El Sina y el Calvario
E.J. Waggoner
Aunque la ley sea incapaz de dar vida, no va contra las promesas de Dios. Al contrario, las confirma con voz atronadora
Acordaos de la ley de Moiss, mi siervo, al cual encargu, en Horeb, ordenanzas y leyes para todo Israel. Yo os envo al profeta Elas antes que venga el da de Jehov, grande y terrible. l har volver el corazn de los padres hacia los hijos, y el corazn de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y castigue la tierra con maldicin (Mal. 4:4-6). Considera cun ntimamente relacionada est la ley que fue proclamada desde Horeb, con la tierna y subyugadora obra del Espritu Santo. Horeb es Sina, como es fcil ver en Deuteronomio 4:10-14, donde leemos las palabras de Moiss, el siervo del Seor: El da que estuviste delante de Jehov, tu Dios, en Horeb, cuando Jehov me dijo: Reneme el pueblo, para que yo les haga or mis palabras, las cuales aprendern para temerme todos los das que vivan sobre la tierra, y las ensearn a sus hijos, os acercasteis y os pusisteis al pie del monte, mientras el monte arda envuelto en un fuego que llegaba hasta el mismo cielo, entre tinieblas, nube y oscuridad. Entonces Jehov habl con vosotros de en medio del fuego; osteis la voz de sus palabras, pero a excepcin de or la voz, ninguna figura visteis. Y l os anunci su pacto, el cual os mand poner por obra: los diez mandamientos, y los escribi en dos tablas de piedra. A m tambin me mand Jehov en aquel tiempo que os enseara los estatutos y juicios, para que los pusierais por obra en la tierra a la que vais a pasar para tomar posesin de ella (Deut. 4:10-14). Cuando el Seor nos dice que recordemos la ley que promulg en Horeb, o Sina, es para que podamos conocer el poder con el que va a volver el corazn de los padres y de los hijos, a fin de que estn preparados para el terrible da de su venida. La ley de Jehov es perfecta, que vuelve el alma (Sal. 19:7).
La Roca herida
Cuando Dios proclam la ley desde el Sina, ese manantial de agua viviente que haba brotado de la roca herida en Horeb, segua fluyendo. De haberse secado, los Israelitas se habran encontrado en una situacin tan desesperada como antes, pues carecan de otro suministro de agua, esa era su nica esperanza de vida. Fue desde Horeb, lugar en donde man el agua que les restituy la vida, que Dios pronunci la ley. La ley vino de la misma roca de la que estaba ya fluyendo agua, y esa Roca era Cristo (1 Cor. 10:4). A Sina se lo considera con razn como un sinnimo de la ley; pero no lo es menos de Cristo, puesto que en l hay vida. Dijo Jess: el hacer tu voluntad, Dios mo, me ha agradado, y tu ley est en medio de mi corazn (Sal. 40:8). Dado que del corazn mana la vida (Prov. 4:23), la ley era la vida de Cristo. 1 l fue herido por nuestras rebeliones, y por sus llagas fuimos nosotros curados. Cuando fue golpeado y herido en el Calvario, fluy de su corazn la sangre que da vida, y esa corriente sigue hoy manando para nosotros. Pero la ley est en su corazn, de forma que cuando bebemos por la fe de ese manantial que da vida, estamos bebiendo la justicia de la ley de Dios. La ley viene a nosotros como un manantial de gracia, como un ro de vida. La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (Juan 1:17). Cuando creemos en l, la ley no es para nosotros meramente letra, sino una fuente de vida. Observa que todo eso estaba en Sina. Cristo, el dador de la ley, era la Roca herida en Horeb, que es Sina. Ese manantial significaba la vida para aquellos que beban de l, y a ninguno de los que lo reciban con profundo agradecimiento se le poda ocultar que provena directamente de su Seor, del Seor de toda la tierra. As, podan
haber resultado convencidos del tierno amor del Seor por ellos, y del hecho de que l era su vida, y por consiguiente, su justicia. As, an siendo cierto que no podan acercarse al monte sin morir una evidencia de que la ley, sin Cristo, significa la muerte para el hombre, podan no obstante beber del manantial que de l brotaba, y de esa forma, al beber de la vida de Cristo podan beber la justicia de la ley. Las palabras pronunciadas desde el Sina, proviniendo de la misma Roca de la cual man el agua que fue la vida del pueblo, manifestaban la naturaleza de la justicia que Cristo les impartira. Si bien era una ley de fuego, era al mismo tiempo un saludable manantial de vida. Dado que el profeta Isaas saba que Jess era la roca herida en Sina, y que ya entonces era el slo Mediador, Jesucristo hombre, el cual se dio a s mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo, pudo afirmar que fue molido por nuestros pecados, y por sus llagas fuimos nosotros curados. Los israelitas de antao tenan all expuesta la leccin de que es slo mediante la cruz de Cristo como la ley es vida para el hombre. Idntica leccin se nos aplica a nosotros, junto a la otra cara del mismo hecho: que la justicia que nos viene mediante la vida derramada en la cruz en favor nuestro, es precisamente la requerida por los diez mandamientos, ni ms ni menos. Lemoslos: 1. Yo soy Jehov, tu Dios, que te saqu de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre. No tendr dioses ajenos delante de m 2. No te hars imagen ni ninguna semejanza de lo que est arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinars a ellas ni las honrars, porque yo soy tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos hasta la tercera y cuarta generacin de los que me aborrecen, y hago misericordia por millares a los que me aman y guardan mis mandamientos 3. No tomars el nombre de Jehov, tu Dios, en vano, porque no dar por inocente Jehov al que tome su nombre en vano 4. Acurdate del sbado para santificarlo. Seis das trabajars y hars toda tu obra, pero el sptimo da es de reposo para Jehov, tu Dios; no hagas en l obra alguna, t, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu criada, ni tu bestia, ni el extranjero que est dentro de tus puertas, porque en seis das hizo Jehov los cielos y la tierra, el mar, y 2
todas las cosas que en ellos hay, y repos en el sptimo da; por tanto, Jehov bendijo el sbado y lo santific 5. Honra a tu padre y a tu madre, para que tus das se alarguen en la tierra que Jehov, tu Dios, te da 6. No matars 7. No cometers adulterio 8. No hurtars 9. No dirs contra tu prjimo falso testimonio 10. No codiciars la casa de tu prjimo: no codiciars la mujer de tu prjimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prjimo Esa fue la ley que fue proclamada entre los terrores del Sina, por los labios de Aquel de quien provino y proviene la vida en ese manantial que all estaba brotando; su propia vida dada por ellos. La Cruz, con su manantial sanador, que da vida, estaba en el Sina, por consiguiente la Cruz no puede efectuar cambio alguno en la ley. La vida procedente de Cristo, tanto en el Sina como en el Calvario, muestra que la justicia revelada en el Evangelio no es otra que la de los diez mandamientos. Ni una jota ni un tilde de ellos puede pasar. Los terrores del Sina estuvieron en el Calvario en la densa oscuridad, en el terremoto, y en la gran voz del Hijo de Dios. La roca herida y el manantial abierto en el Sina representan al Calvario; el Calvario estuvo all; es un hecho cierto que desde el Calvario fueron proclamados los mandamientos idnticamente a como sucedi en el Sina. El Calvario, no menos que el Sina, revela la terrible e invariable santidad de la ley de Dios, tan terrible y tan invariable que no perdon siquiera al mismo Hijo de Dios, al ser contado con los pecadores. Pero por grande que pudiera ser el terror inspirado por la ley, la esperanza de la gracia es todava mayor, ya que cuando el pecado abund, sobreabund la gracia (Rom. 5:20). Detrs de todo permanece el juramento del pacto de la gracia de Dios, que asegura la perfecta justicia y vida de la ley en Cristo; de forma que, aunque la ley decretaba muerte, estaba en realidad mostrando las grandes cosas que Dios haba prometido hacer por aquellos que creen. Nos ensea a no poner nuestra confianza en la carne, sino a adorar a Dios en el Espritu, y a gozarnos en Jesucristo. As, Dios estaba probando a su pueblo, a fin de que pudieran saber que no slo de pan vivir el hombre, sino de todo lo que sale de la boca de Jehov vivir el hombre (Deut. 8:3).
Por lo tanto, aunque la ley sea incapaz de dar vida, no va contra las promesas de Dios. Al contrario, las confirma con voz atronadora; ya que segn el invariable juramento de Dios, el mayor requerimiento de la ley no es para el odo de la fe ms que una promesa de su cumplimiento. Y de ese modo, enseados por el Seor Jess, po-
demos saber que su mandamiento es vida eterna (Juan 12:50).
The Present Truth, 26 noviembre 1896
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