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Acedia en El Educador Católico

Este documento describe el pecado de la acedia y sus efectos en los educadores católicos. La acedia es el alejamiento de Dios y acercamiento a las cosas mundanas, promoviendo el abandono de la verdad y el testimonio cristiano. Esto lleva a los educadores a suavizar la enseñanza de la verdad para no ofender, y a refugiarse en lo políticamente correcto en lugar de proclamar abiertamente la fe. La acedia es una amenaza para la escuela católica al promover el escándalo, la tibieza y

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Este documento describe el pecado de la acedia y sus efectos en los educadores católicos. La acedia es el alejamiento de Dios y acercamiento a las cosas mundanas, promoviendo el abandono de la verdad y el testimonio cristiano. Esto lleva a los educadores a suavizar la enseñanza de la verdad para no ofender, y a refugiarse en lo políticamente correcto en lugar de proclamar abiertamente la fe. La acedia es una amenaza para la escuela católica al promover el escándalo, la tibieza y

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Acedia en el educador catlico

por Sebastin Snchez

La acedia es el pecado capital del hombre contemporneo. Y esto por dos razones: primero porque es "cabeza" de muchos otros pecados y, segundo, porque es el pecado ms difundido en la actualidad. Esta propagacin acdica es la que ha llevado al P. Horacio Bojorge a decir que hoy "puede describirse una verdadera y propia civilizacin de la acedia

El pecado de la acedia Importa, en primer trmino, sealar algunas caractersticas de la acedia aunque en esa tarea, hoy ms que nunca, caminemos en los hombros de gigantes. Pretender realizar una caracterizacin honda y exhaustiva de este terrible fenmeno espiritual, dadas las obras autorizadas que se han ocupado del tema, sera una demostracin de estulta petulancia que pretendemos evitar. Remitimos por ello a los magnficos libros del P. Horacio Bojorge SJ, "En mi sed me dieron vinagre. La civilizacin de la acedia" y "Mujer, por qu lloras? Gozo y tristeza del creyente en la civilizacin de la acedia", publicados ambos por Lumen en Buenos Aires. Del mismo modo, resultan significativos los trabajos magistrales de Francisco Canals Vidal "La pereza activa" y el de Mauricio Echeverra "La acedia y el bien del hombre en Santo Toms", publicados en la pgina de la Universidad Virtual Santo Toms. Es claro que en las obras de los Padres y en toda la Tradicin de la Iglesia se encuentran gran cantidad de escritos que tratan el tema de la acedia. Desde Casiano en su "Carta al Obispo Castor" hasta Fray Melchor Cano OP que dedica a esta cuestin abundantes pginas de su "Tratado de la victoria de s mismo", pasando por la obra magna del Aquinate, se encuentran multitud de referencias a este mal espiritual. No obstante, la obra del P. Bojorge adquiere especial importancia no slo porque atrae nuestra atencin respecto de un pecado "olvidado" (y, quizs por ello, an ms inicuo), sino tambin y fundamentalmente porque demuestra que ese pecado ha tomado la forma de civilizacin y que se ha expandido hasta alcanzar tal gravedad que su ponzoa no respeta ya institucin o comunidad alguna. Por lo dicho, y remitiendo gustosos a las obras mencionadas, nos limitamos a sealar que el Catecismo de la Iglesia Catlica define la acedia cmo "pereza espiritual [que] llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino(CIC, N2094). Se trata de un pecado contra el Amor de Dios, una falta contra la Caridad. El P. Bojorge ensea que el nombre de acedia es figurado y metafrico y que deriva de palabras latinas que "portan los sentidos de tristeza, amargura, acidez, y otras sensaciones de los sentidos y el espritu . Por ello, la acedia entraa acidez, aquella que resulta del "avinagramiento de lo dulce, es decir, de la dulzura del Amor divino". Los efectos de la acedia deben buscarse, ante todo, en el alejamiento de Dios y el acercamiento a las "cosas", al Mundo. Es por eso una "fuerza tefuga y cospeta como la llama el P. Bojorge en tanto entraa el doble movimiento que San Pablo asignara al hombre que vive segn la carne". En lo teolgico la acedia se manifiesta en la hereja naturalista y en lo ideolgico y cultural se evidencia en la proclamada civilizacin de la inmanencia, tan deseada por el idelogo marxista Antonio Gramsci. Por ello, la civilizacin de la acedia, embebida de naturalismo, es a lo espiritual lo que la civilizacin de la inmanencia es a lo filosfico, cultural y poltico. No hay separacin tajante entre una y otra pues ambas son grados distintos de la misma negacin y aversin hacia Dios y la Creacin. Ahora bien, la acedia, convertida en civilizacin, es un signo de los ltimos tiempos. Lo ha dicho Newman con claridad meridiana: "En aquel momento en que nos hayamos

arrojado a los brazos del mundo, y le hayamos entregado nuestra independencia y nuestra fuerza, y dependamos de l para nuestra seguridad, podr entonces arrojarse furioso (Satans) sobre nosotros en la medida en que Dios se lo permita". Es el pecado acdico el que impulsa a los hombres a la "homologacin con el mundo" con sus dramticas consecuencias. Por lo dicho, la acedia es un pecado 'catlico'. Nos explicamos: la acedia es una importante voluta del humo de Satans que ingresa en la Iglesia Catlica, segn conocida expresin del Papa Pablo VI. Es claro que el enemigo tambin sufre la acedia, pues sta es un pecado y, cmo comprender al Enemigo sino a travs de la compilacin de todos los pecados juntos? Pero el drama de la acedia es que hoy ha adquirido rango de civilizacin, de cultura, de forma de vida. El catlico medio es, por antonomasia, el objeto y a la vez sujeto de la acedia. Lo que aqu nos importa dejar sealado es el papel de la acedia en el mbito de la escuela catlica o, peor an, en el educador catlico que cumpla con su tarea educativa en un centro confesional o estatal. La acedia en el educador catlico Primeramente cabe preguntarse cules son las causas de la acedia en la escuela. El P. Bojorge seala algunas entre las cuales se hallan la servidumbre escolar (el cepo de los horarios), la fatiga escolar (que tanto se acrecienta hacia fin de ao), la claustrofobia escolar (la monotona de horas y das), la ascesis escolar (los esfuerzos por superar todas las dificultades) y la neurosis escolar (la sensacin del sinsentido de la tarea desarrollada). Es obvio que estas no son las nicas, pues "la acedia aggiorna sus motivos, ampla y diversifica su repertorio". Pero, sin prejuicio de lo antedicho, resulta cierto que una de las grandes causas de la acedia 'escolar' es el agobio espiritual, y tambin intelectual, que implica hacerle frente a las constantes provocaciones del 'mundo'. Es el "cansancio" que ha sealado Gambra el "El silencio de Dios, es decir, el agobio surgido "de una permanente actitud de oposicin y de lucha junto al anhelo, para ciertos sectores del catolicismo, de una 'homologacin' con el mundo circundante". En efecto, la escuela (y, especialmente, la escuela catlica) es uno de los campos de batalla en los que la acedia pretende da a da enseorearse. Por ello, a partir de este agobio espiritual, en muchas ocasiones los profesores optan por 'dejar hacer', por no poner freno a las tergiversaciones constantes, sintindose impotentes ante las avasallantes innovaciones destructivas. Pero esto, siendo grave, no constituye lo peor pues el elemento ms pernicioso es la actitud de aquellos que disimulan la catolicidad en aras del mentado contacto con el mundo, preocupados por no ser tildados de "retrgrados", "integristas", "intolerantes" o cualquier otro mote que proponga el enemigo. As las cosas, en este 'abatimiento espiritual' (que redunda en el mal intelectual - las faltas hacia la verdad; y en el mal moral - las faltas a la Caridad) muchos educadores optan por refugiarse en lo 'pedaggicamente correcto', creyndose as ms seguros. Por lo dicho, el motor acdico por excelencia para todos los ambientes es la entrega al mundo, a las cosas, y el consecuente alejamiento de Dios. La acedia es privativa del hombre que vive "segn la carne", como en forma inefable lo ha advertido el Apstol de los Gentiles. Hemos dejado planteadas las causas de la acedia escolar por lo que ahora es menester centrarse en el anlisis de sus consecuencias. Cules son los fenmenos propios de la acedia escolar? Procuraremos, en este imperfecto recuento, enumerarlos segn su importancia y gravedad sin perder de vista que todos componen un armazn acdico demoledor para la escuela.

En primer lugar, la acedia promueve el escndalo de la verdad . En efecto, la verdad repugna y escandaliza. Muchas veces el educador catlico, an reconociendo la verdad, se esfuerza por "moderarla", por "presentarla en forma accesible", por mitigarla "para que los alumnos la entiendan". Ello, casi huelga decirlo, slo conduce a la elusin sistemtica de la verdad, escamotendole la proclamacin que sta exige. Nuestro Seor Jesucristo es la Verdad, cmo hacer para presentarlo morigerado? Para el acdico la verdad es peligrosa porque compromete y obliga a testimoniarla. Por eso, prefiere discurrir en el error, en la corriente, en lo "pedaggicamente correcto". Y todo esto en medio del autoconvencimiento de que es "mejor plantear estrategias para que la Verdad llegue, aunque sea de a poco, en mdicas cuotas". Justamente por eso la acedia ha sido analogada tantas veces a la tibieza, pues implica el abandono de la Verdad y del testimonio que a Ella se le debe. El acdico en general, y el educador portador de este mal en particular, es un autntico desertor que abandona el anuncio de la Verdad para convertirse en el adalid de la "nueva ortodoxia" que anunciara Chesterton, esto es, que "un hombre puede estar inseguro de todo mientras no est seguro de algo". La acedia, ha dicho el P. Bojorge, va animada por la doble dinmica del pecado: aversio a Deo et conversio ad creaturas y es por eso un abandono a las cosas, un xtasis hacia abajo. Este alejarse de Dios e ir hacia las cosas, hacia lo inmanente, hace perder el sentido de la Verdad pues, como ha dicho el ltimo Concilio, "sin el Creador la criatura se diluye. Adems, por el olvido de Dios la criatura misma queda oscurecida"(Gadium et Spes, N36). De ah en ms, todo es una cada donde el hombre pierde hasta la capacidad de poder distinguir el bien y el mal en una ofuscacin de la conciencia, nacida del desprecio de Dios, que se encuentra bien representada en las palabras de Nietzsche: "Mal, s tu mi bien". No es necesario buscar mucho para reconocer ejemplos de esto en la escuela. Slo pensemos, haciendo un verdadero examen de conciencia, cuntas veces utilizamos la palabra "depende", y cuantas aquella terrible expresin: "por qu no?". Esas son las palabras talismn del acdico, las que antepone en toda frase y en toda circunstancia. Asociado al escndalo de la verdad se encuentra el fenmeno acdico de la persecucin. Para el Cristiano del Evangelio (como lo llama el P. Emmanuel para diferenciarlo del cristiano mistongo que indicaba el P. Castellani) la persecucin siempre est a la orden del da. La Iglesia de Cristo ha nacido bajo el signo de la persecucin. Lo deja sealado el Cardenal Newman al decir que Cristo "la dej en la persecucin y la hallar en la persecucin. La Iglesia que El reconoce como suya, la que El ha edificado y reivindicar, es una Iglesia perseguida, que porta Su Cruz". Para algunos, sujetos al compromiso homologador con el mundo, la palabra persecucin puede ser demasiado fuerte para asociarla a la realidad escolar. Mas, por contra, conviene pensar bien en las diversas formas que puede adquirir la persecucin sub especie aceditatis. Al respecto el P. Bojorge nos remite a la burla, configurada como una de las primeras formas de persecucin acdica pues, "detrs de las burlas a personas, a sus nombres, a palabras, signos y smbolos sagrados, hbitos religiosos, objetos de culto, espacios sagrados, est la acedia: tristeza e irritacin por los bienes que se escarnecen. Esa burla, hija de la acedia, sigue hoy acompaando a la Iglesia como forma de persecucin". Entre los nios y jvenes el tener un comportamiento fuera de lo comn y original suele implicar el convertirse en objeto de irrisin o burla. Slo por dar algn ejemplo, vale pensar en aqul que se persigna ante la capilla de la escuela o reza concentrado, o entona con fuerza las canciones patrias y recibe en respuesta la burla persecutoria. Pero tal comportamiento no es privativo de los jvenes pues los adultos nos manejamos en forma similar cuando alguien demuestra devocin religiosa y patritica. Ante eso, muchas

veces lo ms fcil es, y cuantas veces as lo hacemos!, esconder nuestra devocin, reservndonosla y restringindola al mbito de lo privado. Hace poco tiempo, unos das noms, el P. Luis Murri nos remita un boletn escolar de un nio de 3 grado en el que se lo sancionaba fuertemente porque el pequeo no entonaba el Himno al masn Sarmiento. Esto es una muestra de lo que implica la acedia: la persecucin desatada cuando la Verdad es anunciada, an bajo la forma del testimonio de un nio de nueve aos. Del mismo modo que implica a la negacin de la Verdad y el escarnio persecutorio a quien la proclama o manifiesta, la acedia conlleva la falta de caridad. "Aborrecer el error pero amar al que yerra", nos dice San Pablo, Y ensea lo propio el Cardenal Pie en el sentido que el cristianismo es intolerante con el hereja pero piadoso con el que cae en ella. La vida del cristiano consiste en transmitir la Verdad para propugnar, an en lo limitado de nuestras fuerzas, la conversin del otro. Es claro que el paso a la Vida en el Espritu es obra de la Gracia de Dios pero nosotros debemos asumir la misin que Nuestro Seor nos ha encomendado: "Id, mensajeros veloces...", como nos seala perentorio el Profeta Isaas. Pero, qu sucede cuando, por falta de apego a la Verdad o por temor a la persecucin, nos negamos a sealar el error en el otro? Sencillamente, faltamos a la Caridad. Incluso a veces, merced a la inversin acdica que destruye el sentido comn, se llega a decir que la verdadera caridad es "no ofender al otro" dejndolo de ese modo persistir en el error. Pero, qu sentido tiene la correccin fraterna sino el de ayudar a sacar al otro de la oscuridad del error y de la opresin del pecado? Esta actitud terrible, casi apstata en algunos casos, se evidencia en no pocas ocasiones en el marco de lo que hoy se da en llamar "dialogo interreligioso" representado por el falso ecumenismo que hoy domina muchas de las relaciones de la Iglesia con cultos alejados de la Verdad, cuando no decididamente herticos. En la escuela esta actitud se ha hecho norma de forma tal que la Verdad se reduce a "acuerdos consensuados" en los que pesa el nmero y, en ltima instancia, lo que es pedaggicamente correcto. Pero la Verdad no sabe de nmeros y nada tiene que ver con el consenso sino con la aceptacin personal, la apertura del corazn a la Palabra. El escndalo de la verdad, la persecucin, la falta de caridad pueden, a su vez, ser directamente vinculados con una cuarta consecuencia de la acedia en el marco escolar: la destruccin del silencio por el ruido. "La palabra humana - dice el P. Daz - ha sido violada, ya que ha sido despreciado Aqul que es Palabra Encarnada, el Verbo de Dios, en el cul ha sido modelada toda palabra, como lo imperfecto se modela segn lo perfecto. A la palabra se la atropella en todos los niveles, y junto con ella al silencio el cual es la matriz que genera la palabra. Toda palabra es engendrada en el profundo silencio". En la escuela se necesita el ruido porque no hay capacidad para el verdadero silencio. Estar en el silencio implica escuchar la Palabra y contemplar la verdad con "temor y temblor", tal como anuncia el Salmo. En vez de eso, se erige el ruido que aturde y que aleja a cada uno de s mismo y de la posibilidad de la religacin verdadera con Dios. Por eso, segn ha enseado el P. Senz, la imposicin del ruido en general y en la escuela en particular "esconde un claro intento por destruir toda posibilidad de vida interior". En muchas escuelas catlicas se ha institucionalizado la "radio de los recreos" de modo tal que, al ingresar al establecimiento resulta imposible sostener una conversacin con un colega o emprender un momento de reflexin con los alumnos. El ruido atroz, la msica (un tema aparte por sus caractersticas) que aturde y la imposibilidad real de gozar en el silencio. No nos hablamos, no nos escuchamos, no pronunciamos la Verdad ni queremos que sea anunciada.

Otra vil consecuencia de la acedia escolar es la pasin por la "novedad", lo "ltimo", lo que hoy se propone como "ptimo". Lo primero para aclarar en este punto es que lo que se seala como "novedad" en realidad est muy lejos de serlo pues lo verdaderamente novedoso es el Evangelio. En efecto, como ha expresado Chesterton, la Iglesia "obra sobre su entorno real con la fuerza y la frescura de una novedad". Y, a poco de pensar esta afirmacin, se cae en la cuenta de su radical veracidad, constatable en la virulencia de la accin anticatlica: el enemigo del catolicismo, en todos los tiempos, ataca a la Iglesia como si fuera algo nuevo y no de 2000 aos de existencia. Y si es as es porque la Buena Nueva, la Palabra que ilumina a la Iglesia se renueva todos los das. Queda dicho entonces que no hablamos aqu de novedad en ese sentido difano sino en el que la ideologa le ha dado. Lo nuevo, en muchos mbitos escolares, es lo ltimo que se ha producido, lo ms prximo a nosotros. Existe en ese sentido un prejuicio que seala que lo moderno es lo ms apropiado mientras que lo antiguo necesariamente debe darse por muerto, de la misma forma que partir en la enseanza de cosas antiguas (sean stas libros, pensamientos, filosofas, etc.) es ser un retrgrado. De ese modo, asistimos a la incorporacin de la computadora y la Internet, sin medir ni pensar los riesgos propios que la cultura computacional puede acarrear. Y, por efecto de lo mismo, es comn ver a los profesores medir el valor de la bibliografa en base a la fecha de edicin y a su utilizacin en mbitos "progresistas". No es extrao encontrar a educadores catlicos propiciando en sus alumnos la lectura del ltimo libro del pequeo blasfemo que es Savater (que, sin rubor, se propone como el nuevo Aristteles o el nuevo Abraham, descifrando los "nuevos" mandamientos) o proponiendo, en las dichosas jornadas institucionales, la ltima reflexin de Filmus sobre "la problemtica educativa". La verdad es que lo nuevo suele coincidir con lo peor, con lo decididamente progresista o anticatlico. Por lo dems, la novedad, y esto no suele fallar, est asociada a la mediocridad. En tal sentido, y siguiendo esta lgica irracional, todo lo 'viejo' o antiguo resulta desechado por intil, perimido o directamente "superado". Pero, como si fuera poco lo sealado respecto de lo pernicioso de la acedia en el mbito escolar, debemos sealar, retomando el pensamiento de Gambra, otra trgica consecuencia: la prdida del sentido del rito y de la Ciudad, esto es, del quiebre acdico de la relacin del hombre con Dios se sigue la fractura de la religacin con la Patria y con la Familia. En efecto, por la acedia se pierde el sentido sagrado del espacio. El acdico es aqul que, por ejemplo, al mirar la Catedral de Toledo exclama: "Demasiado grande!, Cunto dinero se debe haber gastado!. "Debera ser ms pobre o, directamente, ser derruida pues no necesitamos de Iglesias para comunicarnos con Dios!". Y lo propio acontece con la capilla de la escuela, relegada a un aula en desuso o a saln de usos mltiples, en el que tanto se celebra el Sacrificio Eucarstico como los bailongos de fin de ao. Y, de la misma forma, la acedia en la escuela desacraliza el tiempo, es decir que "desprecia los ritos y costumbres que son morada humana en el tiempo", segn acertada expresin de Gambra. En realidad, el hombre acdico experimenta un secreto placer al destruir esos 'tiempos'. Por eso, los actos escolares son indiferenciados del resto de los tiempos de la escuela y la Misa se ha reducido a determinados, muy pocos, momentos del ao y siempre dejando a los alumnos la posibilidad de no asistir, "por que no es algo que se les pueda imponer". As las cosas, el tiempo escolar, transcurre indiferenciado, uniforme y montono como el que se da en los mbitos del comunismo, siempre igual, un da tras otro. No hay fiesta, ni solemnidad, ni recuerdo, slo el paso sin sentido de tiempo demoledor. Claramente asociado a esta desacralizacin del tiempo y del espacio, a esta prdida del

sentido del Rito y de la Ciudad, est la disolucin del sentido de la Patria. En forma constante asistimos a la negacin de la Patria, como si en nosotros, cristianos, pudiera caber tal separacin. No es infrecuente este rechazo del patriotismo, visto como una exageracin o un peligro, en muchos ambientes catlicos y en los que la escuela no es una excepcin. Muchas veces se considera al patriotismo como "chauvinismo", xenofobia o negacin de las otras naciones, confundiendo al catolicismo con un confuso 'universalismo' o, lo que es peor, con el internacionalismo, como ha sabido hacer el Modernismo en sus diversas manifestaciones. Cuando as se acta se desconoce, una vez ms, el inefable magisterio pontificio, especialmente el del entraable Juan Pablo II quien en forma constante ha demostrado lo esencial de la patria para el cristiano como prefiguracin de la Patria eterna y celeste. Y lo ha hecho en forma permanente testimoniando su amor por su Polonia natal. Y entre nosotros lo ha dicho el querido P. Ezcurra al ensear que el amor a la Patria "es una obligacin cristiana; pertenece en primer lugar a la virtud de la Piedad, que es aquella por la cual amamos a los padres, amamos a los antepasados, amamos a la Patria". Pero el acdico nada quiere saber ni con el Papa ni con el P. Ezcurra, pues ellos pertenecen a la "Iglesia jerrquica, cerrada e integrista", la Iglesia de la exageracin, la que debe ser superada por los vientos de la Historia. Los remedios Hemos descrito la patologa, resta ahora ver los remedios para la misma. En tal sentido es preciso sealar que el reconocimiento de la enfermedad y la descripcin de sus sntomas es un primer y esencial paso para la recuperacin. Como ha dicho el Arcipreste de Talavera: "si el mal no fuese sentido, el bien no sera conocido". La propia descripcin de la acedia es el comienzo de la curacin, y segn nos indica el P. Bojorge, "el demonio de la acedia se exorciza ya con conocerlo e imperarlo por su nombre". Antes de sealar algunas cuestiones respecto de la "curacin" de la acedia, es menester indicar que, en ltima instancia, no depende de nosotros sino de la Gracia inefable de nuestro Seor. Sin embargo, debemos hacer todo como si de nosotros dependiera. "Dios no nos pide que venzamos, slo nos pide que no dejemos de luchar", ha dicho el P. Castellani con indudables reminiscencias del Libro de Job. En tren de atisbar soluciones decimos primeramente que a la acedia que se ha hecho civilizacin es menester responder con la civilizacin de la Caridad por cuya formacin viene pregonando los Pontfices, desde Pablo VI. Pero esta civilizacin, nos dice el P. Bojorge, se encuentra en el orden de las cosas dadas, en el orden de la gracia, ms que en el las cosas obtenidas por la accin de los hombres. Por eso, es menester entender que el 'mdico' o agente principal para la curacin de la acedia es Dios Nuestro Seor. De pensar otra cosa caeramos en un grosero voluntarismo inconducente. Sin embargo, puestos en el marco de lo que nosotros debemos y podemos hacer, es preciso sealar ahora algunas cuestiones presentadas a modo orientativo. Lo primero es, sin dudas, la oracin y la vida sacramental. Y esto independientemente de que el profesor catlico trabaje o no en una escuela confesional pues, cualquiera sea el caso, por qu no comenzar la clase con una oracin proponiendo a los alumnos compartirla? En el mismo sentido, debemos tener presente la frecuentacin de los sacramentos y la devocin a nuestra Seora. La imagen de la Virgen presente en cada aula, en cada mbito de la escuela. La invitacin constante a rezar el Rosario. Por otra parte, el apego a la Verdad. La afirmacin constante de la Verdad es en s misma un poderoso remedio contra la acedia. Slo debemos pensar en todas las ocasiones en que la Verdad es repugnada y en la sensacin de molestia, hasta fsica, que eso nos produce. Con la asistencia de la oracin, es nuestro deber sobreponernos al agobio espiritual que nos impide actuar cuando el error parece enseorearse entre

nuestros alumnos y colegas. Recordemos, con Gambra, que ante la destructiva pregunta: por qu no?, debemos responde con un rotundo, valiente y caritativo: porque no! Slo testimoniando la Verdad podremos darnos cuenta de cuntos de nuestros contemporneos estn esperando que alguien se lance a la palestra, como decan los griegos. El testimonio, qu duda cabe, debe inspirarse a su vez en el ejemplo de los santos que pueblan la historia de la Iglesia. Ese el verdadero sentido de la hagiografa: el mostrar el testimonio indeleble de aquellos que han dado la vida por los otros, por la Iglesia y por la Verdad Crucificada. Y, dentro del ejemplo brindado por los antiguos, recordar siempre el recurrir a los clsicos, no en tanto 'clsicos' sino en virtud de los trascendentales del Ser que emanan de su legado. El 'traer' a los clsicos, las fuentes de nuestra cultura, representa un buen antdoto para la supersticin de la novedad que asuela hoy en la escuela. Un remedio ms: la bsqueda del silencio para el acercamiento a la Palabra. "El silencio - dice el ya citado P. Daz - hace retornar al alma en s y es, adems, la mejor respuesta a la iniciativa de Dios (...) el silencio, al ser un medio de perfeccin, implica para su logro mucho sacrificio y heroicidad (...) el hombre - dice un viejo adagio - es superior a los animales por la palabra; por el silencio se hace superior a s mismo". Por otro lado, es menester la referencia constante a la Patria terrena como prefiguracin de la Patria Celeste y Eterna y, en ese marco, la alusin constante a los hroes del pasado. San Agustn deca: "Ama a tus padres y ms que a tus padres, a tu Patria y ms que a tu Patria, slo a Dios", con lo cual dejaba establecida la triple filiacin de todo hijo de Dios. En tal sentido, nosotros debemos pugnar por la restauracin de la patria cristiana. Es esencial, en este escueto recuento "teraputico", el recupero de los tiempos solemnes. Que siempre est presente el sentido de los actos escolares, en tanto efemride plena de sentido patritico y religioso. Los alumnos y los profesores deben reconocer el valor intrnseco del recuerdo de quienes nos precedieron en el peregrinar de la Patria y de la Iglesia. Pero, adems, es esencial recuperar el sentido de los "instantes distintos" en los que resulte imposible el comportamiento, no digamos ya vulgar, sino meramente cotidiano. Incluso la clase, con todas sus caractersticas propias debe ser concebida como un fragmento de tiempo especial. Algo de eso hay en la no exenta de irona "pedagoga del picaporte" que propone Caponnetto: "cerrar la puerta del aula y dar clases como Dios manda", en la plena concordia que supone la contemplacin de la Verdad compartida entre alumnos y profesor o maestro. Concordia, unidad de corazn, que debe implicar un momento distinto. Pero, sin desestimar el valor de todo lo dicho, debemos recordar que el remedio esencial contra la acedia es la entrega a Dios, la confianza y el abandono a la Divina Providencia y el pedido constante de la intercesin de la Madre del Cielo. No mera frmula retrica sino entrega concreta en la oracin y en la formacin de forma tal que las cosas vuelvan a su quicio, incluyendo a la escuela para que sta deje de ser antro y sea de nuevo templo de contemplacin de la Verdad. - - - - Sebastin Snchez Bibliografa consultada * Horacio BOJORGE: En mi sed me dieron vinagre. La civilizacin de la acedia, Buenos Aires, Lumen, 1999.

* Horacio BOJORGE: Mujer, por qu lloras? Gozo y tristezas del creyente en la civilizacin de la acedia, Buenos Aires, Lumen, 1999. * Antonio CAPONNETTO: Poesa e historia. Una significativa vinculacin, Buenos Aires, Nueva Hispanidad, 2001. * CATECISMO DE LA IGLESIA CATLICA. * CASIANO EL ROMANO: Carta al Obispo Castor. Los ocho pensamientos viciosos, en: NICODEMO EL HAGIORITA MACARIOI DE CORINTO: Filocalia, Lumen, 2002. * Gilbert K. CHESTERTON: La Iglesia Catlica y la Conversin, Buenos Aires, Tierra Media, 2000, p. 31. * Armando DIAZ O.P.: El silencio y La educacin, Santa fe, Ediciones de la Universidad Catlica de Santa Fe, 1993. * Alberto Ignacio EZCURRA: Sermones patriticos, Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1995 * Rafael GAMBRA: El silencio de Dios, Buenos Aires, Huemul, 1981. * Cardenal John NEWMAN: Cuatro sermones sobre el Anticristo, Buenos Aires, Ediciones del Prtico, 1999. * Alfredo SENZ: "Crisis educativa y crisis religiosa. Concomitancias.", en: Patricio RANDLE (Ed.): Ante el colapso de la educacin, Buenos Aires, Oikos, 1994, p. 201.

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