Autor: Anónimo
UN CUENTO BIBLIOTECARIO
En el principio Dios creó al Bibliotecario
En el principio Dios creó al bibliotecario. Dijo Dios: "funda bibliotecas por
todo el mundo, selecciona los documentos de mayor calidad, organiza la
información, presta servicios de excelencia y vela por el interés de los
usuarios. Mantén actualizado el catálogo y confortable la sala de lectura,
pero no escuches la Voz de las Tinieblas, porque si lo haces te confundirás y
desaparecerás como profesional".
El bibliotecario hizo todo cuanto Dios le pidió. Levantó bibliotecas en bellos
edificios e incorporó en ellas todo tipo de documento creado por el hombre
para registrar la información: tabletas de arcilla, rollos de papiro o
pergamino, códices de pergamino o papel, libros, revistas, diarios y
boletines impresos y toda la gama de documentos icónicos, audiovisuales,
tridimensionales y legibles por computadora, incluyendo aquellos disponibles
en Internet.
Inventó y reinventó el catálogo (y con él la recuperación de información),
que evolucionó desde las antiguas bibliotecas sumerias hasta las bibliotecas
ciberespaciales. Lo mismo sucedió con múltiples herramientas y métodos de
trabajo: normas de catalogación, sistemas de clasificación, vocabularios
controlados, el análisis por facetas y la indización pre y poscoordinada, el
servicio de referencia y el de circulación, incluyendo el préstamo
interbibliotecario y la conmutación bibliográfica. Capacitó a las personas en
todo lo necesario para acceder a la información. Adoptó normas de calidad y
definió indicadores de desempeño específicos para las bibliotecas con el fin
de evaluar y mejorar sus procesos, productos y servicios. Para todo ello
utilizó la tecnología de punta disponible en cada época y en cada lugar,
desde el punzón requerido para la escritura cuneiforme hasta la
computadora y las telecomunicaciones del siglo XXI. Alzó su voz en contra
de la censura y en defensa del derecho de todos a la información.
Elevó su carrera a los más altos niveles universitarios, convirtiéndola en una
profesión útil, noble y digna.
Pero una mañana, mientras el bibliotecario realizaba sus tareas habituales,
sintió una voz ronca y tenebrosa que le llamaba: "Ven, acércate". El
bibliotecario giró la cabeza y observó, entre incrédulo y sorprendido, la
visión de un árbol seco y retorcido, de negro tronco y negras ramas. La voz
insistió: "Ven, acércate".
Temeroso, pero lleno de curiosidad, el bibliotecario se acercó con
precaución. Una sensación sobrenatural se apoderó de él y el lúgubre manto
de la noche cubrió la zona, en pleno día.
"Pero acércate, no tengas miedo" - volvió a escucharse.
"¿Eres la Voz de las Tinieblas?" - preguntó el bibliotecario con ingenuidad.
"Dios me ha recomendado que no te escuche".
"Pero no digas tonterías; dialoguemos y verás que esta conversación te
conviene" - contestó la Voz.
El bibliotecario se acercó a la extraña planta, lo suficiente para ver las
víboras que arrastrándose por el suelo comenzaban a enroscarse en el
tronco.
"¿Quién eres?" - preguntó intrigante la Víbora Primera, al tiempo que
mostraba su venenosa lengua de dos puntas.
"Soy el bibliotecario" - contestó éste con seguridad.
"¡Ja, ja, ja! ... Pobre ... ¿Pero en qué mundo vives? ¿No sabes que ahora te
llamas documentalista?".
"¿Qué estás diciendo?" - intervino la Víbora Segunda - "lo correcto es
especialista de la información o científico de la información".
"Gestor de información, nena, los otros términos ya fueron" - interrumpió la
Víbora Tercera.
"Mejor en inglés, information manager" - opinó la Víbora Cuarta - " si eres el
jefe chief information officer o CIO".
"Yo prefiero gestor del conocimiento, knowledge manager o chief knowledge
officer" - agregó la Víbora Quinta con aires de sabelotodo.
"Pero con esos títulos, nadie va a saber quién soy ni qué hago" - reaccionó
el bibliotecario".
"Precisamente, de eso se trata" - le informó la Víbora Sexta - "todo el
mundo se preguntará qué es y qué hace esa persona, pero como a nadie le
gusta pasar por ignorante, se limitarán a decir ... ¡Ahhh qué interesante!".
"¡Bibliotecario!" - recalcó con desprecio la Víbora Séptima - "¡no existes!
¡Desapareciste con el meteorito que extinguió a los dinosaurios!".
Todavía resonaban en su mente las risas de burla de los reptiles
interlocutores, cuando el bibliotecario se dio cuenta de que, repentinamente,
la visión había desaparecido. Invadido por el temor, se ocultó entre los
estantes del depósito. Desde allí escuchó la voz de Dios que le llamaba:
"Bibliotecarioooooo, ¿dónde estás? ... ¿Qué haces ahí? ... ¿por qué te
escondes?".
"Porque me da vergüenza que los demás me vean con esta profesión de
murundanga que tengo" - contestó el bibliotecario, sin atreverse a levantar
la mirada del suelo.
"¿Quién te ha hecho pensar que es una profesión de murundanga? ¿Acaso le
has prestado atención a la Voz de las Tinieblas?" - preguntó Dios.
"Las víboras me llamaron con insistencia y no pude evitarlo..." - lloriqueó
cobardemente.
Entonces Dios se enfureció con el bibliotecario y pronunció su severo
castigo:
"Por haber escuchado la Voz de las Tinieblas vivirás para siempre en la
confusión y la falta de identidad. Te echaré de la Dirección de la Biblioteca
que será ocupada por otros profesionales, aunque no sepan nada al
respecto, mientras el público será atendido por un empleado administrativo
que ganará más que tú. Te ocuparás de los procesos técnicos, pero todos te
harán sentir que "sólo sirves para hacer fichas". Cuando solicites un
ayudante catalogador, te asignarán personal de maestranza bajo
tratamiento psiquiátrico y nunca te comprarán un tesauro actualizado. En
promedio ganarás dos sueldos mínimos al mes y nunca lograrás un estatuto
profesional que te proteja".
"Cualquiera vendrá y te dirá "no se dice usuario, sino cliente" y tú lo
repetirás como un loro, aunque hayas dejado la vida para satisfacer al
usuario. O te dirán: "el paradigma de la biblioteca ya no es la conservación
sino el acceso" y tú te impresionarás con la frase, aunque hayas pasado
siglos facilitando el acceso. Tu lugar de trabajo será llamado centro de
documentación, centro de materiales didácticos, centro de información o
centro de gestión del conocimiento, y cuando la confusión entre todas estas
organizaciones -que en definitiva hacen lo mismo- sea inmanejable,
entonces las llamarás unidades de información o UI. Por supuesto, la
sociedad no será capaz de diferenciar entre ellas y las seguirá llamando
biblioteca".
"Víboras nacionales y extranjeras dictarán cursos inútiles en los que sólo
aprenderás que catalogación se dice descripción bibliográfica y que la
clasificación ha pasado a ser organización del conocimiento; términos
desconocidos para cosas que tú mismo inventaste. Además de confundirte,
pagarás estos cursos a precio de oro y saldrás de ellos sabiendo lo mismo
que sabías antes de inscribirte".
"Pondré enemistad entre los bibliotecarios universitarios y no universitarios
y haré proliferar títulos en Bibliotecología con uno a cinco años de estudios,
pero todos accederán a los mismos cargos y salarios; así permanecerán
eternamente divididos y frustrados. Jamás te pondrás de acuerdo con otro
bibliotecario".
"Hasta que llegue el día en que revalores en serio tu profesión y tu propia
terminología, te revalores a ti mismo y a los numerosos bibliotecarios que
han ofrecido su creativo aporte para que, ¡durante milenios!, los seres
humanos hayan podido acceder a la información. Entonces, si todavía estás
a tiempo, te perdonaré".