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Hans Christian Andersen: Vida y Cuentos

Hans Christian Andersen (1805-1875) fue un autor y poeta danés conocido especialmente por sus cuentos. Nació en Dinamarca en una familia pobre y publicó su primera obra en 1827 de forma anónima. Sus cuentos, traducidos a más de 120 idiomas, le dieron fama universal.

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Hans Christian Andersen: Vida y Cuentos

Hans Christian Andersen (1805-1875) fue un autor y poeta danés conocido especialmente por sus cuentos. Nació en Dinamarca en una familia pobre y publicó su primera obra en 1827 de forma anónima. Sus cuentos, traducidos a más de 120 idiomas, le dieron fama universal.

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Hans Christian Andersen - Biografa Hans Christian Andersen (1805-1875), autor y poeta dans, destac especialmente por sus

cuentos. Entre sus obras hay que resear adems sus libros de viaje y alguna novela.

Hans Christian Andersen:

Biografa
Hans Christian Andersen naci en Odense, Dinamarca, el 2 de abril de 1805. Su familia era pobre y humilde. Con 14 aos parte solo, casi sin medios, a Copenhague con la idea de probar suerte en el Teatro, su gran pasin junto a los libros y las historietas. Tras tres largos aos de penuria tuvo la suerte de que se cruzara en su camino el canciller Jonas Collin, el cual dndose cuenta de su talento le enva a una escuela de Slagelse para que reciba una instruccin formal. Segn palabras del propio Andersen, los aos pasados en esta escuela fueron los ms sombros de su vida. Es en esta poca cuando escribe su primera obra; En 1827 imprime de forma annima El nio moribundo. Desde entonces comienza a cosechar xitos literarios; sus poemas se publican en algunos de los principales diarios de la poca y presenta su primer trabajo en prosa - Caminata desde el canal de Holinen hasta la punta oriental de Amager- y su primera obra de teatro Amor en la torre de San Nicols. Entre 1833 y 1834 visita Francia e Italia. En 1835 publica el primer fascculo de los Cuentos de hadas, contados para los nios . Tan grande es la aceptacin que tienen los cuentos que a esta primera coleccin siguen otras muchas, casi una por ao, con obras tan conocidas como La sirenita, La pequea vendedora de fsforos, Pulgarcita, El Patito Feo o La Reina de las Nieves. Sin duda, sus cuentos, traducidos a ms de 120 idiomas, han dado a Hans Christian Andersen una fama universal entre nios y adultos.

El Angel
Cada vez que muere un nio bueno, baja del cielo un ngel de Dios Nuestro Seor, toma en brazos el cuerpecito muerto y, extendiendo sus grandes alas blancas, emprende el vuelo por encima de todos los lugares que el pequeuelo am, recogiendo a la vez un ramo de flores para ofrecerlas a Dios, con objeto de que luzcan all arriba ms hermosas an que en el suelo. Nuestro Seor se aprieta contra el corazn todas aquellas flores, pero a la que ms le gusta le da un beso, con lo cual ella adquiere voz y puede ya cantar en el coro de los bienaventurados. He aqu lo que contaba un ngel de Dios Nuestro Seor mientras se llevaba al cielo a un nio muerto; y el nio lo escuchaba como en sueos. Volaron por encima de los diferentes lugares donde el pequeo haba jugado, y pasaron por jardines de flores esplndidas. -Cul nos llevaremos para plantarla en el cielo? -pregunt el ngel. Creca all un magnfico y esbelto rosal, pero una mano perversa haba tronchado el tronco, por lo que todas las ramas, cuajadas de grandes capullos semiabiertos, colgaban secas en todas direcciones. -Pobre rosal! -exclam el nio-. Llvatelo; junto a Dios florecer. Y el ngel lo cogi, dando un beso al nio por sus palabras; y el pequeuelo entreabri los ojos. Recogieron luego muchas flores magnficas, pero tambin humildes rannculos y violetas silvestres. -Ya tenemos un buen ramillete -dijo el nio; y el ngel asinti con la cabeza, pero no emprendi enseguida el vuelo hacia Dios. Era de noche, y reinaba un silencio absoluto; ambos se quedaron en la gran ciudad, flotando en el aire por uno de sus angostos callejones, donde yacan montones de paja y cenizas; haba habido mudanza: se vean cascos de loza, pedazos de yeso, trapos y viejos sombreros, todo ello de aspecto muy poco atractivo. Entre todos aquellos desperdicios, el ngel seal los trozos de un tiesto roto; de ste se haba desprendido un terrn, con las races, de una gran flor silvestre ya seca, que por eso alguien haba arrojado a la calleja. -Vamos a llevrnosla -dijo el ngel-. Mientras volamos te contar por qu. Remontaron el vuelo, y el ngel dio principio a su relato: -En aquel angosto callejn, en una baja bodega, viva un pobre nio enfermo. Desde el da de su nacimiento estuvo en la mayor miseria; todo lo que pudo hacer en su vida fue cruzar su diminuto cuartucho sostenido en dos muletas; su felicidad no pas de aqu. Algunos das de verano, unos rayos de sol entraban hasta la bodega, nada ms que media horita, y entonces el pequeo se calentaba al sol y miraba cmo se transparentaba la sangre en sus flacos dedos, que mantena levantados delante el rostro, diciendo: S, hoy he podido salir. Saba del bosque y de sus bellsimos verdores primaverales, slo porque el hijo del vecino le traa la primera rama de haya. Se la pona sobre la cabeza y soaba que se encontraba debajo del rbol, en cuya copa brillaba el sol y cantaban los pjaros. Un da de primavera, su vecinito le trajo tambin flores del campo, y, entre ellas vena casualmente una con la raz; por eso la plantaron en una maceta, que colocaron junto a la cama, al lado de la ventana. Haba plantado aquella flor una mano afortunada, pues, creci, sac nuevas ramas y floreci cada ao; para el muchacho enfermo fue el jardn ms esplndido, su pequeo tesoro aqu en la Tierra. La regaba y cuidaba, preocupndose de que recibiese hasta el ltimo de los rayos de sol que penetraban por la ventanuca; la propia flor formaba parte de sus sueos, pues para l floreca, para l esparca su aroma y alegraba la vista; a ella se volvi en el momento de la muerte, cuando el Seor lo llam a su seno. Lleva ya un ao junto a Dios, y durante todo el ao la plantita ha seguido en la ventana, olvidada y seca; por eso, cuando la mudanza, la arrojaron a la basura de la calle. Y sta es la flor, la pobre florecilla marchita que hemos puesto en nuestro ramillete, pues ha proporcionado ms alegra que la ms bella del jardn de una reina. -Pero, cmo sabes todo esto? -pregunt el nio que el ngel llevaba al cielo. -Lo s -respondi el ngel-, porque yo fui aquel pobre nio enfermo que se sostena sobre muletas. Y bien conozco mi flor! El pequeo abri de par en par los ojos y clav la mirada en el rostro esplendoroso del ngel; y en el mismo momento se encontraron en el Cielo de Nuestro Seor, donde reina la alegra y la bienaventuranza. Dios apret al nio muerto contra su corazn, y al instante le salieron a ste alas como a los dems ngeles, y con ellos se ech a volar, cogido de las manos. Nuestro Seor apret tambin contra su pecho todas las flores, pero a la marchita silvestre la bes, infundindole voz, y ella rompi a cantar con el coro de angelitos que rodean al Altsimo, algunos muy de cerca otros formando crculos en torno a los primeros, crculos que se extienden hasta el infinito, pero todos rebosantes de felicidad. Y todos cantaban, grandes y chicos, junto con el buen chiquillo bienaventurado y la pobre flor silvestre que haba estado abandonada, entre la basura de la calleja estrecha y oscura, el da de la mudanza.

El Sapo
rase un pozo muy profundo, y la cuerda era larga en proporcin. La polea giraba pesadamente cuando haba que subir el cubo lleno de agua; apenas si a uno le quedaban fuerzas para acabar de levantarlo sobre el pretil. Los rayos del sol nunca llegaban a reflejarse en el agua, con ser sta tan clara; pero hasta donde llegaba el sol, crecan plantas verdes entre las piedras. En el fondo viva una familia de sapos; la madre era la primera que lleg all, bien a pesar suyo, pues se cay de cabeza en el pozo; era ya muy vieja, pero an viva. Las verdes ranas, establecidas en el lugar desde mucho antes y que se pasaban la vida nadando por aquellas aguas, reconocieron el parentesco y

llamaron a los nuevos residentes los huspedes del pozo. stos llevaban el firme propsito de quedarse, vivan muy a gusto en el seco, como llamaban a las piedras hmedas. Madre sapo haba efectuado un viaje; una vez estuvo en el cubo cuando lo suban, y lleg hasta muy cerca del borde, pero el exceso de luz la ceg, y suerte que pudo saltar del balde. Se peg un terrible batacazo al caer abajo, y tuvo que permanecer tres das en cama con dolores de espalda. No pudo contar muchas cosas del mundo de all arriba, pero saba, como ya lo saban todos, que el mundo no terminaba en el pozo. La seora sapo podra haber explicado algunas cositas, pero nunca contestaba cuando le dirigan preguntas; por eso no le preguntaban nunca. -Es gorda, patosa y fea -decan las verdes ranillas-. Sus hijos sern tan feos como ella. -A lo mejor -dijo la madre sapo-, pero uno de ellos tendr en la cabeza una piedra preciosa, a no ser que la tenga yo misma ya. Las verdes ranas todo eran ojos y odos, y como aquello no les gustaba, desaparecieron en las honduras con muchas muecas. En cuanto a los sapos hijos, de puro orgullo estiraron las patas traseras; cada uno crea tener la piedra preciosa, y por eso mantenan la cabeza quieta. Finalmente, uno de ellos pregunt qu haba de aquella piedra preciosa de la que estaban tan orgullosos. -Es algo tan magnfico y valioso -dijo la madre-, que no sabra describroslo. El que la luce experimenta un gran placer, y es la envidia de todos los dems. Pero no me preguntis, porque no os responder. -Bueno, pues lo que es yo, no tengo la piedra preciosa -dijo el ms pequeo de los sapos, el cual era tan feo como slo un sapo puede ser-. A santo de qu habra de tener yo una cosa tan preciosa? Adems, si causa enfado a los otros, no puede alegrarme a m. Lo nico que deseo es poder subir un da al borde del pozo y echar una ojeada al exterior. Debe ser hermossimo. -Mejor ser que te quedes donde ests -respondi la vieja-. Aqu los conoces a todos y sabes lo que tienes. De una sola cosa has de guardarte: del cubo. Podra aplastarte. Nunca te metas en l, que a lo mejor te caes. No siempre se tiene la suerte que tuve yo, que pude escapar sin ningn hueso roto y con los huevos sanos. -Croac! -exclam el pequeo, lo cual equivale, poco ms o menos, al ay! de las personas. Tena unas ganas locas de subir al borde del pozo para ver el vasto mundo; lo devoraba un gran anhelo de hallarse en aquel verde de all arriba. Al da siguiente fue elevado el cubo lleno de agua, y casualmente se par un momento frente a la piedra donde se encontraba el sapo. El animalito sinti que un estremecimiento recorra todo su cuerpo, y, sin pensarlo dos veces, salt al recipiente y se sumergi hasta el fondo. El cubo lleg arriba, y fue vertida el agua y el sapo. No lo preguntes al naturalista; mejor ser que te dirijas al poeta. l te lo contar como si fuese un cuento; y figurarn en l la oruga de la col y la familia de las cigeas. Imagnate! La oruga se transforma, se metamorfosea en una bellsima mariposa. La familia de las cigeas vuela por encima de montaas y mares hacia la remota frica desde donde volver por el camino ms corto a su casa, la tierra danesa, al mismo lugar y el mismo tejado. Parece un cuento, y, sin embargo, es la verdad pura. Pregntalo al naturalista; vers cmo te lo confirma. Y t lo sabes tambin, pues lo has visto. -Pero, y la piedra preciosa de la cabeza del sapo? Bscala en el Sol. Vela si puedes. El resplandor es demasiado vivo. Nuestros ojos no tienen an la fuerza necesaria para mirar la magnificencia que Dios ha creado, pero un da la tendr, y aqul ser el ms bello de los cuentos, pues nosotros figuraremos en

Aldn, Edilberto

Envale e-mail

Ciudad de Mxico, octubre de 1970. Ha sido burcrata, reportero, amante, editor, novio, coordinador de talleres literarios, esposo, incluso vendedor de closets, pero su verdadera vocacin es la de lector. Estudi en la Escuela de Escritores de la Sociedad General de Escritores de Mxico (Sogem) Distrito Federal. Por su trabajo literario ha recibido diversos reconocimientos: el Premio Literario Salvador Gallardo Dvalos de narrativa, por el libro de cuentos Viejos fantasmas con nombre, volumen que fue publicado por el Instituto Cultural de Aguascalientes en el 2002. Adems ha obtenido los primeros lugares en el IX Concurso internacional de poesa del Ateneo Espaol de Mxico, y en el VII Concurso de cuento Juana Santa Cruz con el texto No me digas tu nombre. Particip en el libro colectivo Homenaje a Hugo Argelles publicado en 1994 por el Centro de Investigacin Teatral Rodolfo Usigli del Instituto Nacional de Bellas Artes. Fue subdirector de comunicacin social en el INEGI y se ha desempeado como colaborador en distintos medios impresos: Uno ms Uno, El Universal, Universal grfico, Punto y Pgina 24. Actualmente escribe una columna semanal en la revista electrnica agseso.com

Comida para gatos


Edilberto Aldn Quiz sea el ritmo del paso que invita a la pregunta, quiz que el descuido resbala desde la brecha de las certezas impuestas hasta la hondonada donde se vuelven necesarias las soluciones crticas, cmo saber; la nica seguridad es el aprender a ya no preguntar, a no cuestionarme el por qu de levantarme del silln sin otro nimo que el de salir de casa y encaminarme al supermercado, siempre despus de las once, siempre despus de mirar un largo rato el telfono. No hay respuesta, slo invencin que sirve para dar nombre a la conveniencia de vivir en una ciudad donde el supermercado est abierto las 24 horas. Alguna vez me dije que por comodidad, consider ese horario especial como una concesin a quienes no pueden hacer sus compras a la otra hora, con la luz de da; comodidad, entonces, por lo sencillo, por la velocidad, despus de las once no hay que hacer una larga fila mientras una seora, en vez de sacar las compras del carrito, se dedica a arrear a sus hijos, tampoco hay que esperar a la pareja que, una vez en la caja, discute cul de todos los cereales con fibra es mejor. Cmodo y rpido, simplemente se toma un carrito y se empuja buscando lo que se necesita, comprando lo necesario. Llegar a la zona de cajas tras una vuelta ms por el pasillo aquel donde estn los importados, la nunca oportuna reflexin acerca de los caprichos y los gustos, el pensamiento fiel de la balanza entre el antojo y el dinero disponible; enseguida estar frente a la cajera, cinco minutos mximo y ya, eso es todo, sin colas, sin espera... A veces la explicacin consista en depositar los motivos en la bolsa de croquetas casi vaca, en pensar que al da siguiente el gato no tendra qu comer. Ninguna de esas razones que me invento para caminar casi a la media noche hasta el supermercado es cierta, ninguna es la verdadera, ni siquiera la principal, pero no importa, ya no lo pienso, mantengo los pies en la brecha del andar automtico. No pienso que es viernes, tampoco en la hora hasta que el polica en la entrada del supermercado mira el reloj apenas cruzo el umbral; imagino lo que est pensando, que falta an mucho tiempo para poder irse, para el cambio de turno y mientras tanto mirar, slo mirar a quienes les falta recorrer un pasillo, a los que estn en la caja... Tras de mi el polica suspira. Llego a casa, ningn maullido contesta. Descubro la ventana abierta e imagino al gato en la azotea. Me acomodo en el silln, con el control remoto prendo el estreo, All the lonely people, Where do they all come from?, All the lonely people, Where do they all belong? ...pero ya es muy tarde, no quiero pensar, abro la bolsa de Delicias rellenas. El sabor de las croquetas endulza mi boca.

Plegarias atendidas
Hasta ahora recuerdo. Vienen las imgenes como polvo, se cuelan por la rendija de mis ojos entrecerrados, a travs de las grietas que dejan en el cuerpo el cansancio y el abandono, me sitia la necesidad de abandonarme al tobogn oscuro de la fatiga. Mi memoria no suele ser as, est formada de retazos que niegan la posibilidad de concebir orden alguno. No s cmo es que hoy, hasta hoy, lo que ramos llega de esta manera. Aprieto el puo, la tierra que llevo en la mano se convierte en lodo.
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La casa era tan grande que podamos jugar mil veces a las escondidas sin repetir el escondite, recargarnos en el balcn exhaustos de no hacer nada, plantar en las macetas todas las semillas imaginables, formar ejrcitos con migajn de bolillo, aventar huevos y restos de comida al vigilante del parque. En ese entonces eras bien maldito Daro, siempre me tenas con la boca abierta, no dejabas que los segundos se acumularan hasta hacernos bostezar, no, algo se prenda en tus ojotes, unas chispitas que iluminaban desde el fondo de tu cara, y encontrabas algo que nos sacaba del tedio, justo aquello que levantaba el grito de los mayores. Para m inventaste todo: las cirugas a los caracoles para dejarlos sin concha, la caza de pajaritos que ante mis gritos complacientes moran aplastados dentro de una bolsa, los asaltos a mano armada a la tienda de la esquina, la guerra de fuego con que sacrificabas hormigas... para m, "para que te ras conmigo" y ya eras risa en mi boca. No era como deca la doctora de la escuela: que necesitabas de cuidados especiales, que te gustaba llamar la atencin, no, siempre eras para nosotros mismos, en el parque, en la casa, en el ropero, persiguiendo al abuelo Jos. Mam siempre me mandaba a avisar que la cena estaba servida, esa vez lo hiciste t y encontraste al Chacharasca recargado en la taza del bao, desnudo, todo mojado. "Est borracho" para m en voz baja y a mam: "no se quiere levantar el abuelito". Fuimos al bao con ganas de ver cmo lo regaaban, l segua ah, vencido, con su espalda llena de costras negras, con hoyito y pus. No nos remos, mam grit demasiado pronto. Nosotros ramos los nicos chicos en el velorio. No quisimos quedarnos con los dems nios, "te imaginas, vamos a tener que cuidarlos" y yo dije que s, que fuchi, puro olor a caca. Estuviste llore y llore, yo cre que por ver la cara del abuelo Jos tan fea, bien pintada y con algodn en la nariz y odos. Luego, mientras un montn de gente se disculpaba con mam, mi ta quiso calmarte explicando que el Chacharasca se haba muerto por las costras, de una de esas enfermedades que se agarran en los baos, que nunca tuvo cuidado y que como beba mucho y pues... Dejaste de llorar para abrazarme. Cuando todos los grandes se acercaron a la caja, salimos al pasillo, tenas rojos los ojitos, te los limpi y en voz baja me dijiste: "yo cre que lo haba matado Diosito por mi culpa. Cuando nos encontr, yo peda en la iglesia que se muriera para que no fuera a contarle a nadie", lloraste de nuevo, lgrimas y lgrimas, hasta que soltaste la risa cuando te ense un moco que habas dejado en el cuello de mi blusa. Cuando el padre Rogelio comenz a pedir que el alma del abuelo se fuera derechito al cielo, todos lloraron, muy silenciosos, con pena, al mismo tiempo, menos t y yo, porque me estabas enseando que una mosca sigue viva aunque le arranques las alas. Todava la semana pasada nos estbamos riendo de esas cosas, de los recuerdos, de los aos que gustabas contar entre cigarro y cigarro, mientras por abajo de las sbanas apretabas mis piernas con las tuyas. Fue la ltima vez que nos vimos, terminamos peleando a gritos. No pude soportar que mencionaras tu prxima boda con Marta. Ahora todos la consuelan a ella, nadie a m. Miro el cielo, pero de nada vale arrepentirse de lo que uno pide. Separo los dedos, el lodo escapa de mi mano hasta tu caja y se mezcla con los ramos de flores que yo no arroj.

Alonso Viegla, Jos Luis


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Nacido en Lorca (Murcia, Espaa), el 8 de Marzo de 1,955. Afincado en Jan desde 1,980. Jos Luis Alonso Viegla es escritor y aspira a todo. En su poder obran premios tales como el Gemma Internacional de Poesa (Aranguren, Vizcaya), y el Jan (Andaluca) de Narrativa del Ministerio de Cultura, 1,982, y en su memoria la satisfaccin de ser finalista en el Atlntida de poesa castellana de Valladolid, y el prestigioso Herralde de Novela, Barcelona, 1,983. Alonso Viegla, es colaborador de Diario Jan, ha presidido el Ateneo de Jan en dos ocasiones, ha adaptado una obra de teatro de su libro Cuentos de Medianoche, Iberusme, y ha finalizado tres novelas: La Crnica Prohibida del Condestable, Las Aventuras de Malaquas Melquiades y El ltimo Rey de Hispana, publicados todos los trabajos por captulos semanales en Diario Jan. Alonso Viegla ha compuesto los textos para la obra Historia de Jan en comics, Edicin de Cajasur. Ha sido medalla de plata en la Academia de las Ciencias, Artes y Letras, de Namur (Blgica), en su modalidad de narrativa. Ha publicado en International Poetry Associatiaon University of Colorado (USA). Traducido al portugus en el diario O Journal de la Ciudad de Salvador, estado de Baha, Brasil. Es miembro de la Asociacin Cultural Carioca Prtico, de Baha, Brasil. En la actualidad es Presidente de la Asociacin Cultural Hispania, y Cronista Oficial de la Villa de Santiago de Calatrava (Jan)

Rosaflorida
Jos Luis Alonso Viegla Aljubarrota?. Dnde haba odo antes ese nombre?. Era un enigma. Un reto. La grafa haba aparecido ante mis ojos, ya menguado la mitad del manuscrito. As que sabiendo que aquel libro mgico, herencia de mis tatarabuelos era todo un compendio de sabidura, un declogo de invocaciones consentidas, un reducto de la historia no escrita, decid aventurarme entre aquellos pliegos cuarteados, sumergirme en los latines que se desparramaban escrupulosamente e inici la traduccin. Al pronto vino a mi ojos un vocablo que sin saber porqu me cort la respiracin, aument la presin sangunea de mi cuerpo y una agitacin extraa invadi todo mi ser:... Rocafrida... mil trescientos ochenta y cinco. Qu significaba?. Un nuevo modismo emergi desde el fondo de los tiempos, el ttulo pareca nobilario, aunque tambin podra ser una graduacin militar; encontr varias frmulas: Comes, Condestable, y Conde, y a continuacin un apellido que no por dejar de ser sonoro y arrogante tena de por s un poso romntico y enigmtico: Flores. Hasta aqu todo haba ido cobrando forma; sin duda aquel latn del siglo XIV narraba los hechos singulares de un caballero medieval, de un hombre de armas. Las aventuras, o desventuras del Conde Flores. os lo dije, Seor de Ayala?. Todo a su debido tiempo. !Ah, el amor!. Al amanecer del da siguiente divis Flores la silueta de su castillo y las apretadas casas que se encaramaban por la ladera buscando la proteccin de las almenas. Y antes del medioda penetraba en el patio de armas. La alegra fue indescriptible. Y ahora si que no tengo palabras, seor de Ayala, que es hora de besos y de arrumacos y de casamientos y fiestas. Y as es como acab el singular viaje del Conde Flores, que pec de indeciso en el combate pero que rectific y se port como un Caballero, haciendo honor a la Caballera.
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Ya sabis, seor de Ayala, si tenis a bien inscribir mi nombre en vuestros lejajos y manuscritos, respondo por el nombre de Diego de Acevedo, un humilde pastor que desde entonces ya no es lo que era.

Hada en mis Sueos


Ren Avils Fabila En mi sueo, esa hermosa mujer, alta y esbelta, de sedoso cabello negro, misteriosa, acepta mi conversacin. Hablamos de pintura. Al poco tiempo hacemos el amor. Luego, en un edificio extrao, bajamos por unas escaleras elctricas muy largas. Avanza ms rpido que yo. En la medida en que se aleja de m presiento peligro y trato de alcanzarla. Entre nosotros hay dos jvenes, uno saca el revlver y le dispara; la mujer cae al suelo e intilmente trato de auxiliarla. El otro tipo tambin la balea. La sostengo en mis brazos y veo cmo desaparecen los criminales. Al despertar s que ella me amaba y la echo de menos, necesito verla. No quiero averiguar por qu la mataron, tampoco siento ningn deseo de venganza. Tan slo aguardo con ansiedad las noches para dormir y estar en posibilidades de soar con la enigmtica mujer, evitar que la asesinen y de tal forma extender nuestra pasin, que fue violenta y que fue dulce.

Hermanos
Daniel coloca la botella de Chivas sobre la mesa y enfila su silla de ruedas hacia la sala. Echa un ltimo vistazo. Comprueba que todo est en orden. Ya no hay cajas de pizza ni botellas vacas desperdigadas en el piso. Se sirve un trago. Sigue ah ese malestar en el estmago. Atribuye la molestia al hecho de que su nico hermano vendr hoy a visitarlo. Hace aos que no se ven. Recuerda que fue cerca del ochenta y tres cuando recibi la carta en la que Adolfo le refera su buena fortuna, que tras salir del pueblo su suerte haba cambiado por completo y que de seguir as, en breve reunira suficiente dinero para casarse con una chica que haba conocido. Acompaaba la misiva una foto de la pareja con el mar de fondo. No sabe dnde qued esa fotografa. Quiz la rompi, como hizo con aquella en la que l mismo abrazaba a Fernanda. sos eran otros tiempos, antes de que ella se largara de la casa, antes de que sus piernas se convirtieran en un par de muones. Lo difcil no es aceptar que las cosas sucedan, sino aceptar que te sucedan precisamente a ti, piensa Daniel mientras acomoda la sbana que cubre sus extremidades amputadas. Apura el vaso hasta que no quedan sino unas gotas. Daniel los invita a pasar. Se adelanta un poco, toma la botella y la oculta. Les pide una disculpa, se dirige al bao y cierra por dentro. Siente que le arden las piernas. Abre la botella y comienza a vaciarla. Puede sentir las lgrimas sobre sus mejillas mientras el falso whisky se va por el excusado. Tambin est panzn y calvo, farfulla. Tira la descarga y arroja la botella a la basura. Luego arranca un trozo de papel higinico para secar sus ojos. No quiere que su hermano se d cuenta que ha llorado.

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