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La Mujer Masoquista

Este documento discute la tesis freudiana de que las mujeres son inherentemente masoquistas. Aunque algunos enunciados de Freud parecen apoyar esta idea, el documento argumenta que Freud en realidad reconoció las limitaciones de reducir la feminidad al masoquismo. Freud usó el concepto de masoquismo principalmente para explorar fantasías y prácticas perversas en hombres, no para definir la esencia de la feminidad. Aunque Freud introdujo la idea de "masoquismo femenino", también notó que hay hombres masoquistas y

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La Mujer Masoquista

Este documento discute la tesis freudiana de que las mujeres son inherentemente masoquistas. Aunque algunos enunciados de Freud parecen apoyar esta idea, el documento argumenta que Freud en realidad reconoció las limitaciones de reducir la feminidad al masoquismo. Freud usó el concepto de masoquismo principalmente para explorar fantasías y prácticas perversas en hombres, no para definir la esencia de la feminidad. Aunque Freud introdujo la idea de "masoquismo femenino", también notó que hay hombres masoquistas y

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LA

MUJER, MASOQUISTA?
Todo puede ser atribuido a la mujer, puesto que, en la dialctica falocntrica, ella representa el Otro 1 absoluto.

La pregunta sobre la cual Freud tropez, qu quiere la mujer?, contina frecuentando los discursos, y una respuesta ha circulado, que deca: ella quiere sufrir. As los analistas a falta de comprender la esencia de la feminidad forjaron la tesis del masoquismo femenino. Como si les pareciera inconcebible que un sujeto pueda ofrecerse como objeto es el caso de la mujer en su relacin al deseo del hombre sin ser masoquista! Sin duda el masoquista, en la escena de su escenario, se esfuerza en hacer una demostracin irnica, de un: haz de m lo que te plazca. Las mujeres, por su lado, deploran a gritos lo que la alienacin propia a su posicin las lleva a soportar. Al punto que uno se pregunta, en efecto, lo que bien pudo impulsarlas a asumir esta posicin, puesto que, nada las obliga a ello si ellas ya no lo quieren. Es de lo cual Lacan toma nota. De donde resulta tambin el grito de las feministas que yo evocaba, quienes, incitando el extremismo hasta querer proscribir toda relacin sexual, interpelan a sus colegas: mujeres, entonces son ustedes masoquistas? Mas, no es el franqueamiento de los lmites del principio de placer quien hace el masoquismo, o entonces, es el masoquismo universal del hablante ser quien no tiene nada de especficamente femenino. Los enunciados culpables de esta concepcin son de Freud, especialmente en sus dos textos de 1919 y 1924, Pegan a un nio y El problema econmico del masoquismo. La tesis no consiste en decir que existen mujeres masoquistas las hay, y tambin hombres. Tampoco se contenta con afirmar simplemente que las mujeres sufren ellas sufren en efecto de la falta flica, pero no ms como los hombres sufren de la amenaza de castracin. Esta sostiene que el deseo femenino es de esencia masoquista, que apunta a gozar del dolor, incluso a hacerse el mrtir del Otro. Prejuicio, dice Lacan, e incluso monstruoso. Los analistas postfreudianos, en particular las mujeres, fueron ms que complacientes con ello y la tesis se mantuvo indiscutida en el encuentro de la acumulacin de los hechos clnicos con sentido contrario. Pero, es verdaderamente la tesis de Freud, ms all de sus enunciados? La metfora del masoquismo Las frmulas de Freud, al menos si uno las asla, parecen no dejar ningn lugar a la duda. Hay muchas de ellas; retengo dos, las ms sorprendentes. Evocando las escenificaciones de los hombres masoquistas, l dice y repite que su masoquismo coincide con una posicin femenina2. Todava ms radicalmente, cuando l introduce la nocin de
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Lacan J., Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina, Escritos, op. Cit., p. 732. Freud S., Pegan a un nio, en Neurosis, psicosis y perversin, PUF,1973,p. 237

masoquismo femenino distinguindolo del masoquismo ergeno o moral, lo define como expresin del ser de la mujer1. Estas frmulas, Freud las comenta suficientemente para que su sentido no cree dudas en el contexto. Estas no apuntan a esclarecer el problema de la feminidad, sino el de los fantasmas y las prcticas perversas, especialmente en el hombre2. Estas inscriben la equivalencia imaginaria que descubre Freud entre el hacerse golpear del masoquismo y lo que l llama el rol femenino en la relacin sexual. Para hacerse tratar como el objeto del padre expresin que Freud hace equivaler a hacerse tratar como una mujer, el masoquista no tiene otro recurso ms que el de hacerse golpear. Vemos que aqu el trmino de posicin femenina amerita ser precisado. Este no designa directamente lo que nosotros nombramos una posicin subjetiva. Se refiere primero a un lugar en la pareja sexual, donde es el otro, el hombre, quien es sujeto del deseo. La insistencia de Freud en sealar el lazo del fantasma masoquista con el deseo Edpico, la identificacin fuertemente afirmada del otro que golpea (fornica) con el padre aun cuando en la imaginacin consciente del sujeto, es la madre indican claramente que l explora all una de las versiones de la pareja sexual. l da a conocer: primero las metonimias de las representaciones de goce, a saber hacerse amordazar, atar, golpear, azotar y maltratar de una manera u otra, forzar una obediencia incondicional, mancillar, someter3; luego, el orden y la variedad de las pulsiones implicadas: orales, anales, sdicas, segn se trate de ofrecerse a ser devorado, golpeado o posedo sexualmente4; y finalmente, la serie de las encarnaciones del objeto: el nio dependiente, el nio malo, la mujer en tanto que es castrada y experimenta el coito. Lo vemos, Freud explora metdicamente una de las versiones del objeto complementario del deseo masculino. Y descubre sin enunciarlo completamente, para su sorpresa, lo que Lacan formular algunos aos ms tarde, a saber que este objeto es a-sexual. Esto es lo que l tambin dice calificndolo de pre-genital. El masoquismo es entonces invocado aqu, de hecho, como suplencia de la relacin sexual que no existe, segn la frmula ulterior de Lacan. Es una metfora. La definicin que Freud da de la esencia del masoquismo 5 es una confirmacin. El masoquismo sustituye, segn l, una frmula de goce por otra: ser golpeado se sustituye por ser amado en sentido genital. Freud califica esta sustitucin de regresiva, lo que repetimos comnmente sin pensarlo ms. Pero con ese calificativo, l introduce en realidad algo muy preciso y que permanece muy frecuentemente desapercibido. Para Freud, regresin quiere decir un cambio real en el inconsciente. La represin, borra un deseo de la escena, pero lo mantiene sin cambiar, parecido a s mismo en el inconsciente. La regresin por el contrario, cambia el estado de las cosas en el inconsciente, dice Freud. Qu se puede decir, sino que el deseo y el goce que l llama regresivos son realmente diferentes. Deduzcamos: para Freud, ser objeto en el modo masoquista y ser objeto en la relacin sexual son dos modos de deseo y de goce diferentes. Freud califica, sin duda alguna, como
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Freud S., El problema econmico del masoquismo, op. Cit., p. 289. Ibid., p. 731. 3 Ibid., p. 289. 4 Ibid., p. 292. 5 Freud S; Pegan a un nio, op.cit., p. 229.

femenino el masoquismo que descubre en el hombre. Lo hace para marcar que en la gnesis de ese masoquismo, si el sujeto termina por aspirar a ser golpeado es para ser como la mujer del padre. Pero desde que l agrega que una sustitucin regresiva produce un cambio real en el inconsciente, indica, precisamente, la heterogeneidad de las aspiraciones masoquista y femenina y, que ser golpeado o estar en el lugar de la mujer, hacen dos. Es notorio, despus de todo, que cuando Freud ensaya acercarse a la pregunta del deseo femenino, en sus textos ulteriores de 1925, 1931 y 19321, no recurre al masoquismo. La secuencia de sus elaboraciones es notable. l responde primero, para la pequea nia: ella quiere el pene. Si nos preguntamos: qu quiere el hombre? a lo cual es sorprendente que nadie piense, sin duda, en tener ya de ello la respuesta, habra que decir que l quiere un objeto cuyo valor de plus-de-goce compense el menos de goce de la castracin. A pesar de su diferencia, helos aqu entonces en igualdad por su referencia comn al falo. Freud slo tiene una brjula para distinguir al hombre y a la mujer: los avatares de la castracin, referencia nica, la nica verificable. l no aproxima entonces la especificidad de la mujer ms que por la subjetivizacin de la falta flica. Notemos, incidentalmente, que esta falta es precisamente lo que abre para la mujer la posibilidad de ser objeto, sin ser el objeto golpeado aunque tambin a veces suceda que ella se haga golpear, lo quiera o no. Lo que sea, la secuencia de los desarrollos freudianos habr entonces comenzado por reducir el Otro al Uno. Se lo hemos reprochado lo suficiente? Este reproche no est completamente justificado. Freud, desembocando al trmino de sus elaboraciones sobre la pregunta qu quiere la mujer?, indica indiscutiblemente que l percibe la parcialidad de la solucin flica, en el sentido de una parte y no de parcial. Las primeras pginas del texto La feminidad plantea, adems, muy explcitamente, que no incumbe al psicoanlisis describir lo que es la mujer pues, dice Freud, es una tarea irrealizable. Esta anotacin hace seguimiento a dos observaciones precisas: en la primera, Freud se interroga nuevamente sobre la posibilidad de asimilar pasividad y feminidad. l concluye categricamente: esta concepcin es errnea e intil2. En la segunda, l vuelve a la hiptesis del masoquismo. Reafirma que el masoquismo es femenino, pues las reglas sociales y su constitucin propia obligan a la mujer a reprimir sus instintos agresivos 3, pero retrocede para afirmar que la mujer sea masoquista como tal. l seala que tambin hay hombres masoquistas y extrae la consecuencia: henos aqu listos para reconocer que la psicologa misma no nos da la clave del misterio femenino. Concluyo: Freud percibi que la referencia al falo no agotaba la cuestin de la feminidad, y no confundi el ms all del falo con la pulsin masoquista. En ese sentido, la tesis de la mujer masoquista no es la tesis freudiana: l la introdujo, la explor, pero supo reconocer que no era La respuesta. Por otra parte observo, que al final de su artculo sobre la sexualidad femenina, Freud pasa revista y es un caso raro en su obra a las diversas contribuciones aportadas a la
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Cf. los captulos respectivamente: Algunas consecuencias psicolgicas de la diferencia anatmica entre los sexos, Sobre la sexualidad femenina, en La vida sexual, PUF, 1969, y el captulo la feminidad, en Nuevas conferencias sobre psicoanlisis, Gallimard, 1936. 2 Freud S.,La feminidad, op.cit;p.159. 3 Ibid., p. 158.

cuestin por sus alumnos contemporneos. l evoca el artculo de Hlne Deutsch sobre el masoquismo de las mujeres1. Esperaramos entonces a que tome posicin respecto a la tesis, pero del todo. Es suficientemente atractivo ver que l la felicita por otra cosa completamente distinta: porque ella reconoci la relacin primaria, pre-edpica, a la madre. As, l permanece, en su justa prudencia, un paso adelante de algunos de los postfreudianos. Explorando el fantasma masoquista, descubre en realidad otra cosa. Primero, la funcin del fantasma mismo, en tanto que ste trasciende las estructuras clnicas para los dos sexos y que permanece en parte aislado del contenido sintomtico de la neurosis. Luego, la afinidad con el sufrimiento de lo que llamamos, desde Lacan, el goce. De hecho, los textos que Freud consagra al masoquismo, preciosos en muchos aspectos, no nos ensean nada de las mujeres mismas, pero mucho de la no relacin sexual y del goce paradjico del hablante ser. Las confusiones post-freudianas tal vez no ameritan tanto inters. La reanudacin de la cuestin por Lacan las vuelve a arrojar, poco ms o menos, del lado de Freud. La mayor parte abonaron a la cuenta del masoquismo los fenmenos fuertemente heterogneos. Bajo esta categora, ellos confundieron: primero, la perversin masoquista propiamente dicha; segundo, lo que la actividad de la pulsin en s misma implica del ms all del principio de placer y tercero, de manera ms general, lo que cada sujeto paga por su deseo, como precio del plus-de-goce que su fantasma le asegura. El fantasma reposa sin duda sobre un lmite en el goce, pero tambin podemos percibir sin dificultad, en cada caso, que la lgica de una vida se reduce a una aritmtica elemental que funda el a priori del fantasma, y donde toda la cuestin concierne a los plus-de-goce a pasar por prdidas y ganancias. Sin embargo, el consentimiento en pagar el precio no hace al masoquista. O entonces, es el masoquismo universal del sujeto y ser necesario decir: todos masoquistas, y tanto ms cuanto que habr all un deseo decidido. Estas confusiones, sin duda no son inocentes, especialmente cuando se trata de las mujeres. All percibimos, a veces, extraos prejuicios donde aflora precisamente la funcin idealizante de la imputacin del masoquismo. Extraigo del libro de Hlne Deutsch sobre La psicologa de las mujeres 2 un ejemplo a la vez paradigmtico y divertido. Se trata de su comentario del clebre personaje de Carmen. Con una frescura conmovedora, ella explica por qu ese personaje conmueve profundamente a cada mujer. Es que, dice ella, Carmen se comporta con el hombre como el nio que juega con la mosca a la cual l sabe que le va a arrancar las alas. Cada mujer es trastornada por ello hasta lo ms secreto de su ser. Bueno, pero por qu? Es porque ella va a subutilizar el rgano precioso pasado al significante? Ni de fundas! Y he aqu el graciossimo comentario de Hlne Deutsch: es que, dice ella, cada una reconoce all el masoquismo hiper-femenino, trgico e inconsciente de Carmen. Pues, no debera equivocarse con esto, destruyendo al hombre, es su propio corazn que ella destruye y su propia prdida lo que ella asegura. Sorprendente. Imaginmonos un instante el argumento aplicado a todos los atormentadores del mundo, a los verdugos de toda pelambre que hacen la historia humana Aires de masoquismo

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Freud S., Sobre la sexualidad femenina, en La vida sexual, PUF, 1969, p. 153. Deutsch Hlne, La psicologie des femmes, PUF, vol. I, 1974, p. 247.

Una clnica diferencial de la posicin masoquista y de la posicin femenina est por hacer entonces. Parto de esto: es necesario que haya algo que se preste a confusin para que la tesis haya podido sostenerse, invocando algunos hechos clnicos. Este, entre otros: las mismas mujeres, ms frecuente que lo acostumbrado, deploran su masoquismo. Qu hay entonces de comn entre un masoquista y una mujer? La respuesta es simple: uno y otro, en la pareja que forman con el compaero supuesto deseante, se colocan en el lugar del objeto. Este lugar evoca evidentemente a un tercero, que es el analista. El masoquista, la mujer y el analista forman serie en esto, en que todos tres hacen semblante de objeto sobre modos seguramente muy diferentes, pues nada permite suponer que todo lo que hace semblante de objeto compete al mismo deseo. De donde resulta la pregunta por el deseo masoquista, por el deseo femenino y por el deseodel analista. Cuando hablamos del ser de la mujer, no olvidemos que este es un ser dividido entre lo que ella es para el Otro y lo que ella es como sujeto del deseo, entre su ser complementario de la castracin masculina de un lado, y su ser como sujeto del inconsciente por el otro lado. Lacan lo seal oportunamente, su lugar en la pareja sexual no tiene como causa directa su propio deseo, sino el deseo del otro. Para ella, basta con que ella se deje desear, en el sentido del consentimiento. El fenmeno de la violacin est all, que indica suficientemente que ese consentimiento incluso no es una condicin necesaria. Este ser para el Otro, Lacan, con el paso de los aos, conforme progres su enseanza, lo design con diversas frmulas. Tres de ellas son muy aislables: ser el falo, lo que nadie sabra ser en s; ser el objeto, y finalmente, en 1975, ser el sntoma, pero todas dejan en suspenso la pregunta por el deseo de aquella o de aquel que viene al lugar del objeto. Es por eso que el deseo del masoquista, el deseo de la mujer y el deseo del analista causan problema. Le resta entonces a la mujer, como lo indiqu ms arriba, deducir su deseo de su posicin en la pareja sexual, puesto que, podemos evidentemente suponer que el consentimiento evocado en el momento es el ndice de un deseo. El mismo Freud de hecho lo entiende as, cuando l pasa del rol ertico ser posedo genitalmente a la disposicin subjetiva que supuestamente le corresponde, y que l formula con un deseo: ser amadopor el padre. Yo dije: hacer el objeto, no para significar el fingimiento sino porque la expresin tiene el mrito de implicar un matiz de artificio que seala muy bien que el ser para el Otro no sabra realizarse sin la mediacin del semblante. Lo imaginario all est entonces en juego tambin. Esto es cierto del analista que se presta a la transferencia, como de la mujer cuya mascarada ha sido reconocida incluso antes que Joan Rivire la nombrase. Contrariamente a lo que podramos creer, es cierto tambin del masoquista quien slo pasa al acto bajo una escena. Freud seal, con toda la razn, el rasgo del juego incluido en su escenario, mientras que Lacan seal, en diversas ocasiones, que el masoquismo, no es en serio: al que califica de delicado humorista exalta de su simulacin una figura demostrativa.1

Lacan J., El psicoanlisis en sus relaciones con la realidad, Scilicet I, Le Seuil, Pars, 1958, p. 58.

Podemos intentar una primera aproximacin de los modos del objeto en los tres casos: el masoquista se quiere objeto rebajado, cultiva la apariencia del desecho y se hace el residuo. La mujer, por el contrario, se viste del brillo flico para ser el objeto agalmtico. En cuanto al analista, a pesar de las metamorfosis que la transferencia le impone, pasa del estatuto de agalma del sujeto-supuesto-saber que es al inicio, al estado de desecho que deviene al final. De donde resulta la pregunta por saber lo que bien pudo empujarlo a reproducir este arreglo. Esta reparticin slo es, sin embargo, una primera aproximacin, pues el objeto agalmtico que cautiva el deseo no sostiene su poder ms que de la falta que este incluye. Este hecho de estructura est en el fundamento de lo que bien podramos llamar una mascarada masoquista. Sin esta, la tesis del masoquismo femenino hubiera sido mucho menos plausible. La mascarada tiene, sin duda, muchas facetas. La ms frecuente, es que esta disimula la falta, jugando con lo bello o con el tener para recubrirla. Pero tambin es una mascarada masoquista que, a la inversa, hace ostentacin de la falta, o del dolor o incluso del dolor de la falta. Va, a veces, hasta rivalizar en la insuficiencia e incluso hasta fomentar falsas debilidades. A este respecto, un ejemplo de mi prctica permanece para m memorable. Es el de una joven mujer que viva lo que ella llamaba el infierno del descubierto. A pesar del equvoco lingstico del trmino, ese descubierto, ella lo entenda en el sentido bancario ms realista. Ella era el objeto de una vigilancia por el marido y de disputas casi cotidianas con l. Como ella tena ingresos mensuales, el descubierto conoca tambin un ciclo mensual, pasando de la obsesin a la realizacin, mientras que las rias oscilaban de las amonestaciones a los reproches. Habremos adivinado que el marido estaba destinado al lugar del proveedor, encargado de reabastecer la cuenta bancaria. El no lo eluda, pero no sin protestar, sin hacerse esperar, sin demandar y todo esto terminaba generalmente en las lgrimas y en el amor. Este juego duraba desde haca cierto tiempo, cuando, el destino entrometindose vino a colmar con una pequea herencia el descubierto y a desorganizar toda la vida de la pareja. Paso por los detalles. Desde ahora t eres insolente, le deca el marido. Ahora era l quien se quejaba (Yo no sirvo para nada ms), y rechazaba sus buenas funciones. La paciente termina por enunciar esta frase un poco extraa: Yo saba muy bien que l no deba saber a propsito de mi dinero. Entonces apareci que esta persona, desde su mayora de edad, haba tenido siempre dos cuentas bancarias, una sola de las dos siendo conocida, primero por el padre y luego por el marido. Sobre la cuenta secreta, ella tena lo que ella llamaba su pequeo colchn (reserva), pues desde sus dieciocho aos ella depositaba regularmente todo el dinero que ella poda sustraer de la mirada del Otro, lo que le permita por otra parte disimular lo que ella ganaba y, ante la evidencia, de hacerse la pobre. Esta mascarada, que iba por otra parte hasta la verdadera simulacin, utilizaba el fingimiento de la falta de dinero como una metonimia de la falta flica en su valor seductor. No habra por ello que suponerle rpidamente un goce avaricioso del tener del cual, por otra parte, ella no daba ningn indicio: era ms bien el carcter secreto de este tener que la embelesaba. La lgica de la mascarada masoquista no es difcil de comprender: es una adaptacin, si lo podemos decir, inconsciente, por la implicacin de la castracin en el campo del amor. Desde que el rasgo de la castracin imaginaria del objeto es una de las condiciones de la eleccin de objeto en el hombre, todo sucede como si la adivinacin del inconsciente

impusiera un cuasi clculo: si l ama a los pobres, entonces, hagmonos la pobre. No habra que creer por ello, contrariamente a lo que deja suponer mi ejemplo precedente, que no hay all ms que simulacin, pues la complacencia puede llegar hasta el sacrificio efectivo. Esta mascarada tiene de comn con el masoquismo, que esta hace relucir el reverso del objeto agalmtico, la falta que funda su brillo, y que le anuncia tal vez el destino prometido en el amor, a saber la reduccin a un plus-de-goce del otro.

Aires de mujer Lacan diciendo que el masoquismo femenino es un fantasma del deseo del hombre 1 nos da con ello la clave. Este se produce en el entrecruzamiento de dos factores: de una parte, la forma erotomanaca del amor femenino, que instituye la elegida, de otra parte, las condiciones del deseo del hombre, que requieren que el objeto tenga la significacin de la castracin. La famosa complacencia de las mujeres al fantasma masculino que las empuja a las concesiones sin lmite, que Lacan estigmatiza en Televisin, genera entre otros efectos, la mascarada masoquista y nos revela su sentido: los rasgos del sufrimiento y de la falta exhibida son para abonar a la cuenta de eso que Lacan llamaba las desgracias del vers-tu / del hacia-t2, para sealar las tribulaciones de quien se busca en el deseo o en el goce del Otro. Aparte del rol que el semblante juega all, la mascarada masoquista difiere de sobra del escenario perverso. En la mascarada, una mujer se somete a las condiciones de amor del Otro para que el fantasma del hombre encuentre en ella su hora de la verdad, yo lo dije. Pero en razn de la represin, la mascarada procede a ciegas, por si acaso, dice Lacan, a falta de saber los mecanismos particulares del deseo que el inconsciente oculta. Vemos lo que favorece la vertiente masoquista de la mascarada: la castracin siendo la nica condicin del deseo que valga para todos, esta mascarada es la menos arriesgada de las mascaradas. Esta permanece tambin, sin embargo, a merced de la fortuna, buena o mala, en la medida en que la castracin misma slo entra en vigor para cada uno en las formas particulares. El masoquista no deja nada a la tuk (tyche). l impone, por el contrario, una relacin de goce bajo contrato. Pretende establecer, ms que un derecho al goce, un deber de goce reglamentado, donde la improvisacin est excluida y de la cual l se hace el amo. Nada est ms opuesto a la posicin femenina, siempre a la hora del Otro. Con la hora de la verdad, no hay un pacto posible. El objeto sexual, cualquiera que sean los parmetros ms o menos tpicos de los sex symbols de una poca de la que se abastece una industria, no es contractual. Es por lo que Lacan seala, sin duda, que la instancia social de la mujer permanece trascendente al orden del contrato3.

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Lacan J., Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina, op. Cit., p. 731. Lacan J., El reverso del psicoanlisis, Le Seuil, Pars, 1991, p. 75. 3 Lacan J., Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina, op. Cit., p. 731.

Otra posicin, ms esencial todava, se sita a nivel de lo que uno y otro apuntan a travs de, y ms all, del artificio del semblante. Pues para cada uno, debemos distinguir eso que l muestra de lo que l quiere. Me parece que all hay una oposicin simple: ciertamente no sabemos bien lo que una mujer busca, pero admitamos de momento que ella lo busca a travs del amor. Por el contrario, el masoquista, el verdadero, casi siempre hombre, es admitido, apunta en el Otro al punto de la angustia donde los semblantes desfallecen, aquel donde justamente, en general, cada uno retrocede, pues nadie se instala con mucho gusto en las inmediaciones de la angustia pura. El masoquista lo sabe, y en el fondo la tranquila conviccin de la simulacin1 donde l hace alarde de ser el objeto de desecho al menos es as que comprendo que Lacan lo califica de bufn. Es el punto que el neurtico en general, y especialmente el histrico, evita con esmero en una eleccin, que es el de la falta de deseo para prevenirse contra la eventualidad de lo real del goce. Haciendo alarde de una voluntad de goce afirmada, que pretende realizarse por el dolor, el masoca, como decimos, realiza de hecho un deseo que l no sabe, y que apunta a la angustia del Otro, el punto donde los espejismos del semblante renuncian. Digamos que el se hace causa de la angustia del Otro como seal nica de lo real del objeto ms all del semblante que falla. En cuanto a la transgresin de goce que programa, esta permanece en lmites bien discretos que no exceden la divisin que el significante le impone. Vemos bien entonces porqu las mujeres, como tales, no son masoquistas del todo. Es que ellas estn muy lejos de apuntar al Otro ms all del semblante, al que sus encantos deben tanto, casi todo. La mascarada femenina no es ni el masoquismo que apunta al Otro ms all de los semblantes, ni la mentira que los ingratos le atribuyen. Esta es ms bien complaciente con los semblantes: no hay lmite, dice Lacan, a las concesiones que una mujer est lista a hacer por un hombre, de su cuerpo, de sus bienes, de su alma, todo le es bueno cuando se trata de engalanarse para que el fantasma del hombre encuentre en ella su hora de la verdad2. La nota de irrisin que ella coloca all frecuentemente, para ser efectiva, no es de menos superficie (de menos peso), aunque esta marque con un toque de protesta la alienacin de su ser a la cual la estructura la condena. Pero pasar ms all sera sacrificar el semblante de la mujer misma. La experiencia muestra que la mayora se cuidan. En el fondo, atribuir las concesiones de las mujeres a la mascarada, es marcar el carcter condicional de sus sacrificios, que no son ms que el precio pagado por un beneficio muy preciso. Digamos, en resumen, que una mujer toma a veces aires de masoquista, pero que es para darse aires de mujer, siendo por ello la mujer de un hombre, por no poder ser La mujer. El amor que ella llama como complemento de la castracin para fundar all su ser define el campo de su sometimiento al Otro y de una alienacin que redobla la alienacin propia al sujeto. Pero es tambin el campo, las feministas nos lo hicieron casi olvidar, de su poder en tanto que objeto causa del deseo. Para ella, sin embargo, tambin hay, ante la evidencia, una ambicin ms all del semblante. E incluso ms que una ambicin, un acceso (cf. el Seminario An) a un goce otro, que excede completamente las discontinuidades del goce flico. Distingamos muy
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Lacan J., El psicoanlisis en sus relaciones con la realidad, Scilicet I, op. Cit., p. 58. Lacan J., Televisin, op. Cit., p. 64.

bien el efecto de ser que se gana en el amor al precio de muchas concesiones, y el goce que ella obtiene por aadidura y que ella va ms all del semblante, y que nos obliga a relativizar eso a lo que su mascarada la hace renunciar. El slo inconveniente: los albures del amor. Masoquismo moral? De all podemos repensar la posicin femenina con respecto a eso que Freud primero llam el masoquismo moral. Si Freud no sostuvo que la mujer sea masoquista, realmente descubri y demostr en cambio el masoquismo universal en la civilizacin. La aficin por el dolor que parece animar al perverso masoquista, no le interes mucho sino porque esta objetaba a la homeostasis del placer, y vena a sostener la hiptesis de 1920 sobre el ms all del principio de placer. Freud volvi de nuevo a ello en su Malestar en la cultura para decir que esta (la civilizacin), educa al hombre en la posicin de sacrificio por su exigencia siempre ms desenfrenada de sublimacin. Lo que l formula as: sacrificar las pulsiones a los ideales de la civilizacin. Es una eleccin forzada, ante la evidencia. Este tema del sacrificio ameritara que parramos ah, la actualidad poltica del momento dndole de hecho una agudeza renovada. Hay un sacrificio inherente al surgimiento del sujeto como tal, pues es necesario que el ser sacrifique al significante y a la prdida que este implica para que el sujeto mismo surja, pero la posicin de sacrificio es otra cosa. Esta se juzga menos por los objetos que esta inmola que por los mecanismos del acto mismo, digamos para la causa del sacrificio. Los objetos a pasar por los beneficios y las prdidas son los ms variados, slo teniendo en comn un rasgo nico: representar para el sujeto un valor de goce cualquiera. De este hecho, lo sacrificable es relativo a los intereses singulares del sujeto y no hay all ninguna universalidad. Frecuentemente, el sujeto sacrifica un plus de goce por otro. Son sacrificios condicionales necesitados por la estructura. El goce infinito siendo excluido, el hablanteser est condenado a los conflictos de goce. No hay otros, conflictos. As cada uno pasa su tiempo en sacrificar: una cosa por la otra, la familia por la ambicin, el amor por la profesin, la felicidad por el saber, el nio por el hombre amado, la mujer pobre por la mujer rica, etc. Pensemos en Marx y en la vida de infierno que le cost su plus-vala; pensemos incluso en Edipo y al precio consentido a su pasin. Del lado de las mujeres, es una situacin muy conocida, sealada en la historia del psicoanlisis, es el desistimiento femenino a favor del objeto, en los sujetos que renuncian a toda ambicin personal en beneficio del hombre amado que ellas se dedican a sostener. Hlne Deutsch describi de manera suficientemente exaltada este tipo de abnegacin, que ella estuvo bastante lejos de ejemplificar en su vida, pero donde cree reconocer la verdadera feminidad. Slo es, a pesar de todo, sacrificio condicional, subordinado a la satisfaccin narcisista de realizarse por la procuracin del otro, como la mujer de. Estamos all, en el fondo, en el registro de la aritmtica de las satisfacciones. De estos sacrificios condicionales, el hombre y la mujer no hacen sin embargo el mismo uso. Por lo comn, las mujeres hacen mucho ruido del precio que ellas pagan para llegar a sus fines. Los hombres

en general son ms discretos, incluso pdicos, pero es sin duda que la queja no le sienta bien a la ostentacin viril, mientras esta es propicia para la mascarada femenina. Lo que Freud describi en su captulo VII del Malestar en la cultura, va ms lejos. Es la posicin de sacrificio verdadero que eleva el sacrificio condicional a la dignidad de un fin, en una lgica infernal que quiere que el masoquismo del yo, a saber, en realidad, el goce tomado del sacrificio de las satisfacciones pulsionales, alimenta y mantiene la ferocidad del supery glotn. El Kant con Sade de Lacan hizo eco al Malestar de Freud: una vez sacrificado, como lo preconiza Kant en su grandiosa Crtica de la razn prctica, todo lo patolgico de la sensibilidad a lo universal de la ley 1 permanece entonces el objeto escondido, el vozarrn, que comanda el sacrificio. Por ser del tiempo donde la voz de los profetas se calla, y querer alcanzar lo universal tanto como la ciencia, esta moral no quiere decir una moral feroz2. Las artimaas de la renuncia, habra que decir ms bien del goce por la renuncia, hacen de lo civilizado, a contrario de las apariencias un ser aficionado a la falta de gozar y la cuestin es de saber si las mujeres concursan all a porfa del hombre. No es la tesis de Freud, lejos de esto. Su Ttem y tab, ya presentaba una sociedad de hermanos en renuncia, hermano en goce por la falta de gozar, que no inclua a las mujeres. Y cuando pretende que las exigencias del supery son ms laxas en la mujer y bajo su pluma eso no es un cumplido , l concluye, con buen razonamiento, que ella es menos propensa a sacrificar la civilizacin y que permanece ms arraigada en las satisfacciones primarias. No actualizaron de nuevo nuestras propias elaboraciones la idea de una dosis de desprecio del tener, propiamente femenina, que ira ms all de su alcance de mascarada hasta el verdadero sacrificio? Yo misma, no seal el magnfico desapego de Ys de Paul Claudel en Particin de medioda? Ys, verdadera mujer segn Lacan, quien sacrifica todo por un absoluto mortal. Evocamos, en la serie, a Madeleine, la esposa de Gide, en la cual Lacan reconoce a Medea3. Todas tres tienen en comn un acto absoluto, que rompe las semi-medidas de toda dialctica, y que instaura un punto de no retorno. Una de ellas, en su emocin, quema para siempre las ms bellas cartas de amor. La otra sacrifica hasta los nios amados para castigar al compaero y satisfacer su rabia. Pero, sin embargo Ys no hace serie completamente con las otras dos. De hecho observo, que ese tema de la mujer que se sacrifica no est acentuado en la cultura pre-analtica, al contrario. El Antiguo Testamento ha trado hasta nosotros el sacrificio de Abraham, donde todo se juega entre el padre y el hijo; el juicio de Salomn evoca, sin duda, la renuncia de sacrificio de una mujer, pero como Norma, ella no est all sino como madre. En cuanto a Medea, de la cual hacemos un caso muy grande, ella ilustra lo contrario del sacrificio femenino, de hecho: la venganza absoluta de la mujer superando por mucho el sacrificio de la madre. Dnde encontraramos un sacrificio femenino verdadero? Efigenia, Alceste, Antgona, hija, amante y hermana podran, tal vez, colocarnos en la va del rasgo de la especificidad.
1

Vuelvo a tomar ah el trmino por el que Emmanuel KANT asla el campo de los intereses patolgicos del sujeto, del imperativo incondicional que confiere a la ley moral su valor universal. 2 Lacan J., Observacin sobre el informe de Daniel Lagache, Escritos, op. Cit., pp. 683 y 684. 3 Lacan J., Juventud de Gide o la letra del deseo, Escritos, op. Cit., p. 761.

Madeleine y Medea van juntas por el rasgo de la venganza extrema. Si Lacan reconoce el signo de la mujer bajo la figura ingrata de Madeleine, no es tanto porque ella acepta perder las preciosas cartas sino porque ella golpea directo al punto del dolor exquisito, por un acto que atraviesa los semblantes. A lo que se apunt all no era al tener flico, sino al ser, insustituible y nico y es esto lo que Gide ratifica, cuando evoca el agujero negro que queda en el lugar del corazn por esas cartas perdidas, que, Lacan lo seala, no tenan ms duplicado que el objeto a mismo. No es seguro que para Madeleine eso sea el rasgo de la prdida que ella misma sufre, bajo la forma de las cartas preciosas, que domina en su acto. Pues, para ella, sus famosas cartas que Gide vea idnticas a su ser, no fueron estas salvajemente destituidas de su agalma, en el mismo instante donde ella descubri cunto la infame felona del goce se inscriba en falso contra el discurso del amor exaltado? Ys es otra cosa. Ella abandona todo, pero no sacrifica nada, pues para ella nada vale ms que lo que ella reencuentra de un goce del amor. Como un duelo concentra toda la libido del sujeto y lo hace extranjero al mundo por un tiempo, su amor la alegr con el mundo. Este aniquilamiento tiene su lgica: si el amor anula por un tiempo el efecto de castracin y eso tanto ms en cuanto que es ms absoluto, este vacia correlativamente los objetos de su valor que responden all. Es por eso que Lacan, cuando quiere evocar el goce que en la mujer no est en relacin al falo, recurre a la experiencia mstica. Es notorio, en efecto, que el amor exttico del mstico lo sustrae a los intereses de la criatura y de todos los deseos del comn. Nada que ver, sin embargo, con la pasin masoquista del sacrificio. El mstico testifica que es en la alegra que renuncia al mundo, no por el gusto al dolor, sino por la cautivacin de Otro algo: la tentacin, el sueo tal vez, de abolirse en el goce de un amor infinito. Tal es el horizonte lejano, casi divino, donde se resuelve, ms all de su alcance de mascarada, el masoquismo que uno atribuye injustamente a aquellos que Lacan nombra los llamantes del sexo1. Ys, Madeleine y Medea no son figuras de sacrificio, en el sentido comn de la definicin. Ellas dan, es verdad, la prima al goce del ser sobre aquel del tener, a lo absoluto sobre la contabilidad, pero slo la ideologa del tener puede leer all una significacin de sacrificio. Freud lea mejor, en el fondo, cuando reconoca all ms bien un rechazo del supery civilizado. Quizs es una clave para comprender lo que nos anuncian con gran cantidad de estadsticas que, las mujeres hoy, aquellas del discurso capitalista, seran ms deprimidas que los hombres.

Lacan J., Ideas directivas para un congreso sobre la sexualidad femenina, op. Cit.,p. 736.

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