Autodominio y Conocimiento Espiritual
Autodominio y Conocimiento Espiritual
El alma ha sido creada a imagen de Dios y no puede acercrsele sin percibir qu distinta es de aquel a cuya imagen fue creada.
Conocer a Dios es conocerse. No conocer a Dios es caminar en tinieblas y compararnos. Aquellos que se cierran a Dios completamente en sus vidas pueden vivir en una tonta, sino feliz, ignorancia del fracaso que son sus vidas. INDICE Captulo 1 Concete Captulo 2 Disciplnate Captulo 3 Vive segn las leyes del espritu Captulo 4 Entrena tu voluntad Captulo 5 Controla tus pensamientos Captulo 6 Lucha por el equilibrio Captulo 7 Gobierna tu cuerpo Captulo 8 Sacrifica lo bueno por lo mejor Captulo 9 Persevera
Autodominio Cristiano
Existen dos esferas del conocimiento en las que hay que profundizar para lograr el crecimiento espiritual: Conocimiento de Dios Conocimiento de s La santidad consiste en la amistad con Dios. El crecimiento del conocimiento de s es tan necesario para la vida espiritual como lo es el conocimiento de Dios. Es a la vez condicin y efecto de ese conocimiento. Mientras ms conocemos a Dios, ms nos conocemos, y si hemos de conocer a Dios, tiene que haber algn conocimiento de s. El alma ha sido creada a imagen de Dios y no puede acercrsele sin percibir qu distinta es de aquel a cuya imagen fue creada. Conocer a Dios es conocerse. No conocer a Dios es caminar en tinieblas y compararnos. Aquellos que se cierran a Dios completamente en sus vidas pueden vivir en una tonta, sino feliz, ignorancia del fracaso que son sus vidas. No nos conocemos realmente El no conocernos es un fracaso en s pero hay algo ms grave: el imaginarnos distintos de cmo y lo que somos. Cmo es posible que nos ceguemos, con graves consecuencias, a aquello que es evidente a todos, excepto a nosotros mismos? Hacemos juicios errneos de nosotros mismos. Muchos de nosotros hemos sido confrontados en un defecto y lo hemos negado con indignacin en el sincero convencimiento de que la acusacin no es verdadera y es posible que posteriormente nos demos cuenta de nuestro error y veamos que la crtica era correcta. La experiencia nos nuestra que frecuentemente, el otro tiene la razn y que, en muchos casos, el hombre es el peor juez de s mismo. Puede ser que tengamos un profundo conocimiento del temple moral del ser humano en general y a la vez ser profundamente ignorantes del propio. Vemos con ojos penetrantes los defectos de otros y esos mismos ojos se nublan cuando se tornan hacia dentro y examinan el propio ser. Ms an, hemos de recordar que el auto conocimiento poco tiene que ver con la astucia o la profundidad intelectual; es ms bien un conocimiento primordialmente moral. En esta era de gran conciencia de s en la que pasamos mucho tiempo haciendo cosas para nosotros mismos, es sorprendente encontrarnos con tan poco conocimiento de s.
Lo que no conocemos no nos permite acercarnos a Dios Conocemos bien nuestro defecto dominante en el que hemos luchado a travs de los aos con coraje y concientes de la ayuda de Dios. Esas faltas son visibles, tangibles y las podemos combatir frente a frente. Lo que no vemos lo impalpable, lo misteriosos, paraliza hasta al ms fuerte de los hombres. El miedo, las dudas, lo que no conozco, luchando con Dios, a quien deseo servir y de quien deseo asirme con todo el corazn. Otras veces la sequedad nos hace perder la esperanza. El alma que despierta a Dios, despierta a la conciencia de su Ignorancia de s y a la imposibilidad de lograr un avance significativo sin conocerse. Es posible imaginar cualquier cosa cuando nos encontramos frente a frente en el hecho de que somos prcticamente unos desconocidos para nosotros mismo. Nos alarmamos cuando encontramos una intencin, motivacin o ambicin y no podemos definir ni clasificar y que parece escondrsenos y eludirnos. Respetamos al hecho de que hay motivaciones que nos mueven y que no podemos analizar y que parecen haber ganado terreno y poder en el paso del tiempo an cuando recientemente nos hayamos hecho concientes de su existencia. Es en los momentos de recogimiento u oracin que podemos reconocer nuestra naturaleza espiritual y encontrar la fuente de nuestros ms grandes fracasos. A veces encontramos que, sin saberlo. Nosotros, un enemigo ha penetrado el alma, ha puesto ah su tienda y ha usado su poder para lastimar al alma y deshonrar a Dios. Estos momentos de introspeccin nos revelan de manera sorprendente lo poco que realmente sabemos de nuestra vida interior-cmo hemos crecido y nos hemos formado inconcientemente en quienes somos. Nos sorprendemos de quienes somos realmente En la medida en que avanzamos en la vida espiritual y en la prctica sistemtica del examen de conciencia, muy frecuentemente nos sorprendemos con el descubrimiento de grandes caminos desconocidos en la vida del alma. Encontramos cuestas, valles, cultivos, tierra abandonada, inexplorada. A veces, los ojos del alma se nublan y nos preguntamos si lo que vimos esa realidad o una fantasa.
La rutina de la vida nos limita y confina y la presin de la realidad de la vida son contundentes y aplastantes y nos obligan muchas veces a olvidar nuestros sueos y a cumplir en lo que el mundo nos demanda. Sin embargo, aquel que ha hechado un vistazo, aunque sea de su riqusima vida interior, no puede ser el mismo de antes. Ha de ser mejor, peor o tratar de olvidarlo. He visto que lejos de la existencia rutinaria, existe otra vida y no sabe dnde. Siente que tiene gran capacidad para al bien o el mal ha despertado, en trmulo asombro, el descubrimiento de que si vida va ms all de su conocimiento y es ms grandioso de lo que alguna vez so. El pecado y la santidad nos revelan a nosotros mismos Aquellos vistazos llegan al hombre en el momento ms inesperado y en circunstancias poco predecibles. Ante un gran pecado o justo despus de que ocurra, el espritu se despierta y protesta y convence al hombre de que no es nicamente un animal y que tiene deseos espirituales de gran profundidad. Estos deseos son ms reales que lo sensual y aparecen para enfrentarse al hombre que se encuentra en el camino de la ruina y le muestran una clara visin de las posibilidades que est dejando pasar. Estos destellos de nostalgia espiritual, llevan al hombre a hacer o decir cosas que parecen irreales a quienes le conocen. Pero no son irreales, son despertares del alma que quieren llevarla a Dios. El pecado ha sido una ocasin de levantar la bruma que le impeda ver la altura de la vida espiritual y el hombre se ha visto sorprendido ante las alturas y profundidades que jams imagin existieran. El alma es capaz de un eterno crecimiento en amor y odio y se da cuenta de ello. Las circunstancias cambiantes nos muestran que nos conocemos A veces, cuando nos damos cuenta de lo poco que nos conocemos, nos damos cuenta tambin de que nos entendemos poco, y de lo distinto que somos de la idea que tenemos de nosotros mismo. Una ocasin maravillosa para percatarnos de lo anterior es el efecto que tiene en nosotros un cambio fuerte en las circunstancias de la propia vida. El sufrimiento o el dolor no realizan estos cambios, los desarrollan o nos
los revelan. Imaginamos cmo seremos ante un evento o en determinada circunstancia, nuestras predicciones son frecuentemente errneas. El efecto que tienen en nosotros es totalmente distinto al que esperbamos o temamos. Cuando nos encontramos en circunstancias diferentes a los habituales, nos percatamos de que somos muy distintos a los que creemos ser. Nuevas faltas y fallas salen a la luz; nuevas virtudes para socorrernos; viejas tentaciones nos asaltan en nuevos terrenos y nos damos cuenta de que el mero cambio de circunstancias externas nos muestran que somos distintos de lo que creamos ser. Tejemos a la textura de nuestra vida muchas cosas que son realmente externas a ella y no separamos nuestro pensamiento de nuestra actividad. Caemos en la rutina y esto produce sus efectos; debemos estar particularmente atentas a caer en juzgarnos a nosotros mismos y a lo que nos rodea en una sola cosa. Tenemos que detectar dnde acaba lo externo y dnde empezamos nosotros. Los cambios influyen en reas de la personalidad que antes no haba hecho concientes. El resultado es que el hombre no se reconoce; el efecto del cambio sorprende todos sus pronsticos y propsitos. De tal manera, un gran cambio en la vida, particularmente de lo que ocurre alrededor de los 40-45 aos, actan como un agente de descubrimiento de disposiciones, defectos y hbitos de los que no somos concientes. El conocimiento parcial nos ciega El conocimiento parcial que tenemos de nosotros mismos nos impide profundizar en el mismo. En casi todos nosotros, existen uno o dos defectos muy marcados y una multitud de estos no tan bien definidos pero reales. Muchas veces la mente est obsorta en estos defectos marcados al punto de no profundizar y analizar lo ms sutiles y delicados movimientos del alma. En ocasiones, mientras la mente contempla y encuentra placer en lo que parece desarrollo de una virtud bien definida, es inconsciente del trabajo callado y efectivo de una serie de vicios y pasiones menores que minan los cimientos de la misma virtud que acapare su atencin. Esta virtud puede llegar a perderse y algo curioso ocurre en el alma. Esa virtud que tanto nos ocup llega a existir como posesin muestra la
imaginacin al punto de soar que la practicamos. Si tuvisemos la costumbre de ir sondeando las profundidades de nuestra alma, de buscar aquellas cosas de nosotros que desconocemos, no ocurrira tal desastre. El conocimiento parcial que satisface a tanto es en s mismo un peligro muy serio. En algunas, la mente puede concentrarse como vimos en virtudes que le impiden ver el deterioro paulatino en otros campos. En otras cosas, no es una virtud, sino un pecado que ciega al alma y le impide un conocimiento profundo de su estado real. Un pecado grave absorbe la mente de tal manera que se torna incapaz de percibir el trabajo constante de sus potencialidades hacia una elevacin de la vida moral, lo que deba llenarle de esperanza, como presagio de una victoria que se aproxima. O puede ser que no vea un deterioro paulatino de la vida interior. Si siempre fijamos la vista en lo mismo, no percibimos que aunque parezca que ese pecado es esttico, gradualmente provocar un debilitamiento general que nos impedir resistirlo. El conocimiento de ese pecado particular nos cierra los ojos a un conocimiento profundo. Hay una apariencia de autoconocimiento que nace del hecho de que la persona cree que sabe lo miserable que es, pero no hay nada ms alejado de la realidad. No es capaz de saber lo malo que es excepto en este punto particular y no sabe lo bueno o malo que es en estos campo y si progresa o retrocede en el vida espiritual. No podemos realizar es esfuerzo serio de embate al pecado hasta que no conozcamos realmente nuestras faltas. El conocimiento de s es ms importante que el anlisis de s El conocimiento de uno mismo no es necesariamente una consecuencia del anlisis de s. Podemos tener una gran capacidad de auto anlisis y gran pericia en la direccin de nosotros mismos y no tener un conocimiento de si proporcional de dicha capacidad o pericia. La personalidad combina, matiza y armoniza las diversas partes de s poniendo en relacin a todos sus elementos. La imagen que podemos formarnos de una persona es muy diversa a su realidad. Ese juicio previo tena elementos verdaderos y falsos, era inarmnico y prejuiciado. Era una caricatura, despus de conversar algn tiempo con esa persona nos damos cuenta que muchos elementos componen su personalidad y no alguno o algunos de estos elementos.
As el conocimiento de s mismo es mucho ms profundo y complejo que auto anlisis; sin duda alguna, podemos tener un autoconocimiento muy profundo con poco auto anlisis. Aqu hay que considerar una cosa muy sutil, el ser, que elude todo anlisis. Puedo conocer muchas cosas sobre mi mismo, puedo ser muy introspectivo y examinar detalladamente mi alma. A pesar de esto puedo tambin no ver el ser profundo que pone en marcha la maquinaria que he visto trabajando y que matiza o unifica los fragmentos de autoconocimiento que he logrado reunir. Este tipo de autoconocimiento, as como el conocimiento que adquirimos a travs del contacto con otras personas, es ms moral que intelectual. Gran parte del auto examen se convierte en una conquista o carrera intelectual y no produce los resultados que se esperara dado el trabajo y entusiasmo invertido en el mismo. Cmo entonces llegar a la profundidad del ser? Aprende a examinarte a la luz de Cristo. Pocas son las personas que no se han sorprendido alguna vez por el poder de la revelacin de su propio ser que llega a travs de otros. Frente algunos (nota de Alisos: Como Juan Pablo II a los Santos) entramos momentneamente a la presencia de alguien cuya vida es una elocuente confrontacin del tonote la propia vida; as mientras permanezco en la luz de esa presencia, siento a la vez lo que debo ser, lo puedo ser y lo que no he sido. Al ver lo que podr haber sido, veo lo que soy mientras ms perfecta sea la vida que cruce mi camino, ms clara y penetrante la luz que nunca mi alma. Toda la luz que otras vidas han derramado sobre nosotros palidece como tmidos destellos frente a aquella que emana de la presencia de Jesucristo y la vida era la luz de los hombres (Jn. 1,4) y en tu luz vemos la luz (Salmo 36,10) en toda su plenitud. Nuestro auto examen degenera en un poco verdadera forma de auto anlisis por que se realiza en las tinieblas. Podr ser realizado en presencia de aquel que calma nuestros ms nobles y perfectamente olvidados, ideales. El auto examen no es algo abstracto; ha de ser la comparacin de nosotros mismos en la ms perfecta y motivante norma. (Si analizo nicamente) conozco un hecho y puedo no mejorar e inclusive tornarme indiferente a lo que reconozco con rutina. Lo otro (compararme con Jesucristo) es una experiencia espiritual que
forzosamente y en virtud de ese conocimiento, mejora o empeora el alma. (Ej. Qu distinto es saber que hoy me irrit 6 veces y ayer 5 y compararme a Jesucristo cuando fue golpeado por el sirviente del sumo sacerdote o cuando queran engaarle los fariseos o saduceos) El conocimiento obtenido en el primer caso es puramente intelectual; en el segundo caso, es una experiencia individual. Con la presencia de la paz imperturbable de Cristo, de su amor incansable, nos vemos y nos auto condenamos. Si hemos de adquirir un verdadero autoconocimiento, nuestros exmenes de conciencia han de ser realizados en presencia de Jesucristo, con un conocimiento cada vez ms profundo de su vida. Con exmenes, por pobre y miserable que sea la vida que revelan, no sern desesperantes ni nos estimulantes, con su gloriosa presencia no pueden quedar vestigios de soberbia menos an de desesperanza. La revelacin aumenta la esperanza u estimula a la accin. Prueba tu autoconocimiento El gran mtodo para adquirir conocimiento de la naturaleza es la experimentacin. Estamos en esta vida para se examinados. La respuesta que Dios escucha no es de los labios, sino la de la accin. Este es el verdadero significado de la tentacin. Cada tentacin es una pregunta hecha al alma Qu clase de criatura eres? Amas a Dios o sigues tus pasiones? Cuando Dios permite la tentacin como un medio por el cual nos manifestamos a su favor o en su contra, lo mejor que podemos hacer es hacer una experiencia para ganar en autoconocimiento. Examnate en la accin Ponte a prueba a lo largo del da para examinarte y observa las respuestas que te dan los hechos. Proponte, por ejemplo por la maana mortificar la lengua X nmero de veces en el da. Creo que los resultados de unos cuantos das de esfuerzo para cumplir ese propsito te sorprendern cuanto fallas y que dbil eres con tu lengua. No hay nada ms fcil que imaginamos en situaciones ideales; no hay ms despertar ms brusco que los resultados que arroja el experimento. Un da de experimento en algunas regiones no explanadas de la vida espiritual resulta en un brusco pero sano despertar de los sueos
errneos que tenemos acerca de nosotros mismos. Las respuestas que dicho experimentos arrojan nos convencen de la verdad y muy frecuentemente son como huecos en las nubes que no nos permiten ver y as somos capaces de adquirir aproximado real de nuestra fortaleza y debilidad a la luz de estas experiencias, el examen es ms serio y real; encontramos despus de algunos meses que hemos cambiado poco a poco y que la mejor forma de describir el cambio es afinando que el auto examen ha dejado de ser el estudio de detalles para convertirse en el conocimiento de una persona. Los detalles de una vida han de ser, sin lugar a dudas, examinados, pero no como datos aislados: hemos de verlos como emanando de una persona viva. Los hechos examinados a la luz de la vida personal cambiar todo su sentido. (Hay que ver los efectos de las cosas; ms an hay que ver los efectos a la luz de su causa) La superficie de nuestras vidas de alguna manera se resquebraja y vemos el pulso de aquella misteriosa fuente de accin: el ser.
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Todo lo que sabemos sobre el bien y el mal y la lucha espiritual, aparte de la revelacin, lo conocemos a travs de nuestra propia naturaleza. Conocemos el pecado nicamente como pecado humano y conocemos la bondad y la virtud solamente como los vemos a travs de nuestra naturaleza. Cuando pensamos acerca de la bondad y el amor de Dios, pensamos en estos atributos como lo vemos y nos muestra la sagrada humanidad de Jesucristo. Cuando pensamos en la maldad diablica es solamente a travs de la maldad humana, engrandecida y magnificada que podemos imaginarla. En esta tierra, no hay conocimiento moral alguno, aparte de la revelacin, que pueda alcanzarnos si no es a travs de nuestra propia naturaleza. Quin pueda dudar que esta naturaleza nuestra es capaz de revelarnos
el bien y el mal? Las cumbres de la vida espiritual son conocidas por pocas, pero creo que las profundidades de la maldad son conocidas por menos an. Nuestra naturaleza puede revelarnos la perfeccin de la virtud o del vicio, al parecer, con igual facilidad. Por qu, entonces, si nuestra naturaleza es igualmente capaz del bien y del mal, no es tan fcil cometer el mal? El hombre de fortaleza necesita desarrollar y usar todo lo que le ha sido confiado y todas sus facultades para ser simplemente humano. Ninguna de tus facultades humanas es mala No existe algo en el hombre sustancia, poder y facultad que sea malo en si mismo. La doctrina catlica de la encarnacin ensea que Nuestro Seor asumi nuestra naturaleza en su totalidad y que todo lo que pertenece a nuestra naturaleza estaba en l. Analiza el alma del ms grande pecador y del ms grande santo, y no encontrars en el pecador una sola cosa que no est en el santo. Compara el alma de Mara Magdalena o de San Agustn antes y despus de su conversin. Como santos no fueron debilitados o privados de nada. No perdieron ni destruyeron nada; estaban en plena posesin de todas sus facultades y poderes. Habr mucho en Mara Magdalena que nunca habr usado, que probablemente nunca so, hasta que alcanz a Nuestro Seor. l le revel el secreto del verdadero desarrollo personal, que es otra palabra para santidad. Encontr bajo su gua todo lo que tena en ella para ser usado de una forma ms plena y rica de la que alguna vez pudo imaginar. La santidad no es el vaciar la vida, sino el llenarlas. no he venido a abrogarla sino a consumarlas (Mt. 5,17). En la proporcin en que un hombre sea bueno, ser fuerte. Olvidamos frecuentemente que el Discpulo Amado era, de hecho, Hijo del Trueno (Mc. 3, 17) El ms dcil de los santos es fuertsimo. Los santos frecuentemente nos sorprenden mostrando un valor y firmeza que no creemos posibles. La diferencia entre la bondad y la maldad radica en el uso correcto o incorrecto de facultades buenas en si mismas. El pecado es el mal uso de las facultades que Dios nos ha dado, el utilizarlas para la consecucin de fines para los que no fueron creados.
Cada poder, cada facultad, casa don de nuestra naturaleza nos fue dado para el bien. Para el servicio de Dios y en la capacidad de ser usados para servirle a l. Cuando tomamos estos dones de Dios, y los utilizamos para un fin indigno, pecamos. l corazn que puedo elevar a Dios para unirme a l, puedo utilizarlo para amar aquellos que Dios ms deteste. La misma voluntad con la que elijo el bien puedo utilizar para escoger el mal. Mi voluntad es buena independientemente de aquello para lo que la utilice. Al regresare el mal violento mi naturaleza y debilito mi voluntad. Al elegir el bien, acto de acuerdo a mi naturaleza y mi voluntad crece cada vez ms fuerte y confiable. Cuando escojo el mal no reside en la voluntad, sino en los objetos sobre los que se ejerce la decisin. El mal es el abuso de una gran y noble potencialidad. Para ser bueno, he de utilizar mi voluntad en la eleccin decidida del bien. As, podemos considerar una por una esas facultades que han sido causa del ms grande pecado, y ver como, a pesar de haber sido instrumentos de pecado, son en s mismas buenas, y a travs del uso de las mismas, los santos ses hicieron santos. Agustn no dej sus grandes dotes intelectuales cuando abandon errores maniqueos para convertirse en seres de Cristo. Vemos ms bien, la emancipacin de su intelecto. La verdad liber. Torna las facultades que Dios te ha dado hacia el bien Es necesario ser muy claro en este punto pues de l depende toda nuestra visin de la reforma de vida personal. El cambio de una vida de pecado a una de santidad no es ms que un cambio de los objetos sobre lo que ejercitamos las potencialidades que Dios nos ha dado. Esto no es imposible al contrario, es muy razonable. Hay una inmensa motivacin en el pensar que estoy esforzndome en usar mis potencialidades para aquel fin para el amor a Dios, habrn grandes dificultades en el entrenamiento consistente en apartarlo de objetos indigno, pero no puedes dudar del hecho de que puede amar a Dios. Esfurzate algn tiempo y tendrs xito. Examina la estructura de tu ser y una cosa te impresionar: Toda facultad de tu mente, toda potencia, todo miembro de tu cuerpo fue hecho para actuar. El cuerpo es el instrumento de la accin de la
mente; los sentidos son los canales a travs de los cuales se alimenta. Todo ha de convertirse en instrumento de la manifestacin del alma en servicio de Dios. La mortificacin, que nos ayuda a utilizar nuestras facultades como debemos, no es un fin en s mismo; es un medio para conseguir un fin, y el fin es el verdadero y pleno uso de lo que tenemos. La autodisciplina necesariamente ha de estar en proporcin al uso errneo de cualquier sentido o potencia y buscamos el uso correcto de los mismos en todo acto de mortificacin. en vez del gozo que le ofreca, soport la cruz.. (---12,2): no soportamos el dolor por s mismo, sino por aquello que est ms all del mismo. Soportamos esos actos de negacin y contencin personal por que sentimos y sabemos sobra que solamente a travs de esos actos podemos recuperar el seoro sobre todas aquellas facultades que hemos utilizado errneamente y que aprendemos a usarlos con un gozo y vigor que no habramos conocido antes. Los actos de mortificacin estn llenos de promesa y esperanza Los labios que frecuentemente se han sellado en silencio penitencial por haber pronunciado palabras amargas, por crticas poco. Por criticas poco caritativas, irreverencia o parloteo incesante, encuentran momentos en los que pueden reparar y curar con palabras llenas de caridad a quienes han herido en el pasado, o hablar con ardorosa elocuencia de la fe de la que alguna vez blasfem. San Pablo no exhorta a que nuestros miembros sirvan a la justicia hasta llegar a la santidad. Cuando nos dice que no nos pide que renunciemos al uso de alguno de estos poderes o que los dejemos ociosos; nos pide ms bien que no nos entreguemos al pecado, sino a Dios, como uno resucitado de entre los muertos y que usemos toda potencia que tengamos para servir a Dios como instrumento de la justicia hasta llegar a la santidad. Usarlos para aquello para lo que nos fueron dados. En el poder de la accin positiva el poder mortfero del pecado es vencido. Deja a Dios reinar en tu corazn y encontrars trabajo suficiente para tu cabeza y tus manos. Entre este riguroso vivir en el pleno y libre ejercicio de todas las potencialidades y la vida de pecado, se encuentra ese periodo de disciplina y mortificacin durante el cual las potencias mal utilizadas han de ser contenidas, restringidas y entrenadas para su verdadero trabajo. Habrn das de oscuridad cuado parezca que este trabajo es
imposible. Encontraremos sostn en dos pensamientos: que la facultad mal usada es en s buena y que nicamente usndola para lo que nos fue dada encontrar redencin. Nos sostendrn estas ideas y nos motivarn a soportar el sufrimiento, precio de la redencin. El gozo al que nos enfrentamos nos ayuda a sobrellevar la cruz de la disciplina. Este es el verdadero centro de la ascesis cristiana. Sin una motivacin tan grande, carece de sentido y es una cruel auto tortura. Necesitamos llenar la propia vida, no vaciarla. Muchas almas que han renunciado a una cosa tara otra y han vaciado su vida, aprende dolorosamente, que sus energas, al no encontrar forma de expresin, se han reflejado al interior del alma y se vengan a travs de un mental auto anlisis y escrpulos enfermizos. Necesitan estas energas una salida; necesitan intereses. El anhelo de la vida no puede ser contenido. Debemos, para tener xito y no desesperarnos, aprender que la mortificacin es temporal y que existe para encauzar el arroyo al canal principal. Somete tu voluntad rebelde Conocemos la tendencia que tienen nuestras potencias querer una vida independiente, de vivir y actuar no para el bien de la persona, sino para su propia gratificacin, daando muy frecuentemente a la persona. Muchas veces no nos damos cuenta de esto sino hasta que nos percatamos de que hemos perdido el control de nosotros mismos que una tras otra de nuestras facultades y sentidos (nuestros miembros como los llama San Pablo) se niegan a obedecernos y viven su propia vida por separado; ms an, en mltiples ocasiones forman facciones y se agrupan para destrozar la conciencia y colocar alguna pasin para gobernar al todo. Aqu est teniendo lugar una revolucin bien organizada, tan silenciosa que la conciencia no se alarma realmente sino hasta que se percata de que su poder ha desparecido de verdad. En la medida en que cada facultad, cada sentido vive para s, en esa proporcin adquiere fuerza al absorber para s la vida destinada a alimentar a toda la naturaleza y as agota y disminuye a los dems.
Esta fragmentacin de la unidad y fuerza del alma es muy frecuentemente, el resultado no de un acto conciente de la persona, sino de la negligencia, de haber permitido que la naturaleza siguiese su curso y siguiera sus propias inclinaciones. La eterna vigilancia es el precio de la libertad (Wendell Phillips) y hemos de ejercer esta vigilancia en cada parte de nuestro ser sentidos, facultades, inclinaciones si hemos de permanecer libres. Es sin duda una extraa sublimacin del orden de la naturaleza que el hombre no pueda usar sus potencialidades con la libertad espontnea que quisiera, sino que stas la utilicen a l. Alguien ignora lo que es encontrar alguna parte de su naturaleza actuando en directo desafo de su voluntad? En primera instancia parecer que la desobediencia no es deliberada, como si fuera una falta de cuidado de parte nuestra y que hemos de ser ms firmes al ordenar. Posteriormente no hay posibilidad de duda: la voluntad ha dado una orden y est siendo desobediencia con desafo. Cmo sucede esto? De dnde adquiere esta parte desafiante voluntad propia? Del corazn que ha empezado a querer lo que la razn y la conciencia prohben. La razn lo ridiculiza, la conciencia da estrictas rdenes, pero el corazn con un catlogo de pasin arrasa con todo a su paso, a pasear de las protestas de la conciencia y de los dictmenes de la razn, y se sale con la suya. Controla tus potencias y facultades Es labor de la mistificacin el lograr obediencia de las potencialidades rebeldes y el no permitir una autoridad dual en el reino del alma y que todo acte para el bien de la persona a quien pertenecen. Este es el trabajo de la mortificacin que enfrenta cualquier persona que, por descuido, consentimiento propio o pecado, ha perdido en alguna medida el poder de autogobierno. Sus facultades han salido de control y se han disgregado persiguiendo cada una su fantasa. Deben aprender que pueden ser tiles en el reino del alma nicamente cuando obedecer la autoridad soberana de la voluntad y cooperar con todas las otras potencias para el bienestar del alma. Debe dejar saber a estas facultades indisciplinadas que tienen su lugar y trabajo por hacer, y que cuado hayan aprendido controlarse, harn su trabajo mejor y
encontrarn mayor satisfaccin en el mismo y una mayor libertad de que tuvieron en sus das de mayor libertinaje. Hemos de reunir a las facultades y potencias vagundas y llevarlas al mundo del orden y ensearlas a marchar marcando el mismo paso, refrenando a la s ms impulsivas y entusiastas urgiendo a las perezosas a pasar a l frente, lidiando pacientemente con las que han sido ganadas de una vida fcil e independiente para unirse al servicio de la patria del alma. La disciplina ha de ser para todas como una motivacin para trabajar mejor que nunca, siempre unidas y bajo la gua de la conciencia para combatir a los enemigos del alma. La unin, claridad de objetivos, docilidad y obediencia, contribuyen a la consecucin de objetivos y resultados. Por tanto, todas las potencias de mente y cuerpo deben disciplinarse para lograr el bienestar de la persona. La ms brillante facultad de mente poco puede lograr sin las ms humildes y pobres. Cuando una pasin o facultad se ha colocado a si misma en una posicin de prominencia o autoridad que no le corresponde, es necesario ubicarla por un tiempo en el ltimo lugar, castigndola si es necesario, disminuyendo su fuerza y espritu rebelde con el nico fin de que se aprenda a realizar su trabajo mejor. Dicha disciplina no constituye un freno poco razonable de nuestras potencias. Su objetivo es restaurar al alma el ejercicio de su autoridad plena que consiste en el orden y la cooperacin de las que depende su unidad. Requiere de tres elementos. Paciencia: Es necesarsima. La impaciencia, una gran ansiedad por un rpido resultado de nuestro esfuerzo, lo nico que lograr es retrazar el trabajo. No debemos desanimarnos si nos toma aos rectificar la negligencia o el abuso de aos. El pesimar de ms, aunque sea un poco, puede causar una reaccin que precipitar las cosas a un estado peor del que se encontraba antes. Hemos de templar los materiales antes de poder darles la forma que deseamos. Es imposible lograr grandes reformad y cambios sbitos. Los hbitos, buenos o malos, se forman nicamente a travs de la repeticin de actos; hacer un poco cada da perseverando en la voluntad lograr ms que se pretende obtener violentamente. No existen los esfuerzos indisciplinados de la autodisciplina: siempre terminan en el fracaso. Hay que aprender a actuar con una paciencia incansable.
Prudencia: No podemos pensar que la bondad de una causa puede eximir a una persona de las ordinarias leyes de la prudencia al ejecutar; menos an podemos esperar que Dios remedio los efectos de la propia imprudencia. La accin de la gracia depende de los cimientos construidos sobre las leyes de la naturaleza. Una persona no puede desembarazarse de aquello a lo que se ha habituado por aos de autocomplacencias. Lo que sea en s malo puede y debe abandonar ya que actuar mal nunca es til o necesario. Al querer abandonar lo que no esta mal, no debemos actuar con demasiada prisa. Guiado por prudencia, aquel que ha de cambiar, ser entrenado gradualmente a que Prescinda de aquello que se ha convertido casi en una necesidad para l. Hemos de lograr una existencia normal antes de emprender la vida asctica. Gracia: Finalmente, necesitamos buscar siempre la ayuda de la divina gracia. No podemos emprender solos la obra de nuestra restauracin, no podemos ser restaurados a un mero estado de naturaleza separada. Los remedios que Dios proporciona son sobrenaturales, y si hemos de ser restaurados, hemos de elevarnos por encima de nuestra naturaleza. Dios vierte en nuestras heridas el aceite y el vino de la divina gracia, para que nuestras heridas sean curadas. Esa medicina que lo cura transforma nuestra naturaleza y la colma de nuevo vigor. La lucha por ser dueos de nosotros mismos nos sobrepasa. No podemos contentarnos meramente con ser lo que ramos, hemos de ser ms. Si deseamos recuperarnos hemos de llamar al gran mdico y en sus manos encontrar una vida nueva y un mundo nuevo que se descubrir a nuestros ojos.
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Autor: Sophia Institute Press Captulo 3: Vive segn las leyes del espritu La vida espiritual de cualquier persona puede surgir de cualquiera de dos puntos de partida: El pensamiento de Dios o el pensamiento de s. Hay mentes que se vuelven a Dios naturalmente y para quienes las cuestiones de fe han sido siempre naturales. Existen otros que han alcanzado a Dios a partir del conocimiento de sus grandes creencias. La tendencia natural de estas mentes consiste en ver hacia dentro y no hacia fuera. Pueden ver hacia fuera y hacia arriba por lo que han
descubierto dentro de s. El conocimiento de s les ha mostrado que no poseen en s mismos el poder de ayudarse y solamente, como la hemorroisa ( (Mc 5, 26), despus de sufrir a manos de varios mdicos, buscar a Dios. El conocimiento de s separado de Dios solamente puede conducirnos a la desesperanza. Necesitamos de la mano de Cristo para levantarnos. La vida espiritual de casi todos los hombres surge entonces del conocimiento de Dios o de si y el fin ha de ser el mismo. De la grandeza y santidad de Dios, uno aprender la grandeza del destino del hombre a quien l se ha revelado. Del otro, a partir de sus grandes carencias, aprender de la grandeza y del amor de Dios que redime. Aquel que siente que la indigencia de su naturaleza no puede ser satisfecha que por algo ms que su naturaleza buscar lo sobrenatural en Cristo. Dos miembros del Colegio Apostlico representan estos dos puntos de partida del conocimiento cristiano y de la vida: San Juan y San Pablo. San Juan es el prototipo de la mente objetiva. Mira hacia arriba y hacia fuera. Ve al sol. En sus escritos nos dice poco o nada de si mismo y de sus luchas. Le conocemos principalmente como el espejo en el que se refleja la Corona de Cristo. Es el gran contemplativo. Cuando llega a hablar de su persona, se refiere de s mismo casi de forma impersonal: es el discpulo que Jess am (Jn 21,1); es aquel cuya vida estaba escondida con Cristo en Dios (Jn 21, 20; Cel 3,3). Qu podemos aprender de l acerca de los misterios de alma humana, de la angustia de la penitencia y la triste memoria del pecado? Nos habla del infinito amor de Dios y nos revela la grandeza del destino del hombre, quien puede ascender a una intima y cercana amistad en el Altsimo. El otro es San Pablo. No existe secreto del corazn humano que no conozca. Sus experiencias son para todos. Las entrega libre y generosamente a los hombres. Posee encanto maravilloso y precioso: El poder hablar de s mismo sin sombra alguna de egosmo. Nos relata su idealismo y su importancia y su importancia para realizar sus ideales, y cmo al fin lo logr. Lo que nos diga, nos llega con la frecuencia y vitalidad de una vivencia personal. Los elementos de su personalidad aparecen por doquier.
Sus palabras pulsan y vibran con una intensa personalidad. Es el representante de la mente subjetiva que mira al interior. Estudiando, analizando, y registrando sus propias operaciones. No podemos permitirnos el lujo de prescindir de la revelacin de alguno de estos apstoles. Ambos, juntos, son necesarios para mostrarnos el camino por el cual el hombre puede unirnos a Dios. Conquista tus pecados con ms que el auto conocimiento. Es incierto afirmar que la nica cosa necesaria para vencer al pecado y alcanzar la perfeccin es un ms perfecto conocimiento de nuestra naturaleza y sus leyes. Si en algo nos conocemos, estaremos dolorosamente concientes de que bajo el influjo de una gran tentacin, frecuentemente actuamos en oposicin directa a nuestro conocimiento. El mero conocimiento de lo que no hemos de hacer, an de los desastrosos resultados de aquello que estamos tentados a hacer, no necesariamente nos impedir realizarlo. San Pablo nos dice que el querer el bien est en m, pero el hacerlo no. En efecto, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. (Rom 7,18 19). Aunque ciertamente no es del todo verdadero afirmar que la ignorancia es la nica o principal causa del fracaso, sin duda tiene algo de verdad. Muchas personas entusiastas han perdido todo el gozo y xito conciente en la vida espiritual por no entenderse. Si nos entendiramos mejor, ciertamente seramos capaces de aplicarnos mejor. Hay muchos que han fracasado persiguiendo lo imposible. La ignorancia de las ms elevadas, sutiles y misteriosas leyes de nuestro ms profundo ser forzosamente conllevar fracaso y sufrimiento. En realidad, necesitamos conocernos y conocer las leyes que gobiernan nuestras vidas, as como conocer y utilizar los remedios que Dios nos proporciona para curara la enfermedad provocada por la relacin de estas leyes. No hay dos personas iguales y de cierta manera cada individuo se encuentra solo. Cuando tenemos frente a nosotros una gran decisin o tentacin sentimos la soledad de la propia personalidad. Es imposible poner en palabras las cosas para que otro pueda entender lo que hace de la dificultad mi dificultad.
Sin embargo, son tan parecidos los corazones humanos, es tan una la naturaleza humana, que el conocimiento de nosotros mismo nos ayuda a entender a otros y hace posible analizar la estructura y operacin del alma para as adquirir algn conocimiento de las causas y resultados de las luchas intensas comunes a todos los hombres. Las tentaciones y disposicin de uno pueden ser muy distintas de las de otro, y an as las causas de la tentacin, el fracaso o el xito pueden ser y son las mismas en todos. San Pablo, como en el caso de todos los grandes maestros, nos ensea con tal sencillez que nos hace preguntarnos cmo no llegamos a muchas conclusiones nosotros mismos. El conflicto siempre rondar el alma San Pablo nos describe la incesante lucha que se libra en cada corazn humano. El hombre no es uno consigo mismo. El alma es como una casa dividida, como un reino en revolucin. Este conflicto no es entre cuerpo y alma; es ms profundo y ms ntimo. Se encuentra en los mismos manantiales de nuestro ser. El alma en su profundidad no es una condigo misma. Frecuentemente tiene que decidir y actuar en el torbellino de una oposicin directa que surge del interior. Si el alma completa tuviese enfrentar la oposicin o tentacin que viene de fuera, sera una cuestin ms sencilla; al venir de dentro es ms complicado. Lo experimentamos todos los das y an as no nos damos cuenta de lo anmalo que es Solamente el hombre es as; todas las dems creaturas conservan la unidad en s mismas. nicamente el hombre no es dueo de s. Se encuentra rasgado y torturado por el conflicto interno, por su incapacidad de dirigir todas las fuerzas dentro de s para conseguir su fin y obtener su propia perfeccin. Tu mente y tu voluntad se encuentran enfrentadas San Pablo nos muestra donde se asienta este conflicto interno: en la ms alta regin de la vida del alma. El conflicto existe primordialmente entre las facultades morales e intelectuales. La mente y la voluntad no es tan en sintona. La mente ve y se deleita en lo bueno y la voluntas elige lo malo. El orden natural es derrocado; la voluntad se niega a obedecer los dictmenes de la razn. Lo que la mente desea, la voluntad se niega a ejecutar.
Amamos el espritu del no ser de este mundo y somos mundanos hasta el centro de nuestro corazn. Detestamos la falta de sinceridad y somos elocuentes en la alabanza de la verdad y somos poco veraces. Esta oposicin entre nuestros ideales y nuestro actuar no surge de la hipocresa sino del hecho de que no hacemos las cosas que queremos Estamos tan acostumbrados a estas extraas paradojas que no nos percatamos de lo sorprendentes que son. Si ocurrieran en cualquier otra esfera de la vida que no es cualquier otra esfera de la vida que no fuese la moral, lo consideraramos una verdadera locura. Sin embargo, nadie puede dudar que la vida moral es la vida esencial del hombre y a la que todo lo dems debe servir. Dichas paradojas son tan comunes que escasamente reparamos en ellas y si lo hacemos, nos referimos a ellas como las inconsistencias comunes a la fragilidad humana, Pero no son comunes, se encuentran en oposicin directa a la invariable ley de accin que impone en todos los otros campos de la vida humana. Quin puede imaginarse a un hombre actuando constantemente en contra de sus intereses, deseos y gustos, detestando lo que haca y sin embargo hacindolas todava? Existe un departamento aislado en la naturaleza del hombre en el que la ley de su accin es totalmente excepcional: Aquel es el cual las facultades intelectuales y morales se niegan a cooperar, y la voluntad delineada, y muchas veces desafiante, nota los mandatos de la razn. Esta es, entonces, la causa de la prdida de la unidad interna de la que cada uno somos concientes. El hombre no es uno consigo mismo. No est seguro de s mismo. No tiene la certeza de que pueda y har todo lo que quiera hacer; no es seor de los numerosos dones de su naturaleza porque no est seguro de su falta de lealtad, se que traicionar sus ms elevados y que vendr su primogenitura, de hijo de Dios, por un plato de lentejas (Gen: 25, 29 34). Por qu es esto? San Pablo encuentra que estas extraordinarias inconsistencias morales surgen por que nuestra naturaleza es el foro de la lucha constante de cuatro fuerzas, cada una de las cuales lucha por la direccin del alma. No son impulsos o pasiones. A estas cuatro leyes las llama la ley de los miembros la ley de la
mente, la ley del pecado y la ley de, Espritu de la Vida. (Gen 25,29 34) A estas cuatro leyes, que trabajan con la persistencia y precisin de la ley, atribuye todo lo que pasa en el alma para bien o para mal; al conflicto entre ellas atribuye casi todas las paradojas. Encontramos que estas cuatro leyes operan en pares. Un para trabaja para el mal y el otro para el bien. El conflicto no es uno entre el pecado y la santidad. Existe una fuerza , una ley que conduce al pecado, una tendencia en el alma, no directamente pecaminosa, que le prepara para el pecado, al que, si se le permite operar, llevar al alma cautiva del pecado, a su libertades, la ley del Espritu de Vida, que la libera de la ley del pecado y de la muerte. La ley de los miembros prepara el camino al pecado De acuerdo a San Pablo hay una ley que trabaja en nuestro interior y de esa labor resultan actos y deseo que no son pecaminosos en s mismos pero que preparan el camino para el pecado. Todos distinguimos lo que est claramente bien o mal pero existen cosas que se ubican en el terreno de lo debatible, en la regin del crepsculo. El alma que vive bajo la ley de esta tierra con seguridad acabar por mudarse al reino de la oscuridad y el pecado. El nudo del conflicto lo pelean las cosas que en s mismas no estn ni bien ni mal. El hombre que decide no hacer lo que es claramente malo, pero que hace todo lo dems que desea hacer, encontrar que, a la larga, no puede escapar del pecado real. Se dan en la vida del hombre palabras, actos, deseos e inclinaciones que, aunque parezcan independientes, pueden ser agrupadas en la misma categora el trabajo de una ley suyo objeto es subyugado bajo el dominio de pecado. A esto llama San Pablo la ley de los miembros. Permiten a un hombre ceder al control de esta ley es permitir que pronto sea un cautivo de la ley del pecado. Al principio huimos y evitamos los pecados que posteriormente nos esclavizar. No nos hemos habilitado an a aquellas cosas que debilitan la voluntad y disminuyen el tono moral preparando el camino para la terrible cada. Pequeos actos indulgentes, no malos en s mismos el deleitarse en el gozo de los sentidos, el evitar el sacrificio sistemticamente, el refugiarse en amistades para evitar la cotidianidad
y realidad domtica - han ido fraguando el naufragio del alma. Todos estos actos fueron el resultado del trabajo constante de la ley de los miembros que conduce al hombre al cautiverio de la ley del pecado. Es contra esta ley ha de ser combatida sin descanso o se corre el riesgo de que nos derrote. Solamente una vida mortificada y disciplinada puede resistir los embates del pecado. San Pablo nos dice que se libra una batalla constante e incesante entre la ley de los miembros y la ley de la mente de que la ley del pecado pueda ejercitar su poder sobre el alma. La ley del pecado conduce a la muerte espiritual San Juan nos dice que el pecado es la transgresin de la ley (1 Jn 3.4) El pecado es la violacin de la ley de vida del alma, pero el pecado tiene su propia terrible ley. El pecado es la entrada a la vida espiritual del hombre de aquello que se encuentra en mortfera oposicin a la misma, y que opera bajo su propia ley. La ley del pecado es la ley de la muerte. Es la destruccin de la vida espiritual. Cuando el pecado tomas posesin de un alma, esta muere. La voluntad, an cuando se encuentre fortalecida para otro tipo de trabajo, se encuentra debilitada ante los embates del pasado. La razn se obnuvila y oscurece para la accin moral. Las potencias del alma se rehusan a cooperar para su bien. Un cuerpo enfermo, marchito y macilado es una buena imagen del alma deshonrada y traspasada por el pecado. Una vez que el pecado ha sido aceptado y consentido, crece y se desarrolla segn su propia ley. La vida del pecado es la muerte del alma, su fortaleza la debilidad del espritu y su crecimiento la descomposicin del alma. No podemos negociar con l. nicamente podemos hacer dos cosas: matarlo extriparlo como cncer o dejarlo crecer de acuerdo a su ley y sin control alguno por parte nuestra. Probablemente no conozcamos la rapidez o lentitud con la que pueda crecer un pecado abandonado a su suerte hasta que veamos qu tanto se han extendido sus races, cunto se ha agotado la vida del alma y que horrible y anormal ha sido su desarrollo. Muchos pecados crecen de manera lenta e imperceptible como el egosmo y la soberbia; otros como la impaciencia crecen con terrible rapidez. Aquel que cede a la ley de los miembros se encontrar entregado a la
ley del pecado. Estas en las dos fuerzas que cooperas para del alma comenzando con el disfrute de todo lo que ofrece la vida, alejndose de todo lo doloroso y terminando con la oscura y desesperanzada esclavitud del pecado. Djate guiar por la ley de la mente Hoy estas dos fuerzas que trabajan con igual persistencia y cooperara para el bienestar del alma y si liberacin: la ley de la mente y la ley del Espritu de visa en Jesucristo Nuestro Seor. Una de estas es natural y la otra sobrenatural, an as ambas operan por ley, y siempre trabajan juntas. La obediencia a la ley natural de la mente es la preparacin por la cual el alma llega a sujetarse a la ley del poder sobrenatural del Espritu de vida. Las leyes de la mente y de los miembros se encuentran en constante batalla. Hay una ley cuyo objeto es elevar el alma a lo mejor que tiene en s y por encima de ella a lo sobrenatural. Siempre acta de forma incesante y constante y siempre en la misma direccin. En medio de lo que suscitan motivos conflictuantes que demandan audiencia en la sala de consejo del alma, hay una vez que siempre habla por sus intereses reales en contra del sacrificio del todo por las partes. Es la ley del verdadero ser, la vez de la conciencia. No es una ley abstracta, ni una ley externa promulgada desde fuera como la del Sina. Se encuentra por encima de todo lo personal; San Pablo la llama la ley de mi mente Interpreta la ley externa para el individuo. Existen obligaciones y deberes que obligan a unos y no a otros y surgen de la vocacin, condicin de vida, formacin y logros espirituales; todo esto es tomado en consideracin. La ley de la mente conoce y sopesa el pasado, entiende la capacidad del alma, sus posibilidades y destino. Es la ley de la perfeccin del alma espiritual. Cualquiera que sean las complicaciones derivadas del pecado pasado, esta ley puede indicar el camino de la libertad. Como toda ley, su fuerza y debilidad radica en que acta tanto los detalles minsculos como en grandes cosas. La ley de la mente se encuentra siempre actuante en los ms pequeos detalles de la vida diaria.
Con la mira puesta en el futuro ordena en el presente para que pueda el alma entran a la contemplacin de Dios. La ley de la mente trabaja moldeando lo que toca de manera casi imperceptible. Cada direccin de la conciencia debe ser obedecida para que pueda dirigir al hombre a su salvador. Es l quien salva, no la conciencia. Permite que el Espritu de vida te conduzca a Cristo La luz de la mente lleva al alma a su libertador: el Espritu de vida en Jesucristo, Nuestro Seor. Este Espritu de vida opera por ley. Su accin sobre el alma no es caprichosa. Gua al alma a travs de la ley de la mente. La conciencia es una vlvula de escape a travs de la cual la gracia del Espritu de Dios inunda el alma. Si la conciencia se cierra y se viola la ley de la mente, el flujo de la gracia se ve interrumpido; si la conciencia se abre, el arroyo de la gracia se convierte en un torrente potente, refrescante, vigorizante que eleva todas las potencias del alma. Se da entonces una doble accin: la conciencia escucha la voz del Espritu y se ve iluminada con una luz y sensibilidad sobrenatural y as se abre con mayor frecuencia, hasta que, por el flujo incesante de la gracia que empapa a todas las facultades, el ser completo es sobrenaturalizado. Una vez la batalla no se libra entre el --- pecado y la virtud, sino entre la ley de los miembros y la ley de la mente. Del ganador de esta batalla depende cul de estas dos leyes gobierne el alma. Tras estos dos combatiente se encuentran los poderes de la vida y de la muerte, del pecado y la rectitud aguardando el desenlace.
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El resultado supremo de las numerossimas actividades que llenan y ejercen presin sobre la vida humana es la formacin del carcter. Aquello que provea de inters a los acontecimientos, los importantes y
los triviales, es el saber que estas cosas temporales tienen su parte en la formacin del carcter para la eternidad. El carcter del hombre es forjado por todas las fuerzas de s que aparentemente son incapaces de interpretacin moral y que han sido diseadas para obligarle a actuar: las necesidades de cuerpo y alma, las ambiciones a pasiones que llevan al hombre a vivir existencias extenuantes, o la falta de motivacin que le convierte en veleta, el esfuerzo por obtener alimento, el deseo de poder, dinero o influencias, las cosas o personas que demandan el tiempo, inters o afectos del hombre. Todas estas cosas compelen al hombre a actuar o lo condenan a la ociosidad. Todo tiene un supremo y eterno resultado: la formacin del carcter. Tu carcter perdurar ms all de esta vida Las ruinas de antiguas civilizaciones fueron el escenario de conflictos morales y espirituales. Fueron testigos de la lucha de la conciencia en las pasiones humanas y el pecado, la lucha de la conciencia en las pasiones humanas y el pecado, la lucha de lo eterno con lo temporal. El fin terreno de esas civilizaciones fue alcanzado don rapidez y desaparecieron. Los caracteres formados por esas luchas, permanecieron, a diferencia de los edificios, para siempre. Las cosas que parecan tan importantes han pasado sin dejar huella, excepto en las almas que llevan su impronta para la eternidad. Qu poco nos percatamos del supremo objetivo de la vida! La gran pregunta no es qu hemos hecho, sino el efecto de nuestra accin en la propia alma. Algunos son concientes de esto, otros nunca lo piensan pero es cierto para todos, lo creamos o lo neguemos. Todos hemos sido marcados por la vida; nadie puede escapar al hecho de que un efecto duradero de la vida es el carcter. El hombre tiene sus fines y todos son temporales; Dios tiene su fin y es eterno. Es curioso que, de todas las empresas que emprende eh hombre, lo que es considerado como meros accidentes en muchas ocasiones son sus importantes resultados y que las empresas mismas, su xito o fracaso, son verdaderamente accidentes. Ej: Hombre que es exitoso en los negocios a travs de fraudes.
El xito o fracaso de la vida no puede ser medido por resultados materiales; ha de ser evaluado en la balanza del santuario. Cada uno de nosotros es arrojado al caldero ebulliente del mundo con posibilidades latentes de bien y mal, y salimos bien formados, fuertes y llenos de sentido, o triturados, deformes y desmoralizados. Es entonces cuando somos inducidos a mirar bajo la superficie de lo que ocurre a nuestro alrededor y ver todo como la maquinaria diseada por Dios para formar el carcter. Esto ha de motivarnos cuando estemos en dificultades o nos encontramos deprimidos en la lentitud de nuestro progreso y la pequeez de los resultados obtenidos, nos ayudar a ver la grandeza de lo que tenemos entre manos y a considerar la grandeza de la maquinaria a emplear. La conquista de la tentacin y el lento crecimiento de la virtud, la gradual construccin del carcter, pueden ser ms grandes de lo que parecen y necesitan de maquinaria pesada. Imagina la cantidad de energa de cuerpo y mente que se usa en un da en una gran ciudad, y compararlo en los resultados netos vistos por el ojo de Dios, los resultados que perduran y perduran por siempre - una pequea profundizacin del temple de cada persona involucrada, los hilos de un hbito tejido ms compactante, la voz de la conciencia ms o menos clara, la voluntad sumida algo mas en la rutina, aqu y all una gran victoria para el bien o el mal. La comparacin de dichos resultados, como los nicos permanentes, con todo lo que se ha invertido para producirlos, han de forzarnos a darnos cuenta de lo diferente que es el clculo de Dios del verdadero valor de las cosas al nuestro. Muchas fuerzas moldean tu carcter La vida es, entonces la maquinaria que forma el carcter. Pero al juzgar el carcter del hombre, lo juzgamos como un todo, como una unidad con sus paradojas y contradicciones. Una virtud no hace bueno a un hombre ni un vicio lo hace un hombre enteramente malo. Los mejores hombres tienen graves faltas y los peores sus virtudes. Ej: Pedro y Judas. Sin duda, existen no pocos buenos hombres que tienen faltas ms graves que hombres que sabemos malos. Y hay hombres a quienes justamente conciliamos malos que nunca han hecho algo tan malo en s mismo como un hombre justamente considerado bueno.
Podemos decir entonces que el fin de la vida es la formacin del carcter? Y siendo el carcter algo tan complejo, cmo juzgarlo? Cmo comparar hombres tan distintos? Permanecer no existir un parmetro comn por el cual podamos juzgar a todos. Cmo entonces es posible dar el peso y consideracin debida a todas las circunstancias de temperamento, educacin y formacin religiosa? Hemos de juzgar a los hombres por lo que hacer, y solamente podemos juzgar a los actos en s mismos como buenos o malos. Sin embargo, cuando pasamos del acto a juzgar a la persona que lo cometi, una multitud de consideraciones que influencian y modificar nuestro juicio han de ser considerados. El acto en s es fcilmente juzgable como bueno o malo, pero el acto considerado en relacin a la persona que lo ejecut es una cara bien distinta. Recuerda la nica medida de todo carcter Cuando enunciamos que el supremo de esta vida es la formacin del carcter, dicha aseveracin implica que existe un tabulador comn por el que podemos ser juzgados, a pesar de todos los accidentes de la vida. Existe un parmetro comn por el cual todos podemos ser examinados? S. El resultado moral que producen las fuerzas e influencias que actan en cualquier vida puede ser visto por el efecto que ejercen en la accin de la voluntad en una direccin en concreto. Busca la voluntad aquello que el hombre considera correcto, o bien elige deliberada y concientemente lo que considera incorrecto? La respuesta de su vida a estas preguntas nos dar una idea clara de su carcter. Ningn hombre puede ser juzgado por un parmetro o ley que desconoca. Aquel que conoce la ley ser juzgado segn la ley; el que no, ser juzgado sin ella. Tampoco se puede ser juzgado por no alcanzar el parmetro de otro solamente se juzgar por el parmetro que se conoce. Al juzgar el carcter, todo lo dems adquiere una importancia secundaria con aspecto a lo anterior. Es de capital importancia conocer la verdad, pero es poco til para una persona conocen la verdad si ha puesto su voluntad, de manera deliberada, en contra de verdad. No podemos exagerar el valor del conocimiento de la voluntad de Dios. An as, el hombre que desconoce la voluntad de Dios en respecto a s
mismo pero se empea en conocerla, se encuentra mejor aquel que la conoce y se niega a obedecerla. Por esta puesta puede juzgarse a la raza humana. De un lado se encuentran los que se esfuerzan por hacer lo que creen correcto; del el otro, aquellos que deliberadamente escoger lo que saben que est mal. Algunos pueden tener una idea incipiente e imperfecta del bien y el mal, sin culpa suya, y sus parmetros forzosamente sern distintos. Mientras cada persona lucha por vivir fiel a lo que sinceramente cree, esa persona es buena. Ej: un catlico que conoce la revelacin y tiene una conciencia bien formada y un animista africano con una conciencia pobremente educada que se esfuerzan por vivir lo que creen. Para que un acto constituya un acto moral, debe de ser libre. Nadie puede ser considerado responsable por hacer algo que no podr evitar. A pesar de ser seres libres, existen muchas ocasiones en los que esa libertad parece fallarnos al momento de una gran tentacin. La tenemos antes y la tenemos despus, pero en la crisis de la decisin, parecemos perderla. Quin puede ser tan temerario para afirmar que en cualquier momento el hombre es libre de escoger lo que desea sin impedimentos? Qu la accin de la voluntad no se ve afectada por el pasado? Qu independientemente de cuntas veces haya cedido el hombre a un pecado su voluntad en todo momento se encuentra libre del poder de ese pecado? Tal doctrina nicamente puede llevar a la imprudencia y a la desesperacin. Elegir lo bueno es ms fcil cuando se tiene el hbito Cada decisin tomada desarrollada una tendencia a elegir en la misma direccin. Mientras ms frecuentemente escojamos algo, ms fcil es elegirlo otra vez. La ley del hbito reina en el orden moral con misma certeza que la ley de la gravedad impera en el orden fsico. La ley del hbito ejerce su influjo sobre la voluntad, conducindola al canal que ha salvado para s haciendo ms u ms difcil desviar su cauce. La marea entrante de una pasin o inclinacin en el momento de la tentacin es la presin de la ley del hbito. Sera peor que un engao el decir a un hombre que por mucho tiempo la cedido a los hbitos del pecado que podra en un momento dado, sin oracin constante, vigilancia y gran esfuerzo, ejercer su libertad y
nunca caer otra vez. Podemos darle una mejor inspirada esperanza: le podemos decir que debe luchar por su libertad. Podemos decirle que el hbito puede ser conquistado nicamente por otro hbito; que debe adquirir hbitos buenos para conquistar los malos, hbitos de resistencia para combatir los de rendicin. Podemos decirle que ha nacido libre, no esclavo y que ese sentido inherente de libertad nunca podr perder. Le podemos decir que no es a travs de esfuerzos espordicos y violentos que podr triunfar, sino a travs de esfuerzos constantes y comprometidos de perseverancia. La ley del hbito solamente puede ser vencida por la ley de la perseverancia. La voluntad se encuentra sometida a una ley; y puede ser liberada por otra ley que acte con constancia y persistencia. Los vnculos que ligan al alma han de ser desenredados uno a uno. El trabajo de aos no puede ser corregido en horas. El ignorar esto puede desesperarnos. Hay que recordar, sin embargo, que aquel que se ha vendido como esclavo ha de comprar su libertad por el precio exacto que recibi por su degradacin. La ley no teme un brote violento de una masa furiosa. La ley es ms fuerte, por numerosa que sea la turba y violento su ataque. Lo que teme, y teme con razn, es una revuelta organizada ley contra ley, organizacin contra organizacin. De igual manera, ninguna lucha momentnea, por determinada que sea, puede vencer la firme sujecin del hbito. Es nicamente la disciplina constante y perseverante de la voluntad que puede desde el cautivismo recuperar su libertad. Una vez adquirida, la virtud es difcil de vencer La perseverancia del hbito es sin duda la ms grande fuente de consolacin. Es la ms grande fuente de estabilidad de carcter. Si es difcil vencer malos hbitos, es difcil vencer el bien. El hecho de que la atraccin a algn pecado persiste a pesar de todos los esfuerzos para conquistarlo debe motivarnos a sentir que debe ser por lo menos tan difcil para la tentacin vencer o derrotar en un momento un hbito de virtud. Pero sabemos, demasiado bien, como los hbitos del pasado cuelgan de nosotros, qu poder de resistencia muestran. Esta misma dificultad para vencer al mal debe darnos una sensacin de seguridad: bien vale esforzarse por formar un hbito que har un buen servicio y se convertir en fundamento de carcter. Sin duda alguna los hombres buenos tienen sus fracasos pero ciertamente no deben descorazonarse; los hbitos de toda una vida no se destruyen por un fracaso. Si se arrepienten, estos hbitos bien formados perdurarn.
El pecado siempre es malo pero no debemos subestimar el poder del bien porque no percatamos del poder del mal. As mientras se forman lo hbitos el carcter se finca sobre el bien o el mal sobre cimientos no fciles de sacudir. Y el hbito de elegir o intentar elegir lo correcto construye el carcter el firme y estable cimiento de la rectitud moral y quien as acte es un hombre bueno. Elegir el bien en lo pequeo ayuda a vencer la tentacin Todo aquello en lo que la voluntad acta la afecta de alguna forma para bien o para mal y construye la materia para la autodisciplina, ayudndola o desayudndola en su gran obra de la eleccin del bien o el mal. Las muchsimas cosas que cada da nos obligan a llegar a una decisin y elegir son el campo de entrenamiento de la voluntad. En todo lo que hacemos, por providencia divina, la voluntad ha de ejercitarse y adiestrarse y como resultado se fortalece o se debilita, permanece libre o se vuelve esclava, se torna firme o vacilante. Cada una de estas decisiones puede ser pequea y de no mucha importancia, pero su frecuencia incrementa su valor y determina el resultado en cuestiones ms serias. La voluntad tiene sus propias caractersticas que fueron desarrollndose en esferas de eleccin que tenan poco o nada de peso moral. El que est habituado a la lucha en cosas buenas, tiene menos probabilidad de fracasar ante la tentacin de placeres ilicititos. La victoria y la derrota en un sbito o violento asalto de alguna pasin puede depender del hecho de haber practicado la auto disciplina o mortificacin en cuestiones pequeas referentes, por ejemplo, al comer o al dormir o pequeos gustos lcitos. No es en conducta del alma en el momento de la tentacin de lo que depende la victoria o la derrota. Depende ms bien de sui conducta en los sucesos comunes de la vida. Depende de la lucha constante para evitar que la voluntad se esclavice a gustos e inclinaciones. Antes de que se dispare la primera bala, el asunto est prcticamente decidido. Por eso, la lucha debe ser sin tregua. El hombre ha de ser el seor de todos sus poderes e inclinaciones, tambin de lo externo que Dios puso en el mundo a su alrededor; no ha de ser esclavo de nada. Dan a todo su lugar concreto le ayudar a la voluntad a no fallarle a la hora de la tentacin. El que es fiel en lo poco, tambin es fiel en lo mucho.. (Lc 16,10). }
Es bueno recordar que se la voluntad se ha debilitado y esclavizado por le pecado, no est solo en la lucha por recuperar su libertad. Hay alguien con ella para guiarla y fortalecerla. Alguien que le mostrar el camino, que iluminar a la mente con luz sobrenatural y que dotar a la voluntad de fuerza divina. No podr levantarse cons sus propias fuerzas. Desde la profundidad de su desesperacin debe mirar al Altsimo. En su ruina absoluta debe valuar la vista a aquel quien lo cre slo l puede levantarla y restaurarla. Sin embargo, no es tarea fcil. Su salvacin no significa el cambio de circunstancias, un cambio exterior o el que desaparezca una dificultad externa. Debe ser restaurada, curada fortalecida e iluminada desde dentro. Ser restaurada para poder realizar el trabajo de Dios. Frecuentemente esperamos que la respuesta a nuestras oraciones sea el que desaparezca obstculos de nuestro camino, pero eso ni nos fortalecer ni nos restaurara. Nuestras oraciones son respondidas en la medida en que vamos siendo capaces de superar la dificultad; se responden en el interior. El pecador debe ser no solamente perdonado sino restaurado antes de gozar de visin de Dios. En cada paso de esta reestructaracin, debe haber un acto del alma y uno de Dios. La voluntad esforzndose y Dios ayudado. sin M no podes hacer nada (Jn 15,5) dice el Seor, sin embargo, sin nuestra cooperacin Dios no puede hacer nada. A lo largo de la lucha mientras batalla, ala alma aplastada por su propio peso, la tenue luz de la fe inspira una esperanza que la mueve a realizar un esfuerzo ms persistente. Poco a poco el alma vuelve a la vida y sale en su intencin que aquel que estaba muerto he vuelto a la vida, se haba perdido y ha sido hallado. (Lc 15, 32)
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Autor: Sophia Institute Press Captulo 5: Controla tus pensamientos Una de las caractersticas ms sorprendentes de todas las formas de vida orgnica es el poder de adaptacin que muestra a circunstancias
cambiantes. Y a pesar de todas estas adaptaciones, conserva su identidad. El hombre posee esta caracterstica en tal vez mayor grado que cualquier otra forma de vida. Ej. Pasar de vivir en trpico a un lugar o viceversa. Con los cambios externos se dan cambios correspondientes en la persona, sin duda en el interior y el exterior, pero no afectan su identidad. A pesar de los cambios, el hombre es el mismo. Este poder de adaptacin es a la vez la esperanza y la desesperanza de aquellos que buscan hacer el bien al hombre. Es la esperanza porque saben que, a pesar de lo profundo que se haya hundido un hombre, si lucha por salir, puede encontrar su hogar y su felicidad en cosas mejores. Es su desesperanza porque saben que, por lo alto que haya subido un hombre, es capaz, si cae, de sentirse en casa en su degradacin y pecado. El hombre tiene estas necesidades y otra vida adems de su naturaleza fsica. Puede tener todo y ser miserable o bien, vivir en la pobreza, sufrimiento y soledad y ser feliz. Nunca podemos juzgar a una persona nicamente por su entorno fsico. Un cuerpo sano y la posesin de las cosas buenas de este mundo no son necesariamente indicadores de una vida feliz . La vida del hombre es sobre todo una vida mental. Nunca pueda desembarazarse de los compaeros de su mente. No es una mera creatura de sus circunstancias externas. Hay cosas ms ntimas y cercana que lo externo. Las cosas tocan la superficie de su ser; sus pensamientos entran al santuario de su alma. Puedes conocer a un hombre por sus amigos, pero no hay amigos ms ntimos que sus pensamientos. Si conocer a los compaeros de su mente, sabrs que clase de hombre es. No son los sufrimientos o emociones de la vida que directamente afectan el carcter, sino los pensamientos que el hombre tiene de los mismos cuando suceden. Ninguna cosa externa puede en s misma afectar la visa interior del alma. El hombre es material; el alma espiritual. Escoge qu pensamientos escuchar
Las mismas cosas daan a algunos y benefician a otros (Ej: sufrimiento, pobreza) El valor de estas cosas se deriva de los pensamientos que el alma invita cuando se topa con ellas. El alma debe escoger a cuales pensamientos escuchar y cuales rechazar, y por esa eleccin levantarse o caer. Una persona elige pensamientos que lo curan, motivan y fortalecen; otros aquellos que le amargan y hacen que se revele. La moral recae no en la cosa sino en la persona. El contraste ente la ocasin y la eleccin interna es frecuentemente sorprendente: aquellas cosas a las que tendemos a atribuir resultados benficos producen muchas veces lo opuesto, y las cosas que consideramos males son a veces fuente de grandes bendiciones morales. A dos personas les afecta el mismo mal: destruye la fe de uno y es el comienzo del camino en la vida del otro y ocasin de volver la vista a Dios. Nunca podemos predecir el efecto moral que una combinacin de circunstancias y eventos producir en alguien, ni siquiera en quienes creemos conocer mejor. De hecho, no podemos anticipar el efecto de las circunstancias en nosotros mismos. Las cosas en si mismas so en si mismas amorales ni buenas ni malas y que el efecto moral ha de remitirse a los pensamientos que sugieren y son ocasin de nuestra eleccin. El alma escoge, y lo que elige probablemente eligir una y otra vez, hasta que ese pensamiento escogido gana el derecho de entrada, cierra la puerta a los dems, y se convierte en constante compaero del alma. Y en cada evento, grande o pequeo, entra y toma su lugar instruyendo al alumno sobre su significado, lo interpreta y explica o lo explica errneamente y gradualmente se convierte en el seor de toda su vida, en el escultor del carcter. Sin duda, estos secretos e invisibles compaeros del alma, intangible y voltiles, afectan nuestra visin del hombre y lo que nos rodea. Todos van a donde va el alma y son ms cercanos de lo que cualquier cosa material jams podr ser. La mente es la que ve no el ojo. Es entonces en los pensamientos que lo hombres eligen como su compaeros en su peregrinar por el mundo que podemos encontrar las claves a su interpretacin de la vida. Diferentes hombres ven las cosas de diferente manera. Los mismos hombres con el paso de los aos, modifican su propia visin de la vida.
Tus pensamientos colorean tu experiencia A la luz de nuestros pensamientos vemos e interpretamos a las personas y cosas a nuestro alrededor. Un sentimiento de resentimiento a veces tiene el efecto de cambiar la expresin en la cara de otro; los tonos de voz; el significado de las palabras son distintas segn el humor cambiante de quien las escucha. Un hombre malo ve maldad por alguien, un hombre bueno ve al mundo radiante de bondad. La impresin es el resultado de lo que sus mentes buscaron. Nuestros pensamientos afectan nuestro juicio del hombre y las cosas cuando afectan el juicio de nosotros mismos. Muchos podemos aparecer ante nosotros mismos como personas muy diferentes a las que somos en realidad. La compaa constante de un pensamiento que nos repliega sobre nosotros mismos ha afectado negativamente la utilidad y ha truncado el crecimiento de vidas llenas de promesa. Muchos hombres que siempre se vean bajo una luz de desprecio de s y timidez han envuelto su talento en una servilleta sin hacer nada para el mundo o para s, (Lc. 19, 12-26) Tu mente es fcilmente moldeada Podemos adaptarnos maravillosamente a nuestro entorno mental y espiritual. Hay un lmite a nuestra tolerancia del calor o el fro, pero puede el hombre a la presencia constante de pensamientos que congelan toda esperanza y ambicin y matan a cualquier deseo noble. Judas en dos cortos aos recorri toda la escala de la experiencia espiritual. En pocos aos , San Pablo con su desprecio por los gentiles rompi con la formacin de su juventud y exclam, en Cristo no hay griego ni judo brbaro o escita, siervo o libre (Col 3,11). En adelante, San Pablo se regocij en ver al Dios de los judos como Dios del mundo entero, y el Mesas, no como el salvador de un pequeo pueblo, sino como salvador de la raza humana. Siempre hemos de recordar este casi ilimitado poder de la mente humana para adaptarse con relativa facilidad a la presencia de pensamientos que antes desconoca u odiaba. La constante presencia de un compaero incompatible con nosotros mismos, la hostilidad de alguien cuya voluntad hemos contrariado, el sentimiento de tener algo que no entristece esas cosas son frecuentemente ocasin de pensamientos que con vertiginosa rapidez, toman posesin de la mente
y dejan la huella de su presencia en el carcter. La mente poco a poco se habita a pensamientos que le eran extraos hasta que le controlan. Tenemos el poder de rechazar la entrada a esos pensamientos. En esta cuestin somos libres de escoger a nuestros amigos, an as no podemos confiarnos; muchos han cado despus de que sus caracteres y hbitos haban sido formados. No somos responsables de la presencia de un pensamiento qu7e instantneamente rechazamos. En la presin de la presencia de una multitud que entra y le, sin duda a veces un pensamientos disfrazado burla la conciencia y puede ser expulsado en el momento en que se reconozca. Tu mente puede habilitarse a escoger ciertos pensamientos. Con el paso del tiempo, el poder de eleccin va siendo menos libre. Con el paso de los aos los hombres hacen pocos nuevos amigos pero cada vez se unen ms a los que tienen. As ocurre con la mente: sus decisiones han sido tomadas hace mucho tiempo. Las demandas de los pensamientos que han sido sus compaeros durante aos, ejercen presin y no cedern fcilmente a un despido. Un pensamiento que alguna vez pudo haber sido expulsado fcilmente y es desdn domina ahora el alma con presuncin insolente y la negativa por encima de su asustado seor. La elasticidad y entusiasmo de la juventud han pasado; la mente no tiene ya la resistencia que antes tena, ni el poder de echar lejos a sus viejos socios. El carcter depender entonces de los pensamientos. Soy lo que pienso ms que ser lo que hago ya que es el pensamiento lo que interprete la accin. Un acto bueno en s puede tenerse malo por el pensamiento que lo inspira: si no tengo caridad, nada tengo (1 cor 13,3). Una persona amable es una cuyos pensamientos son amables; una persona amargada lo es porque sus pensamientos son amargos. Una persona que combate el primer ataque de cada pensamiento es menos proclive a ceder al pecado a la hora de la tentacin, pero uno que ha permitido a su mente habituarse a dichos pensamientos caer a la hora del asalto cuando la ciudadela de su alma sea traicionada. El estrepitoso colapso moral de laguen reconocido y altamente estimado es el ltimo acto de un drama claro, oculto y silencioso. No se hizo malo por realizar un acto malo, cometi el acto porque ya era malo. Detrs del velo del silencioso mundo del pensamiento es donde las batallas ms grandes de la vida han de ser liberadas y ganadas o perdidas, sin ojo humano que puede testificar, ni voces que vitoreen o animen.
Qu contraste existe a veces entre la calma extrema y la tormenta interior! No importa donde se encuentre una persona, sino lo que est pensando. El edificio integro de la vida espiritual puede estar derrumbndose hasta la ruina y el enemigo entrando como una fortsima inundacin mientras la persona se encuentra recitando oraciones de rodillas. Es pues, en el interior donde la gran batalla de la vida de ser peleada; es en el interior, con nuestros propios pensamientos que debemos batallas si deseamos ver al mundo de los hombres y las cosas como en realidad es. Nuestro carcter, por tanto, depender en gran parte de la prctica de esta disciplina interna por la que podremos controlar nuestros pensamientos. Hemos de luchar por ganar el control sobre nuestros pensamientos, vigilando las entradas de la mente, para que ninguno pueda ejercer una autoridad independiente. Controlar tus pensamientos requiere prudencia Esta tarea no es fcil. Existe la dificultad inherente de ejercer una constante vigilancia y el hecho de que cuando empezamos a tomar en serio el trabajo frente a nosotros, la mente ya ha tomado hbitos. Existe otra dificultad an mayor u fraguada con in peligro mayor. Existe el peligro que surge de la excesiva delicadeza y sensibilidad de la mente misma. Una introspeccin a desatiempo produce una condicin enferma que no pocas veces tiene peores resultados que la falta de disciplina en s. Ha sucedido que un esfuerzo decidido de obtener el control sobre una mente deshabilitada desde antao a la disciplina, al ser ejercitada sin el prudente cuidado y discrecin, no nicamente derrota su propio objetivo, sino que acarrea una parlisis mental que impide cualquier tipo de concentracin al pensar o sobrecalienta la maquinaria ala punto de poner en peligro el equilibrio mental. Por ello, el esfuerzo para los pensamientos ha de realizarse con gran cuidado. Los resultados deseados nunca podrn ser obtenidos por intentos agotadores de alejar pensamientos que de han vuelto habituales. Los esfuerzos violentos por desaparecerlos nicamente los fortalecen. Ej: el esfuerzo por no ser soberbio no necesariamente nos acerca ni un
paso a la humildad es algo mucho ms positivo y vital que la ausencia de soberbia. Expulsa los malos pensamientos con buenos No permitimos que el mal venza tu mente vence el mal con el bien (Rom 12, 21). Vaca la mente del mal llenndola de bien la naturaleza odia el vaco. Se ahuyente de oscuridad encendiendo una luz. Si se desea llenar un vaso con agua, no se saca primero el aire; se saca llenando el vaso con agua. En la vida moral, al entrar el bien forzosamente sale el mal. Por ello, el esfuerzo del alma debe ser dirigido a llenar la mente de pensamientos sanos de forma que no quepan otros tratando de pensar no tanto en lo que es malo o no e lo que es bueno. La pereza mental, la carencia de inters intelectual deja la mente expuesta a ser presa de cualquier pensamientos que pueda entrar, o se repliega sobre s. Si la mente se mantiene con un sano nivel de actividad y su inters cautivo, muchos percances son evitados. Sin l, nada podemos hacer. Sin embargo, el auxilio de la divina gracia nunca nos dispensa del ejercicio de la prudencia y el sentido comn. El que desee superar algn hbito de malos pensamientos ha de hacerlo de manera indirecta, tratando no tanto de consentir el enojo sino de llenar la mente con pensamientos amables y caritativos, enfrentando lo que nos cuesta regocijndose en la voluntad de Dios, el replegarse sobre s en la presencia de Dios poniendo el pensamiento lo ms pronto posible en algo que aborda su pensamientos totalmente cuando sea conciente de la presencia o aproximacin del mal. Esto, y el constante esfuerzo por mantener el alma interesada y ocupada en cuestiones sanas de las que pueda disfrutar sin agotamiento o preocupacin lograr mucho en el esfuerzo por librarle de los malos efectos de la faltad e disciplina. Es muy importante saben cmo relajarla sin ser laxo, y a partir de sus estudios y recreo, prepararle para la oracin y para trabajos ms demandantes. La mente que se alimenta sanamente huir del veneno sin importar su primorosa presentacin. No hay que olvidar que la naturaleza opera mejor si no se le contempla a cada momento. Tiene sus propias reglas en las que no debemos interferir demasiado, Es una experiencia no desconocida que escrpulos torturantes pueden llegar a tomar el lugar de la laxitud de conciencia y
puede aparecer una introspeccin incesante que es el enemigo de toda frescura y naturalidad. Debemos entonces tener cuidado para que al combatir un mal no caigamos en otro peor. Hay que confiar en el poder de la mente para rectificar si se le alimenta y ejercita correctamente. Si pusiramos nuestros pensamientos bajo control y los disciplinsemos orientndoles al mejor objetivo, pronto encontraramos que no tenemos que lidiar nicamente en nuestros pensamientos. Los pensamientos son el producto de la mente, as como los actos son productos del cuerpo. Del estado en que se encuentra la mente, se derivar el estado de los pensamientos. Cualquier defecto en la mente se manifiesta de inmediato en los pensamientos. Una mente vigorosa producir pensamientos sanos, una mente enferma pensamientos no sanos. Muchas veces no puede hacerse lo que se quiere con la mente hasta que se supere o mejore la falta de salud o la falta de formacin. Armoniza tu conocimiento y amor En el plan original de Dios, la mente del hombre era una unidad, con todos sus poderes operando para el bienestar de la persona y guiando y auxiliando a la voluntad en su eleccin de Dios. Pero a parte del pecado original, por nuestra naturaleza cada, la razn y el corazn tienden a prepararse. El intelecto se separa de los afectos, la especulacin de la prctica, la razn pura de la vida espiritual. La razn acta solo como si fuera autosuficiente. En amor fuera de control y sin gua de la razn , acta como un impulso ciego, como un arrebato pasional. Pierde brillo y su fuego queda como cenizas encendidas en los sentidos, consumiendo la naturaleza entera. Necesitamos entonces, a partir de la disciplina constante, unir estos dos arroyos que se han salido de cauce y mezclar sus aguas. No hay que contentarse con saber la verdad; hay que llevar al corazn a amarle. No hay que contentarse con un amor a la belleza de la verdad que se a poco inteligente; concela, estdiala, pinsala, Amars al Seor Tu Dios con todo tu corazn () y con toda tu mente (Mt 22, 37) Es algo terrible permitir que el corazn viva su vida separado del intelecto y ms an viva de aquello que el intelecto condena. Tal divorcio entre las dos potencias, que deban cooperar y ampliarse naturalmente, lleva al fin a una doble vida de falsedad e insinceridad en la que cada una toma su camino, y el poco caritativo y fro intelecto y el corazn apasionado y poco razonable crea un desastre en la vida
interior. Si una de estas dos potencias se encuentra desarrollada en forma desproporcionada a la otra, la mente sufrir en consecuencia, y fracasar en consecuencia, y fracasar en la obtencin del pleno conocimiento de la unidad. El corazn es necesario para la adquisicin del conocimiento. Hay secretos que no pueden ser revelados salvo sobre la premisa del amor. El amor abre la vida a lo que la razn, sino su auxilio no podr ver o entender. Nadie puede conocer a quien no ama. Si el intelecto est ms desarrollado que el corazn el intelecto encontrar cerrados varios campos del conocimiento para los que el corazn tiene la llave. Uno que ha vivido la vida de los afectos descuidando el intelecto nunca disfrutar plenamente de los afectos. Existe el amor intelectual que surge de y se mezcla con el conocimiento; tal es el amor que Dios quiere que le tengamos cuando dice amars al Seor tu Dios con toda tu mente Cultivemos inteligencia y amor para llegar a la verdad. Deja que la memoria y la imaginacin te guen El alma se encuentra entre el pasado y el futuro. El pasado ya fue y el futuro no es y la luz del presente brilla momentneamente sobre ella. As, parecer que el alma est rodeada de oscuridad. Sin embargo, un hombre debe ver hacia atrs y hacia delante. No puede vivir en el presente que se escapa. Del pasado vienen experiencias, advertencias y lecciones han de guiarle, y si no puede ver un poco hacia el futuro, se detend temblando en la luz del presente, lleno de miedo y timidez, sin poder seguir, debe ver hacia atrs y hacia delante para ver el mejor uso del momento presente. Las corrientes del pasado han de arrojarlo hacia delante; la anticipacin del futuro ha de atraerle. Dios le ha dado dos grandes facultades: memoria e imaginacin. Sin la memoria, no acumular experiencia ni adquirir conocimiento. Con ella encendemos la lmpara de la mente hacia el pasado y se ahuyente la oscuridad y se pueda ver el pasado aunque en la tenue luz del recuerdo. Por la memoria podemos acumular la sabidura y experiencia del pasado y llevar nuestras mentes con conocimientos incrementando sus tesoros cada da. Las voces del pasado nos traern de la memoria palabras de advertencia, motivacin e instruccin, urgindose a ir hacia delante, detenindonos y mostrndonos el camino. En la imaginacin podemos asomarnos hacia el futuro. Podemos ver el
adjetivo al que tendremos, el descanso por el que luchamos. Lo que no vemos puede entonces parecer real, anticipan eventos y ver de golpe lo que tomar aos realizar. Sin la imaginacin nuestros pies se hacen de plomo, las manos caen pesadamente a los costados y la mente avanza a tientas en la oscuridad tropezando a cada paso. As, podemos ver al pasado y hacia delante y en la sabidura del pasado y la anticipacin del futuro, caminar con la cabeza en alto y la visin clara del camino por recorrer. No abuses de la memoria y la imaginacin Estas dos facultades pueden ser, sin embargo, causa de estancamiento y fracaso. Hay que recordar siempre que son medios, no fines y que no puedan usarse indiscriminadamente. Algunas no encuentran en la memoria estmulo a la accin. Viven en el pasado, no el presente ni el futuro. Viven en l no para aprender sino para acercarse con recuerdos que como narcticos, los inutilizan para el trabajo de la vida. Quin que haya pasado la mitad de su vida no conoce el peligro de convertir el recinto de la memoria en un lugar se sueos lgubres, de recriminaciones vanas y nostalgias desgastantes donde el lo que pudo haber hecho y lo que se hizo surge del pasado con ojos acusadores enfermando al corazn con desesperacin? La imaginacin puede tambin ser acusada y construirse en fuente de consentimiento ftil y un obstculo a la vida. Es la ms grande facultad la creativa por la que las cosas son vistas primero y despus hechas realidad. Llena como un mago el aire con visiones y sonidos que mueven al hombre al pensamiento y sus manos a la accin. Si extraemos algo del tesoro de la sabidura de la memoria del pasado, la imaginacin nos urge a ir siempre adelante. Es en este gran poder que transforma la vida y crea nuevos mundos puede se, y lo es por muchos, prostituido para convertirse en fuente de esparcimiento ocioso y de indulgencia. Existen tambin quienes los emplean para evadirse de las realidades de la vida o pasa refugiarse de las exigencias de la vida en un mundo irreal y de sueos. El poder que ha actuado como uno de los grandes estmulos para el hombre es utilizado por personas as como una droga bajo cuyo influjo se contentan con soar su propia existencia.
Es labor de la disciplina mental recuperar los poderes de la mente para el trabajo que les fue dado y restaurado a su unidad y equilibrio propios para el servicio de Dios.
Autodominio Cristiano
La verdad de la fe cristiana puede expresarse en forma de paradoja. Cualquier error para conservar el equilibrio y proporcin en las aseveraciones resulta en falacias. En cuanto a las discusiones acerca de la naturaleza de Cristo que han durado siglos, la Iglesia ha conservado el equilibrio entre las partes contendientes y ha enseado que Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre . As con las doctrinas referentes a la vida humana. La Iglesia, reconociendo plenamente todo el bien y el mal existente en el hombre, ensea que su naturaleza no es totalmente mala o totalmente buena; que es un ser creado a imagen y semejanza de Dios, pero cado, y que sin la gracia de Dios puede adquirir la perfeccin. En cuanto a la vida espiritual del hombre ha habido quienes han enseado que el acto ms grande del hombre es permanecer quieto y dejar a Dios trabajar en su interior que el hombre nada puede hacer; Dios ha de hacerlo todo. Por otro lado, ha habido otros que, al sentir la intensidad de la propia lucha y poco el auxilio sobrenatural, han enseado que el hombre debe pelear sus propias batallas lo mejor que pueda. La Iglesia, reconociendo lo verdadero y rechazando lo errneo y equivocado, ha enseado la verdad en la gran paradoja de San Pablo: () trabajad por vuestra salud. Pues es de Dios quien obra en vosotros () (Fil 2,12-13). No desarrolles solo parte de tu alma La naturaleza humana tiene varias facetas y su conciencia ha de cuidarlas todas. y no puede el ojo decir a la mano: No tengo necesidad de ti (1Cor 12,21). Cada miembro del cuerpo debe ser utilizado para el bien de todo el organismo.
Si alguien se dedica a la tarea se desarrolla nicamente una parte de la vida, pronto encontrar que falta en perfeccionar una parte, porque necesita muchas cosas que llegan de otras. Existe el mismo peligro en la lucha contra el pecado y el esfuerzo por formar las virtudes. Muchos que se han propuesto conquistar una falta y ponen toda su mente en ello encontrarn, que si no tienen cuidado, habrn cado en otra. La virtud no puede crecer vigorosamente y multiplicarse en el trasero de un solo departamento de la vida del alma. Toda virtud cristiana tiene ms que una faceta y es algo complicado y con un equilibrio muy delicado. Tiene que mirar hacia Dios y hacia el hombre: hacia la persona quien habita y hacia otros; haca s misma y hacia el lugar que ocupa en el lama y su relacin con las dems virtudes. Ha de ser atendida en su crecimiento por el intelecto, la voluntad y los afectos y tiene que resistir la severa poda de la razn. Tambin tiene que poder vivir a la intemperie y soportar la rudeza del mundo exterior; ha de poder crecer en el silencio de la oracin y la presencia de Dios. Puede darse el crecimiento desordenado de una virtud hasta no dejar espacio para otras que son igualmente necesarias o ms necesarias an. O por otro lado, podemos desarrollar una virtud de un departamento de la vida descuidando todas las dems. Una virtud no es una virtud cristiana si se vive con excepciones. Debe tener su raz en la persona y cubrir todos los aspectos de la vida interior. Al esforzarme por conquistar nuestras faltas hemos de estar alertas a los peligros de la polarizacin. Las virtudes que trabajamos por corregir no son tan simples como parecen, y los materiales de los que se forman, si no son mezclados en proporciones exactas, pueden producir no una virtud sino una falta o un vicio. La humildad es la mezcla perfecta de los ms altos y bajos pensamientos de si. El humilde tiene a la vez conciencia de su nada y de su exaltacin como criatura de Dios a quien l atrajo hacia s. Y logra, con el sentido de su indignidad mantener una dignidad que gana respeto. Si deja fuera el respeto de s, su humildad no es verdadera humildad y termina siendo una degradacin propia. As tambin la caridad cristiana que odia al pecado, pero ama al pecador con in amor que emerge del amor de Dios. La verdadera caridad cristiana mezcla, en perfecta proporcin, justicia y amor.
Toda virtud requiere el equilibrar y mezclar caractersticas que en un primer momento pueden parecer opuestas y de esa manera abrazar los mltiples dimensiones de la naturaleza humana y mantener al hombre proporcionado. Todo vicio es una virtud llevada al extremo Equilibra tu independencia con tu dependencia de otros Tenemos una vida propia y un deber para con nosotros mismos y una vida en relacin a los dems. Un deber es una deuda, algo que debemos. Esto no es algo que hayamos hecho nosotros mismos. Es uno bajo la cual nos encontramos colocados una ley que podemos libremente cumplir o quebrantar, pero si la rompemos, habremos de afrontar las consecuencias; la consecuencia inmediatamente es un dao moral para nosotros mismos. No puedo con impunidad violar el deber conmigo mismo por el ms grande vnculo amistoso, o de parentesco y no puedo violar mi deber con otros en ventaja propia. Dios ha ordenado que el bienestar y la perfeccin del individuo se encuentren ligadas a otros: () No es bueno que el hombre est solo (Gen 2,18) sin embargo, ha de guardar y proteger su propia vida para no perderla. Desde el despertar de la conciencia y alo largo de la vida, nuestros deberes para con otros y nuestras relaciones con ellos son ms complejas y extensas, y nuestro deber hacia nosotros mismos ms absoluto y exigente. En la vida de cada hombre cuyo carcter se este desarrollando dentro de los parmetros deseados, habrn dos caractersticas aparentemente contradictorias: dependencia e independencia. Estas dos deben mezclarse y armonizar en la proporcin adecuada en la medida que la vida avanza. El hombre que es irresponsablemente indiferente a otros lleva la marca del fracaso estampada en s mismo, y aquel quien es totalmente dependiente pierde toda individualidad y todo poder de influir en el mundo. Es la armona de estas dos caractersticas aparentemente opuestas y el equilibrar una y corregir otra que produce resultados exquisitos y delicados. La rudeza e independencia que constituyen el peligro natural del hombre fuerte dan lugar a la consideracin, disposicin para ser influido y delicada sensibilidad que es an ms atractiva porque no se
espera. El ms dependiente y naturalmente dbil es protegido de la insipidez, por la fortaleza de espritu que redondea su carcter y lo salva. Una vida sana debe por tanto, arraizada la familia humana y la naturaleza humana ha de estar abierta al mundo que le rodea. Al mismo tiempo debe poseer un profundo sentido de los reclamos de Dios, de la conciencia y de la verdad para que nunca desee aislarse de los otros pero que a la vez pueda levantarse contra el mundo entero en cumplimiento del deber. Conoce fuertemente que otros te afectan El hombre fue creado para la felicidad eterna, y si la rechaza, tendr dolor eterno. La felicidad y el dolor no, entonces, algo superficial; son las crestas y los valles de nuestra naturaleza. Ningn hombre es independiente en sus alegras o sus penas. Cualquiera puede robarme la alegra por lo menos un momento, cualquiera puede darme un gozo pasajero. Dado si cualquier combinacin de meras circunstancias pueda darnos tanta felicidad o dolor como otra persona. Que poder guarda la personalidad! Un nio pequeo puede hacer ms por alegrar el corazn de madre que todo lo que el mundo pueda ofrecerle. Una persona tiene ms poder para dar felicidad o dolor a otro que toda la riqueza o influencia del mundo. El corazn no puede descansar o encontrar satisfaccin en estas cosas; si una persona se encuentra en medio de ellas todo lo cambia. Sin duda es verdad que cada uno de nosotros, irresponsables y poco pensantes como tendemos a ser, tenemos entre manos la felicidad y los dolores de otros. No podemos escapar de esto. Este poder se encuentra inalienablemente en nosotros desde que nacemos hasta que morimos porque somos personas- y somos responsables del uso que hagamos del mismo. Sin duda, tan misterioso es este poder que la mera presencia de una persona que no se da cuenta de su responsabilidad es frecuentemente la fuente del dolor ms agudo que existe. La absoluta indiferencia es ms difcil de soportar que el desprecio agresivo. El no ejercer el poder de dar felicidad a otros no es negativo nicamente en sus resultados; es la fuente del sufrimiento ms real de todos. Por tanto, no hay escapatoria de la responsabilidad que atrae la posesin de este poder. No usarlo donde se debe es destruir toda
felicidad. Extrao poder confiado a menos dbiles e indignas; sin embargo podra existir algo peor: que nadie pudiera intervenir con las alegras y penas de los dems, sera un mundo de individuos aislados, envueltos por un egosmo invencible. Este poder de dar felicidad y dolor a otros surge principalmente de dos grandes pasiones que existen en todos los hombres: amor y odio. Son los ms fuertes y profundos poderes que poseemos. Con estos se rige el mundo. Sin duda los grandes movimientos dependen del pensamiento. Las masas no son movidas por conceptos filosficos; son movidas por la pasin. El amor y el odio son los poderes ms universalmente sentidos y los ms fcilmente excitables de todos los poderes de nuestra naturaleza y afectan el gozo y el dolor de otros. La presencia del amor har algo por aligerar los dolores y asegurar la felicidad de estos; el odio equipa a cualquiera para producir dolor. El odio y el amor son componentes esenciales de la vida espiritual El odio y el amor son dones divinos. El amor involucra y requiere del odio. Dios aborrece el mal y dicho odio debe ser un atributo esencial de Dios. El poder de odiar es, entonces, un don divino al hombre creado a imagen de Dios, y un elemento tan necesario en el carcter cristiano como el amor. Aquel que es incapaz de odiar lo es porque es incapaz de amar. La intensidad del poder odiar siempre est en proporcin al poder de amar. Instintivamente sentimos que un hombre puede odiar, u cuyo enojo e indignacin moral no pueden ser despertados, es una pobre creatura. El amor puede ser tan daino como el odio cuando se da un objeto indigno y de manera incorrecta, pero no por ello es algo malo y tampoco lo es el odio. Son parte de la naturaleza del hombre. Juntos trabajan, crecen y mueren. El instrumento con el que el odio pelea sus batallas es el enojo. El enojo es tambin parte esencial de la naturaleza human, por ser igualmente un atributo divino. Es un mandato apostlico. si os enojis, no peguis () (Ef 4,26). Sin embargo, si hay que preguntar que ha lastimado los afectos, roto los
corazones y arruinado los hogares de los hombres ms que ninguna otra cosa, responderamos que el enojo. Sin embargo, ninguna persona que merezca el nombre de persona no deja de enojarse algunas veces. Sin duda, el enojo de nadie es ms terrible que el del justo y el bueno. El enojo es la espada que Dios pone en manos del hombre para librar las grandes batallas espirituales de la vida. Mientras ms ama un hombre a Dios ms amar el bien y aborrecer todo aquello que asalte o amenace al bien. Ha de odiar todo lo que se oponga al amor de Dios y de lo que se encuentra en El. Sin la salida del enojo, el odio consumir el corazn. El hombre puede alejarse de Dios y vivir para s mismo. Al alejarse de Dios, el hombre no pierde ninguno de sus poderes; ahora usa esos poderes para s y con objetivos muy opuestos para los que Dios se los dio. El enojo es bueno y dado por Dios; lo que puede ser malo es el uso que se le puede dar. No hay nada ms noble que la indignacin moral de un hombre bueno ante lo que sea es aborrecible para Dios. Hay algo ms humillante que los golpes del hombre soberbio y egosta, propinado por la espada deshonrada y sin filo del enojo mal empleado? Usa el enojo correctamente Necesitamos del enojo como una parte esencial de nuestro equipo moral. Ha de ser controlado, ms que aniquilado para ser santificado para el servicio de Dios. Si hemos de tener xito en controlarlo, hemos de conquistar aquello que es causa de su abuso y eso es el vivir para s y no para Dios. Al elegir a Dios como fin de nuestra vida, poco a poco con seguridad todas las partes de nuestra naturaleza ocuparn su lugar y trabajarn para lograr el crecimiento del alma como su creatura y a su servicio. La batalla contra nuestro enojo ha de ser directa e indirecta. Directa, contenindolo y frenndolo cuando surge. Indirecta, por el esfuerzo constante de destrozarse a uno mismo dando su lugar a Dios. Solo cuando se va logrando pueda existir una victoria duradera sobre el humor o una victoria que no aboga sino consume (Mt 5,17).
Saulo de Tarso, el perseguidor temperamental e intolerante, no perdi nada de su fuego y energa cuando se convirti en esclavo de Cristo (Rom 1,1). San Juan, el apstol del amor, fue el hijo del Trueno (Mc 3,17) hasta el final. El hombre que es esclavo del enojo ha permitido que el odio, que al principio era odio del mal, se separe del amor y acte independientemente. Ya no tiene nada que ver con el amor de Dios. Se ha mudado al lado del propio ser. An cuando se levante con enojo contra el mal, se convierte en un sentimiento personal de amargura e irritacin. No es entonces, la navaja del amor, es su enemigo. El amor de Dios obtiene y santo y ennoblecedor odio del pecado; pero ningn odio, ni siquiera el odio del pecado puede obtener el amor de Dios. Al amar a Dios, el alma ama a todo en y por Dios, y odiar solo lo que Dios aborrece. Gobierna tu amor El amor es la fuente inequvoca de felicidad. Puede transformar al hombre y dotarla de un poder irresistible. El que no puede ser conquistado por ningn otro poder ser conquistado por el amor. El amor ha sido hecho para ganar y todo ha de sentirse ante l. Es el vnculo que une a las almas del cielo y las une al tono de Dios; dnde existe en la tierra una unin perdurable, el amor la ha fraguado. Fue el amor que trajo a Dios del Cielo. Ha dado fuerza a los dbiles y valor a los tmidos habilitndoles para excusarlo todo, creerlo todo, esperando todo, tolerando todo (1 Cor 13,7) y as encontrar descanso en Dios. Esto es para lo que el amor nos ha sido dado, para llevarnos a la unin con el infinito, para darnos el poder para conquistar al mundo. Si perdemos a Dios de vista y venimos para un fin terreno, no perdemos esta poderosa fuerza. Al poderla emplear libremente no hay que olvidar que pierde mucho de su poder y agota la naturaleza que lo mal usa, pero an as en su debilidad es grande. El amor a menos de un hombre irresponsable y sin principios se convierte en un arma peligrossima y tiene sus victimas. Para traer felicidad a su dueo y al mundo ha de ser disciplinado; sin disciplinas, mientras ms fuerte sea, ms feroz ser.
El amor no es una pasin ciega. Debe ser controlado por la razn. El amor tiene ojos y el ojo del corazn es la razn. Es en los primeros movimientos que las emociones del corazn han de ser controlados. Despus podra ser imposible. Si el corazn no es controlado se convierte en lo ms violenta pasin. Es por la capitulacin a cosas pequeas e insignificantes en s mismas, y a las que se podra haber insistido fcilmente, que el amor se convierte en una pasin desordenada y en fuente de sufrimiento y miseria para su vctima y el mundo. Por otro lado, es por cosas pequeas que frecuentemente, el amor que debemos a tros es matado gradualmente. Nadie puede mantener su corazn en orden si primero no lo entrega a Dios. El poder es demasiado fuerte para ser detenido. Necesita una fuente de escape, y esa fuente es el ser infinito de Dios. Si el corazn ha sido entre gado a Dios, todo lo que lo convierte en una fuerza para el bien puede convertir en un poder para el mal, la intensidad de su afecto, su lealtad, su fidelidad; todo esto permanecer para ser despilfarrado en objetos indignos o ilcitos. Los afectos slo pueden ser verdaderamente disciplinados cuando la corriente del alma fluya hacia Dios. No es meramente con este o este otro pecado, por exceso o defecto del amor que hay que lidiar. Hay que buscar en lo profundo. nicamente cuando intentamos amar a Dios correctamente podemos amar al hombre como debemos. Slo volviendo nuestros corazones con seguridad hacia Dios seremos capaces de ir poniendo en marcha su movimiento hacia el hombre. Deja que los mandamientos te ayuden a gobernar tu amor Una gran escuela para los afectos es la ley moral: los diez mandamientos. Nuestro Seor interpreta toda la ley como la enseanza del amor a Dios y el amor a los hombres. Es importantes notar el orden: el amor a Dios ha de ser el primero. Nuestro corazn se vuelve a su verdadero fin cuando nos ponemos bajo la regencia de algunos mandamientos y prohibiciones. Estos mandamientos no hablan directamente acerca del amor. Prohben aquello que lo destruya y recomienda ciertas prcticas que tienden a desarrollarlo adecuadamente; el amor esta ah. Es imperativo amar a Dios sobre todas las cosas. Si no es as, si no damos a Dios lo que le corresponde, poco a poco nuestro amor
languidecer y un dolo ser instalado en nuestro corazn, no daremos a Dios su tiempo y dejaremos de amarle. Es solamente por la observancia del primer y ms grande mandamiento que podremos guardar el segundo. Mientras ms amemos a Dios, ms amaremos a los hombres; mientras menos amemos a Dios, menos amaremos, en verdad, al hombre. Nuestro amor se tornar caprichoso, berrinchudo, poco confiable, no ser caridad, ser pasin. Si sientes que tu amor por el prjimo se muere en los vapores del egosmo, hay una sola manera de revivirlo: busca y pide el amor de Dios. Al volverse el corazn a su origen, se despertar y expandir. No existe un verdadero y duradero espritu de caridad apartado de la prctica religiosa. No podemos guardar los mandamientos que nos muestran nuestro deber para con el hombre mientras no guardemos los que nos ensean nuestro deber para con Dios. Estos ltimos educan y disciplinan nuestros afectos. Si encuentras que fallas en la caridad, pregntate si, por amar errneamente o por no amar como debieras, por amar mucho o por amar poco, ests rompiendo uno de los diez mandamientos deliberadamente. Ests cediendo al enojo o sensualidad, al egosmo, a la falta de delicadeza al hablar, al descontento o envidia o celos? Todos los anteriores, o cualquiera de ellos, lastiman o destruyen ese espritu de caridad que es el amor de Dios que se manifiesta en el amor del corazn humano hacia las criaturas. Obedece la ley, ponte bajo sus mandatos y frenos y tu amor dejar de ser una pasin, y, guiada por la razn, ser una fuente de bendiciones para ti y para el mundo.
Autodominio Cristiano
La revelacin que Dios ha dado a su Iglesia se centra principalmente en dos puntos: el significado y la razn del misterioso estado presente del hombre y el mtodo para su restauracin. Todo lo dems es subsidiario a lo siguiente: la cada y la restauracin del hombre. La revelacin es hecha al hombre para el hombre, y siempre para fines prcticos, no
especulativos. En cuanto a la cuestin del misterio del ser del hombre, las grandes mentes de la antigedad nunca logran acercarse a la simplsima solucin que da la revelacin: el hombre fue creado a imagen de Dios y cay. Al ser creado a imagen de Dios, siempre es perseguido por grandes ideales; siempre buscando a Dios e intentando ser como Dios. Es cado y el tirn de la cada ha dislocado todo su ser y le ha robado ese don sobrenatural que preservaba el orden y armona de su naturaleza y mantena al cuerpo bajo el control del espritu. (A lo largo de la historia el hombre ha vivido una lucha entre cuerpo y espritu). Las especulaciones con respecto a la causa de esta lucha han llegado casi siempre a la conclusin de que la materia es mala y el alma divina, y que stas han de luchar hasta que el alma se emancipe y libere del contacto con la materia. En el Evangelio encontramos dos clases de mximas con respecto al cuerpo: de alerta o en referencia a su himen y dignidad. Hay momentos en los que puede parecernos que el origen de todo mal est en el cuerpo. Sentimos como el cuerpo corruptible arrastra al espritu incorruptible: sentimos efectos de la marea de la pasin y el materialismo que sube en el cuerpo y cmo arrastra e inunda al espritu, pareciendo entonces que la naturaleza animal es la vencedora. Otras veces parecera que el cuerpo se eleva y participa de y contribuye a las alegras del espritu. Ola tras ola del gozo espiritual irrumpe a travs de los canales abiertos de la carne y le llena de un nuevo e intoxicante gozo, ante el cual los placeres de la carne parecen pobres y enemigos. En estos momentos apreciamos sumamente la posibilidad de que el cuerpo sea levantado y espiritualizado y entre en una unin ms ntima en la vida del alma. El cuerpo no es malo, ni es la fuente de todo mal en nuestra vida. [Los momentos de exaltacin espiritual nos alertan que la lucha no ha terminado y que antes de lograr la unin de cuerpo y alma, necesitamos una vigilancia y autodisciplina renovadas. Llegar este viejo conflicto entre cuerpo y alma a su fin? Nadie recuerda cuando empez esta lucha, pero de acuerdo a la experiencia, no acaba en esta tierra; no escapamos de ella capitulando a la carne o viviendo para el espritu. Nadie ha llegado a la cumbre
espiritual donde puede relajar la vigilancia y dejar de luchar. El dualismo existe donde hay hombres. Sabemos bien que a pesar del gran enriquecimiento de la vida en lo material y de la gran extensin del conocimiento, an no se ha tomado ni el ms pequeo paso para lograr la unidad interna del hombre. No podemos suponer que el Dios del orden y la unidad haya creado al hombre en este estado de desorden como excepcin a toda su creacin. No trates de aplastar al alma o al cuerpo Algunos han vivido como si pudiesen aplastar o conquistar el espritu, hasta ahora su ltimo aliento, mientras las pasiones desencadenadas de la carne irrumpen como aguas sin cauce y lo inundan. Hoy existen personas que parecen haber tenido xito en haber sacado de s, a golpes al hombre y haber introducido en s, a golpes al animal. Pero no importa que tan bajo hayan cado, lo fuerte de la naturaleza animal y lo dbil de los espiritual, el espritu contina viviendo aunque sea para reprobar y condenar. El hombre no puede destruirlo y vivir feliz como bestia. Cuando ha cado en lo ms bajo, empieza a soar con la Casa de su Padre y en posibilidad de levantarse de esta degradacin. Ha tratado esforzadamente y por largo tiempo de destruir el dualismo que lo atormente asesinando su naturaleza espiritual, pero es imposible porque es su propio ser. Otros han buscado acabar con esta lucha interna por la destruccin del cuerpo. Han visto al mismo como una trampa en la que el hombre, ser espiritual, se ha quedado atrapado. Si lo aplasta, detesta, mata de hambre e intenta vivir lo ms posible como si no tuviese cuerpo, el alma se fortalecera y lo hara a un lado para siempre como un espritu puro. El cuerpo se rehsa a ser sacrificado de tal manera sin dejar profundas huellas de esa protesta a travs de las heridas morales que provoca al alma. Los efectos de un absentismo pagano sin una violacin de la naturaleza. El alma no se levanta ni fortalece; se torna soadora e irreal. Entre sta prctica y la ascesis cristiana hay una diferencia tan grande como aquella que existe entre la vida y la muerte. El cuerpo frecuentemente se revela a ser tratado con severidad poco razonable, ms an a cualquier esfuerzo por ignorarlo y asaltar al alma con las mismas tentaciones de las que ha buscado escapar. Despus de la cada la lucha se torn ms feroz; en ocasiones pareca que la carne venca y destronaba al espritu; los hombres se preguntaban unos a otros cul ser el fin. No hubo respuesta completa
sino hasta la venida de Cristo. Su respuesta fue que el dualismo que nos encadenan y tortura no es obra de Dios sino propia. Tuvo un principio y tendr un fin. Es la pena por la desobediencia de Adn por la cual sacrific la unin sobrenatural con Diosa que mantena el cuerpo sujeto al alma. El alma sino ser auxiliada no es capaz de mantener a la naturaleza con un orden armnico. La unin se perdi por el pecado. Sin embargo el cuerpo, por rebelde que sea. Es parte integral de la naturaleza humana. Ha de ser salvado en cuerpo y alma o no puede ser salvado en lo absoluto. El cuerpo se levantar otra vez, y ese cuerpo resucitado y glorioso vivir en perfecta unin con el alma La respuesta de la revelacin cristiana a la confusin del hombre se encuentra en revelan el pasado y el futuro, la cada y la resurreccin. Entre ambas se encuentra la dispensa de Cristo por la cual otorga al hombre el don sobrenatural de la gracia por la que se restaura la unidad con Dios. No es una unidad como la que tena antes de la cada pero de al hombre un poder por el cual puede tener control sobre el cuerpo para disciplinarle y mostrarle su lugar como siervo y no seor del alma. As se preparar para la resurreccin donde una vez ms, el cuerpo y el alma se encontrarn y vivirn en perfecta unin en la que no existe lucha o discordia. Esta unin se logra cuando acaba de pagarse el precio de la cada y el hombre es restaurado en su unidad. En su vida terrena, nuestro seor se neg a tratar al hombre como un ser meramente espiritual. En todas sus acciones, en toda curacin (cul fue el instrumento que utiliz? Su cuerpo. El toque de sus manos resucit a los muertos. La humedad de sus labios dio luz a los ojos carentes de vista. Sus dedos abrieron los odos de los sordos a la escucha. Con tocar su vestido la hemorroisa fue curada. En su trato en el hombre lo trat como un ser compuesto y le ense a reverenciar el cuerpo. La Iglesia ensea lo mismo. El ascetismo cristino prepara al cuerpo para el cielo. Sena los que sean los cambios que experimente el cuerpo por la resurreccin, la vanidad orgnica entre el cuerpo resucitado y el mortal ser preservada: ...y desde mi carne yo ver a Dios (Job 19, 26). Tu carcter afecta tu cuerpo El carcter se imprime en la propia fisonoma; la manera en la cual
camina o se sienta un hombre nos muestra algo de su carcter. El rostro es el espejo en el que se refleja el alma, en el que quedan marcadas con arrugas cada vez ms profundas sus pensamientos, pasiones y ambiciones. El cuerpo nos habla de la historia moral de la vida del alma. Muchas caractersticas estn tan claramente marcadas que es imposible no verlas. El cuerpo es el testigo material del alma. Tu dominio propio afectar tu cuerpo resucitado El cuerpo ha de resucitar llevando impresos en l, para bien o para mal, los trazos de su vida terrena. Si somos capaces de formarnos una idea sobre la condicin del cuerpo resucitado, nos ayudar y guar en la prctica del dominio propio. El objetivo de toda disciplina es conquistar al cuerpo y llevarle a un estado de obediencia por el que se prepare para la vida resucitada. [Ser un cuerpo, nos dice San Pablo, incorrupto, gloriosos, poderoso y espiritual (I Cor 15, 4 2-44). No podemos experimentar esto en la tierra pero podemos esperar experimentar en nosotros aquello de lo que se derivan esos resultados: los movimientos espirituales del alma y la dems del cuerpo. Priva a tu cuerpo de cualquier cosa que debilite la unin tu alma con Dios. El cuerpo terreno es sujeto de sufrimiento y corrupcin y siempre encara a la muerte. En la resurreccin. Todo dolor, sufrimiento y corrupcin habrn pasado para siempre. Ya no existirn el duelo o el sufrimiento ... porque todo esto es ya pasado (ap. 21, 4). Cuando al fin de la vida el cuerpo y el alma se encontraban juntos, la agona de la mente los acechaba. [Una vez resucitado el hombre], se encuentran otra vez unidos, y por las venas fluyen los torrentes de la vida. El tiempo ya no significa nada y el trabajo no fatiga. Los siglos se suceden y el cuerpo, no tocado por el tiempo, es perennemente joven. La energa de la vida divina [es patente]. De dnde obtiene el cuerpo esta vitalidad maravillosa? El cuerpo no posee en s mismo el don de la inmortalidad. Su fuente se encuentra en el alma; fluye al cuerpo desde el alma. De dnde obtiene el alma su poder? Lo recibi aqu en la tierra. Sus
primeros grmenes le fueron dedos en la fuente bautismal. Esta vida abundante recibida en el bautismo es nutrida por los sacramentos y desarrollada por la lucha con el pecado. Surge de la unin con El que es la fuente y el manantial de la vida eterna. Esa vida que fluye en la resurreccin con tanta energa debi ser cultivada y desarrollada en medio de las dificultades terrenas. Cada lucha la fortaleci, cada sacramento aument su poder. Y ahora cuando su periodo de prueba ha concluido, toda dificultad ha sido vencida y su unin con Cristo se perfecciona, la vida que tiene el alma fluye al cuerpo, lo transforma y convierte en coheredero de sus alegras. Para obtener este glorioso don para el cuerpo, el alma, durante la vida terrena, tuvo que luchan constantemente con l para disciplinarlo, rehsan sus demandas y corregir sus exageraciones. Frecuentemente tuvo que ser estricta con el cuerpo, hacindole sufrir a veces para domarle. Todo para ganarle el regalo de bodas glorioso de la inmortalidad con el que habra de obsequiarle en la maana de la resurreccin. Este debe ser entonces el primer principio de la practica del autodominio: negar al cuerpo aquello que pueda debilitar o posponer la unin del alma con nuestro Seor. Es bueno recordar que al negarle indulgencia, le estamos ganando la mejor indulgencia: la inmunidad del sufrimiento eterno. Cultiva el fuego de la santidad en tu alma Despus de la muerte, cuando el cuerpo sea glorificado, brillar con una luz que lo transformar. entonces los justos brillarn (...) (mt 13,43). La palidez y el deshonor de la muerte han pasado como la noche pasa ante el nuevo da. El cuerpo recibe sta luz del alma. y el alma? cundo fue encendida por esta luz divina que irradia y no le consume? La primera chispa de ese fuego fue encendida en la tierra y fue cuidada y guardada a lo largo de todas las tormentas y problemas terrenos. Es el don de la santidad, la presencia en el alma del espritu que descendi sobre los apstoles en Pentecosts en forma de lenguas de fuego (Hechos 2,3). Ese fuego es encendido primero en el bautismo, y avivado por el trabajo de la vida hasta ser una flama cada vez ms y ms brillante. El fuego debe estar dentro, brillando hacia fuera.
Debemos tener el fuego de la santidad personal ardiendo en nosotros y brillando desde nosotros, por poco que sea, si despus hemos de brillar como estrellas en los cielos. ustedes, dice el Seor, son la luz del mundo (...) (Mt 5,14); as ha de lucir su luz ante los hombres (...)(Mt 5,16). La obra de la vida es, pues, alimentar el fuego de la santidad que ha sido cuidado desde dentro de cualquier corriente que lo haga peligrar; y cada accin y pensamiento santos ayuda alimentar y proveer de oxgeno a la flama. En la proporcin a la brillantez del fuego que arde en el alma cuando vaya al encuentro de su juez ser la gloria con la que vista el cuerpo en la maana de la resurreccin. Hay otro fuego que puede arder en nosotros, ante cuyas horribles flamas la luz divina palidece y disminuye hasta extinguirse: el fuego que al principio, como la ms dbil chispa, arde en la carne y crece con atemorizante rapidez, exigiendo ms y ms combustible, has que todo lo que es noble en el alma es sacrificado para atender estas llamas devoradoras, y el fuego divino se extingue exhausto y descuidado. Por ello, constantemente tenemos que elegir. No podemos matan de inanicin a uno para alimentar al otro. Al alimentar el fuego divino en el alma, el fuego de la carne muere por falta de alimento. Existe un solo camino seguro y cierto. Utiliza todos tus esfuerzos para alimentar el fuego del alma; sacrifica todo aquello que pueda alimentar a la carne y ese fuego morir. Quien pone todos sus pensamientos y esfuerzos al cuidado del fuego del cielo encontrar con el tiempo, que el fuego terreno se ha extinguido. Ningn hombre ha tenido xito en encadenar sus pasiones. El nico remedio es volverse a Dios, vivir cada vez ms cerca de El y negar al cuerpo dedicando todos nuestros intereses y energas al cultivo del espritu. Al irse venciendo el desorden de la naturaleza, las pasiones purificadas y disciplinadas, encuentran su sitio propio. Somete tu cuerpo a tu espritu [Justo despus de la muerte, cuando el hilo de la vida se rompe, el alma avanza en soledad y el cuerpo est vencido]. Cuando resucita, el cuerpo es un gigante refrescado con renovado, revigorizado, pleno de energa, con un poder inagotable o interminable. Los movimientos del hombre completo [cuerpo y alma], estn unidos
perfectamente; la carne corruptible ya no detiene al espritu incorruptible. Marchar a la vez con movimientos gloriosos. Este don no es inherente al cuerpo; se imparte al mismo desde el alma. Se imparte al alma por su unin con nuestro Seor por el don de la divina gracia. Fue el don al que el Seor se refera cuando dijo, Porque me consume el celo de tu casa (...) (Sal 69,9). Fue de esto de los que su gran servidor habl cuando clam (...) dando al olvido a lo que ya queda atrs, me lanzo tras lo que tengo delante, (...) hacia la meta, hacia el galardn de la soberana vocacin de Dios en Cristo Jess (Fil 3,13-14). Nada puede detener a ese espritu que fue enardecido desde lo alto, y el pobre cuerpo exhausto debe obedecer y seguirle mientras lo arrastra con su tempestuosos celo de este a oeste, de un extremo de Europa u otro. Cada uno en su grado y medida debe manifestar una chispa de ese fuego divino aqu en la tierra si ha de enriquecer su cuerpo con l despus. Cada victoria del espritu sobre la carne obtendr un obsequio ms rico para el cuerpo que somete. Cada hora de oracin, cada noche de vigilia, cada da de ayuno, cada obra de caridad y cada acto de misericordia hecho por amor a Dios y calentado por el fuego del santo celo, a pesar de las protestas de la carne, fortalecern en el espritu esa divina energa que le permitir revestir al cuerpo con su fuerza en la maana de la resurreccin. Evita consentir a tu cuerpo Por naturaleza el hombre est compuesto por alma y cuerpo. Un cuerpo espiritual, como el que tendremos despus de la resurreccin, no ha dejado de ser cuerpo. Es uno que recibe algunos de los atributos del espritu, vive a partir de entonces una vida de espritu, se espiritualiza. Es uno transformado y glorificado pero sigue siendo cuerpo. La intensidad de la vida del espritu se irradia a travs de cada nervio y tejido, quema todo lo burdo y terreno, y lo eleva a una sociedad perfecta con su vida gloriosa. El poder que esto obra lo recibe el alma en la tierra y ha de desarrollarse en medio de las dificultades de la vida. El alma auxiliada por el poder de la divina gracia y alimentando el fuego del amor de
Dios, debe esforzarse lo ms que pueda para espiritualizar el cuerpo, refinndola y purificndole. Hay muchas cosas que no son pecado y que pueden ser o no consentidas. Mientras ms fuerte sea el influjo de las cosas buenas de este mundo tengan sobre el cuerpo, ms dbil ser el alma. Existe algo llamado la vida en los sentidos- el deleite de los sentidos a travs de su propio goce- lo que san Pablo llama in tras la carne. No es lo que ordinariamente llamamos sensualidad serio que es simplemente el reverso de lo espiritual. Es la proporcin en que vivimos esa vida, la vida espiritual se debilita la vida espiritual y las cosas de la fe pierden algo de su poder. En la lucha del alma para vencer esta tendencia [a permitirse todo lo permitido que corre el riesgo de insubordinarse] el alma desarrolla un poder que, en la resurreccin eleva al cuerpo a esa unin con ella por la que es un cuerpo espiritual resucitado. As, la resurreccin se convierte en el pensamiento ms prctico de la vida diaria del Catlico. La visin por la que trabaja y el por qu ejercita su cuerpo para la santificacin, cuando el dualismo terrenal habr cesado, y, abrazada por los poderosos brazos del alma, entrar en su gozo y participar de su gloria.
Autodominio Cristiano
Hay dos palabras que resuenan a travs de las enseanzas de nuestro Seor y sus apstoles: vida y muerte. El evangelio de Jesucristo, dicen algunos, [es un evangelio de vida. Respira el vigor de una vida fresca, llena de energa de principio a fin. (Cfen. Jn 1,4; 1010; 5,40;11, 25-26; 6,35; Rom 8,2). De lo primero a lo ultimo, est lleno de su pensamiento de vivir ms que morir, de avanzar ms que contener, de lanzarse a la accin ms que detenerse con tmida represin de s. Estos hombres nos dicen que el evangelio es un evangelio de vida, y que en la vida, no en la muerte, en la accin ms que en la mortificacin, hemos de encontrar el remedio para nuestras necesidades. Al orlos
hablan, ms an al verlos vivir, sentimos que ciertamente no poseen la totalidad de la verdad, y parte de una verdad muchas veces es muy engaosa. De alguna manera aunque estas personas, citan las palabras de nuestro Seor sobre la vida, parecen estar may lejos de produccin la vida llena de paz y fuerza que vivi y ense. Hay otros que leen sus enseanzas de forma muy distinta y dicen: no, su evangelio es un evangelio de muerte. Su mensaje de esperanza y gozo es slo para aquellos que se encuentran listos para renunciar a todo y morir por [ese mensaje] (Cfer Lc 9,25;Mt 16,25; Jn 12,24-25;Col 2,12; Rom 8,13; i Cor 15,31; Gal 6, 17). Esas palabras tambin pueden contener parte de las enseanzas de nuestro Seor, pero ciertamente no la tienen completa. Con sus vidas sentimos el fro y el rigor de la muerte que tiene poco de nuestro Seor, pero ciertamente no la tienen completa. Con sus vidas sentimos el fro y el rigor de la muerte, pero de una muerte que tiene poca alegra o esperanza y an menos amor. Dios no nos ha dado las cosas meramente para que renunciemos a ellas, o los poderes para no usarlos. Cada uno de estos dos grupos ha visto un lado de la enseanza de Cristo y ha ignorado el otro. Estas dos palabras, vida y muerte, aparecen en equilibrio y ritmo, siempre una cerca de la otra. Nunca estn separadas en las enseanzas de nuestro Seor. Ninguna permanece sola. Es deber de quienes hemos de seguirle reconciliar estas dos visiones con la propia vida. No cabe duda que es ms fcil tomar una de ellas pero no sera una vida cristiana. [sin una o sin la otra] no tendras esa exquisita gracia, esa maravillosa mezcla de caractersticas apuestas libres de extremos tan esencialmente verdaderas, que es el producto el seguimiento fiel de la enseanzas de Cristo. Si la enseanza de Cristo reconcilia la vida y la muerte, que siempre se encuentran en un antagonismo mortal, no ha de sorprendernos que una y armonice en el alma otras caractersticas aparentemente irreconocibles. Debemos entonces, en nuestra vida prctica luchan por reconciliar estos dos principios de vida y muerte. No uses la mortificacin como un fin en s mismo Una vida sin mortificacin pronto se descompone, y la mortificacin
practicada como un fin en s mismo . Una vida sin mortificacin pronto se descompone, y la mortificacin practicada como un fin en s mismo pronto se convierte en dureza y cinismo. En cada acto de morir, hemos de asomarnos a la tumba con Mara Magdalena hasta que la veamos transformada por la visin de vida y belleza que se encuentra despus de ella y que brilla a travs de ella. En cada acto de vida, debe existir un justo elemento de mortificacin que nos impide drenar la vida y agotar sus energa en la muerte de la descomposicin, de ah no hay puerta que nos lleve a una vida posterior. Todos conocemos el cansancio y la desilusin que siguen pronto a la propia indulgencia. No existe una ventaja particular en el mero acto de renunciar a lo que nos gusta. La idea de renunciar a las cosas buenas de la vida, sus placeres y goces, simplemente porque es mejor en s mismo prescindir de ellas, es sin duda errnea. No hay necesariamente una ventaja espiritual en el mero acto de privarnos de algo no daino en s. El hecho de no tener no hace a un hombre mejor que el hecho de tener. Menos an podemos suponer que el dolor de un acto de sacrificio es en s mismo, como dolor, grato a Dios. El sufrimiento, a pesar de lo importante que es, es accidental. Muchos piensan que en la medida en que dejan de sentir el dolor de un acto de negacin, este pierde su valor, y frecuentemente se torturan con miedo porque ya no sufren ms; [se convierte entonces en] el elemento esencial por el que contienen valor a cualquier acto de negacin de s y esto no es, en definitiva cristiano. La prctica de la mortificacin no est basada sobre la idea de que las cosas a las que renunciamos son malas en s mismas. Todo en este mundo fue creado por Dios, y en la maana de la creacin, [Dios vio lo que haba creado era bueno (Gen 1,31). Las cosas que han causado el mayor mal sobre la tierra son buenas y capaces de hacer el bien. El mal no radica en las cosas, sino en los hombres que las abusan y son esclavizados por ellas. La Iglesia siempre ha sido firme en mantener que (...) toda criatura de Dios es buena y nada hay reprobable tomado con hacimiento de gracias, pues en la palabra de Dios y la oracin queda santificado (1. Timoteo 4,4-5). Por ello, al practicar la mortificacin, no condenamos aquello a lo que renunciamos. No lanzamos la culpa sobre aquello, sino sobre nosotros mismos. La condenacin la reserva el hombre que se mortifica para si y trata con reverencia a aquellas cosas que deja a un lado. Si hay en l
algo de amargura o dureza, o espritu de condenacin de aquellos que disfrutan lo que el ha abandonado, sabemos que ha fallado. El valor de la mortificacin es de medio para obtener un fin. El fin no es la muerte, sino la vida. No es el acto de mortificacin en s mismo ni el sufrimiento que cuesta lo que le da valor, sino lo que se gana: la renuncia de algo bueno en s mismo por algo mejor. El dolor del sacrificio tienen valor como testigo y prueba de los que vale aquello por lo que se hace el sacrificio y la fe de aquel que lo realiza. Es una entrega e lo menos por lo ms de morir a cosas que vale menos tener para ganar cosas ms costosas. El morir no es sino el pasar a una vida ms grande. No morimos por morir (...) San Pablo dice de nuestro Seor que,(...) en vez del gozo que se le ofreca, soport la cruz (Heb 12,2). En la oscuridad El vio la luz y se esforz por alcanzarla. En su Pasin se volc hacia la Resurreccin. A la hora de la mortificacin, concntrate en lo que ganas, no en lo que pierdes. No podemos obtener nada que valga la pena obtener en este mundo sin pagar por ello. Para adquirir algo, por frgil y perecedero que sea, hemos de dejar algo que ya poseemos y a lo que valoramos tenemos que aquello que hemos de adquirir. Olvidamos la prdida por el gozo de la adquisicin. Es la posesin que nos produce gozo, ms que el costo. La pregunta es qu valoramos ms. [acordarse de la parbola del tesoro en un campo (Mt 13,44)]. El dolor de separarse de todo fue perdido y olvidado con el gozo de la nueva posesin. Tal es, pues, el principio de la mortificacin enseado por nuestro Seor y ejemplificado en las vida de [los santos]. El santo realiza en una esfera ms alta aquello que se hace todos los das en las plazas. El que valora su vida ms que aquella que sucede a la tumba comprar sus goces y placeres al costo de esa vida. Aquel que cree que fue hecho para la eternidad, y que su hogar y felicidad estn en el otro mundo, estar listo para sacrificar ste mundo por el otro. Por el gozo del tesoro escondido, est listo para vender el campo. Estate listo para morir para llegar a un estado de vida ms elevado. No es siempre que hemos de sacrificar este mundo por el otro. Se levantan ante nosotros en esta vida mundos de posibilidades ms altas que aquellas que habitamos. Si hemos de elevarnos a mundos ms altos debemos sacrificar aquel en el que vivimos.
Estos mundos llenos de promesa y esperanza se abren ante nosotros mismos, llevndonos a entrar y hacer nuestras las cosas buenas que nos ofrecen, pero siempre con una condicin: nadie puede subir sin morir a lo inferior. Podemos vivir en el angosto mundo del egosmo, midiendo todo y a todos con la medida estrecha de su relacin con nosotros mismos, o podemos superarnos y elevarnos a las esferas siempre crecientes del pensamiento, inters y actividad, hasta que el propio ser haya sido perdido de vista en medio de las demandas que acosan por doquier al corazn y al cerebro. Qu difcil es elevarse. Qu pronto nos amarrara los vnculos a la vida inferior. Qu oscura e impalpable la visin del mundo que se encuentra ms arriba que nosotros hasta que entramos y tomamos posesin del mismo y qu sustancial el amarre de aquellas cosas por las que vivimos hasta que, con dolor y lgrimas, nos escapamos y morimos hacia el mundo ms elevado. Qu pobre, lgrube e indigno parece el mundo que dejamos cuando lo venos desde arriba. As pasamos del extremo ms bajo al ms alto de la naturaleza human, siempre muriendo para poder vivir ms plenamente, el camino de nuestra vida repleto de aquellas cosas que alguno vez valoramos y que dejamos de lado para llevarnos las manos de cosas ms preciosas-el ojo siendo ms agudo al valuar las cosas, y la mano ms sensible al tacto. Hay ocasiones en las que la mayora de los hombres se sienten capaces de cosas ms grandes de las que ofrece este mundo: una posibilidad de conocimiento y accin que sedea una esfera mayor de la que puede encontrar en la tierra, un amor que no puede ser saciado. Como guilas cautivas, los hombres golpean los barrotes de la creacin y desean valor hacia lo alto, al infinito. Habiendo subido de un reino a otro en el orden natural, de una vida de placer e indulgencia a una de pensamiento y utilidad, el hombre no puede descansar. Dnde puede encontrar una gua que lo levante? Puede hacer todo lo que es humano dentro de los lmites y posibilidades de su naturaleza. Si ha de elevarse, ha de ser levantado pro sobre las barreras y situado dentro de los confines de la ciudad celeste por manos de uno ms fuerte que l, por un Ciudadano del cielo. [En la parbola del sembrador (Mt 13, 3-8), Jesucristo nos muestra cmo es posible pasar de un reino inferior a uno superior y que ese era el objetivo de su Encarnacin. Ejemplifica aqu cmo trabajan la naturaleza y, por analoga, la gracia.
El mundo inorgnico es el terreno para la siembre. Le encuentra cerca de un mundo de vida y belleza orgnica puede acceder; las barreras son insondables. La barrera entre lo orgnico y lo inorgnico no puede ser salvada desde abajo, estn separados por un infinito abismo aunque parezcan tocarse.] Existe una solo manera por la que el reino inferior puede salvar el abismo y entrar en el reino superior. Si un visitante del reino superior desciende y se introduce en el reino inferior y se une a l, tomando lo inorgnico para s y comunicndole el don de su propia vida y lo levanta al reino del que ha vencido. Slo as puede elevarse. El poder para levantarse no lo tienen en s mismo; le es comunicado por otro, por uno que tienen vida. Por la unin de ese visitante no lo tiene en s mismo; le es comunicado por otro, por uno que tiene vida. Por la unin de ese visitante del mundo de la vida, la materia inerte puede ser partcipe de este don. La semilla desciende a la tierra, se entierra en su seno, toma para s los elementos que provee la tierra, los hace parte de s, lo teje todo a la textura de la planta que crece, los levanta a la barrera antes imposible de cruzar, y al trasplantar, transforma. Quin puede reconocer la tierra tan transformada por el toque mgico de la vida? Quin podra adivinar las posibilidades latentes que la semilla revel? De la vida que estaba en la semilla recibi la flor su forma, color y estructura, pero del material que se encontraba en la tierra fue que se form. De dnde proviene la gloria de esa bella flor? Viene de la vida. Es la corona de gloria que la vida puede colorar sobre la tierra inerte que se presta a sus manos. Mientras esa presencia, invisible pero vibrante en cada tomo, los mantenga unidos viven y son partcipes de la gloria del reino al que han sido trasplantados, si relaja su prensa, vuelven a la tierra de la que vinieron. Nuestro Seor dijo a sus apstoles,(...) el reino de Dios es como un hombre que arroja la semilla en la tierra(Mc 4,26). Si el hombre quiere trascender los lmites de su propia naturaleza y entrar al reino de Dios, puede elevarse nicamente por las mismas leyes por las que la materia inorgnica puede entrar al reino de la vida.
Permite que Cristo te imparta la vida divina Un visitante del reino ms alto debe descender al ms bajo, tomar para s los elementos de los cuales se compone ese reino ms bajo, hacerles suyos, infundirles su propia vida, tomarlos en su puo, darles su poder, enriquecerlos con sus atributos, coronarlos con su belleza y penetrarlos con su belleza, y de esta manera trasplantarlos al reino del que El viene. Esto ocurri de una vez por todas [con la encarnacin (Mc 4,26)]. Se realiza por cada uno de nosotros en lo individual cuando, en el bautismo, el sembrador siembra la semilla de la vida encarnada en nuestra naturaleza. Ah nos es impartido en nuestra debilidad un poder que puede elevarnos por encima de las capacidades de nuestra naturaleza, hacindonos, nos dice San Pablo,...partcipes de la divina naturaleza... (2 Pe 1,4) y nos transplanta del reino terrestre al reino de los cielos, del reino de la naturaleza al reino de la gracia. La naturaleza humana se transforma bajo la formacin y el orden unificador de la gracia. La gracia revela al hombre a s mismo. Adentrndose en su naturaleza, le muestra lo que puede ser nuevos usos que puede dar a sus poderes, nuevas combinaciones, nuevo desarrollo. Rene bajo su influjo a varios elementos dispersos en nuestra naturaleza que aparentemente son intiles y descoordinados y los teje hasta lograr una maravillosa unidad, deteniendo bajo su fuerte puo todo lo que puede y ponindolo a su servicio. Puede habilitarnos para hacer cosas que por naturaleza no podramos hacer, mostrndonos a la vez nuestra debilidad y su poder. Ah donde ha sido plantada esa semilla divina, todas las cosas se vuelven posibles. El reino de los cielos con todas sus riquezas, se encuentra abierto para que entremos y tomemos posesin del mismo:...todo es vuestro; y vosotros de Cristo, y Cristo de Dios(I Cor 3, 22-23). El material, si vale la expresin, de las virtudes de los santos es humano; la fuerza creativa es divina. Los elementos con los cuales se forman las ms nobles virtudes cristianas son elementos tomados del barro de nuestra pobre naturaleza humana, pero la fuerza modeladora se encuentra en la semilla que es la palabra de Dios. Entrgate a la gracia de Dios Todos los esfuerzos de la naturaleza del hombre no le habilitan para realizar un acto que sobrepasa su naturaleza; toda su inteligencia, valor
y determinacin no lo habilitan para dar un paso ms hacia el reino e los Cielos. Este es el trabajo de esa nueva vida, de esa fuerza transformadora que, como una semilla ha sido plantada en l. En su trabajo, de ahora en adelante, el remover todo obstculo para la operacin de este semilla, morir al reino inferior para entrar al superior al que lo transplantar este regalo. De ahora en adelante, su vida deber ser una de mortificacin, de morir para vivir, del rendirse de la naturaleza a la gracia, de renunciar las cosas de la tierra a los poderes del Cielo, una constante mezcla de la tristeza de la renuncia terrestre con la alegra divina de las ganancias celestes. ...vuestra tristeza se convertir en gozo (Jn 16,20). Siempre hay una sensacin de prdida en un primer momento al pasar de una vida inferir a una superior, pero la prdida pronto se olvida por la ganancia. El romper con lo que nos ate a la tierra es doloroso. Cuando pasamos del estado subdesarrollo e ignorancia espiritual de ciudadanos del reino terreno y nos convertimos en ciudadanos del reino terreno y nos convertimos en ciudadanos del reino e los cielos. Entramos ... en la libertad de la gloria de los hijos de Dios (Rom 8,21). Esta es la mortificacin que exige la vida cristiana: la entrega de todo nuestro ser a la nueva vida que desciende desde lo alto para santificarnos y energizar cada uno de los poderes y facultades de nuestra naturaleza para que seamos preparados para entrar en la Presencia de Dios. En esta mortificacin no hay nada de irracional, es el culmen de la razn el sacrificar lo menos por ms, lo efmero por lo permanente. No hay tristeza, sin importar el costo del sufrimiento, para quien se mortifica sabiendo que se encuentra en el camino al gozo eterno. Y muchas veces en medio de los pesares terrenos, recibe una prenda de esa paz que sobrepasa todo entendimiento (Fil 4,7). No hay amargura, porque es el acto el amor divino; se hace por Dios y en Dios. No brote del desprecio de s ni de las cosas de este mundo. Otorga al alma una ternura divina que, aunque sea dura consigo misma, siempre es benevolente con los dems. Vemos aqu primero el conflicto y despus la reconciliacin de la vida y la muerte-la muerte conquistando una forma de vida y otorgando al alma con otra mejor; la muerte vencedora y vencida: lo que es mortal es devorado por la vida.
Autodominio Cristiano
Captulo 9: Persevera
La vida es una escuela de carcter y dominio. Hemos sido puestos aqu para formarnos para la eternidad. Hemos llegado informes y plsticos y puestos en nuestras circunstancias que tienen un poder singular sobre nosotros para bien o para mal. Cada uno de nosotros tiene dones, poderes y tendencias latentes, y las fuerzas de la vida actan sobre nosotros, moldendonos, y esculpindonos por su fuerza y presin. Estamos tan sensiblemente constituidos que todo lo que est a nuestro alrededor nos afecta: el aire que respiramos. El lugar que ocupamos en la tierra, las personas con quienes entramos en contacto. Puedes saber algo de las caractersticas de una persona por su localizacin geogrfica, el clima y calidad de la tierra que habita. Somos sensibles a todo, moldeables al tacto de todo en este mundo maravilloso en el que fuimos colocados para disciplinarnos y ejercitarnos. A donde vayamos en la tierra, sobre nosotros se encuentran los cielos, cuya influencia afecta todo lo que vemos mezclndose con todo, dndole color, haciendo sonrer, gesticular o llorar a la naturaleza. As se inclina la presencia de Dios sobre nosotros afectando nuestra perspectiva de la vida. Perseveremos en aquellas cosas que nos hemos trazado o en cualquiera de las cosas que Dios quiere revelar a quines le buscan con ahnco. Determinemos no descansar hasta haber penetrado todas las habitaciones y pasillo, luchado con los mensajeros que nos traen informacin desde afuera o que ejecutan rdenes desde dentro llenndolo todo en el ruido y tumulto de su actividad- hasta que hayamos forzado nuestra marcha a travs de todo esto y entrado a la cmara de la presencia, levantado el velo y nos hayamos visto cara a cara a nosotros mismos. Disciplinemos todos los poderes de cuerpo y mente y no permitamos que las voces de la inclinacin o pasin, manden o asisten autoridad alguna hasta que el orden haya sido restaurado en el reino del alma, y que su gobernante reciba sus rdenes de Dios.