Mercado y Sociedad en La Paz
Mercado y Sociedad en La Paz
CAPTULO PRIMERO Doce del da. Mercado Central. Interminable caravana de de gentes de todas las clases sociales ha invadido los amplios cobertizos en los que se realiza la feria dominical del ms importante mercado que provee a la ciudad. Si durante la semana son las cocineras y gentes del servicio las que acuden a buscar lo necesario para el cuotidiano men de las casas en que sirven, el da domingo la inmensa clientela se supera en calidad social. Seoras de familia distinguida, que en la prisa de su deber domstico han desdeado la "permanente", el rouge labial, las medias "nylon", el elegante petit-gree o el tapado de karakool, van al mercado "de cualquier manera" vestidas para soportar sin graves destrozos la apretura y los empellones de la "democracia" que, sin miramiento alguno, tambin acude a adquirir provisiones y no tiene ojos para eludir encontrones con quienes se cruzan en su camino sino para avizorar en los puestos de venta dnde est la mejor "carne gorda", las legumbres ms frescas o la fruta madura y barata. Tampoco faltan en estos ajetreos domsticos los del sexo masculino. Unos, opulentos burgueses, especializados en elegir la buena fruta para su mesa; otros, impelidos por la omnmoda voluntad de su respectiva "Sisebuta", que ha ido entretanto a misa o se ha quedado en cama a reparar el sueo perdido en su noche de bridge, han tenido que tomar mansamente sobre s la tarea de "hacer el mercado". Completando la heterogeneidad concurrente en toda la gama humana, se ve tambin a los "gringos" e inmigrantes. Los primeros acuden all a darse su racin de sensaciones tpicas y de folklorsmo y cuando su ojo clnico ha descubierto una escena o un trance oportuno se apresuran a perpetuarlos en su Kodak para aadirlo a su coleccin pintoresca solare "los indios de Bolivia. Los segundos, hombres y mujeres, dinmicos y codiciosos, atropellan y se abren paso denodadamente para buscar lo ms suculento y, despus de concienzudo regateo en el precio, fondean las provisiones adquiridas en sus infaltables bolsas de cuero o de malla de camo de una capacidad milagrosa. Sera una injusticia olvidar en este variadsimo conjunto a esos padres de familia que prefieren ir a darse su personal y egosta "atracn" de fruta a espaldas de su mujer e hijos, para lo cual se sitan junto al puesto de su "casera" y engullen apresuradamente una copiosa racin de naranjas, chirimoyas, uvas, pltanos, etc., para, despus que estn ahtos, regresar a su casa con gesto avinagrado a participar del
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sobrio men que acostumbra la familia, obligada por la tacaera del padre. Tampoco sera justo olvidar una nota tpica de nuestro mercado, y, ms que nota, un excepcional honor que el Mercado Central de La Paz ostenta con orgullo entre todos los mercados del mundo. Y es, que a su puerta se detienen hermosos y relucientes autos oficiales, que haran pensar a un extrao que, acaso, se trata de una importantsima oficina pblica en la que se trabaja tambin los domingos; pero, nosotros, los que conocemos de cerca las modalidades de nuestra alta y privilegiada burocracia oficial, sabemos que en esos aerodinmicos van las cocineras, mucamas, sirvientas, pongas e imillas de altos funcionarios para hacer el mercado y trasladar en los cestos esmeradamente colocados sobre los mullidos y aterciopelados asientos del vehculo la fruta, las legumbres, el pescado, los pollos, las sabrosas piernas de cerdo o los costillares de buey para la subsistencia de esos ilustres y nunca bien pagados servidores del pas. Para atender a esta inmensa clientela las vendedoras del mercado se esmeran en exponer en sus respectivos puestos lo ms selecto y variado de su mercanca. De todas las secciones del mercado, la ms colorida y la ms incitante a la vista y al paladar es la de frutas. Una larga fila de mostradores dividida en pequeas subsecciones ofrece algo as como la lnea Maginot por la que "nadie pasa" sin dejar unos buenos pesos a cambio de unas frutas que estn diciendo "comedme". Cada una de esas imponentes y orgullosas matronas llamadas "fruteras", con la clsica postura de un Buda, ocupa el centro de su asiento, rodeada por los cuatro puntos cardinales con los cestos y los montones de su sabrosa y variadsima mercanca. Junto al dorado de las pirmides de naranjas se alzan las torres arquitectnicamente edificadas de los suculentos pltanos de Yungas; al lado, de una bella cumbre de uvas de Luribay que asemeja, un emporio de gemas de mbar contrastan su color de enormes y obscuros rubes y granates las uvas negras de Millocato; junto a un cmulo de opulentas paltas de la Lioja acusan su vivo colorido las manzanas de California; sobre un amplio "balay", los higos del Ro Abajo muestran su bano sabroso en contraste con el amarillo encendido de los aterciopelados damascos de Caracato - se nos antoja pensar que los bizarros y simpticos deportistas del Club "The Strongest" encontraran en los higos y damascos de ese "balay" la base herldica de sus tradicionales colores: msculo
fuerte y recio como la pepa del "albaco y corazn pletrico y jugoso como el del higo-. Por fin, en el lugar ms estratgico, los melones de la costa se exhiben esmeradamente junto a las sandas de Tacna, una de las cuales, infaltablemente abierta en un segmento deja ver la roja pulpa, cual si fuera la boca sonriente de un gigantesco negro. Y, todo ese conjunto, colocado, arreglado y organizado por la sper tcnica de la "frutera con tal tino, acierto y habilidad que podra servir de modelo a algunos estadistas de la vieja Europa para que aprovechen hasta el ltimo milmetro de su, respectivo "espacio vital". Una de estas fruteras, la de ms prestigio por la calidad de su fruta, y, tambin por ello, la que tiene ms clientela, y sta entre la gente de mayor calidad social y econmica, es Doa Saturnina. Su puesto es el ms surtido y el de mayor actividad. Comprar fruta de ella es lo mismo que decir que se ha adquirido lo mejor y lo ms caro. Doa Saturnina de Perales tendra una edad todava distante del medio siglo, pero la vida esttica que llevaba, sin salir todo el da del hueco formado entre sus canastas, balayes y pirmides de mercadera, le haban hecho engrosar de carnes y encorvar la espalda de tal modo que aparentaba ms edad. Algo que la destacaba entre las cholas "recoveras" era el color blanco y sonrosado de su cutis, resultado indudable de un mestizaje que lleg a mostrar en ella cierta preponderancia de raza blanca. Los ojos negros y vivaces conjugaban su brillo de azabache con sus espesas cejas y su abundante cabello ceidamente peinado en dos trenzas. Solamente los pmulos prominentes, que acusaban su relieve an sobre sus carrillos mofletudos, denotaban su parte de ascendencia indgena. A pesar de que el gnero de su actividad diaria, manejando frutas, no le permita estar limpia de manos y de traje, vesta con cierto relativo lujo. Sus polleras eran de .telas fin costosas, la chaqueta era casi siempre de seda sobre la que invariablemente llevaba un magnfico chal de vicua prendido sobre el hombro izquierdo con un enorme gancho de oro de cuya cadena penda una bellsima perla neta. Ms que cubrir, se equilibraba sobre su cabeza un sombrero "Borsalino " cuya problemtica estabilidad era conservada mediante constantes movimientos de cabeza, sin que fuera necesario emplear en ello las manos. La parte de su indumento que era difcil de describir era la de sus pies, absolutamente escondidos en el fondo de esa especie de nido en que estaba exactamente ubicada. Esta manera de sentarse daba la impresin de que Doa Saturnina y todas sus "camaradas" del mercado eran
personas mutiladas de las extremidades inferiores y cuyos cuerpos slo emergan de cintura para arriba de una inmensa col que les sirviera de curioso pedestal. En cambio, pareca que toda la vitalidad motriz de las fruteras se hubiera concentrado en las manos. Pues era de admirar su destreza para manejar las frutas, tomando hasta cinco naranjas en cada mano y, luego, con un movimiento lleno de donaire, lanzarlas desde su elevado sitio, con impulso certero. hasta la canasta o bolsa del comprador. Aquella maana de domingo, nos la encontramos en su trono. S, seor. Nada menos que un trono, hecho de las ms sabrosas frutas es el asiento que ocupa Doa Saturnina. Un trono adecuado a la soberana de la fruta y, desde el cual, engreda y desptica, impone los precios y elige a sus clientes. Y, cuando ante su vista se allega gente tacaa a preguntar el valor de alguna fruta selecta, ella, con mirada penetrante y rpido anlisis psicolgico, contesta con fro desdn, volviendo el rostro a un lado: - Qu vas a pagar vos su precio! ... Y no vuelve a mirar ms al cliente hasta que ste ha pasado de largo. Ora llega un comprador de aspecto pobre, cuyo exiguo bolsillo no est a la altura de sus ansias de buena fruta, Doa Saturnina, mirando de reojo al inoportuno, le responde secamente: - No es como para vos, tatay. Vos quedrs pues de a dos por medio!... En cambio, cuando se aproxima un extranjero saca a relucir sus ms exquisitas atenciones, sonre con sonrisa de sirena; toma una palta, le hunde la ue, levanta un trozo de la corteza y se la ofrece coquetamente, diciendo: - Ay, caballero! Bien ricas siempre estn mis paltas. Vea usted. Como mantequilla siempre estn. Y, luego, apresurndose a tomar tres paltas en cada mano las ofrece, aadiendo: - Cuntas docenitas me va usted a llevar? - Oh, casera. Espera un poco - responde el gringo, y luego-. A cmo es cada una, casera? - Usted ya sabe, pues, caserito. Yo nunca le cobro de ms. Le dar tres docenitas. Ay, estn como para usted! As, con una imposicin velada y una elocuencia zalamera vende todo lo que quiere a los gringos o a sus "caseros". Y guay de stos, si antes o despus de comprar la fruta donde ella, hubiranse aproximado a adquirir algo de las vendedoras vecinas. Ella, vigilante desde su elevado puesto, atalaya los manejos y
andanzas de sus clientes, y si su mirada zahor ha comprobado la infraccin, en cuanto se acerca el delincuente, lo recibe con una mueca de enojo y con voz agria l e larga sta o parecida frase: - Mi fruta no est buena. Vaya usted a comprarse donde sus caseras! Con tales maneras y mtodos, esta dictatorial frutera, defiende la exclusividad de sus derechos comerciales y esclaviza a sus clientes. Aquella maana, Doa Saturnina, est de talante alegre, como nunca se le viera. Ha desfruncido su ceo de soberana y est parlanchina y amable, tanto que asombra. Entre los breves parntesis que le deja la venta a sus clientes, conversa con, otra chola cincuentona que a la sazn se halla de pie saboreando una hermosa chirimoya obsequiada por la frutera y cuyas pepas arroja, mientras conversa, soplndolas desde la misma boca y hacindolas describir una larga curva hasta llegar al suelo. - Ay, que bien! Yo la felicito, Doa Saturnina - le dice la interlocutora. - Dios, pues, comadre. l me ha escuchado. Tanto que le he rogado!... Al fin ha de permitir que se cumpla mi deseo. - Mis parabienes, Doa Saturnina. Yo me alegro como si fuera mi hija. - Te agradezco, comadre. Y, como te deca: Dios me ha escuchado. Porque, desde el primer da que la hemos "metido" al colegio, he ido donde la Virgen de Remedios y se la he entregado. Con mis lgrimas le he dicho: "Vos, pues, Mamita, me has de ayudar a sacarla gente. Para eso yo he de trabajar como un burro a fin de que no le falte nada". Diciendo le he rogado, ampe. Despus he llevado su medida de la chica en una cinta de raso y se la he hecho pisar con la Virgen. - Ay, kholila! Ahora esa medida qu tal chica, pues, se quedara. Porque la Domitila debe estar ya bien maltoncita. - Si vieras de qu tamao est. Es toda una seorita, pero como esas que les dicen jay laif". La vieras noms, con sus tacos altos y todo! - No me diga usted, comadre! - Ahora que tiene que dejar el uniforme de las "Madres de la Inmaculada" le hemos comprado unos vestidos extranjeros bien lindos para que se salga. Si vieras el abrigo de piel que se ha escogido la chica. Est como para el cine, ampe! - Ay, qu alhajura! Estar, pues, como para comerla de gusto. - Tom. Servite esta paltita ms - responde Doa Saturnina, ufana del elogioso comentario de su amiga, ofrecindole la fruta -.
Mira ve. Est como para tu boca - aade amablemente. - Ay, gracias, comadre. Se est usted molestando! - y luego de dar un mordisco y con la boca an llena del bocado, aade la comadre: - Y qu dice, pues, su padre? Estar tambin, pues, reventando de gusto. - Cmo no, pues! l tambin, jay, se ha desvivido trabajando para la chica. Tantos aos no ha remado en su taller, hasta los domingos, en competencia conmigo! - Eso s. De esa parte yo soy testigo. Cuntas veces no he ido a decirle: "Compadre, cmo, pues, est usted trabajando hasta en da de fiesta! Se va usted a enfermar". Y l me contestaba, sin dar descanso al serrucho: "Ay, comadre. Cuando se tiene una hija que se la quiere como a la nia de los ojos, hay que trabajar no ms para que no le falte nada". As me contestaba, ampe, mi compadre. - Como a la nia de los ojos! - repite con palabras graves e impregnadas de maternal ternura, mientras los ojos de Doa Saturnina se abrillantan de hmeda emocin, y, luego, exclama: - S. Asimismo es. "Como a la nia de nuestros ojos" la queremos a la Domitilita. Pero, en ese preciso instante en que la emotividad de la madre triunfaba sobre los prosaicos deberes de la frutera, la aproximacin de un cliente hace fracasar esa maravillosa y rara transfiguracin. - A cmo das tus paltas, casera? - A diez bolivianos es, seora -responde Doa Saturnina, borrando instantneamente la noble exultacin de su cara. Cmo, pues, tan caras, casera! - As no m s "es", seora. - Pero, si en la pizarra de precios de la Municipalidad dice que las paltas estn a seis bolivianos. - Entonces, anda, pues, comprate de la pizarra! Seca y terminante la respuesta, obliga a la seora a retirarse sin palabra, en pos de alguna otra vendedora menos irnica y fiera. Ante el silencio majestuoso de Doa Saturnina que se qued ufana de su respuesta, la comadre crey de su deber bordar un comentario servil. - Bien contestado, comadre. Estas "futres creern, pues, que usted se ha ido a recoger de balde la fruta. - Claro, pues. Acaso no me cuesta el bajar los viernes hasta la "Ventilla" a recibir a los caseros que me lo traen la fruta desde el Ro Abajo? Y, despus, acaso no les doy coca, trago y cigarritos,
para que no se lo vendan a otras? - Tiene usted, pues, razn, comadre. Adems, acaso no tiene usted a quien mantener? La alusin fue certera. Volvi el mercantilismo de la frutera a dejar el campo a la madre cariosa. Una nueva ola de ternura humedeci la roca de ese espritu endurecido por la cuotidiana brega comercial. - As es, pues. Acaso yo no gano para mi hija? Todo esto que saco a estos tacaos, no es para la educacin y las necesidades de mi chiquita? Acaso yo vendo caro por mi gusto? O yo voy a llevar la plata a la otra vida? - Tiene usted mucha razn, comadre. - Y, despus, esta misma plata que a m me pagan con tantos remilgos, yo tengo que ir a devolvrselos en sus tiendas. Y, ah, sin chistar, tiene una que pagarles su capricho. Elay, el otro da, por ejemplo, a mi Domitilita se le ha antojado unas medias, esas que dicen "nailon, diciendo. He ido a buscar a todas partes, ampe, hasta que me han dicho que un gringo venda de ocultas en un hotel. Hasta ah he ido, y, sabes cunto me ha pedido? - Cunto, comadre? - El par, ochocientos bolivianos, ampe! - Ay Jess, Mara y Jos! Y, usted, le ha comprado? - He tenido no ms, pues, que comprar. Basta que a la chica se le haya antojado. - Ave, Mara Pursima! Pero, siempre, pues, le habr rebajado siquiera! - Ni un centavo! El gringo ladrn se ha puesto en sus trece, y, como saba que era el nico que tena esas medias, le he tenido que comprar tres pares, porque como haban sido como tela de araa, seguro que han de servir para un ratito no ms. - Santo Dios! Como tres mil bolivianos se ha gastado usted en medias no ms! - Y, si hubiera que gastar ms, con gusto lo hiciera. - Ay, esta mi comadre, tanto que se desvive por su hijita! - Claro, pues, Por qu, tambin, mi hijita se ha de privar de sus gustos, a ver dime? Para seorita la hemos criado, como seorita ha entrado al colegio y como seorita tiene que vestirse. Acaso ellas no ms se han de gastar lujos, y, atenidas a su elegancia, a lo mejor, me - la han de estar mirando mal a mi chica? Eso s que no! Mi hija tiene que ser seorita de rango, cueste lo que cueste. - Y, con lo bonita que debe estar! Seguro que les ha de "sacar pica" a todas esas "futres" de pacotilla. - Has de ver, noms. Por algo, pues, yo peleo aqu todos los
das can tanta clase de gentes! Por algo estoy aqu, en este puesto, tantos aos! - Ay, qu feliz ha de ser la nia de sus ojos, comadre! Nueva resaca de ternura y de orgullo maternal asoma al lmite de las pupilas de la chola. Y esa humedad desbrdase en lgrimas y palabras temblorosas: - He de mirar la vida por esa nia de mis ojos, como te ha dicho mi marido. Todo, todo lo que vea as me ha de entrar al corazn como una bendicin de Dios. Mirndome en esa nia de mis ojos he de ser dichosa, comadre. Para eso noms he de vivir y he de seguir trabajando! - Quin como usted, pues, comadre! Todo sabe usted hacerlo bien. Yo creo que hasta Dios se ha vuelto su "casero".
CAPTULO SEGUNDO Da del ltimo examen de curso en un colegio secundario quiere decir jornada de emocionadas agitaciones, de cariosas despedidas y de bellos proyectos para las vacaciones. Y si se trata de un colegio de mujeres, y con internado, como es el que nos ocupa, entonces la agitacin, las emociones y los ajetreos suben de punto, por razn de esa intensa emotividad tan frvola y a la vez tan profunda, tan dicharachera y al mismo tiempo tan reconcentrada que es propia de la adolescencia de las colegialas. Aquel da, en el colegio de las "Monjas de la Inmaculada", la rgida disciplina pareca haberse quebrado tcitamente, como una cosa que ha cumplido suficientemente su objeto. Grupos de alumnas, con las mejillas todava encendidas por la emocin del examen, van de aqu para all, recorriendo los corredores, invadiendo las salas y corriendo y saltando gozosas por los patios y el jardn. Cuando uno de estos grupos, en su correra, encuentra a una de las madrecitas, las muchachas, anticipando su despedida, la abrazan, la besan y la rodean saltando y palmoteando con esa efusin propia de su espontaneidad juvenil. Apenas salen de la sala de exmenes las alumnas que acaban de rendir su prueba son rodeadas por las compaeras que las abrazan, ren, gritan y les preguntan casi a coro: - Cmo lo has hecho? Qu te ha tocado? Unas atontadas todava por el esfuerzo mnemnico del examen y, ms an, por la algaraba de sus amiguitas, apenas atinan a sonrer y a hacer signos de afirmacin. Otras, un poco amargadas por no haber respondido como lo hubieran deseado, contestan con cierta melancola: - Ay, no s, hijas. Ni me doy cuenta lo que he dicho. Me han preguntado unas cosas ms raras -... Una de las colegialas, chiquilla avisada y coquetuela, con la seguridad intuida de que su belleza es mrito mejor que su sabidura, al ser interrogada por sus compaeras sobre el resultado del examen, responde: - No me acord ni palabra de la pregunta que me toc. Entonces, te han aplazado? - le demandan con pena sus amigas. Ella responde con un mohn picaresco: - No. Porque al Delegado del tribunal le he dedicado unas cadas de ojos que lo han dejado derretido. - J, j, j! - festeja el grupo la astuta hazaa de su compaera. De pronto, por los corrillos del jardn de los patios y de los corredores
circula una noticia que, como una importante y esperada consigna, incita a todas las chiquillas a correr en una sola direccin, hacia la sala en que rinden examen las del sexto curso. - La han llamado a la Domy Perales! Unas a otras se repiten la noticia y todas pugnan por agolparse ante la puerta de la sala. Por primera vez silenciosas en todo el da, las colegialas se apian, buscando un espacio libre por entre las cabezas de las otras para mirar hacia el recinto del examen. Adentro, de pie ante el tribunal, con airosa silueta, est la muchacha que rinde su prueba final. Domy Perales representa unos veinte aos bellamente floridos. Su uniforme azul, a pesar de su confeccin severa, no alcanza a disimular las graciosas curvas y lneas de su cuerpo de mujercita que ya logr la plenitud de sus atracciones femeninas. Sus diminutos zapatos de medio tacn calzan unas esculturales extremidades que bajo el tul negro de las medias reglamentarias muestran el tono mate de la piel, sensualmente velado. En el busto, la blusa marinera deja avanzar las deliciosas prominencias de los senos turgentes como frutas que incitan a la gula. Las manos delicadas y pequeas, adornadas de hoyuelos y con las uas esmeradamente cuidadas. La carne del cuello, morena y aterciopelada denota una perfumada tibieza. Los cabellos, graciosamente peinados en ondas v cascadas, brillan con irisaciones de azabache y sirven de contrastado marco al valo perfecto de la cara de un bellsimo tono "trigueo" que colorea en las mejillas con armoniosos arreboles que acentan por momentos por la natural emocin del examen. La boca, de un trazo como a propsito para una perenne sonrisa que tan bien saben expresar esos labios ardientes y carnosos, cuando habla deja entrever la ms encantadora coleccin de dientes femeninos. Y, los ojos, grandes, con honduras de ensueo, adquieren una expresin romntica bajo el sombro seto de sus enormes pestaas y bajo el dintel de cejas que hubieran sido trazadas por un pincel maestro. En todo su conjunto esa figura de encantadora mujercita, en medio de toda su aristocrtica distincin, guarda en el fondo algo de excepcional particularidad, de raz nativa, de secreto racial, que es lo que le confiere mayor atractivo por cierto sello incgnito e indefinible. La muchacha, con voz de clido timbre, desarrolla sin titubeos y con seguridad y cadencia la materia de la pregunta. Los miembros del tribunal examinador no hacen otra cosa que asentir con comedidas inclinaciones de cabeza a todo cuanto va expresando la simptica alumna. La profesora de la materia, sentada a un costado de la mesa, sonre orgullosa del xito de ese examen que constituye el
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mejor galardn a su tarea del ao. Las chiquillas desde la puerta escuchan boquiabiertas las sabias definiciones y ejemplos que da su compaera Domy. En una palabra, el ltimo examen que se recibe es la llave de oro para cerrar la etapa de las pruebas finales del colegio. Las madrecitas profesoras, que a pesar de su aparente poco mundo, saben mucho de psicologa mundana, se han reservado para el ltimo momento el examen de su alumna distinguida, a fin de dejar en los delegados del Consejo una magnfica impresin. Durante casi media hora pareci que toda la vida del colegio se haba concentrado en esa sala y en sus inmediaciones. Todos estaban pendientes de la disertacin de la colegiala modelo. Al fin, el presidente del tribunal, dndose cuenta de que se haba excedido en el tiempo, dijo con voz pedaggica y grave: - Suficiente, seorita. Est muy bien. Una salva de aplausos estall al terminar el delegado. La Superiora que ocupaba asiento junto al delegado quiso forzar el efecto teatral de tan grata escena y, procurando con su voz dominar los aplausos, pregunt obsecuentemente al presidente del tribunal - Desea usted preguntarle algo ms, seor Presidente? - Oh, no, Madre. La seorita alumna sabe perfectamente su materia luego, dirigindose a Domy le dijo con melosa amabilidad: - Le felicito, seorita. Puede usted retirarse. Domy, serena, pero llena de orgullo en lo ntimo, hizo una graciosa venia llevndose las manos a la falda, al estilo cortesano, tal como lo practican tradicionalmente en ese colegio, y se retir hacia la puerta. Aquello, para Domy, fue lo mismo que caer en los brazos de un inmenso pulpo carioso, bullicioso y alegre, es decir entre los cien brazos de sus compaeras que se la llevaron casi en vilo hacia el jardn, besuquendola, estrechndola y aclamndola frenticamente.
En cuanto Domy Perales pudo libertarse de la porfiada y bulliciosa eclosin de cario de sus condiscpulas, busc un sitio solitario del jardn, baado ya en las penumbras crepusculares, y sentada en un banco, bajo el dosel de una florida maraa de Khantutas, se abandon al placer callado y dulce de soar y de acunar sus ilusiones. Aquellos momentos fueron para Domy de trascendental importancia para hacer su balance espiritual. Pues, con la terminacin de sus estudios realizados en aquel colegio durante largos aos de internado, ahora estaba colocada frente a una nueva etapa de su vida. Aquel colegio haba sido para ella realmente su hogar. Desde los ocho aos hasta los veinte que ahora tena haba vivido invariablemente
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en el internado, incluyendo los meses de vacaciones. En el transcurso de todo ese tiempo haba ido formndose dentro de un mundo muy particular para ella, constituido por el cario y la estimacin de las madrecitas, sus maestras, la amistad v camaradera de sus compaeras con algunas de las cuales haba llegado a vincularse muy ntimamente con lazos de fraternal simpata y afecto. A travs de la amistad, de las confidencias y del trato diario con las "chicas bien" del colegio haba llegado a percibir un ambiente social muy distinto al que ella conoci en su hogar y entre el crculo de su familia antes de entrar en el colegio. De su mundo propio, de aquel en que ella naci y en que vivi sus primeros aos, apenas recordaba algunos detalles que parecan esfumados entre la bruma de un lejano sueo: la casita tosca, perdida all entre la barriada mezquina de una regin populosa, lejos del centro de la ciudad; el taller de carpintera de su padre; las habitaciones obscuras, inconfortables y llenas de polvo; el patio ruinoso donde a diario se alojaban caravanas de indgenas y de asnos que traan para el negocio de su madre los cargamentos de fruta. Todo eso era para ella nada ms que el recuerdo remoto y vago de un pasado truncado en su espritu por otra realidad palpable y vivida que era su larga poca de colegiala. Lo nico que de todo aquel mundo ausente tena realidad tangible para ella era el cario para sus padres. Y, nada ms que cario. Porque aquellos viejos plebeyos, inferiores a ella en cultura, inferiores en calidad social, burdos de sensibilidad, de lenguaje incorrecto y hasta ridculo y de costumbres groseras, nada podan ofrecerle a ella que fuera ejemplar o que estuviera siquiera a la altura de su refinada educacin y de su exquisita sensibilidad que no fuera su cario de padres. Mas, ese cario, hiperestesiado, ilimite, fantico de su padre y de su madre era la nica proyeccin paternal que llegara hasta ella. Todas las dems funciones paternales, de ejemplo, de consejo, de control, de convivencia, se haban concretado con respecto a ella, exclusivamente en quererla con idolatra y en interpretar ese amor a travs de constantes y prdigos desembolsos econmicos para sus necesidades puramente materiales, dando pruebas de una consagracin absoluta a adivinar y satisfacer al momento y sin tasa los ms frvolos caprichos de la adorada hija. Por su parte, los viejos nada le haban exigido. Ni siquiera el deber elemental de pagarles con las formas o expresiones ms tibias de su afecto filial. Comprendiendo, en su inmenso cario, que la frecuentacin de ellos al colegio, as vestidos, perjudicara a la chiquilla ante el concepto de las remilgadas seoritas entre las que se educaba, haban evitado
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en lo posible aparecer por el establecimiento ostentando su calidad de parientes. Muy de tarde en tarde acudan en la forma menos ostensible a pagar las pensiones anticipadas y a depositar gruesas sumas para "extras" y "antojos" de la seorita. Solamente en los desfiles a que concurra el colegio con motivo de las solemnes fiestas cvicas, los padres, perdidos annimamente entre las filas del pblico, con los ojos resplandecientes de dicha la contemplaban cuando la chiquilla pasaba erguida y elegante. En cuanto se refera a Domy, por suerte, tampoco haba tenido que dar explicaciones a ninguna de sus compaeras respecto a su familia. stas la vean siempre vestida con esmero, gastar dinero a la altura de las nias ms acomodadas, y eso les bastaba. Vean en la chiquilla una digna compaera, por su simptica figura, por su buen porte y por su inteligencia privilegiada, y, sin acuerdo explcito, haban convenido en considerarla hija de algn acaudalado minero o de alguna distinguida gente de provincia. En fin, todo haba contribuido coordinadamente a conseguir que ella se hubiera asimilado mediante la vida del colegio a un mundo distinguido y a poder desempear en l un papel lucido, brillante y con miras a un risueo porvenir. Al impulso de sus reflexiones, Domy se preguntaba, ahora s, con un poco de inquietud: Cmo sera de all en adelante su vida? Podra continuar en ese sendero de rosas? De qu manera se le permitira mantener en la vida de afuera la qu ella haba seguido en el colegio entre las seoritas ms aristocrticas de la ciudad? Buscaba y no acertaba a dar una lgica respuesta a estas preguntas. En ese momento sinti aproximarse, junto al banco en que ella estaba inmvil, la silueta de una compaera, un tanto esfumada por las crecientes sombras del crepsculo, y , al mismo tiempo, una voz de timbre muy bien conocido para ella, que, con cierta medrosidad efecto de la hora y del silencio - le dijo: - Eres t, Domy? - S, Rosarito. Soy yo. - Y por qu te has escondido? He caminado por todo el colegio buscndote. Dime. O es que tu magnfico examen te ha vuelto orgullosa y quieres ser egosta hasta con tu mejor amiga? Es por ello que has huido de m? - djole con encantador reproche su bella compaera Rosario del Castaar, muchacha de igual edad que Domy y una de las chiquillas ms bonitas y distinguidas del colegio. - Cmo te imaginas eso, Rosarito! Ven. Sintate y te dir que no s por qu he sentido la necesidad de estar sola. Pero, no pienses que ha sido por estar lejos de ti. Vine aqu yo no s
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cmo y a pensar no s para qu. - No ha sido por orgullo? Entonces, por un poquito de egosmo? djole con dulce irona Rosario, al tiempo que se sentaba muy juntito a su amiga y le rodeaba con un brazo por el cuello. - Orgullo, contigo! Egosmo, para ti! Eso nunca, mi Rosarito linda. Ya sabes que t has sido hermana, ms que amiga; que juntas hemos estado siempre durante tantos aos. Y, mucha verdad era eso que deca Domy. Ella y Rosario haban convivido ntimamente durante muchos aos. Entre ambas se haba creado, intensa e invariable, una de esas simpatas profundas y afectuosas, tan frecuentes en los internados de nias y que muchas veces llegan hasta a extremos morbosos; pero que, en honor de la verdad, entre Rosario y Domy el afecto fue sincero, leal y honesto, edificado con la fuerza de la mutua simpata de la edad, de la alegra, de la belleza de ambas y a base de la semejanza de gustos, de aspiraciones y de inquietudes espirituales. Algo ms: aquello que en Domy faltaba para acreditar una indiscutible y segura calidad social haba sido compensado por la generosa amplitud moral de Rosario que tena el alma naturalmente exenta de prejuicios y gazmoeras sociales. Rosario, chiquilla de familia distinguida de la ciudad, haba llevado a Domy a su casa en los das de salida; la haba presentado a sus padres; la haba hecho compartir de la ntima amistad de su hermano Ramiro y, en una palabra, la haba brindado un hogar que supo reemplazar aquel necesario complemento social que la muchacha plebeya no poda tener en consonancia con su educacin y la cultivada mentalidad que haba formado en el ambiente del colegio. -Mira, Domy -continu con grave tono la amiga -. Lo primero que deseaba decirte es que, pasada la alegra de haber rendido nuestro ltimo examen, comienzo a sentir una gran pena. - Por qu, Rosarito? - No te lo imaginas? - Vamos a ver - respondi Domy y se detuvo a pensar un momento -. Como no sea por la idea de dejar el colegio!... - De dejar el colegio, precisamente no; pero s, querida Domy, la idea de separarme de ti. - Oh, Rosarito! - y las dos muchachas en un rapto de profundo afecto se estrecharon y besaron cariosamente Cunto me quieres! Yo te lo agradezco en el alma - Mira, Domy. Yo crea ingenuamente que jams nos separaramos. Mira si ser loca y tonta! He soado que todo el tiempo t y yo siempre iramos juntitas por la vida. Que t te casaras
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con el hombre que sueas y yo, lo mismo, y que seguiramos viviendo en familia ayudndonos en todo. En fin, una serie de cosas tan lindas, que por eso mismo son irrealizables. Figrate qu bello sera eso, verdad? Si las sombras de la noche que llegaba no hubieran impedido ver la cara de Domy, cun inmenso y vehemente anhelo se hubiera podido ver en sus, ojos y en su gesto, cuando deca: Y, yo lo deseara ms que t, Rosarito. Vivir contigo. En tu ambiente. Entre tus relaciones. Oh, cun feliz sera as! Nunca fueron tan sentidas y tan sinceras esas palabras dichas por Domy, puesto que eran nada menos que la respuesta que hubiera deseado ver como una realidad cuando sola en el banco se interrogaba, momentos antes, sobre su incierto porvenir. - Pero, ahora me doy cuenta - aadi Rosario - que pensaba como una chiquilla del Kinder y que nos quedan muy pocas horas para estar juntas. A propsito. Supongo que pronto viajars para ir a donde tu familia. - S - contest dificultosamente Domy -. Muy pronto dejar el colegio para volver a mi casa. - Es muy lejos adonde tienes que marchar? Nunca me has dicho de dnde eres. - De muy lejos - respondi la muchacha; luego aadi melanclicamente: Desgraciadamente hay mucha distancia entre tu casa y la ma! - Ay, qu pena! - coment sinceramente Rosario; pero impulsada por su optimismo, pronto alegr su gesto al decir: - Oye. Pero, sabes? Todava podemos estar juntas por unos das en casa. Siquiera por la ltima vez. Aceptas? - Encantada, mi Rosarito querida. Ya sabes cunto me agrada estar en tu casa. Son tan buenos tus paps! - Y, nada ms que mis paps? - pegunt Rosario con gracia picaresca -. No hay en casa otra personita que te interesa? - Rosarito, no seas maliciosa. A quin te refieres? - Pues, hija. No ha de ser al gato de la casa! -... - Rosarito, por favor! - quiso enmendar Domy, sin poder disimular su turbacin. - S, s. Yo lo s todo. Pero, no por ti, que en eso has sido muy reservada conmigo, sino por l. Quin es l? - respondi alarmada Domy. - Pues, por mi hermano Ramiro. - No digas cosas! Por Dios! - S, s, s! - dijo vivamente, afirmando con rpidos zapateos, Rosario, para dar ms nfasis a sus palabras -. Lo s todo.
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Crees que no me he dado cuenta de que desde hace tiempo, todas las veces que he ido a pasar contigo a casa, mi hermano renunciaba a estar con sus amigos y se quedaba con nosotras y que buscaba las oportunidades para charlar a solas contigo, y que, luego al final del da, era el ms empeado en traernos en su auto hasta el colegio? - Oh, pues slo era una atencin de tu hermano, una muestra de su gentileza. - S?... Pues ahora quieres saber cul es otra muestra de su gentileza? - Cul? - El que te pida, tambin de su parte, que vayas a pasar con nosotros unos das despus de los exmenes. Aceptas, verdad? - Ya te lo he aceptado a ti, Rosarito. - Me das palabra? - Palab ra. - Maana vendrn a buscarme de casa. Mam le dir a la Madre Superiora para que te deje ir con nosotras. De manera que ya puedes preparar tus cosas. - Como t digas, Rosarito. Y, ahora te pido que me dejes ir un rato al dormitorio. Tengo un poco de dolor de cabeza y quiero descansar antes de ir a cenar. - S. Cudate, Domy. Debe ser el efecto de tanto que has estudiado para el examen. Se separaron las dos amigas. Domy se fue, en efecto, al dormitorio, pero no a curar su dolencia sino a sumirse en nuevas inquietudes producidas por un nuevo recuerdo despertado por las francas alusiones que acababa de hacerle Rosario con respecto a Ramiro.
Rosario quedse todava unos momentos en el solitario banco, realmente entristecida, como lo haba dicho a su amiga, por la prxima separacin. De todas veras senta cario por Domy, cario correspondido por sta con sincero y entraable afecto. Rosario era casi toda una mujercita tambin. Terminaba sus estudios al mismo tiempo que Domy y era un espritu culto; inteligente y generoso. Con tales cualidades haba logrado cultivar y afianzar, acrecentndola cada da ms, su amistad con la amiga predilecta. Era superior a su compaera en asuntos de sociabilidad, pues haba tenido para ello la escuela de su hogar distinguido; pero se reconoca inferior a Domy en cuestiones de estudio y de inteligencia. Muchas veces la ayuda y consejo y el saber de su amiga la haban sacado de apuros en los
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deberes escolares. Ella tambin, como todas las alumnas del colegio, ignoraba los secretos familiares de Domy Perales; pero, aunque otra en su lugar, sealada por la predileccin de la muchacha hubiera tratado de interrogarle y averiguar de ese captulo reservado de la vida de su compaera, Rosario, con la exquisita sensibilidad y la hidalgua de su espritu, jams se haba atrevido a la ms leve alusin o pregunta al respecto. Le haba bastado conocer a Domy, valorar sus prendas personales, dejarse llevar de la simpata natural que mutuamente las aproxim, y se entreg sin condiciones, como una hermana definitiva. La hizo su confidente, la particip sus ensueos, en fin, la llev a su. propio hogar para brindarle sin egosmo el mismo calor y predileccin que a ella le ofrecan los suyos. Algo ms. Cuando su perspicacia le hizo notar la especial deferencia que comenz a demostrar su hermano Ramiro por Domy, ella, con la ms sincera alegra empez a acariciar un proyecto para el futuro. Por qu no? - se deca -. Si Ramiro y su amiga se entendieran, tendra quizs una hermana de verdad. Y, fiel a este risueo proyecto, puso de su parte todo el tino necesario para acrecentar esa amistad. Absorbida estaba Rosario en tales pensamientos, cuando acertaron a pasar por all las hermanas Alcazaba. Dos chiquillas de familia distinguida, pero que no gozaban en el colegio de muchas simpatas. Hercilia, la mayor, del mismo curso que Rosario y Domy, era muchacha elegante y bonita, pero tonta y orgullosa, imbuida de prejuicios y pretensiones sociales y muy pagada de su persona y de su fortuna; indiferente y desdeosa para el estudio, pero, eso s, consagrada exclusivamente a dar el campanazo con sus trajes de ltima moda y de demasiado precio para una simple colegiala. A todo esto aada el ser envidiosa del xito o la felicidad de sus compaeras. Una de las que en este aspecto ms le amargaba la vida era precisamente Domy Perales por sus triunfos escolares y por la popularidad que tena entre las chicas, cosa que ella pretenda monopolizar, siquiera en el terreno del lujo y de la novedad. Celia, su hermana menor, era en todo un remedo de Hercilia, caracterizada por todas las cualidades fsicas y los defectos morales de su hermana mayor, con la diferencia de que era ms suelta de lengua y ms imprudente para desnudar sus sentimientos y sus pasiones. Precisamente, las dos hermanas ambulaban en aquellos momentos "tijereteando" a todas las compaeras que haban obtenido en el examen mejores notas que ellas. En esta labor el despecho que, sobre todo, la mayor senta por el sealado xito de Domy haba llegado a la exacerbacin.
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- Figurate, la tipa sa! - le haba dicho a Celia -. Con la suerte que tiene! Porque no es ms que suerte. No me vayas a decir que es inteligente! - Claro - haba asentido la hermana -. Suerte y un poco de injusticia de las monjas. - Y, nada ms, hermana. Y, si las monjas injustas supieran lo que es esa plebeya, ya no la tendran tanta preferencia! - Ah, s. Claro. Es una plebeya. Te acuerdas lo que hemos sabido? Ay, que vergenza! No?... Precisamente en ese momento las Alcazaba distinguieron en el banco a Rosario. - Chica, qu haces aqu como un alma en pena? - djole con cierta caracterstica dureza que Hercilia empleaba en sus ratos de incomodidad. - Nada, chicas. Estaba descansando un momento. Quieren sentarse? Al hacerlo, tom la palabra la hermana menor para decir con irona a Rosario: - Qu milagro, hija, que no ests con la Perales! A lo que la hermana mayor respondi rpidamente por Rosario: - Pero, hermana, tambin Rosario ha debido quedar molestadapor la suerte endemoniada que tiene sa... No es verdad, hija? Al or estas groseras palabras, Rosario, indignada, pero siempre corts, se levant para rectificar: - No digas tonteras, Hercilia, ni seas injusta con esa muchacha, ni menos vengan ustedes a decirme, a m precisamente, esas cosas. - Pero, hija - aadi Hercilia, tomndola de, una mano -. Sintate. No tomes tan en serio tu amistad con la Perales. A lo que interrumpi atropellando, Celia, para decir: - Porque si supieras quin es. Nosotras lo sabemos. Verdad, hermana? Rosario hubiera querido dejarlas plantadas all mismo, dndoles una leccin, tal como se merecan por murmuradoras y malas; pero, acordse de que estaba ligada a las Alcazaba por lazos de parentesco, y no deseaba crear conflictos entre ambas familias, sobre todo cuando aquella vida del colegio haba tocado a su fin, y opt, impelida por su cultura y su idiosincrasia superior, por tolerar de cualquier manera a aquellas primas tan incmodas y desapacibles. As, pues, contest con tono suave v conciliador: - Pero, chicas. Ha terminado ya para nosotras la vida del colegio. No vale la pena crear rencores y ahondar enemistades a ltima hora. Qu se nos da que la fulana sea esto o lo otro, cuando maana cada una se va a ir por su lado, y sabe Dios si
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volveremos a encontrarlas en la vida? - Tienes mucha razn, prima - contest Hercilia -. Ha terminado ya felizmente este encierro, en el que hemos tenido que estar metidas junto con tanta clase de gente. - Y, hasta con hijas de recoveras! Te das cuenta, Rosario? continu con intencionada reticencia la menor de las Alcazaba. - Con hijas de recoveras? - pregunt vivamente Rosario, traicionndole su propsito de serenidad y tolerancia-. A quin te refieres, Celia? - Pues, a tu amiga ms ntima - contestaron a coro las Alcazaba con gozosa perversidad. - .A Domy? - S. A la Perales - aclar con infernal fruicin Hercilia -. A aquella desconocida cuya amistad prefieres an sobre nosotras que somos hasta tus primas. Call Rosario y no supo discriminar la actitud ni la intencin de sus interlocutoras. Aquello, como mentira era demasiada desvergenza en sus primas, a quienes, al fin y al cabo, ella, a travs de su ecunime criterio, no poda considerarlas tan perversas a pesar de todos sus defectos, y, por otra parte, senta tan enorme aprecio por Domy, le haba consagrado tan decidida fe y la haba colocado tan arriba en su concepto, que no poda aceptar que una muchacha de una inteligencia tan privilegiada, de unos sentimientos tan gemelos a los suyos procediera de tan bajo. No. Aquello era un callejn sin salida para su entendimiento. - Pues, s, Rosario - continu destilando su hiel la pequea cotorra de Celia -. No te lo dice su apellido plebeyo: Perales, y an ms, su mismo nombre? Porque has de saber que no - se llama Domy sino Domitila. - Eso es - continu la mayor -, porque, la muy astuta de la Perales, para dar cierto acento de aristocracia a su nombre tan vulgar como para una chola lo ha abreviado de acuerdo a la moda. Te das cuenta, prima? Rosario sigui callando y pensando. Despus de todo esa transformacin del nombre no era un crimen, ni siquiera tena algo de malo, pues, muchas chiquillas, impuestas por la moda, haban acortado sus nombres de pila, hacindolos ms armoniosos, ms ntimos y, sobre todo, ms breves para la pronunciacin. Pero, ahora vas a saber lo mejor - sigui diciendo Hercilia -, en el ltimo da de salida mi hermana y yo... - Hemos escuchado a una de nuestras sirvientas - atropell Celia a su hermana, ansiosa de ser ella la que diera el golpe, y as se
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pudiera ufanar de haber largado la ms sensacional novedad -, que le haba contado una hermana suya que es comadre de una frutera del mercado. Dice que esa frutera est hecha unas pascuas, preparando habitaciones y muebles para cuando su hija salga del colegio despus de terminar sus estudios. - Y, que ese colegio es ste - continu Hercilia; reconquistando su derecho de dar la tremenda nueva y aprovechndose que su hermana se detuvo para tomar aliento -. Y, que la muchacha se hace llamar Domy, y que apellida Perales. Nada ms, ni nada menos! Al terminar, Hercilia y Celia se levantaron, y gozndose en el anonadamiento en que dejaron sumida a su prima, se alejaron lentamente, al tiempo que la mayor de las Alcazaba deca con burla: - Ahora, si no nos lo crees, no tienes sino que preguntrselo personalmente a tu querida amiga. - Y, mientras tanto - concluy Celia desde la distancia -, te la obsequiamos a esa hija de recovera! ... Orondas y satisfechas se fueron las dos hermanas, dejando a Rosario sin palabra.
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CAPTULO TERCERO Por espacio de varios das estuvo clausurado el "asiento" de Doa Saturnina, causando la extraeza de su numerosa clientela. Era inslita la ausencia de la frutera, pues, jams durante largos aos la chola haba faltado a su puesto, acomodada en su clsica postura para atender a sus caseros. Ni siquiera en las horas del almuerzo Doa Saturnina abandonaba el negocio. Porque, a esa hora, all mismo satisfaca su magnfico apetito con los platos criollos que las vendedoras ambulantes hacan circular entre las puesteras del mercado. Era de verla, tomar con una mano, por ejemplo, el colmado plato de "fritanga" y con la otra llevarse a la boca y saborear el trozo de carne de cerdo aliado con una sabrosa salsa de aj amarillo, masticar ruidosamente el bocado, chuparse sonoramente los dedos y tomar en seguida un enorme chuo de Araca para engullirlo en sendos mordiscos; luego, llevndose el plato a la boca, sorber ruidosamente el lquido de la salsa, y, al terminar la vianda, limpiar concienzudamente los residuos del plato con el dedo ndice para llevrselo a la boca y chuparlo con deleite; repetir en seguida la misma operacin con otro plato de "aj de ulluco" o de ''bogas fritas" y terminar el men con el contenido de una infaltable "cervecita negra"; finalmente, limpiarse la boca y las manos en los pliegues de su pollera interior o "mankjancha", utilizada unas veces para servilleta y otras en lugar de pauelo, y quedar lista para seguir atendiendo a sus clientes. - Estar enferma la Saturnina? - haban preguntado varios clientes. - No, seora. Ms bien creo que tiene que hacer no s qu cosas urgentes en su casa - respondieron sus vecinas., Realmente, Doa Saturnina tena muchsimo que hacer. Estaba febrilmente consagrada a preparar en su casa un digno alojamiento para su hija. Durante varios das, en compaa de su esposa, Don Ciriaco, haba recorrido tiendas y almacenes en pos de muebles, tapices, adornos, lmparas, bibelots y dems. chucheras que se consideran necesarias para hacer cmodas y agradables las habitaciones destinadas a una seorita. La casa de Ciriaco v Saturnina, ubicada en el corazn de un barrio plebeyo, no tena, desde luego, el aspecto y la comodidad que ellos hubieran deseado para morada de su hija. Era un viejo edificio de adobe, construido sin esttica, ni reglas arquitectnicas. Se alzaba, sobre la torcida y mezquina calle, en dos pisos, pero el resto era un vasto cuadrngulo de planta baja que contorneaba un patio extenso de piso irregular y mal empedrado. En el centro de l, como el mejor adorno, creca una frondosa retama, rodeada abajo por un crculo de
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tiestos de pelargonios en flor. El amarillo ureo de las flores de retama haca armonioso conjunto con las flores blancas, rosadas y moradas de los pelargonios y constituan la nica nota risuea y multicolor de todo el cuadro gris del patio y de las paredes llenas de holln que lo circundaban. Desde lo alto de las paredes sobresalan, haciendo una franja de sombra en el suelo, unos aleros de teja, sinuosos y con vegetaciones de salvajina que suban o bajaban siguiendo las sinuosidades del tejado. El descolorido y agrietado enjalbegado de barro de las paredes se disimulaba en uno de los frentes del patio bajo la fronda de una enredadera de tumbo, que dejaba colgar alguna que otra flor y tambin algn fruto, verde, que, en cuanto comenzaba a pintar, era arrancado, sin espera madurarse por la impaciente angurria de algunos de los rapazuelos vecinos que al hacer- sus correras por el arroyo de la calleja, avizoraban a travs del zagun y, entrando de puntillas, con el auxilio de un garabato improvisado o mediante una certera pedrada echaban abajo el tumbo y salan a escape a devorar en algn sitio alejado el botn de su hazaa. Las nicas estancias regularmente habitables de todo el edificio eran las dos de la planta alta, ante las que se extenda un estrecho corredor con piso de ladrillo y barandas de barras de hierro aseguradas por un tosco y agrietado pasamanos de madera de pino. Por el otro lado, estas habitaciones daban hacia la calle y reciban la luz por dos ventanas con balconcillos de la misma factura que el corredor. Estas fueron las habitaciones que haban elegido Doa Saturnina y su esposo para instalar la vivienda exclusiva para su hija. Hasta entonces haban sido, una la "dormida de ellos y la otra "sala" de recibo para las contadsimas ocasiones en que reciban a alguna amistad o visita. Pero, sin dudar un momento, los viejos resolvieron sacrificar su comodidad en favor de su hija y bajaron a instalarse de cualquier manera en las obscuras y desmanteladas habitaciones de la planta baja. La primera fase del arreglo estuvo a cargo de los albailes, quienes enjalbegaron las paredes, colocaron plafones modernos, entablaron el piso, pintaron las puertas y ventanas y pusieron los vidrios que faltaban. El trabajo de transformacin ms serio fue el de convertir una de las anticuadas ventanas a la calle en un sobresalido, amplio y moderno enfarolado, que Doa Saturnina se empe en mandarlo ejecutar a cualquier costo, segn ella deca entusiasmada: ''Para que la chica se est mirando la calle a su gusto. Joven, jay, es. A lo mejor ha de querer pololear por la ventana".
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En seguida vino la complicada etapa de elegir los muebles. Don Ciriaco, a pesar de ser un competente maestro ebanista, consider la produccin de sus manos muy poco para satisfacer los refinados gustos de su hija y fue el ms empeado en convencer a su consorte para adquirir muebles en la mejor casa importadora de la ciudad. Despus de idas y venidas, de consultas y discusiones y buscando el parecer de personas conocedoras del asunto se decidieron al fin adquirir un precioso juego de dormitorio acabadamente construido en madera de palo de rosa, de lneas esbeltas y delicadas como para la alcoba de una jovencita, con un tocador de luna circular de das varas de dimetro. Para el living - room se adquiri, previos los mismos ajetreos, discusiones y consultas, un elegante juego tapizado en riqusimo brocato de color crema, una gran carpeta de damasco cortado, azul pastel, y, luego, cuadros, cortinas, pantallas de luz, bibelots y dems detalles para los que se aconsejaron de personas competentes. Uno de los asesores artsticos que haban buscado, casi al final de todo el proceso de adquisiciones, les aconsej instalar un cuarto de bao. Azorados quedaron los esposos ante esta iniciativa que ni por un momento la haban sospechado indispensable. - S, amigos. Para completar un departamento de residencia con todo lo ms necesario - les haba dicho - tienen ustedes que dotarle un cuarto de bao. Hay para eso en los almacenes los juegos ms bellos, por ejemplo de color lila, verde, malva, etc. Sin eso no podr estar cmoda la persona que ustedes quieran alojar en su departamento, por muy lujoso que ste sea. Mirronse con angustia Don Ciriaco y Doa Saturnina. Ellos que crean haber pensado en todo, estudiando el asunto durante muchos meses, sintieron que el cielo se les caa encima. No era porque ellos tuvieran reparo en gastar. No! Para eso tenan an sus ahorrillos y lo que seguiran ganando con su trabajo. Pero en aquel momento crtico la dificultad era que no tenan la habitacin adecuada para el cuarto de bao. Salieron de. la tienda preocupados con el peso de su primera desilusin. Hasta que Saturnina encontr pronto dentro de su simplismo la manera, a su juicio, de resarcir aquella falta, y de inmediato la comunic as a su esposo: - Sabes, Ciriaco? En lugar del cuarto de bao que nos ha dicho ese caballero, ms bien se lo compraremos una linda radio. Qu te parece? - Caramba, ch! Vaya pues. Ser as no ms, como vos dices! Qu vamos a hacer ya a esta hora, cuando falta tan pocos
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das para que se salga la chica! - S. Va a estar bien no ms - aadi Saturnina con afn de consolarse -. Vamos a donde ese gringo de la calle Comercio. Ah he visto una radio bien linda y as grande, como una cmoda. - Vamos, pues - respondi Ciriaco resignadamente. Mientras iban caminando cuesta arriba hacia la Calle Comercio, Doa Saturnina, como dando expansin a sus pensamientos, fue monologando de esta pintoresca guisa: - Cuarto de bao, no? Tiene razn ese caballero. No dice, pues, que ahora la moda de todos los ricos es baarse aunque haga fro? Ay, si mi hija fuera huahua todava mas que sea en una batea yo me la estuviera baando, con agua calentada al sol y todo. Despus, me la hiciera echar en mi falda y me la secara con todo cuidado. Pero ahora que ya es tan crecida, qu voy a poder, pues, hacer eso. Tanto que cambian las cosas con el tiempo, no? Y, luego, queriendo buscar en alguien que no fuera ella precisamente el responsable de tamaa omisin, se encar con Ciriaco para reprocharle: - Despus de todo, vos tienes ms culpa que yo. Debas, pues, haber pensado en eso. Acaso yo no ms he de estar sobre todo lo que hay que hacer? Qu dir la chica, que no sabemos recibirla como a gente! Hizo mella en el sencillo espritu de Don Ciriaco el reproche. Porque l tambin, a porfa con su esposa, senta verdadera idolatra por su hija. No hubiera querido quedar ni un milmetro por debajo de su consorte en la calidad y en la demostracin objetiva de su cario. Es cierto que como hombre era menos expresivo en las formas aparentes de sus sentimientos, pero no por ello abrigaba en su alma menores anhelos por la dicha de su entraable chiquilla. As, pues, conciliador y tolerante, respondi: - Quin sabe tengas razn, Satuca. Pero, no es tarde. Vamos a estar hacindoselo trabajar un cuarto para el bao lo ms pronto que podamos. Si quieres, maana mismo me he de poner a hacer la puerta y las ventanas. Llegaron en tanto al bazar de los radios. Eligieron el mejor de los aparatos que haba para la venta. Saturnina, ya un tanto tranquila al pensar que ese bello y sonoro instrumento, cagado a peso de oro, reemplazara con ventaja al bao, y hara olvidar segn ella a su hija la omisin que tan tardamente lamentaban, dijo al salir del bazar a su esposo: - Velay, pues. Est linda no ms la radio que se lo hemos comprado. Yo creo siempre que le ha de gustar a la chica ms que
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el bao. O no es as, Ciriaco? - Pero mejor siempre ha de ser que tenga las dos cosas. - Pero, ahora que me acuerdo: Acaso no se lo hemos comprado ese Tocador que dicen, con espejo y todo? Acaso en ah no se ha de lavar? O qu dices vos? As platicando llegaron hasta la casa haciendo transportar cuidadosamente el mueble adquirido. Subieron al pequeo santuario destinado a la hija e hicieron colocar la radio en el sitio que les pareci ms conveniente. Encendieron todas las luces, veladas en hermosas pantallas de porcelana y cristal y, contentos del maravilloso efecto que causaban las habitaciones completamente instaladas, se dieron el placer infantil de recorrer una y otra vez las dos estancias, con el nimo casi a punto de palmotear y saltar de contento. En verdad, no se hubiera podido pedir ms en materia de lujo y confort, sobre todo de aquella gente tan falta de conocimiento y experiencia en tales achaques. Pero, era seguro, que quienes los asesoraron cumplieron con acierto y refinado buen gusto su cometido. Claro que, en buena parte, tambin contribuy la munificencia de aquellos raros padres, quienes, como un milagro de su intuicin, supieron sacar de su cario el tino necesario para adquirir lo mejor y lo ms cmodo. Contentos de haber cumplido satisfactoriamente esta nueva etapa de los preparativos, se consagraron en adelante a la cuestin de decidir sobre la mejor forma de recibir a Domy el da que saliera del colegio. - Sabes? - dijo, iniciando el asunto Doa Saturnina -. El da que venga la chica daremos una "picanteada ". Qu te parece, Ciriaco? - Estara bien. Pero, le gustar esa clase de fiestas a la chica? - Por qu no, pues! Qu cosa ms rica que unos picantes bien preparados? Adems, se lo invitamos harta gente. Hasta orquesta, y todo, podemos contratar para que salga bien linda la fiesta. Y, si, ms bien, se lo hiciramos esa fiesta que le dicen "faiv.ocloc ti", diciendo? - Ay, eso ser, pues, un t con pastelitos y otros adefesios que no llenan la barriga. No. Mejor es que se lo hagamos una cosa buena y que alimente bien. - Pero, no ves, Satuca, que la chica ha debido acostumbrarse a otras cosas ms finas? Y, as, platicando horas y ms horas esa noche y en los sucesivos das. Doa Saturnina y Don Ciriaco discutieron con razones y
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consideraciones a cual ms pintorescas la forma ms conveniente y solemne de celebrar el regreso de la adorada hija al hogar. En una de esas veces, Don Ciriaco pregunt a su consorte: - Y, a todo esto, qu da ha de salir la chica? - Eso no te pudiera decir, Ciriaco. - No fuera bueno que vayas a preguntar al colegio? - Ay, eso s que no. Ya que hasta ahora nos hemos sacrificado en no ir al colegio a la vista de las otras chicas, mejor es no aparecer todava por all. Hasta el ltimo le evitaremos esa vergenza de que vean la pollera de su madre. - Y, entonces, qu hacemos? - pregunt con melancola el carpintero. - Claro ha de ser. Ella nos va a estar haciendo decir con alguien. O a la mejor se ha de venir no ms recto. - No estar ya para salir? - No creo. Ayer me he encontrado con una seora .que es mi casera de fruta y que tiene sus chicas en el mismo colegio y me ha dicho que todava tienen que dar exmenes toda la semana. Tales eran las preocupaciones y las inquietudes que ese matrimonio de cholos rumiaban durante los agitados y anhelantes das de la espera a la nia de sus ojos.
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CAPTULO CUARTO Apenas Domy se haba separado de su amiga Rosario en el banco del jardn, corri al dormitorio a refugiarse en la soledad para entregarse sin reservas al agridulce afn de ordenar sus complejos sentimientos. El primero, el ms intenso, el que reclam la primaca de su atencin fue el referente a Ramiro, el hermano de Rosario, evocado haca algunos momentos por las claras y alentadoras alusiones de su querida amiga. Realmente, Rosario estuvo en lo cierto al interpretar como pruebas de un sentimiento ms que amistoso las demostraciones que ella, cada vez que estuvo en la casa de Rosario, haba recibido de Ramiro. Haca ms de un ao que haba comenzado entre ellos el delicioso flirt. En la salida que tuvieron en las fiestas de agosto del pasado ao, despus del desfile escolar, aprovechando una visita de cumplimiento social que tenan que hacer Rosario y su madre, haban quedado en la casa Domy y Ramiro. El muchacho haba puesto un disco en la radola. La recordada ntidamente. Llevaba por ttulo "Siempre en mi corazn". Luego, apenas se haban iniciado los primeros compases le haba invitado a bailar. Ella, sin darse cuenta, como soando, abandonada a la cadencia musical haba acabado por dejarse estrechar en los robustos brazos de Ramiro. Las cabezas, aproximndose enardecidas haban llegado a juntarse. Luego, muy suavemente los labios de l haban bajado hasta las mejillas de ella y, en esa intimidad virtualmente concedida, el embrujo delicioso y romntico de la danza hizo brotar la clida flor de un beso, leve, tmido, pequeito, pero que bast para decirse todo cuanto era preciso. Entonces, ella, presa de un vrtigo embriagador haba cerrado los ojos para esconder y guardar en el fondo de ellos la luz auroral de una grande y dulcsima revelacin. Ese beso -el primer beso! - para ella, alma exquisita y sensitiva, que por un sealado privilegio del destino haba recibido, acaso, lo mejor de las lejanas excelencias de sus ascendientes, quiz de alguna donosa dama olvidada en el embarullado rbol genealgico de su mestizaje, no fue una aventura, no fue una traviesa locura de adolescente. fue un juramento y una consagracin de todas sus juveniles ansias, de todos sus afectos presentes y futuros. - Qu linda ests, Domy! - Y, t. Qu arrogante y seductor, Ramiro! - Conoces el nombre de ese fox?
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- No. Pero, es tan hermoso! - Se llama "Siempre en mi corazn . - Qu ttulo tan sugestivo! - Para m ya no es un simple ttulo. - Qu es, pues, para ti? - Un juramento... de amor. No lo olvides! Call la muchacha encendindose en rubor y en silencioso jbilo. Nada ms se haban dicho aquella tarde. Y nada ms falt para decrselo todo. Porque las miradas, al cruzarse, enredaron en el aire los lazos invisibles de un idilio que pareca tener visos de eternidad. Al llegar Rosario y su madre, Domy no saba cmo esconder la emocin que la embriagaba. Parecale que toda su alma alborozada, enloquecida de felicidad haba salido a flor de sus ojos a sealar a todos el sitio de la mejilla donde le pareca que an estaba fulgurante y sonoro el galardn del primer beso. Despus, al caer la noche de aquel da memorable, cuando volvi con Rosario al colegio acompaada por Ramiro, ste al despedirse en la puerta, la haba tomado tan significativamente de la mano que acuello fue una nueva sensacin de extraa dulzura. Bajo la frase de despedida dicha por ellos con una aparente vulgaridad, las manos muy apretadas se dijeron en el idioma secreto de sus almas, un: - Buenas noches, amor! Soar contigo! Y, as haba sido para ella esa noche. So. Mejor dicho, no so, porque no pudo dormir. Pero, entornando los prpados evoc una y mil veces la escena del beso. Suspiros tenues, como exhalacin de capullos recin abiertos fueron sincronizando los cuadros de su evocacin. Cada nueva salida y cada nueva estada en la casa de Rosario fueron acumulando en los anales de su corazn nuevas escenas de amor, muchas de ellas tan breves que slo aprovechaban el momento en que ella y Ramiro pudieron lograr la intimidad deseada a espaladas de Rosario o de los parientes. Hasta que ese idilio alimentado con la sincera fe del primer amor lleg a ser para ella una cosa definitiva, inconmovible, la substancia y razn de su vida. Pero, ahora, las alusiones de Rosario, en el preciso momento de la terminacin de sus estudios y la inminente salida del colegio, la colocaban en un trance en que todo iba a cambiar profundamente para ella. Todo lo que fue hasta entonces serena dulzura, seguro miraje de ensueos, definitiva fe en la ventura de su amor, perdi de un golpe sus virtudes de eternidad y se torn, desde ese instante, en inquietudes, en zozobras interrogantes y en atormentados temores. Aquel mismo da iba a terminar su falsa situacin de seorita. Al salir de
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aquella casa tan querida para ella, donde todo contribuy a crearle una calidad social y una personalidad tan por encima de su verdadera posicin, iba a regresar al crculo de su familia, desde donde, ella lo intua con horror, no podra volver a ascender al nivel de sus falsas e imposibles ilusiones.
En la noche, reunidas las alumnas internas en el amplio comedor del colegio, tomaron la que deba ser "la ltima cena" de la vida escolar. Domy, sentada como, siempre al lado de su amiga Rosario, embargada todava en las ideas que haban seguido inquietndola, no se dio cuenta de que su amiguita tambin estaba reservaba y pensativa. La cena transcurri casi en silencio entre ambas compaeras. Al final, se pusieron de pie las nias para la oracin de gracias y, luego, en filas ordenadas, fueron saliendo hacia los patios y el jardn. Rosario y Domy, no obstante su respectiva abstraccin se encontraron en el patio muy juntas. Tal era la fuerza de su afinidad que, subconscientemente, sin haberse dicho una palabra, se tomaron del brazo, tal como lo haban hecho al comenzar los recreos en todos y cada uno de los das y de los aos que pasaron en el colegio. De pronto, Domy al darse cuenta de que el silencio de su entraable amiga por una parte y su propia reserva por la otra eran ya como el comienzo de aquella separacin no slo material sino espiritual que tanto tema, sinti un amago de angustiosa soledad, y estrechndose cariosamente contra su compaera, dej brotar en una frase temblorosa su pena que iba creciendo: - Ay, Rosarito querida! Tengo mucha pena por maana! Esa frase, de sabor tan dolorido y sincero, fue un acicate para Rosario que le hizo atreverse a preguntar aquello que desde el encuentro con las Alcazaba le iba mordiendo en el alma y que no haba osado hasta entonces formular. - Dime, Domy. Es muy lejos adonde te vas a ir? - S - contest Domy, dando a sus palabras una profundidad de amargura tal que ya pudo interpretar su interlocutora -. Me voy a ir lejos, tan lejos, que nunca ms nos encontraremos! - Ni an cuando yo quisiera ir a buscarte? - le respondi Rosario en el mismo lenguaje metafrico que ella haba reconocido en las palabras de Domy. - Oh, no! T nunca podras descender - rectific con alarma -. T nunca podras ir hasta donde yo tengo que vivir.
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Aquella frase, y sobre todo la apresurada enmienda que hizo su amiga le dieron la comprobacin que ella tema. - Domy, nunca me has dicho nada de tus paps. Cmo son?, dnde, viven?, qu hacen? Cada una de estas preguntas fueron como golpes de filo asestados certeramente a su espritu que pareca tambalearse sobre un deleznable pedestal construido en tantos aos de simulacin. Perdida su serena fortaleza, colocada ya casi ante las puertas del colegio, que dentro de pocas horas le sealaran irremisiblemente un camino solitario, lejos de sus ms predilectas afecciones, la pobre Domy, se sinti sbitamente como una mendiga que implora para su necesidad una limosna, como una pobre menesterosa que pugna a buscar un ser generoso que socorra su miseria sentimental. As, resuelta a todo, al desprecio, al fracaso de su calidad fementida, pero ansiosa de expandirse en la incontenible confidencia, cont a su amiga todo el misterio secreto de su origen, de sus padres, de su calidad social, de su gnero de vida, en fin, todo, todo, en una larga confesin sincera y pattica. Al terminar, con los ojos empapados en lgrimas, no pudo sino decir: - Ya ves, Rosarito. Cun lejos y cun abajo me voy a ir maana, hasta donde no ha de alcanzarme tu cario, ni siquiera tu recuerdo! Las revelaciones de Domy fueron de tal manera categricas, que, Rosario qued anonadada y no logr sacar de su cultivado espritu, de su hidalgo y bien nacido corazn, ni siquiera de su afecto y amistad por tanto tiempo entraable, la actitud atinada, la palabra de alivio o, a lo menos, la mentira piadosa para glosar aquel doloroso "mea culpa". Entontecida, callada, torpe, hasta en su despedida para irse a dormir, se separ Rosario de Domy, con la sensacin de haber sido defraudada, como si la joya ms valiosa de su tesoro espiritual hubiera resultado ser un pobre abalorio de plomo. Para Domy la actitud de su amiga fue el primer tremendo golpe de los muchos que el mundo iba a propinarle al otro dado de las puertas del colegio. Se fue a la cama, a aquel refugio tibio y perfumado con el aroma de su cuerpo en flor, donde haba acunado y dado formas fantsticas a sus sueos de adolescente, y que, por primera vez en aquella noche se humedeci con la amargura de su llanto. Echada de bruces, con el rostro hundido en la almohada, qued desolada, inmvil, como si sobre ella hubiera cado el montn de pesados escombros a que hubieran quedado reducidas sus ilusiones edificadas con el artificio de su vida de colegiala. Y, de entre aquellos escombros, el que ms le lastimaba, como si tuviera las aristas de una enorme roca de granito, era la inminencia de
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haber trancado para siempre aquel idilio de su primer amor, encendido otrora con la chispa de un beso en los brazos de Ramiro y al comps de aquella msica llena ahora de penosas aoranzas.
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CAPTULO QUINTO La alegre campanita del colegio, aquella que durante tantos aos despert con su voz sonora el dulce sueo de las colegialas, vibr aquella maana con un acento especial. Pareca que de cada taido salan dos voces. Una alegre, como diana de da glorioso y otra, melanclica, como nostalgia anticipada de despedidas inexorables. Para casi todas las colegialas slo fue perceptible la primera voz, que les anunciaba el da, tanto tiempo esperado, de volver a sus hogares a retomar el sitio rodeado de cario y solicitud de los suyos. Para otras, fue el toque de libertad y el anuncio de nuevas y promisorias rutas. Para muy pocas, aquella campanita fue son lastimero que marcaba el corte de entraables afectos, el prtico solitario de ausencias incolmables, en fin, el adis de un mundo risueo, sin las preocupaciones ni las zozobras que esperaban ah fuera a quienes vivieron como en un invernadero, en cuya temperatura artificial lograron exuberantes formas espirituales y perfumados capullos y que ahora saldran al impiadoso clima de la vida a mustiarse con los glidos egosmos del mundo. As fue, en el orden sentimental, el toque de aquella maana para Domy. Y, todava ms. fue una acongojada seal de iniciales penas y de incontables desazones. Las chicas, despus de hacer apresurada y jubilosamente su "toilette", prepararon todas sus prendas y tiles para estar listas en el momento en que sus parientes o servidores vinieran a recogerlas despus de la misa. Luego, bajaron por ltima vez a la capilla para asistir a la ceremonia religiosa de despedida. Al ingresar las alumnas, la hermosa capilla estaba llena de flores y luces, como de costumbre. Pero, no se saba por qu, aquella maana pareca vaca, como si algo importante faltara. Algo que restaba veneracin a las imgenes, que quitara fulgor a las luces y color y aroma a las flores. Ese vaco indefinible no provena del recinto, sino del espritu de las colegialas. Todas ellas tenan su imaginacin y su pensamiento tan lejos, en su hogar, en sus parientes que estaran ya esperndolos acaso en el saln de visitas, en sus amigas, en la nueva etapa de vida que iban a comenzar. Se hubiera dicho que una brisa brumosa y mundana haba penetrado en ese lugar de recogimiento hasta empalidecer las cosas y las formas sagradas. Al tomar su respectiva fila para ocupar los bancos de la capilla, Rosario y Domy, por la fuerza de la costumbre se pusieron una junto a otra. Al hacerlo cruzaron un saludo corts, pero de cierta tibia indiferencia, debido a que Rosario segua desorientada en sus afectos
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y no haba logrado hasta entonces definir su posicin con respecto a su amiga, y, por otro lado a que Domy consideraba ya perdida aquella amistad como si se hubiera anegado en el naufragio de su confesin. Arrodilladas en el mismo banco oyeron la misa. Oraron con acrecentado fervor cada una por su respectiva inquietud a esa linda Virgen del altar que tanto haban amado y venerado mientras fueron nada ms que sencillas colegialas. A la hora del evangelio, el Padre Capelln interrumpi el santo sacrificio para decir su ltima pltica a las muchachas. Despus de comentar el evangelio del da y explicar la parbola del hijo prdigo con oportunas reflexiones y consejos para las muchachas, especialmente del curso superior, a quienes se daba la despedida, acab encareciendo a todas ellas que afuera siguieran observando la santa ley de Dios y practicando las cristianas virtudes que se les haba inculcado durante su educacin, y termin dicindoles con uncin sacerdotal: - Hijas mas. Sobre todo os recomiendo, en nombre de Dios Nuestro Seor y de su Santsima Madre que, as como habis vivido aqu, formando una hermandad cristiana, cuando estis all, en medio del mundo, sigis unidas por los, vnculos de afecto y santo temor de Dios que aqu, en el colegio, habis creado. Prolongad ms all la benfica influencia del colegio. Continuad siendo siempre hermanas, puesto que vosotras, de noble estirpe o de modesta cuna, sois todas hijas de Dios y de su Santa Madre. Las asechanzas del mundo, las tentaciones del demonio encontrarn flaqueza propicia en vuestras almas si estis solas. Pero, si cada una de vosotras ha de contar junto a s con el consejo, el ejemplo y el cario de las que hoy todava son vuestras compaeras, entonces tendris fortaleza para vencer las dificultades de la vida. Y, si alguna de vuestras compaeras cayera, por desgracia, corred las otras, levantadla v brindadle vuestra consoladora y confortante cooperacin y as salvaris un alma querida y habris ganado para el redil del Buen Pastor una oveja descarriada. Al terminar su pltica el sacerdote, muchas de las alumnas, tocadas en su emotividad en crisis por la despedida, lloraron copiosamente. Una de las que sinti con mayor emocin las palabras del sacerdote fue Rosario. Porque haba tomado las piadosas reflexiones del capelln como si hubieran sido dichas exclusivamente para ella; para responder a sus dudas; para sealarle un camino luminoso y claro en medio de su desorientacin; para darle nueva fe en medio de su desesperanza. Su alma noble, sin dobleces, sin clculos mezquinos,
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escuch la voz de su conciencia y se dispuso a cumplir su deber con toda la sinceridad de su corazn bien nacido. Terminada la misa, y al salir de la capilla, tom a Domy por el brazo con el mismo afecto de siempre y le habl as: - Querida Domy. Quiero pedirte que disculpes mi torpe actitud de anoche. La otra muchacha no esperaba ya recibir tal muestra de aprecio, y con asombrada y alegre emocin, respondi: - De veras, Rosarito? Crees que, despus de lo que te cont anoche, todava puedes ser mi amiga? - Tu hermana, como siempre! - Gracias, Rosarito! Qu buena eres! Me acabas de aliviar de una de las amarguras ms grandes que he sentido desde ayer. Que Dios te bendiga, Rosario! Ahora que vamos a separarnos, quiz para siempre, me llevar a lo menos el eterno recuerdo de tu verdadera amistad y de tu gran corazn. - Separarnos ahora, dices? - As tiene que ser, Rosario. - Pero, no hemos convenido ya que irs a casa a pasar unos das? - A pesar de todo lo que ya sabes, Rosario? - Nada, nada, hija. Ahora mismo nos vamos, verdad? - Mira, Rosarito querida. Las cosas han cambiado ya para entre nosotras dos. Y, yo no podra estar contenta ni tranquila en tu casa. - No, y no! Crees que por una tontera de esas, de la que ni t ni yo tenemos la culpa, ha de haber razn suficiente para borrar nuestro cario, creado en tantos aos de intimidad? - Pero, Rosario. Comprende... - T me quieres? - cort con afectuosa impaciencia la noble muchacha. Rosario! ... - Di. Me quieres, o no? Que no voy a quererte! - y se lanz con desesperada ternura a estrechar en sus brazos a Rosario -. Ahora ms que nunca, Rosario de mi alma! Ahora mucho ms que antes, subiendo como s, lo buena y generosa que eres. - Entonces, tienes que ir a casa. - Ya que t as lo deseas. - As. As me gusta, hermanita - respondi con alegra sincera Rosario y torn a corresponder el abrazo de Domy, y luego aadi con entusiasmo -. Enva a decir a tu casa que no te esperen todava y que te irs dentro de algunos das. - S. Como t quieras. Pero en ese momento cruz por el espritu de Domy que en ese
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instante haba comenzado de nuevo a entregarse al contento a merced del embrujo de las palabras y de la actitud de Rosario, el recuerdo de Ramiro, y todo su optimismo convaleciente cay por tierra. Volviendo a mostrar la tristeza y el desaliento en su bello rostro, tom a su amiga por las manos y le dijo: - No, Rosario. Tengo ahora otra razn para no ir a tu casa. - Cul? - Tu familia. A ella no debo ni puedo engaarla. Y, tampoco quiero pasar por el trance de hacer otra confesin tan penosa como la que te hice. Perdname, pues, Rosarito. - Y, qu necesidad hay para que ellos sepan? Mis padres son tan buenos y te quieren tanto, que te agradecern, ms bien, porque vayas a acompaarme unos das ms. Adems, ellos son gente de experiencia. Ellos me han inculcado precisamente mi manera de pensar sobre estas cosas tan convencionales. Pero, as y todo, yo te juro que no les dir una sola palabra. As que ests convencida? Pero, Domy no estaba convencida. Porque, precisamente, su principal reparo no se refera a los padres de su amiga sino a Ramiro. Pero, tampoco se atrevi a declararlo as. Dando un rodeo a su pensamiento, respondi: - Oh, s. Tus paps son muy buenos. Yo no temo nada de ellos. - Entonces, de quin? - al terminar de hacer esta pregunta Rosario pens en su hermano -. Claro! - se dijo para sus adentros -. Es por Ramiro que no quiere ir. Como que entre ellos hay algo serio! - convencida de su deduccin, y con un tono, muy significativo, dijo a Domy: - Escucha, Domy. Ramiro no tiene para qu saber tu secreto, a lo menos por mi conducto. Adems, si l te quiere de veras, como yo me lo imagino, y crees t necesario, en su oportunidad, decrselo, entonces, la reaccin que tenga, favorable o desfavorable, te probar si su amor es verdadero. No crees que vale la pena buscar esa certeza para vuestro porvenir? Tan clara era la lgica de su amiga que Domy no tuvo ningn recurso de excusa. Guard un instante de silencio, acabando por responder: - Despus de todo, tal vez ser mejor eso. - De manera que nos vamos? - S, Rosarito. No puedo negarme a tu deseo, siquiera por la ltima vez.
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Pocas horas ms tarde grupos de familiares invadan el colegio. Los servidores pasaban por las dependencias transportando la ropa y objetos de las colegialas. Las chiquillas alocadas y presurosas corran en pos de una u otra de sus profesoras para darle el ltimo abrazo. Despedidas, consejos, encargas y lgrimas por todas partes y en todos los grupos. Poco a poco fue esparcindose desde la puerta la, bandada de alumnas, hasta que el colegio quedse como una jaula desierta y silenciosa. De las ltimas en salir fueron Rosario y Domy, a quienes ya esperaba en la puerta el automvil de la familia de la primera. Al llegar al hall de salida se encontraron con las Alcazaba que, llenas de impaciencia y fastidio esperaban a los suyos que tardaban en llegar. - Adis, Rosario. Ya te marchas? - djole la mayor de las hermanas, tratando estudiadamente de no tomar en cuenta a Domy que estaba de brazo de Rosario. - Prima Rosario - se acerc a decirle tambin la menor, aadiendo: - Y, te vas a ir sola a tu casa? - No - respondi Rosario -. Estn esperndome afuera, en el auto. Adems me llevo a Domy a pasar unos das conmigo. Aquel disimulado reto dej estupefactas a las Alcazaba. Se miraron mutuamente con gest de perversa intencin. Rosario que tema algn desaguisado por la violencia de carcter de sus primas, empuj suavemente a Domy para que avanzara hacia la puerta de salida. Despus de despedirse de Rosario, las Alcazaba, con una voz de amenaza y desafo para Domy, gritaron a su prima: - Oye, Rosario. Vamos a ir a buscarte a casa muy pronto para ver cmo tratas a tus sirvientas - y dieron fin a sus palabras con una sonora carcajada. Por fortuna, fue Rosario la nica que alcanz a or esas palabras. Domy ya haba traspuesto la puerta.
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CAPTULO SEXTO Como se lo haba dicho Rosario a su amiga, el ms interesado en que Domy fuera a la casa era Ramiro. Lo que se comprob desde el primer momento con la indisimulable satisfaccin que el joven sinti al ver a la ex -colegiala. Al tomar la cena, en el elegante comedor de la familia, Ramiro colocse al lado de Domy para atenderla esmeradamente, tratando de adivinar sus menores deseos. Ramiro estaba deslumbrado de la belleza de la muchacha. sta, dejando por primera vez el uniforme escolar, se haba vestido para la mesa con uno de los variados trajes importados que sus padres le haban enviado para su salida. Ahora, el uniforme, que pareca haber sido ideado a propsito para esconder las bellas lneas del cuerpo femenino y juvenil y estandarizar la silueta de las chicas esbeltas lo mismo que las poco garbosas, haba dejado el campo a un lindo y sencillo traje confeccionado en un modelo que adaptndose plsticamente al cuerpo de la jovencita, haca resaltar sus graciosas y juveniles formas. Y, en verdad que Domy se haba puesto deliciosamente atractiva. Su belleza autnticamente criolla contrastaba, sin ceder ventaja, con la aristocrtica belleza de Rosario. En tanto que sta tena el cutis blanco, los ojos pardos y el cabello castao y claro y un perfil de rasgos finos, Domy tena la tez triguea, los ojos negrsimos, los cabellos negros y ondeados y en el perfil de su cara, bajo una naricilla un tanto chata pero graciosa, sus labios algo gruesos pero frescos y_ jugosos le daban un encanto de sensual predisposicin. A pesar de que Domy fue tratada en aquella casa con el afecto de siempre por la familia de su amiga, en esa ocasin no estaba del todo contenta. Tena una espina que la daaba el espritu. Cada nueva demostracin de cario que reciba de Ramiro era para ella el origen de un nuevo desasosiego. Despus de sonrer o contestar a media voz alguna velada galantera de su amigo, Domy miraba inmediatamente a Rosario llena de zozobra, temiendo ver en su rostro un gesto de reproche. Esperaba a cada instante que de los labios de su condiscpula saliera la revelacin de su obscuro origen que echara a tierra la risuea y feliz belleza de su amor. Rosario por su parte, generosa y noble como nunca, ni con el ms leve sntoma dio a entender que le disgustase la asiduidad cariosa de su hermano para con su amiga. Con todo, aquella noche, en su cama, Domy reflexion
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concienzudamente sobre su situacin en esa casa. Desde luego, se propuso abreviarla lo ms posible. Luego, resuelta a sacrificar su sincero amor, hizo el propsito de mostrarse corts pero fra e indiferente con Ramiro. De esa manera, a su juicio, obtendra dos objetivos: primero, ir arrancando lentamente, a fin de que la violencia no le lastimara mucho, esa loca ilusin de haber tejido un idilio tan encontrado con los convencionalismos sociales, y, segundo, demostrar a su amiga Rosario que ella no sera tan osada para abusar de la gentil hospitalidad de esa familia para aprovecharla vedadamente en afianzar su anhelo amoroso. Haciendo mentalmente un solemne voto de cumplir decididamente estos dos propsitos, se levant a la maana siguiente. El da era tan hermoso que las dos muchachas, a iniciativa de Ramiro, convinieron durante el desayuno en salir a dar un paseo por el campo hacia la regin de Calacoto. Invitados tambin los paps, se excusaron por tener en ese da que realizar ciertas gestiones relacionadas con sus haciendas. Al final, decidieron los tres jvenes ir a tomar el almuerzo en el pintoresco vallecito de Palca. En pocos momentos Rosario tom del surtido repostero de la casa todo lo necesario para el men de la fiesta campestre. Despus de colocar unas cestas bien provistas en el maletn del carro, Ramiro tom el volante. Iba a su lado Domy y en seguida Rosario. En un par de minutos llegaron al Prado que en aquella hora matinal se baaba de un sol radiante. All estaban ya de paseo muchas chiquillas, cuyos trajes claros de verano hacan agradable contraste junto a los verdes macizos de ligustros esmeradamente recortados. Casi todas las muchachas eran colegialas que, anhelosas de libertad y de aire libre se haban apresurado a aprovechar los primeros das de sus vacaciones para darse cita en las amplias y soleadas veredas centrales del mejor paseo de la ciudad. Junto a las chiquillas, algunos jovenzuelos acicaladitos y engominados, formaban grupos o parejas con las amiguitas, discurriendo alegremente en idas y venidas a lo largo del paseo. Desde varios grupos que nuestros, amigos distinguieron, se levantaron manos juveniles en mmica de cordial saludo hacia el automvil que iba recorriendo lentamente la calzada. Cuando ya iban a terminar su recorrido por el Prado, casi al dar la curva de la Plaza del Estudiante, un grupo de dos chiquillas y sus dos respectivos galancetes, a la vista del carro de Ramiro extrem sus alardes de saludo. Las dos muchachas eran Celia v Hercilia Alcazaba. Al principio slo haban alcanzado a reconocer a Ramiro y para l fueron sus ms significativas sonrisas y demostraciones; pero,
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en cuanto notaron que al lado de ste iba, nada menos que la odiada Domy, quedaron de golpe presas de un asombro desagradable. Felizmente el carro vir tan a tiempo que ni Domy ni Ramiro pudieron darse cuenta del brusco cambio de actitud de las Alcazaba. Sin embargo, no ocurri lo mismo con Rosario, la que tuvo tiempo para volver la cabeza y comprobar el disgusto en que quedaron sumidas las dos hermanas. Rosario estaba en el secreto; adems, con su fino tacto femenino haba barruntado desde haca tiempo los intiles afanes de Hercilia para ganarse exclusivamente la simpata de su hermano Ramiro. - Ah van las primas Alcazaba - dijo Ramiro, cuando despus de vencer la curva del monumento a Sucre enfrentaron por la Avenida 6 de Agosto. - Eran ellas? - pregunt Domy, que, por estar abstrada en sus pensamientos, no haba alcanzado a verlas y, luego, coment con sincero elogio -: son muy simpticas, verdad? - T lo crees as? - se apresur a responder Rosario, a quien le caus pena que su amiga estuviera tan ignorante y errada en su concepto, precisamente con esas cuyos chismes y maldad le haban hecho tanto dao. - Quin sabe, un poco alocadas. Pero en el fondo me parecen muy buenas muchachas - aadi Domy. - Y, a ti, Ramiro, qu te parecen nuestras famosas primas? - pregunt Rosario a su hermano. - Pues - aadi el joven con tono irnico -, a m me parecen unas verdaderas "primas", pero de guitarra, por lo estiradas, agudas y hasta estridentes. Rieron de buena gana las muchachas la "salida" de Ramiro. A poco, Rosario quiso explotar un tanto ms el criterio de su hermano en perjuicio de sus primas y en beneficio de Domy, y, para ello, volvi a insistir en el tema, dicindole a Ramiro: - Ramiro, me parece que t correspondes mal, sobre todo a Hercilia. Ella se esmera siempre en elogiarte. - Entonces, cuando la veas - respondi Ramiro con burla festiva le dirs que me pase la cuenta de todo lo que le debo por sus elogios, porque en otra forma no podr corresponderla. - Tendrs que pagarle mucho, hermano. Porque ella dice de ti que eres su hombre ideal. - En eso tiene razn completa. Soy y ser tan "ideal" que jams llegar a una realidad para Hercilia. - Qu orgullo, hermanito! - coment Rosario un tanto festiva y otro tanto satisfecha por el resultado de sus preguntas.
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Domy escuch en silencio el dilogo, que le caus cierta impresin, y mucho ms lo que en seguida oy responder a Ramiro. - Claro que ahora estoy orgulloso. Acaso no debo estar as cuando soy feliz? Al decir eso, Ramiro aadi una significativa presin de su brazo contra el de Domy. sta sinti que una avalancha de sangre le suba al rostro. Una sonrisa iba a traicionar la afectada seriedad de su bello rostro moreno. A duras penas pudo esconderla bajo el ala del sombrero y las manos que levant precipitadamente para disimular el arreglo del cabello sobre la frente. El carro baj raudamente por la Avenida Arce y, dando la vuelta a la plaza circular de Isabel la Catlica, se detuvo ante el surtidor de gasolina. Baj Ramiro para hacer llenar el tanque a "full". Mientras el gasolinero palanqueaba perezosamente la bomba, quedaron las dos amigas charlando en el auto. Rosario aprovech el momento para decir a su amiga: - Te pasa algo, Domy? Te noto un poco preocupada. - Ay, Rosarito. A serte franca, te dira que hice muy mal en haber venido a este paseo. - No te agrada el hermoso da que vamos a pasar juntas? - Despus de lo que t ya sabes, creo que yo no debo aspirar, no digo a la predileccin, ni siquiera a la camaradera de Ramiro. - Chica, cmo se te ocurre eso! Ya sabes que eso es pozo sellado en mis labios. - Pero, crees t que yo debo ocultrselo? - Vamos. No te empees en nublar con tus escrpulos el cielo de este da tan hermoso. - Rosario. Yo debo decrselo. Se lo dir ahora mismo! Sera una traicin el ocultrselo. - Te ruego que te dejes de cosas. Ya tendrs ocasiones de sobra para eso. - Es que tengo una inquietud tremenda, Rosario. No s por qu pienso que alguna otra persona puede venir con el chisme. Y, entonces, figrate! Ni siquiera tendra el alivio de mi sinceridad para con l. Rosario se acord al instante de que el presentimiento de su amiga era muy fundado. Pens en sus envidiosas y murmuradoras primas Alcazaba; con el gesto y en las actitudes de desagrado que haba observado haca un momento en ellas y, sinceramente, tembl por su amiga. Para tranquilizarse ella misma y al mismo tiempo consolar a su amiga, resolvi plantear el caso as: - Mira, Domy. Estoy de acuerdo contigo; pero, si me permites, me
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ofrezco yo para decrselo todo a mi hermano. As, te evitas un mal rato y a m me dejas una labor delicada, es cierto, pero que espero llenarla con suerte. No olvides que la confianza entre hermanos ofrece ms recursos para tratar la cuestin con el tino y la sinceridad debidos. Ests de acuerdo? - Oh, Rosarito. . Sers capaz de eso? - Ya lo vers, hermana. - Y todava me sigues llamando hermana! - exclam Domy conmovida. - No lo has sido en tantos aos de colegio? Y no podrs serlo, como presiento, doblemente mi hermana, por el afecto y la voluntad de Ramiro? Antes de que terminara de hablar Rosario, ya Ramiro saltaba al volante. Posiblemente escuch las ltimas palabras de su hermana, pues la mir con alborozada gratitud y luego gir los ojos hacia Domy arrullndola en una apasionada expresin de ternura. Domy, abrumada por la generosidad de su amiga y, sobre todo, por la cariosa mirada de Ramiro se encendi en rubor que matiz bellamente el suave color trigueo de su cara y dio ms profundidad a sus grandes ojos negros. Por su parte. Ramiro contentsimo al deducir que su hermana estaba colaborando empeosamente a su felicidad, aceler el motor para enfilar por el camino de San Jorge y se puso a tararear una alegre cancin de moda. En Obrajes, a iniciativa de Ramiro que haba comenzado por sacarse la americana, las chiquillas tambin se aligeraron de sus sacos y sombreros que fueron arrojados al asiento posterior. Con el busto traslcido merced a las ligeras blusas de seda y las cabelleras ondeantes a la brisa, recibieron a pulmn lleno la delicia ambiente de aquel bello da, comienzo del verano. Pasaron la ladera de Aranjuez y, bajando por el camino que va a lo largo de la playa del ro llegaron a esa maravillosa abra del "Huari kunka". All el paisaje era tan extraordinario que Ramiro quiso utilizarlo como maravilloso fondo para una foto de las dos muchachas. Detuvo el coche y busc el lugar que le pareci ms a propsito para que Domy y su hermana posaran ante la cmara. Tomada la primera pose, rog a Rosario que preparara la mquina para tomar otra foto de Domy con l a su lado. Domy trat de evadir aquel deseo y se ofreci, ms bien, a que posaran los dos hermanos para tomar ella la impresin, - No, no, Domy. T con Ramiro - exclam impositivamente Rosario, evitando con una rpida evasiva que su amiga tomara de sus
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manos la mquina. - Por favor, Domy! - aadi cariosa e insinuativamente el joven -. Cmo va a ser posible que me niegues esta pequea satisfaccin de perpetuar un recuerdo tan grato para m! Sin esperar ms, tom a Domy por el mrbido brazo y colocndola ante el objetivo, l se puso al lado. En un impulso de cariosa intimidad le pas el brazo por su cuello. En seguida, no contento con ello, Ramiro volvi a obligarla a posar sola para tomarle una aproximacin. Despus de ensayar la distancia, se acerc a corregirle la posicin de la cabeza. Tomndola delicadamente por el mentn le hizo girar un tanto hasta buscar el perfil en que la gracia de esa cara fuera ms artstica al ser captada por el lente. Y, as, con un cuidado exquisito, como para realizar una obra de arte, el joven apret el obturador. - Colosal! - exclam Ramiro -. Con esta foto voy a sacarme un gran premio de concurso. - No me cabe duda, hermanito - intervino Rosario - pero el premio ser debido a ella, no a ti.
Sera el meridiano cuando llegaron al vallecito de Palca. Despus de atravesar el poblado, en cuya plazuela dejaron el carro, los muchachos, con las cestas de provisiones al brazo, siguieron hacia la estrecha playa del no en pos de un sitio apropiado para el almuerzo. Eligieron, un bosquecillo de eucaliptos con el suelo tapizado por una blanda alfombra de csped. A la sombra del rbol ms coposo dispusieron sus viandas. La distribucin de los sndwiches, de los fiambres, de las golosinas y de los vasos de refresco no fue sino la ms deliciosa manera de extremar por parte de los hermanos sus atenciones y su afecto por Domy. sta era servida y halagada a competencia por Ramiro y, su hermana. A tal extremo se vio aqulla abrumada de atenciones y ganada, con ello, su voluntad, que todos sus anteriores propsitos de mostrarse fra con su amigo quedaron frustrados. Pues, solamente portndose como una torpe y mal educada hubiera podido quedar sin retribuir el afecto de sus compaeros. A esto se aada que el lugar apacible y de rstico encanto, lejos de todo refinamiento social, fuera de todo marco de forzada etiqueta, impulsaba a cualquiera a armonizar su conducta y su espritu con la sencilla belleza y con la placidez de la naturaleza. Aquel paraje, encajonado casi entre dos pendientes, cobijado
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por las frondas de los rboles y arrullado por la cancin de la corriente del ro, invitaba a ser espontneo, sencillo y sin dobleces. Se dira un trocito de paraso terrenal hasta donde no hubieran llegado las asechanzas del mal. Despus del almuerzo, ah mismo, junto a las cestas, se tendieron los tres sobre el verde mullido de suelo. Ramiro ofreci a Domy su saco para que en l reclinara la cabeza a manera de almohada. Rosario, con juiciosa prudencia, eligi para su siesta un sitio un poco apartado de los dems. Muy pronto cesaron las bromas y las risas. Los jvenes, con la cara al cielo que asomaba azul y radiante por entre las frondas de los eucaliptos, dejaron que sus miradas se perdieran en el infinito y soltaron las amarras de sus sueos para dejarlos gozar de espacio, de silencio y de paz. Inmviles, las hojas de los rboles, imperturbable la calma del campo; slo el ro en su constante avatar les cantaba la cancin infinita de una dulce y serena romanza. Rosario, sin inquietudes, se entreg a la serena paz de su espritu y se durmi arrullada por el ro... No sucedi lo mismo con Domy, cuyo espritu zarandeado por sus inquietudes y preocupaciones, en vano trataba de aprovechar y anegarse en esa calma. Ramiro tampoco pudo hacer la siesta. En medio de la felicidad que senta al estar junto a su amada, notaba que le naca un fervoroso romanticismo. Y, en ese estado de nimo, aquella cancin del ro fue el detalle que ms le subyug hasta hacerle exclamar en alta voz, pero como si se dijera a s mismo. - Cun bella es esa cancin del ro! Cmo da la impresin de que sus aguas se van, pero sin asustarse! Domy estaba muy cerca de su amigo. Crey que esas palabras eran dirigidas a ella y en esa creencia, respondi: - Y, sin embargo, Ramiro, un ro es como una vida lanzada hacia adelante. Jams las aguas que ya pasaron han de volver a recorrer el mismo cauce. - No, Domy. A m, la cancin de este ro me da - la nocin clara de una despedida sin ausencia. Linda paradoja, verdad? Pero es as como la siento. Tiene la emocionada ternura de algo querido y bello que se despide, y al mismo tiempo es la esperanza de que su caudal se renueva sin cesar y sigue besando la misma orilla y que es la misma voz la que canta su misma cancin. A travs de un camino ignoto hacia el misterioso porvenir parece a momentos que el ro va alejndose con su cantar; pero el eco que se aleja se
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refuerza armoniosamente con el rumor que llega. Y, el ro parece perenne y sempiterna la cancin. Domy, no te parece esto extraordinariamente bello? - A m Ramiro, me causa melancola. Porque veo en el ro la eterna historia de todas nuestras vidas. Sus aguas, al pasar por debajo de una fronda o de un trozo de cielo, copian fugazmente el paisaje, tal vez quisieran detenerse para gozar el embeleso de un plcido lugar de la orilla o de un cielo preferido; pero eso es imposible, la eterna ley de su existencia le empuja inexorablemente a seguir el declive. Y, si quisiera detenerse, violando las leves de la fsica, entonces ya no sera ro rumoroso y cristalino. Se trocara solamente en una charca o en una laguna esttica, con miasmas, con fango, sin cancin de agua que es su vida. Entonces, ya no sera ro, Ramiro, sino una porcin de agua muerta, sin historia y sin destino. Con qu arrobamiento la escuchaba el joven y cmo lleg la admiracin por la exquisita sensibilidad a aumentar su cario. Acto seguido, Ramiro, volviendo de su arrobamiento y contagiado tambin de la mana de filosofar, sigui as: - Y, no te parece, Domy, que, a pesar de lo que dices es muy bello y simblico el destino de un ro? Correr, correr sin descanso, atravesar comarcas y pases, y, por fin, orgulloso de su caudal y de su fuerza, echarse al mar llevndose el secreto, de las inmensas y variadas tierras por las cuales ha cruzado en su camino. Oh. Es lo ms bello de la naturaleza. Yo creo que en el mundo slo hay una cosa superior al ro. - Cul es sa, Ramiro? - El amor. Nuestro amor, Domy! - al decir eso, Ramiro resbal sobre el csped hasta colocarse muy junto a su amada. La tom las manos. Deposit en sus negros ojos la mirada apasionada de los suyos, elocuentes para decirle ellos solos cunto la amaba. Y, as, con la cabeza inclinada sobre la de Domy hasta sentir el calor de esas mejillas enardecidas y el embrujo irresistible de esa boca jugosa, Ramiro continu: - S, Domy de mi alma. Nuestro amor, que ha de ser como ese ro, cristalino, incontenible, imperturbable; que ha deseguir su curso por entre todo y a pesar de todo, hasta desembocar en la eternidad. Domy sintiendo el efecto de esa apasionada eclosin de romanticismo, bajo el impulso de las palabras, de las miradas y de la fascinacin de la juvenil masculinidad de su amado, se sinti caer en un clido xtasis. Entorn los ojos, contuvo la respiracin y estremeciendo de ansia sus carnosos labios, se ofreci, con toda el alma acurrucada en su boca, al beso candente, largo y
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embriagador de su galn. Y, slo el ro que deslizaba sus claras linfas entre los guijarros de cuarzo, se llev el eco de ese sculo de amor, como si quisiera evitar que los dems mortales fueran testigos indiscretos de esa felicidad. Desde el fondo de la embriaguez en que haba cado la muchacha, sinti, como un milagro de energa, el impulso de su femenil pudor que le permiti volver a la realidad. Incorporse, evadi el sortilegio peligroso de una nueva mirada de Ramiro y alisndose los cabellos alborotados, exclam con grave melancola: - Qu loca soy, por Dios! Cmo he podido llegar a eso! Cmo! Qu es lo que dices, amor? - demand Ramiro, alarmado por la transicin. - S, Ramiro de mi alma. sa es la verdad. Yo soy una pobre loca, que estoy tratando de poseer algo imposible; algo que hoy me halaga, pero que maana ya no podr ser mo, ni estar siquiera al alcance de mis manos. Domy hubiera querido en ese momento hacer su confesin ante el muchacho. Decirle lo que, en realidad, era ella, lo que tan arteramente aparentaba a su lado bajo el barniz de su educacin. Contarle la mentira de su situacin, elevada artificialmente con la generosa complicidad de Rosario. En fin, hubiera deseado decirle todo. Pero un temor superior a sus deseos y el incontenible afn de no nublar tan bruscamente esa gloriosa aurora que haba comenzado a alumbrar en su vida, ansiosa, a pesar de todo, de un poco de felicidad, no le permiti ser franca y, muy apenas, como preparndose a la futura decepcin, al prximo truncarse de ese idilio fugaz, pudo expresar as, alivindose con la intencin oculta de sus propias palabras: - Ramiro, escchame - le dijo, desasindose de las enardecidas manos del muchacho que haban vuelto a tomarla con anhelo de repetir el primer rapto de apasionado cario -. Escchame. Te lo pido. - Acaso hacen falta ms palabras para probar que nuestro amor es eterno e inmutable? - respondi Ramiro, aunque cediendo al deseo de ella y renunciando por el momento a un nuevo beso. - Tu amor, Ramiro mo, no lo discuto. Lo acepto ms bien tal como t me lo expresas, eterno e inconmovible. Y, acepto tambin que sea como ese ro que nos arrulla. T eres eso: el ro, energa que corre, que avanza, que marcha sin detenerse en pos de su porvenir, acumulando nuevos caudales para echarse rumoroso y potente hacia el ms all. Pero, yo, Ramiro de mi vida, no soy ms que un recodo de la orilla. Un sitio humilde, silencioso y rstico, en donde tus
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aguas han encontrado quiz un remanso cuyo suavsimo declive te permite pasar junto a m muy lentamente. T no podrs hacer otra cosa que besar con tus aguas las humildes hierbecillas de la margen y... nada ms. Seguirs luego tu camino, sin poder volver atrs ni detenerte a escuchar mi reclamo ni el impulso de tu generosidad. Y, yo, pobre orilla abandonada, quedar en silenciosa nostalgia, viendo que es imposible trastornar las inexorables leyes del universo. - S. Lo que t quieras y lo que t digas, adorada Domy. Por eso dije al principio esa paradoja que se me ocurri: el ro da la impresin de una despedida sin ausencia. - Ya vers, Ramiro, cmo la realidad, quizs hoy mismo o maana, te probar que no has hecho ms que una bella frase. - Hoy o maana? - reflexion el joven -. Ah. Ya s. Te refieres sin duda a tu viaje. A propsito. Dime. Te marchas pronto, no es cierto? Tus paps estarn ansiosos de verte. Qu contratiempo para m! Dime. Vas a ir muy lejos? Dnde viven tus padres? Podr ir a visitarte? Domy, alocada con estas preguntas, como si estuviera al borde del abismo en el que iba a arrojar su felicidad, en un supremo y desesperado trance, estaba a punto de gritar su angustia, de delatar su verdad, cuando sinti aparecer junto a ellos a su amiga Rosario, la cual, atenta a las ltimas palabras de su hermano y comprendiendo el penoso embarazo de Domy, se apresur a decir: - Djala, por Dios, hermano. A qu pensar tan pronto en la despedida? No estis satisfechos con un da tan hermoso y queris malograrlo con preocupaciones que no nos son necesarias? Ea, vamos pensando, ms bien, en el regreso. Miren que estamos bastante lejos de casa. As cortado el dilogo trascendental entre los enamorados, los tres comenzaron a hablar de futilezas, a recoger los enseres del almuerzo, a rer por cualquier cosa y, finalmente, a trasladar los cestos hacia el automvil. Esta vez, al tomar asiento Domy logr ocupar el extremo opuesto a Ramiro, rogando a Rosario que se acomodara entre ellos dos. Ramiro que, en el primer momento no not el cambio, ocupado como estuvo en dar el arranque al motor, quiso detener el carro para invitar y obligar a Domy a que pasara junto a l; pero las dos muchachas insistieron en seguir sentadas como lo estaban, pretextando que haba que ganar tiempo para volver a la casa antes de anochecer. Este detalle, sin embargo, caus cierta desazn en el joven, el cual, con el talante cambiado, gui el carro guardando profundo silencio y un tanto herido en su amor.
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CAPITULO SPTIMO En la tarde del da siguiente al del paseo por el vallecito de Palca, Rosario, Domy y Ramiro se hallaban en el living - room de la casa, discutiendo acerca de la pelcula que iran a ver a la hora de la tanda vespertina. Ramiro se obstinaba en elegir una cinta de argumento romntico. Rosario, apoyada por la opinin de su amiga, prefera otra de asunto frvolo. En tales circunstancias se hicieron anunciar las hermanas Hercilia y Celia Alcazaba. El anuncio caus sincero desagrado a Ramiro y sobre todo a su hermana. Rosario comenz a abrigar serios temores, presintiendo que aquellas lenguaraces y envidiosas muchachas aprovecharan la ocasin para incomodar y ofender a Domy. Si Rosario y Ramiro hubieran podido hacerlo, habran ordenado al sirviente que dijera que estaban ausentes; pero, an proponindoselo no habran podido evitar aquella ingrata visita, porque, a pocos instantes despus del anuncio ya la tenan encima, es decir en la puerta de la habitacin, porque las hermanas Alcazaba, por ser primas de los hermanos Castaar, no consideraron necesario esperar el regreso del anunciador y se plantaron de sopetn en el living. - Hola, Rosarito. - Qu tal, Ramiro? Dijeron Hercilia y Celia al entrar y, con la mayor naturalidad del mundo se aproximaron a abrazar con forzada afabilidad a sus dos Primas. Despus de una retahla de frases y cumplidos de exagerada melosidad se empearon en demostrar que no haban reparado en la presencia de Domy. Al fin, como si recin se hubieran dado cuenta de la presencia de la muchacha y, como hacindole un desdeoso favor de cortesa, la saludaron framente. - Ah. Disculpa No nos habamos fijado que tambin - palabra que la dijo Hercilia con cierto muy intencionado acento - habas estado t por ac. Domy, amilanada por las maneras y actitudes de las Alcazaba, apenas pudo contestar cortsmente al forzado saludo de las visitantes. Ms serena y duea de s, Rosario contest a Hercilia y a su hermana: - No debe extraarte el verla aqu a Domy, puesto que ayer nos viste pasar juntas en el auto cuando bamos de excursin.
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- Pues. Creme, Rosario. No nos hemos fijado - respondi rpidamente Celia -. Slo te hemos visto a ti y a Ramiro. No es verdad, hermana? - Me lo explico - contest esta vez Ramiro con cierta burla - puesto que ustedes estaban muy ocupadas en corresponder a Ios bizarros festejantes que las acompaaban. - Ay, no, no. Eso es mentira, Ramiro - respondi Celia -, porque vas a saber que ni yo ni mi hermana estamos acostumbradas a llevar el apunte a unos cualquiera. - Pues, yo deduje que ustedes estaban felicsimas y orgullosas de la compaa - respondi Ramiro, riendo y gozndose, en el fondo, por haberlas hecho rabiar. -Felicsimas? Qu barbaridad, Ramiro! - contest Hercilia en tono de protesta -. Estaras t feliz con una amiga que no estuviera a la altura de tu rango social? Verdad que no? - S. Claro - aadi Hercilia -. Esos que vieron con nosotros eran un par de antipticos que se nos aproximaron por pura casualidad y a los que tuvimos que soportarlos toda la maana en el paseo del Prado. Figrate, Ramiro! Rosario ya vea venir aquello, y, al punto, par en seco a Hercilia, diciendo. - Y qu es lo que entiendes t por rango social? Tener sangre azul? ... Ya sabes que en estos tiempos slo las plumas fuentes pueden enorgullecerse de eso. - Ja, ja, ja! - ri de buena gana Ramiro -. Sabes, hermanita - le dijo alegremente a Rosario - que ms que simple bachillera, pareces ya una doctora. - Ah, no. No me refiero a la sangre precisamente - dijo Hercilia, un poco amoscada -. Yo me refiero a que cada persona debe permanecer en su propio crculo social. - Eso es! - aadi, irnica, la pequea Celia -. Por ejemplo, las que son o han sido cholas deben permanecer entre polleras. Verdad, hermana? Domy recibi la frase en toda su torpe intencin. Empalideci primero, luego se encendi en intenso rubor. Baj la mirada y sinti que de sus sienes resbalaban gruesas gotas de sudor. Rosario, dispuesta a luchar de firme contra sus maledicentes primas, contest al instante: - Pero, no solamente son cholas las que visten polleras. Las hay otras sin ellas, pero que merecen llevarlas por la ruindad de sus almas. - Eso mismo digo yo - contest Hercilia, enderezando el golpe a
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la amiga de su prima -. Las hay quienes, como t, Rosario y nosotras muy bien conocemos, que mediante el colegio falsificaron su calidad de seoritas y que pretenden simular calidad social para aprovecharse de ciertos ingenuos que hasta les hacen el amor. stas, creo yo que debieran, ms bien, apresurarse a vestir las polleras que abandonaron para entrar en el colegio. Domy no pudo ms. Se puso de pie, balbuce una disculpa v sali casi a tropezones de la habitacin. Apenas traspuso la puerta llev el pauelo a su boca para ahogar un tremante sollozo, y llorando a mares se fue hacia el dormitorio. Las Alcazaba la contemplaron salir con una endemoniada sonrisa de triunfo. Rosario hubiera querido tambin correr tras de su amiga para consolarla; pero se detuvo, comprendiendo a que su presencia era ms necesaria junto a su hermano para evitar mayores torpezas de sus primas. Ramiro, aunque estaba muy lejos de sospechar lo que pasaba all, cambi su actitud alegre y burlesca hacia su visitantes y qued serio y preocupado por algo que le empez a incomodar, pero sin acertar la causa. - Y a ti, qu te pasa, Ramiro? Te notamos cada da ms raro - le pregunt Hercilia. Ramiro, que segua preocupado por la brusca salida de Domy, no atendi a la pregunta de su prima. - Debes estar enamorado - se apresur a decir Celia -. Podemos saber quin es la elegida de tu corazn? La pregunta tuvo para Ramiro tan honda repercusin que sus primas jams haban sospechado. Esa pregunta concret su ansiedad, y, al impulso de ella, se levant y, dando una disculpa cualquiera, sali de la estancia para irse en pos de Domy. Quedaron las Alcazaba atnitas ante el brusco mutis de Ramiro. Se miraron despus significativamente, y, como si a travs de esas miradas hubieran llegado a un acuerdo, acabaron sonrindose maliciosamente. Rosario, que se haba dado perfecta cuenta de la embarazosa situacin, quiso desviar la atencin de su primas propopiendo un nuevo tema de conversacin. - Y, cmo les va en sus vacaciones? - Las vamos pasando bastante bien - contest Hercilia. - Se divierten mucho? - aadi Rosario. - Claro que s - contest Celia -. Sobre todo porque las vacaciones nos permiten ya elegir nuestras amigas y no estar como estuvimos en el colegio metidas con tanta clase de gente.
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- Salvo - exclam Hercilia volviendo a la carga sobre el antiguo tema - ciertas ocasiones en que una se da de narices con ciertas gentes que crea no volver a ver ms. - As es - volvi a hablar Celia -. Y eso nos pasa por ciertas tontuelas de primas que se empean en tener en su casa basura que haba que barrer cuanto antes. Comprendi Rosario que aquellas insoportables muchachas merecan ya una leccin que haba que drsela por encima de toda cortesa y consideracin de familia. A ello se dispuso, aunque esa actitud repugnara a su bondadoso y delicado espritu. - La tontera de esas primas que ustedes aluden consiste, a mi juicio, en no haber recibido oportunamente el anuncio de esta visita. De haberla conocido previamente, hubiera procurado recibirlas en medio de condes y marqueses para estar a tono con el orgullo que se gastan tales primas. - Pues, por eso nos marchamos ahora mismo para evitar molestias exclam altivamente Hercilia, ponindose de pie. - S. Nos vamos - aadi la pequea Celia levantndose tambin -. Advirtindote que no volveremos a esta casa mientras t y Ramiro no nos den una satisfaccin por el inaudito desaire que acaban de hacernos. Y diciendo esto, las dos hermanas salieron de la casa. Rosario las dej hacer y qued inmvil en su sitio, aunque con el rostro encendido por la desagradable impresin que le causaba el incidente, pero sin la menor intencin de detener a las que se marchaban.
Entretanto, Domy, despus de acallar su llanto, tom serenamente su decisin. Estaba convencida de que haba cometido el error de ir a esa casa confiando solamente en el cario de su buena amiga Rosario y, sobre todo, aferrndose una vez ms a la loca e imposible ilusin de poder pasar siquiera unas pocas horas ms de felicidad junto a su "chico". Antes de llegar a la inexorable encrucijada en que iban a tomar distintos rumbos ella y Ramiro, haba pretendido hacer un alto, robarle al tiempo unos instantes ms de venturoso idilio. No haba credo que el egosmo y la envidia de la sociedad se apresurara a castigar tan duramente su imprudencia. Convencida de todo eso, haba resuelto abandonar inmediatamente ese plano social elevado y dejarse caer en la gravitacin propia de su casta hasta la sima de la vida obscura y baja que le esperaba entre los suyos y en su hogar. Con presteza estaba recogiendo sus prendas y preparndolo todo
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para marcharse a su casa cuando entr Ramiro en la habitacin. Extraado de los manejos de la muchacha, djole el joven: - Qu te pasa, Domy? La muchacha, sin volver la cara, antes al contrario tratando de esconder el rostro de llanto de sus mejillas, le contest con voz dolorida: - No me pasa nada, Ramiro. - Entonces, para qu recoges tus cosas? - Para irme a casa. - Ahora mismo? - S. Ahora mismo. - Y por qu esa brusca determinacin, Domy? - Porque as conviene. Para ti y para m. El muchacho, optimista todava en la fe de su cario, puso en sus palabras una clida ternura para decir: - Convenirme a m que te vayas? Jams, Domy de mi alma! Convenirte a ti? Tampoco! T y yo no tenemos, no podemos tener ms que un solo y mutuo inters: nuestra felicidad. Y esa felicidad, a la que t y yo tenemos derecho por que somos jvenes, consiste en no separarnos, en estar muy juntos, as, querindonos. Al decir esto, Ramiro se le fue aproximando y tomndola de los brazos por la espalda, la atrajo contra su pecho. Domy tent en vano resistir a la fuerza cariosa de su amado, pero dobleg la cabeza sobre su pecho a fin de seguir escondiendo la dolorosa emocin de su rostro y los hilos de lgrimas que por l corran diluyendo su enorme pena. - Verdad que no te irs as, Domy? - S, s. Me voy. Porque ya no puedo engaarte ms, ni engaarme a m misma. - Pero, qu te ha pasado? Cuntame. - S. Te lo voy a contar. Te lo dir todo - y al decir esto se desasi de Ramiro y dndose vuelta se encar a su amado y merced a su esfuerzo de entereza lo mir cara a cara. Al verla as, bella, emocionada, con los hermosos ojos esmaltados por el llanto, Ramiro la sinti encantadora como jams la haba visto y tomando con ambas manos su deliciosa cara triguea le estamp cien besos en los labios jugosos y trmulos, dicindole con exaltado rapto de pasin: - Cuntame lo que desees, pero comienza dicindome que me amas. Que me amas como yo te quiero, como yo te idolatro. De los ojos de Domy, enceguecidos por un momento con aquel mpetu de su amado, se borr la realidad, y en un nuevo xtasis de iluso ensueo, su pobre alma, una vez ms aferrada a su felicidad, dict la frase encendida en vehemencias juveniles:
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- S, Ramiro. Yo te amo. Te amo porque eres mi primer amor. Te adoro porque sers el nico recuerdo que ha de alumbrar mi desventurada vida. - Me amas de veras? Me lo juras? - S. Te lo juro. Y un nuevo rapto enlaz las bocas enardecidas y sincroniz los corazones tan aceleradamente que buscaron la vlvula de un suspiro a do. Pero, otra vez, del fondo de esa dicha frentica brot en el alma de Domy la voz severa de la realidad. La muchacha fue apagando sus mpetus. El fro de la verdad haba hecho descender hasta el cero la temperatura pasional y, con palabras preadas de amargura y de escepticismo, empez su dolorosa confesin: - Escchame ahora, Ramiro. sta que vas a or es una tremenda verdad. Yo no soy la muchacha que t crees, digna de merecerte por su calidad social. Soy nada ms que una chola cualquiera. Mi padre es un carpintero y mi madre una frutera. El colegio donde me eduqu me dio una mentirosa ficcin que me permiti aparentar lo que no soy. Y t hermana, la buena Rosario, ha contribuido a que la apariencia sea completa concedindome su amistad y trayndome a esta casa hasta colocarme a la altura de tu amistad y de tu amor. Ya ves que fui muy mala engandote. Ya ves que ste tu cario, aunque correspondido por m sinceramente, no tiene el respaldo de una situacin social igual a la tuya, que pueda dar esperanza y base a nuestra felicidad. Lo nico que ahora me queda es irme a vivir entre los mos, a ser lo que debo ser, una vulgar cholita en la que t jams te dignars poner siquiera una mirada de curiosidad. Djame, pues, que me marche. Nos diremos adis para siempre. Y me ir de tu lado llena de gratitud porque dejars llevarme el delicioso recuerdo de este amor que hizo el milagro de darme una categora ante tus ojos y ante m misma, que me hizo soar en cosas muy bellas y que me concedi con tu cario una ilusin a la que jams tendr derecho. La contestacin de Domy tuvo para Ramiro una trascendencia tremenda. A medida que haba escuchado a la muchacha le pareci estar presenciando un horrible cataclismo, en medio del cual el hermoso edificio que l haba levantado con sus ms predilectos afanes, se desmoronaba irremisiblemente hasta quedar sumido entre las ruinas de una vorgine. La antigua seguridad de su dicha, la serena dulzura con que juzgaba haber alcanzado su ideal en el amor, haban desaparecido para dejarle presa de una temprana e incurable decepcin. La estancia que haca pocos momentos no ms acogiera el rumor de
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apasionados besos y de clidos juramentos de amor, haba quedado sumida en el silencio de un camposanto. Pareca que all haba muerto algo que nunca ms volvera a resucitar. Ese muerto fue el amor y su pesada lpida el silencio del decepcionado. Ramiro, inmvil y pensativo, con los ojos en el suelo, haba quedado embargado en sus penosas reflexiones. Entre tanto, Domy, con el estoicismo que le haba trasmitido su sacrificada revelacin, sigui haciendo sus preparativos para irse. Listos los bultos de su ropa, estaba ya ponindose el abrigo y el sombrero, cuando apareci en la puerta su amiga Rosario. El cuadro que sta hall ante sus ojos, tuvo, sin necesidad de escuchar una palabra, toda la suficiente elocuencia para demostrar lo que haba pasado. Al verla, Domy tom su equipaje y avanz hacia la puerta en la que su amiga estaba perpleja, mirando ora a Domy ora a su hermano y sin atreverse a decir nada. - Rosario querida - pronunci Domy lenta y penosamente -. Adis. Y, gracias con toda el alma por todo lo que has hecho por m. Luego, desde la puerta, sin volver siquiera la cabeza hacia el joven, exclam: - Adis, Ramiro. El joven no contest. Segua sordo y mudo para todo lo que en ese momento le rodeaba. Rosario, al notar el mutismo de su hermano, se dio cuenta de que todo estaba perdido para Domy. Sinti que aquella pobre muchacha, en el momento de partir, ya no tena en esa casa ms que la amistad de ella y se apresur a demostrrsela siquiera en el ltimo trance. Tom a su amiga en sus brazos, le dio un beso enlutado en un rictus de amargura y, sin decir ms, la dej franquear la puerta. Domy, pestaeando fuertemente para frustrar la cada de dos gruesas lgrimas que asomaron a sus ojos y que no poda enjugar por tener las manos ocupadas en llevar sus bultos, sali lentamente. Rosario, con el anhelo pendiente en la actitud de su hermano, esperaba que de un momento a otro, Ramiro, sacudiendo su inercia y su mutismo, correra a detener con un gesto o con un grito a la muchacha que se iba. Deseaba ntimamente que el amor impulsara al joven a saltar por encima de todos los convencionalismos y defender solamente su cario y felicidad. Esperaba a lo menos una frase de cariosa despedida, en gracia y homenaje a todo un idilio que as se truncaba.
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Pero nada de eso sucedi. Los pasos de Domy en el parquet del hall se perdieron; la puerta golpe al cerrarse hacia la calle, y Ramiro sigui inmvil. Al fin, el cario de la hermana, inquietado por la rara circunstancia, quiso ofrecerse como tierno y fraternal alivio para el mozo. - Ramiro! Hermano! Qu te pasa? El joven pareci resucitar lentamente al eco de esa voz familiar y cariosa. Sus ojos de pupilas perdidas en horizontes de desesperacin se fijaron en su hermana. Levant lentamente sus brazos hacia la muchacha; le rode el cuello, y como un nio que busca el regazo materno para llorar una pena prematura, le dijo tristemente: - Hermana! Por qu no me dijiste la verdad? - La verdad! - contest Rosario, acariciando con las manos la cabeza de Ramiro -. La verdad! Yo crea que la nica verdad que vala para ti era el amor! ...
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CAPTULO OCTAVO En la casita plebeya del arrabal paceo, doa Saturnina y Don Ciriaco se hallaban afanadsimos en los preparativos del "alferado" que en muy pocos das ms deban pasar. Pues, el ao anterior se haban "recibido de prestes" para celebrar la fiesta de la Virgen de los Remedios que se conmemora el tercer domingo de noviembre. El ser "preste", entre la clase popular de La Paz, constituye un envidiado honor, cuyo precio en derroches econmicos nada significa en comparacin con el prestigio social que apareja el costear y "pasar la fiesta" con el mayor rumbo posible tratando siempre de superar el programa del pasado ao. Los esposos Perales, poseedores de una regular fortuna se haban apresurado a comprometer su palabra de futuros "prestes" en la pasada celebracin, y como tradicional frmula de dicho compromiso haban llevado de la casa del anterior "preste" a la suya el "Nio Jess" sentado en su pequea silla de plata para ser guardado y venerado durante todo el ao y llevado, despus, en medio de una solemne procesin a la iglesia, el da de la gran misa de fiesta. Fuera del rango que deparaba el "pasar" aquel "alferado", para Doa Saturnina implicaba dicho compromiso el pago de una personal deuda de gratitud hacia la "mama de Remedios", porque al favor de esa milagrosa Virgen haba ocurrido muchos aos atrs para invocar de lo alto la proteccin que, segn su catlico criterio, necesitaba su idolatrada hija para hacerse una verdadera seorita. El da en que la chola deba ir a dejar a su pequea hija de ocho aos al internado haba mandado celebrar una misa especial a la Virgen de los Remedios. Arrodillada junto a su pequea Domitila or llena de fervor ante la imagen: - "Mamita de Remedios. A vos te entrego a mi chiquita". Si las polleras de su madre le han de perjudicar para que sea una seorita. Vos, Mama, tienes que ser su madre! Satisfechas su fe y su inquietud maternal con la plcida sonrisa que vio en la sagrada imagen, crey tener la certeza de haber sido escuchado su ruego. March contenta a dejar a su chiquita" al internado de la "Inmaculada", cuyo colegio era el de mayor distincin social que exista por aquellos tiempos en la ciudad. Para inmensa satisfaccin de Doa Saturnina, los doce aos que su hija pas en el internado cumplieron con creces su objeto. La plstica ndole de la nia se haba amoldado perfectamente a los hbitos, maneras y refinamientos de aquel medio educacional. Algo ms, la
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privilegiada inteligencia de la muchacha y esa natural ambicin de superacin intelectual que a menudo se presenta en los nios plebeyos le permitieron distinguirse por su aprovechamiento entre las mejores alumnas del establecimiento. Doa Saturnina, a travs de su arraigada creencia religiosa entenda que todos los xitos alcanzados por su hija en el colegio eran el milagro de la "mamita de Remedios". Por eso, precisamente, el mismo ao que Domy deba volver a su hogar, despus de terminados sus estudios, ella haba solicitado "pasar la tradicional fiesta de la Virgen de los Remedios como la mejor forma de saldar su cuenta de gratitud. Tal es la explicacin de por qu los esposos Perales se hallaban preparando con esmero y entusiasmo todos los detalles de la prxima fiesta. Toda esa semana, la casa de la prestigiosa frutera haba sufrido una substancial transformacin. Se haba comenzado por retirar hacia el ltimo desvn los cestos de fruta y todos los menesteres del negocio. Todas las habitaciones fueron prolijamente aseadas y convertidas en salas de recibo, para - lo que haban sido provistas de filas de sillas, sofaes, bancos y cuanto mueble pudiera servir de asiento para dar cabida y descanso a una numerosa concurrencia. El amplio cuarto, que antes fuera el depsito principal de la fruta que traan semanalmente los "caseros", haba convertdose en un grande y colmadsimo depsito de licores y comestibles. Docenas y ms docenas de botellas de cerveza, apiladas en la pared del fondo, formaban una especie de zcalo de ms de un metro de altura. En otro lado de la habitacin lucan su enorme y curvado vientre seis grandes barriles de chicha de Totora, oportunamente pedidos a Cochabamba. En el lado opuesto nuevas pilas de botellas de "pisco" y de vino continuaban el zcalo de las botellas de cerveza. En el centro de la estancia y sobre el suelo de tierra apisonada se hallaban torres de platos, vasos y montones de cubiertos y tazas, de los ms diversos colores, formas y calidades, vajilla mercenaria que para tales casos se acostumbra "fletar" de ciertos negociantes que se dedican a estos servicios. En lo alto de las paredes y sostenidas en gruesas "alcayatas" pendan ms de una docena de "desollados" de cerdo y cordero, rodeados de una nutrida escolta de embutidos, jamones, morcillas, salchichas y enormes quesos de paria. En suma, toda una dotacin de repostera popular, capaz de satisfacer y hacer las delicias gastronmicas y bquicas de un regimiento. En el corral del fondo de la casa, otrora destinado a los mulos y asnos en que los "caseros" del Ro Abajo traan la fruta "al por mayor" para Doa Saturnina, ahora se alojaban y cebaban pavos, patos, gallinas y
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conejos que por esos das gozaban la efmera dicha de una prdiga sobrealimentacin, para, dentro de brevsimo plazo, rendir el cuello ante el impiadoso cuchillo de los cocineros. El patio, limpio de basuras, telaraas y holln, estaba en trance de acicalarse con cadenetas de papel multicolor, faroles y banderines. En todos estos preparativos, Doa Saturnina y Don Ciriaco eran activamente colaborados por varias imillas y "yocallas" a quienes se encomendaba los trabajos elementales, mientras que los quehaceres ms serios eran concienzudamente realizados por los numerosos compadres, comadres y ahijados que haban sido convocados por los dueos de casa. Con el espritu de organizacin que Doa Saturnina haba ejercitado en los largos aos de trabajo y de comercio tena perfectamente determinadas y distribuidas las diferentes comisiones para la fiesta: la de cocina, la del servicio de la mesa, la de la msica, la de la ceremonia religiosa, la de las vsperas, la de los fuegos artificiales, etc., etc. Aquella tarde, despus de un da de inusitada actividad, Saturnina y su esposo se dieron unos momentos de tregua para tomar su cena que, como se acostumbra entre la gente plebeya, deban servirse antes de la cada de la noche. Terminado el yantar hecho de prisa, la chola, exhalando un suspiro de cansancio, exclam: - Ay, hay. Felizmente casi todo est ya hecho, ampe. - S. Satuca. Slo falta - respondi Ciriaco, arrellenndose en su viejo silln - saber cules orquestas han de venir a tocar en casa. Hasta ahora no han dicho nada las que hemos mandado a preguntar. - Por la plata han de estar viniendo no ms. Ms bien lo que ahora ms me preocupa es que quisiera que ya est aqu nuestra hija. - Eso no importa, Satuca. No ves que sus amiguitas se la han llevado a una casa distinguida? - Ay. Pero yo ya estoy desesperada de verla y de que est a nuestro lado, despus de tantos aos. O qu dices vos? - Pero, a ver, primero dime: quieres o no que la chica sea una verdadera seorita?, s, o no? - Claro, pues, que quiero. - Entonces, djala no ms, que se est con sus amiguitas. Quin sabe si est ms a su gusto ah, y que, ms bien, ya no le gusten estas fiestas que nosotros hacemos a nuestra manera. - Tienes tambin razn de eso. Pero, al fin y al cabo, somos, pues, sus padres, y, tarde que temprano, ha de tener no ms que venirse a vivir con nosotros. O qu te parece?
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- Francamente. Eso es un poco difcil de contestar. Cmo sern ahora sus gustos y sus intenciones? A lo mejor, ni siquiera le han de gustar los cuartitos que se lo hemos arreglado. Quedaron silenciosos los dos cholos al considerar el enigma que su propio cario paternal habales creado. En el fond, ambos sentan melancola por la ausencia y el despego de la hija. El mismo Ciriaco, a pesar de sus respuestas tolerantes en favor de la moza, senta grave nostalgia por el vaco que no se apresuraba a llenar la excolegiala. Despus de varios minutos de silencio, exclam Doa Saturnina: - De todas maneras, yo hubiera querido que venga, siquiera para or la misa de fiesta de pasado maana. Aunque sea lejos de nosotros, hincada en su reclinatorio, hubiera querido ese da que reciba la cera y el evangelio. - No te aflijas. Quien sabe venga para eso. - Ojala! Ciriaco. No ves que tiene que agradecerle a la Mamita de Remedios, por lo que la ha sacado as gentecita? - Deja no ms. La Virgen ha de estar haciendo el milagro de que venga, siquiera para su misa. - Tienes razn - contest resignadamente la chola, y, luego, mirando ansiosamente a la imagen representada en un cromo iluminado por un cirio sobre una cmoda de cedro ubicada junto a uno de los muros de la estancia, elev su fervorosa plegaria: Mamita de Remedios, haz, pues, que la "chica" se acuerde ya de nosotros y de Vos que tanto la has protegido!...
No haba an terminado Doa Saturnina de formular su ruego, cuando a la puerta de la casa par su motor un automvil de alquiler, y, luego, se sinti en el zagun un garboso taconeo que marcaba apresuradamente pasos de andar femenino. - Mam! Pap! - llam desde el patio una voz fresca y juvenil que hizo saltar a los dos cholos de su sitio. Una ola de emocionada ternura inund torrencialmente sus corazones. - Hija! ... Hijita!... - gritaron a porfa Ciriaco y Saturnina al mismo tiempo que salan corriendo a recibir a Domy. La presencia de la muchacha, su donaire, su silueta elegante, su cara bella y casi aristocrtica en la que se haban estilizado graciosamente los rasgos de la casta plebeya, en suma, la figura de Domy, fue para aquellos toscos e ignorantes padres una especie de glorioso deslumbramiento que los dej cegados y mudos. Al querer dar el abrazo a que les impulsaban sus ansias, se
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quedaron sin embargo cortados y detenidos por un poderoso sentimiento de respetuosa veneracin. Y, fue preciso. que Domy, ms desenvuelta y duea de s, diera los pasos para vencer la distancia a la que el reparo y la timidez de sus padres los haba amarrado. Los brazos d la muchacha buscaron uno despus de la otra a sus viejos. Y, as, vencido al fin ese ntimo obstculo se franque el emocionado trance de la entrada de la "seorita" a aqul su hogar plebeyo. Como en andas, triunfalmente, los dos viejos cholos condujeron la hija al departamento que le haban preparado. Al ser encendidas las luces, la muchacha recibi la ms grata sorpresa. Jams haba sospechado que sus padres, por mucho que fuera el cario que le profesaran, hubieran podido preparar y complementar aquellos elegantes cuartitos en una casa de tan tosco y primitivo conjunto. Embelesados los padres, contemplaron a su hija tomar posesin de su nuevo albergue. - Te gusta, hija? - le pregunt con ingenua alegra Doa Saturnina. - Mamacita. Tan lindo est todo que me parece la realidad del ms hermoso sueo. - Quin sabe hay algo que no te guste? - se atrevi a preguntar por su parte Don Ciriaco, en medio del embarazo que le causaba la palpable superioridad moral y espiritual de la hija. - No, pap. Todo est elegido y dispuesto con el gusto ms exquisito. Gracias, pap. Gracias, mamacita. Un nuevo abrazo, estrecho y efusivo fue el premio que los dos cholos recibieron en pago de sus desvelos. - Bueno, hija. Ahora quedate a tu gusto. Pon tus cosas en tu ropero. En tus cmodas tambin tienes la ropa que te lo hemos comprado. Nosotros vamos a ir a preparrtelo - la comida. Con tal pretexto salieron los padres a sus dominios de afuera a fin de libertarse de la presencia de la hija y de esas estancias en que se sentan cohibidos. Domy recorri las habitaciones. Examin detalle por detalle los muebles y adornos y acab por abandonarse en un muelle silln colocado ante la ventana enfarolada por la que penetraba el rumor de las gentes que transitaban por la calleja arrabalera. Mentalmente comenz la muchacha a reanudar el pasado con su presente. Ella que haba salido como en vergonzosa fuga de la casa de su amiga Rosario con la amargura de una virtual expulsin de un medio social que le estaba vedado, comenz a sentir desde aquel momento un alivio que no esperaba tan prximo. La seguridad de estar en su casa, junto a sus padres que, as, tan esmeradamente le haban preparado un sitio digno de sus hbitos y refinamientos le hizo
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columbrar con optimismo su porvenir. Claro que deba renunciar a sus antiguas amigas. Ella procurara hacerlo. Procurara buscar un nuevo sentido a su vida, con ocupaciones y distracciones adecuadas. Acariciar aspiraciones y anhelos tambin acordes con su nueva situacin. Todo ello le sera fcil desde su calidad de ama y seora, que sus padres con su actitud rendida, cariosa y humillada le haban hecho percibir. Todo sera fcil, pero... En medio de su seguridad y de su confianza, un dolorcillo, al principio tenue y cada vez ms agudo, le fue molestando-en el alma. Era su amor, su primer amor de colegiala, su ensoado idilio al que entregara su ilusionado corazn adolescente. Ese doloroso aviso le deca que ella podra renunciar a todo: ambiente, amigas, refinamientos; pero no al derecho de ser feliz con el hombre que le dej en el sabor de sus besos y en el eco de sus apasionadas palabras el embrujo de la felicidad. Su espritu juvenil, su emotividad femenina, su adolescencia toda se haban abierto como una flor al milagro de la primavera. Y esa primavera, para ella, tena un sol clido y cenital que fue Ramiro. Lejos de su luz y de su calor tema languidecer de nostalgia. Hubiera podido consolarse con un poco de despego, pero ni siquiera la actitud silenciosa que observ el hombre amado despus de la inolvidable confesin que ella le hizo le dieron pretexto para irritarse contra esa indiferencia que lleg hasta la crueldad. A pesar de haber salido de la casa de Ramiro sin tener siquiera el consuelo de escuchar de sus labios, de esos labios que la haban besado, una disculpa cualquiera, una palabra de generoso consuelo, ella, tan sin reserva se haba entregado a ese amor, que sigui querindole, a pesar de todo. - Dnde quieres que te lo sirvamos tu comida, hijita? - fue la cariosa pregunta de su madre que le sac de sus cavilaciones. - Donde usted quiera, mam. - "Usted", me has dicho? Hua! Por qu, pues, me usteas? Acaso a la madre se trata as? - contest con rpida e incontenible reaccin la chola, herida en lo ms profundo de su maternal afecto. - Disclpame, mam. Te tratar como t quieras - respondi comedidamente la muchacha. Pero, no dej de sentir en ese instante la fuerza de dos verdades interiores: la primera, que aquel "usted" le haba salido de los labios espontneamente y en lgica conformidad con la diferencia espiritual que exista entre ella y los suyos, y, segunda, que la disculpa que estaba dando en ese momento no era muy sincera. - Claro, pues, hijita. Que les digas "usted" a esas seoritas encopetadas, entre las que te has estado hasta ahora, ser, pues, de
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moda o de urbanidad, como dicen; pero, cmo pues vas a tratar lo mismo a tu madre?. A ver, dime? - S, mam. Tienes mucha razn. Ha sido nada ms que la costumbre de estar entre otras gentes. Y, luego de decir esto sinti un nuevo escozor en la conciencia, puesto que, ella lo saba muy bien, la intimidad del colegio le haba hecho, ms bien, emplear un tratamiento ms ntimo con sus condiscpulas. - Bueno. Te lo he de servir en nuestro cuarto o te lo traigo aqu no ms Vieras, como adivina, hoy da he hecho cocinar una "huarijatita" bien rica, ampe! - Prefiero ir al comedor, mam. - Comedor, has dicho? - demand desolada Doa Saturnina-. Nunca hemos tenido esa clase de cuarto. Yo he almorzado siempre en mi "puesto" de la recova; tu padre almorzaba tambin en su mismo taller. Ahora en las tardes, tu padre y yo comemos en nuestra "dormida" no ms, antes de que se oscurezca. Aun ahora mismo, ya hemos comido nosotros. Call Domy y pens rpidamente en que la obra de su readaptacin al ambiente de marras le ira exigiendo una serie de renunciamientos y molestosas dificultades. Su madre ms sencilla y primitiva en la manera de encarar y resolver las cosas, acab por salir del paso con toda naturalidad: - Mir. En esta mesita te lo servir. Aqu vas a comer a tu gusto y seal la elegante y laqueada mesita central del living - room. - Est bien, mam. Desde la puerta llam Doa Saturnina a la sirvienta y sta lleg a poco. Era una india sucia y desgreada que entr con todo lo necesario para la comida. Sobre la mesilla de laca fueron colocados el plato y los cubiertos. La "huarjjata", colmando el plato, humeante, con sus trozos de carne de cabeza de cerdo, chuos, tuntas y grandes papas, estaba prdigamente rociada de una salsa de aj colorado y especias de la que se desprenda una pronunciadsimo olor a cocina popular. - Servite no ms, hija. Si quieres ms te has de sacar de esta olla. Al decir esto, orden a la india que depositara la olla de barro, tiznada y pringosa sobre el encerado y reluciente piso de la habitacin. - Ahorita te lo he traer tu postre y tu caf - Aadi Doa Saturnina y sali. Al irse la chola lo hizo ya con cierto garbo, porque en esa circunstancia se senta estar en lo suyo; por eso, al comps de su andar imprimi un cadencioso balanceo a sus polleras. Domy, un poco azorada y otro poco regocijada, se aproxim a la
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mesa, dispuesta a iniciar la reeducacin de su paladar con ese plato tan predilecto y tan tpico de las gentes de su casta. Pero, mientras coma esforzadamente tratando de hallar el gusto a la vianda y de hacer honor a la culinaria casera, pudo darse cuenta de que el aroma que exhalaba el picante potaje no armonizaba con el suave perfume de sus ropas y de su propia persona.
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CAPITULO NOVENO - No quieres siempre ir a las "vsperas"? - entr diciendo Doa Saturnina en el cuarto de Domy. - No, mamacita. Por favor. Ya te lo dije esta maana. Acaso me hubiera animado nada ms que por acompaarte, pero me duele tanto la cabeza que podra ponerme peor si salgo de noche. Verdad que me disculpas, mamacita? - Ay, hija. Entonces, si ests enferma cudate no ms. Y, yo que he estado consentida en que ibas a ir conmigo! .. . Si vieras cmo ha de ser la fiesta! Hemos contratado dos bandas. Hemos de quemar seis docenas de fuegos artificiales, globos, y camaretas. Ha de haber hasta combate entre buques de guerra y todo. Despus hemos de invitar ponches de toda clase. Los vamos a dejar boquiabiertos a los "prestes" del ao pasado. - Te felicito, mam. Ojal que todo les salga muy bien. - Vaya, pues, hija. Cudate no ms y acostate temprano para que maana amanezcas bien y puedas ir a la misa de fiesta. Eso s, que a la misa no tienes que faltar! Si no, es capaz de castigarte la Mamita de Remedios. - Oh, s, mam. Voy a ir maana a la iglesia. Te lo prometo contest Domy al tiempo que su madre sala a dirigir la complicada y regocijante celebracin de las tradicionales "vsperas" en la puerta del templo y tal como se acostumbra en las fiestas religiosas a cargo del pueblo. La muchacha se qued sola en sus habitaciones y no tardaron en embargarle sus serias preocupaciones. Durante todo ese da haba presenciado desde el corredor de su departamentito los trajines preparatorios y dems actividades y pormenores que se realizaban para la famosa fiesta. El zagun, el patio y todas las dependencias de la casa haban sido teatro de una inusitada actividad. Cholas que entraban y salan cumpliendo encargos y comisiones; indgenas que traan elementos necesarios; obreros que instalaban centenares de bombillas de luz elctrica en hileras cruzadas desde uno a otro frente del patio; otros que decoraban las paredes con faroles, banderines y cadenetas de papel. En fin, todo un laborioso cuadro de actividad y de afanes que haban concluido por transformar la casa en un teatro digno de una fiesta plebeya de extraordinaria solemnidad y magnificencia. En medio de todo ese barullo, solamente el altillo destinado a Domy haba sido respetado. Por disposicin expresa de los padres de la muchacha nadie haba osado subir al corredor ni menos colocar all adornos como en todo el resto del edificio.
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Domy, acodada en la baranda de su corredor, haba contemplado todos esos trabajos, ms con curiosidad que con entusiasmo. Todo eso que, siendo pequeita le hubiera llenado de alegra, ahora apenas le despertaba una fra expectacin. Su mentalidad era tan ajena a esas preocupaciones, se senta en lo ntimo tan distante de todas esas gentes que, despus de bostezar con aburrimiento, prefiri retirarse a sus habitaciones. Cerr las puertas para aislarse de ese mundo inspido para su mentalidad y sintonizando una estacin de radio extranjera, desde un cmodo silln se dedic a escuchar la msica extica. Poco a poco fue abstrayndose hasta lograr la grata ficcin de estar en un mundo muy diferente al que poda procurarle la realidad de ese rincn arrabalero.
Entretanto all, junto al prtico de la iglesia, llegaba la comitiva presidida por Doa Saturnina y su esposo para dar comienzo a la tpica celebracin de las "vsperas", algo as como el aperitivo con que en nuestra tierra se acostumbra iniciar el nutrido programa de una solemne fiesta religiosa. Las "vsperas" en la fiesta de homenaje a un santo patrono, es algo as como la "serenata" o el "gallo" con que antiguamente se sola saludar, durante la noche y al pie de la ventana o en el zagun, a la persona que cumpla aos al da siguiente. As como los "serenateros", provistos de una charanga, cohetes, calderas de ponche, o, por lo menos, unas botellas de mistelas o pisco de uva, alborotaban bruscamente el cotarro a hora avanzada de la noche, con los estampidos de plvora, la ininterrumpida ejecucin de un variado repertorio de msica adecuada, acompaada de cantos y gorjeos ms o menos soportables, interrumpiendo el sueo no solamente del festejado y de su familia sino tambin de todo el vecindario, as las "vsperas" constituyen una especie de "gallo" o serenata que los "prestes" y sus amistades ofrecen al santo cuya fiesta se ha de celebrar al siguiente da. La diferencia consiste en que las "vsperas" se inician mucho ms temprano, a las siete u ocho de la noche, con el objeto de que la suntuosidad de la celebracin sea apreciada cmodamente por todas las gentes del barrio, los transentes y una gran multitud de curiosos que concurren de los barrios ms alejados, y que para estas ocasiones se dan cita y se establecen desde tiempo antes para lograr un buen sitio y esperar pacientemente el comienzo y el desarrollo del programa . Las ventanas, las puertas, los bordes de las aceras, el enverjado y las aradas y columnas del atrio del templo y todo
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lugar susceptible de ubicacin para los curiosos son invadidos por la multitud. Cholas carnadas de sus guaguas que dormitan en la espalda materna; indgenas embozados en sus ponchos de lana; indias arrebujadas en sus rebozos de "castilla"; seoras beatas de mantn reforzado con una gruesa manta para abrigarse del fro de la noche; chiquillos y "gualaychos'", reunidos en palomillas y que son los ms impacientes por deleitarse con los fuegos artificiales. Son precisamente los "gualaychos", la infancia brava del pueblo, los que inician el bullicio con su alegra prematura, amenizando la larga espera de la multitud con sus correras y travesuras. As, por ejemplo, reunidos en una larga fila, precedida por un capataz, el ms atrevido y travieso de los chiquillos, van pasando sigilosamente por detrs de las filas de indios, indias v cholas que se han sentado en los bordes de la acera, formando "una seguidilla rpida", a imitacin del lder de la palomilla, van echando al suelo todos los sombreros de los despreocupados asistentes, y celebrando su hazaa con carcajadas de burla y algazara de gritos que ahogan las protestas y los insultos de las vctimas. Como un inevitable complemento a esta clase de fiestas, se establecen al borde de la vereda o junio a las puertas de calle prximas al templo las "poncheras", "dulceras", y "pasteleras". stas son indias o cholas que se acoplan a estas reuniones populares para hacer su pequeo comercio y proveer de golosinas y bebidas calientes a las gentes del pblico que no han de llegar a recibir la atencin y agasajos de los "prestes". Provistas de una mesilla tosca sobre la que se coloca una medrada vajilla para servir a los clientes, las vendedoras de ponche y las pasteleras tienen a su lado un braserillo con carbn vegetal sobre cuya lumbre hierve, ora el caldero de ponche, ora la paila donde se fren, despidiendo pronunciado olor a sebo, los pastelillos de ordinario y sucio hojaldre con mdula de carne, queso y mermelada. Las "dulceras" o "chchamueras" disponen sobre su mesilla el surtido de dulces de la mejor manera para incitar los sentidos de la gente: los "ancucos" de color miel y con berrugas de man, las "melcochas" con nudos de nueces y almendras, los "cigarritos de dulce" liados de a cuatro mediante una faja de papel, las "cocadas" y las "bolas de dulce", que los chiquillos miran con antojo a la luz de una vela de estearina protegida del viento de la calle por un cilindro de papel de "biscochuelo `. Otra de las caractersticas de estas fiestas es el aderezo de que son objeto las torres y portadas de los templos. En las primeras se colocan apiados haces de banderitas de lanilla prendidas en astas de
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carrizo con la extremidad superior empenachada con cucardas de papel picado, ramajes de retama, aguayos y "taxis", extendidos sobre los que penden frutas de la estacin y vajilla de plata antigua. En los segundos, se colocan complicados prticos de hoja de lata calada y dorada, construidos de acuerdo a la ms abirragada complicacin de estilos, plateresco, gtico, griego, arabesco, etc., exornados de banderas, cortinajes, figuras aladas, dragones, sirenas y cuanta forma nudo haber salido de la imaginacin de los maestros pintores, hojalateros, bordadores y esa serie de artistas autodidactas que son los que preparan toda esa suntuosidad de quincalla para "fletarla" a los "prestes" en tales oportunidades. Finalmente, para poner en evidencia ante el pblico y hacer visibles todos los detalles y suntuosidad de la celebracin, nunca se deja de instalar en una gran parte de la cuadra a que corresponde la fachada del templo numerosas hileras de ampolletas de luz elctrica que van desde uno al otro frente de los edificios que limitan la calle. Por ltimo, la propia fachada de la iglesia es profusamente decorada "a giorno" con estrellas, crculos y franjas de focos de colores. Toda esa profusin de bombillas elctricas difunde en el lugar de la fiesta una claridad tan intensa que contrasta con la menguada iluminacin nocturna del resto de la ciudad.
En un lugar preparado para estas reuniones genricas, tal como acabamos de describir, se hallaban Doa Saturnina y Don Ciriaco y su numeroso crculo de amistades e invitados para dar comienzo a las "vsperas" del da de la Virgen de los Remedios. El templo permaneca con la puerta cerrada, pero los festejantes se haban instalado en el atrio. Hacia el lado izquierdo se hallaban las dos bandas de msica contratadas por los "prestes" y que deban alternar en la ejecucin de su repertorio eminentemente popular. En el otro lado del atrio se haba instalado un improvisado bar para atender a los invitados durante toda la duracin de la fiesta de esta noche, a cargo de la servidumbre necesaria. En la parte central los prestes e invitados formando un amplio semicrculo ocupaban sus respectivos asientos. Junto a la reja del atrio estaban hacinados los fuegos artificiales que deban ser encendidos uno despus de otro en las prtigas plantadas en el centro de la calle, en frente de la puerta del templo. Al principio reinaba entre los convidados - una treintena de cholas y otra de obreros, esposos o parientes de las anteriores - la ms rgida compostura. Las cholas y las cholitas, embozadas en sus mantas y
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sentadas nada ms que en el borde de los asientos, permanecan serias y en silencio, observndose mutuamente. Los hombres, menos cohibidos por esa incmoda y artificial reserva con que casi siempre se inician estas reuniones plebeyas y que dura hasta que el licor ha conseguido soltar la lengua y la espontaneidad de las gentes, se haban reunido en grupos de los ms ntimos para comentar entre cuchicheos las impresiones y los augurios. Los viejos lanzaban de cuando en cuando una mirada de soslayo hacia el rincn donde se preparaban los aromticos "ponches"; a su vez los muchachos solteros hacan lo mismo pero en la direccin donde estaban sentadas las cholitas. Doa Saturnina, considerando llegada ya la hora de dar comienzo a la fiesta, luego de una breve consulta con su esposo, orden a una de las bandas: - A ver, maestro. Toque usted, pues, su msica. Luego dirigindose a dos mozalbetes de la servidumbre, les indic: - Hagan reventar los cohetillos. La banda atac briosamente un manido paso doble, al mismo tiempo que un estruendo de cohetes difunda sus fugaces chispas, el crepitar de sus explosiones y un nebuloso olor a plvora. Otros servidores, listos para cumplir su respetuoso cometido, a una seal de Don Ciriaco, comenzaron a lanzar al espacio una serie de bombas de luces de Bengala, "coronitas" y "buscapiques" que formaron en el espacio una efmera eflorescencia de luces multicolores. Lo que ms agradaba a la concurrencia y sobre todo a los chiquillos eran las bombas de luz. Palmoteando y con la cara desbordante de infantil alegra, vean ascender la bomba con un sonido semejante al violento y prolongado rasgarse de un fuerte lienzo y que, despus de haber llegado al mximo de su impulsin, estallaba con un ruido poderoso y se abra como un mgico cofre de piedras preciosas sobre el cielo de alquitrn para descender, luego, en fulgurantes gemas de rubes, esmeraldas, amatistas, topacios y diamantes. Muchas manos de mozuelos que haban sentido el embrujo de esa magia luminosa, se extendan para conquistar una de esas chispas de luz que caan del cielo; el empeo era intil porque stas se apagaban antes de caer, burlando la ilusionada ansia y la ingenua ambicin de los chicuelos. Otra orden breve y elocuente de los "prestes", y en seguida otros sirvientes hicieron circular entre el grupo, que podramos llamar "oficial", unos aromticos y humeantes ponches de guinda. Este primer turno fue bebido por los concurrentes a brevsimos tragos y en fuerza de reiteradas invitaciones e incitativas de los anfitriones que se
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esmeraban, por su parte, en atenciones y cumplidos, sin lograr que fueran terminadas las tazas de la bebida. Se dira que todos los hombres y mujeres - que se haban reunido all eran una cuidadosa seleccin de parqusimos bebedores o, acaso, gentes abstemias que beban contra su hbito antialcohlico, slo por satisfacer las exigencias de los prestes". Ordense luego encender los primeros fuegos artificiales que ya estaban sujetos en lo alto de sus respectivas prtigas. Semejaron stos, rboles, fuentes y cascadas de fuego y de luz que, girando, formaban bellsimas combinaciones de colores y matices y que arrojaban hacia los costados una lluvia de chispas, rosarios y haces de fuego. Los chiquillos, como si se sintieran incitados a probar su incombustibilidad, pasaban corriendo bajo esa lluvia fantstica y, orgullosos de haberla soportado sin chamuscaduras, volvan una y otra vez a repetir su hazaa. Terminada la primera pieza musical, asumi su turno la otra banda que pareca esforzarse en batir el rcord de potencialidad sonora. Sus msicos, a base de estupendos esfuerzos pulmonares hacan sonar estruendosamente sus respectivos instrumentos. Un segundo turno de ponches, esta vez de leche y almendras, fue ofrecido a los invitados. A la sazn, los primeros ponches, bastante "cargaditos", haban logrado elevar un tanto la temperatura y disminuir la parsimonia de los bebedodores y bebedoras. Por esto los tragos fueron ms largos y se necesitaron menos insinuaciones de parte de los anfitriones. El tercer turno rindi toda su eficacia. Las tacitas del brebaje fueron apuradas ya sin miramientos; surgi la espontaneidad y se expandi sin trabas la ms cordial sociabilidad. Las voces y las conversaciones se alzaron hasta dominar casi el ruido de la msica. Los gestos y la mmica se hicieron ms elocuentes y expresivos. - Ay, comadre Satuca. Su fiesta s que est linda! - exclam una chola, aproximndose con zalamera actitud a Doa Saturnina. - Ya hubieran querido los prestes del ao pasado "pasar as, como usted, su fiesta! - aadi otra chola; - Ay, Doa esto... No diga usted eso. Cuidado que le oiga la Melitona. Si est, pues, allacito - le respondi con gesto prudente Doa Saturnina, sealando a otra chola que se hallaba a poca distancia, entre un grupo de concurrentes. - Lo cierto es lo cierto no ms, Doa Satuca. O no es as? Y si me oye, claro ha de estar siendo! - contest la chola con actitud de reto. -Chiiiiit, Doa Emerenciana. Cllese usted no ms. No me vaya
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usted a proporcionar un disgusto. Ms bien tome usted otra tacita de ponche. Acallada la belicosidad de la amiga con una nueva dosis de ponche, Doa Saturnina fue a dar nuevas rdenes y a supervigilar los diferentes menesteres y detalles del programa. Las dos bandas de msica, empeadas en franca competencia, fueron alternando porfiadamente en la ejecucin de su repertorio. Los fuegos artificiales, encendidos con breves intervalos, mantuvieron la distraccin y la alegra del pblico congregado en la calle. Algunos de los "buscapiques", remisos para buscar la altura, torciendo su trayectoria, zigzaguearon por el suelo, atacando los pies y las polleras de los concurrentes, obligando a stos a dar saltos y a realizar giles contorsiones y quites para evitar las quemaduras del travieso cohete, que pareca empeado en retozar, abriendo surcos entre la apiada multitud. Las coronitas de luz artificial ascendan girando por el espacio como hlices desprendidas o como un aro refulgente que un gigante hubiera arrojado al cielo para engancharlo en el clavo luminoso de una estrella. Mientras tanto, como un crculo privilegiado, en medio de esa muchedumbre que slo tena el derecho de mirar el espectculo, el grupo de invitados en el atrio era esmeradamente atendido con ms y ms turnos de ponche. Las caloras del brebaje haban logrado realizar su mximo efecto. Hasta los msicos tenan ya de sobra entre pecho y espalda y por eso haban comenzado a desafinar de lo lindo. Pero nadie paraba mientes en tales desaguisados, porque tambin los concurrentes, fuera de haber perdido lo escaso de discernimiento musical que hubieran podido tener, estaban enzarzados en sus charlas y disputas sostenidas con voces destempladas. Como uno de los ltimos y sensacionales nmeros destinados a la diversin del pblico de la calle, se efectu un combate naval entre dos embarcaciones construidas con fuegos de Bengala. Colocadas frente a frente, a distancia de unos cien pasos, los dos barcos de guerra simulados sobre un armazn de madera cubierto de papel de color, con sus bateras amenazadoras que enseaban sus caones a todo lo largo de su borda, con sus palos y chimeneas de carrizo empavesados con banderitas, comenzaron al mismo tiempo el duelo, cambiando proyectiles de luces de Bengala. La mayor parte de los disparos iban a caer entre la multitud, pero, cuando alguno de ellos daba en blanco contra el buque adversario, el caso se celebraba con aclamaciones de la parte del pblico que haba tomado partido en el barco que acertaba la puntera. El combate
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duraba ya unos diez minutos y los adversarios parecan no haber agotado an las reservas de su Santabrbara. Es costumbre declarar el triunfo del barco que siguiera disparando an, cuando ya el otro haba quedado en silencio. Despus de los ltimos disparos del buque vencedor, la multitud comenz a disgregarse, tomando diferentes direcciones, camino a sus hogares. Dentro del atrio tambin la reunin de los prestes y sus invitados haba llegado a su etapa de decadencia. Unos invitados dorman bajo los efectos de las nutridas libaciones; otros, cantaban, desentonando cmicamente, el estribillo de una cancin popular; finalmente, otros, todava dinmicos en medio de su embriaguez, tomaban al azar una pareja y trataban de bailar, obligando a su cholita a seguir con torpes e indecisos pasos la danza mientras con una mano se preocupaban de levantar sobre sus hombros la manta que arrastraba por el suelo. Y las bandas, convertidas ya en un solo y minsculo grupo constituido por los tres o cuatro sobrevivientes que superndose a la beodez con la fuerza milagrosa de su subconsciente, seguan soplanado sus instrumentos frenticamente y produciendo un zafarrancho tal que lo mismo pareca una murga de manicomio que el furioso entrenamiento de las trompetas del juicio final. Al mediar la noche; Doa Saturnina y Don Ciriaco, a la zaga de los ltimos invitados que se retiraban de la fiesta, se recogieron a su casa a lo largo de las desiertas calles de la ciudad. Del brazo, tambaleantes ambos, se esforzaban en auxiliarse mutuamente en los momentos en que el otro consorte daba un traspi e iba a perder el equilibrio. - Aprate, Ciriaco. Tenemos que ir a dormir apurados para levantarnos temprano para la misa. - Pero si yo te estoy arrastrando a vos, hija. Y as, bajo la inquietud de la compleja responsabilidad de la fiesta del siguiente da, los esposos Perales llegaron a su casa a reparar los perturbadores efectos de, las "vsperas".
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CAPTULO DCIMO La misa de fiesta del da siguiente fue la ms tpica demostracin del innegable rango de los "prestes". A la hora conveniente, desde la casa de los Perales parti la comitiva, organizada a la manera tradicional. Ms de un centenar de cholas y cholitas, luciendo sus ms vistosos y coloridos trajes, formaban el cortejo de los "prestes". A la cabeza iba Doa Saturnina, vistiendo una riqusima y flamante pollera de gros mordor floreado, botas de "caa alta" de cabritilla plateada, chal de seda color crema y una magnfica manta sevillana de seda granate con bordados y flecaduras negras; la cabeza esmeradamente peinada con el cabello dividido en impecable raya y compartido luego hacia abajo en dos gruesas trenzas que se perdan en la espalda, bajo la manta. El chal estaba sujeto y prendido al pecho con un riqusimo prendedor de topacio con radios de perlas. En las orejas luca dos pendientes o "carabanas" de oro macizo exornadas de diamantes, y en los dedos de ambas manos, casi una docena de anillos de oro, con rubes inmensos, diamantes y esmeraldas. En las manos sostena un pequeo Nio "cuzqueo", sentado en una silla de plata labrada, de media vara de altura, cuyo respaldo descansaba sobre el pecho de la chola. El Nio tena un traje de seda rosa, recamado de bordados de oro y un precioso collar de diminutas perlas; en una mano sostena un pequeo Mundo de plata en cuyo polo norte tena una cruz de filigrana; en la cabeza, un sombrerito, o mejor dicho un casquete de plata, muy semejante por su forma a los sombreros que usan las mujeres de la clase popular. A pesar del peso que representaba el Nio con su silla, Doa Saturnina caminaba erguida, duplicando su natural gordura con la hinchazn de su orgullo, y con aire y paso tan solemnes que le hubiera envidiado un arzobispo en -procesin de Corpus. A uno y otro lado de la "preste", y completando una amplia fila que ocupaba todo el ancho de la calzada de la calle, iban otras cholas de sealada categora y de no menos lujoso atavo que Doa Saturnina, aunque s luciendo cada una las ms variadas combinaciones y contrastes de colores entre las polleras, mantas, chales y calzado. A esta primera fila seguan otras hasta ocupar todo el largo de la cuadra, filas que parecan automticamente militarizadas y que competan en lujo y colorido con las que las precedan . Todas ellas llevaban el sombrero de paja esmaltado o el "borsalino" en una mano, mientras en la otra sostenan unos pebeteros de plata
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en forma de un pequeo pavo real de unos dos palmos de alto. El vientre de estos pavos, destapado en la parte superior, o sea de la cabeza y parte del plumaje, que estaban doblados hacia abajo mediante una bisagra, serva para contener una pequea lumbre de trozos de carbn vegetal mantenida a fuerza de constantes soplidos de las cholas. A pequeos intervalos arrojaban sobre esa lumbre porciones de incienso que convirtindose en aromtico humo se difunda por el mbito impulsado por la brisa de la maana. Ciento y ms pebeteros, conducidos y alimentados as, formaban en torno de la pintoresca comitiva una atmsfera propia de una gran festividad religiosa. Los hombres, esposos, padres, hermanos o hijos de las sahumadoras, viendo por la seriedad y reserva que, segn ellos, deba corresponder a su sexo, en contraste con la aparatosa exhibicin de sus hembras, haban desdeado el centro de la calle para marchar por la vereda y a cierta distancia del conjunto femenino. En filas de tres o cuatro, formaban una larga columna. Vestan sus mejores trajes domingueros para estar en igual rango que las mujeres. Una banda de msicos marchaba en seguida, tocando una marcha militar cuyos sones daban cierto sabor de fiesta cvica a la tpica procesin.
A considerable distancia de toda esa comitiva, que engrosaba a medida que atravesaba por las calles, y, dejando avanzar a los fieles que iban a or la misa de fiesta y a los curiosos que espontneamente se sumaban al cortejo de los "prestes", caminaba Domy, sola y cuidando de no aminorar la distancia con la muchedumbre . La muchacha iba elegantemente vestida, luca un riqusimo tapado de nutria; sus manos enguantadas en fino previl, sostenan un pequeo libro de misa con tapas de ncar y un hermoso rosario de perlas con cruz de oro. Al aproximarse la comitiva al templo, las campanas de la torre, taidas con empeo, lanzaron sobre el barrio el alegre son del "tercer repique". En la puerta misma de la iglesia una salva de cohetes anunci la llegada de los "prestes". Adentro, la inmensa nave de la iglesia, como en el da de su ms solemne fiesta, esperaba acicalada de paramentos esmeradamente bruidos y relucientes, profusin de flores y constelaciones de luces y de cirios. Desde lo alto del coro, el rgano, acompaado de una docena de instrumentos de orquesta, inici la marcha de Tanhauser.
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La "preste" avanz hasta la primera grada del presbiterio, adonde acudieron comedidos los sacristanes en traje de ceremonias para recibir al Nio de la silla y llevarlo respetuosamente al altar mayor, en el que se iba a oficiar la misa. Luego, Doa Saturnina y su esposo retrocedieron unos pasos para ocupar dos de los tres reclinatorios que se haban preparado especialmente para los prestes, tal como siempre se acostumbra, segn el tradicional privilegio que la iglesia concede a los que pagan la misa. La chola ocup el puesto de la derecha y Don Ciriaco el de la izquierda. El del centro estaba reservado para la hija. As toda la familia ocupara el sitio de honor durante la ceremonia. Los dems concurrentes se instalaron en el espacio que qued atrs: Pusieron en el suelo sus zahumerios. Al inclinarse extendieron diestramente el vuelo de su amplias polleras v se arrodillaron sobre el mismo suelo, alfombrado en aquella ocasin como homenaje a la fiesta mayor. Dejaron tambin el sombrero en tierra y, una vez libres las dos manos, tomaron con ellas los dos extremos de la manta, y se la echa ron sobre la cabeza a manera de un velo monjil, y cada vez que la prenda resbalaba hacia la espalda la volvan a elevar con un garboso tirn hasta que el borde superior. llegara a la altura de la frente. Este afn de resbalar la manta y volver a ponerla en su sitio, ocup a las cholas durante toda la misa, en forma intermitente, de suerte que visto el efecto desde el fondo posterior del recinto, daba la impresin de un oleaje que rompa aqu y luego all la lnea formada por el horizonte de mantas y de cabezas. Los varones ocuparon en nutrido conjunto las filas de bancos que estaban situadas en la mitad posterior del templo. Arrodillados sobre sus pauelos de bolsillo procuraban no daar mucho la esforzada rave de sus pantalones domingueros. Transcurridos ya algunos minutos, entr Domy en la iglesia. Si por ella hubiera sido se habra contentado con ocupar un sitio en el ltimo banco junto a la puerta; pero les tena prometido a sus padres or junto a ellos la misa. As pues, avanz con cierto embarazo por entre las filas de cholas que con el ruedo de sus polleras apenas haban dejado sitio escaso para que pusiera cuidadosamente los pies quien tratara de caminar entre ellas. A medida que avanzaba la muchacha se le iba haciendo ms difcil seguir adelante, porque la densidad de poblacin aumentaba a medida que el terreno estaba ms cerca del altar mayor. Al haber conseguido llegar trabajosamente a cierto sitio, se qued dudando y con el propsito, acaso, de volverse atrs. A la sazn,
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Doa Saturnina, que estaba impaciente por la tardanza de su hija, en una de las muchas veces que volte la cabeza para buscarla, alcanz a divisarla. Al instante se puso de pie y con grandes aspavientos y un nada disimulado gesto de orgullo, comenz a llamar a su hila con vehementes seales y hasta a voces. Al ver tal actitud de la "preste", las cholas que bloqueaban el camino de Domy volvieron la cabeza para mirar a quin llamaba tan afanosamente Doa Saturnina. Prestamente y con acentuado comedimiento le abrieron campo para que avanzara, pero, cuando la joven terminaba de pasar junto a ellas, unas la miraron con extraeza y hasta con ese callado desdn con que las mujeres plebeyas asumen cuando se encuentran en su propio terreno con las damas elegantes; otras, mejor informadas de quin era, la contemplaban con ms tolerancia y comprensin, acabando por cuchichear entre vecinas: - Choy. sa creo que es, pues, la hija de Doa Saturnina. A lo que la aludida responda: - sa debe ser, no? Otra, deca a las que estaban a su lado: - Elay. Mrala a la hija de la preste. Tan elegante, j! - Velay, pues. Si parece un figurn de modas. Una tercera comentaba: - Ay, Jess! Esta Saturnina hace con demasiado con su hija. Mir, pues, tanto lujo! - Qu tal orgullosa ser, pues, esta emperifollada! Una chola ms generosa intervena: - Pero, buena moza no ms tambin es, no? - S. Pero quin creyera que sta es hija de una chola como nosotras! - Lo que es la Saturnina - comentaba otra de las prximas al grupo - van a ver no ms Ia que se ha de sacar por estar haciendo esas sonceras con su hija. Se ha de buscar un verdugo con esa clase de "cholita entrajada". Se han de acordar no ms! - Tiene usted razn, doa Esto. Lo que es, si yo tuviera hijitas mujeres, igualito que yo las vistiera. Qu es, pues, eso de estarlas refinando tanto! - Ay, no, Doa Juana. Todas debemos aspirar para nuestras hijas. Las cholitas estaban bien para nuestros tiempos. Ahora hay que vestirlas no ms siquiera de "virlochitas". As tienen mejor suerte. No ha visto usted que hasta los indios han cosido la partidura de su calzn y ahora parecen caballeros? - As ser, pues, la moda de ahora. Pero mamay, con eso y todo es mejor estar "a la que te criaste" no ms.
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As, Domy avanz entre murmullos y comentarios ms o menos parecidos hasta el sitio que sus padres le tenan reservado. Pidiendo disculpas a unas, pisando la manta de otras, con el rostro arrebolado por las dificultades para evitar tropezones y mantener el equilibrio sobre sus lindos pies, esmeradamente calzados en flamantes zapatillas de ltimo modelo, y recogiendo el vuelo inferior de su tapado de pieles, lleg por fin junto a sus padres. - Ven, hija. Hncate aqu, al medio - le dijo su madre,, indicndole el reclinatorio central. Obedeci la muchacha sin decir palabra y trat de dominar interiormente la incomodidad que le causaba esa curiosa situacin, de estar como un lunar en medio de esa masa plebeya tan ajena a ella. A poco, aparecieron dos monaguillos trayendo tres cirios encendidos de ms de un metro de largo y adornados en la parte media con un sendo ramo de flores de oropel y una moa de cinta. Segn la usanza, esos cirios deban tenerlos en la mano los "prestes" durante la misa de fiesta, como un reconocimiento de su importancia en medio de los dems fieles oyentes. Los tomaron, pues, Doa Saturnina, el esposo y la hija. Pocos momentos despus subieron al altar los sacerdotes oficiantes. stos eran tres. Se trataba de una misa cantada y diaconada. El celebrante principal luca una blanca casulla ricamente bordada de oro y pedrera y los dos diconos vestan dalmticas del mismo color y elegancia. Se inici la misa a los acordes del Kyrie Leison, cantado a tres voces desde el coro. En un movimiento general y unnime, todos los concurrentes se arrodillaron e hicieron la seal de la cruz. Estos movimientos fueron seguidos instantneamente por un agitado oleaje de mantas que las cholas echaban sobre la cabeza. Los labios de todas esas gentes, ms por fanatismo o mana supersticiosa que por consciente fervor cristiano, comenzaron a musitar plegarias que, a pesar de que eran dichas a media voz, formaron, en conjunto, un rumor que se extendi por todo el templo. Domy, despus de santiguarse con los graciosos movimientos de su mano esmeradamente cuidada, tom su elegante librito de misa y trat de seguir las oraciones pertinentes. No le faltaba sincero propsito ni la suficiente piedad religiosa para or la misa con la debida devocin, pues a ella estaba acostumbrada en tantos aos de constante hbito en el internado del colegio, pero, a pesar de ello, en aquella ocasin sus ojos no pudieron hacer ms que recorrer mecnicamente las pginas sin tomar el sentido de las frases edificantes del - rito. Su imaginacin, agitada por las fases preliminares a la adaptacin a su
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nuevo gnero de vida, no le permiti entregarse ntegramente a la placidez v devocin que reclamaba ese momento. Hizo un nuevo esfuerzo por embargarse de uncin mstica, pero su alma loca y excitada se dio a la tarea profana de pensar en todo menos en la misa. Empez a reflexionar, comparar y aorar muchas cosas ausentes o pasadas. Desde luego, el ambiente de aquella iglesia llena de gentes tan extraas para ella, el recargado y chabacano arreglo de su interior, y hasta las imgenes de los altares tan diferentes de cuanto haba en su sencilla y elegante capilla del colegio, le causaban una sensacin rara y desagradable. Las voces de los mercenarios del coro, graves, masculinas, duras y hasta estridentes, le hicieron aorar los suaves y armoniosos coros de las colegialas. No haba duda para ella, an en la calidad de la devocin, encontraba que el ambiente suyo era inmensamente superior a aquel en que ahora estaba junto con sus padres. Despus del evangelio subi al plpito un orador sagrado a cuyo cargo estaba la apologa de la Patrona del da. Tambin en la palabra, actitudes y lenguaje del predicador, encontr Domy una notable distancia con las plticas sagaces y elevadas del capelln del colegio. Con voz forzada, en tono de arranques de orador de plazuela, el sacerdote, adaptndose, seguramente, a la psicologa y limitada comprensin de su auditorio eminentemente popular, inici su sermn de fiesta. El pasaje en que puso todo su calor y su vehemencia, fue el que se refera al primer milagro de la Virgen de los Remedios. Y lo hizo, a pesar de sus incorrecciones de dialctica y de lenguaje en un tono tan dramtico y evocador que la misma Domy acab por escucharle con atencin. El predicador narr cmo esa imagen de la Virgen de los Remedios, que fuera pintada en un muro de adobe por un artista annimo de la colonia, en el zagun del antiguo Tambo de Harinas, reciba todas las noches la cuotidiana ofrenda de un cirio que un jugador empedernido le encenda antes de ir al garito, al mismo tiempo de hacerle el ruego de que le protegiera con suerte en su viciosa diversin. Que, al principio, el favor de la Virgen as invocado fue un seguro talismn para el jugador. Pero, que un da comenz la mala fortuna. Desesperado el tahur, continu varios das ms insistiendo en su plegaria al par que en su ofrenda, hasta que, una noche, despus de haber perdido el ltimo maraved, junto con la postrera esperanza, volvi al zagun del tambo donde el cirio mortecino alumbraba dbilmente la imagen. Ciego de furor, enloquecido por la ira, tomando un pual arremeti a la imagen,
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hirindola en la mejilla y que, luego, fuera de s, alz nuevamente el cuchillo para asestarlo contra el nio que tena la Virgen junto al seno; pero que, en ese instante, el brazo de la imagen, cobrando milagrosa vida, se alz prestamente para defender al divino hijo, recibiendo el golpe criminal en el dorso de la mano. El portento que asombr al sacrlego, cobr para ste un relieve de estupendo y dramtico milagro cuando de las dos heridas de la imagen comenz a manar sangre viva. Aterrado y arrepentido el deicida, sali de all a un convento a buscar confesor y penitencia. Luego, refiri el orador que, como a esa misma hora del suceso, una dama de aspecto distinguido se haba presentado en el hospital de los juandedianos a buscar curacin para sus heridas del rostro y de la mano. A esta altura del sermn, el predicador hizo una solemne pausa y, luego de tomarse un descanso para respirar profundamente, sealando con el brazo vigorosamente extendido hacia la imagen que se hallaba rodeada de luces en el retablo principal del altar mayor, continu su perorata: - Y esas heridas que muestran an la sangre generosa v divina, las tenis all, ostentndose a travs de los siglos en la mejilla y en la mano de la milagrosa Virgen de los Remedios, como testimonio irrefracrable para los incrdulos y prueba del poder y bondad de Dios Nuestro Seor! Los ojos de la multitud fascinada se elevaron hacia la imagen y la emocin de todas esas almas ingenuas estall en un sollozo de fe incontenible y fanatizada. Brotaron candorosas lgrimas y los labias invocaron perdn y favor a la "Mamita de los Remedios". Sigui despus el sacerdote exaltando aquel milagro, loando el inmenso amor de la Madre de Dios e imprecando el arrepentimiento de los oyentes si no queran merecer los tremendos castigos del Apocalipsis. Domy, a pesar de su diferencia de cultura, tan superior a la de aquel auditorio, tampoco fue extraa al sentimiento de los dems fieles. Educada en las creencias catlicas, sinti que su espritu se elevaba tambin hacia esa maravillosa imagen impulsada por la profunda emotividad, elev tambin su ruego, pero traducido a travs de sus propios problemas sentimentales: - Virgencita de Remedios - musit en dolorida plegaria -. As como defendiste a tu divino hijo, te pidiera yo que me defiendas contra mis propios desengaos, contra mis inconformidades, contra tantas locas ideas que se me han metido en el corazn! Al decir esto, una lgrima cida empa los lindos y negros ojos de la muchacha.
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Terminada la misa y luego de haber recibido el evangelio los prestes y su hija en sus propios reclinatorios, al tiempo que eran cubiertos con el manto de la Virgen, los concurrentes comenzaron a salir detrs de los esposos Perales, en medio de una lluvia de papel picado y de flores. La compostura piadosa de la comitiva se alter completamente, cuando Doa Saturnina, su esposo y otros colaboradores inmediatos iniciaron la distribucin de las estampas, recuerdos y versitos que es costumbre repartir en tales ocasiones como testimonio de la festividad. Hasta las beatas ms graves y serias, perdieron su aire mstico para atropellar a cuantas les interceptaban en su afn de acercarse a los que distribuan los "recuerdos", y hasta no lograr su objeto repartan empellones y hasta insultos poco adecuados al sagrado recinto. Poco a poco fue organizndose la comitiva para el retorno a la casa de los prestes. Tal como haban venido los invitados marcharon por el centro de la calle detrs de los personajes principales. Esta vez la antigua compostura y la gravedad del gesto haban desaparecido para ceder el paso a la consiguiente locuacidad que les despertaba la alegre expectativa de la fiesta en la casa de los Perales: abrigando la seguridad de ser magnficamente tratados por tan rumbosos anfitriones. Domy, aunque haba sido empeosamente invitada por sus padres para que saliera con ellos a la cabeza de la comitiva, consigui excusarse de hacerlo, alegando su deseo de quedarse unos minutos ms en el templo para rezar algunas oraciones. Mientras la multitud de invitados sala a la calle y continuaba por ella caminando al son de la banda que haba vuelto a tomar su puesto y a tocar una pieza marcial hasta llegar a la casa del alferado, Domy, como lo haba pedido a sus padres, qued an en la iglesia. Una vez sola y sin testigos incmodos para sus reflexiones, en lo primero que tuvo que convenir fue en que, a pesar de su gratitud filial, no haba podido, no podra, acaso nunca, sentirse bien en ese medio y en este hogar en que deba vivir, ni siquiera soportar ante las gentes el que la vieran as tan fina y distinguida junto a las grotescas figuras de sus padres. Atemorizada por esta conviccin, la muchacha quiso pedir un milagro a la Virgen. Al fin y al cabo su fe religiosa podra ser en medio de toda su soledad, un refugio eficiente. Pero, no saba cmo ni en qu sentido formular su plegaria. Despus de vanos intentos por buscar la exultacin precisa, por extraer de su fe la conviccin optimista que le proporcionara un poco de fervor para rogar al cielo, se sinti estril de emotividad piadosa. All
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mismo, al pie de esa imagen que momentos antes haba recibido el homenaje de la rendida fe de tanta gente, Domy comenz a sentir con horror que su fe ya no era ingenua y profunda como la que senta cuando colegiala; que su razn cultivada en disciplinas superiores le incapacitaban para esperar del cielo el remedio eficaz para la rara complicacin que le anegaba el alma. Todava ms. En el fondo de su espritu comenz a sentir una leve voz de protesta contra la providencia, que a pesar de toda sabidura y bondad infinitas que ella estuvo acostumbrada a atribuirle, no haba sido con ella todo lo buena y justa, cuando as haba permitido que su pobre alma quedara suspendida entre dos mundos, entre dos castas que la rechazaban inexorablemente . Entretanto, los sacristanes se haban apresurado a apagar las luces y a guardar los paramentos de fiesta. Pronto la iglesia qued sumida en soledad y penumbra. Domy sali lentamente del recinto donde haba sufrido ya el primer embate contra su fe y sali llevndose tambin en el alma soledad y penumbra.
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CAPTULO DECIMOPRIMERO Domy, que lleg con bastante retraso a su casa, tuvo que entrar en ella casi a hurtadillas. Atraves el grupo de curiosos que se haba reunido ante la puerta de la calle para atisbar la fiesta. Cruz luego el extremo del patio que conduca a la grada, con la cabeza baja, aturdida por la msica y tratando de no mirar a nadie de cuantos pululaban en torno de ella. Subi las gradas atropelladamente y, al fin, dentro de su pequeo departamento, cerr tras s las puertas, como si despus de muchos peligros hubiera conseguido llegar a un refugio seguro. Arroj en cualquier parte su libro y rosario, emblemas de su antigua fe, y se ech de bruces sobre su lecho con la cabeza escondida entre las manos. Entretanto, abajo, la casa de los prestes era teatro de una placentera y jubilosa fiesta. Los concurrentes de mayor categora ocuparon las dos salas preparadas y provistas de asientos en los que se haban ubicado a descansar despus de los abrazos y felicitaciones a los dueos de la casa. El resto de los invitados buscaron en el patio bancos y sillas y, a falta de stos, formaron grupos de pie a la sombra de los aleros. Todava unas salvas de cohetes atronaron el patio, mientras la banda continu alegrando el ambiente con sus piezas de msica popular. Los sirvientes de la casa en continuos correteos, cumpliendo afanosamente rdenes y contrardenes, aparecieron con grandes chrolas llenos de sendos vasos de cocteles. Desde ese momento la bebida fue prodigada en abundancia, pues de ella haba una enorme provisin contenida en grandes jarras de fierro enlozado. Las haba llenas de "yungueos", el ms difundido y tpico aperitivo criollo, hecho de jugo de naranja y pisco de uva; otras jarras contenan coctel de tumbo, de color amarillo ms encendido que el de los yungueos, coctel de pia, de damasco, de frutilla, en fin, la variedad suficiente para satisfacer todos los gustos. Para beber la primera ronda fue necesaria la invitacin personal de los anfitriones; pero los dems turnos fueron escanciados y apurados ad lbitum, en la medida del deseo de cada invitado. Ms o menos una hora ms tarde, cuando las repetidas rondas de ccteles haban creado entre los concurrentes una cordialidad expresiva, aparecieron los servidores con los primeros platos para el almuerzo. Muchos de los que estaban de pie en el patio, incitados por el apetito, trataron de retener para s las viandas que las "imillas" y yocallas" llevaban hacia los cuartos donde estaban los
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invitados de mayor importancia; pero los servidores, muy bien aleccionados por los amos, defendieron los platos an con peligro de verter el contenido y as lograron continuar hasta su objetivo. Al fin, despus de laboriosas entradas y salidas de la cocina, los sirvientes consiguieron ofrecer a cada uno su racin. Los diferentes platos del men fueron servidos y distribudos en la misma forma. Las viandas suculentas, variadas y abundantes satisficieron ampliamente la expectativa y el apetito de todos. Luego, las libaciones de vino y cerveza, a "boca qu quieres", mantenidas con la prodigalidad propia de los Perales, pusieron a la gente tan contenta que se pens en el baile. La interminable tanda de bailes fue iniciada por los "prestes". Por aclamacin de toda la concurrencia, los esposos Perales ocuparon el centro de un adecuado espacio que le abrieron los circunstantes. Pedida la primera pieza de baile, los ejecutantes tuvieron la humorada de elegir un tango. Al or esos raros y desconocidos compases, Doa Saturnina y Don Ciriaco, que ya estaban frente a frente, se miraron azorados. La chola, sin atinar a la clase de baile que deba realizar, no pudo menos que preguntar as a los que la rodeaban: - Ay, qu clase de baile es, pues, se? - Es un tango, Doa Saturnina - le respondieron los ms comedidos. Pero las cholitas modernistas y varios jvenes obreros que bajo la influencia de la moda ya conocan y hasta crean dominar las nuevas formas de las danzas sociales, se miraron sonriendo picarescamente, prometindose toda una hilarante escena con el espectculo de esa pareja ignara en tales achaques. - S, s! Que bailen tango los "prestes"! - gritaron palmoteando los ms atrevidos. Pero Doa Saturnina abrevi lo crtico de la situacin saliendo rpidamente al patio a ordenar personalmente a la banda a cambiar la pieza por una "cuequita". Al comps de la cueca que inici dcilmente la murga, Doa Saturnina entr nuevamente en el saln tranquila y garbosa, a tomar colocacin frente a su esposo, mientras los que se haban prometido rer a costa de los bailarines tuvieron que disimular su fiasco. La cueca, cuya tcnica dominaban perfectamente los esposos Perales, fue bailada impecablemente. El varn puso en los pies y en el manejo del pauelo todos los secretos del arte plebeyo, y su consorte, a pesar de sus rollizas formas, hizo los pasos y las vueltas adornndose con el alarde cadencioso de sus polleras hasta dar la impresin de una joven a quien le sobraban la sal y el contoneo. Al finalizar, y tal como se acostumbra en las postreras vueltas de la cueca, los compases fueron
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subrayados por el rtmico palmoteo de los espectantes. Se pidi el bis - otro, otro! -, como suelen clamar, y los Perales respondieron una vez ms al compromiso, derrochando garbo y entusiasmo. A la cueca ejecutada por los dueos de la casa, siguieron otras que fueron bailadas por las cholas y varones de edad madura. Pero cuando los jvenes quedaron dueos del campo de Terpscore, la banda fue obligada a tocar tangos, fox, jimmys, maxixas y congas. Aqu fue de ver a las cholitas y a sus jvenes parejas en el espectculo de hbrida esttica que producan al tratar de armonizar la clsica silueta de la mujer del pueblo con la pollera, el chal y el sombrerito, que hasta ahora slo pareca adecuada para dar forma lgica a las figuras del baile criollo - cueca, kaluyo, bailecito o pasacalle- interpretando el trazado arabesco de los pasos de un tango, los versallescos movimientos del vals o la dislocada arritmia de la conga. No caba duda, los vientos de afuera y los caprichos del exotismo y hasta la influencia del cine musical estaban arrasando con todo lo tpico, para imponer, en la sensibilidad del pueblo bajo, de ese receptculo y depositario del alma vernacular, las frivolidades y las normas importadas desde las ms extraas latitudes. Las viejas cholas, lastimadas en su amor propio por el espectculo de descastamiento que daba la juventud: miraban con repugnancia esos bailes que no comprendan. - M i r a no ms. pues, a la Eugenia, lo que baila. Si parece un mono con epilepsia! - exclam una de las cholas maduras, sealando a una cholita que se esforzaba por llamar la atencin con sus audacias calistnicas. - Y mira a la Raimunda - comentaba otra -. Parece que estuviera con hipo, acope! - Pero si esto no es baile - aadi otra vieja -. Esto parece ms bien una peste de "mal de San Vito ". - Y tu hija? A ver. Mrala no ms a tu Pacecita! - le hizo notar una chola a la que terminaba de hablar. - Ay, ve'ps a esa mocosa! Dnde no ms habr aprendido estos disparates? Su lisura, j! - Lo que es yo - aadi orgullosa la anterior - no dejara siempre que mi hija est haciendo estas sonseras. - A lo mejor tu Santusa est bailando tambin como el mono. - No creo ampe. Para qu es decir. Mi chiquita es bien educada en ese respecto. No haba acabado de decir esto la chola que haba salido por los
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fueros de su hija Santusa, cuando sta apareci por la puerta de comunicacin de las dos salas de baile, muy oronda, en los brazos de un engominado obrerito, ejecutando una conga con los heroicos movimientos de su espina dorsal. La interlocutora de la chola madre, ufana de su descubrimiento, indic a la pareja que avanzaba: Elay, y ahura qu dices? - Qu cosa? - Elay, pues, a tu hija bailando lo que tanto criticas. - Ahora me ha de conocer esa mocosa! - dicho esto se levant para ir al encuentro de la pareja modernista. La otra chola tambin se levant para no perderse ni un detalle de la escena y de la reprimenda. - Choy, Santusa. Quin te ha dado licencia para que ests bailando as? - Pero, mamita. Todos jay estn bailando lo mismo. - No, seor! Vos no eres como estas otras cholitas desnaturalizadas. Bueno. Y ahora mismo te has de sentar. - Pero, Doa Martina - terci el joven obrero que serva de pareja a Santusa -, no me "implique" usted, pues, este desaire. - No, joven Eulogio. No es por desairarle. Sino que no me gusta siempre esta clase de bailes. Mi hija es capaz de romperse la rabadilla. - No, mamita - intervino la moza -. Si vieras que tal lindo es bailar as! Estos bailes, jay, hacen conservar la lnea, como dicen. - S, Doa Martina - se anim a decir diplomticamente Eulogio al notar que la chola vacilaba en su prohibicin -. Djenos no ms bailar. La he de hacer bailar a su hija bien suavito. Para fortuna de la joven pareja se aproxim a ellos el esposo de Doa Martina, quien ya un tanto aprovechado de tragos, haba estado contemplando la escena desde cierta distancia, y picado por su afn de contradecir a su consorte, se le encar a sta: - Qu hay, Martina? Por qu ests molestando sin motivo a la chica? Ante la providencial intervencin, Santusa trat de sacar partido de la proteccin paterna y le dijo: - Pap. Mi mama no quiere que baile a la moda. Dice que me puedo quebrar la rabadilla y todo. - Eso le has dicho a la Santusa? - Es que..., sabes... Como yo he estado diciendo... - Bay, no seas adefesiosa. Crees que nuestra hija es de melcocha? Deja que la chica baile a su gusto. Si no, me has de estar
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haciendo criticar con mis amigos. Call la chola ante la resuelta actitud de su marido. Los chicos se lanzaron jubilosos a la danza. Doa Martina quedse toda mohna, pero viendo junto a s a la amiga que le haba seguido para observar el incidente, desahog en ella su fracaso, dicindole: - Vos tambin tienes la culpa de que me haya metido en este aprieto. - Por qu, pues, Martina? - Cmo no, pues! Acaso vos no me has mostrado a la chica lo que estaba bailando? - Pero, vos no estabas hablando dicterios contra estos bailes? - Eso sera, pues, por hablar. Por ltimamente, ni a vos ni a nades le importa que mi chica baile como le d la gana! El esposo, que escuchaba a las dos mujeres, se qued complacido del cuarto de conversin que haba hecho su costilla y tratando de divertirse, se dirigi as a su esposa: - As me gusta, Martina. Que seas una mujer civilizada. Que seas la mujer que merezco. No ves que yo soy mozo de club y que todas las noches veo bailar as a las pijes? Qu de menos es, pues, nuestra Santusa para que no pueda bailar igual que ellas, a ver, dime? Hasta yo s bailar esa conga! - Vos? Qu vas a saber bailar eso, vos, viejo alabancioso! - Quieres ver? - y el mozo del club, tomando al pie de la letra la provocacin e impulsado por sus humos parranderos excitados por las copas, tom a su esposa del brazo y la oblig a levantarse de un tirn -. Ven. Vas a ver cmo yo te voy a hacer bailar -. El hombre, una vez que tuvo a su pareja de pie, comenz a hacer torpes piruetas imitando los pasos de la conga. Su mujer, entre avergonzada y sonriente al principio, trat de seguir a su esposo. Ella tambin, bajo el efecto de las libaciones, sinti el embrujo de la msica y puso todo su empeo en acreditar su aptitudes "congusticas", si bien el resultado de sus esfuerzos fuera torpe y ridculo por dems. Tan original result la pareja, que a poco todos los del saln se dieron cuenta de la novedad, suspendieron su baile e hicieron estrecho corro en torno de los improvisados bailarines, festejando su humor con palmadas, aplausos y risas. Doa Martina, creyendo ingenuamente que estaba dando la nota saliente de la fiesta, acrecent sus afanes para perfeccionar sus movimientos. Termin la pareja en medio de la loca algaraba de los concurrentes que felicitaron efusivamente a los esposos. Martina, ufana de haber
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atrado as la atencin de todos, se fue a sentar, enjugndose la frente con el pauelo. Su marido, satisfecho de haberse impuesto a su consorte, le dijo alegremente: -Ya ves, Martina, que para bailar as no hace falta que te quiebres la cadera. - Ay, vos maudo, a qu no me has de exponer! - repuso la mujer, entre mohina y coquetona -. Seguro que ahora me ha de dar "makjurkja". - Oh, no tengas cuidado. De eso te voy a curar maana llevndote a la "boat". - Ay, no, no, no. Eso s que no! Eso ya es pecado mortal. La ocurrencia de aquella pareja acrecent' el entusiasmo de todos. Los viejos, a quienes el alcohol y el ambiente haban remozado sus mpetus de jolgorio, eligieron parejas entre las de su generacin y siguieron el ejemplo de bailar cualquier baile y de cualquier manera. Despus de todo, no se trataba sino de probar el entusiasmo y hacer honor debido a la prodigalidad con que eran atendidos por los dueos. Los jvenes, viendo su campo invadido por los bailarines maduros, optaron por salir al patio a seguir, con pretexto de la danza, estrechando el talle de su cholita y endilgarle al odo todas las ternezas imaginables para doblegar el corazn de su cortejada. Doa Saturnina, que durante toda la tarde de ese da hablase multiplicado por todos los sitios, procurando que toda la gente fuera atendida y servida al pensamiento, invitando aqu unos vasos de cerveza, corriendo all a evitar una disputa, volando al zagun a arrebatar la manta y el sombrero a alguna amiga que trataba de escabullirse de la casa, etc., al fin, rendida de fatiga, y despus de relegar las atenciones a personas de su mayor confianza, se propuso descansar unos momentos. Busc entre los grupos el ms distinguido y en medio de l tom asiento para conversar y seguir bebiendo. - Ay, Saturnina. Muy bien lo has hecho, ampe. Que da gusto est tu fiesta! - le dijo cumplidamente una de las amigas del grupo. - Gracias, Manuna. Yo, por ustedes, hubiera querido que mi fiesta salga mejor todava. - Qu ms, pues! - terci otra chola del grupo-. Cuando hasta a m me han hecho bailar eso que dicen conga, diciendo! En ese momento se alleg al grupo uno de los invitados que ms se haba aprovechado de las libaciones. Traa un par de vasos de licor, uno de los cuales se lo ofreci a Doa Saturnina, diciendo: - Por fin te encuentro, Satuca! Toda la tarde he estado tras de vos para tomar un vasito especial.
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- Ve, pues ste! - reprendi al hombre su esposa que estaba en el grupo -. Ya te habas aprovechado a tu gusto, no? - No, hija - respondi con cnica beodez el interpelado -. Si hasta ahorita casi no he probado nada. No les digo que he estado buscando a la Satuca para tomar con ella el primer vasito! - No seas mentiroso, Indalecio. Si ya ests como una esponja! - Djalo no ms, pues, Maclovia - intercedi Doa Saturnina -. Que tome a su gusto el Indalecio. Acaso no estn en su casa? - As me gusta, Satuca. Y, ahora servite conmigo. Pero tienes que tomar "seco"'. Salud! - Salud! Y los vasos quedaron realmente en seco porque su contenido lo haban vertido los del brindis de un solo envin en sus respectivos gaznates. Si bien todos los invitados beban a ms y mejor, el grupo que menude ms los tragos fue el que presida Doa Satuca. Quin se allegaba con un par de vasos a brindar un trago personal con la duea, quien otro traa una jarra y copas para tomar especialmente por el xito de la fiesta; en fin, nadie quiso quedarse sin buscar cualquier pretexto para demostrar con un brindis su agradecimiento a la anfitriona. Al fin, Doa Saturnina, obligada a beber sin descanso ni tregua, habiendo sido durante casi toda la tarde la que . conservara un relativo estado normal, con estas constantes invitaciones acab por acusar los claros sntomas de una magnfica embriaguez. En tal estado, un nuevo brindis produjo en la "preste" una trascendental conmocin sentimental que trajo penossimas consecuencias para Domy. . - Ahora que me acuerdo - dijo uno de los del grupo, levantando su copa -. Saturnina. Yo quiero tomar este vaso por tu hija. - Eso es. Bravo, bravo! - aprobaron los del grupo. Saturnina al escuchar ese brindis se enderez con orgullo. - Qu has dicho? Por mi hija? Y, al decirlo, su cara, cuyos gestos ya estaban idiotizados por la beodez, se transfigur con la resurreccin de su inmenso cario maternal. Tom su vaso y exclam as: - Por mi hija!... Oiganme ustedes. Los que quieren tomar por mi hija, tienen que pararse - y al decir esto, ella se puso de pie con torpe equilibrio, para dar el ejemplo -. Salud! - Salud! - le respondieron los dems, ponindose tambin de pie, como fascinados por el gesto impositivo de la chola. Luego, vuelta a sentarse y mirando a todos y a cada uno a la cara, con la actitud sibilina de quien va a decir una verdad sensacional que
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acaso no estuviera al alcance de las pobres, mentes que le escuchaban, les dijo: - Y, ahora, saben por quin han tenido el honor de tomar este vaso? Todos quedaron suspensos, guardando silencio y curiosidad. Doa Saturnina, despus de una pausa solemne aadi con suprema vanidad y recalcando sus palabras: - Pues, han de saber ustedes que han tomado a la salud de una verdadera seorita! La frase y la actitud de la mujer envanecida hirieron el orgullo de ese grupo de gente que se consideraban tan honrados y dignos como cualquiera, mucho ms en ese momento en que el licor haba anulado su apocamiento natural. Unos callaron dominando su justa reaccin. Otros, al contrario, olvidaron hasta la tolerante cortesa que deban guardar hacia la duea de la casa, siquiera en gratitud de haber sido halagados con tanto desprendimiento. Uno de stos, el ms osado e irnico, exclam: - Ser, pues, por muy "seorita" que tu hija no ha querido mezclarse con nosotros, pobres cholos, no? Oyes, sonso - respondi vivamente Doa Saturnina -, para hablar de mi hija tienes que limpiarte la boca! - Tan refinada est esta cholita? - aadi con acritud el obrero. Alarmados los oyentes, esperaban una torpe reaccin de la madre ofendida. Hasta el interlocutor no dej de pensar casi en seguida que haba sido demasiado imprudente en decir lo que haba dicho. Sin embargo, no pas nada. Doa Saturnina sonri con suficiencia y mir compasivamente a su interlocutor. Segura de su verdad, en medio de su inmensa vanidad de madre, prefiri responder a ese tonto con la prueba ms aplastante. Se puso rpidamente de pie y saliendo en direccin del patio, les anunci con voz solemne desde la puerta: - Ahurita mismo van a ver, pobrecitos, lo qu es mi hija! - y desapareci rpidamente. Los circunstantes quedaron mirndose como bajo la impresin de una sensacional amenaza. Al fin, una de las mujeres increp al provocador: - Ay, para qu no ms, pues, le has dicho eso a la Satuca! Tan bonita que estaba la fiesta! Ahora es capaz de echarse a perder antes de que nos sirvan la comida.
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en la forma sigilosa que se ha dicho, permaneci todo el da a puerta cerrada. La franquearon nicamente los sirvientes encargados de llevarle el almuerzo y la comida y algn refresco. Desde sus clausuradas habitaciones haba tenido que soportar la tortura que le produjo escuchar el vocero cada vez ms creciente de la fiesta. La msica incansable y que a veces llegaba a lo estridente le mortificaba el odo: las palabrotas de algunos ebrios, dichas a voz en cuello, le causaron repugnancia; las risas, el palmoteo, en fin, todo el bullicio y el clamoreo de tantos alcoholizados la tuvieron desasosegada y con los nervios excitados. Para atenuar toda esa barahnda que suba del patio trat de conectar su radio; pero la mezcla de la msica del aparato con la que sonaba porfiadamente abajo le produca mayor aturdimiento. Quiso distraerse en la lectura de algn libro, pero no le fue dado tomar el sentido de lo que lea. Pase a lo largo de sus habitaciones; se aproxim a ratos a la ventana, pero, para retirarse de ella al momento, rechazada por el cuadro mezquino y desagradable de la calleja en la que pululaban los curiosos y desarrapados que observaban la fiesta. Por ltimo, vencida por el hasto y el cansancio se ech a la cama, cubrindose con las cobijas hasta la cabeza para aislarse de tanto molesto ruido. As protegida, acab por quedarse dormida al caer la tarde. La despert un golpe dado en la puerta, seguido de un violento empelln. Domy despert y se destap la cara, quedndose asombrada al ver a su madre que avanzaba hacia ella con paso vacilante y con clarsimas caractersticas de embriaguez. El ver as a su madre - le produjo tan rudo golpe moral que super a todas las incomodidades y repugnancias que haba soportado aquel da. La madre sigui aproximndose para lo cual buscaba apoyo en los muebles, mientras que su cara, idiotizada por el alcohol, defraudaba con el gesto su cario maternal, llegando a lo sumo a traducir una sonrisa que apenas era de cinismo e instinto animal. - Hijita!.. . Estabas durmiendo? - le dijo la chola con voz gangosa y exhalando un repugnante tufo a alcohol. - Mam! Qu tienes? - pudo apenas decir la muchacha en medio de su amargo azoramiento. - Estamos, pues, de fiesta. Sabes? Estoy agradeciendo a la Virgen de Remedios por lo que te ha sacado tan "gentecita". Por eso he tomado con tu padre y mis amistades. Eso no ms es, hijita! - Bien, mam. Ahora sera bueno que te fueras a la cama -
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aadi Domy levantndose del lecho, venciendo su repugnancia para acudir a ayudar a mantener el escaso equilibrio de su madre. - No, hija. No. Si todava estamos en lo mejor de la fiesta. No me miras como hasta yo estoy alegre? - Pero sera prudente que descanses un momento. Acustate en mi cama, quieres? - Ya te he dicho que no. He venido ms bien a llevarte abajo. - Oh, mam, por Dios! Eso es imposible. - Cmo, imposible! Entonces, hasta a m, a tu madre, me vas a desairar? - No, mamacita. Si no es eso. Pero yo no puedo ir con tus amigas. Comprende que... - Tienes que bajar! - orden la chola, con acento y gesto tan impositivos como jams se haba permitido hablarle. Domy la contempl asombrada. En toda su vida nunca haba visto a su madre, tan torpe con ella y, sobre todo, tan enajenada. Sobre todas sus decepciones y sus inconformidades, ste era el golpe de gracia, el empelln mortal que su pobre alma haba sufrido desde que dejara el colegio. Ni siquiera le haba quedado en pie la pobre satisfaccin de consagrar a su madre alguna consideracin y respeto aun dentro de su calidad de mujer plebeya e ignorante. - Pero, qu he de hacer yo, mam, entre ustedes? Dgame, por Dios! - Tienes que bajar un rato, te he dicho, para que te vean esas envidiosas. Para que te vean cmo te he formado yo, toda una "seorita". Quiero que bajes, y has de bajar! Me has odo? Luego, sentndose sobre el borde de la cama, como para descansar de un esfuerzo sobrehumano, cambi su talante impositivo por una expresin de ternura amargada por el contratiempo, y, como dando expansin a su pena, continu monologando para s: - Para esto yo haba criado una hija! Para esto me haba sacrificado tanto! ... Tenerla como la he tenido! ... Como a la nia de mis ojos! ... Para que ahora me d ste pago! Para que ni quiera siquiera darme el gusto de mostrarla un ratito no ms a mis amistades, que me creen una mentirosa. Elay, toda mi vida se ha quedado en nada... Mal agradecidas!... As se haba sabido quedar una, despus de tanto remar, para que se le ran en su cara! - Oh, mam. Mamacita! No digas esas cosas. Tus palabras me suenan como a maldicin. Levant la mujer su cara hacia la hija y sonri penosamente, dejando notar en su torpe gesto un albor de esperanza y, tambin de infinita
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ternura. - Maldecirte?... Yo, maldecirte a vos, mi guagita linda? Eso s que no! Niita! Por vos, por tu felicidad yo fuera capaz de hacerme cortar las manos y la lengua antes de maldecirte! Mujer sensitiva al fin, y adems, y sobre todo, hija, sangre de su sangre, la moza que escuchaba tales desahogos no pudo menos que sentir su corazn ablandado y capaz para todas las tolerancias y sacrificios, nica forma de retribuir tanto cario. - No sigas, mamacita. S. Har lo que t digas. Voy. Voy contigo. Vamos adonde t quieras - y la levant del brazo para conducirla hacia la puerta. Como si marchara pisando sobre su propio rostro, Domy, del brazo de su madre, lleg hasta la sala llena de invitados. La entrada de la muchacha caus sensacin y todos se pusieron a la expectativa de lo que iba a ocurrir. Los que bailaban interrumpieron su danza. Los que estaban en grupos los abrieron en un gran crculo para dar frente a la recin llegada. Doa Saturnina, ufana, orgullosa, ms que cuando haba llevado esa misma maana al Nio de la Silla en sus brazos a - la cabeza de la comitiva, tom del brazo a su hija y la impuls cariosamente hasta el centro de la sala, exclamando: - Elay. Aqu est la "seorita". Aqu est mi hija! Luego volvindose hacia el grupo del que momentos antes se haba separado tan inslitamente, demand con actitud triunfal: - Y, ahora, qu dicen? Y, nadie dijo nada. Todos, impresionados por la belleza, la distincin y la elegancia de la muchacha, quedaron contemplndola con sincera admiracin. Domy, puesta as a la expectacin de tanta gente, procur franquear el trance de la mejor manera posible y, tratando de sonrer de la manera ms cordial, hizo una graciosa venia al conjunto y con voz un tanto emocionada, salud: - Buenas noches tengan ustedes. Ganada que fue la simpata repentina de los invitados por la sencillez de la jovencita, todos se aproximaron a saludarla, empleando cada uno el ms sealado esmero y las mejores palabras de su repertorio para saludarla y festejar su juventud y hermosura. Doa Saturnina, oronda con su triunfo, contemplaba con ojos resplandecientes de dicha el unnime homenaje a su hija. Pase por el saln con aire de pavo real y acab por exclamar, en voz alta: - As no ms es, pues, mi hija. Quin sabe no me crean? Elay, pues!
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Luego, dirigindose al que la haba ofendido con sus imprudentes palabras, le asi del brazo y arrastrndolo a viva fuerza hasta donde estaba la muchacha, le increp as: - Vos creo que me estabas diciendo que mi hija era una cholita refinada? Ahora, mrala, pues. Sonso, atrevido! - No, Satuca. Yo he estado diciendo no ms. - Aj, mrala, pues, ahora! - S, Satuca. Haba sido una alhajura tu hija. - Conque! Cholita refinada, j! A ver, ahora mrala, pues, bien. Por cul lado, pues, le encuentras que es cholita? - Pero, mam, por Dios! - implor tremendamente ruborizada la joven. Al mismo tiempo varios concurrentes acudieron a amainar la excitacin de la "preste". Una de stas le dijo: - Bay, Saturnina. Ya no te exaltes ms. Si nadies te dice lo contrario. Toda una seorita siempre es. Acaso estamos ciegos? Acaso no la estamos mirando lo "dije que es tu hija? Doa Saturnina satisfecha con su triunfo indiscutible, al fin se tranquiliz. Con talante cordial, antes de retirarse nuevamente al grupo en que anteriormente estaba, para seguir las libaciones, le dijo a su hija: - Ahora conversa, - pues. Y, si quieres bail a tu gusto, aunque no haya aqu uno que sea digno de ponerte los zapatos. Domy se qued en medio de la sala, sin que, despus de los forzados saludos, nadie se animara a charlar con ella. Las mujeres, sintiendo el ansia de comentar entre ellas las impresiones que les causaba tan rara persona, se replegaron hacia sus asientos a cuchichear, mirando disimuladamente a la moza. Los hombres, a quienes, hubo de corresponder el ser gentiles y atentos con esa nia, retenidos por su complejo de inferioridad, tampoco osaron quedar junto a ella. Notando la madre la situacin aislada de Domy, quiso aprovechar el caso para humillar indirectamente a los varones y exclam desafiante: - A ver, pues! No hay un hombre aqu que sea capaz de bailar con la seorita? Algunos jovenzuelos, acicateados por el alcohol trataron de salvar su dignidad y para ello se disponan va a dar el paso audaz. Pero, he aqu que de un extremo del saln, se adelant con aire donjuanesco el esposo de Martina, aquel mozo de club, despabilado ya en el trato con gentes distinguidas por razones de su oficio, quiso aprovechar de la ocasin para dar el campanazo. - Seorita. Aqu tiene usted una pareja. Ordene usted. Que ser
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servida "a la minuta". Domy, por toda respuesta forz una sonrisa amable y tom el brazo de su maduro galn. Todos aplaudieron lo mismo la asequible y llana actitud de la muchacha que la audacia del viejo tenorio. - Quiere usted "servirse" un baile, seorita? - Como usted diga, seor - contest la joven, dejndose tomar en los brazos del hombre. A pesar del sincero voto de sacrificio que haba hecho la muchacha, fue una nueva tortura para ella soportar los torpes jalones y- pisotones que le propinaba su pareja, y mucho ms el recibir en pleno rostro el tremendo aliento de alcohol que despeda el porfiado bailarn. Los dems siguieron bailando y los que no bailaban siguieron consumiendo rondas y ms rondas de licor. - El esposo de Martina, para lucirse con su pareja ante la mayor parte del pblico la condujo a la sala inmediata para seguir el baile. Pero, de repente, la pareja se vio bruscamente detenida por un obrero joven, cuyo rasgo especial era una melena de corte bohemio y que se plant ante Domy para pedirle con cierta energa mal disimulada por un gesto corts que le permitiera tomarla por pareja. Acept la muchacha, sobre todo por librarse de la torpeza y olores de su primer galn. En cuanto el joven melenudo se vio lejos del mozo de hotel y mientras bailaba, fue hablndole as: - Ante todo, tengo que presentarme a usted. Aunque creo que usted ya debe conocerme, porque todos me conocen. Yo soy, pues, el compaero Wladimiro Catari, lder que est preparando la Sexta Internacional. Me comprende usted? - Y qu es eso, seor? - respondi la joven, mirando a ese individuo que le hablada con tanta suficiencia y desparpajo. - Oh. La Sexta Internacional ha de ser, pues, la apoteosis del comunismo. S, compaera. Porque usted es mi compaera, a pesar de su trajecito burgus y de sus humos de aristcrata de nuevo cuo. Acabo de regresar del extranjero, y he venido a preparar aqu la definitiva reivindicacin de las clases Proletarias. As que, ni su madre ni usted me han de contar a m sus afanes burgueses. - Pero, si yo no le he contado ni le quiero contar nada, seor respondi la muchacha, dndose respiro en medio de los tirones con que su interlocutor la obligaba a seguir el baile. - Claro. Usted no me ha contado ni me quiere contar nada porque se considera usted a mucha altura sobre un compaero obrero como yo. No, compaera! Aqu todos somos iguales. Y no crea que su
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belleza es un privilegio que pueda valerle. No, seor! Ni para el amor. Porque el amor libre es un derecho que tenemos todos los hombres de tomar a la mujer que uno quiera. - Por Dios, seor! - no pudo menos que exclamar Domy, detenindose y desasindose bruscamente de su pareja-. Usted habla de veras? No ha bebido usted ms de lo preciso? - Yo he bebido lo mismo que todos y con igual derecho. Porque he venido a esta casa para aprovechar del dinero de sus padres, explotadores de su propia casta. Y le advierto que voy a seguir bebiendo hasta que me d la gana. Ganas tuvo la muchacha de salir corriendo despus de escuchar todo eso. En ese preciso momento se le aproxim otro joven obrero con dos enormes vasos de cerveza en las manos, uno de los cuales se lo ofreci a ella con meloso y servil comedimiento. - Seorita. He venido a tomar con usted, "seco" este vasito. La muchacha, agobiada, sin discernimiento oportuno, prefiri acceder al nuevo interlocutor antes de seguir escuchando las sandeces del otro. Tom, pues, mecnicamente el vaso y, dcilmente, sin saber lo que haca, se llev el vaso a los labios. - Bueno, compaera - manifest el otro con decepcionado gesto -. Yo me retiro. Porque est visto que usted gusta ms de los serviles, de los que siguen bajo la frula de la feudal burguesa - y se retir con gesto de altivo desdn para el que haba interrumpido su chchara. - No le haga usted caso, seorita. Es un loco, Como ha aprendido a hablar en difcil, se cree mucho. Es un chiflado. Pero, srvase usted, pues, "seco", seorita. Domy se bebi el contenido del vaso, realmente de un envin. Le abrasaba la boca, y esa bebida, aunque demasiado fuerte para su paladar delicado, le pareci un refrigerio. - Ahora, quiere usted bailar conmigo? La moza dej hacer. Como una sonmbula se dej conducir por los sitios menos alumbrados de la estancia. Poco a poco fue volviendo a una relativa conciencia y eso le permiti notar que su pareja le apretaba con exceso. Al notar esto, mir a la cara al mozo en la que vio traducido un afn de stiro. Asombrada por lo que iba descubriendo, no tuvo suficiente tiempo para evitar un beso sorpresivo, sensual, babeante, y alcohlico que el hombre aquel le propin en plena boca. Mir espantada en torno de s y comprendi que nadie haba notado el ultraje. Se desasi de su pareja. En el primer impulso quiso castigar con un golpe de su mano la cara del osado. A seguida crey
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preferible escupirle su indignacin. Entretanto, el mozo, sin perder su aplomo, sonriendo como un idiota libidinoso la mir an con procaces ojos y le dijo: - Te has ofendido?... Acaso no eres una cholita con vestido? Toda su clera se desarm con esa frase cnica, pero que, despus de todo, encerraba la verdad. Y, esa verdad, esa tremenda verdad que ayer la humill entre la gente bien, ahora, entre los de su propia casta, era la ms sangrienta realidad. Al pensar as desfallecieron todos sus impulsos. Se sinti sola. Mir en su torno y por doquiera vio gentes ebrias y bestializadas. Nadie que pudiera defenderla ni comprenderla. No quiso ver ni esperar ms y sali desesperada a buscar en su cuarto el nico refugio que por el momento poda encontrar para su espritu desvencijado.
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CAPTULO DECIMOSEGUNDO Tres das con sus noches dur la celebracin del "alferado" de la Virgen de los Remedios en la casa de los esposos Perales. Es cierto que cada vez fue hacindose ms reducido el crculo de los festejantes. El ltimo da slo haban concurrido los de ms intimidad de la familia. Pero ello no fue obstculo para que la comilona y las libaciones dejaran de ser tan intensas como el primer da. La despensa y los depsitos de licores, bien provistos an, pudieron sostener sobradamente los festejos por todo ese tiempo. Amanecido el cuarto da, los prestes estaban agotados fsicamente para mantener por ms tiempo el tren de la fiesta. Muy entrada la maana levantronse Doa Saturnina y Don Ciriaco. Tenan el organismo estragado por los excesos de los das anteriores Especialmente su sistema nervioso estaba desquiciado y les haca sentir esa depresin psquica que los bebedores criollos llaman "la cancin". El cuerpo calenturiento y en la garganta una sequedad de desierto trrido. En suma, estaban en ese estado post - alcohlico que la gente del pueblo llama "chchaqui". Y, como es costumbre entre esas gentes, y aun entre las otras, curarse del "chchaqui", as resolvieron hacerlo los Perales. Comenzaron por mandar a llamar a dos o tres de los ms amigos. Reunidos as en un pequeo crculo, prepararon los "calentados" de pisco y las "junttuchas" para "curar el cuerpo". Se sacaron colchones y "tendidos" al sol, en el patio de la casa, y recostados en ellos con sus amigos, pasaron su da. En medio de su laxitud y con el espritu embotado, los del grupo, mientras coman y beban, fueron rememorando lnguidamente los incidentes de la fiesta. De pronto, en medio del anublamiento mental del espritu de Don Ciriaco, se alz su afn paternal por tantos das relegado. El obrero acordse de su hija y pregunt a su consorte: - Satuca. Y, qu es de nuestra Domy? - Est, pues, arriba - le contest la esposa. - Y, no le dijramos que baje para que est con nosotros, ahora que estamos casi en familia? - No, Ciriaco. Eso s que yo no le digo. - Por qu? Acaso no es mejor que salga en lugar de que est cerrada como una monja en su cuarto? - No, tatay. Ya sabemos que no le gusta estar con nosotros. Para qu vamos a exigirle una cosa que no quiere? Qued Ciriaco silencioso y meditabundo. A poco, manifest, con igual amargura que su mujer:
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- Tienes razn, Satuca. Esa chica ya es de otra laya. Vencido por su dolorosa reflexin, se tendi al sol, junto a sus amigos. Pero ya no pudo permanecer tranquilo. La inquietud por su hija iba en aumento, hasta que, despreciando un nuevo vaso de cerveza que le ofreca uno de los contertulios, se incorpor para decir a Saturnina: - Choy, Satuca. Yo creo que, aunque no baje la chica, nosotros debemos subir a verla, siquiera un ratito. - Es mejor dejarla tranquila, Ciriaco. As me ha rogado ayer. Dice que, por favor, no la molesten. Que no quiere ver a nadies. - Pero, y si necesita algo? - Los sirvientes suben a cada rato. Si no quiere recibir ni la comida. - Entonces, a lo mejor, est enferma. - Yo tambin he credo eso. Pero, ella me ha dicho que no tiene nada. Call el obrero. Pero no tard en volver a insistir: - El corazn me dice que algo siempre debe tener esa chica. Subir no ms a verla. - Seguro que la vas a molestar entrando a su cuarto. - Claro ser. Subi don Ciriaco hasta el piso alto. Desde la puerta y con medrosa voz se anunci a su hija. Penetr slo cuando una voz dbil le dio el permiso. Domy no estaba en el living. Pas al dormitorio y all qued demudado al encontrar desfallecida a su hija. La muchacha acababa de sufrir una gravsima crisis nerviosa. Poco antes de llegar su padre estaba recobrando el conocimiento. Tena el semblante extremadamente plido y sus miembros, adormecidos an, no la obedecan, siquiera para levantarse del suelo en el que yaca tendida y buscar la cama. Ver aquello don Ciriaco y salir de un salto al corredor a dar la voz de alarma fue cosa de un instante. - Satuca! No s qu tiene nuestra Domy! La chola, arrojando los vasos y botellas que tena junto a s, se apart del grupo y trep desolada las gradas. Los amigos la siguieron azorados y se agolparon a la puerta, mientras Saturnina entraba a la alcoba. Entre ella y Ciriaco acudieron a la joven y la colocaron solcitamente sobre la cama. - Qu tienes, hijita? - exclam la chola afligida, sin atreverse, como hubiera deseado, a acariciar esa frente que el sudor fro baaba, adhiriendo a la piel algunas guedejas de, cabello. Hubiera querido, obedeciendo a su impulso maternal, pasar la mano por
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la cara de la enferma, tentar en el suave cuello la temperatura, desabrochar - las ropas que opriman el busto para escuchar el latir del corazn; pero, se contuvo. Le pareci que hacer eso hubiera sido como profanar ese cuerpo idolatrado. Se content con quedarse al borde del lecho, inclinada y anhelante. - Pero, qu tienes, pues, niita? - volvi a exclamar con ternura al escuchar los quejidos de la hija. - No s, mam. No s lo que me ha pasado. Slo me acuerdo que, estando de pie, me ha venido un terrible mareo y luego una angustia como si estuviera murindome. - Ay, palomita! Cmo, pues, te murieras! ... No debe ser nada grave! ... No tiene que ser! - manifest la chola con angustia -. Tenemos que curarle! A ver. Hay que llamar al doctor! Don Ciriaco, que hasta ese momento, aturdido por el acontecimiento, no haba atinado a pensar en algo oportuno y prctico, se asi rpidamente a la iniciativa de su consorte, y apenas oy decir que haba que llamar al mdico, sali corriendo a buscarlo.
Los mejores mdicos de la ciudad fueron llamados para atender a la hija de Doa Saturnina, pero ninguno acert a curar o siquiera a detener la extraa dolencia que iba destruyendo la salud y la juvenil belleza de la pobre muchacha. Pasaban los meses sin la menor esperanza de mejora, a pesar de los diversos y porfiados tratamientos a que cada uno de los galenos sucesivamente llamados, someti a la enferma. Don Ciriaco haba abandonado casi definitivamente su taller y se pasaba los das y las noches como el ms fiel enfermero, sin salir de las habitaciones de su hija, atento para cumplir la menor orden o auxiliar en cualquier necesidad a la adorada enferma. Por su parte, Doa Saturnina tambin procuraba quedarse junto a su hija el mayor tiempo posible, y slo de tarde en tarde, iba con repugnancia a su puesto del mercado, nada ms que porque no se daara la fruta que le llevaban sus caseros. En cuanto llegaba al mercado, despus de cada ausencia prolongada, sus vecinas, al darle el saludo, le preguntaban por el estado de su hija. As era cuando la afligida madre narraba patticamente los mil pormenores y trances de la enfermedad. Entre suspiros e invocaciones a la Virgen y a los santos, como si solamente de esa manera pudiera desahogarse, contaba sus cuitas y lamentaba los cada vez ms graves sntomas del mal que avanzaba sin remedio. - Ay, doa Satuca! - le dijo un da una de sus vecinas No ser cosa de embrujamiento lo que tiene su hija? Porque, si no se cura
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con tanto mdico y remedio como dice usted, quin sabe si sera bueno "hacer preguntar en la coca. - Pero, quin se hubiera atrevido a hacerle ese mal a mi hija? respondi con el temblor de una nueva angustia la frutera. - De dnde sabemos, doa Satuca! ... Hay gentes tan perversas y tan envidiosas en este mundo. - Sera posible?... - Bien puede ser. De envidia, por lo que es tan bonita, alguna malvada puede haberla hecho embrujar. - Quin sabe, no? - contest, tristemente reflexiva la chola, temiendo con horror que se fuera realmente el maleficio de que hubiera sido vctima su adorada nia. - Nada pierde usted en hacerla ver con alguien que sepa de esas cosas. - Tiene usted razn. Nada se pierde con eso. Pocos momentos despus de tal conversacin, Doa Saturnina recogi sus cestas de fruta y sali del mercado a buscar algn indgena iniciado en artes de brujera. En esa misma tarde lleg Saturnina a su casa acompaada del brujo para que hiciera sus sortilegios. Al saberlo, don Ciriaco se opuso rotundamente y trat de evitar enrgicamente que el viejo y mugriento indgena penetrara siquiera al departamento de Domy. - No, Saturnina, haciendo entrar a ese indio sucio le vas a dar un colern a la chica. Tras de que est para poco! - Pero Ciriaco, es que me han dicho que puede ser cosa de brujera lo que tiene nuestra hija. - Aunque fuera eso. Si quieres hacer algo, que no lo sepa ella. As tuvo que hacerse. El brujo se instal en una habitacin de la planta baja. Pidi unos tragos de licor, mastic un puado de coca y encendi un cigarrillo, mientras escuchaba la relacin que la chola le haca del estado de la joven paciente. - Mama - le dijo el indgena -, vamos a preguntar qu es lo que tiene tu hija. Para eso necesito la camisa que se est poniendo la enferma. Subi Saturnina a la habitacin de Domy y, so pretexto de que era conveniente cambiarle la ropa y rogndole con toda la ternura de que era capaz, consigui salir de la alcoba, llevndose bien escondida debajo de su manta la prenda pedida por el brujo. ste la extendi sobre el suelo; tom luego un puado de hojas de coca y haciendo ciertos signos cabalsticos y musitando frases de un extrao ritual, lanz las hojas al espacio, las que cayeron esparcidas sobre la seda an tibia de la camisa.
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Ante la ansiosa mirada de doa Saturnina, el viejo se puso en cuclillas y comenz a mirar y a examinar concienzudamente las formas de dispersin de las hojas de coca. Luego, extendiendo su mano sarmentosa y sealando un sitio de la prenda en que las hojas haban dejado un claro muy visible, el brujo, con voz solemne, expres: - Mama. Mira. ste es el lugar del corazn. Como ves, est vaco. - Luego, sealando un amontonamiento de coca que haba cado en el suelo, fuera de la prenda de Domy, continu -: Aqu, esto que ves, es el corazn, que est lejos, fuera del cuerpo de la seorita. - Y, ahora, eso qu quiere decir? - demand con zozobra la mujer. - Quiere decir que tu hija ha perdido el corazn y que hay que buscarlo para que recobre la salud. - Y se puede lograr eso? - S. Yo voy a ir a buscar ese corazn. Esta noche, que es de jueves, voy a subir al Calvario. Tienes que darme para incienso, grasa de gato monts y romero. Voy a quemarlos en la cumbre del cerro y llamar a los cuatro vientos al "ajayu" - alma de tu hija para que vuelva a su lugar. Eso mismo tengo que repetir durante tres jueves. Ya vers cmo he de conseguir que sane la nia. La chola, habituada por herencia y educacin, a creer en supersticiones, no dud de las palabras del indgena. Deposit ciegamente su confianza en cuanto el brujo taimado le asegur y colmndole de obsequios y de dinero le, despidi, encarecindole una y otra vez que hiciera cuanto debiera para lograr el objetivo. Finalmente, le prometi una buena recompensa para el da en que su hija, conforme a lo prometido, recobrara la salud. Empero, pasaron muchos jueves y las esperanzas de la afligida madre quedaron defraudadas por el brujo, el cual, habiendo averiguado, sin duda, por intermedio de la servidumbre, que la enferma no haba demostrado la ms leve mejora, no volvi a aparecer por la casa.
Sigui pasando el tiempo. La fatal morria continuaba su curso inexorablemente. Domy apenas se levantaba del lecho unas pocas horas al da para volver a l cada vez ms melanclica y extenuada. Don Ciriaco se haba dado a la bebida, segn l, para ahogar su pena; Doa Saturnina reparta su tiempo entre sus obligaciones del puesto de fruta, la atencin a la hija y constantes visitas a las iglesias a encargar misas y novenas para la salud de la enferma. Uno de esos das en que Saturnina porfiaba cariosamente a su hija
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con el propsito de hacerla tomar una taza de caldo, al verla tan macilenta y triste, crey por fin haber encontrado la causa de esa dolencia pertinaz. - Dime, hija. No ests amartelada? - Qu es eso, mam? - preguntle ella con voz apagada y melanclica. - Es, pues, enfermarse del corazn por extraar algo que se quiere mucho. - No sabra qu decirte, mam - respondi la muchacha con desaliento. Y sin embargo, ella lo saba bien, demasiado bien, que su madre haba acertado. Su mal provena de eso. Era una amartelada de su antiguo mundo. Era una profunda y absoluta inconforme con su ambiente de ahora. Cuanto ms luminosos haban sido los mirajes a que se acostumbrara desde el colegio, contemplando la vida, la amistad, el amor, ms tenebrosas eran las sombras que ahora la rodeaban, cuanto ms exquisita se form su alma en el invernadero de su aorado colegio, ms brutal fue el empelln que este otro mundo grosero le haba propinado en el alma. Cuanto ms cultivada haba sido su inteligencia, ms preciso y amargo era el examen comparativo entre lo que ella hubiera querido ser y lo que era en la realidad de su hogar, de su familia y de su ambiente. se era su "amartelo". sa era su tragedia espiritual, que no poda tener otro desenlace que la muerte. Qu iba a hacer en medio de su inadaptacin? Qu remedio podra tener su paradjico destino? No lo avizoraba. Le restaba nicamente dejar que su mal, que por fortuna tal vez ya haba pasado del alma al cuerpo, siguiera su inminente proceso. El cuotidiano espectculo de la asiduidad de sus padres, que la curaban y la mimaban a porfa, en lugar de hacerle provecho, le causaban un efecto contrario. Doa Saturnina, y don Ciriaco, simplemente con sus figuras plebeyas comenzaban ya por desentonar en el artificioso ambiente del departamento de Domy. Luego, sus exclamaciones groseras, sus comentarios de estpida ignorancia, sus afanes y actitudes grotescas y hasta la ridcula forma de manifestar su cario, eran motivos constantes para que ella sintiera desazn y desagrado. Y lo peor de todo era que no podra remediarlo. Quera acudir de su parte a su razn para convencerse de que esos burdos pero cariosos cholos eran sus progenitores y que todas esas ternezas en bruto y esas ingenuas solicitudes ella deba pagar con gratitud, si no con rendido y filial amor. Pero ese forzado razonamiento no tena la suficiente fuerza para dictarle una sola
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respuesta amable, ni siquiera una mirada de correspondencia afectuosa. Y, en la pugna entre su razn y sus sentimientos, apareca, de pronto, el recuerdo imborrable de la fiesta pasada, cuando su padre, hecho un vulgar beodo, gritaba y vociferaba con sus compaeros y su madre, embriagada y repulsiva, la haba llevado al saln para obligarla a soportar las torpezas, las incontinencias y las humillaciones de ese medio social tan repugnante que le segua causando pesadillas. As, pues, lo nico que Domy esperaba, y hasta anhelaba, era morir, pues slo la muerte la liberara del penoso absurdo que le haba tocado vivir.
Comprobado el fracaso de las medicinas caseras, de los sortilegios y de cuanto conocimiento y recurso domstico se utiliz para curar a la muchacha, el inquebrantable amor de los padres decidi acudir nuevamente a los mdicos. Cierto da, doa Saturnina, en una de sus fugaces estadas en su puesto del mercado, oy a dos seoras que estaban comprndole fruta, comentar el acierto de un joven mdico, recin llegado, al que la hija de una de las dichas seoras, segn entendi la chola, le deba una estupenda curacin de un caso desahuciado. Inmediatamente la frutera pidi el nombre y direccin del mdico aludido y en cuanto despach a sus clientes, se fue a buscarlo. Esa misma tarde un automvil se detena ante la puerta de la casa de los padres de Domy. Era el nuevo mdico que lleg. Aunque pareca demasiado joven y apuesto para que, al criterio de Saturnina, fuera tan acertado como se lo haban asegurado, tena una figura simptica y una manera de conducirse y de vestir que denotaba al instante que haba vivido y educdose en un gran centro extranjero. A pocos momentos despus, el doctor, sentado junto a la cama de la paciente, escuchaba con atencin la perorata incansable, las explicaciones y los detalles de la enfermedad que doa Saturnina y don Ciriaco le daban en su pintoresco y plebeyo lenguaje. En seguida, por las contestaciones que obtuviera de la muchacha a sus preguntas, el mdico dedujo inteligentemente la verdadera situacin de la enferma; hizo su composicin de lugar y comprendi que aquel cuadro familiar tena algo extrao y chocante a primera vista. Excelente psiclogo, el joven galeno clasific ntidamente las dos naturalezas en violento contraste: aquellos dos padres groseros y primitivos y aquella jovencita delicada, culta, bella y profundamente
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sensitiva. Antes que el caso clnico propiamente dicho, le interes el fenmeno subjetivo, extraordinariamente tpico, de aquel hogar que, a su juicio, entraaba un serio y apasionante problema social. Con esta base para iniciar su labor, el doctor se dispuso a considerar el aspecto clnico. Orden a los padres que salieran de la alcoba y se qued a solas con la enferma. Al instante not que la enferma al verse libre de la porfiada asiduidad de sus padres, pareca haber quedado aliviada de algo que hasta entonces pareca la importunaba fuertemente. Esa observacin fue un nuevo testimonio que sirvi al profesional para plantear el caso en el verdadero campo que hiciera posible la solucin. - Seorita, verdad que usted no ha vivido antes junto a sus padres? - Es verdad, doctor. Se puede decir que acabo de volver al lado de ellos. - Dnde ha estado usted antes? - En el colegio, doctor. He estado durante doce aos interna en el colegio de la Inmaculada. Con una exquisita amabilidad y un tacto cuidadoso, el joven doctor fue indagando todo el pasado de la muchacha. Sus preguntas, sus breves comentarios, su gesto noble, su franca mirada y su amable sonrisa fueron conquistando la confianza de su interlocutora. Despus de dos largas: horas de conversacin con aquel hombre extraordinariamente simptico y comprensivo, Domy se haba reanimado de tal modo, que se hallaba incorporada en el lecho, hablando y sonriendo como no lo haca desde mucho tiempo atrs. Con gran penetracin y tino, el doctor haba conseguido pulsar y estimular el estado espiritual de Domy actuando ms como un confidente que como un mdico, de tal manera que Domy lleg a perder la impresin de estar enferma y junto a un mdico. Charlaba, se reanimaba y rea como si, por fin, hubiera hallado una persona que la comprendiera y supiera tratarla de acuerdo a su ms ntima naturaleza. Sin sospecharlo, se dio cuenta de que haba llegado junto a s una persona que desde el primer momento le inspiraba confianza y fe. - Voy a estudiar con especial predileccin su caso, seorita - dijo amablemente el doctor al disponerse a marchar -. Yo creo que si usted me ayuda vamos a vencer pronto esta dolencia. Maana volver a verla. - S, doctor. Le suplico que venga sin demora. Hoy recin he comenzado a tener la esperanza de que puedo sanar le dijo la muchacha con sincera ansiedad. Cuando el joven galeno lleg al patio de la casa, le salieron al
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encuentro los padres llenos de ansiedad. - Y cmo es, doctor? - le pregunt precipitadamente la chola. - No es desesperante el caso. Espero que podemos hacer mucho por su hija. - Ojal! pues, doctor! Ojala usted acierte despus de que tanto la hemos hecho curar sin resultado. - S. Yo les prometo que desde ahora me har cargo de estudiar y tratar a la enferma en lo que creo que es su verdadera dolencia. - Ha dejado usted sus recetas? - pregunt don Ciriaco -. Ahorita mismo he de correr a la botica para traerlas. - De la botica?... - contest, sonriendo significativamente el doctor -. No. El remedio que esa enfermita necesita no est en ninguna botica. - Y entonces, doctor, qu vamos a hacer? - pregunt desilusionado el obrero. - Acaso no va a tomar nada? - aadi Saturnina con desencanto. - Nada. Este caso es muy especial. - Pero, entonces, doctor, cmo, pues, la vamos a curar? - Ya veremos, ya veremos. Por ahora, no se preocupen y djenla tranquila. Suban a verla lo menos que puedan. Eso es todo. Hasta maana. Sali el doctor, dejando desalentados a los dos cholos. Al quedarse solos se miraron acongojados, como si trataran de comunicarse su mutua decepcin por lo que acababan de escuchar, hasta que Saturnina, retirndose de Ciriaco, con la cabeza rendida de tristeza, se alej murmurando: - Hua! ... Este doctor! ...
Entretanto, la enferma, all, en la penumbra de su alcoba haba quedado mucho ms sosegada que cuando la encontrara el mdico. Aquellas dos horas de conversacin amigable, casi sin tocar asuntos de su malestar fsico, le haban servido de sedante. Luego, la relacin que, a iniciativa del mdico, le haba hecho de su pasado, si bien no haba llegado a comprender los detalles ntimos, le sirvieron a la muchacha como de un desahogo por primera vez. Y, por fin, la atenta y cordial manera como l la escuchaba y demostraba su comprensin, le dieron la alentadora certeza de que todo cuanto ella deca y le preocupaba era apreciado y avalorado en toda la significacin y trascendencia que hasta entonces ella sola haba dado a su absurda situacin.
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Ninguno de los mdicos que la haban atendido le fue tan simptico ni le despert tan completa confianza. Aqullos se haban concretado a examinar la presin arterial, el funcionamiento del corazn, las reacciones nerviosas y muchos otros fenmenos puramente orgnicos, y luego a prescribir el tratamiento que, con pequeas diferencias, todos repitieron hasta el cansancio y sin el mero resultado. Pero, este otro le pareci completamente diferente por su persona, por su acogedora cortesa, su desdn por los procedimientos propiamente clnicos y, sobre todo, por la franca aproximacin espiritual que hacia ella demostraba. Aquella noche se durmi con menos agitacin y malestar, pensando y esperando en que llegara el siguiente da y con l se repitiera la visita del nuevo doctor.
Tal como haba prometido, el doctor volvi a ver a Domy todos los das y con estricta puntualidad. Da tras da se sucedan largas y confidenciales conversaciones sostenidas por el mdico sin mezquinar el tiempo ni estar pendiente del reloj como los anteriores doctores, urgidos por la obligacin de sus visitas a los dems pacientes. La llana conducta y la generosa dedicacin de su tiempo fueron dando a la presencia del galeno un carcter de visita casi familiar que despert en la enferma una cordial simpata. En una de tales visitas, cuando el doctor juzg que Domy estaba suficientemente restablecida para soportar el planteamiento de su situacin, le habl as: Dgame con toda sinceridad, como si fuera yo su confesor, qu impresin le causa el ambiente de su hogar? - Me es insoportable, doctor. - Ya lo imaginaba. Usted ha sido educada para otra cosa. Y cul es el estado de su espritu con respecto a sus padres? - Todo un dramtico conflicto, doctor. Ellos me idolatran a su manera. Pero, le dir, por fin, a usted, sus sacrificios, sus desvelos, su amor no alcanzan, a despertar en m, no digo afecto filial, ni siquiera elemental gratitud que pudiera imponerme el deber de transigir con sus ideas y tolerar sus costumbres y hasta su misma presencia. Se da usted cuenta, doctor, de lo que todo eso significa? - Me doy perfecta cuenta y comprendo su caso. Usted no es ms que una inadaptada y por eso su mal es de descentramiento espiritual y social y de amargura afectiva. - Y eso tiene remedio, doctor? - Que si tiene!.. . Ya est usted en el camino de su curacin,
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seorita. - Verdad, doctor? - y al preguntarle as, la cara empalidecida de Domy y su constante gesto de melancola se iluminaron con una leve sonrisa y una luz de aliviadora esperanza asom a sus lindos ojos negros. El doctor le contempl con suma atencin y glosando ese gesto de alivio de la muchacha, le dijo: - Se lo aseguro y as lo prueba esa su sonrisa, esa luz de sus ojos y ese su mismo afn de vivir que demuestra despus de su anterior pesimismo. Lo que usted necesitaba, ante todo, era un confidente, una persona que hacindose cargo de la secreta naturaleza de su dolencia, la comprendiera y supiera infundirle el empeo de vivir y de luchar. - S, doctor. Eso es lo que yo necesito - exclam la muchacha con sincera vehemencia -. Necesito un amigo. Un verdadero amigo! Mientras manifestaba eso, su mano delicada como un tibio ptalo de lirio, se levant de las blondas del lecho en actitud de un profundo anhelo de amistad. La mano del doctor se alz tambin varonil y cordial. Y esas dos manos apretadas en afn de mutua simpata, subrayaron ms elocuentemente an las frases que entre ambos continuaron. - Ser su amigo, seorita. Ser su amigo para trasmitirle toda la fe y la ayuda que necesita. - Gracias, con toda el alma, doctor! - Lucharemos los dos contra su mal, que no es ms que de amargura y de soledad. Y venceremos. Lo importante es luchar y para luchar slo hace falta tener un ideal. En su caso, con su educacin y su gran categora espiritual, usted muy fcilmente ha de vislumbrar ese ideal, es decir una causa noble y grande que la levante de sus actuales desesperanzas, que le hada perder de vista el absurdo social en que vive y que le estruja el alma. S. Necesita usted una gran finalidad a la que usted pueda consagrar su juventud, su talento y las bellas virtudes que revela su alma profundamente sensitiva. - Y qu ideal podra ser se, doctor? - Oh, no hay que apresurarse. Es cuestin de que ambos vayamos meditando con calma. Un ideal no se busca como quien elige un traje. Pero, estoy seguro de que, de su misma situacin actual, ha de nacer una inquietud que tomando cuerpo y determinndose de acuerdo a su espritu, ha de convertirse en su ideal, en su razn de ser y de vivir.
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- S, doctor. Deseo eso. Quiero amar y luchar por algo que me haga olvidar mi origen de seorita fracasada y de mujer que concibi un imposible. Eso es lo que anhelo con toda mi alma! Al expresarse as, su mano, cobrando insospechado vigor, se apret a esa otra mano prxima, fuerte y noble, como si sa fuera, por el momento, la mejor forma de concretar aquel ideal que su amigo le anunciaba. Cada visita del doctor era una nueva dosis de aliento que se iba traduciendo en positivos factores de una lenta pero segura mejora, complementada con la administracin de tonificantes y remedios tan sagazmente prescritos que no tenan para la enferma el sabor de odiosas medicinas.
Domy muy pronto estuvo en condiciones de mantenerse ya en pie durante una buena parte del da. Fusele despertando el apetito. Aument ostensiblemente de peso. Sus colores y sus encantos tornaron a manifestarse aunque incipientes todava, pero por ello mismo ms delicados y graciosos. Se hubiera podido decir que la muchacha era el esbozo de una obra maestra sobre la cual el inspirado artista aada cada da un detalle de lneas, color o de luz, para ir completando fervorosamente su obra. El artista era el joven galeno, quien, insensiblemente tambin, atrado por sus sentimientos, se fue encariando tanto que, con el transcurso del tiempo, no hubiera sabido decirse a s mismo si estaba actuando dentro de los lmites de su deber puramente profesional o si sus afanes correspondan ya a otra clase de afecciones. Por su parte, Domy cooperaba con todos sus recursos personales en la labor de su mdico. Se arreglaba con esmero; desempolv su olvidado y bien surtido trousseau y extrajo de l las ms graciosas prendas de ropa de casa. Procuraba complementar el buen efecto de sus vestidos peinndose con esmero y dndose cuidadosos toques ante el espejo de su tocador. Una tarde, Domy, cuidadosamente vestida con un traje recien estrenado y muy mono, al ver llegar al mdico le pregunt: - Le gusta este vestido, doctor? - Es precioso y le sienta muy bien. - Lo he estrenado ahora, doctor. Sonri el joven y mirando complacido a la muchacha, coment: - sta su actitud es un dato que revela que ya est usted reconcilindose con el mundo. -Por qu, doctor?
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- Pues, su preocupacin de parecer bien a los dems es un sntoma inequvoco de lo que le digo. Tanto se iba acostumbrando la muchacha a la presencia de su mdico, que al despedirse ste en los das sbados o vsperas de fiesta, no poda contenerse de expresar su pena por la ausencia del doctor durante el siguiente da. En una de estas ocasiones, el galeno, llevado por su impulso, manifest a la muchacha: - Mire, Domy. Para maana, que es domingo, me tomo la libertad de invitarme a tomar el t aqu. Le parece bien? - Oh, s, doctor. Est maravillosamente bien - le respondi ella con una dulcsima y agradable sonrisa. Y en la tarde de ese domingo, tal como lo haba dicho, lleg el mdico con el cordial y alegre talante de un camarada. Cmodamente instalados en el living, ante la mesa servida con el t, pasteles, dulces y licores, Domy luca un precioso traje de tul vaporoso y un cuidadoso peinado de ltima moda: el doctor la contemplaba con ojos cautivados. As pasaron una tarde deliciosa. - Bueno, Domy, todo este tiempo hemos hablado de usted, de su vida, de su salud. Ahora quiero hablar de lo mo. Deseo pagarle su confesin con la ma. Me ha sido tan grato encontrar en usted tanta sensibilidad, inteligencia y gracia reunidas, que siento yo tambin el ansia de contarle mi vida, mis aos pasados, mis labores presentes y mis aspiraciones para el futuro. Crame, Domy, que nunca hasta ahora me he considerado tan prximo a nadie hasta el punto de atreverme a confiarle mis intimidades. Ser porque, al conocer tambin las suyas, usted me est invitando a esta hermandad espiritual? Esto que digo le dar la medida de mi manera de ser. Soy ante todo un romntico y las cosas del espritu ocupan en mi vida mayor campo que las preocupaciones profesionales. Ante la complacida y profunda atencin de la muchacha, el joven profesional, ameno y locuaz, le cont su historia, sincera y desnudamente, como si la narrara a su hermana o a su amada.
Se llamaba Joaqun Arenal. Era natural de la misma ciudad. Hijo nico de una conocida familia con antepasados prceres de los primeros tiempos de la Repblica; naci y vivi su primera infancia en la suntuosa casa solariega de sus progenitores. All la vida le haba saludado con sus mejores dones. Su padre, carioso, hidalgo y honrado; una madre, noble, buena y bella; unido a todo esto una gran fortuna, producto de unas riqusimas minas de oro que poseyeron y haban explotado sus abuelos en una lejana y poco accesible
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provincia tropical. Este caudal les haba permitido a los padres de Joaqun viajar a Europa y educar al hijo en los mejores colegios y durante las vacaciones elegir cada ao un lugar de veraneo, ya en la Costa Azul, en la orilla de los lagos suizos, en Ostende, en Venecia, en Constantinopla o en el Egipto. La terminacin de sus estudios secundarios coincidi con una gravsima situacin econmica de su familia. Su padre, que hasta entonces era un perfecto hombre de bien, haba comenzado a frecuentar los casinos y lugares de juego. Un da sali de Monte Carlo sin un centavo y con toda su fortuna perdida. Apenas pudieron disponer de lo preciso para el pasaje de retorno a la tierra natal. Al volver slo les quedaba la casa solariega y algunas haciendas. Hubieran podido vivir holgadamente, adaptndose al sencillo marco de la vida bastante aldeana que por entonces se haca en el pas, pero, el padre, acostumbrado ya a los grandes centros europeos, no se resignaba a vegetar en el medrado ambiente nativo y se dola especialmente de no poder continuar la esmerada educacin de su hijo hasta darle una brillante profesin. Por eso resolvi consagrase afanosamente a rehacer su antigua fortuna. Como era lgico, eligi la minera. Sobre las propiedades que an le restaban, contrajo un crecido prstamo que lo invirti ntegramente en la adquisicin, habilitacin y explotacin de unos yacimientos adquiridos a unos provincianos. Durante un ao porfi en organizar y montar los trabajos con la seguridad de lograr una magnfica produccin. Pero al cabo de ese tiempo, las minas resultaron pobres. Una quiebra espantosa fue el resultado de sus afanes. Y un da, el hidalgo, acosado por las obligaciones financieras, con el alma obscurecida por el tremendo contraste, tuvo la inaudita decencia de poner trgico fin a su vida. Pero, como una cruel irona, la mina, estril hasta entonces, comenz a dar algn rendimiento y permiti pagar todas las deudas contradas por el seor Arenal. La esposa se apresur a vender las minas para liberar de hipotecas la casa y las propiedades de familia. La madre de Joaqun, mujer empeosa e inteligente, no slo soport el golpe de su trgica viudez, sino que algn tiempo ms tarde arregl de tal manera la administracin de sus bienes, que pudo, vendiendo alguna de sus propiedades y conservando la renta de otras, enviar a su hijo a Europa para que continuara sus estudios universitarios, mientras ella se quedaba en el pas para sostener con economas y ahorros la estada y aprendizaje de Joaqun durante los largos aos que necesitaba para vencer su carrera. De esa manera el joven volvi al extranjero, llevndose como control
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para su conducta y leccin inolvidable para su vida la desgracia ocurrida a su padre. Joaqun hubiera deseado, de acuerdo con sus antiguas inclinaciones, dedicarse al arte o a la literatura. Su temperamento romntico y apasionado por las cosas y las causas blicas, estimulado por el aliciente superior de los museos de arte, el teatro, los conciertos y las exposiciones que haba frecuentado desde nio en sus paseos por las principales capitales del viejo continente, le impulsaba a consagrase al cultivo de una o varias de estas artes puras. Pero, frente a las duras lecciones de la vida y, sobre todo, al cambio de su situacin econmica, tuvo que decidir, muy cuerdamente, por elegir una carrera ms prctica y socorrida que le permitiera volver a su pas para vivir de ella y poder retribuir los abnegados y generosos desvelos de su madre. Como realizacin de tal propsito haba elegido la medicina, porque con ella pensaba aunar sus ensueos de tornar en filantropa para los seres dolientes las generosas disposiciones de su espritu sensible e idealista. Se inscribi en una de las ms acreditadas universidades y se consagr a sus estudios con tesn y entusiasmo. Cuando ya estaba por rendir el examen de cuarto ao de la Facultad, recibi la tristsima noticia de la muerte de su madre. La fatal nueva estuvo a punto de causarle un contraste en las pruebas de la Universidad. Tuvo que hacer milagros de entereza y resignacin para salir adelante. Pasado algn tiempo, orden a su tutor que vendiera todas sus propiedades y valores, con excepcin de la casa solariega, por veneracin a sus padres y antepasados. Con el producto de tales ventas, Joaqun orden cmodamente su vida; administr sus gastos previsoramente hasta terminar sus estudios, quedndole an una buena reserva para el futuro. Con su flamante ttulo, un gran caudal de optimismo y vehementes propsitos de trabajar en su tierra poniendo todo cuanto haba aprendido al servicio de sus semejantes, haba regresado para establecerse en la ciudad, habindose iniciado afortunadamente y conseguido rpida reputacin. Un solo detalle le fue ingrato: entrar en su vieja casona y verse aislado espiritualmente, sin tener entre quienes le rodeaban nadie que fuese capaz de hermanarse con su alma. En ese momento haba comprendido que era un solitario por razn de la incomprensin de los suyos. Por eso ahora comenzaba a sentirse contento de haber hallado en Domy la mujer exquisitamente conformada para ser la verdadera amiga y confidente. Mientras el doctor Arenal contaba todo eso con la sencilla y veraz
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manera de un cabal hombre de bien, Domy escuchaba cautivada. Cunto bien le haca orle! El hecho de ser la depositaria de las intimidades de ese hombre la converta en partcipe de su destino. Esa consideracin le infundi seguridad y fe en s misma, hacindole columbrar la posibilidad de encontrar un derrotero a travs del desbarajuste de su vida. Pero, adems, otro sentimiento sutil y en estado de larva brotaba de su alma. La espontnea prestancia de ese hombre joven, su educacin esmerada, su correcta y sobria elegancia, la naturalidad de sus palabras y ademanes y, muy principalmente, el fondo intensamente romntico de su espritu disimulado debajo de la serenidad obtenida por la disciplina de una vida de lucha y de estudio, fueron creando en el concepto de la muchacha la idea de un acabado arquetipo. Con un inters nuevo, creado por esa sensacin, Domy le pregunt: - No ha habido hasta ahora nadie en su vida a quien haya hecho usted estas confidencias? Guard silencio el doctor. fue un silencio embarazoso que por algunos instantes ensombreci la luz de su mirada franca. Algo como el nacimiento de un suspiro se frustr en el pecho del hombre. Al fin pudo decir con la voz un tanto temblorosa: - Bueno... En la vida no todo ha de ser xito ni felicidad - luego aadi como para s mismo -. No todo ha de ser luz. Hace falta la sombra para dar relieve y perspectiva a las cosas. A Domy le llam la atencin el brusco cambio en la actitud de su interlocutor. Presinti un misterio que comunicaba mayor sugestin a aquel hombre que haba comenzado a admirar. - Bien. Domy. Es preferible terminar en este punto mi larga confidencia. Es ya muy tarde y he hablado demasiado. Perdone usted. Y se levant para despedirse con un apresuramiento inusitado. Domy estrech con su tibia mano la del doctor y se qued mirando anhelosa la silueta que desapareca en la penumbra del patio mal alumbrado de la casa.
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CAPTULO DECIMOTERCERO - Bien, mi querida Domy. Creo que ya hemos superado su dolencia. La preciosa mquina de su organismo est restaurada. Aqu, bajo el abrigo de su soledad funciona bien. Ahora hay que ver cmo se porta en la intemperie - djole un da el doctor Arenal. - En la intemperie, doctor? - S, amiguita ma. Ahora tiene usted que salir a la intemperie. Yo llamo a s al mundo, al medio social en el cual tiene que vivir forzosamente todo ser humano. Pues bien, mientras una breve ausencia me obliga a dejarla... - Dejarme, ha dicho usted, doctor? - S, amiguita ma. Es una cuestin de fuerza mayor. - Por mucho tiempo? Va usted a ir muy lejos? - interrog la muchacha, casi con angustia. - Por un mes, nada ms. - Es para alguna curacin de urgencia? - aadi Domy con una atrevida espontaneidad dictada por su egosmo de paciente y de admiradora a la vez. La contempl Arenal con una profunda y dolorida mirada y le respondi: - S. Es un caso de urgencia. Es tambin un mal del espritu y son dos los que necesitan curarse. Pero, refrenando la gravedad del acento con que haba pronunciado estas palabras, sigui hablando a la muchacha con su habitual y alegre afecto: - Volvamos a lo suyo. Usted ha de aprovechar esos das para enfrentarse con la prueba, siguiendo mis instrucciones. - S, doctor. Har todo lo que usted me diga - respondi la muchacha con sincera disposicin. - As me gusta. Por delante tiene que estar su buena voluntad. Luego, a salir de paseo desde maana mismo. Pero, esccheme bien. Debe usted ir despreocupadamente, sin trascendentalizar nada. Hay que salir a ver todo lo que hay por all con ojos de nia curiosa, sin analizar nada y ms bien dispuesta a dejarse cautivar con todo lo que sea grato y divertido, aunque fuera nada ms que superficialmente. - As har, doctor. - Slo de esa manera podr usted ponerse bien con el mundo hasta que desaparezcan de su mente las ideas negras que tan prematuramente se ha formado. Ya ver usted que no todo es malo entre las gentes. Hay muchos seres que bien merecen nuestro aprecio
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y hasta nuestra predileccin y hay muchas cosas tambin que valen la pena de tenerlas y de gustarlas. Ya lo ver usted. - He de cumplir todo lo que usted me dice, doctor, Maana mismo saldr de paseo. - Muy bien, Domy. Y siga usted saliendo todos los das y qudese afuera todo el mayor tiempo posible. Procure volverse todo lo frvola que pueda. Algrese por cualquier cosa. Emppese de sol, de aire y de alegra. Busque amistades que sientan optimismo por la vida. Estoy seguro de que cuando yo regrese la encontrar viviendo otra vez la plenitud de su edad florida. - Gracias, doctor! Y que usted vuelva pronto para que siga siendo mi mejor amigo. - As ser, Domy. Con tales recomendaciones, el doctor Arenal se despidi de su expaciente.
A la tarde siguiente, Domy, dcil a la orden, y, acaso ms que dcil, subyugada por la influencia moral de ese hombre, nica fuente de su naciente fe, se dispuso a salir. Se aproxim a la ventana y vio arriba un cielo sereno y encendido en los ms bellos tintes del crepsculo. Abri los cristales y sinti en la cara la caricia del aire fresco, que penetr en sus pulmones producindole la sensacin consoladora de que an haba, all afuera, campo y libertad suficientes para su bienestar. Por primera vez desde que estaba en su casa le entusiasm la invitacin de la naturaleza. Cunta razn haba tenido el doctor y qu tonta haba sido ella! Estarse encerrada as, consumindose de nostalgia y hasta queriendo morirse cuando ah fuera estaba la vida incitndola con sus atractivos! ... Sin esperar ms, se arregl; compuso esmeradamente su cara, que tanto haban desmejorado las pasados sufrimientos; eligi su mejor traje de tarde; calzse un monsimo par de zapatos; psase su ms gracioso sombrerito y complet su aderezo con un valioso tarado de nutria confeccionado en un modelo de "tres cuartos" y, con la mejor voluntad de su parte, sali a caminar por las calles de la ciudad. Recorriendo las vas al azar, lleg hasta el centro, y por fin ingres a la calle Comercio cuando se iniciaba el paseo vespertino. Las vitrinas iluminadas, exhibiendo ms o menos artsticamente la seleccin de las mercaderas de cada almacn, los letreros y anuncios luminosos daban a la calle la categora de una arteria moderna; los bares y las confiteras dejaban notar desde sus puertas los numerosos
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concurrentes que los ocupaban. En las veredas, las muchachas elegantes paseaban haciendo tiempo para la Ilegada de los amigos con quienes tenan cita para la "tanda" del cine. Grupos de hombres elegantes, o con presuncin de tales, paseando tambin o detenidos en las esquinas o junto a las puertas, escpticos unos, filosofaban sobre los males y problemas nacionales; otros, menos trascendentalistas, hablaban frusleras sin dejar de devorar con las ojos a las mozas que pasaban y de lanzarles a quemarropa piropos manidos y de escaso ingenio. Pollos "sinsombreristas" paseaban luciendo sus "permanentes" con ondas y reflejos laboriosamente logrados merced a la gomina y con el abrigo echado a la espalda con estudiada negligencia. Y, de cuando en cuando, algn indgena sucio y torpe caminaba tmido y azorado como un animal cerril que se hubiera extraviado en medio de la gente. En fin, toda una fauna humana variada, y en buena parte cursi, que haba invadido la calle de acera a acera hasta obligar a suspender el trnsito de vehculos por la calzada. Domy, agradablemente impresionada en los primeros momentos y contenta de haber descubierto un sitio interesante para distraerse, recorri garbosa y erguida las dos cuadras que constituan la zona del paseo. Llegada al final de la segunda cuadra, tom la vereda de enfrente y volvi a recorrer las mismas dos cuadras en sentido contrario. Cubierta nuevamente esa distancia, volvi a recorrerla y, as, media hora despus, haba ido y retornado tanto, que comenz a sentir el hasto de ver las mismas tiendas, los mismos escaparates y las mismas caras. Sin poder evitarlo, su afn de anlisis le hizo comprender que estaba formando parte de una gran noria colectiva, en la que ella y las dems gentes estaban haciendo la cosa ms tonta del mundo. - Ser, realmente, una diversin o un castigo de ergstula esto de andar y andar como en una pista? - se dijo - O es que estoy traduciendo lo que veo bajo el efecto de mi incorregible insatisfaccin? Al pasar junto a - los hombres, not que muchos de stos la miraban con impvida intencin. Algunos le lanzaban requiebros vulgares. Entre esos desconocidos galanteadores encontr algunos muchachos pasables y hasta simpticos; pero, en su estado psicolgico no entraba por el momento la posibilidad de un flirt, as fuera nada ms que para dar sentido y objetivo a su paseo. Se resolva ya a libertarse de esa sensacin de "calesita" que a cada vuelta repite el mismo campo visual, para ir hacia otros sitios de la ciudad, cuando sinti por detrs dos manos que la detuvieron, al mismo tiempo que a sus espaldas voces femeninas la nombraban
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con regocijada sorpresa. Volvi Ia cabeza y se encontr con dos muchachas elegantes y bonitas, aunque excesivamente maquilladas. - Domy, Domy! Verdad que eres t? - djole una d ellas. - Pero, qu grata sorpresa, encontrarte, amor! - le salud la otra, halagadora. Domy no supo de quines se trataba, si bien las fisonomas que tena ante s le suscitaron un lejano y vago recuerdo. - Pero, chica, no nos conoces! ... - S. Pero, en este momento, no sabra decirles... - les respondi la muchacha, tratando de suplir con su amable gesto la deficiencia de su memoria. - Parece mentira, hija! No te acuerdas de Susy, de Susana? - Y de m? - le dijo la otra -. De Candy? No te acuerdas del colegio? - Ah. Ahora, s. Ya lo creo que me acuerdo! Cariosos abrazos y sonoros besos con fuertes huellas de rouge labial ratificaron el reconocimiento. Y, fue, recin, que Domy record a sus dos condiscpulas del internado. Susana y Candelaria Rosales haban sido dos hermanas extremadamente frvolas y desaprensivas, cuyas originalidades en materia de indisciplina y falta de recato haban dejado fama entre las dems colegialas. As por ejemplo, cierta noche, descuidando a la celadora del dormitorio haban ido a apostarse en una de las ventanas de la calle para "pelar la pava" con unos impacientes galanes, situacin en que fueron sorprendidas por una de las madres profesoras. La ltima y ms grave de sus ocurrencias haba sido la de escapar del colegio una tarde, mezclndose entre las alumnas externas que salan despus de las clases para sus casas; pero no para ir, como stas, a la suya sino para reunirse con unos amigos disipados y pasar toda una noche de baile y diversin. Sorprendidas tambin en esta gravsima falta, fueron expulsadas del establecimiento. Desde entonces, Domy no las haba visto ms. A pesar de que la separacin de las Rosales haba dejado un recuerdo terriblemente sensacional en el internado, en aquel momento, Domy, crudamente aleccionada por sus percances pasados, por su situacin equvoca y su desamparo social, estaba libre de prejuicios y dispuesta sobre todo a cumplir los consejos del doctor Arenal, no slo estaba resuelta a ser tolerante con aquellas muchachas sino a ver hasta dnde le sera posible y agradable cultivar esa amistad tal como en los lejanos das del colegio. As, pues, las trat con llaneza y espontnea cordialidad. Por su parte, las Rosales, encantadas de haberse hallado con una
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amiga bonita y elegante, la tomaron inmediatamente a su cargo y se la llevaron del brazo a una de las confiteras prximas para tomar el cctel que ellas, muchachas modernsimas, acostumbraban a esa hora. - Y no han extraado la vida del colegio? - les pregunt la muchacha. - No, Domy - contest Candy -, porque, de haber continuado all, nos hubiramos convertido en unas santulonas hipcritas o en unas seoritas cursis. Te das cuenta? Y, con esa manera de ser, nuestra vida, ahora, sera imposible. - Claro - aadi Susy -. Llenas de tantos prejuicios hubiramos desperdiciado lo mejor de nuestra juventud, sin saber que se vive slo una vez. - De manera que estn satisfechas? -Por qu no? - respondi Susy -. Vivimos con independencia. Pap, embebido en sus negocios mineros y tambin en alguna que otra aventurilla que el viejo se procura para distraer su viudez, casi no reside en la ciudad y nosotras quedamos durante largas temporadas en plena libertad para arreglarnos como mejor nos acomoda. Si no tenemos amigas, es porque todas esas "seoritas bien", especialmente nuestras antiguas condiscpulas, nos han marginado de su crculo, en cambio, te diremos, nos sobran los amigos y stos entre los mejores muchachos de la sociedad. Con ellos nos divertimos y hasta fraguamos alguna interesante travesura. Figrate que por medio de estos amigos llegamos a vengarnos de las "chicos bien" frustrndoles sus matrimonios! - S? De qu manera? - Escamotendoles el novio; no para casarnos con l, porque esto no entra en nuestros clculos, sino para retenerlo con una de nosotras y llegar a formas de intimidad tan pblicas y ostensibles que a esas muchachas ya no les es decoroso reanudar el noviazgo. - Entonces, ustedes son una verdadera plaga social! - contest riendo, Domy. - Ni ms, ni menos, chica - aadi, riendo tambin, Candy -. Ah, pero t no debes temer nada de nosotras. Te consideramos de otra pasta. En el colegio, siempre te estimbamos. Esa estimacin se ha confirmado ahora mismo, al encontrarnos. Y, sabes por qu? Porque te has mostrado espontnea y cordial, muy al contrario de esas otras que al vemos fruncen el hocico y se alejan como si estuviramos apestadas. T demuestras ser una buena muchacha, sin pretensiones tontas. Vamos a ser muy buenas amigas. - Desde luego - afirm Susy -, te ofrecemos nuestra compaa y sers
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partcipe de nuestras diversiones, amigos y cuanto sea preciso para pasarla bien. Qu te parece? - Quedo muy agradecida para ustedes, y encantada con todo lo que me proponen. La respuesta de Domy era sincera. En medio de su soledad espiritual y de su irresoluble conflicto hogareo, se haba encontrado, de pronto, con esas amigas sin prejuicios para con ella. Adems, no le haba recomendado el doctor que buscara lo frvolo e intrascendente? Pues, ah estaban esas muchachas, tan alegres y despreocupadas como no las hubiera podido hallar mejores. Para iniciar esa vida de camaradera, las Rosales planearon all mismo el programa para esa noche. No tardaran en llegar a buscarlas unos simpticos amigos con los que tenan convenido ir a cenar a algn restaurant de moda y luego, a la ruleta o, si se prefera, a alguna boite. En efecto, media hora despus estaban junto a ellas tres muchachos elegantes y simpticos que al llegar saludaron a las Rosales con palpable intimidad. Hecha la presentacin de Domy, los jvenes la hicieron objeto sealado de sus gentiles atenciones. Hombres experimentados como eran en achaques mujeriles, se dieron cuenta inmediata del delicioso ejemplar de mujer que tenan ante si. No dej de agradar a Domy el tono de tenoriesca galantera con que fue cumplimentada desde el primer momento. Mujer al fin, le halagaban aquellos homenajes y supo mostrase tambin asequible a los desbordes de la elocuente simpata de sus nuevos amigos. Despus de beber alegremente algunos turnos de copetines, los seis amigos se trasladaron en un lujoso "Packard", propio de uno de los jvenes, a uno de los mejores restaurants de la ciudad. Al llegar, mientras los dems ocupaban sus asientos en la mesa expresamente reservada para ellos, Candy se levant para ir a la toilette y rog a Domy que la acompaara. - Chica, lo nico que puedo decirte es que te ha cado la lotera fue lo primero que Candy le dijo a Domy en cuanto se vieron solas. -Por qu? - respondi la muchacha. Uno de esos tres amigos, Cristin Trrez de La Mata, no ha cesado un instante de devorarte con la vista. Yo lo conozco muchsimo y jams lo he visto tan prendado de una mujer. - Pero, es que tan pronto ustedes me han deparado ya un galn? - Te lo has conquistado con tus propios encantos, chica! Y te felicito por ello. Sabes quin es? - No acaban ustedes de presentrmelo?
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- Pues, es un gran hombre de negocios. Es extranjero; pero eso mismo le hace mucho ms interesante. Gira con millones. Es soltero, rumboso y simpatiqusimo, como ya lo has podido notar. Las mujeres de la sociedad se lo disputan desesperadamente. Ha tenido los hasta con seoras casadas. Es el mejor partido que se puede soar. Si t sabes ser amable y condescendiente con l tendrs magnficos obsequios y, adems, fuera del galn ms encantador, la oportunidad para dar ms de un disgusto a esas hijas de familia que quieren atraparlo. As que, ya lo sabes. Dale "chance" y si es necesario dale tambin "handicap", y no te pesar. Domy oy a su amiga con tibio inters, ni tanto que realmente la deslumbrara, ni tan poco que significara rechazar secamente a tan extraordinario cortejador. Una vez todos en la mesa, Trrez de La Mata, tal como se lo haba hecho notar a Domy su amiga, fue dedicndose casi exclusivamente a atender y a colmar de galanteras a la muchacha. Terminada la cena, y despus de una larga y sabrosa sobremesa, se decidi pasar el resto de la noche en la ruleta. La entrada de Domy en la sala de juego fue para ella toda una sorpresa. Por las nociones y prejuicios que la haban inculcado sobre el vicio del juego, haba esperado encontrar all solamente gentes de cierta calaa moral poco recomendable; pero vio todo lo contrario; gente encopetada y distinguidsima de la mejor sociedad. Pudo examinar tranquilamente a todos, pues nadie reparaba en ella; todos estaban con la mirada anhelante; pendientes de las vueltas que daba la bolita alrededor del cuadrante de la ruleta. A quienes primero reconoci fue a dos ex-condiscpulas que jugaban junto a sus padres. Sorprendida por la calidad de personas de tan respetable familia, se consagr a observarlas. Cada una de ellas colocaba afanosamente sus fichas en las casillas, columnas o colores del tablero. Otra persona llam en seguida su atencin. Era una dama elegantsima, bastante joven an, que cada vez que jugaba y perda se retiraba de la mesa para salir al bar, instalado en la sala contigua, y se acercaba a un seor gordo y cincuentn que tomaba tranquilamente su "hige ball . La dama le hablaba al odo concierto rubor; el hombre la escuchaba con gesto ambiguo entre incomodado y condescendiente; luego responda algo que pareca una condicin de mucha importancia. La dama asenta ponindose roja y entonces el cincuentn, sonriendo y mirndola sensualmente, sacaba de su cartera algunos billetes de corte mayor y los entregaba a la dama. A Domy le hicieron mucha gracia los trajines de aquella seora y
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deduciendo el caso a travs de su lgica poco conocedora de esas gentes crey que se trataba de algn matrimonio de personas de distintas aficiones en el que, mientras la esposa se mora por el juego, el marido prefera empinar tranquilamente su whisky. En ese momento, Susy Rosales que vena de haber cambiado dinero por fichas para el juego se aproxim a Domy para decirle: - Oye, Domy, no quieres jugar? - Estoy tan divertida observando lo que hace aquella seora elegante del tapado gris, que no he tenido todava la tentacin, de jugar. Fjate que la he visto ya dos veces aproximare a aquel seor gordo que est bebiendo. Debe ser su marido, no? - Qu esperanza, hija! Esa dama es la seora de X..., cuyo esposo est ausente y ese seor a quien le pide dinero es un soltern acaudalado que no tiene ningn parentesco con ella. Aquellos esclarecimientos le dieron a Domy la pauta de lo que podra significar para la dama en cuestin el dinero de aquel hombre que no era su esposo, y menos su banquero. Mir una vez ms a esa seora a quien haba credo, a lo mucho, una esposa exigente con un marido tacao y se retir de all percibiendo una nueva desilusin. A poco, se le acerc Cristin Trrez de La Mata con un puado de fichas que muy gentil y discretamente le ofreci: Quiere usted probar su suerte? - Oh, seor de La Mata! - repuso ella -. Yo no debo aceptarle. Llevo algn dinero. Le ruego, ms bien, que tenga la amabilidad de llevarme adonde cambian las fichas. - No se preocupe y tenga estas fichas por el momento. Lo importante es que usted pruebe su suerte y que se divierta. La Mata se manej con tal tino que logr que la muchacha le recibiera las fichas. - Muchas gracias! Cree usted que pueda ganar? - Si me permite usted una torpeza egosta, yo deseara que usted pierda. - Tan poco simptica soy para usted? - Es que a veces soy supersticioso y como dicen que a quien est bien en el juego le va mal en amores... - Entonces es seguro que ganar en el juego. - Por qu? - Estando, como estoy, tan mal en amores... - No, Domy. Usted est bien en amores. Se lo juro. - Pues ahora tengo el presentimiento que he de ganar. - Aunque usted gane, yo le aseguro que tambin le ir muy bien en lo otro. - Entonces su regla no es infalible, seor de La Mata. - Qu es lo que puede ser infalible frente a sus irresistibles encantos, bella
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Domy? - Es usted muy gentil y muy generoso. - Y, muy enamorado, aada usted - manifest Trrez de La Mata, con una mirada preada de seduccin. Luego, seguro del efecto de sus palabras y queriendo dejar en libertad a la muchacha, pretext: - Estoy interesado ah dentro en la caja del "Punto y Banca", de manera que le ruego que me permita dejarla unos minutos, mientras usted juega junto a nuestras amigas. Domy comenz a rodear lentamente la mesa de juego ms prxima, tratando de distinguir a sus amigas o de encontrar un sitio vaco que le permitiera acercarse al tablero. Al doblar uno de los extremos de la mesa crey reconocer la cara de una muchacha que estaba un poco inclinada y embebida en el juego. - Ser posible que sea ella! - se dijo. Quiso comprobar su primera impresin visual, pero en ese mismo instante, un grupo de personas que llegaba a tomar su puesto para el juego le impidi seguir observando lo que deseaba. Sinceramente crea y esperaba haberse equivocado. Cmo fuera posible que estuviese all y en tal trance su ex-condiscpula Mara Elena Glvez, nada menos que la alumna que invariablemente se haba llevado todos los aos el "Premio de Excelencia" en Religin y Recato? No. Decididamente haba visto mal. Sus ojos haban sufrido un error. Con este pensamiento trat de aquietarse. Pero le escoca en lo ntimo la curiosidad de comprobar su equivocacin. Un hueco que se abri casualmente entre las cabezas de las personas que estaban ante ella le permiti mirar libremente. No se haba equivocado! All estaba la mismsima Mara Elena Glvez, premio de excelencia en Recato y Religin; ajena a todo y absorbida en los lances del juego, demostraba profunda nerviosidad. Pareca estar perdiendo. Colocaba en ese momento sus ltimas fichas a "pleno" en el nmero 17. Lanzada la bolita, el "croupier" canto 19. Las fichas de Mara Elena fueron arrastradas junto con todas las de los que haban perdido. Domy mir con pena a su amiga que pareca desesperada al ver que se iban sus ltimas fichas. La muchacha, despus de una expectacin sombra busc afanosamente en su bolsa y Domy la not mas angustiada an al no hallar ni fichas ni dinero sigui observando y vio que se desprenda del cuello una joya de brillantes reflejos y que con ella en la mano se diriga hacia la Caja. Intuyendo Domy lo que la Glvez se propona, en un arranque espontneo quiso ir en su ayuda, pero no le fue fcil llegar oportunamente, pues el saln estaba tan lleno de gentes que
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pululaban, que apenas pudo distinguir a su amiga y llegar cuando ya estaba ante el ventanilla de la Caja, en el momento en que acababa de entregar la joya que era una crucecita de oro con pequeos brillantes. - Mara Elena. Cmo te va? Qu haces aqu? - Ah, eres t, Domy? - respondi la muchacha, notoriamente cohibida por la vergenza. - Vas a empear esa cruz? - le dijo Domy, precipitando sus palabras con el solo objeto de evitar lo que tema. - Este... A qu te refieres? - Mira, Mara Elena. Guarda tu joya. Aqu tienes fichas. Te las cedo para que sigas jugando. La Glvez pidi su prenda al cajero y en compaa de Domy se retir a un lugar apartado. Con la joya en una mano y la otra subconscientemente extendida para recibir las fichas que le ofreca su amiga, libertndose de su aturdimiento, dijo a Domy: - Pero..., por qu me das esto? Me has visto tan angustiada? Es que tratas de darme una limosna? - No, hija. No, Mara Elena. Lo nico que quiero es evitar que t, habiendo sido tan virtuosa en el colegio, ests ahora queriendo empear tu cruz. - Esto? - dijo la otra, mirando ruborizada la prenda -. Esto es una joya cualquiera. - Para m, puede que lo sea. Pero para la que se sacaba los premios de recato y religin, no es una joya cualquiera. - Entonces, tu oferta no es ms que una leccin que pretendes darme? Una humillacin?... - y la muchacha inflamndose de clera, mir a Domy de pies a cabeza, aadiendo con sarcasmo -: Has estado acechando la ocasin para humillarme, t, una miserable cholita, la Domitila Perales, cuyas habilidades recin se han descubierto. - Lo sabes tambin, Mara Elena? - pregunt Domy con amargura. - S. Las Alcazaba me lo han contado todo. Domy qued silenciosa. No saba qu hacer. Sin embargo, tan generosa y espontnea haba sido su primera actitud, que su mano segua extendida hacia Mara Elena como si mantuviera su oferta. - De todas maneras, Mara Elena. Acptame, o por lo menos vayamos a jugar juntas. Quieres? - Contigo? Nunca! Anda a buscar gentes de tu laya. Has logrado embaucar a Rosario y a su hermano. Yo no soy una tonta al decir esto, la Glvez dio la espalda a su amiga y desapareci entre
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los grupos de gente que llenaban el saln. Domy se qued inmvil y pensativa. En su espritu, ya tan nutrido de duras experiencias, qued catalogada esta otra leccin que le daba el mundo. Consider cmo aqullas gentes que se crean distinguidas y que por mantener incontaminada esa distincin le enrostraban siempre que podan su origen plebeyo, estaban all zarandeadas por vicio tan bajo y censurable. Cmo le dola nuevamente la injusticia de que haba sido vctima, al pensar que por no pertenecer a esa clase de gentes, el propio Ramiro le haba talado del alma las ms frescas ilusiones! Pero ese dolor tena ahora para ella la agria satisfaccin de haber sorprendido a ese mismo mundo social, que la repudi, en sus ntimas miserias mal veladas por los falsos brillos y mentidas formas morales. Finalmente, acordse de que ella no estaba como analista sino que haba obedecido a un simple tratamiento aconsejado por el mdico. Sacudi sus reflexiones, tan fuera de tono con sus propsitos de frivolidad y de alegra, y se fue a reunir con sus amigas. Ocup un sitio entre Susy y Candy y comenz sus apuestas, perdiendo y ganando regocijadamente, como quien slo buscara un pretexto para divertirse. A medida que se aproximaba la madrugada fue creciendo la febrilidad de los concurrentes. Muchos salan desencantados, con los bolsillos agotados. Otros, y especialmente algunas mujeres, con menos carcter y ms pasin, despus de haber perdido todo, se quedaban mirando los lances, como si no pudieran alejarse de esas mesas que las retenan con su fascinacin. Un detalle que llam la atencin de Domy en los intervalos de las apuestas fue el ver que algunas de las damas que antes lucan riqusimos tapados de pieles, ya no los llevaban, precisamente cuando el fro del amanecer arreciaba y haca ms notoria la falta del abrigo. La cosa vala una explicacin y la pidi a una de sus amigas. - Chica, no te das cuenta de lo que les pasa a esas seoras? - le hizo notar Candy. - Ser que tienen mucho calor. Pero, lo que es a m, buen servicio me presta ahora mi abrigo - manifest Domy. - Ya lo creo. Y, a todas las que estamos aqu. Pero, stas han ido a empear sus tapados para seguir jugando. - De veras? - Es lo seguro, hija. Dicen que el empresario de la ruleta tiene un gran stock de pieles y prendas de sus clientes. Despus de esa aclaracin, Domy mir a esas damas en obligado veraneo y desapareci su respeto por tan distinguidas figuras sociales. Y, segua pensando en eso, cuando not que a su lado,
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Candy Rosales se haba empeado en una discusin con una dama sobre el derecho de retirar un "pleno" redoblado. Cuando, por fin, Candy, con el testimonio de varias personas logr acreditar su propiedad y tomar sus fichas premiadas, la dama de la disputa se retir profiriendo palabrotas y se escurri entre la concurrencia. Candy, alterada todava por el incidente, se desahog dicindole a su amiga: - Figrate, la muy zorra! Quera robarme mi "pleno"! Como si todos no supieran la clase de gentuza que es! - Quin es? - pregunt Domy. - Una verdadera manitica del juego. Tiene una historia de lo ms divertida. Una noche, aprovechndose de la ausencia de su marido se jug todo su cofre de joyas y lo perdi. Al llegar el esposo de la hacienda ella simul haber sufrido el robo de las joyas en su propia casa. El marido acudi a la Polica, ofreci gratificaciones y se esforz para que se descubriera a los ladrones. Ms le hubiera valido no hacerlo, pues, por la misma polica, lleg a saber lo que su esposa haba hecho con el cofre. - Qu barbaridad! Y, a pesar de eso, sigue jugando? - Como la has visto, pero tratando de aprovecharse de los que se descuidan con sus apuestas. Penetraba ya la luz del alba por las ventanas de los salones de juego, cuando Domy y sus amigos abandonaron el local. De La Mata llev a Domy en su Packard hasta la misma puerta de su casa. - Es sta su casa, Domy? - S. No lo imaginaba usted, verdad? - Un nido muy pobre para una muchacha tan bella! - No es ms que lo que me corresponde. - Lo que le corresponde es un trono, ante el cual yo me arrodillara, Domy. - Me basta con su amistad, Cristin.
La vida de Domy Perales pareca haber encontrado en aquellos das un camino un tanto vedado acaso, pero acorde con el gnero de distracciones y frivolidades que necesitaba su tratamiento y, sobre todo, oportuno para adormecer sus pasados sinsabores y darle ocasin y objeto para eludir hasta donde fuera posible la estancia en su casa plebeya. Los das que siguieron fueron de reuniones constantes con las Rosales, Cristin y los dems amigos y le produjeron una especie de vrtigo que no le dejaba tiempo para pensar ni para mirar dentro de su propio espritu. Qu ms poda desear - lleg a decirse en uno de
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esos momentos en que se hallaba como contagiada por el cinismo de sus amigos - que ms poda desear mientras fuera joven e independiente? En efecto, era todo lo independiente que pudiera desear, debido a la amplia tolerancia de sus padres que no se atrevan a inquirir por su conducta ni por la razn de sus continuas y prolongadas ausencias. Los dos cholos, en su ignorancia e idoltrico cario crean que todo lo que haca ella estaba muy bien hecho. Por algo era la nia de sus ojos! Con tal que estuviera sana y alegre! Adems, esa vida le salvaba de introspecciones molestas. Si no poda vivir en la sociedad para la que la haban educado, a lo menos le era dado ahora frecuentar sitios elegantes y concurridos, en los que el dinero y la asiduidad de sus amigos le deparaban suficientes formas y motivos para pasarla muy bien. Y si en las noches volva a su hogar plebeyo era nada ms que para buscar descanso y sueo despus de sus diversiones. Tambin esa vida le iba enseando muchas verdades para aquilatar a las gentes y las cosas. Sus ilusiones de antes, sus fervores ingenuos y sus romanticismos de colegiala se fueron trocando poco a poco en amarguras sedimentadas, en analizadores escepticismos y en un fro espritu de clculo sobre la relatividad de los fingidos valores morales de su tiempo. Al llegar el alba de cada una de esas noches de diversin, Domy era habitualmente conducida en auto por sus amigos hasta su misma casa. Una de esas veces, al rajar a despedirla en la puerta, le dijo Trrez de La Mata: - Bellsima Domy, mientras usted se duerma, yo seguir soando. - En qu? - le pregunt a su vez Domy con una alegre risa con la que deseaba restar toda trascendencia a las apasionadas palabras de su amigo. - En qu ha de ser, Domy, sino en mi felicidad, en la felicidad de ser su ms entraable amigo.
Cuando Domy se despojaba de su elegante traje para meterse en la cama, senta como si al dejar sus atavos se despojara tambin de todos los recuerdos e impresiones de aquellas veladas mundanas y que se quedaba con el alma, desnuda en medio de su soledad espiritual y material. Su alcoba le pareca doblemente tra. Fra para su cuerpo enardecido por el champaa, el baile y los galanteos y ms fra an para su corazn menesteroso de la proximidad y la calidez de un afecto de verdad. Era entonces que aoraba la presencia y los reconfortantes consejos
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de su amigo, el doctor Arenal. En el trajn agitado de aquellos das y con la compaa de sus nuevas relaciones de amistad no haba ddose cuenta de que ya haba transcurrido superabundantemente el tiempo sealado para su regreso. Esta comprobacin le caus grave desazn. Qu sera del doctor Arenal? Por qu no habra ido a verla? Hacindose tales preguntas sin encontrar la respuesta, comprenda todo el vaco de esa ausencia y engrandeca los valores atribudos al ausente. Metida ya entre sbanas y entibiado su lecho, pero insomne a pesar de la hora, segua su cabecita enardecida elaborando imgenes y fantasas. Comparaba las dos figuras masculinas que en esos momentos se incorporaban en su recuerdo. De La Mata, apuesto, seductor y rumboso, brindndole sus predilecciones y hacindole el amor con el ms consumado mundanismo, y frente a ste, el doctor Joaqun Arenal, sencillo, sincero y caballeroso, levantndole el espritu con su afecto cordial, comprendiendo su tragedia y prestndole con su palabra la fe que le faltaba. Cul de esos dos hombres estaba ms cerca de su corazn? En cul de ellos podra hallar la realizacin de su ideal? La eleccin no era dudosa. Pero, Arenal estaba lejos de ella. Separado por una ausencia que era ms sensible por lo mismo que la privaba de tanto bien. En cambio el otro, el galn afanoso, estaba all como un centinela fiel, acosndola con sus predilecciones y deslumbrndola con sus prodigalidades. Si se apresurase a llegar el doctor! Y, cavilando as esconda su bella cabecita entr las perfumadas blondas de la cama.
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CAPITULO DECIMOCUARTO Haban transcurrido ms de tres meses desde la despedida del doctor Arenal. Tres meses que haban sido muy bien aprovechados por Trrez de La Mata para ganarse buena porcin del corazn de Domy. Casi no haba transcurrido un slo da en que el apuesto amigo hubiera dejado de pasar con ella la velada. Salones, boites, casas de juego, paseos, etc., fueron los sitios en que habitualmente se luca la elegante pareja despertando envidiosos comentarios y maledicencias. Domy se dejaba conducir y se dejaba querer y festejar sin entusiasmo ni emocin verdaderos. De todo cuanto haba hallado desde su salida del colegio eso era lo menos malo que le haba ofrecido el mundo. No quera ser exigente. Estaba duramente aleccionada por los contrastes pasados y trataba de reprimir sus aspiraciones. Mucho ms si notaba que viviendo como viva se adormecan sus antiguas exaltaciones espirituales y se aminoraban sus excesos romnticos. Solamente en algn momento de introspeccin su fuero sentimental lograba abrirse paso por entre la agitada baranda de sus das. Entonces senta en el alma como un dbil araazo de la nostalgia y por la leve herida de esa garra intrusa manaba un aroma de evocacin y aoraba y pensaba en Arenal Se consideraba como engaada y lastimada por el despego del mdico. Por qu habrsele aproximado tanto al alma? Para qu habrsele transformado de mdico en amigo? - Amigo tan dilecto! - Por qu razn menospreciarla ahora hasta el extremo de no cumplir siquiera el deber lgico y elemental del profesional? No venir, a lo menos, a comprobar el estado de su paciente y a despedirse si es que ya no haba de su parte mayores obligaciones! ...
Pero el da menos esperado lleg el doctor Arenal. Al recibirlo aquella tarde en su departamento de la casa de sus padres, Domy sufri la ms insospechada eclosin de sus sentimientos. Se le produjo en el alma toda una transfiguracin. El armazn que tan paciente y porfiadamente haba levantado Trrez de La Mata con sus seducciones cay impetuosamente aplastado por la presencia del visitante. En la plasticidad de su corazn qued excluida toda otra imagen que no fuera la de aquel dilecto amigo que en ese momento entraba a darle su cordial y afectuoso saludo. Porque la presencia de Arenal tuvo la virtud de hacer olvidar toda su ausencia, como si
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llegara nada ms que desde el da anterior. Lo mismo que antes, Arenal le habl con esa afinidad espiritual que tanto la cautivaba; con esa palabra noble y cariosa que era el embrujo que saba ensanchar y enflorecer el corazn de la muchacha. Pero, adems, aquella tarde, el doctor Arenal lleg con un nimbo de melancola inexplicable. Su sonrisa caracterstica pareca esforzarse por vencer algn ntimo desasosiego; sus ojos que antes brillaban de fe se vean empaados por una sombra de desilusin. Hasta su figura antao vigorosa y erguida daba la impresin de cansancio. De todo eso se dio cuenta la muchacha en cuanto pudo sosegar su exultacin de alegra. - Pero, doctor, ha estado usted enfermo? - fue la primera frase que a Domy le dict su observacin. - No. No, Domy. He estado perfectamente bien. Por qu? - Porque lo noto ms... es decir... No s cmo expresar... Mirla el doctor con dulce melancola para, luego, decirle: - De veras encuentra usted algo raro en m? - S, doctor. Pero no sabra decirle por qu. No puedo explicarle. Arenal guard silencio algunos instantes. En seguida habl con acento de pesadumbre. - Tiene usted razn, Domy. Usted no puede explicarse. Claro. Ignora lo principal. No sabe usted que soy casado. - Casado! ... No diga, Joaqun! ... Usted, casado? ... fue un violento revuelco del corazn que la muchacha sufri al recibir de sopetn acuella noticia. Desconcertada por aquel caso en que hasta entonces jams haba pensado, sigui escuchando como a la distancia la voz de su amigo. - S, Domy. S, nia ma. Soy casado. - Y, por qu me lo ocult, doctor? - fue la frase henchida de espontneo reproche que le dirigi la muchacha. - No se lo he ocultado, Domy. . - Y, entonces?... No habrmelo dicho hasta ahora, en tanto tiempo en que somos amigos! ... - Domy. Yo le ruego que no me reproche. Hasta ahora no le dije nada de ella porque no haba motivo ni oportunidad. - Pero, y cuando me hizo el honor de contarme su vida? - Pues bien, estuve a punto de contrselo, pero no s por qu me contuve. Sent en aquel momento un temor indefinido, por lo menos un afn de ser discreto. No crea provechoso comunicarle una flaqueza ma cuando precisamente estaba empeado en que tuviera usted entera fe en m. No quera presentarme a sus ojos como un hombre amilanado por los contratiempos. Deseaba ser considerado
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por usted, que todava estaba convaleciente, como un hombre seguro de s mismo, capaz de infundirle toda la fortaleza y el dominio sobre la vida hasta conseguir su absoluta curacin. Me ha comprendido ahora, Domy? - S, doctor. Lo comprendo. Su silencio ha sido algo as corno reserva profesional. - As es amiguita ma. Es usted extraordinariamente inteligente. Mi caso, junto a usted era semejante al de cualquier colega mo que tuviera que ocultar, por ejemplo, sus graves alteraciones cardacas cuando atiende a un paciente que sufre de la misma dolencia. Domy se sinti desolada. Aquella pequeita larva de ensoacin que le haba ido naciendo merced al milagro del afecto del doctor agonizaba irremediablemente. Qu sino desventurado el suyo, de soportar una tras otra la muerte de sus ideales! - Mi ausencia - sigui expresando Arenal - se debi a un deber de esposo. Una exigencia de Liliana, mi mujer, de salir del pas por una temporada. Un deseo muy natural en una mujer joven, acostumbrada a otro ambiente, de ir a un centro ms amplio. Eso fue todo. - Me permite usted la libertad de preguntarle de dnde y quin es su esposa? - Es una muchacha francesa a quien conoc durante mis estudios en Pars. Era enfermera de la clnica donde yo Practicaba. Perteneca a una buena familia venida a menos por un cambio de fortuna. Despus de un ao, el ltimo que pas all, nos casamos. El viaje de bodas fue a la vez el de mi retorno a la patria. Hace un ao que estamos aqu. Al principio ella viva encantada del pas. Como una nia curiosa celebraba todo lo extico que eran para ella nuestros tipos, costumbres, paisajes y sensaciones. Pero ahora siento que todo eso la va hastiando. Perdida la novedad y lo pintoresco de nuestras cosas, siente todo montono y aburrido. Yo me fui dando cuenta de lo que le pasaba. Ella procuraba contenerse al principio, luego comenz a quejarse y, finalmente, a rogarme que, por Dios, le concediera un pequeo respiro, saliendo a un sitio mejor, y tuve que llevarla a hacer una breve temporada en Ro de Janeiro. La he llevado y aqu estoy de regreso. - Pero, eso ha podido causar a usted la contrariedad que se adivina en sus ojos? - interrog Domy, haciendo milagros por callar su verdadera ansiedad. - Escuche, Domy. Confiado en la intimidad que nos liga voy a abrirle de par en par mi corazn. Mi conflicto es el siguiente. . . No pudo continuar. Un fuerte eco de voces cercanas lleg a la
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estancia desde el corredor. Las hermanas Rosales, que haban llegado a la casa sin hacerse anunciar, entraron bullangueras y alegres como de costumbre. Despus de los saludos y presentaciones que Domy hizo - de sus amigas al doctor Arenal, y mientras ste se retraa en silenciosa expectativa, Candy Rosales quiso excusar con festiva despreocupacin la irrupcin de ella y su hermana: - Domy querida, te ruego nos perdones esta manera de llegar y entrar como Pedro por su casa. - Oh, encantada de que hayan venido - le respondi Domy, forzando su incomodidad con una sonrisa. - A lo mejor, hemos llegado a interrumpir algn interesante coloquio - aadi Susy, mirando a su amiga y al doctor con aire burln. - En manera alguna - rectific Domy -. Ustedes saben perfectamente que el doctor Arenal ha tomado a su cargo mi curacin. No es verdad, doctor? - As es - asever el aludido con creciente incomodidad. - Pues expres Candy con artificiosa solemnidad -, le felicitamos, doctor. Porque ha hecho una magnfica curacin. - Agradezco sus parabienes, seorita - contest ms hosco el doctor. - Es nada ms que hacer a usted justicia - prosigui Candy -. Porque esta chica est perfectamente curada. Sana y bella, que da envidia. - Entonces - dijo Susy con traviesa irona -, ya no necesitas atencin mdica? - No. Ya no requiere mis servicios profesionales - expres el doctor Arenal levantndose decididamente -. Hoy he venido nada ms que a dar por terminada mi misin en esta casa. - De veras, doctor? - exclam Domy levantndose alarmada al notar la desagradable expresin en el nimo de su amigo -. Ya no va usted a volver? - Mientras su salud marche como hasta ahora, no har falta. Adems, usted sabe que ahora tengo que consagrarme a otras atenciones muy serias - aadi Arenal, mientras tomaba sus guantes y el sombrero -. Bien. Hasta otra ocasin, Domy - djole dndole la mano. Domy estrech la mano y mir al doctor con reprimidos deseos de decirle algo tan ntimo y vehemente que era imposible formular en presencia de sus avisadas amigas. Se limit a apretar con mudo afecto aquella mano que mantena entre las suyas. - Doctor - manifest Susy al despedirse -, salude usted a su
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encantadora esposa. - Y, de mi parte, dgale - aadi Candy -, que no abuse de sus encantos para retenerlo sin dejarle tiempo para que cultive otras amistades. La cara que puso Arenal al escuchar aquellas impertinencias y la precipitacin con que sali no dejaron de causar fuerte molestia a Domy, quien amonest as a sus amigas: - Me parece que han estado muy reticentes con el doctor. Eso no est bien. - Ay, hija - le contest Candy -. No sabes acaso lo que hay entre l y su mujer? - No has llegado a saber la vida que llevan? - aadi Susy. - Nada - respondi Domy -. Hasta hoy ignoraba que era casado. - Parece que lo dijeras con pena - coment Candy -.No estara flirtendote y por eso te ocultaba su estado civil? Oh, estos mdicos son terribles! En cuanto una se descuida ya la tienen atrapada. - Y, sobre todo, si son como ste, que por una parte es muy buen mozo y, no otra, tiene que buscar en alguna parte la felicidad que le falta en su hogar - aadi Susy. - Pero, qu hay, por fin? Por qu aseguran que le falta felicidad? Si es un hombre digno de ser dichoso - contest Domy con una vehemencia que traicionaba su afn de reserva. - Lo que hay - comenz a decir Candy -, es que este simptico mdico, porque hay que convenir en que es simptico, eh?, ha tenido la mala suerte de casarse con una francesa que acaso por puro afn de aventura y de novedad se vino a vivir al pas. Debi casarse con tu mdico por probar fortuna y al final ha quedado chasqueada. Y con el genio que tiene! Hija, si no hay gente digna de alternar con ella; no hay reunin ni fiesta que merezcan su tolerancia. Es una orgullosa! Son numerosas las ancdotas que se cuentan en los salones sobre su olmpico desdn por las personas y cosas de nuestra tierra. Para m es una terrible neurtica. Francamente, yo no me explico cmo la soporta su pobre marido. - Es que t no le conoces. Es un gran hombre - explic Domy con clida voz. - O un alma de Dios. Porque slo siendo as puede soportar esa tirana tan humillante. Sabes lo que aconteci la ltima vez en la fiesta que dio el Presidente en el palacio? Pues, en primer lugar oblig a su marido a solicitar una invitacin "espontnea", luego, cuando se inici el baile, resentida porque Su Excelencia no la hubiera tomado como primera pareja, oblig a su esposo a retirarse con ella, y, al salir, lo
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hizo en forma tan descorts que varios personajes y diplomticos escucharon sus frases despectivas. Te das cuenta, hija? Te imaginas el delirio de grandezas de que padece esa mujer? - Ser a lo menos muy bella - apunt Domy con un secreto sentimiento de celos. - No es una belleza acabada; pero tampoco es fea. Lo que tiene, innegablemente, es ese chic parisin que le permite sacar muy buen partido de sus atractivos fsicos. - S. Es bastante joven y bonita - corrobor Susy -. Pero, hija, de eso a que quiera pasar por reina y exagerar sus pretensiones... Aqu, donde tampoco nosotras andamos vestidas de plumas! Ni tenemos caras de quitar el hipo!... Domy call. Le lastimaban el alma las murmuraciones de sus amigas. Tena consagradas tanta admiracin y fe en su amigo que esa falta que ahora le descubran tan desaprensivamente sus amigas le saba a perversa mezquindad. Y, sin embargo, ella, quiz ms que las hermanas Rosales, sinti rabia contra aquella orgullosa francesita. No tanto porque fuera como se la pintaban sus amigas sino por haberle arrebatado la dulcsima posibilidad en la que haba comenzado a soar y esperar... Las Rosales entretanto, despus de haber dado a porfa ms detalles y ancdotas de la esposa de Arenal, sin darse cuenta de cuanto pasaba en el nimo de la muchacha, agotada su maledicente perorata sobre el tema, cambiaron de conversacin: - Bueno, hija - expres Candy -. Con esta charla olvidbamos a lo que hemos venido. Se trata de que para esta noche tenemos una gran cena con los amigos de costumbre. Uno de stos, el que t ya puedes suponer, nos ha encomendado - la misin de llevarte. - De manera - apremi Susy - que ya puedes ir arreglndote. Domy escuch la invitacin con indiferencia. En ningn momento como en se estaba menos dispuesta a divertirse. Tena, por el contrario, el deseo de quedarse a solas para sopesar la falsa situacin en que la haban dejado dos acontecimientos: primero la tarda confesin que le hizo Arenal sobre su casamiento, y segundo todo lo que escuch de las Rosales. As, pues, se qued como sorda a la invitacin de Susy. sta, extraada del silencio de la muchacha, arremeti contra la indolente, acompaando sus imperativas palabras con un tirn de brazos: - Vamos, hija! Levntate! Arrglate pronto. O es que t tambin quieres ser como aquella desdeosa francesa de sangre dorada a fuego?
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- Mira que a sa - aadi Candy - por orgullosa le han cerrado ya todos los salones y se le han retirado todas sus amistades. - Y, el que la va pagando ms fuertemente es su marido, siendo tan buena persona como parece. Pobre Arenal! Se mereca otra cosa! - coment Candy. - Yo en su lugar - habl Susy - la dejara a ella que se arregle como mejor pueda y me procurara el desquite con una linda querida. - Que no le faltara - explic Candy -. Le bastara con elegir hasta entre sus mismas pacientes. - No. Eso estara muy mal hecho - exclam Domy mientras elega un traje de fiesta -. Eso no lo puede hacer un hombre como l. - Qu rara ests hoy, Domy! Te has convertido en una moralista que impone miedo. Vamos. Discute menos y arrglate pronto. Piensa que slo se vive una vez y que lo peor para la juventud es trascendentalizar las cosas. Domy se fue mudando de ropa en silencio. S - pens para s -. l mismo me lo ha dicho: "no hay que trascendentalizar las cosas". Sus amigas ahora se lo recordaban. Despus de todo, eso era precisamente lo que le haba permitido hacer llevadero su vivir. Deban tener razn quienes le incitaban a eso. Haba que divertirse. Tal vez sa sera la nica manera de arrancarse del alma sus problemas y sus inquietudes. Y, reflexionando as se visti y se march en medio de sus alegres compaeras de diversin.
Despus de una magnfica cena, servida en un reservado del club Social de la ciudad, en la que el generoso anfitrin, Trrez de La Mata, no haba desperdiciado ocasin para festejar empeosamente a Domy en medio de la discreta y consentida indiferencia de los dems, amigas y amigos, que se retrajeron en grupo y charla aparte, el galn propuso terminar el resto de la noche en una de las boites, para presenciar el debut de una famosa bailarina que se anunciaba con el ttulo de "Reina de la Conga". El golpe de vista que se perciba al ingresar al elegante saln - stano deslumbraba agradablemente. Era un espacioso recinto ovalado de atrayente arquitectura moderna. En ambas alas del saln estaban situadas numerosas mesas, casi todas ocupadas, por elegante y animadsima concurrencia. El centro estaba libre, destinado al baile. Al fondo, el gran palco - orquesta se alzaba a mayor altura que el piso
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del saln y era accesible mediante unas pocas gradas transparentes e iluminadas por dentro, lo que les daba el aspecto de una gran pantalla de color de palo contra la cual cobraban mayor realce los perfiles de los pies y las piernas de los bailarines. Un valet los condujo hasta la mesa que Cristin haba mandado reservar para sus amigos. A poco de haber tomado asiento, Domy se hizo cargo una vez ms, de que esos ambientes tenan doble ventaja para ella: la elegante distincin y confort que tanto deseaba y da liberalidad y falta de prejuicios de la gente all congregada. Para triunfar all no haca falta ms que belleza y elegancia. Estaba, pues, segura de que no hara mal papel. Tambin observ nuevamente que de todas las mesas partan miradas insistentes hacia la que ella y sus amigos ocupaban. Los hombres jvenes y viejos la miraban codiciosamente, mientras que las mujeres dedicaban sus afanes visuales a Cristin que estaba a su lado. Lo primero le produca halagadora sensacin de vanidad y lo segundo, no poco orgullo, al sentirse preferentemente cortejada por un hombre simptico que, a juzgar por el inters de ellas, deba ser una presa codiciadsima. Trrez de La Mata corresponda cortsmente a los guios y saludos de las mujeres, muchas de ellas bonitas y elegantsimas, pero, nada ms, porque pareca bastarle con la compaa de Domy y con la magnfica aventura que a su lado se prometa. Despus de algunas piezas de baile que ejecut la orquesta habitual, y que los seis amigos aprovecharon para dar unas vueltas, el animador del programa anunci la presentacin de la bailarina debutante, acompaada de su cantor y de su conjunto musical. Se apagaron las luces del saln y solamente los reflectores concentraron sus haces luminosos en la parte central de la pista de baile, formando un crculo radiante, en cuyo centro apareci de pronto la anunciada Reina de la Conga. Era una bella mulatita, vestida, mejor dicho desvestida convenientemente para exhibir las formas de su cuerpo sensual y, sobre todo, una cintura maravillosamente deprimida y flexible. Una msica de acordes disonantes y de ritmo alterado marc el preludio. Mientras la bailarina, inmvil y erguida, semejaba una estatua de marfil moreno, el cantor, coreado en el estribillo por los dems ejecutantes y acompaado del ruido de las maracas y palitos sonoros, enton un cantar extrao que pareca un eco trado desde el misterio de la lejana selva africana. La msica y la cancin parecan el lamento de una tribu negra que aorara a sus muchachas y jvenes arrebatados por inhumanos piratas para ser vendidos en los
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remotos mercados de esclavos. Pero cuando la Reina de la Conga inici su danza mostr el contraste de su arrogancia con la quejumbrosa meloda. Esa danza era, ms bien, el alarde fsico y triunfal de la hembra, que, armada de sus encantos y con la incitacin de sus subyugantes formas, pretendiera esclavizar a cuantos la miraban. Y, su afn no era vano. Las brasas de sus ojos, la lujuria de sus caderas y el ondular de sus senos fueron encadenando con su embrujo el albedro de no pocos de los varones concurrentes. Se dira que esa danza con reminiscencias de esclavitud, se haba tornado en agresin audaz y peligrosa. Como si los descendientes de los esclavos del siglo pretrito estuvieran tomando su desquite incitando la concupiscencia de los nietos de aquellos crueles negreros del tiempo de la colonia. Al terminar la danza, los aplausos y las miradas enardecidas del pblico, especialmente masculino, patentizaron el rendido tributo a la soberana de la danza negra y el sentimiento de muchos afiebrados espritus hacia los encantos de la bella mulata. Despus de la finalizacin del espectculo la orquesta habitual sigui con la ejecucin de piezas bailables. Domy fue, como siempre, la pareja exclusiva de Trrez de La Mata en todo el resto de la noche. Durante uno de los bailes, cuando Domy y su festejante se hallaban bastante enardecidos por las repetidas copas de champaa, de La Mata decidi ser ms explcito en sus propsitos: - Bellsima Domy. Permtame comunicarle la sospecha que esta noche he comenzado a sentir a su lado. - Qu sospecha? - Nunca la he notado tan displicente conmigo. Debo interpretar su actitud como sntoma de fracaso de mis aspiraciones? - He cometido acaso algn error involuntario? - Por qu est usted tan reservada y fra? Tiene usted alguna razn para portarse as conmigo? Domy call por algn tiempo y repuso con sinceridad: - No, Cristin. No tengo razn alguna para maltratarlo. - Entonces... - Ahora, menos que nunca, creo que sus temores son infundados. - Por lo tanto, Domy, puedo confiar enteramente en su cario? - Mi cario! Ojal pudiera usted despertarlo como yo quisiera! - Despertarlo?.. . Est dormido, pues? - Y, quiz, tambin muerto. - Sin esperanza de resurreccin? - Quin sabe! Acaso haga falta un Cristo que le diga: Pobre cariito, muerto tan temprano, levntate y anda! - Ser
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preciso ser un Dios para lograr ese milagro? - Cristo, ms que Dios, fue un hombre. - Entonces, podr estar a mi alcance ese milagro? - De usted slo depende. No olvide que Cristo puso en Sus obras todo su amor. - Mi amor, mi vida y mi sangre dara yo por ganarme su cario! exclam exaltadamente el galn, acompaando su vehemencia con la presin ardorosa de sus brazos que cean a la muchacha mientras seguan bailando.
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CAPTULO DECIMOQUINTO Varios das despus, una maana, lleg el doctor Arenal a visitar a Domy. Al recibirlo la muchacha en sus habitaciones no pudo librarse de cierta reserva mental, aunque, exteriormente procuraba mostrarse afectuosa como de costumbre. - Bien venido sea usted, doctor, en esta casa que parece ya no merecer su inters - dijo ella, mientras le ofreca asiento. - Inters siempre tendr por sta casa y por usted, Domy. Usted est constantemente en mi pensamiento. - Cuando le dejan pensar libremente... - se atrevi a comentar Domy con un picor de celos. Mirla el doctor con una intensa mirada, como si pretendiera explotar en esas palabras y, sobre todo, en esa bella cara que por primera vez se ergua ante l como un enigma; pero no se atrevi a decir nada. Solamente sus ojos abandonaron su afn inquisidor y se tornaron tristes y como si la melancola los hubiera abatido, bajaron a mirar el suelo. La muchacha comprendi el grandor de su atrevimiento. Se estim a s misma como una ingrata. La buena laya de su alma se impuso rpidamente y se apresur a enmendar su irona: - Perdneme usted, doctor. Yo no debo hablarle as. - S, Domy. Usted no debe hablarme as. Usted menos que nadie. Porque si alguien significa para m una especie de asilo espiritual capaz de prestarme un remanso de paz en medio de las agitaciones de mi vida, sa es usted, mi entraable amiga. Las palabras sinceras y doloridas de aquel hombre rebasaron la medida emotiva de la muchacha. - S, doctor. Perdneme. He cometido el error de tratarle como a las gentes vulgares. He perpetrado la torpeza de usar su consejo de no trascendentalizar nada en contra de usted mismo. Perdneme. - Nada tengo que perdonarle, Domy. Lo que ha ocurrido es que se ha trastrocado la posicin entre usted y yo. Es una paradoja que se la voy a explicar. Cuando llegu como mdico, usted era el alma dbil; yo, el fuerte. Usted estaba enferma del espritu; yo tena sobra de fe y de fervor para curarla. Ahora se ha producido un fenmeno ajeno completamente a nuestra voluntad. Se han invertido los casos. Usted es el corazn restaurado, el ser en la plenitud de su bienandanza y yo, ahora, soy el que necesita fe, comprensin y amistad y, quiz tambin, un poco de lstima y de consuelo. Mientras Domy escuchaba tales declaraciones, record todo cuanto haba odo a las Rosales sobre el conflicto conyugal de su amigo
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y comprendi toda la tragedia moral que expresaban esas palabras. Hubiera deseado en ese momento obligarle a la confesin completa, preguntarle si era efectivamente cierto que aquella esposa extranjera le impona un martirio insoportable con su orgullo y con su repugnancia a vivir sencilla y cordialmente como l hubiera querido. Tena la tentacin de preguntarle si l, desilusionado por las actitudes de su esposa ya no la quera. Hasta hubiera querido tener la inaudita franqueza de ofrecerle ella, ella misma, a sustituir en el corazn del esposo defraudado en su dicha el sitio obscurecido y vaco que aquella mujer egosta dejaba extraar. Ms, a pesar de la fuerza de sus impulsos no se atrevi ms que a fingir que ignoraba la verdadera situacin y se limit a preguntar: - No ser, doctor, que usted ha trabajado mucho, intensamente en esta ltima temporada y eso le ha producido esta depresin que le preocupa? - No, Domy. El trabajo profesional ha sido ms bien la nica fuerza que me ha sostenido. Recuerda que yo le dije alguna vez: es preciso buscar en la vida un ideal superior, una razn suprema para vivir y para luchar? - S. Ese fue su ms decisivo consejo. He tratado de conseguirlo. Pero hasta ahora no he alcanzado ese ideal. Sin embargo, me ha bastado por ahora su comprensin y su afecto para levantar mi corazn. Y estoy satisfecha hasta cierto punto. - No, Domy. Debe usted persistir en conseguirlo. Nadie sabe lo que le puede deparar el futuro. Pueden sobrevenir tremendas crisis morales y para entonces usted slo podr luchar y vencer con el aliento mgico que presta un ideal. - Usted lo tiene, doctor? Cul es? - Servir a mis semejantes con mi profesin; dedicarles mis conocimientos, mi fervor y mi desinters para aliviar sus dolencias. Ah, Domy, usted no sabe de las inmensas satisfacciones que premian la tarea del mdico. Es como sentirse Dios dentro del mundo pequeo de un hogar azotado por la enfermedad. Las miserias, las desventuras de uno se olvidan cuando, a la cabecera del enfermo o junto a la mesa de operaciones, se ha conjurado un mal, se ha arrebatado al dolor una entraa maltratada o a la muerte una vida. Al comenzar a hablar as, Arenal pareca haberse trocado ante los ojos de su amiga en el hombre viril, apuesto y optimista de antes. Domy volvi a sentir la profunda sugestin de sus palabras y de su fuerza espiritual. Su corazn volvi a palpitar intensamente al calor de una embrujadora sensacin. El doctor Arenal continu:
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- Y, despus, recibir la mirada de gratitud de los parientes del enfermo y comprobar cmo un mdico afortunado puede transformar la pena y la angustia de esas gentes en sonrisas de alivio que brotan en esas mismas caras por las que an ruedan lgrimas de la afliccin anterior. Un da - nunca se me olvida - una madre afligida, arrodillada a mis pies, me peda la vida de su hijito. El trance era grave, casi desesperado. La compasin que sent por la angustia de aquella madre acrecent mi discernimiento y logr acertar en la curacin. Salv la vida al nio Nunca un corazn de madre me bendijo con tanta gratitud! ... Otra vez, vino a buscarme un esposo agobiado por la enfermedad crnica de su mujer. Por el camino me explic que desde pocos das despus de su boda jams haba conocido un da de tranquilidad; que su joven consorte se iba extenuando lentamente y que su vida se haba convertido en un calvario junto al lecho de la enferma. Vi a la esposa, estudi cuidosamente sus dolencias y despus de algunos meses de tratamiento di por terminada mi misin. Un da me cruc con ellos en la calle. Iban del brazo, felices, con la dicha rebozando en sus semblantes. Atravesaron la calle para abrazarme. Y, al despedirse, el hombre rejuvenecido me dijo con la ms emocionada expresin: Doctor, a usted debemos nuestra felicidad, recin conocemos la dulzura de la luna de miel! ... No es bello todo esto? No es suficiente para salir a flote de las ms profundas amarguras y ascender a un cielo donde se perciben delicias tan nobles y superiores? No es bastante para fecundar la vida ms estril y cobrar fuerzas para seguir viviendo y trabajando? Toda la maana estuvo Arenal hablando con calor en elogio de las excelencias de su profesin. Pareca fanatizado por sus propias consideraciones. Hasta el momento de despedirse no decay en su locuacidad porque no abandon el tema. Domy le escuchaba cautivada. Ni por un momento se le ocurri interrumpir ni, menos, forzarle a cambiar de tpico. Al fin, Arenal se levant alegre y con una sonrisa sincera. Y, se march del mismo talante, embriagado de optimismo, sin acordarse de cmo haba llegado aquel da. Todava desde la puerta se volvi hacia la muchacha para comunicarle que iba a visitar a un enfermo cuya curacin le interesaba mucho por las dificultades que ofreca su caso, pero que l estaba resuelto a vencer...
Casi una semana estuvo Domy retrada de propsito en su departamento. Slo sali contadas veces para pasear por sitios no
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frecuentados por sus amigos y amigas. El flirt que haba aceptado a Trrez de La Mata dej de interesarle. La ltima visita de Arenal le haba dejado huella en el espritu. Aquella calurosa ponderacin que le escuch de las grandes satisfacciones espirituales, la nueva advertencia que le hizo sobre la necesidad de un ideal para su vida, el cambio que admir en su amigo al exaltar la nobleza de su misin profesional entre la humanidad, acabaron por hacerle avergonzar de su conducta. Qu haba hecho hasta entonces? Qu sentimientos superiores haba cultivado y acrecentado? En quin haba trocado las lgrimas por sonrisas?... Al preguntarse todo eso, encontr ms rido que nunca su corazn. Tanto examinar sus actos pasados para recordar a alguien que le hubiera merecido su favor, slo pudo evocar la figura de Trrez de La Mata, cuyo rostro resplandeca de felicidad cada vez que ella, por coquetera o por tibia inclinacin, haba retribuido con alguna grata palabra o actitud a sus requiebros. No estara, pues, haciendo la felicidad de ese hombre al infundirle esperanza en su amor? Y, por consecuencia, ahora no estara dandole con su despego y su retraimiento? Toda una noche pens, tendida en su cama, sobre su conducta con Trrez de La Mata. Al final, lleg a esta conclusin. Que el flirt con el galn no era ms que una aventura intrascendente a la que haba sido impulsada por su egosmo. S. Nada ms que egosmo constituido por determinados factores: el primero, el halago que reciba su vanidad de muchacha joven al sentirse festejada por un hombre que muchas codiciaban; luego, el deseo de olvidar junto a su prdigo adorador y sus amigos y amigas su obscuro origen familiar y, por ltimo, cierto factor romntico, el de llenar hasta donde le fuera posible el vaco que dej en su alma el primigenio amor de colegiala tan inmisericordemente destruido por el prejuicio social de Ramiro de Castaar. se era, pues, el complejo espiritual que le haba obligado a dejarse enamorar con tolerancia y hasta con complacencia en ciertas circunstancias por Trrez de La Mata. Todas esas introspecciones la dejaron desconcertada y sin norma para regir su vida futura. El empeo de su imaginacin, volvi a recordarle a Joaqun Arenal. En un rapto de sinceridad para consigo misma, exclam: Si Arenal hubiera sido soltero! Esa fue la frase que realmente le produjo emocionado anhelo y ms tarde pesadumbre. Una posibilidad de redencin completa que el destino le
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escamoteaba. Oh, cmo le hubiera querido! Con cunta ternura no hubiera cuidado de aquel gran hombre!... Pero, ahora, nada de eso le era posible. De all en adelante sus caudales de cario deban permanecer sellados ante Arenal. Desde entonces podra ofrecerle tan slo gratitud, amistad y admiracin y por encima de todo eso, compasin. Pero, al compadecerle, no lo estaba empequeeciendo? S. Y no poda ser de otro modo. Lo compadeca al saberlo despojado de las virtudes del hombre infalible, triunfador y gallardo; lo compadeca como a un desventurado, incomprendido y hurfano de amor en su hogar. Y, al compadecerlo se senta superior a l, siendo empero, ella tan poca cosa! Despus de tan desoladoras conclusiones, qu iba a ser de ella? Lo nico que saba era que la curva de su optimismo haba descendido bruscamente.
- Pero, hija! No hay derecho para desaparecer as, tan misteriosamente! - reprendila, una maana Susy Rosales, al tiempo que entraba a las habitaciones de Domy, precediendo a su hermana. - Ests viva, todava? - exclam a su vez Candy al entrar en seguida -. Creamos que habas muerto o que te haban secuestrado. - En un principio sospechbamos que Cristin haba sido tu raptor aadi Susy - pero, cuando lo encontramos, l tambin, extraado y nostlgico por tu ausencia no saba a qu atribuirla. Ante esa andanada de preguntas y comentarios, Domy no haca ms que sonrer con escepticismo. - Pero, vamos, Domy, no contestas? Qu ha sido de ti? O es que hay alguna nueva aventura que has querido correr por tu sola cuenta? - Pero, habla, pues, mujer! - No. Nada de lo que ustedes suponen. - Y, entonces? - Nada ms que una especie de spleen que me oblig a retraerme por unos das. - No, seorita! Aqu no debe entrar el spleen. Esa es una enfermedad para viejas y desengaadas - aadi, dinmica Candy Rosales -. Ahora mismo vas a sacudir ese mal que afea y envejece y te vienes con nosotras. - Pero, chicas, yo. . - Nada, nada. Hemos venido expresamente a llevarte. - Bien. Iremos por la tarde - contest Domy con poqusima gana. - Tiene que ser ahora mismo. Queremos estar todo el da contigo,
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por dos motivos: celebrar el aniversario de mi hermana Candy y despedir a Cristin que viaja muy pronto. - Bueno. Si se trata de eso no puedo excusarme - contest Domy haciendo esfuerzos por disimular su apata. - Pues, entonces, manos a la obra. Arrglate. Media hora despus, la muchacha y sus dos amigas llegaban a la casa de estas ltimas. Casi al mismo tiempo llegaban tambin Cristin y sus compaeros. Cristin, contento por ver a la muchacha, se la llev a conversar aparte, mientras los dems iban a preparar los ccteles. - Tu ausencia de varios das, mi querida Domy, ha servido para medir lo inmenso que es mi cario hacia ti. - Lo dices sinceramente? - Creo que no podr ser feliz sino estando a tu lado. - Tanto crees amarme? -No tienes ms que ordenar, para probrtelo. - No ser muy exigente. Siento que mi felicidad es tan difcil de lograr. Por eso estoy resuelta a contentarme con muy poco. - Si crees que es suficiente mi vida y todo cuanto tengo, te lo brindo con toda el alma. - De veras? - Con la sola condicin de que ahora mismo lo decidas. - Qu es lo que propones? - Que te marches conmigo. Que seas la compaera predilecta e inseparable en los grandes tiempos que me esperan. - No habr necesidad de llenar alguna formalidad entre nosotros? - Ninguna. En esto no debe entrar ms que tu voluntad y la ma, en la forma ms secreta. - Y, en qu calidad me llevaras contigo? - Como una reina. Ya te lo he repetido tantas veces. - Qu dirn las gentes? - Eso no debe preocuparte. Si hemos tenido la fortuna de encontrarnos al margen de los convencionalismos sociales, para qu hemos de salirles al encuentro, cuando no han de hacer otra cosa que limitar nuestra felicidad y quiz malograrla para siempre? - La cuestin necesita meditarla. - Por lo que a m toca, estoy decidido. - Me has tomado de sorpresa. - Es sorpresa para ti mi pasin? No te la he demostrado desde el primer momento? No me ves cada da ms rendido a tus encantos? - Djame pensarlo. - Pinsalo. Pero pronto. Entre tanto, acepta esta pequea ofrenda al decir esto Cristin tom de encima de uno de los muebles de la
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estancia una gran caja de cartn y extrajo un riqusimo tapado de nutria que lo ofreci a la muchacha, al tiempo que le deca -: Es muy poca cosa para hacer honor a tu linda figura, pero, a lo menos, ser como la iniciacin de las futuras demostraciones de mi cario. - Qu hermoso tapado! - Pntelo, querida. El suave calor que te d y el realce que permita a tu figura son el smbolo de mi apasionado amor. Domy, como toda mujer, se dej vencer por la vanidad y se puso la prenda. Frente a un espejo se contone con coquetera y complacencia, - Esto debe costar una fortuna! - Mayor fortuna es la ma, tenindote a ti. Domy call. Su cabecita reflexiva comenz a trabajar febrilmente. La suave piel del tapado acariciaba su cuello delicado y le produca una rara sensacin. Algo como el canto brujo de una sirena le estaba subyugando el espritu. Estaba muy lejos de amar a aquel hombre y mucho ms lejos de correr la suprema aventura con l. Pero ella estaba tan sola, tan ablica en sus instintos morales, tan decepcionada de s misma, que la seduccin de ese hombre y su propuesta de llevrsela le estaban brindando quiz la nica solucin de salir de su problema sentimental y hogareo. No era acaso preferible cambiar su vivir montono, su destino sin destino, su situacin absurda, su medio familiar tan incmodo y repulsivo por una vida de interesantes perspectivas en el extranjero, fuera de los factores que le depriman y lejos de todo recuerdo negativo y doloroso? No era mejor trocar su soledad sin remedio por la compaa de ese hombre simptico que quien sabe sabra proporcionarle horas de amable diversin, viajes por pases desconocidos e impresiones de diferente ndole que llenaran de novedad los das venideros, destruyendo su hasto y su amargura? Si no pudo ser la seorita de sociedad conforme a la educacin que le dieron y si tampoco se resignaba a restituirse al plebeyo rol de cholita refinada cual le obligaba su origen, a lo menos poda ser una mujer elegante, una esposa mimada y rumbosa, apropiada para lucir en medios extraos, donde slo su juventud y su elegancia seran las condiciones para vivir. y triunfar. En ese momento, los dos confidentes fueron interrumpidos por la bulliciosa aparicin de los dems que venan rodeando a Candy, la cual luca con orgullosa alegra un abrigo nuevo y gemelo del que acababa de probarse Domy. - Mira, Domy, el magnfico obsequio que me ha trado Cristin por mi cumpleaos! - luego dndose cuenta del que llevaba su amiga, exclam: - Ah, t tambin llevas otro igual!
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- S. Pero qu bien te sienta a ti. Te felicito, Candy - manifest la muchacha. - Qu rumboso es Cristin, verdad? Con obsequios como stos, cualquier otro empobrecera pronto - sigui diciendo Candy. - Ojal mi dinero fuera tan inagotable como mi afecto! - respondi Trrez de La Mata, mirando ms a Domy que a la del cumpleaos. - Oye, Domy, tambin cumples aos t? - pregunt Susy con picaresca gracia. - Yo soy el que est por cumplir... - intervino rpidamente Cristin para salvar del embarazo a su amiga -. Yo soy el que est por cumplir un gratsimo ideal. Verdad, Domy? Y ese abrigo es un heraldo de ese ideal. - Entonces, te felicitamos, querida Domy, y tambin a ti, Cristin respondi Susy. - Domy, no ests celosa conmigo? - pregunt Candy. - Por qu habra de estarlo? No es cierto, Cristin? - contest Domy. - Claro que no hay por qu - respondi de La Mata -. A Candy le he dado una parte de mi piel, la otra es para Domy con la aadidura de mi corazn que se ha ido adherido a la ltima parte de esa piel. Todos celebraron la metafrica salida del galn. Susy, alzando su voz para dominar las risas, demand fingiendo enojo: - Y, entonces, qu ha de quedar para m, mal amigo? - Para ti, bella Susy, quedarn mi espritu y los despojos de mi persona. Nuevas risas resonaron en la estancia, celebrando la dramtica respuesta de Cristin y el mohn de ofendida dignidad de la defraudada amiga. A seguida fueron servidos los primeros ccteles y luego los siguientes, con lo cual se intensific la camaradera. As pas el almuerzo, lleg la tarde y transcurri una buena parte de la noche. La ininterrumpida serie de copas que haban consumido alegremente los amigos y las amigas, endemoniadas mezclas de licores que haban hecho para inventar brebajes extraordinarios y exticos "trago de fuerza" con que poner a prueba la resistencia de los organismos, la sentimentalidad histrica de Candy exacerbada por la ocasin de su santo y el incontrolado entusiasmo de los dems, haban terminado por transformar la tal celebracin en una verdadera orga, en la que eclosionaron las pasiones y los instintos en excesiva medida. Trrez de La Mata estaba resuelto a aprovecharse aquella ocasin. Ya no poda satisfacerse nicamente con plticas, copas y bailes.
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Cay su apariencia de galn caballeresco y se dej ver como el consumado seductor que era. Valindose de la excitacin de Domy, condujo a sta a una de las alcobas desocupadas de la casa, cuyas intimidades pareca conocer muy bien. En cuanto not Domy que su galn cerr cuidadosamente tras de s la puerta de la habitacin, sinti en medio del frenes que le haba producido la fiesta, un aletazo de inquietud. Hasta ese momento haba confiado excesivamente en la caballerosidad de La Mata, pero al verlo desembozarse con toda la cruda impulsin de sus instintos; cuando su carne morena, fragante e intocada comenz a ser estrechada por aquel hombre estremecido en sensual empeo, despert su pudor en el instante mismo de rendir su tributo al deseo. Se alz estupendamente altiva, erguido el cuerpo semidesnudo con la arrogancia de una diosa ofendida; los ojos en cuya negrura brillaban el asco y la ira y la mano bella y crispada se alz en un rpido impulso para castigar la cara del seductor. - No! Miserable! Eso, jams! Arregl rpidamente los destrozos de su vestido y sali dando un empelln a de La Mata, que se qued avergonzado e inmvil como un perro castigado por el amo. Domy atraves las dems habitaciones que ya estaban silenciosas, pues, todos los amigos habanse retirado a lugares discretos para satisfacer sus pasiones. En medio de esa soledad se sinti ms mujer que nunca y con una nueva y tremenda experiencia del mundo. El seductor no se atrevi a seguirla. Quedse en la alcoba a rumiar su frustrada aventura. Llegada a la puerta, se detuvo para orientar su camino y luego avanz con pasos seguros. Mientras marchaba camino a su casa, el fro de la madrugada refriger su carne enardecida y tambin su corazn.
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CAPITULO DECIMOSEXTO Insomne y desolada, la pobre Domy se debata en su lecho, la luz de la maana, penetrando deslumbrante y copiosa por la ventana, la sorprendi rebullendo sin sosiego. Todos los recuerdos de la noche pasada fermentaban en su mente causndole nuseas. Senta repugnancia por aquellas amigas libertinas a las que tan ingenuamente se haba entregado. Le inspiraba asco ese taimado seductor que con tanta hipocresa la haba ido empujando lentamente hasta el trance crtico de la alcoba expresamente preparada. Tena asco de s misma al mirar sus brazos desnudos que an le parecan conservar las huellas de las manos torpes y sensuales que se apretaron sobre su carne para rendirla. Su boca, seca y amarga por el exceso de las bebidas le produca la sensacin de estar intoxicada. Le pareci que su cabeza era un enorme cascabel hueco y sordo que hubiera agotado su sonoridad con el loco tintineo y la agitacin de todo un da y su noche de estruendoso barullo. Tuvo la impresin de que su cuarto se agrandaba como un inmenso desierto de horizontes vagos y lejanos y que se encontrara solitaria con su desilusin y su neurosis. Sus nervios hipersensibilizados la incitaban a gritar para comprobar si su soledad era realmente absoluta. Pareca una nia atormentada por fantasmas tenebrosos que estuvieran mirndola de todas partes, burlones y sanguinarios. No pudo ms. Su organismo descontrolado se dej arrastrar por la imaginacin y comenz a dar voces de angustia. A los gritos acudi alarmada Doa Saturnina. Ella estaba sola en la casa porque su marido se haba quedado en el taller a "velar" para terminar una obra urgente. - Hijita, qu tienes? - djole la chola, acercndose pattica al lecho de la muchacha. - Mam! Mamacita!... Yo no he nacido para esto! - Para qu, hijita? Para qu, mi guagita? - demand suplicante la afligida madre. - Para ser una libertina! Para ser una mercanca! Para ser tan desdichada! Para no poder...! Una avalancha de sollozos ahog las exclamaciones de la desesperada muchacha. Pero luego su amago histrico se transform en llanto. Y llor a torrentes, con llanto desbordante que slo entrecortaban los sollozos. La confundida madre plebeya no saba qu hacer. Sin saber cmo acudir a la nia, apenas se atrevi a levantar sus manos ordinarias y toscas, deformadas por el trabajo e impregnadas de fruta, para
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acariciar con rudeza los sueltos y desordenados cabellos de su hija, mientras en lo ntimo elevaba una angustiada plegaria a la Mamita de Remedios. Domy sigui llorando hasta anegar las almohadas e impregnar su cabellera. Pero su llanto fue hacindose cada vez ms tranquilo. Tal como el caudal de un ro que despus de atravesar una torrentera montaosa hubiera bajado a la llanura para correr mansamente. Sin agitarse va con las violentas convulsiones de los sollozos que haban hecho crujir la delicada cama de palo de rosa, su cuerpo laxo e inerme qued de bruces con la cara hundida en las blondas de la cabecera. Doa Saturnina, calmada tambin al intuir que pasaba la crisis de su hija, al fin pudo pensar en hacer algo. En su limitadsima concepcin de las cosas, crey que lo ms urgente era darle un mate con alguna sustancia calmante. Pens en la valeriana y sali corriendo a preparar la infusin. A su regreso consigui hacer incorporar a su hija y darle de beber el calmante. La muchacha tom el mate casi sin darse cuenta de lo que haca. A poco, la eficaz valeriana produjo su efecto. Domy, un tanto calmada, alz hacia la chola sus ojos tristes, en cuyas pestaas an se prendan los diamantes tibios de su llanto. Al ver a su madre en ansiosa y abnegada expectativa, expresle as su agradecimiento: - Gracias, mam! Pero, al sentirse a s misma pronunciar la palabra "mam", la encontr inadecuada, porque hubiera querido que a esa invocacin tierna de su cario correspondiera no una mirada y un gesto tan ingenuos y plebeyos como los de aquella chola que estaba a su vera, sino una dama distinguida, una matrona dulce e inteligente, apta para acogerla y comprenderla tal como correspondiera a las inmensas y exquisitas delicadezas de su corazn. Slo la voz groseramente expresiva de aquella chola respondi a su vano afn: - Ya estas mejor, hijita? - S. - Qu te ha dolido, pues, guagita? Quiz te ha dado el aire? O te pusiera unas hojas de coca y te amarrara la cabeza con un pauelo? - Qu me duele?... - S. Qu es lo que te duele? Avsame, pues. "Me duele el alma - hubiera podido contestar la pobre moza -. Me duele de muerte esta pobre alma creada para imposibles y anegada en el absurdo". Pero, prefiri callar. Qu poda saber
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esa madre ignara de la tremenda sensibilidad de su alma? Y cmo iba a auxiliarla si apenas, con un esfuerzo inaudito de su magn, le ofreca: Unas hojas de coca y un pauelo para la cabeza! -Quin sabe te ha hecho mal algo que has comido. Por qu no me cuentas? Acaso no soy tu madre? - acert a decir la mujer, en un esfuerzo de aproximarse a aquella hija que idolatraba a su manera. La rstica ternura de esas frases en lugar de conmover a Domy le produjo dao porque le dio a comprender, una vez ms, que era infranqueable el abismo espiritual que la separaba de su progenitora. - No quieres decirme siempre nada? - insisti Saturnina, mientras se limpiaba ruidosamente sus narices con el ruedo interior de su pollera. - Ya no tengo nada. Lo nico que quiero es que me dejen sola. Y para evitarse la visin tan prxima y repelente de su madre, de esa madre que era el testimonio del estigma social que la atormentaba, se arroj de bruces sobre la almohada. Doa Saturnina contempl a su hija. No encontraba la manera adecuada para demostrarle su cario. Ahog un suspiro que en aquel lugar y momento le parecieron una irreverencia y acab por salir dicindose a s misma con intensa amargura: - As no ms, pues, tendr que ser! No? ...
Sin embargo, la crisis sufrida por Domy no tuvo la duracin ni las consecuencias de la vez anterior. Su resistencia moral se haba fortificado por efecto de los mismos contrastes pasados. Era innegable que en la escuela del dolor, las desventuras son maestras eficientes para educar a los espritus y darles capacidad para sobrellevar mayores desdichas. Domy iba saliendo de ese cruel noviciado hecha una gran mujer, aleccionada y madura para enfrentarse con la vida. Ms amargada, pero ms reflexiva; ms dolorida en el alma, pero firmemente resignada. Renunci a sus amigos y a sus diversiones antiguas y, durante muchos das, hizo vida de una austeridad sorprendente. Se entreg fervorosamente a la lectura y a la msica. Eligi versos para aprenderlos y recitar, especialmente aquellos que conjugaban mejor con los estados de su espritu. As, abstrada en un mundo de superiores sentimientos, hasta se puso a planear la posibilidad de escribir la novela de su vida. So en crear una herona, joven y desventurada, que hiciera a los dems todo cuanto de ilusin y de fracaso ella misma haba vivido. Cantar luego un amor bello y luminoso, tal como ella hubiera querido encontrar al final de tantas
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desdichas y epilogar la obra con el triunfo de sus ansias. Porque, a pesar de toda su resignacin y de sus propsitos de vida, senta en lo profundo de su alma la ansiedad de amar. Cuantos ms golpes haba soportado en esa fibra de su sentimiento, ms anhelante estaba de darse al amor, con la ansiedad reprimida y acosada de su romanticismo y de su juventud. Con ms empeo soaba en alguien a quien pudiera encontrar digno de su cario y de su caudal de amor. Era extraordinario lo que le ocurra a medida que pasaban los das. Estimulada por sus febriles lecturas, incitada por el ejemplo de los personajes de los libros y alentada por los hechos ejemplares que haba ledo, acreca su anhelo de ser feliz y esperaba que el destino, compadecido de ella y de su juventud, le trajera de cualquier manera y por cualquier camino al hombre que supiera merecerla y comprenderla. Pensando as y actuando como una nia que esperara el milagro de una fantstica noche de Reyes; estaba detrs de su ventana contemplando el cielo, cuando la voz de su madre, cariosa y tmida, son a sus espaladas: - Hijita. Vas a salir ahora a la calle? Domy despert de su ensoacin y volvindose a su madre, respondi: - No, mam. - Entonces, sabes? - aadi Doa Saturnina empequeecindose ante su hija y le pregunt con tierna imploracin -: No quisieras almorzar con nosotros? - Bueno - respondi, tratando de que esa concesin fuera *la iniciacin de los sacrificios que se propona tributar por gratitud a sus padres. - Sabes por qu te pido eso? - Por qu, mam? - Porque quisiera que estrenemos el comedor que hemos hecho instalar en uno de los cuartos de abajo. Lo hemos comprado por vos no ms. Ese comedor te lo hubiramos puesto ms antes. Pero como no parabas en casa... Al ver que estas ltimas semanas ya no sales nos hemos puesto a arreglarlo con tu padre. Por eso he subido ahora a preguntarte. - Est bien, mam. Voy a bajar en seguida. - Entonces, ir a servir el almuerzo. Y la chola sali contenta a comunicar el xito a su marido y a dar las rdenes respectivas a los sirvientes. Media hora despus, Don Ciriaco y Doa Saturnina, con trajes domingueros, como si se tratara de unos grandes acontecimientos,
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esperaban a su hija en la puerta del comedor. Domy fue recibida como una reina y se le ofreci el asiento de preferencia. La muchacha not que los muebles y la vajilla eran costosos y de magnfica fbrica y eso le produjo en cierta manera agradable impresin. Pero, al tomar la sopa comenz su incomodidad. Sus padres sorban tan desagradablemente el lquido del plato que ella tuvo que hacer esfuerzos sobrehumanos para no dejar su asiento y salir corriendo. Luego, durante el segundo plato, le fue preciso soportar una nueva molestia: los viejos se mostraban tan torpes en el manejo de los cubiertos que la escena era de una comicidad que llegaba hasta lo ridculo. Al fin, Doa Saturnina, convencida de sus vanos esfuerzos para dominar el cuchillo y el tenedor, acab por abandonarlos y tomar con sus propios dedos los trozos del potage, y chupndoselos con la ms tosca y tpica manera. Y no fue eso todo. La pobre chola, acostumbrada a tomar toda su vida la comida en cuclillas sobre el suelo o el "puesto" del mercado, sentada como un Buda entre los cestos de fruta, ya no pudo soportarla para ella heroica postura de permanecer empinada en una alta silla de la que rebasaban las adiposidades de su grueso cuerpo y resolvi, dentro de su limitado e ingenuo criterio, buscar su comodidad. - Ay, hija! Lo que es yo me voy a bajar no ms al "suelito". para acabar m almuerzo, porque no estoy acostumbrada a este martirio de la silla. Y lo hizo tal como lo haba dicho. Sentada sobre sus rodillas dobladas a la manera india, sobre el suelo, continu almorzando. Domy call y retuvo a duras penas su disgusto. Pero no tard en volver a incomodarse viendo a su padre quien, si bien segua en la mesa con meritoria compostura, luchaba afanosamente con los cubiertos y los trozos de alimento que se le escapaban del plato, con una porfa tan abnegada que eran un contraproducente tributo de homenaje a la "seorita". Por ltimo, al final del men, constituyeron una nueva y terrible prueba para la estabilidad de las entraas de Domy los ruidosos eructos que su padre y su madre lanzaban como la cosa ms natural del mundo en las propias narices de su hija. Domy ya no pudo ms. Aquello haba sido inaudito para su delicadeza. Su repugnancia era invencible. Agradeci de la mejor manera que pudo y sali del flamante comedor atormentada por las nuseas. - Es intil! No puedo! - se dijo, corriendo a refugiarse en su habitacin -. Soportar esto est por encima de mis fuerzas y de mi naturaleza.
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CAPITULO DECIMOSPTIMO La escena del estreno del comedor haba frustrado todo propsito de reconciliacin de Domy con los suyos, hacindole ver que era intil cualquier esfuerzo que hiciera por obedecer a su razonamiento y a su deber filial. Lo que de all en adelante le quedaba era evitar de cualquier manera que se repitieran tales escenas. Al da siguiente y apenas lleg la hora del almuerzo, se visti rpidamente y sali como huyendo del cario humillante de sus padres. Cuando haba caminado varias cuadras sin saber hacia dnde dirigirse, advirti que un carro particular que segua en la misma direccin que ella frenaba lentamente aproximndose al borde de la vereda hasta marchar con la misma lentitud de sus pasos. Luego sinti una voz conocida que la nombraba. Mir Domy al conductor del automvil y reconoci al doctor Arenal. - Domy, me permite llevarla para donde vaya? La muchacha no supo al pronto qu contestar. Con dificultad venci su embarazo para decir: - No tengo ninguna prisa, doctor. Voy de paseo. - Gran suerte, haberla encontrado. Quiere usted que paseemos juntos? Pase usted al carro. Domy dud un instante, pero tuvo la intuicin de qu con ese encuentro le haba salido al paso algo muy trascendental para su destino. Empujada por ese presentimiento penetr al vehculo y tom asiento junto al doctor. - Domy, ha llegado usted como una enviada del cielo. - Me necesita usted? Iba a buscarme? - A buscarla, precisamente, no. Era demasiado temprano para ir a su casa. No quera ser imprudente. Pero pensaba mucho en usted. Domy empez a sentir una emocin rara al escuchar a su amigo. - Le ha ocurrido algo? Puedo servirle en alguna forma? Arenal call un momento. Meditaba algo. Al cabo habl: - Mire, Domy. Verdad que no ha almorzado todava? -No, doctor. Pero, no creo que eso pueda ser obstculo para... - En lugar de ser obstculo - le cort Arenal - es ms bien una coincidencia favorable. Podemos almorzar juntos. - No lo esperarn en su casa? - He decidido huir de un almuerzo desagradable. Se da cuenta, Domy? - contest Arenal con acento de amargura. Extraordinaria era la semejanza que Domy atribuy a la situacin de
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ambos. Ella huyendo de la grosera insoportable de su hogar y su compaero desertando del suyo quin sabe de qu sinsabores. Sin embargo, quiso, siquiera de palabra, esconder su pesar y tomar la cosa superfluamente: - Algn pequeo disgustillo sin importancia, propio de la vida de hogar. - Usted va a juzgar de lo que se trata. Usted que es mi nica amiga verdadera. Usted que va a ser mi pao de lgrimas. A la sazn llegaron ante un restaurant. Entraron y pidieron con desgano cualquier cosa, lo que quisiera servirles el camarero. El men era lo de menos. Lo importante era un sitio discreto para poder conversar libremente. - Domy, - comenz Arenal -, estoy confrontando la fase ms grave de mi vida conyugal. Estoy al borde del desquiciamiento. - Es posible eso, doctor? - coment ella, acodndose sobre la mesa y aproximando el rostro a su interlocutor con expresin ansiosa de empaparse en las confidencias anunciadas; con el corazn abierto y bien presto a enternecerse; dispuesta a pagar la confianza que le depositaran con toda la expresin de su sensibilidad y de su ternura. - Estoy prximo a ser padre! La generosa disposicin sentimental de Domy sufri un rudo empelln al escuchar tal declaracin. Con palabras agitadas, que se le atragantaban en la garganta, respondi: - Y eso, por ventura, puede reputarse como un mal? No es ms bien el complemento ms hermoso para la dicha de un hogar? El hijo que se espera, el hijo que llega, en lugar de desquiciar, no es el fruto del amor, que llega a reforzarlo y a darle mayores magnificencias? - Domy, no discuto al hijo. Ms bien lo espero, para que haga el milagro que usted dice. se no es propiamente mi problema. - Entonces? - Lo que sucede es que Liliana me ha puesto la condicin de que ese nuestro hijo debe nacer en la tierra de ella. - No me parece tan grave esa condicin - manifest la muchacha -. Es un deseo muy natural en quien va a ser madre. - Si fuera slo eso, yo sera el primero en complacerla. Los mdicos sabemos muy bien que las crisis del embarazo se manifiestan hasta en caprichos pueriles. - Y el deseo de su esposa, Joaqun, no es pueril. Quiere ir a su tierra, al hogar de sus padres para sentirse ms amparada en ese
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supremo trance. Puede ser censurable eso? - Ay, mi querida Domy. . Su amplitud de corazn me incita a contrselo todo. Esccheme. Quiere usted saber por qu pide irse Liliana? Ah, es terrible! - Por qu? - Siente repugnancia por nuestro pas. Me lo ha dicho a gritos, con tremenda franqueza y con una clera incontenible: "Preferira ahogar a mi hijo en el vientre antes de que nazca en esta miserable tierra de indios!" - Es posible? - Tales han sido sus palabras. Y si la hubiera visto, Domy, en el momento de su clera, habra tenido miedo, como yo lo tuve. Se me encogi el corazn de angustia. Sent que algo muy bello y muy querido era brutalmente arrancado del corazn. Era. mi amor, que con ese golpe se quedaba para siempre agonizante. - Es terrible, Joaqun, lo que me cuenta. - Ya puede usted imaginar mi situacin. As, dolorida, detallada e interminable fue la confidencia de Arenal a su amiga. Al caer la tarde, como si por mutuo y tcito acuerdo no quisieran separarse, l para seguir depositando en la muchacha sus tristezas y ella para brindarle su consuelo silencioso pero comprensivo, se metieron en el automvil y se fueron al campo siguiendo el primer camino que se les present. Llegaron a un paraje alejado y silencioso del llano andino, a muchos kilmetros de la ciudad. Dejaron el vehculo y salieron a tomar asiento sobre unas rocas erizadas y negras. adecuado pedestal para la tristeza de sus espritus. La obscuridad fue avanzando rpidamente sobre el yermo. Un viento suave pero constante taa entre los pajonales el saludo ritual de la noche altiplnica, mientras sobre el cielo se corra la negrura profunda de un inmenso manto de terciopelo recamado con lentejuelas de estrellas. Un lastimero balido lleg hasta ellos como una voz que pidiera auxilio. Entre las sombras pudieron distinguir la diminuta silueta de un corderillo que corra azorado buscando el lejano aprisco. - Debe ser un recental que se qued rezagado de la tropa y olvidado por el pastor - apunt Arenal. - Pobrecito! - lament Domy con profunda pena. - S. Pobrecito! sa es la palabra ms apropiada para hoy, Domy. Pobrecito ese cordero que se ha quedado espantado y solo en medio de la helada noche. Pobrecita esta tierra yerma y azotada por el viento y tan despreciada por quienes no quieren estimarla en
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lo que vale. Pobrecito yo, que no puedo defenderla y lograr que la quieran! - No, Joaqun. Ni usted ni esta tierra pueden ser pobres. Slo son vctimas del prejuicio y de la incomprensin. Ya vendrn tiempos mejores. - S, vendrn. Pero hasta que eso suceda mi tragedia habr concluido. No s hasta dnde ha de llegar Liliana en sus repugnancias por cuanto la rodea. Su desprecio es tan fuerte y creciente que temo mucho que llegue da en que yo mismo sea la vctima. - Eso sera terrible, Joaqun. Terrible e injusto. Porque, usted, por lo que es y por la manera como siente las cosas, merece el amor ms puro y ms profundo. Mirle Arenal al escuchar aquellas palabras aproximndose a la cara de la muchacha. A la escasa luz de las estrellas tan slo pudo distinguir los ojos de Domy que en el cristal de las pupilas copiaban la luz estelar pero reavivada por un fulgor interior. - Usted cree en eso, Domy? Usted cree que yo no merezco lo que estoy sufriendo? Domy, trabajada todo ese da en su sentimentalismo por las amarguras confidenciales de su amigo, no fue duea de guardarse por ms tiempo sus ternuras. - S, Joaqun. Creo y estoy segura de ello. Oh, si yo pudiera remediar su situacin. Si yo pudiera poner mi corazn como un escudo ante el suyo para defenderlo! - Domy, qu buena es usted! -Si yo pudiera decirle a su esposa: male con toda el alma! No ves que has tenido la fortuna de ganarte el hombre ms bueno de la tierra? - As le dira, usted, Domy? - S, Joaqun. - Y si ella, obcecada, no aceptara sus consejos? - Entonces, no s si la regaara o la pegara. No s... Callaron ambos. En el silencio de la noche punea, cada unce de esas almas, templadas por efecto de sus tristezas como delicados diapasones, vibraron produciendo un acorde de misteriosa armona. Sin decirse ms, siguieron quietos y callados, pero muy juntos. Para su anhelo les bastaba sentirse el uno junto a la otra. Porque estando juntos, nada ms se sentan bien defendidos contra sus pesadumbres. La sensacin del mundo exterior lleg hasta ellos en una fra racha del viento glido de la cordillera nevada. Despertaron de su agridulce ensueo con los cuerpos ateridos y buscaron el abrigo del
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automvil. Arenal, sentado ante el volante, subconscientemente, por la costumbre de hacerlo, encendi el motor y tom el camino de retorno a la ciudad. Al llegar a El Alto, all donde la altsima meseta se corta bruscamente en un abismo de 600 metros, vieron la ciudad extendida al fondo, sumida en tinieblas pero reverberando en miles de puntos luminosos que eran los focos elctricos de sus calles y plazas. El panorama de tan profundas negruras y luces haca un efecto nico por lo fantstico. La ciudad dormida en la alta noche en el regazo de su hondura, pareca un pedazo del cielo estrellado que hubiera cado al fondo del abismo. - Mire, Joaqun, la ciudad. Parece un pequeo cielo invertido con luceros y constelaciones. Mire cuntas luces. - Ese cielo que usted llama tan poticamente se ha tornado para m en un infierno de amarguras - respondi Arenal con cierto rencor, como si le disgustara regresar a la ciudad. Cuando terminaron de recorrer el zigzagueante camino de bajada, asomaron a la ciudad, siendo muy avanzada la noche. - Ya estamos de nuevo aqu - exclam Arenal con melancola. - S. Ya estamos otra vez cerca de nuestros hogares, Joaqun. - Hogares!... Dgame, Domy. Usted y yo podemos llamar hogares a los sitios donde tenemos que vivir? - Tiene usted razn, Joaqun. Ni yo ni usted tenemos en ellos lo que nuestro afecto reclama. - Y ahora adnde vamos? - pregunt Arenal, cuando se hallaban en una calle central. - Adnde? - pregunt a su vez la muchacha con tristeza-. Me da mucha pena dejarlo solo! - Si pudiramos inventar algo para seguir juntos, siquiera unas cuantas horas ms. Pasaban en ese momento ante la puerta iluminada de una boite. - Entremos aqu - manifest sencillamente Arenal, frenando el carro. Domy baj dcil, sin decir nada. El saln estaba iluminado y concurrido como de costumbre. Ocuparon una mesa y pidieron champaa. Se bebieron la primera copa de un solo envin. El licor les supo a un verdadero refrigerio despus de la larga abstinencia obligada por la excursin. A poco, el ambiente confortable y la msica contribuyeron a darles una sensacin de bienestar. Este bienestar los situ en un terreno de alivio y de frivolidad. Contrastando con su anterior conversacin, Arenal logr posponer su
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pesadumbre y comenz a charlar casi alegremente comentando la msica y reconociendo a algunos de los concurrentes y bailarines. Hasta se anim a invitar a su amiga a tomar parte en el baile. Cuando Domy se sinti entre los brazos de Joaqun, que la conduca al bailar, el sitio y la situacin le hicieron pensar en Trrez de La Mata. Pero su sobresalto fue momentneo. Borr rpidamente su ingrato recuerdo y se aferr a esa otra realidad tan distinta y por eso mismo tranquilizadora y grata. Al sentir ahora esos brazos que la conducan con delicada confianza, al reclinarse en ese pecho varonil de cuyos sentimientos y dolores ella era la envidiable depositaria, al contemplar esa cara, tan cerca de la suya, a la que la nobleza y la melancola daban rara prestancia, comprendi la definitiva diferencia entre esos dos hombres reunidos en su mente por la evocacin. Y su romanticismo, mecido por una msica sentimental, fue arrullando y dando pbulo a una nueva locura de amor. - Joaqun - os decir casi al odo de su amigo, como si le transmitiera un secreto muy preciado - quiero pedirle una cosa. l la mir, intrigado y triste. -S, Joaqun. Rbele unos momentos al destino. Olvdese de su problema y trate de estar tranquilo esta noche. Quiz as, serenado, cuando vuelva a su casa, ver las cosas menos sombras y ms llevaderas. - S, Domy. se es tambin mi propsito y voy sintiendo que a su lado es fcil cumplirlo. Al terminar una de las piezas de baile, volvieron a su mesa. Domy comprob que su amigo estaba ms resignado. Su conversacin se haba tornado locuaz y jovial. - Tena usted mucha razn, Domy. Creo que hasta podremos alegrarnos de veras esta noche. Quiere que tomenos otra botella? Llam al camarero y pidi ms champaa. Llen la copa de la muchacha y la suya e invit a libarlas. Cuando Domy llevaba a los labios su copa le pareci que el sabor del espumante vino se mezclaba con una sorprendente sensacin auditiva. Era que en ese mismo momento la orquesta haba comenzado a interpretar la pieza Siempre en mi corazn. Con los ojos fijos en el fondo de la copa, dej desatarse su manitico ensueo. Y se qued inmvil, gustando con fruicin el champaa, como si estuviera bebiendo, sorbo a sorbo, el aromado sabor de un gratsimo recuerdo, ajena a todo menos a esa evocadora meloda, que era el nico lazo que la ataba a la realidad. Inhibida as, Domy no se haba dado cuenta de que alguien se haba
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acercado para hablar comedidamente con Arenal y que despus de haber obtenido su asentimiento se pona al lado suyo. Levant entonces la mirada y estuvo en trance de verter el contenido de su copa al ver a Ramiro del Castaar que le peda bailar la pieza ejecutada. Como levantada en vilo por una fuerza recndita, Domy se incorpor y sali silenciosa a la pista. Estaba desconcertada. Una intensa emocin embarullaba las ideas de su cabeza y no acertaba a otra cosa que a dejarse conducir en los pasos y vueltas del baile como si fuera una mueca librada al capricho de su dueo. - Domy, te das cuenta de la pieza que estamos bailando? Ante esa pregunta, alz ella lentamente la cabeza, profundiz su mirada en las pupilas de l. Pero en vano trat de encontrar en aquellos ojos la clara linfa de amor que otrora la brindara ese hombre, cuando en casa de su amiga Rosario, bailando por primera vez entre esos mismos brazos, al recibir el primer beso, ella se estremeci de felicidad bajo su sencillo traje de colegiala. - En cuanto te vi esta noche en el saln, ped a la orquesta que tocara esa pieza. - Con qu intencin, has hecho eso, Ramiro? - Para que me hicieras el favor de concederme este baile. - Sin duda, como una despedida definitiva. - Por qu haba de ser despedida? - Me han dicho que te casas muy pronto. - Ah, lo sabes ya? - S. Y con Hercilia Alcazaba, tu distinguida prima. Te felicito. Pues, bailemos a la despedida. - Por qu, este nuestro encuentro ha de ser precisamente una despedida? Debe ser una reconciliacin, ms bien. - Teniendo como tienes ya una novia!... - Eso nada tiene que ver con nosotros dos. - Vas a romper tu noviazgo? Seras capaz de eso por m? - No creo que mi compromiso sea incompatible con nuestro amor. - No? Por qu? - Porque mi noviazgo es de otra laya. Me comprendes? - Ya lo comprendo. Quieres tomarme a espaldas de tu conveniencia social, para reanudar un amor vedado. Es eso, verdad? - Mira, Domy. T ya no eres la chiquilla de antes. Por la vida que haces y por los amigos que te gastas deduzco que ya conoces sobradamente la vida. Quiz mucho ms de lo que se pudiera suponer! Entonces, creo que no tendrs escrpulos para darme una parte de tus concesiones, de acuerdo con mi derecho de haber sido tu
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primer amor. - T s que estas cambiado, Ramiro. Me cuesta trabajo pensar que eres el mismo muchacho a quien quise con toda el alma. - Soy el mismo. Sigo querindote. Por eso mismo nuestro amor de hoy, ms prctico y ms ardiente, puede ser ms delicioso. - Y, cmo pretendes quereme ahora? - Como a quien eres y con todo el fuego de mis venas. - Es decir, como a una amante... - Qu ms puedo ofrecer a una muchacha de tu clase? - Ya que no fue suficiente para mi desengao la forma como me dejaste salir de tu casa aquella vez, ahora, con tus propios labios me expresas la calidad de tus sentimientos y de tu cinismo. yeme. Yo tambin voy a decirte mi verdad: si para ser la esposa de un hombre de tu clase no puedo elegir a nadie, para resignarme a ser la amante creo tener el derecho de buscar libremente a quien se me antoje. - Desdeando nuestro antiguo amor? - No levantes el testimonio de ese amor puro de ayer para defender su torpe empeo de hoy. - Y por eso estabas antes con de La Mata y sus compinches y ahora con ese hombre que es casado? - Ya te dije que para lo que t me quieres tengo la libertad de escoger. - Escoger y cambiar, debes decir. - Jzgalo como quieras. Despus de comprobar tu bajeza moral ya no me interesa tu opinin. - Entonces, prefieres a ese esposo infiel que ahora te acompaa? - Y qu otra cosa sers t dentro de poco tiempo? - Quieres decir que, ahora, eres de ese hombre? - Qu es lo que soy? - Su amante. - Has acertado. Soy su amante apasionada. - Y por l me rechazas? - S. Porque a se le quiero con toda el alma. Se lo merece! - Es tu ltima palabra? - Y suficiente para separar nuestras vidas para siempre. T, en pos de una boda honorable, aristocrtica. Yo, para buscar el amor a mi manera. Ramiro qued sin palabras. La orquesta haba terminado. Los dos quedaron frente a frente. l, despechado y debatindose en sensuales impulsos frustrados. Ella, altiva, seductora como nunca y ms duea de s porque se senta hasta un poco cnica Domy hubiera
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querido prolongar hasta el infinito esa situacin que era su mejor venganza. Pero haban quedado solos en el centro de la pista. Los dems concurrentes se haban retirado a sus mesas. Se separaron en silencio, sin darse siquiera la mano. Ramiro se fue a su sitio a esconder su impotencia y su fracaso de seductor. Domy volvi junto a Arenal. Pero lleg convertida en otra mujer. Enardecida y presta a vibrar al menor estmulo del amor. Tal era la reaccin que en su espritu habale producido la sensual osada de Castaar. Al sentarse bebi precipitadamente la copa de champaa y luego, en cuanto la orquesta inici un bailable, fue ella misma quien incit a Joaqun a salir al centro del saln. Pero, aquella vez, al entregarse a los brazos de su amigo, las enfebrecidas turgencias de su cuerpo se apretaron a su pareja con un afn hasta entonces jams sentido. Pareca que toda el ansia de su juventud formara un volcn prximo a desbordarse. Sus ojos fulgurantes de deseo eran carbones en ascua que haban encendido tambin al rojo sus mejillas y caldeado su boca. Esa boca cuyos labios eran un delicioso milagro de carne jugosa se alz hacia el hombre en sensual ofertorio. Y fue tan irresistible su embrujo que atrajo sin remedio, con la fatalidad de un vrtigo, al fascinado Joaqun. - Amor mo!.. . - Bien mo! ... Fueron las frases que subyugaron ese beso apasionado, pronunciadas casi suspirando con hlito de fragua encendida. Y siguieron bailando, sin que les importara el resto del mundo, con sus mentes en fuga hacia el pas maravilloso del ensueo. Volvieron a su mesa, cogidos de las manos, como dos nios pequeos que desearan seguir muy unidos en medio de su mgico deslumbramiento. - Domy, acaba de brotar entre nosotros dos la grande y nica verdad. - Cul, Joaqun? - La que he comenzado a palpar sobre tus labios. Aquella verdad que ser la eterna fe de nuestras almas. La que nos har vencer todo y despreciar lo que no pueda ser vencido. Desde ahora, tu amor presentido, pero contenido por respeto a ti misma, reemplazar gloriosamente a aquel sentimiento equivocado que me lig a otra mujer. Y desde ahora tambin, tu ternura y tu desilusionada juventud, bella y defraudada, tendrn en m su objetivo y su premio.
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As comenz, creciente como un incendio, la pasin de esas dos almas torturadas e insatisfechas. fue un desatarse de torrentes de ternura, una avalancha de frases vehementes, de miradas y de caricias hasta languidecer de felicidad. Casi con la luz del alba salieron de la boite. La brisa maanera con su temperatura refrigerante tard en imponer a los nuevos amantes la nocin de la realidad del ambiente y de la hora. Arenal condujo a su amada hasta la puerta de su casa y la despidi con una recapitulacin del enardecido deliquio de las horas anteriores. - Domy, amada ma. Te dejo, pero quiz nada ms que por hoy. Acaso maana mismo pueda venir por ti. A llevarte para siempre. S, Joaqun. Hars lo que quieras conmigo. - No. Ser como t quieras. Y te llevar a donde t quieras. Para vivir juntos, para soar, para morir. - S, adorado mo!... Pero..., y tu esposa? - Ya lo tengo pensado. La enviar a su tierra. Le ceder todo lo mo, menos mi cario, para que me deje en libertad de amarte, de ser tuyo para siempre. - Para siempre. S, Joaqun de mi vida. Para siempre!... Con un beso largo y goloso se juramentaron, a la misma puerta de la casa, en su pacto de amor, sellado sobre el viejo dolor de sus pretritas desventuras.
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CAPTULO DCIMOOCTAVO Al irse a la cama, Domy no pudo conciliar el sueo. En su mente, como en un calidoscopio se fueron formando y reformando figuras, imgenes y escenas bajo el enloquecido estmulo de sus ltimas sensaciones. Al fin, despus de varias horas, vencida por la fatiga fsica y el desvelo, fueron apagndose uno tras otro los fuegos de su imaginacin y se durmi. Despertse cuando ya estaba bien comenzada la tarde. Lentamente fueron aclarndose sus recuerdos. Al principio no saba discriminar si fueron una realidad o un sueo. Pero a medida que se fue dando cuenta cabal de lo ocurrido, su espritu, algo serenado por el sueo, y su corazn, tranquilizado por la calma y la soledad, le mostraron el valor trascendental y gravsimo de su conducta. Un rubor hasta entonces nunca sentido, fruto exuberante de su recta conciencia, encendi su cara ojerosa y la oblig a entornar los prpados como un velo que su pudor quisiera tender sobre la visin de escenas atrevidas. Luego comenz a considerar su situacin. La felicidad que acababa de conquistar con el amor de Joaqun le dejaba un sabor amargo e inquietante y comprendi que la vida, al darle por fin, la posibilidad de satisfacer su juventud sedienta de afectos, le iba a cobrar un precio insospechable y tremendo. An ms. Se dio cuenta de que el afn de ser feliz la converta en una usurpadora del derecho de otra mujer joven como ella; que era una intrusa que se haba aprovechado de la amistad de un hombre bien nacido y generoso y de la circunstancia de un incidente conyugal, como tantos, para colarse traidora e hipcritamente en un hogar honrado, desplazar a una esposa legtima y arrebatar a un nuevo ser inocente el cario del padre desde el trance mismo de su gestacin. Su conciencia, lanzada por el rumbo de sus inexorables recriminaciones, la hizo ver que por ese camino y con tan malas artes, muy medrada sera la dicha que pretendiera conquistar. Y sin embargo, malgrado su conciencia, cmo amaba a ese hombre y cunta ternura tena acopiada para mimarle! ...
Por su parte, Joaqun Arenal, ardiendo de impaciencia, tuvo que permanecer, muy a su pesar, dos das en su casa atendiendo a su esposa en una crisis nerviosa complicada por su estado prximo a la maternidad y por la escena que l, al volver despus de la ltima entrevista con Domy, le hizo plantendole categricamente su
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decisin de quedarse en el pas. Su ndole noble en el fondo y su doble obligacin de marido y de mdico le haban decidido a quedarse junto a la paciente y cuidarle con esmero. Para conducirse as, haba tenido que frenar el violento deseo de correr en pos de su amada a renovar su apasionado idilio. Al tercer da Liliana estuvo restablecida. Arenal juzg que ya podra llegar a un acuerdo con su esposa. Con sumo tacto, persuasivamente fule exponiendo la situacin. Arenal se desconoca a s mismo al escuchar sus propias palabras y sus argumentos. l, que siempre haba procedido sin tapujos, con entera sinceridad, ahora, ocultando cuidadosamente el verdadero fin que persegua, habl y encareci de tal manera a Liliana que lleg a convencerla de que viajara sola a la casa de sus padres. Al lograr esta solucin, respir taimadamente, satisfecho de haber asegurado su libertad. El hecho de que su esposa hubiera aceptado volver sola a su tierra tampoco era sorprendente. Era la demostracin no ya de su repugnancia y prejuicios por el pas de su marido sino tambin el inminente enfriamiento de su afecto conyugal. Entre vivir en esa "tierra de indios" por slo continuar junto a Arenal, ella prefera mil veces volver a su patria en la que, ella lo saba muy bien por su educacin y su ambiente, los lazos conyugales importan menos que ciertas otras cosas y alicientes que all encontrara una muchacha joven y bonita como ella. A falta de la asistencia material del esposo no le faltaran recursos y formas para vivir en su tierra como le pluguiera. Mucho ms, si como se lo haba ofrecido Joaqun se llevara para el viaje una buena cantidad de dinero, producto de la venta de la casa solariega y la seguira asistiendo peridicamente con una pensin suficiente para el sustento de ella y del nio que naciera. Estos ltimos acuerdos disiparon el disgusto de Liliana. La rara generosidad y desprendimiento econmico de su marido, fueron el ms decisivo argumento. - Ah, mon cherie! - exclam en un rapto espontneo de gratitud aproximndosele con las blancas manos extendidas para tomarle la cabeza y besarle los labios -. Vous etes trs gentil! Joaqun sinti inspido ese sculo pero fingi contento y hasta retribuy la demostracin, sonriendo y pensando para s que muy pronto, en la sensual y clida boca de Domy olvidara el sabor de ese beso mercenario.
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En cuanto dej a Liliana libre de cuidado y, sobre todo, determinada a marcharse sola, Joaqun fue volando a casa de Domy. Suba ya las gradas que desde el viejo patio conducen al departamento de su amada cuando lo detuvo desde abajo la voz de Doa Saturnina. - Doctor, est usted subiendo a lo de la chica? - S, seora. - No est, doctor. - Qu lstima! Deseo verla con urgencia - se lament, mientras bajaba lentamente la escalera. - Este... ms bien, la Domy me ha dejado una carta para usted. La chola fue corriendo hacia una de las habitaciones de la planta baja y volvi con el recado. Tom la carta el doctor Arenal y hubiera querido abrirla y leerla all mismo o salir inmediatamente para hacerlo, pero fue detenido por la locuacidad amable de Doa Saturnina. - Ay, doctor. Yo no s por qu esta chica se est volviendo ms arisca cada da. Primero era as con nosotros no ms. En fin, eso siquiera era porque a la chica, siendo tan alhajita y estando al merecer, no le gusta que su padre sea un mozo y que yo tenga pollera. Ms bien se meta con sus amigas y estaba contenta. Pero, estos das pasados han venido a buscarla con automvil y todo unas seoritas bien dijes y educadas que antes eran sus compaeras inseparables y ella les ha dado con las puertas en las narices y poco ha faltado para que a empujones les haga rodar las gradas. Viera usted, doctor, a mi no mes me ha dado vergenza de las caras con que se han ido esas seoritas. Y ahora, le dir con franqueza, parece que a usted tampoco quiere verlo. As me ha encargado desde anteayer. Eso que hace con usted es ya demasiado. A ver! Acaso usted no me la ha curado con tanto cario? Ay! Pero esta mi chica no s siempre qu es lo que tiene contra las gentes. Hasta con usted portarse as!... Ahora, la vez pasada por tenerla contenta hasta comedor nuevito se lo hemos hecho amoblar. Viera usted qu tal lindo! Apenas una vez ha bajado a almorzar y no ha querido volver a comer con nosotros. Ay, doctor! Qu siempre ser lo que tiene esta nuestra hija!... Doa Saturnina comenz a hacer ridculos pucheros y a sonarse ruidosamente las narices con el vuelo de su pollera interior, para, luego proseguir su quejumbrosa chchara. Arenal que deseaba verse solo para leer la misiva, aprovech del breve silencio de la chola para despedirse. En cuanto estuvo en la calle abri el sobre y ley el contenido: "Doctor y amigo: Perdneme por los excesos de mi sentimentalismo imprudente que en
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el ltimo da en que estuvimos juntos le provocaron a una situacin equvoca. Yo le debo gratitud que no puede pagarse con un tesoro, menos desquiciando su hogar para enlodarlo y arrebatar su cario paternal a un ser inocente prximo a venir al mundo. Le juro a usted que me declaro culpable por haber confundido la veneracin que siento por usted con un amor egosta y vedado del que quiero curarme a costa de cualquier sacrificio. Felizmente, nos hemos detenido a tiempo de lanzarnos por un camino de ignominia irreparable. Hagamos, pues, alto y separmonos para siempre. Usted ha probado ser un perfecto caballero. Yo tambin quiero probar mi capacidad para vindicar la plebeyez de mi cuna tratando de ser honrada. Slo as podr considerarme digna de su afectuoso recuerdo o siquiera de su olvido generoso. Adis para siempre. Domy".. Con la vista nublada y desconcertado por la emocin, Arenal sigui andando como un autmata sin cuidar el rumbo de sus pasos., Cuando se seren un tanto fue a derribarse sobre un banco solitario del parque al que la casualidad lo haba llevado. Sentado all y despus de haber enjugado el sudor de su rostro, desarrug el papel que en su desesperacin haba estrujado entre sus manos crispadas. Tom a leerlo, pronunciando con palabras lentas y graves el texto, como si tratar de meter en su cabeza la realidad que le aconteca. Horas despus, se levant fatigado y ablico. Pero le mova un secreto imperativo y empez a caminar lentamente hacia su casa. Ese era el nico camino decoroso que le sealaba aquella carta.
Efectivamente, tal como se lo haba dado a entender Doa Saturnina, en una forma tan torpe al doctor Arenal, Domy haba ordenado decir al doctor, cuando llegara a la casa, que ella no estaba. Con sangre y dolor de su alma escribi esa carta que haba dejado para su amigo. Temblando de emocin y de desconsuelo oy decir a su madre que el doctor Arenal ya haba recogido la epstola. Se meti en su cuarto y llor para desahogar su tormentosa amargura. No solamente el amor y la felicidad a que tena derecho por su juventud y su belleza le estaban vedados. Tambin haba tenido que renunciar al derecho de tener un amigo y confidente. Sin embargo, a pesar de estar sola y dolorida como nunca, Domy ya no desesper. Quien sabe si de su ancestro recibi la remota herencia de las virtudes y acervo moral de alguna mujer prcer,
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herencia espiritual que pudo haberse concretado con la educacin recibida. Por eso, sin flaquezas ni vanos alardes sentimentales, Domy resolvi dar las espaldas a su pasado y se qued serena aunque melanclica a buscar una norma para su vida. En tal estado de nimo se hallaba cierto da, con un libro entre las manos, contemplando desde el corredor el patio de su casa, mirando entretenida los afanes de su madre y los sirvientes que reciban a sus "caseros" de fruta y tambin a otros indgenas del altiplano que acostumbraban comprar fruta para llevar a sus "estancias". Estas escenas que se haban repetido constantemente desde cuando Domy era pequea, antes de que fuera al colegio, solamente ahora despertaron su inters. Llam su atencin un indio anciano y de cierto aspecto venerable que pareca presidir a otros cuatro que deban ser de su misma comarca, a juzgar por la semejanza de su indumentaria. El viejo y sus compaeros haban llegado el da anterior con un cargamento de "chalonas" - tasajo de cordero -, chuo y otros productos de la meseta y deban retornar llevndose naranjas, pltanos y dems frutas del valle. Como era costumbre, cuando se trataba de clientes conocidos, la duea de casa les haba concedido alojamiento para ellos en un rincn del patio interior y para sus bestias en el corraln del fondo. En el momento en que Domy los observaba, el viejo indio y sus compaeros, sentados en cuclillas sobre el suelo, alrededor de un "taxi" - tejido indgena - que contena hojas de coca, mientras masticaban la yerba aromtica segn su costumbre, comentaban sobre algn asunto que pareca tenerlos muy preocupados. Domy, picada en su curiosidad, procur colocarse muy cerca para or lo que hablaban. Desde pequea entenda el idioma vernculo. Sin perder una palabra de lo que decan los indios; entendi que estaban cambiando ideas acerca de cmo y a quin deberan presentarse a solicitar un maestro para la escuela de su comunidad, all en su tierra. La muchacha, impulsada por un sentimiento espontneo y generoso, se ofreci a ser ella misma la que los condujera ante las autoridades respectivas para expresar su pedido. Pocas horas despus, el grupo de indios seguan llenos de gratitud y respeto a Domy hasta las oficinas del Ministerio de Educacin. La muchacha, constituida de por s en asesora de los peticionarios, presidi el grupo para entrar a la oficina del funcionario encargado de atenderlos. El atractivo fsico de tan linda asesora gan en favor de los indios
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una rara y benvola acogida, lo cual era ya mucho, porque de haberse presentado solamente ellos hubieran tenido que hacer antesala de horas y quin sabe de das. Domy en breves frases anunci de lo que se trataba y pidi que su peticin fuera atendida. Luego el anciano dijo ser el cacique y representante de la comunidad de Collamarca para la cual peda un maestro a fin de que se reabriera la escuelita campesina comunal haca varios aos clausurada. Sigui el viejo haciendo consideraciones que abundaban en repeticiones y detalles en una jerga montona. La respuesta del funcionario fue decepcionante. Les manifest que estaba ya cerrado y en pleno curso el presupuesto del ao y que no exista ni se poda crear la partida destinada a sostener el maestro que solicitaban. El cacique y sus coterrneos escucharon impasibles la negativa. Estaban acostumbrados a recibir esta clase de respuestas de las autoridades en todas sus peticiones. Por eso, y como si de antemano hubieran conocido el resultado, el viejo manifest: - Tata. Nosotros no queremos que el Gobierno pague a ese maestro. Lo que pedimos es, nicamente, que se nos proporcione a la persona a la cual nuestra comunidad ha de pagar. El funcionario alab el empeo que demostraban aquellos indios por su culturizacin, pero acab expresando: - Desgraciadamente, tampoco esto podemos hacer. No hay maestros disponibles! Profundamente desalentados salieron Domy y los indgenas del Ministerio. El cacique, habituado como todos los de su raza a sufrir muchos ms graves contratiempos, guard mansamente su disgusto, lo mismo que sus compaeros. En cambio, Domy no se conform a aceptar sin comentario lo que haba pasado. - Nunca he credo que ustedes estuvieran en la ignorancia nada ms que por culpa de las autoridades! - As es niita. Nosotros y nuestros hijos tenemos sed de aprender. Pero, ya ves cmo nos han despedido! ... - No se desalienten - les respondi la muchacha -. Yo les voy a ayudar a buscar a alguna persona que quiera ir de maestro. - Ojal, niita! Fuera de su paga, le proporcionaremos alojamiento, vveres y servidores en la comunidad. - Tengan paciencia. No ha de faltar una buena persona que quiera ir.
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un maestro, Domy sali a cumplirlo esa misma tarde. Record de un viejo maestro que durante muchos aos haba vivido en la casa de enfrente. fue en seguida a buscarlo. Cuando le dijeron que ahora viva en otro barrio bastante lejano de all, se fue en pos de la nueva direccin sin darse descanso. Al ayudar a los indios en su empeo, ya haba sentido, por primera vez en su vida una dulce satisfaccin, serena y noble en hacer el bien al prjimo. Un alivio para su vida hasta entonces sin sentido y una interesante distraccin para sus horas muertas la embargaban y la incitaban a seguir en el empeo iniciado. Despus de laboriosas averiguaciones pudo dar con el que buscaba. Encontr al maestro msero y enfermo. Al conocer el deseo de la muchacha, el viejo le manifest que estaba jubilado y que casi haba perdido la vista, por tanto le sera imposible tomar el cargo que le ofrecan. Todo lo que Domy pudo conseguir fue que el anciano le indicara la direccin de algunos ex-colegas suyos que acaso quisieran ir a trabajar a la comunidad. Despus de haber salido de la casa del maestro, Domy se preparaba a seguir sus indicaciones y para el efecto caminaba por cierta calle en pos de un candidato cuya direccin haba anotado. De improviso se encontr frente a Arenal que vena en sentido opuesto y por la misma vereda. La muchacha se hall tan cerca de su amigo, que, aunque quiso, no pudo eludir el encuentro. Por su parte, Arenal en cuanto - la vio apresur sus pasos. - Domy. El destino ha podido ms que t. - Ms que yo! Por qu? - Ha vencido tu propsito de no volver a verme. - Ese propsito, Joaqun, lo impone un deber sagrado. Y es preciso cumplirlo por encima de todo. - Tambin por encima del portento de saber que nos amamos? - Precisamente, Joaqun, por encima de eso. - Quieres renunciar a la nica dicha que nos ofrece la vida? Es posible esto, Domy? Es humano que t, que tanto has sufrido y llorado por un amor que te salve de tu soledad espiritual, de tu desamparo social y que colme tus ansias infinitas de ternura, ahora que lo encuentras lo deseches cruelmente? Piensa que esa crueldad no slo me hace vctima a m; tambin te hiere de muerte a ti. - Joaqun - djole la muchacha con la voz quebrada por la emocin - no hables en esa forma implorante que me partir el corazn pero no podr torcer mi firmeza. Estas explicaciones son
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una tortura intil. Las tema. Por eso quise que mi carta fuera lo ltimo que hubiera entre los dos. Despidmonos aqu mismo, Joaqun. Tendamos la suprema abnegacin de ser ms grandes que nuestra desventura. Domy se par en seco y extendiendo la mano a su amigo volvi hacia otro lado la cabeza para hurtar a los ojos de l el intenso patetismo de su rostro. Joaqun, anhelante y por eso mismo obcecado en detener a la muchacha, le tom la mano para retenerla con todas sus fuerzas, mientras le deca: - No, Domy. No te vayas as, dejndome slo una carta breve y terrible como una sentencia de muerte. No seas implacable. No te marches sin antes decirme por qu la mujer cariosa y tierna que hall en ti se ha transformado tan repentinamente en una roca insensible. Dime. Qu ha ocurrido para que hubieras cambiado tanto? - He pensado en el paso que bamos a dar y he visto que frente a mi pobre amor se alzan tremendas razones. - Razones?... Crees t que exista alguna ms imperiosa que nuestro derecho a ser felices? - S. La razn incontestable de que te debes a tu esposa. - Ese obstculo ya no existe. Para comunicarte que yo era libre corr a tu casa cuando me encontr con tu terrible carta. Pues bien, algrate! Liliana ha consentido en irse sola a su tierra. - No, Joaqun. Esa no es la solucin que te honre ni que a m me satisfaga. - Por qu? - Porque no puedes abandonar, o mejor dicho arrojar as a tu esposa. - Esa mujer odia nuestro pas, pues que se vaya al suyo. No crees que es la mejor solucin? - Pero, t, que eres todo un caballero y al mismo tiempo un mdico de conciencia no puedes olvidar que el caso de tu mujer es semejante o ms grave an que el mo. Ella es tambin una inadaptada, una mujer nacida para otro ambiente y que, a pesar de su amor por ti, no puede vencer su medio tan diferente y remoto donde t quieres obligarla a vivir, es ahora una incomprendida por su propio esposo, por el nico hombre obligado a auxiliarla y evitarle su tortura. Dime, Joaqun. T que me has curado con tanto esmero, que me has aconsejado y confortado hasta sacarme de mi tormentosa abulia procediendo nada ms que corno profesional, ahora que se trata del caso de tu propia esposa, has de negarle tu cariosa comprensin, tu esmerada asistencia y hasta tu piedad, nada ms
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que por entregarte a una pasin inconfesable? - No se trata ya de eso, Domy. Esta separacin que hemos acordado con Liliana es la providencial liberacin que me llega de un amor equvoco y pasajero que se ha convertido en calvario tanto para m como para ella. Es una liberacin que me permite conocer en ti lo que es el verdadero amor. - Joaqun. Aunque fuera verdad lo que dices, hay empero otro deber ineludible y sin excusa: t deber de futuro padre. La obligacin suprema que tienes de custodiar a tu hijo durante su gestacin, cuidando y acompaando solcitamente a la madre. Debes estar junto a ella hasta el trance solemne de recibir en tus brazos al recin nacido y darle tu amor como la primera merced generosa que le ofrezca el mundo. Imagnate el desamparo de ese inocente nio si su padre, t, mi caballeroso Joaqun, en lugar de acudir junto a l, te quedaras junto a una amante! Imaginas tal inhumanidad y cobarda?... Yo no quiero que por mi causa seas inhumano y cobarde! Jams! - Por favor, Domy! Me has hecho vacilar. No me digas ya nada! - Quise evitarte la crudeza de mis razones, porque a m tambin me laceran el alma. Porque te las formulo con mi corazn que sangra. Pero t lo has querido, Joaqun. Y, ya ves cmo nos hemos daado el alma. Ahora que has odo todo y que has visto lo intil de soar en una falsa ventura, olvidemos todo lo de la ltima noche y volvamos a situamos en el tiempo en que fuimos nada ms que amigos. Que no quede entre nosotros ms que esa amistad. Ella valdr ms, infinitamente ms que la frgil locura que la fatalidad nos tendi como un lazo. Esa amistad ser lo nico que pueda valernos para que yo me sostenga frente a todo lo que el destino me depare. - Domy de mi alma! Podremos cumplir lo que invocas? Resistirn nuestros corazones sin quebrarse? - S, Joaqun. Debemos hacerlo aunque nos cueste la vida. - La vida! Qu importa si hemos de vivirla separados? - Vivamos, pues, as. Infelices, pero dignamente, heroicamente; amargados si quieres, pero sin delinquir en nada que ms tarde nos cause mutuo menosprecio. T, sigue siendo el caballero, el grande y dilecto amigo que supo avivar mi fe y arrancar mis desesperanzas y vuelve al lado de tu esposa y de tu hijo a ser lo que siempre has sido por naturaleza y noble cuna. Y, djame a m tambin que estrangule mi amor para que pueda buscar un ideal que me permita redimir el estigma de mi origen plebeyo y salir a flote de mi conflicto hogareo y social. Djame, por Dios y vete!
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- Me arrojas de tu lado? - Mrame. Ves en mi angustiada cara que ya no puedo ms? No te das cuenta de que estoy a punto de arrodillarme para rogarte que te alejes?... - y al decir esas palabras, Domy pareca realmente que iba a abatir su bella silueta como si se fuera a derrumbar agobiada por un peso enorme. - Por Dios, Domy! No prosigas. Me ir. Ya s lo que debo hacer. Me lo has enseado a costa de dursimos golpes en el corazn. Adis, Domy! Me voy. Pero me voy llorando. - S, Joaqun - aadi la muchacha, dulcificando su voz repleta de ternuras recnditas y desesperadas -. Vete. Llrame con todo tu amor, como a una vctima del destino. As lo prefiero. Llrame perdida antes que conservarme a tu lado venal y concupiscente. Adis! - Adis, mi vida! - Adis para siempre! As, en la desierta calleja, ajenos a la indiferencia de los desocupados transentes, se despidieron Domy y Arenal.
Despus de aquel encuentro, Domy no atin a seguir buscando maestro para los indios de Collamarca y se volvi a su casa. Lleg anegada el alma de pena, rebosando de infinita amargura, pero al mismo tiempo colmada de satisfaccin heroica por haber enderezado bizarramente el carcter de su espritu. Ya no era la colegiala romntica que lamentaba el truncamiento de su primer amor. Tampoco era la mujercita mimada y vanidosa que estuvo a punto de sucumbir en los lazos de su seductor. Era la mujer madurada por la adversidad que supo estrujar su gran amor por respetar un hogar ajeno; la mujer que haba sabido defender la dignidad de un hombre, del hombre amado, aun contra la insensata pasin de l mismo; la que haba salido del desenlace dolorida pero serena y con fuerzas y fe suficientes para seguir luchando contra nuevas desventuras. En la melanclica tranquilidad de su alcoba se puso a meditar en lo que hara de pronto para hurtar su espritu a cualquier flaqueza futura. Para ejemplarizarse record a las grandes mujeres de la historia conocidas en sus estudios y en sus lecturas posteriores. Las dos Juanas, la de Arco y la Azurduy de Padilla, batalladoras y heroicas no le sugeran, empero, la posibilidad de imitarlas porque la oportunidad en el tiempo y en la causa eran muy diferentes con su situacin. Las grandes santas, Teresa de Jess y Rosa de Lima, msticas y sublimes en sus virtudes no encuadraban con su fe cristiana
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casi destruida por el escepticismo. Las eximias mujeres de letras, la Ibarburu y la Mistral tampoco podan ejercer influjo sobre el espritu de Domy que anhelaba una accin ms prctica e inmediata dentro del estrecho mundo en que viva y deseaba actuar a su manera. En ese afn de buscar y buscar vanamente en sus meditaciones y recuerdos el ejemplo y el camino a seguir, se durmi obligada por la necesidad fisiolgica de su agotado organismo.
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CAPTULO DECIMONOVENO Domy se despert sbitamente. La arrancaron de su sueo los golpes de los cascos de bestias sobre el empedrado del patio de la casa y las voces y preparativos de los conductores indgenas. Record que aquellos indgenas y sus animales constituan la caravana de Collamarca que deba estar aprestndose a volver a su comarca con las primeras luces del alba. Una idea repentina y contundente la hizo incorporarse de un salto sobre el lecho. Su rostro se ilumin con un gesto de triunfo. Haba encontrado su ideal! Por fin, haba columbrado clara y netamente el rumbo definitivo para su vida! Tom precipitadamente un deshabill con el que se cubri de cualquier manera y baj corriendo al patio. Se aproxim al anciano, jefe del grupo, que en ese momento se hallaba sujetando con reatas de cuero la carga sobre un mulo de la recua. - Anciano, ya se van ustedes a Collamarca? El viejo, sorprendido ante tan desusada aparicin, suspendi su trabajo y mir titubeante la graciosa figura de la muchacha envuelta en blondas perfumadas y, al fin respondi: - S, niita. Ya nos vamos. - Sin haber conseguido el maestro, verdad? - As es niita. Cuando t no has podido encontrar un maestro, qu bamos a poder nosotros pobres? - Tienen mucha pena de eso? - Ya lo puedes suponer, niita. Nos volvemos con las manos vacas y sin esperanza de educar a nuestros pobres hijos. - Pues, no tengan pena. Ya les he conseguido una maestra. - De veras, niita? - S. Por eso he salido a avisarles antes de que se vayan. - Gracias, niita! Que Dios te lo pague! - Quieres saber quin es esa maestra? - Debe ser muy buena. Basta que vos la hayas conseguido. - Esa maestra soy yo - declar la muchacha con una sonrisa resplandeciente de satisfaccin. - Qu has dicho, niita? - Que yo me ofrezco para ir a la escuela de Collamarca. Estn contentos? Mirla el viejo, suspenso por la noticia. Los compaeros dejaron de atender a los menesteres de preparar el viaje y se aproximaron interesadsimos para no perder detalle de lo que estaban viendo y oyendo. El cacique y los otros indios cruzaron sus miradas preadas de incredulidad, como para consultarse mutuamente sobre la
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sorprendente posibilidad de lo que haban escuchado. Luego de un rato de indecisin, el anciano, sin salir de su asombro, inquiri: - Pero, es cierto lo que dices, seorita? No ests burlndote de nosotros? - S. Es cierto. Quiero ir de maestra a donde ustedes. - Tan joven y tan elegante, quieres ir donde nosotros, pobres indios? - S, s. Deseo ir. Lo tengo resuelto. - Niita, y, vas a dejar tus comodidades? - se atrevi a decir otro de los indios -. Acaso piensas que vas a tener a tu disposicin todo lo que aqu acostumbras cuando ests en la puna? - Yo lo he pensado muy bien. Estoy decidida. Ahora lo nico que falta es que ustedes me acepten - prosigui - la muchacha, dando fe de lo que deca con una amable y cautivadora sonrisa. - Niita - hablle el viejo - nunca hemos sospechado que una patrona como vos quisiera ser nuestra maestra. - Pues, ya lo ven. Dganme si aceptan para comenzar a preparar el viaje en el plazo ms breve. - Entonces - pregunt con ruda emocin el anciano - es siempre cierto que vos quieres ir? Domy tuvo que emplear toda su sincera vehemencia para vencer la incredulidad de los indios. Obtenida la confianza de ellos, convinieron la fecha en que ella partira y en que ellos la esperaran en el desvo del camino principal hacia el de Collamarca y otros pormenores necesarios. Una hora ms tarde, el viejo cacique y sus compaeros se despidieron de la muchacha. - Niita - le manifest el ms entusiasta de los indios en el momento que sala por el zagun aireando las bestias de la caravana -. Cuidado que te desanimes! No sabes con cunta ansiedad te vamos a esperar! - No tengan cuidado. Les juro que estar all puntualmente. Y Domy se qued henchida de gozo por haber infundido en esos parias una redentora esperanza. Nunca se haba sentido tan feliz. Ninguna promesa que hubiera formulado hasta entonces le produjo tanto bien como en el momento en que contempl a esos indios que se marchaban arreando apresuradamente sus bestias, como si quisieran llegar cuanto antes a su poblado para dar la buena nueva.
En los das siguientes, Domy se consagr a hacer diligentemente los preparativos para el viaje. Comenz seleccionando sus trajes ms sencillos y adecuados a los lugares donde tena que vivir. Prepar
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cuidadosamente un buen botiqun; tom lecciones de enfermera; adquiri libros pedaggicos, textos de lectura, cuadros didcticos, cuadernos para escritura, pizarrillas, encerado, tizas, material para trabajos manuales, en una palabra, todo cuanto crey indispensable para su futura labor. En las horas libres busc a un viejo maestro que viva cerca de su casa y se hizo dar las nociones metodolgicas y, con este motivo, tuvo la satisfaccin de comprobar que todo lo que haba aprendido en el colegio era ms que suficiente para impartir la enseanza que se propona. Realizados todos estos preparativos durante casi un mes, destin la noche del penltimo da para hablar con sus padres y anunciarles su decisin. Sentados los dos viejos en el living del departamento de su hija, escucharon atentamente la exposicin que les hizo. Hasta cierto momento, Don Ciriaco y Doa Saturnina le oyeron con delectacin. La muchacha les habl de los egosmos y ruindades del medio social de la ciudad y del fervoroso propsito que ella tena para dedicarse a una obra altruista con la cual ennoblecer su vida, esa vida que ellos le haban dado y que con tanto esmero la haban cultivado y que hasta entonces slo le haba obligado a quedar suspendida entre dos mundos hostiles: el de arriba, presuntuoso y perverso, y el de abajo, torpe, ignorante y repulsivo. Todo eso le escucharon los padres sin comprender casi nada, pero encantados de esa elocuencia y admirando con paternal orgullo a esa hija que hablaba hasta deslumbrarlos. Pero, cuando les anunci su propsito firme de dejar la casa y la compaa de sus padres para irse a vivir en la comunidad de Collamarca y tomar a su cargo la misin de maestra, sintieron profundo pesar, especialmente cuando la muchacha les manifest que estando segura de que ellos aceptaran todo eso, ya tena todo listo y convenido para la marcha. Don Ciriaco, aunque parco en las expresiones de su emocion, no pudo menos que exclamar dolorido: - Entonces, te vas a ir de nuestro lado? Y no pudo decir ms, porque estaba acostumbrado a respetar las resoluciones de su hija como si fueran de un ser superior, convencido de que todo lo que hiciera Domy estaba bien hecho. Eso le impona su idolatra de padre. Por eso, aunque le causaba enorme pesar la prxima ausencia de la hija, l estaba dispuesto a sufrirla resignado y sin protesta. - S, pap. Con mucha pena voy a dejarlos. Pero es para ir en pos de mi felicidad. Felicidad pequea, mas la nica a que puedo aspirar siendo lo que soy.
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Felicidad! haba dicho la hija. sa era la palabra mgica para imponer al viejo obrero los ms grandes sacrificios. Por esa felicidad de la "nia de sus ojos" haba trabajado tanto; por esa felicidad se haba resignado a vivir despus relegado en el trato y el cario de su hija; por esa felicidad tambin, ahora, ahogara su pena de verla partir y su nostalgia mortal de saberla ausente. Pero doa Saturnina, aunque compartiera de los mismos sentimientos y disposiciones para el sacrificio que su esposo, era al fin al cabo, una mujer y una madre. Espontnea y difcil de reprimirse, acostumbrada, como toda mujer del pueblo, a exhibir sus emociones ante propios y extraos, no tuvo la misma reaccin ante el anuncio de Domy. Era ms vehemente, tena esa rebelda mestiza impulsiva y alborotada, tan propia de la chola, cuando se trataba de disputar con la gente o con el destino por los agravios, incomodidades y los pesares que sufriera. Tena un caudal de sabrosas palabras para expresar sus sentimientos, fuerza en sus brazos para alzarlos avengar una ofensa y hasta uas para atrapar el bien que se atrevieran a disputarle, y tena, por ltimo, sus gemidos y sus lgrimas para lamentar la pena o el mal que ya fueran irremediables. Por eso, despus de que don Ciriaco manifest su dolorida resignacin, doa Saturnina se alz, no precisamente con los brazos retadores y los gritos de su impulsin violenta, sino en la forma en que solamente poda conducirse ante su adorada nia, con su cario maltratado, sus lamentos y sus lgrimas. - Cmo, pues, te has de ir, hijita! - djole entrecortndose por la resaca de sus sollozos -. Acaso te hemos educado para que te vayas a vivir entre indios? Crees que vas a ser feliz as, cuando hasta entre nosotros sufres tanto, al vemos cholos ignorantes?... - Mam, me ir llevando todo lo bueno que me dieron al educarme y que aqu para nada me sirve, y ms bien me estorba para vivir entre ustedes. S que todo lo que he aprendido puede ser muy til a otras gentes humildes y voy a brindrselo. La felicidad de ellos ser tambin la ma. La madre, sin comprender a su hija, sigui su amarga lamentacin: - Qu te hemos hecho, pues, hijita niita! para que, as, nos abandones? Acaso aqu te fastidiamos? Hasta nuestro cario nos hemos contenido; aguantndonos de correr de repente a abrazarte y darte un beso? No te miramos de lejitos no ms lo linda que eres y nos quedamos murindonos por vos? Larga y pattica fue la expansin de doa Saturnina, pero no pudo doblegar la inexorable resolucin de Domy.
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Cuando aquella maana Domy comprob que todo estaba completamente listo para el viaje, quiso ser fiel con sus ntimos sentimientos y rendir el ltimo tributo a su desdichado amor. Vestida ya en traje de viaje, mientras esperaba el carro contratado para la marcha, tom papel y pluma y escribi: "Joaqun, amigo del alma: "No quiero partir sin dejarte estas lneas como una consoladora expansin. "Dentro de pocos instantes voy a ir en pos de mi ideal. S. Joaqun. Por fin lo he encontrado. Voy a consagrarme a l siendo til a mis semejantes, para lo cual tengo decidido emplear todo el cario y la fe que me han sobrado despus de tantas desventuras. As voy a cumplir tu nobilsimo consejo. Lo que haga en esa tarea te pertenecer a ti por haberme infundido los sentimientos e ideas que pienso realizar. "No te parece que tu amistad, mejor dicho tu hermandad hacia m estn logrando mayor bien que ese otro sentimiento que estuvo a punto de precipitarnos a la ignominia? Yo lo creo as, Joaqun, y estoy segura que t crees lo mismo. "Por eso, ahora, ennoblecidos como estamos, confirmemos nuestra afinidad espiritual a travs de una distancia que jams deberemos de tratar de vencer y digmonos adis. "Despus de este adis, slo nos quedar el recuerdo perenne y nostlgico que ser fuente de fe y de entereza para seguir cada uno por su lado cumpliendo abnegadamente su destino. "Te abraza con toda el alma. - Domy". Llegaba el camin a la puerta cuando Domy terminaba y cerraba la carta. Baj luego a entregarla y a despedirse de sus padres. stos, embargados de silencio y resignado pesar, cerraron el departamento de la muchacha y bajaron a la puerta para verla por ltima vez, mientras Domy haca colocar su equipaje en el carro. Cuando el vehculo arranc y desapareci en la vuelta de la esquina, don Ciriaco y doa Saturnina se miraron compungidos. - Ay, Ciriaco! Y ahora, qu vamos a hacer!... exclam la chola, desatando el rosario de sus lgrimas. - Satuca! ... Con tal de que eso la haga feliz! - respondi suspirando el obrero y mojando tambin con llanto su bronca emocin. El carro a motor que conduca a Domy venci muy pronto la carretera que asciende desde la ciudad hasta el borde de la elevada pampa altiplnica, zumbando y empleando a fondo la potencia de su propulsin. Desde la eminencia del camino, la muchacha viajera lanz una
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mirada de despedida a la ciudad de su nacimiento. Con los ojos hmedos contempl aquella ciudad mestiza como ella, insatisfecha, dinmica y rebelde, empeada tambin en imponer su destino sobre las adversidades y los odios; aquella ciudad de espritu amplio, pero estrujada entre montaas, sin otro alivio que su cielo de azul rutilante y su gran cumbre blanca y seera. Llevada por la emocin de la despedida, se imagin que esa ciudad, tambin como ella, viva su dramtica inquietud; que estaba tratando de centrar su suerte futura en un trmino justo que no fuera ni las imposiciones de su limitada y falsa aristocracia ni el mpetu desbordado de las chusmas, sino una nueva fe, ms humana y fraternal, en que a cada uno, rico o pobre, le correspondiera un sitio y un beneficio, segn la capacidad de hacer el bien con el talento, el msculo o la virtud del corazn. No haba terminado Domy de hacerse estas consideraciones, cuando se encontr ya al otro lado del panorama. Perdida la ciudad y las profundas breas que la rodeaban, estaba ahora ante el solemne cuadro de la pampa, baada en aquel momento de travs por la luz del sol naciente que estiraba por l suelo las sombras de las escasas prominencias que alteraban su horizontalidad. Qu bien se sinti Domy al respirar aquel aire agreste y tonificante! Su espritu ansioso de amplitud se ensanch al sentirse estimulado por esa inmensidad severa y con la perspectiva de esos lejanos y dilatados horizontes que eran como una incitacin a la grandeza. El carro devoraba la distancia en un alarde de libertad y de dinamismo; corra vertiginoso por la llanura como un deslizados disparado para que se clavara en el horizonte; pero ese horizonte, con zcalo de montaas azuladas por la lejana, nunca se alcanzaba y apareca siempre a la misma distancia, inasible, remoto siempre, tal como el anhelo del corazn que nunca quiere hacerse realidad.
Mientras tanto, all, en la ciudad, doa Saturnina haba llegado a su puesto del Mercado. Arregl con desgano sus cestos de fruta, actuando solamente por la fuerza de la costumbre. Se sent suspirando entre su mercadera, sin sentir el menor aliciente para atender a sus parroquianos, abstrada en su tormentoso mundo interior. En un principio despach con negligencia a sus clientes; pero a medida que pasaba el tiempo su pena se haca ms amarga y aumentaba su inhibicin. En tales circunstancias se le acerc una mujer a comprar naranjas. - Pero, casera - le dijo la compradora -, yo te he pedido naranjas, y vos me ests dando paltas.
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Doa Saturnina rectific torpemente el equvoco, entregndole lo solicitado. - A cmo me vas a dar estas naranjas? - A seis bolivianos cada una - respondi Saturnina, pugnando vanamente por salir de su abstraccin. - Wa, casera, Cmo, pues a ese precio? Si no son paltas; son naranjas, no ms! - Bay!... Por ltimamente! Anda cmprate donde otras y no me mortifiques! - exclam la chola con su amargura convertida en clera presta a estallar contra cualesquiera cosa o persona. - Choy! Parece que no tienes ganas de vender! Estars, pues, nadando en plata! ... Doa Saturnina ni siquiera mir a la que se retiraba despus de haberle lanzado aquella provocacin. Volvi a reconcentrarse en sus penosas cavilaciones. Un nuevo suspiro, ms intenso, le hizo temblar el pecho. Despus, como si estuviera conversando con su propia amargura, se dijo lentamente: - Helay, para lo que haba trabajado tanto!... Para que la "nia de mis ojos" se vaya, dejndome a obscuras!... Y una densa bruma de amargura ensombreci los cansados ojos de la vieja frutera.
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CAPITULO VIGSIMO Despus de varias horas de camino, y cuando el sol caa a plomo sobre la pampa, el auto se detuvo en un lugar de la carretera desde el que arrancaba hacia la izquierda un sendero. Junto a ese desvo Domy distingui un grupo de indgenas en actitud de espera. En cuanto ella baj del vehculo, se apresuraron a rodearla con respetuosa solicitud. - Ahora s que estamos contentos al ver que has venido - le dijeron. Prestamente cargaron el equipaje de la muchacha sobre los asnos que haban llevado para el caso y ofrecieron a Domy un caballejo aparejado con montura de mujer, de esos que en la regin llaman "sunichos". Uno de los indgenas tom el cabestro del animal, el cacique se puso al lado de la viajera y los dems a respetuosa distancia por detrs, cerraron la marcha para seguir por el sendero de Collamarca. Al verse en tal guisa, jinete que presida aquel grupo original, sinti que los propsitos que la haban llevado se hacan ms firmes que nunca. Le pareca estar encabezando una quijotesca caravana en pos del ideal. El extenso yermo que atravesaba, baado de sol y barrido por el viento, sera el teatro de sus apacibles hazaas, donde esperaba encontrar trabajo para sus manos ansiosas de labor y paz para su alma sedienta de tranquilidad y de melanclica dulzura. Pensando as y estimulando su voluntad para las jornadas que le esperaban, prosigui el camino, hasta que, al dar la vuelta por la falda de un otero cubierto de "quishuaras", se encontr de golpe con el panorama de la pequea aldea que era la meta de su viaje. Al abrigo de una serrana y entre una hoyada formada por un amplio repliegue del terreno, se hacinaban en desorden hasta un centenar de casuchas de barro. Al llegar la caravana se detuvo en un campo libre, especie de plazoleta tosca y pesada, con una sola puerta y una torre maciza que sostena una campana rajada; al lado derecho se extenda un gran corraln, destinado a guardar el ganado de la comunidad cuando volva de los campos de pastoreo; hacia el costado izquierdo se hallaban dos edificaciones: un amplio galpn sostenido por una pared en el fondo y por la parte de adelante por columnas de adobe que dejaba ver en su interior largos poyos de barro, donde se reunan los comunarios para el Cabildo, y, al lado una casucha de mayor tamao que las moradas de los indios, sobre cuya puerta se lea difcilmente el nombre de la escuela, pintado en torpes trazos de alquitrn; las dos ventanas que tena dicho edificio
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estaban sin vidrios, a l os que se haba reemplazado con trozos de tablas y cartn. Cuando la caravana se detuvo en el centro de la plazuela y Domy desmont del "sunicho", acudieron las gentes del casero y formaron un crculo en torno de los recin llegados. Los pequeos, empujados por la curiosidad, se aproximaron a contemplar con ojos azorados la, para ellos, extica figura de la joven, pero al advertir que sta avanzaba hacia ellos para hablarles y demostrarles su complacencia, retrocedieron amedrentados, hurgndose la nariz con los dedos o rascndose las polvorientas e hirsutas cabezas. Domy, al ver as frustrado su primer afn de ganarse la confianza de esos pequeos seres primitivos, comprendi que su misin no sera tan fcil como lo haba supuesto con optimismo. La recepcin a la maestra fue una ceremonia sencilla y breve. Cada indio o india se aproxim a la muchacha y, destocndose el pesado sombrero de lana, le salud con la frase invariable: - Dios asqui churatam, mama. - Que Dios te d la enhorabuena. Luego, el cacique y algunos indios principales acompaaron a la nueva maestra al edificio de la escuela. sta contaba con dos compartimientos: el ms grande era el aula, una sala desmantelada que en lugar de bancos y pupitres tena miserables asientos de adobe; una plataforma del mismo material serva de mesa para el maestro; las paredes sucias presentaban adems enormes desconchaduras en el rugoso enjalbegado de barro; el techo sin plafond estaba lleno de telas de araa tendidas entre las vigas de eucalipto; la paja del techo agrietada y reseca, dejaba pasar por innumerables resquicios la luz del sol; el piso era de tierra apisonada. El otro partimento, de menor tamao, era la habitacin destinada a la maestra. Reciba escasa luz por un ventanillo sin vidrios y cubierto por un trozo de arpillera; tena un olor a cueva. Por todo mueble, tena una plataforma baja de adobe que por la forma y el tamao se deduca que era el sitio para hacer la cama; en uno de los muros se abra una alacena provista de tres tablones incrustados en los bordes de las paredes; en otro lugar del muro, y a la altura adecuada estaban clavados algunos huesos de llama que, sin duda, hacan oficio de colgadores. Ese era todo el menaje de la habitacin donde Domy tena que vivir. - As no ms, pues, tendrs que vivir, seorita - le dijo el cacique con cierta vergenza. - Oh, esto no importa. Ya me voy a arreglar como pueda respondi la muchacha, sonriendo con optimismo. - Cmo vas a extraar el lindo cuarto que tienes en la ciudad! lament el indio -. A lo mejor te has de aburrir pronto y nos vas
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a dejar! - Eso, nunca! Ya lo vern - respondi alegremente Domy, y comenz a abrir su equipaje y disponer sus cosas. Al final de la tarde y con la ayuda de algunos indgenas, Domy haba realizado su primera hazaa: el milagro de transformar ese tugurio en un cuartito risueo. El tosco "patajatti" que deba servir de lecho, con los cueros de alpaca que le proporcionaron los indios y el colchn, las frazadas y la colcha de vicua que ella haba llevado, se haba convertido en una cama tolerablemente mullida; uno de los cajones vacos del equipaje haba sido transformado en un gracioso tocador, cubierto de cretona floreada, con volados y cortinillas, sobre el que estaba colgado un espejo de suficiente tamao; otro de los cajones fue adaptado a servir de mesa de noche; los restantes cajones forrados de tela y con sus respectivos almohadones desempeaban de asientos. Con el resto de la tela floreada, que tan previsoramente haba llevado Domy, se improvisaron cortinas para la puerta y la ventana. Por ltimo, para cubrir todo lo que se pudiera de las mugrientas paredes, la muchacha, utilizando las revistas y peridicos que llevara, haba aplicado un alto zcalo que aclaraba la atmsfera del cuartito; en lo alto se ostentaban cuadritos y figuras en colores que disimulaban el tono gris de las terrosas paredes. En una palabra, la gracia de una mano femenina haba llevado a cabo una obra poco menos que imposible. Hasta el olor a caverna que antes tena aquel sitio haba desaparecido con el aroma de las ropas y objetos de la muchacha. Al llegar la noche, Domy, fatigada pero contenta por el esfuerzo desplegado con tan buenos resultados, encendi una lamparilla, se recost en su nuevo lecho y se puso a meditar en la nueva vida que la esperaba en ese rincn del altiplano. Las sencillas y respetuosas gentes entre las que estaba, la creciente fe de su alma y hasta la forma en que haba Regado a instalar su cuartito, superando muchas exigencias, eran razones suficientes para infundirle optimismo. Cobr la certeza de que su trabajo, sus esfuerzos y su fervor haran auspiciosa su obra. Todo dependera nicamente de ella y todo sera a la medida de su constancia y de su abnegado cario por esas humildes gentes. Afuera, la noche era silente. Apenas el lejano ladrido de un perro guardin, cuyo eco se prolongaba libremente en el espacio, le traa un testimonio de la soledad nocturna de la puna. A poco, la meloda de un "pinquillo" indgena le record que estaba en una aldea de nativos. Al escuchar esa msica elemental y primitiva se sinti apta para comprenderla. Ese instrumento, con su gama pentatnica le
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causaba una sutil aoranza por algo misterioso y desconocido que exista en su alma. Quiz era el mensaje de algn lejano abuelo aimara que desde lo remoto de los tiempos le enviaba al corazn de la pampa indgena a redimir a sus descendientes. Le pareci que su sangre mestiza golpeaba ms fuertemente en el corazn, como si fuera un motor que estuviera probando su potencialidad para emprender un sostenido esfuerzo. El pinquillo se haba callado, su corazn haba, tambin, recobrado su apacible ritmo. Domy sinti una dulce paz y se durmi sin temores ni sobresaltos.
La luz matinal penetr en el cuarto de Domy mezclada con los mil diversos ruidos que denotaban las iniciales actividades de la vida cuotidiana de la comunidad. Se oan los mugidos y balidos del ganado que sala del corraln grande para ser conducido a los ahijaderos del bajo. Los indiecitos y las "imillas" corran dando voces hacia el arroyo a buscar el agua para la cocina. Los labradores preparaban sus instrumentos y tiles para la labor del da. Los perros corran ladrando alegremente detrs de los ganados. En fin, la colmena indgena entraba en plena actividad. Domy, estimulada por ese despertar del trabajo, salt de la cama, se visti rpidamente y abri la ventana, recibiendo en pleno rostro la brisa de la puna, fra an de escarcha, pero vivificante y recia, con sabor de montaa y de tierra hmeda. Sali luego a darse un paseo por los alrededores. El paisaje era adusto, solemne, sin galas intiles. Al fondo, como sirviendo de respaldo al casero, se alzaba la sierra, coronada en lo alto por una crestera de rocas rojizas y violadas; ms abajo, las breas festoneadas de paja brava y de cactus y en la falda, hacia uno y otro lado del casero, los sembros a temporal. Por el otro lado, en frente de la aldea, se extendan los campos de cultivo a riego, por en medio de los cuales iba el camino hacia la distante carretera; estos campos estaban parcelados en formas caprichosas, adaptadas a los accidentes del terreno; cada parcela se coloreaba de un tono diferente; el verde esmeralda de los papales salpicado de florecillas azules y blancas, el verde luminoso y fresco de los cebadales ondeantes al impulso de la brisa punea, la maraa verde-amarillenta de los plantos de ocas, y, por ltimo, como enormes pinceladas puestas para contrastar con esa gama de verdes, los cuadros de quinua, de color oro, rojo o morado y de apretadas espigas. Al extremo de los campos cultivados y hasta llegar a la lnea sinuosa del ro, se extenda un inmenso campo de pasto, salpicado de pequeas charcas que reverberaban a la luz del sol
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levante como los fragmentos de un gigantesco espejo roto que hubiera sido arrojado desde el cielo. Este campo era el ahijadero donde se apacentaban los ganados de la comunidad. Cuando volvi Domy de su paseo encontr en su habitacin al cacique y a dos indias que le haban llevado t humeante y unos panecillos de afrecho para su desayuno. Mientras lo tomaba, el viejo indio le explic que en seguida iba a tener lugar la reunin del cabildo y de los principales jefes de familia para fijar las condiciones de trabajo y reorganizacin de la escuela, para lo cual le rogaba que ella asistiera. En efecto, media hora ms tarde, dos veintenas de indios estaban esperando a la muchacha, sentados en los poyos de adobe del gran galpn del cabildo. Al llegar Domy todos se pusieron respetuosamente de pie. Inici el acto el cacique, expresando la complacencia que todos los comunarios sentan por la presencia de la nueva maestra. Tom luego la palabra otro anciano para ofrecer a nombre de todos la cooperacin que fuera necesaria para facilitar la tarea docente; dos o tres indios ms hablaron para manifestar iguales propsitos. Entonces, la maestra tom la palabra para responder y esbozar su plan de trabajo. Utilizando todo lo que recordaba del idioma nativo, de cuando lo haba practicado siendo nia junto a sus padres y apelando en casos necesarios a palabras castellanas, les agradeci primero y despus les anunci que ella trabajara por de pronto adaptndose a las circunstancias actuales, pero que les sugera meditar y preparar la ejecucin de una obra definitiva e imprescindible que deba comenzar con la edificacin de una verdadera escuela cmoda, higinica y con muebles y material adecuado, tal como ella, ms tarde, les proyectara. Los indios la escucharon en silencio: pareca que la iniciativa de innovacin no les entusiasmaba. Pero, cuando Domy les hizo comprender que una escuela as sera el orgullo de la comunidad y que todos los vecinos y congneres la envidiaran, varios oyentes demostraron inters y lo afirmaron con asentimientos de cabeza. Terminado el cabildo, Domy pas a la escuela. El aula estaba ya llena de indiecitos de ambos sexos; con sus inquietos movimientos y travesuras estaban poniendo a dura prueba la paciencia de un viejo indio que haca de improvisado celador. Cuando la muchacha se present en la clase, los chiquillos se quedaron inmviles, unos por temor a persona tan extraa y los otros subyugados por el aspecto, bella prestancia y autoridad de la maestra. Domy pensaba iniciar de inmediato la enseanza, pero vio a aquellos arrapiezos tan sucios y repugnantes, que inmediatamente cambi de
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plan. Les orden que fueran a sus casas a buscar ropa para mudarse, fuera limpia o sucia, como la tuvieran; entre tanto ella busc una buena porcin de pastillas de jabn que haba en su equipaje. Cuando todos los chiquillas estuvieron de vuelta con sus hatillos, se los llev al arroyo, distribuy el jabn y orden a cada uno que lavara sus prendas. Muy pocos de esos nios saban lavar y usar jabn, por lo que ella en persona tuvo que ensearles el trabajo. Mucha gracia le hizo el ver que algunos indiecitos al recibir la pastilla de jabn la mordieron golosamente, creyendo que se trataba de alguna extraa confitura. Aquel da fue ntegramente destinado al lavado e higienizacin inicial de todos y cada uno de los alumnos. No falt algn reacio que se escabull del grupo para ir a esconderse y evitar as tomar contacto tan ntimo con el agua. - Seorita, el fulanito y la zutanita se han escapado - acusaron los otros pequeos. Domy les respondi sin encolerizarse que aquellos chicos desertores ya se haran pesar pronto al verse repugnantes cuando todos los dems estuvieran limpios y mejor vestidos. Al siguiente da tampoco se abrieron los libros en la escuela. Domy, convertida en una improvisada y graciosa peluquera hizo funcionar activamente las tijeras para devastar las hirsutas cabelleras de los chicos; luego, con el peine y pomadas profilcticas complet el arreglo y la cura contra los bichos y las sarnas. Desde la tercera jornada se encarg de dirigir el recosido y reconfeccin de los vestidos de los pequeos. Por ltimo, lo que qued de la semana fue destinado a la limpieza y arreglo del aula escolar. A la semana siguiente se iniciaron las clases. El ingreso de los alumnos en esa maana de lunes dio motivo a Domy para hacer una prolija inspeccin de la ropa, aseo de manos, uas, orejas, etc. Y fue comprobando con alegra la dcil transformacin obtenida por los chicos, hasta haber alcanzado el lmite que humanamente se poda exigir, dadas las circunstancias.
Dos meses ms tarde la maestra haba encarrilado firmemente su obra. En ese mismo tiempo, ella tambin haba logrado adquirir la seguridad, el orden y el tino adecuados para la enseanza. Los chiquillos, bajo la influencia casi maternal de aquella mujer alegre, graciosa y sagaz, haban dejado ganarse ntegramente para su obediencia y predileccin. Los padres y madres de familia, aunque ignorantes para apreciar en su verdadero significado la labor de la maestra,
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notaron, por el comportamiento, aspecto y manifestaciones de sus hijos, algo de lo bueno que se estaba haciendo en la escuela y comenzaron a estimar y fiar de veras en aquella mujer singular. No tardaron en producirse las muestras de correspondencia y agradecimiento de los comunarios hacia la maestra. Un da fue la aparicin de una flamante silla de Caracato, adquirida expresamente para Domy; otro da, uno de los indios le pidi permiso para blanquear los muros de la escuela con una mano de cal. Una tarde de sbado, llegaron varios alumnos con los primeros obsequios para la despensa de la maestra; cestos de huevos, dos pollos cebados, un canasto de fruta, una jaulita con una pareja de perdices, un cordero "desollado", en fin, toda una serie de espontneos presentes que fue seguida en los restantes sbados con mayores y ms variados aportes. Domy retribua los obsequios con caricias y golosinas. Para la atencin de la maestra, y con objeto de proporcionarle las comodidades posibles en ese medio rstico, las autoridades de la comunidad designaron a una india como cocinera especial y establecieron un turno semanal entre las muchachas para acompaar y servir a Domy en los menesteres personales y arreglo de su habitacin. Adems, cada semana, uno de los comunarios, por estricto turno, iba a la ciudad para traer los diferentes encargos de provisiones, tiles y cuanto necesitara la maestra para su uso personal o para la escuela. Un da, el cacique propuso a Domy emprender algunos arreglos y adaptaciones tanto del aula como de su habitacin particular; pero, la muchacha le hizo notar que era mejor pensar en la construccin total de un nuevo edificio, tal como ella haba esbozado al iniciar sus trabajos. Esto oblig a los indios a convenir y preparar lo preciso para emprender tan importante obra. Al hacer la cosecha de ese ao y distribuir como era costumbre los beneficios obtenidos, el cabildo destin una parte considerable para la obra proyectada. Domy recibi la resolucin con alborozo. Inmediatamente mand traer de la ciudad las revistas y modelos de arquitectura y con ellos, durante las noches, se dio a proyectar dibujos, clculos y dems detalles de la edificacin. Al hacerlo sinti tal entusiasmo que quiso ser ella misma la que dirigiera los trabajos; esto se facilitaba perfectamente por la circunstancia de existir entre los indios de la comunidad varios albailes que haban trabajado en la ciudad y que tenan conocimientos para el objeto. Desde ese momento el proyecto de la edificacin fue para Domy la ilusin ms acariciada y cuyos preparativos llenaron todas las horas libres que le dejaron sus ocupaciones y le sirvieron de ameno
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entretenimiento en su soledad. Al mismo tiempo se impuso un nuevo deber: visitar los hogares de los padres de sus alumnos, unas veces con motivo del embarazo de alguna madre, otras para curar algn enfermo, o con cualquier otro motivo, pero siempre con el premeditado propsito de inducir a las familias hacia hbitos de orden, higiene y mayores comodidades y mejores normas de vida. Al salir de cada una de las casuchas que visitaba sentase condolida de la promiscuidad en que vivan esas gentes, en moradas tan estrechas y desaseadas y fue concibiendo tambin, para las realizaciones futuras, un plan para modificar tan lamentable situacin.
El tiempo haba transcurrido tan vertiginosamente para Domy en medio de sus embargadoras y crecientes tareas, que pronto lleg la poca fijada por los comunarios para comenzar la edificacin de la nueva escuela, y que fue para la maestra de febril y gratsima actividad. Todo estaba listo para iniciar la construccin: los planos, los materiales, los obreros y el sitio adecuado. Una maana se congreg toda la comunidad para la tpica ceremonia que en estos casos acostumbra la gente indgena, de acuerdo con sus tradiciones. En una de las primeras zanjas que se haba excavado para los cimientos se procedi a enterrar una llamita tierna, recin sacrificada sobre la que se arrojaron puados de monedas y de hojas de coca; luego se vertieron un jarro de vino y otro de licor blanco. A continuacin, el cacique pronunci la invocacin de estilo para suplicar a la Pachamama que fuera generosa para la nueva obra que se iba a confiar a la solidez de la tierra y que la hiciera firme, duradera y venturosa para el beneficio de la comunidad. Luego se echaron las primeras paladas de tierra y seguidamente, los obreros comenzaron a colocar las piedras sillares y las primeras porciones de cal y arena para los fundamentos de los muros. Mientras dur ese trabajo en toda la maana otras grupos de indios, formando comparsas festivas, daban vueltas en torno de los que trabajaban, tocando sus pinquillos y "wancaras", en medio de la complacencia general. Domy segua el progreso de los trabajos cada da con mayor anhelo e inters. Todos los das, al terminar su trabajo escolar, acuda al sitio de la construccin. Cada fila de piedras o adobes que se aada era, para ella, un motivo de satisfaccin. A veces le pareca que la obra marchaba ms lenta que su deseo. Hubiera querido que una mano mgica completara en una noche todo lo que
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faltaba. Por fin lleg el da de iniciar el techado. Con tal motivo se realiz una nueva ceremonia. Los comunarios se congregaron nuevamente en son de fiesta en torno de la construccin que haba sido adornada con ramas, banderines, serpentinas y faroles. La primera teja a colocarse fue rociada con licor y mixtura y entregada por la propia maestra a los obreros para que la colocaran; luego repiti la misma operacin el cacique con la segunda teja, lo propio hicieron los dems indios, en el orden de su jerarqua; hasta los chiquillos y mozas tuvieron su respectiva teja para entregar a los trabajadores y durante todo ese tiempo el trabajo fue amenizado por la msica de las "cajas y pinquillos". Desde ese da pareca que los trabajos avanzaban ms notoriamente. La edificacin iba completndose hasta mostrar las proporciones definitivas, la calidad y los detalles de la ornamentacin, todo lo cual resultaba un inusitado contraste con las mseras viviendas del contorno. Los indios contemplaban el edificio con orgullo; estaban seguros de que sera la mejor escuela de la comarca, incluyendo las escuelas fiscales de la provincia. En sus viajes hablaban con vanidad de su futura escuela, daban pormenores de su capacidad, de sus materiales y de sus adornos, dejando impresionados a quienes les escuchaban. Muchos de los incrdulos para aceptar tanta maravilla, aprovechaban su paso por la comunidad para aproximarse sigilosamente y convencerse de las descripciones que oyeron. Hasta los vecinos mestizos de los pueblos inmediatos sintieron curiosidad por conocer aquello; se aproximaron a la escuela prejuzgando negativamente la excelencia de la edificacin, pero, convencidos por sus propios ojos de lo contrario, se retiraban asombrados de que indios torpes e ignorantes hubieran realizado lo que ellos mismos no haban hecho en el pueblo. - Pero, seorita - le dijeron a Domy algunos de estos vecinos -. Esto est muy bonito. Pero, cmo se le ha ocurrido hacer esta escuela para estos "yocallas" piojosos, acostumbrados a vivir como animales? - Precisamente por eso - les contest ella -. Estos chiquillos viven as entre piojos y mugre, porque jams han conocido otra cosa mejor. - Pero, cuando lleguen de sus casas, vendrn, pues, a tiznar y ensuciar esta escuela tan linda. - Yo creo lo contrario. Ellos irn de la escuela a sus casas, llevando hbitos de limpieza y de orden, y sern, ms bien, las casas de sus padres las que reciban la influencia benefactora de nuestra escuelita.
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Los interlocutores de despedan de la maestra llevndose el convencimiento de que aqulla era una obra superflua e inapropiada para esos "indios ignorantes". Pero tambin, en lo ntimo, envidiaban a esa extraordinaria y bella maestrita a la que ellos, de mil amores, hubieran querido llevarse para la escuela de su pueblo. Domy dejaba marcharse a aquellos incrdulos y pesimistas sin perder un pice de su fe y de su entusiasmo y volva junto a los obreros para vigilar y alentar el trabajo. Aquella muchacha se haba ganado, no slo el respeto sino tambin, lo ms esencial, la confianza de los comunarios; todos ellos se disputaban el honor de cumplir al instante sus rdenes o deseos. Ella les haba pedido suprimir ciertas festividades en que perdan el tiempo en borracheras y holgorios y aprovechar hasta los domingos para concluir la obra, y as lo aceptaron los indios con la mejor voluntad y por tenerla contenta. Tambin los chiquillos ofrecan su cuota de entusiasmo: en las horas de recreo y en todos los momentos libres se dedicaban espontneamente al transporte de ladrillos, maderas, tejas y otros materiales, como laboriosas hormigas, para ayudar a terminar su querida escuela. La maestrita, despus de cada da de labor fecunda, se retiraba en la noche a su cuarto, rendida de fatiga fsica, pero con la alegra de haber cumplido con su ideal y con su conciencia. Y si alguna vez en sus solitarias noches senta un resabio de sus pasadas amarguras y pensaba en su origen y en el hogar que haba dejado, eso mismo le serva para explicar el secreto de sus xitos presentes. Pensaba que ella era una muchacha mestiza educada para seorita y que esas dos mentalidades que antes, como dos fuerzas adversas y excluyentes, le haban producido tan grave conflicto espiritual hasta dejarle el alma tan mal parada, ahora le permitan hacer mejor que nadie, lo que estaba realizando. Porque, por un lado, la cultura que haba adquirido y la seleccin espiritual que haba logrado en el colegio, y, por otra parte, la romntica abnegacin del mestizo, su espritu de lucha y su proximidad mental y racial con el indio, le haban permitido concebir y realizar ese ideal que se estaba convirtiendo en bellsima realidad. Haber conseguido ensamblar esas dos antagnicas mentalidades en servicio de la superacin del autctono, era su orgullo. En suma: ella, cholita esmeradamente educada, estaba tamizando a travs de su espritu y de su sensibilidad un sistema, acaso muy personal y exclusivo, pero no por eso menos prctico para realizar su ideal en favor del indio.
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As pensaba, juzgaba y explicaba sus afanes y sus fervores durante sus largas meditaciones tan propicias en medio de su aislamiento social y de tan fecunda vida interior, que le permitan leer mucho y estudiar, pues, al mismo tiempo que trataba de educar a sus alumnos. Ella tambin se estaba autoeducando para su misin. En ambos propsitos el xito era promisorio.
Un da, el mundo remoto al que haba renunciado, el pasado que consideraba hundido para siempre en brumosa lejana, irrumpi en su espritu venciendo la distancia por el conducto de una carta que el indio "semanero" le entreg al volver de la ciudad. La carta era de Arenal, fechada en Europa. "Durante un largo ao he soportado el desesperado deseo de escribirte. Hoy, vencido por mi ansiedad, te escribo para desahogar mi espritu y buscar alivio en tu recuerdo y en tu amistad. Domy, eres la nica persona en el mundo a quien puedo acudir para contarle mis desventuras. Hazte cargo de esto y no me niegues tu auxilio. "La vida que llevo se va haciendo una tortura insoportable. Me ha nacido un hijo del que esperaba fuera el factor de armona en el hogar, que reavivara el cario o a lo menos hiciera tolerable la convivencia con Liliana. Nada ms distinto. Ese nio, hermoso y rubio, no ha hecho ms que atarme a un deber que me produce nuevos y cada vez mayores sufrimientos. Su madre, que no parece serlo, porque lo abandona constantemente a mi exclusivo cargo, va demostrando taras y perversiones que me avergonzara detallrtelas. Con un grito del alma te digo que he fracasado completamente. No tengo a quin volver los ojos y por eso te envo mi angustiado recuerdo, esperando de ti, solo de ti!, caridad y consuelo. "No s lo que voy a hacer. Estoy desesperado. Slo este hijo mo, inocente y desamparado del cario de su madre, mantiene la razn de mi existencia. Qu hubiera sido de l si no cumplo tu consejo de estar presente en su nacimiento -. !" Era lo que deca la carta en su parte fundamental y que Domy la reley y volvi a releer con el corazn encogido por la aoranza. Despus de meditar cuidadosamente, resolvi contestar esa misma noche. En una epstola larga vaci toda la elocuencia de su ternura en afn de consolar a ese hombre amargado y alentarle para que siguiera viviendo y luchando. Le recalc que a l tambin le haba nacido un ideal que era su hijo a quien deba consagrarse abnegadamente en el cuidado y educacin. "Con qu esmero y
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amor podrs hacer eso, cuando yo hago lo mismo con nios ajenos?" - le escribi. Le manifest luego que con esa gratsima tarea llenara sobradamente los aos de su vida. Finalmente, le cont todo lo que, a su vez, estaba realizando en Collamarca y los proyectos que tena para completar su misin. Le narr la plcida vida que llevaba, sus inquietudes, sus fervores, sus esperanzas y las dulcsimas satisfacciones que premiaban cada da sus desvelos. "As es como yo vivo y trabajo. Ah tienes cmo he superado la adversidad de mi suerte. Todo esto que te cuento, como a un entraable hermano, no podr servir para que t tambin hagas algo parecido y para que luches y venzas con las grandes cualidades que te adornan? Si mi recuerdo, como dices, no se aparta de ti, que l sea la fuerza que te mantenga vigoroso para triunfar. Yo hago lo mismo: evocndote hallo siempre la fuente de fervor cuando se debilitan mis fuerzas". Antes de cerrar la carta, en el silencio de su habitacin y el aislamiento de la noche altiplnica, Domy, con inusitado impulso romntico, tom el papel y lo llev a sus labios. Mir despus en rededor, ruborizndose, como para esconder una ingenua travesura de su corazn menesteroso de amor.
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CAPTULO VIGSIMOPRIMERO Cinco aos de labor esforzada y constante haban llegado a realizar en gran parte el estupendo milagro de la transformacin no slo de la escuela sino tambin del casero, transformacin aparejada con nuevos hbitos de vida, de higiene y hasta de tica entre los moradores de Collamarca. La nueva escuela, en pleno funcionamiento, constitua un acierto indiscutible. En lo material, el edificio contaba con un aula espaciosa, iluminada por amplios ventanales, alegre y ventilada, con magnficos bancos y mesas de trabajo; otra sala semejante al aula era el comedor colectivo, con mesas y banquetas suficientes para todos los escolares; otra, serva de museo, biblioteca y para trabajos manuales, provista de todo el material necesario; una dependencia importante, y acaso lo ms notable del edificio, era la sala de baos, dividida en largos pasadizos separados por tabiques bajos y que en todo su largo estaban rociados por una serie de regaderas alimentadas por el agua de un gran tanque que se calentaba sobre un hogar mantenido con "taquia", thola y otros combustibles abundantes en la regin; luego venan la cocina y el almacn colectivos y, finalmente el gran cobertizo que serva en los das de lluvia para los juegos de los alumnos y en donde tambin se congregaban las familias para fiestas, exhibicin de pelculas adecuadas, pues, para ello estaba provisto de una mquina respectiva, y otras ceremonias propias de la comunidad. Hacia el fondo del patio interior, estaba la vivienda de la maestra: pequea casita suficiente y cmoda que comprenda una alcoba, un pequeo living que serva de comedor, biblioteca y cuarto de trabajo, ms otras pequeas dependencias como cocina, bao, repostero y cuarto para sirvientes . Por la descripcin del edificio principal y las finalidades de cada una de sus dependencias se poda deducir fcilmente el rgimen de trabajo y de vida que Domy haba implantado en su original escuelita de campo. All llegaban los nios con entusiasmo incomparable a dar su saludo a la maestra. Entraban luego como alegre bandada para comenzar su activa y entretenida jornada cuotidiana. Tomaban primeramente su bao atemperado para despabilar e higienizar el cuerpo, luego hacan unos minutos de gimnasia para vitalizar el organismo y a continuacin pasaban al comedor a tomar su apetitoso y confortante desayuno, compuesto de un buen tazn de "api o un plato de 'tagua" de maz, de chuo o de quinua, ms una porcin de maz tostado, "mote" o pan y fruta. Luego en el aula se iniciaban las labores con canciones apropiadas y vena
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la clase tan amenamente matizada con relatos morales, ancdotas y ejemplos edificantes adecuados a las gentes, usos y cosas propias de la regin, que los pequeos oyentes captaban fcilmente y con gran provecho para sus espritus. Insensiblemente pasaba la maestra de estas tareas amenas a la enseanza de aritmtica, lectura, historia y otros conocimientos que los alumnos los aprendan casi sin darse cuenta de las dificultades ni de la aridez de algunos ramos. Antes de que la fatiga llegara a malograr la atencin y resistencia de los chicos, ya estaban stos distrados con los trabajos manuales, modelando, unos, en masa de arcilla objetos y animales del ambiente, confeccionando, otros, pequeos utensilios, instrumentos, copiados de su medio natural, en madera, cartn, paja o alambre; dibujando o pintando, algunos, figuras y paisajes apropiados; las muchachas cosiendo o tejiendo diversas prendas para su uso personal o de sus parientes. En fin, realizando cada nio su trabajo de acuerdo a su aficin y sus aptitudes. Y, lo ms raro y admirable en esa labor, seria o amena, importante o superflua, era que se cumpla espontneamente, sin imposiciones ni castigos, sin amenazas ni protestas, nada ms que bajo la mirada cariosa y el influjo ejemplar de esa singular mujer que tan inteligentemente haba intuido su misin hasta haber logrado formar con sus discpulos una gran familia solidaria, cordial y armnica, en la cual los pequeos se esforzaban por adivinar y cumplir los deseos de su grande y buena amiga, la maestra, y de rivalizar en obediencia, amor y gratitud. Para aquellos indiecitos las nociones de castigo y recompensa se haban invertido saludablemente: recompensa y bienestar era para ellos permanecer el mayor tiempo posible en la escuela y muy cerca a su maestrita; castigo y dursimo, significaba el quedar privados de ir a la escuela y quedarse en la casa, recurso extremo que muy rara vez tomaba Domy para enmendar alguna falta extraordinaria. Despus de la fecunda labor de la maana, llegaba la hora del almuerzo. Los chiquillos invadan el comedor con la alegre familiaridad de estar entrando a su propio hogar; ocupaban sus asientos sealados en las diferentes mesas. La seorita presida cada una de dichas mesas por estricto turno semanal, lo cual constitua un orgullo para sus vecinitos de la mesa. El men era sano, substancioso y abundante y provena de la contribucin de todos los comunarios a la despensa de la escuela. Los alimentos eran a base de los productos de la regin y se los variaba en lo posible con las adquisiciones que peridicamente se hacan en la ciudad o en otras comarcas. Domy, sentada a la cabecera de la mesa de turno, se
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serva del mismo men, dando ejemplo a sus pequeos con sus maneras y su porte. Y fue de ver la torpeza inicial y ms tarde la graciosa forma con que, los pequeos, pendientes de cuanto hiciera su maestrita, trataban de imitar la forma de tomar la cuchara, dos cubiertos, partir el pan, cortar los alimentos, usar la servilleta y todas esas pequeas cosas y maneras de la mesa en que fueron practicando los muchachos. Luego, convertidos en corteses compaeros, se hacan las atenciones del caso, ofrecindose la sal, el pan, el agua, con una gentileza sorprendente. Toda esa armona social era nada ms que el milagro del afecto y de la constancia de esa mujer exquisita, que haba abierto para sus pequeos y dciles discpulos todo el caudal de su ternura, de esa ternura que el mundo de la ciudad haba pagado tan mal y que haba tratado de cegar con sus egosmos y prejuicios. En la tarde se trabajaba menos en lo intelectual. Se daba preferencia a las lecturas, lecciones de cosas, rondas y excursiones por los alrededores y otras ocupaciones atrayentes, hasta que llegaba la hora de tornar a sus hogares.
Pero no se haba detenido all la obra de la escuela. Cada nio que pasaba la mayor parte del da en ese ambiente tan contrapuesto a todo lo que encontraba en su casa, llevaba sin darse cuenta un impulso espontneo de comparacin y de crtica, de exigencia y de inconformidad con su hogar, por un sentimiento lgico nacido del contraste. Estos nios que antes se conformaban con lo primitivo y deprimente de su casa y de su familia, comenzaban primero a mostrar su descontento, luego actuaban con ms fuerza exigiendo y reclamando por mejorar las cosas y los hbitos de su hogar imitando a su escuela. Y as, de esa general, mltiple y constante actitud de sus hijos surgi en los padres la necesidad de escuchar, meditar y finalmente satisfacer las innovaciones reclamadas. En ese caso, la maestra era consultada, escuchados sus consejos y, por ltimo, llevados a la prctica. La proyeccin de la fuerza espiritual de la escuela lleg en tal forma y medida a los hogares de los rsticos y burdos comunarios que, poco a poco, uno despus de otro, los indios jefes de familia se avinieron a abandonar sus tugurios para levantar una nueva morada segn los modelos proyectados por la "seorita profesora". Estos modelos constaban generalmente de una alcoba para los padres, otra u otras para los hijos segn su nmero, un recinto amplio para "cuarto de estar" y de cocina, provisto de una estufa y hogar donde a la vez de servir para
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cocer los alimentos; se obtena la calefaccin necesaria, evitndose el gas y el humo mediante un buen tiraje de la chimenea; aparte estaban los compartimientos para granero, herramientas y tiles de labranza, establo, gallinero, conejeros, etc. Cada casita corresponda a un estilo semi-colonial muy apropiado para el crudo clima de la puna. Las paredes estaban enjalbegadas con estuco, lo que, desde la distancia daba al casero el aspecto de una pequea villa moderna, muy diferente a las miserables aldehuelas de la altiplanicie. En el interior, las casitas, por su limpieza, ventilacin, muebles y hasta ornamentacin, formaban una unidad completa de vida sana y confortable dentro de lo que pudiera procurarse y necesitarse por esas gentes y en ese medio geogrfico y mental.
Los bienes de la comunidad, administrados de acuerdo a las nuevas exigencias, aspiraciones y deseos de comodidad, fueron inteligentemente aplicados y suficientes para esta transformacin y otras mejoras indispensables. As, por ejemplo, se adquirieron arados de acero, dos tractores y dos camiones en los cuales los comunarios trasladaban sus productos a la ciudad o a los lugares de consumo y traan, al retorno, todos los elementos que hacan falta para las necesidades de una vida mejorada. Por solemne acuerdo del cabildo se haban adoptado resoluciones trascendentales: en primer lugar, exclusin completa del uso del alcohol y la supresin de los alferados y fiestas de esa ndole, reduciendo en adelante las fiestas tradicionales a lo puramente religioso y remplazando las fiestas anteriormente hechas con tal motivo con esparcimientos apropiados, sin los derroches y excesos imperantes; los sacerdotes que concurran a estas celebraciones deban concretarse a su labor sagrada, guardndose de explotar el pasado fanatismo; se estableci un almacn de abastecimiento que proporcionaba a la escuela y a todas las familias, a precio de costo, los gneros, vestidos, alimentos y dems artculos precisos. En tal vida y en un ambiente as transformado, el espritu de los habitantes de Collamarca fue superndose en forma extraordinaria. Ya no haba borrachos ni se suscitaban disgustos o disputas ocasionadas por el alcohol; ya no haba enfermedades endmicas: Todos se sentan hombres libres y capaces de satisfacer sus nuevas necesidades de mejor alimentacin, de confort, de sanas diversiones con lo que les proporcionaba su trabajo, ms eficiente. Su porte, su traje eran de personas seguras y satisfechas de s mismas y muy diferentes de la miseria, ignorancia y depresin moral que
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Las innovaciones logradas en ese ncleo de civilizacin indgena llegaron a ser conocidas en la ciudad y a despertar juicios y comentarios muy contradictorios. Opinaban unos que todo eso era pura propaganda de una obra ocasional hecha en base de adaptaciones exticas que pronto seran abandonadas por la secular inferioridad de esa raza decadente y sin salvacin. Otros juzgaban esa obra como un peligroso empeo comunista que trataba de crear en el indio derechos y ambiciones que con el tiempo desencadenaran sobre el pas terribles luchas sociales y que toda esa labor, as presentada en forma de civilizacin, no era en el fondo ms que mimetizacin de la accin demaggica ejercitada por peligrosos extremistas internacionales. Finalmente, otros, escpticos y vencidos por el complejo de inferioridad, sonrean irnicamente, diciendo: - Civilizar al indio! Tontera! Lo nico que hay que hacer es dejar que esa raza sucumba por efecto de sus propios vicios, para, despus, poblar el pas con inmigrantes. Lo dems es un absurdo! Pero nadie conoca la verdad de esa obra, ni supona quin haba sido el admirable realizador que la inici y que la hizo triunfar. Domy, ignorante de que su obra ya estaba a merced de los prejuzgadores, de los escpticos y de los politiqueros, segua satisfecha y feliz. Cada da buscaba nuevas formas y medios para afirmar y completar su plan de superacin, pero, todo dentro de un lmite razonable y real, tal como se lo sealaban la tierra, el clima, la tradicin y la raza. As, por ejemplo, no le pareci acertado alterar la vestimenta tpica y slo se esforz en conseguir limpieza y decencia. Los trajes, los ponchos, los gorros, las polleras, los aguayos, los laris, para qu haban de ser sustituidos por otras prendas exticas e inadecuadas a ese ambiente? Por qu haban de ser suprimidos o modificados si haban sido impuestos por la tradicin y la experiencia de innumerables generaciones y si sus formas, material y colorido haban sido sabiamente adecuados al ambiente? Por eso, la maestrita no innov en nada la indumentaria. Los indios lucan sus mismos trajes, pero ya no eran para ellos el sambenito de la esclavitud ni el testimonio de la inferioridad racial, sino la vestimenta dignificada por una tradicin secular y apta para hombres orgullosos de su estirpe. Domy haba pensado y realizado as, consecuente con las escogidas lecturas que, para autoeducarse, haba hecho. En las obras de Jos Mart, el gran apstol del americanismo, haba ledo:
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"que los nacidos en Amrica no tenan por qu avergonzarse de llevar el Poncho indio; que Amrica ha de salvarse con sus indios; que el gobierno ha de nacer del pas y que no es ms que el equilibrio de los elementos naturales; que el hombre libre importado "ha de ser vencido en Amrica por el hombre natural y que en estas tierras no hay batalla entre la barbarie y la civilizacin, sino entre la falsa erudicin y la naturaleza". Enfervorizada con estos pensamientos, a travs de su sensibilidad, tena ella tambin sus principios personales: "que la jerga, spera, burda, mal teida, sala del velln de sus ganados, hilada en ruecas indias, tejida y confeccionada por manos indias; que su "lagua" de chuo, de caya o maz era don de su propio suelo, manjar de los paladares indios; que el poncho, la "cha", la "ojota" y la pollera eran productos de su tierra, de su esttica, de su trabajo, de su necesidad y de su clima". Por eso, conservando lo tpico en cuando no perjudicara a la higiene, a la comodidad y a la dignidad humana, haba ido introduciendo tan slo lo que faltaba para elevar, complementar y mejorar la vida civilizada, sin producir dislocamientos ni violencias. Y estaba segura, porque su corazn se lo deca y se lo comprobaban la gratitud y el amor de sus indios, que ella haba acertado haciendo lo que hizo y cmo lo hizo.
De las muchas cartas que Domy fue recibiendo de Arenal, aquella ltima, la que le entregaron ese da, le caus un sacudimiento emocional que la sustrajo por algn tiempo de sus plcidas y perfectamente distribuidas normas de vida y de trabajo. Aquella carta era ya extremadamente categrica y definitiva: "He terminado con Liliana. Mejor dicho, ella ha terminado conmigo y con su hijo. En la ltima de sus vergonzosas aventuras ha huido con su amante hasta Amrica, desde donde me ha enviado un mensaje en el que me manifiesta que me deja libre junto con mi hijo para que haga lo que mejor me acomode. Lo primero que hago al conocer esto es participarte la gran noticia. Si no fuera tan espantosa y larga la secuela de mis sufrimientos y humillaciones, saltara de gozo como un nio que sale de un cuarto obscuro y lleno de duendes; pero, no. No soy el nio. Soy ms bien como un viejo penado al que dan la libertad despus de media vida de prisin y que sale hosco y con la mirada torva sin saber lo que ha de hacer en lo que le resta de vida. As estoy yo, Pero, por suerte, en medio de mi desolacin se alza tu recuerdo como una esperanza bienhechora. Podra ser tan
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necio dando las espaldas a esa esperanza? No, Domy! A riesgo de ser un intruso en tu nueva y apacible vida, a peligro de ser un estorbo para la obra que con tan venturoso empeo has edificado, no puedo hacer otra cosa que correr hacia ti. No dudo que hallar siquiera amistad fraternal. Viajar muy pronto llevando a mi hijo. Los dos necesitamos consuelo y ternura. Hasta muy pronto. Joaqun". Domy qued desconcertada. Aquella carta le suscitaba sentimientos opuestos. De una parte, la inquietadora proximidad del gran suceso anunciado que le remova la evocacin de innumerables sensaciones y de otra el temor de que su obra actual, aqulla a la que se haba consagrado tan enteramente, fuera desplazada de su corazn por el hombre que anunciaba tan repentinamente su presencia. Se hallaba presa de estas trascendentales reflexiones, cuando un indio fue a su cuarto a anunciarle que un seor desconocido la buscaba. "Sera l?", pens con desasosiego y sali a recibirle.
Llegada a la puerta de la escuela, calm su intranquilidad al ver a un personaje distinto al que tema. El recin llegado se anunci como el Inspector de Educacin que haba venido a realizar una visita a la escuela para informar sobre ella a las autoridades del Ramo. Domy se le aproxim cortsmente. El funcionario era un individuo que al primer golpe de vista dejaba notar una pedante apostura; era de unos cuarenta aos; disimulaba su intensa miopa detrs de unos anteojos de grandes aros de carey; de regular estatura, pero de constitucin enclenque, con el pecho hundido y los hombros estrechos. Demostraba afectacin en el vestir, pero sin llegar a la elegancia, especialmente por dos detalles: la caspa que manchaba el cuello y los bordes negros de las uas. - Seor, es usted quien desea visitar la escuela? - djole amablemente la muchacha. - S, seorita. Pero, antes, quisiera hablar con el Director o Directora - contest el recin llegado -. Porque debe usted saber, yo soy el Inspector General de Educacin Pblica y he venido a cumplir una altsima funcin oficial. - Aqu, seor, no tenemos Director ni Directora - contest ella. - Pero, entonces, quin es la persona que va a recibir aqu al alto representante del Gobierno? - Una servidora de usted, seor Inspector. - Usted es la maestra de esta escuela, de la que se cuentan cosas tan raras? - S, seor.
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- Pero tendr usted algunos colaboradores. . - Colaboradores?... S. Creo que puedo llamar as a todos los padres de familia y tambin a los mismos nios, mis alumnos - De manera que usted, seorita, es la clebre maestrita de esta escuela? - Ya le he dicho que s, seor Inspector. - Es usted demasiado bonita y joven - coment el Inspector, examinando a la muchacha con sorprendida complacencia. - Creo tener la suficiente vocacin y experiencia. - Y, dgame, es usted normalista? - No, seor. - A lo menos habr usted hecho estudios, siquiera incompletos, en alguna escuela normal? - No, seor. Se me ha ocurrido ser maestra de nios indgenas y, con estudio y cario, creo haberme formado por mi cuenta. - Lo lamento de veras. - Qu es lo que lamenta, seor? - Si usted hubiera sido normalista titulada habra podido ser una maestra de verdad. - Y ahora, no lo soy? - No. Es imposible que una improvisada pueda llenar eficientemente su ardua misin docente. Bueno. Pero estamos aqu perdiendo el tiempo. Vamos a visitar la escuela. Domy condujo al Inspector hacia el aula. Los nios seguan sus trabajos. El funcionario hizo algunas interrogaciones que fueron satisfactoriamente contestadas por los alumnos. - Bien. Ahora quiero que me ensee su libro de preparaciones. - No las hago, seor Inspector. - Pero, cmo! Usted no hace las preparaciones antes de dar sus clases? Qu barbaridad! Entonces, toda su labor es un fracaso. En fin, ya veremos todo eso en el informe. A lo menos, tendr usted los programas. - Tampoco, seor. Mi programa y mi plan se reducen a esta nica finalidad: hacer de estos nios, personas conscientes, laboriosas y honorables. No le parece que es suficiente eso? - Eso es muy vago, seorita, y no satisface a los planes oficiales que tenemos para la educacin del indio. Aqu lo que hace falta es una obra coordinada y realizada con pleno conocimiento de las ciencias de la educacin, la didctica, la psicologa, la metodologa, etc. S, seorita. Si usted no sabe metodologa no puede usted hacer nada. Y el pedante Inspector se explay en una larga perorata, trayendo por
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los cabellos a Froebel, a la Montesori, a Claparede, a William James, a Rouma, a Vasconcellos, etc., y hasta cit sus propias teoras y ponder enfticamente sus obras y sus mritos, tratando de deslumbrar a la muchacha. Durante ese tiempo, uno de los alumnos, que a la sazn trabajaba en modelar figuritas de arcilla, llevado por la impresionante figura del funcionario, hizo un mueco tan parecido al visitante, que los alumnos que le rodeaban no pudieron contener su regocijo, hasta que uno de ellos, el ms espontneo, se puso de pie para indicar a la maestra: - Seorita. Mire lo que ha hecho Paulino Mamani. Domy tom la figurita de greda y ufana se la ense al Inspector. - Qu le parece, seor? El visitante examin el trabajo. Realmente era admirable, pero, ms que una copia del natural pareca una caricatura en la que se acentuaban ciertos rasgos que mortificaron al modelo. - Tambin se ocupa usted de ensear estas tonteras? - reprochle el personajillo, al mismo tiempo que casi arrojaba el trabajo sobre uno de los pupitres. - Y respeto y estimulo las inclinaciones naturales de los chicos. Eso es lo que yo entiendo por verdadera pedagoga - respondi la muchacha, y en seguida, dando unas cariosas palmadas al autor del modelado, le dijo -: Muy bien, Paulino. Sigue trabajando. T vas a llegar a ser un verdadero artista. - S, seorita - contest el indiecito con sano orgullo -. Yo quiero ser el artista de la comunidad. Voy a hacer todos los adornos y figuras que se necesite. Los dems chiquillos se acercaron a la figurilla modelada, la miraron y luego dirigan su vista al funcionario como comparando y apreciando el parecido. Esto mortific al Inspector, el cual trat de salir lo ms pronto de all. - Podemos proseguir la visita al edificio? - manifest a Domy. Pasaron seguidamente a las otras dependencias. Al examinarlas, el Inspector mir y juzg todo a travs de su suficiencia y de sus prejuicios, empeado en sealar alguna deficiencia y algn defecto, segn l deca: "desde el punto de vista pedaggico". Al final, con recalcada indiferencia, manifest: - Claro que aqu hay buena intencin, atisbos suficientes de la voluntad de hacer algo. Pero le repito, todo esto de nada sirve si falta lo ms indispensable que es el espritu del normalista, es decir, del verdadero y nico educador. Domy comprendi la mezquindad del funcionario. Por reaccin sinti mayor fe. Por lo dems, estaba tranquila. Aquel individuo, aunque se
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deca un agente oficial, no tena derecho ni autoridad para inmiscuirse en aquella escuela creada y sustentada por el esfuerzo exclusivo de los comunarios. Despus de que el Inspector pase todo el edificio, al ver hacia el fondo el pabelln que era la vivienda de la maestra, se empe en visitarlo. Domy, con cierta repugnancia que logr disimular para no mostrarse descorts, tuvo que conducirlo a sus habitaciones. Apenas el visitante entr en la alegre y graciosa salita del living y recibi el agradable aroma que reinaba en aquella vivienda femenina, se dej caer en uno de los sillones. - Ah. Crame, seorita, ahora s que recin estoy a gusto y en mi elemento. Eso de estar haciendo siempre de autoridad tcnica cansa al hombre ms preparado e inteligente. Hace falta un parntesis para olvidarse de las inmensas responsabilidades que uno tiene. Eso es lo que yo quiero hacer ahora que estoy fuera del ambiente escolar y en sta su linda casita particular. - Encantada, seor Inspector, de que esto le satisfaga. Mientras que usted descansa, le ruego me disculpe para ir a atender a mis alumnos. Va a ser la hora para que salgan al almuerzo djole ella consultando su reloj y disponindose a salir. - Oh, no. No se marche usted, seorita - la ataj con vehemencia el funcionario - Por esta vez olvdese de sus deberes. Tiene usted tambin derecho a descansar. La maestra no tuvo ms remedio que quedarse frente al visitante. Que linda casita tiene usted, seorita! - Le agrada? Pues ha sido trabajada por los comunarios. Entre ellos hay habilsimos albailes y carpinteros - explic la muchacha, satisfecha de poder recomendar el mrito de los indios. - S? Pero, aqu lo que se nota por encima de todo es la gracia de una mano femenina que todo lo ha dispuesto con delicadeza y gusto. - Agradezco su apreciacin. - No hago ms que decir lo que siento. Y, mire usted, para seguir siendo sincero con usted, le voy a expresar que esta casita est hecha como un nido de amor. Y que, para ello, en este momento no falta ya nada. Un retiro encantador, discreto, sin testigos; usted, una simptica muchacha, digna de ser cortejada por un hombre inteligente y de porvenir y, por ltimo, yo, rendidamente enamorado de su belleza. - Y dgame, seor Inspector General de Educacin Pblica, estos galanteos son tambin parte de sus funciones oficiales? - Pero, seorita. Djese ya de considerarme un alto dignatario del Estado. No acabo de decirle que al entrar en su departamento
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particular ya no soy otra cosa que un amigo de usted y que estamos entre cordiales e ntimos camaradas? - Usted, seor, ha venido como funcionario oficial. Slo a ese ttulo le he permitido entrar aqu, porque imaginaba que el inspeccionar la casa donde vive la maestra era tambin una de las exigencias de sus funciones tcnicas - respondi la muchacha con severo nfasis. - Mire usted, seorita - continu con impvida persistencia el normalista -. Todo lo que me ha dicho hasta ahora es ms que suficiente para que yo pueda hacer concepto sobre su honorabilidad, lo que he de tener muy en cuenta para el informe que sobre sus cualidades y su conducta, debo elevar a las autoridades. Pero, ahora, ya podemos dejar de lado los formulismos y exigencias de la "tica profesional"; ahora podemos hablar y sentir, usted y yo, como una mujer y un hombre de carne y hueso y que tienen su complejo psicofisiolgico, como dicen los grandes pedagogos. Pues bien, ese complejo psico-fisiolgico es para usted un conjunto de necesidades, instintos, pasiones y anhelos que debe y puede satisfacer. Usted es una muchacha joven, bonita, inteligente que, aislada en este destierro de la vida civilizada, necesita de un amigo, de un verdadero colega que la comprenda, la admire y la haga feliz. Y yo, seorita, a pesar de mi situacin y de mi alta categora, estoy dispuesto a ser su rendido admirador y amigo. No debe usted, pues, bendecir la casualidad que me ha trado y que me permite ofrecerle lo que le hace tanta falta? Aquello era para Domy el disco eterno, con las mismas impertinencias y propsitos vergonzosos, que haba escuchado tantas veces en su vida y, aquella vez, acaso, ms grosero e insoportable. Pareca que su destino era soportar el asedio del hombre torpe y sensual dondequiera que estuviera. Pero, felizmente, tambin estaba cada vez ms inmunizada y preparada para rechazar atrevimientos y despropsitos como los que en ese momento estaba escuchando. Y as lo hizo. - Seor - djole, ponindose de pie y colocndose en la puerta, como sealando el camino que deba seguir aquel intruso -. Si usted ya ha hecho concepto de mi persona, como acaba de decirlo, le declaro, de mi parte, que tengo el debido concepto sobre usted. Entonces no le queda sino continuar su inspeccin desde un punto de vista estrictamente profesional y oficial. Ya le he dicho que estoy retardando la hora de conducir a los nios al comedor. Quiere usted seguirme? El Inspector no tuvo ms remedio que seguir a Domy y salir al patio. Los alumnos ya estaban lavndose las manos para entrar al
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almuerzo. Domy, sin que le importase un pice del buen o mal talante en que hubiese quedado el Inspector, se le aproxim para invitarle a pasar al comedor. Hizo disponer una silla suplementaria a la cabeza de la mesa de los alumnos ms crecidos y en ella invit a sentarse al visitante. Ella fue a ocuparla cabecera de otra mesa, siguiendo el turno acostumbrado. Uno de los alumnos fue a sintonizar la radio y mientras la msica se difunda por el saln mezclndose con la alegre charla de los pequeos, fue servido el sencillo y abundante almuerzo. El Inspector, al verse tratado as, senta despecho, pero tena apetito y tuvo que resignarse a comer lo que se le sirvi, democrticamente rodeado por los indiecitos. Entre uno y otro plato le fue ofrecida el agua. - Desea usted agua, seor? - le dijo uno de los nios. - No. Yo acostumbro tomar, por lo menos, cerveza - respondi l, altivamente. - Entonces, seor, aqu no va usted a encontrar ni una gota de eso le manifest otro de sus pequeos vecinos. - Ni aunque yo la pague? - Ni as, seor. En Collamarca no hay licor de ninguna clase. Aqu slo se bebe agua pura. Call el Inspector, y, mal de su arado sigui almorzando. Al poco momento. su vecino le habl as: - Seor, no le ha dicho nuestra seorita profesora que el alcohol hace mucho dao y que vuelve brutos a los que lo tornan? - Eso les ha dicho a ustedes? - S, seor. Y es cierto - continu el muchacho con sincera atencin -. Tome usted agita no ms, como nosotros. El funcionario tuvo que beber tal como se lo indicaron, quebrantando sus hbitos. Pero, en el fondo le mortificaba mucho ms otra cosa. En todas sus inspecciones por las escuelitas rurales atendidas por maestras jvenes, nunca haba dejado de hacer con xito su papel de tenorio, doblegando con el influjo de su autoridad o sus amenazas a muchas pobres maestritas que tuvieron que ser condescendientes con l por temor a sus venganzas. Ahora, por primera vez, le haba fallado su inconfesable afn. Estaba resuelto a vengarse, pero como para ello no contaba con su autoridad oficial, busc la manera de castigar a esa muchacha que lo trataba con tanto desdn. As, pues, pasado el almuerzo, consigui empeosamente que se reuniera el cabildo y tambin todo el conjunto de los padres de familia. En la testera del gran galpn se situaron el cacique, la maestra y el Inspector. ste tom la palabra con voz solemne y pose afectada de gran orador. Comenz su perorata hacindose un ampuloso
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autoelogio para que supieran, segn lo dijo textualmente, quin era el importante personaje que en ese momento estaba honrando con su presencia y su palabra a aquellos "humildes indgenas", de quienes "el Supremo Gobierno se haba acordado para velar por ellos y controlar y encauzar la obra educativa que la casualidad haba entregado a manos inexpertas de personas improvisadas. Luego ponder intencionadamente el "esfuerzo puramente material", que haban hecho los comunarios al levantar esos edificios que, segn l, adolecan de "gravsimas fallas pedaggicas. A continuacin sigui lamentando que en esa escuela se hiciera todo "empricamente" y con "absoluto desconocimiento de los grandes postulados de las ciencias de la educacin". Habl de teoras, doctrinas y pedagogos notables y se extendi en una chcara nebulosa con pretensiones de erudicin, consiguiendo por todo resultado, que su auditorio se quedara en la luna. Finalmente, concluy su arenga con estas palabras: - Pero, felizmente, para suerte de ustedes, yo estoy ahora aqu para remediar todas estas deficiencias. Comprendo mi deber profesional y la inmensa responsabilidad que tengo para con el pas y con vosotros, y ahora mismo voy a solicitar al Gobierno que mande a esta escuela a un maestro normalista, es decir, a un verdadero educador, munido de los conocimientos tcnicos y que, sobre todo, emplee con vuestros hijos los sabios secretos de la Metodologa". Call el funcionario su voz ahuecada y magisteril y mir irnicamente a Domy, como dicindole: "Qu bien me he vengado, eh!" Pero no pudo saborear por mucho tiempo el goce de su venganza. El cacique se levant para contestarle: - Seor Inspector. Te agradecemos por tu venida y lo mismo al gobierno que, como dices, se est preocupando por nosotros. Felizmente nos has encontrado con una escuela que ni ustedes tienen en la ciudad. Tambin nos has encontrado viviendo como gente. Todo eso lo ha hecho esta seorita a quien queremos y bendecimos. Todo lo que ha hecho est muy bien para nosotros. Pero, ahora, vos nos hablas de mandarnos un profesor que ensee a nuestros hijos con "metodologa". Esto nos alarma. Hace muchos aos que nos han mandado un profesor como el que nos ofreces. Pero, sabes lo que ha pasado? Que ha dejado a varias de nuestras imillas en estado de ser madres. Por eso nos alarmamos y te pedimos que no te molestes en mandarnos a nadie. Estamos muy contentos as, sin metodologa" y con una maestra a la que estamos dispuestos a defender contra cualquiera que se atreva a hacerla dao o a mirarla mal.
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El pedagogo qued sin palabra. Corrido y avergonzado por la categrica y sencilla respuesta del cacique, el cual haba hablado con la seguridad y rudeza del hombre consciente y firme en su verdad, hizo terminar cuanto antes la actuacin y sali de Collamarca mohino y cabizbajo.
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CAPTULO VIGSIMOSEGUNDO Por aquel mismo camino que aos antes recorriera Domy por primera vez para ir a hacerse cargo de la escuela de Collamarca, a eso del medioda avanzaba un automvil conducido por un .seor elegantemente trajeado, joven an y que por nico compaero tena a su lado a un nio de unos cinco aos. Haba partido de la ciudad muy temprano y hasta ese momento la travesa se realizaba sin contratiempos. El carro avanzaba veloz y potente por el dilatado camino que se extenda hacia el confn de la meseta. - Cuando vamos a llegar, papito? - manifest quejumbroso el pequeo, incomodado por la obligada quietud en que haba permanecido tanto tiempo. - Muy luego, Pablito. El sitio adonde vamos debe estar al pie de aquella serrana - contest el hombre indicando unas montaas rojizas que se vean hacia la izquierda. Mir el nio en esa direccin y exclam: - Est muy lejos todava, papito! - Te parece, hijito. No tardaremos en hallar el desvo del camino. - Pero yo quisiera salir a correr un rato. - Ten paciencia. Ya vamos a llegar y entonces podrs correr a tu antojo. Sigui la marcha durante algn tiempo ms. El pequeo, despus de guardar silencio, volvi a decir: - Papito, y esa seorita que dices, es muy bonita? - Ya la vers. Te gustar tanto como a m. - Te gusta mucho? - Que si me gusta! ... T y ella son lo que ms quiero en el mundo. - Y es tambin muy buenita como me has dicho? - Ya te convencers de ello, Pablito. - Y me querr, papito? - Mucho. Mucho, hijito. - Ms que mamacita? - Oh, s. Te lo aseguro. Al contestar a esta ltima pregunta, el hombre ensombreci los ojos con un velo de melancola y disimul un suspiro. Pis a fondo el acelerador como si quisiera dejar atrs una negra idea. Pareca cuestin de poco tiempo ms el dar feliz trmino al viaje. La maana era magnfica bajo un cielo despejado sin amenaza de lluvia; el camino estaba regular; no tena huellas profundas porque era una de las rutas menos frecuentadas del altiplano. En tales condiciones el automvil estaba prximo a llegar al desvo
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de donde se desprenda el antiguo sendero a Collamarca, que los comunarios haban ensanchado y nivelado despus para dar acceso a sus camiones. De pronto el vehculo comenz a perder la velocidad, y, por mucho que su conductor presion a fondo el acelerador e hizo los cambios oportunos, termin por quedarse detenido en medio del camino. Baj el viajero a examinar la causa del contratiempo y, despus de buscar mucho, comprob que estaba roto el tubo de alimentacin del gas. El desperfecto era serio y no era posible repararlo de inmediato. El hombre qued impotente. Despus de calmar la creciente impaciencia del nio, se puso a pasear junto al carro con la esperanza de que acertara a pasar algn vehculo que pudiera auxiliarlo. As transcurri ms de una hora. Por los extremos de la carretera no asomaba ningn carro. Solamente algunas caravanas de indgenas cruzaban la inmensa extensin. El viajero comenz a desesperar y el nio a demostrar de diferentes maneras su impaciencia. No haba, pues, ms remedio que pedir ayuda a cualquiera que pasara por las inmediaciones. Apareci una pareja de indios que pareca caminar sin prisa, como si estuvieran prximos a su hogar. A ellos se dirigi el viajero para preguntarles de qu manera podra llegar a Collamarca. - Estamos muy cerca, seor. Es cuestin de media legua. - Es ste el camino, verdad? - djoles l, indicando el desvo. - S, seor. Podemos conducirte, si lo deseas. Nosotros somos de esa comunidad. No dej de llamar la atencin del viajero la excepcional gentileza de aquellos indgenas. Por un momento crey que pudiera tratarse de una peligrosa celada y se llev la mano al bolsillo para tentar disimuladamente su revlver. Mas, no tard en convencerse, por la honrada expresin del rostro de aquellas gentes, que si no le hablaban con el servilismo o el gesto hurao tan tpicos de otros nativos, en cambio se portaban con digna cortesa. Resolvi fiar de ellos. Asegur las puertas y ventanillas del carro y tomando al hijo de la mano se puso en marcha con los dos indios. Uno de estos se ofreci espontneamente a llevar al pequeo cargado sobre las espaldas. Marcharon en silencio durante un buen rato. El viajero crea que sus acompaantes le preguntaran el motivo del viaje a su comunidad; pero no sucedi eso. El recin llegado sinti la necesidad de ser espontneo y les habl as:
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- Quieren saber ustedes a qu voy a Collamarca? - Seguramente a visitar nuestra escuela. Es la mejor de toda la comarca - respondi con seguridad y orgullo uno de - los indios. - S. A visitar la escuela y tambin a la excelente maestra que tienen - confirm el viajero. - Sabes, seor, quin es nuestra maestra? - La mujer ms buena que hay en el mundo! - respondi con vehemencia el hombre. - La conoces? - Eres tal vez su hermano? En algo te pareces a ella - pregunt y coment el otro indio que cargaba al nio. - Soy como su hermano. La respuesta pareci satisfacer a los indios. Contemplaron a su interlocutor con franca mirada. Uno de ellos, despus de meditar unos momentos, dijo: - Has venido a visitarla? - A verla de muchos aos. - Nada ms que a visitarla? - pregunt el otro indgena, con inquietud muy manifiesta. El viajero comprendi fcilmente el sentido de aquella inquietud y trat de atenuarla. - S. Acabo de llegar de muy lejos y slo deseo ver cmo est. - Si es as - contest tranquilo el campesino -, has de ser bien recibido.
Media hora despus, Domy, advertida por uno de los indios que se haba adelantado, reciba jubilosamente al viajero en su pequea casita prxima a la escuela. - Domy de mi alma! ... - Joaqun de mi vida! ... Casi se abalanzaron los dos amigos con los brazos extendidos para estrecharse tiernamente. Despus del rapto de su vehemente afecto, se quedaron mudos, mirndose tan slo y dejando a sus ojos deslumbrados expresar toda la emocin del encuentro. Los sac de su abstraimiento la vocecita del pequeo, que haba quedado hasta entonces al margen del momento pattico y que con ingenuo engreimiento reclam, por haber quedado olvidado: - Papito, por qu no me abraza tambin esta seorita? El padre se volvi al nio y lo ense a su amiga: - Mi hijo, Domy! Mi pobre hijo! ...
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- Ven a mis brazos! Mi encanto! - exclam la muchacha, tomndolo cariosamente y levantndolo en sus brazos, sembr muchos besos en la carita sonrosada. - Me vas a querer mucho? - preguntle el nio. - S, mi amor. - Ms que mi mam? - insisti el pequeo. Domy no acert a formular la respuesta. Tom nuevamente al nio para apretarlo cariosamente contra su seno turgente. La respuesta vino de otro lado, de Joaqun. - S, hijito. Esta mujer tan bella y tan buena ha de ser para ti ms que tu madre. El nio, aunque no estaba apto para comprender el profundo valor de la respuesta de su padre, intuy, sin embargo, algo, y tomando con sus pequeas manos la linda cabeza de la maestra la acarici y la bes. A su emocin propia, Joaqun sum en aquel momento la de ver tan unidos a aquellos dos seres que llenaban su corazn: ella, iniciando generosamente su cario maternal hacia su hijo, y ste saboreando quiz por vez primera el afecto maternal que la verdadera madre le haba rehusado. - Seorita - le dijo aproximndose discretamente uno de los indios -. Me ha mandado el cacique a decirte que le manifiestes a este caballero que no tenga cuidado por su automvil. Ha salido uno de nuestros camiones a remolcarlo para traerlo aqu y ver si se lo puede reparar. Joaqun agradeci y entreg las llaves del carro, no sin sorprenderse de la perspicacia de esa gente y de su gentileza extraordinaria. A - la sazn la maestrita ya haba almorzado como de costumbre con sus alumnos en el comedor de la escuela, pero orden a sus sirvientes que improvisaran de cualquier manera el almuerzo para sus visitantes. Dej instalado a Joaqun en el living y fue a la escuela para despedir a los chicos a sus casas. Por primera vez rompa las normas de trabajo de la escuela, porque haba decidido dedicar el resto de ese da a su amigo. A su regreso la mesa ya estaba dispuesta. Domy en persona ayud a servir y atender a sus huspedes. Mientras Joaqun y Pablito coman con apetito, la maestra contemplaba a su amigo. Se notaba que la vida lo haba maltratado mucho. Su rostro, madurado por los sufrimientos, mostraba claras huellas de melancola. Sus ademanes eran pesados, su actitud fatigada. nicamente sus ojos, cuando se alzaban hacia Domy, se iluminaban con un fulgor de complacencia. Cuando sirvieron el caf, Domy tom asiento frente a su amigo como
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dndole a entender que estaba dispuesta a escuchar sus confidencias. Arenal comenz a hablar grave y lentamente. Su voz era el eco doloroso de las tristezas que haba vivido durante ms de cinco aos. Narr sus esfuerzos de tolerancia, el propsito de sacrificio que hablase impuesto al acompaar a su esposa en el regreso a su tierra, la emocionada espera al hijo, su nacimiento, las dificultades de su crianza por causa del inhumano despego de la esposa, quien se haba negado hasta a darle el seno materno, la insuficiente asistencia de un ama mercenaria; luego, la infidelidad y las vergonzosas aventuras de Liliana y, finalmente, la separacin definitiva. Domy escuchaba con enternecido y compasivo silencio, hasta que Joaqun termin as su relacin: - Al fin he salido de ese infierno, Domy. . Y he venido junto a ti para consolarme de todas esas penas que acabo de contarte. - Me das muchsima pena, Joaqun. Qu injusta ha sido la vida contigo! - Pero, ya no me quejo, Domy. Porque tengo la seguridad de que todo ese infierno ha terminado y que ahora me espera el premio. - Desde luego, ya lo tienes: has recuperado tu tranquilidad. - He venido donde ti para algo ms que tranquilidad; ahora anhelo mi felicidad. - Joaqun. Si para eso te ha de servir en algo el cario de una hermana, te lo doy entero. - Nada ms es lo que me ofreces, Domy? - Es todo lo que puedo darte. No olvides que sigues ligado a otra mujer por un lazo legal y que... - Ya no hay tal lazo que valga - interrumpi con vehemencia Arenal -. fue ella misma, la esposa infiel, que, a lo menos tuvo la franqueza de disolverlo - sac Joaqun un papel de la cartera y lo ense a su amiga -. sta es la nota de nuestro Cnsul en Francia, que recib pocos das antes de partir. Es la sentencia del divorcio gestionado y concluido por ella en los Estados Unidos, adonde haba huido para casarse con el amante con el que se march. Domy haba tomado el papel y convencdose de la veracidad de cuanto le aseguraba su interlocutor. - Ves, Domy, como estoy libre? - S, Joaqun. - Vengo, pues, a buscarte, limpia y honradamente, como a una novia; a pedirte que sellemos ya nuestra unin que ser nuestra
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dicha. - Joaqun - le dijo ella con sincero ruego -, no te basta que yo sea para ti como una hermana? - No, Domy. No me basta. No nos engaemos al sealar tan pequeo precio a nuestros dolores pasados. Seamos francos con nosotros mismos. Ya que el destino al fin se apiada de nosotros no le hagamos una jugarreta por la que puede vengarse. No hagas eso, Domy y djame que te diga categricamente, serenamente: S mi esposa! - Ay, Joaqun de mi vida. No precipites a tu corazn ni pongas ante el mo tamaa esperanza. Me da miedo aspirar a tanto. Cuantas veces he soado con el amor el despertar ha sido tremendo. No pronuncies todava las palabras "te amo". Puede romperse el milagro de esta pobre paz que con tanto trabajo he conquistado. Dejemos al tiempo que nos d la seguridad de que no nos ha de traicionar. - Pero, Domy, quieres acaso que sigamos bajo esta tortura suicida? No tenemos derecho a ser felices? - Joaqun, es que no te das cuenta de algo muy importante. - De que ya no me amas, quiz? - No se trata de eso. T eres libre, pero yo no. - Qu es lo que dices? - La obra que aqu realizo significa un deber que no puedo eludir. - No es suficiente todo lo que has hecho?, Es que quieres acotar aqu tu ternura y tu amor para que nada quede para m? Entonces, me he equivocado al venir a ti con tanto anhelo!... La vehemencia con que termin de hablar Arenal embarg a la muchacha en profundos pensamientos y la hizo guardar silencio. Joaqun tambin qued callado, esperando que su amiga dijera algo. En el silencio de la estancia, producido por la pattica situacin de esas dos almas que medan la trascendencia de su destino, se produjo un ruido en la mesa. Era que el hijo de Arenal, que desde haca rato se haba puesto a dormitar cansado por el viaje, acodado sobre el borde de la mesa en que haba comido, perdi la estabilidad y estuvo a punto de caer de la silla al suelo. Domy, ms prxima, impulsada por su sensibilidad, acudi al pequeo y lo tom en sus brazos. Viendo al nio tan profundamente dormido, resolvi llevarlo a su propio lecho en la habitacin inmediata. Joaqun la sigui con la manta de viaje en las manos para cubrir al hijo. Mientras Domy, acercndose a la cama por un costado, se inclinaba
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para acostar suavemente a Pablito, Joaqun se haba aproximado por otro lado para extender la manta. Al inclinarse Joaqun para cumplir su objeto, encontr la cabeza de Domy tan cerca que, sin saber cmo, embriagado tal vez por el aroma y el calor de esa persona tan querida, sus labios buscaron la frente de ella y, dulcemente, casi con veneracin, dejaron en la tersa piel ensombrecida por un lindo bucle de cabello un beso de fervoroso amor. Domy, estremecida por aquel contacto que hizo sucumbir todos sus anteriores reparos, como si ese sculo hubiera despertado entera e impetuosa toda su juvenil exuberancia afectiva, se incorpor ruborosa para decir con una voz clida que se traicionaba a s misma: - Joaqun, qu has hecho? - Demostrarte que es vano callar lo que sentimos. Que el amor es una realidad que no se puede esconder ni traicionar. Domy con la garganta anudada, incapaz de responder con palabras al tumulto de emociones que pugnaban en su pecho, no acert a otra cosa que a levantar su mano hacia su frente estremecida por ese beso y al tocar su piel le pareci encontrar all la huella del verdadero amor, floreciendo radioso sobre su frente arrebolada. Aceptas, por fin, este amor santo y ennoblecido por tantos sufrimientos? - demand l con rendida actitud. Ella no contest. Mir al nio que dorma plcidamente. Al contemplar esa carita candorosa, comprendi que no poda hallar otro smbolo ms apropiado para su ntima dulzura que ese rostro angelical. Por eso, inclinndose delicadamente, sell con el tibio y aromado contacto de sus labios la frentecita del nio dormido. Aquella muda respuesta fue suficiente para Joaqun. - Domy de mi alma. Ahora s s que me amas. Esa caricia a mi hijo - a este hijo sin madre - me dice que ests dispuesta a ser su madre y mi esposa. Por encima del nio dormido se tendieron las manos para apretarse con amor. - S, Joaqun. A qu negarlo ya? El amor, este nuestro amor vencedor de tantas adversidades es la nica realidad - expres ella. - La divina realidad para nuestras vidas!... Unos discretos golpes dados en la puerta cortaron el coloquio. Era el cacique que, despus de avanzar unos pasos hacia el interior, se inclin respetuoso para comunicar que el automvil del viajero haba sido remolcado hasta la comunidad y que el mecnico que haba tomado a su cargo la reparacin opinaba que slo poda terminar su obra recin al da siguiente. - Serio es el contratiempo - respondi Arenal -. Pues mi
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propsito, despus de visitarte, era el de volver esta misma tarde a la ciudad. - Seor - expres el cacique, mirando consultivamente a la maestra -, yo creo que, si la seorita autoriza, podemos prepararte alojamiento para esta noche en la escuela. - Me parece excelente idea - opin Domy -. Qu te parece, Joaqun? - Qu ms puedo desear! - respondi complacido. - Bien, seor. Entonces vamos a disponer lo necesario. Maana temprano estar listo tu carro. - Gracias, buen anciano! Apenas sali el cacique, salieron tambin Domy y Arenal para dar un paseo por el poblado y sus alrededores. Sobrevena el crepsculo. A su luz romntica los dos amigos cogidos del brazo visitaron la escuela y sus dependencias, luego fueron al casero. La maestra le iba explicando la obra que haba realizado. Joaqun de sorpresa en sorpresa fue examinando y admirando el extraordinario progreso material y moral de Collamarca. Caa ya la noche cuando volvieron hacia la escuela. Tomaron asiento en un banquillo cobijado bajo la copa de una "quishuara. - Qu admirable mujer eres, Domy! Has hecho una labor gigantesca. - Todo lo que has visto no es ms que el resultado del ideal que me has sugerido. Tienes, pues, mucha parte en lo que se ha hecho. - Entonces, t me debes eso? - S, Joaqun. - Ests en deuda conmigo? Baj ella la cabeza, aprobando con muda respuesta. - Sabes cmo voy a cobrar esa deuda? - Cmo? - dijo ella, alzando la linda cabeza con gracioso mohn. - As! -un beso largo, febril, vlvula abierta a la concentrada efusin amorosa, fundi las dos bocas -. As! ... As, mi vida!... As, mi amor!... - volvi a susurrar Joaqun, renovando una y otra vez sus raptos apasionados. El po de un pajarillo que anidaba en las ramas de la "quishuara" se dej or desde arriba. Otro po cercano contest. Era el dulce reclamo de dos avecillas contagiadas por el coloquio que contemplaban el idilio que se desarrollaba a sus pies.
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que de costumbre. Le parecieron exiguas sus esencias y sus cremas para estar como quisiera y busc su mejor traje para presentarse ante Joaqun. Para ella ese amanecer haba sido como una gloriosa maana de pascua en la que resucitaba su amor. El sol la encontr ya en los alrededores de la escuela, risuea, gil y contenta, atendiendo a sus primeros deberes de maestra. Cuando los alumnos tomaban su ducha matinal, Domy fue a buscar a Pablito y le hizo dar su bao junto con los dems nios indgenas. Luego, reunindose con su amigo, pasaron al comedor escolar y ocuparon los tres la cabecera de una de las mesas. Mientras ella y Joaqun reanudaban sus expresiones de afecto, el pequeo Pablito no caba de sorpresa al ver que los indiecitos e indiecitas estuvieran sentados a la misma mesa que l y su padre y que supieran comportarse tan correctamente. La impresin que le causara esa mesa tan igualitaria le arranc de pronto una candorosa exclamacin: - Papipo: por qu estos chicos estn en la misma mesa que nosotros? Son nuestros iguales? - S, Pablito, - se apresur o responder la maestra -. Todos stos que aqu ves son tambin nios como t. - Y, entonces, por qu son de color tan oscuro y visten como nuestros sirvientes? - Son as y visten ese traje porque trabajan en el campo, en medio del viento, del fro y del sol para mandarte a la ciudad lo que t comes en tu mesa. - Entonces, si ellos no trabajan, yo no como? - pregunt el chiquillo con ingenua alarma. - S, Pablito. Si los nios indgenas y sus padres no trabajaran, t y todos los que viven en las ciudades, no tendran los alimentos y muchas otras cosas que da el campo. -Entonces, son muy buenos estos chicos? - S. Tan buenos como t y, adems, muy laboriosos. - Por eso los quieres tanto y los traes a tu mesa? - S. Por eso los quiero. Pero, yo no los traigo a mi mesa. Son ellos los que me trajeron a su mesa y ellos tambin los que ahora te ofrecen una parte de su desayuno. Joaqun escuchaba encantado el dilogo de su hijo con esa rara y entraable mujer que, as, tan sencillamente, acomodndose a la capacidad del pequeo observador le daba una leccin inolvidable de moral y de justicia social. A la luz de su cario admir el enorme progreso mental y espiritual de aquella jovencita que antes conociera como una muchacha desilusionada y hoy la vea convertida en un apstol de tan generoso evangelio y en el factor
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poderoso de toda la profunda renovacin que estaba palpando en todos y cada uno de los detalles que ofreca la vida de ese poblado indgena. Al terminar el gape matinal, entr el cacique a anunciar a Joaqun que el chofer de uno de los camiones de la comunidad haba hecho la reparacin del automvil, dejndolo listo para que pudiera proseguir el viaje sin mayores contratiempos. Joaqun qued asombrado de la noticia, pero dudaba. Sali a comprobar el caso y se convenci de que todo era exacto. All, junto al carro estaba an el insospechado mecnico acelerando el motor para comprobar que el desarreglo estaba absolutamente reparado. Contempl con admiracin al joven indgena vestido de su over-all, traje que luca con orgullo, pues era el distintivo del chofer y mecnico oficial de la comunidad. - Est listo tu carro, seor - le dijo el indgena al poner pie en tierra. - Y dnde ha aprendido eso? - le interrog Joaqun. - He ido a trabajar a una maestranza de la ciudad antes de que comprramos los camiones. Y, ahora, como ya estoy dos aos manejando carros, conozco bien los motores, seor. En efecto, Joaqun subi al automvil y en seguida qued completamente complacido. Felicit al mozo y le dio una generosa propina. Mientras los alumnos hacan su tiempo de recreo antes de entrar en el aula para comenzar sus clases, Domy y Joaqun se apartaron de todos los dems para hablar de sus cuestiones ntimas y definir sus planes para el porvenir. Convinieron que ella permanecera en la escuela unos pocos das ms a fin de preparar el nimo de los comunarios para que no sintieran tan bruscamente su partida. Este plazo coincida a la vez con los das que necesitara Joaqun para ir a la ciudad a ocuparse de la boda y de instalar su anhelado y feliz hogar, para volver a llevar a Domy dentro de ocho das. Media hora despus, Joaqun se despidi de su prometida y de los indios a quienes agradeci vivamente por todas las atenciones recibidas. Pablito antes de separarse de Domy, fue ms explcito en su despedida: - Verdad que cuando regresemos has de ser mi mamacita? - Te gustara eso? - pregunt la maestrita con emocionado rubor. - Papito me ha preguntado lo mismo al despertar esta maana. - Y, t, que le has contestado? - Quieres saber? - y el chiquillo hizo una seal para que Domy se
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inclinara como si quisiera decrselo al odo. Inclinse la muchacha sobre la alegre carita del nio. ste estrech con sus bracitos la bella cabeza de su amiga y aproximando su boca a la mejilla de Domy deposit un sonoro beso. Se separ luego de ella, como alarmado por su propia travesura, y se refugi riendo en el carro, al lado de su padre. A los pocos instantes los viajeros iniciaron el retorno a la ciudad. Domy reuni a sus pequeos alumnos y entr en la escuela para trabajar en sus ltimas jornadas.
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CAPTULO LTIMO
Desde el da siguiente mismo en que aquel forastero, amigo de la maestra, haba estado en Collamarca, comenz a notarse una rara transformacin que fue hacindose ms profunda a medida que pasaban los das. Aquella transformacin no afectaba a las cosas materiales; se refera al espritu de las gentes. Era una especie de malestar y abatimiento. Las mujeres, en frases sigilosas y con tono contristado, se comunicaban sus impresiones. Los hombres, en plena labor, all en las eras o al borde de las acequias de regado, suspendan su faena, como si el desaliento aflojara sus msculos, y mientras enjugaban el sudor de sus frentes tostadas de sol y de viento, se transmitan sus preocupaciones y, despus, alzando la mirada contemplaban con pena el edificio de la escuela que levantaba su elegante silueta junto al casero. El cacique y los "mandos", cavilosos y preocupados, hacan misteriosos concilibulos. Solamente los nios seguan todava entregados a sus tareas junto a su querida maestrita, la cual, como nunca, se mostraba ms cariosa con ellos. La nica persona que en la comunidad pareca haber acrecentado su actividad y sus predilecciones para con todos era Domy. En sus clases estaba ms expresiva, ms tierna, ms elocuente y ms precipitada en sus consejos y reflexiones, como si quisiera decirlo todo de una vez, como si el tiempo estuviera ya limitado para su tesonera labor. Qu haba pasado? Al principio, una simple noticia difundida por las dos muchachas que sirvieron aquella noche cuando la "seorita' cenaba con el husped del automvil hizo conocer a los pobladores de Collamarca los pormenores de la conversacin y de los propsitos que Domy y su amigo haban llegado a definir para realizarlos muy pronto. Que aquel seor quera a la "seorita maestra"? Claro! Cmo no haba de quererla! Acaso ellos mismos no hacan otro tanto para agradecerle todo el inmenso bien que les estaba haciendo? Pero, es que aquel seor haba manifestado que quera llevarse a la seorita, lejos, a la ciudad, para hacerla su esposa. Ah! Eso era muy distinto. Eso lo vera aquel intruso, porque para impedirlo, para disputarse a su maestrita estaban ellos. Todos, sin excepcin, defenderan su derecho de propiedad sobre su querida seorita. No. No permitiran jams que un extrao, por muy "seor" que fuera, viniera a arrebatrselas con la alevosa de un ladrn. No en vano haban transcurrido seis aos de vida teniendo a esa admirable mujer como origen y fuente de todos sus beneficios, de su alegra y de su
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tranquila prosperidad. No en vano durante esos seis aos la haban obedecido ciegamente y cumplido con fervor y constancia sus rdenes e iniciativas. No en vano haban munido a sus hijos de cuanto la maestrita les haba pedido para alimento, decencia y comodidad de los nios. Los hombres haban renunciado con heroico esfuerzo al licor y a la coca, demolido sus antiguas chozas para levantar, como ella les aconsejara, esas nuevas casitas en las que vivan libres de bichos y de enfermedades. No en vano haban renunciado a las brutales orgas de sus lferados, al sortilegio de los brujos y a las viejas rencillas que haban sido la ley de su vida pasada. Ni haban invertido todo el producto de su trabajo en vestir mejor ellos y sus hijos, en alimentarse mejor, en levantar esa escuela de la cual haba brotado todo ese milagro de superacin. No en vano todos, hombres, mujeres y nios, la amaban tanto y la consideraban como el genio tutelar, ms beneficioso que los achachilas y las deidades tradicionales de la raza. No. Ellos, todos ellos pelearan como fieras el da en que aquel hombre egosta y envidioso se atreviera a presentarse en Collamarca para reclamar a la maestrita. S. Ellos defenderan el orgullo de su comunidad; defenderan a esa mujer extraordinaria; pelearan y moriran, si fuera precis, por la autora de la redencin y de la felicidad del poblado. As discurran los hombres y las mujeres de Collamarca despus de que llegaron a sus odos las primeras noticias sobre la conversacin que haban escuchado los allegados a la casa de la seorita cuando fue hospedado el forastero. Muchos de los indios, al da siguiente, empujados por su inquietud, robaron el tiempo a sus labores cuotidianas para ir a observar, merodeando por los aledaos de la escuela, para ver y sorprender en la conducta y actividades de la maestra los sntomas de despego o cualquier otra cosa que pudiera confirmar sus temores. Y, lo mismo, al regreso de los nios al hogar, despus de la faena escolar, los padres inquiran de los hijos si haban notado algo que diera a entender el deseo de ausentarse de la seorita. Pero, ni los viejos vieron nada de lo que con temor sospechaban, ni los pequeos tuvieron motivo para explicar el menor cambio en la vida de la escuela y en la conducta de la maestra. Muy al contrario, los mayores vieron que todo marchaba perfectamente y los alumnos les dijeron que su "seorita" acentuaba sus afanes para con ellos, que les prodigaba con igual esmero sus enseanzas y que ms bien pareca aumentar las raciones de su cotidiana ternura. - Ah, s! Claro! - decan todos al recibir el alivio de sus
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observaciones y las referencias de sus hijos -. Es que la seorita no quiere irse. Es que la maestra no desea abandonar su obra. La seorita sabe muy bien que la queremos. Cmo nos iba a abandonar! Pero, si ese hombre volviera y tuviera la audacia de violentarla, de seducirla quin sabe con qu astucias y embrujos, entonces - seguan pensando ellos - nos tocara a nosotros salir en su apoyo y expulsar a aquel mal hombre a la fuerza y, si fuera necesario, a golpes. S, a golpes! Como se defiende un bien que nos es muy caro. Pero... Y si la seorita quisiera marcharse?...
Y, la "seorita" lo quera. Tal se lo dijo, dos das despus en reservada conferencia al viejo cacique. Lo mismo declar ms tarde en el cabildo de la comunidad a los indios que la escucharon compungidos. El malestar creci entonces como una resaca de desolacin, llegando a todos los hogares y alcanzando a todos los espritus. El desdichado sino de la raza, despus de haberles mostrado una breve y luminosa aurora, haba tornado a encapotar su cielo de tinieblas y deprimente amargura. - Eso no era posible. Aquello era inadmisible - le dijeron todos al cacique, cuando ste les comunic oficialmente la penosa nueva. - Y, no podemos hacer algo? - le preguntaron anhelosos. - Nada! - les haba respondido el anciano con pesadumbre -. Nada podemos hacer para evitar esto, como no fuera, arrancarle el corazn. Porque ella se va a marchar, obligada por su corazn. Es mujer y es joven; tiene derecho de amar y de ser feliz. Ella me lo ha dicho: antes de venir aqu, ha conocido a ese hombre; por l ha sufrido y llorado mucho. Y, ahora, despus de tantos aos de agonizar sin esperanza, el destino lo ha trado, cautivado y sediento a sus brazos. Y, nosotros, que todo se lo debemos, nosotros que, mientras ella sufra, hemos merecido sus mercedes y su cario, vamos a pagarle todo eso negndonos a dejarle que, al fin, sea dichosa? El viejo, dolorido por la lgica de sus mismas e incontestables palabras, se qued abrumado y silencioso. Los dems se fueron dispersando rumbo a sus hogares, vencidos por la tremenda sabidura de su anciano cacique. Aquella noche, Domy, acostada en su cama, proyectaba para el da siguiente la grata tarea de ir preparando sus cosas para la partida.
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Estaba henchida de satisfaccin. Aquel da haba dado el paso ms penoso y difcil: la entrevista con el cacique y la declaracin ante el cabildo para anunciar y acordar su partida. Es cierto que comprendi el mal rato que haba dado a los indios, por eso haba llamado nuevamente al cacique para desnudar sinceramente la verdad de su situacin sentimental. Al principio haba credo que podra encubrir lo definitivo de su ausencia, mintindole un viaje temporal con la promesa de volver luego; pero, no se atrevi a tal simulacin, al recordar que ella precisamente haba inculcado en todos el culto a la verdad hasta haber conseguido hacer sinceras y veraces a esas gentes envilecidas secularmente desde el da de la conquista por la mentira y el fraude, por la hipocresa y la traicin de sus dominadores de ayer y de sus amos de hoy. Encubrir en tal forma su ausencia habra sido destruir con criminal torpeza una obra bella, acaso la mejor, lograda tan paciente y fervorosamente a travs de los aos. No. Era imposible que ella hiciera eso, cuando a lo menos haba que dejarles ratificado hasta el ltimo instante el amor a la verdad. Por tal consideracin haba resuelto hablar al cacique con absoluta sinceridad. Y vio con alegra que su conducta fue comprendida y apreciada por aquel venerable anciano con la clarividencia y abnegacin que tienen los hombres que han vivido mucho y que conocen el corazn humano. Por eso, despus de su confidencia, escuch de los labios del viejo las palabras ms generosas y de dolorida resignacin para sufrir la inminente ausencia. En fin, ya haba pasado todo aquello. Ahora, regocijndose plcidamente entre la tibieza de su lecho, se dio a soar en su dicha prxima y a restaurar con su fantasa todo lo que en el tiempo pasado, dichoso y lejano, haba edificado con su ilusionado apasionamiento. En cierto momento de aquella noche de ensoacin no pudo de pronto, definir si aquella meloda que comenz a escuchar era parte de su sueo o producto de un agente exterior y ajeno a su persona. Era una msica medrosa y dolorida que discordaba con la dulzura de sus pensamientos. Una meloda "in crecendo que pareca haber brotado de una brea de la pampa infinita en que ella haba vivido tantos aos y que se difunda por los mbitos hasta cubrir la extensin de la meseta. Pareca la voz solemne de toda una raza que llegaba a golpear sobre su corazn, para recordarle que esa su felicidad de amor era una cosa pequeita en comparacin con la inmensidad de ese reclamo que se alzaba de todas partes y que la envolva y que la estrujaba, que le penetraba por los sentidos y por los poros del cuerpo. Se le figuraba que una pena enorme luchaba
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all afuera, bajo el cielo de la puna, pugnando por elevarse al cielo hasta llegar a una lejana estrella brillante y solitaria, cuya imperturbabilidad pareca retar a las fuerzas de abajo. Y que esa pena, convertida en nube, en ola y en huracn quisiera subir a descolgar aquella estrella impasible para traerla hacia un lugar de la pampa y colocarla sobre una casa blanca parecida a la escuela y all tenerla como un ncleo de luz y de calor. Luego le pareci que esa estrella, vencida al fin por los elementos de la tierra andina, era ella misma, y que la nube, la ola y el huracn, amansndose, aquietndose y humanizndose se convertan en una muchedumbre de gentes indias, en las que pronto reconoci a sus pequeos y queridos alumnos y a los dems habitantes de Collamarca, los cuales, formando en torno de ella una ronda grandiosa, cantaban y bailaban a la luz que ella misma, convertida en estrella proyectaba en torno de la escuela. Cuando la fuerza de esta fantasa declin y se fue sedimentando en su cerebro el sentido de las cosas reales, recin Domy se dio cuenta de que en la plaza del poblado, los indios de la comunidad estaban tocando una conocida meloda autctona del gnero de las llamadas "cacharpayas" - despedidas - tal como acostumbraban cuando alguno de la comunidad parta al servicio militar o a un largo viaje. No dud de que ella haba fantaseado excesivamente: la estrella, la nube, la ola y el viento no haban sido otra cosa que la mgica sugestin ejercida por aquella msica sobre su sensibilidad hiperestesiada por la emocin que la embargaba. No haba ms que la "cacharpaya", que, posiblemente, le daban sus amigos, los comunarios, por su prxima partida. Tranquilizada con esta consideracin, se durmi plcidamente hasta el siguiente da.
El da amaneci ms triste que nunca para el poblado de Collamarca. Todos los comunarios saban que se era el da convenido para que el desconocido del automvil viniera a llevarse a la maestra. Y, mientras Domy, alegre y jocunda, cantando con una voz que tena son de campanas de fiesta, se vesta y haca los ltimos preparativos, fue notando que su alma contenta, sus afanes y su alegra contrastaban violentamente con la pena de todos los rostros y con la tristeza de las voces que murmuraban en su torno. Las primeras personas en darle esa sensacin fueron sus servidoras. Compungidas, casi sollozando le atendieron al servirle el desayuno
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y al recoger y doblar sus ltimas prendas. Domy estuvo casi segura de que al doblar las ropas de la cama para hacer el fardo para el viaje, las cobijas se llevaron en sus pliegues muchas lgrimas vertidas por el desconsuelo de las dos indiecitas. Los alumnos haban llegado ms temprano que de costumbre. Pero, aquella maana no se haban contentado con esperar a su "seorita" en el jardn frontero de la escuela o en el patio interior; se haban atrevido a invadir poco a poco y en grupos hacinados por una melanclica timidez el propio pabelln de la maestra. Y all, los pobres chiquillos quedaron con los ojos azorados al ver que todo lo que perteneca a la maestra estaba recogido y embalado. Con las caritas mustias de pena se fueron retirando lentamente hacia las dependencias de la escuela. Cuando lleg la hora de la ducha matinal, los alumnos la recibieron silenciosamente, sin los consabidos gritos de alegra y salieron serios y cabizbajos, como si el agua los hubiera dejado entumecidos. Pasaron al comedor, y aquel desayuno que todas las maanas daba a Domy la impresin de un grande y dichoso hogar, fue en aquella vez una escena triste, sin voces cordiales, plena de desgano. Al final, muchas raciones se quedaron en la mesa tal como se las haba servido. De tal manera fue hacindose patente la anticipada nostalgia de sus queridos discpulos que Domy por primera vez se dio cuenta de que su partida iba a producir un doloroso desgarramiento en las almas delicadas y sensitivas de aquellos nios que se haban acostumbrado a pasar junto a ella ms tiempo que en sus mismos hogares. Y, a pesar de su alegra tan firmemente renacida, ya no pudo sacudir de s la nocin clarsima de que para ir en pos de su dicha personal le sera preciso romper torpemente los fuertes vnculos que con esa gente la tenan sujeta. Esa nocin le sugiri luego otra: la de su egosmo, porque, al darse slo a su amor estaba en trance de ser inhumana, destruyendo esa felicidad colectiva que ella misma haba creado y fomentado en tantos aos de abnegados afanes. Era lgico, entonces, lo que estaba haciendo? Podra irse, as noms, dejando en pos de s tantos anhelos malogrados y tantos afectos mal pagados? Sensitiva y delicada siempre, Domy no pudo ya libertarse del efecto de esas impresiones. Sigui empero sus preparativos, completando los ltimos detalles para su viaje; pero al hacerlo le pareci que a sabiendas y conscientemente estaba produciendo un dao irreparable. Sinti desazn y disgusto contra s misma y le pareci que sus sueos y proyectos con Joaqun estaban relegndose a un segundo plano,
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porque en su espritu haba acabado por irrumpir la elocuente influencia de cuanto le rodeaba como una fuerza cada momento ms poderosa para retenerla. Entr al aula en donde la costumbre y la disciplina consciente ya haba reunido a los nios. Retard cuanto pudo sus pasos hacia la mesa. Pareca un reo que deba comparecer ante un severo tribunal para dar cuenta de su conducta. Ocup por fin su sitio desde el cual todas las maanas, ao tras ao, haba dirigido las alegres faenas escolares. Aquella vez ya no hara lo mismo; se trataba tan slo de despedirse de sus pequeos amiguitos. Con su voz estrujada por la emocin y por la ternura dio sus ltimos consejos y pronunci al final la tristsima palabra del Adis que se quebr en sus labios dando a la escena mayor patetismo. Como si de pronto se hubiera alzado una enorme compuerta que hasta ese momento estuviera conteniendo la emocin de ese centenar de nios, estall en el aula el llanto de todos ellos, inconsolable, caudaloso, sollozante, porque era la pena sincera y sin trabas de aquellas almas tiernas que se verta sin lmite en toda su inmensa significacin. Domy se contagi de esa pena y conteniendo la expansin de su corazn sali de la sala para esconder su llanto que era tambin sincero y sentido porque, al fin y al cabo, toda esa ternura desolada que haba respondido a su Adis era lo que ella misma haba sembrado en esas almas, ternura dolorida que se haba alzado para reprocharle su inconsecuencia y, quin sabe, su traicin tambin. Quiso sustraerse a su pesar caminando de aqu para all, buscando nimiedades que le permitieran ocuparse y distraerse mientras llegara el hombre que habra de liberarla con su amor de todas esas desazones. No tuvo que esperar mucho. Por el camino de la pampa asomaba, vertiginoso y potente, como el deseo de su amado, el carro que conduca Arenal para llevrsela. Los alegres bocinazos del automvil al detenerse en la explanada fueron como el somatn que difundiera el alarma y el barullo en Collamarca. Los chiquillos salieron en tumulto a agruparse delante de la escuela; las mujeres y los viejos salieron de su casas y bajaron a prisa a la plazoleta; los labradores, dejando su trabajo, corrieron a travs de los senderos de la gleba para reunirse con los dems; los pastores dejaron a los perros la vigilancia del ganado para correr detrs de los agricultores. Todos, toda la comunidad se hall congregada en torno de la escuela y compartiendo una misma inquietud y ahogando en los pechos la misma protesta contra su
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mala ventura. Arenal baj del carro completamente ajeno al drama espiritual de aquellas gentes que comenzaron a rodearle, y no tuvo, por el momento, ojos ms que para buscar a la amada mujer a quien vena a rescatar para su dicha. Al ver a Domy, extendi los brazos anhelosos de estrecharla en ellos. La muchacha estaba vestida y lista para la marcha. - Ya estoy aqu, Domy! - Cunto te he esperado, Joaqun! - Entonces, no hay que perder tiempo - aconsej l, notando para entonces las severas y hostiles miradas de todos que convergan sobre l, causndole la incmoda sensacin de estar recibiendo un reproche mudo pero terrible. Entretanto, Domy orden a sus servidores que colocaran los bultos de su equipaje en el carro. Ya todo estaba listo. Ya no restaba ms que decir Adis a esos buenos indios y embarcarse junto a su amado para correr a realizar su soada dicha. De pronto, avanz hacia Domy una india, llevando de la mano a dos arrapiezos. - Seorita - le dijo con emocin -, antes de que te vayas te ruego que amarres estos cintillos en la mano de mis hijos - y le alcanz dos trozos de cinta de hilo -. Dicen que es el secreto para que no se "amartelen" las guaguas cuando se va una persona muy querida. Tan sencillo ruego caus en Domy una profunda emocin. Tom los lacillos y con uno de ellos at en la mueca de una de los dos pequeos, como una pulserita. El chiquitn comenz a llorar inconsolablemente. Aquello dobleg la aparente serenidad de la maestra, quien va no pudo atinar a hacer el segundo lazo. Como si el llanto del chiquitn hubiera sido una seal, todos los nios, que hasta entonces se haban contenido milagrosamente en el mpetu de correr hacia su "seorita", lo hicieron abalanzndose hasta formar en torno de Domy una trinchera de afecto y de amargura. Tambin los indios mayores avanzaron unos pasos, estrechando el gran crculo que haban formado a respetuosa distancia. En ese momento pas al centro el cacique, el cual se incorpor hasta dominar a los dems. Se hizo el silencio para escuchar la despedida del anciano. - Seorita maestra: tengo mucha pena al decir lo que ahora tengo que decir. As como yo, en un da feliz, te he encontrado all en la ciudad, y te he trado para que seas la maestra de nuestros hijos, me toca tambin ser el que te despida. Sabemos por qu te vas. No tenemos ms remedio que dejarte. Slo
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quiero que sepas que, al irte as, nos dejas a todos muy tristes. Quiz se cierre la escuela, esta escuela que es obra de tu cario y de nuestras manos. Porque otra como vos creo que no vamos a encontrar ni araando la tierra. Eso noms quera decirte antes de que te vayas. Domy abraz al anciano con tal ternura como si estuviera estrechando en ese momento a todos esos centenares de seres que la iban a aorar. No pudo articular ni una palabra para responder. Si hubiera abierto los labios en ese instante, hubiera sido para lanzar un sollozo. Prefiri separarse en silencio del cacique y dirigirse hacia el auto en el cual ya le esperaba tambin Pablito. Ms, no pudo alcanzar su meta. Un grupo de imillas" y "yocallas" se le interpuso decididamente. Todos ellos la abrazaban, se asan de su vestido y clamaban: - No te vayas, pues, seorita!... No te vayas! ... No nos dejes! Niita, no seas mala!... Quin nos va a ensear! ... Quin nos va a querer!... Seorita, kholilita!.. . Aquello fue demasiado para su sensibilidad de mujer generosa y para su ternura romntica y abnegada. Mir a los nios. Mir el auto en cuyo interior Joaqun y su hijito la esperaban con el ansia expresada en sus ojos y en su gesto. Volvi a mirar a los chiquillos que seguan implorantes. Y no pudo dar un paso ni decir nada. Solamente sus manos, en febril y desatinada demostracin de angustiado afecto, acariciaban una y otra de esas infantiles cabecitas que se apretaban desesperadamente contra su cintura. - Seorita!... Niita!... Acaso no te queremos?... Acaso te desobedecemos?... No te vayas! ... Qudate, niita! ... Ruegos, lgrimas y manos tendidas hacia ella en afn de suprema angustia le borraron completamente la perspectiva de su felicidad. Y, su corazn, ese corazn que se haba dado entero durante jornadas de aos al bien de esas gentes humildes, fue imponiendo su voluntad por encima de todo, resuelto a seguir dando su cario con abnegacin y sacrificio. - Vamos ya, Domy? - lleg a sus odos atormentados el reclamo del amor egosta -. Debemos apurarnos - sigui diciendo Joaqun, saliendo nuevamente del carro. Cosa rara. Esa voz y esa palabra que en otro momento y lugar la hubieran obligado a acudir cautivada, odas ahora, entre el rumor gemebundo, de esos nios, no tuvieron la suficiente fuerza para decidirla. - Domy, por qu ests indecisa? No hemos convenido marcharnos?
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- S, Joaqun. Lo hemos convenido - contest la muchacha con cariosa melancola. - Entonces... Vamos, pues! Pero, Domy no pudo dar un solo paso. Un nuevo silencio. Ms angustiado. Todas las almas estaban pendientes de lo que pudieran decir los labios de esa mujer acongojada. Al fin, sta, con la luz de una lgrima prendida en sus hermosas pestaas y el tremor de su pecho, habl: - No, Joaqun! Ya no puedo ir contigo! - Y, nuestro amor? Nuestra felicidad? - implor el. - No los acepto al precio de la amargura de todos estos inocentes que no saben otra cosa que quererme. - Vas a dejar que me vaya solo y defraudado? - Joaqun de mi alma! Y qu remedio? No ves cmo ya no puedo irme! No lo ests viendo? Mi corazn ha echado aqu races que lo atan fatalmente. Adems, Joaqun, el mundo aquel, al que deseas llevarme, ha sido tan malo para m. Ya no podra vivir en paz. Quin sabe an lo que all me espera! En cambio, aqu estoy defendida por mi misma obra y por la fe y el cario de todos estos pequeos. Arenal hubiera querido aproximarse a Domy; rodearla con sus brazos amorosos, mirarla muy cerca, besarla y, as, al embrujo de sus caricias encenderla otra vez en las viejas ansias y forzar su romntico y tierno corazn. Pero cuando trat de allegarse a la mujer amada, los indios que haban escuchado ya la suprema decisin de su entraable maestra, creyeron que era llegado el momento de intervenir en defensa de su bien. Se irguieron altivos y fieros, mirando amenazadoramente al obcecado intruso. En ese mismo momento algunos de ellos, para demostrar su resolucin y aleccionar a Joaqun, se aproximaron al carro a descargar los bultos de Domy y transportarlos a la escuela. Arenal comprendi lo que pasaba en el nimo de esas gentes y temi lo que podra ocurrir si persista en su afn. Se detuvo a meditar lo que deba hacer. All no era ms que un intruso. Casi el ladrn de la tranquilidad de esas gentes. Su misma dignidad le impuls a un nuevo y tremendo renunciamiento. Resolvi hacerlo abnegadamente aunque llorara sangre su corazn. Desde la distancia mir por ltima vez a su amada y le hizo un penoso signo de despedida y sin volver ms la cabeza entr en el coche y se prepar a encender el motor. Domy, desde su sitio, con muda y angustiosa expectativa vio perderse a su amado dentro del automvil. vio la cara de Pablito pegada al
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vidrio de la ventanilla posterior y not en esa carita un gesto de desilusin muy amarga. Pareca que al nio tambin le tocaba su parte en el drama sentimental de aquel da! El motor del auto ya haba comenzado a zumbar. La partida era cuestin de pocos segundos. Domy sinti en ese instante que en su desesperacin el corazn creca expandindose a todo el cuerpo hasta el cerebro. Un grito del corazn gigantescamente ensanchado, con sonoridad plena de angustia inmensa, brot de su boca: - No! No te vayas, Joaqun! Al instante call el motor y el carro sigui inmvil. De su portezuela abierta sali Arenal radiante de esperanza y con los brazos extendidos hacia la mujer que avanzaba a pasos precipitados. - No! No me dejes! Sabiendo que te amo! Que no podr vivir ni trabajar lejos de ti! - Qu hago. entonces, amada ma? - Qudate, Joaqun mo! No se te ha ocurrido que puedes ser aqu compaero y ayuda en esta bella obra? -Tienes razn, Domy! Es la mejor solucin que podemos hallar para nuestro destino. Domy y Joaqun tomados del brazo marcharon jubilosos hacia el grupo de nios e indgenas. stos, cambiando su alarma por franca complacencia abrieron el grupo para dejar paso a la pareja. Arenal se volvi hacia su hijo para decirle: - Ven, Pablito! Tmate de la mano de esos nios y sguenos. El nio, obediente y contento, cumpli en seguida la orden de su padre. - S, Domy. Aqu nos casaremos y viviremos. Y, con nosotros vivir este nio nacido en un pas lejano, porque as lo impuso el orgullo de su madre. - Ser nuestro hijo, Joaqun. - S. Y adems, un smbolo de la sublime comprensin de almas que se est operando en esta tierra. - Bien mo! - Amor mo! ... La maestra y su novio volvieron hacia la escuela rodeados del cario multiplicado de los indios. Detrs, Pablito, el nio rubio, rodeado cordialmente por los chiquillos y tomado de las manos por dos imillas, sigui a su padre hacia su nuevo hogar de Collamarca. FIN
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