Los Celtas
Los Celtas
Presentamos un breve resumen histórico de esta singular etnia, con raíces en países tan
diversos como Escocia, Irlanda, Gales, la Isla de Man, Cornualles, Bretaña, Asturias y parte
del norte de Italia.
Para el siglo IV a.C. fueron desplazados del centro y norte de Europa, a consecuencia de
las llegadas de otros pueblos, los grupos germánicos
La Tène es la cultura celta de la segunda Edad del Hierro estructurada en tres o cuatro
períodos. Se desarrolló entre la Hallstatt y la conquista romana (450 a 50 a.C.). Aquellos
que compartieron esta civilización se destacaron por la elaboración de elementos como
grandes espadas, escudos alargados, grandes hebillas, fíbulas, construían sus
fortificaciones en las cumbres y acuñaron su propia moneda.
Los monumentos más característicos de los Celtas eran los Dólmenes (del gaélico tohl:
mesa y maen: piedra), Menhires (del gaélico maen: piedra y hir: alta o erguida), Trilitos. Los
primeros describen un megalito compuesto por una roca plana, en forma de laja, puesto
horizontalmente sobre dos o mas pilares verticales de piedra; los otros se refieren a una
roca aislada de tres a ocho metros de alto. También se destacaron las imponentes tumbas
megalíticas desarrolladas en las modalidades de atrio, de galería, de portal o la
combinación de estos. Una consideración especial merece la célebre y misteriosa
formación de alineamientos megalíticos de Stonehenge, a 13 km. al norte de Salisbury, una
ciudad del condado de Wiltshire, al sur de Inglaterra. Excavaciones y mediciones con
carbono 14 demostraron que posee una historia excepcionalmente prolongada de uso
como centro ritual o religioso. Su construcción abarcó cinco etapas, donde la primera tuvo
inicio en el 2800 antes de Cristo.
A diferencia de los romanos, que construían sólo dentro de los límites de la ciudad y cerca
de sus famosas rutas –como la Via Apia-, los Celtas construían en torno a la naturaleza,
por eso vivían más en contacto con ella.
Los guerreros y pastores estaban organizados en una gran variedad de tribus, clanes y
grupos. Socialmente se desarrollaron progresivamente, diferenciándose en clases
sacerdotal (druidas), nobles, comerciantes y campesinos.
Dime que festejas y te diré quien eres.
Ese día, además, se celebraba el encuentro amoroso, a orillas de un río, de Morirîganî con
Teutatis, el Dios de la Tribu, padre de los hombres y señor del mundo inferior. Ella era la
diosa única céltica, en su aspecto de señora del mundo inferior y de la guerra, "la Reina de
espectros". La versión de esa pareja para los irlandeses eran Morirían y Dagda; en las
Galias (Francia) se llamaban Sucellos y Herecura; y en Hispania, Endovellicos y Ataicina.
La cita amorosa tenía una consecuencia importante, pues la diosa le proporcionaba a su
amado los secretos para salir victorioso en la próxima batalla mítica.
Para el folklore, Hallowe’en, recuerda que es, en el hemisferio norte, el comienzo del año
oscuro. Los celtas, como otros pueblos antiguos, empezaban los ciclos temporales por la
mitad oscura: la jornada tenía su inicio con la caída del sol y el año con el principio del
invierno (boreal).
Un punto de vista interesante para tener en cuenta es que este festival se asociaba con el
aire. Agua, fuego, tierra y aire no eran solo los elementos fundamentales de los griegos
presocráticos, sino que como categorías de aprehensión de la realidad fueron de todos los
indoeuropeos y también de muchas otras culturas.
Una característica que facilitó su dominio pero que, a la vez, permitió la continuidad de su
cultura, fue la ausencia de un verdadero estado celta a causa de la primacía de las
estructuras tribales y familiares. Esta división los hacía militarmente débiles ante invasores
bien organizados, como por ejemplo los romanos –a los que sin embargo les llevó años
conquistarlos -, paradójicamente sucedía lo contrario con las costumbres y los valores,
protegidos de influencias externas por los fuertes vínculos parentales, en donde el clan
estaba por encima de toda organización estatal, y unificaba y cobijaba a sus miembros.
Por eso no resulta extraño que los pueblos con influencia cultural celta conformen distintos
estados y hasta hablen diferentes idiomas. Esa antigua unión se manifiesta entre los
diferentes intérpretes de la actualmente denominada música celta, ya que no comparten la
nacionalidad ni la lengua, pero conforman una misma cultura, por ejemplo: The Chieftains,
Carlos Núñez, Loreena McKennitt, Scottish Pipes & Drums, Edimburgh Military Tattoo,
Tannahil Weavers, Battlefield Band, Milladoiro, Lyam O’Flynn, Planxty, Real Banda de
Ourense, Bothy Band, Silly Wizard, Clannad, Altan, Xeito Novo, entre otros
La unidad se manifiesta en el folklore, en el sentido religioso de los aspectos naturales
panteístas, que el cristianismo aprovechó con certeza a la hora de la conversión de estos
pueblos, y en los inmortales temas artísticos.
Para ellos, la poesía, no sólo un recurso literario, sino también mnemotécnico ya que de
esa manera intentaban fijar los detalles de las historias en sus memorias. Tan potente fue
la tradición oral que ninguna de las historias, leyendas y leyes celtas fueron transcriptas
hasta seis o siete siglos después del nacimiento de Cristo, labor que realizaron los monjes
celtas irlandeses.
Estas leyes se basaban en un tipo de sociedad tribal, en ella los hombres eran,
primordialmente, responsables el uno ante el otro más que ante una institución impersonal,
como por ejemplo un estado, que quedaba relegado a un segundo plano. Por lo tanto un
delito no era una ofensa civil sino la vulneración de un derecho privado, quien ofendía a
otro pagaba su deuda a la familia de la parte injuriada, no a la sociedad. De no cumplir con
estas obligaciones se recibía uno de los peores castigos: la discriminación de sus pares y
sobre todo la expulsión del clan, que sólo un hombre tercamente obstinado podía
arriesgarse a tan terrible consecuencia, un rasgo similar a los griegos que no concebían la
vida fuera de la polis.
La elite celta.
Los bosques y las selvas inspiraban adoración y terror a las tribus célticas porque se las
consideraba morada de los dioses. No es casualidad que a los integrantes de la clase
sacerdotal se los llamara druidas, palabra de raiz céltica -"derb" y "dru" quieren decir roble-
y significa "conocedores del roble" ya que practicaban sus ritos en medio de la espesura de
los bosques. Allí celebraban asambleas, sentados en troncos sagrados, desde donde
administraban justicia y decidían la paz y la guerra. Por otro lado es una antigua costumbre
celta tocar madera ante el anuncio de un hecho ingrato, superstición que tiene su
explicación en los robles azotados por los rayos y centellas en las tormentas, que como
resultado indujeron a creer que estos árboles debían ser la morada de los dioses, de ahí el
ritual de tocarlos cuando el peligro acechaba.
En realidad, el término "druida" hace referencia a una jerarquía - la superior - de las cuatro
que existían en la casta sacerdotal de los celtas. Los integrantes de la categoría más baja
eran los estudiantes o "amdaurs" (aspirantes a druidas), reconocidos por sus túnicas
amarillas. En un orgen de mayor importancia estaban los "vates", que se distinguían por
utilizar el color rojo. El grado de mayor categoría no solo se manifestaba en la vestimenta,
sino en las atribuciones y conocimientos.
A los "vates" se les debe buena parte de la trascendencia de los mitos, tradiciones,
creencias y conocimiento de todo tipo de la civilización celta, ya que ellos eran los
encargados de compilarlos para luego transmitirlo al pueblo. Además, practicaban la
profecía, estudiaban filosofía, astronomía, medicina, música y oratoria. En una etapa más
avanzada, luego de una compleja ceremonia de iniciación, podían usar el color azul, que
revelaba que habían accedido al nivel de los bardos. Ellos eran los encargados de
amenizar las fiestas y celebraciones recitando, en prosa o en verso, las proezas de los
guerreros y de cantar alabanzas a los dioses.
Finalmente, el rango superior, estaban los verdaderos druidas quienes vestían túnicas
blancas. Se encargaban principalmente de realizar los sacrificios rituales y familiares y,
sobre todo, eran los jueces supremos e inapelables. Era tal el respeto hacia ellos que no
necesitaban usar armas para recorrer territorios pertenecientes a varios clanes.
Sus santuarios eran de piedra, organizados en forma circular y sin techo, para ver el
firmamento y aún se conservan algunos al sur de Inglaterra, los templos o Dólmenes de
Avebury y de Stonehenge, cerca de donde –según la leyenda- fue enterrado el rey Arturo.
Los druidas practicaban el culto a los antepasados, no temían a la muerte ya que creían en
la transmigración del alma, y –a pesar de que llevaban a cabo sacrificios humanos-
predicaban el valor supremo del Bien. Este fue uno de los motivos por el cual los druidas, y
también el pueblo celta, tuvieron "mala prensa" entre muchos escritores y cronistas –
fomentada por la falta de tradición escrita de los druidas que hace prevalecer los juicios y
opiniones de los griegos y los romanos-, aunque es bueno recordar que los romanos
hacían sacrificios humanos en el siglo III a. C.
Julio César, en su obra, "La guerra de las Galias", manifiesta que "querían persuadir a sus
discípulos de que las almas no mueren, fijando que semejante doctrina, seguida de sus
corolarios, conduce a la virtud por el desprecio de la muerte". Además de esta particular
apreciación, César proclamó el exterminio de esta religión a la que calificó de "bárbara e
inhumana". Hay que tener en cuenta que los druidas eran quienes podían haber convertido
y animado a estos pueblos a constituirse en una unidad política que, evidentemente,
hubiese contrariado las ambiciones del famoso conquistador romano.
Sin embargo, mediante una paciente labor, se ha ido reconstruyendo la historia celta a tal
punto que hoy se pueden conocer aspectos bastante puntuales de su cultura.
También eran muy aficionados a un juego de mesa llamado fidchell, parecido al ajedrez,
aunque se jugaba con estacas. Admiraban la artesanía experta y las hazañas intelectuales
–sobre todo cuando se exhibía una prodigiosa memoria-. Tenían el ideal de una sociedad
heroica, pero vivieron como prósperos ganaderos y agricultores, ocupados a menudo en el
robo de ganado.
Se cuidaban en su apariencia ya que la obesidad era algo repugnante para los celtas.
"Tratan de no engordar ni de ponerse panzudos", escribió el griego Estrabón, "y ningún
joven es perfecto si excede la longitud fijada del cinturón.
Eran un pueblo guerrero por naturaleza, capaces de luchar de manera muy ruda unos
contra otros por un insulto o por el simple placer del combate. Las mujeres eran tan
belicosas como sus maridos, "toda una tropa de extranjeros sería incapaz de oponer
resistencia a un solo galo si éste llamara a su mujer en su ayuda", según advertía el
romano Ammianus Marcellinus a sus compatriotas. Esta ferocidad era alimentada por los
druidas en tiempos de guerra mediante los citados sacrificios humanos, destinados a
impresionar y asustar – como demuestran los cronistas griegos y latinos- a sus enemigos.
Pero fueron conquistados por los romanos porque carecían de una estrategia militar,
peleaban llevados por su fervor guerrero, a tal punto que tenían la costumbre de pelear sólo
con sus armas, un cinturón y su torques.
La capacidad guerrera de los pueblos que conformaron parte de esta etnia les permitió
ocupar la parte central de Europa durante 800 años, entre 700 a. C. y el año 100 d. C., y
luego extenderse desde Irlanda hasta las costas del Mar Negro. Todos estas tribus y clanes
están abarcados en la denominación de celtas, nombre que, paradógicamente, jamás
utilizaron para ellos mismos. La designación que los unifica como grupo humano proviene
de otras culturas. Por ejemplo los antiguos griegos en un principio los denominaron
Hiperbóreos, y desde el siglo V a. C. pasaron a ser Keltoi, posteriormente Keltai y también
los llamaron Gálatas, que significa altos y nobles.
Los Gálatas: Celtas que se fueron al oriente.
En el este europeo las tribus celtas habían llegado al Danubio, cuando bajaron hasta
Bulgaria se encontraron con Alejandro Magno, que realizaba una campaña militar en esa
misma zona. El célebre macedonio recibió una embajada en el 335 a. C. e intercambió
tratados de paz con ellos. El juramento de los celtas estipulaba que la alianza con Alejandro
existiría hasta que "el cielo se desplomara". En Irlanda, 1000 años después, los celtas
utilizaban esa misma fórmula para dar su palabra de honor: "nosotros guardaremos
fidelidad a menos que el cielo caiga y nos aplaste o que la tierra se abra y nos trague o que
el mar se eleve y nos sumerja". De estos juramentos –y otros similares- se desprende la
creencia que sólo temían a que el cielo cayera sobre sus cabezas.
En el año 279 a. C. los griegos llamaron Gálatas a los celtas que amenazaron el santuario
de Apolo, en Delfos. El ataque fracasó por una combinación de resistencia griega y
desastres naturales, según contó el historiador griego Pausanias, consistentes en un
terremoto acompañado por rayos, truenos y una terrible tormenta seguida de una cruda
noche de heladas y nevadas, además del desprendimiento de rocas de las montañas. El
mismo jefe de los gálatas, Brennos, resultó gravemente herido en el asalto a Delfos y,
desesperado, se suicidó –bebiendo una gran cantidad de vino puro, escribió Pausianias-.
Estos celtas causaron una enorme impresión en los griegos, que describen su bravura con
admiración: "tanto desprecian la muerte que combaten desnudos a excepción de un cinto".
El resto del ejercito se replegó y cruzó el estrecho de los Dardanelos hacia Asia Menor y allí
establecieron el reino de Galacia. El nombre servirá para referirse tanto a los celtas
orientales (especialmente a los que se establecieron en el Asia Menor, en el curso del
Halys, actual Kizilirmak), como a los occidentales. Posteriormente Polibio emplea el nombre
de celtas o gálatas para indicar a los celtas cisalpinos o los trasalpinos. El equivalente latino
de Gálatas es tal vez Galos (galli), que aparece medio siglo más tarde. Se usa para la Galia
Cisalpina (actual territorio del norte de Italia) y Trasalpina (actualmente Francia, Paises
Bajos y la zona alemana al oeste del Rhin). Sin embargo se utiliza el nombre de Celtas (en
latín Celti) especialmente para los trasalpinos.
La Italia céltica.
En realidad los galos cisalpinos fueron las tribus celtas que atravesaron los Alpes –los que
quedaron del otro lado se llamaron trasalpinos- para atacar Italia y saquear en el año 390 a.
C. la ciudad que posteriormente fue la capital de un imperio que los conquisto: Roma.
Anteriormente habían llevado el conocimiento del hierro y extendido su uso a la zona
situada al norte de los Alpes.
Después del saqueo se establecieron en el norte de Italia, pero antes de abandonar Roma
exigieron que la ciudad pagara un rescate en oro por su liberación. La última humillación a
la que sometieron a los romanos fué disponer su propio sistema de pesos para determinar
la cantidad del pago; cuando el enviado especial romano se quejó de que los pesos celtas
eran mayores que los suyos, el jefe galo arrojó su propia espada a la balanza y de manera
arrogante exclamó "¡Ay de los vencidos!" –expresión, según relata Tito Livio, "intolerable
para los oídos de un romano"-.
Pero sobrevino la venganza romana, aunque 150 años después, cuando los vencieron en
la batalla Telamón y conquistaron el norte de Italia. Polibio, que relata el cruento hecho,
comenta que le llamó la atención que pelearan desnudos –como a Pausianias en Grecia y
a Julio César en la Galia-, cuestión que atribuyó a la desesperación de verse próximos a la
derrota y así luchar con un furor inusitado. Lo cierto es que esa era la costumbre celta,
luchar sólo con las armas por una cuestión de bravura, descripción que se repitió en
numerosos lugares más, salvo en el norte de Europa, por obvias razones climáticas.
La Galia
Julio Cesar incorporó el resto de la Galia en una guerra que duró del año 58 al 51 a. C., y
que fue especialmente sanguinaria, como la toma del oppidum –nombre latino para los
poblados galos- de Avaricum, que de los 40.000 habitantes que tenía sólo escaparon 800.
La contienda quedó definida con la caida de Alesia (52 a. C.) y la rendición del principal jefe
galo, el legendario Vercingétorix.
En el año 121 a.C., para resguardar las comunicaciones entre sus dominios de la Península
Ibérica, los romanos tomaron la zona equivalente a la actual Provenza (Francia), que pasó
a denominarse Galia Narbonense, en honor a Narbo Martius, quien fundó la primer colonia
romana en las Galias.
Sin embargo, a pesar de la dominación, se considera que la sociedad gala vivió su apogeo
económico y cultural durante los siglos I y II d.C. En el siglo V d.C. las invasiones del varias
tribus germánicas (visigodos, burgundíos, francos, vándalos, etc.) desvastaron la Galia y se
repartieron su territorio. La Bretaña Armoricana fue la única región en donde los celtas
sobrevivieron medianamente libres.
La pequeña Galia
En Galicia algunos autores hablan de una población aborigen protocéltica (de origen común
a los celtas) que el famoso arqueólogo e historiador Florentino López Cuevillas los
denomina "Oestrimnios" que fueron conquistados por los celtas Sefes o Serpes, pueblo que
ocupó Galicia y Portugal y que poseían como tótem la serpiente. Serpes en griego quiere
decir serpiente, con esto vemos lo que parece una característica céltica: el nombre con el
que finalmente son recordados proviene de otros pueblos. Con los Serpes se introduce en
esta región la cultura de la Urnas de Vlenden-Bennghardt (una variante de las Urnenfelder),
más adelante con la tribu de los Paledones se incorporó la de los castros.
Pero el desarrollo celta en Galicia fue interrumpido por la marcha de las cáligas –el calzado
militar romano-, que para ese entonces ya habían pisoteado las cabezas de numerosos
pueblos. Las legiones romanas penetraron en el territorio noroeste de la península ibérica,
en el año 137 a. C., acaudilladas por Décimo –o Decio- Junio Bruto, proconsul de España
Ulterior. Allí se encontraron con una manera de pelear semejante a la que enfrentaron en
las Galias y en el norte de Italia, con igual fervor guerrero de sus hombres auxiliados por
sus mujeres, los idénticos gritos de guerra (o aturuxos), armados con similares espadas
hallstáticas de antenas, desnudos con sólo un cinturón y luciendo al cuello los mismos
torques, protegidos con uno de los genuinos escudos celtas: la caetra y con el peculiar
casco de La Téne. También tropezaron con el mismo símbolo áureo de siempre, de culto
solar: el triskel celta, y la svástica de cuatro o más brazos, símbolo común a todos los
pueblos célticos e indoeuropeos. El procónsul Bruto los denominó "gens bellicosissima".
Los romanos denominan a ese territorio Gallaecia (o pequeña Galia), al que consiguen
dominar, en dos etapas, tras más de cien años de encarnizada lucha en el 25 a. de C. por
Augusto. Después de la invasión de Decio Junio Bruto el territorio quedó dividido en dos
partes: una que después se llamó Galicia bracarense y otra, al norte, que fue extraña a esa
sujeción. La segunda conquista de Galicia fue dirigida por Julio César, en el año 61 a. C.,
nombrado pretor de España Ulterior. César buscaba nuevas campañas que aumentaran su
prestigio militar y para ello recurrió a las deportaciones y asesinatos en masa hasta lograr
su propósito.
Pero la historia, curiosamente, deparó dos nuevos aportes demográficos de origen celta. El
primero para el año 550 de nuestra era, cuando llegaron al norte de Galicia centenares de
refugiados Bretones (o Britanos), de las islas Británicas, que huían de la invasión
anglosajosa. Fundaron la ciudad de Britonia (o Bretonia, cerca de la actual Mondoñedo).
Tuvieron un importante desarrollo, sus propios obispos entre los que se destacó el célebre
Maeloc.
Un milenio después se produce la última migración céltica a Galicia que la emparenta aún
más con Irlanda. En 1599 el Papa nombró arzobispo de Dublín al compostelano fray Mateo
de Oviedo. A expensas del rey Felipe II el flamante arzobispo partió, de La Coruña, rumbo
a Irlanda una expedición de 45 barcos, 3000 hombres, a la que siguió otra de 12 barcos y
800 hombres. Numerosos gallegos e irlandeses derramaron su sangre por la
independencia de Irlanda, pero la rebelión fue derrotada por los ingleses. En 1607, cuando
los jefes de las grandes casas o clanes, también llamadas "chieftains", O’Neill y O’Donnell
tuvieron que rendir sus tierras al rey Jaime –o Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra-, se
embarcaron rumbo al continente y muchas familias irlandesas son acogidas en Galicia,
motivo por el cual causa sorpresa encontrar esos nombres, especialmente el último, en el
norte de España.
Lo cierto es que se reconocen dos grandes migraciones celtas a Irlanda. La primera fue
cercana al año 1000 a C –según otros autores fue por el 1300-. La segunda, en los siglos
IV y V a. de C., y se duda del lugar exacto de su procedencia, las posibilidades son del
norte de España, sur de Francia o de Inglaterra, norte de Francia y Paises Bajos. Con
respecto a la versión que postula al norte de la península Ibérica, más propiamente de
Galicia, se han descubierto en Irlanda numerosas hachas iguales a las que aparecieron en
territorio gallego, entre otros hallazgos que llaman poderosamente la atención. También por
el lado de las leyendas hay coincidencias ya que se considera que Milesio era
descendiente de Breogán, un legendario rey celta gallego, supuestamente el creador de la
famosa torre de Hércules (ubicada en la ciudad de La Coruña) en las regiones que los
romanos identificaban genéricamente como el Finisterre.
Irlanda permaneció como el único territorio propiamente céltico, ya que no fue conquistada
por los romanos ni por otro pueblo. Cuando en el 423 San Patricio cristianiza el pueblo
celta, se produjo el primer cambio –o encuentro cultural- importante en la isla desde su
colonización celta: la aparición de monasterios con reglas monásticas propias y una iglesia
independiente de Roma. Ambos aspectos generaron una notable actividad religiosa e
intelectual. Estos monasterios se convirtieron en verdaderos centros culturales y
educativos, desde donde salieron numerosos monjes y misioneros que recorrieron toda
Europa, entonces arrasada por la invasiones de tribus germánicas. Muchos pueblos
recibieron la influencia cultural céltica de los monjes irlandeses, porque ellos fueron
quienes transcribieron todas las leyendas, mitos y leyes celtas que estaban bajo la tradición
oral.
Desde fines del siglo VIII se empiezan a padecer los saqueos de los noruegos. Brian Boru o
Boroimhe (941-1014), rey de Irlanda (1002-14) contuvo estas invasiones, venció a los
escandinavos en Limerik y liberó su país de una nueva invasión en Clontarf (1014) aunque
murió en esa batalla, transformandose un héroe de características míticas.
Enrique II Plantagenet, rey de Inglaterra y señor de media Francia –uno de los reyes más
poderosos de su época-, aprovechando las peleas internas invadió el último país celta libre
en el año 1172 y obtuvo del papado la "concesión" del pueblo irlandés y la soberanía de su
Iglesia.
Una represión continua en todos los campos, político, cultural, social, económico y
religioso, ejercieron los ingleses, con mayor intensidad en el siglo pasado cuando un millón
de irlandeses murieron a causa de la hambruna a que fueron sometidos, que sumado a una
fuerte emigración provocó un notorio descenso demográfico. En 1916, en momentos que
Inglaterra peleaba la Primera Guerra Mundial, una nueva sublevación se llevó a cabo, que
si bien fue derrotada, obligó al gobierno británico a reconocer la autonomía en 1921. Este
fue el inicio de un camino que concluyó en abril de 1949 con la declaración legal de la
República de Irlanda y tomó el nombre de Eire.
Parte del territorio fue conquistado por los romanos y se retiraron en el 410. Esta región se
encontraba habitada por dos ramas brython (el pueblo celta que dio nombre a las Islas
Británicas): los Welsh y los Cornish. El cristianismo fue difundido por los monjes celtas
irlandeses y adoptado en el siglo VI. Los clanes de pastores y granjeros sostuvieron luchas
fronterizas constantes contra los reinos de la heptarquía anglosajona. De esa época viene
la leyenda del rey Arturo y la Mesa Redonda, cuya capital Camelot proviene de Camulos,
dios celta de la guerra. Se la ha situado en Cornualles, en el Somerset o en el país de
Gales.
El rey Hywel Dda (910-950) unificó el país, codificó sus leyes y costumbres –serie de leyes
jurídicas, religiosas e historia registrado en Laws of the Hywel Dda-, y otorgó protección
oficial a los bardos, quienes habían de ser los propagadores de la cultura galesa. En 1282
el último rey galés, Llewelyn ap Gruffydd, fue derrotado y muerto por Eduardo I, quien por el
Estatuto de Rhuddlan estableció en Gales el dominio inglés (1284) y en 1301 nombró a su
hijo Príncipe de Gales (título que todavía llevan los herederos al trono de Inglaterra). El
espíritu de resistencia se mantuvo en el campo, origen de numerosas rebeliones. La última
gran sublevación fue la de Owen Glandower, que después de vencer a los ingleses en
1404 se proclamó rey, aunque tres años más tarde fue derrotado. Un descendiente suyo
reclamó la corona de Inglaterra, Enrique Tudor y derrotó a Ricardo III en la sangrienta
batalla de Bosworth (22 de agosto de 1485) dando fin a la Guerra de las Dos Rosas. En su
hijo Arturo se cifraron las esperanzas galesas –que ya por su nombre honraba a un mito
galés-. Sin embargo la muerte del anhelado príncipe (1502) frustró las ilusiones. Su
hermano Enrique VIII incorporó Gales a Inglaterra, en 1536, cuando abolió la mayoría de
sus leyes. La parte más importante de la nobleza se volcó hacia Londres. Gales se quedó
con nobles de poca importancia y una gran masa de campesinos sin dirigentes. De esta
manera los Tudor hicieron grande a Inglaterra y volvieron pequeña a su propia patria.
En 1914 la iglesia anglicana dejó de ser la oficial, y la iglesia calvinista metodista, muy
nacionalista, se pudo desarrollar en libertad. En 1966 fue elegido Gwynfor Evans, el primer
diputado nacionalista galés.
Al igual que Galicia recibió varias migraciones de origen celta a lo largo de su historia. La
más importante fue en el siglo V. Los brythons y los cornish emigraron de Cornualles y
Gales como consecuencia de las invasiones de los anglos y de los sajones a Inglaterra. Se
fusionaron con las antiguas tribus galas y conformaron los clanes Bretones, que terminaron
por dar nombre a esta región.
Constituyeron una monarquía en conflicto con los soberanos francos, pero se unió a la
corona francesa por los enlaces matrimoniales de Ana de Bretagne con Carlos VIII (1491) y
Luis XII (1499) de Francia. La incorporación definitiva llegó como resultado de otro
casamiento: Claude, hija de Ana y Luis XII, con el heredero al trono de Francia, Francisco I
(1532).
Actualmente en la parte occidental de Bretaña aún se habla una lengua céltica denominada
Bretón.
En el año 852, Kenneth I, rey de Dalríada (un reino Scott), reunió a los Scott y a los Pict,
creando el reino de Alba, origen del escocés. El nombre de Scotland (tierra de los Scott),
hoy Escocia, se empezó a utilizar durante el reinado de David I (1124-1153). Este rey
introdujo la organización feudal de tipo normando.
Eduardo I de Inglaterra la convirtió en un reino vasallo en 1275, hasta que una sublevación
general en 1296 –encabezada por el célebre William Wallace- inició un largo conflicto que
culminó con la victoria del rey Robert Bruce, en Bannockburn en 1314. Posteriormente el
hijo de la reina María Estuardo, Jacobo VI –o Jaime I de Inglaterra- reunió las coronas
inglesas y escocesas al morir sin descendencia Isabel I de Inglaterra en 1603. Durante el
reinado de Ana Estuardo (1702-1714) fue proclamada la unión definitiva de ambos reinos –
o según otros la sumisión escocesa- en el Acta de 1707. A partir de entonces se han
sucedido varios movimientos independentistas escoces que claman por su libertad hasta el
día de hoy, cuestión reforzada por poseer un idioma propio, el gaélico - escocés, que
fundamentalmente se habla en las islas y regiones montañosas.
¿Y actualmente?...
Debido a las múltiples migraciones y uniones con otros pueblos se hace evidente que no se
puede afirmar la existencia de una raza celta. Por otro lado el concepto de raza ha sido
últimamente abandonado por los antropólogos. Se considera más adecuado que la cultura,
arte, tradiciones, música, leyendas, mitos, y la lengua son aspectos que, en su totalidad o la
unión de alguno de ellos, definen a un pueblo o una etnia. En el caso particular de los
celtas, constituyen la base cultural y étnica de varias naciones con identidad propia.
Celtas y celtismo.
Toda esa verdadera maquinaria humana se movilizó hasta lo que hoy es el centro de
Europa y en esas montañas se formo una estirpe que daría su personalidad a todo un
continente... y más. ¿Quién puede saber en realidad cuanto tiempo tardó en lograrse?
Pero más tarde, otra vez esa misma fuerza los arrancó de sus aldeas hacia tierras
desconocidas... y lo poblaron todo.
Antecedentes históricos
Generalmente se considera que son ocho las Naciones Celtas: Irlanda, Escocia, Isla de
Man, Cornualles, Bretaña, Galicia y Asturias (algunos autores incluyen también como
célticas a zonas del norte de Italia, en la actualidad); pequeña muestra del pueblo que en
otras épocas ocupó la mayor parte de Europa y de Asia. Los Celtas han captado siempre la
fascinación de historiadores y arqueólogos, y sobre ellos han corrido ríos de tinta.
Vamos a empezar primero tratando, en lo posible, de clarificar quienes eran los Celtas,
aportando datos históricos de distintas fuentes para luego sí en segundo término
adentrarnos en el Celtismo. En algunos diccionarios se puede encontrar este tipo de
definición sobre el pueblo Celta: "pueblo indogermánico cuyas primeras migraciones datan
de los tiempos prehistóricos; se expandieron al principio por Europa Central y fueron
avanzando hasta las Galias, España y las Islas Británicas, acabando por ser absorbidos por
los romanos". En Bretaña, en el País de Gales, en Irlanda y en Galicia es donde se ha
conservado mejor el "tipo Celta". También sobre su origen y su etnia otras fuentes señalan
que en cuanto al posible origen ario de este pueblo es algo que va quedando en desuso a
medida que se llevan a cabo nuevos descubrimientos. Esos datos indican que étnicamente
se trata de un hibridismo racial, resultante de la fusión de muy variados elementos, muchos
de ellos ni siquiera indogermánicos, y sin ninguna unidad antropológica, con esto se explica
que no obstante el carácter indogermánico de la lengua y pese al tipo antropológico
netamente nórdico de los esqueletos encontrados, en todos los territorios celtas abundan
tipos antropológicos variados y diversos. Los tratadistas consideran a los Celtas como una
división de los caucásicos, pero sea como fuere, raza o su raza, con unidad antropológica o
sin ella, fueran o no el resultado de la fusión de muy variados elementos, los Celtas, tenían,
y me animo a decir que tienen, una naturaleza muy especial
Su carácter ha sido definido como alegre, poético, piadoso, crédulo, sagaz, patriótico,
gregario, valiente, indisciplinado, indolente, amable, avisado y terco.
El hibridismo racial de los Celtas es incontestable, porque frente a individuos altos, rubios y
de ojos azules, se pueden observar otros de talla mediana, mas bien bajos, morenos,
fuertes y de tez no demasiado oscura, a diferencia de los íberos, que la tenían más curtida.
Los Celtas estaban continuamente en movimiento, a la primera migración pertenece los
gaélicos en Irlanda y en el norte de Escocia; una segunda oleada estaría constituida por lo
que se denomina la rama britónica, de aquí proceden los galos, los belgas, los bretones.
Estos pueblos fueron ocupando lentamente el territorio de Europa occidental, incluidas las
Islas Británicas, desde la zona del Rin hasta el noroeste de España (Galicia) y la llanura del
Po (Italia).
En cuanto al idioma céltico, es poco lo que se sabe; el tipo de lengua indoeuropea dio como
resultado, por una de sus ramas al italocéltico y este al latín, irlandés, galés, bretón y
gaélico. Actualmente la lengua Celta se divide en dos grandes grupos. El uso de estos
idiomas o dialectos de la lengua madre ha decaído bastante en la actualidad a pesar de
que se está tratando de preservarlos por todos los medios. Sin embargo la literatura Celta,
pese a ser poco conocida, principalmente por la dificultad para entender la lengua en que
ha sido escrita, ha influido fuertemente en la historia de la poesía europea. La primitiva
literatura Celta, con su riqueza temática, ha servido de base para que poetas franceses,
ingleses, alemanes, españoles, irlandeses, escoceses y de otras nacionalidades
escribieran en sus respectivos idiomas una serie de poemas cuya trama central era la de
los primitivos versos Celtas de la poesía galesa, bretona o gaélica.
Galleguismo y Celtismo.
Durante el siglo XIX, en Galicia, se asiste a un resurgimiento de la conciencia colectiva, de
un sentimiento de amor hacia todo lo gallego, que no sólo esta plasmado en la obra literaria
del país sino también en una verdadera concepción política. La figura máxima del
regionalismo galaico fue por ese entonces Manuel Murguía.
Sobre él señala Luis Moure Marino en su libro Temas Gallegos: ... a lo largo de toda la obra
de Murguía puede decirse que su nota mas destacada es la galleguidad. El sentimiento
gallego en el alma de Murguía - su pasión, su amor y total dedicación a Galicia- es la nota
que transpira del conjunto de su obra...
En ella ...Murguía insiste, con gran acopio de razones, en el fondo céltico de nuestra tierra.
Halla este fondo céltico, tanto en los recuerdos arqueológicos, como en la toponimia, la
lengua o los estudios etnográficos. Para Murguía es Galicia plenamente céltica, una marca
céltica, como lo fueran Irlanda o la Bretaña; un finisterre más, que, en el mundo antiguo,
mantuvo un haz de relaciones con los otros pueblos célticos y que vivió largos siglos
separado del resto de la Península por las montañas, confinada en su rincón atlántico. De
este modo, a partir de los celtas, surge en todos los estudios de Murguía una clara idea -
una resultante - de nacionalidad gallega...
...La tesis del celtismo gallego ha sido después afirmada, con sólidos argumentos, por
Florentino López Cuevillas y en ella tenemos que hacer pie si deseamos hallar una
explicación racional al haz de diferencias étnicas y culturales que nos separan del resto de
España, pese a la larga convivencia. Por supuesto esta tesis del celtismo, no siempre es
grata a muchos estudiosos peninsulares que se apresuran a rechazarla, pero nunca
señalan argumentos serios para fundar su oposición. De ahí que su actitud contra el
celtismo, sea más pasional que científica...
Leandro Carre Albarellos afirma en su libro "Las leyendas tradicionales gallegas": ¿Qué
cultura nos muestran las leyendas gallegas? Qué psicología, que ideas predominan en el
íntimo ser del pueblo gallego? No me cabe duda que es una cultura nórdica de tipo céltico.
La realidad es que nunca hay que separar los dos conceptos. El galleguismo es una
postura reivindicativa regional tal cual la conocemos hoy y que hunde sus raíces en sus
elementos diferenciadores dentro de España. Estos, en nuestro pueblo, parten del
elemento celta, que es el nexo de unión con las naciones del mismo origen. Eso es
celtismo.