EL PRINCIPE FELIZ (Adaptación).
OSCAR WILDE
La estatua del Príncipe Feliz se alzaba sobre una alta columna, desde
donde se dominaba toda la ciudad. Era dorada y estaba recubierta por finas
láminas de oro; sus ojos eran dos brillantes zafiros y en el puño de la espada
centelleaba un enorme rubí púrpura. El resplandor del oro y las piedras
preciosas hacían que los habitantes de la ciudad admirasen al Príncipe Feliz
más que a cualquier otra cosa.
Una noche llegó volando a la ciudad una pequeña golondrina. Sus
compañeras habían partido para Egipto seis semanas antes, pero ella se había
quedado atrás, porque estaba enamorada de un junco, el más hermoso de
todos los juncos de la orilla del río.
Voló durante todo el día y, cuando ya caía la noche, llegó hasta la ciudad.
—¿Dónde podré dormir? —se preguntó—. Espero que en esta ciudad haya
algún albergue donde pueda pernoctar.
En ese mismo instante descubrió la estatua del Príncipe Feliz sobre su
columna.
—Voy a refugiarme ahí —se dijo—. El lugar es bonito y bien ventilado. Y así
diciendo, se posó entre los pies del Príncipe Feliz.
En seguida se preparó para dormir. Mas cuando aún no había puesto la
cabecita debajo de su ala, le cayó encima un grueso goterón.
—¡Qué cosa más curiosa! —exclamó—. No hay ni una nube en el cielo, las
estrellas relucen claras y brillantes, y sin embargo llueve. En realidad este
clima del norte de Europa es espantoso. En ese mismo momento cayó otra
gota.
—¿Pero para qué sirve este monumento si ni siquiera puede protegerme de la
lluvia? —dijo—. Mejor voy a buscar una buena chimenea.
Y se preparó a levantar nuevamente el vuelo. Sin embargo, antes de que
alcanzara a abrir las alas, una tercera gota le cayó encima, y al mirar hacia
arriba la golondrina vio... ¡Ah, lo que vio!
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Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le
corrían por las áureas mejillas. Y tan bello se veía el rostro del Príncipe a la
luz de la luna, que la golondrina se llenó de compasión.
—¿Quién eres? —preguntó.
—Soy el Príncipe Feliz.
—Pero si eres el Príncipe Feliz, ¿por qué lloras? Casi me has empapado.
—Cuando yo vivía, tenía un corazón humano —contesto la estatua—, pero no
sabía lo que eran las lágrimas, porque vivía en la Mansión de la
Despreocupación, donde no está permitida la entrada del dolor. Así, todos los
días jugaba en el jardín con mis compañeros, y por las noches bailábamos en el
gran salón. Alrededor del jardín del Palacio se elevaba un muro muy alto, pero
nunca me dio curiosidad alguna por conocer lo que había más allá... ¡Era tan
hermoso todo lo que me rodeaba! Mis cortesanos me decían el Príncipe Feliz, y
de verdad era feliz, si es que el placer es lo mismo que la dicha. Viví así, y así
morí. Y ahora que estoy muerto, me han puesto aquí arriba, tan alto que puedo
ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y, aunque ahora mi corazón
es de plomo, lo único que hago es llorar.
—¿Cómo? —se preguntó para sí la golondrina—, ¿no es oro de ley?
—Allá abajo —siguió hablando la estatua con voz baja y musical—... allá abajo,
en una callejuela, hay una casa miserable, pero una de sus ventanas está
abierta y dentro de la habitación hay una mujer sentada detrás de la mesa.
Tiene el rostro demacrado y lleno de arrugas, y sus manos, ásperas y rojas,
están acribilladas de pinchazos, porque es costurera. En este momento está
bordando flores de la pasión en un traje de seda que vestirá la más hermosa
de las damas de la reina en el próximo baile del Palacio. En un rincón de la
habitación, acostado en la cama, está su hijito enfermo. El niño tiene fiebre y
pide naranjas. Pero la mujer sólo puede darle agua del río, y el niño llora.
Golondrina, golondrina, pequeña golondrina... ¡hazme un favor! Llévale a la
mujer el rubí del puño de mi espada, ¿quieres? Yo no puedo moverme, ¿lo
ves?... tengo los pies clavados en este pedestal.
—Lo siento mucho querido príncipe, pero no puedo. Los míos están
esperándome en Egipto —contestó la golondrina—. Mis amigas ya deben estar
revoloteando sobre el Nilo...
Pero la mirada del Príncipe Feliz era tan triste, que finalmente la
golondrina se enterneció.
2
—Ya está haciendo mucho frío —dijo—, pero me quedaré una noche contigo y
seré tu mensajera.
—Gracias, golondrinita —dijo el Príncipe.
La golondrina arrancó entonces el gran rubí de la espada del Príncipe y,
teniéndolo en el pico, voló sobre los tejados, llegó a la pobre casa y se asomó
por la ventana. El niño, en su cama, se agitaba de fiebre, y la madre se había
dormido de cansancio. Entonces, la golondrina entró a la habitación y dejó el
enorme rubí encima de la mesa, junto al dedal de la costurera. Después
revoloteó dulcemente alrededor del niño enfermo, abanicándole la frente con
las alas.
—¡Qué brisa tan deliciosa! —murmuró el niño—. Debo estar mejor. Y se quedó
dormido deslizándose en un sueño maravilloso.
Después la golondrina volvió hasta donde el Príncipe Feliz y le contó lo
que había hecho.
—¡Qué raro! —agregó—, pero ahora casi tengo calor; y sin embargo la verdad
es que hace muchísimo frío.
—Es porque has hecho una obra de amor —le explicó el Príncipe.
La golondrina se puso a pensar en esas palabras y pronto se quedó
dormida. Siempre que pensaba mucho se quedaba dormida.
Al amanecer voló hacia el río para bañarse.
—¡Qué fenómeno extraordinario! —exclamó un profesor de ornitología que
pasaba por el puente—. ¡Una golondrina en pleno invierno!
—Esta noche partiré para Egipto —se decía la golondrina y la idea la hacía
sentirse muy contenta.
Cuando salió la luna volvió donde estaba a la estatua del Príncipe.
—¿Tienes algunos encargos que darme para Egipto? —le gritó—. Voy a partir
ahora.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, ¿no te
quedarías conmigo una noche más?
—Lo siento, querido príncipe, los míos me están esperando en Egipto —
contesto la golondrina—. Mañana, mis amigas van a volar seguramente hasta la
segunda catarata del Nilo...
3
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —dijo el Príncipe—, allá abajo
justo al otro lado de la ciudad, hay un muchacho en una buhardilla. Está
inclinado sobre una mesa llena de papeles, y a su derecha, en un vaso, unas
violetas están marchitándose. Está empeñado en terminar de escribir una obra
para el director del teatro, pero tiene demasiado frío. No hay fuego en la
chimenea y el hambre lo tiene extenuado.
—Bueno, me quedaré otra noche aquí contigo —dijo la golondrina que de
verdad tenía buen corazón—. ¿Hay que llevarle otro rubí?
—¡Ay, no tengo más rubíes! —se lamentó el Príncipe—. Sin embargo aún me
quedan mis ojos. Son dos rarísimos zafiros, traídos de la India hace mil años.
Sácame uno de ellos y llévaselo. Lo venderá a un joyero, comprará pan y leña y
podrá terminar de escribir su obra.
—Pero mi Príncipe querido —dijo la golondrina—, eso yo no lo puedo hacer.
¿Cómo voy a quitarte un ojo? Y se puso a llorar.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, por favor,
haz lo que te pido.
Entonces la golondrina arrancó uno de los ojos del Príncipe y voló hasta la
buhardilla del escritor. No era difícil entrar allí, porque había un agujero en el
techo y por ahí entró la golondrina como una flecha. El joven tenía la cabeza
hundida entre las manos, así que no sintió el rumor de las alas, y cuando al fin
levantó los ojos, vio el hermoso zafiro encima de las violetas marchitas.
—¿Será que el público comienza a reconocerme? —se dijo— Porque esta
piedra preciosa ha de habérmela enviado algún rico admirador. ¡Ahora podré
acabar mi obra! Y se le notaba muy contento.
Al día siguiente la golondrina voló hacia el puerto, se posó sobre el mástil
de una gran nave y se entretuvo mirando los marineros que izaban con
maromas unas enormes cajas de la sentina del barco.
—¡Me voy a Egipto! —les gritó la golondrina. Pero nadie le hizo caso.
Al salir la luna, la golondrina volvió hacia el Príncipe Feliz.
—Vengo a decirte adiós—le dijo.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le dijo el Príncipe—. ¿No te
quedarás conmigo otra noche?
—Ya es pleno invierno —respondió la golondrina—, y muy pronto caerá la nieve
helada. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes y los
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cocodrilos, medio hundidos en el fango, miran indolentes alrededor. Por estos
días mis compañeras están construyendo sus nidos... Querido Príncipe, tengo
que dejarte, pero nunca te olvidaré. La próxima primavera te traeré de Egipto
dos piedras bellísimas para reemplazar las que regalaste. El rubí será más rojo
que una rosa roja, y el zafiro será azul como el mar profundo.
—Allá abajo en la plaza —dijo el Príncipe Feliz—, hay una niñita que vende
fósforos y cerillas. Y se le han caído los fósforos en el barro y se han echado
a perder. Su padre le va a pegar si no lleva dinero a su casa y por eso ahora
está llorando. No tiene zapatos ni medias, y su cabecita va sin sombrero.
Arranca mi otro ojo y llévaselo, así su padre no le pegará.
—Pasaré otra noche contigo —dijo la golondrina—, pero no puedo arrancarte el
otro ojo. Te vas a quedar ciego.
—Golondrina, golondrina, pequeña golondrina —le rogó el Príncipe—, haz lo que
te pido, te lo suplico.
La golondrina entonces extrajo el otro ojo del Príncipe y se echó a volar.
Se posó sobre el hombro de la niña y deslizó la joya en sus manos.
—¡Qué bonito pedazo de vidrio! —exclamó la niña, y corrió riendo hacia su
casa.
Después la golondrina regresó hasta donde estaba el Príncipe.
—Ahora que estás ciego —le dijo—, voy a quedarme a tu lado para siempre.
—No, golondrinita —dijo el pobre Príncipe—. Ahora tienes que irte a Egipto.
—Me quedaré a tu lado para siempre —repitió la golondrina, durmiéndose
entre los pies de la estatua.
—Querida golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas, pero
es más maravilloso todavía lo que pueden sufrir los hombres. No hay misterio
más grande que la miseria. Vuela sobre mi ciudad, y vuelve a contarme todo lo
que veas.
Entonces la golondrina voló sobre la gran ciudad, y vio a los ricos que se
regocijaban en sus soberbios palacios, mientras los mendigos se sentaban a
sus puertas. Voló por las callejuelas sombrías, y vio los rostros pálidos de los
niños que mueren de hambre, mientras miran con indiferencia las calles
oscuras.
Entonces la golondrina volvió donde el Príncipe, y le contó lo que había
visto.
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—Mi estatua está recubierta de oro fino —le indicó el Príncipe—; sácalo lámina
por lámina, y llévaselo a los pobres.
Así, lámina a lámina, la golondrina fue sacando el oro, hasta que el
Príncipe quedó oscuro. Y lámina a lámina fue distribuyendo el oro fino entre
los pobres, y los rostros de algunos niños se pusieron sonrosados, y riendo
jugaron por las calles de la ciudad.
Llegó la nieve, y después de la nieve llegó el hielo. Las calles brillaban de
escarcha y parecían ríos de plata. Los carámbanos, como puñales, colgaban de
las casas. Todo el mundo se cubría con pieles y los niños llevaban gorros rojos
y patinaban sobre el río.
La pequeña golondrina tenía cada vez más frío pero no quería abandonar
al Príncipe, lo quería demasiado. Vivía de las migajas del panadero, y trataba
de abrigarse batiendo sus alitas sin cesar. Una tarde comprendió que iba a
morir, pero aún encontró fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe.
—¡Adiós, mi querido Príncipe! —le murmuró al oído—.
—Me alegro que por fin te vayas a Egipto, golondrinita —le dijo el Príncipe—.
Has pasado aquí demasiado tiempo.
—No es a Egipto donde voy —repuso la golondrina—. Voy a la casa de la
muerte. La muerte es hermana del sueño, ¿verdad?
La golondrina besó al Príncipe Feliz y cayó muerta a sus pies. En ese
mismo instante se escuchó un crujido ronco en el interior de la estatua, fue un
ruido singular como si algo se hubiese hecho trizas. El caso es que el corazón
de plomo del Príncipe se había partido en dos.
A la mañana siguiente, el alcalde se paseaba por la plaza con algunos de
los regidores de la ciudad. Al pasar junto a la columna levantó los ojos para
admirar la estatua.
—¡Pero qué es esto! —dijo— ¡El Príncipe Feliz parece ahora un desharrapado!
El rubí de la espada se le ha caído, los ojos desaparecieron y ya no es dorado.
En una palabra se ha transformado en un verdadero mendigo. Y hay un pájaro
muerto entre sus pies. Será necesario promulgar un decreto municipal que
prohíba a los pájaros venirse a morir aquí.
Entonces mandaron derribar la estatua del Príncipe Feliz.
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—Como ya no es hermoso, no sirve para nada —explicó el profesor de Estética
de la Universidad.
Después fundieron la estatua...
—¡Qué cosa más rara! —dijo el encargado de la fundición—. Este corazón de
plomo no quiere fundirse; habrá que tirarlo a la basura.
Y lo tiraron al basurero donde también yacía el cuerpo de la golondrina
muerta.
—Tráeme las dos cosas más hermosas que encuentres en esa ciudad —dijo
Dios a uno de sus ángeles.
Y el ángel le llevó el corazón de plomo del Príncipe y el pájaro muerto.
—Has elegido bien —sonrió Dios—. Porque en mi jardín del Paraíso esta
avecilla cantará eternamente, y el Príncipe Feliz me alabará para siempre en
mi Aurea Ciudad.
Óscar Wilde (Adaptación)
OBSERVACIONES:
Por una vez nos hemos saltado nuestra idea de ofrecer textos cortos,
pero creemos que la excepción merece la pena: la profunda emoción de este
cuento, que pertenece a la Literatura universal, así lo justifica. Se recomienda
relacionar este texto con el cuento “La palabra llorar” que también hemos
seleccionado.
También hemos seleccionado el texto original y completo para los profesores
que quieran invitar a sus alumnos a leer y profundizar en el cuento.