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Bicentenario: Crítica a la Historia Oficial

El libro presenta cuatro ensayos independientes que ofrecen perspectivas alternativas sobre momentos y figuras claves de la historia de El Salvador. El primer ensayo examina la figura ambigua de Pedro Pablo Castillo. El segundo rescata la visión pacifista de Masferrer sobre las matanzas posteriores a la independencia. El tercero analiza las críticas de los fundadores del Ateneo de El Salvador sobre el legado de la independencia. Y el cuarto descubre cómo la obra de Marroquín oculta la existencia de poblaciones indígenas

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Bicentenario: Crítica a la Historia Oficial

El libro presenta cuatro ensayos independientes que ofrecen perspectivas alternativas sobre momentos y figuras claves de la historia de El Salvador. El primer ensayo examina la figura ambigua de Pedro Pablo Castillo. El segundo rescata la visión pacifista de Masferrer sobre las matanzas posteriores a la independencia. El tercero analiza las críticas de los fundadores del Ateneo de El Salvador sobre el legado de la independencia. Y el cuarto descubre cómo la obra de Marroquín oculta la existencia de poblaciones indígenas

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EL BICENTENARIO.

Un enfoque alternativo
Rafael Lara-Martnez

Editorial Universidad Don Bosco


C

2011 Lara Martnez, Rafael, primera edicin 2011

Coleccin Investigacin Serie Bicentenario Apartado Postal 1874, San Salvador, El Salvador Diseo: Melissa Beatriz Mndez Moreno Hecho el depsito que marca la ley Prohibida la reproduccin total o parcial de esta obra, por cualquier medio, electrnico o mecnico sin la autorizacin de la Editorial ISBN 978-99923-50-30-0

ndice
Palabras liminares I. Castillo, contra quien thodos hechan II. Ros de oro y ros de sangre III. La independencia como problema IV. Inventar lo popular Excluir lo africano ndice analtico 1 9 35 59 97 105

Palabras

liminares

Hacia la segunda dcada del siglo XXI, me pregunto si hay lugar para el debate, o toda posibilidad de explorar enfoques alternativos a la historia oficial se hallan censurados. Por el momento, juzgo que existe cada vez una mayor dificultad de proponer versiones que difieran del canon estatal, aun si se documenten con informacin de primera mano, ausente de los archivos nacionales salvadoreos, y de los libros especializados de historia. Las razones del encierro son obvias. Ante una crisis econmica que arrecia sin punto final, la violencia al interior del pas, y al exterior contra quienes emigran por necesidad, el desempleo sin solucin inmediata, la propuesta gubernamental no es nueva. Se llama civismo. Hay que evadir toda discusin sobre los momentos fundadores del hecho nacional. Interesa celebrar, inculcar valores, escribir historia heroica en loa a los precursores y entonar interjecciones de sorpresa y alabanza ante el despliegue festivo. Entablar una discusin razonada sobre el pasado, rescatar memorias y documentos enterrados, resulta secundario. Importa el consenso, la devocin y la obediencia. Sin embargo, el debate que el siglo XXI anhela olvidar desempea un papel primordial hacia la celebracin del primer centenario de la independencia, hace un siglo. Lo anticipa el propio maestro Alberto Masferrer hacia el despegue del siglo XX, pero todos sus seguidores actuales prefieren borrar ese escrito incisivo sobre las secuelas trgicas de la independencia que mantenerse fieles a su pensamiento. Leales a la crtica de Masferrer, reiteran olvidamos el hecho [violento y sus vctimas] todo el pasado (1901), en nombre de la celebracin y del festejo cvico. La generacin olvidada que funda el Ateneo de El Salvador prosigue ese debate sobre la falta de una voluntad popular por la independencia, las matanzas post-independentistas, hasta culminar en un desastre. En los hechos que el presente celebra, los atenestas perciben una fatal confusin entre ideal de libertad y sed de sangre de los vencedores. Pese a su 1

advertencia, la actualidad rechaza toda visin crtica para que la marcha triunfal no se detenga. Por ltimo, tampoco hay lugar para pensar a los excluidos de la historia. Junto a la reconocida supresin de lo indgena y su lengua, lo afro-salvadoreo se borra con una intencionalidad ms flagrante en aras del mestizaje completo. Ante el ideario de una presunta historia crtica, la cual confunde los concepto de raza y nacin, exijo restituir la presencia de lo africano desde el despegue de lo nacional al presente. Frente a la inconciencia actual, reclamo el silencio, que existe desde el siglo XIX a Masferrer, a los atenesta, hasta concluir en la historia crtica de Alejandro Dagoberto Marroqun con su exclusin expresa de lo afrosalvadoreo desde la independencia. Reclamo una breve oportunidad para reflexionar sobre las pirmides de calaveras que se alzan en las llanuras, desde la perspectiva de las vctimas y del olvido que forja una identidad nacional sin alternativa crtica. Al presente, el escndalo de Tamaulipas representa un evento insignificante frente a esas montaas de cadveres que la historia nacional anhela olvidar. La enseanza clave resulta simple. A la hora del cambio de la alternancia del pndulo, precisara resulta de sumo inters historiogrfico rastrear cules documentos primarios se privilegian, cules se colocan en segundo plano y, al cabo, cules se descalifican de toda discusin actual por oponerse a un nuevo ideal de hegemona. El grupo de escritores olvidados que este libro rescata forma parte de esta ltima categora de documentos primarios que la historia oficial desea erradicar de la memoria histrica nacional. No habra nada nuevo para quienes saben que los hechos histricos son ms complejos que un simple nmero (5) y sus infinitas formas de nombrarlo (5=4+1=3+2=2++1= +). La novedad existe slo para aquella ortodoxia que anhela imponer un solo sentido de la historia (5=4+1) para erradicar cualquier otro sentido posible de narrar los hechos. Nombres ausentes del ideario histrico Arturo Araujo y su ideario cultural, Adrin Arvalo, fundacin del Ateneo de El Salvador (diciembre de 1912), Jos Dolores Corpeo, pacifismo, presencia afro-salvadorea, Abraham Ramrez Pea, etc. dan cuenta de mi fidelidad estricta a lo aejo. Rastreo lo Perdido, el Olvido expreso de toda memoria en boga. 2

resumen

del libro

El libro se compone de cuatro artculos independientes que el lector puede leer sin un orden fijo. Su secuencia no es temtica, sino cronolgica. En primer lugar, Castillo, contra quien thodos hechan descubre la ambigedad de la figura histrica de un presunto prcer, cuya imagen oscila entre un hroe y un traidor segn las fuentes que se privilegien. El ensayo recopila una bibliografa exhaustiva sobre su semblante, para descubrir la falta absoluta de una voz propia del implicado. Lo curioso de quien se juzga como el verdadero prcer popular es tanto su silencio como la transformacin de todos los testimonios acusatorios primarios en alabanzas tardas. En segundo lugar, Ros de oro y ros de sangre rescata la visin pacifista y trgica que ofrece un escrito temprano de Alberto Masferrer sobre las matanzas que se organizan en nombre de la libertad luego de la independencia. El artculo analiza la doble vertiente contradictoria de la independencia, logro liberador, oro, y matanzas que se justifican en nombre de ese ideario, sangre. Se reproduce el artculo original ya que se halla ausente de la mayora del corpus masferriano actual. En tercer lugar, La independencia como problema rescata el legado de los fundadores del Ateneo de El Salvador quienes redoblan la crtica pacifista masferreriana sobre el legado trgico y mortuorio de la independencia. Sus escritos olvidados por un siglo de desdn convocan a las vctimas de las matanzas pos-independentistas como los testimoniantes ms fidedignos de la longue dure de la historia de la violencia en El Salvador. Hay que interrogar la emancipacin por las pirmides de calaveras que se alzan en las llanuras, o bien por las carniceras humanas sin por qu ni para qu, en los mismos sucesos histricos que nuestra actualidad celebra en apoteosis. Si sus escritos los omite todo historia nacional de izquierda a derecha esto se debe a que esta generacin del cambio de siglo XIX-XX estropea la celebracin del primer centenario. Denuncia la falta de todo proceso independentista, la falta de una voluntad popular por la independencia salvadorea, as como

revela que a partir de 1821 siempre se ha hermanado el ideal de la libertad con la sed de sangre de los vencedores. Por ltimo, Inventar lo popular Excluir lo africano analiza una obra clsica: Apreciacin de la independencia salvadorea (UES, 1974) de Alejandro Dagoberto Marroqun. Descubre cmo su intencin por rescatar una voz popular la empaa su idea de mestizaje, su ideal romntico que identifica la nacin a una sola cultura y raza. Su proyecto bio-poltico de homogeneidad racial oculta la existencia de una poblacin indgena, mermada por las guerras pos-independentistas, al igual que acalla la existencia de toda poblacin afro-salvadorea. En apndice se inaugura un rescate de la contribucin literaria de lo afro-salvadoreo a la cultura nacional.

de

la Portada

Admito que no entiendo la portada. Si veo una figura de una mujer negroide [desconocida] Pedro Pablo Castillo. Los otros no lo s. As me escribi un amigo letrado a quien se la remit para su comentario. En efecto, acostumbrados a vivir en la caverna de lo real, del pasado slo observamos las sombras que el presente imagina. Se reconoce la nica imagen que el siglo XX inventa del siglo XIX. Todo lo dems queda en penumbra. De Castillo no hay un solo documento escrito original ni tampoco un cuadro que retrate su semblante. El simulacro actual suplanta la historia vivida. Se reconoce del pasado lo que el presente fantasea de l. La iconografa y palabras originarias ya no se visualizan como tales. Por eso, las dems figuras quedan ocultas para la mirada actual que moldea la historia a su imagen y semejanza. Esbozar la figuracin historiogrfica de Castillo es uno de los idearios iniciales del libro. La portada recoge un puado de retratos sin memoria. En el trasfondo aparece la manera que la generacin olvidada que celebra el primer Centenario (1811-1911 y 1821-1921) visualiza el pasado nacional. Este mismo esquema reaparece en el ndice y en la contraportada. Al igual que nosotros, nuestros predecesores tambin inventan un pasado una conmemoracin de la Independencia y una crtica pacifista el cual ya no observamos de manera semejante. Rescatar su enfoque alternativo es uno de los proyectos centrales del libro. La mujer negroide representa el terruo, El Salvador mismo bajo su nombre literario de El Pulgarcito de Amrica. Su presencia vindica la diversidad cultural que rechaza el mito en boga del mestizaje: una nacin, una raza, segn la bio-poltica en turno. De igual manera que el presente desdea la crtica pacifista de la independencia una visin histrica desde las vctimas tambin menosprecia la figura original que acompaa al nombre literario del pas. Tanto el autor original Julio Enrique vila como el homenaje a Maximiliano Hernndez Martnez los omite la historia oficial del presente. Pero la historia oficial del martinato 5

Miguel ngel Garca, Toms Fidias Jimnez, etc. rescata la mayora de la documentacin primaria que sus enemigos utilizan para descubrir una voz popular y una diversidad tnica. A la derecha de la mujer-tierra salvadorea, con herencia africana, aparece el primer presidente del Ateneo de El Salvador: Jos Dols (Dolores) Corpeo. El olvido de sus escritos lo motiva la crtica mordaz a todo militarismo. La idea de libertad se hermana con la sed de sangre de los vencedores; sean liberales o conservadores, unionistas o separatistas, nos asegura, todos anhelan el exterminio del enemigo a su llegada al poder. A su lado, se halla el presidente cuyo despegue de poltica cultural motiva la fundacin del Ateneo de El Salvador en diciembre de 1911. El hecho de que la Revista del Ateneo perdure por ms de medio siglo testifica del xito de una poltica de la cultura. Por ltimo, aparece la ficcin del presente que retrata a un prcer sin documentacin primaria que lo sustente. He ah la lnea directriz de la portada. De lo pasado desconocido nos movemos hacia la imaginacin ficticia del presente. Hacia la creacin de una historia nacional al arbitrio de la poltica en turno. El libro ofrece un retorno hacia un origen nacionalista inexplorado por la matriz (the matrix) que al presente sustituye lo real del pasado.

agradecimientos
Agradezco de nuevo a la Universidad Don Bosco la publicacin de este libro, al igual que a Melissa Beatriz Mndez Moreno por el cuidado que le otorg a su diseo artstico. Hasta la ciudad de San Salvador, remito mis mejores reconocimientos para que las flores del nopal broten, en todo su colorido, en Comala y en el trpico montaoso. Que el agave milenario se alce en las colinas de Cuzcatln y de Aztln. RLM, Desde Comala siempre

Pedro Pablo castillo

castillo contra quien thodos hechan


y la revuelta fallida de

1814

La [Provincia] de San Salvador [] desde sus primeras convulsiones [est] dividida en su seno [de municipios libres] por la unin a este gobierno de los vecinos leales de San Miguel, San Vicente y Santa Ana [, otras ciudades, y] los inquietos que la turbaron [en la capital]. Jos Bustamante y Guerra (1813)

Palabras claves/Resumen 0. Introduccin I. Historia fragmentada I. 1. De la documentacin primaria I. 2. A la controversia sobre Castillo II. Motines de indios, izquierdismo como enfermedad infantil III. Hechos y calumnias IV. Modelo ejemplar, exaltacin de mi fantasa V. Ms all del terror bustamantino VI. Sopor independentista VII. Unin de los contrarios VIII. Fuentes documentales IX. Ilustracin

Palabras claves: conciencia histrica, historiografa o escritura de la historia, independencia centroamericana, prceres salvadoreos. Resumen El ensayo recopila una documentacin exhaustiva sobre una revuelta fallida por la independencia, ocurrida el 24 de enero de 1814 en San Salvador, El Salvador. Rastrea dos siglos de historiografa salvadorea para descubrir la manera en que los sucesos se integran en la conciencia histrica nacional. Examina la figura de Pedro Pablo Castillo la cual oscila entre los extremos de hroe y traidor. El ensayo no restituye hechos histricos; indaga su recoleccin tarda y paradjica en la historiografa centroamericana. Para inventar la nacionalidad salvadorea, la historia oficial exige que se califiquen de heroicas y organizadas las acciones de un motn que la documentacin primaria acredita de alevoso y espontneo. 1814 resulta una fecha clave para imaginar la idea de un proceso de luchas independentistas continuas desde el primer intento en 1811 hasta la doble declaracin final de 1821, Independencia de Espaa, y de 1823, Independencia de toda nacin extranjera. A diferencia de otras regiones latinoamericanas, en El Salvador no existe evidencia documental para justificar una voluntad popular por la autonoma. En cambio, una inercia colonial y un sopor independentista explican la falta de guerras por la independencia y de un movimiento poltico organizado.

0. introduccin
La noche del 24 de enero de 1814 en San Salvador, multitudes procedentes de pueblos aledaos y barrios cercanos ocuparon la ciudad. Obedecan rdenes nicas de sus ayuntamientos. Diversos alcaldes lograron que se liberara a varios colegas presos, pero fracasaron en su intento de apoderarse de las armas de un Cuerpo de Voluntarios leales al intendente criollo de la provincia, Jos Mara Peinado. Asimismo fall la propuesta de confrontarlo en cabildo abierto ante al pueblo y el llamado de los ayuntamientos a la sublevacin general. La convocatoria a la revuelta enviaba seales ambiguas que se han prestado a interpretaciones contradictorias. Anunciaba que la pacificacin de la ciudad luego del primer grito de independencia, 5 de noviembre de 1811 se vea frustrada, a la vez que notificaba la distancia entre intenciones revolucionarias de los prceres y reticencia del pueblo a seguir rdenes y 10

rebelarse. Si San Salvador se eriga como reincidente rebelde que lideraba los movimientos independentistas en el istmo, en los prximos siete aos su efervescencia revolucionaria se acallara. Pareca que el proceso de emancipacin se hubiese detenido. Pese a una disparidad numrica entre pueblo insurrecto y ejrcito leal, la autoridad control la situacin al dispersar a las masas en un altercado armado que caus dos muertos y varios heridos. Segn Peinado, esto les contuvo, y dio tiempo a que la patrulla se retirra a la plaza. En pocas horas, el intendente y sus tropas revertan la desventaja numrica me v rodeado de ms de 1,000 hombres que pedan mi cabeza y la del Comandante de Armas en triunfo poltico y militar. Los cabecillas fueron apresados, sus bienes confiscados, y llevados a un alargado proceso legal o juicios de infidencia. Entre los insurgentes se encontraba Pedro Pablo Castillo, quien logr escapar y exiliarse en Jamaica. Ausente durante los juicios, su causa judicial la conocemos por su papel de chivo expiatorio contra quien thodos hechan. Analizamos la ambigedad de su figura personal y liderazgo poltico que oscila entre la restitucin de un hroe popular y desafo justo, y su antnimo, la denuncia de un dirigente impulsivo y traidor alevoso. Restituimos una controversia historiogrfica que hace de Castillo y de otros prceres figuras polmicas y abiertas al debate, al igual que de la idea de un proceso independentista una ilusin republicana-liberal. Ofrecemos no una historia del personaje y de los sucesos de 1814 que conservan su nombre. Brindamos, en cambio, un amplio escrutinio de la discordancia historiogrfica de su semblante en la conciencia histrica nacional de El Salvador.

i. historia

fragmentada

El acopio ideal de una investigacin histrica restituye las fuentes primigenias de los autores que vivieron los eventos. Empero nuestro acceso al pasado lo modula siempre una compleja y dilatada tradicin historiogrfica. La larga dimensin de una memoria nacional se interpone entre el presente y lo remoto. Para la actualidad, esta gradacin voluble significa casi dos siglos de historiografa salvadorea (1814-2007). Al seleccionar formulas diversas de la documentacin original, variadas retentivas escalonadas por aos reconstruyen los eventos de acuerdo a criterios polticos, filosficos en curso. 11

El pasado no se nos presenta tal cual transparente y accesible en cambio, se halla mediatizado por las mltiples versiones tornadizas de quienes nos anteceden. Se trata de reponer una sinfona de voces sin acorde la cual se interpone entre la vivencia actual y los hechos que evocamos. Por este desacuerdo fundador, al clasificar los documentos asentamos tanto la fecha original, al igual que el trmino de su publicacin (vase: bibliografa al final del ensayo). El lapso temporal entre testimonio originario y reproduccin nos parece capital, porque la historiografa no refiere slo el pasado abolido. Relata adems el presente de su recoleccin, el momento en el cual ocurre la memoria del acontecimiento. La dinmica entre presente y pasado interroga la irrupcin selectiva de Castillo en la memoria histrica de la nacionalidad salvadorea. La evocacin de su figura manifiesta un mayor desafo, cuanto que no contamos con un recuerdo de su propia voz sino casi slo se preservan acusaciones que lo incriminan. Ms que reconstruccin unificada de los hechos como la presenta todo libro de historia convencional Castillo contra quien thodos hechan revela las agudas controversias que enfrentan las distintas posiciones historiogrficas. No ofrecemos un estudio de historia; a lo sumo, al lector le prometemos una vasta inquisicin sobre la historiografa de un personaje y suceso clave de la identidad salvadorea.

i. 1. de

la documentacin Primaria

El punto nodal de la recopilacin lo colocamos durante la presidencia del General Maximiliano Hernndez Martnez (1931-1944), ms exactamente en 1939-1940. En este par de aos, Miguel ngel Garca publica la documentacin primaria Procesos por infidencia que atestigua la responsabilidad directa de Castillo en los sucesos de 1814. Su relevancia es tal que la entera bibliografa podra clasificarse por el conocimiento de esos litigios, al igual que por la manera en que selectivamente se leen las acusaciones contra un procesado ausente (vase tambin: Garca, 1952). Un ao despus (1941), otro historiador salvadoreo Toms Fidias Jimnez en su cargo de Director y Redactor de la revista Tzunpame. rgano de Publicidad del Museo Nacional de El Salvador reproduce casi toda la correspondencia del intendente de la Provincia de San Salvador, Jos Mara Peinado, sobre los sucesos de ese ao clave (AGN, Caja 4). Asombrosamente, ambos historiadores que recolectan las pruebas de su quehacer poltico no 12

elaboran un mayor comentario crtico de su intervencin. Garca y Fidias Jimnez nos instruyen sobre la distancia que se interpone entre el rescate de indicios pretritos y la memoria histrica presente. La versin actual ms popularizada la refieren el poeta Roque Dalton (1965) y el antroplogo Alejandro Dagoberto Marroqun (1974) quienes le atribuyen encabezar una sublevacin con amplias races en las clases desposedas de la capital. Ambos autores lo convierten en uno de los primeros lderes revolucionarios. De manera ms mitigada, este enfoque lo anticipan escritores de posicin poltica contrapuesta tal cual Alberto Luna (Peinado, s/f y 1971), Adolfo Rubio Melhado (1959), Miguel ngel Durn (1961) y Francisco Peccorini Letona (1972). Sin dudar del llamado al levantamiento, queda por determinar si su presunto liderazgo popular significa la necesidad de la izquierda salvadorea de lossesenta-setenta por buscar anclajes en el pasado para justificar sus acciones presentes, o bien existe documentacin anterior y primaria que sustente la tesis. En su versin ms radical, la intervencin de Castillo se juzgara de tentativa por incorporar a grupos sociales desposedos a la poltica municipal capitalina como esfera de soberana popular. Las fuentes parecen alternar entre dos interpretaciones de los sucesos de 1814. Unas interpretan el alzamiento como parte de un movimiento independentista generalizado en Amrica Latina y en el istmo. Las otras prefieren comprenderlo como revuelta local ligada a los conflictos que oponen a los habitantes de la capital salvadorea en especfico a los criollos o al pueblo en general ms que contra las autoridades peninsulares, contra las guatemaltecas. Las interpretaciones que entienden la insurreccin como un captulo necesario dentro del largo proceso de independencia insisten en su carcter organizado y en su planificacin. Por lo contrario, los enfoques que acentan su ndole local resaltan la espontaneidad popular. Dentro de esta polmica, algunos autores subrayan adems la cuestin del sufragio y de la democracia electoral como detonador central de los sucesos (Gavidia, 19171918 y Garca, 1952). La mxima documentacin primaria que responsabiliza a Castillo de Pral. Tautor de la infame insurreccin exonera a todos aquellos prceres que tradicionalmente se consideran promotores de la independencia patria (Garca, 1940, p. 203). Mientras Manuel Jos Arce y los hermanos Aguilar 13

niegan su participacin en la revuelta e incluso deslindan su postura del malvolo proyecto de Castillo, el nombre de Jos Matas Delgado ni siquiera aparece mencionado, salvo como posible mediador entre el capitn general y los insurrectos. En cambio, se involucra a su hermano Miguel Delgado, quien niega su intervencin, y a otros habitantes de los barrios irreconocidos por la historia actual, un partido organizado no conforme las leyes [] sino en el estado de conjuracin: Simn Antonio Miranda, Alberto Berdugo, Domingo Ramos y Francisco Campos, Jos Clemente Zelada y Victoriano Moto, Jos Manuel Funes y Andrs Garca, etc. (Garca, 1940, p. 225 y 1952, p. 259). Entre otras personalidades que descuellan figuran Bernardo Torres, Silvestre Anaya, Jos Obispo y Jos Toms Alfaro, quatro de los peores insurgentes (Peinado en Tzunpame, 1941, p. 87).

i. 2. a

la controversia sobre

castillo

El hecho de que la principal evidencia de su liderazgo provenga de expedientes que lo incriminan debera incitar a que el lector los examine con suma cautela. No en vano, quienes vindican a Castillo como arquetipo de lo popular Marroqun y Dalton son bastante selectivos en los testimonios que retoman de los juicios de infidencia; el uno luego de consulta expresa de las fuentes originales; el otro por su absoluta confianza en lo que declara el Partido Comunista Salvadoreo (PCS). Marroqun realiza la depuracin de los documentos primarios con conocimiento de causa; Dalton la ejecuta por su lealtad a la purga previa que su partido le infringe a los documentos (al citar un trabajo aparecido en el rgano terico del Partido Comunista Salvadoreo en diciembre de 1962, Dalton (48) declara la omisin de los documentos originales en su trabajo). En ambos autores, la canonizacin de Castillo requiere acallar elementos importantes que motivaron el levantamiento. Igual omisin la ofrecen los historiadores que anticipan la canonizacin de Castillo como prcer (Castro (1911), Luna (Peinado, s/f y 1971), Rubio Melhado (1959), Durn (1961) y Peccorini Letona (1972)). Las fuentes descubren dos agudas controversias alrededor de su semblante: una personal, el duelo que sostuvo el prcer contra el jefe militar del partido de Zacatecoluca, Jos Gregorio Zaldaa, y otra colectiva, las implicaciones de su liderazgo en enero de 1814. Esta doble faceta individual y social se anuda alrededor de la figura del intendente 14

de San Salvador, Jos Mara Peinado. Con respecto a la pugna que lo opone al oficial realista espaol, ningn historiador cita la fuente primaria que fundamenta el relato de los hechos. Algunos le atribuyen el exilio a ese duelo frontal pero olvidan sealar que la fecha del incidente ocurri tres aos antes (Lard y Arths, 1936, p. 235). Quien aclara el lugar exacto la hacienda Miraflores tampoco menciona la fecha (Salazar, 1952, p. 7). Al cabo, el escritor que precisa el evento 1811 en la referida propiedad lo califica de crimen horrendo con el agravante de alevosa y nocturnidad (Molina y Morales, 1985, p. 184; citado por Turcios, 1995, p. 176, pero de manera neutra). Esta censura deniega el juicio valorativo de fuentes anteriores que califican el suceso de duelo frontal y, con mayor aprobacin, de lucha franca y leal [] noble lid (Lard y Arths, 1936, p. 235 y Castro, 1911, p. 89 y 1971). La ambigedad de su figura no podra ser ms contradictoria. Se halla sujeta a una valoracin mltiple y polmica, de hroe a traidor. A la vez, resulta poco verosmil la correlacin directa entre la contienda armada con Zaldaa en 1811 y el exilio posterior de 1814, luego de obtener indulto por el duelo, investidura oficial de alcalde segundo y participar como cabecilla de la revuelta fallida. En breve, se descubrir su conflicto personal con el intendente Peinado como verdadero motivo de su huda. En segundo lugar, entre las facetas ms notables que se mencionan sobre 1814 se hallan los siguientes pormenores, que la ms notable historiografa acalla con frecuencia: amenazas contra los miembros de ciertos barrios si no se sublevan, compra monetaria de quienes se rebelen, ultimtum por degollar a reos enemigos, proyectos de expropiacin, saqueo y reparto inmediato de bienes y moneda en caso de triunfo, ante todo la tienda de los Otondos, ofrecimiento de cargos pblicos entre los participantes, embriaguez generalizada a la hora del levantamiento y borrachera sacrlega del propio Castillo quien se rob el vino para celebrar el Santo Sacrificio de la parroquia de Sn. Franco. antes de confirm[ar] su sentencia [de] verdugo de Peinado, trasfondo tnico que opone negros, mulatos, indios y ladinos contra criollos y europeos, en otras versiones peninsulares y monrquicos utilizan a los africanos para que defiendan su causa, quitar[les] las armas, y las cabesas a los enemigos, a voluntarios y blancos, al igual que plan de ocupar a las mugeres de los vencidos de molenderas, llamado a la revuelta por repique de campanas sin respuesta popular y, por ltimo, la repentina 15

desaparicin de Castillo luego de aconsejarle a la gente del tumulto [] que no corrieran peligro (Garca, 1940, p. 235. Este mismo autor acenta la cuestin sexual al referir la denuncia [del] incesto contra monrquicos y defensores del orden colonial en el estribillo independentista: ciudadanos del Tabor/digan con grande alegra,/que muera Ins y Gertrudis/I el prfido Rentera (1952, p. 255-256)).

ii. motines

de indios,

enfermedad

izquierdismo infantil

como

Se presta a la elucubracin histrica determinar cules de estas acciones las prevn las juntas de prceres que se organizaron en casa de los padres Aguilar, Delgado, etc., y cules responden a decisiones estratgicas de ltima hora (Monterey, 1943-1977, p. 35). Ms complejo resultara establecer la veracidad o disimulo de tales aserciones acusatorias. Si la imagen de Castillo oscila entre duelo justo y crimen alevoso, su tutela poltica flucta entre cabecilla popular y dirigente impulsivo, falto de tacto. Ms all del conflicto de posiciones polticas entre el alcalde segundo y el intendente de San Salvador, la correspondencia de Peinado revela una confrontacin personal que difcilmente se ofrecera al indulto como se les otorga a los dems prceres implicados: los Aguilar, Arce, Rodrguez, etc. Tal cual lo declara Peinado Enero 27 de 1814, Castillo despach ordenes circulares toda la jurisdiccion, y aun fuera de ella para que no se obedeciesen mis orns. ni las de mi Asesor, y se tapasen todos los caminos para que nadie escapase (Tzunpame, 1941, p. 64). A este desacato de infidencia se aade una tentativa justiciera de crimen directo. Castillo actuara como homicida y Peinado de vctima. La declaracin anterior prosigue as: Hecho esto se proclam la muerte de todos los voluntarios y blancos, reservando mi persona Castillo para ser el verdugo de ella [] los Ministros del Altar, los Templos, Dios mismos existente en ellos: nada ha sido respetado El Alcalde Castillo para confirmar mi sentencia, pidi el vino que hubiese en Sn. Franco. [] para celebrar el Santo Sacrificio. Los pobres PP. que intercedan por m se lo dieron; y al acabarlo de tomar confirm su sentencia, y entonces fue quando se asign para verdugo de mi persona (64-65). 16

Ms que la muerte a duelo del oficial Zaldaa suceso que recogen casi todos los historiadores este episodio de careo entre asesino potencial y autoridad ultrajada explicara la urgencia que motiv la desaparicin y exilio de Castillo. Sean ciertas o falsas, las numerosas denuncias modelan el imaginario conservador de la capital salvadorea, al postergar todo nuevo intento independentista por un perodo de siete aos (1814-1821). La visin ms punzante la desarrolla el guatemalteco J. C. Pinto Soria (1986), quien arguye una tesis leninista muy cercana al izquierdismo como enfermedad infantil (Lenin, 1920, www.marx2mao.com/M2M(SP)/Lenin(SP)/LWC20s.html). Una revuelta espontnea suscita un triunfo de la reaccin y del enemigo la alianza criollo-peninsular en lugar de rematar el auge del movimiento independentista. Habra no una sino dos tesis marxistas en conflicto. La razn agitadora que la izquierda salvadorea celebra, el guatemalteco la condena. La espontaneidad lejos de definir una estrategia revolucionaria apoya al contrincante. Con un nuevo giro borgeano, Castillo sera no el hroe de una gesta popular sino el traidor que da rienda suelta a instintos pueriles apresurados, ocasionando una reaccin militar inclemente o terror bustamantino que retarda la independencia salvadorea. Una apreciacin semejante la expresa Peccorini Letona para quien la falta de estrategia de Castillo malgast lamentablemente el pujante herosmo de nuestro pueblo (1972, p. 61). La efervescencia fue tan grande como fue imposible de organizar la revolucin (Garca, 1952, p. 269). Como si esas acusaciones no bastasen, otra interpretacin marxista alternativa refrendara la tesis del guatemalteco Pinto Soria. Esta disyuntiva historiogrfica la ofrece el estudio sobre la violencia colonial en Centroamrica y Chiapas de su coterrneo Severo Martnez Pelez (Motines de indios, 1985). Si fuese posible concebir correspondencias entre revueltas independentistas y motines de indios, 1814 en San Salvador marcara quizs una fecha nodal de su interseccin. Los motines no fueron accidentes del sistema, sino fenmenos consubstanciales al mismo, que lo conservaban [en el caso de 1814, por siete aos ms] en tanto que funcionaban como vlvulas de escape del disgusto social y como avisos, previstos y hasta deseables, porque eran explosiones de descontento aisladas [en la capital sin 17

apoyo de los otros partidos de la provincia salvadorea] y por ende fcilmente controlables (Martnez Pelez, 1985, p. 46). Segn el capitn general, Jos Bustamante y Guerra, la previsible autora intelectual de 1814 recae en los padres Aguilar, agentes principales de las inquietudes de San Salvador, cuyo maligno influjo prepar[] al pueblo, ms que en Rodrguez y Castillo, autores materiales: los que reunidos con otros [] tocaron las campanas (Bustamante en Fernndez, 1929, p. 81 y 105). Si la demora de toda nueva lucha independentista capitalina verifica la idea de conservacin del sistema colonial, el vaticinio de su ocurrencia lo rastrean los reportes del mismo capitn general y del intendente de San Salvador. Otros elementos comunes a ambos alzamientos motines de indios y revuelta de 1814 son: iniciativa sbita o espontnea, exaltacin alcohlica, ataque a la autoridad local o regional, intento de asesinarla, saqueo, brote de violencia de muy corta duracin, movilizacin masiva, pero rpida dispersin de los congregados pese a la disparidad numrica entre pueblo insurrecto y ejrcito leal, etc. (50, 56 y 63). Las cifras ms extremas las apunta el historiador salvadoreo Ramn Lpez Jimnez: 45005000 amotinados y un pelotn de 25 soldados leales (1962, p. 58). Pero, ante todo, lo que Martnez Pelez cuestiona es el concepto mismo de cabecilla el cual responde a una elaboracin de la autoridad colonial Peinado acusando a Castillo ms que a la dinmica misma del motn y de las verdaderas causas del descontento (57). Las personas sindicadas como cabecillas [Castillo entre ellas] no lo fueron realmente, sino por obra de la eventualidad y la necesidad de los represores (58). En carta fechada Febro 24 de 1814, Peinado confirma la tesis del historiador guatemalteco al atribuir los disturbios en Cojutepeque no a problemas sociales sino a asuntos personales de liderazgo: las conexiones y parentesco de Rodrguez [] las de compaero Castillo qe. estubo algunos aos avecindado en l, y aun fu Alce. Pedaneo (Peinado en Tzunpame, 1941, p. 91-92). Por ltimo, con Martnez Pelez, citacin de pueblos a ltima hora y corta duracin del motn implicaran que los planes independentistas existen slo en el ideario poltico de ciertos prceres. Las masas convocadas acuden ante el llamado de sus autoridades municipales sin proyecto revolucionario en mira. Si la ciudad estaba invadida por gente dispuesta al sacrificio, se ignora la razn por la cual la inactividad fue la muerte de la Revolucin. El grito 18

de guerra Castillo, activo y valiente pero mal tctico [] repi[cando] las campanas de la Parroquia no produjo resultado: la anhelada insurreccin popular (Duran, 1961, p. 93, 99 y 104).

iii. hechos y calumnias


Acaso si existiese evidencia de su respuesta testimonial a las acusaciones in absentia, la historiografa de su figura se alterara por completo. Durante los juicios de infidencia, incapaz de defender su causa, Castillo desempea el papel de chivo expiatorio. Como lo reconoce un testigo preso, si a alguien hay que incriminar, es a Castillo contra quien thodos hechan (Garca, 1940, p. 219). Esta mxima posee un peso tal que la retomamos como ttulo del presente escrito. El problema historiogrfico que suscitan los improperios legales lo aclara el juicio contra Mariano Fagoaga, litigio en el cual Castillo apenas aparece mencionado en dos ocasiones (Garca, 1940, p. 259-306). Durante este procedimiento judicial, el acusado revierte las sentencias contra los testigos al calificarlos de delatores, mentirosos, sujetos a la calumnia y al soborno. Muchos voluntarios [] han pasado alas crceles, o cuarteles a aconsejar a los Presos que alli se hallavan para que depusieran contra las Casas de Delgados, Arzes, Aguilares y Faguagas ofrecindoles por esta vajesa ponerlos libres y dandoles de comer y dinero [] todos los testigos [] son sus enemigos [] y han intentado maliciosamente ultrajandome con calumnias y especies ofensivas (276 y 278). Esta problemtica de la causa lcita la reitera Miguel Delgado. Si el partido dominante es el de mis enemigos y ninguna causa se determina sin oir los descargos y defensa del hombre acusado, parecera que esa mxima suprema no se aplica a la Casa de los Castillo (Garca, 1940, p. 252-253). Presumimos que no slo se degrada a los prceres presentes por sus iniciativas polticas, sino tambin el mismo Castillo se defendera frente a las mltiples acusaciones que todos le echan para eximirse ellos mismos de cualquier culpa y castigo. Tal vez su canonizacin actual exhiba un razonamiento complementario, en las antpodas de su incriminacin pasada. Al presente, la infraccin de infidencia se traduce en su contrario: lealtad a lo popular y a la libertad soberana. En breve, la sentencia Castillo contra quien thodos hechan se revierte en su antnimo suplementario: Castillo a quien todos aman. 19

iv. modelo

ejemPlar,

exaltacin

de mi fantasa

En nuestro Estado no podemos admitir otras obras de poesa [e historia] que los himnos a los dioses y los elogios de los hombres grandes. Platn Es necesario leer los documentos con un extremo ojo crtico ya que, en su mayora, los autores privilegian el patriotismo sobre la objetividad. Su labor consiste en realizar un clsico logos epitaphios panegrico ritual que glorifica gestas heroicas para la identidad presente ms que una exgesis rigurosa de sucesos histricos sometidos a la reflexin analtica. Sobre la ciudad, en el cenit, un ngel permaneca, con las alas desmesuradamente abiertas y teniendo en la mano la espada desnuda de la Revolucin (Garca, 1952, p. 255). A la referida depuracin de los documentos primarios, se aade el deber patritico [de] recordar y enaltecer sus virtudes [] para que a su presencia se exalte mi fantasa y me haga sentir su recuerdo los oleajes de entusiasmo patritico [] porque las virtudes de tan egregios varones [] reclaman el extenso escenario del universo (Castro, 1911, p. 79). A ambos extremos izquierda en bsqueda de modelos populares pretritos e historia oficial que coincid[e] con las aspiraciones del seor Presidente en desfile de titanes, los visionarios varones esquivan toda objetividad al preferir el dictamen de una retrica nacionalista y partidaria (Rubio Melhado, 1959, p. 5). Al enaltecimiento de las proezas independentistas, trabajos recientes contraponen la pasividad del istmo en anttesis a las amplias luchas en otras regiones del imperio espaol (Hawkins, 2004 y Dym, 2006). Un arraigado conservadurismo explicara el letargo de siete aos que media entre la frustrada revuelta en la capital salvadorea (1814) y la declaracin final de 1821. Es posible que aquellas incriminaciones que acallan los mayores apologistas de Castillo Dalton, Marroqun y otros hayan causado tanto temor en la capital salvadorea que su resonada moderacin la condujo a rechazar todo anhelo independentista por ms de un lustro (Pinto Soria, 1986 y Martnez Pelez, 1985). Esta tesis original cuestionara no slo la idea misma de contiendas 20

independentistas, sino tambin la de movimientos populares o lucha de clases que acompaan a un proceso sin continuidad ni vigor arraigado en el alma del pueblo. Bastara reforzar este juicio por las escuetas anotaciones cronolgicas que realiza los historiadores Francisco J. Monterey y Miguel ngel Garca para los aos 1815-1820 (Monterey, 1943-1977 , p. 49-60 y Garca, 1952, p. 307-308). La idea de una lucha continua por la independencia sera un mito fundacional, republicano y liberal. Para justificar el vaco, escritores que anhelan recrear la aureola de esa cruzada de redencin o lucha incesante de gesta independentista, se concentran en evocar 1811 sin preocuparse por explicar la ruptura de una dcada (Vilanova, 1911, Castro Ramrez en Fernndez, 1929, p. VI y Lard y Larn, 1960). Resulta paradjico que los revoltosos de San Salvador ciudad en la cual no ha sido posible su absoluto restablecimiento se acallen luego de 1814 hasta 1821 (Lard y Larn, 1960, p. 126 y Peinado en Tzunpame, 1941, p. 47). Los juicios ticos que recubren la descripcin de los sucesos conducen a ciertos historiadores a tildar de pueblos inferiores a todos aquellos municipios libres que no apoyan las revueltas capitalinas: San Miguel, San Vicente, Sonsonate, Santa Ana, Metapn, Zacatecoluca, Sensuntepeque, Chalatenango, Usulutn, etc. (Lard y Larn, 1960, p. 107; vase: Valladares, 1911: 16, quien confirma que los ricos partidos de San Miguel, Santa Ana y San Vicente no slo no se adhirieron a la revolucin, sino que se pusieron en armas para combatirla, lo cual demostrara la divisin interna del futuro pas en bando enemigos). Sea acertada o errada, la investigacin actual nos obliga a presentar no una visn unificada de los hechos, sino a revelar al menos tres interpretaciones en conflicto sobre el sopor independentista: 1) terror bustamantino, teora clsica sobre una represin inusitada que elimin toda revuelta y oposicin (Marure, 1837), 2) alianza peninsulares-criollos para sosegar cualquier descontento tnico-popular, por represin conjunta contra la lucha de clases y por temor hacia una movilizacin de los desposedos; esta alianza la alimentara el estallido espontneo y cclico de motines de indios, y 3) carcter conservador generalizado del istmo, por apata ante casi toda idea revolucionaria-independentista que circulaba en otras regiones, salvo entre pequeos grupos urbanos ilustrados o liberales exaltados sin mayor alcance popular. Entre la tesis (1) y su anttesis (2) existe un mayor acuerdo terror 21

bustamantino desacreditado o avalado por los criollos que entre ambos extremos supuestos y la fallida sntesis (3). Esta negacin de la negacin acredita la existencia de una apata generalizada contra todo cambio independentista la cual sera previsible que los opuestos contradigan con vehemencia. An el marxismo, teora de la ruptura, acepta sin crtica que la represin bustamantina explica la ausencia de movimientos populares y el retraso de la independencia (Marroqun y Pinto Soria). Al mito fundador de lo nacional fervor de las luchas independentistas la actualidad restituye la desidia e indolencia que alargaron el imperio espaol. En su defecto, quiebra con la idea posindependentista que concibe la colonia como momento de retraso econmico y de opresin poltica desmesurada. Tal cual lo anticipa el historiador Jos Antonio Cevallos (1919, p. 20), el capitn general Jos Bustamante y Guerra no calificara como el gobernador inflexible y absolutista un bandido en el ejercicio del poder sino como el conciliador, administrador borbnico que propone reformas y opta por el dilogo en lugar de reprimir a los insurrectos de 1811 en San Salvador. Al Bustamante dspota que inventa Marure (1837-1903, p. 4), Cevallos contrapone al prudente y al magnnimo oficial que suprime el tributo indgena. Bando en que se comunican importantes disposiciones, como la abolicin de la esclavitud (sin fecha, pero situado entre un documento de Octre. 24 de 1813 y otro de Enero. 3/ 1814, Tzunpame, 1941, p. 5657 y Durn, 1961, p. 63-66 quien juzga las concesiones a los oprimidos y explotados indgenas de paraso artificial).

v. ms

all del

terror

bustamantino

Acreditamos a los historiadores salvadoreos J. A. Cevallos (1891-1919) y Rodolfo Barn Castro (1961), por ser los pioneros en destruir la tradicin liberal que explica la interrupcin del proceso independentista por el terror bustamantino (Hawkins, 2004, p. xviii y Dym, 2006, p. 95). Cevallos asienta la exageracin sobre el vituperio del seor Bustamante [] no es creble, hablando humanamente, que aquel gobernante, haya sido tan perverso y enemigo de los hombres (1919, Tomo II, p. 20 y Barn Castro, 1962, p. 123). Si el sistema de persecucin que se empleaba resulta tan brutal, no hubiese existido ningn levantamiento de 1811-1814, ya que la accin represora se halla en vigor desde la primera dcada del siglo XIX (Cevallos, 1919, Tomo II, p. 9). 22

Ms que una nacin entera avanzando unida hacia el futuro, ambos autores vislumbran los conflictos posindependentistas al anunciar que Centro Amrica se halla(ba) dividida sobre el proyecto de nacin por venir, en ese momento, independencia o continuidad del imperio espaol (vase: Bustamante en Fernndez, 1929, p. 96, epgrafe inicial, Monterey, 1943, para la divisin de los distintos partidos (san)salvadoreos y Lpez Velsquez, 2000, p. 60, no hubo apoyo del resto de la provincia). No slo el mismo intendente de San Salvador asegura la lealtad monrquica de los partidos de Santa Ana, San Miguel y San Vicente, sino tambin Cevallos reitera que algunos prceres desistieron de participar en los eventos de 1814. Las ambigedades de la historia oficial las describe el costarricense Carlos Melndez Chavarri quien a la vez de calificar a Arce como principal protagonista en los acontecimientos de enero, admite que su participacin [] parece haber sido en verdad bastante moderada sin dilucidar la verdadera autora de la revuelta (2000, p. 128 y 134). Asimismo sucede con la figura de Delgado, cuyo silencio sobre los sucesos de 1814 sus bigrafos no explican ms all de la sospecha de los europeos honestos de San Salvador por la presencia de su hermano (Garca, 1939, Lpez Jimnez, 1961, Barn Castro, 1962 y Melndez Chaverri, 2000, p. 133). La asercin ms enrgica la desarrolla el trabajo de Miguel ngel Durn para quien hasta la proclamacin de la independencia [Delgado] no se destac en forma alguna [] por eso no se le instruy proceso de infidencia alguno y su actuacin fue al lado de los monrquicos [] uncido a la maquinaria del gobierno realista, mero observador talvez de los acontecimientos (1961, p. 13). Acaso este titubeo nos obligue a elaborar una caracterizacin positiva similar a la de Bustamante del intendente Jos Mara Peinado. Luego de percibirse como represor de los conjurados de 1814, reconoce que los vicios de la sociedad derivan del Gobierno y pierde la Intendencia de San Salvador por su escrito borbnico liberal durante la restauracin absolutista (Monterrey, 1977, 45 y 50; Peinado 1811-1953). Si existe una imagen idnea de Jos Matas Delgado, el amigo ntimo que lo hospedaba durante sus estadas en Guatemala, el mismo Peinado merecera recibir tambin un tratamiento similar (Molina y Morales, 1985, p. 101). La vindicacin del intendente la realiza Cevallos al reconocer su carcter moderador luego del levantamiento de 1811 y su administracin [] conciliadora (Fernndez, 1919, p. 27). En la propia Academia Salvadorea de Historia, Ismael G. Fuentes (1927, p. 23

9-14) realiza su reivindicacin histrica del Intendente de San Salvador, arguyendo que su actuacin humana y comprensiva queda en el olvido debido al encierro de archivos poco accesibles. Como lo reitera Barn Castro, en cierta poca, la ideologa [de Delgado] deba estar [] ms cerca del constitucionalismo de Peinado que de cualquier frmula ms radical (1962, p. 179). Por su parte, Miguel ngel Garca asegura que Peinado, tan benfico a esta Provincia que por muchos aos conserv viva su memoria [] logr con sabias disposiciones restablecer el orden y la tranquilidad (1939, p. 106). En otros trminos, la alianza DelgadoPeinado, Peccorini Letona la interpreta como divisin interna surgida en el Partido Independentista entre moderados y radicales [que] hizo fracasar [el] hermoso movimiento [de 1814] los radicales los dos Alcaldes, D. Juan Manuel Rodrguez y D. Pedro Pablo Castillo no obstante la desaprobacin expresa de los moderados entre los que figuraban los Arce, los Delgado y los Fagoaga, llevaron al pueblo a una accin armada desastrosa (1972, p. 8). Toms Fidas Jimnez Director y Redactor de Tzunpame. rgano de Publicidad del Museo Nacional de El Salvador (1941) rehabilita con mayor ahnco al intendente al caracterizarlo como figura excelsa que debe figurar en la galera de los smbolos americanos [por] su ideal grandioso [] de poder independizar algn da estas provincias (34). El pretendido enemigo de la emancipacin queda descrito por su disimul[o ante] los movimientos revolucionarios mantenidos por los benemritos Padres Aguilares, es decir, convertido en prcer (35). Si resulta polmico deducir este encubrimiento, es evidente la defensa que Peinado realiza de Delgado quien no cesa en quantas cartas escribe, de encargar la tranquilidad, la obediencia, la sumisin, y sobre todo la confianza en esa superioridad, y en nuestro Govierno Nacional (Peinado en Tzunpame, 1941, p. 54). A lo sumo, si los padres Aguilar interceden ante Castillo, ebrio de vino de consagrar, para que no asesine a Peinado, el intendente no podra sino defenderlos solapadamente, aun si ellos mismos apoyan a Castillo en su huda al exilio. Para el historiador eclesistico, Santiago Ricardo Vilanova, Peinado descuella por su grande ilustracin [] prudencia y la suavidad de su carcter (1911, p. 47). Esta defensa cercana de pensamiento explicara que el capitn general Bustamante considerase el envo de Delgado para influir en la pacificacin del pueblo en 1814, al tiempo que dudara de la honestidad de Peinado por su relacin [estrecha] con el cura Delgado (Bustamante en Fernndez, 24

1929, p. 78 y 72). Adems de la amistad entre ambos criollos Delgado y Peinado Bustamante reporta la negligencia del intendente al informar con sumo retraso los preparativos de la confabulacin en 1814. Mientras el capitn general percibe un desarrollo paulatino desde el principio del ao anterior de 13, Peinado consigna los hechos hasta que se hallan consumados como si una transformacin repentina y extraordinaria convirtiese a pueblos sumisos [y] en la ms estpida ignorancia [en] academias ocupadas en disputas polticas (74). Sea lo que fuere, reclamamos la paradjica amistad y unidad poltica entre un prcer de la independencia salvadorea, Jos Matas Delgado, y la autoridad colonial suprema, el intendente de la capital. Hroe y traidor son ntimos amigos, hermanos gemelos.

vi. soPor

indePendentista

El letargo independentista de ciertos sectores sociales de los indgenas particularmente lo explicara que bajo la corona espaola contaban con una autonoma poltica y econmica municipal que la repblica independiente les denegara (Gavidia, 1917-1918 y Dym, 2006). Un cuarto de siglo despus de la independencia, el viajero britnico E. G Squier anotaba la correlacin directa entre tierras del comn y bonanza econmica que expirara con la reforma liberal: las reservaciones de tierra hechas por los espaoles en favor de los indios han sido el medio de establecer una poblacin rural industriosa con soberana poltica municipal (The States of Central America, 1858, p. 313). En este clima de bienestar social y de paradjica emancipacin municipal durante la colonia, la independencia representara un giro contradictorio hacia la sujecin (vase: Monterey, 1943-1977, quien reporta la participacin indgena salvadorea, al igual que Lard y Larn, 1960, p. 111 quien aade la instigacin de la mujer indgena en Metapn, si no tienen calzones, aqu estn nuestras naguas). Para una interpretacin radical en la cual Gavidia (1917-1918) anticipa la actualidad historiogrfica de la estadounidense Jordana Dym, (2006) la autonoma del municipio colonial funcionara como sede de la soberana poltica de cada pueblo y de su cultura regional. Ms que una unidad nacional, hacia las postrimeras de la independencia, El Salvador sera una mirada de municipios libres cada uno de ellos caracterizado por su idiosincrasia particular. Tal cual reza la consigna de Arce en 1811, el ideario de independencia significa no la total emancipacin regional, sino la supresin de todo intermediario entre municipio libre y soberano real: slo debemos 25

obedecer a nuestros alcaldes y al rey Fernando VII (Monterrey, 1977, p. 15 y Barn Castro, 1962, p. 155). La huella de esta tradicin colonial se encuentra en el artculo 115 de la constitucin poltica de los Estados Unidos Mexicanos que legaliza esta institucin como fundamento de la repblica. Su arraigo permite el desarrollo de un complejo cultural heterogneo un Mxico profundo que la antropologa crtica defiende con ahnco, desde el indigenismo clsico de Gonzalo Aguirre Beltrn hasta los trabajos de Guillermo Bonfil Batalla. A nivel poltico salvadoreo, la encarnizada lucha electoral por la alcalda de San Salvador opera como rastro presente del prestigio nacional de la mxima autoridad municipal.

vii. unin

de los contrarios

Quizs arduas reflexiones determinaran que la distincin entre hroe y traidor no dependa de hechos pretritos. Se la sugeran los mltiples dictmenes que le insinuaban los ms variados reportes judiciales. Annimo, Escuela Borgeana de Azln (EBA) Al citar la versin oficial del Partido Comunista Salvadoreo sobre 1814, Roque Dalton asienta que los prceres primero apaciguaron a la poblacin y despus en los juicios instruidos contra ellos confesaron paladinamente su traicin (Dalton, 1979, p. 52). Hay en este enunciado una confusin tpica al realismo ingenuo. Se presupone que al principio contamos con los hechos en bruto y luego recolectamos los documentos que los narran. Existe una secuencia lineal entre la ocurrencia de los sucesos de 1814, su relato posterior en los juicios de infidencia y la recoleccin conclusiva en el presente. Sin embargo, el panorama se complica en la medida en que la nica manera de reconstruir los hechos deriva de lo que asienta la documentacin posterior. No existen expedientes testimoniales que declaren in situ organizacin, suceder de la revuelta y aporte particular de Castillo. Los reportes judiciales la correspondencia de autoridades, Peinado ante todo nos informan de hechos que por s no hablan. Los sucesos acaecen en un momento abolido para los testigos oculares que testimonian, cuanto ms para nosotros mismos inquisidores del pasado.

26

Al invertir la secuencia hecho-relato-recoleccin, apelamos a una hermenutica de la historia cuyo acento yace en la memoria presente ms que en el acaecer factual de lo extinto. Lo que viene a la presencia no son los hechos; visualizamos slo lo que Miguel Delgado llamaba las perversiones del partido dominante [que] es el de mis enemigos. En palabras de Arce, indagamos de los hechos aquello que es absolutamente falso, falssimo ya que determinamos la causa sin oir los descargos y defensa del hombre acusado (Garca, 1940, p. 4). Por esta oscuridad factual exigimos rebasar las lecturas valorativas que seleccionan a su arbitrio cargos judiciales convenientes para recrear una imagen til a fines polticos actuales. Hay que restituir la integridad de las incriminaciones contra Castillo, a la vez que cuestionar la validez de las denuncias. Bajo esta doble presuposicin, establecemos la dificultad de trazar fronteras entre la verdad y la mentira, la narracin y los hechos, o con Arce lo falssimo y la certeza. Asumimos nuestro presente como amalgamacin [de contrarios] una verdadera locura posmoderna y global (Arce, Memoria, 1947, p. 181). Esta duda que desdibuja lmites entre antnimos nos obliga a reconocer las contradicciones internas a la historiografa salvadorea. No slo evocamos la dificultad de separar al hroe del traidor: Peinado, amigo de Delgado, ante Castillo su presunto victimario (Breas en Peinado, 1953, p. xix). En paradjica asociacin, Cevallos, Vilanova, Fidias Jimnez, Breas y Barn Castro redimen la figura constitucionalista del intendente y sus acciones borbnicas liberales. Su postura administrativa constitucional lo acercara a la cabeza notoria de la efervescencia independentista Delgado quien se halla ausente en 1814, rivalizando igualmente con el ala radical que representa Castillo (Lard y Larn, 1960, p. 42). A la vez, asentamos lo complejo que resulta separar movimiento insurgente de motn de indios, es decir, distinguir entre accin contra el enemigo colonial autoritario de su conservacin por actos de rebelda tan extremos como previsibles. Ms all de la ilusin liberal por un terror bustamantino, existe un mutismo generalizado sobre el interregno de 1814 a 1821 que declara la inexistencia de un proceso independentista. Su desarrollo se ve interrumpido por siete aos y la continuidad de su transcurso no expresa sino el deseo republicanoliberal por crearse un mito fundacional. Ante el silencio de Castillo, dentro de esta doble irresolucin hroe-traidor, 27

emancipacin-coloniaje nos afiliamos no con uno u otro de los antnimos complementarios. Tomamos partido por su incertidumbre documental y ambigedad factual. Como resuena un antiguo adagio espaol, los hechos pasados dependen del cristal con que el presente los mira. A nuestro entender carecemos de acceso a su ocurrencia, salvo por las sombras que se reflejan en la profundidad de nuestra vasta caverna.

viii. fuentes

documentales

La bibliografa adjunta ofrece una vasta retrospectiva de la escritura de la historia salvadorea sobre los sucesos de 1814. Su orden cronolgico aclara la invencin del pasado con mayor rigor que la convencin alfabtica en boga. En particular, ilustra el aporte del prcer Pedro Pablo Castillo (17801817) en la organizacin y desarrollo de una revuelta abortada. Brevemente, cada entrada bibliogrfica anotara la presencia o ausencia de Castillo y, en caso afirmativo, la relevancia que le concede a su participacin. El catlogo temporal indaga en qu medida su arbitraje como lder popular de un movimiento independentista espontneo el 24 de enero de 1814 expresa una visin retrospectiva de la historia. Siglo XIX: Archivo General de la Nacin de San Salvador. Catlogo, Fondo Colonial, 17041822, Sub-fondo, Intendencia de San Salvador. Caja 4. Serie: Correspondencia enviada por Jos Mara Peinado. Expediente 1 (BD 4112), 1813, Febrero 22 Expediente 65 (BD 3184), 1814, Octubre 24. ---. Caja 5. Serie: Motn de febrero 1814. Expediente 8 (BD 4410), 1814, Enero 3 a/1, s/p Expediente 10 (BD 4474), 1814. Marure, Alejandro. Bosquejo histrico de las revoluciones de Centro-Amrica. Desde 1811 hasta 1834. Pars/ Mxico, Librera de la Vda. de Ch. Bouret, 1913. San Salvador, Editorial Lis, 2000. Primera edicin, 1837 y 1877. Carta de Jos Len Castillo (hijo del Prcer Pedro Pablo Castillo) al Gral. Gerardo Barrios informndole de la fecha en que muri su padre. S. S. 22 de octubre de 1860. Cortesa de Carlos Alfredo Medina Rivera. Archivo General de la Nacin. Gmez Carrillo, Agustn. Compendio de la historia de la Amrica Central. 28

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ix. ilustracin
Mapa de San Salvador en 1807. Archivo General de la Nacin, Fondo Toms Fidias Jimnez, Caja 20. Durn, 1961.

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ros de oro y ros de sangre el


legado de la indePendencia salvadorea segn

masferrer
(Seguido de Ensayo sobre el desenvolvimiento poltico de El Salvador (1901) de Alberto Masferrer) Las ideas (libertad) para convertirse en hechos (independencia) han de estar en proporcin de los hombres (prcer) llamados a realizarlas; (de otra manera los) ros de oro (desembocan en los) ros de sangre. AM (1898) Olvidamos el hecho [] todo el pasado. AM (1901) Aos antes de que la intelectualidad salvadorea se divida entre un fervor cvico por el centenario de la independencia y una denuncia pacifista por las masacres post-independentistas, Alberto Masferrer (1868-1932) escribe Ensayo sobre el desenvolvimiento poltico de El Salvador (San Salvador: Imprenta La Repblica No. 37, 1901/Clsicos Roxsil, 1996. La segunda edicin incluye Carta abierta al Dr. Rubn Rivera (1898)). Pese a su carcter entusistico inicial nuestra independencia [] fue para nosotros un bien el maestro censura la emancipacin por la fase poltica que provoca una marejada de sangre. Si resulta ilusorio identificar la autonoma poltica con la libertad, cunto ms triste no le resulta comprobar que la vida soberana comience como una guerra de conquista! Son cosas muy distinta la libertad y la independencia [la cual se realiza como] lluvia de sangre. Como idealista radical, Masferrer sabe que la idea abstracta (la libertad) no se identifica con una realizacin particular en la realidad histrica (la independencia centroamericana). El ensayo rastrea la accidentada evolucin que conduce de la colonia espaola a la federacin centroamericana, para desembocar en la repblica salvadorea independiente de inicios del siglo XX. El trayecto de ese progreso recorre ros de oro y ros de sangre por los cuales los que antes fueran hermanos las diversas regiones centroamericanas acaban en odios 35

crecidos, desconfianzas erizadas, humillaciones y venganzas. Estas inevitables manchas humanas sobre las ideas abstractas democracia, libertad, repblica, etc. hacen de todo proyecto de unin, utopas de un grupsculo de soadores cuya locura se paga con el trabajo y con la sangre. Naveguemos por esos ros conflictivos, paralelos y complementarios, para descubrir la visin masferreriana de la independencia y su doble legado controvertido: caudal de riqueza y flujo de vctimas.

i. centro amrica
El antiguo Reino de Guatemala decreta un modelo poltico ajeno a su historia. Siguiendo la moda [de] imitar, adopta un gobierno federativo al ejemplo de los Estados Unidos. Los prceres ignoran el peso de la historia, ya que creen factible que un rgimen forneo tal se vuelva continuador inmediato de la vida colonial, unitaria en la monarqua. No obstante, el hecho monrquico se arraiga en la herencia del indio y en la herencia de Espaa que constituyen el doble legado histrico ms importante del istmo. Por esta solvencia cultural, existe un acuerdo generalizado entre los diversos estratos sociales por prolongar la colonia espaola en la prctica poltica. El poder no slo se reproduce por la imposicin y por la fuerza armada. Brota de un pacto de mando y obediencia entre los de arriba y los de abajo. A quienes anhelan el poder absoluto los refrenda el pueblo que se acostumbra a obedecer sin restricciones. Para mantener ese convenio ancestral, hay dos instituciones medulares que de la colonia permanecen inclumes luego de la independencia: la milicia y el clero. Ambas se recrean en menoscabo de la repblica. Si para las armas la emancipacin poltica significa abstraccin intelectual ante su instinto de fuerza guerrera, para el sacerdote implica la prdida de sus prerrogativas. A este doble obstculo institucional se aaden las tendencias separatistas. Esta corriente que disgrega la antigua unidad colonial en cinco repblicas no slo debe juzgarse por su carcter segregacionista. De la unidad colonial primordial se crean cinco repblicas minsculas. Con justo derecho, el separatismo reclama la absoluta igualdad ante 36

la supremaca de Guatemala. Como capital colonial, ah se asienta la nobleza y el alto clero, la morada de los militares ms influyentes. Casi todo lo que tiende a la conservacin de los valores coloniales y de la tradicin ultramontana proviene de Guatemala. Por este conservadurismo, a Masferrer no le extraa que la nueva federacin se incline hacia la disolucin violenta y rpida. La espada de Morazn (1792-1842) fue [] la batera elctrica que lucha por mantener la unin [republicana] por la fuerza. Sus discpulos continan los medios guerreros para buscar el poder [y] realizar la unin. Pero, de hecho, la unin ya est muerta y ninguna accin beligerante la resucitara de su estado agnico. Los ideales platnicos intentan realizarse en la prctica histrica por la violencia destructiva. Aun si el maestro califica a ese perodo de hermoso tiempo aquel, lo desacredita por su opcin militarista. Paradjicamente, el guatemalteco Justo Rufino Barrios (1835-1885) se convierte en el ltimo baluarte castrense de ese espritu unionista. Durante su presidencia se invierten los papeles tradicionales que hacen de El Salvador el paladn de la unin republicana y de Guatemala el centro conservador. Ninguna iniciativa por esa idea de unin cuaja en un proyecto definitivo, menos an, logra evitar que los hermanos degeneren en la violencia fratricida. De ah que antes de toda unin, al presente Masferrer propone la aproximacin primero. Habra que transferir la guerra en instituciones regionales de intereses comunes.

ii. el salvador
La voluntad poltica de El Salvador la fecha de 1898, luego de la ruptura del Pacto de Amapala (1895) que lo liga a Honduras y Nicaragua. Los elementos constitutivos siguen siendo el clero, adverso o enemigo, segn la actitud del gobernante ante la iglesia,el ejrcito cuyo poder se ensancha en las luchas moraznicas y el pueblo sumiso a la voluntad del mandatario. Por astucia de la historia, la idea de unin engendra su antnimo, el militarismo como va de imposicin de regmenes tirnicos. En esta triloga que le otorga el poder al mandatario supremo ejrcito, clero y pueblo Masferrer observa la incesante continuidad del estado colonial. Al presidente en turno se le dota de casi los poderes de un rey. No hay 37

ruptura de la monarqua absolutista a la presunta democracia electoral. Hay una prolongacin que se extiende en la prctica cotidiana, en una realidad en bruto, reacia a someterse a toda ley jurdica abstracta. Lo que no quiso sancionarse en las leyes escritas, existi en la realidad. El Salvador nace de una tajante oposicin entre los hechos y las instituciones escritas, entre las palabras que decretan el orden utpico y el caos factual de la vida misma. El poder hipcrita y el pueblo farsante trabajan en un consorcio para erigir la mentira en sistema de gobierno. Ni siquiera la alternabilidad en el poder soluciona la discrepancia entre el dicho legal y el hecho histrico. En esta escisin se inaugura la faz revolucionaria de nuestra historia la cual, para Masferrer, prosigue la primaca de la opcin guerrera y la orga de sangre. Las ideas y doctrinas se imponen por la tirana armada, sea liberal o conservadora. No importa la opcin partidista. Los hermanos enemigos se renen en la prctica conjunta de la violencia. El resultado de la revolucin se llama militarismo, que realiza peridicamente por las armas el cambio de gobierno hacia uno u otro lado del espectro poltico. Esta destreza de matones produce trastornos de la administracin pblica. Cada nuevo gobierno recomienza de cero. En 1894, al pasar la revolucin, no quedaba en el pas nada que pareciera escuela [] En 1890, los soldados de Rivas o los de Ezeta destruyeron, por antojo, el laboratorio de qumica de la Universidad. La revolucin continua obliga al emprstito, a la deuda pblica, a la ingobernabilidad, y a la mortandad. Un diez por ciento (10 %) de la poblacin total del pas perece o queda intil por los sueos militares revolucionarios. Ante tal descalabro demogrfico, es preciso cerrar la era de las revoluciones para sustituir los gobiernos de partido por los gobiernos de administracin. Los estadistas prudentes deben reemplazar a los Quijotes armados. El descalabro poblacional que provocan las guerras post-independentistas lo verifica Alejandro Dagoberto Marroqun en su estudio de caso para el municipio de Panchimalco (1959: 97-98). El antroplogo contradice tesis en boga relativas a la famosa consuncin de la poblacin indgena [] causada por la poltica de los espaoles a raz de la conquista (Marroqun, 1959: 97). Las cifras de finales de la poca colonial demuestran que no hubo ningn dficit poblacional hacia el final de ese perodo (Marroqun, 1959: 97). 38

En cambio, el declive estadstico slo lo documenta para el perodo que abarca de 1807 a 1860. Esta reduccin demogrfica la explica el reclutamiento forzoso de la mayora de los jvenes [indgenas] en edad militar [cuyo] destino era servir de carne de can [] en las guerras fratricidas [lo cual] nos lo confirma la tradicin [oral de] los ancianos del pueblo (Marroqun, 1959: 98). En El Salvador, la violenta vida independiente las guerras intestinas que abundaron tanto durante el siglo XIX ocasiona una disminucin demogrfica indgena ms adversa que la provocada por la colonia (Marroqun, 1959: 98). Ante ese caos belicista y dictatorial, la nica salida viable Masferrer la vislumbra en la educacin. La distancia que media entre el ramo militar y el educativo semeja al que describe una dcada despus Jos E. Suay en La organizacin econmica (1911: 7). La disparidad entre 20.3% que absorbe al Cartera de Guerra y Marina contra el 5.65% de la Cartera de Instruccin Pblica requiere construir un equilibrio econmico en tiempos de paz. De proseguir esta vocacin de pueblos revoltosos que le concede a la guerra y a la holganza lo que se debe al trabajo, el vaticinio de Masferrer es claro y de gran actualidad. Los pueblos revoltosos como El Salvador sern los primeros en ser arrollados [por] la poltica expansionista de Estados Unidos debido a su economa endeble y falta de instruccin. El legado revolucionario salvadoreo se traduce en su absorcin poltica y financiera por la potencia de mayor vigor e intensidad en los eventos internacionales. Al maestro slo le faltara hablar de la inmigracin hacia el norte para completar el panorama actual. [Ntese el despegue del anti-imperialismo estadounidense en Masferrer, el cual no se identifica con el de la izquierda de los veinte-treinta ni con la actual, ya que defiende la poltica de Nicols II [1868-1918] a quien destituye la revolucin rusa. Asimismo, Masferrer alaba los beneficios de la influencia invasora de la cultura exterior, la tcnica moderna, la cual suaviza la tradicin poltica salvadorea tan aficionada a la tirana militarista].

39

iii. trmino
El escrito de Masferrer no resulta un ensayo aislado. Pertenece a un grupo de estudios que, durante las primeras dcadas del siglo XX, reflexiona sobre el legado violento que construye las repblicas independientes. Junto a los fundadores del Ateneo de El Salvador Jos Dols Corpeo y Abraham Ramrez Pea, entre otros Masferrer no reduce el quehacer intelectual a la creacin de un panten cvico. Ms all de toda religin laica y republicana, al maestro se le impone una tica de la historia. A esta norma intelectual no slo le compete la exaltacin magistral de las figuras que fundan la patria salvadorea. Le corresponde revelar un legado de discrepancias agresivas que mancilla en la prctica poltica los ideales abstractos. Si las ideas absolutas que mueven la historia centroamericana y salvadorea se resumen en la idea unionista, tendencia separatista, ideas liberales y las ultramontanas, el hecho monrquico y la idea democrtica, el ideal autonomista, los gobiernos de partidos convirtindose en gobiernos de administracin y la tirana suavizndose por la influencia de la cultura, nuestro desenvolvimiento poltico concreto (con)funde todos los arquetipos ejemplares bajo el ejercicio de la violencia generalizada. La coercin que por la fuerza bruta impone los ideales ms nobles rebaja los valores filosficos a una caricatura de su objetivo utpico. Pese a su advertencia, hasta el presente prevalece una visin nica, militarista y cvica de la historia, que oculta toda perspectiva pacifista de los mismos hechos. Las vctimas quedan enterradas y sin ms memoria que el polvo arrastrndolas al silencio. En aras de imaginar una nacin salvadorea desde sus inicios gloriosos, se olvidan las acciones histricas que, por las impurezas del elemento humano, contaminan de violencia desenfrenada toda idea [al] exteriorizarse en hechos atroces. El recuerdo de las guerras y de las matanzas se acalla para celebrar el octogsimo aniversario de nuestra independencia y, quizs al presente, el bicentenario del primer grito (1811). Masferrer constituye un pionero de las ideas pacifistas en El Salvador. Antes de festejar el pasado y los orgenes nacionales, recapacita sobre la recursividad de la violencia en la manifestacin histrica de la idea de libertad en Centro Amrica. Junto al bien que provoca la independencia, ros de oro, fluye una corriente paralela y complementaria que muchos ignoran. Ros de sangre. 40

ensayo i.

sobe el desenvolvimiento Poltico de

el

salvador alberto masferrer

Sera la mejor celebracin de nuestra independencia evidenciar que fue para nosotros un bien; una conquista merecida y bien aprovechada. Como un bien la estima la generalidad, salvo cuando se trata de su fase poltica; que entonces, despechos, tristezas, desalientos y otros afectos se concentran en esta frase: por qu hablar de independencia si no existe?, cul es la libertad que gozamos? Sobre que son cosas muy distintas la libertad y la independencia puesto que sta consiste nicamente en que un pueblo no dependa de otro no hay razn, nos parece, para renegar de nuestra vida de pueblo emancipado. Verdad es que algunas colonias inglesas estn mejor constituidas que ciertas repblicas de Amrica; mas si nos comparamos con las colonias de otros pueblos, no son, ni lo fueron jams, objetos dignos de nuestra envidia. Ser libres, alcanzar esa suma de libertades tan armoniosa y tan completa que hace de cada ciudadano un rey en su hogar, sin ms seor en el estado que la ley, no es ciertamente el fruto de unos cuantos lustros; es la paciente labor de muchos siglos. Para lograr esa libertad los pueblos de Europa han bregado mil aos, y todava son contados los que la disfrutan entera. As, la emancipacin no debe mirarse sino como un camino hacia la libertad. Qu parte de ese camino hemos recorrido nosotros?

ii.
Apenas declarada la independencia surge en los emancipadores la idea de una confederacin. (1) Sugerales tal proyecto el ejemplo de los Estados 41

Unidos, a quien entonces era moda imitar, y se los presentaba como lgico y hacedero, el pensamiento que la forma confederativa sera, en la repblica, la natural continuacin de la vida colonial unitaria en la monarqua. Aquellos hombres generosos, ms soadores que estadistas, se dieron entonces a imaginar parasos, y creyeron que bastaba el deseo para que sus figuraciones endmicas se cristalizaran mediante leyes escritas. Haciendo a un lado el hecho monrquico herencia del indio, que no conoci jams otra forma de gobierno; herencia de Espaa, en quien la monarqua era casi teocrtica organizaron una repblica; y como la confederacin era una novedad seductora para sus cerebros de especuladores, organizaron una confederacin. Como aquellos sueos se desvanecieron, lo sabemos. Arriba, en los mandatarios, la tendencia irresistible a manejarlo todo, a ingerirse con poder absoluto hasta en el pensamiento y en la conciencia. Abajo, en la masa, la costumbre transmitida secularmente a travs de la sangre de dos razas de obedecer sin restricciones, de sujetar ideas, actos y sentimientos al poder de un hombre, para ellos un rey, aunque se llamara presidente o vice jefe; un verdadero monarca cuyo poder vena de Dios. Para sostener ese podero, ya casi ilimitado, estaban la milicia y el clero. Aquel soldado en el antiguo paladn, devotsimo de su seor y de su dama; despreciando al pechero, findole todo a los tajos de sus espada de dos manos, a los botes de su lanzn y a las resistencias de su escudo. Con otras armas y otro vestido, no ya bajo el dominio de un rey, pero siempre de un seor, all estaba para sostener contra viento y marea la voz del jefe, la voluntad del amo, el antojo del seor, que conceda honores y ascensos. Buscramos en el alma de aquellos hombres de guerra ni una sola de las ideas que rigen la mente y la conducta de los ejrcitos modernos: ese culto a la ley, ese respeto a la patria impersonal, esa abstencin absoluta de la poltica militante, esa enclaustracin en la disciplina y en la ordenanza. No, aquel hombre de armas que sobre su escudo no pona ms que al rey, no era nada bueno para sostener abstracciones republicanas; su instinto era la fuerza, su inclinacin y su inters servir a los fuertes. 42

El sacerdote, para quien repblica y hereja eran la misma cosa; creyendo que todo poder viene de Dios; horrorizado al recordar que la Revolucin Francesa [1789] haba proscrito el culto y derribado los altares, buscara tambin por todos los medios, la restauracin del poder absoluto, y ya que no fuera posible revenir hasta el trono, aceptara el dominio estable de las dictaduras, dndoles su apoyo en cambio de la tranquilidad, del sosiego y de la conservacin inclume de sus prerrogativas. De este modo la repblica democrtica y confederada tena en su contra el pasado, los instintos, las costumbres, los intereses, las preocupaciones; en su favor no ms que el cario de unos pocos soadores: una tmida aurora en lucha con la oscuridad cerrada y densa.

iii.
Si slo esos obstculos impidieran la realizacin de aquel ensueo, tal vez las cinco provincias hubieran llegado, no a una confederacin democrtica, pero s a una repblica unitaria y aristocrtica, ms monarqua que repblica, o a una dictadura militar, como la existente hoy en Mjico; de ah tal vez hubieran surgido hbitos de orden y de trabajo, respeto al principio de autoridad, y prosperidades materiales, que fueran el camino de futuras transformaciones. Pero un nuevo elemento apareci en seguida en forma de tendencias separatistas. Por debajo de los espritus elevados y benvolos, estaban los suspicaces que exigan entrar en el pacto federal en condiciones de absoluta igualdad; queran alejar todo peligro de que Guatemala ejerciera ni la ms leve supremaca sobre los dems estados; teman que con apariencias de federacin subsistiera la Capitana General: un organismo en que Guatemala sera el corazn y el cerebro; el antiguo reino de Guatemala, en fin. Y como Guatemala era el asiento de la nobleza y del alto clero, la morada de so militares ms influyentes, la ciudad ms culta y ms rica, esos temores no eran vanos ni eran tampoco inmotivadas las tendencias de Guatemala a gozar de aquella tan recelada hegemona. A as suspicacias de unos y a las exigencias de los otros, aadamos que era Guatemala el baluarte de las ideas conservadoras. El santuario de la tradicin 43

ultramontana, y las provincias, focos nacientes de ideas liberales muy tmidas an, mas no por eso menos atrevidas y escandalosas en el concepto de aquel tiempo. Contra esas ideas, esos intereses, esas suspicacias, luch incesantemente la federacin, nunca slida, nunca bien constituida, rota por un lado, apenas recompuesta por otro. La espada de Morazn fue para ella como una batera elctrica para un cadver: a cada contacto parece revivir; en realidad, siempre est muerta.

iv
Despus de Morazn [1792-1842], sus discpulos llenan una gran parte de nuestra historia con la persecucin de la misma idea servida por iguales medios: la unin por la fuerza. Alianzas, dictaduras, guerras de estado a estado, derrocamiento de gobernantes, no tienen otro origen. Cualquiera de esos acontecimientos que se examine, siempre se hallar esto: uno o varios fieles de Morazn que buscan el poder, la fuerza para realizar la unin. Este es siempre el mvil de aquellas gentes, en parte siquiera. De cierto, en el alma de Mximo Jerez [1818-1881, presidente liberal de Nicaragua], tan cndida como valerosa, brill ms de una vez ese pensamiento, ocultando con sus esplendores los nubarrones de la invasin de Walker [1824-1860, invasor de Nicaragua]. Hermoso tiempo aquel, de la lucha por una grande idea: fecundo en errores y en herosmos; hermosos hasta en sus faltas; sembrado de admirables episodios y de luminosos contrastes; poca legendaria que prestar un da asuntos al drama y a la novela histricos, y que servir siempre como de levadura espiritual a nuestras pequeeces y oscuridades.

v
Sin duda, el escollo que rompi a Morazn era demasiado rgido para que en l no se estrellaran sus adeptos. Sus fracasos fueron otras tantas victorias del separatismo; y as, mientras moran poco a poco las esperanzas de la reconstruccin, formbanse en distintos moldes los estados; adquiran formas 44

caractersticas y determinadas; convertanse en pueblos, con intereses diferentes y hasta con diversas tendencias. As, llega un momento en que Carrera [1814-1865] se llama Fundador de la Repblica de Guatemala; Gerardo Barrios [1813-1865] desaparece de la escena, y la estrella de Morazn, que todava alumbraba en nuestro horizonte, parece extinguida para siempre. Ms tarde, cuando en virtud de ese poderoso instinto vital que tienen las ideas lo mismo que las cosas, y que se manifiesta siempre en reacciones Rufino Barrios [1835-1885] alz el estandarte de la unin por la fuerza, fue El Salvador quien ech la ltima palada de tierra en el sepulcro de esa idea. Cosa extraa, Guatemala recogiendo la palabra de Morazn y El Salvador ahogndola! As fue, sin embargo, y as deba ser conforme la lgica de la historia. Porque no pudiendo las ideas exteriorizarse sin que todas las impurezas del elemento humano las deformen y las manchen, aquellas luchas por la unin haban cavado abismos entre los pueblos; ros de oro y ros de sangre haban corrido entre los que antes fueran hermanos: los odios crecidos, hasta desbordarse, los egosmos lastimados hondamente; las desconfianzas erizadas, y por sobre todo, el recuerdo de las humillaciones, el deseo de la venganza y del desquite, hacan ineficaz la accin de la fuerza para amasar sustancias tan heterogneas. As, la nueva cruzada se present a los espritus como una guerra de conquista, y el pueblo ms devoto de Morazn enterr en Chalchualpa al ltimo de sus fieles. No ms volver a alzarse el cado estandarte: a la empresa de tremolarle, seguira su abatimiento inmediato. Porque los tiempos han cambiado; porque estos pueblos han cambiado, y ha de cambiar, necesariamente, la forma de realizacin de aquella idea.

vi
Apenas fracasada la ltima tentativa de reconstruccin por la fuerza, algunos 45

espritus generosos e impacientes creyeron e intentaron realizar la unin por medio de pactos entre gobiernos; efmera e infantil empresa que la Historia casi no ha tenido tempo de registrar. (2) Fundir a meros convenios lo que Morazn no pudo juntar golpeando por doce aos con su martillo de cclope en el yunque de Vulcano; eliminar de la Historia con un protocolo la marejada de sangre que nos separaba! En verdad que los pueblos no son de cera. Esa nueva forma unionista ha desaparecido tambin, barrida por el soplo ms leve, para dar lugar a procedimientos ms lgicos y ms eficaces. Despus de tantos esfuerzos sin fruto llega para nosotros con los albores del siglo vigsimo, la verdadera, la nica forma posible de verificar la grande aspiracin de ser unos: la aproximacin primero, al unin despus. En esta nueva cruzada fraternal y pacfica, ocupa El Salvador el puesto que le corresponde. Si en nuestra edad heroica fue prdigo de su sangre, si su corazn no dej nunca de palpitar por aquel evangelio, ser tambin ahora el primero en las fraternidades, el primero en los acercamientos de la conviccin y del cario; el primero en la benevolencia para olvidar discordias; el primero en la noble impaciencia de fundir tendencias e intereses. Congresos jurdicos, congresos de estudiantes, congresos de maestros, congresos de periodistas; unificacin de las leyes de enseanza, de las monedas, de las tarifas; carriles que crucen las fronteras y nos amarren con cadenas de hierro; cuantos medios conduzcan a la comunin espiritual y material: he ah la senda segura que estamos recorriendo ya, y en cuyo trmino nos aguardan las sombras de Morazn y de sus hroes. Por lo que toca a este pas esa es su voluntad manifiesta. Acato explcito de esa voluntad suya fue la evolucin poltica de 1898, cuya consecuencia inmediata fue la ruptura del Pacto de Amapala [entre Honduras, Nicaragua y El Salvador, junio de 1895], y cuyos resultados posteriores han sido entrar francamente en este derrotero de preparar la unin por medio de la aproximacin.

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Los hombres escogidos para iniciar este nuevo sistema, interpretan legtima y exactamente su espritu. El Congreso Jurdico promovido y realizado aqu recientemente, fecundo como ninguno en vnculos de fraternidad centroamericana, ha evidenciado la fidelidad de nuestro gobernante y de sus colaboradores al pensamiento de la nacin, y ha trado la certeza de que no se apartarn en nada, de lo que exigen las nuevas ideas.

vii
A grandes rasgos hemos procurado sealar el desarrollo de la idea unionista y sus transformaciones hasta la poca presente. Ensayemos ahora el anlisis de nuestra vida interna. Los primeros gobernantes de El Salvador, a contar de la ruptura definitiva del pacto federal, hallronse rodeados de los siguientes elementos: El clero, adverso o amigo, segn que las ideas del gobernante fueran adversas o favorables a la supremaca de la iglesia sobre el estado. El ejrcito preponderando en la nacin, porque vena de jugar el papel principal en las luchas moraznicas; un gremio valiossimo como apoyo y temible como enemigo; aspirando cada vez ms a desempear el primer puesto. Algunos hombres de principios, empapados en la democracia pura, y que no vean nada que no fueran sus ilusiones polticas. En fin el pueblo, es decir, casi todo el pas, dispuesto a someter a la voluntad del mandatario la resolucin de todos los asuntos, hasta de los esencialmente privados y personales. Eran, pues, los mismos factores que encontramos al nacer la federacin, unos intactos, otros ms acentuados y definidos. A ms de estos, la constitucin escrita que reviste al mandatario con facultades excesivas, y que le hace nico responsable del poder ejecutivo. De tal manera, que no slo el alma de las razas que forman estos pueblos, 47

la herencia de los siglos, las costumbres, todos los factores internos, colaboraban el hecho monrquico, sino que el error de los tericos vena tambin a dar al presidente de la repblica, casi los poderes de un rey. Esta vez, como antes, el espritu de novedad nos hizo tomar por modelo a los Estados Unidos; como si en algo nos asemejramos a ese pueblo. Lo mismo que los prceres de la independencia, olvidamos el hecho monrquico, es decir todo el pasado. Ese hecho pesaba, sin embargo, en nuestra historia, como un monte. Y como no se pueden suprimir los hechos, lo que no quiso sancionarse en las leyes escritas, existi sin embargo en la realidad, y las sedicientas repblicas fueron monarquas electivas, donde los electores armados ejercieron sus funciones sangrientamente. (3)

viii
Esta oposicin entre los hechos y las instituciones escritas fue fatal. Sus frutos fueron erigir la mentira en sistema de gobierno. De un lado, el poder, procurando siempre guardar las apariencias; de otro, el pueblo,, contentndose siempre con que las apariencias se guardaran. En ltimo resultado, la tirana hipcrita y el pueblo farsante. Todos los intereses e ideas que tienen como fin la perpetuidad del poder y en este caso eran la mayora de los intereses, y sobre todo de los instintos contrariados y combativos por la frmula escrita, por la organizacin ficticia de nuestra Carta, buscaron un medio de vida y de triunfo, y creyeron encontrarlo en la reeleccin. Todos los que, ciegos sobre el verdadero origen de nuestros males, aspiraban al gobierno modelo que se haba imaginado, pensaron a su vez que todo se salvaba estableciendo la alternabilidad. Cada letra de esas palabras nos han costado una lluvia de sangre. Una, sin embargo, la reeleccin, significaba un hecho, un cmulo de hechos, 48

una condensacin de muchas y distintas fuerzas. La otra era no ms un expediente buscado para extirpar lo que tena sus races en las almas y en los siglos. Pues, en verdad, si los gobiernos, como hemos procurado demostrarlo, tendan siempre al despotismo porque todos los factores sociales estaban inficionados de virus monrquico, con la alternabilidad no se lograba sino cambiar de dspotas: tener en un perodo de tiempo, en vez de un tirano, una dinasta de tiranos. Cada vez ms fuerte la lucha de la doctrina con el hecho, ste se hizo brbaro y aquella pueril; del primero salieron crueldades y salvajismos; de la otra brotaron ms y ms expedientes, trabas en la constitucin escrita, mallas sutiles, tejidas con la ms rara suspicacia, que, en vez de suavizar el despotismo no lograban sino exasperarlo y volverlo disimulado y artero. No de otro modo se explica el extrao fenmeno que han presenciado estos pueblos donde con los cdigos ms amplios en libertades han coexistido los gobiernos ms absolutos. Extremando las cosas los partidarios de la alternabilidad llegaron a pensar que hasta el perodo de mando era asunto de capital importancia, y lo fijaron recelosamente ya en dos, ya en seis, ya en cuatro aos. Se adivina como los partidos hicieron punto de su credo poltico unos la reduccin y otros la ampliacin del perodo presidencial; de modo que el primer cuidado de los que triunfaban en las revoluciones, fue, por una reforma de la Carta, reducir o alargar ese tiempo. Cmo no se les ocurra que esos no eran sino accidentes que en nada alteraban la esencia de las cosas? Para un mal gobierno, un ao es demasiado, para uno bueno, cuatro aos es poco; para uno excelente, todo plazo es corto.

ix
Esta discordia, cada vez ms honda, entre la aspiracin y el hecho, explica la faz revolucionaria de nuestra historia. Pero hay otros factores que afirman los tonos del cuadro. Otros elementos 49

discordantes entre s desde los primeros das de la emancipacin, vinieron a tomar puesto en el combate. Las ideas liberales y las ideas conservadoras luchaban a su vez, y en el deseo desmedido del triunfo, procuraron tener de su parte al poder. De ah los gobiernos de partido, alternativamente liberales o conservadores, imponiendo con todas sus fuerzas las doctrinas de su agrado. Un gobernante liberal, significaba el imperio casi absoluto del liberalismo; un conservador, el reinado de la tradicin. Error lamentable. Porque, acostumbrado el pueblo a cambiar de credo, en la apariencia siquiera, cuando cambiaba de amo, no podan arraigar realmente, ni unas ni otras ideas y result al cabo, volverse todos indiferentes, prontos a fingir lo que el gobernante quisiera. Al fin y a la postre, no slo no hubo partidos verdaderos, es decir, organizados, sino que los elementos confusos de cada uno, convirtironse en elementos de tirana. El gobernante, poderoso ya con exceso, alcanz as a influir en las conciencias. Algo muy semejante a los tiempos en que Inglaterra cambiaba de credo religioso segn que el rey se llamaba Enrique Octavo o Mara Tudor. Cmo, con tantos y tan grandes motivos de absolutismo, no llegamos a tener reyes del Asia en vez de dictadores ms o menos duros, es cosa que se atribuira a milagro, si no supiramos que las ideas son de una maravillosa e incontrastable fuerza. Las ideas reinantes, el soplo de libertad y de tolerancia de la Revolucin Francesa, refrescando suavemente el alma de los pueblos y de sus gobiernos, iba civilizando a unos y a otros, y contrarrest las exasperaciones del poder absoluto [resulta paradjico defender la revolucin francesa, a la vez que se exige cerrar la era de las revoluciones]. Fenmeno es ste que merece detenido estudio, porque es una consoladora leccin para los pueblos; porque les lleva la certeza de que pueden alcanzar la cultura y la libertad, sin necesidad de la orga de sangre de las revoluciones. Vemos as, en efecto, que en Rusia el Czar de hoy, con el mismo absoluto poder de Ivn el Terrible y de Pedro el Grande, es sin embargo, un hombre humano, culto, de espritu amplio, muy lejos de sus predecesores. Ciertamente Nicols II [1868-1918] es todava dueo de vidas y haciendas, y jefe de la religin; 50

seor de los cuerpos y de las almas. Pero en vez de cortar las cabezas con sus propias manos como Pedro el Grande, suprime la deportacin a Siberia e inicia la Conferencia Internacional de la Paz [en La Haya, 1899, uno de los primeros estatutos formales sobre las leyes y crmenes de la guerra]. Ese hombre es el amigo de Tolstoi [1828-1910], el escritor que ms y mejor representa el provenir de Europa. Por esa ley de evolucin, nosotros que pudimos caer en la ms completa barbarie, somos un pueblo semiculto, un pueblo que progresa. Y a pesar de la lucha encarnizada que pudo tornarnos en fieras incorregibles, nos humanizamos. Ya no veremos un tirano que en sus momentos de ebriedad mane a fusilar a sus mejores amigos, para buscarles, apresurado, cuando despierte de su locura de aguardiente. Ni veremos que este pueblo se vengue, mostrando en una jaula herrumbada por el aire y la sangre la cabeza fatdica de aquel extrao dspota. Esta ley de evolucin, civilizndonos pausada pero seguramente, mientras la revuelta nos barbarizaba; esta marcha simultnea de dos sistemas, trayendo uno la cultura, el orden, el trabajo, y el otro el desorden, la rusticidad y la ferocidad, son la ltima faz de nuestro desarrollo como entidad poltica.

x
Real y verdaderamente, la revolucin no nos ha trado sino males. Realizando peridicamente por las armas el cambio de gobierno, cre por fuerza, toda clase de prerrogativas para las gentes de la espada, hasta el punto de poner en sus manos los destinos de la nacin. As nos dio el militarismo. Necesitndose grandes sumas de dinero para derrocar al gobierno por una parte para sostener al gobierno por otra trajo la costumbre de los emprstitos forzosos, que han hecho imposible el trabajo y casi destruido la propiedad. Necesitando de secuaces, ech mano de cuantos se aprestaban a servirla, adquiri compromisos, y abri el camino del poder, muchas veces, a hombres que jams hubieran influido en la poltica de un pas bien organizado; y como 51

natural compensacin, rechaz a los hombres buenos, retrayndolos de la vida pblica. Originando cada vez un profundo trastorno en la administracin pblica, sucedi que cada gobierno surgido de las armas se encontr obligado a rehacerlo todo; la tela de Penlope, tejida y destejida para cada revuelta, slo que ahora los hilos fueron de trabajo y de sangre. (4) Queriendo la revolucin triunfar, y el gobierno sostenerse, buscaron uno y otra la intervencin de los gobiernos vecinos; malhadada poltica que ascendi ms el odio entre pueblos hermanos, y nos puso varias veces bajo la dependencia de los extraos. Repitindose, en fin, el escndalo con harta frecuencia, adquirimos entre los pueblos fuertes, el concepto de ingobernables, buenos slo para explotarse, en tanto llega la hora de repartrselos. Descrdito, sujecin, miseria, desorden, ferocidad, atraso y tirana, esos son, esos han sido para nosotros los frutos de las revoluciones. Cien mil personas, cuando menos, han perecido o se han inutilizado para el trabajo en nuestras revueltas y en nuestras guerras internacionales, Cien mil personas, en un pas que apenas alanza un milln de habitantes! Y para qu? Qu Revolucin Francesa hemos hecho? Qu Carta Magna hemos alcanzado? Qu unidad de Italia hemos forjado? Qu guerra de los boers [1880-1881; 1899-1902], qu empresa grande, en fin, se llev la sangre de esos millares de hombres y el trabajo de medio siglo? Aventuras, que no tienen ni el brillo de las cosas grandes ni la fuerte serenidad de las cosas tiles. Aventuras donde no hubo ms que la intencin, el buen deseo, y de las cuales una historia harto benvola, juzga con el criterio de que las intenciones bastan. Pues bien, en poltica las intenciones no bastan. En poltica, Don Quijote ha de aparecer con mucha discrecin, y nunca separado de su escudero Sancho; porque los intereses que se juegan son sagrados, y porque cada locura se 52

paga con el trabajo y con la sangre. Esta es, precisamente, segn Vctor Hugo, la leccin que dio Cervantes a los pueblos: piensa en tu pellejo: es decir, piensa en que tu trabajo y tu vida no deben jugarse al azar y por el empeo de fantasmagoras, sino para lograr cuando haya probabilidades bastantes, conquistar progresos ciertos y duraderos. Que los soadores cedan su puesto a los estadistas. Y estadistas son, no los hombres que tuvieron buenos deseos, buenas intenciones, sino los hombres que hicieron, los que saben traducir sus ideas en hechos y darles a estos vida intensa y durable.

xi
Nuestros adelantos; lo que de verdad y con permanencia tenemos ya se civilizacin, a qu lo debemos? A la evolucin, a la influencia invasora de la cultura exterior, que en este siglo dispone de maravillosos medios de propaganda. Las ideas vuelan en nuestros tiempos: van en el soplo de las tempestades, en las aguas de los ros, en las alas de los cndores y de las guilas, en la ola que corre de orilla a orilla del ocano. La electricidad es hoy el mensajero del pensamiento; el batir de sus alas refresca las frentes ms oscuras, y su beso de luz alumbra el alma de los pueblos ms remotos. En pocos aos el Japn, sin revueltas, se convierte en un pueblo de Europa; en pocos aos, sin revueltas, los Czares se han tornado en hombres, y la Rusia en un pueblo de intelectuales; en pocos aos, Mjico, sin revueltas se ha puesto a la par de los dos pueblos ms avanzados de la Amrica hispana [por su fe en la evolucin pacfica y tcnica, el ensayo no predice las dos primeras revoluciones del siglo: la mexicana (1910) y la rusa (1917)]. La paz, el orden, el trabajo, han hecho esos milagros. Nosotros, ya lo dijimos, por virtud de la evolucin y a pesar de las revueltas, marchamos tambin. 53

Son los hombres de letras, son los hombres de ciencia, son los labradores de la tierra y los empresarios de la industria y del comercio, son los maestros, son esos mismos dictadores, influidos por las ideas, los autores de nuestro progreso. Ellos tambin han contribuido. El pueblo, que lo comprende as, rectifica constantemente sus juicios respecto a esos hombres a quienes, en ciertos momentos, ha cubierto con su abominacin. Un dictador, el ms francamente dictador entre todos, es ahora recordado y venerado por este pueblo; otro, muy odiado en su tiempo y mejor comprendido [Francisco Dueas, 26/ octubre/1863-15/abril/1871], es quien nos dio un teatro, el palacio nacional [1866-1870], el primer parque, la biblioteca pblica y el telgrafo. As de los dems, la conciencia pblica ir rectificando, y la historia serena que todava no es tiempo de escribir, dar a cada uno lo que es suyo; descartando lo que fue culpa de los tiempos y mostrar a cada gobernante, en su exacta figura, con sus propias manchas y con sus propias luces. La tirana, dice Vctor Hugo, no son los hombres; son las cosas. Los tiranos son la frontera, las costumbres, la rutina, la ceguera en forma de fanatismo, la sordera y el mutismo, en forma de diversidad de lenguas; la disputa en forma de diversidad de peso, medida y moneda, el odio resultando de la disputa, y la guerra, resultando del odio. Toda esta clase de tiranos tienen un solo nombre: Separacin. Por sobre todo, la ignorancia: cuando nosotros hayamos enseado y habituado a leer, siquiera a los dos tercios de nuestro pueblo, habremos hecho cien veces ms que todas las revoluciones. En resumen: lo que nos atrasa y acabara por matarnos, son las revoluciones; lo que nos salvara, son la paz, el trabajo y el orden. Es preciso cerrar la era de las revoluciones.

xii
A la hora en que estamos, es ya visible la transformacin evolutiva de nuestra 54

existencia poltica. La idea unionista, alcanzando su ms lgica forma, no es ya motivo de odios ni desconfianzas. Abandonando su manto de prpura, se viste con el blanco ropaje de la paz y busca su realizacin unificando los espritus y fundiendo los intereses. Las aspiraciones autonomistas, ideal carsimo a los salvadoreos, han alcanzado ya la ltima victoria: tres gobiernos se han sucedido sin la ms leve intervencin extraa, y la no es creble que reaparezca ese pernicioso elemento que tanto nos ha costado eliminar. Las ideas liberales y conservadoras, luchan en campo ajeno a la influencia oficial, con amplitud y tolerancia; las conquistan que realizan, se deben al esfuerzo propio, y tienen por consiguiente, vida ms duradera. Los odios internacionales se menguan visiblemente: once aos llevamos de paz entera y franca con nuestros vecinos, y todo anuncia que este perodo, excepcional en nuestra historia, se prolongar por mucho tiempo [Carlo Ezeta (1890-1894, Rafael Antonio Gutirrez (1894-1898), Toms Regalado (1898-1903]. A los gobiernos de partido suceden los gobiernos de administracin: el que ahora nos rige [Regalado, 1901] ha sustituido especialmente, la idea poltica por la idea econmica, y as como otros hicieron punto de sus programas el trabajar por liberales o conservadores, ste persigue como objetivo principal de sus labores, mejorar la hacienda pblica, sostener el crdito no emitir papel moneda, y amortizar en cuanto se pueda la deuda interior. Que los impacientes y los soadores suspiren porque no vamos en hecho de libertades como Suiza o como la Inglaterra: nosotros, al hacer el recuento de nuestras jornadas, tomamos como punto de vista nuestro propio pasado; y tendemos desde ah la vista para sondear el porvenir.

xiii
Ese porvenir no encierra ms amenazas y ms peligros que los que ahora hemos arrostrado? 55

Los pueblos no existen aislados en el planeta. Por encima, o mejor dicho, sin contacto ninguno con los vnculos voluntarios de la diplomacia, existen vnculos irrompibles que atan a las naciones, hacindolas participar fatalmente en el resultado de los sucesos que les son extraos. As, hay entre ellas solidaridad evidente, benfica unas veces, perjudicial otras, pero siempre ms peligrosa para los ms dbiles. Como en el ocano la ola flexible y dcil lleva a todas partes la ms leve presin ejercida en un punto cualquiera de la masa, as en la vida internacional corre la influencia de los sucesos de uno a otro extremo de la cadena. La ola que aqu no hizo sino mecer blandamente un grande barco, hace zozobrar ms all un esquife. As lo que eleva y fortalece a un pueblo, va de rechazo a sumergir o debilitar a otro. En el momento que corremos, esa fatal solidaridad es temible: la poltica colonial de Europa es una constante amenaza para los pueblos de otros continentes. La poltica expansionista de Norte Amrica que no depende, como piensan algunos del triunfo momentneo de un partido, sino de que ese pueblo ha llegado al perodo de vigor y de intensidad en que toda fuerza se expande es una tromba suspendida sobre nuestras cabezas. Esta es la hora de la raza anglosajona; es tambin la hora de todos los elementos vivos de las razas germnicas. La doctrina de esos pueblos es que las razas superiores han de extenderse y vivir a costa de las inferiores [ntese el efecto del darwinismo social para justificar la dominacin poltica]. La aplicacin de la doctrina, ya la hemos visto en Cuba, Puerto Rico, las Filipinas, El Transvaal y la China. Quines sern las prximas vctimas? Cmo puede evitarse el peligro? La cuestin es tan complicada como pavorosa. Nosotros no tenemos no espacio ni capacidad para resolverla: Pero hay una cosa evidente: y es que los pueblos revoltosos, los que den a la guerra lo que deben al trabajo y al orden sern los primeros arrollados por esa tempestad. La hora es solemne, el peligro cierto, las advertencias claras. Ay de quien las desprecie! 56

resumen:
La idea unionista, servida primero por la fuerza, luego por convenios entre mandatarios, y ahora por la espontnea aproximacin de las ideas y de los intereses. La tendencia separatista, sirviendo de obstculo a la federacin, convirtiendo las provincias en naciones. Las ideas liberales y las ultramontanas, buscando y escalando el poder, como un medio de imponerse, y apartndose luego , paso a paso, de la influencia oficial, hacia un campo de lucha independiente. El hecho monrquico y la idea democrtica, luchando entre s por construir la forma de gobierno, y resolviendo siempre sus luchas en crisis revolucionarias. El ideal autonomista creciendo hasta establecer en la prctica el principio de no intervencin, y dndonos as la paz con los estados vecinos. Los gobiernos de partido, convirtindose lentamente en gobiernos de administracin. En fin, la tirana, suavizndose por la influencia de la cultura exterior, por la fuerza expansiva de las ideas reinantes, y tambin por la evolucin de las fuerzas internas. Sean cuales fueren los aciertos o los extravos de nuestro criterio al mostrar el engranaje y la accin de esos factores sociales, ellos son, nos parece, lo que explican nuestro desenvolvimiento poltico. Tomndolos como punto de vista, un historiador hbil sabra mostrar a plena luz el confuso cuadro de nuestra historia, y esa exhibicin esparcira claridades bastantes para leer en el porvenir. Nuestro ensayo aspira a insinuar un plan. Nada ms.

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notas
(1) En el captulo II, donde dice confederacin debe leerse federacin. (2) Meses antes de que fracasara el pacto de Amapala, combatimos, en una carta abierta dirigida al doctor Rubn Rivera [28 de octubre de 1898], el sistema unionista que representaba a ese respecto no es nuevo. (3) Dicen que San Martn, tan grande capitn como Bolvar, y tal vez mejor estadista, deseaba para los pueblos de Amrica el gobierno monrquico. Sea lo que fuere, y aunque todava existe un sedimento de absolutismo en el alma indo-hispana, creemos que la monarqua no es ya una forma de gobierno buena para este continente. (4) No exageramos al trazar el cuadro de las revoluciones. En 1894, al pasar la revolucin, no quedaba en el pas nada que pareciera una escuela [Carlos Ezeta (1890-1894), Rafael Antonio Gutirrez (1894-1898)]. Lo que en ese ramo haba trabajado un hbil ministro desapareci por completo. As haba desaparecido, cuando la revolucin anterior, la obra incomparable del General Menndez [1885-1890]. En 1890, los soldados de Rivas o los de Ezeta, destruyeron, por antojo el laboratorio de qumica de la Universidad. No sabiendo qu utilidad podan sacar de las redomas y vasijas, las rompieron a machetazos. Hechos as, por centenares.

nota

final

Este ensayo deba presentarse al certamen iniciado por el Diario de El Salvador para celebrar el octogsimo aniversario de nuestra independencia [1901]. El autor, despus de hablar del desenvolvimiento poltico, no se ha sentido capaz de estudiar el desarrollo social. Esta segunda fase del tema es muy extensa, y no hay para facilitar su estudio, los valiosos trabajos que tanto ayudan a comprender la historia poltica.

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la indePenencia como Problema


el ateneo de el salvador y la celebracin del (bi) centenario
0. Keywords/Abstract Palabras claves/Resumen I. Prembulo II. Del olvido cvico III. .A la independencia como problema III.1. Jos Dolores Corpeo III.2. Abraham Ramrez Pea III.3. Adrin M. Arvalo IV. Coda V. Notas VI. Apndice. I. ndice de batallas de El Salvador (1822-1855) II. La batalla de Coatepeque VII. Bibliografa

Siempre se ha hermanado el ideal de la libertad con la sed de sangre de los vencedores (J. Dols Corpeo, Revista del Ateneo, Ao II, No. 14, diciembre de 1913 y 1914: 71).

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0. Palabras

claves/resumen

Palabras claves: Historiografa de la independencia centroamericana y salvadorea, vida republicana, fracaso de unin centroamericana, Ateneo de El Salvador, pacifismo radical. Resumen La independencia como problema examina la produccin intelectual de una organizacin cultural salvadorea: el Ateneo de El Salvador, instituido en diciembre de 1912. Sin establecer distinciones de gnero literario, estudia la manera en que la poesa, la narrativa y el ensayo visualizan la independencia centroamericana y su corolario, la vida republicana durante las primeras dcadas independientes. Los miembros fundadores del Ateneo describen la independencia como acontecimiento gratuito, sin voluntad popular ni determinacin poltica seria. Anotan que la independencia carece de un proceso continuo que vincule el primer grito (1811) con la doble declaracin final (1821 y 1823). Las guerras independentistas contra la metrpolis colonial se reducen al mnimo. Las sustituyen conflictos blicos republicanos que convierten la nueva regin independiente en pirmides de calaveras que se alzan en las llanuras. Por testimonios vividos, la conciencia pacifista radical de los primeros atenestas denuncia guerras fratricidas sin ms objetivo que el simple alcance del poder carniceras humanas sin por qu ni para qu en los mismos sucesos histricos que nuestra actualidad celebra en apoteosis. No veis cmo se matan hermanos con hermanos?

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i. Prembulo
La independencia como problema analiza la visin que los socios fundadores y primeros miembros de una organizacin cultural salvadorea el Ateneo de El Salvador (diciembre de 1912) nos ofrecen de la doble independencia centroamericana: la primera emancipacin de Espaa (1821) y la segunda de toda potencia extranjera (1823). Igualmente, el ensayo resea el enfoque de esta generacin sobre la vida independiente del istmo. Este crculo olvidado de intelectuales celebra el primer centenario del primer grito de independencia (1811), as como el de la independencia con un mayor decoro que el nuestro. Mientras en la actualidad la pompa cvica dispone la conmemoracin patria, los atenestas y sus contemporneos nos muestran una visin ms trgica y reflexiva de la historia. Si la independencia ocurre por una simple contingencia, sin luchas populares ni resolucin poltica firme, la vida independiente la dictan guerras fratricidas y matanzas que opacan toda ilusin de libertad. El artculo rescata la produccin cultural de una generacin olvidada, clave para nuestro presente que se apresta a festejar el segundo centenario (2011), a la vez que restituye una conciencia pacifista irreconocida. La propia existencia de esta generacin pacifista la destierra una hegemona liberal una instruccin cvica y moral prctica gubernamental que la considera anti-patritica. (1) En la inventiva histrica liberal, las ideas extremas de los partidos socialistas y antimilitaristas que se arraigan en las masas populares menoscaban el sentimiento innato, el dogma inmortal del amor a la patria. (2) Igualmente se juzgaran los ideales indgenas comunales, ya que el principio eterno de la propiedad privada engendra la idea misma de patria. En cambio, en tiempos de paz, para los reformadores, la disparidad entre 20.3% que absorbe al Cartera de Guerra y Marina contra el 5.65% de la Cartera de Instruccin Pblica requiere construir un equilibrio econmico. (3) Aspiremos para que tengamos cada da menos necesidad de grandes ejrcitos, los que, en realidad, no han tenido desde hace 90 aos que somos independientes, ms misin que la de destrozarnos entre hermanos. (4) Ms que una nacin unida en su anhelo libertario, La independencia como problema rastrea las races de un pas dividido a muerte desde sus comienzos fundacionales. 61

ii. del

olvido cvico

Hacia la fundacin del Ateneo de El Salvador sucede un renacimiento intelectual en el pas. (5) Despus de un eclipse de varios aos, debido al perodo de desorganizacin que hemos atravesado, se percibe una favorable oportunidad para discutir la cuestin nacional de manera seria y razonada. Sus primeros socios creen que el poder de la ciencia sobrepasar las estriles e infecundas luchas, las polticas sangrientas. (6) La conciencia de un desastre histrico intenta revertir su esfuerzo hacia la labor conjunta de todos los hombres de ciencia, de letras y de arte, que hasta ahora han vivido aislados. Bajo los nobles auspicios del Jefe de la Nacin Salvadorea, Manuel E. Araujo (1911-1913, fechas de mandato presidencial), la utopa consiste en inaugurar un espacio pblico de expresin en el cual la discusin argumentada sustituya los conflictos armados. Desde El Primer Certamen Literario del Ateneo de El Salvador, una de las temticas ms reiteradas interpreta el sentido que posee la independencia centroamericana en ese principio de siglo. (7) La respuesta ms tradicional la expone la conformacin de una religin laica para uso del estado y cultura oficial. En esta lnea conservadora, el panegrico reemplaza el pensamiento crtico que hace de la independencia un problema. Bajo la misma rbrica clasifican varias poesas famosas que componen Patria de Francisco Gavidia, odas, biografas y discursos incluidos en los Juegos Florales del Centenario de la Insurreccin de 1811 (1911) y El libro de los Juegos Florales (1921), al igual que la Oda a Centroamrica de Alfonso Espino: Cantar tu Independencia, oh, patria ma!/entonar ditirambos de alegra. (8) A esta tendencia tambin pertenecen las semblanzas de los prceres, las loas a la libertad, los himnos (a la bandera) y un sinnmero de trabajos que al resear El Salvador a travs de la historia le prescriben el ttulo de hija predilecta de la Federacin. (9) Hay una exaltacin de la patria un ascenso glorioso a la libertad sin ms contrariedad que los clebres sacrificios de hombres ilustres, los prceres, y algunos de sus proslitos populares. 62

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Esta corriente instituye un civismo fervoroso. Pero al proponer una creencia patritica ciega, su principio pasional traiciona el poder de la Ciencia sometido a demostraciones historiogrficas, al igual que a posibles contraargumentos. (10) El olvido cvico lo que el civismo olvida en sus loas piadosas es exigir razonamientos metdicos y anttesis que deduzcan sus flaquezas. En esta omisin surgen tres socios del Ateneo Adrin M. Arvalo, Jos Dols Corpeo (primer presidente; pseudnimo de Jos Dolores Corpeo) y Abraham Ramrez Pea con sus respectivas propuestas sobre la independencia como problema. A la convencin republicana en boga, con atinada lucidez, los tres miembros no contraponen la invencin de un nuevo mito de apoteosis. Si el civismo refiere una gesta heroica popular dirigida por prceres iluminados Jos Matas Delgado, segn la historia oficial, pero al lado de los monrquicos y sin destacarse antes de la proclamacin de independencia la historiografa marxista se vuelca a la bsqueda de prohombres populares de izquierda, Pedro Pablo Castillo, cual lo sugiere Alejandro Dagoberto Marroqun. (11). Ambas posiciones contrapuestas historia conservadora oficial y revisin marxista mantienen en comn la idea de una proeza memorable por la fundacin de la patria. En cambio, los atenestas aducen la ausencia de todo proceso de independencia y, peor an, un descalabro fratricida subsiguiente a la fbula liberadora de 1821. (12) A diferencia de otras regiones de Latinoamrica, en El Salvador es imposible reconstruir un transcurso incesante de luchas independentistas. Entre el primer grito (1811) el segundo intento abortado por lanzar otro grito de independencia (1814) y su doble declaracin final (1821 (independencia de Espaa) y 1823 ( independencia de toda potencia extranjera)) no existe una continuidad. Segn los atenestas, se presenta un hiato infranqueable, un dilatado letargo independentista sin lderes obvios ni voluntad popular. Entre esos siete a diez aos de sopor (1811-1814-1821-1823), florece la indiferencia. El desmayo patritico lo comprueban las escuetas anotaciones cronolgicas que realiza los historiadores Francisco J. Monterey y Miguel ngel Garca para los aos 1815-1820. (13) Acaso la idea de una lucha continua por la independencia sera un mito fundacional, republicano y liberal. La visin ms trgica de los atenestas quizs ms realista al recordar matanzas independientes cuyo ao emblemtico lo cifra 1863 es irreconocida por una razn filosfica hegemnica, bastante tradicional. En 64

nuestro Estado no podemos admitir otras obras de poesa [e historia] que los himnos a los dioses y los elogios de los hombres grandes. (14) El civismo habita la ciudad del silencio y del olvido. (15)

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iii. a

la indePendencia como Problema

iii. 1. jos dolores corPeo


Si no existe proceso de independencia y la libertad imprevista expresa sed de sangre, Dols Corpeo se pregunta por las razones del espejismo de mil ochocientos veintiuno y del cauce sangriento [que] se abri en tierra centroamericana debido a esa contingencia. (16) He aqu resumida su posicin crtica que el propio presidente en turno, Manuel E. Araujo caracteriza de alta aristocracia del talento. (17) El espejismo de mil ochocientos veintiuno asonada que casualmente, sin un gesto heroico, saludamos como nacimiento de la Patria [es una] ficcin deslumbradora de soberana [cuya] fatalidad [produjo] matanzas y debates fratricidas [en pueblos que] jugaban a la libertad, como jugar a las muecas [con] sus manos manchadas de sangre. [Si deseamos testimonio vivo], fijemos los ojos en la huella triste que seala en los campos el paso de la discordia y de la matanza. Pidamos una palabra a esas pirmides de calaveras que se alzan en las llanuras. (18) Ya eran eco lejano los acontecimientos reseados [de 1814] cuando vino intempestivamente el amanecer de la Patria soada [] el acta de Independencia [] no sintetiza el ideal supremo de los prceres de 1811, porque no se adopt la resolucin firme y categrica de declarar la forma de Gobierno, sino que se dej a la deliberacin de un Congreso [] los hombres de 1821 no estaban posesionados de la doctrina republicana y abrigaban temor a la democracia. Tampoco era firme su propsito de libertad [] el espritu monrquico viva latente en la sociedad [] cuatro meses despus tuvo Centroamrica su primera cada, al consumarse [] su anexin a Mxico [] y gui ese atentado la aristocracia monrquica de Guatemala [] tras un violento forcejeo el 24 de junio de 1823 se logr sellar la segunda independencia [la cual] comprobaba la falta de unidad y la anarqua en los principios [] la Constitucin Federal decretada el 22 de noviembre de 1824 [estableca] hermosas teoras [al lado de las cuales] los patriotas pusieron las bases de la anarqua [] al llegar como primer Presidente de Centroamrica, Manuel Jos Arce en abril de 1825 [se convirti] en manzana de la discordia y quizs causa del sangriento desbarajuste [] es l ejemplo de la tirana y la inconsecuencia [del] incremento del sangriento separatismo [seguido 66

por la dictadura de] Mariano de Aycinena [] ste en su esfera y Arce en otra, sentaron el precedente de la guerra civil, de 1827 a 1829, una poca horrenda. (19)

Su visin trgica dibuja una tortuosa lnea cronolgica de eventos adversos. Nos conduce de una independencia accidental que llega de afuera sin un gesta heroica (1821), la recada en la sumisin imperial mexicana (1822), la segunda independencia que titubea en sus principios polticos rectores (1823), la tirana de Arce y Aycinena como preludio funesto al fratricidio separatista (1825-1829), el parntesis caudillista de Francisco Morazn quien tambin se impone por la violencia guerrera en Gualcho (1828-1838), el ascenso de Rafael Carrera (1839), la sangrienta agona moraznida en el Espritu Santo y San Pedro Perulapn (1839) hasta la separacin inevitable (1840-1842). Esta cronologa la corona nuestra decadencia que de pueblos de pensadores y patriotas descendimos a pueblo de brbaros. (20)

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iii. 2. abraham ramrez Pea


Por su parte, Ramrez Pea estropea la celebracin del Centenario del Primer Grito de Independencia (1811-1911) al evocar los estragos blicos del perodo independiente. (21) Mientras todos los intelectuales que inventan una religin laica se visten de gala para recitar loas a la patria, su postura pacifista les recuerda el sino trgico de la soberana nacional. La cronologa de Dols Corpeo suspendida en el descalabro de Morazn (1840-1842) Ramrez Pea la proyecta dos dcadas despus, la cual prosigue el sino fatdico de Centroamrica con las matanzas guatemaltecas y salvadoreas, bajo el comando de Rafael Carrera y Gerardo Barrios (1863). El corolario colateral de la independencia son guerras fratricidas y despiadadas desastrosas carniceras humanas [] en el transcurso de un siglo de vida revoltosa en las cuales con toda honra se descuartiza al enemigo, al hermano centroamericano. (22) Estamos prximos a cumplir cien aos de vida independiente, y qu hemos hecho durante tanto tiempo? Destruirnos mutuamente [] Cul ser el legado que el siglo viejo dejar al nuevo? El recuerdo de tantas guerras sangrientas en las cuales el hermano mat al hermano, el padre al hijo y el hijo al padre [] Nuestra historia patria [es] reseas horripilantes de combates que fueron verdaderas matanzas. En el parte que el general Santiago Gonzlez comunic al ministro de la guerra el da 28 de febrero de 1863 se leen estos prrafos: el campo de Coatepeque, al anochecer del da 24 de febrero era un vasto osario: el campo enemigo cubierto de cadveres y heridos, el cielo ennegrecido por la plvora, la desolacin y la muerte por todas partes. Ms adelante dice: La mortandad que sufran las tropas guatemaltecas era espantosa [] causaba verdadero horror el campo de Coatepeque a la vista no slo del nmero de muerto, sino tambin por el estado de ellos: por todos lados se encontraban miembros humanos, ya una cabeza, ya un brazo, una pierna, hombres divididos en dos partes, estragos cauzados por nuestra artillera, que con tanto acierto dirigieron los oficiales Biscouby y Vassel dignos de recomendacin. (23)

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Lo notable de la postura pacifista de Ramrez Pea contrasta con las posiciones ms convencionales que en defensa de valores liberales y unionistas clsicos olvidan que 1863 representa una devastacin. Si por convenio patritico la matanza que despedaza enemigos conservadores y separatistas se percibe como memorable jornada [] en que quedaron aniquiladas hordas impositoras, parecera que todo valor ideal resulta inmune a la prctica social, a la violencia, por la cual se realiza. (24) Conquistar laureles inmarcesibles en los campos de Coatepeque significa coronar al vencedor gracias a la mortandad del vencido mutilado. (25) Por ese acto de festejo ante el estrago guerrero, se empaa la permanencia absoluta del concepto de libertad que tanto se aora. El legado inmediato de esas masacres la orfandad generalizada, el bandolerismo, la fechora como medio de ascenso social y proveedora de servicios legales, la identidad nacional como disfraz lo describe la mejor novela de Ramrez Pea, Cloto (1916). Las cifras de muertos en combate sobre cuya preciosa sangre [] como alfombra rojiza [] se celebra la victoria con la tradicional diana la estima el ensayo El sitio de San Salvador en 1863 de Gilberto Valencia Robleto. (26) Carrera pierde unos 1600 hombres el 22 de febrero; al da siguiente 69

[] ms de 2300 bajas; el da 24, ms fatdico para Carrera [se acumulan] cadveres putrefactos de 5500 guatemaltecos. Por esa matanza, se cumple herosmo y sagrado deber en aras de la patria los cuales se festejan el da 29 [] con banquetes y bailes [] ocho das de fiesta. De sumar tales cifras totalizaran unos nueve mil cuatrocientos cadveres en tres das, vindose doquiera los miembros de cuerpos; cabezas, brazos piernas, fragmentos de crneo. (27) Los estudios antropolgicos posteriores ilustran la tragedia demogrfica indgena que significan las guerras fratricidas las cuales se extienden por varias dcadas del siglo XIX. La detallada monografa de Panchimalco que realiza Alejandro Dagoberto Marroqun ofrece informacin valiosa sobre los cambios poblacionales en ese municipio para los aos 1807 y luego para 18601890. (28) Estos nicos datos para el siglo antepasado obligan al antroplogo a contradecir tesis en boga relativas a la famosa consuncin de la poblacin indgena [] causada por la poltica de los espaoles a raz de la conquista. (29) Por lo contrario, las cifras de finales de la poca colonial demuestran que no hubo ningn dficit poblacional hacia el final de ese perodo. (30) En cambio, el declive estadstico slo puede documentarlo para el perodo que abarca de 1807 a 1860. Esta reduccin demogrfica la explica el reclutamiento forzoso de la mayora de los jvenes [indgenas] en edad militar [cuyo] destino era servir de carne de can [] en las guerras fratricidas [lo cual] nos lo confirma la tradicin [oral de] los ancianos del pueblo. (31) En contraste con otras regiones de Latinoamrica, en El Salvador, la violenta vida independiente las guerras intestinas que abundaron tanto durante el siglo XIX ocasiona una disminucin poblacional indgena ms adversa que la provocada por la colonia. (32)

iii. 3. adrin m. arvalo


Arvalo remata esta percepcin crtica de una vida independiente sometida a masacres. Su novela histrica Lorenza Cisneros narra el nuevo tutelaje que los nobles guatemaltecos quieren imponerle a mi Patria, por lo cual se necesita una segunda independencia (1823) luego de la anexin al Mxico monrquico. (33) Relata tambin el anhelo fallido que representa Francisco Morazn (1792-1842) el cual culmina en la marcha al Oriente del Estado, 70

y la tremenda carnicera en la que rod el cuerpo de Jorge Llerena, prometido de Lorenza. (34) Morazn cay porque quera la Unin a balazos. (35) Ella y su padre Juan Vicente Cisneros, Jefe Supremo del Estado no conciben ms alternativa que sepultarse en el fondo del olvido. (36) Emigran a una retirada poblacin quizs al mismo Perulapn o por el Espritu Santo lejos de las bajas intrigas capitalinas, luego de que con la muerte de la Federacin Centroamericana nace el reinado de los cuervos (1840). (37) En el in-silio (exilio interior), la hija del enemigo acrrimo de la tirana prometida eterna del Brigadier Jorge Llerena llora sus esperanzas muertas. (38) Este autor es el nico que le concede a la mujer un papel activo en la poltica, incluso durante la guerra. Si enlutada Lorenza Cisneros se dedica a velar las tumbas de su padre y de su prometido, en El 63. Episodios Nacionales Histrico-Novelescos (1916), la fmina acta como consejera, apoyo vital para el ejrcito de Barrios y, al cabo, al empuar armas, personal militar diligente en la defensa de la capital salvadorea liberal contra la invasin conservadora de Carrera. Sin embargo, como mentora ntima de Barrios, la mujer nunca logra una posicin administrativa de prestigio. Si en mi mano estuviera a Beatriz [de Dorantes] la nombrara Ministro general del gobierno que presido, reconoce el mismo Barrios. (39) An para la causa liberal, la esfera poltica regente se halla reservada a lo masculino. Como combatiente ella muestra la misma crueldad que sus colegas del sexo opuesto, al quemar vivo al enemigo guatemalteco. En nombre de la autodefensa y de la repblica liberal, unos veinte soldados invasores arden borrachos en una cabaa. (40) El terror de los invasores lo combate la barbarie de las defensoras, cuyo hondo lamento expresa no consumir vivos a ms guatemaltecos en las llamas. Achicharrar a los malditos chapines que caigan en la trampa, cuando ya estn bien borrachos. Qu idea ms peliaguda! [] saliendo bien la cosa, no importa como dices, pegarle fuego a la tal casa, que por cierto est bastante vieja, ya que sus llamas tostarn a unos veinte miserables. Qu lstima que no sean ms [] momentos despus, grandes llamas se alzaban esparciendo su luz siniestra por aquellos alrededores en donde los invasores haba sembrado el terror y el espanto. (41) 71

Arvalo retoma la interpretacin pacifista de Ramrez Pea al recordar la misma fecha emblemtica del descalabro independiente en el istmo, 1863. En su segunda novela citada, El 63, la vida independiente se denomina la danza macabra. (42) Las guerras por la misin unionista viceversa, por la separatista concluyen en frtiles campias [en Coatepeque], dando abundantes frutos, gracias a la sangre guatemalteca derramada en ellas de manera lastimosa. (43) Todo ideal de unin y libertad se ahoga en la hecatombe, aun sea por autodefensa. No es dable pasar rpidamente de la lucha [fratricida] a la unin pacfica y sincera. (44) El proyecto unificado de nacin lo asfixian disputas homicidas. (45) Tal cual lo confirma el testimonio de un soldado raso que lucha hasta el descalabro liberal, el verdadero ideal consiste en vengar la muerte de su padre y la tristeza de su madre al matar, matar ms, matar siempre y sin misericordia el mayor nmero de enemigos! Vengar a mi padre se deca a s mismo el intrpido mancebo Oh s! lo vengar aunque me cueste la vida! Pues qu! Haber fusilado al autor de mis das esos canallas! un pobre viejo! en todas mis correras logr matar veinte enemigos, herir cinco y hacer prisioneros seis. Por supuesto, los ltimos fueron pasados por las armas; los heridos se murieron a la postre: por todos, pues, slo fueron treinta y uno los de mi cosecha! Estoy satisfecho: mi padre ha de haber visto desde el cielo que, si ms se me hubieran puesto a tiro, me los soplo sin remordimientos para vengar cumplidamente la muerte que le dieron a l, al pobre viejo, que ya a penas poda con la fe de bautismo!. (46) Esa matanza afecta no slo a dos pases hermanos enemigos, sino a una misma nacin dividida en posiciones polticas en pugna. Es verdad que no slo fueron guatemaltecos los que pusieron sitio a San Salvador, para derrocar al General don Gerardo Barrios y acabar con nosotros: la mayor parte de los sitiadores fueron salvadoreos y muy legtimos guanacos. (47) Desde sus inicios, la nacin salvadorea se halla seccionada en bandos enemigos que se combaten a muerte. El ensayo de Valencia Robleto revela la divisin interna de la nacionalidad salvadorea por la alianza del Doctor Dueas con Carrera, quien cuenta con el apoyo de todos los dems generales y notables de Santa Ana, Sonsonate, Santa Tecla [] los Guirola, Orellana, 72

Duke, Gallardo, los Sol, Cceres, Olivares, Alcaine, Livano, Escaln, Dubn y los generales Choto, as como por la traicin del general Santiago Gonzlez a cargo de Santa Ana. (48) Caudillaje y tirana reinan en el campo libre, campo de lucha de la codicia y de la desvergenza humana, de la matanza y de los debates fratricidas. (49) Ante la mortandad, en unin borgeana de los opuestos, no se sabe quin es traidor, quin es hroe. Y la Gloria republicana nos confiesa: he visto sus manos manchadas en sangre. Cul es Can? Cul es Abel? Cul es Judas? Cul es Jess? No s Profundo silencio. (50) Lo insigne se confunde con lo villano, ceidos ambos por una oscura violencia bajo la cual hechos y valores son pardos (proverbio popular, de noche todos los gatos son pardos, lase, bajo la violencia generalizada, todos los valores son pardos). Aos antes que el Ateneo inicie el debate sobre la independencia, Alberto Masferrer (1901/1996) anticipa la perspectiva pacifista que no celebra ese evento sin recordar su legado trgico. Para el maestro, hay dos corrientes complementarias fluyendo de manera paralela: ros de oro y ros de sangre. La primera vertiente desemboca en el civismo y en la celebracin heroica de las gestas por lograr la formacin de la patria salvadorea. La segunda se concentra en la herencia de guerras y matanzas post-independentistas. Si la autonoma poltica es un bien, una promesa dorada, la vida autnoma inaugura incesantes masacres que se legitiman en nombre de ideas abstractas tales como la unin, la libertad, la repblica, etc. Esta discrepancia entre los arquetipos ideales y la realidad histrica crea, segn Masferrer, el fratricidio entre las nacionalidades centroamericanas y la tirana como forma de gobierno. Su resultado lo expresa la faz revolucionaria de nuestra historia en la cual el poder alterna por la lucha armada sobre el rival. Sea liberal o conservadora, la nacin acaba en el militarismo que justifica el alcance de la libertad por la fuerza bruta.

iv. coda
1811 fue la primera y nica epopeya [independentista]. Centro Amrica se declar independiente sin efusin de sangre, y es por eso que no figuran acontecimientos trgicos y picos [en 1821]. El inmortal Padre Delgado se opuso a la incorporacin de Centro 73

Amrica a Mxico [1822], enviando una columna de tropas a Santa Ana y Ahuachapn, poblaciones que quizs simpatizaban con aquella incorporacin, habindose entablado un combate en el Espinal [donde] se derram la primera sangre generosa centroamericana [] y empezaron nuestras fratricidas luchas. (51) Bastan esas tres breves anotaciones Dols Corpeo, Ramrez Pea y Arvalo para resumir un pensamiento crtico irreconocido. En este mes de septiembre cuando entonamos cantos gloriosos y cvicos a la patria de nuevo, ataviados de etiqueta recordamos que al menos tres intelectuales del cambio de siglo antepasado seis, al aadir a Miguel ngel Garca, Alberto Masferrer y Salvador Turcios R. perciben en esta celebracin carencia y olvido. Todos ellos nos revelan las apoteosis exageradas e irreverentes en un pas recin fundado y sin proyecto unificado de nacin. Celebramos gestas picas independentistas sin documentarlas, a la vez que acallamos el fratricidio resultante. Acechada por una historia violenta, la conciencia de una generacin olvidada nos exige una reflexin seria sobre su propio testimonio del siglo XIX, poca que los procrea. (52). La violencia fundadora la viven como presencia continua, ya que a unas nueve semanas de la inauguracin del Ateneo (1 de diciembre de 1913), asesinan a su mecenas, al Gran Protector de las Letras Nacionales Manuel E. Araujo, a cuya memoria se dispone dedicar un nmero entero. (53) A velar su memoria de Gran Hombre y Mrtir se dedican un nmero entero de la revista y la edicin de una voluminosa obra que recopila poesa, ensayo, discursos, cartas, etc. en su honor pstumo. (54) El oscuro homicidio anunciado sin autor intelectual, aunque segn el periodista y poeta salvadoreo Quino Caso (s/f) fue el propio presidente de Guatemala Manuel Estrada Cabrera se alza como smbolo mortuorio central de esa dcada del doble centenario (1911-1921). (55) Su cuerpo yaciente se instituye como hado fatdico que ensombrece la ceremonia, al recordar la tragedia, los asesinatos individuales y en masa de las repblicas independientes. Para mltiples intelectuales de la poca, Araujo representa el espritu unionista, la oposicin a la intervencin estadounidense en Nicaragua que refrenda la verdadera independencia y el ideal nacionalista que se 74

opone al carcter privado de los servicios pblicos como los ferrocarriles y la electricidad . (56) Su muerte sella la disolucin de esa triple alianza: unionismo-anti-imperialismo-nacionalismo. A este tringulo poltico, el Tesorero General de la Repblica, Jos E. Suay aade una obra econmica que aumenta las rentas del estado y amortigua la deuda pblica. (57) Ante el fretro del patriota, hroe y mrtir prcer mandatario los escritos empolvados de esa generacin atenesta evocan la falta de toda cruzada libertadora [sin] audacia de colocarse por s el simblico gorro frigio al igual que atestiguan el paso de la discordia y de la matanza en carniceras humanas post-independentistas. (58) Hace un siglo, por esta recoleccin en florilegio flores que fenecieron sin huella el Ateneo se coloca en un sitio privilegiado dentro de la produccin intelectual salvadorea. (59) ** Lejos de todo mito y adulacin, los primeros socios del Ateneo nos presentan diversas reflexiones sobre la independencia como problema. Otro miembro aludido, Salvador Turcios, aduce: que la Independencia fue el resultado de la preparacin y aptitud decidida del pueblo [] es un absurdo [sin documentacin autntica] la paradoja de la independencia seala una feliz contingencia [] sin partido autonomista [ni] aptitud decidida del pueblo. (60) Su consecuencia ms patente son los sombros territorios de nuestra Historia, del ao 1821 al presente. (61) Incluso las versiones ms tradicionales que exaltan las glorias soberanas de la patria no olvidan el descalabro de las repblicas independientes. El festejo queda obligado a reconocer un sino trgico y asesino que ensombrece toda celebracin irreflexiva. No veis cmo se matan hermanos con hermanos?. (62) En luchas fratricidas, Patria, despus te aferras; revoluciones mprobas y criminales guerras entre las fauces del terror! Envilecieron tus republicanos fueros, Nativas autocracias! Callaron los aceros, En vez de hundirles su fulgor!. (63)

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Un contemporneo suyo lo secunda al afirmar que la embriaguez de la victoria ofusc el juicio de quienes haban conquistado el poder [] reclamando para el patbulo la sangre fraternal. (64) A principios del siglo XXI, es paradjico el encierro mental de la globalizacin. Hace un siglo contamos ms versiones sobre un hecho histrico fundamental que en el presente democrtico. Los atenestas y sus contemporneos demuestran un mayor decoro que el nuestro en el homenaje. Obsesionado por pica independentista, herosmo y silencio de guerras independientes, la actualidad empaa toda versin que no apoye su predominio poltico. Para ello, a la vspera del segundo centenario del primer grito (1811-2011) de la nica epopeya? hay que olvidar toda aquella desconfianza que remuerda la conciencia histrica del primer centenario. Pidamos una palabra a esas pirmides de calaveras que se alzan en las llanuras recita una exigencia historiogrfica que nuestra (pos)modernidad no ejerce an. (65) Quizs el temor a la democracia sin firme propsito de libertad nos embarga desde 1821 hasta el presente. (66) Quizs

notas
(1) Guzmn, 1914: 194. Para evaluar la importancia de instruccin cvica y moral prctica, considrese que todos los autores pacifistas que el presente artculo redescubre permanecen en el olvido del canon literario nacional. Pese a su ideal por recolonizar el pas con poblacin europea del Mediterrneo, a Guzmn lo honra el nombre del actual Museo Nacional de Antropologa (MUNA), como si su anhelo por eliminar lo indgena y blanquear racialmente el pas se hallaran a la orden del da, o, al menos, fuera de toda crtica. (2) Guzmn, 1914: 141 y 167. (3) Suay, 1911: 7 y 10. (4) Suay, 1911: 12. (5) Ao 1, No. I, 1/diciembre/1912: 1. (6) Ao 1, No. I, 1/diciembre/1912: 1. 76 La utopa de una Nacin que

pertenece a todos por el auxilio de la Ciencia y del Arte, inaugura el Libro Araujo, 1914: 10. (7) Ao I, No. 12, octubre/1913: 381-382. (8) Gavidia, versin definitiva, 1974: 241-376. Espino, poeta doblemente laureado, 1921; Ao IX, No. 84, septiembre/1921: 1521-1526 y Ao X, Nos. 85-87, 1921: 1598-1601. (9) Salvador R. Merlos, Ao VI, Nos. 57-68, enero-diciembre/1918: 1206; pero admite que el Sol del Unionismo implica fresca sangre, a saber, derramar la sangre (1206-7), sin atreverse a asociar este hecho con matanzas que enturbian los ideales. (10) Libro Araujo, 1914: 10. (11) Durn, 1961: 13. Marroqun, Apreciacin, 1974: 73-76. (12) La independencia como ficcin deslumbradora, espejismo y dems sinnimos, la defiende Dols Corpeo, 1914: 10 y 14. (13) El trmino lo aporta el ttulo del trabajo de Monterey, 1943/1977 : 4960; lo secunda Garca, 1952: 307-308. (14) Platn, La Repblica, Libro X, 1973: 289. (15) Ramrez Pea, 1912: 99. (16) Dols Corpeo, Patria, 1914: 14. (17) Alocucin dicha el 3 de julio de 1913, citado en Dols Corpeo, 1914: 3. (18) Dols Corpeo, 1914: 14, 19, 26 y 36; ensayo laureado. Lo secunda Garca, 5 de noviembre (1914: 49), nuestras fratricidas luchas [comienzan en] El Espinal [con la oposicin] de Delgado a la incorporacin de Centro Amrica a Mxico. La anexin la apoyan Santa Ana y San Miguel, departamentos salvadoreos que San Salvador debe obligar a aceptar la autonoma. Otros apologista de Delgado, Martnez Surez (1911: 37) califica la batalla en 77

el hacienda El Espinal de la primera que se libr entre hermanos [] precedente de discordia, funesto para el porvenir. Durn, 1961: 200, primera accin sangrienta entre hermanos. (19) Dols Corpeo, 1914: 53-57, 60 y 64; Lpez Vallecillos, 1967: 375-36, Arce [de] carcter fuerte y caprichoso [y] de proceder violento, dictatorial. En contraste, leemos la loa cvica de Prceres (Castro, 1911: 75) para la cual Arce es noble soador, caballero andante de la libertad. (20) Sobre 1825-1829, vase: 5 de noviembre, 1913: 27; vase tambin, No. 106, marzo/1926: 4103-4 que reproduce documento de 9/mayo/1829 acusando a Arce de hacer la guerra [] destruccin y muerte para perpetrarse en el poder lo cual seala su hora triste de benemrito a cuadillo, al igual que Dols Corpeo, 1914: 69. En contraste a la posicin pacifista del Ateneo, pueden leerse los versos militaristas de uno de los fundadores de la literatura nacional salvadorea, Francisco Gavidia (1974 : 255), los cuales invocan a la guerra, siempre justa. Oh pueblo!, alza tu brazo/Y lucha y vence, o muere,/antes que profanadas e iracundas/huyan las santas sombras y nos dejen. (21) Juegos Florales, 1911 y Por la paz, 1910: 13. (22) Ramrez Pea, 1910: 95 y 182. (23) Por la paz de Centro-Amrica, 1910: 11-12 y 40-41. (24) Juan Gomar, Ao IV, No. 33, enero/1916: 620. (25) Pedro Flores, Ao VI, Nos. 57-68, enero-diciembre/1918: 1214. (26) Ao XXXII, No. 164, diciembre/1944: 50-64; cita en 51-52. (27) El mismo autor evala en ms de 18.500 hombres el ejrcito de Carrera que invade El Salvador en julio/1863 (55). Sobre su cuadro horripilante, sombro, aterrador, se erige gloria y laureles inmarcesibles de Barrios y sus generales (53 y 51). Las cifras guatemaltecas que considera el trabajo de Lpez Vallecillos son las siguientes: 500 hombres al mando del Coronel Valds [en Ahuachapn, el General Zavala con 2.000 hombres 78

[en el Chingo; Carrera [con] 8.000 hombres; el General Vicente Cerna con 2.5000 a Chalchuapa, es decir, un total de 13.000 (1967: 343-344). Pese a consignar que mueren multitud de nuestros enemigos y el campo qued literalmente sembrado de cadveres, la matanza de Coatepeque genera controversia entre los historiadores (348 y 350). En cambio, Barrios se inviste como estrella [que] resplandec[e] radiante (350). (28) Marroqun, 1959: 97-98. (29) Marroqun, 1959: 97. (30) Marroqun, 1959: 97. (31) Marroqun, 1959: 98. (32) Marroqun, 1959: 98. Este declive demogrfico indgena Marroqun lo censura de su trabajo cannico sobre la independencia, el cual se concentra en elaborar una apologa del pueblo salvadoreo mestizo (Apreciacin, 1974). Marroqun concluye identificando la nacin salvadorea con una sola cultura y una raza, de suerte que su propuesta antropolgica crtica se reviste de un sesgo biolgico conservador. En la medida en que crece y se desarrolla la cultura mestiza, ms se aproxima la era de su triunfo con el cual El Salvador llegar a ser una autntica repblica [] de hombres libres [sin] limitaciones mezquinas del inters econmico o desigualdades provocadas por la distinta pigmentacin de la piel (1974: 105). La emancipacin salvadorea sera un acto de unificacin racial indo-hispano, antes que de orden estructural como lo pretende la teora marxista clsica. Su negacin de casi toda poblacin salvadorea negra la desmiente la documentacin primaria. Haba un gran motn o molote de pardos [] muchos mulatos del Barrio de abajo y a quienes cabeseaban o capitaneaban el Negro Franco Reyna, Juan de Dios Jaco y Tiburcio Moran (Garca, 1940: 16 y ss.) (33) Arvalo, 1912: 20. (34) Arvalo, 1912: 60. Se trata de San Pedro Perulapn o Espritu Santo, 1839?. La sangre de San Pedro Perulapn y el Espritu Salto en 1839, la confirmara Dols Corpeo, 1914: 67. (35) Arvalo, 1916: 40. Durn, 1961: 374, Morazn humill[] a los 79

conservadores y desemboc[] en la dictadura. Ambos autores se contraponen a la exaltacin que Gavidia realiza de Morazn en su incitacin militarista y en la loa de la accin guerrera, vanse los versos citados en la nota (20). (36) Arvalo, 1912: 72. (37) Arvalo, 1912: 73. (38) Arvalo, 1912: 74. (39) Arvalo, 1916: 22. (40) Arvalo, 1916: 151. (41) Arvalo, 1916: 150-151. (42) Arvalo, 1916: 87. (43) Arvalo, 1916: 87. (44) Conferencia de Paz Centroamericana, Washington, D. C., noviembre de 1907, Ramrez Pea, 1910: 148. (45) Si resulta cierto que el cario y estimacin que el pueblo salvadoreo, principalmente el de la capital, profes al General Barrios y a su esposa Adela, consisti en que para ellos no haba distincin de clase, sus presuntos descendientes traicionan los principios de igualdad al anhelar posiciones aristocrticas (Arvalo). En Ricardillo (1961) de Enrique Crdova, doa Mara de la Paz organiza una fiesta para dar muestras de su gran linaje y deslumbrar a la concurrencia, a quien atiende sentada en sillones forrados de terciopelo rojo y brazos dorados. En la pared lucan dos retratos al leo: el del General Barrios y el del fundador de la familia de la engreda doa Mara de Paz [] teniendo al lado un atril con el libro en letras azules que contena el rbol genealgico (Crdova, 1961: 81-82). Todos los ideales del liberalismo en Barrios se diluyen en sueos de ostentacin conservadora de la familia Paz. La gesta republicana se reduce a la bsqueda de ascenso social de los sucesores, quienes deberan conservar su legado. (46) Roque Baldovinos, 2008: s/p. 80

(47) Roque Baldovinos, 2008: s/p. La saga militar de Barrios la restituyen documentos primarios que reproduce la Revista del Ateneo (Nos. 111-112, Ao XIII, agosto-septiembre/1926: 4362-4390 y 4429-4458): su viaje a Nicaragua a combatir contra William Walker (1856), el inicio de lucha por el poder a falta de enemigo comn, el intento de insurreccin contra el presidente salvadoreo Rafael Campo y la enemistad con Dueas (junio/1857), senador durante la presidencia de Miguel Santn del Castillo (febrero/1858), el conflicto entre el poder laico y el religioso (septiembre/1861), la misa de gracias y Te Deum en la capital luego de matanza de guatemaltecos en Coatepeque (1863), etc. (48) No. 164, diciembre/1944: 55-57. (49) Dols Corpeo, 1914: 19. (50) Dols Corpeo, 1914: 30. Contrstese la posicin pacifista de Dols Corpeo con la apologa de Prceres (Castro, 1911) que idealiza la accin de los fundadores de la patria en sus virtudes (79), sin mancha de crimen (83), ni pecado original. A la violencia generalizada, el civismo opone un deber patritico para que a su presencia se exalte mi fantasa (79). Hay que olvidar toda violencia fundadora y acallar las vctimas de la historia. (51) Miguel ngel Garca (Ao I, No. 12, octubre/1913 y 5 de noviembre, 1913: 46-48. De nuevo, de manera radical, la posicin pacifista contrasta con la exaltacin guerrera de Gavidia en su Himno a la Bandera (1974: 257268). En nombre de la Repblica, para la visin militarista, toda matanza queda encubierta bajo el grito Libertad! [que] venci en los memorables/ campos del Espinal. Por su exaltacin de la Patria y la Bandera, la obra de Gavidia se vuelve cannica, mientras la de los atenestas queda en el olvido, al carecer de una religin laica para uso en las escuelas y en el gobierno. (52) Yo, en esa fecha [1863], era un nio de seis aos, asegura el testimonio ocular de la huda de Barrios, Arvalo, El 63, 1916: 166; la intencin testimonial se repite en las pginas 44, 62, 134 y 139. Al igual que Arvalo, Caso (s/f: s/p) justifica su afirmacin como testimonio ocular: quien escribe este relato se encontr en lugar privilegiado para ver y or en forma directa [] tena doce aos de edad, deca, quien estas cosas relata, cuando lleg a la Direccin General de Polica su padre, don Saturnino Rodrguez Canizales. De Arvalo a Caso hay una conciencia testimonial olvidada. 81

(53) El atentado a machetazos ocurri el 4 de febrero; la muerte, el 9 de febrero de 1913. (54) Ao I, No. 6, 9/abril/1913 y Libro Araujo, 1914. (55) El anuncio de su asesinato lo asienta el Libro Araujo, 1914: 15. (56) Documentado por Suay, 1913: 16 y secundado por Caso, s/f y Turcios, 1915. (57) Suay, 1911: 7 y 1913: 7 y 17. La reduccin de la deuda pblica la confirma el Libro Araujo, 1914: 30. El xito fiscal de Araujo, Suay lo resume de la siguiente manera. No hay Nacin que est en circunstancias de presentar los mismos resultados obtenidos en el lapso de un ao, es decir: aumento en el producto neto de las rentas de $16.28%; una disminucin en la deuda pblica general del 9% ms o menos. Si el doctor Araujo pudiera obtener iguales resultados durante los 3 aos que le faltan de su perodo presidencial, habra obtenido [] nuestra autonoma financiera (Suay, 1912: 13-14). Su asesinato sellara el fracaso de esa independencia econmica que despega luego de 21 aos de esclavitud y de pasividad el 1 de marzo de 1911, siete meses antes de la celebracin del primer centenario del grito de independencia (5/noviembre/1911) (Suay, 1912: 1912: 9). De manera esplndida, los festejos fueron pagados con recursos propios de Erario, con un gasto de poco menos de $300,000 (Suay, 1912: 11). (58) Libro Araujo, 1914: 7, Dols Corpeo, 1914: 11 y Ramrez Pea, 1910: 95; lo secunda Arvalo, 1912: 60, tremendas carniceras. (59) Parafraseamos versos nhuatl. (60) Ao I, No. 12, octubre/1913: 391-393. (61) Turcios, Al margen, 1915: 28. Este autor ilustra una visin liberal republicana bastante hispanocntrica. A la vez de denunciar el imperialismo yanqui (Ao III, No. 30, octubre/1915; vase tambin: Ao IV, Nos. 3536, marzo-abril/1916) accin de patriota ferviente y luchador por el engrandecimiento de Centro Amrica declara ejidos tierras indgenas del comn causantes de males y atraso de la industria agrcola. Como consecuencia de la extincin, el 2 de marzo de 1882, cuyo sistema haca 82

difcil obtener los beneficio de la mayor parte de los terrenos del Estado, ha entrado toda la propiedad raz en el caudal de las especulaciones econmicas. Por eso creemos que El Salvador es una de las Repblicas de Hispano Amrica que est menos expuesta a la conquista territorial por las razas extraas [por la indgena?]. Resuelto el problema de los ejidos, que engendran los males y el atraso de la industria agrcola, como lo comprueba la Economa Poltica y Social, no es aventurado decir que se ha dado un gran haln en los destinos del pas por la ruta indefinida del progreso (Ao I, No. 1, 1/diciembre/1912: 24). Acaso anti-imperialismo hispano y antiindigenismo eliminacin de tierras ancestrales indgenas, concedidas por la propia corona espaola correspondan a dos facetas complementarias de una misma lnea liberal y republicana de pensamiento. Bajo la misma perspectiva hispanismo de raza ibero-americana, sino anti-indigenista, al menos sin opcin indigenista podran estudiarse las celebraciones del da de la raza, el 12 de octubre (Ao III, No. 30, octubre/1915; Ao VIII, Nos. 7374, junio/1919-noviembre/1920, Castro Garca, 1922, y Ramrez Pea, 1920). La exaltacin de Espaa evocacin de un maravilloso canto pico deja muy poco lugar para lo indgena en ese da de la raza (Castro Garca, 1920: 7, as como nmero No. 96, octubre/1926 dedicado ntegramente a rendir homenaje a la Madre Patria). (62) Carlos Bustamante, poeta laureado, El libro, 1921: 14. (63) Jos Llerena, poeta laureado, El libro, 1921: 22. (64) Valladares, 1911: 36. (65) Dols Corpeo, 1914: 36. (66) Dols Corpeo, 1914: 54.

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aPndice
i. ndice
de batallas de

el salvador (1822-1885)

1. Batalla del El Espinal, 12 de marzo de 1822. (1800-1900). J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo I, 1950. Durn, 1961: 198-202. Bautismo de sangre de la Repblica, Valladares, 1911: 19. En el campo del Espinal qued sembrada la semilla de la guerra civil, Marure, 1877-1878: 41. 2. Batalla del Espritu Santo, 12 de marzo de 1822. (1800-1900). J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos,, Tomo I, 1950. (San Salvador, Mayo de 1822, Valladares, 1911: 69 y Durn, 1961: 207-208, desorden, predaciones y temor) 3. Batalla de Gualcho, 6 de julio de 1822. (1800-1900). Revista del Archivo Nacional, Honduras (1800-1900). (San Salvador, junio de 1822, Valladares, 1911: 70) 4. Batalla de Ramrez, 1822. Villacorta, Dicccionario histrico de Amrica Central (1800-1900). (Entre los pueblos de Guayabal y Guazapa, 14 de enero de 1823 y Mejicanos en febrero de 1823, Valladares, 1911: 72-73 y Durn, 1861: 253). 5. Batalla de Gualcho, del 24 de junio al 5 de julio de 1824. Revista del Archivo Nacional, Honduras (1800-1900). 6. Batalla de Mejicanos, 14, 15 y 17 de agosto de 1824. Diccionario histrico enciclopdico de El Salvador (1800-1900). (Arce en Nicaragua, 9 de enero de 1825, Valladares, 1911: 79). 7. Batalla de Arrazola, 23 de marzo de 1827. Gaceta de El Salvador, N 54 , julio 9 de 1852. 8. Batalla de Milingo, 18 de mayo de 1827. (1800-1900). Memorias del General Manuel Jos Arce, y Modesto Barrios. 9. Batalla de Milingo, 18 de mayo de 1827. (1800-1900). J. A. Cevallos, 84

Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. La campaa blica es un crculo vicioso, Durn 1961: 356. 10. Batalla de la Trinidad, 11 de Noviembre de 1827. (1800.1900), Don Esutaquio Sierra de Sabana Grande, cuenta a Don Pascual Sandres los pormenores de la Batalla de Morazn a medioda del 10 de noviembre de 1827 (Lpez Vallecillos, 1967: 39). (Morazn en Comayagua, 27 de noviembre de 1827, Lpez Vallecillos, 1967: 41). 11.Batalla de Santa Rosa (Guatemala), enero de 1828. Recuerdos Salvadoreos,, Tomo III, 1920. J. A. Cevallos,

12. Batalla de Chalchuapa, 1 de marzo de 1828. Gaceta del Gobierno de Guatemala, Mayo 3 1828. Durn, 1961: 358. (sitio a San Salvador, 1 de marzo de 1828, Lpez Vallecillos, 1967: 41) 13. Batalla de San Salvador, 12 de marzo de 1828. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. 14. Batalla de Santa Rosa, 21 de marzo de 1828. Boletn Oficial N 7 del 7 de junio de 1871. (6 de junio de 1828, Durn, 1961: 364). (abril de 1828, Morazn comision al Coronel Jos Antonio Mrquez invadir El Salvador, Lpez Vallecillos, 1967: 41). 15. Batalla de Gualcho, 5 de julio de 1828. Lpez Vallecillos, 1967: 50-51. 16. Batalla de Mejicanos y la ciudad de San Salvador, 31 de julio de 1828. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. Durn, 1961: 365. Todo el mes de julio de 1828 se combati en los alrededores de San Salvador. Lpez Vallecillos, 1967: 53. 17. Batalla de Mejicanos, 20 de septiembre de 1828. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920 y Lpez Vallecillos, 1967: 58. (Entrada triunfal de Morazn a San Salvador, 23 de octubre de 1828 y 3 de diciembre marcha contra Guatemala, Durn, 1961: 369-370; Lpez Vallecillos, 1967: 54). (Batalla de San Antonio, 9 de octubre de 1828, Lpez Vallecillos, 1967: 54). 18. Batalla de las Charcas, 15 de marzo de 1829. D. J. Guzmn, Revista del Crculo Militar, Nos. 61 y 62. (13 de abril de 1829, Morazn entra a Guatemal, 85

Durn, 1961: 371). (Batalla de Guatemala, empez el 5 de febrero de 1829, Lpez Vallecillos, 1967: 56-57). 19. Batalla de San Salvador, 23 de junio de 1830. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. (mediados de 1831, Arce estaba en Soconusco dispuesto a invadir el territorio centroamericano, Lpez Vallecillos, 1967: 68). 20. Batalla de Jocoro, 14 de marzo de 1832. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. (Morazn contra Cornejo, jefe salvadoreo, enero-febrero de 1829, Lpez Vallecillos, 1967: 70-71). (Batalla de Jocoro, 15 de marzo de 1832, Lpez Vallecillos, 1967: 74). (18 de marzo de 1832, toma de Santa Ana; 27-27 de marzo de 1832, La Chacra, toma de San Salvador, Lpez Vallecillos, 1967: 74-75). 21. Decreto de contribucin directa de los ciudadanos a las arcas pblicas, julio de 1832, y levantamiento del pueblo, octubre de 1832. Levantamientos indgenas de 1832 y 1833, producto de la lucha de clases, ndice de descontento y subversin contra el orden feudal. Las masas no entendan la lucha entre liberales y conservadores. Lpez Vallecillos, 1967: 75-76, 80 y 93. 22. San Martn contra Bentez, 14 de marzo de 1833. Lpez Vallecillos, 1967: 81. 23. San Martn contra Morazn, 23 de junio de 1834. Lpez Vallecillos, 1967: 83. 24. Rebelin de Carrera, fines de 1937 y principios de 1838. Lpez Vallecillos, 1967: 95. 25. Batalla del Espritu Santo, 6 de abril de 1839. Lpez Vallecillos, 1967: 99. (El pacto de amistad entre Nicaragua y Honduras llev la guerra a El Salvador, 18 de enero de 1839, Lpez Vallecillos, 1967: 99). (Entrada de carrera a Guatemala con centenares [de] indgenas aguerridos, violentos, feroces y brbaros [como] precursor de las guerrillas de Centro Amrica, 13 de abril de 1839, , Lpez Vallecillos, 1967: 102). 26. Batalla de Potrero, 31 de enero de 1840. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. 86

27. Ejrcito pacificador de Centro Amrica y levantamientos contra Morazn, septiembre de 1939, Lpez Vallecillos, 1967: 103-104. (Batalla de San Pedro Perulapn, 25 de septiembre de 1839). (Cabaas en Tegucigalpa, 13 de noviembre de 1839). 28. Batalla de Guatemala, marzo de 1840. (Lpez Vallecillos, 1967: 105107). 29. Entrada de Morazn a San Jos, 13 de abril de 1842 y derrota, septiembre de 1842. (Lpez Vallecillos, 1967: 127 y 129). 30. Francisco Malespn invadi Guatemala en mayo de 1844. Lpez Vallecillos, 1967: 147-148. (Insurreccin de Barrios y Cabaas en San Miguel, 5 de septiembre; Malespn invadi Nicaragua, noviembre de 1844). 31. Cada de Len, incendiada, saqueada y ultrajada, 22 de enero de 1845. Lpez Vallecillos, 1967: 151. 32. Jornada de Montero, derrota de Malespn, 22 de febrero de 1845 quien se refugi en Honduras. El Salvador ataca a Honduras, 2 de junio de 1845. Lpez Vallecillos, 1967: 151-152. 33. Batalla de Obrajuelo, 15 de agosto de 1845. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo III, 1920. Lpez Vallecillos, 1967: 152. 34. Luego del choque entre Eugenio Aguilar, hombre de ideas liberales, y el obispo Viteri y Ungo, en julio de 1846, el obispo se refugi en Honduras y plane la revolucin de 1 de noviembre de 1846 para invadir El Salvador. Lpez Vallecillos, 1967: 157-159. 35. Batalla de la Arada, 2 de febrero de 1851. Villacorta, Diccionario histrico de Amrica Central. Lpez Vallecillos, 1967: 162-163. 36. Rebelin en Nicaragua, abril de 1854. Lpez Vallecillos, 1967: 171. 37. Batalla de Santa Rosa, 21 de, marzo de 1856. Miguel A. Garca, Estudio histrico de don J. R. Mora. 38. Batalla de Rivas, 11 de abril de 1856. Villacorta, Historia de Amrica Central. 87

39. Batalla de San Jacinto, 14 de septiembre 1856. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, 40. Batalla de Masaya, 11 de octubre de 1856, (1800-1900). Boletn de Noticias, N 20, octubre de 1856. 41. Batalla de Masaya, 15 de noviembre de 1856. (1800-1900). Star and Herald, Wendy Album, 10 de diciembre de 1956. Guerra Nacional contra el filibustero William Walker, 1956-1957, Lpez Vallecillos, 1967: 173-254. Barrios contra Campos, junio de 1857, presidente de El Salvador. Lpez Vallecillos, 1967: 258-284. 42. Batalla de Coatepeque, 24 de febrero de 1863. Posteridad, Managua. G. Barrios ante la

43. Batalla de Santa Ana, librada los das 7, 8, 9 y 10 de abril de 1871. Inserta en el Boletn Oficial N 3. 44. Batalla de Pasaquina, 1876. Diario Oficial, N 304 de Abril de 1876. 45. Batalla de Pasaquina 17 de abril de 1876. Diario Oficial, N 389 del 19 de abril de 1876. 46. Batalla de Santo Domingo, San Vicente 1885. Accin de Santo Domingo. J. A. Cevallos, Recuerdos Salvadoreos, Tomo 1, 1950. 47. Batalla de Chalchuapa, 1885. Diario Oficial, N 90 del 16 de abril de 1885. (Lista iniciada por Roberto Morn Geoffroy) La lista de cuarenta y siete batallas/guerras durante sesenta y tres aos de vida independiente presupone un promedio de 1.34 (para 1824-1842, las estadisticas de Lindo (1991: 50-51, 54 y 56) son ms drsticas: 2.1 batallas y 134 muertos por ao; 1286 edificios destruidos en 1828 y unos 52 meses de guerra con un total de 87.900 meses por hombres en guerra reclutados de manera arbitraria. Para los aos siguentes, estima que hubo guerras con los pases vecinos en 1844, 1845, 1863, 1871, 1872, 1873, 1876, 1885 y 1890 (52); particularmente la de 1863 hizo que la exportacin de ail descendiera a la mitad de la de 1862 (115)). Este violento legado post88

independentista se traduce en un estado de guerra permanente en el cual cada nueve-diez meses la sociedad debe movilizarse para enfrentar nuevos combates. Toda energa creadora que anhela un afn de libertad y de autogobierno se diluye en beligerancia fratricida. Esta tragedia combativa corroe tanto ms el tejido social cuanto que se dirige contra hermanos vecinos, al igual que contra otros departamentos y ciudades salvadoreas en desacuerdo con la posicin hegemnica de la capital. Basta recordar que la nica jornada revolucionaria exitosa la del 5 de noviembre de 1811 en San Salvador nos ofrece la imagen de un pas dividido y en pugna, ya que ciudades importantes como San Miguel, San Vicente, etc. se oponen a la gesta independentista. Asimismo, las fuentes sealan el acuerdo de San Miguel, Santa Ana y Sonsonate a la incorporacin con Mxico luego de la independencia (Durn, 1961: 198). En general, los trabajos analticos sobre la independencia del pas hacen abstraccin de este legado blico como corolario inmediato de una independencia que llega de fuera y que carece de hondo arraigo en un proceso de lucha generalizado. Parecera que libertad significara derecho a la batalla.

ii. la

victoria de

coatePeque

Barrios u el Salvador reprendan Las doctrinas del Hijo de Mara; Y Carrera la hipocresa La fantica y falsa Religin. En Coatepeque, teatro sin prestigio Sus contrarias falanges se avistaron Y el preludio de guerra ejecutaron Los estampidos roncos del canEl ltimo domingo de febrero Comenzaron la cruentas libaciones Que hicieron de Carrera las legiones Implorando el auxilio de Satn El lunes San Pedro dirigieron Los fuegos de su tren de artillera; Mas intiles fueron todo el da Los esfuerzos tenaces de su afn 89

Las bombas incendiaron por la noche Las enramadas secas de su cumbre Sus flancos inundaba en roja lumbre De innmeros fusiles la explosin: Y entonces aquel Cerro pareca Con la cima de llamas coronada De un volcn en magnfica erupcin. De la noche a las nueve suspendieron Los fuegos de morteros y caones, Y entonces las estrellas a millones En el cncavo azul resplandecieron Las huestes de los beligerantes. *** El sol del 24 de febrero Resplandeci por fin sobre el Oriente, Siempre adornando su radiosa fuente La aurora de eterna claridad Antes de acometer los invasores Con sangre humana enrojecen la tierra. Entonaron cual cntico de guerra La Salve que es un himno de piedad Y estas son, oh serviles, las falanges Que vuestra saa al Salvador enva A sostener la guerra ms impa. So capa de piedad y Religin Que dira en los cielos San Bernardo Al or la efusin de su ternura, Sirviendo al fanatismo y la impostora Para emprender una matanza atroz? *** Llega por fin el lance formidable, Arrojando furiosos a la arena Las balas destructoras Del rifle matador parten silbando 90

y, cual campo de espigas, Las huestes enemigas En su curso fatal van derribando, Las tropas retroceden Al verse destrozadas, Mas cobran breve aliento Y vuelven a la carga reforzadas. As durante once horas Sostvose el combate encarnizado, Y vise en todas partes (Cuadro fatal de muertes y horrores!) Sangre humana brotando En hirvientes y rojos surtidores, En eco pavoroso, Las almas compasivas aterrando, Doquier all resuenan, Todo lo envuelven las columnas de humo Y horrsona armona el aire atruena. En medio de la lucha formidable Del Salvador los hijos valerosos Como ansia inexplicable Miran la faz mudable De la suerte y sus fuegos caprichosos, Y dudan por instantes, Sosteniendo la lid encarnizada, Del xito final de la jornada. Mas nunca el Salvado ser vencido, Que le asisten a una La justicia inflexible de los Cielos, De Morazn los irritados manes Y de Barrios el Genio y la Fortuna Con la mirada impvida y serena, Al instante decisivo, Por el frete y el flanco al unto ordena Una carga terrible al enemigo 91

Y Gonzlez a un tiempo y Bracamonte De Barrios a la vez obedecieron Y cual rayo cayeron Sobre Carrera haciendo tal matanza Que sus tropas perdieron Hasta el ltimo asomo de esperanza; Y, vencidas entonces, destrozadas, En todas direcciones Huyen al fin dispersas y aterradas. Un himno de victoria Del Salvador los hijos entonaron, Y en sus sienes brillaron Los rayos inmortales de la Gloria *** Los genios invisibles aquel da Vieron tambin surgir por el Oriente Dejando en pos de si brillante rastro, Y desde aquel instante El clarn de la fama De Barrios por doquiera le proclama La estrella afortunada y rutilante Antonio Aragn San Salvador, domingo 8 de marzo de 1863. Este fragmento del poema La victoria de Coatepeque de Antonio Aragn (San Salvador, domingo 8 de marzo de 1863) testimonia la matanza de tropas guatemaltecas gracias a la cual se produce un celebrado triunfo salvadoreo. Lo incluimos no por sus logros de factura potica sino por su relacin histrica inmediata de los sucesos. Recalcamos cmo a la vez de denunciar la intervencin guatemalteca ideologa religiosa que anhela matanza atroz justifica en los mismos trminos devotos justicia inflexible de los Cielos el exterminio que los salvadoreos realizan contra los invasores. Si tales matanzas fratricidas caracterizan la vida independiente del siglo XIX honran la identidad patria, himno de victoria no resulta asombroso que el istmo permanezca dividido por siglos. 92

bibliografa
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95

inventar lo PoPular excluir lo africano marroqun y la indePendencia salvadorea


El olvido y el error histrico son un factor crucial al crear la nacin salvadorea. ER-RLM Al terminar su Apreciacin de la independencia salvadorea (UES, 1974), Alejandro Dagoberto Marroqun concluye lo siguiente. En la medida en que crece y se desarrolla la cultura mestiza, ms se aproxima la era de su triunfo con el cual El Salvador llegar a ser una autntica repblica [] de hombres libres [sin] limitaciones mezquinas del inters econmico o desigualdades provocadas por la distinta pigmentacin de la piel. El ideal de nacin lo identifica una concepcin romntica de fines del siglo XVIII, para la cual en cada nacin (de natio, nacer tnico comn) existira una sola cultura y una sola raza. A diferencia del marxismo ortodoxo, Marroqun no cree en una revolucin social ni en una simple nivelacin en la economa. La emancipacin sera un acto de unidad racial indo-hispano, antes que de orden estructural como lo pretende la teora clsica. Al bienestar social, el historiador agrega la exigencia de diseminar una sola cultura mestiza y la de eliminar toda desigualdad, toda diferencia de pigmentacin de piel. A la homogeneidad cultural, su utopa liberadora aadira el parecido en el color como necesidad nacionalista de la independencia salvadorea (1821). Dos grandes omisiones verifican esta hiptesis en la apreciacin de Marroqun: la exclusin de sus propios datos sobre el descalabro demogrfico indgena debido a las guerras post-independentistas y el silencio sobre la existencia de una poblacin afro-salvadorea. El ideal de una cultura mestiza nica para un pas liberado oculta la diversidad tnica de lo salvadoreo. Por estas exclusiones deliberadas, su reflexin se inscribe dentro de una biopoltica la cual sujetara a todo ciudadano salvadoreo a un norma racial y cultural indo-hispana para ser considerado como tal. Slo ese cuerpo vivo e uniforme, indo-hispano, participara en la construccin de la nacionalidad como utopa econmica por venir. Si lo indgena slo se admite al diluirse en lo mestizo, lo africano se equipara a lo extrao.

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i. indePendencia y consuncin

del indgena

Para la tragedia demogrfica indgena, Marroqun detalla lo que significan las guerras fratricidas que se extienden por varias dcadas del siglo XIX. Su minuciosa monografa de Panchimalco (UES, 1959, p. 97-98) ofrece una informacin valiosa sobre los cambios poblacionales en ese municipio para los aos 1807 y luego para 1860-1890. Estos nicos datos para el siglo antepasado obligan al antroplogo a contradecir tesis en boga relativas a la famosa consuncin de la poblacin indgena [] causada por la poltica de los espaoles a raz de la conquista. Por lo contrario, las cifras de finales de la poca colonial demuestran que no hubo ningn dficit poblacional hacia el final de ese perodo. En cambio, el declive estadstico slo lo documenta para la etapa que abarca de 1807 a 1860. Esta reduccin demogrfica la explica el reclutamiento forzoso de la mayora de los jvenes [indgenas] en edad militar [cuyo] destino era servir de carne de can [] en las guerras fratricidas [lo cual] nos lo confirma la tradicin [oral de] los ancianos del pueblo. En contraste con otras regiones de Latinoamrica, en El Salvador, la violenta vida independiente las guerras intestinas que abundaron tanto durante el siglo XIX ocasiona una disminucin poblacional indgena ms adversa que la provocada por la colonia. No obstante, la imaginacin emancipadora indo-hispana prohbe que Marroqun denuncie la vida republicana como una libertad abstracta que utiliza al pueblo indgena como carne de can causando su consuncin demogrfica. Lo que la antropologa descubre, la historia lo esconde.

ii. lo

africano bajo tachadura

Para la presencia de una poblacin afro-salvadorea, el documento clave se intitula Procesos de infidencia contra los prceres salvadoreos de la independencia de Centro Amrica el cual recopila Miguel ngel Garca (1940). Marroqun lo cita en varias ocasiones como prueba que estudia los diversos intentos por declarar la independencia (1811 y 1814) con documentos 98

primarios. En una cita clave, su apreciacin utiliza los procesos de infidencia para contrastar los objetivos populares con los propsitos polticos de los criollos en 1814. En especfico, la pgina veintids (22) de los procesos de infidencia oponen al presunto cabecilla popular, Pedro Pablo Castillo ((1780-1817?), quien llama a la revuelta, con el prcer Manuel Jos Arce (1787-1847), quien llama a su disolucin. Sea cual fuere el desafo entre Arce y Castillo, lo esencial de esa pgina clave es que ah mismo se asienta la participacin de una poblacin afrosalvadorea durante la revuelta fallida de 1814. Si Marroqun retiene que Arce confiesa aquietar, contener y disponer a la tranquilidad, acalla que si quinientos negros hubiera de la calidad tuya ha Negro!. Por ese silencio, su trabajo sobre la independencia concluye que la poblacin negra no deja mayores rastros en la conformacin somtica del salvadoreo ni en el orden social. Para construir una imagen homognea del pueblo salvadoreo, Marroqun omite la existencia de la diversidad tnica nacional. Si las fuentes califican a 1814 de molote de pardos, el presunto fundador de una antropologa cientfica e historiador de corte marxista, excluye todo legado africano de la nacin salvadorea y de lo popular. Las referencias a lo afro-salvadoreo se prosiguen en las pginas siguientes de los procesos de infidencia, de suerte que la historia nacional debera reconocer la presencia de prceres de origen africano. El molote lo lideran muchos mulatos del Barrio de abajo y a quienes cabeseaban o capitaneaban el Negro Franco Reyna, Juan de Dios Jaco y Tiburcio Moran, segn contina los procesos de infidencia. Su influencia es tal que un historiador moderado como Miguel ngel Durn afirma la presencia de la afro-salvadoreo en 1811 y 1814, a la vez que le concede un giro de gnero a la revuelta. Si en 1811,las mujeres eran las ms exaltadas [y] Jos Irene Aragn cit a su casa a todos los mulatos, en 1814, Pedro Pablo Castillo estaba solo con sus mulatos (Durn, Ausencia y presencia de Delgado, 1961, p. 54 y 94).

99

iii. final
De este breve repaso de una de las primeras investigaciones crticas sobre la independencia salvadorea retenemos su anhelo por imaginar un pueblo uniforme, indo-hispano en su cultura y raza, como utopa emancipadora. Para lograr ese objetivo nacionalista de unidad bio-cultural, Marroqun evade mencionar su propio hallazgo sobre el declive demogrfico indgena de Panchimalco luego de la independencia. Asimismo, reniega de la existencia de una poblacin de origen africano en El Salvador, seleccionando de las fuentes primarias slo los datos que convienen a su tesis popular anticriollista, pero tambin anti-africana. Por esta doble exclusin ante todo la que no deja rastro Marroqun convierte a una poblacin multiforme en un pueblo salvadoreo independiente e homogneo. Ante el silencio sobre la diversidad tnica de lo salvadoreo, hay que recurrir a otras fuentes menos cientficas, sin un rigor antropolgico, para subsanar las omisiones que Marroqun le impone a su disciplina. La literatura y la plstica seran indicadores ms fieles de una presencia africana que la actualidad a penas comienza a documentar (http://afehc-historia-centroamericana. org/index.php?action=fi_aff&id=376 y Paul Lokken, Transforming Mulatto Identity, 2004). A continuacin se citan varias entradas bibliogrficas en su mayora literarias que revelan la presencia africana en El Salvador. Lo afrosalvadoreo muestra su vigencia desde la colonia, la independencia, hasta la actualidad.

iv. nota

bibliogrfica conclusiva

Sobre la presencia de poblacin africana en El Salvador, hay que leer Travels in the Free States of Central America (1857) de Carl Schezer que menciona a muchachas [zambas] guapas pero degeneradas, Jpiter (1885/9) de Francisco Gavidia (el pueblo alzado bajo la figura alegrica de negro), Mentiras y verdades (1923) de Francisco Herrera Velado cuyo personaje lo respetaban tanto como a los cangrejos de la playa por ser negro, La princesa est triste (1925) de Ral Contreras, la cual identifica realeza y esclavitud con una diferencia racial estricta, blanco y negro, O-Yarkandal (1917), reino imaginario de amos blancos, de blancura casi transparente, y esclavos negros (Krosiska [de suave matiz rosado] marcaba a sus esclavos [negros, 100

color bano oscuro] con hierros candentes [...] llam a su esclava Bethez que era negra), El negro en Cuentos de barro (1933) y El cuento de Punce Negroide que se quera cheliar [blanquear] en Cuentos de cipotes (1945) de Salarru. Hombres contra la muerte (1942/1947) de Miguel ngel Espino, obra en al cual Belice y su poblacin africana es excusa para hablar de El Salvador. Por irona, hay que hacer invisible de nuevo lo que la historia oculta desde la colonia. Tambin hay que leer Cuentos de sima y cima (1952) de Cristbal Humberto Ibarra que identifica lo negrito y lo deforme, Poesa negra, ensayo y antologa (1953) de Juan Felipe Toruo, as como Pacunes (1972) de Ramn Gonzlez Montalvo, entre otros. En la Provincia de San Salvador de Guatimala, el ao [1]625 estuvieron convocados para alarse 2.000 negros la Semana Santa, i se supo tan a tiempo que justiciando algunos se ataj al dao. Primero octubre (R. Barn Castro, La poblacin de El Salvador, UCA-Ed., 1978: 163, Coleccin de documentos inditos, Madrid, T. XVII, 1921: 215). Esta lista somera convida a elaborar una antologa sobre la presencia africana en la literatura salvadorea que la actualidad clamando por la voz de los sin voz se jacta de ignorar. Asimismo, al forjar el nombre literario del pas, el Pulgarcito de Amrica, Julio Enrique vila acompaa su publicacin de un grabado que representa a una mujer de color con netos rasgos faciales africanos (Cypactly. Revista de Variedades, Ao IX, No. 140, Agosto 25 de 1939: 1, Grabado e ilustracin del Br. Ricardo Contreras. Por paradoja, este corto escrito se lee durante la celebracin de la ilustre fecha de la Independencia Nacional, en la cual al general Maximiliano Hernndez Martnez se le concede el ttulo de Benefactor de la Patria (La Repblica, Ao V, No. 1379, 15/septiembre/1937)). El ideal de la mujer-nacin lo ofrece una descendiente afro-salvadorea en honor a un dictador, mientras la antropologa marxista le niega el reconocimiento a toda raza de color. La popularidad actual del mote literario del pas, el Pulgarcito de Amrica, excluye toda mencin de su autor original, as como tacha la imagen pictrica africana que lo acompaa. Lo selectivo de la memoria histrica salvadorea declara que la materia de su recuerdo es el olvido. En sntesis, en unin de los opuestos, lo que niegan la historia marxista y la antropologa cientfica, lo afirma la ficcin reaccionaria. He aqu una de las paradojas ms flagrantes de la historiografa salvadorea del siglo XX a la actualidad. La ficcin y el arte evocan el olvido de la historia: lo afrosalvadoreo. 101

Cypactly. Revista de Variedades, Ao IX, No. 140, Agosto 25 de 1939: 1, Grabado e ilustracin del Br. Ricardo Contreras.

102

leo de Augusto Crespn

103

ndice analtico
Aguilar, Hermanos, 16, 18, 19, 20, 22, 27. Araujo, Manuel E., 2, 66, 71, 79. Libro Araujo, 82n6 y n10, 87n54-55 y n57-58. Arce, Manuel Jos, 16, 22, 29, 30, 72, 83n19-20, 91, 103. Arvalo, Adrin M., 2, 19, 25, 27, 28, 63, 69, 71, 75-78, 79, 84n33-35, 85n36-43, 86n52, 87n58. vila, Julio Enrique, 5, 105. El Pulgarcito de Amrica, 5, 105. Barn Castro, Rodolfo, 25, 26, 28, 30, 105. Barrios, Justo Rufino, 41, 49. Barrios, Gerardo, 13, 49, 73, 76, 77, 83n27, 84n27, 85n45, 86n47 y n.52, 93, 94, 96, 97. Bustamante y Guerra, Jos, 9, 20, 25, 26, 27, 31. Castillo, Pedro Pablo, 5, 9 y ss., 69. Castro, Rafael V., 17, 23, 83n19, 86n50, 100. Cevallos, Jos Antonio, 24, 25, 26, 30, 89, 90, 91, 92, 93. Corpeo, Jos Dols (Dolores), 2, 6, 44, 63, 69, 71-72, 73, 79, 82n12, n16 y n18, 83n19-20, 84n34, 86n49-50, 87n58, 88n66. Dalton, Roque, 15, 17, 23, 29. Delgado, Jos Matas, 16, 18, 22, 26-27, 30, 69, 78, 82. Delgado, Miguel, 16, 18, 22, 29. Durn, Miguel ngel, 15, 17, 25, 26, 37, 82n11, 83n20, 84n35, 89-91, 94, 103. 105

Dym, Jordana, 23, 25, 28, 36. Gavidia, Francisco, 16, 28, 66, 82n8, 83n20, 85n35, 86n51, 104. Garca, Miguel ngel, 6, 15, 16, 18, 20, 21, 22, 23, 26, 29, 69, 79, 82 n13 y n18, 84n32, , 86, 88n51, 102. Hawkins, Timothy, 23, 25. Jimnez, Toms Fidias, 6, 15, 27, 30. Lard y Arrhs, Enrique, 17. Lard y Larn, Jorge, 23, 24, 28, 30 . Lpez Jimnez, Ramn, 21, 26. Lpez Vallecillos, talo, 89n19 y n27. 90, 91.92. 93. Luna, Alberto, 15, 17. Marroqun, Alejandro Dagoberto, 2, 4, 15, 17, 23, 24, 42-43, 69, 75, 82n11, 84n28-32, 101 y ss. Martnez Pelez, Severo, 20, 21, 29, Marure, Alejandro, 24, 25, 89. Masferrer, Alberto, 1, 2, 3, 39 y ss., 78, 79. Molina y Morales, Roberto, 17, 26. Monterey, Francisco J., 18, 23, 25, 28, 69, 82n13. Morazn, Francisco, 41, 48, 49, 50, 51, 72, 73, 75-76, 84-85n35, 90-92, 96. Mujer, 5, 6, 28, 76, 103, 105. Peccorini, Francisco, 15, 17, 20, 26. Peinado, Jos Mara, 13, 15, 16, 17, 18, 19, 21, 24, 26-27, 29, 30. Pinto Soria, P. C., 19, 20, 23, 24. 106

Ramrez Pea, Abraham, 2, 44, 69, 73-75, 77, 79, 82n15, 83n22, ,85n44 87, 88n61. Rodrguez, Juan Manuel, 19, 20, 21, 27. Rubio Melhado, Adolfo, 15, 17, 23. Suay, Jos E., 43, 80, 81n3, 81n4, 93n56, 93n57. Turcios, Salvador, 79, , 80, 87n56, 87n61. Vilanova, Santiago Ricardo, 23, 27, 30, 32. Zaldaa, Jos Gregorio, 17-19.

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