La Semilla de La Dama Negra: Gerardo Muñoz
La Semilla de La Dama Negra: Gerardo Muñoz
GERARDO MUÑOZ
ISBN: 978-84-96554-20-7
ANTEQUERA, 2
28041 MADRID
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corrreo-e: [email protected]
Ilustraciones de Manuel Calderón
1
ES LA PRIMERA VEZ que los tubos fluorescentes no se encienden
automáticamente cuando se abre la puerta del garaje. Durante los tres años
largos que lleva viviendo en este edificio, nunca antes había sucedido;
aunque a Federico no le preocupa mucho por cuanto puede circular bien con
las luces de cruce de su vehículo. No obstante, son las cuatro y media de la
madrugada, está algo achispado por los whiskys que ha tomado y, al
introducir el coche en su plaza, no puede evitar que un lateral del mismo
roce con la columna que hay al lado. Federico suelta un gruñido de fastidio,
pero decide no enfadarse, no estropear una noche que ha transcurrido
estupendamente bien.
Una noche perfecta hasta entonces para un divorciado de cincuenta y tres
años, que por fin ha conseguido el sueño que venía acariciando desde hacía
mucho tiempo: practicar el sexo con una mujer de cuerpo espectacular y de
veintidós años, sin necesidad de pagarle. Al menos sin hacerlo en metálico.
Otra cosa ha sido los gastos colaterales: varios días llevándola a comer a
restaurantes de lujo, la gargantilla de oro con brillantes que le había
regalado, la estancia en la suite principal de uno de los hoteles más caros de
la ciudad, con el consumo de un par de botellas de Dom Pérignon… Y para
un hombre como él, cuyo principal negocio se fundamenta en la usura, todo
aquello suponía un auténtico sacrificio. Sin embargo está contento. Ha
decidido que merecía la pena tal inversión. Sobretodo porque, a partir de
entonces, cree que todo le resultará más fácil y barato en su relación con
aquella barby jovencita y de apariencia inocente, aunque con la habilidad
sexual de una cortesana parisina.
Federico apea del coche con cierta dificultad su cuerpo regordete y trajeado.
Por lo visto, está bastante más mareado de lo que pensaba. Deja la
portezuela abierta para aprovechar la luz del piloto interior y rodea el Jaguar
dando un par de trompicones. Comprueba que, pese a afectar sólo al
guardabarros trasero, la rozadura resulta demasiado llamativa: la pintura roja
que circunda la columna a esa altura ha dejado su rastro sobre el blanco
metalizado del automóvil. Suelta otro gruñido y, olvidándose de sus
intenciones anteriores, frunce el ceño y se enfurruña. Ni siquiera el recuerdo
de la póliza a todo riesgo que tiene contratada con la compañía de seguros le
devuelve a su estado de satisfacción y complacencia. Cierra el coche y
emprende el camino hacia la salida del garaje.
La puerta de acceso al descansillo donde está el ascensor queda a unos
cincuenta metros de la plaza de aparcamiento de Federico. Y éste avanza con
paso indeciso a causa de la intoxicación etílica de su sangre y la oscuridad
que repentinamente se ha apoderado del garaje, nada más cerrar su coche
con el mando a distancia. Por suerte, se dice, el piloto de emergencia que
hay en el dintel de la puerta a la que se dirige está encendido. Es una luz
tenue y encarnada, demasiado lejana todavía, pero que considera suficiente
para no tropezar con los vehículos aparcados que se interponen en su
camino.
El silencio en el garaje es completo. Sin embargo, a Federico le parece oír el
ruido producido por una portezuela al abrirse, procedente de uno de los
coches que están delante de él. Arruga aún más su entrecejo, aunque sigue
andando. Hasta que una silueta oscura y silenciosa aparece delante,
deteniéndose a unos treinta metros de donde él se encuentra. Federico
también se detiene y observa aquella figura entornando los párpados. A
pesar de la oscuridad, se convence de que es un perro. Al fin y al cabo,
parece andar a cuatro patas. Un perro grande, según calcula por la
envergadura que aparenta tener. Un perro muy grande, se dice mientras
vislumbra su avance, lento pero flexible, sigiloso pero decidido. Un perro
que, conforme empieza a trotar, más parece otro tipo de animal. Un animal
más grande que el mayor de los perros visto hasta entonces por Federico. Un
animal con ojos tan resplandecientes y rojos como el piloto de emergencia
que hay sobre la puerta de salida. Un animal que no tiene necesidad de
emitir ningún sonido, ni el más leve gruñido, para provocar el pánico en el
hombre más valiente. Y Federico, que se sabe cobarde, nota cómo moja las
perneras de sus pantalones un instante antes de emprender la huida.
Se vuelve corriendo hacia su coche y presintiendo, más que oyendo, las
pisadas de la bestia que le persigue. Mientras corre, calcula que la única
forma de salvarse es metiéndose en el Jaguar, el cual ha dejado atrás, a no
más de diez metros de distancia, aunque sumido en las tinieblas. Por eso
vuelve a meter la mano en el bolsillo del pantalón donde acaba de guardar la
llave de su coche. Pero le resulta difícil hacerse con ella a la carrera y
termina por caérsele al suelo. Se detiene, la busca entre la oscuridad durante
un segundo, hasta que gira la cabeza para mirar hacia atrás. El monstruo
sigue avanzando al trote, sin esforzarse, completamente seguro de que no se
le puede escapar aquella presa torpe y asustada. Entonces Federico continúa
corriendo, si bien choca enseguida y de bruces con la misma columna que
antes ha rozado con el Jaguar. El golpe que se ha dado en la cara ha sido
brutal y acto seguido saborea la sangre que mana de su propia nariz. Queda
conmocionado, atontado, aunque sigue consciente del peligro que corre.
Piensa en subirse a su coche, que está al otro lado de la columna, pero ya no
le da tiempo más que a volverse, a apoyar la espalda en aquel pilar de
cemento con alma de hierro. Se estremece al ver cómo aquella bestia se
abalanza sobre él con una elasticidad increíble. Levanta una pierna y los
brazos en un acto reflejo y defensivo que intuye no le va a salvar, pero que al
menos le sirve para tocar unas orejas largas, para agarrar el pelo erizado y
negro, corto y fuerte, que envuelve aquellos ochenta kilos de musculatura y
ferocidad. Casi al mismo tiempo nota aterrorizado cómo unas fauces
colmilludas y silenciosas, que ni siquiera se han molestado en gruñir,
incitadas quizá por el olor de la orina, se apoderan de su entrepierna. En un
desesperado y postrer intento por zafarse, Federico trata de mantener alejada
la cabeza del monstruo agarrándole del cuello con ambas manos, pero sus
temblorosos y aporretados dedos son incapaces siquiera de sujetarle por la
testuz. Entretanto, siente el desgarro de su glande, acompañado de un
terebrante dolor.«¡Dios mío!», piensa, «Me está castrando». Una castración
que se consuma un segundo después, cuando aquellas terribles fauces, no
satisfechas con su bálano, se apoderan también del resto de su aparato
genital. La emasculación le produce un dolor mucho más intenso y desde su
garganta brotan unos alaridos que suenan en el garaje como el ulular de una
fiera herida.
Ya casi inconsciente, con el cuerpo desmadejado deslizándose columna
abajo, se pregunta el porqué de aquello. ¿Por qué le está ocurriendo eso a él?
¿Por qué le ataca aquel monstruo, cuyos ojos sanguinolentos le miran
fijamente mientras le arranca la bragadura? ¿Por qué?…
Federico pierde el conocimiento y poco después la vida sin conocer las
respuestas a aquellas preguntas.
2
MI RELACIÓN CON EL ordenador hace tiempo que trascendió la simple
utilización del procesador de texto. Va a hacer dos años que empleo Internet
cotidianamente, sobretodo para el envío y recepción de correo electrónico, si
bien es cierto que ignoro casi todo lo relativo a su funcionamiento técnico.
De ahí que, al recibir el primero de aquellos e-mail tan extraños, no lo
eliminara directamente, tal y como hacía con los mensajes publicitarios que
llegaban a mi buzón a diario, para evitar la posible contaminación con
alguno de los numerosos virus que, según afirman los expertos, deambulan
por la Red como gérmenes patógenos de diversa peligrosidad. Muy al
contrario, a pesar de que en el apartado reservado para el nombre del
remitente sólo aparecía una equis mayúscula, abrí confiada aquel e-mail,
engañada por el diminutivo familiar que se leía en el asunto: Te interesa,
Minia, decía.
Aquel mensaje contenía una fotografía, en la que aparecía el rostro de un
hombre, de unos cincuenta y pocos años de edad, mofletudo y medio calvo,
con ojos pequeños y marrones, que sonreía curvando unos labios muy finos,
casi inexistentes. Al pie de aquella foto, se leía el siguiente texto: Hay una
cruz en un jardín inundado, donde una persona clama al cielo con los
brazos alzados. Aunque tiene la cabeza de perfil, se le ven los dos ojos. En
una mano tiene el pez que ha sacado del agua. No figuraba el nombre del
remitente.
Enseguida llegué a la conclusión de que se trataba de una broma, una especie
de juego, que me proponía algún conocido que pretendía mantenerse en el
anonimato, pues reparé entonces que, además de figurar una X en donde
debía ir el nombre del remitente, la dirección del correo electrónico que la
acompañaba era a todas luces ficticia: [email protected]. Pero no tenía tiempo
para resolver adivinanzas, de manera que archivé el mensaje y seguí
trabajando con el artículo que debía enviar antes del mediodía de ese
viernes.
Me olvidé de aquel e-mail hasta las once de la mañana siguiente. Estaba
sentada delante del ordenador, trabajando en un reportaje sobre la violencia
de género, cuando recibí el aviso de que acababa de llegar un mensaje a mi
buzón electrónico. Esperaba un correo de mi agente, en el cual debía
informarme del calendario que había concertado con la editorial para la
presentación de mi última novela, de manera que cambié enseguida de
pantalla. Y allí estaba, en efecto, un nuevo e-mail, si bien no era de mi
agente, sino de alguien que aseguraba enviarme algo Muy importante, Minia.
Al abrir este nuevo correo electrónico, me encontré con otra foto del mismo
hombre. Sólo que esta vez estaba muerto. Al menos eso parecía. Si no se
trataba de una broma o de un montaje, aquella fotografía mostraba a un
hombre rechoncho y vestido con traje, en una postura verdaderamente
grotesca: sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y
despatarrado, enseñando una entrepierna completamente destrozada y con un
charco de sangre entre sus muslos. Una sangre que también manchaba la
camisa, la corbata, la chaqueta, lo que quedaba de los pantalones... Tenía la
cabeza levantada, con la coronilla apoyada en la pared, mostrando un rictus
horrible de sorpresa y dolor. No sé muy bien por qué, aquella postura de la
cabeza se me antojó forzada, como si hubiese estado caída sobre el pecho y
alguien la hubiera incorporado para que apareciese su rostro en la fotografía.
Una fotografía hecha muy poco después de que le sobreviniese la muerte a
aquel desconocido.
Enseguida llegué a la conclusión de que no se trataba de una broma. Nadie
que yo conociera sería capaz de semejante gamberrada de mal gusto. Y tal
conclusión me conmocionó casi tanto como la propia imagen. Tardé unos
minutos en reaccionar y, cuando lo hice, busqué un texto que esta vez no
acompañaba a la fotografía. Aquel nuevo mensaje electrónico y anónimo tan
sólo contenía un testimonio gráfico que parecía auténtico. De ahí que
buscara el anterior e-mail, reabriéndolo de inmediato. Comparé ambas
fotografías y me convencí de que en ellas aparecía la misma persona, el
mismo hombre rechoncho y cincuentón. En la primera sólo se le veía el
torso; en la segunda todo el cuerpo. La diferencia principal estribaba, claro
está, en que en una se le veía vivo, sonriente, y en la otra muerto, con el
horror plasmado perpetuamente en sus rasgos faciales.
Volví a leer el texto del primero de los e-mail y, pese a hacerlo con gran
interés, no comprendí nada de lo que decía. ¿Qué podía significar aquello de
una cruz en un jardín, con un orante de perfil y un pez recién pescado en una
mano? Desde luego parecía una adivinanza, un enigma, aunque también
podía ser algo más complejo, un mensaje cifrado, una especie de poligrafía
cuyo verdadero significado se me escapaba. Por un momento, pensé en la
posibilidad de que alguien estuviera denunciándome un asesinato. En tal
caso, debía obviamente de avisar a la Policía. Pero seguí meditando sobre
otras posibilidades, lo que me llevó a dudar de nuevo acerca de la
autenticidad de todo aquello. ¿Y si en realidad no era más que una broma de
mal gusto? ¿Merecía la pena correr el riesgo de hacer el ridículo,
telefoneando a la Policía? Continué cavilando y por fin tomé una doble
decisión. Llamaría a Merino, el subdirector del periódico con el que
colaboraba, para pedirle su ayuda en el esclarecimiento de aquel enigma;
pero también averiguaría el modo de denunciar, de forma efectiva, la
recepción no deseada de aquellos correos anónimos y horribles.
Aunque tales gestiones deberían esperar a que finalizara el reportaje y
acordara con mi agente el calendario de presentaciones de mi novela.
3
POR AQUEL ENTONCES HACÍA ya más de cuatro años que había
renunciado a mi puesto de redactora jefa en el primer periódico de tirada
nacional, para dedicarme a la literatura. No obstante, como la mayoría de los
novelistas, incluidos los más famosos, debía compaginar la creación literaria
con el periodismo, para asegurarme unas ganancias económicas fijas y
suficientes. Por suerte, el fulgurante éxito de ventas de mi primera novela y
la buena relación personal que mantenía con quienes dirigían tanto el diario
como el grupo empresarial al que éste estaba ligado, me sirvió para firmar un
contrato de colaboración bastante completo y beneficioso. Una colaboración
fija de un artículo de opinión semanal, una entrevista o reportaje mensual y
la participación en una tertulia radiofónica todos los lunes, por una suma de
dinero, también fija, que superaba con mucho al final de año lo que cobraba
por las ventas de mis libros. Después, el éxito aún mayor de las dos novelas
siguientes, la última de las cuales mereció un prestigioso premio literario
muy bien negociado por mi representante, me incluyeron definitivamente en
la pléyade de escritores conocidos por el gran público. Y este incremento de
fama, conllevó una mejora de las condiciones económicas en mis
colaboraciones periodísticas, que se vieron aumentadas además con una
intervención mensual en un programa de debate televisivo.
Todo ello suponía un total de compromisos fijos que, con el transcurso del
tiempo, empezó a agobiarme, sobretodo cuando también tenía que hacer
frente a otras tareas puntuales y que dependían de fechas límite, como las
correcciones o presentaciones de una nueva novela. Entonces me faltaba
tiempo y el sistema nervioso se tensaba tanto que amenazaba con
convertirme en una histérica crónica. Una histeria que se hacía mucho más
evidente si, encima, sobrevenía por aquellos días algún contratiempo
personal.
Precisamente estaba viviendo una de esas etapas de tanto estrés, cuando
recibí aquellos dos e-mail en los que se adjuntaban sendas fotos de un
mismo hombre, vivo en la primera, muerto en la siguiente. Además de estar
a punto de iniciar una pequeña gira para presentar mi última novela, mi vida
personal atravesaba uno de los momentos más ajetreados. A pesar de que
hacía mucho tiempo que vivía sola, mantenía entonces una relación
sentimental que empezaba a declinar, mi única hija llevaba varias semanas
insistiéndome para que conociera a su nuevo novio y el ginecólogo me
hablaba de la necesidad de hacerme un legrado, después de haberme
detectado unos pólipos en el cuello del útero durante la última revisión. Por
todos estos motivos, olvidé tales mensajes electrónicos pocas horas después
de recibirlos, pese a mi intención de averiguar quién me los había mandado a
mi buzón privado —y no al que solía publicar al final de mis artículos—, así
como la autenticidad de aquellas fotografías, en especial la segunda.
Seguramente para justificar dicho olvido, en mi inconsciente se fraguó la
convicción de que se trataba de una broma morbosa, para la que se había
empleado, en el peor de los casos, fotos reales aparecidas en alguna
publicación.
Pero de nuevo me vi obligada a retomar aquel asunto cuando, una semana
más tarde, recibí otro mensaje anónimo, con una equis en lugar del nombre
del remitente, la misma dirección falsa de correo electrónico y en cuya
cabecera se afirmaba: Este es el próximo, Minia. La fotografía que se
adjuntaba era la de un varón de unos cuarenta y cinco años, que aparecía de
cuerpo entero, vestido con un elegante terno oscuro y caminando por lo que
parecía una acera, una vía pública, aunque no se veía a nadie más. Era alto y
delgado, de pelo corto y algo canoso, con los ojos cubiertos por gafas de sol.
De su mano derecha colgaba un maletín negro que completaba el clásico
aspecto de un hombre de negocios. Debajo de la foto, otro texto breve y de
contenido aparentemente alegórico: Dos cabezas de perfil se miran con un
ojo cada una. Tiene una la boca abierta a causa del miedo que le da la cruz
que la otra usa como arma arrojadiza.
Como aquel sábado estaba en Barcelona, el mensaje lo recibí en mi
ordenador portátil —comprado apenas un mes antes, más moderno y potente
que el fijo que tenía en mi casa, pero con el que todavía no me manejaba tan
bien, razón por la cual seguía aún prefiriendo el otro, el que había en mi
despacho, junto a la impresora y el escáner, para realizar la mayoría de los
trabajos—. Unas horas antes había dado una rueda de prensa para presentar
mi novela y ahora estaba en la habitación del hotel, después de comer con mi
agente y mi editor. Tenía dos horas para descansar, antes de coger un taxi
que me llevaría a los estudios de televisión, donde estaba previsto que me
grabaran una entrevista de quince minutos, para el único espacio cultural que
había programado en aquella emisora pública. Así que, pese a mi sospecha
de que aquella era la foto de una próxima víctima de asesinato, no pude
hacer gran cosa. Telefoneé al móvil de Álvaro Merino, subdirector del
periódico con el que colaboraba, ya que al ser sábado por la tarde suponía
que no estaría en la redacción, pero no me contestó y me limité a dejarle un
mensaje pidiéndole que me llamara.
Álvaro me devolvió la llamada en el momento más inoportuno. Fue el lunes
siguiente, a las diez y media de la mañana, cuando yo ya estaba de regreso
en Madrid, pero reunida con Fernando, en una céntrica cafetería, discutiendo
sobre nuestra ruptura.
—No sé qué es lo que esperas de mí. Desde el principio sabías cuál iba a ser
nuestra relación. Nada de exclusividad, nada de vivir juntos.
Fernando tiene tres años menos que yo y por aquellos días aún no se había
dejado esa horrible barba canosa que tanto le envejece. Entonces todavía
llevaba la cara rasurada, dejando a la vista unos rasgos suaves y agradables.
Sus ojos ya no sonreían con la facilidad con que lo hacían al principio de
conocernos, cuando me adulaban en silencio y con absoluta franqueza, pero
seguían poseyendo la capacidad de estremecerme cuando me miraban
fijamente, enmarcados en esas pestañas tan tupidas y largas. Y en aquel
instante estaban clavados en los míos, penetrantes y acusadores, como dos
espejos opalinos en los que se reflejaran mis propios y más íntimos
reproches.
Era cierto que nunca me había prometido fidelidad. Tampoco yo se la había
pedido. Desde aquella noche en que compartimos lecho por primera vez,
supe que no era hombre para vivir en pareja. Como yo, Fernando había
intentado el matrimonio siendo muy joven; y, como yo, el rápido fracaso de
aquella experiencia le había convencido de que jamás debía de repetirla. Sus
frecuentes y largos viajes al extranjero, como reportero gráfico free lance, le
impedían siquiera hacerse una idea de lo que sería una vida sedentaria, de
compromiso monogámico. Y yo lo sabía. Nunca me negué a mí misma el
deseo de haberle tenido siempre junto a mí y en exclusiva, sobretodo al
principio, cuando nuestros encuentros amorosos eran mucho más
apasionados, pero nunca se lo dije, nunca se lo insinué. En consecuencia,
tampoco le reproché sus relaciones con otras mujeres. La mayoría solamente
intuidas, si bien hubo también algunas completamente contrastadas gracias a
quienes se decían amigos comunes. No fueron muchas, es cierto, y, según
parece, casi todas se limitaron a encuentros meramente sexuales. Pero no por
ello me dolieron menos. No tenía ningún derecho a echarle en cara nada, ni
siquiera mi fidelidad voluntaria y no correspondida, puesto que desde el
principio habíamos dejado claras las bases de nuestra relación. Y, sin
embargo, en mi fuero interno, poco a poco fui reconociendo que sus
ausencias cada vez eran menos dolorosas, que su falta de cariño era cada vez
más llevadera, que su renuencia al compromiso, a la convivencia, dejaba de
ser una fuente de preocupación, de desolación inclusive, para convertirse en
indiferencia. Y de ahí al convencimiento de que podía vivir sin él, sin sus
escasas visitas, fue una transición que se produjo con naturalidad, con alivio,
incluso con cierta rapidez. A la que siguió, casi sin darme cuenta, el deseo de
liberarme de él, de apartarlo de mi vida. Y así se lo hice saber aquella
mañana en que me telefoneó Álvaro Merino, para preguntarme en qué podía
ayudarme.
—Te llamo en cinco minutos —le dije. Y a continuación hice todo lo posible
por precipitar el final de mi reunión con Fernando. Síntoma claro de que ya
había superado aquella relación, satisfactoria en sexo pero frustrante en
sentimientos.
Volví a ponerme en contacto con Álvaro a través del teléfono móvil, en tanto
me dirigía caminando hacia la consulta de mi ginecólogo. Durante años
habíamos sido compañeros en la sección de política, hasta que a él lo
enviaron de corresponsal a Nueva York. Un lustro más tarde, cuando volvió
a Madrid para hacerse cargo de la jefatura de la sección de internacional, yo
ya era redactora jefa de política. A partir de entonces nuestra amistad se
fortaleció, ayudada por su reciente divorcio y mi prolongada soledad.
Todavía no conocía a Fernando y una noche en que traté de consolar a
Álvaro durante una cena, el exceso de bebida nos hizo confundir las cosas,
los sentimientos, y terminamos pasando juntos la noche en mi casa. Fue una
experiencia que no volvimos a repetir, pese a lo cual supimos preservar
nuestra amistad, el recíproco cariño que sentíamos el uno por el otro. Una
relación que seguimos cuidando después de que dejáramos de trabajar
juntos. Poco después de que yo pidiera la excedencia, él fue nombrado
subdirector del periódico.
—Mándame las fotos. Hablaré con Ramírez, para ver qué puede averiguar
—me dijo Álvaro, antes de añadir—: De todos modos, yo de ti denunciaría l
a recepción de estos mensajes. Creo que la Policía tiene un departamento
dedicado a estos casos.
—Sí, tengo pensado hacerlo…, cuando encuentre tiempo. Te mandaré las
fotos en cuanto llegue a casa. Muchas gracias.
El doctor Villanueva es mi ginecólogo desde que me divorcié y regresé a
Madrid, hace ya veinte años. Poco después, me intervino quirúrgicamente en
el pecho izquierdo para quitarme un quiste que, por suerte, resultó benigno.
Desde entonces soy puntual a todas las revisiones que me propone. Tengo
los pechos muy fibrosos y al parecer estoy en lo que clínicamente se llama
grupo de riesgo, puesto que mi madre falleció como consecuencia de un
cáncer de huesos que se le extendió desde una mama. Murió joven, sin haber
cumplido los cuarenta años de edad; yo entonces tenía sólo doce. De ahí que
cumpla escrupulosamente con mis periódicas citas ginecológicas: no quiero
más sorpresas desagradables. Pero, mira por dónde, durante la última
revisión no fueron mis tetas las que me sorprendieron, sino mi útero. El
resultado de la rutinaria ecografía que me hacía el doctor Villanueva
confirmó que tenía unos pólipos que, en su opinión, debían ser extraídos
cuanto antes. Y así me lo reiteró aquella mañana de lunes en su consulta:
—Cuanto antes, Herminia. Cuanto antes operemos, mejor. Será una
intervención rápida. No tendrá que pasar en la clínica nada más que una
noche. Luego, eso sí, tendrá que estar unos días de reposo. Aunque sólo será
un legrado, hay que evitar cualquier riesgo de hemorragia.
Francisco Villanueva me miraba con sus ojos grises por encima de unas
gafas diminutas y bajo sus espesas cejas, largas y canosas. A pesar de
conocerle desde hacía tantos años, nunca le había visto vestido de paisano.
Tanto en su consulta como en la clínica, siempre le veía enfundado en su
impecable bata blanca. Por ocasionales y breves comentarios que me hizo,
sabía que estaba casado y que tenía hijos, algunos de los cuales ya le habían
hecho abuelo, pero me costaba creer que en verdad aquel hombre tuviera una
vida privada y familiar. Para mí, el flaco, calvo y circunspecto doctor
Villanueva se pasaba la vida encerrado en su consulta de la Castellana,
cuando no operando en algún quirófano.
—Ahora es mala época para reposar, doctor. Estoy en plena promoción de
mi último libro y no paro de viajar…
—Lo sé, lo sé… El otro día leí una reseña en su periódico… O en el que era
su periódico… Quiero decir, en el que trabajaba…
Villanueva forzó una sonrisa ladeada y efímera. Estaba sentado al otro lado
de su inmenso escritorio de nogal, con la espalda muy tiesa y sosteniendo
con sus manos largas y huesudas una estilográfica tan antigua como su
diploma de licenciado en Medicina, expuesto en la pared que había detrás de
él. En otra persona, es posible que interpretara aquella sonrisa como una
tímida invitación a que le hablase de mi novela, o incluso un mal disimulado
reproche por no haberle regalado un ejemplar, pues hay gente que cree que
los escritores, en especial los autores de superventas, deberían de regalar sus
obras a parientes, amigos y conocidos como si fueran cigarrillos. Pero sabía
que en el caso de Villanueva tales interpretaciones serían del todo
disparatadas. A lo sumo, aquella sonrisita suya, podía entenderse como un
comentario mudo e irónico que venía a decir: «Ya vi la publicidad que te
han hecho tus antiguos compañeros en el suplemento cultural». Y, de ser así,
tendría razón. No voy a negar que contaba con todas las facilidades para que
en dicho suplemento semanal se diera a conocer la aparición de mi nueva
novela a bombo y platillo, a doble página, amén de una entrevista que se
reservaba para las páginas de cultura de un día de la semana siguiente. A fin
de cuentas, la editorial formaba parte del mismo holding que el periódico y
las emisoras de radio y televisión con las que colaboraba cada semana. Otra
cosa eran las publicaciones de la competencia, donde también aparecía la
noticia de que Herminia Molina presentaba su última obra literaria, pero
cuyos espacios eran más reducidos y las críticas no solían ser tan benévolas.
Algo que a mí no me preocupaba en exceso, salvo en un caso muy
determinado: la crítica del insigne Aristarco, seudónimo poco original pero
muy conocido de un antiguo profesor mío de la facultad, que todavía no
había aparecido en las páginas del diario con el que colaboraba, el segundo
más leído en España, ni tampoco en el espacio cultural que él dirigía todos
los sábados en una de las emisoras de Radio Nacional de España.
—…Pero ha de hacerse a la idea de que debe quedarse en casa durante unos
días, después de la intervención —agregó Villanueva.
—Supongo que podremos esperar un par de semanas…
—Podemos esperar todo lo que quiera. Pero mi obligación es decirle que
debe someterse a la operación cuanto antes.
—¿Qué tal dentro de quince días? Podríamos concertar ya una fecha, si le
parece —propuse con ánimo de zanjar cuanto antes aquel asunto.
—De acuerdo. Emilia la llamará cuanto antes para concretar el día y la hora
en que habrá de ingresar en la clínica.
Me despedí de Villanueva con la promesa de que aceptaría sin ningún reparo
la fecha que me daría su enfermera por teléfono y, acto seguido, cogí un taxi
para ir hasta el restaurante en el que había quedado citada con María y su
novio.
A sus veintiséis años, María era una mujer independiente, profesora de
Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid, mucho más
bonita y jovial de lo que fui yo a su edad, aunque con tan mala suerte como
la mía en su relación con los hombres. Hasta entonces, había tenido, que yo
supiera, dos parejas estables, la más duradera de las cuales no superó el año.
Sin embargo, esta vez parecía distinto. No porque ella me lo repitiera una y
otra vez, sino por el entusiasmo que de verdad irradiaba cuando hablaba de
su nuevo amigo, al que conocía desde hacía unos meses, y con el que ya
había empezado a convivir, en el apartamento de él.
Mi primera impresión fue muy positiva. Ciertamente parecían compenetrarse
y percibí un nivel de complicidad entre ambos muy prometedor. María
estaba radiante, con un vestido rojo que realzaba su cutis blanco y su melena
trigueña. Se la notaba emocionada por aquel encuentro que ella había
promovido, deseosa de que Luis, su novio, y yo, su madre, nos
conociéramos. Yo tenía curiosidad; él, según me había asegurado María,
ansiaba conocerme no sólo por ser su madre, sino porque hacía tiempo que
leía con admiración mis artículos de prensa, identificándose casi siempre con
las opiniones que en ellos expresaba.
Luis tenía treinta años y era soltero. Vestía americana oscura sobre un jersey
de cuello alto. Su cuerpo era más bien menudo, un par de centímetros más
bajo que María, y sus rasgos faciales no eran nada extraordinarios: pómulos
y barbilla prominentes, pelo corto y castaño, nariz aguileña, ojos marrones y
vivaces, más bien pequeños… Quizá fuera su boca lo que más destacaba,
con unos labios rellenos y sonrosados, muy proclives a la sonrisa. Pero
enseguida comprendí que no fue su físico lo que atrajo la atención de mi
hija, sino su mente. Me bastó conversar con él durante unos minutos, para
quedar encantada con su afabilidad, su simpatía, el trasfondo culto, sensible
y honesto que se adivinaba detrás de sus comentarios, de su hablar pausado,
de su escuchar atento… Dentro de aquella cabeza de rasgos vulgares, en
verdad había oculto un tesoro envidiable, reconocí antes de llegar a la
sobremesa. Me sentí muy orgullosa de María, y contenta por la clase de
hombre con quien acababa de emprender una vida en común.
Casi todas las veces que me interesé por su profesión, Luis me respondió
escuetamente, eludiendo un tema que, según dijo, era demasiado aburrido.
—Soy bioquímico y ahora trabajo para un laboratorio privado. Nada
emocionante para la mayoría de los mortales. A mí me entusiasma, por
supuesto, pero reconozco que no es un tema de conversación muy
interesante para abordarlo de manera coloquial… Por eso prefiero que
hablemos, si no te importa, de tu trabajo, de tus novelas, de tus artículos…
No todos los días se tiene la suerte de conocer a un ídolo.
Aparte del halago, me gustó la manera tan natural como me tuteaba, sin
necesidad de que yo se lo hubiese pedido. Supuse que María le había
advertido de mi preferencia por el tuteo, incluso entre personas recién
conocidas, en situaciones como aquella, de reuniones privadas, casi
familiares. Lo contrario me molestaba, no tanto porque conllevara —bajo el
estúpido y arcaico pretexto de patentizar el respeto debido— un
reconocimiento de persona de mayor edad, como por la barrera convencional
e invisible, pero fría y efectiva, que se levantaba entre las personas. Tan sólo
el doctor Villanueva se había resistido a tutearme. Pero, al fin y al cabo, era
mi ginecólogo, casi un dios, lo cual justificaba de alguna manera su
renuencia a suprimir la distancia entre ambos.
—El sábado por la noche hemos invitado a cenar en casa a unos pocos
amigos. Nos gustaría que vinieras. Algunos ya los conoces, otros están
deseando conocerte. Comparten mi admiración por tu trabajo.
—Es una especie de celebración por el inicio de nuestra convivencia.
Vendrán sólo los íntimos. No más de media docena. También vendrán los
padres de Luis —añadió María—. Nos hace mucha ilusión que asistas.
—Lo procuraré. Pero ya sabéis que estoy en plena promoción… —Por un
momento estuve a punto de hablarles de mi próxima intervención quirúrgica,
pero enseguida cambié de opinión. No era un tema para contárselo a María
delante de Luis. Tampoco era cosa de excederse con las confianzas. En
cambio sí que les hablé de los mensajes anónimos que había recibido por
Internet. Los comenté sin darles mucha importancia, pues no quería
preocupar a María, y enseguida me alegré de haberlo hecho. Ella me pidió
que le enviara los textos de dichos mensajes, ya que tenía un compañero
muy aficionado a los enigmas que tal vez podría ayudarme a descifrarlos, y
Luis me ofreció la colaboración de su padre, que resultó ser un insigne
científico forense, el cual podría echar un vistazo a la foto del muerto y hasta
recomendar, llegado el caso, una investigación policial. Acepté con agrado
ambas ofertas y me despedí de ellos prometiéndoles que haría todo lo
posible por ir a cenar a su casa el sábado siguiente.
Llegué a casa a las nueve de la noche, después de haber participado durante
una hora en la tertulia radiofónica. Estaba cansada y deseando meterme en la
ducha, pero antes incluso de desvestirme decidí telefonear a Nuria, mi
agente literaria, que vive y tiene su oficina en Barcelona. Es la primera y
única representante que he tenido, la conozco desde hace seis años y, a lo
largo de este tiempo, se ha convertido también en mi confidente. Nuestra
confianza mutua es absoluta, aunque alguna que otra vez tenemos nuestros
desencuentros, nuestras discusiones, que casi siempre se zanjan rápidamente
y sin dejar huellas irreparables. Le conté lo de la intervención quirúrgica a la
que debía someterme y del reposo que me vería obligada a respetar durante
los días subsiguientes. Al descartar la posibilidad de un retraso, accedió a
adelantar o posponer los dos actos que ya estaban previstos para esas fechas,
ambos fuera de Madrid, previa consulta con el gabinete de prensa de la
editorial. También le hablé de los anónimos, pues quería que me ayudase a
buscar la forma de denunciarlos, sin necesidad de acudir a la Policía. Nuria
odia que confundan su labor de agente con la de una secretaria, de modo que
puse bastante empeño en pedírselo como amiga.
—Todavía no estoy segura de que no sea una broma y no quiero por lo tanto
precipitarme, acudiendo a las autoridades. Pero sí que me gustaría saber si
puedo evitar que me sigan mandando este tipo de mensajes.
—Déjame que haga unas cuantas consultas. Te llamaré en cuanto averigüe
algo.
Aquella conversación con Nuria me recordó que debía enviarle las fotos a
Merino, pero lo dejé para después de ducharme y ponerme cómoda. De
manera que no fue hasta cerca de las diez y media, cuando mandé por correo
electrónico a la subdirección del periódico las tres fotografías que había
recibido anónimamente.
4
DOS DÍAS DESPUÉS DE mi última visita al doctor Villanueva, su
enfermera me llamó al móvil para informarme de la fecha en la que debía
ingresar en la clínica donde me realizarían el raspado: justo quince días más
tarde, el último miércoles de aquel mes. Recibí la llamada en Barcelona,
adonde me había desplazado otra vez para ir al programa que presentaba
Julia Otero en la TV3. Fue una entrevista amplia y agradable, que me ayudó
a recobrar el ánimo y a olvidar momentáneamente los problemas que me
acuciaban. Problemas no muy importantes, pero que se estaban acumulando
de manera fortuita y constante.
Aquel miércoles cené con Nuria, mi agente literario, en un restaurante del
paseo de Gracia, cerca del hotel donde me hospedaba. Me puso al corriente
de las últimas apariciones de mi novela en los distintos medios de
comunicación, así como del reajuste que se había visto obligada a realizar en
la agenda, de acuerdo con la relaciones públicas de la editorial, como
consecuencia de mi futura intervención quirúrgica.
—Hemos conseguido adelantar la entrevista en Tele Sur para el miércoles
que viene. De manera que la próxima semana deberás hacer un pequeño
periplo por media España. El lunes en Valencia, el miércoles en Sevilla y el
viernes, a falta de confirmar, tendrás que estar en Santiago.
Nuria tenía una fe ciega en la repercusión publicitaria de las televisiones
autonómicas. Afirmaba que cada vez tenían más audiencia y, en
determinados casos, algunos de sus programas encabezaban los ranking.
Estaba demasiado contenta con el resultado de mi reciente entrevista con
Julia Otero como para discutirle aquellas aseveraciones, de modo que acaté
el calendario que me proponía. Nuria tenía un temperamento firme, poco
dado a la flexibilidad, aunque había aprendido a ceder cuando las
circunstancias se lo aconsejaban. Conocía mi carácter muy bien, mis
flaquezas y mis fobias, así que nunca insistía en los pocos momentos en que
yo me obcecaba. Entonces respetaba mi opinión, de la misma manera que yo
casi siempre comprendía sus deseos de incrementar su comisión, que se
correspondía al diez por ciento de mis remuneraciones editoriales.
—Hablando de otra cosa: he hecho las gestiones que te prometí sobre lo de
los mensajes que has recibido en tu ordenador —me dijo cuando estábamos
saliendo del restaurante—. Como cliente que eres de Telefónica, puedes
dirigirte a un centro de atención que esta empresa tiene para atender este tipo
de incidencias. Se llama Némesys y hay dos maneras de contactar con él: a
través de una página web o enviando un correo electrónico. He hablado con
un amigo mío, técnico informático, y me ha contado por encima cómo
trabajan en ese centro de atención de reclamaciones. Por lo visto, en tu caso,
si detectan quién es el remitente, se limitarán a mandarle una carta…,
siempre y cuando reciban un mínimo de treinta y cinco denuncias contra
él…
—¡Treinta y cinco denuncias…!
—Sí —sonrió mientras caminábamos por el paseo de Gracia. Hacía frío y
ambas nos arrebujamos en nuestros respectivos abrigos.
—Si se tratara de un pirata informático, o enviara pornografía infantil, lo
pondrían en conocimiento de las autoridades competentes, pero al ser un
simple envío de correo electrónico no solicitado, lo que se conoce como
spam, simplemente esperan a que se produzca el número de denuncias
requeridas, para enviarle una carta de amonestación.
—Entonces, pueden averiguar con facilidad de quién se trata… —deduje.
—No sé si con facilidad, pero sí… Al parecer, todos los correos electrónicos
contienen el recorrido que han hecho desde su origen, lo que pasa es que no
está a la vista y la mayoría de los usuarios no sabemos cómo descubrirlo.
Aparece con claridad el servidor que utiliza el remitente, y como en todos
los servidores quedan registradas las direcciones de cada uno de los
mensajes… Las llaman direcciones IP, y todos los ordenadores que se
conectan a Internet tienen una IP distinta.
—O sea, que en ese centro Némesys pueden averiguar quién me ha enviado
los mensajes…
—Sí… Aunque mi amigo dice que, a veces, si quien lo hace es un verdadero
experto, puede valerse de un ordenador ajeno para enviar los mensajes.
—¿En serio? ¿Quieres decir que se puede meter en un tercer ordenador para
hacerlo?
—No físicamente, claro está. A través precisamente de Internet, puede
colarse en algún ordenador, aprovechando lo que mi amigo denomina un
agujero de seguridad. Es el clásico pirateo, lo que hacen los hacker, sólo
que, en vez de sabotear el contenido del disco duro, se limita a usar su IP
para enviar el correo electrónico. Entonces se dice que éste, el spam, es
involuntario, puesto que el dueño del ordenador no es responsable del
mismo…
—Y resulta imposible dar con el verdadero remitente…
—Imposible, imposible, creo que no… Pero en tu caso, Minia, creo que
deberías de despreocuparte de todo denunciándolo directamente a la Policía.
¿Has recibido alguno más?
Ya estábamos en la puerta del hotel, así que invité a Nuria a tomar una copa
en el bar. Pero ella rechazó mi invitación, confesándome con una sonrisa
picarona que precisamente tenía una cita con Jordi, el técnico informático
amigo suyo.
—No, no he recibido ningún mensaje más. Y reconozco que me siento
aliviada de que así sea. Temía recibir, al día siguiente del último, una foto en
la que apareciese muerto el desconocido del maletín…
—De todos modos, de recibir alguno más, yo de ti se lo comunicaría a las
autoridades y me descargaría así de toda responsabilidad —me aconsejó,
antes de despedirse con un par de besos y marchar hacia el estacionamiento
subterráneo más cercano.
Al día siguiente, ya en Madrid, recibí una llamada de Álvaro Merino, que
me pidió que me acercara esa misma tarde por la redacción del periódico.
—Estaré esperándote con Ramírez. Creo que es urgente que nos reunamos
para hablar de las fotos que recibiste…
—¿Ha averiguado Ramírez algo interesante?
—Sí… Bueno, es mejor que vengas. Así podremos hablarlo los tres juntos.
—De acuerdo. ¿A qué hora os viene bien?
—Cuanto antes. Ya sabes que luego estaremos muy atareados con el cierre
de la edición. A las cinco estaría bien.
Y a las cinco en punto me presenté en el despacho de Álvaro. Allí encontré
también a Manolo Ramírez, un cincuentón fornido y vestido con ropa
deportiva, considerado una institución por sus compañeros, uno de los
mejores y más prestigiosos redactores del periódico.
Desde su fundación, a mediados de la década de los setenta, el periódico
nunca había contado con una sección de Sucesos propiamente dicha. Las
noticias relacionadas con estos hechos y que se consideraban relevantes, se
incluían en las páginas de Local, Sociedad o Nacional, dependiendo de la
naturaleza de la misma. Las grandes operaciones contra los narcotraficantes,
por ejemplo, casi siempre se incluían en las páginas nacionales, en tanto que
un parricidio o un atraco con rehenes podían aparecer en sociedad o en los
cuadernillos locales, allá donde los hubiera. Un simple robo o una pelea con
heridos, por el contrario, ni siquiera eran recogidos en un suelto. Como
consecuencia de ello, no existía un grupo de redactores dedicado a estas
noticias, si bien Manolo Ramírez llevaba ya más de veinte años
especializado en las concernientes a operaciones policiales de gran
envergadura, lo que le convertía de hecho en el periodista con los mejores
contactos tanto en los juzgados como en las comisarías.
—Van a hablar contigo, pero he querido adelantarme para avisarte. Por eso
le he pedido a Merino que te citara aquí…
—¿Quiénes quieren hablar conmigo?
—Los policías que están investigando la muerte de este hombre…
Ramírez dejó sobre la mesa un folio, en el que aparecía la copia de una de
las fotos que yo había recibido por Internet. Era la segunda de ellas, la que
mostraba a un hombre caído en el suelo, con la entrepierna destrozada.
—O sea, que es verdad…—murmuré.
Estabamos los tres sentados en una esquina del despacho de Álvaro,
alrededor de una mesa redonda. Éste me había servido un café y Ramírez
sostenía en su mano izquierda un puro apagado.
—Sí —confirmó Ramírez, mientras yo observaba con renovado interés
aquella imagen impresa—. Se llamaba Federico Martínez y era el gerente de
una financiera. Su cadáver fue hallado en la mañana del día 2, en el garaje
del edificio donde vivía.
—¿Y qué le pasó? —pregunté, sin separar la mirada de la foto.
—Según el informe del forense, fue atacado por un animal, con casi toda
seguridad un perro de gran tamaño, que le produjo una única herida, aunque
mortal, en los genitales. Literalmente, se los arrancó de cuajo.
No me hizo falta mirar a Álvaro para notar el estremecimiento que sintió al
escuchar las palabras de Ramírez, a pesar de que éste ya le había anticipado
tan morboso detalle.
—Debió de ser un perro adiestrado para atacar —comentó el subdirector en
un murmullo—. Aunque no entiendo qué hacía en el garaje de un céntrico
edificio de Madrid… Puede que estuviera perdido…
—Esa era una de las hipótesis que barajaban los inspectores que llevan el
caso, aunque no era la que más les convencía, pero acaban de descartarla
después de que vieran esta foto —informó Ramírez—. Ahora están
convencidos de que fue un asesinato. El ataque premeditado de un perro
peligroso azuzado por su dueño.
—Pero quien me envió esta foto no tiene por qué ser forzosamente un
asesino, o el inductor… Puede tratarse de una de las fotografías que debió
hacer la propia Policía, antes de ser levantado el cadáver, o que se la hiciera
alguien antes…
—Nosotros dimos la noticia de esta muerte a media columna, en la gacetilla
local de Madrid —dijo Álvaro—. Sin foto. Tampoco aparecieron fotos en
los otros dos diarios que recogieron la noticia.
—Es cierto que los agentes de Identificación hicieron algunas fotos del
cadáver en el mismo sitio donde fue encontrado, pero me aseguran que ésta
no es copia de ninguna de ellas. Por otra parte, sólo una persona vio a la
víctima antes de que los patrulleros llegaran al garaje. Fue la misma que los
avisó, un vecino del mismo edificio. Y éste ha jurado repetidas veces que él
no hizo ninguna foto. Algo que, por otra parte, no tiene realmente mucho
sentido… Así que los inspectores que llevan el caso creen que las hizo el
asesino… o el dueño del perro.
—¿Y qué han dicho del texto? —pregunté.
—¿Qué texto?
—El que se adjuntaba al pie de la primera foto de este pobre hombre.
—Todavía nada, porque no se la he dado hasta esta mañana.
—¿Y eso? ¿Por qué no se la diste junto con esta foto?
—Porque no lo creí oportuno —respondió Ramírez, removiendo incómodo
su enorme cuerpo en la silla—. Lo primero que me propuse era saber si la
foto donde aparecía el cadáver era auténtica y si se refería a un crimen
reciente, de modo que sólo les facilité ésta. ¿Para qué darles las otras dos,
que no tenían importancia por ser de dos hombres vivos, hasta saber si era
algo importante o una simple broma que te habían hecho? Esta mañana, una
vez que me informaron de que se trataba en verdad de un asesinato cometido
hace trece días, les he hablado de las otras dos fotos, las cuales se las he
entregado hace un rato.
—Entonces, no sabemos quién es el otro hombre, el que aparece en la última
fotografía que recibí…
—No, claro. Me imagino que intentarán identificarlo cuanto antes. Aunque
lo que más les interesa ahora mismo es hablar contigo…
—Comprendo —dije—. ¿Les diste mis teléfonos?
—Sí, pero les pedí que me dieran tiempo para que fuera yo quien te avisara.
A cambio, les prometí que tú misma irías a verlos a su comisaría… Creo que
es lo mejor, puesto que de todos modos deberías declarar si no ante el juez
que instruye el caso.
Así pues, aquella misma tarde, acompañada por Ramírez, me personé en la
Comisaría de Policía de Chamartín, para entrevistarme con el inspector jefe
del grupo de Homicidios que llevaba el caso de Federico Martínez, el
hombre muerto en su garaje, supuestamente atacado por un perro asesino. El
policía se llamaba Enrique Montero, frisaba los cincuenta años de edad y me
atendió con amabilidad. Firmé una breve declaración y me comprometí a
colaborar con ellos en todo cuanto estuviera a mi alcance.
—Mis compañeros de la brigada de Investigación Tecnológica se pondrán en
contacto con usted en cualquier momento, para recabar algunos detalles de
estos correos electrónicos.
—Les atenderé encantada —afirmé, antes de preguntar con intención de
sacar alguna información como contrapartida a mi colaboración, aunque
aparentando la mayor de las ingenuidades—: ¿Sospechan ya de alguien?
¿Tienen un móvil?
Montero sonrió ante la espontaneidad con que expuse mi curiosidad.
También sonrió Ramírez, pero porque sabía que yo estaba simulando aquella
ingenua espontaneidad que tanta gracia parecía hacerle al policía.
—Todavía no. Este señor Martínez era un financiero que se dedicaba a la
concesión de créditos personales, lo que en principio no es una ocupación
que ayude precisamente a crear amigos.
—Entiendo, era un prestamista —dije.
—Un usurero —puntualizó Ramírez contundentemente.
—Bien… —titubeó Montero—. Sí, la verdad es que concedía préstamos a
un interés que, en según qué casos, podrían calificarse de abusivos. Era el
tipo de gente al que suelen recurrir los desesperados, los que necesitan con
urgencia conseguir una suma de dinero y no tienen avales ni crédito entre las
entidades financieras habituales, como bancos y cajas de ahorro… También
era muy conocido entre los corredores de apuestas… En fin, la lista de
personas que podrían desear su muerte nos tememos que puede ser
demasiado extensa. Pero en ello estamos.
—¿Y es seguro que fue un perro el que lo mató?
—En eso no hay duda. El forense que le hizo la autopsia dice que los
mordiscos que recibió son los de un perro, aunque no se atreve a señalar una
raza concreta. Ni siquiera con el análisis que ha hecho el gabinete de Policía
Científica con los pelos que se encontraron entre los dedos de la víctima, se
ha podido concretar esta información. Así que se presenta como una empresa
harto difícil conocer siquiera la raza del perro. Según el SEPRONA, el
Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil, sólo en la
Comunidad de Madrid hay censados más de setenta mil perros de las razas
consideradas peligrosas —y, tras suspirar, concluyó resignado—: La verdad
es que, de momento, la mejor línea de investigación que tenemos es la que