Ética en la Formación Docente en Bolivia
Ética en la Formación Docente en Bolivia
La dimensin tica en la formacin docente fundada en una pedagoga de preocupacin por los otros
Roberto Valdiviezo Luna
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Resumen En un tiempo de transformaciones, Bolivia necesita interesarse por una nueva educacin y una formacin docente capaz de llevar a la prctica tareas de inclusin que superen las exclusiones y discriminaciones, exigencia ineludible para una tica que se exprese en prcticas morales que reivindiquen la heterognea composicin tnica, cultural y lingstica del pas, con un discurso capaz de aportar a las nuevas formas de entender las interacciones humanas, basadas en la alteridad, exigencia de una educacin intercultural. En estas circunstancias es ineludible abrirse a lo diferente porque vivimos en lo plural; por tanto, la formacin tica de los futuros docentes, requiere de una pedagoga de respeto al otro, al diferente, para cumplir la tarea de cimentar la personalidad de mujeres y hombres, formndolos en una escuela del cuestionamiento y la disidencia en el buen sentido del trmino, para que se fortalezcan las capacidades de la reflexin, crtica, posicionamiento personal y de debate, como elementos dinamizadores de la nueva tica del compromiso, la solidaridad, la equidad, la justicia y la libertad, que son los pilares bsicos de la nueva moral, preocupada por reivindicar los valores de la culturas ancestrales, de respeto a los otros y a la naturaleza. Palabras clave: valores, crisis, cultura, identidad, diferencia, interculturalidad, formacin, paradigma, naturaleza, diversidad, interaccin, existencia, incertidumbre, cultura, homogeneidad-heterogeneidad, prctica. Abstract In a time of transformations, Bolivia needs a new interest in education and training teachers in inclusion tasks to overpower exclusion and discrimination, an essential requirement for ethics for the heterogeneous ethnic composition, the cultural and linguistic diversity of the country, understanding human interactions based on being another as an intercultural education requirement. In these circumstances it is not possible to avoid the openness to the different. Teachers ethical training requires a pedagogy of respect for the "other", the "different" for developing the personality of women and men, forming them in the schooling of challenge and dissent, in the best sense, for strengthening the capacities of reflection, criticism, personal positioning and debate, as the driving forces for a new ethic of commitment, solidarity, equity, justice and freedom, which are the cornerstones of the new morality, concerned to vindicate the values of ancient cultures in the respect for others and nature. Keywords: values, crisis, culture, identity, difference, multiculturalism, education, paradigm, nature, diversity, interaction, existence, uncertainty, culture, homogeneity-heterogeneity, practice.
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lento viene el futuro lento pero viene, convaleciente y lento remordido, soberbio, modestsimo, ese experto futuro que inventamos nosotros al azar. Cada vez ms nosotros y menos el azar Mario Benedetti
Introduccin
El hombre, ser complejo, es sobre todo un coexistente que responde a una realidad socio-histrica concreta y tiene en la educacin la accin contributiva ms importante para la transformacin del mundo y de s mismo. Es una sentida necesidad en tiempos en que la sociedad con muy bajas expectativas culturales y axiolgicas, que pareciesen rayar en el nihilismo, aparece amenazada por la irracionalidad en el manejo unipolar del mundo que determina cambios en las formas de sentir, pensar, ser y hacer de hombres y mujeres. Se observa formas que establecen el surgimiento de visiones pragmatistas y cortoplacistas de mantenimiento obsesivo del poder, de una tendencia casi esquizofrnica en la acumulacin del capital que caracteriza a la sociedad occidental. Estas influyen drsticamente en el trastocamiento de los valores, en la prdida de la preocupacin tica y el establecimiento de una tabla axiolgica antagnica al humanismo bien entendido, que hace abstraccin de las inequidades, las injusticias y el sometimiento que arrastra a la miseria a miles de millones de personas en el mundo. Tales condiciones que institucionalizan la mentira, el engao, la corrupcin y la explotacin inmisericorde e irracional del hombre y la naturaleza, poniendo en serio peligro la vida en el planeta y la existencia misma de l. La prdida de credibilidad en circunstancias en las que se agudizan las contradicciones del sistema capitalista globalizado, con inusitados y vertiginosos avances cientfico-tecnolgicos que aprisionan a la humanidad en una cultura trivial e intrascendente, empujndola hacia el individualismo egosta y competitivo exige, a la educacin en general y a la formacin docente en particular, atreverse a asumir la tarea ineludible de contribuir al rescate de la dimensin personal y social del hombre. Se trata de superar la prdida de identidades y de sentidos, para lograr ser nosotros mismos y establecer relaciones de alteridad con los otros, no slo
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respetando las caractersticas tnicas, culturales y lingsticas, las cosmovisiones, saberes, simbolismos, cdigos de interpretacin y valores, sino construyendo los mecanismos que permitan reconfigurar la dimensin plural de la realidad social en nuestro pas. De ese modo, se superara la condicin meramente discursiva de la interculturalidad, que postula la aceptacin terica de la diversidad cultural como un simple medio de convivencia entre iguales, sin llegar a cambiar las estructuras bsicas del manejo del poder econmico y poltico vigentes. La prdica del respeto y la tolerancia a los otros slo busca ocultar la intencin de desnaturalizar la interculturalidad como factor de transformacin social, que emerge con fuerza en nuestros das, rebasando la concepcin de simple posibilidad para una nueva forma de relacionamiento interpersonal. Se trata de una verdadera y distinta alternativa de coexistencia, capaz de cuestionar la orientacin del desarrollo hegemnico del capitalismo en todos los mbitos de la actividad humana. Su dominio genera mucha violencia en el mundo e instaura diagramas de fuerza y de poder aplicables a la colectividad, a travs de instituciones como la escuela y la iglesia, con el uso de ciertos principios normativos que acaban definiendo las relaciones necesarias para formar los sujetos colonizados que requiere el sistema capitalista para concentrar el capital, buscar el desarrollo y las transformaciones en funcin de los intereses de la clase dominante y la expansin de una periferia, cada vez ms extensa, de hambrientos, vctimas del sistema. Tal situacin es abiertamente condenada por los movimientos sociales que postulan la necesidad de reorientar la tica y, en consecuencia, luchan por salvar el planeta y, dentro de l, la vida. Ellos buscan establecer la solidaridad como sentimiento bsico que alimente los principios de la complementariedad y la reciprocidad en direccin del vivir bien en comunidad mbito de una nueva tica comunitaria y verazmente humanista. En esta histrica cruzada, debemos atrevernos a mirar ms all del presente, venciendo los obstculos, los fundamentalismos y los chauvinismos que nos distraen, nos retacean el tiempo y quitan la capacidad de volver sobre nosotros mismos, sobre nuestra cultura, para no seguir deambulando en un mundo intencionalmente enmaraado, cargado de mitos, hbitos y ritos que empujan a los hombres a seguir conductas estereotipadas con mensajes subliminales de sometimiento, consumo, competitividad, egosmo e individualismo a ultranza. Parece que la sociedad se hubiese abandonado a vivir una especie de religin neotradicional que legitima lo sagrado abstracto con el fin de sacralizar las diferencias, el statu quo, ofertando, como toda creencia, una tonalidad de seguridad fundamentalista que busca consolidar los absolutismos trascendentes para desarraigar a los hombres de sus cosmovisiones, su cultura y sus convicciones y, de esa manera, adecuarse a esos fundamentalismos y al tono crepuscular de la poca. Es en estas circunstancias que los movimientos sociales cobran la importancia que merecen, porque buscan rescatar a las personas no como simples conceptos
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sino como individuos reales, de carne y hueso, que responden a una cultura y un contexto especficos, con aspiraciones y fe en un futuro que debe ser construido colectivamente a pesar de las diferencias. Es, pues, menester horadar el sistema excluyente y explotador para consolidar el proceso de cambio en direccin de la construccin del Estado Plurinacional. En este propsito lo que une a los pueblos campesino indgena originarios es su relacin con la naturaleza, con el cosmos, tan consustancial para el sentido de su existencia junto a los dems seres. Los pueblos originarios siempre se concibieron a s mismos como seres inmersos en la naturaleza, como parte de la ella y no como algo esencialmente diferente y superior, que es lo que caracteriza a la visin antropocntrica de occidente. Debido a esto, se reivindica, por encima de todos los derechos, el derecho de la naturaleza, posicin cosmovisiva clandestinizada por siglos, pero mantenida por esos pueblos en toda su vitalidad. Hoy puede constituirse en la mejor contribucin a la crisis medioambiental provocada por el capitalismo salvaje depredador de la naturaleza, sustentador de la poltica de crecimiento productivo y del consumismo desenfrenado que postula. Ante esta realidad, se requiere de nuevas formas de entender el mundo, la sociedad, el hombre y su pensamiento. La urgencia est en apoyar una forma de desarrollo que recupere la unidad de todos los elementos y factores constitutivos de la Madre Tierra, lo que supone superar los desequilibrios e iniciar, sin tardanza, el proceso de reconciliacin del hombre con la naturaleza, necesidad que los movimientos sociales indgenas han comprendido a plenitud y, por tanto, actan en consecuencia. Desde los planos ms profundos de tal necesidad, el pueblo boliviano, tan heterogneo desde sus races, tuvo la capacidad de desarrollar valores que, hoy como ayer, entran en contradiccin con el modelo econmico, poltico, social y cultural imperante, que privilegia la fra competitividad y el egosmo y sus nefastas consecuencias, buscando formar al ser humano en los marcos de la autosuficiencia, libre de responsabilidades sociales y amante del xito, entendido ste como la capacidad de acumular bienes materiales y poder individual. Insertos como nos encontramos en el proceso de globalizacin de carcter planetario, que alcanza a los diferentes niveles y mbitos del quehacer humano, es evidente que hoy se vive un tiempo tan crtico por la velocidad con que se producen los cambios cientfico-tecnolgicos con fuerte incidencia en la educacin, que permiten ver el surgimiento y la sucesin de nuevos paradigmas que requieren de nuevos comportamientos. Los cambios cientfico-tecnolgicos son tan raudos y evidentes, que no es fantasa afirmar que vivimos la era de la microelectrnica, de la ciberntica, del ciberespacio y de la oficina virtual. Pero tambin existen cambios en las estructuras productivas y en la economa financiera, que ha adquirido un rol inusitado y ha incidido en la profunda crisis que pone en vilo al capitalismo (el que consumi 15 trillones de dlares en pocos das para salvar el sistema financiero
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que lo sustenta), esta es lacerante realidad que fue denunciada por el telogo y escritor Leonardo Boff en la novena versin del Foro Social Mundial, llevado a cabo en la ciudad brasilea de Beln del 27 de enero al 1 de febrero del 2009. Hablamos entonces de una crisis terminal que devala el trabajo generando cambios en las relaciones de poder y en la configuracin de centros imperiales, traducidos en bloques y megabloques, como la Unin Europea la crisis se observa tambin en los cambios climticos, consecuencia de los agujeros en la capa de ozono producidos por la esquizofrenia productiva del capitalismo, lo que ocasiona actualmente daos irreparables a la vida; en fin, estamos transitando por una cultura de la muerte que destruye paulatinamente la cultura de la vida que es reivindicada por las naciones, pueblos o grupos tnicos ancestrales del Abya Yala. En estas circunstancias, se suceden constantemente las preocupaciones por la crisis axiolgica que nos toca vivir, como la que permite afirmar la inversin o la prdida de valores y la consecuente invasin de inmoralidad y corrupcin en todas la esferas de la vida. Frente a tal situacin, se hace imprescindible tratar de explicar y dar cuenta de qu somos hoy y cmo actuamos en este momento de la historia. Para ello, es necesario excavar la realidad sobre la que actuamos, es importante saber por qu hacemos lo que hacemos, es decir, asumir la responsabilidad de diagnosticar el presente, como aconsejaba Foucault. Esto posibilitara construir mnimamente un acercamiento a la verdad de una determinada situacin que requiere ser modificada. Se trata de dar respuesta a la urgencia de futuro que reclama la humanidad, asumiendo el imperativo de orden categrico de hacernos cargo de nuestro ser hombres, de nuestro ethos heterogneo sustentado en la diversidad la que requiere de nuevos proyectos de educacin y formacin docente, que justifique la creacin de espacios ticos que fortalezcan la construccin de subjetividades descolonizadas y abiertas al reconocimiento de los otros, de sus identidades y diferencias. Por ello, comprender la necesidad de una pedagoga de preocupacin por el otro, sustentada en relaciones sociales simtricas, es ineludible, particularmente en pases donde la diversidad tnica y cultural constituye la mdula existencial de los mismos que, ms all de la bsqueda de seguridades, genere la prctica del debate, de la confrontacin constructiva que permita saborear los riesgos de la existencia que conducen a la capacidad del asombro que debe caracterizar a los seres humanos.
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trascendente de la eterna felicidad, lo que significa que el destino del hombre no est en este mundo. Se predic la necesidad de la pobreza como una virtud para que, por esa va, los forneos pudieran apropiarse de los bienes, de las tierras y hasta de las vidas de los originarios. En un retroceso histrico, se instaur el vasallaje en el continente invadido, mientras en Europa se iniciaba la marcha por las sendas de la modernidad. La vida social en la colonia estaba caracterizada por la dualidad entre el ser y el tener, dualidad que, lamentablemente, an no ha sido superada. El primero corresponda a los sometidos y empobrecidos por la fuerza, que slo tenan ante s la posibilidad de desarrollar el bien ser para acceder al mundo de la felicidad eterna, un mundo de compensacin a la infelicidad y los sufrimientos generados por los sistemas de la mita y la encomienda en el nuevo mundo. Escuchad hermanos mos carsimos: No escogi Dios a los que son pobres segn el mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del reino, que tiene prometido a los que lo aman (Santiago: 2,5)1 pero que, paradjicamente, serva para enriquecer a los opresores que priorizaban el tener ms y ms, como requisito de la dignidad y la felicidad de ellos. La situacin descrita fue objeto de pocos cambios en el transcurso del tiempo, a tal punto que la prioridad del tener sobre el ser contina en el presente. Se impuso la influencia posterior del pragmatismo utilitarista y, en ltima instancia, de la moral individualista impuesta por la burguesa, que absolutiza las categoras economicistas de rentabilidad, la evaluacin costo-beneficio, los principios de eficiencia y eficacia, entre otros, para valorar los actos humanos, en un inconfundible culto al dinero que dinamiza la cultura occidental del tener ms. Expresin de esta realidad son las denuncias de Leonardo Boff en la reunin con jvenes en el Foro Social Mundial ya mencionado, cuando seala que el capitalismo voraz acumulador de riquezas, depredador del medio ambiente, creador de las desigualdades entre los hombres y absolutizador de las leyes del mercado en beneficio de una minora privilegiada, certifica sus falencias cuando en el mundo, cada cuatro minutos, una persona pierde la visin como consecuencia de la carencia de vitamina A; cada cinco segundos, un nio menor de un ao muere de hambre o desnutricin. Mientras, la competencia, la acumulacin, la ostentacin y la falta de solidaridad predominan en la actual sociedad, donde los ricos son cada vez menos pero ms ricos y, sin embargo, alegan permanentemente no poseer recursos para promover la educacin y la salud, para salvar el planeta o aplacar el hambre que se extiende por la tierra. Contradictoriamente, gastan tanto en las polticas de invasin y guerra que poco o nada hacen por superar la pobreza, resultado de la imposicin de sus propias polticas. Todo esto constata
1 Ver Epstola de Santiago en el Nuevo Testamento
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su rotundo fracaso en el mundo y plantea la necesidad de construir otro, pues la consigna de los movimientos sociales a nivel planetario de que otro mundo es posible constituye una verdad axiomtica. Esta situacin, tan dramtica por cierto, ha profundizado la brecha que separa a los pobres de los ricos a tal extremo que El activo de las 358 personas ms ricas del mundo, es igual al ingreso combinado del 45% ms pobre de la poblacin mundial, equivalente a unos 2.700 millones de personas (Barahona: 1997- 5). Esta es la prueba contundente de la irracionalidad del sistema imperante. Una realidad consumada y definitiva para los apologistas del neoliberalismo y sustentadores del fin de la historia, que agiganta las fauces del monstruo hobbesiano, para que el Leviathan contemporneo tenga, en los sectores marginados de la sociedad, sus vctimas permanentes, de modo que los pueblos se enfrenten fatalmente a la perspectiva cerrada de girar en redondo, presos del presente, sin futuro, con prdida de la visin tica y la institucionalizacin de la inmoralidad, la simulacin, la hipocresa, el engao y la corrupcin, consustanciales al modelo neoliberal. La humanidad vive una profunda crisis que, segn Rodolfo Romero, es una crisis de cultura y civilizacin que interpela a la conciencia del mundo y pone en duda los intereses y valores que los sistemas sustentan. Es una crisis que impacta a los mismos fundamentos ticos de nuestras sociedades (1997: 5). Se trata de una crisis que busca anular nuestra capacidad de soar y a la que rechazamos enfticamente. Este estado de cosas llega a todas las esferas de la actividad humana de las que no escapa la educacin, situacin que merece una profunda reflexin sobre la accin formativa de los docentes en circunstancias de evidente ruptura de la relacin existente entre la razn, que explica las acciones, y el momento histrico que nos toca vivir, para reconocer el desfase entre los ideales y la realidad, que va interpelando a las instituciones formadoras de maestros sobre su accin en la complicada temtica de la formacin tica. Sobre este problema se pretende realizar una tentativa de reflexin, bajo la conviccin de la urgencia que imponen los cambios a los que todos los maestros estamos obligados a contribuir, comprendiendo que Las crisis como desajustes en relacin con el todo que ya no responde a las aspiraciones y conducta que exigen las nuevas modalidades de la vida, son la bsqueda de una nueva concepcin y una nueva posicin ante la vida (Carranza, 1992 :42). Las crisis son, afortunadamente, los supuestos de la transformacin. El mismo autor, previamente seala: Bien podemos sentar como premisa que toda crisis cultural es ya el anuncio de una revolucin. Y es que los desajustes en las relaciones de trabajo, produccin, mercado, consumo se expresan de modo inmediato y vivencial en la actitud ante la vida y ordenamiento jerrquico de los valores, todo un estado de efervescencia que presagia cambios
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revolucionarios de diferente magnitud y modalidades segn cules sean la ideologa, sus posibilidades materiales y humanas (1992: 39). Esta percepcin de la crisis cultural, como fundamento de la revolucin, explica la emergencia de los movimientos sociales y sus demandas de transformacin que, en nuestro pas, apuntalan un proceso de cambios desde las bases y desde el gobierno, asumido por un indgena que apuesta por el hombre, planteado no como una mera abstraccin, una generalidad, sino como una realidad viva, concreta, existente, diversa y elemento constitutivo del Estado Plurinacional
al hombre por el consumidor, con reglas establecidas por el libre mercado, absolutizadas a tal extremo que se yerguen por encima de la humanidad y de la naturaleza. Esta realidad de interaccin entre la naturaleza y el hombre tiene, en las culturas ancestrales, una importancia que super todas las vicisitudes del largo proceso de colonizacin, hasta convertirse en una slida conciencia ecolgica que hoy emerge con fuerza en la defensa y cuidado del medio ambiente. El cuidado del medio ambiente es uno de los factores importantes de preocupacin tica, en una proyeccin mundial de cultura bsica de la humanidad, donde las expresiones particulares surgen demandando con todo derecho, el reconocimiento a sus identidades y diferencias, mucho ms en un momento en el que el proceso globalizador insiste en avasallarlos a pesar de los evidentes desgarros del neoliberalismo, como expresin de su inminente fracaso. Por tanto, este es un nuevo problema para la reflexin tica por sus connotaciones sociopolticas y culturales, dado el hecho de que el modelo neoliberal llev a extremos la inequidad econmica, la injusticia social y la exclusin, convirtiendo la multifactica actividad humana y la multiplicidad de la naturaleza en simples mercancas; arrastrando, de esa manera, a los trabajadores y sectores populares a una miseria en crecimiento, Librada al principio del inters y la mercantilizacin de la vida y los recursos, la poltica, deja de ser un espacio inclusivo para convertirse en otro pragmtico y utilitario (De Alarcn, 2008: 351) El siglo y el milenio nuevos por los que transitamos nos enfrentan con rudeza a una realidad de crecientes incertidumbres, las que parecieran imponer la prdida, cada vez mayor, de la capacidad de previsin del hombre sobre el futuro, hecho que deja abierta y sin respuesta una serie de interrogantes sobre el cosmos, la vida, el hombre, la sociedad, la cultura, etc. La realidad necesita ser releda y reinterpretada, por lo que cabe preguntar hasta qu punto el conocimiento humano garantiza la fidelidad de esa relectura? No ser que tal conocimiento es otra aventura incierta que conlleva en s misma y permanentemente el riesgo de ilusin y de error?, como sostiene preocupado Edgar Morin (1999: 41). Ante tal evidencia, es importante asumir la responsabilidad de enfrentar la incertidumbre desde los mbitos de la educacin y la formacin docente, a pesar de las ambivalencias y el trastocamiento de los valores, razn por la que surge la necesidad de reconsiderar el problema del conocimiento, libre de la imposicin epistmica del pensamiento occidental que desprecia o descalifica los saberes y las tecnologa de los otros por su particularismo o localismo, frente a la universalidad de aqul y la pretendida superioridad del modelo civilizatorio europeo. Esta reconsideracin debe ser hecho desde perspectivas socio-histricas para buscar la verdad, abriendo espacios para el tratamiento de la diversidad cultural en procesos
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dialgicos de aporte y aprendizaje, ms all de los reconocimientos formales. Puesto que estos reconocimientos formales slo buscan orientarlo al pasado para evitar dar respuestas a las exigencias de los movimientos sociales, ubicados en el presente pero sin desconocer el influjo de la dimensin y sentido de ese pasado para, de ese modo, asumir la construccin del futuro desde las perspectivas de la diversidad que constituye al Estado Plurinacional de Bolivia. En el marco de estos propsitos, es menester cuestionar la conciencia y sus complejidades para entender la tica del gnero humano con la triple dimensin de individuo, sociedad y especie, dimensin que no puede ser separada por su complejidad, sus permanentes interacciones y su recproca determinacin. En funcin de esa irrefutable verdad, es importante educar para la comprensin como el medio ms eficaz para la comunicacin que concluya en entendimientos, ya que ella constituye el eje dinamizador de la educacin y arrastra las limitaciones que la crisis impone con incidencia negativa en la formacin en valores. Por ello es deseable el establecimiento de relaciones de alteridad que permitan nuevas interacciones entre la sociedad y los individuos a travs de la prctica de una autntica democracia participativa, como mecanismo de inclusin y justicia para las culturas originarias, subalternizadas por el manejo del poder o clandestinizadas como mecanismo de preservacin por sus propios cultores y en sus propios territorios. Saber decidir en mbitos de incertidumbre para actuar en consecuencia es pasar de un anlisis genrico y abstracto a otro concreto del problema de los valores, un anlisis que comprometa a los profesores a asumirlo en la dimensin real de las prcticas, hbitos y costumbres de la colectividad, sin esperar de ellos virtudes educativas infinitamente ms grandes que las de la sociedad que las delega (Perrenoud, 1996: 121-122) el mismo autor se cuestiona: Cmo se puede ensear serenamente a una sociedad como esta? Y cmo no ensearle? Una disyuntiva que exige ser respondida, creando situaciones que favorezcan verdaderos aprendizajes, tomas de conciencia, la construccin de valores, de una identidad moral y cvica. Consecuentemente, construir espacios que favorezcan una educacin en valores es hoy un imperativo ineludible. Animarse a disear el perfil de tal educacin requiere rebasar horarios y asignaturas especficas para llegar al currculo mismo, venciendo los posicionamientos dogmticos que pretenden asegurar la verdad tica en la autoridad, la tradicin, el mito o la religin, los que lamentablemente instauran la intolerancia, matan la autonoma e ignoran las relaciones de asimetra existentes en el tejido social boliviano. Sin lugar a ninguna duda, la educacin guarda estrecha relacin con la tica porque ella recibe los impulsos y valores de la sociedad en la que se halla inmersa, realidad que se complejiza en nuestro caso por la heterogeneidad cultural. Es
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innegable que los procesos de aprendizaje y enseanza son ms amplios que la transmisin de contenidos en funcin de un desarrollo meramente cognoscitivo, lo que significa que la educacin es mucho ms que la escuela. Tal reconocimiento exige asumir la necesidad de repensar la coyuntura para entenderla, explicarla e intentar dar respuestas a la crisis a partir de una profunda reflexin sobre el ser humano contextualizado, que responde a determinadas circunstancias y a matrices culturales diferentes. Ello limita una crtica a la sociedad desde el presente y desde perspectivas de validez universal, es necesario asumir las particularidades y su dependencia respecto de factores socio-histricos y poltico-culturales, es decir, examinar el estatus ontolgico del presente, destacando sus contingencias histricas. Se trata de aquella preocupacin sobre la comprensin crtica del presente planteada por Foucault y que Tamayo y Martnez, apoyados en Couzens, denominan ontologa de nosotros mismos2, para desarrollar en los estudiantes la capacidad reflexivo-crtica, enfrentar la racionalidad dominante y cuestionar el modelo tico basado en verdades absolutas y universales sobre la naturaleza humana. Lo que se requiere hoy, aun para la llamada posmodernidad, ms all de la ruptura de la universalidad de la ciencia o las teoras que permiten plantear el fin de los metarrelatos, es intentar comprender las circunstancias en medio de las que nos movemos, es decir, diagnosticar el presente para responder a la angustiante pregunta de todos los tiempos: Qu es el hombre? Qu somos hoy, en este preciso momento?, planteadas por Foucault como ya lo anotamos. Un cuestionamiento antropolgico que es capaz de devolverle a la tica y a la moral su centro de accin: el ser humano, lo que fertiliza el campo de la reflexin para su conceptualizacin que, a su vez, exige la complementacin con otras preguntas que fortalezcan las bases de sustentacin terica. El diagnstico es una instancia imprescindible en la reconstruccin no de la verdad misma, sino de los momentos de la veracidad de unas u otras circunstancias de vida, para que los hombres nos hagamos cargo de su transformacin en direccin de una existencia con justicia, libertad, solidaridad y bien comn, en direccin del vivir bien en comunidad. Con tales propsitos, es perfectamente comprensible que la interpretacin de la realidad, a la que los individuos deben ajustar sus acciones, ya no funciona como algo compartido por ellos en el seno de la sociedad, se trata de un orden establecido que se derrumba. Esta situacin debe ser enfrentada de tal modo que se pueda buscar los elementos que estructuren nuevas formas de pensar y entender el mundo. Es importante asumir otras actitudes y generar la posibilidad de establecer nuevas formas de interaccin entre la tica y la educacin, de modo que ella contribuya a la transformacin de las prcticas formativas y educativas en el proceso enseanza2 Tamayo y Martnez entienden esta elaboracin no como la construccin de una doctrina o una teora sino como una actitud crtica de lo que el hombre es, sin caer en fatalismos o angustias existencialistas por el desmoronamiento tico-cultural vigente al que consideran necesario enfrentar.
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aprendizaje, el que, junto a las ciencias de la educacin, no puede ser separada de las disciplinas socio-ticas. Unir los valores al proceso de construccin de los conocimientos, a la produccin de bienes, a su distribucin y consumo equitativos, es un imperativo del presente. En el tratamiento serio del problema, esos dos elementos tienen que ser asumidos en su indisoluble interaccin, pues la veracidad objetiva de los principios del conocimiento cientfico y de los saberes de las culturas originarias se conjugan orgnicamente con los principios y relaciones axiolgicas al interior del propio conocimiento cientfico o de los saberes, determinada por la exterioridad de la realidad tanto natural como social. Es importante entender que as como la filosofa debe ser cientfica para influir positivamente en la ciencia, del mismo modo los principios socio-ticos y humanitarios del conocimiento pueden desempear su papel catalizador y estimulador en bsqueda de la verdad si expresan las tendencias progresistas del desarrollo social y sirven en bien del hombre y de la humanidad (Frolov, 1987: 63). Slo de esa manera los valores podrn constituirse en valiosos mecanismos reguladores del avance de la ciencia y la tecnologa, del reconocimiento de los saberes ancestrales; es en esa dimensin que los principios metodolgicos del conocimiento deben ser concebidos. La necesidad de una educacin en valores requiere de una formacin previa de los futuros docentes, un reto pedaggico de la contemporaneidad3 que tiene que ser asumido. La preocupacin no es nueva, lo novedoso e importante son las condiciones sociales concretas de existencia de la humanidad, de resurgimiento de las nacionalidades o pueblos originarios, con cosmovisiones, saberes y prcticas arrastradas subterrneamente por siglos, que hoy salen a la luz y requieren ser tomados en cuenta para su proyeccin en el siglo XXI por el que la humanidad transita, cuya dinmica es diferente a la del anterior. Hoy la educacin y la formacin en valores adquieren una mayor significacin porque deben responder a contextos de globalizacin neoliberal, que abarcan todos los aspectos de la vida material y espiritual, constituyendo el problema ms complejo y acuciante de los ltimos tiempos por los riesgos que supone el dominio unipolar del mundo, un dominio que busca imponer sus esquemas de vida y de accin en contra de las caractersticas y la identidad histrico-cultural de los pueblos. Pareciera que detrs de la aparente atencin a la multiculturalidad, con la propuesta conceptual de una educacin intercultural sin aplicacin prctica, se buscara, de manera solapada y sutil, la homogeneizacin cultural, pues se promueve los valores propios de la sociedad de consumo como la competitividad, el egosmo y el individualismo en desmedro de la convivencia solidaria.
3 Ver la propuesta de Mirtha Bonet Cruz, presentada al Encuentro por la Unidad de los Educadores Latinoamericanos 1999-2001. En: Pedagoga latinoamericana. La Habana-Cuba.
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entender la interculturalidad, sin ser falsa, es insuficiente. debido a que est ausente un posicionamiento crtico sobre la cultura y la pretensin de ciertos grupos que buscan legitimidad y presencia real frente a otros, lo que genera espacios complejos de conflictividad (a que intervienen diagramas de poder manejados desde ciertas instancias institucionales, con normativas que persiguen establecer relaciones en funcin de sus intereses o expectativas, de las que no escapa ni siquiera el sujeto que realiza el anlisis). Cuando se habla de interculturalidad, no se trata solamente de una construccin conceptual ni de un simple giro epistmico, sino de tomar en cuenta las contradicciones que se dan en las relaciones culturales marcadas por el conflicto y las mismas contradicciones que se sustentan en las situaciones de dominacin, colonialidad y margina. Para lograr el mayor acercamiento a la comprensin del fenmeno de la interculturalidad, es importante destacar la connotacin poltica del mismo. De ese modo se puede diferenciar la condicin dominante o subalternizada de la cultura y la posibilidad de que la relacin entre ellas responda a objetivos emancipatorios o, por el contrario, a formas sutiles de neocolonizacin por parte de quienes detentan el manejo del poder e incorporan el discurso de la igualdad y el respeto a las diferencias. la lgica de la interculturalidad compromete un conocimiento y pensamiento que no se encuentra aislado de los paradigmas o estructuras dominantes; por necesidad (y como un resultado del proceso de colonialidad) esta lgica conoce esos paradigmas y estructuras. Y es a travs de ese conocimiento que se genera un pensamiento otro (Walsh, 2007: 181). Esta es la visin en el tratamiento de la interculturalidad desde la ptica de los mecanismos de poder oligrquico. Por las consideraciones hechas, la interculturalidad no debe reducirse a un proyecto de coexistencia diferente que cuestiona una cultura y civilizacin hegemnica. La comprensin plena de la interculturalidad exige inexcusablemente la prctica de interacciones de ida y vuelta entre posturas culturales diferentes las que estn obligadas a negociar a fin de superar el manejo unilateral del poder que establece relaciones de dominacin, injusticia, inequidad y exclusin; se trata de superar la concepcin de interculturalidad como simple dilogo respetuoso y equilibrado entre diferentes, para asumir otra desde posiciones crticas (como la relacin entre las culturas campesina indgena originarias y la cultura occidental), en la perspectiva de superar las desigualdades, las conflictividades, las asimetras y el manejo del poder de unos sobre otros, de manera que el efectivo reconocimiento del valor y la dignidad de las culturas ancestrales permita, reconocer la validez de sus contribuciones en el campo del conocimiento, de la tcnica y de los saberes. Es necesario buscar nuevas formas de articulacin de la sociedad para enfrentar al neoliberalismo, reconocer la importancia de los movimientos sociales en sus justos planteamientos reivindicativos, reflexionar y valorar la crtica al modelo y el cuestionamiento al ejercicio de la democracia y al carcter colonial del Estado y
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sus relaciones mercantilistas. Solamente de esa manera se podr comprender que los objetivos de la lucha de los movimientos sociales para transformar el orden establecido tienen en la tica un norte. En ella podemos encontrar los elementos para enfrentar los problemas de la cotidianidad y un nuevo sentido de la vida, en un tiempo tan significativo debido a que los bolivianos estamos ante el umbral ms importante de la historia para lograr esas transformaciones. Contribuir a la comprensin de esta problemtica y a la construccin de esa realidad es una responsabilidad histrica de la que las universidades no pueden sustraerse, por el contrario, ellas deben contribuir al reconocimiento y resignificacin de las expresiones culturales, en un proceso dialctico que afiance los lmites identitarios y diferenciales de las mismas. Consecuentemente, los centros de formacin docente deben responder al desafo de estructurar modelos de educacin intercultural propios, si bien heterogneos, en su aplicacin a las diferentes situaciones etno-cultural-lingsticas, universales en su concepcin bsica. Para tal efecto, las universidades debern transformar, necesariamente, sus visiones y misiones, reformular sus objetivos y proponer nuevas mallas curriculares que la diversidad del pas reclama. Este es el gran reto que debemos asumir no slo porque nos impone las circunstancias de los tiempos de cambio que vivimos, sino por una profunda conviccin y responsabilidad tica. La interculturalidad entendida como mecanismo contributivo a los procesos de cambio social que afecte radicalmente las estructuras, las instituciones y las normativas de la actual sociedad ha sido planteada por los movimientos sociales en dimensiones que rebasan la educacin y alcanzan al Estado, razn por la que adquiere connotacin poltica ligada a las demandas de sus diferentes organizaciones para la construccin del Estado Plurinacional que la nueva Constitucin Poltica del Estado establece. Reducir la interculturalidad al tratamiento del bilingismo entendido como exigencia tica para la enseanza de la lecto-escritura en las lenguas maternas (educacin primaria)4, como ocurri con la reforma neoliberal establecida por la Ley 1565, tiene su lado oscuro. No se trata slo de la continuacin de la Extirpacin de idolatras, sino tambin empearse en invertir recursos pblicos en proyectos que, en primer lugar, no son demandados por las comunidades amerindias y, en segundo lugar, en el caso de que sean implementados, no tienen ninguna perspectiva de que sean sostenibles, pues no existe una oferta letrada en las lenguas amerindias que les permita a stos usar ms tarde lo aprendido en sus aulas (Medina, 2000: 15-16).
4 La implementacin de la Reforma Educativa en Bolivia (Ley 1565: 4-07-1994) trastoc la educacin intercultural a simple bilingismo, es decir, la enseanza de la lengua originaria (L1) en los dos primeros niveles de la educacin bsica y slo en el rea rural, mientras se estableca una educacin monolinge (en castellano) para los centros urbanos.
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He ah una interpeladora arista de la problemtica intercultural como medio de viabilidad histrica del pas, en circunstancias en las que las rupturas neoliberales requieren de agentes de cambio -los maestros que prioricen la reflexin acerca del sentido de la educacin con la finalidad de transformarla. Este es un desafo que debe ser respondido para iniciar la batalla desde las perspectivas histricas, culturales y morales de las poblaciones originarias que conforman, en nuestro caso, la bolivianidad. Es tiempo de aprender a compaginar nuestras diferencias tomando en cuenta las prcticas valorativas propias de cada expresin cultural, razn por la que es posible afirmar que la tica no ha sido, no es ni ser nunca una disciplina ajena a la integracin de los diferentes, porque ella se nutre de las historias de los pueblos. Un sistema de valores est condicionado por las formas existenciales que caracterizan a una sociedad en la que los sujetos viven e interactan; consecuentemente, la educacin y, de modo particular, la formacin docente deben interactuar para transitar hacia el logro de una sociedad cada vez ms integrada, que permita lograr la unidad nacional fundada en las diferencias, con ansias de justicia, amor a la libertad y respeto a las prcticas y creencias de los otros, capaces de estructurar valores que no sean medidos exclusivamente desde los planos de la racionalidad occidental, sino desde las diversas formas de ser que estructuran las diferentes culturas que configuran la realidad nacional, pese a los desafos, las incertidumbres y la falta de sentidos que caracterizan estos tiempos a los que algunos llaman la posmodernidad.
vivir significa compartir recursos y conocimientos, preservar la riqueza natural y la diversidad de las culturas, aceptar a la vez la identidad y las diferencias para vivir en armona. Por eso es que consideramos que la educacin es la clave del futuro. Una sociedad capaz de recibir una educacin de calidad en todos los niveles es una sociedad capaz de ser libre, democrtica y pacfica. (A. Hein, 2000:19)
Considerando tales circunstancias, los sistemas educativos de muchos pases se encuentran ante el reto de ofrecer una educacin desde el rescate, el reconocimiento, el respeto y la proyeccin de lo diferente, de los otros. Tal exigencia requiere de una nueva poltica de formacin docente.
saberes esquemticos y descontextualizados. Se precisa profesionales reflexivos, crticos, creativos y cuestionadores de su propia prctica, que puedan responder a la dinamicidad del proceso aprendizaje-enseanza, por un lado, y, por otro, al reconocimiento de las actuales circunstancias que han tensionado a la educacin por la inversin de valores, el crecimiento exacerbado del individualismo, la crisis econmica y poltica que abona los sentimientos de desesperanza frente a la actitud ambivalente de quienes manejan los hilos del poder para viabilizar proyectos reivindicativos orientados a acortar las diferencias sociales que permitan integrar en vez de marginar. Esta nueva situacin exige a las instituciones de profesionalizacin docente asumir la tarea de formar profesionales reflexivos, crticos, transformativos y agentes de inclusin social aunque, paradjicamente, los maestros constituyen los sujetos de una exclusin generalizada. Sin embargo, es necesario establecer slidas bases ticas en la formacin de la personalidad de los futuros profesionales de la educacin, sin ignorar la dramtica realidad de pobreza, injusticia e inequidad que abraza a los sectores populares que alimentan con postulantes a las instituciones de formacin docente. Se trata de comprender que una de las funciones ms importantes de la educacin es contribuir a la formacin de una slida tica ciudadana como pilar fundamental de la democracia. La funcin socializadora de la escuela consiste bsicamente en integrar a las personas a la comunidad en que viven, tomando en cuenta sus demandas en la formacin de valores y el desarrollo de la personalidad de los estudiantes. Por ello, es pertinente cuestionarse: Qu debemos entender por valores? Esta interrogante y otras han sido abordadas por muchos pensadores, con las diferencias que supone el posicionamiento ideolgico asumido; empero, se debe reconocer la existencia de criterios comunes, pues el valor
debe ser entendido como la significacin socialmente positiva de objetos y fenmenos (J. Fabelo Corzo) Es el significado social que se atribuye a los objetos y fenmenos de la realidad en una sociedad dada, en el proceso de la actividad prctica, en unas relaciones sociales concretas (Zaida Rodrguez) Es algo muy limitado a la propia existencia de la persona que afecta a su conducta, configura y modela sus ideas y condiciona sus sentimientos, actitudes y sus modos de actuar (Esther Baxter) Funcin esencialmente prctico-reguladora y orientadora de la accin humana (Rodrguez Ugido) ...Principio o fines que guan nuestro comportamiento individual, grupal, social (Ars Muzio)
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Las definiciones consideradas permiten realizar las siguientes consideraciones: Los valores se refieren a una relacin de sentido entre los procesos o acontecimientos y las necesidades e intereses de la vida en comunidad, siendo ellos parte sustantiva de la realidad social que, en el caso del Bolivia, se complejiza debido a la diversidad cultural vigente, que no puede ser ignorada por la educacin como fenmeno histrico-social ni por los procesos de formacin docente. Es necesario tomar en cuenta apunte los diferentes sistemas de valores jerrquicamente estructurados que, adems, son dinmicos, cambiantes y dependientes de las condiciones histricas concretas en las que se dan. Otro rasgo connotativo es la referencia a la necesidad de considerar las formas en que los valores objetivos son reflejados en la conciencia individual o social de hombres y mujeres, de manera que se pueda entender los modos en que cada individuo, como sujeto social, estructura su propia y subjetiva categorizacin axiolgica, resultado de un complejo proceso de valoraciones que supone un mayor o menor grado de correspondencia con el sistema objetivo de valores, dependiendo de la expresin cultural a la que pertenecen las personas, de los modos de participacin y correspondencia entre los intereses individuales del sujeto con los intereses colectivos de la sociedad y de la accin formativa que ejerce la educacin. Finalmente, aceptar que los sistemas de valores son creados e instituidos socialmente para luego reconocerlos oficialmente, como resultado de la generalizacin de escalas subjetivas de valoracin que, en el caso de sociedades divididas en clases, responden a la de los sectores que detentan el poder. A ms de ello, la realidad de la pluriculturalidad exige la consideracin y, tal vez, la combinacin de las diferentes escalas y apreciaciones valorativas para fortalecer la diversidad. El sistema de formacin docente que asuma la heterogeneidad debe colaborar en la formacin de una alta conciencia valorativa, rescatando los criterios y prcticas axiolgicas de los pueblos originarios. Para ello, se debe garantizar todas las posibilidades de interaccin, de tal modo que los estudiantes puedan autoasumirse como seres histricos, sociales, comunicativos y transformativos, con capacidades para aportar a la construccin del nosotros, que no es sino el resultado del reconocimiento de los otros a partir de los cuales se logra la estructuracin de las caractersticas propias del individuo. Una tarea no slo antropolgica o sociolgica sino particularmente tica, que supone establecer nuevas relaciones de interaccin y nuevas formas de negociacin cultural. Insistir en la necesidad de una educacin en valores es aceptar el reto de reflexionar y buscar alternativas para proponer los mtodos y las estrategias didcticas que hagan
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posible tal educacin, es decir, estructurar contenidos de valor referidos a normas y actitudes que desarrollen modos de ser, capaces de enfrentar a ese mundo y a esa vida llenos de incertidumbre, en coherencia y unidad a los modos de sentir, enjuiciar, actuar y devenir, en equilibrio con aquello que hoy se ejercita: los contenidos conceptuales y procedimentales, de modo que los valores se constituyan en proyectos globales de existencia que se instrumentalizan en el comportamiento individual, a travs de la vivencia de unas actitudes y el cumplimiento consciente y asumido de unas normas o pautas de conducta (Gonzlez, L., 1998: 37) Es en esa forma que se logra que los valores se constituyan, superando las dificultades coyunturales, en procesos planificados de vida que rescate, en el caso nuestro, el
reconocimiento del otro, del derecho a la diferencia, de la perspectiva de las opiniones personales y de cada punto de vista. Es el momento de apertura de la comunicacin a otras culturas, formas de vida y puntos de vista, para apropiarse del contexto propio en el cual cobra sentido cada perspectiva y cada opinin. (G. Hoyos, 1998: 23)
La educacin en valores constituye una especie de puente y complemento entre las instituciones educativas y la sociedad; en esa condicin, expresa las especificidades de una determinada etapa histrica, lo que explica su dinamicidad y sus posibilidades de cambio. Los valores, como fundamento de la conducta humana, dependen de su insercin en la prctica histrico-social, razn por la que a cada expresin cultural le corresponden determinados valores en funcin de sus intereses y aspiraciones, en cuya direccin se orienta la formacin integral de la personalidad. Ms all de estas consideraciones, lo importante es saber de qu manera, desde los mbitos pedaggico y psicolgico, puede concretarse los valores humanistas en el desarrollo moral de los estudiantes.
El rol docente
La capacidad valorativa no es innata, est ligada a las acciones de la familia y la comunidad, es expresin de la conciencia social. Sobre ella, la escuela debe asegurar la continuidad de la formacin tico-moral. Se trata de una exigencia que los maestros debemos interpretar correctamente a fin de asumirla no como simple generalidad, sin contenido ni contexto, sino como necesidad implicada en las intervenciones cotidianas de los seres humanos, rescatando el factor afectivoemocional en las interacciones del proceso enseanza-aprendizaje. Para lograrlo, ser preciso un clima de confianza, amplitud y participacin, capaz de provocar estados emotivos respecto a la personalizacin de los valores, como la expresin ms idnea, legtima y autntica de los sujetos que los hacen suyos, nica manera de acometer la edificacin de la unidad del Estado plurinacional sobre la diversidad, un objetivo histrico permanente.
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La funcin docente debe cambiar necesariamente, pues la enseanza no consiste en simples adiestramientos tcnicos en una u otra rama del saber. Sus contenidos y las formas de tratamiento metodolgico deben tener una razn tica pues, como es sabido por todos, educar es formar y formar supone tener dominio de la asignatura que se ensea y conocimiento de los sujetos de la formacin que son diferentes, de modo que se pueda mejorar los conocimientos, criticarlos, cambiar lo conocido, tomar otras opciones en razn de las circunstancias sociales en las que se trabaja y en el marco de una racional relatividad garantizada por principios de orden tico y moral. Los docentes debemos cuidar la coherencia entre el discurso y las acciones, entre lo que se ensea y los modos de ensear, en el marco de la realidad social, constituyndonos en un modelo que exige superar los enfoques de la enseanza tradicional. Para ello no se necesita del instructor sino del maestro que constituido en el amigo de ruta de los estudiantes, gue sus pasos con inteligencia y compromiso tico en la mediacin entre los estudiantes y los conocimientos, por las vas de la investigacin, el anlisis, la reflexin, la actitud crtica y el posicionamiento personal. Conocer a los estudiantes como seres contextualizados permite ejercitar la capacidad de problematizar y cuestionar, es decir, educar en y para la pregunta, como nica manera de encontrar sentido a la existencia humana, mostrando la porosidad que tienen las cosas del mundo y la sociedad. Ninguna realidad es hermticamente cerrada, hecho que justifica que es mejor desarrollar la capacidad de preguntar y no la de responder. Este cambio permite a los estudiantes enfrentar sus propias circunstancias, enfrentar el estado de cosas vigente, para coadyuvar en la transformacin de las costras de un mundo utilitarista, explotador y, muchas veces, inhumano. Es hacer de ellos militantes de la batalla de las ideas que postula Fidel Castro, el legendario comandante de le revolucin cubana, como respuesta a los desafos del nuevo siglo. Para ello es imprescindible formar para el cuestionamiento, como resultado de un equilibrado y racional inconformismo de las nuevas generaciones, como elementos en la construccin de un mundo ms justo y ms humano; educar para la disconformidad y la disidencia, para la oposicin bien entendida, es una exigencia tica de la contemporaneidad. En este mbito de preocupacin, Jos Mara Mardones, plantea la necesidad de una educacin del odo, la vista y la memoria5, como estrategia que impacte el modelo, con el propsito de que los alumnos perciban los clamores de justicia y libertad que nacen desde las mayoras oprimidas, haciendo frente al poder dominante que abusa de los medios masivos de comunicacin para predicar las bondades y la justeza del sistema, ocultando sistemticamente la disconformidad y la protesta de
5 El pensador espaol expuso estos criterios en una conferencia magistral dictada en la sede la OEI en Madrid en julio del 2002.
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los pobres. Educar la vista para que todos, hombres y mujeres, vean con objetividad la realidad del mundo y de la sociedad, para que descubran las diferencias y sean capaces de captar los clamores angustiantes de una humanidad con muy pocas esperanzas, ver los cuadros dramticos de pobreza y exclusin que el manejo del poder y las inequitativas relaciones de distribucin y consumo de los bienes producidos, instauran en un mundo radicalmente polarizado, donde el hambre y la miseria campean para las grandes mayoras en beneficio de una minscula capa de privilegiados, situacin lacerante que degrada el sentido de la coexistencia como requisito de la existencia humana. Educar la memoria con el propsito de no vivir anclado en el presente y recordar los acontecimientos del pasado, plagado de las acciones ms heroicas de los humildes y sometidos, para no olvidar los objetivos de las luchas populares y sus huellas impresas por la historia. En este propsito, nada se debe ocultar, menos mentir a los estudiantes; mostrar la realidad por muy dramtica que ella sea es una obligacin moral que puede contribuir a la educacin para el compromiso, el cambio y la felicidad. Es urgente ampliar la racionalidad, la capacidad crtica, la experiencia para el conocimiento de la esencialidad humana, tarea que resulta imposible sin una educacin para el cuestionamiento que est basada en la pedagoga de la pregunta, como planteara el siglo pasado el insigne Paulo Freire, reclamando el componente tico para una educacin entendida como proceso de concienciacin poltica y medio de liberacin.
La perspectiva metodolgica
Se debe reconocer que el problema metodolgico para la formacin docente en contextos pluriculturales y en relaciones de interculturalidad es un terreno casi inexplorado, dado de que los valores responden a las realidades sociales y no son susceptibles de transmisin. Los valores deben ser formados en la medida del desarrollo de la personalidad, proceso que consiste en vincular estrechamente los componentes axiolgico, cognoscitivo y afectivo del ser individual y colectivo del hombre. En esta suerte de indefinicin sobre los mtodos a emplear en la formacin de valores, urge la reflexin profunda sobre aspectos como: La necesidad de privilegiar la atencin al desarrollo de la conciencia de los estudiantes, debido al carcter clasista de la tica, debido a que los principios en los que se sustenta se forman en la prctica social y expresan los puntos de vista y las representaciones histricamente condicionadas, que poseen las personas sobre lo que es debido, los cuales se realizan en forma de ideales morales (Pisarienko, 1977: 3) de ese modo, reflejan las experiencias acumuladas por muchas generaciones, por el pueblo mismo, lo que explica, a su vez, la naturaleza social de la moral; no se olvide que
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ella es la forma especfica de la conciencia social, de manera que se pueda conocer crticamente los modelos vigentes del deber ser tanto a nivel personal como social. En consecuencia, orientar la formacin a la accin sobre la realidad social para su consecuente transformacin, con el fin de que los estudiantes, privilegiando la unidad entre teora y prctica, pongan en ejercicio fctico las formas correctas de actuar. Slo la suficiente atencin a los factores anteriores (orientacin y ejecucin) har posible el logro de la dimensin valorativa del control, factor importante para que los estudiantes puedan efectuar relaciones comparativas de sus acciones en correspondencia con los modelos propuestos por la educacin como respuesta a las exigencias de la sociedad, esto es, saber valorar. La complejidad de la tarea formativa en valores y la necesidad de disear los requerimientos metodolgicos pertinentes para ello demandan de los maestros una alta profesionalidad para que realicen con eficacia el buen arte de la conduccin que es la educacin, la que debidamente entendida, al margen de pormenores y sutilezas pedaggicas, es la conduccin de la Sociedad a situaciones de superioridad en su unidad indestructible de individuo, sociedad y cultura, aadiendo la naturaleza como afirma Carranza Siles (1990: 28). Por tanto, ensear, como sostiene Heidegger, significa dejar aprender. Consecuentemente, un buen maestro es aqul que ha aprendido a dejar aprender, incitando a sus alumnos a transitar por el largo camino del aprendizaje permanente, integrando lo axiolgico, lo acadmico, lo investigativo y lo laboral.
reclama la interaccin de dos referentes, los unos y los otros, diferentes pero no independientes; por el contrario, que estn inmersos en relaciones de igualdad econmica, social, poltica y cultural como nica va para fortalecer la relacin entre las culturas vivas que subsisten y crecen, y no de realidades estancadas y sin futuro. La identidad y la diferencia se manifiestan en el tiempo y el espacio superando el ahora y el aqu, la una arrastra a la otra, pues la identidad slo es posible en razn de la diferencia y viceversa, en contextos dinmicos y de interaccin, es decir, entendiendo a la una como atravesada por la otra, as como el relmpago ilumina en la oscuridad la multiplicidad de una parte de la realidad, develando su unidad de sentido, donde la oscuridad no desaparece por la accin de la luz, sino que simplemente recorre sus lmites y permanece como periferia infinita, como lo sealara el viejo Herclito. Esto significa que la unidad no supone de hecho la eliminacin de la multiplicidad, por el contrario, refuerza la diversidad y su sentido de unidad total. Una situacin que requiere poner ciertos acentos en la formacin docente con la inclusin del componente tico, que abra esa preocupacin por los dems (no como actitud de salvacin mesinica, que lo que hace es profundizar las distancias entre los de abajo y los de arriba, entre los inferiores y los superiores que la educacin elitista pregona por las misteriosas sendas subliminales, situacin que debe ser definitivamente desterrada del imaginario educativo y formativo del siglo XXI), poniendo en ejercicio la tarea de trabajar por la igualdad de los hombres en su dimensin humana y asumiendo las diferencias culturales existentes. Tan alta responsabilidad necesita ser asumida en los marcos de una prctica moral de sincera preocupacin, requerimiento que debe constituirse en el ncleo de las motivaciones formativas; de no ser as, los esfuerzos para elevar la calidad de la formacin docente y lograr profesores reflexivos, crticos, contestatarios y propositivos, en fin, profesionales investigadores, transformativos y cuestionadores de la realidad y de su propio ejercicio profesional, carecera de sentido. La formacin en valores debe partir de las premisas anotadas, de simetra en las relaciones, de respeto a la diversidad cultural de cada Estado, tomando en cuenta sus tradiciones, sus costumbres, sus prcticas pedaggicas y sus tablas axiolgicas como la fuente principal del proceso, comprometido con la naturaleza humana, su demanda de justicia y libertad a ser construida y ejercida en el devenir histrico de los hombres y de los pueblos.
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