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Libro 000055

Este documento presenta un resumen de la Antología General de la Prosa en el Perú de 1895 a 1985. Explica que en el siglo 20 hubo una proliferación de nuevos géneros narrativos debido a cambios sociales y a factores como la expansión de las ciencias sociales y la comunicación masiva. El documento describe las diferentes secciones de la antología, incluyendo narrativa histórica, de tradición oral, periodística, política e institucional. Concluye reiterando los criterios usados para organizar la antología y reflexionar sobre la

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Libro 000055

Este documento presenta un resumen de la Antología General de la Prosa en el Perú de 1895 a 1985. Explica que en el siglo 20 hubo una proliferación de nuevos géneros narrativos debido a cambios sociales y a factores como la expansión de las ciencias sociales y la comunicación masiva. El documento describe las diferentes secciones de la antología, incluyendo narrativa histórica, de tradición oral, periodística, política e institucional. Concluye reiterando los criterios usados para organizar la antología y reflexionar sobre la

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ANTOLOGIA GENERAL DE LA PROSA EN EL PERU

DE 1895 A 1985
TOMO 111
ANTOLOGIA GENERAL
DE LA PROSA EN EL PERU
PRLOGO, SELECCIN, NOTAS Y EP~LOGO DE
ENRIQUE BALLON
UNIVERSIDAD NACIONAL MAYOR DE SAN MARCOS
GROUPE DE RECHERCHES SMKI-LINGUISTIQUES
(ECOLE DES HAUTES ETUDES EN SCIENCES
SOCIALES) DU CENTRE NATIONAL DE LA
RECHERCHE SCIENTIFIQUE DE FRANCE
SEMINARIO DE POTICA DEL INSTITUTO
DE INVESTIGAC~ONES FI LOL~I CAS DE LA
UNIVERSIDAD NACIONAL AUT~NOMA DE MXICO
DIRECCIN GENERAL DE LA ANTOLOG~:
ALBERTO ESCOBAR
NNDACI ON m BANCO CONtlNENTAL PARA EL FOMENTO DE U
EDUCACION Y LA CULTURA
O De esta edicin: Derechos Reservados
Fundacin del Banco Continental para el
Fomento de la Educacin y la Cultura
EDICIONES EDUBANCO
Impreso y hecho en el Per 1 Printed and made in Peru
Lima, 1986
Diseo Cartula : Carlos A. Gonzlez
I NCARR~ VUELVE, Y NO PODEMOS MENOS QUE SENTI R
TEMOR ANTE S U POSIBLE I MPOTENCI A PARA ENSAM-
BLAR INDIVIDUALISMOS QUIZ IRREMEDIABLEMENTE
DESARROLLADOS. SALVO QUE DETENGA AL SOL, AM-
RRNWLO DE NUEVO, CON CINCHOS DE HIERRO, SOBRE
LA CIMA DEL OSQONTA, Y MODIFIQUE A LOS HOM-
BRES: QUE TODO ES POSIBLE TRATNDOSE DE UNA
CRIATURA SABIA Y RESISTENTE.
JosE MAR~A ARGUEDAS (1956)
La prosa narrativa peruana del siglo XX
Si comparamos someramenle la produccin de los
discursos narrativos peruanos en lo que va de este siglo,
pronto a concluir, con aquella de los siglos anteriores,
caeremos de inmediato en la evidencia de su diseminacin,
l
es decir, de la proliferacin narrativa en una serie de pro-
1
l
totipos discursivos casi inditos, una verdadera deflagra-
l
cin narrativa ocasionada ciertamente por tos cambios
sociales de los cuales ella misma es el registro.
Pero creemos que es importante en esta irrupcin
narrativa tan diversificada, adems del factor indicado,
sealar In participacin de otros dos factores incentivado-
res: en primer lugar, la expansin y profundizacin de los
mtodos actuales empleados por las ciencias naturales y
las ciencias sociales. Partcularmente estas ltimas han
recuperado -para cumplir con sus propios fines documen-
tales, dnalticos, etc.- discursos narrativos antes menos-
preciados o por lo menos abandonados, a lo que se agrega
la aparicin de ciertos 'modos narrativos' especiales, cada
vez ms rigurosos al exponer, describir y explicar sus res-
pectivos objetos de conocimiento.
Un ejemplo de la vasta recuperacin de los discursos
producidos por nuestra sociedad, emprendida en los das
que corren por las ciencias sociales, ba sido presentada en
los dos primeros volmenes de la antologa, a1 incluirse va-
rios texto9 poco conocidos, en este tercer tomo se compren-
den algunos discursos narrativos obtenidos de la gran tradi-
cin oral costea y andina, as como de etnoliteratura selvc-
tica, motivo del entusiasta inters de los antroplogos, se-
miticos, etnobistoriadores y lingistas que aportan su con-
curso para investigar ese campo olvidado de Fa produccin
narrativa nacional. Los textos elegidos no son, entonces,
sino una breve y basta dirrmos enteca muestra de la
inmensa labor de recojo, traduccin y estudio de la narra-
tiva oral peruana hecha basta ahora, muestra que, en nues-
tro propsito, quiere ser tambin una invitacin a los lec-
tores para que contribuym en la medida de sus posibili-
dades a evitar la desaparicin ( y basta, lam~ntablemente,
destruccin j de estas valiosas expresiones de fa pfuricuI -
tura nacional.
&n cumto a las distintas prosas narrativas propias de
las ciencias naturales y sociales aplicadas en el Pert, stas
requieren para ser apreciadas correctamente de iniciacio-
nes propedP'uticas especiales, ajenas a los fines de nuestra
antologa. No bmos querido, sin embargo, dqar en blan-
co ese exienso e imprescindible campo de ejercicio intelec-
tual y as hemos decidido dar una idea direcla de la evolu-
cin y debate de, a 10 menos, una ciencia sociril: la bisto-
ria, A trovs de los discursos narrativos -descriptivos y
explicatit?os- de cinco historiadores nacionales (Riva
Agero, Porras, Valcrcel, Basadre y %acera) podr apre-
ciarse a b Par de la evolucin terico-metodolgica de
esa discipli~za, el enfoque interpretativo de nuestra realidad
histrica, er: 20 que va de2 siglo. 7ntegra esta rpida visin
de la narrativa histrica, la seccin que bemos dedicado n
algunas muestras de memorias y testimonios donde, al mis-
mo tiempo de incluir la prosa de ciertos intelectuales y ar-
tistas (Belat~de, Sinchez, Sabogal, etc.), se co~sideran tex-
tos igualmente destacables para la plena apreciacin de la
cultura popular peruanat se trata del testimonio del minero
Ferreyro Rojo y de las memorias de2 cargador crrzqueo
jregorio Condori 3Mamani y su esposa Asunta.
El segundo factor que interviene en la fragmentacin
t~arratva de nuestra poca es, sin duda, la comunicacin
de (masar. La multiplicacin de los medios de difusin
social de tt palabra escrita (la narrativa "de quiosco" es
caracterstica del siglo XX, e incluso las ediciones de libros
de gran tiraje), ha permitido la circulacin en enormes
escalas de los discursos narrativos as como el surgimiento
de niodos narra:ivos antes poco difundidos. La crnica
periodstica es un claro ejemplo de las distintas facetas
que hoy pone al descubierto lu narrativa circulante en dia-
rios y revistas (estas ltimas populares o especializadas):
crnicas editorialcs, deportivas, cientficas, de bumor, poli-
ciales, etc. que cttmplen SU funcin capital de informacin
a travs de un abanico disclrrsivo bastante amplio. De tal
manera que en el apartado correspondiente a este proto-
tipo de prosa narrativa, hemos reunido algunas crnicas
variadas, insistiendo d SU vez en aquellos autores recono-
cidos que hicieron de ese modo de narratividad uri vehcu-
lo de expresin predilecto (%apitegui, Xore, ValZejo,
Eglrren, "Racso", Yargas Llosa, "Sofocleto").
La prosa boltica -tambin conocida como "sermn
poltico"- propende igualmente a una difusin en gran
escala dado su carcev doctrinal y sus miras dirigidas a
conseguir la mayor adhesin ideolgicu posible entre sus
lectores. La prosa poltica es, pues, una narrativa donde
se exponen valores y programas tanto ideolgicos (domi-
nantes) como utpicos (dominados, pero enfilados baca
la subversin), segn el pblico al que preferentemente va
dirigida. El conjunto de textos seleccionados en esta opor-
tunidad, considera el punlo 'de vis'tu de las principales co-
rricntes pdticas perudnas en este siglo, a travs de sus
m' s calificados portavoces (ljonzlez Prada, Riva Agero,
mari-tegui, 'Haya de la Torre].
Dos aparlndos (narrativa institucionalldesinstitucio-
nal] cornplefan t visin panormica de la prosa narra-
tiva en esta poca. Se trata de la literatura institucionul u
oficial (acadmica y formal) que, como sabemos, abarca el
extenso campo de las lfamadas "bellas letras". Los quince
textos elegidos (de Cpez Albjar, Valdelomar, Dez Can-
seco, Aleqra, Arguedas, 7Martn Adn, Ribeyro, Zavaleta,
Vdrgas Llosa, Bryce, Congrains, Reinoso, Scorza, martnez
y Rivera Xartnez) no tienen otro fin 4ue ilustrar la narra-
cin literaria peruana contempornea, bajo la perspectiva
del fenmeno lingo-crrftursll que nos define. Estas narra-
ciones junto con las etnoliterarias y de tradicin oral, a
pesar de sus variaciories temticas y estilsticas individua-
les, prefigurar? la ebullicin de los discursos peruanos tan-
to monoglsicos como diglsicos y, e2 conjunto, la rnufti-
glosia generalizada del pas. La literatura oficial peruana
no es, desde luego, un documento de la realidad lings-
tica de nuesfra sociedad, pero s su representacin elabo-
rada.
Acompam a esta seccin cuatro textos de narrativa
infantil, cuyo ejercicio ha sido alentado en los ftimos
aos. Sir t&rntica, intenta comprender las regiones en que
comnmente se divide el territorio nacional, costa [Nieri
de Dammert], sierra (Carvallo de Wez) y selva (Izquier-
do Ros). &7 ltimo texto de este grupo [Ana y &lisabeth
7Mayerj es un compendio argumenta1 de 1a vida campesina
y citadina peruana.
f a prosa narrativa desinstituciona~ cierra la serie de
textos seleccionados para este volumen. Se compone de
seis pequeas muestras de narrativa panfletara (Rdalgo)
y cuatro de narrativa de subrepcin (annima), ambas dan
una idea de la prosa marginada y clandestina producida
en el pas.
Como ya lo advertimos en el prlogo general, para
t e mi ~nr hemos planteado en el colofn de la obra titulado
"Ea produccin narrativa peruana: de la academia al graffi-
tti", los criterios de organizacin seguidos a2 diagramnr
esta antologa. All los antologadores dejamos constancia
de Tos marcos egistemologicos que nos han guiado al com-
po~erfa y asimismo las reflexiones que la sustentan. Estas
reflexiones, adems de constatar la visin retrospectiva de
nuestra prosa narrativa, intewian aiisbar cl potencial pros-
pectivo "de otros becbos por venir".
ENRIQUE BALLON
1. LA TRADICION ORAL COSTERA
Las tradiciones y leyendas del campesinado, a lo largo de la
costa peruana, son producciones literarias orales e interculturales.
Son narraciones interculturales porque recogen, de un lado, la tra-
dicin oral principalmente hispano-rabe y, del otro, las leyendas
provenientes de la experiencia social campesina, colectiva y directa.
En este sentido, los relatos del campesinado costeo son ejem-
plos bastatite claros de la llamada pluricutura p r u m , ya que ellos
amalgaman temas y motivos argumentales aborgenes -de influen-
kia andina- con otros procedentes de la migracin narrativa euro-
pea y latinoamericana. El compendio de seis pequeos relatos 1 que
presentamos a continuacin, intenta ser un breve panorama de este
prototipo de narraciones recogidas en distintos puntos de nuestro
litoral: dos de ellas han sido registradas en el Departamento de
Piura, la primera titulada El pueblo de SJaribual2 en Caacaos y
la segunda, La barquita misteriosa en Paita. Del Departamento
de La Libertad tambin tenemos otras dos muestras, &Z cerro de la
campana4 procede de Trujillo y Eus linternas 5 de Guadalupe (Pa-
casmayo). Finalmente, Cas islm de P~bacamuc6 es una tradicin
proveniente del Distrito de Pachacarnac de la Provincia y Departa-
(1)
Todos los relatos consignados han sido transcritos de Arguedas, Jos Mara,
Izquierdo Ros, Francisco, Ni t os, leyendas y cuentos peruanos, Casa de la
Cultura del Per, 1970, pp, 21-55. Lima.
(2)
Informante Nstoi Zapata, recogido por Dilma Zapata.
(3) Registrado por Francisca Libaqui.
(4) Tomado por Carlota Linares M.
(5) Transcrito por Edda Homa C.
(6) Recogido por Hortensia Lizmga.
mento de Lima, mientras que La pampa del indio viejo7 se ubica
en la Provincia de Caraveli del Departamento de Arequipa.
Una de las caractersticas ms comunes a estas narraciones,
es ciertamente e1 empleo que all se hace de ciertas analogas entre
la geografa observada y los objetos de la vida cotidiana (cerro =
campana). Tales identificaciones formales demuestran bastante
bien, cuando se les describe y compara con otras ajenas, el sistema
de valores ideolgicos con que los grupos sociales interpretan el
mundo en que viven; de hecho, es a partir de esos reducidos n-
cleos analgicos que progresa la metonimia original, una especie de
levadura simblica que al expandirse da lugar al relato propiamente
dicho.
Otro aspecto no menos interesante es el reflejo, en el relato,
de las creencias populares. Tal es el caso de la prctica expiatoria
para redimir un alma condenada o la atribucin de acontecimientos
prodigiosos durante los das de Semana Santa. En ambos motivos
se trata ciertamente de la influencia del catolicismo en las viejas
creencias indgenas, por ejemplo, en La barquita misteriosa que es
una variante de la leyenda del "Amaru" muy conocida en Lucanas
(Ayacucho). Precisamente la migracin de los motivos entre los
grupos sociales repartidos en el territorio nacional, demuestra a las
claras que la cultura popular en el Per no puede ser concebida de
modo esttico, sino dinmico. El punto neurlgico de la dinmica
de su identidad, aparece a la luz de la evidencia cuando estos rela-
tos campesinos se diluyen en las ciudades, dando lugar a nuevas
-ms no del todo diferentes- cosmovisiones y sociovisiones.
Tal es, en pocas palabras, la importancia de registrar y estu-
diar los smbolos de la cultura popular regional hechos discurso.
Es all que la conciencia. compartida de los sectores populares se
encarna en forma de relatos, cuyo conjunto revela las respuestas
colectivas dadas a las necesidades vitales y conceptuales del medio
rural y citadino.
ENRIQUE BALLON
(7) Transcnto por Alicia Bustamante Moscoso.
16
EL PUEBLO DE NARIHUALA
A pocos kilmetros de. la ciudad de Catacaos existe un pueble-
cito llamado Narihual. Este pueblo, segn relatos histricos y los
restos encontrados, fue poblado por varias tribus. En tiempo en
que los tallanes poblaron esta ciudad, vivan formando ayllus que
se dedicaban al pastoreo y la agricultura.
Al tener noticias de que el Conquistador Francisco Pizarro se
encontraba cerca del pueblo, se llenaron de espanto, y se entemron
vivos, con todas las riquezas que posean, a fin de que los espao-
les no se apoderaran de ellas. Tambin dicen que este pueblo tena
un grandioso templo dedicado al culto del Sol, adornado con obje-
tos de gran valor. Entre estos objetos exista una campana de oro;
al descubrirla, los espaoles se llenaron de admiracin; y aument
ms su codicia. Se arrojaron para capturar la campana, pero ella
se desplom, y cay al suelo, hundindose; y no fue posible encon-
trarla a pesar de los esfuerzos de los espaoles. Hoy este pueblo
tiene pocos habitantes; y todava existen paredes de casas antiguas.
La iglesia est construida sobre una lomita de tierra, a la cual se
le ha denominado el Alto de Narihual.
Cuentan los pobladores que el da de Viernes Santo sale un
indiecito que lleva en la mano derecha un candil encendido y en
la izquierda una campana, que al tocarla hace gran ruido; y que
este da es el apropiado para hacer la bsqueda de los objetos ente-
rrados.
Muchas veces han encontrado sepulcros rodeados de objetos
de oro, plata y huacos que contienen dentro gran cantidad de
perlas.
Est prohibido por el gobierno y las autoridades apoderarse
de estas riquezas aplicando serios castigos a los que desobedecen
esta orden.
En el Departamento de Piura, como sabemos, se encuentra
Cabo Blanco. Dicen que en este sitio ocurri un caso que hasta
ahora se recuerda con mucho temor. Pues cuentan que gentes que
se dedicaban a la pesca, en las noches iban en su bote a pescar
cerca de Cabo Blanco, pero no volvan nunca ms; slo su barca
era devuelta por las olas a la orilla, pero sin la menor sea de algn
pobre pescador; desaparecan misteriosamente, como por encanto.
Y cuentan que todas las noches apareca un barquito luminoso a
pasearse y navegar; y luego desapareca en la inmensidad de las
aguas. En Semana Santa era cuando los dedicados a la pesca sen-
tan un impulso de irse muy adentro del mar a pescar pero no se
volva a saber nada de ellos.
La esposa de un pescador estaba cierta vez triste y desespe-
rada por la tardanza de su esposo, cuando sinti un inmenso calor
en todo el cuerpo y el reflejo tan grande de la luz de aquel barqui-
to; y luego ella quiso huir hacia su humilde hogar, pero se qued
petrificada y una voz dbil le dijo: "No habr ms aflicciones
para este sitio, pero pido que maana, que es da de San Juan, arro-
jen al mar un nio sin bautizar, a las doce de la noche, o si no los
hombres que fueron a pescar desapareceril".
La mujer palideci y prometi hacer lo convenido; la barca
desapareci rpidamente. Para esto, todas las mujeres comentaban
sobre la voz que haba salido de la barca. Y una mujer, haciendo
el ms grande de los sacrificios, tom a su hijita en sus brazos; la
nia estaba moribunda, desahuciada por los mdicos; y con gran
pena arroj la criatura al mar. Y una luz hizo estremecer a la mu-
jer: era la explosin de aquella barca que segn dicen era de un
pirata que estaba condenado y que quiso salvarse haciendo desa-
parecer a ntuchos hombres; pero slo un nio sin pecado poda
salvarlo y es por eso que desapareci para siempre aquella inmensa
pena e inquietud de los pescadores, con el sacrificio de la criatura
moribunda. Sin embargo, an hoy, con mucha timidez, van cerca
de ese sitio, para ver si sale la barquita mgica, pero la barquita no
se asoma. Y dicen que slo para Semana Santa sale a las doce de
la noche y da terror.
EL CERRO DE LA CAMPANA
Contaba muy pocos aos, cuando una de aquellas tardes en
que la familia, entre una y otra cosa, hace recaer la conversacin
sobre temas histricos, leyendas y cosas lejanas que han ocurrido
aqu o all, que yo escuch una historia, una historia que se grab
tanto en mi memoria, que nunca pude olvidar y la cual voy a rela-
tar como yo la escuch entonces:
Hace muchsimos aos de este suceso y los espaoles an
eran dueos y seores del Per.
En un cerrito de la Caleta de Huanchaco apareci una Virgen.
1
En ese lugar se levant una Capilla. Poco tiempo despus, y cuan-
do ya la Capilla albergaba a la Virgen, muy cerca se encontr una
enorme campana de oro de una belleza divina; llevaba una inscrip-
cin que rezaba: "Para la Iglesia de Huanchaco". La noticia se
difundi en un momento y lleg hasta Trujillo. Se trat de averi-
guar su procedencia; pero vanos fueron los esfuerzos porque no se
supo nada. Se discuti sobre el destino que se deba dar a la cam-
pana; segn unos deba quedarse en la Capilla de Huanchaco; pero
otros alegaban que no poda quedarse una cosa de tanto valor en
una Caleta insignificante; que Trujillo adquirira mayor atractivo
con su catedral adornada por esa campana; adems lo mismo daba
que estuviera en una Iglesia o en otra. Aceptndose la segunda opi-
nin, y con mucho trabajo, en el cual cooperaron muchos hombres,
se traslad la campana hasta la Catedral de Trujillo. Pero si el
transporte fue difcil, mucho ms cost subirla hasta la torre y
fijarla en las barras donde se deba taer. Muy cansados y transpi-
rando a cual mejor bajaron los hombres de la torre para contem-
plar cun hermosa se vea la Catedral con su nueva y potente cam-
pana. Mas el espectculo no durara; al da siguiente, y muy tem-
prano, acudieron nuevos curiosos a conocer la campana; pero cul
sera su sorpresa al contemplar la torre vaca y los barrotes de la
campana rotos. La campana haba desaparecido!
Un mensajero de Huanchaco vino a confundirlos ms; pues,
la campana se hallaba en el lugar donde la vieron por primera vez.
Pero a pesar de este raro suceso, no se conformaron con que la
campana se quedara en Huanchaco. E hicieron 10s preparativos
para llevarla nuevamente a Trujillo. Esta vez la encontraron muy
pesada y tuvieron que redoblar el esfuerzo y el ingenio para con-
seguir su propsito. Con todo, sintieron gran satisfaccin al con-
templar la campana nuevamente en la Catedral donde por segunda
vez la admiraron. Se pusieron guardianes para evitar que se repi-
tiera el s umo que das antes los habia asombrado. Pero qu su-
cedi? Quiz los guardianes se durmieron; lo cierto es que al da
siguiente, en lugar de la campana, estaban slo los barrotes rotos.
,Esta vez no podran apoderarse ms de la campana; los habi-
tantes de Huanchaco la haban visto pasar por el aire, en vuelo
veloz, y clavarse con gran estruendo en un cerro que queda cerca
de la Capilla de esa Caleta.
Y ah est y estar; quien sabe hasta cuando.
A la Virgen de la Capilla se le hace una gran fiesta cada cinco
aos y se la lleva desde Huanchaco hasta Trujillo. En las vsperas
de esta fiesta, cuentan que a las doce de la noche se oyen los tai-
dos graves y sonoros de la campana; y otros dicen que no slo por
esos das sino todos los das a las doce de la noche se oyen unos
toques como si llamaran a misa; que el repique es muy imprecio-
nante y extrao.
Esta capilla es notable por su Virgen y porque ah reposan los
restos del Den Saavedra. Adems junto a ella se halla el Cerro
de la Campana.
LAS LINTERNAS
Cuentan que un seor tena su hacienda llamada Semn. Este
seor tena sus chacras en las cuales estaban trillando; y por temor
a que le robaran el arroz, mand a diez guardianes; ellos entraron
en una choza, y se sentaron en rsticos asientos; todos tomaron
caf; despus, nueve de ellos, se fueron a resguardar los campos de
arroz, dispersndose de tres en tres. El dcimo guardin se qued
en la choza, cuidando por los alrededores de sta; al cabo de un
momento se le present el capataz y le dijo, en tono burlesco:
"Hijo mo, ves t lo que yo veo?". "Qu es I'o que usted ve y
yo no veo?", fue la respuesta del guardin. Aquel respondi: "Mira
por la cima de los montes y cuenta las linternas". El guardin obe-
deci, y mir hacia ellas y con gran sorpresa exclam: "Pero,
estoy soando o es verdad lo que veo?". "Ciertamente, es verdad"
-respondi el capataz. Aquella linterna que ves, cuya llama es de
color rojo intenso, no es una linterna como las nuestras, ella est
encantada y si quieres convencerte vamos a seguirla y vers adonde
nos lleva". Y ambos, armados con sus machetes y palas, se enca-
rninaron a Ia bsqueda. Pero sucedi algo extrao; conforme se
iban aproximando la linterna se retiraba ms y ms. Dndose
cuenta el capataz y el guardin que se haban retirado de la choza
ms de la cuenta, al ver que era grande la distancia, se detuvieron.
La linterna, poco a poco se fue transformando en un toro de oro
que suba hasta la plataforma de una huaca; una vez que lleg all,
comenz el toro a mugir, haciendo temblar totalmente a la huaca.
Dicen que esta linterna est encantada y se pasea por todos esos
sitios.
LAS ISLAS -DE PACHACAMAC
La leyenda sobre el origen de las islas de Pachacamac dice as:
Haban dos curacas que se odiaban, cada uno de ellos tena sus
hijos. El hijo de uri curaca se enamor de la hija del otro curaca.
E padre de la joven, al darse cuenta de estos amores, la encerr en
su palacio, para que no la pudiera ver el hijo del otro curaca. Este,
para poder penetrar al castillo, se convirti en un pjaro hermoso.
Un da, cuando ella estaba en su jardn con sus doncellas, se
present el pjaro; la nia al verlo tan hermoso lo quiso aprisionar;
y viendo que no poda, llam a sus doncellas para que le ayudasen.
Y as pudieron cogerlo. La nia encerr al pjaro en una jaula y lo
puso en su cuarto. Pasaron pocos das y el pjaro se convirti en
el hijo del curaca; volvi a su verdadero ser.
El padre, despus de muchos meses, se da cuenta que su hija
iba a tener un beb; entonces le pregunta cmo haba sido esto;
y ella le contesta, que un da so que el pjaro que tena en su
cuarto se haba. convertido en gente. El padre al darse cuenta que
su hija fue vctima de un ardid, manda que la maten; ella huye,
pero al voltear la cara, ve con gran sorpresa que le est persiguien-
do el mismo pjaro, pero en forma repugnante. Entonces, para no
ser alcanzada, se arroja al mar junto con su hijo. Al caer al mar,
el hijo se convirti en una isla pequea y ella en una isla grande.
Y as es como se formaron las islas de Pachacamac.
LA PAMPA DEL INDIO VIEJO
Voy contar una historia o leyenda de Caravel. Esta de La
Pampa del Indio Viejo me la cont mi mam, a ella se la cont mi
bisabuelita; as es que no s de qu tiempo ser.
En Caravel, a un costado del pueblo, como sesgndolo, hay
una pampa en la que se encuentran tres cerros: dos de ellos son
ms grandes y el otro es ms pequeo. Cuentan de esta manera su
origen: Una vez salieron un indio con su mujer y su hijo a buscar
lea por la pampa. Entonces empezaron a bramar los cerros. Es
que haban penetrado a una zona sagrada. Los indios sintieron el
ruido de los cerros que estaban airados porque esas miserables gen-
tes se haban atrevido a caminar en sus faldas, lo cual era una pro-
fanacibn. La india dijo a su esposo que all, dentro de esos cerros,
haban minas riqusimas. Y su esposo dej escapar por sus labios
el deseo de poseer algo de esos inmensos tesoros. Al or esto, los
espritus de los cerros se enfadaron y convirtieron a los tres indios
en tres cerros. El primer cerro es el indio que se qued sentado
chacchando su coca, el otro cerro es la india; dice que tiene la falda
ms ancha porque la mujer se qued sentada hilando. El cerro ms
pequeo es el indiecito, quien por causa de sus padres fue conver-
tido en cerro. As, tal como fueron a buscar la lea, castigados por
su mal deseo, quedaron para siempre en ese lugar. Y cuando suenan
las campanas a las doce del da o a las se% de la tarde, dicen que
los cerros braman: se quejan los indios de su terrible castigo. Pero
cuentan que dentro de ellos existen minas, y de qu les sirve a los
indios tener riquezas en sus entraas si ahora son cerros? Por eso
siguen bramando sn tristeza. A veces dicen ,que el Indio Viejo
muge como un toro. Esta es la historia de por qu le llaman a ese
lugar La Pampa del Indio Viejo.
2. LA TRADICION QUECHUA CONTEMPORANEA
Contrariamente a las perspectivas avizoradas a principios de
siglo (Riva Agero y otros) el quechua dista hoy mucho de ser una
lengua muerta. Presente desde haca siglos en el rea andina, se
incorpor al bagaje conquistador del estado incaico y ms tarde se
convirti en lengua franca gracias al celo evangelizador del catoli-
cismo. Su presencia cotidiana entonces tuvo el apoyo manifiesto
de la autoridad colonial que reconoci la necesidad de su manejo.
De hecho, todo el aparejo evangelizador se hizo bilinge, y semi-
narios, conferencias y todo tipo de prdicas se hicieron en quechua,
obligndose a los oficiales eclesisticos a ser duchos en esta kngua.
Es probable que en cumplimiento de tales funciones se hicieran las
primeras recopilaciones o adaptaciones de materiales autctonos.
Canciones y bailes de origen andino pasaron a incorporarse al cere-
monial de los nuevos dioses. De la misma manera argumentos de
autos sacramentales y teatro popular espaol se reescribieron incor-
porando en muchos casos la circunstancia histrica y geogrfica en
la que ahora se enmarcaban. En esta lnea se inscriben el Apu
Ollaniay, el Usca Paucar y la representacin de la muerte del Inca
Atahualpa, entre otros. Pero son an ms los que se compusieron
en honor a santos y vrgenes locales. En este sentido la produccin
es vastsima.
A la Iglesia hay que sumar paulatinamente el inters de un
reducido sector culto provinciano, que independientemente asumi
la funcin de recopilar y traducir lo que desde hace casi un siglo
empez a llamarse folklore. En el caso andino el material que lo
conformaba estaba constituido por un conglomerado de informa-
cin histrica, literaria, geogrfica, artistica, etc., que era recogido
con mucho amor y desorden bajo el inters de constituir un reper-
torio tradicional de la patria chica. Como es de esperar fueron -y
son- maestros escolares quienes constituyeron el mencionado sec-
tor, si bien no eran ajenos otros miembros ilustrados de la comu-
nidad.
Pero la vitalidad de la lengua ha superado las posibilidades
actuales de recopilacin. Desbordada por todo el pas en razn de
la ola migratoria de los aos 60, se produjo el fenmeno de una
nueva expansin en territorio usualmente hispano. Esto hizo ms
evidente la quechuizacin del castellano peruano y colabor a la
estructuracin de formas culturales mixtas (especialmente en la
msica) que, ofrecen ahora novsimas posibilidades de estudio.
El texto que sigue es un breve trozo de una versin moderna
de "La muerte del Inca Atahualpa", drama popular que actualmente
se representa desde Quito hasta Santiago del Estero, pasando por
las repblicas del Ecuador, Per, Bolivia, Chile y Argentina. Re-
presentado desde el siglo XVI, parece tener antecedentes en la dan-
za de moros y cristianos que haba sido adoptada para aprovechar
la circunstancia histrica de la muerte de Moctezuma en Mxico y
de Atahualpa en Per. En todo caso el argumento general se ha
mantenido buscando explicitar la conquista y la evangelizacin.
Naturalmente no es esto lo que perciban y perciben los que-
chuahablantes (o sus equivalentes en Mesoamrica) ; la representa-
cin se asume como recuerdo histrico en cuyo trasfondo subyace
la imagen del podero perdido y la utopa de una nueva sociedad
en quechua y sin injusticias sociales. La forma versificada que
adquiere la narracin dd relato de la muerte de Atahualpa, es con
gruente con la representacin teatral que adopta.
(1) Tamboy realizado en el Coliseo "Amauta" de la ciudad de Carhuamayo,
el 29 de agosto de 1984. Ha sido registrado por Luis Millones.
Se incluye adems en este apartado un texto recogido por Rosa-
lirid GOW en la comunidad de Pinchimuro (Cuzco). Apu Ausan-
gate es la elevacin tutelar de la regin y motivo constante -como
en este caso- de la geografa sagrada recordada en sus relatos
orales.
El tercer texto, a diferencia de los anteriores, slo se consigna
en versin castellana. Se trata del relato 7 hombre y la vbora 3
recogido por Max Uhle. El trabajo ettiogrfico del recordado pe-
ruanista alemn es poco conocido pero constituye un material nada
despreciable. La edicin moderna de sus notas de campo fue Ileva-
da a cabo por Antje Kelm y la traduccin del .quechua que inclui-
mos pertenece a Edmundo Bendez.
Finalmente se incluye 7GZaqta peludo (El boriibre veiludo) 4 re-
cogido en Lucanamarca (Distrito de Huancasancos, Provincia de
Victor Fajardo, Departamento de Ayacucho) del informante don
Luis Gilberto Prez. Este texto es una variante de una de las vetas
ms ricas de la tradicin oral hispanoamericana que se difunde en
la Pennsula Ibrica y desde Mxico hasta la Argentina: la historia
de Juan Oso. Suele incluraele dentro del ciclo de cuentos de con-
denados (Morote Best, Arguedas), pero ha de advertirse que las
variantes peruanas presentan importantes desarrollos de los molh'vos,
aspecto que las identifica frente a las de otros pases. En cuanto a
los criterios de tra$ucci6n, Arguedas anota
"He tratado de poner mi conocimiento del castellano al
servicio de mi conocimiento del quechua y creo haber
logrado una traduccin realmente fiel, cuidando de que
( 2) GOW, Rosalind; Condori, Bemab, Xay Pacba, Centro de Estudios Rurales
Andinos "Bartolom de las Casas", 1978, pp. 48-49. Cusco.
(3) Ha sido tomado de Bendez, Edrnundo, Literatura Quecbua, Biblioteca
Ayacucho, 1980, pp. 301-302. Caracas.
(4) Arguedas, Jos Mara, Cirentos religiosos-tngicos duechuas de Lucana-
marca, en Folklore Americano, Aos VIU-IX, Nos. 8-9, 1960-61, pp.
176-193.
( 5 ) Ibid., pp. 215-216.
el texto castellano no contenga elementos distintos a los
que se encuentran en el texto quechua. El literano y el
chiogrfico no slo no son distintos sino complemmta-
rios; se integran. Aunque parezca un poco ocioso repe-
tirlo, en el caso de la literatura oral, se trata de literatura,
es decir de arte. Y, aunque su contenido tenga, en gene-
ral, una relacin m6s directa o explcita con el mundo
social al que pertenece el narrador que en el caso de la
literatura erudita, requiere, igualmente, el cuidado de qrre
la traduccin refleje el valor artstico. En el caso del
folklore este cuidado debe tener en cuenta la fidelidad
de los detalles, de la forma y del contenido, del texto a
traducirse, mucho m6s detenida y rigurosamente que en
la literatura escrita. Algunas recopilaciones no recogidas
en el texto original del narrador han sido malogradas por
"magnificar" su valor artstico; lo mismo puede afirmarse
de ciertas traducciones."
LUIS MILLONES ENRIQUE BAZLON
TAMBOY: LA MUERTE DE ATAHUALPA
(Fragmento)
Habh Atabualpa: Buenas noches mis queridos phblicos
I
I
jRumiawi! ilhalkochimak! [Waranqa Kamayoj, kuri saya, I
Tiki saya, willarimny llapan manchikunata kay kusi patapi, kay
1
carwas mayupi, nisqanta llapan runanchilcunawan tusurisun kay
Ilapam llaqtanchikmawan. I I
l
1
Cantan Iw ?Justas :
1
(Donde dice el nmero 1, kusi patan, eso es, llaqtamasikunalla)
Llaqtamasikunalla
kusita takirisum
taitanchik apu kusinapaq
kay kusipatapis pay tiyayhlanqa
kay kucipatapis pay tityaykullanqa
Kusikurikullay
kay suyuyoq Apu sunqullaiki chullaykuchun
kay miskichallata
takipaykarinki
kay miskichallata
takipaykarinki
mapas sunqullayki rumila miraspa
qampa Quywachallay qerulla miraspa
mana kuyakuy, mana wayllukuy
mana kuyakuy, mana wayllukuy .
LA MUERTE DE ATAHUALPA (Fragmento)
(Traduccin)
3fabla Rtabwfpa:
iRumiawi! ilhalkochimak! iWaranqa Kamayoq! Kuri saya,
tika saya, avsales a todos nuestros hombres que en este lugar de
feliddad, en este ro Carhuasmayu bailaremos con todos nuestros
hombres y pueblos.
Cdntcan las Sustas:
Paisanos mos
cantemos alegremente
para alegrar a nuestro poderoco padre
que aqu, en Kusipata, se sentar
que aqu, en Kusipata, se sentar.
Algrate mucho
que tu corazn de Seor del Suyo se vuelva uno
y esto que es muy dulce
t podrs cantar.
Dice que tu corazn es de piedra
dice que tu amor es vaco
que no sabe querer, que no sabe amar
que no sabe querer, que no sabe amar.
iAhora !
AUSANGATEQ LIY UNNINPA
Kunan uqa willakusaq liyunpa kuwintunmanta. Chay Uturun-
gu quchapi liyun sayashan kallun aysayusqa. Uturungu quchaqa
huch'uytinku quchachalla, yana qucha. Chayman runa asuyuqtinqa
phiiiakamun chay qucha. Altunman achuyusunmanchu. Manchaku-
napaqmi chay quchaqa. Mayninpis chay quchapi liyun sayan. May-
ninpiqa Ausangateq patanman siqapun. Mayninpiqa kutiyanpun kaq
Uturungu quchallamantaq. Chayqa chaypi payqa sayakushanpuni.
Runa qhawayuqtinsi altuman hatarimun pacha.
Chaymanta riki huk laru nasyunmanta hamun gringukuna. Hi-
naspa chay gringukuna fastidiyanku. Ausangateq qhataman siqaspa
qhawamunku, liyunqa mana dihakunchu, Mana pay fasil rikuchi-
kuyta munanchu. Rinigakun payqa. Nitaq Ausangatepipis gringrr-
kunaq qhawanta kunsintillantaqchu. Q'ala phuyu taparakapun, rit'i
rit'iyun.
Imayna pubn gringutaqa pasan chaypi. Paykuna simana sima-
nan sufriyushanku. Ausangatemanataq siqaqa ninku, liyuntana-
taq qhawasqa ninku. Mana dihakunchu qhawanankuta. Chayqa pu-
bri gringukuna quchapatapi karpata karpayukuspanku. Khullayta tiya-
yushanku. \Visk'achakunallata putugrafiyata urquyunku.
Chayllapi paykunaqa bidanta pasanku. Manapuni Ausangak-
manpis siqayta atinkuchu. Kuskan qhatakunakama siqanku. Kuskan
qhatamanta kutiyanpuku. Chaypi unqunku paykuna. Mayninpiqa
qallapipi ima kutiyanpunku. Maininpiqa kawallupi chaqnasqa
kutiyanpunku. Khuyayta gringukuna sufrin chay k'uchupi riki.
Nankunata ima ruwayunku Ausangatepi : "Wichasaq patanman,"
nispa. Mana atinkuchu. Bandirakunatana sayachimunku.
Mayta siqayta munan Ausangateq patanpi quri turukuna saya-
rachashan iskay. Piru mana atinkuchu chay pataman siqatapis nitaq
chay quri turu urqumuytapis atinkutaqchu, nitaq chay liyun qhaway-
tapunipis atinkutaqchu.
EL LEON DE AUSANGATE
(Traduccin)
Ahora voy a contar el cuento del len del Apu Ausangate. En
esa laguna de Uturungu est parado el len sacando la lengua. La
laguna de Uturungu es pequea y negra. Cuando la gente se acerca
a la laguna, se pone bravo. A lo alto no nos podnamos acercar.
La laguna es para asustar. A veces el len est parado all. A veces
sube encima del Ausangate. A veces vuelve a la misma laguna. All
de veras est parado. Cuando la gente lo mira se lexanta para
arriba, dicen.
As pues, de otras naciones vinieron los gringos. Esos gringos
lo fastidiaban. Subiendo casi hasta la mitad del Ausangate obser-
vaban, pero el len no los dej. El no quiere que lo miren fcil-
mente. Se enoja. El mismo Ausangate no se deja mirar por los
gringos. Puro nubes lo taparon. Despus vino la nevada.
De todo les pas a los pobres gringos. Semanas y semanas
estuvieron all sufriendo. Dicen que queran subir al Ausangate y
tambin mirar al len. No 10s dejaba mirar. Entonces, poniendo su
carpa encima de la laguna, los pobres gringos se quedaron tristes.
Sacaron fotos de las vizcachas.
As estaban pasando su vida. Nunca han podido subir al
Ausangate. Hasta la mitad suban. De la mitad regresaban. All se
enfermaron. A veces regresaban en camilla. A veces regresaban
amarrados sobre caballo. Los gringos sufran demasiado en esa rin-
conada. Hacan un camino en el Ausangate diciendo: "Arriba su-
bir." No han podido. Banderas han hecho levantar.
Cuando queran subir encima del Ausangate l haca parar dos
toros de oro. Por eso no podan subir hasta arriba ni podan llevarse
esos toros de oro. Tampoco poda mirar al len. Por gusto sufran
all. Hacan todo lo posible, pero no podan llevarse eso ni tampoco
mirar.
EL HOMBRE Y LA VIBORA
Un indio llevaba una carta por un lugar boscoso y vio una
vbora casi aplastada por una piedra grande. El hombre pas por
ah, y cuando ya se iba, fa vora lo Ilam:
-Seor ! {Seor !
-Quien me llama ah? -pregunt el hombre y sigui su
camino. Por otra vez lo Ilario la vbora; entonces, el hombre regre-
s mirando a un lado y a otro. En eso la vbora le dijo:
-Seor. Hazme un gran favor. Scame de esta piedra que me
va a matar aplastndome.
-De ni ngh modo te sacara! -le contest el hombre-. Si te
saco, me picars. Adems estoy muy de prisa.
-As pues scame por favor -le rog la viora-. No te voy
a picar.
Entonces el hombre a duras penas empuj la mole de granito.
La vbora se estir y se encogi y el hombre* le dijo:
-Ahora s, ya debo irme, he retirado ya la piedra que te
aplastaba.
-No te vayas todava -le dijo la vbora-. Te agradecer
todava pues. Con qu retornad el favor que me has hecho? Te
lo pagar pues con un mal, porque cuando a uno le hacen m bien
justamente se paga con un mal, y a un mal w retorna con un bien.
As es pues y, por eso, te voy a picar ahora.
-Por qu me vas a picar? -le dijo el hombre-. Por el
favor que te hice? Si es as, antes tenemos que pasar por la deci-
sin de tres jueces. Tienes que ganarme en los tres jueces y enton-
ces me picars.
Y as, se fueron donde un juez. Ese juez era un buey muy viejo
en figura de hombre.
-Sefior -le dijo el hombre-. Al estar caminando por un
bosque, vi a esta culebra aplastada por una enorme piedra. Ella me
llam hasta tres veces cuando ya me iba. Regres y me dijo que
le hiciera el favor de sacarla de debajo de la piedra. Yo le dije que
de ninguna manera lo hara porque poda picarme. Ella dijo que no
me picara. Cuando quit la piedra se estir y se puso de lado. Yo
le dije que ya me iba en ese momento. Y ella me dijo que me iba
a picar por el favor que fe haba hecho explicndome que un bien
se devuelve con un mal. Me quiere pues picar, seor; por eso, he
venido a pedir t u justicia.
Cuando el hombre le dijo todo eso, el buey le replic:
-iOh! T has venido a quejarte de esas zoncerac. Yo le he
servido a mi patrn durante nueve aos. Me mand a trabajar a
todas partes. Y ahora que ya no tengo fuerzas me ha botado a
este cerro seco, sin agua y sin pasto. As por desagradecimiento.
Y t me vienes a quejarte de zonceras! Que te coma pues la cule-
bra! -diciendo le dijo el buey al hombre. Este se march pensan-
do que era un buey muy viejo. La vbora lo detuvo y le dijo:
iVamos a ver! Cmo, no te he ganado acaso? Ahora te voy
a picar pues.
-Todava no puedes picarme -le dijo el hombre-. Cuando
hayamos pasado por los tres jueces podrs hacerlo.
Se fueron y el hombre se quej ante un caballo viejo:
-Seor, a esta culebra le libr de que muriera aplastada por
una piedra y ahora ya me quiere comer. Seor: kest bien que me
pague con ese malagradecimiento?
Y el juez le respondi: . ..
-iOh! Y de eso vienes a quejarte t? Si yo te contara lo
que he pasado. Yo serv a mi patrn hasta envejecer. Lo salv
muchas veces de la muerte cuando fue a las guerras. Cuando me
alquil a otras gentes, me hicieron andar sin comer. Yo mantuve a
toda su familia cuando me alquilaban. Y ahora que ya no tengo
fuerzas, me hace botar a este arroyo seco. Hasta el cndor ya no
me quiere por esa ingratitud. Y t me vienes con esas zonceras de
quejas. Que la culebra te pique pues!
Y el hombre se fue diciendo que al fin y al cabo era slo un
caballo viejo. Pero la vbora ya se aprestaba para devorarlo:
-Ya te gan pues con dos jueces. Ahora si te he de comer
porque ya tengo hambre.
-Por qu me vas a comer? -le dijo el hombre-. Si sola-
mente hemos pasado por dos jueces. Todava tenemos que pasar
por el tercero. Cuando hayamos pasado por los tres jueces, enton-
ces me comers.
As se fueron donde otro juez. Entonces el hombre entr en
una capilla y all rez muy bien para ganarle a la vora en la lti-
ma queja. Al estar yendo de nuevo se encontraron con un seor
vestido de marrn. El hombre le salud con mucha atencin y
luego le dijo:
-Seor, le voy a merecer un favor. Atindame pues una queja.
A esta culebra la salv de la muerte, empujando a duras penas una
piedra grande que la aplastaba, porque me lo pidi mucho, y ahora
me quiere comer porque, dice ella, yo le hice ese favor.
-Bueno, te aceptar la queja si me das dos de tus borregos
-le dijo al hombre el juez que no era otro sino el zorro.
-Cmo no seor! - di j o el hombre-. Te los dar.
-A ver! -dijo el juez-. En qu estado la encontraste y
con qu clase de piedra estaba aplastada esta culebra?
- Co n una piedra de este tamao - di j o el hombre- estaba
apIastada seor juez.
-iOh! -excIam la vbora-. No era de este tamaito la
piedra. Era mucho ms grande.
-iA ver! -dijo el juez-. Machcala ahora con una piedra
grande! As! Con eso har justicia luego.
El hombre aplast a la vbora con una piedra an ms grande
que la original. Y el juez zorro sentenci:
-iT! Tal como la encontraste, as la dejars. Y luego: Salta!
Vete! -dicindole el zorro salv al hombre.
l
MAQTA PELUDO
Huk rrrnas kaska, riki, warmintin qarilla yachkusqaku, chakra-
pi. Hinaptinsi. . . warmikunaqa manas chay llaqtapiqa riqchu cha-
kramanpas ni maymanpas riqchu.. . Ukumaris, riki, apaq warrniku-
nata, qipiq. Chayta manchakuspanku warmikunaqa, qosayoq warmi-
kunaqa, qosankuwan riq; posankutaq imatapas wasinkunan apaqku,
miku~tapas, imatapas, chakramanta, mana Iloqsinanku rayku.
Huk nmaataq warmichatin, riki, kasqa chakrapi. Hinaspan,
riki, warminpaqa Ilu aparamusqaa mikuyta. . . sarata, choqlluta,
papakunatapas. Llaqta rinansi kasqa.
Llaqtataya rirusaq, kayqaya mikunaykipaq aparamunia" . nis-
pan qosanqa nisqa. "Bueno. Ama maytapas kuyunkichu; gongaytan
chay ukumariwan tupariptiki apasunkiman", nispan nisqa. "Ar"
nispan, marmiqa quidakusqa. . .
Hinaptinsi . . . pasan runaqa llaqtaman. Chayarirun. Chaypi
wauqen waurusqa, runapaqa. Hinaptin, wauqen wauptin riki ma-
manta cumpaasca ; hinaspan, chaypi pampasqakuraq . . . Hinaspan,
riki, pachataqsaypiraq kasqaku, riki pichka punchaunintiraq, velas-
qaku.
Chaynanankamaqa, riki, lliu mikuy apasqan tukuruqa, warmi-
paqa. Hinaptinsi. . . chay tukuruna, hinaptinsi, warmiqa, quiera o
no quiera, yarqaymanta kaspan pasasqa tiki nata. . . chakrata, riki
abasman, papaman, riki, choqIloman. Chayna richkaptin, cuidakus-
pan richkaptinsi, ukumariwan tuparusqa. Chay tuparun hinaptinsi,
ukurnariqa hombrurusqa, Hinaspansi, machu machu mayuta chimpa-
rachin, riki, karu karuta, riki. Puramente currintillataa. Chimpara-
chispa, wak lau chimpa qaqapi, riki, kasqa uchkun, riki, rnachaypi.
Chaypis uywasqa. Uywasqa, machu hatun palta rumiwan uchkupa
punkunta tapaspa uywasqa, warmitaqa.
Hinaspansi . . . chay primeropiqa, uywachkaspa uywaspinqa,
primer punchaukunaqa. apaasi turutapas enteruta humbrurun, vaca-
taraq, turutaraq, wijataraq, kuchitaraq, apan. Chayta mikuq chawa-
Ilata, warmiqa. Manay yanunanpaq kaqchu, riki, ni imawanpas nina
ratachinanpaq. Chayna kachkaptinqa, qosanataq, riki, a llaqta-
manta kutiramunspa manaa warmintaqa tarisqachu. Hinaspansi, lutu-
kusqaa "Mikurunchiki ukumari", nisqa. Lutukuspa, qosanqa, ma-
tiaa piwanpas kayta munasqaachu. " iChayqaya, qechuwan uku-
mari!" nispa. Warmichallapas yanqaas waqallan, hinaspa, yan-
qaya kan. Hinaspansi, chay mikuna animalkuna manaa kaptinsi,
asnutaa apamusqan mikunanpaq, ukumariqa. Manaa mikuna ani-
mal kaptin, ukumariqa, asnuta, allqotaa apasqa. Chaysi, mikullaqs,
yarqaymanta kaspan, riki.
Wataa warmiqa. . . wata partiia. Wataa kach kaptin, wavta
iskay killaupi, wiksayoq rikurirusqa, ukumaripa churinta, warmi-
chaqa. Chaysi, wiksayoqa warmiqa, ukurnaripa.churinta, Hinap-
tinsi . . . chayna wiksayoq kachkaptinsi, apaq culibrataa, saputaa,
tnikunanpaq. Mnaaya karqaraachu, riki, mikuna animalkuna, apa-
nanpaq. Chayna kachkaptinsi, wachakurusqa warmiqa. Hinaptinsi,
wachakuruptinqa, wawachan kasqa, riki, qaricha. Orqochayari karqa
riki. Puramente, lankay lankay cuerpuchayoq; puramente pelullaa;
uyantaqsi kaska runapa. Chaysi, warmiqa waqaq wawachanta
qawaspa: "Imaynaraq kay mayuta chimparuymanqa. Imaynapas
chayanrymanmi qosay man", nispan, riki.
Iskay killachayoq maqta warmachaqa kasqa. Hinachkaptinsi,
sapanpi rimaspa waqachkaptinsi, warmacha rimarirusqa, wawachaqa,
iskay killachayoq: "Ama mamay waqaychu. Taytay kutimuptiny:
paalninta taqsaramusaq, nispayki niykuy. Hinap'rin, kuska oqa-
tawan aparikuwaptiki; oqan chimparachisqayta, nispan nisqa.
"~J~ss Mara! Kay wawayqa rimarirun. Ciertuchus kanman",
nispa, warmiqa creesqa, riki.
Hinaspansi . . . chayaramusqa ukumariqa. Maqaq maqaq uku-
mari chayaramusqa. Hinaspas nin : "Ih, manan imatapas tarimuni-
chu. Kunan kutispayqa apamusaqmi imallatapas. Imatapas mikuchis-
qaykin", nispa nisqa. "Bueno, puesJJ, nispan nin warmi. "Kay wa-
waypa paalchallanta taqsarakamusaq. ratulla" nispan rtin, "Bueno,
curri", nispa, ukumariqa waskawan wataykun weqawninmanta,
hinaspan kachaykun.
Chaynas uraykamun warmiqa, riki, wawa marqarisqa. Chaya-
runsi mayupataman. Hinaspansi mayutapiqa qayrachaqa kachkasqa,
riki. Mariaataq kasqa sutin warmipaqa. Qayrachataaq: "Ama
hina kaychu, valikusqayki" nispan nin. " ivalikuwaya" nispa nin
qayrachaga. ";Mara!, nisuptiki; jmanaraqmi, siu", nispayki laq-
yanki kay chankilchata. Mayupi qorachan chankil sutiyoqmiki.
Chayta, riki, "Laqyachanki" nispa, kullumanataq wataykusqa was-
kataqa. Watanrsqa, hinaptinsi, chutan, riki ukumariqa, machayllan-
manta puuspan, nki. "Mara! iyaqaachu!". "Manaraqmi siu"
nispan, qayrachaqa: ilaq, laq, laq! laqlaqyachichkan makinwan chan-
kilta, rumi wasaman churaruspa.
Puuns, ukumanqa. Chutan, chutan : " i t \ l a ~h~, Mara !". "Mana-
raqmi, siu", Laq, laq, laq, laq, Iskaya. "Irna tantuta chayqa qepa-
ramun. Llumpaytachus mamn?, nispa: "Mara, acho", yaqa
punupuuytinpi. "Manaraqmi siiu", uyarin. "iManaraqmi, sinu?"
iAchkachun paalninqa!", nispa, ukumariqa Iloqsirimun. . . Hinaptin,
qawariptinqa, qespe~kuchkasqa waklau chimpamana; chimpaykuch-
kasqa. Huk hatun runa kepispa a~achkasqa, warmitaqa.
"Pitaq wak hamururqa; huk kaqniy ukuman masiychus, segu-
ramente", nispan, nki, i u r a y k ~ m machayninrnanta! ukumariqa. iPi-
allaa! Qawa qawariptinqa kulluman watasqa, riki, kachkasqa,
waskaqa, Chayaykuchkaptina, naqa . . . qayrachaqa yakukama
ibultn!, nispa urmakuykusga, Qanra, chayta ruwasqa, ukumarita.
Chaysi, ukumaripas pas km, mayu chimpayta, riki qallaykun. Chay-
ataq, ukumaripa churin warmachaataq hatunyarurqa, riki, hinas-
par mamanta qeperukusqa, chay mancha manchayta hatunyaruspa.
Hinaspas, chimparuspa, chimpaypia, mamantaqa nin: "Rich-
kay, mamay kikiy. taytaqa sipirusaq", nispan nin.
Hinaptinsi, ukumariqa, machun ukumariqa . . . chimpaykuchkan-
a. Chaysi-warmaqa, hatun sachamanta Ilasaq, chay pallqaq qeruta
pakiramusqa. Chaywansi waqtasca taytanpa, umanpi. Mayu rxkuman-
si chanqaykun, iQatariramunsi ! isayariramun ! Hinaspas, warmaqa,
manaa kaspiyoq, saqmaykun taytanta Ukumariqa ipiallaa! hata-
rin, mayu batiyninpi, yapata. iHamunsi ! Na Iloqsimuchkaptin, pichun-
pi jwauyllataa! maqtaqa takan; eqeparachin taytanta, chay hatun
mayupi. Hinaspas, kallpan, kallpan, kallpan, maman taripanampaq;
hinasca, taksayana, taksayana, taksayana . . . Mamanman cha-
yasqa; wawachaa nkurirusqa.
Chaynasqansi , . . mamanqa, riki, rillasqaa, wawachan marqas-
qaa. Manan qasqonpia kachkaspas. nisqa: "Taytayta sipiramuniti.
Amaa manchakunkichu, mamaya", nisqa. Chayna richkaptinsi, qosa-
Ilanqa, kgitirno qosallanqa, sapanpi waqallasqa, chakrapi. Waychau-
ataq muyupayasqa: "iWaychau! Pipa maypa wamillanraq hamuch-
kan, karu llaqtamanta kaqastin jwaychau!", nispas, takispa, muyupa-
yasqa. "Imatataq kay waychauri, takipayawanqa", nispan, runachaqa
nisqa. "Yanqataq yuyarichiwan seoraytu", iiispa, waqasqa, runacha-
qa. " iwaychau, ama waqaychu jwaychau! Warmikita hamuchkanan
huk wawacha marqarisqa, jwaychau!", nispan, waychauqa rimapa-
yan. "Yanqachu kay waychauqa, yanqancliu. . . ", nichkaptin, warmi-
chanqa rikuriykusqa, warmachan marqarisqa. Puramente tullullaa,
mama, riki, mikusqakuchu kururaq anpi.
Qawaruspanqa, awintapas pichakuspanraq runaqa nisqa, riki:
" i Warmiychus !", nispas, pawaykuspa maqallanaruykun. "Manan im-
pdanchu wawayaq kutimuqtikipas. ogan huchayoq kani", nispan ...
runaqa nisqa, riki, "Roqan qeparamurqani anchata, manan qanchu.
Piwdonasqan kanki", nispan nispa.
"Pipa thurinmi", nispan tapusqa. "Ukumaripa churinmi" nispan
nisqa. "Imanaspapas imanasunmi, bijfi, kutimunkiamiki. Kuskaa-
chiki waukusunpas, kausakusunpasJJ, nispan nisqa.
Llaqtata pasasguku. "Oliuchimusun ya ukumaripa churinta", nis-
pa. "6Pitataq padrinapa4 maskasunchik? Penqawasunchikchik pipas.
%ejor willakamunsunchik tayta curaman", nispa pasd-iqaku curapata.
Tayta curaman willaykusqaku ukumarimanta, Iliuta, riki. Sipis-
qanta, Iliuta, riki, willakusqa. Hinaptinsi. "Bueno. iAh, oqan kasaq
padrino", nispa, urguZ~u11wa7za" "Ukumarin hijaduy kanqa", tayta
kutaqa nisqa. Chaysi uliurachisqa, tayta cura padrinw/a.
Chaysi maqtaqa wiaykuyta kachaykusqa. %as iskay, kimsa
watayoga. Chaninsutaq mikuq plagaqa. Maqma as mikuq chu-
pitapas: mutitapas; dali4 maqmatapunis. Kallpanllaqtasi puramente.
jah! Manas pipas rimapayaykuqchu yanqapaqa. Laqechuqsi pampa
chayankama, maqtakunatapas. Chaysi escueldtmana churacusqa
padrinunqa. Padrinunmania entregaykunkun, puramente Zisu lisu
rnaqta laptin. QuijaZlaas rikurimun kaymanta wakmanta, payman-
taqa. Maqtakuna maqasqanmanta.
Escuelapi kachkaspas baakamusqa maqta masinkunawan, do-
mingupi, mayupi. Qalatukuykuspa paypas baakurqa riki. Puramente
pi2u2?aiia, chapullaa kasqa, riki. "iAtatallau, niaqta peludo, wak kas-
qa!" nispa, pawaykuspa llapa maqtakuna qa~vapayakusqa. Payataq
illiu! warmakunata qochaman chamqaykusqa. Chaypi waurachikus-
qa achka ctrmpairunkttnata.
Chaysi, chaymantapas kan duija. "Amana rnitikuycbischu kay-
wan", nispa sapallantaa kamachin baakumpaqpas, tayta cura.
Hinachkaptinataqsi costumbritn hapirusqa campana wwtayta.
Cmpanatas waqtaq, supa supayta, tukuylla tuta. T~rrimon qespirus-
pa, iloqaruspansi, yanqallaa tanlinyaq, tukuy tutapi. Runakunata
puuchiqchu. Hinaptinsi tayta cura nisqa: "Ama waqtaychu, ama
chaynaychu, puukunaykuta" iManas casupuncbu. Hinaptinsi :
"tImaynataq kayta mancharachiyman, imanataq?", nisqa, curaqa.
Hatunay kasqa, maqtaqa, yaqa ischkaychunka watayuq hinaa.
Allinsua, kallpasapa maqtaay, riki.
"H'riataay mancharichisaq piwanpas. Wanarunqaraqmi", nis-
qa tayta cura. Llaqtantin runakunata suyarachisqa, riki, turre ukunpi,
riki. Kukurichisqa llapanta; mancharichinqan'" nispa.
Mikuruspaqa ripunsi maqtaqa. Turrinmanay rin; campanam,
waqtaq seqaykun, tuta. Riptinqa, hapin runakunaqa huknin. huknin.
Hinaptinsi iP ! chanqan kuchukunaman. hupaykusqa runakunataqa
turre ocupi dejaramusqa, runachakunallataqa. Atto turripi runakuna
tarisqantaqa chamqaykamun, choqaykamun plaza chaupinkam. iTn-
lin, tnln, tnln, tnlin, tnlin, tnlin, tnlin, tnlin! Yaqaan toca-
kun cmpnataqco!
"Chay piaqata. Imataraq ruwalluranri", nispan, curaqa sacris-
tanta kamachisqa, riki, qawamunanpaq, Runakunaqa, riki wausqa
chiqirayachkasqa, plazapi, turripi ukupi,
Wausqakunatapas pampachin, fam~idnkunatapas favoricina,
riki, tayta cura, pay huchan kasqanmanta. "lmaynataq kay ijaduy-
tnantmi ayqeriymanpas, wischukuymanpas, hina?", nisqa curwa.
"~Imaynataq lloqsirusaq?. jDi~sPa castigunnii!", nisqa.
Hinaspaataqsi iskay llaqta runata contratarmusqa, riki. Hinas-
pansi sepulturata hina uchkurachisqa infesi punku qepanpi. "Chay-
pia icha pamparachisaqpas kay ijaduytwa, Diospa negaynincbus
hina kayqa", nispan nisqa. Hnaspansi, uchkuyarachispa, chay iskay
llaqta runakunata suyarachisqa, kukurruchiyoqtakama, inlesiapi, tuta-
yaq ukupi. Hinaspansi:
"Maqta peludu", nispan nisqa, tayta curqa. "Padrinu", nispan
nisqa. "Aparamunki misalniytu, misa lbruyta. Paqarin misa ruwa-
nay".. "Bueno, padrino", ninsi. Obediente maqtas.
Pasasqa riki inlesialaqa. Sukastin, mikuy tukurustaa. Sukastin
choyasqa, riki. iMchu Itavinwun inglesia punkutaqa riki kichayku-
run. Kichaykwpan, yaykuykuptinriqa, yaqa falsumm saruykuspa,
yaqa seqakuykukun uchkuukuman. Runakunaqa, yangaas hapin-
kun, chutanku, urmayta munachinku ... iNis! jPaysi astawan kurpay-
kus kurpaykuspa, hukninta, hukninta, pampam! Altar 7Mayor kuchu-
man chayarun, as libruta marqakuykuspa, kaq kutirimun. Lliutas,
pampastin pampastin kutirimun. Pisipay pisipay chayaramun padri-
nuntaq'a.
Padrinunatq nin. . . "~Imanasqan pisipasqa hamunkin?" nin
padrinunqa. " jAah, padrnu . . . A2makunutaqmi hatariramuspa upaqa
pampayta munawanku. Upaqa, kikinkutan pamparamuspan pusaka-
muni", nispa nin. Hinaptinsi, disimu2aul2ataa curaqa nin: "Qawara-
musaqchiki. Imapas srrcedenmanmi katqa", nispa.
Riptinqa, aerdad, runaqa yaqa kimsa chunkaa waarusqa, nki.
Lliu, kurpay kurpay pampachasqa waurusqaku. Chaypipas mannyan-
raqtaq..
Chaymantaqa, chunka pusaqniyoq watanpina kasqa Maqta Pe-
Zudada. Tayta curallo~a jmaych! manukutiata pay rayku pagas+^,
riki . . . " iImanasaqta imanasaqta" . . . Antis mana churiyoq, mana
piyniyoq karqa, tayta curaq'a. Chayllaa riki, castigo carqa paypaqa
.riki.
Chaymantaataqa "iImanasaqtaq!", nispan nisqa "'Mijor ya ma-
chu pia turuta montaamanta aparachimusaq, Chayqia wauchun;
dios pird~unawan~achiki", nispan nisaq. Chayna nispas muntaata-
manta turuta aparachimusqa. Maqta Peltrdutadtaq "3jado0, nispan
nisqa. "Padrino", nins. "Eanciykuy-ya wak turuta, fiestapi" nispan
nisqa. "Imanasqan, pddrino. Qan niqtikiqa imatapas hncisaqmi",
padrino, nisqa.
Fiestas. Turutaqa kachaykaramunkus. Puramente machu ma-
chu turuta, wasanpas curri curriptin tinpuqtaq. Kachaykaramunkun
hinaptinsi, naqa . . . Maqta Peludaqa capians; capians Maqta Pelu-
do. Tr ed. Turiacbkaptin turimhkaptinsi, isquina, isquinapi hapir-
qun. Wiksanta Ilikirusqa, riki, wagranwan; wagranwan hapirachisqa.
Qawakusqapaqchu. Runa qapariptina qawakuykusqa. Hinaptin
chunchulnin wayurayachkasqa uraymana.
"iM! QanraqaJy, nisqa. Huktawantaqsi turuqa pasaykuspa turil
ocuman haykuykusqa, cusuman. Hinaptinsi. J-\umuykuykuspa, Maqta
Peluduqa, dedunioan aqallinta kutiykachis~a, wiksanta sir-,- qay-
tuwan, pitawan , pita qaytuwan aujawan. Sirarun, hinaspanqi :
" Yapa kachaykamuychis chay qanrata !" nispan nisqa. Kachay-
kamunku yapa, turuta. Hinaspas. "Qanwanqa pukllayllan pukllarqani,
.imatan kayta ruwamwarqanki. Noqaqa waqrawan waqrawan nirqay;
kichu, fu~rtitaqa. Kunan qanmi kayta ruwaruwarqanki", nispansi wa-
qranmanta, makimanta hapirun, Maqta Peludo Plaza qepaman iway-
rantaraq! choqanm turutacla. Waurusqa chaypi turuqa.
Chaymantaataq curaqa nin : " iImanasaqtaq, diospts castigunmi.
Imapiataq, imaynallataq kaymanta libra km usa^", nispa. Chayna-
nankamaqa, as padrastun kasqaiia, Maqta Peludapa mamanpa qosan.
Chaypas waukusaqtaq. Viudaa kasqa mamanpas, riki, Hinaptinsi,
curaqa nisqa: Awr%uoy averiguay", nispa. Ckaysi qnaman~/ a willa-
ramusqaku : Kay huk llaatapin kachkan. cundenakuchkan huk runa
qollqellanwan", nispa. "Qollqellanwanmi condenakuchkm, Chaymi,
runakunapas orqokunaman ayqerunku. Achkataas chay condenmqa
runakunata mikurun", nispa nisqaku, riki.
"ichaypia tukukamuchun; chayqa mikurunqapunin", nisqa
curqra. Qayasqa maqtata, hinaspa nisqa:
"Maana, ijado, rnantivtiyta atikiachtr. Sapa punchaymi asta-
wan ostawan achkata mikunki".
Maqma maqmantas mikuyta mikun dmwrsutapas. Mitilapas
kachun fanigantas. Chay raykus kallpanpas puramente maymaysi
kasqa.
Iskay caballutjas qoykusqa, pudrinun. Hukninta maman sillaku-
nanpaq, huknintaataq paypa siliakuianpaq. Huk allqotaataq koy-
kusqa, "Kaymi cumprriiruyki kanqa Kay anta hapispayki riy Siguru-
mente chay chaypi tarinki imallatapas kausanaykipaq; kallpaykiwanqa
pipas kusisqan trabajupw hapisunki" nispan, padrinunqa nin Qonqo-
riykunsi, Maqta Peludo. Ripukapun.
Hinaspansi . . . huk punchautaa purisqa (El Recop. : "i Ma-
manwanchu risqa?" E1Infor.: "Mamanwanyari risqa") Machu allqo-
ataqsi kasqa puka qala. Chaysi. . . richkaptinkus, orqupi tarisqaku
runakunata, pakasqata, pakasqata, yanqallataa.
"lmatan ruwankichik runakuna?", nispan, tapusqa.
"Manan, sior, ama kay antaqa riychu. Condenarni mikuru-
sunki", nispan nisqa runakunaqa. "~Ima codmau ?", nispan, tapusqa
'riki. "Llaotaykupin huk runa cratzdenakuchkan, qollqdlanwan. Puro-
minti qollqueyuq kachkaspan, mana piman qoq kachkaspan wau-
rurqa. Chaymi ctrndenakuchkan. Ruriata mikuchkan".
" iAswan allin chay oqapaq! iAtwr, pusawaychik ! Mayta chay
condellcku", nispan nisqa. Paywan tuparamusaq, icha kallpayta pay-
wan tukuramuyman chay chaypi", nisqa. Diua wza riki, munasqa.
Hinaptinsi : "Manan, sior, manchakuniku" nispan nisqa runakunaqa.
"Pusaruwaychik !", ninsi. "Munasqaykin, sior", nispa, pusarusqaku,
riki.
Chayanchun runakunaqa. Karullamantas qawariykachinku.
Allqontinsi pasan. Marnanataqsi qepakun orqopi, chay runakrr-
nawan. Hinaptin nin : "Kausaspaqa chayqa, paqanyninta campana
waqtasaq, ripicaykdmusaq. Hinaptinmi huunakamunkichik", nispan
nin.
Rinsi; chayansi. Llaqtaqa chun chunniqsi. Ni imapas kanchu, ni
pipas. Maqtaqa cundenaupd wasipa tindmiman haykurun Mana
imapas faltascfacbu: barrita, lampa, birrmiiitakuna, bacba. . . hatu
hatun tiendas! Apu apu llaqta hacienda, llaqta dueo karqan riki,
cundauqa. Hinaptin, chaypi, qonqayta pufiurukusqa maqtaqa, chuta-
rayaspa; allqonpas puurusqataq.
Intis waqtarukuna, riki, orqokunapi. Chaymantaqa allqaykun-
a. Tutayarun. Hinaptin qaparimun cmdenado: " iA. . . pipas
maypas llaqtay kaqtaqa rnikusaqmi. . . !", nispan hamusqa. Hinap-
tinsi" ichayqaya!" nispa sayarirun maqtaqa. Qawarirun vent aman-
ia, hinaptinqa, hamukuchkan iyanqallaa ! jRu . . . b b . . 1 Wayra-
Ilaa! Toqyakustin. Hinaspansi haykuykun wasintan. Wasinmansi
kurkuykuspa haykun. iMachu machus kasqa condenado! Altu altu-
suliaa. Maqta iPeludup~s hatuny. Chaysi kurkuykuspa, haykuy-
kuchkaptin kunkapi dalirusqa achawan. ~Pampiraq tikrakusqa, conde-
nado! Kaq hatarin hapinanpaq. Yas dalin huk acbawan. Yapatas
qochpakun; yapataq qatarin. Qontaq fi errut m, wikapan, hatarin;
wikapan hatarin jchaysi! Hinaspaataqsi jwichirin condenauqa!
iwichirin werpun! Allqaataqsi, chayqa, wichiriptinqa mikuyta
qallaykun pedazukuulata condenaupa werpunmantnn wichisqanta.
Mikun, mikun, ninata, aka akarispa; maana wiksanpi kamaptin. Con-
denduda hatarinsi intirulla. Ninallaa, sayarispas kas qatin, kas qatin,
kas qatn. Chaynalla kasqanku achiyaykama; pim panki huracama.
Achikyaruptiilsi "Paqarinmin reqsiykuwankin. Mana kunanchu
. , . kayna maqaruwanki. Paqirinqa oqa kasaq, qorosqaykin. Suya-
wanki qari kaspaqaykiqa" nispa nisqa condenauqa.
"Munaptikiqa suyasqaykin. Manan manchakuchkaykichu", nis-
pan nisqa.
Ripukusqas cond'e~au4a. Manas tuta puuqchu, riki. Punchaupi-
pas runata mikuspallas puuq. Kutirin, hinaptinqa, turrimm Iloqarus-
pansi, campanata ripikayta qallaykun. Orqopi runakunaataqri:
"Chayqay, kausasqaraqmiki. Hakuchu, qawaramusun", nispan nin.
Uraykusqaku vivullaa, hinaspa chayarusqaku.
"Ar kausachkaniraqmi" nispan nin Maqta PeZudaqa. "Mikuyta
ruwaychik, chupiwaychik".
Carnerukunata apamunku, kaymanta wakmanta. Calduta ruwan-
ku, mutiyoqta. Mutitapas yanusqaku. Pisipay pisipayllaa Maqta Pe-
tuducja. Manay tukuy tuta puusqachu. Allqoataqsi saksay, saksay,
mana mikuytapas munanchu. condenaupdtcr aycha mukukuspa payqa
kasqa, riki.
"Kunanpas suyasaqmi". nisqa runakunarnanqa, Maqta Peludo.
Hachakunataqa lliutas pakirusqa condenaupa uwrpunpi.
Perulnintas, runakunapa qayllanpi, rnikurun tnikunataqa.
"Sicbus ( ) paqarin kausasaq chayqa, campanatan kunan hina
waqtamusaq, ripkdmtrsq. Hinaptinmi huanakamunkichik kaqlla",
nisqa. "Ari siur" ninkus runakunaqa.
Chaynas. Inti waqtaykuptin, tutayaypi, rikurikaykarnun: "jA
. . . Suyawachkankiraqchu. . . icha ayqerunkiachu!" nispan con-
demuda qaparimusqa wayra huntata. Kununukustin achanyaspa cha-
yaramun. Kurku~kuspa punkutaplasavun, haykurun tindman, hatun-
kakarayllaa. Punku qepapi maqtaqa suyasqa. Hinaspa picuwun kun-
kanpi waqtasqa. Wichirillanas, manas qochpanchu. Wichirikamuspa-
riataq, allqo pawaykuspa, mikun. "iKachkaniraqmi, kachkamiraqmi!
Qawankichu manachu?" ninsi maqtaqa.
jTukuylla tutas pilianakul! Picu tukuruptinsi, barritwma waq-
tan. Allqoataq, akay akayrispa rnikufi, condenaupa werpunmmta ni-
na wichirisqanta. Chaynalla chaynalla achikyarunku. Achikyaruptinsi
condenau riman: "Paqarinqa yachasunmi, qanpas oqapas puchukay-
ninta", nisqa. "Biencba qanpas oqapas salmakusun'' Munasqayki
kachun" ninsi, maqtaqa. Piru. . . manaas kallpan achkaachu. Pisi-
y asqaa kallpanpas.
Kutirinsi condenauqa. Hinaptinsi lloqarun turriman Maqta Pelu-
do. "iTanlin tanlin, tanlin, tanlin, tanlin, tanlin, tanlin!"
" iChayqaya, kachkanraqmi; kausasqamikiJ', nispan, runakuna-
qa, yanqallafia pawanku. Chayaruptinkuqa, riki, pisipay, pisipay
kachkasqa Maqta Pelududa. " iKausachkankiraqmi !" nisqaku. "Ari.
Kunanmi ultimo plamy, kay tutallaam. Paypas, oqapas kunan tutan-
yachasaqku. -Binmi mikuruwanqa, binmi salvarusaqJ', ninsi.
"Imatataq munankiJJ, nin, runakunaqa.
"3funtmauita sachakunata kuchumuychik. Hinaspa sumaqta
garrutita ruwaychik. HatunkaraytapuniJ', ninsi.
Patlumam' mutttekunamant~ kaspikunata, kaymanta wakmanta
apamunku llapan runakuna. Huntachinkus.
Chay punchauqa manaas mikusqachu achkataqa. Mikuruptin-
si, runakunaqa kutikunku riki, orqokunarnan pakakuq. "Cmpcanata
wa4tamusacf' nisqay Maqta Pduduq'a.
Intis waukuykuna riki allqaykuspa, chaypi. Llantupas kay-
man wakman wayukuykuptin : " i A . . . hinapiraqchu suyawach-
kankiman, icha ayqemnkichu manchakuwaspayki !", nispan waqamun,
condem. Maqta Peluduqa sapallan riman allqo~wan: "Manchaku-
sunataqsi, chayta. Chaynaa kallpay puthukachana chaypas, ma-
nan", Suyachkanchiraqmi" nispa, allqollanmansi rimachkan, runa-
naman hina Allqopas upallallas kachkan. iManas mikunchu p l q n
allqoqa! Condenaupa aychallanwansi saksakun.
Maqta rirnachkaptinsi : " iU. . . uuuuuuu !" chayaramun.
Wasipa qapananpas i Jakaka kakaq ! nispa kuyurin yanqallaa, qapa-
rin qawiankuna, riki. Hinaptinsi, kumuykuspa, huktawan condelau-
qn, nina azufre riki hatunkaray, haykuramun.
Kaq dalin, inaqtaqa, chay muntemaila apamusqanku sachaku-
nawan, garrutiwatia, riki; manaa kanachu irrarninta4a. Chaynapi
kunkapi dalin, c~gutipi Hinaspas ipnpapi qochpaspas wichirin! con-
denauc/a. Allqa pawari~kuspas ddin aychataqa. Nina ninantinta ay-
chata mikun. ilhaynallas! Huk qeru pakikun, hukta hapin; huk qeru
pakikun, hutataq hapin. jlhaynalla! Tukuy tuta piliasqa.
Chayna kachkaptinsi, primero wallpa waqaytaqa . . . condenau-
pa aychanqa, runa aychanqa tukuruna. Allqo, riki, mikuspa puchuka-
rusqa Iliuta. Hinas, manaa aychayoq, mana ninayoq, mana ima-
yoqa, yuraq alma hatarimusqa tindapa chaupinpi.
"Qanmi salvacionniy kasqanki. iQanmi mamay, taytay kasqan-
ki! Manacha nuncapds ~ a l v a k ~ s a ~ c b ~ nerganim. Hamuy. Qawachis-
qayki imawansi cundenakusdayta", nispas alrnqa pusan Maqta Pdu-
duta Allqonpas manas dejanch Maqta Peludutaqa. Qepallanpis
kachkan.
Yura almaMdt@ qawaykachin, huk kuchupi, allpa ukupi kasqa
kimsa maqmataq quri kasqa riki, pichqa maqmapiataq qullqe.
"Kayrnan, kaymantan cundenakuni. Llapa runakunapa trabujun
suwakusqaymantan. Kunanqa sdvaykuwanki. Kay tukuymi qanpaq
kanqa. I<anmi churiy, warmi churiy, paywanmi casaranki", nispan
nispa. "Paywanmi casaranki, hinaspanmi paywan vidaykicbikta pa-
sankicbik. iAdios!", ni~kuspa, yuraq alma ripukusqa, paluma ripu-
kusqa.
Maqta P~luduqa pisipay pisipayataq. Hinaptinsi allqonta kuyay-
km. Allqopas llaqwaykun urkullanta. Chayllaas cumpairun karqa,
riki. Chaymantaqa, turrirnan, campana turriman rinkun. jTnlin, tn-
lin, tnlin, tnlin, tnlin, tnlin", ripicm fucullaa.
Chaysi runakunaqa "Chayqay kausasqamiki", nispa huunara-
kamunku, iyanqallaa! PZazm. huunarakunku, achkallaa, orqo-
manta wikapaykamukuspanku.
"Nan kunanqa salvarunian. Sa~varunim cundenauta", nispa
nin maqtaqa.
"Imataq prwba salvasc/aykimanta" nispan nin autoridadbunaqa.
"Kansi warmi churin. Kansi warmi churin, caywanmi casaruku-
54
sa4. Kay wasi ukunpi kachkan, maqma quri, pichqa maqma qollqe.
Chay raykus cundenakusqa. Chaymi oqapaq. Chaytan saqewan sal-
vasqaymmta", nispa nin, "Churinta pusaramuwaychik", nispan niptin.
Runakunaqa aparamusqaku, riki, pasata, orqomanta. Mamantapas
pusarachimusqa. Lliuay hamukunku, riki.
Maqta Peluduqa kusisqallaa! Kallpanqa manas achkaachu,
tukurusqaa kallpanqa. Yaqa kallpasapa kallpasapa runa hinallaa
kasqa, Mikuytapas manaas ancha mikuqaachu. Mikuysapa runa
hinallaa kasqapas.
Chaynasqanpis yuvarirukusqa pddrinunmanta. "PWdrinuy~l kay
furt unmmmqa kamachiwarqan. Padrinuy mi hamuchun Casarachi-
wachun. Amaa curacbu kachun. Kaypi yachakusaqku", nispan nin.
Hinaspas Padrinunman pasacbin propida. Padrinuntaqa pusara-
chimuns. jAgradecikunraq wauyman mandasqan padrinuntaqa!
Casararacbin. Hinaspa, chay llaqtapi padrinunwan yachakun
chay llaqtapi.
EL JOVEN VELLUDO
(Traduccin)
Este era un hombre que viva en el campo. Lo acompaaba
nicamente su mujer. No tenan hijos. En esos campos y en el pue-
blo, las mujeres no podan salir a ninguna parte; no podan ir del
campo al pueblo ni del pueblo al campo. Haba un oso que raptaba
a las mujeres; se las llevaba cargndoselas al hombro. Por temor al
oso, las mujeres casadas slo caminaban en compaa de sus espo-
sos. Y los esposos llevaban a sus casas todo cuanto se necesitaba
en el hogar, para que las mujeres no salieran.
El pobre hombre que viva en el campo acompaado nicameii-
te por su mujer deba viajar al pueblo. Llev, pues, a su casa papas,
choclos, maz. . . antes de partir.
"Voy al pueblo -le dijo a su mujer- Te he trado de todo
para que te alimentes en mi ausencia. No has de moverte de la
casa a ninguna parte. El oso puede sorprenderte y raptarte". "S",
contest ella.
El hombre fue al pueblo. Lleg. Un hermano suyo acababa de
morir. Por esa causa tuvo que quedarse; deba acompaar a su ma-
dre. Enterr a su hermano muerto. Luego tuvo que asistir al lava-
tono de las ropas, a los cinco das, y vel esos cinco das.
Mientras tanto, se le acabaron las provisiones a la esposa y,
quieras o no quieras, tuvo que salir a la chacra, a recoger habas,
choclos y papas. Y, a pesar de que vigilaba y trataba de esconderse,
e1 oso la encontr. La encontr, se la ech al hombro y la rapt.
Se la llev lejos, lejos. La hizo pasar, cargndola, un inmenso ro.
La corriente era terrible y golpeaba sobre el cuerpo del oso; pero
vade el ro. Hizo pasar a la mujer a la otra orilla. En un alto pre-
cipicio, el oso tena una cueva. Deposit en esa cueva a la mujer,
y all la cri. Cuando sala, tapaba la puerta con una gran piedra.
Durante los primeros das, cuando el oso criaba a la mujer y
la cuidaba, sda llegar con toros enteros a la cueva. Los traa sobre
el hombro. Ya un toro, ya una vaca, ya una oveja; el oso llevaba
presas grandes para la mujer raptada. Ella tenia que comer la carne
cruda, pues no tena fogn ni nada conqu prender candela.
Mientras tanto, el esposo volvi del pueblo a su choza del
campo y no encontr a su mujer. Se visti entonces de luto: "Debe
haberla devorado el oso", dijo. Se visti de luto y ya no quiso ver
a nadie ni estar con nadie. "He ah cmo el oso me la ha quitado",
se lamentaba. Y su pobre mujer lloraba, en el mismo tiempo; llora-
ba a torrentes y era como si su vida no fuera vida. Fl oso haba
acabado con los animales comestibles y traa a la cueva burros;
traa burros y perros. Ya no encontraba ninguna clase de ganado
y traa perros. La mujer, acosada por el hambre coma la carne de
los burros y de los perros.
Pas as un ao.. . ms de un ao; ao y medio. Al ao, al
ao y dos meses, la mujer apareci encinta; concibi un hijo del
oso. Por esos das el oso ya no le llevaba animales grandes sino
culebras y sapos, para que comiera. Y en ese estado, la mujer dio
a luz, pari un hombrecito. Su hijo result macho, un varoncito.
El cuerpo de la criatura cubierto de pelos, velludsimo; pero su
cabeza y su rostro eran humanos. La mujer se ech a llorar con-
templando su hijo: "iCmo pudiera pasar el gran ro! Desde la
otra orilla podra llegar a la choza de mi esposo", deca.
Ya el nio tena dos meses; entonces, a solas, cuando la mujer
hablaba llorando, el nio tambin habl. Habl la criatura que no
tena sino meses: "No llores, madre ma - dijo - Cuando vuelva
mi padre, dile que necesitas lavar mis paales. Y bajas, llevndome,
a la orilla del ro. Yo te har pasar. Te llevar a la otra orilla".
"Jess Mara! Esta criatura ha hablado. Puede ser cierto lo
que afirmaJJ, dijo la mujer, y crey.
Y lleg e1 oso. El golpeador, el golpeador oso. Dijo: "!Ih! No
he encontrado nada. Volver luego a salir y traer algo. Cuaquier
cosa he de traer para que comas". "Bueno pues, -contest la mu-
jer - Ahora voy a ir a lavar los paales de mi hijo, un rato".
"Bien, correJ', acept el oso. Pero amarr a la mujer con una soga;
y el otro extremo de la cuerda se la amarr l a la cintura. As la
solt.
De este modo baj la mujer al ro, cargando a su hijo. Lleg
a la orilla. All estaba una ranita. El nombre de la mujer era Mara.
Ella le habl a fa ranita: "S piadosa, te voy a pedir un favor",
"Pdeme el favor", dijo la rana. "Cuando el oso llame: "iMara!".
T le contestas: "Todava no, seor", y mientras hablas, palmeas
fuerte fuerte sobre estas hojas de kanchil. El kanchil es una yerbita
de los ros. "Haz cle palmearla", dijo la mujer, y amarr el extremo
de la soga a un tronco seco de rbol; la soga conque el oso la
haba amarrado a ella. El oso jal la soga a pesar de que un sueo
terrible lo venca. "Mara. Ya terminaste?, pregunt: "Todava,
todava no, seor", contest la ranita, y empez a palmear fuerte:
ilaq, laq, laq!. Golpeaba con sus manos la yerba de kanchil; la
haba llevado sobre una piedra y la golpeaba.
Dorma el oso. Dorma y jalaba la soga: "Ya terminaste,
Mara??'. "Todava, todava no, seor", le contestaban. Y podia
escuchar el sonar del lavado: ilaq, laq, laq! Dos veces ya la haba
llamado. "Creo que se est demorando mucho? - dijo - Mara?
Ya?". Habl en medio de su pesadsimo sueo. "Todava, todava
no, seor". " iNo son muchos paales!", exclam el oso, y se levan-
t. Sali. Entonces, cuando contempl el ro, vi que la mujer ya
alcanzaba la otra orilla. Ya atravesaba la corriente. Un hombre
fornido y alto la cargaba; se llevaba a la mujer.
"Quin es ese hombre? ES quiz un oso como yo, segura-
mente!", dijo. Y se lanz barranco abajo, lleno de ira. Al examinar
la orilla del ro, descubri la soga amarrada a un tronco seco. Esta-
ba acercndose junto a la ranita, y ella se lanz al agua: ibultn!
La miserable, le hizo una gran jugarreta a1 gran oso.
f31 OSO se meti a la corriente del ro, empez a vadearlo. El
hijo, que haba crecido, que se haba hecho gigante, cargaba a su
madre. Se convirti en un hombre formidable y pasaba el ro, car-
gando a su madre. Era el propio hijo del cso.
Cuando alcanz la orilla, ya en el borde del ro, dijo a su ma-
dre: "Ve caminando. Yo, yo mismo, he de matar a mi padreJ'. Y lo
esper.
El oso viejo, el gran oso viejo, ya est por arribar a la otra
orilla. El hijo haba arrancado una pesada rama de rbol, una de
las partes de un rbol que se bifurcaba en dos ramas. Con el rbol
golpe a su padre en la cabeza; lo volte6 sobre la corriente. Se
levant en seguida, el oso viejo! i% puso de pie, para avanzar! Ya
el nio no tena arma y atac a su padre con los pufios; lo volvi a
tumbar. Enfurecido, sobre el batir de la corriente, el viejo oso se
levanta otra vez, y avanza. Estaba ya a punto de escalar la orilla,
de salir. Pero su hijo le dio un golpe de muerte, con los puos, en
medio del pecho. Ahog a su padre, en el gran ro. Y corri6 en
seguida, corri corri, corri, creyendo que podra ser alcanzado.
Y mientras corra iba empequeeciendo, empequeeciendo, empeque-
eciendo.. . Apareci junto a su madre convertido en el nio que
era,
Entonces la madre emprendi la marcha, fue caminando, con
el nio en los brazos. Sintindose junto al pecho de su madre,
habl el nio: "He matado a mi padre. Ya nada tienes que temerJJ.
Y mientras ellos caminaban, el esposo de fa mujer, el legtimo espo-
so, lloraba, solo, en el campo. Un waychau volaba junto a l, le
daba vueltas :
"iwaychau! - cant - La mujer de quin, de quin, est
viniendo, de un pueblo lejano; llorando". Cantaba y revoloteaba
sobre el hombre. "Por qu este waychau me canta? - dijo el
hombre - Me ha recordado, en vano, a mi esposa!". Y el pjaro
insisti, sigui silvando : " Waychau, no llores, waychau ! Tu mujer
est viniendo hacia aqu, con una criatura en los brazos. ~Way-
chau!". "Intilmente, este pjaro, intilmente.. . !", exclamaba, el
hombre. . . Y vi en ese instante que su mujer apareca, con una
criatura en los brazos. Se la vea sumamente delgada, enflaquecida.
No habia comido en el largo camino.
Se refreg los ojos y volvi a mirarla. "Es mi esposa!", dijo y
corri a abrazarla. "No importa que hayas vrrelto con un hijo. Fue
por m culpaJ', le explic. "Yo me demor demasiado en el pueblo.
No eres culpable; ests perdonada".
Le pregunt despus: "Quin es el padre?". "Es hijo del oso",
respondi la mujer. "No hay nada que hacer ante lo que no tiene
remedio. Has vuelto. Juntos viviremos y juntos moriremos".
Y se dirigieron al pueblo: "Vamos a hacer bautizar al hijo del
oso", dijeron." A quin hemos de elegir, ahora, de padrino? He-
mos de ser avergonzados. Confesmosle, mejor, todo al seor
cura". As acordaron, y fueron a la casa del cura.
Contaron al prroco toda la historia del rapto y de] hijo del
oso, y cmo el hijo mat a su padre. "Bueno - dijo el cura - iAli,
yo voy a ser el padrino!", lo dijo con orgullo: "Ha de ser mi ahi-
jado el hijo del oso!". Y le puso el leo, lo bautiz.
El nio empez a crecer rpidamente. Ya kna dos, tres aos.
Coma mucho: la sopa tenan que servirle en una olla grande; y tam-
bin el mote 1. Coma una olla grande de mote. Su fuerza era enor-
me. Nadie se atreva a molestarlo, a hablarle vanamente. De un
sopapo lanzaba lejos a los muchachos, los tumbaba.
Entonces, el padrino lo envi a la escuela. Los padres haban
entregado al nio a su padrino, porque era muy atrevido. Las que-
jas menudeaban, de todas partes, a causa de los mozos a quienes
el hijo del oso tunda.
Cierta vez, cuando estaba en la escuela, fue a baarse al ro,
un domingo, en compaa de sus condiscpulos. Se desnud para
entrar al agua. Su cuerpo apareci completamente cubierto de pelos,
de una pelambre densa que se enredaba sobre todos sus miembros.
(1) Maz cocido en agua.
"iAtatatlau!" (2) - exclamaron sus compaeros - Un mozo bien
peludo haba sido se!" Y corrieron hacia l para contemplarlo: lo
rodearon. Enfurecido, el hijo del oso, lanz sobre el ro a todos
sus compaeros. Mat a muchos.
Desde entonces el cura orden a srr ahijado que fuera a ba-
arse solo. Porque se quejaron los padres de los niiios muertos.
Pero tom la costumbre de tocar las campanas. Las tocaba
durante toda la noche, sin cesar. Suba a la torre; se encaramaba
en la cima y repicaba noche a noche, sin descanso. Y no dejaba
dormir a nadie en el pueblo. El cura le peda: "No golpes las cam-
panas. No hagas eso. Djanos dormir". No le escuchaba ni obede-
ca. "Cmo podra espantarlo?" reflexionaba el cura. Ya era pues
grande el hijo del oso; tena como veinte aos. !Se le vea recio,
forzudo, joven.
"Tengo que darle un susto, de todos modos, con cualquiera"
haba decidido el cura. Y reuni a los hombres del pueblo y los
apost dentro de la torre. Hizo que all se ocultaran y lo esperaran.
Cen el joven y se march. Se fue directamente a la torre, a
tocar las campanas. Apenas entr, lo agarraron los hombres, uno y
otro. Pero el los alz y tir contra los rincones, en la oscuridad.
As los amonton, los dej apilados dentro de la torre. Encontr
aun otros hombres en la cima, junto a las campanas. Los alcanz
a todos y los lanz por el aire hasta media plaza. "iThlin, tnlin,
tnlin, tnlin, tnlin, tnlin!", con ms furia, en vano y sin cesar,
toc las campanas.
"Esa plaga! Qu habr hecho!", gimi el cura, y envi al
sacristn para que fuera a averiguar. Encontr a los hombres muer-
tos, desparramados en la plaza y amontonados dentro de la torre.
El cura tuvo que hacer enterrar a los muertos y proteger a los
deudos; toda la culpa era suya "Cmo he de huir de este mi ahi-
jado o cmo he de arrojarlo del pueblo? Qu he de hacer para
salir de l?. "Es el castigo de Dios", deca.
(2) Interjeccin de asno.
Y contrat hombres en dos pueblos distintos e hizo que abrie-
ran una especie de sepultura honda en la iglesia, detrs de la puerta.
"All quiz pueda hacerlo enterrar a este negado de Dios, a mi ahi-
jado", pens. Luego disfraz a los hombres, les puso un cucurucho
en la cabeza y les orden que esperaran detrs de la puerta de la
iglesia, de noche.
"Joven velludo - le dijo a su ahijado - Treme el misal;
maana tengo que oficiar en otra parte". El joven obedeci&. Se
dirigi a la iglesia.
Ya haba comido y se march silbando; silbando lleg a la
puerta del templo. Con una llave enorme abri la puerta y entr.
Pis en falso; estuvo a punto de caer dentro de la sepultura y sin-
ti que lo empujaban. Pero se enderez. Los hombres lucharon
intilmente por lanzarlo al foso; lo jalaban, pretendan arrastrarlo.
Por el contrario, l los enterr6, uno tras otro. Los arroj al hueco
y los enterr. Avanz, luego hasta el altar mayor; tom con cui-
dado el libro, y lo llev en brazos. Lleg muy cansado donde su
padrino.
"Por qu llegas cansado?", le pregunt el padrino. "iAh, pa-
drino! -respondi - Se haban levantado las almas en la iglesia
y las muy bellacas pretendieron enterrarme. Pero yo las he vuelto
a su sitio; he enterrado de nuevo a esas tontas". El cura no dijo
nada. Sali disimuladamente de la casa y se dirigi a la Iglesia:
"Tengo que ver. iPuede haber sucedido algo!", deca mientras ca-
minaba.
Encontr a treinta hombres muertos, Estaban ya duros y ente-
'rradoc. Haban muertos enterrados. Y el cura tuvo que responder
tambin por esos hombres.
As, e1 joven velludo cumpli veinticinco aos. Las deudas del
cura haban crecido incalculablemente. Tenia que pagar todos los
daos que causaba su ahijado. Felizmente, el prroco no tena
hijos ni parientes. No gastaba sino a causa de las desgracias que
cometa su ahijado. Era su nico castigo.
"Har traer el gran toro bravo de las montaas. Que l lo
mate y que Dios me perdone", haba decidido, Y logr que traje-
ran al gran toro de las montaas. Le dijo al joven: "-&hijado!".
"ipadrino!", le contest. "Capears a ese toro, en la fiesta". "Por
qu no, padrino? Ci t me lo ordenas, lo capear".
Se celebraba la fiesta. Soltaron a la plaza el toro. ,Era inmenso;
su lomo pareca hervir cuando corra. Apenas lo echaron a la plaza,
el joven peludo lo lance, empez a capearlo. Lo toreaba. Y cuando
estaba torendolo; estaba torendolo en una esquina, el toro lo
enganch. Le meti el cuerno al vientre y lo desgarr. El joven no
sinti la cornada; no se mir el vientre; pero la multitud grit. Al
oir el alarido de la gente, el joven se mir la herida. Tena los intes-
tinos colgados hacia el suelo.
"M&! El puerco!", dijo. Al toro lo arrearon al corral, al coso.
Mientras tanto, el joven peludo, se agach, alz sus propias tripas
con una mano y se las meti al vientre. Luego se cosi la herida
con una pita; ensart una cuerda cualquiera en una aguja y se cosi
l mismo la herida. Ya de pie, orden:
" jvulvanme a soltar a ese puerco !". Echaron nuevamente el
toro a la plaza. En cuanto lo vio, el joven peludo le dijo: "Cmo
me has hecho esto! Yo slo jugaba contigo. La cosa no iba en
serio. Yo no te dije que me cornmras fuerte. Haz de ver ahora
lo que es luchar conmigo.. .". Lo atrap de los cuernos y de las
patas delanteras; lo levant fcilmente; lo lanz lejos, por el aire,
detrs de la plaza. El toro cay muerto.
El cura exclam en seguida: "Qu he de hacer ahora! Es el
castigo de Dios. De qu modo y dnde he de librarme de este
hombre?" Y el hijo del oso ya tena padrasto. El padre haba muerto
y la madre viuda se haba vuelto a casar. Pero tambin haba
muerto el segundo marido; acababa de morir. La madre se encon-
traba nuevamente sola y viuda. Entonces le trajeron al cura una
noticia. Haba pedido que averiguaran cmo poda salvarse de su
ahijado:
"En ese pueblo, en ese otro, ha aparecido un condenado. Se
ha condenado a causa de sus riquezas, de su mucho dinero. Toda
la gente ha huido a las montaas; porque el condenado ha devo-
rado ya a muchosJ1, le dijeron.
"Que perezca all, El condenado se lo va a comer", pens el
cura y llam al joveii peludo, Le dijo:
'Ya no te puedo mantener, ahijado. Cada da comes ms y
ms".
Y eM cierto. Grandes vasijas llenas le servan en el almuerzo,
y devoraba fanegas enteras de mote. Por eso su fuerza era desco-
munal, incalculable.
Ei padrino ofreci al mozo dos caballos; uno para la madre y
otro para que lo montara l, el joven velludo. Le regal tambin
un perro: "Este va a ser tu compaero" - le dijo. - Luego le
seal un camino: "Sigue esta ruta. Estoy seguro que algo haz de
encontrar para mantener tu vida. Con la gran fuerza que tienes,
cualquiera ser feliz de tomarte a su servicio". El joven velludo se
arrodill ante su padrino, y parti. Se fue con su madre.
Caminaron durante todo un da. El perro iba junto a ellos;
era rojo, y grande, muy grande, de pelo corto y brillante. Trotaban
por el camino y, de repente, encontraron sobre una montaa, encon-
traron muchos hombres escondidos por todas partes.
"Qu haceis aqu, hombres?", pregunt el joven.
"No, seor, no sigas este camino -le contestaron - El con-
denado te ha de devorar". "Qu condenado?", pregunt. "En nues-
tro pueblo se est coridenando un hombre, con su dinero. Era muy
rico y avaro. Muri siendo as, y se conden. Ahora est devo-
rando gente".
"iExcelmte persona es para mi! - exclam el joven velludo -
A ver, guenme! Dnde est ese condenado? Me encontrar c m
l; quiz pueda consumir mis fuerzas luchando, en cualquier sitio".
Deseaba marchar al instante. "No, seor. Tenemos miedo", le dije-
ron los hombres. "Guenme solamente! Mustrenme el pueblo",
insisti. "Recuerda que t lo has querido", le advirtieron los hom-
bres y lo guiaron.
Llegaron a la vista del pueblo. Lo mostraron desde lejos.
El joven march sobre l, acompaado de su perro. Su madre
qued oculta con los hombres, en el cerro. El mozo dijo, antes de
partir: "Si maana vivo an, tocar las campanas; repicar. Enton-
ces se reunirn ustedes".
Se fue. Lleg al pueblo. No haba all nada ni nadie; todo
era silencio. Se dirigi a la casa del condenado; entr a la tienda.
Era inmensa y estaba llena de toda clase de mercaderas, No fal-
taba nada : haba barretas, lampas, hachas. . . herramientas. Era una
gran tienda. Es que perteneca a un hombre muy poderoso, duefio
de todo el pueblo y de las tierras del pueblo. El pueblo haba sido
su hacienda.
All en la tienda, sin darse cuenta, el joven se qued dormido.
Y el perro tambin se qued dormido.
sol cay a la cima de las montaas, luego oscureci. Y se
hizo noche. Entonces el condenado grit: "Aaaaaaaaaaa. . . ! @al-
quiera. . . quienquiera que est en mi pueblo. . . ! " Voy a devorar-
lo. . . !". Y vino gritando. El joven escuch el alarido y se puso de
pie: "Ah est!, dijo. Se dirigi hacia una ventana, y mir.
Marchaba el condenado, como un viento, estallando, reventan-
do, sacudindose: "B . . . b . . . b!". Lleg a su casa y entr;
tuvo que inclinarse para entrar por la puerta. Era enorme, alto, rnuy
alto. Pero d joven peludo tambin era altsimo y fuerte. . . Y cuan-
do el condenado meti el cuerpo, por la puerta de la casa, agachn-
dose, el joven le dio un hachazo en el cuello. El condenado se
revolc en el suelo. Se levant en seguida y atac. El mozo lo gol-
pe con otra hacha. Volvi6 a caer y a revolcarse, y se levant de
nuevo. Recibi otro f i emo, cay; se levani6, volvi a caer y vol-
vi a levantarse.. . Entonces su cuerpo empez a desparramarse.
El perro se lanz sobre los pedazos que saltaban del cuerpo del
condenado. Los fue devorando. Eran trozos de fuego, pero el
perro los coma. Se hartaba; defecaba all mismo y volva a comer.
La lucha continu as hasta el amanecer, hasta la hora en que, por
la media luz, los hombres se preguntaron: ''Quin eres?".
Cuando amaneci "Haz de conocerme maana, verdaderamen
te! - dijo el condenado - Hoy no, no soy el que soy. . . Me has
maltratado. Maana voy a ser verdaderamente el que soy. Te dar
lo que mereces. Si eres hombre de valor, me esperars".
"No te tengo miedo. Te esperar si as lo deseas", le contest
el joven velludo.
Se march el condenado. (Ellos no duermen ni de da ni de
noche. Slo cuando devoran hombres suelen dormir durante el da).
Ni bien se march el condenado, el joven subi a la torre y empez
a repicar las campanas.
Los hombres que estaban escondidos en los cerros exclamaron:
"Toca las campanas. Esta vivo!. . ." Y se atrevieron a bajar al
pueblo : corrieron.
"S! estoy vivo todava" - dijo el joven velludo - "Prep-
renme comida".
Trajeron carneros de muchos sitios. Hicieron caldo, con mote,
y cocinaron, aparte, mote. Vieron que el joven velludo estaba muy
cansado, muy cansado. Haba luchado toda la noche. Tena ham-
bre. En cambio al perro se le vea harto, bien lleno. No quiso
comer. Se senta aun repleto de la carne del condenado que haba
devorado.
"Tengo que esperarlo hoy", dijo el mozo. Haba roto todas
las hachas de 1.a tienda en el cuerpo del condenado.
Le sirvieron la comida, y vieron los hombres cmo el joven
velludo engulla peroles enteros de carne y caldo.
"Si vivo an maana, tocar las campanas, como hoy. Ustedes
se reunirn nuevamente y vendrn", les dijo. "S seor", contes-
taron los hombres.
Y sucedi lo que estaba previsto. Al caer el sol, en la oscuri-
dad, apareci: "Aaaaaaaaa. . . Me esperas?. . . jO haz huido. . . !
grit el condenado, henchiendo el aire, llenando la quebrada. Tro-
nando y sacudindote 1Teg a la casa. Se agach para entrar; entr
a la tienda; pareca ms grande. El joven lo esperaba detrs de la
puerta, y le asest un golpe con un pico de fierro. Lo golpe en el
cuello. Y como en la noche anterior, el cuerpo del condenado
empez a desparramarse. Ya no cay ni se revolc en el suelo.
Reciba los golpes y se desparramaba. El perro se lanzaba sobre
los trozos de fuego y los iba comiendo. "Ves que soy, que soy
an?", le deca el mozo.
Pelearon toda la noche. Cuando los picos se acabaron, el joven
velludo atac con barretas. El perro segua comiendo sin fatigarse
los pedazos que saltaban del cuerpo condenado. Defecaba y coma.
As lleg el amanecer. A esa hora habl el condenado: "Maana
hemos de saber quien acaba, t o yo. Alguno de los dos ha de
salvarse". "Que sea lo que quieras", contest el joven Pero sinti
que sus fuemas haban decrecido, que la fatiga lo renda.
Se retir el condenado. El joven peludo se dirigi a la torre:
"iTnlin, tnlin, tnlin, tnlin, tnlin, tnlin, tnlin!", Repic.
"Ah est! Todava existe!", voceando, los hombres corrie-
ron al pueblo. Encontraron al joven velludo, rendido, muy cansado.
r c j T~da ~ a ests!", le dijeron, "ivives!". "S", contest "Hoy es el
ltimo plazo, esta noche. E1 y yo hemos de saber, si me ha de
devorar o lo he de salvar".
"Qu quieres ahora?", le preguntaron los hombres.
"Vayan al monte, corten rboles y hagan de los troncos mu-
chos garrotes. Que sean garrtes grandes, bien grandes".
Los hombres llenaron el patio de rboles cortados, de inmen-
sos garrotes. Los trajeron de los montes.
Ese da el joven velludo ya no comi tanto. Cuando termin
de almorzar los hombres volvieron a irse a la cima de la montaa,
a esconderse. "Voy a tocar las campanas", les haba dicho el joven
velludo.
El sol mora, oscureciendo, all. Y cuando las sombras colga-
ban ya sobre todas las cocas "iAaaaaaaa. . . ! Me ests esperando
en el mismo sitio. . . ! iO te ha hecho huir el espanto. . . !", diciendo
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grit el condenado. El joven velludo, le dijo a su perro: "Tenerle
miedo nosotros a ese pobre diablo! Aunque mis fuerzas han deca-
do. . . lo estamos esperandoJ'. Le habl al perro como a un seme-
jante; el anitnal permaneci callado. El bandido no haba comido
nada en el da! Se haba saciado con la carne del condenado.
Mientras el joven hablaba. . . "iU.. . uuuuu.. . !" Lleg.
El maderamen de la casa empez a rechinar, a moverse vivo; pe-
ma. Agachndose, entr el condenado, todo como fuego de azufre;
altsimo, inmenso, entr.
joven lo golpe con uno de los grandes trozos de rbol que
los hombres trajeron del monte. Todos los instrumentos de metal
se haban acabado. Con 10s garrotes golpe al condenado en el
cogote, en el cuello. Entonces.. . jrevolcndose en el suelo! como
la primera noche, empez a desparramarse. El perro salt sobre los
trozos de fuego y los fue comiendo; devoraba los pedazos de carne
que llameaban. iY as, as! El joven rompa un rbol y tomaba otro,
rompa otro rbol y alcanzaba uno nuevo. Pele toda la noche.
A1 primer canto del gallo.. . la carne del condenado, su carne
humana, se acab. El perro lo devor todo. Sin carne, sin fuego,
sin nada. . . un alma blanca apareci en medio de la tienda.
fuera de la tienda. El perro no abandon a su dueo; fue tras l.
"T eres mi salvador! T eres mi madre, t eres mi padre!
Cre que jams me salvara. Ven, pues. He de mostrarte la causa
de mi condenacin", dijo el alma, y gui al joven velludo; lo llev
El alma blanca mostr ai joven, en un rincn, tres vasijas llenas
de oro y cinco llenas de plata. Estaban enterradas debajo de la
tierra.
"Me conden con esto - dijo - Rob el trabajo de todos los
hombres del pueblo. Ahora me has salvado t. Todo esto es tuyo
ahora. Tengo una hija. Has de casarte con ella y con ella pasars
tu vida. iAdis!. Se convirti en paloma, el alma blanca, y se fue.
El joven velludo se encontraba fatigado; haba perdido sus
fuerzas en la lucha. Abraz a su perro; ste le acarici en la frente
con su lengua,. No tena ms compaero que l. Luego se dirigi a
la torre y repic las campanas vivamente, llamando a los hombres.
"Ah est! Lo ha salvado!", exclamando, la gente del pueblo
se arroj al camino, corri hacia la plaza. Se reunieron all todos,
hormigueando. Eran muchos.
"Ahora s ya salv al condenado! Lo he salvado!", dijo el
joven.
"Cules son tus pruebas?", le preguntaron las autoridades
"Me dijo que tiene una hija. Me pidi que me casara con ella.
Y en esta casa, adentro, hay tres vasijas llenas de oro y cinco llenas
de plata. Se conden a causa de esas riquezas, mal habidas. Me
las dej, por haberlo salvado. Traedme ahora a su hija".
Los hombres fueron a la montaa y trajeron a la muchacha.
Tambin a la madre del joven la trajeron. Todos se reunieron, vol-
vieron a ser gente del pueblo.
El joven velludo se siente feliz! Ya no es el monstruo de
antes. Su prodigioso vigor se acab. Es nicamente un hombre fuer-
te, algo ms fuerte que los dems, como hay muchos. Tampoco es
el tragn que era; ya no come peroles de mote y caldo. Parece slo
un hombre comiln, de gran apetito, como hay muchos.
Sc acord de su gran padrino, el mozo. "El me encamin a la
fortuna - dijo - Que venga a casarme, que despus deje de ser
cura. Aqu vivir con nosotros".
Envi un mensajero donde su padrino y consigui que viniera.
Le agradeci a l, que lo haba enviado a la muerte!
E3 cura celebr el matrimonio. Y el mozo velludo vivi en
i '
compaa del cura en ese pueblo, en ese mismo pueblo.
3. LA ETNOLITEKATURA SELVATICA
La produccin narrativa de las doce familias lingsticas de la
selva amaznica peruana (Arahuaca, Cahuapana, Harakmbet, Hui-
toto, Jbaro, Pano, Peba-Yahua, Quechua, Tacana, Tucano, Tup-
Guaran y Zparo) contiene casi exclusivamente relatos mticos.
Esta literatura es eminentemente intrdcultural por su elaboracin
colectiva y grupa1 no contaminada, en principio, con los valores
ideolgicos de la cultura occidental; son narraciones primigenias en
las que afloran las cosmovisiones tnicas de nuestro pueblo, trans-
mitidas oralmente de generacin en generacin desde el poblamien-
to inicial del territorio selvtico peruano hasta los actuales narra-
dores que las ciencias sociales llaman "informantes".
El conjunto de relatos mticos pertenecientes a una determi-
nada etnia constituye su mitologa, cuya funcin primordial es la de
preservar la identidad y el aservo cultural del grupo. Pero si bien
no podemos sostener que la mitologa es coextensiva con la totali-
dad de esa cultura, ella mantiene sus principales vestigios a travs
del habla cotidiana, los dibujos, las liturgias, los protocolos, todo
tipo de ritos y monumentos. La mitologa como experiencia social
es, pues, un bien comn, la cosmovisin compartida por el grupo
no menor que la lengua que le sirve de medio de comunicaci6n.
Ahora bien, desde d punto de vista etimol6gic0, el trmino
"mito" abarca vanos sentidos ms extensos que el sealado, enmar-
cando as su empleo en la lengua cotidiana. %ito significa "pala-
bra, discurso", "accin de recitar, de decir un discurso" (anuncio,
rumor, mensaje, dilogo, conversacin), "consejo, orden" (prescrip-
ci6n, resolucin, proyecto) y "fbula" (cuento, aplogo). De ah
que el mito se enuncie en grandes relatos que transmiten el conoci-
miento en el momento de su emergencia, como respuesta al deseo
de saber el origen de las cosas, las conductas sociales, las relaciones
con el medio ambiente (informaciones geogrficas, climticas, agr-
nmicas, zoolgicas), todo ello asociado a las instituciones sociales
(legitimacin del poder y sus jerarquas polticas, religiosas, admi-
nistrativas) y a la memoria que dictamina un cdigo tico, es decir,
la expresin de cierta idea de la condicin humana.
La realidad multitnica de nuestro pas se retrata as en sus
mitos. Una breve muestra de ellos son las dos variantes del Bita
de Nnkui sobre la "instauracin del orden social civilizadoJJ per-
teneciente a la etnia aguaruna l. La primera variante (Variante A)
fue grabada en la localidad de Alto Cachiaco en 1970 por la infor-
mante Untsmat y la segunda (Variante B) en el lugar denomi-
nado Canga (no Cenepa) en 1976 por el informante Shirik (vase
el croquis adjunto donde se ubican los lugares de grabacin). Ambas
variantes han sido colocadas una al lado de la otra y sus transcrip-
ciones divididas en secuencias a fin de que el lector pueda cotejar-
las y observar all uno de los fenmenos ms resaltantes de la narra-
ciirn etnoliteraria: la distasis o propiedad que tienen los relatos
mticos de mantener su misma estructura argumental a pesar de las
condensaciones y expariciones que inevitablemente presenta cada
variante narrativa respecto de otra variante. De esta manera, en
cada secuencia se retiene un mismo volumen argumental, no obs-
tante las diferencias surgidas (por ejemplo, la secuencia 11 slo per-
tenece a la variante B). Por ltimo, acompaa a estos textos un
breve vocabulario comprensivo 2 que nos permite precisar el sentido
del relato en su conjunto.
(1) Garcia-Rendueles Fernndez, Manuel, "Testimonios", en Amazona Peruaticr,
Vol. 11, NQ 3 (Mitologa), Centro Amaznico de Antropologa y Aplicacin
Prctica, octubre de 1978, Lima, pp. 9-41.
(2)
Garca-Renduelec Fernndez, Manuel, "Vocabulario comprensivo", en Ama-
zonia Peruana, Vol. 11, NQ 3 (Mitologa), Centro Amaznico de Antropo-
loga y Aplicacibn Prctica, octubre de 1978, Lima, pp. 42-50.
En relacin al procedimiento de traduccin de la lengua aguaru-
na al castellano peruano, M. Garcia-Rendueles escribe lo siguiente: 3
"El material sufri una primera 'degradacin' al ser transcrito
(puesto en escritura) en el propio idioma aguaruna. La rique-
za dramtica de la accin y el gesto, la variedad de tonos, la
fuerza de las onomatopeyas, la vivencia colectiva ante la 're-
creacin del mito'. . . que enriquecen al 'mito narrado', todo
ello desapareci al someterse el acto ilocutorio4 a las rgidas
normas de un abecedario y a un sistema de transcripcin
fontica. Sin embargo, este primer 'empobrecimiento' era ne-
cesario por dos razones. En primer lugar queremos presentar
no 'nuestra interpretacin del mito o la comprensin global
de la narracin', sino el mico tal y corno fue narrado, con
sus errores, sus machaconas repeticiones, su lenguaje desinhi-
bido y al mismo tiempo, tal y como fue percibido por el
grupo, con sus preguntas, sus dudas, sus aportaciones, y en
algunos casos, con sus ritos, en fin, como praxis recreadora
del mundo. . . Es decir, no el mito 'narrado' sino el mito
'vivido' en la conciencia colectiva de un pueblo y expresado
simblicamente. Para ello era necesaria la transcripcin exac-
ta de la narracin del mito dramatizado que nos ayudar a
ser lo ms fieles posible en el momento de la traduccion".
ENRIQUE BALLON
(3) Cf. "Introduccin" a Aurelio Chumap Luca - Manuel Carca-Rendueles,
Duik %tiun.. . Uniwrso mtico de los aguarunas, Centro Amaznico de
Antropologa y Aplicacin prctica, Lima, Tomo 1, p. 19.
(4)
Se denomina "acto ilocutorio" (o "acto de habla") al conjunto de enun-
ciados efectivamente realizados por un locutor (o "informante") detenni-
nado en una situacin dada. (N. de los A.).
Lugares de registro oral del mito de Nnkui
EL MITO DE NUNKUI
(Traduccin)
. VARIANTE A VARIANTE B
SECUENCIA 1
Antiguamente los, viejos,, anti-
guamente los viejos, hambrien-
tos decan:
- Qu comeremos?
Vivan comiendo washk; esta-
ban con .hambre, siempre con
hambre, dicen.
Wasbk. El washik es como una
soga; el wasbik echa fruto. Ese
mismo toashik coman, dicen.
Cuando el viejo lleg ac en-
contr bastante wwa y rbo-
les de wasbik cargados de fru-
tos.
Qu cosa iban a comer? No
haba yujrnak.
Slo tenan un kmn bien chi-
quita. Ac lleg con la kann
que haba llevado (en la balsa).
Amarrando la kann (en el ex-
tremo) de un palo, macerando
con ella el rbol de wwa (sin
tumbarlo), luego de sacar su
corteza), eso coma.
Cultivando (rboles de wwa,
itaa! itaa! (golpeando sus tron-
cos), rajndolos, jalando (saca-
ba en tiras la corteza). Cuan-
do los rboles de wwa estaban
tiernos y su corteza estaba sa--
kiskij 1 a esos, macerndolos
(11 Se denomina as a la corteza ru-
gosa y spera
(despus de sacar su corteza),
colocaba las raspaduras en una
hoja grande diciendo :
- (Voy a llevar) esto para que
luego mis hijos chupen su jugo.
Envolvindolas, regresaba el
que se haba ido a cultivar los
rboles de wwa. Cuando lle-
gaba, reparta a sus hijos y
ellos chupaban.
Al da siguiente, bien de ma-
ana, se iba con su kann (a
otro mancha1 de wwa). Des-
pus de deshierbar, (al regre-
so), recoga frutos de wasbik.
Los llevaba (a la casa) y coci-
nndolos, coma, dicen.
Fjate. El fruto del incbinchi es
muy parecido al del idtrk.
Aunque es amargo lo coma, di-
cen. El yapn que como el yus-
kipk, se que actualmente no
se come y que el espesor de su
carne es como as 2, (tambin lo
coman). Despus de partirlo y
de cocinarlo haciendo paink
mu, a pesar de sentir que era
amargo, como no podan aguan-
tar el hambre, lo coman, dicen.
Cocinando ptu, el ptu que
actualmente come la ktiyu, se
que es as de tamao, tambin
lo coman, dicen. As vivan.
(21 Gesto con la mano indicando el
grosor.
SECUENCIA 11
Estando comiendo, (un hombre
Cuando se fue a deshierbar (la
dijo) a su mujercita:
mancha de rboles) de wiuln,
-Vete a la chacritai. Yo he
una de sus mujeres 4 0 s te-
descubierto tvasbk y he de-
na- dijo a la otra:
jado; voy a ver - dec a.
-Subiendo la quebrada, cojien-
-Bueno, vete a ver.
do tsntsu, vamos a comer,
Diciendo eso se fue. Cuando dijo 3.
se fue a ver el tuasbk, ella, a
Cuando suba por la quebrada
su vez, se fue a la chacrita. (encontr) una cscara de yu-
Cuando regresaba, estando vi-
ca grande. No ves que ipuju!
niendo, vio dse con su csca-
ipuju! ~ P U ~ U ! ~ machetean a las
ra abierta, cado en el ro, que yucas grandes para sacar su
vena flotando, flotando. cscara ?
-Debe ser eso que llaman Esa cscara (era de una yuca
dse! Qu cosa ser? Es que 'E'nkui) haba pelado. La
dtse. Eso que llaman dse, encontr cuando vena arras-
eso es. trndose (por el fondo del
Empez a subir por la quebra- agua).
da, chapoteando, chapoteando. Entonces (dijo :)
Mirando, (vio) all mismo -i Jeee! De dnde vendr esa
(que el agua) que vena ba- (cscara) de yuca?
jaba barrosa. Diciendo eso, se fue subiendo
-iJauch! Quin estar6 lavan- la quebrada y mirando bien.
do 2? Cuando uno est lavan- (Encontr) a una mujer gran-
do as sucede; esto es igual. de, a otra tambin grande, a
otra ms, a otra ms, a otra
(1) No se refiere al huerto familiar,
sino a los lugares de la selva don-
de abundan los frutos y plantas
silvestres comestibles. Es una po,
ca donde los aguarunas eran ni-
camente recolectores.
(2) En el Oriente Peruano pescar con
barbasco se dice "lavar la que-
brada". Vease en el Vocabulario
Comprensivo.
ms. Eran Nnkui.
Una hija (de Nnkui), as de
tamao, tambin estaba all.
(3) Parece que la mujer no acepta la
invitacin pues no vuelve a apa-
recer en la narracin.
(4) Onornatapeya: ruido que produce
el machete al cortar la yuca para
sacar su cscara.
Diciendo as, echando a correr,
yendo, (encontr) a una mujer
que se estaba baando, dicen.
Lleg donde se estaba baan-
do N~kui.
- jChaj! jCmo quisiera que a
m.. .!
-Quin eres t? qu mujer
eres? - (pregunt Nnkui) .
Cuando as dijo,
-Soy yo -(contest).
- iChii ! -(exclam Ntinktni) .
-Cmo quisiera que me die-
ras un poquito de mama! Yo
tambin quiero comer mama
cocinada.
(Wnkui contest:)
-Por I qu tengo que darte
mama? No te la voy a dar.
Llvate a esa niita. .
Entonces (la mujer dijo a una
de las Wnkui:)
-i Jaucha ! iMujercita, cmo
quisiera llevarte !
Diciendo eso, ikajut! abrazn-
dola, la alzaba, dicen. .
(Nnkui) dijo:
-iWaa! Por qu me tratas
as. Lleva a sa que est ah.
(Mientras Nnkui) pelaba una
yuca, (comenz a cantar as:)
Yuca grande, yuca grande
ac he avivado, he avivado
(a esta mujer)
ipuj! ipuj! ipuj!
As haca, dicen.
SECUENCIA 111
Cuando as dijo, (la mujer aa- Entonces (Nnkui dijo:)
di :) -Llvate a sa; llvate a esa.
-NO ! Esta no la quiero llevar.
Voy a llevar sa.
Aquella que se est baando
en el ro; la que est sentada
e inclinada con el agua hasta
la cintura.
Cuando as dijo,
NO! Lleva .sta.
-No ! Quiero llevar aquella.
Cuando as dijo,
-iChii! Sal hijita, salte, salte.
Entonces, la mujer que estaba
en el ro, la que estaba nadan-
do, jtsekn !, saliendo rpida-
mente, se par, dicen.
Cuando sala hizo blancas las
estrellas, dicen Porque haba
tenido relaciones, porque haba
tenido relaciones, as sucedi,
dicen. Esa 'Ntnkui asi hizo, di-
cen.
Entonces (dijo :)
-Yo por eso te haba dicho:
"Lleva &tal esta chiquita
lleva".
Era ms o menos chiquita, di-
cen. Como as era; como as era.
-Hijita, sube, vete.
Una vez que subas a la nia,
lavas las tinajitas, las tinaji-
tas usadas, jshakau! jshakau!
y las colocas ah.
Otros que hagan lo mismo,
otros que hagan tambin lo
mismo; toditos.
SECUENCIA IV
Con la nia acten as: a la
(No la maltrates) pues no
nia no la traten con despre-
. quiero tener problemas con-
cio; no hagan as. Por tonte- tigo.
ras no maltraten a la nia; Lo que actualmente decimos:
no hagan as. "Aunque fuese Nnkui no me
Si hacen as, van a morir de
arrojes ceniza a los ojos", (lo
hambre. decimos porque antiguamente
A la nia no la traten con sucedi lo que luego veremos).
desprecio; no hagan as -di- (Nnkui dijo a su hija:)
jo, dicen.
-As como dices ac, de igual
(La mujer contest:)
-Por qu voy a tratarle as?
Por qu voy a tratarle as?
(SJnkui aadi :)
-Hijita, como dices aqu, co-
mo dices aqu, de la misma
manera d. Ya sabes llamar
todo. Sabes llamar al dse;
sabes llamar al t smhu; sabes
llamar a la mmd; sabes lla-
mar a toditos los animales.
De igual manera, hijita, Ila-
ma.
Ten firme tu corazn. Habla
bien. - As deca.
-Est bien -(respondi la
nia).
manera d. Fjate bien. (Lue-
go aadi dirigindose a la
mujer:)
Mi hija es vergonzosa. Cuan-
do llegues a tu casa haz un
cerco con ropas alrededor de
su cama; all la dejas. Haz
as. (Luego dijo a su hija:)
D como siempre dices ac;
as d.
Cuando as le dijo, (ella con-
test:)
-Est bien.
(Dirigindose a la mujer, dijo:)
-Llvatela. Yo tambin estoy
pensando ir a poblar (la tie-
rra).
-Bueno -contest (la mujer) ;
SECUENCIA V
Cuando dijo as, (la mujer),
cargando a la nia, ponindola
encima se la llev, dicen
Cargando, se la lw. Llevando
a la nia, subiendo, (llegando
a la casa, la baj.
Parndose, lavando las ollitas,
las coloc como all, dicen.
Otras tambin, lavando las olli-
tas, all las colocaron.
Entonces, (la nia Nnkui di-
jo:)
-Estas ollas, convirtindose en
grandes bits, que estn; as
pintadas, que estn -As di-
jo, dicen.
y se Ilev (a la hija de Nnkui).
Cuando llegaron a la casa, cer-
cando con ropa (una cama),
dej all (a la nia Nwkui).
Todo esto sucedi cuando el
mando se haba ido a macerar
wtoa.
(La mujer dijo a la nia:)
-Listo! Ahora d.
-Bueno -contest ella-. Que
aparezca masato preparado
tambin con knke, en un
bits recin pintado. Fermen-
tando pronto ipushuj ! que se
derrame.
Dicho esto, grit : j iKusuiiii ! !
Y al decirlo, las ollas se convir-
tieron en bits; a otra le pas
igual; a otra le pas igual; a
otra le pas igual. As pas con
muchas, dicen.
Esto tambin (dijo :)
-Estas piningas, transformn-
dose en unas piningas grandes,
con masato bien colocado, es-
pumante, as, que estn.
Como le haban dicho que dije-
ra, (as deca). Como ella tam-
bin siempre haba dicho, como
ella saba, as dijo.
Al decir, se convirtieron en pi-
ningas c m rnasato espurnante,
espumante, espumante. As hi-
cieron, dicen.
Tambin en los bits el masato
se derram, se derram, se de-
rram, espumante espumante.
As hicieron, dicen.
Entonces, su maridito que ha-
ba ido por wasbk, volvi y,
cogiendo el tujtsb que haba de-
jado tirado (su mujer), ponin-
dolo en un pliegue de su itipak,
lo llevaba agarrado.
Envolvindolo, trayendolo pues.
to en bandolera, vena, dicen.
El washk tambin lo traa en-
vuelto (en hojas), envuelto (en
hojas).
Envolviendo el tujsh con su
ropa, (llevndolo), vena, di-
cen.
Como lo haba dicho apareci:
ipushuj ! (se derramaba) .
-Que aparezca ah fuera (una
chacra llena) de yuca; (que
los tubrculos) sean tan gran-
des (que haga levantar la
tierra). (Que en la chacra
tambin aparezca) knke y
pacmpa con racimos bien car-
gados. Que haya tal cantidad
de tsmaw que la (chacra)
aparezca de color rojo.
Cuando ya el masato se derra-
maba, las dos mujeres, toman-
do, se emborracharon.
-Que aparezcan rboles de
ipk tan cargaditos de fru-
tos que sus ramas jwiji! jrviji!
se inclinen por el peso.
Cuando aparecieron, se pinta-
ron (de fiesta).
No te has fijado que cuando
se toma sin haber comido antes
nada, con solo una pininga de
masato ya uno se emborracha?
(Cuando uno anda de mitayo
por el monte) comiendo slo
carne de wasbi (y regresa a la
casa), al poco rato dice: "Ya
estoy cansado y bien borracho
pues he tomado sin haber co-
mido yuca. Por eso estoy bien
mareado".
No te has fijado que los que
arrojan hablan as?
De igual manera estaran di-
ciendo las mujeres.
Cuando lleg, (dijo :)
-!Chaj! Por qu has tirado
esto viejita?
(Contest la mujer:)
-iChaj! Por qu dices eso?
Por qu dices eso? No ha-
bles. Callndote, sintate ah.
-Por qu hablas as? Por
qu has hecho ese cerco?
Cuando dijo eso,
-No digas. Estte callado No
hables! {no hables!
Diciendo as le dio masato.
-Viejita de dnde lo has sa-
cado?
Cuando as dijo,
-No hables, te estoy diciendo!
Cuando as dijo,
- iChii !
Diciendo eso, de un sdo trago
se lo bebi, dicen.
Ella le dio a su maridito; a se
que andaba comiendo intil-
mente washk, a se que vena
recogiendo washk.
Entonces, a esa Nnkui, cogin-
dola, subindola, a esa nia que
era pequeita, cogindola, la
subi, dicen.
A sa llevaron, dicen.
Entonces ella, a todo llamaba
Qu cosa no podra llamar! Al
(3) Las camas de las mujeres solteras
generalmente tienen pared- ba-
jas de pona o de corteza que
rodean total o parcialmente el
el lecho.
El marido lleg trayendo (ras-
paduras) de wwa, envueltas
en hojas y colgadas al hombro.
Vena con el estmago vaco y
con su kann sujeta a la cintu-
ra. Entr (en la casa).
Entonces, (el masato) que es-
taba preparado en una pinin
(que Nunkui) haba conjurado
-era as de grande- llevndola
a pulso, jtsekn! se la dio (a
su marido), dicen.
El mando (pregunt :)
-iCha! Mujercita de dnde
has sacado esto?
-Mira quin est ah tumbada,
mira quin est ah -(con-
test la mujer).
Tom bastante (masato), dicen.
Como uno se emborracha pron-
to cuando toma sin haber co-
mido antes yuca, cuando mis
viejos me contaban esto, yo de-
ca: "i (Ese hombre) pronto co-
menzara a bailar !".
Como tenan suficiente, bien es-
taban.
Cuando cuento esto, siempre me
amargo (pues si no hubieran
molestado) a Nnkui, ahora
tambin tendramos abundante
comida) Los antiguos cunto
deseaban sufrir de hambre!
(A la mujer no le gustaba que
la chacra estuviera rodeando la
casa como actualmente est.
Por eso dijo a Nnkui:)
bsbu, al pki, al wrisbi, al sbu-
sbui, al kshi los (Ilamaba) ;
a todos.
A los yuuikipk, a esos que son;
a los que son bsbu, a todos
Qu cosa no podra llamar!
A todo Ilamaba, dice.
-Llama dus!
Cuando as le decan, dse tam-
bin llam.
-Llama huevo de atsh!
Cuando as le decan, huevo de
atsb tambin Ilamaba.
-jD que las atcsh se multipli-
quen !
Cuando le dijeron eso, ella tarn-
bin (dijo:)
-Que se multipliquen las
tah!
Cuando as dijo, las ash se
multiplicaron. Las atsh mucho
se multiplicaron.
Entonces ella quera mucho a la
nia, a sa que la mujer haba
llevado; mucho la quera. Ah
estaba.
-No quiero andar por ac. cer-
ca de la casa (para recoger
los frutos de la chacra); (no
quiero) estar andando, an.
danlo, andando (por ac).
D que la chacra aparezca
all, al otro lado de la que-
brada. Yendo all, regresan-
do, bandome (en la que-
brada), vivir contenta.
Cuando dijo, (Nnkui contes-
t :)
-Bueno -dijo-. Que la cha-
cra de yuca (se traslade) all,
al otro lado de la quebrada.
Que las yucas (sean tan
grandes que hagan levantarse
la tierra). Que aparezca tam-
bin knke, iduk, snku y
namk.
Todo se cumpli.
(Cuando vena de la chacra),
cruzaba (la quebrada despus
de baarse). Bien viva.
Esa Nnkui, que an era mu-
jercita, all estaba.
SECUENCIA VI
-Llama al IIwanch! - as le Los nios que vivan (en la mis-
decan, dicen-. ma casa), eran as de grandeci-
!Llama al tlwancb! tos.
Cuando as le dijeron, ella
-Llama a los shiwn para ver-
conte* :
los -le decan (los nios).
-NO quiero! Espera! Voy 3
Por qu diran eso en vez de
llamar bicbk y comeremos.
pedirle que llamara knka o s-
Despus de llamarlo, dijo:
Man molido, hecho bicbk,
estoy cagando -As deca,
dicen.
Engandoles (deca :) "Estoy
cagando".
Diciendo as, ponindose (el bi-
cbhk) encima, en su espaldita,
kankekekeke. . . 4 ipau! se cay.
Al nio, que cogindolo lo co-
ma, (Nnkui le dijo :)
-Ests comiendo mis excre-
mentos -As deca, dicen.
Nnkui as5 deca, dicen. Dicien-
do eso, haca reir a los nios.
Cuando estaba solito con eIIos,
as haca, as haca.
-Llama al Swmch!
Cuando as le dijeron,
-Por qu voy a llamar al
7wmcb? No se le debe llamar.
H Swmcb no se marcha pron-
to; no regresa pronto. Tam-
poco los viejos, cuando lo Ila-
man, le hacen regresar pron-
to. Al Jwmcb no se le debe
llamar, dicen.
Cuando dijo as,
-Ests mintiendo ! illmale
rpido! Llmale rpido !
Diciendo as, le molestaban.
-iChiii! - di j o, y llam al
3wmcb, dicen.
(4) Oncmatapeya: ruido que pfoduce
el bichk al rodar por la espalda
de Nnkui.
kucb o a algn animal de caza,
para luego comerlos?
-Llama a los sbiwn para ver-
los.
Diciendo as,
-Est bien -dijo (la nia
5Vnkui).
Cuando dijo que los siwn apa-
rezcan, estos (vinieron) y lle-
naron toda la casa. Con su lan-
zas en alto, jtaket! invadieron
la casa. All estaban.
Despus de mirarlos, de mirar-
los, (los nios dijeron a Nn-
kui :)
-Que regresen.
Diciendo eso,
-Bueno, -contest-. Que
los shiwn regresen !
Regresaron en bloque y nueva-
mente todo qued despejaJo.
-Llama a los 'Jtuancb para
verlos.
-Aunque regresan (despus de
llamarlos), no lo hacen rpi-
do, demoran mucho. Nos me-
ten miedo, nos meten miedo
-dijo (N6nkui) .
Cuando as les dijo, (ellos in-
sistieron diciendo :)
-Tanto miedo dan? Vamos a
verlos de todas maneras.
Tanto le rogaron (que Nnkui
dijo :)
-iChiii! Que aparezcan los
Swanch en el tronco de ese
rbol tumbado, que aparezcan
-Que aparezcan los ilurancb
apoyados en los tronquitos !
jrecostados en la pedk jsen-
tados en la candela! Que as
suceda! -As dijo, dicen.
As dijo Nnkui, dicen.
Cuando as dijo, los 7wanch apa-
recieron apoyados (en esos si-
tios), dicen.
Entonces, los nios (dijeron :)
- iBiii ! Echalos rpido! jcha-
los rpido ! j~halos rpido !
jDevulvelos rpidamente !
Cuando as le exigieron, (Ntiri-
kui, dijo:)
- jWaaaj ! No les he dicho que
los 9wach no regresan pron-
to, aunque se les diga que se
marchen! Yo as les haba
dicho - di j o.
-Que estos 7wab se pierdan!
Aunque as les deca, all se
quedaban.
-Cmo van a salir! NO salen
rpido ! jno regresan rpido !
No pudo, dicen.
Entonces,
-Te digo que los regreses r-
pido !
Diciendo eso, cogiendo ceniza,
se la arroj a la nia en su ojito;
a la hijita de Nnkui, dicen.
apoyados en el patch y sen-
tados en los leos del fuego.
Todo se cumpli. (Aparecieron)
unos lwuncb grandes.
Cuando llegaron (todos, los ni-
os gritaron:)
-Tenemos miedo ! jtenemos
miedo ! jtmemos miedo !
Sus uas eran largas.
-NOS dan miedo! Hazlos re-
gresar !
-Que los l wnch regresen,
que desaparezcan !
Cuando dijo eso, momentnea-
mente se alejaban un trecho.
Despus de alejarse, nuevamen-
te regresaban y entraban (a la
casa).
-!NOS da miedo! Por qu no
los haces regresar si te lo de-
cimos? ;Por qu no los haces
regresar si te lo estamos pi-
diendo? -le decan.
Cogiendo ceniza se la arrojaron
a Wnkui a los ojos.
Acaso (pensaban que no do-
la) la ceniza dentro de los
ojos !
SECUENCIA VI1
Esta nia, llorando, llorando,
llorando, sobando, sobando su
ojito, se le puso rojo; su ojito
se hinch, se hinch. Hinchado
estaba, dicen. Lloraba.
Entonces, a esa Xnkui que ella
llev, como a su hijita, como a
su hija trataba. A sa que ha-
ba llevado, all, la tena.
-Cudenla. No le rian - di j o
y les dej, dicen.
A su chacrita, a su chacrita 5 se
fue. Estuvo andando por la cha-
cra. Haba bastante nchi, pa-
g6, pampa.
Entonces, mientras andaba, el
nchi se convirti en incbincbi;
dicen.
Cuando se convirti en inchin-
cbi, dijo:
-Por qu pasar eso? ~Jauch!
Por qu pasar esto? -dijo
mientras miraba.
Mirando hacia arriba, cuando
quiso ver un pampa, el pdm-
pa en wincbu se convirti, di-
cen.
Despus, cuando quiso ver un
pagt, en tankn se convirti,
dicen.
( 5) Chacra hecha por Wnkui, a la
que s610 va la mujw a recoger los
productos. No se realiza an nin-
gn trabajo.
Llorando llorando, sobando
(SUS ojos), sobando, llorando,
llorando, agarrndose (a un
horcn) de la casa, jtake! jtake!
trepando, trepando, (Ilgando)
al esji de la casa, haciendo un
hueco (en la cumbrera), se
sent.
Guayaquil, guayaquil llvame.
Cuando coma el mejentseje
de mi mam
te voy .a invitar.
Guayaquil, guayaquil llvame.
Cuando coma el mejentseje
de mi mam
te voy a invitar.
El guayaquil, i ka ~! (inclinndo-
se) jsaa! se apoy (en la casa).
Entonces, (la mujer) que esta-
ba en la chacra vio que la yu
jmak en el fruto del tsmn-
tsmn, as de grande, se trans-
formaba. El pampa en tump
se transform. El snku en sun-
kp se transform; el iduk en
incbncbi; el knke en kenkke;
(la yuj mk) en tsanin-tsann
se transform.
- jWaa! Qu est pasando? -
dijo (extraada la mujer).
La kukcb en untuk se trans-
form.
Queriendo ver snku, en sunkip
se convirti, dicen.
Entonces, echando a correr,
corriendo, corriendo, corrien-
do, corriendo, subi donde ha-
ba dejado a la nia. Al mi-
rar, (vio) que la nia, pegada
a los palos, estaba trepando
faltndole poco para la cumbre-
ra de la casa. Pegada (a los
palos), la nia estaba subida,
as como a esa altura.
Estaba subiendo (para llegar)
al travesao. As, poquita le
faltaba. La niia, bien pegada
(al palo), suba, suba.
(La mujer) itsakn! llegando,
desatndose la cinta que tena
amarrada, sacndosela, lanzn-
dola, quera engancharla y, ja-
lando, la quera Ilevar; jalando
la quera Ilevar, la quera llevar;
jalando la quera llevar; jalando
la quera llevar; jalando la que-
ra Ilevar; jalando la quera Ile-
var.
Entonces, como la casa era
grande, all en la cumbrera se
subi. Haciendo ruido al rom-
per las hojas, se subi encima
de la cumbrera. Entonces se
sent.
Guayaquil, guayaquil
llvame
para que comas
el pagawtseji
de mi mam.
-iWaaa!
Corriendo lleg a la casa y en-
contr (a Nnkui) sentada en-
cima del techo.
-Hijita, baja Acaso te he mal-
tratado? -dec a.
A pesar de decir eso, el guaya-
quil ya estaba apoyado (en la
casa).
(Nuevamente, Nnkui comenz
a cantar:)
Guayaquil, guayaquil llvame.
Cuando coma el mejentsejc
de mi mam
te voy a invitar.
Tantas lo cant (que el gua-
yaquil) ikakut! se abra para
llevarla; pero Nnkui de miedo
(se apartaba) gritando jwaaaa!
(El guayaquil) itake! se abra,
jtantan! se cerraba. Por fin ijuj!
la llev.
Guayaquil, guayaquil
llvame
para que comas
el pagantseji
de mi mam.
Guayaquil, guayaquil
llvame
para que comas
el pagantseji
de mi mam.
As haca, dicen
Sentada, lo repiti muchas ve-
ces.
-Hijita, ven; hijita ven Por
qu me dejas?
Su madrecita, la que le haba
llevado, estaba intentando
ahorcarse como si fuera su du-
kn. Cayndose estaba, dicen
Como loca andaba llorando.
(Estaba) como muerta, como
muerta de tanto llorar.
jTuut! pegaba a los nios; a
los nios pegaba.
Guayaquil, guayaquil
llvame
para que comas
el pagantseji
de mi mam.
De tanto decirlo, inclinndose
el guayaquil, jsa! jsa ! jsa! isa !
. . . cuando le quera llevar,
agachndose isa! isa! isa!. . .
querindola llevar, pujit ! ro-
zndole, le dej, dicen.
Guayaquil, gmy-il
IEvame : -
para que comas
el gagatoWji
de mi mam. :.
Guayaquil, guayaquil
fvame.
Guayaquil, guayaquil .
, llvame
para que w m
el pagarttseji ,
de-mi mam
Cuando k q d a Ilevar isa!
1s! {sa f. . . agachndose {'Npk-
kui) ipujt! roz3ndoleF L de-
jaba, dicen. '
De tanto de&, d tanta decir
Guayaquil, guayaquil
Il hrne
para que comas
el pagantseji
de mi mam.
j ~ a ! ~sa! i ~ ~ ~ I : . f s a ! wik .. cuan-
do Ia nia se atzb, fpl' k, co-
gi, dicen.
- .
SECUENCIA VI11
Cuando se la estaba llevando, (La mujer), cogiendo el hacha,
fa que era como su madre, co- ipisut! ipisutl golpeaba al kkn-
rriendo,' ~@strpsn! iba mache- ku, pero como es bien grueso
tando al guayaquil, dicen. (no avanzaba casi nada). Pis&!
jpim! golpendolo, gotpendo-
Fko d puayaqd af , mismo
lo, ikakut! cortndolo, jpauj! lo
tiempo curaba; el guayaquil, a tumb.
91
la vez, sanaba, sanaba, sanaba.
As hacia, dicen 6.
Cort. Otro ms cort; dejan-
do se, queriendo cortar otro,
lo hueque; (el guayaquil) sa-
naba, sanaba; as haca, dicen.
Haciendo as, haciendo as, ha-
ciendo as, el guayaquil se lle-
v a Nnkui, dicen.
Entonces, el guayaquil a esa
fl~zkui se llev; se march.
%'nkui, al marchar, dej me-
tido en el guayaquil una ven-
tosidad, dicen.
En el guayaquil, en el guaya-
quil estaba la ventosidad que
dej (Nnkui) .
(6) De ac provienen las "cicatrices"
que pueden verse en los guaya-
quil%.
Cuando (Nnkui) se -fue, dej
(dentro del guayaquil) una
ventosidad; eso que ahora san
nuestros gases. Dejndolos, se
fue donde su madre (al interior
de la tierra).
(La mujer, mientras cortaba y
abra cada uno de los entrenu-
dos del guayaquil, deca:
-Cmo habr podido bajarse
con la cantidad de nudos que
tiene (el guayaquil) !
Abriendo, abriendo (cada en-
trenudo), por fin encontr algo
igualito a (Nnkui. Era 7ki).
-iWaaaa! Por qu me quie-
res dejar, hijita?
-Aqu estoy -(contest Ilki) .
Cuando as dijo,
- iChiiii ! -exclam (la mujer).
SECUENCIA IX
Estando la (mujer) huequean-
Sacndola del guayaquil, le di.
do, a una nia, a una nia co-
jo: -Llama yujmak!
mo de este tamao que estaba
metida en el guayaquil, cogi,
-Esta bien -dijo-. iYuj-
dicen. (Una nia como de este
mak pasadita ! -(llamaba).
tamao, llev) .
Acaso eso se puede comer!
Colocndolo ah, (dijo :)
-Llama m m! llama! -as -Llama al pampa. Esta yuj-
deca, dicen.
mak no se puede comer.
Como era ventosidad de Nn-
-Bueno -dijo (7ki), ipa,ii-
kui, cuando le decan: "iLla-
pu raqutico, bien raqutico!
ma!", cuando as le decan,
(llamaba).
iNma podrida ! (llamaba).
-Llama nchi ! Jlama!
Cuando as le decan.
- itlncbi pasadito ! - (llamaba)
Pasadito apareca, dicen, pasa-
dito.
-Llama mma!
Cuando as le decan,
-1Mma pasada! - (llamaba)
Diciendo eso, mma pasadita
(apareca). Cuando as deca,
mima pasadita apareca, dicen.
--;Llama parnpa!
Cuando as le decan,
-iPampa raqutico! -As de-
ca, dicen.
Pcrmpa raqutico (apareca).
Ninguna cosa poda (traer),
dicen.
- [Llama knke ! iLlarna !
- iXhke pasadita ! - (flana-
ba) .
Pasadita apareca.
Lo intentaron todo, pero (na-
da bueno) poda (traer).
-Llama dse !
- iDse podrido !
Manicito podrido (apareca).
-Llama a todo el snku!
- iSnku pasadito ! - (llama-
ba).
-Llama kuk.tishl
- iXuksh comida por kshan!
- (llamaba) .
En vano (traa) kuksh podri-
das, dicen,
Estando as, estando as qu
cosa comeran !
-Llama al iduk!
-itld&k pasadito ! -(llamaba)
Medio podrido apareca.
SECUENCIA X
Rpidamente, la mujer que es- Probaron todos los (produc-
taba huequeando el guayaquil,
tos de la chacra).
a eso que digo que sac del
-(Siempre llamas) lo que no
guayaquil cuando lo estaba se puede comer!
huequeando, a eso que digo
i (Como sigas as) voy a lim-
que sac, acercndose, (le di-
piarme contigo !
jo :)
-Declara bien, te digo!
Cuando (la mujer) dijo eso,
Diciendo, levantando el pie
(la Iki) corriendo, jtunk! me-
itunket! le peg con el taln.
ti su cabeza (por el ano de la
Corriendo ikupet! se introdujo
mujer)
(por el ano. de la mujer).
Bien grande deba ser el num-
Por el cuello, jmete! se parti,
piji de la mujer!
dicen.
Cuando quera jalar de l, se
La ventosidad de de atajaba. Jalando, ja]ando, ipu-
Wnkui , cuando se introdujo
jit! la MC. Aunque sac (el
(por de la por cuerpo de yki) el cerebro le
el cuello se parti, dicen.
qued dentro.
Fjate, por el cuello de la nia
se parti. Como el cerebro se pudri,
Entonces, despus de partirse, ahora decimos: " ipuj ! jcmo
la cabecita, la cabecita, dentro apesta el Iki!". Se lo llev me-
se qued. El tronco ce cay. tido.
Eiitonces, eso, se cay.
Cuando amaneci al da si-
La ventosidad de esa 7J.kuit
guierite, (la mujer) ituuuuuu!
su cabeza, se meti (por el ano
ventose.
de la mujer), dicen.
Antiguamente la ventosidad no De esta manera 9k nos conta-
ola mal, dicen. La ventosidad gi las ventosidades.
no ola mal, dicen.
Entonces Nnkui, una vez que
se introdujo, la ventosidad de
Nnkui, una vez que se intro-
dujo, al rato, cuando (la mu-
jer) dorma ibukuiiiiii! el mal
olor vena,
-Por qu (apesta as) esta
ventosidad? tQuin ha ven-
toseado? {Jaucha! Quin ha
ventoseado?
Diciendo eso, comenzaron a
hacer bulla. Esa cabeza de
Nnkui, al pudrirse, (hacia
que . las ventosidades oliesen
mal).
Esa ventosidad que olieron,
sa, se propag, dicen.
SJEnkUi, lo que iiaba dejado
Nnkui cuando ventose, esa
ventosidad de 7Vnkui que se
habia introducido (por el ano I
de la mujer), rompindose por
I
1
el cuello, introducindose slo I
la cabeza, esa ventosidad de
Nnkui se propag, dicen.
Desde entonces la ventosidad 1
comenz a apestar, dicen. l
Antiguamente la ventosidad no
1
apestaba, dicen. l
SECUENCIA XI
Despus, ( Wnkui ) se le apa-
1
reci en sueos (a la mujer).
-Yo haba dicho que quera
pobIar la tierra. (Tambin)
haba dicho: "Que sin su-
frir se consiga comida. Que
as sea".
(Pero ahora digo:) "El que
no haga chacra que sufra
(de hambre) ".
(Al que haga la chacra con
lentitud) que le digan: "Mu-
cho demora en hacer su cha-
cra". Que as sea. O que le
digan: "An no ha termina-
do todo el rozo y ya est
produciendo (lo primero que
sembr) ". Que as sea.
E3 que trabaje esforzndose,
terminar pronto (su chacra)
y tendr para comer. Que
as sea.
La mujer,. sembrando, sem-
brando, sufriendo, sufrien-
do, enflaqueciendo que ten-
ga (suficientes chacras para
vivir). Que as sea,
(Nnkui) ikaet! amarr (las
tallos) de yuca que llamamos
sbinkt-mha, (a los que Ila-
mamos) daydn, ikaet ! tambin
los amarr; (a los que llama-
mos) ipk-mma, ikaet !, tam-
bin los amarr.
(Entonces, 'Nitnkui dijo en
sueos a la mujer:)
-(Para que los distingas), ios
he amarrado con sogas dife-
rentes. (Al sbinkt-mama) lo
he amarrado con la soga del
shinkt; (a la ipk-mma) la
he amarrado con la soga del
iduk. Estas son las clases
de yuca que vas a cultivar.
Despus de decirle eso, (SJn-
kui cogi los frutos) de knke,
de id& y sac hijuelos de
parlmpu, (Despus dijo a la
mujer :)
-Voy a dejarlos amontona-
dos en el cruce de caminos.
As le dijo a la mujer.
(Despus que le dijo eso) en
sueos, (despertndose), encen-
diendo el fuego, se fue a ver
(si era cierto).
Cuando lleg, encontr amon-
tonado (todo lo que le haba
dicho mtinkui). Recogindolos,
los sembr.
Despus de sembrar, tumbada
en la cama miraba cmo cre-
can (las plantas).
De esta manera obtuvimos to-
das las plantas comestibles y
ya no pasamos hambre. Pero
tenemos que sufrir trabajando
si queremos tener las chacras
(suficientes para vivir).
i Ya est!!
VOCABULARIO COMPRENSIVO
atsh.
Gallina. Es rara la casa aguaruna que no cuenta con
un pequeo corral de gallinas y algunos pavos. Se
come muy raramente y ms bien se utiliza para los
trueques con los comerciantes. Son propiedad de la
mujer.
bshu. Paujil. Ave de plumaje negro. Su carne es exquisita
y abundante. En la "poca primordial" fue aliado
de los aguarunas y de Etsa /sol/. Particip6 en la pri-
mera guerra contra los peces y el Unkju /cangrejo
de ro/, donde Etsa lo transform en ave hom?' ima.
bicbk. Pasta de man molido.
bits.
Olla de grande proporciones, pintada generalmente
de color rojo y ornamentada con dibujos simblicos.
El interior est recubierto con una especie de resina
para evitar las filtraciones. Suele descansar sobre
cuatro palos de unos 70 cm. de largo, clavados en el
suelo e inclinados un poco hacia afuera, formando
,un cuadrado y rodeados en la parte superior por un
bejuco. La olh se utiliza exclusivamente para fer-
mentar y conservar el masato (vase).
chacra.
Aja en aguaruna, es el huerto familiar. Los aguaru-
nas practican la agricultura de swidden o de corte y
quema como forma de adaptacin a las condiciones
ecolgicas de su hbitat. La calidad de las tierras,
las condiciones microclimticas, la cercana de que-
bradas o riachuelos, la ubicacin del resto de su fa-
milia extensa, son entre otros, factores que el agua-
runa tiene en cuenta a la hora de elegir el lugar apro-
piado para la nueva chacra.
La primera operacin ser la del rozo, y es respon-
sabilidad de los hombres. Consiste en limpiar con el
machete la vegetacin arbustiva, las lianas y ramas
que rodean a los rboles mayores. Luego viene la tala,
que se realiza en dos tiempos. En el primero se corta-
rn, slo parcialmente, la mayora de 10s rboles me-
nores y medianos. Para el final se deja el rbol mayor
que se tala completamente, arrastrando en su cada,
como en una reaccin en cadena, a todos los dems.
Este sistema supone un estudio prevo de la inclina-
cin de los rboles, su grosor, proximidad. . . En to:
dos los casos se respetan los tocones y las races,
evitando as, en parte, la fuerte erosin producida
por las frecuentes lluvias. Despus se realiza la que-
ma de los arbustos y ramas amontonados en lugares
estratgicos. Con esto finaliza la participacin del
hombre en las actividades agrcolas. La siembra de la
yuca, el cuidado de la chacra, la paulatina recolec-
cin segn las necesidades diarias de la fa1-1'1' l ~ ~ a o
las derivadas de sus compromisos sociales, las suce-
sivas siembras parciales para substituir a las plantas
cosechadas, es una de !as labores principales de la
mujer aguaruna.
Las principales plantas cultivadas por los aguarunas son: la
mama /yuca/ de la que conocen ms de 30 variedades; el snku
/taro/ con ms de seis variedades; la knke /sachapapa/, con unas
diez variedades; el dse /man/ con sus seis variedades; el iduk
/camote/; la kri /palta/; el uyf Ipijuayol; el yas /caimito/; el
~ m k /calabaza/; el bsbrc /barbasco/ ; el timw /variedad de bar-
basco; baika /planta alucingena/; datn layahuascal; ajn /jen-
jibrd, con ms de 10 variedades; pan& /caa de azcar/; sa
mazl; ujcb /algodn/; ipk /achiote/. . . Globalmente se puede
decir que cultivan cerca de 42 especies de plantas y reconocen unas
168 dariedades. 1
La chacra rendir yuca, base de la alimentacin aguaruna, de
3 a 5 aos. La pobreza de los suelos en unas ocasiones y en otras
el miedo a la brujera o la defuncin de iilgn familiar, obligar a
abrir nuevas chacras en el primer caso, o a emigrar hacia nuevas
tierras en el segundo.
Aparte del conocimiento que el aguaruna posee de las especies
botnicas q.se cultiva, utiliza ms de 450 plantas silvestres para la
construccin de canoas, casa, trabajos de cestera, tintes, herramien-
tas, con fines medicinales.. . Sin embargo, el conocimiento que el
aguaruna posee de las especies botnicas va ms all de la utilidad
inmediata o de la satisfaccin de sus necesidades individuales o
sociales. Porque las conoce se puede servir de ellas.
Si la caza y la pesca estn asociados al hombre, la agricdtura
lo est a la mujer. El trabajo agrcola no es slo una actividad eco-
nmica; es tambin un momento sagrado. Hay una continua inter-
accin entre el mundo de la superficie (tierra) y el mundo del sub-
suelo donde habitan las Nnkui, dueas de la chacra y de sus pro-
ductos. La mujer, por medio de las canciones mgicas lanml, pide
a las Nnkui que posibiliten una nueva creacin; que las yucas
maduren, que los pltanos den fruto.. . Cuando la mujer cultiva
est viviendo una experiencia religiosa. Sale del tiempo ordinario
para introducirse en uno sagrado donde, a1 rememorar el mito y
hacerlo praxis por el rito, posibilita la realidad de los bienes de
subsistencia. Las Nnkui, a su vez, conceden el vigor y la fertili-
dad a la tierra y aseguran un aprovechamiento racional de los re-
cursos, exigiendo el cumplimiento de !as normas tradicioi~aies de
explotacin agrcola.
(1) Berln, Brent, Amazona Peruana - Vol. 1, No 2. 1977. Lima.
dayn. Variedad de yuca.
dukn. Trmino de parentesco que puede significar madre,
hermana de la madre y mujer del hermano de la
madre.
dse.
Man. Es el Aracbis hypogea. El aguaruna cultiva
varias clases de man. El tankn-dse, largo y el color
de la semilla es de color rojo apagado. %un-dse,
ms corto y el color de la piel de la semilla es blanco
con lneas oscuras; el tapaji-dse, la piel de la semilla
es blanca; Xunun-dse, delgado la cscara lisa y la
piel rosada.
esji,
idu k.
inchi.
incbinchi.
Palo largo que sostiene la cumbrera de la casa.
Camote. Es la 7ponuea baiatas. E3 aguaruna cultiva
dos variedades.
Ventosidad.
Camote.
Especie de camote silvestre. No es comestible.
Achiote. Es el b k Orellana. Las semillas de este
arbusto proporcionan un pigmento rojizo. Se usa,
mezcado con agua o saliva, como pintura corporal
para fiestas o guerras; tambin para teir los hilos
de algodn destinados a los trabajos en el telar.
Mezclada con leche caspe se utiliza en la ornamenta-
cin de la cermica. Tambin se le atribuyen propie-
dades mgicas y medicinales. Antiguamente su uso
como pintura corporal estaba prohibido a los jve-
nes, fuera de ciertos ritos de iniciacin.
ipak-mm. Variedad de yuca.
itipak. O itipik, es el vestido tpico del hombre aguaruna.
Consta de una sola pieza de algodn de 70 x 80 cm.,
con franjas verticales segn un esquema y colorido
iwanch.
estereotipado. Lo llevan a modo de falda, sujetn-
dola a la cintura con una especie de cinturn lak-
chul. Siempre les llega ms abajo de las rodillas,
salvo en caso de guerra que las recogen hasta los
muslos para facilitar los movimientos.
Antiguamente los jvenes deban hacerse su propio
i t pk antes de contraer matrimonio, mostrando as
al suegro que conoca los secretos del telar y era
capaz de vestir a su mujer e hijos. Antes de conocer
el telar se vestan con la corteza del rbol kmch.
Despus de separarla del tronco, la dejaban a remo-
jo varios das; luego la maceraban hasta que la pieza
adquira la flexibilidad y suavidad adecuadas; a
veces la tean con achiote. Su uso ha continuado
an despus de conocer el hilado pero slo como
vestido de trabajo.
En la poca primordial, el itipik lo haca el mismo
Ujuch lalgodn/ y se lo regalaba al hombre. Por el
orgullo del 3aankuap /mono blanco/, Etsa /sol/ con-
jur. Desde entonces hay que trabajar mucho para
poder vestirse.
Alma de los aguarunas cuya muerte no ha sido ven-
gada. En la cultura tradicional aguaruna la muerte
natural o la producida por enfermedad se achaca
casi siempre a la brujera. La muerte es producida
por un tsantsk /dardo/ mgico que algn brujo ma-
lfico ltunchil les lanza. Mientras el difunto no sea
justificado es 3wanch. Su actividad estar encanii-
nada a presionar a los miembros de su familia por e1
miedo, los encuentros belicosos, los robos, los raptos
de nios y mujeres para que su muerte sea vengada
y pueda, si ha sido Vlimako /hombre que ha reci-
bido el conocimiento de su vida futura y el vaior
para realizar con xito acciones guerreras1 transfor-
marse en djutap /espritu de los antepasados, de
carcter benficol.
Los aguarunas que han visto al lwancb o han pelea-
do con l lo describen como alto, flaco, belludo,
anda desnudo y gritando, posee mucha fuerza y
puede transformarse en wmpu 1 mariposal, pmpu t
Ilechuzal, o jpa /venado/. Puede utilizar de diver-
sas maneras sus miembros, desprenderse de ellos o
substituirlos por otros. Se alimenta de majnch Ica-
marn1 y de algunas frutas. . . Anda por la noche
buscando posibles vctimas entre sus familiares.
Los hmc b se dedican tambin a la caza llevndose
el w~ k n lalmal de los animales que mataron en
vida. Tambin pescan usando d wakn del barbasco.
En la vida de los lwanch se repiten muchos aconte-
cimientos desagradables que les acontecieron antes
de convertirse en tales.
Si no logra que algn fcrmiliar suyo le haga justicia
se transformar en yujanki lnubel, una vez que ha
revivido su anterior existencia.
hnn. Hacha de piedra.
knka. Pez boquichico.
kashai. Majs. Roedor de tamao relativamente grande. Su
carne es muy apreciada. Daino para los sembros
de yuca. En la mitologa aguaruna aparece como una
de las mujeres de Etsa /sol/. Por querer evitar que
su marido subiese al cielo, se transform en el ani-
mal homnimo.
ks han. Gusano.
knke, Cacha papa. Es e1 Dioscorea trifida. Cultivan 9 va-
riedades,
kenkeke. Especie de cacha papa silvestre, no comestible.
kukrtsc b. Cocona. Es la Sobnum spp. Cultivan unas 7 varie-
dades.
kuyu.
Pava de monte. Es la pipile cummesis. Ave de carne
exquisita. En la mitologa aguaruna aparece como
aliada de Etsa Isoll.
lavar quebrada. Expresin del oriente peruano para expresar la pes-
ca con barbasco. El barbasco es un producto vegetal
cuyas races, maceradas, desprenden una sribstancia
lechosa fuertemente ictiotxica. La pesca se prepara
cerrando con esteras alguna quebrada o brazo de un
ro mayor, generalmente despus de una crecida.
Arriba del ro se golpea con unos palos las races
del barbasco para que suelte su substancia. La rote-
nona que se desprende atonta a los peces que que-
dan flotando a disposicin de los ms activos. En
estas pescas participan, en ambiente de fiesta, toda
la gente disponible. Si la pesca ha sido abundante,
parte de los peces se ahumarn para el consumo de
los das siguientes. Una buena parte se sancochar
y se consumir ese mismo da, seguido de un gran
masateo (vase manto). E1 barbasco es tambin
usado, especialmente por las mujeres, masticndolo,
para provocarse la muerte ante situaciones social-
mente insostenibles.
Yuca. 7ltanibot esculenta. La mujer aguaruna cono-
ce al menos unas 30 variedades. Es parte fundamen-
tal de la dieta alimenticia de los aguarunas. Se
cocina de esta manera: en el fondo de una ichnak
/olla especial1 se acomoda un enrejado de tallos de
yuca. Se echa agua hasta ese enrejado y luego se
llena la olla de yucas, sin cscara y bien lavadas. Se
tapa hermticamente la olla con hojas de pltano y
otras grandes, y se amarra bien. La yuca se cocina
as por accin del vapor del agua.
La introduccin de ollas de aluminio, aparte de que
est originando el olvido de la alfarera, hace que
la calidad de la coccin haya disminuido, con el
consiguiente desagrado del hombre aguaruna, amigo
de "la buena comidaJJ.
Xijamncb en aguaruna. Bebida tpica en toda la
Amazona. Su preparacin es una de las labores mhs
importantes de la mujer aguaruna. Una vez coci-
nada la yuca se la macera con el tain /especie de
mazo/ en una gran bandeja de madera llamada pm-
put. Al mismo tiempo, una pequea porcin es ms-
ticada y, despus de mezclarla bien con saliva, se
une nuevamente con el resto de la masa. La ptialina
de la saliva servir para que fermente. Al dia si-
guiente ya se puede tomar mezclando la masa fer-
mentada con agua. El grado de fermentacin y la
densidad del lquido depende del gusto del consu-
midor.
El masato es parte fundamental en la alimentacin
de los aguarunas. Se consume a lo largo de todo
el da y difcilmente puede concebirse un trabajo
una reunin social, un viaje o una expedicin de
caza, sin este avituallamiento. Tomado en cierta can-
tidad tiene efectos a!cohlicos, lo que le hace ele-
mento imprescindible en toda fiesta o "masateo".
Estas fiestas sociales renen a todos los miembros
de la familia extensa, y son una de las pocas opor-
tunidades donde d aguaruna tiene la experiencia vi-
tal de pertenecer a un grupo social homogneo, toma
conciencia de su propia identidad y fortalece las
relaciones de parentesco. No es, pues, raro que sea
una de las cosas que el aguaruna eche de menos
cuando, por cualquier razn, est lejos de su familia.
Puede decirse que cualquier motivo es bueno para
realizar un masateo: la terminacin de una casa, co-
mo agradecimiento por la colaboracin en un trabajo
que exige ms brazos que los de la familia nuclear,
despub de las labores agrcolas de tala y quema,
el regreso de un familiar. . . Servir masato es tam-
bin signo de compromiso matrimonial. La mujer
slo servir al marido y a los que l expresamente
invite. La joven ofrecer masato por primera vez a
su esposo al final del rito matrimonial, como sm-
bolo de aceptacin.
mgerztseje. Alimento hecho a base de man molido.
mitayar. Cazar. Si la agricultura est asociada a la mujer, la
caza lo est al hombre, aunque no es rara que la
mujer lo acompae en las expediciones de caza rea-
lizando tareas secundarias. Se pueden distinguir dos
modalidades de caza, practicadas ambas a lo largo
de todo el ao, siempre que las lluvias y las crecien-
tes de los ros lo permitan.
Una de ellas, casi diaria, la realiza el hombre por
las cercanas de la casa con la nica pretensin de
cazar algn ave. Al mismo tiempo revisa las tram-
pas colocadas en el monte y recoge los peces que
han cado en la estera colocada sobre una barbacoa
en un sitio adecuado del ro. Suele ir solo, o con
alguno de sus hijos varones, cargando nicamente
la cerbatana y la aljaba. La segunda modalidad la
realiza acompaado de alguno de sus familiares ms
cercanos, suegro y cufiados, en los "cotos de caza"
que su familia de afinidad tiene en los centros de la
selva.
La duracin de estas expediciones es de varios das,
pues es necesario matar animales ms grandes, como
sajinos, monos. . . que le provean de carne para un
plazo de 15 20 das en que volvern a salir. La
escopeta y los perros son aliados imprescindibles en
estas ocasiones. Por la tioche, las piezas cobradas,
una vez limpios sus interiores, se las trocea y, enci-
ma de una barbacoa, se las ahuma. Una parte de
la carne se sancochar para consumirla en los das
prximos. Las vsceras se prepararn en paturashca
/alimentos que han sido cocinados al fuego directa-
mente despus de haberlos envuelto en hojas1 para
su consumo inmediato. De las piezas conseguidas
disfrutarn, una vez regresados a la casa, todos los
miembros de la familia extensa. En la casa del caza-
dor habr visita constante de familiares, dispuestos
a escuchar con atencibn la escenificacin minuciosa-
mente detallada de la caza. Al marcharse recibirn
una pierna, alguna patarashca. . . La caza es para el
hombre una actividad sagrada, Fue Etsn /sol/ el
que le ense la manera de cazar y el Xajakm
/dueo de los monos{, quien le entreg la cerbatana
y el conocimiento de las tcnicas para fabricar tsas
/veneno/.
Las N~kui s , dueas de algunos animales, cuidan
que se cumplan las leyes destinadas a favorecer la
conservacin de las especies.
nmuk.
Calabaza. Los aguarunas cultivan unas 4 variedades.
numpiji. Trasero.
Nm ktd.
Diosa del subsuelo. Tradicionalmente, el nombre de
Nnkui slo a da a la mujer. Las Nnkui que habi-
tan en el subsuelo tienen poder -por medio de los
conjuros- de hacer presentes todo tipo de animales
y plantas comestibles. Son tambikn "dueas" de
algunos animales que, de vez en cuando, sueltan en
grupos a la superficie. Hay una continua interaccin
entre el mundo de las Nnkui y el de la superficie
(tierra). La mujer, por medio del mito, pide a las
Nnkui que posibiliten en la chacra "una nueva crea-
cin". A su vez, las Nnkui darn vigor a la tierra
y controlarn el cumplimiento de las tcnicas tradi-
cionales de la agricultura que ellas mismas ensearon
a la mujer aguaruna.
paatnpa. . Pltano. El aguaruna cultiva unas 17 variedades di-
ferentes.
pagt .
painkamu.
pki.
patcb.
pek.
Caa de azcar.
Carne hervida.
S Huangana. Es el tayasu pcari. Parecido al jabal
europeo. Viven en grandes piaras que recorren la
selva destruyendo y ahuyentando todo lo que encuen-
tran a su paso. Su carne es apreciada y se considera
una gran suerte encontrar su camino por la facilidad
de su caza y la abundancia de carne que se obtiene.
Sin embargo, atacan al hombre. Al rodearlas e ini-
ciar los tiros cruzados, no es raro que algn cazador
quede herido. Todava existe el miedo reflejado en
algunos cuentos: las huanganas pueden "robarJ' a
algn cazador, creencia que les permite explicar la
desaparicin de aguarunas en las caceras de huan-
ganas.
Por desobedecer a Etsa, las conjur para que andu-
vieran en manadas, facilitando as su caza.
Travesao que se coloca a poca distancia de la cama
(vase pek) y a su mismo nivel, donde se colocan
los pies cuando se descansa; debajo est el fuego
donde se cocina, sirviendo al mismo tiempo, para
proteger del fro y de los animales nocturnos.
Es la cama aguaruna. Especie de barbacoa de 1.5 m.
ancho por 2 de largo. Est hecha con corteza de
pona batida o de estera, ligeramente inclinada hacia
adelante y sostenida por palos a una altura del suelo
de unos 75 cm. Aparte de la cama matrimonial, ms
amplia, est la tankamash, cama de soltero, de di-
mensiones ms reducidas y sin patch (vase), y la
aw peaj o cama de los perros, aunque muchas
veces comparten el lecho de sus dueos o el de la
hija encargada de ellos.
Vasija de barro cocido y decorada con dibujos geo-
mtricos de colores vivos. Se utiliza nicamente pa-
ra servir el masato (vase).
phinga. Vase pinn.
ptu. Pan de rbol. .
snku.
skucb.
shiwrn.
tsanin- tsanin.
tsuntsu.
iumpd.
untuku.
Es la huitina o taro. El aguaruna cultiva 6 varieda-
des.
Perdiz azul.
Variedad de yuca.
Enemigo; el que no forma parte de mi familia ex-
tensa.
Armadillo. El cuerpo lo tiene protegido de una capa
cartilaginosa dentro de la cual se esconden cuando
se les ataca. Tiene sus patas fuertes y cortas provis-
tas de uas con las que hace sus madrigueras. En la
mitologa aguaruna aparece como aliado del hombre.
Particip en la primera gran batalla contra el Unkju
/cangrejo de ro/ y los peces, donde Etsa /sol/ lo
conjur transformndolo en el animal homnimo.
Forma de comunicacin de los seres sobrenaturales
con el hombre. Est investido de potencialidades
religiosas. Es preocupacin comn de los aguarunas
la interpretacin de los sueos buscando en ellos
solucin ante problemas insospechados, orientacin
en el actuar o premoniciones de acontecimientos fu-
turos.
Planta silvestre no comestible.
Caa brava.
Pltano maduro.
Planta silvestre no comestible.
Choro, molusco de las quebradas.
Planta silvestre no comestible.
Fruto silvestre no comestible.
wshi.
Maquisapa. Cuadrmano de color negro y extremi-
dades desproporcionadas; las torxicas tienen slo
cuatro dedos, mientras que las traseras presentan
cinco.
washk. Especie de bejuco.
whwa. Topa.
wincbu. Planta silvestre no comestible.
yapn. Fruto silvestre.
yujmak. Vase mma.
yunkipk. Sajino. Porque Etsa /sol/ lo conjur anda nicamen-
te con su pareja, a diferencia de la pciki Ihuanganal,
muy parecido a l, que siempre va en manada. Es
inofensivo y nunca ataca al hombre cuando se siente
acosado. Etsa tambin lo conjur para que se le
pueda matar fcilmente con la ayuda de los perros.
4. LA NARRATIVA ACADEMICA Y FORMAL
La prosa literaria atrae el inters de los crticos por muy dis-
tintas causas. En la breve muestra que ofrecemos de ella en este
tomo, no hay duda que uno de los motivos que nos convocan es
el cambio de escritura, por ejemplo, la de Lpez Albjar 1, Valde-
lornar2, y Dez Canseco se ligan a corrientes literarias y momen-
tos de la relacin entre la capital y Ia provintia, entre los varios
senderos que diluyen la imaginacin interpretada por el escritor en
sus composiciones. As, la produccin de Valdelomar como perio-
dista y escritor, coincide con una etapa de la ciudad y un cambio
m la sociedad. Todos ellos pueden ser adheridos a corrientes arts-
ticas o ideolgicas, pero podra subrayarse la distancia que nos
sita hoy frente a sus narraciones.
La presencia de los textos de Alegra y Arguedas 5 da idea,
por su parte, de la maestra con la que afinc en nuestra narrativa
1) Lpez Albjar, Enrique, El hombre de la bandera, tomado de Cuentos andi-
nos, Editorial Juan Meja Baca, 1965, pp. 55-66. Lima.
2) Valdelomar, Abraham, Zebmisto, el sauce 4ue murJ de amor, de Obras
escogidas, Ediciones Hora del Hombre S.A., 1947, pp. 3-96. Lima.
3) Dez Canseco, Jos, El trompo, de Est mpas mulatas, Editorial Universo
S.A., 1973, pp. 263.276. Lima.
4) Alegra, Cim, Calixto Cjarmensia, transcnto de Escobar, Alberto, Ter narra-
cin en el Per, Libren'a Editorial Juan Meja Baca, 2a. Edicin, 1960,
pp. 352-357, Lima. Este texto fue incluido luego como parte de la novela
de Cim Alegra, f d mo , Editorial Locada S.A., 1973. Buenos Aires.
5 ) Arguedas, Jos Mara, & agona de "&su rmiti", Camino del Hombre,
1962, 24 pp. Lima.
la mirada hacia el mbito rural. Otro es el caso de & casa de
cartn6 que documenta en fecha temprana, cmo esa prosa renueva
el sentido comunioativo entre el mundo aledao a la ciudad, el
mmdo del balneario o del paseo campestre; y la accin de una
mirada que cada vez se haca ms urbana.
Los escritores posteriores a los aos 50 abren las vas transi-
tadas por los anteriores y recogen fundamentalmente no slo lo
urbano en todos sus estratos y clases sociales, sino que renuevan el
lenguaje con formas coloquiales, No hay duda que la literatura a
travs de discurso narrativo anuncia o da fe de una percepcin que
se extiende para mostrarnos un imaginario frecuentemente compar-
tido por distintos textos, autores y lectores. Los que siguen a Ri-
beyro 7,
Zavaletar Vargas Llosa 9 y Bryce 10 son tambin una
muestra parcial & los tipos de prosa narrativa en los ltimos veinte
aos y de la irrupcin de espacios cubiertos por otros discursos,
aparentemente acadmicos y cultivados en el arte de narrar escrito.
Sin embargo Congrains 11, Reinoso 12, Scorza ls, Martnez 14,
aprovechan la presentacin de una vena oral, la que transita por sus
pginas y rompe los marcos usuales, tanto en la temtica y el tab,
6) Mam'n, Adn (seudnimo de Rafael de la Fuente Benavides), L;a casa de
cartn (fragmento), Ediciones Nuevo Mundo, 1961, pp. 35-45. Lima.
7) Ribeyro, Julio Ramh, La botelta de chicha, de .& pafabra del mundo -
Cuentos, 1952-1972, T. 11, Milla Batres Editorial, 1972, pp. 137-141. Lima.
8)
Zavaleta, Carlos E., Un dia en muchas partes del mundo, tomado del libro
de igual ttulo, Editorial Magisterio Espaol S.A., 1979, pp. 17-24. Madrid.
9) Vargas Llosa, Mano, El abuelo, de Los jefes, Editorial Universitaria S.A.,
1970, pp. 112-120. Santiago de Chile.
10)
Bryce, Alfredo, Con Jimmy, en Paracas, de Zuerto cerrado, Casa de las
Am6ricas, 1968, pp. 31-45. La Habana.
11) Cmgrains, Enriqrre, El nno de junto al cielo, de Lima, hora cero, Crculo
de novelistas peruanos, 1954, pp. 105-123. Lima.
12)
Reinoso, Oswaldo, Cara de ngel, de Lima en rock (Los inocentesQ, Popu-
libros peruanos, sexta serie, s.f., pp. 11-25. Lima
13) Scorza, Manuel, Redoble por hnc a s (fragmento), Editorial Planeta, 1970,
pp. 13-18. Lima.
14) Martnez, Gregario, Seductora, de Sierra de calkndula- Cuentos, Editorial
Milla Batres S.A., 1975, pp. 101-102. Lima.
como en la tcnica y el humor. Pero lo ms constante en estos
casos es la bsqueda de ambientes populares frente al agotamiento
de los herederos de la nobleza, del dinero o de1 poder poltico. Todos
ellos contrastan con una visin totalmente desacralizada del papel
del escritor -incluso por medio de contracorrientes narrativas, por
ejemplo el texto de Rivera Martnez 15 que se acompaa- tanto
como hroe inspirado o como notario del poder; en su lugar, es el
testimonio que recrea las experiencias vividas, escuchadas o inven-
tadas m un asiduo juego intertextual.
ALBERTO ESCOBAR
15) Rivera Martnez, J. Edgardo, Angel de Acongate, tomado de la Revista
"Caretas" No 723, 15 de noviembre de 1982, pp. 40-41. Lima .
115 .
EL HOMBRE DE LA BANDERA
LOPEZ ALBUJAR, ENRIQUE (1 872- 1966)
Fue en los das que pesaba sobre Hunuco una enorme ver-
genza. No slo era ya ef sentimiento de la derrota, entrevista a la
distancia como un desmedido y trgico incendio, ni el pavor que
causan los ecos de la catstrofe, percibidos a travs de la gran
muralla andina, lo que los patriotas huanuqueos devoraban en el
silencio conventual de sus casas solariegas; era el dolor de ver im-
puesta y sustentada por las bayonetas chilenas a una autoridad
peruana, en nombre de una paz que rechazaba la conciencia pblica.
La lgica provinciana, rectilnea, como la de todos los pueblos de
alma ingenua, no poda admitir, sin escandalizarse, esta clase de
consorcios, en los que el vencido, por fuerte que sea, tiene que sen-
tir a cada instante el contacto depresivo del vencedor. Qu signi-
ficaban esos pantalones rojos y estas botas amarillas en Hunuco,
si la paz estaba ya en marcha y en la capital haba un gobierno que
nombraba autoridades peruanas en nombre de ella?
E1 patriotismo no saba responder a estas preguntas. Slo saba
que en torno de esa autoridad, cada en Hunuco de repente, se
agitaban hombres que das antes haban cometido, al amparo de la
fuerza, todos los vandalismos que la barbarie triunfante poda ima-
ginar. Un viento de humilhcin soplaba sobre las almas. Habrase
preferido la invasin franca, como la primera vez; el vivir angus-
tioso bajo el imperio de la rey marcial del chileno; la hostilidad de
todas las horas, de todos los instantes; el estado de guerra, en una
palabra, con todas sus brutalidades y exacciones. Pero un prefecto
peruano amparado por fuerzas chilenas!. . . Era demasiado para un
pueblo, cuya virilidad y soberbia castellana estuvieron siempre al
servicio de las ms nobles rebeldas. Era To suficiente para que a la
vergenza sobreviniera la irritaci-n, la protesta, el levantamiento.
Pero en esos momentos faltaba un corazn que sintiera por
todos, un pensamiento que unificase a las almas, una voluntad que
arrastrase a la accin. La derrota haba sido demasiado dura y
elocuente para entibiar el entusiasmo y el celo patriticos. La razn
haca sus clculos y de ellos resultaba siempre, como guarismos
fatales, la inutilidad del esfuerzo, la esterilidad ante lo irremediable.
Y al lado del espritu de rebelda se alzaba el del desaliento, el del
pesimismo, un pesimismo que se intensificaba al verse a ciertos hom-
bres -sos que en todas partes y en las horas de las grandes des-
venturas saben extraer de la desgracia un beneficio o una conve-
niencia- paseando y bebiendo con el vencedor.
Pero lo que Hunuco no poda hacer iban a hacerlo los pues
blos. Una noche de agosto de 1883, cuando todas las comunidades
de Obas, Pachas, Chavinillo y Chupn haban lanzado ya sobre el
valle millares de indios, llamados al son de los cuernos y de los
bronces, todos los cabecillas -una media centena- de aquella abi-
garrada multitud, reunidos al amparo de un canchn y a la luz de
las fogatas, cbaccbabm silenciosamente, mientras uno de ellos, alto,
bizarro y de mirada vivaz e inteligente, de pie dentro del crculo,
les diriga la palabra.
-Quizs ninguno de ustedes se acuerde ya de m. Soy Apari-
cio Pomares, de Chupn, indio como ustedes, pero con el corazn
muy peruano. Los he hecho bajar para decirles que un gran peligro
amenaza a todos estos pueblos, pues hace quince das que han
llegado a Hunuco como doscientos soldados chilenos. Y saben
ustedes quines son esos hombres? Les dir. Esos son los que ha-
cen tres aos han entrado al Per a sangre y fuego. Son supaypa-
buachasbgm y es preciso exterminarlos. Esos hombres incendian
los pueblos por donde pasan, rematan a los heridos, fusilan a los
prisioneros, violan a las mujeres, ensartan en sus bayonetas a los
nios, se meten a caballo en las iglesias, roban las custodias y las
alhajas de los santos y despus viven en las casas de Dios sin res-
peto alguno, convirtiendo las capillas en pesebreras y los a l t a r ~ en
fogones. En varias partes me he batido con ellos.. . En Pisagua, en
San Francisco, en Tacna, en Tarapac, en Miraflores. . . Y he visto
que como soldados valen menos que nosotros. Lo que pasa es que
ellos son siempre ms en el combate y tienen mejores armas que las
nuestras. En Pisagua, que fue el primr lugar en que me bat con
ellos, los vi muy cobardes. Y nosotros ramos apenas un puado
as. Tomaron al fin el puerto y lo quemaron. Pero ustedes no saben
dnde queda Pisagua, ni qu cosa es un puerto. Les dir. Pisagua
est muy lejos de aqu, a ms de trescientas leguas, al otro lado de
estas montaas, al sur. . . Y se llama puerto porque est al pie del
mar.
-Cmo es el mar, taita? -exclam uno de los jefes.
-Cmo es el mar. . . ? Una inmensa pampa de agua azul y
verde, dos mil, tres mil veces ms grande que la laguna Tuctu-gocba,
y en la que puede caminarse dias enteros sin tocar en ninguna parte,
vindose apenas tierra por un bdo y por el otro no. Se viaja en
buque, que es como una gran batea llena de pisos, y de cuartos y
escaleras, movida por unos hornos de fierro que tragan mucho car-
bn. Y una v a adentro se siente uno mareado, como si se hubiese
tomado mucha chacta.
El auditorio dej de cbaccbar y estall en una estrepitosa car-
cajada. Qu cosas las que les contaba este Pomares!. . . Habra que
verlas. Y el orador, despus de dejarles comentar a sus anchas lo
del mar, o de la batea y lo del puerto, reanud su discurso.
- Como les deca, esos hombres, a quienes nuestros hermanos
del otro lado llaman chilenos, desembarcaron en Pisagua y lo incen-
diaron. Y lo mismo vienen haciendo en todas partes. Montan unos
caballos muy grandes, dos veces nuestros caballitos, y tienen cao-
nes que matan gente por docenas, y traen escondido en las botas
unos cuchillos curvos, con los que les bren el viente a los heridos
y prisioneros.
-Y por qu chilenos hacen cosas con piruanos? -interrog
el cabecilla de los Obas-. No son los mismos mistis?
-No, esos son otros hombres. Son mistis de otras tierras, en
las que no mandan los peruanos. Su tierra se llama Chile.
-Y por qu pelean con los piruanos? -volvi a interrogar
el de Obas,
-Porque les ha entrado codicia por nuestras riquezas, porque
saben que el Per es muy rico y ellos muy pobres. Son unos pio-
jos hambrientos.
El auditorio volvi a estallar en carcajadas. Ahora se explica-
ban por qu eran tan ladrones aquellos hombres: tenan hambre.
Pero el de Obas, a quien la frase nuestras riquezas no le sonaba
bien, pidi una explicacin.
-Por qu has dicho Pomares, nuestras riquezas? Nuestras
riquezas son, acaso, las de los mistis? Y qu riquezas tenemos
msotros? Nosotros slo tenemos carneros, vacas, terrenitos y papas
y trigo para comer. Vafdrn todas estas cosas tanto para que esos
hombres vengan de tan lejos a querrnoslas quitar?
-Les hablar ms claro -replic Pomares-. Ellos no vienen
ahora por nuestros ganados, pero s vienen por nuestras tierras, por
las tierras que estn all en el sur. Primero se agarradn esas, des-
pus se agarrarn las de ac. Qu se creen ustedes? En la guerra
el que puede ms le quita todo al que puede menos.
-Pero las tierras del sur son de los misfis, son tierras con las
que nada tenemos que hacer nosotros -argull nuevamente e1 oba-
s i i ~ Qu tienen que hacer las tierras de Pisagua, como dices t,
con las de Obas, Chupn, Chavinillo, Pachas y las dems
-Mucho. Ustedes olvidan que en esas tierras est el Cuzco,
la ciudad sagrada de nuestros abuelos. Y decir que el misti chileno
nada tiene que hacer con nosotros es como decir que si maana,
por ejemplo, unos bandoleros atacaran Obas y quemaran unas cuan-
tas casas, los moradores de las otras, a quienes no se les hubiera
hecho dao, dijeran que no tenan por qu meterse con los bando-
leros ni por qu perseguirlos. As piensan ustedes desde que yo
falto de aqu?
-jNo! -contestaron a un tiempo los cabecillas.
Y el obasino, casi convencido, aadi:
-El que daa a uno de nuestra comunidad daa a todos.
-As es. Y el Per no es una comunidad? -grit Pomares-.
Qu cosa creen ustedes que es Per? Perir es muy grande. Las
tierras que estn al otro lado de la cordillera son Per; las que caen
a este lado, tambin Per. Y Per tambin es Pachas, Obas, Chu-
pn, Chavinillo, Margos, Chauln. . . y Panao, y Llata, y Ambo
y Hunuco. Quieren ms? Por qu, pues, vamos a permitir que
mistis chilenos, que son los peores hombres de la tierra, que son
de otra parte, vengan y se lleven maana lo nuestro? Acaso les
tendrn ustedes miedo? Que se levante el que le tenga miedo al
chileno.
Nadie se levant. En medio del silencio profundo que sobre-
vino a esta pregunta, slo se w'a en los semblantes el reflejo de
la emocin que en ese instante embargaba a todos; una emocin
extraa, jams sentida, que pareca poner delante de los ojos de
aquellos hombres la imagen de un ideal hasta entonces desconocido,
al mismo tiempo que la voz del orgullo elevaba en sus corazones
una protesta contra todo asomo de cobarda.
Pero el viejo Cusaqucbe, que era el jefe de los de Chavinillo,
viejo de cabeza venerable y mirada de esfinge, dejando de acariciar
la escopeta que tena sobre los muslos, dijo, con fogosidad impro-
pia de sus aos:
-T sabes bien, Aparicio, que entre nosotros no hay cobar-
des, sino prudentes. EI indio es muy prudente y muy sufrido, y
cuando se le acaba la pacientia embiste, muerde y despedaza. Tu
pregunta no tiene razn. En cambio yo te pregunto por qu vamos
a hacer causa comn con mistis pirumos? ,%istis piruanos nos han
tratado siempre mal. No hay ao en que esos hombres no vengan
por ac y nos saquen contribuciones y nos roben nuestros anima-
les y tambin nuestros hijos, unas veces para hacerlos soldados y
otras para hacerlos pmgos. Te has olvidado de esto, Pomares?
-No, Cusas4uicbe. Cmo voy a olvidar si conmigo ha pasado
eso. Hace cuatro aos que me tomaron en Hunuco y me metieron
al ejrcito y me mandaron a pelear al sur con los chilenos. Y fui a
pelear llevando a mi mujer y a mis hijos colgados del corazn.
Qu iba a ser de ellos sin m? Todos los das pensaba lo mismo
y todos los das intentaba desertarme. Pero se nos vigilab,a mucho.
Y en el sur, una vez que supe por el sargento de mi batalln por
qu pelebamos, y vi que otros compaeros, que no eran indios
como yo, pero seguramente de mi misma condicin, cantaban, bai-
laban y rean en el mismo cuartel y en el combate se batan como
leones, gritando iViva el Perri! y retando al enemigo, tuve vergen-
za de mi pena y me resolv a pelear como ellos. Acaso ellos no
tendran tambin mujer y guaguas como yo? Y como o que todos
se llamaban peruanos, yo tambin me llam peruano. Unos, perua-
nos de Lima; otros, peruanos de Trujillo; otros, peruanos de Are-
quipa; otros, peruanos de Tacna. Yo era peruano de Chupan.. .
de Huilnuco. Entonces perdon a los lnistis peruanos que me htr-
bieran metido al ejrcito, en donde aprend muchas cosas. Aprend
que Per es una nacin y Chile otra nacin; que el Per es la patria
de los mieis y de los indios; que los indios vivimos ignorando
muchas cosas porque vivimos pegadas a nuestras tierras y despre-
ciando el saber de los mistis siendo as que los mistis saben ms
que nosotros. Y aprend que cuando la patria est en peligro, es
decir, cuando los hombres de otra nacin la atacan, todos sus hijos
deben defenderla. Ni ms ni menos que lo que hacemos por ac
cuando alguna comunidad nos ataca. Qu los mistis perua~os nos
tratan mal? iVerdad! Pero peor nos trataran los mistis chilenos.
Los peruanos son, al fin, hermanos nuestros; los otros son nuestros
enemigos. Y entre utios y otros, elijan ustedes.
Y Pomares, exaltado por su discurso y comprendiendo que
haba logrado reducir y conmover a su auditorio, se apresur a
desenvolver con mano febril, el atado que tena a su espalda, y
sac de l, religiosamente, una gran bandera, que, despus de anu-
darla a una asta y enarbolarla, la bati por encima de las cabezas
de todos, diciendo:
-Compaeros valientes: esta bandera es Per; esta bandera
ha estado en Miraflores. Vanla bien. Es blanca y roja, y en donde
ustedes vean una bandera igual all estar el Per. Es la bandera
de los mistis que viven all en las ciudades y tambin de los que
vivimos en estas tierras. No importa que all los hombres sean mistis
y ac sean indios; que ellos sean a veces pumas y nosotros ovejas.
Ya llegar el da en que searnac iguales. No hay que mirar esta
bandera con odio sino con amor y respeto, como vemos en la proce-
sin a la Virgen Santisima. As ven los chilenos la suya. Me han
entendido? Ahora levntense todos y bsenla, como la beso yo.
Y despus de haber besado Pomares la bandera con uncin de
creyente, todos aquellos hombres sencillos, sugestionados por el
fervor patritico de aqul, se levantaron y, movidos por la misma
inspiracin, comenzaron a desfilar, descubiertos, mudos, solemnes,
delante de la bandera, besndola cada uno, despus de hacerle una
humilde genuflexin y de rozar con la desnuda cabeza la roja franja
del bicolor sagrado. Sin saberlo, aquellos hombres haban hecho
su comunin en el altar de la patria.
Pero Pomares, que todava no estaba satisfecho de la ceremo-
nia, una vez que vio a todos en sus puestos, exclam:
-1Viva el Per!
-Viva! -respondieron Ias cincuenta voces.
- iMuera Chile !
-Muera!
-iA Hunuco todos!
-A Hunuco! iA Hunuco!
Haba bastado la voz de un hombre para hacer vibrar el alma
adormecida del indio y para que surgiera, enhiesto y vibrante, el
sentimiento de la patria, no sentido hasta entonces. -
Y al da siguiente de la noche solemne, al conjuro del nuevo
sentimiento, difundido ya entre todos por sus capitanes, dos mil
indios prepararon las hondas, afilaron las hachas y los cuchillos,
aguzaron las picas, limpiaron las escopetas y revisaron los garrotes.
Nadie se detuvo a reflexionar sobre la superioridad de las armas
del invasor. Se saba que un puado de hombres extraos, odiosos,
rapaces, sanguinarios y violentos, venidos de un pas remoto, haba
invadido por segunda vez su capital, y esto les bastaba. Aquella
invasin era un peligro, como muy bien haba dicho Pomares, que
despertaba en ellos el recuerdo de los abusos pasados. La paz de
que se hablaba en Hunuco era una mentira, una celada que el
genio diablico de esos hombres tenda a su credulidad, para sor-
prenderles y despojarles de sus tierras, incendiarles sus chozas, de-
vorarles sus ganados y violarles a sus mujeres. Las mismas viden-
c i a ~ cometidas con ellos secularmente por todos los hombres veni-
dos del otro lado de los Andes, del mar, desde el uiracocba barbu-
do y codicioso, que les arras su imperio, hasta este soldado de
calzn rojo y botas amarillas de hoy, que iba dejando a su paso un
reguero de cadveres y ruinas.
Era preciso, pues, destruir ese peligro, levantarse todos contra
I, ya que el misti peruano, vencido y anonadado por la derrota, se
haba resignado, como la bestia de carga, a llevar sobre sus lomos
el peso del mist vencedor.
Despus de dos das de marcha, recta y arrolladora, por que-
bradas y cumbres -marcha de utacas- aquel torrente humano,
que, ms que hombres en son de guerra pareca, el xodo de una
horda, guiado por la bandera de Aparicio Pomares, coron en la
maana del ocho de agosto las alturas del Tactay, es decir, vino a
acampar en las mismas puertas de Hunuco, y, una vez all, comen-
z a retar al orgulloso vencedor.
Aquel reto envolva una inslita audacia; la audacia de la car-
ne contra el hierro, de la honda contra el plomo, del cuchillo contra
la balioneta, de la confusin contra la disciplina. Pero era un rasgo
que vindicaba a la raza y que vena a percutir hondamente en el
corazn de un pueblo, dolorido y desconcertado por la derrota.
La aparicin de aquellos sitiadores extraos fue una sorpresa,
no slo para los huanuqueos, sino para la misma fuerza enemiga.
Los primeros, hartos de tentativas infrucutosas, de fracasos, de decep-
ciones, en todo pensaban en esos momentos menos en la realidad de
una reaccin de los pueblos del interior; la segunda, ensoberbecida
por la victoria, confiada en la ausencia de todo peligro y en el amparo
moral de una autoridad peruana, que acababa de imponer en nom-
bre de la paz, apenas si se detuvo a recoger los vagos rumores de
un levantamiento.
Aquella aparicin produjo, pues, como era natural, el entusias-
mo en unos y el desconcierto en otros. Mientras las autoridades
polticas preparaban la resistencia y el jefe chileno se decida a
combatir, el vecindario entero, hombres y mujeres, viejos y nios,
desde los balcones, desde las puertas, desde los tejados, desde las
torres, desde los rboles, desde las tapias, curiosos unos, alegres,
otros, como en un da de fiesta, se aprestaban a presenciar el tr-
gico encuentro.
Seran las diez de la maana cuando ste se inici. La mitad
de la fuerza chilena, con S jefe montado a la cabeza, comenz a
escalar el 7nctay con resolucin. Los indios, que en las primeras
horas de la maana no haban hecho otra cosa que levantar ligeros
parapetos de piedra y agitarse de un lado a otro, batiendo sus ban-
derines blancos y rojos, rastrillando sus hondas y lanzando atrona-
dores gritos, al ver avahzar al enemigo, precipitronse a su en-
cuentro en oleadas compactas, guiados, como en los das de marcha,
por la gran bandera de Aparicio Pomares. ste, con agilidad y
resistencia increbles, recorra las filas, daba un vtor aqu, ordenaba
otra cosa all, salvaba de un salto formidable un obstculo, retro-
ceda rpidamente y volva a saltar, saludaba con el sombrero las
descargas de la fusilera, se detena un instante y disparaba su esco-
peta, y en seguida, mientras un compaero se la volva a cargar,
empuaba la honda y la disparaba tambin. Y todo esto sin soltar
su querida bandera, pasendola triunfal por entre la lluvia del plo-
mo enemigo, asombrando a ste y exaltando a la ciudad, que vea
en ese hombre y en esa bandera la resurreccin de sus esperanzas.
Y el asalto dur ms de dos horas, con alternativas de avances
y retrocesos por ambas partes, hasta que habiendo sido derribado
el jefe chiIeno de un tiro de escopeta, disparado desde un matorral,
sus soldados, desconcertados, vacilantes, acabaron por retirarse defi-
nitivamente.
Esta pequea victoria, humilde por sus proporciones y casi
ignorada, pero grande por sus efectos morales, bast para que, horas
despus, al amparo de la noche, los hombres de la paz y los hom-
bres del saqueo evacuaran furtivamente la ciudad. Hunuco, cuna
de hroes y de hidalgos, acababa de ser libertada por los hmil-
des shucuyes del Dos de Mayo.
v
Al da siguiente, cuando los indios, triunfantes, desfilaron por
las calles, precedidos de trofeos sangrientos y de banderines blancos
y rojos, una pregunta, llena de ansiedad y orgullo patritico, corra
de boca en boca: "Dnde est el hombre de la bandera?" "Por
qu no ha bajado e1 hombre de la bandera?" Todos queran cono-
cerle, abrazarle, aplaudirle, admirarle.
Uno de los cabecillas respondi:
-Pomares no ha podido bajar: se ha quedado herido en
Rondos.
Efectivamente, el bombre da LI bandera, como ya le llamaban
todos, haba recibido durante el combate una bala en el muslo de-
recho. Su gente opt por conducirlo a Rondos y de all, a Chupn,
a peticin suya, en donde, das despus, falleca devorado por la
gangrena.
Antes de morir tuvo todava el indio esta ltima frase de amor
para su bandera:
-Ya sabes, Marta; que me envuelvan en mi bandera y que me
entierren as.
Y as fue enterrado el indio chupn Aparicio Pomares, el honi-
bre de la bandera, que supo, en una hora de inspiracin feliz, sacu-
dir el alma adormecida de la raza.
De eso slo queda all, en un ruinoso cementerio, sobre una
tumba, una pobre cruz de madera, desvencijada y cubierta de Ique-
nes, que la costumbre o la piedad de algn deudo renueva todos los
aos en el da de difuntos.
HEBARISTO, EL SAUCE QUE MURIO DE AMOR
VALDELOMAR, ABRAHAM (1888.1919)
Inclinado al borde de la parcela colindante con el estril yer-
mo rodeado de "yerbas santas" y "llantenes", viendo correr entre
sus races que vibraban en la corriente, el agua fra y turbia de la
acequia, aquel rbol corpulento y lozano an, deba llamarse Heba-
risto y tener treinta aos. Deba llamarse Hebaristo y tener treinta
aos, porque haba el mismo aspecto cansino y pesimista, la misma
catadura enfadosa y acre del joven farmacutico de "El amigo del
Pueblo", establecimiento de drogas que se hallaba en la esquina de
la Plaza de Armas, junto al Concejo Provincial, en los bajos de la
casa donde, en tiempo de la Independencia, pernoctara el Coronel
Marmanillo, lugarteniente del Gran Mariscal de Ayacucho, cuan-
do, presionado por los realistas, se dirigiera a dar aquella singular
batalla de la Macacona. Marmanillo era el hroe de la aldea de
P. porque en ella haba nacido y, aunque a sus puertas se realizara
una poca afortunada escaramuza, en la cual caballo y caballero
salieron disparados al empuje de un puado de chapetones, eso, a
juicio de las gentes patriotas de P. no quitaba nada a su valor y
merecimientos, pues sabido era que la tal escaramuza se perdi por-
que el Capitn Crisstomo Ramrez, dueo hasta el ao 23 de un
lagar y hecho Capitn de Patriotas por Marmanillo, no acudi con
oportunidad al lugar del suceso. Los de P. guardaban por el Coro-
nel de milicias recuerdo venerando. La peluquera Ilambase "Saln
Marmanillo", la encomendera de la calle Derecha, que despus se
llam "28 de Julio", tena en letras rojas y gordas, sobre el extenso
y mon6tono muro azul, el rtulo "'Al Descanso de Marmanillo", y,
por fin, en la Sociedad "Confederada de Socorros Mutuos", haba
un retrato al leo sobre el estrado de la "directiva", m el cual apa-
rece 4 hroe con su cotor de olla de barro, sus galones dorados y
una mano en la cintura, fieles tradrictores de su gallarda miliciana.
Digo que el sauce era joven, de unos treinta aos y se llamaba
Hebaristo, porque como el farmacutico tena el aire taciturno y
enlutado, y como l, aunque durante el da pareca alegrarse con la
Iuz del Sol, en IIegando la tarde y sonando la "oracin", caa sobre
ambos una tan manifiesta melancola y un tan hondo dolor silen-
cioso, que era de "partir el alma". Al toque de nimas Hebaristo y
su homnimo el farmacutico, corran el mismo albur. Suspenda
ste su charla en la botica, caa pesadamente sobre su cabeza semi-
calva el sombrero negro de pao, y sobre el sauce de la parcela
posaba el de todos los das gallinazo negro y roncador. Luego la
noche envolva a ambos en el misnio misterio; y tan impenetrable
era entonces la vida del boticario cuanto ignorada era la suerte de
Hebaristo, el sauce. . .
Evaristo Mazuelos, el farmacutico de P., y Hebaristo, el sauce
de la parcela, eran dos vidas paralelas; dos cuerdas de una misma
arpa; dos ojos de una misma misteriosa y terica cabeza; dos bra-
zos de una misma desolada cruz, dos estrellas insignificantes de
una misma constelacin. Mazuelos era hurfano y guardaba, al
igual que el sauce, un vago reauerdo de sus padres. Como el sauce
era rbol que slo serva para cobijar a los campesinos a la hora
clida del medioda, MazueIos slo serva en la aldea para escuchar
la charla de quienes solan cobijarse en la botica; y as como el sauce
daba una sombra indiferente a los gaanes mientras sus races rojas
jugueteaban en el agua de la acequia, as l oa con desganada abne-
gacin, la charla de los otros, mientras jugaba, el espritu fijo en una
idea lejana, con la cadena de su reloj, o haca con su dedo ndice
gancho a ia oreja de su botn elstico, cruzadas una sobre otra, las
enjutas magras piernas. %
Habase enamorado Mazuelos de la hija del Juez de Primera
Instancia, una chiquilla de alegre catadura, mi ma d a y raqutica,
de ojos vivaces, labios anmicos, nariz respingada y cabellera de
achiote, vestido a pintitas blancas sobre una muselina azul de Pm-
sia, que pas un mes y das en P., y que all los hubiera pasado
todos si w padre, el doctor Carrizales, no hubiera cado mal al
secretario de la Subprefectura, un tal de La Haza, que era, a un
tiempo redactor de "La Voz Regionalista" singular decano de la
prensa de P. El doctor Carrizales mager su amistad con el Jefe de
la Regin, hubo de salir de P., y dejar )a judicatura a raz, d d un
artculo editorial de "La Voz Regionalista') titulado "Hasta cun-
do?", muy vibrante y tendencioso, e11 el cual, se recordaban entre
otras cosas desagradables, ciertos asuntos sentimentales relaciona-
dos con el nombre, apellido y costumbres de su esposa, por esos
das ya finada, desgraciadamente. La hija del Juez haba sido el
nico amor del farmacutico a yos treinta aos se deslizaron espe-
rando y presintiendo a la bienamada. Blanca Luz fue para Mazue-
los la realizacin de un sueo de veinte aos y la ilustracin tan-
gible y en carne de unos versos en los cuales haba concretado
Evaristo, toda su esttica.
Los versos de Mazuelos eran, como se ver, el presentido retrato
de la hija del doctor Carrizales; y empezaban de esta manera:
Como una brisa para d caminante
ha de ser
la dulce dama a quien mi amor
entregue;
quiera el fnebre Destino que pronto
llegue
a mis tristes brazos, que la estn
esperando, la dulce mujer. .
Bien cierto es que Mazuelos desvirtuaba un poco la cuestin
tcnica en su poesa; que hablando de sus brazos en el tercer pie
del verso les llama "tristes" cosa que no es aceptable dentro de un
concepto estricto de la potica; y que la frase "que la estn espe-
rando", est ntegramente dems en el ltimo verso; pero ha de
considerarse que sin este aditamento, la composicin carecera de
la idea fundamental que es la idea de espera y que el pobre Evaris-
to, haba pasado veinte aos de su vida en este ripio sentimental:
esperando.
Blanca Luz era, pues, al par, un anhelo de farmaceutico y la
realizacin de un viejo sueo potico. Era el ideal hecho carne, el
verso hecho verdad, el sueo transformado en vigilia, la ilusin que,
sbitamente, se presentaba a Evaristo, con unos ojos vivaces, una
nariz respingada, una cabellera de achiote; en srrma: Blanca Luz
era, para el farmacutico de "El amigo dd pueblo", el amor, vesti-
do con una falda de muselina azul con pintitas blancas y unas pan-
torrillas, con medias mercerizadas, aceptables desde todo punto de
vista. . .
Hebaristo, el melanclico sauce de la parcela no fu como son
la mayora de los sauces, hijo de una necesidad agrcola; n6. EI
sauce solitario fue hijo del azar, del capricho, de la sinrazn. Era
fruto arbitrario del destino. Si aquel sauce en vez de ser plantado
en las afueras de P., hubiera sido sembrado, como era lgico, en
los grandes saucedales o las pequeas pertenencias, su vida no resul-
tara tan solitaria y trgica. Aquel sauce como el farmacutico de
"El Amigo del Pueblo", senta, desde muchos aos atrs la necesi-
dad de un afecto, el dulce beso de una hembra, la caricia perfu-
mada de una un4n indispensable. Cada caricia del viento, cada
ave que vena a posarse en sus ramas florecidas hacan vibrar todo
el espritu y el cuerpo del sauce de la parcela. Hebaristo que tena
sus ramas en un florecimiento nbil, saba que en alas de la
brisa o en el pico de un colibr, o en las alas de los chucracos
deba venir el polen de su amor, pero los sauces que el destino le
deparaba deban estar muy lejos, porque pas la primavera y el
beso del dorado polen no lleg hasta sus ramas florecidas.
Hebaristo, el sauce de la parcela, comenz a secarse, del mis-
mo modo que el joven y achacoso farmacutico de "El Amigo del
Pueblo". Bajo el cielo de P., donde antes latia la esperanza, cerni
sus alas fnebres y estriles la desilusin.
Envejeci Evaristo, el enamorado boticario, sin tener noticias
de Blanca Luz. Envejeci Hebaristo, el sauce de la parcela viendo
secarse, estriles, sus flores en cada primavera. %la, por instinto,
Mazuelos, hacer una excursin crepuscular hasta el remoto sitio
donde el sauce, al borde del arroyo, enflaqueca. Sentbase bajo
las ramas estriles del sauce y desde all vea caer la noche. El
rbol amigo que quiz comprenda la tragedia de esa vida paralela,
dejaba caer sus hojas sobre el cansino y encorvado cuerpo del far-
macutico.
Un da el sauce familiarizado ya con la muda compaa do-
liente de Mazuelos, esper y esper en vano. Mazuelos no vino.
Aquella misma tarde un hombre, el carpintero de P., lleg con tre-
menda hacha e hizo temblar de presentimientos al sauce triste, ena-
morado y joven. El del hacha cort el hermoso tronco de Hebaristo
ya seco, y despojndolo de ramas lo llev al lomo de su burro hacia
la aldea, mientras el agua del arroyo lloraba, lloraba; y el tronco
rgido sobre el lomo del asno se perda en los baches y lodazales
de la calle "Derecha" para detenerse en la "Carpintera y Confec-
cin de Atades de Rueda e Hijos".
Por la misma calle volvan juntos, Mazuelos y Hebaristo. El
tronco del sauce sirvi para el cajn del farmacutico. "La Voz
Regionalista", cuyo editorial "Hasta cundo?", fuera la causa de
esta muerte prematura, lloraba ahora la desaparicin del "amigo
noble y caballeroso, empleado cumplidor e integrrimo, cuyo recuer-
do no morir entre los que tuvieron la fortuna de tratarlo y sobre
cuya tumba, (el joven de la Haza), pona las siemprevivas, etc.
El Alcalde Municipal, seor Unzueta, que era a un tiempo
propietario de "El Amigo del Pueblo", tom la palabra en el Cemen-
terio y su discurso que se pubjic ms tarde en "La Voz Re@ona-
lista", empezaba: "Aunque no tengo las dotes oratorias de otros,
agradezco el honroso encargo que la Sociedad de Socorros Mutuos
ha depositado en m para dar el Itimo adis al amigo noble y ca-
balleroso, al empleado cumplidor y ciudadano integrrimo, que en
este atad de duro roble". . . y conclua: "T no has muerto. Tu
memoria vive entre nosotros. Descansa en Paz".
VI
Al da siguiente el dueo de la "Carpintera y Confeccin de
Atades de Rueda e Hijos", llevaba al seor Unzueta una factura:
"El seor N. Unzueta a Rueda e hijos.. . Debe por un atad
de Roble. . . Soles 18.70".
-Pero si no era de roble -arguy Unzueta- Era de sauce. . .
-Es cierto -repuso la firma comercial de "Rueda e Hijos"
-es cierto; pero entonces ponga usted cauce en su discurso. . . y
borre el duro roble. . .
-Sera una lstima -dijo Unzueta pagando- sera una lsti-
ma; habra que quitar la frase: "al ciudadano integrrimo que en
este atad de duro roble". . . y eso ha quedado muy bien, lo digo
sin modestia. . . No es verdad Rueda?
-Cierto, seor Alcalde -repuso la voz comercial de "Rueda
e Hijos".
EL TROMP O
DIEZ CANSECO, JOSE (1904-1949)
Sobre el cerro San Cristbal la niebla haba puesto una capota
sucia que cubra la cruz de hierro. Una gara de calabobos se cer-
na entre los rboles lavando las hojas, transformndose en un fango
ligero y descendiendo hasta la tierra que acentuaba su color pardo.
Las estatuas desnudas de la Alameda de los Descalzos se chorrea-
ban con el barro formado por la lluvia y el polvo acumulado en
cada escorzo. Un polica, cubierto con su capote azul de weltas
rojas, daba unos pasos aburridos, entre las bancas desiertas, sin
una sola pareja, dejando la estda fumosa de su cigarrillo. Al fondo,
en el convento de los frailes franciscanos se estremeca la dbil cam-
panita con un son triste.
En esa tarde todo era opaco y silencioso. Los automviles, los
tranvas, las carretillas repartidoras de cervezas y sodas, los "colec-
tivos'', se esfumaban en la niebla gris-azulada y todos los ruidos
parecan lejanos. A veces surga la estridencia caractenstica de los
neumticos rodando sobre el asfalto hmedo y sonoro y surgs'a tam-
bin, solitario y esculido, el silbido vagabundo de un transente
invisible. Esta tarde se, pareca a la tarde del vals sentimental y
huachafo que, hace muchos aos, cantaban los currutacos de las
tiorbas:
La tarde era triste,
la nieve caa ! . . .
Por la acera izquierda de la Alameda iba Chupitos y a su lado
el cholo Feliciano Mayta. Chupitos era un zambito de diez aos,
con dos ojazos vivsirnos sombreados por largas pestaas y una jeta
burlona que siempre frunca con estrepitoso sorbo. Chupitos le lla-
maron desde que un da, haca un ao ms o menos, sus amigos le
encontraron en la puerta de la Botica de San Lzaro pidiendo:
-iDespcheme esta receta!. . .
Uno de los ganchos, Glicerio Carmona, le pregunt:
-Quin est enfermo en tu casa?
-Nadies. . . Soy yo que me han salido unos chupitos. . .
Y con "Chupitos" qued bautizado el mocoso que ahora iba
con Feliciano, Glicerio, el Bizco Nicasio, Faustino Zapata, penden-
cieros de la misma edad que vendan suertes o pregonaban crme-
nes, vidamente kidos en los diarios que ofrecan. Cerraba la mar-
cha Ricardo, el gran Ricardo, el famoso Ricardo que, cada vez que
entraba a uti cafetn japons a comprar un alfajor o un comeycalla,
sala, nadie sabe cmo, con dulces y bizcochos para todos los feli-
greses de la tira:
- jPestaa que uno tiene, compadre!
Gran pestaa, famosa pestaa que un da le fall, desgraciada-
mente, como siempre falla, y que le cost una noche ntegra en la
comisara de donde sali con el orgullo inmenso de quien tiene la
experiencia carcelera que l sintetizaba en una frase aprendida en
una crnica policial:
-Yo soy un avesado en la senda del crimen. . .
E3 grupo iba en silencio. El da anterior, Chupitos haba per-
dido su trompo jugando a la "cocina" con Glicerio Carrnona, ese
juego infame y taimado, sin gallarda de destreza, sin arrogancia de
fuerza. Un juego que consiste en ir impujando el trompo contrario
hasta meterlo dentro de un crculo, en la "cocina" en donde el per-
136
didoso tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habi-
lidad rastrera de saberlo empujar.
-
No era ese un juego de hombres. Chupitos y los otros saban
bien que los trompos, como todo en la vida, deben pelearse a tajos
y quies, con el pual franco de las pas y sin la mujeril arteria
del empelln. El pleito tena siempre que ser definitivo, con 113
triunfador y un derrotado, sin prisionero posible para el orgullo de
los mulatos palomilIas.
Y, naturalmente, Chupitos andaba medio tibio por haber perdi-
do su trompo. Le haba costado veinte centavos y era de naranjo.
Con esa ciencia sutil y maravillosa, que slo poseen los iniciados,
el muchacho haba acicalado su trompo as como su padre acicalaba
sus ajisecos y sus giros, sus cenizos y sus carmelos, todos esos gallos
que eran su mayor y ms alto orgullo. As como a los gallos se les
corta la cresta para que el enemigo no pueda prenderse y patear
luego a su antojo, as chupitos le cort la cabeza al trompo, una
especie de perilla que no serva para nada; lo fue puliendo, nive-
lando y dndole cera para hacerlo ms resbaladizo y le cambi la
innoble pa de garbanzo, una pa roma y cobarde, por la pa de
clavo afilada y brillante como una de las navajas que su padre ama-
rraba a las estacas de sus pollos peleadores.
Aqud trompo haba sido su orgullo. Certero en la chuzada,
Chupitos nunca qued el riltimo y, por consiguiente, jams orden
cocina, ese juego zafio de empujones. Eco, nunca! Con los trompos
se juega a los quies, a rajar al chantado y a sacarle hasta la contu-.
melia que, en lengua faraona, viene a ser algo as como la vida.
Cuntas veces su trompo, disparado con toda su fuerza infantil,
haba partido en dos al otro que enseaba sus entraas compactas
de madera, la contumelia destrozada! Y cmo se ufanaba entonces de
su hazaa con una media sonrisa pero sin permitirse jams la riso-
tada burlona que habra humillado al perdedor.
-Los hombres cuando gianan, ganan. Y ya est.
Nunca se permiti una burla. Apenas la sonrisa presuntuosa
que delataba el orgullo de su sabidura en el juego y, como la cosa
ms natural del mundo, volver a chuzar para que otro trompo se
chantase y rajarlo en dos con la infalibilidad de su certeza. Slo
que el da anterior, sin que l se lo pudiese explicar hasta este ins-
tante, cay detrs de Carmona. iCosas de la vida! Lo cierto es que
tuvo que chantarse y el otro, sin poder disimular su codicia, orden
rpidamente por las ganas que tena de quedarse con el trompo haza-
udo de Chupitos:
- iCocina !
-Se atolondr la protesta del zambito:
-YO no juego cocina! Si quieres, a los quies. . .
La rebelin de Chupitos caus un estupor inenarrable en el
grupo de palomillas. Desde cundo un chantado se atreva a dis-
cutir la prima? El gran Ricardo murmur con la cabeza baja mien-
tras enhuaracaba su trompo:
-T sabes, Chupitos, que el que manda, manda: as es la ley ...
Chupitos, claro est, ignoraba que la ley no es siempre la justi-
cia y, viendo la desaprobacin de la tira de sus amigotes, no tuvo
ms remedio que arrojar su trompo al suelo y esperar, arrimado a
la pared con la huaraca enrollada en la mano, que hicieran con su
juguete lo que les diera en gana. Ah, de fijo que le iban a quitar
su trompo!. . . Todos aquellos compadres saban lo suficiente para
no quemarse ni errar un solo tiro y e1 arma de su orgullo ira a
parar al fin en la cocina odiosa, en esa cocina que la avaricia y la
cobarda de Clicerio Carmona haba ordenado para apoderarse del
trozo de naranjo torneado, en que el zambito fincaba su viril com-
placencia y la orgullosa certidumbre de su fuerza. Y, sin decirlo
naturalmente, sin pronunciar las palabras en voz alta, Chupitos in-
sult espantosamente a Carmona pensando:
-iChontano tena que ser!
Los golpes se fueron sucediendo y sucediendo hasta que, al fin,
el grito de jbilo de Glicerio anunci el final del juego:
-Lo gan.
Si, ya era suyo y no haba poder humano que se lo arrebatase.
Suyo, pero muy suyo, sin apelacin posible, por la pericia maosa
de su juego. Y todos los amigos le envidiaban el trompo que Car.
mona, mostraba en la mano exclamando:
-Ya no juego ms. . .
Pero qu mala pata, Chupitos! Desde chiquitito la cosa haba
sido de una mala pata espantosa. El da que naci, por ejemplo,
en el callejn de Nuestra Seora del Perpetuo Socorro, una vecina
dej sobre un trapo la plancha ardiente, encima de la tabla de plan-
char y el trapo y la tabla se encendieron y el fuego se extendi
por las paredes empapeladas con cartulas de revistas. Total: casi
se quema el callejn. La madre tuvo que salir en brazos del marido
y una hermana de este aIz al chiquillo de la cuna. A poco, los
padres tuvieron que entregarlo a una vecina para que lo lactara, no
fuera que el susto de la madre se le pasara al muchacho. Luego fue
creciendo en un ambiente sumamente "peleador", como deca l,
para explicar esa su pasin por las trompeaduras. Qu suceda?
Que su madre, zamba engreda, haba salido un poco volantusa,
segn la severa y acaso exagerada opinin de la hermana del mari-
do, porque volantrrcera era, al fin y al cabo, eso de demorarse dos
horas en la plaza del mercado y llegar a la casa, a los dos cuartos
del callejn humilde, toda sofocada y preguntando por el marido:
-Ya Ileg Demetrio?
Hasta que un da se arm la de Dios es Cristo y mueran los
moros y vivan los cristianos. Chupitos tena ya siete aos y se
acordaba de todo. Sucedi que un da su mam Ileg como a las
ocho de la noche. La carapulcra se enfriaba en la olla sobre el bra-
sero con los tizones casi apagados. Lleg con una oreja muy colo-
rada y el revuelto pelo mal arreglado. El marido hizo la clsica
pregunta :
-A dnde has estado?. . . La comida est fra y yo. . . espera
que te espera! A ver, vamos a ver. . .
Y, torpemente, sin poder urdir la mentira tan clsica como la
pregunta, la zamba haba respondido rabiosamente:
-iCaramba! Ni que una fuera una criminal. . ,
Arguy la impaciencia contenida del marido :
-Yo no digo que t eres una criminal. Lo que quiero es saber
adonde has estado. Nada ms.
-En la esquina.
-En la esquina? Y qu hacas en la esquina?
-Estaba con Juana Rosa. . .
Y dando una media vuelta que hizo revolar la falda, se fue a
avivar los tizones y a recalentar la carapulcra. La comida fue en
silencio. Chupitos no se atreva a levantar las narices de su plato y
el padre apuraba, uno tras otro, largos vasos de vino. Al terminar
el zambo se li la bunfanda al cuello, se terci la gorra sobre una
oreja y, encendiendo un cigarro, sali dando un portazo.
La mujer no dijo chus ni mus. Vio salir al marido y adivin
a donde iba: a hablar con Juana Rosa! Y entonces, sin reflexionar
en la locura que iba a cometer, se envolvi en el paoln, at en
una frazada unas cuantas ropas y sali tambin de estampida de-
jando al pobre Chupitos que, de puro susto, se tragaba unas lgri-
mas que le desbordaban los ojazos ingenuos sin saber l por qu.
A medianoche regres el marido con toda la ira del engao avivada
por el alcohol; abri la puerta de una patada y rabi la llamada:
Le respondi el llanto del hijo:
-Se fue, papacito. . .
El zambo entonces guard con lentitud el objeto de peligro
que le brillaba en Ia mano y murmur con voz opaca:
-iAh, se fue, no?. . . 3 tena la conciencia ms negra que su
cara. . . Con Juana Rosa!. . , Yo le voy a dar Juana Rosa!. . .
Su hermana haba tenido razn: Aurora fue siempre una volan-
tusa.. . No haba nada que hacer. Es deci'r, s, s haba que hacer:
romperle la cara, marcarla duro y hondo para que se acordara siem-
pre de su ofensa. Allr, en la esquina, se lo haban contado todo y
ya saba lo que mejor hubiera ignorado siempre: esa oreja enroje-
cida, ese pelo revuelto, era el resultado de la rabia del amante-que
b zamaque rudamente por sabe Dios, o el diablo, qu discusin,
sin vergenza.. . Ah, no slo haba habido engao sino que, adc-
ms, haba otro hombre que tambin se crea con derecho de asen-
tarle la mano. . . No, eso no: los dos tenan que saber quin era
Demetrio Velsquez. . . Claro que lo iban a saber!
Y lo supieron. Slo que, despues, Demetrio estuvo preso quin-
ce das por la paliza que propin a los mendaces y quien, en buena,
pag el pato fue el pobre Chupitos que se qued sin madre y con
el padre preso, mal consolado por fa hospitalidad de la tia, la her-
mana de Dernetrio, que todo el da no haca sino hablar de Aurora:
-Zamba ms sinvergenza. . . i Jess !
Cuando el padre regres de la prisin el chiquillo le pregunt
llorando :
-Y mi mam?
El zambo arrug sin piedad la frente:
-Se muri ! Y. . . jno llores !
J3 muchacho le mir asombrado, sin entender, sin querer en-
tender, con una pena y con un estupor que le dolan malamente en
su alma hurfana. Luego se atrevi:
-De veras?
Tard unos instantes el padre en responder. Luego, bajando !a
cabeza y apretndose las manos, murmur sordamente:
-De veras. Mujeres con quies, como si fueran trompos.. .
jni de vainas!
111
Fue la primera leccin que aprendi Chupitos en su vida: mu-
jeres con quies, como si fueran trompos, ni de vainas! Luego los
trompos tampoco deban tener quies. . . No, nada de lo que un
hombre posee, mujer o trompo -juguetes-, poda estar maculado
por nadie ni por nada. Que si el hombre pone toda su compla-
cencia y todo su orgullo en la compaera o en el juego, nada ni
nadie puede ganarle la mano. As es la cosa y no puede ser de
otra guisa. Esa es la dura ley de los hombres y la justicia dura de
la vida.
Y no lo olvid nunca. Tres aos pasaron desde que el mucha-
cho se quedara sin madre y, en esos tres aos, sin ms compaa
que el padre, se fue haciendo hombre, es decir, fue aprendiendo a
luchar solo, a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin
ayuda de nadie, slo por la sutileza de su ingenio criollo o por la
pujanza viril de sus puos palomillas. En las tiendas de gallos, mien-
tras sostena al chuzo desplumado que serva de seuelo a los gallos
que su padre adfestraba, aprendi ese arte peligroso de saber pelear,
de agredir sin peligro y de pegar siempre primero.
Ahora que tena que resolver la dwa cuestin que le planteaba
la codicia del cholo Carmona: Haba perdido su trompo! Y aquella
misma tarde de la derrota regres a su casa para pedir a su padre
despus de la comida:
-Pap, reglame treinta centavos, quieres?
-Treinta centavos? Come tu ajiaco y cllate la boca.
E3 muchacho insisti levantando las cejas para exagerar su
pena :
-Es que me ganaron mi trompo y tengo que comprarme otro ...
-Y para qu te lo dejaste ganar?
-2Y qu iba a hacer?
La lgica paterna:
-No dejrtelo ganar. . .
Chupitos explicaba alzando ms las cejas:
-Fue Carmona, pap, que mand cocina y como tuve que
chantarme . . . Dme los treinta chuyos, quiere?. . .
En la expresin y en la voz del muchacho el padre advirti
algo inusitado, una emocin que se mezclaba con la tristeza de una
virilidad humillada y con la rabia apremiante de una venganza por
cumplir. Y, casi sin pensarlo, se meti la mano en el bolsillo y
sac los tres reales pedidos:
-Cuidado con que te ganen otro.
E3 muchacho no respondi. Despus de echar una cantidad
inmensa de azcar en la taza de t, bebi resoplando:
-Caray con el muchacho! Te vas a sancochar el hocico!
-rezong la ta.
El zambito, sin responder, beba y beba, resopl al terminar,
se limpi los belfos con el dorso de la mano y sali corriendo:
-A dnde vas?
-A la chingana'e la esquina!
Lleg acezando a la pulpera en donde el chino despachaba
impasible a la luz amarilla del candil de kerosene:
-Oye, dame ese trompo!
Y sealaba uno ms chico que el anterior, tambin de naranjo,
con su petulante cabecita y su vergonzante pa de garbanzo. Pag
veinte centavos y compr un pedazo de lija con que pulir el arma
que le recuperase al da siguiente el trompo que fue su orgullo y :a
envfdia de toda la tira del barrio.
Por la maana se levant temprano y temprano fue al corral.
All cogi un clavo y comenz toda la larga operacin de transfor-
mar el pacfico juguete en un arma de combate. Le quit la pa
roma y con el serrucho ms fina que su padre empleaba para cor-
tar los espolones de sus gallos, le cort la cabeza intil. Luego, con
la lija, puli el' lomo y fue desbastando el contorno para hacerlo
invulnerable. Dos horas estuvo afilando el clavo para hacer la pa
de pelea, como las navajas de los gallos, y le rob a su tia un
cabito de vela para encerarlo, Terminada la operacin, enroll el
trompo con la huaraca, la fina cuerda bien manoseada, escupi una
babita y lo lanz con fuerza en el centro de la seal. Y al levan-
tarlo, girando como una sedita, sin una sola vibracin, vio con orgu-
llo cmo la pita de clavo le haca sangrar la palma rosada de su
mano morena:
-jYa est! Ahora va a ver ese cholo currupantioso!. . .
jLa tarde era triste,
la nieve caa !. . .
En Lima, a Dios gracias, no hay nieve que caiga ni ha cado
nunca. Apenas esa gara finita de calabobos, como dije al principio
de este relato, chorreando su fanguito de las hojas de los rboles,
morenizando el mrmol de las estatuas que ornan la Alameda de
los Descalzos. All iban los amigotes del barrio a chuzar esa parti-
tida en que Chupitos haba puesto todo su orgullo y su angustiada
esperanza :
-Se lo ganar a Carmona?. . .
Al principio, cuando Mayta, por sugerencia del zambito, pro-
puso la pelea de los trompos, el propio Chupitos opin que, en esa
tarde, con tanta lIuvia y tanto barro, no se podra jugar. Y como
lo presumi, Carmona tuvo la mezquindad de burlarse:
-Lo que tienes es miedo de que te quite otro trompo. . .
-Yo miedo? No seas. . .
-Entonces, 'vamos?
-Al tinto.
Y fueron al camino que conduce a la Pampa de Amancaes que
todava tiene, felizmente, t i ma para que juegen los palomillas. Car-
mona se apresur a escupir la babita alrededor de la cual todos
formaron un crculo. Mayta dispar primero, luego Ricardo, des-
pus Faustino Zapata. Carmona midi la distancia con la pida,
adelant el pie derecho, enhuarac con calma y dispar. Slo que
fue carrera de caballo y parada de borrico porque cay ltimo. Chu-
pitos dispar a su vez e, inexplicablemente para l, su pa se hinc
detrs de la marca de Ricardo quien result prima. Desgraci'ada-
mente, as en pblico, el muchacho no pudo sugerirle que mandase
la cocina con que habra recuperado su trompo y Ricardo mand:
-1Quie~ !
El trompo que ahora tena Carmona, el trompo que antes habia
sido de Chupitos, se chant ignominiosamente: en sus manos jams
se habra chantado! Y all estaba, estpido e inerte, esperando que
las pas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de
naranjo. Y los golpes fueron llegando: Mayta le sac una lonja y
Faustino le hizo dos quies de emparada. Hasta que al fin le lleg6
el turno a Chupitos. Qu podra hacer?
]Los trompos con quies, corno las mujeres, ni de vainas!. . .
Nunca sera el suyo ese trompo malamente estropeado ahora por la
ley del juego que tanto se parece a la ley de la vida. . . Lenta, parsi-
moniosamente, Chupitos comenz a enhuaracar su trompo para po-
ner fin a esa vergenza. Ajust bien la piola y pas por la pa el
pulgar y el ndice mojados en sa1,iva; midi la distancia, alz el
bracito y dispar con toda su alma. Una sola exclamacin admira-
tiva se escuch:
-Lo rajaste!
Chupitos ni siquiera mir el trompo rajado: se alz de hombros
y, abandonando junto al viejo el trompo nuevo, se meti las manos
en los bolsillos y dio la espalda a la tira murmurando:
-Ya lo saba. . .
Y se fue. Los muchachos no se explicaban por qu dejaba los
dos trompos all, tirados, ni por qu se iba pegadito a la pared. De
pronto se detuvo. Sus amigos que le miraban marchar con la cabe-
cita gacha, pensaron que iba a volver, pero Chupitos sac del bol-
sino el resto del clavo que le sirviera para hacer la segunda pa de
combate y, araando la pared, volvi a emprender su marcha hasta
que se perdi, solo, triste e intilmente vencedor; tras la esquina
sa en que, a Ea hora de la tertulia, tanto haba ponderado al viejo
trompo partido ahora por su mano:
-iMs legal, te digo!. . . iDe naranjo purito!
CALIXTO GARMENDIA
CIRO ALEGRIA (1909-1967)
Djame contarte, -le pidi Remigio Garmendia a Anselmo,
levantando la cara. Todos estos das, anoche, esta maana, an esta
tarde, he recordado mucho.. . Hay momentos en que a uno se le
agolpa la vida.. . Adems, debes aprender. La vida, corta o larga,
no es de uno solamente.
Sus ojos difanos parecan fijos en el tiempo. La voz se le
fraguaba hondo y tena un rudo timbre de emocin. Blandanse a
ratos las manos encallecidas.
-Yo nac arriba, en un pueblito de los Andes. Mi padre era
carpintero y me mand a la escuela. Hasta segundo ao de p~ima-
ria era todo lo que haba. Y eso que tuve suerte de nacer en el
pueblo, porque los nios del campo se quedaban sin escuela. Fuera
de su carpintera, mi padre tenia un terrenito al lado del pueblo,
pasando la quebrada, y lo cultivaba con la ayuda de algunos indios
a los que pagaba en plata o con obritas de carpintera: que e1 cabo
de una lampa o hacha, que una mesita, en fin. Desde un extremr?
del corredor de mi casa, veamos amarillear el trigo, verdear el maz,
azulear las habas en nuestra pequea tierra. Daba gusto. Con la
comida y la carpintera, tenamos bastante, considerando nuestra
pobreza. A causa de tener algo y tambin por su carcter, mi padre
no agachaba la cabeza ante nadie. Su banco de carpintero estaba
en el corredor de la casa, dando a la calle. Pasaba el Alcalde. "Bue-
nos das, seorJJ, deca mi padre, y se acab. Pasaba el subprefecto.
"Buenos das, seor", y asunto concluido. Pasaba el alfrez de gen-
darmes. "Buenos das, alfrez", y nada ms. Pasaba el juez y lo
mismo. As era mi padre con los mandones. EXios hubieran querido
que 'les tuviera miedo o les pidiese o les debiera algo. Se acostum-
bran a todo eso los que mandan. Mi padre les disgustaba. Y no
acababa ah la cosa. De repente vena gente del pueblo, ya sea
indios, cholos o blancos pobres. De a diez, de a veinte o tambin
m poblada llegaban. "Don Calixto, encabcwios para hacer ecte
reclamoJJ. Mi padre se llamaba Calixto. Oa de lo que se trataba,
si le pareca bien aceptaba y sala a la cabeza de la gente, que daba
vivas y meta harta bulla, para hacer el reclamo. Habllaba con buena
palabra. A veces haca ganar a los reclamadores y otras perda,
pero e1 pueblo siempre le tena confianza. Abuso que se cometa,
ah estaba mi padre para reclamar al frente de los perjudicados. Las
autoridades y los ricos del pueblo, dueos de haciendas y fundos,
le tenan echado el ojo para partirlo en la primera ocas%n. Con-
sideraban altanero a mi padre y no lo dejaban tranquilo. H' ni se
daba cuenta y viva como si nada le pudiera pasar. Haba hecho
un silln grande, que pona en el corredor. Ah sola sentarse, por
las tardes a conversar con los amigos. "Lo que necesitamos es jus-
ticia", deca. "El da que el Per tenga justicia, ser grande". No
dudaba de que la habra y se torca los moctachos con satisfaccin,
predicando : "No debemos consentir abusos".
Sucedi que vino una epidemia de tifo, y el panten del pueblo
se llen con los muertos del propio pueblo y los que traan del campo.
Entonces las autoridades echaron mano de nuestro terrenito para
pante6n. Mi padre protest diciendo que tomaran tierra de los
ricos, cuyas haciendas llegaban hasta la propia salida del pueblo.
Dieron de pretexto que el terreno de mi padre estaba ya cercado,
pusieron gendarmes y comenz el entierro de los muertos. Queda-
ron a darle una indemnizacin de setecientos soles, que era algo
en esos aos, pero que autorizacin, que requisitos, que papeleo,
que no hay plata en este momento.. . Se la estaban cobrando a mi
padre, para ejemplo de reclamadores. Un da despus de discutir
con el alcalde, mi viejo se puso a afilar una cuchilla y, para ir a
lo seguro, tambin un formn. Mi madre algo le vera en la cara y
se le prendi del cogote y le llot dicindole que nada sacaba con
ir a la crcel y dejamos a nosotros ms desamparados. Mi padre
se contuvo como quebrndose. Yo era nio entonces y me acuerdo
de todo eso como si hubiera pasado esta tarde.
Mi padre no era hombre que renunciara a su derecho. Comen-
z a escribir cartas exponiendo la injusticia. Quera conseguir que
al menos le pagaran. Un escribano le haca las cartas y le cobraba
dos soles por cada una. Mi pobre escritura no vala para eso. El
escribano pona al final: "A mego de Calixto Garmendia, que no
sabe firmar, FulanoJ'. El caso fue que mi padre decpach dos o
tres cartas al diputado por la provincia. Silencio. Otras al senador
por el departamento. Silencio. Otra al mismo Presidente de la Re-
pblica. Silencio. Por ltimo mand cartas a los peridicos de
Almagro y a los de Lima. Nada, seor. El postilln llegaba al pue-
blo una vez por semana, jalando una mula cargada con la valija del
correo. Pasaba por la puerta de la casa y mi padre se iba detrs
y esperaba en la oficina de despacho hakta que clasificaban la
correspondencia. A veces, yo tambin iba. "Carta para Calixto
Garmendia?", preguntaba mi padre. El, interventor, que era un
viejito flaco y bonachn, tomaba las cartas que estaban en la casi-
lla de la G, las iba viendo y al final deca: "Nada, amigoJ8. Mi
padre sala comentando que la prxima vez habra carta. Con los
aos, afirmaba que al menos los peridicos responderan. Arizmen-
di me ha dicho que, por lo regular, los peridicos creen que asun-
tos como esos carecen de inters general. Esto, en el caso de que
los mismos no estn en favor del gobierno y sus autoridades y
callen cuanto pueda perjudicarles. Mi padre tard en desengaarse
de reclamar lejos y estar yndose por las alturas, varios aos.
Un da, a la desesperada, fue a sembrar la parte del panten
que an no tena cadveres, para afirmar su propiedad. Lo toma-
ron preso los gendarmes, mandados por d sub-prefecto en persona,
y estwo dos das en la cSrcel. Los trmites estaban ultimados y el
terreno era de propiedad municipal legalmente. Cuando mi padre
iba a hablar con el Sndico de Gastos del Municipio, el tipo abra
el cajn del escritorio y deca como si ah debiera estar la plata:
"No hay dinero, no hay nada ahora. Clmate, Garmendia. Con el
tiempo se te pagar". M? padre present dos recursos al juez. Le
costaron diez soles cada uno. E1 juez los declar sin lugar. Mi padre
ya no pensaba en afilar la cuchilla y el formn. "Es triste tener que
hablar as -dijo una vez-, pero no me daran tiempo de matar a
todos los que deba". El dineri-to que mi madre haba ahorrado y
estaba en una ollita escondida en el terrado de la casa, se fue en
cartas y en papeleo.
A los seis o siete aos del despojo, mi padre se cans hasta de
cobrar. Envejeci mucho en aquellos tiempos. Lo que ms le dola
era el atropello. Alguna vez pens en irse a Almagro o a Lima a
reclamar, pero no tena dinero para eso. Y cay tambin en cuenta
de que, vindolo pobre y solo, sin influencias ni nada, no le haran
caso. De quin y cmo poda valerse? El terrenito segua de pan-
ten, recibiendo muertos, Mi padre no quera ni verlo, pero cuan-
do por casualidad llegaba a mirarlo, deca: "Algo mo han enterra-
do tambin ah! Crea usted en la justicia!" Siempre se habia ocu-
pado de que le hicieran justicia a los dems y, al final, no la habia
podido obtener ni para l mismo. Otras veces se quejaba de care-
cer de instruccin y siempre despotricaba contra los tiranos, gamo-
nales, tagarotes y mandones.
Yo fui creciendo en medio de esa lucha. A mi padre no le
qued otra cosa que su modesta carpintera. Apenas tuve fuerzas,
me puse a ayudarlo en el trabajo. Era muy escaso. En ese pue-
blito sedentario, casas nuevas se levantaran una cada dos aos. Las
puertas de las otras duraban. Mesas y sillas casi nadie usaba. Los
ricos del pueblo se enterraban en cajn, pero eran pocos y no mo-
ran con frecuencia. Los indios enterraban a sus muertos envueltos
en mantas sujetas con cordel. Igual que aqu en la costa entierran
a cualquier pen de caa, sea indio o no. La verdad era que cuan-
do nos llegaba la noticia de un rico difunto y el encargo de un cajn,
mi padre se pona contento. Se alegraba de tener trabajo y tam-
bin de ver irse al hoyo a uno de la pandilla que lo despoj. A
qu hombre, tratado as, no se le daa el corazn? Mi madre crea
que no estaba bueno alegrarse debido a la muerte de un cristiano y
encomendaba el alma del finado rezando unos cuantos padrenues-
tros y avemaras. Duro le dbamos al serrucho, al cepillo, a la lija
y a la clavada mi padre y yo, que un cajn de muerto deba hacerse
luego. Lo hacamos por 10 comn de aliso y quedaba blanco. Algu-
nos lo queran as y otros que pintados de color caoba o negro y
encima charoladp. De todos modos, el muerto se iba a podrir lo
mismo bajo la tierra, pero aun para eso hay gustos.
Una vez hubo un acontecimiento grande en mi casa y en el
pueblo, Un forastero abri una nueva tienda, que result mejor
que las otras cuatro que haba. Mi viejo y yo trabajamos dos
meses haciendo el mostrador y los andamios para los gneros y aba-
rrotes. Se inaugur con banda de msica y la gente hablaba del
progreso. En mi casa, hubo ropa nueva para todos. Mi padre me
dio para que la gastara en lo que quisiera, as, en lo que quisiera,
la mayor cantid,ad de plata que habia visto en mis manos: dos soles.
Con el tiempo, la tienda no hizo otra cosa que mermar el negocio
de las otras cuatro, nuestra ropa envejeci y todo fue olvidado. Lo
nico bueno fue que yo gast los dos soles en una muchacha Ilama-
da Eutimia, as era el nombre, que una noche se dej correr entre
los alisos de la quebrada. Eso me dur. En adelante no me cobr
ya nada y si antes me recibi los dos soles, fue de pobre que era.
En la carpintera las cosas siguieron como siempre. A veces
hacamos un bal o una mesita o dos o tres sillas en un mes. Como
siempre, es un decir. Mi padre trabajaba a disgusto. Antes lo haba
visto yo gozarse puliendo y charolando cualquier obrita y le que-
daba muy vistosa. Despus ya no le import y como que sala del
paso con un poco de lija. Hasta que al fin llegaba el encargo de
otro cajn de muerto, que era plato fuerte. Cobrbamos general-
mente diez soles. Dle otra vez a alegrarse mi padre, que sola
decir: "Se freg otro bandido, diez soles!" y a trabajar duro l, y
yo, y a rezar mi madre y a sentir alivio hasta por las virutas. Pero
ah acababa todo. Eso es vida? Como muchacho que era, me dis-
gustaba que en esa vida estuviera mezclada tanto la muerte.
La cosa fue ms triste cada vez. En las noches, a eso de las
tres o cuatro de la madrugada, mi padre se echaba unas cuantas
piedras bastante grandes a los bolsillos, se sacaba los zapatos para
no hacer bulla y caminaba medio agazapado hatia la casa del alcal-
de. Tiraba las piedras, rpidamente, a diferentes partes del techo,
rompiendo las tejas. Luego volva a la carrera y, ya adentro de la
casa, a oscuras, pues no encenda luz para evitar sospechas, se rea,
se rea. Su risa pareca a ratos el graznido de un animal. A ratos
era tan humana, tan desastrosamente humana, que me daba ms
pena todava. Se calmaba unos cuantos das con eso. Por otra
parte, en la casa del alcalde solan vigilar. Como haba hecho in-
contables chanchadas, no saban a quien echarle la culpa de las pie-
dras. Cuando mi padre deduca que se haban cansado de vigilar,
volva a romper tejas. Lleg a ser un experto en la materia. Luego
rompi tejas de las casas del juez, del subprefecto, del alfrez de
gendarmes, del Sndico de Gastos. Cakcdadamente, rompi las de
otros notables, para que si queran deducir, se confundieran. Los
ocho gendarmes del pueblo salieron en ronda muchas noches, en
grupos y solos, y nunca pudieron atrapar a mi padre. Se haba vuel-
to un artista de la rotura de tejas. De maana sala a pasear por
el pueblo para darse el gusto de ver que los sirvientes de las casas
que atacaba, suban con tejas nuevas a reemplazar las rotas. Si
llova era mejor para mi padre. Entonces atacaba la casa de quien
odiaba ms, el alcalde, para que e1 agua la daara o, al caerles, los
molestara a l y su familia. Lleg a decir que les meta el agua a
los dormitorios, de lo bien que calculaba las pedradas. Era poco
probable que pudiese calcular tan exactamente en ' Ea oscuridad,
pero l pensaba que lo haca, por darse el gusto de pensarlo.
El alcalde muri de un momento a otro. Unos decan que de
un atracn de carne de chancho y otros que de las cleras que le
daban sus enemigos. Mi padre fue llamado para que le hiciera el
cajn y me Qev a tomar las medidas con un cordel. El cadver
era grande y gordo. Haba que verle la cara a mi padre contem-
plando el muerto. El pareca la muerte. Cobr cincuenta soles, ade-
lantados, uno sobre otro. Como le reclamaron el precio, dijo que
el cajn tena que ser muy grande, pues el cadver tambin lo era
y adems gordo, lo cual demostraba que el alcalde comi bien. Hici-
mos el cajn a la diabla. A la hora del entierro, mi padre contem-
plaba desde el corredor cuando metian el cajn al hoyo, y deca:
"Come la tierra que me quitaste, condenado; come, come". Y rea
con esa su risa horrible. En adelante, dio preferencia en la rotura
de tejas a la casa del juez y deca que esperaba verlo entrar al hoyo
tambin, lo mismo que a los otros mandones. Su vida era odiar y
pensar en la muerte. Mi madre se consolaba rezando. Yo, tomando
a Eutimia en el alisar de la quebrada. Pero me dola muy hondo
que hubiwan derrumbado as a mi padre. Antes de que lo despo-
jaran, su vida era amar a su mujer y su hijo, servir a sus amigos y
defender a quien lo necesitara. Quera a su patria. A fuerza de
injusticia y desamparo, lo haban derrumbado.
Mi madre le dio esperanza con el nuevo alcalde. Fue como si
mi padre sanara de pronto. Eso dur dos das. El nuevo alcalde le
dijo tambin que no haba plata para pagarle. Adems, que abus
cobrando cincuenta soles por un cajn de muerto y que era un agi-
tador del pueblo. Como se lo quisiera tomar, esto ya no tena ni
apariencia de verdad. Haca aos que las gentes, sabiendo a mi
padre en desgracia con las autoridades, no iban por la casa para
que las defendiera. Con este motivo ni se asomaban. Mi padre le
grit al nuevo alcalde, se puso furioso y lo metieron quince das en
la crcel, por desacato. Cuando sali, le aconsejaron que fuera con
con mi madre a darle satisfacciones al alcalde, que le lloraran ambos
y le suplicaran el pago. Mi padre se puso a clamar: "ESO nunca!
Por qu quieren humillarme? La justicia no es limosna! jPido jus-
ticia!". Al poco tiempo, mi padre muri.
LA AGONIA DE "RASU RITI"
JOSE MARIA ARGUEDAS (191 1-1970)
Estaba tendido en el sueIo, sobre una cama de pellejos. Un
cuero de vaca colgaba de uno de los maderos del techo. Por la
nica ventana que tena la habitacin, cerca del mojinete, entraba
lb luz grande del sol; daba contra el cuero y su sombra caa a un
lado de la cama del bailarn. La otra sombra, la del resto de la habi-
tacin, era uniforme. No poda afirmarse que fuera oscuridad; era
posible distinguir las ollas, los sacos de papas, los copos de lana;
los cuyes cuando salan algo espantados de sus huecos y explora-
ban en el silencio. La habitacin era ancha para ser vivienda de
un indio.
Tena una troje. Un altillo que ocupaba no todo el espacio
de la pieza, sino un ngulo. Una escalera de palo de lambras serva
para subir a la troje. La luz del sol la alumbraba fuerte. Poda
verse cmo varias hormigas negras suban sobre la corteza del lam-
bras que an exhalaba perfume.
-El corazn est listo. El mundo avisa. Estoy oyendo la cas-
cada de Sao! Estoy listo! - dijo el dansak' "Rasu Riti" (11.
Se levant y pudo llegar hasta la petaca de cuero en que guar-
daba su traje de dansak' y sus tijeras de a mo. Se puso el guante
en la mano derecha y empez a tocar las tijeras.
(1) Dansak'; bailarn; "Rasu Riti": que aplasta nieve.
Los pjaros que se espulgaban tranquilos sobre el rbol de
molle, en el pequeo corral de la casa, se sobresaltaron.
La mujer del bailann y sus dos hijas que desgranaban maz
en el corredor, dudaron.
-Madre has odo? Es mi padre o sale ese canto de dentro
de la montaa? -pregunt la mayor.
-Es tu padre! -dijo la mujer.
Porque las tijeras sonaron ms vivamente, en golpes menudos.
Corrieron las tres mujeres a la puerta de la habitacin.
"Rasu Riti" se estaba vistiendo. S. Se estaba poniendo la
chaqueta ornada de espejos.
-Esposo! Te despides? -pregunt la mujer, respetuosamen-
te, desde el umbral. Las dos hijas lo contemplaron temblorosas.
-El corazn avisa, mujer. Llamen al "Lurucha" y a don Pas-
cual. Que vayan ellas!
Corrieron las dos muchachas.
La mujer se acerc a1 marido.
-Bueno. El Wamani (2> est hablando! - di j o l- T no pue-
des or. Me habla directo al pecho. Agrrame el cuerpo. Voy a
ponerme el pantaln. Adnde est el Sol? -Ya habr pasado mu-
cho el centro del cielo.
-Ha pasado. Est entrando aqu. Ah est!
Sobre el fuego del so$ en el piso de la habitacin, caminaban
unas moscas negras.
-Tardar an la chiririnka (3) que viene un poco antes que la
muerte. Cuando llegue aqu no vamos a oirla aunque zumbe con
toda su fuerza, porque voy a estar bailando.
(2) Dios montaa que se presenta tn figura de cndor.
(3) Mosca azul.
Se puso e1 pantaln de tercioplo apoyndose en la escalera y
en los hombros de su mujer. Se calz las zapatillas. Se puso el
tapabala y la montera. El tapabala estaba adornado con hilos de
oro. Sobre las inmensas faldas de la montera, entre cintas labradas,
brilIaban espejos en forma de estrelIa. Hacia atrs, sobre la espal-
da del bailarn, caa desde el sombrero una rama de cintas de varios
colores.
La mujer se inclin ante el dansak'. Le abraz los pies. Estaba
ya vestido con todas sus insignias! Un pauelo blanco le cubra
parte de la frente. La seda azul de su chaqueta, los espejos, la tela
roja del pantaldn, ardan bajo el angosto rayo de sol que fulguraba
en la sombra del tugorio que era la casa del indio Pedro Huancayre,
el gran dansak' "Rasu Niti", cuya presencia se esperaba, casi se
tema y era luz de las fiestas de centenares de pueblos.
-Ests viendo al Wamani sobre mi cabeza? -pregunt el
bailarn a su mujer.
Ella levant la cabeza.
-Est - d i j o - Est tranquilo.
-De qu color es?
-Gris. La mancha blanca de su espalda est ardiendo.
-As es. Voy a despedirme. Anda t a bajar los tipis de maz
del corredor! Anda!
La mujer obedeci. En el corredor, amarrados de los maderos
del ,techo, colgaban racimos de maz de colores. Ni la nieve, ni la
tierra blanca de los caminos, ni la arena del ro, ni el vuelo feliz
de las parvadas de palomas en las cosechas, ni el corazn de un
becerro que juega, tenan la apariencia, la lozana, la gloria de esos
racimos. La mujer los fu bajando, rpida pero ceremonialmente.
Se oa ya, no tan lejos, el tumuIto de la gente que vena a la
casa del bailarn.
Llegaron las dos muchachas. Una de ellas haba tropezado en
el campo y 1.e sala sangre de un dedo del pie. Despejaron el corre.
dor. Fueron a ver despus a1 padre.
Ya tena el pauelo rojo en la mano izquierda. Su rostro en-
marcado por el pauelo blanco, casi salido del cuerpo, resaltaba,
porque todo el traje de color y luces y la gran montera lo rodeaban,
se diluan para alumbrarlo; su rostro cetnno, no plido, cetnno
duro, casi no tena expresin. Slo sus ojos aparecan hundidos
como en un mundo, entre los colores del traje y la rigidez de los
msculos.
-Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? -pregunt la
mujer a la mayor de sus hijas.
Las tres contemplaban, quietas.
-;Lo ves?
-No -dijo la mayor.
-No tienes fuerza an para verlo. Est tranquilo, oyendo
todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte
le hace oir todo. Lo que t has padecido; lo que has bailado; lo
que ms vas a sufrir.
-Oye el galope del caballo del patrn?
-Si oye -contest6 el bailarn, a pesar de que la muchacha
haba pronunciado ],as palabras en voz bajsima- S oye! Tambin
lo que las patas de ece caballo han matado. La porquera que ha
salpicado sobre ti. Oye tambin el crecimiento de nuestro dios
que va a tragar los ojos de ese caballo. Del patrn no. Sin el
caballo l es slo excremento de borrego!
Empez a tocar las tijeras de acero. Bajo la sombra de la hahi-
tacin la fina voz del acero era profunda.
-El Wamani me avisa. Ya vienen! -dijo
-Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de
tu padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre slo est obede-
ciendo.
Son hojas de acero sueltas. Las engarza el dansak' por los
ojos, en sus dedos y las hace chocar. Cada bailarn puede produ-
cir en sus manos con ese instrumento una msica leve, como de
agua pequea, hasta fuego: depende del ritmo, de la orquesta y del
"espritu" que protege al danzak'.
Bailan solos o en competencia. Las proezas que realizan y el
hervor de su sangre durante las figuras de la danza dependen de
quien est asentado en su cabeza y su corazn mientras l baila o
levanta y lanza barretas con los dientes, se atraviesa las carnes con
lemas o camina en el aire por una cuerda tendida desde la cima
de un rboI a la torre del pueblo.
Yo vi al gran padre "Untu", trajeado de negro y rojo, cubikrto
de espejos, danzar sobre una soga movediza en el cielo, tocando
sus tijeras. EI canto del acero se oa ms fuerte que la voz del vio-
ln y del arpa que tocaban a mi lado, junto a m, Fu en la madru-
gada. El padre "Unta" apareca negro bajo la luz incierta y tierna;
su figura se meca contra la sombra de la gran montaa. La voz
de sus tijeras nos renda, iba del cielo al mundo, a los ojos y al
latido de los millares de indios y mestizos que lo veamos avanzar
I 1
desde el inmenso eucalipto a la torre. Su viaje dur acaso un siglo.
Lleg a la ventana de la torre cuando el sol encenda la cal y el
sillar blanco con que estaban hechos los arcos. Danz un instante
junto a las campanas. Baj luego. Desde dentro de la torre se oa
el canto de sus tijeras; el bailarn ina buscando a tientas las gra-
das en el lbrego tnel. Ya no volver a cantar al mundo en esa
forma, todo constreido, fulgurando en dos hojas de acero! Las
palomas y otros pjaros que dorman en el gran eucalipto, recuerdo
que cantaron mientras el padre "Untu" se balanceaba en el aire.
Cantaron pequeito, jubilosamente, pero junto a la voz del acero y
a la figura del dansak' sus gorjeos eran como una filigrana apenas
perceptible, como cuando el hombre reina y el bello universo sola-
mente parece lo orna, le da el jugo vivo a su seor.
El genio de un dansak' depende de quien vive en l: jel 'esp-
ritu" de una montaa (Wamani) ; de un precipicio cuyo silencio es
transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y "conde-
nados" en andas de fuego? O la cascada de un ro que se precipita
de todo 10 alto de una cordillera; o quiz slo un pjaro, o un
insecto volador que conoce el sentido de abismos, rboles, hormi-
gas y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pjaros "malditosJ'
o "extraos", el hakakllo, el chusek', o el San Jorge, negro insecto
de alas rojas, que devora tarntulas.
"Rasu Riti" era hijo de un Wamani grande, de una montaa
con nieve eterna, El, a esa hora, le haba enviado ya su "espritu":
un cndor gris cuya espalda blanca estaba vibrando.
Lleg "Lurucha", el arpista del dansak', tocando; le segua
don Pascua1 e1 violinista. Pero el "Lurucha" comandaba siempre el
do. Con su ua de acero haca estallar las cuerdas de alambre y
las de tripa, o las haca gemir sangre en los pasos tristes que t?enen
1 tambin las danzas.
Tras de los miisicos marchaba un joven: "Atok' sayku1'(4), el
discpulo de "Rasu Niti". Tambin se haba vestido. Pero no toca-
ba las tijeras; caminaba con la cabeza gacha Un dansak' que llora?
S, pero lloraba para adentro. Todos lo notaban.
"Rasu Niti" viva en un casero de no ms de veinte familias.
Los pueblos grandes estaban a pocas leguas. Tras de los msicos
vena un pequeo grupo de gente.
-Ves, "Lurucha" al Wamani? -pregunt el dansak' desde
la habitacin.
-S lo veo. Es cierto. "Es tu horaJa.
-"Atok' sayku" ! Lo ves?
El muchacho se par en el umbral y contempl la cabeza del
dansak'.
-Aletea no ms. No lo veo bien, padre.
-Aletea?
-S, maestro?
-Est bien. "Atoka sayku" joven.
-Ya siento el cuchillo en el corazn. Toca! -le dijo al arpista.
(4) Que cansa al zorro,
"Lurucha" toc el "jaykuy" (entrada) y cambi en seguida al
"sisi nina" (fuego hormiga), otro paso de la danza.
"Rasu Niti" bail, tambalendose un poco, El pequeo pbli-
co entr a la habitacin. Los msicos y el discpulo se cuadraron
contra el rayo del sol. "Rasu NitiJ' ocup el suelo donde la franja
del sol era ms baja. Le quemaban las piernas. Bail6 sin hervor,
casi tranquilo, el "jaykuy"; en el "sisi nina" sus pies se avivaron.
-El Warnani est aleteando grande; est aleteando! --dijo
"Atok' sayku", mirando la cabeza del bailarn.
Danzaba ya con bro. La sombra del cuarto empez a hen-
chirse como de una cargazn de viento; el dansak' renaca. Pero
su cara, enmarcada por el pauelo blanco, estaba ms rgida, dura;
sin embargo, con la mano izquierda agitaba el pauelo rojo, como
si fuera un trozo de carne que ltrchara. Su montera se meca con
todos sus espejos; en nada se perciba mejor el ritmo de la danza.
"Lurucha" haba pegado el rostro al arco del arpa. De donde
bajaba o brotaba esa msica? No era slo de las cuerdas y de la
madera,
-Ya! Estoy llegando! Estoy por llegar! -dijo con voz fuerte
el bailarn, pero la ltima slaba sali como traposa, como de la
boca de un loro.
Se le paraliz una pierna.
-Est el Wamani! Tranquilo! -exclam la mujer del dansak'
porque sinti que su hija menor temblaba.
El arpista cambi la danza al tono del 'Vaqtay" (la lucha).
"Rasu it" hizo sonar ms alto las tijeras. Las elev en direccibn
del rayo de sol que se iba alzando. Qued clavado en el sitio; pero
con el rostro an ms rgido y los ojos ms hundidos, pudo dar una
vuelta sobre su pierna viva. Entonces sus ojos dejaron de ser indi-
ferentes; porque antes miraba como en abstracto, sin precisar a
nadie. Ahora se fijaron en su hija mayor, casi con jbilo.
-El dios est5 creciendo. Matar al caballo! - di j o.
Le faltaba ya saliva. Su lengua se mova como revolcndose
en polvo.
-"Lurucha"! Patrn! Hijo! El Wamani me dice que eres de
maz blanco! De mi pecho sale tu tonada! De mi cabeza!
Y cay al suelo. Sentado. No dej de tocar las tijeras. La
otra pierna se le haba paralizado.
Con la mano izquierda sacuda el pauelo rojo, como un pen-
dn de chichera en los meses de viento.
"Lurucha", que no pareca mirar al bailarn, empez el "yawar
mayu" (ro de sangre), paso final que en todas las danzas de indios
existe.
El pequeo pblico permaneci quieto. No se oan ruidos en
el corral ni en los campos ms lejanos. Las gallinas y los cuyes
saban lo que pasaba, lo que significaba esa despedida?
La hija mayor del bailarn sali al corredor, despacio. Trajo
en sus brazos uno de 10s grandes racimos de mazorcas de maz de
colores. Lo deposith en el suelo. Un cuy se atrevi tambin a salir
de su hueco. Era macho, de pelo encrespado; con sus ojos rojsimos
revis un instante a los hombres y salt a otro hueco. Silb antes
de entrar.
"Rasu Niti" vi a la pequea bestia. Por qu tom ms im-
pulso para segdr el ritmo lento, como el arrastrarse de un gran ro
turbio, del "yawar mayu" ste que tocaban "Lurucha" y don Pas-
cual? "Lurucha" aquiet el endiablado ritmo de este paso de la
danza. Era el "yawar mayu", pero lento, hondsimo; s, como la
figura de esos ros inmensos, cargados con las primeras lluvias; ros,
de las proximidades de la selva que marchan tambin lentos, bajo
el sol pesado en qrre resaItan todos los polvos y Iodos, los animales
muertos y rboles que arrastran, indeteniblemente. Y estos ros van
entre montaas bajas, oscuras de rboles. No como los ros de la
sierra que se lanzan a saltos, entre la gran luz; ningn bosque los
mancha y las rocas de los abismos les dan silencio.
"'Rasu NitiJJ segua con la cabeza y las tijeras este ritmo denso.
Pero el brazo con que bata el pauelo empez a doblarse; muri.
Cay sin control, hasta tocar la tierra.
Entonces "Rasu Niti" se ech de espaldas.
-El Wamani aletea sobre su frente! - di j o "Atok' sayku".
"Ya nadie ms que ! lo mira -dijo entre si la esposa- Yo
ya no lo veo".
"Lurucha" aviv el ritmo del "yawar mayuy'. Pareca que toca-
ban campanas graves. El arpista no se esmeraba en recorrer con su
ua de metal las cuerdas de alambre; tocaba las ms extensas y
gruesas. Las cuerdas de tripa. Pudo oirse entonces el canto del
violn ms claramente.
A la hija menor le atac el ansia de cantar algo, Estaba agita-
da, pero como los dems en actitud solemne. Quiso cantar por que
vi que los dedos de su padre que an tocaban las tijeras iban
agotndose, que iban tambien a helarse. Y el rayo de col se haba
retirado casi hasta el techo. El padre tocaba las tijeras revolcndo-
las un poco en la sombra fuerte que haba en el suelo.
"Atok' saykun se separ un pequesimo espacio, de los msicos.
La esposa del bailarn se adelant un medio paso de la fila que for-
maba con sus hijas. Los otros indios estaban mudos; permanecie-
ron ms rgidos. Qu iba a suceder luego? No les haban orde-
nado que salieran afuera.
-El Wamani est ya sobre el corazn! e xc l a m "Atok'
sayku", mirando.
"Rasu Niti" dej caer las tijeras. Pero sigui6 movienlo la cabe-
za y los ojos.
El arpista cambi de ritmo, toc el "illapa vivon" (el borde
del rayo). Todo en las cuerdas de alambre, a ritmo de cascada. El
violn no lo pudo seguir. Don Pascua1 adopt la misma actitud
rgida del pequeo pblico, con el arco y el violn colgndole de
las manos.
"Rasu Niti" movi los ojos; la crnea, la parte blanca, pareca
ser la ms viva, la ms lcida. No causaba espanto. La hija menor
segua atacada por el ansia de cantar, como sola hacerlo junto al
ro grande, entre el olor de las flores de retama que crecen a ambas
orillas. Pero ahora el ansia que senta por cantar, aunque igual en
violencia, e a de otro sentido. Pero igual en violencia!
Dur largo, mucho tiempo, el "illapa vivon". "Lurucha" cam-
biaba la meloda a cada instante, pero no el ritmo. Y ahora s mira-
ba al maestro. La danzante llama que brota de las cuerdas de alam-
bre de su arpa, segua como sombra el movimiento cada vez ms
extraviado de los ojos del dansak'; pero lo segua. Es que "Luru-
cha" estaba hecho de maz blanco, segn el mensaje del Wamani.
E3 ojo del bailarn moribundo, el arpa y las manos del msico fun-
cionaban juntos; esa msica hizo detenerse a las hormigas negras
que ahora marchaban de perfil al sol, en la ventana. El mundo a
veces guarda un silencio cuyo sentido slo alguien percibe. Esta
vez era por el arpa del maestro que haba acompaado al gran
dancak' toda la vida, en cien bajo miles de piedras y de
toldos.
"Rasu RitiJ' cerr los ojos. Grande se vea su cuerpo. La
montera le alumbraba con sus espejos.
'rAtok' sayku" salr junto al cadver. Se elev ah mismo,
danzando; toc las tijeras que brillaban. Sus pies volaban. Todos
lo estaban mirando. "Lurucha" toc el 'lucero kanchi" (alumbrar
de la estrella), de ~rallpa wak'ay (canto del gallo) conque empe-
zaban las competencias de los danzak', a la media noche.
-El Wamani aqu! En mi cabeza! En mi pecho! Aleteando!
-dijo el nuevo dansak'.
Nadie se movi.
Era 61, el padre "Rasu Niti", renacido, con tendones de bestia
tierna y el fuego del Wamani, su corriente de siglos aleteando.
"LuruchaJJ invent los ritmos ms intrincados, los ms solem-
nes y vivos. "Atok' sayku" los segua, se elevaba, sus piernas, sus
brazos, su pauelo, sus espejos, su montera todo en su sitio! Y
nadie volaba como ese joven dansak'; dansak' nacido.
-Est bien! -dijo "LuruchaY'- Est bien! Wamani contento.
Ahist en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol del medio
da en el nevado, brillando.
-No lo veo! -dijo la esposa del bailarn.
-Enterraremos maana al oscurecer al padre "Rasu Niti".
-No muerto. Ajajaynas! -exclam la hija menor- No muer-
to. El mismo! Bailando!
"Lurucha" mir profunlamente a la muchacha. Se le acerc,
casi tambalendose, como si hubiera tomado una gran cantidad de
caazo.
- Cndor necesita paloma! Paloma, pues, necesita cndor!
Dansak' no muere! -le dijo.
-Por dansak' el ojo de nadie nora. Wamani es Wamani.
3 de Octubre de 1961.
LA CASA DE CARTON
(Fragmento)
MARTIN ADAN (1908- 1985)
(Seud. de Rafael de la Fuente Benavides)
Mi primer amor tena doce aos y las uas negras. Mi alma
rusa de entonces, en aquel pueblecito de once mil almas y cura
publicista, ampar la soledad de la muchacha ms fea con un amor
grave, social, sombro, que era como una penumbra de sesin de
congreso internacional obrero. Mi amor era vasto, oscuro, lento,
con barbas, anteojos y carteras, con incidentes sbitos, con doce
idiomas, con acechos de la polica, con problemas de muchos lados.
Ella me deca, al ponerse en sexo: Eres un socialista. Y su almita
de educanda de monjas europeas se abna como un devocionario
ntimo por la parte que trata del pecado mortal.
Mi primer amor se iba de m, espantada de mi socialismo y
mi tontera. "No vayan a ser todos socialistas. . ." Y ella se prome-
ti darse al primer cristiano viejo que pasara, aunque ste no llegara
a los doce aos. Solo ya, me apart de los problemas sumos y me
enamor verdaderamente de mi primer amor. Sent una necesidad
agnica toxicomanaca, de inhalar, hasta reventarme los pulmones,
el olor de ella; olor de escuelita, de tinta china, de encierro, de so1
en el patio, de papel del estado, de anilina, de tocuyo vestido a flor
de piel - ol or de la tinta china, flaco y negro-, casi un tiralneas
de bano, fantasma de vacaciones. . .
Y esto era mi primer amor.
Mi segundo amor tena quince aos de edad. Una llorona con
la dentadura perdida, con trenzas de camo, con pecas en todo el
cuerpo, sin familia, sin ideas, demasiado futura, excesivamente feme-
nina.. . Fu rival de un mueco de trapo y celuloide que no haca
sino rerse de m con una bocaza pilluela y estpida. Tuve que
entender un sinfn de cosas perfectamente ininteligibles. Tuve que
decir un sinfn de cosas perfectamente indecibles. Tuve que salir
bien en los exmenes, con veinte -nota sospechosa, vergonzosa,
ridcula: una gallina delante de un huevo-. Tuve que verla a ella
mimar a sus muecas. Tuve que orla llorar por m. Tuve que
chupar caramelos de todos los colores y sabores. Mi segundo amor
me abandon como en un tango : Un malevo. . .
Mi tercer amor tena los ojos lindos, y las piernas muy coque-
tas, casi cocotas. Hubo que leer a Fray Luis de Len y a Carolina
Invernizzio. Peregrina muchacha.. . no s por qu se enamor de
m. Me consol de su decisin irrevocable de ser amiga ma despus
de haber sido casi mi amante, con las doce faltas de ortografa de
su ltima carta.
Mi cuarto amor fu Catita.
Mi quinto amor fu una muchacha sucia con quien pequ casi
en la noche, casi en el mar. El recuerdo de ella huele como ella
ola, a sombra de cinema, a perro mojado, a ropa interior, a
repostera, a pan caliente, olores superpuestos y, en s mismos,
individualmente, casi desagradables, como las capas de las tortas,
jenjibre, merengue, etctera. La suma de olores haca de ella una
verdadera tentacin de seminarista. Sucia, sucia, sucia. . . Mi pri-
mer pecado mortal. . .
Ella tena una blusita parroquia1 y un dedito ndice muy corts.
Maestra fiscal. Veintiocho aos. Salud cabal. Resignacin cristia-
na a la soltera. La carita, muy blanca. La naricita, muy frgil. Y
unos lentecitos que ataba a la oreja derecha una levsima cadenita
de oro. Y, sobre todo, jabn de Reuter - ol or blanco y pedag-
gico-. La piel de ella en la nariz era ms fina y sensible que en
cualquier otra parte de su cuerpo, aunque esto nadie pudo llegar a
comprobarlo. Pero, ibah!. . . tambin todo el mundo saba que ella
no se casara nunca, y esto nadie poda comprobarlo de antemano,
y, sin embargo, ello era verdad. 1La verdad!. . . -un entusiasmo
de fraile misionero, un tema de cornudo frentico, lo malo de un
libro bueno, lo que sea, pero no la piel de una pedagoga de ueinti-
ocho aos verdad? La nariz de ella la llenaban los lentes de difi-
cultades: ellos eran un falderillo que ladraba reflejos. Tambin las
costumbres modernas y las noticias de "La Prensa" fruncan su
nariz, pero menos, menos. . . A las siete de la maana, floreca la
cara de ella -inslita, inesperada flor- una mata de begonias de
una maceta verde en su ventana, en el alfeizar de su ventana, en
SU casa, en su casa, en su casa-. -Pin, Pin, San Agustn. . .-.
Despus la cara de ella acababa por arriba un cuerpo largo, seguro,
firme, de ngel guardin, de virgen prudente, de soltera voluntaria.
En un torpe revolotear de sbanas en su alcoba -tonto aleteo intil
de ganso en jaula- se iniciaba la cotidiana vida de la seorita
Muler, negacin del Fisco, mujer de su casa, domstica, longa,
blanda, intima y fra como una almohada de cama a las seis posme-
ridiano. La seorita Muler todo lo haca bien, con silencio, con
indiferencia, con desgana, La taza, en el desayuno, la coga ella
con el dedo pulgar y el ndice, como en una cita, y toda la mano
se la haca unas tenazas vitales, duras, inteligentes. Y su dedo ndi-
ce, ms curvo que nunca, tena entonces virtud, exotismo, sonrisa,
tristeza de exduque ruso camarero en Berln. A las nueve de la
maana, la seorita Muler con las campanadas del reloj se volva
en un instante maestra fiscal, instruccin elemental, sostn del esta-
do; deca que n, y abdaba las manos. En la tarde, se someta la
seorita Muler a los rumores, a los colores y a los olores, y teja
poesa con los palillos de sus piernas y de sus brazos, marfiles
siempre nuevos como en las encas de un elefante. Posibles dispa-
rates de solteroncita: ubicuidad, corona y cetro, un prado celeste,
ser un pjaro con cabeza de clavel, morir como una santa, ir a
Pars. . . Dormida soaba ella con Napolen jinete en un caballo
verde y con Santa Rosa de Lima. Ella solamente lloraba con paue-
lo. Deca: "Bon Dieu", y se rea en escala, sin ganas. No com-
prenda a Eguren, pero le conoca de vista. Murmuraba: "De nin-
guna manera". . . con los ojos alejadsimos. Y: "con mucho gustoJJ.
Y: "Jess, Jess. . ." Pona un dedo medio y perpendicular sobre
la pgina del libro que lea. Etctera. La seorita Muler so con
61 una noche, a 10s tres das de haberle conocido. Anteceda a
Ramn en el turno, un coronel que ganaba una Guerra del Pacifico
-un sueo patritico, de texto escolar nacionalista-. Al fin pene-
tr Ramn en la subconciencia de la seorita Muler; y una noche
mi amigo predilecto se meti a fraile; l vena de Palestina, a lomos
de mister Kakson: Lima se hizo un ovillo de torres; campanadas
caan como piedras en un laberinto de terrones; un ngel italiano
cant en letn; una trompeta de "boy-Scout" llam slo a los hom-
bres de buena voluntad; el Jordn escapaba riendo al cielo por el
mediojo del puente bonachn del virrey Superunda; Ramn, en
hbito de mercedario y con la luna de Barranco en las manos,
apaciguaba los elementos y tosa horriblemente. La seorita Muler se
enamor de Ramn. Ramn no se enamor de la seorita Muler. La
seorita Muler tena veintiocho aos; Ramn, dieciocho, pero a pesar
de todo Ramn no se enamor de la seorita Muler. Desde un milln
de puntos de vista, en un tango largo como un rollo de pelcula, filma-
ba una victrola a cmara lenta el balneario -amarillo y desolado
como un casero mejicano en un fotofolletn ganaderesco de Tom
Mix-. Y, detrs de todo, el mar intil y absurdo como un quiosco
en la maana que sigue a la tarde de gimkana. Y un tringulo de
pabmas vrrllgares se llevaba los palotes de la seorita Muler en el
pico, romnticamente.
LA BOTELLA DE CHICHA
JULIO RAMON RIBEYRO (1929)
En una ocasin tuve necesidad de una pequea suma de dinero
y como me era imposible procurrmela por las vas ordinarias,
decid hacer una pesquisa por la despensa de mi casa, con fa
esperanza de encontrar algn objeto vendible o pignorable. Luego
de remover una serie de trastos viejos, divis acostada en un almoha-
dn, como una criatura en su cuna, una vieja botella de chicha..
Se trataba de una chicha que haca ms de quince aos recibiramos
de una hacienda del norte y que mis padres guardaban celosamente
para utilizarla en un importante suceso familiar. Mi padre me haba
dicho que la abrira cuando yo me recibiera de bachiller. Mi
madre, por otra parte, haba hecho la misma promesa a mi hermana,
para el da que se casara. Pero ni mi hermana se haba casado ni
yo haba elegida an qu profesin iba a estudiar, por lo cual la
chicha continuaba durmiendo el sueo de los justos y cobrando
aquel inapreciable valor que dan a este gnero de bebidas los des-
cansos prolongados.
Sin vacilar, cog la botella de1 pico y la conduje a mi habita-
cin. Luego de un paciente trabajo logr cortar el alambre y extraer
el corcho, que sali despedido como por el nima de una escopeta.
Beb un dedito para probar su sabor y me hubiera acabado toda la
botella si es que no la necesitara para un negocio mejor. Luego de
verter su contenido en una pequeia pipa de barro, me dirig a la
calle con la pipa bajo el brazo. Pero a mitad del camino un escr.
pulo me asalt. Haba dejado la botella vaca abandonada sobre la
mesa y lo menos que poda hacer era restituirla a su antiguo lugar
para disimular en parte las trazas de mi delito. Regres a casa y
para tranquilizar an ms m conciencia, llen la botella vaca con
una buena medida de vinagre, la alambr, la encorch y la acost en
su almohadn.
Con la pipa de barro, me dirig a la chichera de don Eduardo.
-Fjate lo que tengo - di j e mostrndole el recipiente-, Una
chicha de jora de veinte aos. Slo quiero por ella treinta soles.
Est regalada.
Don Eduardo se ech a rer.
-jA m!, ja m! --exclam sealndose el pecho- iA m con
ese cuento! Todos los das vienen a ofrecerme chicha y no solo de
veinte aos atrs. jNo me fo de esas historias! Como si las fuera
a creer!
-Pero yo no te voy a engaar. Prubala y vers.
-Probarla? Para qu? Si probara todo lo que traen a ven-
der terminara el da borracho, y lo que es peor, mal emborrachado.
Anda, vete de aqu! Puede ser que en otro lado tengas ms suerte.
Durante media hora recorr todas las chicheras y bares de la
cuadra. En muchos de ellos ni siquiera me dejaron hablar. Mi lti-
ma decisin fue ofrecer mi producto en las casas particulares pero
mis ofertas, por lo general, no pasaron de la servidumbre. El nico
sefior que se avino a recibirme me pregunt si yo era el mismo que
el mes pasado le vendiera un viejo burdeos y como yo, cndida-
mente le replicara que s, fui cubierto de insultos y de amenazas e
invitado a desaparecer en la forma menos cordial.
Humillado por este incidente, resolv regresar a mi casa. En el
camino pens que la nica recompensa, luego de empresa tan vana,
seria beberme la botella de chicha. Pero luego consider que mi
conducta sera egosta, que no poda privar a mi familia de su
pequeo teso& solamente por satisfacer un capricho pasajero, y que
lo ms cuerdo sera verter la chicha en su botella y esperar, para
beberla, a que mi hermana se casara o que a m pudieran llamarme
bachiller. e ,
Cuando llegu a casa haba oscurecido y me sorprendi ver
algunos carros en la puerta y muchas luces en las ventanas. No
bien haba ingresado a la cocina cuando sent una voz que me inter-
pelaba en la penumbra. Apenas tuve tiempo de ocultar la pipa de
barro tras una pila de peridicos.
-Eres t el que anda por all? -pregunt mi madre, en-
cendiendo la luz- iEsperndote como locos ! Ha llegado Ral ! Te
das cuenta? Anda a saludarlo! Tantos aos que no ves a tu her-
mano! Corre! que ha preguntado por ti.
Cuando ingres a la sala qued horrorizado. Sobre la mesa
central estaba la botella de chicha an sin descorchar. Apenas pude
abrazar a mi hermano y observar que le haba brotado un ridculo
mostacho. Cuando tu hermano regrese, era otra de las circuns-
tancias esperadas. Y mi hermano estaba all y estaban tambin otras
personas y la botella y minsculas copas pues una bebida tan valio-
sa necesitaba administrarse como una medicina.
-Ahora que todos estamos reunidos -habl mi padre- vamos
al fin a poder brindar con la vieja chicha- y agraci a los invita-
dos con una larga historia acerca de la botella, exagerando, como
er<a de esperar, su antigedad. A mitad de su discurso, los circuns-
tantes se relaman los labios.
La botella se descorch, las copas se llenaron, se lanz una
que otra improvisacin y llegado el momento del brindis observ
que las copas se dirigan a los labios rectamente, inocentemente, y
regresaban vacas a la mesa, entre grandes exclamaciones de placer.
-Excelente bebida !
-\Nunca he tomado algo semejante !
-Cmo me dijo? Treinta aos guardada?
-ES digna de un cardenal!
-;Yo que soy experto en bebidas, le aseguro, don Bonifacio,
que como sta ninguna!
Y mi hermano, conmovido por tan grande homenaje, aadi.
-Yo les agradezco, mis queridos padres, por haberme reser-
vado esta sorpresa con ocasin de mi llegada.
El nico que, naturalmente, no bebi una gota fui yo. Luego
de acercrmela a las narices y aspirar su nauseabundo olor a vina-
gre, la arroj con disimulo en un florero.
Pero los concurrentes estaban excitados. Muchos de ellos dije-
ron que se haban quedado con la miel en los labios y no falt uno
ms osado que insinuara a mi padre si no tena por all otra bote-
llita escondida.
-iOh, no! -replic- De estas cosas solo una! Es mucho
pedir.
Not, entonces, una consternacin tan sincera en los invitados,
que me cre en la obligacin de intervenir.
-Yo tengo por all una pipa con chicha.
-T? -pregunt mi padre, sorprendido.
-Si, una pipa pequea. Un hombre vino a venderla.. . Dijo
que era muy antigua.
-iBah! iluentos!
-Y yo se la compr por cinco soles..
-Por cinco soles? NO has debido pagar ni una peseta!
-A ver, la probaremos - d i j o mi hermano-. As veremos la
diferencia.
-Si, igue la traiga! -pidieron los invitados.
Mi padre, al ver tal espectativa, no tuvo ms remedio que
aceptar y yo me precipit hacia la cocina. Luego de extraer la
pipa bajo el montn de peridicos, regres a la sala con mi trofeo
entre las manos.
-iAqu est! -exclam, entregndosela a mi padre.
-iHum! - d i j o l, observando la pipa con desconfianza-.
Estas pipas son de ltima fabricacin. Sino me equivoco, yo com-
pr una parecida hace poco -y acerc la nariz al recipiente-. Qu
olor! No! Esto es una broma! Dnde has comprado esto, mu-
chacho? Te han engaado! Qu tontetia! Debas haber consul-
tado -y para justificar su actitud hizo circular la botija entre los
concurrentes, quienes ordenadamente la olan y despus de hacer
una mueca de repugnancia, la pasaban a su vecino.
-Vinagre !
-iMe descompone el estmago!
-Pero es que esto se puede tomar?
-ES para morirse!
Y como las expresiones aumentaban de tono, mi padre sinti
renacer en s su funcin moralizadora de jefe de familia y, tomando
la pipa con una mano y a m de una oreja con la otra, se dirigi a
la puerta de calle.
-Ya te lo deca. Te has dejado engaar como un bellaco!
Vers lo que se hace con esto!
Abri la puerta y, con gran impuIso, arroj la pipa a la calle,
por encima del muro. Un ruido de botija rota estall en un segun-
do. Recibiendo un coscorrn en la cabeza, fui enviado a dar una
vuelta por el jardn y mientras mi padre se frotaba las manos, satis-
fecho de su proceder, observ que en la acera pblica, nuestra chi-
cha, nuestra magnfica chicha nortea, guardada con tanto esmero
durante quince aos, respetada en tantos pequeos y tentadores
compromisos, yaca extendida en una roja y dolorosa mancha. Un
automvil la pis alargndola en dos huellas; una hoja de otoo
naufrag en su superficie; un perro se acerc, la oli y la me.
UN DIA EN MUCHAS PARTES DEL MUNDO
CARLOS E. ZAVALETA (1928)
Bueno, nos vamos por lo visto. Ajstate el cinturn y prepara
tu reloj. Tienes la mana de contar quince segundos desde la vibra-
cin ms fuerte, desde la carrera final para el despegue. Si a los
quince segundos el aparato no se eleva.. .
Pero vamos carrereando solamente, rumbo a la pista que nos
toca, pisando las grandes y sucesivas battas pintadas de blanco.
Adolorido y ruidoso, el viejo avin cumple heroicamente su deber.
-Seoras y seores pasajeros, muy buenos das. Su atencin,
por favor. Les doy la bienvenida en nombre de la tripulacin al
mando del capitn Lpez Portillo. Acabamos de recibir noticias
de que el aeropuerto de E3 Alto, en La Paz, ha sido cerrado por
disturbios. Esperaremos una media hora para ver si seguimos viaje.
Ladies and gentlemen. . .
Toda una contrariedad, por supuesto. Hay que volver a casa
y a la oficina. Eres peruano, oh s, pero despus de todo diles que
trabajas en La Paz. Ah tienes tu leccin, para que no pontifiques
otra vez. Ya pareces periodista. Cada vez que te preguntaban,
dijiste que Barrientos no era capaz de organizar una revuelta contra
Paz Estenssoro. Y ahora qu me dices, Ulises? Bueno, pero quiz
no sea en serio, unos cuantos balazos en la base area de M Alto,
nada ms. Aunque los diarios decan que Barrientos estaba en Co-
chabamba, que desoia los llamados de su jefe. Cmo explicas eso?
Y qu dir Paz en La Paz?
-Su atencin, por favor. Segn nuestras ltimas instrucciones,
podemos proseguir libremente a La Paz. Your attention please. . .
El vuelo estabilizado, permanente, la inmovilidad del viaje y el
ruido que es otra presencia continua y eterna. Nada se mueve
excepto d pueblo (los cerros, el mundo) de nubes que tienden bajo
el aparato un increble piso de gigantescos algodones, una alfombra
para el sol radiante que mira desde un azul perfectamente ail,
lmpido e ingenuo. Como el cielo de Andaluca, como el cielo de tu
Callejn de Huaylas. Quiz no ha pasado un ao de tu lejana niez.
Pero estamos dando la vuelta? El avin retoma sus alas, se inclina,
vibra como nunca.
-Su atencin, por favor. El capitn Lpez Portillo les pide
disculpas por el cambio de rumbo. Hemos recibido instrucciones
de volver al aeropuerto Jorge Chvez. Continan los disturbios.
Y ahora a esconderse otra vez por uno o dos das y salir nica-
mente por la noche de incgnito. Como en el viaje a Mxico. La
agencia de turismo dijo que tenas reservacin y cuando llegas al
aeropuerto reservacin te vuelvas. Habas pedido permiso a la ofi-
cina, era imposible volver al trabajo y dos das despus pedir otro
permiso. Pues a esconderse y salir nicamente de noche. Vivir en
ausencia de uno mismo; deambular por la ciudad donde uno ya no
no debe estar y prepararse para la muerte y que todo siga igual,
la Plaza San Martn, la Colmena Izquierda, el Parque Universitario
y todas las sombras que uno ha visto desde nio. Los mismos ros-
tros sin nombre pero familiares, desde la mujer que vende peines
en el bar Zela hasta el Poeta Bestial que cruza la plaza con la capa
espaola encima y el gran sombrero gacho.
-Ladies and gentlemen. Your at,tention please.
El aparato embiste contra la inmensa alfombra de nubes, las
puntas de las alas rasgan el aire blanco, el extrao humo se adel-
gaza, corre entre los dedos del da y surge la pequea mancha de
sementeras en tomo a Lima. Cuadros de tierra negra y de horta-
lizas, y en torno, el arenal que lo convierte todo en una inmvil
soledad, en una pobreza sin remedio.
-Seoras y seores. Estbamos dispuestos a aterrizar en el
aeropuerto Jorge Chvez, de El Callao, pero nos dan rdenes defi-
nitivas de proseguir a la Paz. Todo se ha normalizado.
-iPucha, Diego! Qu es esto? -gritas-. Decdanse de una
vez! Estn jugando con nosotros? Tengo que llegar a la oficina,
seorita !
Hay un rumor de aprobacin e inclusive de aplausos por tus
gritos, pero a los cinco minutos todo el mundo come y conversa
alegremente, menos t que no tienes con quin hablar. Miras el
asiento vaco y piensas en la que pudo subr y no subi. Por ratos
creas del aire varias personas probables pero siempre mujeres. Por
qu? Porque eres un hombre? Es la nica razn? O es que
deseas lo ms fcil, mirar y no discutir? Dnde estarn los futu-
ros compaeros de viaje, no los del pasado? Ni siquiera son som-
bras; puede darse el caso de que dos tipos van a viajar maana en
igualdad de probabilidades y que slo a ltima hora ellos mismos
sepan quin lo har definitivamente. Puede constituir un hombre
una mezcla de rasgos probables? Ser totalmente inmune a la
muerte una mezcla as? Pero la muerte futura y probable, todopo-
derosa, ella s contina rondando el avin desde que hemos salido.
Menos mal que esta vez llegaremos, lo sientes, casi diras que
lo sabes. O sea que nada en dos platos.
Y por otro lado, Paz
Estenssoro est todava adentro y Barrientos todava afuera. Y Boli-
via crucificada en el medio.
Cuando llego, veo nicamente a los hombres de la oficina, sin
ninguna de las esposas. Subsiste, pues, el temor a alzamientos y
motines callejeros. Ellos son cuatro y contigo sern cinco, pero han
trado un solo carro. Por qu?
-Todo est movido, seor -dice tu ayudante-. La cosa tuvo
sus bemoles, aunque no tanto como en el cincuenta y dos, palabra,
Hay obreros armados por el camino a El Alto. Los cuatro nicos
avioncitos Mustang que tiene Bolivia bombardearon Laikacota esta
maana. Desde Cochabamba, Banientos se la jug y va ganando
lejos. Dicen que Paz Estenssoro escapa o lo queman. En fin, vere-
mos qu pasa maana.
-Y yo ni la tos -digo.
En efecto, mientras bajamos en espiral por la cahetera, desde
la enorme y desrtica explanada hasta el can pardusco en que se
prenden las casas y los contados rboles, vemos cada diez metros
a un obrero con el fusil apoyado en el suelo, entre sus manos; cada
cincuenta a otro acariciando su metralleta; y entre ellos a muchos
curiosos mirndonos fijamente. Ya sabes que el paquete que llevan
al cuello o agitan en la mano es un cartucho de dinamita. Algunos
parecen ebrios y levantan sus armas no se sabe si como saludo o
amenaza. Ojal as de decididos fueran los obreros del Per.
El ayudante seala ceremoniosamente:
-Ah tiene usted la rwolucin.
revolucin? -sonres-. Hasta hoy no hemos visto una sola
verdadera. Y ya estamos en d sesenta y cuatro, ya somos viejos.
Sientes que les interesa ms la palabra viejos que revolucin.
-Por aqu se puede cortar directamente a la casa, por favor
-dices luego de un silencio-. Me la pas cuatro horas en el avin.
-Claro, estar usted cansado con tantas vueltas. A propsto,
jefe, quiere usted carne, pan, cualquier cosa? Las tiendas estn
cerradas desde ayer.
-No se moleste, Jimnez. Creo que tengo unas latas. Y ade-
ms la muchacha debe estar esperndome. Es muy cumplida.
-Ah, s, la Josefa, no?
El camino parece cambiar, pero es el mismo dentro de la ciu-
dad. La bajada culebrea por en medio de casuchas, covachas, barria-
das como las limeas; pero al menos aqu hay slidos techos y
paredes, no jaulas de estera y polvo como all. Y cuando se aca-
ban e1 asfalto y la hilera de obreros armados, el olor a tierra sigue
saliendo del tosco empedrado, conforme el auto aparta con el claxon
a los paceos, gruesos, barrigones, de oscuras caras brillosas, caras
demasiado grandes para el tamao de sus cuerpos. No has visto
gente ms fea en tu vida.
-Y cmo van nuestvas ventas de plsticos en Cochabamba?
-dices-. Cundo debo ir all? Y en Santa Cruz ya abrimos la
sucursal?
El roce de las llantas sobre el empedrado llena el aire; nos
siguen el roce y el olor a tierra, las rsticas tapias, las pequeas
puertas, las tiendas que creen estar en el siglo veinte, la enorme y
custodiada universidad, el barrio de casonas elevadas sobre cuestas
y precipicios.
En plena cuesta debe parar trabajosamente el auto. Agradeces,
bajas y entras con la maleta en la casa que te espera, que tiene
brazos y los abre y los va cerrando en cada puerta que se cieri.
Un momento despus todo est fro, oscuro y demasiado silencioso.
Al mira? por la ventana ves (no oyes, slo son muecas) una alga-
raba de jvenes, gritos, risas y de pronto un jeep lleno de soldados
que esgrimen sus fusiles victoriosos. Cuando los muchachos los
aplauden, un soldado les apunta, listo a disparar. Dudan y se miran
las caras, ya van a huir, pero finalmente el soldado re y todos lo
imitan. Slo entonces ves que los muchachos descansaban en su
camino, llevndose sillas, cuadros, una pantalla, un frigorfico. Estn
saqueando una casa.
Bajas a encender la chimenea de la salita. Pero no hay kero-
sene. Tampoco en la cocina est Josefa. Solo, friolento, enciendes
la cocinilla elctrica y esperas, con las manos en los bolsillos, a que
caliente el agua para el t. Pero hay que hace? algo ms contra el
fro. Apagas, buscas tu abrigo y vuelves a salir.
Ya oscurece exactamente igual como en el Cuzco. Parece que
no estuvieras en el extranjero. Sobre el fondo azul y tenue, las
tintas derramadas son figuras de humo, sombras que quiz no
esperan la noche sino la van atrayendo como un imn. Tres cua-
dras cerro arriba, por el carniho donde vive Josefa, el cielo es un
archipilago de manchas blanquecinas, azules y negras, todas des-
garradas en un mismo sentido, de izquierda a derecha, como resis-
tiendo algn tirn descomunal. La luz se evade, se despide lenta-
mente y casi no hay una gran distancia entre aquella despedida y
tu cabeza. Un verdadero cielazo que te puede caer de sombrero.
Saltando en zig-zag sobre la acequia que divide la calle, reco-
noces la tiendecita, el muro vecino, la puerta enana del conventillo
de Josefa. Tocas y esperas. De la tiendecilla llega el rumor de
voces borrachas.
No hay respuesta y vuelves a tocar, oh no, te parece, no ests
tocando sino entrando, no ests entrando sino cayendo por el pasa-
dizo abierto, y apenas iluminado. Sabes que te han empujado, pero
hoy que ves a medias el remolino de cuerpos e insultos, hoy que
te avientan contra la pared y te tiran de los pelos para verte bien
la cara, sabes que no pueden buscarte a ti. Al frente, casi diras
debajo de tu cabeza, dos soldados y un hombre de saco y corbata
esperan tu respuesta.
-Cul de ellos eres, hijo de la gran puta?
-El flaco, pues, el alto es -dice uno de los soldados- No
estuvo anoche en Obrajes, pero?
..
-@ se. han credo ustedes? -gritas-. No soy boliviano.
He venido a buscar a mi empleada, a Josefa. Pregntenle a ella.
Mis documentos estn en el bolsillo.
- --
-El Juan es, el cruceo.
-Documentos no? Anoche te escapaste -grita y re el vesti-
do de civi1, que parece el jefe-. A la mierda con tus documentos
falsos -y un manotn te abre el saco y el pasaporte cae, para que
su compaero lo pise-. Con su amigo mtanlo, carajo!
Y otro empujn, otra puerta salvajemente abierta y en el suelo
te espera lo que nunca has visto, lo que cresk que no veras pero
lleg el momento. Un tipo encogido, defendiendo su estmago, con
una mancha vuelta a la luz, y la mancha de sangre y de aguadija
en su cara, y el ojo ha estallado, ese hueco que se abre y palpita
traga su sangre, sus lgrimas, sus increbles mocos.
-Ah lo tienes a tu amigo! Ahora vas a hablar, pendejo!
-Quin es l? Qu pas aqu? -te vuelves-. Oigame,
seor! Es usted polica, no? Pues bien, lea mis documentos! Me
llamo Jaime Sifuentes, soy peruano, trabajo en. . . he venido a. . .
-Te voy a quemar. . . -y no es un sueo. E1 polica, inspec-
tor o sopln o desgraciado sin nombre ya te cerr Ia boca de un
puetazo y vas a caer, eso cree l, jams te ha visto pelear, no sabe
cun larga tienes la pierna, cun perfecta chalaca puedes lanzar no
slo para cachetearlo con el pie, sino para quitarle la pistola y
dejarlo desnudo y quedar t frente a los dos soldados, feliz de
comenzar la pelea. No puedes creerlo, la habitacin es muy chica
para apuntar con el fusil, se trata de una simple pelea en que gana-
rs, no de ninguna guerra, pero el soldado, s, te apunta, pero el
soldado, s, dispara.
EL ABUELO
MARI0 VARGAS LLOSA (1936)
Cada vez que cruja una ramita, o croaba una rana, o vibraban
los vidrios de la cocina que estaba al fondo de la huerta, el viejecito
saltaba con agilidad de su asiento improvisado, que era una piedra
chata, y espiaba ansiosamente entre el follaje. Pero el nio an no
apareca. A travs de las ventanas del comedor, abiertas a la pr-
gola, vea en cambio las luces de la araRa encendida haca rato, y
bajo ellas, sombras movedikas que se deslizaban de un lado a otro,
con las cortinas, lentamente. Haba sido corto de vista desde joven,
de modo que eran intiles sus esfuerzos por comprobar si ya cena-
ban, o si aquellas sombras inquietas provenan de los rboles ms
altos.
Regres a su asiento y esper. La noche pasada haba llovido
y la tierra y las flores despedan un agradable olor a humedad.
Pero los insectos pululaban, y los manoteos desesperados de don
Eulogio en tomo del rostro, no conseguan evitarlos: a su barbilla
trmula, a su frente, y hasta las cavidades de sus prpados, llegaban
cada momento Iancetas invisibles a punzarle la carne. El entusias-
mo y la excitacin que mantuvieron su cuerpo dispuesto y febril
dtnante el da haban decado y sentia ahora cansancio y algo de
tristeza. Tena fro, le molestaba la oscuridad del vasto jardn y lo
atormentaba la imagen, persistente, humillante, de alguien, quiz
la cocinera o el mayordomo, que de pronto lo sorprenda en su
escondrijo. "Qu hace usted en la huerta a estas horas, don Eulo-
gio?" Y vendran su hijo y su hija poltica, convencidos de que
estaba loco. Sacudido por un temblor nervioso, volvi la cabeza y
adivin entre los macizos de crisantemos, de nardos y de rosales,
el diminuto sendero que llegaba a la puerta falsa esquivando el
palomar. Se tranquiliz apenas, al recordar haber comprobado tres
veces que la puerta estaba junta, con el pestillo corrido, y que en
unos segundos poda escurrirse hacia la calle sin ser visto.
"Y si hubiera venido ya?", pens, intranquilo. Porque hubo
un instante, a los pocos minutos de haber ingresado cautelosamente
a su casa por la entrada casi olvidada de la huerta, en que perdi
la nocin del tiempo y permaneci como dormido. Slo reaccionrj
cuando d objeto que ahora acariciaba sin saberlo, se desprendi de
sus manos y le golpe el muslo. Pero era imposible. El nio no
poda haber cruzado la huerta todava porque sus pasos asustados
lo hubieran despertado, o el pequeo, al distinguir a su abuelo,
encogido y dormitando justamente al borde del sendero que deba
conducirlo a la cocina, habra gritado.
Esta reflexin lo anim. El soplido del viento era menos fuerte,
su cuerpo se adaptaba al ambiente, haba dejado de temblar. Ten-
tando los bolsillos de su caco, encontr d cuerpo duro y cilndrico
de la vela que compr esa tarde en el almacn de la esquina. Rego-
cijado, el viejecito sonri en la penumbra: rememoraba el gesto de
sorpresa de la vendedora. El permaneci muy serio, taconeando
con elegancia, batiendo levemente y en crculo su largo bastn en-
chapado en metal, mientras la mujer pasaba bajo sus ojos, cirios y
velas de diversos tamaos. Esta, dijo l, con un ademn rpido que
quera significar molestia por el quehacer desagradable que cumpla.
La vendeora insisti en envolverla pero don Eulogio no acept y
abandon la tienda con premura. El resto de la tarde estuvo en el
Club Nacional, encerrado en el pequeo saln de rocambor donde
nunca haba nadie. Sin embargo, extremando las precauciones para
evitar la solicitud de los mozos, ech llave a la puerta. Luego, cmo-
damente hundido en el confortable de inslito color escarlata, abri
el maletn que traa consigo, y extrajo el precioso paquete. La tena
envuelta en su hermosa bufanda de seda blanca, precisamente la
que llevaba puesta la tarde del hallazgo.
A la hora ms cenicienta del crepsculo haba tomado un taxi,
indicando al chofer que circulara por las afueras de la ciudad:
corra una deliciosa brisa tibia, y la visin entre griscea y rojiza
del cielo sera ms enigmtica en medi'o del campo. Mientras el
automvil flotaba con suavidad por el asfalto, los ojitos vivaces del
anciano, nica seal gil en su rostro flcido, descolgado en bolsas,
iban deslizndose distradamente sobre el borde del canal paralelo
a la carretera, cuando de pronto la divis.
-Detnguse -dijo, pero el chofer no le oy-. iDetngascj
Pare! Cuando el auto se detuvo y en retroceso lleg al montculo
de ~iedras, don Eulogio comprob que se trataba, efectivamente, de
una calavera. Tenindola entre las manos, olvid la brisa y el pai-
saje, y estudi minuciosamente, con creciente ansiedad, esa dura,
terca y hostil forma impenetrable, despojada de carne y de piel, sin
nariz, sin ojos, sin lengua. Era pequea y se sinti inclinado a
creer que era de nio. Estaba sucia, polvorienta, y hera su crneo
pelado una abertura del tamao de una moneda, con los bordes
astillados. El orificio de la nariz era un perfecto tringulo, sepa-
rado de la boca por un puente delgado y menos amarillo que el
mentn. Se entretuvo pasando un dedo por las cuencas vacas,
cubriendo el crneo con la mano en forma de bonete, o hundiendo
su puo por la cavidad baja, hasta tenerlo apoyado en el interior:
entonces, sacando un nudillo por el tringulo, y otro por la boca a
manera de una larga e incisiva lengeta, imprima a su mano movi-
mientos sucesivos, y se diverta enormemente imaginando que aque-
llo estaba vivo.
Dos dias la tuvo oculta en un cajn de la cmoda, abultando
el maletn de cuero, envuelta cuidadosamente, sin revelar a nadie
su hallazgo. La tarde siguiente a la del encuentro permaneci en
su habitacin, paseando nerviosamente entre los muebles opulentos
de sus antepasados. Casi no levantaba la cabeza: se dira que exa-
minaba con devocin profunda y algo de pavor, los dibujos san-
grientos y mgicos del crculo central de la alfombra, pero ni si-
quiera los vea. Al principio, estuvo indeciso, preocupado : podran
sobrevenir complicaciones de familia, tal vez se reiran de l. Esta
idea lo indign y tuvo angustia y deseo de llorar. A partir de ese
instante, el proyecto se apart slo una vez de su mente: fue cuando
de pie ante la ventana, vio el palomar oscuro, lleno de agujeros, y
record que en una poca aquella casita de madera con innumera-
bles puertas no estaba vaca, sin vida, sino habitada por animalitos
grises y blancos que picoteaban con insistencia cruzando la madera
de surcos y que a veces revoloteaban sobre los rboles y las flores
de la huerta. Pens con nostalgia en lo dbiles y cariosos que
eran: confiadamente venan a posarse en su mano, donde siempre
les llevaba algunos granos, y cuando haca presi6n entornaban los
ojos y los sacuda un brevsimo temblor. Luego no pens ms en
ello. Cuando el mayordomo vino a anunciarle que estaba lista la
cena, ya lo tena decidido. Esa noche durmi bien. A la maana
siguiente olvid haber soado que una perversa fila de grandes hor-
migas rojas invada sbitamente el palomar y causaba desasosiego
entre los animalitos, mientras I, desde su ventana, miraba la escena
con un catalejo.
Haba imaginado que limpiar la calavera sera algo muy rpido,
pero se equivoc. El polvo, lo que haba credo polvo y era tal vez
excremento por su aIiento picante, se mantena soldado a las pare-
des internas y brillaba como una lmina de metal en la parte postc-
rior del crneo. A medida que la seda blanca de la bufanda se
ctrbra de lamparones gnses, sin que desapareciera la capa de su-
ciedad, iba creciendo la excitacin de don Eulogio. En un momento,
indignado, arroj la calavera, pero antes que sta dejara de rodar,
se haba arrepentido y estaba fuera de su asiento gateando por el
suelo hasta alcanzarla y levantarla con precaucin. Supuso enton-
ces que la limpieza sera posible utilizando alguna sustancia gra-
sienta. Por telfono encarg a la cocina una lata de aceite y esper
en la puerta al mozo a quien arranc con violencia la lata de las
manos, sin prestar atencin a la mirada inquieta con que aqul
intent recorrer la habitacin por sobre su hombro. Lleno de zozo-
bra empap la bufanda en aceite y, al comienzo con suavidad, des-
pus acelerando el ritmo, rasp hasta exasperarse. Pronto compro-
b entusiasmado que el remedio era eficaz; una tenue lluvia de
polvo cay a sus pies, y l ni siquiera notaba que el aceite iba
humedeciendo tambin el filo de sus puos y la manga de su saco.
De pronto, puesto de pie de un brinco, admir la calavera que sos-
tena sobre su cabeza, limpia, resplandeciente, inmvil, con unos
puntitos como de sudor sobre sobre la ondulante superficie de los
pmulos. La envolvi de nuevo, amorosamente; cerr su maletn y
sali del Club Nacional. El automvil que ocup en la Plaza San
Martn lo dej a la espalda de su casa, en Orrantia. Haba anoche-
cido. En la fra semioscuridad de la calle se detuvo un momento,
temeroso de que la puerta estuviese clausurada. Enervado, estir
su brazo y dio un respingo de felicidad al notar que giraba la mani-
ja y la puerta ceda con un corto chirrido.
En ese momento escuch voces en la prgola. Estaba tan ensi-
mlsmado, que incluso haba olvidado el motivo de ese trajn febril.
Las voces, el movimiento fueron tan imprevistos que su corazn
pareca el baln de oxgeno conectado a un moribundo. Su primer
impulso fue agacharse, pero 10 hizo con torpeza, resbal de la pie-
dra y cay de bruces. Sinti un dolor agudo en la frente y en la
boca un sabor desagradable de tierra mojada, pero no hizo ningn
esfuerzo por incorporarse y continu all, medio sepultado por las
hzerbas, respirando fatigosamente, temblando. En la cada haba
tenido tiempo de elevar la mano que conservaba la calavera de modo
que sta se mantuvo en el aire, a escasos centimetros del suelo,
todava limpia.
La prgola estaba a unos cincuenta metros de su escon-
dite, y don Eulogio oa las voces como un delicado murmullo, sin
distinguir lo que decan. Se incorpor trabajosamente. Espiando,
vio entonces en medio del arco de los grandes manzanos cuyas ra-
ces tocaban el zcalo del comedor, una silueta clara y esbelta y
comprendi que era su hijo. Junto a l haba otra, ms ntida y
pequea, reclinada con cierto abandono. Era la mujer. Pestaeando,
frotando sus ojos trat angustiosamente, pero m vano, de divisar al
nio. Entonces lo oy rer: una risa cristalina de nio, espontnea,
integral, que cruzaba el jardn como un animalito. No esper ms:
extrajo la vela de su saco, a tientas junt ramas, terrones y piedre-
citas y trabaj rpidamente hasta asegurar la vela sobre la piedra
y colocar a sta, como un obstculo, en medio del sendero. Luego,
con extrema delicadeza para evitar que la vela perdiera el equili-
brio, coloc encima la calavera. Presa de gran excitacin, uniendo
sus pestaas al macizo cuerpo aceitado, se alegr: la medida era
justa, por el orificio del crneo asomaba el puntito blanco de la
vela, como un nardo. No pudo continuar observando. El padre
haba elevado la voz y, aunque sus palabras eran todava incom-
prensibles, supo que 9e diriga al nio. Hubo como un cambio de
palabras entre las tres personas: la voz gruesa del padre, cada vez
ms enrgica; el rumor melodioso de la mujer, los cortos grititos
destemplados del nieto. El ruido ces de pronto. El silencio fue
brevsimo: lo fulmin el nieto, chillando: Pero conste: hoy acaba
e2 castigo. Dijiste siete das y hoy se acaba. Xdana ya no voy.
Con las ltimas palabras escuch pasos precipitados.
Venia corriendo? Era el momento decisivo. Don Eulogio ven-
ci el ahogo que lo estrangulaba y concluy su plan. El primer< fs-
foro dio slo un fugaz hilito azul. El segundo prendi bien. Que-
mndose las uas, pero sin sentir dolor, lo mantuvo junto a la cala-
vera, an segundos despus de que la vela estuviera encendida.
I>udaba, porque lo que vea no era exactamente lo que haba imagi-
nado, cuando una llamarada sbita creci entre sus manos con
brusco crujido, como de un pisotn en la hojarasca, y entonces que-
d la calavera iluminada del todo, echando fuego por las cuencas,
por el' crneo, por la nariz y por la boca. Se ha pendido todo,
exclam maravillado. Haba quedado inmvil y repeta como rrn
disco fue el aceite, fue e2 aceite, estupefacto, embrujado ante la
fascinante calavera enrollada por las llamas.
Justamente en ese instante escuch el grito. Un grito salvaje,
un alarido de animal atravesado por muchsimos venablos. El nio
estaba ante l, las manos alargadas, los dedos crispados, Lvido,
estremecido, tena los ojos y la boca muy abiertos y estaba ahora mu-
do y rgido pero su garganta, independientemente, haca unos extraos
ruidos roncos. %e ha visto, me bu visto, se deca don Eulogio con
pnico, Pero al mirarlo supo de inmediato que no lo haba visto,
que su nieto no poda ver otw cosa que aquella cabeza llameante.
Sus ojos estaban inmovilizados, con un terror profundo y eterno
retratado en ellos. Todo haba sido simultneo: la llamarada, el
aullido, la visin de esa figura de pantaln corto sirbitamente pose-
da de terror. Pensaba entusiasmado que los hechos haban sido ms
perfectos incluso que su plan, cuando sinti voces y pasos que
venian y entonces, ya sin cuidarse del ruido, dio media vuelta y a
saltos, apartndose del sendero, destrozando con sus pisadas los
macizos de crisantemos y rosales que entrevea a medida que lo
alcanzaban los reflejos de la llama, cruz d espacio que lo sepa-
raba de la puerta. La atraves junto con el grito de la mujer,
estruendoso tambin, pero menos sincero que el de su nieto. No se
detuvo, no volvi la cabeza. En la calle, un viento fro hendi su
frente y sus escasos cabellos, pero no lo not y sigui caminando,
despacio, rozando con el hombrio el muro de la huerta, sonriendo
satisfecho, respirando mejor, ms tranquilo.
CON JIMMY, EN PARACAS
ALFREDO BRYCE ECHENIQUE (1939)
Lo estoy viendo; realmente es como si lo estuviera viendo; all
est sentado, en el amplio comedor veraniego, de espaldas a ese mar
donde haba rayas, tal vez tiburones. Yo estaba sentado al frente
suyo, en la misma mesa y, sin embargo, me parece que lo estu-
viera observando desde la puerta de ese comedor, de donde ya to-
dos se haban marchado, ya slo quedbamos l y yo, habamos
llegado los ltimos, habamos alcanzado con las justas el almuerzo.
Esta vez me haba trado; lo haban mandado slo por el fin
de semana, Paracas no estaba tan lejos: estara de regreso a tiempo
para el colegio, el lunes. Mi madre no haba podido venir; por eso
me haba trado. Me llevaba siempre a sus viajes cuando ella no
poda acompaarlo, y cuando poda volver' a tiempo para el cole-
gio. Yo escuchaba cuando le deca a mam que era una pena que
no pudiera venir, la compaa le pagaba la estada, le pagaba hotel
de lujo para dos personas. Lo llevar>>, deca, refirindose a m.
Creo que yo le gustaba para esos viajes.
Y a m, ;cmo me gustaban esos viajes! Esta vez era a Paracas.
Yo no conoca Paracas, y cuando mi padre empez a arreglar la
maleta, el viernes por la noche, ya saba que no dormiria muy bien
esa noche, y que me despertara antes de sonar el despertador.
Partimos ese sbado muy temprano, pero tuvimos que perder
mucho tiempo en Ia oficina, antes de entrar en la carretera al sur.
Parece que mi padre tena todava cosas que ver all, tal vez recibir
las ltimas instrucciones de su jefe. No s; yo me qued esperri-
dolo afuera, en el auto, y empec a temer que llegaramos mucho
ms tarde de lo que habamos calculado.
Una vez en la carretera, eran otras mis preocupaciones. Mi
padre manejaba, como siempre, despacsimo; ms despacio de lo
que mam le haba pedido que manejara. Uno tras otro, los auto-
mviles nos iban dejando atrs, y yo no miraba a mi padre para
que no se fuera a dar cuenta de que eso me fastidiaba un poco,
en realidad me avergonzaba bastante, Pero nada haba que hacer,
y el viejo Pont+ac, ya muy viejo el pobre, avanzaba lentsimo, anch-
simo, negro e inmenso, balancendose como una lancha sobre la
carretera recin asfaltada.
A eso de la mitad del camino, mi padre decidi encender la
radio. Yo no s qu le pas; bueno, siempre suceda lo mismo,
pero slo prob una estacin, estaban tocando una guaracha, y
apag inmediatamente sin hacer ningn comentario. Me hubiera
gustado escuchar un poco de msica, pero no lle dije nada. Creo
que por eso le gustaba llevarme en sus viajes; yo no era un mucha-
chillo preguntn; me gustaba ser dcil; estaba consciente de mi
docilidad. Pe ~o eso s, era muy observador.
Y por eso lo miraba de reojo, y ahora lo estoy viendo mane-
jar. Lo veo jalarce un poquito el pantaln desde las rodillas, dejan-
do aparecer las medias blancas, impecables, mejores que las mas,
porque yo todava soy un nio; blancas e impecables porque esta-
mos yendo a Paracas, hotel de lujo, lugar de veraneo, mucha plata
y todas esas cosas. Su saco es el mismo de todos los viajes fuera
de Lima, gris, muy claro, sport; es norkamericano y le va a durar
toda la vida. El pantaln es gris, un poco ms oscuro que el saco,
y la camisa es la camisa vieja ms nueva del mundo; a m nunca
me M a durar una camisa como le duran a mi padre.
Y la bo'rna; la boina es vasca; l dice que es vasca de pura
cepa. Es para los viajes; para el aire, para la calvicie. Porque mi
padre es calvo, calvsimo, y ahora que lo estoy viendo ya no es un
hombre alto. Ya aprend que mi padre no es un hombre alto, sino
ms bien bajo. Es bajo y muy flaco. Bajo, calvo y flaco, pero yo
entonces tal vez no lo vea an as, ahora ya s que slo es el
hombre ms bueno de la tierra, dcil como yo, en realidad se muere
de miedo de sus jefes; esos jefes que lo quieren tanto porque hace
siete millones de aos que no llega tarde ni se enferma ni falta a
la oficina; esos jefes que yo he visto amo le dan palmazos en la
espalda y se pasan la vida felicitndolo en la puerta de la iglesia
los domingos; pero a m hasta ahora no me saludan, y mi padre se
pasa la vida diciendole a mi madre, en la puerta de la iglesia los
domingos, que las mujeres de sus jefes son distradas o no la han
visto, porque a mi madre tampoco la saludan, aunque a l, a mi
padre, no se olvidaron de mandarle sus saludos y felicitaciones
cuando cumpli un milln de aos ms sin enfermarse ni llegar
tarde a la oficina, la vez aquella en que trajo esas fotos en que,
estoy seguro, un jefe acababa de palmearle la espalda, y otro estaba
a punto de palmersela; y esa otra fom en que ya los jefes se haban
marchado del cocktail, pero haban asistido, te deca mi padre, y
volva a mostrarte la primera fotografa.
Pero todo esto es ahora en que lo estoy viendo, no entonces
en que lo estaba mirando mientras llegbamos a Paracas en el Pon-
tiac. Yo me haba olvidado un poco del Pontiac, pero las paredes
blancas del hotel me hicieron verlo negro, ya muy viejo el pobre, y
tan ancho. Adnde va a acabar esta mole>>, me preguntaba, y estoy
seguro de que mi padre se mora de miedo al ver esos carrazos, no
lo digo por grandes, sino por la pinta. Si les daba un topetn,
entonces habra que ver de quin era ese carrazo, porque mi padre
era muy seor, y entonces aparecera el dueo, veraneando en Para-
cas con sus amigos, y tal vez conoca a los jefes de mi padre, haba
odo hablar de l no ha pasado nada, Juanito (as se llamaba, se
llama mi padre), y lo iban a llenar de palmazos en la espalda, I'uego
vendran los aperitivos, y a m no me iban a saludar, pero yo actua-
ra de acuerdo a las circunstancias y de tal manera que mi padre
no se diera cuenta de que no me haban saludado. Era mejor que
mi madre no hubiera venido.
Pero no pas nada. Encontramos un sitio anchsimo para el
Pontiac negro, y al bajar, as s que lo vi viejsimo. Ya estbamos
en el hotel de Paracas, hotel de lujo y todo lo dems. Un mucha-
cho vino hasta el carro por la maleta. Fue la primera persona que
saludamos. Nos llev a la recepcin y all mi padre firm los
papeles de reglamento, y luego pregunt si todava podamos almor-
zar algo (recuerdo que as dijo). El hombre de la recepcin, muy
distinguido, mucho ms alto que mi padre, le respondi afirmativa-
mente: Claro que s, seor. El muchacho lo va a acompaar hasta
su "bungalow", para que usted pueda lavarse las manos, si lo desea.
Tiene usted tiempo, seor; el comedor cierra dentro de unos minu-
tos, y su 'bungalow' no est muy alejado. No s si mi pap, pero
yo todo eso de bungalow lo entend muy bien, porque estudio
en colegio ingls y eso no lo debo olvidar en mi vida y cada vez
que mi pap estalla, cada mil aos, luego nos invita al cine, grita
que hace siete millones de aos que trabaja enfermo y sin llegar
tarde para darle a sus hijos lo mejor, lo mismo que a los hijos de
sus jefes.
El muchacho que nos llev hasta el bungaIow no se sonri
mucho cuando mi padre le dio la propina, pero ya yo saba qrre
cuando se viaja con dinero de la compaa no se puede andar
derrochando, si no, pobres jefes, nunca ganaran un chtimo y la
compaa quebrara en la mente respetuosa de mi padre, que se
&ba favando las manos mientras yo abra la maleta y sacaba
alborotado mi ropa de bao. Fue entonces que me enter, l me
lo dijo, que nada de acercarme al mar, que estaba plaga10 de rayas,
hasta haba tiburones. Corr a lavarme las manos, por eso de que
dentro de unos minutos cierran el comedor, y dej mi ropa de bao
tirada sobre la cama. Cerramos la puerta del bungalow y fui-
mos avanzando hacia el comedor. Mi padre tambin, aunque me-
nos, creo que era observador; me seal la piscina, tal vez por eso
de la ropa de bao. Era hermoso Paracas; tena de desierto, de
oasis, de balneario; arena, palmeras, flores, veredas y caminos pcir
donde chicas que yo no me atreva a mirar, pocas ya, las ltimas,
las ms atrasadas, se iban perezosas a dormir esa siesta de quien
ya se acostumbr al hate1 de lujo. Tmidos y curiosos, mi padre y
yo entramos al comedor.
Y es all, sentado de espaldas al mar, a -las rayas y a los tibu-
rones, es alli donde lo estoy viendo, como si yo estwiera en la
puerta del comedor, y es que en realidad yo tambiki me estoy vien-
do sentado all, en la misma mesa, cara a cara a mi padre y esp-
randa al mozo ese, que a duras penas contest a nuestro saludo,
que haba ido a traer el men (mi padre pidi la carta y l dijo que
iba por el men) y que segn pap debera habernos cambiado de
mantel, pero era mejor no decir nada porque, a pecar de que se
era un hotel de lujo, habamos llegado con las justas para almorzar.
Yo casi vuelvo a saludar al mozo cuando regres y le entreg el
men a mi padre que entr en dificultades y pidi, finalmente,
corvina a la no s cuantos, porque el mozo ya llevaba horas espe-
rando. Se larg con el pedido y mi padre, sonrindome, puso la
carta sobre la mesa, de tal manera que yo poda leer los nombres
de algunos platos, un montn de nombres franceses en realidad, y
entonces pens, alivindome, que algo terrible hubiera podido pasar,
como aquella vez en ese restaurante de tipo moderno, con un men
que pareca para norteamericanos, cuando mi padre me pas la
carta para que yo pidiera, y empez a contarle al mozo que l no
saba ingls, pero que a su hijo lo estaba educando en colegio in-
gls, a sus otros hijos tambin, costara lo que costara, y el mozo
no le prestaba ninguna atencin, y mova la pierna porque ya se
quera largar.
Fue entonces que mi padre estuvo realmente triunfal. Mientras
el mozo vena con las corvinas a la no s cuntos, mi padre empez
a hablar de damos un lujo, de que el ambiente lo peda, y de que
la compaa no iba a quebrar si l peda una botellita de vino blan-
co para acompaar esas corvinas. Deca que esa noche a las siete
era la reunin con esos agricultores, y que le compraran los trac-
tores que le haban encargado vender; 61 nunca le haba fallado a
la compaa. En esas estaba cuando el mozo apareci complicn-
dose la vida en cargar los platos de la manera ms difcil, eso pare-
ca un circo, y mi padre lo miraba como si fuera a aplaudir, pero
gracias a Dios reaccion y tom una actitud bastante forzada, aun-
que digna, cuando el mozo jugaba a casi tiramos los platos por la
cara, en realidad era que Tos estaba poniendo eleg,antemente sobre
la mesa y que nosotros no estbamos acostumbrados a tanta cosa.
Un blanco no s cuntos>>, dijo mi padre. Yo casi lo abrazo por
esa palabra en francs que acababa de pronunciar, esa marca de
vino, ni siquiera haba pedido la carta para consultar, no nada de
eso; lo haba pedido as no d s , triunfal, conocedor, y el mozo no
t wo ms remedio que tomar nota y largarse a buscar.
Todo marchaba perfecto. Nos haban trado el vino y ahora
recuerdo ese momento de feliz equilibrio: mi padre sentado de
espaldas al mar, no era que el comedor estuviera al borde del mar,
pero el muro que sostena esos ventanales me impeda ver la pisci-
na y la playa, y ahora lo que estoy viendo es la cabeza, la cara de
mi padre, sus hombros, el mar all atrs, azul en ese da de sol, las
palmeras por aqu y por all, la mano delgada y fina de mi padre
sobre la botella fresca de vino, sirvindome media copa, llenando
su copa, bebe despacio, hijo, ya algo quemado por el sol, listo a
acceder, extraando a mi madre, buensimo, y yo ah, casi cho-
rrendome con el jugo ese que baaba la conrina, hasta que vi a
Jimmy. Me chorre cuando lo vi. Nunca sabr por qu me dio
miedo verlo. Pronto lo supe.
Me sonrea desde la puerta del comedor, y yo lo salud, mi-
rando luego a mi padre para explicarle quin era, que estaba en mi
clase, etc.; pero mi padre, al escuchar su apellido, volte a mirarlo
sonriente, me dijo que lo llamara, y mientras cruzaba el comedor,
que conoca a su padre, amigo de sus jefes, uno de los directores
de la compaa, muchas tierras en esa regin. . .
-Jimmy, pap. -Y se dieron la mano.
-Sintate, muchacho - di j o mi padre, y ahora recin me salu-
d a m.
Era muy bello; Jimmy era de una belleza extraordinaria: rubio,
el pelo en anillos de oro, los ojos azules achinados, y esa piel bron-
ceada, bronceada todo el ao, invierno y verano, tal vez porque
vena siempre a Paracas. No bien se haba sentado, not algo que
me pareci extrao: el mismo mozo que nos odiaba a mi padre y
a m, se acercaba ahora sonriente, servicial, humilde, y saludaba a
Jimmy con todo respeto; pero ste, a duras penas le contest con
una mueca. Y el mozo no se iba, segua ah, parado, esperando
rdenes, buscndolas, yo casi le pido a Jimmy que lo mandara ma-
tarse. De los cuatro que estbamos all, Jihmy era el nico sereno.
Y ah empez la cosa. Estoy viendo a mi padre ofrecerle a
Jimmy un poquito de vino en una copa. Ah empez mi terror.
-No, gracias -dijo Jimny-. Tom vino con el almuerzo. -Y
sin mirar al mozo, le pidi un wkisky.
Mir a mi padre: los ojos fijos en el plato, sonrea y se atra-
gantaba un bocado de corvina que poda tener millones de espinas.
Mi padre no impidi que Jimmy pidiera ese whisky, y ah venia el
mozo casi bailando con el vaso en una bandeja de plata, haba que
verle sonrerse al hijo de puta. Y luego Jimmy sac un paquete de
Chesterfield, lo puso sobre la mesa, encendi uno, y sopl todo el
humo sobre la calva de mi padre, claro que no lo hizo por mal, lo
hizo simplemente, y luego continu bellsimo, sonriente, mirando
hacia el mar, pero mi padre ni yo queramos ya postres.
-Desde cuando fumas? -le pregunt mi padre con voz
temblorosa.
-No s; no me acuerdo - d i j o Jimmy, ofrecindome un ciga-
rrillo.
-No, no, Jimmy; no. . .
-Fuma no ms, hijito; no desprecies a tu amigo.
Estoy viendo a mi padre decir esas palabras, y luego recoger
una servilleta que no se k haba cado, casi recoge el pie del mozo
que segua ah parado. Jimmy y yo fumbamos, mientras mi padre
nos contaba que a l nunca le haba atrado eso de fumar, y luego
de una afeccin a los bronquios que tuvo no s cundo, pero Jimmy
empez a hablar de automviles, mientras yo observaba la ropa que
llevaba puesta, pareca toda de seda, y la camisa de mi padre em-
pez a envejecer lastimosamente, ni su saco norteamericano le iba
a durar toda la vida.
-T manejas, Jimmy? -pregunt mi padre.
-Hace tiempo. Ahora estoy en el carro de mi hermana; el
otro da ectrell4 mi carro, pero ya le va a llegar otro a mi pap. En
la hacienda tenemos varios carros.
Y yo muerto de miedo, pensando en el Pontiac; tal vez Jimmy
se iba a enterar que se era el de mi padre, se iba a burlar tal vez,
lo iba a ver ms viejo, ms ancho, ms feo que yo. Para qu
vinimos aqu? Estaba recordando la compra del Pontiac, a mi
padre convenciendo a mam, un pequeiio sacrificio, y luego tam-
bin los sbados por la taede, cuando lo lavbamos, asunto de fami-
lia, todos los hermanos con latas de agua, mi padre con la man-
guera, mi madre en el balcn, nosatros locos por subir, por coger el
timn, y mi padre autoritario: Cuando sean grandes, cuando ten-
gan brevete, y luego, sentimental: Me ha costado aos de es-
fuerzo.
-Tienes brevete, Jimmy ?
-No; no importa; aqu todos me conocen.
Y entonces fue que mi padre le pregunt que cuntos aos
tena y fingi creerle cuando dijo que diecisis, y yo tambin, casi
le digo que era un mentiroso, pero para qu, todo el mundo saba
que Jimmy estaba en mi clase y que yo no haba cumplido an los
catorce aos.
-Manolo se va conmigo - di j o Jimmy-; vamos a pasear en
el carro de mi hermana.
Y mi padre cedi una vez ms, nuevamente sonri, y le encar-
gb a Jimmy saludar a su padre.
-Son casi las cuatrb -dijo-, voy a descansar un poco, por-
que a las siete tengo una reunin de negocios. -Se despidi de
Jimmy, y se march sin decirme a qu hora deba regresar, yo casi
le digo que no se preocupara, que no nos bamos a estrellar.
Jimmy no me pregunt cul era mi carro. No tuve por qu
decirle que el Pontiac ese negro, el nico que haba ah, era el carro
de mi padre. Ahora s se lo dira y luego, cuando se riera sarcsti-
camente le escupira en la cara, aunque todos esos mozos que lo
haban saludado mientras salamos, todos esos que a m no me ha-
can caso, se me vinieran encima a matarme por haber ensuciado
esa maravillosa cara de monedita de oro, esas manos de pritiier
enamorado que estaban abriendo la puerta de un carro del jefe de
mi padre.
A un milln de kilmetros por hora, estuvimos en Pisco, y
-all Jimmy casi atropella a una mujer en la Plaza de Armas; a no
s cuntos millones de kilmetros por hora, con una cuarta veloci-
dad especial, estuvimos en una de sus haciendas, y all Jimmy tom
una Coca-Cola, le pellizc la nalga a una prima y no me present6
a sus hermanas; a no s cuntos miles de millones de kilmetros
por hora estwimos camino de Ica, y por all Jimmy .me mostr el
lugar en que haba estrellado su carro, carro de mierda se, dijo,
no serva para nada.
Eran las nueve de la noche cuando regresamos a Paracas. No
s cmo, pero Jimmy me llev hasta una salita en que estaba mi
padre bebiendo con un montn de hombres. Ah estaba sentado,
la cara satisfecha, ya yo saba que hara muy bien su trabajo. Todos
esos hombres conocan a Jimmy; eran agricultores de por ah, y
acababan de comprar los tractores de la compaia. Algunos le toca-
ban el pelo a Jimmy y otros se dedicaban al wkisky que mi padre
estaba invitando en nombre de la compaa. En ese momento mi
padre empez a contar un chiste, pero Jimmy lo interrumpi para
decirle que me invitaba a comer. Bien, bien; dijo mi padre. Vayan
nomss.
Y esa noche beb los primeros whiskies de mi vida, la primera
copa llena de vino de mi vida, en una mesa impecable, con un
mozo que bailaba sonriente y constante alrededor de nosotros. Todo
el mundo andaba elegantsimo en ese comedor lleno de luces y de
carcajadas de mujeres muy bonitas, hombres grandes y colorados
que deslizaban sus manos sobre los anillos de oro de Jimmy, cwn-
do pasaban hacia sus mesas. Fue mtonces que me pareci escuchar
el fina1 del chiste que haba estado contando mi padre, le puse
cara de malo, y como que lo encerr en su salita con esos burdos
agricultores que venan a comprar su primer tractor. Luego, esto
s que es exb'aiio, me deslic hasta muy adentro en el mar, y desde
alli empec a verme navegando en un comedor en fiesta, mientras
un mozo me serva arrodillado una copa de champagne, bajo la
mirada achinada y azul de Jimmy.
Yo no le entenda muy bien al principio; en realidad no saba
de qu estaba hablando, ni qu quera decir con todo eso de la
ropa interior. Todava lo estaba viendo firmar la cuenta; garaba-
tear su nombre sobre una cifra monstruosa y luego invitarme a
pasear por la playa. cVamos, me haba dicho, y yo lo estaba si-
guiendo a lo largo del malecn oscuro, sin entender muy bien todo
eso de Ia ropa interior. Pero Jimmy insista, volva a preguntarme
qu calzoncillos usaba yo, y aada que los suyos eran as y as,
hasta que nos sentamos en esas escaleras que daban a la arena y
al mar. Las olas reventaban muy cerca y Jimmy estaba ahora
hablando de rganos genitales, rganos genitales masculinos sola-
mente, y yo sentado a su lado, escuchndolo sin caber qu respon-
der, tratando de ver las rayas y los tiburones de que hablaba mi
padre, y de pronto comendo hacia ellos porque Jimmy acababa
de ponerme una mano sobre la pierna, cmo la tienes, Manolo?,
y sal disparado.
Estoy viendo a Jimmy alejarse tranquilamente; regresar hacia
la luz del comedor y desaparecer al cabo de unos instantes. Desde
el borde del mar, con los pies hmedos, miraba hacia el hotel lleno
de luces y haca la hilera de bungalows, entre los cuales estaba
el mo. Pens en regresar corriendo, pero luego me convenc de que
era una tontera, de que ya nada pasara esa noche. Lo terrible
sera que Jimmy continuara por all, al da siguiente, pero por el
momento, nada; slo volver y acostarme.
Me acercaba al bungalow y escuch una carcajada extraa.
Mi padre estaba con alguien. Un hombre inmenso rubio zamaquea-
ba el brazo de mi padre, lo felicitaba, le deca algo de eficiencia, y
izas! le dio el palmazo en el hombro. Buenas noches, Juanito)), le
dijo. Buenas noches, don Jaime, y en ese instante me vio.
-Mrelo; ah esti. Dnde est Jimmy, Manolo?
-Se fue hace un rato, pap.
-Saluda al padre de Jimmy.
-Cmo ests muchacho? O sea que Jimmy se fue hace rato;
bueno, ya aparecer. Estaba felicitando a tu padre; ojal t salgas
a l. Le he acompaado hasta su bungalow.
-Don Jaime es muy amable.
-Bueno, Juanito, buenas noches. -Y se march, inmenso.
Cerramos la puerta del bungalow detrs nuestro. Los dos
habamos bebido, l ms que yo, y estbamos listos para la cama.
Ah estaba todava mi ropa de bao, y mi padre me dijo que maa-
na por la maana podra baarme. Luego me pregunt que si haba
pasado un buen da, que si Jimmy era mi amigo en el colegio, y
que si maana lo iba a ver; y yo a todo: <<S, pap, s, pap hasta
que apag la luz y se meti en la cama, mientras yo, ya acostado,
buscaba un dolor de estmago para quedarme en cama maana, y
pens que ya se haba dormido. Pero no. Mi padre me dijo, en la
oscuridad, que el nombre de la compaa haba quedado muy bien,
que l haba hecho un buen trabajo, estaba contento mi padre. Ms
tavde volvi a hablarme; me dijo que don Jaime haba estado muy
amable en acompaarlo hasta la puerta del bungalow y que era
todo un seior. Y como dos horas ms tarde, me pregunt: Manolo,
que quiere decir 'bungalow' en castellano?.
EL NIO DE JUNTO AL CIELO
,
ENRIQUE CONCRAINS MARTIN (1932)
Por alguna desconocida razn, Esteban haba llegado al lugar
exacto, precisamente al nico lugar. . . Pero, no sera, ms bien,
que "aquello" haba venido hacia l? Baj la vista y volvi a mirar.
S, ah segua el billete anaranjado, junto a sus pies, junto a su vida.
Por qu, por qu l?
Su madre se haba encogido de hombros al pedirle, l, autori-
zacin para conocer la ciudad, pero despus le advirti que tuviera
cuidado con los carros y con las gentes. Haba descendido desde
el cerro hasta la carretera y, a los pocos pasos, divis "aquello"
junto al sendert, que corra paralelamente a la pista.
Vacilante, incrdulo, se agach y lo tom entre sus manos.
Diez, diez, diez, era un billete de diez soles, un billete que conte-
na muchsimas pesetas, innumerables reales. Cuntos reales, cun-
tos medios, exactamente? Los conocimientos de Esteban no abarca-
ban tales complejidades y, por otra parte, le bastaba con saber que
se trataba de un papel anaranjado que deca "diez" por sus dos
lados.
Sigui por el sendero, rumbo a los edificios que se vean ms
al15 de ese otro ce*o cubierto de casas. Esteban caminaba unos
metros, se detena y sacaba el billete de su bolsillo para comprobar
su indicpensable presencia. Haba venido el billete hacia l -se
preguntaba- o era l, d que haba ido hacia el billete?
Cruz la pista y se intern en un terreno salpicado de basuras,
desperdicios de albailera y excrementos; lleg a una calle y desde
all divis el famoso mercado, el Mayorista, del que tanto haba
odo hablar. Eso era Lima, Lima, Lima.. . La palabra le sonaba
a hueco. Record: su to le haba dicho que Lima era una ciudad
grande, tan grande que en ella vivan un milln de personas.
La bestia con un milln de cabezas? Esteban haba soado
haca unos das, antes del viaje, en eso: una bestia con un milln
de cabezas. Y ahora l, con cada paso que daba, iba internndose
dentro de la bestia. . .
Se detuvo, mir y medit: la ciudad, el Mercado Mayorista,
los edificios de tres y cuatro pisos, los autos, la infinidad de gentes
-algunas como l, otras no como l- y el billete anaranjado, quie-
to, dcil, en el bolsillo de su pantaln. El billete llevaba el "diez"
por ambos lados y en eso se pareca a Esteban. El tambin llevaba el
"diez" en su rostro y en su conciencia. El "diez aos" lo haca sen-
tirse seguro y confiado, pero slo hasta cierto punto. Antes, cuan-
do comenzaba a tener nocin de las cosas y de los hechos, la meta,
el horizonte, haba sido fijado en los diez aos. Ahora? No, des-
graciadamente no. Diez aos no era todo, Esteban se senta incom-
pleto, an. Quiz si cuando tuviera doce, quiz si cuando llegara
a los quince, quiz. Quiz ahora misrno, con la ayuda del billete
anaranjado.
Estuvo dando algunas vueltas, atisbando dentro de la bestia,
hasta que lleg a sentirse parte de ella. Un milln de cabezas y,
ahora, una ms. La gente se mova, se agi ~ba, unos iban en una
direccin, otros en otra, y l, Esteban, con el billete anaranjado,
quedaba siempre en el centro de todo, en el ombligo mismo.
Unos muchachos de su edad jugaban en la vereda. Esteban se
detuvo a unos metros de ellos y qued observando el ir y venir de
las bolas; jugaban dos y el resto haca rueda. Bueno, haba andado
unas cuadras y por fin encontraba seres como l, gente que no se
mova incesantemente de un lado a otro. Pareca, por lo visto, que
tambin en la ciudad haba seres humanos.
Cunto tiempo estuvo contemplndolos? Un cuarto de hora?
Media hora, una hora, acaso dos? Todos los chicos se haban ido,
todos menos uno. Esteban qued mirndolo, mientras su mano
dentro del bolsill~, acariciaba el billete.
-iHola, hombre !
-Hola. . . -respondi Esteban susurrando casi.
El chico era ms o menos de su misma edad y vesta pantaln
y camisa de un mismo tono, algo que debi ser kaki en otros tiem-
pos, pwo que ahora perteneca a esa categora de colores vagos e
indefinibles.
-Eres de por ac? -le pregunt a Esteban.
-S, este.. . - s e aturdi y no supo cmo explicar que viva
en el cerro y que estaba en viaje de exploracin a travs de la bes-
tia de un milln de cabezas.
-De dnde, ah? -se haba acercado y estaba frente a Este-
ban. Era ms alto y sus ojos inquietos le recorran de arriba a
abajo-. De dnde, ah? -volvi a preguntar.
-De all, del cerro, -y Esteban seal en la direccin que
haba venido.
-San Cosme?
Esteban mene la cabeza, negativamente.
-Del Agustino?
-S, de ah! -exclam sonriendo. Ese era el nombre y ahora
lo &cordaba. Desde haca meses, cuando se enter de la decisin
de su to de venir a radicarse a Lima, vena averiguando cosas de
la ciudad. Fue as como supo que Lima era muy grande, demasiado
grande, tal vez; que haba un sitio que se llamaba Callao y que ah
llegaban buques de otros pases; que haba lugares muy bonitos,
tiendas enormes, calles largusimas. . . ilima. . . ! Su to haba sali-
do dos meses antes que ellos con el propsito de conseguir casa.
Una casa. En qu sitio ser, le haba preguntado a su madre? Ella
tampoco saba. Los das corriet-on y despus de muchas semanas
lleg la carta que ordenaba partir. iLima. . . ! El cerro del Agustino
Esteban? Pero 41 no lo llamaba as. Ese lugar tenia otro nombre.
La choza que su to haba levantado quedaba en el barrio de Junto
al Cielo. Y Esteban era el nico que lo sabia.
-Yo no tengo casa. . . - di j o el chico despues de un rato. Tir
una bola contra la tierra y exclam: -iCaray, no tengo!
-Dnde vives, entonces? - s e anim a inquirir Esteban.
El chico recogi la bola, la frot en su mano y luego respondi:
-En el mercado, cuido 1'a fruta, duermo a ratos. . . -Amisi
toso y sonriente, puso una mano sobre el hombro de Esteban y le
pregunt: -Cmo te llamas t?
-Esteban. . .
-Yo me llamo Pedro -tir la bola al aire y fa recibi en la
palma de su mano-. Te juego, ya Esteban?
Las bolas rodaron sobre la tierra, persiguindose mutuamente.
Pasaron los minutos, pasaron hombres y mujeres junto a ellos, pasa-
ron autos por la calle, siguieron pasando los minutos. El juego haba
terminado. Esteban no tena nada que hacer junto a la habilidad de
Pedro. Las bolas al bolsillo y los pies sobre el cemento gris de la
acera. Adnde ahora? Empezaron a caminar juntos. Esteban se sen-
ta ms a gusto en compaa de Pedro, que estando solo.
Dieron algunas vueltas. Ms y ms edificios. Ms y ms gen-
te. Ms y ms autos en las calles. Y el billete anaranjado segua
en el bolsillo. Esteban lo record.
-Mira lo que me encontr! -lo tena entre sus dedos y el
viento lo haca oscilar levemente.
-]Caray! -exclam Pedro y lo tom, examinndolo al deta-
lle-. Diez soles, caray! Dnde lo encontraste?
-Junto a la pista, cerca del cerro -explic Esteban.
Pedro le devolvi el billete y se concentr un rato. Luego pre-
gunt :
-Qu piensas hacer, Esteban?
-No s, guardarlo seguro ....... -y sonri tmidamente.
-Caray, yo con una libra hara negocios, palabra que s!
Pedro hizo un gesto impreciso que poda revelar, a un mismo
tiempo, muchsimas cosas. Su gesto poda interpretarse como una
total despreocupacin por el asunto -los negocios- o como una
gran abundancia de posibilidades y perspectivas. Esteban no com-
prendi.
-Qu clase de negocios, ah?
-Cualquier clase, hombre! -pate una cscara de naranja
que rod desde la vereda hasta la pista; casi inmediatamente pas
un mnibus que la aplan contra el pavimento-. Negocios hay de
sobra; palabra que s. Y en unos das cada uno de nosotros podra
tener otra libra en el boIsilIo.
-Una libra ms? -pregunt Esteban, asombrndose.
-Pero claro, claro que s. . . ! -volvi a examinar a Esteban
y le pregunt: --T eres de Lima?
Esteban se ruboriz. No, l no haba crecido al pie de las pare-
des grises, ni jugado sobre el cemento spero e indiferente. Nada
de eso en sus diez aos, salvo lo de ese da.
No, no soy de ac, soy de Tarma; llegu ayer. . .
-iAh! -exclam Pedro, observndolo fugazmente-. de
Tarma, no?
-S, de Tarma. . .
Haban dejado atrs el mercado y estaban junto a la carretera.
A medio kilmetro de distancia se alzaba el cerro del Agustino, el
barrio de Junto al Cielo, segn Esteban. Antes del viaje, en Tarma,
se haba preguntado: Iremos a vivir a Miraflores, al Callao, a San
Isidro, a Chomllos, en cul de ecos barrios quedar la casa de mi
to. Haban tomado el mnibus y despus de varias horas de pesa-
do y fatigante viaje, arribaban a Lima. Miraflores?, La Victoria?,
San Isidro?, jlallao?, Adnde?. Esteban, adnde? Su to haba
mencionado el lugar y efi la primera vez que Esteban lo oa nom-
brar. Debe ser algn barrio nuevo, pens. Tomaron un auto y cruza-
ron calles y ms calles. Todas diferentes pero, cosa curiosa, todas pa-
recidas, tambin. El auto los dej al pie de un cerro. Cacas junto al
cerro, casas a mitad del cerro, casas en la cumbre del cerro. Haban
subido y una vez arriba, junto a la choza que haba levantado su
to, Esteban contempl a la bestia con un milln de cabezas. La
"cosa" se extenda y desparramaba, cubriendo la tierra de casas,
calles, techos, edificios, ms all de lo que su vista poda alcanzar.
Entonces Esteban haba levantado los ojos, y se haba sentido tan
encima de todo -o tan abajo, quiz- que haba pensado que esta-
ba en el barrio de Junto al Cielo.
- Oye , quisieras entrar en algn negocio conmigo? -Pedro
se haba detenido y lo contemplaba, esperando respuesta.
-Yo.. .? -titubeando pregunt: -Qu clase de negocio?
~Tendna otro billete maana?
-iClaro que s, por supuesto! -afirm resueltamente.
La mano de Esteban acarici el billete y pens que podra
tener otro bilIete ms, y otro ms, y muchos ms. Muchsimos bille-
tes ms, seguramente. Entonces el "diez aos" sera esa meta que
siempre haba soado.
-Qu clase de negocios se puede, ah? -pregunt Esteban.
Pedro sonfi y explic:
-Negocios hay
venderlos por Lima;
una pausa y escupi
-Mira, compramos
muchos. . . Podramos comprar peridicos y
podramos comprar revistas, chistes. . . h i z o
con vehemencia. Luego dijo, entusiasmndose :
diez soles de revistas y las vendemos ahora
mismo, en la tarde, y tenemos quince soles, palabra.
-Quince soles?
iclarcr, quince soles! jDos cincuenta para ti y dos cincuenta
para rn! Qu te parece, ah?
Convinieron en reunirse al pie del cerro dentro de una hora;
convinieron en que Esteban no dira nada, ni a su madre ni a su
to; convinieron en que venderan revistas y que de la libra de
Esteban, saldran muchsimas otras.
Esteban haba almorzado apresuradamente y le haba vuelto a
pedir permiso a su madre para bajar a la ciudad. Su to no almor-
zaba con ellos, pues en su trabajo le daban de comer gratis, com-
pletamente gratis, como haba explicado al recalcar su situacin.
Esteban baj por el sendero ondulante, salt la acequia y se detuvo
en el bode de la carretera, justamente en el mismo lugar en que
haba encorrtrado, en la maana, el billete de diez soles. Al poco
rato apareci Pedro y empezaron a caminar juntos, internndose
dentro de la bestia de un milln de cabezas.
-Vas a ver qu ftil es vender revistas, Esteban. Las ponemos
en cualquier sitio, la gente las ve y, listo, las compra para sus
hijos. Y si queremos nos ponemos a gritar en la calle el nombre de
las revistas, y as vienen ms rpido.. . iYa vas a ver que bueno es
hacer negocio. . . !
-Queda muy lejos el sitio? -pregunt Esteban, al ver que
las calles seguan alargndose casi hasta el infinito. Qu lejos haba
quedado Tarma, qu lejos haba quedado todo lo que hasta haca
unos das haba sido habitual para l.
-No, ya no. Ahora estamos cerca del tranva y nos vamos
gorreando hasta el centro.
-Cubnto cuesta el tranva?
-Nada, hombre! -y se ri de buena gana-. Lo tomaremos
no ms y le decimos al conductor que nos deje ir hasta la Plaza
San Mattn.
Ms y ms cuadras. Y los autos, algunos viejos, otros incre-
blemente nuevos y flamantes, pasaban veloces, rumbo sabe Dios
dnde?
-Adnde va toda esa gente en auto?
Pedro sonri y observ a Esteban. Pero, adnde iban real-
mente? Pedro no hall ninguna respuesta satisfactoria y se limit a
mover la cabeza de una lado a otro. Ms y ms cuadras. Al fin
termin la calle y llegaron a una especie de parque.
-Corre! -le grit Pedro, de pronto. El tranva comenzaba
a ponerse en marcha. Corrieron, cruzaron en dos saltos la pista y
se encaramaron al estribo.
Una vez arriba se miraron, sonrientes.. . Esteban empez a
perder el temor y lleg a la conclusin de que segua siendo el cen-
tro de todo. La bestia de un milln de cabezas no era tan espan-
tosa como haba soado, y ya no le importaba estar siempre, aqu
o all en el centro mismo, en el ombligo mismo de la bestia.
Pareca que el tranva se haba detenido definitivamente, esta
vez, despus de una serk de paradas. Todo el mundo se haba
levantado de sus asientos y Pedro lo estaba empujando.
-Vamos, qu esperas?
-Aqu es?
-Claro, baja.
Descendieron y otra vez a rodar sobre la piel del cemento de
la bestia. Esteban vea ms gente y las vea marchar --sabe Dios
dnd+ con ms prisa que antes. Por qu no caminaban tranqui-
los, suaves, con gusto, como la gente de Tanna?
-Despus volvemos y por estos mismos sitios vamos a vender
las revistas.
-Bueno, -asinti, Esteban. El sitio era lo de menos, se dijo,
lo importante era vender las revistas, y que la libra se convirtiera
en varias ms. Eso era lo importante,
-T tampoco tienes pap? -le pregunt Pedro, mientras do-
blaban hacia una calle por la que pasaban los fieles del tranva.
-No, no tengo .....- . -y baj la cabeza, entristecido. Luego de
un momento, Esteban pregunt: -Y t?
-Tampoco, ni pap ni mam. -Pedro se encogi de hombros
y apresur el paso. Despus inquiri descuidadamente:
-Y al que le dices "to"?
-Ah. . . 61 vive con mi mam, ha venido a Lima de chofer. . .
-call, pero en seguida dijo: -Mi pap muri cuando yo era
chico. . .
-Ah, caray. . . ! Y tu "toJJ, que tal te trata?
-Bien; no se mete conmigo para nada.
-iAh!
Haban llegado al lugar. Tras un portn se vea un patio ms
o menos grande, puertas, ventanas, y dos letreros que anunciaban
revistas al por mayor.
-Ven, entra -le orden Pedro.
Estaban adentro. Desde el piso hasta el techo haba revistas,
y algunos chicos como ellos, dos mujeres y un hombre, estaban
seleccionando lo que deseaban comprar. Pedro se dirigi a uno de
los estantes y fue acumulando revistas bajo el brazo. Las cont y
volvi a revisarlas.
-Paga.
Esteban vacil un momento. Despwnderse del billete anaran-
jado era ms desagradable de lo que haba supuesto. Se estaba
bien tenindolo en el bolsillo y pudiendo acariciarlo cuantas veces
fuera necesario.
S
-Paga, -repiti Pedro, mostrndole las revistas a un hom-
bre gordo que controlaba la venta.
-Es justo una libra?
-S, justo. Diez revistas a un sol cada una.
Oprimi el billete con desesperaci6nf pero al fin termin por
extraerlo del bolsillo. Pedro se lo quit rpidamente de la mano y
lo entreg al hombre.
-Vamos, -dijo jalndolo.
Se instalaron en la Plaza San Martn, y alinearon las 10 revis-
tas en uno de los muros que circundan el jardn. Revistas, revistas,
revistas seiior, revistas seor, revistas, revistas. Cada vez que una
revista desapareca con el comprador, Esteban suspiraba aliviado.
Quedaban seis revistas y pronto, de seguir as las cosas, no habra
de quedar ninguna.
-Qu te parece, ah? -preguntb Pedro, sonriendo con
orgullo.
-Est bueno, est bueno. . . -y se sinti enormemente agra-
decido a su amigo y socio.
Revistas, revistas, no quiere un chiste, seor? El hombre se
detuvo y examin las cartulas. Cunto? Un sol cincuenta no
ms.. . La mano del hombre qued indecisa sobre dos revistas.
Cul, cul llevar? Al fin se decidi. Cbrese. Y las monedas
cayeron, tintineantes, al bolsillo de Pedro. Esteban se limitaba a
observar, meditaba y sacaba sus conclusiones: una cosa era soar,
all en Tarma, con una bestia de un milln de cabezas, y otra cosa
era estar en Lima, en el centro mismo del universo, absorbiendo y
paladeando con fruiccin la vida.
El era d socio capitalista y el negoaio marchaba estupenda-
mente bien. Revistas, revistas gritaba el socio industrial, y otra
revista ms que desapareca en manos impacientes. Aprate con el
vuelto!, exclamaba el comprador. Y todo el mundo caminaba a
prisa, rpidamente. A dnde van que se apuran tanto?, pensaba
Esteban.
Bueno, bueno, la bestia era una bestiia bondadosa, amigable,
aunque algo difcil de comprender. Eso no importaba; seguramen-
te, con el tiempo se acostumbrara. Era una magnfica bestia que
estaba permitiendo que el billete de diez soles se multiplicara.
Ahora ya no quedaba ms que dos revistas sobre el muro. Dos nada
ms y ocho desparramndose por desconocidos e ignorados rinco-
nes de la bestia. Revistas, revistas, chistes a sol cincuenta, chistes ...
Listo, ya no quedaba ms que una revista y Pedro anunci que
eran la cuatro y media.
-Caray, me muero de hambre, no he almorzado, . . ! -pro-
rrumpi luego.
-No, no he almorzado. . . -observ a posibles compradores
entre las personas que pasaban y despus sugiri:
-Me podras ir a comprar un pan o un biszcocho?
-Bueno -acept Esteban, inmediatamente.
Pedro sac un sol de su bolsiio y explic:
-Esto es de los dos cincuenta de mi ganancia, ya?
-S, ya s.
-Ves ese cine? -pregunt Pedro sealando a uno que que-
daba en esquina. Esteban asinti-. Bueno, sigues por esa calle y a
mitad de cuadra hay una tiendecita de japoneses. Anda y cmpra-
me un pan con jamn o treme un pltano y galletas, cualquier
cosa, ya Esteban?
-Ya.
Recibi e1 sol, cruz la pista, pas por entre dos autos esta-
cionados y tom la calle que le haba indicado Pedro. S, ah estaba
la tienda. Entr.
-Dme un pan con jamn -pidi a la muchacha que atenda.
Sac un pan de la vitrina, lo envolvi en un papel y se lo
entreg. Esteban puso la moneda sobre el mostrador.
-Vale un sol veinte -advirti la muchacha.
-Un sol veinte! -devolvi el pan y qued indeciso un ins-
tante. Luego se decidi: -Deme un sol de galletas, entonces.
Tena el paquete de galletas en la mano y andaba lentamente.
Pas junto al cine y se detuvo a contemplar los atrayentes avisos.
Mir a su gusto y, luego, prosigui caminando. Habra vendido
Pedro la revista que le quedaba?
Ms tarde, cuando regresara a Junto al, Cielo, lo hada feliz,
absolutamente feliz. Pens en ello, apresur el paso, atraves la
calle, esper que pasaran unos automviles y lleg a la vereda.
Veinte o treinta metros ms all haba quedado Pedro. O se haba
confundido? Porque ya Pedro no estaba en ese lugar, ni en ningn
otro. Lleg al sitio preciso y nada, ni Pedro, ni revista, ni quince
soles, ni. . . Cmo haba podido perderse o desorientarse? Pero,
no era ah, donde haban estado vendiendo las revistas? Era o
no era? Mir a su alrededor. S, en el jardn de atrs segua la
envoltura de un chocolate. El papel era amarillo con letras rojas y
negras, y l lo haba notado cuando se instalaron, haca ms de
dos horas. Entonces no se haba confundido? Pedro, y los quince
soles, y la revista?
Bueno, no era necesario asustarse, pens. Seguramente se ha-
ba demorado y Pedro lo estaba buscando. Eso tena que haber
sucedido, obligadamente. Pasaron los minutos. No, Pedro no haba
ido a buscarlo: ya estara de regreso de ser as. Tal vez haba ido
con un comprador a conseguir cambio. Ms y ms minutos fueron
uedando a sus espaldas. No, Pedro no haba ido a buscar sencillo:
ya estara de regreso, de ser as. Entonces... .... ?
-Seor, tiene hora? -le pregunt a un joven que pasaba.
-S, las cinco en punto.
Esteban baj la vista, hundindola en la piel de la bestia y
prefiri no pensar. Comprendi que, de hacerlo, terminara Iloran-
do y eso no poda ser. E1 ya tena diez aos, y diez aos no eran
ni ocho, ni nueve. Eran diez aos!
-Tiene hora, seorita?
-S -sonri y dijo con una voz linda: -Las seis y media -y
se alej presurosa.
Y Pedro, y los quince soles, y la revista. . . ? Dnde estaban,
en qu lugar de la bestia con un milln de cabezas estaban. . .?
Desgraciadamente no 10 saba y s61o quedaba la posibilidad de
esperar y seguir esperando .......
-Tiene hora, seor?
-Un cuarto para las siete.
-Gracias. . .
Entonces. . . ? Entonces, ya Pedro no iba a regresar. . . ? Ni
Pedro, ni los quince soles, ni la revista iban a regresar entonces. . . ?
Decenas de letreros luminosos se haban encendido. Letreros lumi-
nosos que se apagaban y se volvan a encender; y ms y ms gente
sobre k piel de la bestia. Y la gente caminaba con ms prisa ahora.
Rpido, rpido, aprense, ms rpido an, m5s, ms, hay que apu-
rarse muchsimo ms, aprense ms. . . Y Esteban permaneca inm-
vil, recostado en el muro, con el paquet& de galletas en la mano y
con las esperanzas en el bolsillo de Pedro. . . Inmvil, dominndose
para no terminar en pleno llanto.
Entonces, Pedro lo haba engaado. . . ? Pedro, su amigo, le
haba robado el billete anaranjado. . . ? O no sera, ms bien, la
bestia con un milln de cabezas la causa de todo. . . ? Y, Cacaso
no era Pedro parte integrante de la bestia. . . ?
S y no. Pedro ya nada importaba. Dej el muro, mordisque
una galleta y, desolado, se dirigi a tomar el tranva.
CARA DE ANGEL
Febrero. (Un da cualquiera).
2 p.m.
Meti las manos en los bolsillos y fue mbs hombre que nunca.
"El semforo es caramelo de menta: exquisitamente. Ahora,
rojo: boa de billar suspendida en el aire".
El sol, violento y salvaje, se dafama, sobre el asfalto, en lluvia
dorada de polvo, ,
"As me gasta: bajo el sol, triste, y con las manos en los bol-
sillos. (Slo los viciosos tienen esa costumbre). jAl diablo con la
vieja! Cm las manos en los bolsillos. Porque quiero. Porque &e
da la gana".
Entro por Moquegua al Jirn de la Unin.
"$Esa camisa roja que est en la vitrina es bonita, pero cara.
Es marca B.V.D. Todas las vitrinas debm'an tener espejos. A la
gente le gusta mirarse en las vitrinas. A m, tambin. El color rojo
de la camisa hara resaltar la palidez de mi rostro. Estoy ojeroso:
mejor. Tengo e1 cabello creado: mucho mejor. Cara de Angel: s.
Nunca: Mara Bonita. Ni mucho menos: Mara Flix. Que no se
les vuelva a ocurrir llamarme as; porque les saco la mierda. No
tengo cara de muchachita. Mi cara es de hombre. En mi rostro
ya se visItmibra una pelusilla un poco dorada que, de aqu a tres
meses, ser barba tupida y, entonces, usar gillete. Si los mucha-
chos del billar, supieran lo que hice con Cilda, la hermana de Cor-
sario, nunca volveran a llamarme Mara Bonita. Se prendi de mi
cuello mordindome la boca. Por broma dije: Mi boca no es man-
zana dulce. Entonces, la mocosa refreg, violentamente, su cuerpo
contra el mo. No quiso que le agarrara las piernas. Tan slo pude
estrujarle los senos. Su ropa interior era de nailn: resbaladiza,
tibia, sucia, arrecha. Recuerdo que era roja como la camisa de la
vitrina. (Rojo es color de serrano, dice Manos Voladoras, el afe-
minado de la peluquera, entornando los ojos). Con esa camisa mi
rostro estara ms plido. Me comprara un pantaln negro. Me
comprara gafas oscuras. Tendra pinta de trasnochador "dispuesto
a llegar hasta las ltimas consecuencias de una vida intensa", como
dice Choro Plantado, el bomcho de mi cuadra. Y mis diecisiete
aos, a lo mejor, se transforman en veinte. Ahorititita, le saco la
mierda a ese viejo que simula ver la vitrina cuando en realidad me
come con los ojos. Est mira que te mira que te mira. Pensar:
camisa roja y pichn en cama. Simulo no verlo. Su mirada quema.
Seguramente, estoy sonrojado. Eso les gunta: inocencia y pecado.
Est nervioso. No se atreve a dirigirme la palabra. Clavo mis ojos
en los suyos, como jugando, para avergonzarlo. Desva la mirada.
Miro la camisa. El me mira. Lo miro. Y, l, mira la camisa. Mejor
hay que sonreir. Si me voy, l me sigue. Si me quedo, l me habla.
iEsto es un lo! Un lo! Hace das uno de esos m sigui ms de
veinte cuadras. No deca nada. Iba detrs de m; incansable. silen-
cioso, avergonzado. Entr a mi casa. Com. Sal al cine, con la vie-
ja. Y l, triste, se perdi al llegar a una esquina. iPobrecitos! Pare-
cen perros hambrientos, apaleados, corridos. Pero, qu caray! uno
no puede ser carne de ellos. Por fin se acerca. Habla. Contesto:
S. S, me gusta la camisa. . . .Pero, no lo conozco. . . .Qu? Que
quiere ser mi amigo? Para qu?. . .
Por gtrsto?, simpata? No,
no le creo. . . jah ya! Obsequiarme la camisa? A cambio de qu?
. . .Ya las paro. A su casa? No, no seor, no, disculpe. Si desea
le presento a un amigo. . . .Conmigo? No. . . .A la playa? No,
me hace dao el agua salada. . . . A los ojos? No, al estmago.
Al cine? Tampoco. La oscuridad me ahoga. (Con Yoni, si. Yoni,
compaero de clase: loquita: buenas piernas en la oscuridad con
chocolate, con fruna. Las piernas de Gilda son mejores. Uno de
estos das se las toco). Pierde su tiempo conmigo. Ah nos vemos".
Sac las manos de los bolsillos. Baj la cabeza. Dio una pata-
da en el aire. Levant un brazo ms arriba de la nuca. Se mordi
las uas. Esbelta y triste qued su imagen, en relieve, contra el sol.
Las tiendas del Jirn de la Unin permanecan cerradas. Poqusi-
mas personas transitaban por el centro de la ciudad. El viento opaco
y caluroso, levantaba hojas de peridicos amarillentas y sucias. La
tarde -lenta, sudorosa, repleta de sonidos sordos y lejanos- se
levanta nia. La ciudad soportaba el peso, salvaje y violento, del
sol.
"Es una vaina venir por estas calles. Uno siempre se ha de
encontrar con locas. Que lo miran. Que lo siguen. Que le hablan.
que le ofrecen hasta el cido. Y por qu siempre tienen que mirar-
me? Mi cara tiene la culpa. S: Cara de Angel. Cuando gano plata
en el billar mi vieja cree que ya estoy con uno de esos y, sin aver-
guar nada, me pega. Hoy me ha pegado. No me quiere. Para ella
debo ser ensarte, triple ensarte".
Meti las manos en los bolsillos y qued ms hombre que
nunca.
Elstico y calmo, avanza por el Jirn de la Unin.
"Siempre he sido un tonto. Siempre he querido ser hombre.
Pero siempre he fracasado. Tengo miedo de ser cobarde. A los
soldados -no s dnde lo he ledo-, antes de la batalla les dan
pisco con plvora para que sean valientes. En lugar de plvora, que
no puedo conseguir, como fsforos y sigo siendo cobarde, sin em-
bargo. Si uno quiere tener amigos y gilas hay que ser un valiente,
pendejo. Hay que saber fumar, chupar, jugar, robar, faltar al cde-
gio, sacar plata a maricones y acostarse con putas. He intentado
todo, pero siempre me quedo en la mitad, ser porque soy cobar-
de? Mi vieja, tambin, tiene la culpa. Me trata como si an conti-
nuara siendo nio de teta. Y, lo peor del caso es que me trata as
delante de los muchachos de la Quinta y me expone a burlas. Siem-
pre tengo que tronqxarrne para demoswarles que soy hombre. El
otro da, a las cinco de la tarde, me envi a comprar pan. No quise
ir: la Collera estaba en la esquina. (Colorete gritaba enfurecido).
Protest, pero al final, como siempre, se impuso la vieja. Saqu la
bici y, pedaleando a todo ful, pas por la esquina. Me vieron. Com-
pr el pan. Al volver los vi en la puerta de mi Quinta. Cuando
quise entrar, Colorete cogi la bici. Con sonrisa maligna dijo: "Zafa,
zafa, no te metas con hombres. Aqu nadies es niito de casa. Ca-
rambola, di: alguna vez has ida a la panadera mandado por tu
vieja? No. Ves. Aqu slo hay hombres. Hasta cundo no te desa-
huevas!" Quise pegarle, pero sin darme cuenta dije: "Acaso he
comprado pan para mi casa? Es para m. Me gusta comer pan. En
las maanas mi vieja compra para todo el da". Colorete, ponin-
dose serio, repuso: "A nosotros tambin nos gusta comer pan". Y
sin darme tiempo, tom la bolsa y reparti el pan. Comimos, en
silencio, sin mirarnos, como si estuviramos cumpliendo una tarea
penosa, colegial, aritmtica. Uno a uno los muchachos se fueron.
Al final slo qued Colorete. Me asust su mirada. Ya no haba
clera ni burla en sus ojos: haba ternura, extraa, terrible. Cuan-
do se dio cuenta que lo miraba, se avergonz. Quise darle la mano
y decirle: "Te comprendo". Pero qu difcil es sincerarse sin ceba-
da. S que esa tarde Colorete quiso decirme algo, sin embargo,
call: tuvo miedo.
Sin decirme nada se fue. Esa noche no pude
dormir. Resonaban las palabras de la vieja, pobre vieja, pobre. "Ya
no s qu hacer contigo. Toda la plata que te doy te la juegas. Eres
un mal hijo. iDnde est el pan? Me vas a matar a colerones". Esa
noche hubiera sido bueno Ilofar'".
Olor de gasolina en el viento sofocante.
"En las vitrinas hay relojes, chocolates, esclavas, pantalones
americanos, camisas, tabas, ropas de bao. Si uno tuviera plata. . .
Y es bien fcil conseguir dinero. Lo nico malo es que la vieja lo
averigua todo. "De dnde sacaste esa camisa? Quin te la dio?"
Y la cantaleta no termina. Hace poco no ms, los muchachos del
billar, la collera del barrio, planearon el robo de una moto. El tm-
bajito sali como el ajo. El dinero que se consigui tuvo que gastar-
se en cine, en carreras, en cebada, en cigarrillos finos. No se puede
comprar ropa, para no metehe en pleitos con la vieja. El nico que
hace lo que le da la gana es Colorete. Grita y se impone y, si el
viejo protesta, le saca en cara su negocio, su cantar: el viejo, su
viejo, es cabrn. Por eso Colorete no slo roba, sino hasta se vive
pblicamente, con un maricn, que dicen que es doctor".
Llega a la Plaza San Martn. El s d opaco y terrible cae sobre
los jardines. Obreros, vagos, soldados y marineros duermen en el
pasto: sueo sudoroso, biolgico, pesado.
"Cmo quisiera estar en la playa: arena; gilas en ropa de bao;
carpas de colores, como los circos; espuma; msica; olor a mans-
cos; ojos sedientos de mi cuerpo delgado, elstico y plido dorado.
Y si la Plaza se transformara en playa. . . ? Siento, en no s dnde,
una pereza blanda, como si fuera algodn. Ahora, sube por la gar-
ganta y no puedo contener un bostezo delicioso, esperado, que me
hace lagrimear. Tengo sueo. Me parezco al gato de la seora ve-
cina cuando se echa, patas arriba, hambriento de gata, bajo el sol".
Medio da. Plaza San Martn: bocinas, pitos, ltimoras, tran-
vas bulliciosos. El cielo, pesado y ardiente, sofoca. La sangre arde.
Cara de Angel: tendido en el pasto.
"Y si la plaza fuera un cementerio: cementerio ardiente, sin
flores, con muertos enterrados, verticalmente. Entonces, vendra el
viento marino del Callao y dejara a ras del suelo crneos podridos;
y los muertos en invierno se juntaran, para no sentir fro; y en
verano se echaran en el pasto, para que el sol los caliente; y los
autos tendran miedo de atropellarlos; y el patrullero, de vez en
cuando, les traera comida y emoliente; y en las noches brillaran
con los avisos luminosos: mar con botes de colores. . . Y si los muer-
tos fueran los manifestantes de ayer; hubiera sido formidable que
anoche, el Jefe del Partido, encabezando el suicidio colectivo, se
hubiera lanzado del balcn, una vez terminado su discurso, y todos,
todos, hasta los policas se hubieran muerto y anoche un seiior dijo
que el Jefe hablaba para la juventud y no entend nada y a mi pap
lo metieron preso por meterse en poltica y mi mam siempre dice
que era bueno y que la poltica lo mat y yo no s nada de poltica,
no me interesa tampoco y quisiera cagar en el palacio del Presidente
por gusto por joder y el profesor de historia con la lata de la higue-
ra de Pizarro y que los almagristas lo mataron y que me daba sueo
y que me haca mojar la cabeza y es peligroso dormir con la cara
al sol uno quiere despertarse y no puede como si se estuviera muer-
to y se quisiera resucitar estoy sudando y me gusta el dor de mi
cuerpo e1 olor de las muchachas de mi barrio me arrecha sobre todo
en verano tienen olor a pescado a fierro en invierno no se lavan y
apestan rico las manos de Gilda olan a marisco a mar las piernas
de Gilda buenas buenas buenas esta noche voy a Mxico y no ten-
dr6 miedo y el viejo si insiste un poco ms casi me lleva da asco
con viejo pero la camisa roja bonita bonita Colorete es cochino con
Yoni tal vez quince das que no me lo toco y parece que revienta
con el sol las bolas hacen carambola jardinera dados gigantes que
chocan contra el mar siempre siete siete cuando se pide los senos
de Gilda con leche tibia y dulce playa mar mido olas msica azul
con verde miel helada en la lengua agua-dulce retumba en ola en
roca el mar roca en agua y ola tumbo en tumbo en roca amor en
roca Gilda en roca cara sol Yoni mar en cine fruna en mar roca
roca en tumbo cara roca mar mar marmarmarmarmar amar amar
amaaaaar.
4 p.m. del mismo da.
-Que no se escape.
La collera del barrio, bulliciosa, en tropel (manada de cervati-
llos montaraces), llega al Paseo de la Repblica.
-Cruza, cruza, rpido.
Colorete sujeta el brazo de Cara de Angel que es llevado a la
fuerza.
-Cuidado viene un auto. (Se agitan como patos).
Atraviesan la calle y se dirigen a la parte ms tupida y oculta
del Parque de la Reserva. (Pantalones negros, azules, celestes; ca-
misas rojas, negras, amarillas se estremecen delirantes entre ramas
verdes).
-Scale la mierda.
El cielo est nublado, sucio, triste. EI calor es ms intenso.
Todos estn ah: Corsario, Natkinkn, el Prncipe, Colorete (el
capazote de la collera), el Chino, el Rosquita, Cara de Angel, Ca-
rambola.
-Qutale la plata. a
Los cuerpos parecen que tuvieran miel y las camisas se pegan,
tibias. E1 olor agrio y ardiente de las axilas se mezcla, violentameri-
te, con el vaho hmedo y suave del csped. Hay furia. Canas de
cagarse en la mitra del Papa. Cara de Angel, plido, no puede ha-
blar: tartamudea. Sabe que Colorete le lleva bronca.
- iDesahuvalo! (Grita Carambola).
Lejos: autos y tranvas pasan veloces. Cara de Angel quiere
correr, abrazar a su mamS y pedirle perdn por todos los colesones.
-Ya maricn, defindete! (Emplaza Colorete).
Estn frente a frente, midindose. (Gallitos feroces). Los de-
ms hacen ruedo. (Gallinas atolondradas).
-Entmle, ntrale, sin miedo, Mara Bonita.
Todos nen. Cara de Angel sabe que su rival es cobarde y trai-
dor, que sabe dar buenas chalacas, que tiene una zurda fuerte y
maosa, que sabe defenderse la cara y otras cosas y que, adems,
cuando se ve perdilo, "acaricia con la ua" que siempre carga en
el bolsillo.
Hay clera y odio animales en los ojos grandes y biliosos de
Colorete. Transpira, cierra y abre los puos, desesperado. Escupe
a un lado y a otro, nerviosamente. Cara de Angel sigue plido,
con las manos en los bolsillos, esperando el ataque. Trata de expli-
carse el porque de la bronca que le lleva Colorete. Busca en el
recuerdo algn incidente ofensivo; pero lo nico que recuerda es
que siempre fue bueno con Colorete. O a lo mejor, as como existe
simpata natural, espontnea; existe tambin odio instintivo, natu-
ral, espontneo. De pronto, algo se quiebra, se desmorona en su
interior y se duele por l, por sus amigos, por su mam. En el pecho
siente un charco helado que lo hiere. Cmo quisiera que, de un
momento a otro, Colorlete le diera la mano, que los muchachos dije-
ran: "NO te asustes, Cara de Angel, todo esto es un juego: te que-
remos".
-jDesahuvate, Mara Bonita! Entrale!
Colorete se avienta furioso, lo toma por la cintura y caen al
pasto. Agil, con las piwnas, le hace tenaza en el cuello. El rostro
de Cara de Angel se enrojece y las piernas de Colorete ajustan,
nerviosas. Sorpresivamente, Cara de Angel le toma el brazo y
se lo tuerce por la espalda; libera el cuello y aprovecha para mon-
tarse sobre su rival. Colorete se encabrita y logra incorporarse
botando al suelo a su enemigo.
-Esprate, esprate, Mana Bonita, me voy a quitar la camisa.
Los dos contendores se quitan la camisa. Colorete, orgulloso,
exhibe su pecho moreno y musculoso; Cara de Angel, plido y del-
gado, se avergenza. Nuevamente, se trenzan. Ahora, Cara de
Angel est echado boca abajo y Colorete est jinete sobre l, tor-
cindole el cuello. Luego deja el cuello y con los brazos k rodea
el pecho ajustando fuerte, al mismo tiempo, que, ansioso, mete la
cara por los sobacos de su rival y aspira con d