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Desmitificando la Invasión Árabe en España

Este documento presenta un extracto de la introducción al libro "Los árabes no invadieron jamás España" de Ignacio Olagüe. El extracto describe la impresión que siente un visitante al entrar a la Mezquita de Córdoba y cuestiona la narrativa histórica convencional sobre la invasión árabe de España, sugiriendo que no hubo tal invasión y que la mezquita fue construida mucho antes. También menciona hallazgos arqueológicos que apoyan esta nueva interpretación histórica.

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Desmitificando la Invasión Árabe en España

Este documento presenta un extracto de la introducción al libro "Los árabes no invadieron jamás España" de Ignacio Olagüe. El extracto describe la impresión que siente un visitante al entrar a la Mezquita de Córdoba y cuestiona la narrativa histórica convencional sobre la invasión árabe de España, sugiriendo que no hubo tal invasión y que la mezquita fue construida mucho antes. También menciona hallazgos arqueológicos que apoyan esta nueva interpretación histórica.

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Los rabes no invadieron jams Espaa

Ignacio Olage

Introduccin al libro de Ignacio Olage: "Los rabes no invadieron jams Espaa"


Umar Ribelles

WEBISLAM se congratula de poner al alcance de la comunidad de Internet el libro maldito de la Historia de Espaa: La revolucin islmica en Occidente de Ignacio Olage. Libro que el mismo autor tradujo y public en Francia con el titulo Los rabes no invadieron jams Espaa . Libro de heterodoxo documentado y rigurosamente cientfico que articula una argumentacin que suele llevar al lector a un cambio copernicano en su idea de la Historia de Espaa: No hubo invasin ni de rabes ni de inexistentes moros sino tan solo la guerra civil entre cristianos unitarios y trinitarios. iconoclastas contra idolatras, creyentes en un Creador nico, eterno e incomparable contra los seguidores de Pablo de Tarso. Es admirable como nos deja perplejos cuando demuestra con argumentos de autores cristianos que la Mezquita de Crdoba estaba construida doscientos aos antes de la pretendida invasin. Nos informa que la herradura fue inventada en Francia cien aos despus de la invasin y que un caballo consume cuarenta litros de agua al da por lo que no pudieron existir las asombrosas cabalgadas de caballera rabe que tan gustosamente describen los imaginativos historiadores ortodoxos. Nos asombra al decimos que todo documento histrico del siglo VIII ha sido destruido en toda la cristiandad. Nos ensea a reconstruir un estado de opinin escondido tras un hecho falso inventado para burlamos. Para dominar a un pueblo hay que quitarle la memoria histrica. Admira el logro de la inteligencia del Vaticano eterno al cambiar una guerra civil por una invasin imposible. Admira y horroriza verles navegar por los milenios a lomos de tan gran mentira. La Gran guerra civil de mil aos que asol Espaa desde tiempos de Leovigildo en el siglo VI hasta la expulsin de los moriscos al comienzos del siglo XVI se cerr con la Inquisicin y esta con la Constitucin de los liberales de Cdiz (La religin catlica apostlica romana, nica verdadera ...), las ridculas guerras de conquista en Marruecos y la cruzada franquista. Ahora, 2000, estamos en democracia y la Constitucin de 1978 afirma que el Estado es laico y que hay libertad. Como musulmanes espaoles pretendemos utilizar la libertad hablando de lo que nos interesa y que hasta hace poco significaba pena de muerte.

Los rabes no invadieron jams Espaa


Ignacio Olage

Prlogo

Cuando abandona el turista el Patio de los Naranjos y penetra en la Mezquita de Crdoba por el gran arco de herradura que encuadra su entrada principal, se encuentra de repente ante unas vistas insospechadas. Descubren sus ojos un bosque de columnas plantadas de modo simtrico. Sobrecogido por una atraccin poderosa que le obliga a ir mas y ms adelante, queda sorprendido desde los primeros pasos por el aliento de un soplo extraordinario, como si le rozara la cara el alma de este templo misterioso. A pesar suyo, he aqu que se siente arrastrado hacia un mundo desconocido, el cual podr extraviar al irreflexivo, pero que fascina al espritu sensible y advertido. Desconcertado, pronto comprende su incapacidad para establecer asociaciones de ideas entre estas impresiones tan fuertemente sentidas y su experiencia visual o el recuerdo de sus lecturas. Ms o menos inconscientemente segn su agudeza, percibe que no puede anudar relacin alguna entre lo que contempla y las obras maestras de las civilizaciones antiguas de las cuales conserva en su memoria una visin indeleble: el Panten, Santa Sofa, las gticas catedrales... Acostumbrado desde la infancia a calcular las dimensiones de un edificio desde su entrada con una mirada sencilla, en una intuicin rpida, se da cuenta de su impotencia para medir el alcance de lo que ve. Si se adelanta, huyen las columnas y persiguindose se esfuman en el horizonte. En parte alguna descansa la vista para fijar su lmite. Ninguna geometra euclidiana puede satisfacer su sentido del tacto. Le rodea el infinito por doquier, pues por todos lados se presenta la misma imagen, como reflejada por espejos mltiples. Decidido entonces, se enfrenta el visitante con los fustes que le asedian por cualquier parte. De estilo toscano, en general de mrmol blanco y liso, algunos en nice, a veces con formas salomnicas o entorchadas, su similar altura y la elegancia de su porte dan un parecido ademn a las calles que se abren ante su vista. Aprecia inmediatamente que son diferentes los capiteles, debido sin duda a orgenes distintos. Levanta los ojos y percibe que sostienen arcos de herradura que se persiguen de columna en columna, en gesto gracioso y frvolo, sin ninguna utilidad aparente, cuando en realidad sirven de armazn para sostener el demasiado frgil conjunto. Ms alto an, por encima de los contrafuertes sobre los cuales se apoyan los arcos de herradura, se yerguen ligeros pilares. Mantienen una segunda fila de arcos, stos de medio punto, que soportan en la penumbra las vigas del techo y la carpintera de la techumbre. La ligereza producida por las piedras blancas alternando con ladrillos rojos del mismo espesor para componer en dos colores los arcos de herradura, la curva extremada de sus formas, la visin area de los dobles arcados producen una impresin inimaginable. Asombrado se adelanta el visitante por el bosque sagrado. S detiene en las partes reservadas del santuario. Y, a menos que la indiferencia no traicione su insensibilidad por las maravillas del arte y por los placeres con los cuales enriquecen el espritu, no sabr en un principio expresar su admiracin. Slo asomar a sus labios una palabra: Qu extrao! En su sorpresa, al punto surgir de lo ms hondo de su conciencia una idea: En fin! He aqu este Oriente encantador, inaccesible, mgico. Abstrado lejos de sus menesteres cotidianos, ya se siente impulsado nuestro occidental por la mana de filosofar. Reaccionando ante la magia del espectculo, en dulce sueo se perder su pensamiento como su mirada extraviada por entre las columnas... Qu placer el poder alcanzar esta mstica del Islam! Tan misteriosa no la sentiran los creyentes al abandonar sus babuchas para penetrar en la mezquita, como en lo suyo le ocurre al

bautizado cuando entra en una catedral, cabeza descubierta? Mas en verdad, quedando estas preguntas sin respuesta inmediata, insensiblemente se le ocurrirn otros pensamientos y el recuerdo de los rabes se entremezclar insensiblemente en el flujo de sus asociaciones mentales, sueltas ya con toda libertad. Y as, despus de haber recordado con escolar dictamen la hazaa de Carlos Martel que al fin y al cabo haba detenido la oleada arbiga, no podr menos que sentir cierta admiracin por esta gente que a pesar de todo haba emprendido grandes empresas. Recordar los ejrcitos sarracenos, conquistadores de medio mundo, cuyos descendientes se haban asentado en estas tierras del ndalus que tan gran civilizacin les deba. Emocionado y acaso aturdido, quiz no se le pasar por la cabeza que tambin la Btica haba sido el teatro de otra civilizacin y cuna de emperadores romanos, y que Crdoba, la ciudad de la Mezquita, lo haba sido antes de los Snecas y de los Lucanos. Mas, cun suspenso hubiera quedado nuestro viajero si alguien interrumpiendo su soarrera le hubiera susurrado al odo que era ya hora de despertar! Pues no haban conquistado los rabes esta ciudad y, con certeza, jams construido este maravilloso monumento. Era la impronta en el cerebro de una enseanza arcaica. As, el mito de una soberbia caballera, arbiga en cuanto al jinete y a la cabalgadura, avanzando cual el simn en una nube de polvo, queda todava fuertemente grabado en los espritus, aunque hoy da algo descolorido por un ms preciso conocimiento de la historia. Hasta nuestros trabajos, siguiendo a los analistas musulmanes y a los cronicones cristianos se haba credo sin reparo alguno en la existencia de esta nube de langosta que se haba abatido sobre Occidente. Como de acuerdo con este criterio haban trado dichos nmadas los elementos de una civilizacin que posteriormente se haba desarrollado de modo sorprendente en el sur de la pennsula, no suscitaba la Mezquita de Crdoba problema alguno. Ningn misterio trasluca. Lo que llamaba la atencin del turista en su visita era el repentino contacto con el Islam, desconocido de los occidentales. Perteneca al arte oriental la extraa belleza de tan sorprendente monumento y a la religin de Mahoma el encanto mstico que desprenda. A fines del siglo pasado empezaron arquelogos espaoles a restaurar iglesias que haban sido construidas en tiempos de los visigodos. Una de ellas, dedicada a San Juan Bautista y situada en Baos de Cerrato (Venta de Baos), haba sido edificada por Recesvinto en 661, de acuerdo con una inscripcin colocada en el transepto, frente a la nave principal. El hecho era indiscutible. La fecha de su construccin muy anterior a la pretendida invasin de 711, y sin embargo posea esta iglesia soberbios arcos de herradura. Pronto se los encontr por toda la pennsula, algunos tan bellos como los cordobeses y... no eran musulmanes. Se han hallado hasta en Francia, orillas del Loire, que de acuerdo con la tradicin jams alcanzaron los rabes. En fin, se averiguaba en nuestros das que haban existido arcos de herradura en fechas anteriores a nuestra era cristiana. De tal suerte que se poda establecer el proceso de su evolucin desde aquellos tiempos remotos hasta su magna florescencia bajo los califas cordobeses. Uno de los mitos de la historia occidental se vena abajo. El arco de herradura, cuyas curvas inverosmiles haban permitido las ms extraordinarias extravagancias, no haba sido trado de Oriente por los rabes invasores. Ms an. A medida que se incrementaban los estudios emprendidos sobre el arte de la civilizacin arbiga, se perciba que los principios arquitectnicos empleados en la construccin de la Mezquita de Crdoba escasas relaciones tenan con el Asia lejana. As como el arco de herradura, apareca que estas tcnicas antao estimadas por extranjeras pertenecan a la tradicin local, ibrica, romana y visigoda. Pero se complicaba el problema tanto ms por el hecho siguiente: Haba sido construido este oratorio por los hombres y para los hombres. El arquitecto que dibuj los planos, no haba dado suelta a su imaginacin para satisfacer su capricho o su necesidad de creacin artstica. Sin menospreciar sus cualidades intelectuales, muy al contrario, haba que reconocer sin embargo que las haba puesto a disposicin de una idea superior: la puesta en obra de una funcin para la cual haba sido el templo objeto de un encargo, haba sido construido y pagado. En una palabra, haba sido edificado para la celebracin de un culto religioso. Pero bastaba con pasearse por el bosque de sus columnas para darse cuenta de que este culto no perteneca ni a la religin

musulmana, ni a la cristiana. Pues la disposicin interior de este monumento no ha sido concebida para el cumplimiento de las ceremonias prescritas por la liturgia de estas creencias. Para decir sus plegarias en comn, con sus genuflexiones y sus postraciones repetidas y hechas por todos los fieles con un mismo gesto, slo necesitaban los musulmanes de un patio, como el que exista en la casa del profeta. Bastaba pues que el lugar, abierto a la intemperie pero cubierto por un tejado, permitiera la colocacin de los muslimes en largas filas, formando un frente de tal suerte que pudieran con la vista seguir los gestos del encargado de la oracin, el imn, situado ante todos ellos de cara al mihrab, aposento sagrado en donde se guarda el Corn. Por su parte, requiere el ritual catlico un amplio espacio cubierto en el cual pueden los cristianos seguir el sacrificio de la misa celebrado por el oficiante. En ambos casos est fundada la liturgia en un mismo principio: el papel desempeado por la vista en estas ceremonias. As se explica con qu facilidad han adaptado los musulmanes las iglesias cristianas a su culto sin tener la necesidad de emprender grandes modificaciones en su arquitectura. Les bastaban escasas obras para transformar una baslica en una mezquita. Clsico es el ejemplo de Damasco en donde la sala de oraciones de la Gran Mezquita conserva an la estructura requerida para el servicio anterior, cuando estaba bajo el patronato de San Juan Bautista. No ocurra lo mismo con la Mezquita de Crdoba. Perdidas en el bosque, las muchedumbres de los creyentes y de los fieles tuvieron sin duda alguna mucha incomodidad, los unos para seguir todos con un mismo movimiento los gestos del imn, los otros para comulgar espiritualmente con el celebrante en las distintas partes de la misa, quedando ambos ocultos por el juego de las columnas. Por esta razn, por causa de su interna configuracin, haba sido finalmente adoptado el principio de la baslica por los cristianos. Pues estaba concebida de tal suerte que poda el pueblo desde todos los lugares disfrutar de un espectculo entonces muy concurrido: ver al basileus cumplir majestuosamente sus funciones. Se impuso esta concepcin arquitectnica a partir del siglo IV porque permita a los fieles observar los movimientos y seguir las oraciones de los sacerdotes. Esto es imposible en un bosque de columnas. Ahora se entiende por qu la Mezquita de Crdoba, a pesar del sacrilegio artstico de Carlos V, jams lleg a convertirse en una catedral, sino en una feria de pequeos altares. Por todo lo cual se deduce que tanto los musulmanes como los cristianos slo haban sabido adaptar a las necesidades de su culto un templo que no haba sido construido para las ceremonias respectivas de sus religiones. Volveremos a ocuparnos de esta cuestin en la tercera parte de esta obra, cuando estudiemos la historia de la Mezquita de Crdoba. Por ahora es menester contestar solamente a una pregunta apremiante. Si el templo primitivo cuya interna configuracin lo constituye un bosque de columnas, no ha sido construido ni para el culto musulmn, ni para el cristiano, a qu rito o religin estaba destinado? Cul era el pensamiento que inspiraba el lpiz del arquitecto cuando dibujaba estas enigmticas arqueras? Qu aliento, qu llama podan unirle con el constructor? Pues, al fin y al cabo, quien paga impone su criterio. Slo le toca al artista interpretarlo y realizarlo. Qu fuerza posea este soplo que les embargaba para que de esta colaboracin surgiera una de las obras ms geniales construidas por los hombres? Nadie ha respondido a esta pregunta porque nadie, que sepamos, la haba hecho. Mas no puede escamotearse: Ah est la obra. Entonces, basta con pensar en las dificultades de concepcin, de construccin y de interpretacin que plantea tan extrao bosque de columnas, para apreciar que encierra un enigma histrico. Nadie hasta nuestros das se ha esforzado en explicarlo. Por nuestra parte, en las pginas siguientes nos dedicaremos a desenmaraar este misterio. Por ahora podemos solamente adelantar que esta imbricado en uno de los grandes problemas de la historia universal. Por el alejamiento de los tiempos, por la ignorancia y la pasin religiosa, el trozo del pasado que ha visto al Islam propagarse por las orillas del Mare Nostrum ha sido sepultado como una ciudad antiqusima, bajo unos escombros imponentes, un alud de mentiras, de leyendas, de falsas tradiciones. De acuerdo con una interpretacin primaria de la actividad humana, se haba concebido la expansin del Islam, no como el fruto de una civilizacin, sino como el resultado de unas conquistas militares

sucesivas y fulminantes. Idioma, religin, cultura no haban sido impuestos por la fuerza de la idea, sino con alfanjazos que haban diezmado a los guerreros oponentes y por el fuego que haba aterrorizado las poblaciones indefensas. Con gran refuerzo de estampas resobadas se haba descrito la invasin de Berbera, de la Pennsula Ibrica y del sur de Francia, sin mencionar otras regiones cuyo problema no cuadra con los limites de esta obra. Ejrcitos rabes en nmero inverosmil haban desbordado por todas partes como la oleada de un maremoto; lo que era un reto a la geografa y al sentido comn. Era hora de apartar los residuos amontonados a lo largo de los siglos y destacar de este proceso las lneas generales de los acontecimientos. Sera entonces posible alcanzar el aliento que haba dado tan singular vitalidad a estos tiempos oscuros, pero fecundsimos. El misterio de la Mezquita de Crdoba entonces podra quedar aclarado. Una ms ntima comprensin de las resacas que a veces arrebatan a los hombres podra ser entendida. Nueva luz aclarara la evolucin de la humanidad.

Captulo1
LA PRETENDIDA INVASIN RABE
Cronologa segn la historia clsica de las etapas principales de la expansin rabe. El avance de los invasores hacia el Oeste. Las ofensivas contra Tunicia. La conquista de frica del Norte. La invasin de la Pennsula Ibrica.

Al empezar el siglo VII estaba asolado el Prximo Oriente por una largusima rivalidad: Se oponan los bizantinos del emperador Heraclio a los persas del rey de los reyes, Kosroes II Parviz, apellidado Coroes, el victorioso. Ya centenaria, la guerra haba sembrado el desorden en las regiones sometidas a los asaltos de estas fuerzas encontradas: Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia, las cuales estaban habitadas por pueblos abigarrados por su ascendencia y por su herencia cultural. Estaban incrementadas las prdidas materiales por un desconcierto enorme, originado por un complejo religioso cuya crisis alcanzaba entonces el paroxismo. Para envenenar an ms la situacin, una pulsacin climtica de largo alcance produca graves trastornos econmicos, y la agitacin de los nmadas que huan de la estepa carcomida por el desierto se incrementaba. En una palabra, una tensin sobrecargada agobiaba estas comarcas. Inevitable era una violentsima conmocin. As un lquido saturado cristaliza al contacto con una molcula sobrante, recientemente adquirida, lo mismo una causa minscula produjo efectos asombrosos. Era un sencillo camellero. No se sabe exactamente cmo se llamaba: Cuotain o Zobat. Se puso un apodo que ha llegado a ser celebrrimo, el de Muhammad, que quiere decir: el alabado. Desconcertados quedaron los historiadores ante la magnitud de los acontecimientos, sucedindose con la rapidez del rayo. Herederos en gran mayora de una disciplina escolar rgida por dems, adiestrados por sus maestros en el pasado de las naciones europeas cuyas luchas polticas rara vez alcanzaban una importancia universal, eran incapaces de comprender estas oleadas de fondo que haban trastornado el curso de la historia. Como el nufrago agarrado para salvarse a las tablas an flotando, se esforzaban en apoyarse sobre fragmentos de documentos, librados por milagro de la erosin de los siglos, sin esforzarse en averiguar su verdadero valor como prueba; tanto ms ya que eran generalmente inexpertos para situar los hechos descritos en la curva de la evolucin humana. Pues no siempre posean una clave para explicarlos, ni tan siquiera para lograr una comprensin aproximativa. Describieron la explosiva expansin del Islam siguiendo las crnicas rabes, escritas segn el genio de cada analista mucho tiempo despus de los acontecimientos que relataban y en una

poca en que esta religin haba perdido su plasticidad primera. Obcecados, no se percataron de que sus textos se enfrentaban con las ms sencillas evidencias del sentido comn. Se hinch la pequea comunidad del Hedjaz en un Estado poderoso. Fue convertida la predicacin de Mahoma en un ariete militar que iba a desbaratar las fronteras ms alejadas, la molcula cristalizadora en una catapulta extraordinaria. As estn consignados los hechos en las obras ms autorizadas: En el principio del siglo VII, cuando los persas logran algunas ventajas sobre los bizantinos y ocupan Damasco y Jerusaln en 614 y Egipto en 620, empieza Mahoma su predicacin, a convertir al monotesmo a las gentes de su tribu, los coraichitas. En 622, abandona la Meca por Medina. Con sus correligionarios prepara los aos siguientes la vuelta a la ciudad santa. En 630, la ataca y manu militan se apodera de la misma. Muere diez aos ms tarde. Adiestrados en un cuerpo de ejrcito cuya potencia ofensiva era extraordinaria, siguiendo sus enseanzas, emprenden sus fieles una serie de invasiones todas ellas positivas que les convertirn en los amos de medio mundo.. En 635, dominan Siria por entero; en 637, se apoderan de Ctesifn; en 639, de Jerusaln y de la Palestina. De 639 a 641, son dueos de Mesopotamia en su totalidad y de 640 a 643, se hacen seores del Irn; en 647, es conquistada Trpoli. Dos aos ms tarde desembarcan en la isla de Chipre. En 664, invaden el Punjab; en 670, se hacen con el frica del Norte. De 705 a 715, desciende el califa Welid 1 el valle del Indo hasta su desembocadura. De 711 a 713, asaltan y toman la Pennsula Ibrica. En 720, se rinde Narbona. En 725, se deslizan los sarracenos hasta Autun. En fin, en 25 de octubre de 732, son aplastados en Poitiers por Carlos Martel. En un siglo haban constituido los rabes un imperio cuya extensin superaba poco ms o menos los 15.000 kilmetros de longitud y su expansin por las mesetas de Asia Central se prosegua sin cesar. Comparada con esta gesta, la empresa del Imperio Romano o la propagacin del cristianismo parecan proezas de orden secundario. Se halla el historiador ante acontecimientos nicos en la historia. Si piensa en los medios de comunicacin de aquel entonces queda atnito. Sobrepasaba esta epopeya las posibilidades humanas y razn tenan los panegiristas del Islam en afirmar que haba sido posible este milagro por la ayuda de la Providencia que haba auxiliado a los discpulos de Mahoma. De ser as, el hecho no poda discutirse: Haban desplazado los muslimes a sus predecesores en los favores del Todopoderoso. Ya no eran los judos, ni los cristianos los nicos elegidos del Seor. En sus tesis acerca de la historia universal no lograba la elocuencia de Bossuet superar este hecho evidente: Tratndose de recibir las gracias de la Providencia, el milagro musulmn exceda, y en qu medida!, al milagro cristiano. No ha suscitado este aspecto maravilloso de tan rpida expansin del islam objecin alguna, ni por parte de los historiadores, ni de los mismos especialistas, que se han limitado a destacar tan asombroso carcter 1. Hasta nuestros das nadie ha puesto en duda la autenticidad de estos relatos. En todas nuestras lecturas las que desgraciadamente no han podido agotar el tema no hemos encontrado ms que dos criterios que se oponen a lo que pudiramos llamar la historia clsica: los estudios de Spengler que han situado el problema en su verdadero terreno y las dudas del general Brmond acerca de estas invasiones sucesivas y simultneas. Desde un punto de vista militar hacen autoridad los argumentos de este autor porque son el fruto de un conocimiento prctico del Hedjaz y de- una experiencia guerrera del desierto; ambas enseanzas quedan respaldadas por una dosis satisfactoria de sentido comn 2. Para bosquejar una concepcin mis racional de esta gigantesca transformacin social y cultural la que nos permitir alcanzar nuestros objetivos, tenemos que insistir en el anlisis de la expansin del Islam hacia Occidente. Nuestros conocimientos acerca de la geografa y de la historia de estas regiones, nos ayudarn a desmontar el artilugio del mito. Desvanecido, nos ser entonces posible reducir los acontecimientos a escala humana. No nos adentraremos en el laberinto del Prximo Oriente.

La expansin de la evolucin de las ideas religiosas en Asia, el anlisis de los hechos econmicos, sociales y polticos, nos obligaran a desarrollar encuestas incompatibles con las dimensiones de esta obra. Por ahora, con el concurso de los trabajos ms recientes indagaremos los pormenores de esta cabalgata musulmana hacia el Occidente. De acuerdo con lo que aseguran las crnicas, hacia 642, despus de muchas dilaciones se apoderan los rabes de la ciudadela de Alejandra y acaban por dominar Egipto. Pas tradicionalmente rico, posean sus habitantes una cultura propia, por su lengua y por su arte. Cristianos monofisitas, fueron llamados coptos para distinguirlos de los imperiales bizantinos, los cuales, constituyendo una minora, hablaban griego. Se estima la poblacin de esta nacin en una cifra aproximada que oscila entre los 18 y los 20 millones de habitantes 3. De ser as, se encontraran los invasores recin llegados del desierto con una situacin bastante incmoda, sumergidos por su corto nmero en una masa de gentes que pertenecan a un tipo racial y a una civilizacin distinta de la suya. Agricultores eran los egipcios, y ensea la Historia las profundas divergencias que en todos los tiempos han separado a los nmadas de los sedentarios. En cualquier caso, se nos quiere convencer de que desde una base tan poco segura han conseguido los rabes conquistar Tunicia, cuya capital, Cartago, se halla a unos tres mil kilmetros de Alejandra. Para atravesar esta enorme distancia es menester cruzar el desierto de Libia que ya perteneca en aquellos aos a las regiones ms inhspitas de la tierra. Segn la historia clsica, se apoderaron los conquistadores mahometanos del norte de frica con suma facilidad, como en un juego de manos. Sin embargo, los ltimos trabajos de los especialistas no consideran con tan gran optimismo las etapas sucesivas de esta invasin. Concluyen estos autores que ha sido dominada Tunicia en cinco correras que se escalonan desde 647 hasta 701; aunque ignoran todava cmo fue realizada la ltima accin, la que favoreci el dominio del pas. I. En 642, el exarca Gregorio gobernaba esta regin que perteneca entonces al Imperio Bizantino. Por razones oscuras (acaso religiosas), se independiza de su emperador, Constancio II. Aprovechndose de esta situacin favorable o de acuerdo con el rebelde, Abd Allah ibn Said, gobernador de Egipto, tantea la suerte hacia el Oeste. Invade Tunicia con veinte mil hombres, cifra que parece ya exagerada, y despus de haberla saqueado o desempeado una misin desconocida, se vuelve a orillas del Nilo. II. En 665, tuvo lugar otra correra de la que no se sabe nada, sino que la situacin general se mantuvo sin modificacin. III. Hacia 670, aparece Sidi Ocba que se presenta generalmente como el conquistador de frica del Norte; lo que es inexacto. Era un aventurero que emprendi una algara o razia en el Magreb; lo que le fue adverso, pues muri en la contienda. Segn Georges Marais, cuyos trabajos nos sirven de orientacin (1946), habiendo vencido cerca de Tlemcen a Kosala, el jefe de la poderosa tribu de los Awrba, en Tunicia, obtuvo su conversin de la fe cristiana al Islam, hacindose a la postre su amigo y su aliado 4. En 670, establece Ocba una base militar en Kairun que se convertir en la ciudad ms importante de la regin. Enardecido por estos xitos, se dirigi hacia el oeste y se nos dice que alanz las partes centrales del Magreb, acaso el Ocano. Pero, como no debi de encontrarse a gusto en estos lugares hostiles, volvi a sus bases. Mientras tanto se haba enemistado con Kosaila al que humill gravemente. Le prepar ste una emboscada en Tehula, no lejos de Biskra; en ella perdi la vida el conquistador. Entonces Kosaila se hizo dueo de Kairun, de la que fue seor desde 683 hasta 686. IV. Un teniente de Ocba, Zohair ibn Quais, haba escapado del desastre. Consigui juntar a los suyos y se enfrent contra el jefe bereber. Un combate tuvo lugar en Mens, hacia 686; Kosaila falleci, pero sintindose inseguro el rabe tom el camino de Egipto. Cuando se acercaba a la ciudad de Barca, en Cirenaica, se enzarz con fuerzas bizantinas que acababan de desembarcar. Sorprendido y probablemente sin recursos tras tan larga caminata por el desierto, diezmado su ejrcito, Quas muri con los suyos. V. En fin, en 693, el califa Abd el Malik envi a Hassan ibn en Nomar contra Berbera. Llevaba consigo

cuarenta mil hombres; inexactitud de las crnicas, pues sabemos por los apuros de Montgomery en los das de los camiones cisterna, que tropa tan numerosa hubiera quedado muy pronto agotada por la sed y el hambre. Luego, sin que se nos diga, ni se nos explique cmo ocurri, consiguen los rabes despus de los desastres anteriores apoderarse del pas. En 698 cae Cartago en sus manos. De 700 a 701, son aplastados los berberes en una batalla de la que se ignoran los detalles. Tunicia es definitivamente dominada. No pueden ser ms oscuros estos acontecimientos. No perderemos el tiempo en discutir su verosimilitud. Nos basta con una advertencia, pues se impone una deduccin indiscutible: No podan dormirse sobre sus laureles los invasores. Tenan que conquistar a ua de caballo todo el norte de frica, ya que diez aos ms tarde, en 711, deban de hallarse en Guadalete, en el sur de la pennsula, en donde estaban citados con los historiadores. No son pequeas las distancias en el Magreb. Dos mil kilmetros separan Cartago de Tnger. En aquella poca, segn el gegrafo El Bekri se necesitaban cuarenta das para ir de Kairun a Fez y mucho ms si se elega la ruta de la costa, camino requerido para alcanzar el Estrecho y las costas espaolas 5. Mas se nos quiere convencer de que Muza ibn Nosair ha logrado la hazaa de apoderarse en pocos aos de tan inmensa regin, cuya orografa es complicadsima y que est poblada por una raza guerrera que en la historia ha demostrado su eficiencia. Segn Marais, el moderno historiador de Berbera, no era por aquellas fechas la situacin muy brillante. iniciada en 674, escribe, puede considerarse la anexin de estas comarcas como poco ms o menos acabada hacia 710. Se haba requerido nada menos que cincuenta y tres aos para conseguir un resultado precario por dems; pues la era de las dificultades no haba acabado y proseguira hasta el principio del siglo IX; es decir, ms de ciento cincuenta aos de luchas abiertas o de hostilidades latentes, siglo y medio durante el cual haba sufrido la invasin rabe fracasos que eran verdaderas quiebras. Volva a ponerse en duda el porvenir del Islam en Occidente. Que sepamos, por lo menos dos veces, la segunda en mitad del siglo VIII, haba sido reconquistado el pas por los berberes. Haba que empezar de nuevo6. Dadas estas circunstancias cabe la pregunta: Estaban en condiciones los rabes para invadir Espaa en el ao 711, cuando necesitaran an ms de un siglo para asegurar sus bases del norte de frica? Averiguarlo no ha interesado a los historiadores. Han encontrado muy natural que hayan atravesado el Estrecho de Gibraltar y conquistado la Pennsula Ibrica en un avemara; es decir, 584.192 kilmetros cuadrados, la regin ms montaosa de Europa, en unos tres aos. Era tanto ms maravilloso el milagro ya que con minuciosidad suma nos indican las crnicas musulmanas el nmero de los invasores. Siete mil hombres bastaron a Taric para despachurrar al ejrcito de Roderico en la batalla de Guadalete. Con dieciocho mil hombres acudi ms tarde Muza, celoso de los xitos de su lugarteniente, sin duda para que los hispanos pudieran ver un poco la cara de estos exticos visitantes. Pues, si las matemticas no nos engaan, a cada uno de estos veinticinco mil rabes le tocaba un poco ms de 23 kilmetros cuadrados. Como no era esto suficiente para tan encumbrados hroes, se apresuraron a atravesar los Pirineos para dominar Francia. La victoria de Taric abri de par en par las puertas de la Pennsula Ibrica a los asiticos, que la ocuparon sin mayores dificultades. Tuvo entonces lugar una mutacin formidable, como en el teatro un cambio de decoracin. Latina, se convierte Espaa en rabe; cristiana, adopta el Islam; mongama, sin protesta de las mujeres, se transforma en polgama. Como si hubiera repetido el Espritu Santo el acto de Pentecosts, despiertan un buen da los espaoles hablando la lengua del Hedjaz. Llevan otros trajes, gozan de otras costumbres, manejan otras armas. No es una broma, ya que todos los autores estn de acuerdo en el nfimo nmero de los cristianos llamados mozrabes que vivieron bajo la dominacin musulmana. Los invasores eran veinticinco mil. Qu haba sido de los espaoles? Abre usted el tomo primero de la Historia de los musulmanes de Espaa, de Levi-Provenal, publicada en 1950. A pesar de la incomprensin del milagro, se trata de una obra notable. Pues bien, describe el autor con detalles mltiples las luchas emprendidas por los rabes entre s, desde que pisaron el suelo de nuestra pennsula. Estn presentes todas las tribus de Arabia: los kayses, los kalbes, los mudares, los yemenes, quin ms an? Sus rivalidades y su odio ancestral son feroces. Se traicionan, se asesinan, se torturan a placer. Terrible es la lucha, grandilocuente el desorden. De arriba a

abajo queda deshecho el territorio. Por fin desembarca en el litoral andaluz un Omeya. Pertenece a la familia ms renombrada de la Meca. Sus padres han gobernado el Imperio Musulmn. Es un puro semita, pero nos lo describen con los rasgos siguientes: era alto, con los ojos azules, el pelo rojizo, la tez blanca; en una palabra, tena el tipo de un germano. Dada su estirpe real y arbiga, nadie atiende a sus pretensiones y tiene que echarse en cuerpo y alma por en medio de la guerra civil que impera desde hace cuarenta aos; pues su autoridad moral queda tan malparada como su fsico. Dotado con un genio militar indiscutible, logra ciertos xitos que le permiten hacerse nombrar emir en la Mezquita de Crdoba (756). A pesar de acto tan audaz se ve obligado a guerrear toda su vida. Slo con la muerte alcanzar el descanso (788). En otros trminos, para repartirse el botn ganado con la invasin tuvieron los rabes que pelear entre s durante setenta aos. En estos tiempos estaba la pennsula bastante poblada, sus moradores mejor repartidos por la meseta que en pocas posteriores. A grandes rasgos se puede estimar el nmero de sus habitantes en una cifra oscilando entre los quince y los veinte millones 7. Sabido el corto nmero de los invasores, resulta extrao que no se agotaran en tan larga lucha los combatientes, habindose matado los rabes los unos a los otros. Ahora bien, qu hacan entre tanto aquellos millones de espectadores? En la historia tal como la cuentan los cronicones, la describen los libros de texto o la analizan los autores ms recientes, los espaoles han desaparecido. Solamente existen rabes. Cabe entonces preguntar: Se puede escamotear de la noche a la maana tantos millones de seres, como carta o moneda en manos hbiles? En gran faena se hubieran empeado los conquistadores si hubieran tenido que degollar uno por uno a los habitantes del pas, como nos aseguran los cronistas latinos haber sucedido. En aquella poca no existan medios rpidos para perpetrar matanzas al por mayor. Por otra parte, eran incapaces los estrechos valles asturianos para recibir un aluvin de refugiados, como tambin se nos dice ocurri. En realidad, se trataba de un problema muy distinto. Era menester silenciarlo por incmodo, ya que hasta nuestros das era insoluble. Pues, si la conquista de Espaa parece inverosmil, cmo explicar, si se admite la existencia de los espaoles, su conversin al Islam y su asimilacin por la civilizacin rabe? La gran distancia que media entre Arabia y Espaa, como asimismo el escaso nmero de los invasores, siempre han producido gran desconcierto en los historiadores. Pues el problema nunca ha sido planteado en sus estrictos trminos. En la antigedad y en aquellos tiempos se emprendan los combates con fuerzas reducidas. Sin medios de transporte eficaces, no entorpecan su tctica los generales con servicios de intendencia. Vivan los ejrcitos de lo que exista en el lugar de su paso. Si eran numerosos los guerreros, corran el peligro de morirse de hambre. En estas condiciones, fue reida la batalla de Guadalete, de no ser un hecho legendario, con escasos combatientes. No se trata por consiguiente de una accin ganada o perdida. Haba que explicar cmo los compartimientos estancos que componen las regiones naturales de la pennsula haban sido transformados en tan poco tiempo y con tan escasos hechiceros. Dificultad mayor an: No se nos dice ahora que posean stos distintas nacionalidades? Segn las crnicas musulmanas, en minora estaban los rabes. Los dems eran aventureros de razas y patrias diferentes: sirios, bizantinos, coptos, y sobre todo berberes. Insisten los textos en que componan la gran mayora de los invasores. Por donde haba que concluir con un hecho absurdo, a saber: que Espaa haba sido invadida y arabizada por gente que no hablaba el rabe, pues los del Magreb no haban tenido el tiempo de aprenderlo; y haba sido islamizada por predicadores que desconocan por el mismo motivo el Corn. Sea lo que fuere, es indiscutible tratndose de matemticas que este ejrcito se hubiera fundido como azucarillo en vaso de agua, si se hubiera desperdigado por el pas. En caso contrario, cmo dominar el terreno? Qu hubiera ocurrido si hubieran emprendido los hispanos la menor guerrilla? Se

comprender ahora por qu era ms conveniente no meter el dedo en la haga. Ignorndolos y no hablando de ellos, en un comn y tcito acuerdo, han preferido los historiadores dejar a los espaoles dormir durante varios siglos.

1 <Las circunstancias que han permitido la conquista de Espaa, su carcter espectacular de rada gigantesca siempre han desconcertado un poco a los historiadores de la Edad Media. An hoy da, la catstrofe que entrega al Islam, no una regn asitica o africana, sino una parte de La misma Europa Occidental, parece a algunos a tal punto inslita, un fenmeno que tan poco participa del orden natural de las cosas, que invocan el milagro histrico.> Levi-Provenal: Histoire des musulmans dEspagne. Maisonneuve, Pars, 1950. T. 1, p. 2. 2 Oswald Spengler: Decadencia de Occidente, Espasa Calpe, Madrid, General Brmond: Berb~res et arabes, Pars, Payot, 1950. Despus de haber apuntado las bases de nuestra interpretacin de la pretendida invasin de Espaa por los rabes, en nuestra obra: La decadencia espaola, Madrid, 1950, tomo segundo, hemos ledo este libro que crtica sencillamente el carcter militar de la expansin de los rabes, sin tratar de explicarla. 3 Tenemos una cifra precisa: el tributo anual, por capita, de hombres adultos era de dos ducados. Dio el primer ao doce millones de ducados. > General Brmond, Ibid., p. 98. 4 Georges Marais: La Berberie musulmane eS LOrient au Moyen Age. Paris. Aubier, 1946, p. 32. 5 El Bekri: Desciription de Afrique Septentrionale, traduccin de Slane. Argel, 1913. Segn este autor se tardaba cuarenta das para ir de Kairun a Fez por el camino del interior. Se pasaba por Shiga, Maiara o Tebesa, Baghai, Belezma, de donde se poda torcer hacia Tobna y llegar al Tafilalet, o, ir derecho hacia Msila y la Cuala de los Beni Hainmad, para dirigirse por Tihert y Tlemcen atravesando las altas planicies que infectaban los nmadas Zenatas. Ms tarde, con el desplazamiento de las tribus hilalianas, los mercaderes y los viajeros seguirn la ruta del litoral, ms larga. Este era el camino que tenan que tomar los invasores de Espaa; tanto ms dificultoso cuanto que era menester atravesar el Rif en su eje longitudinal, nico acceso para alcanzar el Estrecho. 6 Georges Marais: Ibid., p. 27. Y ms lejos: <Se puede afirmar que a finales del siglo VIII se presentaba el balance de la conquista musulmana de frica del norte con una casi quiebra. Cien aos antes, un Sidi Ocba, un Muza ibn Nosoir haban atravesado el pas como conquistadores desde Kairudn hasta el Atlntico. En 763, el gobernador, El Aglab, queriendo adentrarse hasta Tlemcem para llegar a Tnger, tuvo que abandonar la empresa por culpa de los oficiales de su guardia personal que se le amotinaron. Haban renunciado los califas abasidas al control de los dos tercios de Berbera y sus representantes se mostraban ms preocupados por pacificar su territorio que por ensanchar sus lmites. > P. 55. 7 Ver nuestros estudios acerca de la demografa espaola y su evolucin en La decadencia espaola, tomos 1 y 1V.

Captulo 2

CRTICA GENERAL
Los movimientos migratorios en la historia: el desplazamiento de los nmadas y las invasiones (ley de Breasted). Caracteres geogrficos de Arabia. El caballo y el camello como testigos del paisaje. Dificultades de las razias. La travesa del Estrecho de Gibraltar. Los errores geogrficos de las antiguas crnicas. La dominacin de los godos y la pretendida invasin rabe de la Pennsula Ibrica.

Segn creencia unnime se haba realizado la expansin del Islam por medio de invasiones a mano armada. Cierto, una mejor comprensin de las herejas cristianas haba esclarecido mejor el ambiente favorable que haba facilitado en todas partes la labor de los conquistadores. Se esclareca la situacin poltica de las regiones que haban sido sumergidas por la oleada mahometana; se reconoca que a veces los invasores haban sido recibidos por las poblaciones asaltadas como liberadores, pues estaban esclavizadas por extranjeros; lo que no era cierto en todos los casos. Apuntaba por dems en este juicio el hechizo que imperaba en los historiadores del XIX, obsesos por prejuicios del siglo. Se crea en aquellos aos que el espritu nacionalista, parecido o similar al que alentaba entonces a las masas, haba sido una constante histrica. En verdad enraizaba a veces en algunos pueblos o naciones de la antigedad; ilegtimo era extender el mismo criterio a todos los pueblos, sobre todo a aquellos que pertenecan a civilizaciones extraeuropeas y cuya interpretacin de la vida estaba fundada sobre otras premisas. Sea lo que fuere, a pesar de estas nociones que ayudaban a mejor comprender la expansin del Islam, su mecanismo quedaba inclume. Haban sido propagadas estas ideas religiosas por la accin de ofensivas militares, emprendidas las unas tras de las otras como una reaccin en cadena. No se puede en nuestros das admitir tan simplista argumentacin. No resiste a la crtica ms elemental: pues no se prolonga una ofensiva indefinidamente. A medida que su accin se propaga en el espacio, pierde ms y ms su virulencia primera. Cmo haban podido los rabes en marcha interrumpida y sin fracaso alguno haber alcanzado simultneamente el Indo y el Clain, que baa Poitiers? No insistiremos por ahora. Antes de proceder al examen de esta interpretacin de los acontecimientos, conviene fijar algunas ideas acerca del desplazamiento de los hombres por el globo. Individuos, familias, tribus pueden ponerse en marcha de modo espordico, as los nmadas en la estepa, sin que se deba interpretar sus movimientos como el resultado de una invasin. Esta reviste siempre un carcter militar. Es el fruto de una organizacin, de un Estado y de un cerebro director. Por consiguiente es inexacto hablar de invasiones alpinas, porque estos indoeuropeos que siguieron el valle del Danubio, han llegado a las llanuras de Occidente en pequeos grupos y en el curso de varios milenios. Sucede lo mismo con las andanzas de los beduinos en el Sahara. Se desplazaron lentamente las tribus hilalianas siguiendo la direccin este-oeste, en funcin de las variaciones del clima. Como la desecacin de las altas planicies asiticas tambin ha sido causa del movimiento de los alpinos, nos encontramos ante dos hechos paralelos: el uno al norte realizado por los indoeuropeos, el otro al sur por los semitas. Eran ambos fruto de la misma imposicin: la falta de lluvias que obligaba a estas poblaciones repartidas por vastsimos territorios a buscarse nuevos medios de vida. El nmada es esclavo de sus rebaos; stos viven del crecimiento de las plantas

herbceas. En fin de cuentas, se hallan ambos a la merced de las circunstancias climticas. Pueden manifestarse de modo diferente; lo que ser motivo de reacciones humanas distintas. a) Si las oscilaciones del clima son normales; es decir, si un ao seco aparece tras un ciclo de pluviosidad suficiente, el nmada para salvar del hambre a su familia conducir sus rebaos hacia las tierras de los agricultores sedentarios que se hallan establecidos a orillas de la estepa. Entonces se producirn escaramuzas entre ambas partes, pues defendern los aldeanos sus cosechas; de aqu luchas cortas y estacinales perfectamente destacadas por el historiador americano Breasted, cuando estudiaba el pasado de los pueblos que vivan en una zona por l llamada el Creciente Frtil (Palestina, Siria, Mesopotamia, etc.) que envuelve en sabia curva el norte de la Pennsula Arbiga, en donde el clima y la orografa permitan el desarrollo de la agricultura. Por lo cual hemos llamado esta relacin entre un ao seco y las hostilidades consiguientes: la ley de Breasted (1920). b) Puede convertirse el problema en mucho ms grave. Ya no se trata de una crisis pasajera, debida a una oscilacin climtica, sino, como lo estudiaremos en un capitulo prximo, a una modificacin del paisaje. El fenmeno es distinto del precedente. Ahora, una oleada prolongada de sequas o de lluvias causa una transformacin de la vegetacin; pues segn las regiones del globo se presentan estos opuestos caracteres. Si la accin meteorolgica se realiza en un marco geogrfico en donde la pluviosidad no supera los 250 mii. de agua al ao, zona generalmente habitada por los nmadas, se vuelve crtica la situacin. Para sobrevivir tendrn que abandonar stos el pas. Podrn entonces elegir entre dos posibilidades: o bien, abandonarn definitivamente su vida de trashumancia para emigrar hacia las regiones ms favorecidas en cuyas ciudades estarn obligados a acomodarse a una nueva vida, o bien, emprendern con sus rebaos un largusimo desplazamiento en busca de tierras ms hmedas. En este caso, por las dimensiones de la distancia recorrida, constituir el viaje una verdadera emigracin, pues se encontrarn en la imposibilidad de regresar a su punto de origen. Son consecuencia estos desplazamientos diversos del determinismo geogrfico; poseen un carcter biolgico y se les puede comparar con las migraciones de las especies zoolgicas por el mbito terrestre a todo lo largo de la evolucin. No ocurre lo mismo si el movimiento es dirigido por una voluntad superior que determina los objetivos que es menester alcanzar. Se trata entonces de una invasin que adquiere una finalidad agresiva. La accin militar se impone a toda otra consideracin, ya que se trata de sojuzgar a las poblaciones que habitan los territorios codiciados. Por consiguiente, para que una invasin tenga la probabilidad de lograr los fines propuestos, no basta con que haya sido concebida, tiene que estar controlada y sostenida por una organizacin social importante. Sin Estado, no hay invasin. Por esto han sido escasas las invasiones en la historia, pues para que puedan conseguir un resultado, hasta parcial, se requiere la accin de mi gobierno poderoso. Y sabemos que desde el neoltico hasta los tiempos modernos esta mquina, extraordinaria y arrolladora, ha sido siempre una excepcin. Los desiertos de Arabia Central, el Rob-el-Khali, el Nedjed y el desierto de Siria existen desde hace muchsimo tiempo. En todo el Prximo Oriente las anchas praderas, comparables a las del Far West, la estepa xeroftica o subdesrtica, posean en la antigedad

dimensiones ms grandes que las de nuestros das. Ocurra lo mismo con las comarcas regadas del Yemen o del Hedjaz. Pero con la llegada de la sequa que las castig a todo lo largo del ltimo milenio, modificndose el paisaje, la crisis econmica trastorn tan inmensa e importante regin. Fue la causa de los movimientos demogrficos que apunta la historia de los pueblos del Creciente. Frtil, tierra que al fin y al cabo era el testigo de una situacin geobotnica degradada desde fecha muy lejana. En el curso de esta larga evolucin climtica han reaccionado los nmadas del modo que ya antes hemos descrito. Cuando lleg la crisis del siglo VII que estudiaremos en un capitulo prximo, empezaron a desplazarse hacia el Sahara Occidental, as las tribus hilalianas, pero tambin hacia las regiones y las ciudades del Creciente Frtil. Analizaremos ms adelante el papel que han desempeado en la propagacin del Islam. Por el momento nos basta con advertir que en la poca de Mahoma presentaban ya los territorios arbigos una facies que se asemejaba a la que conocemos actualmente. Reducidsima era la poblacin. Salvo en escasos lugares que posean huertas, no existan sedentarios. Vivan los nmadas de la trashumancia y del transporte de mercaderas realizado por medio de caravanas. En estas condiciones, se puede concluir que estaban ausentes de estas regiones los recursos suficientes, demogrficos y econmicos, para que pudiera sostenerse la estructura de un Estado poderoso. Al contrario, sabemos que las tribus mal avenidas entre s, recelosas, mantenan una independencia feroz. Cmo entonces organizar ejrcitos? En dnde encontrar recursos para mantenerlos? Para emprender las acciones gigantescas que nos describen los textos, se hubiera requerido disponer de fuerzas que tuvieran una potencia ofensiva extraordinaria. Hay que rendirse a la evidencia: Faltaban en primer lugar los hombres... No puede el historiador escamotear los problemas que plantea el determinismo geogrfico. Si son exactas las premisas, si posea Arabia en el siglo VII una facies desrtica o subrida, no podan existir concentraciones demogrficas en sus inmensidades, y por tanto tampoco ejrcitos. Si por el contrario se podan reclutar soldados en nmero suficiente para emprender expediciones ofensivas, el pas no posea una facies desrtica, ya que seala por definicin esta palabra un lugar despoblado. Existen testimonios suficientes para demostrar lo contrario. Para justificar las tesis de las invasiones arbigas, se requerira probar que gozaba esta pennsula de una pluviosidad suficiente para hacer florecer unos cultivos que dieran vida a una concentracin demogrfica adecuada. De acuerdo con nuestros actuales conocimientos, esto es imposible. En una comarca con facies simplemente subrida, o aun rida si el suelo es permeable, no puede sustentarse el caballo. Segn los oficiales de Estado Mayor, cuando se prepara una operacin con elementos de caballera, se calcula para cada animal una reserva de cuarenta litros de agua por da. El viajero que atraviesa tierras subridas debe llevar consigo la comida y la bebida para su cabalgadura. Esto es irrealizable, si la distancia que debe franquear resulta demasiado larga. Por el contrario, puede el camello cumplir este cometido. Pertenece a los raros ungulados adaptados por su constitucin fisiolgica a las condiciones adversas de estas regiones desheredadas 8. Por esta razn posean los nmadas de Arabia rebaos de camellos y no de caballos. El pura sangre rabe se encuentra as emparentado con los mitos paralelos a los de las invasiones y, como tantas otras cosas, atribuido a un origen inverosmil 9. Por otra parte, la herradura apareci en las Galias en poca merovingia 10.

Anteriormente, cuando se quera hacer atravesar un terreno pedregoso a un caballo, o un camello, como en el caso de las hamadas del desierto, se envolvan sus pies con cuero para protegerlos. He aqu, escriba el general Brmond, otra condicin desfavorable que se opone al mito de la invasin de frica del norte por una caballera rabe, salida de los desiertos de Arabia. Habra recorrido tres mil kilmetros con caballos sin herrar. Estos caballos se hubieran gastado la pezua basta el empeine 11. Indicaremos en otro captulo el origen de esta leyenda; consignaremos ahora que en estos tiempos como en la antigedad no llevaban estribos los Jinetes. Fueron importados de China en el siglo IX. Muy difcil, si no imposible, hubiera sido para estos cabalgadores mantenerse a horcajadas durante tan largas y numerosas jornadas. Sin embargo, han ignorado estas dificultades los historiadores clsicos. Aseguraba, por ejemplo, Sedillot (1808-1875) que en su segunda expedicin en contra de los Gasanes de Damasco (630-632) haba conducido el Profeta las fuerzas siguientes: diez mil jinetes, doce mil camellos y veinte mil infantes. Se ha dejado engaar nuestro distinguido orientalista por el cronista rabe, no por hiprbole o exageracin, sino por una mentira pura y sencilla que han puesto de manifiesto nuestros actuales conocimientos en biogeografa: camellos y caballos se excluyen mutuamente. Pertenecen estas especies zoolgicas a facies opuestas, son testigos de climas diferentes y no se encuentran asociados en la naturaleza. Tambin ensea la experiencia que no pueden vivir juntos artificialmente. Les irrita recprocamente su olor; de tal manera que resulta difcil concebir la coexistencia de masas de estos animales para una labor comn y ordenada, como si se colocara en un mismo frente para combatir al mismo enemigo regimientos de gatos y de perros. Por otra parte, el general Brmond, jefe militar de la misin aliada que durante la guerra del 14 ha independizado Arabia de la dominacin turca, comentando el texto de Sedillot, conclua que diez mil caballos necesitan cuatrocientos mil litros de agua potable cada da. En donde encontrar tan enorme cantidad en la estepa o en el desierto? Y aada: Hubiera sido imposible, sobre todo en esta poca mantener treinta mil hombres y veinte mil bestias. En 1916-1917, no hemos podido conseguir para los 14.000 hombres reunidos ante Medina vveres para ms de ocho das, a pesar de los recursos considerables que nos llegaban de la India y de Egipto por buques de vapor12. Esto es un ejemplo. Se podran dirigir criticas similares contra la mayora de las crnicas que han sido las fuentes de los textos actuales. Sin embargo no es necesario recurrir a los testimonios de la experiencia contempornea para situar el problema en su contexto histrico. Nos ensean estas mismas crnicas las dificultades que estudiaban los hombres polticos de la poca, cuando cedan a la tentacin de emprender una razia en pases ricos y vecinos para sacar de los mismos taladas substanciosas. He aqu lo que escribe LeviProvenal refirindose a Abd al Ramn III, uno de los monarcas ms capaces e inteligentes que han gobernado Espaa, acerca de las expediciones que sola emprender por el norte, generalmente en la Septimania, provincia del sur de Francia situada entre el Rdano y los Pirineos: Para que el califa se decidiese a poner en marcha una correra estival, se requera que la cosecha se anunciara importante. Como se mantena el ejrcito con lo que encontraba a su paso, era sta condicin imprescindible. As, en 919, en su algara en contra de Belda, Abd al Ramn tuvo buen cuidado de mandar averiguar el estado de los sembrados y modific su itinerario para que el ejrcito pasase por lugares en donde el trigo estaba ya maduro. En los aos de mala cosecha, claro est, no se pensaba salir a campaa. En su relacin de los acontecimientos del ao 303 de la Hjira (915) declara El Bayan:"Fueron las circunstancias demasiado adversas para que se intentara incursin alguna o que se pusiesen tropas en pie de guerra. Y se trataba de algunos centenares de kilmetros! A pesar

de los recelos del califa, no hace objecin alguna este especialista a la repentina aparicin en la Pennsula Ibrica de ejrcitos que venan nada menos que de Arabia... sin preocuparse por saber si estaban las mieses doradas 13. No explica la ley de Breasted las invasiones arbigas en el Creciente Frtil. En el caso de una crisis estacional no puede el nmada mantenerse indefinidamente en los lugares que le son extraos. Desvanecida la sorpresa, tiene que retirarse para no ser atacado por, fuerzas muy superiores a las suyas. Habiendo mantenido sus rebaos en las semanas crticas del esto ha conseguido su objetivo. Cambia la situacin en una crisis climtica prolongada. Para huir de la sequa, muerto el ganado, emigraron los nmadas rabes hacia las regiones y las ciudades mejor abastecidas. Se tradujo esto por un desplazamiento demogrfico parecido al xodo actual de las gentes del campo hacia los centros industrializados. Mas, este movimiento migratorio que ha debido de ser constante a lo largo de las primeras pulsaciones, alcanz en las crisis posteriores ms graves un carcter dramtico. En estas condiciones, cmo concebir la invasin de Berbera por ejrcitos rabes cuando tenemos la certeza de que jams han existido...? Hay mil kilmetros desde el Hedjaz hasta las tierras cultivadas del Creciente Frtil. Si en verdad hubieran podido ponerse en marcha fuerzas suficientes, hubieran tenido que desarrollar esfuerzos extraordinarios para conquistar Egipto, Palestina, Siria, en donde era menester combatir sucesivamente contra los persas y contra los bizantinos; sin contar con la recepcin de los autctonos que pudiera haber sido amistosa o adversa. Pero, qu de estas tropas si hubieran tenido que atravesar el desierto de Libia, uno de los peores de la tierra? En qu estado se hubieran encontrado despus de tan loca aventura? Sedientas y anmicas hubieran sido aniquiladas por los berberes, hombres aguerridos en las luchas guerreras y temidos 14. Es posible que nmadas rabes aprovechando momentos oportunos o sencillamente la sorpresa hayan realizado incursiones en Berbera. Por qu hacerles venir de Arabia? No trashumaban tribus por las estepas predesrticas del Sahara? No haban de cometer en el siglo VII las mismas fechoras que las hilalianas de que nos habla Ibn Kaldn? Sea lo que fuere, la pretendida conquista de Tunicia a principios del siglo VIII resulta tan inverosmil como la posterior de la Pennsula Ibrica. Los acontecimientos en Berbera debieron de ocurrir de acuerdo con la misma evolucin de las lneas de fuerzas en Hispania. Hasta entonces, la relacin de estas invasiones sucesivas se asemejaba a una carrera milagrosa, algo as como el ilusionista que a cada golpe saca del sombrero de copa objetos los ms diversos y sensacionales: un pauelo, una bandera, una bola de bilIar..., un gallo exuberante! Ahora, tras la toma de Cartago, abandonamos la magia blanca para enredarnos con la negra. La fantasa se agudiza hasta el absurdo. Las distancias atravesadas son cada vez mayores, la geografa de los territorios conquistados ms compleja, los obstculos ms imponentes, el tiempo que separa una ofensiva de la otra ms corto. En diez aos ocupan los rabes frica del Norte, en tres la Pennsula Ibrica. Sierras, estrechos de mar, ros imponentes son franqueados con suma facilidad. A pesar de sus fortificaciones se rinden las ciudades por centenas. La gesta es grandiosa; intensas las cabalgadas. Mas, si desea el curioso enterarse de los hechos y conocer los detalles de esta epopeya gigantesca, tropieza con las contradicciones ms descaradas. No solamente en asuntos de inters secundario, sino en los ms importantes, como por ejemplo el siglo en el curso del cual dominaron los rabes el norte de frica; no tan slo en los cronicones medievales, sino en obras recientemente publicadas.

Hemos trascrito ms arriba la opinin de un especialista renombrado de la historia de Berbera. Para Georges Marais necesitaron los rabes ciento cincuenta aos para conseguir el dominio del norte de frica (1946). Levi-Provenal en su Historia de los musulmanes de Espaa (1950) acepta la tesis clsica: diez aos. Para el primero tiene lugar el acontecimiento a mitad del siglo IX, para el segundo en los primeros das del VIII. En el momento en que Roderico sucede en el trono de Toledo, escribe, acababan los rabes de consolidar su posicin en el norte de Marruecos y terminan la conquista del centro del pas 15. Las contradicciones que aparecen en las crnicas se reproducen en estos autores contemporneos. Cada cual tiene sus motivos, obseso por su tema particular. Marais, para alcanzar una comprensin de los acontecimientos ocurridos en Berbera, espiga en los viejos textos los testimonios ms seguros para confrontarlos y buscar una concocordancia. A LeviProvenaL, que estudia la historia de Espaa, lo que ha ocurrido en Berbera no le interesa. Le basta con que existan rabes en Marruecos a principio del siglo VIII para hacer tragar al lector, ya amaestrado desde la escuela, la invasin de la pennsula. Tarea bastante dificultosa si en esta fecha requerida los futuros invasores no se encontraban en las orillas africanas del Estrecho. Entonces, a qu santo encomendarse? Si se sorprende uno al saber cmo y con qu rapidez, similar a la del rayo, han conquistado los rabes regin tan grande y difcil como lo es el norte de frica, queda uno mucho ms maravillado al enterarse de la facilidad con que estos nmadas han conseguido atravesar el Estrecho de Gibraltar. No tenan marina; esto es lo normal en gente que navega por el desierto a lomo de camello. Seamos condescendientes. Han concentrado en un punto del litoral embarcaciones llegadas de Oriente. Jams hubieran podido trasladar al otro lado su pequeo ejrcito sin el concurso de marinos autctonos y experimentados. Este trozo de mar es uno de los ms peligrosos de la tierra; pues se combinan en estos parajes dos corrientes de gran potencia que son contrarias. Tiene una la velocidad de cuatro a seis millas; la otra dos. Segn la marea, fenmeno desconocido del navegante mediterrneo, cambian de sentido de modo para l incomprensible de acuerdo con las masas de agua que entran o salen del Ocano. Luego, para complicar ms la situacin, est constantemente recorrido este pasillo por vientos violentos, cuyas rfagas son tan repentinas que lo han convertido hasta nuestros das en un cementerio de barcos. Segn las crnicas, el conde Julin, gobernador del litoral, haba prestado a los invasores cuatro lanchas con las cuales el desembarco se haba realizado. Si cada una de ellas poda transportar cincuenta hombres con la tripulacin lo que seria un mximum se hubieran necesitado treinta y cinco viajes para pasar los siete mil hombres de Taric. En promedio, hay que calcular un da para la travesa, dos con la vuelta. Setenta das eran necesarios para llevar a cabo la operacin; es decir, ms de tres meses si se cuentan los das de mar arbolada, cosa all frecuente. Por otra parte estara el Estrecho impracticable en invierno. En otros trminos, si se hubiera tratado de una invasin, el pequeo nmero de los primeros desembarcados hubieran sido degollados sin que fuera preciso la concentracin de mayores fuerzas en Algeciras. Para pasar los siete mil hombres de Taric era necesario contar por lo menos con un centenar de embarcaciones. Pero en esta poca de gran decadencia martima no era fcil encontrarlas. Los berberes, que se sepa, no tenan flota. Slo un pueblo en las inmediaciones

hubiera acaso podido intentar la travesa: Eran los gaditanos. Iban a Inglaterra desde el tercer milenio en busca de la casiterita y haban recorrido costa a costa el litoral africano. Acaso haban circunnavegado el continente. Eran ellos con gran probabilidad los 1ue haban transportado tres siglos antes a Genseric y a sus vndalos 16. No se conserva ningn testimonio. Se puede sugerir que tuvieran los barcos requeridos para este traslado de tropas. Y sin embargo... no es un poco extraordinario que prestasen los andaluces sus navos a quien vena a sojuzgarles? Si hubiera habido una confusin o un engao con la operacin de Taric, cmo poda haberse repetido el mismo error con Muza, llegado meses ms tarde, cuando sus fuerzas eran ms numerosas y necesitaban una ayuda ms considerable? En fin! Era la invasin de Espaa. Conocan los romanos el oficio de las armas. Dirigidos por cerebros que han demostrado una eficiencia poco frecuente en la Historia han necesitado trescientos aos para conquistar Espaa; tan slo tres los rabes. Cuando prosigue un invasor una ofensiva ms all de sus bases acostumbradas, debe consolidar otras para conservar en sus movimientos cierto margen de seguridad. Segn la historia clsica, han menospreciado impunemente los rabes este principio elemental del arte militar. Sin haber recuperado las energas gastadas en un imponente esfuerzo, se empean en una nueva aventura. Llegan a Tunicia; inmediatamente se ponen en marcha hacia Marruecos. Han visto de lejos las olas del Ocano, ya se embarcan para Espaa. Pasan tres aos con gran prontitud. No se paran ni para descansar, ni para disfrutar del botn conquistado, ni para saborear las chicas del lugar. Tienen prisa por entremeterse por los desfiladeros pirenaicos a fin de apoderarse de Aquitania y de la Septimania. Han descrito las crnicas estos hechos a despecho de la geografa. Mapas no poseen los invasores. No tienen objetivo alguno que alcanzar. Se han contado estos acontecimientos con tal ingenuidad que admirado queda uno al advertir cmo burdas inexactitudes han sido repetidas por graves historiadores, sin que se les ocurriera confrontarlas con un atlas cualquiera. He aqu algunos ejemplos sacados de la crnica, escrita en rabe, Ajbar Machmua, una de las que han alcanzado mayor autoridad: De todos los pases fronterizos ninguno preocupaba tanto a Al Walid como Ifriqiya. 17 Ifriqiya es la Tunicia de los antiguos. Para el cronista la vecindad de esta nacin preocupaba a Al Walid. Ignoraba por lo visto que median tres mil kilmetros entre su Ifriqiya y Egipto y que en tan inmenso territorio intermedio no tenan las arenas del desierto, como las aguas del mar, dueo alguno que pudiera ser temido. Despus de la batalla de Guadalete apunta: inmediatamente Taric se dirigi al desfiladero de Algeciras y luego a la ciudad de Ecija, como si se hallara en la proximidad. Es muy extrao que se atreviera un ejrcito enemigo a penetrar en tan estrecho can cretcico, en donde hubiera quedado atrapado como en una ratonera; pues se adelgaza en ciertos lugares hasta las dimensiones de una, calle estrecha, encuadrada por imponentes acantilados. Pero, desde la pequea localidad de Jimena de la Sierra que se encuentra a su salida norte hasta Ecija, hay ms de 160 kilmetros. En el camino hubieran encontrado los invasores ciudades importantes como Ronda y Osuna, cuya fundacin era anterior a los romanos y a las que no alude el arbigo. Ignoran los conquistadores lo que vienen a hacer en el pas. No saben adnde ir. Son

los cristianos los que les dan algunas ideas para que tengan motivo de ocupacin, as el empleado de una agencia de viajes que propone excursiones a un futuro turista. No se trata de una broma. Escribe nuestro cronista: Sabedor Muza ibn Noair de las hazaas de Taric y envidioso de l, vino a Espaa, pues traa, segn se cuenta, 18.000 hombres. Cuando desembarc en Algeciras le indicaron que siguiese el mismo camino que Taric y l dijo: No estoy en nimo de eso. Entonces los cristianos que le servan de gua le dijeron: Nosotros te conduciremos por un camino mejor que el suyo, en el que hay ciudades de ms importancia que las que ha conquistado y de las cuales, Dios mediante, podrs hacerte dueo". En una palabra estaban a la merced de los peninsulares. No se deje engaar el lector por comparaciones histricas, como la conquista de Mjico por Hernn Corts. En el XVI posean los espaoles una superioridad aplastante sobre las poblaciones de Amrica. Jams haban visto hombres blancos, ni animales que se parecieran a un caballo. No les caba en la cabeza que se pudiera subir a horcaladas sobre sus lomos. Aprendieron a su costa que un jinete y su cabalgadura son dos objetos diferentes; pues se atemorizaban al ver que estos monstruos dividanse en dos trozos, los cuales en lugar de morir, podan vivir por separado y a su gusto remendarse. Manejaban los espaoles armas de fuego cuyo estruendo era ms eficaz que sus balas mortferas. Esta superioridad, tcnica y humana, les daba una aureola mstica que les ha favorecido en su conquista. En la invasin de la pennsula por los rabes estn invertidos los papeles. Son los invadidos los que gozan de una civilizacin superior y en aquella poca del arma de guerra por excelencia: la caballera. Ya est representado el caballo domesticado en las pinturas rupestres de nuestro solar y demuestran testimonios abundantes que haba sido Iberia la yeguada ms importante del Imperio Romano. Por otra parte, con mucha dificultad hubieran podido los marineros al servicio de los rabes hacer atravesar el Estrecho a sus cabalgaduras; tanto ms con los escasos recursos de que disponan. Embarcar caballos ha sido siempre una operacin difcil, dado su nerviosismo. Rara vez han aventurado su caballera las legiones por el mar. Cuando lo han hecho, disponan de anchas galeras que navegaban por las plcidas aguas del Mediterrneo. Los pocos ejemplares que hubieran podido mantenerse en las barcas del conde Julin, hubieran llegado a Europa en un estado lastimoso. Despus de la batalla de Guadalete, cuenta el cronista de Ajbar Machmua que ya no tienen los invasores infantera, pues todos los de a pie han podido apoderarse de un caballo; lo que indica que antes no los posean. Taric envi a Moguit a Crdoba con 700 jinetes, pues ningn musulmn se haba quedado sin cabalgadura. Mas oh maravilla!, logr ese escuadrn una hazaa extraordinaria, sin duda nica en los anales de la guerra. Se apoder de la ciudad ms poblada de Espaa, defendida por murallas importantes, construidas al final del Imperio Romano y de las cuales una parte an se mantiene erguida. Se trasluce entonces hasta la evidencia la gigantesca mistificacin. Desde que los rabes despus de la muerte de Mahoma se desparraman por medio mundo como oleada de un maremoto gigantesco, se apoderan como por arte mgico de las ciudades mejor pertrechadas y fortificadas. Es la objecin que hace el general Brmond a la toma de Alejandra por hordas llegadas del desierto, cuando deba de tener unos 600.000 habitantes. Para dominar y arrollar sus fortificaciones, sobre todo las famosas de su ciudadela, se requeran mquinas potentes y complicadas. Esto era una norma militar en prctica desde la

ms remota antigedad. Para construirlas, transportarlas y ponerlas en batera, eran necesarios medios considerables: ingenieros, obreros especializados, recursos financieros, etc. En una palabra era Imprescindible una organizacin, la que probablemente no caba en la cabeza de estos nmadas del desierto. Y cuando se trataba de ciudades situadas en lugares inexpugnables, como Toledo o Ronda? No se ha mantenido independiente durante medio siglo esta ltima, oponindose a las tropas de los emires cordobeses cuyo poder no puede compararse con los medios de que disponan los Muza y los Taric? En general, los cronistas rabes que describen la invasin de la Pennsula Ibrica, conscientes de esta dificultad, eluden la cuestin. Para el autor de Ajbar Machmua se deben estos xitos al artilugio de astutas estratagemas. He aqu la que permiti a Muza rendir Mrida, ciudad que posea, nos subraya, murallas como jams han construido los hombres similares. Habiendo empezado negociaciones con los asediados, encontraron a Muza con la barba blanca y empezaron a insinuarle exigindole condiciones en que l no convena y se volvieron. Tornaron a salir la vspera de la fiesta (del Titr) y como se hubiera Jheaio la barba y la tuviera roja, dijo uno de ellos: Creo que debe de ser uno de los que comen carne humana, o no es ste el que vimos ayer. Por ltimo, vinieron a verle el da mismo de la fiesta, cuando ya tena la barba negra, y de regreso a la ciudad dijeron a sus moradores: Insensatos! Estis combatiendo contra profetas que se transforman a su albedro y se rejuvenecen. Su rey que era un anciano, se ha vuelto joven. Id y concededle cuanto pida". No era Mrida un villorrio habitado por trogloditas. Haba sido Emerita Augusta en la poca romana una de las grandes capitales de Espaa. Durante la monarqua goda era renombrada por sus monumentos y sobre todo por la iglesia de Santa Eulalia que Prudencio en su descripcin comparaba a las de Roma. Cierto, haba perdido gran parte de su esplendor pasado, pero era todava un centro importante. Sin embargo, segn nuestro cronista, ignoraban sus habitantes los artificios del aseo y... que las barbas se pueden teir! Que una o ms ciudades se hayan rendido por estratagema o por traicin, se concibe. Pero que hordas salidas del desierto en Asia, en frica, en Europa, se hayan apoderado como en una gigantesca redada de centenares de ciudades, algunas de las cuales eran las ms importantes entonces existentes, no puede concebirse. Alucinantes son en este caso la mentira y el delirio. Para los cronistas rabes de la primera poca la conquista de Espaa es el resultado de un truco formidable realizado por dos afortunados truchimanes. Pasados el siglo XI y la contrarreforma musulmana, se trata de un acontecimiento milagroso concedido a los creyentes por la Providencia para la mayor gloria del Islam. Era menester explicar tan magno episodio de modo natural para apartar la idea de una intervencin divina que hubiera favorecido a los muslimes. Han recargado los historiadores cristianos la situacin de Espaa bajo el gobierno de los visigodos con las tintas ms negras. Aterrorizaban los germanos a los espaoles. Un divorcio profundo divida a la sociedad. Para sacudirse del yugo de estos amos insoportables estaban dispuestos a aliarse con el mismsimo demonio. Se ha hablado tambin de los judos. Cmo no? Haban naturalmente traicionado a la nacin que en su dispora los haba recibido. Todas las locuciones grabadas al por mayor, las frases hechas que se repiten sin discernimiento, las ms descabelladas ideas, han sido empleadas para dar a la fbula una apariencia de verosimilitud. Desde Jimnez de Rada (siglo XIII) han recurrido ciertos autores a los expedientes ms extraordinarios para explicar el xito de la fulminante ofensiva. An hoy, no atribua un colaborador de una voluminosa Historia de Espaa la dominacin rabe a la superioridad de su arte militar? Haba atravesado la pennsula su caballera invencible como

una divisin blindada. Durante tres siglos, del V al VIII, ha constituido la nacin hispana una estructura importante, cuya cultura destaca en las de Europa Occidental. Podr el lector en el curso de esta obra ponderar algunas de sus manifestaciones: su arte extraordinario hasta fechas recientes desconocido, su escuela de Sevilla cuyo Isidoro ha sido uno de los grandes maestros de la Edad Media cristiana. Por otra parte, han dado al traste los historiadores extranjeros con el mito de las invasiones realizadas por los brbaros. Con ello el problema poltico de los germanos dominando a los espaoles deba de plantearse sobre otras bases. No eran los brbaros invasores que haban asaltado y derruido las fronteras del Imperio Romano, como se ha dicho. Si hubiera sido as, les hubiera sido difcil atravesar por ejemplo los Pirineos y desparramarse por la pennsula sin vencer fuertes oposiciones que hubieran dejado algn rastro en los textos. Nada existe que permita suponer tal cosa. Son mucho ms sencillos los acontecimientos. Los germanos en estos tiempos eran sencillamente la guardia civil del Imperio. Cuando la descomposicin general del tinglado poltico, econmico y social, tuvieron sus jefes que tomar medidas enrgicas en sus circunscripciones respectivas por la sencilla razn de que eran los responsables del orden pblico; por lo cual posean la fuerza armada. Era esto la consecuencia de una largusima evolucin anterior. Como no poda el tesoro imperial pagar a sus mercenarios, se les haba entregado haciendas para indemnizarles; estos legionarios brbaros haban sido convertidos en federados, siguiendo un procedimiento similar al proceso en virtud del cual se haban federado las ciudades. Mas, tena que ocurrir un hecho ineludible: Una unidad multar est instalada en unas tierras y se las ingenia para atender a sus necesidades. Entonces este regimiento no es un regimiento (Gauthier) 18. Por imposicin de las circunstancias, estaban en el siglo V estos brbaros tan bien romanizados y asimilados al ambiente general, que al verse obligados a ocuparse de poltica incurren en los mismos vicios que los ciudadanos romanos. Se dividen y se pelean entre s; lo que demuestra que estos hombres, cualesquiera que fueran sus orgenes y su educacin, estaban dominados e impulsados por fuerzas que no podan controlar. Con La ausencia de una documentacin adecuada que permitiera ni tan siquiera pergear una visin panormica de estos das aciagos, se han interpretado los movimientos militares que emprendan estas compaas como si fueran invasiones; cuando se trataba generalmente de operaciones de polica emprendidas para remediar una situacin apurada. Con el curso de los aos, atrapados por la rueda de la fortuna, tuvieron estas antiguas legiones que pronunciarse ante la anarqua universal de un modo hasta entonces jams visto; pues se trataba de crear un orden nuevo. De aqu, alianzas y oposiciones entre sus jefes, los cuales de lance en lance se convirtieron en reyezuelos ms o menos independientes y al fin y a la postre en autnticos monarcas. Confusa era la poca. Han contado a veces las crnicas estos acontecimientos de un modo que transparenta cierta animosidad en contra de estos gendarmes. Pero descontando las destrucciones y las desgracias propias del caso y probablemente inevitables, no tenan siempre los tiros una finalidad poltica. En lo que concierne a Espaa, basta con leer la crnica de Idatius (395-470), la nica que poseemos acerca de estas invasiones en la pennsula, para comprender que su autor al confundir a los invasores de su Galicia natal con los improperios ms calificados, no lo haca porque eran conquistadores extranjeros, sino porque eran arrianos. Cuando eran innecesarias o molestas estas compaas, se las poda

dirigir hacia otro destino. Si los vndalos acaudillados por el temido Genseric hubieran sido unos invasores que conquistan Andaluca, hubieran podido los vencidos andaluces deshacerse de ellos mandndolos a Tunicia, es decir... donde el diablo perdi el poncho? Segn Delbruck, en esta poca no ha llegado la poblacin germana que viva entre el Rhin y el Elba a sobrepasar el milln: cinco habitantes por kilmetro cuadrado 19. De ser as, no puede concebirse una invasin demogrfica de estos pueblos sobre las berras mediterrneas, que posean en aquel entonces un clima distinto al actual y la mayor densidad del continente. Los visigodos romanizados desde fecha muy remota componan en la pennsula una minora nfima. Poco a poco fueron asimilados y su influencia corno tales germanos ha sido escassima en la cultura nacional, por no decir inexistente. No han dejado rastro de importancia en el idioma. Las palabras de origen godo que existen en el espaol, unas cincuenta segn los fillogos, tienen una gnesis anterior a la Alta Edad Media. En una palabra, por circunstancias que pertenecen a la descomposicin del Imperio Romano y de su civilizacin, ha sido gobernada Espaa por una casta militar extranjera. Ruda y basta de modales, siguiendo una constante histrica, se emparent con las viejas familias que posean la riqueza agrcola. La ley clebre en virtud de la cual fueron autorizados los matrimonios mixtos no tena en realidad otro objeto que confirmar una situacin de hecho. No estaba destinada para la poblacin en general. Basta con leerla para apreciar que estaba dedicada a los romanos y a los godos que pertenecan a las clases sociales superiores. Era un acuerdo entre la casta militar y la aristocracia. No poda ser de otro modo desde el momento que los visigodos componan una minora en la masa de la poblacin 20. Los autores que en fecha reciente han estudiado la Espaa de la Alta Edad Media destacan el proceso de asimilacin que se manifiesta desde el siglo VI entre godos e hispanos. En el VII adquiere un movimiento acelerado. Por consiguiente la interpretacin que explicaba la conquista de Espaa por las disensiones raciales o culturales existentes entre ambas comunidades, es sencillamente falsa. Por otra parte, desborda la cuestin el marco de la pennsula. Es todo el problema de la expansin del Islam el que de nuevo ha de plantearse. Pues las mismas dificultades se presentan en Oriente como en Occidente, en Aquitania, en Irn, como a orillas del Indo. En esta jornada de la epopeya humana haba que eliminar los mitos y las falsas tradiciones. Han sido descritos estos acontecimientos en contra de las normas mas elementales del sentido comn. Los autores modernos que los han estudiado eran especialistas capaces de leer en el texto las viejas crnicas escritas en rabe clsico. Por tradicin de escuela estaban ms adiestrados en ejercicios literarios o filolgicos que en los grandes complejos del pasado. Eran eruditos, no historiadores. En sus trabajos repitieron en un lenguaje moderno los relatos que destacaban los antiguos manuscritos. Fija a veces estaba su atencin sobre hechos menores que en general solan tener un alcance local. Les infundan recelo las discusiones concernientes a la evolucin general de las ideas, sobre todo de las religiosas. Y as, el mito cuajado a lo largo de la Edad Media ha sido repetido hasta el siglo XX. No era esto muy apropiado para alcanzar una cierta comprensin de la historia del Oriente cercano, ni para desentraar las grandes encrucijadas de la historia universal.

8 No hay que olvidar que el caballo y el camello, aunque perteneciendo a un mismo orden, el de los ungulados, estn agrupados en familias diferentes. El camello es un rumiante, el caballo no lo es. Por esta razn ha podido adaptarse mejor que el caballo a las condiciones del desierto. Puede conservar en su estmago complicado los alimentos un cierto tiempo y aguanta mucho mejor la sed. Por otra parte, como otros rumiantes, as los antlopes, puede desplazarse con rapidez para encontrar un alimento raro y diseminado por el suelo. 9 Hay que buscar el origen del caballo rabe en las praderas del Creciente Frtil y no en la Pennsula Arbiga, porque desde tiempos muy lejanos posea una facies desrtica; siempre y cuando sea originaria esta raza de Asia y no haya sido el fruto de cruzamientos acertados realizados posteriormente en frica del norte o en otros lugares. Las alusiones al caballo que se hallan en el Corn son simples puntos de referencia a un nivel de vida superior que uno desea y con el cual se ilusiona. No son el testimonio de hechos concernientes a la vida cotidiana. <The idea that riding on horses was an indication of human pride and luxury is of corse as old as Biblical times.> Goitien: The rise of the Near Eastern bourgeoisy in early Islamic times. <Cahiers dHistoire Mondiale.> Editions de la Baconnire, Neuchatel. T. III, p. 594 (1957). 10 Lefebvre des Notes: Attelage et cheval ile selle. 11 General Brmond. Ibid., p. 41. 12 General Brmond: Ibid., p. 34. 13 E. [Link]: LEspagne musulmane au X sicle. Larose. Pars. P.139. La cita es de Dm Idhari: Bayan, II, p. 181/288. 14 No quiere decir esto que no hayan conseguido fuerzas adiestradas atravesar el desierto sahariano. Nos constan dos expediciones logradas, de las cuales nos queda abundante documentacin: La moderna campaa de Libia con la victoria de Montgomery, en condiciones logsticas infernales, no obstante los medios modernos empleados>, y la razia emprendida contra Nigeria por el baj Yaudar despus de haber franqueado el Tanezruft (1590-91). Esta es la ms importante para la comprensin de nuestro anlisis, pues se hizo en las mismas condiciones, poco ms o menos, que las realizadas por las tropas rabes, si en verdad atravesaron el desierto de Libia. A fines del siglo xvi mand el sultn de Marruecos, Muley Hanied, un pequeo ejrcito para emprender una correra en la curva del Nger, comarca an productora de oro, aunque su exportacin no alcanzaba ya las cifras de los tiempos anteriores. Estas fuerzas en nmero aproximado a los 4.000 hombres estaban mandadas por el baj Yaudar, un espaol oriundo de Las Cuevas, en el antiguo reino de Granada. Llevaba consigo unos dos mil arcabuceros, tambin espaoles, especialistas en aquel entonces en el uso de esta arma. Esta es la razn por la cual tenemos constancia de los detalles de la expedicin. Existen en la Academia de la Historia tres manuscritos en donde se relatan estas jornadas (452.9-2633). Fueron publicados por Jimnez de la Espada en el Boletn de la Sociedad Geogrfica en 1877. Recorrieron estas gentes los dos mil kilmetros que median entre Marraquech y Timbuct, de los cuales slo 540 en el Tanezruft revisten la facies desrtica similar a la que se manifiesta hoy da en el desierto de Libia. Se calcula que el 40 % por lo menos de estas fuerzas murieron en la travesa como consecuencia de las penalidades sufridas. Las restantes, repuestas en territorio nigeriano, consiguieron su objetivo gracias a la superioridad de sus armas de fuego. No tuvo esta razia para Marruecos ningn alcance

poltico y pudo llevarse a cabo gracias al genio, a la resistencia fsica y al armamento de los hispanos. Varios autores han estudiado esta expedicin, entre ellos Garca Gmez y el italiano Rainero. ltimamente Joaqun Portillo Togores ha publicado un compendio de la cuestin con argumentos de carcter militar: La expedicin militar del Bach Yaudar a travs del Sahara, en la <Revista de Historia Militar>, nm. 30 y 31, 1971. Al mismo pertenece la cita anterior. 15 E. [Link]: Histoire des musulmans dEspagne, t. 1, p. 9. 16La Puig>sanees martima des Bardales et e Gensric leur a t fournie par les mar-iras andabas> E. F. Gauthier: Gensric, Payot, Paris, 1935, p. 109. 17 Ajbar Machmua. Esta cita y las siguientes pertenecen a la traduccin espaola de Emilio La fuente Alcntara. Coleccin de obras arbigas de Historia y e Geografa que publica la Real Academia de La Historia. T. 1, Madrid, 1867. 18 E. F. Gauthier: Gensric, p. 23. 19 A pud. Gauthier: Gensric, p. 58. 20 Fuero juzgo. Ley 1. Tit. 1, libro 111: <Estonz complido quando ellos piensan del provecho del
pueblo y ellos non se deven poco alegrar quarsdo la sentencia de la ley antigua es crebantada, la cual quiere departir el casamiento de las personas que son eguales por dignidad e por linage. E por esto coitemos la ley antigua e ponemos otra unin y establecemos por esta ley que ha de valer por siempre, que la mugier romana pueda casar con godo e la mugier goda pueda casar con omne romano.., e que el omne libre puede casar con la mugier libre qual quier que sea convenible por consejo e por otorgamiento de sus parientes.> <Estos aos (586.601) fueron testigos tambin, por primera vez, de pro. mulgacin de leyes que vincularon a toda la poblacin de Espaa, tanto godos como romanos; aunque la total unificacin del sistema legal no fue completada hasta ms de medio siglo despus. El reinado de Recaredo fue tambin testigo de la desaparicin el modo de vestir godo, de sus formas artsticas y de su sustitucin por las romanas.> E. A. Thompson: Los godos en Espaa. Ed. cast. Alianza Editorial, Madrid, 1971, p. 356. Ed. original: The Goths irt Spain. Oxford University Presa, 1969. Aunque las leyes unificadoras de la sociedad espaola fueron enmendadas y

posiblemente perfeccionadas por reyes posteriores, fue Recesvinto el que promulg el Fuero juzgo. El texto anteriormente haba sido estudiado y editado por autores espaoles, lo que explica su manifiesta superioridad sobre sus contemporneos, como lo han reconocido los autores modernos: Ferdinand Lot, Les [Link] germaniques, Pars, 1931, pp. 182.3. De lo que podemos estar casi seguros es de que Braulio edit, tal como est, a peticin de Recesvinto el manuscrito del Forum judicum, antes de que fuera presentado al Concilio VIII de Toledo.> C. H. Lynch: San Braulio, obispo de Zaragoza (631.651), su vida y sus obras, C.S.I.C., 1950, pp. 158-172, en las que estudia la labor realizada por este humanista como canonista.

Captulo 3
LAS FUENTES Y SU CRTICA
No existe documentacin contempornea sobre la invasin de Espaa por los rabes. Las dificultades

que debe vencer el historiador para reconstruir un estado de opinin desaparecido. Crtica de las crnicas rabes en razn de la contrarreforma musulmana realizada en el Magreb al fin del siglo XI. Distincin que hacemos entre las crnicas bereberes del X y del XI y las rabes posteriores. Crtica de las crnicas latinas. Slo las crnicas latinas del IX y X poseen un cierto inters. Sus caracteres generales: Lo maravilloso en las crnicas latinas del IX. Lo novelesco en las crnicas bereberes.

El contexto histrico Sorprendido quedar el lector al saber que no existen testimonios contemporneos que describan la invasin de Espaa por los rabes, o que tengan alguna relacin con estos acontecimientos. Lo mismo nos ocurri hace treinta aos cuando lo averiguamos al empezar estos estudios. Con qu rutina se han repetido en todos los textos variaciones similares sobre un mito creado en la Edad Media! No se refieren todava algunos a un testigo presencial de estos hechos, el obispo Isidoro Pacense, cuando hace ya ms de un siglo que se ha demostrado su carcter fabuloso? No slo se ha escrito este episodio de la historia patria de un modo descabellado, sino aun sin la ms elemental documentacin. poca fecunda para el novelador y el poeta, pero que es una laguna en los anales de la pennsula, escriba Dozy en sus Recherches; pues, desde el reinado de Vamba hasta el de Alfonso III de Len, ni los cristianos del Norte, ni los rabes y mozrabes del Medioda escribieron nada que conozcamos (Saavedra)21. Ante esta situacin y el laconismo de las crnicas latinas no dudaron los antiguos historiadores: Recogieron sencillamente en los viejos manuscritos rabes, escritos varios siglos despus de los episodios que relatan, recuerdos de aventuras ms o menos fantsticas emprendidas por caudillos bereberes, los cuales adaptados a fbulas egipcias han constituido la base histrica segn la cual haba sido Espaa invadida por ejrcitos llegados nada menos que desde el desierto de Arabia. El mismo problema, la ausencia de una documentacin contempornea, se plantea por aquellas fechas en todo el mbito mediterrneo, en frica del Norte como en el Prximo Oriente, en Espaa como en el Imperio Bizantino. Por una extraordinaria coincidencia no queda un solo texto, ninguna obra literaria de esta poca, una de las decisivas en la evolucin de la humanidad. Esto se explica por una idntica causa, imperante en todos estos lugares: la efervescencia de las luchas religiosas, la pasin que ha aniquilado todo documento cuya supervivencia poda perjudicar los ideales defendidos en terribles guerras civiles. Durante diez siglos, nos dice Louis Brhier, historiador renombrado del Imperio Bizantino, de Procopio (siglo V) a Phrantzes (siglo XV) con la ayuda de una serie de crnicas, de historias polticas, de biografas, de memorias conservadas en numerosos y excelentes cdices, nada ignoramos de la historia de Bizancio. Cada siglo ha producido una crnica y un historiador. Slo existe un vaco desde el fin del siglo ViI hasta el principio del IX, perodo de la invasiones rabes y de las

luchas iconoclastas. Se han perdido las crnicas de esta poca, pero nos dan obras posteriores la substancia de los acontecimientos22. No aportan estas obras posteriores ninguna luz, en Bizancio, en Toledo, como en Crdoba. Y no poda ser de otro modo, pues se trata de una constante histrica: Nada es tan difcil como reconstruir un estado de opinin desaparecido. Al cambiar, se ha esfumado. Incapaces son los cronistas siguientes de resucitarlo en sus pginas, tanto mis que ignoraban la importancia del juego de las ideas en la sociedad para el desarrollo de los acontecimientos. Un episodio concreto e importante: un terremoto, la muerte del prncipe, una epidemia, el asedio de una gran ciudad, un eclipse, produce un impacto preciso en las mentes y queda el recuerdo en la tradicin. Una opinin que esta en el aire, al modificarse o desaparecer no deja ningn rastro; sobre todo en aquellos tiempos remotos en que eran escasos los documentos escritos. Para comprender su impotencia, basta con advertir las dificultades con que han tropezado los historiadores para esclarecer el ambiente del siglo XVI con sus discusiones teolgicas y sus guerras civiles. A pesar de ser una poca tan cercana a nosotros no ha podido ser bien conocida hasta nuestros das. Eran infranqueables los obstculos, sobre todo cuando era contrario el ambiente desaparecido al existente en los das en que escriba el cronista. Quin sera capaz en aquellos tiempos en que no se haba creado mtodo alguno de investigacin histrica, de alcanzar la comprensin de una opinin que no era ya la suya, pero que haba sido anteriormente compartida por los de su raza y de su nacin? Si con un esfuerzo genial le hubiera sido posible entender el drama anterior hubiera podido exponerlo con todo realismo a sus compatriotas sin ser quemado vivo o sin que le arrancaran los ojos como era costumbre en los dominios del basileus? Es fcil estudiar en nuestros das los diferentes momentos vividos por la humanidad y averiguar lo que separa aquellos en que impera un dogmatismo rgido, de otros en que lograba florecer el espritu critico. En otros tiempos, en un ambiente paralizado por la esclerosis, sin posibilidad de evolucin, no era posible comprender y menos explicar a los dems cmo se haba formado esta parlisis en los espritus. Segn pretenden los psicoanalistas, conocido el origen de la psicosis, se desvanece. Si hubieran podido concebir los bizantinos cmo y por qu un nmero importante de sus antepasados en gran parte provinciales asiticos, poseedores de su misma tradicin cultural, se haban convertido a otro complejo de ideas religiosas evolucionando hacia el Islam, hubiera quedado su dogmatismo resquebrajado, su Estado teocrtico amenazado en sus bases. En estas condiciones, de acuerdo con sus medios podan estos eruditos emprender la fantstica tarea de escribir la historia del mundo; pero en cuanto tenan que exponer los hechos ocurridos en los siglos VII y VIII, en los que se haba realizado una gigantesca mutacin religiosa, se estrellaban contra una pared, mejor dicho se perdan en la niebla que los envolva. Como era menester proseguir adelante, se metieron en el nico camino propiciatorio entonces conocido: el mito creado por un complejo desconocido por ellos, la invasin de las provincias por los rabes. La comprensin de acontecimientos ocurridos dos o trescientos aos antes era difcil de alcanzar tanto para los cronistas bizantinos y latinos, como para los musulmanes. Por esto, convena el mito a todo el mundo, sobre todo en los das en que un dogmatismo rgido imperaba en los dos campos enfrentados. Era ms cmodo para el intelectual cristiano enunciar que una potencia enemiga, lejana y annima, haba invadido una parte del territorio, que confesar la existencia de otra opinin, distinta de la que dominaba en sus das, y a la que se haban adherido una gran parte de sus antepasados. Era ms conveniente para el cronista

rabe ensalzar las proezas de los abuelos, lo que enardeca el amor propio colectivo, que tambin reconocer la misma verdad en sentido opuesto: la florescencia de otras ideas, diferentes de las que sojuzgaban ahora a las mentes. No podan desprenderse de esta servidumbre las crnicas cristianas o arbigas que se han ocupado de la pretendida invasin de Espaa o hacen a ella referencia. Sobre todo las primitivas en las que arraigan las races del mito. No se trata de una cavilacin arbitraria por nuestra parte. Tenemos los testimonios suficientes para demostrar la existencia de este estado de opinin en el siglo IX. Por ejemplo, recelaron los intelectuales musulmanes de los hechos ocurridos en su tierra, tales corno sin duda eran entonces referidos, y para averiguar la verdad de lo sucedido se dirigieron a sabios egipcios para ser instruidos. Insistiremos en este incidente en el capitulo duodcimo, cuando tratemos de la formacin de la leyenda. Por ahora nos basta saber que los autores orientales consultados transpusieron a la Historia de Espaa su interpretacin de los acontecimientos que haban trastornado Egipto en el siglo VII. Lo mismo que la tierra de los Faraones, haba sido invadida la pennsula por los rabes. Mas, como para su entendimiento se encontraba este pas en los fines del mundo, les pareci que deba de ser fantstico y misterioso. Por esto en sus escritos se transforma la ancdota en cuento de hadas. Qu aventuras! Muza y sus rabes luchan contra estatuas de cobre que lanzan flechas sin fallar el objetivo. Se equivoca nuestro hroe, embiste una ciudad habitada por genios, los cuales le recomiendan cortsmente el irse con su msica a otra parte; orden que el guerrero por dems escamado se apresura a cumplir. Encuentra en el tesoro toledano abandonado por los godos un cofre en donde haba encerrado Salomn unos diablejos de mala catadura. Ignorante del maleficio abre Muza esta caja parecida a la de Pandora y antes de tomar las de Villadiego le dice uno de los prisioneros saludndole como si fuera el rey de Israel: Qu bien me has castigado en este mundo!. Cierto, con el tiempo han eliminado los historiadores estos relatos maravillosos, pero ninguno se ha atrevido a mandar al cesto de los papeles la esencia de la fbula que les sirve de base. Y a pesar de este origen egipcio tan sospechoso, conocido desde los trabajos de Dozy, se ha mantenido en todas las historias el mito de la invasin. Por otra parte, han sido escritos los textos rabes ms importantes despus de las crisis almoravide y almohade que con acierto Marais ha llamado la contrarreforma musulmana; movimiento de ideas que en el Magreb y en Andaluca estabiliza y fija en el XI y en el XII la creencia islmica. Antes de estas fechas no haba logrado la nueva religin en estas regiones perifricas el dogmatismo que hoy da le caracteriza. Antes no estaban separados por un foso infranqueable el cristianismo y el mahometismo. Estaban entremezclados, como lo apreciaremos en un captulo prximo; componan un magma creador en extremada ebullicin. Fue lentamente, con el curso de los siglos, cuando atrados por polos opuestos apareci la divergencia posterior. Ahora se entiende la importancia de la fecha de esta contrarreforma para el anlisis de los textos rabes. Los que son posteriores a esta reaccin pertenecen a autores de los que conocemos perfectamente la personalidad. Han sido escritos en una poca en que el ambiente religioso era del todo distinto al que exista cuatro siglos antes, cuando ocurrieron los hechos. Apoyarse en estas crnicas para escribir la historia de los siglos VII y VIII conduce a un manifiesto anacronismo; como si los historiadores europeos para exponer los acontecimientos de la Edad Media en Occidente buscasen su documentacin en los escritos polmicos de autores del XVI, obsesos por las guerras de religin. Es precisamente a partir del siglo XII, en razn de esta contrarreforma, cuando ha adquirido el mito su ltima contextura. No pudiendo

los historiadores musulmanes explicar racionalmente estos acontecimientos, para salir del apuro haban echado mano de la divinidad. Haba intervenido la Providencia para dar a los creyentes la superioridad de las armas. Milagrosa haba sido la expansin del Islam en Espaa. Con una atenta condescendencia haba favorecido esta gesta para ayudar a los partidarios del Profeta. Adelantbanse en varios siglos los historiadores y telogos musulmanes a las tesis de Bossuet. En estas condiciones deben rechazarse los textos rabes escritos en los tiempos de la contrarreforma o despus de ella para el estudio de la gnesis del Islam en el Magreb y en la Pennsula Ibrica. Pueden acaso ser tiles para el anlisis de la historia posterior a la invasin; no tienen autoridad alguna para aclarar o resolver el problema que nos interesa. Ocurre lo mismo con los escritos latinos aparecidos por las mismas fechas, pues han seguido sus autores a los musulmanes. En sus obras histricas introdujo Jimnez de Rada (siglo XIII) en Occidente el mito de la invasin en su versin definitiva. Aderez para ello con el alio oriental la salsa occidental. Haban sido aherrojadas las poblaciones por el fuego y el hierro. No padeca por ello la fe de los cristianos; pues la sarrarina haba sido un justo castigo del cielo motivado por los pecados cometidos en tiempos de los reyes godos. Ms tarde, de rondn se col la novela: La seduccin de la hija del conde de Ceuta por Rodrigo, el rey de Toledo, haba sido la gota que hizo rebosar el vaso. Pues para vengar el honor de su hija, haba dirigido el padre el desembarco de los musulmanes en la costa andaluza. Se desencadenaba entonces la clera divina. Abandonados por el Sumo Hacedor, haban sido los cristianos sumergidos por una oleada imponente de caballera arbiga que haba asolado el pas con la fuerza del simn llegado caliente del desierto. Para los objetivos de esta obra slo poseen las crnicas latinas anteriores al siglo XI un cierto inters, desde luego muy desigual. No aporta ninguna de ellas una relacin ordenada de los acontecimientos polticos, nacionales e internacionales. Pero las ms antiguas redactadas ciento cincuenta aos despus de la pretendida invasin, ms cercanas al ambiente que exista al principio del VIII, insinan a pesar de todo un Cierto reflejo, tenusimo, de lo que haba sido, que no se encuentra en las posteriores. De aqu un gran contraste con las bereberes. Se puede en ellas sealar palabras, expresiones, que derivan de un estado de opinin ya lejano, las que en nada se emparientan con la interpretacin clsica. Se puede destacar en estos textos las races del mito y discernir su futura evolucin. Nada semejante se puede hacer con las bereberes, que difieren grandemente de las cristianas. Compuestas en el Xl no se sustraen a la transformacin de la sociedad en que alientan. El presente les enmascara el pasado. Incapaces son sus autores de apartar la niebla que les rodea, niebla tan opaca que les difumina el hecho de las generaciones anteriores con su modo de ser y sus problemas. Se destacan de las posteriores. Menos dogmticas que las de la contrarreforma, laicas a veces, son manifestaciones de tradiciones locales norteafricanas. No abrigamos por nuestra parte duda alguna. Han existido en el VIII y en el IX textos que representaban el pensamiento de los partidarios hispnicos del unitarismo; es decir, de los premusulmanes. Escritos en latn, han sido perseguidos por los cristianos ortodoxos y abandonados por los recin convertidos al Islam, los cuales haban aprendido el rabe olvidando la lengua de sus mayores. Han desaparecido. Tan slo se halla un eco de este ambiente, energtico y en plena evolucin, en algunas crnicas posteriores, de las que dos han llegado hasta nosotros: Una cristiana que se haba atribuido a un fantstico Isidoro Pacense, otra escrita en rabe cuyo autor es Abmed al Rasis. Ambas reflejan un sabor muy particular,

sus redactores haban vivido en el sur de la pennsula, las llamamos por esta razn: andaluzas. Por ser su filogenia distinta difieren grandemente de las bereberes, pertenecen a un gnero histrico que denota una influencia bizantina. Con toda probabilidad sus creadores conocan bibliografa griega, de primera mano como en el caso del texto latino, por traducciones probablemente en cuanto al Moro Rasis. Poco influidas por las crnicas egipcias, contrastan con las bereberes que al fin y al cabo slo son unos eptomes de recitales contados de generacin en generacin por las tribus de Marruecos. Ajbar Machmua es el prototipo de las mismas. Escrita hacia 1004, rene en un conjunto bastante incoherente el relato de aventuras vividas por antepasados marroques, desembarcados en Espaa en el VIII. Estas hazaas han sido embellecidas y exageradas en cada generacin de narradores de tal suerte que estos mercenarios o aventureros de la accin y acaso de la idea que han intervenido en las luchas emprendidas por los partidarios de la Trinidad y los discpulos del unitarismo, han sido transfigurados en hroes legendarios. Despus de la interpretacin dada por los egipcios y los autores de la contrarreforma, era fcil a los historiadores y a los especialistas contemporneos empalmar estas acciones individuales con los grandes hechos del milagro. Convertidos anteriormente en poesa por la leyenda, fueron entonces asimilados a seres histricos en carne y hueso. Volvan a recobrar una apariencia humana, pero en nada se parecan al modelo original. Disfrazbase el hroe de conquistador, el conquistador del lugarteniente de un poder lejano y misterioso que por eliminacin tena que ser el de Damasco: lo que era ya una flagrante inexactitud histrica. As se plica cmo la lectura de estas crnicas produce en el hombre de ciencia perplejidad y estupefaccin. No slo existe un abismo segn que sean cristianas o musulmanas, hispnicas o bereberes; no concuerdan los hechos ni en las que estn escritas en el mismo idioma. Son las arbigas ms prolijas que las latinas, pero estn ambas plagadas de errores, cuentan fbulas inverosmiles, pecan de anacronismo. En cada escrito son distintos los hechos. Reconocen todos los autores estas deficiencias; pero nadie, que sepamos, ha seguido los consejos del historiador alemn Flix Dahn, que en el siglo pasado adverta: Ha podido ser Roderico el ltimo rey de Toledo, pero de cierto no sabemos ms que su nombre visigodo23. Los especialistas, incluidos los contemporneos, no podan admitir que su erudicin tan penosamente adquirida para nada sirviera. En 1892, con gran sinceridad se opona Eduardo Saavedra a tan lgica e ingrata deduccin. Las crnicas estn plagadas de hiprboles, contradicciones y anacronismos; pero si por motivos tales hubisemos de cerrar la puerta al estudio de una poca, cerrojar con desprecio cuanto acerca de ella nos dicen los antiguos, vendran a quedar en blanco muchas de las ms importantes pginas de la historia universal24. As, los autores, los unos sin mencionarlo, los otros con vocero, han saqueado los viejos pergaminos para embadurnar con tinta estos folios ntidos. Mejor pertrechados, han eliminado los modernos los errores ms patentes, las leyendas ms fantsticas, los anacronismos evidentes por dems. Como no se atrevan con el fondo de la cuestin, se repetan en sus obras las contradicciones de los antiguos manuscritos, como lo hemos apreciado en el captulo anterior. Nos permiten ahora estas consideraciones reunir en grupos independientes las crnicas, no en razn de sus autores o del idioma en que estn escritas, sino de acuerdo con su filogenia:

Las crnicas egipcias. Pertenecen al siglo IX, pero reflejan a veces conceptos anteriores a la fecha en que las redactaron sus autores. Recogen ya los elementos del mito que empezarn a ser difundidos en Espaa. A nuestro juicio, coincidente con la mayora de las opiniones, las que interesan a nuestro problema son: a) Una crnica sobre la historia de la conquista de Egipto por los rabes. Ha servido de modelo para la descripcin de las pretendidas invasiones posteriores. Tiene por autor al egipcio Ibn Abd alHakam, muerto en 871. Han sido recogidas estas tradiciones fabulosas por autores, sean bereberes como Ibn alKotiya, sean rabes como Ibn Adhari, Al Makari, etc. b) El Tarikb de Ibn Habib, telogo musulmn espaol, muerto en 835. Dozy ha demostrado que el verdadero redactor del texto ha sido su discpulo: Ibn Abi al Rica, quien mezcla su propio saber con las enseanzas de su maestro. De acuerdo con ciertos acontecimientos en la obra mencionados la amenaza que mantiene sobre Crdoba la rebelin de Ibn Hafsun, ha debido ser redactado en 891. c) La crnica Adadith al Imama Wa-s-Sivasa, Relatos concernientes al poder espiritual y temporal. Por mucho tiempo ha sido atribuida al conocido escritor Ibn Cotaiba (828-889). Dozy ha demostrado que ha sido compuesta en 1062. Posee el mismo ambiente fabuloso que las anteriores. Desde un punto de vista estrictamente documental no poseen, ni gozan hoy da estos textos de ninguna autoridad. Interesantes son solamente para reconstruir las races del mito de la expansin del Islam por el mundo. Por orden cronolgico se deben de agrupar las restantes crnicas del modo siguiente: Las crnicas latinas de autores nrdicos que pertenecen a los siglos IX y X. Las crnicas andaluzas que son del X. Las crnicas bereberes que pertenecen al siglo XI. En las posteriores los nicos textos que merecen una lectura atenta son las obras de Ibn Kaldn (1332-1406), historiador tunecino de origen andaluz. En el apndice primero damos una relacin de estas crnicas, con la crtica de sus fuentes y de sus cdices, en la lista de los textos, anteriores y posteriores al siglo VIII, que nos han servido para este estudio. Por su importancia hacemos un anlisis crtico de la llamada Crnica latina annima, antiguamente atribuida al obispo Isidoro Pacense, en el apndice segundo. Si se eliminan las egipcias y los textos cuyas fbulas reproducen, se advierte que las nicas crnicas merecedoras de alguna consideracin se cuentan con los dedos. De acuerdo con su gnesis presentan ciertos caracteres generales que les son comunes. Conviene subrayados para reconstruir la orientacin que tuvieron los acontecimientos. Sin embargo, no debemos hacernos ilusiones. Aportan ms detalles las crnicas rabes que las cristianas sobre el reinado de Roderico, el ltimo rey de Toledo, escribe Levi-Provenal en 1950. Lar unas y las otras son naturalmente muy posteriores al siglo VIII y los relatos que nos dan parecen de una autenticidad sospechosa25. Esta atinada observacin hecha por un autor que goza de gran autoridad a pesar de no

haber sabido desprenderse del mito de la invasin, permite juzgar el alcance histrico de estos manuscritos. Como documento es muy escaso. Temerario sera fundarse en ellos para esforzarse en reconstruir los acontecimientos del siglo VIII. Sabiamente nos tenemos que contentar con averiguar los trminos de su evolucin. Mas, como lo apreciaremos en las prximas pginas, la lectura de estos textos es insuficiente para determinarlos: el peligro del tropiezo se esconde tras cada palabra. Para poder recoger de la misma alguna utilidad, es menester emplear dos mtodos crticos diferentes: El uno concierne al ambiente que se desprende de las crnicas, con lo cual ser posible destacar las races del mito y acercarnos a los hechos autnticos, el otro tiene por objeto la reconstruccin del contexto histrico; para lo cual es menester encuadrar los hechos referidos en la evolucin general de las ideas-fuerza que dominaban en aquel tiempo y que por esta razn han dado un sentido a los acontecimientos.

CARACTERES GENERALES
a) Lo maravilloso en las crnicas latinas

Se caracterizan las crnicas latinas por un elemento maravilloso de tipo religioso descrito con gran ingenuidad, inexistente en las que llamamos andaluzas o bereberes. Las rabes posteriores, como hemos dicho, se amparan tras un razonamiento teolgico. En ambos casos se trata de la intervencin de la divinidad. Mas, cuando en las cristianas viene la Virgen en socorro de sus paladines para ayudarles a mejor asestar sus estocadas sobre la cabeza de los infieles, en las musulmanas redactadas por autores de mayor altura intelectual interviene la Providencia para favorecer la expansin del Islam de modo menos aparatoso, pero Continuo y eficaz. Por el contrario, las bereberes se distinguen sobre todo por su carcter novelesco. Los conocimientos adquiridos en nuestros das nos ensean que los acontecimientos del siglo VIII son producto de una competicin religiosa; superan y envuelven los actos polticos que adquieren de este modo un aspecto secundario. Mas no tratarn los cronistas cristianos de explicar lo ocurrido en el VIII con argumentos teolgicos, como lo harn ms tarde Jimnez de Rada y otros para contestar a los contrarreformlistas musulmanes. Tenan que explicar a sus lectores el descalabro sufrido. Siempre ha sido difcil reconocer una derrota y en todos los tiempos se ha impuesto el laconismo para confesar en el pergamino o en el papel tan penosa verdad. As, corroe en tal grado la susceptibilidad a estos autores que no se atreven a decir quin es este enemigo que les ha metido en cintura. Siempre est designado de modo vago e impreciso. Ninguna alusin a un Estado extranjero que manda sus ejrcitos a invadirles. Poseen los relatos incluidos un carcter local, jams desbordan los lmites de una regin determinada. No puede deducirse una visin de conjunto que alcanzara a la pennsula. Dado su anonimato, no se sabe con qu clase de personajes tienen que habrselas los cristianos. El hertico infiel, caldeo o rabe, mejor dicho sarraceno, lo mismo puede ser un vecino aparecido por el lugar desde una provincia prxima, que un aventurero recin llegado de Asia. Es fcil entender las consecuencias de este mutismo: Haba favorecido con un ambiente de imprecisin nebulosa la creacin y la evolucin del mito. En cuanto dejan de estar cohibidos por su condicin de vencidos, recuperan los latinos del IX el estilo que impera en los textos anteriores de la poca visigoda. Poseen la misma contextura y como en ellas se expande lo maravilloso con encantadora buena fe. He aqu un

ejemplo tpico: Cuando en 587 abjura del arrianismo Recaredo se sublevan en muchas partes los partidarios de esta hereja. Arrianos que habitan en unas regiones cuyo conjunto en otros trabajos hemos llamado entidad pirenaica, toman las armas en Catalua y en Septimania. Segn la crnica de Juan de Biclara, que la redacta un ao antes de morir, en 590, estaban acaudillados por los condes Granisto y Wildigerio, secundados por el obispo Atalogo. El rey que resida en Toledo enva para someterlos al duque Claudio, gobernador de Lusitania. Consigue una derrota aplastante sobre el enemigo, pero estima nuestro cronista: eran los herticos sesenta mil y slo contaba el vencedor... con trescientos hombres! En los aos de la invasin tuvo lugar una batalla en Covadooga, en las inmediaciones de una gruta dedicada a la Virgen, nos informa la crnica de Alfonso III. Se oponen los cristianos a un enemigo llamado de modo sucesivo: caldeo, luego rabe. Los ponen en huida. Ciento-veinticuatro mil quedan aniquilados. Sesenta mil logran escapar por los montes asturianos. Acosados en un valle que algunos suponen ser el Deva, cae sobre ellos un trozo de la montaa y los sepulta. No es un hecho nico en la historia, pues as comenta nuestro cronista: No crean ustedes que se trate de un milagro estpido o de una fbula. Acurdense cmo en el Mar Rojo ha salvado el cielo a Israel de la persecucin de los egipcios; lo mismo ha aplastado con la masa enorme de una montaa a estos rabes que persiguen a la Iglesia del Seor 26. El carcter maravilloso de estos relatos, rasgo propio de la poca, se ha conservado hasta nuestros das tanto en las obras de los historiadores y de los especialistas, como en los manuales escolares. Para los antiguos era incmodo poner en armona los hechos histricos con sus principios religiosos, fueran cristianos o mahometanos, tanto ms que ni los unos, ni los otros, estaban adiestrados en ejercicios teolgicos o sencillamente exegticos. Muchas veces no queran los ms modernos enzarzarse en discusiones enojosas. En fin, numerosos autores contemporneos eludan el problema por considerarlo anticuado y superado. Por todo lo cual, el carcter fabuloso de estos acontecimientos, cuyo origen no hay que olvidarlo pertenece al siglo IX, se mantiene an en pie; se trate de la invasin de Espaa por los rabes, de las batallas de Covadonga o de Poitiers, de la venida a Espaa de Santiago o de su entierro en Compostela, del descalabro sufrido por Rolando en el valle de Roncesvalles. Haba intervenido un complejo religioso no slo en la redaccin de los textos, sino en la de los comentarios, fueran cristianos o musulmanes, antiguos o modernos. Sin embargo, es interesante observar cmo en el curso del progreso constante de las ciencias histticas, mostraban algunos autores del siglo XVIII un espritu crtico que luego no se encuentra en los del siglo pasado, ni en los actuales. Pona en guardia, por ejemplo, el padre Feijoo a sus lectores acerca de las descripciones que se hacan de la batalla de Poitiers, en donde la novela era ms importante que la veracidad histrica27. Otros, expertos en disciplinas teolgicas, queran deslindar los terrenos para conciliar sus principios religiosos, a veces rgidos en demasa, con una interpretacin cientfica de los hechos. El ms representativo de estos eruditos es el padre Flrez. Nos detendremos unos momentos en algunos juicios suyos porque nos permitirn mejor comprender el espritu con el cual han sido concebidos y redactados los viejos cdices. Gozaba Flrez de genio crtico suficiente para distinguir el oro del oropel. Sin embargo, impulsado por el complejo comn de la poca, daba sin reparo por autnticos hechos inverosmiles; en su tiempo se podan discutir con desenfado; en el nuestro prefieren la gran mayora de los autores dar la callada por respuesta. Comentando la crnica de Juan de Biclara no pone en duda la veracidad de la empresa segn la cual el conde Claudio haba

derrotado a sesenta mil herejes con slo trescientos hombres. No son despreciables sus argumentos: Ningn error en la lectura del texto; ningn cero aadido. Contemporneo era el cronista de los acontecimientos. Haban ocurrido prximos al lugar en donde resida. No era un simple el testigo. Se le considera como la personalidad ms competente en humanidades de su tiempo. Haba permanecido largo tiempo en Constantinopla para ampliar estudios, como ahora se dice. Isidoro de Sevilla le envidiaba sus conocimientos del griego 28. Abad del monasterio de Biclara, por sus mritos fue nombrado obispo de Gerona. No se puede dudar ni de sus conocimientos, ni de su buena fe. Por otra parte, escribe Flrez: Como tom (el conde Claudio) las armas por la fe, vers que teniendo ste de su parte al Dios de los ejrcitos, no es mucho que con pocos venza a muchos. Ni es tan exorbitante el suceso, que no tenga otros ejemplares, los cuales no por ser maravillosos, son increbles, sino ciertos29. Haba puesto nuestro hombre el dedo en la llaga. No caba duda alguna. Al recoger el relato de este encuentro contado con simpleza, mala intencin o sencilla estupidez, haba discurrido Juan de Biclara del mismo modo que nuestro erudito del XVIII. Ahora bien, ya enfrentado con materias profanas, recobraba Flrez el sentido comn. Algunas pginas ms lejos del texto comentado, explica cmo Childeberto I, rey de Francia, haba invadido los territorios de Amalarico que lo era de Toledo. Y encuentra natural que poseyendo ste menos fuerzas hubiera sido vencido en el campo. La respuesta fue venir con un ejrcito superior a las fuerzas de Amalarico y por lo tanto vencerlo 30. Cuando interviene lo maravilloso en favor del contrincante religioso, entonces se enfada nuestro agustino. Se puede leer una extravagante historia de Mahoma en un texto annimo que prosigue la Historia de los godos, de San Isidoro. Haba sido atribuida a San Ildefonso. Se sabe hoy da que ha sido escrita dos o tres siglos despus de su muerte, en 667. Otra parte de la continuacin insinuada incluye la historia de Mahoma, diciendo que vino a Espaa a predicar sus errores: que puso plpito en Crdoba: que San Isidoro haba ido a Roma y al volver supo el nuevo predicador que estaba en su provincia, que envi ministros para que le prendiesen; pero que no tuvo efecto por cuanto aparecindole el demonio al mentido Prof eta, le previno que huyese. Oh santo Dios! Que se atribuya esto a San Ildefonso! Y que se haya credo! Tales eran los siglos31 No se daba cuenta nuestro crtico de que tambin l se haba tragado bolas de igual tamao. Como tantos en similares circunstancias, tena dos medidas para un solo y mismo objeto. Exorbitante le parecer acaso al lector que un sabio distinguido del Siglo de las Luces haya podido creer en la derrota de sesenta mil hombres, despachados por trescientos. Le contestaremos que asimismo resulta tan extraordinario que eruditos especializados del siglo XX hayan aceptado la conquista y dominio en quince aos de los inmensos territorios comprendidos entre la Pequea Sirte o golfo de Gabes y los Pirineos. Sin embargo este despropsito est admitido en todos los textos y se ensea en todas las escuelas de la tierra. Nos encontramos tambin con dos medidas. Por qu? En el primer caso todo el mundo ha practicado algn deporte, tiene alguna idea acerca de estas competiciones atlticas o ha sufrido la experiencia de la guerra y sus combates. Parece evidente que a menos de poseer una superioridad tcnica aplastante (bocas de fuego o bombas atmicas), manejando ambos contendientes el mismo armamento como era el caso en aquella poca, desapareca la minora ante la masa. No poda un hombre derribar a dos mil. En el segundo caso los especialistas, los historiadores y el pblico en general no tienen un suficiente conocimiento de los problemas geogrficos concernientes al tema. Estn obsesos

por el prejuicio histrico que llevan incrustado en la mente por obra de una enseanza milenaria. Por otra parte, no ha existido hasta ahora otra interpretacin que pudiera sustituir a la por todos aceptada. Pudieron contestar: Se ha hablado rabe, ha existido una civilizacin rabe en Espaa... Estamos ahora en condiciones para disecar este complejo, aislando sus dos principales premisas: un prejuicio, el que sea, que se acrecienta con la fuerza de la rutina; la ausencia de un espritu crtico, debido a una cierta pereza mental favorecida por una imposicin milenaria. Si crean todos en la invasin, era poco probable que se esforzara alguno en buscar una solucin a un problema que no haba sido planteado. Asimismo, fcil es hacer responsable del carcter maravilloso de estos antiguos textos a sus autores. Eran hombres como nosotros. Si padecan prejuicios que nos parecen exorbitantes, quin no los tiene hoy da? Cuando escriba su crnica el abad de Biclara, estaba dominado por un complejo religioso; pero su razonamiento era en todo punto lgico. En su tiempo todo el mundo crea en los relatos fabulosos del Antiguo Testamento. Si hace algunos siglos han ocurrido hechos tan extraordinarios, por qu no pueden repetirse en nuestros das? El razonamiento poda tambin adquirir un carcter profano. Ha realizado Sansn hazaas inverosmiles. Por qu razn no hara lo mismo mi compatriota Claudio? Era difcil, en verdad, tirar la primera piedra al abad. Sin embargo haba cometido una falta. Para empezar a escribir el relato de una accin sucedida no lejos de su residencia, tena ante todo que asegurarse de la veracidad de los testimonios aportados. Hubiera debido de interrogar a los testigos presnciales de la batalla, confrontar sus declaraciones, precisar la cuanta de las fuerzas enfrentadas, averiguar las incidencias del combate: en una palabra, hubiera debido de realizar una investigacin. Lo que no ha hecho. Mas es justo reconocer dos atenuantes: No exista en aquella poca tal mtodo de trabajo y por otra parte, no est al alcance de cualquiera llevar a buen trmino estas indagaciones. Ensea la experiencia cotidiana la falta de sentido crtico en la mayora de la gente. Por donde resulta que no es tan fcil como lo parece a primera vista encontrar un buen testigo: es decir veraz por su juicio y por sus condiciones de observacin. Daremos de ejemplo el hecho ocurrido hace pocos aos y que hemos ledo en los peridicos. Un domingo, en una ciudad nortea, van a almorzar a una venta afamada, situada al borde de la carretera principal, unos amigos amantes del arte culinario, dato interesante que demuestra que los protagonistas tenan una cierta cultura. El ms madrugador trae unos hongos recientemente cogidos. Son comestibles? Discusiones entre el donante, la cocinera y los dems comensales. Por fin se llega a un acuerdo. Se condimentarn, pero antes de saborearlos se les dar a probar a un gato; pues segn opinin unnime es muy sensible la raza felina al veneno de los championes. Como a la prueba resiste relamindose el testigo, todos a comer, rer, beber, cantar. El buen humor es general y contagioso, pues se unen unos vecinos de mesa al orfen improvisado... De repente se desliza un rumor, se afina, engrandece, estalla cual bomba horrorosa: El gato acaba de fallecer! Es general la desbandada. Todos suben a sus coches para alcanzar con velocidad suma la casa de socorro ms prxima. Hay que buscar un antdoto al envenenamiento: Vomitivos, lavados de estmago, toda la farmacopea est puesta en uso. Grandsimo es el susto. Lloran las familias. Creen los compadres prximo su fin... y algunos llaman al cura para confesar sus pecados a fin de no perder el autobs que lleva al paraso... Unos das ms tarde se supo la verdad de lo ocurrido:

Haba muerto el gato,... pero aplastado por un taxi! Ensea este ejemplo.., y podran aducirse otros, con qu facilidad se desliza el error en la interpretacin de los acontecimientos cotidianos, hasta los ms anodinos, por gente de inteligencia normal. Qu sera en los tiempos antiguos en donde los hombres de categora superior eran pocos y superabundante la masa inculta? Nos puede responder el lector que existe puesto a punto desde el Renacimiento un mtodo cientfico elaborado precisamente para impedir que pudiera caer el historiador en semejantes deslices. De acuerdo. Pero segn nuestro leal saber y entender, se corroe el mtodo cientfico ante los prejuicios, sean religiosos, sean nacionalistas o de cualquier otra categora. Si se aplicara con honradez intelectual, la mitad de lo que cuentan los textos acerca de los acontecimientos ocurridos en los tiempos antiguos y modernos, tendra que suprimirse. Creen los historiadores que ha sido invadida Espaa por unos nmadas llegados desde el Hedjaz, sin habrseles ocurrido medir en un mapa el camino que era menester andar, ni tampoco estudiar en obras de geografa los obstculos que era necesario vencer en tan largusimo viaje. Se asegura en todos los textos que la reconquista empieza con la batalla de Covadonga, sin haber advertido que en esta arrollada sin salida alguna slo pueden pelear unos cuantos guerreros y no centenares de miles, como lo aseguran las crnicas. Ms complejo es el caso del padre Flrez, pues prejuicio religioso y espritu crtico se enredan en su mente. Tiene razn cuando rechaza la fbula mahometana. Perdido en su lejana Arabia, en guerra con sus compatriotas de la Meca, qu objeto tena la visita del Profeta a orillas del Guadalquivir? Pero se ha empeado el buen padre, pginas antes, en demostrar la autenticidad del mito de Santiago, sin darse cuenta de que caa en el mismo pecado 4ue acababa de censurar. Qu objeto perseguan estos discpulos del Apstol en Galicia? Qu motivo les haba arrastrado a emprender tan largo periplo para enterrar su cuerpo en los campos compostelanos, en este fin del mundo, en este finisterre del que de seguro jams haba odo hablar? 32. Para nuestras tesis revisten estas discusiones gran inters, pues nos permiten apuntar un juicio ms exacto acerca del valor, como documento histrico, de las crnicas antiguas. El gazapo de Juan de Bidara se convierte entonces en un testimonio informativo. Nos consta la personalidad de este cronista. Vive en lugares prximos a la accin referida. No es un hombre de escasas luces. Sin embargo, nadie da fe a los trminos de su relacin. Por qu? Porque en nuestros das no existe prejuicio alguno acerca de la competicin que opona a arrianos y trinitarios. Rinden en este caso el mximo, juicio crtico y mtodo. Pero lo que se le ha negado al abad, se ha admitido en lo que nos concierne. Por veraces han sido tenidas las crnicas antiguas por la gran mayora de los historiadores. Nadie ha puesto en duda el hecho de una invasin rabe, pese a ignorar la personalidad de los autores de estos textos, fabulosos en sus detalles. Se han tomado en serio unos cuentos que eran el fruto de ciento cincuenta aos de habladuras. Fallaban ante el complejo, juicio crtico y mtodo cientfico. Tambin se puede deducir de estas consideraciones otra enseanza: En el tiempo se han mantenido ciertas fbulas, otras han sido rechazadas. Por qu esta seleccin? Antiguamente, como en nuestros das, existan corrientes de opinin; lo que llamamos ideas-fuerza, cuyo dinamismo hemos estudiado en otra obra33. Las que favorecan o no contradecan la generalidad de los conceptos admitidos, se mantenan en pie: as el mito de la invasin. Desaparecan las otras. Por qu no haba prendido la fbula de la predicacin

de Mahoma en Andaluca? Porque era contraria a la conviccin de los cristianos entonces imperante. Rechazaban en bloque todo lo que se refiriese a una predicacin del Islam. Una sola interpretacin del hecho hispano admitan: el hierro y el fuego. Estos eran la clave de su derrota. Por el contrario, era el mito de Santiago un blsamo para curar sus llagas. Daba un vigor renovado a su nacionalismo naciente, tierno arbusto necesitado de cuidados miles. Por mimetismo removi la leyenda Occidente entero. Con la evolucin creadora del mito, lo accesorio, los cuentos maravillosos de las crnicas se olvidaban. De pie, slo quedaba la estructura general, razn de todo lo dems: la invasin. Mas, el rememorar las fantasas y lo maravilloso de estos textos, fundamentos de la historia de Espaa, produca disgusto, si no escndalo. Nuestra no es la culpa. Ah estn los cdices con sus leyendas y sus fbulas. Si se admite el mito, es decir lo all escrito, hay que tragarlas tambin.

b)

Lo novelesco en las crnicas bereberes

Si los cuentos que nos relatan las crnicas latinas tienen el mrito de poner de punta los escasos cabellos de los eruditos, qu ser con la lectura de los textos rabes, en nuestro caso de los pertenecientes a la tradicin bereber? Queda superado el complejo religioso musulmn. Leyndolos se adentra el lector en un mundo fantstico e irreal. No se trata de analizarlos para extraer unos hechos histricos, historietas ms o menos acarameladas. Se encuentra uno ante una literatura de mera imaginacin, ntimamente emparentada con los cuentos de las mil y una noches. Juzgue el lector por s mismo: A los pocos meses de haber conquistado Espaa, se enemistaron Muza y Taric, enfrentados en una violenta querella. Tales extremos alcanz que se vieron obligados a ir a Damasco para justificarse ante el Califa, dejando el pas abandonado sin el mando de una autoridad reconocida, lo que es ya inverosmil e increble. No se imagine el lector que tuviera por causa el desacuerdo una divergencia de opinin con respecto a los graves problemas polticos que el dominio de tan gran territorio planteaba. Nada de eso. Se trataba de la posesin de una mesa de gran precio que se hallaba en el tesoro de los reyes godos, encontrado en Toledo. Cada uno de estos adalides pretenda tener derecho al objeto extraordinario. Qu presa! Haba pertenecido a Salomn. Ualid ibn Abd el Malek (705-715) acababa de morir. Su hermano Solimn le sucedi en el trono y tuvo que resolver el litigio. Taric acusaba a su jefe. El haba encontrado el mueble maravilloso. Muza, celoso de sus proezas, no solamente se lo haba quitado, sino que ante sus guerreros le haba cruzado la cara con su fusta. Contestaba el rabe que era merecido el castigo porque infringa constantemente Taric la disciplina. Replicaba entonces el bereber que le haba pegado Muza enfurecido al ver la mesa coja, pues le faltaba un pie. Delicado era el problema. Quin se haba hecho el primero con este objeto inestimable? No era menester para fallar el pleito invocar el genio de su primer propietario, el gran Salomn, ducho en similares enredos? De repente sac Taric de bajo su manteo la prueba irrefutable que le acreditaba como el primer raptor... el pie que haba roto, como demostracin de su hallazgo. Muza fue condenado. Segn algunos, en recompensa sin duda por haber conquistado Espaa, a pesar de su vejez recibi una tanda de palos que le mandaron por la posta al otro mundo. Nos confiesa Ajbar Machmua que pag simplemente una multa importante... y

tambin le ayud el disgusto a emprender el ltimo viaje. Se fue Taric con su mesa no se sabe adnde. Y lo mis extraordinario del caso: Jams volvieron los dos conquistadores a Espaa, cuando su presencia pareca indispensable para poner un trmino a las rivalidades que enardecan a sus subordinados. De acuerdo con lo que se nos cuenta, se convirtieron estos los en guerras civiles entre rabes que duraron nada menos que sesenta aos 34. En estos cuentos de hadas surge un hecho sorprendente. Su hallazgo fue obra de Dozy, hace ya ms de cien aos. Lo hizo constar en la segunda edicin de sus Recherches, en 1860. Sin embargo, nadie ha tenido la valenta de inferir las legtimas consecuencias que del mismo se deducen. Nos dice Habib en su obra Tarikh cmo estuvo en El Cairo estudiando con maestros egipcios. Esto ocurri en la primera parte del siglo IX. Y una de las cosas interesantes para un espaol de las que tuvo conocimiento, fue el papel desempeado por Muza en la conquista de Espaa, enseanza que adquiri de un sabio cuyo nombre no menciona. Supo tambin del desembarco de Taric por obra de un doctor de la misma nacionalidad: Abd Allah ibn Wahb. Dada la bibliografa que ha llegado hasta nosotros, Habib es el primer hispano que habla de estos acontecimientos; con lo cual resulta que la noticia de la llegada de los rabes a Espaa, desde un punto de vista estrictamente documental, pertenece a la tradicin egipcia y no a la hispnica. Ms an. Demostraba Dozy que el relato de estas hazaas invasoras era simplemente una reedicin, adaptada a un pas fabuloso, la Pennsula Ibrica, de las fbulas maravillosas que se contaban en Oriente acerca de las guerras civiles del siglo VII. Transmitidas de boca en boca, haban sido transcritas al papel segn los caprichos o las necesidades de cada autor. Ocurra entonces algo grande. Demostraba la investigacin que algunos de estos relatos eran ms antiguos que el Islam. Tenan otros un origen bblico. Hechos similares se contaban de siglo en siglo. He aqu algunos ejemplos recogidos por el eminente orientalista: Se puede leer en la crnica de Ibn Abd alHakn lo siguiente: Cuando los musulmanes se apoderaron de la isla, los dos nicos habitantes que encontraron fueron unos hombres que trabajaban en las vias. Hicironles prisioneros. Despus mataron a uno de ellos, lo despedazaron y lo cocieron en presencia de los dems (cristianos). Al mismo tiempo cocieron otra carne en diferente vasija, y cuando estuvo en sazn, arrojaron ocultamente a carne del hombre y re pusieron a comer de la otra. Los dems trabajadores de las vias que vieron esto, no dudaron que estaban comiendo la carne de su compaero. Puestos despus en libertad fueron refiriendo por toda Espaa que coman carne humana y contaban lo que haba sucedido con el hombre de las vias 35. Por lo visto era el truco eficaz. Atemorizados por las costumbres de estos rabes de Taric, se haban rendido los andaluces al conquistador para no ser objeto de guisos suculentos. Cuando emprendi Dozy estos estudios se hallaba impresionado por una sensacional lectura. Acababa de leer la crnica bereber Ajbar Machmua, cuyo texto era entonces desconocido de los especialistas. Entusiasmado, exager un poco su importancia, al creer que gozaba de autoridad propia: su autor no haba recibido influencia egipcia alguna. No era exacto. En la cita que hemos hecho en el capitulo anterior acerca del asedio de Mrida por Muza, se menciona el terror que inspiraban estos devoradores de hombres. Haba pues ledo la Historia, de alHakam. Por otra parte, nuestro orientalista describa su largusima ascendencia: Jbn Adhari cuenta que el prncipe Ibrahim, fundador de la dinasta aglabita, haba sacado gran partido de este truco, para conquistar parte del Magreb del que fue soberano en 809. Era ya un lugar comn en el norte de frica a principios del siglo IX. Desde aquella fecha se ha

convertido en un tema del folklore universal. Adhemar lo cita con motivo de las hazaas realizadas por Roger el Normando, y Guillermo de Tiro atribuye el mismo hecho a Bohemundo de Antioqua. Cuando invade Abd al Asis Levante, estaba gobernado por Teodomiro, nombrado probablemente por Roderico a cuyo bando pertenecera. Comprendiendo su inferioridad no quiso luchar en campo abierto y se encerr en la ciudad amurallada de Orihuela. Ante el nmero escaso de sus guerreros tuvo la idea de colocar en los muros, detrs de los hombres, a las mujeres del lugar, una lanza en la mano, la cabellera flotando sobre sus hombros de acuerdo con la moda masculina visigoda. Asustado al ver tanta gente, no se atrevi Abd el Asis a dar el asalto y concert un pacto con su enemigo. Conocemos el texto por una interpolacin del siglo XII y hacemos su crtica en el apndice primero. Mas ocurre que ha demostrado Dozy que esta treta haba sido ya empleada en Oriente, noventa aos antes, por los defensores de la villa de Hadjr (Hadr en Mesopotamia?), asediada por Jalid 36. El episodio ms notable repetido es aquel por el cual se convierte Muza en un profeta de estampa similar a los del Antiguo Testamento. Se lee en el Tarikb de Ibn Habib y en el Adadith atribuido a su discpulo cmo al ruego de Muza se cayeron las murallas de una fortaleza enemiga por s mismas, como las de Jeric al trompeteo de Josu (Dozy). Se comprender entonces el poco crdito de que gozan las crnicas rabes y bereberes. Ni las unas, ni las otras nos describen o nos explican cmo se ha realizado la invasin de Espaa y a cuenta de quin. No interesan los hechos histricos. De lo que se trata es de divertir al lector. De aqu el juicio inapelable de Gauthier: Exceptuando a un occidental a medias, como el gran Ibn Kaldn, los pretendidos historiadores rabes son pobres analistas, desprovistos de juicio crtico, absurdos, secos, ilegibles. Es muy sencillo: Jams ha habido historia en Oriente37. Existen todava mayores dificultades. Si, por una parte, no estaba muy adiestrado en los mtodos propios de las ciencias histricas el espritu que ha inspirado la redaccin de los textos rabes, tambin es menester reconocer que jams se haban atrevido los orientalistas occidentales a zarandear los prejuicios musulmanes. No se trata slo de las crnicas, los mismos textos fundamentales del Islam aunque su idioma haya sido estudiado desde un punto de vista filolgico no han sido nunca objeto de anlisis en razn de la crtica. As, ha habido que esperar el ao 1953 para que un arabista, Blachre, se enfrentara con el problema de fechar las suras del Corn. En estas condiciones se impone un hecho evidente: Tiene que escribirse de nuevo la historia del Islam y la de la civilizacin rabe. En resumidas cuentas, para alcanzar una comprensin aproximativa de los acontecimientos ocurridos en Espaa a principios del siglo VIII, hay que dar prioridad, a pesar de sus defectos, a las crnicas latinas y andaluzas. Servirn las bereberes para confirmar las noticias, muy concisas, que nos dan las primeras. Un nombre, un acontecimiento que se halle simultneamente en varios textos, demostrarn la existencia de una tradicin en una rea suficientemente extensa para que se pueda deducir la veracidad relativa de un hecho histrico. Pues no hay que olvidar el contexto que envuelve las crnicas primitivas: Han sido escritas desde fines del IX hasta principios del XI. En lapso de tiempo tan largo las leyendas egipcias, que son anteriores a los cdices norteos, han podido cruzar el Estrecho y extenderse por el mbito de la pennsula. Contrariamente a las autctonas o las de cualquier otra procedencia, se han mantenido en la historia porque pertenecan al cuerpo mismo de la civilizacin rabe y las otras no gozaban de apoyo alguno. Dicho esto, la operacin matemtica y crtica resultante de la confrontacin de los textos es elemental, dado el

poqusimo nmero de manuscritos existentes. Se reduce a estas palabras: A la muerte de Vitiza una competicin opuso diversos pretendientes al trono vacante: de una parte, los hijos del difunto; de otra, Roderico nombrado rey en Toledo de acuerdo con el derecho germnico consuetudinario. Los primeros eran menores de edad y sus partidarios para vencer a Roderico pidieron socorro al gobernador de la provincia Tingitana, al norte de Marruecos, que estaba bajo el dominio de los monarcas visigodos. Adicto al bando de Vitiza probablemente le debera el cargo mand en auxilio de los hijos de su patrono unos centenares de guerreros rifeos que cruzaron el Estrecho. Con estos refuerzos sus partidarios vencieron a Roderico en un combate que tuvo lugar en 711 en el sur de Andaluca, entre Cdiz y Algeciras. Esto fue el principio de una serie de guerras civiles entre diversos caudillos para alcanzar el poder, que duraron sesenta aos.

EL CONTEXTO HISTORICO
Quedaba reducida la invasin de Espaa por los rabes a un episodio vulgar, sin alcance alguno, que haba sido posteriormente transfigurado en un hecho legendario. Entonces se encuentra el historiador ante un problema hasta ahora insoluble: Cul era el lazo, en que consista la relacin de causa a efecto que vinculaba el acto militar con la conversin de las poblaciones hispnicas al Islam? Cmo deducir de este hecho la expansin de la civilizacin rabe en Espaa? Conscientes de esta dificultad, para no afrontarla, han aceptado ciegamente los especialistas contemporneos el mito y sus consecuencias. Por tal motivo se cuentan con los dedos las obras dedicadas al estudio de estos acontecimientos. Rarsimos han sido los autores, dotados de un espritu verdaderamente cientfico, que en presencia de tales complejidades han confesado con suma franqueza su impotencia, como Georges Marais, el historiador de Berbera. Insistiremos en el captulo prximo en este asunto. Por ahora deduciremos de nuestros conocimientos ltimamente adquiridos dos proposiciones: 1. El mito llegado de Egipto se ha apoyado para desarrollarse en el paso del Estrecho por algunos centenares de bereberes. Si no ha sido este episodio el fruto de la imaginacin oriental, ha sido posteriormente transformado en una invasin responsable de la propagacin de la civilizacin rabe en la pennsula. 2. No existe ninguna relacin de causa a efecto entre el acto militar si ha existido- y la presencia en Espaa de una cultura arbigo-andaluza. Nos consta hoy da que la expansin del Islam y de la civilizacin rabe por el mundo se ha realizado, no por la accin de ofensivas militares, sino por la propagacin de ideasfuerza. Sucedi as con el Islam como con otros movimientos similares que tuvieron lugar en el pasado o que pueden observarse en el presente. Dedicaremos el captulo prximo a este estudio. En la segunda parte de esta obra, demostraremos cmo la evolucin de las ideas, sobre todo de las religiosas, se ha realizado en la Pennsula Ibrica de modo paralelo al mismo movimiento que se produca simultneamente en Oriente y que desembocaba en un estado de opinin premusulmn; lo que ha permitido a la doctrina de Mahoma propagarse con rapidez en un ambiente favorable. Para la demostracin de esta evolucin de ideas estamos mejor pertrechados que para el anlisis de la pretendida invasin.

Poseemos una importante documentacin epigrfica que describiremos en su lugar de acuerdo con las necesidades de la discusin. Por otra parte, existen diseminados por el pas monumentos arquitectnicos, entre ellos la Mezquita de Crdoba, que sern objeto de descripcin y estudio en la tercera parte de esta obra. La evolucin del arte confirmar la evolucin de las ideas. Existe una literatura latina cuya lectura hace comprensible la oposicin que ha dividido a los hispanos en partidarios de la Trinidad y partidarios de la unicidad, rivalidad que se puede observar desde el siglo IV hasta la mitad del siglo IX. La autenticidad de estos textos es indiscutible. Copias hechas en vida de sus autores, escritas en excelentes manuscritos, se guardan en las bibliotecas catedralicias, nacionales y en la del Escorial. Componen un conjunto nico. Por su originalidad, su calidad y su nmero se distinguen de los dems escritos de la Alta Edad Media. Compuestos en latn con una letra y una pintura de miniatura propias, pertenecen en su gran mayora a la ortodoxia cristiana; se conservan algunos heterodoxos. Se encuentra en esta literatura la documentacin requerida para seguir la evolucin de las ideas que conducirn a lo que llamamos el sincretismo arriano; estado de opinin que determinar los hechos de los siglos VIII y IX; es decir, la cristalizacin del Islam en la Pennsula Ibrica. Se han salvado las obras de Prisciliano por una verdadera casualidad. Las obras de carcter heterodoxo que nos permitiran seguir el paso de un estado premusulmn al Islam, han sido sistemticamente destruidas. Sabemos que los libros arrianos fueron quemados despus de la conversin de Recaredo. Como los espaoles tardaron aproximadamente dos siglos en dominar el idioma rabe y escribirlo, los textos que ms pudieran interesarnos del VIII y del IX fueron escritos en latn. Pero los cristianos que vivan con los musulmanes, los mozrabes, los destruyeron cada vez que caan en sus manos para impedir el contagio de sus maleficios. Cuando aparecieron textos rabes escritos por premusulmanes o musulmanes espaoles, haba desaparecido el sincretismo arriano como estado de opinin. Se nos esfumaba el eslabn decisivo. Para reconstruirlo, como ocurre tantas veces en la historia de las ideas religiosas, tenemos que apoyarnos en los argumentos empleados por sus contrarios para combatirlo; argumentos naturalmente tendenciosos. Se ha conservado una parte de la literatura cristiana mozrabe. Han sido escritas estas obras por autores que en su mayora vivan en Crdoba a mitad del siglo IX. Copias de las mismas nos han llegado en excelentes cdices de la misma poca. Componen una base determinante para alcanzar nuestros objetivos. Reunimos estos escritores y sus cdices en un todo, con una denominacin propia: Escuela de Crdoba. Hacemos de los mismos un breve anlisis crtico en el apndice primero.

21 Eduardo Saavedra: Estudio sobre la invasin de los rabes en Espaa, Madrid, 1892, p. 2. Dozy: Recherches. T. 1, p. 22 Louis Brhier: Le monde bizantin, t. m, p. 344. 23 Flix Dahn: Dic Konigue der Germtmen, Munich y Wurtzburg, 1861.71, t. (Apud Saavedra. Ibid.) 24 Saavedra: ibid., p. 2. V, p. 226.

25 [Link]: Hstoire des musulmana dEspagne, t. 1, p. 3. 26 Citamos por la crnica rtense. Edicin Gmez Moreno: Las primeras crnicas de la Reconquiste: El ciclo de Alfonso III, Boletn de la Historia, 1932, p. 615. Feijoo: Teatro crtico, t. VI: Apologa de algunos personajes famosos en la historia. La observacin de Feijoo es atinadsima. Slo dan de la batalla los cronicones unos datos escassimos, pero los historiadores describen el encuentro como si lo hubieran presenciado: movimientos de tropas, arengas, consejos de guerra, muertos, heridos, prisioneros... No se trata de historia, sino de novela. 28 Thompson: ibid., p. 38. Sobre el tema ver: Jacques Fontaine: Isidore de Seville et La culture classique aras LEspagne wisigotldque, Paris, 1959. t. II, p. 849 y as. 29 Flrez: Espaa sagrada, t. V, pp. 215.218. 30 Flrez, Ibid., t. V, p. 250. 31 Flrez, Ibid., t. V, pp. 235-286. 32 Nunca ha reconocido Roma las leyendas medievales en torno de la figura de Santiago y de sus relaciones con Espaa. Las ha tolerado como piadosas tradiciones locales o nacionales. Garca Villada ha resumido en el primer tomo de su Historia eclesistica de Espaa las controversias que el tema ha suscitado sin tomar una postura determinada en la discusin. En la nota 204 damos el resultado conseguido en sus trabajos sobre el tema por Monseor Duchesne. 33 Ignacio Olage: La decadencia espaola, t. II, primera parte, Madrid, 1950. 34 En esta historia desempea el bereber el papel simptico. Las crnicas rabes son
unnimes: Muza era rabe, pero las marroques insisten siempre en el carcter nacional de Taric, el bereber. As pues, el malo es el extranjero; el bueno es el marroqu, perseguido por la envidia que suscitan sus proezas.
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Gracias a su ingenio sabe vencer los maleficios de su enemigo que es un extrao a la tierra. En otro captulo comentaremos la tradicin segn la cual Taric era el gobernador de la provincia situada al norte de Marruecos; es decir la Tingitana. Era, si fuera cierta, godo y amigo de Vitiza que le diera el cargo. De ser as, la transfiguracin de los hechos histricos en leyenda alcanzaba tambin a este personaje, de acuerdo con el movimiento general de las ideas. El godo se haba convertido en bereber. 35 La crnica de lbn al Hakam ha sido traducida por Slane y publicada en francs como apndice de su traduccin de la Historia de los berberes de Iba Kaldn. Citamos por los extractos de la misma publicados por Lafuente Alcntara que siguen a su traduccin de la crnica bereber Ajbar Maclimua. Dados estos antecedentes resulta muy sospechoso todo el episodio y por consiguiente el clebre tratado de Teodomiro, el cual, a pesar de la copia tarda del texto en donde aparece, haba sido considerado como uno de los rarsimos documentos que tuvieran una relacin con la invasin de Espaa. Hacemos en el apndice primero una crtica del mismo, para que no se nos
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acuse de haber echado a priori al cesto de los papeles un testimonio que pudiera interpretarse como contrario a nuestras tesis. 37 E. F. Gauthier: Moeurs et coutumes des musulmana, Payot, p. 10, Paris. A pesar de haber nacido en Tnez, es un occidental a medias Ibn Kaldn, por su origen andaluz y su educacin hispnica.

Captulo 4
LA EXPANSIN DEL ISLAM

El problema de la expansin del Islam. El ejemplo de Berbera. El mahometismo y las grandes ciudades. La difusin de las lenguas latina y rabe. EJ papel de las clases mercantiles en el Islam. La expansin de la civilizacin rabe considerada como una evolucin de ideas-fuerza.

Inexorable se presenta en la mente del historiador un problema mucho ms complejo que la pretendida invasin: la expansin del Islam y de la civilizacin rabe. Si es razonable rechazar la concepcin segn la cual se haba propagado esta religin por imposicin de una fuerza militar extranjera, que jams haba existido, no se puede negar el hecho de una civilizacin rabe, antao como ahora. Sin embargo, se presenta diferente el problema en ambos casos. No puede quedar resuelto con el mismo mtodo. Es posible desarticular mediante la crtica histrica la leyenda de la invasin. Se poseen los elementos requeridos para apreciar cmo se ha formado el mito en el curso de los siglos. Por ausencia de una adecuada documentacin es incapaz la historia anecdtica de explicar el mecanismo que ha permitido la propagacin de la civilizacin rabe. Ocurre lo mismo para comprender los movimientos similares que han tenido lugar en el pasado, sea la estructura del Imperio Romano, sea la difusin del budismo por Asia. Cmo haban abandonado sus creencias ancestrales para adherirse a una nueva fe las masas que vivan en el Hindustn, en las altas mesetas del Turkestn, en Asia Menor, en las antiguas provincias bizantinas, en Africa del Norte, en la Pennsula Ibrica? Cul era el principio que haba modificado las propias culturas nacionales para asimilar una concepcin de la vida extraa a su tradicin cultural? As, por ejemplo, por qu bruscamente sociedades mongamas se haban transformado en polgamas? Resolva la historia clsica estas dificultades a palo seco. Surgidas de las profundidades de la inmensa Arabia, legiones de musulmanes habian invadido medio mundo rompiendo y anegndolo todo a su paso. Se haban uncido al carro de los vencedores los supervivientes de la catstrofe. As, elementos dispares se fundieron en un bloque, resistente hasta la fecha. En cuanto a nuestra pennsula ningn problema: Aniquilados sus habitantes una minora se haba refugiado en los montes norteos. Otra

viviendo con los sarracenos haba sobrevivido en las tinieblas como los cristianos primitivos en las catacumbas. Montaeses asturianos fundaron un reino que poco a poco creci por obra de una labor heroica. Reconquistaron, poblaron, cristianizaron el territorio perdido por los antepasados. Se trataba de una contraofensiva que haba durado siete siglos. De esta gesta titnica haba surgido la Espaa moderna. Fue arruinado este bello artilugio por los estudios histricos emprendidos desde hace ms de un siglo; pero se mantena en pie la sombra del tinglado porque no haban ideado los investigadores otra concepcin para substituirlo. Cuando se leyeron las crnicas bereberes y se supo el escassimo nmero de los invasores, fue general el asombro. Un paso ms adelante en el derribo fue dado aos ms tarde por Ortega y Gasset, quien puso el dedo en la haga dolorosa: Una reconquista que haba durado siete siglos no era una reconquista. Por nuestra parte, cuando nos enfrentamos con este problema en nuestros estudios acerca de la decadencia de Espaa, concluimos que haba sido mal planteado. Tena que reducirse el problema militar a un grado menor, al que pertenecen los incidentes de la vida cotidiana. Era menester enfocar el problema desde un punto de vista cultural. De acuerdo con la evolucin de las ideas que haba precedido a esta pretendida invasin, se haba convertido la Pennsula Ibrica en un campo favorable para la competicin milenaria entre las civilizaciones semitas e indoeuropeas38. Sin embargo se mantena tan enigmtico el verdadero problema, el de las masas cristianas subyugadas por el Islam y la civilizacin rabe. Si la fuerza haba obligado a los bautizados a convertirse al Islam, por qu la misma causa no produca los mismos efectos en los israelitas, que padecan ellos tambin la frula del mismo vencedor? El hecho es indiscutible. En el curso de los siglos han desaparecido las poblaciones cristianas del Magreb y de la mayor parte de los territorios islamizados. La familia juda, que pertenece al mismo tipo semita de los rabes, a pesar de haber sido perseguida, avasallada, recargada de impuestos, ha conservado su cohesin y la ha mantenido hasta los das actuales. Era la fe de los cristianos ms dbil que la de los judos? En realidad, poco haba preocupado el problema a los historiadores. Dominados por la rutina haban aceptado los hechos fabulosos sin esforzarse ni por comprenderlos, ni por explicarlos. Mas, encontraba Georges Marais muy amarga la bola para ser tragada. La islamizacin de Berbera, escriba, plantea un problema histrico que no tenemos la esperanza de resolver... Haba sido este pas una de las tierras en que ms haba aumentado el cristianismo. Introducido en Cartago y en las ciudades del litoral, se haba extendido en la. del interior. Deca el africano Tertuliano al final del siglo segundo:Somos casi la mayora en cada villa. Ya contaba en esta poca a Iglesia africana numerosos mrtires. Se impona igualmente por rus doctores. Perseguida, se enaltece por poseer un San Cipriano. Triunfante, har or la voz excelsa de San Agustn por toda la cristiandad. Adems, no reclutaba solamente la religin de Cristo sus adeptos en las ciudades... El nmero asombroso de santuarios modestos, cuyas ruinar encontramos por las campiias de Argelia, demuestra la difusin del Evangelio en los rurales bereberes. Ahora bien, en menos de un siglo estos hijos de cristianos en su gran mayora se habrn convertido al Islam, con una conviccin capaz de desafiar el martirio. La obra de conversin se acabar en os dos o tres siglos siguientes, tabor de jinitiva y total. Cmo explicar esta descristianizacin y su corolario: la islamizacin.? 39. Con descaro se plantea el mismo problema en las naciones orientales que posean la ms antigua tradicin cristiana. Cmo se explica que Egipto, Palestina, Siria y otras provincias del Asia Menor per. tenecientes al Imperio Bizantino se hayan convertido de la noche a la maana al mahometismo? Por qu haban admitido estas poblaciones la ley religiosa del nmada? Trabajos recientes demuestran que siempre ha sido el Islam una creencia ciudadana. Xavier de Planhol aportaba argumentos contundentes: Goza el nmada de una mentalidad rebelde. Obra de acuerdo con sus necesidades y a veces segn su capricho. No se le puede presentar como un modelo de

religiosidad. Era lo mismo antao como ahora. Por esta razn haba cristalizado el Islam en las ciudades y no en el desierto 40. Nos consta que gozaban las antiguas provincias bizantinas de una vida urbana importante: Numerosas eran las ciudades afortunadas y muy pobladas que conservaban una cultura helenstica floreciente. Se ha calculado que las ciudades de cien mil habitantes no eran una rareza en Asia Menor, en Siria, en Mesopotamia, en Egipto, ante la invasin rabe (Brhier). Alejandra posea unos 600.000 habitantes. Se ha calculado la poblacin de Antioqua en la poca romana en los 500.000. Debi de sufrir una crisis en los tiempos de San Juan Crisstomo. Deba de tener entonces unos 200.000, pero crecio posteriormente esta cifra hasta los 300.000 en el siglo IV 41. De acuerdo con la lista episcopal atribuida a San Epifanio, la que en realidad data del principio del siglo VII, de los 424 o bispados dependientes de Constantinopla, 53 pertenecan a Europa, 371 a Asia (Brhier) 42. Esto seala poco mis o menos la cifra de las ciudades corrodas por el mahometismo. Segn este autor, el patriarca de Alejandra, que era el ms poderoso y por esta razn llamado papa, posea de acuerdo con una noticia anterior a la invasin rabe: 10 metrpolis y 101 obispados. El patriarca de Antioqua que administraba Siria, Arabia, Cilicia y Mesopotamia, tena bajo su jurisdiccin a 138 obispados, como lo indica una noticia que se atribuye al patriarca Anastasio (559-598) 43. Se presenta un problema similar en el Magreb 44. Si se plantea oscuro en Occidente, ocurre lo propio en Oriente. As como en la historia de Espaa, se nos asegura que estas regiones prsperas y cultas han sido de repente invadidas por los rabes. Como llegaban del desierto, era menester suponer que se encontraran en minora frente a las masas urbanas de las grandes ciudades. Sin duda fascinados por los espejismos de las lejanas soledades haban sido sus habitantes tan bien modelados, amoldados, plasmados, crneos y sesos tan eficazmente restregados, que no solamente se haban convertido en celosos mahometanos, sino tambin en propagandistas atlticos que haban predicado la buena noticia a orillas del Clain, del Ebro y del Indo. La accin de romanizar, islamizar, occidentalizar u orientalizar un pueblo que nos perdone el lector el empleo de vocablos tan feos, ha sido el fruto de amplios y potentes movimientos de ideas. Creer que naciones prsperas, que gozaban en su tiempo de una cultura importante, han de repente abandonado sus creencias y han modificado su manera de vivir porque les han invadido un puado de nmadas recin llegados del desierto, pertenece a una concepcin infantil de la vida social. Cierto, evolucionan los hombres, pero lo hacen lentamente, cuando con gran anticipacin a los hechos acontecidos han sido alcanzados por conceptos superiores. Como se puede percibir en la experiencia cotidiana, no es esto cosa fcil, ni frecuente. Posee la humanidad tales dosis de inercia que son menester verdaderas catstrofes para que se destruya la estructura social ya existente, para que se pierdan o se olviden las costumbres queridas, mentales y fsicas. Por consiguiente, nada de mutacin de decoracin, como en el teatro; menos an con el concurso de maquinistas beduinos, incultos y famlicos. Sabe todo el mundo cun recalcitrante es la gens intelectual. Para deslumbrarla, se requieren prestigios. Sin pensadores, ni escritores no puede haber evolucin de ideas: nada de nuevas civilizaciones. Si se abandona el centro de irradiacin por la periferia, se complica el problema an mucho ms. Hasta nuestros das se pensaba que se haba realizado con xito la propagacin del Islam, porque estaba respaldada en su accin por el prestigio de una gran civilizacin. Esta creencia no corresponda a los hechos. La civilizacin que en aquel entonces destacaba sobre el ambiente mediocre imperante en el Mediterrneo, era la civilizacin bizantina. En el VII no haba an florecido la civilizacin rabe. Se hallaba en gestacin. Alcanzara su apogeo en Oriente en el siglo IX, en Occidente en el XI. Como ocurre con frecuencia se haban anticipado los acontecimientos.

Por otra parte, se haba realizado la expansin en las regiones perifricas a un ritmo muy lento. No poda ser de otro modo. Como lo hemos apreciado en un captulo anterior, la islamizacin de Berbera haba necesitado mucho tiempo, como lo haba demostrado Georges Marais; lo que no cuadraba con la concepcin histrica clsica. Si la accin poltica haba exigido ciento cincuenta aos de luchas encarnizadas, la difusin del idioma rabe haba requerido varios siglos. No consigui jams desplazar las lenguas indgenas que an se hablan en nuestros das. Hasta el latn se resista al invasor. Un texto del Idrisi, escribe este historiador del norte de Africa, nos ~ermtte afirmar que en su tiempo, a mediados del siglo Xli (es decir, ms de cuatrocientos aos despus de la pretendida invasin) se empleaba constantemente el latn en el sur tunecino. En Ca/sa, nos informa este erudito gegrafo, la mayora de /ar gentes hablan la lengua latina africana 45. Entonces, si se abarca el problema espaol, tal como est expuesto en la historia clsica, aparece el absurdo impdico y desnudo. Haba sido Espaa islamizada y arabizada por un puado de invasores que no eran musulmanes, ni hablaban el rabe. Mas, el absurdo no existe en la vida. Se llama absurdo lo que no se comprende. Nos parecen inverosmiles estos acontecimientos, porque haban sido impotentes las ciencias histricas para analizar las verdaderas circunstancias que haban permitido lo que se nos aparece como una gigantesca mutacin. Para salir del bache era necesario enfocar el problema desde un punto de vista general, de acuerdo con la evolucin de los acontecimientos en todo el rea mediterrnea. Para comprender la expansin de la civilizacin rabe, es indispensable comparar este movimiento de ideas con los similares que han existido en otras pocas en este mismo y gigantesco marco geogrfico. En qu se diferenciaba esta difusin de conceptos con l ocurrido cuando la difusin de la civilizacin griega o de la cultura romana? Haba existido una incomprensin que adormeca el juicio crtico de los historiadores en razn de un criterio preconcebido. Se haban as conformado sin ms averiguaciones con el absurdo. Tena esto larga ascendencia. De acuerdo con la evolucin de las ciencias histricas, haban heredado los investigadores una concepcin primaria de los acontecimientos ocurridos en el pasado y de la realidad social responsable de los mismos. Se haba confundido con ingenuidad excesiva la gnesis y expansin de las ideas creadoras de una civilizacin con la simple fuerza fsica; la que antao haba permitido la formacin de ciertos imperios cuya vida haba sido efmera. Un concepto primitivo era la causa de tal despropsito: la constitucion del Imperio Romano. Se ha credo hasta hace poco que esta gigantesca organizacin haba sido la obra de las legiones; lo que evidentemente era una exageracin. Sin disminuir la importancia de su accin, era necesario reconocer que haba tambin otra cosa: la lucha entre ideas y el predominio de las que posean una mayor energa. En la competicin que ha existido durante varios milenios entre las civilizaciones semitas y las indoeuropeas, con los complejos consecuentes, el peso de la Urbs y de las concepciones polticas y sociales que representaba, era ms importante que el gesto de los romanos abandonando el arado por la lanza. En realidad, no fue vencida Cartago en Zama. Se trataba ms bien de un encuentro guerrero cuyo resultado era imprevisible: Se abra un perodo de tregua en aquella largusima rivalidad cultural. Tan es as que los investigadores han recientemente descubierto en el norte de Africa los fundamentos semitas de la primitiva cultura cartaginesa que haban sustentado la expansin de la civilizacin rabe 46. La epopeya de Anbal haba sido una llamarada sin consistencia. Por qu? Porque en la competicin de las ideas en aquella poca, la aportacin de esta cultura semita comparada con la romana era de clase inferior. Espaa es un testigo inapelable de este hecho:

Puede compararse la labor emprendida en la pennsula por esta ciudad mercantil en Seiscientos aos con la de Roma en el mismo lapso de tiempo? Se manifestaba ya esta inferioridad en los primeros das de las guerras pnicas. Encontraba el Senado aliados entusiastas en las ciudades del litoral levantino mucho antes de que hubiera pisado una legin el suelo de estas futuras provincias del Imperio; lo que demuestra que a pesar de la distancia ya se haba convertido Roma en un centro de atraccin de importancia extraordinaria. Asimismo sucede desde un punto de vista cultural e intelectual. No han impuesto las legiones el idioma latino. Se ha propagado en Occidente por una superioridad lingstica sobre los particulares que hablaban los autctonos. Por el contrario, a pesar de las legiones, no ha podido arraigar el latn en Oriente porque en su competencia con el griego se hallaba en manifiesta inferioridad. En estos tiempos en que la potencia militar griega era un recuerdo lejano y confuso en la mente de las gentes, su idioma y su literatura alcanzan su mayor radio de expansin, la civilizacin helenstica desborda las orillas del Mediterrneo. Igual comprobacin puede hacerse cuando se observa la difusin de la civilizacin rabe en el curso de los aos que siguieron al perodo oscuro de las pretendidas invasiones. Cuando no exista ya en Oriente ni la sombra de una superioridad militar rabe, prosigue esta civilizacin su expansin por las altas planicies de Asia Central y por las mrgenes del Ocano Indico. Fueron los turcos y no los rabes los que se apoderaron de Constantinopla; pero, en fin de cuentas, fue convertida la baslica de Santa Sofa al culto de la religin de Mahoma y no a otra creencia asitica. En el XV y en el XVI se extiende el Islam por Indonesia sin el apoyo de ningn imperativo militar. En los tiempos modernos logra gran consistencia en las islas del Pacfico en las barbas de los portugueses y de los holandeses, cuando nadie en Occidente se acordaba del antiguo esplendor de los califas. En nuestros das se ha transformado Indonesia en la nacin que tiene el mayor nmero de musulmanes, ms de noventa millones. Penetra el Islam en Arica ante la mirada de las administraciones francesa, inglesa y portuguesa. Se calculan en unos treinta millones los morenos africanos que se han adherido al mahometismo desde principios de siglo hasta el ao 60 47. La observacin de la expansin del Islam en los das actuales y en los tiempos modernos hace comprensible esta misma accin en los antiguos. No existe razn alguna por lo menos la desconocemos- para que en la propagacin de una idntica idea no fuese similar el mecanismo ahora como antao, en el siglo XVI como en el VII. Se han dado cuenta ltimamente los historiadores de que no solamente se haba difundido el Islam por contagio, como toda idea-fuerza, sino tambin por la accin de una clase social determinada. Es sabido. No existen en esta religin sacerdotes, ni monjes misioneros que se desplazan a pases lej anos para predicar los misterios de su fe, ni una organizacin burocrtica como la que mantiene el cristianismo en Roma. Se haba transmitido la idea por el medio de comunicacin entonces el ms rpido, el comercio, que serva de lazo de unin entre naciones alejadas las unas de las otras. los trabajos de algunos investigadores ponan en evidencia el papel desempeado por las clases mercantiles en la divulgacin de las enseanzas de Mahoma. Comprobado en el pasado, se confirmaba el hecho en el presente por la observacin del mismo en el Africa negra, en los lugares apartados y alejados de las manifestaciones de la cultura occidental. Goitien demostraba la importancia de los mercaderes en los das primeros del Islam. El mismo profeta haba sido un comerciante. Abu-Bekr, el primer califa, el suegro y sucesor de Mahoma, era un traficante de telas. Othman, el tercer califa, un importador de cereales. Nos ha llegado de esta poca una literatura que atiende de modo preferente a los asuntos econmicos. La personalidad ms importante ha sido la de Muhammad Shaibani, fallecido en 804. Ensean estos textos que en su tiempo era la clase de los mercaderes de categora superior a la de los militares.

Prefiero, deca uno de estos escritores, Ibn Said, muerto en 845, atribuyendo estas palabras uno de sus hroes, ganar un dirbem en el comercio que recibir diez como soldada de un guerrero. Y confirmaba Goitien: En los primeros tiempos eran sobre todo los mercaderes los que se ocupaban del desarrollo de las ciencias religiosas del Islam48. No es privativa esta accin del mahometismo. Apuntaba este autor que semejante disposicin del espritu haba desempeado un papel importante en la expansin de otros movimientos de ideas. Situaciones similares, decia, podran encontrarse en la historia de los fenicios, de los griegos, de las ciudades italianas de la Edad Media49. Mas an, estableca un paralelo entre los autores rabes de los primeros aos de la Hjira y ciertos escritores ingleses protestantes del siglo XVIII, considerados como los iniciadores de la teora del capitalismo. A pesar de la distancia y del abismo que les separa, fsico e intelectual, coinciden en el mismo concepto: el comercio es un acto que agrada al Seor, el enriquecimiento es la recompensa, y el poder del dinero facilita la expansin del ideal religioso. Perda la guerra santa el papel predominante que haba ofuscado a los historiadores cuando estudiaban la expansin del Islam. Empezaban a sospechar que haba sido ms bien un arma de propaganda que una realidad tangible y constante. Cun diferentes eran estas interpretaciones de las clsicas! 50 Permitan estas nuevas averiguaciones una mayor inteligencia de nuestro problema. Un conocimiento ms preciso de la historia de Oriente nos descubrir cosas an ms sorprendentes. Sin embargo era menester reconocerlo: No eran estas perspectivas suficientes para explicar el desbordamiento de la civilizacin rabe. Obvia la razn: El mecanismo no puede suplir a la funcin, el instrumento al objeto para el cual ha sido fabricado. Ha tenido lugar una explosin. Una pieza de artillera ha sido localizada. No basta. Ha sido simplemente una mquina que ha lanzado una granada mortfera, pero ha habido una idea que la ha dirigido. Para alcanzar nuestros objetivos era preciso analizar los elementos de base que haban permitido la estructura de la civilizacin rabe y le haban dado la energa suficiente para que hubiera podido extenderse por los continentes. Se ha comparado a los historiadores con los paleontlogos, los cuales con algunos escasos documentos reconstituyen las etapas de la vida en su evolucin pasada. No es una ilusin? Estudia el naturalista un testigo que tiene entre las manos. Podr ser pequeo, insignificante, estropeado; pero ah est!, concha, impresin, hueUa, osamenta, en su autntica realidad. Acaba de extraerse de la roca madre un diente. De acuerdo con unas leyes de correlacin ser posible para el especialista dibujar de modo aproximado el esqueleto del animal a que ha pertenecido; como se dice de Cuvier, quien segn la leyenda haba recompuesto el del Megatheriurn, alarde cuya exactitud ha sido confirmada por hallazgos posteriores51. A pesar de las limitaciones propias de cada caso, posea el sabio un documento que no haba sido falsificado ni por la naturaleza, ni por los hombres de las generaciones anteriores a la suya. Le era por consiguiente fcil saber, de acuerdo con su morfologa, si se trataba de un diente perteneciente a un reptil o a un mamfero. Y, como del hilo se saca el ovillo, lograba a la postre determinar el gnero y la especie del ser fosilizado. No existe una documentacin parecida del perodo histrico que nos Interesa. Del siglo VIII en Espaa no nos ha quedado testimonio alguno poltico, salvo algunas monedas. Se han conservado unos monumentos arquitectnicos y los textos de unas discusiones teolgicas entre cristianos, testigos que requieren ser interpretados sin equvoco. Para contar los acontecimientos ocurridos se han apoyado los historiadores sobre crnicas escritas posteriormente a los hechos que describan. No son documentos histricos. Traducen m~s o menos transfigurada por la Imaginacin y los prejuicios de sus autores, una tradicin lejana, perteneciente a uno de los dos campos beligerantes (del otro no sabemos nada), la que con el curso de los siglos ha sufrido

mltiples y divergentes transformaciones. Ninguna relacin con el diente del paleontlogo, pues este testigo no ha sufrido modificacin alguna desde la muerte del indivio a que perteneca. Por otra parte, gozaban los naturalistas que han esbozado las grandes lneas del pasado de la vida, de una clave que les permita situar el testigo, de acuerdo con una estricta jerarqua biolgica, en los cuadros de la sistemtica. Tambin exista una teora, el transforniismo, que les guiaba en sus bsquedas. Cierto, ignoraban el mecanismo de la evolucin. Mas, a falta de otro apoyo, empleaban la teora como hiptesis de trabajo. Luego, con la multiplicidad de los descubrimientos, sobre todo en bioqumica y en fsica nuclear, la tesis demasiado simplista en sus balbuceos, se afinaba ms y ms hasta convertjrse en una certeza. Nada semejante en la historia. No goza el investigador de una norma directriz que le permita situar un hecho, importante y aislado, en una curva de la que cnoce la gnesis y el desarrollo para poder de esta suerte superar un vaco o llenar una laguna. En nuestros estudios sobre la generacin, el crecimiento, la madurez y la decadencia de las civilizaciones, hemos insistido en el papel que representa en la historia la gnesis, la difusin, el alcance y declive de las ideas-fuerza; en una palabra su evolucin concordante con la de las culturas que componen una civilizacin. En un magma creador surgen unas ideas-fuerza. Compiten entre ellas como las dems estructuras vitales. Logran algunas ms dinmicas dominar a otras ms endebles, inoperantes, periclitadas o desencajadas de su ambiente. Se funden en un sincretismo que representa el punto culminante de su evolucin y en este instante decisivo alcanza el arte su expresin la ms sublime. Luego, encallecen los conceptos y pierden su elasticidad primera. Indicios sutiles sealan una esclerosis progresiva. Apunta la decadencia. Degeneran las ideas-fuerza. Pertenecen a las regiones superiores de la filosofa o de la teologa, como por ejemplo la competicin entre las ideas unitarias y trinitarias que ha dividido el mundo mediterrneo desde la dislocacin del Imperio Romano hasta la batalla de Lepanto. Pueden tambin sustentar las actividades ms modestas de la actividad humana. A pesar de su aparente sencillez, a veces, han sido decisivas para el futuro del hombre, como el descubrimiento de la rueda, del collar para el tiro de los animales, del estribo para el jinete, de la herradura para las caballerias, o el empleo del cero hecho en el clculo con la numeracin decimal arbiga. De este modo, un ndeo importante de ideas-fuerza, mayores o menores, componen una cultura, y varias culturas unidas por un comn denominador, una civilizacin. Las culturas paleolticas, neolticas y moderna, pertenecientes a pueblos esquimales que viven o que han vivido en otros tiempos en un marco geogrfico subpolar, componen la civilizacin del reno 52. Evidente aparece ahora esta proposicin: Los hechos materiales e ideolgicos que estructuran una unidad histrica que llamamos una civilizacin, determinan en amplio sentido la evolucin de los acontecimientos, porque se encuentran en relacin causal con las ideas que dirigen las acciones de los hombres y de la sociedad. Esto no quiere decir que producen ellas mismas los acontecimientos de un modo directo. Ocurre a veces, pero muy de tarde en tarde. Tajante es entonces su accin. En situaciones normales actan lentamente pero acaso ms eficazmente. En el azar de las circunstancias favorecen las ideas dominantes los actos que pertenecen a su radio de accin y neutralizan los que les son contrarios. Por esta doble actuacin, positiva y negativa, dirigen los fenmenos sociales hacia un fin determinado. Canalizan el flujo de estas actividades, accin en un principio muy imprecisa. Pero en perspectiva descubre el historiador su concordancia con la direccin general dada por las idea6. En otros trminos, los acontecimientos cuyo sentido se encuentra en la orientacin impuesta por las lneas de fuerza en su evolucin, ensanchan en manera extraordinaria su campo de irradiacin; los que se caracterizan por una significacin opuesta quedan inmobilizados, se acorta su influencia y en poco tiempo su alcance queda reducido a nada. No se trata de elucubraciones sin fundamento, ni de un artilugio de meditaciones filosficas

solitarias e irracionales, sino de una enseanza adquirida de modo positivo en el sentido de una observacin naturalista de una poca de la historia, la nica que conocemos cientficamente: la de los tiempos modernos en Occidente. Es posible observar desde el Renacimiento hasta el siglo XX, de una parte la evolucin de las ideas, de otra, el sincronismo de los acontecimientos considerados en amplios conjuntos. Hemos podido as establecer en nuestros trabajos las relaciones causales existentes entre las ideas-fuerza y los hechos. Mas entonces, si tal ocurre, si es correcto nuestro juicio, se traduce como corolario una nueva descripcin de la historia. Tomemos un ejemplo concreto: Se trata al parecer de un hecho insignificante, la publicacin en el XVI de libros populares en los que se enseaba al gran pblico el arte de la multiplicacin y dems misterios de la aritmtica, puesta a punto por los sabios espaoles de Ja Edad Media. No tuvieron resonancia alguna, pero su accin sobre el futuro de la sociedad ha sido enorme; mientras que el fracaso de Ja Armada Invencible, que tanta tinta hizo gastar a los historiadores, en nada intervena en el desarrollo de los acontecimientos futuros. Se trataba de un episodio subalterno. Por consiguiente exista una jerarqua en los hechos histricos; se podan graduar y valorar segn su alcance en la sociedad. Las consecuencias ms o menos importantes de su accin correspondan a las energas de las ideas generatrices. Para lograr nuestros objetivos se traducan estos conceptos en un nuevo mtodo histrico. Poda ser de gran recurso para comprender ciertas pocas del pasado oscuras por la falta de trabajos emprendidos, o, simplemente por la ausencia de una adecuada documentacin. Si se considera la civilizacin arbiga como un todo, se percibe que tiene por eje una concepcin religiosa de la vida, con caracteres propios y dominantes. Se tendr pues que buscar la gnesis de las ideas-fuerza que Ja han vertebrado en el complejo religioso que exista a principios del siglo VII. Se podr discutir si este ambiente ha sido causa o no de la accin de Mahoma. Nos parece que la inspiracin del Profeta ha sido en gran parte un acto personal, independiente del medio, resultado de su exuberancia vital. Pero no cabe duda alguna de que la propagacin de las enseanzas del Corn se ha realizado en funcin de esta crisis religiosa que exista en menor o mayor grado en las regiones en donde el Islam ha cristalizado; lo que explica la rapidez de su difusin, relativa desde nuestro actual punto de vista, pues estaba supeditada a las distancias y a los medios de comunicacin del tiempo. Se puede entonces deducir algunas proposiciones acerca de la expansin del Islam y de la civilizacin rabe en Espaa. 1. En la Alta Edad Media, ha existido por el medioda de las Galias, en la Pennsula Ibrica y en Africa del Norte, un clima similar al que se manifestaba en las provincias bizantinas. Era la consecuencia de un complejo religioso iniciado desde fecha muy anterior. 2. Ha permitido este ambiente la expansin del Islam y de la civilizacin rabe en estos territorios. Pero, en razn de la distancia y de otras circunstancias, deba forzosamente existir un desfase en el momento en que ha cristalizado la civilizacin rabe en Oriente y en Occidente. Puede el hecho demostrarse histricamente. Por lo que sabemos de las actividades religiosas, culturales y sociales en aquel tiempo por los mbitos de la Pennsula Ibrica, podemos afirmar que la estructura de una cultura arbiga empieza a manifestarse hacia la mitad del siglo IX; es decir, con dos siglos de retraso con respecto a Oriente. 3. El proceso de evolucin que ha permitido el paso de la gnesis al total esplendor de las ideas-fuerza, ha sido ms largo en Occidente que en Oriente. Es entonces posible situar los acontecimientos ocurridos en la Pennsula Ibrica desde el IV

hasta el XI, fecha de la contrarreforma musulmana en Occidente, de acuerdo con un proceso general comn a varias naciones mediterrneas. Se presenta este estudio ms accesible porque la evolucin de las ideas se ha realizado aqu con un ritmo mucho ms lento que en Oriente y con mayor simplicidad; no habiendo sido empaado el movimiento principal por los reflejos fulgurantes de los secundarios. Gradas al conocimiento actual de ciertos datos seguros, aunque en el tiempo distanciados los unos de los otros, ser fcil establecer, como sobre el papel cuadriculado, puntos que se podrn unir con una curva. Se manifiesta as que esta evolucin de ideas religiosas conducentes a una mentalidad particular y luego a una opinin premusulmana, compone un todo paralelo con otras manifestaciones intelectuales y culturales. Hemos analizado en otros trabajos algunos de estos caracteres. Permiten reconocer la supervivencia de un criterio racionalista que favorecer mis tarde el florecimiento de una nueva matemtica 53. Con otras palabras, nos encontramos en presencia de una verdadera cultura cuya gnesis y adolescencia se han realizado en una poca que siguiendo la tradicin bibliogrfica se puede llamar visigtica; ideas-fuerza que evolucionan poco a poco hacia la civilizacin rabe. Lo mismo ha ocurrido en las antiguas provincias de Bizancio en donde las manifestaciones de la civilizacin rabe hunden sus races en las enseanzas de la civilizacin bizantina, enriquecidas por las lecciones de la Escuela de Alejandra. Lo mismo, la cultura visigtica alcanzar ms tarde formas autctonas y particulares, una de las dos columnas que sustentarn la cultura arbigo-andaluza. Se puede perfectamente seguir este proceso de evolucin en las obras de arte que se han conservado de la Alta Edad Media. Por milagro de Ja orografa ibrica se han mantenido intactas, gracias a su aislamiento, en nmero suficiente para suplir la ausencia de textos. Esto ser objeto de estudio en la tercera parte de nuestro libro. Se desprender una ventaja. Entra por los ojos el lenguaje del arte. No se requieren para entenderlo la erudicin del especialista, ni tampoco la visin panormica del historiador para apreciar la continuidad de las ideas en una sola curva de evolucin. Ah estn los testigos al alcance de todos. Ser posible descifrar el enigma de la Mezquita de Crdoba. Se desprender una enseanza nueva para nuestra mente desconcertada. Pues, a pesar de las afirmaciones de los sabios que se haban ocupado de estos tiempos oscuros del siglo VIII, existe todava un testigo excepcional de estos aos decisivos para el porvenir de la humanidad. No es accesible a los mtodos clsicos de investigacin. La piedra, el mrmol, la cal, el cedro, el pino de por s son mudos. Mas, engastados en una obra maestra se vuelven elocuentes. Bastaba con recoger la emocin que se desprende de su contacto para comprender su idioma. As se expresa en la inteligencia de un amplio contexto histrico el gran templo de la ciudad andaluza. Si exista desde el siglo IV hasta el XII un solo proceso de evolucin, qu era de la tradicional invasin rabe? Si Espaa hubiera sufrido en 711 el asalto y la dominacin de un pueblo oriental, una aportacin importante de elementos exticos hubieran sido impuestos a las poblaciones. Quedaran todava en nuestros das testimonios del acontecimiento. Nada de eso. Salvo las tradicionales relaciones de Andaluca con Bizancio, hay que esperar al siglo XII para que se pueda distinguir en el arte hispano sugestiones llegadas del Irn. Se han propagado el Islam y la civilizacin rabe en nuestra pennsula como en Oriente, de acuerdo con un mismo proceso de evolucin. Nada de mutaciones. El sincretismo musulmn era la consecuencia de una largusima depuracin de ideas monotestas cuyo origen se perciba claramente en las primeras herejas cristianas: en su gnesis la civilizacin rabe era un corolario de la bizantina. En este momento, aunque divergentes, eran sincrnicos ambos movimientos. No haba Mahoma invadido Arabia con tropas extranjeras para convencer a sus conciudadanos. Haba suscitado una guerra civil. Ocurra lo mismo en Espaa en donde la idea representaba la persona viviente.

Entonces, nos es posible ahora determinar este gigantesco movimiento de conceptos de modo mucho ms preciso que en el pasado lo haban hecho los historiadores. En la Pennsula Ibrica, como en el resto del mundo mediterrneo, no ha habido agresiones militares de gran envergadura, propias de Estados poderossimos. No eran capaces de tales empresas. Se trataba de una crisis revolucionaria.

38 Ignacio Olage: La decadencia espaola, t. II, cap. XIV. 39 Georges Marais: ibid., pp. 35 y 36. 40 Xavier de Planhol: Le monde islamique, Presses Universitaires, Pars, 1957. 41 Louis Brhier. Ibid., t. III, p. 108. 42 Louis Brhier. Ibid., t. II, p. 46.3. 43 Louis Brhier. Ibid., t. II, p. 450. 44 <De Los doscientos obispos poco ms o menos que dirigan el rebao de los fieles (en Berbera) cuando La conquista musulmana, no quedaban ms que cinco en 1035.> Georges Marais. Ibid., p.178. 45 Georges Marais: Ibid., p. 71, 46 E. F. Gauthier: Moeurs et coutumes des musulmana, Payot, Paris, p. 17. Entre otras tradiciones cartaginesas, cita este autor dos ejemplos: La mano de Ftima, que se ha mantenido en las costumbres populares espaolas durante mucho tiempo. Se trata de una mano hecha en cera o con otra sustancia, a veces preciosa, que serva de amuleto para salvaguardar a los nios pequeos. Y el creciente lunar que en Siria y en Cartago era el smbolo de la diosa Thanit. 47 Jean Paul Roux da las cifras siguientes que considera aproximativas: Para el Pakistn, 66.000.000 de musulmanes; para Indonesia 74.000.000. Lslam en Asie, Payot, Paris, 1958. Dada la fecha de esta publicacin deben estas cifras aumentarse en gran proporcin. Vicent Monteil, profesor de la Facultad de Letras de la Universidad de Dakar ha publicado en el peridico <Le Monde> una serie de artculos estudiando el problema de la conversin de los negros: LIslam noir en marche (14 de junio de 1960). 48 S. D. Goitien. Ibid., p. 588. 49 S. D. Goitien. Ibid., p. 594. 50 Han obligado estas consideraciones a los arabistas a plantearse de nuevo el problema, sin que esto les ayudara a concebir una nueva interpretacin de los acontecimientos As escribe Xavier de Planhol: <En la hora actual slo nos es posible observar la expansin pacfica del Islam, Los procesos de islamizacin de la con quiste violenta no pueden ser estudiados ms que por mtodos histricos y todava son muy oscuros. Solamente los mtodos de progresin actuales nos permiten concebir de modo preciso los elementos favorables y los principales obstculos que han intervenido en la expansin del Islam. El lmite alcanzado por vas pacificas resulta

as ms instructivo. Pero esta expansin se hizo esencialmente par mediacin de las clases urbanas y de los centros mercantiles.> Ibid., p. 106 y 107. 51 Haba recibido Cuvier dibujos del Megatherium, descubierto en Argentina en 1788, por el padre dominico Manuel Torres, que le haban sido enviados por el naturalista espaol Bru, el cual haba montado el esqueleto en una de las salas del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, fundado por Carlos III. 52 Andr [Link]: La civilisation da renne, Gallimard, Pars, 1936. 53 Ignacio Olage: La decadencia espaoLa, t. III, pp. 126 y 127.

Segunda Parte LA REVOLUCION ISLAMICA Captulo 5


EL MARCO GEOGRFICO: LA CRISIS CLIMTICA

La evolucin del marco geogrfico en razn de las variaciones del clima que tuvieron lugar en el curso de la historia. Su papel en la historia de Espaa. La desecacin del Sahara. Fecha aproximada de la evolucin de la facies rida hacia la desrtica.

I.

Testimonios geogrficos a) b) c) Los bosques antiguos. La hidrografa. La toponimia.

II.

Testimonios arqueolgicos e histricos

a)

Evolucin del clima en las regiones centrales del Sahara. 1) La situacin climtica al comienzo del primer milenio.

2) La situacin climtica en el siglo V antes de J. C. 3) La ltima mutacin de los testigos biolgicos. b) El clima en el frica del Norte al principio de la era cristiana.

III.

Conclusin

Posee el hombre sentidos apropiados a la escala de su estructura particular y as, en razn de su constitucin fisiolgica, est indinado a creer en la inmutabilidad de lo que le rodea. Por feliz ventura le han enseado en pocas primitivas los riachuelos y ms tarde los espejos en las ciudades, que no siempre conservaba los rasgos de la juventud, aunque todava le alentara la sangre impetuosa. Le demostraba la ms sencilla de las observaciones la ilusin de sus impresiones. Las estrellas, el sol, la tierra, nada es estable en el universo. Son el movimiento y el cambio la gran ley de la naturaleza. Fontenelles en el exquisito lenguaje empleado por los franceses del siglo XVIII haba explicado a su amiga, la marquesa, que se trataba de una relacin de proporciones. Si las rosas, deca, cuya vida es tan breve, tuvieran una conciencia, hubieran supuesto que era eterno el jardinero pues jams le haban visto envejecer. No hizo esta leccin impacto alguno en los historiadores que por mucho tiempo todava concibieron los acontecimientos del pasado con un criterio inmovilista. Cierto, se sucedan las generaciones las unas tras las otras; pero los hombres de la antigedad o que pertenecan a civilizaciones alejadas en el espacio y en el tiempo, posean todos un similar espritu, idnticas reacciones. Tenan la misma idiosincrasia que los actuales. En estos ltimos aos, sin embargo, demostraba un mejor conocimiento de la evolucin de las ideas que no era as. Poda a veces un abismo separar generaciones que no estaban alejadas entre s por un nmero importante de fechas. Haba cambiado en corto plazo la manera de pensar y vivir de la poblacin de un territorio. De esta suerte existan en el mundo de los conceptos verdaderos sesmos que haban echado por tierra imponentes edificios construidos con laboriosidad en el curso de los siglos. Haban podido por esta causa otras estructuras levantarse sobre las ruinas de las anteriores. En prximos captulos tendremos la oportunidad de apreciar una de estas gigantescas mutaciones, espirituales e intelectuales. Conviene advertir sin embargo que no eran estos cataclismos el fruto de una accin estrictamente intelectiva. Muchas veces se haba adelantado el sesmo de la naturaleza al del espritu; no sesmo que hace temblar la tierra, fenmeno local y de limitadas repercusiones. Mucho ms grave era la catstrofe que haba destruido las ms importantes civilizaciones de la antigedad, sus efectos mucho ms terribles, pues se trataba de una intensa transformacin del paisaje que les haba servido de marco natural. Poda en nuestros das su mecanismo ser comprendido y medidas las repercusiones producidas. Estudios recientes demostraban la importancia de los lazos que unen el hombre al suelo sobre el cual vive. A finales del siglo pasado, siguiendo las enseanzas de Ratzel, construyeron los gegrafos una nueva disciplina cientfica: la geografa humana. En parte, era el hombre producto del marco natural que le cercaba. Exista por lo tanto un determinismo geogrfico que el historiador no poda ignorar. Se mostraba tanto ms dominante a medida que se remontaba en el pasado, en donde tcnicas rudimentarias exponan cada vez ms el hombre sin recursos a las cleras de la naturaleza. Era tan

fuerte su imposicin que el hombre quedaba sealado como con un cuo. Gozaba el montero que persegua el venado en las tierras norteas de otra idiosincrasia que la del nmada que viva en un desierto trrido. El esquimal y el tuareg posean la misma constitucin fisiolgica; el medio les haba modelado de tal suerte que eran diferentes. Ocurra lo mismo con las civilizaciones que son el fruto de una sociedad, es decir, de un nmero finito de individuos. Empezaron pues los gegrafos .a analizar las relaciones que se establecen entre el cuadro natural y la actividad social. Consiguieron destacar en el anonimato de las masas esparcidas por el globo, sociedades que se distinguen por un paisaje propio en donde domina un rasgo sobresaliente: una especie biolgica, una facies botnica o morfolgica. Han aislado de este modo los investigadores las civilizaciones del reno, del camello, de la miel. Han observado el hombre de los bosques, de las montaas, de las islas, de las ciudades. Lentamente esclareca el destino humano una nueva comprensin de la vida social. Entonces se dieron cuenta los historiadores de que no podan ignorar estas nuevas enseanzas. Para alcanzar el verdadero espritu que se desprende de las grandes civilizaciones del pasado, de la civilizacin griega por ejemplo, era necesario situar el idioma, la literatura, el arte, la economa, la poltica, en suma los acontecimientos histricos en el marco natural que les corresponda. La exposicin de los diversos compartimientos de una cultura, estudiada aisladamente como lo haba hecho la historia clsica estaba enranciada. Antes de emprender el enfoque de los hechos era necesario establecer las relaciones que haban existido entre el hombre y el paisaje en donde haba vivido. Siendo el medio totalmente diferente, su papel en la historia, el caudal de conocimientos que haba transmitido a las civilizaciones que le haban sucedido a orillas del Mediterrneo, la civilizacin helnica no poda en nada asimilarse a la civilizacin maya que se haba desarrollado en un marco distinto. Cuando empezaban los historiadores a adaptarse a esta nueva concepcin de la vida humana, descubrieron los gegrafos la existencia de otros fenmenos an mucho ms complejos: las modificaciones constantes del contorno fsico y biolgico en el que est inserto el hombre. Inmediata era la deduccin: No era igual el marco geogrfico en que haban florecido las civilizaciones histricas del que se mantiene hoy da en los mismos lugares. Ciertos caracteres de orden fsico como el nivel del mar en el Mediterrneo, el espesor de las capas de humus, el perfil de los ros, etc., haban cambiado de modo notable. Era sobre todo el clima el que se haba modificado. El paisaje de Grecia en los tiempos de Pendes pocas relaciones mantena con el de nuestros das. Si por la gracia divina recibiera ahora el gran legislador el permiso de volver a la tierra, muchas dificultades padecera para reconocer los contornos que le haban sido familiares. En la segunda parte del siglo XIX, desenterraron los arquelogos de la arena del desierto ruinas a veces muy importantes: los testigos de grandes ciudades que aparecan ante sus ojos deslumbrados. Era evidente que ciertas civilizaciones de la antigedad haban existido en regiones que posean hoy da una facies rida, subrida o desrtica. Razonable era de ello deducir que el medio actual no haba podido sustentar las necesidades de estas antiguas sociedades. Atravesando estos lugares, observando estas ruinas y discurriendo sobre sus enormes dimensiones, viajeros adiestrados en otros mtodos de trabajo que los empleados por los historiadores, concluyeron que las tierras circundantes a las ruinas, hoy en da degradadas, haban sido antao frtiles. Para explicar esta situacin, recordando las enseanzas de las ciencias geolgicas de las que dominaban la tcnica, determinaron dichos exploradores geogrficos que haba cambiado el clima en los tiempos histricos. De acuerdo con mltiples e increbles descubrimientos ltimamente realizados por las ciencias paleontolgicas, acababan nuevas perspectivas de trastornar los conocimientos acerca del origen del hombre, la historia de la tierra y de su vida. Remontndose desde nuestros das hacia el pasado, el antropomorfo se haba convertido en homo faber hacia unas fechas que se podan situar en los alrededores del milln de aos. En tan larga existencia modificaciones fundamentales del clima

haban transformado nuestro hemisferio, evolucionando varias veces desde una situacin atmosfrica calidsima a una polar y viceversa. Haba sufrido el hombre en este lapso de tiempo, el cuaternario, cuatro importantes glaciaciones. Durante la regresin de la ltima, hace unos ocho mil aos, haba descendido la banca polar hasta la desembocadura del Tmesis. Posea el Sahara en esta poca un clima templado y los pueblos que lo habitaban crearon una civilizacin adecuada. Desde entonces la retirada de los hielos hacia el norte se hizo lentamente con una serie de movimientos oscilantes. A finales del siglo XIX, cuando empezaban estas ideas a perfilarse con precisin en la mente de los sabios, el prncipe Kropotkine, amigo del gegrafo francs Elyse Reclus, descubri en las estepas del Turkestn bosques de rboles desecados, a veces solidificados, que se extendan sobre centenares de kilmetros cuadrados. Clebre por sus trabajos de geografa y sus ilusiones anarquistas, no solamente comprendi el ruso que se trataba de un cambio brusco del duna que apuntaba hacia una repentina aparicin de la sequa; fue el primero en deducir del fenmeno consecuencias de orden histrico. Haban comenzado a padecer los efectos de una crisis climtica las altas planicies de Asia Central hacia el tercer milenio antes de la era cristiana. La degradacin de las tierras haba provocado la emigracin de los nmadas hacia el Oeste en donde se hallaban mejores pastos. As se explicaba la llegada de los alpinos a Occidente y, mucho ms tarde, el trasiego por estas regiones de hordas brbaras; en una palabra, el desplazamiento de una gran masa de gente hacia las llanuras verdes y frtiles de nuestro continente. Para confirmar estas observaciones subvencion en 1903 el Instituto Camnegie de Washington un largo viaje de exploracin por el Turkestn. Estaba dirigida la expedicin por el gegrafo americano Rafael Pimpelly. Reconocieron los excursionistas la importancia del rea de los rboles desecados; los ms frecuentes eran chopos o lamos. Estaban acompaados los sabios yanquis por un joven estudiante que llegara pronto a ser clebre: Ellsword Huntington. Se hizo cargo inmediatamente de la importancia de los cambios de clima que haban tenido lugar en la historia. Dedic La primera parte de su vida a su estudio. Por de pronto confirm en sus trabajos las hiptesis de Kropotkine, para lo cual emprendi largos estudios para poner a punto mtodos diversos de investigacin. Estas bsquedas le ocuparon desde el ao 1905, en que public sus notas sobre el Turkestn, hasta 1924, fecha de la tercera y definitiva edicin de su obra: Civilization and clirnate, sntesis de sus esfuerzos 54. Huntington y otros especialistas convencidos por sus enseanzas, acometieron indagaciones numerosas para averiguar las variaciones del nivel de las aguas en ciertos lagos asiticos, en relacin con la situacin de algunas ruinas conocidas. Se desprenda de estas encuestas, sirviendo los monumentos de punto de referencia, el hecho de grandes oscilaciones en el rgimen de las aguas cuya superficie suba o bajaba segn las pocas y su pluviosidad. El Caspio, mar cerrado, testigo de un ocano terciario desaparecido, era particularmente favorable a estas pesquisas, pues en sus orillas se haban desarrollado en el curso del tiempo importantes civilizaciones. Tambin estudiaron otros investigadores las modificaciones de las facies, fueran botnicas o zoolgicas, en regiones que hoy da son desrticas. Penck, uno de los fundadores de la morfologa glacial, observ los movimientos de la vegetacin y de las dunas en el Sahara del Sur. Confirmaron sus trabajos los de Huntington: Se manifestaban las oscilaciones de la naturaleza hacia una climatologa polar o trrida de acuerdo con una sucesin de marcos geogrficos, siguindose con un orden determinado, caracterizados por asociaciones geobotnicas precisas. No poda desaparecer bruscamente el manto vegetal subpolar para dejar el sitio a especies subridas. Una serie de cuadros intermedios deban de haber existido encadenados a ambos extremos; lo que era de importancia capital para reconstruir el paisaje en un momento dado del pasado. Grant ajust otro mtodo de investigacin muy curioso. Dedicado al estudio del desierto de Siria, consigui con la ayuda de testimonios histricos establecer estadsticas con las cuales poda

apuntar las variaciones del nmero de las caravanas que lo atravesaban para ir de Damasco a Caldea. Asimismo pudo determinar las fechas de los cambios de los trayectos, el momento en que las rutas convertidas ya en peligrosas por la ausencia de agua fueron abandonadas. Demostraban estos hechos las oscilaciones de la pluviosidad y la actividad de la sequa en estas regiones, antao ricas y frtiles como lo atestiguaban los textos y la arqueologa. Con estos mtodos semigeogrficos, semihistricos, que podan sacar de apuro al historiador en un caso muy particular, se lograba solamente enunciar proposiciones generales: Haba cambiado el clima desde la antigedad. Se adquira la certeza de que un proceso de aridez se haba manifestado desde el siglo II despus de J. C. y habla adquirido sucesivamente un carcter agudo. Imposible era determinar una situacin climtica precisa con referencia a una regin en un momento del pasado; lo nico permitido al sabio era inducir relaciones entre la crisis climtica y los acontecimientos que estudiaba. Ya no fue lo mismo con otros procedimientos discurridos por Huntington que posean el rigor de los clculos matemticos; con lo cual se les poda aplicar a todas las circunstancias de espacio y de tiempo. Por de pronto, entendi que las dobles impresiones radiales que aparecen en las secciones transversales de rboles corpulentos aserrados, si se calcula el promedio en un nmero importante de individuos, determinan el ao y tambin su caracterstica de sequedad o de humedad. Existe en California un rbol gigantesco, la Sequoia washingtoniana, cuya edad alcanza los 3.500 aos. Para el especialista constituyen verdaderos archivos meteorolgicos. Huntington estudi minuciosamente 450 y con el clculo estableci grficos exactos y precisos55. Fueron confirmados por otro mtodo, ste de orden qumico, que tambin logr poner a punto de modo ingenioso. A escasa distancia de las sequoias se encuentra un lago salado, el lago Owens, alimentado por un ro del mismo nombre cuyas aguas son conducidas a Los Angeles. Cuando la estancia de Huntington en California para el estudio de sus rboles gigantescos, haba llevado a cabo la sociedad contratista de la explotacin anlisis numerosos de las sales que se encuentran en el lago y en el ro. Con esta comparacin es posible deducir de acuerdo con un proceso que no podemos aqu exponer la evolucin del clima en la regin. Los grficos establecidos de modo matemtico coincidan en todos sus puntos con los de las sequoias. Eran estos datos de capital importancia para el historiador porque las sequoias y el lago se hallan en la misma latitud que el mar Mediterrneo. Pero estos horizontes fueron ensanchados todava ms por los trabajos de los meteorlogos. Han logrado explicar, en parte por lo menos, las causas de las situaciones climticas existentes en nuestro hemisferio. Se ha sabido as que la pluviosidad de una regin depende del paso de los ciclones que llegan del oeste. Tienen su origen en el Pacfico, en donde se realiza la mayor concentracin de molculas de agua en la atmsfera, debido a la mayor cantidad de agua marina acumulada en aquella parte del globo. Son desplazadas estas molculas hacia el este por la rotacin terrestre. Formando nubes en oleadas sucesivas atraviesan el continente americano en su parte nortea y de all se esparcen por Eurasia de acuerdo con el juego complicado de las presiones. Segn que sea ms o menos numeroso el paso de estas depresiones por un lugar, ser ms o menos constante su pluviosidad. Como haba adquirido Huntington la certeza de que las regiones en donde antao se haban desarrollado grandes civilizaciones, haban sido tambin frtiles aunque fueran ahora ridas, lanz la hiptesis de que esto era debido a que en otros tiempos haba sido ms numeroso que ahora el paso de las oleadas ciclnicas. Fueron confirmados los grficos obtenidos con el estudio de las sequoias y de las sales del lago Owens por los trabajos del morflogo sueco De Geers en 1940 sobre los depsitos que dejan los glaciares en su retirada por el hecho de la llegada de temperaturas ms elevadas (Varvas)56. Consigui establecer una cronologa de la situacin climtica a lo largo de los ltimos milenios. Los resultados obtenidos con este mtodo tan diferente de los empleados por Huntington por de pronto

confirmaron los trminos del problema y eliminaron todo recelo. Se puede en nuestros das estudiar la evolucin del clima en los tiempos histricos y fijar con datos precisos las grandes crisis atmosfricas 57. En resumen, ha evolucionado Europa en estos ltimos diez mil aos desde un clima polar o de glaciacin hacia una situacin de temperaturas templadas o de nter glaciacin. Con toda evidencia se manifiesta en nuestros das otra crisis climtica. Para la gran mayora de las gentes pasan desapercibidos los sntomas del fenmeno; lo que se explica por la constancia de la vegetacin, que se defiende contra las oscilaciones de la naturaleza. Salvo a una minora de especialistas que manejan un instrumental adecuado, induce a error en sus principios el fenmeno, lo mismo a los contemporneos que a los hombres cultos del pasado que no han podido transmitirnos noticias. De aqu la incomprensin de los historiadores que slo se fan en textos escritos. Cambia el clima en nuestros das con sus pertinentes oscilaciones. Asciende cada vez ms hacia el norte la gran banca polar. Permite el deshielo el paso de barcos en invierno por el rtico, lo que era imposible hace algunos aos. Las asociaciones botnicas y zoolgicas se encuentran en movimiento. Retroceden los glaciares en todas partes. Ha aumentado la temperatura. As lo atestiguan los archivos del observatorio meteorolgico de Toulouse, en Francia, el ms antiguo, despus de cien aos de diarias observaciones, cuyo promedio ha sido publicado en la celebracin de su centenario. Roe la sequa de modo activo las regiones mediterrneas y extensas partes del globo. En una palabra, se asiste hoy da a modificaciones climticas producidas por un fenmeno que con ms o menos agresividad se ha manifestado varias veces en el pasado. La observacin directa confirma la existencia de crisis semejantes ocurridas en la historia. Consta, e importa subrayarlo, que el paso de una situacin de fro extremo, hace diez mil aos, a una situacin de calor relativo en los das actuales, no se ha realizado ni de modo uniforme, ni en razn de un brusco desfase. Se ha manifestado esta evolucin por oscilaciones, en etapas sucesivas. Los perodos de fro y de pluviosidad han sido, en alternancia recproca, seguidos por olas de calor y de sequa. En correspondencia con este ritmo, se mantenan durante un cierto tiempo las asociaciones geobotnicas con su paisaje caracterstico. Luego, se produca bruscamente la mutacin en la decoracin, debido a la aparicin de otras asociaciones mejor adaptadas a las nuevas circunstancias. Pero esta sucesin de marcos siempre sealaba una direccin, en nuestro hemisferio, desde hace unos ocho mil aos: la nter glaciacin. Por esto, siguiendo a Huntington y a su escuela, llamamos a estas series de oscilaciones dirigidas en un sentido determinado: pulsaciones. Ya no pueden ignorar los historiadores estas enseanzas. Importantes civilizaciones, como las que se haban desarrollado en Mesopotamia, haban desaparecido corrodas por la sequa. La erosin elica haba sepultado bajo las arenas Sumer, Nnive, la inmensa Babilonia. Por el contrario, han sido derruidas otras civilizaciones por el fenmeno opuesto: Las de los mayas, de los khmers que construyeron los templos magnficos de Angkor, y otras menores menos conocidas, fueron enterradas bajo el bosque tropical. Aparecido de pronto, haba desfondado las ciudades, sus construcciones civiles y religiosas, cuyas ruinas se descubran bajo imponentes masas de hojarasca. En el estado actual de los conocimientos, las modificaciones del clima en el curso de los tiempos pasados, cambiando el ambiente y la ecologa de las sociedades antiguas, eran una de las claves para entender la evolucin de la historia universal. Cuando emprendimos nuestros estudios sobre la decadencia de Espaa, como nuestros antecesores, nos encontramos en presencia de una gran cantidad de documentos, redactados al final del siglo XVI o en el comienzo del XVII, que poseen todos un mismo carcter. Directa o indirectamente reflejan los efectos de una crisis econ6aiica que haba entonces asolado las dos Castillas. Ha servido de base a los historiadores el estado de opinin producido por las calamidades

para diagnosticar la decadencia de nuestra nacin. Pero, sin intervenir en una discusin acerca de este criterio que por cierto no estaba confirmado por los acontecimientos polticos, contemporneos o posteriores, ocurra que los investigadores especializados en el anlisis de esta poca no se ponan de acuerdo para averiguar de lo que se trataba. Cierto, exista una crisis. Era la evidencia misma. Mas, cuando estimaban algunos que era el resultado de actos polticos, afirmaban otros que era estrictamente econmica. Los ms listos, para contentar a ambos bandos, aceptaban las dos proposiciones. Nadie, sin embargo, haba logrado averiguar las causas de esta situacin; tanto ms que los esfuerzos de los historiadores del siglo pasado para explicarla buscando argumentos en asuntos bastante alejados del verdadero problema, como la Inquisicin, la expulsin de los moriscos o las guerras de religin, estaban desacreditados por los progresos realizados en la investigacin histrica. Advertidos por los trabajos de Huntington, hemos comprendido que los hechos descritos y la oleada de malhumor que entonces descarg sobre los poderes pblicos, eran la consecuencia de una crisis climtica que haba asolado la alta planicie castellana. Padeca la Pennsula Ibrica un recrudecimiento de las oscilaciones atmosfricas que se traduca por la extensin de la sequa. Para demostrarlo, discurrimos varios mtodos inspirados en los empleados en paleontologa. Los hemos llamado biohistricos y nos han permitido descubrir una pulsacin cuyas manifestaciones se traslucen de modo positivo a partir de 1550. Desde entonces se impona una enseanza: La evolucin histrica de la pennsula estaba en funcin de un fenmeno fsico de importancia decisiva. Por sus enormes dimensiones geogrficas poda servir de punto de referencia. Era la desecacin del Sahara Occidental que se ha realizado sucesivamente desde el siglo III de nuestra era, oscilando desde una facies rida hacia una facies desrtica. Para determinar esta accin hay que remontarse a la pre y a la protohistoria. Se destaca claramente en estas pocas remotas la accin determinante del clima por el hecho de la enorme escala de las transformaciones. Resulta fcil la observacin del fenmeno porque sus efectos resaltan con caracteres voluminosos. Estaba recubierto el norte de Europa por la banca polar, la Pennsula Ibrica dominada por la accin de los glaciares y el Sahara convertido en una zona templada. Para comprender esta situacin no se requiere un microanlisis. Admitido el hecho, el simple razonamiento deduce la conclusin: Si la gran banca polar en vez de situarse como en nuestros das en Groenlandia descenda hasta la desembocadura del Tmesis, y por otra parte gozaba el Sahara de humedad con las praderas consiguientes, era evidente que para alcanzar la Pennsula Ibrica la facies rida que en su mayor parte la caracteriza ahora, tuvieron que haberse sucedido dada su posicin geogrfica una serie de situaciones intermedias, propias del paisaje de las regiones templadas. Es decir, desde los fros de antao hasta nuestros das, se haban sucedido unos cuadros naturales, con una fisionoma nortea, que explican en parte su evolucin histrica. Se presentaba, sin embargo, al historiador una gran dificultad: Haba que fechar cada mutacin del paisaje, cada marco natural, si no quera uno resbalar conscientemente en anacronismos rutilantes. Haba posedo la pennsula en la Edad Media otro clima que en los tiempos modernos. Era responsable este desconocimiento entre otras causas del carcter mtico de la historia de Espaa. Por consiguiente, para esclarecer el caso particular que nos interesa en esta obra, los hechos oscuros que han tenido lugar en el siglo VIII, es menester reconstruir el marco natural entonces existente, en razn de la evolucin general del clima en nuestro hemisferio. Como estaba en correlacin con la situacin atmosfrica existente en el Sahara, se reduca el problema a determinar de una manera positiva su ltima transformacin; es decir, la fecha en que haba pasado de la facies esteparia a la facies desrtica. De acuerdo con nuestros actuales conocimientos, como ser demostrado en las pginas siguientes, es razonable situar esta mutacin en la Alta Edad Media. Si esto es exacto, se debe

admitir la existencia de una conexin entre la mutacin del paisaje y la crisis econmica y poltica que haba arrasado en la misma poca el Magreb y la mayor parte de la Pennsula Ibrica. En otros trminos, la revolucin islmica estaba en funcin recproca con ci proceso de desecacin del Sahara. Concuerdan la mayora de los gegrafos en el principio siguiente: Los desiertos actuales son de formacin reciente. Podr discutirse el mecanismo climtico; lo indudable es que el proceso de aridez acentundose hacia el desierto no ha sido en todas las regiones simultneo en el tiempo. Hay desiertos antiguos, los hay ms recientes. En razn de las gigantescas dimensiones del Sahara: unos cinco mil kilmetros desde el Mar Rojo al Atlntico, unos dos mil desde el Atlas hasta el Sudn, cerca de diez millones de kilmetros cuadrados, no ha podido ser igual en todos los lugares el proceso de aridez. La facies desrtica de su parte occidental es mucho ms reciente que la oriental 58. Cmo apreciar esta diferencia? Gauthier, uno de los primeros estudiosos del Sahara, empleaba una frase acertada: Deca que los desiertos antiguos como el de Libia estaban en estado asptico. Quera as expresar el hecho de que en estas regiones las condiciones geofsicas y climticas se imponan con tal rigor que era la vida prcticamente inexistente. La fauna y la flora haban desaparecido. Las caravanas no las atravesaban. Con los medios antiguos nadie se atreva con el intento. Por el contrario, el desierto occidental, de formacin mucho ms reciente, posea pozos importantes; rastros de vegetacin atestiguaban una situacin anterior ya desvanecida. An subsiste una fauna especializada y desparramada. En ciertos sitios aparecen pastos suficientes para alimentar en el invierno algunos rebaos de cabras y de camellos. Nmadas y caravanas discurren an por estos lugares. Las rutas empleadas y las abandonadas, as como la antigua toponimia, se conservan en la memoria de los guas. La facies geofsica confirma tambin la existencia de una divergencia con respecto a la poca en que el suelo se ha deteriorado. En cl Sahara Oriental la red fluvial se encuentra colmada y taponada por la erosin elica. Esconden las arenas el relieve antao esculpido por las aguas. Adquiere as el paisaje un carcter particular, una uniformidad grandiosa, pero lunar. En contraste, la parte occidental del Sahara conserva una red fluvial fsil. No corre el agua, mas grandes valles cuaternarios, excavados por ros en nuestros das desecados, pueden reconocerse perfectamente. Contrastan con una red menos aletargada, situada ms al oeste, en la cual los uadi despiertan algunos das en el ao, cuando la riada formada por la tormenta en ellos se precipita violentamente para luego desaparecer tragadas mansamente por las tierras permeables de lagunas situadas generalmente en el fondo de cubetas morfolgicas. Si se aproxima uno ms al Atlntico, conservan los uadi su contextura geofsica como los ros europeos. As, se puede percibir en el Ro de Oro los meandros del SeguiaalHamra, cuyas riberas estn desprovistas de vegetacin, pero cuyo lecho mantiene an el trazado sinuoso de un ro en vida. Algunos autores, como Gauthier, que ignoraban los trabajos de la escuela de Huntington, haban sin embargo reunido pruebas suficientes para ensear que este proceso de aridez y desertizacin era moderno. Como desconocan la existencia de cambios climticos en pocas recientes, atribuan la formacin del desierto a un proceso mecnico, producido por ciertas condiciones caractersticas de tiempo y lugar: calor trrido en el da, fro nocturno, accin qumica, erosin elica, etc. Hemos apuntado en otros trabajos nuestros el papel que desempea la orografa en la dispersin de los ciclones por la Pennsula Ibrica. Mas es indiscutible que las formaciones geotectnicas son secundarias comparndolas con el fenmeno principal. As como en nuestra tierra, la escasez del paso de los ciclones en nuestros das es ms importante que el papel desempeado por la orografa, lo mismo en el Sahara la mecnica fsica es mera consecuencia de la ausencia de lluvias. De no ser as hubiera sido sincrnico el proceso en todas las regiones de este inmenso desierto. Como lo demuestra la observacin, las condiciones fsicas mecnicas tenan ms largo abolengo en la parte oriental del Sahara. Se mostraba el fenmeno mucho ms reciente en la occidental. El criterio

expuesto por los primeros exploradores era indefendible, pues la pluviosidad favorece la vegetacin y frena sta la erosin de un suelo descamado e indefenso. Se poda concluir que la accin mecnica era subsiguiente a la sequa y por otra parte, el proceso de desertizacin no haba sido sincrnico en toda la inmensidad de este vastsimo territorio. El oeste, prximo al Ocano, haba sido favorecido en detrimento del este. No poda ser de otra manera: Nos consta que en nuestro hemisferio vienen siempre los ciclones desde el Atlntico impulsados por la rotacin terrestre. Se trata pues de una constante histrica que ha debido de manifestarse desde las primeras horas de la formacin del globo. En consecuencia, las regiones que se hallaban cerca del mar gozaban desde el final de la ltima glaciacin de una mayor probabilidad de recibir lluvias abundantes que las alejadas por varios millares de kilmetros. Quedaban as confirmadas las tesis de Huntington. En el curso de los tiempos histricos, el paso de las depresiones por la zona del Estrecho de Gibraltar se haca cada vez menos frecuente; sus ramales meridionales perdidos hacia el sur, aquellos que podan regar el Sahara Central y Oriental, menguaban de ms en ms. A medida que las depresiones aumentaban en el norte de Europa, pareca que las del sur escaseaban. No poseyendo la potencia de antao, se desvanecan sin haber llegado a franquear distancias importantes. Se comprende ahora cmo los efectos de la aridez se haban manifestado en un principio en las regiones ms alejadas del mar, en las altas planicies de Asia Central. Siguiendo los impulsos de la naturaleza, la ola de humedad se haba retirado paulatinamente del este hacia el oeste, produciendo modificaciones climticas que tenan en los pueblos que las padecan repercusiones econmicas, sociales y polticas. En lo que concierne nuestras tesis slo nos interesan las regiones del Sahara Central y Occidental. En el estado actual de los conocimientos poseemos una informacin suficiente para poder establecer una cronologa aproximada de su proceso de aridez. Nos basta precisar las fechas de las modificaciones del paisaje en el norte de frica para comprender el papel que desempearon en los acontecimientos del siglo VIII. Dadas sus dimensiones no podan las regiones centrales y occidentales del Sahara escapar a la regla. Tampoco eran sus procesos de aridez sincrnicos y sus facies uniformes. Las centrales han sufrido una accin ms pronunciada. Existe en ellas un Tanezruft o sea un desierto de la sed, que alcanza de ciento cincuenta a trescientos kilmetros en sus dimensiones de norte a sur. Est rodeado el ncleo desrtico por estepas xerofticas muy alteradas, en las que se modifica la facies hacia una vegetacin subrida y luego meramente rida, a medida que se dirige uno hacia el Mediterrneo o hacia el Nger. Como por principio sabemos adems que existe en un rea de gran extensin una sucesin de marcos naturales, el proceso de desertizacin del Tanezruft implicaba automticamente un proceso de degradacin de los marcos geobotnicos superiores, escalonados sea hacia la facies ecuatorial de las regiones situadas ms al sur, sea hacia la facies de los climas templados a medida que se suba hacia el norte. En otras palabras, correlativo con el aumento de aridez, la formacin y la extensin del Tanezruft coincida con una modificacin de las zonas perifricas envilecindose. Las ridas se transformaban en subridas, las subridas en esteparias y as sucesivamente. Esta ley de correlacin permite reconstituir la sucesin de los paisajes que han existido en el pasado. Basta para ello reunir los testimonios requeridos en nmero suficiente para determinar la existencia de los marcos naturales antiguos; y hasta en ciertos casos es posible establecer la cronologa segura de sus mutaciones. Resulta tanto ms fcil esta labor ya que este proceso es reciente. Pueden an reconocerse los testigos de orden geobotnico y biolgico. Como lo veremos mas adelante, dada su cercana en el tiempo puede tambin confirmarse con testimonios histricos: empresa bien ingrata de llevar a cabo si fuera menester estudiar un desierto en estado de asepsia, como el del Sahara

Oriental.

1. TESTIMONIOS GEOGRAFICOS a) Los bosques antiguos Est demostrado que en pocas recientes existan en el sur argelino y en las regiones centrales del Sahara bosques importantes. Segn Lionel Balout el hecho es incontestable en lo que se refiere a la prehistoria: En esta poca una humedad mayor del clima, escribe, est atestiguada por la rubefaccin de las arenas de la zona del litoral ms lejos, en el interior, una indicacin anloga es dada por el anlisis de carbones, rescoldos apagados de las hogueras prehistricas. En el yacimiento de Uad Djouf-el-Djemel, en el corazn de los Nemenchas, quemaba el hombre ateriense el fresno espinoso, el cual se ha refugiado en nuestros das en la alta montaa. El paisaje actual de Uad Djouf consiste en algunos pistacheros en el valle y brotes de alfa en los alrededores59. Esto naturalmente es muy antiguo, pues el hombre ateniense pertenece al VII milenio a. de C. Pero de los datos recogidos por este autor conviene destacar dos hechos interesantes: 1) Las caracoleras, lugares en donde se preparaban los caracoles para su exportacin y su consumo, se hallan por millares en el sur de Tnez. El anlisis de las cenizas de las hogueras permite localizar los antiguos bosques y clasificar las especies ms frecuentes. Pertenecen ciertas caracoleras a edades ms modernas, desde la civilizacin capsiense (VI milenio) hasta las culturas neolticas del ltimo milenio que se confunden con los tiempos histricos. 2) Ciertos yacimientos tienen grandes dimensiones: Bajo el grandioso paredn de Relilai, 5.000 m de cenizas representan unos 500.000 m3 de madera carbonizada y toda la depresin de Tlidjene, al suroeste de Tebessa (sur de. Constantiina) posee numerosos yacimientos anlogos bajo refugios y basta en cuevas (Lionel Balout)60. Como se trata de estaciones sencillas, la importancia de los depsitos demuestra la continuidad en el tiempo de las especies botnicas. No conocemos (1960) trabajos que permitan a grandes rasgos establecer las fechas aproximativas de las modificaciones sucesivas del manto vegetal en frica del Norte. Es probable que de acuerdo con un orden cronolgico se hallen escalonadas segn las regiones de acuerdo con la orografa. Existen testigos diversos que parecen confirmarlo, hasta en el Tanezruft. El botnico Lavandan, nos dice Gauthier, haba encontrado en esta regin muestras evidentes de un desecamiento reciente61. Por nuestra parte podemos aportar el dato siguiente: El seor Picq, meteorlogo que ha vivido en los observatorios del Sahara, nos ha comunicado que existe un frente de silicificacin de especies vegetales que se extiende entre Ausogo y Mieneca, en el sureste del Sahara, en las regiones situadas al norte del Nger. Sobre las orillas del ro se desarrolla una flora caracterstica, pero cuando se dirige uno hacia el norte empiezan los bosques de madera dura. Ms arriba aparece entonces el proceso de silicificacin. Derechos se yerguen todava los rboles muertos y desecados, La slice llevada por el viento penetra en las fibras de la madera. Se convierte el tronco en monolito. Ms arriba an hacia el norte, se les halla tumbados por el viento, y por el suelo se esparcen sus trozos rotos en piedras gruesas. Se les encuentra todava ms arriba en pedazos ms pequeos con los cuales los indgenas hacen mangos para los cuchillos. Se trata del mismo fenmeno que haba observado Kropotkine en el Turkestn. Este proceso de silicificacin, escalonado en una extensin tan grande,

seala de un modo preciso un desecamiento de estos lugares en fechas no muy lejanas en el pasado, un desecamiento que ha sido adems rpido. La existencia de especies corpulentas en el Sahara ha sido recientemente confirmada por la observacin directa. Se conservan an conferas en el centro del desierto. En el curso de una expedicin llevada a cabo en 1950 para copiar pinturas rupestres en el Tasili, el explorador y arquelogo Henri Lothe ha hallado en Tamrit cipreses (Cupressus dupreziana) cuyos troncos miden seis metros de circunferencia! Los cipreses que se destacaban ante nosotros son una de las curiosidades ms singulares del desierto. [Link] antao en el Hoggar en donde un viejo tronco fue bailado hace pocos aos. Jams haba visto esta especie en la regin. El gua me explica que existen en los montes vecinos numerosos rboles muertos hace mucho tiempo... Proceden ellos tambin de la prehistoria y son los raros testimonios de un pasado mucho ms hmedo.. Quedan an un centenar, pero el inventario que hicimos con minuciosidad ensea que fueron numerosos en las cumbres del Tasili... As, las sierras del Hoggar y del Tasili gozaban antao de un clima mediterrneo y por consiguiente no debe extraar que estuvieran poblados estos montes62. El testimonio es indiscutible. Basta con saber que estos testigos de los tiempos pasados han podido conservarse en esta regin desrtica por el hecho de la orografa. La meseta del Tasili en donde se hallan los cipreses de Tamrit tiene una altura de 1500 a 2000 metros.

b) La hidrografa Hemos indicado anteriormente que el Sahara Occidental se caracteriza por una red fluvial de ros muertos, cuya morfologa puede an hoy da distinguirse muy bien. Son muy importantes algunos de estos uadi. Han acarreado en otros tiempos grandes masas de agua. El uad Saura que desciende del Atlas marroqu se extiende hasta quinientos o seiscientos kilmetros hacia el centro del Sahara. Pero, como el agua corre tan slo unos cuantos das al ao, resulta evidente que no es su fuerza la que ha escarbado el lecho del ro, seco en estado normal. Ocurre lo mismo con Otro uad, ste ya fsil, que posea en otros tiempos dimensiones impresionantes, el antepasado del Igargar. Tena su fuente en los trpicos y su cubeta terminal cerca de Biskra: un millar de kilmetros a vuelo de pjaro; una longitud intermedia entre el Danubio y el Rhin. El Igargar corra del sur al norte, del corazn del desierto a su periferia; al revs exactamente que el Saura. En lugar de descender del Atlas, va este ro hacia la montaa. Las consecuencias de este hecho son considerables (Gauthier)63. Una causa explica tan extraa morfologa: En tiempos antiguos exista en las regiones centrales del Sahara una pluviosidad importante, cuyas aguas alimentaban un ro de grandes dimensiones que haba esculpido los valles y formado una inmensa red fluvial. De esta suerte el Igargar segua una direccin paralela a la del Nilo; pero, era menos largo, se hallaba su fuente al norte del trmino ecuatorial en una comarca cuyo dima fue convirtindose paulatinamente en desrtico. Por el contrario, las fuentes del Nilo se hallan en el corazn de la zona ecuatorial. Tiene dos ramas que le alimentan y dos reservas naturales de enorme alcance, situadas en regiones regadas en ciertas pocas del ao por una pluviosidad extraordinaria. Por esta razn ha podido el Nilo mantener su corriente en su paso por el desierto, para alcanzar el Mediterrneo; mientras que el Igargar se ha fosilizado. Mas, el agostamiento y la muerte de estos grandes ros han tenido lugar en fecha reciente. Lo confirman dos testimonios: Como el uad an no ha sido tapado por la erosin elica, hay que reconocer que la fecha de su desecacin no puede estar muy alejada en el pasado; pues, en contraste, el relieve de la red hidrulica del Sahara Oriental ha desaparecido. Por tal motivo el fenmeno fsico est corroborado

por testimonios biolgicos. Se encuentra actualmente en el antiguo sistema fosilizado del lgargar una fauna acutica residual, ltimos descendientes de especies que en razn de su constitucin fisiolgica haban vivido en otros tiempos con abundancia de agua. Tampoco pueden situarse aquellos aos en fecha muy lejana. Posee la vida recursos insospechados de resistencia y de adaptacin; pero, en fin de cuentas, est siempre condicionada por ciertos lmites extremos. No puede repetirse constantemente el milagro y es ya un milagro la supervivencia de estos testigos. Que haya fluido el agua por los valles muertos del lgargar en fecha reciente, escribe Gauthier, lo atestiguan no slo sus formas an juveniles. Desde hace tiempo se conoce en Biskra y en los oasis del uad" Rir, es decir en la cubeta terminal del Igargar cuaternario, pececitos tropicales, los "chromys. Abundan hoy da en las charcas de agua, en las acequias de los palmerales. Se les ha viste surgir de los pozos con las aguas artesianas. Se refugian en donde pueden en los veneros subterrneos. Recientemente, en esta misma regin se ha encontrado un pez mucho ms grande: el Clarias lazera, un siluro que en ingls tiene un nombre popular: cat fish. En el viejo mundo se trata de un pez tropical. Pululan en Egipto, porque han seguido el Nilo; pero es un intruso en el mundo mediterrneo. En el Sahara argelino se le encuentra a todo lo largo del Igargar desde las lagunas en donde antao desapareca basta sus fuentes, en charcas enlodadas donde vive de modo precario. En esta misma regin de Biskra se baila un compaera de estos peces mucho ms clebre: el spid de Cleopatra, la serpiente de los encantadores. Es la cobra indostnica, tambin emigrada de los trpicos. Su presencia en el sur argelino es inexplicable si no se hace intervenir el Igargar cuaternario. El hecho se hace ms evidente todava con el cocodrilo. Se le ha encontrado en las charcas del uad Mihero, una arteria del Igargar. Acaso sea el ltimo superviviente. Hay que imaginarse el milagro biolgico que representa el vivir este animal en tal ambiente. Pero es una realidad innegable. Todo esto nos lleva a una poca en la que el Igargar y el uad Taj asaset se empalmaban por sus fuentes, estableciendo una comunicacin por agua entre los trpicos y el mundo mediterrneo. No puede remontarse esta poca muy lejos en el pasado, porque si hm muerto los ros, han sobrevivido algunos elementos de su fauna64. En qu fecha situarla? Conviene fijar los trminos de la pregunta. Se trata del gran ro sahariano cuando se deslizaba majestuoso por su valle, como en nuestros das el Danubio, o cuando violento esculpa su lecho en la roca? Este ltimo caso se remonta a edades geolgicas. Nos interesan ms los rasgos finales del Igargar, cuando se asemejaba a los ros de la cuenca del Mediterrneo, sin haber desmerecido tanto como para ser llamado uad. De acuerdo con las noticias que tenemos acerca de su fauna residual, es muy probable que su larga agona haya alcanzado tiempos muy cercanos, es decir histricos. Queda esto confirmado por otros datos que poseemos hoy da acerca de estas regiones desrticas. Existe en el Tasili, regin montaosa situada en el Sahara Central, un pequeo oasis, Iherir, que es el lugar del desierto ms rico en agua. Hecho inconcebible en otros lugares, se suceden los lagos sin interrupcin en el lecho del uad. (Acaso un afluente del Igargar.) Alcanzan algunos el kilmetro de longitud y diez o doce metros de profundidad (Lhote)65. Durante la primera expedicin francesa al Tasili, haba advertido el capitn Touchard la presencia, por sus numerosos rastros de los ltimos grandes saurios del Sahara. Dos aos ms tarde fue cazado uno por un subalterno del capitn Niegen y disecado decora el laboratorio de zoologa de la Universidad de Argel. El ltimo ejemplar lo sacrific en 1924 el teniente Bauval. En el curso de su expedicin de 1950, Henri Lhote a pesar de sus muchas bsquedas no descubri ya ninguno. Falta de alimentos se haba acabado la especie. Con el desecamiento del pas haba desaparecido poco a poco la fauna y a su vez el cocodrilo, voraz carnvoro, haba sucumbido l tambin al no hallar nada con que sustentarse. Como perfectamente lo ha entendido Lhote, esto es un magnfico testimonio sobre el pasado hmedo del Sahara, en un tiempo en que una extenssima red fluvial lo atravesaba de norte a sur, poniendo en relacin la fauna de las lagunas saldas (chotts) de Berbera con las del Nger y el Tchad66. Sin lugar a dudas la presencia de estos reptiles ensean que la fecha de la desecacin del Sahara no se remonta muy lejos, por la sencilla razn de que el testigo no ha podido sobrevivir mucho tiempo a la desaparicin de su marco natural.

Los ltimos vestigios de este medio se han conservado en el Tasili en razn de su altitud. Pero, qu ocurra en las llanuras del Sahara? Otro hecho se impone: Existen bajo los uadi importantes niveles freticos. Es otra supervivencia del clima. Para alcanzar el agua han construido los indgenas pozos y fogaras. Son estas ltimas galeras subterrneas que han sido objeto de un trabajo considerable. Espaciosas, puede un hombre recorrerlas. Alcanzan a veces la profundidad de setenta metros. Poseen pozos de aireacin y sus dimensiones son considerables. Segn Gauthier, en Tamentit, miden cuarenta kilmetros67. No han podido estas obras ser emprendidas cuando los niveles freticos se encontraban a gran profundidad, como seria el caso si el rgimen climtico y fluvial hubiese cambiado en tiempos lejanos, pues los indgenas no tienen los medios tcnicos requeridos para descubrirlos bajo tierra. la construccin de los pozos y de las jogaras ha empezado cuando las venas de agua se encontraban en la superficie. A medida que el clima empeoraba, empezaron a cavar el suelo de modo sincrnico con la baja del nivel. Descendan a medida que aumentaba la sequa 68. Recientes son estas obras. Segn ciertos testimonios histricos han sido creados los oasis en el curso de la era cristiana, entre los siglos VI y XVIII. Segn Gauthier los ms antiguos son los de Gurara: En el bajo Tuat, los procedimientos orientales de irrigacin, las fogaras, es decir los palmerales tal como existen hoy da, alcanzaran el siglo III de la Hjira, nuestro siglo X despus de J.C. En el Tidikelt, los palmerales ms antiguos no datan ms all del XIIl y los ms recientes del XVJII 69. Esto es un testimonio de suma importancia. La fecha de construccin de las fogaras seala, aos mis o menos, la poca en que la desecacin del Sahara Central empez a adquirir un carcter grave; es decir el momento en que su marco natural ha pasado de la facies subrida a la esteparia y de la esteparia a la desrtica. Se puede concluir que ha alcanzado la crisis climtica su momento decisivo entre los siglos VI y X.

c) La toponimia No est todava aseptizado el Sahara Central. No posee la vida que tuvo antao, pero guarda el recuerdo. Estn conformes todos los exploradores en el hecho siguiente: En otros tiempos estaban habitadas las regiones centrales del desierto, hasta el temido Tanezruft. Se encuentran por todas partes esparcidos por el suelo los testimonios de antiguas poblaciones, y aun en ciertos lugares privilegiados los de una vida troglodita. Es importante la abundancia de grabados y de pinturas rupestres. Demuestran estos documentos no slo la densidad demogrfica de estas regiones, hoy da desrticas, sino tambin la existencia de tina fauna y de una flora desaparecidas. En la mitad del Erg, en el Tenere, es decir en la regin ms desdichada hoy da del Sahara, ha encontrado Lhote los restos de campamentos de pescadores, unos imponentes montculos de huesos de pescado que podran llenar varios carros. Se encuentran diseminados por el suelo, en el Tanezruft como en el Ro de Oro, rollos y grandes morteros tallados en la piedra de una sola pieza. Servan para aplastar el grano y reducirlo a harina. Ninguna duda sobre su uso. Se asemejan estos instrumentos a los que se emplean todava en el Sudn. Pero se encuentran hoy da en lugares en donde no existe la menor seal de vegetacin. Importantes son estos objetos y otros diversos testimonios recogidos para que sea posible establecer un esquema de la evolucin de las culturas en las regiones centrales del Sahara, desde el paleoltico ms antiguo, el de los pebblestools, los instrumentos de piedra ms primitivos, hasta los tiempos histricos. Sin embargo, para las necesidades de este anlisis, slo nos interesa la poca en el

curso de la cual han conocido las poblaciones saharianas la gran crisis climtica en su carcter ms agudo. las fechas de la construccin de las fogaras son determinantes por su modernidad. Nos lo confirma la existencia de la toponimia actual del Sahara Central. Nos ensea que las poblaciones han abandonado estos lugares en fecha muy reciente. En un verdadero desierto asptico, por consiguiente viejo, no existe toponimia alguna. Como nadie lo ha atravesado durante centenares de aos y acaso milenios, los antiguos nombres geogrficos, si existieron, han sido desde entonces olvidados. Por causa de esta carencia se han visto obligados los explorado. res a bautizar los puntos sobresalientes del relieve segn su leal saber y entender. No ocurre lo mismo en el Sahara Central y Occidental. Se admira al contrario el viajero de la abundancia de los nombres que le sealan los guas. Cmo explicar esta riqueza toponmica en lugares tan alejados de cualquier concentracin urbana? Hay que admitir forzosamente que exista en otros tiempos una importante poblacin que haba dado un nombre a los diversos puntos del relieve. Reciente es su desaparicin porque esta toponimia nos ha llegado por mediacin de las caravanas. Para asegurar su orientacin tenan inters los guas en conservarla y as se ha mantenido la tradicin de padres a hijos. No poda ser muy antigua. Con el incremento de las condiciones adversas ha ido disminuyendo el paso de las caravanas por el desierto. Sabemos por ejemplo que durante los tiempos modernos, en el XVI, franqueaban con asiduidad el desierto central, del sur tunecino a Tombuct. A veces se componan de varios millares de camellos. Pero no fue solamente el comercio martimo el que redujo su nmero, sino tambin el riesgo cada vez mayor supuesto por el clima. De donde una aminoracin progresiva de su importancia. El hecho es indiscutible. Cuando el europeo empez a explorar el Sahara, se haba restringido el nmero de las caravanas hasta el mnimo. En otros trminos, si no hubiera intervenido el europeo con sus recursos tcnicos, la toponimia del Sahara Central tambin hubiera acabado por desaparecer. Pero la existencia de esta toponimia confirma lo reciente de la despoblacin y por lo tanto de la crisis climtica.

II. TESTIMONIOS ARQUEOLOGICOS E HISTORICOS Los textos de la antigedad, los de Herodoto, de Hannn, del PseudoScylax, los de Plinio, etc., confirman las modernas observaciones hechas por los exploradores y los gegrafos, sea por el estudio de la morfologa del Sahara, sea por el anlisis de los testigos biolgicos. Se desprende de estas lecturas una impresin general. Para los antiguos no era frica del Norte una tierra rida. Muy al contrario, de acuerdo con una opinin unnime, posea una gran riqueza agrcola y ciertas regiones como Berbera o la Cirenaica eran, con Iberia y Egipto, el granero del Imperio Romano. Hay que confesarlo: una confusin ms o menos grande ha oscurecido los trabajos de los historiadores que han traducido estos autores. Insuficientemente documentados en ciencias geogrficas, poseyendo sobre frica noticias escasas e inciertas, se han esforzado en adaptar las frases desparramadas de los antiguos a los datos locales actuales, generalmente incompletos, que no lograban interpretar. Ignorando que haba cambiado el clima no podan acertar con el mtodo requerido. Antes de aventurarse en la exgesis de los textos, convena ante todo reconstituir el antiguo marco geogrfico de estas regiones con la ayuda de procedimientos cientficos que pertenecen a la tcnica de las ciencias naturales. Solamente entonces se esclarecan los textos por ellos mismos y se ajustaban con suma sencillez al paisaje anteriormente reconstituido. No era necesario retorcerlos para hacerles confesar lo que no queran decir; y, en caso contrario, atrapado en su propio dilema, no deba para escurrirse el crtico afirmar que vivan los antiguos en la luna o que escriban extravagancias, como se

ha dicho con demasiada frecuencia. He aqu un ejemplo concreto: el de Herodoto, que vivi en el siglo V antes de J.C. Si se lee, no poseyendo la informacin requerida, resulta oscuro y contradictorio. En efecto, no parece natural la coexistencia de desiertos con bosques, de tierras de gran riqueza agrcola con montculos de sal o arenales, la soledad de amplios horizontes con comarcas extremadamente pobladas. Pero, si recuerda el lector lo que acabamos de exponer de la morfologa del Sahara, la distincin entre una parte oriental que haba adquirido desde hace mucho tiempo una facies desrtica y una parte occidental cuyo proceso de desertizacin es reciente, alcanza otro sentido el texto del viejo Herodoto. En su tiempo dos facies dividan el Sahara: Esta comarca (Argelia) y el resto de Libia en direccin a Poniente (es decir, el Sahara Occidental) estn ms pobladas de fieras y ms cubiertas de bosques que la de los nmadas. (El Sahara Central y parte del Oriental entonces transitables.) Pues la Libia oriental en donde habitan los nmadas es baja y arenosa hasta el ro Tritn; pero la que est al Occidente de este ro y habitada por agricultores es muy montaosa, muy arbolada y llena de animales salvajes70. (CXCI). La parte mis oriental del Sahara se halla ya convertida en desierto. En el interior de Libia el pas es desrtico, sin agua. sin animales, sin lluvias, sin bosques, desprovisto de cualquier clase de humedad (XXXII). Pero est habitado por nmadas, como hoy da su parte occidental. En una palabra, en la poca de Herodoto el Sahara Oriental no est an aseptizado. No posea el carcter extremado que ahora le caracteriza. El proceso de desertizacin era reciente. Por esto, la zona costera, actualmente un desierto, entonces posea una riqueza agrcola importante. A mi entender, no se puede comparar la fertilidad de Libia con la de Asia o de Europa, con excepcin de la Cirenaica. Se la puede comparar con as mejores tierras de pan llevar y no se parece en nada al resto de Libia. Su suelo es negro y bien regado por fuentes. No hay que temer ni la sequa, ni los destrozos que causa el exceso de lluvias, pues llueve en esta parte de Libia. El producto de la cosecha est en la misma proporcin con la simiente que en Babilonia. El territorio que los Eves perites (la gente de Bengasi) cultivan, es tambin muy frtil. Rinde, en efecto, el ciento por uno en los aos mejores; pero el de Cirenaica produce basta el trescientos por uno (CXCVIII). Podran repetirse citas similares. Confirman los testimonios geogrficos expuestos anteriormente; pero son incapaces en general de fechar con precisin la evolucin del clima en los tiempos histricos; mejor dicho la mutacin del paisaje. Sin embargo, se puede con ellos esbozar un largo esquema, si se apoya uno en la documentacin biolgica que poseemos actualmente, sea en razn de los descubrimientos arqueolgicos realizados recientemente en el Sahara, sea por la interpretacin de ciertos datos que nos entregan estos mismos textos. Mas, para emplear este material de modo cientfico se requiere conocer el mtodo adecuado para no tropezar con errores de bulto. Para situar en el tiempo la pulsacin que ha tenido lugar en Espaa en el curso del siglo XVI, hemos establecido mtodos biohistricos que se asemejan a los empleados por las tcnicas paleontolgicas en estratigrafa71. Se trata en realidad de un problema similar, aunque en nuestro caso se requiere una precisin mucho mayor en relacin con la cronologa geolgica que reviste una gran amplitud. De esta suerte deben determinar los sabios especializados en estas ciencias la edad de unos estratos fosilferos con la ayuda de la fauna que encierran, en general invertebrados. Ensea la experiencia que ciertas especies indican su edad con bastante exactitud; otras al contrario no la sealan. Existen pues desde un punto de vista estratigrfico especies que son buenas, otras malas. Las amonitas, los belemnites, los espirobranquios, son especies buenas, porque en razn de su fisiologa han necesitado en el curso de su existencia de tan marco natural y de un hbitat muy particular, de tal manera que en comparacin con su filogenia la duracin de estos grupos ha sido muy corta. Por ello, su hallazgo permite fechar de una manera precisa los horizontes en que se han fosilizado. Por el contrario, las especies que llamamos malas, ms abundantes en la naturaleza, no sirven para una determinacin estratigrfica. Las ostras y los lamelibranquios, por ejemplo, han evolucionado muy poco desde los tiempos primarios. Para el stratgrafo, el verdadero historiador de

la tierra, son de muy escasa utilidad. Si empleamos este mtodo para estudiar las faunas saharianas que nos sealan los textos y la arqueologa, debemos rechazar para fijar el clima las especies malas, que han vivido en un hbitat demasiado espacioso y por consiguiente se han desarrollado en facies muy distintas. Este desconocimiento ha inducido a error a ciertos autores. Por ejemplo, el olivo. Algunos, recordando sus aos escolares, han querido apreciar un clima mediterrneo en razn de esta especie, sin saber que el clima mediterrneo oscila desde una pluviosidad de mil mili, de agua al ao, el ndice de Marsella, hasta los sesenta, cantidad que se recoge actualmente en Almera, en donde a veces no llueve en todo el ao. En estas condiciones la presencia del olivo en ambientes tan diferentes no significa gran cosa. Se le cultiva en nuestros das en la meseta castellana y sera temerario deducir de ello que goza Castilla la Nueva de clima mediterrneo, pues sus inviernos son fros y rigurosos. Podramos repetir la misma observacin con respecto a la palmera que vive en el oasis del desierto, pero resiste sin ser fecunda la intensa humedad de la costa atlntica. Se cultiva el trigo en las tierras subridas del Mediterrneo y de otros lugares y germina tambin bajo las nieves de Ucrania y del Canad. En una palabra, estas especies malas no pueden servir de testigos para sealar un marco natural preciso. Es posible destacar en los textos y afianzarse con la interpretacin de otros documentos que nos han llegado de la antigedad, referencias biolgicas concernientes a especies valiosas; pues permiten determinar la fecha de la mutacin del paisaje. Poseemos as una base suficiente para fijar los lmites del lapso de tiempo en el curso del cual el aspecto del Sahara Central y Occidental se ha transformado con mutaciones sucesivas72. Para los fines de este estudio podemos situar sus trminos entre el principio del primer milenio y el siglo XI despus de J.C. De una parte conocemos los testimonios irrecusables acerca de la facies de esta regin en fecha tan lejana, y por otra parte, los documentos existentes sobre la construccin de las fogaras nos indican el momento preciso de la transicin de la facies sahariana subrida a esteparia o subdesrtica, oscilando hacia la desrtica. El esquema de esta evolucin climtica alcanza as un inters excepcional, pues explica y apunta el sentido de la pulsacin, confirmada por la historia de los oasis. Aunque fuera dudosa la interpretacin de estos datos ms modernos, el testimonio naturalista consolida su certeza. La evolucin del clima en estas regiones, reconstituida con pruebas biolgicas, confirma el testimonio histrico situndolo en un contexto en que el rigor cientfico es indiscutible.

a) Evolucin del clima en as regiones centrales del Sahara Occidental I) A principios del primer milenio posean las regiones centrales del Sahara Occidental un aspecto verdoso propio del manto vegetal de las praderas. Si en efecto era as, recibiran una pluviosidad que oscilaba en torno a los 800 mil l. de agua al ao. II) En la poca de Herodoto (siglo V antes de J.C.), an conservaban ciertas regiones del Sahara Central sus caracteres anteriores, pero otras empezaba degradarse. El agua caa, acaso unos 600 mil l. al ao, se reparta ya desigualmente en el curso del verano. III) En los das de Estrabn, que vivi al comienzo de la era cristiana, se halla mucho ms avanzado el proceso de sequedad. Han alcanzado la facies rida, y acaso la subrida, las regiones centrales

del Sahara. Para atravesarlas a caballo es menester tomar precauciones. IV) En el siglo III despus de J.C. se advierte una rpida mutacin de la fauna norteafricana. La mayor parte del centro del Sahara ha adquirido una facies subrida, oscilando en torno a los 250 mil l. de agua al ao. V) Del siglo VI al VIII, la estepa xeroftica antesala del desierto

ha aparecido en todo el Sahara Central. VI) A fines del siglo XI, la facies subrida ha alcanzado los confines atlnticos de Mauritania.

1. La situacin climtica al empezar el primer milenio Conservaban an en estos tiempos las regiones centrales del Sahara Central y Occidental el paisaje verdoso que haban gozado con exuberancia durante la prehistoria. En estos tiempos lejanos era suficientemente abundante la pluviosidad para que fueran capaces los ros, los caudalosos y los medianos, de mantener una fauna de grandes mamferos, los cuales necesitan mucha agua para vivir, as el hipoptamo. Aparece esta especie en las pinturas rupestres del Tasili. Lhote ha descubierto en el macizo de Auanret, a dos mil metros de altitud, unos frescos representando una cacera de hipoptamos, hecha por indgenas embarcados en tres piraguas de juncos73. En el curso de los siglos anteriores al primer milenio, se hallaban las llanuras tan bien regadas por el cielo que podan mantener especies que requieren para vivir enormes cantidades de forraje, como el elefante, del cual se han encontrado reproducciones. Existan marismas. Lo confirma la presencia del rinoceronte en las pinturas del TasiIi. Ha debido de mantenerse esta facies hmeda desde muchsimo tiempo antes, ya que segn Lhote estas especies caractersticas se encuentran en las pinturas ms antiguas. Sin embargo, sera temerario concluir de ello que una lenta transformacin del paisaje se realizaba ya en aquellas fechas, pues ro lo sabemos. Hemos demostrado en otra obra74 que slo determinan los vegetales y los animales su propio marco natural. Seala el testigo una modificacin del paisaje, cuando oscila el clima en los lmites de su hbitat. Por ejemplo, se sita el ptimo del haya entre los 1.800 mil l. de agua al ao y los 800/700 como mnimo. Puede por consiguiente disminuir la pluviosidad de mil mili, de agua al ao, sin que esta especie forestal apunte la recesin de las precipitaciones atmosfricas. Tan slo en el caso particular de que oscilara la media por debajo del lmite mnimo de su ptimo, sealara su agostamiento, su desaparicin o su substitucin por otra especie; luego la mutacin del paisaje. En consecuencia, el hecho de que los tres testigos, el elefante, el hipoptamo y el rinoceronte aparezcan en las pinturas en tiempos anteriores al primer milenio, no implica que el clima haya evolucionado, sino que la modificacin de la pluviosidad no haba sido lo suficientemente importante para producir una grave perturbacin de su hbitat. Como lo apreciaremos ms adelante, es probable que estas tres especies hubiesen ya desaparecido de las regiones centrales del Sahara al comienzo del primer milenio. Las praderas que entonces existan eran incapaces de mantenerlas. Como esta facies ha durado grosso modo a lo largo de estos siglos, se desprenden dos proposiciones: Primero: Dado el sentido de la pulsacin, deba de ser ms abundante la pluviosidad y sobre todo ms regular en el principio que al final del milenio. Segundo: Situando el mnimo de la facies de las praderas en torno a los 600 mil l. de agua al ao, era

superior el promedio de las precipitaciones en un principio; por lo cual oscilara la pluviosidad al comienzo del siglo X antes de J.C. en los alrededores de los 800 mil l., ptimos del paisaje de praderas. Un testigo excepcional lo confirma: los bvidos. Cuando viven estas especies en estado natural son caractersticas de un clima ms bien hmedo, pues requieren pastos suficientes para alimentarse; no tanto como los grandes herbvoros, pero deben distribuirse las precipitaciones de modo uniforme a lo largo del ao, sobre todo en los meses del verano. En caso contrario degeneraran. Son los bvidos unos testigos de primer orden. En razn de su corpulencia no pueden desplazarse con rapidez para franquear grandes distancias en busca de agua o de pastos, como lo hacen los quidos o los antilopinos. Ciertamente poseen los bvidos en estado salvaje mayor musculatura y son ms giles que las razas especializadas y engordadas en nuestros das para la produccin de leche o de carne. Sin embargo, a pesar de la finura de sus lneas que se pueden admirar en las pinturas del Tasili, estaban siempre aminoradas sus actividades por su constitucin fisiolgica. En el caso de la desecacin progresiva de una comarca son los bvidos las primeras especies que desaparecen, mientras que otras ms veloces, como la jirafa, el caballo, el antlope o el avestruz se mantienen por largo tiempo, sobre todo las ltimas gracias a su ligereza y a la potencia de su esfuerzo respiratorio. En nuestros das, segn Gauthier, atraviesan el Tanezruft de modo excepcional algunos animales transentes gracias a sus admirables patas o a sus alas potentes75. Es atestiguada la presencia de los bvidos por las pinturas rupestres que se encuentran con abundancia en casi todas las regiones del Sahara. Millares de ejemplares han sido localizados. Vivan los rebaos en libertad, en su estado natural, como antao los de la Pampa argentina. Algunos estaban domesticados ya. Se han descubierto en Djorf Torba, en el Kenadsa, al suroeste de Colomb Bchar, grabados representando hombres ordeando vacas. Han sido sealados sobre todo en los refugios rupestres del Tasili y del Hoggar. Lhote los ha hallado por centenares. En Jabarm, describe, y ha publicado, un conjunto de bueyes policromados compuesto por unas sesenta bestias. Ha podido as distinguir este arquelogo dibujos numerosos con un estilo propio que ha llamado bovino. Se posee el material requerido para intentar una sntesis de caracteres biogeogrficos, correspondientes a actividades humanas concordantes. Si fueran reconocidas en otros lugares del globo, se podra determinar una civilizacin de los bvidos, lo mismo que Leroi-Gourhan ha logrado aislar una civilizacin del reno. Ha sealado Henri Lhote en las pinturas del Tasili doce estilos principales. Helos aqu segn su orden cronolgico: A. B. C. D. E. F. Estilo de personajes diminutos, carnudos, con la cabeza redonda. Estilo de los diablillos. Estilo de los hombres de cabeza redonda pertenecientes al perodo medio. Estilo de los hombres de cabeza redonda evolucionada. Estilo de los hombres de cabeza redonda decadente. Estilo de los hombres con la cabeza redonda e influencia egipcia.

G. H. I. J. K. L.

Estilo de los cazadores con pinturas corporales del perodo bovino antiguo. Estilo bovino. Estilo de los jueces del perodo post-bovino. Estilo de los hombres blancos, larguiruchos, del perodo post-bovino. Estilo del perodo de los carros. Estilo de los hombres bitriangulares. Perodo del caballo montado.

La superposicin de las pinturas y de los grabados ha permitido al autor establecer, por lo menos de modo provisional, un orden de sucesin, luego de antigedad. Mas, qu fecha debe darse a estos diferentes estilos? Los problemas concernientes a la prehistoria no interesan a nuestro problema; no nos detendremos en su estudio. Ha encontrado Lhote en el enorme material recogido un estilo prebovino, sealado por la letra F, que demuestra una influencia egipcia indiscutible. Las cofias de algunos de los personajes dibujados se asemejan a modelos que los egiptlogos conocen muy bien. Pertenecen a la XVIII dinasta, es decir, a una poca comprendida entre 1567 y 1085 antes de J.C. La gran expansin de los bvidos y la cultura a ellos adscrita pertenecen pues al primer milenio; lo que constituye otro testimonio irrecusable de la modernidad del desecamiento del Sahara Central. Pero el autor, sin duda asustado por las consecuencias revolucionarias que se desprenden de su cronologa, no se ha atrevido a deducir las que se inducen de los hechos por l descubiertos. Con prudencia sita la llegada de los pastores bovinos hacia 3500 antes de J.C.; pero, aade a rengln seguido: Han debido de morar largo tiempo en el Sahara, acaso por varios milenios76. Se ha mantenido la cultura bovina con exuberancia a lo largo de los primeros aos del siglo X; lo confirma tambin otro testimonio histrico. Como consecuencia de los descubrimientos del Tasili poseemos ahora pruebas suficientes para afirmar que la influencia egipcia se ha mantenido constante sobre las poblaciones del Sahara desde el IV milenio hasta el primero; es decir en el tiempo de su mayor preponderancia. Lhote ha descubierto en el Tasili pinturas que representan embarcaciones muy similares a las egipcias. Los ros del Sahara eran entonces navegables y los recorran barcos parecidos a los que surcaban el Nilo. Segn dicho arquelogo, este testimonio de la influencia egipcia debe situarse en la poca de las primeras dinastas; pero los estilos sealados por el autor con las letras K y L, pertenecientes al primer milenio con gran probabilidad, estn ellos tambin directamente emparentados con la civilizacin egipcia. Tienen por base un testigo biolgico, una especie buena: el caballo, que ha penetrado desde este pas en las regiones centrales del Sahara. Como los bvidos, caracteriza el caballo salvaje la facies de praderas, cuya humedad debe de estimarse por lo menos en los 600 mill., pluviosidad esparcida de modo regular a lo largo del esto. Pero debajo de esta media o si el verano resulta demasiado seco, emigra o desaparece la especie. Domesticada, debe el hombre cuidar de ella. Por esta razn, en las regiones ridas se convierte el caballo en objeto de lujo. En consecuencia, como testigo de un marco natural propio, su empleo en los transportes o en el arado de las tierras seala un paisaje determinado. Su substitucin por otra especie ms apropiada a las nuevas condiciones del clima apunta la existencia de una mutacin. En otra obra, hemos estudiado la sustitucin de los caballos y de los bueyes en los transportes por el mulo en la meseta ibrica a lo largo del siglo XVI77.

Por razones an oscuras, el caballo, cuya filogenia, en parte americana, en parte asitica, es completa, haba desaparecido del norte de frica y de Asia Occidental en los primeros milenios de los tiempos histricos. (Por lo menos esta es la creencia aceptada por la mayora de los autores.) Desconocido en Sumer y en las civilizaciones posteriores de Mesopotamia y en Egipto, ha sido introducido en el Creciente Frtil en poca mucho ms moderna, acaso por los hititas, y en el valle del Nilo por los hicsos78. En las pinturas rupestres saharianas aparece en fecha mucho ms tarda, pero est abundantemente representado en los refugios mesolticos de la Pennsula Ibrica, no solamente en estado salvaje, sino tambin domesticado79. No puede dudarse de la introduccin del caballo en las regiones centrales del Sahara desde el valle del Nilo, porque aparece en las pinturas rupestres enganchado al carro egipcio80. Se sabe que los hicsos han trado carro y caballera a estas regiones durante su conquista y dominacin, desde 1780 a 1577 antes de J.C. Por consiguiente es probable que su llegada al Sahara Central deba situarse hacia los ltimos siglos del primer milenio. La expansin de los caballos por las praderas ha coincidido sin duda con el apogeo de la cultura bovina; pues no slo no se excluyen las dos especies, sino que se complementan. Posteriormente con la generalizacin de su empleo al servicio del hombre, aparece el estilo de los carros. Como lo veremos ms adelante, esta situacin cronolgica, fijada por Lhote, est corroborada por testimonios literarios de la antigedad. Se puede concluir que en esta poca el paisaje dominante en las regiones centrales del Sahara pertenece a asociaciones vegetales, relacionadas con los gneros bos y equus. Es solamente en el perodo del caballo, escribe Henri Lhote, cuando se observa un cambio manifiesto: Las especies corpulentas como el hipoptamo, el rinoceronte, el elefante desaparecen entonces de las pinturas; la jirafa, el antlope y el avestruz se mantienen. Es pues entre el IV y el II milenio antes de J.C. cuando ha empezado la desecacin del Sahara81.

2. La situacin climtica en el siglo V antes de J.C. Herodoto da en su Historia indicaciones precisas acerca de las regiones que se hallan al sur del golfo de la Gran Syrte, es decir, de las regiones que ahora nos interesan. En el interior de las tierras, por encima de la Libia de las bestias salvajes (el Sahara Central) existe una elevacin arenosa que se extiende desde Tebas hasta las Columnas de Heracles. Sobre esta elevacin se encuentra a distancia de diez das de marcha aproximadamente, montaas de sal, compuestas de gruesos trozos, sobre montculos. En la cspide de cada montculo mana en mitad de la sal agua fresca y dulce en derredor de la cual habitan hombres (CLXXXI). Herodoto y los griegos en general conocan bien las tierras africanas que se hallan al sur de la Pennsula Helnica y sus regiones inmediatas; pues, siendo fciles las comunicaciones, las relaciones entre las poblaciones de ambos territorios deban de ser frecuentes. Es posible que los depsitos de sal mencionados por el historiador sean las capas de fosfatos caractersticas del sur tunecino. Sus noticias acerca de los terrenos situados al occidente son escasas. Tebas, que se halla un poco al sur del grado 26, se encuentra a la misma latitud que el pas de los garamantes, del cual hace Herodoto una bastante fiel descripcin. Era lgico vista la dificultad de emprender largos viajes que sus ideas acerca del oeste sahariano fuesen confusas. El circulo de latitud de Tebas pasa al sur del Atlas, que se halla situado en el grado 30. El error acerca del Estrecho de Gibraltar es mucho mayor: Se halla en el grado 36. No coincide la descripcin que hace Herodoto de la regin del Atlas con un clima seco: La montaa llamada Atlas es redonda y estrecha por todos los lados; tan alta que es imposible ver la cumbre segn se dice, pues jams se apartan las nubes de ella ni en el verano, ni en el invierno (CLXXXIV). El desierto, zona de arenas terriblemente seca y deshabitada (XXXII), en la poca deba de corroer el Sahara Oriental, en donde

todava existiran algunos palmerales. Todava lo atravesaran los nmadas, pero cambia la situacin hacia el oeste. Desde Auguila, a una distancia de diez jornadas de marcha se encuentra otra eminencia de sal, agua y un gran nmero de palmeras que dan frutos como en otros lugares. Hombres viven en esta comarca y san muy numerosos. Se llaman garamantes... Poseen bueyes.. Dan caza estos garamantes a los etopes trogloditas con carros arrastrados por cuatro caballos (CLXXXIII). De acuerdo con su ecologa las palmeras pertenecen a otro marco geogrfico que el de los bueyes y de los caballos. Los oasis de palmerales se encontraran al este, en las estribaciones del Sahara Oriental, en donde sin duda alguna haran incursiones los garamantes. Su lugar de habitacin se encontraba ms al oeste. Se mantenan todava en estas regiones saharianas unas praderas escasas, en va de degradacin, pero an suficientes para alimentar un cierto nmero de bueyes y de caballos domesticados. Esta interpretacin del texto se halla confirmada por la arqueologa, pues se encuentran en todo el Sahara Central pinturas con representaciones de carros. Ha descubierto Lhote un grabado cerca del pozo de Arli, en la pista que va desde el Hoggar a EsSuk, la antigua Tadameka de los bereberes sudaneses, por debajo del grado 20 de latitud; y por otra parte, ciento diez grabados en el sur de Orn, muy por encima del grado 30. El gran nmero y la dispersin de estos dibujos por lugares tan distantes los unos de los otros constituyen un testimonio irrefutable. Posean an en el siglo V antes de J.C. las regiones del Sahara Central un marco natural suficientemente hmedo, aunque ya degradndose, para que las pudieran atravesar normalmente carros arrastrados por cuatro caballos.

3. La ltima mutacin de los testigos biolgicos Permite el estudio de las pinturas del Tasili y de otros lugares una enseanza que confirma la evolucin del clima en el Sahara Central, establecida por la observacin de su morfologa. Son las representaciones de testigos biolgicos. Se posee de este modo la certeza de que el elefante y su marco natural haban desaparecido de las regiones del Sahara Central desde el final del segundo milenio y que su desaparicin coincida con la llegada del caballo. Pero, desde entonces haba huido la especie de estos lugares buscando refugio contra las condiciones adversas del clima, sea hacia el sur, sea hacia el norte. En nuestros das vive el elefante en el frica ecuatorial y ha desaparecido, con la acentuacin de la sequa, del norte del continente. Mas la existencia del elefante en Argelia y en Marruecos en el principio de la era cristiana no puede ser objeto de duda alguna. Los testimonios histricos son mltiples y concordantes. Sabemos todos desde la escuela que Anbal invadi Italia desde sus bases en Espaa con un escuadrn de elefantes. Plantea este proboscidio un problema de orden filogentico an no del todo aclarado. Parece que han existido en los tiempos antiguos dos especies de elefantes en frica del Norte: El elefante que los cartagineses haban adiestrado para la guerra, pequeo comparado con el africano, el ms grande y bravo de los que existen hoy da; y el elefante enano que ha vivido en Europa en el pleistoceno inferior. Se han encontrado del mismo restos en Sicilia y en Espaa. Segn Raymond Vaufrey que los ha estudiado, sera el descendiente degenerado del gigantesco elephas antiquus, especie caracterstica del cuaternario europeo. Su reproduccin en documentos histricos plantea el problema de su posible supervivencia o de su recuerdo. Por su importancia en la historia del arte expondremos esta cuestin en el apndice IV. Sea lo que fuere, es evidente que el elefante es un testigo excepcional para determinar la facies de las regiones en donde su presencia era frecuente. Pues, aunque pequeo de acuerdo con las

noticias que tenemos de l en estado de domesticacin, requiere para vivir en el salvaje de enorme cantidad de pastos. Como los datos sobre su caza son numerosos, se deduce que el Magreb posea en aquella poca un rgimen de lluvias abundantes y regulares que ya no existe. A medida que el clima empeoraba, el elefante y lo mismo lo hicieron las especies forestales fue a buscar su sustento y la supervivencia de sus descendientes refugindose en la alta montaa, en particular en el Atlas marroqu. Poseemos de estas regiones las ltimas referencias que le conciernen. En los tiempos de Plinio, en el siglo I de nuestra era, exista an en el Gran Atlas, de acuerdo con las noticias que le manda en una carta Suetonio Paulunus, legado en Mauritania, que acababa de atravesarlo. Segn Thernistios, filsofo y retrico del siglo IV despus de J.C., los elefantes han desaparecido de frica del Norte. Trescientos aos ms tarde, Isidoro de Sevilla invoca su recuerdo con melancola. Hablando de la Mauritania Tingitana, luego de haber advertido que posee monos, dragones, animales feroces y avestruces, aade: Antao haba muchos elefantes, ahora slo la India los produce82. Sin embargo, declara en su crnica (572) el culto abate de Biclara, que se cazaba an en Mauritania Cesares83. Se trata, es lo ms probable, de una reminiscencia literaria. De acuerdo con estos testimonios se puede concluir que se encontraba la especie al principio de la era cristiana en regresin. Se mantena lozana en la parte oeste debido sobre todo a la altitud de sus zonas montaosas. Atestigua pues el hecho la modificacin climtica; pero en este caso, como en tantos otros, el hombre ha acelerado la sentencia dada por la naturaleza. A medida que estas regiones se civilizaban por obra de la administracin romana, huan los animales salvajes perseguidos para los placeres de la caza o para las necesidades del circo. Un ejemplo reciente nos ensea la desaparicin de una especie zoolgica diezmada por el hombre blanco a pesar de sus pretensiones. En el comienzo del siglo XX existan en el Sahara avestruces y el hermossimo antlope Adax. Estos animales han sido aniquilados por la estulticia humana y su rabia destructora. La desaparicin del elefante coincida con la aparicin de especies hasta entonces desconocidas en estos lugares; lo que confirma la modificacin de la facies. Se impone, sin embargo, una observacin. La substitucin de las especies en funcin de las variaciones del clima se realiza generalmente de un modo desordenado. Puede necesitar un tiempo considerable, pues oscilando la naturaleza, los aos lluviosos sucediendo a los secos, se defienden los individuos Contra el rigor atmosfrico en los tiempos malos y se recuperan en los buenos. La mutacin se manifiesta a gran escala. Puede durar esta situacin mucho tiempo, pues han demostrado ciertas especies una resistencia extraordinaria. El cocodrilo perdido en el pequeo lago del Tasili es un ejemplo notorio. Mas, la transformacin del paisaje lleva a otras consideraciones que interesan directamente al historiador. Ante las situaciones adversas se defiende el hombre con una ingeniosidad y una rapidez que no poseen las especies zoolgicas, ni las asociaciones geobotnicas. El conocimiento de la fecha del esfuerzo humano seala la crisis climtica de manera mucho ms precisa que los testigos naturales. La de la construccin de las fogaras, por ejemplo, determina casi inmediatamente los aos del empeoramiento del clima. Cuando en el siglo XVI una parte de la meseta ibrica fue asolada por la llegada de la sequa, la reaccin del hombre para atenuar la catstrofe econmica sealaba automticamente la obra del clima. Ante la escasez de las lluvias, se apresuraron los agricultores a desarrollar plantas que se adaptaban mejor a la aridez. El desplazamiento hacia el norte de los cultivos de la vid y del olivo corresponda a la progresin del secano. Hay que calcular solamente un cierto tiempo entre el fenmeno y la intervencin humana. Existe una actividad social que por su carcter permite afinar este desfase: eran los medios de transporte, que antao se realizaban en tierra por traccin animal. En Castilla, se hacan los transportes en la Edad Media con bueyes. Crecan pastos por doquier y al fin de cada jornada hallaban fcilmente las bestias su alimento. Con la crisis fueron substituidos por mulos, ms sobrios. No necesitan forraje verde, les sobra la paja en casos de apuro. De tal suerte que basta

una sencilla documentacin histrica que seale su substitucin para que la mutacin de la facies quede determinada de modo preciso. El mismo problema se ha presentado en el Sahara y en frica del Norte. Ante las mltiples repercusiones de la modificacin lenta pero fatal del clima, se esforzaron los antiguos por remediar lo ms urgente, las comunicaciones. Hemos expuesto anteriormente cmo el caballo, prosiguiendo su emigracin del este hacia el oeste por Asia y por frica, haba sido artificialmente introducido en las regiones centrales del Sahara hacia fines del primer milenio. En la poca clsica se haba aclimatado tan bien que eran famosos por su rapidez los caballos libios y nmidas84. Segn San Isidoro se mantena esta fama en su tiempo85. Las condiciones climticas en Sahara Central y Occidental oscilaban pues en los lmites de una pluviosidad adecuada para que pudiera desarrollarse esta especie con vigor en su marco natural. No se trataba de un hecho aislado y extraordinario, sino extendido en un rea de dimensiones considerables, como nos lo confirman la historia y la arqueologa. Nos consta que empleaban los romanos su caballera en el norte de frica y que atravesaban el Sahara a caballo. Aconseja Estrabn que para esta expedicin se deben tomar ciertas precauciones: atar a la montura odres de agua para beber en el curso del camino. No nos indica el gegrafo griego los lugares en que este uso era imprescindible; mas podemos remediar esta imprecisin con el hallazgo de pinturas y grabados. Lhote ha podido con su emplazamiento reconstruir la ruta empleada por los antiguos para ir del Mediterrneo al Nger86. Parta la va de Oea (Trpoli), pasaba por Cidamus (Gadams), len (Port Polignac), al pie del Tasili, que atravesaba, as como el Hoggar, por desfiladeros conocidos para alcanzar TiMUlisan y Tadameka (EsSuk) y, por fin, el Nger en Gao. Plinio nos da noticia de que esta fue la ruta seguida por Septimus Flaccus en el ao 70 despus de J.C. y por Julius Mantinus en el 86, los cuales con toda probabilidad alcanzaron el gran ro africano. Desde su conquista en el 19 antes de J.C. por el legado Cornelius Balbus haban sometido a su dominio los romanos la Cirenaica, el Fezzam y el sur argelino. La III legin ocupaba Gadams (Cidamus) y Rat (Rapsa), aglomeraciones situadas a escasa distancia del macizo del Tasili. Como el deterioro de las praderas y de los pastos aumentaba y resultaba cada vez ms difcil viajar a caballo, le encontraron los romanos un substituto: el camello. La llegada de esta especie a frica del Norte permite fechar el momento crtico de la crisis climtica. No se halla pintado, ni grabado en los refugios conocidos: era inhabitual en estas regiones cuando los indgenas ornamentaban los paos rocosos. Gsell asegura, siguiendo a Basset, que no existe palabra bereber para designarlo87. Lo que es normal, pues en el paisaje verdoso anterior hubiera sido un intruso o una curiosidad. No lo describe Plinio en estos lugares. Sin embargo, no era un desconocido. Las primeras noticias de su presencia en el norte de frica datan del De bello Africae de Julio Csar (XVIII, 4). Asegura este autor que Juba los empleaba ya aunque en escaso nmero. Veintids tena en su ejrcito. Sin embargo, el silencio de Plinio, naturalista tan preciso y concienzudo, que tena los medios requeridos para documentarse, nos indica que en su tiempo el empleo del camello no se haba an generalizado. Los autores, desde Gsell hasta Carcopino, se muestran unnimes: Fue introducido el camello en el norte de frica por Sptimo Severo; es decir, a fines del siglo II88. Ahora bien, qu representa la aparicin de este testigo en la crisis climtica? No debe engaarse el lector con una imagen de almanaque e imaginarse ya el camello atravesando las hamadas y los ergs del desierto africano89. Es muy probable que an no existiese esta facies en las regiones del Sahara Central y Occidental. El empeoramiento progresivo del clima entraaba una lenta transformacin del paisaje. Las facies rida y subrida segn los lugares ms o menos favorecidos por la orografa, la hidrografa y la pluviosidad llegada del Ocano, evolucionaban hacia la estepa xeroftica. Entonces se ingeni el hombre por buscar fuentes de agua para subsistir. Empez a profundizar los pozos ya existentes para no perder las capas freticas, y hacia el siglo X se construyeron las primeras fogaras que son la base de los

actuales oasis. La fecha de las obras de captacin de las aguas subterrneas marca la progresin de la sequa. En razn de la disminucin del paso de los ciclones atlnticos se manifestaba un movimiento aparente, como si el fenmeno se realizara lentamente pero de modo irreversible desde el este hacia el oeste. Pareca pues que el camello, como tantos otros, hubiera seguido esta carrera hacia Poniente al paso del desierto. Y no ha sido as, pues no pertenece a la fauna de estas regiones desheredadas. En su estricta acepcin filolgica y naturalista el desierto es un lugar vaco, abandonado por el hombre y los vertebrados superiores. El hbitat de nuestro camlido pertenece a las facies rida y subrida de Asia. Se contenta con pastos escasos que no alimentaran a los caballos. Sus compaeros son los rebaos de cabras y los asnos. Pero, as como el hombre ha discurrido el modo de emplear el caballo en lugares inhspitos procurndole agua y forraje, ha logrado asimismo mantener artificialmente la especie camlida en un marco geogrfico que no es el suyo, sino a ttulo de excepcin. Ha conseguido aprovechndose de sus cualidades de sobriedad emplearlo como medio de transporte en lugares que de otro modo le hubieran sido inaccesibles. Estas reacciones humanas a la imposicin de la naturaleza, la busca de las aguas subterrneas y la adaptacin de una especie extranjera para asegurar los transportes, son los testigos de la mutacin del clima y del paisaje. En el siglo XI, Mauritania estaba an suficientemente regada para que se mantuvieran en su suelo pastos, rebaos y una poblacin importante. Por esto ha podido iniciarse en estos lugares el movimiento almorvide. En el caso contrario, si hubieran posedo ya la facies desrtica que hoy da all impera, jams hubieran podido sus jefes religiosos alistar las masas de guerreros requeridas para emprender con xito la conquista no slo del Senegal, sino tambin de Marruecos y de Andaluca. Como lo apreciaremos en un captulo prximo, la crisis revolucionaria del siglo VIII en la cuenca mediterrnea y ms tarde el movimiento almorvide tenan por eje y motor la ltima mutacin del clima cuyas consecuencias haban asolado el Sahara Central y Occidental. b) El clima en el frica del Norte al comienzo de la era cristiana Ha evolucionado la facies del Magreb desde la antigedad hacia los tipos ridos y subridos que le son propios en nuestros das, en movimiento sincrnico con el desecamiento progresivo del Sahara, pero con un desfase importante en su gradacin debido a una humedad superior, el paso ms frecuente de los ciclones procedentes del Atlntico. En el comienzo de la era cristiana, conservaba el norte de frica el paisaje verdoso y de gran lozana de que haba gozado en tiempos anteriores. Los testimonios literarios que lo corroboran son numerosos y conciernen a los ms diversos caracteres morfolgicos o biolgicos. Daremos algunos ejemplos: La recoleccin de los caracoles que s haba realizado en la parte oriental del Magreb a lo largo de la prehistoria, se haba transformado en la poca romana en una industria y un comercio considerables. Se exportaban a todo el imperio90. Necesitan estos gasterpodos terrestres, sobre todo las especies comestibles, de un marco natural hmedo sin el cual no pueden subsistir. Segn el testimonio de los autores clsicos eran abundantes los bosques. Con el curso de los tiempos el papel desempeado por la orografa ha sido decisivo en la dispersin de las especies forestales. EL SAHARA CENTRAL Uad o lecho de ro desecado

Antiguo camino empleado por los carros para ir de Trpoli a Gao Caminos actuales para ir de Orn a Gao y de Argel a Agadez Perseguidas por el hacha del leador o agostadas por la sequa, se refugiaron hacia las alturas de los grandes sistemas montaosos. As ocurre en nuestros das en que importantes masas forestales an se conservan en Marruecos. Son testigos de tiempos pasados. Ocupaban antao un rea mucho mayor. Los tcnicos han calculado en dos millones de hectreas los bosques que han desaparecido en esta sola regin91. Las noticias que nos dan los antiguos acerca de los ros son tambin cuantiosas; breves, pero precisas. Los uadi actuales eran ros autnticos, muchas veces navegables. El Seb marroqu, de trescientos kilmetros de longitud y que desemboca en el Ocano, era una va de agua magnfica. Annis magnificus et navigabilis>, escribe Plinio. Basta comparar estos adjetivos con los peyorativos, morfolgicos y climticos, adscritos a la palabra uad, para que se comprendan los cambios ocurridos en esta parte del litoral atlntico. Si con un esfuerzo de imaginacin se restituye al suelo el mantillo que en capas potentes antao lo recubra y que ha desaparecido, se comprendera que los elogios hechos por los antiguos acerca de la riqueza agrcola de estas regiones no eran ni un mito, ni el fruto de la hiprbole. Ms an: Se ha mantenido esta facies con evidente aunque suave degradacin a lo largo de la Edad Media. El testimonio de los gegrafos rabes es concordante e indiscutible. Lo que sobre todo extraaba a los emigrados llegados de Egipto y de Trpoli, escribe Georges Marais, era la abundancia de rboles. Se dice que el pas presentaba antao una serie continua de espesuras desde Trpoli basta Tnger, asegura Ibn Adhari. Nos sentiramos tentoJos a echar al cesto de las fbulas esta tradicin de una edad de oro, si el reciente descubrimiento de obras de irrigacin y de explotaciones agrcolas en regiones ahora desrticas no le restituyese algn valor92. Ignoraba naturalmente este distinguido historiador de Berbera que el clima haba cambiado a lo largo de los siglos; lo que da mayor valor a su perspicaz observacin. Prosigue ms adelante: Qued sorprendido el gegrafo Elya-Kubi, autor oriental del siglo IX, por el aspecto verdoso, la abundancia de las aguas en la regin que se extiende entre Qamzsda (Sidi bu Zid) y la orilla del mar; o sea, una distancia de 150 kilmetros por un pas que se encuentra en nuestras das, a pesar del esplndido desarrollo de la arboricultura sfaxiana, en parte desrtico93. Citas similares podran extraerse de textos de El Bekri, de Ibn Kaldn y de otros autores.

CONCLUSION
En su obra Mainsprings of civilisahion, publicada en 1945, presenta Huntington diversos grficos que describen las oscilaciones del clima en los tiempos histricos. Fueron construidas las curvas con los mtodos que hemos expuesto al principio de este captulo. Las reproducimos para el conocimiento del lector. La curva de las sequoias es la ms precisa; pero coinciden las tres en sealar las grandes crisis climticas que interesan a los acontecimientos objeto de este estudio. La numerossima bibliografa aparecida desde entonces en los idiomas ms diversos ha afinado, con sus mis y sus menos, las oscilaciones reseadas; pero confirman las lneas generales de la evolucin climatolgica en los tiempos histricos. 1. Despus de un periodo de estabilidad aparente que parece dominar la era antigua, apunta a partir del siglo II despus de J.C. una grave mutacin del paisaje en las latitudes del Mediterrneo. Lo confirman los grficos de una manera general y la coincidencia de los tres mtodos, los testimonios

geogrficos, biolgicos e histricos que hemos descrito, no puede ser fortuita. 2. Aparece en los siglos VI y VII otra crisis que acenta la pulsacin. 3. Con el IX y el X la situacin mejora o se estabiliza, pero a fines del XI y en el XII surge otra crisis temible. Coincide con la decadencia general de la civilizacin rabe en Oriente y con la contrarreforma almoravide y almohade. Destruyen los mauritanos (es decir, lds moros de la tradicin popular) la cultura andaluza de Marruecos y atravesando el Estrecho, invaden el sur de Espaa. Es la verdadera invasin de la pennsula. Provoc la reaccin de los hispanos, de la mayor parte de la poblacin musulmana, de la cristiana y las hazaas del Cid. Es el fin de la civilizacin arbiga en Occidente. Tras esta larga exposicin, nos es posible ahora deducir un principio indispensable para comprender los acontecimientos ocurridos en los siglos VII y VIII en gran parte de las regiones mediterrneas. Como consecuencia de una larga evolucin del clima, debido a oscilaciones cuyo sentido apunta hacia una misma direccin, de donde el neologismo: pulsacin, ciertos marcos geogrficos caracterizados por asociaciones geobotnicas determinadas desaparecen bruscamente. Otras asociaciones mejor adaptadas a la nueva situacin climtica aparecen. Se produce una profunda mutacin del paisaje. Esto no se realiza impunemente. Causa el fenmeno gravsimos trastornos en la vida biolgica (la agricultura), econmica y poltica de las poblaciones que habitan las regiones alcanzadas por la mutacin del marco anteriormente existente. Enturbia entonces las pginas de la historia una agitacin poltica confusa: guerras internacionales, revoluciones interiores, desplazamientos dexnogrificos, los cuales podrn ser de corto alcance (ley de Breasted) o de efectos prolongados e irreversibles como los movimientos demogrficos hilalianos. El desecamiento del Sahara por sus enormes dimensiones y el carcter descomedido de su irradiacin por obra de las leyes de correlacin que unen los marcos geogrficos ms diversos, ha coincidido con grandes trastornos climticos en el marco natural de la Pennsula Ibrica. De aqu las perturbaciones que la han conmovido ea el siglo VIII, con los sntomas precursores anteriores. Permite esta nueva luz entender e interpretar correctamente los textos rarsimos y lacnicos que han llegado hasta nosotros. Si, como lo apreciaremos en un captulo prximo, cuando analicemos la crisis revolucionaria que tuvo lugar en Espaa a principio del siglo VIII, nos advierte un autor que el hambre ha diezmado la mitad de la poblacin, no estaremos ya dispuestos a considerar las dimensiones de la catstrofe como el fruto del genio hiperblico de los antiguos. Nos ser posible encuadrar la noticia en un fenmeno de mayor alcance: la mutacin del paisaje que haba arruinado la tradicional agricultura del pas. Por otra parte, se impone otra observacin. Por una convergencia notable entre el desarrollo de las ideas-fuerza y la modificacin del marco geogrfico, la que probablemente no ha sido nica en la historia, la acentuacin de la sequa desde Asia hacia frica en el curso de la Alta Edad Media ha sido un fenmeno paralelo con una divergencia de las ideas monotestas que simultneamente se ha manifestado en estas regiones. Se forrn enkonces en las poblaciones un enorme complejo: lo que se ha traducido en una oleada de fondo cuyo carcter era religioso. Era el fruto de una larga evolucin anterior. Pronto creci la planta y alcanz dimensiones considerables: eran el Islam y la civilizacin rabe.

54 Huntington, Ellsword: Civiliaton arad cimate, Yale University, New Haven. Existe una edicin espaola traducida por la Revista de Occidente, Civilizacin y clima, Madrid, 1942. 55 Huntington, Ells word: Tree growth arid dimatic interpretations, Caz. negie Inst. Pub. u.0 352, Washington, 1925. Desde esta fecha se han convertido estos estudios en una disciplina cientfica dc gran alcance, con una biblio. grafa importante: la dendrocronologia. Puede el lector interesado conocer la situacin actual de esta ciencia en un estudio acerca de los trabajos realizados recientemente, publicado en <La Recherche>, Le message des arbres por Hubert Polge, u.O II, p. 331, abril de 1971. 56 De Geer: Geochror~ologia suecias principies, Estocolmo, 1940. De acuerdo con los estudios realizados por este sabio y su escuela durante cerca de cincuenta aos por todas las regiones del globo, ha empezado la retirada de los hielos en el escudo escandinavo en el ao 6800, antes de J.C. 57 Hemos expuesto para el uso de los historiadores los mtodos diversos que permiten reconstituir el clima en un momento dado del pasado, en un trabajo publicado por los <Calilers dHistoire Mondiale,, Edition de la Bacoui~re Neuchatel, vol. VII. N. 3. 1963, con el ttulo: Les changements de clima et [Link]. Varios de estos mtodos han sido descubiertos por el autor para explicar la gran crisis que a fines del siglo xvi asol la meseta ibrica. Ver el cuarto tomo de La decadencia espaola. 58 Desde el punto de vista de su reciente historia morfolgica, descartando su actual ecologa, dividimos el Sahara en dos regiones: el Sahara Oriental y el Sahara Occidental. Sensu lato, el circulo de longitud que los separara tendra que pasar por Trpoli para alcanzar el lago Tchad. La parte oriental de esta lnea hasta el Nilo y el Mar Rojo, abarcara el desierto aseptizado,, sea el de Libia, el Feman, el Tibesti, etc. Fuera correcto dividir en dos la parte occidental: las regiones centrales que se encuentran al norte de la curva del Nger: el Tanezruft, el Hoggar, el Tasili; y, en fin, las regiones tpicamente occidentales, entre las cuales se hallan Mauritania y el Ro de Oro. 59 Lionel [Link]: Algerie [Link], p. 76. 60 Lionel Balout: Ibid. 61 E. F. Gauthier: Le Sahara, Payot, p. 103. 62 Lhote, Henri: A la decouverte des fresques da Tassili, Arthaud, p. 55-58. 63 E. F. Gauthier: Le Sahara, p. 97. 64 E. F. Gauthier: Le Sahara, p. 63. 65 Lhote, Henri: Ibid., p. 202. 66 Lhote, Henri: ibid., p. 202. 67 E. F. Gauthier: Le Sahara, p. 199. 68 Hernndez Pacheco, Francisco: Los pozos del Sahara espaol e hiptesis de su construccin. <Investigacin y Progreso>, enero, febrero, 1945.

69 E. F. Gauthier: Le Sahara, pp. 138 y 204. Ver tambin Gsell: Histoire antique de A frique da nord, Hachette, Pars, t. 1, 1913. 70 Citamos por la traduccin de Stephan Gsell: H&odote. Textes relatifs lhistoire de A frique du Nord, fascculo 1, Argel-Pars, 1916. 71 Olage, Ignacio: La decadencia espaola, Mayfe, t. IV, pp. 275 y siguientes. 72 Son debidas a la resistencia de las estructuras biolgicas, sean vegetales, sean animales, que se defienden un cierto tiempo en la frontera de su ptimo, contra la presin continua del fenmeno fsico. Su repentina desaparicin impone una modificacin del paisaje que reviste idntica rapidez; por lo cual el empleo del trmino: mutacin. 73 Poseen estas pinturas las dimensiones siguientes: 95 X 105. <Comprende el conjunto tres hipoptamos y tres piraguas. Parecen hechas estas ltimas con materia vegetal (junco) y se relacionan con un modelo existente en ciertos monumentos egipcios. Llevaban acaso una vela?... Est entortado el todo con ocre rolo (Lhote, Ibid., p. 225). Es probable que el hipoptamo no viviese en el macizo del Tasili, sino en la llanura. No puede dudarse, sin embargo, de que para esbozar su dibujo ha visto la escena el artista. Quedaron en su memoria sus rasgos principales. 74 Olage, Ignacio: La decadencia espaola, Madrid, t. IV, pp. 275 y SS. 75 E. F. Gauthier: Le Sahara, p. 32. 76 Lhote, Henri: Ibid., p. 238. 77 Olage, Ignacio: La decadencia espaola, t. IV, pp. 296.303. 78 Segn Breasted, el gran historiador de Egipto, haban introducido los hititas el caballo y el carro en el Creciente Frtil hacia el 2500 a. de J.C. (The conquest of civilization). Ver nota 80. 79 Se hallan en Espaa con abundancia los antepasados del caballo, sobre todo en el mioceno con la especie Hipparion gracile. En 1928, hemos encontrado en un yacimiento de mamferos, cerca de Villaroya, en la Rioja, el crneo casi completo (los dos maxilares y su completa denticin) de un Hipparion craasum, de acuerdo con la determinacin hecha por el especialista en mamferos F. Roman. (Lo hemos donado para las colecciones del Museo de Ciencias Naturales de Madrid.) Mucho ms tarde, han credo algunos situar este yacimiento en el piso villafranquiense, es decir en una fecha mucho ms reciente. Sea lo que sea, como tambin se han descubierto en las cuevas de la pennsula dientes de Equus stennonis y los caballos estn abundantemente representados en las pinturas rupestres, se puede concluir que la ltima evolucin de esta serie ortognica hacia la especie caballo se ha realizado completamente en Espaa. Evoluciona el phyllura en frica hacia el tipo del caballo cebrado. En el neoltico no haba franqueado el Estrecho de Gibraltar el caballo europeo, o sea, el Equus caballus, pues su reproduccin en las pinturas africanas aparece tan slo al principio del primer milenio. En Espaa ha debido de estar domesticado el caballo desde tiempo muy antiguo. Eduardo Hernndez Pacheco ha descubierto en Boniches (Cuenca) la pintura rupestre de un caballo mantenido por un hombre con una corren. Parece pertenecer la pintura al fin del mesoltico. 80 Importa el esclarecer las ideas. El descubrimiento en los refugios del Sahara de la representacin de carros produjo en su tiempo gran sensacin que conmovi a los arquelogos. Sabios, como Salomn Reinach y Dussaud, notaron que el estilo muy particular de los carros cuyos caballos iban a galope

largo mostraban uit neto parentesco con el galope salteado que haba dado a conocer el arte micnico cretense (Lhote). Si se comparan las pinturas saharianas con las escenas de combate o las de caza que estn grabadas en los vestbulos de los grandes templos egipcios, en Karnak por ejemplo, resulta fcil apreciar la diferencia entre los dos estilos. En stos, se levantan los caballos sobre sus piernas como si fueran a dar un salto adelante. EL parentesco con el arte cretense parece manifiesto. Mas no hay que hacerse ilusiones. El estilo slo demostrara una influencia cretense. Caballos y carros han penetrado en el valle del Nilo en los aos 1780, con la invasin de los hicsos. (Wilson: Egypto, vida y muerte de una civilizacin. Citamos por la traduccin francesa del editor Arthaud.) De acuerdo con la mayora de los autores, el desembarco de <pueblos del mar> en Cirenaica data de 1200 antes de J.C. Entre estas dos fechas carros y caballos tuvieron tiempo de desparramarse por el Sahara Occidental, a pesar de los dos mil kilmetros que separan ambas regiones. El testimonio biolgico es ms preciso y seguro que el artstico. La llegada del caballo a las regiones del Sahara Occidental es el resultado de una emigracin empezada en Asia Central hacia el tercer milenio. Se ha desplazado la especie del Este hacia el Oeste en busca de pastos; no ha sido dirigida por el hombre, por lo menos en sus principios. En razn de nuestros conocimientos mucho ms escasos, el problema de la influencia de un estilo sobre poblaciones extranjeras induce siempre a la desconfianza. Por qu no seran los cretenses los que hubieran aprendido de los libios el estilo del "galope a saltos"? No asegura Herodoto "que han aprendido los griegos de los libios a enganchar a cuatro caballos,?" (CLXXXIX). No lo afirmamos. Hacemos la pregunta. 81 Lhote, Henri: Ibid., p. 174. 82 Etimologas, L, 14, V, 12. 83 Mon. Germ. Auct. Ant. XI, 2, p. 213. 84 Per. Hannon, 7. 85 Etimologas, L. 12, 1, 44. 86 Leer la discusin del tema en Lhote: Ibid., pp. 141-171. 87 Gsell, Stephan: Histojre ancierrne de IAfrique du Nord, 1914, t. 1. 88 Carcopino: Le Mwoc antique, p. 138. Gsell, ibid., t. 1, pp. 59/61. Julien Guey: Milar&ges darchologie e: [Link], 1939, p. 233 y Ss. Louis Lerch: P Fasdcule des Travaux de llnstitut dtudes sahariennes, Argel, 1942, pginas 48 y ss. Lesquier: Arrne romalne dEgypte, pp. 92-113. Gauthier: Le Sahara, pp. 129/141. 89 Hamada: palabra rabe que designa en el Sahara las mesetas recubiertas con grandes losas de roca calcrea. Ergs: en rabe, grandes extensiones de dunas. 90 Plinio: Historia Natural, XXX, 74. 91 Clerier: Initiation au Maroc, p. 37. 92 Marais, Georges: Ibid., p. 23. 93 Marais, Georges: Ibid., p. 77. Para el lector interesado en la moderna ecologa del Norte de frica y del Sahara, recomendamos el estudio hecho por el profesor Louis Emberger: Alnque u Nord Ouest, publicado por la UNESCO en sus investigaciones sobre las zonas ridas: Ecologie Vgtale, 1955, t. VI, p. 219. La ecologa contempornea es el producto de la evolucin del clima en la historia. Permite por

lo tanto esclarecer algunos problemas retrospectivos. Sealamos el siguiente dato que permite al autor una comparacin entre la meseta ibrica y el Norte de frica. cOn a beaucoup discut pour savoir si lEspagne centrale (Madrid) ese originellement asylvatique ou non. Or, ji existe en Alrique da Nord des rgions boi,ses ayant le mame quotient (relacin algo compleja que establece el autor entre las temperaturas mnima y mxima con el grado de humedad y sus variaciones correlativas) que Madrid. Donc, les asteppes es pa gnoles reprsentent un tat de dgradation lores. ttere, como le pensait Huguet de Villar

Captulo 6
EL COMPLEJO RELIGIOSO
La competicin religiosa entre trinitarios y unitarios, a lo largo de la Edad Media. Origen y divorcio de estas dos concepciones religiosas. La concepcin trinitaria se impone en Occidente, el monotesmo unitario en Oriente. Posea ste mayores bienes materiales y una mucho mayor cultura intelectual. El prejuicio occidental es responsable de la minoracin de este hecho por parte de los historiadores; lo que ha empaado el conocimiento de la verdadera evolucin de las ideas en el curso de la Edad Media. La rivalidad milenaria entre las civilizaciones semitas e indoeuropeas. Monotestas unitarias las primeras, son polgamas; las segundas, trinitarias y mongamas. Esta divergencia fue acentuada por la predicacin de San Pablo sobre el sexo. La gnesis de la concepcin trinitaria de la divinidad. La oposicin del arrianismo. Su propagacin entre los polgamos. El sincretismo arriano es un estado anterior al sincretismo musulmn. Las zonas de metamorfismo: regiones intermedias entre los territorios en donde se han desarrollado grandes civilizaciones. Pueden en ellas las ideas-fuerza contrarias oponerse y a veces fundirse en un nuevo concepto. En Occidente fue la Pennsula Ibrica una zona de metamorfismo en donde el sincretismo arriano evolucion hacia el Islam.

En el siglo IX, cuando Asia Menor se haba convertido en un campo de batalla en donde se enzarzaban el basleus bizantino y el califa de Bagdad, concluan a veces los dos combatientes un armisticio y procedan a un intercambio de prisioneros. Negociaciones tantas veces repetidas se convirtieron en un protocolo: Se tom la costumbre de efectuar el trueque en la frontera de Cilicio, en un lugar situado a una jornada de la ciudad de Tarso. Serva el ro Lemnos de lnea de demarcacin. Dos puentes haban sido construidos: uno para los romanos (con este adjetivo se denominaba entonces a los bizantinos), otro para sus adversarios. Debidamente alistados por una comisin mixta, se apresuraban los prisioneros en ambas orillas. Ora uno, ora otro, se llamaba a un cristiano y a un musulmn. Cuando atravesaban su puente, en su alegra de verse libres y de volver a sus hogares, testimoniaban los unos la grandeza de Al, glorificaban los otros a la Santa Trinidad
94.

Refleja la ancdota la mentalidad que ha dominado a los pueblos mediterrneos a lo largo de la Edad Media. Era el fruto de una competicin religiosa entre el monotesmo unitario y una concepcin trinitaria de la divinidad. Discusiones teolgicas los haban dividido en bloques

irreductibles. Desgraciadamente, no era esta rivalidad de orden estrictamente espiritual o intelectual; derivaba hacia la violencia. Finalmente condujo la pasin a un estado de guerra permanente entre los dos bandos, accin que impulsaban tambin otras razones, menores o gravsimas, como la llegada de la sequa que empujaba a los turcos hacia el oeste. Con sus ms y sus menos se mantuvo esta beligerancia desde el siglo IV (Concilio de Nicea) basta la batalla de Lepanto. El desconocimiento o una incomprensin de esta situacin ha inducido a errores de bulto. Pues, si se aminora su importancia, se desacopla inmediatamente el sentido de la evolucin histrica de la Edad Media. Para situar en sus lmites exactos los trminos de esta rivalidad y apreciar su relacin o su influjo en los acontecimientos, se requiere abarcar el problema en su conjunto, en amplio panorama. Dos principios determinan su esencia y evolucin: 1. La lenta ascensin del monotesmo en detrimento del politesmo, el cual, a veces complejo, ha arraigado en la mentalidad de las masas mucho ms tiempo de lo que se haba credo hasta ahora. 2. El divorcio que se ha establecido desde el siglo IV entre los monotestas partidarios del dogma de la Santa Trinidad y los monotestas adheridos al unitarismo, cuyas creencias heterodoxas en relacin con el cristianismo romano quedarn ms tarde absorbidas por el sincretismo musulmn. Dominado por el determinismo geogrfico, atemorizado por las cleras de la naturaleza, achicado ante sus manifestaciones, aun ante aquellas que nos parecen hoy da pueriles, desorientado por la incomprensin de los fenmenos inherentes a su propia vida, paralizado con demasiada frecuencia por el miedo, ha credo el hombre primitivo distinguir en las fuerzas fsicas del mundo colindante seres superiores a los que deba reverenciar y rogar, como si fueran uno de sus semejantes investido de un gran poder. Se fue desenvolviendo el politesmo de acuerdo con el genio de cada raza y as adquiri formas muy diferentes, cuando la base para todos era la misma. Se ha impuesto esta mentalidad en gran parte de los tiempos histricos. Estudian hoy da los socilogos su influjo en las masas contemporneas, en las muchedumbres de las naciones industrializadas de Occidente. Sin duda alguna ha tenido largo alcance en la formacin de las estructuras de las grandes civilizaciones. Durante mucho tiempo, con el candor de los primeros historiadores cristianos, se haba credo que el politesmo y sus diferentes manifestaciones ms o menos transformadas o rechazadas, haban sido disueltos por la predicacin de la nueva doctrina monotesta. Sabemos hoy da que no ha sido as. Han resistido por muchos siglos al empeo de la enseanza cristiana y ms tarde musulmana. Volveremos sobre el tema en el captulo prximo, cuando describamos la evolucin de las ideas religiosas en Espaa. Por ahora, nos basta recordar que en sus grandes lneas esta rectificacin haba sido ya iniciada en el siglo pasado. Grecia, escriba Renan, se ha mantenido en sus viejos cultos, que solamente abandon en mitad de la Edad Media y con desgana evidente95. Ocurra lo mismo en Bizancio y en su imperio. Estaba muy extendido el paganismo, advierte Louis Brhier, en la alta sociedad y en las campias, a pesar de los edictos imperiales, en Grecia, donde la universidad de Atenas constitua su ltimo refugio, en Egipto, en Siria, en Constantinopla, en cuya universidad enseaban todava en ctedras oficiales maestros paganos. Obligada a cierta tolerancia se vea la accin del gobierno rebasada por explosiones de furor popular que ensangrentaban las ciudades. Una tentativa como la de Pam precios para restablecer el culto abolido demuestra que a finales del siglo V la cuestin del paganismo se gua siempre candente96. Si tal era la situacin en Oriente, qu sera en Occidente, culturalmente mucho ms

atrasado? Lentamente, la mentalidad primitiva que mezclaba impresiones, sentimientos e imgenes, poco a poco se adiestr en conceptos abstractos. Alcanz el razonamiento un rasgo peculiar propio del hombre blanco: Era el principio de causalidad que empezaba a difuminarse en medio de las tinieblas de la prehistoria. Con el transcurso de los milenios consigui diluir ciertas prcticas infantiles y crueles. Inteligencias superiores lograron fundir en un solo concepto las potencias mltiples que la fantasa humana haba vislumbrado en los rboles, en los riachuelos, en las fuentes, en la majestad de la luna o en las radiaciones solares. Cuaj la nocin de un dios nico en ciertos espritus distinguidos. Aparecen los primeros balbuceos de esta idea-fuerza en tiempos de las grandes dinastas de Egipto; es decir, en fecha muy anterior a la llegada de Abraham a tierras de Canan. Para los iniciados, para los sacerdotes que gobiernan la nacin, slo existe una substancia que se engendra eternamente. Para la masa que no alcanza estas sutilezas, R, el sol, es la material manifestacin de esta potencia y lo adoran las muchedumbres como si fuera un verdadero dios. Es pro. bable que en razn de la oscuridad de los textos, siempre difciles de interpretar correctamente, no surja el concepto con la ntida precisin que hemos expuesto; mas la mayora de los historiadores de la civilizacin egipcia estn de acuerdo con el hecho del brote de tallo an tiernsimo. No existe hoy duda alguna de que estos primeros rudimentos de la concepcin monotesta han sido heredados por otros pueblos que mantenan con Egipto estrechas relaciones97. Con muchas otras riquezas materiales e intelectuales, de Egipto recibieron los griegos la concepcin de un principio superior y transcendieron la idea sus filsofos en un axioma metafsico que ha modelado las culturas que heredaron o siguieron sus enseanzas. Sabido es el papel desempeado por Platn y por Aristteles en la evolucin de las ideas cristianas. La distincin entre un ente superior y un inferior que tiene a su cargo las desgracias humanas es un concepto cuyo origen debe de ser egipcio, emparentado con R emanacin de un mvil eterno, alelado de la tierra y de los problemas terrenales. Sea lo que fuere, desarroll esta enseanza Platn en el Timeo. Posee el Ser Supremo un obrero, un demiurgo que ha construido el mundo y la tierra. Como no es tan perfecto como el que le ha engendrado, su obra contiene aciertos y defectos; de aqu las bellezas y las miserias de la vida. De este modo cargaba el demiurgo sobre sus anchas espaldas el problema del mal, secuela de la idea de un dios perfecto, que perturbaba entonces a los monotestas. Para la escuela de Alejandra, este intermediario que se designa con diversos nombres: la Luz, el Verbo, el Logos, emana directamente del Dios nico, pero no posee su naturaleza divina. Para los Cristianos de los siglos II y III que son los creadores del dogma, el Logos o el Verbo es Cristo. Con el Padre y el Espritu Santo forman una Trinidad, un solo dios en tres personas. Pero este concepto base de la teologa cristiana no fue unnimemente admitido por los adheridos a la nueva fe, fueran Padres de la Iglesia o fieles modestos. Una larga controversia tuvo lugar a lo largo del siglo III. Se hizo necesario un concilio general. Tuvo lugar en la ciudad de Nicea, en el ao 325. Una importante masa de disidentes se opusieron a sus enseanzas y siguieron las directrices de Arrio y de otros heresiarcas. Desde entonces qued manifiesta la divisin de los monotestas. Ya no revistieron las discusiones caracteres acadmicos. Los discursos en las iglesias y los escritos se transformaron en actos agresivos, manu militad. Ambas partes quisieron lograr el triunfo de sus ideas en el campo de batalla. De los egipcios tambin recibieron los hebreos la enseanza de un principio nico y superior; mas, en razn de su propio genio rechazaron la interpretacin esotrica y luego metafsica que tuvo en tiempos de la Escuela de Alejandra. En lugar de ser un ente abstracto que se manifiesta por una o ms emanaciones de su persona, el dios de Israel es providencial. En

realidad se trata de una concepcin antropomorfa. Jahv cuida de su pueblo como un burgus de su Jardn. Se pone alegre cuando se abren y rompen flores bellas. Se enfada cuando la cizaa amenaza con abogarlas. Mas, en sociedades predispuestas a un sentimiento religioso estrecho, lo que generalmente ocurre cuando se anquilosa el dogma, conduce fatalmente este antropomorfismo a actos sociales y polticos, inconcebibles en un principio. Era Israel el pueblo elegido de Dios. Ha sido causa esta ilusin de desgracias incontables; tanto ms que fue heredada por los monotestas posteriores, los cuales la transcendieron a un plano intelectual. Ellos slo estaban en posesin de la verdad, los que no participaban de sus ideas estaban en el error y vivan en las tinieblas. Las consecuencias de tal desatino, pecado de orgullo, eran fciles de deducir: Cuando se dividieron los monotestas en el siglo IV con motivo del dogma de la Trinidad, se agredieron mutuamente con ferocidad. Se hicieron guerra sin piedad; de tal suerte que a finales de siglo pudo escribir el historiador latino Amiano Marcelino: No hay bestias tan crueles para con los hombres como la mayo ra de los cristianos lo son los unos para los otros. Proclambanse estos fanticos discpulos de Cristo, sus actos y sus escritos pocas relaciones tenan con las lecciones del Maestro. La intransigencia y la maldad haban borrado de sus corazones las dulces palabras del Evangelio. Poca semejanza tenan sus pensamientos y sus escritos con las enseanzas de los filsofos paganos que citaban para darse postn de hombres cultos. Desde el siglo IV hasta el fin de las guerras de religin en el siglo XVII, la persecucin religiosa ha asolado el Occidente trinitario y el Oriente unitario. Enfrent entre s a los monotestas: ortodoxos contra heterodoxos, cristianos contra musulmanes, chiitas contra sunitas98. Gravsima consecuencia tuvo este estado de opinin en la evolucin histrica de la humanidad blanca. En razn de una divergencia cada vez ms acentuada, se aislaron las dos ideologas, sin contacto la una con la otra. Ignoraron los cristianos los esplendores de la civilizacin rabe, cuando alcanz las altas cumbres; lo que no deja de ser notable en el caso de los bizantinos que nada de ella aprendieron a pesar de su vecindad y de sus relaciones con sus antiguas provincias. Ms tarde ocurri lo mismo con los musulmanes, los cuales tampoco quisieron saber de la evolucin de las ideas en las naciones cristianas, al llegar los tiempos modernos. Existieron tambin otras razones que han alentado esta oposicin; mas, desde un sencillo punto de vista descriptivo, en amplio panorama, hay que reconocer este hecho: la creencia de poseer la verdad, la nica verdad, era en gran parte responsable de esta mutua animosidad, al enfrentarse dos sociedades poseedoras cada una de su propia verdad. Tanto es as que el contacto de ideas entre las dos pudo llevarse a cabo en lugares en donde por obra de circunstancias especiales se encontraba atenuada la tensin religiosa. As en Espaa, que en cierto momento de la Edad Media fue un no mans land, una tierra de nadie entre ambos adversarios. Corto result este tiempo de smosis, aunque fecundo. Pues fue ahogado por la reaccin confesional. De una parte, en el bando mahometano por almorvide y almohade que destruyeron la cultura arbigo-andaluza; por otra parte, por la Reforma de Cluny en el momento lgido de la cruzada franca hacia el sur, la que rechaz con horror las concepciones filosficas y gran parte de las culturales del genio andaluz perseguidas por sus telogos y sus gentes de armas. De tal suerte que lograron estos conceptos mantenerse en el curso del tiempo e influir en las generaciones posteriores, a costa de disfrazarse y enmascararse en los juegos y fuegos artificiales del Renacimiento. Tan hbilmente fueron colocados mscaras y disfraces que hasta nuestros das se desconoci su origen y ascendencia. Se ha mantenido hasta nuestros das el impacto de este criterio. Prejuicios tenaces han dominado los espritus, hasta las mentes ms liberales, no slo a lo largo del siglo XIX, sino tambin la gran mayora de los historiadores contemporneos. Se trata de la deformacin de una perspectiva histrica que se traduce por un exceso de occidentalismo. Se haba credo que el Renacimiento haba heredado directamente las enseanzas de la civilizacin griega, despus de un largo perodo oscuro peyorativamente denominado: edad de hierro. Por estimacin o por amor

propio mal entendido, se haba exagerado el concepto segn el cual el cristianismo era el heredero directo del genio helnico; Santo Toms, el sucesor verdadero, es decir, sin intermediario alguno, de Aristteles. Por no haber valorado en sus estrictos trminos el hecho de la divisin de los monotestas, se haba desestimado la evolucin de las ideas en todo el mbito de la cuenca mediterrnea. Se haba desconocido el enorme progreso realizado en el campo unitario en todas las disciplinas y de modo particular en las cientficas. Si nos referimos, por ejemplo, a las matemticas, las que por su naturaleza no suscitan pasin alguna, sea poltica o confesional, se os asegura an hoy da en la mayora de los textos que haba proseguido Galileo los trabajos empezados por Arqumedes en el siglo III antes de J. C... La mayor parte de la historia de las ciencias se haba escamoteado. Era tambin responsable de este error de perspectiva la incomprensin del papel desempeado por Roma en su accin de crear el Imperio. Haba conseguido confederar las ciudades y las provincias situadas a orillas del Mediterrneo. Mas, en razn de la simplicidad con que se conceban antao los hechos histricos, se haba credo que la potencia poltico-militar y la creacin de ideas componan las dos caras de una misma medalla; es decir, la estructura de una civilizacin. No era as. Han existido civilizaciones muy importantesacaso las ms fecundas, cuyas sociedades jams consiguieron una hegemona militar, ni tan siquiera a veces el equilibrio de un orden poltico. Nunca domin Atenas el mbito helnico por la fuerza de las armas. Roma haba solamente establecido la paz en el Mare Nostrum. Haba permitido esta unificacin una mayor inteligencia entre sus partes orientales y occidentales. Era preciso desechar demasiadas ilusiones. Haban adquirido ciertas provincias de Occidente una enorme potencia material que se traduca, verbi gratia en la Btica, por una fuerte demografa, amplios negocios y gigantescos trabajos como los de Ri Tinto. Personalidades distinguidas nacieron en dicho mbito, as un Trajano; destacaron genios cual Sneca. Sus poblaciones no posean ni la tradicin, ni la condensacin intelectual requerida para que el aliento creador lograse brotar y desarrollar de tal modo que arrastrase a las masas ciudadanas. Era la situacin muy parecida a la existente en los tiempos modernos en Amrica, comparndola con Europa. A pesar de sus iniciativas en las materias ms diversas, hasta ahora ha estado siempre circunscrito el fluir de las ideas a la vieja feracidad de nuestro continente. En mucho tiempo y de modo parecido ha gozado el Oriente mediterrneo, es decir, en la mayor parte de la Edad Media, de una savia vivificante que ha fecundado los siglos posteriores; mientras que slo mantena Occidente un precario statu quo. Y an! No consigui conservar en su pureza la lengua latina. Fue a partir del siglo X cuando grmenes nuevos empezaron a brotar y a florecer en Andaluca; lugar que haba constituido siempre una excepcin en Occidente. Permiti este impulso en el siglo XI dar vida a lo que Vossler ha llamado el primer Renacimiento. No fueron testigos los siglos de la hegemona romana de la labor creadora del genio ni en las artes, ni en las ciencias, ni en la filosofa. Cierto, existieron movimientos de ideas cuyo impacto alcanzara a las futuras generaciones. Era la segunda poca de la Escuela de Alejandra, en la que un Filn y un Plotino con su neoplatonismo tanto impulsaran el desarrollo de las ideas religiosas. Fueron los Padres de la Iglesia quienes articularon el dogma cristiano; los trabajos de Diofanto y Ten (siglos III y IV) iban a permitir en tiempos posteriores la aparicin del lgebra. Mas, si se prescinde de la efervescencia potica del siglo de Augusto, el centro del hervor de las ideas se hallaba en Oriente. Nada similar se manifestaba en Occidente. Ni el genio de un San Agustn, ni la poesa de un Prudencio eran capaces de desviar o de modificar la expansin de las ideas que llegaban arrolladoras desde Oriente. Inexacto era calificar la Edad Media de edad de hierro, por lo menos en lo que concierne a Occidente. No habiendo existido un estado anterior de superioridad, difcil era situar este decaimiento. Si decadencia haba era estrictamente material, econmica, social y poltica. Tan slo

fue en pocas muy posteriores, a finales de la Edad Media, a excepcin de Espaa, cuando la vida intelectual consigui arraigar. Al contrario, haba conocido Oriente la cultura helenstica en todo su esplendor, la efervescencia de la bizantina. Se condensaban all los elementos que iban a brotar en maravilloso florecimiento: la civilizacin rabe. Volvamos para orientarnos a la evolucin de las ciencias matemticas que nos puede servir de hilo conductor. Los antiguos, los hebreos, los griegos, los romanos, empleaban letras para sealar nmeros. Desconocan el cero y el empleo de los decimales. De este modo se encontraban enfrentados con problemas insolubles que resuelve hoy da con facilidad un joven escolar. Fueron los monotestas antitrinitarios, directos herederos de las enseanzas de la civilizacin helnica, quienes lograron sacar las ciencias del pozo en que se hallaban metidas. Establecieron las bases de un nuevo idioma matemtico. Crearon signos especiales para determinar cifras. Concibieron los matemticos hispanos, musulmanes y judos, un nuevo procedimiento operatorio en funcin del cero. Aprendieron a multiplicar y a dividir, a aplicar los nuevos signos y el nuevo lenguaje al lgebra y a la trigonometra; en una palabra, crearon la aritmtica que sirve de base a las matemticas modernas. Por consiguiente, volva Galileo a estudiar las cuestiones de fsica que haba barruntado Arqumedes; mas, cuando no saba el Antiguo multiplicar ni dividir, empleaba el Moderno el clculo que utilizamos en nuestros das. Se enfrentaban los dos sabios con los mismos problemas, pero Galileo poda resolver los que eran insolubles para Arqumedes por la sencilla razn de que gozaba del uso de una ciencia que haba requerido a la humanidad nada menos que dos mil aos de esfuerzos. Asimismo, deformaba este error de perspectiva la comprensin de la evolucin del pensamiento religioso. Los herticos orientalespor lo menos aquellos que pertenecan a movimientos importantes como el arrianismo, no eran unos vencidos como se ha escrito demasiadas veces. Si sus ideas no arraigaron en Occidente, no se debiera ignorar la extraordinaria expansin que tuvieron en Oriente y el papel que desempearon en la formacin de una de las ms importantes religiones e a tierra, el Islam. Pues ellas fueron la base que permiti la estructura de la civilizacin rabe. Era esta desacertada concepcin el resultado de una enseanza tradicional. No poda inculparse a una escuela, ni a una opinin envenenada por la polmica. En estos trminos se expresaba hace unos aos en una obra importante un autor que admiramos y que ha sido renombrado por su independencia de juicio: Sin aminorar nuestra repulsin por las calumnias con las cuales se ha querido empaar la memoria de los herticos, escribe Pierre Lassre en 1925, tenemos que reconocer entre los ilustres adversarios que les combatieron.., mayor nmero de hombres de altura que entre os disidentes. Han discernido mejor la va de la humanidad. Han desbrozado el camino y preparado el futuro a una religin civilizadora, heredera de la unidad romana, sola en defender entonces el mundo de la barbarie... Y ms lejos: En tiempos de los Padres, estaba el cristianismo en competicin con otros cultos, su filosofa en oposicin con otras filosofas que trataba de eliminar. En la poca escolstica ya se ha realizado la eliminacin. Ha vencido el cristianismo. Es la religin, la sola filosofa 99. Se transluce claramente en estas lneas el error de perspectiva mencionado. Para el autor la humanidad es una parte de Occidente. Pues el criterio expuesto por Lassre es exacto, qu duda cabe, pero tan slo para algunas regiones de Europa en el curso de la Edad Media. No puede extenderse al continente. Si fuera as, el problema que representa la Espaa hertica y musulmana no podra concebirse, ni entenderse. Los grandes maestros de la escolstica, los Alberto Magno, los Toms de Aquino, han precisamente afilado sus plumas para combatir ideas que desde Espaa haban irrumpido por doquier. Por otra parte, para el actual pensador, para el historiador

contemporneo la humanidad no es slo Occidente, sino el conjunto de las civilizaciones que han amanecido en la tierra Durante la Edad Media han existido algunas como la china y las indostnicas equiparables sino superiores a la que se condensaba modestamente en nuestras comarcas. Ninguna de ellas era monotesta. En qu ha vencido el cristianismo a los herticos partidarios del unitarismo? Salvo en Occidente, no sera mis bien lo contrario...? Ha asimilado el Islam en Asia y en frica a millones de seres que eran cristianos, aunque tuvieran en ciertos asuntos un criterio distinto del sustentado por Roma. Y esto sin contar a los heterodoxos griegos. Ha heredado el Occidente cristiano la ciencia y la filosofa rabe que le puso en conocimiento de la filosofa griega. Por lo tanto se debe desechar el prejuicio occidental y elevar la proyeccin histrica. La querella que divida a los monotestas interesaba al conjunto de los hombres blancos. Por esto, cuando los efectos de esta rivalidad se hubieron aminorado y la imposicin del cristianismo sobre la vida intelectual hubo perdido la fuerza que tuvo en la Edad Media, pudo propagarse la herencia de las civilizaciones griega y rabe. Se condens un ambiente creador: Surgi el Renacimiento. Ha enseado el historiador norteamericano Breasted que, para alcanzar el sentido de la evolucin del mundo antiguo, era menester concebir los pueblos de aquellos tiempos como si hubieran constituido dos ejrcitos gigantescos que se hubieran opuesto por milenios: Eran los semitas en lucha contra los indoeuropeos. Por nuestra parte, hemos transpuesto en nuestros trabajos los caracteres restrictivos de esta concepcin a un horizonte ms amplio. No son los cuerpos de ejrcito, sino las civilizaciones, las que desde cliii milenio hasta el siglo XVI pueden agruparse en familias de las cuales se conoce la filogenia. En otros trminos, se podra condensar la historia del hombre blanco en estas breves palabras: Ha sido el resultado de una largusima competicin entre las familias de las civilizaciones semitas y de las indoeuropeas, desde la aparicin de la escritura hasta hoy. En un principio se manifest esta rivalidad en Asia; luego, desde el primer milenio el frente se extendi poco a poco por las orillas del Mediterrneo. Los indoeuropeos, llegados por el valle del Danubio, dominaron las regiones situadas al norte del mar; los semitas el litoral del sur. Por turno, conocieron ambos adversarios momentos de apogeo y de crisis; pero con la proximidad de la era cristiana, de acuerdo con el estiramiento del frente hacia el oeste, pareca que los semitas se hallaban en inferioridad. Despus de haber estado separados por el mar un cierto tiempo, volvieron a encontrarse ambos adversarios, entonces representados por griegos y cartagineses, en tierra firme, sobre el suelo de Espaa. Desde un punto de vista militar parecen haber perdido la partida los semitas. Anteriormente vencidos por los hititas, lo son de nuevo por los persas, por Alejandro y sus generales, y al fin por los romanos. Por causas que an son oscuras, no consiguieron estos ltimos a pesar de sus empeos sucesivos reconstituir el imperio efmero del Macedonio. Fueron sumergidos no slo por una nube de combatientes, sino, hecho ms grave, por una riada de ideas orientales que rompi sobre Occidente, anegndolo todo. Luego de una larga y confusa situacin que sigui a la dislocacin del Imperio Romano, se condens una nueva civilizacin en estas tierras profundamente abonadas por culturas anteriores. Tom la ofensiva el Islam. Se hizo el amo de Oriente y la milenaria competicin entre indoeuropeos y semitas de nuevo prosigui hasta el siglo XVI, en que la batalla de Lepanto puso trmino a su hegemona militar y a su expansin hacia el Oeste.

No podemos ahora describir los diversos rasgos que han caracterizado en el curso del tiempo a estas dos familias de civilizaciones. Nos basta precisar para la claridad de esta exposicin que la ltima fase de esta competicin ha tenido lugar en las regiones mediterrneas. Se haban convertido los semitas al unitarismo y conservaban la tradicin jurdica polgama, mientras que los indoeuropeos haban sido conquistados por las ideas trinitarias y conservaban su tradicin jurdica mongama100. En el estado actual de los conocimientos no se puede desconocer, como lo ha hecho la historia clsica, la existencia de la vida sexual y el papel que ha desempeado en la estructura de las civilizaciones. Estn de acuerdo hoy da los antroplogos en reconocer que en las tribus salvajes los tabes de orden sexual slo han existido en nmero muy restringido de sociedades. Tal como se presenta an en nuestros das en Occidente el problema, hay que reconocer que est circunscrito a las zonas de su influencia cultural. Desde un punto de vista ms general, en razn de la herencia, del clima y de otros factores que ignoramos, se han desarrollado las familias en cada regin con caracteres diferentes. Aqu dominaba la poliandria, all floreca la poligamia, ah era la monogamia la que se haba convertido en una costumbre social. Entonces, para alcanzar una adecuada comprensin de las ideas al principio de la era cristiana, conviene apreciar en su justo valor las consecuencias del impacto causado por el problema de la cuestin sexual en la divisin de los monotestas. No presentan dificultad alguna los textos cristianos primitivos, pertenecientes a la tradicin israelita, por la sencilla razn de que acatan la ley juda, la que segn los Evangelios siempre ha reconocido y observado Cristo. Era polgama, como la de los pueblos semitas. Al contrario, aquellos que han sido redactados por intelectuales israelitas influidos o asimilados por la civilizacin griega, o por verdaderos occidentales, plantean un problema desconocido hasta entonces o por lo menos en trminos jams empleados. Ha sido sobre todo obra de San Pablo que era un judo helenizado. Era lgico que predicara las ventajas de la monogamia, como lo ha expresado en la segunda parte de su primera Epstola a los Corintios. Mal se concibe que un misionero para atraer proslitos pertenecientes a una nacin ms culta y desarrollada que la suya, hubiera empezado por asombrar a su auditorio exponindole doctrinas opuestas a su tradicin cultural y a sus costumbres familiares; lo que en este caso constituye un acto mucho ms grave que la exposicin de nuevos conceptos religiosos. Pues goza el espritu en una gran proporcin de una mayor plasticidad que el cuerpo, plasticidad que ste no posee, esclavo del hbito. Tanto ms que el auditorio griego del Apstol saba que perteneca a una nacin en donde exista el principio jurdico polgamo. Es probable que en razn de sus convicciones particulares no pudiese escapar el orador a cierto complejo de inferioridad: Cierto, parece afirmar. Pertenezco a una sociedad polgama, pero personalmente soy mongamo como ustedes. Ms an, insista el Apstol, como si quisiera defenderse de las probables censuras que le haran sus compatriotas, soy como ustedes mongamo, pero ante todo predico las virtudes del celibato y la superioridad de la continencia. Esto era lo nuevo en la predicacin de San Pablo. Gozaban estas ideas de larga ascendencia en las civilizaciones semitas. Se ha dicho, es verdad, que la escuela de Pitgoras haba predicado la ascesis y la continencia. Pero, como su ciencia, esta enseanza tena un origen oriental. Como el gnosticismo y afines que tanta influencia tuvieron sobre los cristianos de los primeros siglos, su origen deba de buscarse en una tradicin mgica procedente de los tiempos ms lejanos101. Parece que ltimamente haban reverenciado estas ideas los esenios, pero fue San Pablo quien primero las propag en el mundo indoeuropeo de Occidente. Mas aada algo de su cosecha. Mudos son los Evangelios acerca de la constitucin jurdica del matrimonio, fuera mongama o polgama. No ha condenado Cristo la institucin familiar de su pueblo, que era la norma de los semitas y que ha seguido sindolo hasta nuestros das. Tampoco se encuentra en los textos

evanglicos nada que se parezca a los elogios del celibato y de la continencia predicados por el Apstol. En los tiempos antiguos y por todo el mbito de la tierra se explayaba con entera libertad la vida sexual. Las barreras actuales establecidas por la sociedad occidental son recientes desde un punto de vista histrico. El problema sexual, de existir, estaba restringido al mnimo. Pero no tena relacin alguna su accin con el estatuto jurdico, mongamo o polgamo, de la sociedad. Trataremos de este tema en otro captulo por su importancia en la historia de Espaa. Por el momento nos basta apuntar que esta institucin legal era la consecuencia de una concepcin propia acerca de la vida y de la constitucin de la familia dentro de la tradicin de una civilizacin. Lo importante y lo grave de las enseanzas de San Pablo era la insercin de la continencia entre cuestiones meramente religiosas y teolgicas, pues apuntaba contra la sociedad en cuanto a la constitucin de la familia y de la procreacin. Desde entonces, posicin tanto ms reforzada por el gnosticismo y afines, ha tenido tendencia el cristianismo, segn el fluir de la moda en los tiempos histricos, a fomentar la concepcin segn la cual la virginidad, la continencia y el celibato eran estados considerados como superiores al matrimonio. Siendo as, como todo cristiano debe anhelar la mayor perfeccin posible, ha de huir de este sacramento. Los excesos de los dualistas, gnsticos y otros, que predicaban el suicidio colectivo, por falta de procreacin, con lo cual se consegua de una vez para siempre acabar con el problema del mal en esta tierra, era la sencilla deduccin del principio predicado. Pero, como la doctrina era antinatural y antisocial, ha sido combatida en todos los tiempos por los poderes pblicos. Fatalmente tena que desmerecer en ciertos momentos, para renacer ms tarde como una explosin en los tiempos de histerismo colectivo. Como el principio se encontraba en la doctrina predicada por San Pablo, se prosiguieron las discusiones hasta los tiempos modernos. As Calvino, condescendiente, rebajndose a ocuparse de los asuntos prcticos de la comunidad, concibi la fantstica ordenanza segn la cual se regulaban, sin concupiscencia y sin voluptuosidad alguna, el modo, uso y disciplina de los deberes conyugales que deban cumplir los desgraciados burgueses de Ginebra. Es posible que fuera Zoroastro responsable de esta mentalidad. Sus enseanzas o por lo menos una parte haban sido asimiladas por ciertas minoras judas y probablemente no eran desconocidas de Pablo de Tarso. Florecan en consonancia con las oleadas de la moda que pona en el candelero las extravagancias gnsticas. Ascetas, anacoretas, comunidades que vivan en lugares rupestres para dedicarse a la oracin y adiestrarse en ejercicios ascticos, han existido desde tiempos muy antiguos. Si sabemos que han arraigado estas manifestaciones y se han propagado en los pueblos semitas, tambin nos consta en contrapartida un hecho cierto: la existencia de una estricta minora que para cumplir estos fines viva apartada de la sociedad. Por el contrario, la predicacin de San Pablo a los pueblos indoeuropeos se esfuerza en convencer al cristiano de una nueva concepcin antropolgica: la superioridad de la virginidad y del celibato sobre el matrimonio. Pero este cristiano no debe encerrarse en un templo o aislarse en una cueva. Es menester que recorra las calles, que frecuente las ms diversas clases sociales; en una palabra debe emprender un intenso apostolado102. Como lo hemos estudiado en otro lugar, se desprende de esta enseanza un nuevo misticismo, un misticismo de la accin propio de los pueblos indoeuropeo en contraste con el del xtasis genuino de las civilizaciones semitas103. Es posible que no haya sido San Pablo el primero en predicar estas ideas a los pueblos indoeuropeos. Lo que importa para el historiador es que estas ideas han sido aceptadas posteriormente por el cristianismo occidental. Mas entonces, alcanzaba la competicin entre los monotestas un carcter que no haba revestido hasta el momento la rivalidad milenaria entre semitas e indoeuropeos.

Desde un estricto punto de vista occidental el hecho de la doctrina no adquira en la prctica ninguna mayor dificultad. Habindose convertido la enseanza de San Pablo en la base del dogma cristiano, el problema histrico hubiera alcanzado importancia grandsima si se hubiera extendido a la totalidad de la raza blanca. Pasaba desapercibido al circunscribirse a los discpulos trinitarios del Apstol, los cuales indoeuropeos vivan en Occidente. En la milenaria competicin que haba enfrentado los semitas polgamos a los indoeuropeos mongamos, se haban opuesto de modo natural estas dos concepciones de la familia, como un carcter diferencial cualquiera. Se era mongamo o polgamo, lo mismo que se nace en una familia pobre, rica o principesca. Hasta la era cristiana, semitas e indoeuropeos haban vivido en territorios ampliamente delimitados por la geografa. Con la dislocacin del Imperio Romano esta situacin se transform. En ciertas regiones, en Asia o en Europa, en Espaa o en el Irn, que en la poca eran zonas de metamorfismo, semitas e indoeuropeos, polgamos y mongamos, unitarios y trinitarios, se hallaban entremezclados en una misma sociedad. Entonces alcanz la competicin enorme complejidad y a veces la pasin inflam las poblaciones divididas en un mismo lugar. Ya no eran un estado jurdico, ritos, cultos que se oponan, sino una diferente concepcin de la vida. Para comprender las dimensiones de esta divergencia basta confrontar la enseanza de San Pablo en sus Epstolas con la de Mahoma en el Corn. Para el primero, la ascesis y la continencia, es decir, el esfuerzo de la voluntad para alcanzar un estado fisiolgico antinaturalpues el hombre ha sido construido para el amor y para asegurar su descendencia, est considerado como un ideal que debe perseguir el cristiano para tener derecho a los goces eternos. No es la obra de la carne el pecado de la humanidad? Afirma el Corn lo contrario: Cuando es realizado conforme a la ley natural, no presenta el acto sexual carcter alguno reprobatorio; es agradable al Seor, el cual, decimos nosotros, es responsable al fin y al cabo de la constitucin fisiolgica del hombre. Ms an: Cada vez que hacis la obra de la carne, dais una limosna:. La limosna es la creacin de la vida104. Segn esta enseanza se convierte el individuo en un justo, no porque ha refrenado, rechazado o desvirtuado sus legtimos impulsos sexuales, sino por la honestidad de su existencia. Tal es el ideal que es menester lograr, objetivo por otra parte mucho ms accesible que la continencia al comn de los mortales. Pues Dios ha hecho partcipe al hombre de los placeres de la lujuria para que tuviera un precedente anticipado de los gozos que le esperan despus de la muerte si por sus actos merece franquear las puertas del Paraso. La oposicin entre estas dos concepciones no poda perturbar la sesera del burgus que en la Edad Media moraba en Paris a orillas del Sena, ni la del creyente que en la misma poca se albergaba en Bagdad, a orillas del Tigris. No era lo mismo para las poblaciones que vivan en zonas de metamorfismo, como en Espaa, en donde competan ambas religiones. Entonces ya no se trataba de una lucha estrictamente espiritual. Un complejo de orden sexual dominaba las masas y sus reacciones. De aqu la complicacin del problema religioso. Tal fue sin duda la situacin en las provincias asiticas de Bizancio antes de la explosin del sincretismo musulmn. Tal fue sin duda el caso de Espaa en la Edad Media, en el curso de la cual una oleada lujuriosa polgama domin por de pronto el pas por varios siglos, para ser luego rechazada insensiblemente a partir del siglo XIII por otra oleada asctica mongama. Si no se aprecian las consecuencias particulares y sociales de este rgimen de ducha fra y caliente que han aguantado las poblaciones hispanas, nada se puede entender de su historia. Resulta ahora posible comprender el alcance de la predicacin de San Pablo para el futuro de la raza blanca, cuyas minoras esclarecidas arrastraban a las masas hacia una concepcin monotesta de la divinidad. Cuajaban los antecedentes de un divorcio que iba a ser trgico. El Apstol, que era

un hombre sensato y con experiencia, tuvo buen cuidado de no resbalar hacia las locuras de las sectas dualistas o en las lucubraciones de los gnsticos. Si no poda vivir castamente, para no quemarse, poda el cristiano casarse. Era mis liberal que la Iglesia Romana: En su primera Epstola a Timoteo escribe que el obispo tiene que ser irreprochable, el marido de una sola mujer, es decir, que para ser elegido el postulante para su cargo episcopal debe haber seguido el ideal monogmico indoeuropeo y no la poligamia de la tradicin juda. Tan obseso estaba el autor por la idea que la repite mis lejos a propsito de los diconos. Que sean los diconos esposos de una sola mujer105. Mas no podan estas tolerancias eliminar los fundamentos de la doctrina. Por su predicacin acerca del sexo quemaba San Pablo las naves no slo respecto a la tradicin juda, sino al conjunto de la familia semita. No pudo por esta razn desarrollarse el cristianismo en las tierras que haban visto nacer a su Fundador, en donde haba efectuado su predicacin y cuyas poblaciones le haban dado sus primeros discpulos. Poda el nefito transigir con prohibiciones concernientes a los ritos y a las costumbres de orden secundario como la circuncisin o ciertas normas alimenticias. Le era imposible trastornar su estatuto familiar y renegar del genio de su raza. A veces ha ocurrido esto en la historia, pero en circunstancias muy particulares, cuando una nueva concepcin de la vida iba envuelta en una cultura superior invasora. El desfase entre las civilizaciones precolombinas y la del Renacimiento que traan los espaoles a Amrica, explica la desaparicin de sus religiones autctonas. No era ste el caso de las poblaciones mediterrneas al principio de la era cristiana. Por la rigidez de su doctrina en cuanto al matrimonio, era difcil que la propagacin del cristianismo pudiera prosperar en los pueblos semitas polgamos. En realidad, despus de la predicacin de San Pablo, habase convertido el cristianismo en una religin adecuada slo para los indoeuropeos. En resumen, en la competicin milenaria que ha dividido a los blancos en indoeuropeos y semitas, aparecan al principio de la era cristiana dos opiniones contrarias enraizadas en cada uno de estos grupos humanos: una concepcin religiosa en relacin con el sexo y el matrimonio, una oscura y particular interpretacin de la divinidad. Para los apstoles que han conocido a Jesucristo y para sus discpulos que no han podido tratarlo, el Maestro es el Mesas: el Redentor segn la tradicin juda y adems el Hijo de Dios segn su propia conviccin. Ha sido enviado por su Padre a esta tierra para salvar al pueblo de Israel. Para los judos helenizados y para los griegos que han sido educados en la escuela de Alejandra, Cristo es el Logos. Su Padre le ha encargado no slo de salvar al pueblo de Israel, sino al gnero humano. Permita esta extensin de la tradicin juda una concepcin que podan admitir los no judos. Desde el siglo II, para todos aquellos que no han podido tener contactos personales con los primeros cristianos, se idealizaba la persona de Cristo. Alcanza un carcter abstracto, favorecida la transposicin por una corriente filosfica entonces de moda: la teora de los eones. Se presentaba entonces una dificultad por dems compleja: No poda ser Cristo el Dios nico, lo que estara en desacuerdo con el Evangelio. Por otra parte, su esencia divina haba sido reconocida por los cristianos; les era imposible admitir en el hecho de su aparicin en Judea la accin de un mediador, como lo proclamaban Marcin, ciertos gnsticos y dems dualistas. Para conciliar estos extremos concibieron algunos intelectuales del siglo III una doctrina muy complicada acerca de la Trinidad. Como se emparentaba con las concepciones filosficas entonces dominantes, pensaron sin duda que pondra de acuerdo a todo el mundo. Ocurri lo contrario. Provoc la discordia que iba a dividir hasta nuestros das a los monotestas. Numerosos han sido los autores que han visto alusiones al misterio de la Santa Trinidad en el Nuevo Testamento. Creemos sin embargo indiscutible el hecho siguiente: Las palabras y las frases que se pueden espigar en los Evangelios o en las Epstolas de San Pablo, sin discutir su alcance, no

poseen la estructura de la doctrina tal como ha sido expuesta en el Concilio de Nicea. Haba sido el fruto, sin mayores averiguaciones que no interesan a nuestro problema, de largusimas y violentas discusiones que haban durado dos siglos. Existe en la primera Epstola de San Juan un versculo acerca de los tres testigos en el cielo que se ha hecho clebre106. Cuando la impresin de las primeras biblias polglotas, el humanista espaol, Lebrija, editor de la ms antigua, y ms tarde Erasmo, se dieron cuenta al confrontar los textos latinos con los griegos que se trataba de una interpolacin tarda; lo que fue motivo de terribles discusiones. En nuestros das colocan los exegetas el versculo entre comillas. El cannigo Crampon, autor de una moderna traduccin de la Biblia que ha sido una de las ms ledas en este siglo y de mayor autoridad en los medios catlicos, pone en nota: No se encuentran las palabras puestas entre comillas en ningn manuscrito griego anterior al siglo XV, ni en ningn manuscrito de la Vulgata anterior al VIII107. Podemos asegurar al lector que no se trata al referir este incidente de una digresin. Mencionamos ahora la existencia de esta interpolacin para el esclarecimiento de las ideas; pues, como lo veremos cuando tratemos de la revolucin del siglo VIII, tuvo este versculo su importancia. Ya en el siglo II ha sido objeto la concepcin de la Trinidad de referencia potica por parte del autor de la Oda a Salomn, si en verdad pertenece el texto a dicha fecha.

Un vaso de leche me ha sido ofrecido, Lo he bebido en la dulce suavidad del Seor. El Hijo es esta copa, El que ha sido ordeado, es el Padre, El que lo ha ordeado es el Espritu Santo108.

No todos los autores cristianos sin embargo reconocan la doctrina que se estructuraba. Una personalidad tan destacada en el siglo II, como San Ignacio de Antioquia, en su Epstola a los cristianos de Esmirnia, que constituye segn palabras del padre Hamman un resumen de la fe cristiana en aquel tiempo, es decir, que hace estado del cristianismo en una fecha determinada de su evolucin histrica, no menciona a la Trinidad. Justino, el primer filsofo cristiano, sigue en este asunto la tradicin platnica y las lecciones de la Escuela de Alejandra. El Verbo es el mediador entre Dios y el mundo. .No slo por los griegos y por boca de Scrates el Verbo ha hecho conocer la verdad; tambin los brbaros han sido esclarecidos por el mismo Verbo, hecho hombre y llamado Jesucristo. Y ms lejos.. La desgracia os llegar. El Verbo os lo declara, el Prncipe ms poderoso y ms justo despus de Dios que lo ha engendrado109. Para Orgenes, al principio del siglo III, como Hijo est subordinado Jess a la autoridad de su Padre. Ha sido creado por Dios de la nada y lo ha elevado hasta El. Por esto goza de la mayor autoridad entre las criaturas. Citas parecidas podran multiplicarse. lo que importa es la existencia de una variedad enorme de opiniones con lo cual las discusiones se hicieron interminables. Se impona la convocatoria de un concilio para poner orden y encauzar la doctrina. Tuvo lugar en Nicea, en 325. Pero intervino la poltica, y la profesin de fe sobre la Santa Trinidad fue impuesta

por la fuerza del Estado a todos los disidentes, dentro de los cuales la cabeza mis importante era Arrio cuyos seguidores eran numerossimos. Entonces empez la divisin entre los monotestas que se ha mantenido hasta ahora. Desde el principio de la expansin de las ideas cristianas, las ms diversas concepciones acerca de la persona de Cristo aparecen y tuvieron una vida corta o larga. Se pueden juntar estas opiniones en tres grupos principales: A. las teoras segn las cuales ha recibido Cristo de la divinidad una ms o menos directa inspiracin. Es el ms grande de los profetas, pero es un hombre. No posee sustancia divina. B. Aquellos que ven en Cristo el Logos, el demiurgo creador del mundo. Se agriaron las discusiones para precisar el grado de divinidad que posee. No es igual a Dios, pero no es un hombre, es un dios de segunda clase. C. Los partidarios de la Trinidad. Existe un solo Dios que posee tres personas: el Padre, el Hijo y el Espritu Santo. Con el curso de los tiempos, de acuerdo con una dinmica de las ideas-fuerza que se repite constantemente, los conceptos se condensan en los extremos, abandonando las situaciones intermedias. Para el Islam, Cristo ser un profeta, es decir, un hombre extraordinario, pero un hombre. Para el cristianismo, Cristo es una persona de la Trinidad. Al fin de la Edad Media las doctrinas intermedias entre estos dos polos han desaparecido o han quedado reducidas a sectas insignificantes. Con la lejana puede el historiador apuntar este esquema u otro parecido; en los tiempos vividos era un embrollo fenomenal. A lo largo del siglo III, se prosiguieron las discusiones en tono cada vez ms agresivo, vulgar, hasta grosero. La situacin al principio del IV se complic con la predicacin de Arrio. Consigui agrupar en torno suyo a gran parte de los contrarios al dogma de la Trinidad, sobre todo a los obispos de las provincias asiticas que beban en fuentes directamente relacionadas con la tradicin de los primeros cristianos. la situacin se volva peligrosa para los lderes occidentales. Se salv la doctrina que defendan a consecuencia de un acontecimiento poltico extraordinario: la conversin de Constantino. Fue entonces reconocido como religin oficial el cristianismo. Pero, como las autoridades cristianas residentes en Roma tenan con el Emperador mayores relaciones que los obispos orientales, concluyeron con l un acuerdo poltico, que en nuestros das se ha llamado: pacto constantiniano. Se apoyaban mutuamente el poder poltico y el espiritual. A cambio de la adhesin de los cristianos a la persona investida con el poder del Estado, reciba la autoridad religiosa el concurso de la fuerza armada para acabar con sus enemigos teolgicos. Nada beneficiosa result esta alianza, ni para la cristiandad en su conjunto, ni para la espiritualidad de los seguidores de Cristo. Por de pronto tuvo por consecuencia una terrible mutilacin: la prdida de los cristianos de Asia, los cuales, perseguidos, se desviaron hacia otros derroteros. Como nada entenda el nuevo Emperador de discusiones teolgicas, dio su apoyo a los obispos occidentales con los cuales haba tenido trato. Dicen que Osio, el andaluz redactor del Credo, era amigo personal suyo. Sea lo que fuere, acudi nuestro hispano a Nicea como legado pontifical y con el respaldo oficial. Fue condenado el arrianismo y desde entonces comenz la guerra civil religiosa entre los cristianos. Sangre se derram. Torturadas fueron las gentes. La doctrina trinitaria fue impuesta a hierro y fuego. Mucho cost desarraigar el arrianismo de Occidente. Pues poda volverse contraproducente el pacto constantiniano, si con el curso de los aos pasaba el amo del ejrcito al bando contrario;

como as ocurri. Misioneros arrianos haban convertido en sus tierras de origen a varios pueblos germanos, a ostrogodos, a vndalos, a visigodos. Cuando cambi la tortilla y se hicieron con el poder, impusieron la hereja a las naciones que dominaron. Tuvieron en Ravena un centro de gran expansin. Fue alentada la idea en el sur de Francia, en la Pennsula Ibrica, en el norte de frica, en particular en Berbera. Por otra parte, se mantena lozano el arrianismo en las provincias asiticas bizantinas. La reaccin posterior de Constantinopla no pudo acabar con ella y este foco de ideas fue la base de la revolucin islmica en Asia Menor. La clave del problema que estudiamos se halla en la evolucin del grupo de ideas segn las cuales era Cristo un intermediario ms o menos divino entre el Sumo Poder y la humanidad. Cierto, se afeblecieron y se desgastaron estas doctrinas; pero no fue esto labor de un da. Sectas recnditas pero con vida tenaz se mantuvieron a lo largo de los siglos. As los ctaros que fueron aniquilados en el sur de Francia por la gente del Norte aguantaron hasta el siglo XIII en que sucumbieron. Mas esta descripcin permite la inteligencia de los acontecimientos ocurridos en Espaa en el oscursimo siglo VIII, en que tuvieron gran papel estas doctrinas intermedias, en las cuales destacaba una nueva concepcin arriana. Supieron los partidarios del heresiarca adaptarse a las circunstancias. Se olvidaron las discusiones sobre trminos anfibolgicos de la lengua griega, y el fondo de la doctrina, su racionalismo, se destac con mucha mayor claridad sobre las sutilidades teolgicas. A la postre perdi la persona de Cristo el carcter sacro que le confera su papel de demiurgo. Se convirti en un hombre excepcional, pero en un hombre. De este modo se deslizaba insensiblemente el arrianismo hacia el campo de los monotestas unitarios. Ms an, con las luchas religiosas la divisin de los blancos era forzoso que desembocase en la poltica. Pronto se estableci en el Mediterrneo una divisin militar. Ha destruido la persecucin religiosa la obra literaria de Arrio y fueron quemados a millares los libros de sus discpulos. Si algo sabemos de sus concepciones teolgicas y muy poco acerca del culto de esta religin, nada nos consta acerca de su contenido social; en particular sobre el matrimonio. Por indicaciones que se pueden rastrear en las crnicas latinas de la Alta Edad Media, pareca que hubiesen introducido los godos arrianos la poligamia en Espaa. Oscuro es el tema y volveremos a tratarlo en otro captulo. Dada la falta de documentos fuera temerario extender a la doctrina en su posterior evolucin o en su origen unos hechos que acaso slo tuvieron un alcance local. Pero se puede afirmar sin duda alguna que la mayor expansin del arrianismo y su mayor raigambre tuvo lugar en regiones, Asia Menor, Egipto, frica del Norte, la Pennsula Ibrica, que se convirtieron, si no lo eran ya, en tierras donde floreci la poligamia. Hace ya un siglo, ha escrito Renan con su perspicacia genial: Es el cristianismo una edicin del judasmo aderezada 4 gusto de los indoeuropeos; el Islam, una edicin del judasmo condimentada para el gusto de los rabes110. En razn de la proximidad en el tiempo de los acontecimientos, el paso del judasmo al cristianismo se ha realizado insensiblemente. No era lo mismo con el Islam. Se emparentaba con el judasmo111 por mediacin de una larga evolucin de ideas cristianas, ortodoxas y heterodoxas. Es indiscutible que el arrianismo fue un enlace principal. Que en los actos finales de su existencia como religin independiente predicara la poligamia, le fuera favorable o indiferente, el hecho es indudable: Ha sido una doctrina accesible a los semitas, un cristianismo para polgamos. En razn de su racionalismo pues al fin y al cabo negaba el carcter sobrenatural de Cristo se converta en una religin pre-islmica. Por esto, en amplio panorama se puede

concebir un sincretismo arriano, el cual abarcara las doctrinas monotestas unitarias y cuyos adherentes posean un estatuto familiar polgamo. Con otras palabras, como el Islam es el producto de una larga evolucin anterior, lo que le distingua del arrianismo era un hecho histrico posterior, la llegada de un nuevo profeta: Mahoma. En el curso de los primeros milenios, cuando empez y alcanz consistencia la competicin que opona los semitas a los indoeuropeos, se encontraba suficientemente aislada cada civilizacin en su marco natural para poder evolucionar de una manera autnoma. Pero amenguaron las barreras geogrficas que las limitaban a medida que se hicieron ms frecuentes e intensas las acciones militares, las conquistas y los desplazamientos de las poblaciones. Por razn de la orografa o de otras circunstancias se mantuvieron la mayora en esplndido aislamiento por mucho tiempo; con la llegada de la era cristiana y la invasin de Asia por Alejandro, zonas medianeras entre culturas semitas e indoeuropeas se formaron y se convirtieron en un crisol, en donde se mezclaban con gran hervor ideas diferentes, si no contrarias. Siguiendo las enseanzas de Spengler, por analoga con un fenmeno geolgico parecido, hemos llamado a estas regiones en donde se entremezclaban las poblaciones y se oponan sus ideas: zonas de metamorfismo. Conceptos enriquecidos por vieja tradicin, al contacto con otras ideas se transformaban hasta tal punto que no poda reconocerlos el no advertido. Aparecan grmenes preados con las fuerzas que condicionaran el porvenir. Nociones evolucionaban con gran rapidez. En este magma creador se condensan los fenmenos de pseudomorfosis que Spengler ha descubierto y estudiado. Uno de estos lugares ha desempeado un papel muy importante en la historia. Se trata de una verdadera placa giratoria que ha recibido culturas llegadas de todos los arimutes para finalmente propagarlas con poda o enriquecimiento hacia Oriente u Occidente. Eran parte de Asia Menor y Egipto, comarcas lindantes con el Mediterrneo y con desiertos que en aquella poca eran an transitables. Con la expansin de la cultura helenstica y su contacto con las autctonas y las ideas que llegaban de los confines del continente asitico, de la India y de la misma China, se enardecieron estos lugares con la efervescencia caracterstica de las zonas de metamorfismo. Se acenta este carcter con la dislocacin del Imperio Romano. Alcanz entonces una plasticidad extraordinaria una masa enorme de conceptos. Los de mayor maleabilidad formaron un nuevo ideario. Mas entonces, con este hilo conductor puede el historiador aislar y seguir en el curso de los siglos posteriores las creaciones sucesivas de varios sincretismos, cuya energa determinara las civilizaciones futuras y sus religiones. Con el impulso general que diriga la evolucin de las ideas hacia el monotesmo, se fundieron las concepciones superiores del pueblo judo y de los griegos: El resultado fue la filosofa alejandrina. La idea providencial del Dios de Israel se asociaba con el concepto de perfeccin requerido por los filsofos. El dogma cristiano que es una fusin de las predicaciones de San Pablo con la filosofa alejandrina ha sido el producto de este sincretismo. Como fue incapaz de resolver la antinomia entre un creador perfecto y su criatura imperfecta, se dividieron los intelectuales cristianos. Fue entonces cuando el misterio de la Santa Trinidad fue articulado en un cuerpo de doctrina. Pero con las luchas religiosas del siglo IV este concepto no pudo arraigar en tierras asiticas. Las ideas unitarias siguieron su curso y se form un nuevo sincretismo que hemos denominado: el sincretismo arriano. Aceptaba la herencia juda y las lecciones del cristianismo primitivo pero negaba la identidad del Padre con el Hijo, es decir la Trinidad. En consonancia con los problemas

filosficos en discusin, entre los cuales destacaba el problema del mal, se concibi a Cristo como un intermediario entre la Suma Perfeccin y el mundo imperfecto. Con el curso de los tiempos se acelera la evolucin de los conceptos. Se esfuman las sutilezas metafsicas y teolgicas de la filosofa alejandrina; lo que permite al sincretismo musulmn ser accesible a las masas. No sera ste el caso del sincretismo arriano, sumamente teolgico. De las doctrinas anteriores slo conservar el Islam principios sencillos que todo el mundo puede entender; los accesorios haban sido eliminados. Lo que distingue esta metafsica, escribe Andr Siegfried, lo que en ella llama la atencin, es su extraordinaria simplicidad; pues en suma se limita a Dios solo. Ah est su verdadera grandeza, en la que se refleja la pureza doctrina! del Islam. Supera en sublime sencillez a la metafsica cristiana112: As se explica que el sincretismo musulmn haya sido capaz de arrastrar a las masas sin pacto constantiniano y de convertirse en una religin estable. Como el cristianismo, es el resultado de un hecho histrico: el nacimiento y la predicacin de Mahoma. Contrariamente al dogma romano, es una doctrina eminentemente humana. Nada de Logos, nada de Verbo, nada de sobrenatural. Mahoma es sencillamente el ltimo y el ms grande de los profetas. Lo mismo que Moiss ha recibido de Dios las tablas de la ley, le ha sido entregado el espritu del libro. Es el sincretismo musulmn el fruto de enseanzas anteriores, ms podadas de sutilezas. Une la perfeccin que los filsofos griegos atribuan a la divinidad con la providencia juda; mas todo ello reducido a la ms sencilla expresin. Ha hecho bajar hacia tierra varios escalones a los sincretismos alejandrino y arriano. De aqu su racionalismo que constituye su gran fuerza. No goza Mahoma como Cristo de aureola divina. No hace milagros. No impone al espritu lo maravilloso. Podrn creer las masas en su simplicidad que los djines animan la atmsfera y que segn la dogmtica musulmana ha dictado el Corn a Mahoma el arcngel Gabriel. Para el intelectual, para el sabio o el filsofo, basta creer que la inspiracin divina ha permitido a Mahoma su redaccin. No sern torturados o excomulgados por esta conviccin. De las tres religiones reveladas es la ms accesible el Islam a las masas; lo que explica su rpida difusin. Cristalizaba la atmsfera monotesta que se haba formado en el mundo mediterrneo. Sin dogma no necesita el creyente estudiar filosofa alguna. le sobra un catecismo, que un cristiano necesita aprender para no caer en hereja. Para un buen musulmn un conocimiento del libro y la observancia de ciertos ritos son suficientes. Nos permite ahora este panorama de la evolucin de las ideas religiosas en la Alta Edad Media comprender la metamorfosis de las masas hispnicas en musulmanas. Pues ha sido por mediacin del arrianismo como la Berbera de San Agustn y la Btica de San Isidoro han sido convertidas en tierra del Islam. Slo poseemos de estos hechos rastros de documentacin. Mas ahora nos ser posible distinguir en los mismos algunos jalones, los cuales debidamente interpretados nos permitirn situar puntos en una curva de la que conocemos los focos y el desarrollo. Podr as resolverse un problema insoluble para la historia clsica. Bastaba con establecer de modo preciso y seguro la evolucin de las ideas en Espaa y rebuscar los elementos que componan en este pas el sincretismo arriano. Los acontecimientos del siglo IX, que conocemos mejor, facilitarn entonces la comprensin del deslizamiento de estos conceptos hacia el sincretismo musulmn. 99 Lass&e, Pierre: La jeunesse dErnest Renan, t. 1. Le ram: de la mtaphysique chrtienne, pp. 229 y 237. 100 En estos grandes esquemas histricos se translucen excepciones; lo mismo que en las leyes

biolgicas que son el resultado del clculo de una enorme cantidad de fenmenos similares. Estos casos particulares no perjudican al panorama y generalmente tienen sus causas particulares. As, afganos e ira-manos son indoeuropeos y han sido convertidos al Islam. Ocurri lo mismo con numerosos espaoles en la Edad Media. Haban sido estas regiones en un momento de la historia zonas de metamorfismo.

94 Brhier, Louis: Le monde byzantin, t. II. Les institutions de LEmpire Bizantin, p. 320, AlLin Michel, Pars. 95 Renan, Ernest: Les origines u christianisme, Marc Aurle, p. 450, Cal. mann-Levy, Pars. 96 Brhier, Louis: Ibid., t. 1. Vi: e: mort de Bizance, p. 17. 97 En estos ltimos aos se ha opuesto un historiador de Egipto en una obra importante a esta concepcin, generalmente admitida por todos los autores: John A. Wilson: LEypte, vi: et mort dune civilisation, Arthaud, Pars, 1961. La edicin original ha sido publicada por The University of Chicago Press. Slo conocemos la traduccin francesa. El monotesmo egipcio seria <la consecuencia de un equvoco>. Nos parece ms bien la crtica producto de una confusin debida a una incomprensin de la evolucin de las ideas en la historia. Nunca han surgido en la mentalidad de los pueblos cual un bloque, como Minerva de la cabeza de Jpiter, armada de punto en blanco. En sus comienzos tenia que revestir el monotesmo contornos imprecisos. El de los sacerdotes egipcios no poda ser el de Aristteles. Se puede pues contestar al seor Wilson con os argumentos siguientes: a) Pertenece el monotesmo egipcio a una civilizacin muy anterior a las monotestas que le siguieron en el tiempo; no tiene pues relacin alguna con la juda, la griega o la rabe. Es la raz de una idea-fuerza que empieza y que se desenvolver dos mil aos ms tarde. El mismo, autor lo reconoce: <La teologa amarniona es la forma de pensamiento ms cercana al monotesmo que era compatible con la poca. Pero gran distancia media con el hecho de predicar la fe en un dios nicoz, p. 213. b) En vista de la complejidad de los textos y de la multiplicidad de ideas que se desprenden de la teologa egipcia vista en su conjunto, se impone la mayor prudencia. Platn admite La existencia de dioses menores que han ayudado al demiurgo a crear el mundo y, sin embargo, nadie ha colocado al filsofo en el campo de los politestas. Similares sutilezas se presentan probablemente en los textos egipcios. Por qu no representarla el culto amarniano un solo principio, Dios y su representante en la tierra: Atn, el dios, y Akenatn, el faran. c) Reconoce el autor que en Egipto las ideas estaban en el aire, aun antes de la revolucin armaniana. Se mantuvieron por largo tiempo, as cuando la religin hebraica sinti la necesidad de un vehculo, encontr en una literatura extranjera (la egipcia) los medios de expresin y las ideas correspondientes a sus exigencias>, p. 127. Esto es precisamente lo que interesa al historiador de las ideas y con lo cual todo el mundo est de acuerdo. 98 En el siglo iv empiezan las guerras de religin, por lo menos en el mundo mediterrneo y en Occidente. Fueron ms calamitosas que las anteriores. Posea el politesmo una tolerancia que no ha tenido el monotesmo. No tena inconveniente en admitir en su panten dioses extranjeros. Se trataba, es verdad, de una tolerancia dictada por el miedo. Convena no irritar a los dioses extraos; podan convertirse en poderosos adversarios. Mas, en la vida prctica era ms cmoda esta concepcin, a la postre ms humana que el dogmatismo cristiano y sus persecuciones. Muchos siglos tuvieron que transcurrir, por lo menos en Occidente, para que el espiritualismo eliminara de sus adheridos innumerables prejuicios.

99 Lass&e, Pierre: La jeunesse dErnest Renan, t. 1. Le ram: de la mtaphysique chrtienne, pp. 229 y 237. 100 En estos grandes esquemas histricos se translucen excepciones; lo mismo que en las leyes biolgicas que son el resultado del clculo de una enorme cantidad de fenmenos similares. Estos casos particulares no perjudican al panorama y generalmente tienen sus causas particulares. As, afganos e ira-manos son indoeuropeos y han sido convertidos al Islam. Ocurri lo mismo con numerosos espaoles en la Edad Media. Haban sido estas regiones en un momento de la historia zonas de metamorfismo. 101 Runcirnan, Steven: Le manichsme mblival, Payot, Pars, p. 2. 102 Conocemos en la antigedad una institucin algo similar, la de las Vestales en Roma. Hacan voto de castidad, pero no estaban enclaustradas. su actividad religiosa se acababa a los treinta aos; luego podan casarse. 103 Olage, Ignacio: La decadencia espaiola, t. II, p. 95. 104 Sobre este tema ver: G. H. Bousquet: La moral: de Islam et son thique sexueile. 105 Se han esforzado algunos autores en resolver la dificultad poniendo la frase en pasiva: que no hubiera tenido ms que una sola mujer..., mas a propsito de los diconos, menos comprometedores, suelen poner la frase en presente. Muchos son los autores que han traducido las dos frases en presente: as uno de los ms antiguos traductores del Nuevo Testamento, Juan Prez de Pineda cuya edicin data de 1556. Para hacer decir a San Pablo que no podan los obispos estar casados, como se ha intentado, baha que caer en el absurdo de que un viudo que se haba vuelto a casar no era idneo para el cargo. O bien reconocer que el que haba sido polgamo no deba recibir la investidura. La gran mayora no se haba percatado del verdadero pensamiento del Apstol: su oposicin a a poligamia que era la ley. No se atreve a tomar una postura determinada contra la tradicin del derecho familiar judo para sin duda no envenenar ms sus relaciones con los ortodoxos de Jerusaln. 106 Ver el texto y el estudio de la cuestin ms adelante. 107 A. Crampon: La Sante Bible, 1904, p. 289. Sobre el descubrimiento de esta interpolacin y las discusiones consiguientes, ver: Batailon: Erasme e: Espagne. 108 Ictus. [Link] des lettres chrtiennes, t. 1. Textos presentados por Adalbert Haniman, O.F.M., p. 44. Han empleado los autores cristianos varios ejemplos poticos para explicar el misterio de la Santa Trinidad. Esta es la metfora empleada por Honoratus Antoninus, africano, obispo de Constan. tina, en una carta dirigida al espaol Arcadio, cuando la persecucin de Censeric en Berbera: Cuando uno tarie la dtara, tres cosas concurren a formar el sonido: el arte, la mano y la cuerda. El arte dieta, la mano tae y a cuerda suena, y con ser tres cosas que concurren en un mismo efecto, la cuerda sola es la que a el sonido. As el Padre, el Hijo y el Espritu Santo cooperaron en la Encarnacin; pero slo encarn el Hijor.. Apud Menndez Pelayo: Historia de los heterodoxos espaoles, t. II, p. 156. 109 Justino: Primera Apologa, 5 y 12. 110 Renan: ibid., t. VIII: Marc Aurle et la fin da monde azttique, p. 632.

111 Para las relaciones entre el Corn y la literatura hebraica ver la obra de Hanna Zacharas: De MoLse i Mahomet. Pretende demostrar el autor el origen judo de Mahoma, lo que resulta imposible por la falta de una aprobante documentacin. La erudicin demostrada es importante. 112 Siegfried, Andr: Les voies dIsral, Hachette, Pars, 1958, p. 93.

Captulo 7
LA EVOLUCION DE LAS IDEAS EN LA PENNSULA IBRICA: EL CRISTIANISMO TRINITARIO
Situacin especial de la Pennsula Ibrica al fin del Imperio Romano. Ha quedado oscurecida esta situacin por el influjo de un velo tendido sobre la poca, debido a un complejo hispano-religioso. Paralelismo entre las provincias de Levante y del sur de la pennsula con las asiticas del Imperio Bizantino. Li permanencia de la idolatra.

El cristianismo trinitario en los primeros siglos

Ausencia de documentos hispanos en los tres primeros siglos. La carta de San Cipriano. Testimonios de diversos autores de la Alta Edad Media acerca de la minora cristiana existente en Espaa. El Concilio de Elvira, su carcter pagano y heterodoxo.

La abjuracin de Recaredo

El cristianismo triunfante del siglo IV. El pacto Constantiniano. El suplicio de Prisciliano. El bache consiguiente con la torna del poder por Eurico. La Iglesia bajo el gobierno arriano. Leovigildo, los cristianos y la guerra civil promovida por Hermenegildo. La conversin de Recaredo y la realidad. Las personalidades trinitarias. Las actas de los concilios de Toledo demuestran la existencia de un ambiente heterodoxo.

La crisis del siglo VII

Desde el III Concilio de Toledo se hacen estas asambleas ms y ms polticas. Acuerdos de ayuda mutua entre los reyes godos y los obispos. intervencin de los obispos en la eleccin del rey y participacin de los hombre: de palacio en la firma de las actas conciliares. Degeneracin de la Iglesia: el afn de lucro.

Legislacin especial por los crmenes cometidos por los obispos. La esclavitud clerical. La ignorancia. La liturgia. La depravacin de las costumbres, la homosexualidad clerical. La idolatra. Lis misas negras celebradas por los obispos.

No ha alcanzado en el curso de la Edad Media la competicin entre las civilizaciones semitas e indoeuropeas el territorio de Occidente, salvo el de la Pennsula Ibrica. Estaba el frente situado a orillas del Mediterrneo. Si se excluyen algunos incidentes ocurridos en Italia, se encontraban los puntos lgidos en los dos extremos de este mar; en Espaa y en las provincias bizantinas. Ms tarde, a fines del XV se asiste a un doble y contrario movimiento. Cuando el ala izquierda, Bizancio y su Imperio, queda sumergida por los turcos islamizados, la derecha acaba por recobrarse. As se explica cmo de todas las naciones occidentales ha sido Espaa, considerada en su totalidad, la que ha sido cristianizada ms tarde, al final de la Edad Media, con por lo menos diez siglos de retraso sobre las dems. En el siglo XVI, parte de su poblacin era an mahometana y fue slo despus de la expulsin de los moriscos (1609-1614), cuando el catolicismo se convirti en la religin de todos los espaoles113. Se comprender ahora por qu la evolucin de las ideas religiosas se ha desarrollado en esta nacin de modo diferente que en el resto de Occidente. Hasta nuestros das no ha sido reconocida la divergencia de esta evolucin con lo que significaba para la formacin y porvenir de la civilizacin europea. Era debida esta ignorancia de la historia clsica a un defecto de metodologa: Han estado casi siempre dispuestos los historiadores a describir los acontecimientos del pasado de acuerdo con los testimonios de los vencedores. Es verdad que en la lucha implacable por La existencia siempre est equivocado el vencido. En la gran mayora de los casos los documentos que hubieran podido ensear a la posteridad sus razones y su pensamiento han sido destruidos, muchas veces de modo sistemtico. Con falta de juicio crtico se ha repetido demasiadas veces lo que precisamente deseaba el vencedor que fuera dicho, y hasta lo que el mismo haba pagado para ser dicho, ocultando la verdad que no deseaba fuera conocida, pero que era la del vencido. Tambin arrastraba al historiador hacia su criterio una cierta disposicin de espritu, sea que hubiera sido educado en el mismo ambiente que haba sido favorecido por la accin del antepasado, sea que hubiera posteriormente adquirido una concepcin similar a la que haba impuesto el vencedor, o en razn de su sensibilidad afn a su constitucin fisiolgica. En una palabra, de modo consciente o inconsciente, se ha generalmente desconocido, tenido en menos, menospreciado o sencillamente silenciado la aportacin de los vencidos a la evolucin general de las ideas. Han hecho creer por mucho tiempo el delenda est Cartago y la ruina de la potencia pnica en la total desaparicin de esta cultura semita, aniquilada por la del Lado. Se han dado cuenta ahora los eruditos de que no haba sido as. No podan desaparecer de la noche a la maana y sin dejar rastro alguno unas ideas y una sociedad que haban florecido por casi un milenio. Se descubren hoy da en estos lugares en que haban vivido los cartagineses o por ellos haban sido dominados, recuerdos en el idioma, en la toponimia, en las costumbres, en cierto nfasis del espritu. Maravillados quedaban estos estudiosos al comprobar cmo resurgan estos caracteres disimulados por muchos siglos bajo el empaste de la civilizacin romana. De nuevo aparecan como fantasmas de tiempos remotos, al contacto con otra oleada de ideas, llegadas ellas tambin de Oriente,

rompiendo con fuerza una vez ms con la expansin de otra civilizacin semita, la arbiga. Reducidos a esquema por la lejana se manifiestan estos hechos a la opinin contempornea con absoluta objetividad; pues no despiertan emocin alguna que deba enmendar el razonamiento. No ocurre lo mismo si se desea alcanzar una aproximada comprensin de la evolucin de las ideas en Espaa. Su conocimiento puede impresionar a nuestra mentalidad si se pertenece a uno de los dos bandos, semitas o indoeuropeos, que contendieron en tantos aos y si se sigue con demasiada rigidez la tradicin dogmtica medieval, cristiana o musulmana. Por ello, el autor y el lector deben situarse por encima de las contiendas de antao. Mas resulta difcil el esfuerzo, no por fallo de la voluntad, sino por culpa del mtodo histrico anteriormente mencionado. A ltima hora haba gozado el cristianismo de una victoria definitiva con las consecuencias que esto implica; pero adems se haba formado un complejo intricado debido a un sabio enmascaramiento que se haba tendido como un velo sobre la mayor parte de la Edad Media. Engaados haban sido los historiadores y desacertada la comprensin de los acontecimientos histricos. As se explica cmo se haban deslizado en los textos tantas incoherencias manifiestas, el equvoco en la descripcin de los hechos. Se haba adormecido el juicio crtico al amparo de una ilusin formada por mitos maraviliosos114. Cuando haban cristalizado los principios que dividan a las religiones mahometana y cristiana en dogmas absolutos, se enfrentaron desde posiciones entonces claramente definidas; situacin ya conseguida en el siglo XV. Los intelectuales telogos, filsofos, historiadores y dems comentaristas, faltos de una visin adecuada del pasado por ausencia de una historia cientfica, creyeron que el foso que separaba ambas religiones haba existido desde tiempo inmemorial. Como siempre, la pasin y la ceguera retrotraan al pasado un estado de opinin que acababa de manifestarse en el presente. Pertenecan los musulmanes y los cristianos a dos concepciones de la vida religiosa que jams haban tenido entre ellas relacin alguna. Tan alejada estaba la una de la otra, como del budismo. Manifiesto es: en los finales de la Edad Media el antagonismo entre Islam y cristiandad era irreversible; no haba sido as en otros tiempos. Pues haban mamado ambos en la misma fuente. Se haban acentuado sus divergencias desde un mismo punto; despus de larga separacin haban emprendido una misma evolucin paralela. En la Alta Edad Media apreciaban los cristianos en el Islam una sencilla hereja. Llama el abate Esperaindeo en el siglo IX herejes a sus adversarios; as lo atestigua en sus escritos115. En el siglo XIII, condena Dante a Mahoma al infierno, pero no lo coloca en el lugar destinado a los brbaros en donde ms tarde seguramente le hubiera puesto. Lo pone en compaa de los cismticos; es decir, con gentes que pertenecen a la familia cristiana, aunque por sus culpas quedan aislados en una reserva particular. Como castigo se abre en dos el pecho el Profeta, por haber dividido en dos a la cristiandad. Si ya Renan hace un siglo haba advertido este criterio, posteriormente haba enseado Asn Palacios que el mismo juicio se manifestaba en autores musulmanes como Algazel, Ibn Arab, etc.116 Por su situacin geogrfica y la evolucin de las ideas que haba conocido, se prestaba mejor Espaa a ciertos anlisis y descubiertas que las provincias asiticas de Bizancio, en donde se presentaba el problema con mucha mayor complejidad. Bastaba para ello con apartar el velo que los historiadores cristianos en la euforia del triunfo haban tendido sobre pocas anteriores que les eran incomprensibles. Pues el vencedor, alternativamente cristiano y mahometano, haba destruido todos los libros y documentos que le eran contrarios; los escasos ejemplares que se haban salvado haban desaparecido, carcomidos por el polvo de los tiempos. Las prdidas bibliogrficas con ser importantsimas no eran las solas responsables. Inslita era la postura adoptada por los intelectuales hispano-cristianos. Un complejo de inferioridad les haba envenenado de modo exagerado. Para contrarrestar la presencia del Islam en su tierra querida, lo que les perturbaba

como una aberracin, se haban empeado para calmar sus ansias en engaarse a si mismos, transmitiendo a la posteridad una interpretacin falseada de los acontecimientos. Los juegos malabares de los autores de los siglos IX y X, negndose o siendo incapaces de enfrentarse con la realidad, haban sido superados por los historiadores posteriores que enfocaron los acontecimientos anteriores a la expansin islmica con un criterio tendencioso. En su deficiente concepcin de la historia de la cristiandad, para no parecer por culpa de los antepasados cristianos de segunda clase, exageraron y pusieron por los cielos un cristianismo primitivo espaol para convertirlo con su hinchazn en tan importante y respetado por su importancia y ancianidad, como el de las Galias o el de las campias romanas. Aceptaron concepciones mticas de origen cristiano que mezclaron con las de las tesis de la contrarreforma musulmana, segn la cual la espada se haba impuesto a la accin de las ideas. Se transform el oscuro cristianismo de los primeros das en una doctrina cuya predicacin haba conquistado en los albores de nuestra era a todos los habitantes de la pennsula. No slo haba venido San Pablo a predicar por tierras de Espaa; haba sido secundado por personajes cuyo carcter fabuloso era manifiesto117. Si se admite el criterio expuesto por la mayor parte de los autores, revesta la evolucin de las ideas en Espaa una simplicidad grandiosa: Se identificaba con la del cristianismo, pero de un cristianismo fundido en moldes de bronce desde los primeros aos de su predicacin. Con majestad dominando la poblacin, se haba mantenido inclume desde el final del Imperio Romano hasta que en el siglo VIII fuera abatido, fulminado por el rayo, como por un cataclismo que no se puede evitar. Mas ahora, si se reconoca la inverosimilitud de una invasin de Espaa por los rabes, se desmoronaba tan simple arquitectura. Si era una leyenda, por lo menos en los trminos descritos por la historia clsica, haba que reconocer el fallo de tal concepcin, pues eran los mismos espaoles los que se haban convertido al Islam de acuerdo con una evolucin de ideas herticas, consecuencia de un largo proceso que se haba desenvuelto en varios siglos. Se sita as el nudo del problema en el momento de la dislocacin del Imperio Romano. Desde el siglo IV, se asiste en la Pennsula Ibrica, sobre todo en su parte meridional, al brote de conceptos religiosos y a la aparicin de hechos polticos sin parangn alguno con lo que ocurra en el resto de Occidente, pero que eran extraordinariamente parecidos a los acaecidos en las provincias asiticas de Bizancio. Desde el siglo XVI haban empezado a sospechar ciertos ingenios de esta anomala, la que en trminos actuales podramos llamar divergente evolucin. Juan de Valds, por ejemplo, haba pasado gran parte de su existencia en Italia y percibido entonces que conservaba mayor parentesco el espaol con el latn que el italiano; lo que era bien extrao, pues parecera que debiera haber sucedido lo contrario. Lo han puesto de manifiesto los trabajos de los modernos fillogos. Para explicarlo se ha recurrido a la historia y se ha observado que en amplias zonas de la poblacin espaola se haba mantenido el latn con mayor pureza que en el resto de Occidente. Cuando all haba sido corrompido por el habla de los aldeanos, aqu se haban impuesto los ciudadanos, pues existan en la pennsula mayor nmero de ciudades que en las otras provincias118. Se desenvolva en estas regiones una estructura econmica que no haban logrado desarrollar o no haban conseguido mantener las dems. Por lo cual poda la Pennsula Ibrica ser asimilada a las provincias orientales119. Ha comparado Breasted el papel desempeado en esta poca por la Pennsula Ibrica con el de los Estados Unidos despus de la guerra del ao 14. Por su esplndido aislamiento geogrfico se haba convertido, sobre todo desde el siglo III, en una tierra de refugio no slo para los capitales, sino tambin para las grandes familias romanas. En la lenta dislocacin del Imperio haba sido la

regin de Occidente que menos haba sufrido por las luchas intestinas, por las revoluciones y por las contiendas locales. As se explicaba la vitalidad de la cultura del Lacio en sus antiguas provincias hispnicas. Numerosos son los testimonios que se podran espigar por textos y documentos, de tal suerte que ha podido escribir Bonilla San Martn, el historiador de la filosofa espaola: El movimiento priscilianista, los trabajos de los concilios de Toledo, las producciones de los escritores, atestiguan en la Espaa de los siglos IV y V una cultura excepcional. La invasin goda, lejos de sofocar este progreso, lo acrecienta y estimula notablemente120. Otro contraste con Occidente: Andaluca y el litoral mediterrneo, en aquel tiempo acaso los lugares ms ricos del Imperio occidental, haban mantenido con Bizancio relaciones estrechas. Esto explica la conquista de Justiniano. No hubiera arriesgado un basileus tan prudente fuerzas importantes en regiones tan alejadas de sus bases, si no hubiera contado con colaboraciones locales. No hay que olvidarlo. Fue en el siglo VII, unos ochenta aos antes de la pretendida invasin arbiga, cuando Sisebuto y ms tarde Suintila acabaron por echar a los bizantinos fuera de la pennsula121. Esto permite la comprensin de muchas cosas. No ha evolucionado el cristianismo en Espaa como en el resto de Occidente. Se encontraba este pas ante circunstancias muy distintas. Se aproximaba ms en cuanto a su contextura econmica y cultural y lo apreciaremos en las pginas siguientes en cuanto a su situacin religiosa, a lo que exista en las provincias asiticas y africanas del Imperio Bizantino, que a lo sucedido en el Septentrin. Cuando en el siglo III empez el cristianismo a propagarse por la Pennsula Ibrica, se encontr ante las mismas dificultades con que tropezaba en Oriente. Tena que arraigar en un ambiente ms culto y desarrollado que el de Occidente, envuelto an en mayor barbarie desde la cada de Roma. No haban padecido Bizancio y su Imperio los trgicos acontecimientos ocurridos en esta parte del continente. Haba mantenido Oriente una mayor cohesin, mientras que la guerra civil y la ruina econmica y cultural permitieron aqu como mal menor la toma del poder por parte de los germanos, quienes eran en el desbarajuste la nica fuerza capaz de mantener el orden. Entonces, una de las leyes que rigen el cosmos tena que imponerse. En el mundo fsico como en el de las ideas, atrae fatalmente el vaco a las fuerzas circundantes. Dada su situacin de inferioridad debida a la crisis poltica, pero tambin a su retraso cultural, poda considerarse Occidente como un lugar parecido al vaco en fsica. Tena que. rellenarse. Por tal motivo, ciertos movimientos ideolgicos llegados de Oriente pudieron explayarse y florecer con mayor lozana que en sus tierras de origen por obra de estas circunstancias favorables. Se podran agrupar estos conceptos en torno a dos polos opuestos, segn que fueran atrados por un criterio crtico, como lo era el arrianismo, o envueltos en un ambiente mgico e irracional como lo era la gnosis. Se situaba el cristianismo entre ambos extremos. Se desenvolvieron estos principios en Oriente con suertes diversas segn el predominio de uno de ambos criterios. Las enseanzas de la filosofa clsica, la autoridad de la Escuela de Alejandra, una riqueza material de gran envergadura, la ausencia de una crisis econmica aguda como la que se haba abatido sobre las trastornadas provincias de Occidente, no favorecan la expansin de doctrinas con fondo revolucionario. Una supervivencia de la intelectualidad pagana, sobre todo en la literatura griega, la conservacin de ideas y de costumbres ancestrales, se oponan cual un obstculo imponente. Eran incapaces las nuevas sectas de superarlo sin el concurso de fuerzas externas considerables. Si no se equvoca el autor, circunstancias algo parecidas, aunque en tono menor, se mantenan en el sur y en el sureste de la Pennsula Ibrica: lo que explicara la similar evolucin histrica que tuvieron ambas regiones en la mayor parte de la Edad Media. No estaba slo el cristianismo en querer atraerse a las almas. Gran competencia le hacan las herejas, en las que por su importancia destacaba el arrianismo. Mas al no existir en Oriente la

misma presin poltica que le haba combatido en Occidente, tuvieron los partidarios de Arrio mucha mayor facilidad para propagarse, pues le era ms fcil adaptarse al ambiente existente. Con otras doctrinas ms racionales que las concepciones trinitarias, atraa con mayor naturalidad hacia el monotesmo a las masas adheridas a los cultos de los dioses. Gozaba de mayor plasticidad para impresionar a las clases cultas y ms an a los intelectuales. Algo similar ocurri en Espaa; pues fueron las comarcas ms ricas y cultas de la pennsula las que a la postre se convirtieron al unitarismo, mientras que las pobres e incultas se adhirieron al cristianismo. Se mantuvo esta situacin hasta el siglo Xl en que la cruzada franca, coincidiendo con la almorvide, cambi el curso de la evolucin religiosa. Hasta entonces la Espaa unitaria sigui el mismo movimiento religioso y cultural que haba creado en las provincias bizantinas una nueva civilizacin. Del sincretismo arriano se condens el sincretismo musulmn. Para comprender pues la evolucin de las ideas religiosas en Espaa en la Alta Edad Media, conviene apreciar en su justo valor las dificultades con que tropezaron los conceptos orientales en su afn de extenderse por Iberia. Llegaban desde dos mundos distintos pero emparentados por relaciones mltiples: del complejo judo entonces alentado por la dispora, del de los arcanos mgicos del Irn. Con el judasmo arraigado en el pas desde tiempos muy anteriores. se difundieron el cristianismo y sus herejas. Pero con el siglo V adquiri gran preponderancia el monotesmo unitario, favorecido por los monarcas godos. Sigui su evolucin despus de la abjuracin de Recaredo, mas para apreciarla era menester descorrer el velo lanzado sobre estos tiempos oscuros por los primitivos cronistas cristianos, suscritos sin discernimiento por la historia clsica. Si se haba mantenido ms puro el latn en la Pennsula Ibrica que en otras regiones de Occidente, lo mismo deba de haber ocurrido con la cultura romana. Lo han reconocido hace tiempo los investigadores. Pero, por culpa del velo anteriormente mencionado, no ha sido admitido el hecho con todas sus consecuencias, a saber: en los lugares en donde se haba conservado lozana la cultura romana, con ms obstculos haba tropezado el cristianismo para arraigar122. Los estudios recientes complican an ms la cuestin, pues se advierte ahora que la tradicin de una cultura pagana favoreca a las concepciones unitarias en detrimento de las trinitarias. As se explica la expansin del sincretismo arriano en las regiones ricas y cultas, en las que un juicio crtico ms o menos racionalista haba conseguido sortear la tormenta que haba acompaado la dislocacin del Imperio Romano de Occidente. Estudios hechos en nuestros das por especialistas ensean la existencia de relaciones hasta ahora insospechadas que facilitaban la lenta evolucin de ciertas concepciones paganas hacia la constitucin de nuevos dogmas. Jean Gag demuestra el papel desempeado por la mitologa solar, encarnada sea por Mitra, sea por la persona del Emperador, para convertir a las masas hacia el monotesmo unitario entrenndolas con un largo ejercicio preparatorio, es decir: acostumbrando a las poblaciones del mundo romano a una visin monotesta del universo monrquico del orbis romanus123. Estas relaciones entre concepciones tan diferentes por lo menos a primera vista no pueden hoy da desconocerse. Existe en todo el Imperio y en Espaa una abundante iconografa que ensea la evolucin de estas ideas deslizndose tanto hacia la ortodoxia como hacia la hereja. No slo se haba mantenido por largo tiempo el paganismo, sino que haba conocido en el siglo VII un autntico resurgimiento. A esta consecuencia viene a parar Maurice Bons despus de haber estudiado los documentos arqueolgicos referentes a la presencia tantas veces sealada de hogares Votivos en los cementerios francos de Renania, de Lorena y de Blgica. Hay que advertir, escribe, que son bastante tardos (siglo VIII). Sin embargo, resulta difcil concebir que hubieran aparecido espontneamente prcticas tan conformes con la mentalidad protohistrica al final de la poca merovingia. Debieron conocer pues una recrudescencia que ya anuncian los ltimos concilios de Toledo. En efecto. de 589 a 653 hacen constantemente

alusin a las supervivencias de la magia; en contraste, atestiguan bajo el reinado de Recesvinto (653-672) una debilidad sensible de la organizacin de la Iglesia catlica cuya inmediata consecuencia ha sido el resurgir del paganismo, del cual fue testigo el abate Valerio por los aos 680-690. La llegada en masa de laicos a los monasterios tuvo por consecuencia la paganizacin de los monjes124. Consciente de ello prohibi el III Concilio de Zaragoza (a. 691) que los monasterios se conviertan en hospederas de seglares. Pues con prudencia haba dictaminado el XIV Concilio de Toledo (684) que se eviten has disputas con los herejes, para que no se discutan las cosas celestiales, sino que se crean125. Como Maurice Bons se apoya para confirmar su tesis sobre documentos hispanos, seria conveniente una investigacin para esclarecer las verdaderas causas de este resurgir del paganismo en casi todo Occidente. El caso de Espaa debi revestir un carcter verdaderamente dramtico, pues en la misma vspera de la subversin del siglo VIII hubo de constituir en el barullo un elemento de gran importancia. Es difcil por nuestra parte determinar los motivos que favorecieron esta reaparicin del paganismo. Ms claras nos parecen las causas del decaimiento del catolicismo a fines del siglo VII, hecho reconocido por todos los autores. Qu debilitaba al cristianismo trinitario? El contagio con la hereja o la falta o ineficacia de la presin del poder pblico? No se haban hecho demasiadas ilusiones las minoras gobernantes del poder pblico y de la Iglesia? No haban perdido contacto con la realidad, es decir, con la masa de la poblacin? Es probable que en la ecuacin a resolver, los acontecimientos del siglo VIII, intervinieran todos estos elementos conocidos y otros mucho ms oscuros o que ignoramos. Para desentraar el problema estudiaremos por de pronto la evolucin de las ideas trinitarias en la pennsula126. Luego esbozaremos un anlisis de las concepciones unitarias, gnsticas, priscilianas y arrianas. Nos ser entonces posible enfocar la situacin en vsperas de la revolucin del VIII, en la que se condensaban los elementos creadores del sincretismo arriano y ms tarde musulmn. EL CRISTIANISMO TRINITARIO

Los primeros siglos


Numerosos e importantes son en Espaa los testimonios concernientes a la religin de Mitra y al gnosticismo, pero no poseemos ningn documento ni literario, ni arqueolgico, anterior al siglo IV que tuviera un carcter paleocristiano. Tal es la realidad por lo menos en el estado actual de los conocimientos. El padre Garca Villada, el moderno campen de las tradiciones legendarias del primitivo cristianismo hispano, lo reconoce: La ausencia de documentos histricos pertenecientes a los cuatro primeros siglos es verdaderamente desoladora, escribe. Para explicarla encuentra una cabeza de turco en la persona de Diocleciano que haba ordenado al principio del siglo IV quemar los archivos eclesisticos, los cuales desaparecieron en su totalidad127. A juicio de este erudito jesuita existan en aquel entonces, como en nuestros das, archivos diocesanos que pudieron ser localizados y destruidos por los enemigos del cristianismo. Para confirmar esta suposicin por dems sorprendente cita un himno de Prudencio, el primero de su Peristefanon128. Basta leerlo para darse cuenta de que hace referencia el poeta a dos cristianos de Calahorra, Emeterio y Celedonio, mrtires, cuyas actas haban sido quemadas por el poder pblico; lo que pudo ser causa de su olvido. Mas no se debe de este caso particular y local inferir una ley general de la envergadura concebida por nuestro jesuita. Por otra parte, de haber existido esta orden de Diocleciano hubiera sido impuesta a todo el Imperio y no slo a Espaa; nada sabemos de ello ni de quemas de archivos en las otras provincias en donde los mrtires no fueron olvidados. Esto rectificado, tampoco debe caerse en un juicio contrario, monoltico y a rajatabla. La ausencia de documentos no prefigura la inexistencia de cristianos en aquellos primeros siglos.

Acaso descubrirn algn da los arquelogos los testimonios de su presencia. Solamente se debe deducir de esta penuria que los adheridos al cristianismo eran entonces una minora. Se explica as el escaso nmero de sus manifestaciones, literarias y arquitectnicas y la menor probabilidad de su conservacin en el curso de los tiempos. Es evidente que si los cristianos hubieran sido ms numerosos nos hubieran alcanzado un mayor nmero de documentos. Poseemos una carta de San Cipriano, obispo de Cartago, dirigida a las comunidades de Astorga, de Len y de Mrida. Haban sido estos cristianos abandonados por sus obispos, Basilides y Marcial, que haban apostatado. En su desconcierto pedan consejo. Ha sido escrita esta epstola hacia la mitad del siglo III. Se pueden leer estas palabras: No os asustis si en algunos de los nuestras se vuelve la fe dudosa, si el inconsistente temor de Dios vacila y si desaparece la concordia... Ms lejos: .. .A pesar de que se ha aminorado en nuestros das la potencia del Evangelio en la iglesia de Dios y que periclita la fuerza de la virtud y de la fe cristiana...129. Afirmativo es el texto. No slo estaba constituido el cristianismo en esta parte de la pennsula por una minora; estaba sujeta a crisis graves. Apostataban los obispos; pero lo ms extrao es comprobar que los fieles abandonados, desamparados e ignorantes, se vejan en la necesidad de pedir consejo a una personalidad extranjera que viva a millares de kilmetros del lugar de su residencia, con el mar de por medio. No existan en la pennsula autoridades eclesisticas a quienes dirigirse? Est uno tentado de pensarlo. Ms an. La contestacin de San Cipriano nos ensea el mtodo que deban de emplear estos fieles para nombrar a sus obispos. Esto es muy til para el historiador, pero demuestra la ignorancia de estas gentes. Como la autenticidad y la fecha del documento no inducen a sospecha, se impone reconocer que en estas tierras ibricas tan alejadas de Oriente en donde por aquellas fechas se enderezaba su estructura tan peculiar, era el cristianismo muy endeble en cuanto a la doctrina, al nmero y a la disciplina de sus adheridos. Afirman textos diversos que la propagacin del cristianismo en Espaa ha tropezado con grandes obstculos; lo que explicara la lentitud de su difusin y el escaso vigor de su asentamiento en el pas. Se refiere a este hecho Sulpicio Severo (360425?) en su crnica famosa130. Asegura el abate Valerio del Bierzo, fallecido en 690, en una carta que escribi a sus hermanos en religin para animarles a seguir el ejemplo de la virgen Aetheria, la clebre viajera, que en su tiempo, es decir, a fines del siglo IV, empezaba solamente el cristianismo a propagarse en el norte de la pennsula. Tan arraigada estaba la idea en su espritu que la repite en la vida que escribi de San Fructuoso131. Se halla la misma afirmacin en las actas de Santa Leocadia de Toledo y en las de los mrtires Vicente, Sabina y Cristeta de Avila132. Supone Garca Villada que la Pasin de San Fermn, cuyo autor es francs, ha sido la fuente de estos escritos del VII. En ella se asegura que lo mismo ocurra en las Galias, con lo cual deduce nuestro jesuita que se trata de un lugar comn133. Cmodo es el argumento para apartar textos enojosos, mas poco convincente. Pues, si con la mayor condescendencia aceptramos el lugar comn del Padre para los espaoles del VII, quedaran por desvirtuar las palabras de un autor de tanta autoridad como Sulpicio Severo. Viva en el siglo y siendo galo no poda haber padecido la influencia que nos dice Garca Villada. Los primeros textos de la Iglesia cristiana hispnica que se conocen son las actas de un concilio celebrado en Elvira, la antigua Granada, en el principio del siglo IV, bajo el reinado de Constantino, constantini temporibus editum, segn reza el prembulo. Estn de acuerdo todos los autores en que la fecha de esta reunin debe situarse despus de la persecucin de Diocleciano y Maximiano. Muere ste en 310. En 312 vence Constantino a su cuado Majencio, hijo de Maximiano. En 313 proclama el nuevo emperador el Edicto de Miln que seala el triunfo del cristianismo. En 314, hace referencia al Concilio de Elvira el de Arles. De modo que fue por los aos anteriores a esta fecha cuando tuvo lugar el primer concilio hispano. Nadie ha discutido la autenticidad de sus actas. Se conservan varias copias que se escalonan desde el siglo VII al X. Slo

asistieron diecinueve obispos, pero acudieron de los lugares ms apartados de la pennsula: naturalmente de Levante y Andaluca, pero tambin de Braga, de Len, de Toledo, de Zaragoza y hasta de Calahorra, es decir, de las ciudades romanas que eran entonces importantes. De aqu el gran inters de sus determinaciones, pues son la sntesis del pensamiento ms granado de la autoridad eclesistica en aquel momento de la vida del cristianismo en Espaa. Nos ensean que la civilizacin romana se mantiene an con todo esplendor. Las carreras de carros y los cmicos entretienen a las muchedumbres. El canon LXII prohbe el bautismo a los aurigas y a los mimos (Pantomimus) a menos de renunciar a su oficio. Nos confirma Prisciliano la existencia de representaciones teatrales en estas fechas tardas en su Liber de fide et Apocryphis134. Sacrificaban los flmines a los dolos, pues los cnones II, III, y IV se refieren a estos personajes. La sexualidad y las costumbres paganas se mantenan lozanas; la mayor parte de las actas del concilio estn encaminadas a combatirlas, a veces de modo descabellado y arbitrario; lo que en poco ayudara a la conversin de los idlatras135. La lectura de las actas da la impresin de una mera accin defensiva. Los cristianos son una estricta minora y tratan sus pastores de apartarles del ambiente circundante. La fe era precaria. Tienen que acudir los obispos a medidas draconianas. As reza el primer canon, como si fuera su mayor preocupacin: El adulto que habiendo recibido la fe del bautismo de salvacin acuda al templo de los dolos para idolatrar y cometiere este crimen capital, por ser la mayor maldad, decidimos que no reciba la comunin ni aun al fin de su vida. No las tienen todas consigo. No deben los fieles tener dolos en su propia casa, pero si temen la violencia de sus esclavos, al menos ellos consrvense puros. Si no lo hicieren sean excluidos de la Iglesia (canon XII). Los fieles deben vivir aislados de sus conciudadanos paganos. No pueden con ellos casarse136. No pueden aceptar el cargo de magistrados y duumviros (canon LVI). Lgica y natural era esta situacin de inferioridad, tratndose de pequeas capillas cristianas incrustadas en una sociedad pagana. Mas no era esto slo. Tenan los obispos a un temible competidor: el judasmo. Cuando desembarcaron en Espaa los primeros cristianos encontraron comunidades judas, algunas importantes, que estaban arraigadas en el pas desde haca muchos siglos; asimismo ocurra en otros lugares del Mediterrneo. Como es sabido de las primitivas predicaciones, en ellas hicieron sus adeptos. Era entonces el cristianismo una secta hertica de la sociedad hebraica. No se debe de silenciar el hecho de que las minoras judas hispanas eran probablemente mucho ms desarrolladas y cultas que en otras partes de Occidente. Posean una tradicin comercial y cultural considerable. Desde el primer milenio relaciones e intercambios comerciales se mantenan entre Iberia y Palestina. Cdiz haba sido fundada por los fenicios hacia 1200 antes de Cristo y fueron frecuentes las relaciones entre semitas e hispanos. Ello se deduce de los textos bblicos y otros, as como de los testimonios arqueolgicos que con gran frecuencia se descubren en el sur de la pennsula. Dadas estas condiciones y la importancia y esplendor de las ciudades romanas en el principio de la era cristiana, no es aventurado suponer que las juderas en ellas albergadas podan ser comparadas con las que vivan en Berbera, en Egipto y en Asia Menor; es decir, en una zona de cultura semita en la que el cristianismo no consigui propagarse. Con la dispora la familia juda al desparramarse por la tierra ha aumentado el nmero de los adheridos al judasmo. En 1945, resumiendo sus trabajos sobre el clima y el medio geogrfico de Palestina en la poca de Cristo, calculaba Huntington que sus habitantes ascendan a los dos millones137. A pesar de las desgracias de la emigracin, de las persecuciones y de la desaparicin de colonias enteras, como las de Cirenaica agostadas por la sequa en el siglo III, el nmero de los judos parece haber crecido. Si no poseyramos otros testimonios, era de suponer que el hecho era debido a una accin de proselitismo. Puede resultar oscuro para los primeros aos, mas luego se

trasluce con evidencia. Tenemos la conviccin de que masas enteras de gentes pertenecientes a los pueblos ms diversos se han convertido al judasmo. La ms extraordinaria de las conversiones ha sido la de los kasares del sur de Rusia que tuvo lugar en los siglos VIII, IX y X. Sin embargo, no se ha advertido la importancia que se desprende de la posibilidad de una expansin del judasmo en Occidente, con las consecuencias que eran de suponer, entre ellas las del mestizaje. Qu razn poda impedir a un galo, a un celta, a un ibero hacerse judo, cuando poda elegir entre el bautismo y la circuncisin? Estaban entonces las nasas de Occidente dispuestas a ilusionarse con cualquier idea que llegaba de Oriente, fuera el culto de Mitra, la gnosis u otra. Por qu no iba a desempear su papel en tan magno alud de conceptos el monotesmo mosaico? Se requera para destacar el hecho con una documentacin adecuada eliminar los prejuicios inherentes al problema judo. Se plantea esta cuestin en Iberia desde los primeros tiempos de la era cristiana. Se puede apreciar al leer las actas del Concilio de Elvira una verdadera competicin entre judasmo y cristianismo. Se expresa en los siguientes trminos el canon XLIX: Amonstese a aquellos que cultivan las tierras, no permitan que sus frutos, recibidos de Dios como accin de gracias, sean bendecidos por los judos, para que no aparezca vana y burlada nuestra bendicin. Si alguno despus de esta prohibicin continuare hacindolo, sea totalmente excluido de la Iglesia. Demostraba esta confesin la existencia de un verdadero desafo... de bendiciones...! El canon L prohbe a los clrigos y a los fieles tomar sus manjares con los judos. En el caso contrario, se abstengan de la comunin a fin de que se enmienden. Se podra creer que se trataba de una muestra del espritu mezquino que a veces se manifiesta en la gens eclesistica. Pero, ante las dimensiones que iba a alcanzar la comunidad juda en Espaa en la Edad Media, es muy probable que esta prohibicin fuera una poltica defensiva para apartar a los cristianos del proselitismo de gentes afines por ser monotestas, pero que eran peligrosos por concebir la divinidad desde un punto de vista unitario. En la lucha de ideas polarizada en torno a los principios unitario y trinitario, el judasmo representaba la punta de lanza de las sectas contrarias al cristianismo. De aqu el odio y el temor que manifiestan los ltimos reyes godos y su persecucin despiadada, creyendo que en tal proselitismo se jugaba el porvenir de su corona138. Estaba tan extendida la opinin unitaria que no tuvieron efecto tan terribles medidas; en gran parte porque no fueron aplicadas por piedad de los mismos obispos y dems cristianos o por algn otro motivo. Las lamentaciones de reyes y obispos quejndose de la obstinacin de los judos se repiten en todos los ltimos concilios, pues las conversiones fueron escasas o de circunstancia 139. En lugar de menguar, la poblacin juda aument por obra sin duda del proselitismo. Esto explica la reaccin de los poderes polticos y religiosos catlicos a lo largo de la Edad Media. En el siglo XIII haba en Castilla 800.000 judos que papaban el impuesto de capitacin. Como esta cantidad representa otros tantos fuegos, supone una poblacin de varios millones de personas140. No poda ser tan gran masa de gentes los descendientes de los primitivos emigrados de Palestina. Como ocurri en otras partes, la mayor parte eran autctonos cuyos antepasados se haban convertido al judasmo. En la Alta Edad Media representa el monotesmo enseado por Moiss un papel similar al de un catalizador que atrae y arrastra a las ideas afines, es decir, a las unitarias, sobre todo despus de la conversin de Recaredo cuando el culto arriano fue suprimido. Se entiende ahora el sentido de las relaciones polticas que mediaron entre gobernantes y sbditos: las terribles persecuciones emprendidas por los primeros, las reacciones d los segundos sin duda decisivas en los acontecimientos del siglo VIII. Las actas del Concilio de Elvira escasa relacin mantienen con las lecciones del Evangelio. Los obispos que las han redactado no parecen cristianos. Se pueden espigar en los textos cnones escandalosos. Para atenuar su ferocidad no basta con invocar la barbarie de los tiempos, porque sta ha sido la norma en los siglos anteriores y posteriores a la Edad Media. Sin embargo, han

existido en todos los tiempos mentes escogidas, filsofos o religiosos, que han dado ejemplo y han predicado la caridad y las relaciones humanas entre los hombres. No pertenecen a esta minora esclarecida los autores de las actas del Concilio de Elvira. No estaban obcecados como polticos obsesos por los problemas que les agobiaban, ni temerosos por la responsabilidad y las consecuencias de sus actos, como los hombres de guerra sujetos a condiciones de lucha implacables. Eran diecinueve obispos, los cuales plcidamente reunidos representaban en su tiempo la mentalidad de una comunidad religiosa que se deca cristiana. As reza el canon quinto: Si alguna mujer instigada por el furor de los celos, azotare a su esclava, de modo que sta muriera entre dolores dentro del tercer da, como no se sabe si la muerte sobrevino casual o intencionadamente: si fue intencionada, despus de siete aos, cumplida la conveniente penitencia, sea admitida a a comunin; si casualmente, despus de cinco aos. Pero si dentro de esto! plazos enfermare, recibir la comunin. Canon sptimo: Si algn fiel despus de haber incurrido en el delito de fornicacin y de haber hecho la penitencia correspondiente, volviere otra vez a fornicar, no recibir la comunin ni aun al final de su vida. De esta confrontacin se deduce una extraa moral: un cristiano homicida que mata a su vctima con los dolores de un suplicio, ha cometido una falta menor, castigada con siete aos de excomunin, que el reincidente en el pecado de fornicacin; pues queda prcticamente apartado de la comunidad141. Estn en contradiccin con la ortodoxia algunos cnones. El XXXVI es iconoclasta; reminiscencia acaso de las antiguas relaciones que haban mantenido las minoras cristianas con las comunidades judas. Volveremos a tratar de la cuestin en un captulo prximo142. Por el momento nos limitaremos a una sencilla observacin: Ha sido desobedecida esta orden por los cristianos de la pennsula; lo que demuestra la existencia de una divergencia de opinin entre los obispos de Elvira y la masa de los fieles; asunto por otra parte muy oscuro143. Algunos aos ms tarde despus de la celebracin del concilio, escribe Prudencio versos para ilustrar escenas bblicas, pintadas en las paredes de las iglesias. Pueden atribuirse a un estilo paleocristiano los testimonios arqueolgicos ms antiguos que conocemos del siglo IV 144. En los ochenta y un cnones del Concilio de Elvira, unos veinte privan de la comunin a algunos penitentes para toda su vida; en algunos casos hasta en la hora de la muerte. Naturalmente la mayora de los telogos han condenado estas normas sospechosas de novacianismo y de montanismo145. Entre ellos numerosos protestantes que han seguido el ejemplo de Calvino. Entre los catlicos se hallan los ms eminentes: Csar Boronio, Toms Bocio, Belarmino y Melchor Cano. Por nuestra parte, sin intervenir en una discusin que no interesa a nuestro problema, nos limitaremos a destacar el hecho de que el primer concilio del cristianismo trinitario hispano desprende un cierto perfume hertico indudable146. Aparece desde entonces en la amplia familia de los seguidores de Cristo un equvoco que ir con el transcurso de los aos en aumento constante.

La abjuracin de Recaredo
En el curso del siglo IV se modifica la actitud defensiva que manifiestan las actas del Concilio de Elvira. Adquiere el cristianismo hispano su mayora de edad, aunque el nmero de sus afiliados ha debido de ser reducido segn se desprende de lo que sabemos de su historia y evolucin. Ocurra lo mismo en las otras provincias del Imperio, pero aqu como all destacaba por su dinamismo la minora cristiana sobre la pasividad de la mayora pagana147. Se acostumbraron ambas a vivir juntas y perdieron los bautizados el recelo y la desconfianza que caracterizan a los perseguidos. Su proselitismo fue alentado por la poltica ambigua> de Constantino que se esforz probablemente

en buscar un punto de equilibrio entre lo antiguo y lo moderno. Corno consecuencia de esta poltica se establecieron unas relaciones particulares entre los poderes pblicos y las autoridades religiosas; lo que con razones ms o menos histricas se ha llamado el pacto Constantiniano. Tcitamente en un principio, con documentos escritos ms tarde, acuerdan ambos poderes, el poltico y el religioso, reunir sus fuerzas coercitivas y espirituales para apoyarse mutuamente: Reforzaba el religioso con su autoridad moral a la persona que representaba el Estado y su poltica siempre y cuando no perjudicaran los intereses de la Iglesia; y por otra parte, se comprometa el Estado a perseguir con su fuerza armada a todos aquellos que se burlaran de las decisiones dogmticas y disciplinarias tomadas por la autoridad religiosa. En la Edad Media la aplicacin de este pacto condujo a varias naciones a la constitucin de un Estado teocrtico, cuyo modelo ms perfecto ha sido el de Bizancio y su Imperio. Tuvieron lugar en Espaa varios intentos para conseguir ambas potestades estas recprocas ventajas. Se puede afirmar que la formacin de un Estado teocrtico por parte de los reyes godos y de los obispos ha sido una constante y comn aspiracin. Lo consiguieron con sus altas y bajas a lo largo de los siglos VI y VII, con las consecuencias que eran previsibles dadas las circunstancias que existan en la nacin: la crisis revolucionaria. En el siglo IV las consecuencias de este acuerdo fueron manifiestas: la persecucin de los arrianos en varios lugares del Imperio, sobre todo en sus provincias orientales, y, en Espaa, la condenacin y suplido de Prisciliano. Este ltimo acto, aunque llevado a cabo en Alemania, demuestra el apoyo que prestaron los poderes pblicos a las autoridades eclesisticas en los finales del siglo. Esto debi de favorecer la conversin muchas veces aparente de la gente que siempre se une al carro del vencedor y por ende el auge del cristianismo hispano. Pero los defectos gravsimos del sistema muy pronto se pusieron de manifiesto: Eurico se alz con el poder. Las autoridades romanas que esperaban mantenerse en el candelero con ayuda del crisma mstico fueron aniquiladas. Los godos que gobernaron Espaa eran arrianos. Contraproducente se volva el pacto Constantiniano. En el ao 400, coincidiendo con la independencia y subida al trono de Eurico, se rene en Toledo el primer concilio de los celebrados en esta ciudad. Ha sido el ms importante de los visigodos, porque los diecinueve obispos congregados proclaman el dogma trinitario y su adhesin al Concilio de Nicea. Como el poder pblico y gran parte de la nacin eran unitarios o favorables a estas ideas, se dividen desde entonces los habitantes de la pennsula en dos bandos que se persiguieron mutuamente. Sin la comprensin de este hecho y de la evolucin divergente de las ideas que del mismo se desprende, el desarrollo de los acontecimientos en Espaa no tiene sentido. El arrianismo fue la religin oficial del Estado desde entonces hasta la abjuracin de Recaredo en 589; es decir, por unos ciento ochenta aos. Los reyes godos llevaron a cabo una poltica que en trminos modernos, sensu lato, se llamara liberal. Tuvo entonces la suerte el dbil cristianismo hispnico de no ser perseguido. Se ha demostrado hoy da que el mismo Leovigildo a pesar de cierta tradicin no haba hostigado a los cristianos trinitarios148. Hasta los judos pudieron practicar en paz su religin. Tuvieron por consecuencia estos hechos el auge del unitarismo en general y del arrianismo en particular, con la consiguiente flaqueza de los trinitarios. Por esto pudo escribir Gregorio de Tours (muere en 594) que en la Espaa de su tiempo los cristianos, es decir, los de obediencia romana eran muy pocos (pauci)149. Deba de decir la verdad, pues en el caso contrario no tiene explicacin el comportamiento de los cristianos trinitarios en la