LEYENDAS DE LA CIUDAD DE IBARRA
La hacienda de agua La hacienda se encontraba rodeada de montaas. Grciles pjaros cantaban y los rboles eran inmensos y proyectaban sombras amables. Su patrn era un hombre de aspecto duro. Tena esa extraa mana de atesorar monedas y apreciaba contemplarlas resplandecer en las noches. Este ritual de codicia lo realizaba a escondidas como si tuviera miedo de que si otro las mirara perdieran su brillo. Su avaricia era proverbial: prefera comer los deshechos para que no se desperdiciaran y padeca compartir su pan. Era cicatero con su servidumbre y tena unos perros enormes a quienes tambin mal alimentaba, pese a que protegan sus heredades con sus colmillos lustrosos. Un da, lleg hasta esos parajes un viejecillo. Tena los ojos de los vagabundos y llevaba un mnimo morral como nica compaa. Su atavo era modesto y estaba adornado de hilachas de colores. Era un mendigo, esos seres que profesan el temperamento de los gorriones nmadas. Recorra los caminos pidiendo limosna, como si esa situacin no le indignara, como si alargando su mano ensayara la caridad del mundo. Acert a pasar por la hacienda del avaro. Se sabe que atraves la agreste puerta. El hombre de ojos refulgentes y metlicos lo recibi con desprecio. Sinti clera ante la mano alargada y no entendi que en el mundo tambin hay desvalidos, precisamente por la mezquindad de unos pocos. Es que su fortuna justamente se generaba por tratar de manera cruel a sus servidores y no pagarles lo justo. Su rostro se encendi. Este hacendado inhumano llam a su mayordomo para que soltara a sus perros y despedazaran al mendigo. El encargado de estos campos tena un buen corazn. Esper que el avariento entrara a su casa y se dirigi hasta donde estaba el anciano, con una escudilla de madera gastada. Le indic que deba salir inmediatamente de la propiedad. Le confiri que el patrn haba ordenado soltar a los atrevidos perros, pero que aunque no cumplira este funesto encargo prefera que el mendigo tomara otro camino. El pordiosero le agradeci que le salvara la vida. Despus, mirndole a los ojos le revel un secreto: la hacienda sera destruida esa misma noche como castigo a las maldades de su dueo. Quien apreciara su vida deba irse a las lomas ms cercanas porque la condena era inminente. El hombre benvolo supo que los labios del mendigo no mentan. Con discrecin llev sus pertenencias hasta la loma de Aloburo. Hizo varios viajes. Un poco despus de caer la tarde comenz a tronar en el cielo. Las nubes se encresparon y una lluvia prodigiosa se desat como si por primera vez las tempestades se asomaran por el mundo. Las gotas eran inmensas. Los truenos se sucedan y era tan intensa la lluvia que fue como probablemente debieron sentir aquellos hombres que presenciaron el Diluvio. El mayordomo, desde su refugio de Aloburo, escuch cmo se multiplicaban las vertientes que bajaban de las montaas, como si fueran serpientes de agua deslizndose hasta la hacienda. La noche fue larga Al amanecer, el antiguo encargado mir un paisaje desolado. Donde antes se encontraba la
heredad del avaro emerga una laguna, de aguas an turbias. No haba rastros de los corrales de animales peor de los ojos miserables de quien atesoraba riqueza con la sangre ajena. Despus llegaron las explicaciones. Dijeron que el mendigo no era otro que alguna deidad que quiso castigar la crueldad. Algn pescador, en su embarcacin de totora, ha credo ver la casa de hacienda entre las aguas. Cuando se asciende hasta Aloburo se puede contemplar otro paisaje: es la laguna de Yahuarcocha. Cae la tarde y las garzas llegan desde el lago San Pablo, conocido tambin como Imbacocha, contando sus propias historias de plumas. Los amores del Taita Imbabura Cuentan que en los tiempos antiguos las montaas eran dioses que andaban por las aguas cubiertas de los primeros olores del nacimiento del mundo. El monte Imbabura era un joven vigoroso. Se levantaba temprano y le agradaba mirar el paisaje en el crepsculo. Un da, decidi conocer ms lugares. Hizo amistad con otras montaas a quienes visitaba con frecuencia. Mas, una tarde, conoci a una muchacha-montaa llamada Cotacachi. Desde que la contempl, le invadi una alegra como si un fuego habitara sus entraas. No fue el mismo. Entendi que la felicidad era caminar a su lado contemplando las estrellas. Y fue as que naci un encantamiento entre estos cerros, que tenan el mpetu de los primeros tiempos. -Quiero que seas mi compaera, le dijo, mientras le rozaba el rostro con su mano. -Ese tambin es mi deseo, dijo la muchacha Cotacachi, y cerr un poco los ojos. El Imbabura llevaba a su amada la escasa nieve de su cspide. Era una ofrenda de estos colosos envueltos en amores. Ella le entregaba tambin la escarcha, que le naca en su cima. Despus de un tiempo estos amantes se entregaron a sus fragores. Las nubes pasaban contemplando a estas cumbres exuberantes que dorman abrazadas, en medio de lagunas prodigiosas. Esta ternura intensa fue recompensada con el nacimiento de un hijo. Yanaurcu o Cerro negro, lo llamaron, en un tiempo en que los pajonales se movan con alborozo. Con el paso de las lunas, el monte Imbabura se volvi viejo. Le dola la cabeza, pero no se quejaba. Por eso hasta ahora permanece cubierto con un penacho de nubes. Cuando se desvanecen los celajes, el Taita contempla nuevamente a su amada Cotacachi, que tiene todava sus nieves como si an un monte-muchacho le acariciara el rostro con su mano. Las tres piedras Desde arriba, se poda mirar al ro Tahuando ir plcido en busca del mar, serpenteando rocas y musgos, acariciando guabos y totoras hasta llegar a los encaonados y a las sucesivas vertientes para que lo fortificaran. Al frente, el Alto de Reyes con sus arbustos pareca una mnima montaa que pretenda ocultar a la laguna de Yahuarcocha. Abajo, el recuerdo del sitio de los antiguos olivares plantados en la poca colonial. Tres grciles mujeres bajaron por la pendiente de piedras hacia el ro. Llevaban los cabellos sueltos y los pies al viento. Iban a baarse en el surtidor de aguas curativas. Sus risas se
confundan con los cantares que traa la corriente desde las montaas. Eran muchachas y rean mientras se desvestan para su bao de aromas de azahares y geranios. Sus piernas eran dciles a las hierbas mojadas y sus labios eran frescos, como las gotas que salpicaban sus caderas. Estaban desnudas y sus espaldas tersas se arremolinaban bajo el chorro firme, que caa desde sus cabelleras ensortijadas. Sus ojos tenan los paisajes de estas tierras generosas. Unos hombres las observaban ocultos en los matorrales. Tramaban el ultraje contra estas vrgenes de olores de magnolia. Las doncellas, sin percatarse, jugueteaban con el agua y sus cuerpos eran como garzas que se posan sobre un estanque. Los tunantes se acercaron para tomar a la fuerza lo que se les haba negado con la ternura. Las zagalas comprendieron sus intenciones perversas. Cuando sus manos se acercaron a sus figuras, los hombres sintieron una dureza de alabastro. Las muchachas se haban transformado en tres piedras. De lo que antes eran sus labios brotaban tres ojos de agua, pero era como si fueran hechos de lgrimas. Al bajar al ro, las tres piedras con fulgores de mujeres estn all. Cuando se zambulle en su torrente es como si unas manos recorrieran una piel ajena, pero con gemidos trados de otras pocas.