Haley, Alex - Raices
Haley, Alex - Raices
Traduccin ROLANDO COSTA PICAZO EMECE EDITORES Ttulo original ingls ROOTS Copyright (c) 1976 by Alex Haley by arrangement with Paul R. Reynolds, Inc. New York Diseo de tapa JORGE ANBAL ACUA IMPRESO EN ARGENTINA - PRINTED IN ARGENTINA Queda hecho el depsito que previene la ley nmero 11.723 (c) EMEC EDITORES, S. A. - Buenos Aires, 1978 BUENOS AIRES, ABRIL DE 1978 2a IMPRESIN EN OFFSET: [Link], EJEMPLARES Editor: EMEC EDITORES, S. A. - ALSINA 2062, Bs. As. Impresor: COMPAA IMPRESORA ARGENTINA, S. A. - ALSINA 2049, Bs, As. Distribuidor: EMEC DISTRIBUIDORA S.A.C.I.F, y M. ALSINA 2062, Bs, As. 46.028
DEDICATORIA No fue parte de un plan dedicar doce aos a investigar documentos para escribir Races. Es una casualidad que se publique en el ao del Bicentenario de los Estados Unidos. Por eso dedico este libro como regalo de cumpleaos, a mi pas, en el cual se desarroll la mayor parte de Raices.
RECONOCIMIENTOS Tengo una deuda tan profunda de gratitud con tantas personas que me ayudaron a escribir Races, que para enumerarlas a todas se necesitaran muchas pginas. Las siguientes personas son preeminentes: George Sims, mi amigo de toda la vida, desde nuestra infancia en Henning, estado de Tennessee. es un gran investigador que viaj conmigo muchas veces, compartiendo aventuras fsicas y emocionales. Su metdico rastrillaje de cientos de volmenes y otras clases de documentos, especialmente en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos y en los Archivos Nacionales, me proporcion gran parte de los materiales histricos y culturales que he utilizado para la vida de mis personajes. Murray Fisher, mi editor durante aos en "Playboy", me brindo su experiencia clnica, ayudndome a estructurar este libro entre un laberinto aparentemente intransitable de material de documentacin. Primero establecimos la divisin en captulos y luego desarrollamos la lnea argumental, que luego l revis. Por ltimo, en la etapa apremiante, cuando haba que dar una forma definitiva al libro, l lleg a bosquejar algunas escenas, y fue su brillante pluma la que corrigi y comprimi la gran extensin del libro. La seccin africana de este libro, existe en su forma detallada slo porque en un momento crucial la seora de Dewitt Wallace y los editores del "Reader's Digest" supieron compartir y apoyar mi anhelo ferviente de explorar la posibilidad de documentar en su origen africano la atesorada historia de mi familia. Este libro tampoco existira en su forma definitiva, sin la ayuda de docenas de abnegados bibliotecarios y archivistas de cincuenta y siete depsitos de informaciones en tres continentes. Descubr que un bibliotecario o archivista se contagia del fervor de investigacin de uno, y llega a transformarse en un detective que ayuda en la bsqueda. Tengo una gran deuda con Paul R. Reynolds, decano de agentes literarios -y el honor de ser uno de sus clientes- y con Lisa Drew y Ken McCormick, editores principales de Doubleday. Todos ellos han compartido y socorrido pacientemente mis frustraciones en todos estos aos que me llev Races.
Finalmente, reconozco m inmensa deuda a los griots de frica. Hoy se dice, con exactitud, que cuando muere un grot es como si se quemara una biblioteca. Los griots simbolizan el hecho de que la herencia humana se remonta a un lugar, y a un tiempo, en que no exista la escritura. Por eso, los recuerdos de los ancianos constituyeron el nico vehculo para la trasmisin de las primeras historias de la humanidad... para que todos nosotros sepamos quines somos.
CAPITULO 1
A comienzos de la primavera de 1750, en la aldea de Juffure, a cuatro das, ro arriba, de la costa de Gambia, frica Occidental, naci un varn, hijo de Omoro y Binta Kinte. Hizo fuerza para salir del cuerpo joven y vigoroso de Binta. Era negro como ella, y por su cuerpo resbaladizo le chorreaba la sangre de su madre. Lloraba con todas sus ganas. Las dos arrugadas parteras, la vieja Nyo Boto y Yaisa, abuela de la criatura, se echaron a rer de alegra al ver que era un varn. Segn sus antepasados, el primognito varn presagiaba la bendicin especial de Al, no slo para sus padres sino tambin para la familia de los padres. Adems, se saba con orgullo que el nombre Kinte sera perpetuado y distinguido. Era la hora anterior al primer canto de los gallos, y junto con la charla de Nyo Boto y de Yaisa, el primer sonido que escuch el nio fue el dbil y rtmico bomp bomp bomp que hacan los morteros de madera en los que Ias otras mujeres de la aldea machacaban el cereal para preparar el desayuno tradicional de kouskous, con carne y verduras, que cocinaban en calderos de barro sobre un fuego hecho entre tres piedras. El tenue humo azul, acre y agradable, ondeaba sobre la pequea aldea polvorienta de chozas redondas de barro mientras Kajali Demba, el alimano de la aldea, empezaba a llamar a los hombres para la primera de las cinco plegarias diarias que se ofrecan a Al desde tiempo inmemorial. Los hombres saltaron de sus camas de caa de bamb y cueros curtidos, se pusieron sus tnicas de algodn basto, y se alinearon rpidamente en el lugar dedicado a las plegarias, donde el alimano diriga la oracin: -Allah Akbar! Ashadu an lailahai-lala!-, (Dios es grande. Atestiguo que hay un solo Dios). Fue despus de la plegaria, cuando los hombres regresaban a sus chozas para desayunar, que Omoro corri, excitado y sonriente, para darles la noticia del nacimiento de su primognito. Todos los hombres, al felicitarlo, repitieron las profecas de buena fortuna. De regreso en la choza, los hombres recibieron una calabaza llena de cereal cocinado de manos de sus esposas. Luego las mujeres regresaron a la cocina, en la parte posterior de la choza, para alimentar a sus hijos, y por ltimo desayunaron ellas. Al terminar de comer, los hombres recogieron las pequeas azadas, de mango curvo, cuyas hojas de madera haban sido envainadas de metal por el herrero de la aldea, y partieron a su trabajo, que consista en preparar la tierra para sembrar man, kouskous y algodn, cultivos primarios de los hombres (el arroz era el de las mujeres) en ese clido y exuberante terreno de sabanas en Gambia. Segn la costumbre ancestral, durante los siete das siguientes, Omoro deba dedicarse seriamente a una sola tarea: la seleccin de un nombre para su hijo. Tendra que ser un nombre rico en historia y en promesas, pues la gente de su tribu -los mandingas- crea que un nio llegara a tener siete de las caractersticas de la persona o cosa cuyo nombre tomaba. Durante esta semana de meditacin, en nombre suyo y de Binta, Omoro visit todos los hogares de Juffure para invitar a las familias a la ceremonia en que se le pondra el nombre a su hijo y que tradicionalmente deba tener lugar en su octavo da de vida. Ese da, igual que su padre y su abuelo, el nuevo hijo se convertira en miembro de la tribu. Cuando lleg el octavo da, los habitantes de la aldea se reunieron a la maana temprano frente a la choza de Omoro y Binta. Las mujeres de ambas familias, llevaban sobre la cabeza, recipientes hechos de calabazas ahuecadas llenos de leche agria y tortas dulces de arroz machacado y miel. Karamo Silla, el jaliba de la aldea, estaba presente con sus tambores tan-tang. Tambin estaban presentes el alimano, y Brima Cesay, el arafang, que algn da sera el maestro del nio, y los dos hermanos de Omoro, Janneh y Saloum, que haban venido desde lejos para presenciar la ceremonia, al enterarse del nacimiento de su sobrino por los mensajes trasmitidos por tambor. Binta sostena orgullosamente en sus brazos al infante mientras le afeitaban un poco del pelo nuevo. Todas las mujeres exclamaron al ver qu bien formado era el beb, pero pronto se callaron al or que el jaliba empezaba a tocar los tambores. El alimano rez una
oracin bendiciendo las calabazas llenas de leche agria y tortas munko, y mientras rezaba, los invitados tocaban el borde de la calabaza con la mano derecha en seal de respeto por la comida. Luego el alimano se volvi para orar por el infante, rogndole a Al" que le concediera larga vida, xito para su familia, su tribu y su aldea, a quienes les deba traer buen nombre, orgullo y muchos hijos, y finalmeme fortaleza y espritu para merecer honor y honrar el nombre que estaba a punto de recibir. Omoro camin luego frente a la gente reunida de la aldea. Colocndose junto a su mujer levant el nio y, mientras todos observaban, susurr tres veces el nombre que haba elegido para su hijo en el odo de ste. Era la primera vez que se pronunciaba el nombre del nio, porque la gente de Omoro crea que el primero en enterarse de su nombre deba ser el destinatario del mismo. El tambor tan-tang volvi a orse, y esta vez Omoro susurr el nombre en el odo de Binta, que sonri con orgullo y con placer. Luego Omoro le susurr el nombre al arafang, que estaba parado frente a los habitantes de la aldea. - El primer hijo de Omoro y Binta Kinte se llama Kunta! -grit Brima Cesay. Como todos saban, era el nombre del medio del difunto abuelo del nio, Kairaba Kunta Kinte, que haba llegado a Gambia desde su Mauritania natal. Haba salvado a la gente de Juffure de morirse de hambre, se haba casado con la abuela Yaisa, y posteriormente servido honorablemente a Juffure, hasta su muerte, como hombre sagrado de la aldea. Uno por uno, el arafang recit los nombres de los antepasados mauritanos del viejo Kairaba Kinte. Los nombres, que eran muchos, y grandes, se remontaban a ms de doscientas lluvias. Luego el jaliba hizo sonar su tan-tang y toda la gente manifest su admiracion y respeto por linaje tan distinguido. Esa octava noche, bajo la luna y las estrellas, solo con su lujo, Omoro complet el ritual del nombramiento. Llevando al pequeo Kunta entre sus fuertes brazos, camin hasta el borde de la aldea, levant al beb con la cara vuelta hacia el cielo y dijo en voz baja: -Fend kiling dorong leh warrata ka iteh tee. (Observa lo nico que es ms grande que t).
CAPITULO 2 Era la estacin de la siembra, y pronto llegaran las lluvias. En todo el terreno arable los hombres de Juffure haban apilado montones de hierba seca a los que luego les prendieron fuego para que la brisa, al desparramar las cenizas, enriqueciera el suelo. En los arrozales las mujeres ya haban empezado a plantar los verdes tallos en el barro. Mientras Binta se recuperaba del parto, la abuela Yaisa se haba encargado de cuidarle la porcin del arrozal que le corresponda, pero ahora Binta ya estaba lista para recomenzar las tareas. Llevando a Kunta en un arns de algodn sobre la espalda, Binta fue caminando con las otras mujeres hasta las piraguas que estaban en las mrgenes del bolong, el riacho de la aldea, uno de los muchos canales tributarios del ro Gambia, conocido como Kamby Bolongo. Algunas de las mujeres, entre ellas su amiga Jankay Touray, llevaban tambin a sus recin nacidos y balanceaban bultos sobre la cabeza. Cada piragua llevaba a cinco o seis mujeres que empuaban con fuerza los remos cortos y anchos. Empezaron ahora a deslizarse por el bolong. Cada vez que Binta se inclinaba para hundir el remo, senta la mullida tibieza de Kunta en la espalda. El aire ola a la fragancia fuerte y almizclera de los mangles que se confunda con los perfumes de las otras plantas y rboles que crecan en profusin a ambos lados del bolong. Numerosas familias de mandriles se despertaron de su sueo, alarmadas por las canoas, y empezaron a bramar, saltando de aqu para all mientras sacudan las frondas de palmeras. Los cerdos salvajes gruan y resoplaban, corriendo a esconderse entre las hierbas y los arbustos. Miles de pelcanos, cigeas, airones, garzas, esptulas y otras aves zancudas que cubran las mrgenes fangosas, interrumpieron el desayuno para observar nerviosamente el paso de las piraguas. Algunas de las aves ms pequeas -palomas torcazas, rascones, alciones- levantaron vuelo, trazando crculos mientras proferan gritos agudos hasta que terminaron de pasar los intrusos. A medida que las piraguas avanzaban como flechas por el agua, cardmenes de peces pequeos saltaban, todos a la vez, ejecutaban una danza de plata, y volvan a hundirse con un salpicn. Persiguiendo a las mojarritas con tanta voracidad que a veces saltaban adentro de las canoas, iban peces grandes y feroces que las mujeres mataban con los remos y guardaban para una suculenta cena. Pero esa maana las mojarritas nadaban alrededor de las piraguas sin que nada las perturbara.
El serpenteante bolong llev a las mujeres, despus de un codo, a un afluente ms ancho, y al ser avistadas, el aletear de miles de pjaros marinos llen el cielo con todos los colores del arcoiris. Mientras las mujeres seguan remando, la superficie del agua, oscurecida por las aves que trazaban surcos sobre ellas con las batientes alas. se llen de plumas. Mientras se aproximaban a los golfos pantanosos en los que generaciones de mujeres de Juffure haban cultivado cosechas de arroz, las canoas atravesaron nubes de mosquitos y luego una tras otra entraron con cuidado en zonas sealadas por plantas enmaraadas. Las plantas limitaban e identificaban la parcela que corresponda a cada mujer. En ellas ya se vean los brotes verde esmeralda de arroz que se levantaban hasta un palmo de altura por encima de la superficie del agua. Como el tamao de cada parcela era decidido anualmente por el Consejo de Ancianos de Juffure, de acuerdo con la cantidad de bocas que cada mujer tena que alimentar, la parcela de Binta era an pequea. Baj con mucho cuidado de la canoa con su beb, balancendose, y despus de dar unos pasos se detuvo, mirando con sorpresa y deleite una diminuta choza de bamb, con techo de paja tejida, que se levantaba del agua sobre soportes. Mientras ella tena los dolores del parto, Omoro haba ido a su parcela y la haba construido como refugio para su hijo. Como era tpico de los hombres, no le haba dicho nada a ella. Binta dio de mamar al nio, lo acomod en el refugio, se cambi de ropa, ponindose la de trabajo, que haba llevado en el atado sobre la cabeza y se meti en el agua para empezar a trabajar. Inclinndose sobre el agua, casi doblada en dos, empezo a arrancar las malezas que de lo contrario secarian el arroz. Cada vez que Kunta lloraba, Binta se diriga a l, chorreando agua. y volvia a amamantarlo a la sombra de la choza. El pequeo Kunta gozaba da a da de la ternura de su madre. De regreso en la choza, todas las noches, despus de cocinar y darle de comer a Omoro, Binta suavizaba la piel del beb untndola de la cabeza a los pies con manteca de shea, y luego, con mucha frecuencia, sola llevarlo orgullosamente a travs de la aldea hasta la choza de la abuela Yaisa, que mimaba y besaba al nio. Ambas hacan gritar de irritacin al pequeo Kunta con las repetidas presiones que ejercan sobre su cabecita, la nariz, orejas y labios, para que tomaran la forma correcta. Algunas veces Omoro le quitaba el beb a las mujeres y llevaba al fardito de ropa a su propia choza (los maridos residan aparte de sus esposas) donde permita que el nio explorara con la vista y con los dedos los atractivos objetos colocados en la cabecera de la cama de Omoro, y que tenan por fin alejar a los malos espritus. Todas las cosas coloridas intrigaban al pequeo Kunta, especialmente la bolsa de cazador de su padre, hecha de plumas, ahora casi enteramente cubierta por caparazones de moluscos, que representaban los animales que Omoro haba llevado personalmente para que se alimentaran los habitantes de la aldea. A Kunta tambin le encantaba el arco largo y combado, y el carcaj con flechas que colgaba cerca. Omoro sonrea cada vez que la diminuta manita se extenda para acariciar la lanza oscura y delgada cuyo mango estaba lustroso de tanto uso. Dejaba que Kunta tocara todo excepto la estera de plegarias, que era sagrada para su dueo. Cuando estaban solos en la choza, Omoro le hablaba a Kunta de las acciones valerosas que llevara a cabo cuando creciera. Por ltimo devolva a su hijo a la choza de Binta para que le diera de comer. Kunta se senta feliz casi todo el tiempo, estuviera donde estuviese, y siempre se quedaba dormido cuando Binta lo meca sobre la falda o lo acostaba sobre la cama de ella y le cantaba una cancin de cuna, como: Hijo mo, sonriente, Que llevas el nombre de un noble antepasado. Gran cazador o guerrero Sers algn da, Lo que llenar de orgullo a tu pap. Pero yo siempre te recordar as. Aunque Binta amaba mucho a su beb y a su esposo, senta una gran ansiedad porque, segn una costumbre muy antigua, los maridos musulmanes, a menudo elegan otra mujer y se casaban con ella mientras la primera mujer amamantaba a su hijo. Hasta ese momento Omoro no se haba vuelto a casar, y como Binta no quera que sintiera la tentacin de hacerlo, no vea las horas de que Kunta empezara a caminar, porque en ese momento dejara de amamantarlo. As que Binta se apresur a ayudarlo cuando Kunta, a las trece lunas, empez a dar los primeros pasos vacilantes. Al poco tiempo empez a hacer pininos sin que lo ayudara nadie. Binta se sinti aliviada, y Omoro orgulloso, cuando Kunta, al llorar por la comida, recibi, en lugar del pecho, un buen chirlo y una calabaza llena de leche de vaca.
CAPITULO 3 Haban pasado tres lluvias, y estaban en la estacin de caresta, cuando la provisin de cereales provenientes de la ltima cosecha estaba a punto de acabarse. Los hombres haban salido a cazar, pero haban regresado con unos pocos antlopes pequeos, gacelas y aves, porque en esa estacin de sol abrasador, el agua de los pozos de la sabana se haba secado y los animales ms grandes se haban desplazado al bosque espeso, justo en el momento en que los habitantes de Juffure necesitaban todas sus fuerzas para sembrar para la prxima cosecha. Ya las mujeres estaban haciendo estirar las comidas principales, a base de kouskous y arroz, reemplazndolos con las desabridas semillas de caa de bamb y las desagradables hojas secas de baobab. Los das de hambre haban empezado tan pronto, que cinco chivos y dos novillos -ms que la ltima vez- fueron sacrificados para reforzar las plegarias a Al para que librara a la aldea del hambre. Por fin los cielos calurosos se nublaron, las suaves brisas se convirtieron en fuertes vientos y, tan abruptamente como siempre, empezaron las finas lluvias. Caan, calidas y apacibles, mientras los agricultores azadonaban la tierra blanda formando surcos largos y rectos, abiertos para las semillas. Saban que haba que apurarse a plantar antes de que llegaran las fuertes lluvias. Todas esas maanas, despus del desayuno, en lugar de dirigirse en las piraguas a los arrozales, las esposas de los agricultores se ponan los trajes tradicionales de fertilidad, hechos de grandes hojas frescas que simbolizaban el verdor del crecimiento, y acompaaban a los hombres a la siembra. Se escuchaban sus voces que suban y bajaban aun antes de que aparecieran, pues entonaban oraciones ancestrales, para que las semillas de kouskous y de man que llevaban en las calabazas que balanceaban sobre la cabeza, prendieran y crecieran. Moviendo los pies descalzos al comps, las mujeres caminaban en fila y cantaban tres veces en cada campo. Despus se separaban, y cada mujer se colocaba detrs de un agricultor. Cuando l haca un agujero en la tierra con el dedo gordo del pie, ella echaba una semilla en el agujero, lo cubra con la ayuda de su dedo gordo, y segua adelante. Las mujeres trabajaban ms duro que los hombres, porque no slo tenan que ayudar a sus maridos sino tambin ocuparse de sus arrozales y las huertas de verduras que cultivaban cerca de la cocina. Mientras Binta plantaba cebollas, batatas, calabazas, mandiocas y tomates amargos, el pequeo Kunta pasaba el da retozando bajo la mirada vigilante de varias viejas abuelas que cuidaban a todos los nios de Juffure pertenecientes al primer kafo, es decir, todos los menores de cinco aos. Nios y nias jugaban y corran desnudos como animalitos; algunos empezaban a decir sus primeras palabras. Todos, como Kunta, crecan con rapidez, rean y chillaban persiguindose alrededor del tronco gigantesco del baobab de la aldea, jugando a las escondidas y espantando a perros y pollos, que se convertan en bultos de pelos y plumas. Pero todos los nios -inclusive los ms pequeos, como Kunta- corran rpidamente y se quedaban quietos cuando alguna de las abuelas les prometa contarles un cuento. Aunque Kunta an no entenda muchas palabras, observaba con los ojos bien abiertos mientras las viejas ayudaban los cuentos con gestos y ruidos, hacindolos parecer ms reales. Aunque pequeo, Kunta ya estaba familiarizado con algunos de los cuentos que le haba contado su abuela Yaisa cuando l la iba a visitar a su choza. Pero, igual que sus compaeros de juego del primer kafo, crea que la que mejor contaba los cuentos era la querida, misteriosa y extraa Nyo Boto. Esta vieja era calva, llena de arrugas, y tan negra como el fondo de una olla. Le quedaban pocos dientes, teidos de anaranjado por la inmensa cantidad de hojas de cola que haba masticado. Entre ellos siempre le asomaba algn tallo, que pareca la antena de un insecto. La vieja Nyo Boto se acomodaba quejosamente sobre su banco bajo. Aunque era spera, los nios saban que los quera como si fueran hijos suyos, cosa que ella aseguraba. Rodeada por todos, la vieja deca, refunfuando: -Les voy a contar un cuento... - S, por favor! -decan en coro los nios, retorcindose de gusto por anticipado. Comenzaba de la manera en que comenzaban todos los narradores mandingas: -En cierto tiempo, en cierta aldea, viva una cierta persona. Era un niito -deca ella- de unas tres lluvias, que iba caminando por la margen del ro y encontr un cocodrilo preso en una trampera. - Aydame! -le grit el cocodrilo. -Me matars! -grit el nio.
- No! Acrcate! -dijo el cocodrilo. As que el nio fue adonde estaba el cocodrilo, y en ese mismo momento fue apresado por los dientes de su enorme boca. -Es as como pagas mi bondad, con tu maldad? -exclam el nio. -Por supuesto -dijo el cocodrilo por un costado de la boca-. As sucede siempre en el mundo. El nio no quiso creerlo, as que el cocodrilo decidi no tragrselo hasta que no oyera la opinin de las tres primeras personas que acertaran a pasar. El primero fue un viejo burro. Cuando el nio le pidi su opinin, el burro dijo: -Ahora que estoy viejo y que ya no puedo trabajar, mi amo me ha echado, para que me coman los leopardos. -Ves? -le dijo el cocodrilo al nio. El prximo en pasar fue un caballo viejo, que expres la misma opinin. -Ves? -dijo el cocodrilo. Luego vino un conejo regordete que dijo: -Bueno, no puedo dar una buena opinin sin ver cmo sucedi esto desde el comienzo. Gruendo, el cocodrilo abri la boca para contrselo, y el nio salt y se puso a salvo. -Te gusta la carne de cocodrilo? -le pregunt el conejo. El nio dijo que s-. Y a tus padres? -volvi a decir que s-. Tienes aqui entonces a un cocodrilo, listo para la olla. El nio huy y regres con los hombres de la aldea, que lo ayudaron matar al cocodrilo. Pero trajeron con ellos a un perro, que persigui al conejo y tambin lo mat. -As que el cocodrilo tena razn -dijo Nyo Boto-, As sucede siempre en el mundo: la bondad a menudo se paga con maldad. Eso es lo que les he contado en este cuento. - Bendita seas, y que tengas fuerza y prosperidad! -dijeron los nios, agradecidos. Despus las otras abuelas distribuan entre los nios, langostas y otros insectos recin tostados. En otra ocasin hubieran sido un sabroso bocadito pero ahora, en vsperas de las grandes lluvias y en medio del hambre reinante, los insectos tostados deban hacer las veces de comida del medioda, pues en los depsitos de la mayoria de las casas slo quedaban unos pocos puados de kouskous y arroz.
CAPITULO 4 Ahora casi todas las maanas caan chaparrones, y entre un chaparrn y otro Kunta y sus compaeros de juego, corran excitadamente afuera de las chozas. -Mo! Mo! -gritaban al ver el bonito arco iris arquendose sobre la tierra, que nunca pareca estar demasiado lejos. Pero las lluvias traan tambin nubes de insectos voladores cuyas picaduras pronto hacan que los nios volvieran a entrar en las chozas. Luego, de repente, una noche, tarde, empezaron las grandes lluvias, y los habitantes de las aldeas se acurrucaron en las fras chozas escuchando cmo golpeaba la lluvia sobre los techos de paja, observando los relmpagos y consolando a sus hijos cuando el trueno aterrorizante retumbaba en la noche. Entre los chaparrones slo se oa el ladrido de los chacales, el aullido de las hienas y el croar de las ranas. A la noche siguiente volvieron las lluvias, y luego a la siguiente, y a la otra, siempre de noche, inundando los bajos cerca del ro, convirtiendo los sembrados en pantanos y la aldea en un pozo de barro. Pero todas las maanas, despus del desayuno, todos los agricultores avanzaban con dificultad en medio del lodo para dirigirse a la pequea mezquita de Juffure e implorarle a Al que les enviara ms lluvias an, pues la vida misma dependa del agua, de que empapara la tierra profunda antes de la llegada de los soles trridos, que secaran las plantas cuyas races no hallasen agua suficiente para sobrevivir. En la humeda choza destinada a los nios, apenas iluminada y pobremente calentada por los palos secos y las tortas de bosta que ardan en el hogar poco profundo sobre el piso de tierra, la vieja Nyo Boto contaba a Kunta y a los otros nios acerca de la poca terrible en la que llovi poco. No importaba que una situacin fuera mala, pues Nyo Boto siempre recordaba un tiempo en que las cosas haban sido peores an. Les cont que despus de dos das de fuertes lluvias haban llegado los soles abrasadores. Aunque la gente haba rezado con fervor a Al, bailado la ancestral danza de la lluvia, y sacrificado dos cabritos y un novillo por da, todo lo que empezaba a crecer se marchit y muri. Hasta los charcos y aguaderos del bosque se secaron, dijo Nyo Boto, y primero las aves salvajes, y luego los animales de la selva, enfermos por la falta de agua, empezaron a acudir al pozo de agua de la aldea. Todas las noches, en el cielo transparente como cristal, brillaban miles de estrellas refulgentes, y soplaba un viento fro. Muchos se enfermaron. Era evidente que andaban espritus malignos por Juffure. Los que podan seguan con sus plegarias y sus danzas rituales, hasta que por fin se sacrific el ltimo chivo y el ltimo novillo. Era como si Al le hubiera vuelto la espalda a Juffure. Algunos empezaron a morir:
los viejos, los dbiles y los enfermos. Otros se fueron de la aldea, en busca de alguna otra donde rogaran a quienes tuvieran comida que los aceptaran como esclavos, slo por un poco de alimento, y los que permanecieron perdieron el espritu y se encerraron en sus chozas. Fue entonces, sigui diciendo Nyo Boto, que Al gui los pasos del morabito Kairaba Kunta Kinte a la hambrienta aldea de Juffure. Al ver la situacin apremiante de la gente, se arrodill y le rez a Al -sin dormir casi, y tomando unos sorbos de agua por alimento- durante cinco das. A la noche del quinto da cay una gran lluvia, como un diluvio, que salv a Juffure. Cuando hubo terminado la historia, los otros nios miraron a Kunta con nuevo respeto, pues llevaba el nombre de ese abuelo distinguido y esposo de la abuela Yaisa. Kunta ya haba visto cmo se comportaban con Yaisa los padres de los otros nios, y se haba dado cuenta de que era una mujer importante, como seguramente tambin lo era la vieja Nyo Boto. Las grandes lluvias siguieron cayendo sobre la aldea todas las noches. Pronto Kunta y los otros nios empezaron a ver a los adultos vadeando en el fango que les llegaba hasta los tobillos e incluso hasta las rodillas en partes; algunos usaban canoas para ir de un lugar u otro. Kunta le haba odo decir a su padre, hablando con Binta, que los arrozales estaban inundados, bajo las altas aguas del bolong. Los padres de los nios vean cmo sus padres, con hambre y con fro, sacrificaban a Al preciosos chivos y novillos casi todos los dias, remendaban las goteras de los techos, apuntalaban las chozas que empezaban a hundirse, y rogaban que el escaso acopio de cereal les durara hasta la cosecha. Pero Kunta y los otros, que eran nios pequeos, prestaban menos atencin al dolor que sentan, por el hambre, que a sus juegos en el barro, donde luchaban y se resbalaban sobre el traste desnudo. sin embargo, como deseaban volver a ver el sol, agitaban las manos ante el cielo color pizarra exclamando, imitando a sus padres: -Brilla, sol, y matar un chivo por ti! La vivificante lluvia haba transformado a todo lo que creca en algo fresco y lozano. Por todos lados los pjaros cantaban. Los rboles y las plantas parecan reventar de fragantes capullos. El barro rojizo y pegajoso se cubra todas las maanas con los ptalos de colores brillantes y las hojas verdes que haban cado por la lluvia de la noche anterior. Pero en medio de la exuberancia de la naturaleza, la enfermedad se extenda entre los habitantes de Juffure, pues los cultivos no estaban an listos para comer. Tanto los adultos como los nios observaban con mirada hambrienta los miles de hinchados mangos y otros frutos que colgaban pesadamente de los rboles, pero estaban verdes y duros como piedras, y los que les hincaban el diente se enfermaban y vomitaban. - Nada ms que piel y hueso! -exclamaba la abuela Yaisa, haciendo un ruido chasqueante con la lengua, cada vez que vea a Kunta. Pero en realidad la abuela estaba tan flaca como l, pues todas las despensas de Juffure estaban casi vacas. Los pocos animales de la aldea (vacas, chivos o gallinas) que no haban sido comidos o sacrificados deban mantenerse vivos -y ser alimentados- si se quera que al ao siguiente hubiera chivitos, terneros y pollitos. As que la gente empez a comer roedores, races y hojas procurados en la aldea o en los alrededores despus de bsquedas que empezaban al salir el sol y terminaban cuando ste se pona. Si los hombres hubieran ido a los bosques a cazar animales grandes, como lo hacan con frecuencia en otras pocas del ao, no habran tenido la fuerza necesaria para arrastrar la presa hasta la aldea. Tabes tribales prohiban que se comieran los abundantes monos y mandriles; tampoco se tocaban los huevos de gallina, que yacan desparramados por todas partes, ni los millones de grandes sapos que los mandingas consideraban ponzoosos. Y como devotos musulmanes que eran, hubieran preferido morir de hambre antes de probar la carne de los cerdos salvajes, que a veces llegaban en manadas hasta la aldea misma. Desde haca siglos, familias enteras de cigeas anidaban en las ramas superiores de los rboles bombceos de la aldea, y cuando los polluelos salan del cascarn, los padres iban y venan trayendo peces que acababan de sacar del bolong, para alimentar a su cra. Esperando el momento propicio, las abuelas y los nios corran bajo los rboles, dando alaridos y arrojando palitos y piedras al nido. Entonces muchas veces, por el ruido y la confusin, el pico abierto de un polluelo dejaba de recibir un pez, que no caa en el nido y se precipitaba al suelo entre el espeso follaje del rbol. Los nios luchaban por la recompensa, y alguna familia tendra una fiesta para la cena de esa noche. Si alguna de las piedras acertaba a darle a algn pichn de cigea, bobo y lleno de canutos, ste se vena abajo desde el alto nido junto con el pez, matndose o lastimndose al caer, y entonces esa noche varias familias tomaran sopa de cigea. Pero esas comidas no eran usuales. A la noche las familias volvan a reunirse en la choza, y cada uno traa lo que hubiera encontrado -incluso un topo o un puado de lombrices, si haban tenido suerte- para echar en la olla de la sopa, llena de
pimienta y otras especias para mejorarle el sabor. Pero no haca ms que llenarles el estmago, sin alimentarlos. Y as fue que los habitantes de Juffure empezaron a morirse.
CAPITULO 5 Con mayor frecuencia se oa ahora el agudo aullido de una mujer, que atravesaba la aldea. Los afortunados eran los bebs, o los que empezaban a dar sus primeros pasos, porque no entendan lo que pasaba, pues hasta Kunta se daba cuenta de que el aullido se deba al hecho de que acababa de morir un ser querido. Por lo general, a la tarde se vea cmo llevaban sobre un cuero de vaca, muy tieso, a algn agricultor enfermo, que haba estado cortando malezas en el sembrado. La enfermedad haba empezado a hinchar las piernas de algunos adultos. Otros tenan fiebre, sudaban copiosamente y tenan escalofros. A los nios se les hinchaban algunas partes de los brazos o las piernas, con mucho dolor; luego las partes hinchadas se reventaban, y por ellas sala un lquido rosado que pronto se transformaba en pus maloliente, amarillento, que atraa las zumbantes moscas. Un da, mientras trataba de correr, el dolor de la llaga abierta que tena Kunta en la pierna lo hizo caer. Se dio un golpe fuerte y empez a gritar, atontado. Lo auxiliaron sus compaeros de juego. Se haba lastimado la frente y le sala sangre. Como Binta y Omoro estaban en el sembrado, lejos, lo llevaron a la choza de la abuela Yaisa, que haca varios das que no iba a ver a los nios. Tena un aspecto muy dbil, su rostro negro estaba enjuto, y sudaba bajo el cuero de novillo, sobre el jergn de bamb. Pero al ver a Kunta, la abuela se incorpor de un salto y empez a lavarle la frente ensangrentada. Abrazndolo estrechamente, orden a los otros nios que corrieran a buscar algunas hormigas kelelalu. Cuando regresaron, la abuela Yaisa junt con fuerza los bordes de la herida, y coloc varias hormigas contra la misma. Cuando las hormigas, furiosas, clavaban sus fuertes pinzas a cada lado de la herida, ella diestramente les sacaba el cuerpo, dejando slo la cabeza, hasta coser la herida. Despus de despedir a los dems nios, Yaisa dijo a Kunta que se acostara y descansara junto a ella en la cama. l obedeci, y durante un largo rato, en que ella permaneci callada, el nio la oy respirar con dificultad. Luego la abuela hizo con gran trabajo un gesto con la mano para indicarle una pila de libros sobre un estante encima de la cama. Con voz muy baja y dulce le cont ms acerca de su abuelo, el dueo de esos libros. En su pas natal, Mauritania, Kairaba Kunta Kinte contaba treinta y cinco lluvias de edad, cuando su maestro y profesor, un morabito, le dio la bendicin que lo convirti en hombre santo. El abuelo de Kunta segua la tradicin de hombres santos en su familia que se remontaba, muchas lluvias atrs, hasta el viejo Mal. Siendo un hombre en su cuarto kafo, le rog al viejo morabito que lo aceptara como discpulo, y durante las quince lluvias siguientes viaj con su grupo de esposas, esclavos, discpulos, ganado y chivos en un peregrinaje que lo llev de aldea en aldea para servir a Al y a sus subditos. La abuela dijo que haban viajado haca el Sur, desde Mauritania, por senderos polvorientos y arroyos fangosos, bajo soles abrasadores y fras lluvias, atravesando verdes valles y desiertos azotados por los vientos. Al ordenarse como hombre sagrado, Kairaba Kunta Kinte haba recorrido solo, durante muchas lunas, varios lugares de la vieja Mali, como Keyla, Djeela, Kangaba y Timbuktu, prosternndose humildemente ante grandes hombres sagrados, implorando su bendicin para su empresa, que todos le concedieron. Y entonces Al gui los pasos del hombre sagrado en direccin Sur, finalmente hasta Gambia, donde primero se detuvo en la aldea de Pakali N'Ding. Al poco tiempo los habitantes de la aldea se dieron cuenta, por los resultados inmediatos de sus plegarias, de que este joven sagrado contaba con el favor especial de Al. Los tambores trasmitieron la noticia, y pronto otras aldeas intentaron atraerlo, enviando mensajeros con ofertas de vrgenes que queran casarse con l, esclavos, ganado y chivos. Y no pas mucho tiempo antes que se fuera, esta vez a la aldea de Jiffarong, pero slo porque Al lo llamaba, ya que sus habitantes no tenan otra cosa que ofrecer, excepto agradecerles sus plegarias. Fue all que oy hablar de la aldea de Juffure, cuyos habitantes estaban enfermos y se moran porque no llegaban las grandes lluvias. Por eso finalmente lleg a Juffure, dijo la abuela Yaisa, y durante cinco das rez sin cesar, hasta que Al envi la gran lluvia que salv a la aldea. Al enterarse de su gran hazaa el rey de Barra, que gobernaba esa parte de Gambia, le obsequi personalmente una virgen elegida como esposa del hombre sagrado, llamada Sireng. Con Sireng, Kairaba Kunta Kinte engendr dos hijos, y los llam Janneh y Saloum.
La abuela Yaisa se haba incorporado sobre el jergn de bamb. Fue entonces -dijo con los ojos brillantesque vio a Yaisa, que bailaba el serouba. Yo tena entonces quince lluvias. -Sonri ampliamente, enseando las encas desdentadas-. No necesitaba que ningn rey le eligiera la prxima mujer! -Mir a Kunta-. De mi vientre engendr a tu pap, Omoro. Esa noche, de regreso en la choza de su madre, Kunta permaneci despierto durante un largo rato, pensando en las cosas que le haba contado la abuela Yaisa. Muchas veces Kunta haba odo historias de su abuelo, cuyas plegarias haban salvado a la aldea, y a quien despus Al se lo haba llevado. Pero hasta ese momento Kunta nunca haba entendido realmente que ese hombre era el padre de su padre, que Omoro lo haba conocido como l conoca a Omoro, que la abuela Yaisa era la madre de Omoro, como Binta era la suya. Algn da, l tambin encontrara a una mujer como Binta, para engendrar su propio hijo. Y su hijo, a la vez... Dndose vuelta y cerrando los ojos, Kunta sigui pensando as hasta quedarse lentamente dormido.
CAPITULO 6 Los das siguientes, justo antes de la puesta del sol, despus de regresar del arrozal, Binta enviaba a Kunta al pozo de agua de la aldea a traer una calabaza de agua fresca, que usaba para hacer la sopa con los mendrugos que tena. Luego ella y Kunta llevaban un poco de sopa a la abuela Yaisa. A Kunta le pareca que Binta caminaba con ms lentitud que la habitual, y vio que tena el vientre grande y pesado. Mientras la abuela Yaisa protestaba dbilmente, diciendo que pronto se volvera a sentir bien, Binta limpiaba la choza y arreglaba las cosas. Dejaban a la abuela sentada en la cama, tomando un plato de sopa con un poco del pan, que haca Binta en la estacin de escasez con el polvo amarillo que cubra las vainas negras y secas del algarrobo. Una noche Kunta se despert. Su padre lo sacuda con fuerza, Binta gritaba y se quejaba dbilmente en la cama, y dentro de la choza, movindose de aqu para all, estaban Nyo Boto y la amiga de Binta, Jankay Touray. Omoro atraves la aldea rpidamente con Kunta que, preguntndose de qu se trataba todo eso, pronto se qued dormido en la cama de su padre. A la maana siguiente Omoro volvi a despertar a Kunta y le dijo: -Tienes un hermano-. Mientras se pona de rodillas, medio dormido, y se restregaba los ojos, Kunta pens que deba de tratarse de algo muy especial para que su severo padre se mostrara tan satisfecho. Esa tarde Kunta estaba con sus compaeros de kafo, buscando algo de comer, cuando lo llam Nyo Boto y lo llev a ver a Binta. Pareca muy cansada, y estaba sentada al borde de la cama, acariciando al beb que tena sobre la falda. Kunta permaneci un momento, estudiando esa cosita negra y arrugada; luego vio que las dos mujeres le sonrean, y se dio cuenta de que Binta ya no tena el vientre hinchado. Kunta sali sin decir palabra, y se qued afuera un rato largo; en vez de volver a reunirse con sus amigos, fue a sentarse, solo, junto a la choza de su padre, a pensar en lo que haba visto. Kunta sigui durmiendo en la choza de Omoro las siete noches siguientes, aunque nadie pareca darse cuenta de ello, ni les importaba tampoco, pues slo se preocupaban por el nuevo beb. Empezaba a pensar que su mam ya no lo quera -ni tampoco su padre- hasta que, la octava noche, Omoro lo hizo ir a la choza de su madre, y all, junto con todos los habitantes de Juffure capacitados fsicamente, oy el nuevo nombre del beb: Lamin. Esa noche Kunta durmi pacficamente, de nuevo en su propia cama, junto a su madre y a su nuevo hermano. Pero a los pocos das, no bien tuvo fuerzas, Binta empez a llevar al beb, despus de preparar el magro desayuno para Omoro y Kunta, a la choza de la abuela Yaisa, donde pasaba la mayor parte del da. Por las palabras de preocupacin de Binta y Omoro, Kunta se enter que la abuela Yaisa estaba muy enferma. Una tarde, unos das despus, fue a cortar mangos, que acababan de madurar, con sus compaeros de kafo. Rompan la dura cascara amarillo anaranjada contra la roca ms cercana, y de un mordisco abran un extremo para poder sorber la dulce y tierna pulpa interior. Estaban recogiendo canastas enteras de frutos y nueces salvajes cuando Kunta de repente oy el aullido de una voz familiar en la direccin de la choza de su abuela. Sinti que lo recorra un escalofro, porque era la voz de su madre y el aullido era el de la muerte, que tantas veces haba odo esas ltimas semanas. Otras mujeres inmediatamente se unieron y los aullidos agudos atravesaron la aldea entera. Kunta corri ciegamente hacia la choza de su abuela. En medio de la confusin reinante, Kunta vio a Omoro, angustiado, y a la vieja Nyo Boto llorando amargamente. A los pocos momentos se oy que tocaban con fuerza el tambor tbalo y el jaliba empez a
proclamar a toda voz las buenas acciones que haba hecho la abuela Yaisa en su larga vida en Juffure. Anonadado, Kunta se puso a mirar sin expresin cmo las jvenes solteras de la aldea levantaban el polvo del suelo con amplios abanicos de pasto trenzado, como se acostumbraba en ocasin de alguna muerte. Nadie pareca percatarse de la presencia de Kunta. Cuando Binta y Nyo Boto, acompaadas de otras dos mujeres que gritaban, entraron en la choza, la multitud agrupada afuera se puso de rodillas e inclin la cabeza. Kunta se puso a llorar de repente, tanto de miedo como de pena. Pronto llegaron los hombres con un gran tronco, recientemente cortado, y lo depositaron frente a la choza. Kunta observ cmo las mujeres sacaban el cuerpo de la abuela, envuelta desde el cuello a los pies en una tela blanca de algodn, y lo extendan sobre la superficie plana del tronco. A travs de las lgrimas Kunta vio que los dolientes caminaron trazando un crculo siete veces alrededor del cuerpo, rezando y cantando mientras el alimano deca, gimiendo, que iba a pasar la eternidad con Al y con sus ancestros. Para darle fortaleza para el viaje, los hombres solteros depositaron con ternura cuernos de vaca llenos de cenizas frescas alrededor del cuerpo. Despus que desfilaron los dolientes, Nyo Boto y otras mujeres se apostaron cerca, apindose, llorando y apretndose la cabeza con las manos. Luego mujeres jvenes trajeron las hojas de ciboa ms grandes que pudieron hallar para proteger la cabeza de las mujeres durante la vigilia. Mientras stas montaban guardia, los tambores de la aldea hablaron de la abuela Yaisa hasta la noche. A la maana siguiente, que amaneci brumosa, siguiendo la costumbre de sus antepasados, slo los hombres de Juffure -los que podan caminar- se unieron a la procesin hasta el cementerio, que no quedaba lejos de la aldea. De otra manera, nadie iba a ese lugar, pues los mandingas sentan un temeroso respeto por los espritus de sus antepasados. Detrs de los hombres que trasportaban a la abuela Yaisa sobre el tronco, iba Omoro, llevando al infante Lamin en brazos y a Kunta de la mano. Kunta estaba demasiado asustado para llorar. Detrs de ellos iban los otros hombres de la aldea. El tieso cuerpo, con su mortaja blanca, fue bajado al pozo recin cavado, y encima le pusieron una gruesa estera de junco. Luego lo cubrieron de arbustos espinosos, para que no se acercaran las hienas, y encima de todo pusieron piedras apiadas y un montculo de tierra. Durante los das siguientes Kunta apenas si comi o durmi, y no jug con sus compaeros de kafo. Senta tanto dolor que una tarde Omoro lo llev a su choza y all, junto a la cama, le habl a su hijo con una dulzura y suavidad que nunca haba empleado antes, y le dijo algo que lo ayud a aliviar su dolor. Le dijo que en las aldeas vivan tres clases de personas. Primero estaban los que se vean, caminando, comiendo, durmiendo y trabajando. Luego estaban los ancestros, a los que la abuela Yaisa se acababa de unir. -Y los terceros, quines son? -pregunt Kunta. -Los terceros -dijo Omoro-, son los que esperan nacer.
CAPITULO 7 Las lluvias haban terminado, y entre el brillante cielo azul y la tierra hmeda, el aire estaba pesado de fragancias a flores y frutos salvajes. Las maanas resonaban con el ruido de los morteros en los que las mujeres molan mijo, kouskous y man, no de la cosecha principal sino de las semillas tempranas que sobrevivan de la cosecha anterior. Los hombres andaban cazando, y todos los das traan hermosos antlopes; despus de distribuir la carne, limpiaban y curaban los cueros. Las mujeres tambin recogan las maduras frutitas rojas del mangkano, sacudiendo los arbustos, debajo de los cuales colocaban telas extendidas. Luego secaban las frutas al sol antes de molerlas para separar la exquisita harina de futo de las semillas. No se desperdiciaba nada. Las semillas se ponan a remojar y a hervir luego con mijo molido, y despus con eso, se preparaba un plato dulce para desayuno que a Kunta y a todos los dems les gustaba pues era un cambio del tpico cereal de kouskous que coman el resto del ao. A medida que la comida era cada vez ms abundante, da a da Juffure cobraba nueva vida, cuyas manifestaciones podan verse y orse. Los hombres empezaban a caminar con ms agilidad rumbo a los sembrados y de regreso a la aldea, y en el campo inspeccionaban con orgullo la abundante cosecha que pronto estara lista para recoger. Ahora que bajaban las aguas del ro, las mujeres iban remando al golfo para arrancar las ltimas malezas de entre las altas hileras de arroz. Y la aldea volva a resonar con el gritero y las risas de los chicos, que haban reanudado sus juegos despus de la larga estacin del hambre. Ahora las barrigas estaban llenas de comida que nutra, las
pstulas se haban cicatrizado, las costras se desprendan, y los nios corran y saltaban como posedos. Un da capturaban escarabajos, los alineaban para una carrera, y gritaban al ver cul era el primero en salir de un crculo trazado en la tierra con un palito. Otro da Kunta y su mejor amigo, Sitafa Silla, que viva en la choza contigua a la de Binta, se entretenan en los montculos sacando las termitas ciegas, sin alas, que vivan all, observando cmo trataban de escabullirse frenticamente. Otras veces los nios obligaban a salir de su escondite a los pequeos topos y luego los perseguan entre las matas. Nada les gustaba ms que proferir gritos y tirarles piedras a familias enteras de monos pequeos y marrones, de cola larga, algunos de los cuales les devolvan las piedras antes de saltar de rama en rama para reunirse con sus chillones hermanos en la copa de los rboles. Y todos los das los nios luchaban, tirndose y rodando por la tierra, gruendo y saltando para volver a empezar de nuevo. Todos soaban con convertirse algn da en campeones de lucha a fin de ser elegidos para representar a Juffure en los torneos que tenan lugar en las fiestas de la cosecha, donde se luchaba con los campeones de las aldeas vecinas. Los adultos que pasaban por el lugar, simulaban solemnemente no ver ni or cmo Sitafa, Kunta y los dems nios del kafo rugan como leones, gritaban como elefantes o gruan como cerdos salvajes, ni cmo las nias jugaban a la esposa y a la mam, cocinando, cuidando las muecas o moliendo cereal. Pero no importaba cuan entusiasmados estuvieran en sus juegos, nunca dejaban de demostrar respeto por los adultos, como se lo enseaban sus madres. Mirando cortsmente a los adultos, los nios preguntaban: Kerabe? (Tienes paz?), y los adultos respondan: -Kera Dorong-. (Slo paz). Si un adulto extenda la mano, los nios por turno deban tomarla con ambas manos y luego cruzar las palmas sobre el pecho hasta que el adulto se fuera. La crianza de Kunta haba sido tan estricta que a l le pareca que hiciera lo que hiciese, Binta chasqueaba los dedos de irritacin, si es que no le daba una paliza. Cuando coma, Binta le daba un coscorrn si l sacaba los ojos de la comida. Y si no se lavaba bien, sacando todo rastro de suciedad al entrar en la choza despus de jugar, Binta tomaba la esponja de tallos secos, que raspaba la piel, y su pastilla de jabn casero y lo restregaba tan concienzudamente que Kunta crea que se iba a quedar sin piel. Si miraba con fijeza a su padre, a su madre o a cualquier persona adulta le daban una bofetada, lo mismo que si interrumpa la conversacin de una persona mayor. Nunca se le ocurrira decir otra cosa que no fuera la verdad. Como no haba ninguna razn para mentir, no lo haca nunca. Pero casi todas las noches a Kunta le daban una paliza porque le haca algo malo a su hermanito; generalmente lo asustaba con sus gruidos feroces, caminaba en cuatro patas como si fuera un mandril, pona los ojos en blanco y golpeaba el suelo con los puos, como si fueran zarpas. -Voy a buscar al toubob! -le gritaba Binta cuando se le agotaba la paciencia, y eso asustaba terriblemente a Kunta, pues a menudo las abuelas hablaban de los extraos hombres blancos, peludos y de cara colorada, que robaban a la gente de su casa y los metan en sus canoas.
CAPITULO 8 Aunque Kunta y sus compaeros terminaban cansados y hambrientos a la puesta del sol, seguan persiguindose y se suban a los rboles para sealar la bola de fuego que se hunda en el ocaso. - Sera an ms bello maana! -exclamaban. Hasta los adultos de Juffure se apresuraban a terminar la comida para poder reunirse afuera, en el crepsculo, y gritaban, aplaudan y tocaban el tambor a la salida del cuarto creciente, que simbolizaba a Al. Pero cuando las nubes ocultaban la luna nueva, como suceda esa noche, los habitantes de la aldea se dispersaban, alarmados, y los hombres entraban en la mezquita para pedir perdn, porque una luna nueva amortajada por las nubes significaba que los espritus celestiales estaban enojados con la gente de Juffure. Despus de rezar, los hombres llevaban a las atemorizadas familias al baobab, donde el jaliba ya estaba sentado junto a un pequeo fuego, tocando furiosamente el tambor trasmisor de mensajes. Kunta se restreg los ojos, que le escocan por el humo, acordndose de las innumerables oportunidades en que los tambores de varias aldeas, que trasmitan mensajes de noche, no lo haban dejado dormir tranquilo. Se despertaba y se pona a escuchar. Los sonidos y los ritmos eran tan parecidos a los del lenguaje, que por ltimo llegaba a entender algunas palabras, que hablaban de plagas o de hambre, o de la invasin e incendio de alguna aldea, cuyos habitantes eran asesinados o robados. Colgada de una rama del baobab, junto al jaliba, haba una piel de cabra escrita con los signos del idioma, hechos por el arafang en rabe. A la luz vacilante del fuego, Kunta observaba cmo el jaliba tomaba los
torcidos palillos, llenos de nudos, y con gran rapidez golpeaba regiones distintas del tambor. Era un mensaje urgente al mago ms cercano para que se apresurara a ir a Juffure a ahuyentar los malos espritus. Sin atreverse a mirar la luna, la gente se apresur a ir a su casa y acostarse, temerosa. Pero esa noche, a intervalos, tambores distantes hicieron eco del pedido de Juffure y se requiri la presencia de un mago en otras aldeas. Temblando bajo el cuero de vaca, Kunta adivin que para ellos la luna nueva tambin haba sido cubierta por las nubes. Al da siguiente, los hombres de la edad de Omoro tuvieron que ayudar a los ms jvenes de la aldea a proteger los sembrados, ya casi maduros, contra la invasin anual de mandriles y pjaros hambrientos. Los nios del segundo kafo fueron informados que deban tener especial cuidado al llevar a pastorear las cabras, y las madres y las abuelas no se alejaron de los bebs y los nios ms pequeos. A los nios del primer kafo, de la edad de Kunta y Sitafa, les dieron instrucciones de jugar junto a la alta cerca de la aldea, desde donde podan observar si se aproximaba algn extrao al rbol de los viajeros, no muy lejos de all. As lo hicieron, pero nadie lleg ese da. Apareci a la segunda maana: un hombre muy viejo, que caminaba con la ayuda de un bastn de madera y que llevaba un gran fardo sobre la cabeza calva. Al verlo, los nios atravesaron la puerta de la aldea, gritando. La vieja Nyo Boto dio un salto y empez a hacer sonar su gran tambor tbalo, que atrajo a los hombres de los sembrados. Ya estaban en la aldea antes que el mago llegara a la puerta y entrara en Juffure. Mientras los habitantes de la aldea lo rodeaban, el viejo se dirigi al baobab y con gran cuidado deposit en el suelo el fardo que llevaba en la cabeza. De pronto se puso en cuclillas y sacudi el contenido de una bolsa de cuero de cabra; eran objetos secos: una culebra, una mandbula de hiena, un diente de mono, un ala de pelcano, varias patas de ave y extraas races. Mirando a su alrededor, hizo un gesto con impaciencia para que la multitud silenciosa le hiciera ms lugar. Los habitantes de la aldea empezaron a retroceder al ver que empezaba a temblar: era evidente que estaba siendo atacado por los espritus malignos de Juffure. El cuerpo del mago se retorca, el rostro se contorsionaba, los ojos se le salan de las rbitas y sus temblorosas manos luchaban para que su varita entrar en contacto con la pila de objetos misteriosos. Cuando, haciendo un esfuerzo supremo, la punta de la varita toc finalmente los objetos, el hombre cay de espaldas y se qued inmvil, como si hubiera sido fulminado por un rayo. La gente jade. Pero luego el hombre empez a revivir. Los malos espritus haban sido ahuyentados. Mientras trataba de ponerse de pie con gran dificultad, los adultos de Juffure -exhaustos pero aliviados- corrieron a sus chozas y regresaron en seguida cargados de regalos para el viejo. El mago los agreg a los que guardaba en el fardo, que provenan de otras aldeas, y pronto sigui camino para satisfacer el siguiente pedido. Al haba decidido, misericordiosamente, salvar otra vez a Juffure.
CAPITULO 9 Haban pasado doce lunas, y al terminar nuevamente las grandes lluvias empez la estacin de los viajeros. Por la red de senderos que conectaban las aldeas, venan visitantes en cantidad suficiente para tener ocupados a Kunta y a sus compaeros, ya que pasaban por Juffure o se detenan en la aldea. Cuando apareca un extrao los nios alertaban a los habitantes de la aldea, y luego se adelantaban a su paso mientras este se aproximaba al rbol de los viajeros. Valientemente caminaban a su lado, conversaban, inquisidores, y sus sagaces ojos trataban de encontrar algo que revelara la misin o la profesin del visitante. Si descubran algo, abandonaban al visitante abruptamente y corran a la aldea para informar a los adultos de la choza de hospitalidad correspondiente a ese da. De acuerdo con una tradicin antigua, todos los das elegan a una familia diferente para que ofreciera alimentos y diera albergue, sin costo, a los visitantes, por todo el tiempo que desearan quedarse antes de seguir viaje. Al serles confiada la responsabilidad de servir como vigas de la aldea, Kunta, Sitafa y sus compaeros de kafo empezaron a sentirse y a actuar como si tuvieran ms lluvias de las que realmente tenan. Despus del desayuno se reunan junto al patio del arafang y se arrodillaban a escuchar cmo l enseaba a los muchachos mayores -los del segundo kafo, mayores que Kunta, de cinco a nueve lluvias- a leer los versos del Corn y a escribir, con plumas de ganso mojadas en la tinta negra de jugo de naranjas amargas, mezclado con el holln del fondo de las cacerolas.
Cuando los escolares terminaban las lecciones y corran -sacudiendo la cola de sus dundikos de algodn- a reunir las cabras de la aldea y llevarlas a pastorear a los matorrales, Kunta y sus compaeros se comportaban como si no les importara, pero la verdad era que envidiaban las camisas largas de los muchachos mayores, lo mismo que sus importantes tareas. Aunque no decan nada, Kunta no era el nico que pensaba que era demasiado crecido para que lo trataran como a un nio y lo obligaran a andar desnudo. Evitaban acercarse a los bebs de pecho, como Lamn, y a los nios ms pequeos los trataban como si no valiera la pena fijarse en ellos, excepto para darles un golpe cuando no haba un adulto cerca. Empezaron a rehuir las atenciones de las viejas abuelas que haca tanto que los cuidaban, y a estar siempre cerca de las personas mayores, de la edad de sus padres, esperando que les dieran algo que hacer, o los enviaran con algn recado. Una noche, despus de la cena, justo antes de la cosecha, Omoro le dijo a Kunta de manera casual que quera que se levantara temprano al da siguiente para ayudar a cuidar los sembrados. Kunta estaba tan excitado que apenas si pudo dormir. Despus de tragar el desayuno a la maana siguiente, casi estall de alegra cuando Omoro le dijo que le llevara la azada para dirigirse a los sembrados. Kunta y sus compaeros corran por entre los surcos, gritando y espantando con palos a los cerdos salvajes y a los mandriles que se acercaban gruendo para arrancar manes. Con terrones de tierra y la ayuda de gritos, ahuyentaban las bandadas de mirlos que revoloteaban sobre el kouskous; haban odo muchos cuentos de las abuelas referentes a sembrados enteros que haban sido devastados por pjaros hambrientos. Recogan lo que cortaban sus padres y les llevaban calabazas llenas de agua fresca, y as trabajaban el da entero con una celeridad que slo su orgullo igualaba. Seis das despus, Al decret que deba comenzar la cosecha. Despus de la plegaria del amanecer, los agricultores y sus hijos -algunos elegidos para llevar pequeos tambores tan-tang y souraba- fueron al campo y esperaron con la cabeza ladeada, escuchando. Por fin son el gran tambor tbalo de la aldea y entonces pusieron manos a la obra. A medida que el jaliba y los otros tambores caminaban entre ellos, tocando un ritmo para acompaar sus movimientos, los agricultores empezaron a cantar. De vez en cuando como seal de regocijo, algn agricultor tiraba al aire su hoz a un golpe de tambor y la retomaba al siguiente. El kafo de Kunta sudaba junto a sus padres, sacudiendo el polvo y la tierra de las plantas de man. A media maana tuvieron el primer descanso y luego, al medioda, los hombres saludaron con gritos de felicidad y alivio al ver que las mujeres y las nias llegaban con la comida. Venan en fila india, entonando canciones alusivas a la cosecha, con los recipientes sobre la cabeza. Sirvieron el contenido en calabazas y dieron de comer a los que tocaban el tambor y a los cosechadores, que despus de ingerir se echaron a dormir una siesta hasta que volvi a sonar el tbalo. Al final de ese primer da, montones de cereales recogidos punteaban los campos. Sudando y todos embarrados, los agricultores se dirigieron pesadamente hasta el riacho ms cercano, se desnudaron y se metieron al agua, riendo y salpicndose para refrescarse y lavarse. Luego fueron a sus casas, matando las moscas que zumbaban alrededor de sus cuerpos brillosos, picndolos. Mientras se acercaban al humo que sala de las cocinas les llegaba el atormentante aroma de la carne asada que se serva tres veces por da mientras durara la cosecha. Esa noche, despus de atiborrarse de comida, Kunta not -como haca varias noches- que su madre cosa algo. No le dijo nada, ni tampoco le pregunt Kunta de qu se trataba. Pero a la maana siguiente, cuando alzaba la azada para salir de la choza, ella lo mir y le dijo con aspereza: -Por qu no te pones la ropa? Kunta dio un respingo, y se volvi. Colgando de una percha haba un dundiko recin hecho. Luchando para disimular su excitacin, se lo puso como si tal cosa y sali dando grandes pasos. Una vez afuera se ech a correr. Otros de los compaeros de kafo ya estaban afuera, todos, como l, vestidos por primera vez... Todos saltaban, gritaban y rean porque por fin cubran su desnudez. Ahora oficialmente pertenecan al segundo kafo. Se estaban convirtiendo en hombres.
CAPITULO 10 Para cuando regres a la choza de su madre esa noche, Kunta se asegur de que todos en Juffure hubieran visto su dundiko. Aunque no haba dejado de trabajar en todo el da, no estaba cansado, y saba que no iba a lograr dormirse a su hora acostumbrada. A lo mejor ahora, que era adulto, Binta le permita
quedarse hasta ms tarde. Pero, como siempre, al rato de dormirse Lamin, lo envi a la cama, recordndole que colgara el dundiko. Mientras se volva para obedecer, demostrando mal humor, Binta lo llam, Kunta pens que era para reprenderlo por su mal humor, o tal vez porque se haba arrepentido, cambiando de opinin. -Tu padre quiere verte a la maana -dijo ella de manera casual. Kunta saba muy bien que no deba preguntar para qu, as que slo dijo: -S mam -y le dese las buenas noches. La suerte, que no estaba cansado, porque de todos modos ahora s que no hubiera podido dormir. Se qued acostado, bajo el cuero de vaca, pensando qu haba hecho de malo, como pasaba tantas veces. Aunque se estruj el cerebro, no se le ocurri nada, especialmente nada tan malo que Binta no pudiera haber arreglado con un castigo, ya que el padre slo se ocupaba cuando las cosas eran realmente serias. Finalmente se dio por vencido y se qued dormido. Durante el desayuno, a la maana siguiente, Kunta estaba tan sumiso que casi haba olvidado la alegra del dundiko, hasta que Lamin, desnudo, lo roz. Kunta levant la mano para darle un empujn, pero Binta lo previno con una mirada severa. Despus de terminar de comer, Kunta se qued un rato, esperando que Binta dijera algo ms, pero cuando vio que se comportaba como si no le hubiera dicho nada, abandon la choza sin ganas y con paso lento se dirigi a la de su padre. Se qued parado frente a ella, con las manos cruzadas. Cuando sali Omoro y le entreg una nueva honda, Kunta suspendi el aliento. Se qued mirando la honda, luego mir a su padre, sin saber qu decir. -Esto es tuyo, ahora que eres del segundo kafo. Asegrate de no apuntar a lo que no debas, y que cuando apuntes, no erres. Kunta slo dijo: -S, pap -pues tena la lengua demasiado pesada para decir algo ms. -Adems, ahora que eres del segundo kafo -sigui diciendo Omoro- empezars a cuidar las cabras e irs a la escuela. Hoy irs a reunir las cabras con Toumani Touray. l y los otros muchachos mayores te ensearn. Escchalos bien. Y maana a la maana irs a la escuela-. Omoro volvi a entrar en su choza, y Kunta corri a los corrales, donde encontr a su amigo Sitafa y al resto de su kafo, todos vestidos con sus nuevos dundikos, con sus hondas nuevas. Los tos o los hermanos mayores haban hecho las hondas para los muchachos cuyos padres haban muerto. Los muchachos mayores abrieron las puertas de los corrales y las cabras salieron balando, apuradas por llegar a los pastos. Al ver a Toumani, hijo de los mejores amigos de Omoro y Binta, Kunta intent acercrsele, pero Toumani y sus amigos estaban ocupados haciendo que las cabras se llevaran por delante a los muchachos ms pequeos, quienes trataban de escapar. Pero pronto los muchachos mayores, divertidos, y los perros wuolos, arreaban al ganado por los caminos polvorientos, mientras los integrantes del kafo de Kunta los seguan con inseguridad, aferrados a sus hondas e intentando limpiar la suciedad de sus dundikos. Kunta estaba familiarizado con el ganado cabro, pero nunca se haba dado cuenta de la rapidez con que corran esos animales. Excepto algunas veces, en que haba salido a caminar con su padre, nunca haba llegado tan lejos de la aldea como ahora con las cabras, que los llevaban a una zona de pastoreo, de matorrales y pasto, con el bosque a un lado y los campos de los sembrados al otro. Los muchachos mayores, con indiferencia, pusieron la manada a pastorear; a cada uno le corresponda una cantidad de cabras, y una parte del campo. Los perros wuolos iban de aqu para all o se echaban junto a las cabras. Por fin Toumani decidi percatarse de la presencia de Kunta, que no se le despegaba, pero actu como si el muchacho ms pequeo fuera una especie de insecto. -Conoces el valor de una cabra?.-le pregunt, y antes de que Kunta pudiera reconocer que no estaba seguro, le dijo-: Bueno, si pierdes una, tu padre te lo har saber. -Toumani empez una conferencia llena de advertencias acerca del cuidado de las cabras. Lo ms importante era que si algn muchacho, por haraganera o falta de atencin, dejaba que una cabra se apartara de la manada, podan suceder cosas horribles. Sealando el bosque, Toumani dijo que all vivan leones y panteras, que muchas veces se arrastraban sobre la panza por el pasto, y que de un solo zarpazo despedazaban una cabra. -Pero si hay algn muchacho cerca -dijo Toumani- l es mucho ms sabroso que una cabra! Viendo con satisfaccin que a Kunta se le salan los ojos de las rbitas, Toumani prosigui: Un peligro peor que los leones y las panteras eran los toubobs y sus cmplices negros, los slatees, que se arrastraban por entre el pasto para robar a la gente y llevarla a lugares lejanos, donde los coman. En las cinco lluvias que haba pasado cuidando el ganado, le dijo que se haban llevado a cinco muchachos de Juffure, y a muchos ms de aldeas vecinas. Kunta no conoca a ninguno de los muchachos que haban sido robados, pero se acordaba que se haba asustado tanto al or hablar de eso que durante varios das no se alej de la choza de su madre.
-Pero no ests seguro ni siquiera dentro de los lmites de la aldea -dijo Toumani, como leyendo sus pensamientos. Le dijo que l conoca a un hombre de Juffure que se haba quedado sin nada cuando los leones mataron todas sus cabras, y que haba sido sorprendido con dinero de los toubobs al poco tiempo de la desaparicin de dos muchachos del tercer kafo, que haban sido robados de sus propias chozas una noche. El hombre dijo que haba encontrado el dinero en el bosque, pero el da antes que lo juzgara el Consejo de Ancianos, l mismo desapareci. -T eras demasiado joven para acordarte de esto -dijo Toumani-. Pero esas cosas siguen ocurriendo. As que nunca te alejes de alguien en quien confes. Y cuando ests aqu con tus cabras, no permitas que se vayan a los matorrales espesos, donde tengas que ir a buscarlas, o tu familia no volver a verte. Al medioda, cuando Toumani y Kunta compartieron el almuerzo que les haba preparado para ellos la madre de aqul, todos los integrantes del segundo kafo sentan por las cabras ms respeto que el que haban sentido en toda su vida. Despus de comer, algunos muchachos del kafo de Toumani se echaron a descansar bajo los rboles matando pjaros con las hondas de sus discpulos. Mientras Kunta y sus compaeros se esforzaban cuidando las cabras, los muchachos mayores les gritaban que tuvieran cuidado, los insultaban y se moran de risa al ver que los muchachos ms jvenes gritaban y corran frenticamente hacia la primera cabra que levantaba la cabeza para mirar a su alrededor. Cuando Kunta no corra tras las cabras, no apartaba los ojos del bosque por si haba algo agazapado, listo para devorarlo. A media tarde, cuando las cabras ya estaban repletas de pasto, Toumani llam a Kunta y le dijo con severidad: -Pretendes que yo te junte la lea? -Fue entonces que Kunta se acord de las veces que haba visto a los pastores regresar a la tarde cargados de leos para los fuegos de la aldea. Sin apartar demasiado los ojos de las cabras y del bosque, Kunta y sus compaeros buscaron pequeos leos y ramas cadas que estuvieran lo suficientemente secos para arder bien. Kunta los amonton en un haz que le pareci iba a poder llevar, pero Toumani se burl y le agreg unos leos ms. Luego Kunta at alrededor de la lea una liana verde, delgada, dudando que pudiera llevarla sobre la cabeza, toda esa distancia hasta la aldea. Bajo la mirada vigilante de los muchachos mayores, l y sus compaeros se las arreglaron de alguna manera para izar la carga y empezaron a seguir como podan a los perros wuolos y a las cabras, que conocan el sendero de regreso mejor que los nuevos pastores. En medio de las risas despreciativas de los mayores, Kunta y los otros tenan que cuidar continuamente que no se les cayera la carga. Nunca la aldea le pareci ms hermosa a Kunta que al avistarla esa tarde, pues tena los huesos molidos. Cuando traspusieron la puerta de la misma los muchachos mayores hicieron un escndalo ruidoso, gritndoles advertencias e instrucciones y saltando de aqu para all para demostrarle a los adultos que cumplan con su deber y que ensear a esos jvenes torpes haba sido una experiencia extenuante. La carga de Kunta logr llegar al patio de Brima Casey, el arafang, que desde la maana siguiente tendra a su cargo la educacin de Kunta y su nuevo kafo. En seguida, despus del desayuno, los nuevos pastores se agolparon nerviosos, en el patio de la escuela. Cada uno llevaba, con orgullo, una pizarra de madera de lamo, una pluma de ganso y un recipiente de caa de bamb con holln para mezclar con agua y hacer tinta. El arafang los trat como si fueran an ms estpidos que sus cabras, y les orden que se sentaran. No bien termin de hablar, les empez a pegar con su flexible vara, pues no haban obedecido su orden con la rapidez necesaria. Mirndolos con el ceo fruncido, les advirti que mientras acudieran a sus clases, el primero que hablara sin que l se lo pidiera recibira ms azotes (blandi la vara amenazadoramente) y sera enviado a su casa. Lo mismo le pasara a cualquiera que llegara tarde a clase, que tendra lugar inmediatamente despus del desayuno. Habra una segunda clase despus que regresaran con las cabras. -Ya no son nios, ahora tienen responsabilidades -dijo el arafang-. Cudense bien de cumplirlas. -Una vez establecidas las reglas de disciplina, les anunci que esa tarde leeran ciertos versos del Corn, que deberan memorizar y recitar antes de proseguir sus tareas. Luego les dijo que se fueran, pues llegaban sus antiguos alumnos, los ex pastores. Parecan estar ms nerviosos que los del kafo de Kunta, pues era el da de sus exmenes finales y tendran que recitar el Corn y escribir en rabe. El resultado era importante, pues de l dependan para avanzar en el tercer kafo. Ese da, solos por primera vez en su vida, los integrantes del kafo de Kunta abrieron el corral de las cabras y trotando junto a ellas las llevaron desordenadamente a los pastos. Durante ese da y todos los siguientes, las cabras comieron mucho menos que de costumbre, pues Kunta y sus compaeros las corran y gritaban cada vez que iniciaban un paso hacia un grupo distinto de arbustos. Pero Kunta se senta ms acosado aun que su manada. Cuando se sentaba a meditar acerca del significado de estos cambios en su vida, siempre haba algo que hacer, algn lugar adonde ir. Todo el da con las cabras, el arafang despus del desayuno y
despus vuelta a regresar con las cabras, para luego practicar con la honda antes del anochecer. Nunca le quedaba tiempo para pensar seriamente.
CAPITULO 11 La cosecha de kouskous y de man estaba completa; ahora quedaba la del arroz de las mujeres. Los hombres no ayudaban a sus esposas, ni tampoco los muchachos de la edad de Kunta y Sitafa, pues el arroz era responsabilidad de las mujeres. La primera luz del da hallaba a Binta con Jankay Touray y las dems mujeres, agachadas sobre el arrozal, cortando los largos tallos dorados, que eran puestos a un costado durante algunos das para que se secaran, antes de cargarlos en las canoas y llevarlos a la aldea, donde las mujeres y sus hijas apilaban prolijos fardos en el depsito de la familia. Pero las mujeres no descansaban aun despus de terminar con la cosecha, pues deban ayudar a los hombres a recoger el algodn, que se dejaba hasta el final para que se secara bajo el sol caliente y as formara mejores hebras para que las mujeres utilizaran en la costura. Ahora todos esperaban ansiosos el festival anual de la cosecha, que en Juffure duraba siete das. En preparacin para el festival las mujeres se apuraban para hacer ropa nueva para su familia. Aunque Kunta saba perfectamente bien que deba disimular su irritacin, ahora todas las tardes deba cuidar a su hermanito Lamin, que le pareca una peste que no dejaba de hablar, pues Binta estaba ocupada hilando el algodn. Pero Kunta se puso contento cuando lo llev a la hilandera de la aldea, Dembo Dibba, pues le encantaba observar cmo manejaba su telar desvencijado, con manos y pies, que hilaba los carreteles de hebra en tiras de tela de algodn. De vuelta en la choza, Binta dejaba que Kunta salpicara agua a travs de cenizas de madera para hacer la fuerte leja en la que ella mezclaba hojas de ndigo, finamente molidas, para teir la tela de azul oscuro. Todas las mujeres de Juffure hacan lo mismo, y pronto extendieron la tela a secar sobre los arbustos, festoneando la aldea con toques de color: rojo, verde y amarillo, adems de azul. Mientras las mujeres hilaban y cosan, los hombres estaban igualmente ocupados finalizando sus tareas antes de la fiesta de la cosecha, y antes de que la estacin del calor sofocante hiciera el trabajo imposible. Haba que arreglar la cerca de la aldea, hecha de bamb, en todos los lugares donde estuviera cada o rota por los novillos o las cabras, que solan rascarse el lomo contra ella. Haba que reparar las chozas de barro daadas por las grandes lluvias, y cambiar el techado que estuviera viejo y gastado. Las nuevas parejas, a punto de casarse, necesitaban nuevos hogares, y Kunta tuvo la oportunidad de unirse a los otros nios, para echar agua y tierra al barro espeso y liso que utilizaban los hombres para hacer las paredes de las nuevas chozas. Cuando estaban solos, Kunta, Sitafa y sus compaeros pasaban las horas libres corriendo por la aldea y jugando a los cazadores con las nuevas hondas. Los muchachos tiraban a todo lo que vean, pero afortunadamente no le daban a nada, pues hacan tanto ruido que espantaban a todos los animales. Hasta los nios ms pequeos, del kafo de Lamn, corran sin que nadie los vigilara, porque las abuelas estaban ms atareadas que nadie y trabajaban hasta la noche preparando rodetes, trenzas y pelucas enteras para las nias solteras, que las usaran en la fiesta. Utilizaban largas fibras de hojas de sisal podridas, escogidas cuidadosamente, o de la corteza mojada del baobab. Las pelucas de sisal daban menos trabajo que las hechas de la fibra ms blanda y sedosa del baobab, que podan costar hasta tres cabras. Pero los clientes siempre regateaban a viva voz, pues saban que las abuelas cobraban menos si podan disfrutar de una hora de buena charla antes de cada venta. Junto con sus pelucas, que estaban impecablemente hechas, la vieja Nyo Boto complaca a las mujeres de la aldea con su abierto desafo a la antigua tradicin que decretaba que las mujeres deban tratar con sumo respeto a los hombres. Todas las maanas se la vea sentada cmodamente al sol frente a su choza, desnuda hasta la cintura, gozando del calor, atareada preparando pelucas, aunque nunca estaba tan ocupada como para no darse cuenta cuando pasaba algn hombre. - Ah! -deca-. Mrenlos! Se creen que son hombres! Los hombres eran hombres en mi poca. -Los que pasaban huan para escapar del ataque de su lengua, hasta que por fin la vieja Nyo Boto se quedaba dormida a la tarde, con la labor en la falda, y los niitos que estaban a su cuidado se rean de sus fuertes ronquidos. Cuando los hombres haban terminado el trabajo principal, unos pocos das antes de la luna nueva, que inaugurara la fiesta de la cosecha en todas las aldeas de Gambia, empezaba a orse el sonido de instrumentos musicales en Juffure. Mientras los msicos de la aldea practicaban tocando sus koras de
veinticuatro cuerdas, los tambores y los balafons (instrumentos meldicos hechos de calabazas huecas con maderitas extendidas sobre ellas, de distintos tamaos, y que se tocaban con mazas) pequeos grupos se reunan alrededor de ellos para escuchar y aplaudir. Kunta, Sitafa y sus compaeros, mientras tanto, cuando terminaban con las cabras, corran de aqu para all tocando flautas de bamb, haciendo sonar campanas y calabazas secas. La mayora de los hombres descansaba ahora, conversando sentados a la sombra del baobab. Los de la edad de Omoro, y los ms jvenes, guardaban respetuosa distancia del Consejo de Ancianos, que estaban reunidos para decidir asuntos importantes de la aldea, antes del comienzo de la fiesta. De vez en cuando dos o tres de los hombres ms jvenes se ponan de pie, se desperezaban y se iban a caminar por la aldea tomndose de los meiques, a la vieja usanza yayo de los africanos. Algunos hombres pasaban muchas horas solos, tallando pacientemente trozos de madera de distintos tamaos y formas. A veces Kunta y sus amigos dejaban de lado las hondas para observar cmo los talladores creaban mscaras de expresiones terribles y misteriosas que pronto luciran los bailarines en la fiesta. Otros tallaban figuras de personas o animales, con los brazos y las piernas junto al cuerpo, los pies achatados y la cabeza erguida. Binta y las otras mujeres descansaban cuando podan junto al pozo de la aldea, adonde acudan todos los das para tomar agua fresca y charlar un poco. Pero ahora que se aproximaba la fiesta, tenan mucho trabajo que hacer. Deban terminar la ropa, limpiar la choza, remojar los alimentos secos, y matar los chivitos para el asador. Sobre todo, las mujeres deban arreglarse para lucir bonitas para la fiesta. Kunta pensaba que las nias retozonas que sola ver a menudo trepando los rboles ahora parecan tontas, por la manera en que se comportaban, tmidas y ondulantes. Ni siquiera podan caminar derecho. No saba por qu los hombres se volvan para observar a esas torpes criaturas que ni siquiera podran usar un arco si se lo propusieran. Not que algunas tenan la boca del tamao de un puo, hinchada, pues se haban pinchado la parte interior del labio con espinas, restregndoselos con holln. Hasta Binta, junto con todas las mujeres de la aldea mayores de doce lluvias, herva todas las noches un caldo de hojas de fudano, recin machacadas, que luego ponan a enfriar. Luego con eso se tean las plantas de los pies y las palmas de las manos de negro. Cuando Kunta le pregunt a su madre por qu lo haca, ella le dijo que se fuera a jugar. As que le pregunt a su padre, que le dijo: -Cuanto ms negra sea una mujer, ms bella es. -Pero por qu? -pregunt Kunta. -Algn da -le dijo Omoro- lo entenders.
CAPITULO 12 Kunta salt al or el sonido del tbalo al amanecer. Luego l, Sitafa y sus compaeros, corrieron junto con las personas mayores hasta el rbol bombceo junto al que los tambores de la aldea, ya haban empezado a hacer sonar sus instrumentos, hablndoles y gritndoles como si fueran seres vivientes. La multitud reunida empez a responder con lentos movimientos de brazos, piernas y cuerpo, luego ms rpidamente, hasta que todos se unieron a la danza. Kunta haba visto estas ceremonias durante muchas siembras y cosechas, cuando los hombres marchaban a cazar, para las bodas, nacimientos y muertes, pero el baile nunca lo haba conmovido -de una manera que no comprenda pero que no poda resistir- hasta ese momento. Todos los adultos de la aldea parecan decir algo con el cuerpo, algo que slo ellos conocan, pues estaba dentro de su cuerpo o de su mente. En medio de la gente que daba vueltas, saltaba, o se contorsionaba, algunos con mscaras, Kunta apenas dio crdito a sus ojos al ver a la vieja y resistente Nyo Boto dando gritos agudos y salvajes, sacudiendo los brazos y luego retrocediendo como ante un terror invisible. Apoderndose de una carga imaginaria, la vieja se sacudi, dio patadas en el aire y finalmente se desplom. Kunta se puso a observar entre los bailarines a algunas personas que conoca. Tras una mscara espantosa, Kunta reconoci al alimano, que se tiraba al suelo y se debata como una serpiente enroscandose alrededor del tronco de un rbol. Vio a algunos viejos, que haba odo que eran mayores aun que Nyo Boto, que salieron de sus chozas y arrastrndose a los tropezones sobre las delgadas pernas se unieron al baile, dieron unos temblorosos pasos, batiendo los arrugados brazos, mirando el sol con los ojos turbios por los derrames Kunta abri los ojos de sorpresa al ver a su padre Omoro que alzaba las rodillas y levantaba el polvo con los pies. Dando gritos desgarrantes, se echaba hacia atrs, con los msculos
temblorosos, y luego hacia adelante, pegndose en el pecho, luego saltaba, daba volteretas en el aire y caa con un gruido. El batir de los tambores pareca latir no slo en los odos de Kunta sino en sus extremidades. Casi sin darse cuenta, como en medio de un sueo, sinti que su cuerpo empezaba a temblar y que se le movan los brazos, y pronto saltaba y gritaba con los otros, a quienes ya no vea ms. Por ltimo tropez y cay, exhausto. Se levant y se dirigi a un costado, caminando sin fuerzas. Senta una profunda extraeza que nunca haba experimentado antes. Aturdido, asustado y excitado a la vez, vio que no slo Sitafa sino todos los otros integrantes de su kafo estaban bailando con los adultos, as que volvi a bailar. Desde los ms jvenes hasta los ms viejos, los habitantes de la aldea bailaron todo el da. Los bailarines y los tambores se interrumpan, no para comer o beber, sino para recobrar el aliento. Los tambores seguan cuando Kunta cay dormido esa noche. El segundo da de la fiesta empez con un desfile de las personas notables al medioda. A la cabeza del desfile iban el arafang, el alimono, los habitantes ms viejos, los cazadores, los luchadores, y todos aquellos que haban hecho algo importante, segn el Consejo de Ancianos, desde la ltima fiesta de la cosecha. l resto iba detrs, cantando y aplaudiendo. Los msicos los llevaban serpenteando por toda la aldea. Cuando dieron la vuelta por el rbol de los viajeros, Kunta y su kafo corrieron adelante, formaron su propio desfile y luego marcharon en tropel al lado de los adultos, intercambiando reverencias y sonrisas, marcando el paso al ritmo de sus flautas, campanas y matracas. Cada muchacho que desfilaba era la persona ms importante, y desfilaban por turno; cuando le toc a Kunta, hizo una cabriola, levantando altas las rodillas y sintindose muy importante. Al pasar delante de las personas mayores, vio que Binta y Omoro lo miraban con orgullo. La cocina de todas las mujeres de la aldea ofreca una variedad de comidas y cualquiera que pasaba, estaba invitado a detenerse y probar algn plato. Kunta y sus compaeros se atiborraron de exquisitas calabazas llenas de guiso y arroz. Incluso abundaban las carnes y las aves asadas. Era la tarea especial de las nias cuidar que las canastas de bamb estuvieran repletas de toda clase de frutos. Cuando no se estaban llenando la panza, los muchachos corran hasta el rbol de los viajeros para recibir a los extraos que venan a la aldea. Algunos se quedaban a dormir, pero la mayora permaneca algunas horas antes de seguir camino a la fiesta de la aldea vecina. Los senegaleses visitantes extendan coloridos despliegues de telas decoradas. Otros llegaban con pesadas bolsas llenas de nueces de cola de Nigeria, cuyo precio variaba segn el tamao y la calidad. Por el bolong se acercaban las canoas de los comerciantes, cargadas de barras de sal, que cambiaban por ndigo, cueros, cera de abeja y miel. Nyo Boto estaba muy atareada vendiendo -por cipreas- pequeos racimos de races especiales, que al ser restregadas contra los dientes endulzaban el aliento y conservaban la boca fresca. Los comerciantes paganos no se detenan en Juffure con sus cargas de tabaco, rap y cerveza de aguamiel, que eran slo para los infieles, pues los mandingas, buenos musulmanes, no beban ni fumaban. Otros que nunca se detenan eran los jvenes vagabundos de otras aldeas. Algunos jvenes tambin se iban de Juffure durante la estacin de la cosecha. Al verlos pasar por el sendero ms all de la aldea, Kunta y sus amigos corran junto a ellos por un tiempo, tratando de ver lo que llevaban en las pequeas cestas de bamb que balanceaban sobre la cabeza. Por lo general llevaban ropa y pequeos regalos para los nuevos amigos que esperaban conocer en sus vagabundeos, antes de regresar a sus aldeas para la prxima siembra. Todas las maanas la aldea se iba a dormir y se despertaba con el sonido de los tambores. Y todos los das atraan msicos ambulantes, expertos en el Corn, el balafon y los tambores. Y si se sentan halagados por los presentes que les daban, junto con el baile, los gritos y los aplausos de la multitud, se detenan y tocaban un rato antes de seguir viaje a la aldea siguiente. Cuando llegaban los griots, con sus historias, se haca un profundo silencio entre los habitantes de la aldea, sentados alrededor del baobab para orles contar acerca de los antiguos reyes y los clanes familiares, los guerreros, las grandes batallas y leyendas del pasado. O un griot religioso vociferaba profecas y advertencias diciendo que haba que apaciguar a Al, y entonces se ofreca a oficiar las ceremonias necesarias, que Kunta ya conoca bien, a cambio de pequeos regalos. Con su fina voz, un griot cantante entonaba interminables versos acerca de los pasados esplendores de los reinos de Ghana, Songhai y Mali, y cuando terminaba, algunas personas de la aldea de pagaban para que entonara alabanzas a sus ancianos padres en sus chozas. Y la gente aplauda al ver que los viejos salan a la puerta de la choza y sonrean, mostrando las encas desdentadas y parpadeaban por el fuerte sol. Cuando el griot cantante terminaba su buena accin, recordaba a la gente de Juffure que slo bastaba un mensaje por tambor -y una
modesta ofrenda- para que volviera en cualquier momento a cantar alabanzas en funerales, bodas, y otras ocasiones especiales. Y luego segua camino a otra aldea. Fue durante la sexta tarde del festival cuando de pronto se oy el sonido de un tambor extrao, que atraves a Juffure. Al or las palabras insultantes del tambor, Kunta corri y se uni a los otros habitantes de la aldea que se estaban reubicando furiosos junto al baobab. El tambor, que evidentemente estaba cerca, adverta la llegada de luchadores tan poderosos que aquellos que decan llamarse luchadores en Juffure deban esconderse. A los pocos minutos los habitantes de Juffure vitorearon al or que su tambor replicaba que esos extraos estaban pidiendo ser mutilados, o algo peor. La gente corri ahora al lugar de la lucha. Mientras los luchadores de Juffure se ponan los sintticos dalas y se cubran con una pasta de hojas de baobab y cenizas machacadas, que los haca resbaladizos, oyeron los gritos que indicaban que los desafiantes haban llegado. Estos extraos, de fsico descomunal, no miraron a la multitud que se burlaba de ellos. Trotando detrs del tambor, se dirigieron directamente al lugar del combate. Ya llevaban puesta su dala, y empezaron a untarse mutuamente con su pasta. Cuando aparecieron los luchadores de Juffure, siguiendo a los tambores de la aldea, el gritero y los empellones de la multitud se volvieron tan desordenados que los que tocaban el tambor tuvieron que implorarles que se tranquilizaran. Luego los dos que tocaban el tambor hablaron: -Listos!-. Los equipos rivales se aparearon; cada equipo tena dos luchadores agazapados y mirndose cara a cara. -A sus puestos! A sus puestos! -ordenaron los tambores, y cada pareja de luchadores comenz a dar vueltas como gatos. Ahora los que tocaban el tambor saltaban de aqu para all entre los luchadores; cada uno enunciaba el nombre de los campeones ancestrales de su aldea, cuyos espritus vigilaban. Despus de ataques simulados, por fin los luchadores se agarraron y empezaron a debatirse. Pronto los dos equipos peleaban entre las nubes de polvo que casi los ocultaba de los espectadores. Los resbalones no contaban; la victoria llegaba slo cuando un luchador le haca perder el equilibrio a su rival, lo empujaba y lo tiraba al suelo. Cada vez que haba una cada -primero de uno de los campeones de Juffure, y luego de uno de los desafiantes- la multitud profera alaridos, y un tambor daba el nombre del ganador. Junto a la multitud excitada, naturalmente, Kunta y sus compaeros luchaban entre s. Por fin termin, con la victoria de Juffure por una cada. Recibieron como premio los cuernos y los cascos de un novillo recin carneado. Pusieron a asar enormes trozos de carne, y los valientes desafiantes fueron invitados a la fiesta. La gente felicit a los visitantes, por su fuerza, y las doncellas ataron pequeas campanillas alrededor de los tobillos y de los brazos de los luchadores. Y durante la fiesta, los integrantes del tercer kafo de Juffure, barrieron y alisaron el lugar de la lucha para prepararlo para un seoruba. El caliente sol se empezaba a ocultar cuando la gente se volvi a reunir en el lugar de la lucha, ahora todos con sus mejores atavos. Al comps de los tambores, los dos equipos de lucha saltaron al espacio demarcado y empezaron a agazaparse y a dar saltos, agitando las musculosas extremidades que hacan tintinear las campanillas, mientras los espectadores admiraban su fuerza y su gracia. Los tambores redoblaron con fuerza; ahora las doncellas entraron en el espacio del centro, movindose tmidamente entre los luchadores mientras la gente aplauda. Luego los tambores empezaron a acelerar el ritmo, y las doncellas llevaron el comps. Sudorosas y extenuadas, las doncellas empezaron a desplomarse, una a una, saliendo del centro, arrojando al suelo el tiko coloreado que les cubra la cabeza. Todos los ojos observaban ansiosamente para ver si un hombre casadero recoga el tiko, demostrando as haber apreciado especialmente el baile de la doncella, pues eso podra significar que pronto consultara al padre de ella acerca de su valor casadero, en cabras y vacas. Kunta y sus compaeros, que eran demasiado jvenes para entender estas cosas, pensaron que la diversin haba terminado y se fueron corriendo a jugar con las hondas. Pero acababa de comenzar, pues un momento despus todos lanzaron una exclamacin al ver que uno de los visitantes recoga un tiko. Ese era un acontecimiento importante -y feliz- pero la afortunada doncella no sera la primera en marcharse a otra aldea a casarse.
CAPITULO 13 La ltima maana de la fiesta, Kunta se despert al or gritos. Ponindose su dundiko, sali corriendo. Sinti un nudo en el estmago de miedo. Cerca de las chozas vecinas, saltando continuamente, dando agudos gritos y blandiendo lanzas, haba una media docena de hombres, con mscaras feroces, altos
peinados, y atavos de hojas y cortezas. Kunta observ con horror cuando vio entrar a un hombre en una choza y emerger llevando del brazo a un tembloroso muchacho del tercer kafo. Eso se repiti en las otras chozas. Junto con un grupo de sus compaeros del segundo kafo, Kunta observaba con los ojos abiertos. Vio que uno de los muchachos del tercer kafo tena una caperuza de algodn blanco sobre la cabeza. Al ver a Kunta, Sitafa y el grupo de nios, uno de los enmascarados se precipit sobre ellos agitando la lanza y profiriendo unos alaridos terribles. Aunque se detuvo de repente y regres hacia el que estaba cubierto por la caperuza, y que pareca estar a su cargo, los nios se desperdigaron, aullando de miedo. Cuando capturaron a todos los muchachos del tercer kafo, los entregaron a unos esclavos que los tomaron de la mano y los llevaron, uno a uno, fuera de la aldea. Kunta haba odo decir que a estos muchachos mayores los iban a llevar para hacerlos hombres, pero no tena idea de que sera as. La partida de los muchachos del tercer kafo, junto con los hombres que iban a dirigir su aprendizaje, ensombreci de tristeza a toda la aldea. Todos esos das siguientes, Kunta y sus compaeros no hablaban de otra cosa que de las cosas aterrorizantes que haban presenciado, y de las cosas ms terribles an que haban odo acerca del misterioso aprendizaje que los iba a convertir en hombres. A la maana, el arafang les pegaba en la cabeza por su falta de inters en aprender los versos del Corn. Y despus de la escuela, cuando iban en tropel detrs de las cabras hacia el matorral, Kunta y sus compaeros trataban de no pensar en lo que no podan olvidar: que ellos seran los prximos en ser cubiertos con una caperuza y ser sacados a empellones de Juffure. Todos haban odo que pasaran doce lunas llenas antes de que los muchachos del tercer kafo regresaran a la aldea, pero ya como hombres. Kunta dijo que haba odo que en el entrenamiento para ser hombres les pegaban a diario. Un muchacho llamado Karamo dijo que los hacan cazar animales salvajes para comer, y Sitafa dijo que a la noche los enviaban solos al bosque espeso, y deban encontrar el camino de regreso. Pero lo peor, que nadie mencionaba, aunque Kunta se pona nervioso cada vez que iba de cuerpo, era que durante el entrenamiento le cortaran una parte del foto. Despus de un tiempo, cuanto ms hablaban la idea del entrenamiento se hizo tan aterradora que los muchachos dejaron de referirse al tema, y cada uno trat de esconder sus temores, pues no quera demostrar que no era valiente. Kunta y sus compaeros haban mejorado mucho con las cabras desde aquel primer da en que estuvieron tan nerviosos. Pero an tenan mucho que aprender. Empezaron a descubrir que su trabajo era ms difcil a la maana, pues pululaban las moscas zumbonas que picaban a las cabras y las hacan correr de aqu para all sacudiendo la piel y revoleando la cola mientras los muchachos y los perros se desesperaban para volver a reunirlas en manada. Pero antes del almuerzo, cuando el sol se pona tan caliente que hasta las moscas buscaban un lugar ms fresco, las cabras, cansadas, se dedicaban por entero a comer, y los muchachos podan finalmente divertirse un poco. Ya para entonces tenan buena puntera con la honda, y tambin con las nuevas flechas que les haban regalado sus padres al terminar el segundo kafo. Pasaban una hora matando todo ser pequeo que vean: liebres, topos, ratas, lagartos, y un da un pjaro grande que trat de alejar del nido a Kunta, arrastrando un ala para hacerle creer que lo haba herido. A la tarde, temprano, los muchachos limpiaban las presas, las salaban con la sal que siempre llevaban consigo, luego hacan un fuego y se daban un festn. Cada nuevo da en el matorral pareca que haca ms calor que el anterior. Ms y ms temprano, los insectos dejaban de picar a las cabras para buscar la sombra, y las cabras se arrodillaban para alcanzar el pasto corto que segua siendo verde, y que estaba debajo del ms alto, reseco. Pero Kunta y sus compaeros apenas si notaban el calor. Empapados en sudor, jugaban como si cada nuevo da fuera el ms excitante de su vida. Con la panza llena despus de la comida de la tarde, luchaban o corran o algunas veces simplemente gritaban y hacan morisquetas, turnndose para vigilar a las cabras que pastoreaban. Jugaban a la guerra, dndose cachiporrazos y lanzazos con palos, hasta que alguno arrancaba un puado de pasto en seal de paz. Luego apaciguaban el espritu guerrero restregndose los pies con los intestinos de un conejo muerto; haban odo decir a las abuelas que los verdaderos guerreros lo hacan con los intestinos de un cordero. Algunas veces Kunta y sus compaeros retozaban con sus fieles perros wuolos, que los mandingas criaban desde haca siglos, porque se los conoca como una de las mejores razas de perros guardianes y de caza de toda frica. El aullido de los wulos haba salvado mucho ganado de las garras de las hienas en noches oscuras. Pero cuando Kunta y sus amigos jugaban a ser cazadores, no eran hienas lo que cazaban. En su imaginacin, mientras se arrastraban por los pastos altos y quemados por el sol de las sabanas, la presa que perseguan era el rinoceronte, el elefante, el leopardo y el poderoso len.
A veces, cuando algn muchacho segua a sus cabras que iban en busca de pasto y sombra, se hallaba de pronto separado de sus compaeros. Las primeras veces que eso le pas, Kunta reuni las cabras lo ms rpidamente que pudo y se volvi cerca de Sitafa. Pero despus empez a disfrutar de estos momentos de soledad, pues le daban la oportunidad de avistar a alguna bestia grande. En sus fantasas no buscaba un antlope, un leopardo, y ni siquiera un len, sino la bestia ms peligrosa y temida de todas: un bfalo enloquecido.
CAPITULO 14 Aunque el sol abrasaba, recin comenzaban las cinco largas lunas de la estacin seca. Los diablos del calor resplandecan, haciendo que los objetos parecieran ms grandes a lo lejos, y la gente sudaba en sus chozas tanto como afuera, en el campo. Antes de que Kunta saliera de su casa todas las maanas, Binta protega bien sus pies con aceite de palma roja, pero todas las tardes, cuando regresaba a la aldea, tena los labios resecos y las plantas de los pies rajadas por la tierra hirviendo. Algunos muchachos llegaban con los pies sangrando, pero a la maana siguiente volvan a salir -sin quejarse, igual que sus padres- al calor feroz de la reseca tierra de pastoreo, donde hacia ms calor an que en la aldea. Para cuando el sol llegaba al cnit, los muchachos, las cabras y los perros yacan respirando con dificultad bajo la sombra de rboles achaparrados. Los muchachos estaban demasiado cansados para cazar animalitos y asarlos, que era con lo que se divertan antes. Ahora se quedaban sentados, conversando con el mayor entusiasmo que podan infundir a su voz, pero ya la aventura d cuidar las cabras haba perdido parte de su diversin. No pareca posible que las ramitas que juntaban todos los das iban a ser necesarias para calentarlos a la noche, pero una vez que bajaba el sol el aire se volva fro. Despus de la comida nocturna, la gente de Juffure se acurrucaba alrededor del chisporroteante fuego. Los hombres de la edad de Omoro se sentaban a conversar alrededor del fuego; a cierta distancia estaba el de los ancianos. Alrededor de otro se acomodaban las mujeres y las muchachas solteras, aparte de las abuelas, que relataban sus historias a los niitos del primer kafo alrededor del cuarto fuego. Kunta y los otros muchachos del segundo kafo eran demasiado orgullosos para reunirse con los del primero, desnudos como Lamn, as que se sentaban en cuclillas a cierta distancia como para no formar parte de ese grupo ruidoso que se rea sin motivo, pero lo suficientemente cerca para or las historias de las viejas abuelas, que seguan atrayndolos como antes. Algunas veces Kunta y sus compaeros escuchaban lo que decan los de los otros fuegos, pero las conversaciones en su mayor parte se referan al calor. Kunta oa cmo los viejos recordaban los tiempos en que el sol haba matado las plantas y quemado las cosechas; el pozo se haba secado, o el agua se haba viciado; algunas veces la gente misma se haba secado, terminando como pellejos. Esta estacin caliente era mala, pero no como otras anteriores. A Kunta le pareca que los viejos siempre se acordaban de algo peor que el presente. Luego, un da, respirar el aire era como respirar llamas, y esa noche la gente tembl bajo las frazadas con un fro que penetraba hasta los huesos. A la maana siguiente volvan a secarse la cara, tratando de poder respirar. Esa tarde empez el viento llamado harmattan. No era un viento fuerte, ni siquiera borrascoso, pues eso hubiera sido bueno. Soplaba despacio, sin parar, y era polvoriento y seco. Sopl, da y noche, durante casi una luna entera. El constante soplar del harmattan pona nerviosa a la gente de Juffure. Pronto los padres gritaban a sus hijos ms que de costumbre, y los castigaban por cualquier cosa. Y aunque los altercados eran corrientes entre los mandingas, casi no pasaba un momento sin que se oyeran fuertes gritos entre las personas mayores, especialmente parejas jvenes como Omoro y Binta. De pronto las puertas vecinas se llenaban de personas que observaban cuando las madres de la pareja corran a la choza. Un momento despus los gritos aumentaban, y se vea una lluvia de costureros, cacerolas, calabazas, banquitos y ropas que salan por la puerta. Luego, furiosas, la madre y su hija tomaban sus posesiones y corran a la choza de la madre. Despus de un par de lunas, tal como haba empezado, el harmattan termin. En menos de un da, el aire se seren, el cielo se aclar. Una noche despus las mujeres volvieron con sus maridos, y las suegras intercambiaron pequeos regalos e hicieron las paces. Pero las cinco largas lunas de la estacin seca recin estaban por la mitad. Aunque la comida an abundaba en los depsitos, las madres slo cocinaban pequeas cantidades porque nadie, ni siquiera los hambrientos nios, tenan ganas de comer. El calor del sol quitaba la fuerza a la gente, y se hablaba menos y slo se haca lo indispensable.
Los enflaquecidos animales de la aldea tenan pstulas en el cuero en las que las moscas depositaban los huevos. Las famlicas gallinas, que normalmente corran por la aldea haciendo ruido, se haban quedado quietas, acostadas en la tierra, con las alas extendidas y el pico abierto. Ni los monos se vean siquiera, ni se los oa, pues la mayora se haba refugiado en el bosque en busca de sombra. Y Kunta vio que las cabras coman menos y estaban nerviosas y flacas. Por alguna razn -tal vez por el calor, o simplemente porque estaban creciendo- Kunta y sus compaeros, que haban pasado todos los das juntos en el matorral por casi seis lunas, ahora empezaron a andar solos, con su manada. Pasaron varios das antes que Kunta se diera cuenta de que hasta entonces nunca haba estado solo, alejado de otras personas por un rato. Mir a los otros muchachos con sus cabras a lo lejos, a travs del silencio del matorral sofocante. Ms all estaban los campos en los que los hombres estaban cortando las malezas que haban crecido desde la ltima cosecha. Los altos montones de malezas que ponan a secar bajo el sol parecan ondear por el calor. Mientras se secaba el sudor de la frente, le pareci a Kunta que su gente siempre tena que soportar penalidades: cosas penosas o difciles, aterrorizantes o que amenazaban la vida misma. Pens en los das hirvientes y en las fras noches, y luego en las lluvias que caeran a continuacin, que convertiran a la aldea en un lodazal, finalmente, haciendo desaparecer los senderos, hasta que la gente tuviera que desplazarse en canoa. Necesitaban la lluvia igual que necesitaban el sol, pero siempre haba demasiado, o faltaba. Aun cuando las cabras estuvieran gordas y los rboles pesados de frutos, saba que ese sera el momento en que se terminaran las provisiones de la cosecha anterior, y entonces comenzara la estacin del hambre, cuando algunos moran, como su querida abuela Yaisa. La estacin de la cosecha era un tiempo feliz -y despus, la fiesta de la cosecha- pero duraba muy poco, y entonces volvera la larga estacin del calor, con el horrible harmattan, cuando Binta le gritaba todo el tiempo y le pegaba a Lamn, hasta que casi le daba pena esa peste de hermano suyo. Mientras llevaba a las cabras hacia la aldea, Kunta recordaba las historias que haba odo tantas veces, cuando era pequeo como Lamin, segn las cuales se vea que sus antepasados siempre haban vivido presas del miedo o del peligro. Kunta pens que la vida de la gente siempre haba sido dura. Tal vez as sera siempre. Ahora a la tarde, el alimano diriga las plegarias a Al para que les enviara las lluvias. Luego un da, la excitacin cundi en la aldea cuando una brisa levant polvo, porque era seal de que pronto llegaran las lluvias. Y a la maana siguiente, la gente de la aldea se congreg en el sembrado, donde los agricultores prendieron fuego a los montones de malezas que haban rastrillado, y el humo espeso se enrosc sobre el campo. El calor era casi insoportable, pero la gente sudorosa bailaba y vitoreaba, y los nios del primer kafo se pusieron a correr de alegra, tratando de recoger las cenizas que caan, y que eran seal de buena suerte. Los vientos leves del da siguiente empezaron a arrastrar las cenizas sueltas a los sembrados, enriqueciendo el suelo para la prxima cosecha. Los agricultores empezaron a trabajar con la azada, preparando los largos surcos para recibir las semillas. Era la sptima siembra que vea Kunta en el interminable ciclo de las estaciones.
CAPITULO 15 Haban pasado dos lluvias, y el vientre de Binta estaba nuevamente grande, y su genio peor que nunca. Les pegaba tanto y con tanta rapidez a sus hijos, que Kunta se senta agradecido a la maana, cuando sus tareas le permitan escapar de su madre por unas pocas horas, y cuando regresaba a la tarde no dejaba de sentir lstima por Lamin, que tena edad para hacer travesuras y ser castigado, pero no para salir solo. As que un da cuando volvi a su casa y vio que su hermanito estaba llorando, le pregunt a Binta -no sin recelo- si Lamin poda ir con l un rato. Ella contest inmediatamente: - S! -El pequeo Lamin, desnudo, casi no poda esconder su alegra por este sorprendente acto de bondad de su hermano, pero Kunta se sinti tan enojado consigo mismo por su impulso, que dio una buena patada y un golpe a su hermano cuando se alejaron de la choza. Lamin chill, y luego sigui a su hermano como un cachorro. Despus de de ese da, todas las tardes Kunta encontraba a Lamin, esperndolo ansiosamente a la puerta, con la esperanza de que su hermano grande lo volviera a llevar a pasear. Kunta lo haca, casi todos los das, aunque no porque quisiera hacerlo. Binta expresaba tanto alivio al poder descansar de ambos que Kunta ahora tema que le diera una paliza si no sacaba a Lamin. Pareca como si una pesadilla le hubiera puesto a su hermanito desnudo sobre la espalda, como una sanguijuela gigante del bolong. Pero pronto
Kunta empez a ver que algunos de sus compaeros de kafo tambin iban seguidos por sus hermanitos. Aunque jugaban al lado o cerca, no perdan de vista a sus hermanos mayores, que hacan lo que podan para ignorarlos. Algunas veces los muchachos grandes echaban a correr de repente, burlndose de sus hermanitos que trataban de alcanzarlos. Cuando Kunta y sus amigos suban a los rboles, sus hermanos, que intentaban seguirlos, por lo general se caan, y los mayores se rean de su torpeza. Empezaron a divertirse a su costa. Cuando estaba solo con Lamin, Kunta sola prestarle un poco ms de atencin. Tomando una semilla diminuta entre los dedos, le explicaba que el gigantesco rbol bombceo de Juffure haba crecido de una semilla como esa. Apoderndose de una abeja, Kunta la sostena cuidadosamente para que Lamin pudiera ver el aguijn; luego, dando vuelta la abeja, le explicaba cmo las abejas libaban la dulzura de las flores y la usaban para hacer miel en sus panales de los rboles ms altos. Y Lamin le empez a hacer muchas preguntas, la mayora de las cuales l contestaba pacientemente. Kunta senta agrado al ver que Lamin pensaba que l lo saba todo. Haca que se sintiera mayor que sus ocho lluvias. A pesar de s mismo, empez a considerar que su hermano no era solamente una peste. Kunta se esforzaba por no demostrarlo, por supuesto, pero cuando regresaba a su casa con las cabras, a la tarde, anticipaba con placer la ansiosa bienvenida de Lamin. Una vez a Kunta le pareci ver que su madre sonrea cuando l y Lamin salieron de la choza. En realidad, a menudo Binta le deca a Lamin: -Deberas tener los modales de tu hermano! -Luego le pegaba a Kunta, pero no con tanta frecuencia como antes. Binta tambin le deca a Lamin que si no se portaba bien no podra salir con Kunta, y Lamn se portaba entonces muy bien durante el da. Ahora dejaban la choza caminando con mucha cortesa, tomados de la mano, pero una vez afuera, Kunta empezaba a correr -Lamin corra detrs- para reunirse con sus compaeros de kafo. Una tarde, en que retozaban, un compaero de Kunta se llev por delante a Lamin, hacindolo caer de espalda. Kunta corri de inmediato, empuj con rudeza al muchacho, exclamando enojado: -Este es mi hermano! -El otro muchacho protest y ya se iban a las manos cuando los dems se lo impidieron. Kunta tom al lloroso Lamin de la mano y se alejaron de sus compaeros de juego. Kunta estaba turbado y sorprendido de s mismo a la vez por actuar de esa manera con su propio compaero de kafo, especialmente por el mocoso de su hermano. Pero despus de ese da, Lamin empez abiertamente a imitar cualquier cosa que haca Kunta, a veces hasta cuando Binta y Omoro estaban mirando. Aunque haca como que no le gustaba, Kunta no poda dejar de sentirse un poco orgulloso. Una tarde, cuando Lamin se cay de un rbol bajo al que estaba tratando de subir, Kunta le ense cmo deba hacerlo. Tambin le ense a luchar (para que Lamin pudiera ganar el respeto de un muchacho que lo haba humillado frente a sus compaeros de kafo), a silbar por entre los dedos (aunque Lamin nunca logr silbar de manera tan penetrante como Kunta), y le mostr la clase de hojas que usaba su madre para hacer t. Y le advirti a Lamin que levantara los grandes escarabajos brillosos que andaban por la choza y que los pusiera afuera, porque traa mala suerte hacerles dao. Tocar el espoln de un gallo era peor an. Por ms que trataba, Kunta no lograba ensearle la hora del da por la posicin del sol. -Eres demasiado pequeo, despus aprenders. -A veces todava le gritaba, si Lamin era demasiado lento en aprender algo sencillo, o le pegaba si lo molestaba. Pero despus se senta tan mal por haber actuado as que era capaz de dejar que Lamin usara su dundiko un rato. A medida que se senta ms cerca de su hermano, Kunta empezaba a sentir menos algo que antes lo molestaba: la distancia que haba entre sus ocho lluvias y los muchachos mayores y los hombres de Juffure. En realidad, nunca haba pasado un da sin que algo le recordara el hecho de que an estaba en el segundo kafo, que an dorma en la choza de su madre. Los muchachos mayores, que estaban siendo entrenados para ser hombres, nunca haban tenido ms que burlas y golpes para los de la edad de Kunta. Y los hombres mayores, como Omoro y los otros padres, actuaban como si un muchacho del segundo kafo era algo que deba ser tolerado. Con respecto a las madres, bueno, muchas veces cuando Kunta estaba en los matorrales pensaba con enojo que cuando fuera hombre, pondra a Binta en su lugar como mujer, aunque pensaba demostrarle bondad y perdn, porque, despus de todo, era su madre. Lo que ms irritaba a Kunta y a sus compaeros, sin embargo, era que las muchachas del segundo kafo con quienes se haban criado, no perdan ocasin para recordarles que ya estaban pensando en convertirse en esposas. A Kunta le enojaba que las muchachas se casaran a las catorce lluvias y aun ms jvenes, mientras que los muchachos no se casaban hasta ser hombres de treinta lluvias o ms. En general, pertenecer al segundo kafo siempre haba sido causa de turbacin para Kunta y sus compaeros, excepto cuando podan estar solos, a la tarde, en el matorral, y, en el caso de Kunta, en su nueva relacin con Lamin.
Cada vez que caminaba con su hermano, Kunta se imaginaba que lo llevaba en un viaje, como hacan a veces los padres con sus hijos. En cierta forma, Kunta senta ahora una responsabilidad especial de actuar como un adulto, pues Lamin lo respetaba por lo que saba. Caminando a su lado, Lamin no cesaba d hacerle preguntas. -Cmo es el mundo? -Bueno -deca Kunta-, ni hombres ni canoas han viajado demasiado lejos. As que nadie sabe todo lo que hay que saber acerca de l. -Qu aprendes del arafang? Kunta recit los primeros versos del Corn en rabe y luego dijo: -Prueba t ahora-. Pero cuando Lamin lo intentaba, se confunda todo -como Kunta saba que lo hara- y Kunta le deca, paternalmente-: Lleva tiempo. -Por qu no se debe hacer dao a las lechuzas? -Porque los espritus de nuestros antepasados estn en ellas. -Luego le contaba a Lamin acerca de su abuela Yaisa-. T eras un beb, as que no puedes acordarte de ella. -Qu pjaro es ese, en el rbol? -Un halcn. -Qu come? -Ratones, otros pjaros, cosas as. -Oh. Kunta nunca se haba dado cuenta cunto saba, pero de vez en cuando Lamin le haca preguntas que l no poda contestar. -El sol, se quema? -O-. Por qu nuestro padre no duerme con nosotros? En esos casos, Kunta grua por toda respuesta, y luego dejaba de hablar, igual que haca Omoro cuando Kunta le preguntaba algo. Entonces Lamin se callaba, pues una de las reglas de los mandingas era que no se habla con una persona que no quiere hablar. Algunas veces Kunta haca como si estuviera sumido en sus propios pensamientos. Lamin se sentaba en silencio a su lado, y cuando Kunta se pona de pie, l tambin lo haca. Y algunas veces, cuando Kunta no saba una respuesta, su hermano haca algo para cambiar de tema rpidamente. A la primera oportunidad que se le presentaba, cuando Lamin no estaba en la choza, Kunta le preguntaba a Binta o a Omoro lo que le haba preguntado Lamin a l. Nunca les deca por qu les haca tantas preguntas, pero pareca que ellos saban la razn. En realidad, parecan actuar como si lo consideraran un adulto, pues haba tomado una responsabilidad con su hermano menor. No pas mucho tiempo antes de que Kunta empezara a reprender a Lamin, delante de Binta, por algo que haba hecho mal. -Debes hablar con claridad! -sola decirle, chasqueando los dedos. O le pegaba por no saltar de inmediato cuando su madre le ordenaba hacer algo. Binta haca como que no vea ni oa. As que Lamin no poda hacer nada ahora sin que lo vigilara su madre o su hermano. Y Kunta no tena ms que hacer a sus padres de una de las preguntas de Lamin quienes se la contestaban en seguida. -Por qu tiene ese color rojo el cuero del buey? Los bueyes no son rojos. -Se lo te con leja y mijo molido -contest Binta. -Dnde vive Al? -Al vive en el lugar en que sale el sol -le dijo Omoro.
CAPITULO 16 -Qu son los esclavos? -le pregunt Lamin a Kunta una tarde. Kunta gru y se qued callado. Sigui caminando, al parecer ensimismado en sus pensamientos, preguntndose qu habra odo Lamin para hacer esa pregunta. Kunta saba que a los que los llevaban los toubobs se convertan en esclavos, y haba odo decir a los adultos que algunas personas de Juffure tenan esclavos. Pero la verdad era que no saba qu eran los esclavos. Como pasaba tantas veces, la pregunta de Lamin hizo que tratara de averiguar ms. Al da siguiente, cuando Omoro se estaba alistando para buscar madera de palma para hacerle un nuevo depsito de alimentos a Binta, Kunta le pidi permiso para ir con l; le encantaba ir a cualquier parte con Omoro. Ninguno de los dos dijo nada hasta que llegaron al oscuro y fresco bosquecillo de palmeras. Entonces Kunta pregunt de repente: -Pap, qu son los esclavos?
Omoro slo gru al comienzo, sin decir nada, y durante unos minutos camin de un lado para otro, inspeccionando los troncos de varias palmeras. -No es fcil distinguir a los esclavos de los que no son esclavos -dijo por fin. Entre golpe y golpe de su hacha de mano contra la palmera que haba elegido, le dijo a Kunta que las chozas de los esclavos estaban techadas con nyantang jongo, mientras que las de los hombres libres con nyantang foro, que, como Kunta saba, era la mejor calidad de paja para techar que haba. -Pero nunca se debe hablar de esclavos en presencia de esclavos -dijo Omoro, con gran severidad. Kunta no entendi por qu, pero asinti como si lo hiciera. Cuando se desplom la palmera, Omoro empez a sacarle el follaje. Mientras Kunta sacaba para s algunos frutos maduros, se dio cuenta de que su padre estaba de humor para hablar ese da. Pens, contento, que ahora podra decirle a Lamin muchas cosas acerca de los esclavos. - Por qu algunos son esclavos, y otros no? -pregunt. Omoro le dijo que las personas se convertan en esclavos de diferentes maneras. Algunos eran hijos de madres esclavas. Le nombr algunos que vivan en Juffure, y que Kunta conoca. Algunos eran los padres de sus propios compaeros de kafo. Otros, dijo Omoro, haban estado a punto de morirse de hambre en su aldea natal y haban ido a Juffure rogando ser esclavos de alguien que los alimentara y les diera techo. Otros -y nombr algunas de las personas ms viejas de Juffure- haban sido enemigos, y fueron hechos prisioneros. -Se convirtieron en esclavos porque no fueron lo suficientemente valientes para preferir la muerte antes de ser capturados como prisioneros -dijo Omoro. Haba empezado a cortar la madera en pedazos de un tamao que podra llevar. Aunque todos esos eran esclavos, dijo, eran gente respetable, como Kunta bien saba. -Sus derechos estn garantizados por las leyes de nuestros antepasados -dijo Omoro, y le explic que todos los amos deban dar comida, ropa, una casa, una porcin de terreno para trabajar a medias y tambin un marido o una mujer. -Slo quienes permiten que los desprecien son despreciables -le dijo a Kunta: aquellos que eran esclavos por ser asesinos, ladrones o culpables de otros crmenes. Esos eran los nicos esclavos que un amo poda castigar de la manera que quisiera, segn su merecido. -Los esclavos deben seguir sindolo siempre? -pregunt Kunta. -No, muchos esclavos compran su libertad con lo que ahorran del producto de su cosecha, que comparten con sus amos. -Omoro nombr algunos que haban hecho eso en Juffure. Nombr a otros que haban ganado la libertad al casarse con algn miembro de la familia de la que eran esclavos. Para poder transportar las partes ms pesadas de la madera, Omoro hizo un arns con guas verdes, y mientras lo terminaba, dijo que algunos esclavos, en realidad, alcanzaban ms prosperidad que sus amos. Algunos a su vez compraban esclavos, y se haban convertido en personas famosas. - Sundiata fue uno de ellos! -exclam Kunta. Muchas veces haba odo contar a las abuelas y a los griots del gran antepasado general, que haba sido esclavo, y cuyo ejrcito haba conquistado a tantos enemigos. Omoro gru, asintiendo, evidentemente satisfecho que Kunta lo supiera, pues Omoro tambin haba aprendido mucho acerca de Sundiata cuando tena la edad de Kunta; Poniendo a prueba a su hijo, Omoro le pregunt: -Y quin fue la madre de Sundiata? - Sogolon, la mujer bfalo! -dijo en seguida Kunta. Omoro sonri, y levantando sobre sus fuertes hombros los dos postes de palmera de los cuales colgaba el cabestro, atado por las guas, ech a andar. Sin dejar de comer dtiles, Kunta lo segua, y durante casi todo el trayecto de vuelta a la aldea, Omoro le cont cmo el brillante general esclavo, que era un lisiado, haba conquistado el gran Imperio mandinga. Su ejrcito haba empezado teniendo como soldados a esclavos prfugos que encontraba en los pantanos y otros escondites. -Aprenders muchas otras cosas acerca de l cuando seas entrenado para ser un hombre -dijo Omoro, y el slo pensar en esa parte de su vida le hizo sentir un escalofro, pero tambin ansiosa expectativa. Omoro le dijo que Sundiata haba huido de su odiado amo, como hacan casi todos los esclavos que no queran a sus amos. Dijo que, con la excepcin de los criminales condenados, los esclavos no podan ser vendidos sin la aprobacin de su amo. -La abuela Nyo Boto tambin es esclava -dijo Omoro, y Kunta casi se atraganta con los dtiles. Eso no lo poda entender. Mentalmente vio a la querida Nyo Boto sentada frente a la puerta de su choza, cuidando a doce o quince nios desnudos de la aldea mientras urda canastos de paja y deca cosas mordaces a los adultos que pasaban, incluyendo a los ancianos, si tenan ganas. "Ella no es esclava de nadie", pens. A la tarde siguiente, despus de arrear las cabras a los corrales, Kunta llev a Lamn por un camino no frecuentado por sus compaeros de juego, y al llegar a la choza de Nyo Boto, se sentaron en cuclillas frente a la puerta. Al poco tiempo apareci la vieja, viendo que tena visita. Apenas ech una mirada de reojo a
Kunta, que siempre haba sido uno de sus nios preferidos, para darse cuenta de que algo necesitaba. Invit a los nios a entrar en su choza, donde se puso "a preparar un t de hierbas para darles. -Cmo estn tu pap y tu mam? -pregunt. -Muy bien. Gracias por preguntarlo -dijo Kunta cortsmente-. Y t, ests bien, abuela? -Estoy muy bien, por cierto -replic ella. Kunta no volvi a hablar hasta que no le sirvi el t. Entonces exclam: -Por qu eres una esclava, abuela? Nyo Boto mir vivamente a Kunta y a Lamin. Ahora fue ella la que no dijo nada por unos momentos. -Te dir -dijo por fin. -En mi aldea natal, una noche, muy lejos de aqu, y hace muchas lluvias, cuando yo era una esposa joven dijo Nyo Boto, y les cont que se haba despertado aterrorizada al ver que los techos de paja se desmoronaban, incendiados, entre los vecinos que gritaban. Alzando a sus dos hijos, un muchacho y una nia, cuyo padre acababa de morir en una guerra entre tribus, corri entre los otros. Esperndolos haba traficantes blancos de esclavos, armados, con sus ayudantes negros, los slatees. Despus de una furiosa batalla, todos los que no pudieron huir fueron amontonados, y los que no haban sido heridos, o que eran demasiado viejos o demasiado jvenes para viajar, fueron asesinados en presencia de los otros. Nyo Boto empez a llorar, y termin: -Mataron a mis dos hijos y a mi anciana madre. Mientras Kunta y Lamin se tomaban de la mano, impresionados, ella les cont cmo los aterrorizados prisioneros, atados del cuello por correas, fueron castigados y llevados durante muchos das a travs del trrido interior. Da tras da ms prisioneros caan bajo los ltigos que los hacan caminar ms rpidamente. Despus de algunos das, muchos empezaron a caerse de hambre o de fatiga. Algunos seguan, pero los que no podan ms eran abandonados para que los devoraran los animales salvajes. La larga fila de prisioneros pasaba junto a otras aldeas que haban sido quemadas y asoladas, donde los crneos y los esqueletos de personas y de animales yacan desparramados entre las pilas quemadas de paja y barro que antes haban sido chozas. Menos de la mitad de los que iniciaron el viaje llegaron a la aldea de Juffure, a cuatro das de viaje del lugar ms cerca de Kamby Bolongo donde vendan esclavos. -Fue aqu que decidieron vender a uno de los esclavos por una bolsa de maz -dijo la vieja-. Esa fui yo. Y es as como me dieron el nombre de Nyo Boto -que Kunta saba quera decir "bolsa de maz"-. El hombre que me compr como esclava. muri al poco tiempo -dijo ella- y he vivido aqu desde entonces. Lamn se retorca de excitacin por la historia, y Kunta senta ahora, si eso era posible, an ms amor y aprecio por la vieja Nyo Boto, que estaba sentada sonrindoles con ternura a los dos nios, cuyos padres, igual que ellos, alguna vez haba mecido en la falda. . -Omoro, el pap de ustedes, perteneca al primer kafo cuando yo llegu a Juffure -dijo Nyo Boto, mirando a Kunta-. Yaisa, su madre, que era tu abuela, fue mi muy buena amiga. Te acuerdas de ella? -Kunta dijo que s, y agreg con orgullo que le haba contado mucho acerca de ella a su hermano. - Eso est bien! -dijo Nyo Boto-. Ahora debo volver a trabajar. Vayanse ya. Agradecindole el t, Kunta y Lamn se marcharon. Fueron caminando despacio a la choza de Binta, cada uno ensimismado en sus pensamientos. A la tarde siguiente, cuando Kunta regres de cuidar a las cabras, encontr a Lamin lleno de preguntas acerca de la historia de Nyo Boto. Alguna vez haban incendiado as a Juffure?, quera saber. Bueno, no haba odo decir nada nunca, le dijo Kunta, y no haba seales en la aldea de que hubiera sido incendiada. Haba visto Kunta alguna vez a alguno de esos blancos? -Por supuesto que no! -exclam. Pero dijo que su padre le haba contado que una vez sus hermanos haban visto a los toubobs y sus barcos en un punto a lo largo del ro. Kunta cambi rpidamente de tema, porque saba muy poco acerca de los toubobs, y quera pensar un rato sobre ellos. Tena ganas de ver a alguno, desde una distancia prudencial, por supuesto, ya que por todo lo que haba odo decir acerca de ellos era evidente que no convena acercarse a ellos. Recientemente haba desaparecido una nia, que estaba juntando hierbas (y antes, dos hombres grandes que andaban cazando) y todos estaban seguros que los haban robado los toubobs. Recordaba, naturalmente, que cuando los tambores de otras aldeas advertan que los toubobs haban robado a alguien, o se saba que andaban cerca, los hombres se armaban y montaban doble guardia mientras las atemorizadas mujeres reunan a los nios y los escondan en los matorrales lejos de la aldea -a veces durante varios das- hasta que los toubobs se iban. Kunta se acordaba de una vez, cuando andaba con las cabras en la tranquilidad del matorral, en que se sent bajo su rbol favorito. Se le ocurri mirar hacia arriba y entonces vio, asombrado, en la copa del rbol, unos veinte o treinta monos amontonados entre las ramas, inmviles, con la cola colgando. Kunta
crea que los monos siempre andaban corriendo y haciendo ruido, por eso no se poda olvidar el silencio con que observaban sus movimientos. Ojal ahora l pudiera sentarse en un rbol a observar a un toubob debajo. A la tarde siguiente, cuando llevaban las cabras al corral, Kunta toc el tema con sus compaeros, y en seguida todos empezaron a contar lo que saban. Uno de los muchachos, Demba Conteh, dijo que un to suyo, muy valiente, se haba acercado lo suficiente una vez para poder oler a un toubob, y tenan un hedor particular. Todos los muchachos haban odo que los toubobs robaban a la gente para comrsela. Pero algunos haban odo que los toubobs decan que no los coman, slo los ponan a trabajar en granjas enormes. Sitafa Silla respondi, como su abuelo: -Mentira de hombre blanco! A la siguiente oportunidad que se le present, Kunta le pregunt a Omoro: -Pap, me quieres contar cmo t y tus hermanos vieron a los toubobs en el ro? -Rpidamente agreg-: Debo contrselo correctamente a Lamin-. A Kunta le pareci que su padre casi sonri, aunque en verdad gru, pues evidentemente no tena ganas de hablar en ese momento. Pero unos das despus Omoro invit a Kunta y a Lamin para que lo acompaaran a cierta distancia de la aldea a juntar unas races que necesitaba. Era la primera vez que Lamin sala con su padre, y estaba loco de alegra. Como saba que su felicidad se deba a la influencia de Kunta, no soltaba la cola del dundiko de su hermano. Omoro le cont a sus hijos que despus de terminar su entrenamiento como hombres, sus dos hermanos mayores, Janneh y Saloum, haban partido de Juffure, y el paso del tiempo traa noticias de que eran viajeros conocidos en lugares extraos y distantes. Regresaron a la aldea por primera vez cuando los tambores anunciaron el nacimiento del primer hijo de Omoro. Pasaron noches y das sin dormir para asistir a la ceremonia de imposicin de su nombre. Como haca tanto tiempo que se haban ido, los hermanos abrazaron alegremente a sus compaeros de kafo de la niez. Pero quedaban pocos, pues los dems haban muerto, o ya no estaban ms. Muchos haban perecido quemados, al incendiarse su aldea, o a causa de flechas incendiarias; otros haban sido secuestrados, o haban desaparecido mientras trabajaban en los sembrados, mientras cazaban, o viajaban y todos, a causa de los toubobs. Omoro dijo que sus hermanos, enojados, le haban pedido que los acompaara en un viaje para ver qu estaban haciendo los toubobs, para luego pensar en lo que se poda hacer. As que los tres hermanos emprendieron un viaje. Caminaron durante tres das a lo largo de las mrgenes del Kamby Bolongo, escondindose cautelosamente en los matorrales, hasta que por fin. encontraron lo que buscaban. Haba como veinte canoas grandes amarradas en el ro. Eran tan grandes que cada una tena capacidad como para transportar a todos los habitantes de Juffure. Tenan una tela blanca atada mediante sogas a un tronco gigante, como de rbol, alto como diez hombres encaramados uno encima del otro. Cerca haba una isla, y en la isla una fortaleza. Haba muchos toubobs yendo y viniendo, y asistentes negros, tanto en la fortaleza como en pequeas canoas. En ellas llevaban ndigo seco, algodn, cera de abeja y cueros, que luego suban a las canoas grandes. Ms espantosas eran las palizas y otras formas de tortura que los toubobs infligan a las personas que haban tomado prisioneras, y que iban a llevar. Durante un momento Omoro se qued callado, y Kunta pens que estaba meditando sobre algo ms que le iba a decir. Por fin habl: -Ahora no se llevan a tanta de nuestra gente como antes-. Cuando Kunta era beb, le dijo, el rey de Barra, que reinaba en esa regin de Gambia, haba ordenado que no se incendiaran ms aldeas ni se capturara o se asesinara a la gente. Y pronto eso termin, despus que los soldados de los airados reyes prendieron fuego a las grandes canoas, matando a todos los toubobs a bordo. -Ahora -dijo Omoro-, cada canoa toubob que entra en el Kamby Bolongo dispara diecinueve caonazos para saludar al rey de Barra. -Dijo que los agentes personales del rey provean a la gente que se llevaban los toubobs. Eran, por lo general, criminales o deudores, o cualquier persona acusada de complotar contra el rey. aunque slo bastaba el rumor de que eso fuera cierto. Cuando los barcos de los toubobs entraban en el Kamby Bolongo en busca de esclavos para comprar, aumentaba la cantidad de gente acusada de haber cometido crmenes. -Pero ni siquiera un rey puede evitar que roben a la gente de sus aldeas -continu diciendo Omoro-. T has conocido a algunos que han desaparecido de nuestra aldea, tres en estas ltimas lunas, y has odo a los tambores de otras aldeas. -Mir con severidad a sus hijos, y habl lentamente-. Lo que les voy a decir ahora deben escucharlo atentamente, porque si no hacen lo que les voy a decir pueden ser robados para siempre. -Kunta y Lamin escucharon, con un miedo que iba en aumento-. Nunca estn solos, si pueden evitarlo -dijo Omoro-. Nunca salgan de noche, si pueden evitarlo. Y da y noche, cuando estn solos, mantnganse alejados de los matorrales o arbustos altos, si pueden evitarlo.
Durante el resto de su vida, aun cuando ya fueran hombres, deban estar en guardia contra el toubob. -A menudo disparan sus flechas incendiarias. Si ven mucho humo en alguna aldea, puede ser el fuego que usan para cocinar sus comidas, que es grande. Deben inspeccionar las huellas con cuidado, para ver en qu direccin se han ido. Pisan mucho ms fuerte que nosotros, as que es fcil reconocer sus huellas. Rompen ramitas y hierbas. Y cuando se acercan adonde l ha estado, van a ver que su olor permanece. Huelen como pollos mojados. Muchos dicen que emiten una nerviosidad que nosotros podemos sentir. Si la sienten, qudense quietos, porque muchas veces se lo puede descubrir desde lejos. -Pero no basta con conocer al toubob -dijo Omoro-. Muchos de los nuestros trabajan para l. Son los slatees, traidores. Pero si uno no los conoce, es imposible reconocerlos. Por eso en los matorrales no confen en nadie que no conozcan. Kunta y Lamin estaban helados de terror. -Es imposible tratar de hacerles ver estas cosas -dijo su padre-. Deben saber las cosas que vimos, mis hermanos y yo, que les hacan a los prisioneros. Esa es la diferencia que existe entre nuestros esclavos y los que roba el toubob para que sean esclavos de l-. Dijo que vieron esclavos atados con cadenas, adentro de corrales largos y anchos, hechos de bamb, fuertemente custodiados, a lo largo del ro. Cuando las pequeas canoas llevaban a algn toubob, que actuaba como si fuera importante, las personas robadas eran arrastradas a la arena. Les haban afeitado la cabeza, y los haban engrasado de tal manera que les brillaba todo el cuerpo. Primero los hacan ponerse en cuclillas y saltar hacia arriba y abajo -dijo Omoro-. Y luego, cuando el toubob se cansaba de ver eso, ordenaba que abrieran con fuerza la boca de los prisioneros para examinarles los dientes y la garganta. De pronto Omoro toc con el dedo a Kunta entre las piernas, y cuando el muchacho dio un respingo, Omoro dijo: -Luego le miraban el fofo a los hombres. Hasta inspeccionaban las partes privadas de las mujeres-. Por ltimo el toubob los obligaba a ponerse en cuclillas de nuevo y les quemaba la espalda y los hombros con un hierro candente. Mientras gritaban y se debatan, los metan en las canoas pequeas y los llevaban hasta las grandes. -Mis hermanos y yo vimos cmo muchos se tiraban sobre el estmago, araando y comiendo la arena, como para tocar y probar por ltima vez su propio hogar -dijo Omoro-. Pero los arrastraban a los golpes. Aun dentro de las pequeas canoas, en el medio del ro, algunos seguan resistiendo los latigazos y los garrotazos, hasta que finalmente saltaban al agua entre unos terribles peces largos de lomo gris y panza blanca, con la boca curva y llena de afilados dientes, que enrojecan el agua con su sangre. Kunta y Lamin se haban acercado el uno al otro, tomndose de la mano. -Es mejor que sepan estas cosas y no que su madre y yo tengamos algn da que matar el gallo blanco por ustedes. -Omoro mir a sus hijos, Saben lo que eso significa? Kunta logr asentir, y alzar la voz para responder. -Cuando alguien falta, pap? -Haba visto a todos los miembros de una familia que le cantaban desesperadamente a Al, sentados en cuclillas alrededor de un gallo blanco al que le haban hecho un tajo en el cogote, que agitaba las alas y sangraba. -S -dijo Omoro-. Si el gallo blanco muere sobre el buche, quedan esperanzas. Pero cuando cae muerto sobre el lomo, entonces no hay ninguna esperanza, y la aldea entera se une a la familia, clamndole a Al. -Pap. -La voz de Lamin, temblorosa de miedo, sorprendi a Kunta-. Adonde llevan a la gente las canoas grandes? -Los mayores dicen que a Jong Sang Doo -dijo Omoro-, una tierra donde los esclavos son vendidos a unos canbales enormes llamados toubabo koomi, que nos comen. Nadie sabe nada ms del asunto.
CAPITULO 17 Tan asustado estaba Lamin por lo que les haba contado su padre acerca del rapto de esclavos y de los canbales blancos que esa noche despert varias veces a Kunta con sus pesadillas. Y al da siguiente, cuando Kunta regres de cuidar las cabras, decidi sacar el tema de la mente del nio -y de la suyacontndole acerca de sus distinguidos tos. -Los hermanos de mi padre tambin son los hijos de Kairaba Kunta Kinte, cuyo nombre llevo -dijo Kunta con orgullo-. Pero nuestros tos Janneh y Saloum son hijos de Sireng -dijo. Lamin pareci intrigado, pero Kunta sigui explicando. -Sireng fue la primera mujer de nuestro abuelo, y muri antes de que se casara con nuestra abuela Yaisa-. Kunta arregl unas ramitas en el suelo para mostrarle a su hermano los distintos
integrantes de la familia Kinte. Aun as, se dio cuenta de que Lamin no entenda. Con un suspiro, empez a hablarle de las aventuras de sus tos, que tanto le haban gustado a l cuando se las contaba su padre. -Nuestros tos no han tomado esposas nunca porque su amor por los viajes es demasiado grande -dijo Kunta-. Durante lunas enteras, viajan bajo el sol y duermen bajo la luna. Nuestro padre dice que han estado donde el sol quema sobre la arena interminable, una tierra donde no llueve nunca. En otro lugar al que fueron -dijo Kunta- los rboles eran de follaje tan espeso que los bosques eran oscuros como si fuera de noche en pleno medioda. Los habitantes de ese lugar no eran ms altos que Lamin, y como l siempre andaban desnudos, incluso como adultos. Con sus diminutas flechas emponzoadas mataban elefantes enormes. En otro lugar, habitado por gigantes, Janneh y Saloum haban visto a guerreros que arrojaban sus lanzas de caza mucho ms lejos que los mandingas, en realidad, a doble distancia, y bailarines que saltaban ms alto que su cabeza, que tenan seis manos ms de altura que el hombre ms alto de Juffure. Antes de irse acostar, mientras Lamin lo miraba con los ojos abiertos, Kunta le cont su historia favorita, representando al protagonista. Saltaba de repente con una espada imaginaria que blanda en todas direcciones, como si Lamin fuera uno de los bandidos contra quienes sus tos, con otras personas, haban luchado en un viaje de muchas lunas, en el que iban cargados de colmillos de elefante, piedras preciosas y oro, en direccin a la gran ciudad negra de Zimbabwe. Lamn le rog que le contara ms cuentos, pero Kunta le dijo que se fuera a dormir. Cuando a Kunta lo mandaban a dormir despus de que su padre le contaba esas historias, se quedaba acostado de espaldas sobre su estera -como hara ahora su hermano- imaginando mentalmente lo ocurrido. Algunas veces Kunta soaba que l viajaba con sus tos a todos esos lugares exticos, que conversaba con esa gente cuya apariencia, conducta y forma de vida eran tan distintas de las de los mandingas. Con slo or el nombre de sus tos se le aceleraban los latidos del corazn. Unos das despus sus nombres llegaron a Juffure de una manera tan excitante que Kunta casi no pudo contenerse. Era una tarde clida y tranquila, y casi todos los habitantes de la aldea estaban sentados a la puerta de sus chozas o a la sombra del baobab, cuando de repente lleg un mensaje desde la aldea vecina por tambor. Igual que los mayores, Kunta y Lamn aguzaron el odo para descifrar el mensaje. Lamin emiti un sonido entrecortado al or el nombre de su padre. No tena edad suficiente para entender el resto, as que Kunta le trasmiti la noticia al odo: A cinco das de distancia en direccin al lugar por donde sala el sol, Janneh y Saloum estaban formando una nueva aldea. Y esperaban a su hermano Omoro para la ceremonia de bendicin de la aldea dentro de dos lunas nuevas. El mensaje termin. Lamin estaba lleno de preguntas. -Esos son nuestros tos? Dnde est ese lugar? Ir pap all? -Kunta no contest. En realidad, Kunta corri a travs de la aldea hacia la choza del jaliba, y apenas si oy lo que le deca su hermano. Ya varias personas se estaban reuniendo en ese Jugar, y despus lleg Omoro; lo segua Binta, con el vientre enorme. Todos observaron cmo el jaliba y Omoro hablaron por un momento, y Omoro le hizo un regalo. El tambor de trasmitir mensajes estaba junto a un pequeo fuego, para que se calentara el cuero de cabra, que ya estaba tirante. Pronto la multitud oy cmo las manos del jaliba trasmitan la respuesta de Omoro: si Al lo permita, estara en la aldea de sus hermanos dentro de dos lunas nuevas. Omoro no iba a ningn lado los das siguientes, sin que los otros habitantes de la aldea no lo felicitaran y le dieran su bendicin para la nueva aldea, que la historia registrara como fundada por los hermanos Kinte. Faltaban pocos das para que partiera Omoro cuando a Kunta se le ocurri una idea muy grande. No exista una posibilidad aunque fuera remota de que su padre le permitiera acompaarlo? Kunta no poda pensar en otra cosa. Al darse cuenta de su silencio, poco, acostumbrado, Sitafa y los otros compaeros pastores lo dejaron solo. A Lamin, que lo adoraba, no le tena paciencia, y eso hizo que su hermanito se alejara, dolorido e intrigado. Kunta se daba cuenta de cmo actuaba, y lo senta, pero nada poda hacer para cambiar. Saba que de vez en cuando algn muchacho afortunado acompaaba en un viaje a su padre, to o hermano mayor. Pero saba tambin que nunca haba ido alguien tan joven como l, de ocho lluvias apenas, excepto algunos hurfanos, que bajo las leyes de los antepasados gozaban de ciertos privilegios. Los hurfanos podan seguir a cualquier adulto, y el hombre no tena ninguna objecin y comparta todo lo que tena, aunque se tratara de un viaje de varias lunas de duracin, siempre que el muchacho lo siguiera exactamente a dos pasos de distancia, hiciera todo lo que se le ordenaba, y nunca hablara a menos que se le hablara primero. Kunta saba perfectamente bien que no deba dejar que nadie, ni siquiera su madre, sospechara lo que soaba. Estaba seguro de que Binta no slo desaprobara la idea, sino que probablemente le ordenara que no volviera a repetirla, as que Omoro no llegara a enterarse de cunto deseaba ir Kunta. Kunta saba que su nica esperanza resida en preguntarle a su padre, si es que poda verlo a solas.
Faltaban tres das para que partiera Omoro, y Kunta, que estaba casi desesperado, llevaba las cabras despus del desayuno cuando vio que su padre sala de la choza de Binta. Inmediatamente empez a hacer avanzar y retroceder a las cabras, para ganar tiempo, hasta que vio que Omoro iba en una direccin y llegaba a una distancia a la que Binta no alcanzara ver. Entonces, dejando solas a las cabras (tena que arriesgarse), Kunta corri como una liebre, se par sin aliento frente a su sorprendido padre y lo mir con una expresin de splica. Tragando fuerte, Kunta se olvid de todo lo que le iba a decir. Omoro mir a su hijo durante un largo rato, y luego habl: -Acabo de decrselo a tu madre- dijo, y sigui caminando. Kunta tard algunos minutos en darse cuenta de lo que le haba querido decir su padre. Dio un alarido de alegra, sin darse cuenta siquiera. Tirndose de panza, salt como una rana en el aire, y corriendo de regreso a las cabras, las llev a la carrera hasta el matorral. Cuando se sinti lo suficientemente recobrado para contarle a los dems pastores, estos se sintieron tan celosos que se alejaron. Pero para el medioda no resistieron ms la oportunidad de compartir con l la excitacin de su suerte. Para entonces l se haba quedado callado al darse cuenta de que desde el primer momento del mensaje su padre haba estado pensando en su hijo. Esa tarde, cuando Kunta lleg corriendo contento a la choza de su madre, Binta lo tom sin decir una palabra y. empez a sacudirlo con tanta fuerza, que Kunta huy no bien pudo desasirse, sin atreverse a preguntarle qu haba hecho. La actitud de Binta hacia Omoro tambin cambi de repente y hasta Kunta se sinti sorprendido por ello. Hasta Lamin saba que a una mujer no le estaba permitido faltarle el respeto a un hombre, pero sin embargo, cuando Omoro estaba donde poda orla perfectamente, Binta daba voz a su desaprobacin por el viaje de l y Kunta pues los tambores de varias aldeas daban informes diarios de nuevas personas desaparecidas. Cuando preparaba el kouskous para el desayuno, machacaba con tanta fuerza el cereal en el mortero que pareca un tambor por el ruido que haca. Cuando Kunta sala corriendo de la choza al da siguiente -para evitar que le dieran otra paliza- Binta orden a Lamin que se quedara y empez a besarlo, a acariciarlo y abrazarlo como no lo haca desde que era un beb. Lamin trasmiti a Kunta lo turbado que se senta por la expresin de sus ojos, pero no haba nada que ninguno de los dos pudiera hacer. Cuando Kunta estaba fuera de la choza y lejos de su madre, prcticamente todos los adultos que vea lo felicitaban por ser el muchacho ms joven de Juffure en tener el honor de compartir un viaje con un adulto. Con modestia, Kunta deca: -Gracias-, reflejando sus buenos modales, adquiridos en el hogar, y una vez fuera de la vista de los adultos, daba cabriolas con un gran atado balanceado sobre la cabeza, para mostrarle a sus compaeros qu bien lo haca. As lo hara a la maana siguiente, cuando pasara junto al rbol de los viajeros en compaa de su padre. Cada paso que daba, el atado caa al suelo. Camino a su casa, pensando en todas las cosas que quera hacer antes de partir, Kunta sinti deseos de ir a visitar a la anciana Nyo Boto antes de hacer otra cosa. Despus de llevar las cabras, se escap le la choza de Binta no bien pudo y fue a sentarse frente a la choza de Nyo Boto. Al poco tiempo esta apareci en la puerta. -Te esperaba -le dijo ella, invitndolo a pasar. Como de costumbre, cuando Kunta la visitaba solo, los dos se quedaban sentados en silencio durante un rato. Era algo que a l le gustaba mucho. A pesar de que l era muy joven y ella muy vieja, aun as se sentan muy allegados, sentados juntos en medio de la oscuridad de la choza, cada uno con sus pensamientos. -Tengo algo para ti -le dijo Nyo Boto por fin. Yendo a la bolsa de cuero de novillo curado que colgaba de la pared junto a su cama, sac un amuleto oscuro de saphie, de esos que se ponan alrededor de la parte superior del brazo-. Tu abuelo bendijo este amuleto cuando tu padre fue al entrenamiento para ser hombre le dijo Nyo Boto-. Fue bendecido para el entrenamiento del primer hijo varn de Omoro, es decir, t. Tu abuela Yaisa me lo dej para cuando empezara tu entrenamiento. Y empieza ahora, en este viaje con tu pap. -Kunta mir con cario a la querida abuela, pero no le pudo decir que el amuleto siempre le hara pensar que ella estaba con l, por ms lejos que estuviera. A la maana siguiente, al regresar de las plegarias en la mezquita, Omoro se qued esperando con impaciencia mientras Binta terminaba de completar el atado que Kunta llevara sobre la cabeza. Esa noche Kunta no haba podido dormir, de excitado que estaba, y oy llorar a su madre varias veces. Luego ella lo abraz con tanta fuerza que poda sentir cmo le temblaba el cuerpo, y l se dio cuenta de cunto lo quera su madre. Con su amigo Sitafa, Kunta haba repasado y practicado lo que hara con su padre: Primero Omoro, y luego Kunta, daran dos pasos frente a la choza de su padre. Luego, parndose, volvindose e inclinndose, juntaran la tierra de las primeras huellas y la meteran en sus bolsas de cazar, para asegurarse de que esas huellas volveran a ese lugar.
Binta observaba, sollozando, desde el frente de su choza, apretando a Lamin contra su enorme vientre, viendo cmo Omoro y Kunta se alejaban. Kunta estuvo a punto de volverse para echar una ltima mirada, pero al ver que su padre no lo haca, sigui camino, mirando hacia adelante. No era propio que un hombre mostrara sus emociones. Mientras atravesaban la aldea, las personas que los vean les hablaban y sonrean, y Kunta salud con la mano a sus compaeros de kafo, que haban demorado su tarea para despedirlo. Saba que entendan que no les contestaba el saludo porque toda forma de conversacin era ahora tab para l. Al llegar al rbol de los viajeros se detuvieron, y Omoro agreg dos tiritas de gnero a los cientos de tiritas, manchadas por el correr del tiempo, que colgaban de las ramas ms bajas. Cada tirita representaba la plegaria de un viajero para que su viaje fuera seguro y contara con la bendicin de Al. Kunta no poda creer que todo eso suceda en realidad. Era la primera noche de su vida que iba a pasar fuera de la choza de su madre, la primera vez que se alejara de Juffure ms de lo que alguna cabra descarriada lo haba llevado, la primera vez para tantas cosas que lo aguardaban. Mientras Kunta pensaba en todas estas cosas, Omoro se volvi y sin una palabra ni una mirada hacia atrs, comenz a caminar muy rpidamente a lo largo del sendero que lo llevaba al bosque. Casi dejando caer el atado que balanceaba sobre la cabeza, Kunta tuvo que correr para alcanzarlo.
CAPITULO 18 Kunta tena que trotar casi para ir a los dos pasos previstos detrs de Omoro. Vio que deba dar dos de sus pasitos por cada larga zancada de su padre. Despus de una hora, la excitacin de Kunta haba disminuido como su paso. El atado empezaba a pesarle ms y ms, y se le ocurri una idea horrible: y si se cansaba demasiado, y no lo aguantaba ms? Con ferocidad se dijo que eso nunca sucedera. Aqu y all, mientras pasaban, vean cmo los cerdos salvajes corran a esconderse en los matorrales, las perdices alzaban vuelo, aleteando rpidamente, y los conejos se metan de un brinco en sus madrigueras. Pero Kunta no le habra prestado atencin ni a un elefante por su determinacin de mantenerse a la distancia reglamentaria detrs de su padre. Le haban empezado a doler un poco los msculos debajo de las rodillas. Le sudaba la cara y tambin la cabeza; se daba cuenta porque el atado se le resbalaba hacia un lado de la cabeza, y tena que utilizar las dos manos para colocarlo en su lugar. Despus de un tiempo, Kunta vio que adelante en el camino se alzaba el rbol de los viajeros de una aldea. Se pregunt qu aldea sera; estaba seguro que reconocera el nombre si su padre se lo deca, pero Omoro no haba hablado ni vuelto la cabeza desde que salieron de Juffure. Unos minutos despus Kunta vio que unos nios desnudos del primer kafo les salan al paso, como l haba hecho cuando tena esa edad. Agitaban los brazos y gritaban, y cuando se acercaron, not que abran los ojos, sorprendidos que uno tan joven como ellos viajara con su padre. -Adonde van? -preguntaban, corriendo al lado de Kunta-. Es tu pap? Eres mandinga? De qu aldea eres? -A pesar de que estaba muy cansado, Kunta se senta maduro e importante, y los ignoraba, igual que su padre. El sudor empez a correrle por los ojos, y lo haca parpadear de ganas de refregrselos para calmar la picazn que senta. Desde que comenzaron a caminar el sol haba llegado hasta la mitad del cielo, pero las piernas le dolan tanto, y el atado le pareca tan pesado, que pens que no resistira. Empezaba a sentir pnico cuando vio que Omoro se detena de repente y colocaba su atado junto a una laguna de agua clara al lado del camino. Kunta se qued parado Un momento, tratando de controlar sus temblorosas piernas. Se aferr al atado para bajarlo, pero se le desliz y cay con un golpe. Se sinti mortificado, porque saba que su padre lo haba odo, pero Omoro estaba arrodillado bebiendo agua, sin siquiera dar seales de saber que su hijo estaba all. Kunta no se haba dado cuenta de la sed que tena. Cojeando hasta el borde del agua se arrodill para beber, pero las piernas no se acomodaron a la nueva posicin. Despus de tratar otra vez, en vano, finalmente se ech sobre el estmago, se apoy sobre los codos y logr bajar la boca hasta el agua. -Un poquito no ms. -Eran las primeras palabras que le diriga su padre desde Juffure, y sorprendieron a Kunta-. Traga un poquito, espera, y luego toma un poquito ms. -Por alguna razn, estaba enojado con su padre-. S, pap -quera decir, pero no le sali ningn sonido. Sorbi un poco de agua y la trag. Mientras esperaba le pareci que se iba a desmayar. Despus de tomar un poquito ms, se sent y descans junto a la laguna. Se le ocurri de pronto que el entrenamiento para ser hombre deba ser as. Y luego, enderezndose, se qued dormido.
Cuando se despert, sobresaltado -cunto tiempo haba pasado?- Omoro no se vea por ninguna parte. Kunta dio un salto, y entonces vio su atado cerca de un rbol, as que su padre no poda estar lejos. Mientras miraba a su alrededor se dio cuenta de lo dolorido que estaba. Se sacudi y se estir. Le dolan los msculos, pero se senta mucho mejor ahora. Se arrodill a tomar un poco ms de agua, y entonces vio su reflejo en el agua: un rostro negro y fino, con ojos y boca grandes. Kunta sonri a su imagen, luego mostr todos los dientes. No poda dejar de rer al verse, y cuando levant la vista se encontr con Omoro, parado a su lado. Kunta se puso de pie de un salto, turbado, pero su padre tena la atencin fija en otra cosa. Bajo la sombra de unos rboles, sin decir palabra, en medio de la chachara de los monos y el chillido de los loros, comieron un poco de pan que sacaron de los atados, y unas palomas silvestres, gordas, que Omoro haba matado con su arco y asado, mientras Kunta dorma. Mientras coman, Kunta se dijo que a la primera oportunidad, l tambin le enseara a su padre que saba matar aves y animalitos y asarlos, como haca con sus compaeros de kafo en el matorral. Cuando terminaron de comer, el sol haba recorrido las tres cuartas partes del cielo, as que no haca tanto calor cuando volvieron a atar los los, se los acomodaron sobre la cabeza y reiniciaron el viaje. -El toubob trae sus canoas a un da de distancia de aqu -dijo Omoro despus de caminar un buen rato-. Ahora es de da, y podemos ver, pero debemos evitar los arbustos y los pastos altos, que pueden esconder sorpresas. -Los dedos de Omoro tocaron la vaina de su cuchillo y el arco y las flechas-. Esta noche debemos dormir en una aldea. Con su padre no deba tener miedo, naturalmente, pero Kunta sinti temor, despus de toda una vida de or hablar por boca de la gente y por los mensajes de los tambores, acerca de desapariciones y secuestros. Mientras caminaban -ahora un poco ms rpido- Kunta vio bosta de hiena en el sendero, de color blanco como el lino porque las hienas, con sus fuertes dientes, coman y roan huesos. Y junto al sendero al aproximarse, vieron un grupo de antlopes que dejaron de comer y se quedaron inmviles, observando hasta que pasaron los humanos. -Elefantes! -dijo Omoro un rato despus, y Kunta vio los arbustos aplastados, los vastagos de las plantas pelados, e incluso algunos rboles a medio arrancar, donde los elefantes se haban recostado para empujar hacia abajo las hojas ms altas, las ms tiernas, y poder alcanzarlas con la trompa. Como los elefantes nunca coman cerca de las aldeas y la gente, Kunta slo haba visto muy pocos en su vida, y a una gran distancia. Los haba visto entre miles de animales que corran juntos, haciendo un ruido como el trueno, delante de nubarrones aterrorizantes de humo negro, una vez que un gran incendio se haba extendido por los matorrales, cuando Kunta era pequeo. La lluvia de Al haba extinguido el fuego antes de que llegara a Juffure o a alguna otra aldea. Le pareci que estaban entrando con Omoro en un pas distinto al de ellos. El sol poniente brillaba sobre, pastos ms espesos, y entre los rboles familiares haba palmeras y cactus. Aparte de las moscas, que no cesaban de picarlos, lo nico que vea volando no eran los lindos loros y los otros pjaros que cantaban y graznaban cerca de Juffure, sino halcones que daban vuelta en busca de presas y buitres buscando comida de animales muertos. La bola anaranjada del sol ya se acercaba a la tierra cuando Omoro y Kunta avistaron un humo espeso de una villa. Mientras se acercaban al rbol de los viajeros, Kunta se dio cuenta de que haba algo que no estaba bien. De las ramas colgaban pocas tiras de plegarias, lo que significaba que los que vivan en esa aldea casi nunca viajaban, y que la mayora de los viajeros haban seguido camino. Tampoco haba nios que se acercaran a ellos. Cuando pasaron junto al baobab de la aldea, Kunta vio que estaba medio quemado. Ms de la mitad de las chozas estaban vacas; haba basura en los patios; los conejos saltaban de aqu para all, y los pjaros se baaban en la tierra. Los habitantes de la aldea -casi todos apoyados contra la puerta de su choza, o acostados- eran viejos o enfermos, y los nicos nios eran unos bebs que lloraban. Kunta no vio a nadie de su edad, o de la edad de Omoro. Varios hombres arrugados y dbiles recibieron a los viajeros. El ms viejo de todos, dando un golpe seco con su bastn, le orden a una vieja desdentada que les trajera agua y kouskous a los viajeros. A lo mejor es una esclava, pens Kunta. Luego los viejos empezaron a interrumpirse entre s, apurados por explicar lo que le haba pasado a la aldea. Una noche, los traficantes de esclavos haban robado o matado a los ms jvenes, "entre la lluvia de usted y la de l". Un viejo seal a Omoro, y luego a Kunta. -A nosotros los viejos nos dejaron. Corrimos al bosque. La aldea abandonada empez a venirse abajo antes que pudieran regresar. Todava no tenan cosecha, les quedaba poca comida y menos fuerzas. -Moriremos sin los jvenes -dijo uno de los hombres. Omoro haba
escuchado atentamente mientras hablaban, y luego l dijo, lentamente-: La aldea de mis hermanos, que queda a cuatro das de aqu, les dar la bienvenida, abuelos. Pero todos empezaron a menear la cabeza, y el ms viejo dijo: -Esta es nuestra aldea. Ningn otro pozo tiene el agua tan dulce. Ningn otro rbol tiene la sombra ms linda. Las otras cocinas no huelen a la comida de nuestras mujeres. Los viejos se disculparon porque no tenan una choza de hospitalidad que ofrecerles. Omoro les asegur que l y su hijo disfrutaban durmiendo bajo las estrellas. Y esa noche, despus de comer un poco de pan de sus atados, que compartieron con los aldeanos, Kunta se acost sobre un jergn de hojas verdes y suaves, pensando en todo lo que haba odo. Y si eso le hubiera pasado a Juffure, y se hubieran llevado o muerto a todos los que conoca, a Binta, a Lamin, a l mismo, y hubieran quemado el baobab, y los patios estuvieran llenos de basura? Kunta se esforz por pensar en otra cosa. Luego, de repente, en la oscuridad, oy los aullidos de una criatura de la selva, atacada por algn animal feroz, y pens en la gente que se apoderaba de otra gente. A la distancia tambin se oa el aullido de las hienas, pero en realidad, en la estacin de las lluvias o en la sequa, en la estacin del hambre o en la cosecha, siempre haba odo el aullido de las hienas por alguna parte. Esa noche el aullido familiar le pareci casi reconfortante, y finalmente se qued dormido.
CAPITULO 19 Con la primera luz del alba Kunta se despert y salt. Junto a l estaba una extraa vieja que, con una voz alta y cascada, exiga que le dijera qu le haba pasado a la comida que ella le haba mandado a buscar haca dos lunas. Detrs de Kunta, Omoro habl en voz baja: -Ojal pudiramos decrtelo, abuela. Mientras seguan camino, despus de lavarse y comer, Kunta se acord de una vieja de Juffure que sola caminar de aqu para all, mirndole la cara a cualquiera de muy cerca, y dicindole: "Mi hija llega maana!" Su hija haba desaparecido haca muchas lluvias, como todos lo saban, y el gallo blanco haba muerto sobre el espinazo, pero aquellos a quienes ella paraba le decan: "S, abuela, maana". Antes de que el sol estuviera muy alto, vieron a una figura solitaria que avanzaba hacia ellos por el sendero. Se haban cruzado con dos o tres viajeros el da anterior -intercambiando sonrisas y saludos- pero se dieron cuenta de que este viejo quera conversar. Sealando la direccin de la que vena, dijo: -Pueden ver a un toubob. -Detrs de Omoro, Kunta casi dej de respirar-. Tiene mucha gente que le lleva sus paquetes. -El viejo dijo que el toubob lo haba visto y lo haba detenido, pero slo para preguntarle dnde empezaba el ro-. Le dije que el ro empieza lejos de donde termina. -No te quiso hacer dao? -le pregunt Omoro. -Pareca muy amistoso -dijo el viejo-, pero el gato siempre come al ratn con el que juega. - Eso es verdad! -dijo Omoro. Kunta quera preguntarle a su padre acerca de ese extrao toubob que buscaba un ro y no a la gente, pero Omoro ya se haba despedido del viejo y segua su camino, como siempre, sin mirar siquiera si Kunta lo segua. Esta vez Kunta se alegr, porque Omoro lo habra visto sostener el atado con ambas manos mientras corra para alcanzarlo. Los pies le haban empezado a sangrar, pero saba que no sera propio de hombres darle importancia, y mucho menos mencionrselo a su padre. Por la misma razn, Kunta trag aterrorizado un poco ms tarde, cuando al dar una vuelta en el sendero dieron con una familia de leones -un macho grande, una hermosa hembra, y dos cachorros crecidosechados en una pradera muy cerca del camino. Para Kunta, los leones eran animales temibles y escurridizos que de un solo zarpazo partan una cabra por la mitad, si un muchacho dejaba que sta se alejara cuando pastoreaba. Omoro disminuy la marcha, y sin quitarle la vista de encima a los leones dijo con tranquilidad, como si notara el miedo de su hijo: -No cazan ni comen a esta hora del da, a menos que tengan hambre. Estos estn gordos. -Pero mantuvo una mano sobre el arco y la otra sobre el carcaj de flechas mientras pasaban. Kunta segua caminando sin respirar, y l y los leones se miraron recprocamente hasta que se alejaron. Hubiera seguido pensando en ellos, y acerca del toubob, que tambin estaba por esa zona, slo que no poda pensar en nada, de tanto que le dolan las piernas. Para cuando lleg la noche hubiera ignorado la presencia de veinte leones, si los hubiera habido en el lugar que Omoro eligi para que durmieran. Kunta apenas terminaba de acostarse en su lecho de ramas blandas cuando se qued dormido, y le pareci que recin se haba acostado cuando su padre lo despert a la madrugada. Aunque se senta como si no
hubiera dormido, Kunta observaba con abierta admiracin la rapidez con que su padre sacaba la piel a dos liebres, limpindolas y asndolas. Las haba cazado en dos trampas nocturnas, para el desayuno. Sentado en cuclillas, mientras coma, pensaba en todo el tiempo que tardaban l y sus compaeros en cazar y cocinar una presa, y se preguntaba cmo aprenderan los hombres como su padre tantas cosas que haba que saber. Los pies ampollados, las piernas, la espalda y el cuello le empezaron a doler de nuevo el tercer da de viaje. En realidad, le dola el cuerpo entero, pero imaginaba que ese era el entrenamiento para llegar a ser hombre, que ya haba empezado, y l sera el ltimo muchacho en su kafo, en demostrar que sufra. Cuando pis una espina que se le clav en el pie, justo antes del medioda, Kunta se mordi con valor el labio inferior para no gritar de dolor, pero empez a cojear y a quedarse atrs hasta que Omoro decidi permitirle descansar un momento junto al sendero mientras coman. Su padre le puso una pomada calmante en la herida que lo hizo sentir mejor, pero cuando echaron a andar nuevamente le volvi a doler, y a sangrar. Al rato la herida se le haba llenado de tierra, as que dej de sangrar, y el constante caminar adormeci el dolor, lo que le permiti seguir a su padre a la distancia establecida. Kunta no estaba seguro, pero le pareca que Omoro haba disminuido la marcha un poquito. Para cuando se detuvieron, esa noche, la herida estaba hinchada, y de mal aspecto, pero su padre le aplic otra pomada, y a la maana haba mejorado y le dola menos como para soportar su caminata sin demasiado dolor. Kunta not con alivio, cuando se hacan al camino al da siguiente, que haban dejado atrs la regin de cactus y de espinas y que entraban en una tierra de arbustos, ms parecida a Juffure, aunque con ms rboles y plantas con flores, ms monos y pjaros multicolores. Al aspirar la fragancia de las flores, Kunta se acord de las veces que haba llevado a su hermanito a buscar cangrejos a las mrgenes del bolong, mientras esperaban para saludar a su madre y las otras mujeres que volvan remando despus de un da de trabajo en los arrozales. Omoro tomaba el atajo en todos los rboles de los viajeros, pero los nios del primer kafo de todas las aldeas siempre corran a su encuentro y les contaban las noticias ms excitantes del lugar. En una de las aldeas, los pequeos correos vinieron gritando: -Mumbo jumbo! Mumbo jumbo! -y, considerando que haban cumplido con su misin, volvieron corriendo a la aldea. El sendero pasaba lo suficientemente cerca como para que Omoro y Kunta pudieran ver a los lugareos observando a una figura con mscara y disfraz blandiendo una vara sobre la espalda desnuda de una mujer que gritaba de dolor, sostenida por muchas. Todas las mujeres espectadoras proferan gritos agudos cada vez que caa la vara. Por conversaciones que haba sostenido con sus compaeros pastores, Kunta saba que un esposo, si estaba molesto por una esposa peleadora, que le daba problemas, poda ir a otra aldea y traer a un mumbo jumbo a su aldea, que desde su escondite poda proferir gritos amenazantes, y luego aparecer pblicamente para castigar a la esposa. Despus de eso, todas las mujeres de la aldea se portaban mejor por un tiempo. En uno de los rboles de los viajeros, no hubo nios que fueran a su encuentro. En realidad, no se vea a nadie, ni se oa un solo ruido en la silenciosa aldea, excepto los gritos de los pjaros y los monos. Kunta pens que tal vez los traficantes de esclavos haban llegado tambin a esa aldea. Esper en vano que Omoro le explicara el misterio, pero fueron los nios conversadores de la aldea siguiente los que lo hicieron. Sealando camino abajo, les dijeron que el jefe de la aldea haca cosas que a nadie le gustaban hasta que una noche, no haca mucho, mientras dorma, todos se haban ido silenciosamente con todas sus posesiones, a las casas de sus amigos y parientes en otras aldeas, dejando detrs a "un jefe vaco", como dijeron los nios, que ahora andaba prometiendo a la gente que se iba a portar mejor, si regresaban. Como se acercaba la noche, Omoro decidi entrar en la aldea. La multitud bajo el baobab estaba excitada, murmurando. Todos estaban seguros que los nuevos vecinos regresaran a sus casas despus de algunos das, cuando le hubieran enseado una leccin a su jefe. Mientras Kunta se llenaba la panza con guisado de man y arroz, Omoro fue a ver al jaliba de la aldea, para enviar un mensaje por tambor a sus hermanos. Les dijo que lo esperaran a la puesta del prximo sol, y que viajaba con su primognito. Kunta haba soado con or su nombre trasmitido por los tambores a travs de la selva, y ahora eso acababa de suceder. El sonido no se iba de sus odos. Ms tarde, mientras yaca en la cama de bamb de la choza de hospitalidad, todo dolorido, Kunta pens en los otros jalibas agachados sobre los tambores repitiendo su nombre en todas las aldeas de la ruta hasta la aldea de Janneh y Saloum. Ahora que haban dado el mensaje por tambor, en todos los rboles de los viajeros no estaban solamente los nios desnudos sino tambin algunos ancianos y msicos. Omoro no pudo rehusar el pedido de un anciano de conceder a la aldea por lo menos el honor de una breve visita. Mientras los Kinte se refrescaban en las chozas de hospitalidad y compartan comidas y bebidas a la sombra del baobab y de los rboles
bombceos, los adultos se reunan para or con atencin las respuestas que haca Omoro a sus preguntas, y los kafos primero, segundo y tercero se apiaban alrededor de Kunta. Mientras los del primer kafo lo observaban con muda admiracin, los de las lluvias de Kunta, y los mayores, dolorosamente celosos, le hacan preguntas respetuosas acerca de su aldea natal y su destino. l las contestaba gravemente, con la misma dignidad (o as esperaba l) que su padre contestaba las preguntas que le hacan a l. Para cuando partieron, estaba seguro de que los habitantes de esa aldea pensaban que acababan de ver a un joven que se haba pasado toda la vida viajando con su padre por los largos senderos de Gambia.
CAPITULO 20 Se haban demorado tanto en la ltima aldea, que iban a tener que caminar ms rpido para llegar a destino a la puesta de sol, como le haba prometido Omoro a sus hermanos. Aunque sudaba, y le dola todo, Kunta encontraba mucho ms fcil que antes balancear su atado sobre la cabeza, y se senta vigorizado con los mensajes de tambor que ahora llenaban el aire anunciando la llegada de griots, jalibas, ancianos y otras personas importantes que representaban aldeas lejanas como Karantaba, Kootacunda, Pisania y Jonkakonda, de las que Kunta nunca haba odo hablar. Haba llegado un griot del reino de Wooli, anunciaron los tambores, e incluso un prncipe enviado por su padre, el rey de Barra. Mientras sus pies rajados caminaban velozmente por el sendero caliente y polvoriento, se sorprenda al ver cuan famosos y populares eran sus tos. Pronto se dio cuenta de que prcticamente corra, no slo para no quedarse demasiado atrs de Omoro, que nuevamente avanzaba a grandes zancadas, sino porque estas ltimas horas parecan no pasar nunca. Por fin, justo cuando el sol empezaba a tornarse prpura en el horizonte, Kunta vio que de una aldea, no muy lejos, sala humo. La forma ancha y circular que trazaba el humo, le hizo ver que estaban quemando maderas secas de baobab para ahuyentar los mosquitos. Eso significaba que haba visitantes importantes en la aldea. Sinti ganas de gritar de alegra. Haban llegado! Pronto empez a or el retumbar de un gran tambor tbalo, ceremonial; supona que lo tocaban cada vez que un personaje traspona los portales de la aldea. Entremezclado con el grave tambor se oan los ms pequeos, los tan-tang, y los gritos agudos de los bailarines. Luego el sendero daba una vuelta, y entonces vio la aldea, bajo el humo que se elevaba. Junto a un grupo de arbustos vieron a un hombre que los avist en el mismo instante, y que empez a sealar y a saludar como si lo hubieran apostado all para esperar la llegada de un hombre con un nio. Omoro le devolvi el saludo, y ste se inclin inmediatamente sobre su tambor y anunci: -Omoro Kinte y su primognito ... Los pies de Kunta apenas si sentan el suelo. El rbol de los viajeros, que vieron en seguida, estaba adornado con tiras de gnero, y el sendero original, con espacio para una sola persona, haba sido ensanchado por el paso de muchos pies, lo que evidenciaba qu se entraba en una aldea atareada y popular. El sonido de los tan-tangs se volvi ms y ms fuerte, y de repente aparecieron los bailarines, gritando y gruendo con sus trajes de hojas y corteza, saltando y girando y golpeando con los pies frente a una multitud que traspuso los portales para dar la bienvenida a los distinguidos visitantes. El tbalo de la aldea, de tono profundo, empez a sonar con estruendo mientras dos personas se acercaban corriendo a travs de la multitud. Delante de Kunta, Omoro dej caer su atado al suelo y corri hacia ellos. Antes de darse cuenta, Kunta tambin haba dejado caer su atado y corra detrs de su padre. Los dos hombres y su padre se abrazaban y se daban palmadas. -Y ste es nuestro sobrino?-. Los dos hombres alzaron a Kunta y lo abrazaron entre exclamaciones de alegra. Arrastrndolos hacia la aldea, el enorme comit de bienvenida los salud, pero Kunta no oy ni vio a nadie, excepto a sus tos. Ciertamente se parecan a Omoro, pero not que ambos eran un poco ms bajos, ms fornidos, ms musculosos que su padre. Los ojos de su to mayor, Janneh, parecan ponerse estrbicos cuando miraba a lo lejos, y los dos hombres se movan con una agilidad casi animal. Tambin hablaban mucho ms rpidamente que su padre, mientras lo acosaban de preguntas acerca de Juffure y de Binta. Por fin Saloum le golpe la cabeza a Kunta con el puo. -No estamos juntos desde que le dieron el nombre. Y mrenlo ahora! Cuntas lluvias tienes, Kunta? -Ocho, seor, -contest cortsmente. - Casi listo para que lo entrenen! -exclam su to.
Alrededor de la alta cerca de bamb de la aldea, haban apilado arbustos espinosos, secos, escondidos entre ellos haba estacas de punta afilada para mutilar a cualquier ser, animal o humano, que se atreviera a merodear. Pero Kunta no se fijaba en esas cosas, y slo miraba de reojo a los de su edad que lo rodeaban. Apenas si oa el estruendo que hacan los loros y los monos encima de sus cabezas, o el ladrido de los perros wuolos debajo, mientras los tos los llevaban en una gira por la hermosa aldea. Cada choza tena su patio, dijo Saloum, y el depsito de alimentos secos estaba colocado encima del fuego, para que el humo conservara libre de bichos al arroz, el kouskous y el mijo. Kunta se mareaba girando la cabeza en todas direcciones para no perderse una vista, un sonido o un olor excitante. Era a la vez fascinante y trastornante or hablar a la gente en dialectos mandingas que no entenda, aparte de alguna que otra palabra. Como los dems mandingas -excepto los ms cultos, como el arafag- Kunta no saba casi nada de las lenguas de las otras tribus, incluso las que vivan cerca. Pero haba pasado el tiempo suficiente junto al rbol de los viajeros para distinguir a las tribus. Los fulas tenan el rostro ovalado, el pelo ms largo, los labios ms delgados y los rasgos ms pronunciados, con cicatrices verticales en la sien. Los wolofs eran extremadamente negros y muy reservados, los serahulis tenan la piel ms clara y eran de baja estatura. Y los jolas -no era posible confundirlos- tenan cicatrices en todo el cuerpo, y siempre tenan una expresin feroz en el rostro. Kunta reconoci a los que pertenecan a las dems tribus, aqu en la nueva aldea, pero haba otros que no pudo reconocer. Algunos regateaban en voz alta con los comerciantes que anunciaban sus mercaderas. Las mujeres mayores se interesaban en cueros curados, mientras que las ms jvenes pedan descuento por las pelucas y otros adornos para el pelo, hechos de sisal y de baobab. El grito de "Cola! Muy buena cola prpura!" atraa a un grupo de personas, cuyos pocos dientes estaban teidos de anaranjado de tanto masticar nueces de cola. Entre amistosos codazos y empujones, Omoro fue presentado a una cantidad interminable de habitantes de la aldea y de personas importantes de lugares excitantes. Kunta se maravill al or la fluidez con que hablaban sus tos esas lenguas extraas. Kunta se dej llevar por la multitud, pues saba que podra encontrar a su padre y a sus tos cuando quisiera. Pronto se encontr entre los msicos que tocaban para los que tuvieran ganas de bailar. Luego prob el antlope asado y el guisado de man molido, que las mujeres de la aldea llevaban constantemente a las mesas, a la sombra del baobab para el que quisiera comer. La comida era buena, pens Kunta, pero no tan sabrosa como los platos suculentos que las madres de Juffure preparaban para las fiestas de la cosecha. Al ver a unas mujeres que hablaban excitadamente junto al pozo, Kunta fue hacia ellas, con los odos tan abiertos como los ojos, y oy que hablaban de un gran morabito, que estaba a slo medio da de viaje, por el sendero, y que viajaba con un grupo para rendir honores a la nueva aldea, pues haba sido fundada por los hijos del difunto hombre sagrado, Kairaba Kunta Kinte. Kunta sinti gran orgullo al or que hablaban de su abuelo de una manera tan reverente. Como las mujeres no lo reconocan, pudo orlas hablar de sus tos. Era hora de que viajaran menos y se quedaran en el lugar, y tuvieran mujer e hijos, dijo una de las mujeres. -El nico problema que tendrn, es que hay tantas doncellas ansiosas por ser esposas de ellos. Era casi de noche cuando Kunta, con cierta torpeza, se acerc a unos muchachos de su edad. A ellos no pareca importarles que hubiera andado con los adultos tanto tiempo. En su mayora parecan ansiosos por contarle a Kunta cmo se haba formado la nueva aldea. -Todas nuestras familias se hicieron amigas de tus tos durante sus viajes -dijo un muchacho-. Todos estaban descontentos con la vida que llevaban donde estaban, por una razn u otra-. Mi abuelo no tena suficiente lugar para que toda su familia y las familias de sus hijos estuvieran cerca -dijo otro-. Nuestro bolong no era bueno para el arroz -agreg un tercero. Kunta oy decir que sus tos empezaron a decirles a sus amigos que conocan un lugar ideal donde pensaban fundar una aldea. Y pronto las familias de los amigos de Janneh y Saloum viajaban por el sendero con sus cabras, gallinas, alfombras de plegaria y otras posesiones. Pronto anocheci y Kunta observ cmo encendan los fuegos de la nueva aldea, con las ramas que sus nuevos amigos haban recogido ms temprano. Como era un momento de celebracin, le dijeron que todos los habitantes de la aldea y los visitantes se reuniran alrededor de varios fuegos, en lugar de la antigua costumbre, que estableca que las mujeres y los nios se sentaran alrededor de fuegos separados. El alimano iba a bendecir la reunin, dijeron, y luego Janneh y Saloum ocuparan el centro para narrar historias de sus viajes y sus aventuras. En el crculo, con ellos, estara el visitante ms viejo de todos, un anciano del distante Fulladu, ro arriba. Se deca que tena ms de cien lluvias, y que compartira su sabidura con todos los que lo quisieran or. Kunta corri a reunirse con su padre junto al fuego justo a tiempo para or la plegaria del alimano. Despus de la plegaria, nadie dijo nada por algunos momentos. Se oa el chirrido de los grillos, y los humeantes
fuegos trazaban sombras danzantes en el amplio crculo de rostros. Por fin, habl el arrugado anciano: Cientos de lluvias antes que el primero de mis recuerdos, se oa hablar de una montaa africana de oro, cuya fama llegaba de allende los ros. Ella fue la que primero atrajo al toubob a frica. -No haba ninguna montaa de oro, dijo, pero se haban hallado enormes cantidades de oro en el agua, y se lo haba extrado de minas, primero en el Norte de Guinea, luego en las selvas de Ghana-. Al toubob nunca se le dijo de dnde provena el oro -dijo el viejo-, pues lo que sabe un toubob, en seguida lo saben todos los dems. Despus habl Janneh. En muchos lugares la sal era casi tan preciosa como el oro, dijo. l y Saloum haban visto cmo se cambiaba oro por sal, en cantidades iguales. La sal se encontraba en espesas franjas debajo de cierta clase de arena, y haba cierta agua que cuando se secaba, se converta en sal que se pona al sol en grandes cuadrados. -Una vez hubo una ciudad de sal -dijo el viejo-. La ciudad de Taghaza, cuyos habitantes construan sus casas y mezquitas con bloques de sal. -Cuntanos de los extraos animales jorobados de los que has hablado otras veces -exigi una anciana, atrevindose a interrumpir. A Kunta le hizo acordar a la abuela Nyo Boto. Una hiena aull en alguna parte de la noche, y la gente se inclin hacia adelante en la luz que flameaba. Le tocaba hablar a Saloum. -Los animales llamados camellos viven en el lugar de la arena interminable. Lo atraviesan guindose por el sol, las estrellas y el viento. Janneh y yo hemos viajado en estos animales hasta durante tres lunas, con unas pocas gotas de agua. - Pero detenindonos muchas veces para luchar contra los bandidos! -dijo Janneh. -En una oportunidad fuimos en una caravana de doce mil camellos -continu diciendo Saloum-. En realidad, eran varias caravanas ms pequeas, que viajaban juntas para protegerse contra los bandidos. Kunta vio que mientras hablaba Saloum, Janneh desenrollaba una gran pieza de cuero curtido. El anciano hizo un gesto de impaciencia a dos hombres jvenes que arrojaron algunas ramas secas al fuego. En la luz resplandeciente, Kunta y los dems pudieron seguir el dedo de Janneh que se mova por un extrao dibujo, -Esta es frica -dijo. El dedo traz lo que les dijo que era "el agua grande", al Oeste, y luego "el gran desierto de sal, un lugar mucho ms grande que toda Gambia, que seal en la parte inferior izquierda del dibujo. -En la costa Norte de frica, los barcos de los toubobs traen porcelana, especias, gneros, caballos y una cantidad enorme de cosas hechas por el hombre -dijo Saloum-. Luego los camellos y los burros transportan estas mercaderas tierra adentro a lugares como Sijilmasa, Ghadanes y Marrakech. -El dedo de Janneh mostr dnde quedaban esas ciudades-. Mientras estamos aqu sentados -dijo Saloum-, hay muchos hombres con pesados atados cruzando las espesas selvas, llevando nuestros productos africanos (marfil, cueros, aceitunas, dtiles, nueces de cola, algodn, cobre, piedras preciosas) a los barcos de los toubobs. A Kunta le daba vueltas la cabeza por las cosas que oa, y se prometi en secreto que algn da l tambin se aventurara a ir a esos lugares excitantes. - El morabito! -Desde el sendero, el tambor que haban apostado trasmiti la noticia. Rpidamente se prepar un grupo para darle la bienvenida: Janneh y Saloum, como fundadores de la aldea, el Consejo de Ancianos, el dimano, el arafang, luego los honorables representantes de las otras aldeas, incluyendo a Omoro; incluyeron a Kunta, con otros de su misma estatura, para representar a los jvenes de la aldea. Fueron conducidos por los msicos hacia el rbol de los viajeros, regulando su llegada para recibir al hombre sagrado. Kunta observ con fijeza al viejo muy negro, de barbas largas, que iba a la cabeza de un grupo de personas que parecan muy cansadas. Venan hombres, mujeres y nios cargados con enormes atados, excepto algunos hombres que arreaban el ganado y, segn le pareci a Kunta, ms de cien cabras. Con rpidos gestos el hombre sagrado bendijo al grupo de bienvenida y les orden que se pusieran de pie, pues se haban arrodillado. Luego bendijo especialmente a Janneh y Saloum, y Janneh present a Omoro, y Saloum le hizo una sea a Kunta, que se uni corriendo al grupo. -Este es mi primognito -dijo Omoro-, y lleva el nombre de su abuelo sagrado. Kunta oy que el morabito deca unas palabras en rabe, dedicadas a l, que no pudo entender, excepto el nombre de su abuelo, y sinti los dedos del hombre sagrado, que le tocaban la cabeza con la ligereza de las alas de una mariposa, y luego volvi corriendo con los de su edad, cuando el morabito fue presentado a los dems integrantes del comit de recepcin, conversando con ellos como si fuera un hombre corriente. Los jvenes, que estaban con Kunta, empezaron a recorrer el sendero para mirar a las esposas, hijos, estudiantes y esclavos que constituan la parte posterior de la procesin. Las esposas e hijos del morabito pronto se retiraron a las chozas destinadas para los huspedes. Los estudiantes, sentndose en el suelo y abriendo sus atados, sacaron libros y manuscritos -propiedad de su maestro, el hombre sagrado- y empezaron a leer en voz alta a los que se haban reunido a escuchar a su
alrededor. Kunta vio que los esclavos no entraban en la aldea con los otros. Se quedaron del otro lado de la cerca, sentados en cuclillas, cerca del ganado y las cabras que haban atado todas juntas. Eran los primeros esclavos que vea Kunta que no se acercaban al resto de la gente. El hombre sagrado apenas poda moverse, por todas las personas que estaban arrodilladas a su alrededor. Tanto los habitantes de la aldea como los visitantes distinguidos, bajaban la frente hasta la tierra y geman para que l escuchara sus lamentos; algunos de los que estaban ms cerca del gran hombre pretendan tocarle las vestiduras. Algunos le rogaban que visitara su aldea y dirigiera ceremonias religiosas, desde haca tiempo descuidadas. Otros requeran consejo legal, pues la ley y la religin eran compaeras bajo el Islam. Los padres pedan que les diera nombres significativos para sus hijos. Las personas de aldeas sin arafang le preguntaban si uno de sus estudiantes no podan ensear a sus hijos. Los estudiantes estaban atareados vendiendo cuadraditos de cuero de cabra, con la marca sagrada, se cosa luego, pasando a ser un hombre sagrado para que l les hiciera su marca. Un pedazo de cuero de cabra, con la marca sangrada, se cosa luego, pasando a ser un valioso amuleto, como el que llevaba Kunta en la parte superior del brazo, y aseguraba la constante cercana de Al a quien lo llevara. Con los dos caparazones de molusco que haba llevado desde Juffure, Kunta compr un cuadrado de cuero de cabra y se uni a la muchedumbre que empujaba para acercarse al morabito. Se le ocurri a Kunta que su abuelo haba sido un hombre as, que tena el poder, concedido por Al, de hacer llover sobre una aldea que se mora de hambre; as haba salvado a Juffure el Kairaba Kunta Kinte. As se lo haban dicho sus amadas abuelas Yaisa y Nyo Boto, desde que tena edad como para entender. Pero recin ahora, por primera vez, llegaba a comprender la grandeza de su abuelo, y del Islam. A slo una persona, pens Kunta, le iba a decir por qu haba decidido gastar sus dos preciosos caparazones. Ahora esperaba con su cuadradito de cuero a que le tocara el turno con el hombre sagrado. Iba a llevar el precioso cuero de cabra a su aldea, para drselo a Nyo Boto, para pedirle que lo guardara hasta que llegara el momento de hacer un amuleto para el brazo de su primognito.
CAPITULO 21 El kafo de Kunta, amargado de envidia por el viaje, esperaba que regresara a Juffure henchido de engreimiento, por lo que se decidi -aunque nadie lo dijo- no demostrar inters en l o en sus viajes cuando volviera a la aldea. Y as lo hicieron sin importarles cunto le dolera a Kunta volver a su hogar y ver que sus compaeros de toda la vida se comportaban como si nunca se hubiera alejado, e interrumpan la conversacin cuando se acercaba. Su querido amigo Sitafa se mostraba ms fro an que los dems. Kunta se senta tan molesto que apenas si pensaba en su nuevo hermanito, Suwadu, que haba nacido cuando l estaba afuera con Omoro. Un medioda, mientras las cabras pastoreaban, Kunta decidi pasar por alto la mezquindad de sus compaeros y hacer las paces. Se dirigi hacia donde estaban comiendo, se sent entre ellos y empez a hablar. -Ojal pudieran haber ido conmigo -dijo con tranquilidad, y sin esperar la reaccin, empez a contarles acerca de su viaje. Les cont lo duro que haban sido los das de viaje, cmo le dolan los msculos, el miedo que haba sentido al pasar junto a los leones. Y describi las distintas aldeas por las que haba pasado y la gente que all viva. Mientras hablaba, uno de los muchachos se levant para agrupar a sus cabras, y cuando regres -como si no se diera cuenta- se sent ms cerca de Kunta. Pronto los otros hacan exclamaciones para acompaar las palabras de Kunta, y antes de que se dieran cuenta, justo cuando les estaba contando acerca de la llegada a la aldea de sus tos, ya era hora de volver a llevar las cabras. A la maana siguiente, en el patio de la escuela, todos los muchachos tuvieron que esforzarse para que el arafang no sospechara que estaban impacientes por irse. Cuando estuvieron finalmente con las cabras, se reunieron alrededor de Kunta, y ste empez a contarles acerca de las diferentes tribus y lenguas que se mezclaban en la aldea de sus tos. Estaba por la mitad de uno de los cuentos de Janneh y Saloum acerca de lugares lejanos -los muchachos estaban absortos en sus palabras- cuando el silencio del campo se vio interrumpido por el feroz ladrido de un perro wuolo y el berrido agudo y aterrorizado de una cabra. Saltando del susto, vieron en el extremo de los pastos altos una gran pantera amarilla, que dejaba caer una cabra de sus fauces y embesta contra dos perros. Los muchachos seguan parados, inmviles, demasiado asustados para moverse, cuando uno de los perros fue arrojado con fuerza hacia un costado por las garras de la pantera; el otro perro saltaba enloquecido hacia adelante y hacia atrs. La pantera se agazap, lista
para saltar. El ruido horrible que haca ahogaba los ladridos desesperados de los otros perros y los gritos de las cabras, que corran en todas direcciones. Los muchachos tambin corrieron, gritando, tratando de alcanzar a las cabras. Pero Kunta se dirigi, ciego, hacia la cabra cada, que era de su padre. -Detente, Kunta, no! -exclam Sitafa para tratar de que no se interpusiera entre los perros y la pantera. No logr hacerlo, pero cuando la pantera vio a los dos muchachos que corran hacia l, gritando, retrocedi algunos pasos, luego se volvi y huy a la selva con los perros enfurecidos detrs. l hedor de la pantera y la cabra deshecha hicieron que Kunta se sintiera descompuesto. Del cuello retorcido le chorreaba la sangre oscura; tena la lengua afuera y los ojos en blanco. Lo que ms le impresion a Kunta fue que por el tajo que tena en el vientre se le vea un cabrito por nacer, an con vida. Cerca estaba el primer perro wuolo, aullando de dolor. Tena el costado abierto y trataba de arrastrarse hasta Kunta. El muchacho vomit donde estaba, luego se volvi, muy plido, y mir el rostro angustiado de Sitafa. A travs de las lgrimas, Kunta alcanz a ver a algunos de los otros muchachos rodendolo. Miraban el perro herido y la cabra muerta. Luego lentamente se fueron yendo, todos excepto Sitafa, que le pas un brazo por los hombros. No dijeron nada, pero ambos pensaban en algo que no se haba dicho en voz alta: Cmo le iba a decir a su padre? Kunta logr por fin hablar: -Me puedes cuidar las cabras? -le pregunt a Sitafa-. Debo llevarle este cuero a mi padre. Sitafa se acerc a conversar con los otros muchachos, y dos de ellos rpidamente alzaron al perro herido y se lo llevaron. Kunta le hizo una sea a Sitafa para que se reuniera con los dems. Arrodillndose junto a la cabra empez a cortar y tirar con el cuchillo, tal como le haba visto hacer a su padre, hasta que finalmente, cuando se puso de pie, tena el cuero de la cabra en las manos. Junt algunas malezas y con ellas cubri el cuerpo del animal y el nonato, y empez a caminar en direccin a la aldea. Ya en otra oportunidad haba descuidado a las cabras, jurando que no volvera a suceder. Pero haba vuelto a suceder, y esta vez haba muerto una cabra. En su desesperacin rog que fuera una pesadilla, y que pudiera despertarse ya, pero entonces vio el cuero que llevaba. Dese la muerte. Saba que su desgracia deshonrara a sus antepasados. Al lo estaba castigando por sus alardes, pens, avergonzado. Se detuvo para arrodillarse hacia la direccin por donde sala el sol e implor perdn. Al ponerse de pie vio que los de su kafo haban reunido a todas las cabras y se estaban preparando para arrearlas a la aldea. Estaban recogiendo ya su carga de lea. Un muchacho llevaba el perro herido. Haba otros dos perros que cojeaban. Cuando Sitafa vio que Kunta los miraba, deposit su carga de leos en el suelo y ech a andar hacia su amigo, pero ste le indic por seas que volviera con los otros. Cada paso que daba por el transitado sendero de las cabras pareca llevarlo ms cerca del fin, del fin de todo. Senta oleadas de culpa, terror y entumecimiento que se sucedan una tras otra. Lo echaran de la aldea. Iba a echar de menos a Binta, a Lamin, a la vieja Nyo Boto. Hasta echara de menos la clase del arafang. Pens en su abuela Yaisa, en el abuelo santo cuyo nombre llevaba, ahora deshonrado; en sus dos tos viajeros, que haban fundado una aldea. Se dio cuenta de que no llevaba su carga de lea. Pens en la cabra, de la que se acordaba muy bien, siempre tan nerviosa, siempre alejndose de las otras al trote. Y pens en el cabritillo, sin nacer. Y mientras pensaba en todo esto, no dejaba de pensar en lo que ms tema: su padre. Su mente le daba vueltas. Se detuvo, como si hubiera echado races, sin respirar, mirando fijamente hacia delante en el sendero. Omoro corra en su direccin. Ninguno de los muchachos se habra animado a decirle nada. Cmo se haba enterado? -Ests bien? -pregunt su padre. La lengua de Kunta pareca pegada al paladar. -S, pap -dijo por fin. Para entonces Omoro le estaba tocando la barriga, para ver si la sangre que empapaba su dundiko no era la de l. Incorporndose, Omoro tom el cuero y lo extendi sobre el pasto. -Sintate! -le orden-, y Kunta se sent, temblando. Omoro se sent enfrente. -Hay algo que debes saber -dijo Omoro-. Todos los hombres cometen errores. Cuando tena tus lluvias, un len me comi una de las cabras. Tirndose de la tnica, Omoro se descubri la cadera izquierda. La cicatriz plida y profunda impresion a Kunta. -Yo aprend, y t debes aprender. Nunca te acerques a un animal peligroso! -Lo mir a los ojos-. Me entiendes? -S, pap.
Omoro se puso de pie, tom el cuero de cabra y lo tir entre los arbustos. .-Entonces eso es todo lo que hay que decir. A Kunta le daba vueltas la cabeza, mientras caminaba detrs de Omoro hacia la aldea. Ms grande an que su culpa, y que su alivio, era el amor que senta en ese momento por su padre.
CAPITULO 22 Kunta haba alcanzado su dcima lluvia, y los muchachos del segundo kafo estaban a punto de completar la educacin que reciban dos veces por da desde su quinta lluvia. Cuando lleg el da de la graduacin, los padres de Kunta y de sus compaeros se sentaron en el patio del arafang, henchidos de orgullo, en las primeras filas, delante aun de los ancianos de la aldea. Kunta y los dems estaban sentados en cuclillas ante el arafang mientras el alimano rezaba. Luego el arafang se puso de pie y empez a mirar a sus alumnos que levantaban la mano para que les hiciera preguntas. Kunta fue el primero que escogi. -Cul era la profesin de tus antepasados, Kunta Kinte? -pregunt. -Hace cientos de lluvias, en la tierra de Mali -contest Kunta con seguridad- los Kinte eran herreros, y sus mujeres hacan alfarera y tejidos. -Cada vez que un alumno contestaba correctamente, los presentes daban exclamaciones de placer. Luego el arafang hizo una pregunta de matemtica: -Si un mandril tiene siete esposas, cada esposa tiene siete hijos, y cada hijo come siete manes durante siete das, cuntos manes rob el mandril de la granja de algn hombre? -Despus de pensar con desesperacin y de escribir continuamente con las plumas de ganso en las pizarras de madera de lamo, el primero en dar la respuesta correcta fue Sitafa Silla, y las exclamaciones de alabanza de la multitud ahogaron los gruidos de los otros muchachos. Luego los muchachos escribieron su nombre en rabe, como se les haba enseado. Y el arafang pona en alto, una por una, las pizarras de sus alumnos, para que los padres y los otros espectadores vieran por s mismos los frutos de la educacin. Como los dems, Kunta haba encontrado que era ms difcil leer los signos que escribirlos. Muchas maanas y tardes, cuando el arafang les pegaba en los nudillos, todos haban deseado que la escritura hubiera sido tan fcil de entender como los mensajes de los tambores, que hasta los nios de la edad de Lamin entendan como si alguien les estuviera hablando. El arafang les orden que se pusieran de pie, uno por uno. Por fin le lleg el turno a Kunta.- -Kunta Kinte! Todos tenan los ojos clavados en l. Kunta sinti el gran orgullo de su familia, en la primera fila, e incluso el de sus antepasados, enterrados cerca de la aldea, y en especial el de su querida abuela Yaisa. De pie ley un verso de la ltima pgina del Corn; al terminar llev el libro a la frente y apretndolo dijo-: Amn! Cuando todos terminaron de leer, el maestro le dio la mano a cada uno de sus discpulos y anunci en voz alta que su educacin se haba completado. Ahora los muchachos pertenecan al tercer kafo, y todos dieron gritos de alegra. Binta y las dems madres rpidamente quitaron lo que cubra a los recipientes y calabazas que haban llevado, repletas de comidas deliciosas, y la ceremonia de graduacin termin en una fiesta en la que se comi muy bien. A la maana siguiente, cuando Kunta fue a llevar las cabras a pastorear, Omoro lo estaba esperando. Sealando un chivo y su pareja, le dijo: -Estos dos son tu regalo por terminar la escuela. -Casi antes de que Kunta pudiera balbucear su agradecimiento, Omoro se alej sin decir otra palabra, como si dar un par de cabras fuera cosa de todos los das y Kunta hizo todo lo posible por no parecer demasiado excitado. Pero no bien su padre desapareci. Kunta dio un grito tan grande de alegra, que sus nuevas posesiones dieron un brinco y echaron a correr, seguidas por todas las dems cabras. Para cuando las alcanz y las logr llevar hasta el campo, sus dems compaeros ya estaban all, sealando sus nuevas cabras. Tratndolas como a animales sagrados, los muchachos las condujeron a los pastos ms tiernos, imaginando ya los fuertes cabritos que pronto tendran, y los que estos procrearan a su vez, hasta que cada muchacho tendra una manada tan grande como la de su padre. Las lunas transcurran, convirtindose en estaciones, hasta que as pas otra lluvia para Kunta, y su kafo le ense al de Lamin a cuidar las cabras. Se acercaba un acontecimiento largamente esperado. Todos los das Kunta y sus compaeros sentan una alegra mezclada con ansiedad ante la inminencia de la prxima fiesta de la cosecha, a cuya finalizacin los muchachos del tercer kafo -entre diez y quince lluvias- seran llevados a un lugar lejos de Juffure, y cuando regresaran, al cabo de cuatro lunas, seran hombres. Kunta y los otros se portaban como si no pensaran ni se preocuparan por ese asunto. Pero no pensaban en nada ms, y observaban y escuchaban a los adultos para ver si oan algo referente al entrenamiento
inicitico. Al comienzo de la estacin seca, cuando varios padres se fueron de Juffure calladamente y estuvieron ausentes dos o tres das, para luego regresar tal como se haban ido, los muchachos empezaron a comentar el hecho con gran reserva, especialmente despus que Kalilu Conteh oyo decir a su to que haban hecho una gran cantidad de reparaciones muy necesarias a su jujuo, la aldea destinada al entrenamiento, que haca casi cinco lluvias que no se usaba, desde el ltimo entrenamiento, y haba estado a merced de la intemperie y de los animales desde entonces. Los padres intercambiaron opiniones en secreto, preguntndose quin sera elegido por el Consejo de los Ancianos para servir de kintango, el encargado del entrenamiento. Kunta y todos sus compaeros haban odo muchas veces cmo sus padres, tos y hermanos mayores hablaban reverentemente de los kintangos que haban supervisado su entrenamiento haca muchas lluvias. Justo antes de la estacin de la cosecha los muchachos del tercer kafo, excitados, comentaron entre ellos, cmo sus madres silenciosamente les haban medido la cabeza y los hombros con una cinta de coser. Kunta haca lo posible por olvidar esa maana, cinco lluvias atrs, cuando l y sus compaeros, recientes pastores, haban visto con terror cmo los muchachos mayores haban sido arrastrados, gritando, por un grupo de enmascarados que aullaban y blandan lanzas: eran bailarines kankurang. Todava ese momento era un recuerdo vivido: le pareca ver a los muchachos encapuchados, y cmo los mayores los pateaban. El tbalo pronto empez a tronar, anunciando el comienzo de la nueva cosecha, y Kunta se reuni con los dems habitantes de la aldea en los campos. Estaba contento porque empezaban los das de trabajo duro, porque as estara lo suficientemente ocupado y cansado como para poder pensar en lo que le aguardaba. Pero cuando termin la cosecha y empez la fiesta, encontr qu no poda gozar de la msica, el baile y la fiesta como los dems, como l mismo haba disfrutado toda su vida. En realidad, cuanto ms se diverta la gente, ms desgraciado se senta, hasta que por fin pas los ltimos dos das de la fiesta sentado solo a orillas del bolong, tirando piedras al agua. La vspera del ltimo da de la fiesta, Kunta estaba en la choza de Binta terminando silenciosamente su comida nocturna de guisado de man con arroz cuando vio entrar a Omoro. Por el rabillo del ojo vio que su padre levantaba algo blanco; antes de poder darse vuelta, Omoro le encasquet un capuchn en la cabeza. Kunta se sinti como adormecido de terror. Su padre lo tom de un brazo, obligndolo a ponerse de pie, luego lo hizo retroceder hasta hacerlo sentar sobre un banquito bajo. Kunta se sinti mejor, porque las piernas le parecan como de agua y la cabeza muy liviana. Respiraba con jadeos cortos; saba que si trataba de moverse se caera del banco. As que se qued muy quieto, tratando de acostumbrarse a la oscuridad. Tan aterrorizado estaba que le pareci doblemente oscuro. Sinti en el labio superior la humedad de su clido aliento dentro de la caperuza, y entonces se le ocurri que seguramente esa misma caperuza habra sido usada por su padre. Habra estado igualmente asustado Omoro? No era posible imaginarlo. Kunta se avergonz por ser la deshonra del clan de los Kinte. Haba un profundo silencio en la choza. Luchando por sobreponerse al miedo que le anudaba el estmago, Kunta cerr los ojos y se forz por or algo, cualquier cosa. Le pareci que oa moverse a Binta, pero no poda estar seguro. Dnde estaran Lamin y Suwadu? El beb estara haciendo ruido. Slo saba una cosa: ni Binta ni ninguna otra persona le iba a hablar, y mucho menos a levantarle la caperuza. Y luego Kunta pens qu horrible sera si alguien le levantaba la caperuza, porque entonces veran lo asustado que estaba, y se daran cuenta de que no era digno de unirse a sus compaeros de kafo en el entrenamiento. Hasta los nios del tamao de Lamin saban -Kunta se lo haba contado- lo que poda pasarle al muchacho que se mostrara cobarde o dbil y que no pudiera resistir el entrenamiento que converta a los muchachos en cazadores, en guerreros, en hombres, en un perodo de doce lunas. Y si l fracasaba? Empez a tragarse el miedo, recordando que le haban dicho que el muchacho que fracasaba era tratado como nio durante el resto de su vida, aunque tuviera la apariencia de un hombre crecido. Lo evitaran, y la aldea nunca permitira que se casara, por temor a que engendrara a otros iguales a l. Kunta haba odo decir que esos tristes casos tarde o temprano se iban de la aldea, y no regresaban nunca. Ni sus propios padres o hermanos volvan a mencionar sus nombres. Kunta se vio huyendo subrepticiamente de Juffure, como una hiena sarnosa, despreciado por todos. Era algo horrible. Despus de un tiempo, Kunta se dio cuenta de que dbilmente se oan los tambores y los gritos de los bailarines, a lo lejos. Pas ms tiempo. Se pregunt qu hora sera. Supuso que sera cerca de la hora sutoba, a media distancia entre el atardecer y l amanecer, pero al rato oy que el alimano llamaba con su voz aguda, para la plegaria safo, as que era dos horas despus de la medianoche. La msica ces, y Kunta supo que los habitantes de la aldea haban terminado las celebraciones y que los hombres iban apresuradamente a la mezquita.
Kunta esper hasta que le pareci que haban terminado las plegarias, pero no se volvi a or la msica. Aguz el odo, pero slo se oa el silencio. Finalmente se qued dormido, pero se despert sobresaltado unos momentos despus. Todo segua en silencio, y estaba ms oscuro, bajo la caperuza, que una noche sin luna. Por fin, dbilmente, oy los primeros grititos de las hienas. Saba que precedan a los aullidos, que continuaran, pavorosos, hasta el amanecer. Kunta saba que durante la semana de la fiesta de la cosecha, con la primera luz del amanecer, sonara el tbalo. Se qued esperando que eso sucediera, que sucediera cualquier cosa. Sinti que empezaba a enojarse, pues esperaba que el tbalo sonara en cualquier momento, pero no suceda nada. Rechin los dientes y sigui esperando. Y luego, por fin, despus de dormirse y despertarse varias veces, se sumi en un profundo sueo. Cuando oy el sonar del tbalo se despert de un salto. Tena las mejillas calientes de vergenza por haberse quedado dormido. Acostumbrado ya a la oscuridad de la caperuza, a Kunta le pareca ver las actividades del da por los sonidos: el canto de los gallos, el ladrido de los perros wuolos, el aullido del alimano, el golpetear de los morteros de las mujeres, preparando el kouskous del desayuno. Saba que la plegaria matinal a Al estara dedicada al xito del entrenamiento que estaba a punto de empezar. Oy movimientos en la choza, y le pareci que era Binta. Era extrao: no la poda ver, pero saba que era su madre. Cmo estaran Sitafa y sus otros compaeros? Se sorprendi al darse cuenta de que durante toda la noche no haba pensado en ellos ni un solo momento. Deban haber tenido una noche tan larga como la de l. Cuando empez a sonar la msica de koras y balafons fuera de la choza, Kunta oy gente que caminaba, conversando, ms y ms alto. Los tambores se unieron a las voces, con ritmo agudo y cortante. Un momento despus su corazn pareci detenerse: haba odo el movimiento repentino de alguien que entraba en la choza. Antes de poder prepararse para resistir lo tomaron por las muecas, y con violencia lo alzaron del banco para sacarlo por la puerta de la choza hasta que se sinti rodeado por los tambores incisivos y la gente que chillaba. Sinti manos que le pegaban y pies que lo pateaban. Kunta pens en huir de alguna manera, pero cuando estaba a punto de intentarlo, una mano firme pero suave tom una de las suyas. Respirando con ruido bajo la caperuza, Kunta se dio cuenta de que ya no le pegaban ni lo pateaban, y que los chillidos se alejaban. Supuso que la gente haba ido a alguna otra choza, y que la man que asa la suya deba pertenecer al esclavo contratado por Omoro, como hacan todos los padres, para que escoltara a su hijo encapuchado al jujuo. Los gritos de la gente alcanzaban tonos de frenes cada vez que arrastraban a un muchacho fuera de su choza, y Kunta se alegr de no poder ver a los bailarines kankurang, que proferan alaridos aterradores cada vez que saltaban en el aire blandiendo sus lanzas. Los tambores grandes y los tambores pequeos todos los tambores de la aldea, pareca- tocaban sin cesar mientras el esclavo conduca a Kunta ms y ms rpido, entre hileras de personas que gritaban a ambos lados, exclamando: "Cuatro lunas!" y "Sern hombres!". Kunta tena ganas de romper a llorar. Dese desesperadamente poder extender la mano y tocar a Omoro, a Binta, a Lamin, aun al lloriqueante Suwadu, porque no podra soportar cuatro largas lunas sin ver a quienes tanto amaba, aunque recin se daba cuenta de ello. Los odos le comunicaron que l y su gua se haban unido a una fila que marchaba al comps del ritmo veloz de los tambores. Cuando traspusieron las puertas de la aldea -se dio cuenta porque el ruido de la multitud empez a disminuir- sinti que gruesas lgrimas le mojaban las mejillas. Cerr los ojos con fuerza, como para esconder las lgrimas hasta de s mismo. Igual que haba sentido la presencia de Binta en la choza, ahora sinti, como un olor, el miedo de sus compaeros de kafo que marchaban adelante y detrs de l en la fila, y se dio cuenta de que este era tan grande como el suyo. Pero eso no le hizo sentir menos vergenza. Mientras caminaba bajo la blanca caperuza, saba que dejaba atrs mucho ms que a su padre y a su madre, a sus hermanos y la aldea de su nacimiento, y eso lo llen de tristeza y terror. Pero saba que era inevitable, que le haba pasado a su padre y que algn da tambin le pasara a su hijo. Regresara, pero como un hombre.
CAPITULO 23 Se estaban acercando -estaran a tiro de piedra, calcul Kunta- a un bosquecillo de bambes recin cortados. A travs de la caperuza poda aspirar la rica fragancia de madera de bamb fresca. Se acercaron, marchando; el olor se hizo ms y ms fuerte; ya estaban en la barrera, luego la traspusieron, aunque an
seguan al aire libre. Por supuesto: era una cerca de bamb. De repente los tambores se detuvieron y ellos hicieron un alto. Durante un rato Kunta y los dems se quedaron inmviles y en silencio. Aguz los odos para tratar de captar algn indicio que le revelara por qu se haban detenido, o dnde estaban, pero no se oa ms que el parloteo de los loros y el gritero de los monos sobre su cabeza. Luego, de pronto, le levantaron la caperuza. Se qued parpadeando en el sol de la media tarde, tratando de adecuar la vista a la luz. Tena miedo hasta de darse vuelta a mirar a sus compaeros de kafo, porque delante de ellos estaba el anciano Silla Ba Dibba, adusto y lleno de arrugas. Como todos los dems, Kunta conoca bien a l y a su familia. Pero Silla Ba Dibba actuaba como si no los hubiera visto nunca, en realidad, como si no los estuviera viendo ahora. Sus ojos estudiaban el rostro de los muchachos, de la misma manera que si se tratara de observar gusanos arrastrndose. Kunta saba que este seguramente era su kintango. A ambos lados haba dos hombres ms jvenes, Ali Sise y Soru Tura, a quienes Kunta tambin conoca muy bien; Soru era amigo de Omoro. Kunta agradeci que Omoro no estuviera all, pues vera a su hijo muy asustado. Como se les haba enseado, los veintitrs muchachos del kafo se pusieron la mano extendida sobre el corazn y saludaron a sus mayores de la manera tradicional: -Paz! -Slo paz! -replicaron el kintango y sus asistentes. Cuidando de no mover la cabeza, Kunta abri los ojos y vio que estaban en un claro lleno de pequeas chozas de paredes de barro y techo de paja, rodeadas por la cerca de bamb recin cortado. Vio dnde haban arreglado las chozas, indudablemente sus padres, esos das que desaparecieron de Juffure. Vio todo esto sin mover un solo msculo. Pero al momento siguiente dio un respingo. -Los que dejaron la aldea de Juffure eran nios -dijo de repente el kintango en voz alta-. Si van a regresar como hombres, deben olvidar sus temores, porque una persona temerosa es una persona dbil, y una persona dbil es un peligro para su familia, para su aldea y para su tribu. -Los fulmin con la mirada, como si nunca hubiera visto un grupo ms despreciable, y luego se volvi. Entonces sus dos asistentes saltaron hacia adelante y con ayuda de varas flexibles les empezaron a pegar en los hombros y en la espalda mientras los arreaban, como si fueran cabras, a sus chozas de barro. Acurrucados en la choza vaca, Kunta y sus cuatro compaeros estaban demasiado aterrorizados para sentir el ardor de los golpes que acababan de recibir, y demasiado avergonzados para levantar la cabeza y mirarse entre s. Despus de un rato, cuando pareci que no recibiran ms abusos por ahora, Kunta empez a mirar subrepticiamente a sus compaeros. Ojal Sitafa estuviera con l en la misma choza. Conoca a los otros, por supuesto, pero a nadie tanto como a su hermano yayo, y eso lo deprimi. Pero a lo mejor no se debe a una casualidad, razon. Probablemente no quieren que tengamos ni el menor alivio. A lo mejor ni siquiera nos van a dar de comer, pens, cuando el estmago le empez a doler de hambre. Inmediatamente despus de la puesta del sol, los asistentes irrumpieron en la choza. -A moverse! -La varilla le dio en los hombros, y l y los otros salieron desordenadamente al anochecer, tropezndose con los muchachos de las otras chozas; a varillazos y a los gritos fueron agrupados y alineados; cada muchacho le daba la mano al que tena adelante. Cuando todos estuvieron alineados, el kintango los mir ferozmente y les anunci que estaban a punto de iniciar una excursin nocturna a la selva circundante. Cuando les dieron la orden de marchar, los muchachos echaron a andar en torpe desorden, y las varas cayeron profusamente. -Caminan como bfalos! -oy Kunta que le decan muy cerca. Un muchacho dio un grito cuando le pegaron, y los dos asistentes exclamaron en la oscuridad-: Quin fue? -y los varillazos volvieron a caer sobre todos. Despus de eso ninguno dijo nada. A Kunta pronto le empezaron a doler las piernas, pero no tan pronto ni tanto, si no hubiera aprendido a caminar con resistencia al seguir a su padre en el viaje a la aldea de Janneh y Saloum. Se sinti contento al pensar que a los otros muchachos les deban doler mucho ms las piernas, porque no tenan prctica. Pero nada de lo que haba aprendido le serva para apaciguar el hambre y la sed. Senta un nudo en el estmago, y empezaba a sentir ligera la cabeza, cuando llegaron a un arroyo e hicieron un alto. El reflejo de la brillante luna en el agua, onde cuando los muchachos arrodillados empezaron a sacar agua con las dos manos. Un momento despus los asistentes del kintango les ordenaron alejarse del agua, para que no bebieran demasiado y tan de golpe; luego abrieron los atados que llevaban sobre la cabeza y empezaron a distribuir pedazos de carne desecada. Los muchachos empezaron a dar mordiscones a la carne como si fueran hienas; Kunta masticaba y tragaba tan rpido que apenas si prob los cuatro bocados que logr sacar. Los muchachos tenan grandes ampollas en los pies, y Kunta estaba igual que los dems, pero se senta mejor con comida y agua en el estmago, as que apenas si le preocupaban los pies. Sentados junto al arroyo, l y sus compaeros de kafo empezaron a mirarse a la luz de la luna, esta vez, ms que asustados,
demasiado cansados para hablar. Kunta y Sitafa intercambiaron una larga mirada, sin poder apreciar, en la dbil luz, si se sentan igualmente desgraciados. Apenas si haban tenido tiempo de refrescar los pies en el agua cuando los asistentes del kintango les ordenaron volver a formar para emprender el largo camino de regreso al jujuo. No senta los pies, ni tampoco la cabeza, cuando finalmente avistaron la cerca de bamb, poco antes del amanecer. Sintindose morir, camin pesadamente hasta la choza, tropez con otro muchacho que ya haba llegado, perdi pie, se cay en el piso de tierra, y se qued profundamente dormido en ese mismo lugar. Durante las seis noches siguientes se sucedieron las marchas, cada una ms larga que la anterior. El dolor de sus pies ampollados era terrible, pero Kunta descubri para la cuarta noche que en cierto modo el dolor no le importaba tanto, y empez a sentir una nueva emocin: el orgullo. Para la sexta marcha, l y sus compaeros descubrieron que aunque la noche era muy oscura ya no necesitaban llevarse de la mano para mantenerse en lnea recta. La sptima noche coincidi con la primera leccin personal del kintango: les mostr cmo los hombres, en la profundidad de la selva, utilizaban las estrellas para guiarse, y nunca se perdan. Para la primera media luna, cada uno de los muchachos saba conducir al resto, por las estrellas, de regreso al jujuo. Una noche en que Kunta los guiaba, casi pis a una rata de matorral, pero sta lo vio y corri a esconderse. Kunta estaba tan orgulloso como alarmado, pues esto significaba que caminaban tan silenciosamente que ni siquiera los animales los oan. Pero los animales, les dijo el kintango, eran los mejores maestros del arte de la caza, y esa era una de las cosas ms importantes que deba aprender un mandinga. Cuando el kintango qued satisfecho con la manera en que marchaban, llev al kafo, durante la siguiente media luna, a lo ms profundo del matorral, lejos del jujuo, y all hicieron refugios colgantes para dormir, como parte de innumerables lecciones para llegar a ser un simbon. A Kunta le pareca que recin acababa de cerrar los ojos cuando ya uno de los asistentes del kintango los despertaba a gritos para una nueva sesin de entrenamiento. Los asistentes del kintango les sealaban los lugares en que los leones se haban agazapado recientemente a esperar a que pasara algn antlope, para saltar sobre l y matarlo, y luego adonde haban ido los leones despus de la comida a pasar el resto de la noche. Seguan hacia atrs los rastros de la manada de antlopes hasta que tenan una idea cabal de todo lo que haban hecho el da antes de toparse con los leones. El kafo inspeccionaba las anchas grietas en las rocas, donde se escondan los lobos y las hienas. Empezaron a aprender muchas tretas para cazar que nunca se haban imaginado posibles. Nunca se haban dado cuenta, por ejemplo, que el primer secreto del maestro simbon era no moverse nunca de manera abrupta. El viejo kintango les cont la historia de un cazador tonto que por fin se muri de hambre en una zona llena de presas, porque era tan torpe que haca mucho ruido, yendo de aqu para all, y todos los animales a su alrededor, de todas clases, silenciosa y rpidamente se escabullan, sin que l se diera cuenta siquiera de que haban estado cerca. Los muchachos se sentan igual que ese torpe cazador, durante las lecciones en que tenan que imitar los sonidos de los animales y los pjaros. El aire se llenaba de sus gruidos y silbidos, pero ningn animal ni pjaro se acercaba. Luego, les ordenaban quedarse muy quietos en escondites, mientras el kintango y sus asistentes hacan lo que a ellos les pareca eran sonidos idnticos, y pronto se acercaban los animales y los pjaros, moviendo la cabeza en busca de los otros que los haban llamado. Una tarde, cuando los muchachos estaban practicando las llamadas de los pjaros, de repente un ave corpulenta, con un pico enorme, se pos con un fuerte graznido en un arbusto cercano. -Miren! -grit uno de los muchachos, riendo, y todos los dems se sintieron con el corazn en la boca, porque saban que ese grito iba a hacer que los castigaran a todos. Ese mismo muchacho haba hecho lo mismo varias veces tena el hbito de actuar sin pensar- pero ahora el kintango les dio una sorpresa. Se dirigi al muchacho y le dijo con severidad: -Treme ese pjaro, y vivo! -Kunta y sus compaeros contuvieron la respiracin, mientras observaban cmo el muchacho se agazapaba y se arrastraba hacia el arbusto en el que estaba posado el pjaro tonto, moviendo la cabeza de un lado para otro. Pero cuando el muchacho salt, el pjaro se las arregl para escaparse de sus garras, batiendo desesperadamente sus cortas alas hasta alzar el cuerpo voluminoso sobre los arbustos. El muchacho sali corriendo detrs de l, y pronto ambos desaparecieron. Kunta y los dems se quedaron atnitos. Era obvio que no existan lmites a lo que les poda llegar a ordenar el kintango. Durante los tres das y dos noches siguientes, mientras tenan sus sesiones de entrenamiento, los muchachos echaban largas miradas de reojo a los matorrales y luego entre s, preguntndose, preocupados, qu le habra pasado al compaero que faltaba. Por ms que los haba
fastidiado al hacerlos castigar a todos, por cosas que haba hecho l, ahora que haba desaparecido, pareca como que les faltara algo que perteneca a todos. Los muchachos se estaban levantando a la maana del cuarto da cuando el viga del jujuo indic que se acercaba alguien. Un momento ms tarde lleg el mensaje del tambor: era el muchacho perdido. Todos corrieron a recibirlo, vitoreando como si se tratara de su propio hermano, que volva de un largo viaje a Marrakech. Estaba flaco y sucio, lleno de heridas y moretones, y se inclinaba al recibir las palmadas que le daban los compaeros en la espalda. Pero se las arreglaba para sonrer dbilmente, y tena razn para hacerlo: bajo su brazo, con las alas y las patas atadas con una gua, llevaba el pjaro. Tena peor aspecto aun que l, pero todava estaba vivo. El kintango sali, y aunque se diriga al muchacho, estaba claro que la leccin era para todos: -Esto te ense dos cosas importantes: debes obedecer, y mantener la boca cerrada. Son dos cualidades de los hombres-. Luego Kunta y sus compaeros, vieron que por primera vez el kintango miraba a alguien aprobadoramente. Haba sabido desde el principio que el muchacho sera capaz de cazar ese pjaro tan pesado. El pjaro grande fue asado y todos lo comieron con gran gusto, excepto quien lo haba cazado, pues estaba tan cansado que no pudo mantenerse despierto para esperar a que lo cocinaran Le permitieron dormir ese da y esa noche, mientras Kunta y los dems estuvieron en el matorral, en una leccin de caza. Al da siguiente, durante el primer descanso, el muchacho cont a sus mudos compaeros acerca de la tortuosa persecucin del ave, hasta que despus de dos das y una noche hizo una trampa en la que cay el pjaro. Despus de atarlo todo -incluyendo el pico, pues trataba continuamente de morderlo- se las haba arreglado para mantenerse vivo de alguna forma durante otro da y otra noche, y siguiendo las estrellas, como les haban enseado, haba logrado volver al jujuo. Despus de eso, durante un tiempo, los otros muchachos casi no le hablaron. Kunta se deca que en realidad l no estaba celoso, pero el muchacho pareca creer que su hazaa -y la aprobacin del kintango- lo haban hecho ms importante que sus compaeros de kafo. Y a la siguiente oportunidad en que los asistentes del kintango dispusieron que hubiera una tarde de prctica de lucha, Kunta aprovech para asir al muchacho y tirarlo al suelo con fuerza. Para la segunda luna del entrenamiento, el kafo de Kunta tena la misma prctica en las tcnicas de supervivencia en la selva que en la aldea. Ahora todos podan distinguir y seguir las huellas prcticamente invisibles de los animales, y estaban aprendiendo los ritos secretos y las plegarias de sus antepasados que podan hacer que un gran simbon se volviera invisible para los animales. Cada bocado de carne que coman ahora, haba sido atrapado por los muchachos o muerto por sus hondas y flechas. Despellejaban a un animal en la mitad de tiempo que antes, y saban cocinarlo sobre un fuego casi sin humo que haban aprendido a encender frotando un pedernal con palos secos y livianos, cerca de musgo seco. Coronaban su comida de carne asada -a veces alguna rata de matorral- con insectos que asaban directamente sobre los carbones. Pero a pesar de todo lo que hacan, a pesar de todo lo que aprendan, enriqueciendo el conocimiento y las habilidades, el viejo kintango nunca estaba satisfecho. Sus exigencias y su disciplina siguieron siendo tan estrictas, que los muchachos se sentan atemorizados o asustados la mayor parte del tiempo, cuando no estaban demasiado cansados para sentir algo. Cuando se daba una orden a uno de ellos, y esta no era cumplida en el momento, y a la perfeccin, todo el kafo era castigado. Y cuando no les pegaban, los despertaban en el medio de la noche para emprender una larga marcha, siempre como castigo por algo que haba hecho alguno de ellos. Lo nico que impeda que Kunta y los dems le dieran una paliza al responsable era el hecho de que saban con seguridad que los castigaran por pelear: una de las primeras lecciones que haban aprendido en la vida, antes aun de venir al jujuo, era que los mandingas no deben pelear nunca entre s. Por fin los muchachos empezaron a entender que el bienestar del grupo dependa de uno de sus integrantes, igual que el bienestar de toda la tribu dependera de uno de ellos algn da. Las reglas eran violadas con menor frecuencia, con lo que disminuyeron los castigos, y entonces el miedo que sentan por el viejo kintango se vio reemplazado por un respeto que antes slo haban sentido por sus padres. Pero apenas pasaba un da, sin que algo nuevo hiciera que Kunta y sus compaeros se sintieran torpes e ignorantes nuevamente. Se sorprendieron al enterarse, por ejemplo, que un trapo doblado y colgado de cierta manera cerca de la choza de un hombre, informaba a los otros mandingas cundo pensaba regresar, o que las sandalias cruzadas de cierta forma fuera de la choza, significaban muchas cosas que slo otros hombres podan entender. Pero el secreto que ms le llam la atencin a Kunta fue el sira kango, una especie de idioma de hombres, en el que los sonidos de palabras mandingas eran alterados de manera tal que las mujeres o los nios, o los hombres que no eran mandingas, no podan entender. Kunta se acordaba
de algunas veces en que su padre le haba dicho algo muy rpidamente a otro hombre, y Kunta no haba entendido, pero tampoco se haba atrevido a preguntar. Ahora que lo haba aprendido, l y sus compaeros pronto empezaron a usar el idioma secreto de los hombres para todo lo que decan. En todas las chozas, a medida que pasaban las lunas, los muchachos agregaban una piedra a un recipiente para marcar el tiempo transcurrido desde que salieron de Juffure. A los pocos das de dejar caer la tercera piedra, los muchachos estaban luchando en el patio de la aldea, cuando de repente miraron en direccin a la puerta del jujuo, y vieron a un grupo de unos veinticinco o treinta hombres. Todos los muchachos lanzaron una exclamacin al reconocer a sus padres, tos y hermanos mayores. Kunta salt, sin poder dar crdito a sus ojos enloquecido de alegra al ver a Omoro despus de tres lunas. Pero era como si una mano invisible lo retuviera, y sofocara su grito de alegra: aun antes de ver a su padre, se dio cuenta de que en su rostro no haba seales de que reconociera a su hijo. Slo uno de los muchachos corri hacia adelante, llamando a su padre por su nombre, y sin decir una palabra, su padre tom la vara del asistente del kintango que estaba ms cerca y castig a su hijo con ella, gritndole speramente por traicionar sus emociones y demostrar que todava era un nio. Agreg, innecesariamente, mientras le daba los ltimos varillazos, que no deba esperar favores de su padre. Luego, el kintango orden al kafo que se echaran panza abajo en una hilera, y todos los visitantes caminaron junto a la fila azotando a los muchachos en la espalda con sus bastones. Kunta se senta confundido emocionalmente; los golpes no le importaban en absoluto, pues saba que eran parte de los rigores del entrenamiento, pero s le dola no poder abrazar a su padre, ni siquiera or su voz, y se avergonzaba al pensar que, desear hacerlo no era propio de hombres. Cuando termin la azotaina, el kintango les orden saltar, correr, bailar, luchar, rezar, tal como les haban enseado, y los padres, tos y hermanos mayores observaron todo en silencio, y luego partieron, despus de felicitar calurosamente al kintango y a sus asistentes, sin mirar siquiera a los muchachos, que estaban parados, cabizbajos. En menos de una hora los volvieron a castigar por preparar la comida nocturna de mal humor. Lo que ms les dola, era que el kintango y sus asistentes actuaban como si no hubieran tenido visita. Pero esa noche, temprano, mientras los muchachos luchaban antes de irse a la cama -con muy poco entusiasmo- uno de los asistentes del kintango pas junto a Kunta y le dijo con brusquedad, en voz baja: Tienes un nuevo hermano, y se llama Madi. Somos cuatro ahora, pens Kunta esa noche, acostado. Cuatro hermanos, cuatro hijos para su padre y su madre. Pens cmo sonara eso cuando los griots hablaran de la historia de la familia Kinte cientos de lluvias en el futuro. Cuando regresara a Juffure sera el primer hombre de la familia, despus de Omoro. No slo estaba aprendiendo a ser un hombre, sino muchas cosas que podra ensear a Lamn, igual que ya le haba enseado las cosas de su niez. Por lo menos le enseara lo que podan saber los nios; y luego Lamin enseara a Suwadu, y Suwadu a este nuevo que Kunta no haba visto, y que se llamaba Madi. Y algn da, pens Kunta mientras lo venca el sueo, cuando tuviera la edad de Omoro, tendra sus propios hijos, y todo volvera a empezar.
CAPITULO 24 -Estn dejando de ser nios. Estn renaciendo como hombres -les dijo el kintango, una maana a todos los miembros del kafo. Era la primera vez que el kintango usaba la palabra "hombre", excepto para decirles que no lo eran. Despus de lunas de aprender juntos, de trabajar juntos, de ser castigados juntos, cada uno de ellos empezaba finalmente a descubrir que tenan dos yo: uno adentro, y el otro, ms grande, compuesto por todas las vidas y sangres que compartan. Hasta que no aprendieran eso, no podran entender la fase siguiente del entrenamiento: llegar a ser guerreros. -Ya saben que los mandingas pelean slo cuando los otros los atacan -dijo el kintango-. Pero somos los mejores guerreros, si se nos obliga a pelear. Durante la prxima media luna, Kunta y sus compaeros aprendieron a hacer la guerra. El kintango o sus asistentes trazaban en la tierra famosas estrategias empleadas por los mandingas en las batallas, y despus los muchachos deban ponerlas en prctica en batallas simuladas. -Nunca rodeen al enemigo completamente -les aconsej el kintango-. Djenle algn lugar por donde escapar, porque si se ve atrapado, luchar ms ferozmente. -Los muchachos aprendieron tambin que las batallas deban comenzar ya bien avanzada la tarde, para que el enemigo, al verse derrotado, pudiera evitar el deshonor iniciando la retirada en la oscuridad. Tambin les ensearon que durante la guerra, ninguna de las partes deba hacer dao a los morabitos, griots o herreros que anduvieran viajando, pues un morabito enojado poda causar la
ira de Al, un griot enojado poda usar su elocuente lengua para volver ms salvajes a los soldados enemigos, y un herrero enojado poda hacer o reparar armas del enemigo. Bajo la direccin de los asistentes del kintango, Kunta y los dems cortaron lanzas de punta dentada e hicieron flechas dentadas de las que slo se utilizaban en las batallas, y luego practicaron con ellas en blancos cada vez ms pequeos. Cuando uno de los muchachos lograba dar en una caa de bamb a veinticinco pasos de distancia, se lo vitoreaba y alababa. Entrando en la selva, los muchachos encontraron unas hojas de un arbusto llamado koona, que luego hirvieron en el jujuo. En el jugo negro y espeso empapaban luego un hilo de algodn, y les ensearon que si se lo enrollaba alrededor de los dientes de una flecha, envenenaba cualquier herida hecha con ella. Al final del perodo de entrenamiento para la guerra, el kintango les cont ms de lo que haban odo -y de una manera mucho ms excitante- acerca del ms grande de todos los guerreros mandingas, y de la guerra ms feroz de todas. Era la poca en que el ejrcito del renombrado ex esclavo Sundiata, hijo de Sogolon, la Mujer Bfalo, conquist a las fuerzas del rey Soumaoro, del pas de Boure, que era un rey tan cruel que usaba vestiduras hechas de piel humana y adornaba las paredes de su palacio con las calaveras de sus enemigos, blanqueadas al sol. Kunta y sus compaeros contenan la respiracin cuando escuchaban cmo ambos ejrcitos sufrieron miles de bajas, entre muertos y heridos. Pero los arqueros de los mandingas rodearon las fuerzas de Soumaoro en una trampa gigantesca, haciendo llover flechas de los dos lados, avanzando constantemente, hasta que por fin el ejrcito de Soumaoro, aterrorizado, huy en desorden. Durante das y noches, dijo el kintango -y era la primera vez que los muchachos lo haban visto sonrer- los tambores de todas las aldeas trasmitan mensajes relatando el progreso de la marcha victoriosa de las fuerzas mandingas, cargadas con el botn del enemigo y llevando miles de cautivos. En todas las aldeas, multitudes felices se burlaban de los prisioneros y los pateaban; los prisioneros llevaban la cabeza afeitada y las manos atadas detrs de la espalda. Por fin el general Sundiata convoc a todo el pueblo, y exhibi delante de la multitud los jefes de todas las aldeas vencidas, entregndoles la lanza, smbolo de su rango, y luego hizo la paz con ellos, paz que durara durante cien lluvias. Kunta y sus compaeros se fueron a dormir sintindose muy orgullosos de ser mandingas. Cuando empezaba la siguiente luna del entrenamiento, los tambores trajeron el mensaje de que el jujuo deba esperar visitantes dentro de los das siguientes. La noticia de cualquier tipo de visitantes hubiera sido recibida con gran excitacin, pues haba pasado mucho tiempo desde el da en que fueron sus padres y hermanos, pero esta result doblemente agradable cuando los muchachos se enteraron de que el que la enviaba era el tambor del equipo campen de lucha de Juffure, que vena a darles lecciones especiales. Al caer la tarde, al da siguiente, los tambores anunciaron la llegada, antes de lo esperado. Pero el placer de los muchachos al ver los rostros familiares disminuy cuando, sin decirles una palabra, los luchadores los agarraron y empezaron a arrojarlos al suelo con fuerza, como nunca haban sido arrojados en la vida. Todos los muchachos estaban llenos de moretones, y muy doloridos, cuando los luchadores los dividieron en grupos ms pequeos, para que lucharan entre s bajo la supervisin de los campeones. Kunta no haba soado nunca que hubiera tantas tomas, ni cuan efectivas podan llegar a ser si se las saba usar correctamente. Los campeones les decan todo el tiempo que no se necesitaba fuerza, sino conocimiento y destreza para llegar a ser un campen. Pero mientras demostraban las tomas, sus alumnos no podan dejar de admirar sus msculos y su habilidad para luchar. Alrededor del fuego esa noche, el tambor de Juffure cant los nombres y las hazaas de los grandes campeones mandingas del pasado, remontndose hasta cien lluvias, y cuando fue la hora de irse a la cama, los luchadores abandonaron el jujuo para volver a Juffure. Dos das despus recibieron la noticia de otro visitante. Esta vez fue un correo de Juffure el que trajo la noticia, un joven del cuarto kafo a quien Kunta y los dems conocan muy bien, aunque ahora que era hombre, se comportaba como si nunca hubiera visto a estos nios del tercer kafo. Sin mirarlos siquiera, se dirigi al kintango y le anunci, entre jadeos, que Kujali N'jai, un griot muy conocido en toda Gambia, pronto pasara un da en el jujuo. Lleg a los tres das, acompaado por varios hombres jvenes de su familia. Era mucho mayor que cualquiera de los griots que Kunta haba visto antes; era tan viejo, en realidad, que al lado de l, el kintango pareca joven. Despus de hacerles seas a los muchachos para que se sentaran a su alrededor formando un semicrculo, el viejo empez a contarles cmo lleg a ser lo que era. Les cont que despus de muchos aos de estudio, a partir de la madurez, los griots sepultaban en la memoria los recuerdos de sus antepasados. -De qu otra manera podran saber acerca de las hazaas de los reyes, los hombres
sagrados, los cazadores y los guerreros de hace cientos de lluvias? Los conocen personalmente? pregunt el viejo-. No! Nosotros llevamos la historia de nuestra gente aqu. -Y se golpe la cabeza gris. El viejo griot respondi la pregunta que queran formular todos los muchachos: slo los hijos de un griot podan llegar a griots. En verdad, tenan la solemne obligacin de ser griots. Cuando terminaran el entrenamiento, esos muchachos -como esos nietos suyos sentados a su lado en ese momentoempezaran a estudiar y a viajar con algunos ancianos selectos, escuchando una y otra vez los nombres histricos y las historias a medida que eran trasmitidas. Y con el tiempo, cada joven sabra esa parte especial de la historia de sus antepasados con todos los detalles, igual que la contaba su padre, y el padre de su padre. Y llegara el da en que ese joven se convertira en hombre y tendra hijos a quienes les contara las historias, para que los acontecimientos del pasado vivieran para siempre. Despus que los asombrados muchachos devoraron la comida nocturna y corrieron a rodear nuevamente al viejo griot, ste los hizo estremecer hasta bien entrada la noche con las historias que su padre le haba trasmitido, acerca de los grandes imperios negros que haban dominado al frica haca cientos de lluvias. -Mucho antes de que el toubob pusiera los pies en frica -dijo el viejo griot-, exista un imperio, el de Benin, en el que reinaba un monarca poderoso, llamado el Oba, cuyo mero deseo era obedecido al instante. Pero quienes realmente gobernaban a Benin eran los consejeros del Oba, que dedicaban todo su tiempo a hacer los sacrificios necesarios para apaciguar las fuerzas del mal y a atender debidamente un harn de ms de cien esposas. Pero por encima de Benin haba un reino ms rico an, llamado Songhai, dijo el griot. La capital de Songhai se llamaba Gao, y estaba llena de hermosas casas para los prncipes negros y los ricos mercaderes que prdigamente agasajaban a los viajantes que traan mucho oro para comprar mercaderas. -Pero tampoco ese era el reino ms rico -dijo el viejo. Y les cont a los muchachos acerca de la Ghana ancestral, en la que haba una ciudad poblada enteramente por la corte del rey. Y el rey Ka nissaai tena un millar de caballos, cada uno de los cuales tena tres sirvientes y su propio orinal hecho de cobre. Kunta casi no poda creer lo que oa-. Y todas las tardes -dijo el griot- cuando el rey Kanissaai sala de su palacio, se encendan un millar de fuegos, que lo iluminaban todo, entre la tierra y el cielo. Y los sirvientes del gran rey, traan comida suficiente para alimentar al millar de personas que all se reunan todas las noches. Aqu hizo una pausa, y los muchachos no pudieron ahogar sus exclamaciones de admiracin, aunque saban muy bien que no se poda hacer ningn sonido mientras hablaba un griot, pero ni l ni el kintango se dieron cuenta de la grosera. Ponindose en la boca la mitad de una nuez de cola y ofreciendo la otra mitad al kintango, que la acept complacido, el griot se cubri las rodillas con la tnica, para protegerse mejor del fro de la noche, y sigui su historia. -Pero Ghana tampoco era el reino negro ms rico -exclam-. El ms rico, el ms antiguo de todos era el reino de la vieja Mali. -Como todos los otros imperios, Mali tena sus ciudades, sus agricultores, artesanos, herreros, curtidores, tintoreros y tejedores, dijo el viejo griot. Pero la enorme riqueza de Mali provena de sus reservas de sal, oro y cobre, que eran llevados para trueque a pases distantes-. En total se tardaba cuatro meses en recorrer el largo y otros cuatro en recorrer el ancho de Mali -dijo el griot-, y la ciudad ms grande era la legendaria Timbukt! -Era el centro mayor de toda frica, y estaba poblada por miles de sabios, que aumentaban por la constante presencia de sabios visitantes que acudan a incrementar sus conocimientos. Haba tantos, que los mercaderes ms poderosos slo vendan pergaminos y libros-. No hay un morabito, ni maestro, en la aldea ms pequea, cuyo saber no provenga, por lo menos en parte, de Timbukt -dijo el griot. Cuando finalmente el kintango se puso de pie y le agradeci al griot la generosidad con la que haba compartido con ellos los tesoros de su mente, Kunta y los dems -por primera vez desde que llegaron al jujuo- se atrevieron a manifestar su desagrado, pues haba llegado la hora de ir a la cama. El kintango decidi ignorar esa impertinencia, por lo menos por el momento, y les orden con severidad que se retiraran a sus chozas. Tuvieron tiempo, sin embargo, de rogar al griot que volviera a visitarlos. Seguan hablando de las historias maravillosas que les haba contado el griot -no podan dejar de pensar en ellas- cuando, seis das despus, tuvieron conocimiento de que un famoso moro ira a visitarlos. El moro era el ttulo ms alto al que poda llegar un maestro en Gambia; en realidad, haba muy pocos que poseyeran ese ttulo, y estos eran sabios -despus de muchas lluvias de estudio- cuya tarea no era ensear a estudiantes, sino a otros maestros, como el arafang de Juffure. Hasta el kintango demostr preocupacin por la llegada del visitante, ordenando que se limpiara bien todo el jujuo, se rastrillara la tierra con ramas frondosas hasta que quedara perfectamente lisa, para as captar las huellas del moro cuando llegara. Luego el kintango reuni a los muchachos en el patio y les dijo: -No solamente la gente comn, sino tambin los jefes de las aldeas, e incluso los reyes, buscan el consejo y la bendicin de este hombre que va a estar entre nosotros.
El moro lleg a la maana siguiente, acompaado por cinco estudiantes, cada cual con atados sobre la cabeza, que Kunta supuso llevaban libros en rabe, verdaderos tesoros, y manuscritos en pergaminos provenientes de la antigua Timbukt. Cuando el anciano atraves la puerta, Kunta y sus compaeros, junto con el kintango y sus asistentes, se arrodillaron, tocando el suelo con la frente. Una vez que el moro bendijo al jujuo y a sus habitantes, todos se pusieron de pie y lo rodearon respetuosamente. El moro abri sus libros y empez a leer, primero el Corn, y luego libros que ellos nunca haban odo nombrar, como el Taureta La Musa, el Zabora Dawidi y el Lingeeli la Isa, que dijo que los "cristianos" conocan como el Pentateuco de Moiss, los Salmos de David y el Libro de Isaas. Cada vez que el moro abra o cerraba un libro, desenrollaba o arrollaba un manuscrito, se lo llevaba a la frente y musitaba "Amn!" Cuando termin de leer, el anciano coloc los libros a un lado y les habl de los grandes acontecimientos y personas del Corn de los cristianos, conocido como la Sagrada Biblia. Les habl de Adn y Eva, de Jos y sus hermanos, de Moiss, David y Salomn, y de la muerte de Abel. Y les habl de los grandes hombres de la historia ms reciente, como Djoulou Kara Naini, conocido por el toubob como Alejandro Magno, un rey poderossimo cuyo sol haba brillado en la mitad del mundo. Antes de que el moro se pusiera de pie para irse, esa noche, les habl de las cinco plegarias diarias a Al, que ellos ya conocan, y les ense cmo comportarse dentro de la sagrada mezquita de su aldea, en la que entraran por primera vez cuando regresaran como hombres. Luego l y sus estudiantes partieron apresuradamente pues deban llegar al siguiente lugar de su itinerario, y los muchachos le rindieron honores -tal como les haba enseado el kintango- cantando una de las canciones que haban aprendido del jalli kea; "Una generacin pasa. . . Otra generacin viene y va... Pero Al perdura siempre". Despus que se fue el moro, en su choza, Kunta se qued despierto pensando cmo tantas cosas -en realidad, casi todas las cosas que haban aprendido- se relacionaban entre s. El pasado pareca uno con el presente, el presente con el futuro, los muertos con los vivos y con los por nacer, l con su familia, sus compaeros, su aldea, su tribu, su frica, el mundo del hombre, con el mundo de los animales y las cosas que crecan: todos vivan con Al. Kunta se sinti muy pequeo, y sin embargo muy grande. Quiz, pens, es esto lo que significa convertirse en hombre.
CAPITULO 25 Haba llegado el momento que haca que Kunta y los dems muchachos se estremecieran con slo pensarlo: la operacin kasas boyo, que purificaba al muchacho y lo preparaba para ser padre de muchos hijos. Saban que se aproximaba, pero lleg sin advertencia alguna. Un da, cuando el sol llegaba a su posicin del medioda, uno de los asistentes del kintango orden al kafo, como de costumbre, que se alineara, cosa que los muchachos hicieron con la rapidez habitual. Pero Kunta sinti una punzada de dolor al ver que el kintango sala de su choza, algo que raras veces haca al medioda, y se coloc al frente. -Sostnganse el foto -orden. Todos dudaron, sin creer -o sin querer creer- lo que haban odo-. Ahora! grit. Lentamente, con timidez, obedecieron, mirando con fijeza el suelo mientras se metan la mano dentro del taparrabo. Los asistentes del kintango, partiendo de ambos extremos de la fila, arrollaron un pedazo de tela con una pasta verde hecha de hojas machacadas alrededor de la cabeza del foto de cada muchacho. -Pronto no sentirn nada en el foto -les dijo el kintango, ordenndoles que volvieran a sus chozas. Amontonados dentro de la choza, avergonzados y temerosos de lo que sucedera despus, los muchachos esperaron en silencio hasta la media tarde, cuando les volvieron a ordenar que salieran. Vieron que llegaban por la puerta un grupo de hombres de Juffure: los padres, tos y hermanos mayores que haban estado antes, Omoro estaba entre ellos, pero esta vez Kunta hizo como que no lo vea. Los hombres se alinearon frente a los muchachos, y entonaron juntos: "Lo que les van a hacer... nos fue hecho a nosotros... y a nuestros antepasados... para que se conviertan ustedes... en hombres todos juntos". Luego el kintango les orden a los muchachos que regresaran nuevamente a sus chozas. Caa la noche cuando oyeron muchos tambores muy cerca del jujuo. Les ordenaron que salieran de la choza, y entonces vieron que se acercaban una docena de bailarines kankurang saltando y gritando. Llevaban atavos de ramas y mscaras hechas de corteza, y saltaban, blandiendo las lanzas, entre los aterrorizados muchachos. De pronto desaparecieron, tal como haban llegado. Mudos de terror, los muchachos oyeron y obedecieron de inmediato la orden del kintango de sentarse todos juntos, apoyados contra la cerca de bamb.
Los padres, tos y hermanos mayores estaban cerca; esta vez cantaban: "Pronto regresarn a casa... y a las granjas... y cuando llegue el momento se casarn... y de ustedes surgir la vida eterna". Uno de los asistentes del kintango llam a uno de los muchachos. Cuando se puso de pie, el asistente le indic que fuera detrs de un biombo de bamb. Kunta no pudo ver ni or lo que sucedi a continuacin, pero despus de unos momentos reapareci el muchacho con una tela ensangrentada entre las piernas. Se tambaleaba un poco, por lo que el otro asistente lo tuvo que ayudar para que volviera a ocupar su lugar contra la cerca de bamb. Luego llamaron a otro muchacho, y a otro, y por fin: - Kunta Kinte! Kunta se haba quedado petrificado, pero se oblig a ponerse de pie y fue hasta detrs del biombo. Adentro haba cuatro hombres, uno de los cuales le orden que se acostara de espaldas. Lo hizo; de cualquier manera, las piernas le temblaban en tal forma que no se habra podido seguir teniendo en pie. Los hombres se inclinaron, lo tomaron firmemente, y le levantaron los muslos. Justo antes de cerrar los ojos, Kunta vio que el kintango se agachaba sobre l con algo en la mano. Entonces sinti un dolor cortante. Fue mucho peor de lo que se haba imaginado, aunque sin la pasta hubiera sido terrible. En un momento lo vendaron con fuerza, y un asistente lo ayud a salir. Se sent, dbil y aturdido, junto a los otros que ya haban estado detrs del biombo. No se atrevan a mirarse entre s. Pero la cosa que ms teman ya haba pasado. A medida que los fotos del kafo empezaron a cicatrizarse, un aire de jbilo general se extendi en el jujuo: ya haba desaparecido la indignidad de ser simples muchachos tanto en cuerpo como en mentalidad. Ahora eran casi hombres, y su gratitud hacia el kintango no conoca lmites. Y l, a su vez, empez a ver el kafo con otros ojos. El viejo, arrugado y canoso anciano al que haban llegado a amar sonrea ahora, de vez en cuando. Y de manera muy casual, cuando hablaban con el kafo, l y sus asistentes decan: "Ustedes, hombres", y para Kunta y sus compaeros era increble pero hermoso orlo. Pronto lleg la cuarta luna, y dos o tres miembros del kafo de Kunta, bajo las rdenes personales del kintango, empezaban a dejar el jujuo todas las noches para dirigirse a la aldea de Juffure, dormida, y entonces entraban como sombras en las despensas de sus madres para robar todo el kouskous, mijo y carne desecada que pudieran llevar; luego volvan corriendo al jujuo, donde cocinaban todo alegremente al da siguiente. Eso se haca "para demostrar que son ms inteligentes que todas las mujeres, incluso sus madres", les deca el kintango. Pero al da siguiente, por supuesto, las madres de esos muchachos se jactaban ante sus amigas que haban odo entrar A sus hijos y se haban quedado acostadas, escuchndolos con orgullo. Haba un nuevo espritu en el jujuo ahora, a la noche. Casi siempre el kafo de Kunta -se sentaba en semicrculo rodeando al kintango. Por lo general segua tan severo como siempre, pero ahora les hablaba no como a nios, sino como a jvenes de su aldea. Algunas veces les hablaba acerca de las cualidades de la hombra: adems de la valenta, una de las principales era la honestidad absoluta, en todas las cosas. Otras veces les hablaba de sus antepasados. Todos los vivientes deban respeto y adoracin a todos los que vivan con Al, sola decirles. Peda a cada muchacho que nombrara al antepasado que ms recordaba. Kunta nombr a su abuela Yaisa, y el kintango dijo que los antepasados que haban nombrado intercedan ante Al por los intereses de los vivos. Otra noche el kintango les dijo que en una aldea, todos sus habitantes eran igualmente importantes, desde el beb ms pequeo hasta el ms viejo de los ancianos. Como nuevos hombres, deban por lo tanto aprender a tratar a todos con igual respeto, y -tal era la ms importante de sus tareas como hombresproteger el bienestar de todos los hombres, mujeres y nios de Juffure, como si fuera el propio. -Cuando regresen a casa -dijo el kintango- empezarn a servir a Juffure como sus ojos y odos. Debern montar guardia, ms all de la verja, para ver si se aproximan los toubobs, u otros salvajes y en los campos, como centinelas, para proteger la cosecha del afrecho de los animales. Tambin tendrn que inspeccionar las ollas donde cocinan las mujeres -incluyendo a sus madres- para ver si se las mantiene limpias, y debern reprenderlas muy severamente si encuentran que estn sucias o que tienen insectos. Los muchachos estaban ansiosos por comenzar sus tareas. Aunque slo los mayores podan soar con empezar a asumir esas responsabilidades, propias del cuarto kafo, saban que algn da, como hombres de quince a diecinueve lluvias, tendran la importante ocupacin de llevar mensajes entre Juffure y otras aldeas, igual que el hombre joven que les haba venido a avisar de la visita del moro. El kafo de Kunta no se lo habra podido imaginar, pero los que tenan edad suficiente para ser mensajeros no vean las horas de poder dejar de serlo; cuando llegaran al quinto kafo, a los veinte aos, recin empezaran a hacer los trabajos realmente importantes, como ayudar a los ancianos de la aldea como emisarios y negociadores en todos los tratos con otras aldeas. Los hombres de la edad de Omoro -de ms de treinta lluvias- aumentaban en rango y responsabilidad a medida que pasaban las lluvias, hasta adquirir la honorable condicin de ancianos. Muchas veces Kunta haba visto con orgullo
cmo Omoro se sentaba en el extremo del Consejo de Ancianos, y esperaba ansiosamente, el da en que su padre entrara en el crculo interior de los que heredaran el mando de gobierno de los conductores reverenciados, como el kintango, cuando estos fueran llamados por Al. Ya no les era fcil prestar atencin a todo lo que deca el kintango, como era su deber. Les pareca imposible que hubieran pasado tantas cosas en las ltimas cuatro lunas, y que estuvieran a punto de ser hombres. Los ltimos das parecan no terminar nunca, pero por fin -cuando la cuarta luna estaba alta y llena en el ciel los asistentes del kintango ordenaron al kafo que se alineara poco despus de la comida nocturna. Era este el momento que todos esperaban? Kunta mir a su alrededor, buscando a los padres y hermanos, que seguramente estaran presentes para la ceremonia. No se los vea por ninguna parte. Y dnde estaba el kintango? Busc por todas partes hasta que lo vio, parado en el borde del jujuo, junto a la puerta. En ese momento la abri, se volvi hacia ellos, y les dijo: -Hombres de Juffure, regresen a su aldea. Por un momento se quedaron inmviles. Luego salieron gritando de alegra, abrazaron al kintango y a sus asistentes, que simularon ofenderse por tal impertinencia. Haca cuatro lunas, cuando le quitaban la caperuza, en ese mismo lugar, Kunta no habra credo posible que iba a lamentar irse, o que llegara a querer a ese viejo severo, pero ahora senta ambas cosas. Luego se puso a pensar en su casa, y corri, gritando con los dems, camino a Juffure. No haban ido muy lejos cuando, como de comn acuerdo, se callaron, y aflojaron el paso. Todos pensaban en lo mismo: lo que dejaban atrs, y lo que tenan por delante. Esta vez no necesitaron las estrellas para encontrar el camino.
CAPITULO 26 -Aiee! Aiee! -Las mujeres gritaban de alegra, y todos salan corriendo de sus chozas, riendo, bailando y aplaudiendo mientras el kafo de Kunta, y los que haban cumplido quince lluvias, y ya formaban parte del cuarto kafo, entraban en la aldea al romper el alba. Los nuevos hombres caminaban lentamente, con lo que ellos suponan que era un andar digno, sin hablar ni sonrer... al principio. Cuando Kunta vio a su madre que corra hacia l, sinti ganas de correr a su encuentro, y no pudo evitar que se le iluminara el rostro de felicidad, pero sigui caminando con paso mesurado. Binta lo abraz, le acarici las mejillas, con lgrimas en los ojos, mientras murmuraba su nombre. Kunta permiti que esto sucediera por un momento, y luego se alej, pues ahora era un hombre, aunque slo pareci hacerlo para mirar mejor lo que colgaba del arns de su madre. Tom al beb y lo levant con las dos manos. - As que este es mi hermano Madi! -grit alegremente, mientras lo levantaba en el aire. Binta rebosaba de alegra mientras caminaba a su lado en direccin a su choza. Kunta llevaba al beb, haciendo morisquetas, arrullndolo y pellizcndole las regordetas mejillas. Pero Kunta no estaba tan absorto en su hermanito para dejar de notar a multitud de nios desnudos que los seguan muy de cerca con los ojos tan abiertos como la boca. Corran entre l y Binta y las dems mujeres, que no dejaban de decir qu fuerte y saludable estaba Kunta, que estaba hecho todo un hombre. l simulaba no or, pero las exclamaciones eran msica para sus odos. Kunta se preguntaba dnde estaran Omoro, y Lamin, pero de pronto se acord que su hermano estara cuidando las cabras. Estaba sentado en la choza de Binta cuando se dio cuenta de que uno de los nios ms grandes del primer kafo lo haba seguido y ahora lo miraba, pegado a las polleras de Binta. -Hola, Kunta -dijo el niito. Era Suwadu! Kunta no lo poda creer. Cuando parti para iniciar el entrenamiento, Suwadu era muy pequeito; Kunta ni siquiera lo notaba, excepto cuando chillaba. Ahora, en el transcurso de cuatro lunas, haba crecido, y empezaba a hablar: se haba convertido en una persona. Le dio el beb a Binta, y tomando a Suwadu lo alz hasta el techo de la choza, mientras su hermano gritaba de alegra. Despus de un rato, Suwadu corri afuera para ver a los otros hombres nuevos, y se hizo un silencio en la choza. Binta estaba henchida de orgullo y de alegra: no necesitaba hablar. Pero Kunta s. Quera decirle lo mucho que la haba extraado, y lo contento que estaba al haber vuelto a casa. Pero no encontraba las palabras. Y saba que no era algo que un hombre deba decirle a una mujer, ni siquiera a su madre. -Dnde est mi padre? -pregunt por fin. -Est cortando paja para el techo de tu choza -dijo Binta. Tal era su excitacin que se haba olvidado de que ahora que era un hombre, tendra su propia choza. Sali, dirigindose al lugar en el que estaban los mejores pastos para techar, segn le haba dicho su padre.
Omoro lo vio venir, y Kunta se alegr al ver que Omoro echaba a andar a su encuentro. Se dieron la mano, como hombres, mirndose a los ojos: era la primera vez que se vean como hombres. Kunta se sinti dbil por la emocin. Guardaron silencio un momento. Luego Omoro dijo, como si estuviera hablando del tiempo, que le haba adquirido una choza cuyo propietario anterior se haba casado, construyndose una casa nueva. No quera ver su choza ahora? Kunta dijo que s en voz muy baja, y echaron a andar juntos. Omoro llevaba el gasto de la conversacin, pues Kunta an tena dificultad en hallar las palabras. Las paredes de barro de la choza necesitaban tanta reparacin como el techo. Pero a Kunta no le importaba, ni se fijaba en nada, pues tena su propia choza, en el extremo opuesto de la aldea a la de su madre. Por supuesto, no se permita demostrar satisfaccin, y mucho menos hablar de ello. Le dijo a Omoro que l mismo se ocupara de las refacciones. Kunta poda encargarse de las paredes, le dijo Omoro, pero a l le gustara terminar el techo, que ya haba empezado a reparar. Sin decir otra palabra, se volvi para dirigirse al lugar donde abundaban los pastos, dejndolo solo, agradecido por la manera normal en que su padre haba comenzado su nueva relacin como hombres. Kunta pas la mayor parte de la tarde recorriendo todos los rincones de Juffure, llenndose los ojos de los rostros que recordaba con tanto cario, de las chozas familiares, y de tantos lugares conocidos: el pozo de la aldea, el patio de la escuela, el baobab y los rboles bombceos. No se haba dado cuenta cunto aoraba su pueblo hasta que comenz a henchirse de felicidad con el saludo de cada persona que pasaba. Ojal fuera hora de que Lamin regresara con las cabras. Tambin extraaba a otra persona, aunque era una mujer. Por fin, sin importarle si era propio de un hombre, se dirigi a la pequea choza de Nyo Boto. - Abuela! -grit frente a la puerta. - Quin es? -fue la respuesta de la voz cascada, con tono irritado. - Adivina, abuela! -dijo Kunta, y entr en la choza. Necesit algunos momentos para que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Estaba sentada junto a un balde, sacando largas fibras de una corteza de baobab que remojaba en el agua del balde. Lo mir atentamente durante un rato antes de exclamar: - Kunta! -Qu bueno verla, abuela! -exclam l. Nyo Boto sigui su tarea. -Est bien tu madre? -pregunt ella, y Kunta le dijo que s. l estaba sorprendido, porque ella se comportaba como si l nunca se hubiera alejado, como si no notara que se haba convertido en hombre. -Pens en ti muchas veces, mientras estaba lejos, cada vez que tocaba el amuleto que me pusiste en el brazo. Ella gru, sin levantar la vista de su tarea. l se disculp por interrumpirla y se fue en seguida, sintindose muy lastimado y confundido. Pasara mucho tiempo antes de que pudiera comprender que Nyo Boto se haba sentido ms dolorida por su propio comportamiento que l: haba actuado como deba hacerlo una mujer, pues un hombre no poda buscar refugio en sus polleras. An preocupado, Kunta iba camino a su choza cuando oy una conmocin familiar: cabras balando, perros ladrando y nios gritando. Era el segundo kafo, que regresaba del matorral. Lamin deba estar entre ellos. Kunta escudri con ansiedad los rostros que se aproximaban. Entonces Lamin lo vio, grit su nombre y se acerc corriendo, enloquecido de alegra. Pero se detuvo a unos pasos de distancia al ver la expresin de su hermano. Quedaron mirndose. Por fin, fue Kunta quien habl. -Hola. -Hola, Kunta. Luego se examinaron un poco ms. Haba orgullo en la mirada de Lamn, pero Kunta vio que estaba dolorido, igual que l en la choza de Nyo Boto, sin saber qu hacer con su nuevo hermano. Kunta estaba pensando que no deban comportarse de esa manera, aunque era necesario que un hombre fuera mirado con respeto, inclusive por su propio hermano. Lamin fue el primero en volver a hablar. -Tus dos cabras estn preadas. -Kunta se sinti muy contento; eso quera decir que pronto tendra cuatro, o a lo mejor cinco cabras, pues una de las dos poda tener mellizos. Pero no sonri ni demostr sorpresa. - Muy buena noticia -dijo, con menor entusiasmo que el que quera demostrar. Gomo no tena nada ms que decir, Lamin se fue, ordenando a los perros limlos que reunieran a las cabras, que se haban empezado a desparramar. Binta tena una expresin grave e impertrrita mientras ayudaba a Kunta a trasladarse a su choza. Dijo que toda la ropa le quedaba chica, y con un tono respetuoso agreg que cuando l se hiciera un poco de tiempo, entre todas las cosas importantes que tena que hacer, ella le tomara las medidas para hacerle
ropa nueva. Como posea muy poco, aparte de su arco, sus flechas y su honda, Binta deca todo el tiempo: -Necesitars esto y tambin eso-, hasta que por fin le dio todas las cosas esenciales: un jergn, algunos recipientes, un banquito y una estera para orar, que le haba hecho cuando l estaba afuera. Con cada cosa que le daba, Kunta grua, tal como le haba odo a su padre, como si hiciera objecin tener eso en su casa. Cuando ella se dio cuenta de que l se rascaba la cabeza, se ofreci a mirar para ver si tena garrapatas, pero l le dijo que no, abruptamente, ignorando las quejas de ella. Era casi la medianoche cuando Kunta por fin se qued dormido, pues tena muchas cosas en qu pensar. Le pareci que apenas acababa de cerrar los ojos cuando cantaron los gallos, y luego se oy el sonsonete del alimano, llamndolos a la mezquita, pues esa sera la primera maana en que podra, junto con sus compaeros, rezar con los hombres de Juffure. Vistindose rpidamente, Kunta tom su nueva estera y se uni a los dems integrantes de su kafo. Todos marchaban con la cabeza baja, la estera enrollada bajo el brazo, como si lo hubieran hecho toda la vida, y as entraron en la sagrada mezquita y se ubicaron detrs de los otros hombres de la aldea. Adentro, Kunta y sus compaeros observaron e imitaron rodas las acciones y palabras de los otros hombres, poniendo especial cuidado de no recitar sus plegarias en voz demasiado baja ni demasiado alta. Despus de las oraciones, Binta le trajo el desayuno a su choza. Puso el recipiente lleno de kouskous caliente frente a Kunta, que se limit a gruir, sin ninguna expresin en la cara. Binta se fue en seguida, y Kunta se puso a comer con fruicin, irritado, porque sospechaba que ella haba reprimido un sentimiento de alegra. Despus del desayuno, se uni a sus compaeros en la tarea de ser los odos y los ojos de la aldea con tal diligencia que los mayores encontraron divertida. Las mujeres apenas podan darse vuelta sin encontrar a uno de los nuevos hombres que le exiga revisar sus ollas en busca de insectos. Recorrieron las chozas de la gente y la cerca de la aldea, encontrando muchsimos lugares que necesitaban ser reparados. Una docena de ellos sacaron agua del pozo y la probaron para ver si estaba muy salada, barrosa o insalubre. Se mostraron decepcionados, pero sacaron l pez y la tortuga que vivan en el fondo del pozo para comer insectos, y los cambiaron por otro pez y una nueva tortuga. Los nuevos hombres, en resumen, estaban en todas partes. -Son molestos como pulgas! -dijo despreciativamente la vieja Nyo Boto cuando Kunta se acerc a un riacho donde ella estaba golpeando la ropa contra las piedras, y l no hizo ms que alejarse, sin comentarios. Tambin se cuid de no acercarse a ningn lugar donde podra encontrar a Binta, dicindose que, aunque era su madre, no deba demostrar ningn favoritismo, y que, si fuera necesario, sera muy exigente con ella. Despus de todo, era una mujer.
CAPITULO 27 Juffure era tan pequea, y el kafo de hombres diligentes tan numeroso, que pronto le pareci a Kunta que ya otros haban inspeccionado todos los techos, las paredes, calabazas y ollas de la aldea, para cuando l llegaba. Todo estaba limpio, reparado, o haba sido reemplazado. Pero esto lo satisfaca, pues le daba ms tiempo para ocuparse del pequeo terreno que le haba adjudicado el Consejo de Ancianos. Todos los nuevos hombres cultivaban su propio kouskous o man; La mitad la guardaban para ellos, y la otra la usaban para cambirsela a quienes cultivaban poco, y no les alcanzaba para alimentar a su familia, por otras cosas que necesitaban ms que comida. Un hombre joven que cuidara bien de su cosecha, supiera comerciar, y administrar sabiamente sus cabras (cambiando tal vez una docena de chivos por una cabrita que al crecer le dara cabritos) poda prosperar en el mundo y ser un hombre rico al cumplir sus veinticinco o treinta lluvias, cuando empezaba a pensar en casarse y tener sus propios hijos. Pocas lunas despus de su regreso, Kunta tena ms cereal del que podra llegar a comer, as que procedi a cambiar su producto por cosas para adornar su choza. Binta empez a protestar por eso, y l la oy. Tena tantos bancos, esteras de mimbre, tazones de comida, calabazas, y toda clase de objetos en la choza, musitaba ella, que ya casi no haba lugar para l. Pero Kunta trataba caritativamente de ignorar la impertinencia de su madre, pues dorma ahora en una hermosa cama de juncos trenzados, sobre un muelle colchn de bamb que ella haba hecho para l, dedicando una media luna para la tarea. En su choza, junto con varios amuletos que haba adquirido a cambio de cereales, guardaba una buena cantidad de otros potentes resguardos espirituales: extractos perfumados de ciertas plantas y cortezas que, como los dems mandingas, Kunta se pasaba por la frente, los brazos y los muslos todas las noches antes
de acostarse. Se crea que esta esencia mgica protega a un hombre contra la posesin por los espritus del mal mientras dorma. Tambin lo haca oler bien, y eso era algo en que Kunta haba empezado a pensar, junto con su apariencia. l y el resto del kafo se sentan cada vez ms exasperados por un asunto que los irritaba y los hera en su orgullo de hombres desde haca varias lunas. Al irse para el entrenamiento, haban dejado atrs a un grupo de nias tontas y flaquitas, que se rean por nada y que jugaban igual que ellos. Pero al regresar, despus de slo cuatro lunas, los nuevos hombres haban encontrado que estas mismas nias, con las que haban crecido, se pavoneaban por todas partes, irguiendo los senos, del tamao de mangos, moviendo las manos y los brazos, mostrando los nuevos aretes, collares y pulseras. Lo que irritaba a Kunta y a los dems no era que se comportaran de una manera tan absurda, sino que lo hicieran para llamar la atencin de hombres que tenan por lo menos diez lluvias ms que ellas. A los de la edad de Kunta, estas doncellas casaderas de catorce y quince lunas- apenas si los miraban, y slo para rerse de ellos. l y sus compaeros se disgustaban tanto por los aires que se daban y las cosas que hacan que resolvieron no prestarles ms atencin ni a las muchachas ni a los hombres mayores a quienes ellas trataban de atraer con tanto alboroto. Pero algunas maanas, al despertarse, Kunta senta que su foto estaba tan duro como su pulgar. Naturalmente, haba estado duro muchas veces antes, aun cuando tena la edad de Lamin, pero ahora senta algo distinto, fuerte y profundo. Y Kunta no poda evitar meter la mano debajo de las sbanas y apretrselo. Tampoco poda dejar de pensar en ciertas cosas que l y sus compaeros haban odo acerca de que los fotos se metan adentro de las mujeres. Una noche estaba soando -desde que era un niito, Kunta soaba mucho, incluso despierto, como deca Binta- con que estaba en un seoruba para la fiesta de la cosecha, y vio que la doncella de piel ms renegrida, ms hermosa, de cuello ms largo, arrojaba el adorno que llevaba en la cabeza para que l lo recogiera. Cuando lo hizo, la muchacha corri gritando: "Kunta me quiere!", y despus de considerar el asunto, sus padres consintieron en que se casara con l. Omoro y Binta tambin consintieron, y ambos padres concertaron la dote de la novia. "Es hermosa", dijo Omoro, "pero me preocupa su verdadero valor como mujer de mi hijo. Es fuerte y trabajadora? Tiene buena disposicin en el hogar? Cocina bien, cuidar a sus hijos? Y sobre todo, es seguro que sea virgen?". Todas las respuestas fueron que s, as que fijaron un precio y la fecha de la boda. Kunta construy una hermosa choza de barro, y las madres de los novios cocinaron abundantes bocados exquisitos, para dar la mejor de las impresiones a los invitados. Y el da de la boda, los adultos, nios, cabras, gallinas, perros, loros y monos hicieron tanto ruido como los msicos que haban contratado. Cuando lleg el squito de la novia, el cantante de alabanzas se refiri a las dos bellas familias que se iban a unir. Ms fuertes fueron los gritos cuando las mejores amigas de la novia la empujaron dentro de la nueva casa de Kunta. Sonriendo y saludando a todos, Kunta la sigui y corri la cortina de la puerta. Cuando ella se sent sobre su cama, l le cant la famosa cancin ancestral del amor: "Mandunbe, tu largo cuello es muy bello...". Luego se acostaron sobre suaves cueros curtidos y ella lo bes tiernamente, y se abrazaron estrechamente. Y entonces sucedi la cosa, igual que Kunta se la haba imaginado y se la haban descripto. Era ms maravillosa de lo que le haban dicho, y la sensacin fue aumentando ms y ms, hasta que por fin l estall. Despertndose de golpe, Kunta se qued muy quieto durante un momento, tratando de entender lo que haba pasado. Luego, metiendo la mano entre las piernas, sinti la clida humedad sobre su cuerpo, y sobre su cama. Asustado y alarmado, salt, busc un pedazo de gnero, y limpi la cama y se sec l. Luego, sentado en la oscuridad, el miedo dio paso a la vergenza, luego al placer, y el placer, por ltimo, a una especie de orgullo. Le habra pasado eso a alguno de sus compaeros? Esperaba que s, pero tambin que no, porque a lo mejor eso suceda slo cuando uno llegaba a ser hombre, y l quera ser el primero. Pero Kunta se dio cuenta de que no se enterara nunca, porque estas experiencias no se compartan con nadie. Finalmente, extenuado y regocijado, se volvi a acostar y pronto se durmi pacficamente, esta vez sin soar.
CAPITULO 28. A Kunta le pareca que Binta lo haca enojar casi todos los das, por alguna u otra cosa. No era por nada que hiciera o dijera, sino por la manera en que lo miraba, o cierto tono de voz, que era la forma en que expresaba su desaprobacin acerca de algo. Lo peor era cuando Kunta agregaba a sus posesiones algo
nuevo que Binta no le haba conseguido. Una maana, cuando lleg para servirle el desayuno, Binta casi dej caer el kouskous hirviendo sobre Kunta al ver que tena puesto el primer dundiko que no haba sido cosido por sus propias manos. Kunta se sinti culpable por haberlo cambiado por un cuero curtido de hiena, pero se enoj tanto que no le ofreci ninguna explicacin, aunque era evidente que su madre se haba ofendido profundamente. Desde esa maana se dio cuenta de que Binta, cuando le traa la comida, inspeccionaba todos los artculos de la choza para ver si haba algo nuevo -un banquito, una estera, balde, plato o cacerola- que ella no le hubiera dado. Si haba algo nuevo, sus ojos penetrantes no lo pasaban por alto. Kunta se quedaba sentado, furioso, al ver que ella haca como que no pasaba nada, comportndose como sola hacerlo con Omoro. Kunta saba que Binta no vea las horas de reunirse con las otras mujeres para ventilar su desdicha, que era lo que siempre hacan las mujeres mandingas cuando estaban desagradadas por algo. Un da, antes de que llegara su madre con la comida de la maana, Kunta tom una canasta bellamente trenzada que le haba regalado Jinna M'Baki, una de las viudas de Juffure, y la puso junto a la puerta de su choza, donde su madre la notara, pues poda tropezar con ella. La viuda era un poco ms joven que Binta, le pareca a Kunta. Cuando l era todava un pastor del segundo kafo, su marido haba salido de caza, sin regresar nunca. Viva muy cerca de Nyo Boto, a quien Kunta visitaba con frecuencia, y as la haba empezado a ver; a medida que fue creciendo, empezaron a conversar. Kunta se enoj cuando sus compaeros, al enterarse del regalo que le haba hecho la viuda, empezaron a hacerle bromas con respecto a la razn del regalo, ya que se trataba de una valiosa canasta de bamb. Cuando Binta lleg y not la nueva adquisicin -reconociendo el estilo de urdiembre de la viuda- retrocedi como si la canasta fuera un escorpin. No dijo ni una palabra, por supuesto, pero Kunta se dio cuenta de que haba entendido lo que l le quera decir. Ya no era un nio, y era hora de que dejara de actuar como su madre. Crea que era su propia responsabilidad hacerla cambiar en ese aspecto. No haba necesidad de hablarle a Omoro del asunto, pues no poda ponerse en la ridicula posicin de preguntarle a su padre cmo hacer para que su madre lo respetara igual que a su marido. Kunta pens en discutir el problema con Nyo Boto, pero cambi de opinin cuando se acord de la manera extraa en que ella lo haba recibido al regresar del entrenamiento. As que Kunta se las arregl solo, y decidi no volver a la choza de Binta, donde haba vivido la mayor parte de su vida. Y cuando Binta le traa la comida se quedaba sentado, tieso y callado, mientras ella le pona el plato sobre la estera, frente a l, y luego se iba, sin mirarlo ni decirle palabra. Kunta finalmente empez a pensar en conseguir otro arreglo para la comida. La mayora de los jvenes de su edad seguan comiendo lo que les preparaba su madre, aunque a algunos les cocinaba una hermana mayor o una cuada. Kunta se dijo que si Binta empeoraba, l iba a buscar otra mujer que le cocinara, tal vez la viuda que le haba regalado la canasta tejida. Saba, sin necesidad de preguntrselo, que estara encantada de cocinarle, pero Kunta no quera hacerle saber que estaba considerando pedrselo. Mientras tanto l y su madre se seguan viendo a la hora de las comidas, aunque actuaban como si no se vieran. Una maana temprano, cuando regresaba de hacer guardia en el campo de man, Kunta vio a tres hombres jvenes que iban muy apurados delante de l, por el mismo sendero. Seran de su misma edad, viajeros de alguna otra aldea. Les grit, hasta que se volvieron, y entonces corri para saludarlos. Le dijeron que eran de la aldea de Barra, a un da y una noche de viaje de Juffure, y que iban camino a buscar oro. Pertenecan a la tribu de los feloops, una rama de los mandingas, pero Kunta tena que escuchar muy atentamente para poder entender lo que decan, y ellos tambin, cuando Kunta hablaba. Eso le hizo recordar su viaje a la nueva aldea de sus tos, pues all tampoco entenda lo que decan muchos, aunque vivan a un da o dos de Juffure. A Kunta le intrig el viaje de los jvenes. Pens que poda interesarles a algunos de sus amigos, as que les pidi que pararan en su aldea antes de seguir camino, donde seran bien recibidos. Pero ellos rehusaron cortsmente la invitacin, diciendo que deban llegar a un lugar para separar el oro a la tercera tarde del viaje. -Pero, por qu no vienes con nosotros? -le pregunt a Kunta uno de los jvenes. Kunta nunca haba soado con algo as, por lo que lo tom de sorpresa, y dijo que no, que les agradeca la invitacin, pero que tena mucho trabajo que hacer en la granja, as como otras tareas. Los tres jvenes lamentaron su decisin. -Si cambias de idea, nete a nosotros -dijo uno de ellos. Y se arrodillaron para trazar en la tierra la ubicacin del lugar, a dos das y una noche de viaje de Juffure. El padre de uno de ellos, msico ambulante, les haba dicho dnde quedaba. Kunta sigui caminando con sus nuevos amigos hasta llegar al rbol de los viajeros, donde el sendero se bifurcaba. Los tres muchachos tomaron el sendero que rodeaba a Juffure, dndose vuelta para saludarlo con la mano. Kunta sigui camino a la aldea, lentamente. Cuando entr en su choza y se acost, segua
pensando; a pesar de que no haba dormido en toda la noche, no poda conciliar el sueo. Tal vez lo mejor que poda hacer era ir en busca de oro, si poda encontrar a un amigo que se ocupara de su granja durante su ausencia. Y saba que algunos de sus compaeros se haran cargo de sus guardias, si se los peda, igual que hara l por ellos. Lo que pens luego lo hizo saltar de la cama: ahora que era un hombre, poda llevar a Lamn, igual que su padre lo haba llevado a l. Durante la hora siguiente Kunta camin por su choza, pensando en la nueva idea y los problemas que presentaba. Antes que nada, dejara Omoro hacer el viaje a Lamin, que an era un muchacho, y necesitaba el permiso de su padre? A Kunta le molestaba, como hombre, tener que pedir permiso por algo, pero y si Omoro deca que no? Y cmo se sentiran sus tres nuevos amigos si lo vean aparecer con su hermanito? Kunta se pregunt por qu estaba caminando, pensando en eso, arriesgndose a meterse en dificultades, slo para hacerle un favor a Lamin. Despus de todo, desde su regreso, Lamin no era el de antes. Pero Kunta saba que eso no era porque as lo quisieran. Antes de irse Kunta, los dos se queran y se divertan juntos. Pero ahora Lamin estaba ocupado con Suwadu, que rondaba continuamente. Lamin igual que este sola hacerlo con l, henchido de orgullo y lleno de admiracin. Pero Kunta saba que Lamin segua querindolo. Le pareca que ahora lo admiraba ms an que antes. Lo que pasaba era que, desde que se haba convertido en hombre, haba surgido una distancia que los separaba. Los hombres no pasaban mucho tiempo con los nios, y aunque l y Lamin no quisieran que as fuera, no haba manera de impedirlo, hasta ese momento, en que a Kunta se le ocurri llevar a Lamn en busca de oro. -Lamn es un buen muchacho. Demuestra bien la educacin recibida en el hogar. Y cuida bien mis cabras fue el comentario con que inici Kunta su conversacin con Omoro, pues saba que los hombres nunca van al grano. Omoro, naturalmente, tambin lo saba. Asinti lentamente y replic-: S, yo dira que eso es verdad. -Con toda la tranquilidad que pudo, Kunta le cont entonces a su padre acerca de su encuentro con sus tres nuevos amigos y la invitacin que le hicieron para que se les reuniera para buscar oro. Respirando hondo, dijo finalmente-: Estuve pensando que a Lamin le gustara ir conmigo. El rostro de Omoro no revel expresin alguna. Pas un rato largo antes que hablara. -Viajar es bueno para un muchacho -dijo, y Kunta se dio cuenta de que por lo menos no dira directamente que no. Se daba cuenta tambin de que su padre confiaba en l, pero que tambin estaba preocupado, cosa que Omoro no quera expresar demasiado-. Hace muchas lluvias que no voy por esa zona. No me acuerdo muy bien del camino -dijo Omoro de una manera casual, como si estuviera refirindose al tiempo. Kunta se dio cuenta de que su padre, que nunca se olvidaba de nada, quera saber si Kunta saba cmo llegar al lugar del oro. Arrodillndose en la tierra, Kunta traz el camino con un palito, como si hiciera aos que lo conoca. Hizo crculos para indicar las aldeas cerca del sendero y a cierta distancia del mismo. Omoro tambin se puso de rodillas, y cuando Kunta termin de trazar el sendero, le dijo: -Yo seguira el sendero para pasar cerca de la mayor cantidad de aldeas. Te llevar ms tiempo, pero ser ms seguro. Kunta asinti, esperando aparentar ms confianza que la que senta. Pens que los tres amigos, que viajaban juntos, podan ayudarse entre s, viendo cuando alguno se equivocaba, mientras que l, viajando con su hermano, del que sera responsable, no tendra nadie que lo ayudara si se equivocaba. Luego Kunta vio que Omoro trazaba un crculo en la parte final del sendero. -En esta rea pocos hablan mandinga -dijo. Kunta record las lecciones aprendidas en el entrenamiento y mir a su padre en los ojos-. El sol y las estrellas me indicarn el camino -dijo. Pas un momento prolongado, y luego Omoro volvi a hablar. -Me parece que ir a la choza de tu madre. -A Kunta le dio un vuelco el corazn. Se dio cuenta que su padre le estaba diciendo que l le haba dado permiso y que era mejor que l personalmente le diera la noticia a Binta. Omoro no se demor mucho en la choza de Binta. Apenas haba salido para regresar a su propia choza cuando ella sali corriendo, apretndose la cabeza con ambas manos. -Madi! Suwadu! -chill, y los nios fueron corriendo. Otras mujeres y muchachas solteras salieron entonces de sus chozas. Todas seguan a Binta, que sin dejar de gritar llevaba a los dos nios a empujones en direccin al pozo. Una vez all, todas las mujeres la rodearon mientras ella lloraba y se lamentaba, diciendo que ahora le quedaban dos hijos solamente, pues los otros seguramente se los llevara el toubob.
Una muchacha del segundo kafo, que no pudo aguantar sin contar la noticia del viaje de Kunta con Lamin, corri hasta el lugar en que los muchachos de su kafo estaban con las cabras. Un poco despus, de regreso en la aldea, haba cabezas que se daban vuelta, sonrientes, al ver a un muchacho enloquecido de alegra que volva saltando y gritando tan fuerte como para despertar a sus antepasados. Alcanz a su madre justo fuera de la choza, y aunque no lleg a rodearla del todo, le dio un abrazo como de oso, la bes con fuerza en la frente y la levant, hacindola girar, mientras ella gritaba que la dejara. Cuando pudo desasirse de l, Binta corri hasta encontrar un pedazo de madera y golpe a Lamin con l. Lo hubiera seguido haciendo, pero l se escap -sin sentir dolor- hacia la choza de Kunta. Ni siquiera golpe para anunciarse, sino que entr como una tromba. Se trataba de una intrusin, decidi Kunta, pero al ver la expresin de alegra de su hermano, la pas por alto. Lamin estaba parado, inmvil, mirando a su hermano mayor. Trataba de decirle algo: le temblaba todo el cuerpo, y Kunta tuvo que controlarse para no abrazar a Lamin, tanto era el amor que haba entre ellos en ese instante. Kunta se oy hablar en un tono casi spero. -Veo que ya te has enterado. Partiremos maana, despus de la primera plegaria. Aunque ahora era un hombre, Kunta se cuid muy bien de acercarse a Binta mientras haca varias visitas a sus amigos para pedirles que le cuidaran la granja y que hicieran sus guardias. Kunta saba dnde estaba su madre por sus alaridos de lamentacin. Marchaba continuamente por la aldea, llevando a Madi y a Suwadu de la mano. -Me quedan estos dos solamente! -gritaba con todas sus fuerzas. Pero como todos los habitantes de Juffure, saba que no importaba cmo se senta, ni lo que hiciera o dijera, pues Omoro haba tomado va su decisin.
CAPITULO 29 Junto al rbol de los viajeros, Kunta rez para que tuvieran un viaje sin peligro. Tambin y para que fuera prspero, at de una pata, a una de las ramas ms bajas, la gallina que llevaba, y la dej aleteando y gritando. Finalmente, los dos hermanos iniciaron el viaje. Kunta no se dio vuelta para mirar, pero saba que Lamin se esforzaba por mantener el paso y no dejar caer el atado que llevaba sobre la cabeza, y adems, para que Kunta no lo notara. Despus de una hora, el sendero pas junto a un rbol bajo, lleno de cuentas de colores. Kunta quera explicarle a Lamin que el rbol significaba que cerca vivan unos mandingas que eran kafirs, es decir, infieles paganos que olan rap y fumaban en pipas hechas de madera, con cuencos de barro, y que tambin beban cerveza hecha de aguamiel. Pero ms importante que los conocimientos, Lamin deba aprender a marchar en silencio. Hacia el medioda, Kunta saba que a Lamin le dolan mucho los pies y las piernas, lo mismo que el cuello, por el peso que soportaba. Pero slo si se aprenda a seguir adelante, a pesar del dolor, se podra fortalecer el cuerpo y el espritu. Al mismo tiempo, Kunta saba que Lamn deba descansar o se caera de cansado, lo que lo lastimara en su orgullo. Tomaron el sendero que no entraba en la primera villa por la que pasaron, deshacindose fcilmente de los nios desnudos del primer kafo que corrieron a inspeccionarlos. Kunta no se volvi para mirar, pero saba que Lamin probablemente haba apurado el paso y erguido el porte para beneficio de los nios. Pero cuando se alejaron de la aldea y de los nios, Kunta se olvid de Lamin para pensar en otras cosas. Volvi a pensar en el tambor que se iba a hacer: primero pens cmo lo hara, igual que los hombres que tallaban mscaras y figuras. Ya tena la piel de un cabrito lista, que se estaba curtiendo en su choza, y conoca el lugar -cerca de los arrozales de las mujeres- donde podra conseguir la madera dura que necesitaba para terminarlo. Kunta casi poda or el sonido de su tambor. Como el sendero los llevaba por un bosquecillo, Kunta apret con fuerza la lanza que llevaba, tal como le haban enseado. Continu caminando con mucha cautela, luego se detuvo y escuch. Lamin estaba parado detrs de l, con los ojos muy abiertos, sin respirar del miedo. Un momento despus, sin embargo, su hermano mayor sigui caminando, ya sin tensin, pues haba reconocido el ruido: se trataba de varios hombres que entonaban una cancin mientras trabajaban, y hacia ellos se dirigan. Pronto los dos hermanos llegaron a un claro y vieron a doce hombres que arrastraban con sogas un tronco ahuecado. Haban derribado un rbol, y luego de quemarlo le haban cortado las ramas, y ahora lo estaban arrastrando hasta el agua. Con cada tirn que daban a la soga, cantaban la siguiente lnea de la cancin; cada una terminaba con las palabras: "Todos juntos!" Luego volvan a cantar, haciendo un gran esfuerzo, y movan el tronco una brazada ms. Saludando a los hombres, que devolvieron el saludo, Kunta pas a su
lado, pensando que ms tarde dira a Lamin quines eran esos hombres y por qu haban hecho una canoa de un rbol que creca en la selva y no cerca del ro: eran de la aldea de Kerewan, donde se hacan las mejores piraguas, y saban que slo los rboles de la selva flotaban. Kunta se acord con ternura de los tres hombres jvenes de Barra a quienes iban a ver. Era extrao que, aunque nunca se hubieran visto antes, parecieran como hermanos. Tal vez eso se deba a que eran mandingas, tambin. Hablaban de manera diferente, pero adentro eran iguales. Como ellos, l haba decidido dejar su aldea para tentar fortuna antes de regresar al hogar para las grandes lluvias. Cuando se acercaba la hora de la plegaria alansaro, de la media tarde, Kunta sali del sendero junto a un arroyuelo que corra entre unos rboles. Sin mirar a Lamin, baj su atado, flexion los msculos, y se inclin para juntar agua con las manos y salpicarse la cara. Bebi un poco y luego, en medio de su plegaria, oy el ruido que haca el atado de Lamin contra el suelo. Haba llegado al final de la oracin; preparado para reprender a su hermano, vio que se arrastraba dolorosamente hacia el agua. Pero Kunta lo mismo endureci la voz: -Bebe un poquito por vez!-. Mientras Lamin beba, Kunta decidi descansar una hora en ese lugar, pues sera suficiente. Despus de comer algunos bocados, pens, Lamin podra seguir caminando hasta la plegaria futura, alrededor del crepsculo, cuando ambos necesitaran una buena comida y luego descansar toda la noche. Pero Lamin estaba demasiado cansado para poder comer. Se qued acostado donde haba bebido, con los brazos extendidos, boca abajo. Kunta se acerc en silencio para mirarle las plantas de los pies; todava no sangraban. Luego Kunta se qued dormido, y al despertarse sac del atado una cantidad suficiente de carne desecada para los dos. Sacudiendo a Lamin, para que se despertara, le dio la carne y comi su racin. Pronto volvieron al camino, que daba todas las vueltas y pasaba junto a todos los mojones que haban descripto los muchachos de Barra. Cerca de una aldea vieron a dos viejas abuelas y dos muchachas jvenes con unos nios del primer kafo ocupados en capturar cangrejos. Metan las manos en un arroyo y arrebataban su presa. Cerca del anochecer, a medida que Lamin usaba cada vez ms las manos para sostener su atado, Kunta vio adelante una bandada de pjaros grandes que bajaban en crculos. Se detuvo de repente, escondindose, y Lamin se dej caer sobre las rodillas detrs de un arbusto. Kunta apret los labios, imitando la llamada del macho de la especie, y poco despus vio varias hembras gordas que se acercaban. Ladeaban la cabeza, mirando a todos lados, cuando la flecha de Kunta atraves a una de ellas. Le torci el cuello, dej que se secara la sangre, y mientras asaba el ave hizo un refugio entre los arbustos, y rez. Tambin as unos choclos que haba recogido por el camino, antes de despertar a Lamin, que se haba vuelto a dormir no bien dej el atado en el suelo. Despus de devorar la comida, el muchacho se dej caer en el mullido musgo debajo del techo en declive que proporcionaban unas frondosas ramas y se volvi a dormir sin un murmullo. Kunta se sent, abrazndose las rodillas, en medio del aire silencioso de la noche. No muy lejos empezaron a gair las hienas. Durante algn tiempo se entretuvo identificando los otros sonidos de la selva. Luego oy, tres veces, el dbil y melodioso sonido de un cuerno. Era la llamada a la ltima plegaria de la aldea ms prxima, hecha por el alimano con el colmillo ahuecado de un elefante. Dese que Lamn hubiera estado despierto para or ese clamor obsesionante, que era casi una voz humana, pero sonri porque a su hermano no poda importarle, en su estado, ningn sonido. Despus de rezar, Kunta se qued dormido. Poco despus de la salida del sol pasaron junto a esa aldea y escucharon el ruido que hacan los morteros de las mujeres que molan el kouskous para el cereal del desayuno. A Kunta le pareci que lo saboreaba. Sin embargo, no se detuvieron. No muy lejos, por el sendero, haba otra aldea, y cuando pasaron junto a ella, vieron que los hombres salan de la mezquita y las mujeres estaban atareadas alrededor del fuego, preparando la comida. No haban recorrido mucho ms camino cuando Lamin profiri un grito ahogado. Pensando que haba pisado una espina, Kunta se dio vuelta, y vio que su hermano miraba fijamente hacia arriba: estirada sobre una rama por la que iban a pasar en un instante, lista para saltar, haba una pantera. La pantera hizo sssss, luego se desperez entre las ramas y desapareci. Agitado, Kunta ech a andar nuevamente, alarmado, enojado y avergonzado a la vez. Cmo no haba visto la pantera? Probablemente porque quera que nadie la viera, y no hubiera saltado sobre ellos, pues si los grandes felinos no estaban muy hambrientos, rara vez atacaban durante el da, ni siquiera a su presa favorita, y a las personas muy raras veces, a menos que se sintieran acorraladas, provocadas, o estuvieran heridas. No obstante, Kunta se acord de la cabra muerta por una pantera, cuando era pastor. Casi le pareci or la advertencia del kintango: "Los sentidos del cazador deben ser agudos. Debe or lo que no oyen los dems, y oler lo que nadie huele. Debe ver en la oscuridad". Sin embargo, mientras segua caminando, con la cabeza en las nubes, fue Lamin el que vio la
pantera. La mayora de sus problemas haba sucedido por ese hbito suyo, que deba corregir sin falta, pens. Agachndose sin detenerse, Kunta recogi una piedra pequea, escupi tres veces sobre ella, y la arroj al sendero, para que se llevara consigo los espritus de la mala suerte. Siguieron caminando bajo el sol ardiente. Gradualmente, el paisaje cambiaba de verde selva a palmeras y arroyos fangosos y soolientos. Pasaron junto a aldeas calurosas y polvorientas donde -igual que en Juffure- los nios del primer kafo corran gritando en grupos, los hombres descansaban bajo el baobab y las mujeres chismorreaban junto al pozo. Pero Kunta se preguntaba por qu permitan que las cabras anduvieran por la aldea, junto con los perros y las gallinas, en lugar de encerrarlas en corrales y dejarlas pastorear libres, como en Juffure. Lleg a la conclusin de que se trataba de un pueblo extrao y distinto. Siguieron caminando por un suelo sin pasto, arenoso, salpicado por baobabs de extraas formas. Cuando llegaba el momento de la oracin, se detenan para comer un bocado, y Kunta inspeccionaba el atado de Lamin, y luego sus pies, que ya no sangraban tanto. Los cruces de camino seguan sucedindose, hasta que por fin vieron el enorme baobab que haban descripto los jvenes de Barra. Deba tener cientos de lluvias para morirse, pens, y cont a Lamin lo que le haba dicho uno de los muchachos: "Un griot descansa ah dentro", aadiendo que a los griots no los enterraban como a otras personas sino en los huecos de los viejos baobabs, pues tanto los rboles como las historias que llevaban en sus cabezas eran eternos. -Ya estamos cerca -dijo Kunta, y dese tener ya el tambor que pensaba hacer, pues as podra anunciar su llegada de antemano a sus amigos. A la cada del sol llegaron a los pozos de arcilla, donde vieron a los tres hombres. -Suponamos que ibas a venir -le dijeron, contentos al verlo. No prestaron atencin a Lamin, como si se tratara de un hermano suyo, del segundo kafo. Conversando alegremente, los tres jvenes les mostraron los granos diminutos de oro que haban recogido. Al clarear el alba, Kunta y Lamin se haban ya unido al grupo, cortando pedazos de arcilla pegajosa que mojaban en grandes calabazas de agua. Despus de hacer girar la calabaza, y luego verter lentamente la mayor parte del agua barrosa, metan los dedos con mucho cuidado para ver si se haban depositado granos de oro en el fondo. De vez en cuando encontraban un grano diminuto como una semilla de mijo, o tal vez un poquito ms grande. Trabajaban tan febrilmente que no haba tiempo para conversar. Buscando oro, Lamin hasta se olvidaba de los msculos que le dolan. Cada precioso grano se depositaba cuidadosamente en la parte hueca de las plumas de las alas de paloma, y luego cuando se llenaban las cerraban con pedacitos de algodn. Kunta y Lamin haban llenado seis canutillos cuando los tres jvenes dijeron que ya era suficiente. Ahora les gustara seguir ms adelante, entrar ms en la selva, para buscar colmillos de elefante. Dijeron que saban dnde se rompan los colmillos los elefantes viejos, tratando de desenterrar rboles pequeos y arbustos para comer. Tambin haban odo decir que si llegaban a encontrar los cementerios secretos de los elefantes, daran con una fortuna en colmillos. No quera Kunta ir con ellos? La idea lo tentaba: sonaba ms excitante que buscar oro. Pero no poda ir, por Lamin. Les agradeci la invitacin con tristeza y les dijo que deba volver a su casa con su hermano. As que se despidieron calurosamente, despus de que Kunta les hizo aceptar una invitacin para que se detuvieran en Juffure de regreso a su hogar. El viaje de vuelta le pareci ms corto a Kunta. Los pies de Lamin le sangraban ms, pero camin ms rpido cuando Kunta le dio los canutillos, llenos de oro para que los llevara, dicindole: -A tu madre le van a gustar. -l se senta tan contento como Lamin por haberlo llevado de viaje, igual que antes su padre a l, y algn da Lamin llevara a Sufadu, y ste a Madi. Se acercaban al rbol de los viajeros de Juffure cuando Kunta oy que a Lamin se le volva a caer el atado. Se dio vuelta enojado, pero al ver la expresin de ruego de su hermano dijo-: Est bien, bscalo ms tarde. -Sin decir una palabra, a pesar de sus msculos doloridos y sus pies lastimados, Lamin corri tan rpido como pudo para llegar a la aldea. Para cuando Kunta entr en la aldea, un grupo de mujeres excitadas haba rodeado a Binta, que se estaba metiendo en el pelo las plumas rellenas de oro, con una expresin de alegra y de enorme alivio. Un momento despus, Binta y Kunta intercambiaban una mirada de ternura y cario muy superior a los saludos acostumbrados entre madre e hijo despus de un viaje. Las lenguas incansables de las mujeres pronto comunicaron a todo Juffure lo que haban trado consigo los dos muchachos Kinte. -Binta lleva una vaca entera en la cabeza -grit una abuela, queriendo decir que el oro era suficiente para comprar una vaca, y el resto de las mujeres le hicieron eco. -Te fue bien -dijo simplemente Omoro cuando vio a Kunta, pero la emocin que compartan era mayor aun que la que haba sentido con su madre. Durante los das siguientes, los ancianos que vean a Kunta por la aldea, le hablaban y le sonrean de manera especial, y l responda con solemnidad y con respeto. Hasta los compaeros de Suwadu, del segundo kafo, lo saludaban como si fuera un adulto, dicindole "Paz!", permaneciendo con los brazos cruzados sobre el pecho hasta que l pasaba. Kunta lleg a escuchar a su
madre un da hablando de los "dos hombres a los que doy de comer", y el hecho de que su madre se hubiera dado cuenta por fin de que l era un hombre, lo llen de orgullo. A Kunta le pareca bien ahora que Binta lo alimentara y tambin que le inspeccionara la cabeza en busca de garrapatas, cosa que ella quera hacer desde haca mucho. Kunta tambin visitaba su choza de vez en cuando. Binta sonrea todo el tiempo y hasta canturreaba mientras cocinaba. Sin ceremonias, Kunta le preguntaba si necesitaba que la ayudara en algo, y ella le deca que s algunas veces, y l se apresuraba en complacerla. Cuando Binta necesitaba trabajar en la choza, Kunta se llevaba a los tres muchachos, y ella Se paraba sonriente en la puerta para verlos cmo marchaban, Kunta con Mal sobre los hombros, seguido de Lamin, que caminaba henchido como un pavo, mientras Suwadu cerraba la marcha, lleno de celos. A Kunta le gustaba tanto que pensaba que sera lindo tener una familia propia algn da. Pero no hasta que llegara su momento, se deca, y para eso faltaba mucho.
CAPITULO 30 Cuando no tenan nada que hacer, los hombres de la edad de Kunta podan sentarse en el borde del Consejo de Ancianos cuando estos celebraban sus sesiones formales una vez por luna bajo el antiguo baobab de Juffure. Los seis ancianos mayores, sentados muy juntos bajo el baobab mismo, sobre cueros curtidos, parecan tan viejos como el rbol, pensaba Kunta, y como hechos de la misma madera, slo que ellos eran negros como el bano, y estaban vestidos con largas tnicas blancas y llevaban casquetes del mismo color. Sentados frente a ellos estaban los que tenan problemas o disputas que deban ser resueltos. Detrs de los peticionantes, en filas, se sentaban los hombres como Omoro, segn la edad, y en la hilera exterior los nuevos hombres, del kafo de Kunta. Detrs de ellos podan sentarse las mujeres, slo que casi nunca iban, excepto cuando se iba a discutir un asunto en que estaba implicado alguien de su familia. En algunas ocasiones extraordinarias, acudan todas las mujeres, pero eso suceda cuando exista la promesa de chismes jugosos. Ninguna mujer iba cuando el Consejo se reuna a discutir asuntos puramente administrativos, como la relacin de Juffure con alguna otra aldea. Cuando se trataba de asuntos con personas, sin embargo, el pblico era numeroso y ruidoso, pero todos se callaban cuando el mayor de los ancianos levantaba su bastn, adornado con cuentas de todos colores, y golpeaba con l el tambor antes de nombrar a la primera persona que deba hablar. El orden se estableca segn la edad. Al que le tocaba hablar se ponia de pie y presentaba su caso. Mientras hablaba, los ancianos miraban el suelo, hasta que terminaba y se sentaba. En este punto, cualquiera de los ancianos poda formularle preguntas. S el caso implicaba una disputa, la otra persona poda entonces exponer su causa. A ella tambin se le hacan preguntas, y despus los ancianos se daban vuelta para discutir el asunto, lo que a veces llevaba mucho tiempo. Uno o ms podan formular nuevas preguntas. Pero por fin todos volvan a enfrentar al pblico, se ordenaba a los querellantes que se pusieran de pie nuevamente, y entonces el mayor de los ancianos comunicaba su decisin, despus de lo cual se llamaba a la siguiente persona. Aun para los ms jvenes, como Kunta, estas audiencias eran cosa de rutina. Las personas que acababan de tener un hijo pedan ms tierra para cultivar, y estos requerimientos siempre se concedan con rapidez, como los primeros que hacan los hombres solteros como Kunta para que se les otorgara un terreno. Durante el entrenamiento, el kintango les haba dicho que nunca dejaran de ir a las sesiones, a menos que se vieran obligados, pues ampliaban los conocimientos de un hombre a medida que transcurran las lluvias, y un da l llegara a ser uno de los ancianos. Durante la primera sesin a la que fue, Kunta vio a Omoro sentado delante de l, y se pregunt cuntos cientos de decisiones habra odo ya su padre. Durante esa primera sesin, Kunta presenci una disputa por tierras. Dos hombres reclamaban los frutos de un grupo de rboles plantados por el primero, en un terreno sobre el cual ahora tena derecho el segundo, pues la familia del primero haba disminuido. El Consejo de Ancianos concedi los frutos al primero, diciendo: -Si l no hubiera plantado los rboles, los frutos no existiran. En otras sesiones, Kunta vio a gente a quien se acusaba de romper o perder algo que les haban prestado, mientras los dueos, furiosos, decan que los artculos eran valiosos y nuevos. Si el que los haba pedido prestado no tena testigos que dijeran que no lo eran, entonces tena que pagar o reemplazar el artculo como nuevo. Kunta tambin vio a personas furiosas que acusaban a otras de causarles mala suerte por medio de magia negra. Un hombre dijo que otro lo haba tocado con una pata de gallo, haciendo que se
enfermara. Una esposa joven declar que su suegra haba escondido un arbusto en la cocina, haciendo que todas las comidas salieran mal. Y una viuda afirm que un viejo al que ella haba rechazado, haba arrojado cascaras de huevo molidas a su paso, causndole una serie interminable de dificultades, que pas a describir. Si se presentaba evidencia de los motivos y resultados de la magia, el Consejo poda convocar, mediante un mensaje trasmitido por tambor, al mago viajero ms cercano, a quien deba pagar el culpable de haber practicado la magia. Kunta vio cmo se ordenaba a los deudores que pagaran, aun cuando deban vender sus posesiones, y si no tenan nada que vender, trabajaban como esclavos hasta pagar la deuda. Vio a esclavos que acusaban de crueldad a sus amos, o de que les proporcionaban mala comida o alojamiento inadecuado, o que se apoderaban de ms de la mitad de lo producido por ellos. Los amos, a su vez, acusaban a los esclavos de esconder parte de lo que producan, o de no trabajar lo suficiente, o de romper las herramientas deliberadamente. Kunta vio que en esos casos el Consejo sopesaba cuidadosamente la evidencia, tomando en cuenta el pasado de las personas implicadas, y no era extrao que algunos esclavos tuvieran mejor reputacin que sus amos. Pero algunas veces no haba disputas entre un amo y sus esclavos. A veces venan juntos a pedir permiso para que el esclavo se casara con alguna mujer de la familia del amo. Cualquier pareja que quisiera casarse deba pedir permiso al Consejo. Si el Consejo consideraba que los integrantes de la pareja eran de parentesco muy cercano, se les negaba el permiso de inmediato, pero para los que no exista esta razn descalificatoria, deban esperar una luna hasta que se les diera la respuesta, lapso en el cual los habitantes de la aldea podan visitar a alguno de los ancianos privadamente para darle informacin, buena o mala, sobre la pareja. Haban demostrado buena crianza, desde la niez, los dos postulantes? Haban trado problemas a alguien, incluso a sus propias familias? Haban demostrado alguna vez tendencias indeseables, como hacer trampas, o faltar a la verdad? Era la muchacha irritable, o discutidora? Y el hombre, castigaba las cabras sin piedad? Si exista alguna de estas razones, no se daba la aprobacin para el matrimonio, pues se crea que las malas tendencias eran hereditarias. Pero Kunta saba, aun antes de ir a las sesiones, que la mayora de las parejas lograban la aprobacin, porque tanto los padres de l como los de ella se haban asegurado antes de dar su consentimiento, de que el futuro yerno, o nuera, segn correspondiera, no tuviera ninguna de las tendencias negativas. En las sesiones del Consejo, sin embargo, Kunta se enter que a veces los padres no saban algunas cosas que la gente le deca a los ancianos. Kunta presenci una sesin en que se neg rotundamente un pedido de matrimonio al aparecer un testigo que dijo que siendo un joven pastor, el que pensaba casarse le haba robado una canasta, pensando que nadie lo vea. En ese momento no lo haba acusado, porque era nada ms que un muchacho; de haber sido acusado, segn la ley, habran tenido que cortarle la mano derecha. Kunta estaba pegado al suelo viendo cmo el joven ladrn, al fin descubierto, se echaba a llorar, confesando su culpa delante de sus horrorizados padres y de la muchacha con la que se iba a casar, que empez a gritar. Al poco tiempo desapareci de Juffure y no se lo volvi a ver, ni se supo ms de l. Despus de ir a las sesiones del Consejo durante varias lunas, Kunta lleg a la conclusin de que la mayora de los problemas provenan de las personas casadas, especialmente de los hombres con dos, tres o cuatro esposas. La acusacin ms comn de esos hombres era el adulterio, y cosas muy desagradables le ocurran al culpable, si la acusacin de un marido era reforzada con testimonios convincentes de terceras partes, o alguna otra evidencia. Si el marido ofendido era pobre y el culpable rico, el Consejo poda obligar a que ste cediera sus posesiones al marido, una por vez, hasta que ste dijera "Suficiente", lo que poda coincidir con el momento en que al adltero no le quedara ms que la choza desnuda. Pero cuando los dos hombres eran pobres, lo que era lo ms comn, el Consejo poda ordenar que el culpable trabajara como esclavo para el marido ofendido durante un tiempo. Kunta sufri por un culpable reincidente, que fue condenado a recibir treinta y nueve latigazos de manos del marido ofendido, en pblico, segn la antigua ley musulmana de "cuarenta, menos uno". La idea que tena Kunta de casarse, se enfri un poco cuando vio y escuch el testimonio ante el Consejo de airados maridos y furiosas esposas. Los hombres acusaban a sus mujeres de falta de respeto, holgazanera, de negarse a hacer el amor cuando les corresponda, o de ser imposible vivir con ellas. Si la mujer a la que se acusaba no presentaba un fuerte argumento en contra, con testigos, el Consejo por lo general deca al marido que fuera ese da y sacara tres de las posesiones de la choza de su mujer y luego dijera, tres veces, ante tres testigos: "Me divorcio". La acusacin ms seria de una esposa (ocasin que, si se saba de antemano, atraa a todas las mujeres de la aldea) era decir que su marido no era un hombre, lo que significaba que su actuacin en la cama no era adecuada. Los ancianos nombraban a tres personas mayores, una de la familia de la esposa, otra del
marido, y la tercera entre ellos mismos. Se fijaba una fecha y hora para que las tres personas observaran a la mujer y su marido en la cama. Si dos de los tres observadores decan que la mujer estaba en lo cierto, ella ganaba el divorcio, y su familia reciba las cabras de la dote; pero si dos aseguraban que la actuacin del marido era buena, no slo se quedaba con las cabras sino que adems poda castigar a su mujer y divorciarse de ella, si as lo deseaba. Durante las lluvias que transcurrieron desde que Kunta regres del entrenamiento, ningn caso lo llen de tanto inters, lo mismo que a sus compaeros, como el que comenz con murmuraciones y chismes acerca de dos miembros de su propio kafo y dos de las mejores viudas de Juffure. El da en que por fin se llev el caso al Consejo, casi todos los habitantes de la aldea se reunieron para ocupar los mejores asientos. Primero se consideraron casos de rutina, y luego vino el caso de Dembo Dabo y Kadi Tamba, a quienes se les haba concedido el divorcio haca ms de una lluvia pero que ahora volvan al Consejo, sonrientes y tomados de la mano, para pedir permiso para volverse a casar. Dejaron de sonrer cuando el mayor de los ancianos les dijo con severidad: -Ustedes insistieron en pedir el divorcio; por lo tanto, no pueden volverse a casar hasta que cada uno haya tenido otro marido y otra mujer. Las exclamaciones de sorpresa de los de atrs fueron interrumpidas cuando el tambor anunci los nombres del siguiente caso: - Tuda Tamba y Kalilu Conteh! Fanta Bedeng y Sefo Kela! dos miembros del kafo de Kunta y las dos viudas se pusieron de pie. La viuda ms alta, Fanta Bedeng, habl primero; pareca que haba ensayado cuidadosamente sus palabras, aunque aun as estaba nerviosa. -Tuda Tamba, con sus treinta y dos lluvias, y yo, con mis treinta y tres, tenemos poca oportunidad de atraer ms maridos -dijo, y procedi a pedirle al Consejo que aprobara la amistad teriya entre ellas, Sefo Kela y Kalilu Conteh, respectivamente, para que pudieran cocinarles y dormir con ellos. Los ancianos se turnaron para hacer preguntas a los cuatro. Las viudas respondieron con seguridad, los amigos de Kunta inciertamente, aunque por lo general se mostraban siempre muy seguros de s. Y luego los ancianos volvieron la espalda al pblico, y empezaron a hablar entre s. El pblico estaba tan tenso que se podra haber odo la cada de un man, hasta que finalmente los ancianos se dieron vuelta. El mayor de todos habl: -Al lo aprobara! Ustedes, viudas, tendrn un hombre, y ustedes, nuevos hombres, adquirirn una experiencia valiosa para cuando se casen ms adelante. El mayor de los ancianos golpe con su bastn dos veces el borde del tambor, mirando penetrantemente a las mujeres del fondo, que no dejaban de murmurar. Esper a que se callaran antes de llamar al siguiente: Jankeh Jallon! -Como no tena ms que quince lluvias, era la ltima en ser llamada. Todos los habitantes de Juffure haban bailado y festejado el da que ella regres a la aldea, escapndose del toubob que la haba secuestrado. Luego, unos meses despus, su vientre empez a agrandarse: iba a tener un hijo y no estaba casada, lo que ocasion muchos chismes. Como era joven y fuerte, an estaba en condiciones de ser aceptada por algn viejo como tercera o cuarta esposa joven. Pero cuando naci el nio, vieron que era extrao, plido como un cuero curtido, con pelo muy raro, y entonces, cuando Jankeh Jallon apareca, todos miraban el suelo y se iban. Con los ojos llenos de lgrimas, se puso de pie y pregunt al Consejo: Qu poda hacer ella? Los ancianos no se volvieron para conferenciar entre ellos. El mayor de todos dijo que tendran que considerar el asunto, que era muy serio y difcil, hasta la siguiente luna, cuando se volvera a reunir el Consejo. Diciendo eso, los seis miembros se pusieron de pie. Kunta estaba preocupado, y no muy satisfecho, por la forma en que haba terminado la sesin. Se qued sentado un rato despus que sus compaeros y el resto del pblico se levantaron para volver a su choza. An segua pensando esa noche, cuando Binta le llev la comida, y no le habl a su madre mientras coma, ni ella a l. Ms tarde, al recoger el arco y las flechas para acudir a su puesto de guardia fuera de la aldea hoy era su turno- Kunta segua pensando acerca del nio de tez clara, el del pelo extrao, acerca de su padre, ms extrao an, y si el toubob hubiera comido a Jankeh Ja si ella no hubiera logrado escaparse.
CAPITULO 31 En la extensin de campo de cultivos maduros de man, iluminado por la luna, Kunta subi al palo con ranuras para los pies y se sent con las piernas cruzadas sobre la plataforma levantada sobre la resistente horqueta, muy alta. Colocando las armas a un lado -junto con el hacha con que pensaba, por fin, al da siguiente, cortar la madera para su tambor- se dispuso a observar, mientras su perro wuolo caminaba de un lado para otro, olfateando, en el terreno. Durante sus primeras lluvias como viga, Kunta tomaba su lanza si acertaba a pasar una rata por el pasto. Cada sombra pareca un mono, cada mono una pantera, y cada
pantera un toubob, hasta que sus odos y la vista se acostumbraron a la tarea. Con el tiempo lleg a diferenciar entre el gruido de un len y el de un leopardo. Le llev ms tiempo aprender a mantenerse alerta la noche entera, que era interminable. Cuando empezaba a pensar en s mismo, cosa que siempre haca, a menudo se olvidaba dnde estaba y qu deba hacer. Pero por fin haba aprendido a mantenerse vigilante con la mitad de su mente, mientras con la otra mitad exploraba sus propios pensamientos. Esa noche pensaba en las amistades teriyas aprobadas por el Consejo de Ancianos para sus dos amigos. Haca muchas lunas que venan diciendo a Kunta y a sus amigos que iban a llevar el caso al Consejo, pero nadie les haba credo. Y ahora lo haban hecho. Tal vez en ese mismo momento, pens, estaran haciendo la teriya en la cama. con las viudas. Kunta se incorpor tratando de imaginarse cmo sera. Kunta saba algo acerca de la ropa de las mujeres por las conversaciones con los de su kafo. Saba que en las negociaciones matrimoniales los padres de la muchacha tenan que asegurar que eran vrgenes, para conseguir el mejor precio. Tambin saba que las mujeres sangraban mucho. Tenan sangre cada luna, cuando tenan hijos, y la noche de bodas. Todos saban que a la maana siguiente, las dos madres de los recin casados iban a la choza para meter en una canasta tejida la tela pagne blanca en la que haba dormido la pareja, llevando las manchas de sangre al alimano como prueba de virginidad, que slo entonces anunciaba en el tambor la bendicin de Al para el matrimonio. Si la tela blanca no tena manchas de sangre, el nuevo esposo dejara la choza, furioso, junto con las dos madres como testigos y gritara: "Me divorcio de ti!", tres veces, para que todos lo oyeran. Pero la teriya no implicaba nada de eso: el hombre nuevo dorma con una viuda complaciente y coma lo que ella le cocinaba. Kunta pens un momento la manera en que lo miraba Jinna M'Baki, anunciando abiertamente sus intenciones, el da en que terminaron las sesiones del Consejo. Casi sin darse cuenta, se apret el foto duro, pero luch contra el deseo de acaricirselo, porque sera como aceptar lo que quera la viuda, algo que le daba vergenza. Ni siquiera quera ponerse pegajoso con ella, se dijo; pero ahora que era un hombre tena derecho, si quera, a pensar acerca de la teriya, pues los ancianos mismos haban demostrado que un hombre no tena por qu avergonzarse de ello. Las mujeres desorientaban tanto, pens. Las muchachas de su edad, en Juffure, nunca le prestaban atencin como para que l tuviera que desviar la vista. Sera porque se daban cuenta de cmo era l? O era porque saban que era ms joven de lo que pareca, demasiado joven para merecer su inters? Y sin embargo lo buscaba una viuda que saba perfectamente lo joven que era. Por lo menos Jinna M'Baki era demasiado vieja como para esperar otra cosa que no fuera una amistad teriya. Para qu se iba a casar un hombre si poda conseguir una mujer que le cocinara y con la que podra acostarse sin necesidad de casarse? Deba haber alguna razn. Tal vez era porque slo si se casaba poda tener hijos. Eso era bueno. Pero, qu podra ensearle a sus hijos si no haba vivido lo suficiente como para aprender algo del mundo, no slo de su padre, y del arafang, y el kintango, sino explorando las cosas por s mismo, como sus tos? Sus tos ni siquiera se haban casado todava, aunque eran mayores que su padre, y la mayora de los hombres de su edad ya tenan dos mujeres. Pensara Omoro en volverse a casar? A Kunta le preocup tanto la idea que se irgui. Y cmo se sentira su madre? Bueno, por lo menos Binta, como primera mujer, podra decir a la segunda mujer cules eran sus tareas, y asegurarse de que trabajara mucho, y adems establecer los turnos para dormir con Omoro. Habra problemas con dos mujeres? No, estaba seguro que Binta no sera como la primera mujer del kintango, que, como todo el mundo saba, se abusaba de las esposas ms jvenes causando disturbios continuamente, as que rara vez podan estar en paz. Kunta cambi de posicin las piernas, dejndolas colgar del borde de la pequea plataforma, para evitar que se le acalambraran. Su perro wuolo estaba hecho un ovillo en el suelo, debajo; el suave pelo castao brillaba a la luz de la luna, pero saba que dormitaba solamente, y que segua aguzando la nariz y los odos, preparado a detectar el menor olor o sonido de advertencia, en cuyo caso sala corriendo y ladrando a los mandriles que casi todas las noches se aventuraban a entrar en los campos cultivados de man. Durante las largas noches de guardia, nada le gustaba ms a Kunta y, a lo mejor una docena de veces en la noche, sala de su ensimismamiento al or los gruidos de un gato grande que saltaba sobre un mandril. Le gustaba especialmente cuando el refunfuar del mandril se converta en un chillido y luego se callaba, pues eso significaba que no haba logrado escapar. Pero ahora todo estaba tranquilo. Kunta estaba sentado en el borde de la plataforma, mirando los campos. La nica seal de vida, en realidad, era la luz amarillenta de un pastor fulani, a lo lejos, que se mova, probablemente para ahuyentar a algn animal, tal vez una hiena, que se acercaba demasiado a sus vacas. Los fulanis eran tan buenos para cuidar el ganado que la gente deca que podan hablar con los animales. Y Omoro le haba contado a Kunta que todos los dias, como parte de la paga que reciban por cuidar las
vacas, los fulanis extraan un poco de sangre del pescuezo de las vacas, que mezclaban con la leche y beban. Qu gente extraa, pens Kunta. Aunque no eran mandingas, eran de Gambia, como l. Mucho ms extraa sera la gente -y sus costumbres- que viva ms all de las fronteras de su tierra. Una luna despus de regresar del viaje en busca de oro con Lamin, Kunta se haba sentido impaciente por volver a hacerse al camino, esta vez para emprender un verdadero viaje. Saba que otros jvenes de su kafo pensaban viajar a algn lado tan pronto como recogieran la cosecha de kouskous y man, pero ninguno se iba a aventurar demasiado lejos. Kunta, sin embargo, tena los ojos fijos en un lugar distante llamado Mali, donde, haca trescientas o cuatrocientas lluvias, segn Omoro y sus tos, haba empezado el clan de los Kinte. Estos antepasados se haban hecho famosos como herreros; eran hombres que haban conquistado el fuego para hacer armas de hierro que servan para ganar las guerras y herramientas de hierro que hacan que los cultivos fueran ms sencillos. Y de esta familia Kinte original, todos sus descendientes y las personas que trabajaban para ellos haban tomado el apellido Kinte. Y algunos se haban trasladado a Mauritania, lugar natal del abuelo de Kunta. Para que nadie, ni siquiera Omoro, se enterara de su plan hasta que l quisiera que se supiese, Kunta haba consultado al arafang confidencialmente para saber cul era la mejor ruta a Mali. Trazando un mapa en la tierra, y luego sealando con el dedo, le haba dicho a Kunta que si segua la orilla del Kamby Bolongo durante seis das en la misma direccin de las plegarias a Al, el viajero poda llegar a la isla Samo. Despus, el ro se volva ms angosto y trazaba una curva pronunciada hacia el Oeste, donde comenzaba a serpentear, con muchos bolongs que confundan, pues salan de todos lados del ro y eran tan anchos como l. En algunas partes era difcil ver las mrgenes pantanosas del ro debido al espesor de los mangles que a veces alcanzaban la altura de diez hombres. El maestro le dijo que las mrgenes, en los lugares en que se las poda ver, estaban llenas de monos, hipoptamos, cocodrilos gigantes y manadas de hasta quinientos mandriles. Pero despus de viajar por esa regin tan difcil durante dos o tres das, Kunta llegara a una segunda isla grande, donde las mrgenes fangosas formaban pequeos acantilados salpicados de arbustos y arbolitos. El sendero, que serpenteaba a lo largo del ro, lo llevara junto a las aldeas de Bansang, Karantaba y Diabugu. Poco despus cruzara el borde oriental de Gambia para entrar en el reino de Fulladu, y despus de caminar medio da, llegara a la aldea de Fatoto. Kunta sac de la valija el pedazo de cuero curtido que le haba dado el arafang. En l se lea el nombre de un colega de Fatoto que le indicara el camino a seguir durante los prximos doce o catorce das, en que cruzara una tierra llamada Senegal. Ms all de ella, dijo el arafang, estaban Mali y el lugar al que se diriga Kunta, Ka-ba, el lugar principal de Mali. El arafang dijo que le llevara una luna ir y volver, sin contar el tiempo que decidiera quedarse en Mali. Kunta haba trazado esa ruta tantas veces en el piso de tierra de su choza, estudindola -pero borrndola antes de que Binta le trajera la comida- que casi poda verla cuando estaba en el terreno cultivado de man. Pensando en las aventuras que lo aguardaban en el viaje -y en Mali- no vea las horas de emprenderlo. Estaba igualmente ansioso de contarle sus planes a Lamin, no solamente porque quera compartir el secreto, sino tambin porque haba decidido llevar a su hermanito. Saba cunto se haba jactado Lamin al hacer el otro viaje con su hermano. Desde entonces, ya Lamin haba pasado el entrenamiento para convertirse en hombre, as que sera un compaero ms experimentado y de mayor confianza como acompaante. Pero Kunta deba reconocer que la mayor razn que tena para llevarlo era el hecho de que necesitaba compaa. Durante un rato, Kunta se qued sentado en la oscuridad, sonriendo al pensar en la expresin de la cara de Lamin cuando se enterara. Kunta pensaba, naturalmente, dejar caer la noticia de manera casual, como si se le acabara de ocurrir. Pero antes deba discutirlo con Omoro, quien no se mostrara preocupado esta vez. En realidad, estaba seguro que a Omoro le gustara, y que hasta Binta se enojara menos que antes, aunque era indudable que se preocupara. Kunta empez a pensar qu podra traerle a Binta desde Mali, algo que ella atesorara ms an que las plumas de oro. Quizs unas vasijas hermosamente trabajadas, o una pieza de un bello gnero. Omoro y sus tos le haban dicho que las mujeres de la antigua Mali eran famosas por las vasijas que cocan y los gneros que tejan, con motivos brillantes, as que las mujeres Kinte a lo mejor seguan haciendo esas cosas. Kunta pens que cuando volviera de Mali, poda planear otro viaje para alguna otra lluvia. A lo mejor poda ir a ese lugar lejano, allende las arenas interminables, por las que transitaban largas caravanas de animales extraos que almacenaban agua en las jorobas que tenan en el lomo, como le haban contado sus tos. Kalilu Conteh y Sefo Kela podan quedarse con sus viejas y feas viudas teriya; l, Kunta Kinte, hara un peregrinaje hasta la Meca misma. Como en ese momento estaba mirando en la direccin de esa ciudad sagrada, Kunta vio una lucecita amarilla, que brillaba de manera continua, del otro lado de los sembrados.
El pastor fulani, pens, se estaba preparando el desayuno. Kunta no se haba fijado que ya asomaba el alba. Al recoger las armas para dirigirse a su casa, vio el hacha y se acord de la madera que necesitaba para el tambor. Pero estaba cansado; mejor sera cortar la madera al da siguiente. No, ya estaba a mitad de camino, y si no lo haca ahora, saba que no lo hara hasta la prxima vez que le tocara hacer guardia, y para eso faltaban doce das. Adems, no era propio de un hombre dejarse vencer por el cansancio. Movi las piernas para ver si tena algn calambre: Estaba perfectamente bien, por lo que baj por el poste hasta el suelo, donde esperaba su perro wuolo, dando ladriditos y meneando la cola. Despus de ponerse de rodillas y rezar la plegaria suba, Kunta se puso de pie, se desperez, aspir hondo el aire fresco d la maana, y parti hacia el bolong a medio galope.
CAPITULO 32 A medida que corra por el pasto mojado, humedecindose las piernas con el roco, Kunta sinti el aroma familiar a flores silvestres. Arriba los buitres trazaban crculos, en busca de presa, y las cunetas junto a los sembrados parecan animadas por el croar de las ranas. Se desvi de un rbol para no molestar a una bandada de mirlos que estaban posados en sus ramas como si fueran diminutas hojas negras. Pero poda haberse ahorrado el trabajo, pues no bien pas oy un ronco graznar airado que lo hizo volver la cabeza: cientos de cuervos estaban molestando a los mirlos, hacindolos levantar vuelo. Respiraba profundamente mientras corra, aunque no le faltaba el aliento. Poda oler el aroma almizclero de los mangles pues se estaba acercando a un matorral bajo y espeso que llegaba hasta la orilla del bolong. Al verlo, los cerdos salvajes empezaron a bufar, los mandriles a ladrar y a gruir, mientras los machos se ponan delante de las hembras y de las cras. Cuando era ms joven se detena a imitarlos, saltaba y grua tambin, pues le gustaba hacerlos enojar; a veces blandan los puos amenazantes y le tiraban piedras. Pero ya no era un nio, y haba aprendido a tratar a todas las criaturas de Al como l quera que lo trataran a l: con respeto. Oleadas blancas y aleteantes de airones, garzas, cigeas y pelcanos alzaron vuelo de los lugares donde haban estado durmiendo a medida que l se diriga en medio de los enmaraados mangles hacia el bolong. El perro wuolo de Kunta corra adelante, persiguiendo culebras acuticas y grandes tortugas marrones que arrastrando barro se metan al agua, sin agitar la superficie. Como haca siempre que tena necesidad de ir a ese lugar despus de su guardia, Kunta se qued parado un momento a la orilla del bolong; hoy se puso a observar a una garza que apenas arrastraba sus largas y finas zancas mientras volaba a una altura de lanza sobre la superficie del agua, de color verde plido, ondulndola con cada batir de las alas. Aunque la garza andaba en busca de algo pequeo que comer, Kunta saba que ese era el mejor lugar para sacar un kujalo, un pez grande y poderoso que le gustaba pescar para Binta, que lo guisaba con cebollas, arroz y tomates amargos. El estmago le silbaba de hambre con slo pensar en comida. Ro abajo, Kunta se alej de la orilla del agua para meterse en un sendero que l mismo haba hecho hasta un viejo mangle que le pareca que ya lo conoca, despus de incontables visitas. Subindose a la rama ms baja, sigui hasta su lugar favorito, cerca de la punta. Desde all, en la clara maana, con el sol tibio sobre la espalda, poda divisar todo el trecho que llegaba hasta la siguiente curva del bolong, cubierto an de aves acuticas adormiladas, y ms all los arrozales de las mujeres, llenos de puntitos que eran los refugios de bamb, hechos para los bebs. En cul de ellos lo habra puesto su madre cuando era beb? A la maana temprano, ese lugar lo inundaba de paz y lo maravillaba a la vez. Ms an que en la mezquita, all senta que todo y todos estaban en las manos de Al, y que todo lo que poda ver y or desde la cima de ese rbol haba estado en ese lugar desde tiempo inmemorial, y seguira estando all despus que l y sus hijos y los hijos de sus hijos se unieran con sus antepasados. Alejndose del bolong en direccin al sol por un momento, Kunta finalmente lleg al pasto alto que rodeaba el bosquecillo donde iba a buscar un pedazo de tronco de rbol del tamao exacto de su tambor. Si la madera verde empezaba a secarse y a curarse ese mismo da, pens que estara lista para ser ahuecada y trabajada dentro de una luna y media, para cuando l y Lamin regresaran del viaje a Mali. Al entrar en el bosquecillo, Kunta vio por el rabillo del ojo que algo se mova de repente. Era una liebre, y su perro wulo empez a perseguirla de inmediato, al verla correr en busca de refugi en medio de los pastos altos. Era evidente que la corra por diversin y no porque tuviera hambre, pues ladraba furiosamente; Kunta saba
que un wuolo nunca haca ruido cuando verdaderamente tena hambre. Pronto dej de or a los dos animales. Kunta saba que el perro volvera cuando perdiera inters en la caza. Kunta se dirigi al centro del bosquecillo, donde habra ms Arboles y podra elegir uno que tuviera el tronco de la suavidad y redondez que buscaba. La tierra blanda y musgosa se hunda bajo sus pies a medida que se adentraba en el oscuro bosquecillo; not que el aire era hmedo y fro, pues el sol no estaba an lo suficientemente alto o tibio para penetrar el espeso follaje. Apoy sus armas y el hacha contra un rbol torcido, y se puso a recorrer el lugar, agachndose de vez en cuando para examinar con la vista y con las manos los troncos, en busca del apropiado para su tambor. Estaba inclinado sobre uno que pareca servir cuando oy que se quebraba una rama; el ruido fue seguido por la protesta ruidosa de un loro sobre su cabeza. Era el perro que volva, seguramente, pens. Pero ningn perro crecido quebraba una rama nunca, y al pensar en eso se dio vuelta de repente. Borrosamente vio una cara blanca que se acercaba, blandiendo un garrote. Oy unas pisadas detrs. Toubob! Levant el pie y pate al hombre en el vientre, blando. Se oy un gruido, y justo en ese momento sinti que algo duro y pesado le rozaba la nuca y caa como un rbol desplomado sobre el hombro. Doblndose en dos por el dolor, Kunta gir, dndole la espalda al hombre que estaba tirado a sus pies, y empez a dar de puetazos contra la cara de dos negros que se abalanzaban sobre l con una bolsa enorme, y contra otro toubob con un palo corto y grueso, que err el golpe que le asest al hacerse l a un lado. Deseando desesperadamente tener cualquier clase de arma, Kunta salt sobre ellos, araando, topando, dando rodillazos, sin sentir casi el garrote con que le pegaban en la espalda. Tres de ellos cayeron con l, hundindose por el peso, y entonces Kunta sinti que le metan una rodilla en la espalda, que le dio tanto dolor que pareci cortrsele la respiracin. Al encontrar carne, le hundi los dientes, hiriendo y desgarrando. Al dar con una cara, le meti los dedos en los ojos, y sinti cmo el propietario de los mismos profera un alarido justo cuando le volvan a dar un garrotazo en la cabeza. Aturdido, oy el gruido de un perro, el chillido de un toubob, y luego de repente un gaido lastimero. Parndose con trabajo, debatindose salvajemente, tratando de esquivar los golpes, con la cabeza sangrante, vio a uno de los toubobs, al que le sangraba un brazo, parado sobre el perro, mientras los otros dos lo rodeaban con los garrotes en alto. Gritando de furia, Kunta atac al otro toubob. impidiendo con fuerza, que lo golpeara con el garrote. El horrible olor del toubob casi hizo que se asfixiara; trat desesperadamente de evitar el garrotazo. Por qu no los haba odo, sentido, olido? Entonces el negro le volvi a pegar, haciendo que se desplomara sobre las rodillas, y el toubob se le escap. Pareca que la cabeza le iba a explotar. Tambalendose, furioso ante su propia impotencia, Kunta se irgui y rugi, tirando golpes ciegos al aire. No poda ver por las lgrimas, la sangre y el sudor. Estaba luchando no slo por su vida ahora. Omoro! Binta! Lamin! Suwadu! Madi! El pesado garrote del toubob se hundi contra su sien. Y todo se oscureci.
CAPITULO 33 Kunta pensaba que se haba enloquecido. Cuando se despert vio que estaba desnudo, encadenado, con grilletes alrededor de los tobillos y de las muecas, acostado entre otros dos hombres en medio de una oscuridad absoluta, con un calor agobiante. El hedor era insoportable y se sentan aullidos, llantos, rezos y vmitos. Poda sentir y oler su propio vmito sobre el pecho y el estmago. Su cuerpo entero era un solo espasmo de dolor por los castigos recibidos durante los cuatro das de cautiverio. Pero lo que ms le dola era el lugar, entre los hombros, donde lo haban marcado con el hierro candente. Sinti el roce del cuerpo espeso y peludo de una rata, que le ola la boca con su hocico lleno de bigotes. Temblando de asco, Kunta apret los dientes con desesperacin, y la rata huy. Furioso, Kunta se debati, haciendo fuerza contra los grilletes que aprisionaban sus muecas y tobillos. Inmediatamente la persona con la que estaba encadenado profiri exclamaciones de enojo, sacudindose. Dolorido y alarmado, adems de furioso, Kunta hizo fuerza hacia adelante, dando con la cabeza contra una madera, justamente en el lugar donde le haba pegado el toubob, all en el bosque. Gruendo y respirando con dificultad, l y el hombre a su lado, al que no poda ver, se golpearon con los grilletes de hierro hasta que ambos quedaron exhaustos. Kunta tuvo ganas de volver a vomitar, e hizo todo lo posible por evitarlo, sin xito. De su estmago vaco sala un fluido aguado y acre que se escapaba por un costado de la boca. Tena ganas de morirse.
Se dijo que no deba volver a perder el control, si quera conservar su fortaleza y no enloquecerse. Despus de un rato, cuando vio que poda moverse, muy lentamente, y con gran cuidado, se toc la mueca y el tobillo derechos con la mano izquierda. Le sangraban. Tir ligeramente de la cadena. Pareca estar conectada al tobillo y a la mueca derechos del hombre con el que se haba debatido. A la izquierda de Kunta, encadenado a l por los tobillos, yaca otro hombre, que no cesaba de quejarse. Todos estaban tan encimados que si alguno se mova, se tocaban los hombros, los brazos y las piernas. Se acord de la madera contra la que se haba pegado, y se levant un poco, para volverse a pegar levemente: no haba ni siquiera espacio para sentarse. Y detrs de la cabeza haba una pared de madera. Estoy atrapado como un leopardo en una trampa pens. Luego se acord de esa vez que en la choza, durante el entrenamiento, se haba quedado sentado en la oscuridad despus de que lo llevaran con los ojos vendados al jujuo, haca ya tantas lluvias, y entonces se le hizo un nudo en la garganta. Pero se sobrepuso. Se concentr en los gritos y en las quejas que senta a su alrededor. Deba haber muchos hombres en la oscuridad, algunos cerca, otros lejos, otros a su lado, enfrente, todos en una habitacin, si es que as poda llamarse el lugar en que estaban. Esforzndose por or, distingui ms gritos, pero llegaban amordazados, desde abajo del tablaje lleno de astillas en que estaba. Escuchando con ms cuidado, empez a reconocer los diferentes idiomas de los que lo rodeaban. Una y otra vez un fulani deca, en rabe: -Al, en el Cielo, aydame! -Y un hombre de la tribu serere gema con voz ronca, enumerando, lo que probablemente eran los nombres de su familia. Pero Kunta oy a una mayora de mandingas. Los que hablaban en voz ms alta balbuceaban salvajemente en la lengua secreta de los hombres, sira kango, y proferan terribles amenazas de muerte para todos los toubobs. Los gritos de los otros casi no se entendan por el llanto, y Kunta no poda distinguir ni las palabras ni el idioma, aunque le pareca que algunas conversaciones extraas deban venir de ms all de Gambia. Mientras Kunta escuchaba, lentamente empez a darse cuenta de que estaba tratando de no pensar en el impulso de aliviar los intestinos, que aguantaba desde haca das. Pero ya no pudo ms, y finalmente sinti las heces enroscndose entre las nalgas. Asqueado de s mismo, oliendo lo que l haba contribuido al hedor, Kunta empez a sollozar, y nuevamente sinti un espasmo, aunque esta vez no fue ms que un poco de saliva lo que le sali de la boca, seguido de arcadas. Qu pecados haba cometido, que era castigado de esa manera? Rog a Al para que le respondiera. Ya era pecado el no haber orado desde la maana en que fue al bosque a hacer el tambor. Aunque no era posible arrodillarse, y ni siquiera saba en qu direccin estaba el Este, cerr los ojos y empez a rezar, implorando el perdn de Al. Despus, Kunta se qued durante mucho tiempo meditando acerca de sus dolores, y lentamente se dio cuenta de que uno de ellos, en su estmago, no era ms que de hambre. Se le ocurri entonces que no haba comido nada desde la noche anterior a su captura. Estaba tratando de recordar si haba dormido desde entonces, cuando de repente se vio caminando por un sendero en medio del bosque; detrs de l caminaban dos negros, delante un par de toubobs, con sus extraas vestimentas y el pelo largo, de color extrao. Kunta abri los ojos y sacudi la cabeza. Estaba empapado en sudor y le lata con fuerza el corazn. Haba estado durmiendo, sin darse cuenta. Haba tenido una pesadilla, o bien era una pesadilla esa hedionda oscuridad? No, era tan real como la escena del bosque. Contra su voluntad, volvi a recordarlo todo. Despus de pelear con desesperacin con los slatees negros y con los toubobs en el bosqucillo, record que se despert -senta un dolor enceguecedor- y se encontr amordazado, con los ojos vendados, los tobillos atados y las muecas atadas en la espalda. Al tratar de desatarse, lo punzaron salvajemente con agudas puntas hasta que le corri sangre por las piernas. Lo obligaron a pararse y a echar a caminar, siempre con la ayuda de las picas, y empez a andar lo mejor que se lo permitan los tobillos maniatados. Por los sonidos y la tierra blanda bajo los pies, se dio cuenta de que estaba en la orilla del bolong. En alguna parte lo metieron a empujones en una canoa. Segua con los ojos vendados. Oy que los slatees gruan y que el toubob le pegaba cuando se debata. Llegaron a tierra, y volvieron a obligarlo a caminar, hasta que finalmente esa noche llegaron a un lugar donde lo tiraron al suelo de un empujn, lo ataron a una cerca de bamb y sin ninguna advertencia le quitaron la venda de los ojos. Estaba oscuro, pero pudo ver el rostro plido del toubob parado encima de l, y las siluetas de otros en su misma situacin, en el suelo. El toubob le acerc un poco de carne para que cortara con los dientes un pedazo. l dio vuelta la cara y cerr con fuerza los dientes. Siseando de rabia, el toubob lo agarr del cuello y trat de hacerle abrir la boca por la fuerza. Como Kunta la mantuvo cerrada, el toubob le dio un puetazo en la cara con todas sus fuerzas. Lo dejaron solo el resto de esa noche. Al amanecer empez a distinguir, atadas tambin a troncos de bamb, las figuras de los otros cautivos, once en total: seis hombres, tres muchachas y dos nios, todos eran vigilados cuidadosamente por slatees y toubobs armados. Las muchachas estaban desnudas; Kunta
no poda desviar la mirada, pues nunca antes haba visto a una mujer desnuda. Los hombres, tambin desnudos, tenan un odio asesino pintado en la expresin. Estaban callados y ceudos, cubiertos de sangre seca, proveniente de los cortes que les haban hecho a latigazos. Las muchachas lloraban y se lamentaban, una acerca de seres queridos muertos en una aldea quemada; otra sollozaba con amargura mientras meca con palabras dulces a una criatura imaginaria en sus brazos; la tercera gritaba de vez en cuando que iba camino a Al. Presa de furia salvaje, Kunta hizo fuerza, tirndose hacia adelante, tratando de romper las ataduras. Sinti un garrotazo que lo desmay. Cuando volvi en s, descubri que l tambin estaba, desnudo, que, al igual que los dems, le haban afeitado la cabeza y le haban frotado el cuerpo con aceite de palma. Alrededor del medioda entraron dos nuevos toubobs al bosqucillo. Los slatees se deshacan en sonrisas, y rpidamente desataron a los cautivos de los troncos de bamb, ordenndoles a los gritos que se pararan alineados. Kunta senta los msculos duros de rabia y de miedo. Uno de los nuevos toubobs era bajo y gordo, y tena el pelo blanco. El otro era alto y grande, y frunca el ceo continuamente. Tena cicatrices de heridas de cuchillo en la cara. Sin embargo, era al canoso a quien todos los slatees y los dems toubobs sonrean y prcticamente reverenciaban. Despus de mirarlos a todos, el canoso le hizo una sea a Kunta para que diera un paso adelante, y este retrocedi aterrorizado, sintiendo que le daban un latigazo en la espalda. Un slatee lo oblig a arrodillarse, tirndole hacia atrs la cabeza. El toubob canoso con tranquilidad abri los labios temblorosos de Kunta y le examin los dientes. Kunta trat de ponerse de pie, pero mediante otro latigazo lo mantuvieron en su lugar. Le temblaba todo el cuerpo mientras el toubob le examinaba los ojos, el pecho, el estmago. Cuando sus dedos le tocaron el foto, se hizo a un lado con un grito ahogado. Se necesit la ayuda de dos slatees y ms latigazos para hacerlo doblar en dos. Horrorizado, sinti que le abran con fuerza las nalgas. Luego el canoso le dio un empujn y, uno a uno, sigui inspeccionando a los dems, incluso examin las partes privadas de las mujeres. Luego a gritos y a latigazos los obligaron a correr por el cercado, y luego a levantarse y sentarse, sucesivamente. Despus de observarlos, el toubob canoso y el otro, el de la cara llena de cicatrices se hicieron a un lado y se pusieron a hablar en voz baja. El canoso dio un paso atrs y hacindole una sea a otro toubob, indic a cuatro de los cautivos, uno de ellos Kunta, y a dos de las muchachas. El toubob pareca ofendido, y seal a los dems con mirada implorante. El canoso, sin embargo, sacudi la cabeza con firmeza. Kunta se puso tenso dentro de sus ataduras; pareca como si le fuera a explotar la cabeza, de la furia que senta, mientras el toubob discuta acaloradamente. Despus de un momento, el canoso escribi algo de mala manera en un pedazo de papel que el otro toubob acept, enojado. Kunta luch y aull de furia cuando los slatees volvieron a agarrarlo y lo obligaron a sentarse con la espalda arqueada. Con los ojos distendidos de espanto vio que uno de los toubobs sacaba del fuego un hierro delgado y largo, que perteneca al canoso. Kunta se debati y grit cuando le acercaron el hierro, que esparci un dolor enorme entre los omplatos. El bosquecillo de bamb se llen de los aullidos de dolor de los otros, uno por uno. Luego les pasaron aceite de palma por la extraa seal, en forma de LL, sobre la espalda. A la hora marchaban a los saltos en una hilera de cadenas estridentes mientras los ltigos siempre listos de los slatees caan Sobre cualquiera que se detuviera o tropezara. Kunta tena los hombros y la espalda con heridas cortantes como tiras, cuando llegaron esa noche hasta dos canoas, escondidas debajo de mangles de ramas cadas, junto a la orilla del ro. Los dividieron en dos grupos y los slatees remaron en medio de la oscuridad mientras un toubob usaba el ltigo ante el menor signo de resistencia. Cuando Kunta vio una enorme forma oscura que se levantaba en medio de la noche, se dio cuenta de que haba llegado su ltima oportunidad. Saltando y tirando entre gritos y chillidos, estuvo a punto de dar vuelta la canoa en su esfuerzo por saltar al agua, pero estaba atado a los otros y no pudo llegar al borde. Casi no senta los golpes y los latigazos que reciba en las costillas, la espalda, la cara, el estmago, la cabeza, mientras, irremediablemente, la canoa se acercaba a la gran forma negra. A pesar del dolor, senta la sangre tibia que le chorreaba por la cara, y oy las exclamaciones de muchos toubobs. Lo envolvan con sogas, ya no poda resistir ms. Lo empujaron para bajar y luego para subir por una extraa escala de cuerdas, y despus de eso an le quedaban fuerzas para torcer el cuerpo en procura salvaje de la libertad. De nuevo cayeron los ltigos, y muchas manos lo asieron en medio del olor insoportable del toubob y el grito de las mujeres, y las maldiciones de los hombres blancos. Entre los hinchados prpados, Kunta logr ver un montn de piernas y pies alrededor de l, y alzando los ojos mientras trataba de protegerse la cara sangrante con el antebrazo, vio al toubob bajo, el del pelo canoso, parado tranquilamente y haciendo marcas en un librito con un lpiz corto. Luego sinti que lo
alzaban y lo empujaban rudamente por una superficie plana. Vio unos palos altos envueltos con telas blancas bastas. Luego empezaron a guiarlo, y baj dbilmente, tropezando, por unos escalones angostos, hasta llegar a un lugar de oscuridad absoluta; en ese instante, oli un hedor increble y oy gritos de angustia. Kunta empez a vomitar cuando el toubob -que llevaba una llama amarillenta que arda en un marco de metal que se asa por medio de un arco- le puso grilletes alrededor de los tobillos y de las muecas, luego le dio un empujn hacia atrs y lo meti entre dos hombres que se quejaban. Aun en medio de su terror se dio cuenta de que las luces que vea en otras direcciones significaban que los toubobs llevaban a los que haban venido con l para que los encadenaran en otro lugar. Luego los pensamientos empezaron a deslizarse: deba estar soando. Y, misericordiosamente, as era.
CAPITULO 34 Slo el ruido estridente de la portezuela de la cubierta, cuando la abran, le indicaba si era de da o de noche. Cuando oa el ruido metlico del cerrojo, levantaba la cabeza -el nico movimiento libre que le permitan las cadenas y grilletes- y vea que bajaban las figuras indefinidas de cuatro toubobs; dos llevaban luces oscilantes y ltigos para proteger a los otros dos. Recorran los angostos pasillos arrastrando una cuba con comida. Tiraban un recipiente de estao sobre la mugre entre dos compaeros de grilletes. Hasta entonces, cada vez que llegaba la comida, Kunta haba apretado con fuerza las mandbulas, prefiriendo morirse de hambre, hasta que el dolor de su estmago vaco empez a hacer que el dolor del hambre, fuera tan terrible como el que le causaban los golpes recibidos. Cuando terminaban de dar de comer a todos los que estaban en el mismo nivel de Kunta, las luces indicaban que los toubobs descendan con el resto de la comida, al nivel inferior. Con menor frecuencia que a la hora de las comidas, y por lo general de noche, los toubobs traan algn nuevo cautivo, que chillaba y sollozaba de terror mientras lo empujaban a latigazos hasta el lugar donde lo encadenaban, en los espacios vacos que quedaban en las hileras sobre las tablas. Un da, poco despus de la hora de la comida, los odos de Kunta recogieron un sonido extrao y sordo que pareca vibrar en el techo sobre su cabeza. Algunos de los otros tambin lo oyeron, y dejaron de quejarse de pronto. Kunta se qued escuchando atentamente; era como si muchas personas corrieran arriba. Luego -esta vez mucho ms cerca- les lleg un nuevo sonido, como el chirrido producido por un objeto muy pesado. Kunta sinti una vibracin extraa en la espalda desnuda, producida por los tablajes duros y speros sobre los que estaba. Sinti que algo se le endureca, se le hinchaba dentro del pecho, y se qued helado. A su alrededor escuch unos ruidos sordos que saba provenan de hombres que se debatan en medio de las cadenas. Pareca como si toda la sangre le hubiera llegado al corazn. Y luego lo domin el terror, que se apoder de lo ms ntimo de su ser: de alguna manera sinti que el lugar se mova, y lo llevaba. Los hombres empezaron a gritar a su alrededor, invocando a Al y a sus espritus, golpendose la cabeza contra las tablas, sacudindose desesperadamente dentro, de sus grilletes. - Al, nunca rezar menos de cinco veces por da! -grit Kunta, contribuyendo al maremgnum general-. Escchame! Aydame! Los gritos angustiados, los llantos y las plegarias continuaron, terminando slo cuando uno tras otro los hombres se desplomaban, exhaustos, y empezaban a respirar con dificultad en medio de la hedionda oscuridad. Kunta saba que nunca ms volvera a ver frica. Ahora senta con claridad, con el cuerpo apoyado en las tablas, un movimiento lento y bamboleante, que a veces lo enviaba por un instante contra uno de los hombres con los que estaba encadenado, sintiendo momentneamente su tibieza. Haba gritado tanto que ya no tena voz, as que grit mentalmente: -Muerte al toubob, y a sus traidores ayudantes negros! Sollozaba apaciblemente cuando se abri la portezuela y bajaron los cuatro toubobs con la comida. Volvi a apretar las mandbulas contra los espasmos del hambre, pero entonces pens en algo que haba dicho el kintango: los guerreros y los cazadores deben comer bien para tener ms fortaleza que los dems. Si se mataba de lumbre no tendra fuerzas para matar toubobs. As que esta vez, cuando tiraron la cacerola entre l y el hombre con quien estaba encadenado, los dedos de Kunta tambin revolvieron el espeso guiso. Saba a maz molido, hervido con aceite de palma. Cada bocado le haca doler la parte de la garganta por la que lo haban tratado de ahogar las veces anteriores, cuando se neg a comer, pero sigui tragando hasta que se vaci el recipiente. Poda sentir la comida como un peso en el estmago, y pronto le empez
a subir hasta la garganta. No pudo contenerse, y un momento despus todo lo que haba comido estaba de nuevo sobre las tablas. Por encima del ruido de sus arcadas, poda or que a otros les pasaba lo mismo. Cuando las luces se acercaban al final de la fila de tablas sobre las que yaca Kunta, ste oy de repente cadenas que rechinaban, el ruido de un golpe en la cabeza y una retahila de palabras que parecan mezcla de mandinga y del idioma del toubob. Los toubobs que llevaban la comida se rieron a carcajadas, luego bajaron los ltigos hasta que los gritos del hombre se convirtieron en balbuceos. Sera posible? Haba odo a un africano hablando toubob? Habra un slatee entre ellos? Kunta haba odo decir que los toubobs a menudo traicionaban a los negros traidores que los ayudaban, encadenndolos. Despus que baj el toubob al nivel inferior, casi no se oy ningn sonido en el nivel de Kunta, hasta que los blancos reaparecieron con la cuba vaca y subieron, cerrando la portezuela. En ese instante empez a orse un airado zumbido en idiomas distintos, como de abejas. Luego, en la misma hilera de Kunta, hubo un fuerte golpe de cadena, un aullido de dolor y amargas maldiciones en el mismo idioma mandinga, en tono histrico. Kunta oy que el hombre gritaba: Creen que soy toubob? -Siguieron nuevos golpes, ms violentos y rpidos, y chillidos de desesperacin. Luego los golpes terminaron, y en medio de la oscuridad de la bodega se oy un grito agudo, luego un horrible gorgoteo, como el de un hombre al que estrangulan. Un nuevo ruido de cadenas, luego de talones pegando repetidas veces sobre las tablas, despus el silencio. A Kunta le latan las sienes, y le palpitaba con furia el corazn al or que varias voces a su alrededor empezaban a gritar: -Slatee! El slatee muri! -Entonces Kunta se puso a gritar junto con todos, y a hacer sonar las cadenas, hasta que de repente se abri la portezuela con un chirrido, dejando entrar un rayo de luz del da y a un grupo de toubobs con luces y ltigos. Evidentemente haban odo la conmocin, y aunque ahora la bodega estaba casi en silencio total, los toubobs se precipitaron por los pasillos gritando y repartiendo latigazos a diestra y siniestra. Cuando se fueron, sin descubrir al muerto, la bodega qued en silencio por un largo rato. Luego Kunta oy una risa muy baja, carente de alegra, proveniente del final de la hilera, donde yaca muerto el traidor. La comida siguiente fue muy tensa. Pareca que los toubobs se daban cuenta de que algo andaba mal, pues los latigazos caan con mayor frecuencia que nunca. Kunta dio un salto y grit al sentir un dolor cortante en las piernas. Haba aprendido que si alguien no gritaba cuando le pegaban, le volvan a dar hasta que gritara. Luego ara el cereal insulso y lo trag hasta que vio que las luces llegaban al final de la hilera. Todos escuchaban cuando el toubob le dijo algo a los dems. Se vio un movimiento de luces, luego ms exclamaciones, o maldiciones, hasta que uno de los toubobs corri por el pasillo y subi hasta trasponer la portezuela; pronto regres con otros dos. Kunta pudo or cmo abran las esposas y grilletes de hierro. Luego dos de los toubobs alzaron a medias, arrastrando a medias, el cuerpo del muerto por el pasillo y la portezuela, mientras los otros seguan tirando la comida por los pasillos. El equip de la comida estaba en el nivel inferior cuando bajaron por la portezuela cuatro toubobs ms, yendo directamente al lugar donde haba estado encadenado el slatee. Torciendo la cabeza, Kunta pudo ver que alzaban las luces. Mientras maldecan violentamente, dos de los toubobs dejaron caer los ltigos repetidas veces. Quienquiera fuera al que le pegaban, al principio se rehus a gritar. Aunque Kunta se qued paralizado con slo or la fuerza de los golpes, pudo apreciar la agona de la tortura del hombre al que castigaban, y la inflexible determinacin de no gritar. Luego los toubobs empezaron a chillar mientras maldecan, y se poda ver por la luz que se turnaban para manejar el ltigo. Finalmente el hombre al que castigaban empez a gritar, primero lanz una maldicin en foulah, luego algo que no se entendi, aunque eran palabras en el idioma foulah. Kunta pens por un instante en los pacficos integrantes de la tribu foulah, que cuidaban el ganado de los mandingas, mientras los latigazos se sucedan sin cesar, hasta que eI hombre casi no pudo ni siquiera plair. Entonces se fueron los cuatro toubobs, sin aliento, maldiciendo, ahogados por el hedor. Las quejas de los foulahs parecan hacer temblar la oscura bodega. Luego, despus de un rato, una voz clara dijo, en mandinga: Compartan su dolor! Debemos hacer que este lugar sea unido, como una aldea! Era la voz de un anciano. Tena razn. El dolor del foulah haba sido suyo, pens Kunta. Estaba a punto de estallar de rabia. Sinti tambin, de una manera extraa, un terror que nunca haba sentido, que pareca surgir de la mdula de sus huesos. Una parte de su ser quera morir, huir de todo eso; pero no, deba vivir para vengarse. Se oblig a permanecer inmvil. Le llev mucho tiempo, pero por fin sinti que su tensin y su confusin, hasta el dolor de todo su cuerpo, empezaban a disminuir, excepto en el lugar donde lo haban marcado con el hierro candente, entre los omoplatos. Descubri que poda concentrarse mejor ahora que
vea cul era la mejor opcin que tenan l y todos los dems: o bien moriran en ese lugar de pesadilla, o, de alguna manera, deberan vencer y matar a los toubobs.
CAPITULO 35 El ardor de las picaduras de los piojos en todo el cuerpo, y luego el desesperante escozor, empez a empeorar. En medio de la mugre, se haban multiplicado los piojos y las pulgas, hasta que pululaban por toda la bodega. Eran peor en los lugares del cuerpo donde haba pelo. Kunta senta como fuego bajo los brazos y alrededor del foto, y se rascaba con la mano libre en todos los lugares donde no llegaba la mano esposada. Segua pensando en saltar y huir, pero luego, inmediatamente despus se le inundaban los ojos de lgrimas de frustracin, senta ira, y luchaba contra ese sentimiento hasta que volva la calma. Lo peor era que no poda ir a ninguna parte; tena ganas de morder las cadenas. Lleg a la conclusin de que tena que concentrarse en algo, en cualquier cosa, con tal de ocupar la mente o las manos, porque si no enloquecera, como pareca que ya le haba sucedido a algunos hombres, juzgando por las cosas que decan. Quedndose muy quieto, escuchando la manera en que respiraban los que estaban a su lado, Kunta haba llegado a saber si dorman o estaban despiertos. Ahora se concentr en tratar de or ms lejos. Con ms y ms prctica, escuchando con gran atencin ruidos repetidos, descubri que poda llegar a discernir la exacta procedencia; era una sensacin peculiar, como si los odos se hubieran convertido en ojos. De vez en cuando, entre los quejidos y las maldiciones que llenaban la oscuridad, oa el ruido sordo de una cabeza contra las tablas. Haba otro ruido extrao y montono. Se detena a intervalos, luego volva; sonaba como si estuvieran frotando dos pedazos de metal. Despus de escuchar durante un tiempo, Kunta pens que era alguien que estaba tratando de gastar el metal de la cadena. Tambin oa, a menudo, exclamaciones breves, y el ruido de cadenas: eran dos hombres que peleaban, furiosos, y se pegaban con los grilletes y las esposas. Kunta no tena nocin del tiempo. Los orines, el vmito y las heces se haban convertido en una pasta untuosa que cubra todas las tablas donde yacan. Cuando empezaba a pensar que ya no poda soportar ms, ocho toubobs bajaron por la escala, maldiciendo con ganas. En lugar de los recipientes con comida, traan una especie de azadas de mangos largos y cuatro cubos grandes. Y Kunta not, con sorpresa, que no llevaban ropa alguna. Los toubobs desnudos pronto empezaron a vomitar peor que nadie. A la luz se poda ver que recorran los pasillos en grupos de dos, metiendo rpidamente las azadas por todas partes y echando la porquera en los cubos. Cuando se llenaba un cubo, los toubobs lo arrastraban hasta llegar a la escalera, que suban, trasponan la portezuela para vaciar el cubo, y luego regresaban. Los toubobs tenan arcadas ahora, y se les contorsionaban grotescamente las caras; tenan el cuerpo peludo y descolorido, cubierto con salpicaduras de la porquera que estaban limpiando. Pero cuando terminaron el trabajo y se fueron, el hedor caliente y sofocante del lugar era igual que antes. La prxima vez descendieron ms que los cuatro toubobs de siempre; Kunta vio que haba como veinte. Se qued helado. Dando vuelta la cabeza en varias direcciones, divis pequeos grupos de toubobs que se apostaban en distintos lugares de la bodega, algunos con pistolas y ltigos, mientras que otros cuidaban, con luces en alto, los extremos de cada hilera de hombres encadenados. Kunta sinti un nudo de terror en el estmago cuando empez a or extraos ruidos de las cadenas primero, luego ruidos ms fuertes y repetidos. Luego sinti un sacudn en el grillete del tobillo derecho; con momentneo terror se dio cuenta de que lo soltaban. Por qu? Qu cosa horrible le pasara ahora? Se qued inmvil; su tobillo derecho ya no senta el peso familiar de la cadena. Oa por todos lados ms sonidos metlicos y el de cadenas que se abran. Luego los toubobs empezaron a gritar y a repartir latigazos. Kunta se dio cuenta de que queran que se bajaran de las especies de estantes, sobre los que estaban las hileras de esclavos. Su grito de sorpresa se uni a un alboroto repentino de chillidos en varios idiomas a medida que los hombres se erguan, pegando con la cabeza contra el cielo raso de madera. Caan los latigazos, en medio de gritos de dolor, mientras los hombres recorran el pasillo de a dos. Kunta y su compaero de grillete, un wolof, se abrazaron sobre el estante bajo los lacerantes golpes que los sacudan convulsivamente. Luego los asieron de los tobillos y los empujaron por la hediondez del estante
hasta hacerlos bajar al pasillo con los otros hombres. Todos gritaban bajo los latigazos de los toubobs. Retorcindose en vano, para tratar de esquivar los golpes, vio formas que se movan en la luz que entraba por la portezuela. Los toubobs hacan parar a los esclavos -dos por vez- y luego los castigaban para que caminaran, a los tropezones en la oscuridad, hasta la escalera que daba a la portezuela. Kunta no senta las piernas, como si estuvieran separadas del resto del cuerpo, mientras avanzaba con dificultad junto al wolof. Iban desnudos, esposados, cubiertos de roa, rogando que no los comieran. La primera luz del sol en casi quince das, lo asalt con la fuerza de un golpe asestado entre los ojos. Se tambale bajo el dolor insoportable, cubrindose los ojos con la mano libre. Los pies descalzos le informaban que la superficie en la que estaba se mova de un lado para el otro. Mientras avanzaba con gran dificultad, a ciegas, atormentado por la luz a pesar de que se protega la vista con una mano y tena los prpados apretados, intentando respirar por los cornetes prcticamente obstruidos por las mucosidades, abri los agrietados labios y aspir hondo, por primera vez en su vida, el aire del mar. Sinti una convulsin en los pulmones por la pureza del aire, y se desplom sobre la cubierta, vomitando junto a su compaero de penurias. Todos a su alrededor vomitaban, y se oa el ruido de las cadenas, los latigazos en la carne desnuda, y alaridos de dolor en medio de los gritos y maldiciones de los toubobs y de extraos aleteos sobre sus cabezas. Cuando un nuevo latigazo le fustig la espalda, Kunta se tir hacia un lado, y oy que su compaero, el wolof, respiraba convulsivamente al recibir el latigazo. Caan los golpes sobre ellos, hasta que finalmente lograron ponerse de pie. Entreabri los ojos para ver si poda esquivar algn golpe, pero sinti nuevas punzadas penetrantes cuando el que los atormentaba los empuj hacia un lugar donde Kunta vio a otros toubobs, pasando cadenas por los grilletes de los tobillos. Haba muchos ms que los que se imaginaba, muchos ms que los que haban bajado. A la luz del sol tenan un aspecto ms plido an, y mucho ms horrible; tenan la cara con pozos de la peste, y el pelo, extraamente largo, amarillo, rojo o negro; en algunos casos hasta les creca alrededor de la boca y en las barbillas. Algunos eran flacos, otros gordos, algunos tenan cicatrices espantosas de heridas de cuchillo, o les faltaba una mano, un ojo o una extremidad, y muchos tenan la espalda cruzada de cicatrices profundas. Kunta pens de repente que le haban inspeccionado los dientes porque muchos de estos toubobs tenan muy pocos. Muchos estaban apostados a intervalos contra la borda, con el ltigo, un cuchillo largo, o una especie de metal largo y pesado con un agujero en el extremo en la mano, y ms all Kunta pudo ver algo sorprendente: una extensin increble, interminable, de agua azul que ondeaba. Levant la cabeza para ver a qu se deba el aletear, y vio que provena de enormes trapos blancos que ondulaban entre postes enormes y muchas sogas. Los trapos parecan llenarse con el viento. Dndose vuelta, Kunta vio que una alta barricada de bamb, ms alta que un hombre, se extenda por toda la enorme canoa. Por el centro de la barricada se vea un objeto de metal de apariencia terrible, con una enorme boca negra y un cao largo, espeso y hueco, y los extremos de otros metales como los que sostenan algunos toubobs apoyados contra la borda. La cosa enorme y los metales apuntaban al lugar en que estaban reunidos l y los otros hombres desnudos. A medida que conectaban sus grilletes de los tobillos a la nueva cadena, Kunta logr ver, por primera vez, a su compaero wolof. Como l, el hombre estaba cubierto de costra de la cabeza a los pies. Sera de las mismas lluvias que Omoro su padre, y tena los rasgos tpicos de los de su raza; era muy negro. Le sangraba la espalda cortada por los latigazos, y le brotaba el pus de la herida que le haba hecho la marca LL cuando se la quemaron en la espalda. Al encontrarse con la mirada del wolof, Kunta se dio cuenta de que l tambin lo inspeccionaba, sorprendido. En medio de la conmocin, tuvieron tiempo de observar tambin a los otros hombres desnudos, casi todos temblando de terror. Por los distintos rasgos faciales, tatuajes tribales y las marcas de las escarificaciones, Kunta distingui a integrantes de las tribus foulah, jola, serere y wolof, pero la mayora eran mandingas, aunque haba algunos que no saba de dnde procedan. Excitado, Kunta vio al que haba matado al slatee. Era un foulah, indudablemente, y estaba cubierto por la paliza de sangre ya seca recibida. Ya los empujaban, a latigazos, hacia otro lugar donde haba una cadena de hombres a los que les estaban echando baldes de agua de mar. Luego otro toubob, con un cepillo de mango largo, fregaba a los hombres, que chillaban. Kunta tambin grit al sentir el golpe del agua que lo empap y le ardi como fuego a causa de las heridas y de la quemadura que tena en la espalda. Grit ms an, cuando las puntas erizadas del cepillo, no slo aflojaron las costras del cuerpo sino que tambin abrieron las cicatrices dejadas por las heridas recibidas. Vio la espuma que haca el agua, de color rosado, al caer a sus pies. Luego los reunieron nuevamente en el centro de la cubierta, donde cayeron, todos amontonados. Kunta levant la vista y vio a los toubobs subiendo a los postes como monos para tirar de las numerosas sogas entre los enormes trapos
blancos. Aun a pesar de la condicin en que estaba, Kunta apreci el calor del sol; sinti igualmente un gran alivio al verse liberado de parte de la roa. Un coro repentino de gritos los oblig a levantarse. Alrededor de veinte mujeres, la mayora muy jvenes, y cuatro nios llegaron corriendo, desnudos y sin cadenas desde atrs de la barricada, adelante de dos toubobs sonrientes, provistos de ltigos. Kunta reconoci inmediatamente a las muchachas que haban subido a bordo con l. Con gran furia vio que todos los toubobs miraban lascivamente su desnudez, algunos frotndose el foto. Se oblig, con gran fuerza de voluntad, a no atacar al toubob ms prximo, a pesar de sus armas. Las manos crispadas en puos, bebi el aire para seguir respirando, desviando la mirada de las aterrorizadas mujeres. Luego un toubob, cerca de la borda, empez a estirar y a encoger un extrao objeto plegadizo que haca un sonido ronco, como un silbido. Otro se le uni, tocando un tambor del frica, y muchos toubobs formaron una lnea irregular mientras los hombres, las mujeres y los nios desnudos los observaban. Los toubobs alineados tenan una soga, y cada uno se rodeaba el tobillo con ella, como si la soga fuera una cadena, como la que ataba a los hombres desnudos. Sonrientes, empezaron a saltar juntos, al comps del tambor y del silbido ronco. Luego ellos y los otros toubobs les hicieron seas a los hombres encadenados para que saltaran de la misma manera. Pero cuando stos siguieron parados, como si estuvieran petrificados, las sonrisas de los toubobs se convirtieron en miradas amenazadoras, y empezaron a repartir latigazos. - Salten! -grit de repente la mujer ms vieja, en mandinga. Tendra las lluvias de la madre de Kunta. Saliendo de donde estaba, empez a saltar ella. -Salten! -volvi a exclamar con voz aguda, mirando fijamente a las mujeres y a los nios, que la imitaron. - Salten, para que mueran los toubobs! -grit, mirando fugazmente a los hombres, mientras con los brazos y las manos haca los movimientos de la danza guerrera. Y entonces, cuando comprendieron lo que se propona, uno despus de otro, las parejas de hombres encadenados juntos empezaron a saltar dbilmente, con dificultad, mientras las cadenas golpeaban la cubierta. Con la cabeza gacha, Kunta vio la confusa masa de pies y piernas que saltaban; senta las propias piernas flojas, y respiraba irregularmente. Luego el canto de la mujer aument, al unrseles las muchachas. Hacan un sonido feliz, pero decan que los horribles toubobs haban llevado a todas las mujeres a los rincones oscuros de la canoa, todas las noches, usndolas como a perros. -Toubob fa! (Muerte al toubob) gritaban, entre risas y sonrisas. Los hombres desnudos, sin dejar de saltar, se unieron: -Toubob fa!-. Hasta los toubobs sonrean ahora, y algunos aplaudan de placer. Las rodillas le empezaron a temblar a Kunta, y trag saliva al ver que se aproximaba a l el toubob bajo y gordo, de pelo blanco, junto con el hombre enorme, ceudo y lleno de cicatrices que haban estado presentes en el lugar donde lo examinaron, le pegaron y lo quemaron, antes de traerlo al barco. Inmediatamente se hizo un silencio, a medida que los dems vean a estos dos. El nico sonido que se oa era el que hacan las enormes telas, pues hasta los otros toubobs se haban quedado duros al verlos. El hombre grande ladr algo y apart a los toubobs de los encadenados. De su cinturn colgaba un aro grande lleno de las cosas brillantes y delgadas que haba visto Kunta y que se usaban para abrir las cadenas. Y luego el canoso se pase por entre los hombres desnudos, examinndoles cuidadosamente el cuerpo. Cuando vea cortaduras infectadas, o pus que sala de mordeduras o quemaduras, les pona una especie de grasa de un recipiente que llevaba el hombre grande. A veces ste echaba un polvo amarillento alrededor de las muecas y los tobillos, que al contacto con los grilletes o las esposas se volva grisceo y hmedo, de apariencia enfermiza. Cuando los dos toubobs se acercaron al lugar donde estaba Kunta, ste se encogi de miedo y de furia, pero mientras el canoso lo untaba con grasa en las partes infectadas y el hombre grande echaba el polvo amarillento en los tobillos y en las muecas, ninguno de los dos pareci reconocerlo. Luego, de repente, con el gritero de los toubobs, que iba en aumento, una de las muchachas que haba sido trada con Kunta, empez a saltar salvajemente entre los frenticos guardianes. Cuando varios de ellos se acercaron a ella, para tocarla, la muchacha se arroj, gritando, por la borda. En la conmocin que sigui, el toubob canoso y el grande arrebataron ltigos y maldiciendo amargamente, los hicieron chasquear sobre las espaldas de los que haban tratado de agarrarla, para luego dejarla escapar. Luego los toubobs que estaban entre las telas empezaron a gritar y a sealar algo en el agua. Al mirar en esa direccin, los hombres desnudos vieron a la muchacha flotando a merced de las olas, y, no muy lejos, un par de aletas oscuras que rpidamente se dirigan hacia ella. Luego se oy un aullido, que hel la sangre, luego una lucha, espuma, y la muchacha desapareci, dejando slo un tinte rojo en el lugar en que haba estado. Por primera vez, los ltigos no cayeron sobre los encadenados, horrorizados, mientras los llevaban de regreso a la oscura bodega, para volverlos a encadenar. A Kunta le daba vueltas la cabeza. Despus del aire fresco del mar, el hedor era ms insoportable que antes, y, despus de la luz del sol, la
bodega pareca ms oscura an. Cuando pronto se escuch un nuevo disturbio, que pareca algo distante, sus odos experimentados le informaron que los toubobs estaban llevando a cubierta a los aterrorizados hombres del nivel inferior. Despus de un rato oy cerca del odo un murmullo en voz muy baja. -Jula? -A Kunta le dio un vuelco el corazn. Saba muy poco del idioma wolof, pero s saba que los wolofs y los de otras tribus usaban la palabra Jula para referirse a los viajeros y comerciantes mandingas. Torciendo la cabeza para acercarla al odo del wolof, Kunta susurr-: Jula -Mandinga. Durante un momento, en que se poda sentir que estaba tenso, el wolof no hizo ningn sonido. Por un instante Kunta dese hablar varias lenguas, como los hermanos de su padre, pero en seguida se avergonz por haberlos llevado a ese lugar, aunque fuera en sus pensamientos. -Wolof. Jebou Manga -susurr por fin el otro hombre, y Kunta supo que se era su nombre. -Kunta Kinte -contest, en un susurro. Intercambiando un murmullo de vez en cuando, desesperados por comunicarse, se esforzaron por aprender una palabra nueva del idioma del otro. Era as como haban aprendido a hablar cuando eran nios del primer kafo. Durante uno d los intervalos de silencio, Kunta record las noches en que haca guardia para proteger a los sembrados de man de los mandriles, cuando el fuego lejano de un pastor fulani le daba una sensacin de tranquilidad. Entonces deseaba poder intercambiar alguna palabra con ese hombre al que no haba visto nunca. Era como si ahora se estuviera cumpliendo su deseo, slo que se trataba de un wolof a quien no haba visto durante todas las semanas en que haban yacido en esa oscuridad, encadenados entre s. Ahora trat de recordar todas las expresiones que haba odo en wolof. Saba que el otro estaba haciendo lo mismo con las palabras en mandinga; l conoca ms palabras en su idioma, sin embargo. En otro de los momentos de silencio que se hicieron, Kunta se dio cuenta de que el hombre que estaba a su otro lado, que nunca haba hecho ningn sonido, excepto para quejarse de dolor, los estaba escuchando atentamente. Tambin se dio cuenta, por los murmullos que empezaron a orse en todo el recinto, que ahora que haban podido verse a la luz, l y su compaero no eran los nicos que estaban tratando de establecer comunicacin. Los murmullos siguieron extendindose. Todos se callaban cuando los toubobs aparecan con la comida o con los cepillos para limpiar la mugre de los estantes. Y ahora el silencio de esos momentos era distinto; por primera vez, desde que los encadenaran, pareca que los hombres tuvieran la sensacin de estar juntos.
CAPITULO 36 La prxima vez que los llevaron a cubierta, Kunta decidi fijarse bien en el hombre que en ese momento estaba detrs en la fila, pero que en la bodega yaca a su izquierda. Era de la tribu de los sereres, mucho mayor que Kunta, y tena el pecho y la espalda llenos de heridas causadas por cortes de latigazos, algunas tan profundas e infectadas que Kunta se arrepinti de las veces que, al sentir que se quejaba, tuvo ganas de pegarle en la oscuridad. El serere le devolvi una mirada llena de furia y desafo. Mientras se miraban, chasque un ltigo, cayendo esta vez sobre Kunta, para obligarlo a seguir. La fuerza del golpe casi lo oblig a arrodillarse, y origin una explosin de furia. Profiriendo casi un sonido animal, Kunta embisti al toubob, aunque slo consigui caerse, arrastrando a su compaero de grillete con l, mientras el toubob gilmente se pona a resguardo. Los hombres se amontonaron alrededor de ellos cuando el toubob, achicando los ojos de furia, hizo chasquear el ltigo sobre Kunta y el wolof con la fuerza de un cuchillo cortante. Al tratar de rodar fuera del alcance del ltigo, alguien lo pate con fuerza en las costillas. Pero l y el wolof se las arreglaron para reunirse con los otros hombres de su estante, que ya avanzaban desordenadamente a que los lavaran con el agua de mar. Un momento despus, la salinidad le haca arder las heridas, y los gritos de Kunta se unieron a los de los dems por encima del sonido del tambor y la cosa silbante que nuevamente haba vuelto a hacer marcar el comps a los hombres encadenados, que saltaban y bailaban para los toubobs. Kunta y el wolof se sentan tan dbiles por la paliza reciente que dos veces tropezaron, pero las patadas y los latigazos de los toubobs los obligaron a seguir saltando torpemente entre las cadenas. Kunta estaba tan furioso que apenas si se dio cuenta de que las mujeres entonaban "Toubob fa!" Y cuando por fin lo volvieron a encadenar en su lugar acostumbrado, en la oscura bodega, su corazn alimentaba el deseo de matar a los toubobs. Cada tantos
das volvan los ocho hombres desnudos a la hedionda oscuridad para llenar los cubos de los excrementos acumulados en los estantes donde yacan los encadenados. Kunta se quedaba quieto, mirando malignamente a los hombres, sin perder de vista las luces anaranjadas, oyendo cmo maldecan, cayndose a veces al resbalar en la masa aceitosa, tan abundante ahora a causa de la regularidad de los intestinos, que la inmundicia haba empezado a deslizarse de los estantes hacia el pasillo. La ltima vez que estuvieron en cubierta, Kunta haba visto a un hombre que renqueaba porque tena el pie infectado. El toubob principal le haba puesto grasa, pero no haba servido de nada, y ahora el hombre haba empezado a aullar terriblemente en la bodega oscura. La vez siguiente que volvieron a la cubierta, tuvieron que ayudarlo a subir, y Kunta vio que la pierna, que antes estaba de un color grisceo, haba empezado a podrirse, y heda hasta al aire libre. Esta vez dejaron al hombre arriba, mientras todos los dems bajaban. Unos das despus, mientras cantaban, las mujeres dijeron a los prisioneros que le haban cortado la pierna, y que haban apostado a una mujer para que lo cuidara, pero que el hombre haba muerto esa noche y lo haban arrojado por la borda. Desde entonces, cada vez que los toubobs venan a limpiar los estantes, arrojaban tambin pedazos de metal al rojo vivo dentro de baldes de vinagre fuerte. Las nubes de vapor acre dejaban mejor olor en la bodega, aunque pronto volva el olor insoportable. A Kunta le pareca que ese olor nunca se ira de sus pulmones y su piel. El murmullo continuo que se oa en la bodega no bien se iban los toubobs iba creciendo en volumen e intensidad a medida que los hombres empezaban a comunicarse cada vez mejor. Las palabras que no se entendan pasaban de uno en uno a lo largo de los estantes hasta que alguien que saba ms de una lengua deca su significado, que era trasmitido de igual manera. As todos los hombres de cada tabla aprendieron palabras nuevas en idiomas que nunca haban hablado antes. Algunas veces los hombres se pegaban en la cabeza de la excitacin causada por el hecho de que se estaban comunicando, y tambin que los toubobs no saban nada de ello, lo que los haca saltar de alegra. Despus de susurrar entre s durante horas, los hombres descubrieron que naca entre ellos un profundo sentimiento de intriga y de hermandad. Aunque provenan de distintas aldeas y tribus, empezaron a sentir que no eran de distinta raza ni de distinto lugar. La vez siguiente que bajaron los toubobs a buscarlos, los hombres encadenados marcharon a cubierta como si formaran parte de un desfile. Y cuando volvieron a descender, varios de los que hablaban ms de un idioma se las arreglaron para cambiarse de lugar en la fila, para que los encadenaran en los extremos de los estantes y facilitar as la traduccin. Los toubobs no parecan darse cuenta, porque o no eran capaces o no les interesaba distinguir entre los distintos hombres. Preguntas, con sus respectivas respuestas, haban empezado a circular por la bodega. "Adonde nos llevan?" Esa pregunta caus un sinfn de amargos comentarios. "Regres alguna vez alguien para contrnoslo?" "No, porque los comieron!" La pregunta "Cunto hace que estamos aqu?" produjo una cantidad de conjeturas la mayor de las cuales era de una luna, hasta que tradujeron la pregunta a un hombre que haba logrado llevar cuenta de los das por un pequeo agujero de ventilacin cerca del cual estaba encadenado; l dijo que haban pasado dieciocho das desde la partida de la canoa grande. Debido a las intrusiones de los toubobs, con los cubos de comida o los cepillos, a veces llevaba todo un da responder a una sola pregunta. Se trasmitan ansiosas consultas para ver si haba conocidos. "Hay alguien aqu de la aldea de Barrakunda?", pregunt alguien un da, y despus de un rato lleg la alegre respuesta. "Yo estoy aqu, Jabn Sallah!" Un da Kunta sinti una gran excitacin cuando el wolof le susurr rpidamente: "Hay alguien aqu de la aldea de Juffure?" "S, Kunta Kinte!", respondi, sin aliento. Tena miedo de respirar durante la hora entera que tard en volver la respuesta: "S, as se llamaba. Yo o los tambores de dolor de la aldea". Kunta se ech a llorar al imaginarse a su familia alrededor de un gallo blanco batiendo las alas antes de morir de lomo mientras el wadanela de la aldea diseminaba la triste noticia entre toda la gente, y que luego llegara a Omoro, Binta, Lamin, Suwadu y el beb Madi, todos en cuclillas, sollozando, mientras los tambores de la aldea anunciaban a quienquiera los oyera, a lo lejos, que el hijo de una aldea, llamado Kunta Kinte, se haba perdido para siempre. Varios das de conversacin fueron dedicados a buscar respuesta a la pregunta: "Cmo podra atacar y matarse a los toubobs de la canoa?" Tena alguien, o conoca, algo que pudiera usarse como arma? Nadie tena nada. Sobre cubierta, haba notado alguien algn descuido, o punto dbil, de parte de los toubobs, que pudiera usarse en caso de un ataque de sorpresa? Nuevamente la respuesta fue negativa. La informacin ms til siempre provena del canto de las mujeres, mientras los hombres bailaban, encadenados: que en esa canoa haba alrededor de treinta toubobs. Parecan muchos ms, pero las mujeres estaban en mejor situacin de contarlos. Las mujeres tambin les dijeron que al comienzo del viaje haba habido ms toubobs, pero haban muerto cinco. Los haban cosido en gneros blancos y los haban
arrojado al agua mientras el jefe toubob, el canoso, lea algo de una especie de libro. Las mujeres tambin les dijeron en sus cantos que a menudo los toubobs peleaban y se atacaban con malignidad, por lo general cuando discutan acerca de cul iba a ser el siguiente en usar a las mujeres. Gracias a esos cantos, nada pasaba en cubierta sin que se enveraran los hombres mientras bailaban. Luego lo discutan abajo. Despus se produjo la excitante noticia de que se haba hecho contacto con los hombres encadenados en el nivel inferior. El estante de Kunta guardaba silencio, y hacan una pregunta cerca de la escotilla: "Cuntos hay all abajo?" Despus de un momento circulaba la noticia por el nivel de Kunta: "Creemos que somos sesenta". La propagacin de noticias de cualquier procedencia pareca ser la nica funcin que justificaba su subsistencia. Cuando no haba noticias, los hombres hablaban de su familia, su aldea, su profesin, su granja, la caza. Con mayor frecuencia ahora surgan discrepancias acerca de la manera de matar a los toubobs, y cundo deba intentarse. Algunos pensaban que, cualquiera fueran las consecuencias, haba que atacar a los toubobs la prxima vez que los llevaran a cubierta. Otros pensaban que era ms prudente observar y esperar una mejor oportunidad. Empezaron a surgir amargos desacuerdos. Uno de los debates fue interrumpido repentinamente por la voz de un anciano: -Escuchen! Aunque venimos de distintas tribus y tenemos distintos idiomas, recuerden que somos de la misma raza! En este lugar debemos estar todos juntos, como una aldea! Murmullos de aprobacin circularon rpidamente por el lugar. La misma voz haba sido oda antes, dando consejos en momentos de gran tensin. Era una voz llena de experiencia y de autoridad, y tambin de sabidura. Pronto circul la informacin de que ese hombre haba sido el alcal de su aldea. Despus de un momento volvi a hablar, diciendo esta vez que se deba encontrar a un jefe, que todos estuvieran de acuerdo en ese respecto, y que propusieran un plan de ataque, tambin aceptado por todos. Hasta que eso no sucediera, no habra esperanzas de vencer a los toubobs, que evidentemente estaban bien organizados y fuertemente armados. Nuevamente la bodega se llen de murmullos de aprobacin. La nueva y reconfortante proximidad con los otros hombres haca que Kunta sintiera menos la mugre y el hedor, e incluso los piojos y las ratas. Luego se enter de un nuevo temor que circulaba: se crea que haba otro slatee en el nivel inferior. Una de las mujeres dijo que haba visto entre los encadenados a un slatee que fue quien ayud a traerla a esa canoa. Dijo que era de noche cuando le sacaron la venda de los ojos, pero haba visto que los toubobs le daban alcohol al slatee, que ste haba bebido hasta tambalearse, borracho, y luego los toubobs, aullando de risa, lo haban desmayado y arrastrado hasta la bodega. La mujer dijo que si bien no poda reconocer el rostro de ese slatee, deba estar entre los encadenados, aterrorizado de que lo llegaran a descubrir y matar, ahora que sabia que eso haban hecho con el otro slatee. En la bodega los hombres discutieron; ese slatee deba saber algunas palabras en toubob, y, con la esperanza de salvar su miserable vida, podra tratar de prevenir a los toubobs acerca de los planes de ataque. Mientras sacuda los grilletes para ahuyentar a una rata gorda, Kunta se puso a pensar por qu hasta ese momento haba sabido tan poco acerca de los slatees. Era porque ninguno se atrevera a vivir en las aldeas, donde si se llegaba a sospechar quines eran, los mataran de inmediato. Se acord que en Juffure muchas veces haba odo decir a su padre Omoro, y a los mayores, alrededor del fuego, que los slatees vivan preocupados y aterrorizados temiendo peligros que ellos nunca conoceran. Pero ahora comprenda por qu se preocupaban tanto los hombres mayores por la seguridad de la aldea; saban mejor que l que muchos slatees se mezclaban disimuladamente con ellos en Gambia. Era fcil distinguir a los despreciados hijos de padres toubobs, los nios sasso borro, por su despreciable color claro, pero no a todos los traidores. Kunta pens en la muchacha de su aldea que haba sido secuestrada por los toubobs, y que haba logrado escapar, que haba recurrido al Consejo de Ancianos, antes de que lo secuestraran a l, para preguntar qu hacer con su hijo sasso borro. Nunca se enter cul haba sido la decisin del Consejo. Ahora se enter que algunos pocos slatees slo se ocupaban de suministrar mercancas a los toubobs, como ail, oro y colmillos de elefante. Pero haba cientos que ayudaban a los toubobs a quemar las aldeas y a capturar a la gente. Algunos contaron cmo atraan a los nios, con caa de azcar, y luego les cubran la cabeza con una bolsa. Otros contaron que los slatees les haban pegado cruelmente mientras marchaban hacia la canoa, despus de ser capturados. La mujer de un hombre, que estaba embarazada, haba muerto en el camino. El hijo de otra, herido, haba sido abandonado, para que se desangrara. Cuantas ms cosas oa Kunta, ms se enfureca. Mientras yaca en la oscuridad, le pareca or la voz de su padre, que severamente le adverta, a l y a Lamin, que no deban alejarse solos nunca. Kunta deseaba desesperadamente haberlo obedecido. Se
sumi en la tristeza al pensar que ya nunca ms podra or la voz de su padre, que durante el resto de lo que sera su vida, tendra que hacer las cosas solo. "Todo lo que sucede es por la voluntad de Al". Ese pensamiento, pronunciado primero por el alcal, pas de boca en boca, y cuando el hombre de la izquierda se lo trasmiti, Kunta volvi la cabeza para pasrselo al wolof. Despus de un momento, Kunta se dio cuenta de que el wolof no haba trasmitido las palabras al hombre siguiente, y despus de pensar un rato por qu no lo habra hecho, se le ocurri que tal vez no haba hablado con claridad, por lo que empez a trasmitir el mensaje otra vez. Pero abruptamente el wolof habl en voz alta, como para que lo oyeran todos en la bodega: - Si sta es la voluntad de vuestro Al, prefiero el diablo!-. Desde varias partes de la oscuridad surgieron fuertes exclamaciones de acuerdo con el wolof, y se originaron algunas discusiones. Kunta se sinti profundamente sacudido. Se dio cuenta, escandalizado, de que estaba junto a un pagano, y eso pareci lastimarlo, pues su fe en Al era tan preciosa como la vida misma. Hasta ese momento haba respetado la amistad y las sabias opiniones de su compaero de grillete. Pero ahora Kunta supo que ya no podra haber compaerismo entre ellos.
CAPITULO 37 En cubierta, las mujeres dijeron en sus cantos, que haban conseguido robar y esconder unos cuchillos y otros objetos que podan usarse como armas. De regreso en la bodega, los hombres se dividieron, ms fuertemente que nunca, en dos bandos que opinaban de manera diferente. El jefe del grupo que pensaba que haba que atacar a los toubobs sin dilacin, era un wolof de apariencia feroz, todo tatuado. Sobre cubierta, todos lo haban visto bailar salvajemente mientras les mostraba los dientes afilados a los toubobs, que aplaudan porque crean que el wolof sonrea. Los que crean que era prudente esperar ms, eran capitaneados por el foulah de tez tostada al que haban castigado por estrangular al slatee. Algunos partidarios del wolof decan que deban atacar a los toubobs cuando muchos de ellos estuvieran en la bodega, donde los hombres encadenados podan ver mejor y donde la sorpresa sera mayor, pero los que proponan este plan eran considerados tontos por los otros, que decan que la mayora de los toubobs seguiran en cubierta, por lo que podran matar a los encadenados como a ratas. Algunas veces, cuando las discusiones entre el wolof y el foulah los hacan gritar, el alcal intervena, ordenndoles que hablaran ms despacio, o los oiran los toubobs. Cualquiera fuera el que triunfara de los dos, Kunta estaba dispuesto a luchar hasta morir. Ya no le tema a la muerte. Ahora que haba llegado a la conclusin de que ya no vera ms a su familia y a su hogar, se senta como muerto. Lo nico que tema ahora era que llegara a morir antes de haber matado por lo menos a un toubob con sus propias manos. Pero Kunta se senta ms atrado -y le pareca que la mayora era de la misma opinin- al cauteloso foulah. Kunta saba ahora que la mayora de los hombres de la bodega eran mandingas, y todos los mandingas saban que los foulahs eran conocidos porque pasaban aos, y la vida entera si era necesario, para vengarse, con la muerte, por cualquier mal serio que les hubieran hecho. Si alguien mataba a un foulah y hua, los hijos no descansaban hasta encontrar al asesino y matarlo. -Todos debemos unirnos para ayudar al jefe con el que la mayora est de acuerdo -aconsej el alcal. Hubo murmullos enojados entre los que apoyaban al wolof, pero era claro que casi todos estaban con el foulah, que pronto dio la primera orden-. Debemos examinar todas las acciones de los toubobs con ojos de buitre. Y cuando llegue el momento, debemos ser guerreros. -Les aconsej seguir lo que deca la mujer, es decir, que aparentaran estar contentos cuando saltaban con las cadenas sobre cubierta. Eso hara que los toubobs descuidaran la guardia, lo que hara ms fcil sorprenderlos. Y el foulah dijo tambin que todos los hombres deban localizar con la mirada cualquier objeto que pudiera servir como arma, y estar listos para tomarlo cuando fuera necesario. Kunta estaba muy contento consigo mismo, pues durante su permanencia en la cubierta haba localizado un clavo largo, flojamente atado debajo de la borda, que pensaba arrebatar y usar como punta de lanza para clavrselo en la panza al toubob ms cercano. Cada vez que pensaba en eso, sus dedos se cerraban sobre una lanza imaginaria. Cuando los taubobs abran la escotilla y bajaban, gritando y, blandiendo los ltigos, Kunta se quedaba inmvil, como un animal de la selva. Pensaba en lo que les deca el kintango durante el entrenamiento, que el cazador debera aprender de lo que Al le haba enseado a los animales: a esconderse y a observar a los cazadores que buscaban matarlos. Durante muchas horas, Kunta haba pensado en que a los toubobs
pareca gustarles hacer sufrir. Recordaba con odio las veces en que se rean cuando castigaban a los hombres, especialmente a aquellos que tenan el cuerpo cubierto de llagas, y luego con asco se secaban el pus y la sangre que los salpicaba. Kunta tambin imaginaba con amargura cmo forzaban a las mujeres en los rincones oscuros a la noche; le pareca or el grito de las mujeres. No tenan mujeres los toubobs? Era por eso que perseguan como perros a las mujeres de los dems? Los toubobs no parecan respetar nada; no tenan dioses, ni siquiera espritus a quienes adorar. Lo nico que lo haca olvidar de los toubobs, y de cmo matarlos, eran las ratas, que con cada da que pasaba se volvan ms osadas. Le hacan cosquillas con los bigotes entre las piernas cuando iban a morder una herida que sangraba o que tena pus. Pero los piojos preferan picarlo en la cara, y le chupaban las lgrimas, o las mucosidades que le salan de la nariz. Retorca el cuerpo, y trataba con los dedos de aplastar los piojos que pudiera atrapar entre las uas. Pero peor an que los piojos y las ratas, era el dolor que tena en los hombros, en los codos y en las caderas que le quemaban despus de semanas de refregarse contra las tablas duras y speras sobre las que yaca. Haba visto las peladuras que tenan los dems en los mismos lugares, y sus gritos se unan a los de l cuando la canoa grande se mova ms de lo acostumbrado. Kunta haba visto tambin que cuando estaban en cubierta algunos de los hombres haban empezado a actuar como si fueran zombies; haba en sus rostros una mirada que revelaba que no tenan miedo, porque ya no les interesaba morir o seguir viviendo. Aun cuando reciban los latigazos, reaccionaban ms lentamente. Cuando terminaban de sacarles la mugre, algunos ni siquiera podan saltar, y el toubob canoso, con mirada de preocupacin, ordenaba a los otros que les permitieran sentarse a esos hombres, lo que hacan, metiendo la cabeza entre las rodillas mientras el lquido rosceo drenaba por sus flacas espaldas. Entonces el jefe toubob los obligaba a levantar la cabeza y les meta en la boca algo que los haca atragantar. Algunos caan de costado, sin poderse mover, y los toubobs los llevaban a la bodega. Aun antes de que murieran, Kunta saba que de alguna forma haban deseado la muerte. Pero obedeciendo al foulah, Kunta y la mayora de los hombres trataban de comportarse alegremente mientras bailaban, encadenados, aunque el esfuerzo que hacan les carcoma el alma. Era posible ver, sin embargo, que en esos casos los toubobs se sentan ms tranquilos, y entonces les pegaban menos y los dejaban permanecer ms tiempo en la cubierta soleada. Despus de soportar los baldazos de agua de mar y la tortura de los cepillos, Kunta y el resto se sentaban a descansar, observando todos los movimientos de los toubobs: cmo se apostaban a intervalos contra la borda, cmo mantenan las armas al lado, para impedir que se las arrebataran. Ninguno dejaba de observar cuando un toubob apoyaba el arma por un instante contra la borda. Mientras estaban sentados en la cubierta, pensando en el da en que mataran a los toubobs, Kunta empez a preocuparse por esa cosa grande de metal que se vea entre la barricada. Saba que, costara lo que costase, esa arma deba ser tomada, pues aunque no saba exactamente qu era, s se daba cuenta de que sera capaz de un acto terrible de destruccin, que era, naturalmente, la razn por la que los toubobs la haban puesto all. Tambin se preocupaba por los pocos toubobs que estaban continuamente dando vuelta a la rueda de la canoa grande, un poquito de un lado, otro del otro, mientras observaban un objeto redondo de metal marrn delante de ellos. Una vez, cuando estaban en la bodega, el alcal dijo: -Si matamos a estos toubobs, quin va a dirigir esta canoa?-. Y el jefe foulah dijo que a esos toubobs haba que apresarlos vivos. -Con una lanza en la garganta tendrn que llevarnos de regreso a nuestra tierra, o morirn-. El slo pensar que podra en realidad volver a ver su tierra, su hogar, su familia, hizo estremecer a Kunta. Pero aunque eso sucediera, pens que tendra que llegar a muy viejo para poder olvidar un poquito de lo que los toubobs le haban hecho. Kunta tema tambin que los toubobs se dieran cuenta de que l y los otros bailaban ahora de manera distinta, pues en realidad bailaban; era imposible que sus movimientos dejaran de revelar lo que tenan muy adentro de la mente: vean el gesto rpido de desprenderse de las cadenas y empezar a golpear, a estrangular, a atravesar con la lanza, a matar. Mientras bailaban, Kunta y los otros hombres cantaban en voz ronca acerca de la futura matanza. Pero para su alivio, cuando el baile terminaba y volva a poder contenerse, Kunta vea que los toubobs, sin sospechar nada, sonrean con felicidad. Luego, un da en la cubierta, los hombres encadenados se quedaron helados mirando fijamente, junto con los toubobs, millares de peces voladores que llenaban el aire como pjaros de plata. Kunta los observaba, mudo, cuando de repente oy un grito. Girando velozmente, vio al feroz wolof, el de los tatuajes, que le arrebataba un palo de metal a un toubob. Tomndolo como un garrote, le asest un golpe en la cabeza que salpic la cubierta con los sesos del hombre. Mientras los dems salan de su estupor, derrib a otro toubob. Actuaba tan rpidamente el wolof, mientras ruga de furia, que estaba liquidando al quinto toubob cuando el
relampaguear de una cuchilla larga le cort limpia la cabeza, separndola de los hombros. Cay sobre la cubierta antes de que el cuerpo se hiciera un ovillo, ambos chorreando sangre. Segua con los ojos abiertos, y tenan una expresin de gran sorpresa. Entre gritos de pnico, ms y ms toubobs aparecieron en escena, abriendo puertas o deslizndose como monos de entre los arrugados gneros blancos. Mientras las mujeres chillaban, los hombres encadenados se amontonaron formando un crculo. De los palos de metal salan llamas y humo; luego el gran barril negro explot con un ruido de trueno, formando una nube de calor y de humo sobre sus cabezas, y los hombres gritaron y se desparramaron de terror. Desde atrs de la barricada vinieron corriendo el jefe toubob y su compaero, el de la cicatrices, ambos aullando de rabia. El toubob grande le dio un golpe al toubob que encontr primero, que le sac sangre de la boca, y pronto todos los toubobs se convirtieron en una masa de alaridos, latigazos, que blanda cuchillos y palos de fuego mientras empujaba a la manada de hombres encadenados hacia la escotilla abierta. Kunta se mova sin sentir los golpes, siempre esperando que el foulah diera la seal de atacar. Pero casi antes de que se diera cuenta, ya estaban abajo, encadenados en la oscuridad, y haban vuelto a cerrar la escotilla. Pero no estaban solos. En la conmocin, un toubob haba quedado atrapado abajo con ellos. Se precipitaba a un lado y a otro en la oscuridad, tropezando y pegndose contra las tablas, aullando de terror, levantndose con dificultad cuando caa, y volviendo a correr. Sus aullidos sonaban como los de una bestia primitiva. -Toubob fa! -grit alguien, y otras voces se le unieron: -Toubob fa! Toubob fa!-. Ms y ms hombres se unan al coro, que aumentaba en intensidad. El toubob pareca saber lo que queran decir, porque empez a hacer sonidos de splica. Kunta estaba callado, como helado, imposibilitado de mover un msculo. Le dola la cabeza, tena el cuerpo cubierto de sudor, y respiraba con dificultad. De repente se abri la escotilla y una docena de toubobs bajaron como una tromba. Algunos latigazos cayeron sobre el toubob atrapado antes de que ste pudiera hacerles ver que era uno de ellos. Luego, siempre con la ayuda de los ltigos, que no dejaban de caer, los hombres fueron desencadenados nuevamente, los castigaron, los hicieron subir a patadas de vuelta a la cubierta, donde los obligaron a observar a cuatro toubobs que con pesados ltigos golpeaban hasta transformar en una masa el cuerpo sin cabeza del wolof. Los cuerpos desnudos de los hombres encadenados brillaban de sudor y de sangre, proveniente de las heridas y llagas, pero apenas si se oa un sonido. Ahora todos los toubobs estaban fuertemente armados, y tenan una expresin de ira asesina, parados en un crculo, rodendolos, echando fuego por los ojos y respirando fuerte. Luego volvieron a dejar caer los ltigos y los llevaron a la bodega, donde los volvieron a encadenar en su lugar. Durante un largo rato nadie se atrevi ni siquiera a susurrar. Entre el torrente de pensamientos y emociones que atacaron a Kunta, cuando disminuy su terror y pudo volver a pensar, estaba la sensacin de que no era el nico en admirar el coraje del wolof, que haba muerto como un guerrero. Record cmo esperaba ansioso que el jefe foulah diera la seal de atacar en cualquier momento, pero no sucedi nada. Kunta estaba amargado, porque para ahora ya hubiera terminado todo. Por qu no morir ahora? Qu otra oportunidad mejor se iba a presentar? Haba alguna razn para aferrarse a la vida en medio de esa asquerosa oscuridad? Deseaba desesperadamente poder comunicarse como antes con su compaero de grillete, pero el wolof era pagano. Los murmullos de enojo causados por el hecho de que el foulah no haba actuado fueron interrumpidos por su dramtico mensaje: El ataque, anunci, ocurrira la prxima vez que los hombres de su nivel estuvieran en la cubierta, mientras saltaban, que era el momento en que los toubobs estaban ms tranquilos. -Muchos moriremos -dijo el foulah- pero nuestros hermanos de abajo nos vengarn. Ahora haba aprobacin en los murmullos que circulaban. Y Kunta se qued quieto en la oscuridad escuchando el ruido de una lima robada que roa las cadenas. Saba que desde haca semanas cubran con suciedad las marcas de la lima, para que no las vieran los toubobs. Pens en la cara de los que daban vuelta la rueda de la canoa, pues eran los nicos que no haba que matar. Pero durante esa larga noche en la bodega, Kunta y los otros hombres empezaron a or un nuevo sonido extrao proveniente de la cubierta sobre sus cabezas. Inmediatamente se hizo silencio en la bodega y, escuchando atentamente, Kunta pens que era el viento fuerte que haca que las grandes telas blancas golpearan ms que lo que acostumbraban. Pronto se oy un nuevo sonido, como si estuviera cayendo arroz sobre la cubierta; despus de un rato supuso que sera el golpeteo de la lluvia. Luego estuvo seguro de or el ruido de fuertes truenos. Se oan pasos arriba, y la canoa grande empez a inclinarse y a estremecerse. A los gritos de dolor de Kunta se sumaron los de los dems, cuando cada movimiento de arriba hacia abajo o de un lado a otro haca que se pegaran con las nalgas, los codos y los hombros desnudos -ulcerados y sangrantes- contra
las tablas duras, sacndose pedazos de la piel tierna e infectada, hasta que no les qued ms que el msculo. Kunta sinti un dolor caliente y penetrante que le atraves de la cabeza a los pies, y casi se desmaya. Cuando empez a caer el agua a la bodega le pareci que era algo distante, hasta que empezaron los chillidos de terror. Cada vez entraba ms y ms agua en la bodega. Kunta oy el ruido de algo pesado, como una tela enorme, que arrastraban por la cubierta. Momentos despus, la catarata que entraba se convirti en un goteo apenas, pero pronto Kunta empez a sudar, y a sentir que le faltaba el aire. Los toubobs haban tapado los agujeros para impedir que pasara el agua, pero al hacerlo haban obstruido el paso del aire, encerrando el calor y el olor inmundo de la bodega. Era insoportable, y los hombres empezaron a sofocarse y a vomitar, sacudiendo frenticamente los grilletes y gritando de pnico. Kunta senta como si le taparan con algodn la nariz, la garganta, e incluso los pulmones. Respiraba con dificultad, y necesitaba ms aliento para poder gritar. En medio de un salvaje sacudir de cadenas y gritos ahogados, no supo siquiera cundo se le aflojaron el vientre y la vejiga. Enormes olas se estrellaban contra el casco, y las maderas donde apoyaban la cabeza se ponan tirantes por la presin a que eran sometidas. Los gritos sofocados de los hombres encerrados en la bodega aumentaron cuando la canoa grande se sumergi en el agua, estremecindose bajo toneladas de peso. Luego, como por milagro, volvi a surgir bajo la lluvia torrencial que la castigaba como granizo. A medida que los ataques sucesivos de las olas la volvan a sumergir, y que suba de nuevo, escorndose, bambolendose, temblando, el ruido de la bodega empez a disminuir: los hombres encadenados se desmayaban, uno a uno. Cuando Kunta volvi en s, estaba sobre cubierta, y se sorprendi de estar vivo. Las luces anaranjadas que se movan por todos lados, le hicieron creer que an estaban abajo. Pero al aspirar hondo se dio cuenta de que era aire fresco. Se qued acostado, de espaldas; senta tanto dolor que no poda dejar de llorar, hasta en presencia de los toubobs. Los vea muy arriba, como fantasmas iluminados por la luz de la luna, caminando con dificultad por los maderos trasversales de los postes altos y gruesos; parecan tratar de desenrollar los grandes gneros blancos. Luego, volviendo la cabeza dolorida al or un ruido fuerte, Kunta vio a ms toubobs que con dificultad arrastraban por la escotilla el cuerpo desnudo de hombres encadenados, que amontonaban junto al lugar en que yacan Kunta y tantas otras formas encadenadas como si fueran leos apilados. El compaero de grilletes de Kunta temblaba violentamente, y haca arcadas entre plaido y plaido. Kunta no poda dejar de hacer arcadas tampoco al ver al jefe toubob y a su compaero, el alto de las cicatrices, que gritaban y maldecan a los otros, que se resbalaban y caan en el vmito que cubra el piso, proveniente de los encadenados pero tambin de ellos, que no dejaban de arrastrar ms y ms cuerpos desde la bodega. La canoa grande segua inclinndose, y la espuma mojaba a intervalos el alczar. El jefe toubob tena dificultad en mantener el equilibrio. Se desplaza con rapidez, seguido por otro toubob con una luz. Uno u otro levantaba la cara de los desnudos inertes, y le acercaban la luz; el jefe toubob los observaba de muy cerca y de vez en cuando tomaba de la mueca adyacente. Algunas veces, maldiciendo con amargura, gritaba una orden al de la luz, que entonces levantaba el cuerpo del encadenado y lo tiraba por la borda. Kunta saba que esos hombres haban muerto en la bodega. Se pregunt cmo era posible que Al estuviera en ese lugar, aunque se deca que l estaba en todas partes en todo momento. Pero luego pens que el solo hecho de cuestionar esa creencia lo haria igual al pagano que temblaba y se quejaba a su lado, Y entonces comenz a rezar por las almas de los hombres a los que haban arrojado por la borda, que ya se haban reunido con sus antepasados. Y los envidi.
CAPITULO 38 Para cuando lleg el alba, el tiempo haba aclarado, pero la canoa grande no dejaba de moverse para todos lados. Algunos de los hombres que yacan acostados sobre la espalda, o sobre un lado, no daban casi seales de vida; otros eran presa de terribles convulsiones. Pero junto con la mayora, Kunta haba logrado, con esfuerzo, sentarse, pues esa posicin aliviaba en parte los dolores terribles de la espalda y de las nalgas. Mir la espalda de los que lo rodeaban; haba en ellas sangre fresca en medio de sangre seca y coagulada; vio tambin que en los hombros y en los codos parecan asomarles los huesos desnudos. Con
la mirada ausente en otra direccin, vio a una mujer acostada con las piernas abiertas; tena las partes privadas manchadas con una pomada entre griscea y amarillenta, y hasta l lleg un olor indescriptible que deba provenir de ella. De vez en cuando, alguno de los hombres que seguan acostados trataba de incorporarse. Algunos volvan a desmoronarse. Entre los que lograron sentarse, Kunta vio al jefe foulah. Sangraba profusamente, y tena la expresin de alguien que no se da cuenta lo que sucede a su alrededor. Kunta no reconoci a los otros hombres que vio. Deban ser del nivel inferior. Eran los hombres que, segn el foulah, iban a vengar a los del primer nivel cuando stos atacaran al toubob. El ataque. Kunta ya no tena fuerzas ni para pensar en eso. En algunos de los rostros, incluyendo el de su compaero, Kunta vio el espectro de la muerte. Sin saber por qu, se dio cuenta de que iban a morir. El rostro del wolof era gris, y cada vez que jadeaba le sala un sonido burbujeante de la nariz. Hasta los huesos de los hombros y de los codos, que asomaban por la piel viva, tenan un color grisceo. Como si supiera que Kunta lo estaba mirando, el wolof entreabri los ojos y lo mir, sin seales de reconocerlo. Era un pagano, pero... Kunta extendi un dedo para tocarlo dbilmente en el brazo. Pero el otro no se dio cuenta del gesto de Kunta, ni de todo su significado. Aunque su dolor no disminua, el tibio sol lo hizo sentir un poco mejor. Mirando atrs vio que la sangre de su espalda haba formado un charco. Entonces le subi a la garganta un tembloroso gimoteo. Los toubobs, que tambin estaban enfermos y dbiles, se movan por todas partes con sus baldes y cepillos, limpiando los vmitos y los excrementos, y otros suban cubos de inmundicias de la bodega, vacindolos por la borda. A la luz del sol Kunta not sin inters la piel plida y peluda, y la pequeez de sus fotos. Despus de un rato le lleg el olor de vinagre y alquitrn hirviendo: el jefe toubob caminaba entre los encadenados curndoles las heridas con un ungento. Pona un emplasto con polvo en los lugares en que asomaban los huesos, aunque pronto la sangre haca que los emplastos se cayeran. Tambin les abri la boca a algunos, entre ellos Kunta, y les oblig a tomar un lquido de una botella negra. Al ponerse el sol dieron de comer a los que estaban bien: maz hervido, con aceite de palma, servido en un pequeo recipiente del que coman con las manos. Luego los toubobs trajeron un barril de agua que guardaban al pie del poste ms grande, sobre cubierta, y le dieron un cucharn a cada uno. Para cuando empezaron a salir las estrellas ya estaban abajo, nuevamente encadenados. Los espacios vacos del nivel de Kunta, cuyos ocupantes haban muerto, fueron ahora ocupados por los hombres ms enfermos del nivel inferior, y los gritos de dolor eran ahora ms fuertes an que antes. Durante tres das Kunta yaci entre ellos en un limbo de dolor, vmitos y fiebre, mezclando sus alaridos con los de los dems... Tambin l era presa de convulsiones de tos. Tena el cuello caliente e hinchado, y el sudor le cubra todo el cuerpo. Sali de su estupor una sola vez, al sentir el roce de los bigotes de una rata en la cadera; como por reflejo movi velozmente la mano libre y atrap en el puo la cabeza y la parte de adelante de la rata. Era increble. Toda la furia acumulada desde haca tanto tiempo corri por su brazo y su mano. Apret ms y ms, mientras la rata se retorca y chillaba frenticamente, hasta que oy que le saltaban los ojos al animal, y le cruja el crneo entre los dedos. Slo entonces lo abandonaron las fuerzas y abri la mano para dejar caer los restos aplastados del roedor. Uno o dos das despus el jefe toubob mismo empez a bajar, descubriendo cada vez por lo menos un cuerpo muerto, al que desencadenaba. Haca arcadas por el hedor, bajo las luces que sostenan sus ayudantes, aplicaba el ungento y el polvo y meta el cuello de la botella negra en la boca de los que seguan viviendo. Kunta luchaba por no gritar de dolor cada vez que senta los dedos en la espalda o le acercaban la botella a los labios. Se estremeca cuando esos dedos plidos tocaban su piel; hubiera preferido un latigazo. Y en el resplandor anaranjado de la luz, el rostro de los toubobs tena una palidez sin rasgos que nunca podra llegar a olvidar, igual que el hedor en que yaca. En medio de la mugre y de la fiebre, Kunta no saba si haca dos lunas, o seis, o una lluvia entera, que estaba en el vientre de la canoa. El hombre que llevaba la cuenta del tiempo, cerca de la escotilla, haba muerto. Y ya no haba comunicacin entre los sobrevivientes. En una oportunidad, cuando se despert del trance, sinti un terror sin nombre, y se dio cuenta de que la muerte estaba cerca. Luego, despus de un momento, vio que ya no se oa el resollar ronco de su compaero de grilletes. Despus de mucho tiempo, Kunta por fin se anim a estirar la mano para tocar el brazo del hombre. Retrocedi, horrorizado, pues estaba helado y rgido. Kunta se puso a temblar. Aunque era pagano, l haba hablado con el wolof, haban yacido juntos todo ese tiempo. Y ahora estaba solo. Cuando los toubobs volvieron a bajar, trayendo el maz hervido, Kunta se puso a temblar al sentir que se acercaban, murmurando y haciendo arcadas. Luego vio que uno de ellos sacuda al wolof, maldiciendo.
Kunta sinti que le llenaban el recipiente de comida y lo ponan entre l y el wolof muerto, y luego los toubobs seguan camino. Aunque estaba hambriento, Kunta no pudo comer. Despus de un rato bajaron dos toubobs y abrieron el grillete y la esposa que lo unan al wolof. Alelado, oy cmo arrastraban el cuerpo por el pasillo y escaleras arriba. Quera alejarse de ese espacio libre, pero no bien se movi se despellej los msculos contra las tablas y aull de dolor. Se qued inmvil para que se le calmara el dolor, mientras oa mentalmente los lamentos mortuorios de las mujeres de la aldea del wolof. Toubob fa! -grit en la hedionda oscuridad, haciendo sonar con su mano esposada la cadena de la esposa vaca del wolof. La prxima vez que subi a cubierta, Kunta vio a un toubob que lo miraba: era uno de los que lo haban castigado a l y al wolof. Durante un instante se miraron profundamente, y aunque el rostro y los ojos del toubob se llenaron de odio, esta vez no dej caer el ltigo sobre la espalda de Kunta. Mientras Kunta se repona de la sorpresa, recorri la mirada por la cubierta y por primera vez desde la tormenta, vio a las mujeres. Se le oprimi el corazn. De las veinte que haba al principio, slo quedaban doce. Pero sinti alivio al ver que los cuatro nios vivan. Esta vez no los cepillaron -tenan la espalda en muy mal estado- y cuando saltaron lo hicieron muy dbilmente, al comps del tambor nicamente; el toubob que tocaba el otro instrumento ya no estaba. Las mujeres que quedaban, a pesar de su dolor, les informaron lo mejor que pudieron que haban cosido a unos toubobs ms en los gneros blancos, arrojndolos por la borda. Con un rostro en que se reflejaba el cansancio, el toubob canoso iba entre los hombres desnudos con su ungento y su botella cuando un hombre con los grilletes vacos de un compaero muerto colgndoles de los tobillos y de las muecas se levant sorpresivamente de su lugar y corri a la borda. Ya haba conseguido trepar cuando el toubob ms cercano logr apoderarse de la cadena justo en el momento en que saltaba. Un instante despus su cuerpo colgaba contra el costado de la canoa y la cubierta retumbaba con sus aullidos estrangulados. De repente, sin posibilidad de equivocacin, entre los gritos, Kunta oy algunas palabras toubobs. Hubo un siseo entre los encadenados; era el otro slatee, indiscutiblemente. Mientras el hombre pegaba contra el casco -chillando "Toubob fa!", y luego implorando merced- el jefe toubob se acerc a la borda y mir hacia abajo. Despus de escuchar durante un momento, arrebat abruptamente la cadena del otro toubob y dej que el slatee se precipitara gritando hasta el mar. Luego, sin decir ni una palabra, sigui curando las heridas como si no hubiera pasado nada. Aunque los ltigos se usaban menos ahora, los guardias parecan estar aterrorizados de los prisioneros. Cada vez que suban los prisioneros a la cubierta, los toubobs los rodeaban cuidadosamente, con cuchillos y palos de fuego en la mano, como si los encadenados fueran a atacarlos en cualquier momento. Pero en lo que a Kunta ataa, si bien despreciaba a los toubobs con todo su ser, ya no les importaba matarlos. Estaba tan enfermo y se senta tan dbil que ya no le importaba siquiera seguir viviendo o morir. Cuando estaba en la cubierta se echaba sobre un costado y cerraba los ojos. Pronto senta al jefe de los toubobs frotndole la espalda con el ungento. Y luego, durante un rato, no senta ms que el calor del sol y la brisa del ocano, y el dolor se disolva para transformarse en una dulce espera -casi feliz- de la muerte, para poder unirse a sus antepasados. Ocasionalmente, en la bodega, Kunta oa algunos murmullos, y senta curiosidad por saber de qu podan hablar. Para qu hablar? Su compaero wolof haba muerto, y la muerte tambin haba llevado a algunos de los que traducan. Adems, hablar consuma mucha energa. Cada da Kunta se senta peor, y no ayudaba mucho ver lo que le pasaba a algunos de los hombres. De los intestinos les sala una mezcla de sangre coagulada y de un moco espeso, gris amarillento, de un olor nauseabundo. Cuando los toubobs vieron por primera vez la ptrida deposicin, se agitaron. Uno de ellos corri escaleras arriba, y unos minutos despus baj el jefe toubob. En medio de las nuseas, hizo un gesto para que desencadenaran a los hombres que gritaban y los sacaran de la bodega. Ms toubobs regresaron pronto con luces, azadas, cepillos y baldes. Vomitando y maldiciendo, fregaron y volvieron a fregar la parte de los estantes de donde haban llevado a los enfermos. Luego vertieron vinagre hirviendo y sacaron a los que yacan al lado para llevarlos a otros espacios vacos, ms lejos. Pero no sirvi de nada, porque el contagio de la peste que los toubobs llamaban "el flujo", segn les oy decir Kunta, sigui extendindose. Pronto l tambin empez a retorcerse del dolor de cabeza y espalda, luego a morirse de calor y despus de fro por la fiebre y los escalofros, y finalmente sinti que se le cerraban las entraas, para despedir luego la sangre maloliente. Pareca como si con la deposicin tambin se le fueran a salir los intestinos. Kunta casi se desmay del dolor. Entre gritos, dijo cosas que le parecieron increbles: - Omoro, Ornar, el Segundo Califa, tercero despus de Mahoma el Profeta! Kairaba, Kairaba
significa paz!-. Finalmente se le acab la voz de tanto gritar, y no se oa lo que deca, por el llanto de los dems. A los dos das, casi todos los hombres de la bodega haban contrado el flujo. Ahora la masa sanguinolenta chorreaba de los estantes a los pasillos, y no haba forma en que los toubobs pudieran evitar pisarla o rozarla, por lo que maldecan y vomitaban. Ahora los llevaban a cubierta todos los das mientras los toubobs bajaban baldes de vinagre y alquitrn hervidos para lavar la bodega. Kunta y sus compaeros avanzaban a los tropezones por el pasillo y luego escaleras arriba, y al llegar a cubierta se desmoronaban. Pronto la cubierta estaba toda sucia de la sangre de la espalda de los hombres y de las deposiciones. El olor del aire fresco pareca penetrar a Kunta, desde los pies a la cabeza, y luego, cuando regresaban abajo, el vinagre y el alquitrn hacan lo mismo, aunque su olor nunca lograba extinguir el hedor del flujo. En su delirio, Kunta vio a su abuela Yaisa acodada en la cama, hablndole por ltima vez, cuando era un nio, y pens en la vieja abuela Nyo Boto, y las historias que contaba cuando l perteneca al primer kafo, la del cocodrilo que cay prisionero en una trampa junto al ro y el nio que fue a soltarlo. Quejndose y balbuceando, araaba y pateaba cuando los toubobs se le acercaban. Pronto casi nadie poda caminar, y los toubobs tenan que ayudarlos a subir a cubierta para que el canoso les pudiera aplicar el inservible ungento a la luz del da. Todos los das mora alguien, y lo arrojaban por la borda, incluyendo a dos nios y a algunas mujeres ms, como tambin varios toubobs. Los toubobs que sobrevivan apenas si podan arrastrarse, y el que haca girar la rueda de la canoa grande estaba parado sobre una cuba que reciba sus deposiciones. Las noches y los das se sucedan confusamente hasta que un da Kunta y algunos otros que an podan arrastrarse escaleras arriba, vieron por la borda, con gran sorpresa, una alfombra de algas color oro que flotaba en la superficie del agua hasta donde alcanzaba la vista. Kunta saba que el agua no poda seguir para siempre, y ahora pareca que la canoa grande se iba a precipitar por el borde del mundo, aunque no le importaba. Muy dentro senta que se acercaba el fin; lo nico que no saba era cmo iba a morir. Sin inters not que los grandes gneros blancos se iban cayendo, pues ya no se henchan de viento. Arriba, entre los postes, los toubobs tiraban el laberinto de sogas para hacer que los gneros se movieran en esta o esa direccin, tratando de encontrar alguna brisa. Los toubobs de la cubierta les izaban baldes de agua que los de arriba arrojaban contra los gneros. Pero la canoa grande segua movindose apenas siguiendo tranquilamente el lento ondular de las olas. Una maana, cuando subieron de la bodega, los hombres vieron cientos de peces voladores apilados sobre la cubierta. Las mujeres les dijeron, en sus cantos, que la noche anterior los toubobs haban puesto luces en la cubierta para atraerlos, y los peces haban saltado a bordo y luego haban luchado intilmente tratando de escapar. Esa noche los hirvieron con maz, y el gusto del pescado fresco sorprendi agradablemente a Kunta. Engull la comida, con espinas y todo. La siguiente vez que el jefe toubob le aplic el ardiente polvo amarillo en la espalda, tambin le puso un espeso vendaje sobre el hombro derecho. Kunta se dio cuenta de que eso significaba que le asomaba el hueso, como suceda con tantos hombres, especialmente los ms delgados, que tenan menos msculo sobre el hueso. El vendaje le hizo doler el hombro ms que antes. Pero al rato de estar en la bodega, la sangre afloj el vendaje al empaparlo, hacindolo caer. No importaba. Algunas veces se pona a pensar en los horrores por los que haba pasado, o en lo mucho que odiaba a todos los toubobs. Pero la mayor parte del tiempo yaca en la oscuridad hedionda, con los ojos pegados por alguna sustancia amarillenta, dndose apenas cuenta de que estaba vivo. Entre los que quedaban vivos, Kunta era uno de los pocos que an podan bajar del estante sin ayuda, e igualmente subir la escalera hasta cubierta. Pero luego le empezaban a temblar las piernas, y a doblrseles, hasta que por fin a l tambin tenan que llevarlo, arrastrndolo a medias, hasta la cubierta. Se quedaba sentado, con la cabeza entre las rodillas, los ojos mucosos apretados, quejndose suavemente, esperando que le llegara el turno para que lo limpiaran. Los toubobs usaban ahora una gran esponja enjabonada por miedo a que el cepillo de cerdas duras le hiciera ms dao a la espalda sangrante de los hombres. Pero Kunta estaba mucho mejor que otros, que slo se podan apoyar sobre un costado, y que parecan haber dejado hasta de respirar. Entre todos, slo las mujeres que quedaban, y los nios, parecan razonablemente sanos; a ellos no los haban encadenado en la oscuridad, con la mugre, el hedor, los piojos, las pulgas, las ratas y el contagio. La mayor de las mujeres, de las mismas lluvias que Kunta, se llamaba Mbuto, y era una mandinga de la aldea de Kerewan. Posea tanta dignidad y majestad que aunque estaba desnuda actuaba como si la cubriera un manto. Los toubobs no le impedan que se desplazara entre los encadenados que yacan, enfermos, sobre cubierta, dicindoles palabras de consuelo y friccionndoles el pecho y la frente afiebrada.
-Madre! Madre! -susurr Kunta al sentir sus dulces manos, y otro hombre, demasiado dbil para hablar, se limit a abrir la boca como tratando de sonrer. Finalmente lleg el momento en que Kunta ya no poda comer sin ayuda. Los pobres msculos de los hombros y de los codos se negaban a que pudiera levantar las manos como para alzar la comida del recipiente. A menudo ahora coman en cubierta, y un da las uas de Kunta araaban el borde del cuenco tratando de llegar a la comida cuando lo not el toubob de las cicatrices. Grit una orden a uno de los toubobs, que le meti un tubo en la boca a Kunta y procedi a alimentarlo a travs de l. El tubo le provocaba nuseas, pero Kunta logr babosear y engullir la comida, y luego se tendi, abierto de brazos y piernas, sobre el vientre. Cada vez haca ms calor durante el da, e incluso sobre cubierta todos se sofocaban en el aire calmo. Pero despus de unos das, Kunta empez a sentir una brisa refrescante. Los grandes gneros de los altos postes volvieron a moverse con fuerza, y pronto empezaron a hincharse de viento. Los toubobs saltaban como monos en lo alto, y pronto la canoa grande cortaba las olas y la espuma se enrulaba en la proa. A la maana siguiente bajaron por la escotilla ms toubobs de lo acostumbrado, y mucho ms temprano. Con palabras y movimientos excitados, corran por los pasillos, desencadenando a los hombres y ayudndolos a subir con gran prisa. Tropezando al trasponer la escotilla, Kunta subi despus de muchos hombres, parpadeando en el sol, y entonces vio a los otros toubobs y a las mujeres parados contra la orda. todos los toubobs rean, proferan exclamaciones de alegra, y hacan gestos continuamente. Kunta se puso bizco para poder ver algo entre las espaldas llenas de costra de los hombres, y entonces vio... Aunque todava apareca borrosa, era, evidentemente, una parte de la tierra de Al. Los toubobs tenan, entonces, una tierra donde pisar -la tierra de toubabo doo- que, segn los antepasados, se extenda desde el amanecer hasta el crepsculo. Kunta se estremeci. Le brotaba el sudor, que brillaba en su frente. El viaje haba terminado. Haba sobrevivido. Pero sus lgrimas pronto borronearon la costa, convirtindola en una bruma gris y aguada, porque Kunta supo que viniera lo que viniese, iba a ser an peor.
CAPITULO 39 De regreso a la oscuridad de la bodega, los hombres encadenados estaban demasiado atemorizados para abrir la boca. En el silencio, Kunta poda or el crujido de los maderos del barco, el sonido, sibilante del mar contra el casco y el ruido sordo de las torpes pisadas de los toubobs que iban y venan apresuradamente sobre la cubierta. De repente un mandinga empez a alabar a Al a los gritos, y pronto todos los dems se le unieron hasta que se generaliz un bullicio de rezos y de cadenas que los hombres sacudan con la fuerza que les quedaba. Entre el ruido, Kunta no oy cuando abran la escotilla, pero el choque de la luz del da lo hizo callar y mirar en esa direccin. Entreabriendo los ojos para comprimir las mucosidades, observ la entrada de los toubobs con sus linternas. Empezaron a reunirlos, con prisa inusual, y los volvieron a hacer subir a cubierta. Con los cepillos de mango largo, ignoraron los chillidos de los -hombres mientras limpiaban las costras de los cuerpos cubiertos de llagas, y el toubob jefe pas por las filas rocindolos con el polvo amarillo. Pero esta vez, como friccionaron los msculos profundamente, le hizo una sea a su asistente, que les aplic una sustancia negra con un cepillo chato y ancho. Cuando Kunta sinti que le tocaban las nalgas sin carne, el dolor terrible lo hizo desplomar sobre la cubierta. Mientras yaca, sintiendo que le quemaba todo el cuerpo, oy que los hombres volvan a aullar de terror, y levantando la cabeza vio que varios de los toubobs se estaban preparando a comer a los hombres. Estaban de a dos, y empujaban primero a uno de los hombres encadenados, y luego al siguiente, hacindolos arrodillar. En esa posicin un tercer toubob le pasaba por la cabeza una sustancia blanca que haca espuma y luego, con algo delgado y brillante le quitaba el pelo del crneo, mientras le chorreaba la sangre por la cara. Cuando le toc el turno a Kunta, y lo agarraron, l grit y luch con todas sus fuerzas hasta que le dieron una fuerte patada en las costillas que lo dej sin aliento, mientras senta la espuma y el raspaje en la cabeza. Luego les aceitaron el cuerpo hasta hacerlo brillar, y les pusieron un extrao taparrabos con dos agujeros para meter las piernas, que cubra las partes privadas. Por fin, bajo el escrutinio del jefe toubob los encadenaron, prosternados, a lo largo de la borda. El sol ya estaba en el centro del cielo. Kunta se qued acostado sin sentir nada, en una especie de estupor. Pens que cuando por fin comieran su carne y le chuparan los huesos, su espritu ya habra acudido a Al. Oraba en silencio cuando los gritos,
como ladridos, del jefe toubob y su asistente hicieron que abriera los ojos y vio que los toubobs suban a los postes. Esta vez, sin embargo, los gruidos que hacan al subir se mezclaban con gritos y risas. Un momento despus se aflojaron los gneros blancos y cayeron, arrugados. La nariz de Kunta detect un nuevo olor en el aire; en realidad, se mezclaba con muchos olores, extraos y desconocidos. Luego le pareci or sonidos a lo lejos, desde el otro lado del agua. Acostado sobre cubierta, con los ojos pegados por las mucosidades, no poda decir de dnde venan. Pero pronto los ruidos se acercaron, y entonces sus quejidos se unieron a los de sus compaeros. A medida que los sonidos se hacan ms fuertes, sus plegarias y gritos aumentaban, hasta que por fin, en la brisa leve, Kunta pudo oler los cuerpos de muchos toubobs desconocidos. Entonces la canoa grande choc contra algo slido, que no ceda, y se sacudi fuertemente, hacindose de un lado para otro hasta que por primera vez desde que partieron de frica, haca cuatro lunas y media, se qued quieta, despus de que la aseguraron con sogas. Los hombres encadenados estaban aterrorizados. Kunta se abrazaba las rodillas, y tena los ojos cerrados, como si estuvieran paralizados. Todo el tiempo que poda aguantaba el aliento, para protegerse de los olores nauseabundos, pero cuando algo golpe fuertemente contra la cubierta, abri los ojos y vio a dos nuevos toubobs que suban a cubierta por una ancha planchada, sosteniendo una tela blanca sobre la nariz. Se movan con rapidez, y le dieron la mano al jefe toubob, que se deshaca en sonrisas, evidentemente ansioso por caerles en gracia. Kunta silenciosamente implor el perdn de Al, y su piedad, a medida que los toubobs corran junto a la borda, desencadenando a los hombres negros, hacindoles seas y gritndoles para que se pusieran de pie. Cuando Kunta y sus compaeros se aferraron a sus cadenas, sin querer desprenderse de algo que se haba convertido casi en parte del cuerpo, empezaron a chasquear los ltigos, primero sobre la cabeza, luego sobre la espalda. Inmediatamente, entre gritos, soltaron las cadenas y se incorporaron con dificultad. Por un lado de la canoa grande, abajo en el muelle, Kunta vio a muchos toubobs golpeando el suelo con los pies, riendo, sealndolos excitados, mientras muchos ms corran de todas direcciones para reunirse con ellos. Bajo los latigazos, los llevaron, a los tropezones, por la planchada inclinada hacia la multitud que aguardaba. Kunta sinti que se le doblaban las rodillas cuando sus pies pisaron tierra toubob, pero otros toubobs los obligaron a que siguieran andando, rodeados por la muchedumbre que los vitoreaba. El olor de toda esa gente junta lo agredi como un puetazo en el rostro. Cuando se cay un negro, implorndole a Al, sus cadenas arrastraron a los hombres que iban delante y detrs de l. Volvieron a chasquear los ltigos mientras la muchedumbre toubob chillaba de excitacin. Kunta sinti el impulso salvaje de huir, pero los ltigos obligaban a los encadenados a seguir adelante. Avanzaban con trabajo, pasando junto a extraordinarios vehculos de dos y cuatro ruedas arrastrados por unos animales enormes que se parecan un poco a los asnos, y luego por una multitud de toubobs que se arremolinaban en una especie de feria llena de pilas coloridas de frutas y verduras. Los toubobs ricamente vestidos los miraban con expresiones de odio, mientras que los que lucan vestimentas menos lujosas los sealaban con la mano y proferan gritos de gozo. Not que uno de estos ultimos era una mujer cuyo pelo fibroso tena el color de la paja. Despus de ver la manera en que los toubobs se desesperaban por las mujeres negras a bordo de la canoa grande, se sorprendi que tuvieran mujeres propias, aunque al ver este espcimen, se dio cuenta de por qu preferan a las africanas. Kunta vio de reojo que unos toubobs gritaban como enloquecidos viendo cmo se peleaban dos gallos. An con ese gritero en los oidos, llegaron a una muchedumbre que aullaba y saltaba para todos lados con objeto de evitar que los llevaran por delante tres muchachos toubobs, que perseguan a un cerdo mugriento que pareca lustroso, como embadurnado con grasa. Kunta no poda creer lo que vea. Kunta se sinti alelado al ver a dos hombres negros que no haban venido con ellos en la canoa grande: eran un mandinga y un serere, eso era indudable. Dio vuelta la cabeza para verlos caminar tranquilamente detrs de un toubob Despus de todo, l y sus compaeros no estaban solos en esa tierra terrible! Y si a esos hombres les haban permitido vivir, tal vez ellos tambin tendran la suerte de escapar del caldero. Kunta sinti ganas de correr y abrazarlos, pero vio sus rostros inexpresivos y el miedo reflejado en los ojos bajos. Y entonces le lleg su olor: era raro. Se sinti mareado; no poda entender cmo esos hombres negros caminaban dcilmente siguiendo a un toubob que no los vigilaba y que ni siquiera iba armado, en lugar de tratar de huir... o de matarlo. No tuvo tiempo de pensar ms en el asunto, porque de repente se encontraron ante la puerta abierta de una gran casa cuadrada, de ladrillos de barro cocido, rectangulares, con postes de hierro que dejaban espacios vacos en los costados. A latigazos hicieron pasar a los encadenados, llevndolos a un cuarto grande. Kunta sinti los pies fros sobre el suelo de tierra apisonada. En la luz dbil que entraba por dos aperturas con barrotes de hierro, sus ojos parpadearon hasta distinguir las figuras de cinco hombres negros
acurrucados a lo largo de una pared. Ni siquiera levantaron la cabeza cuando los toubobs les ataron las muecas y los tobillos dentro de gruesas esposas de hierro, enganchadas a unas cadenas cortas metidas en la pared. Kunta entonces tambin se acurruc junto a los otros, con la barbilla apoyada contra las rodillas juntas. La cabeza le daba vueltas con todas las cosas que haba visto, odo y olido desde que bajaron de la canoa grande. Despus de un momento, entr otro negro. Sin mirar a nadie, deposit unas latas de agua y comida ante cada hombre, y desapareci rpidamente. Kunta no tena hambre, pero senta la garganta tan seca que por fin no pudo dejar de sorber un poquito de agua; tena un gusto raro. Adormecido, se puso a observar, a travs de uno de los espacios con barrotes de hierro, cmo la luz del da daba paso a la oscuridad. Cuanto ms tiempo pasaba, all sentado, Kunta senta ms y ms miedo. Casi hubiera preferido la oscura bodega de la canoa grande, pues al menos saba qu lo esperaba all. Cada vez que entraba un toubob a la noche, se haca atrs, pues tenan un olor fuerte y extrao. Pero se haba acostumbrado a otros olores: al sudor, la orina, los cuerpos sucios, el hedor que sala de los encadenados cuando se les aflojaban los intestinos, en medio de los gritos de los otros, que rezaban y maldecan, se quejaban y hacan sonar las cadenas. De repente cesaron todos los ruidos al entrar un toubob con una luz como las que haba visto en la canoa grande, y detrs de l, en el resplandor amarillento, vio a otro toubob que azotaba con su ltigo a un negro que gritaba en una lengua que pareca toubob. Pronto lo encadenaron, y los dos toubobs se fueron. Kunta y sus compaeros se quedaron quietos, escuchando los sonidos lastimeros de dolor y sufrimiento del recin llegado. Kunta sinti que se acercaba el alba cuando de repente oy dentro de su cabeza, como tantas veces durante el entrenamiento, la voz alta y aguda del kintango: "Es sabio que el hombre estudie y aprenda de los animales". Kunta se sorprendi tanto que se sent. Sera un mensaje de Al? Qu quera decir, aprender de los animales, en ese lugar, en ese momento? l mismo era como un animal atrapado. Mentalmente vio las imgenes de los animales en las trampas. Algunas veces escapaban antes que los mataran. Cules eran ellos? Por fin lleg la respuesta. Los animales que haban logrado escapar de las trampas eran aquellos que no se haban enfurecido hasta debilitarse y extenuarse. Los que haban conseguido escapar eran aquellos que haban esperado con tranquilidad, que haban conservado sus fuerzas hasta la llegada de sus aprehensores, y entonces haban aprovechado algn descuido para juntar energa y lanzarse en un ataque desesperado o, ms sabiamente, para huir hacia la libertad. Kunta se sinti mucho ms despierto. Era su primera esperanza desde que se complotara con los dems para matar a los toubobs en la canoa grande. Su mente se aferr a la idea: escapar. Deba hacer creer a los toubobs que estaba vencido. No deba enfurecerse ni luchar an. Deba dar la apariencia de haber abandonado toda esperanza. Pero aun en el caso de que lograra escapar, adonde huira? Dnde se escondera en esa tierra desconocida? Conoca el territorio alrededor de Juffure como a su propia choza, pero aqu todo le era desconocido. No saba siquiera si los toubobs tenan bosques, y en caso de que hubiera, si en ellos encontrara las seales que podra utilizar un cazador para orientarse. Kunta decidi que esos eran asuntos que deba resolver a medida que se presentaran. Cuando las primeras luces del alba se filtraron por los barrotes de las ventanas, Kunta cay en un sueo intranquilo. Pero no bien haba cerrado los ojos, o as le pareci, fue despertado por el extrao negro que traa los recipientes de agua y comida. A Kunta le dola el estmago de hambre, pero la comida tena un olor espantoso, y volvi la cara. Tena la lengua hinchada y sucia. Trat de tragar la inmundicia que le llenaba la boca, y le doli la garganta al hacerlo. Torpemente mir a su alrededor. Sus compaeros de la canoa grande no parecan ver ni or nada. Kunta dio vuelta la cabeza para estudiar a los cinco hombres que estaban en el cuarto cuando llegaron. Usaban ropa toubob, andrajosa. Dos de ellos tenan la piel clara, sasso borro, como si fueran el producto del acoplamiento de un toubob y una mujer negra, segn decan los ancianos. Luego Kunta observ al que haban llevado durante la noche; estaba echado hacia adelante, y tena sangre seca en el pelo y en la ropa toubob que llevaba puesta. Uno de los brazos le colgaba en una postura tan extraa que Kunta pens que estaba quebrado. Pas ms tiempo, y finalmente Kunta volvi a dormirse, para despertarse de nuevo, esta vez mucho despus, con la llegada de otra comida. Era una especie de atole humeante, y ola peor que lo que le haban trado antes. Cerr los ojos para no verlo, pero cuando casi todos sus compaeros levantaron los
recipientes y empezaron a engullir, pens que no sera tan malo, despus de todo. Si pensaba escapar de ese lugar, iba a necesitar fuerzas. Hara el esfuerzo de comer un poco, slo un poco. Tomando el recipiente, lo llev a la boca y trag y trag hasta terminar el contenido. Asqueado por su actitud, dej la lata con fuerza y empez a sentir nuseas, pero se oblig a volver a tragar. Tena que retener la comida si es que quera seguir viviendo. Desde ese da, tres veces al da, Kunta se obligaba a comer la tan aborrecida comida. El negro que la traa vena una vez por da con un balde, una azada y una pala para limpiar los excrementos. Y a la tarde venan dos toubobs para pasarles el lquido negro, maloliente, por las llagas ms grandes, y les aplicaban el polvo amarillento en las ms pequeas. Kunta se despreciaba por su debilidad, que haca que se sacudiera y llorara de dolor igual que los dems. A travs de los barrotes de las ventanas, Kunta cont seis das y cinco noches. Las cuatro primeras noches oy dbilmente, no muy lejos, los gritos de las mujeres que reconoci eran las de la canoa grande. l y sus compaeros sufrieron la humillacin de tener que quedarse all, sin poder defenderlas, aunque no podan en realidad ni siquiera defenderse a s mismos. Pero esa noche era aun peor, porque no haba gritos. Qu nuevo horror les esperaba a las mujeres? Casi todos los das hacan entrar a empujones a uno o ms negros vestidos como toubobs, para luego encadenarlos. Se desmoronaban contra la pared detrs de ellos, o se hacan un ovillo en el suelo, con seales de castigos recientes en el cuerpo; no parecan darse cuenta del lugar en que estaban, y no pareca importarles lo que podra sucederles. Luego, por lo general antes de que transcurriera otro da, entraba un toubob que actuaba como una persona importante, con un trapo contra la nariz, y entonces uno de los prisioneros empezaba a aullar de terror; el toubob lo pateaba y gritaba, y entonces se llevaban al negro. Cuando senta que se le asentaba la comida, Kunta trataba de dejar de pensar, para poder dormir. Hasta unos pocos minutos de descanso lograban borrar por ese tiempo el horror interminable que padeca, que, por alguna razn, era la voluntad de Al. Cuando no poda dormir, que era la generalidad, trataba de esforzarse en pensar en otras cosas que no fueran su aldea o su familia, porque cuando pensaba en ellas se pona a sollozar.
CAPITULO 40 Justo despus de la comida de la sptima maana entraron dos toubobs trayendo ropa. Fueron desencadenando uno a uno a los aterrorizados hombres y les ensearon cmo ponrsela. Una vestidura cubra la cintura y las piernas, y otra la parte superior del cuerpo. Cuando Kunta se puso la ropa, las llagas, que haban empezado a curarse, le empezaron a picar. Al rato empez a or voces afuera, que iban aumentando gradualmente. Se estaban reuniendo muchos toubobs; hablaban y rean, y no estaban muy lejos de las ventanas. Kunta y sus compaeros, con sus nuevas vestimentas toubobs, se incorporaron, aterrorizados, pensando en lo que podra sucederles ahora. Cuando regresaron los dos toubobs, desencadenaron rpidamente a tres de los cinco negros que ocupaban el cuarto cuando llega con los dems. Todos actuaban como si ya eso les hubiera sucedido antes y no les importara. Luego, casi en seguida, los ruidos que hacian los toubobs afuera cambiaron de carcter. Se hizo un silencio, y luego un toubob empez a gritar. Tratando intilmente de entender lo que decan, Kunta escuch los extraos gritos: "De fsico perfecto! De mucho espritu!" Despus de un breve intervalo, otros toubobs lo interrumpan con fuertes exclamaciones: "Trescientos cincuenta! Cuatrocientos! Quinientos!" Y el primer toubob gritaba: Que sean seiscientos! Mrenlo! Trabaja como una mula!" Kunta se estremeci de miedo. El sudor le chorreaba por la cabeza y le costaba respirar. Al ver que entraban cuatro toubobs -los dos primeros, y dos nuevos- Kunta se qued paralizado de terror, la nueva pareja de toubobs se qued junto a la puerta con garrotes cortos en una mano y pequeos objetos de metal en la otra. Los otros dos empezaron a abrir las esposas de hierro de la pared donde estaba Kunta. Cuando alguien gritaba o forcejeaba, le pegaban con una correa corta y gruesa. Aun as, cuando le lleg el turno a Kunta no pudo evitar gruir de furia y de terror. Le dieron un golpe en la cabeza, que le pareci que iba a explotar, y luego sinti apenas que sacudan las cadenas. Cuando se le empez a despejar la cabeza, vio que era el primero de una fila de seis hombres encadenados que avanzaban con dificultad, trasponiendo una puerta ancha, a la luz del da.
- Recin descolgados de las ramas! -El que gritaba estaba parado sobre una plataforma baja de madera, adelante de cientos de toubobs amontonados. Observaban y hacan gestos, y Kunta se sintio oprimido por el hedor que se desprenda de ellos. Entre las toubob vio a algunos negros, pero tenan la expresin de no ver nada. Haba dos toubobs que sostenan las cadenas de dos negros que acababan de ser llevados del cuarto de las ventanas con barrotes. Ahora el que gritaba empez a recorrer la fila de Kunta y sus compaeros, evalundolos con la mirada. Luego volvi a recorrer la fila, tocando con el mango del ltigo sus pechos y vientres, sin dejar de proferir los extraos gritos: -Brillantes como monos! Se les puede ensear a hacer cualquier cosa! -Luego volvi al final de la fila, y punz a Kunta hacia la plataforma. Pero Kunta no se poda mover. Lo nico que haca era temblar. Era como si sus sentidos lo hubieran abandonado. El cabo del ltigo le hizo arder las escaras de sus nalgas ulceradas. Tambalendose, dolorido, Kunta avanz a los tropezones, y el toubob meti la punta libre de su cadena en un objeto de metal. - En lo mejor de la vida, joven y gil! -grit el toubob. Kunta estaba tan insensible a causa del terror que casi no not a la muchedumbre de toubobs que se acercaba. Luego sinti que con ayuda de palos y de cabos de ltigo empezaron a hacerle abrir los labios apretados para examinarle los dientes, y con las manos exploraban todo su cuerpo: la espalda, el pecho, las axilas, los genitales. Luego algunos de los que lo inspeccionaron dieron un paso hacia atrs y empezaron a proferir gritos extraos. - Trescientos dlares!... Trescientos cincuenta! -El toubob que gritaba ri despreciativamente-. Quinientos! Seiscientos! -Sonaba enojado-. Este es un negro especial! Quin dice setecientos cincuenta? - Setecientos cincuenta! -dijo alguien. Repiti el grito varias veces, luego dijo "Ochocientos!" hasta que alguien le hizo eco entre la multitud. Y luego, antes de que tuviera oportunidad de decir nada ms, alguien grit: -Ochocientos cincuenta! No se oyeron ms gritos. El toubob desencaden a Kunta y de un empujn se lo dio a un toubob que se adelant. Kunta tuvo ganas de huir entonces, pero se dio cuenta de que no lo hara: de cualquier manera, apenas si poda mover las piernas. Vio que haba un negro caminando detrs del toubob al que le haban dado la cadena. Kunta mir con splica a este negro, de rasgos indiscutiblemente wolofs; Hermano, t eres de mi pas... Pero el negro ni siquiera pareca verlo. Le dio un tirn a la cadena para que Kunta los siguiera, y empezaron a caminar entre la muchedumbre. Algunos de los toubobs ms jvenes se rean, se burlaban, y punzaban a Kunta con palos a medida que pasaban junto a ellos, pero finalmente los dejaron atrs y el negro subi a un carruaje con cuatro ruedas atado a uno de esos animales enormes, como burros, que haba visto al bajar de la canoa grande. Con un grito airado, el negro tom a Kunta de las caderas, lo subi hasta depositarlo en el piso del carruaje, donde se acurruc. Oy que ataban el extremo libre de la cadena a algo debajo del asiento elevado, en la parte delantera del carruaje, detrs del animal. Cerca del lugar en que yaca Kunta haba dos bolsas grandes, llenas de lo que ola como una especie de cereal. Apret los ojos. No tena ganas de volver a ver nada, y especialmente a ese odiado slatee. Despus de lo que le pareci mucho tiempo, la nariz de Kunta le inform que el toubob haba regresado. El toubob dijo algo, y entonces el negro trep al asiento delantero, que rechin bajo su peso. El negro hizo un sonido rpido y castig el lomo del animal con algo de cuero; al instante ste empez a tirar del objeto sobre ruedas. Kunta estaba tan aturdido que por un rato no oy la cadena atada al grillete del tobillo que golpeaba contra el piso del carruaje. No tena idea de cunto habran viajado cuando volvi a pensar con claridad y abri los ojos para observar la cadena. S, era ms pequea que la que tena en la canoa grande; si juntaba fuerzas y saltaba, se soltara del piso? Kunta alz la vista para ver la espalda de los dos que iban sentados adelante, la del toubob, sentado muy tieso en un extremo del asiento de tabla, y la del negro, agachado en el otro extremo. Los dos miraban hacia adelante, como si no se dieran cuenta de que compartan el mismo asiento. Debajo de ellos estaba la cadena, asegurada en algn lugar; Kunta decidi que no haba llegado todava el momento de saltar. El olor del cereal de las bolsas era abrumador, pero tambin poda oler al toubob y al conductor negro, y pronto pudo oler a otros negros, muy cerca. Sin hacer ruido, Kunta estir el cuerpo dolorido hasta el costado del carruaje, pero tuvo miedo de levantar la cabeza, y no vio nada. Cuando se reclinaba, el toubob se dio vuelta, y se miraron en los ojos. Kunta se sinti aterrorizado, pero el toubob no cambi de expresin, y volvi a darse vuelta un momento despus. Envalentonado por la indiferencia del toubob, se incorpor de nuevo, y esta vez avanz un poco ms. Entonces oy que
cantaban a la distancia, y que el sonido se iba acercando gradualmente. No muy lejos vio a un toubob sentado en el lomo de un animal parecido al que tiraba del carruaje. El toubob tena un ltigo enroscado, y del animal sala una cadena sujeta a las esposas de unos veinte negros -la mayora eran negros, aunque haba algunos marrones- que iban caminando en fila delante de l. Kunta parpade, esforzndose por ver mejor. Excepto dos mujeres completamente vestidas, todos eran hombres, con el torso desnudo, y cantaban con profundo pesar. Escuch atentamente para tratar de entender lo que decan, pero no distingui ninguna palabra conocida. Cuando la caja sobre ruedas en la que viajaba pas junto a ellos, ni los negros ni el toubob levantaron la vista, aunque pasaron tan cerca que podan tocarse. Kunta vio que los negros tenan la espalda cruzada por las cicatrices de latigazos, algunas recientes, y adivin varias de las tribus: foulah, yoruba, mauritana, wolof, mandinga. De esos estaba bastante seguro, mientras que haba otros que haban tenido la desgracia de que su padre fuera un toubob. Ms all, los ojos supurantes de Kunta divisaron vastos sembrados de distintos colores. A lo largo del camino haba un campo de maz. Igual que en Juffure despus de la cosecha, los tallos eran de color marrn, y sin espigas. Poco despus el toubob se inclin, tom un poco de pan y una especie de carne debajo de una bolsa, cort un pedazo de cada cosa y los puso sobre el asiento entre l y el negro que manejaba; ste los levant con una punta de su sombrero y comenz a comer. Despus de unos momentos el negro se dio vuelta, mir un rato largo a Kunta, que estaba observando todo atentamente, y le ofreci un poco de pan. Poda olerlo desde donde estaba, y con el aroma se le haca agua la boca, pero volvi la cabeza. El negro se encogi de hombros y se meti el pan en la boca. Tratando de no pensar en el hambre que senta, Kunta mir por el costado del carruaje y vio, en el extremo ms alejado del campo, un grupo de gente inclinada, posiblemente trabajando. Pens que eran negros, aunque estaban demasiado lejos como para poder afirmarlo con seguridad. Olfate el aire, para ver si le llegaba su olor, pero no sinti nada. Cuando se esconda el sol, la caja con ruedas pas junto a otra igual que iba en la direccin opuesta; un toubob llevaba las riendas, y detrs de l iban tres nios negros del primer kafo. Caminando con dificultad, encadenados, iban siete negros adultos; cuatro eran hombres, vestidos con andrajos, y las otras tres eran mujeres que llevaban batas de tela basta. Kunta se pregunt por qu no cantaban tambin, pero luego vio la profunda desesperacin que se reflejaba en su mirada. Adonde los llevara el toubob? A medida que oscureca empezaban a volar, dando chillidos, pequeos murcilagos negros, igual que en frica. Kunta oy que el toubob le deca algo al negro, y al poco tiempo la caja dobl y entr en un camino angosto. Kunta se sent y pronto lleg a ver una gran casa blanca a travs de los rboles. Se le hizo un nudo en el estmago: Qu sucedera ahora, en el nombre de Al? Sera all donde lo comeran? Se desmoron en el piso de la caja y se qued inmvil, como sin vida.
CAPITULO 41 A medida que la caja se acercaba a la casa, Kunta empez a oler, y luego a or, a ms negros. Incorporndose sobre los codos logr divisar a tres figuras que se aproximaban al carruaje en la oscuridad. El ms alto llevaba una de esas llamitas que Kunta ya conoca, pues era iguala la que llevaban los toubobs cuando bajaban a la bodega de la canoa grande; sta estaba encerrada en algo claro y brillante, que no era metal. Nunca haba visto nada parecido; pareca una sustancia dura, pero se poda mirar a travs de ella, como si no existiera. No tuvo tiempo para estudiarla ms de cerca, porque los tres negros rpidamente se apartaron cuando un toubob se acerc a la caja, que se detuvo a su lado. Los dos toubobs se saludaron, y luego uno de los negros acerc la llama para que el toubob pudiera ver al bajar de la caja. Los dos toubobs se dieron la mano y luego juntos se dirigieron a la casa. Kunta sinti esperanzas. Lo liberaran ahora los negros? Pero no haba acabado de pensarlo cuando la llama ilumin el rostro de los negros que lo observaban: se estaban riendo de l. Qu clase de negros eran stos que despreciaban a los de su propia raza y que trabajaban como cabras para los toubobs? De dnde venan? Parecan africanos, pero evidentemente no eran del frica. Luego el negro que manejaba hizo un sonido, agit las correas y la caja se movi. Los otros negros caminaban junto a la caja, sin dejar de rerse, hasta que esta volvi a detenerse. El conductor bajo y le dio un tirn a la cadena de Kunta, haciendo sonidos amenazadores mientras la soltaba. Luego le hizo un gesto
para que bajara. Kunta luch contra el impulso que senta de atacar a los cuatro negros. Tena pocas probabilidades; tal vez despus las cosas cambiaran a su favor. Todos los msculos de su cuerpo parecan resistirse cuando se arrodill y empez a retroceder dentro de la caja. Como se demoraba mucho, dos de los negros lo agarraron, lo alzaron con fuerza y medio lo tiraron al suelo. Un momento despues el conductor de la caja sujet el extremo libre de la cadena de Kunta a un poste grueso. Mientras yaca all, presa del dolor, el miedo y el odio, uno de los negros puso frente a l dos recipientes de lata. A la luz de la llama, Kunta vio que uno estaba casi lleno de agua, y que el otro contena una comida de aspecto y de olor extraos. Aun as, se le hizo agua la boca. Sin embargo, no hizo ningn movimiento. Los negros lo observaban, riendo. Sosteniendo la llama, el conductor se acerc al poste grueso y se abalanz con fuerza sobre l, evidentemente para que Kunta viera que era imposible romperlo. Luego indic con el pie el agua y la comida, haciendo ruidos amenazadores, y los otros rieron. Luego se alejaron. Kunta se qued acostado en la oscuridad, esperando que se durmieran, estuvieran donde estuviesen. Mentalmente se vio levantndose y sacudiendo el poste con desesperacin, con todas sus fuerzas, hasta que se rompiera, para poder escapar... Justo entonces oli a un perro que se acercaba, olfateando. Se dio cuenta, de alguna manera, que no era un enemigo. Pero luego, cuando se acerc ms, oy el ruido de dientes contra la lata y que masticaba. Aunque l no hubiera comido, Kunta se irgui, enfurecido, gruendo como un leopardo. El perro se alej corriendo, y desde una distancia prudencial empez a ladrar. En un instante se abri una puerta y alguien corri hacia l con una llama. Era el conductor, y Kunta se qued mirndolo con furia mientras examinaba la cadena en la base del poste y donde se sujetaba al grillete alrededor de su tobillo. En la luz amarillenta, Kunta vio la expresin de satisfaccin del negro al notar el plato vaco. Con un gruido ronco, volvi a la casa, dejando a Kunta en la oscuridad, con ganas de apretarle la garganta al perro. Despus de un rato, Kunta busc a tientas el recipiente con agua y bebi un poco, pero no se sinti mejor; en realidad, se senta sin fuerzas en el cuerpo, como si no tuviera nada adentro. Abandon la idea de tratar de romper la cadena; pareca como si Al le hubiera vuelto la espalda, pero por qu? Qu cosa terrible haba cometido? Trat de pensar en todas las cosas importantes que haba hecho en su vida -bien o malhasta esa maana en que se puso a cortar un pedazo de madera para hacer un tambor hasta que entonces, demasiado tarde, oy una ramita que se quebraba. Le pareci que todas las veces que haba sido castigado en su vida, haba sido por descuido o falta de atencin. Se qued escuchando el canto de los grillos, el aleteo de las aves nocturnas y el ladrido de los perros a lo lejos, y una vez el chillido repentino de un ratn; luego el crujir de sus huesos, destrozados por las mandbulas del animal que lo haba matado. De vez en cuando se pona tenso de ganas de huir, pero se daba cuenta de que aun en el caso de que pudiera romper la cadena, el ruido despertara a alguien de una de las chozas cercanas. As yaci toda la noche, sin dormir, hasta los primeros rayos del alba. Arrodillndose a duras penas, luchando contra el dolor de las extremidades, comenz su plegaria suba. Cuando toc la tierra con la frente perdi el equilibrio y casi se cay sobre un costado. Se enfureci al ver lo dbil que estaba. Cuando el oriente empezaba lentamente a aclarar, Kunta volvi a tomar el recipiente con agua y bebi lo que quedaba. Apenas haba terminado cuando se oy el ruido de pisos que se acercaban: anunciaban el regreso de los cuatro negros. Rpidamente volvieron a subir a Kunta a la caja con ruedas, que se dirigi a la gran casa blanca, donde aguardaba el toubob, para volver a subir al carruaje. Y antes de que se diera cuenta estaban nuevamente en el camino, yendo en la misma direccin que antes. Durante un largo rato, Kunta se qued mirando sin ver la cadena que sonaba como una matraca contra el piso y que segua hasta donde estaba sujeta debajo del asiento. Otras veces miraba con odio la espalda del toubob y la del negro. Tena ganas de matarlos. Se dijo que si quera sobrevivir, y hasta ahora haba logrado hacerlo, entonces deba controlarse, obligarse a esperar, no derrochar sus energas hasta no estar seguro que haba llegado el momento propicio. Fue a media maana cuando Kunta escuch el ruido de un herrero martillando sobre metal. Era inconfundible. Levantando la cabeza, Kunta se esforz para ver bien y por fin localiz el ruido ms all de un bosquecillo por el que estaban pasando. Vio que haban cortado muchos rboles, y en algunos lugares, a medida que la caja avanzaba, vio y oli humo que se elevaba en partes donde haban quemado los matorrales secos. Se pregunt si los toubobs estaran fertilizando la tierra para la prxima cosecha, como hacan en Juffure. Luego, a la distancia, vio una pequea choza cuadrada junto al camino. Pareca estar hecha de troncos, y en un claro, en el frente, haba un toubob que araba detrs de un buey de pelo marrn. Las manos del
toubob se aferraban con fuerza a las manijas curvas de una cosa enorme que tiraba el buey y que rompa la tierra. A medida que se acercaban, Kunta vio a otros dos toubobs -delgados y plidos- sentados en cuclillas bajo un rbol. Alrededor de ellos haba tres puercos igualmente flacos, hocicando, y unas gallinas picoteando aqu y all. Frente a la puerta de la choza haba una toubob de pelo rojo. De pronto salieron de atrs tres pequeos toubobs que gritaban y saludaban a la caja con ruedas. Al ver a Kunta se echaron a rer y a sealarlo; l los estudi como si fueran cachorros de hiena... Los nios corrieron junto al carruaje un buen trecho antes de volverse, y Kunta se dio cuenta de que acababa de ver con sus propios ojos a toda una familia toubob. Dos veces ms, apartadas del camino, Kunta vio dos grandes casas toubobs, parecidas a la de la noche anterior, donde haba parado el carruaje. Tenan la altura de dos casas, como si una estuviera encima de otra, y adelante tenan una hilera de tres o cuatro postes blancos y gruesos, casi tan altos como un rbol; cerca de la casa haba un grupo de chozas pequeas y oscuras donde viviran los negros, pens Kunta. Alrededor de la casa haba enormes extensiones de sembrados de algodn, todos cosechados recientemente, aunque aqu y all se vea un copo blanco. En algn punto entre estas dos casas, la caja rodante pas junto a una extraa pareja que caminaba a lo largo del camino. Al principio Kunta pens que eran negros, pero cuando el carruaje se acerc vio que tenan la piel de un color marrn rojizo, pelo largo y negro que les colgaba como una soga trenzada, y caminaban rpidamente. Llevaban zapatos y un taparrabos que pareca hecho de cuero, y en la mano arcos y flechas. No eran toubobs, pero tampoco africanos. Olan de una manera diferente tambin. Qu clase de gente seran? Ninguno de los dos pareci notar la caja rodante que pas junto a ellos, envolvindolos de tierra. Cuando el sol empezaba a ponerse, Kunta volvi los ojos al oriente, y para cuando termin su silenciosa plegaria a Al, anocheca ya. Se senta tan dbil despus de dos das sin probar bocado, que no le interesaba nada de lo que suceda a su alrededor. Cuando la caja se detuvo, al rato, Kunta tuvo fuerzas para incorporarse hasta poder ver por el costado. El conductor se ape y colg una de las luces contra el lado de la caja, volvi a subir, y siguieron camino. Despus de mucho tiempo el toubob dijo algo breve, y el negro le contest; era la primera vez desde que partieron ese da que cambiaban palabra. Nuevamente la caja se detuvo, el conductor baj y tir una especie de manta sobre Kunta. que la ignor. El negro volvi a subir y l y el toubob se cubrieron con mantas y siguieron viaje. Aunque pronto temblaba de fro, Kunta se neg a cubrirse con la manta, para no complacerlos. Me ofrecen abrigo, y sin embargo me tienen encadenado, y mi propia gente no slo permite que esto suceda sino que hacen el trabajo sucio del toubob. Kunta saba tan slo que deba escapar de ese lugar horrendo, o morir mientras lo intentaba. No se atreva a soar con volver a ver a Juffure, pero si llegaba a hacerlo, entonces toda Gambia sabra cmo era la tierra toubob. Kunta estaba aterido de fro, cuando la caja rodante dobl de pronto para entrar en un camino ms pequeo y desigual. Nuevamente hizo un esfuerzo para escudriar la oscuridad, y a lo lejos pudo ver la blancura fantasmagrica de otra de esas casas grandes. Como en la noche anterior, el temor de lo que poda sucederle le recorri el cuerpo cuando se detuvieron frente a la casa, aunque no pudo oler a ningn toubob o negro que saliera a recibirlos. El toubob que viajaba en la caja se ape con un gruido, se inclin y se puso en cuclillas varias veces para desentumecerse, dijo algo al conductor indicando a Kunta, y luego se dirigi a la casa. Todava no haban acudido los negros, y a medida que la caja rodante rechinaba en direccin a las chozas cercanas, Kunta trataba de fingir indiferencia. Pero la tensin electrizaba todas las fibras de su cuerpo, y haba olvidado sus dolores. Con ayuda de la nariz detect la presencia de negros en la cercana, pero ninguno acudi. Sus esperanzas aumentaron. El negro detuvo el carruaje cerca de las chozas, se ape pesadamente y camin con dificultad hacia la choza ms prxima, con la llama vacilante en la mano. Kunta lo vio abrir la puerta. No perda detalle, listo como estaba para saltar no bien el negro entrara. Pero regres. Meti la mano bajo el asiento, solt la cadena y sosteniendo el extremo libre camin al otro lado de la caja. Haba algo que detuvo a Kunta. El negro sacudi la cadena con fuerza y le dio una orden. Mientras el negro lo observaba cuidadosamente, Kunta se puso en cuatro patas con gran dificultad, tratando de parecer ms dbil an de lo que estaba, y empez a arrastrarse hacia atrs con lenta torpeza. Tal como esperaba, el negro perdi la paciencia, se acerc, y con un poderoso brazo alz a Kunta, lo atrajo hasta el borde del carruaje, y con ayuda de la rodilla lo deposit en el suelo, impidiendo que se cayera. En ese instante, Kunta salt hacia adelante con todas sus fuerzas, aferrando la garganta gruesa del negro con dos manos que parecan las mandbulas trituradoras de una hiena. La llama cay al suelo cuando el
negro retrocedi con un grito ronco; luego volvi con fuerza, y sus grandes manos empezaron a golpear y desgarrar a Kunta en la cara y en los brazos. Pero Kunta encontr fuerzas para apretarle la garganta mientras contorsionaba el cuerpo para evitar los golpes desesperados de los puos, pies y rodillas del conductor. Era imposible zafarse de las garras de Kunta; finalmente el negro tropez hacia atrs, hacia adelante, y luego, con un gorgoteo, su cuerpo se torn flaccido. Saltando, temeroso de que se acercara ladrando un perro, Kunta se desliz como una sombra, alejndose del conductor cado y de la llama sobre el suelo. Corri agazapado, quebrando con las piernas los tallos helados de algodn. Haca tanto que no usaba los msculos que le dolan horriblemente, pero el aire fro era un placer sobre la piel, y tuvo que hacer un gran esfuerzo para no gritar de alegra pues se senta maravillosamente libre.
CAPITULO 42 Las zarzas y guas espinosas del matorral al borde del bosque parecan alargarse para desgarrarle los pies. Las apartaba con las manos, y segua adelante, tropezando, cayendo y levantndose, penetrando cada vez ms en el bosque. O eso crea, pues de pronto los rboles empezaron a ralear y volvi a entrar en una zona de matas bajas. Delante de l haba otro ancho algodonal, y detrs otra gran casa blanca con pequeas chozas oscuras a su lado. Presa de la sorpresa y del pnico, Kunta volvi a internarse en el bosque, dndose cuenta de que todo lo que haba hecho haba sido cruzar una franja angosta de bosque que separaba dos grandes granjas toubobs. Agazapndose detrs de un rbol, se puso a escuchar los latidos de su corazn y su cabeza, y empez a sentir que le ardan las manos, los brazos y los pies. Mirando hacia abajo, en la luz de la luna vio que estaba lleno de cortes y que le sangraba todo el cuerpo por las espinas. Ms lo alarm el hecho de que la luna estuviera tan baja: pronto amanecera. Saba que fuera cual fuese su paso siguiente, le quedaba poco tiempo para decidir. Al volver a moverse, Kunta se dio cuenta de que los msculos no lo llevaran mucho ms adelante. Deba retroceder hasta lo ms espeso del bosque y quedarse escondido all. As que volvi atrs con un esfuerzo enorme, por ratos a cuatro patas, sintiendo un gran ardor en los pies y en las manos, hasta que por fin se encontr en medio de un grupo de rboles espesos. Aunque pareca que le iban a estallar los pulmones, Kunta pens en treparse a un rbol, pero se dio cuenta por la suavidad de la gruesa alfombra bajo sus pies de que se le haban cado muchas hojas, y eso hara que se lo viera fcilmente, por lo que su mejor escondite estaba abajo. Arrastrndose nuevamente, se detuvo por fin en un lugar lleno de malezas, justo cuando empezaba a aclarar. Todo estaba en calma, excepto por el silbar de su propio aliento, y eso le hizo acordar de sus largas vigilias solitarias en los campos de man junto a su fiel perro wuolo. Fue entonces que escuch, a lo lejos, el ladrido de un perro. Tal vez lo haba odo en su mente, pens, aguzando el odo, vigilante. Pero se repiti, slo que ahora eran dos los perros. No tena mucho tiempo. Arrodillndose en direccin al Este, implor su salvacin a Al, y cuando terminaba volvieron los ladridos, profundos y ms cercanos. Kunta decidi que lo mejor era quedarse escondido donde estaba, pero al volver a or los aullidos, an ms prximos, le pareci que los perros saban exactamente dnde estaba, y sus extremidades se negaron a dejarlo permanecer en ese lugar un momento ms. Volvi a adentrarse en la maleza, buscando un lugar ms profundo, ms secreto. Cada pulgada era una tortura, porque las espinas le desgarraban las manos y las rodillas, pero con cada ladrido se arrastraba ms y ms velozmente. Pero los ladridos aumentaban, se acercaban, y ahora Kunta pudo or, tras ellos, gritos humanos. No avanzaba lo suficientemente rpido. Ponindose de pie, de un salto, empez a correr, tropezando entre las zarzas tan rpida y silenciosamente como se lo permita su extenuacin. Casi instantneamente oy la explosin: de la sorpresa se le doblaron las rodillas, y cay sobre una maraa de zarzas. Los perros olfateaban el borde del bosquecillo ahora. Temblando de terror, Kunta percibi su olor. Un momento despus corran por entre las malezas, en lnea recta hacia l. Kunta logr arrodillarse justo cuando los dos perros saltaron sobre l, aullando, baboseando y mordisquendolo hasta voltearlo, luego tomando distancia para volver a cargar sobre l. Gruendo tambin, Kunta luch salvajemente para rechazarlos, usando las manos como garras mientras trataba de retroceder fuera de su alcance. Luego oy a los hombres que gritaban desde el borde del matorral, y nuevamente hubo una explosin, esta vez mucho
ms fuerte. Mientras los perros disminuan un tanto la furia del ataque, Kunta oy que los hombres maldecan y cortaban las zarzas con cuchillos. Detrs de los perros que no dejaban de gruir, Kunta vio al negro al que haba tratado de estrangular. Tena un cuchillo enorme en una mano, un garrote corto y una soga en la otra, y una expresin asesina. Kunta se qued acostado, sangrando, apretando con fuerza las mandbulas para no gritar, esperando que lo cortaran en pedacitos. Entonces vio al toubob que lo haba llevado a ese lugar, detrs del negro, con la cara roja de sudor. Kunta esper la explosin y el relmpago del palo de fuego que haba visto en la canoa grande, con el que un segundo toubob lo estaba apuntando. Pero fue el negro el que se precipit furiosamente hacia l, esgrimiendo el garrote. Entonces el jefe toubob grit. El negro se detuvo, y el toubob dio una orden a los perros, que retrocedieron ms an. Entonces el toubob dijo algo al negro, que se acerc, desenrollando la soga. Un fuerte golpe en la cabeza lo atont. Apenas se dio cuenta de que lo ataban tan apretadamente que la soga le cort la piel, que ya antes sangraba, y de que luego casi lo alzaban de entre las zarzas y lo hacan caminar. Cuando perda el equilibrio y caa, le daban un latigazo en la espalda. Cuando finalmente llegaron al borde del bosque, Kunta vio a tres de los animales que parecan burros atados junto a varios rboles. A medida que se acercaban a los animales trat de volver a huir, pero un fuerte tirn de la soga lo arroj al suelo, donde le dieron una patada en las costillas. El segundo toubob, que sostena la soga, camin adelante, tirando a Kunta que, a los tropezones, lleg hasta el rbol cerca de donde estaban atados los animales. Pasaron el extremo libre de la soga por encima de una rama baja, y el negro tir y tir hasta que los pies de Kunta apenas si tocaban el suelo. El ltigo del jefe toubob empez a chasquear contra la espalda de Kunta. Se retorca de dolor, pero se negaba a proferir sonido alguno, aunque cada golpe pareca partirlo en dos. Por fin cedi, y empez a gritar, pero los latigazos no cesaron. Cuando el ltigo por fin dej de caer sobre su espalda, Kunta apenas si estaba consciente. Vagamente se percat que lo bajaban y se desmoronaba sobre el suelo; luego lo alzaron y lo colgaron sobre el lomo de uno de los animales; sinti que se mova. Cuando volvi en s -no tena idea de cunto tiempo haba pasado- yaca sobre la espalda, con los brazos extendidos en una especie de choza. Vio que tena una cadena alrededor de cada tobillo y de cada mueca, y cada una de las cuatro cadenas estaba sujeta a la base de un poste en cada uno de los rincones de la choza. El ms nfimo movimiento le causaba tanto dolor que por un largo rato se qued inmvil, con la cara cubierta de sudor y respirando con dificultad. Sin necesidad de moverse pudo ver un resquicio cuadrado sobre su cabeza, por donde entraba la luz del da. Por el rabillo del ojo vio un nicho en la pared, y en l un tronco quemado casi en su totalidad, y cenizas. Del otro lado de la choza haba un objeto de gnero, ancho, chato, lleno de protuberancias y de agujeros por los que asomaban espigas de trigo. Estaba sobre el piso, y Kunta dedujo que se usara para dormir. Cuando la luz del crepsculo asomaba por la abertura, Kunta oy, muy cerca, el sonido de un extrao cuerno. Y antes que pasara mucho tiempo oy las voces de negros (los oli) que pasaban por donde estaba l. Luego le lleg el olor a comida. Los espasmos de hambre se mezclaban con el fuerte latido de su corazn, las punzadas en la espalda y en los brazos y piernas, llenos de heridas. Empez a torturarse por no haber esperado una mejor oportunidad para escapar, como hubiera hecho un animal atrapado. Debera haber esperado hasta saber ms acerca de ese extrao lugar y de sus habitantes paganos. Kunta tena cerrados los ojos cuando la puerta de la choza se abri con un crujido; oli al negro al que haba estrangulado, el que haba ayudado a que lo capturaran. Se qued quieto, hacindose el dormido, hasta que le asestaron una patada en las costillas que lo oblig a abrir los ojos de par en par. Con una maldicin, el negro dej algo frente a la cara de Kunta, le ech una frazada sobre el cuerpo, y se fue, dando un portazo. El olor de la comida le hizo doler el estmago con la misma fuerza que le dola la espalda. Finalmente, abri los ojos. Haba una lata redonda con una especie de masa espesa, con carne, y un recipiente, tambin redondo, con agua. Las muecas extendidas no le permitan levantarlos, pero estaban lo suficientemente cerca como para que los alcanzara con la boca. Justo en el momento en que estaba por comer un bocado, Kunta se dio cuenta de que la carne era de cerdo inmundo, y vomit bilis sobre el plato, del asco. Toda esa noche dormitaba y se despertaba, pensando en esos negros que parecan africanos pero coman cerdo. Eso quera decir que Al les era extrao, o que lo haban traicionado. Silenciosamente rog a Al que lo perdonara en caso de que, sin darse cuenta, comiera carne de cerdo, o del plato en que alguna vez haba habido esa carne.
Poco despus que las primeras luces del alba asomaran por la abertura cuadrada, Kunta volvi a or el extrao cuerno; luego le lleg el olor a comida y las voces de los negros que iban y venan. Luego regres el hombre al que tanto despreciaba, con ms comida y agua. Al ver que Kunta haba vomitado sin tocar la comida lanz una retahila de maldiciones y restreg el contenido del plato contra su cara. Luego deposit la nueva comida y el, agua y se fue. Kunta se dijo que despus tratara de comer algo; ahora se senta tan mal que ni siquiera poda pensar en eso. Despus de un rato oy que la puerta se volva a abrir; esta vez le lleg el hedor de un toubob. Kunta mantuvo los ojos cerrados, pero cuando oy que el toubob musitaba algo, enojado, los abri de miedo a que le volvieran a dar una patada. Se encontr mirando el rostro furioso del toubob que lo haba llevado hasta ese lugar. El toubob hizo unos sonidos de furia acompaados de gestos que indicaban que si no coma, lo volveran a castigar. Luego el toubob se march. Kunta logr mover la mano hasta araar un poco de tierra del lugar donde haba pisado el toubob. Acercando la tierra a su cara, Kunta cerr los ojos con fuerza y apelando a los espritus del mal rog que cayera la maldicin por siempre sobre el tero de la familia toubob.
CAPITULO 43 Kunta cont cuatro das y tres noches en la choza. Cada noche escuchaba los cantos de las chozas cercanas, sintindose ms africano que nunca. Qu clase de gente era esta que pasaba el tiempo cantando en la tierra de los toubobs? Se pregunt cuntos de estos negros extraos habra en la tierra toubob. Eran hombres que no saban, o no les importaba, quines eran, o qu. Kunta senta una gran proximidad con el sol cada maana. Se acord de lo que le haba dicho el hombre que una vez haba sido un alcal, en la oscuridad de la bodega de la canoa grande: "El sol de cada da nos har acordar que sali en nuestra frica, que es el ombligo del mundo". Aunque tena las extremidades extendidas por las cuatro cadenas, haba practicado hasta aprender, la manera de desplazarse una pulgada hacia adelante y hacia atrs para poder estudiar de ms cerca los anillos de hierro, pequeos pero gruesos, como pulseras, que sujetaban las cadenas a los cuatro postes de los rincones de la choza. Los postes tenan el mismo dimetro que su pantorrilla, as que no haba ni esperanzas de poder romperlos o de arrancarlos del piso de tierra apisonada, ya que los extremos superiores traspasaban el techo de la choza. Primero con la vista, luego con los dedos, Kunta examin con cuidado los pequeos orificios en los gruesos anillos de metal; haba visto a sus aprehensores insertar un angosto objeto de metal dentro de estos oficios y hacerles dar una vuelta hasta que se produca un click. Al sacudir uno de los anillos, la cadena hizo un ruido que cualquiera poda or, as que dej de hacerlo. Se meti uno de los anillos en la boca y lo mordi con todas sus fuerzas, hasta que se le rompi un diente, y el dolor le atraves la cabeza. Buscando un poco de tierra mejor que la del piso para hacer un fetiche para los espritus, Kunta ara con las uas un poco del barro rojizo, endurecido, que estaba metido entre los leos. Al ver unos pelos cortos y negros entre el barro, lo inspeccion; al darse cuenta de que era un pelo de un cerdo inmundo, lo tir con fuerza al piso, junto con el barro, y se restreg la mano. A la quinta maana el negro entr poco despus que sonara el cuerno, y Kunta se puso tenso al ver que, adems del garrote acostumbrado, el hombre traa dos gruesos grilletes de hierro unidos por una gruesa cadena. Agachndose, le puso los grilletes alrededor de los tobillos, y recin entonces solt las cuatro cadenas, una a una, que haban mantenido a Kunta con los brazos y las piernas extendidos. Al poder moverse, por fin, Kunta no pudo evitar dar un salto, y entonces el negro le dio un puetazo. Kunta volvi a intentar un salto, pero el negro le dio una patada con la bota en las costillas. Trat nuevamente de elevarse, presa de agona y de rabia, pero el golpe que le dieron fue ms fuerte an. No se haba dado cuenta de cunto haban disminuido sus fuerzas todos esos das en que estuvo obligado a yacer de espaldas, y ahora trataba desesperadamente de respirar, con el negro vigilndolo con una expresin que revelaba su intencin de seguir golpendolo hasta que comprendiera quin de los dos era el amo. Ahora el negro le indic que se incorporara. Cuando vio que no poda ni siquiera arrodillarse, apoyndose con las manos, el negro le dio un tiron, mientras maldeca, hasta que se puso de pie. Los grilletes hacan que avanzara con gran dificultad.
Al llegar a la puerta, la fuerza de la luz del sol lo encegueci al principio, pero despus de un momento empez a divisar unos negros que caminaban en fila india, seguidos por un toubob a "caballo", segn haba odo llamar al extrao animal. Por el olor, Kunta se dio cuenta de que era el que sostena la soga despus que lo atraparon los perros. Haba unos diez o doce negros; las mujeres tenan trapos rojos o blancos atados a la cabeza, y los hombres y los nios llevaban sombreros de paja, muy rotos, aunque algunos iban en cabeza. Ninguno llevaba un amuleto saphie alrededor del cuello o de los brazos. Algunos hombres llevaban una especie de cuchillo largo, de hoja gruesa. La fila pareca dirigirse a los grandes sembrados. Ellos deban haber sido los que cantaban de noche. Sinti desprecio por ellos. Parpadeando, cont las chozas de las que haban salido: haba diez, con la de l, todas muy pequeas, como la de l; no parecan fuertes, como las de su aldea, ni tenan esos techos que olan tan bien. Estaban dispuestas en hileras de cinco chozas cada una, de tal forma que lo que pasara entre los negros pudiera verse desde la gran casa blanca. De repente el negro empez a pincharle el pecho con el dedo exclamando: -T, t Toby! -Kunta no entenda, y su incomprensin se revelaba en su expresin, por lo que el negro sigui punzndolo con el dedo y repitiendo lo mismo. Poco a poco, Kunta se fue dando cuenta de que el negro quera hacerle entender algo que le deca en la extraa lengua toubob. Como Kunta lo segua mirando sin entender, el negro se empez a sealar a s mismo con el dedo. -Yo, Sansn! -exclam-. Sansn! -Ahora seal a Kunta con el dedo-: T, Toby! Toby. El amo dice que tu nombre es Toby. Cuando Kunta entendi lo que le quera decir, necesit todo su control para evitar que la furia que senta revelara que haba comprendido. Quera gritar: "Yo soy Kunta Kinte, hijo primero de Omoro, que es hijo del hombre santo Kairaba Kunta Kinte! Perdiendo la paciencia por la estupidez fingida de Kunta, el negro maldijo, se encogi de hombros, y lo llev, cojeando, hasta otra choza, donde le hizo seas para que se lavara en un gran cubo de lata con agua. El negro arroj en el agua un trapo y un pedazo corto y grueso, de color marrn, que Kunta por el olor vio que era parecido al jabn que hacan las mujeres de Juffure con grasa derretida mezclada con leja destilada en cenizas. El negro observaba, con el ceo fruncido, mientras Kunta aprovechaba la oportunidad para lavarse. Cuando termin, el negro le tir unas prendas toubobs para que se cubriera las piernas y el torso, y luego un sombrero de paja rada, igual que el que usaban los dems. Kunta se pregunt cmo les ira a esos paganos bajo el calor del sol africano. El negro lo llev ahora a otra choza. All, una vieja puso delante de Kunta, con un ruido de rabia, un recipiente chato de comida. Trag el atole espeso y un pan que pareca torta munko, y tom un caldo caliente, con gusto a carne de vaca, servido en una taza de calabaza. Luego fueron a una choza angosta y estrecha cuyo olor revelaba su destino. Haciendo como que se quitaba la prenda inferior, el negro se sent sobre un asiento de madera con un agujero grande, y se puso a hacer ruidos como si estuviera yendo de cuerpo. En un rincn haba una pila de marlos de choclo que Kunta no entenda para qu estaban all. Pero se dio cuenta de que el negro quera mostrarle las costumbres de los toubobs, que l tena inters en conocer para poder escapar. Mientras el negro lo llevaba por las otras chozas, pasaron junto a un viejo sentado en una silla extraa, que se meca atrs y adelante. El viejo trenzaba chalas para hacer una especie de escoba. Sin levantar la vista, Kunta se dio cuenta de que la actitud del viejo no era hostil, pero l lo ignor con frialdad. El negro tom uno de los cuchillos largos, de hoja ancha, como los que llevaban los otros, y con gestos y gruidos le indic que lo siguiera, en direccin al sembrado. Cojeando por los grilletes, que le empezaban a cortar la carne, Kunta lo sigui. En el sembrado vea a las mujeres y a los negros ms jvenes inclinndose y levantndose, recogiendo y apilando tallos de maz detrs de los hombres mayores, que cortaban los tallos con sus largos cuchillos, que silbaban en el aire. Los torsos desnudos de los hombres brillaban de sudor. Kunta busc con la mirada marcas de hierro, como la que l tena en la espalda, pero slo vio las cicatrices de los latigazos. El toubob andaba en su "caballo"; se acerc e intercambi unas palabras con el negro, y luego lo mir amenazadoramente, mientras el negro le llamaba la atencin. Cortando una docena de tallos de maz, el negro se volvi y le indic con un gesto que los recogiera y los apilara igual que los otros. El toubob acerc su caballo a Kunta, con el ltigo en el aire, mirndolo con el ceo fruncido, indicndole claramente lo que hara si Kunta no obedeca. Furioso al verse tan impotente, Kunta se agach y levant un par de tallos. Vacilando, oy el cuchillo del negro, delante de l. Volvindose a inclinar, levant dos tallos, y luego otros dos. Poda sentir sobre l las miradas de los negros desde las
hileras adyacentes, y vea las patas del caballo del toubob. Pudo sentir el alivio de los otros negros, y por fin las patas del caballo se alejaron. Sin levantar la cabeza, Kunta vio que el toubob iba a cualquier lugar "en que vea que un negro no estaba trabajando con suficiente rapidez, y entonces, con un grito de rabia, dejaba caer el ltigo sobre la espalda del negro. A lo lejos, Kunta divis un camino. Varias veces en el transcurso de esa tarde de calor abrasador, con ojos que le ardan por el sudor que le caa de la frente, Kunta vio a un jinete solitario, y dos veces un carruaje tirado por caballos. Volviendo la cabeza, vio el borde del bosque en que haba entrado, tratando de huir. Desde el lugar en que estaba ahora, apilando, los tallos, pudo ver que el bosque era muy estrecho, lo que haba hecho fcil su captura. Antes no se haba dado cuenta de lo estrecho que era. Despus de un tiempo, Kunta tuvo que dejar de mirar en esa direccin, porque la tentacin de saltar y correr hacia esos rboles era casi irresistible. De cualquier modo, cada paso que daba evidenciaba que no llegara a dar cinco pasos con esos grilletes. Mientras trabajaba, esa tarde, Kunta decidi que no volvera a intentar escapar antes de encontrar alguna especie de arma para defenderse de los hombres y los perros. Se dijo que ningn siervo de Al poda dejar de luchar cuando se lo atacaba. Se tratara de perros u hombres, un bfalo herido o un len hambriento, ningn hijo de Omoro Kinte poda ni siquiera pensar en darse por vencido. Era ya despus de la puesta del sol cuando volvi a sonar el cuerno, esta vez a lo lejos. Al ver que los otros se apresuraban a formar fila, Kunta dese poder dejar de pensar que pertenecan a ciertas tribus, pues no eran ms que indignos paganos que no tenan derecho a mezclarse con los que haban venido con ellos en la canoa grande. Empezaron a marchar, y con cada paso que daba, Kunta senta que los grilletes se le metan en la piel; tena los tobillos heridos, y le chorreaba sangre. Oy unos ladridos a lo lejos. Se estremeci al pensar en los perros que le haban seguido el rastro y lo haban atacado. De pronto pens en su perro wuolo, que haba muerto peleando contra los hombres que lo haban apresado en frica. De regreso en su choza, Kunta se inclin y toc con la frente el piso sucio de tierra en direccin al lugar en que saldra el sol. Rez durante un largo rato, para compensar las dos oraciones que no haba podido rezar en el sembrado, pues hubieran sido interrumpidas por los latigazos del toubob que andaba a "caballo". Despus de terminar la plegaria, Kunta se sent y durante un momento habl en el idioma secreto sira kango, pidindole a sus antepasados que le dieran fuerzas para sobrevivir. Luego, apretando entre los dedos un par de plumas de gallo que haba logrado recoger sin que lo vieran, mientras "Sansn" le haca recorrer las chozas esa maana, se pregunt cundo tendra una oportunidad para robar un huevo recin puesto. Con las plumas de gallo y un poco de cascara de huevo molida, podra preparar un fetiche poderoso a los espritus, y les rogara que bendijeran la ltima tierra que haba pisado en su aldea. Si se bendeca esa tierra, las huellas de sus pisadas reapareceran un da en juffure, donde las huellas de las pisadas de todos los hombres de la aldea eran reconocidas por sus habitantes, y entonces se alegraran de saber que Kunta Kinte an viva, y que regresara salvo a su aldea. Algn da. Por milsima vez volvi a revivir la pesadilla de su captura. Si la ramita que se quebr lo hubiera alertado una sola pisada antes, podra haber saltado y tomado la lanza. Le saltaron lgrimas de furia. Le pareci que todos los que l conoca iban a ser rastreados, atacados, capturados y encadenados. No! No deba actuar de esa manera. Despus de todo, ahora era un hombre, de diecisiete lluvias, y un hombre no deba llorar y sentir lstima de s mismo. Secndose las lgrimas, trep sobre el delgado colchn, lleno de protuberancias, relleno de chalas secas, y trat de dormir, pero no poda dejar de pensar en el nombre que le haban puesto, "Toby!", lo que lo enfureca. Empez a dar patadas de rabia, pero al hacerlo se le incrustaron los grilletes en los tobillos heridos, y grit de dolor. Crecera hasta convertirse en un hombre como Omoro? Pensara an en l su padre? Le habra dado su madre todo su amor a Lamn, Suwada y Madi, cuando lo robaron a l? Pens en Juffure, y en que nunca se haba dado cuenta de cunto amaba a su aldea. Como tantas veces en la canoa grande, Kunta pas la noche visualizando escenas de juffure, hasta que finalmente cerr los ojos y cay dormido.
CAPITULO 44 Con cada da que transcurra, los grilletes alrededor de los tobillos hacan que cada movimiento fuera ms difcil y doloroso. Pero segua repitindose que la oportunidad de libertad dependa, de que se obligara a
hacer lo que esperaban que hiciera, siempre detrs de una mscara inexpresiva de estupidez. Mientras obedeca, sus ojos, odos y nariz no perdan detalle, fijndose en cualquier cosa que pudiera servir como arma, alerta para notar cualquier debilidad de los toubobs de la que pudiera sacar provecho, hasta que finalmente sus captores se tranquilizaran y le sacaran los grilletes. Entonces volvera a huir. Poco despus que sonaba el cuerno todas las maanas, Kunta sala cojeando de la choza para observar a los extraos negros que emergan de sus chozas, con cara de dormidos, y se mojaban, para despertarse, con agua trada en baldes del pozo cercano. Echaba de menos el sonido de los morteros de las mujeres que preparaban el kouskous para el desayuno de la familia. Entraba en la choza de la vieja cocinera para tragar lo que le diera, excepto el cerdo inmundo. Mientras coma a la maana, recorra la choza con la mirada en busca de algn arma que pudiera robar sin que lo vieran. Pero aparte de los utensilios renegridos que colgaban de ganchos sobre el hogar, no haba ms que los objetos chatos y redondos de lata en los que le servan la comida. La haba visto comer con un objeto delgado de metal que tena tres o cuatro puntas espaciadas, con las que pinchaba la comida. Senta curiosidad por saber qu era eso, y pensaba que, aunque pequeo, podra ser til, y planeaba robarlo en cualquier momento en que ella desviara la mirada y el objeto estuviera a su alcance. Una maana, mientras coma el atole y observaba a la vieja que cortaba un pedazo de carne con un cuchillo, que no haba visto hasta ese momento, planeando qu podra hacer si lo tuviera en sus manos, oy un aullido penetrante de agona fuera de la choza. Casi salt de su asiento. Cojeando, sali y encontr que los dems ya estaban alineados para ir a trabajar. Muchos seguan masticando las ltimas migajas del "desayuno", por miedo a que los castigaran por llegar tarde. En el suelo, junto a ellos, haba un cerdo que se debata, con la garganta abierta por un corte del que le manaba la sangre, mientras dos negros luchaban por meterlo en una olla de agua hirviendo. Lograron hacerlo, y al sacarlo de la olla le quitaron el pellejo. La piel del cerdo tena el mismo color que la de los toubobs, not, al ver que lo alzaban de las patas posteriores y lo dejaban suspendido mientras le abran la panza y le sacaban las entraas. Kunta sinti asco al percibir el olor de las tripas, y mientras marchaba con los otros hacia los sembrados, le revolva el estmago el pensar que tena que vivir con esos paganos que coman un animal tan inmundo. Ahora todas las maanas haba helada en los tallos de maz, y los sembrados estaban envueltos en una especie de sopor que recin se levantaba cuando sala el sol. El poder de Al nunca dejaba de sorprender a Kunta: aun en un lugar tan lejano como la tierra de los toubobs, ms all de las aguas, la luna y el sol de Al seguan saliendo y cruzando el cielo, aunque era verdad que el sol no era tan caliente ni la luna tan bella como en Juffure. Slo las gentes, en ese lugar maldito, no parecan ser hijos de Al. Los toubobs eran inhumanos, y los negros eran incomprensibles. Cuando el sol llegaba a la mitad del cielo, el cuerno volva a sonar para indicar la llegada de un carro de madera tirado por un animal parecido a un caballo, pero ms a un burro enorme, que Kunta haba odo llamar "mula", y entonces los negros formaban fila. La cocinera vieja caminaba junto al carro, y entregaba a cada persona unas tortas chatas y una calabaza con una especie de guiso. Los negros coman parados o sentados, y luego beban agua de un barril que tambin vena en el carro. Todos los das, Kunta ola la comida cuidadosamente para asegurarse que no era de cerdo, pero por lo general eran verduras, sin nada de carne. Le gustaba comer el pan, porque haba visto a algunas de las mujeres negras moliendo el maz en un mortero de piedra, casi como se haca en el frica, aunque el mortero de Binta era de madera. Algunas veces servan comidas que Kunta conoca de su casa, como man y kanjo -que llamaban "quimbomb"-, y soso, que llamaban "porotos". Y vio cunto le gustaba a los negros una fruta grande llamada "sanda". Tambin vio que Al les haba negado los mangos, los palmitos, el rbol del pan y tantas exquisiteces que crecan por todas partes en frica. De vez en cuando el toubob que haba llevado a Kunta a ese lugar, y que llamaban el "amo", iba al sembrado mientras estaban trabajando. Llevaba un sombrero de paja casi blanca, y cuando hablaba con el toubob jefe del sembrado, sealaba con una fusta larga y fina, de cuero trenzado. Kunta vio que el "capataz" toubob sonrea y trataba de congraciarse casi como los negros. Cosas extraas sucedan todos los das, y Kunta se quedaba pensando en ellas mientras trataba de dormirse. Los negros no parecan tener otro inters en la vida, excepto agradar al toubob del ltigo. Le enfermaba pensar cmo se esforzaban en el trabajo cada vez que vean a un toubob, y cmo corran a obedecer a ese toubob ante la menor orden. Kunta no poda comprender qu poda haberles destruido la mente de tal manera, para hacerlos actuar como cabras o monos. Tal vez se deba a que haban nacido en ese lugar y no en frica, porque el nico hogar que haban conocido eran esas chozas toubobs de troncos pegados con barro y cerdas. Esos negros no saban lo que era sudar bajo el sol, no a las rdenes de un amo toubob, sino para ellos mismos, y su propia gente.
Pero no importaba cunto estuviera entre ellos, l nunca sera como ellos, se prometa Kunta, y todas las noches pensaba cmo huir de esa tierra aborrecida. Nunca dejaba de insultarse por su fracaso anterior. Volva a pensar en los matorrales espinosos y en los perros y saba que deba tener un plan mejor la prxima vez. Primero deba hacerse un amuleto saphie, para asegurarse seguridad y xito. Luego deba encontrar o fabricar algn arma. Hasta una piedra afilada podra haber servido para punzarle la panza a los perros, y podra haber huido antes que el negro y el toubob llegaran hasta donde estaba l peleando con los perros. Por ltimo, deba familiarizarse con los alrededores para que, cuando volviera a huir, supiera dnde encontrar un mejor escondite. Aunque no dorma la mayor parte de la noche, inquieto con sus pensamientos, Kunta siempre se despertaba antes que cantaran los gallos, que despertaban a los otros pjaros. Las aves del lugar piaban y cantaban; no haba quejas ruidosas, como las de las enormes bandadas de loros que iniciaban las maanas de Juffure. Aqu no pareca haber loros, ni tampoco monos, que todas las maanas parloteaban, enojados, en los rboles, cortando ramitas que arrojaban a los que pasaban. Kunta tampoco haba visto cabras, algo tan increble como el hecho de que esta gente encerrara a los cerdos en corrales y que los comieren. Pero los chillidos de los cerdos no eran ms desagradables que el idioma de los toubobs, tan parecidos a aquellos. Hubiera dado cualquier cosa por or unas palabras en mandinga, o en cualquier otro idioma africano. Echaba de menos a sus compaeros de cadenas de la canoa grande -incluso a los que no eran musulmanes- y se preguntaba qu les habra ocurrido. Adonde los habran llevado? A otras granjas toubobs como esa? Estuvieran donde estuviesen, soaran, igual que l, con volver a or la dulzura de su idioma, se sentiran, como l, tan solos y excluidos, porque nada saban del idioma toubob. Kunta se dio cuenta de que tendra que aprender algo de esa extraa lengua si es que quera llegar a comprender a los toubobs y sus costumbres, para huir. Sin que nadie supiera, ya reconoca algunas palabras: "cerdo", "puerco", "sanda", "porotos", "capataz", "amo", y especialmente "S, seor amo", que era lo nico que los negros le decan. Tambin haba odo a los negros hablar de la mujer toubob que viva con el "amo" en la gran casa blanca, y que ellos llamaban "la seora". Kunta la haba visto una vez, a lo lejos; era una criatura huesuda, del color de la panza de un sapo, y caminaba cortando flores entre las zarzas y arbustos que crecan a lo largo de la casa grande. Las otras palabras toubobs que oa, an lo confundan. Pero detrs de su mscara inexpresiva se esforzaba por entenderlas y poco a poco empez a asociar ciertos sonidos con ciertos objetos y acciones.
CAPITULO 45 Cuando por fin se complet la siega de los tallos de maz, el "capataz" empez a asignar a los negros a varias ocupaciones distintas, que les daba cada maana, al sonar el cuerno. Una maana a Kunta le ordenaron cortar unos frutos grandes y pesados, del color de mangos maduros y algo parecidos a las grandes calabazas que secaban las mujeres de Juffure y que luego partan en dos para usar como recipientes. Deba apilarlos en una de las "carrerillas", como se llamaban las cajas rodantes. Los negros les decan "zapallos" a esos frutos grandes. Al ir con la carretilla con los zapallos hasta el "granero", donde deba vaciarlos, Kunta vio a algunos de los negros que estaban serruchando un tronco en pedazos que luego cortaban con el hacha para lea. Los nios luego la apilaban en montones ms altos que su cabeza. En otro lugar, haba dos hombres que colgaban en postes delgados grandes hojas del rooso y pagano tabaco, segn pudo apreciar por el olfato; lo haba olido una vez, durante sus viajes con su padre. Mientras iba y vena al "granero" vio que, igual que en su aldea, aqu secaban muchas cosas, para uso ulterior. Algunas mujeres cortaban hojas de "salvia" y formaban atados. Y otras extendan algunas verduras para que se secaran al sol, sobre trapos. Los nios recogan musgo y lo metan en agua hirviendo; luego lo secaban, aunque l no tena idea para qu. Cada vez que pasaba junto a un corral se le daba vuelta el estmago cuando vea -y oa- que estaban matando cerdos. Tambin secaban y guardaban el cuero, pero lo que realmente lo enfermaba era ver cmo le sacaban la vejiga, luego la soplaban, le ataban los extremos, y la colgaban a que se secara en una cerca, slo Al saba para qu propsito profano.
Cuando termin de cortar y almacenar los zapallos, a Kunta lo mandaron, junto con otros, a un bosquecillo para que sacudiera los rboles e hiciera caer las nueces al suelo, de donde eran recogidas por nios del primer kafo, que las metan en canastos. Kunta recogi una nuez y se la guard para probarla cuando estuviera solo, y no le pareci mala. Kunta se dio cuenta de que el ltigo del "capataz" ya no caa sobre la espalda de los esclavos con tanta frecuencia. Haba en la atmsfera algo parecido a la poca, en Juffure, cuando se terminaba de almacenar la cosecha. Aun antes de que sonara el cuerno de la tarde, para anunciar el fin del trabajo de ese da, algunos negros empezaban a hacer cabriolas y a cantar. El "capataz" llegaba con su caballo, y levantaba el ltigo, pero Kunta se daba cuenta de que no era en serio. Y pronto todos los dems se unan al canto, y luego las mujeres, y Kunta no entenda ni una sola palabra. Se senta tan asqueado por todos que se alegraba cuando por fin el cuerno los haca volver a sus chozas. A la noche, Kunta se sentaba junto a la puerta de su choza, de la parte de adentro, apoyando los tobillos contra el piso de tierra apisonada para disminuir el contacto de los tobillos infectados con los grilletes de hierro. Si haba una brisa, senta placer al sentirla contra el cuerpo, y pensaba en la alfombra fresca de hojas doradas y rojas que encontrara a la maana siguiente bajo los rboles. Entonces su mente volaba a las noches durante la cosecha en Juffure, cuando la gente se sentaba alrededor del fuego, atormentados por los mosquitos y otros insectos, y se ponan a conversar, y de vez en cuando se oan los gruidos de los leopardos y los aullidos de las hienas. Se le ocurri que haba una cosa que no oa desde salir del frica: los tambores. Probablemente los toubobs no permitan que los negros tuvieran tambores, pero por qu? Sera porque los toubobs saban que el sonido de los tambores avivaba la sangre de todos los habitantes de una aldea, hasta que los nios y los viejos desdentados se ponan a bailar salvajemente? Tendran miedo de que eso sucediera? De que el ritmo de los tambores hiciera que los luchadores realizaran verdaderas proezas de fuerza? Saban que el toque hipntico lanzaba a los guerreros con furia contra el enemigo? O tal vez los toubobs simplemente no quisieran permitir una forma de comunicacin que ellos no entendan y que poda llegar de granja en granja. Pero esos negros paganos no entenderan el mensaje de los tambores, tampoco. Kunta se vio obligado a reconocer -aunque a duras penas- que esos negros paganos no eran del todo irredimibles. Aunque eran ignorantes, algunas cosas que hacan eran totalmente africanas, si bien era obvio que ellos no se daban cuenta de eso. Por ejemplo, l haba odo toda la vida los mismos sonidos de exclamacin, acompaados por los mismos gestos de las manos y expresiones faciales. Esos negros tambin movan el cuerpo de la misma forma. Tambin se rean igual, cuando estaban entre ellos, con todo el cuerpo, como la gente de Juffure. Tambin se acordaba de frica cuando vea a los nios, a los que se les enseaba que trataran a sus mayores con educacin y respeto. Se acordaba de frica al ver a las mujeres llevando a los nios montados a horcajadas sobre el cuerpo. Notaba incluso pequeas cosas, como la costumbre de que los mayores se sentaban a la tarde y se restregaban las encas con hojitas molidas, como lo hacan en Juffure. Y aunque no lograba entender como podan hacerlo en la tierra toubob, Kunta deba reconocer que el gran amor hacia el canto y el baile eran indudablemente africanos. Pero lo que empez a ablandar su corazn hacia esa gente extraa fue que, desde la ltima luna, se mostraban disgustados con l slo en presencia del capataz o del amo. Cuando Kunta se acercaba a un lugar en que estuvieran reunidos, la mayora lo saludaban con la cabeza, y se daba cuenta de que se mostraban preocupados por sus tobillos, que cada vez estaban peor. Aunque siempre los ignoraba, y segua su camino, cojeando, haba veces en que se arrepenta por no haberles contestado el saludo. Una noche, despus de dormir un rato y volver a despertarse, como le pasaba tan a menudo, se qued mirando la oscuridad, sintiendo que de alguna manera era la voluntad de Al que estuviera en ese lugar, entre la tribu perdida de una gran familia negra cuyas races se remontaban a antiguos antepasados. A diferencia de l, estos negros no saban quines eran ni de dnde venan. Sintiendo a su alrededor, de una manera extraa, la presencia de su abuelo santo, Kunta extendi las manos en la oscuridad. No saba nada, pero empez a hablar en voz alta al Alquaran Kairaba Kunta Kinte, implorndole que le diera a conocer el propsito de su misin en ese lugar, si es que tena una misin. Hasta ese momento en la tierra toubob, no haba dirigido la palabra a nadie, excepto a Al, y los nicos sonidos haban sido los gritos que le arrancaban los latigazos. A la maana siguiente, al unirse a los dems para ir a trabajar, Kunta casi se sorprendi diciendo "buenos das", como decan los otros para saludarse todos los das. Pero aunque saba bastantes palabras toubobs,
no slo de orlas, sino que tambin podra repetirlas y hacerse entender, algo hizo que siguiera escondiendo su habilidad. Se le ocurri a Kunta que esos negros escondan sus verdaderos sentimientos hacia los toubobs tan cuidadosamente como l esconda sus nuevos sentimientos hacia ellos. Muchas veces haba visto cmo las caras sonrientes de los negros se llenaban de amargura cuando un toubob les daba la espalda. Los haba visto romper las herramientas a propsito, y luego actuar como si no supieran cmo haba sucedido cuando el capataz los maldeca por su torpeza. Y haba visto cmo, a pesar de que demostraban trabajar con prisa cuando el toubob estaba cerca, una vez solos tardaban el doble de lo necesario. Tambin se estaba dando cuenta de que, igual que el idioma secreto de los mandingas, el sira kango, estos negros tenan una forma de comunicarse que ellos solamente conocan. A veces, cuando trabajaban en los sembrados, Kunta vea un rpido gesto, o un movimiento de la cabeza. O alguien profera una exclamacin breve y extraa; a intervalos irregulares uno la repeta, y luego otro, siempre fuera del alcance del capataz. Y otras veces, cuando l estaba entre ellos, empezaban a cantar algo que -aunque l no entendaencerraba un mensaje que era trasmitido, igual que haban hecho las mujeres en la canoa grande, cuando pasaban informaciones a los hombres. Cuando todas las chozas estaban envueltas en la oscuridad, y se haban apagado todas las luces de la casa grande, los odos agudos de Kunta perciban el roce de uno o dos negros que se iban de la zona de los esclavos, para volver unas horas despus. Adonde iran, y para qu, y por qu cometan la locura de regresar? A la maana siguiente, en el campo, trataba de adivinar cules haban sido. Quienquiera fuese, sera alguien en quien podra confiar. Dos chozas ms all de la de Kunta, los negros se sentaban alrededor del pequeo fuego de la vieja cocinera, todas las noches despus de la comida, y al verlos Kunta pensaba con nostalgia en Juffure, slo que aqu las mujeres se sentaban con los hombres, y las personas de ambos sexos pitaban unas pipas paganas llenas de tabaco, que de vez en cuando brillaban en la oscuridad. Kunta escuchaba con atencin desde la puerta de su choza, y poda orlos por encima del canto de los grillos y el lejano ulular de los buhos en el bosque. No entenda las palabras, pero s la amargura del tono. Aun en la oscuridad, Kunta ya era capaz de ver mentalmente el rostro del que hablaba. Era capaz de reconocer la voz de cada uno de los doce adultos, relacionndolo con la tribu a la que se asemejaba. Saba cules actuaban ms sin cuidado, cules casi nunca sonrean, ni siquiera en presencia de los toubobs. Esas reuniones de la noche seguan pautas que Kunta ya conoca. La primera que hablaba era por lo general la mujer que cocinaba en la casa grande. Remedaba cosas que haban dicho el amo o "la seora". Luego hablaba el negro grande que lo haba sorprendido imitando al capataz, y oa atnito cmo todos se ahogaban para sofocar la risa de miedo que se oyera en la casa grande. Pero luego dejaban de rerse y se ponan a conversar, Kunta oa el tono impotente y obsesivo de algunos, y el enojo de otros, aunque slo entenda muy poco de lo que discutan. Le pareca que recordaban cosas que les haban sucedido antes en la vida. Algunas de las mujeres se interrumpan cuando hablaban, y se echaban a llorar. Por fin dejaban de conversar cuando una de las mujeres empezaba a cantar, y los dems se unan. Kunta no entenda las palabras -"Nadie conoce los males que he visto"- pero s la tristeza del canto. Por fin se oa una voz, proveniente del ms viejo de todos, el que se sentaba en la mecedora y trenzaba las chalas, y tambin haca sonar el cuerno. Los dems agachaban la cabeza, y l empezaba a hablar en voz muy baja. A Kunta le pareca que era un rezo, aunque no estaba dirigido a Al. Pero Kunta record lo que haba dicho el viejo alcal en la canoa grande: "Al conoce todos los idiomas". Mientras la oracin continuaba, Kunta oa que todos repetan el mismo extrao sonido, tanto el viejo como los dems, que lo interrumpan continuamente: "Oh, Seor!". Kunta se pregunt si este "Oh Seor" sera su Al. A los pocos das el viento empez a soplar trayendo ms fro que el que Kunta hubiera sentido en su vida, y un da vio que ya no quedaba ni una hoja en los rboles. Mientras tiritaba de fro en la fila, esperando ir al sembrado, se qued atnito al ver que el capataz los llevaba al granero. Incluso el amo y la seora estaban all, junto a otros cuatro toubobs ricamente vestidos que observaban y vivaban cuando separaron a los negros en dos grupos y los hicieron correr y sacar las chalas secas de los choclos amontonados. Luego los toubobs y los negros -separados- comieron y bebieron hasta hartarse. El viejo negro que rezaba de noche tom una especie de instrumento musical, con cuerdas en toda su extensin, que le hizo acordar a Kunta el antiguo kora, y empez a tocar una msica muy extraa raspando las cuerdas con una especie de varita. Los otros negros se levantaron y empezaron a bailar salvajemente, mientras los toubobs, que observaban, aplaudan alegremente y gritaban. Tenan la cara roja de entusiasmo, y luego los negros se hicieron a un lado, se pusieron de pie de repente, fueron al centro del granero y empezaron a bailar de una
manera torpe mientras el viejo tocaba como si se hubiera vuelto loco y los otros negros saltaban y aplaudan y gritaban como si estuvieran presenciando la mejor actuacin del mundo. Esa noche, de regreso en su choza, Kunta se puso a reflexionar acerca de lo que haba visto, y entonces se le ocurri que, de alguna manera poderosa y extraa, de alguna manera muy profunda entre los negros y los toubobs haba una relacin de una necesidad recproca. No slo durante el baile en el granero, sino en muchas otras ocasiones, le haba parecido que los toubobs estaban ms felices cuando estaban cerca de los negros, hasta cuando los castigaban.
CAPITULO 46 El tobillo izquierdo de Kunta se le haba infectado de tal forma, que el pus que supuraba la herida cubra todo el grillete de hierro con un lquido amarillento, de aspecto enfermizo, y la manera en que cojeaba finalmente hizo que el capataz lo observara. Desviando la vista, orden a Sansn que le sacara los grilletes. Todava era doloroso levantar el pie, pero Kunta estaba tan contento de estar sin cadenas que casi no senta dolor. Y esa noche, despus que se acostaron todos y reinaba el silencio, Kunta sali y huy una vez ms. Cruzando el campo en la direccin opuesta a la que haba seguido la ocasin anterior, fue hacia un bosque que saba que era ms ancho y espeso que el otro. Haba llegado a una barranca y trepaba sobre el estmago por el extremo ms apartado cuando oy el primer ruido de movimiento a lo lejos. Se qued inmvil, oyendo los latidos furiosos de su corazn. Luego se acercaron unas fuertes pisadas y le lleg la voz ronca de Sansn que maldeca y gritaba: - Toby! Toby!-. Tomando con fuerza una rama gruesa que haba afilado hasta transformar en tosca lanza, Kunta se sinti extraamente tranquilo, casi insensible, y observ la corpulenta silueta que se acercaba rpidamente entre los matorrales de la barranca. De repente pens que Sansn tema por s mismo en caso de que Kunta lograra escapar. Se acercaba ms y ms; Kunta estaba enroscado e inmvil como una piedra, y entonces lleg el momento. Arrojando la lanza con todas sus fuerzas, gru levemente por el dolor que le caus, y entonces Sansn, al orlo, salt a un lado. La lanza no le dio por un pelo. Kunta intent correr, pero la debilidad que senta en los tobillos apenas si le permita tenerse en pie, y cuando gir para luchar, Sansn ya estaba encima, apretndolo con su peso, hasta que Kunta qued acostado. Sansn no dejaba de pegarle en el pecho y en el estmago, mientras Kunta se debata, morda y araaba. De pronto un golpe tremendo lo venci, y esta vez se qued quieto. Ya ni siquiera poda moverse. Respirando con dificultad, Sansn le at las muecas con una soga, y luego empez a tironearlo en direccin a la granja, dndole patadas cada vez que tropezaba o se detena, sin dejar de maldecirlo en ningn momento. Kunta avanzaba con gran dificultad detrs de Sansn. Sintindose mareado por el dolor y el cansancio, disgustado consigo mismo, imaginaba ya los castigos que recibira cuando llegaran a la choza. Pero cuando finalmente llegaron -poco antes del alba- Sansn slo le dio un par de patadas y lo dej tirado en un rincn. Kunta estaba tan exhausto que temblaba. Pero con los dientes empez a roer y desgarrar la soga que le ataba las muecas, hasta que los dientes le dolieron horriblemente. Finalmente la soga cedi, justo cuando empezaba a sonar el cuerno. Kunta se puso a llorar. Haba vuelto a fracasar, y rez a Al. Todos los das siguientes le pareci que l y Sansn compartan un pacto secreto de odio. Kunta saba que observaba cada paso que daba; saba que Sansn esperaba la primera oportunidad para lastimarlo de alguna manera que aprobara el toubob. Kunta trabajaba, como si nada hubiera ocurrido, slo que con mayor rapidez y eficiencia que antes. Haba visto que el capataz prestaba menos atencin a los que trabajaban ms o sonrean ms. Kunta no lograba sonrer, pero con amarga satisfaccin not que cuanto ms sudaba, menos latigazos reciba su espalda. Una noche, despus del trabajo, Kunta pasaba junto al granero cuando vio una cua gruesa de hierro medio escondida entre pedazos de lea, en un lugar donde el capataz haba puesto a trabajar a dos hombres. Mirando en todas direcciones y viendo que nadie lo observaba, Kunta alz la cua y, escondindola bajo la camisa, fue rpidamente a su choza. Utilizando la cua para hacer un pozo en el piso, la escondi luego en el agujero, volvi a apisonar la tierra en su lugar y luego la alis con una piedra hasta que el piso qued como antes.
Pas la noche sin dormir, pensando que cuando descubrieran que faltaba una cua, registraran todas las chozas. Se sinti mejor al da siguiente, cuando no hubo ningn escndalo, aunque an no saba cmo usara la cua para escapar, cuando llegara el momento. Lo que realmente quera era uno de esos cuchillos que reparta el capataz cada maana. Pero cada tarde vea que el capataz exiga su devolucin y los contaba cuidadosamente. Con uno de esos cuchillos podra cortar las malezas y avanzar ms rpidamente en el bosque, y si tena necesidad, podra matar a un perro... o a un hombre. Una fra maana, casi una luna despus -bajo un cielo gris- Kunta atravesaba un campo para ayudar a reparar una cerca cuando se qued atnito: del celo empez a caer una especie de sal, primero ligeramente, luego cada vez ms y ms espesa. La sal se convirti en copos blancos, y oy que los negros exclamaban: -Nieve! -As llamaban a eso. Cuando se inclin para recoger un poco, la sinti muy fra, y ms fra todava cuando se lamio un dedo cubierto de la sustancia. Arda, pero no tenia ningun gusto trat de olerla, pero no slo no tena olor alguno, sino que desapareca, se converta en agua. El suelo qued cubierto de una pelcula blanca. Para cuando lleg al otro lado del campo, la nieve haba cesado, y se haba empezado a fundir. Escondiendo su sorpresa, Kunta se seren e hizo una sea silenciosa a su compaero negro, que lo esperaba junto a la cerca rota que deban reparar juntos. Empezaron a trabajar. Kunta ayudaba al otro hombre que pasaba un hilo de metal que llamaba "alambre". Despus de un rato llegaron a un lugar casi escondido por el pasto alto, y mientras el otro cortaba un poco con el cuchillo largo que llevaba, Kunta se puso a medir la distancia que lo separaba del bosque ms prximo. Saba que Sansn no estaba cerca y que el capataz montaba guardia en otro campo ese da. Kunta segua trabajando para que su compaero no sospechara nada. Pero estaba tenso mientras sostena el alambre y observaba la cabeza del otro, inclinada sobre lo que estaba haciendo. Haba dejado el cuchillo a unos pocos pasos, al interrumpir su tarea de cortar pasto. Con una muda plegaria a Al, Kunta apret las manos, las levant, y las dej caer sobre la nuca del hombre con toda la violencia de que era capaz su delgado cuerpo. El hombre se desplom sin un ruido, como si le hubieran dado un hachazo. Al instante, Kunta le haba atado las muecas y los tobillos con alambre. Apoderndose del cuchillo largo, Kunta luch contra el impulso de clavrselo -no se trataba del odiado Sansn- y empez a correr hacia el bosque, agachado. Se senta liviano, como si estuviera corriendo en medio de un sueo, como si ese momento no estuviera sucediendo en la realidad. Sali del trance un momento despus, al or que l hombre que haba atado gritaba con todas sus fuerzas. Deb matarlo, pens Kunta, furioso consigo mismo, mientras trataba de huir ms rpidamente an. En lugar de penetrar en los matorrales al llegar al bosque, esta vez los coste. Saba que primero tena que poner distancia, y luego recin esconderse. Si lograba alejarse rpidamente, luego tendra tiempo de buscar un buen lugar para esconderse y descansar antes de seguir camino y refugiarse para pasar la noche. Kunta estaba decidido a vivir en el bosque, como los animales. Ahora saba muchas cosas acerca de la tierra toubob, que se sumaban a lo que haba aprendido en frica. Cazara conejos y otros roedores con trampas, y los cocinara sobre un fuego que no echara humo. Mientras corra, segua en el rea donde los matorrales lo escondan pero que no eran tan espesos como para dificultar su avance. Al llegar la noche, Kunta se dio cuenta de que haba recorrido una buena distancia. Pero sigui avanzando, cruzando arroyos y barrancas, y durante un largo trecho camin por el cauce de un ro poco profundo. Cuando oscureci del todo se detuvo, escondindose en un lugar donde los matorrales eran densos pero que no le impediran correr si era necesario. Mientras yaca all, en la oscuridad, aguz los odos para or si llegaba el ladrido de los perros. No haba nada ms que silencio a su alrededor. Sera posible? Lograra escapar esta vez? Justo en ese momento sinti algo fro en la cara, y levant las manos. Estaba cayendo "nieve"! Pronto se vio cubierto y rodeado de blanco. La nieve caa, silenciosa, apilndose cada vez ms, hasta que Kunta empez a temer que lo enterrara. Estaba helado. Finalmente salt y corri en busca de un mejor escondite. Haba recorrido un buen trecho cuando tropez y cay; no se lastim, pero al volver la mirada vio con horror que sus pies haban dejado un rastro tan profundo en la nieve que hasta un ciego podra seguirlo. Saba que no haba forma de borrar las huellas, y tambin que no faltaba mucho para que amaneciera. Lo nico que poda hacer era poner ms distancia. Trat de acelerar el paso, pero haba corrido casi toda la noche, y respiraba con mucha dificultad. El largo cuchillo empezaba a pesarle; serva para cortar las malezas, pero no para fundir la nieve. El cielo empezaba a aclarar en el Este cuando oy, ms adelante, el dbil sonido de un cuerno. Cambi de direccin. Pero se sinti abrumado por el pensamiento de que no encontrara dnde esconderse en medio de esa alfombra de blancura.
Cuando oy el distante ladrido de los perros, lo invadi una furia que nunca haba sentido en su vida. Corri como un leopardo perseguido, pero los ladridos se acercaban, hasta que por fin, cuando mir por sobre el hombro por dcima vez, vio que ya lo alcanzaban. Los hombres no podan estar muy lejos. Luego oy un disparo, y eso lo hizo correr con ms rapidez an. Pero los perros lo alcanzaron, de todos modos. Cuando estaban slo a unos pasos, Kunta vir y se agazap, gruendo como ellos. Mientras se acercaban, mostrando los colmillos, l tambin embisti, abrindole la panza al primer perro de un solo golpe del cuchillo; con un leve movimiento del brazo, le dio a otro entre los ojos. Kunta salt y sigui corriendo. Pero pronto oy que los hombres se acercaban, a caballo, entre los matorrales, y se intern en lo ms profundo, adonde los caballos no llegaran. Luego se oy un disparo, y luego otro, y sinti un dolor ardiente en una pierna. Haba logrado incorporarse nuevamente cuando los toubobs gritaron y volvieron a hacer fuego, y sinti que los balazos se metan en los rboles junto a su cabeza. Que me maten, pens Kunta. Morir como un hombre. Luego otro disparo hizo blanco en la misma pierna herida, y lo derrib como si le hubieran dado un puetazo violento. Estaba tendido en el suelo, gruendo, cuando vio al capataz y a otro toubob que se acercaban apuntndole con sus escopetas. Quera volver a ponerse de pie para obligarlos a disparar una y otra vez hasta terminar, pero las heridas de la pierna no se lo permitieron. El otro toubob le apuntaba a la cabeza con la escopeta mientras el capataz le desgarraba la ropa hasta dejarlo desnudo en la nieve. Le chorreaba la sangre por la pierna, manchando la blancura alrededor de sus pies. Maldiciendo continuamente, el capataz le dio un puetazo que casi lo desmay; luego los dos hombres lo ataron de frente a un gran rbol, sujetndole las muecas con una soga. Los latigazos le cortaron la espalda y los hombros. El capataz grua y Kunta temblaba bajo la fuerza de cada golpe. Despus de un rato, Kunta no pudo evitar gritar de dolor, pero los latigazos siguieron hasta que se desmoron contra el rbol. Tena los hombros y la espalda cubiertos de costurones largos, que le sangraban, y que en parte dejaban los msculos en descubierto. No estaba seguro, pero a Kunta le pareci que se caa. Luego sinti el fro de la nieve, y despus todo se oscureci. Volvi en s en la choza, y junto con los sentidos el dolor, agudsimo y generalizado. El menor movimiento lo haca gritar de agona. Le haban vuelto a poner las cadenas. Lo que era peor, estaba envuelto de los pies a la barbilla en una tela empapada en grasa de chancho. Cuando la vieja cocinera entr con la comida, trat de escupirla, pero slo logr vomitar. Le pareci ver compasin en los ojos de la vieja. Dos das despus los sonidos de algaraba festiva lo despertaron temprano. Oy a los negros junto a la casa grande, gritando "Un regalo de Navidad, amo!", y se pregunt qu podran celebrar. Tena ganas de morir, para que su alma se uniera a la de sus antepasados; quera terminar para siempre con el sufrimiento interminable en la tierra de los toubobs, un lugar tan sofocante y hediondo donde no se poda respirar aire puro. Herva de furia al pensar que, en lugar de castigarlo como a un hombre, el toubob lo haba desnudado. Cuando se repusiera, se vengara, y volvera a huir. O morira.
CAPITULO 47 Cuando por fin Kunta sali de la choza, nuevamente con grilletes en los tobillos, la mayora de los negros lo evitaban, poniendo los ojos en blanco, de miedo, cuando lo vean, y alejndose rpidamente, como si fuera un animal salvaje. Slo la vieja cocinera y el viejo que haca sonar el cuerno lo miraban en los ojos. A Sansn no se lo vea por ninguna parte. Kunta no se imaginaba dnde poda estar, pero se alegraba de no verlo. Luego, unos das despus, vio al tan odiado negro con heridas de latigazos. Eso lo puso ms contento todava. Pero ante la menor excusa, el ltigo del capataz volva a caer sobre la espalda de Kunta tambin. Saba que lo observaban a cada momento, mientras trabajaba, e igual que los otros se apuraba cuando se acercaba un toubob, e iba ms despacio cuando se retiraba. Sin decir una palabra, haca todo lo que le ordenaban. Cuando terminaba el da, arrastraba su melancola profunda, del campo a la oscura choza donde dorma. En medio de su soledad, Kunta empez a hablar consigo mismo, sosteniendo largas conversaciones imaginarias con su familia. Por lo general les hablaba mentalmente, a veces en alta voz. "Pap", deca, "estos negros no son como nosotros. Sus huesos, su sangre, sus tendones, sus manos y sus pies no les
pertenecen. Viven y respiran no para s, sino para los toubobs. No tienen nada, ni siquiera sus propios hijos. Son alimentados y cuidados y criados para otros". "Madre", sola decir, "estas mujeres usan trapos en la cabeza, pero no se los saben atar; poco de lo que cocinan no contiene la carne o la grasa del inmundo puerco; y muchas se han acostado con toubobs, porque sus hijos han sido maldecidos con el color del sasso borro". Y tambin hablaba con sus hermanos Lamin, Suwadu y Madi, dicindoles que ni el ms sabio de los ancianos podra convencerlos de la importancia que significa darse cuenta de que ni el peor de los animales salvajes era tan peligroso como el toubob. Y as transcurran las lunas, y pronto empezaron a desaparecer las espigas de "hielo", convirtindose en agua. Y al poco tiempo empez a asomar el verde pasto entre la tierra oscura, los rboles empezaron a mostrar sus brotes, y los pjaros a cantar nuevamente. Y empezaron a sembrar y a plantar los interminables surcos. Por fin los rayos del sol sobre la tierra la volvan tan caliente que Kunta deba caminar rpidamente y, cuando se detena, no poda dejar de mover los pies para que no se le ampollaran. Kunta esperaba el momento oportuno, sin meterse con nadie, hasta que sus captores se descuidaran y dejaran de vigilarlo. Pero senta que hasta los otros negros no le sacaban los ojos de encima, aun cuando no estaban cerca el capataz ni ningn otro toubob. Deba hallar una manera para que no lo vigilaran de tan cerca. Tal vez poda aprovecharse del hecho de que los toubobs no los consideraban personas, sino cosas. Como las reacciones de los toubobs dependan de la manera en que se comportaban esas cosas negras, decidi actuar de la forma ms inofensiva posible. Aunque se despreciaba por ello, Kunta se forz a actuar igual que los otros negros cada vez que un toubob se hallaba cerca. Por ms que trataba, no consegua sonrer y arrastrar los pies, pero se esforzaba por cooperar, y hasta a mostrarse amistoso, y siempre se lo vea atareado. Tambin haba aprendido una cantidad de palabras toubobs ahora, pues siempre escuchaba con atencin todo lo que decan a su alrededor, ya fuera en el campo o en las chozas, de noche, y aunque an no hablaba, empez a demostrar que entenda. Una de las principales cosechas de la granja era el algodn, y creca muy rpidamente en la tierra toubob. Pronto sus flores se haban transformado en duras cpsulas verdes, abrindose, y los campos se convirtieron en ocanos de blancura; empequeeciendo por comparacin los campos de Juffure. Era la poca de la cosecha, y el cuerno sonaba ms temprano a la maana, y el ltigo del capataz chasqueaba en seal de advertencia antes aun que los "esclavos", como les decan, pudieran dejarse caer de la cama. Observando a los dems en el terreno cultivado, Kunta pronto aprendi que si se agachaba, la larga bolsa de lona pareca menos pesada porque arrastraba ms; en ella echaba repetidamente puados de algodn. Cuando se llenaba la llevaba hasta la carretilla que esperaba al final del surco. Kunta llenaba la bolsa dos veces por da, como la mayora, pero haba algunos que, para complacer a los toubobs agachaban ms la espalda y movan las manos tan rpidamente que casi no se les vean; para cuando sonaba el cuerno, al atardecer, haban llenado y vaciado tres bolsas. Cuando llenaban la carretilla, la llevaban a un depsito en la granja, pero Kunta vio que los carros repletos de tabaco cosechado en los campos adyacentes eran llevados camino abajo, a alguna otra parte. Pasaban cuatro das antes que regresaran vacos, y se cruzaban con algn otro carro lleno de tabaco. Kunta empez a ver carros repletos de tabaco, provenientes de otras granjas, que avanzaban por el camino a lo lejos, tirados algunas veces por hasta cuatro mulas. Kunta no saba adonde iban los carros, pero s que iban muy lejos, porque haba visto el cansancio de Sansn y de otros conductores cuando regresaban de uno de los viajes. Tal vez fueran lo suficientemente lejos como para conducirlo a la libertad. Kunta apenas si pudo aguantar los das siguientes, excitado por esa ocurrencia extraordinaria. Inmediatamente desech la idea de esconderse en uno de los carros de la granja; no podra hacerlo sin que alguien lo viera. Deba hacerlo en uno de los carros que iban por el camino, de alguna otra granja. Usando el pretexto de ir al excusado esa noche, Kunta se asegur de que no hubiera nadie cerca, y, luego fue a un lugar desde donde poda ver el camino a la luz de la luna. Como esperaba, los carros cargados de tabaco viajaban de noche. Vio las luces temblorosas de los carros, hasta que las pequeas llamas desaparecan en la distancia. Planeaba sus pasos cada minuto, sin perder ningn detalle de los carros de tabaco del lugar. Mientras trabajaba en el terreno, le volaban las manos; ahora hasta sonrea cuando se acercaba el capataz. Y todo el tiempo pensaba cmo hara para saltar a la parte de atrs de un carro cargado, a la noche, sin que lo oyeran los conductores en el frente, protegido por el ruido del carro al avanzar, sin ser visto, no slo por la oscuridad sino tambin por la pila de hojas que separaban a los conductores del resto del carro. Le
asqueaba el slo pensar en tener que tocar y oler la planta impa de la que siempre se haba apartado, pero si era la nica manera de escapar estaba seguro de que Al lo perdonara.
CAPITULO 48 Una tarde, cuando esperaba detrs del "retrete", como llamaban los esclavos a la choza donde iban de vientre, Kunta mat con una piedra uno de los conejos que abundaban en los bosques cercanos. Con cuidado lo cort en tajadas finas y las puso a secar como haba aprendido durante el entrenamiento para ser hombre, pues necesitara llevar algunos alimentos. Luego, con una piedra lisa afil y le sac el herrumbre a una hoja de cuchillo doblada que haba encontrado; luego la enderez y la sujet con un alambre a un mango de madera que acababa de terminar. Pero aun ms importante que la comida y el cuchillo era el amuleto que haba hecho: una pluma de gallo para atraer a los espritus, una crin de caballo para tener fuerza, y un espoln de ave para tener xito, todo bien envuelto y cosido en un pedazo de arpillera con una aguja que haba encontrado. Se dio cuenta de que era estpido esperar que un hombre santo bendijera su amuleto, pero pensaba que tener un amuleto era mejor que nada. No haba cerrado los ojos en toda la noche, pero no estaba nada cansado; por el contrario, deba esforzarse para esconder su excitacin y no demostrar emocin alguna todo ese da de trabajo. Porque esa noche era la elegida. De regreso en su choza despus de la comida, con manos temblorosas meti en los bolsillos el cuchillo y las tajadas de carne desecada de conejo. A continuacin se at el amuleto en la parte superior del brazo derecho. Escuchar los ruidos rutinarios de los otros negros lo impacientaba; cada momento, que pareca que no pasaba nunca, podra suceder algo inesperado y arruinar sus planes. Pero los tristes cantos y las plegarias de los extenuados negros pronto terminaron. Para darles tiempo suficiente para que se durmieran, Kunta esper todo lo que se atrevi. Entonces, blandiendo su cuchillo de confeccin casera, sali a la noche. Sintiendo que no haba nadie cerca, se agach y corri lo ms rpidamente que pudo hasta llegar a un grupo de matorrales espesos que crecan cerca del lugar donde daba vuelta el camino. Se agazap, respirando fuerte. Y si no pasaban ms carros esa noche? Una idea aterradora. Y luego un temor que casi lo paraliz: Y si los ayudantes del conductor estaban sentados vigilando la parte de atrs? Tena que correr el riesgo. Oy que se acercaba un carro unos momentos antes de ver su luz trmula. Apretando con fuerza los dientes, con un temblor en todo el cuerpo, Kunta estaba casi por desmayarse. El carro pareca arrastrarse apenas. Finalmente lo tuvo enfrente, avanzando con lentitud. Haba dos siluetas oscuras sentadas en el asiento delantero. Sintiendo ganas de gritar, salt de entre los matorrales. Trotando detrs del carro que avanzaba a los sacudones, chirriando continuamente, Kunta esper a que llegara a una zona spera en el camino; entonces extendi la mano, se tom de la parte posterior del carro, y salt a la pila de tabaco. Estaba a bordo! Frenticamente se puso a cavar. Las hojas estaban mucho ms apretadas de lo que esperaba, pero por fin logr esconder el cuerpo. Despus de dejar un espacio libre para poder respirar mejor (el hedor de las hojas inmundas casi lo descompuso) se dio cuenta de que deba mover continuamente la espalda y los hombros para poder estar ms cmodo bajo el gran peso. Finalmente encontr una buena postura, y el movimiento oscilante del carro, sumado a la blandura de las hojas tibias, pronto lo adormecieron. Se despert abruptamente con una sacudida fuerte del carro, y pens que lo podran descubrir. Adonde iba el carro, y cunto tardara en llegar a destino? Y entonces, podra deslizarse sin que lo vieran? O lo volveran a seguir y a atrapar? Por qu no haba pensado en eso antes? Vio mentalmente los perros, a Sansn y a los toubobs con sus armas, y se estremeci. Recordando lo que le haban hecho la ltima vez, pens que esta vez su vida dependa de que no lo apresaran. Cuanto ms pensaba en ello, ms necesidad senta de abandonar el carro. Con las manos hizo un claro para sacar la cabeza. Vio una extensin interminable de sembrados y campo a la luz de la luna. Ahora no poda saltar. La luna estaba fuerte, y si bien eso lo ayudara, tambin ayudara a sus perseguidores. Y cuanto ms se alejara en el carro, menor sera la posibilidad de que los perros le pudieran seguir el rastro. Tap el hueco y trat de calmarse, pero con cada vaivn del carro tema que ste se detuviera. El corazn pareca estar a punto de estallarle.
Mucho ms tarde, cuando volvi a hacer un hueco y vio que estaba por aclarar, Kunta tom una decisin. Deba dejar el carro en seguida, antes de que fuera de da: la luz era su enemiga. Rezndole a Al, asi el mango del cuchillo y empez a retorcerse, abrindose camino entre el tabaco. Cuando logr salir, se qued esperando una sacudida para saltar. Pareci pasar una eternidad, pero por fin salt. Estaba en el camino. Un momento despus se escondi entre la maleza. Kunta se desvi para evitar dos granjas toubobs donde pudo ver la acostumbrada casa grande y las pequeas chozas. Escuch el sonido del cuerno despertando a la gente. A medida que aclaraba, empez a adentrarse en una extensin de bosque espeso. Estaba fresco, y el roco lo hizo sentirse bien. Blanda el cuchillo como si no tuviera peso, con placer. Esa tarde, temprano, lleg a un arroyo de agua clara que saltaba sobre rocas cubiertas de musgo, asustando a las ranas al ponerse a beber. Inspeccion los alrededores, y como le pareci que no haba peligro para descansar un rato, se sent junto al arroyo y se meti la mano en el bolsillo. Sac un trozo de conejo desecado, lo abland en el agua y se puso a masticarlo. La tierra era muelle y suave, y el nico sonido que se oa era el de las ranas, los insectos y los pjaros. Se puso a escuchar mientras coma, observando los rayos de sol que tean de dorado el verde de las hojas. Estaba contento de no tener que correr como haba corrido en las otras oportunidades, porque extenuado era una presa fcil. Sigui corriendo sin parar toda la tarde, y despus de hacer una pausa para la plegaria del ocaso, sigui camino hasta que la oscuridad y el cansancio lo obligaron a detenerse. Mientras yaca en su lecho de hojas y hierba, decidi que ms adelante se hara un refugio con dos palos con horqueta y un techo de pasto, como haba aprendido en el entrenamiento. Pronto cay dormido, pero varias veces lo despertaron los mosquitos, y entonces pudo or los gruidos de los animales salvajes a lo lejos, matando a sus presas. Con la primera luz del alba, Kunta afil rpidamente el cuchillo y parti. Al rato lleg a lo que era claramente un sendero, por el que haban transitado varios hombres. Aunque se dio cuenta de que haca mucho que nadie pasaba por ah, igualmente regres al bosque lo ms rpidamente que pudo. Con ayuda del cuchillo sigui internndose en el bosque. Varias veces vio vboras, pero en la granja toubob haba aprendido que no atacaban a menos que estuvieran asustadas o las arrinconaran, as que dej que siguieran camino. De vez en cuando le pareca or el ladrido de un perro, y entonces se estremeca pues tema ms al olfato de un perro que a los hombres. Varias veces durante el da, Kunta se meti en un follaje tan espeso que en algunos lugares el cuchillo no lo ayudaba a abrirse camino, y deba regresar a buscar otro paso. En dos oportunidades debi detenerse para afilar el cuchillo, que cada vez se desafilaba ms pronto; cuando inmediatamente despus se daba cuenta de que no cortaba, era porque las cuchilladas continuas contra arbustos, guas y zarzas lo haban empezado a mellar. Entonces se detena a descansar, coma un poco ms de conejo y algunas moras silvestres, y beba agua que encontraba en las hojas al pie de los rboles. Esa noche descans junto a otro arroyo, y se qued dormido no bien se sent, sordo a los gritos de los animales y aves nocturnas, insensible a los zumbidos y a las picaduras de los insectos, atrados por su cuerpo sudoroso. Recin a la maana siguiente se puso a pensar adonde iba. Antes no se haba atrevido a pensar en eso. Como no poda saber adonde iba pues no tena idea de dnde estaba, lleg a la conclusin de que lo nico que poda hacer era evitar estar cerca de otros seres humanos, negros o toubobs, y seguir corriendo en direccin a la salida del sol. Los mapas de frica que haba visto de nio indicaban que las grandes aguas estaban al Oeste, as que saba que eventualmente llegara si segua yendo en direccin hacia el Este. Pero le aterraba pensar lo que sucedera, aun en el caso de que no lo apresaran: cmo lograra cruzar las aguas, aun en el caso de tener una embarcacin? cmo podra llegar a salvo al otro lado, aun en el caso de que supiera cmo ir? Entre plegaria y plegaria acariciaba el amuleto saphie, mientras corra. Esa noche, escondido bajo un arbusto, se puso a pensar en el hroe ms grande de los mandingas, el guerrero Sundiata, un esclavo lisiado, a quien su amo africano trataba tan mal que se escap, escondindose en los pantanos, donde encontr a otros que haban huido y los organiz en un ejrcito conquistador que le cort una tajada al vasto imperio mandinga. Al echar a andar el cuarto da, Kunta se puso a pensar que tal vez habra otros africanos que haban huido y que podan estar escondidos en la tierra de los toubobs, y a lo mejor estaran desesperados, igual que l, por volver a pisar la tierra natal. A lo mejor entre muchos podan construir o robar una canoa grande. Y entonces... El ensueo de Kunta se vio interrumpido por un ruido terrible. Se detuvo en seco. Era imposible! Pero no haba lugar a dudas: era el ladrido de perros. Desesperado, se meti en la maleza, tropezando y cayendo, y volvindose a poner en pie con dificultad. Pronto estaba tan cansado que cuando volvi a caerse se qued all, muy quieto, escuchando, aferrando el mango del cuchillo, escuchando. Pero no se oa nada ahora, excepto los sonidos de las aves y de los insectos.
Habra escuchado realmente a los perros? La idea lo atormentaba. No saba cul era su peor enemigo: los toubobs o su propia imaginacin. No poda arriesgarse a suponer que no los haba escuchado, as que volvi a echar a correr; la nica seguridad estaba en seguir avanzando. Pero pronto, exhausto no slo por haber corrido tanto, sino a causa del miedo mismo, tuvo que volver a descansar. Cerrara los ojos un momento, y luego volvera a seguir camino. Se despert cubierto de sudor, y se incorpor de un salto. Estaba completamente oscuro! Haba dormido durante todo el da! Meneando la cabeza, trataba de pensar qu lo habra despertado, cuando volvi a orlo: el ladrido de perros, esta vez mucho ms cerca que antes. Se puso de pie y ech a correr desesperadamente. Pas un rato antes de que se diera cuenta de que se haba dejado el cuchillo. Corri de regreso al lugar donde haba dormido, pero los arbustos formaban un verdadero laberinto, y aunque saba que el cuchillo deba estar al alcance de la mano, busc y busc a tientas, sin poder encontrarlo. Los ladridos se acercaban. Sinti un nudo en el estmago. Si no lo encontraba, lo volveran a apresar, o tal vez ahora lo pasara algo peor. Buscando a tientas entre la maleza, encontr una piedra del tamao de su puo. Lanzando un grito desesperado, la tom y ech a correr entre los arbustos. Esa noche corri ms y ms, como un posedo, adentrndose en el bosque. Tropezaba, caa, se enredaba los pies en las plantas, se detena solamente para recobrar el aliento. Pero los sabuesos se acercaban cada vez ms. Finalmente, cerca del amanecer, logr distinguirlos por encima del hombro. Era una pesadilla que volva a repetirse. Ya no poda seguir corriendo. Se dio vuelta y se agach con la espalda contra un rbol, listo para recibirlos: en la mano derecha aferraba un palo grueso que haba arrancado de un rbol, mientras corra a toda velocidad, y con la derecha apretaba la piedra con todas sus fuerzas, preparado a matar. Los perros acometieron contra Kunta, pero l, lanzando un alarido espantoso, agit el garrote con tanta ferocidad que los animales retrocedieron y se agazaparon, fuera de su alcance, sin dejar de ladrar y babosear, hasta que aparecieron dos toubobs a caballo. Kunta nunca haba visto a estos hombres. El ms joven sac una pistola, pero el mayor hizo que se quedara atrs y apendose se dirigi hacia Kunta. Tranquilamente empez a desenrrollar un largo ltigo negro. Kunta estaba parado, con una expresin salvaje en la mirada. Le temblaba el cuerpo, y por su mente pasaban recuerdos de rostros de toubobs que haba visto en el bosque, en la canoa grande, en el lugar donde lo haban vendido, en la granja pagana, en los bosques donde lo haban apresado, golpeado, azotado, donde le haban disparado tres tiros. Cuando el toubob hizo el brazo hacia atrs, Kunta le peg con todas sus fuerzas. Tal fue el envin que se cay a un costado y se le aflojaron los dedos que sostenan la piedra. Oy que el toubob gritaba; luego le pas una bala junto a la oreja, y los perros se le vinieron encima. A medida que rodaba sobre el suelo, golpeando a los perros, Kunta vio que el toubob tena la cara llena de sangre que le chorreaba. Kunta grua como una bestia salvaje cuando por fin llamaron a los perros y se acercaron a l con las armas desenvainadas. Se dio cuenta por su expresin de que le haba llegado la hora, pero no le import. Uno de los hombres se ech sobre l y lo tom con fuerza mientras el otro lo golpeaba con la culata del revlver, pero aun as necesitaron todas sus fuerzas para contenerlo, porque se debata, luchaba, se quejaba, gritaba en rabe y en mandinga, hasta que lo volvieron a golpear. Lucharon con l hasta empujarlo con violencia contra un rbol, le desgarraron la ropa y lo ataron al tronco del rbol. l estaba preparado a que lo castigaran hasta morir. Pero el toubob que sangraba se detuvo de repente, y apareci en su rostro una expresin extraa que era casi una sonrisa. Le dijo algo breve al ms joven. ste sonri, asintiendo, luego regres a su caballo y desat un hacha de mano, de mango corto, que estaba atada la montura. Con ella cort un rbol podrido y lo acerc a Kunta. Parado junto a l, el hombre que sangraba empez a hacer gestos. Seal los genitales de Kunta, luego el cuchillo que tena en el cinturn. Luego indic el pie de Kunta, y el hacha que tena en la mano. Cuando Kunta entendi, empez a aullar y patear, y volvieron a castigarlo. Algo que senta en la mdula de los huesos le deca que un hombre, para ser un hombre, deba tener hijos. Kunta se cubri el foto con las manos. Los dos toubobs sonrean con malicia. Uno de ellos puso el tronco bajo el pie derecho de Kunta mientras el otro le ataba el pie al rbol con tanta fuerza que aunque Kunta se debati con toda su furia nada pudo hacer. El que sangraba tom el hacha. Kunta gritaba y se debata cuando el hacha se elev en el aire, luego baj con tanta rapidez que Kunta oy cmo se enterraba en el tronco despus de cortarle la piel, los tendones, los msculos y el hueso. Sinti la agona en el cerebro. Cuando el dolor explot dentro de l, su cuerpo sufri un espasmo y se inclin hacia
adelante, luego baj las manos como para proteger el pie, que se haba separado de la pierna en medio de la sangre que manaba y se sumergi en la oscuridad.
CAPITULO 49 Casi durante todo un da, Kunta perda el conocimiento y volva en s, con los ojos cerrados. Pareca que se le haban cado los msculos de las mandbulas, pues no cesaba de correr por una de las comisuras de la boca un hilo permanente de saliva. A medida que se fue dando cuenta, gradualmente, de que estaba vivo, el dolor terrible pareci dividirse, latindole en la cabeza, atravesndole el cuerpo, quemndole la pierna derecha. Necesitaba hacer un esfuerzo sobrehumano para abrir los ojos, y entonces trat de recordar lo que le haba pasado. Se acord del rostro colorado y contorsionado del toubob, el hacha que se elevaba con la rapidez de un relmpago, el ruido que hizo al dar contra el tronco, y la parte delantera de su pie que se desprenda. Le palpitaba tanto la cabeza que se volvi a sumergir en la oscuridad. La prxima vez que abri los ojos, se puso a observar una telaraa en el cielo raso. Despus de un rato logr moverse hasta darse cuenta de que le haban atado el pecho, las muecas y los tobillos; tena la cabeza y el pie derecho apoyados contra algo blando, y llevaba puesta una especie de bata. En medio de su agona sinti un olor como a alquitrn. Crea que no haba dolor que le fuera desconocido, pero el presente era mucho peor. Estaba musitando algo a Al cuando se abri la puerta. Se detuvo de inmediato. Entr un toubob alto, que no haba visto nunca, trayendo una valija negra pequea. Tena una expresin de enojo, aunque no dirigido hacia Kunta. Espantando las moscas que revoloteabean, el toubob se inclin a su lado. Kunta slo poda verle la espalda; de repente, algo que le hizo el toubob en el pie lo sorprendi de tal manera que Kunta aull como una mujer, haciendo fuerza contra la soga que le sujetaba el pecho. Volvindose para mirarlo, el toubob le puso la mano sobre la frente y luego le tom la mueco con suavidad durante un largo rato. Luego se puso de pie, y mientras observaba los gestos que haca Kunta, llam en alta voz: -Bell! Una mujer baja y robusta, de piel negra, de rostro severo aunque no desagradable, entr llevando un recipiente con agua. A Kunta le pareci reconocerla, como si la hubiera visto en un sueo, inclinada sobre l, dndole agua. El toubob dijo algo a la mujer en un tono dulce, mientras sacaba algo de su bolsa negra y lo echaba en el vaso de agua, revolvindolo. El toubob volvi a decir algo, y esta vez la negra se arrodill. Con una mano le levant la cabeza mientras con la otra le acercaba el vaso a los labios. El estaba demasiado dbil y enfermo como para resistir, as que bebi. Por un instante vio el enorme vendaje alrededor de su pie derecho; la sangre seca haba tomado un color como de herrumbre. Se estremeci, deseando incorporarse, pero no le respondieron los msculos. El lquido que pasaba por su garganta tena un gusto nauseabundo. La mujer le solt la cabeza, el toubob le dijo algo, y ella respondi. Luego los dos salieron de la habitacin. Casi antes de que salieran, Kunta volvi a sumergirse en un sueo profundo. Esa noche, cuando volvi a abrir los ojos, no se acordaba dnde estaba. El pie derecho pareca arderle; intent levantarlo, pero el movimiento le hizo dar un grito. Su mente se hundi en una confusin borrosa de imgenes y pensamientos, pero no poda concentrarse en nada. Le pareci ver a Binta, y le dijo que estaba herido, pero que no se preocupara, pues volvera a su casa no bien pudiera. Luego vio una bandada de aves que volaban muy alto, y una lanza atraves a una de ellas. Empez a caer l mismo, gritando, aferrndose desesperadamente al vaco. Cuando volvi a despertarse se dio cuenta de que algo horrible le haba sucedido en el pie. O habra sido una pesadilla? Slo saba que estaba muy enfermo. Tena todo el lado derecho insensible, y la garganta muy seca. Se le partan los labios de la fiebre, y los senta resecos. Estaba empapado en sudor, y emita un olor enfermizo. Era posible que alguien pudiera cortarle el pie a otro ser humano? Entonces se acord del toubob que le sealaba el pie y los genitales, y la expresin espantosa de su rostro. Volvi a sentir furia. Hizo un esfuerzo por flexionar los dedos del pie. Sinti un dolor desesperante. Se qued inmvil, esperando que pasara, pero segua. Y era insoportable, pero sin embargo poda soportarlo. Se odi a s mismo, porque esperaba que viniera pronto el toubob y le echara en el agua ese remedio que le proporcionaba algn alivio. Una y otra vez trat de soltarse las manos de las flojas ataduras que las mantenan fijas a los costados, sin lograrlo. Se debata, gruendo de dolor, cuando vio que se abra la puerta. Era la mujer negra, con una luz
amarillenta y vacilante que le iluminaba la cara negra. Sonriendo, empez a emitir sonidos y a hacer movimientos faciales y gestos que queran comunicarle algo. Indicando la puerta, la mujer represent, mediante gestos, la entrada de un hombre alto que daba de beber a una persona que se quejaba, y esta sonrea y se senta mucho mejor. Kunta no dio seales de entender que la mujer le estaba diciendo que el toubob alto era hombre de medicina. Ella se encogi de hombros, se puso en cuclillas y empez a ponerle un trapo hmedo y fresco sobre la frente. Su odio hacia ella no disminuy por eso. La mujer le dio a entender que le iba a levantar la cabeza para darle un poco de sopa. Mientras tragaba el alimento, la aborreci por su expresin de satisfaccin. Ella hizo un pocito en el piso de tierra y meti en l un objeto redondo y largo, de cera, y lo encendi. Con gestos y expresiones le pregunt finalmente si necesitaba algo. l la mir con el ceo fruncido, y ella se fue. Kunta se qued mirando la llama fijamente, tratando de pensar, hasta que el objeto se extingui al derretirse totalmente. En la oscuridad se acord del plan de matar a los toubobs que haban hecho en la canoa grande. Quera ser guerrero en un gran ejrcito negro y matar a tantos toubobs como pudiera. Pero se puso a temblar, temeroso de que l fuera quien estuviera a punto de morir, aunque eso significara que estara para siempre junto a Al. Despus de todo, nunca haba regresado nadie para contar cmo era la vida eterna con Al, pero tampoco haba vuelto nadie a su aldea africana para contar cmo era vivir con los toubobs. La prxima vez que lleg Bell, not que lo miraba con preocupacin, fijndose en sus ojos inyectados en sangre y amarillentos, hundidos en su rostro afiebrado. Estaba ms flaco que cuando haba llegado a ese lugar la semana anterior, y no dejaba de temblar y de quejarse. La mujer sali en seguida, pero en menos de una hora regres con trapos, dos cacerolas humeantes y un par de colchas dobladas. Con movimientos rpidos y -por alguna razn- furtivos, le cubri el pecho con una cataplasma hrviente de hojas hervidas mezcladas con algo acre. La cataplasma estaba tan caliente que Kunta gimi y trat de sacrsela, pero con firmeza Bell se lo impidi. Mojando los trapos en la otra cacerola hirviente, los escurri y se los puso encima de la cataplasma, y luego lo tap con las dos colchas. Se sent a observar cmo le chorreaba el sudor, que caa sobre el piso de tierra. Con una punta del delantal, Bell le secaba el sudor que se le meta en los ojos cerrados. Finalmente se qued completamente inmvil. Cuando ella vio que los trapos estaban apenas tibios, se los sac. Luego le limpi el pecho, quitando todo rastro de la cataplasma, lo volvi a tapar con las colchas, y sali del cuarto. Cuando se volvi a despertar, se sinti tan dbil que no poda siquiera mover el cuerpo. Le pareca que se iba a sofocar debajo de las pesadas colchas. Sin embargo, aunque sin sentir ninguna gratitud por ello, se dio cuenta de que se le haba pasado la fiebre. Se qued pensando adonde habra aprendido a hacer eso la mujer. Era como los remedios de Binta, cuando l era chico: las hierbas de la tierra de Al, pasadas de generacin en generacin. Tambin pens en la manera furtiva en que se haba comportado la mujer, y se dio cuenta de que no eran remedios aprendidos de los toubobs. No slo estaba seguro que los toubobs no saban nada, sino que tampoco lo sabran nunca. Kunta se puso a estudiar el rostro de la negra mentalmente. Cmo era que la haba llamado el toubob? Bell? Con renuencia, despus de un rato, Kunta lleg a la conclusin de que la mujer se asemejaba a su tribu, ms que a ninguna otra. Trat de imaginarla en Juffure, machacando el kouskous para el desayuno, remando en su piragua por el bolong, balanceando los haces de arroz recin cosechado sobre la cabeza. Pero luego Kunta se despreci por relacionar de esa manera a su aldea con estos negros paganos de la tierra toubob. El dolor de Kunta se haba vuelto menos continuo y no tan intenso; ahora le dola cuando trataba de moverse, desesperado, y se lo impedan las ataduras. Las moscas lo atormentaban, revoloteando alrededor de su pie vendado, o de lo que le quedaba del pie, y de vez en cuando se sacuda para espantar las moscas por un momento, pues en seguida volvan. Kunta empez a preguntarse dnde estara. Esta no era su choza, y se daba cuenta por los sonidos que le llegaban de afuera, y las voces de los negros que pasaban, que estaba en otra plantacin. Desde la cama ola la comida que preparaban y oa sus conversaciones al caer la noche, sus cantos y sus rezos, y el cuerno que sonaba a la maana. Y todos los das entraba el toubob alto, y siempre le haca doler el pie cuando le cambiaba las vendas. Bell iba tres veces al da: le llevaba agua y comida, siempre con una sonrisa, y le apoyaba la mano tibia sobre la frente. Deba pensar que esos negros no eran mucho mejores que los toubobs. Esa negra y ese toubob no le queran mal -aunque era demasiado pronto para estar seguro- pero otro negro, Sansn, lo haba castigado hasta casi matarlo, y otros toubobs lo haban azotado, haban disparado contra l y le haban
cortado el pie. A medida que recobraba las fuerzas, ms furioso se pona de tener que estar ah acostado, sin poder moverse, pensando que con sus diecisiete lluvias podra estar corriendo, saltando y trepando a su antojo. Era algo monstruoso, que sobrepasaba su entendimiento y su paciencia. Cuando el toubob alto le desat las ligaduras que lo sujetaban a los palos, de ambos lados, Kunta pas varias horas tratando, intilmente, de levantar los brazos. Los senta demasiado pesados. Con amargura y desesperacin, pero con constancia, se oblig a flexionar los dedos una y otra vez, apretando los puos, hasta que finalmente logr levantar los brazos. Luego empez a tratar de apoyarse sobr los codos, y cuando pudo hacerlo, pas horas observando las vendas que envolvan el mun. Pareca grande, como un zapallo, aunque no tena ahora tanta sangre como la otra vez que haba logrado ver cuando el toubob le sacaba las vendas. Trat de levantar la rodilla de esa pierna, pero lo abrum el dolor. Se desquit con Bell, cuando ella vino a visitarlo la prxima vez. Le gru en mandinga, y dej caer con fuerza la taza de lata, despus de beber. Despus se dio cuenta de que sa era la primera vez, desde su llegada a la tierra toubob, que haba hablado en voz alta. Ms se enfureci al ver que, a pesar de su ira, los ojos de ella lo miraron con cario. Un da, despus de estar ah tres semanas, el toubob le hizo un gesto para que se sentara, mientras le quitaba las vendas. Cuando se fue acercando al pie, Kunta vio que la tela tena una sustancia espesa y amarillenta, medio pegajosa. Tuvo que apretar con fuerza las mandbulas mientras el toubob le quitaba la ltima venda. Kunta crey desmayarse al ver la parte hinchada que le quedaba de pie, cubierta con una costra espesa y marrn, asquerosa. Lanz un grito. El toubob verti algo sobre la herida, aplic luego una venda floja y suelta, recogi su maletn negro y se march. Durante los dos das siguientes Bell repiti lo que haba hecho el toubob, hablndole suavemente cuando Kunta se encoga de dolor y volva la cara. Cuando regres el toubob, al tercer da, a Kunta se le dio vuelta el corazn al ver los dos palos fuertes de madera que llevaba, con una horqueta en la parte de arriba. Kunta haba visto a los heridos en Juffure que caminaban con la ayuda de esos palos... Asegurando las horquetas de los palos bajo sus brazos, el toubob le ense a saltar, mientras balanceaba el pie derecho en el aire. Kunta rehus moverse, hasta que los dos salieron del cuarto. Entonces logr incorporarse, apoyndose contra la pared de la choza, hasta que logr mantenerse de pie, soportando la pulsacin de la pierna sin caerse. El sudor le chorreaba por la cara. Por fin logr apoyar las axilas sobre las horquetas de los palos. Mareado, tambalendose, sin alejarse de la pared para poder mantener el equilibrio, logr dar unos torpes saltos. El mun vendado amenazaba hacerle perder el equilibrio con cada paso que daba. Cuando Bell le llev el desayuno a la maana siguiente, Kunta not su mirada de placer al ver las marcas de los palos en el piso de madera. Kunta la mir con odio, furioso consigo mismo por no acordarse de borrar las marcas. Se neg a probar bocado hasta que se fue la mujer, pero entonces comi rpidamente, pues quera recobrar sus fuerzas. A los pocos das ya saltaba libremente por todo el cuarto.
CAPITULO 50 En muchos sentidos, esa granja toubob era muy diferente de la anterior, como empez a notar Kunta la primera vez que traspuso la puerta de la choza sobre sus muletas, y se puso a mirar afuera. Las bajas chozas de los negros estaban pulcramente blanqueadas como la que l habitaba y parecan en mejores condiciones. Contena una mesita, un estante en la pared, con un plato de estao, una calabaza para beber, una "cuchara", y los utensilios toubobs para comer que ya saba cmo se llamaban: "tenedor" y "cuchillo". Le pareci que haban sido muy estpidos al dejarlos cerca de su alcance. El colchn tirado sobre el piso, en el que dorma, era ms espeso, con ms chalas de choclo. Algunas chozas tenan jardincitos en la parte de atrs, y la ms cercana a la casa de los toubobs, tena un cantero redondo, lleno de flores en el frente. Desde la puerta de su choza, Kunta miraba a la gente que caminaba en todas direcciones, y entonces volva a entrar rpidamente, y se quedaba algn tiempo, antes de animarse a volver a salir a la puerta. Con ayuda del olfato logr localizar el retrete. Todos los das aguantaba hasta ver que la mayora estaba dedicada a sus tareas en el campo, y entonces, asegurndose que no haba nadie cerca, se diriga a los saltos a hacer uso de las instalaciones, y luego volva a regresar con rapidez. Pasaron dos semanas antes de que Kunta empezara a aventurarse ms all de la choza ms prxima. Descubri la choza de la mujer que cocinaba, y vio, sorprendido, que no era Bell. Ahora que poda
trasladarse de un lugar a otro, Bell haba dejado de ir a su choza; ya no le llevaba las comidas. Qu le habra sucedido? Un da, cuando estaba parado a la puerta de su choza, la vio salir por al puerta de atrs de la casa grande. Ella no lo vio, o hizo que no lo vio. Pas delante de l camino del retrete. As que era como los otros, despus de todo. Ya le pareca. Con menos frecuencia, Kunta vea al toubob alto, por lo general en un carrito cubierto, tirado por dos caballos, conducido por un negro que se sentaba en la parte de adelante. Despus de un tiempo, Kunta empez a quedarse parado a la puerta de su choza aun cuando los dems regresaban de sus tareas, arrastrando los pies, cansados, al anochecer. Pensando en la otra granja, se sorprendi al ver que no vena detrs de ellos un toubob a caballo, ltigo en mano. Pasaban junto a Kunta, sin prestarle atencin, y desaparecan dentro de sus chozas. Pero al rato haban vuelto a salir, y estaban ocupados haciendo algo. Los hombres trabajaban junto al granero, las mujeres daban de comer a las gallinas y ordeaban las vacas. Los nios llevaban baldes de agua y toda la lea que podan abarcar con los brazos. Evidentemente no se daban cuenta de que podran llevar el doble si cargaban la lea o los baldes sobre la cabeza. A medida que pasaban los das, empez a ver que aunque estos negros vivan mejor que los otros, no parecan saber, tampoco, que era una tribu perdida, que les haban robado tan completamente el sentido de respeto o el aprecio hacia ellos mismos de que parecan creer que esa era la forma correcta de vida. Todo lo que les preocupaba era que no los castigaran, tener suficiente comida y un lugar para dormir. A la noche, Kunta se quedaba dormido despus de pensar con furia durante un largo rato en esa gente. No parecan saber que eran desgraciados. Qu le importaba a l, entonces, si parecan satisfechos con su destino pattico? Cada da que pasaba mora una parte de l, pero mientras le quedara voluntad para seguir viviendo, volvera a intentar escapar, fueran cuales fueran las probabilidades o las consecuencias. Para qu serva, vivo o muerto? En esas ltimas doce lunas, desde que lo robaron de Juffure, haba madurado mucho ms que sus lluvias. En nada contribua que nadie hubiera encontrado una tarea que encomendarle, aunque ahora ya se desplazaba bien sobre sus muletas. Se las arreglaba para dar la impresin de que estaba suficientemente ocupado, solo, y que no tena necesidad ni deseos de relacionarse con nadie. Pero se daba cuenta de que los otros negros no confiaban en l, como l no confiaba en ellos. A la noche, sin embargo, se senta solo y deprimido, y pasaba las horas enteras mirando la oscuridad. Senta como si una enfermedad le invadiera el cuerpo. Sorprendido, avergonzado, se dio cuenta de que senta la necesidad de amar. Estaba parado frente a su choza un da cuando vio que entraba en el patio el coche ligero del toubob. Sentado junto al negro que conduca, estaba un hombre de tez sasso borro. Cuando el toubob se ape y entr en la casa grande, el coche se acerc a las chozas de los negros y se detuvo. Kunta vio que el conductor tomaba al moreno de los brazos, para ayudarlo a descender, pues tena una de las manos cubiertas de algo que pareca barro blanco endurecido. Kunta no tena idea de lo que era, pero se dio cuenta de que tena una herida en la mano. Con la mano buena busc algo en el coche, y luego sac una caja oscura, de forma extraa. Sigui al conductor hasta llegar a la ltima choza, que Kunta saba que estaba vaca. Kunta estaba tan lleno de curiosidad que a la maana siguiente se dirigi a la choza. No esperaba encontrar al moreno sentado cerca de la puerta. Se miraron. No haba expresin en los ojos ni en la cara del hombre moreno. Tampoco en la voz, cuando le dijo: -Qu quieres? -Kunta no le entendi-. Eres uno de esos malditos negros africanos. -Entendi esa palabra que haba odo tantas veces, pero no el resto. Se qued parado-. Vete, entonces! -Kunta entendi la brusquedad, se dio cuenta de que lo echaba. Gir, tambalendose, y se dirigi de regres a su choza, avergonzado y enojado. Cada vez que pensaba en el moreno se pona tan furioso que senta ganas de saber la lengua toubob para poder ir a gritarle: -Por lo menos soy negro, y no moreno como t! -Desde ese da, Kunta nunca miraba en direccin a esa choza cuando sala. Pero se mora de curiosidad al ver que todas las noches, despus de la comida, la mayora de los negros se diriga a esa ltima choza. Aguzando el odo, desde la puerta de su propia choza, Kunta oa la voz del moreno, que casi no dejaba de hablar. Algunas veces los otros se rean, y a intervalos poda or que le hacan preguntas. Kunta se desesperaba por saber quin era. Una media tarde, como unas dos semanas despus, el moreno sala del retrete justo cuando Kunta se acercaba a l. Ya no tena esa cosa blanca que le cubra el brazo. Kunta, furioso pas rpidamente a su lado; vio que el moreno estaba trenzando dos chalas de choclo. Una vez adentro, Kunta se puso a pensar en los insultos que le poda haber dicho. Cuando volvi a salir vio que el moreno estaba parado tranquilamente, como si nada hubiera pasado entre ellos. Segua trenzando las chalas, pero cuando lo vio le hizo seas para que lo siguiera.
Era algo completamente inesperado, as que Kunta, sin pensarlo, empez a seguirlo hasta la choza. Entraron, y Kunta se sent obedientemente en el banco que le indic el moreno, que se sent en otro banco, sin dejar de trenzar. Kunta se pregunt si sabra que estaba trenzando igual que los africanos. Despus de un silencio, el moreno empez a hablar: -Me han contado lo terrible que eres. Debes estar contento que no te hayan matado. Podran haberlo hecho, estara dentro de la ley. Igual que cuando ese blanco me quebr la mano, porque me cans de tocar el violn. La ley dice que cualquiera que te sorprende huyendo puede matarte, sin ser castigado. Esa ley la leen cada seis meses en las iglesias de los blancos... Puedo hablar horas de las leyes de los blancos. Cuando se establecen en un nuevo lugar, primero levantan la casa de justicia, para hacer ms leyes; despus la iglesia, para demostrar que son cristianos. Me parece que todo lo que hace la legislatura de Virginia es pasar ms leyes contra los negros. Es ley que los negros no pueden portar armas, ni siquiera un palo que parezca un garrote. La ley dice que si te encuentran viajando sin un pase, corresponden veinte latigazos, diez si miras a un blanco a la cara, treinta si levantas la mano a un blanco cristiano. La ley dice que ningn negro puede predicar si ningn blanco lo escucha; no puede haber un funeral para un negro si los blancos creen que se trata de una reunin. La ley dice que te cortan una oreja si mientes, y la otra si vuelves a mentir. Segn la ley, si matas a un blanco, te ahorcan; si matas a otro negro, te castigan no ms. La ley dice que la recompensa para un indio que descubre a un negro prfugo es toda la cantidad de tabaco que pueda llevar el indio. Hay una ley que impide que se le ensee a escribir o a leer a un negro, o que se le d un libro. Hay hasta una ley que impide que los negros toquen tambores, porque es una costumbre africana. Kunta se dio cuenta de que el negro saba que l no entenda, pero que le gustaba hablar y que pensaba que si Kunta lo escuchaba, llegara a comprender por lo menos algo. Mirndole el rostro moreno mientras hablaba, y escuchando el tono de su voz, Kunta sinti que casi poda entender lo que le deca. Tena ganas de rer y de llorar al mismo tiempo al ver que haba otra persona que le hablaba como si fuera un ser humano. -Y no es slo pies lo que cortan, o brazos, sino tambin pitos y bolas. He visto a muchos negros as que seguan trabajando. He visto a negros que los castigaban hasta que se les desprenda la piel de los huesos. A las mujeres negras con la panza enorme, las ponen boca abajo sobre un hoyo para que acomoden la panza. A los negros los dejan con la piel viva, luego los cubren de aguarrs o de sal, y los frotan con paja seca. A los negros que descubren hablando de rebelarse los hacen bailar sobre brasas encendidas, hasta que se caen. No hay nada que no les hagan a los negros, y si llegan a morir por ello, no es un crimen si el responsable es el dueo. As es la ley. Y si te parece malo, tendras que or lo que cuentan acerca de esos negros llevados por los barcos de esclavos a las plantaciones de azcar de las Indias Orientales. Kunta escuchaba -tratando de entender- cuando entr un muchacho del primer kafo trayndole la comida al moreno. Cuando vio a Kunta, sali corriendo y regres al momento con un plato para l tambin. Kunta y el moreno comieron en silencio y luego, de repente, Kunta se puso de pie para irse, pues saba que pronto llegaran los dems a la choza, pero el moreno le hizo un gesto para que se quedara. Cuando empezaron a llegar los otros a la choza, no pudieron esconder su sorpresa al ver all a Kunta; la ms sorprendida era Bell, una de las ltimas en llegar. Como la mayora, no hizo ms que mover la cabeza en seal de saludo, pero con una vaga sonrisa, o as le pareci a Kunta. En medio de la oscuridad, el moreno empez a dirigirse al grupo, igual que lo haba hecho antes con Kunta. Deba estar contndoles alguna historia. Kunta se daba cuenta cuando terminaba una, porque todos se rean, o empezaban a hacer preguntas. De vez en cuando Kunta reconoca algunas de las palabras. Cuando regres a su choza, Kunta se senta confundido. Tard en dormirse, de tantas cosas que tena en que pensar; se acord de algo que le haba dicho Omoro una vez, cuando Kunta se haba negado a convidar a Lamin con un bocado de mango: "Cuando aprietas el puo, nadie te puede poner nada en la mano, ni puedes tampoco recoger nada". Pero tambin saba que su padre estara de acuerdo con l en que nunca, bajo ninguna circunstancia, deba convertirse en uno de esos negros. Sin embargo, todas las noches, se senta atrado a la choza del moreno, con los dems. Resista la tentacin, pero casi todas las tardes iba a visitar al moreno cuando ste estaba solo. -Estoy moviendo los dedos para volver a tocar el violn -le dijo un da, mientras trenzaba las chalas-. Con un poco de suerte, el amo me va a comprar para hacerme trabajar. He tocado el violn por toda Virginia, ganando dinero para el amo y para m. Hay poco que no haya visto u odo, y no importa que no me entiendas. Los blancos dicen que lo nico que hacen los africanos es vivir en sus chozas y matarse entre s.
Hizo una pausa en su monlogo, como esperando alguna reaccin, pero Kunta no haca ms que escucharlo impasivo, mientras acariciaba su amuleto. -Les lo que quiero decir? Tienes que olvidarte de esas cosas -le dijo el moreno, indicando el amuleto-. Olvdate de eso. No te lleva a ninguna parte, as que lo mejor que puedes hacer es enfrentarte a la realidad y hacer algo, me escuchas, Toby? Kunta se puso furioso. -Kunta Kinte! -exclam, sorprendindose de s mismo. El moreno tambin se sorprendi. -Qu te parece, habla! Te estoy diciendo, muchacho, que tienes que olvidarte de todo lo africano. Los hace enojar a los blancos. Tu nombre es Toby. A m me llaman Violinista. Se seal a s mismo-. Reptelo. Violinista! -Kunta lo mir sin expresin, aunque entenda lo que le estaba diciendo-. Violinista. Violinista! Entiendes? -Hizo un movimiento como si se serruchara el brazo izquierdo con el derecho. Esta vez Kunta no simulaba no entender, simplemente no entenda. Exasperado, el moreno se levant y sac de un rincn la caja de forma extraa que haba trado al llegar. Abrindola, extrajo un objeto de forma ms extraa aun. Era de madera, color claro, como un cuello delgado con cuatro cuerdas que casi iban de extremo a extremo. Era el mismo instrumento musical que le haba odo tocar al viejo en la otra granja. -Violn! -exclam el moreno. Como estaban solos, Kunta se atrevi a pronunciar la palabra. Repiti el sonido: -Violn. Satisfecho, el moreno guard el violn en el estuche y lo cerr. Luego, mirando a su alrededor, indic un objeto: -Balde! -Kunta repiti la palabra, fijndosela en la cabeza-. Ahora, agua! -Kunta repiti. Despus de unas veinte palabras nuevas, el moreno indic silenciosamente el violn, el balde, el agua, la silla, las chalas y otros objetos, con una expresin interrogante en el rostro, para que Kunta dijera sus nombres. Repiti algunos de inmediato; dud con otros, y el moreno lo corrigi. Haba sonidos que no poda decir. El moreno volvi a repetirle los nombres, y luego los repasaron a todos. -No eres tan torpe como pareces -le dijo para la hora de la comida. Las lecciones continuaron todos los das, durante semanas. Kunta estaba sorprendido al ver que no slo estaba empezando a entender, sino a hacerse entender por el moreno, en forma rudimentaria. Lo que ms le quera hacer entender era la razn por la que no quera renunciar a su nombre o a su herencia, y por qu prefera morir como un hombre libre a vivir como un esclavo durante toda la vida. Le faltaban las palabras para explicrselo como quera, pero se dio cuenta de que el moreno lo entendi, pues frunci el ceo y mene la cabeza. Una tarde, no mucho despus, al llegar a la choza del moreno, Kunta encontr a otro visitante. Era un viejo que haba visto varias veces trabajando en el jardn cerca de la casa grande. El moreno le hizo una sea para que se sentara, y Kunta obedeci. El viejo empez a hablar. -El Violinista me cuenta que trataste de huir cuatro veces. Ya ves lo que conseguiste. Espero que hayas aprendido la leccin, igual que yo. Porque no has hecho nada nuevo. Cuando era joven me escap tantas veces que casi me despellejaron hasta que aprend que no tena adonde huir. Aunque atravieses dos estados, como dicen en el diario, tarde o temprano te capturan, pueden matarte, y terminas en el lugar del que escapaste. No hay nadie a quien no se le haya ocurrido huir. Todos los negros piensan en lo mismo. Pero no conozco a nadie que lo haya logrado. Es hora de que te tranquilices y aceptes las cosas como son, en lugar de desperdiciar la juventud, igual que yo, pensando en algo que no se puede hacer. Ahora estoy viejo y cansado. Llevo tantos aos como tienes, comportndome como un mal negro, perezoso y bruto, tal como dicen los blancos que somos. La nica razn por la que el amo permite que me quede, es porque sabe que no le van a dar nada por m en un remate, as que ms le conviene que siga como jardinero. Le he odo decir a Bell que el amo te va a poner a trabajar conmigo desde maana. Como saba que Kunta haba entendido la mitad de lo que le deca el negro, el violinista pas la media hora siguiente explicndole lo que le haba dicho el viejo. Lo hizo ms despacio, y con palabras ms sencillas, que Kunta conoca. Kunta no saba cmo reaccionar ante las palabras del viejo. Saba que el consejo era bien intencionado -l mismo se empezaba a dar cuenta de que era casi imposible escapar- pero aunque no pudiera huir, no poda pagar el precio de olvidar lo que haba sido, para poder vivir lo que le quedaba de vida sin que lo castigaran. Y el slo pensar en pasar el resto de su vida como un jardinero lisiado lo llenaba de indignacin y de furia. Tal vez sera por poco tiempo, hasta que recobrara sus fuerzas. Sera bueno olvidarse de sus problemas por un tiempo, y volver a tocar la tierra, aunque no fuera Suya. Al da siguiente el viejo le ense lo que tena que hacer. Empez a cortar las malezas que parecan brotar a diario entre las verduras, y Kunta lo imit. Sacaba los gusanos de los tomates, los bichos de las papas y los pisaba, y Kunta lo imitaba. Se llevaban bien, pero aparte de trabajar juntos, no se comunicaban entre s. Cuando haba que ensearle algo nuevo, el viejo se limitaba a gruir y a hacer gestos, y Kunta haca lo que
le indicaba, sin decir nada. No le importaba el silencio. En realidad, necesitaba descansar algunas horas de la charla del violinista, que no dejaba de hablar cuando estaban juntos. Esa noche, despus de la comida, Kunta estaba sentado frente a la puerta de su choza cuando se le acerc el hombre llamado Gildon, que haca las colleras de los caballos y las mulas y los zapatos de los negros, y le entreg un par de zapatos. Le haba dado la orden el amo, y los haba hecho especialmente para Kunta. Kunta los acept, asintiendo en seal de agradecimiento. Los examin detenidamente antes de decidir probrselos. Era extrao tener eso en los pies, pero le quedaban muy bien; la parte delantera del pie derecho estaba rellena de algodn. El zapatero se agach para atarle los cordones, y luego sugiri que Kunta caminara para ver cmo se senta. El zapato izquierdo estaba bien, pero senta una sensacin extraa en el derecho mientras caminaba torpemente alrededor de la choza sin las muletas. Al verlo, el zapatero le dijo que eso se deba al mun y no al zapato, y que ya se acostumbrara. Ms tarde, ese mismo da, Kunta se anim a caminar un poco ms, viendo cmo se senta, pero el pie derecho segua molestndole, as que le sac un poco de algodn antes de volver a ponerse el zapato. Se senta mejor, hasta que por fin, cuando se anim a pisar con todo su peso, no sinti ningn dolor. De vez en cuando le pareca sentir un dolor en la parte que haba perdido, como todas las maanas cuando daba los primeros pasos, y miraba hacia abajo, siempre sorprendido, al descubrir que le faltaban los dedos del pie derecho. Pero no dej de practicar, sintindose mucho mejor de lo que se atreva a dejar entrever. Haba temido que tendra que pasarse la vida sobre muletas. Esa misma semana regres el coche del amo, de un viaje, y el conductor negro, Luther, corri a la choza de Kunta, invitndolo a acudir a la choza del violinista, donde le dijeron algo, sonrientes. Haciendo seas para indicar la casa grande, el violinista, con ayuda de palabras escogidas cuidadosamente, le hizo entender que ahora perteneca al amo William Waller, que viva en la casa grande. -Luther dice que trajo los papeles del hermano del amo, que era tu dueo antes, as que ahora le perteneces a l-. Como de costumbre, Kunta no demostr lo que senta. Estaba enojado y avergonzado de que pudiera "pertenecer" a alguien, pero al mismo tiempo senta alivio, pues tema que algn da lo llevaran de vuelta a la otra "plantacin", que era la palabra con que designaban las granjas toubobs. El violinista esper a que se hubiera ido Luther antes de volver a hablar, en parte en beneficio de Kunta, en parte en beneficio propio. -Los negros dicen que el amo William es bueno, y he visto a peores. Pero ninguno es bueno. Todos viven de nosotros, los negros. Los negros somos la mejor posesin que tienen.
CAPITULO 51 Casi todos los das, cuando terminaba sus tareas, Kunta regresaba a su choza y despus de la oracin vespertina, alisaba la tierra de un rectngulo del piso y con un palito trazaba caracteres arbigos, luego contemplaba durante un largo rato lo que haba escrito, a menudo hasta la hora de la comida. Despus lo borraba, y ya era el momento de reunirse con los otros a escuchar al violinista. Su plegaria y la escritura hacan que aceptara estar con los dems. De esa manera poda seguir siendo l mismo sin tener que estar solo. De todos modos, si hubieran estado en frica, habra habido alguien como el violinista, y todos habran ido con l, slo que habra sido un msico ambulante adems de griot, recorriendo las aldeas y cantando mientras tocaba su kora o su balaron entre las historias fascinantes de sus aventuras. Igual que se haca en frica, Kunta haba empezado a llevar el transcurso del tiempo echando una piedrita en una calabaza cada luna nueva. Primero ech doce piedritas redondas y multicolores por las doce lunas que haba pasado en la primera granja toubob; luego puso seis ms por el tiempo que llevaba en esa granja, y finalmente cont cuidadosamente 204 piedras por las 17 lluvias que haba vivido en Juffure, y las ech en la calabaza. Sumando todas las piedritas, lleg a la conclusin que tena 19 lluvias. As que, por ms viejo que se sintiera, segua siendo un hombre joven. Pasara el resto de su vida all, como el jardinero, viendo cmo desapareca su esperanza y su orgullo con el paso de los aos, hasta que ya no le quedara nada por qu vivir, y se le hubiera terminado el tiempo? La idea lo llen de horror, pero tambin con la decisin de no terminar sus das como el viejo, paseando su decrepitud por los canteros, sin saber cul pie asentar primero. El pobre viejo ya estaba exhausto antes de la comida del medioda, y a la tarde no haca ms que hacer como que trabajaba, y Kunta tena que hacer todo el trabajo.
Todas las maanas, mientras Kunta estaba inclinado sobre las plantas, Bell sala de la casa grande con su canasta (Kunta se haba enterado de que era la cocinera de la casa grande) y elega las hortalizas que necesitaba para preparar la comida del amo ese da. Pero durante todo el tiempo que estaba en la huerta ni siquiera miraba a Kunta, aunque pasaba frente a l Eso lo intrigaba y lo fastidiaba, especialmente cuando pensaba cmo lo haba atendido a diario cuando luchaba por su vida, y cmo lo saludaba con la cabeza en la choza del violinista, a la noche. La odiaba; la nica razn por la que lo haba cuidado se deba a que el amo se lo haba ordenado, Kunta deseaba saber lo que opinaba el violinista de este asunto, pero saba que sus pocas palabras no le permitiran expresarse correctamente, adems del hecho de que preguntarle acerca de eso sera bastante embarazoso. Una maana, al poco tiempo, el viejo no acudi al jardn, y Kunta supuso que estara enfermo. Esos ltimos das haba estado ms dbil que de costumbre. Prefiri no ir a la choza del viejo a averiguar, y se puso a regar y a quitar las malezas, pues saba que Bell ira en cualquier momento, y no le pareca bien que no encontrara a nadie. Ella lleg unos minutos despus, y, siempre sin mirar a Kunta, se dedic a cortar las verduras, ponindolas en la canasta. Kunta se qued parado, con su azada, observndola. Cuando estaba a punto de marcharse, Bell se detuvo, mir a su alrededor, puso la canasta en el suelo y, echando una breve mirada a Kunta, se march. Estaba claro que le quera decir que llevara la canasta hasta la puerta trasera de la casa grande, como sola hacer el viejo. Kunta sinti furia al pensar en todas las mujeres de Juffure que llevaban las canastas sobre la cabeza, en fila, pasando junto al rbol bantaba, donde siempre descansaban los hombres de Juffure. Tirando con fuerza la azada, estaba a punto de rezongar cuando se acord que la mujer estaba muy prxima al amo. Rechinando los dientes, se agach, recogi la canasta y sigui calladamente a la mujer. Al llegar a la puerta, Bell se dio vuelta y tom la canasta como si no lo viera. l regres al jardn furioso. Desde ese da Kunta se convirti en el jardinero. El viejo, que estaba muy enfermo, iba de vez en cuando, cuando se senta con fuerzas para caminar. Haca algo mientras poda, por muy poco tiempo, y luego se arrastraba hacia su choza. A Kunta le haca acordar a los viejos de Juffure que, avergonzados de su debilidad, seguan haciendo como que trabajaban hasta que tenan que refugiarse en sus canas, y por fin ya no se los vea ms. Lo nico que Kunta aborreca era tener que llevarle la canasta a Bell todos los das. La segua hasta la puerta hablando en voz baja, le entregaba la canasta con toda la grosera a que se atreva, daba media vuelta y rpidamente volva a su trabajo. La detestaba, pero se le haca agua a la boca cada vez que le llegaba hasta el jardn, el aroma de lo que cocinaba Bell. Ya haba echado la piedrita vigsimo segunda en la calabaza cuando, sin ninguna sea exterior de cambio, Bell le indic que la siguiera y entrara en la casa una maana. Despus de un momento de duda, la sigui y puso la canasta sobre la mesa. Tratando de no mostrarse sorprendido ante las cosas extraas del cuarto, que llamaban "cocina", estaba a punto de volverse cuando ella le toc el brazo y le dio un bizcocho partido en dos, con algo que pareca carne fra en el medio. Como l la mir, sorprendido, ella le dijo: -Nunca has visto un sandwich? No te va a morder. Se supone que eres t quien lo debes morder. Vete ahora. A medida que pasaba el tiempo, Bell empez a darle muchas ms cosas que las que poda llevar en las manos, generalmente "borona", una especie de pan que no haba probado nunca, junto con hojas de mostaza hervidas en su salsa. l mismo haba plantado las semillas diminutas de mostaza en la tierra del jardn abonada con la tierra negra del estercolero, y los tallitos verdes haban crecido rpidamente en abundancia. A l tambin le encantaba la manera en que ella cocinaba las arvejas silvestres que crecan en las guas que trepaban por los tallos de maz. Nunca le daba carne de cerdo, aunque l no estaba seguro si era porque ella saba algo. Siempre le devolva los platos limpios, a los que les haba pasado un trapo. Muchas veces la encontraba frente a la cocina en la que preparaba las comidas, pero algunas veces estaba de rodillas fregando el piso con cenizas de roble y un cepillo de cerdas duras. Aunque haba veces en que quera decirle algo, nunca le sala mejor expresin que un gruido en seal de agradecimiento, que ella ahora retribua. Un domingo, despus de la comida de la tarde, Kunta haba salido a estirar las piernas y andaba caminando por la choza del violinista dndose palmaditas en el estmago, cuando el moreno, que no haba dejado de conversar durante la comida, interrumpi su monlogo para exclamar: -Qu te parece, ests engordando! -Estaba en lo cierto. Kunta nunca haba tenido mejor aspecto, ni se haba sentido mejor, desde Juffure. Despus de meses de incesante trenzado, para fortalecer los dedos, el violinista tambin se senta mejor, desde que le rompieron la mano, y a la noche empez a tocar el instrumento nuevamente. Sosteniendo el
raro objeto en una mano, apoyado bajo la barbilla, el violinista rascaba las cuerdas con el arco, que pareca estar hecho de cerdas finsimas, y el pblico acostumbrado a las veladas, gritaba y aplauda cuando terminaba cada cancin. -Eso no es nada -sola decir l, disgustado-. Todava no tengo los dedos giles. Ms tarde, cuando estuvieron solos, Kunta le pregunt: -Qu quiere decir "giles"? El violinista flexion y movi rpidamente los dedos. -giles! giles! Te das cuenta?-. Kunta asinti. -Eres un negro afortunado, t -sigui diciendo el violinista-. No haces ms que estar en el jardn. Nadie tiene un trabajo ms fcil que se, excepto en plantaciones mucho ms grandes que sta. Kunta pareci entender, y no le gust nada. -Trabajo mucho -dijo. E indicando al violinista, sentado en su silla, agreg: Ms que t. El violinista sonri. -Tienes razn, africano.
CAPITULO 52 Los "meses", como llamaban a las lunas, transcurran ms rpidamente ahora, y la estacin del calor, conocida como "verano" pas en seguida, y empez la cosecha, con ms tareas para Kunta y los dems. Mientras los otros estaban ocupados con el trabajo pesado en los sembrados (incluyendo a Bell) l tena que ocuparse de las gallinas, el ganado y los cerdos, adems de la huerta. Cuando la cosecha del algodn estaba en su punto culminante lo llamaron para que manejara el carro entre los surcos. Excepto por la tarea de tener que alimentar a los inmundos cerdos, que casi lo descompona, a Kunta no le importaba el trabajo extra, porque se senta menos lisiado. Pero pocas veces llegaba a su choza antes del anochecer, y estaba tan cansado que a veces hasta se olvidaba de comer. Se sacaba solamente el viejo sombrero de paja y los zapatos -para aliviar el dolor del pie- y se tiraba sobre el colchn de chala, cubrindose con la colcha de arpillera de algodn, y al rato dorma, vestido con la ropa que haba traspirado. Pronto cargaron los carros, de algodn, luego de choclos, mientras las doradas hojas de tabaco estaban rendidas, secndose. Ya haban matado a los cerdos, los haban trozado y puesto a humear sobre fuegos de nogal, y ya el aire se estaba poniendo fro. Todos se preparaban para el "baile de la cosecha", una ocasin tan importante que hasta el amo acudira. Tal era la excitacin de todos que Kunta decidi ir tambin, aunque nada ms que para observar. Para cuando se anim a ir, ya la fiesta haba empezado haca rato. El violinista, cuyos dedos haban vuelto a estar giles, estaba rascando las cuerdas, y otro hombre golpeaba dos huesos de vaca, marcando el comps. Alguien grit: Cakewalk! Se formaron parejas y se dispusieron ante el violinista. Las mujeres apoyaban la mano en la rodilla de los hombres para que stos les ataran los cordones de los zapatos, luego el violinista gritaba: -A cambiar pareja! -Y cuando lo hacan, l empezaba a tocar con furia. Kunta vio que los pasos de los bailarines y los movimientos del cuerpo imitaban la siembra, el corte de madera, la cosecha del algodn, el mecer de las azadas, el trabajo de las horquillas para subir el heno a los carros. Todo era tan parecido a los bailes de la cosecha en Juffure que al poco tiempo Kunta empez a llevar el comps con su pie bueno, hasta que se dio cuenta de lo que estaba haciendo y miro a su alrededor, avergonzado, para ver si alguien lo haba notado. Nadie lo haba visto. En realidad, en ese momento casi todos haban empezado a observar a una esbelta muchacha del cuarto kafo que giraba, liviana como una pluma, meneando la cabeza, poniendo los ojos en blanco y moviendo los brazos con gracia. Pronto los otros bailarines, exhaustos, se hacan a un lado para observar y recobrar el aliento. Hasta su compaero tena dificultad en seguirla. Por fin l abandon, respirando con dificultad, y todos gritaron, y cuando ella dej, dando traspis, los concurrentes la vitorearon. La gritera aument cuando el amo Waller la premi con medio dlar. Sonrindole ampliamente al violinista, que le devolvi la sonrisa, haciendo una reverencia, el amo se fue, entre ms gritos de todos. Pero el baile no haba terminado, ni mucho menos, y las otras parejas, que ya haban descansado, volvieron a la pista, a bailar como antes, decididos, al parecer, a bailar la noche entera. Kunta estaba acostado sobre su colchn, pensando en lo que haba presenciado, cuando de repente alguien llam a la puerta. -Quin es? -pregunt, alelado, pues desde que viva all slo en dos ocasiones haba acudido alguien a su choza. - La abro a patadas, negro!
Kunta abri la puerta, pues era la voz del violinista; inmediatamente oli alcohol en su aliento. Aunque eso le asque, no dijo nada, porque el violinista estaba desesperado por charlar y hubiera sido descorts no escucharlo slo porque estaba borracho. -Viste al amo? -dijo el violinista-. No saba que yo tocaba tan bien! Vas a ver ahora si no va a arreglar para que toque ante otros blancos, por dinero! -Enloquecido de alegra, el violinista se sent en el banquito de tres patas de Kunta, con el violn sobre la falda, y sigui parloteando. -Yo he tocado con los mejores primeros violines, como segundo violn! Has odo hablar de Gilliat, de Richmond? -Se interrumpi- Por supuesto que no! Bueno, es el mejor violinista negro del mundo, y yo he tocado con l. nicamente tocaba en los grandes bailes de los blancos, como el baile anual en ocasin de las carreras de caballos, y otros parecidos. Lo vieras con su violn dorado, y ropa de gala, con una peluca castaa, y vieras qu modales que tiene. Haba un negro llamado London Briggs, que tocaba la flauta y el clarinete. Minuets, danzas, bailes marineros, jigas, cualquier cosa! El violinista sigui hablando de esa manera durante una hora entera, hasta que desaparecieron los efectos del alcohol. Le cont a Kunta acerca de los famosos cantantes esclavos que trabajaban en las fbricas de tabaco de Richmond; de otros famosos msicos esclavos que tocaban el "clavicordio", el "piano" y el violn, y que haban aprendido escuchando a los msicos toubobs provenientes de un lugar llamado "Europa", contratados para ensearle a los hijos de los amos en las plantaciones. La maana siguiente, fra y vigorizante, trajo nuevas tareas. Kunta observ cmo las mujeres mezclaban sebo caliente, derretido, con leja y agua, hervan el lquido, revolvindolo, y luego lo enfriaban en bandejas de madera durante cuatro noches y tres das, y finalmente formaban pastillas rectangulares de jabn color marrn. Desagradado, vio que los hombres ponan a fermentar manzanas, duraznos y nsperos para hacer un lquido de olor inmundo que, llamaban "aguardiente", que metan en botellas y barriles. Otros mezclaban una arcilla rojiza, gomosa, con agua y cerdas secas para rellenar las grietas que aparecan en sus chozas. Las mujeres rellenaban los colchones con chalas, como el de Kunta, o con musgo seco. Hicieron un colchn para el amo, relleno con plumas de ganso. Cada da que pasaba el aire se volva ms fro, y el cielo ms gris, hasta que pronto el suelo empez a cubrirse de nieve y de hielo, cosa que Kunta encontraba extraordinario, aunque desagradable. No pas mucho antes de que los otros negros empezaran a hablar excitadamente de la "Navidad". Esa palabra pareca tener que ver con cantos, bailes, mucha comida, y regalos, lo que estaba muy bien, pero tambin estaba relacionada con el Al de ellos, as que aunque Kunta disfrutaba ahora las reuniones en la choza del violinista, le pareci que sera conveniente apartarse hasta que las festividades paganas hubieran terminado. Dej de visitar al violinista, que cuando lo vio lo mir sorprendido, aunque no le dijo nada. Y luego, rpidamente, lleg otra primavera, y mientras plantaba, arrodillado, en medio de sus surcos, Kunta recordaba la lozana de los campos de Juffure para esa poca del ao. Y se acordaba de la felicidad con que retozaba, cuando era nio del segundo kafo, detrs de las hambrientas cabras en esa verde estacin. All, en ese lugar, los negritos ayudaban a correr las ovejas y luego se peleaban para ver cul montara a las pobres bestias, que se debatan desesperadamente, mientras un hombre esquilaba la lana espesa y sucia con un par de tijeras. El violinista explic a Kunta que llevaran la lana a algn lugar para que la limpiaran y la "cardaran", antes de que volviera a las mujeres para que hilaran las hebras, con las que haran la ropa de invierno. Kunta trabaj duro en el jardn, desde el alba hasta la puesta de sol, sembrando, plantando y cultivando. A principios del mes de medio verano, llamado "julio", los que trabajaban en los sembrados regresaban extenuados a sus chozas todas las noches, despus de apurarse a completar de cortar la hierba alrededor del algodn, que les llegaba a la cintura, y del maz, ya pesado. Era un trabajo duro pero por lo menos haba "abundante comida, pues los graneros estaban repletos de la cosecha del ltimo otoo. Kunta pens que en la misma poca, en Juffure, a la gente les dolera el estmago de hambre, y estaran haciendo sopa de races, gusanos, hierba, y cualquier otra cosa que encontraran a mano, porque la cosecha y los frutos no haban madurado an. El acopio deba terminar para el segundo "domingo" de julio, segn se enter Kunta, y entonces los negros de las plantaciones de la zona -que se llamaba condado de Spotsylvania- tendran permiso para viajar y reunirse. Como esa reunin tena que ver con su Al, nadie ni siquiera dijo a Kunta que se uniera a la veintena de negros que parta todos los domingos a la maana, con el permiso del amo, en un carro. Casi todos estuvieron ausentes esos das. Quedaban tan pocos, que nadie se habra dado cuenta si Kunta hubiera tratado de huir, pero l saba que aunque haba aprendido a desplazarse y a ser til, nunca podra llegar muy lejos antes de que un cazador de esclavos lo avistara. Aunque se avergonzaba de reconocerlo, haba empezado a preferir la vida que le permitan vivir en la plantacin, a que lo apresaran y
probablemente lo mataran si volva a huir. En el fondo de su corazn saba ahora que nunca volvera a ver su hogar, y senta que dentro de s mora algo precioso e irrecuperable. Pero la esperanza segua viva. Si bien no volvera a ver ms a su familia, tal vez podra llegar a tener una familia propia.
CAPITULO 53 Haba transcurrido otro ao, con tanta rapidez que Kunta no poda creerlo, y las piedritas de su calabaza le revelaron que haba alcanzado su vigsima lluvia. Nuevamente haca fro, y era la estacin de la "Navidad". Si bien no haba cambiado de opinin acerca del Al de los negros, parecan pasarla tan bien que empez a pensar que su propio Al no tendra ninguna objecin si l simplemente observaba las actividades durante la estacin festiva. Dos de los hombres haban recibido un pase de manos del amo Waller para viajar durante una semana entera y estaban preparando las maletas para ir a visitar a sus amigos, que vivan en otras plantaciones. Uno de los hombres iba a conocer a un beb. Excepto la choza de estos dos hombres -y la de Kunta- todas las dems eran escenario de toda clase de preparativos, especialmente la confeccin de ropa de fiesta, con encajes y cuentas de colores. Tambin empezaban a sacar nueces y manzanas de su lugar de almacenaje. En la casa grande, en todas las ollas y cacerolas de Bell se cocinaban batatas y conejos, y haba olor a cerdo asado. Se preparaban platos de muchos animales de los que Kunta no haba ni siquiera odo hablar antes de llegar a ese pas, como pavos y zarigeyas. Aunque al principio no se animaba, los suculentos aromas pronto lo persuadieron a probar de todo, con la excepcin de cerdo, por supuesto. Tampoco le interes probar los licores que el amo les haba prometido a los negros: dos barriles de sidra, otro de vino, y un barril pequeo de whisky que haba trado de otra parte, en el coche. Kunta se dio cuenta de que muchos ya empezaban a probar las bebidas de antemano, en especial el violinista. Adems de las bufonadas de los borrachos, los nios negros corran de aqu para ac con vejigas disecadas de cerdo insertadas en un palo, acercndose cada vez ms al fuego hasta que las vejigas explotaban con un ruido fuerte en medio de la risa y la gritera general. A Kunta le pareca todo esto muy estpido y repugnante. Cuando por fin lleg el da, todos empezaron a comer y a beber en serio. Desde la puerta de su choza, Kunta vio llegar a los invitados de los amos, que acudan a almorzar, y ms tarde, cuando los esclavos se reunieron junto a la casa grande y empezaron a cantar, dirigidos por Bell, vio que el amo abra una ventana, sonriendo. l y los otros blancos salieron y se pusieron a escuchar, como en un trance. Despus el amo dijo a Bell que enviara al violinista para que tocara para l y sus invitados. Kunta comprenda que todos hicieran lo que se les ordenaba, pero no que disfrutaran, adems. Y si los blancos queran tanto a los negros para hacerles regalos, por qu no los hacan realmente felices, dndoles la libertad? Aunque dudaba que muchos, verdaderos animales domsticos, pudieran sobrevivir a menos que los cuidaran, cosa que l no necesitara. Pero, estaba l mejor que ellos? Era tan diferente? No poda negar que lenta pero seguramente, l iba aceptando la manera de ser de los otros. Le preocupaba principalmente su profunda amistad con el violinista. El hecho de que bebiera lo ofenda, pero sin embargo, no tena derecho un pagano a portarse como tal? Tambin le molestaba su falta de modestia, aunque supona que no le menta cuando le contaba todas esas cosas de las que se jactaba. Lo que ms le molestaba era el sentido del humor, vulgar e irreverente, de su amigo, y odiaba que lo llamara "negro" de esa manera. Sin embargo, no le haba enseado a hablar el violinista? No Habia sido su amistad la que haba facilitado la relacin de Kunta con los dems? Kunta estaba decidido a conocer mejor al violinista. Cuando se diera el momento propicio, en la mejor forma indirecta que pudiera, le hara algunas de las preguntas que le preocupaban. Pero agreg dos piedritas ms a la calabaza antes de que llegara la ocasin. Era un domingo a la tarde, en que nadie trabajaba, y se dirigi a la ltima choza. El violinista estaba muy tranquilo, lo que en realidad era extrao. Despus de intercambiar saludos, los dos se quedaron callados durante un rato. Luego, para decir algo, Kunta coment que le haba odo decir a Luther, el negro que conduca el coche del amo, que en todos los lugares donde iban los blancos no hacan ms que hablar de "impuestos". Qu era eso? -Los impuestos son dinero que tienen que pagar extra los blancos cuando compran cualquier cosa -le explic el violinista-. Ese rey que vive del otro lado del mar cobra los impuestos, para seguir siendo rico.
Era tan extrao que el violinista no se explayara, que Kunta supuso que estara de mal humor. Descorazonado, se qued sentado en silencio durante un rato, hasta que por fin se anim a hacerle la pregunta que lo tena intrigado: -Dnde estuviste antes de aqu? El violinista lo mir durante un largo momento, lleno de tensin. Luego habl, con un tono cortante: -Ya saba yo que a todos los negros les preocupaba eso! No se lo dira a nadie, pero t eres distinto. Mir fijamente a Kunta. -Sabes por qu eres distinto? Porque no sabes nada! Te trajeron robado, te cortaron el pie, y crees que has tenido que soportarlo todo. Pues t no eres el nico que ha sufrido. -Haba enojo en su voz-. Si alguna vez repites lo que te voy a contar, te corto la cabeza! - No dir nada! -declar Kunta. El violinista se inclin hacia adelante y empez a hablar en voz baja, para que no lo oyeran. -El amo que yo tena en Carolina del Norte se ahog. Ahora ya no importa eso. De cualquier modo, esa misma noche me escap, y l no tena mujer ni hijos que me reclamaran. Me escond con los indios hasta que me pareci que no haba peligro en venir aqu a Virginia para seguir tocando el violn. -Qu es "Virginia"? -pregunt Kunta. -Hombre, t si que no sabes nada, eh? Virginia es esta colonia en que vives, si es que a esto se le puede llamar vida. -Qu es una colonia? -Eres ms torpe de lo que pareces. Hay trece colonias que componen este pas. Al Sur de aqu estn las Carolinas, y al Norte estn Maryland, Pennsylvania, Nueva York, y otras ms. Yo nunca he estado all, como casi todos los negros. He odo decir que muchos blancos en el Norte no tienen esclavos, y ponen en libertad a los negros. Yo soy una especie de negro medio libre. Tengo que estar cerca de algn amo en caso de que me encuentren los patrulleros. -Kunta no entenda nada, pero hizo como que entenda, porque no tena ganas de que lo volvieran a insultar. - Has visto alguna vez a un indio? -pregunt el violinista. Kunta dud antes de responder. -He visto a alguno. -Vivan aqu antes que los blancos. Los blancos dicen que ya estaban aqu antes que Coln descubriera el lugar. Pero si encontr a los indios aqu, entonces no descubri nada, no? -El violinista se estaba entusiasmando con el tema. -Para el blanco, los que han vivido en un lugar antes que l no cuentan. Para l, son salvajes. El violinista hizo una pausa para festejar su rasgo de ingenio, y luego prosigui. -No has visto nunca las tiendas de los indios? -Kunta neg con la cabeza. El violinista extendi tres dedos y los cubri con un trapo-. Los dedos son los postes y el trapo son cueros. Viven adentro. -Sonri-. Como eres del frica, creers que sabes todo acerca de la caza y cosas por el estilo, pero nadie es tan bueno para cazar ni para viajar como los indios. Una vez que van a algn lado, lo recuerdan como si tuvieran un mapa en la cabeza. Pero las mamas indias llevan a sus hijos sobre la espalda, igual que en frica. Kunta se sorprendi que el violinista lo supiera, y no escondi su estupor. El violinista volvi a sonrer y continu la leccin. -Algunos indios odian a los negros, y otros nos quieren. Los problemas que tienen los indios con los blancos son por los negros y la tierra. Los blancos quieren toda la tierra de los indios y odian a los indios que esconden a los negros. -Los ojos del violinista escudriaron el rostro de Kunta-. Ustedes los africanos, y los indios, cometen el mismo error: permitirle al blanco que permanezca en los lugares donde viven. Una vez que lo invitan a comer y a dormir, les da una patada o los ponen prisioneros. El violinista volvi a hacer una pausa. Luego, de repente, dijo: -Eso es lo que me enfurece de ustedes, los negros africanos. He conocido a cinco o seis, que actuaban como t. No s por qu me met contigo, en primer lugar. Vienen aqu y se piensan que todos los negros deberan ser como ustedes. Cmo vamos a saber nada del frica? Nunca hemos estado all, y tampoco vamos a ir. -Mir enojado a Kunta, y se call. Temeroso de provocar otro estallido, Kunta se fue sin decir nada ms, molesto por lo que le haba dicho el violinista. Pero una vez en su choza, cuanto ms pensaba acerca de sus palabras, mejor se senta. El violinista se haba quitado la mscara; eso quera decir que empezaba a confiar en Kunta. Por primera vez en esas tres lunas fuera de su tierra natal, Kunta empezaba a conocer a alguien.
CAPITULO 54 Los das siguientes, mientras trabajaba en el jardn, Kunta no dejaba de pensar en el tiempo que le haba llevado darse cuenta de lo poco que saba acerca del violinista, y en todo lo que le faltaba saber. Pensaba tambin en la mscara que llevaba el viejo jardinero, a quien iba a visitar de vez en cuando. Tampoco conoca mucho mejor a Bell, aunque todos los das intercambiaban algunas palabras, o ms bien Kunta escuchaba, mientras coma lo que ella le daba, aunque por lo general hablaba de cosas pequeas e impersonales. Le pareca que Bell y el jardinero algunas veces empezaban a decir algo, o sugeran algo, pero nunca terminaban. Ambos eran cautos, en general, pero mucho ms con l. Decidi llegar a conocerlos mejor. Durante la siguiente visita al jardinero, empez, a la usanza mandinga, a hacerle preguntas acerca de algo que le haba contado el violinista. Kunta le dijo que haba odo hablar de los "patrulleros", pero que no saba quines eran. -Son basura blanca, que nunca han tenido un negro en la vida -dijo el jardinero, excitado-. Hay una vieja ley en Virginia, segn la cual se deben patrullar los caminos, o donde pueda haber negros, y si ven a alguno sin pase escrito por el amo lo azotan y lo meten en la crcel. Y los encargados de hacerlo son esa basura blanca, a quienes les encanta capturar y castigar a los negros de los dems, porque ellos nunca fueron dueos de nadie. Sabes por qu? Porque todos los blancos se mueren de miedo de que algn negro planee una rebelin. Nada les gusta ms a los patrulleros que abordar a un negro, sospechar de l, y desnudarlo tal como vino al mundo, delante de su mujer y sus hijos, y all mismo castigarlo. Al ver el inters de Kunta, y contento con su visita, el jardinero continu: -El amo nuestro no aprueba esa manera de actuar. Por eso no tiene capataz. Dice que no quiere que nadie castigue a sus negros. Dice a sus negros que se vigilen ellos mismos, que trabajen lo mejor que puedan, y que no quebranten las reglas. Dice que el sol no se pondr para el negro que quebrante las reglas. Kunta senta curiosidad por saber cules seran las reglas, pero el jardinero segua hablando. -La razn por la que el amo es como es, se debe a que ya era rico antes que su familia viniera de Inglaterra, del otro lado del mar. Los Wallers siempre han sido como los dems quieren hacer creer que son. Porque la mayora de estos amos no son ms que cazadores de conejos, que se consiguieron un pedazo de tierra y uno o dos negros a los que hicieron trabajar hasta reventar, y as empezaron a hacer dinero. "No hay muchas plantaciones con muchos esclavos. En la mayora no hay ms que de uno a cinco o seis esclavos. Aqu somos veinte, as que sta es una plantacin grande. Me han dicho que dos de cada tres blancos no tienen ningn esclavo. En las plantaciones verdaderamente grandes, con cincuenta o cien esclavos, son las que estn llenas de los peores negros. Hay muchas junto a los ros, en Luisiana, Mississippi y Alabama, y en las costas de Georgia y de Carolina del Sur, donde cultivan arroz. -Cuntos aos tienes? -le pregunt Kunta de repente. El jardinero lo mir. -Ms viejo de lo que supones t o suponen los dems. -Se qued pensando un rato-. Cuando era nio, o el grito de guerra de los indios. Despus de quedarse callado un momento, con la cabeza baja, levant la vista y empez a cantar: - Ah yah, tair wibam, boo-wah. -Kunta estaba alelado-. Kee lay zee day nic olay, man lun dee nic o lay ah wah nee. -El viejo se detuvo y dijo-: Mi mam sola cantarlo. Me deca que se lo haba enseado la mam de ella, que vino del frica, igual que t. Sabes por las palabras de dnde era? -Parece que de la tribu serere -dijo Kunta-. Pero no conozco esas palabras. O hablar en serere en el barco en que vine. El viejo jardinero mir furtivamente a su alrededor. -Mejor me callo y no canto ms. Me puede or algn negro y contrselo al amo. Los blancos no quieren que los negros hablen en africano. Kunta estaba a punto de decir que no haba duda que el viejo tambin era de Gambia, de la sangre de los jolofs, que tienen narices respingadas, labios chatos y la piel ms negra que el resto de las tribus de Gambia. Pero cuando el jardinero dijo eso, Kunta decidi que era mejor no hablar de esas cosas. As que cambi de tema, y le pregunt al viejo de dnde era y que cmo haba ido a dar a esa plantacin. El jardinero no contest en seguida. Pero finalmente dijo: -Un negro que ha sufrido como yo sabe muchas cosas -mir cuidadosamente a Kunta, como si estuviera a punto de decidir si continuar o no-. Yo de joven era un hombre fuerte. Poda doblar en dos una palanca contra la pierna. Era capaz de levantar un saco de cereal que tumbara a una mula. O poda levantar a un hombre del cinturn con el brazo extendido. Pero el amo que tena me haca reventar trabajando, y me castigaba, hasta que despus me vendi a este amo para pagar una deuda. -Hizo una pausa-. Ahora estoy dbil, y lo nico que quiero hacer es descansar. Estudi detenidamente a Kunta. -No s por qu te he contado estas cosas. No puedo quejarme de cmo estoy. El amo no va a venderme mientras piense que sirvo para poco. He visto que has aprendido rpido a trabajar en el jardn. -Se detuvo-. Yo podra ayudarte ms, aunque no mucho ms. No sirvo demasiado -dijo con tristeza.
Kunta le agradeci el ofrecimiento, pero le asegur que l poda arreglrselas bien. Unos minutos despus se excus. Camino a la choza, se enoj consigo mismo por no sentir ms compasin por el viejo. Lamentaba que hubiera sufrido tanto, pero no poda sentir mucho respeto por alguien que dejaba de luchar. Al da siguiente Kunta decidi sondear a Bell. Como sabia que su tema favorito de conversacin era el amo Waller, empez preguntndole por qu no se haba casado. -Seguro que se cas, con la seora Priscilla. Se casaron el ao que yo vine aqu. Ella era bonita, como un pajarito. Y as de pequea. Por eso muri, cuando dio a luz a una nia, que tambin muri. La poca ms triste de esta casa. El am nunca volvi a ser el mismo hombre. No hace ms que trabajar y trabajar, como si quisiera matarse trabajando. No hay nadie enfermo o herido que l no ayude. El amo no podra dejar a un gato enfermo sin tratar de curarlo, o a un negro herido, como ese violinista con el que ests siempre, o como t, cuando te trajeron aqu. Estaba tan furioso por lo que te hicieron con el pie, que te compr a su hermano John. Aunque no fue l quien lo hizo, sino esos cazadores de esclavos que contrat, que dijeron que trataste de matarlos. Kunta escuchaba, y se daba cuenta de que recin empezaba a apreciar las cualidades individuales de los blancos. Le sorprenda tambin que stos fueran capaces de sufrir como seres humanos, aunque en general era imposible perdonarlos por la manera en que actuaban. Tena ganas de hablar bien el idioma de los blancos para poder decirle todo esto a Bell, y para contarle el cuento de su abuela Nyo Boto acerca del cocodrilo atrapado, que terminaba con las palabras: "En el mundo, a menudo se paga el bien con el mal". Al pensar en su casa, se acord de algo que haca mucho le quera decir a Bell, y ese le pareci un buen momento. Excepto por su color moreno, le dijo con orgullo, pareca una hermosa mandinga. No tuvo que esperar mucho su comentario a se gran cumplido. -Qu son estas tonteras de que hablas? -dijo ella, irritada-. No s cmo los blancos siguen vaciando cargamentos de negros africanos como t!
CAPITULO 55 Bell no le dirigi la palabra a Kunta durante el mes siguiente, y hasta empez a llevar ella misma la canasta llena de verduras hasta la casa grande. Luego, un lunes a la maana, sali corriendo al jardn, con los ojos abiertos como platos de la excitacin, y exclam: -Se acaba de ir el sheriff! Le dijo al amo que ha habido batallas en el Norte, en un lugar llamado Boston. Son los blancos, furiosos por los impuestos del rey del otro lado del mar. El amo orden a Luther que atara el caballo al coche, para ir a la cabecera del condado. Est tan preocupado! A la hora de la comida nocturna, todos los negros se reunieron en la choza del violinista, para or la opinin de ste y del jardinero, que era el ms viejo de todos los esclavos. El violinista era el que ms haba viajado. - Cundo fue? -pregunt alguien, y el jardinero dijo-: Bueno, las cosas que sabemos ahora, deben haber pasado hace bastante all en el Norte. El violinista agreg: -Me han dicho que de Boston a Virginia, los caballos ms veloces tardan diez das. El cabriol del amo regres a la cada del sol. Luther corri a reunirse con los dems negros para darles las ltimas noticias: -Dicen que una noche la gente de Boston se enoj tanto por los impuestos del rey, que marcharon contra los soldados. Los soldados empezaron a disparar, y el primero que mataron fue un negro llamado Crispus Attucks. La llaman la "matanza de Boston". Poco se dijo de nuevo durante los das siguientes. Kunta no entenda bien lo que suceda, y estaba sorprendido de que tanto los blancos como los negros estuvieran tan interesados en algo que suceda tan lejos. Ahora cada da pasaba algn esclavo por el camino con alguna noticia. Y Luther traa informes regularmente de lo que haba odo decir a los esclavos, que encontraba durante los viajes del amo, cuando iba a socorrer a algn enfermo o a discutir lo que suceda en Nueva Inglaterra con los amos de otras casas grandes, o cuando visitaba las cabeceras de los condados vecinos. -Los blancos no tienen secretos -le dijo el violinista a Kunta-. Estn rodeados de negros. Hagan lo que hagan, vayan donde vayan, siempre hay algn negro escuchando. Si hablan cuando comen, hay alguna sirvienta, que parece estpida, pero que recuerda todo lo que oye. Aun cuando los blancos estn tan asustados que empiezan a deletrear las palabras, para que no entiendan los negros, al poco tiempo algn negro empieza a repetir lo que dijeron, letra por letra, hasta que encuentran un negro que sabe leer y les dice qu dijeron los blancos. Los negros no duermen hasta que no se enteran de qu dijeron los blancos.
Los sucesos del Norte empezaron a llegar, uno a uno, todo el verano, y luego en el otoo. Luther empez a decir que no slo eran los impuestos lo que los preocupaba a los blancos del Norte. -Dicen que en algunos condados hay el doble de negros. Estn preocupados porque el rey del otro lado del mar d la libertad a estos negros para que luchen contra los blancos. -Luther esper a que pasaran las exclamaciones de sorpresa de su auditorio-. En realidad -dijo- dicen que algunos blancos tienen tanto miedo que cierran las puertas con llave a la noche, y ya no hablan delante de los negros. Durante todas esas semanas, Kunta se pasaba horas enteras, acostado, pensando en la "libertad". Eso quera decir que no habra amos, que uno podra hacer lo que se le antojara, que podra ir donde quisiera. Pero era ridculo, pensaba, que los blancos llevaran a los negros toda esa distancia por el mar para luego darles la libertad. Eso no sucedera nunca. Poco antes de Navidad llegaron unos parientes del amo, de visita, y el conductor del coche, que coma hasta reventar en la cocina de Bell, la tuvo al tanto de las ltimas noticias. -Me han dicho que en Georgia hay un negro llamado George Leile, y los blancos bautistas le han dado permiso para predicar a los negros de las costas del ro Savannah. Dicen que va a fundar la Iglesia Bautista Africana en Savannah. Es la primera vez que oigo hablar de una iglesia negra... Bell dijo: -Yo o hablar de otra, en Petersburg, aqu en Virginia. Pero dime, has odo algo de los problemas de los blancos del Norte? -Bueno, me dijeron que los blancos tuvieron una reunin muy importante en Filadelfia. La llamaron el Primer Congreso Continental. Bell ya haba odo hablar de eso. Lo haba ledo, con mucho trabajo, en la "Gaceta" de Virginia, de su amo Waller, y luego le haba pasado la informacin al violinista y al jardinero. Eran los nicos que saban que ella saba leer un poco. Discutiendo ese aspecto, no haca mucho, los dos hombres le haban dicho que era conveniente que Kunta no se enterara de su habilidad. Era verdad que saba guardar un secreto, y entenda muchas cosas, lo que era raro dado que haca poco que llegaba del frica, pero no podra apreciar lo peligroso que poda ser si el amo se enteraba de que poda leer; la vendera ese mismo da. Para comienzos del ao siguiente -1775- todas las noticias que reciban tenan alguna relacin con Filadelfia. Segn lo que oa Kunta, estaba claro que los blancos tenan un conflicto muy serio con el rey del otro lado del mar, del lugar llamado Inglaterra. Un amo, llamado Patrick Henry, haba exclamado "Dadme la libertad, o la muerte!" A Kunta le gustaron esas palabras, aunque no entenda cmo poda haberlas pronunciado un blanco. A l los blancos le parecan bastante libres. Al mes lleg la noticia de que dos blancos, llamados William Dawes y Paul Rever, haban corrido a todo galope para informar a alguien, que cientos de soldados del rey marchaban a un lugar llamado Concord, a destruir los fusiles y las municiones depositados all. Poco despus se enteraron que en una batalla furiosa, llamada Lexington, haban muerto doscientos soldados del rey. Dos das despus lleg la noticia de que haban cado otros mil en una sangrienta batalla ocurrida en un lugar llamado Bunker Hill. -Los blancos en la cabecera del condado se ren de los soldados del rey; dicen que sus uniformes son rojos para que no se les note la sangre -dijo Luther-. Me han dicho que tambin se ha derramado sangre negra, pues pelean junto a los blancos. -Dondequiera que iba se oa que los amos de Virginia se mostraban ms desconfiados que de costumbre con los esclavos: -Incluso con los negros que hace ms tiempo que estn en la casa! Luther estaba consciente de su nueva importancia ante los esclavos. Cuando lleg de un viaje en junio, haba todo un auditorio expectante. -Han elegido a un amo llamado George Washington para que comande el ejrcito. Un negro me dijo que le han dicho que tiene una gran plantacin, con muchos esclavos. -Dijo que tambin haba odo que haban liberado a unos esclavos en Nueva Inglaterra para que ayudaran a pelear contra los realistas, - Lo saba! -exclam el violinista-. Van a arrastrar a los negros para que los maten, como sucedi la otra vez, en la guerra contra los franceses y los indios. Y no bien termine, los blancos volvern a azotar a los negros. -A lo mejor no -dijo Luther-. He odo que unos blancos que se llaman cuqueros han formado una sociedad antiesclavista en Filadelfia. Me parece que hay unos blancos que no quieren que los negros sean esclavos. -Yo tampoco -dijo el violinista. Bell aportaba noticias de vez en cuando, que pareca haber discutido con el amo, aunque finalmente reconoci que cuando el amo tena invitados, ella escuchaba por el agujero de la cerradura, porque ahora le deca que se retirara una vez que haba terminado de servir, y l cerraba la puerta con llave. -Y conozco a ese hombre como si fuera su mam -deca, indignada.
-Qu dijo, despus de cerrar la puerta? -pregunt con impaciencia el violinista. -Bueno, esta noche dijo que no haba otra salida, excepto luchar contra los ingleses. Esperan que van a mandar barcos cargados con soldados. Dice que hay doscientos mil esclavos aqu no ms, en Virginia, y la mayor preocupacin es que los ingleses levantan a los esclavos contra sus amos. El amo dice que l es leal al rey, pero que no hay nadie que pueda soportar esos impuestos. -El general Washington no permite que alisten a ms negros en el ejrcito -dijo Luther-, pero hay unos negros liberados en el Norte que dicen que son parte de este pas, y que quieren luchar. -Y seguro que lo van a hacer, cuando maten a bastantes negros -dijo el violinista-. Esos negros libres estn locos. Pero las noticias de la semana siguiente fueron an ms importantes. Lord Dunmore, gobernador real de Virginia, haba proclamado la libertad de todos aquellos esclavos que abandonaran las plantaciones para servir en la flota inglesa de barcos pesqueros y fragatas. Bell dijo: -Un hombre que vino a cenar le cont al amo que hay rumores de que muchos esclavos de quienes se sospechaba que se uniran a los ingleses, o que hablaban de eso, han sido atados y puestos presos. Dicen que van a tratar de colgar a ese lord Dunmore. Un da el amo Waller llam a Bell a la sala y dos veces le ley lentamente un artculo de la "Gaceta" de Virginia. Le orden que se lo mostrara a los esclavos, y le entreg el diario. Ella obedeci, y todos reaccionaron igual que ella, no tanto con miedo como con ira. "Negros, no os atrevis a abandonarnos; nosotros podremos sufrir, pero vosotros ciertamente sufriris". Ese ao la Navidad no fue ms que una palabra. Llegaron rumores de que lord Dunmore haba huido de una multitud, refugindose en un barco. Una semana ms tarde les lleg la increble noticia de que Dunmore, con su flota frente a Norfolk, haba ordena