmino, por lo menos uno de los cuatro tipos de Amparo previstos en Espaa tiene carcter directo, y por ende, no requiere
del agotamiento de va previa alguna. Mal se puede hablar en este caso de la existencia de un recurso, salvo mejor parecer.
- Finalmente, se reclama no perder de vista que el TCE es un rgano fuera del mbito de la jurisdiccin ordinaria y nico en su orden.
La consideracin del Amparo como una accin, denominacin utilizada en nuestro pas al abordar esta materia, tiene un sustento
procesal tambin bastante discutible, pues, como todos sabemos, el derecho de accin no recoge todas las actuaciones y posibilidades de
accin que nos da cualquier Amparo.
Es en mrito a razones como stas que consideramos que estamos frente a un proceso y no ante un recurso, o a una accin conclusin
a la cual parecen llegar, aun cuando no necesariamente por similares premisas, autores como Gerpe, Manuel. El recurso de Amparo
constitucional. En: Revista Jurdica de Catalua. Barcelona, Ilustre Colegio de Abogados de Barcelona, Ao LXXXI N 2, abril-junio 1982,
pp. 207 y ss. (y muy especialmente p. 212); Gonzlez Prez, Jess. Derecho Procesal Constitucional. Op. cit., p. 278; o Almagro Nosete
- Justicia Constitucional (Comentario a la Ley Orgnica del Tribunal Constitucional). Madrid, 1980, p. 191-192. En esta misma direccin
apuntaba el ATC de la Sala Primera del 26 de noviembre de 1980, y parece ser una constante en la mayor parte de las nuevas publicaciones
sobre estos temas, en las cuales se incluye al recurso de Amparo dentro del rubro Procesos Constitucionales. A modo de ejemplo en el cual
podemos sustentar esta ltima aseveracin, podemos citar libros como AAVV. Los procesos constitucionales. Segundo Simposio de Derecho
Constitucional (Sevilla 27/28 de setiembre de 1991). Madrid, CEE, 1992; o el colectivo de Caamao, Francisco; Gmez Montoro, Angel;
Medina, Manuel y Requejo, Juan Luis. Jurisdiccin y procesos constitucionales. Madrid, McGraw Hill, 1997.
2
Si bien ya habamos adelantado alguna referencia a este tema en la nota tres del presente trabajo, sealaremos aqu como Fix Zamudio
distingue hasta tres diferentes planos en lo vinculado con la tutela de los Derechos Fundamentales. Segn dicho autor, en cualquier proceso
comn y corriente puede darse la proteccin de algn derecho fundamental, a pesar de que el mecanismo procesal utilizado (o incluso,
la proteccin central del proceso iniciado) no sea la de preservar la plena vigencia de uno de esos derechos. A esta situacin es la que Fix
denomina de tutela de un derecho fundamental mediante un medio procesal ordinario.
Posteriormente el autor cuya propuesta aqu estamos desarrollando anotar tambin cmo existen casos en los cuales se toman decisiones
que si bien en principio poco o nada pareceran estar vinculadas a las labores tuitivas a las cuales venimos haciendo referencia, tienen en el
fondo una motivacin directamente relacionada con ese tipo de tareas. Este es el caso por ejemplo de una mocin de censura a algn ministro,
si es que con dicha censura se busca sancionar una actitud o comportamiento ministerial violatorio de algn derecho fundamental. Si bien
el objetivo de la censura es el de separar de su cargo a un ministro al cual se considera inefciente para desempear tales responsabilidades,
esta censura devendra en un medio indirecto de proteccin de los derechos fundamentales en la medida que el respeto a la plena vigencia
de esos derechos ser de ahora en adelante una pauta a seguir para todo aquel ministro que no quiera correr el riesgo de ser separado de su
cargo por el Congreso.
Finalmente, Fix Zamudio reconoce la existencia de medios procesales especfcos (o procesos constitucionales), instrumentos procesales
cuyo objetivo es el intentar tutelar con la mayor rapidez y efcacia posible la plena vigencia de los derechos fundamentales. En esta lgica,
instituciones como el Amparo son, sin lugar a dudas, medios procesales especfcos. Una detallada exposicin del razonamiento de Fix
Zamudio al respecto la encontraremos en su La proteccin procesal de los Derechos Humanos antes las Jurisdicciones Nacionales. Madrid,
Civitas, UNAM, 1982, p. 57.
3
Nos referimos aqu al tema del Amparo frente a actos de particulares, en el cual son muchos los pases en los cuales se ha optado por acoger la
teora alemana sobre la Dritwirkung o efcacia del Amparo en este tipo de supuestos. Textos de indispensable consulta frente a las ventajas y
difcultades existentes al respecto son, entre otros, el de Garca Torres, Jess y Jimnez-Blanco, Antonio -Derechos fundamentales y relaciones
entre particulares. Madrid, Cuadernos Cvitas, 1986; as como el de Bilbao Ubillos, Juan Mara. La efcacia de los derechos fundamentales
frente a particulares. Madrid, CEC-BOE, 1997. Tambin tiene interesantes referencias al respecto el texto de Herrero Tejedor, Fernando.
Honor, Intimidad y propia imagen. Madrid, Colex, 1990 (existe una edicin de 1994).
La lgica norteamericana seguida en el tratamiento de estos temas reposa ms bien en la Teora de la State Actio. Una clara explicacin
sobre los alcances de la State Action la encontramos en Bilbao Ubillos, Juan Mara. Los Derechos Fundamentales en la frontera entre lo
pblico y lo privado. Madrid, Mac Graw Hill, 1998.
4
La posibilidad de atacar las omisiones de la Administracin ha merecido incluso la institucin en algunos ordenamientos jurdicos de un
medio procesal especfco al cual se ha denominado Accin de Cumplimiento, medio procesal hoy existente en Colombia y el Per, an
cuando con importantes matices entre ambas experiencias. Por otro lado, tema de mayor complejidad es el de poder cuestionar fagrantes
casos de omisin legislativa. Sin embargo, las iniciativas manejadas al respecto generalmente se encuentran ms bien vinculadas a la llamada
inconstitucionalidad por omisin, materia que excede ampliamente los alcances del presente trabajo.
5
Aqu resulta conveniente aclarar la diferente situacin a la cual puede llevar el modelo de justicia o jurisdiccin constitucional asumido en
cada pas. Y es que mientras en aquellos pases con un sistema concentrado de control no corresponde al juez ordinario sino al Tribunal
Constitucional el declarar la inconstitucionalidad de una ley, en un pas con un modelo difuso o mixto en principio cualquier juez que detecte
la inconstitucionalidad de una ley puede inaplicarla nicamente para el caso concreto que viene resolviendo. Ello sin perjuicio del precedente
que dicho fallo pueda generar, o de la eventual existencia en aquellos pases de mecanismos procesales similares a los que en Espaa y otros
pases europeos son denominados se denominan recurso o cuestin de inconstitucionalidad.
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Y es que aqu no se discute si es el Amparo el escenario ideal para discutir a cabalidad si estamos o no frente a una ley inconstitucional (en
principio los procesos de control abstracto de la constitucionalidad de las leyes pareceran presentarse como ms idneos para cumplir con
dichas tareas), sino si es posible considerar que la sola existencia de una ley constituye lo que podramos denominar un acto lesivo susceptible
de ser impugnado mediante Amparo, y por ende, elemento habilitante para el planteamiento de pretensiones de inconstitucionalidad en uno
de estos procesos. Adelantando parte de nuestro punto de vista sobre el particular diremos entonces que nosotros consideramos que ello es
posible en algunos casos, esencialmente vinculados a aquellas leyes con un carcter autoaplicativo.
7
Denominaciones similares a las nuestras, aunque con contenidos y alcances no exactamente iguales a los que aqu planteamos, han sido
empleadas por Sags, Nstor Pedro. El Amparo contra leyes. En: Derecho y Sociedad N 3. Lima, 1990, pp. 6 y ss.
8
Este es el caso del texto constitucional peruano de 1993, el cual en el segundo apartado de su artculo 200 expresamente seala que no procede
la interposicin del Amparo contra leyes alternativa cuya justifcacin (formal y real) luego analizaremos con mayor detalle.
9
Lo ocurrido en Espaa sera un buen ejemplo al respecto, pues all las posturas denegatorias encuentran ms bien su sustento en lo expuesto
por un importante sector de la doctrina y lo mayormente resuelto por su Tribunal Constitucional sobre el particular. En este sentido se
encuentran pronunciamientos como la STC118/88, del 20 de junio; y los AATC 103/84, del 21 de marzo; 296/85 del 8 de mayo; 244/86, del 12
de marzo; y muy especialmente el AATC 385/89, por solamente citar los precedentes ms antiguos de una ya reiterada lnea jurisprudencial.
10
Esta es la postura defendida por ejemplo por Lazzarini, Jos Luis. El juicio de Amparo. Buenos Aires, La Ley, 1988, pp. 214-215; as como
por Ortecho, Vctor Julio. Derechos y Garantas Constitucionales. Trujillo, Marsol Per Editores, 1985, p. 375.
11
En este aspecto resulta importante resaltar lo planteado en el artculo 4 de la Ley 25398, ley complementaria de la regulacin del Amparo y el
Hbeas Corpus en el Per, norma en la cual (recogiendo as las posturas doctrinarias ms avanzadas hoy existentes en el Derecho Comparado
sobre el particular) se establecen como amenazas de violacin susceptibles de ser atacadas o impugnadas mediante Amparo a aquellas que
se caractericen por ser ciertas y de inminente realizacin. La amenaza a tomarse en cuenta en estos casos debe entonces ser real y posible de
cumplirse dentro de un lapso de tiempo ms bien prximo. Al respecto es conveniente revisar los interesantes comentarios recogidos sobre
el particular en Borea, Alberto. Evolucin de las Garantas Constitucionales. Lima, Griley, 1996, pp. 46-50 (existe tambin una edicin del ao
2000).
12
As por ejemplo, Eduardo Garca de Enterra, en su ya clsico trabajo La Constitucin como norma y el Tribunal Constitucional, no
solamente seala que el juez espaol estaba sometido a la Constitucin, sino que deba aplicarla directamente en los siguientes supuestos:
1- Enjuiciamiento previo de la constitucionalidad de las leyes, ya sea efectuando una evaluacin de la norma que debe aplicar en un caso
concreto (evaluacin que en su momento podra llevarle a plantear una cuestin de inconstitucionalidad) o realizando un juicio positivo
de la constitucionalidad de una ley al aplicarla para solucionar un caso concreto;
2- Juicio sobre la constitucionalidad de los reglamentos, los cuales puede inaplicar si los considera inconstitucionales adems de ilegales;
3- Juicio sobre la inconstitucionalidad de los actos jurdicos pblicos (sean estos administrativos o judiciales) o privados, negando la validez
de los mismos si concluye que son inconstitucionales;
4- Casos de interpretacin conforme a la Constitucin de la totalidad del ordenamiento jurdico nacional, tanto en el caso de leyes como en
el de reglamentos.
Recomendamos entonces ver, Garca de Enterra, Eduardo. La Constitucin como norma y el Tribunal Constitucional. Madrid, Cvitas,
1981, p. 67. En esta misma lnea de pensamiento, autores como Luis Dez Picazo rescatan la posibilidad de una aplicacin directa de la
Constitucin por los jueces ordinarios en aquellos asuntos vinculados a derechos fundamentales con un especial mbito de proteccin,
postura recogida en Diez Picazo, Luis. Constitucin, Ley, Juez. En: REDC N 15, p. 19.
A pesar de lo ya expuesto, es justo tambin reconocer como en el mismo caso espaol todava, aunque doctrinariamente minoritarias,
existen posturas reacias a aceptar una aplicacin directa de la Constitucin por el Juez ordinario ( es de este criterio, por ejemplo, Prez Royo,
Javier. Por qu no. Artculo publicado en el diario El Pas del 18 de abril de 1997, pp. 13-14). Por otro lado, resulta oportuno resaltar como
hay quienes, sin negar la efcacia normativa de la Constitucin, entienden que los jueces ordinarios no efectan una aplicacin del texto
constitucional en sentido estricto, sino solamente en forma mediada, como norma que nicamente le proporciona las pautas y parmetros
(pautas y parmetros cuyo desarrollo ser abordado dentro del ordenamiento infraconstitucional) considerados vlidos para la solucin de
un determinado conficto. Esta es la posicin defendida por Aparicio Prez, Miguel ngel en La aplicacin de la Constitucin por los jueces
y la determinacin del objeto del Amparo constitucional. En : Revista del Centro de Estudios Constitucionales N 3, Madrid, CEC, mayo-
agosto 1989, p. 47.
13
Y es que cuando se habla de modelos mixtos no siempre nos estamos refriendo a lo mismo, pues los aspectos en los cuales se entremezclan
elementos de sistemas difusos y concentrados muchas veces no coinciden entre si. Ello explica cmo en el caso espaol que mientras para
Vicente Gimeno Sendra el carcter mixto del modelo de ese pas estara dado por la subsidiariedad de la actuacin del Tribunal Constitucional
frente al quehacer de la judicatura ordinaria en defensa de los derechos fundamentales (ver al respecto Cascajo Castro, Jos Luis, y Gimeno
Sendra, Vicente. El Recurso de Amparo. Madrid, Tecnos, 2 ed. 1984, p. 158); para Miguel ngel Aparicio Prez (ver su Introduccin al
Sistema Poltico y Constitucional Espaol. Barcelona, Ariel, p. 149) el carcter mixto continental contemporneo del modelo espaol estara
dado por el hecho de que es a un rgano de carcter esencialmente jurisdiccional (y no a un legislador negativo como en la propuesta original
de Kelsen) al que se le asigna la responsabilidad de interpretar todo el ordenamiento jurdico nacional en funcin a la Constitucin.
Sin embargo, no es este tipo de modelos (vistos ms bien por un buen sector de la doctrina como nuevas manifestaciones del modelo
concentrado antes que como verdaderamente mixtos) a los cuales aqu intentbamos hacer alusin, sino a aquellos en donde la mezcla
de elementos propios de las formulaciones clsicas de los modelos concentrados y difusos se ha hecho todava ms patente. Es el caso, por
solamente citar un ejemplo, de lo ocurrido en el modelo mixto o dual hasta hoy formalmente vigente en el Per, en donde, independientemente
de las mltiples posibilidades de actuacin que se le reconoce al Tribunal Constitucional, cualquier juez ordinario puede inaplicar una norma
que repute inconstitucional.
14
Ver al respecto, Bidart Campos, Germn - Rgimen legal y jurisprudencial del Amparo. Buenos Aires, Ediar, 1969, pp. 289 y ss.
15
Rabasa, Emilio, citado por Burgoa, Ignacio. El juicio de Amparo. Mxico, Porra, 19 ed., 1983 (la ltima edicin, la 33, es de 1997).
16
Snchez Viamonte, Carlos. Voz Juicio de Amparo. En: Enciclopedia Jurdica Omeba. Buenos Aires, Tomo XVII, p. 169.
17
Bielsa, Rafael. Metodologa Jurdica. Santa Fe, Castellv, 1961, p. 87.
18
Borrajo Iniesta, Ignacio. Amparo contra leyes. En: REDA N 98. Madrid, CEC, mayo-agosto 1982, pp. 167 y ss.
19
Ver al respecto lo sealado sobre el Amparo mexicano en la nota ocho del presente trabajo.
20
Es de similar criterio, Sags, Nstor Pedro. El Amparo contra leyes. Op. Cit., p. 8.
21
Para analizar si estamos frente a hechos que pueden o no constituir una amenaza susceptible de buscar ser revertida mediante Amparo
resulta harto conveniente acoger la distincin, planteada inicialmente por la doctrina mexicana, entre actos futuros remotos y actos
futuros prximos o inminentes. Los primeros seran aquellos hechos inciertos y eventuales cuya produccin -si fnalmente ocurre- cae
ntegramente dentro del rea del porvenir. Los segundos constituiran ms bien aquellos hechos ciertos prximos a ejecutarse, y por ende,
cuya comisin se verifcara en un futuro inmediato. Resulta claro entonces cmo en el supuesto de los llamados actos futuros remotos puede
haber algn peligro a la vigencia de un derecho fundamental, pero ese riesgo de peligro es todava tan hipottico que es imposible considerar
que pueden confgurar una verdadera amenaza al ejercicio de alguno de dichos derechos. Solamente en el caso de encontrarnos ante unos
acontecimientos ciertos e inminentes estaramos pues en condiciones de invocar razonablemente la existencia de una verdadera amenaza a
la plena vigencia de un derecho fundamental. Un buen anlisis de este tema lo encontramos en Lazzarini, Jos Luis. Op. cit., p. 209, as como
en Sags, Nstor Pedro. Derecho Procesal Constitucional. Tomo III: Accin de Amparo. Op. cit., p. 107.
22
Nombre que se le da a este tipo de procesos en pases como Espaa. Ver al respecto las apreciaciones que efectuamos en la segunda parte de
la nota veintisiete de este trabajo.
23
Denominacin que se le da a este tipo de procesos en diversos pases (y entre ellos, en el Per. Ver al respecto lo previsto en el cuarto inciso
del artculo 200 de la Constitucin Peruana de 1993). En un estricto sentido tcnico-procesal, resulta tambin impropio denominar Accin
a algo que a todas luces es un proceso constitucional autnomo.
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ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL AMPARO CONTRA LEYES(...)
24
Abona en favor de esta nuestra afrmacin lo ocurrido en el caso mexicano, en donde la aplicacin de la llamada frmula Otero (nombre
con el cual habitualmente se conoce a los previsto en los artculos 107, fraccin II de la Constitucin Federal de los Estados Unidos Mexicanos
y 76 de la Ley de Amparo de ese mismo pas, disposiciones en las cuales se reduce el efecto de las sentencias de Amparo contra leyes
nicamente a las partes que lo hubiesen interpuesto) ha creado una sensacin de inseguridad jurdica que hoy resulta insostenible, siendo
un consenso dentro de la ms califcada doctrina mexicana el reconocerle un efecto erga omnes a las sentencias de Amparo emitidas en estos
casos. Una detallada explicacin a cerca de la controversia existente en Mexico al respecto la encontramos en Fix Zamudio, Hctor. La Justicia
Constitucional. Op. cit., especialmente en las pp. 142 y 145.
25
En el mbito latinoamericano cabe resaltar las atingencias planteadas al respecto por Adolfo A. Rivas y Nstor Pedro Sags. En el primero de
los casos el procesalista argentino sealar que cualquier ley, sin importar si es autoaplicativa o no, si es lesiva de derechos constitucionales
equivale al menos a una amenaza, y perfla por ello un peligro concreto y atendible a los fnes del Amparo. Ver al respecto Rivas, Adolfo.
El Amparo. Buenos Aires, La Rocca, 1987, pp. 128-129. Por otro lado, el ya varias veces citado jurista rosarino deja abierta la posibilidad de
admitir Amparos contra leyes no autoaplicativas de cumplimiento obligado para el rgano encargado de la reglamentacin o ejecucin de
dicha ley. Sags argumenta que el solo hecho de existir el deber de instrumentar o hacer operativos aquellos dispositivos legales podra
ya reputarse como una amenaza para efectos del Amparo, pues importara la adopcin de una decisin concreta y especfca del Estado a
plasmarse en el plano del futuro prximo y no del futuro remoto (sobre la diferencia entre estos dos ltimos conceptos recomendamos ver al
respecto la nota 29 de ese mismo trabajo). Una buena sntesis de este sugerente planteamiento la podemos encontrar en Sags, Nstor Pedro.
El Amparo contra leyes. Op. cit., p. 8.
26
Opina en este sentido Prez Tremps, Pablo. El recurso de Amparo constitucional: II. Aspectos procesales. En: AAVV. Los procesos
constitucionales. Segundo Simposio de Derecho Constitucional (Sevilla 27/28 de Septiembre de 1991). Madrid, CEC, 1992, p. 124.
27
Es de este criterio Revenga Snchez, Miguel. Las paradojas del recurso de Amparo tras la primera dcada de Jurisprudencia Constitucional
(1981-1991). En: REDC N 41. Madrid, CEC, mayo-agosto 1994, pp. 25 y ss. (especialmente p. 31).
28
A similar conclusin llega Cruz Villaln, Pedro. Sobre el Amparo. En: REDC N 41. Madrid, CEC, mayo-agosto 1994, pp. 9 y ss., sobre todo
p. 19. En este mismo sentido va lo resuelto por el TCE en un polmico auto del 12 de septiembre de 1994, en el cual no se admite la demanda
de Amparo registrada con el nmero 2403/1993.
Cabe aclarar que la propuesta aqu reseada solamente parece ser posible en un contexto dentro del cual el Amparo constitucional o
Amparo ante el Tribunal Constitucional viene siempre precedido (como es la mayor parte de los casos dentro del ordenamiento jurdico
espaol) de un pronunciamiento judicial, correspondindole a la judicatura ordinaria la tutela cotidiana de los derechos fundamentales,
tutela que en su caso (lo cual obviamente no incluye a todas las situaciones) puede ser (nuevamente) efectuada y hasta resuelta sobre la base
de diferentes consideraciones por el Tribunal constitucional. Ahora bien, sera interesante preguntarse cunto afectar a este razonamiento la
asuncin de frmulas como la asumida por la Constitucin Peruana de 1993, la cual atribuye como una de las competencias de su Tribunal
Constitucional la de ser ltima instancia para la resolucin de los Amparos (adems de los Hbeas Corpus, Hbeas data y acciones de
cumplimiento) en los cuales la pretensin del o de los demandantes hayan sido denegadas por la judicatura ordinaria (ver al respecto el inciso
2 del artculo 202 del texto constitucional antes mencionado).
29
Ver al respecto las interesantes refexiones que efectan Rubio Llorente, Francisco. El trmite de admisin del recurso de Amparo, trabajo
incluido en su libro La forma del Poder. Madrid, CEC, 1993, pp. 537 y ss., (sobre todo pp. 546 a 554), y Rodrguez Alvrez, Jos Luis.
Seleccionar lo importante. En: REDC N 41. Madrid, CEC, mayo-agosto 1994.
30
En este sentido, Cruz Villaln, Pedro. Sobre el Amparo. Op. cit., p. 19. Esta postura reiteramos es explicable y atendible dentro de un
contexto como el espaol, en el cual el Amparo constitucional o Amparo ante el Tribunal Constitucional viene en la mayor parte de los casos
precedido de un pronunciamiento judicial, y donde adems, la actuacin del Tribunal Constitucional es extraordinaria y hasta eventual
frente al quehacer de quien tiene la responsabilidad de efectuar la tutela ms bien cotidiana de los derechos fundamentales, la judicatura
ordinaria.
31
En este mismo sentido, Revenga, Miguel - Op. cit., p. 31.
32
El importante papel que le toca cumplir al Amparo contra leyes dentro de una necesaria objetivacin de esta institucin procesal constitucional
es incluso reconocida por quienes se muestran contrarios a dicha objetivacin. Ello lo demuestra el especial tratamiento que le proporciona
a este tema Diez Picazo, Luis Mara. Difcultades prcticas y signifcado constitucional del recurso de Amparo. En: REDC N 40. Madrid,
enero-abril 1994, pp. 9 y ss. (especialmente pp. 26-29), al incluir al Amparo contra leyes dentro de las medidas que considera destinadas a un
reforzamiento en clave objetiva del recurso de Amparo recogido dentro del ordenamiento jurdico espaol.
33
En este sentido opina Diez Picazo, Luis Mara. Difcultades prcticas y signifcado constitucional del recurso de Amparo. Op. cit.
34
Sin embargo, es importante anotar como esa labor de objetivacin del Amparo debe materializarse con mucho cuidado para as evitar una
sensacin de denegacin de justicia, y como consecuencia de ello, la confguracin de una vulneracin del escenario garantista a nivel judicial
asumido como vlido por nuestra Constitucin y los Tratados sobre Derechos Humanos de los cuales el Per es parte. Recordemos si no que
la misma actuacin del Tribunal Constitucional Federal Alemn fue objetada por el Tribunal Europeo de Derechos Humanos al alegarse que
su comportamiento institucional constitua una violacin del artculo 6 del Convenio Europeo de Derechos Humanos.
35
Todo ello muy a despecho de las repercusiones que en su momento tuvo el uso del Amparo para a travs de este proceso constitucional
intentar revertir la decisin tomada por el entonces presidente de la Repblica, Alan Garca Prez, de estatizar todo el sistema bancario
nacional. Ahora bien, justo es reconocer que en el debate de 1993 fueron, si cabe el trmino, resucitadas las preocupaciones que en su
oportunidad gener la actuacin judicial posterior a la dacin de esta polmica medida.
36
Esta misma lnea de pensamiento la encontramos en sentencias como la emitida en el caso Aurelio Julio Pun Amat (Expediente No. 1100-2000-
AA/TC), en el cual el Tribunal Constitucional Peruano seala lo siguiente:
[] Que, asimismo, el que con posterior a la presentacin de la demanda, el inciso 2) del artculo 200 de la Constitucin de 1993 haya
previsto que el Amparo no procede contra normas legales, de ello no se deriva, siempre y de manera inexorable, que en ningn supuesto o
circunstancia pueda interponerse un Amparo cuando la lesin de un derecho constitucional se produzca como consecuencia de la vigencia
de una norma, ya que:
La limitacin establecida en el inciso 2) del artculo 200 de la Constitucin de 1993 pretende impedir que a travs de un proceso cuyo
objeto de proteccin son los derechos constitucionales, se pueda impugnar en abstracto la validez constitucional de las leyes, cuando en
el ordenamiento existen otros procesos, como la Accin de Inconstitucionalidad, cuyo objeto es precisamente preservar la condicin de la
Constitucin como Ley Suprema del Estado.
Naturalmente, de ello no se deriva que siempre que se solicite la inaplicacin de una ley o una norma con fuerza de ley en el Amparo,
esta garanta constitucional no pueda servir para resolver la pretensin de fondo, pues en tales casos el juez constitucional debe reparar acerca
de la estructura constitutiva de la norma legal a la que se reputa agravio, de manera que si dicha norma tiene su efcacia condicionada a la
realizacin de actos posteriores de aplicacin, el juzgador no podr optar por la inaplicacin de la norma inconstitucional entre tanto no se
materialicen aquellos actos que permitan a la norma con rango de ley adquirir efcacia jurdica.
Distinta es la situacin de las normas operativas, esto es, aquellas cuya efcacia no se encuentra sujeta a la realizacin de actos posteriores
de aplicacin, sino que la adquieren al tiempo de entrar en vigencia. En tales casos, y siempre que stas normas afecten directamente
derechos subjetivos constitucionales, el Amparo s podr prosperar, no slo porque de optarse por una interpretacin literal del inciso 2) del
artculo 200 de la Constitucin Poltica del Estado se dejara en absoluta indefensin al particular afectado por un acto legislativo arbitrario;
sino adems, porque, tratndose de una limitacin del derecho de acceso a la justicia constitucional, ste no puede interpretarse en forma
extensiva, sino con una orientacin estrictamente restrictiva, esto es, en el sentido ms favorable a la plena efectividad del derecho a obtener
una decisin judicial que se pronuncie respecto de su pretensin. [].
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ELOY ESPINOSA-SALDAA BARRERA
I.- Introduccin
En la actualidad resulta innegable la tras-
cendencia que ha adquirido el instituto de la in-
constitucionalidad por omisin en el campo cien-
tfco del Derecho Constitucional. En unos pocos
aos, desde mediados de los noventa del pasado
siglo, la doctrina le ha prestado una atencin des-
conocida hasta ese momento, por lo que la situa-
cin que denuncibamos en un trabajo anterior de
nuestra autora, acerca de la escasez de literatura
sobre esta fgura, ya no podra hoy sostenerse en
idnticos trminos
1
. Ello lo considerbamos como
una difcultad para el estudio del instituto, difcul-
tad a la que sumbamos otras como las oscurida-
des conceptuales. Esta ltima, por el contrario, s
mantiene plena vigencia puesto que, por un lado,
profundizar en su concepto sigue siendo una labor
que reclama una elevada exigencia y precisin, y,
por otro, las posiciones doctrinales y positivas con-
tinan mostrando una elevada discrepancia entre
ellas. Estos desacuerdos difcultan la elaboracin y
aceptacin de una teora general del instituto que
pretendamos en aquel trabajo y que seguimos de-
fendiendo. Incluso, se conservan voces que recha-
zan la institucin
2
.
Recogemos en este trabajo lo fundamental
de la postura que venimos defendiendo de omi-
sin inconstitucional. Para ello, previa refexin
terminolgica y exposicin crtica de los diversos
conceptos utilizados por la doctrina, vamos a pre-
cisar el instituto de forma positiva, es decir, indi-
cando el contenido y la extensin que encierra. No
lo haremos, en esta ocasin, de manera negativa, o
sea, sealando la diferenciacin existente con otras
instituciones que se muestran con ciertos perfles
coincidentes a la que ahora nos atae, para no alar-
gar en exceso el trabajo. Para quien tenga inters
es este aspecto puede consultar nuestro libro cita-
do en la primera nota. Tres elementos parece que
coadyuvan a menguar la claridad en la defnicin
pretendida: en primer lugar, la propia naturaleza
de este tipo de omisin; en segundo, la habitual
ausencia de legislacin positiva en la materia; en
tercero, las indicadas conexiones con otras catego-
ras jurdicas de lmites hasta cierto punto difusos
en algn caso.
Los presupuestos que nos sirven de parti-
da en esta labor se cimientan en la consideracin
de la Constitucin como autntica norma jurdica
superior y no como una mera suma de principios
programticos. Ello es perfectamente compatible
con el reconocimiento de que no todos los artcu-
los de la Carta Magna poseen igual signifcacin y
protagonismo, al margen de exigir distinta inten-
sidad de desarrollo. Esta polmica la entendemos
superada, tanto a nivel doctrinal, jurisprudencial
y, sobre todo, positivo. A pesar de ello, se hace ne-
cesario recordar que varios de los autores que ana-
lizaron la fgura no comparten tales postulados,
por lo que sus conclusiones y consecuencias son,
forzosamente, muy diferentes.
II- Concepto
1.- La expresin inconstitucionalidad por omi-
sin
Antes de ofrecer el concepto por nosotros
propuesto es necesario detenerse en la termino-
loga que estamos empleando para referirnos a la
institucin considerada. Dicha terminologa (in-
constitucionalidad por omisin) es comnmente
aceptada por los distintos tratadistas. Nos sern
tiles algunas refexiones en torno a la misma,
especialmente para la omisin (omisso en por-
tugus, omissione en italiano, omission en francs,
Unterlassung en alemn
3
).
Por lo que respecta al vocablo inconstitu-
cionalidad, no resulta problemtico el uso que
hacemos de l ya que estamos haciendo referencia
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En torno al concepto de
inconstitucionalidad por omisin
Jos Julio Fernndez Rodrguez
Profesor de Derecho Constitucional de la
Universidad de Santiago de Compostela
Sumario: I.- Introduccin II.- Concepto 1.- La expresin inconstitucionalidad por omisin 2.- Diversas
propuestas en la doctrina 3.- Propuesta: A) La falta de desarrollo B) La inconstitucionalidad: a) Inactividad del
Poder Legislativo; b) Perodo temporal excesivo; c) Preceptos de obligatorio y concreto desarrollo: los encargos
al legislador; d) Inefcacia de la norma constitucional.
a una conducta vulneradora de la Carta Magna
4
.
Estas vulneraciones tienen diversas causas y se
presentan con matices diferentes. Asimismo, las
consecuencias de tales infracciones pueden ser
muy distintas. Pero todas ellas suponen un ataque
a los preceptos bsicos del ordenamiento jurdico
y una agresin a los valores vitales emanados de
las decisiones polticas fundamentales recogidas
en el Texto Constitucional.
Mucho ms problemtico nos resulta el vo-
cablo omisin, que alude a una inactividad, a
una inaccin, a un dejar de hacer o de decir algo.
La conducta humana puede estructurarse en dos
grandes formas: la positiva (facere) y la nega-
tiva (non facere). Tanto una como otra son, en
condiciones normales, manifestaciones de volun-
tad que se exteriorizan de diferente manera. La
primera provocar un elemento fsico nacido de
dicha accin; la segunda carecer de tal elemen-
to fsico, lo cual no es bice para que pueda tener
refejo y repercusin en el mundo exterior. Ambas
procedern del ser humano dirigido por su volun-
tad o por las circunstancias que a sta dominan. Y
como formas de comportamiento que son, fueron
asimiladas y son utilizadas para la construccin y
defnicin de los diversos modos de regulacin de
la vida del hombre en sociedad, en relacin y trato
con sus semejantes. En efecto, la Moral, la tica,
las reglas del trato social y tambin, por supues-
to, el Derecho tendrn en cuenta estos diferentes
aspectos y manifestaciones del complejo acontecer
humano, cuyo origen se halla en la misma reali-
dad. Estas diversas modalidades de dirigir la vida
en sociedad darn relevancia a algunas inactivi-
dades del hombre cuando esta inaccin altere el
orden de valores establecido y protegido por los
diferentes sistemas de regulacin. La relevancia de
tales inactividades se conectar estrechamente con
el incumplimiento de una obligacin que sujeta al
ser humano y que le exige determinada conducta
para la proteccin del orden defendido
5
.
El empleo de omisin en sentido jurdico
parece tener su origen en el Derecho Romano, en
el cual podemos detectar su uso en sentido priva-
do y pblico, aunque en todo caso parece de poca
relevancia. En la esfera de lo privado haca referen-
cia, por ejemplo, a aquellos casos en los que el juez
se abstena de dictar sentencia o a la fgura de la
pretericin. En efecto, segn algunos autores
6
, con
omisin se aluda al olvido del testador respecto
al heredero legtimo, que ni es instituido heredero
ni es excluido de la herencia. Tal olvido era la idea
central de la pretericin y tena unas claras e im-
portantes consecuencias, llegando incluso a pro-
vocar la nulidad del testamento. Otros autores
7
,
en cambio, slo utilizan para estos casos la palabra
pretericin, que es la que parece existir con ex-
clusividad en el Digesto
8
y no omissio, vocablo
que s se encuentra en textos literarios latinos
9
. Sea
como fuere, en este posible empleo nos estamos
moviendo nicamente en el terreno del Derecho
Privado sin conexin con las ideas que nos intere-
san, salvo la presencia de una obligacin que suje-
ta al testador y cuya vulneracin por un dejar de
hacer tiene consecuencias jurdicas. En el campo
del Derecho Pblico se emplea, por ejemplo, cuan-
do un magistrado omite exigir una caucin como
la tutelar
10
. Lo que s se utiliza, aunque en muy po-
cas ocasiones, en un sentido que podramos deno-
minar jurdico-pblico, es el verbo omito
11
, en
donde se halla la raz de omissio-onis. De entre
estos escasos usos cabe destacar que algunos de
ellos hacen referencia a neglegere
12
. Aunque,
insisto, los supuestos no tienen demasiada impor-
tancia. Adems, nos movemos por terreno de per-
sonas fsicas, no de rganos.
De mayor relevancia para nosotros es la uti-
lizacin jurdica de la idea de omisin en la ciencia
del Derecho Cannico. Aqu se tendr en cuenta
la omisin de obispos y sacerdotes que supone
incumplimiento de sus obligaciones, adems de
ciertas inactividades en el Derecho sancionador de
la Iglesia que tipifcarn conductas o las agrava-
rn. Ya aparece con nitidez, en la misma confor-
macin de esta gran parte del ius commune, la
sancin a la autoridad que incumple sus deberes
por omisin.
Pero creemos que fue el sentido jurdico-pe-
nal de omisin el que se tuvo en cuenta y se trasla-
d al Derecho Constitucional para aludir a la ins-
titucin que estamos considerando. En el mbito
del Derecho Penal los delitos y las faltas pueden
provenir tanto de acciones como de omisiones de
carcter doloso y culposo, siempre que estn pre-
vistas, claro est, por la ley. Ambas constituyen
las dos formas de conducta humana y ambas son,
tambin, manifestaciones de voluntad. El correcio-
nalista espaol Silvela afrmaba a principios del
siglo XX que la omisin era la inactividad de la
voluntad que deja de traducir la idea de la ley en
hechos reales
13
. De esta forma, entenda la omi-
sin como la no realizacin de la ley, a diferencia
de la accin que era la realizacin de la voluntad
del sujeto actuante. La doctrina penal ha conside-
rado que la omisin relevante para esta rama del
Derecho posee una naturaleza normativa y no
prejurdica, es decir, la omisin que origina la re-
accin del ordenamiento penal es la omisin del
actuar a que obliga la ley. La existencia de un deber
de hacer proveniente de una norma es, por tanto,
imprescindible. Este deber de hacer que impone
la norma encuentra su razn de ser en la defensa
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de determinado bien jurdico digno de proteccin.
En los delitos de omisin, el peligro para el bien
jurdico existe previamente y es, precisamente, ese
peligro previo el que origina, en el seno del orde-
namiento jurdico, la espera de una conducta que
lo conjure
14
. En unos casos el tipo delictual slo
exige la infraccin de una norma preceptiva que
impone hacer algo; en otros supuestos, sin embar-
go, es preciso que la inactividad provoque un re-
sultado; y en los delitos de comisin por omisin,
se exige una vulneracin de una norma preceptiva
que suponga la infraccin de una norma prohibi-
tiva, encontrndose el sujeto activo en posicin de
garante.
Como hemos dicho ms arriba, entende-
mos que esta idea de omisin penal fue la que se
traslad al seno del Derecho Constitucional para
denominar a la institucin que estamos tratando.
La expresin penal tiene acuada una carga de
antiuridicidad y de reprochabilidad que est for-
zosamente presente en una inactividad inconstitu-
cional. El trasfondo, haciendo quiz una simplif-
cacin excesiva, es el mismo: vulneracin del orde-
namiento jurdico a causa de un dejar de hacer por
parte de quien est obligado a actuar, obligacin
que tiene su origen en una norma vigente en el
momento de acontecer la infraccin. Pese a ello, no
cabe duda de que el Derecho Penal y la omisin pe-
nal se dirigen a personas fsicas, nicas que pueden
ser sujetos pasivos de la responsabilidad criminal.
Por contra, el que incurre en inconstitucionalidad
por omisin es, en principio, el Poder Legislativo,
dejando ahora al margen las responsabilidades
del Ejecutivo. De ah que resulte hasta cierto pun-
to criticable la terminologa empleada. Dejacin o
inactividad quiz hubieran sido ms convenientes
para el Derecho Constitucional al estar dotadas de
una generalidad trasplantable sin traumatismo de
ningn tipo a los poderes pblicos. Mas seguimos
utilizando la expresin comnmente aceptada
para la institucin ahora estudiada por estar ya
asumida con ese sentido en distintas lenguas.
Hoy en da la presencia de omisiones con
relevancia jurdica en diversos sectores del orde-
namiento jurdico es un hecho incontestable. Omi-
siones de normas jurdicas, omisiones de disposi-
ciones no normativas, omisiones de actuaciones
necesarias, de actos polticos, etc. Ello ha dado lu-
gar a que se hayan intentado anlisis generales de
la problemtica, aunque sin entrar en cuestiones
constitucionales, de los que el ms conocido es, sin
duda, obra de Montan de La Roque
15
, a pesar de
centrarse principalmente en cuestiones adminis-
trativas.
2.- Diversas propuestas en la doctrina
Haciendo un esfuerzo de sistematizacin
podemos dividir las distintas conceptualizaciones
en dos grandes grupos: el primero integrado por
aqullos que conciben el instituto con un carc-
ter extenso, el segundo por los que lo entienden
de dimensin ms reducida. En el primer caso, la
vulneracin de las normas constitucionales puede
producirse por la inactividad de los poderes p-
blicos en un sentido general, con lo que se inclui-
ran la no emisin de determinados actos polticos,
actos administrativos e, incluso, la no emisin de
decisiones judiciales. As, el instituto se conecta al
genrico incumplimiento de una obligacin de de-
sarrollo o de una obligacin de actuar de origen
constitucional sin ulteriores precisiones. En el se-
gundo grupo la inconstitucionalidad por omisin
se limitara a la inercia del Poder Legislativo. En
estos casos tal idea suele ser desglosada y se le
aaden otra serie de variables que tienen necesa-
riamente que concurrir para que efectivamente se
produzca una autntica vulneracin de la Carta
Magna
16
. Veamos algunos autores que represen-
ten concretamente las dos tendencias, que no se
basan en meras formalidades sino que poseen una
virtualidad signifcante al incidir en el fondo y en
el sentido de la institucin. No se procede, insis-
to, con nimo exhaustivo sino que se han buscado
casos que ejemplifquen las dos tendencias por en-
tenderlo ms operativo a nuestros efectos.
Entre los conceptos del primer grupo (con-
cepcin amplia) tenemos a Trocker que, tras indicar
que el concepto de omisin se distingue sin duda
(sic) del de inercia y del de inactividad, apunta que
lomissione consiste in un non-fare che costituisce
violazione di un obbligo di ativit discendente da
una norma costituzionale
17
. Al margen de la gene-
ralidad, la falta de un mnimo referente temporal,
que parece subsumir en la idea de violazione,
la ausencia de una alusin a la responsabilidad y
la consideracin en trminos globales de todas las
normas del Texto Fundamental, resultan critica-
bles y contrarios a un esfuerzo de precisin que lo
consideramos forzoso en este instituto.
El autor luso Miranda tambin estara en
este grupo al estimar que a inconstitucionalidade
por omisso a inconstitucionalidade negativa, a
que resulta da inrcia ou do silncio de qualquer
rgo de poder, o qual deixa de praticar em certo
tempo o acto exigido pela Constituio
18
. La refe-
rencia a cualquier rgano de poder denota clara-
mente que Miranda sostiene un concepto amplio
de la institucin, concepto que se trata de acotar
con un referente temporal (no realizar el acto en
cierto tiempo) que parece que habr que esclarecer
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ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
en cada caso concreto.
De idntica manera, en el mbito de Am-
rica Latina hay concepciones amplias de la fgura.
Es el caso de Sags, que aunque no entra de for-
ma especfca en el aspecto conceptual, indica que
aludimos a la inconstitucionalidad por omisin
cuando el comportamiento inconstitucional no se
traduce por actos, sino por abstinencia de conduc-
ta
19
. El tambin argentino Bidart Campos afrma
que la inconstitucionalidad por omisin sobrevie-
ne cuando el rgano que conforme a la Constitu-
cin debe hacer algo, se abstiene de cumplirlo
20
.
En Brasil Rodrigues Machado habla de omisiones
en la funcin legislativa, en la funcin poltica o de
gobierno, en la funcin administrativa y en la fun-
cin jurisdiccional
21
.
La propuesta del maestro italiano Mortati,
plasmada en uno de los ms importantes trabajos
sobre la materia que existe
22
, alude, genricamen-
te, a ogni specie dastensione dal disporre quanto
sarebbe prescrito, a termini di Costituzione. La
generalidad con la que est trazada nos impulsa-
ra a incluirla en el primer grupo, pero en realidad
ello sera un error ya que de todo el trabajo se de-
duce que hace referencia tan slo al legislador. Por
ello lo situamos en un lugar intermedio entre am-
bas posiciones.
Pasando al segundo grupo (concepcin
reducida), se puede mencionar a Silvestri que,
al tratar un determinado tipo de sentencias de la
Corte Constitucional italiana
23
, escribe: In un pri-
mo senso generale e approssimativo si pu dire
che costituisce omissione legislativa la mancata
emanazione de leggi ordinarie in funzione atua-
tiva de istituti o principi contenuti nella Carta cos-
tituzionale. Observamos que la vulneracin, en
su opinin, se produce por la falta de emanacin
de ley ordinaria. A pesar de que ello ya supone
una concrecin respecto a posiciones anteriores,
estimamos criticable por su vaguedad y exagera-
da amplitud la segunda parte de la defnicin. En
efecto, no resulta correcto referirse a institutos o
principios constitucionales sin explicacin ulterior.
Es ms, la omisin inconstitucional slo puede re-
ferirse a normas concretas y determinadas, no a
principios de corte general extrados del sentido
global de las prescripciones constitucionales con
un mtodo inductivo.
En trminos semejantes, aunque quiz ms
suscribibles, tenemos a Picardi, el cual, en un fa-
moso homenaje al profesor Mortati
24
, seala que
per omissione del legislatore si intende una si-
tuazione caraterizzata, per un verso, da un pre-
ceto costituzionale che descrive un determinato
comportamento del legislatore (emanare norme
legislative di atuazione), per altro verso, un com-
portamento concreto del legislatore che contrasta,
in tuto o in parte, con quello descrito dal preceto
costituzionale. Las alusiones al legislador y a la
norma legislativa lo sitan con claridad en este se-
gundo grupo. Asimismo, vemos como altamente
plausible la estructura interna de esta defnicin,
presidida por una rigurosa lgica de causa a efec-
to.
El profesor de Coimbra Gomes Canotilho es
todava ms meridiano en su conceptualizacion.
As, en una importante obra
25
, hoy superada en al-
gunos de sus aspectos dado lo apegada que est a
su tiempo, afrma: A omisso legislativa signifca
que o legislador no faz algo que positivamente lhe
era imposto pela constituio. No se trata, pois,
apenas de um simples negativo no fazer; trata-se,
sim, de no fazer aquilo a que, de forma concreta
e explcita, estava constitucionalmente obrigado.
J por esta defnio restritiva de omisso se pode
verifcar que a inconstitucionalidade por omisso,
no seu estrito e rigoroso sentido, deve conexionar-
se com uma exigncia concreta constitucional de
aco (verfassungsrechtliche Handlungsgebote).
En otro trabajo
26
dice que entender-se-, princi-
palmente, mas no exclusivamente, como omisso
legislativa inconstitucional, o no cumprimento
de imposies constitucionais permanentes e con-
cretas. Ms abajo completa lo dicho: A omisso
legislativa existe quando o legislador no cumpre
ou cumpre incompletamente o dever constitu-
cional de emanar normas destinadas a actuar as
imposies constitucionais permanentes e concre-
tas. Asimismo, entiende que existe esta omisin
en caso de no cumplimiento de las que denomina
ordens de legislar, es decir, imposies con-
cretas mas no permanentes. Observamos que el
concepto, uno de los ms rigurosos que nos ofrece
la doctrina y recogido por diversos autores brasi-
leos, gira en torno a las imposiciones constitucio-
nales concretas, sean permanentes o no, que se tra-
ducen en una exigencia de accin. Aun as enten-
demos que pueden recogerse otros datos tambin
necesarios en la defnicin, tal y como refejaremos
en nuestra propuesta.
En la doctrina espaola nos encontramos
a Aguiar de Luque
27
, el cual habla de violacin
constitucional provocada por la inactividad del r-
gano legislativo pese a la existencia de un manda-
to constitucional explcito al respecto. Las crticas
que hemos hecho a una excesiva inconcrecin pue-
den ser reproducidas completndolas con ciertos
elementos que deshacen un tanto la excesiva in-
determinacin de la propuesta. Nos referimos a la
alusin al rgano legislativo y a un mandato cons-
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titucional explcito al respecto. Un talante similar
hallamos en varias sentencias Tribunal Constitu-
cional espaol, con la 24/1982, en cuyo fundamen-
to jurdico 3 se lee: la inconstitucionalidad por
omisin slo existe cuando la Constitucin im-
pone al legislador la necesidad de dictar normas
de desarrollo constitucional y el legislador no lo
hace. Por su parte, Villaverde Menndez alude
a un silencio legislativo que suponga la creacin
de una situacin jurdica contraria a la Constitu-
cin, medie o no una obligacin constitucional de
legislar
28
, lo cual hay que completarlo con la idea
de que ese silencio altera el contenido normativo
de la Constitucin
29
, trayendo como consecuen-
cia jurdica la existencia de una norma implcita
que regula una materia, y semejante norma es con-
traria a la Constitucin
30
. Con un concepto as se
desconocen la mayor parte de situaciones de in-
efcacia del texto constitucional por no desarrollo,
puesto que stas no suelen modifcar la Constitu-
cin sino privarla de plena efcacia. De esta forma,
parece separarse de la idea de que la necesidad de
desarrollo proviene de la misma vinculacin de la
Constitucin, dado que esa necesidad queda redu-
cida a los escasos supuestos de mutacin constitu-
cional. Adems, el desvincularse de la obligacin
constitucional de legislar y, por lo tanto, de las que
podemos denominar tesis obligacionistas, aporta
esas dosis de inconcrecin que venimos censuran-
do.
En la doctrina peruana Morn Urbina la
concepta como la inaccin legislativa en la regla-
mentacin de los principios contenidos en el texto
constitucional
31
. Al margen de cierta imprecisin
con la que disentimos nos resulta poco acorde con
la institucin, tal y como sealamos anteriormen-
te, la referencia a los principios constitucionales.
Tambin nos parece censurable el empleo del vo-
cablo reglamentacin, que lo entendemos con un
concreto signifcado tcnico-jurdico no circunscri-
bible al campo de la inaccin legislativa inconsti-
tucional, aunque dicho empleo puede responder
a una formacin jurdica de diferente base y con
precisiones terminolgicas distintas.
En el fondo de estas dos maneras, una am-
plia y otra ms reducida, de concebir la naturale-
za de la omisin inconstitucional quiz est una
postura diferente en cuanto a cmo y a quin debe
llevar a cabo el programa y el proyecto de la Nor-
ma Bsica y en cuanto al grado de responsabilidad
que se adquiere en este elevado cometido. Sea
como fuere, la generalidad que se observa en la
postura extensa de la institucin no la creemos
de recibo dado que puede dar lugar a referirse a
situaciones que en el fondo no son anticonstitucio-
nales. Adems, estimamos necesaria una concre-
cin que a veces no se observa. En efecto, la falta de
alusiones temporales y la no discriminacin entre
las prescripciones constitucionales son elemen-
tos que generan una inseguridad en una materia
que, por mor de sus implicaciones y conexiones,
tendra que ser tratada con una mayor precisin.
Aunque, desde otro punto de vista, es posible pen-
sar que la relatividad que envuelve al instituto es
la que no slo obliga sino la que tambin requiere
un estudio de carcter no excesivamente preciso
y concreto. Mas sta no es nuestra opinin, tal y
como mostramos a continuacin.
3.- Propuesta
Expuesto lo anterior estimamos como lo
ms acertado, habida cuenta la complicada pene-
trabilidad del tema, una defnicin que conduzca
el instituto a la inactividad legislativa y que recoja
los diversos elementos cuya concurrencia se mues-
tra absolutamente necesaria para poder hablar de
una autntica vulneracin de la Norma Bsica, y
no de una mera falta de proceder que se quede
en el terreno de la simple omisin sin entrar en el
campo de la inconstitucionalidad. La presencia de
ambas ideas se torna, por lo tanto, irrenunciable.
En este orden de cosas la inconstitucionali-
dad por omisin la conceptualizamos como la falta
de desarrollo por parte del Poder Legislativo, durante un
tiempo excesivamente largo, de aquellas normas consti-
tucionales de obligatorio y concreto desarrollo, de forma
tal que se impide su efcaz aplicacin. Afrmado esto,
procede un desglose de los trminos de la defni-
cin propuesta para efectuar un insoslayable co-
mentario de la misma que arroje luz sobre el con-
tenido que le damos al instituto. Dos son, grosso
modo, los elementos a destacar en la defnicin: la
primera idea (falta de desarrollo) hace referencia
a la omisin; el resto, haciendo una inicial visin
global, alude a la inconstitucionalidad. Vemoslo.
A) La falta de desarrollo
La falta de desarrollo la concebimos en un
sentido un tanto amplio ya que abarca no slo la
total ausencia de legislacin en ese punto confic-
tivo, sino tambin la presencia de una normativa
parcial. Tal normativa parcial la entendemos con
un doble cariz ya que puede hacer alusin a una
realidad dual: a una regulacin que se olvida de
alguna parte inescindible de esa materia o a una
que trata parcialmente a sus destinatarios, con la
consiguiente vulneracin del principio de igual-
dad. En todos estos supuestos estamos ante un no
actuar que, siendo una decisin poltica, tiene con-
secuencias jurdicas (la inconstitucionalidad)
32
.
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ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
B) La inconstitucionalidad
a) Inactividad del Poder Legislativo
Pasando ya a lo que supone inconstitucio-
nalidad hay que indicar, en primer lugar, que la
antedicha falta de desarrollo la predicamos del
Poder Legislativo que debe ser, en la distribucin
de funciones del Estado Democrtico de Derecho,
el encargado de emanar normas con rango de ley
que desenvuelvan los preceptos constitucionales
que requieran tal proceder. Parafraseando a Go-
mes Canotilho cabe indicar que si se toma como
punto de partida el postulado democrtico y el
postulado del Estado de Derecho la actualizao
de las imposiciones constitucionales presupone
una reserva total de ley, en el sentido de que toda
la conformacin concretizadora tiene que ser una
ley del Parlamento
33
. En otro orden de considera-
ciones, no tiene sentido, como se ha hecho en al-
guna ocasin, tratar de determinar si la inercia del
Poder Legislativo es consciente o inconsciente, es
decir, voluntaria o no. Creemos que cuestiones de
conciencia de un rgano constitucional no son
reconducibles al fenmeno jurdico, ni casi a nin-
gn otro, aunque s pueden infuir en las dimen-
siones de la responsabilidad poltica, eso s, tras un
proceso de individualizacin. Ir ms lejos en este
sentido excede de las fnalidades de este trabajo.
El Poder Legislativo posee, en el Estado
democrtico, total legitimidad para llevar a cabo
el desarrollo de las disposiciones constituciona-
les dado que es elegido directamente por el pue-
blo cuando ste est ejerciendo su soberana a la
hora de votar. En Espaa se ha dicho, y de forma
acertada, que si las Cortes Generales represen-
tan al pueblo espaol y ste es, segn el apartado
segundo del artculo 1 de la propia Constitucin,
el titular de la soberana nacional, la conclusin
evidente es que las Cortes Generales, como insti-
tucin, encarnan esa misma soberana nacional,
son el rgano en el que esta soberana se concreta
y expresa
34
. Los otros poderes estatales ostentan
una legitimidad que podramos denominar indi-
recta, por contraponerla a la directa que pertenece
al Legislativo
35
.
El sistema parlamentario no slo engloba los
esquemas formales del tradicional Estado de De-
recho, sino que tambin posee una carga material
proveniente de sus mismos orgenes anglosajones
(idea del rule of law, en la que se construye el pro-
ceso poltico de legislacin a imitacin del proceso
judicial y en la que el Derecho parte del Derecho
judicial, de la experiencia de injusticia que tiene el
pueblo, en contraposicin a la imposicin unilate-
ral del soberano en la inicial teora del Estado de
Derecho alemana). El Parlamento es, segn deca
Fischbach en el tormentoso perodo de entregue-
rras, el crisol donde se funden y armonizan los
intereses y aspiraciones de las diferentes clases del
pueblo
36
. Al genuino producto del Parlamento,
la ley, norma que todo lo puede respetando los
lmites constitucionales, le corresponde ser el veh-
culo que lleve a cabo el desarrollo constitucional,
el recipiente que lo contenga, adems de ser expre-
sin de la voluntad popular y fuente privilegiada
e insustituible. En un sistema en el que impere la
democracia y el Estado de Derecho resultan des-
fasadas las palabras de Kirchmann, tributarias de
otra poca: La ley positiva es el arma sin volun-
tad, igualmente sumisa a la sabidura del legisla-
dor y a la pasin del dspota
37
. Asimismo, la vi-
sin de Leibholz, menos radical pero igualmente
crtica con la ley, creemos que no incide en nuestra
particular problemtica, aunque s es una verdad
desde otra perspectiva
38
. Por lo tanto, a los efectos
de la inconstitucionalidad por omisin, parece im-
ponerse la visin clsica de la norma legal dentro
del Estado Constitucional, lo que nos hace dirigir
la mirada en exclusiva hacia el Poder Legislativo.
A pesar de ello, a nadie se le escapa la actual
distorsin del clsico reparto de funciones y com-
petencias entre los poderes constituidos. La cre-
ciente complejidad de la realidad y el dominio de
una slida mayora parlamentaria gubernamental,
respaldada por un partido o coalicin, son dos
importantes razones explicativas de la expansin
del Ejecutivo a costa del Parlamento. Este estado
de cosas puede menguar la legitimidad racional-
democrtica de actuacin de los rganos estatales.
Pero no cabe duda de que la realidad se nos pre-
senta as, por lo que habr que considerar nuevas
responsabilidades del Ejecutivo en el desenvolvi-
miento constitucional, aunque estas responsabili-
dades, a nuestro juicio, no resultan articulables, ju-
rdicamente hablando, de manera sufciente para
ser exigidas por los hipotticos mecanismos que
controlan la inconstitucionalidad por omisin. Por
lo tanto, y como el Parlamento conserva su fuerza
para reaccionar ante el reproche que el rgano de
justicia constitucional le haga a causa de una situa-
cin de omisin vulneradora de la Carta Magna,
circunscribimos el mbito de la inconstitucionali-
dad por omisin al campo de actuacin, o, mejor
dicho, de inactuacin del Poder Legislativo.
Un supuesto discutible se plantea cuando se
encuentra en marcha un procedimiento legislativo
y, al mismo tiempo, se produce una fscalizacin
de una inactividad vulneradora de la Norma B-
sica a causa del no desarrollo del precepto que se
est intentando desarrollar en ese procedimiento
legislativo abierto y todava no fnalizado. Nuestra
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opinin es que la fscalizacin de la inconstitucio-
nalidad por omisin debe continuar en la medida
en que no se sabe cmo acabar el susodicho pro-
cedimiento y si al trmino del mismo va a tener
posibilidad de efcacia plena la disposicin consti-
tucional de que se trate porque la legislacin ema-
nada puede resultar altamente defectuosa en ese
sentido.
b) Perodo temporal excesivo
En segundo lugar, la inactividad debe co-
nectarse a un perodo excesivamente prolongado.
Aqu se encuentra la gran relatividad de la institu-
cin y la necesidad de un proceder casustico que
analice individualmente las circunstancias de cada
supuesto, lo cual se puede traducir en diferentes
posiciones en funcin del caso, aunque en aparien-
cia haya similitud desde el punto de vista tcnico.
Los preceptos constitucionales que necesitan desa-
rrollo no contemplan, salvo casos especiales como
el art. 117.1 de la Bonner Grundgesetz (y an este
con un carcter indirecto), perentorios plazos en
los que deban actuar los poderes constituidos, sino
que conceden libertad a stos para llevar a cabo su
proyecto jurdico-poltico. Ello no parece que pue-
da ser de otro modo habida cuenta la necesaria li-
bertad de conformacin que debe tener la mayora
parlamentaria nacida de las elecciones para dar
efectividad a su programa de actuacin. Mas esto
no puede retrasar sine die la realizacin del texto
constitucional. Por eso, con el objeto de tener pre-
sente y compatibilizar ambas verdades, nos expre-
samos de forma abierta en la defnicin respecto al
tiempo que debe transcurrir para dar efectividad a
aquellas partes de la Constitucin que lo necesitan.
Durante un tiempo excesivamente largo es una
expresin que permite modulaciones, que puede
entenderse como un tiempo irrazonablemente lar-
go, y que a priori carece de concrecin, por lo que
queda en manos del rgano competente determi-
nar si ha transcurrido o no ese tiempo teniendo
presente las diversas circunstancias que existan,
circunstancias de variada naturaleza
39
.
No se nos escapan las altas difcultades de
esta labor, que va no slo a frisar sino tambin a
traspasar el terreno de lo jurdico, recibiendo las
infuencias de los fenmenos polticos. Pero por
ello no estamos admitiendo la presencia de inse-
guridad jurdica en la defnicin. El decurso hist-
rico y el contexto reinante en el momento de efec-
tuar la fscalizacin determinarn, junto a la pro-
pia naturaleza de las cosas, su mismo resultado.
La transcendencia del instituto no desarrollado
tambin incidir en la modulacin del plazo. Se-
mejantes obstculos tienen que ser asumidos por
la hermenutica constitucional, en la que, adems
de los principios generales de interpretacin, se re-
quieren conocimientos tcnicos muy elevados, y
de un alto grado de sensibilidad jurdica, poltica
y social
40
.
Pese a introducir estas dosis de moderacin,
que quiz sean de realismo, no hay que olvidar
que la necesidad de desarrollo y las circunstancias
que lo retardan no son intereses equivalentes que
tengan que ser ponderados como en una situacin
exclusivamente poltica, sino que en virtud de las
exigencias del Derecho uno es el principio (nece-
sidad de desarrollo) y otro es la excepcin (retra-
so en ese desarrollo). Por lo tanto, la excepcin si
quiere imponerse necesita justifcacin.
c) Preceptos de obligatorio y concreto desarrollo:
los encargos al legislador
En tercer lugar, la aludida falta de desarro-
llo la referimos a los preceptos constitucionales
que requieren tal proceder de una forma concre-
ta. No todas las normas constitucionales poseen el
mismo carcter jurdicamente hablando, de ma-
nera que pueden establecerse distintas tipologas
en funcin de diferentes criterios. De este modo,
unas normas, dada su formulacin, se nos presen-
tan como una suerte de encargos constitucionales
o encargos al legislador, esto es, como exigencias
constitucionales de desarrollo ulterior. El concepto
de encargo al legislador que proponemos es el si-
guiente: norma constitucional de efcacia limitada
que, dada la previsin explcita o implcita en ella
contenida, resulta de obligatorio y concreto desa-
rrollo para que cobre efcacia plena. Son normas,
como acabamos de decir, de efcacia limitada que
requieren una actividad para completar esa efca-
cia a la que est destinada toda norma. Con estas
expresiones queremos referirnos a una articula-
cin tcnica respecto al modo de presentarse el
precepto, articulacin que no aporta connotaciones
materiales y que produce que nazca una obliga-
cin que pesa sobre el legislador. Dicha exigencia
de desarrollo posterior puede ser tanto explcita
como implcita, pero siempre tiene ser evidente su
carcter imperativo, que habr que presumir si la
disposicin no presenta el carcter facultativo de
manera expresa. Evidentemente, hay otro tipo de
normas constitucionales que dada su incomplitud
puedan ser desarrolladas, lo cual puede resultar
muy conveniente. Incluso no resulta descabellado
decir que toda norma constitucional es susceptible
de ser desarrollada. Pero en este momento habla-
mos de aqullas cuyo desarrollo es obligatorio en
virtud de su misma formulacin. Por ello, se re-
coge en la defnicin ofrecida de omisin incons-
titucional esta idea de obligatoriedad con el obje-
to de subrayar la vinculacin que pesa sobre los
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ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
poderes constituidos respecto a dotar de efcacia
a tales normas. Asimismo, introducimos la nota
de la concrecin para aclarar que no se est ante
principios constitucionales de carcter general, los
cuales no pretenden tener determinada legislacin
de desarrollo sino que lo que realmente buscan es
conseguir vigencia en todo el ordenamiento y ser
cumplidos en las distintas aplicaciones de la Ley
Fundamental.
Estos encargos al legislador son preceptos
califcados por parte de la doctrina como un gne-
ro de normas incompletas y que requieren para
su efcacia la interpositio legislatoris. Gracias a ello
se concretar su sentido general, se les dar com-
plitud y se realizarn las previsiones de los cons-
tituyentes. No en vano la Constitucin es una nor-
ma, pero con unas funciones y fnalidades que la
caracterizan y especifcan. Por tal motivo, no agota
la regulacin de las materias que aborda sino que
abre un puente a los poderes constituidos para el
cumplimiento del programa constitucional y su
ajuste a la concreta situacin del tiempo histrico
que est transcurriendo. La Constitucin debe ser,
en este sentido, abierta merced a las denomina-
das clusulas open-ended.
Hemos dicho que este tipo de normas cons-
titucionales son ante todo una articulacin tcnica.
Por lo tanto, normas constitucionales de diver-
so tipo, en funcin de una perspectiva material,
pueden presentarse con esta forma de encargo al
legislador. Importantes son los casos, citados aho-
ra como un mero ejemplo, de un derecho funda-
mental que no sea de primera generacin y de una
norma de organizacin esencial que no consume
la regulacin.
Consideramos ms completo el anlisis que
hemos hecho con base en la existencia de normas
de efcacia limitada que otro, realizado por algn
autor, que gire en torno a normas constitucionales
exigibles y no exigibles, cuyo elemento de dife-
renciacin estriba en la posibilidad de aplicacin
directa por mor del contenido de la misma nor-
ma. De esta forma, la omisin inconstitucional se
producira con carcter exclusivo respecto a los
preceptos no directamente exigibles. Frente a ello
creemos que a pesar de que el contenido de una
norma sea lo sufcientemente denso como para
posibilitar su aplicacin directa ello no tiene que
signifcar, en todo caso, que posea una efcacia to-
tal y una plenitud acorde con la voluntad de los
constituyentes. Por ello, puede tambin requerir y
no slo posibilitar un desarrollo ulterior. Es el caso
de un derecho fundamental que ser tenido en
cuenta por un rgano aplicador para la resolucin
de un caso concreto pero que necesitar una ley
posterior para una plena efectividad y una mayor
proteccin.
La presencia de un encargo al legislador
para que se produzca una omisin inconstitucio-
nal es esencial porque una omisin tendr relevan-
cia jurdica slo cuando exista un precepto jurdico
que establezca una conducta y precisamente dicha
omisin lesione tal precepto. La omisin pasa as,
como seala Stahler, de un no hacer nada a un
no hacer algo, siendo ese algo lo que espera el
orden jurdico
41
. No se fundamenta en la no rea-
lizacin de una accin arbitraria sino en la no
realizacin esperada, debida
42
, de manera que el
centro de toda discusin acerca del problema de la
omisin del legislador es el encargo constitucional,
que resulta vinculante
43
.
Hasta ahora hemos visto, al margen de la
inactividad del Poder Legislativo, dos de los ele-
mentos esenciales de la defnicin: el encargo al
legislador, contenido en una norma constitucional
que es de efcacia limitada, y el paso del tiempo
que determina el fraude constitucional. Los dos
son imprescindibles. Uno sin el otro deja sin senti-
do a la inconstitucionalidad por omisin.
d) Inefcacia de la norma constitucional
En cuarto y ltimo lugar, tenemos la parte
fnal de la defnicin propuesta ms arriba, que
alude a la ausencia de efcaz aplicacin de las
normas constitucionales de obligatorio y concre-
to desarrollo a causa de la inactividad del Poder
Legislativo. Estamos aqu ante la consecuencia de
todo lo anterior: la existencia de unas normas del
Texto Fundamental que requieren interpositio legis-
latoris unida a la dejacin del rgano encargado de
tal interpositio trae como resultado la falta de ef-
cacia de aquellas normas o una efcacia minorada.
Esta caracterstica de la efcacia es uno de los fun-
damentos de la lgica jurdica de las normas, las
cuales no nacen para cumplir un mero requisito
de existencia en el seno del ordenamiento sino que
se originan con la slida intencin de tener refejo
aplicativo en la sociedad y, de esta forma, cumplir
su ratio essendi principal al regular de modo real la
convivencia. Como afrma Morn Urbina el valor
efcacia constitucional exige incorporar al sistema
el control a las omisiones constitucionales de las
autoridades, y en particular las del legislador
44
Concebimos como rasgos de una norma
totalmente diferentes el de la validez y el de la
efcacia
45
, los que, aunque se infuyen de manera
recproca, no son interdependientes y poseen vida
propia (una norma puede ser vlida y no efcaz, y
viceversa). Spagna Musso apunta que una norma
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JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
giuridica se costantemente disapplicata, e quindi
inoperante, no per questo giuridicamente ine-
sistente
46
. Quien niega la efcacia de un precepto
jurdico incumplindolo no tiene por qu rechazar
su validez, aunque es forzoso reconocer que una
norma dotada de la ms absoluta inefcacia acaba
siendo un sinsentido que infuir sobre la validez
y que hay que desterrar
47
, salvo que poderosas ra-
zones extrajurdicas muevan a lo contrario. ste es
uno de los razonamientos que nos hacen pensar
en un autntico fraude constitucional en algunos
de los posibles supuestos de inconstitucionalidad
por omisin.
Una postura fctica en este tema, como la
sostenida por ROSS
48
, llevara a una identifcacin
entre validez y efcacia, constatndose aqulla des-
pus del nacimiento de la norma. Ello no lo con-
sideramos de recibo, puesto que la validez, como
queda dicho, es independiente de la efcacia, dado
que est en funcin de la competencia del rga-
no que la dicta, el procedimiento que se sigue y
la materia regulada. En cambio, la efcacia de las
normas se refere exclusivamente al cumplimiento
real de Derecho en el seno de la sociedad (...) B-
sicamente la efcacia consiste en la conformidad o
adecuacin de la conducta de los destinatarios con
lo que la norma prescribe
49
. La falta de desarro-
llo imposibilitar a los ciudadanos cumplir con el
precepto constitucional, y no precisamente por un
hipottico desacuerdo con su contenido sino por la
carencia de regulacin.
Notas:
1
Esta ltima parte de la defnicin que ahora estamos comentando tambin busca una fnalidad delimitadora. En efecto, cuando decimos que la
inactividad del legislativo respecto a normas constitucionales que exigen tal actuacin provoca la inefcacia de estas ltimas queremos excluir
aquellos casos en los que, pese a la ausencia de un adecuado desarrollo, el precepto constitucional tiene una vigencia tan efectiva que cumple
las previsiones constitucionales en cuanto a su aplicabilidad. Se podra decir que realmente goza de complitud, esto es, posee efcacia plena.
Las razones pueden ser diversas: su misma formulacin, la dimensin aplicativa que le den los tribunales, mayor aceptabilidad social, etc. Por
lo tanto, no habr en este tipo de supuestos omisin inconstitucional, aunque no se nos escapa la difcultad de encontrar en la prctica una si-
tuacin de este tipo sin el apropiado desarrollo postconstitucional. Incluso si se encuentra tal situacin, la ausencia de base legal posibilitara la
alteracin de estos criterios aplicativos con lo que retornara el fraude de la Constitucin y la omisin inconstitucional. Lo dicho deja de nuevo
patente la necesidad de actuar de modo casustico en la solucin prctica de los hipotticos supuestos de omisin inconstitucional. Esta ltima
idea se refuerza an ms si se piensa que todo precepto constitucional por el hecho de serlo ostenta cierta efcacia, como la que viene producida
por ayudar a la aplicador del Derecho a la hora de interpretar ste de conformidad con la Constitucin.
En defnitiva, como idea recopilatoria fnal, la inactividad del legislador, el paso del tiempo generador de fraude constitucional, la exigencia
constitucional de actuar y la inefcacia, centro de nuestra propuesta, son las claves de bveda de la vulneracin de la Carta Magna por omi-
sin.
Aludimos a la monografa publicada en 1998 por la editorial madrilea Civitas La inconstitucionalidad por omisin. Teora general. Derecho
Comparado. El caso espaol.
2
Es el caso, por ejemplo, del trabajo de Carlos Ruiz Miguel, Crtica de la llamada inconstitucionalidad por omisin, Revista de las Cortes
Generales, N 51, septiembre-diciembre de 2000.
3
El verbo alemn unterlassen est compuesto de la preposicin unter y del verbo lassen, cuyo origen hay que buscarlo en el gtico ltan
(Das Herkunfswrterbuch, Duden, Mannheim, 1989).
4
Inconstitucionalidade verifca-se desde que os rgos do poder, por aco ou omisso, deixam de respeitar os imperativos da Constituio
a que estn adstritos (Miranda, Jorge, Inconstitucionalidade por omisso, en Estudos sobre a Constituio, vol. I, Livraria Petrony, Lisboa,
1977, p. 334).
5
Un punto de partida diferente, aunque unas consecuencias similares, lo encontramos en Alfonso Tesauro cuando, al referirse a los eventos
jurdicos, indica que lomissione non il modo di comportarsi di un soggeto e, per ci stesso, una manifestazione di volont negativa che si
contrappone a quella positiva in cui si concreta lazione. Lomissione lopposto dellazione, la sua negazione, cio una non-azione, un non-com-
portamento: pi propriamente, la mancanza dellazione che un soggeto ha lobbligo di porre inessere e, per ci stesso, la mancanza del com-
portamento che un soggeto ha lobbligo di tenere (...). Lomissione, pertanto, se non il modo di comportarsi di un soggeto non , nemmeno, il
nulla. Lomissione (...) un avvenimento che ha rilevanza giuridica in quanto si concreta nel non porre in essere un determinato comportamento,
una determinata azione, una determinata situazione ovvero nel non impedire il verifcarsi di un determinanto evento. Lomissione, per, pur
concretandosi in un avvenimento diverso e distinto dallazione, di regola, ha valore in quanto trova la causa del suo verifcarsi nellazione del
soggeto che pone in essere lomissione e non , invece, dovuta ad altra causa a lui estranea (Tesauro, Alfonso, Istituzioni di Dirito pubblico, UTET,
Turn, 1973, pp. 75-76).
6
Garca Garrido, Manuel Jess, Diccionario de Jurisprudencia Romana, Dykinson, 2 ed., Madrid, 1986, p. 259.
7
DOrs, Alvaro, Derecho Privado Romano, EUNSA, Pamplona, 1986, pp. 314 y ss. Tambin Arias Ramos, Jos, Derecho Romano, Revista de Derecho
Privado, Madrid, 1947, pp. 551 y ss.
8
D. 28, 2; 28, 3.
9
Segn el ya clsico diccionario etimolgico latino de Raimundo De Miguel y del Marqus de Morante (editado por A. Jubera en Madrid en 1889)
el origen del empleo escrito de la palabra hay que buscarlo en L. Aurelio Symmachus, uno de los oradores ms eminentes de su poca, ltimo
defensor del paganismo y hbil poltico, cuyo cursus honorum, iniciado en poca de Valentiniano I, fue el de cuestor, pretor, pontfce, intendente
de la Lucania, procnsul de Africa, prefecto de Roma y, en tiempos de Teodosio I, cnsul.
10
Quiz sea interesante citar las en otro tiempo autorizadas palabras de Mommsen, hoy un tanto superadas:el funcionario pblico no era ms ni
menos responsable por los actos ejecutados como tal funcionario, ni casi de otra manera, que lo era cada particular individuo por sus acciones
y omisiones (Mommsen, Theodor, Derecho Pblico Romano, La Espaa Moderna, Madrid, 1893, p. 228). Sin duda, la alusin a funcionarios es un
grave anacronismo.
11
Vocabularium Iurisprudentiae Romanae (VIR), Walter de Gruyter, Berln, 1983.
12
D. 10, 2, 27.
13
Silvela, L., El Derecho Penal estudiado en principios y en la legislacin vigentes en Espaa, vol. I, Madrid, 1903, p. 179.
14
Cobo Del Rosal, M.; Vives Anton, T. S., Derecho Penal, Tirant lo Blanch, 2 ed., Valencia, 1987, p. 291.
15
Montan de La Roque, Pierre, Linertie des Pouvoirs Publics, Dalloz, Pars, 1950.
16
El autor peruano Eto Cruz recoge ambas posturas en sus refexiones al afrmar que se pueden vislumbrar dos tipos de manifestaciones de la
fgura: la que denomina lato sensu y la stricto sensu. sta la refere al rgano legislativo y es la que asume. En aqulla ve dos aspectos: la incons-
titucionalidad por omisin de actos polticos y la indirecta -ilegalidad por omisin, omisiones de actos administrativos, omisiones de la funcin
jurisdiccional y omisiones de reformas constitucionales- [Eto Cruz, Gerardo, La inconstitucionalidad por omisin, Doctrina Constitucional,
Instituto de divulgacin y Estudios jurdico constitucionales (INDEJUC), Trujillo (Per), 1992, pp. 246 y ss.].
17
Trocker, Nicol, Le omissioni del legislatore e la tutela giurisdizionale dei diriti di libert (Studio comparativo sul dirito tedesco), Archivio
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ENTORNO AL CONCEPTO DE INCONSTITUCIONALIDAD POR OMISIN
giuridico, 1970, pp. 88 y ss.
18
Miranda, Joge, Manual de Direito Constitucional, Coimbra Editora, Coimbra, 1993, vol. II, p. 338.
19
Sags, Nstor Pedro, Inconstitucionalidad por omisin de los poderes Legislativo y Ejecutivo. Su control judicial, Ius et Veritas. Revista de la
Facultad de Derecho de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, N 5, pp. 39 y ss.
20
Bidart Campos, Germn J., La justicia constitucional y la inconstitucionalidad por omisin, Anuario jurdico, UNAM, Mxico, N VI, 1979, pp.
9 y ss. Tambin en El Derecho, tomo 78, Buenos Aires, pp. 785 y ss.
21
Rodrigues Machado, Marcia, Inconstitucionalidade por omisso, Revista da Procuradoria Geral do Estado de So Paulo, N 30, diciembre de 1988,
p. 42.
22
Mortati, Costantino, Appunti per uno studio sui rimedi giurisdizionali contro comportamento omissivi del legislatore, en Problema di Dirito
pubblico nellatuale experienza costituzionale repubblicana. Raccolta di scriti, vol. III, Giufr, Miln, 1972.
23
Silvestri, Gaetano, Le sentenze normative della Corte costituzionale, Giurisprudenza costituzionale, 1981, pp. 1684 y ss.
24
Picardi, Nicola, Le sentenze integrative de la Corte costituzionale, en Aspeti e tendenze del Dirito costituzionale. Scriti in onore di C. Mortati., vol.
IV, Roma, 1977, pp. 599 y ss.
25
Gomes Canotilho, Jos Joaquim, Constituio dirigente e vinculao do legislador, Coimbra Editora, Coimbra, 1982, p. 331.
26
Gomes Canotilho, Jos Joaquim, Direito Constitucional, Livraria Almedina, 6 ed., Coimbra, 1993, pp. 1089 y ss.
27
Aguiar de Luque, Luis, El Tribunal Constitucional y la funcin legislativa: el control del procedimiento legislativo y de la inconstitucionalidad
por omisin, Revista de Derecho Poltico, N 24, 1987, p. 25.
28
Villaverde Menndez, Ignacio, La inconstitucionalidad por omisin, McGraw-Hill, Madrid, 1997, p. 7.
29
Ibidem, p. 3
30
Ibidem, p. 73.
31
Moron Urbina, Juan Carlos, La omisin legislativa como un caso de inconstitucionalidad, Revista Jurdica del Per, N III-IV, julio-diciembre
1988, pp. 349 y ss.
32
Creemos irrelevante hacer distinciones terminolgicas en este momento ya que silencio, abstencin, inactividad, no hacer o inaccin no son
trminos que en Derecho Constitucional tengan un sentido jurdico diferenciado. Una opinin contraria parece encontrarse en Villaverde
Menndez, Ignacio, La inconstitucionalidad por omisin, op. cit., p. 40.
33
Gomes Canotilho, Jos Joaquim, Constituio dirigente e vinculao do legislador, op. cit., p. 26.
34
Sol Tura, Jordi; Aparicio Prez, Miguel A., Las Cortes Generales en el sistema constitucional, Tecnos, 2 ed., Madrid, 1988, p. 177. Esto habra que
matizarlo indicando que la verdadera expresin de la titularidad de la soberana popular se halla en el momento constituyente. La Constitucin,
as, objetivar la soberana. Durante la vigencia de la Constitucin la soberana se ejercer en las elecciones, pero no habr manifestaciones de
la titularidad de dicha soberana.
35
Oto Bachof no es de esta opinin al estimar, hablando del presunto carcter antidemocrtico del Poder Judicial, que el juez no es menos rgano
del pueblo que todos los dems rganos del Estado. Y aade: La alusin a la falta de inmediatez de su comisin por el pueblo no constituye un
argumento convincente ante el hecho de que tambin el Gobierno, el Presidente, los funcionarios, cuentan solamente con un mandato indirecto
del pueblo; el mismo Parlamento no puede ser considerado como directamente comisionado ms que bajo un aspecto muy relativo, ya que su
composicin est de hecho mucho ms ampliamente mediatizada por los partidos (Bachof, Oto, Jueces y Constitucin, Civitas, Madrid, 1985, p.
59).
36
Fischbach, Oskar Georg, Derecho Poltico general y Constitucional comparado, Labor, 2 ed., Barcelona, 1934, p. 77.
37
Kirchmann, Julius Hermann von, La jurisprudencia no es ciencia, Centro de Estudios Constitucionales, 3 ed., Madrid, 1983, p. 27.
38
Este autor considera que la ley es una amenaza para la libertad en el moderno Estado Democrtico de partidos (Leibholz, Gerhard, Problemas
fundamentales de la democracia moderna, Instituto de Estudios Polticos, Madrid, 1971, pp. 15 y ss.). Tambin Bachof incidir en la cuestin al sealar
que la ley, en otro tiempo escudo de la libertad y del Derecho, se ha convertido hoy precisamente en una amenaza para estos bienes, por mor de
la transformacin de su funcin en la medida en que la ley se convirti en un medio para la realizacin de cambiantes fnes polticos (Bachof,
Oto, Jueces y Constitucin, op. cit., pp. 48, 49 y 51).
39
Seala Morn Urbina que la inconstitucionalidad no se produce a partir del da inmediato posterior a la vigencia constitucional sino slo
a partir del transcurso de tiempo que hace incurrir al legislador en una inaccin reprochable (Morn Urbina, Juan Carlos, La omisin
legislativa inconstitucional y su tratamiento jurdico, Revista Peruana de Derecho Constitucional, N 1, 1999, p. 462).
40
Fix-Zamudio, Hctor; Carpizo, Jorge, Algunas refexiones sobre la interpretacin constitucional en el ordenamiento mexicano, en la obra
colectiva La interpretacin constitucional, Instituto de Investigaciones Jurdicas de la UNAM, Mxico D. F., p. 21.
41
Das Unterlassen wird dadurch vom nichts tun zum etwas (das die Rechtsordnung erwartet) nicht tun (Stahler, Konrad, Verfassungsgericht-
liche Nachprfung gesetzgeberischen Unterlassens, tesis doctoral, Munich, 1966, p. 1).
42
Seufert, Leo, Die nicht erfllten Gesetzgebungsgebote des Grundgesetzes und ihre verfassungsgerichtliche Durchsetzung. Ein Beitrag zum Problem des gese-
tzgeberischen Unterlassens, tesis doctoral, 1969, Wrzburg, pp. 38-39.
43
Ibidem, p. 106.
44
Morn Urbina, Juan Carlos, La omisin legislativa inconstitucional y su tratamiento jurdico, op. cit., p. 460.
45
Sobre la problemtica general de la relacin entre validez y efcacia puede verse Spadaro, Antonino, Limiti del giudizio costituzionale in via inciden-
tale e ruolo dei giudici, Edizioni Scientifche italiane, Npoles, 1990, pp. 45 y ss.
46
Spagna Musso, Enrico, Appunti per una teoria giuridica dellanomia costituzionale, en Aspeti e tendenze del Dirito Costituzionale. Scriti in onore Scriti in onore
di Costantino Mortati, vol. I, Giufr, Miln, 1977, p. 284.
47
De ah lo criticable que resulta afrmar que hay normas (las programticas, que nosotros no aceptamos) cuya validez es plena, pero que
mientras no se desarrollen no producen efecto alguno y los rganos de aplicacin del Derecho no las pueden aplicar (v. gr., Qurioga Lavi,
Humberto, Derecho Constitucional, Cooperadora de Derecho y Ciencias Sociales, Buenos Aires, 1978, pp. 140 y 142).
48
Ross, A., El concepto de validez y el conficto entre el positivismo jurdico y el derecho natural, en El concepto de validez y otros ensayos, Centro
Editor de Amrica Latina, Buenos Aires, 1969.
49
Segura Ortega, Manuel, Teora del Derecho, Centro de Estudios Ramn Areces, Madrid, 1991, p. 143.
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JOS JULIO FERNNDEZ RODRIGUEZ
Juicio emblemtico a Montesinos y
la corrupcin en el Per:
Publicidad, Visibilidad, Control Democrtico
*
Abraham Siles Vallejos
**
Profesor de la Facultad de Derecho de la
Pontificia Universidad Catlica del Per
La opcin por la transparencia de los juicios representa
la discriminacin ms segura entre culturas jurdicas
democrticas y culturas autoritarias
Luigi Ferrajoli, Derecho y razn, III, 9, 41.
Sumario: I. Publicidad del juicio y liberalismo II. La normatividad internacional y nacional III. El desarrollo
jurisprudencial IV. Las excepciones y restricciones al principio de publicidad del juicio V. La opinin de la
Comisin Interamericana sobre la consulta del Estado peruano.
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I. Publicidad del juicio y liberalismo
La garanta de la publicidad de los procesos
judiciales, en especial de aquellos de naturaleza
penal, constituye uno de los rasgos distintivos
de la actuacin de una justicia democrtica, en el
marco de un Estado constitucional de Derecho.
As lo ha entendido la tradicin jurdica liberal
desde el momento mismo de su constitucin
como tal. Sean pblicos los juicios y las pruebas
de un delito, propuso Beccaria, uno de los
fundadores del proceso penal moderno, para
que la opinin, que es quiz el nico fundamento
de la sociedad, imponga un freno a la fuerza y a
las pasiones
1
.
Jeremy Bentham, por su parte, sostuvo
rotundamente que la publicidad es el alma de
la justicia
2
. Y es que, como observ este autor,
la publicidad favorece la probidad de los
jueces al actuar como freno en el ejercicio de
un poder del que es tan fcil abusar, permite
la formacin de un espritu cvico y el desarrollo
de una opinin pblica, de otro modo muda
o impotente sobre los abusos de los jueces,
funda la confanza del pblico, y refuerza la
independencia de los magistrados acrecentando
1
* Nota de los editores: Volvemos a publicar el trabajo del profesor
Abraham Siles Vallejos debidamente corregido.
** Profesor de la Facultad y el Departamento Acadmico de Derecho
de la Pontifcia Universidad Catlica del Per, que integran, junto
con el Instituto de Defensa Legal (IDL) y la Asociacin de Jueces
por la Justicia y la Democracia, un consorcio que ejecuta el Proyec-
to Participacin y Fiscalizacin de la Sociedad Civil en el Cambio
y Desempeo del Sistema de Administracin de Justicia.
BECCARIA, Csare. De los delitos y las penas. Buenos Aires: Edicio-
nes Orbis, 1984 [1764]. p. 54.
2
Cit. en FERRAJOLI, Luigi. Derecho y razn. Madrid: Editorial Tro-
ta, 1995 [1989]. p. 617.
su responsabilidad social y neutralizando
los vnculos ms jerrquicos y el espritu de
cuerpo
3
.
As, pues, desde el inicio del moderno
Estado liberal, se tom conciencia del enorme
valor de realizar las audiencias y pronunciar
los fallos judiciales de cara a la ciudadana,
facilitando de ese modo el que los tribunales
quedaran sujetos al escrutinio pblico. La
exposicin dialctica de hechos, pruebas y
argumentos ante la colectividad, el ventilar las
causas, como expresivamente se dice, cumple
entonces una funcin primordial, a saber,
reafrma la democracia como rgimen del
poder visible
4
, ya que el carcter pblico
del poder, entendido como no secreto, como
abierto al pblico, permanece como uno de los
criterios fundamentales para distinguir el Estado
constitucional del Estado absoluto
5
.
II. La normatividad internacional y
constitucional
Contemporneamente, la consolidacin y
profundizacin de este ideario, que es a un tiempo
jurdico, poltico y tico, ha encontrado plasmacin
en los instrumentos internacionales de derechos
humanos y en la doctrina y jurisprudencia que,
con tanto vigor, los acompaan y desarrollan. En
tal sentido, declaraciones y tratados, de carcter
universal y regional, consagran unnimemente
3
Ibd.
4
BOBBIO, Norberto. La democracia y el poder invisible. En: El
futuro de la democracia. Mxico: FCE. primera edicin en espaol,
1986 [1984]. p. 66.
5
Ibd., p. 68.
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el principio de publicidad de los juicios. As, la
Convencin Americana de Derechos Humanos,
en su artculo 8.5, declara que el proceso penal
debe ser pblico, salvo en lo que sea necesario
para preservar los intereses de la justicia.
Igualmente, el artculo 14.1 del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Polticos,
con enunciacin ms amplia, afrma el derecho
de toda persona a ser oda pblicamente
[...] por un tribunal [...], en la substanciacin
de cualquier acusacin formulada contra ella
o para la determinacin de sus derechos u
obligaciones de carcter civil. A continuacin,
empero, el Pacto Internacional estipula una serie
de causales consideraciones de moral, orden
pblico o seguridad nacional en una sociedad
democrtica, por ejemplo- que razonablemente
habilitan, en va excepcional, la introduccin de
restricciones al ejercicio de este derecho.
En parecidos trminos se expresa,
tanto para la consagracin del principio de
publicidad del juicio como para la regulacin
de sus excepciones y limitaciones, el artculo
6.1 del Convenio Europeo para la Proteccin
de los Derechos Humanos y de las Libertades
Fundamentales.
En fn, tambin el artculo 139.4 de
la Constitucin peruana de 1993 recoge el
principio de la publicidad en los procesos, salvo
disposicin contraria de la ley, estipulando,
empero, que los procesos judiciales por
responsabilidad de funcionarios pblicos, y por
los delitos cometidos por medio de la prensa y
los que se referen a derechos fundamentales
garantizados por la Constitucin, son siempre
pblicos. Desde luego, estas normas de Derecho
interno no tienen carcter absoluto, sino que, a
semejanza de lo que ocurre en el ordenamiento
espaol (artculo 10.2 de la Constitucin),
debern ser interpretadas, segn lo previsto en la
cuarta de las disposiciones fnales y transitorias
del propio texto constitucional, de conformidad
con los tratados internacionales de derechos
humanos ratifcados por el Per, los cuales, como
se ha anotado, admiten excepciones.
Como quiera que fuere, y pese a que la
garanta de la publicidad, segn explica Luigi
Ferrajoli, es instrumental o secundaria en la
medida que, junto a la oralidad, la legalidad o
ritualidad de los procedimientos y la motivacin
de las decisiones, tiende a asegurar la satisfaccin
de las garantas primarias, consistentes en
la formulacin de la acusacin, la carga de la
prueba y el contradictorio con la defensa, hay
que poner de relieve que es la publicidad la que
asegura el control, tanto externo como interno,
de la actividad judicial, ya que conforme a ella,
los procedimientos de formulacin de hiptesis
y de determinacin de la responsabilidad penal
tienen que producirse a la luz del sol, bajo el control
de la opinin pblica y, sobre todo, del imputado y
su defensor
6
.
III. El desarrollo jurisprudencial
As, pues, no obstante su carcter
instrumental o secundario, dependiente de las
garantas primarias, no obstante estar orientada
al aseguramiento de stas, la publicidad es
esencial en el proceso penal y se confgura, por
ello, como un elemento estructural y constitutivo
del mismo. De all que el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos haya defendido, de manera
decidida, su valor y trascendencia. As, tras las
sentencias expedidas en el Caso Preto y otros
y en el Caso Axen, ambas del 8 de diciembre
de 1983, el Tribunal recalc, en el fallo dictado
en el Caso Suter, que la publicidad del
procedimiento de los rganos judiciales, a que
se refere el artculo 6.1, protege a los justiciables
contra una justicia secreta que escapase de la
fscalizacin del pblico; y constituye tambin
uno de los medios que contribuyen a mantener
la confanza en los tribunales de justicia en todas
las instancias, aadiendo, a rengln seguido,
que la publicidad, por la transparencia que
proporciona a la administracin de la justicia,
ayuda a alcanzar el objeto del artculo 6.1: el
proceso justo, cuya garanta se encuentra entre
los principios de toda sociedad democrtica en
el sentido del Convenio
7
.
Por lo dems, en este y en otros procesos
jurisdiccionales, el Tribunal Europeo ha insistido
en la eminencia y centralidad del principio del
proceso justo para el sistema democrtico, a la
luz del Convenio. En tal sentido, en el mismo
Caso Suter, sostuvo que el lugar preferente
que el derecho a un procedimiento justo ocupa
en una sociedad democrtica lleva al Tribunal,
en el ejercicio de la fscalizacin que le incumbe
en esta materia, a examinar la realidad del
procedimiento de que se trata
8
. Y, en el Caso
De Cubber, siguiendo el criterio adoptado
precedentemente en el Caso Delcourt, advirti
que una interpretacin restrictiva del artculo
6.1 -singularmente en cuanto al respeto del
6
FERRAJOLI, Luigi. Op. Cit. p. 616 (cursivas nuestras).
7
Caso Suter, sentencia del 22 de febrero de 1984, prrafo 26. En: Tri-
bunal Europeo de Derechos Humanos, Jurisprudencia 1984-1987.
Madrid: Cortes Generales, s/f, p. 35.
8
Ibd., prrafo 27, p. 35.
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principio fundamental de la imparcialidad del
juicio- no encajara con el objeto y la fnalidad de
esta disposicin, visto el lugar eminente que el
derecho a un proceso justo ocupa en una sociedad
democrtica, en el sentido del Convenio
9
.
Por su parte, el Comit de Derechos
Humanos, rgano de control del Pacto
Internacional de Derechos Civiles y Polticos,
ha indicado que la publicidad de la audiencia
constituye una importante salvaguardia de
los intereses del individuo y de la sociedad en
general, enfatizando el carcter excepcional de
la facultad reconocida por el Pacto Internacional a
los tribunales, de excluir a la totalidad o parte del
pblico de la Sala, por las razones enumeradas en
el artculo 14.1
10
. En consecuencia, ha hecho notar
que con independencia de esas circunstancias
excepcionales, el Comit considera que las
audiencias deben estar abiertas al pblico en
general, incluidos los miembros de la prensa, sin
estar limitadas, por ejemplo, a una determinada
categora de personas, y debiendo observarse,
asimismo, que aun en los casos en que el
pblico quede excluido del proceso, la sentencia,
con algunas excepciones estrictamente defnidas,
debe hacerse pblica
11
.
De otro lado, tampoco puede perderse
de vista que, en lo que concierne directamente
al Per, diversos organismos internacionales
de control de los derechos humanos, tanto de
carcter convencional como no convencional, y
lo mismo de mbito universal como regional, se
han pronunciado para criticar, de manera clara y
rotunda, la realizacin en el pas de numerosos
juicios sin respeto de la garanta fundamental
de publicidad, en aplicacin de la legislacin
de emergencia dictada para el combate a la
subversin durante el Gobierno del Presidente
Fujimori.
En tal sentido, el Comit de Derechos
Humanos, al emitir sus Observaciones Finales
al Tercer Informe Peridico presentado por
el Estado peruano en 1996 de conformidad
con el artculo 40 del Pacto, recus el entonces
vigente sistema de juicio por jueces sin rostro`
argumentando que, en tal sistema, los acusados
no saben quin es el juez que los est juzgando y
se ve denegado el derecho a un juicio pblico, lo que
constituye un serio impedimento, de derecho y de
hecho, para que los acusados preparen su defensa
9
Caso De Cubber, sentencia del 26 de octubre de 1984, prrafo 30.
En: Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Op. Cit. p. 261.
10
Comit de Derechos Humanos, Observacin General N 13 Art-
culo 14 (21 perodo de sesiones, 1984), prrafo 6.
11
Ibd.
y puedan comunicarse con sus abogados
12
. En
esa lnea de pensamiento, en el acpite dedicado
a Sugerencias y recomendaciones, el Comit
inst en particular al Estado peruano a que se
suprima el sistema de jueces sin rostro, y a que
se restablezcan inmediatamente los juicios pblicos
de todos los acusados, incluidos los acusados de
actividades relacionadas con el terrorismo
13
.
Sobre esta misma materia, el Relator
Especial sobre la independencia de los jueces
y abogados, nombrado por la Comisin de
Derechos Humanos de la Organizacin de las
Naciones Unidas, en el Informe que emiti tras
su visita al Per en setiembre de 1996, relacion
la cuestin de los tribunales sin rostro civiles
y militares con el derecho a un juez competente,
independiente e imparcial, evaluando tal cuestin
a la luz de las normas internacionales
14
. Entre
otras consideraciones, el Relator Especial indic
que la principal caracterstica de las actuaciones
ante los tribunales sin rostro, tanto civiles
como militares, es el secreto, y queel juicio
se desarrolla a puerta cerrada, siendo as que
las audiencias tienen lugar en salas de tribunal
especialmente equipadas dentro de las crceles
de alta seguridad o, en los casos de traicin, en
las bases militares
15
.
A su turno, la Corte Interamericana de
Derechos Humanos, en la sentencia expedida
en el Caso Castillo Petruzzi y otros, en mayo
de 1999, sostuvo que considera probado que
los procesos militares de civiles supuestamente
incursos en delitos de traicin a la patria son
desarrollados por jueces y fscales sin rostro,
y conllevan una serie de restricciones que los
hacen violatorios del debido proceso legal. En
efecto, se realizaron en un recinto militar, al que
no tiene acceso el pblico. En esta circunstancia
de secreto y aislamiento tuvieron lugar todas las
diligencias del proceso, entre ellas la audiencia misma.
Evidentemente, no se observ el derecho a la publicidad
del proceso, consagrado por la Convencin. Sobre
la base de estas consideraciones, por todo lo
expuesto, la Corte declara que el Estado viol el
artculo 8.5 de la Convencin
16
.
Posteriormente, en agosto del 2000, La
Corte Interamericana, en el Caso Cantoral
Benavides, comprob una vez ms que el Estado
12
Comit de Derechos Humanos, Observaciones Finales: Per,
documento CCPR/C/79/Add.67, del 25 de julio de 1996, prrafo 12
(cursivas nuestras).
13
Ibd., prrafo 25 (cursivas nuestras).
14
Relator Especial sobre la independencia de los jueces y abogados,
Informe de la misin al Per, documento E/CN.4/1998/39/Add.1,
del 19 de febrero de 1998, prrafo 73.
15
Ibd.
16
Corte Inteamericana de Derechos Humanos, Caso Castillo Petruzzi
y otros, Sentencia de 30 de mayo de 1999 (Serie C: Resoluciones y
sentencias, N 52), prrafos 172 y 173 (cursivas nuestras).
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peruano viol la citada norma convencional
relativa a la publicidad del juicio, tanto en sede
jurisdiccional militar como civil. As, sobre
la actuacin de los tribunales integrados al
Poder Judicial, dio constatar que el proceso
adelantado por el fuero comn contra Luis
Alberto Cantoral Benavides, no reuni las
condiciones de publicidad que exige el artculo
8.5 de la Convencin, aadiendo, por si fuera
poco, que el Estado no present informaciones
ni argumentos que demostraran que se deban
restringir las condiciones de publicidad del
proceso por ser necesario para preservar los
intereses de la justicia, como lo prev el artculo
8.5 de la Convencin
17
. Ahondando en el punto,
la Corte consider que, dadas las caractersticas
particulares de Luis Alberto Cantoral Benavides,
el proceso que se le sigui poda desarrollarse
pblicamente sin afectar la buena marcha de la
justicia
18
.
Tambin el Tribunal Constitucional
espaol es de parecido criterio a los hasta aqu
expuestos, pues, en el que se reputa el leading
case sobre la materia -esto es, sobre actuaciones
judiciales pblicas-
19
, ha dejado establecido que
el principio de publicidad, estatuido por el
artculo 120.1 de la Constitucin, tiene una doble
fnalidad: por un lado, proteger a las partes de
una justicia sustrada al control pblico, y por
otro, mantener la confanza de la comunidad en
los Tribunales, constituyendo en ambos sentidos
tal principio una de las bases del debido proceso
y uno de los pilares del Estado de Derecho
20
.
Evidentemente, estas palabras muestran la
infuencia de las ya reseadas del Tribunal
Europeo de Derechos Humanos en el Caso
Suter.
A mayor abundamiento, el Tribunal
Constitucional espaol ha insistido en que el
artculo 24.2 de la Constitucin ha otorgado
a los derechos vinculados a la exigencia
de la publicidad el carcter de derechos
fundamentales, lo que abre para su proteccin
la va excepcional del recurso de amparo y, tras
remitirse precisamente a la jurisprudencia del
Tribunal Europeo de Derechos Humanos, ha
sostenido que la publicidad del proceso ocupa
una posicin institucional en el Estado de Derecho
que la convierte en una de las condiciones de la
legitimidad constitucional de la administracin
17
Corte Inteamericana de Derechos Humanos, Caso Cantoral Bena-
vides, Sentencia de 18 de agosto del 2000, prrafos 147 y 148.
18
Ibd., prrafo 148.
19
Vase DEZ-PICAZO, Luis Mara, Rgimen constitucional del Po-
der Judicial, Madrid, Civitas, 1991, p. 57.
20
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 96/1987),
del 10 de junio de 1987, publicada en el Boletn Ofcial de Espaa
(BOE) N 152, del 26 de junio de 1987 (fundamento 2).
de justicia
21
.
Continuando esta vertiente de desarrollo
jurisprudencial, el Tribunal Constitucional
espaol, unos aos ms tarde, confrm que la
decisin de celebrar el juicio a puerta cerrada
supone una excepcin del derecho a un juicio
pblico que reconoce y ampara el artculo 24.2
C.E., derecho que tiene por fnalidad, segn tiene
declarado este Tribunal (STC 96/1987), proteger
a las partes frente a una justicia sustrada al
conocimiento pblico y mantener la confanza
de la comunidad en los tribunales
22
.
IV. Las excepciones y restricciones al principio
de publicidad del juicio
Ahora bien, en cuanto a las restricciones
autorizadas por los instrumentos internacionales
y por el ordenamiento interno al principio de
publicidad del juicio, hay que insistir, ante todo,
en que tales restricciones, aunque de naturaleza
excepcional, son legtimas. Como advierte Csar
San Martn, la publicidad popular no est libre
de objeciones jurdico-polticas, pues puede: a)
ser utilizada por elementos ilegales para burlar
el Derecho material y ejercitar los derechos
procesales abusivamente; b) inducir a las
personas que participen en el juicio a impresionar
al pblico; c) poner en peligro la dignidad del
debate oral produciendo y aumentando la
excitacin de las masas; y d) desprestigiar al
imputado y a los testigos en su honor o en su
esfera privada, ante todo el mundo
23
.
En esta lnea de pensamiento, en el
Caso Campbell y Fell, si bien se examinaba
la necesidad de actuaciones pblicas para
sancionar una falta disciplinaria al interior de
un centro de reclusin, lo que acusa diferencias
de importancia respecto del supuesto tpico
de los juicios penales, resulta de inters
recordar que el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos, tras apuntar que es cierto que el
procedimiento penal ordinario -que puede muy
bien afectar a los individuos peligrosos o exigir
la comparecencia ante el Tribunal de un preso-
se desarrolla casi siempre en pblico, a pesar de
los problemas de seguridad que se suscitan, el
peligro de afrmaciones mal intencionadas y los
deseos del acusado, ha dejado establecido que,
pese a ello, el Tribunal no puede, sin embargo,
21
Ibd.
22
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 65/1992), del
29 de abril de 1992, publicada en el Boletn Ofcial de Espaa (BOE)
N 129, del 29 de mayo de 1992 (fundamento 2).
23
SAN MARTN, Csar, Derecho Procesal Penal. Lima: Griley, 1999.
Vol. I. p. 80.
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menospreciar los factores mencionados por
el Gobierno, a saber, las consideraciones de
orden pblico y las cuestiones de seguridad que
suscitaran las audiencias pblicas en materia de
disciplina penitenciaria
24
.
Debe decirse, empero, que la aplicabilidad
de las clusulas restrictivas de la publicidad
judicial contenidas en los instrumentos
internacionales de derechos humanos y en el
ordenamiento constitucional peruano, a las
que se ha hecho referencia lneas arriba, exige
siempre el cumplimiento de requisitos especiales
y de carcter objetivo, en correspondencia
con su naturaleza excepcional. Slo razones
de moral, orden pblico o seguridad nacional
en una sociedad democrtica, o el inters de
la vida privada de las partes, o el eventual
perjuicio a los intereses de la justicia, habilitan
a las cortes ordinarias a excluir a la prensa y al
pblico de todo o parte de los juicios, conforme
a la normativa internacional y a la Constitucin
peruana. No obstante, siempre de acuerdo
al mismo marco regulativo, en toda materia
penal o contenciosa, la sentencia deber ser
pronunciada pblicamente, salvo que el inters
de menores exia lo contrario, o si se trata de
pleitos matrimoniales o concernientes a la tutela
de menores.
Hablando en trminos generales, conviene
anotar que la limitacin moral al ejercicio de los
derechos fundamentales no puede determinarse
en referencia a ningn cdigo moral privado,
sino que, ms bien, la moral que ha de tomarse
en consideracin es la moral de la colectividad,
la moral social o cvica, es decir, el conjunto de
principios y reglas morales que una determinada
sociedad reconoce como legtimas y vinculantes,
con la peculiaridad de que esa moral tiene en
la actualidad como criterios bsicos, dentro de
las sociedades desarrolladas, al menos estos
principios: respeto a la subjetividad humana,
primaca de la libertad, tolerancia, pluralismo,
culto a los derechos humanos, preocupacin
por quienes padecen necesidad, exaltacin del
papel del Derecho, defensa de la organizacin
democrtica y un cierto altruismo solidario
25
.
En cuanto a la clusula relativa a la
seguridad nacional, la misma que es empleada
como un motivo vlido de excepcin respecto
al derecho genrico de acceso a la informacin
pblica, puede convenirse con un reciente
Informe de la Defensora del Pueblo en que la
24
Caso Campbell y Fell, sentencia del 28 de junio de 1984, prrafo 87.
En: Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Op. Cit. p. 155.
25
CASTRO CID, Benito de. Problemas bsicos de Filosofa del De-
recho: desarrollo sistemtico. Tercera edicin. Madrid: Editorial
Universitas, p. 293.
experiencia ha demostrado que dicha expresin
ha sido utilizada de manera exagerada y
arbitraria, siendo necesario establecer, por
ello, criterios objetivos que permitan delimitar
el concepto de seguridad nacional desde una
perspectiva democrtica y en funcin de la
proteccin de la persona humana
26
, ya que se
trata de un trmino omnicomprensivo o de
un concepto jurdico indeterminado
27
. En
defnitiva, parece claro que debera avanzarse
hacia un concepto de seguridad democrtica que
trate de encontrar un equilibrio entre la seguridad
nacional y el respeto de los derechos humanos,
y donde el principal objeto de proteccin sea la
persona humana
28
.
Finalmente, por lo que se refere al orden
pblico, en cuanto lmite igualmente genrico
al ejercicio de los derechos humanos, lejos de
excesos antidemocrticos o totalitarios, ha de
ser entendido como el conjunto de condiciones
organizativas y de funcionamiento de la sociedad
que garantizan un desarrollo de la vida social en
el que est asegurada la realizacin ordenada,
tranquila y pacfca de los derechos que
corresponden a los ciudadanos, de manera que
su operatividad limitadora radica, por tanto, en
la exigencia de asegurar las condiciones bsicas
de organizacin para que todos los miembros
de la sociedad puedan ejercer sus respectivos
derechos con una comodidad mnima
29
.
Respecto de este ltimo punto, conviene
traer a colacin que, mediante la emisin de una
Opinin Consultiva, de suyo propio de alcance
general, la Corte Interamericana de Derechos
Humanos ha sostenido que el mismo concepto
de orden pblico reclama que, dentro de una
sociedad democrtica, se garanticen las mayores
posibilidades de circulacin de noticias, ideas
y opiniones, as como el ms amplio acceso a
la informacin por parte de la sociedad en su
conjunto, ya que la libertad de expresin se
inserta en el orden pblico primario y radical de
la democracia, que no es concebible sin el debate
libre y sin que la disidencia tenga pleno derecho
de manifestarse
30
.
En este mismo pronunciamiento, la Corte
Interamericana ha destacado igualmente que
26
DEFENSORA DEL PUEBLO. El acceso a la informacin pblica y
la cultura del secreto. Lima: Defensora del Pueblo, setiembre del
2001, pp. 71-72.
27
DEFENSORA DEL PUEBLO. Situacin de la libertad de expre-
sin en el Per: setiembre 1996-setiembre 2000. Lima: Defensora
del Pueblo, octubre del 2000, p. 31.
28
Ibd., p. 32.
29
CASTRO CID, Benito de. Op. Cit., p. 294.
30
Corte Interamericana de Derechos Humanos. La colegiacin obli-
gatoria de periodistas (artculos 13 y 29 Convencin Americana de
Derechos Humanos), Opinin Consultiva OC-5/85, del 13 de no-
viembre de 1985, Corte I.D.H. (Serie A) N 5 (1985), prrafo 69.
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tambin interesa al orden pblico democrtico,
tal como est concebido por la Convencin
Americana, que se respete escrupulosamente
el derecho de cada ser humano de expresarse
libremente y el de la sociedad en su conjunto
de recibir informacin, puesto que la libertad
de expresin es una piedra angular en la
existencia misma de una sociedad democrtica.
Es indispensable para la formacin de la opinin
pblica. Es tambin conditio sine qua non para
que los partidos polticos, los sindicatos, las
sociedades cientfcas y culturales, y en general,
quienes deseen infuir sobre la colectividad
puedan desarrollarse plenamente. Es, en fn,
condicin para que la comunidad, a la hora
de ejercer sus opciones, est sufcientemente
informada. Por ende, es posible afrmar que
una sociedad que no est bien informada no es
plenamente libre
31
.
Pero no slo haciendo uso de su potestad
consultiva, sino tambin en ejercicio de sus
funciones propiamente jurisdiccionales, la Corte
Interamericana ha expuesto y desarrollado estos
conceptos de carcter fundamental, como puede
verse en la sentencia expedida en el Caso Ivcher
Bronstein, en la que, a mayor abundamiento,
invocando las decisiones de la Corte Europea
de Derechos Humanos, afrma que la libertad de
expresin no slo debe garantizarse en lo que
respecta a la difusin de informacin o ideas que
son recibidas favorablemente o consideradas
como inofensivas o indiferentes, sino tambin
en lo que toca a las que ofenden, resultan ingratas
o perturban al Estado o a cualquier sector de la
poblacin
32
. Lo expuesto, prosigue la Corte, tiene
una importancia particular cuando se aplica
a la prensa. No slo implica que compete a los
medios de comunicacin la tarea de transmitir
informacin e ideas relativas a asuntos de inters
pblico, sino tambin que el pblico tiene el
derecho a recibirlas
33
.
As, pues, el papel de la prensa escrita,
televisiva y radial, en ejercicio de la fundamental
libertad de expresin, para llevar noticias y
opiniones a la colectividad y, de ese modo,
favorecer el debate pblico de asuntos de inters
de todos, resulta sin duda crucial tambin en
el mbito de la actuacin de los tribunales
de justicia, muy especialmente (si ello cabe),
cuando lo que se juzga son casos de corrupcin
de autoridades o funcionarios del Estado, pues
en tales casos la celebracin de audiencias o la
expedicin de fallos bajo condiciones de reserva o
31
Ibd., prrafos 69 y 70.
32
Corte Inteamericana de Derechos Humanos, Caso Ivcher Brons-
tein, Sentencia de 6 de febrero del 2001 (Serie C: Resoluciones y
sentencias, N 74), pfos. 152 y 153 (cursivas nuestras).
33
Ibd., prrafo 153.
secreto mellara considerablemente la confanza
que la poblacin ha de tener en jueces y cortes,
y facilitara la eventual comisin de abusos
contra los propios procesados o contra el inters
colectivo, impidiendo la necesaria vigilancia
social sobre el quehacer de los tribunales.
Sin embargo, el control de la sociedad
sobre la administracin de justicia, que solo
puede ser hecho cabalmente si los interesados y
los medios de comunicacin tienen acceso a la
realizacin de los procesos, exige, a decir de
Marcial Rubio Correa, combinar la publicidad
con la ponderacin en la informacin para no
desnaturalizar esta garanta y convertirla en un
mecanismo de difusin de todo lo dicho ante los
tribunales, mucho de lo cual puede no ser cierto, o
puede ser malinterpretado y, con ello, agraviar el honor
o la reputacin de las personas involucradas
34
. De
cualquier modo, ha de tenerse asimismo en cuenta
que, en el caso de juicios por responsabilidad de
funcionarios pblicos, el nfasis constitucional
en su publicidad -que, como se ha indicado, no
puede entenderse en un sentido absoluto- se
debe a un afn especial de moralizacin: para
que se produzca castigo ejemplar y para hacer
ms difcil que haya corrupcin en el trmite y
las decisiones jurisdiccionales
35
.
Segn estas pautas generales, se entiende
entonces que, en el marco de un autntico
Estado constitucional y democrtico de Derecho,
devenga perentorio asegurar la publicidad de las
actuaciones judiciales e interpretar de manera
ciertamente restrictiva toda posible limitacin
al principio de publicidad y, en particular, a la
concurrencia de la prensa a las audiencias y al
pronunciamiento del fallo. Como ha tenido
ocasin de establecer el Tribunal Constitucional
espaol, es necesario valorar debidamente la
signifcacin de la presencia de los medios de
comunicacin social en las vistas de los juicios en
funcin del principio de publicidad del proceso
(artculo 120.1) y de los derechos de libertad de
expresin y de libertad de comunicar o recibir
libremente informacin veraz (artculo 20.1 a) de
la CE)
36
.
A ello cabe aadir que el principio de
la publicidad de los juicios, garantizado por
la Constitucin (artculo 120.1), implica que
stos sean conocidos ms all del crculo de los
presentes en los mismos, pudiendo tener una
34
RUBIO CORREA, Marcial. Estudio de la Constitucin Poltica de
1993. Lima: Fondo Editorial de la Pontifcia Universidad Catlica
del Per, 1999. Tomo V. p. 73.
35
Ibd.
36
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 30/1982), del
1 de junio de 1982, publicada en el Boletn Ofcial de Espaa (BOE)
N 153, del 28 de junio de 1982 (fundamento 4).
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proyeccin general, pero, como es evidente,
esta proyeccin no puede hacerse efectiva
ms que con la asistencia de los medios de
comunicacin social, en cuanto tal presencia les
permite adquirir la informacin en su misma
fuente y transmitirla a cuantos, por una serie de
imperativos de espacio, de tiempo, de distancia,
de quehacer, etc., estn en la imposibilidad de
hacerlo. Este papel de intermediario natural
desempeado por los medios de comunicacin
social entre la noticia y cuantos no estn, as,
en condiciones de conocerla directamente, se
acrecienta con respecto a acontecimientos que
por su entidad pueden afectar a todos y por ello
alcanzan una especial resonancia en el cuerpo
social
37
.
No obstante lo anotado, algo que resulta
plenamente admisible es que, considerando las
limitaciones de cabida del recinto, se establezca
una seleccin en orden a la asistencia a la vista,
concedindose acreditaciones sobre la base de
criterios objetivos, las mismas que en ningn
caso llevarn a entender que los representantes
de los medios de comunicacin social, al asistir
a las sesiones de un juicio pblico, gozan de un
privilegio gracioso y discrecional, sino que, ms
bien, se trata de un derecho preferente atribuido
en virtud de la funcin que cumplen, en aras
del deber de informacin constitucionalmente
garantizado, de lo que se deriva que la
acreditacin de los periodistas, siendo vlida,
no es sino un medio de organizar el acceso a la
Sala
38
.
Desde luego, las complementarias
medidas de polica de estrados que la ley
interna prev para asegurar el buen orden del
desarrollo del juicio -las mismas que pueden llevar
a imponer sanciones o a decretar la expulsin de
alguna persona o aun la desocupacin parcial o
total de la Sala, en la medida en que se hallan
previstas en la ley (artculos 215 y 217 del Cdigo
de Procedimientos Penales; artculos 9, 135, 136
y 137 de la Ley Orgnica del Poder Judicial-
, corresponden a la Sala o a la Presidencia del
respectivo Tribunal, debiendo ser ejercidas
de modo prudente y sobre la base de criterios
objetivos, no siendo posible que extiendan sus
efectos ms all de la circunstancia concreta y
37
Ibd. Algunos autores distinguen entre publicidad inmediata o
activa, que se verifca con la presencia de personas del comn en
las audiencias, y publicidad mediata o pasiva, que se da cuan-
do la comunidad conoce las actuaciones judiciales por referencia
verbal de quienes asistieron a la sede judicial o, con mayor alcance,
por medio de la informacin propalada por los diferentes rganos
de prensa escrita, televisiva o radial. Vase MIXN MSS, Floren-
cio. Juicio oral. Lima: Ediciones BLG, 1993. p. 65; SAN MARTN,
Csar. Op. Cit., p. 80.
38
Sentencia del Tribunal Constitucional espaol (STC 30/1982), del
1 de junio de 1982. Op. Cit. (fundamento 4).
de urgencia que las motiv
39
.
V. La opinin de la Comisin Interamericana
de Derechos Humanos sobre la consulta del
Estado peruano
En armona con esta consideraciones,
el reciente Informe expedido por la Comisin
Interamericana de Derechos Humanos frente a
la consulta formulada por el Estado peruano,
sobre la cuestin de si resultara violatorio del
principio de publicidad previsto en el artculo
8.5 de la Convencin Americana el no permitir
el ingreso de cmaras de video, fotografa y/o
grabadora de sonido a las audiencias, pero con
la presencia de la prensa y pblico durante
el juzgamiento, sostiene que el principio de
publicidad de los juicios no supone un acceso
ilimitado del pblico y de la prensa en general a
las salas de juzgamiento, sino que la publicidad
del procedimiento se puede restringir tanto por
cuestiones de espacio fsico de las instalaciones
como tambin por las disposiciones del
tribunal en ciertas circunstancias, todo ello a
fn de preservar los intereses de la justicia y los
derechos procesales de las partes, de suerte que,
en estos casos, las limitaciones que determine
el tribunal deben encontrarse debidamente
fundamentadas
40
.
De otro lado, tambin ha de tenerse
en cuenta que la Comisin considera que la
publicidad de un juicio puede ser garantizada
de diversas formas, a saber, por la presencia del
pblico en general, observadores independientes
especialmente invitados y medios de
comunicacin, incluyendo prensa oral, escrita o
televisiva
41
. Se deriva de lo dicho que resultara
muy conveniente para el Estado peruano el contar
con la asistencia de instituciones califcadas,
que por su experiencia y credibilidad -por
ejemplo, la Defensora del Pueblo, la Comisin
Interamericana de Derechos Humanos, la
Coordinadora Nacional de Derechos Humanos-
, puedan intervenir como veedores, a invitacin
de la justicia nacional, en los juicios a instaurar
contra Montesinos y la corrupcin.
Como quiera que fuere, aunque la
Comisin considera que en especial los
medios de comunicacin son particularmente
importantes para garantizar la publicidad del
proceso judicial, al mismo tiempo declara que
entiende que el principio de publicidad no
implica necesariamente el ingreso irrestricto de
39
Ibd. (fundamento 5).
40
Comisin Interamericana de Derechos Humanos, Consulta del
Estado peruano a la Comisin Interamericana de Derechos Huma-
nos, octubre del 2002, prrafo 18.
41
Ibd., prrafo 19.
JUICIO EMBLEMTICO A MONTESINOS Y LA CORRUPCIN EN EL PER
los medios de comunicacin a las salas del juicio,
ya que, en realidad, si bien los principios del
debido proceso prohben una justicia secreta, ese
ingreso de los medios de comunicacin puede
ser regulado por parte del tribunal en aras del
orden de los procedimientos, los derechos de las
partes y la majestad de la justicia
42
.
Y es que, en ltimo trmino, lo
verdaderamente esencial es el mantenimiento de
la independencia e imparcialidad del juzgador,
y el aseguramiento de las garantas del debido
proceso, de modo que se verifque un juicio
justo. En tal sentido, el Tribunal Europeo de
Derechos Humanos, en la ya comentada sentencia
expedida en el Caso Campbell y Fell, ha explicitado
que, para determinar la independencia de un
rgano judicial, especialmente en relacin al
Ejecutivo y a las partes, debe apreciarse el modo
de designacin y la duracin del mandato de
sus miembros, la existencia de garantas contra
las presiones exteriores, y sobre todo si hay o
no apariencia de independencia, ya que ha de
considerarse la importancia, en el contexto del
artculo 6, del proverbio justice must not only
be done; it must also be seen to be done
43
.
Asimismo, en la decisin adoptada en el
Caso De Cubber, a propsito de la cuestin de
la imparcialidad judicial, y sobre la base del
precedente establecido en los Casos Piersack y
Delcourt, el Tribunal Europeo sostuvo que no
podra [...] contentarse con