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Sala de Espera

Cuento de terror escrito por Luis Bermer. Una sala de espera muy diferente a las demás... ¿dónde está la puerta por la que entramos?

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Luis Bermer
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Cuento de terror escrito por Luis Bermer. Una sala de espera muy diferente a las demás... ¿dónde está la puerta por la que entramos?

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SALA DE ESPERA

Miguel cogi al azar una de las revistas esparcidas por la mesita de mrmol. Le gustaba ojearlas, desde nio: fotos de gente desconocida, informacin breve y superficial, chicas guapas, las playas del paraso...lo ideal para alejar la mente de los libros de derecho mercantil y aliviar la tensin de la espera hasta que llegase su turno. El hilo musical neutro e inspido- tambin ayudaba a mantener las emociones en una suerte de purgatorio rtico que solamente la presencia de la seorita enfermera podra deshacer. Y mientras llegaba ese momento, Miguel se parapetaba tras su revista, rogando para que entre los presentes no se hallase uno de esos sujetos -o sujetas- que parecen sentirse obligados a iniciar conversaciones para dejar clara la diferencia entre personas y objetos de mobiliario. A su lado, una adolescente delgada y pecosa, aislada en el submundo sonoro que le brindaba su mp3, hacia ruido al pasar las pginas de una revista de moda. Bajo la ventana, una anciana de aspecto plcido y concentrado bordaba un jersey de lana azul que alguno de sus nietos no llegara a ponerse nunca. Dos seoras de mediana edad cuchicheaban monlogos inaudibles frente a l, sin intercambiar sus miradas. Otro seor, embutido en un traje que le quedaba pequeo por muchos esfuerzos de la imaginacin que hiciese, se abanicaba sin fuerzas con un peridico arrugado contra un calor subjetivo, junto a la puerta que abrira la enfermera. -Rafael, hijo, dejo eso ya! recriminaba, con toda la fuerza de mando que su educada voz baja le permita- una madre a su retoo, que analizaba la resistencia y elasticidad de las hojas de una discreta planta artificial que se haba visto acorralada en un rincn por el pequeo explorador.

Pasaron los minutos. La anciana bordaba. El hombre grueso del traje se abanicaba en vano. La chica maltrataba la revista. La madre tom a su hijo de la

mano, salvando a la planta de una defoliacin completa. Las mujeres murmuraban...

Pasaron los cuartos de hora. La chica acab con todas las revistas de la mesa. El hombre dej de menear su peridico, recostado con la cabeza en la pared y los ojos cerrados; dormido en apariencia. La manga derecha del jersey qued lista. Las mujeres examinaban las baldosas; ya no tenan nada de que hablar. El nio se esforzaba en alcanzar un cuadro de motivos abstractos ante la impasibilidad de su madre, que vengaba as el tiempo perdido. La paciencia de Miguel comenz a resquebrajarse, fenmeno bastante inslito en su experiencia y del que apenas guardaba precedentes en su memoria. Hormigueo en los pies, ligero temblor de manos, desasosiego, una gota de sudor resbalando por la frente, sensacin de opresin claustrofbica...ansiedad despertando como serpiente en el nido de su estmago. Por qu no nos atienden de una vez? mascull en silencio. Se habrn olvidado de nosotros?

Al fin la puerta se abri, y todas las miradas se alzaron instintivamente. Sin mediar por palabra ms que una forzada sonrisa, la enfermera vestida de blanco se dirigi hacia la anciana que dej sus labores inacabadas sobre el silln- y la ayud a incorporase. Miguel palideci de terror al verla; sinti su corazn retorcerse y comprimirse como si fuese a estallar, latiendo en una cuenta atrs acelerada. La revista cay al suelo entre revuelo de palomas. La anciana se dej acompaar por la enfermera -cuya cabeza era una perfecta calavera gris cenizaen su caminar doblegado por la artrosis. Ambas entraron, y la puerta se cerr a sus espaldas.

Miguel no daba crdito a lo que acababa de ver. Deba tratarse de una broma de psimo gusto o una terrible ilusin de los sentidos, pero aquello no poda ser lo que l haba percibido. Nadie se inmut ante el rostro de la enfermera, y los comportamientos siguieron su inercia lgica como si la puerta no se hubiese
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abierto. No, no puede ser se dijo en un intento de tranquilizarse-. Mi cerebro ha interpretado mal sus rasgos, por efecto de la tensin acumulada y el cansancio durante la prolongada espera. Debe ser algo relacionado con la ansiedad; de otra forma, toda esta gente se habra levantado espantada como yo. Qu estpido soy! Y se hubiese redo con ganas de lo absurdo de la situacin si no fuese porque an temblaba como un flan.

La puerta volvi a abrirse. Miguel dej escapar un grito, sobresaltado, aferrndose el pecho con una mano, como si su corazn quisiera escapar de esta pesadilla dentro de otra pesadilla. La enfermera cadavrica no haba posibilidad de equivocacin ahora, contrastando esa lvida tez con la oscuridad enmarcada por la puerta- hizo un gesto con la mano a la chica para que se acercara, dndole a entender que ella era la siguiente. Pas delante de l con evidente alivi y premura, sin desprenderse de los auriculares, y las dos desaparecieron.

Todos lo miraban de arriba abajo, extraados, como esperando una explicacin por su parte de aquella histrica salida de tono inmotivada. Not una tenue pincelada de reproche en las miradas por romper as la normalidad y su carencia de autocontrol sobre esos nervios cargados de ruidosa espontaneidad. -Es que no lo han visto ustedes? les exhort, mostrando las inocentes palmas de sus manos-. El rostro de esa mujer es una calavera, por amor de Dios!!

Todas

las

miradas

se

comunicaron

instantneamente

entre

s,

intercambiando un tcito Bueno, nos ha tocado un pobre enajenado. Habr que seguirle la corriente, no vaya a ponerse violento y montemos aqu una escena.

Haciendo gala de gran naturalidad y un fino sentido del humor con claras intenciones desdramatizantes, una de las seoras que tena enfrente se dirigi a l con suaves palabras:

-Hombre, la chica est delgadita, para qu lo vamos a negar, pero tampoco hasta ese extremo.

Hubo sentidas risas de apoyo a la seora, que sirvieron para restaurar el orden de lo cotidiano y, de paso, dejarlo en evidencia, ah de pie, en mitad de la sala.

-Pero...barbot a modo de excusa. -Vamos hombre, sintese sigui ayudando la comprensiva seora, con clida sonrisa en los labios; seguro que ya pronto le toca a usted.

Y Miguel se sent, despacio, abrumado, comprobando antes que el sof no se haba transmutado en cocodrilo o que estaba a punto de ser absorbido por un agujero negro. Entretanto, el chirrido de la puerta al abrirse volvi a impactarle en los odos. Y all estaba de nuevo, la grotesca calavera, que reclam a la buena seora que haba intentado salvaguardar su reputacin. sta se incorpor con otra sonrisa y le dedic un guio de complicidad a Miguel, mientras el brazo extendido de la enfermera la invitaba a pasar.

Miguel sinti nuseas, la serpiente recorriendo sus intestinos. Su cuerpo era una crcel de locos petrificada por accin del horror. Clav la vista en el suelo, se sujet la cabeza entre las manos, tal vez para impedir que la esfera paranoide explotase en mil pedazos bajo tal presin, e invoc a la serenidad en mitad de la tormenta que amenazaba con arrastrarlo hasta el fondo de la insania; nica forma de recobrar el control sobre s mismo. Venga Miguel, debes calmarte. Lo cierto es
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que no ha pasado nada. Seguro que sufres uno de esos inslitos trastornos neurolgicos que afectan a una de cada ochocientas mil personas, como el caso del hombre aquel que un buen da dej de reconocer el color amarillo o la chiquilla que recobr la vista tras una dcada de ceguera por el simple hecho de estornudar con fuerza. A diario suceden en el mundo cosas como sta, sin explicacin aparente. Tendrs que visitar a un nutrido puado de especialistas y someterte a sus pruebas infames, pero al final darn con la causa de tu anomala y se lo contars a tus nietos entre risas. La ciencia es algo maravilloso.

Al mirar a su alrededor, con algo ms de calma, repar en el sof vaco frente a sus incrdulos ojos. La amiga de la seora ya no estaba all. Dnde se ha metido? Ha salido o es que se ha esfumado?. En la sala slo quedaban el hombre trajeado y la mujer con su hijo.

Y entonces cay en la cuenta de que ninguno de los anteriores pacientes haba vuelto a salir por aquella puerta por la que haban entrado. -Tendrn otra puerta de salida para no molestar a los que esperan razon ante su extraeza. Tampoco conozco las dependencias de este edificio, as que son ganas de sospechar y fabular despierto.

La enfermera entr en la sala sin que nadie la prestase atencin. Cogi al nio por una manita y le acarici su hermoso pelo castao. Su madre le dio un suave empujoncito en la espalda y la enfermera, con delicada determinacin, arrastr al pequeo hacia la puerta. -Mam, mam! grit el nio intentando agarrarse a ella, con la angustia reflejada en los inocentes ojos del que no entiende el porqu de lo que pasa.

-Es slo un momentito, Rafi. Ahora al salir te compro unos gusanitos y unas chuches.

Miguel no lo soport ms. La imagen del nio aterrado le hizo reaccionar como flecha de ballesta y se puso en pie con los puos apretados, fuera de s. -Haga el favor de soltar al nio inmediatamente! escuch vociferar a su garganta. Se enter al mismo tiempo que los dems de lo que acababa de decir.

La enfermera se detuvo, y se gir hacia l. Entonces fue cuando Miguel experiment cmo el horror puro le abra el cerebro en canal, cuando aquellas cuencas negras donde se lea el infinito se fijaron en las suyas, meros continentes de una carne enferma de locura y mortalidad. La sonrisa cincelada en hueso se burl de la crisis nerviosa que castigaba su organismo, tan dbil, tan vulnerable, incluso a su propia condicin. Miguel retrocedi derrotado, tropezando con la mesita de las revistas para caer sobre el sof, donde qued paralizado, casi sin aliento. La enfermera prosigui sus pasos llevndose consigo al pequeo, cuya cara enrojeca ya por el sofocn irreprimible. La puerta se cerr con un rpido golpe seco, y los gritos del nio cesaron de inmediato. -Convendra que empezara usted a relajarse inst con insospechada autoridad el hombre grueso del peridico- sino quiere que llamemos a la polica. La madre asinti, arrugando el entrecejo.

Miguel cerr los ojos y se concentr en regular el ritmo de su respiracin. Ni tan siquiera los abri cuando volvi a escuchar a la enfermera entrar de nuevo, en esta ocasin buscando al acalorado seor del traje, que resopl con satisfaccin al incorporarse de su silln. En la sala ya slo quedaban l y la madre del chico. Pronto, muy pronto a juzgar por la progresiva reduccin del intervalo de tiempo

entre las visitas de la enfermera, le llegara su turno. Y de esta certera intuicin arranc fuerzas de flaqueza. Per...perdone lo de...lo de antes, seora se disculp, tambaleante al ponerse en pie-. Me...me encuentro muy mal; ser mejor que salga a tomar un poco el aire.

Pero Miguel no lleg a moverse, porque la nica puerta de la sala era aquella por la que haba entrado el horror. -Do...donde est la salida? farfull, desesperado, pasndose la mano por toda la cara, como queriendo borrar el sin sentido que alteraba su percepcin de la realidad.

La mujer le ignor con evidente fastidio, yndose a sentar ms cercana a la puerta, dndole a entender que deseaba que todo acabase cuanto antes para no volverlo a ver jams.

Sus sienes pulsaban. Intent, sintiendo su mente al lmite, recordar por dnde haba entrado, cunto tiempo llevaba aqu encerrado, para qu haba venido; pero, por ms que se esforz en retrotraerse hacia un lejano pasado, no consigui recordar el momento en el que entr para tomar asiento, ni nada anterior a esta sala, ni el tiempo transcurrido en medida mensurable, ni mucho menos la intencin que le haba trado a esperar aqu junto a los dems, que s lo saban perfectamente. Ahora era un ignorante ratn en una jaula; y la puerta de la jaula volvi a chirriar.

La madre cogi su bolso y se dirigi hacia la enfermera, que la aguardaba en el umbral. Un instante justo antes de desaparecer, Miguel recibi un fugaz y apenas perceptible brillo de atencin en aquella sonrisa y cuencas vacas.
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Puedes irte preparando, porque ya sabes lo que sigue pens, sin conocer la autora de esas palabras.

Le hubiera gustado destrozarlo todo a golpes, tirar la pared abajo y gritar al cielo, reventar la puerta y aquel crneo a patadas y despertar entre los cimientos humeantes de un mal sueo. Pero saba con angustiosa rotundidad que esto no era ms que un pensamiento reconfortante, una inyeccin mental de morfina para poder soportar la realidad de esta vigilia incuestionable. Las opciones, todas las opciones se reducan a esperar.

La puerta se abri.

Y all, la enfermera tambin esperaba.

Miguel quiso andar hacia atrs, pero su cuerpo lo hizo hacia delante. Ella sali a su encuentro y le paso un brazo por la espalda, a la altura de los riones. -No, por favor...djeme...djeme marchar suplic, llorando.

La puerta se cerr con un susurro.

Y la sala qued vaca.

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