LA TROJE
– Ándale vete al patio por unas mazorcas, que tu tía llega hoy! Va a venir con tus
primos, los vas a conocer.
– ¿Mi tía María? ¿Con sus hijos? ¿Por qué no me había dicho nada?
– Me avisaron en la mañana, cuando te fuiste por la leche, yo creo que llega después
del medio día.
– Sí agüelita, ahorita le traigo el maíz, yo misma lo muelo
Enseguida Petra traía las mazorcas de maíz envueltas en el delantal como era
costumbre, hacía ya años que no había muchos hombres cerca, su abuelo ya había
fallecido y las noticias que tenía del pueblo, llegaban a través de las voces de los vecinos,
además era también muy joven para casarse, aunque pretendientes si que tenía.
Comenzó a moler el maíz en el metate, puesto en el piso, a su lado una jícara con agua y
un montoncito de cal, cómo molía, rápido, como con urgencia de que alguien la fuera a
sorprender sin que hubiera terminado. Mientras tanto pensaba en cómo serían esos
primos que no conocía, Petra era la única hija que había sobrevivido al atentado en que
quitaron la vida al resto de su familia, a manos de don Plutarco, un pariente lejano, medio
hermano de su abuelo que no conocía personalmente, pero había escuchado era un 'hijo
de la chingada', tan así, que él fue quien mandó matar a su familia, debido a que se habían
rehusado a venderles su tierra, ella salvó la vida, ya que mientras era el tiempo de
cosechar, aún mamaba del pecho de su madre, por eso se quedó al cuidado de su abuela
por que el campo era peligroso al estar lleno de alacranes, de los peores los 'güeros', así
que cuando la abuela se enteró de la noticia, lloró amargamante, pero no dudó por un
momento en quedarse con ella.
Doña María Concepción, que era el nombre de la abuela, la crió como una hija más,
siempre evitando decirle quién era el culpable de dicha tragedia, y para esto siempre le
mantuvo ocupada con todo tipo de labores, que si vete por agua a la poza, mete a las
vacas al corral, barre, junta unos limones, vete por leche, etcétera; así Petra tuvo lo
suficiente con su abuela, sobre todo esa costumbre tan arraigada de rezar. Una vez al
mes atrancaban bien la puerta de la casa y la del corral y bajaban al pueblo para ir a
misa, con todas las formalidades que éste acto merecía, saludar a las tías y demás
parientes que no veía, besar al cura en la mano, dar limosna a la iglesia, ir vestida
decentemente e incluso al llegar la hora de regresar al rancho comprar algunos dulces.
Como era común con la gente del campo que no tiene vecinos muy cercanos (no se
podría decir que tuviera amigas) solamente en esos domingos de cada mes, convivía con
algunas otras adolescentes de su edad, pero casi no platicaban, ya que después de misa
y comprar lo necesario, tenían que regresar pues el camino no era corto, era un trayecto
aproximado de hora y media, así que lo mejor era regresar temprano y no entretenerse.
El comal ya estaba encendido desde hacía rato y Petra sintió el olor al caldo de gallina
que se estaba cocinando, fue cuando ya había terminado de moler el maíz, limpió el
metate y lo dejó secando, entonces comenzó a hacer las tortillas, su imagen era
comparable a la de un artesano experto con el barro, sus manos conocían la cantidad
exacta de masa para crear una tortilla prácticamente perfecta en forma, tamaño y
textura, esas manos que habían aprendido a hacer tortillas desde los 8 años, no
necesitaban ninguna teoría ni receta, pues la práctica siempre fue su mejor aprendizaje,
esta habilidad era básica para cualquier mujer en los alrededores.
Tiró una memela llena de frijoles con chile al comal, pensando en cuantas personas
llegarían, jamás se preguntó si la comida les gustaría, ya que cualquier persona que
llegara de fuera, sería bien recibida en casa, se le daría de comer y de beber, si fuera
necesario también abrigo y ya que éste caso era la excepción, el recibir familia se
consideraba un privilegio y se les debería atender lo mejor posible, de la misma forma
también deberían mostrar su agradecimiento.
A las dos de la tarde la comida ya estaba lista.
El olor se podía percibir a través de las varas de carrizo que hacían de paredes en la
cocina, tortillas y gorditas verdes, el caldo de pollo y agua, todo esto acompañado de
frijoles negros en caldo, sal y por supuesto chiles.
Una vez terminado Petra y la abuela Concepción, se sentaron a esperar la llegada, con
qué paciencia esperaron, sin hablar, sólo se escuchaba el canto de los gorriocillos cafés,
el cacareo de las gallinas, los mugidos de las reses, el gorgoteo de las pipilas, en conjunto
con el vaivén de las ramas y hojas de los árboles que serenaban toda la escena, se
sentía un calor soportable a la sombra.
De pronto la abuela comenzó a recordar esas historias de su propia abuela, de todo lo
que ella escuchaba cuando era niña y se quedaba sentada en la puerta oyendo a los
grandes platicar, sobre todo del odio que entre las dos familias se había creado, al
haberse casado su madre de familia acomodada y que empleaba peones para sacar
plata de una de las minas cercanas, con precisamente uno de los trabajadores que no
tenía en que caerse muerto, pobre hasta más no poder y prieto; su piel era testigo de
esas largas jornadas al sol, sin más descanso que el almuerzo al medio día. Su carácter y
nobleza compensaban todos sus defectos físicos, por eso una de los Juárez se había
enamorado de él, con tan sólo 16 años.
La abuela ni siquiera notó que Petra había escuchado a los perros ladrar, como cuando
divisan algo a lo lejos, el viento les trajo a sus fauces un olor familiar pero desconocido,
que indicaba una familiaridad con la dueña de la casa, por eso ladraban, de una forma
diferente a cuando lo hacían si percibían peligro.
– ¡Agüela! ¡Ya llegaron!
– María Concepción sintió de pronto una alegría mezclada con nostalgia, lo que hizo
a su corazón latir más rápido de lo normal -Mi hija viene a verme después de
tanto tiempo (Pensó, así evitó llorar... esperó a estar frente a ella)
A lo lejos se podía observar a unas 4 personas, sólo un adulto y el resto niños. Venían
siguiendo la vereda marcada por años de ser transitada, levantando tierra a su paso y
evitando algunas hierbas secas y amarillentas.
La abuela no pudo evitar recordar el día que su hija se fue de su casa, su hija había
prometido no volver con las manos vacías, siempre supo lo que era la pobreza en el
campo pero no le importó, en su mente tampoco crecía la idea de tener riquezas,
simplemente de ayudar a su madre, esto se dificultaba, ya que era la menor de 9
hermanos y los varones en ese entonces salían a trabajar como jornaleros, poco
después de que su padre murió y los problemas con el resto de la familia se agravaron.
Ocho años habían pasado y hasta entonces la hija regresaba, no con las manos vacías,
sino con 3 hijos y con una infinidad de sentimientos acallados por el paso de los años,
nostalgia y coraje era lo que celosamente guardaba, no sólo en su mente, como
vulgarmente se dice: también en su corazón, pues para mala fortuna de sus hijos, habían
perdido a su padre, esa era la razón por la cual ella decidió llevarlos a conocer a la
abuela, para que les ayudara a aliviar un poco el peso de esa pérdida, así mientras ellos
se encontrarían en el campo, ella tendría tiempo de arreglar todos los pendientes de
regreso a la ciudad.
Los niños tardaron en acostumbrarse al calor, desde que llegaron a la terminal de
autobús, notaron lo extremoso del clima, al cual no estaban acostumbrados, pues la
ciudad en la que vivían era más bien templada, así que se sintieron bastante incómodos
cuando el sudor recorrió sus cabezas llenas de cabello. Infinidad de preguntas fueron las
que la madre tuvo que responder al por qué del viaje, de lo lejos que estaba la casa de
la abuela, de lo incómodo del camión, entre cientos más que sólo a un niño se le ocurre
preguntar.
Lo más increíble fue realmente el tener que caminar hora y media desde el pueblo, a
plena luz de medio día y sin nada refrescante alrededor que sólo agua, como finalizaba ya
el otoño, las hierbas se notaban secas, pero era el único indicio del clima de inicio de
invierno, ya que el calor bastaba para contrariar los sentidos, lo mejor fue cuando la
madre les avisó que ya habían llegado, nadie vio nada, pero pasando un pequeño
montículo pudieron ver una casita con un corral grande.
Al llegar Petra les recibió con una mirada curiosa, con esa mirada que sólo un
adolescente de 14 años que apenas a visto mundo puede dirigir al inspeccionar a una
familia completamente desconocida, quitó la tranca de la entrada y les dejó pasar, la
abuela esperaba a la entrada de la casa, mirando, buscando también la mirada de la hija,
hasta que se encontraron cara a cara y se abrazaron, el llanto fue incontenible y
espontáneo, ese llanto que produce felicidad después de tanto tiempo.
Para los niños fue algo anormal tener que saludar a dos desconocidas que eran familia, su
madre siempre les habló de la abuela, alguna vez vieron una foto, pero nunca habían
escuchado su voz, era la primera vez que la olían, que la veían y que la tocaban, se
dejaron mimar por esas manos callosas por el trabajo en el campo y esa voz algo
endeble, pero firme. De mano saludaron a Petra quien no dejaba de sonreír ni de
observarles mientras todos comían, madre e hija platicaban de muchas cosas de quien
había muerto recientemente, de quién les ayudaba a cosechar, de que si había más o
menos animales, entre otras cosas.
Una vez que terminaron de comer Petra se llevó a los niños para enseñarles los
alrededores, caminaron un poco y se encontraron con un árbol de ananás y con una vara
bajaron varias y las guardaron en sus bolsas de la ropa, Petra les contaba sobre algunos
otros niños que vivían a unas horas de distancia, de lo divertido que era subirse a los
animales, sobre todo al burro viejo de la abuela, por que cuando ya se cansaba mucho
de cargar lo que fuera le acomodaran encima, se pedorreaba tan fuerte que todos se
reían de él.
Les enseñó la poza de la que sacaban agua para beber, dónde tenían que ir al baño si lo
necesitaban, en general todo les impresionó y les gustó, por que no había sonidos de
autos, no había más gente a su alrededor, es más la mejor parte fue al terminar el día, ya
que fue cuando regresaban a la casa, cuando vieron un lazo amarrado a una de las ramas
del árbol más grande que hubieran visto en toda su vida, a modo de columpio uno tras
otro jugaron sin cansarse ni temor a caerse, que cuando se dieron cuenta ya comenzaba
a oscurecer.
Madre e hija platicaron durante en tiempo que se fueron los niños sobre sus problemas,
el único testigo de esa plática fue el gato de la casa, cenizo como los resto de la madera
quemada bajo el comal, dentro del fogón, le gustaba echarse ahí cuando había gente en
la cocina, así se arrullaba con la plática, así hablaron de sus miedos y planes para el
futuro, la hija temerosa por no saber en parte como crecerían sus hijos sin ése padre
que ella tampoco tuvo, pero su madre le dio fuerza para continuar, ella había sido la única
en salir de su casa, en irse a otro lado a encontrar una vida diferente a la de toda la
familia, siempre había mostrado ese espíritu rebelde y su carácter lo marcaba aún más,
era muy 'fuerte'; por eso siempre toda la familia habló de ella, bien y mal, pues como
siempre aún en la misma familia suele haber envidias.
– Má ¿Dónde está el candil?
– A la entrada de la cocina, donde siempre ¿Dónde más va a estar?
– Présteme unos cerillos
En seguida encendió el candil y éste aluzó la cocina entera. Ya había olvidado el olor a
petróleo quemado y esa llama amarilla, además del calor que éste despedía. Enseguida
recordó el día que su padre murió, ella estaba jugando afuera de la casa, cuando su
madre salió llorando y gritando el nombre de su esposo.
– ¿Por qué te vas? ¿Por qué me dejas sola?
Ella corrió hacia su madre inconsolable, con apenas 5 años poco sabía hacer para
consolarle o decirle algo. Enseguida entró a la casa y en la única habitación de ésta, sobre
la cama de varas, vio el cuerpo inerte de su padre, tapado como si aún durmiera. No
sintió miedo. Recordó como su padre la abrazaba y le daba besos en la frente, recordó
que todo el tiempo que vivió en casa de su madre nunca había usado zapatos.
La abuela le gritó a Petra que ya trajera a los niños, se encontraban cansados de haber
jugado toda la tarde, corriendo y gritando, entre los 4 idearon juegos que sólo en el
campo se podían jugar. Hablaron de cómo es la escuela y de lo poco que les gustaba, de
sus amigos y vecinos de la ciudad, de cómo era, ruidosa, sucia y dura.
Esa primera noche fuera de su casa, merendaron sólo canela con agua, no vieron
televisión, no hicieron tarea, estaban ya de vacaciones, sin saber por cuanto tiempo, así
que nada les preocupaba, solo dormir en ese momento y le hacían también infinidad de
preguntas a la abuela, entre otras, las razones del por qué no tenía luz, o televisión o por
qué no había carretera, o por qué la casa no tenía ventanas.
La madre durmió con ellos esa noche, no soñó nada en absoluto.
Al día siguiente se despertó temprano, a las 04:00 am, no despertó a los niños, salió con
rumbo a la ciudad y de nuevo volvió de dejar atrás tantos recuerdos, sabía que echaría
de menos a su madre de nuevo y por unas semanas a los niños, pero tenía tantas cosas
por hacer, que su mente siempre se encontró ocupada.
Al día siguiente los niños se encontraban tristes, ya que no encontraban a su madre,
sobre todo el menor, ya que por alguna razón dependía mucho de ella, la abuela les
explicó la razón de la partida, así que ya más tranquilos, desayunaron y la abuela les
explicó lo que harían el resto del día.
En primer lugar dieron de comer a los animales, a las gallinas, a los pollos, las vacas y al
burro, puros granos de comer y agua.
Les hizo dulce de calabaza, les mostró como hacerlo, en primer lugar debían escoger
una calabaza grande, suficiente para dar de comer a 5 personas, de buen color y aroma,
enseguida les mostró como cortarla y como quitarle el pepeto, mismo que se dejaba
secar al sol sobre un comal. La puso a hervir en agua junto al piloncillo, el dulce de
calabaza era algo nuevo para ellos, jamás olvidaron ese desayuno acompañado con
leche.
Pasaron dos semanas y ya estaban acostumbrados a los sonidos del campo, que en
ocasiones se oía como si estuviera vacío, era cuando de repente no se escuchaba
ningún animal, como si todos temieran y sintieran 'algo'.
El maíz era guardado, como en todas las casas, en la troje, que era una estructura de
madera con cimientos de barro, ahí se metían las mazorcas después de la cosecha, la
mayoría eran amarillas, pero había también azules, verdes y rojas, todas ya duras, los
niños sabían que el maíz se usaba a diario, así que se habían vuelto aficionados a molerlo
para ayudar a la abuela, el molino de mano se encontraba plantado frente al fogón, casi
pegado a la pared, antes de molerlo, se desgranaban las mazorcas y posteriormente el
olote se daba de comer a las vacas, una vez molido el grano se guardaba o se
preparaba, según lo ameritara el día, incluso se llegaba a vender o a regalar un poco de
masa a algunas personas que visitaban la casa.
Los niños no encontraban placer escuchando las historias que contaba la abuela, eran
historias aterradoras, como ésa en la que el protagonista era un tal Antonio, un muchacho
flojo y avaricioso, que una vez en la noche, hace muchos años fue contratado como
peón por el abuelo, él y otros más se quedaban a dormir fuera de la casa, para al día
siguiente irse a cosechar y así evitar viajar desde su casa que se encontraba lejos,
molesto por tener que trabajar, sólo le interesaba jugar y recorrer el cerro, sin hacer
nada útil. Una noche escuchó que alguien le hablaba, despertó, pero se dio cuenta de que
aún dormían todos, de repente un perro a lo lejos comenzó a ladrar, asustado, se levantó
y creyó ver una figura vestida de blanco, la siguió hasta el limón, pero allí desapareció,
cuando asustado y decepcionado se disponía a regresar a su petate y seguir durmiendo,
de repente sintió una presencia, ese algo le puso una mano en el hombro izquierdo, salió
despavorido, brincó la cerca, se resbaló y rodó hacia abajo, pero se volvió a levantar y
siguió corriendo; cuando estaba clareando, lo buscaron y lo encontraron a varios metros
subido en un trueno, los adultos se preguntaban que haría allí, y como le conocían algunas
mañas, pensaban que se había querido librar del trabajo y que esa era la única razón.
Pero María Concepción, les dijo que lo dejaran en paz, le dio de desayunar, ella sabía lo
que él había visto, por que ella de niña también había sentido esa misma presencia y su
madre le había advertido que había un alma en pena por la casa, muy posiblemente por
que había dinero enterrado, precisamente bajo el limonero.
Los niños se asustaban mucho durante la noche, pero al día siguiente se olvidaban y
ayudaban en el resto de las tareas y jugaban durante el resto de la tarde.
Así transcurrieron 2 semanas más que a ellos les pareció más tiempo, embelesados cada
día por algo nuevo que descubrían en los alrededores, aves, víboras, incluso los dulces y
el pan más raros que habían visto hasta ese momento, casi todo al principio les pareció
sin sabor, pero de pronto se acostumbraron a tomar canela sin azúcar, leche sin
chocolate, olvidaron las galletas y también las frituras.
La última semana que se quedaron en casa de la abuela, conocieron todo alrededor de la
casa, visitaron a los vecinos más cercanos, pero la mejor parte fue cuando estuvieron
en el río, jamás habían visto tanta agua tan limpia, vieron muchos peces, renacuajos,
crustáceos, muchos insectos molestos también, ahí toda la vegetación crecía sin
restricción alguna, árboles de los cuales colgaban bejucos gruesos y grandes.
Fue en la noche cuando los perros comenzaron a ladrar, mientras la familia estaba
cenando, la abuela le gritó a Petra que metiera a los niños a la casa, ella tomó un palo que
tenía en la cocina y comenzó a gritar:
– Lárgate, ¿Qué quieres aquí?
Los niños asustados se metieron a la casa junto con Petra, se encontraban a oscuras,
sólo escuchaban a los perros que ladraban por miedo, pero no huían, pasaron tan sólo
unos minutos y después la abuela entró con el candil, preguntando si estaban bien todos,
la respuesta fue afirmativa. Nadie se atrevió a preguntar que había pasado y la abuela
jamás dijo nada. Al día siguiente todo ocurrió con la normalidad de siempre.
El menor cuando se hastiaba de estar con sus hermanos se metía a la cocina a jugar con
lo que allí había, pedazos de madera y olotes, una tarde se encontraba sólo en la cocina,
escuchó ruidos que provenían del patio, salió a asomarse y de pronto vió un guajolote
completamente blanco, el animal lo miró de reojo y caminó hacia atrás de la troje, pero
no salió del otro lado, esto ocurrió en varias ocasiones.
Pasaron unos días más.
Para los niños fue una sorpresa,el que su madre hubiera llegado durante la madrugada y
cuando ellos despertaron, la encontraron hablando con la abuela y preparando el
desayuno, se alegraron mucho de verle, tanto que la abrazaron y enseguida le platicaron
todo lo que había ocurrido durante su ausencia. A la madre nada le sorprendió, ella había
vivido la mitad de su vida en esa tierra, conocía cada vereda, cada árbol y
prácticamente a cada persona que ahí había vivido, a varios de ellos de oídas, ya que
habían fallecido hacía mucho tiempo atrás.
Los niños se sintieron un poco tristes, sabían que al día siguiente se irían de nuevo a la
ciudad y dejarían de lado el desayuno con canela y gorditas de frijol... Ya se sentían tan
parte de esa familia que en la ciudad les faltaba, ese día arreglaron sus cosas para salir al
día siguiente muy temprano de casa de la abuela, ese día Petra los llevó a caminar
nuevamente por los alrededores, un día particularmente caluroso, caminaron una media
hora y se sentaron a comer bajo la sombra de un árbol, tomaron agua que estaba en un
bule y la compartieron sin problema alguno, así como fruta que la abuela le había
entregado a Petra, descansaron una hora platicando de muchas cosas, sobre todo de
cuando regresarían de nuevo y seguirían siendo amigos y pasarla tan bien como lo habían
hecho hasta ahora.
Esa tarde se bañaron en el río y todos durmieron profundamente, a la mañana siguiente la
abuela los despertó a las 4 de la mañana para desayunar, se levantaron muy adormilados,
tomaron leche con chocolate y tortillas con sal, esa mañana en la cocina había una
persona más que les ayudaría a llevarlos al pueblo para tomar el transporte a la central
de autobuses, era Mariano, otro nieto de la abuela y sobrino de la madre de los niños,
había traído un burro para cargarle las maletas, la abuela los presentó y les dijo a los
niños que lo saludaran, ellos con pena apenas le quisieron dar la mano.
Se despidieron de la abuela, quien le dio un abrazo a cada uno y los besó también.
La madre se despidió también, no con tristeza, por que le prometió que regresarían
pronto, cuando el trabajo se lo permitiera.
Comenzaron a alejarse de la casa, hasta que a lo lejos sólo se convirtió en una tenue luz
y después no se percibía nada, así andaron por una hora, los niños a cuestas del animal y
la madre platicando con su sobrino, sobre lo que había ocurrido desde que ella partió,
sobre todo por lo difícil de la comunicación.
Era imposible escrutar algo por la oscuridad de la madrugada, los niños aún no se
acostumbraban a esa penumbra, sin embargo a Mariano y a su madre no les costaba
trabajo caminar por el sendero, lo conocían de memoria, de arriba a abajo, lo habían
caminado cientos de ocasiones, de día y de noche.
Llegaron al pueblo, y se despidieron de su primo, emprendieron el camino a casa de
nuevo.
Su vida transcurrió como siempre, constantemente preguntaban a su madre cuando
regresarían de nuevo a la casa de la abuela.
Al término de un año desde la última visita al rancho, la madre comentó a los niños que la
abuela se encontraba muy enferma y ella iría a ayudarla por unos días, los niños
desconcertados se quedaron a cargo de una amiga de su madre y se preguntaban que
pasaba, como siempre su opinión no contaba en un mundo de adultos, nadie les dijo nada.
La madre regresó al cabo de una semana, con una mirada vacía y con un poco
de culpa, dejó a su madre sola por tanto tiempo y hacía sólo un año
que se había despedido de ella, esa había sido la última vez; la
abuela había muerto.
Los niños nunca más regresaron al rancho, no supieron que
pasó, solamente recordaron esos días calurosos,
persiguiendo gallinas en el patio de la casa de su abuela.