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Las intervenciones arqueolgicas recientes en el casco urbano de Tarragona permiten confirmar en la ciudad la existencia de un oppidum ibrico preexistente a los hechos blicos de la Segunda Guerra Pnica. Este trabajo pretende reflexionar sobre estas evidencias, intentando a partir de las mismas comprender la lgica de las menciones y omisiones de los textos clsicos, evaluando la cuestin numismtica y definiendo finalmente el alcance histrico de los datos disponibles. El anlisis conjunto permite plantear el origen y evolucin de la ciudad republicana de Cese/Tarraco, antes de su conversin en la colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco.
Regio Cessetania, flumen Subi, colonia Tarracon, Scipionum opus sicut Carthago [Nova] poenorum... la regin de Cessetania, el ro Subi, la colonia Tarracon, obra de los Escipiones como Carthago [Nova] lo fue de los pnicos.... La concisa cita de Plinio (NH. III, 21) ha resultado casi definitiva para explicar desde un punto de vista historiogrfico los orgenes de la colonia Tarraco, capital de la provincia Hispania citerior, por ella tambin llamada tarraconense. La ciudad, que Plinio curiosamente transcribe en griego Tarrcon, habra sido obra de los Escipiones, Scipionum opus. En realidad, para entender el sentido de las palabras de Plinio debemos recurrir a las referencias de Polibio y Livio relativas a los hechos blicos de la Segunda Guerra Pnica en suelo hispano, entre los aos 218 y 206 a.C. Segn ambos autores, Tarraco sera en realidad, no una fundacin urbana sino un cuartel de invierno creado con el primer desembarco de Gneo Escipin en el ao 218 a.C., consolidado al ao siguiente con la llegada del ejrcito consular de Publio Escipin y reafirmado como cuartel general, centro de hibernada y principal base estratgica del ejrcito romano en Hispania a lo largo de 12 aos de campaas ininterrumpidas. Plinio compara Tarraco con la Carthago Nova pnica, siguiendo un modelo ya empleado por Estrabn (III, 4, 6-7). El paralelismo sita con precisin el marco histrico y estratgico de ambas fundaciones pero omite unas importantes diferencias que conocemos de nuevo gracias a Polibio (X, 8 y ss.). Su narracin de la toma de Carthago Nova por Escipin en el ao 209 a.C., describe una autntica ciudad helenstica, con murallas, templos, calles y plazas, una acrpolis palacial, fbricas y almacenes y una intensa vida econmica basada en su magnfico puerto y en la explotacin intensiva de las cercanas minas de plata. En Tarraco, sin embargo, los Escipiones no actuaron como conditores o fundadores de una nueva colonia, imposible de imaginar con tal cronologa, sino tan solo como imperatores instalados en un castra permanente, generador a su vez de una vida protourbana motivada por los variados aspectos econmicos inherentes a la presencia
militar estable: cuartel de invierno, almacn portuario de suministros, tesoro de guerra, taller de la maquinaria blica, residencia de rehenes, mercado de botn y esclavos, adems del pequeo comercio generado por las tropas al gastar sus soldadas en las necesidades vitales ms inmediatas (Ruiz de Arbulo 1992,120). Ahora bien, como resulta lgico en un contexto geoestratgico de carcter militar, este cuartel general de los Escipiones no pudo surgir de la nada. La arqueologa urbana de Tarragona, especialmente intensa en las dos ltimas dcadas, ha proporcionado suficientes evidencias para definir estratigrfica y cronolgicamente una Tarragona ibrica prerromana. En distintas intervenciones en el casco urbano de Tarragona, se han podido documentar niveles de habitacin del ibrico pleno con importaciones cermicas ticas, massaliotas y pnicas suficientes para definir una ocupacin estable de la colina y puerto tarraconenses desde el siglo V a.C. (Aquilu y Dupr 1986; Mir 1985; 1993; 1998; Adseries, Burs, Mir, Ramon 1993 a; 1993 b). Necesariamente deberemos relacionar la presencia de este oppidum ibrico y su evolucin posterior tras la llegada de Roma, con las dems fuentes histricas disponibles: las detalladas narraciones de Livio y Polibio relativas a los hechos blicos hispanos durante la Segunda Guerra Pnica, las brevsimas menciones historiogrficas y geogrficas posteriores y las acuaciones monetales tarraconenses con leyendas ibricas. Este es el objetivo de nuestro trabajo.
Los textos de Livio y Polibio y el problema de la ubicacin de la batalla y el oppidum de Kissa / Cissis en el ao 218 a.C. El marco histrico del ao 218 a.C. situaba a Cartago y Roma en estado de guerra por segunda vez tras el asedio y conquista de Sagunto. En el verano de ese ao, el ejrcito de Anbal parta de Hispania y alcanzaba por sorpresa el valle del Po tras cruzar la Galia y los Alpes en una rpida y arriesgada marcha por las tierras interiores. El ejrcito romano que vigilaba sus movimientos acantonado en Massalia, la potencia martima aliada de Roma, tuvo que dividirse rpidamente en dos cuerpos: uno se dirigira al Po y el otro sera enviado a Hispania para cortar a Anbal sus bases de suministro. Este es el relato de los hechos de aquel otoo / invierno del 218 a.C., transmitido por Polibio a mediados del siglo II a.C. y por Livio en poca augustea, ambos a partir de otros autores citados de forma ocasional y evidentemente no ajenos a la pica vencedora de la historiografa tardorepublicana. Son textos bien conocidos y citados de forma repetida pero que creemos necesario recordar de nuevo al lector. Veamos primero la traduccin del texto de Polibio (III, 76):
(1) Por este mismo tiempo, Gneo Cornelio (Escipin), a quien su hermano Publio haba dejado al frente de la escuadra, como ms arriba he dicho, hacindose a la mar desde las bocas del Rdano con todas las naves, fonde en Iberia ante la ciudad llamada Emporion y comenzando por aqu realiz una serie de desembarcos, reduciendo por sitio a los habitantes de la costa hasta el ro Ebro que rehusaban obedecerle; en cambio a los que le acogan los trataba con humanidad y tomaba todas las precauciones posibles para su seguridad. (2) Despus de fortificar las plazas del litoral que se le haban sometido, avanz con todo su ejrcito en direccin al interior, pues su ejercito haba reunido ya gran numero de aliados iberos. A su paso, atraa a su causa algunas ciudades y a otras las someta, (3) y cuando los cartagineses que Anbal haba dejado en aquellos parajes bajo el mando de Hannn, acamparon ante l cerca de una ciudad llamada Cissa; Gneo, les atac en formacin y, habindoles vencido, se apoder de grandes riquezas, ya que el ejrcito que haba pasado a Italia haba dejado all todos sus bagajes; adems se gan la amistad y alianza de todas las tribus al norte del Ebro, e hizo prisionero al general cartagins Hannn y al bero Andbales; este resultaba ser un prncipe del interior,
que se distingua por su adhesin a los cartagineses. (4) Tan pronto como se enter Asdrbal de lo ocurrido, acudi en socorro de sus aliados y atraves el Ebro.- Y sabiendo que las tropas navales romanas que haban sido dejadas en la costa vivan confiadas y descuidadas por las victorias de las tropas terrestres, tom de su ejrcito ocho mil infantes y mil jinetes, y cayendo sobre aquellas tropas dispersas por la campia, mat a muchos y a los dems les oblig a huir y refugiarse en las naves. (5) Despus de esto, se retir, volvi a pasar el Ebro, y se entreg a la preparacin y defensa de las plazas al sur del ro, mientras hibernaba en Carthago Nova. Gneo, vuelto a la escuadra, castig segn la costumbre a los culpables, reuniendo a las tropas terrestres y navales, estableci los cuarteles de invierno en Tarrcon; y repartiendo por igual entre sus soldados el botn, les inspir un vivo afecto y un gran entusiasmo para el futuro. Traduccin segn el texto de M. Trepat y M. Valent (FHA III, 1935, 259), confrontado con la de M. Balasch (Ed. Gredos, 1981) y la trad. inglesa de W.R. Paton (Loeb. Class. Libr., 1979).
Por su parte, Livio (XXI, 60-61), con su estilo caracterstico, prolijo y detallado, introduce nuevos matices y detalles en la narracin coincidiendo el lneas generales con lo descrito por Polibio:
(XXI, 60) Mientras estas cosas ocurran en Italia, Gn. Cornelio Escipin, enviado a Hispania con una escuadra y un ejrcito, zarp de las bocas del Rdano y doblando los Pirineos abord Emporion. Desembarc all el ejrcito y empezando por los lacetanos, someti a Roma toda la costa hasta el Ebro, unas veces renovando alianzas otras establecindolas. La fama de su clemencia y de su justicia se extendi no solo entre los pueblos martimos, sino tambin por los del interior y lleg hasta los de las montaas, gentes ms indmitas; concluy con stos no solo la paz, sino tambin alianzas armadas, y reclut de entre ellos algunas fuertes cohortes auxiliares. El mandato de Hannn era sobre estas tierras de este lado del Ebro; aqu lo haba dejado Anbal como custodia de esta regin. As pues, antes de que Escipin le quitase toda la comarca comprendi que era necesario salirle a su encuentro y puestos a vista del enemigo el campamento le present batalla. No pareci a Escipin que hubiese de diferirse el combate, ya que habiendo de combatir con Hannn y Asdrbal, prefera hacerlo por separado, a luchar contra los dos juntos. No fue muy empeado el encuentro: seis mil enemigos fueron muertos, dos mil hechos prisioneros, con la guardia del campamento, pues el campamento se tom y en l el general y algunos prncipes, tambin Cissis, plaza cercana al campamento fue tomada. Pero el botn de la ciudad fue pobre, ajuar brbaro y ropa de esclavos (et Cissis propinquum castris oppidum expugnatur. Ceterum praeda oppidi parui pretii rerum fuit, supellex barbarica ac uilium mancipiorum); el saqueo del campamento, en cambio enriqueci a los soldados con los despojos no solo de los vencidos sino tambin de los que con Anbal haban pasado a Italia y haban dejado todos sus efectos de valor en esta banda de los Pirineos para no entorpecer la marcha con bagajes pesados. (XXI, 61) Antes de que se supiese la noticia de este desastre, Asdrbal atraves el Ebro con ocho mil infantes y mil caballos con el propsito de salir al encuentro de los romanos a su llegada, pero cuando supo la derrota de Cissis y la prdida del campamento torci su camino hacia el mar. No lejos de Trraco mand aqu y all grupos de jinetes que mataron gran numero de soldados y todava ms pusieron en fuga; los romanos fueron empujados hacia las naves donde prestaban servicio junto a los aliados de la marina, que vagaban dispersos por los campos, como suele ocurrir cuando los sucesos favorables inducen a la negligencia. Asdrbal no se atrevi a quedarse ms tiempo en este lugar temiendo ser atacado por Escipin y se retir ms all del Ebro. Escipin, llegando a toda prisa, castig algunos prefectos de las naves y dejando una mdica guarnicin en Trraco regres con la escuadra a Emporion. Partido apenas, se present Asdrbal, y sublevando el pueblo de los ilergetes, que haba dado rehenes a Escipin, con la juventud de stos se pone a devastar los campos de los aliados fieles a los romanos. Sale Escipin de su campamento de invierno y se retira de nuevo Asdrbal, abandonando todo el pas de este lado del Ebro. Escipin se lanza con todo su ejrcito contra los ilergetas, abandonados por el autor de su sedicin y sita la ciudad de Atanagro, capital de aquella gente; recibe en pocos das su rendicin y les exige ms rehenes que antes y una contribucin en dinero. De aqu marcha contra los ausetanos, vecinos del Ebro, aliados estos tambien de los cartagineses, y sitia su ciudad... Finalmente, como Amusico su prncipe hubiese huido al lado de Asdrbal, se entregaron mediante el pago de veinte talentos. Los romanos regresaron a invernar a Trraco. Trad. segn M. Valent (FHA, III, 1935) y B. Ceva (BUR, 1986).
En el ao siguiente, ambos autores coinciden de nuevo en sealar como hechos blicos ms destacables, la batalla naval de las bocas del Ebro en la que Gneo Escipin con
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la ayuda de los massaliotas derrotara a la flota pnica de Asdrbal partida de Carthago Nova, recibiendo luego refuerzos de Italia llegados con su hermano Publio, combatiendo desde entonces juntos y llevando las operaciones al sur del Ebro (Polibio III, 95). Por su parte, Livio describe igualmente como mritos blicos de Gneo Escipin la victoria naval en el Ebro pero aade un ataque sorpresa contra la propia Carthago Nova, la toma de Longuntica, el asedio de Ebusus, la celebracin de una asamblea en la costa citerior (hemos de entender que en Tarraco) con la entrega de 120 pueblos, una expedicin audaz que alcanzara las cercanas de Cstulo y una primera rebelin de los caudillos ilergetes Mandonio y Indbil (el Andbales que cita Polibio) . De todo este panorama repleto de victorias, el hecho histrico incuestionable sera en realidad la llegada de Publio Escipin. ste, nombrado cnsul del ao 218 a.C. junto a Ti Sempronio Longo, habra recibido en el sorteo el mando de Hispania (Livio XXI, 17) mientras a Sempronio le correspondian Sicilia y Africa. Narra entonces Livio (XXII, 22):
Esta era la situacin en Hispania cuando P. Escipin, siguiendo rdenes del Senado que le haba prorrogado el imperio consular, lleg a su provincia con treinta naves de guerra, 8000 soldados y gran cantidad de provisiones. Esta flota imponente por el nmero de naves de carga, vista desde lejos con gran alegra por los ciudadanos y los aliados, abord desde altamar el puerto de Trraco. Aqu, desembarcados los soldados, march Publio Escipin a unirse con su hermano, y desde aquel momento llevaron la guerra de comn acuerdo.
Ambos autores parecen diferenciar con claridad dos lugares distintos: el oppidum paruum, (poblado pequeo, ciudadela) de Cissis / Kissa, un lugar interior donde tuvo lugar la batalla, y la costera Tarraco / Tarrkon que contemplara el desembarco de la flota, el contraataque pnico y la desbandada de la marinera romana. La expresin de Livio (XXI,61) pero cuando supo (Asdrbal) la derrota de Cissis y la prdida del campamento torci su camino hacia el mar... parece evidenciar claramente la distincin entre ambos lugares y la situacin interior de Cissis. El ejrcito romano, que descenda desde Emporion por mar y tierra combatiendo a lo largo de la costa, habra llegado a Tarraco, quedando all detenida la flota que le serva de transporte e intendencia, mientras las legiones en formacin se dirigan contra el campamento pnico situado junto a un oppidum de las comarcas del interior. Tras la retirada de Asdrbal, Gneo Escipin concentrara en este puerto sus tropas de tierra y mar estableciendo una base de hibernada comn. El lugar deba pues poseer un fondeadero y un entorno de playa suficiente como para permitir la puesta en seco de toda la flota durante la pausa invernal. Un ao despues, segn el relato de Livio, llegara el ejercito consular de Publio C. Escipin. Su flota ya no tomara la ruta costera por Gnova, el golfo galo y Emporion, peligrosa por la presencia naval cartaginesa en las costas de Etruria (Livio XXII,11,6), sino que habra preferido la navegacin de altura por el estrecho de Bonifacio, alcanzando directamente desde Roma el puerto tarraconense. Livio, Polibio y Apiano continan narrando con extremo detalle los acontecimientos de las campaas hispanas en los aos siguientes: las dificultades econmicas de los Escipiones en el 215; la reconquista de Sagunto en el 212; la muerte en combate de ambos hermanos en el 211 y la retirada del ejrcito romano hacia Tarraco bajo el mando del tribuno L. Marcio; el desembarco en Tarraco de un nuevo ejrcito de refuerzo, llegado apresuradamente desde la Campania al mando de Claudio Nern; la designacin irregular del joven edil de 24 aos Publio Cornelio Escipin, hijo y sobrino de los anteriores, como procnsul para Hispania al mando de dos nuevas legiones y su desembarco en Emporion en
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el otoo del 210 a.C.; la concentracin en Tarraco del nuevo ejrcito consular junto a las desgastadas tropas veteranas y los aliados; el asedio y conquista de Carthago Nova en el ao 209; las nuevas campaas en los aos 208 y 207; y finalmente en el ao 206 a.C. el abandono de la Pennsula por las ltimas tropas pnicas y la rendicin pactada de Gadir a Roma como ltimo bastin estratgico. Escipin, que preparaba la estrategia de alianzas para llevar la guerra al Africa pnica, abandonara entonces Hispania para presentarse a las elecciones consulares del 205, mientras la flota romana, cargada con el botn de 12 aos de guerra, zarpaba del puerto de Tarraco en direccin a Roma. Nuestro problema a la hora de interpretar palabra por palabra lo dicho por estos grandes historiadores radica en su carcter de autores enciclopdicos, trabajando en las grandes bibliotecas de Roma con obras de otros autores que no se han conservado y cuya fidelidad difcilmente podemos evaluar con precisin a pesar de las magnficas ediciones crticas actualmente disponibles. En este sentido, resulta indicativo comparar una importante gesta como la batalla de Cese y el botn conseguido en ella por Gneo Escipin en el 218 a.C. con la escueta cita que para los mismos hechos aplic el historiador alejandrino Apiano, escribiendo en los inicios del siglo II d.C.:
(Los romanos) a Publio Cornelio Escipin lo enviaron a Iberia al frente de 60 naves con diez mil infantes y 700 jinetes y, como legado suyo, enviaron con l a su hermano Gneo Cornelio Escipin. Publio al enterarse por mercaderes massaliotas de que Anbal haba cruzado los Alpes en direccin a Italia... parti con las quinquerremes en direccin a Etruria despues de entregar a su hermano Gneo el ejrcito de Iberia... Gneo, por su parte, no llev a cabo nada digno de mencin en Iberia antes de que regresara a su lado su hermano Publio. (Apiano, Ib., 14-15 extractado. Trad. A. Sancho, Ed. Gredos, 1980)
Si valoramos unicamente los textos de Livio y Polibio para tratar el problema de la ubicacin de Cese resulta necesario reconocer que su fiabilidad ser, cuanto menos, discutible. Se trata de una narracin ajustada a los hechos o de una invencin de la analtica romana para contrarrestar los dolorosos y humillantes xitos coetneos de Anbal en Trasimeno y Cannas? Al menos, sin embargo, tenemos narraciones y datos que evaluar. Las menciones de Tarraco, omnipresentes a lo largo de esta etapa blica en los textos de Livio y Polibio (Martnez Gzquez 1987 ha recopilado 32 citas de Livio y 6 de Polibio) se diluyen acto seguido en breves citas puntuales que apenas narran algunos pocos acontecimientos en los dos siglos siguientes: - Paso por la ciudad del cnsul Catn en el ao 195 a.C. durante su campaa contra la gran rebelin de los hispanos tras la declaracin provincial del 197 a.C. (Livio, XXXIV, 16). - Mencin de la ciudad en el 180 a.C. como centro de hibernada durante la campaa celtibrica de Ti Sempronio Graco (Livio XL,39). - Refugio en la ciudad del exconsul C. Porcio Catn, nieto del anterior, condenado al destierro en el 109 a.C. (Cicern, Pro Balbo, 28). - ltimas correras por las costas prximas de los rebeldes sertorianos en el ao 73 a.C. poco antes de la muerte de su lder en Osca (Estrabn III, 4,10). - Auxilio de la ciudad a Julio Csar durante las operaciones previas a la batalla de Ilerda en el 49 a.C. contra los legados pompeyanos (BC, I, 60); para acabar en el mismo ao con la asamblea provincial convocada por Csar en Tarraco para fijar recompensas y castigos una vez acabadas las operaciones militares (BC, II, 20). Tarraco, ciudad con puerto, ciudad sin puerto.
Debemos de nuevo esperar a la poca augustea, para encontrar la principal y de nuevo brevsima descripcin de la ciudad incluida en el libro III de la magna Geografa de Estrabn (III, 4, 6-7):
Entre las bocas del Ebro y el extremo del Pirineo, en que estn los trofeos de Pompeyo, la primera ciudad es Tarrkon. No tiene puerto, pero est levantada sobre un golfo estando bien provista de lo dems y teniendo hoy no menos habitantes que Carthagonova. Porque est bien situada para residencia de los gobernadores y es la metrpoli no solo para las tierras sitas al norte del Ebro sino tambin para las de una gran parte de las del otro lado. Las islas Gimnesias y Ebusos, islas famosas, estn cerca, lo cual explica la importancia de la ciudad. Dice Eratstenes que tambin tiene una rada, pero Artemidoro le contradice negando que tenga un lugar propicio para echar el ancla. Trad. segn Schlten (FHA, VI, 1952) y Jones (Loeb Class. Lib., 1969).
El texto es importante pues introduce un nuevo dato para valorar el problema de los orgenes de la ciudad. El carcter culto en la descripcin lo suministra Estrabn al describir sus caractersticas portuarias a partir de una vieja polmica de biblioteca entre Eratstenes, uno de los grandes gegrafos alejandrinos del siglo III a.C. y Artemidoro, un diplomatico efesio que viaj por las costas hispnicas a fines del siglo II a.C. Tras valorar ambas fuentes, la conclusin final de Estrabn resultaba categrica: Tarraco no tiene puerto (almenos), ni tan siquiera, de creer a Artemidoro, un lugar de ancoraje (ankyrobolion). Esta afirmacin no deja de causarnos perplejidad despues de examinar los textos anteriores de Livio y Polibio con el desembarco, invernada y partida de flotas enteras en Tarraco a fines del siglo III a.C. Un puerto cuyos pescadores pudieron comunicar a Escipin en el 210 a.C. las caractersticas costeras de la Carthago Nova pnica (Livio XXVI,45,7). El primer autor mencionado por Estrabn, Eratstenes de Cirene, fue como sabemos un famossimo gegrafo y astrnomo helenstico del siglo III a.C. (c. 280-195 a.C.): tercer responsable de la Biblioteca de Alejandra, autor de un catlogo de estrellas, definidor de los paralelos y meridianos terrestres y primer medidor de la circunferencia del globo terrqueo. Vivi por lo tanto en el apogeo de la ciencia helenstica alejandrina del siglo III a.C. Su magna y novedosa Geografa (Geographica) fue una descripcin de toda la oikoumne o mundo conocido segn la revisin detenida de toda la documentacin disponible en su poca, eliminando de la misma los relatos mticos y poticos. Una obra fundamental, hoy perdida, pero repetidamente citada en la literatura antigua (Berger 1884; Dragoni 1979). Eratstenes nunca estuvo en el Occidente mediterrneo. Para el conjunto global de su obra no lo necesitaba, ya que en la Biblioteca de Alejandra tena bajo su responsabilidad la prctica totalidad de los tratados geografico-histricos, periplos y libros de viajes hasta entonces producidos. Segn un autor tardo, Marciano de Heraclea (GGM I, 564), Eratstenes tom su descripcin de las costas mediterrneas del tratado Sobre los puertos de Timstenes de Rodas, uno de los almirantes de Ptolomeo Filadelfo: un periplo de tipo militar y estratgico con indicaciones precisas de orientacin y alineacin. La obra de Timstenes era sin duda fiable, aunque no sepamos que fuentes concretas utiliz a su vez para describir las costas ibricas. Las recientes cartas griegas sobre plomo descubiertas en Emporion y Pech Mah (IGAI nms 1 y 7) nos recuerdan como desde el siglo V a.C. las grandes casas comerciantes de las metrpolis jonias mantenan una intensa correspondencia con sus agentes en los distintos emporia dispersos por las costas itlicas e ibricas; testimonios ampliamente atestiguados por las ofrendas en santuarios empricos como Gravisca, el puerto de la etrusca Tarquinia o el puerto fluvial de la propia Roma en el Foro Boario (v. p.e. Ruiz de Arbulo en prensa).
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Por su parte, Artemidoro de Efeso fue un poltico y viajero, embajador de su ciudad en Roma, que recorri todo el litoral del Mediterraneo hispnico, adems de las costas de Africa, Egipto y Etiopa, escribiendo a continuacin en Alejandra, en torno al ao 100 a.C., una Geografa (Geographomena) en 11 libros, extractada por Estrabn y resumida en el siglo IV d.C. por Marciano de Heraclea (GGM I; Hagenow 1934). El periplo hispano de Artemidoro, recorrido en persona por el autor, comenzaba en el Cabo Sagrado (Cabo de S. Vicente), considerado el extremo occidental de Europa, del que Estrabn toma su descripcin. La discusin de biblioteca entre ambos autores sobre el puerto de Tarraco resulta dificil de entender. La mencin del puerto aparece explicitada en Livio: portum Tarraconis ex alto tenuit.... y tambien en poca tarda por el lexicgrafo Suidas que bajo el trmino epneion habra incluido la mencin de Polibio describiendo el cuartel invernal de Gneo Escipin en el 218 a.C. (Pericay 1952, 16-17):
Polibio. Los romanos llevaron a tierra sus naves, a sus [soldados], despues de las derrotas sufridas los congregaron en Tarrkon y construyeron en ella un epneion a fin de proteger, dueos del paso, a sus aliados (Suidae Lexicon, Adler ed., 1931, 371).
Un epneion significa escolleras, muelles, almacenes, calles, casas y edificios pblicos. En un contexto blico como el vivido por Gneo y Publio Escipin se trata evidentemente del centro de hibernada convertido en cuartel general portuario. Un epneion en la literatura griega describe un fondeadero, muelle o puerto, pero tambin un espacio portuario urbanizado diferenciado de la ciudad, como ocurra en los puertos de Corinto o Atenas. Otro matiz del trmino, importante aqu, sera su carcter artificial, construido, frente al uso de limn que describe en griego un puerto natural, la ensenada resguardada de aguas profundas, hormos, la baha remansada, y salos, la simple ensenada abierta. Evidenciada pues la disparidad existente entre el portus Tarraconis citado por Livio en el 217 a.C. y el carcter almenos, sin puerto, que Artemidoro y Estrabn atribuyen a la Tarraco republicana, nos interesa ahora remacar, siguiendo una reflexin de Pericay (1952), la importancia de la referencia tomada de Eratstenes (y de su fuente Timgenes), con seguridad anteriores a la intervencin romana en Iberia durante la Segunda Guerra Pnica. Sabemos que las principales ensenadas de las costas catalanas y del levante hispano a lo largo de los siglos VII-IV a.C. quedaron abiertas al comercio martimo de fenicios, griegos y pnicos con la urbanizacin de las comunidades del bronce final lentamente aculturizadas y convertidas en las distintas tribus ibricas, socialmente jerarquizadas. La mencin de Eratstenes / Estrabn de la presencia del citado fondeadero debe necesariamente relacionarse con las importaciones cermicas ticas y pnicas documentadas en el oppidum ibrico tarraconense que describiremos ms adelante. En tales fechas debemos preguntarnos que nombre designara al fondeadero descrito por el alejandrino en la gola o desembocadura del ro Francol y al oppidum ibrico ligado con el mismo que la arqueologa ha documentado. Los poetas tardos y su fiabilidad. En fechas mucho ms tardas, ya en pleno siglo IV d.C., poetas ilustrados como Avieno y Ausonio introduciran nuevas variantes en la cuestin que han dado origen a discusiones interminables y un tanto intiles. Avieno, en su famosa Ora Maritima, al describir de sur a norte las costas hispanas, situara en estos lugares el solar de Calpolis, una mtica ciudad bella cercana a Tarraco:
Despus de todo esto, las arenas descansan en una gran / extensin, a lo largo de las cuales se erigi, tiempo / atrs, la ciudad de Salauris, y tambien estuvo, antao, / la antigua Calpolis, aquella famosa Calpolis que, por / la elevada y excelsa altura de sus murallas y por sus / altos edificios, se ergua hacia las auras, ella que, / con el mbito de su inmenso solar, cea, por ambos lados, / un lago, siempre fecundo en peces. / Despus la ciudad de Tarraco y la sede amena de los / ricos habitantes de Barcilo, pues un puerto abre all sus / brazos seguros y la tierra est siempre empapada de / aguas dulces (Avieno, v. 512-522. Trad. segun P. Villalba, THA, I, 1994).
Para este famoso poema contina aceptndose la propuesta de A. Schulten (FHA I) de considerarlo fuertemente influido por un periplo massaliota datable en el siglo VI a.C. que describira las costas entre Tartessos (en la actual Huelva) y Massalia. P. Bosch Gimpera y A. Schulten consideraron por igual que la referencia de Calpolis debera aplicarse a la propia Tarraco, como un precedente real o mtico de la misma. Los comentarios incluidos en la ltima edicin castellana (THA, I, 1994, 147, n. 527 y 529) no introducen ninguna novedad de inters a lo ya dicho por estos autores. Por su parte Ausonio, el poeta de Burdigala, complicara aun ms la cuestin al adjudicar a Tarraco el adjetivo de etrusca en una de sus cartas: Nunc tibi trans Alpes et marmoream Pyrenen / Caesarea est Augusta domus, Tyrrhenica propter /
Tarraco est ostrifera super addita Barcino ponto . (Ausonio, Epist. 27, v. 87-89. Ed. segn R. Grosse, FHA VIII, 1959, 381).
La cita de Ausonio, que despert en los aos 20 el inters de A. Schulten (1930; 1948) empeado en reconocer una tipologa etrusca en las murallas tarraconenses, fue ya valorada en su justa medida por P. Pericay (1952, 35 y ss.) como un ejemplo de etimologa popular: la existencia de una similitud fontica que implica la bsqueda de una explicacin histrica. As, Ausonio calificara a Tarraco como thyrrhenica por su homofona con la lacial Tarracina, al igual que decidi denominar a Brcino como punica, por considerar que su nombre derivara de los Brquidas. Por su parte, G. Alfldy (1991, 22) considera el adjetivo tnico de Ausonio como una simple referencia al mar Tirreno, lmite oriental de Hispania en las descripciones geogrficas de la Antigedad Tarda. Esta identidad se confirma en una carta de Paulino de Nola a Ausonio, (v. 235: quae Betis oceanum Tyrrhenumque auget Iberus, FHA VIII, 1959, 383; tambin en la Cosmogr., II, 33). Valoracin de las fuentes escritas. Para el problema que ahora nos ocupa, el anlisis particular de las fuentes escritas no permite llegar a resultados concluyentes. Si algo parecen probar con claridad los textos de Polibio y Livio, es la separacin fsica que exista en el 218 a.C. entre el oppidum de Kissa / Cissis y la costera Tarraco (Pericay 1952, 65-68). Al reunir y comentar los textos relativos a la fundacin de la ciudad en la actualizacion de la voz Tarraco para la RE, G. Alfldy concluira: Aunque las fuentes, deficientes y contradictorias, no permiten extraer ninguna conclusin segura, cabe suponer, no obstante, que fueron los romanos (y sus aliados indgenas) quienes edificaron Tarraco como ciudad y que sta no se llam ni Callipolis ni Kesse, sino Tarraco(Alfldy 1972; trad. castellana 1991). La reflexin es oportuna pero creemos que el tema no puede quedar cerrado con esta afirmacin. En su discurso defendiendo la concesin de la ciudadana romana al riqusimo banquero gaditano Balbo a mediados del siglo I a.C., Cicern (Pro Balbo, 10, 28) introduce una referencia que resulta aqu, creemos, de importancia fundamental:
Pertenecer a dos ciudades esta prohibido por nuestro cdigo civil. No se puede ser ciudadano de una ciudad cuando uno se ha declarado solemnemente de otra. As lo hicieron en su desgracia eminentes
El destierro de C. Porcio Catn (cnsul del ao 114 a.C.) ocurrido en el ao 108 a.C., implicaba necesariamente la salida del estado romano. Como ya sealara G. Alfldy (1991, 27 y 31), C. Catn busco refugio en Tarraco recurriendo probablemente a clientelas familiares ligadas a las campaas hispanas de su abuelo Catn el censor, pero la cita nos obliga a considerar, necesariamente, que el recinto urbano de Tarraco, a fines del siglo II a.C., no formaba parte estricta del estado romano y por tanto no poda poseer un estatuto urbano de tipo colonial, municipal o de carcter ms difuso como simple oppidum. En otras palabras, a fines del siglo II a.C., Tarraco no era, jurdicamente, una fundacin romana. Necesariamente ese pertenecer a otra ciudad de la cita de Cicern implicaba para Tarraco un estatuto privilegiado como ciudad libre o federada, lo cual no impeda en absoluto la presencia anexa de una base militar romana ni un protagonismo administrativo de la ciudad en la nueva realidad provincial. El ejemplo de Utica, capital de la nueva provincia romana de Africa pero a la vez nombrada ciudad libre como premio por su rendicin a Roma durante la Tercera Guerra Pnica en el 149 a.C. resulta un ejemplo precioso de una situacin semejante (Ruiz de Arbulo 1992). El contexto jurdico del destierro tarraconense de C. Catn no encuentra ninguna justificacin si valoramos nicamente la Tarraco republicana como una ciudad Scipionum opus y nos obliga a reflexionar de nuevo sobre el carcter ibero prerromano de la poblacin. El aporte numismtico. Las acuaciones tarraconenses proporcionan una nueva visin para esta cuestin topogrfica sobre los orgenes de la ciudad y su denominacin. Desde el siglo XIX, los estudiosos han apreciado con claridad que las acuaciones tarraconenses con leyenda latina correspondan a un momento avanzado, ya en poca augustea, en relacin con el nuevo estatuto colonial. Por el contrario, entre el 218 a.C. y hasta el ao 12 a.C., fecha de la primera emisin tarraconense con leyenda latina, abundan en la ciudad y su entorno inmediato abundantsimas emisiones de moneda de bronce con leyendas ibricas Cese / Cesse, con series clasificadas y ordenadas metrolgicamente por L. Villaronga (1983). Las primeras emisiones monetales tarraconenses se insertan en el nuevo contexto belico-econmico de la Segunda Guerra Pnica, ampliamente estudiado en los ltimos aos. Con anterioridad a las campaas de los Barca a partir del 237 a.C la economa monetal en Hispania tena un carcter meramente puntual. A fines del siglo V a.C. comienzan a documentarse tesoros conteniendo pequeas piezas anepgrafas de plata de tipologa massaliota (tipo Auriol), pronto imitadas en Emporion con siglas EM. Cien aos despus, a fines del siglo IV a.C. tan solo existan tres cecas en funcionamiento en toda la Pennsula Ibrica: las griegas Emporion y Rhode y la fenicia Gadir, basadas conjuntamente en una peculiar dracma de 4,80 grs., alejada de los pesos habituales en los circuitos centromediterrneos, seguidas poco despues por los bronces acuados en Aiboshim (Ibiza). Las monedas llegadas del exterior por va del comercio martimo o las tradas por los mercenarios iberos no parece que representaran un volumen significativo de numerario (Villaronga 1993; Campo 1973; 1994). Pero este panorama cambi con la expansin militar cartaginesa liderada por los Barca y la consecuente guerra pnica. Las largas campaas militares, el mantenimiento y pago de grandes contingentes de tropas y el lgico e inmediato gasto de las soldadas
ocasionaron la aceptacin generalizada del patrn moneda. Frente a los 11 tesoros documentados con anterioridad al 218 a.C., las dcadas de la guerra pnica ocasionaron un brutal incremento de las ocultaciones, pasando a ser 35 los tesoros documentados (Villaronga 1993). Estos tesoros muestran como numerario fundamental monedas hispanocartaginesas y monedas emporitanas. Las emisiones cartaginesas, anepgrafas, debieron ser acuadas en torno a las minas de Carthago Nova y Castulo en las dcadas del 230 y 220 a.C. y proporcionaban los fondos utilizados por los cartagineses para el mantenimiento y pago de sus grandes ejrcitos mercenarios. El numerario pnico cubre toda la escala de valores del patrn plata basado en un shekel de 7,20 grs. (trishekel, dishekel, shekel, medio y cuarto); bronce (unidades de 8/9 grs., mitades y cuartos) y espordicamente tambien oro. Con la guerra, se aadieron adems acuaciones locales de moneda de plata en cecas como Gadir, Aiboshim y Malaka, reconocibles por sus tipos y leyendas, adems de una gran cantidad de divisores de bronce tambien anepgrafos (Villaronga 1973; 1983 b; Alfaro 1988; Garca-Bellido, M.P. 1990). El desembarco en Emporion de las legiones romanas signific la aparicin de un nuevo colectivo militar con idnticos gastos de mantenimiento y pago de las soldadas. La moneda oficial romana (cuadrigatos de plata, ases y divisores de bronce) llegada en los aos 218 y 217 a.C. con las legiones y los publicanos suministradores, no parece que fuera suficiente para garantizar el pago de las tropas. En el ao 215 a.C., Gneo y Publio Escipin, a pesar de sus aparentes xitos iniciales, enviaban una famosa carta al Senado en la que segun Livio (23,48,4):
se describan las felices empresas por ellos conducidas en Hispania; se aada no obstante que faltaba el dinero para las soldadas (stipendium), tambin trigo y ropa para el ejrcito y los aliados navales. En lo relativo a las soldadas, si el aerarium estaba empobrecido ya encontraran un medio de conseguir dinero de los hispanos; las demas cosas, no obstante, deban ser enviadas rpidamente desde Roma porque si no sera imposible mantener ni el ejrcito ni la provincia.
La carta se diriga efectivamente a un aerarium agotado por las terribles derrotas militares de Trasimeno y Cannas y por el mantenimento de distintos y lejanos teatros de operaciones. Como respuesta a la carta de los Escipiones y tras el debate en el Senado, Livio recuerda que el censor tuvo que subastar a crdito entre las sociedades de publicanos el mantenimiento de las tropas hispanas, acordndoles privilegios y exanciones diversas. Ropa y provisiones llegaron efectivamente en el 214 a.C. a los Escipiones durante el sitio de Iliturgi pero no as moneda en metlico para el stipendium que tuvieron necesariamente que procurarse en el propio teatro de operaciones. En realidad, los tipos de numerario aparecidos en los mencionados tesoros permitieron a P. Marchetti (1978) y L. Villaronga (1985, 1987) sealar la ceca emporitana como la principal responsable de las primeras emisiones para uso militar romano en Hispania. Las dracmas emporitanas aumentaron espectacularmente el volumen de emisiones, redujeron pesos de 4,85 grs. a 4,70 / 4,65 grs., al tiempo que variaba ligeramente la tipologa de los reversos transformandose la cabeza del Pegaso en un nio Crisaor (series VIII a X de Guadan 1955 con 294 cuos). Los Escipiones habran utilizado as la nica ceca estable que funcionaba al norte del Ebro. Rhode haba interrumpido su corta emision de dracmas y divisores a mediados del siglo III a.C. y las cecas ms proximas con acuaciones de plata -Arse/Saiganthe (Villaronga 1967; Ripolles 1992) y Aiboshim/Ebusos (Campo 1976)-, estaban bajo dominio cartagins. Al utilizar en su provecho las cecas locales, adaptando la metrologa pero sin variar los tipos, los Escipiones seguan una poltica habitual, tambin documentada en el
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teatro de operaciones de Illiria desde el 229 a.C. (Giovannini 1982). No obstante, la intensidad del esfuerzo militar y un teatro de operaciones a desplegar hacia la Hispania levantina y meridional precis de la puesta en marcha de nuevas cecas monetales. Coetnea con estas grandes emisiones militares romanas de dracmas emporitanas fue tambien la aparicin de unidades y divisores de bronce con leyenda ibrica Cese. La primera serie identificada por L. Villaronga (1983 a) presenta unicamente divisores de valor mitad con cabeza masculina, caballo al galope y leyenda Cese, mientras que la segunda serie incluye ya toda la escala monetal con valores 1,5 (cabeza masculina barbada / jinete con palma); unidades (cabeza imberbe / jinete); mitades (cabeza imberbe / caballo); cuartos (cabeza imberbe / medio pegaso) y sextos (cabeza imberbe / delfn). Ambas series utilizaban el sistema metrolgico de 18 monedas por libra, anterior a la reforma del 211 a.C que luego comentaremos. Al mismo tiempo, en los tesoros de Tivissa 4 y Orpesa, L. Villaronga (1988 y 1993 num. 36 y 39) ha detectado adems piezas correspondientes a una serie de dracmas que imitan los tipos emporitanos de uso militar romano con el Pegaso/Crisaor y presentan la leyenda ibrica tarakonsalir. Algunas de estas piezas se haban ya publicado en colecciones del siglo XIX, pero al no conservarse originales su autenticidad estaba bajo sospecha. Los pocos ejemplares conocidos permiten tan solo distinguir tres cuos e indican que se trat de una emisin de corta duracin con un peso medio de 4,52 grs (no indicativo por los pocos ejemplares conservados). Su importancia resulta singular al documentarse por primera vez el topnimo griego Tarrkon transcrito en ibero. El sufijo salir, bien conocido en otras emisiones ibricas ([Link]. en la leyenda del rea ilergete iltirtasalirban) ha sido interpretado tradicionalmente con el sentido plata. Al mismo tiempo, Villaronga (1983 a, 41-43 y lam. 1) ha publicado dos dracmas tambin de imitacin de las series emporitanas del Pegaso/Crisaor con leyenda ibrica cese y otra, ya publicada por Mateu con leyenda cose, que Villaronga corrige en ticose. Sin embargo, al proceder en este caso del mercado anticuarial y por su caracter excepcional y nico hay que valorar el riesgo muy probable de que se trate de falsificaciones (De Hoz 1995, cit. Campo 1998, 34). Las dracmas de imitacin emporitana con leyendas ibricas inauguraron una serie muy amplia de acuaciones de las que [Link] (1994,33-36), con su exhaustivo conocimiento del numerario paleohispnico, ha detectado hasta 118 variantes diferentes. En unos casos se trata de copias literales que imitan el estilo y la leyenda griegos de forma imprecisa; otras adoptan ya un estilo propio en el tratamiento de las figuras, sustituyendo la leyenda por letras sin sentido o simplemente omitindola; finalmente, un tercer grupo incluye leyendas con topnimos no siempre identificables. En el caso de las distintas variantes de iltirta (iltirta, iltirtasalirban...), con gran volumen de emisiones, su relacin con la ciuitas y los distintos oppida de los activos y belicosos ilergetes resulta segura. Pero en lo que respecta a kertekunte, orose, etokisa, basti o belse, entre otros, nada puede decirse pues son topnimos no mencionados en los textos y que adems desapareceran en las emisiones posteriores del siglo II a.C. (Campo 1998). En cualquier caso, existe hoy en da el convencimiento de que debemos relacionar este gran volumen de acuaciones con el esfuerzo militar romano durante la Segunda Guerra Pnica. Tambin las grandes ciudades ibricas del levante peninsular iniciaron sus acuaciones de moneda en esta poca. Arse/Saiganthe haba inaugurado las emisiones con leyenda ibrica en los aos de la expansion brquida con una primera emision de diseo griego (cabeza de Atenea y toro con cabeza humana) y leyenda iberica arskitar (Ripolls
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1992). Dominada por los pnicos entre el 219 a.C. y el 212 a.C, la ciudad reanudara sus emisiones durante los aos de guerra al tiempo que entraba en funcionamiento la nueva ceca de Saiti/Saetabi (Xativa) de la que se conoce una excepcional didracma de 6,80 grs. (Heracles/Aguila explayada) y leyenda saitabietar. En el Levante se documentan igualmente emisiones de divisores de plata anepgrafos de tipologa pnica (GarcaBellido, M.P. 1993, 93-101), y en las tierras del sur comenzaron tambin a emitir moneda de bronce las cecas de Castilo, la latina Castulo Cazlona- junto a las minas de plata de Sierra Morena), e Ibolca / Obulco, identificable con la ilustrada y urbanizada ciudad ibera de Porcuna (Villarona 1994, 330-354). En este contexto monetal militar y global debemos situar las emisiones de taraconsalir y cese. Desde el punto de vista cronolgico contamos como dato fundamental con la reforma monetaria romana de c. 211 a.C. En el curso de la guerra, la moneda de bronce haba sufrido una serie sucesiva de devaluaciones y Roma reform finalmente su sistema monetario creando una nueva escala de monedas de plata con la expresin de sus valores en ases de bronce: el denario de 4,50 grs. con valor X, el quinario con valor V y el sextercio con valor II. Al mismo tiempo, Roma acu un segundo tipo de monedas de plata los victoriati- con pesos ms reducidos (c. 3,60 grs y en disminucin), basados en la anterior gama de pesos de las dracmas, y los quadrigati destinados al pago de los aliados no afectados por la reforma monetal. Por su parte los pesos del bronce pasaron a 30 monedas por libra. Con esta reforma, Villaronga (1983 a) identifica una tercera emisin de bronce con leyenda ibrica cese con mitades, cuartos y sextos en torno a un valor unidad de 10,88 grs (no documentado). El dominio romano sobre la zona de Castulo y finalmente la conquista romana de Carthago Nova en el 209 a.C. representaron probablemente el paso a una nueva realidad monetaria en la que cobraron mayor importancia las acuaciones de tipo estatal realizadas en el teatro de operaciones. Una nueva revision de los tesoros hispanos realizada por M.P. Garca-Bellido (1990, 107) le ha permitido sealar la acuacin hispana de victoriatos, (con dobles y mitades) en los aos finales de la guerra y una ausencia total de denarios en la misma poca. Sugiere con ello un cambio en el proceso de la reforma monetal que habra pasado con los aos de guerra del cuadrigato al victoriato y una aparicion ms tarda del denario que no llega a los tesoros de la Pennsula Ibrica hasta el final de la guerra en el 206 a.C. En este contexto de hallazgos, la autora relaciona mejor la creacion del denario con la nueva situacin financiera generada en Roma tras la conquista de Carthago Nova -y sus minas de plata- en el 209 a.C. Acabada la guerra, la presencia romana en Hispania se consolidara en el 197 a.C. con la delimitacin oficial de las dos provincias (citerior y ulterior) y el nombramiento anual de dos pretores para su gobierno. En Roma, los pesos monetales se estabilizaron en torno a un denario de c. 4 grs. y un nuevo bronce uncial. Tuvieron entonces lugar una serie de cambios significativos en el funcionamiento de las cecas monetales hispanas. La importante ceca emporitana dejo de emitir dracmas de plata sustituyndolas por un nuevo patron de moendas de bronce con leyenda ibrica unticescen y patrn uncial. Tarraco, por su parte, puso en circulacin denarios con leyenda ibrica cese (cabeza viril imberbe / jinete con palma y dos caballos). Al mismo tiempo, sus emisiones de bronce se consolidaron como una ceca estable que acuara de forma ininterrumpida a lo largo de los siglos II y I a.C. Al contrario que en Emporion, estas emisiones de bronce cesetano aumentaron sus pesos para alcanzar una paridad de dos unidades por as romano, relacin que la ciudad sigui manteniendo y adaptando a las sucesivas devaluaciones o aumento de pesos. En las
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tierras del interior, las cecas de Iltirta y Auso consolidaron sus acuaciones a las que siguieron ms tarde una amplia serie de cecas que a lo largo del valle del Ebro sigui los pasos de las operaciones militares del ejrcito romano en direccin a la Celtiberia. Sobre el origen del numerario tarraconense con leyenda ibrica, M.P. GarcaBellido y P.P. Ripolls (1998, 208) han sugerido recientemente en una breve referencia que pueda tratarse de emisiones de metrologa pnica anteriores al desembarco romano. Por nuestra parte, en espera de conocer con mayor detalle el desarrollo de esta nueva hiptesis, seguimos aceptando como vlida la opinin de L. Villaronga de considerarlas piezas acuadas durante la Guerra Pnica para solventar las necesidades militares del ejrcito romano. Ahora bien, la presencia de dos topnimos diferentes (Cese y Tarracon) nos plantea el problema de donde situar sus cecas respectivas. Una primera explicacin fue defendida por J. Zobel en el siglo pasado y ha sido retomada recientemente por M.P. Garca-Bellido (1998, 79, fig. 5; Garca-Bellido, Ripolles 1998, 209): existiran al mismo tiempo dos ciudades diferenciadas cada una con su propia emisin: Tarraco y Cese. En el contexto de lo descrito por Polibio y Livio deberan ser, respectivamente, de la ciudad costera y del oppidum paruum interior junto al que tendra lugar la batalla. Sin embargo, dos ncleos distintos no permiten explicar el carcter absolutamente puntual (y por tanto ilgico) de la emisin con leyenda taraconsalir. Si Cese fue efectivamente el oppidum paruum interior y Tarraco el nombre del ncleo ibrico ligado a la nueva base portuaria romana por qu desapareci repentinamente el topnimo grecolatino de toda la gran y dilatada masa del numerario local tardo-republicano? Tampoco parece factible que aquel humilde oppidum conquistado, saqueado y esclavizado en el 218 a.C. se convirtiera acto seguido en una ceca monetal respetando su topnimo. No conocemos ningn paralelo para un hecho semejante. Por nuestra parte, hemos recordado los casos documentados de ciuitates que a lo largo del proceso de romanizacin presentaron denominaciones distintas segn fueran nombradas en griego, ibero, latn o fenicio sin que ello implicara que se tratase de ncleos diferenciados (Ruiz de Arbulo 1991). En Emporion, las dracmas con leyenda griega emporiton de los emporitanos fueron sustituidas en el siglo II a.C. por ases de bronce de identica tipologa pero con leyenda ibrica unticescen (los indiketai / indigetes de las fuentes escritas), precisamente en las dcadas en que la vieja ciudad grecoibrica experiment una excepcional etapa de mejoras urbanas (Mar y Ruiz de Arbulo 1993). Un cambio que hemos relacionado con un nuevo papel de la ciudad como autntica potencia territorial, con una chora extendida hasta los Pirineos y dominadora de la vecina Rhode, todo ello bajo la influencia efectiva de Roma (Ruiz de Arbulo 1992, espec. 70-71). Sagunto emiti unidades de plata en la poca de su enfrentamiento con los Barca con leyenda ibrica arskitar, continu acuando ases de bronce durante el siglo II a.C. con leyenda ibrica arse y a fines de dicho siglo, cuando adapt su metrologa al sistema uncial reducido, adopt la proa romana y el anverso de las nuevas monedas de Valentia con doble leyenda arse / saguntinu (Villaronga 1967). Considerar ambos topnimos como una evidencia de ciudades diferentes a lo largo del siglo II a.C. como han propuesto puntualmente Garcia-Bellido y Ripolls (1998, 208) nos parece una complicacin innecesaria y carente, que sepamos, de refrendo arqueolgico. La situacin no tuvo que ser diferente en Saguntum de lo ocurrido en las dems emisiones bilinges iberolatinas del rea levantina, donde las series de saiti / saetabi (Xtiva) y cili / cili (Gilet), comparten a fines del siglo II a.C. los nombres ibricos de las ciudades, escritos en grafa ibrica, con los nombres latinos, escritos en latn.
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Tampoco podemos separar esta cuestin toponmica de lo evidenciado en las ricas ciudades de la Betica. Recordemos el caso de Porcuna , cuyas primeras acuaciones a fines del siglo III a.C. utilizan ya leyenda y alfabeto latinos, destacando una bella emisin de ases sextantales a fines del siglo III a.C. (Villaronga 1994, 342, num. 7; 47,98 grs.) con leyenda bilinge obulco / ibolca (Cabeza femenina, leyenda en latn / espiga; arado y yugo, leyenda en ibero). Un caso similar es el de las emisiones de las ciudades libiofenices andaluzas, con leyendas bilinges en pnico (o neopnico) y latn (Asido, Arsa, Bailo, Lascuta, Oba, Vesci, Turirecina, Abdera, Sexs... cf. Garca-Bellido, M.P. 1987), en ocasiones mantenidas hasta inicios del siglo I d.C. En algunos casos, la transicin tardorepublicana tuvo tambin un componente iconogrfico de corte propagandstico: el lobo ibrico de los ases de Iltirta dej paso a la loba romana del municipium Ilerda (Perez y Soler 1993). Un hecho que nos resulta incuestionable en esta cuestin numismtica es que a lo largo de los siglos II y I a.C., Tarraco acu denarios de plata y unidades de bronce, y ms tarde nicamente bronce, siempre con leyenda ibrica cese / cesse. La nica explicacin factible es que el nombre ibero de la ciudad fuera en estos momentos efectivamente Cese. Arqueolgicamente, no existe en estos momentos ninguna otra ciudad, que no sea la propia Tarraco a la que puedan atribuirse estas emisiones. Ser por tanto a partir de esta identidad tardo-republicana, cuando debamos retroceder en el tiempo y buscar explicaciones tanto para los textos de Livio y Polibio como para las primeras emisiones monetales. La investigacin arqueolgica en Tarragona y el origen de la ciudad. Desde el siglo XVI, la investigacin anticuarial sobre los orgenes romanos de Tarragona busc en los textos clsicos la explicacin de la evidencias monumentales conservadas. Los autores del siglo XIX intentaron relacionar los orgenes de la ciudad con una u otra culturas histricas o mitolgicas teniendo como principal evidencia la monumentalidad y arcaismo de las murallas romanas conservadas en el permetro defensivo de la ciudad medieval y moderna y, en menor medida, tambin las estratigrafas realizadas en diferentes puntos de la ciudad. Fue B. Hernndez Sanahuja el primer investigador que en siglo XIX estudi ya la historia de la ciudad desde una perspectiva estratigrfica. Por toda la ciudad, el frecuente hallazgo de silos, pozos y cisternas se relacionaba con los orgenes prehistricos del asentamiento, pero sera en la cantera del puerto excavada por los presidiarios que prolongaban el gran muelle portuario, donde se documentaron repetidamente hallazgos de poca romana y donde por primera vez, en 1858 y 1867 se realizaron cortes estratigrficos documentando secuencias desde la roca a las construcciones romanas (Hernndez Sanahuja 1892, 109-112, Ap. 7; Ribera 1868). La interpretacin de estas fases iniciales siguiendo la tradicin anticuarial del siglo XIX (trogloditas/iberos, etruscos, focenses y romanos) no impide reconocer la importancia de esta secuencia y la presencia en los niveles inferiores, sobre la roca, de materiales relacionables con el ibrico pleno en los siglos IV y III a.C. (Bosch Gimpera 1925; Navascues 1929). Los basamentos ciclpeos de grandes megalitos que servan de base a lienzos de sillera bien trabajada en las murallas de la ciudad permitan tambin suponer la presencia de dos momentos cronolgicos distintos: una base ibrica prerromana y una reforma posterior plenamente romana. A partir de la tipologa de estas murallas, y por su comparacin con las murallas de la Nepolis de Emporion y las construcciones megalticas de las Baleares se acept globalmente la idea de una Tarragona ibrica o grecoibrica
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anterior a la llegada de Roma (Puig i Cadafalch 1925), identificable con la Calpolis de Avieno. Por su parte, A. Schulten (p.e. 1948) defendera en sus trabajos que el basamento ciclpeo sera una obra etrusca, introduciendo una nueva variante en el debate que tuvo gran influencia por el prestigio del autor. Y sin embargo, frente a estas opiniones acadmicas, el mrito de la restitucin de la historia antigua de Tarraco correspondi al tarraconense Mn. J. Serra Vilar, a partir de una lectura conjunta de las evidencias estratigrficas en distintas partes de la ciudad. Eclesistico de profesin pero buen conocedor de la metodologa arqueolgica desde su juventud, J. Serra Vilar fue un investigador riguroso que excav (y public!) la gran necrpolis paleocristiana, el foro de la colonia, las murallas... (Revelar el passat 1994). Su estudio estratigrfico de las murallas, motivado por el derrumbe parcial de uno de los lienzos en 1932 que permiti descubrir el relieve de la Minerva en lo alto de una torre, le permiti plantear correctamente una cronologa romano-republicana para toda la obra muraria que no dud en enfrentar a la hiptesis etrusca de A. Schulten (Serra Vilaro 1946). Al mismo tiempo, las excavaciones realizadas en el entorno del foro de la colonia, entre la Pl. Corsini y la c. del Gasmetro le proporcionaron evidencias estratigrficas de cronologa prerromana, sin la afectacin de poca tardoantigua y medieval caracterstica de la parte alta de la colina tarraconense, de urbanismo ininterrumpido. Una de las intervenciones, en la c. de Lrida le permiti reconstruir la secuencia estratigrfica relativa a los orgenes del asentamiento (Serra Vilar 1932, 16-40). El estrato ms antiguo, sobre la roca, era, segn Serra una capa completamente negra...que contena carbones, huesos de animales
domsticos, cermica tosca a mano y cermica ibrica de la ms bella. De sta hemos podido salvar algunos trozos...Sobre la estratificacin de estos fragmentos damos las mayores garantas, por cuanto al apercibirnos del primero, buscamos los dems excavando con nuestras propia manos.
El segundo horizonte, ya con presencia de muros, pavimentos de arcilla y hogares inlcua un estrato de abandono sobre los pavimentos: La capa descansaba sobre este pavimento de
arcilla, adems de la negruzca tierra ahumada y detritus domsticos contena cermica ibrica (decorada con motivos geomtricos y vegetales nos dice ms adelante) y la negra de brillante barniz que se llama campaniana. El tercer horizonte corresponde a un nuevo pavimento sobre el cual sita de nuevo cermica ibrica de sencillos dibujos geomtricos mezclada con la romana, entre la cual haba algn fragmento de la jaspeada en amarillo y rojo. Una referencia esta ltima a la terra sigillata
marmorata que nos permite situar este horizonte en el siglo I d.C. En ltimo lugar seala ya una capa romana con un pavimento elaborado de opus signinum. En funcin de esta estratigrafa, Serra Vilar (1932, 21) pudo concluir:
Creemos de grande inters para el estudio arqueolgico de Tarragona y del arte ibrico en general el hallazgo de estas capas. Segn ellas tenemos que los primeros pobladores de esta colina fueron los iberos y que stos tuvieron una cultura artstica muy superior a los que les sucedieron en el arte de la cermica llamada ibrica, que dur a travs de todo el Imperio Romano, pero sin alcanzar jams la elegancia de los primitivos alfareros.
Las palabras de Serra Vilar muestran la categora del investigador eclesistico y la importancia de su trabajo para valorar correctamente el resto de la documentacin disponible. Si en los aos 30 el conocimiento urbanstico de la antigua Tarraco era todava muy parcial, hoy en da, tras el notable incremento de la investigacin arqueolgica en la segunda mitad de nuestro siglo, podemos examinar esta problemtica a la luz de hallazgos concretos. Frente a la tradicin acadmica que haba centrado y dilatado el debate en base nicamente a la tipologa de las murallas y en la cronologa de sus diferentes paramentos, podemos hoy sealar dos evidencias complementarias:
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1. En la parte superior de la colina tarraconense, en el rea delimitada por las murallas romanas, ocupada por la Tarragona medieval y moderna, todas las intervenciones realizadas hasta el momento muestran como primeros niveles de ocupacin, sobre la roca, estratos datables en el siglo II a.C. ya con la ocupacin romana. Las excavaciones dirigidas por X. Aquilu (1993) en el solar del colegio de arquitectos, documentaron nicamente como niveles inferiores estratos de regularizacin de la roca con materiales caractersticos del siglo II a.C. y lo mismo ha ocurrido en las varias decenas de intervenciones realizadas hasta el momento en la parte alta de la ciudad (cf. Tarraco. Guia; Tarraco 99). Se confirmaba as la cronologa romano-republicana de las murallas avanzada por Serra Vilar, que los meticulosos trabajos de Th. Hauschild (1979; 1985) han permitido completar y detallar, con la evidencia de dos proyectos diferenciados: una primera muralla con paramento ciclpeo alto y torres salientes sobreelevadas en sillera, datable a fines del siglo III o inicios del siglo II a.C., y una importante ampliacin con largos lienzos rectilneos de sillera sobre un zcalo megaltico bajo, datable a partir de los sondeos estratigrficos en los aos 150-125 a.C. (Snchez Real 1985; Aquilu, Dupr, Mass, Ruiz de Arbulo 1991). 2. Por el contrario, todas las intervenciones arqueolgicas urbanas que han proporcionado niveles estratigraficos y evidencias estructurales de poca ibrica prerromana se concentran en la parte baja de la ciudad, en lo alto de una dilatada carena de 20 metros de altura que separaba la colina propiamente dicha de la vaguada portuaria, y sobre los glacis que descendan por el oeste desde esta carena hacia el cauce fluvial del antiguo Tulcis. [Link] y X. Dupr (1986, 14-15 y fig.5) avanzaron ya en los aos 80 esta situacin topogrfica con los datos entonces disponibles. Las evidencias estratigrficas han sido finalmente recopiladas por M. Adseries, L. Burs, M. Mir y E. Ramon (1993) en un trabajo fundamental para esta cuestin y recientemente se han publicado nuevos hallazgos (Gell, Diloli, Piol 1994) y revisiones (Asensio, Ciuraneta, Martorell y Otia 2000). Las principales intervenciones donde se han documentado estas evidencias estratigrficas prerromanas son las siguientes: - Solar c. Caputxins 24. Excavado por P.M. Berges, director del MAP en 1978 y ms tarde, en 1985 y 1986 por M. Mir. Esta intervencin permiti identificar por primera vez, de una manera metdica, estructuras ibricas en el subsuelo de la ciudad de Tarragona. La excavacin consisti en la realizacin de catorce catas en el sector ms prximo a la calle Caputxins y permiti documentar tres fases: la ms reciente se articula a partir de una gran construccin un posible edificio pblico segn Berges - fechable en poca alto-imperial. La siguiente fase est constituida por una serie de canalizaciones, muros y pavimentos que pueden pertenecer a una casa romana de poca tardo-republicana, mientras que la tercera fase (en los niveles inferiores, sobre la roca) consiste en estructuras murarias y estratos de poca ibrica, fuertemente alteradas por las estructuras de poca romana (Asensio, Ciuraneta, Martorell, Otia 2000). Una nueva intervencin de M. Mir durante los aos 1985 y 1986 consisti en la excavacin puntual de sondeos relacionados los pilares del edificio a construir y finalmente en la excavacin en extensin de una parte del solar (Mir 1998; Adserias et alii 1993 a, 180-194, figs. 3-17). Los resultados de estas nuevas campaas nos proporcionan una secuencia estratigrfica que abarca desde el siglo V a.C. hasta el siglo I d.C. Por lo que
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respecta a las fases ibricas podemos indicar que las primera estructuras del asentamiento se fechan en siglo V a.C., siendo la fase de siglo IV a.C. la que presenta mayor abundancia de materiales. - Solar c. Caputxins 33-37. En los aos 1985 y 1986, M. Mir realizara tres intervenciones en este solar opuesto al anterior, al otro lado de la calle. Consistieron bsicamente en la realizacin de sondeos que permitieran evaluar la potencia estratigrfica del solar previa al proyecto constructivo. Estos sondeos permitieron documentar una secuencia cronolgica que arranca en el siglo IV a.C. llegando hasta nuestros das. Por lo que respecta al poblado ibrico, tan slo hay dos fases que se puedan relacionar claramente con ste, ya que las reformas de la zona en poca romana y el tipo de intervencin realizada (sondeos estratigrficos) no permiten realizar un anlisis espacial de las estructuras aparecidas. La fase ms antigua se fecha en siglo IV a.C. y consiste en niveles residuales sobre la roca, sobre los que se sitan habitaciones ibricas datables en el siglo III a.C. a su vez obliteradas por un vertedero tardorepublicano (s. I a.C.). A partir de Augusto este sector pas a ser una plaza pblica vecina al foro de la ciudad ( Mir 1993; Adseries et alii 1993 a, 194-198; Tarraco 99). Solar c. Pere Martell / Eivissa / Jaume I / Mallorca. En 1979 se realizaron en este solar los primeros sondeos que evidenciaron la presencia importante de restos, seguidos en 1989 por una intervencin de urgencia en extensin, realizada por la empresa CODEX SCCL y dirigida por M. Adseries, E. Ramn y L. Burs, proseguida en los aos siguientes a remolque de las distintas fases de edificacin de los solares. Las evidencias, inapelables, mostraban bajo un denso tejido de muros y estructuras repetidamente superpuestas a lo largo de la poca romana la presencia significativa -aunque arrasada- de diferentes habitaciones ibricas con muros, pavimentos de tierra batida, rellenos constructivos y niveles de habitacin escalonados entre los siglos V y II a.C. (Adseries et alii 1993 a, 198-217). Las primeras estructuras documentadas se fechan en el siglo V a.C., continuando los niveles de habitacin a lo largo del siglo IV y III a.C., en una secuencia estratigrfica caracterizada por la continuidad y las reutilizaciones estructurales. Sin embargo, los niveles constructivos superpuestos a partir de fines del siglo II a.C., se caracterizan ya por una distinta disposicin urbanistica, con la presencia, por ejemplo, de rituales votivos de tipo fundacional. A partir del siglo I d.C. el sector es ocupado por construcciones suburbanas de tipo productivo e industrial (Adserias, Ramon 1991; Adseries, Burs, Mir, Ramon 1993 a). Las estructuras de poca ibrica corresponden a niveles de habitacin con dependencias rectangulares realizadas con muros de piedra seca, pavimentos de tierra batida y hogares centrales. La gran complejidad estructural de poca romana imperial en este sector hace que estas estructuras sean siempre documentadas de forma parcial y en buena parte arrasadas (Adseries et alii 1993 a, fig. 22). - Solar c. Caputxins 23. En 1999 se ha realizado una intervencin arqueolgica en este solar a cargo de la empresa Cota 64, dirigida por P. Otia. La excavacin consisti en sondeos estratigrficos -
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ligados a los pilares de cimentacin del proyecto constructivo, ampliados a una excavacin en extensin de todo el solar. Los resultados obtenidos en esta intervencin nos permiten presentar una secuencia histrica que se inicia en poca ibrica y finaliza en poca contempornea. La fase mejor documentada es la correspondiente a poca tardo-republicana. Se trata de una calle con orientacin norte-sur, con una cloaca en el centro de la misma. Una segunda cloaca se documenta al norte del solar, excavada en la roca, que atraviesa el solar en direccin EsteOeste y que se encuentra amortizada por grandes sillares. Estos niveles republicanos se encuentran parcialmente afectados por una trinchera de expolio realizada en un momento todava indeterminado del siglo I d.C. Los niveles ibricos documentados en esta intervencin se encuentran, en el mejor de los casos, altamente erosionados, ya que las construcciones de poca romana y la gran altura a la que aparece la roca natural no ha permitido que se conservaran muchos restos. En total se han podido documentar siete muros de poca ibrica, tres de los cuales se levantan desde la roca y los otros cuatro sobre un nivel de regularizacin que podemos fechar en siglo IV a.C. Se trata de estructuras domsticas que incluyen dos niveles de circulacin consistentes en capas de arcillas fuertemente compactadas, en una de los cuales se document un hogar no delimitado. Secuencia cronolgica de los materiales cermicos prerromanos aparecidos en la arqueologa urbana de Tarragona. La cronologa prerromana de los niveles y estructuras aqu mencionados se apoya en un amplio conjunto de materiales cermicos. El trabajo citado de Adseries et alii 1993 present ya una seleccin del material ms significativo procedente de distintas UEs que quisieramos ahora complementar con un comentario general sobre las caractersticas de las principales clases cermicas prerromanas documentadas hasta el momento en el casco urbano de Tarragona. Siglos VII-VI a.C. El poblado de la Era del Castell (El Catllar, Tarragons). Los inicios de la Edad del Hierro en la provincia de Tarragona se encuentran ampliamente documentados a lo largo del cauce final del ro Ebro. A los perfumes y artesanas fenicias presentes en las necrpolis de Mianes (Santa Barbara), Mas de Mussols (Tortosa) y Coll del Moro (Gandesa), las investigaciones dirigidas por J. Sanmart y J. Santacana en el curso fluvial del bajo Ebro han permitido documentar, entre otros, los yacimientos fortificados de Aldovesta (Benifallet) y Barranc de Gfols (Ginestar), el primero con gran cantidad de nforas fenicias procedentes del Estrecho de Gibraltar y en menor medida del Mediterrneo Central (Mascort, Sanmart, Santacana 1991, Belarte, Sanmart, Santacana 1994). En todos ellos queda patente la relacin establecida entre la isla de Ibiza y las tierras del levante y noreste peninsular en los siglos VII y VI a.C.(Ramn 1994-1996). Pero ms significativo para el caso que ahora nos ocupa es la reciente excavacin de urgencia de un yacimiento protohistrico en las proximidades de Tarragona. Nos estamos refiriendo al poblado de l Era del Castell (El Catllar), situado diez kms. al norte de la ciudad. El yacimiento se encuentra en una pequea elevacin de planta triangular (74 [Link] ) desde la cual se controlaba un sector de la cuenca del ro Gai. La secuencia de este yacimiento nos ofrece una ocupacin humana que abarca desde la Edad del Bronce
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hasta el Ibrico antiguo, siendo la fase de la Primera Edad del Hierro la mejor documentada (Molera et alii 1999; en prensa). La fase de la Edad del Bronce de la Era del Castell consiste en una serie de agujeros de poste que delimitan dos fondos de cabaas de planta ovalada con hogares centrales. Los materiales recuperados, muy escasos, consisten exclusivamente en cermicas a mano caractersticas del Bronce Final. A continuacin, la fase de la Primera Edad del Hierro presenta un cambio radical en la arquitectura, con la construccin de habitaciones rectangulares con zcalos de piedra seca y paredes de tapial o adobe enlucidas interiormente con arcilla. Los mbitos se disponen en tres bateras formando dos estrechos pasillos intermedios de circulacin y desage, siguiendo la pendiente del terreno. En el interior de los mbitos, pavimentados con arcilla y en ocasiones con cantos rodados junto a las puertas de acceso, se ha podido documentar la presencia de silos y hogares. La cultura material asociada a esta fase del yacimiento est compuesta por dos grandes grupos ceramolgicos: cermicas a torno que prcticamente consisten en nforas fenicias del rea del Estrecho de Gibraltar T.[Link]. y T.[Link] de la tipologa establecida por J. Ramn (1995), y un segundo grupo formado por cermicas realizadas a mano. Este ultimo grupo lo forman principalmente recipientes de tamao medianopequeo, con perfiles en forma de S, con labios exvasados, en ocasiones biselados, decoradas con cordones o bien en menor cantidad acanaladas; tampoco faltan las imitaciones de pithoi de origen fenicio. Necesariamente debemos preguntarnos como llegaron las mforas fenicias a este pequeo poblado a 5 kms. de la costa remontando el curso del ro Gaia. Este tipo de comercio, puntual y de poco volumen, solo poda realizarse con barcas dedicadas al cabotaje dependientes de un fondeadero principal que actuase como puerto y almacn principal. El nico lugar con estas caractersticas en este tramo de costa es precisamente la gola del ro Francol y la inmediata colina tarraconense. Desgraciadamente, los nicos restos cermicos que podemos relacionar con la posible existencia de un asentamiento estable en Tarragona ya en la primera Edad del Hierro son algunos pequeos fragmentos de labios de nfora fenicia sudpeninsular localizados de manera residual, fuera de contexto, en diversas intervenciones de la ciudad (revisados por P. Otia). En realidad, no ser hasta el Ibrico Antiguo cuando se comiencen a documentar evidencias estratigrficas y constructivas en la zona que actualmente ocupan las calles de Caputxins, Sevilla, Pere Martell, Eivissa, Mallorca y Dr. Zamenhoff, en el ngulo suroeste de la colina tarraconense. Materiales del siglo V a.C. Las evidencias estratigrficas de este momento se documentan en los solares de Caputxins 24 y Pere Martell. La cermica ibrica aparece aqu acompaada de cermicas griegas y pnicas que permiten afinar la propuesta cronolgica. Cermicas ticas. El hallazgo en Tarragona de cermica griega de figuras negras es todava muy escasa. La pieza ms destacada es un pequeo fragmento de nfora aparecido en la intervencin de Pere Martell que se puede fechar en el siglo VI a.C. pero que se recuper en un nivel del siglo V a.C. (Adseries et alii 1993, 216 fig. 40). Las autoras recuerdan un segundo fragmento de figuras negras mencionado en un silo relleno con materiales de poca romana en la calle Dr. Zamenhof (Corts y Gabriel 1985, 59, notic. 50; Adseries et
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alii 1993, 216 not. 20). Por ltimo y de una manera residual se han documentado diferentes pequeos fragmentos en niveles tardo-republicanos y de primera poca imperial en el rea del PERI-2 (excavaciones de la empresa CODEX; cf. Tarraco 99). En la intervencin arqueolgica dirigida por M. Berges en el solar de la calle Caputxins 24 podemos destacar una clica de figuras rojas del tipo Delicate Class fechable a mediados del siglo V a.C. (Asensio et alii 2000). Presenta decoracin figurada compleja en gran parte de la superficie externa de la pieza junto con un medalln central en el interior, del cual, la pieza tan slo conserva la banda de grecas y cruces que limita la escena o figura representada. Los paralelos ms prximos para este tipo de piezas debemos buscarlos en Vilafranca del Peneds, en el silo 6 del campo de silos de la Vinya d Pau en (Gir 1947, fig. 78-79). En el Puig de Sant Andreu de Ullastret se document una pieza similar atribuida al pintor de Heidelberg 211, fechada en torno al 440 a.C. (Picazo 1977, lm. XIII). Procedentes del mismo solar se conocen tres labios ms y un fondo de clica ticos de figuras rojas, que debido a su alto grado de fragmentacin no permite una adscripcin tipolgica y formal segura. Entre ellos podemos destacar un labio con decoracin de hojas de hiedra en el interior. Los paralelos ms precisos para estas piezas los tenemos en Empries (Trias 1967-1968, 125, nm. 355 y lm. LXXI, 6-7) y al Puig de Sant Andreu (Trias 1967-1968, 225, nm.10 y lm. CXXIX, 5; Picazo 1977, 98, n 287-288, lm. XXV, 3 y XXVI, 1). Dentro de la Cessetania el ejemplar ms prximo lo encontramos en el poblado de Alorda Park (Sanmart 1996, 129, fig.11.98). Todos estos paralelos estn fechados hacia finales del siglo V a.C. Por lo que respecta al solar de Pere Martell podemos indicar la presencia de cermica tica de figura rojas lo constituyen principalmente un labio de clica, una base de lecito y un labio de esquifo del estilo de Saint Valentin (Adserias et alii 1993, 216). Anforas pnicas. Por lo que respecta a las nforas de importacin, al igual que ir sucediendo durante toda la existencia del ncleo ibrico, el grupo mayoritario lo constituyen las nforas ebusitanas. Para esta fase antigua, el conjunto mayoritario lo constituye la forma PE 13 o T.[Link] de las tipologas establecidas por Joan Ramn (1991; 1995). Al igual que sucede con la cermica tica de figuras rojas, estas nforas estn plenamente representadas en el solar de Caputxins23. La relativa abundancia de este tipo anfrico en Tarragona podemos interpretarla como un hecho singular dentro de la Cessetania (Asensio 1996; Asensio et alii 2000). De manera ms modesta pero de nuevo significativa aparecen tambin las nforas pnicas procedentes del Estrecho de Gibraltar. Se trata de una produccin anfrica que hasta los aos 80 era escasamente conocida en Catalunya y que cobr importancia gracias a la publicacin de su presencia en un almacn de Corinto bien fechado en el siglo V a.C. (Punic amphores 1984) y por el cargamento del pecio ibizenco de Tagomago (Ramon 1985). Por lo que respecta a este tipo, de boca y carena superior bien caractersticos, conocemos diversos fragmentos procedentes una vez ms del solar Caputxins 24. Un fragmento de labio de este forma ha aparecido tambin en 1998 en el relleno tardorepublicano de una calzada romana documentada en el solar PP-16, en la Av. Roma junto al cauce del ro Francol (excavacin de la empresa Cota 64). Del nfora tipo Ramn [Link], cuya produccin comienza muy a finales del siglo VI a.C. perdurando durante todo el siglo V a.C. conocemos un solo ejemplar procedente del
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solar de Caputxins 24. Un ltimo tipo de la serie T-11 de la tipologa de Ramn es el T.[Link]. Concretamente conocemos del mismo dos fragmentos de labios procedentes de la intervencin realizada en el solar de Caputxins 23. Su cronologa debemos centrarla en el ltimo cuarto del siglo V a.C. perdurando probablemente hasta principios del siglo IV a.C. Anforas massaliotas. Podemos destacar que las importaciones anfricas de origen griego documentadas en este siglo V a.C. son muy escasas con respecto a las importaciones pnicas. Todos los fragmentos documentados corresponden a producciones massaliotas. Las formas documentadas en el solar de Caputxins 24 durante la intervencin de M. Berges son los tipos 2 y 4 de la tipologa establecida por M. Py (1978), ambas fechables en pleno siglo V a.C. (Asensio et alii 2000). En el mismo solar y durante las intervenciones realizadas por M. Mir (Adserias et alii 1993, fig. 16,13) se documentaron igualmente nforas massaliotas del tipo Py 5 y Py 7, formas fechables entre la segunda mitad del siglo V a.C. y la primera mitad del siglo IV a.C. Tambin en el solar de Pere Martell se recuper un fragmento de labio de la forma Py 5 (Adseries et alii 1993, fig. 38,3). Cermica ibrica. Entre los fragmentos de cermica ibrica presentes en estos contextos destaca la presencia de una gran cantidad de recipientes de tamao mediano-grande que podemos relacionar con nforas y jarras con labio en forma de cuello de cisne. Tambin son significativas las jarras de labio exvasado con una asa. Las pastas suelen ser duras, compactas, de buena calidad, con tonalidades muy variadas de colores, predominando los marrones y rojizos.
SIGLOS IV-III a.C. Practicamente todos los solares que hemos sealado donde se documenta estratigrafa de poca prerromana presentan niveles de los siglos IV y III a.C. Parece este pues el momento de pleno desarrollo del oppidum ibrico tarraconense. Las cermica ticas de barniz negro se documentan en siglo IV a.C. de una manera relativamente abundante. De las intervenciones realizadas por M. Mir en los aos ochenta en el solar de Caputxins 24 destacan las formas bowl incurving rim y bowl outturned rim, Lamboglia 21 y 40. Del solar Caputxins 33, 35, 37 se puede destacar dentro de los niveles de siglo IV a.C., la presencia de un fragmento de labio cup-kantharos (Adserias et alii 1993). Entre los materiales de barniz negro caractersticos del siglo III a.C. el solar de Caputxins 33-37 ha proporcionado una copa con asas de la forma Lamb. 48; una pequea coleccin de piezas del Taller de Rosas, siendo la forma ms representada la Lamb. 27 y por ultimo un fragmento de labio Morel 2233, originaria del rea etrusca (Adserias et alii 1993). De Caputxins 24 provienen una base de plato de pescado Lamb. 23, quizs del taller romano de las pequeas estampillas, un fragmento informe identificable con una Lamb. 33a y un fragmento de labio de una copa Lamboglia 31a que nos sitan ya en el horizonte de la Camp. A antigua de fines del siglo III e inicios del siglo II a.C. Por lo que respecta a las importaciones anfricas destacan de nuevo las nforas pnico-ebusitanas, siendo mayoritario para el siglo IV a.C. el tipo PE 14/T-[Link]. Destacan los solares de Caputxins 24 con un total de siete ejemplares (Asensio et alii 2000)
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y Caputxins 23 con cuatro ejemplares, habiendo sido documentado tambin en el resto de los solares con estratigrafa de poca prerromana. As mismo, podemos destacar dentro de este siglo IV a.C. dos ejemplares de nforas magnogrecas con paralelos en el pecio mallorqun del Sec ( Arribas et alii 1987) y Empries (Sanmart et alii 1995). Ya en el siglo III a.C. se documentan las nforas ebusitanas del tipo PE 15 / T8.1.2.1 y PE 16 / T-[Link]. Por lo que respecta a esta segunda produccin ebusitana del siglo III a.C. podemos destacar hasta once ejemplares documentados en la excavacin de Caputxins 23. Tambin es a partir de este siglo III a.C. cuando se comienzan a documentar de una manera abundante en toda Tarragona las producciones pnicas centromediterrneas. Especialmente abundantes son las anforas T-[Link] y T-[Link] documentadas en todos los solares del rea del poblado ibrico perdurando en los niveles de inicios de siglo II a.C. Tambien en el siglo III a.C. irrumpen en el mercado occidental las nforas grecoitlicas que paulatinamente pasarn a dominar el mercado con la romanizacin. Se trata de una produccin representada en todos los solares estudiados de una manera muy variable, siendo especialmente abundantes en el solar de Caputxins, 23. Los bordes muy salientes, de diametro pequeo, son los caractersticos de las fases iniciales de sus producciones. Por lo que respecta a las producciones de cermicas comunes de origen ebusitano debemos indicar que la forma mejor representada es el mortero. En la excavacin realizada en el solar Caputxins 23 se recuperaron dos fragmentos de borde, mientras que en el solar Caputxins 24 aparecieron tres fragmentos de borde y un fragmento de fondo (Asensio et alii 2000). Uno de estos bordes, corto y colgante, corresponde a las producciones propias del siglo V a.C.; el resto se pueden relacionar con el tipo AE-20/I-167 (Ramn, 19901991) fechable entre los siglos IV y III a.C. Tambien aparecen igualmente en el solar de Pere Martell (Adseries et alii 1993, fig. 28, 6) Otras cermicas ebusitanas destacables, son diversas jarras con el labio exvasado similar al tipo 21 de la cermica ebusitana, recuperadas en Caputxins 23 y un bol de borde reentrante con restos de pintura en el exterior y un fragmento de asa, con una banda horizontal pintada correspondiente a una forma no identificable (Asensio et alii, 2000). As mismo, procedente de un vertedero excavado en el solar 13B del PERI-2 de Tarragona (empresa [Link] i Patrimoni, dir. Imma Teixell), se documenta un fragmento de labio de cermica gris ibicenca similar a la forma Lamb. 23. La cermica de cocina pnica (Guerrero 1995) est bien representada en las intervenciones de Caputxins 23 y Caputxins 24. Aunque sus cronologas se extienden a lo largo de los siglos III y II a.C y por tanto penetran ya en la romanizacin, resulta importante remarcar su presencia pues hasta hace pocos aos tan solo se haban publicado en Tarragona algunos fragmentos procedentes del COAC (Aquilu 1993) y del relleno de la muralla de Tarragona (Aquilu et alii1991), siempre en contextos del siglo II a.C. El solar Caputxins 23 ha proporcionado un total de 8 fragmentos de labios (lopades, caccabe y tapadoras), un fragmento de asa, un fragmento de base y 38 fragmentos informes. El paralelo ms prximo para este tipo de producciones debemos buscarlo en el yacimiento de Alorda Park (Calafell), donde se ha documentado un interesante coleccin de materiales pnicos de origen centromediterrneo, con una cronologa similar a la propuesta para el caso de Tarragona (Asensio 1995).
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Cermica ibrica pintada con figuras humanas y animales. En el registro arqueolgico prerromano de Tarragona la cermica ibrica ocupa lgicamente un papel protagonista. No pretendemos aqu realizar un anlisis pormenorizado de la misma sino, tan solo, mostrar un catlogo de las formas aparecidas y comentar aquellas piezas que por una u otra causas sean significativas. En este sentido, queremos llamar la atencin sobre un conjunto de materiales recuperados por Serra Vilar (1932) en su excavacin vecina al foro de la ciudad a principios de los aos treinta que hemos mencionado anteriormente. Se trata de un pequeo conjunto de fragmentos que presentan decoracin humana, animal y vegetal. Estos fragmentos procedan de un nivel inferior, sobre la roca, de escombrera o destrucciones en el que Serra (1932, 18) menciona bsicamente carbones, huesos de animales domsticos, cermica tosca a mano y cermica ibrica de la ms bella , mientras que las piezas ibricas pintadas con decoraciones geomtricas y vegetales (Serra Vilar 1932, figs. 9-15), procedan de un nivel superior en el cual tambin se recuper cermica de barniz negro campaniense. En 1981, M. D. del Amo publicara un catalogo de materiales que haban ingresado en el Museo Arqueolgico de Tarragona con anterioridad al ao 1972 dando a conocer, al margen de las ya conocidas piezas decoradas con representaciones humanas y de animales, un pequeo conjunto de piezas con decoracin geomtrica. Estas piezas tambin haban sido publicadas por Serra Vilaro (1932, figs. 9 14) pero sin insistir demasiado en ellas. Por ltimo, E. M Maestro (1989) en su trabajo sobre la cermica ibrica decorada con figura humana hace referencia nuevamente a los fragmentos recuperados por Serra Vilar. Las decoraciones con representacin humana y animal quedan reducidas a cinco ejemplares y, al igual que sucede con los fragmentos que presentan decoracin geomtrica, es difcil determinar a que tipo de recipiente pertenecen, si bien, al igual que en el caso anterior, pueden formar parte de recipientes de tamao medio-grande (Serra Vilar 1932, figs. 4-8).
Cermica ibrica pintada con decoracin geomtrica. Los fragmentos que presentan decoracin geomtrica corresponden en su mayora a piezas informes por lo que es difcil determinar exactamente el tipo de recipiente del cual formaban parte. En general, podemos considerar que la mayora de los fragmentos pueden corresponder a recipientes de tamao mediano-grande, destacando formas como el clato o las vasijas con labio en forma de cuello de cisne. Entre las decoraciones geomtricas podemos destacar: - Hoja de hiedra: se trata de un motivo vegetal muy comn para adornar espacios que quedan vacos en la composicin del recipiente. Acostumbra a decorar cenefas independientes - Corona de mirto: es una composicin que combina espirales con flores de ptalos reticulados. Se trata de uno de los motivos preferidos en el estilo Elche-Archena - Asterisco: motivo muy comn que se acostumbra a utilizar para rellenar pequeos espacios libres entre representaciones zoomorfas - Zarcillos: se trata de espirales encadenadas. Suelen aparecer formando cenefas complementarias y combinadas con las hojas de hiedra.
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Junto con estas decoraciones caractersticas del Levante peninsular tambin se documentan las tpicas decoraciones consistentes en bandas horizontales, crculos concntricos, dientes de lobo especialmente en los labios de los calatos , ajedrezados o la combinacin de diversos motivos simples. Las producciones ibricas de poca tardorepublicana, ya en los siglos II y I a.C. se encuentran ampliamente representadas en la ciudad de Tarragona. Especialmente abundantes son los clatos, que presentan una gran variedad de tamaos. Los labios pueden ser completamente horizontales o con una ligera pendiente hacia el interior de la pieza, a veces con asas horizontales, con el labio decorado con el motivo conocido como dientes de lobo o dientes de sierra, casi siempre de color rojo vinoso. Cermica ibrica lisa. Contenedores. Por lo que respecta a los grandes recipientes ibricos podemos destacar las nforas y las grandes jarras con hombro. Entre las nforas podemos indicar la gran cantidad de recipientes que presentan la boca plana. Se trata de una de las formas de nforas ms extendidas en la cessetania ya que ha sido ampliamente documentada en yacimientos como Alorda Park (Calafell), El Vilar (Valls), Era del Castell (El Catllar) o el silo de la Plaa de Sant Andreu (La Selva del Camp), (Oll et alii 1995; Allu et alii 1997). Entre los grandes recipientes destacamos las tinajas de hombro carenado. Son piezas con labios de perfil recto o ligeramente inclinado hacia el interior, con un dimetro de boca en la mayora de los casos superior a los 20 cm. La base puede ser cncava o indicada. Presentan dos asas en ocasiones geminadas y en otras trigeminadas justo debajo del hombro. Generalmente suelen ir decoradas con bandas horizontales de diferentes tamaos, en ocasiones, combinando crculos y semicrculos de color rojo vinoso. Se trata de un tipo cermico ampliamente documentado en la excavacin realizada por M. Berges en Caputxins 24. Los paralelos ms cercanos debemos buscarlo en el silo de la Plaa de Sant Andreu (La Selva del Camp) (Oll et alii 1995; Allu et alii 1997), donde se recuperaron un total de trece ejemplares en un contexto del Ibrico Pleno Entre las producciones mejor documentadas en el rea del asentamiento ibrico de Tarragona se puede destacar la jarra con labio de seccin en forma de cuello de cisne. Se trata de una forma que puede presentar tamaos bien diversos y en el caso de Tarragona est documentada desde los niveles de siglo V a.C. perdurando incluso hasta los siglos II y I a.C. Por ltimo, para conocer la evolucin de los tipos cermicos presentes en la ciudad a partir de la Segunda Guerra Pnica, remitimos al lector a los trabajos de J.M. Puche (1997; 1998), al ya citado contexto de la parta alta publicado por X. Aquilu (1993) y especialmente a la tesis de licenciatura de M. Daz , publicada en este mismo volumen. Aproximacin al relieve topogrfico de la Tarragona ibrica. Con la revolucin industrial del siglo XIX y la urbanizacin consecuente, Tarragona volvi a recuperar y finalmente ampliar el permetro urbano que haba alcanzado en poca imperial. Lgicamente esta urbanizacin, intensificada a lo largo de nuestro siglo, ha suavizado en buena medida el perfil original de la colina tarraconense dificultando la comprensin de su imagen en poca antigua. Sin embargo, las vistas y planos de la ciudad de los siglos XVI a XIX muestran por el contrario una ciudad amurallada concentrada en la parte alta y claramente separada del barrio portuario por un sector de cultivos. En estos planos, y olvidando los restos de la Tarraco imperial cubiertos por estos campos de cultivo,
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podemos fcilmente imaginar las primeras fases urbanas de la ciudad, con el oppidum ibrico situado en la parte baja, complementado a partir del 218 a.C. con la fortaleza romana en lo alto de la colina, origen del recinto provincial imperial y de la Tarragona feudal del siglo XII. Es evidente que la gran urbanizacin romana imperial, por ejemplo en el sector del teatro contribuy ya a la transformacion del perfil natural de la colina. Otro tanto ocurri con las nuevas fortificaciones de los siglos XVII y XVIII en la muralla de mar, para acabar en la segunda mitad del siglo XIX con la gran cantera (la Pedrera del Port) que proporcion la piedra para construir el nuevo muelle portuario. Hoy en da sin embargo, las nuevas intervenciones en extensin realizadas por la empresas Cota 64 y CODEX al urbanizarse el barrio comprendido entre las calles Jaume I, Pere Martell y Francesc Bastos (el denominado PERI 2) han permitido documentar una nueva y singular imagen del barrio portuario suburbano de la colonia en las pocas republicana, imperial y tardoantigua (cf. Tarraco 99). La gola fluvial del Francol en la Antigedad. Las intervenciones de la empresa CODEX a ambos lados de la c. Real y en distintos solares del barrio antes mencionado permiten restituir una lnea de costa antigua sensiblemente ms retrasada respecto al actual perfil portuario. Esta era una evidencia ya documentada desde las descripcin renacentista del letrado Ll. Pons dIcart en 1572. Segn Pons, los restos del puerto romano podan todava reconocerse cubiertos por arenas y arrastres, bajo los huertos colindantes:
El lugar por donde era el dicho puerto fabricado se muestra muy claramente por el vestigio y hondura que ha quedado en el huerto de la viuda Delgada, y por el de Sela, de Francisco de Monserrate...y parte de otros huertos vecinos. Toda la tierra que ocupan estos huertos ocupava entonces el dicho puerto fabricado y hasta all estava lleno de agua de mar, y arriba por donde ay unas antiguedades passava el muro de la ciudad... Pons dYcart 1572 (1981), 233.
El arenamiento (siltation) del puerto de Tarraco a lo largo de la Edad Media por los aportes del ro Francol es un fenmeno de origen natural, bien conocido en numerosos puertos antiguos y modernos, provocado por la interrupcin de las imprescindibles y cotidianas labores de dragado propias de su situacin sobre una gola fluvial. Los orgenes naturales del fondeadero corresponden a la margen izquierda de dicha desembocadura y a la playa adyacente protegida por el desnivel de la colina tarraconense. En poca romana, el fondeadero fue protegido por un malecn levantado sobre pilares descrito y todava visible en la cartografa del siglo XIX. Las intervenciones recientes a ambos lados de la c. Real han permitido documentar con cierta precisin el trazado de la lnea de costa en la poca antigua. En el solar de la c. Pedrell (excavacin CODEX SCCL, dir. J.A. Remola y P. Otia), la ocupacin tardo-republicana sobre la roca se sita a cota 2 m. snm con presencia en poca augustea de un gran almacn portuario de tipo porticus. A poca distancia, la excavacin en extensin de un gran solar entre las c. Eivissa y Jaume I ha permitido documentar igualmente el avance paulatino de la lnea de costa ya en la Antigedad desde los niveles ibricos, ms retrasados, hasta los almacenes portuarios altoimperiales, sustituidos en la Antigedad tarda por un lujoso barrio de habitacin y una necrpolis suburbana ante el nuevo avance de la paleoplaya (Adseries, Pocia, Remola 2000). Por su parte, la posicin de la necrpolis paleocristiana junto al cauce del ro Francol, a un km.
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aproximadamente de la aglomeracin portuaria actual, muestra que no han existido variaciones de consideracin en el trazado del tramo final del ro en pocas histricas. Pero volvamos al puerto. Nos falta saber con que trmino preciso, dentro de la polmica geogrfica mencionada por Estrabn, el almirante rodio Timstenes se refera a la ensenada tarraconense. El Tulcis, y en eso las fuentes antiguas coinciden con la evidencia geogrfica, no pudo ser nunca un ro caudaloso. El gaditano Mela (II,5,90) precisara en torno al ao 44 d.C. su carcter menor, contraponindolo al caudaloso Ebro:
Tarraco urbs est in his oris maritimarum opulentissima: Tulcis eam modicus amnis, super ingens Hiberus Dertosam adtingit La ciudad de Trraco es la ms opulenta en las riberas de las comarcas maritimas: la baa el Tulcis, ro mediano, y despues el gran ro Ibero baa a Dertosa.
El Francol es un ro de cauce corto (85 kms. desde sus fuentes en LEspluga) y de rgimen torrencial. El propio Plinio (XIX 2, 9) aunque alabando la calidad de sus aguas lo calificara no de ro sino de simple torrente:
La Hispania citerior tiene un lino blanqusimo debido a las especiales propiedades de un torrente (praecipua torrentis) en cuyas aguas se cura, el cual baa a Trraco.
Tras atravesar las sierras por los estrechos de La Riba y Picamoixons recogiendo las aguas del Brugent y abriendo la va natural de comunicacin entre Tarraco e Ilerda, el Tulcis se adentraba en la planicie litoral, formada por sedimentos de arenas y limos de colmatacin cuaternaria, para finalmente llegar al mar rodeando la colina tarraconense, como bien acredita el texto de Plinio. El afloramiento rocoso de esta colina, con sus 80,76 [Link] limitaba el lado norte de esta planicie litoral de carcter aluvial que se extenda hacia el sur hasta alcanzar el relieve rocoso del cabo de Salou (77 [Link]). Interiormente, como decimos, la llanura quedaba limitada por las cercanas sierras litorales con alturas que ascendan abruptamente hasta los 1200 m. en las montaas de Prades. Las caractersticas portuarias de esta pequea gola fluvial, abierta y de poco calado, no eran en absoluto destacables, pero tampoco despreciables. Quedaba expuesta a los violentos temporales de levante, los ms peligrosos en estas costas en la temporada estival de navegacin. Al mismo tiempo, el poco caudal del ro y su carcter torrencial significaban con seguridad arrastres fluviales peridicos y la formacin en la desembocadura de barras sedimentarias. Pero aun as, la elevacin junto a la misma de la colina tarraconense, protegindola del viento del Norte, y el aporte de agua dulce significaban unas condiciones naticas no desdeables. Evidentemente, una ensenada as no pudo nunca ser descrita como un limn u hormos sino en todo caso como un simple slos, un lugar de ancoraje y aguada tomando las debidas precauciones. Si comparamos esta situacin con la magnfica ensenada cartagenera, una baha amplia, cerrada y protegida, de aguas profundas, entenderemos perfectamente las diferencias terminolgicas de los gegrafos griegos. De forma rotunda, las cermicas ticas y las nforas massaliotas y pnicas aparecidas en los estratos iberos de la ciudad atestiguan que, efectivamente, los navegantes griegos y pnicos fondearon en el lugar y lo sealaron en sus periplos orales y escritos de navegacin. La topografa del oppidum ibrico tarraconense y la base militar romana. Las fuentes concuerdan al menos en describir Tarraco como una ciudad elevada y dominante sobre el mar: levantada sobre un golfo (Estrabn III,4,6); Tarraconis arces los alcazares de Trraco (Marcial X, 104); arce potens Tarraco el potente alcazar de Trraco" (Ausonio XXIII, 13); et capite insigne despectans Tarraco pontum y Trraco que contempla el mar desde su elevada pea (Paulino de Nola XX, 233). Una descripcin que
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se explica perfectamente contemplando hoy en da el perfil de la ciudad desde el muelle portuario, con la catedral en lo alto ocupando el lugar del antiguo templo provincial de culto imperial. El perfil de la colina, enmascarado como decimos por la urbanizacin actual, los baluartes y castillos de poca moderna y los desmontes novecentistas, permite no obstante reconocer con claridad una dilatada carena que a lo largo de la cota 20 s.n.m. rodea todo el flanco meridional de la colina tarraconense desde la linea de costa junto a la actual estacion de Ferrocarril hasta el angulo formado por las calles Dr. Zamenhof y Sevilla. Este ngulo interior, detrs del cual se encuentra la c. Caputxins, es precisamente el lugar donde se situaba la acrpolis del oppidum iberico tarraconense, extendindose a continuacin a lo largo de un glacis en suave pendiente (que siguen hoy las c. Eivissa y Mallorca) hasta la gola y cauce fluviales, entre la necropolis paleocristiana y la c. Real. Un punto elevado, facilmente defendible, con un excelente control visual sobre la vaguada portuaria inferior, toda la costa del golfo y la llanura aluvial del Camp de Tarragona. Lo estratgico de esta posicin justific el mantenimiento de este sector como autntico casco viejo de la colonia romana, lugar de emplazamiento del foro de la colonia y casi con toda seguridad, tambien del famoso templo de Augusto levantado en el ao 15 d.C. (Ruiz de Arbulo 1990; 1998). El control visual sobre el entorno hizo elegir este lugar para levantar entre 1707 y 1713 el Fortn Real, un baluarte con forma de estrella que en unin del baluarte de Orleans aseguraba la proteccin artillera de la muralla del Mar, englobado dentro de las grandes obras de fortificacin que sufri Tarragona durante la Guerra de Sucesin (cf. Menchon, Mass 1998). Es muy poco lo que podemos decir sobre el urbanismo del oppidum ibrico, ya qe todas las evidencias constructivas documentadas son parciales y se refieren nicamente a estancias domsticas. Nada conocemos tampoco sobre sus fortificaciones, desaparecidas, al igual que la totalidad de las murallas meridionales de la colonia romana (todava descritas y medidas por Pons dIcart en 1572), con la construccion de los nuevos baluartes, lienzos y glacis de la muralla costera entre los siglos XVII a XIX. Las evidencias estratigrficas permiten no obstante proponer de forma aproximada la extensin del oppidum entre la Pl. Corsini y el citado ngulo de las c. Sevilla y Zamenhof y entre las c. Soler y Pere Martell (Adseries et alii 1993, fig. 42). En el 218 a.C. y el 206 a.C. los Escipiones prefirieron situar su cuartel general en un lugar destacado, a un km. de distancia del oppidum ibrico. Se eligi para ello la parte superior de la colina tarraconense a lo largo de cuya cota superior (80,76 [Link] a los pies de la torre de Minerva) se levant el flanco norte del primer circuito amurallado, descendiendo a continuacin hacia el sur. Se consegua as un perfecto control visual, tanto de la zona portuaria meridional como del camino terrestre (la mtica va Herclea) que discurra hacia el norte, adems de los accesos a las diferentes playas y fondeaderos menores al este de la colina. Diferentes barrancadas formadas por los desages de las aguas pluviales, reconocibles por los trazados de las grandes cloacas de la colonia romana (Puche 1997, 238-239), permitan la comunicacin entre este recinto militar, el oppidum y el puerto. Esta evolucin topogrfica es del todo similar a la que se observa en la Emporion grecoibrica en poca tardo-republicana (Ruiz de Arbulo 1991, Mar y Ruiz de Arbulo 1993) con la ciudad grecoibrica situada en la parte baja de la colina, junto al puerto y la Palaiapolis insular, junto a la que se estableci una fortificacin romana creada en la parte superior de la colina a inicios del siglo II a.C.
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Conclusiones. A pesar de las aparentes contradicciones, nicamente del anlisis conjunto de los datos literarios, numismticos y estratigrficos podremos obtener conclusiones vlidas histricamente sobre los orgenes urbanos de Tarragona y su evolucin. El conjunto de evidencias podra resumirse en los siguientes apartados: Los orgenes urbanos de Tarragona corresponden a un oppidum ibrico situado en la parte baja de la ciudad actual, junto a la gola portuaria del ro Francol, el antiguo Tulcis. Este oppidum, documentado estratigrficamente en diversos solares, estuvo en funcionamiento como mnimo desde el siglo V a.C. y es posible imaginar que existiera ya una frecuentacin del lugar en los inicios de la Edad del Hierro por parte de los mercaderes martimos. Si la dispersin espacial de estos niveles de ocupacin eran ya suficientes para demostrar la presencia de un asentamiento prerromano en el solar de la antigua Tarraco, Adseries, Burs, Mir y Ramon (1993, 218-220) han ampliado tambin su anlisis a otros yacimientos detectados en el entorno de la ciudad, intentando definir y jerarquizar el hbitat de los iberos cesetanos. Se trata esencialmente de pequeos oppida situados en torno a los cauces fluviales e instalaciones puntuales de uso agrcola dispersas por el frtil Camp de Tarragona. El estudio de tales yacimientos permite a estas autoras definir el asentamiento tarraconense como el de mayor extensin y mejor posicin estratgica. De igual forma, los anlisis de ocupacin territorial en poca ibrica del sector costero de la Cessetania, al norte de Tarragona, realizados por el equipo de la UB que ha excavado y musealizado la ciudadela ibrica de Alorda Park (Calafell), han llegado a idntica conclusin. El nico asentamiento en toda la zona que puede definirse como un oppidum urbano de primer orden es la propia Tarragona (Pou, Sanmart, Santacana 1994; Asensio et alii 1998). Tales evidencias arqueolgicas resultan suficientes para definir uno de los modelos habituales de formacin de una ciuitas ibrica: el oppidum principal, residencia del prncipe o rgulo, que actuaba como centro urbano de la poblacin, unida por clanes tnicos, diseminada en otros establecimientos menores (los oppida, turris y castella de Livio y Estrabn). En estos casos, la coincidencia nominal entre el tnico tribal y el nombre del oppidum principal est bien atestiguada por otros ejemplos coetneos (Edeta / edetanos; Bergium / bergistanos, etc.). La primera mencin escrita de las caractersticas portuarias de la gola del Francol corresponden a su mencin por Eratstenes en el siglo III a.C., antes de la llegada de los Escipiones. Al mismo tiempo, las importaciones cermicas ticas y pnicas evidenciadas en el oppidum atestiguan el uso del fondeadero como uno de tantos mercados portuarios (emporia) dispersos por las costas ibricas en los siglos V, IV y III a.C. El lugar es descrito en los aos 218-206 a.C. por Polibio y Livio como un puerto de nombre Tarraco convertido en la primera base de hibernada y luego cuartel general permanente del ejrcito romano en Hispania. Aparentemente, segn ambos autores en el ao 218 a.C. este puerto era un lugar distinto al oppidum paruum de Kissa / Cissis, situable en tierras del interior, junto al que tuvo lugar la batalla del mismo nombre y la captura del campamento de Anbal. Fuera cual fuese el lugar exacto de esta batalla, y en base a los conocimientos que poseemos del hbitat ibrico en las comarcas circundantes, hemos de reconocer que la autntica capital de los cessetani estuvo siempre situada en Tarragona.
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Pudo quizs ocurrir que el nombre de Kissa/Cissis dado al oppidum paruum interior se debiera nicamente a una necesidad literaria para poder otorgar un nombre concreto a la batalla celebrada en sus inmediaciones. Una sntesis obligada para no tener que referirse a un combate celebrado junto a uno de los oppida de los cessetani. En ltimo lugar, cabe tambin la posibilidad de que la batalla de Cese fuera simplemente una invencin propagandstica de la historiografa latina y que los Escipiones establecieran simplemente su cuartel general junto a la caput urbs de la ciuitas de los cessetani. El topnimo latino Tarraco asignado al lugar, a su vez derivado del topnimo griego Tarracon guarda un evidente paralelismo con lo ocurrido en otros asentamientos portuarios prerromanos que presentan distintas denominaciones en ibero, griego y latn. Los casos de Emporion / Untica-Indica / Emporiae (Empuries) y Saiganthe / Arse / Saguntum (Sagunto) nos resultan a este respecto bien ilustrativos. El origen del topnimo grecolatino fue ya sealado por los fillogos a partir de un prefijo tar(r) habitual en las costas mediterrneas, propio de hidronmicos, puertos y acantilados: Tarento, Tarquinia, Tarracina, Tharros, Tarso, etc. (Battisti 1932 cit. Pericay 1952, 56-59). El desarrollo de la Segunda Guerra Pnica signific una enorme potenciacin del lugar. El oppidum pas a convertirse en un puerto estratgico de comunicaciones entre Italia y el noreste peninsular, las necesidades de las tropas romanas acantonadas cada invierno (tanto en la ciudad como en las comarcas circundantes) y la gran vida econmica generada por la guerra motivaron una radical transformacin de las economas locales. Desde esta ptica, podemos realmente comprender el sentido de las palabras de Plinio al definir a la ciudad como obra de los Escipiones. Las necesidades monetarias del ejrcito romano en Hispania y las dificultades de aprovisionamiento desde Roma motivaron entre los aos 218 y 211 a.C. la aparicin de diversas cecas de plata y bronce en el noreste y levante hispnicos para uso militar romano. Las dracmas de Emporion que suministraban la parte esencial de este numerario en patrn plata fueron imitadas en una nica emisin con leyenda ibrica taraconsalir. Al mismo tiempo, se acuaron unidades y divisores de bronce con leyenda ibrica cese. La contemporaneidad de ambas leyendas no tiene porque indicar que se tratara de ncleos distintos, sino que ambas acuaciones, relacionadas con las necesidades financieras de los imperatores tuvieron necesariamente que proceder de Cese/Tarraco. Las acuaciones posteriores de la ciudad, a lo largo de los siglos II y I a.C., manteniendo nicamente la leyenda ibrica, as lo prueban. Se trat de una ciuitas, denominada Cese / Tarracon / Tarraco, que a diferencia de la imagen humillante transmitida por la batalla del 218 a.C., tuvo que gozar de una relacin privilegiada con Roma como ciudad libre o federada. Solo as podemos entender que la Tarraco tardo-republicana emitiera moneda con leyenda cese y recibiera al mismo tiempo en su interior al ex cnsul Catn en el 109 a.C. que abandonaba as, desterrado, el Estado romano. Los cesetanos / tarraconenses probaban con este estatuto privilegiado e independiente la antigedad y lealtad de su relacin con Roma, pero su ciudad actuaba al mismo tiempo como residencia invernal del pretor y en ciertos aspectos hemos sugerido incluso su carcter de capital provincial romana ya en poca republicana (Ruiz de Arbulo 1993). El lugar ocupado por el oppidum ibrico se mantuvo efectivamente como ciudad vieja a lo largo de toda la historia de la ciudad romana y en este lugar se situara el nuevo foro de la colonia cesariana y augustea. Por el contrario, la parte alta de la colina tarraconense, rodeada por las murallas romano-republicanas, parece que continu
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funcionando, durante ms de dos siglos, como una zona de uso militar no relacionada con la vida cotidiana de la ciudad. Tan solo con la dinasta flavia la construccin del gigantesco foro provincial tarraconense urbanizara definitivamente este recinto (Tarraco. Gua Arqueolgica; Ruiz de Arbulo 1998). Tarragona, setiembre del 2000.
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Pies de Figuras. Figura 1. Costa de Tarragona entre el cabo de Salou y la Punta de la Mora (Fotocopia del Mapa topogrfico 1:50.000 de la Cartografa Militar de Espaa. Hoja 3418). El asterisco muestra la posicin de la ciudad ibrica y ms tarde ibero-latina de Cese / Trraco. La estrella seala la fortificacin romana en lo alto de la colina. Se ha reforzado la lnea actual de costa y sealado en negro en cauce del ro Francol, cuya desembocadura aparece canalizada y desviada por la construccin del puerto moderno. Figura 2. Dracma de plata de imitacin emporitana. Peso 4,00 grs. Anv. Cabeza de Arethusa a la derecha rodeada por tres delfines. Rev. Pegaso a la derecha con cabeza modificada en Crisaor; debajo estrella y leyenda ibrica taraconsalir (de Villaronga 1988, 149 num. 1).
Figura 3. Primeras emisiones de bronce de la ceca de Cese, anteriores al 211 a.C. (de Villaronga 1983, lm. II., y pgs. 141 y 142). Nms. 1-2. Primera emisin. Valor mitad. Nm. 1: AE. Peso 8,66 grs. Valor mitad. Anv. Cabeza viril con laureola a la derecha y collar punteado; grfila de puntos. Rev. Caballo al galope a la derecha; debajo leyenda ibrica cese . Nms. 3.1 a 7. Segunda emisin. Valores 1 , unidad, mitad, cuartos y sextos. Nm. 3-1. AE. Peso 22,15 grs. Valor 1 . Anv. Cabeza viril barbuda a la derecha; grfila de puntos. Rev. Jinete con palma a la derecha; debajo leyenda ibrica cese.
Figura 4. Emisiones tarraconenses de denarios y unidades de bronce del siglo II a.C. (de Tarraco. Guia Arqueolgica 1999, 20). Num. 1. AR. Peso 3,75 grs. Denario. Anv. Cabeza viril imberbe a la derecha; grafila de puntos. Rev. Jinete con palma y dos caballos a la derecha; debajo leyenda ibrica cese. Num. 2. AE. Peso 11,90 grs. Unidad. Anv. Cabeza viril imberbe a la derecha; grfila de puntos. Rev. Jinete con palma; debajo leyenda ibrica cese. Figura 5. Detalle de las murallas romano-republicanas de Tarragona junto a la torre de S. Mag segn una postal de los aos 20. En 1932, el derrumbe parcial del muro en primer trmino permiti descubrir el relieve de la Minerva que decoraba la torre. Las dos fases de la fortificacin romana definidas por Serra Vilar (1946) y Th. Hauschild (1979; 1985) se aprecian aqu claramente. La torre de S. Mag / Minerva presenta un zcalo alto de megalitos, mientras que la ampliacin del recinto, hoy datada estratigrficamente en el tercer cuarto del siglo II a.C. (Aquilu et alii 1991), se realiz con lienzos rectilneos de sillares, sobre un zcalo bajo de megalitos, sin presencia de torres. Figura 6. Mapa topogrfico de Tarragona (Fotocopia reducida de la Hoja 473-3-3 del Mapa topogrfico 1:5000 del Institut Cartogrfic de Catalunya). Se han sealado con puntos negros las intervenciones arqueolgicas citadas en el texto con evidencias del oppidum ibrico. En lo alto de la colina, a la derecha de la imagen, se han marcado en
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negro los lienzos correspondientes a la primera fase de la fortificacin romana (fin III inic. II a.C.) Figura 7. Detalle de la situacin de las intervenciones arqueolgicas citadas en el texto sobre la retcula viaria actual. Aparecen igualmente sealados la baslica jurdica del foro colonial y el teatro romano, construdo aprovechando el desnivel de la colina. La flecha seala el encuadre de la fig. 8. (Plano base del TEDA 1988, El Frum, Quaderns de difusi, 3, Tarragona). Figura 8. Vista actual de la carena de 20 m. sobre la que se situaba el oppidum ibrico (ocupada actualmente por la c. Dr. Zamenhoff) desde la intervencin arqueolgica en las termas de la c. S. Miquel (CODEX SCCL, 1999, dir. J.M. Macias). Figura 9. Vista area de Tarragona a fines de los aos 80 (foto J. Alberich). El sector ocupado por el oppidum ibrico corresponde al entorno de la Pl. de Toros, a la izquierda de la imagen. En primer trmino, tramo final de ro Francol cruzado por los puentes del ferrocarril y el barrio portuario. El PERI 2, actualmente ya urbanizado, corresponde a los campos que se extendan delante de la misma La intervencion arqueologica de la c. Pere Martell corresponde al edificio en construccin a la izquierda de la Pl. de Toros. Figura 10. Vista de la ciudad de Tarragona en 1563 del pintor flamenco A. Van der Wyngaerde (Kagan ed. 1986). El pintor escogi la torre del convento de S. Francisco (ms tarde destruido para construir el Fortn Real), situado sobre el oppidum ibrico, para plasmar un dilatado paisaje que englobaba la ciudad y el puerto, llegando hasta el cabo de Salou (reproducimos aqu tan solo la ciudad). La imagen amurallada de la ciudad renacentista nos permite imaginar el aspecto que tendra la fortificacin romana de los Escipiones contemplada desde el oppidum ibrico. Figura 11. Planta de Tarragona a fines del siglo XVIII segn A. de Laborde. El Fortn Real (nm. 41) ocupa la acrpolis inicialmente ocupada por el oppidum ibrico, extendido hacia el oeste en direccin al cauce fluvial (bajo el gran baluarte nm. 42).
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