Conociendo a la Virgen María: Dogmas y Virtudes
Conociendo a la Virgen María: Dogmas y Virtudes
Así que MAR-IA, o MYRIAM en egipcio significaría: "La hija preferida de Dios" (Zorell).
Quienes fueron en el Antiguo Testamento figuras ó imágenes de lo que iba a ser la Virgen María
En el Antiguo Testamento (o sea, la parte de la Santa Biblia, que narra lo sucedido antes del
nacimiento de nuestro Señor Jesucristo) los Doctores de la Iglesia han encontrado las siguientes
figuras que significaban lo que iba a ser nuestra Madre del Cielo:
EL ARCA: Salvó a Noé y a todos los que iban a poblar de nuevo la tierra, en el tiempo del diluvio.
SARA: Madre de Isaac, el hijo de las promesas, que Abraham iba a ofrecer en sacrificio.
MARÍA: Madre de Jesucristo: sacrificado en Cruz por nosotros, para el perdón de nuestros pecados, y
por el cual hemos recibido las promesas de salvación.
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DEBORA, ESTER, JUDIT: tres mujeres muy famosas que salvaron al pueblo de Israel cuando los
enemigos iban a destruirlo.
MARÍA: la que siempre nos salva cuando los enemigos del alma, o las calamidades y fracasos
amenazan con destruirlo todo.
ANA, LA MADRE DEL PROFETA SAMUEL, y la madre de Sansón: dos mujeres que consagraron su
hijo a Dios, y por medio de ese hijo trajeron la liberación para el pueblo de Israel.
MARÍA: la Madre de Mesías, que consagró a su Hijo al servicio de la gloria de Dios, aceptando la
muerte de Jesús en la Cruz por la salvación de todos los hombres.
LA NUBE QUE GUIABA A LOS ISRAELITAS POR EL DESIERTO: Mientras el pueblo de Dios
peregrinaba por el desierto, una Nube, los acompañaba: durante todo el día los protegía contra los
rayos del sol, y por la noche los guiaba con su luminosidad para enseñarles el camino (Exodo 40,36.
Número 9,15. Salmo 78,14)
MARÍA NOS LIBRA DE LOS RAYOS DE LA JUSTICIA DIVINA, rogando por nosotros y alejándonos
del pecado (San Alfonso) y NOS LLENA DE LUZ Y DE ILUMINACIONES en el camino de la vida,
porque ella trae a nuestra alma al Espíritu Santo, que es el más grande iluminador que existe (San
Monfort)
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San Juan Damasceno narra la muerte de la Santísima Virgen
Uno de los escritores más antigüos y más´populares de la Iglesia es San Juan Damasceno. Este
famoso autor describe así la muerte de Nuestra Señora:
" La Madre de Dios no murió de enfermedad, porque ella, por no tener pecado original (fue concebida
Inmaculada: o sea sin mancha de pecado original) no tenía que recibir el castigo de a enfermedad.
Ella no murió de ancianidad, porque no tenía porqué envejecer, ya que a ella no le llegaba el castigo
del pecado de los primeros padres: envejecer y acabarse por debilidad.
Ella murió de amor. Era tanto el deseo de irse al Cielo donde estaba su Hijo, que este amor la hizo
morir.
Unos catorce años después de la muerte de Jesús, cuando ya había empleado todo su tiempo en
enseñar la religión del Salvador a pequeños y grandes, cuando había consolado tantas personas
tristes y había ayudado a tantos enfermos y moribundos, hizo saber a los Apóstoles que ya se
aproximaba la fecha de partir de este mundo para la eternidad.
Los Apóstoles la amaban como la más bondadosa de todas as madres y se apresuraron a viajar para
recibir de sus maternales labios sus últimos consejos, y de sus sacrosantas manos su última
bendición.
Fueron llegando, y con lágrimas copiosas, y de rodillas, besaron esas manos santas que tantas veces
los habían bendecido.
Para cada uno de ellos tuvo la excelsa Señora palabras de consuelo y esperanza. Y luego, como
quién se duerme en el más plácido de los sueños, fue Ella cerrando santamente sus ojos, y su alma,
mil veces bendita, partió para la eternidad.
La noticia cundió por toda la ciudad, y no hubo un cristiano que no viniera a llorar junto a su cadáver,
como por la muerte de la propia madre.
Su entierro más parecía una procesión de Pascua que un funeral. Todos cantaban el Aleluya con la
más firme esperanza de que ahora tenían una poderosísima Protectora en el Cielo, para interceder
por cada uno de los Discípulos de Jesús.
En el aire se sentían suavísimos aromas, y parecía escuchar, cada uno, armonías de músicas muy
suaves.
Pero Tomás, Apóstol, no había alcanzado a llegar a tiempo. Cuando arribó ya habían vuelto de
sepultar a la Santísima Madre.
-Pedro -dijo Tomás- no me puedes negar el gran favor de poder ir a la tumba de mi Madre
Amabilísima y darle un último beso a esas manos santas que tantas veces me bendijeron.
Y Pedro aceptó.
Se fueron todos hacia su santo sepulcro, y cuando ya estaban cerca empezaron a sentir de nuevo,
suavísimos aromas en el ambiente y armoniosas músicas en el aire.
Abrieron el sepulcro y en vez del cadáver de la Virgen, encontraron solamente... una gran cantidad de
flores muy hermosas. Jesucristo había venido, había resucitado a su Madre Santísima y la había
llevado al Cielo.
3
Esto es lo que llamamos Asunción de la Virgen (cuya fiesta se celebra el 15 de agosto).
Era goberrnador de la gran ciudad de Milán, cuando por aclamación del pueblo fué elegido obispo de
esa misma ciudad.
En el año 377 escribe a su hemana, religiosa en Roma, lo que se ha llamado "El retrato de la Virgen,
escrito por San Ambrosio". Dice así:
"Quién más noble que la Madre de Dios? Quién más esplendorosa que Aquella a quien ha elegido
por madre el que es esplendor Eterno? Quién más casta que la madre que ha traído a su Hijo al
mundo permaneciendo Virgen?.
A ella nunca ningún pecado consiguió manchar su pureza; era humilde de corazón; reflexiva en sus
resoluciones; prudente; discreta en palabras; ávida de leer y de oír la palabra de Dios; no ponía su
esperanza en las riquezas sino en la oración y en los favores que Dios concede a quienes ayudan a
los pobres; aplicada al trabajo; tomaba por juez de su alma no lo que opinaran los demás sino lo que
opina Dios; no trató nunca mal a nadie; era amable con todos; llena de respeto por los ancianos, sin
envidia con los de su edad; modesta, razonable, amaba la virtud.
Jamás ofendió a sus padres ni siquiera en su actitud. Nadie la veía en desacuerdo con sus parientes.
Solamente asistía a aquellas reuniones a las que le aconsejaba asistir la caridad y en las cuales no
tuviera ningún peligro su modestia y castidad. Jamás nadie vió una dureza en su mirada, ni una falta
de medida en sus palabras, ni una imprudencia en sus actos. No demostraba contrariedad en sus
gestos ni insolencia en su voz; su actitud exterior era la imagen de la santidad de su alma.
"El rostro descubre lo que se lleva en el alma". El rostro de la Virgen era el retrato de su alma
santísima.
Aunque era Madre del Señor, sin embargo, se dedicaba constantemente a aprender mandatos de
Dios en la Sagrada Escritura. Ella, que había traido al mundo al Hijo de Dios, se dedicaba sin
desfallecer a conocer cual era la Voluntad de Dios.
María es el modelo de la virginidad. La Vida de la Viegen debe ser un ejemplo para todos. Si
queremos obtener sus privilegios, procuremos imitarla en sus ejemplos.
Ella toma bajo su cuidado las personas que quieren conservar la virginidad y repite las palabras de su
Hijo: " Padre Santo: he aquí que no se ha perdido ninguna persona de las que me has confiado" . "Yo
las he preservado en tu nombre" . "No se podían salvar por sí solas, pero ellas me han conocido y yo
me he manifestado a ellas" .
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Guiados por Ella viajaremos por la vida cantando jubilosos: "Llegaré al altar, al altar de Dios, el gozo
de mi juventud. Le ofreceré sacrificios de alabanza, porque El fué mi salvación, Amén" .(De
Virginibus. Pie Recamey "Los mejores textos acerca de la Virgen María". Pág. 77).
A modo de introducción
No todo lo que Dios ha querido manifestarnos está en la Escritura. Hay que contar también con la
Tradición. Ambas son fuentes de revelación. Apoyándose en ellas, y con el uso de la razón, la Iglesia
explicita, enriquece y en cierto sentido traduce para los fieles el mensaje cristiano primordial. El
Vaticano II, en la Dei Verbum, lo resume así: «La teología se apoya, como en cimiento perdurable, en
la Sagrada Escritura unida a la Tradición; así se mantiene firme y recobra su juventud, penetrando a
la luz de la fe, la verdad escondida en el misterio de Cristo» (No. 24).
La teología nos presenta el retrato espiritual de María. Y ello a base de ciertos trazos, unos más
importantes que otros. De entre aquéllos -a los que llamamos verdades fundamentales- hay algunos
que reciben el nombre de dogmas.
Dogma es una verdad que pertenece al objeto de la fe de una manera irreversible. Todo dogma ha
sido revelado por Dios de una manera explícita o implícita. Y ha sido solemnemente definido por el
magisterio de la Iglesia o propuesto como tal por la tradición invariable de la misma Iglesia. Negar
algún dogma equivale a negar la misma fe, pues supone negar la autoridad de Dios, que lo ha
revelado.
Con la exposición de estas verdades vamos a obtener una más que suficiente fisonomía interior de la
Santísima Virgen.
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DOGMAS MARIANOS
Esta verdad está contenida en la Sagrada Escritura y fue definida por el Concilio de Éfeso (año 431).
Más tarde, fue proclamada por otros Concilios universales, como el de Calcedonia (451) y segundo
de Constantinopla (553).
Este dogma es el principal de todos los dogmas marianos. Y la raíz y fundamento de la dignidad
singularísima de la Virgen María.
María permaneció virgen en el momento de la concepción del Verbo, porque fue hecha Madre de
Dios por obra del Espíritu Santo, sin intervención de varón.
Fue virgen en el parto, porque el nacimiento del Hijo de Dios no quebrantó, más bien consagró su
virginidad. Es una verdad enseñada a través de la tradición de la Iglesia. La ratifica el Vaticano II al
decir que «su Hijo promogénito, lejos de disminuir, consagró su integridad virginal» (LG 57).
María fue virgen después del nacimiento de Jesús, porque no tuvo comercio carnal con ningún
hombre. Esto lo ha reafirmado el magisterio de la Iglesia en muchas ocasiones proclamando la
virginidad perpetua de María (Concilio IV de Letrán, en 1215).
3. María, Inmaculada
Significa este dogma dos cosas: que María fue concebida limpia de pecado original y que desde el
primer instante de su concepción estuvo adornada de la gracia de Dios. Su inmunidad del pecado
original se le otrogó en virtud de los méritos futuros de su Hijo Redentor.
Este privilegio está insinuado en dos textos de la Sagrada Escritura. Primero, en Génesis 3, 15, en
que se habla de la victoria de la mujer y de su descendencia sobre la serpiente. Y segundo, en Lc 1,
28, en las palabras que el ángel dirigió a María: «Dios te salve, llena de Gracia».
A estos textos han recurrido los Papas y Concilios para enseñar y definir este dogma.
El Papa Pío IX definió como dogma esta verdad en 1854, en la Bula Ineffabilis Deus. El Vaticano II,
en su Constitución sobre la Iglesia, ha reafirmado ambos aspectos del dogma: preservada inmune de
toda mancha de culpa original (LG 59) y «enriquecida desde el primer instante de su concepción con
esplendores de santidad del todo singular» (LG 56).
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4. María, asunta en cuerpo y alma al cielo
Según este dogma, la Virgen Inmaculada, Madre de Dios, terminado el período de su vida terrestre,
fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial.
Pío XII definió el dogma en 1950, en la Bula Munificentissimus Deus. No queda definido si la Virgen
murió o no. Sólo que su cuerpo no quedó sometido a la corrupción del sepulcro, y que ha sido ya
glorificado.
Por su parte, el Vaticano II ha dicho: «La Madre de Jesús, ya glorificada en los cielos en cuerpo y
alma, es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser consumada» (LG 68).
5. María, Corredentora
Empleamos este término porque es tradicional. Si bien hoy se prefiere sustituirlo por la perífrasis
«cooperadora en la restauración de la vida sobrenatural de las almas» (LG 61), o, según algunos
teólogos, por «Socia del Redentor».
No se trata de un dogma; es sólo una verdad cierta como todas las que siguen.
Y enseña que María contribuyó al plan divino de la salvación de dos maneras: primero, cmo Madre
del Redentor, ya que dándole carne humana le hizo posible el redimir al mundo. Y, luego, como
nueva Eva: asociada íntimamente a la obra redentora de Cristo, colaboró en la resurrección espiritual
de la humanidad (LG 56).
Esta colaboración no fue necesaria. La actuación del Redentor era completa y suficiente. Sólo que el
mismo Hijo quiso dar a los actos de su Madre un valor corredentivo en orden a la salvación del
mundo.
6. María, Reina
El Papa Pío XII proclamaba en 1954 (Centenario del dogma de la Inmaculada) la realeza de María y
establecía su fiesta en la Iglesia. Este título no es metafórico; es bien real.
María es reina por una doble razón, que permite llamarla Reina Madre y Reina Consorte.
María es también Reina porque fue la compañera del Rey Divino, asociada por Él a su propia obra.
Algo parecido a las reinas esposas de los reyes.
Por ambos títulos tiene María una dignidad regia que la coloca sobre todas las creaturas, y la
constituye en signo de esperanza cierta para la Iglesia peregrinante.
El Vaticano II ha dicho que María «ha sido exaltada por el Señor como Reina del Universo...y, ya
glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y principio de la Iglesia que ha de ser
consumada» (LG 59 y 68).
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La maternidad espiritual de María comenzó en el momento mismo de la encarnación del Verbo en su
seno virginal. Desde que empezó a ser la Madre de Jesús era la Madre del Redentor y de todos los
redimidos, hermanos suyos.
Asimismo, María es madre espiritual por su colaboración en la obra redentora. Madre es la mujer que
da la vida a otro ser, su hijo. María nos ha dado a todos la vida de la gracia: cooperó activamente en
la obra del Salvador, que fue restaurar la vida sobrenatural de las almas (LG 61).
Una forma especial de esta maternidad espiritual es el título de Madre de la Iglesia, es decir: de los
fieles todos y de los pastores.
Así lo proclamó Pablo VI el 21 de noviembre de 1964, y ordenó que el pueblo cristiano la honre e
invoque con este título. El cual quiere decir que María cuida con solicitud maternal de la Iglesia que
peregrina hacia el Padre.
8. María, Medianera
El Vaticano II ha escrito esta memorable página: «María, asunta a los cielos, no ha dejado su misión
salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación
eterna. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y se hallan
en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada.
«Por este motivo, la Santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada,
Auxiliadora, Socorro, Mediadora.
«Lo cual, sin embargo, ha de entenderse de tal manera que no reste ni añada nada a la dignidad y
eficacia de Cristo, único Mediador» (LG 62).
Esta es la tradicional doctrina de la Iglesia sobre la verdad conocida como: La mediación universal de
María o María dispensadora de todas las gracias.
Pero Él —no por necesidad sino por benevolencia— ha querido asociarse otros mediadores. Entre
ellos, María.
La mediación de María fluye de un doble hecho: primero, su maternidad espiritual. Ésta exige no sólo
la transmisión de la vida sobrenatural, sino también su conservación. Y segundo: su corredención
maternal, que requiere la aplicación de la redención a cada uno de los redimidos.
Finalmente, como concluye el Concilio, «la Iglesia no duda en confesar esta función subordinada de
María, la experimenta continuamente y la recomienda a la piedad de los fieles, para que, apoyados
en esta protección maternal, se unan con mayor intimidad al Mediador y Salvador» (LG 62).
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La Asunción de la Virgen Santísima
De la constitución apostólica Munificentíssimus Deus
del papa Pio XII
Con esta constitución apostólica, el Papa Pio XII proclamó el dogma de la Asunción el 1ro de
Noviembre de 1950.
Tomado de la Liturgia de las Horas del 15 de Agosto. (AAS 42 [19501, 7ó0-7ó2. 7ó7-7ó9)
Los santos Padres y los Grandes Doctores, en las homilías y disertaciones dirigidas al pueblo en la
fiesta de la Asunción de la Madre de Dios, hablan de este hecho como de algo ya conocido y
aceptado por los fieles y lo explican con toda precisión, procurando, sobre todo, hacerles comprender
que lo que se conmemora en esta festividad es no sólo el hecho de que el cuerpo sin vida de la
Virgen María no estuvo sujeto a la corrupción, sino también su triunfo sobre la muerte y su
glorificación en el 6210, a imitación de su Hijo único Jesucristo.
Y, así, san Juan Damasceno, el más ilustre transmisor de esta tradición, comparando la Asunción de
la santa Madre de Dios con sus demás dotes y privilegios, afirma, con elocuencia vehemente:
"Convenía que aquella que en el parto había conservado intacta su virginidad conservara su cuerpo
también después de la muerte libre de la corruptibilidad. Convenía que aquella que había llevado al
Creador como un niño en su seno tuviera después su mansión en el cielo. Convenía que la esposa
que el Padre había desposado habitara en el tálamo celestial. Convenía que aquella que había visto a
su Hijo en la cruz y cuya alma había sido atravesada por la espada del dolor, del que se había visto
libre en el momento del parto, lo contemplara sentado a la derecha del Padre. Convenía que la Madre
de Dios poseyera lo mismo que su Hijo y que fuera venerada por toda criatura como Madre y esclava
de Dios."
Según el punto de vista de San Germán de Constantinopla, el cuerpo de la Virgen María, la Madre de
Dios, se mantuvo incorrupto y fue llevado al cielo, porque así lo pedia no sólo el hecho de su
maternidad divina, sino también la peculiar santidad de su cuerpo virginal:
"Tú, según está escrito, te muestras con belleza; y tu cuerpo virginal es todo él santo, todo él casto,
todo él morada de Dios, todo lo cual hace que esté exento de disolverse y convertirse en polvo, y que,
sin perder su condición humana, sea transformado en cuerpo celestial e incorruptible, lleno de vida y
sobremanera glorioso, incólume y participe de la vida perfecta."
"La gloriosísima Madre de Cristo, nuestro Dios y Salvador, Dador de la vida y de la inmortalidad, por
él es vivificada, con un cuerpo semejante al suyo en la incorruptibilidad, ya que É1 la hizo salir del
sepulcro y la elevó hacia si mismo, del modo que Él solo conoce."
Todos estos argumentos y consideraciones de los Santos Padres se apoyan, como en su último
fundamento, en la Sagrada Escritura; ella, en efecto, nos hace ver a la santa Madre de Dios unida
estrechamente a su Hijo divino y solidaria siempre de su destino.
Y, sobre todo, hay que tener en cuenta que, ya desde el siglo segundo, los Santos Padres presentan
a la Virgen María como la nueva Eva asociada al nuevo Adán, íntimamente unida a él, aunque de
modo subordinado, en la lucha contra el enemigo infernal, lucha que, como se anuncia en el
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protoevangelio, había de desembocar en una victoria absoluta sobre el pecado y la muerte, dos
realidades inseparables en los escritos del Apóstol de los gentiles. Por lo cual, así como la gloriosa
resurrección de Cristo fue la parte esencial y el ú1timo trofeo de esta victoria, así también la
participación que tuvo la santísima Virgen en esta lucha de su Hijo había de concluir con la
glorificación de su cuerpo virginal, ya que, como dice el mismo Apóstol: Cuando esto mortal se vista
de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: "La muerte ha sido absorbida en la victoria."
Por todo ello, la augusta Madre de Dios, unida a Jesucristo de modo arcano, desde toda la eternidad,
por un mismo y único decreto de predestinación, inmaculada en su concepción, virgen integérrima en
su divina maternidad, asociada generosamente a la obra del divino Redentor, que obtuvo un pleno
triunfo sobre el pecado y sus consecuencias, alcanzó finalmente, como suprema coronación de todos
sus privilegios, el ser preservada inmune de la corrupción del sepulcro y, a imitación de su Hijo,
vencida la muerte, ser llevada en cuerpo y alma a la gloria celestial, para resplandecer allí como reina
a la derecha de su Hijo, el rey inmortal de los siglos.
LA ASUNCION DE MARIA
Audiencia General del Santo Padre. 9 de julio, 1997.
La tradición de la Iglesia muestra que este misterio "forma parte del plan divino, y está enraizado en la
singular participación de María en la misión de su Hijo".
"La misma tradición eclesial ve en la maternidad divina la razón fundamental de la Asunción. (...) Se
puede afirmar, por tanto, que la maternidad divina, que hizo del cuerpo de María la residencia
inmaculada del Señor, funda su destino glorioso".
Juan Pablo II destacó que "según algunos Padres de la Iglesia, otro argumento que fundamenta el
privilegio de la Asunción se deduce de la participación de María en la obra de la Redención".
"El Concilio Vaticano II, recordando el misterio de la Asunción en la Constitución Dogmática sobre la
Iglesia (Lumen Gentium), hace hincapié en el privilegio de la Inmaculada Concepción: precisamente
porque ha sido 'preservada libre de toda mancha de pecado original', María no podía permanecer,
como los otros hombres, en el estado de muerte hasta el fin del mundo. La ausencia de pecado
original y la santidad, perfecta desde el primer momento de su existencia, exigían para la Madre de
Dios la plena glorificación de su alma y de su cuerpo".
El Papa señaló que "en la Asunción de la Virgen podemos ver también la voluntad divina de promover
a la mujer. De manera análoga con lo que había sucedido en el origen del género humano y de la
historia de la salvación, en el proyecto de Dios el ideal escatológico debía revelarse no en un
individuo, sino en una pareja. Por eso, en la gloria celeste, junto a Cristo resucitado hay una mujer
resucitada, María: el nuevo Adán y la nueva Eva".
Para concluir, el Papa aseguró que "ante las profanaciones y el envilecimiento al que la sociedad
moderna somete a menudo al cuerpo, especialmente al femenino, el misterio de la Asunción
proclama el destino sobrenatural y la dignidad de todo cuerpo humano".
Los dogmas marianos, hasta ahora, son cuatro: María, Madre de Dios; La Virginidad Perpetua de
María, La Inmaculada Concepción y la Asunción de María.
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El Papa Pío XII bajo la inspiración del Espíritu Santo, y después de consultar con todos los obispos
de la Iglesia Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el primero de Nov. de 1950, definió
solemnemente con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este fue
promulgado en la Constitución "Munificentissimus Deus":
"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de invocar la luz del Espíritu de la Verdad,
para gloria de Dios omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar benevolencia; para honor
de su Hijo, Rey inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la gloria
de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro
Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos,
declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y
siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria
del cielo".
¿Cual es el fundamento para este dogma? El Papa Pío XII presentó varias razones fundamentales
para la definición del dogma:
1-La inmunidad de María de todo pecado: La descomposición del cuerpo es consecuencia del
pecado, y como María, careció de todo pecado, entonces Ella estaba libre de la ley universal de la
corrupción, pudiendo entonces, entrar prontamente, en cuerpo y alma, en la gloria del cielo.
2-Su Maternidad Divina: Como el cuerpo de Cristo se había formado del cuerpo de María, era
conveniente que el cuerpo de María participara de la suerte del cuerpo de Cristo. Ella concibió a
Jesús, le dio a luz, le nutrió, le cuido, le estrecho contra su pecho. No podemos imaginar que Jesús
permitiría que el cuerpo, que le dio vida, llegase a la corrupción.
3-Su Virginidad Perpetua: como su cuerpo fue preservado en integridad virginal, (toda para Jesús y
siendo un tabernáculo viviente) era conveniente que después de la muerte no sufriera la corrupción.
4-Su participación en la obra redentora de Cristo: María, la Madre del Redentor, por su íntima
participación en la obra redentora de su Hijo, después de consumado el curso de su vida sobre la
tierra, recibió el fruto pleno de la redención, que es la glorificación del cuerpo y del alma.
Introducción
I. La Virgen María: un dato esencial de la fe y de la vida de la Iglesia
II. La Virgen María en la formación intelectual y espiritual
Conclusión
Introducción
1. La II Sesión general Extraordinaria del Sínodo de los Obispos, reunida en 1985 para "la
celebración, reconocimiento y promoción del Concilio Vaticano II" (Sínodo de los Obispos, La Iglesia,
a la luz de la Palabra de Dios, celebra los misterios de Cristo para la salvación del mundo. Relación
11
final, I, 2: L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 22 de diciembre, 1985, pág. 11),
afirmó la necesidad de "dedicar una atención especial a las cuatro Constituciones mayores del
Concilio" (ib., 1, 5) y de llevar a cabo un "programa (...) que tenga como objetivo un conocimiento y
una aceptación nuevos, más amplios y profundos del Concilio" (ib., 1, 6). Por su parte el Sumo
Pontífice Juan Pablo II ha afirmado que el Año Mariano debe "promover una nueva y profunda lectura
de cuanto el Concilio ha dicho sobre la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de
Cristo y de la Iglesia" (Juan Pablo II, Carta Encíclica Redemptoris Mater, 25 marzo, 1987, 48: AAS 79, 1987, 427).
La Congregación para la Educación Católica es particularmente sensible ante esta doble invitación
del Magisterio. Por eso, con la presente Carta circular -dirigida a las facultades teológicas, a los
seminarios y a otros centros de estudios eclesiásticos- pretende ofrecer algunas reflexiones sobre la
Santísima Virgen y sobre todo hacer resaltar que el empeño de conocimiento y de búsqueda, y la
piedad en relación con María de Nazaret, no pueden quedar reducidos a los límites cronológicos del
Año Mariano, sino que deben constituir una tarea permanente: pues efectivamente permanentes son
el valor ejemplar y la misión de la Virgen. La Madre del Señor es un "dato de la Revelación divina" y
constituye una "presencia materna" siempre operante en vida de la Iglesia (cf. ib., 1. 25).
La atención de la Iglesia hacia María de Nazaret continúa durante todos los siglos por muchas
declaraciones. Recordamos sólo las más recientes, sin que por ello infravaloremos la riqueza que la
reflexión mariológica ha conocido en otras épocas históricas.
3. Por su valor doctrinal no puede olvidarse la Bula dogmática Ineffabilis Deus (8 de diciembre de 1854) de
Pío Xl, la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus (1 de noviembre de 1950) de Pío Xll y la
Constitución dogmática Lumen gentium (21 de noviembre de 1964) cuyo capítulo VIII constituye la síntesis
más amplia y autorizada de la doctrina católica sobre la Madre del Señor, hecha jamás por un
Concilio Ecuménico. Se deben recordar también, por su significado teológico y pastoral, otros
documentos como la Professio fidei (30 de junio de 1968) y las Exhortaciones apostólicas Signum magnum
(13 de mayo de 1967) y Marialis cultus (2 de febrero de 1974) de Pablo VI , así como la Encíclica Redemptoris
Mater (25 de marzo de 1987) de Juan Pablo II.
4. Debemos recordar igualmente la actividad desarrollada por algunos "movimientos", que, suscitando
en formas variadas y desde diversos puntos de vista un amplio interés hacia la figura de la Santísima
Virgen, han tenido un considerable influjo en la redacción de la Constitución Lumen gentium: el
movimiento bíblico, que ha subrayado la importancia principal de la Sagrada Escritura para la
presentación del papel de la Madre del Señor, verdaderamente conforme con la Palabra revelada; el
movimiento patrístico, que poniendo a la mariología en contacto con el pensamiento de los Padres de
la Iglesia, le ha permitido profundizar sus raíces en la Tradición; el movimiento eclesiológico, que ha
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contribuido abundantemente a reconsiderar y profundizar la relación entre María y la Iglesia; el
movimiento misional, que ha descubierto progresivamente el valor de María de Nazaret, la primera
evangelizada (cf. Lc 1, 2638) y la primera evangelizadora (cf. Lc 1, 39-45), como fuente de
inspiración para su empeño en la difusión de la Buena Nueva; el movimiento litúrgico, que realizando
una comparación fecunda y seria entre las varias liturgias, ha podido documentar que los ritos de la
Iglesia atestiguan una veneración cordial hacia la "gloriosa y siempre Virgen María, Madre de nuestro
Dios y Señor Jesucristo" (Misal Romano, Plegaria Eucarística I Communicantes); el movimiento
ecuménico, que ha exigido un esfuerzo por comprender con exactitud la figura de la Virgen en el
campo de las fuentes de la Revelación y por precisar la base teológica de la piedad mariana.
-ha enlazado con la tradición patrística, que destaca la historia de la salvación como el tejido propio
de todo tratado teológico;
-ha puesto en evidencia que la Madre del Señor no es una figura marginal en el conjunto de la fe y en
el panorama de la teología, que Ella, por su íntima participación en la historia de la salvación "reúne
en sí y refleja en cierto modo las supremas verdades de la fe" (Lumen gentium, 65);
-ha ordenado en una visión unitaria posiciones diferentes sobre el modo de afrontar el tema
mariológico.
a) En razón de Cristo
6. Según la doctrina del Concilio la misma relación de María con Dios Padre se determina en razón
de Cristo. Efectivamente Dios, "cuando se cumplió el plazo, envió a su Hijo, nacido de mujer... para
que recibiéramos la condición de hijos" (Gál 4, 4-5) (ib., 52). Por eso María, que por condición era la
esclava del Señor (cf. Lc 1, 38. 48), habiendo acogido "al Verbo de Dios en su alma y en su cuerpo" y
dado "la Vida al mundo" se convirtió por gracia en "Madre de Dios" (cf. ib. 53). En razón de esta misión
singular, Dios Padre la preservó del pecado original, la colmó de la abundancia de los dones
celestiales y, en su sabio designio, "quiso... que la aceptación de la Madre predestinada precediera a
la encarnación" (ib., 56).
7. El Concilio, ilustrando la participación de María en la historia de la salvación, expone sobre todo las
múltiples relaciones que se dan entre la Virgen y Cristo:
-de "fruto el más espléndido de la redención" (Sacrosanctum Concilium, 103), habiendo sido Ella
"redimida de un modo tan sublime en vista de los méritos de su Hijo" (Lumen gentium, 53), por eso
los Padres de la Iglesia, la liturgia y el magisterio no han dudado en llamar a la Virgen "hija de su Hijo"
(cf. Concilium Toletanum Xl, 48: Denzinger-Schönmetzer, Enchiridion Symbolorum definitionum et
declarationum de rebus fidei et morum, Barcinone 1976, 536), en el orden de la gracia;
-de madre que, acogiendo con fe el anuncio del Ángel, concibió en su seno virginal, por la acción del
Espíritu y sin intervención de varón, al Hijo de Dios, según la naturaleza humana; lo dio a luz, lo
alimentó lo guardó y lo educó (Lumen gentium, 57. 61);
-de esclava fiel, que se "consagró totalmente a sí misma (...) a la persona y a la obra de su Hijo,
sirviendo al ministerio de la redención sometida a Él y con Él" (ib., 56);
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-de compañera del Redentor: "concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al
Padre en el templo, padeciendo con su Hijo cuando moría en la cruz, Ella cooperó en un modo del
todo especial a la obra del Salvador, con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad" (ib., 61;
cf. ib., 56. 58);
-de discípula que, durante la predicación de Cristo, "acogió las palabras, con las que su Hijo,
exaltando el reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y la sangre, proclamó
bienaventurados a los que escuchan y guardan la palabra de Dios (cf. Mc 3, 35; Lc 11, 2728), como
Ella hacía fielmente (cf. Lc 2, 19 y 51)" (Lumen gentium, 56).
8. En luz cristológica hay que leer también las relaciones entre el Espíritu Santo y María: Ella, "como
plasmada y hecha una nueva criatura" (ib., 56) por el Espíritu y convertida de un modo particular en
su templo (cf. ib., 53), por la fuerza del mismo Espíritu (cf. Lc 1, 35), concibió en su seno virginal a
Jesucristo y lo dio al mundo (cf. ib., 52. 63. 65). En la escena de la Visitación vuelven a manifestarse,
por medio de Ella, los dones del Mesías Salvador: la efusión del Espíritu sobre Isabel, la alegría del
futuro Precursor (cf. Lc 1, 41).
Llena de fe en la promesa del Hijo (cf. Lc 24, 49), la Virgen constituye una presencia orante en medio
de la comunidad de los discípulos: perseverando con ellos en la unión y en la oración (cf. Act 1, 14),
implora "con sus oraciones el don del Espíritu, que la había cubierto ya en la Anunciación" (ib., 59).
b) En razón de la Iglesia
9. En razón de Cristo, y por tanto también en razón de la Iglesia, desde toda la eternidad Dios quiso y
predestinó a la Virgen. En efecto, María de Nazaret:
-es "reconocida como miembro supereminente y del todo singular de la Iglesia" (ib., 53), por los dones
de gracia con que está adornada y por el lugar que ocupa en el Cuerpo místico;
-es Madre de la Iglesia, ya que Ella es "Madre de Aquel, que desde el primer instante de la
Encarnación en su seno virginal, unió consigo como Cabeza su Cuerpo místico que es la Iglesia"
(Pablo VI, Discurso en la sesión de clausura de la tercera etapa conciliar, 21 noviembre 964: AAS 56, 1964, 10141018);
-por su condición de Virgen, Esposa y Madre, es figura de la Iglesia, que es, también ella, virgen por
la integridad de su fe, Esposa por su unión con Cristo, Madre por la generación de innumerables hijos
(cf. ib., 64);
-por sus virtudes es modelo de la Iglesia, que se inspire en Ella en el ejercicio de la fe, de la
esperanza, de la caridad (cf. ib., 53. 63. 65) y en la actividad apostólica (cf. ib., 65);
-con su múltiple intercesión sigue alcanzando para la Iglesia los dones de la salvación eterna. En su
caridad maternal cuida de los hermanos de su Hijo todavía peregrinos. Por esto la Santísima Virgen
es invocada por la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora (Lumen gentium, 62);
-asunta en cuerpo y alma al cielo, es la "imagen" escatológica y la "primicia" de la Iglesia (cf. Lumen
gentium, 68), que en Ella "contempla con alegría (...) lo que Ella misma, toda entera, espera y ansía ser"
(Sacrosanctum Concilium, 103), y en Ella encuentra un "signo de segura esperanza y consolación" (Lumen
gentium, 68).
14
Desarrollos mariológicos del postconcilio
10. En los años inmediatamente siguientes al Concilio la actividad desarrollada por la Santa Sede, por
muchas Conferencias Episcopales y por insignes estudiosos, que comentó la doctrina del Concilio y
respondió a los problemas conforme iban surgiendo, dio nueva actualidad y fuerza a la reflexión sobre
la Madre del Señor.
Han contribuido particularmente a este florecer mariológico la Exhortación apostólica Marialis cultus y
la Encíclica Redemptoris Mater.
No es éste el lugar para hacer una reseña detallada de los varios sectores de la reflexión postconciliar
sobre María. Sí parece útil presentar algunos a título de ejemplo y como estímulo para posteriores
reflexiones.
11. La exégesis bíblica ha abierto nuevas fronteras a la mariología, dedicando cada vez más espacio
a la literatura intertestamentaria. No pocos textos del Antiguo Testamento y, sobre todo, las páginas
neotestamentarias de Lucas y de Mateo sobre la infancia de Jesús y las frases de Juan han sido
objeto de un estudio continuo y profundo que, por los resultados conseguidos, han reforzado la base
escriturística de la mariología y la han enriquecido considerablemente desde el punto de vista propio.
13. La atención de la mariología a los problemas relacionados con el culto de la Santísima Virgen ha
sido muy viva: se ha manifestado en la investigación sobre sus raíces históricas (Seis Congresos
Mariológicos Internacionales, organizados por la Pontificia Academia Mariana Internacional,
celebrados desde 1967 a 1987 han estudiado sistemáticamente las manifestaciones de la piedad
mariana desde los orígenes hasta el siglo XX), en el estudio de las motivaciones doctrinales y del
cuidado por su inserción orgánica en el "único culto cristiano" (Pablo VI, Exhortación Apostólica
Marialis cultus, 2 febrero 1974, Intr.: AAS 66, 1974, 114), en la valoración de sus expresiones
litúrgicas y de las múltiples manifestaciones de la piedad popular, así como en el examen en
profundidad de sus mutuas relaciones.
15. La mariología postconciliar ha dedicado una constante atención a la antropología. Los Sumos
Pontífices han presentado repetidamente a María de Nazaret como la suprema expresión de la
libertad humana en la cooperación del hombre con Dios, que "en el sublime acontecimiento de la
encarnación del Hijo, se ha confiado al misterio libre y activo, de una mujer" (Redemptoris Mater, 46).
Por la convergencia entre los datos de la fe y los datos de las ciencias antropológicas, cuando éstas
han dirigido su atención a María de Nazaret, se ha comprendido más claramente que la Virgen es al
mismo tiempo la más alta realización histórica del Evangelio (cf. III Conferencia General del
Episcopado Latino Americano, Puebla 1979, La evangelización en el presente y en el futuro de
América Latina, Bogotá, 1979 pág. 282), y la mujer que, por el dominio de sí misma, por el sentido de
responsabilidad, la apertura a los otros y el espíritu de servicio, por la fortaleza y por el amor, se ha
realizado, de un modo más completo, en el plano humano.
-de "acercar" la figura de la Virgen a los hombres de nuestro tiempo, poniendo de relieve su "imagen
histórica" de humilde mujer hebrea;
-de mostrar los valores humanos de María, permanentes y universales, de forma que el estudio de
Ella ilumine el estudio sobre el hombre.
En este terreno el tema "María y la mujer" ha sido tratado numerosas veces; pero, susceptible como
es de muchos modos de ser tratado, se está lejos de poder considerarlo como agotado y espera
ulteriores desarrollos.
16. En la mariología postconcilar se han tratado también temas nuevos o se han visto desde un
nuevo ángulo: la relación entre el Espíritu Santo y María; el problema de la inculturación de la doctrina
sobre la Virgen y las expresiones de piedad mariana; el valor de la via pulchritudinis para adelantar en
el conocimiento de María y la capacidad de la Virgen de suscitar las más altas expresiones en el
campo de la literatura y del arte; el descubrimiento del significado de María en relación con algunas
urgencias pastorales de nuestro tiempo (la cultura de la vida, el compromiso por los pobres, el
anuncio de la Palabra...); la revalorización de la "dimensión mariana de la vida de los discípulos de
Cristo" (Redemptoris Mater, 45).
16
17. En la línea de la Lumen gentium y de los documentos del Magisterio del postconcilio se coloca la
Encíclica Redemptoris Mater de Juan Pablo II, que confirma el planteamiento cristológico y
eclesiológico de la mariología, necesario para que ella revele toda la gama de sus contenidos.
-la Virgen, que estuvo activamente presente en la vida de la Iglesia -en su comienzo (el misterio de la
Encarnación), en su fundación (el misterio de Caná y de la cruz), y en su manifestación (el misterio de
Pentecostés)- es una presencia operante" a través de toda su historia; es más, se encuentra en el
"centro de la Iglesia en camino" (Título de la II parte de la Encíclica Redemptoris Mater), en la que desarrolla una
múltiple función: de cooperación al nacimiento de los fieles a la vida de la gracia, de ejemplaridad en
el seguimiento de Cristo, de "mediación materna" (Título de la III parte de la Encíclica Redemptoris Mater);
-el gesto con el que Cristo confió el discípulo a la Madre y la Madre al discípulo (cf. Jn 19, 2527) ha
determinado una relación estrechísima entre María y la Iglesia. Por voluntad del Señor una "nota
mariana" marca la fisonomía de la Iglesia, su camino, su actividad pastoral; y en la vida espiritual de
cada discípulo -advierte el Santo Padre- va innata una "dimensión mariana" (cf. Redemptoris Mater, 4546).
19. Efectivamente en María "todo es relativo a Cristo" (Marialis cultus, 25). De ahí se deduce que "sólo en
el misterio de Cristo se aclara plenamente su misterio" (Redemptoris Mater, 4; cf. ib. 19), y que, cuanto más la
Iglesia profundiza en el misterio de Cristo, tanto más comprende la singular dignidad de la Madre del
Señor y su papel en la historia de la salvación. Pero, en cierto modo, también es verdad lo contrario:
en efecto la Iglesia, a través de María, "testigo excepcional del misterio de Cristo" (ib., 27), ha
profundizado en el misterio de la kenosis del "Hijo de Dios" (Lc 3, 38; cf. Flp 2, 58) que se hace en María
"Hijo de Adán" (Lc 3, 38), ha conocido con mayor claridad las raíces históricas de "Hijo de David" (cf. Lc 1,
32), su inserción en el pueblo judío, su pertenencia al grupo de los "pobres del Señor".
20. En María además, todo -los privilegios, la misión, el destino- está íntimamente relacionado
también con el misterio de la Iglesia. De aquí resulta que, en la medida en que se profundiza en el
misterio de la Iglesia, resplandece más nítidamente el misterio de María. Y, a su vez, la Iglesia,
contemplando a María, conoce mejor su propio origen, su íntima naturaleza, su misión de gracia, su
destino de gloria y el camino de fe que debe recorrer (cf. ib., 2).
17
21. Por fin, en María todo es relacionable con el hombre de todos los lugares y de todos los tiempos.
Ella tiene un valor universal y permanente. "Verdadera hermana nuestra" (Marialis cultus, 56), y,
"unida en la estirpe de Adán con todos los hombres necesitados de salvación" (Lumen gentium, 53),
María no defrauda las esperanzas del hombre contemporáneo. Por su condición de "perfecta
seguidora de Cristo" (Marialis cultus, 53) y mujer que se ha realizado completamente como persona,
es una fuente perenne de fecundas inspiraciones de vida.
Para los discípulos del Señor la Virgen es el gran símbolo del hombre que alcanza las aspiraciones
más íntimas de su inteligencia, de su voluntad y de su corazón, abriéndose por Cristo y en el Espíritu
a la trascendencia de Dios en filial entrega de amor y arraigándose en la historia en servicio eficaz a
los hombres.
Por lo demás "al hombre contemporáneo -escribía Pablo VI-atormentado no pocas veces entre la
angustia y la esperanza, postrado por el sentimiento de sus limitaciones y asaltado por aspiraciones
sin límite, turbado en el ánimo y dividido en el corazón, con la mente en suspenso por el enigma de la
muerte, oprimido por la soledad mientras se ve inclinado a la comunión, presa de la náusea y del
tedio, la Santísima Virgen María, contemplada en su vida evangélica y en la realidad que ya posee en
la ciudad de Dios, ofrece una visión serena y una palabra de seguridad: la victoria de la esperanza
sobre la angustia, de comunión sobre la soledad, de la paz sobre la agitación, de la alegría y de la
belleza sobre el tedio y la náusea, de las perspectivas eternas sobre las temporales, de la vida sobre
la muerte" (ib., 57).
22. "Entre todos los creyentes Ella, María, es como un 'espejo', en el que se reflejan, del modo más
profundo y más limpio 'las grandes obras de Dios' (Act 2, 11)" (Redemptoris Mater, 25), que la
teología tiene el oficio de explicar. La dignidad y la importancia de la mariología derivan, por tanto, de
la dignidad e importancia de la cristología, del valor de la eclesiología y de la neumatología, del
significado de la antropología sobrenatural y de la escatología: la mariología se encuentra
estrechamente relacionada con estos tratados.
La investigación mariológica
23. De los datos expuestos en la primera parte de esta Carta se ve que la mariología está hoy viva y
comprometida en cuestiones importantes en el campo de la doctrina y de la pastoral. Por eso es
necesario que ella, además de atender a los problemas pastorales que vayan surgiendo, cuide sobre
todo el rigor de la investigación, llevada a cabo con criterios científicos.
24. También para la mariología sirve la palabra del Concilio: "La sagrada teología se apoya, como en
cimiento perenne, en la Palabra de Dios escrita, junto con la Sagrada Tradición, y en aquélla se
consolida firmemente y se rejuvenece sin cesar, penetrando a la luz de la fe toda la verdad escondida
en el misterio de Cristo" (Dei Verbum, 24). El estudio de la Sagrada Escritura debe ser, por tanto,
como el alma de la mariología (cf. lb., 24; Optatam totius, 16).
18
26. La investigación sobre la Sagrada Escritura y sobre la Tradición, llevada a cabo conforme a las
metodologías más fecundas y con los instrumentos más válidos de la crítica, debe ser guiada por el
Magisterio, porque a él se le ha encomendado el depósito de la Palabra de Dios para su custodia y su
auténtica interpretación (cf. ib., 10); y deberá ser confortada y completada, si es el caso, con las
adquisiciones más seguras de la antropología y de las ciencias humanas.
La enseñanza de la mariología
27. Considerada la importancia de la figura de la Virgen en la historia de la salvación y en la vida del
Pueblo de Dios, y después de las indicaciones del Vaticano II y de los Sumos Pontífices, no puede
pensarse en descuidar hoy la enseñanza de la mariología: es preciso por tanto darle a esta
enseñanza el puesto justo en los seminarios y en las facultades teológicas.
c) respondiendo a los varios tipos de formación (centros de cultura religiosa, seminarios, facultades
teológicas...) y al nivel de los estudiantes: futuros sacerdotes y maestros de mariología, animadores
de la piedad mariana en las diócesis, formadores de vida religiosa, catequistas, conferenciantes y
cuantos tienen el deseo de profundizar en los conocimientos marianos.
29. Una enseñanza ordenada de esa forma evitará presentaciones unilaterales de la figura y de la
misión de María, con detrimento de la visión de conjunto de su misterio, y constituirá un estímulo para
investigaciones profundas -por medio de seminarios y redacción de tesis de licencia o doctorado-
sobre las fuentes de la Revelación y sobre los documentos del Magisterio. Además los distintos
profesores, con una oportuna y fecunda visión interdisciplinar, podrán realizar, en el desarrollo de su
enseñanza, los posibles datos referidos a la Virgen.
30. Es por tanto necesario que cada uno de los centros de estudios teológicos -según la propia
fisonomía- prevea en la Ratio studiorum la enseñanza de la mariología en una forma definida y con
las características indicadas más arriba; y que, en consecuencia, los profesores de mariología tengan
una preparación adecuada.
31. En este sentido es oportuno recordar que las normas para la aplicación de la Constitución
Apostólica Sapientia christiana prevén la licenciatura y el doctorado en teología con especialización
en mariología (Esta Congregación ha constatado con agrado que no son pocas las tesis de
licenciatura o doctorado en teología que tienen como objeto de investigación un tema mariológico.
Pero, convencida de la importancia de estos estudios y deseando incrementarlos, la Congregación,
en 1979, instituyó la "licenciatura y doctorado en teología con especialización en mariología", cf. Juan
Pablo PP. II, Constitución Apostólica Sapientia christiana, 15 de abril, 1979, Apéndice II, al artículo de
las Normas, n. 12: AAS 71, 1979 pág. 520, que pueden obtenerse actualmente en la Pontificia
Facultad Teológica "Marianum". de Roma y en el International Marian Research Institute -University of
Dayton- Ohio, U.S.A., incorporado al "Marianum").
19
32. Como todas las disciplinas teológicas, también la mariología ofrece una ayuda preciosa a la
pastoral. En este sentido la Marialis cultus subraya que "la piedad hacia la Santísima Virgen,
subordinada a la piedad hacia el divino Salvador y en conexión con Ella, tiene un gran valor pastoral y
constituye una fuerza renovadora de la vida cristiana" (Marialis cultus, 57). También esa piedad
mariana está llamada a dar su aportación en el vasto campo de la evangelización (cf. Sapientia christiana, 3).
La Congregación para la Educación Católica quiere llamar de modo especial la atención de los
formadores de seminarios sobre la necesidad de suscitar una auténtica piedad mariana en los
seminaristas, aquellos que serán un día los principales agentes de la pastoral de la Iglesia.
El Vaticano II, cuando habla de la necesidad para los seminaristas de una profunda vida espiritual,
recomienda que ellos "con confianza filial amen y veneren a la Santísima Virgen María, que
Jesucristo muriendo en la cruz dejó a su discípulo como Madre" (Optatam totius, 8).
Por su parte esta Congregación, en conformidad con las indicaciones del Concilio, ha subrayado
varias veces el valor de la piedad mariana en la formación de los alumnos del seminario:
-en la "Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis" pide al seminarista que "ame ardientemente,
según el espíritu de la Iglesia, a la Virgen María, Madre de Cristo unida a Él de una manera especial
en la obra de la redención" (Congregación para la Educación Católica, Ratio fundamentalis
institutionis sacerdotalis, Romae, 1985, 54 e);
-en la "Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los
seminarios" (6 de enero, 1980) observa que "nada puede llevar (...) mejor que la verdadera devoción
a la Virgen María, concebida como un esfuerzo cada vez más completo de imitación, a la alegría de
creer" (ib., Carta circular sobre algunos aspectos más urgentes de la formación espiritual en los seminarios, II, 4), tan
importante para quien tendrá que hacer de su propia vida un continuo ejercicio de fe.
Conclusión
34. Con esta Carta la Congregación para la Educación Católica quiere insistir en la necesidad de dar
a los estudiantes de todos los centros de estudio eclesiásticos y a los seminaristas una formación
mariológica integral que abarque el estudio, el culto y la vida. Ellos deberán:
a) adquirir un conocimiento completo y exacto de la doctrina de la Iglesia sobre la Virgen María, que
les permita discernir la devoción verdadera de la falsa, y la doctrina auténtica de sus deformaciones
por exceso o por defecto; y sobre todo que les abra el camino para completar y comprender la suma
belleza de la gloriosa Madre de Cristo;
b) alimentar un amor auténtico hacia la Madre del Salvador y Madre de los hombres, que se exprese
en formas genuinas de veneración y se traduzca en "imitación de sus virtudes" (Lumen gentium, 67) y sobre
20
todo, un decidido empeño en vivir según los mandamientos de Dios y de hacer su voluntad (cf. Mt 7, 21;
Jn 15, 14);
c) desarrollar la capacidad de comunicar ese amor con la palabra, los escritos, la vida, al pueblo
cristiano, cuya piedad mariana debe ser promovida y cultivada.
-en el campo intelectual, porque la verdad sobre Dios y sobre el hombre, sobre Cristo y sobre la
Iglesia, se profundiza y se sublima por el conocimiento de la "verdad sobre María";
-en el campo espiritual, porque esa formación ayuda al cristiano a acoger e introducir a la Madre de
Jesús "en todo el espacio de la propia vida interior" (Redemptoris Mater, 45);
-en el campo pastoral, para que la Madre del Señor sea sentida fuertemente como una presencia de
gracia por el pueblo cristiano.
36. El estudio de la mariología tiende, como a su última meta, a la adquisición de una sólida
espiritualidad mariana, aspecto esencial de la espiritualidad cristiana. En su camino hacia la plena
madurez de Cristo (cf. Ef 4, 13), el discípulo del Señor, consciente de la misión que Dios encomendó
a la Virgen María en la historia de la salvación y en la vida de la Iglesia, la toma como "Madre y
Maestra de vida espiritual" (cf. Marialis cultus, 21, Collecto missarum de B. Maria Virgine, form. 32):
con Ella y como Ella, a la luz de la Encarnación y de la Pascua, imprime a la propia existencia una
decisiva orientación hacia Dios por Cristo en el Espíritu, para vivir en la Iglesia la propuesta radical de
la Buena Nueva y, en particular, el mandamiento del amor (cf. Jn 15, 12).
Augurando para todos la abundancia de las bendiciones divinas, nos profesamos, devotísimos.
Roma, 25 de marzo de 1988.
"Jesús, habiendo visto a su Madre, le dice: Mujer, he ahí a tu hijo!. Luego dice al discípulo: He ahí a tu
Madre!" (Jn 19, 26-27). La Virgen María fue solemnemente proclamada como "Madre de la Iglesia" en el
Concilio Vaticano II el 21 de Nov. de [Link] Iglesia celebraba la festividad de la Presentación de la
Stma. Virgen María. Era el día de la clausura de la tercera etapa del Concilio Vat. II, y en esa ocasión
se iban a promulgar tres Documentos Conciliares: el decreto sobre las Iglesias Orientales Católica; el
decreto sobre el Ecumenismo; y sobre todo, la Constitución Dogmática sobre la Iglesia "Lumen
Gentium".
El estudio y la reflexión que el CVII hizo sobre el misterio de María en el plan de salvación, no fue
promulgado en un documento propio y particular, sino que providencialmente, bajo la inspiración del
ES, fue integrado como el ultimo capitulo de la Constitución sobre la Iglesia. Esta capitulo VIII, cuyo
titulo es: "La Stma. Virgen María, Madre de Dios, en el misterio de Cristo y de la Iglesia" fue llamado
por Pablo VI "vértice y corona" de esa Constitución. Fue la primera vez que un concilio Ecuménico
presento una "extensa síntesis de la doctrina católica sobre el puesto que María Stma. ocupa en el
misterio de Cristo y de la Iglesia" (Pablo VI)
21
El proposito del Concilio fue manifestar el rostro de la Santa Iglesia, a la que María esta íntimamente
unida, y de la cual ella es "la parte mayor, la parta mejor, la parte principal y mas selecta" (S.
Ruperto). Pablo VI, a nombre de toda la Iglesia, expreso una profunda satisfacción al decir: "podemos
afirmar que esta sesión se clausura como himno incomparable de alabanza en honor de María".
Texto de proclamación.
Así ha de encuadrarse en al visión de la Iglesia la contemplación amorosa de las maravillas que Dios
ha obrado en su Santa Madre. Y el conocimiento de la doctrina verdadera católica sobre María sera
siempre la llave de la exacta comprensión del misterio de Cristo y de la Iglesia.
La reflexión sobre estas estrechas relaciones de María con la Iglesia, tan claramente establecidas por
la actual Constitución Conciliar (LG), nos permite creer que es este el momento mas solemne y mas
apropiado para dar satisfacción a un voto que han dado todos los padres conciliares, pidiendo
insistentemente una declaración explicita durante este Concilio de la función maternal que la Virgen
ejerce sobre el pueblo cristiano.
Juan XXIII: al iniciar el Concilio dijo: "hagamos todo con María, la madre de Jesús. Pablo VI, concluye
el concilio proclamando: La maternidad espiritual de María, sobre la Iglesia entera.
Notemos que el Sumo Pontífice hizo gran énfasis en su proclamación al referirse tres veces: "tanto de
los fieles, como de los pastores". Recordemos que toda piedad y culto a la Virgen Santísima se
desarrollan en subordinación armónica al culto de Cristo, gira alrededor de el y es su punto de
referencia. Esta proclamación sobre la doble misión de María se ha transformado en gozosa
veneración a Ella y en adoración hacia el sabio designio de Dios, que ha colocado en su Familia- la
Iglesia- como en todo hogar domestico, la figura de una Mujer, que calladamente y en espíritu de
servicio, vela por ella y protege benignamente su camino hacia la patria, hasta que llegue el día
glorioso del Señor.
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Reflexión Teológica
Al declarar a María Madre de la Iglesia se esta afirmando una realidad, no es solamente un titulo.
Corresponde a una real maternidad espiritual.
2- Como toda madre humana, María, no se limita a dar vida sino a alimentar y educar. De que modo
coopera María en el incremento de los miembros del cuerpo Místico en la vida de la gracia?
mediante su incesante intercesión inspirada por una ardiente caridad. Ella aunque esta inmersa en la
visión de la Trinidad no olvida a sus hijos desterrados- como ella un día- en la peregrinación de la fe.
Mas aun contemplandolos en Dios y viendo sus necesidades, en comunión con Jesús siempre vivo
para interceder por nosotros, se hace nuestra Abogada, Auxiliadora, Intercesora, Mediadora. Estos se
sabe desde los primeros siglos: bajo tu amparo) -Su intervención obtiene de la mediación de Cristo la
propia fuerza y es una prueba luminosa de la fuerza de Cristo. Su intercesión es en virtud de Cristo.
3- María modelo y ejemplo de virtud. Ademas de la intercesión, ella ejerce sobre los hombres
redimidos otro influjo: el ejemplo. Su influjo es real e importantísimo, pues ella ha vivido
perfectamente las virtudes de Cristo. Ella no solo nos llama sino que su ejemplo nos mueve y nos
anima a vivir una vida de perfección. Así como el Poderoso hizo grandes cosas en ella, así las puede
hacer en nosotros si le permitimos.
Ademas, conviene tener presente que la eminente santidad de María, no fue solo un don singular de
la generosidad divina; fue también el fruto de la continua y generosa correspondencia de su libre
voluntad a las mociones internas del ES.
Por su perfecta armonía entre la gracia divina y la actividad de su naturaleza humana, la Virgen dio
suma gloria a la Stma. Trinidad y se convirtió en insigne decoro de la Iglesia.
La Santidad de María mueve los fieles a levantar los ojos hacia ella pues brilla como modelo de virtud
ante la comunidad de los elegidos (LG 65)
23
Jesus al pie de la cruz, nos da a María, como Madre espiritual no solo del creyente pero de toda la
comunidad de creyentes que es la Iglesia. Cuando la Encarnación, María acepta ser la madre del
mesías, o sea del salvador, y a la vez, necesariamente madre de los salvados. Ella es la madre de la
Cabeza, y en el orden de la gracia, se convierte también en madre del cuerpo místico. No se puede
concebir a una cabeza sin cuerpo. María da a luz virginalmente a Jesús en Belén, y María nos da a
luz a nosotros la Iglesia al pie de la Cruz, cuando tiene su otra anunciación y acepta ser madre de los
creyentes. Darnos a luz, conllevo mucho dolor, no se desgarraron sus entrañas, pero si su corazón.
MARÍA REINA
El título de Reina se le da a María por la Tradición Cristiana desde los comienzos del siglo IV, como
indicación de su preeminencia y su poder. Empezó a ser usado comúnmente por todos los fieles y así
se fue aceptado en la Iglesia, adentrándose en la Liturgia, oraciones, etc.
Pío XII en 1954, instituyó la fiesta Litúrgica del Reinado de María. En esta ocasión el Papa también
promulgó el documento principal del Magisterio acerca de la dignidad y realeza de Maria, la Encíclica
Ad coeli Reginam (Oct 11, 1954).
Por la realeza de su hijo, Ella posee una grandeza y excelencia que la hacen ser "bendita entre las
criaturas"
3-Naturaleza:
a) Preeminencia: "su honor y dignidad sobrepasan todo la creación ; los angeles toman segundo
lugar ante tu preeminencia." San Germán
b) Poder Real: que la autoriza a distribuir los frutos de la redención. "La Virgen María no solo ha
tenido el mas alto nivel de excelencia y perfección después de Cristo, pero también participa del
poder de Su Hijo Redentor ejercita sobre las voluntades y mentes.
c) Inagotable eficacia de Intercesión con su Hijo y el Padre: Dios ha instituido a Maria como Reina del
cielos y tierra, exaltada sobre todos los coros de angeles y todos los santos. Estando a la diestra de
su Hijo, ella suplica por nosotros con corazón de Madre, y lo que busca, encuentra, lo que pide,
recibe".
Reinado de Amor y Servicio: Su reinado no es de pompas, y poder humano, pues igual que el de su
hijo, su reino, no es de este mundo, no se manifiesta con las características del mundo.
En la tierra ella fue siempre humilde, la sierva del Señor. Se dedico totalmente a su Hijo y a su obra.
Con El y sometida a El, colaboro en el Misterio de la Redención. Ahora en el Cielo, ella continua
manifestando su amor y su servicio para llevarnos a la salvación. Reinado espiritual.
Razones:
1- por ser la madre de Dios hecho hombre. Rey. (Col 1, 16)
24
2- por ser la madre del Mesías. (lC 1, 43)
3- por ser corredentora. Participar en la obra de salvación que nos hizo hijos de Dios y participantes
del Reino. (Apoc 5:15)
4-por ser la perfecta discípula de Cristo. (Apoc 2,10)- merece la corona de gloria.
Reinado de María: trabaja con su Hijo por la liberación del hombre del pecado.
"Al Reino de el Hijo esta plenamente unido el Reino de su Madre.. su Reino y el de ella, no son de
este mundo. Pero están enraizados en la historia humana, en la historia de toda la raza humana, por
el hecho de que el Hijo de Dios, de la misma sustancia que el Padre, se hizo hombre por el poder del
ES en el vientre de María. Y esa reino es definitivamente enraizado en la historia humana a través de
la Cruz, al pie de la cual estaba la Madre de Dios como corredentora. Y es en ese evento de la Cruz y
Maria al pie de su hijo, que el Reino se funda y permanece. Todas la comunidades humanas
experimentan el reino maternal de María, que les trae mas de cerca el reino de Cristo."
25