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Reflexiones Cristianas sobre el Sufrimiento

El documento explora el tema del sufrimiento desde diferentes perspectivas. Discuta cómo diferentes culturas y religiones han tratado de explicar el origen y propósito del sufrimiento, incluidas las perspectivas de Zaratustra, Buda y la tradición judeocristiana. Luego, analiza la perspectiva cristiana sobre el sufrimiento, incluido cómo Jesús inauguró un nuevo pacto y cómo el Evangelio ofrece una respuesta paradójica al tratando el sufrimiento no como un enemigo sino como una oportunidad para acerc
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Reflexiones Cristianas sobre el Sufrimiento

El documento explora el tema del sufrimiento desde diferentes perspectivas. Discuta cómo diferentes culturas y religiones han tratado de explicar el origen y propósito del sufrimiento, incluidas las perspectivas de Zaratustra, Buda y la tradición judeocristiana. Luego, analiza la perspectiva cristiana sobre el sufrimiento, incluido cómo Jesús inauguró un nuevo pacto y cómo el Evangelio ofrece una respuesta paradójica al tratando el sufrimiento no como un enemigo sino como una oportunidad para acerc
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08-02-13

SUFRIMIENTO

SUFRIMIENTO
DicPC
I. LA REFLEXIN SOBRE EL SUFRIMIENTO. En la vida necesaria de los animales el sufrimiento aparece como un dato ms de su existencia biolgica. Tambin en el ser humano la presencia del sufrimiento es una constante: Es el pan que nunca falta en la mesa humana (...). Donde est el hombre, all estar, como una sombra, el sufrimiento (I. Larraaga). Pero lejos de aceptarlo con naturalidad, el sufrimiento se le revela al hombre como un enemigo, un escndalo atentatorio a su condicin y anhelo de libertad. En consecuencia, el sufrimiento nos fuerza a una tarea doble: enfrentar su crudeza inmediata y, adems, convertido en angustioso problema humano, racionalizarlo en bsqueda de explicacin y, cualquiera que sea el modo posible, de superacin. El acercamiento al problema del sufrimiento no ha sido el mismo en todas las culturas. Zaratustra pregunta: Cul es el origen del dolor?. Y basa su respuesta en un dualismo metafsico, que explica a su vez el dualismo fsico; la lucha entre el espritu del bien y el espritu del mal, se evidencia en sus frutos de dicha o dolor en la vida de los hombres, y as ser hasta el triunfo final del espritu del bien. Con una inquietud ms prctica, Buda se cuestiona: Cul debe ser nuestra actitud ante el dolor?, procurando una respuesta interior y personal que nos permita situarnos ms all del dolor; la tarea del hombre ser recorrer el camino interior, crucificando el ego y sus deseos, hacia la energa pura sin pensamiento alguno, la experiencia del nirvana: Cul es, pues, la noble verdad de la cesacin del sufrimiento? El completo cesar y desvanecerse del deseo, el abandonarlo, el renunciar a l, el liberarse y despegarse de l (Buda). En el Occidente judeocristiano las preguntas se multiplican ante el propsito, no ya de evitar el dolor, sino de interpretarlo. El sufrimiento aparece estrechamente vinculado al mal, supone ingredientes de culpa y castigo y, sobre todo, interpela a un Dios que se presenta a s mismo justo y bueno en medidas perfectas. Si una pregunta puede resumir todos los interrogantes, esta sera: Por qu, Seor?. En efecto, las huellas de la
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reflexin acerca del sufrimiento nos llevan al principio mismo de nuestra cultura. El texto bblico de Job es referente obligado. El desarrollo de la Teodicea manifiesta esa misma preocupacin en el mbito ms propiamente filosfico. Pero ha sido en nuestro siglo cuando el sufrimiento se nos ha revelado insoportable en todos sus considerandos. Despus de Auschwitz, paradigma del macabro espectro de horrores vividos, acaso cabe cultura alguna, pensamiento, religin, esperanza...? A esa explosin de mal y de sufrimiento en dosis inasumibles, nuestros contemporneos responden de maneras bien diferentes. El zafio comamos y bebamos, que maana moriremos guarda, en ltima instancia, la conviccin de derrota y desamparo ante el sufrimiento inevitable y, lo que es an peor, incomprensible. El colosal esfuerzo tico de apostar por el bien, a pesar del mal y contra toda esperanza, supone el intento de no rendirse sin ms al fatalismo. Al final, como ocurre con todas las situaciones lmite (K. Jaspers), la cuestin desemboca en una sola alternativa: el sufrimiento como absurdo, o como misterio; la claudicacin, o la apertura a la trascendencia. Aceptar esa segunda posibilidad nos adentra en el esfuerzo reflexivo que la Teodicea sostiene por siglos. A Leibniz corresponde el honor de abordarlo por primera vez de manera sistemtica, con su triple distincin entre mal metgf sico, mal fsico y mal moral. La teologa clsica giraba en torno a la justificacin del hombre ante Dios, pero el hombre moderno, y despus el ilustrado, se convencern de ser sus propios jueces primero y, ms tarde, jueces de Dios. Ante el escndalo del sufrimiento humano, en especial de los inocentes, el hombre levanta su dedo acusador hacia Dios; ahora es l quien pregunta: Dnde ests t (cuando sufro)?; qu esperanzas podemos tener de que el verdugo no triunfe definitivamente sobre su vctima? (M. Horkheimer). Las respuestas, insuficientes desde el empirismo y el racionalismo, darn lugar al desmo, primero, y al /atesmo, despus. II. EL SUFRIMIENTO DESDE LA PERSPECTIVA CRISTIANA. El cristiano necesita como nadie abordar radicalmente el horror mltiple del sufrimiento. Al creer en un Dios personal, el cristianismo viene a decir que hay a quien preguntar por el doloroso enigma del mal (M. Fraij). No slo procura enfrentar del mejor modo el dolor; tiene ante s, adems, la contradiccin entre ese dolor y su /fe en la presencia cercana del Dios bueno, que se dice
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todopoderoso, pero que no evita el desgarro del mal: Por qu, Dios mo, tan terribles rodeos para llegar a la salvacin, por qu el sufrimiento de los inocentes, por qu la culpa? (R. Guardini). Dnde est Dios cuando sufrimos? Cmo puede permanecer impasible? Acaso no quiere evitarlo? Tal vez no puede? La reflexin del cristiano parece exigir la explicacin del sufrimiento y, no menos, la justificacin de Dios. Desde la Biblia, el primer aldabonazo nos llega con el libro de Job. Este hombre, piadoso y temeroso de Dios, se ve de pronto engullido en un torbellino de sufrimiento, sepultado bajo el peso de un exceso de mal (P. Nemo), que rebasa toda su capacidad de resistencia y de comprensin. Su bondad moral no le ha librado del dolor; sus esfuerzos no le han puesto fin; ninguna reflexin le permite comprenderlo. Y lo que es an peor: Dios no atiende su oracin (24,12). Contra todas las convicciones de su fe, se impone la falsedad de aquella ecuacin que Dios pareca sostener, por la cual se aseguraba la prosperidad del bueno y la ruina del malo; Dios ya no acude como garante de su cumplimiento. La experiencia de Job lo prueba. Pero este hombre reacciona de un modo peculiar: no huye. Y all, sin moverse, en medio de la noche, en lo profundo del abismo, Job, a quien Dios trata como si fuese un enemigo, no apela a ninguna instancia superior, ni al Dios de sus amigos; sino a ese mismo Dios que le oprime (G. von Rad). Su clamor tendr respuesta por parte de Dios, aunque no en el modo que l espera. Dios se limita a recordarle la infinita distancia que les separa a ambos, su perfecta soberana y la pequeez del hombre. Pero Job percibe entre las palabras mucho ms que simples reproches a su condicin limitada: Dios se le ha hecho cercano, est junto a l. Y Job cae de rodillas para adorar. En su adoracin, plena de humildad y claudicacin, se le revela una verdad ms honda que cualquier explicacin de su padecer concreto. Para cuando recupera los bienes que haba perdido, a pesar de ellos, Job ya ha recuperado la /paz interior, porque ha hallado sentido a su dolor delante de Dios en adoracin. De aquel proceso terrible, Job sali enriquecido en s mismo, y con una percepcin renovada de Dios: De odas te haba conocido; ms ahora mis ojos te ven (42,5). Jesucristo inaugura un pacto nuevo entre Dios y los hombres. Su Evangelio es buena noticia tambin ante el sufrimiento. De hecho, el Evangelio empieza donde termina el libro de Job (H. Kng). Pero su respuesta, eso s, es paradjica y asombrosa: La grandeza
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extrema del cristianismo proviene de que no busca un remedio sobrenatural contra el sufrimiento, sino un uso sobrenatural del sufrimiento (S. Weil). Slo con la ptica de la fe cabe contemplar al dolor, no como a un enemigo, sino como la posibilidad terrible, pero siempre til, de despertar a nuestra verdadera condicin y, ante Dios, restaurar la plenitud de nuestra vocacin ms propia. Consecuencia inmediata de la percepcin del sufrimiento a la luz del Evangelio es su valor pedaggico: El sufrimiento (...) como fuente de saber (S. Weil). O dicho con mayor rotundidad: Sin sufrimiento no hay sabidura (I. Larraaga). Del sufrimiento, se dice en ingls, podemos salir bitter o better, amargados o mejorados, perfeccionados en nuestro ser. Nadie en su sano juicio dara como bueno el dolorismo masoquista, pero, en medio de una sociedad pusilnime, que concibe el dolor como mal-en-s-mismo y huye de l a cualquier precio, no est de ms recordar que el sufrimiento despierta al hombre de su acomodo y le fuerza a poner en juego lo ms propio y oculto de s. Sufro, luego existo (Unamuno). Como una descarga vital, el dolor, sacude todo adormecimiento, fulmina la inmadurez y lleva al hombre, a menudo por fuerza, a niveles mucho ms hondos de comprensin de s mismo y del mundo. Slo la fe vital en /Dios, personal y dinmica, hace posible la fecundidad pedaggica del dolor: Nos alegramos tambin en los sufrimientos, conscientes de que los sufrimientos producen la paciencia, la paciencia consolida la fidelidad, la fidelidad consolidada produce la esperanza, y la esperanza no nos defrauda... (Rom 5,3-5). Aun el mayor dolor puede ser asumido si nos aparece provisto de /sentido; mucho peor que el peor dolor es sufrirlo sin propsito que lo dignifique. De ah la fuerza de la declaracin cristiana: Cualquier sufrimiento integrado en Cristo pierde su desesperanza y su misma fealdad (E. Mounier). Esa paradjica victoria se manifiesta en expresiones mltiples. En un sentido profundo y difcil de comunicar, fuera del lenguaje de la fe, el cristiano acepta el sufrimiento haciendo suyo el testimonio del apstol Pablo: Completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia (Col 1,24). La Biblia insiste, adems, en otros efectos teraputicos del sufrimiento en el cristiano, por ms que en s mismo nunca sea recibido con agrado: refina la fe (IPe 1,5-7), contribuye a la madurez (Sant 1,2-4), permite exponer las obras de Dios (Jn 9,1mercaba.org/DicPC/S/sufrimiento.htm 4/6

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3), conforma al hombre a la imagen de Cristo (Rom 8,28-29), produce verdadero /carcter (Rom 5,3-5). El sufrimiento se hace comprensible y asumible para el cristiano, slo a travs de la fe y, como Job, en actitud de adoracin: Adorando, todo se entiende. Cuando las rodillas se doblan, el corazn se inclina, la mente se calla ante enigmas que nos sobrepasan definitivamente, entonces las rebeldas se las lleva el viento, las angustias se evaporan y la paz llena todos los espacios (I. Larraaga). La fe se revela como el nico instrumento capaz de dar al hombre una percepcin de su propio dolor, que vaya ms all de la inmediatez de la herida (fsica o moral). La fe, lejos de constituirse en adormidera, abre los ojos del alma a una verdad mucho ms cierta que las apariencias de verdad ante los ojos de la carne. Fruto de su fecundidad pedaggica, la meditacin en el sufrimiento ha puesto de manifiesto, sobre todo a los cristianos, la realidad asombrosa del dolor de Dios y sus consecuencias para la vida humana concreta. Es bien conocido el relato del nio annimo ejecutado en el terrible campo de exterminio de Auschwitz. Obligados los prisioneros a contemplar aquel horror, y ante la prolongada agona del pequeo, alguien grit: Dnde est Dios?; la nica respuesta posible era: Dios est ah, colgando con ese nio de la soga. As lo intuye y describe el poeta: Lo vi muy bien,/ aquel nio judo/ que estaba all esperando/ a que se abriesen/ los hornos crematorios de Auschwitz.../ Lo vi muy bien,/ llevaba una tnica ligera/ ceida con un cordn de esparto./ Tena doce aos,/ la misma edad de Cristo/ cuando se escapa de su casa/ a discutir con los doctores del Templo./ Puede ser que aquel nio/ fuese el mismo Cristo.../ El hombre que todos crucificamos (Len Felipe). Dios no slo no es indiferente ni aptico ante el sufrimiento humano, sino que se compadece de las vctimas, comparte con ellas su suerte y su dolor. Del desarrollo de esas intuiciones se han elaborado las fecundas teologas del dolor de Dios (K. Kitamori), la teologa del Dios crucificado (J. Moltmann). La debilidad de Dios no significa menoscabo en la afirmacin de su poder; s revela, en cambio, con mayor nitidez su carcter personal y su cercana al hombre, sobre todo al hombre que sufre, sufriendo con l. Esta peculiar ausencia del Dios poderoso nos hace vivir ante Dios, sin Dios (D. Bonhffer). Nuestra debilidad reclama ms bien la compaa del (otro) Dios capaz de librarnos siempre del dolor, pero en tal caso no
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estaramos ante el Dios de la Biblia, sino ante una proyeccin humana que reduce el carcter divino a simple benevolencia senil (C. S. Lewis). Quien es capaz de ver a Dios compartir su ntimo dolor, sabe bien del inmenso poder renovador de dicha experiencia. El cristiano cree que Dios es omnipotente, pero sabe tambin que ese poder no se manifiesta en plenitud sobre la tierra: La omnipotencia de Dios pasa por la impotencia de la cruz de Jess (M. Fraij). En definitiva, slo quien sufre se halla en verdadera disposicin de compadecerse del dolor ajeno. Del mismo modo que Jess: Pues no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades (Heb 4,15). Del mismo modo que el buen samaritano, hombre curtido en sufrimiento y desprecios: Slo se compadece el que padece: un samaritano, un despreciado, en suma, uno que sufre. Slo el que ha sufrido puede conmoverse, porque, de alguna manera, al presenciar el dolor revive su propio sufrimiento (I. Larraaga). Esa compasin no siempre puede aportar soluciones concretas pero, a menudo, tampoco el sufriente las necesita; reclama sobre todo simpata, cercana a su dolor. El cristiano sabe tambin que la esperanza de superacin definitiva del sufrimiento slo es posible en clave escatolgica: No hay teodicea sin escatologa (W. Pannenberg). La victoria final debe tener, por tanto, una dimensin csmica que restituya el equilibrio de toda la creacin. Esa victoria escatolgica ha sido ya anticipada en la resurreccin de Jesucristo, y ver su perfeccin, no en la historia, sino al final de la historia. Entonces Dios enjugar las lgrimas de sus ojos y no habr ms muerte, ni luto, ni llanto, ni pena, porque el primer mundo ha desaparecido (Ap 21,4). BIBL.: LARRAAGA 1., Del sufrimiento a la paz, San Pablo, Madrid 1996'2; LEwis C. S., El problema del dolor, Rialp, Madrid 1992; NEMO P., Job y el exceso de mal, Caparrs, Madrid 1995; PARK S. S., Desde el torbellino, Andamio, Barcelona 1991; WEIL S., La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid 1994. E. Buch Cam

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